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  • Cogí en el cine con papá

    Cogí en el cine con papá

    Papá era y es un cinéfilo. Aún hoy suele ir frecuentemente al cine. Cuando mi hermano mayor y yo éramos niños y adolescentes, íbamos al cine en familia, con mamá y con él. Al cine del barrio, enorme y viejo, pero razonablemente bien cuidado. En esos años aún no existían los multicines.

    Cuando fuimos creciendo se fue perdiendo la costumbre de ir al cine en familia. Mi hermano y yo, ya en la universidad, teníamos otras preferencias. Luego mi hermano dejó la casa y las visitas al cine se hicieron más intermitentes. Papá y mamá usualmente iban juntos. A veces los acompañaba. Yo prefería salir con mis amigas de universidad antes que ir al cine con ellos.

    Un jueves por la tarde. Estaba de vacaciones en la Universidad y mi papá estaba en casa. Le dijo a mamá para ir al cine y ella no quiso. Luego me dijo a mi y como no tenía nada que hacer, acepté. La noche anterior, aprovechando que mamá había ido a una reunión de la parroquia, habíamos tenido una muy buena noche de sexo y había tenido varios orgasmos. En ese momento pensaba en cualquier cosa menos en tener sexo.

    Le dije que iría tal como estaba vestida. Una falda corta y una blusa ligera. No tenía ganas de acicalarme. Me dijo que estaba bien. Igual el iría en short y polo. Era verano y el calor estaba jodido. Salimos de casa, caminamos hacia el cine que quedaba más cerca. Todo el camino conversamos de trivialidades, de la universidad, de su trabajo, de los vecinos, algunas bromas sobre mamá, de todo menos de sexo. Después de la noche anterior, ambos estábamos muy satisfechos y sin mayor libido por satisfacer.

    Llegamos unos 5 minutos antes que empiece la película. Como era costumbre de papá, nos sentamos unas tres o cuatro filas antes de la última, al centro. Él siempre decía que era el lugar ideal para apreciar completamente las películas. Mi esposo, que también es cinéfilo, tiene la misma preferencia. Ambos coinciden en eso y en que detestan ver cine en televisión. Para ellos, no es cine. Pero bueno, es otro rollo.

    Al sentarnos nos dimos cuenta que había muy poco público. Quizás unas 15 personas más, todos ellos sentados delante nuestro. Nadie se había sentado en las filas de atrás. Luego que nos instalamos en las butacas, habrán entrado unas 20 personas más, pero todos se sentaron más adelante. El cine estaba semivacío. Jueves por la tarde, con precio de fin de semana, una función poco atractiva.

    El darme cuenta que estábamos casi solos en la sala, sin nadie que pudiera vernos, me empezó a poner caliente. Me di cuenta rápidamente que mi papá también se puso inquieto. Ni bien empezó la función, puso su mano sobre mi muslo. Sentí su fuerte presión y a la vez, sus gruesos dedos acariciándome.

    Lo vi mirar alrededor de nosotros y hacia atrás. Confirmó lo que ya sabíamos, no había nadie cerca. Su mano empezó a subir por mi muslo y sentí su presión sobre mi tanga. Comencé a humedecerme, el momento era muy caliente y sin decirnos nada ambos sabíamos que iríamos a todo.

    Sin que me lo pida, me saqué la tanga. La cogió, la olisqueó y luego la guardó en uno de los bolsillos de su short. Desabrochó su short y se lo bajó un poco. Sacó su pene de su calzoncillo. Comenzó a acariciar mi vagina y yo a jugar con su pene. En instantes lo tenía duro, enorme como me gustaba y yo estaba húmeda, remojando sus dedos.

    Sacó sus dedos y me los hizo chupar, sentir mi propio sabor fue muy estimulante y tras terminar de limpiar sus dedos, me acomodé y empecé a chupársela. Mi papá tenía el pene muy duro, podría jurar que más duro que lo normal. Supongo el morbo de hacerlo allí en su lugar sagrado, su cine, donde tantas veces, por tantos años, habíamos ido como familia.

    Me acomodé sobre la butaca y mientras seguía chupándole el pene, comenzó a masturbarme con dos dedos, luego con tres y finalmente con dos en mi vagina y uno en mi culito. Tuve un primer orgasmo con sus tres dedos dentro, delante y detrás, y su pene en mi boca. Fue intenso y me recorrió toda la espalda. No sacó sus dedos y seguí disfrutándolo. Unos minutos después me llego otro orgasmo que me agotó completamente.

    Le pedí que me saque sus dedos y me acomodé en la butaca. Necesitaba respirar y reposar bien. La posición era algo incómoda, pero demasiado excitante. Por varios minutos solo acaricié su pene y el miraba la película.

    Empecé a calentarme de nuevo y me acomodé para volver a chupársela. Lo hice un momento breve y me susurró que quería penetrarme. Me levanté y con cautela me acomodé delante de él. Había un espacio amplio entre las filas de butacas y entré cómodamente. Un poco me senté sobre él y un poco me recliné sobre la butaca de adelante. Sentí como despacito, muy despacito me iba llenando la vagina con ese pene grueso y largo que adoraba y que sigue siendo de los mejores que he probado.

    Cuando sentí que la tenía toda adentro, comencé a moverme suavemente, sin prisas. Sólo como si todo mi vientre bailara sobre su pene dentro mío. Su verga era el eje alrededor del cual mis nalgas danzaban. El orgasmo llegó lentamente y se demoró una eternidad en dejarme. Creo hasta ahora que ha sido el orgasmo más largo de mi vida. Cuando me calmé, la sacó y con el mismo cuidado me la introdujo en mi culito.

    Volví a llegar antes de tenerla toda dentro. Un orgasmo que me hizo sudar como una cerda en verano. Papá llegó también. Nos quedamos quietos y sentí como su pene dejaba de estar tieso y volvía reposar, saliendo despacito de mi culo.

    Me senté a su lado y me quedé dormida. Me despertó cuando terminó la película. Volvimos a casa y ya dentro de ella recordé que mi tanga estaba en su bolsillo. Mamá estaba en la cocina. Y él había entrado a saludarla. Yo fui a mi cuarto. Estaba muy nerviosa. Al rato sin entrar a mi habitación, me tiró la tanga por la puerta. Me la puse y una media hora después salí a cenar con él y con mamá.

  • Mi esposo ya no me da verga, pero mi hijo si

    Mi esposo ya no me da verga, pero mi hijo si

    ¡Hola! mi nombre es Verónica tengo 40 años, tengo piel morena, tetas grandes y suaves, una cintura bien formada, caderas que van en juego con mi culo grande y piