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  • No me pude aguantar…

    No me pude aguantar…

    Salimos con mi esposa a merodear por allí, un viernes en la noche, sin intención diferente a salir de la casa y distraernos un rato. No teníamos un plan premeditado, así que nos aventuramos por la llamada “zona rosa” en nuestra ciudad, un sector plagado de restaurantes, bares, discotecas, sitios para escuchar música y también uno que otro lugar de entretenimiento para adultos.

    Dejamos nuestro vehículo en un parqueadero y nos dispusimos a caminar por el sector, tal vez buscando distraernos observando el ambiente de las calles, la gente. Nos llamó la atención el sonido de música cubana en alguno de esos sitios y, sin más consideraciones, decidimos entrar. El local estaba concurrido y había buen ambiente. La música era alegre e invitaba a llevar el ritmo, mover el cuerpo y bailar.

    Nos acomodamos en una mesa y, como novedad, pedimos media botella de ron blanco para pasar la velada. El ambiente estaba cálido, así que mi esposa y yo nos quitamos las chaquetas. Ella estaba vestida con un body negro, bastante transparente, escotado, que dejaba ver sus hombros desnudos y parte de sus pechos. Complementaba su atuendo una corta falda blanca, medias veladas y zapatos negros de tacón alto, que hacían resaltar sus piernas. Y, con la cabellera suelta, como la tenía, llamaba la atención. Por lo demás, normal en ella, adornada con accesorios, aretes, collar y pulsera.

    La música estaba bien y, sin teniendo claro que queríamos distraernos un rato, nos deleitábamos escuchando la música. No me gusta bailar en lugares muy atestados de gente, como estaba aquel lugar, además que no me considero buen bailarín. Pero, así y todo, la estábamos pasando bien. Observábamos cómo se comportaba y disfrutaba la gente en aquel ambiente, y estábamos animados.

    Tal vez habíamos estado allí poco más de una hora y media, cuando, un hombre se acercó a nuestra mesa y, pidiéndome permiso, invitó a bailar a mi mujer. Ella, algo sorprendida, me miró como pidiendo permiso, y yo solo atiné a mostrar un gesto de aceptación. ¿Quieres bailar? Pregunté. Sí, dijo ella. Pues dale. A ver cómo sale el señor. De modo que él, muy caballeroso, esperó a que ella se levantará de su asiento, la tomó firmemente de la mano y la condujo hacia la pista de baile.

    Era un tipo apuesto, no puedo negarlo, un poco más alto que ella, contextura mediana, con cabello y barba bien cuidada, bien vestido, de manera que no vi nada que me previniera de su presencia y compañía. Al rato ya podía ver a mi esposa bailando encantada en compañía de su pareja, quien se desenvolvía muy bien en la pista de baile. Así que ella se dejó llevar de la música y empezó a bailar desinhibidamente al compás de aquellos ritmos. Se divertía, ciertamente.

    Después de un rato volvieron a la mesa. Su parejo, una vez la hubo acomodado, nos preguntó si nos podía hacer compañía. Ella, incluso, se lo había sugerido antes de llegar. Sin embargo, él, previsivo, pidió nuestro consentimiento. Yo no me opuse. Y mi esposa, por supuesto, tampoco. Al parecer le había caído en gracia el señor y disfrutaba de su compañía.

    Nos contó que era arquitecto, soltero y sin compromiso, que procedía de la costa, que estaba residenciado en la capital por asuntos de trabajo y que aquel lugar le gustaba porque tenía un ambiente de rumba parecido al de su tierra natal. Acostumbraba visitar el lugar con alguna regularidad, una vez al mes por lo menos y distraerse un rato. Y, por otra parte, le gustaba conocer y relacionarse con la gente, porque, siendo de otro lugar, a veces no tenía con quien compartir y estaba decidido a expandir su círculo social.

    Bueno, pregunté yo, y porque nos echó el ojo. La verdad, dijo mirando detenidamente a mi esposa, quien estaba atenta a lo que decía, me llamó la atención su señora. Es una mujer atractiva y llama la atención entre la gente que está acá reunida y pensé, para mis adentros, que me gustaría conocerla y pasar el rato acompañado. ¿Por qué no? Así que me atreví a acercármeles y aquí estoy.

    Le contamos que nosotros también habíamos vivido unos años en la costa y mi esposa se despachó relatando pormenores de nuestra estadía allí, por lo cual nosotros y él resultábamos muy familiares a la hora de conversar, como si nos hubiésemos conocido de antes. Y en esa tónica transcurrió la velada. Mi esposa y yo bailábamos una tanda. Y él, pacientemente, esperaba su turno para bailar con ella una vez nosotros regresábamos a la mesa. Así que era ella quien cargaba con atendernos a los dos de manera sucesiva.

    Pasadas las horas, Otoniel, que así se llamaba el hombre, con unos tragos encima y desinhibido completamente, mientras ella se fue al baño, me felicitó por convivir con la esposa que tenía y me confesó, muy respetuosamente, que le excitaba la manera en que ella se movía cuando bailaban. Usted es un afortunado, me decía.

    Oye, le decía yo, no será que se le está subiendo el ron a la cabeza. No, me decía, soy honesto con usted y quiero decirle lo que siento. No quiero molestarlo. Si le incomoda lo que digo, mejor me quedo callado, comentó. No, tranquilo, respondí. No es el tipo de conversación que uno escucha regularmente. Eso es todo.

    Por otra parte, entienda que yo soy el marido de la señora y no deja de ponerme a la defensiva el que usted me hable de esa manera. No, señor, dijo aquel, pierda cuidado. Pero quiero ser abierto y actuar de manera transparente. Y esa excitación, pregunté yo, ¿qué deseo le genera? Hombre, la verdad, dijo, ya que usted lo pregunta, me dan deseos de hacer el amor con ella.

    No reaccioné de inmediato, porque me cogió por sorpresa. Simplemente me quedé mirándole sin mostrar emoción alguna, como pensando, de alguna manera, en que se diera esa posibilidad. ¿Y usted cree que ella lo aceptaría? Pregunté. No lo sé contestó frunciendo los hombros. ¿Qué le hace pensar en esa posibilidad? Nos hemos integrado muy bien como pareja de baile, usted sabe, hemos bailado muy junticos y siento que pudiéramos compaginar muy bien. ¿por qué no?

    ¿Y ella sabe lo que usted me ha dicho? ¿Lo han hablado? No, pero siento que, así como a mí me excita su compañía, tal vez ella también sienta lo mismo hacia mí. ¿Qué le hace suponer eso? La forma como hemos bailado, la forma como nos hemos acercado, la forma como nos hemos abrazado y acariciado, bailando, claro está. Yo, como hombre, me siento excitado ante la presencia de una hembra y creería yo que ella, como mujer, ha sentido lo mismo ante la presencia de un macho. ¿No le parece? Pudiera ser, respondí.

    Y para llevar a cabo su idea de acostarse con mi mujer, ¿cuál sería el siguiente paso? Señor, me dijo, no me quiero ilusionar. ¿Acaso usted estaría de acuerdo en que yo le coqueteara a ella y le propusiera tal posibilidad? ¿Lo haría? Le pregunté. Si usted está de acuerdo y no se va a molestar por ello, sí. Me gustaría ver el resultado de ese deseo suyo. Y ¿cómo lo llevaría a término? No lo sé ahora mismo. Quizá, si ella acepta, buscaríamos un lugar dónde estar juntos. Por acá hay varios lugares.

    Y ¿dónde quedo yo? Pregunté. Eso es lo que no sé, respondió. ¿Hay alguna condición, acaso? Sí, contesté. Ella y yo siempre estamos juntos en todo y, si esto se concreta, es una aventura que se vive en pareja, de manera que yo estaría presente en su encuentro. Ya le dije, hace unos instantes, que me gustaría ver el resultado de esto. O sea, dicho de otra manera, si ella acepta tener sexo con usted, quiero ver cómo lo hacen. ¿Le parece? No hay problema, contestó. Simplemente, continué, haga de cuenta que yo no estoy ahí.

    Lógicamente, una vez ella volvió a la mesa, el hombre empezó a mostrar todo su arsenal de coquetería para ganarse los favores de mi esposa. Habiendo tenido esa conversación conmigo, él se sintió totalmente respaldado para hacer lo que fuera con tal de llevarla a la cama y hacerla suya. De modo que, no bien estuvimos reunidos de nuevo, de inmediato la sacó a bailar. Ya yo no tuve chance alguno. Y puede decirse que hasta ahí los vi, porque se perdieron en la pista de baile por bastante rato.

    Yo me limité a observar y esperar el desenlace de aquello. Guardé la esperanza de que ella tan solo se divirtiera bailando y pasando el rato con su pareja ocasional, pero también consideraba que aquel la pudiera seducir y la cosa terminara, como ya había pasado en otras ocasiones, en un motel. Era consciente que el ambiente, el baile, el licor, la pareja y el deseo de despabilarse un rato de la monotonía de casa, generaban las condiciones ideales para que mi esposa considerara la posibilidad de echarse una canita al aire. Y si tenía mi aval, ¿por qué no?

    En una de sus fugaces visitas a la mesa, Otoniel, volvió a conversarme. Creo que las cosas se van a dar, me dijo. Ella es bastante reservada y no da fácil el brazo a torcer. Pero pienso que las cosas van por buen camino. Lo que pasa, me parece, es que ella se restringe un poco sabiendo que usted está por aquí. ¿A qué se refiere usted? Pregunté. Bueno, no sé, dijo, me cohíbo un poco sabiendo que usted nos observa.

    Pues le tocará manejarlo, comenté, porque así es como funciona la cosa. Si ella se lo come a usted, yo estaré presente. Usted cree que es quien lleva el control de la situación, pero tal vez no es así. No se ha puesto a pensar acaso que, al final, ella es quien dispone si aquello va o no va. Su papel, ahora mismo, es seducirla a tal punto que ella contemple la posibilidad de estar con usted. Y si eso se da, ha sido porque ella quiere y lo desea, no por otra cosa. Procure excitarla y que sienta la necesidad de ser poseída por el macho, tal como usted me dijo.

    Volvieron a estar ausentes, gastando el tiempo en lo suyo, bailando y coqueteando, calentándose cada cual acorde a lo que su imaginación alimentaba en sus mentes. Otoniel, de seguro, ya se veía clavando a mi mujer. Y ella, no sabía yo, en ese momento, qué ideas pasaban por su cabeza. Volvieron al rato, mostrándose un tanto agotados del cansancio. Ella, prudentemente, pretextó ir al baño para dejarnos solos, tal vez para que Otoniel me confirmara sus intenciones o me confirmara que sus deseos iban a ser realidad.

    Ella me ha pedido que le pregunte si está de acuerdo en que ella y yo hagamos el amor. Me ha dicho que solo si usted está de acuerdo ella aceptaría o no pasar un rato conmigo. Le he dicho que yo no tenía problema en hablar con usted, así que aquí estoy. Perfecto, pregunté, ¿y sabe a dónde podemos ir? Si señor, respondió, aquí, a la vuelta, hay un sitio donde podemos estar. ¿Y habrá espacio a esta hora? Creo que sí, respondió. Pero mejor voy y confirmo. Espérenme, no demoró. Y, diciendo y haciendo, se alejó.

    Mi esposa volvió y, al no verlo, preguntó. ¿Y Otoniel? Se fue a confirmar si hay sitio en algún motel, por acá cerca, respondí. ¿Por qué? pregunté. ¿Pensaste que te iba a dejar metida? Pudiera ser, dijo, pero está tan animado que me pareció extraño. ¿Y tú? Pregunté. ¿No estás animada? Sí, respondió. ¿Hace cuanto que sabías que ibas a estar con él? Desde que lo vi, respondió. Al principio traté de disimular que no me atraía mucho, pero, la verdad, con el paso del tiempo, no me pude aguantar. Quiere eso decir, entonces, que se han revolcado juntos en la pista de baile y que ¿solo falta trasladar ese manoseo a la cama? Más o menos, contestó sonriendo.

    Otoniel volvió y comentó que todo estaba arreglado, así que procedimos hacia el lugar del encuentro. El, caballeroso y coqueto, tomó de gancho a mi esposa y, presurosos, como no, salieron caminando delante de mí. Yo, en mi papel de cornudo consentidor, les seguí unos pasos atrás. En el trayecto, ellos charlaban animadamente, pero no sabía yo cuál era el tema que tanto les divertía. En mi cabeza rondaba la idea de que, habiendo estado sus cuerpos juntos durante tanto tiempo, ella y él deseaban con toda intensidad disfrutarse desnudos el uno al otro y sentir el intercambio sexual que tanto habían deseado toda la noche.

    Llegados a la habitación, no perdieron tiempo. Otoniel tomó la iniciativa y, parados, frente a frente, abrazo a mi esposa para besarla con pasón profunda. Y ella, hambrienta de macho, sin resistencia alguna, le correspondió. El hombre, hábilmente, mientras la besaba, poco a poco se daba mañas para desabrochar su falda y despojarla de la prenda, desnudándola con parsimonia. De seguro sus manos ya habían visitado las nalgas de mi mujer, porque ella no se oponía para nada a tales incursiones y se dejaba llevar de él sin inconveniente.

    Bien pronto Otoniel la tuvo a ella, desnuda, como quizá lo había deseado desde el mismo momento en que la vio aquella noche. Ella, por el contrario, no se esmeró en hacer lo mismo, sino que se lo pidió directamente. ¿Y tú? Inquirió. ¿no te vas a quitar la ropa? Aquello hizo efecto de inmediato, porque el hombre se retiró las prendas en un santiamén, quedando desnudo, con su miembro erecto, notoriamente resplandeciente y voluminoso, frente a ella.

    Mi esposa tomó el control. Acuéstate, le dijo, y el obedeció. Al hacerlo, ella se recostó a su costado y, tomando con una de sus manos el pene de aquel, delicadamente procedió a llevárselo a la boca para chuparlo y chuparlo, a placer, lamiendo delicadamente la punta mientras masajeaba el tronco con sus manos. El tacto con aquel miembro masculino ciertamente la tenía excitada, porque de cuando en vez su lengua lamía con ansia el tronco y los testículos de aquel, que no creía, para nada lo que estaba pasando, y solo se limitaba a disfrutar de las caricias de mi esposa.

    Ella, engolosinada como estaba con aquel pene, chupaba y chupaba sin descanso, haciendo que Otoniel la alentara a continuar. ¡Qué rico lo mamas! decía, mientras agitaba sus piernas como si le pasara corriente por su cuerpo con cada movimiento de la boca de mi mujer. Ella gozaba de ver a aquel bajo su control, totalmente rendido a sus caricias. Bueno, dijo ella, deteniéndose un instante, sin dejar de masajearle el pene. Ahora te toca a ti…

    Otoniel se incorporó, permitiendo que ella se recostara de espaldas y, abriendo sus piernas a lado y lado, hundió su cabeza, introduciendo su lengua en el sexo de mi mujer. Muy excitada debería estar ella, porque de inmediato lanzó un gemido de placer y, colocando sus manos sobre la cabeza del hombre, le presionaba para que siguiera propiciándole aquellas chupadas que tanto placer le estaban proporcionando. Esos gemidos envalentonaron a Otoniel, quien no solo la estaba estimulando el sexo de ella con su lengua, sino que también introducía sus dedos para elevar las sensaciones.

    Ella gemía y gemía, pero pronto le pidió que la penetrará diciéndole que quería sentirlo adentro. Otoniel entendió la súplica y rápidamente procedió a insertar su pene dentro de la vagina de mi esposa. Lentamente la fue penetrando y me excitó muchísimo ver el rostro de ella se congestionaba a medida que ese n miembro se abría paso dentro de su cuerpo. Y ya, estando adentro de su húmeda vagina, el hombre empezó a empujar y empujar, metiendo y sacando rítmicamente su miembro del cuerpo de mi excitada y sonrojada esposa, que disfrutaba de aquello, apretando con fuerza las nalgas del hombre.

    El cuerpo de Otoniel cubría totalmente el cuerpo de mi mujer, quien, sometida por el placer que aquel le proporcionaba, contorsionaba sus piernas, arriba y abajo, para dispar un poco la intensa emoción que el contacto con aquel miembro le estaba dando. Ella gemía más y más con cada embestida hasta que ya, en la cúspide de las sensaciones, pareció llegar al clímax. Un sonoro uiiichhh retumbó en aquel cuarto de motel, dando a entender que aquello había terminado.

    Pero no fue así. Si bien mi esposa había experimentado un profundo orgasmo, Otoniel aún estaba lejos de llegar al final, así que, delicadamente le pidió a ella que se colocara boca abajo, y, colocándose sobre las espaldas de ella, continuó penetrándola, pero ahora desde atrás. Mi esposa extendió sus brazos a los costados y permitió que el hombre hiciera con ella lo que quisiera, a su antojo. El, preocupado por alcanzar su propio orgasmo y eyacular, prosiguió bombeando dentro de la vagina de mi esposa con toda intensidad. Su miembro entraba y salía del cuerpo de ella, quien volvía a excitarse emitiendo sonoros gemidos.

    Pronto, bien pronto, Otoniel alcanzó su propio orgasmo y acabó. Al sacar su pene, claramente pudo verse el depósito de semen acumulado en la punta del condón. Agotado se recostó a un lado de ella, pero para nada dejo de tocar su cuerpo, sus piernas, su espalda y sus senos con inusitada atención. El sexo de mi mujer aun palpitaba. El hombre la había fornicado de manera intensa y ella había disfrutado del contacto. Había valido la pena tanto calentamiento en la pista de baile. Ambos habían desfogado sus apetitos y el contacto de sus sexos había culminado la tensión propia de la espera.

    Otoniel no quería dejar pasar la oportunidad para gozarse a mi mujer todo el tiempo que pudiera. Siendo un hombre joven, su miembro pronto estuvo listo para actuar de nuevo y, mi esposa, viendo como aquel miembro crecía, endurecía y estaba dispuesto, solo atinaba a abrir sus piernas al máximo, invitándole a que volviera a colocar aquel miembro dentro de ella. No tuvo que hacer se rogar, para nada, y bien pronto estuvo encima de ella, cabalgándola nuevamente.

    Es una delicia ver cómo mi esposa disfruta las embestidas de sus machos. Es innegable la excitación que le genera la penetración de esos penes ávidos de probar vaginas nuevas y que son bien acogidos por la fémina de turno. Y en este caso, mi esposa, bien ávida estaba de llenarse con un pene tan provocativo como aquel. Otoniel, encantado, la cabalgaba a placer, haciendo piruetas para que su pene entrara dentro de la vagina de mi esposa de todas las maneras posibles, procurándole diversas sensaciones. Y, después de taladrar y taladrar dentro de ella, terminó su faena. Otra vez sacó su miembro. Menos semen esta vez, pero ella estaba dichosa con la experiencia.

    Permanecieron tendidos en la cama un rato. Ella y Otoniel, pasado un tiempo, se incorporaron. Él se levantó de la cama. Ella se limitó a sentarse en el borde. Parecía que ya todo había acabado. Sin embargo, ella, tal vez, todavía necesitaba algo más. Sentada en el borde de la cama, como estaba, le pidió a Otoniel que se le acercara de nuevo y, tomando su pene con sus manos, se lo llevó a la boca otra vez y empezó a chuparlo con mucho vigor. Pronto el pene creció y endureció. Ella siguió chupándole de muchas maneras.

    Otoniel movía su cuerpo, insertando su pene en la boca de mi mujer como si fuera su vagina. Chupó y chupó por varios minutos, pero Otoniel seguía impasible. Oye, dijo ella en un momento dado, ya me cansé. Entonces, Otoniel, ni corto ni perezoso, le dijo, sabes qué nos falta. ¿Qué? respondió ella. Un sesenta y nueve, dijo él. Me gustaría. Así que ambos se fueron acomodando, sin decir nada, de manera que tanto ella como él tuvieron acceso con sus bocas al sexo del oponente. Y así estuvieron un largo rato, deleitándose el uno al otro.

    Al rato, Otoniel, volvió a emparejarse con ella, frente a frente, la besó profundamente y, dado que su pene estaba erecto, volvió a penetrarla. Esta vez, sin maromas, reposando su cuerpo sobre el de ella, bombeando despacito sin dejar de besarla hasta que, pasados los minutos, el vigor se acabó y ya no hubo ánimos para más. Otoniel sacó su pene y mi esposa se apresuró a metérselo nuevamente en su boca. Quería tragar y sentir el sabor del semen de aquel, así que aquello terminó de esa manera.

    Recuperados del esfuerzo, tanto ella como Otoniel se vistieron de nuevo. No me equivocaba yo, dijo Otoniel mientras nos despedíamos, así como ella se mueve para bailar hace el amor. Esa cuca es una licuadora. Gracias, dijo ella, pero tú también lo hiciste muy bien, por eso no me pude aguantar las ganas de estar contigo y dejar pasar la oportunidad. Tu bombeas muy rico. Hasta pronto. Otra vez será. ¿Por qué no?

  • Mi gordita y grandota Carlota, el amor de mi vida. Yo, Clara

    Mi gordita y grandota Carlota, el amor de mi vida. Yo, Clara

    Estoy en casa de Carlota, en su habitación. Ella aún está trabajando en la biblioteca y no regresa a casa hasta las nueve de la noche. Estoy sentada en la silla de su escritorio. Como la fría noche de invierno que nos declaramos el amor que sentimos la una hacia la otra e hicimos el amor por primera vez. Desde aquella noche, me siento afortunada de ser su mujer, al igual que ella la mía.

    El día que conocí a Carlota fue de los mejores de mi vida. Quedé totalmente prendada de su belleza. De su profunda y brillante mirada de ojos cafés, con un aire melancólico y discretamente sensual. De su peculiar sonrisa llena de vida, que puedo recrear de noche cuando contemplo la luna en sus fases de cuarto creciente y menguante. De su blanca piel, con su rubor y visibles imperfecciones. De su largo cabello castaño y lacio con flequillo recto. De la imponencia de la expresión de su rostro con esas gafas grandes de cristales cuadrados y de montura azul marino, concretamente como estaban de moda hace unos seis años. De su alta estatura de casi 1,90. De las abundantes curvas de su hermoso y gordito cuerpo. Gordita, bien proporcionada y de complexión fuerte. De sus grandes ubres y de su opulente y gordita barriga, a la vez sexy y bien proporcionada, de sus fuertes y gorditos brazos, de sus abundantes caderas, nalgas, muslos y piernas, largas a la vez…

    En cambio, yo, en cuanto a altura y complexión soy todo lo contrario a ella. Mido 1,59, soy bajita y delgada. Ella, grande y fuerte. Yo, menuda y frágil. Además, soy blanquita de piel, tengo el cabello largo castaño siempre recogido con una cola de caballo, tengo los labios carnosos, los ojos marrones y, como ella, también llevo gafas. Soy muy femenina, ella en cambio es más medio medio. Ella lesbiana, yo bisexual con preferencia a las mujeres. Amo ese contraste entre ella y yo. Exteriormente somos diferentes, pero a la vez muy iguales interiormente.

    Nos conocimos un caluroso día de verano. Recuerdo que llevaba el cabello recogido con una coleta dejando ver bien su flequillo recto y que llevaba puesta una camiseta azul de tirantes anchos revelando discretamente su precioso escote, en el que se podía entrever un sujetador negro, unos pantalones tejanos cortos de medio muslo que revelaban muy bien sus curvas y unas chanclas negras de cuero y plataforma de cuña con las que tengo tanto fetiche. Mi cuerpo ya empezaba a reaccionar ante ella. La deseo a reventar desde aquel día que la conocí. Desde aquel día no hay día que mi cuerpo no reaccione pensando en ella, hasta, literalmente, el orgasmo.

    No solo me encandilé de su físico, sino también de su personalidad, de su manera de ser conmigo. Noble, inteligente, tímida e introvertida pero a la vez muy cariñosa y sensible… Su triste mirada… Revela un pasado duro y una constante lucha para encajar en este mundo. Asperger como yo. Desde el día que conocí a Carlota supe que, si la vida me regalaba la oportunidad de conocerla en profundidad y de estrechar un lazo con ella, llegaría a amarla incondicionalmente. Y así ha sido, tal y como mi intuición me decía.

    Me encanta quedarme a solas en su habitación mientras ella está trabajando. Aunque ella no esté físicamente, mi olfato también se torna muy sensible hasta el punto de sentir su presencia en forma de feromonas.

    Llevo un ratito ya esperándola. He entrado a su casa porque me ha dejado una copia de sus llaves bien escondida debajo del felpudo para cuando llegara. Llevaba unos días sin verla. Me muero de ganas de abrazarla, besarla, hacer el amor con ella…

    El reloj de pared de su cuarto marca las nueve de la noche. Escucho abrirse la puerta de su casa. Mi corazón da un vuelco de felicidad.

    –¡Clara…! ¡Amor mío…! ¡Ya estoy en casa…! –escucho que me dice una vez cierra la puerta y entra en casa. Por el sonido de sus pasos al caminar, puedo deducir que lleva puestas unas de esas atrevidas botas altas negras de cuero, plataforma y tacón que tiene, con las que tanto me seduce.

    Se dirige rápidamente a su cuarto para recibirme. Me abraza con mucha fuerza.

    (Carlota y yo hablamos en catalán, pero para que se me entienda, pongo los diálogos en español).

    –¡¡Ay, mi amooor…!! –me da unos cuantos besos en las mejillas– ¡Cómo te he echado de menos…! –me susurra seguidamente al oído mientras me acaricia las mejillas y el cuello. Me habla con un tono de voz tierno y discretamente sensual.

    Seguimos abrazándonos. Ella muy alta, gordita, grande, fuerte… Yo bajita, delgada, menuda, frágil… Que protegida me siento… Lleva puesto un jersey granate de lana muy cómodo y calentito. También lleva unos pantalones tejanos ajustados por las caderas, las nalgas y los muslos y anchos y acampanados de las rodillas para abajo y unas botas altas negras de cuero, plataforma y tacón ancho. Obviamente, se ve aún más alta de lo que ya es. Aunque vaya vestida muy modesta, ni imaginación empieza a volar.

    –Amooor… Ya tenía muchas ganas de verte… De pasar la Navidad a tu lado… Aunque estemos solo un par de semanas separadas, para mí ya es mucho… Se me hace largo, muy largo…

    –Lo sé, amor mío, lo sé.

    Por un momento, me mira intensamente, con ese brillo en su mirada que ya tanto conozco. Melancólico y tímido, sí. Pero a la vez sensual.

    –Ven, amor… Siéntate… –le digo, señalando la silla de su escritorio– Quiero darte una sorpresa.

    Se sienta, salgo de su cuarto un momento hacia el recibidor, donde le tengo guardada la sorpresa. Acto seguido, vuelvo a entrar a su habitación y me dirijo a ella con un ramo de diez rosas vivas con maceta, tierra y raíces, junto con una carta de amor, una caja roja de bombones en forma de corazón y dos novelas catalanas de crónica negra que tanto le encantan. «Sense cadàver» («Sin cadáver»), de Fàtima Llambrich y «El pantà maleït» («El pantano maldito») de Tura Soler.

    Entonces, ella se emociona muchísimo y se tapa la cara con las dos manos. Se le ilumina mucho el rostro, la mirada… Se le empiezan a ruborizar las mejillas y a ponérsele los ojos llorosos.

    Se levanta de la mesa, coge el ramo de rosas con una mano y con la otra las novelas y la caja de bombones y me abraza apasionadamente. Acto seguido, se acerca discreta y sensualmente el ramo de rosas a su rostro, en especial a su olfato y a sus labios.

    –¡Amor mío…! –me besa fuertemente en las mejillas.

    –Y eso no es todo para una mujer como tú…

    –¿Cómo…? –dice.

    –Mira dentro del ramo de rosas.

    Entonces, nos retiramos del abrazo y encuentra la carta. Un gran sobre de color rosa pastel decorado con purpurina y en el que he dibujado corazones y he escrito con letras grandes lo siguiente: «T’estimo, amor de la meva vida» («Te amo, amor de mi vida»).

    –Ay… A ver, a ver… –dice, ansiosa y muy emocionada, con las mejillas ruborizadas y su melancólica mirada brillando intensamente, se podría decir que casi llorando ya al leer mis palabras en el sobre.

    Acto seguido, lo abre y empieza a leer la carta interiormente. Se titula «Una rosa por cada una de las diez virtudes que más amo de ti». Puedo observar el creciente rubor en sus mejillas. También como sus ojos se ponen más llorosos y empiezan a derramar lágrimas de emoción mientras tiene una mano en el pecho, palpándose el corazón.

    Una vez termina de leer la carta, me abraza llorando. Yo también lloro con ella.

    –No te haces a la idea de cuánto te amo, Clara. Con todos los momentos duros que he pasado, nadie en la vida ha sabido valorarme, admirarme y quererme como tú… Nadie en la vida me ha dedicado estas bellas palabras… Y eso… Eso no tiene precio, créeme. Eres tan grande para mí que no cabes en mi corazón. Eres lo mejor que me ha pasado en esta dura vida, Clara. Eres increíblemente hermosa y excepcional. Te amo con todas mis fuerzas, mi cielo. Prometo cuidar bien las rosas, a la vez que cuido de nuestro amor.

    –Eres la mujer con la que siempre soñé… E incluso más que eso, porque en el amor la realidad siempre supera los sueños. Si pudieras verte con los ojos que yo te veo en vez de en el espejo, tanto interior como exteriormente, te aseguro que jamás conocerías los complejos. Amo tu bondad, tu ternura, tu inteligencia, tus ideales, tu manera de ver el mundo, tu mirada, tu sonrisa, tu cabello, cada milímetro de tu cuerpo, cada milímetro de tu alma con sus luces y sombras… Eres la mujer más hermosa de todas, Carlota. En todos los sentidos. Es junto a ti con quién quiero pasar el resto de mis días. Te amo como nunca he amado a nadie, Carlota.

    Y nos abrazamos fuertemente mientras ambas lloramos. Carlota ha tenido un pasado muy duro y marcado por acoso escolar, maltrato psicológico, soledad y depresiones y tiene una gran necesidad de afecto. Más palabras bonitas, sonrisas, abrazos y besos sinceros es lo que necesita Carlota. Sentirse valorada y admirada. Que no solo le digan que la aman, sino que se lo demuestren día a día. Sentirse amada es lo que necesita. Porque con todo lo que ha vivido y ha luchado, lo merece. Eso y mucho más.

    Nos abrazamos y nos besamos las mejillas. Ella siempre tiene que agacharse bastante para alcanzar mi rostro, dada la notable diferencia de altura entre las dos, y aún más con las botas de plataforma y tacón ancho. Mientras la abrazo, puedo sentir el ligero temblor de su cuerpo mientras llora de la emoción, así como el dulce latido de su corazón.

    Pasados unos minutos, mientras nuestros cuerpos siguen abrazados, retiramos nuestras cabezas y nos miramos intensamente. Ese brillo melancólico en la mirada de Carlota enternece aún más mi alma.

    –Prométeme que siempre estarás a mi lado, Clara.

    –Jamás me iré de tu lado, Carlota. Te amo más que a nadie, tenlo siempre presente.

    –Siempre te cuidaré y te protegeré en lo bueno y en lo malo, hasta el fin de mis días. Te amo, Clara.

    –El fin de tus días es también el fin de mis días, Carlota. Si tú me faltas, yo muero por dentro. Desde que te conocí, la vida no es vida sin ti.

    –Si tú te vas, yo me voy contigo, Clara. Hasta el fin del mundo si hace falta. Si tú falleces… Si tú me faltas… Ay… No quiero ni imaginarlo… Me muero, Clara, me muero… Como si me privaran del aire que respiro.

    Estamos las dos llorando y seguimos abrazándonos con fuerza y acariciándonos la cintura. Estamos así durante unos diez minutos hasta que logramos amainar nuestro llanto.

    Pasados unos diez minutos, ella me da un beso en la frente y acto seguido en los labios.

    –Tengo que terminar un trabajo de la universidad –me dice dulcemente, mientras me acaricia en la mejilla– ¿Qué te parece si nos sentamos y nos relajamos?

    –Perfecto, amor –le respondo.

    Entonces, ella se sienta en la silla del escritorio. Yo también me siento, en la esquina de su cama más cercana al escritorio.

    Empieza a preparar el ordenador portátil y los libros que necesita para trabajar. La observo. Me encanta verla tan estudiosa y aplicada. Además de trabajar de secretaria en la biblioteca, un trabajo tranquilo, que no pide estar de cara al público y con el que ella se siente a gusto, también ha estudiado la carrera de humanidades y ahora está haciendo un máster en estudios medievales. Igual que a mi, a Carlota le ha apasionado todo lo que se asocia culturalmente con la oscuridad de este mundo y del ser humano, además de también apasionarle la historia. Por eso le apasiona en especial todo lo relacionado con la época medieval. Sobre todo, amo saber que ama lo que hace y que la hace feliz. Y eso es lo más importante. Si ella es feliz, yo lo soy el doble.

    Mientras el ordenador se va encendiendo, abre la caja de bombones en forma de corazón que le he regalado y se dirige a mí.

    –¿Quieres uno, amor? –me dice, con ternura y sensualidad.

    –Claro que sí, mi reina –y cojo uno y empiezo a comerlo.

    Acto seguido, ella coge otro y se lo lleva directamente a la boca. Por los lentos y a la vez sensuales movimientos que hace con su boca y con su lengua, puedo ver que va saboreándolo lentamente. Mientras tanto, va leyendo interiormente uno de los libros que necesita para hacer el trabajo.

    –Uy, me aprietan un poco los pantalones… –me dice tímida y a la vez sensualmente, una vez se termina el bombón. Y acto seguido, se los desabrocha y se los quita lentamente, dejando ver unas braguitas negras y las botas altas negras de cuero, plataforma y tacón ancho que lleva, bien ceñidas a sus largas piernas. Al ser pantalones acampanados, no le resulta difícil quitárselos.

    Ufff… Justo la prenda que yo ya le quitaba hoy con la mirada… Con este grueso jersey granate de lana de cintura para arriba y sin nada más ni nada menos que braguitas y una de esas botas altas o chanclas de cuero, plataforma y tacón de cintura para abajo. Como me excita verla tan modesta de cintura para arriba y tan provocativa de cintura para abajo. La miro con mucho deseo.

    Una vez se ha quitado los pantalones, ya se le enciende el ordenador, abre el documento con el trabajo y va leyendo los libros que tiene que leer. La observo. Veo que tiene un lápiz en la mano para subrayar, que va mordiendo de vez en cuando. Me siento muy excitada. Este estereotipo de «nerd» estudiosa y aplicada y a la vez discretamente provocativa de puertas para adentro reconozco que me pone muy a tono.

    Pasados unos diez minutos, toma la caja de bombones y coge otro bombón. Ufff… Vuelvo a ver cómo lo saborea lenta y sensualmente mientras va estudiando, esta vez dándole pequeñas lamidas y mordisquitos hasta que el bombón se hace más pequeño y acaba saliendo una crema de chocolate blanco (por fuera son de chocolate con leche y tienen una crema de chocolate blanco por dentro). Se mancha un poco el jersey de crema del bombón, ya que se lo estaba comiendo sin decantárselo mucho de la ropa. Ufff… Como me está poniendo. Verla tan modesta de cintura para arriba y de cintura para abajo tan seductora, con esas apetecibles braguitas negras y esas provocativas botas altas de cuero, plataforma y tacón… Comiéndose sensualmente los bombones que le he regalado… Mi cuerpo reacciona cada vez más. Siento como mi piel experimenta un calor febril, haciendo que se ruborice cada vez más y que sienta más sensibilidad, como mi estómago y mi vientre se contraen, como me tiemblan las extremidades, como se me eriza la piel, como se me endurecen los pechos y como se abre en canal esa dulce sensación de calor, tensión y humedad entre mis piernas.

    Acto seguido, se vuelve otra vez hacia mí girando la silla, ya que, como toda silla de escritorio, es de esas que tienen ruedas.

    –¿Quieres otro bombón, amor? –me pregunta, mientras me acaricia sensualmente la mano.

    –Me apetece más un beso tuyo –le digo.

    –Eso siempre lo tendrás, durante el resto de tus días.

    Entonces, sin pensarlo un segundo más, me acaricia las mejillas y el cuello y me da un tierno y caliente beso.

    Y nos damos este beso. Y otro… Y otro… Y otro… Cada vez más largos, intensos y profundos. Entre beso y beso, me levanto de su cama y me pongo de pie delante de su escritorio. Y en esta otra posición, seguimos besándonos. La intensidad de nuestros besos va subiendo en una escala del rosa pastel al púrpura. Nos besamos como si no hubiera un mañana y sin apenas tomar aire. Las dos estamos cada vez más excitadas y se nota. Nos miramos con mucho deseo.

    Me voy agachando un poco para llegar a ella, ya que yo estoy de pie y ella sentada. Empiezo a besarle lenta y delicadamente los labios, las mejillas, ásperas a causa del acné, unas de esas imperfecciones que tiene y que acariciando también puedo hasta decir que me excitan, ya que mi morbo hacia ella puede más que otra cosa. Mientras nos besamos, mis manos acarician su larga cabellera castaña y lacia con flequillo recto y empiezan a bajar lentamente desde su cabello hasta sus grandes ubres. Se las amaso y acaricio con delicadeza por encima del grueso jersey de lana granate. Puedo sentir sus pezones endureciéndose. Empieza a suspirar. Puedo ver de reojo como se muerde disimuladamente el labio inferior.

    –Mmmmm… Amor…

    Lentamente, voy agachándome más y mis delicadas manos con dedos de pianista van acariciando sus pechos y su opulenta y gordita barriga, de arriba a abajo, de abajo a arriba… Obviamente, centrando más la atención hacia sus pechos, esas grandes ubres. Siempre por encima del jersey. No me hace falta quitárselo. Se ve tremendamente sensual solo sin el pantalón y con el recatado jersey, las braguitas y las provocativas botas negras de cuero, plataforma y tacón ancho. Yo, en cambio, esta vez sigo y seguiré con mi elegante vestido negro ajustado y mis finas medias negras. Sus grandes manos y sus largos y gorditos dedos también pasan por mi cintura y mis pechos.

    Entonces, me agacho completamente, mientras ella está sentada. Yo ya me encuentro debajo de la mesa del escritorio, justo delante de sus piernas.

    –Termina tranquila tu trabajo de la universidad… Relájate… –y me levanto un poco para alcanzarla y darle un delicado y a la vez caliente beso en la mejilla y otro en los labios mientras le acaricio el cabello.

    –Mmmm… Perfecto, amor mío…

    Entonces, me vuelvo a agachar completamente. Me encuentro debajo de la mesa, entre sus piernas. Tengo justo delante su húmeda rosa, llorando de placer por debajo de las braguitas negras. Pero quiero ir despacio. Muy despacio.

    Empiezo acariciándole y besándole los muslos, las piernas y las botas como si no hubiera un mañana. Esas botas… Ufff… El cuero, las plataformas, los tacones… Se las huelo, se las beso y se las lamo como si no hubiera un mañana. Estoy tan excitada que a veces me toco los pezones. Puedo escuchar como sigue con su trabajo, como va tecleando y pasando las páginas de los libros. A veces levanto un poco la cabeza para ver su cara de concentración y seriedad. Además, las gafas le dan un aire de nerd que me pone muy a tono. A la vez también puedo sentir lo receptiva que está a mis caricias y besos en sus muslos y piernas. Lo puedo sentir porque con el lento pasar de los minutos, puedo observar sus lentos y discretos movimientos y oler la creciente humedad en sus braguitas negras.

    –Ay, eres tan hermosa… Y tan sexy… –le digo a ratos, mientras mis manos y mi boca se enredan entre sus abundantes carnes y en sus provocativas botas. Una de las veces que se lo digo es de esas que mi cara sube hacia sus muslos y puedo ver como sonríe tímidamente mordiéndose el labio inferior con picardía y lo ruborizada que está. La temperatura de su piel va subiendo paulatinamente.

    Pasados unos tres cuartos de hora, Carlota termina el trabajo.

    –Amor, ya he terminado… –me dice tiernamente, mientras me acaricia el cabello y la mejilla. En ese momento justo, me encuentro besándole los muslos, ya que voy besándola de arriba a abajo y de abajo a arriba. Puedo sentir el olor a excitación procedente de sus braguitas negras. Acabo acurrucando mi cabeza y mis brazos en sus muslos, me acaricia más el cabello y las mejillas y me da unos cuantos besos en la cabeza. Me siento excitada y a la vez relajada.

    Pasados unos minutos, ella me da un toque suave y yo levanto la cabeza de sus muslos. Me besa intensamente mientras se empieza a levantar lentamente de la silla. Mientras se pone de pie, sigue aguantando mi cabeza y acariciando mi cabello y mis mejillas. Ella de pie en posición dominante. Yo agachada, en posición sumisa. Le empiezo a bajar lentamente las braguitas negras de seda, a la vez acariciando y besando sus muslos, sus piernas y sus botas, hasta que llegan a sus pies, a sus provocativas botas de plataforma. Una vez las tiene en los pies, se las empiezo a oler, a besar y a lamer, tanto las braguitas como las botas. Si ya tengo un fetiche enorme con sus calzados de cuero y plataforma, aún lo tengo más si van acompañados de sus braguitas con su dulce néctar.

    Pasados unos minutos, subo otra vez mi espalda y mi cabeza, la abrazo por los muslos poniendo mis manos en sus grandes nalgas y mi boca empieza a recorrer su dulce rosa, completamente depilada. Mis labios y mi lengua empiezan a recorrer su grande clítoris, casi succionándolo, y su caliente y abundante néctar. Mientras tanto, mis delicadas manos van amasando y acariciando sus abundantes caderas y nalgas. Tengo mis pechos con los pezones endurecidísimos clavados en sus grandes muslos. Carlota me va acariciando el cabello y mueve las caderas cada vez con más frecuencia y sensualidad. A la vez, también con la otra mano se acaricia a si misma el cabello y las mejillas y se toca los pechos y los pezones por encima del grueso jersey granate. Tiene la piel ardiendo y suspira cada vez más fuerte. Se nota que las dos estamos cerca del orgasmo. Pasados unos veinte minutos, estalla de placer con un dulce e intenso orgasmo por lo puedo intuir con el rubor y ardor de su piel, la rojez de su clítoris, la abundancia de sus fluidos y la intensidad de su gemido final.

    Después del clímax, ella cae rendida abrazada a mí, que sigo agachada y acabamos las dos tumbadas en su cama. Entonces, se quita las braguitas que sigue teniendo bajadas hasta las botas y me las da para que se las siga oliendo y lamiendo, mientras ella me abraza y me besa las mejillas, el cuello y los labios desde detrás. Me sube lentamente el vestido y pasa una mano por debajo de mis medias pantis negras y de mis braguitas también negras y con dos de sus grandes dedos estimula mi clítoris y penetra mi vagina. Tiene unos dedos tan largos y gorditos que por instinto me muevo sensualmente como si la estuviera cabalgando. Me siento demasiado satisfecha. Con la otra mano, acaricia mi cabello castaño, mis mejillas, mi cuello, mis pechos, mis pezones, mi cintura y mi esbelto abdomen. Mientras tanto, seguimos besándonos y yo oliendo y lamiendo sus braguitas. Es indescriptible lo que siento. Pasados unos quince minutos, siento un intenso orgasmo recorriendo mi cuerpo entero. Estando yo sentada delante y ella detrás, mi menudo cuerpo cae rendido abrazado a su gran cuerpo.

    Pasados unos veinte minutos en silencio y recomponiéndonos, Carlota se levanta, me da la mano y yo también me levanto. Se pone otras braguitas, también negras y muy sexys. Nos abrazamos con fuerza durante unos minutos. En un momento dado, retiramos nuestras cabezas del abrazo y nos miramos intensamente. Puedo observar una intensa felicidad y a la vez una profunda melancolía en el rostro de Carlota.

    –La vida, los años, su paso inexorable… Clara, hay veces que yo… Pienso mucho en eso. Todo va muy rápido, cada vez hay más frialdad, individualismo, narcisismo, frivolidad, apariencias, superficialidad, materialismo, confusión. Muchas personas no quieren abrir sus sentimientos, su corazón. No quieren permitirse sentir. Se hacen las duras, pero en el fondo tienen miedo a volver a sufrir o no saben lo que quieren en su vida. Este mundo está muy insensibilizado. Y eso… Eso es muy duro, Clara. Es algo que siempre me ha entristecido… Yo… Pienso en qué será de mí en unos años… Y… sea cual sea el camino en este mundo tan líquido, solo veo un futuro contigo… Y por lo tanto ya no pienso en qué será de «mí» sino en qué será de «nosotras». Si Dios unió nuestros caminos, no es porque sí, Clara. Tú y yo somos la una para la otra. Siempre lo hemos sido. Aunque nuestros caminos no se hubieran unido, lo seguiríamos siendo igual. Y si no se hubieran unido en esta vida, quizás en otra… ¿Has oído hablar alguna vez de las almas gemelas, Clara? –me dice, con los ojos cada vez más llorosos.

    –Las almas más nobles, puras y sensibles, como tú, como yo quizás, pero sobre todo como tú, Carlota, tenemos que mantenernos en pie en este mundo cada vez más en ruinas. Ya cuando te conocí supe que eras de esas pocas personas por las que merece la pena luchar y, si hace falta, arriesgar. Mi vida se reducía a trabajar, estudiar, soledad, melancolía y sensación de no acabar de encajar con el mundo hasta que llegaste tú, Carlota… Durante los primeros días de conocernos, aquellos espléndidos días de agosto, sentía que algo dentro de mí estaba cambiando, no sabía descifrar exactamente el qué, pero era una conexión muy intensa que jamás había sentido hacia nadie. Pero con el paso del tiempo y a medida que íbamos forjando un lazo más estrecho e intenso, todo me encajaba cada vez más. Cada vez era más consciente de lo mucho que tenemos en común y de lo que estamos hechas la una para la otra. Que el mejor regalo de Dios en mi vida ha sido ponerte a ti en mi camino. Desde que empecé a ser consciente de lo mucho que te amo, cuando pienso en el futuro, ya no pienso en un «yo» sino en un «nosotras» y ya no es «mi» futuro sino «nuestro» futuro. A mí… Me resulta imposible imaginar un futuro sin ti. Porque las almas gemelas, están destinadas por ley espiritual a unirse para volver a ser una. Sé muy bien de lo que me hablas, Carlota.

    –Te amo tanto que me duele, Clara. A pesar de mi opulencia y mi apariencia fuerte, sabes muy bien que yo siempre he tenido un fondo sentimentalmente muy sensible y frágil. Mi amor hacia ti aún me lo ha vuelto más. En el mundo de las apariencias y del mito de la felicidad malentendida, nos venden la fragilidad y llorar como algo negativo que hay que evitar como es algo que debemos abrazar para conectar con nuestra esencia, con las personas que más amamos y con Dios. Tu amor me hace sentimentalmente más frágil y a la vez me fortalece al sentirme tan valorada, amada y libre como me haces sentir –me dice, llorando.

    Abrazo fuertemente a Carlota y amaino su llanto. En contra de las ideas preconcebidas que se puedan tener, el hecho de que una persona sea Asperger no quita que sea sensible y sentimental. Carlota lo es, y mucho, sobre todo teniendo en cuenta su traumático pasado, marcado por maltratos. Quizás lo es en sobremanera, más que yo incluso. Y no es nada malo. Es sano mostrar tus sentimientos. Es sano llorar todas las veces que haga falta, y aún más en los brazos correctos. Y eso no quita la mujer fuerte y luchadora que es a pesar de todo. Su pena es también mi pena. Su llanto también es mío. Las dos lloramos abrazadas.

    –Tu amor me hace sentir más viva, más sensible y mejor persona. Es tanto lo que te amo que a veces lloro a solas con solo pensar en tu mirada, en tu sonrisa, en tu tierna voz, en tu manera de ser, en lo amada y protegida que me haces sentir, en lo hermosa que eres, interior y exteriormente… en ti. En ti y en lo mucho que me dolería tu ausencia. Tu amor es como respirar aire puro y fresco contemplando el precioso mar azul iluminado por un cielo soleado. Como aquel precioso día de agosto que te vi por primera vez en la playa de aquel hermoso pueblo de la Costa Brava. Y allí estabas tú, sentada en un banco, tan hermosa como siempre, con tu larga cabellera recogida obviando tu flequillo recto, con tu camisa de tirantes azul dejando entrever discretamente tu hermoso escote, con uno de tus pantalones tejanos cortos de medio muslo, dejando ver tus largas y carnosas piernas, y con unas de tus chanclas negras de cuero y plataforma. Tenías las pupilas, junto con tus gafas, clavadas en una de tus novelas favoritas, algo que me hizo percatarme de que a las dos nos encanta el thriller, el misterio y el true crime. No fue aquel día el que te empecé a hablar, pero quedé completamente prendada de tu belleza y sensualidad. A aquel grupo, a mucha gente, por los comentarios que oía decir, les parecías aún tanto diferente, algo con lo que yo me sentí identificada como Asperger que soy. Oí más de un comentario desagradable y haciendo burla sobre ti y mi instinto fue callar las bocas a cierta gentuza cobarde por burlarse de ti, y aún más a tus espaldas, hasta el punto de soltar una bofetada a más de uno. Y eso sin apenas conocerte, solo de vista. Y aún sin conocerte ya sentía que si te ofenden a ti, también me ofenden a mí. Esas tres cosas impulsaron mi deseo de acercarme a ti, de conocerte. Recuerdo que a mucha gente les parecíamos extrañas tú y yo sin ni siquiera molestarse en conocernos al menos un poco. Eres la persona más fuerte y valiente que he conocido en mi vida, Carlota. Para mí eres una guerrera, una luchadora que a pesar de todo el dolor ha salido adelante. A la vez, la persona más noble, tierna y sensible, sin ningún reparo en mostrar sus sentimientos y que algunas veces es una cualidad que te ha traído problemas, pero no por tu culpa sino por la superficialidad y la maldad de la gente. Eres lo mejor que me ha pasado, Carlota, eres la suerte de mi vida. Te amo y te amaré el resto de mis días.

    Entonces, ella me besa. Mientras nos besamos, caemos rendidas en su cama y nos dormimos abrazadas.

  • Espiando a mi amiga Otaku (01 y 02)

    Espiando a mi amiga Otaku (01 y 02)

    01 Nerdi u Otaku

    Nunca decidí si llamarla Yisela o simplemente Ysela a secas. Hasta ahora su nombre me evoca ingenuidad y una sensualidad que solo pueden causar las chicas «nerdies» o «otakus» veinteañeras.

    Aquélla tarde de Verano Limeño en el taller habia sido un dia de trabajo caluroso y agotador. Yo tenía el turno de supervisar a Ysela en sus labores de envasado. Nuestros compañeros ya habian culminado y nos esperaban en una cafeteria para salie de paseo.

    Ya era mediodia, el taller quedó vacio y como supervisor, noté que aún faltaban algunas unidades de productos para embalar, Ysela cada vez lo hacia mas lento ya se notaba fatigada pese a que no expresaba palabra alguna.

    -Yse! te noto agotada-

    Con su particular desanimo me contesto:

    – Acalorada y agotada Fernando, necesito una ducha larga y fresca!-

    En esas jornadas las chicas de taller usaban ropa sencilla y fresca para el trabajo, a menudo camisetas de tela delgada o de segundo uso desgastadas.

    Sobre ella se colocaban un mandil sanitario y otros implementos de trabajo. Usaban botas altas antihumedad por lo que siempre calzaban pantalones de tela simple, delgada como leggins de tela stretch o mezclilla delgada bien pegada al cuerpo para mayor comodidad y frescura.

    Ysela era una chica delgada, de algo más de 1.50 un poco introvertida, de pocas palabras, pero de buen humor y temperamento «kawai».

    Su piel pálida y su sencilla figura parecía pasar desapercibida para la mayoria de chicos, que prefieren chicas altas de caderas anchas o de bubis notables.

    Evidentemente Ysela no era voluptuosa pero algo me decía que bajo esas prendas o despojada de ellas había un tesorito que apreciar.

    02 Compensando «horas extra»

    Ysela ya era la última en quedarse, aun no acababa su parte y hacia horas extra. Revisé la lista de empaque y le dije:

    -Creo que has avanzado bastante, ya puedes culminar tu turno, cuanto te falta?

    -Ay!! Fernando todavia de este unas 200 cajitas!!

    Le dije: Bueno si estas de acuerdo en irte ahora, yo me quedo terminando estas 200 y cierro el taller pero me lo compensas en otros turnos apoyandome hasta acabar.

    Al oir eso, levantó su ojos claros algo rasgados, asintió con un:

    – yes, claro! cerrado! De acuerdo Fernando, lo compensare cuando pidas y como pidas, ahora me iré a duchar! –

    Se acomodó las gafas y me dió un caricaturesco beso en la mejilla levantando una pierna. Ni era para menos con mi ayuda se sacaba de encima 50 minutos.

    Contenta pero silenciosa, se puso de pié, tomo sus cosas y se fué rumbo a la zona de los vestidores. Mientras caminaba los 30 metros que separaban el taller de las oficinas y vestidores no pude evitar quedarme observando como se alejaban a paso firme sus delgadas piernas.

    Llevaba un leggin sencillo pero que contorneaba bien sus muslos delgados y firmes. La seguí con la mirada, memorizando el meneae pausado de sus caderas que eran estrechas pero altas. Sus nalgas eran pequeñas, pero con suficiente volumen para dar un vaiven de subir y bajar al caminar.

    Solo en esas prenda podia ver sus sobrios gluteos menearse, fijando la mirada no notaba ninguna marca de sus calzones, asi empezé a fantasear que esta «nerdie» de anteojos quizas no acostumbraba usar boxer, ni cacheteros sino alguna tanga o algun boxer muy suelto.

    No pasaron ni dos minutos hasta que noté que la lista de empaque no decia 200 sino 20. Solo 20 unidades, las cuales ya tenia avanzadas. Al fin!! Ysela estaba tan distraida que no notó que ya tenía todo concluido.

    Deje todo listo en unos segundos y me fuí a mi oficina recordando la silueta de Ysela, cada uno de sus atributoa sobrios pero muy exitantes. Al llegar pensé cruzarmela pero ella ya estaba en los vestidores para darse una ducha. Se distinguia que habia puesto algo de musica en su teléfono movil, el sonido prevenía de algun pequeño rincon de mi oficina.

    El taller era un edificio antiguo y había tenido muchas modificaciones. Seguí la musica con atención y con sopresa noté que provenia del closet viejo empotrado de mi propia oficina. Lleno de curiosidad abrí las puertas, entre cajas y divisiones tenia una serie de rendijas bajas que apuntaban hacia los vestidores y otras mas altas para ventilacion que daban hacia las tres duchas en serie.

    Vaya sorpresa con ese closet viejo y totalmente oscuro!!!

    Rápido pero con cuidado cerré la puerta de mi oficina, no habia nadie, si Ysela regresaba al taller pensaria que ya me fui. Apagué las luces y cerré las persianas sin hacer ruido. Abrí el closet y me acomodé para ver que había del otro lado.

    Sumido en la sombra pasaron por mi cabeza decenas de formas de sacarle provecho a esa rendija, de inmediato nada importó, no habia mejor modo de verificarlo que con mi «nerdie» Ysela a punto de desnudarse del otro lado.

    Continúa…

  • Me entregué a mi hermano y me gustó

    Me entregué a mi hermano y me gustó

    Hola, me llamo Alan, tengo 19 años, soy bisexual, algo tímido, de piel clara, delgado, con buenas nalgas pues hago un poco de ejercicio y una verga mediana pero gruesa.

    Mi hermano es Rick tiene 25 es más alto que yo, grande, de piel morena, pues estuvo trabajando en la playa por los últimos 6 años, bastante músculos y con una verga muy grande y dura.

    Cómo dije él estaba fuera de casa y solo nos veíamos en videollamada, hasta que nos sorprendió diciendo que vendría a casa por las fiestas decembrinas, arreglamos todo esperando su llegada.

    Finalmente llegó, a inicios de mes, y todos lo saludamos y platicamos un buen rato ya después me quedé hablando con él mientras me contaba como había conocido varias chicas lindas y había tenido sexo con ellas y yo no le contaba nada asi pues aún era virgen, pero le había mentido que tenía novia.

    Así que en lo que hablamos el saco un regalo «especial» y al verlo era un conjunto de lencería y me dijo «le puedes pedir a tu novia que lo usé para su primera ves» y yo nervioso me reí y lo guarde.

    Pasaron unos días y uno de ellos nuestros padres salieron a una cena, me di un baño y masturbé un poco con un dildo que tengo, fui a mi habitación y en lo que buscaba ropa escuché la regadera y supuse que Rick se estaba bañando, al pensar en es recordé su regalo y me dio curiosidad, así que lo empecé a usar.

    Tenía un sostén sin copas, unas bragas y medias con ligas todo negro y con encaje, y para completar fui al cuarto de nuestros padres y use los tacones y maquillaje de mamá, me había enseñado de maquillaje, ya lista parecía una chica y me empecé a tomar algunas fotos en el espejo del cuarto.

    Empecé a hacer algunas poses sexys y en un momento voltee y vi a Rick de pie y desnudo viéndome y bajando la mirada vi su verga dura y me puse nervioso.

    Rick: Alan? Estás usando lo que te di para tu novia?

    Yo: emmm… Si?

    Rick: okeeey, y por que?

    Yo: no se… Me dio curiosidad como se me vería…

    Rick: bueno se te… Muy bien de hecho jeje

    Yo: gracias… Y… y por que estás desnudo?

    Rick: oh si venía por una toalla jaja.

    Yo: oh ok…

    Lo deje pasar y tomo una toalla y sin dejar de verme salió del cuarto y se fue al suyo. Me quede un par de minutos pensando y en lugar de ir a mi cuarto fui al suyo.

    Yo: estás ocupado?

    Rick: no no pasa

    Entre y seguía con la lencería puesta.

    Rick: que necesitas?

    Yo: yo… bueno… Quieres…

    Rick: que cosa?

    Yo: quieres… Tener sexo? Ya sabes… Entre los dos?

    Estaba muy nervioso le acababa de pedir sexo a mi hermano mayor mientras estaba vestido como una chica. El se levantó, se notaba su erección en la toalla, tomo la puerta detrás de mi y la cerro con seguro para después mirarme y tomarme en sus brazos dándome un gran beso en la boca.

    Creí que sería rápido el beso pero metió su lengua a mi boca y me empezó a tocar, me sentía más tranquila conforme seguía el beso y yo le quite la toalla tocando su verga mientras el me quitaba el sostén tocando mis pezones duros por el frío.

    No había estado antes con un hombre pero había visto muchos videos de «Femboys» y había practicado con mi dildo, así que nervioso me puse de rodillas a la altura de su verga y la metí a mi boca empezando a moverme y a verlo mientras mi lengua lo disfrutaba.

    Se sentó en la cama y yo lo seguí mientras con su mano me hacía lamer todo lo largo y ancho de su verga, soltando pequeños gemidos, era la primera vez que chupaba una real y me estaba gustando el sabor, con mi mano esparcía la saliva mientras chupaba la punta.

    Me separo y empezó a frotar su verga en mi pecho plano mientras sacaba mi lengua para lamer la punta como si le hubiera una rusa, estuvo así un rato hasta que se levantó y me subió a mi con la mitad del cuerpo boca abajo en la cama y mis pies tocando el suelo.

    Me quito las bragas y abrió mis nalgas viendo mi pene y ano y dijo «Uff Alan que lindo eres aquí» y empezó a comerme el culo de forma muy rica, mientras yo gemia el lamía mi ano y metía un poco su lengua, se separó y metió dos dedos en mi culo moviéndolos mientras sacaba un lubricante.

    Vacío en su verga y mi culo mientras sacaba sus dedos de mi ano dilatado y me daba una nalgada, esa pose me daba vergüenza en especial con los tacones pues subían más mi culo hacia el.

    Sentía su verga entre mis nalgas y estaba nervioso pero el bajo y me dijo «tranquila hermosa disfruta esto» y me beso de nuevo, de alguna manera me gusto que me hablara como a una chica.

    Después de que dijo eso y durante el beso comenzó a meter se verga, el sostenía mi rostro por lo cual estaba gimiendo en su boca poco después me soltó y empecé a gemir de verdad aunque sonaba como una chica y el empezo a moverse con lo que ya tenía dentro metiendo un poco más en cada embestida.

    Estaba gimiendo fuerte y tensa hasta que sentí su vientre en mis nalgas y me di cuenta que ya la había metido toda, fue todo un alivio porque ya tenía bastante adentro. Se quedó un rato quieto jugando con mis nalgas a abrirlas para ver mi ano con su verga y darme nalgadas, que no me dolían si no me excitaban.

    Ya que me vio más tranquila se empezó a mover más y volvía a gemir y dijo «respira hermosa, enfócate en mi verga» y te iba mucha razón no podía pensar que otra cosa que no fuera su verga dentro de mi, al principio gemia de placer y dolor pero ya que me iba acostumbrando solo gemia de placer.

    Mi culo no paraba de apretar y eso me gustaba sentir cada parte de su verga mientras el tenía su mano en mi verga para masturbarme el decía que mis nalgas estaban muy rojas y aún así las seguía nalgueando, también acariciando mi espalda. Estuvimos un buen rato en esa posición hasta que la saco y con una sonrisa pervertida se acostó boca arriba en la cama.

    Yo: que pasa? Sigue

    Rick: bueno si quieres más puedes hacerlo tú misma.

    Me sonroje más y me subí a el mientras me acomodaba vi que el espejo reflejaba mis nalgas que estaba jugando Rick y acomode su verga en mi entrada bajando despacio, el no aguanto mucho y de un tirón la metió toda haciendome gritar.

    Me quede unos segundos quieta y me dijo «muévete puta» eso me sorprendió y me comencé a mover saltando en su verga, se quedó quieto disfrutando y me empezó a nalguear mientras me pedía más rápido y yo lo hacía, después subió una mano a mis pezones y los apreto para que fuera más lento.

    Estuvo jugando conmigo un buen rato y en un momento soltó mis pezones y volvió a masturbar mi verga sin dejar de darme nalgadas, me estuve moviendo así hasta que no aguante más y tuve un orgasmo sobre el soltando mi semen en su vientre y pecho.

    El me miraba excitado y poco después tomo mis caderas con ambas manos Y me presionó metiendo toda su verga de golpe para mantenerme ahí mientras tenía su orgasmo dentro de mi culo, la saco y se masturbó un poco más soltando más semen en mis nalgas y me abrazo acostándome sobre el.

    Rick: uff Alan tu primera vez y tuviste un creampie, como se dice?

    Yo: jeje si… Gracias.

    Rick: buena chica.

    Me volvio a besar y me quedé acostada sobre el y dijo «duerme aquí hoy» acepte y me quedé acostada en el mientras me iba tomando el sueño y el me acariciaba. Desde ahí cambiaron muchas cosas incluso lo logré convencer de quedarse más para estar juntos y tener más sexo y el me quiere llevar a dónde vive en la playa para jugar y tener más sexo.

    Bueno eso paso y lo quería contar así que pensé de inmediato en este sitio de deliciosos relatos. Espero que les guste y si pueden recomienden alguna fantasía que podría cumplir con mi hermano, nos vemooos.

  • Con el moreno baterista

    Con el moreno baterista

    En esta ocasión contaré la vez que tuve relaciones con un baterista por estar molesta con mi novio.

    Mi nombre es Glorimar, soy venezolana, tengo 24 años de edad, soy alta 1.77 de estatura, delgada y de buenos senos.

    Bueno comienzo con mi relato, estaba yo con muchos problemas con mi novio debido a que él prefería estar más con sus amigos tomando licor que en atenderme eso fue enfriando la relación y soy una mujer muy caliente a la cual le gusta que la atiendan como debe ser.

    Un día cualquiera mi amiga Jennifer me comenta que si quería trabajar en su empresa de recreación en una fiesta infantil y sin dudarlo dije que si. En dicha fiesta mi amiga contrato a dos chicas más y un chucho que hacía el trabajo de mesonero en la fiesta, dicho chico es algo bajo de estatura como 1.68 aproximadamente moreno simpático en un principio no era de todo mi agrado ya que me gustan los chicos blancos, altos y con barba y este chico nada que ver…

    Pero tenía algo que lo hacía simpático era muy chistoso y muy atento, luego de trabajar en la fiesta mi amiga Jennifer nos invita a las otras dos chicas, al chico a un karaoke y decidí ir, ya en dicho karaoke empezamos a bailar hasta que colocaron salsa y el morenito por cierto se llama Ray me invitó a bailar (ahí fue mi perdición jeje) acepte en salir a bailar con Ray y al principio estábamos bailando de lejitos pero colocaron una salsa con ritmo más romántico y Ray se acercó ahí me impresionó el paquete que tenía entre las piernas el morenito aunque dicho paquete me tocaba más por los muslos debido a la diferencia de tamaño.

    Así bailamos muchas canciones y los tragos hicieron efecto en mi aclaro que no soy muy de tomar licor y por eso me afectó un poco ese día. Mi amiga Jennifer decide que ya debíamos irnos las dos chicas y el chico y yo obviamente porque el novio de mi amiga había ido a buscarnos así que dio por terminada la fiesta en el karaoke, el novio de mi amiga dejo a las dos chicas en un sitio ya que vivían cerca y quedamos el novio de mi amiga, mi amiga, Ray y yo…

    El novio de mi amiga dice le pregunta a Jennifer que a quien dejan primero en su casa a mi o a Ray y Ray contesta déjala a ella o sea a mi y me dejan en la esquina de la vereda donde vivo, Ray al ver que la vereda es muy oscura decide acompañarme como todo un caballero y le dice al novio de mi amiga que no se preocupen que se pueden ir porque él se iría caminando hasta su casa porque estaba cerca de mi casa.

    Y así fue mi amiga Jennifer y su novio se fueron y Ray me acompaño a la puerta de mi casa y al despedirse me dice te puedo preguntar algo y yo le contesto si claro dime y el me pregunta que si siempre bailo así de sabroso y eso me dio pena y me sonroje y para disimular le pregunto sabroso en qué sentido y el me comenta es que no sentiste como me tenía y debe haber sido por el efecto del licor le respondí si que lo sentí y el en ese momento me agarró y me beso el beso fue subiendo la temperatura y en un abrir y cerrar de ojos me tenía un seno en su boca wow vaya con el morenito no perdía el tiempo, en toda mi excitación le dije que parará y que mejor entrara a la casa pero que no hiciera ruido ya que estaba mi abuela en la casa.

    Y así entro a la casa y le dije espera acá en la sala mientras yo verificaba que mi abuela estuviese bien dormida, cuando regreso a la sala ese morenito se abalanzó sobre mi a besarme de nuevo y nos besamos intensamente hasta que me dice guíame hasta tu habitación y le digo ok y busco agarrar su mano para guiarlo ya que estaba la sala a oscuras.

    El muy atrevido en vez de sujetar mi mano guío mi mano hacia su pene (que no se en que momento se lo había sacado) y madre mía cuando mi mano hizo contacto con ese pene supe que lo que sentí al bailar era algo muy grande de lo que me esperaba, al llegar a la habitación el Ray caballeroso no sé que le pasó jeje el morenito se transformó y empezó a tratarme como a una puta.

    Me dice vamos perra que no tenemos toda la noche sácate la ropa y le obedezco mientras yo me desvestía él también lo hacía y wow el morenito se cuidaba se veía que entrenaba mucho no era un hombre musculoso pero si tenía el cuerpo bien definido, yo me termine de desvestir y me senté en mi cama y él se termina de sacar el pantalón y el bóxer y ya en el cuarto con luz pude apreciar el tamaño del pene (ahí estuve a punto de arrepentirme y decirle que se fuera) ese pene debe medir unos 23cm con un grosor impresionante y un glande que parecía la cabeza de un hongo.

    “A chupar flaca” me dice el morenito, yo aún embobada mirando el pene, me puse a chupar tenía buen sabor “ahhhh así flaca que bien lo chupas eso así así déjalo bien ensalivado” y como niña obediente que soy empecé a chupar y chupar hasta dejarle el pene bien brilloso de tanta saliva “ya flaca para para que me vas hacer acabar y aún quiero probar esa vagina”.

    Me coloco a cuatro patas sobre la cama y el se inclinó, paso su lengua por mi vagina un par de veces y lo oí decir está muy sabrosa, pero no me aguanto más, escuché como destapaba un condón, voltee enseguida y se lo estaba colocando tenía una cara de morboso cruzamos miradas me dio una nalgada que me dolió y me dijo “ahora sí para bien el culo flaca”.

    Y empezó a meterme ese pene “auch suave papi está muy grande”. Debo decirles que mi vagina es extremadamente cerrada y con un pene así el dolor que sentía era insoportable aun así sabía que debía aguantar para complacerlo. El siguió empujando firme, pero con paciencia hasta que sentí sus testículos chocar, señal que ya tenía ese trozo de carne hasta el fondo “ahhh dios miooo que grande lo tienes”.

    Sujete fuerte la almohada y el entendió perfectamente empezó con un mete y saca lento, pero profundo lo sacaba hasta el glande y lo metía todo hasta el fondo, madre mía en cada empujón parecía que me iba a caer de boca, solté la almohada y apoye mis manos en la pared eso pareció excitarlo porque aumento el ritmo y empezó a darme más fuerte.

    “ay ayyy así nooo para para” parecía que no me escuchaba porque seguía dándome me resigne y empecé a moverme a su ritmo buscando que acabará lo más pronto posible ya que no estaba sintiendo placer y el dolor era insoportable “ahhh si papi dame más fuerte acaba acaba quiero tu leche” eso lo volvió loco y empezó un mete y saca más fuerte aún y ahí si que se me pusieron los ojos en blanco, se me salían las lágrimas y solo pensaba esto me pasa por puta.

    Hasta que me dijo “ven flaca quiero acabar en esos senos” se quitó el condón y se empezó a masturbar hasta que acabo y me dice “bueno ve por agua y lávate porque esto apenas comienza”. Yo solo pensaba no puede ser que haya acabado y aún tenga la misma erección con mi novio apenas acababa debíamos esperar hasta dos horas para que volviera a tener una erección,

    Fui a lavarme y a buscarle agua y el estaba acostado con su pene bien tieso esperándome pero lo que pasó luego se los contaré en otro relato no olviden comentar mis relatos gracias por leerme.

  • Ámsterdam

    Ámsterdam

    Recién empezaba diciembre y por primera vez en más de ocho años iba a tener vacaciones en el periodo de navidad. Pensé en que iba a usarlas para visitar familiares y amigos, planear actividades por la isla y otras cosas que hace mucho no tenía el tiempo de hacer. A quien primero llame fue a mi hermana menor, la aventurera de la familia, de seguro ella seria mi compañera de fiestas en estas vacaciones. Le llame y le conté de mis planes con ella, pero me los arruino informándome que se iría unos días en un tour a varias ciudades de Europa. Eso sencillamente no era lo que yo esperaba escuchar, pero le dije que buscaría algún primo o amigo que la sustituyera. Ella muy maliciosamente me recordó que no sería lo mismo sin ella, tengo que admitir que no mentía.

    Comencé mi búsqueda de compañero de fiestas sin mucho éxito. Los que podían, tenían planes que no iban acorde a los míos. Varios días después y sabiendo de mi situación, me llama mi hermana con una contrapropuesta; me invito a unirme a su viaje. Me dijo que había preguntado y aun había cupo en el grupo, además mientras más personas se unieran más económico le costaría el viaje a ella. Lo pensé un rato pues cuando viajo me gusta establecer mi propia agenda. Esos tours vienen con agenda limitada incluida y eso no me gusta. Sus argumentos ya se acababan cuando decidí ceder y separar el tour.

    Llego el día de salida y me encontré con el grupo en el terminal del aeropuerto. Allí había varias personas que eran conocidas pues eran amistades de mi hermana o su novio. Entre ellos se encontraba el hermano de mi cuñado y su esposa. También estaba Mayte, la mejor amiga de mi hermana, a la que siempre le había echado el ojo y algunos piropitos. Ella estaba con su esposo, el resto del grupo eran tres parejas con las que alguna vez habría compartido. Yo estaba destinado a ser la tercera rueda para todos los del grupo pues era el único que viajaba solo. Además de ese dato, el grupo se veía muy animado, creo que demasiado para mi gusto. Mi hermana, que me conoce bien, rápido me exhorto a que acoplara a la vibra del grupo.

    El tour comenzó en Paris con un recorrido en bus por el centro de la ciudad. Esto incluyo la Torre Eiffel, el Louvre, Notre Dame y el Arco del Triunfo entre otros. Una vez terminado el tour en bus no fuimos a conocer la ciudad. Uno de los lugares que visitamos fue el famoso Moulin Rouge, pues el tour incluía boletos para uno de sus espectáculos. Demas esta decir que fue una gran experiencia para todos. Mayte, la mejor amiga de mi hermana estaba algo confundida al salir. Al parecer ella iba con la impresión de que Moulin Rouge estaba en la llamada zona roja parisina y se había preparado mentalmente para ver cosas más fuertes. Por el contrario, vio un excelente espectáculo de cabaré que le recordó la vez que vio las Rockets en Nueva York. Yo le explique que la zona roja era otro tipo de ambiente pero que no se recomendaba que la visitáramos pues es una de las zonas más inseguras de Paris. Ella que según nos contó ya se había preparado mentalmente, se quedó algo desilusionada con mi contestación. Su esposo, un tipo buenazo le explico que habíamos venido a otras cosas y que ese tipo de actividad no era parte del viaje. Yo le abuchee en tono de broma pues soy de explorar y quería salir de la agenda que nos dieron. Lamentablemente los siguientes días del viaje en Paris y luego Bélgica fueron con una agenda estricta, que no daba oportunidad a la libre exploración. Nos dijeron que una vez llegáramos a Ámsterdam, tendríamos libertad explorar por nuestra cuenta la ciudad y de hacer cosas por separado.

    Una vez llegamos a Ámsterdam la gente comenzó a planear sus actividades por separado. Mi hermana, su novio y yo nos fuimos por nuestro lado, pero antes les informe a todos que en Ámsterdam la zona roja, el área determinada para la actividad adulta de la ciudad, era muy vigilada por la policía, lo cual la hacía muy segura y que ese día yo pensaba ir. Mire a Mayte de reojo pues sabía que a ella le agradaría la idea, pero siguió con su esposo a hacer otras cosas que tenían en mente. Pase el día como tercera rueda de mi hermana y cunado. Fuimos a la cervecería famosa, varios museos y canales. Organice el viaje de tal manera que llegáramos a zona roja. Allí les recordé que no se puede usar la cámara ya que esto conlleva un delito y hasta una multa.

    Paseamos por las calles, sorprendidos de la vista en los escaparates. Al doblar en una esquina nos topamos con Mayte y su esposo. Ella había insistido en visitar la zona roja también. Por la cara del podía ver que fue casi arrastrado hasta allí. También con ellos estaban dos de las parejas que viajaban con nosotros. Entramos a varios bares a tomar algunos tragos a ver si esto le quitaba la cara de pasmados a todos los del grupo. También era una excusa para ir a un lugar más cálido ya que el caminar en invierto por Ámsterdam ya me tenía entumecidos los huesos.

    En el último bar que visitamos, le pregunte a la mesera si sabía de un buen lugar donde se exhibiera espectáculos de sexo. Hace unos años una exnovia me conto que fue a uno allí y que a mí me gustaría, dado a mi fetichismo por el voyeur. Desde siempre quise ver uno en vivo, ya los había visto en canales porno pero definitivamente no sería lo mismo. Mi hermana, que ya tenía algunos tragos me dijo que ella y su novio irían. Yo les dije que no tenía problema siempre y cuando nos separáramos al llegar. No me sentiría cómodo con ella cerca. Ella rápido me dijo que pensaba igual y que buscaría la esquina contraria a donde yo estuviera.

    Llegamos a Casa Rosso, el lugar que nos recomendaron y al entrar la atmosfera era oscura, algo fría. Había una tarima que me hizo recordar a algún café teatro de mis años universitarios. Las mesas estaban todas ocupadas así que nos dijeron que podríamos permanecer de pie siempre y cuando no bloqueara la vista de nadie. Ahí mi hermana se fue a una esquina y yo me fui al lado contrario del local. Como soy alto me fui a la pared trasera del recinto, donde de paso no había nadie más cerca. Luego de varios anuncios y advertencias, el espectáculo comenzó.

    Lo que comencé a ver era como un típico espectáculo de strip tease. Una mujer con gran cuerpo bailando en la tarima muy sensualmente. Por un momento pensé que había viajado a Europa a ver una stripper bailar. Me iba a disfrutar el espectáculo como quiera, pero no era lo que tenía en mente. De repente sentí que alguien me toco el brazo. Era Mayte que había llegado hasta el lugar donde estábamos. Me dijo que su esposo y los demás se habían ido a un café a probar todos los tipos de marihuana que no se conseguían en la isla hasta que su cuerpo aguantara. Ella no tenía eso en planes así que llamo a mi hermana para unirse a ella. Una vez llego a donde mi hermana esta la despacho tal y como hizo conmigo. Le dije que yo preferiría estar solo pues no querría reprimirme de nada y que con ella cerca no se podría hacerlo. La muy inocente me dice que no era la primera vez que yo veía una stripper y que tampoco era la de ella. Dado a cómo iba el espectáculo le dije que tenía razón.

    Aunque ella estaba casada con alguien que conocía, me sentía en confianza de hablarle ciertas cosas, tales como si se imaginaba que estaría en un espectáculo donde había una mujer sin ropa en Ámsterdam conmigo al lado. Ella me dijo que no era su plan, pero a veces tenía ganas de hacer cosas que a su esposo no le llamaban la atención. El sabiendo que ella quería experimentar el estar en un lugar así, prefirió experimentar otra cosa. Eso ultimo lo tome como un desahogo. Mientras hablábamos note que había subido un hombre a la tarima y estaba sentado en una silla.

    La chica estaba bailándole sensualmente mientras terminaba de desvestirse. El chico aparentaba ser alguien del público por lo que en ese momento agradecí no ser yo a quien llevaran a la tarima. La chica se desnudó por completo mientras comenzaba a quitarle la camisa al joven. El joven comenzó a acariciar a la bailarina, lo que me dio el primer indicio de que esto no sería un baile normal. El baile continuo hasta que la chica termino de desnudar al chico quien ya besaba sus senos. El tamaño del miembro del muchacho me hizo concluir que no era un mero comensal sino alguien que era parte del espectáculo. Ese tipo de tamaño de miembro no se consigue con alguien al azar. Mientras esto pasaba me puse a mirar a Mayte. Ella estaba tan atenta a lo que pasaba que ni noto que yo la observaba.

    Mayte casi no pestañeaba y su respiración se comenzaba a acelerar. Con toda la malicia del mundo y para bajar algo la tensión de ella le pregunte al oído que si alguna vez había visto un pene de semejante tamaño. Ella solo me miro, se ruborizo y movió su cabeza lentamente a los lados indicando que nunca había visto algo similar. Luego de esto estallo en risas. Le dije que yo solo lo había visto en videos porno que era donde el chico debía pertenecer. Para este entonces la chica trataba de meterse la cabeza de aquel enorme pene en la boca para hacerle sexo oral. No sé cómo pudo hacerlo, pero logro empezar a darle placer a aquel joven que en ese momento acariciaba su pelo y sus pechos. El en un movimiento súbito cambio la posición y esta vez era el quien le comenzaba a hacer sexo oral a ella.

    En un instante se escuchó al anunciador decir que recordaran que se prohibía a personas tener sexo en el recinto. Que si alguien quería hacerlo tenía que subir a la tarima para el disfrute de todos. Mayte y yo nos dimos una mirada pasmada, pero la cortamos rápido con una carcajada. Del publico subió una pareja de algunos treinta y algo cada uno y con cuerpos no perfectos como la pareja que estaba ya en la tarima. Ya ellos venían calientes y se acomodaron en un sofá al otro lado de la tarima. Ella rápido comenzó a hacerle sexo oral al caballero. Ya para esto yo no podía disimular lo que sabia pasaría y por lo cual me había alejado de mi hermana. Mi erección era evidente, jamás tendré el tamaño del joven actor, pero si lo suficiente para que se notara.

    En ese instante era yo quien no quería ni pestañar para no perder ningún detalle de todo lo que pasaba en tarima. En la primera escena estaba la bailarina apoyada de la silla en posición de perrito mientras el joven ya la embestía con su gigante miembro. Los gemidos de aquella mujer se confundían con los de la otra mujer en tarima quien ahora estaba sentada sobre la cara de su pareja. Pude notar que algún otro gemido se escapaba del área del público, pero pare de buscar su origen cuando recordé que por allí andaba mi hermana.

    Cuando volví a centrarme en mi área miré a Mayte y vi como su respiración era más acelerada aún. En su cara se notaba malicia y se mordía los labios disimuladamente. La observé más detenidamente sin disimulo y pude notar que se rosaba disimuladamente su entrepierna mientras tenía la otra mano rosándose un seno. Al parecer sintió mi mirada pues se giró y me miró fijamente a los ojos. De su boca solo salió una picara sonrisa. Estaba muy sonrojada pero no dejaba de rosarse. Yo me le pegue al oído y le dije que disfrutara el momento sin remordimientos. Ella me miro y me dijo que yo también lo disfrutara dirigiendo si mirada a mi erección. Volvimos a reírnos y a mirar a la tarima. Por alguna razón la carita de disfrute de Mayte me estaba creando más excitación que aquellas dos escenas porno.

    A la tarima se unió una tercera pareja, pero desde donde estaba se me hacía difícil de apreciar lo que hacían. Me enfoqué en la primera pareja que ya estaba en el piso de la tarima en posición de la vaquerita. No recuerdo quien fue el que se movió, pero ya Mayte estaba justo frente a mí. Sus nalgas rozaban mi pantalón. Mi excitación hizo que me atreviera a poner mis manos en sus hombros. Por el movimiento de sus manos y como movía las caderas, entendí que había aumentado el ritmo de sus roces. Con mi mano derecha agarré su nuca y comencé a frotarla con mi pulgar. Ella en respuesta puso sus manos en la parte del muslo del pantalón y me apretó hacia ella. Ya debía estar sintiendo mi bulto en su espalda. Yo la agarre por la cintura, no sabía que estaba pasando en tarima, aunque ella si seguía mirando el espectáculo.

    Seguimos pegados rosándonos hasta que sentí su mano en mi bulto. Esto me dio el permiso para agarrarle una nalga apretándola contra mí. Ella estaba dispuesta a seguir su agarre pues comenzaba a hacer movimientos, como si me quisiera masturbar a través del pantalón. Yo saque la mano de su cintura y se la metí por dentro de la blusa hasta que agarre su seno. Cuando sintió mi mano recostó su cabeza en mi pecho y se le escapo un suspiro. De entre sus labios murmuro que no debíamos hacer lo que estábamos haciendo. Ninguno dejo de usar sus manos luego de su expresión. Como pude, metí mi mano por dentro del sostén y con dos dedos agarré su pezón. Comencé a jugar con su pezón mientras esto hacía que rozara sus nalgas contra mi cuerpo con más fuerza. Ya había conseguido un buen ritmo en su intento por hacerme venir allí. Yo, que quería sentir más, agarré su mano y la metí por mi pantalón mientras le susurraba al oído “agárralo”. Ella comenzó a estimularlo directamente mientras yo seguía haciendo lo mismo con su pezón.

    La acción fue interrumpida por mi teléfono. Era mi hermana que nos llamaba porque ya se quería ir. Cuando recobramos la compostura pudimos notar que las parejas de la tarima habían terminado y que aparentemente el espectáculo estaba en un receso. También pude notar que varias personas cercanas nos estaban mirando y disfrutando nuestro despliegue de lujuria. Nos apartamos y nos miramos algo pasmados una vez recobramos nuestra compostura. Nos encontramos con mi hermana en la salida del lugar. Nadie hablo nada de lo que allí vimos. Fuimos al encuentro de los demás miembros del grupo. Cuando llegamos los encontramos con sentados y evidentemente bajo los efectos de la marihuana. Como era de esperarse, se querían comer todo, así que empezaron a buscar sitios para comer. Mi hermana que aparentemente tenía apuro de llegar al hotel pidió un Uber y yo decidí irme con ellos. Mayte se quedó con el grupo acompañando a su esposo que traía la peor nota.

    Al llegar al hotel me fui a mi cuarto y me di un baño caliente. Me recosté en la cama desnudo a repasar en mi mente lo que había pasado. Ya la excitación volvía a mí y comencé a tocarme. De repente escuche que alguien tocaba a la puerta. No me explicaba quién podía tocar la puerta a esa hora. Me puse un pantalón de pijama rápidamente. Cuando abrí la puerta me encontré a Mayte quien me dijo que su esposo llego directo a dormir por como estaba y que teníamos un poco de tiempo para terminar lo que habíamos comenzado pues le dijo a su esposo que iba a hablar con mi hermana. Yo sin pensarlo le halé por el brazo y la metí al baño que estaba justo al lado de la entrada. Agarrándola por las nalgas me la monte encima y la trepe al mueble del baño. Ahí nos besamos por primera vez. Fue un beso agresivo, lleno de lujuria. Le bese el cuello y rápido le quite su blusa y el sostén. Me saboree sus senos con unas ganas que hace tiempo no tenía. Ella me apretaba y me mordía el hombro. Yo hice lo mismo con su cuello y pecho sin pensar en las consecuencias que aquello podría tener. Mayte bajo mi pijama y con su mano agarro mi pene. Comenzó a masturbarme esta vez con acceso directo a él. La baje del mueble para que irnos a la cama, pero ella se arrodillo y metió mi pene en su boca. Miré mi reflejo en aquel espejo de baño viendo como estaba Mayte dándome una mamada y no podía creer lo que estaba pasando. La interrumpí pues si seguía de seguro me haría venir allí mismo y quería disfrutarme lo que aquel loco viaje me había regalado.

    Fuimos a la cama y le termine de quitar la ropa de camino. Ella se acostó boca arriba no sin antes darme varias mamadas adicionales. Yo comencé a lamer sus senos nuevamente, pero esta vez junto a mis dedos frotando su clítoris. No paso mucho tiempo hasta que llegara a su primer orgasmo. Sin dejarle recomponerse comencé nuevamente a jugar con su vulva, pero esta vez introduciendo mis dedos. Una vez conseguí la cadencia ideal con mis dedos, comencé a la misma vez a darle sexo oral frotando mi lengua en forma circular y succionando suavemente su clítoris. Ya para ese momento tuvo que ponerse una almohada en la boca porque sus gemidos retumbaban en el cuarto. Volvió a llegar al orgasmo, esta vez mucho más intenso. Pude sentir el calor de sus jugos en mi boca mientras cerraba sus muslos indicando que parara. Me acomode a su lado a mirarla sonrisa en boca viendo como su carita toda roja cambiaba de semblantes.

    Una vez se compuso volvió a agarrar mi miembro erecto y volvió a llevárselo a la boca. Yo que había tenido bastante estimulación esa noche sin aun venirme, sabía que si seguía no duraría mucho. Quería clavarle el miembro así que la agarre por los hombros y la trepe sobre mí. Ella con mirada cómplice se acomodó y sintió en sus adentros mi carne. La agarré por las nalgas y comenzamos el contoneo. Le pedí que lo hiciéramos lento para poder disfrutármela más. Varios minutos pasaron en aquella grandiosa escena cuando aumentamos la intensidad. Le agarré más fuerte y comencé a envestirla con fuerza, ella gimió sin control al compás del sonido del choque de nuestros cuerpos. A esa intensidad no tarde en anunciarle que no aguantaba mas y que me vendría. Ella se desmonto de mi y con su mano me guio hasta la ya inminente venida.

    Nos miramos y nos dimos un beso tímido. Ella se levantó de la cama y se vistió. Se fue al baño y se quedó allí hasta refrescarse. También se aseguró de que no quedaran evidencias. Mientras pasaba esto no hubo palabras. Una vez se sintió lista se marchó del cuarto.

    Al otro día todo era normal, como si hubiera sido un sueño. Nunca más se habló del tema.

  • Manos mágicas

    Manos mágicas

    Día de spa.

    Sorpresa para mi marido.

    Hoy te voy a escribir la historia de Sophia. Ella es una ama de casa fiel y dedicada a su marido. Hoy es su cumpleaños y su marido le ha regalado un día para ella, un día de masajes.

    Cómo siempre va a su lugar favorito con su masajista de confianza, pero hoy puede ser distinto porque Sandra su masajista está de vacaciones y tendrá que atenderla Lucas…

    Sin más vamos a la historia

    Es la hora:

    Bienvenido al ritual, es hora de ponerte cómodo, quitarte la ropa que estorbe, servir una copa de la bebida favorita o traer la botella entera. Prepárate a disfrutar esta historia llena de morbo y pasión. Si te apetece: Tócate junto a los protagonistas y vive con ellos la experiencia…

    Era mi cumpleaños y mi marido me regaló un día en el spa. Claro me quería muy arregladita para el festejo cuerpo a cuerpo en la habitación, así que no sabía bien si el regalo era para mí o para él, creo que al final ambos lo vamos a disfrutar…

    Salí temprano de casa para aprovechar la mañana, solo tomé un desayuno ligero: café, un sándwich y una manzana. Luego tomé mi casco con trenzas y subí a mi motoneta azul metálico para dirigirme a plaza del ángel, en realidad su nombre es plaza caracol, pero es más conocida por las estatuillas de un angelitos que está en a la entrada del edificio aunque la mayoría de la gente no sabe su nombre oficial; lo sé porque fue mi padre hace más de 30 años que hizo cada una de las esculturas.

    Accioné el control remoto del cancel y salí de casa para tomar rumbo al centro rápidamente llegué al puente del arroyo seco y como no había tráfico me detuve a medio puente para saludar a la piedra boba como siempre que pasó por ahí- muchos creen que es una vieja bruja atrapada en un hechizo que le salió mal, yo solo creo que es una piedra con rostro de persona debajo del gran laurel de la India que lo custodia como un fiel guardián.

    Acelere luego de que escuche el motor de un carro acercándose a mis espaldas, llegué a las calles del centro atascadas de tráfico, al final fue buena idea venir en la motoneta.

    Me bajé de la moto y me quité el casco, puse la alarma y aseguré mi casco al manubrio.

    Subí los cinco escalones de cantera que están en la entrada y saludé a las dos meseras que atienden el café al frente de la calle y luego seguí al interior del edificio buscando uno de los spa que se ubican en la segunda planta del edificio.

    Las puertas de vidrio lucían grandes letras en negro y bordes dorados el nombre del spa.

    «Bamboo»

    Siempre que voy a Bamboo spa me atiende Sandra, pero para mi sorpresa ella no estaba disponible y la única persona para atenderme era Lucas…

    No es que él me desagrade, al contrario lo encuentro muy, pero muy atractivo tal vez por eso lo evitó. Tiene un enorme parecido a Thor, no el dios mítico sino al actor que lo interpreta y por Dios que hasta mi esposo sabe que babeo cada que sale en escena.

    Bueno, Lucas es muy parecido, tiene ojos verdes y cabello ondulado largo y rubio, sus brazos parecen capaces de poder levantarme sin ningún esfuerzo y sus hombros, bueno los hombros marcados son mi debilidad, eso y la parte baja del abdomen, esa donde una se imagina el final del camino de la felicidad…

    Bueno no es que no quiera que él me atienda, pero me siento más cómoda en las manos de Sandra, más cómoda y más segura de seguir siendo fiel a un solo hombre.

    Al final no me quedó más remedio que ir con él por el pasillo que divide las habitaciones lo seguí hasta la última puerta del lugar que abrió con caballerosidad, me invitó a pasar con una mano extendida y entré en la pequeña habitación.

    Estaba templada.

    Junto a la puerta un perchero para colgar mi ropa, bolsa y sacó a un lado un pequeño anaquel de aluminio para dejar mis demás pertenencias, junto al perchero un pequeño sofá azul índigo con cojines grises y mostaza, al centro una enorme mesa de roble para masajes negra con una sábana blanca encima, más allá de la mesa un biombo con adornos de cerezos en flor para darte un poco de privacidad y al fondo otro pequeño cuarto con todo lo necesario para que Lucas pueda hacer su trabajo

    —¡Hola Sophia! ¿Qué te vamos a hacer hoy?

    —Masaje y depilado completo.

    Muy bien Sophia te dejo 5 minutos para que te desnudes, me esperas arriba de la mesa de masajes boca arriba, ahí tienes una toalla por si quieres cubrirte.

    Colgué la bolsa del perchero; luego la ropa, no fui hasta el biombo me desnude rápidamente junto a la puerta, primero la sudadera y la blusa no llevaba brasier y luego el pans y las bragas que guarde en la bolsa de la sudadera, me subí a la mesa, cubrí mis senos y sexo con la toalla y me acomode tal como me lo pidió, así espere con los ojos cerrados a Lucas.

    Llegó justo cuando acababa de acomodarme en la mesa, encendió el sonido y puso música relajante; agua y sonidos de aves inundaron la habitación. Enseguida se dirigió al otro cuarto para tener a la mano lo que iba a necesitar. Llegó a mi lado con un carrito lleno de cremas y aceites.

    —Muy bien Sophia primero que nada vamos a exfoliar tu piel así que deja la toalla en la mesa y párate aquí.

    Comenzó por tallar uno de mis brazos con una crema que parecía tener grava, luego el otro hasta terminar con todo el cuerpo cubierto de la crema, sus caricias eran profesionales, nada en él me indicaba que se quisiera propasar así que me relaje, sonó una alarma y comenzó a limpiar la crema con toallas limpias que luego iba depositando en un bote que trajo consigo cuando entró en la habitación.

    Me indicó que me subiera a la mesa. Tapó mis ojos con una toalla que olía a lavanda y untó una crema hidratante para humectar mi cara y el resto de mi cuerpo, enseguida puso una manta térmica sobre mí y me dijo que me relajara, por unos minutos me dejó así, escuché el ruido del sillón cuando su peso cayó sobre el. Nos quedamos así hasta que otra alarma sonó y Lucas vino a quitar la manta para comenzar con la depilación.

    La cera ya estaba caliente y comenzó a repartirla por mis piernas, para luego tirar de ella de una forma firme lo que provocaba que mis manos se aferraran a la sábana de la mesa. Poco a poco fue dejando sin vello cada centímetro de mis piernas.

    Enseguida me volteo tal como lo hace Sandra, me indicó que ahora iba a retirar el vello de la parte trasera de mi cuerpo y comenzó el mismo procedimiento hasta dejarme limpia de las piernas. Solo faltaba el culo y mi sexo, separó mis nalgas con una de sus manos fue aplicando una capa uniforme de crema por toda la zona hasta cubrir todo mi culo; la dejo unos minutos y luego comenzó a limpiar con una toalla húmeda.

    Sólo quedaba mi zona más íntima, no es que trajera una melena muy larga, pero quería ir sin nada de nada a disfrutar de mi marido.

    Abrí los ojos cuando me di cuenta que no iba aplicar cera como lo hace Sandra tampoco se puso guantes, pero no me importó aunque sus caricias eran siempre en forma profesional yo quería sentir el contacto de sus manos desnuda sobre mi cuerpo y no quería que un fino plástico interfiera. Mi mente estaba descontrolada y quería más de él.

    Acercó una palangana con agua caliente, jabón, toallas y una navaja de barbero. ¡Sí, iba a depilar mi zona íntima con una cuchilla! Nunca lo habían hecho, pero lejos de asustarme mi excitación aumentó.

    Comenzó enjabonando mi monte de venus, fue sensual y excitante, tanto que sentí que lubricaba en exceso, cuando había cubierto todo con suave y espumoso jabón paso la cuchilla suavemente. La sensación de calor se iba apoderando de mí sin que yo lo pudiera evitar.

    Cuando terminó pasó una toalla húmeda para retirar el exceso de jabón, puso un poco más de agua templada y volvió a secar. Miró con sorpresa mi sexo y el líquido transparente que salía de ella.

    —Es tuyo -dijo sorprendido y mostrándome sus dedos llenos de mi nectar

    Cómo respuesta yo me había levantado la toalla que cubría mis tetas y pudo observar mis pezones duros y erectos por la excitación.

    —Con lo que me gusta complacer mujeres casadas.

    Me tendió una mano y me atrajo a él, pude notar por fin su miembro duro como una roca pegado a mi cuerpo. Noté como la piel se me erizaba de deseo, por un momento sentí un pequeño temor cruzando por mi mente por lo que estaba a punto de suceder; él notó mi duda y preguntó.

    -¿Estás segura?

    -Sí

    Mi boca contestó en automático y desde ese momento ya no hubo vuelta atrás.

    Lucas me llevó hasta el sillón junto a la puerta, se quedó sentado con las piernas cruzadas y las manos sobre ellas, en silencio se dedicó a observarme como si todo el rato que estuve acostada en la mesa no me hubiera visto. Era como si quisiera beberme con los ojos.

    Luego de unos minutos que me parecieron horas comenzó a tocarme de nuevo, sus manos no me tocaban como un profesional que aplica un masaje, no, ahora eran las manos de un amante, ahora sentía la pasión que salía de su piel cuando me tocaba, ahora el deseo estaba explícito en cada caricia.

    Sus brazos fuertes comenzaron con caricias suaves y poco a poco fue más enérgico y atrevido. Me tomo la mano y acaricio mis dedos masajeo cada falange, rozó mi pierna con delicadeza sentí su mano por la parte interna de mis muslo, acarició mi rostro, mi oreja, la curva de mi cuello, no pude evitar la piel de gallina cuando rozó la parte donde comienza a terminar el cabello, paso uno de sus dedos por mis labios eso me provocó chuparlo y así lo hice cuando Lucas entendió mi gesto y dejó su dedo medio en mi boca, mi sexo palpitaba de ganas imaginando que lo que tenía en mi boca era su falo.

    Pareció una eternidad antes que sacara su dedo de mi boca y tocará por primera vez en toda la mañana mis pechos provocando que se me escapara un gemido. Él sonrió. Acarició la delicada piel de una forma deliciosa hasta erizarla y endurecerla, luego hizo girar mis pezones con un par de dedos hasta que mi protesta entre dolor y placer lo hizo detenerse.

    Fue hasta entonces que me atrajo a él, saqué hasta las rodillas la parte baja de su uniforme. Pude ver por primera vez su miembro. Tenía una verga hermosa gruesa y venuda, no era más larga que la de mi marido pero sí mucho más gruesa y firme, no me di cuenta en qué momento mordí mis labios con deseos pero la sonrisa de él me regresó a la realidad.

    Me senté sobre su regazo rosa do su daga con mi sexo, moviéndome un poco de arriba a abajo para acariciar mis labios con la dureza de su hombría.

    En ese momento me sentía sin aliento y un calor invadió mi rostro, mi corazón estaba desbocado como si fuera a salirse del pecho. Lucas dudó y se detuvo separando su boca de mis pechos.

    Lo miré, parecía un adolescente en su primera cita.

    -Sigue -susurre mientras con una mano tomaba su polla y la dirigía a mi interior.

    Lo comencé a cabalgar. Cuando entró en mí me quedé sin respirar por una fracción de segundo vaya que era grueso, vaya que me llenaba de una forma diferente, fui bajando poco a poco, centímetro a centímetro hasta que me lleno toda y quede sentada sobre sus piernas y podía sentir sus bolas en mis nalgas. Lo bese en ese momento recorrí su boca, explore con mi lengua sus labios que sabían a menta. El abrió sus labios y las lenguas se entrelazaron, comenzó así un baile. Yo subía y bajaba, él acariciaba mis piernas, su mano subía y bajaba por mi espalda, hasta mi cabello y regresaba a mis nalgas. Su boca se debatía entre mi boca y mis tetas, las sujetaba y succionaba de una forma mágica.

    Estaba al borde y Lucas lo noto, una de sus manos busco mi cabello y dio un fuerte jalón que dejó mi cuello a su alcance, el orgasmo que me regaló fue brutal y me obligó a tomar su cabeza y ahogar en ella los gritos de placer mientras mis manos se aferraban a su cabello.

    En cuanto me repuse me tomó de la cintura y sin salir de mi me depositó en el sillón, ahora era él quien llevaba el ritmo.

    Sus ojos estaban en los míos. Él ángulo que lograba de esa forma era mágico, su verga acariciaba cada centímetro de mis labios y clítoris antes de clavarse duramente dentro de mí. Pero lo que más me calentaba eran sus preguntas mientras me follaba.

    -¿Se lo vas a contar a tu marido?

    -Sí

    -¿Lo va endurecer?

    -Mucho

    -Cuéntale lo que te hice mientras lo masturbas o lo follas.

    Sus preguntas me ponían y mucho, nunca imaginé estar follando con alguien que no fuera mi pareja y mucho menos que en el encuentro me calentara la posibilidad de contárselo, pero así era imaginar que le contaba a Kaleb tenían un efecto muy estimulante.

    Me llevó al cielo por segunda vez y por segunda vez tuve que ahogar mis gritos de placer solo que esta vez con el puño de mi mano.

    —Quiero beberte.

    Salió de mí y se puso de rodillas sentí sus mejillas acariciar mis muslos, su lengua juguetona, lamer la parte interna de mis piernas y luego la gloria…

    Su bendita lengua experta dando placer a mi sexo, ritmos perfectos, succiones precisas, mordiscos adecuados, movimientos circulares sobre mi hinchado botón de placer hasta hacerme estallar de nuevo.

    Entró en mí ahora buscando su placer, ahora sus movimientos eran más rápidos, más bruscos, más fuertes entraba y salía buscando su satisfacción y yo lo ayudé, mi mano tomó la base de su tronco y lo acariciaba tal como hago con mi esposo. Sé que así lo vuelvo loco y también con Lucas funcionó, vi la lujuria en sus ojos, vi la cara de placer que asomaba por sus ojos, vi su cara de éxtasis. No me importo no traer condón, no le pedí que saliera de mí para vaciarse sin embargo así lo hizo; cuando estaba a punto salió y puso su verga cerca de mi cara con la intención de bañar mi rostro de leche, metí su verga en mi boca y probé mi sabor en su falo, también probé su sabor que comenzaba a salir de la punta de su falo. Llegó hasta mi garganta y enloqueció. Se puso más duro y firme lo que ocasionó que mi vagina se volviera a humedecer y mis labios se volvieran palpitar de placer.

    Lo saqué de mi boca y dejé que sus chorros calientes cayeran en mi rostro. Me lleno toda, mi boca, mi frente mis ojos, mi cabello, hasta mis tetas alcanzaron.

    Después volvió a tomar mi cabeza y llevó su verga aún dura a mi boca, limpié los restos de semen con mi lengua, comí hasta la última gota que aún escapaba de su cabeza, la tuve en mi boca hasta que estaba de nuevo flácida.

    Me desconocía, con mi marido terminó uno y ya no quiero más y aquí ahora con Lucas quiero más y más.

    Uso una de las toallas para limpiarnos los restos de nuestros cuerpos.

    Luego me subió a la mesa y dijo:

    —Todavía falta tu masaje relajante…

  • El nuevo curso (III)

    El nuevo curso (III)

    La vida de Carlo siempre había sido sencilla. Mimado desde pequeño, era el menor de la familia. Sus dos hermanas mayores siempre le habían querido y adorado por ser el único niño, igual que sus padres y sus abuelos y sus tíos y sus primos… De ascendencia italiana, su padre provenía de unos acaudalados mercaderes afincados en Capri, y su madre descendía por parte de madre de una acomodada familia genovesa, por lo que jamás le había faltado de nada.

    Todos los veranos veraneaba con sus abuelos y sus numerosos primos en Capri y Antibes, a bordo del lujoso yate de sus abuelos y siempre de playa dorada en playa dorada, nadando en el mar de intenso tono azul o bronceándose en la sedosa arena amarilla de las bellísimas calas. Sus tíos los llevaban a montar a caballo y había acabado por ser un jinete bastante decente a pesar de preferir los deportes de gimnasio, y sus padres siempre le habían animado a participar en cuantos deportes desease mientras no interfiriese con sus estudios.

    Alto desde que era pequeño, al crecer practicando siempre ejercicio había terminado por desarrollar un físico envidiable. Con un metro ochenta y cinco, la piel mediterránea, una melena de espesos rizos oscuros y ojos de color aceituna, relucientes como el ónice, la única palabra para describirle era hermoso. Cuando sonreía las chicas suspiraban por ser las destinatarias de esa sonrisa y cuando capitaneaba los equipos del deporte elegido ellos rechinaban los dientes deseando ser él. Cualquiera diría que era odiado o que no daba demasiado de sí en el apartado mental, pero nada más lejos de la realidad.

    Sus notas siempre habían sido impecables, hablaba italiano, español e inglés con fluidez a pesar de su marcado acento y salvo algún que otro altercado causado sin duda por el ardor de su sangre italiana cuando era poco menos que un adolescente nunca había tenido problemas para ser amigo de todos. Extrovertido, alegre, risueño, generoso y abierto. Nada callaba y nada ocultaba. Si acaso resultaba extraño que alguien tan burbujeante como él hubiera acabado siendo amigo de una persona tan tímida y cerrada como Enrique, pero el tiempo se había encargado de demostrar que la elección había resultado la correcta, ya que fue gracias a Enrique como descubrió su vocación para la medicina. Sí. La vida de Carlo había resultado idílica… hasta que conoció a Thalía.

    Carlo había regresado a casa tan solo una semana antes de que se iniciase su segundo año en la universidad. Normalmente hubiera apurado hasta el último segundo en la mansión de la costa de sus abuelos, tomando el sol y disfrutando de la belleza de las italianas que lucían sus cuerpos bronceados en la playa, pero este año empezaba a trabajar en un gimnasio cercano a modo de pasatiempo y para estar más implicado con el mundo deportivo, y no podía permitirse ese lujo.

    La alarma del móvil le indicó que ya era hora de salir de la cama, aunque ya llevaba casi diez minutos despierto, remoloneando entre las sábanas. Con una mirada satisfecha se desperezó y sentado en la cama echó un vistazo al amplio apartamento que sus padres le costeaban: a menos de cinco minutos andando de la universidad y menos de diez del gimnasio se inundaba todos los días de luz natural hasta que decaía el sol por la tarde, y la amplia balconada dominaba una buena porción de espacio urbano, aportándole unas vistas maravillosas. De tres dormitorios, había convertido uno de ellos en estudio y cuarto de invitados y el segundo en un gimnasio en miniatura donde cuidaba su musculado cuerpo.

    Tenía que empezar a trabajar en menos de media hora, por lo que se dio una ducha rápida y se vistió con una camiseta de tirantes que apenas cubría su torso lleno de músculos y unos pantalones cortos bajo los cuales se marcaba un bulto más que notable. Tras admirar su planta en uno de los espejos de cuerpo entero que tenía en el mini gimnasio se calzó unas relucientes deportivas Nike nuevecitas y tras preparar una pequeña mochila con ropa limpia de recambio, una toalla para el sudor, gel, champú y el desodorante salió de casa silbando con alegría.

    Le encantaba estar en el gimnasio. Más incluso que los deportes al aire libre. Le encantaban los sonidos de las máquinas siendo accionadas, el olor: mezcla de olor a desinfectante, ambientador y sudor algo rancio que siempre le evocaba sensaciones de esfuerzo y victoria, la mezcla de voces de ánimo y expresiones de esfuerzo. Con un gesto de su manaza saludó a la recepcionista que le devolvió el gesto con una sonrisa. En cuanto dejó la bolsa en el vestuario se prendió la chapa que le identificaba como entrenador en uno de los tirantes de la camiseta. Pensaba darse una vuelta y quizá después usar un rato el banco de pesas, cuando vio a Damián en una de las cintas.

    Iba a acercarse cuando dos chicos jóvenes le interceptaron para solicitarle ayuda. No tardó demasiado en resolverles la duda, aunque se explayó más en aleccionarles sobre el correcto uso de las máquinas y lo vital que era el complemento de una dieta saludable, rica en proteínas, pero también en hidratos y con la glucosa suficiente como para que no se resintiese el cuerpo. Cuando por fin les dejó libres Damián se había acercado por detrás, con una media sonrisa que generaba que sus hoyuelos apareciesen sutilmente en sus mejillas.

    –Veo que no dejas escapar la oportunidad de abroncar a los críos ¿eh? –comentó jocoso su amigo.

    Había conocido a Damián dos semanas antes de irse de vacaciones. El joven tenía carisma y una personalidad atrayente que le inclinó a pensar que sería un buen compañero de fiesta mientras Enrique estaba con su familia. Sin embargo, se había revelado como alguien mucho más serio de lo esperado, y bastante más sensato que él e incluso que su amigo. Carlo pronto había intuido que en Damián había más de lo que se veía a simple vista, y al enterarse de que además serían compañeros de clase (algo no demasiado sorprendente, dada la localización del gimnasio tan cercana a la universidad e incluso asociado con esta) resolvió quedarse a su lado.

    Al principio pensó que podía tratarse de su sexualidad, pero Damián no tenía empacho en hablar abiertamente de su homosexualidad, por lo que Carlo había terminado por descartarlo como motivo de la actitud contradictoria que mostraba el joven a veces. Se negaba a hablar de su pasado, su familia o sus amigos y siempre parecía esquivar cualquier pregunta directa que se le hiciese acerca de esos temas, por lo que el perspicaz italiano había terminado por mantenerse a la espera. Con el tiempo se sinceraría, solo debía demostrar que era alguien digno de confianza. Le devolvió una deslumbrante sonrisa y le palmeó la espalda con tanta fuerza que arrojó el delgado cuerpo del joven hacia adelante.

    –Hay que empezar con ellos cuando aún son jóvenes, si no luego se tuercen y no haces vida de ellos.

    –No parece que se haya apuntado mucha gente nueva. Esto está bastante barrido. ¿Cuándo dijiste que se volvería a incorporar tu amigo? El que es tan tímido que apenas habla si no es bajo amenaza.

    Carlo sonrió con suficiencia intuyendo correctamente por qué podía tener interés Damián en Enrique. Por lo que él sabía el joven estaba soltero, y su amigo era realmente atractivo con un aire ligeramente inocente. No le faltaban intentos de ligue, y más desde que se había quitado los kilos de encima, aunque él se encargaba de espantar a la mayoría, juzgando adecuadamente quién buscaba tan solo un polvo fácil aprovechándose de la inexperiencia de Enrique.

    –No vendrá hasta la segunda o tercera semana de curso, y eso con suerte. Para él los estudios siempre han sido prioritarios, no le vendría mal aprender a salir de casa y divertirse un poco.

    En ese momento se interrumpió. En la sala destinada a las sesiones de yoga y zumba bailaba una preciosa rubia, delante de los amplios espejos que cubrían una de las paredes en toda su longitud

    –¡Eh! Mira a esa chica, creo que es la tía más guapa que he visto jamás por aquí e su questo non ci piove1!

    Damián siguió la mirada de su amigo. Una sombra extraña cruzó por su rostro antes de que cruzase los brazos sobre el pecho con fuerza. Sus labios se apretaron en una fina línea de color coral mientras evaluaba a Carlo con los ojos entrecerrados.

    –¿Thalía? Sería mejor para ti que la olvidases.

    –¿La conoces? ¿Me la presentarías? –le interpeló Carlo ignorando su comentario.

    –Somos algo parecido a amigos, sí. Pero te digo en serio que sería mejor para ti que la olvidases, tío.

    –Voy a ir a presentarme –anunció el italiano mientras contemplaba como dejaba de bailar y se encaminaba a uno de los sacos de boxeo.

    Nunca le había interesado demasiado el boxeo ni las artes marciales, pero viendo cómo se movía Thalía cambió ligeramente de parecer. Su cuerpo flexible y elástico no daba tregua al saco. Encadenaba un ataque tras otro con mortífera precisión, sin apenas jadear. Su larguísima coleta de pelo rubio claro oscilaba como un péndulo acariciando el final de su espalda, justo antes de unas nalgas redondas y prietas, sumamente firmes. Sus pechos eran grandes, pero proporcionados con su estatura, prietos en un top deportivo que no permitía que se balanceasen con sus movimientos. La cara aniñada mostraba una expresión de intensa concentración y sus ojos azules, tan claros que casi parecían grises, no se apartaban del saco. Carlo carraspeó ligeramente antes de exhibir su radiante sonrisa. La joven se sobresaltó ligeramente y se apartó del saco, manteniendo una postura ligeramente defensiva.

    –Perdona, ¿necesitas usar el saco?

    –No, he estado ahí un rato, soy monitor aquí, e tu sei la donna più bella che abbia mai visto2.

    –No. –A pesar del tono dulce y suave de su voz traslucía una inmensa fuerza acerada.

    Sus ojos azules parecían haberse convertido en estiletes de hielo. Sin decir nada más, ni dejarle añadir una sola palabra, se alejó con un andar sinuoso de modelo de pasarela. Damián se acercó a Carlo y le palmeó la espalda, compasivo. Una sonrisa divertida se asomaba a sus labios coralinos mientras se apoyaba contra el saco de boxeo recién abandonado.

    –Te lo dije.

    –No, no pienso rendirme. Es una mujer preciosa, ¿has visto cómo se mueve? Además, también tiene que ser muy fuerte. Seguro que levanta pesas. No pienso rendirme con ella, Damián. Es increíble.

    Su amigo sacudió la cabeza de un lado a otro y se encogió de hombros. Lo que Carlo hiciese no era de su incumbencia, pero tenía casi seguro que no conseguiría nada. Aunque intentó no volver a tocar el tema, el italiano no cejó en su empeño por interrogarle, intentando obtener cada mínimo detalle que supiese sobre Talía. Damián esquivó cada una de las preguntas que le dirigió el otro, con su habitual facilidad para responder sin comprometerse. A pesar de ello, Carlo no pareció afectado por las evasivas.

    Cuando regresó a casa, después de un día bastante tranquilo en el trabajo, buscó a la joven en redes sociales, sorprendido al no encontrar nada sobre ella. Parecía confirmar lo poco que había dicho su amigo: que no era especialmente sociable. La joven era todo un misterio, pero sumamente atrayente, por lo que no pensaba darse por vencido con tanta facilidad. Pensaba volver a intentar presentarse mañana, esta vez sin una manida frase de ligoteo en italiano. Con la cabeza llena de posibles escenarios de citas con Thalía se quedó dormido.

    Desde ese día y hasta el inicio del curso no cejó de intentar acercarse a la joven, quien se limitaba a rechazarle una y otra vez cada vez de formas más contundentes, aunque no carentes de cierta creatividad. Carlo se sentía completamente dividido: jamás le habían rechazado así, en su vida, ninguna de las chicas con las que había ligado habían sido tan tajantes a la hora de darle una negativa, ni él se había arrastrado tanto por ninguna de ellas. No sabía lo que le pasaba, pero Thalía le tenía completamente embrujado. Pasaba las horas en el gimnasio obsesionado con el destello de una coleta rubia y cada vez que la veía aparecer su corazón daba un brinco en el pecho. Harto de verle arrastrarse detrás de la joven, Damián decidió tomar cartas en el asunto. El día antes del inicio del curso consiguió convencerle para tomar una cerveza juntos.

    –Mañana empieza ya el curso. ¿Nervioso por ir a una nueva universidad?

    –No. Será igual que la anterior. Al menos en la nueva ya conoceré a alguien, aunque ese alguien se esté portando como un cretino – acusó Damián con una sonrisa divertida.

    –¿A qué te refieres? –se envaró Carlo al darse por aludido.

    –A que lo que estás haciendo bordea peligrosamente el acoso. De seguir así acabará por denunciarte por no dejarla en paz ni a sol ni a sombra. Perderás tu trabajo, te meterás en líos en la universidad y además ella tendrá razón. –Comentó implacable antes de proseguir–. Así no vas a ligar con ella, solo vas a espantarla. Ella ya te ha dicho que no está interesada, deberías respetar eso y empezar a olvidarte.

    –Tío… ella me gusta de verdad. –Musitó hundido.

    –Pero si no es recíproco, no es recíproco. No deberías presionar a Thalía de esa manera, no la estás haciendo ningún bien.

    Damián apuró la cerveza y se quedó en silencio. Casi podía ver el cerebro del italiano funcionar por debajo de su espesa mata de cabello negro. Cuando sus anchos hombros se hundieron por el peso de la aplastante verdad se compadeció de él y le palmeó la espalda. Le dejó terminar la cerveza antes de levantarse de la mesa, dejándole atrás rumiando sus mustios pensamientos. Carlo pidió otra cerveza y con un suspiro se frotó los ojos cansados. Ya había tomado la firme resolución de dejar en paz a Thalía, pero antes debía averiguar el motivo de esa negativa tan férrea. Muchas veces casi había sentido que le despreciaba, algo que no concebía. No le conocía lo bastante como para poder sentir tanta animadversión hacia él.

    Tras acabarse la segunda cerveza se fue directamente a casa. Ni siquiera en la ducha, bajo el chorro de agua caliente, consiguió terminar de relajar los agarrotados músculos. Se secó despacio y se lanzó a la cama con un gruñido de frustración. Su enorme corpachón se hundió en el blando colchón con un chirrido. Dando vueltas y más vueltas en la cama por fin consiguió caer en un sueño superficial e inquieto.

    Cuando se levantó para ir a clase por primera vez en su nuevo curso tenía el cuello tenso y el humor sombrío. Se vistió sin prestar demasiada atención a lo que se ponía y por inercia revisó sus mensajes. La perspectiva de volver a ver a Enrique le levantó mínimamente el ánimo, y la idea de que conociese por fin a Damián todavía consiguió levantárselo más. Con una sonrisa genuina terminó de vestirse con un ceñido jersey fino de color crema, que realzaba su intenso bronceado, unos vaqueros y unas deportivas y tras cargar con la mochila caminó con brío hasta la universidad. Se sentó en uno de los bancos que había a la entrada y esperó a Enrique, con quien había quedado el día anterior. En teoría Damián debía estar allí también, pero no le vio por ninguna parte.

    –Enrique, de vuelta al purgatorio ¿eh? –saludó a su amigo en cuanto le vio aparecer.

    El verano le había sentado bien. Aunque no estaba tan moreno como él mismo sí lucía un bronceado uniforme y bonito que resaltaba sus ojos cándidos y azules, y juraría que se le había aclarado algo el pelo por efecto del sol.

    –Tan optimista como siempre, ¿qué tal en la playa?

    –No me puedo quejar, cada año las mujeres de Italia son más hermosas –bromeó con naturalidad, aunque estaba pensando en Thalía al decirlo.

    Consultando su teléfono con cierta impaciencia repasó sus mensajes. Damián no daba señales de vida y por un momento se planteó si se habría acobardado.

    –¿No entramos?

    –Estaba esperando a un colega. Se suponía que empezaba hoy aquí, pero parece que llegará tarde…

    Interiormente maldijo a Damián por el plantón. Si pretendía hacer una gran entrada más le hubiera valido hacerla otro día, cuando no tuviesen clase con Mauro.

    –Lo mismo ha entrado ya, quizá esté esperando dentro en el aula. Se supone que nos toca química a primera hora y ya sabes que con Mauro a cargo más te vale no llegar tarde.

    Carlo masculló interiormente todo el camino hasta clase. Cuando vio a Damián sentado sobre la mesa, en actitud indolente, no pudo por menos que mentar a todos sus muertos y asignares epítetos muy poco apropiados de la educación privada que sus padres se habían esmerado en darle.

    –¡Mira! Ahí está ese coglione3, tan tranquilo aquí dentro mientras nosotros esperábamos fuera. –Masculló enfadado avanzando a grandes zancadas hasta Damián, que sonreía divertido. – Enrique, te presento a Damián, el coglione que nos ha hecho esperarle fuera mientras estaba dentro. Se ha mudado hace poco y ahora estudia aquí, pegado a nosotros como mosca a mierda.

    Al ver la turbación de su amigo su humor volvió a atemperarse. Con cierta diversión contempló cómo se quedaba mudo y se comía a Damián con los ojos. Sabía de sobra que Enrique había estado colado por él, y había procurado ser delicado con sus sentimientos, pero no podía ignorar que era hetero y no era algo que quisiera o pudiera corresponder, por lo que se alegró al ver cómo reaccionaba su amigo. Como siempre decía su abuela “chiodo scaccia chiodo4”. Cuando tomaron asiento se limitó a levantar las cejas para dar a entender a Damián que la maniobra había sido un éxito rotundo, y disfrutó viendo como Enrique se sonrojaba cada vez que Damián le dirigía la mirada. Su alegría por él era sincera, y solo se veía enturbiada por su decepción con Thalía.

    Las clases se le pasaron volando, apenas un suspiro de tiempo amenizadas por la complicidad mantenida por Damián acerca de Enrique, no obstante, conocía a su amigo, por lo que sabía que no sería capaz de hablar cara a cara con el nuevo compañero salvo que les dejase a solas. Interrogó sutilmente a Damián sobre su nuevo piso, confiando en que quedase cerca del de Enrique, y en cuanto supo que eran vecinos cogió la ocasión al vuelo para desaparecer de escena. Necesitaba ir a ocuparse de sus propios asuntos.

    Escuchó con perfecta claridad cómo le llamaba Enrique y la nota de pánico en su voz, pero hizo oídos sordos. En su opinión, necesitaba salir un poco de su coraza, aprender que no todos los compañeros de clase eran lobos con piel de cordero y nadie mejor que Damián para que empezase a abrirse y superar el acoso. No le conocía demasiado, pero sabía que era íntegro. Apretando más el paso se dirigió al gimnasio donde pensaba pasar el día y tras un rápido paso por el vestuario para cambiarse a la ropa de deporte se encaminó a las máquinas de pesas, desde donde podía contemplar casi todo el gimnasio a su antojo. Para su decepción, Thalía no apareció.

    Día tras día Carlo se sumió en la misma rutina de acudir a clases por las mañanas, al gimnasio por las tardes y a estudiar por la noche. Tan solo la rompía para ir a tomar una cerveza de vez en cuando con Damián, quien le interrogaba acerca de Enrique, con quien las cosas tampoco parecían avanzar demasiado bien. Aunque justificaba a su amigo escudándose en su timidez, empezó a pensar que quizá no estaba interesado en Damián y no sabía cómo decirlo, aunque su actitud decía lo contrario. Para colmo de males, Thalía seguía sin dar señales de vida por el gimnasio, y Damián seguía con su actitud esquiva de siempre.

    El lunes de la segunda semana de clases Carlo estaba harto. No sabía si la joven se había marchado por su culpa o si por el contrario había dejado el gimnasio por el inicio de curso, pero sin duda no quería perder más tiempo esperando un milagro que no iba a llegar. Resignado tomó la férrea decisión de rendirse definitivamente. Si la chica no aparecía a la tarde en su trabajo, no se molestaría en intentar volver a hablar con ella, ni siquiera, aunque volviese al día siguiente y se le insinuase.

    En cuanto llegó al gimnasio sintió que se le caía el alma a los pies. No veía a Thalía por ninguna parte, y la sala donde solía bailar en solitario estaba llena de chicas que acudían al grupo de zumba de los lunes. Enfadado y frustrado se dirigió al banco de pesas y cargando más peso del que debía empezó a levantarlas, en una serie frenética de repeticiones con la que pretendía quemar toda su rabia. Rechinaba los dientes con cada levantamiento, repitiéndose mentalmente que había hecho una promesa, cuando el ruido de las chicas abandonando la sala le distrajo. Entre el maremágnum de voces distinguió con claridad la suya, tan dulce como la recordaba, pero infinitamente más cálida.

    Dejando las pesas en su soporte se quedó sentado en el banco, mirándola fijamente. Estaba igual de guapa que siempre, vestida con unas medias de deporte rosas y grises y un top rosa que ceñía sus maravillosas curvas y realzaban su figura de reloj de arena. Su pelo rubio seguía peinado en su cola de caballo habitual, ahora medio desecha por el ejercicio intenso y charlaba animadamente con una morena algo más baja que ella. Hasta ahora no lo había apreciado porque siempre iba sola, pero era algo más alta que la media. Siempre le habían gustado las mujeres altas y la calculó un metro setenta y algo. Sonriendo como un idiota se acercó a las dos chicas. Su amiga la dio un codazo en las costillas y soltó una prometedora risilla, pero a Thalía la cambió por completo la expresión que se tornó gélida.

    –Hola, Thalía.

    –¿Qué demonios quieres? –espetó sin corresponder al saludo.

    Algo cortado por el frío recibimiento Carlo se echó ligeramente hacia atrás. La morena que estaba al lado de Thalía la apretó el brazo con cierta urgencia, y dirigió una mirada de disculpa a Carlo.

    –Me gustaría hablar contigo en privado, si no es mucha molestia. –Al ver que la joven iba a negarse Carlo la cogió precipitadamente del brazo e imploró–: No te robaré mucho tiempo, y juro que no es ningún intento por ligar contigo, te lo prometo. Por favor.

    Thalía le evaluó con la mirada, esos fríos ojos de hielo que a Carlo siempre le desarmaban. Con un suspiro de resignación claudicó y se despidió de su amiga, que se encaminó al vestuario femenino muerta de curiosidad. Thalía siguió al italiano a través del gimnasio, hasta un rincón discreto detrás de los sacos de boxeo. Asegurándose de que no había nadie cerca se encaró con el hombre. Aunque la sacaba al menos diez centímetros no se amilanó ni un ápice.

    –¿Qué quieres?

    –Me gustaría preguntarte por qué parece que me odias tanto. No te he hecho nada, ni siquiera me conoces. No sé, entiendo que no quieras ligar conmigo, ma non capisco5 por qué te portas así.

    Thalía frunció el ceño y ladeó ligeramente la cabeza, observando a Carlo como si tuviese delante algo especialmente desagradable. De pronto, una radiante sonrisa iluminó su rostro. Carlo se quedó sin respiración, cuando sonreía de esa manera es como si una luz interior diese vida a su cara, dotándola de una belleza etérea comparable a la de los cuadros clásicos.

    –¿De verdad quieres saber lo que me pasa contigo? Perfecto, te lo diré.

    Carlo se inclinó hacia delante, completamente obnubilado. Thalía mantenía un tono de voz tan bajo y tan suave que tuvo que acercarse más para poder escucharla, percatándose del delicioso aroma a lilas y frambuesas que emanaba de su cabellera rubia.

    –Por favor, dime.

    –Me pasa que te considero una persona despreciable.

    El veneno de su voz era tan intenso pese a no haber levantado el tono que Carlo dio un paso atrás mientras ella proseguía, con la misma sonrisa luminosa en la cara y sus ojos helados destilando odio.

    »Eres un pijo, un niño rico privilegiado que quiere tener cualquier cosa que se le antoje, y que no entiende lo que es un “no” o los límites que las demás personas tenemos que aprender a respetar desde niños. Te crees que con tus poses italianas y ese cuerpo ya puedes conseguirlo todo, y que además tienes el derecho a ello para después destrozarlo cuando se te antoje. Bueno, pues esa actitud me da asco, tú me das asco, y cuando te miro solo veo a un chulo siciliano salido de alguna mala película de mafiosos modernos al que le hace falta que la vida le de un par de golpes para escarmentar. ¿Te has quedado satisfecho?

    Con un ágil movimiento la joven giró en redondo, dejando a Carlo plantado y mudo. Su rubia coleta le golpeó en el pecho al girar ella, pero ni siquiera eso le hizo reaccionar. La observó alejarse con una náusea en el estómago y boqueando se dejó caer contra la pared. Si así era como le veía ella, ¿cómo le verían los demás? Cuando su jefa se acercó a él, preocupada al ver que no se movía, se excusó diciendo que la comida le había sentado mal y aprovechó para irse a casa. Al llegar a su piso se dejó caer en el sofá. Las palabras de Thalía habían conseguido desestabilizarle de un modo que no pensaba posible. Pensó en llamar a Enrique para contarle lo que había pasado, pero cuando abrió la lista de contactos en el móvil sus dedos volaron al número de Damián.

    –¿Carlo? ¿Estás bien? Cuando he ido al gimnasio me han dicho que te había sentado mal la comida.

    –¿Podrías venir a mi casa?

    Se hizo el silencio al otro lado de la línea. Pensó que si Damián preguntaba el motivo colgaría y no le diría nada, pero el joven no preguntó nada.

    –Claro. Mándame la dirección. Estaré ahí en media hora.

    Carlo hizo lo que le pedía y se tumbó en el sofá. Se tapó los ojos con un cojín e intentó ignorar la punzante migraña de sus sienes. No fue consciente del tiempo que pasaba hasta que unos insistentes timbrazos consiguieron abrirse paso hasta su cerebro. Con pasos torpes se levantó y fue a abrir la puerta a Damián, quien palideció al ver el aspecto derrotado de su amigo. Se sentaron ambos en el sofá y Carlo por fin pudo derrumbarse.

    Las palabras salieron de su boca como un torrente. Le repitió palabra por palabra lo que le había dicho Thalía y compartió sus dudas acerca de si así era como le percibían todos. Damián escuchaba en silencio, con los ojos cerrados y las manos cruzadas debajo de la barbilla. Cuando por fin Carlo terminó y se dejó caer contra el respaldo del sofá Damián soltó un suave suspiro y miró al italiano. Sabía que no era una mala persona, y tampoco cerrado de mente, pero no sabía cómo reaccionaría a lo que él sabía y ahora estaba dispuesto a contarle.

    –Lo que te voy a decir debe quedar entre nosotros. Si no te ves capaz de prometerme eso, me temo que no abriré la boca.

    –¿Qué quieres decir? –preguntó Carlo intrigado y algo inquieto por la mortal seriedad de Damián.

    –Lo que oyes. O me prometes que mantendrás en secreto lo que vamos a hablar ahora, secreto equiparable al secreto profesional, o no te contaré nada.

    –Está bien, tienes mi palabra de honor.

    Damián inspiró hondo, como un saltador de trampolín antes de saltar a la piscina, y mirando a Carlo con esos extraños ojos verdosos suyos tomó impulso y se lanzó.

    –Thalía no te odia, o no tanto como te ha dicho. Lo que está haciendo es protegerse de ti, de lo que tú eres. Mira, Carlo, no eres mal tío y a mi me caes bien. Sé que eres íntegro y decente, pero eso no basta.

    –¿Qué quieres decir con que no basta?

    –Quiero decir que no es lo que pareces. Pareces el típico atleta de instituto, el matón que se cebaba con los diferentes, los raros, los empollones y cualquiera que no encajase en la masa. Como ella.

    La mirada desconcertada del italiano dibujó una leve sonrisa en Damián que esperó a que sus palabras calasen en Carlo, que mantenía los hombros hundidos.

    –Entonces así es como me ve la gente.

    –No. Así es como te ve la gente que ha sido maltratada. Es un sesgo, no puedes hacer nada por evitarlo salvo darles la oportunidad de que te conozcan y vean que no eres así. Pero hay gente que no se lo puede permitir, que no puede correr ese riesgo porque tienen mucho que perder. Thalía es una de esas personas.

    –¿Por qué? ¿Qué tiene que perder por ser amable conmigo?

    –Thalía es trans –soltó Damián de un tirón, estudiando cómo caía la noticia en su amigo–. Thalía es una mujer trans y tú, Carlo, no has pedido amabilidad. Has pedido un ligue. Sabiendo lo que sabes ahora, ¿entiendes por qué se ha puesto tan a la defensiva?

    Carlo negó con la cabeza, con la cara inexpresiva y sin saber qué decir. Sus espesos rizos negros caían sobre sus ojos y Damián se les echó hacia atrás con una sonrisa.

    »Si ella te lo hubiese dicho, ¿te lo habrías tomado bien? ¿hubieses podido callarte y no decírnoslo a nosotros en caso de que ella no quisiera? O peor, si ella no hubiese reunido el valor de decírtelo, o hubiera dado por sentado que lo sabías, y lo hubieses descubierto al ir a la cama con ella, ¿cómo habrías reaccionado? Yo te lo diré: hubieras reaccionado mal. No puedes entenderlo porque no estás en nuestra posición, pero dejar que alguien de fuera de la comunidad nos vea tal y como somos todavía nos da miedo. Impones, eres enorme y aunque a mi me pueda gustar, entiendo que ella tenga miedo de llevarse una paliza.

    –¡Yo no soy así! –chilló Carlo casi fuera de sí– ¡Yo jamás la daría una paliza por ser trans! ¡Jamás la haría daño por eso! ¡Nunca pondría la mano encima a una mujer!

    –Ya lo sé, cálmate, pero yo no soy ella. Ella solo ha visto a un tipo enorme que se abalanzaba a ligar con ella, que no aceptaba un “no” por respuesta y que tiene un cierto aura de machito de gimnasio. Eso puede llegar a dar miedo. Además… –hizo una pausa, ponderando cuánto podía contar sin traicionar la confianza de la joven– además, no tiene buena relación con su familia. Se fue de su ciudad natal por la transfobia de su entorno. No es extraño que te haya intentado alejar.

    Carlo se quedó callado, pasando las manos por su pelo una y otra vez hasta que se le despuntó en cómicos mechones. Con un resoplido frustrado golpeó el sofá con el puño.

    –Tío… no sé qué hacer. Me gusta de verdad, pero… –se interrumpió un momento, pensando cómo continuar– pero no sé, no sé qué hacer.

    La cara de Damián se ensombreció. Suspiró hondo y se levantó del sofá en dirección a la amplia cocina de diseño americano. De la nevera sacó dos refrescos de naranja y le tendió uno a Carlo que dio un largo trago directamente de la lata.

    –Tendrás que decidir. Si ella te gusta de verdad tendrás que aceptar que es trans y todo lo que eso supone. Entre otras cosas que la gente te juzgue, que te consideren gay y que te acusen de ser poco hombre, sabes que hay gente anclada a la época del mioceno como poco. Además, si se lo dices a tu familia puede que su reacción no te guste, o no la acepten, y tendrás que elegir entre Thalía o ellos. –Damián se mordisqueó el labio y decidió decirlo todo–. También tienes que pensar en lo que estar con alguien trans implica a nivel físico, si no te ves capaz de lidiar con ello y además disfrutar, mejor no lo intentes siquiera. La acabarás haciendo daño.

    –¿Tú qué harías en mi lugar?

    –No lo sé, nunca me he pillado por alguien trans. Pero sí te puedo decir que a mi me gustan los penes, así que eso sería un impedimento para mí. Es lo que me excita, no puedo cambiar eso.

    Con esas palabras Damián se volvió a levantar, apuró el refresco y se marchó de casa de su amigo. Por su parte Carlo hizo lo que hacía siempre que necesitaba pensar. A pasos lentos y cansados se marchó a la ducha, donde intentó que el agua caliente soltase sus agarrotados músculos. Sacó su pijama más viejo del cajón de la cómoda, su preferido, y se aovilló en el sofá con una vieja serie policíaca. No sabía bien qué hacer y por su cabeza rodaban las palabras de su amigo como si fuesen grandes piedras. Las horas discurrieron sin que se diese cuenta, acunado por los viejos diálogos, conocidos a fuerza de oírlos una y otra vez. Cerca de las tres de la mañana por fin consiguió quedarse dormido en el sofá, arropado en una manta fina. A la mañana por fin había tomado una decisión.

    Durante las clases del día pudo notar que Damián le miraba de vez en cuando, como si intentase adivinar qué iba a hacer, sin embargo, el joven no le preguntó y él no dijo nada. Enrique no pareció notar nada, algo que Carlo agradeció. No quería hablar con él hasta no saber el desenlace. En el fondo le daba miedo que su amigo le juzgase. Sabía que no estaría de acuerdo con cómo había llevado el tema del ligue y debería darle la razón. Había sido un cretino auténtico y comprendía bien la actitud de Thalía. Sólo esperaba poder arreglarlo.

    En cuanto la clase terminó se dirigió al gimnasio a la carrera. Sin cambiarse entró dentro y echó un vistazo a la sala de baile. No había nadie dentro, por lo que decidió esperar fuera del edificio. Nervioso por si se presentaría después del discurso que le había soltado ayer se dedicó a juguetear con la cremallera de su cazadora hasta que la vio doblar la esquina. Cuando la joven le vio ahí plantado la expresión de su cara cambió a una completamente hostil, incluso cautelosa. Carlo se quedó paralizado, sin saber qué debía hacer. La chica salvó la distancia que les separaba y adoptó una postura defensiva.

    –Thalía… ¿podemos hablar? Me gustaría invitarte a un café y pedirte disculpas.

    –Nunca te rindes ¿eh? Me das asco.

    La chica rebasó su altura e iba a entrar en el gimnasio cuando el italiano la retuvo por el brazo. Thalía iba a zafarse, echando fuego por los ojos, cuando Carlo volvió a hablar.

    –Lo sé. Lo tuyo. Damián me lo contó porque le dije lo que me había dicho. Oye, de verdad creo que me has juzgado mal, y me gustaría poder explicarme y pedirte disculpas como es debido. Y si después no quieres volver a hablar conmigo o verme más lo entenderé, hasta pediré otro turno en el gimnasio para no coincidir contigo. Solo un café, no quiero hablar en la calle.

    La joven miró a ambos lados de la calle, con cierto nerviosismo. Se cruzó de brazos y se mordió el labio inferior indecisa. No parecía querer ir con él, pero tampoco entrar en el gimnasio. Por fin soltó un largo suspiro con el que dejó escapar todo el aire retenido en los pulmones y agachó la cabeza, claudicando antes de darle una respuesta.

    –¿Lo prometes? ¿Si después de todo no quiero volver a verte saldrás de mi vida?

    –Lo prometo –se comprometió el joven a pesar del nudo en el estómago que sintió al hacerlo.

    Thalía echó a andar calle abajo y Carlo se limitó a seguir su estela. El silencio entre ellos era incómodo y le hubiera gustado romperlo, pero no sabía cómo y no quería estropear más las cosas, por lo que optó por callarse y seguirla. La joven iba mirando al frente, y a intervalos apretaba las manos en sendos puños. Carlo se la comía con los ojos, intentando memorizar cada uno de sus rasgos. Había pensado que cuando volviese a mirarla la vería de forma distinta, pero solo seguía viendo a la misma chica preciosa que le había sorbido el seso desde el primer día. Le asombraba su fuerza de carácter y su determinación e intuía por cómo se relacionaba en las clases de baile con las demás que su personalidad real era alegre y divertida. La joven dudó. De pie delante de la cafetería se mordió el labio, indecisa, antes de empujar la puerta y entrar.

    Sentándose en la mesa que juzgó más apartada de la barra estudió a Carlo con sus fríos ojos azules mientras este pedía dos cafés con leche. No sabía si Thalía aceptaría el café, ya que había ido derecha a sentarse sin dirigirle la palabra, pero pensó que el gesto la ablandaría lo suficiente o por lo menos contribuiría a que le mirase con mejores ojos. Manteniendo las tazas en precario equilibrio sobre los reducidos platillos consiguió llegar hasta la mesa donde aguardaba la joven, cruzada de brazos y aún con el abrigo puesto.

    –Gracias –escupió más que dijo cuando el italiano dejó el café delante de ella.

    –Thalía yo… cuando te dije que lo sentía y que quería pedirte disculpas lo decía en serio. No quería resultar tan pesado cuando te pedí salir, en serio, y de haber sabido lo que sé ahora no lo hubiera hecho, no hubiera insistido tanto.

    –Ya, ahora que sabes que soy… –dirigió una mirada temerosa a la barra y al no ver a nadie prosiguió–: ahora que sabes que soy trans, te arrepientes de haber intentado ligar conmigo. Bueno, está bien, mientras no digas nada me parece perfecto.

    –¿Qué? ¡No! No, me has malinterpretado otra vez… Joder, me estoy expresando fatal. –Hizo una pausa en la que pasó las manos por su pelo negro, despeinando los rizos espesos –. Mira, lo que quiero decir es que si hubiese sabido el motivo de tu incomodidad hubiera intentado ser más… más sutil, no ir tan lanzado. No te mentiré y te diré que no me llevé una sorpresa cuando supe que eras trans, pero lo he estado pensando y no sé, no me importa, me sigues gustando como el primer día y te sigo viendo guapísima, y seguro que tienes muchísimo más que ofrecer o eso parece cuando estás con las demás chicas en baile.

    Thalía le observaba en silencio. Aferrada a la taza de café como si quisiera extraer consuelo del calor que emanaba de ella. Carlo calló algo azorado, consciente de que se había liado más de lo que había pretendido y que estaba embarullando las cosas. La chica se quitó por fin el abrigo, dejándolo en el respaldo de la silla en la que se sentaba y el italiano respiró aliviado.

    –Creo que será mejor que empieces desde el principio –propuso en tono suave dando un sorbo al café.

    –A ver… cuando te vi el primer día me pareciste preciosa, y cuando me rechazaste pensé que era un juego o que no me habías entendido. No debí insistir tanto y lo siento, también me lo ha dicho Damián, pero realmente me gustaste.

    –Eso no quita que sea una conducta muy tóxica.

    –Lo sé, ahora lo sé y de verdad que estoy arrepentido y juro que no lo repetiré con nadie. No sé, después creo que me obsesioné porque siempre parecía que me despreciabas y no entendía por qué si apenas habíamos cruzado cuatro palabras y cuando me dijiste todo eso y después Damián me contó por qué eres así… no lo sé. Solo puedo decirte que lo siento muchísimo, que me porté como un imbécil y que el que seas trans no cambia nada para mí.

    Thalía se echó atrás en la silla, jugueteando con la taza de café entre las manos. Carlo la estudió, embebiéndose de su rostro mientras su expresión se suavizaba.

    –Creo que yo te debo una disculpa también. Mira, la última vez que un hombre intentó ligar conmigo no reaccionó nada bien cuando supo que era trans. Pensé que contigo pasaría lo mismo, no te ofendas, es solo que sí que tienes cierta pinta de chulo. –Dio un fuerte suspiro y le dedicó una sonrisa, la primera sonrisa genuina que Carlo recibía–. Supongo que saqué conclusiones precipitadas y te dije cosas horribles, cosas que no pienso de verdad. Lo cierto es que me pareciste un tío interesante, pero me dejé llevar por el miedo y los prejuicios.

    –No te preocupes, creo que viendo cómo actué me lo merecía. Mira, no quiero decirte que no tenga ciertas dudas porque todo esto es nuevo para mí, pero sí me gustaría salir contigo, tomar algo… no lo sé, ver qué surge. Ya te he dicho que para mi no cambia nada el que seas trans, aunque si no quieres lo entiendo y esta vez respetaré tus límites.

    La joven volvió a quedarse callada. Mirando la taza de café mientras se mordisqueaba el labio inferior. Carlo dio un par de sorbos a la suya intentando aparentar tranquilidad, aunque sentía el corazón golpeteando frenético contra sus costillas. No podía leer la expresión de la chica y se sentía al límite. Si decía que no quería nada lo aceptaría, aunque la idea le resultaba en extremo desagradable. Si eso es lo que había sentido Enrique por él solo ahora empezaba a comprender lo mal que debía haberlo pasado.

    –Podemos intentarlo. Si tú quieres. Este sábado hay una fiesta para celebrar el inicio de curso, podemos probar a irnos conociendo mejor y ya veremos el sábado qué es lo que pasa. Aunque debo pedirte que me prometas que, acabemos como acabemos, no dirás a nadie que soy trans. No me avergüenzo de lo que soy, pero no quiero volver a pasar por lo que pasé en casa ¿de acuerdo?

    –Ti do la mia parola d’onore6.

    La deslumbrante sonrisa del italiano era tan sincera y contagiosa que la joven se echó a reír al verla. No cabía duda de que le había juzgado mal y con una punzada de remordimiento se prometió enmendar su error. Todavía albergaba ciertas dudas, pero no tenía intención de cometer el mismo error dos veces. Carlo apuró el café y con coquetería extendió su brazo para que la chica se agarrase a él. Pagó ambos cafés y sin molestarse en recoger el cambio volvió al gimnasio con Thalía del brazo. Reconoció a la misma morena del día anterior y al percatarse de la hora se dio cuenta con horror de que llegaba tardísimo al trabajo.

    La semana discurrió en una apabullante burbuja de felicidad. Como había intuido Thalía era fascinante. Irónica, aguda, de mente despierta e incisiva sus comentarios resultaban certeros y tenía un humor fresco que casaba a la perfección con el suyo. De evitarle en el gimnasio como si estuviese contagiado de peste pasaron a entrenar juntos. Carlo se mostró más que encantado de enseñarla a manejar las máquinas de fuerza y ella le enseñó varios de los golpes que a diario practicaba con el saco. La mayoría de las veces conversaban sin cesar mientras entrenaban. El italiano le habló de su familia, de lo mucho que le gustaba veranear en Italia, del yate de sus abuelos y de sus amigos, en especial de Enrique, y ella le hablaba a él de que estudiaba periodismo, que quería especializarse como corresponsal internacional y de sus libros y películas favoritas. Por acuerdo tácito evitaban hablar en el gimnasio de cualquier tema referente a su transexualidad, pero en los ratos a solas cuando la acompañaba a su casa después del entrenamiento ella se mostraba abierta y comunicativa.

    El sábado Carlo no podía parar de emoción. Ni siquiera entrenarse duro en el gimnasio hasta que notó que los músculos le ardían bastó para tranquilizarse. Aunque todavía quedaban varias horas para tener que pasar a recoger a Thalía decidió ir directo a la ducha. Mientras se enjabonaba la imagen del cuerpo desnudo de la chica se le aparecía una y otra vez en la cabeza, causándole retortijones producto del deseo y el nerviosismo. Si todo iba bien esa noche, quizá se enfrentaría a una experiencia nueva en pocas horas.

    Recordando de pronto que hacía casi una semana que no cambiaba las sábanas salió precipitadamente de la ducha y tras envolverse las estrechas caderas con una toalla mudó la cama, rociando después algo de perfume por la habitación y abriendo las ventanas para que ventilase. Cogió el móvil y anunció a Enrique que iría acompañado a la fiesta, esperaba que aquello le forzase a romper un poco el cascarón de timidez en el que se había refugiado. Si no lo hacía, perdería a Damián quien no estaba demasiado dispuesto a seguir esperando a que el otro diese un paso adelante.

    Dirigiéndose al armario eligió una camisa en un elegante tono beige con botones con destellos dorados, un pantalón marrón, tan oscuro que casi era negro, y zapatos de cuero a juego. Complementó el conjunto con un gran reloj con la esfera chapada en oro y la correa de cuero de su color natural. Con mucho cuidado peinó y engominó sus rizos oscuros y tras olisquear todas las colonias que guardaba en el baño se decantó por la que tenía notas de madera y sándalo. Eligió una trenca de lana ligera y se contempló en el espejo. Con su planta estaba impresionante. Muy satisfecho con su aspecto salió de casa dando grandes zancadas, impaciente por llegar al portal de la chica.

    Thalía no le hizo esperar. A la hora acordada salió del portal y dio un golpecito en el hombro a Carlo. En cuanto la vio se le descolgó la mandíbula y los ojos saltaron de sus órbitas. La joven estaba espectacular. Había elegido un vestido en dos tonos azules que realzaba su estilizada figura, parte de sus generosos pechos quedaban a la vista debido al escote, amplio, pero sin ser vulgar. Por primera vez se había puesto tacones y la diferencia de altura se había reducido a escasos milímetros. Su larguísima melena dorada estaba bien cepillada y caía como una cascada de oro hasta rozar sus más que firmes nalgas, pero lo mejor eran sus ojos. Realzados por una capa de maquillaje azul parecían dos pedazos de hielo más que nunca, pero transmitían tanto calor que Carlo pensó que se derretiría. Una gabardina de color azul medianoche echada por los hombros remataba el conjunto, y hasta él llegó un perfume floral y dulce.

    –Estás más guapa que nunca –consiguió decir tragando varias veces saliva.

    La chica le dedicó un dulce parpadeo y una tímida sonrisa mientras se cogía de su brazo. A través de la tela a Carlo le llegaba el calor que emanaba su cuerpo, volviéndole loco.

    –Gracias, tú tampoco estás nada mal.

    Juntos fueron a encontrarse con Damián y Enrique. Damián le dirigió una amplia sonrisa antes de centrar su atención en un Enrique más cohibido que nunca. Por su parte el italiano solo tenía ojos para Thalía, que se apretaba contra él con toda confianza. Ni siquiera se soltó de su brazo cuando llegaron a la discoteca y entregaron sus abrigos al encargado del guardarropa. El grupo se separó y Carlo se centró en la chica por completo. Alguno de sus compañeros de clase les saludó al pasar con ella en dirección a la pista de baile, que empezaba a estar animada. Con una luminosa sonrisa le cogió la mano y se lanzó a bailar.

    Se notaba que acudía a baile. Su cuerpo atlético se movía al ritmo de la música con tanta sensualidad y erotismo que Carlo sintió crecer una erección en sus pantalones. Uniéndose a ella se pegó cuanto pudo y comenzó a bailar, frotándose a su vez. La rubia se agarró a él sin perder la sonrisa. Con la música atronando ni siquiera eran conscientes de las demás personas que bailaban a su alrededor, daban vueltas y más vueltas, sus cuerpos se enlazaban o se separaban en caprichosos giros y los labios entreabiertos de Thalía parecían invitarle a acercarse cada vez más y más hasta que por fin, sin contenerse más tiempo, agarró a la joven por las caderas y sin dejar de bailar la besó.

    Sus labios sabían a fresa, sin duda por el pintalabios elegido, y se abrieron ante la presión de los suyos permitiendo el paso a su lengua. Casi con ansia enredó sus dedos en la larga melena de la chica y la atrajo más y más hacia él, hasta que su notoria erección se apretó contra el cuerpo cálido de la chica. Para su sorpresa notó lo mismo en ella, una cálida presión un poco por encima de su cintura que, lejos de desagradarle, le excitó sobremanera. Sin soltar la dorada cabellera consultó la hora en su reloj comprobando con sorpresa que llevaban más de dos horas bailando.

    La fiesta estaba en su apogeo y cualquier otra noche Carlo la habría disfrutado enormemente, pero tan solo quería salir de allí. Inclinándose sobre su acompañante inspiró su aroma a flores y vainilla y la abrazó por la fina cintura. La joven echó sus brazos al cuello del italiano y pegó sus labios a su oído, para poder hacerse oír sobre el volumen de la música. La presión de sus pechos contra su cuerpo era una sensual promesa, un anticipo de lo que podría disfrutar más adelante.

    –¿Te apetece venirte a mi casa? La fiesta está bien, pero prefiero con mucho si seguimos solos tú y yo.

    Carlo asintió con la cabeza y tomando de la mano a Thalía la arrastró hasta el guardarropa. Se planteó si debía enviar un mensaje a sus amigos, pero al final decidió que podían vivir sin él una noche. En cuanto recibió sus abrigos utilizó su inmenso corpachón para abrirse paso hasta la salida. Ya en la calle se encaminó hasta una parada de taxis cercana. Abrió la puerta a Thalía con caballerosidad y galantería y entró tras ella, dando la dirección al taxista en cuanto se sentó en el vencido asiento de cuero del coche.

    Aunque se moría de ganas por volver a besarla ella le indicó con un gesto que esperase. La luz de las farolas entraba a través de la ventanilla e iluminaba tan solo la mitad de su cara, haciendo brillar sus ojos en la semipenumbra reinante. Su intenso perfume le llegaba ahora con toda claridad y podía ver a través del escote la piel suave y tersa de sus grandes senos. Ansiaba pasar sus manos por ellos, comprobar su peso, ver si podía abarcarlas por completo o si debería apretarlas. Thalía siguió su mirada y con cierta maldad al comprobar en qué se estaba centrando se bajó algo más el vestido.

    En cuanto el taxista les dejó frente al portal de la chica esta escoltó al italiano. En el ascensor, a salvo de cualquier mirada, sus labios volvieron a juntarse en un apasionado beso. Las manos del joven recorrieron las curvas de la chica, se detuvieron en su estrecha cintura, indecisas y por fin subieron hasta sus grandes pechos. Carlo masajeó los senos de la chica arrancándola un gemido. El tejido del vestido era más rígido de lo que esperaba, apenas le permitía sentir nada por debajo de la tela. Con cierta frustración deslizó las manos hacia abajo y agarrándola por las nalgas la pegó más contra él, sintiendo el bulto de su incipiente erección en el estómago.

    Cuando Thalía abrió la puerta de su piso, zafándose de las manos de Carlo por un instante, al italiano le entró una súbita oleada de timidez. Con cierto nerviosismo examinó el apartamento, muchísimo más pequeño que el suyo y rebosante de encanto femenino. Percibiendo claramente su inquietud la joven le dio la mano, sonriendo con dulzura, y comenzó a tirar de él hasta el dormitorio. El pequeño espacio olía a lilas, lavanda y vainilla, el mismo aroma que emanaba la piel de la joven. Empujando a Carlo le hizo caer en la cama, quedando sentado al borde del colchón.

    –Estoy algo nervioso, no sé muy bien qué debo hacer o…

    –Ssssshh… tú relájate –le interrumpió la joven mientras se sentaba en su regazo

    Con movimientos lentos y sensuales se bajó la cremallera del vestido. Sus preciosos y perfectos senos quedaron a la altura de la cara de Carlo quien no pudo contenerse. Pasó las manos por la suave piel mientras veía como los pezones se erizaban a medias por la caricia y a medias por la expectación. Ni siquiera cuando abarcó los pechos desde abajo, levantándoles para poder acercarles a su boca, percibió las pequeñas cicatrices de los implantes. Sin duda era un trabajo fantástico, incluso el tacto era lo bastante natural como para engañarle.

    Atrapó los pezones de la chica con la boca, mordisqueó, lamió y chupó mientras escuchaba como Thalía gemía y sentía sus finos dedos enredados en su pelo. Con una mano sostenía el pecho libre y estimulaba el delicado pezón, le pellizcaba y le soltaba a intervalos irregulares, jugando caprichoso con la delicada piel algo más rugosa. Incluso en la semioscuridad del cuarto podía ver que la piel rosácea tan solo era un par de tonos más oscura que el resto, de un adorable tono pastel que se oscurecía bajo sus expertas caricias. Thalía empezó a mover las caderas, refrotándose sobre la entrepierna del italiano que gimió a su vez, apretando más el pezón con sus labios.

    Mirando a los ojos de la chica rodeó todo el seno con ligeros besos, deteniéndose de vez en cuando para dar un ligero mordisco. Sonrió con cierta maldad y sosteniéndola la mirada succionó su delicada piel, dejando marcados los dientes en un oscuro chupetón. Thalía soltó una risita y empujándole hacia atrás le hizo tumbarse en la cama. Carlo cedió el mando, dejando que le quitase la camisa mientras contemplaba embobado como oscilaban sus firmes pechos mientras se movía. Se incorporó ligeramente para facilitar que le quitase la camisa y la observó mientras se ponía de pie. Con un único movimiento dejó caer el vestido a sus pies y salió de él con un ligero pasito. Allí de pie, vestida únicamente con los altos tacones y un tanga azul a juego que conseguía disimular con bastante éxito su erección, a Carlo se le antojó preciosa. Un ángel rubio, un hada de cuento, una diosa del erotismo.

    Gateando sobre el cuerpo del italiano desabrochó su pantalón y agarrando juntos el bóxer y el pantalón les arrastró juntos hasta el suelo. El chico terminó de deshacerse de ellos con dos certeras patadas mientras sostenía la estrecha cintura de Thalía que se inclinó para besarle. La impresionante erección de Carlo, de diecinueve centímetros y muy gruesa, llamaba poderosamente la atención. La chica bajó por el cuerpo tonificado de Carlo y con una sonrisa pícara pasó la lengua desde la base de los testículos hasta el glande, en una lenta caricia húmeda que arrancó un gemido al joven. Sin apresurarse, dejándole sentir cada mínimo movimiento, volvió a trazar el mismo recorrido, pero en sentido inverso. Aplastó sus pechos contra los muslos del italiano y mirándole fijamente metió el glande en su boca.

    Lamiendo con delicadeza deslizó los labios hacia abajo, tragando hasta la mitad. Cuando ascendió apretó más y dejó un cerco rojizo del pintalabios, difuminado debido a la saliva que escapaba de su boca. La joven era una provocadora nata, y los ojos desorbitados del italiano no podían apartarse de ella. Con cierta ansia tragó más, empujando dos tercios del grueso pene del chico dentro de su boca, dejando que invadiese su garganta. Con un sonido húmedo, a medias gemido y a medias arcada, empujó nuevamente, hasta que el pubis cubierto de rizos oscuros de Carlo golpeó su nariz. Empezó a moverse, metiendo y sacando su pene de la boca mientras ascendía en velocidad. Al moverse sus grandes senos masajeaban los muslos de Carlo, quien podía notar su peso y su calor. Ni siquiera fue consciente de cuándo se bajaba el tanga y comenzaba a masturbarse.

    Incorporándose ligeramente escupió sobre su pene y antes de que pudiese procesar el motivo le abarcó entre sus pechos. Masajeó con ellos la base, les apretó y les movió para masturbar toda su longitud con las grandes esferas de carne. Acaricio su pene desde la base hasta el glande, sintiendo como goteaba sobre su piel el líquido preseminal. Carlo gemía y musitaba algo ininteligible con su característico acento italiano. La chica sonrió e inclinó la cabeza, lo justo para poder pasar la lengua por el glande. El gemido que escapó de entre los labios de Carlo fue casi un grito de placer. Espoleada por ello bajó más la cabeza y consiguió tragar hasta la mitad del pene sin dejar de masajearle con sus senos.

    Subía y bajaba cada vez más deprisa. Carlo alargó las manos y aferró con una la dorada cabellera de Thalía mientras usaba la otra para acariciar el pezón derecho. Empujaba su cabeza cada vez más fuerte, moviendo desquiciado las caderas mientras acariciaba el pecho. Thalía no daba muestras de incomodidad, aceptando que Carlo marcase el ritmo deseado sin protestar. La saliva se deslizaba de su boca y lubricaba sus pechos, ayudando a que se moviese a la velocidad deseada. Sus húmedos gemidos llenaban el cuarto y se entremezclaban con los de él que casi gritaba, follando sin tregua su boca. Era la mejor mamada que había recibido nunca, estaba casi al límite y no sabía si quería parar para no agotarse o si lo que más deseaba era terminar en su boca.

    Thalía tomó la decisión por él cuando se levantó y soltó su pene, más duro que antes y embadurnado de saliva y manchas de pintalabios. Estirándose en la cama al lado de Carlo le pasó un preservativo que sacó del cajón junto con un bote de lubricante. Al ver su desconcierto abrió ella misma el preservativo y se le puso al joven, asegurándose de que quedaba bien colocado y no había burbujas. Le masturbó ligeramente para que se habituase al látex y se estiró para que pudiese contemplarla, mordiéndose el labio con una ligera inquietud.

    –No sé bien qué quieres que haga –confesó el chico mientras se la comía con los ojos.

    Para su alivio, Thalía no era demasiado grande. Su pene erecto y húmedo mostraba un glande rosado, no demasiado oscuro, y no mediría más de dieciséis centímetros, no demasiado grueso y sin venas visibles. La joven se hizo cargo de su inexperiencia y con una sonrisa alentadora, sin rastro de inquietud o preocupación, le cogió la mano derecha y la dejó sobre su pecho. El contacto familiar pareció calmar también a Carlo que llevó la mano al pubis de la joven, que gimió levemente.

    –Quiero que disfrutes, ¿te apetece tocarlo? –al ver que el italiano asentía le animó arrimando más sus caderas a él–. Hazlo, ve despacio y no aprietes mucho. Yo te guiaré.

    Carlo tendió la mano y agarró el pene de Thalía, sorprendentemente suave. Irradiaba calor y parecía encajar perfectamente en su mano. Con cierta torpeza empezó a mover la mano arriba y abajo, intentando imitar en ella lo que a él le gustaba y le excitaba. Sus esfuerzos se vieron recompensados por el agudo gemido de placer que emitió y, más confiado, empezó a mover más deprisa la mano. Con cierta curiosidad frotó el frenillo de Thalía, observando como salía el líquido preseminal cuando lo hacía. Al ver sus dedos cubiertos de fluido no pudo contenerse y se inclinó sobre el pene erecto de la joven. Se pasó la lengua por los labios nervioso y dirigió la mirada a la cara de la chica. Su sonrisa era tranquila, alentadora, pero nada exigente. Supo que aceptaría lo que quisiera hacer, aunque no le presionaba. La elección era suya.

    Abriendo la boca metió el glande en ella. El sabor le resultó extraño, ligeramente más salado de lo esperado, pero para nada desagradable. No sabía bien qué hacer, por lo que se quedó así, pasando la lengua por cada rincón del glande hasta que encontró el orificio. La joven gimió y agarrando los oscuros rizos de Carlo le empujó con suavidad para que empezase a bajar si así quería. Muy despacio, intentando no tener arcadas, tragó hasta que se activó el reflejo faríngeo, momento en el que se apartó tosiendo, incapaz de seguir. Ni siquiera había llegado a la mitad.

    –Despacio, despacio. No es necesario que vayas deprisa, es difícil controlar las arcadas. No tragues tanto, es tu primera vez, así que es mejor que vayas despacio y vigiles los dientes.

    Carlo asintió, algo avergonzado. Volvió a humedecerse los labios y agarrando la base del pene para marcarse un tope y a la vez no desatender toda la superficie que no podía lamer lo intentó de nuevo. El glande entró sin problemas y, con confianza renovada, aprovechó a pasar la lengua por el frenillo y el orificio antes de bajar un poco más. Teniendo buen cuidado de no rozar con los dientes y de no llegar a tocar la parte posterior de su boca para no causarse arcadas empezó a tragar, moviéndose con cierta rigidez por la falta de costumbre.

    Poco a poco ganó confianza, acelerando y atreviéndose a tragar algo más. Con cierta indecisión soltó el pecho de la chica y ahuecando la mano tanteó sus testículos, mucho más pequeños que los suyos, pero infinitamente más suaves y carentes de vello. Thalía gemía y gemía y con habilidad consiguió pasar una pierna al otro lado de su cabeza, dejándole entre sus dos muslos. Abriendo la botella de lubricante empezó a masturbarse, metiéndose dos dedos en su ano para comenzar a dilatar. Carlo se percató de lo que hacía y soltando el pene, confiando en que no volvería a causarse arcadas, la ayudó a extender el lubricante. Sus dedos entraron y salieron con facilidad del ano de la joven que se dilató sin problemas. Su estrecho esfínter aceptó sin problemas los dedos de la joven que se sumaban a los de Carlo en una masturbación rápida y frenética.

    La joven levantó más sus piernas hasta que sus rodillas quedaron en el colchón, en una muestra de su sorprendente elasticidad. Con un provocador gemido se echó hacia atrás en la cama, mirándole con confianza y lujuria. Carlo se incorporó y se lanzó a capturar sus labios. Tenía el pintalabios corrido y difuminado, pero no le importó en lo más mínimo. Sus labios se pegaron a los de la chica que le abrazó con fuerza mientras él guiaba su pene a la entrada de su ano. Con un salvaje empujón se introdujo entero en el ano de la chica que gimió con fuerza, clavando sus uñas en la espalda del italiano que empezó a moverse, algo sorprendido por lo rápido que el esfínter de Thalía parecía aceptarle.

    Empujó con las caderas, entrando y saliendo a gran velocidad. Debajo de él la chica se retorcía y gemía aferrada a su espalda. Sus grandes senos se balanceaban arriba y abajo y Carlo aferró uno de ellos, descargando parte de su peso sobre la joven mientras seguía moviendo las caderas. Jadeando retuvo el pecho en su mano, calcando más hasta que sus dedos se hundieron en la suave piel de la chica que gimió más y mordió el hombro del chico. Colando la mano entre ambos Carlo aferró el pene de Thalía y le masturbó arriba y abajo, intentando no perder el ritmo ni desacelerar sus embestidas. Volviendo a besar a la joven pellizcó el delicado pezón y tiró de él mientras mordisqueaba su labio.

    –Para, quiero cambiar de postura. Túmbate tú en la cama.

    Carlo obedeció, algo fastidiado por tener que parar cuando se empezaba a acercar de nuevo al orgasmo. En cuanto estuvo tumbado boca arriba la chica pasó una pierna perfecta por encima y quedó sentada a horcajadas sobre él. Elevándose sobre las rodillas cogió el pene del joven y orientándolo hacia su ano se sentó en él con un experto movimiento que la arrancó un agudo gemido de placer. Ante la atónita mirada de Carlo, en la que se combinaba el morbo con el placer absoluto, comenzó a cabalgarle con más que evidente pericia. Sus maravillosos pechos rebotaban arriba y abajo y su pene golpeaba al joven en el vientre, goteando líquido preseminal sobre su piel morena.

    –¡Joder, nena! Eres increíble. Non ti fermi7, preciosa ¡Non ti fermi!

    Thalía sonrió y comenzó a moverse más deprisa, deteniéndose de vez en cuando para rotar sus caderas en un movimiento circular destinado a volverle loco. Carlo volvió a agarrar el pene de la chica, tan rígido que ahora sí se marcaban un par de venas sutiles. Le masturbó todo lo rápido que pudo, jadeando y gimiendo mientras Thalía hacía lo mismo. Cada vez más deprisa, la chica se echó hacia atrás arqueando la espalda y con un grito se rindió al orgasmo, que cayó sobre el vientre y la mano del italiano quien la agarró de la estrecha cintura. Empujándola arriba y abajo con extrema facilidad se impulsó un par de veces más antes de que su propio orgasmo le alcanzase. Con un grito ronco y grave experimentó uno de los mayores orgasmos de su vida, tan intenso que le cortó la respiración momentáneamente.

    La joven cayó exhausta sobre su pecho, con su pene empezando a deshincharse atrapado entre ambos cuerpos. Carlo se removió lo justo para poder sacar su pene del ano de la chica y la abrazó con fuerza. Incluso ahora, con el cuerpo cubierto de una fina película de sudor, seguía oliendo divinamente: flores y vainilla. Acarició la larga cabellera dorada de la chica y se libró del condón procurando no moverla demasiado. Estirada encima de él su respiración se había ralentizado. La apartó el pelo de la cara y, aunque abrió la boca para preguntarla qué tal, al ver que se había quedado dormida volvió a cerrarla. La dio un ligero beso en la frente y tras echarse por encima el edredón se acomodó para dormir. Mañana tendrían tiempo de sobra.

    1. Y sobre esto no llueve (equivale a “y punto” en castellano)

    2. Eres la mujer más hermosa que he visto.

    3. Gilipollas

    4. Un clavo saca otro clavo

    5. Pero no entiendo

    6. Te doy mi palabra de honor

    7. No te pares

    –Nota de ShatteredGlassW–

    Antes de agradeceros la lectura quisiera pedir disculpas por la demora en subir el relato, entre las fiestas y que no me convencía la temática elegida he apurado mucho el plazo con el que suelo trabajar, y también quisiera además clarificar un par de puntos:

    En primer lugar quiero decir que espero haber tratado con respeto el personaje de Thalía. Aunque sea una mujer trans, he procurado no fetichizar su transexualidad e intentar un acercamiento respetuoso con el que integrar esa faceta suya de manera orgánica, no siendo el eje central de la atracción de Carlo hacia ella. Carlo la desea porque la ve una mujer hermosa, que es lo que ella es y será siempre al margen de sus genitales. Espero que eso quede claro y no haya malos entendidos. Del mismo modo, Carlo todavía sigue definiéndose a sí mismo como hetero. Si en el futuro eso cambia o no, queda únicamente a mi criterio y potestad.

    En segundo lugar, Thalía no es hostil hacia él al inicio por ser trans. Es hostil porque, precisamente por ser trans, se ha tenido que enfrentar a una serie de situaciones y conlictos que han dejado su huella en ella, aunque no voy a revelar nada más porque eso lo contaré en futuros relatos y lo considero un spoiler.

    En tercer lugar, no hablo apenas italiano, así que si he cometido algún error en las expresiones o la gramática pido disculpas por ello. He intentado contrastar las expresiones que he usado, pero no puedo garantizar nada.

    Ya por fin gracias a todos por haber leído este relato aunque se aleje de la temática gay que suelo tratar. Espero que no se os haya hecho demasiado lento, entended que es el relato introductorio de la relación entre Carlo y Thalía y por eso el sexo se ha demorado algo en aparecer, prometo que los siguientes donde intervengan Thalía y Carlo serán más ágiles.

    Si tenéis comentarios o sugerencias y queréis comunicaros de una forma más personal conmigo podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: [email protected].

  • Controlando las perversiones de Claudia (01)

    Controlando las perversiones de Claudia (01)

    01 de Guía a Acompañante.

    Hace poco vi la fotografía de Huancayo, una bella ciudad de los Andes del Perú. Es un lugar que visité con más detalle y por primera vez hace unos 10 años. Ahí conocí a Claudia una «pervertida» estudiante de derecho que contraté como guía durante mi corta estadía, hubo algo de química y me dejó su número sin mayor problema.

    Claudia era una chica de piel bastante clara, ojos color caramelo, dientes pequeños y una boquita de labios rosados engrosados. Cuando le daba el sol o reía mucho sus mejillas se sonrojaban. Cuando caminaba por la ciudad despertaba el interés de los servidores del terminal de buses.

    Su rostro redondo y su cabello rizado castaño-dorado hacía que luzca como alguna de esas muñecas europeas de porcelana que se ven en las casas de antigüedades.

    De regreso en mi ciudad enviaba mensajes cada semana preguntando cómo estaba y buscando volver a vernos. Ya antes de iniciar el verano me avisó que iba a venir más seguido a la capital por unos trámites y acordamos vernos cerca a la casa donde viviría junto a su tía.

    Fueron semanas agradables, puesto que tenía un temperamento dulce y poco conflictivo, la llevé a conocer lugares que ni sabía que existían en Lima, la invité a comer y otros detalles como amigo.

    Claudis (como me dijo que la llame) era menor que yo por 3 años, y siempre oía fascinada cada una de las experiencias de mi profesión. Su trato era cariñoso y siempre me tomaba del brazo durante los paseos.

    Estoy seguro que muchos chicos hubieran querido tener cerca a esta chica de piel blanca y cabello casi rubio, enfocado en mi profesión no era el tipo de chica que despertara gran interés en mí, hasta que empezó a vestir distinto ya que mi ciudad llega a 28 grados en verano, a diferencia de su fría ciudad donde se llega a 20 con sol y solía andar cubierta con suéteres y pantalones de tela gruesa.

    Ahora Claudis usaba blusas de tela delgada con escote o camisetas de manga muy corta lo que dejaba ver su piel más clara. Los escotes me dejaban ver su cuello y parte de su pecho que exhibía pequeñísimas pecas. Siendo delgada nunca se hizo notorio tener pechos grandes, sus tetitas eran menudas y lo comprobé cada vez que usaba camiseta de tiras sencillas, el downblouse, dejándome descubrir además las tiras y parte de sus brasieres era discreto, pero excitante.

    Hasta ese momento ya se despertaba sobremanera mi curiosidad, las poses que ella asumía al hablar, gestos y esos descuidos con sus prendas, no hacían más que provocarme excitación.

    A eso se sumó que empezó a usar pantalones cortos tipo safari, o pantalones delgados, tipo sastre que dejaban marcar su ropa interior. Su culo era también delgado, casi plano, pero sus caderas anchas daban origen a un culo amplio y ancho. Me inquietaba que una chica de facciones sencillas y ese culo «aplanado» luciera tan bien.

    Me había confesado que yo le gustaba un poco, pero no quería precipitarse hasta acabar su carrera. Es decir, yo le atraía, pero solo quería salir a comer y pasear estos meses. Al mismo tiempo ya empezaba a atraerme físicamente, pero tampoco iba a forzar e iniciar una relación solo por ello.

    Yo apenas a los 25 yo no tenía mayor interés en relacionarme con una chica que lucía dulce y además demandante de atención, aún estaba muy enfocado en mi especialidad.

    Así, empujado por la curiosidad decidí ensayar algunas de mis habilidades de control mental, usando a mi favor su temperamento, sus gustos y sus perversiones.

    Continúa…

  • Mi sobrino y yo la tía tetona

    Mi sobrino y yo la tía tetona

    Durante mucho siempre fui muy recatada. Crecí en una familia religiosa y por lo tanto muy conservadora, incluso mi esposo venía de una familia así. Ahora con conocimiento de causa sé que no había disfrutado la vida.

    También durante mi vida mis novios, que eran más de juguete, nunca fueron lo que se diría hombres de verdad o que me dieran placer. Sino que vivía más en un cuento de hadas y ahora recapitulando mi vida muy aburrida.

    Después de todo este tiempo de muchos años mi vida cambio casi radicalmente. Sería hipócrita si les dijera que me arrepiento. Creo que nadie se puede arrepentir de vivir su vida o de descubrir que no la había vivido incluso a pesar de ciertas situaciones que podrían ir en contra de tus valores. Al final, no quiero filosofar jaja, pero creo que tiene más valor descubrir que puedes vivir tu vida como por fin te hace sentir mejor a que hieras a alguien. Pero cada quien sabrá, no juzgo a nadie ni espero que lo hagan conmigo solo quiero que conozcan un poco más de mi y de cómo es que llegue a esto.

    En mi familia las reuniones siempre fueron tranquilas, si bebíamos un poco pero no mucho, bailábamos, bromeábamos muy bien. Y bueno en esas fiestas yo siempre me vestí muy conservadora, aburrida si se puede decir jaja.

    Pero durante algunos días no sé porque, aún no lo descubro, empecé a preguntarme por muchas cosas. Solo había estado con mi marido, pero ¿cómo sería estar con alguien más? que se sentiría otro tipo de sexo como el oral o anal?, porque nunca había hecho ni recibido, o por qué a algunas mujeres les gustaba que les dijeran groserías o cosas sucias, dicho por mis amigas, llegar tarde después de varias copas. Muchas cosas relacionadas con esto. Y no me mal entiendan en este proceso yo intenté con mi marido primero hacerlo, pero recibía rechazos y varias veces. Después intenté hablarlo con él que pensaba, si podíamos intentarlo, salir más bailar o intentarlo, reavivar la llama, pero siempre me daba largas y nunca hablamos nada hasta que me harté y bueno andaba como de malas, muchas mujeres me entenderán.

    Pues ahí pasaron varias semanas y mi esposo me buscaba y empecé cumpliéndole como mujer, pero no era lo mismo ya no me atraía no me sentía excitada en pocas palabras y después de eso ahora yo le daba largas y el pareció rendirse y lo enojada no se me quitaba, pero por lo menos ya no me tenía que inventar cosas.

    Pasaron varias semanas más y empezaron a suceder cosas que yo creo que por mi estado empezaron a volverme loca.

    Por ejemplo, en una ocasión mis amigas hablaban de situaciones como públicas y yo me sentía muy interesada. Una de ellas contaba que en un cine se la mamo a un novio y yo le pregunté que qué hizo cuando se vino y todas se rieron y ella respondió que se lo comió. Yo me sorprendí, cómo les digo no es algo que yo conozca mucho. En otra ocasión una amiga que tenía problemas con su esposo decía que estaba aburrida de cómo le hacían el amor que siempre o le hacían el misionero o de perrito, pero ella quería más y su esposo nada más no tenía iniciativa, yo le preguntaba cómo quería que se lo hicieran, ella comentó que quería que de lado, que un 69, que le jalaran el cabello que la nalguearan y todas hicieron como un sonido uff sii y yo me quede como seria pero durante esas charlas sentía como un bochorno. Pues así varias experiencias esos meses me fui haciendo una idea diferente del sexo, si quieren más pornográfica.

    Pues empecé un poco a usar menos suéteres menos sudaderas, tengo unos senos grandes así que empecé a vestir más blusas normales, algunos escotes poco a poco. También empecé a ser más suelta en las reuniones con mi familia y todo eso me hizo sentir mejor conmigo misma. Pero también provocó varias cosas. En una ocasión mi hermana me platicó un problema que tiene con su hijo.

    Ella me contó que tenía miedo de que su hijo embarazara a su novia porque los encontró en su cuarto, no haciéndolo, pero ella le daba un oral. Yo le pregunté, pero ¿cómo? Ella con toda naturalidad ante mi pregunta tonta solo me dijo que pues ella estaba ahí entre sus piernas y el sentado en la orilla de cama. Yo intenté disimular siendo bromista. Jaja ¿no te dio pena verle todo ahí a tu hijo? Ella se rio como yo y dijo que no, que estaba muy enojada además que era su hijo, pero que si se vio que la chica no podía con su hijo y ambas nos pusimos coloradas y nos reímos. Cuando nos recuperamos solo le dije que debería hablar de cómo cuidarse con su hijo. Algo tan obvio y ella dijo que si que lo haría.

    Pues durante esa reunión disimuladamente veía a mi sobrino que ya era un hombre y que me llamó la atención saber porque no podría su novia. Pues por azares, bueno no azares porque siento que las cosas pasar porque uno las busca. Es como cuando tú piensas que no hay coches amarillos y empiezas a prestar atención y te das cuenta que si hay. Así me sucedió, casi al final de la fiesta fui al baño y abrí sin tocar y vi a mi sobrino orinando y sostenía su miembro de buen tamaño, aún recuerdo, gordito, cabezón, moreno oscuro, algo largo y no estaba parado y se veía más grande que cuando mi marido lo tenía efecto. En esos segundos él se tapó y se lo guardo y yo reaccioné y me salí.

    Después de cómo media hora me acerqué a él en el sofá y le pedí disculpas él dijo que no pasaba nada ya seguimos platicando de cosas triviales y nos llevamos bien.

    Esa noche terminé tocándome como nunca y me vine como hace años no me mojaba. Las piernas me temblaban, el vientre me dolía un poco quizá por el esfuerzo de verme como me tocaba, de ver mis senos moverse mientras me dedeaba no se todo fue tan delicioso me sentía como en otro lado y solo me había masturbado.

    Empecé a hablar con mi sobrino y quedamos un día que no hacíamos nada de ir al cine. Ese día me puse un pantalón negro unas botitas y un bralet que es como un sostén, pero solo de tela delgada, a medio camino me di cuenta que se me marcaba todo, lo bueno que llevaba una chamarra. Pero como soy de senos grandes bueno se me notaban en ciertas ocasiones.

    Ya en el cine él iba casual pero muy guapo. Llevaba un pantalón un poco ajustado donde se le marcaba el bulto muy rico. Compramos palomitas y hotdogs. Hablamos de los novios y novias y de algunas cosas atrevidas que me empezaron a poner caliente. Tanto era lo que pasaba por mi cabeza que me eche de cabeza.

    Él ya había terminado su hotdog y después me dijo, ¿Tía se va a comer eso? Y yo estúpidamente le dije, no sé si me quepa, él se empezó a reír y me pidió perdón entre susurros, pero se acercó a mi hombro donde yo empecé a sentir cosquillas y yo me avergoncé muchísimo. Solo le dije que no después y él se lo comió.

    Después de unos minutos me acerqué a él y lo abracé porque de verdad yo no veo películas de esas donde matan y se ven las tripas y sangre. Pero empecé a sentir su respiración más rápida, y es que creo que le estaba apretando los brazos y le pasaba mi mano por su pecho. Les juro que era inconsciente. Hasta que llego un punto donde a veces en las escenas de luz pude ver cómo se le formaba o marcaba su verga en el pantalón. Yo no me lo creía y pensé que solo era como el pantalón, pero se le veía ahí marcado muy rico y yo no sé no pude controlarme y poco a poco fui bajando mi mano. Ya no me importaba, no pensaba. Pase las yemas de mis dedos por su bulto y lo sentía, yo hacía como que me recargaba un poco en su pierna para hacerme hacia arriba, pero deslizaba poco mi mano sobre ese trozo de carne y efectivamente era todo de largo muy rico solo llegue hasta ahí, pero quería apretarlo y como mi amiga sentía unas ganas de llevármelo a la boca. Aunque eso ya se los digo ahora, ¡nunca había comido uno a mis 44 años!

    Pues termino la película y yo intenté tratarlo de lo más natural aunque bueno él se notaba algo nervioso y distante.

    Después de algunos días yo seguía caliente y me seguía tocando a más no poder pero nada era suficiente. Entonces me llego un mensaje de mi sobrino saludándome. Platicamos tranquilos pero empezamos a chulearnos que si nos veíamos bien y que qué guapos así hasta que todo iba subiendo de tono y de pronto me soltó que me veía muy guapa como fui al cine y le dije que el también. Después me bromeo con lo de que era muy miedosa y le dije que si pero que bueno que estaba ahí él para abrazarlo, el me dijo que si que lo tenía bien agarrado y me puso una carita traviesa y yo ya caliente le dije que si tenía mucho de donde agarrarme. Él me dijo que también. Y al momento me pidió que le mandara una foto de su tía guapa. Yo dude y tarde en contestarle, en ese momento ya había empezado a tocarme y entones se la mande. Una de ml vestido que tenía en ese momento con un escote algo pronunciado que solo me había puesto en casa.

    Él me dijo que me quedaba muy bien que si tenía una de más cerca y entonces se la mande algo más atrevida dejando ver más mis senos y un poco mi sostén en ese momento yo ya me había corrido de tan frenética metida de dedos que me di.

    Entonces yo también le pedí una y me mando una de sus jeans con su vergota ahí atorada muy rica y pude dimensionar mejor todo lo grande que era que no podía más. Termine irritada y muy cansada esa noche. No sentí cuando mi marido llego de lo dormida que caí.

    Seguimos con chats de ese tipo y a veces algunas fotitos hasta que semanas después le pedí que viniera a mi casa.

    No les voy a decir todo se dio perfecto. Fue muy torpe todo tanto el cómo yo. Pero al final estábamos en el sofá besándonos metiéndonos mano el tocaba mis tetas y las manoseaba mientras que yo pasaba mis manos en su jeans sintiendo si verga dura así varios minutos hasta que le dije que se levantara y le baje todo y saltó su verga, me quede paralizada al ver esa verga venuda negra. Solo la mire no sé cuánto tiempo y abrí mi boca y empecé a comerla, no sé como, seguro lo hacía mal porque me decía cosas como, “más despacio tía, sin los dientes tía, use los labios, apriete sus labios, jálemela, chúpela, lámala ahora toda” yo obedecía como esclava y cuando me di cuenta ya la tenía toda babeada y después lo mire y el gemía y si cara de placer me tenía muy mal porque me estaba tocando en ese momento.

    El torpemente intentaba tocarme las tetas que apenas alcanzaba y yo sentía su verga caliente que apenas entraba en mi boca y se la sostenía estaba muy mojada escurriendo y se escuchaban los movimientos en mis charco y de su polla mojada con mi boca. Me levante y me abrí de piernas y le dije que me la metiera. Con dificultad empezó a empujar y veía su verga gorda y larga enterrarse en mi ir desapareciendo y nuestros jugos salir de mi. Hasta que le dije ya vamos empújala y me sostuvo de los muslos y empujó fuerte rico que solté un gemido ahogado y como pude le dije vamos más y empero a penetrarme más rápido fuerte y mis tetas a moverse con cada embestida, sentía como su palo se abría paso entre mi coño y hasta mi estómago, sentía como me rellenaba y su carne abría mi vagina con cada metida, yo seguía gimiendo y apenas un minuto o dos se corrió dentro de mi y sentí como me llenó de toda leche, toda esa verga escupía dentro de mi.

    Cuando la sacó, veía su palo negro lleno de mi, estaba blanco y yo, desconocida de mi me lancé a limpiarla ¡¡jamás lo habría hecho!! Pero estaba fuera de mí y algunos minutos después empezó a ponerse dura más dura que antes y lo llevé a la cama ahí donde me puse en cuatro y me tomo de las caderas y le decía “dame, dame más duro, lléname de verga sobrino”.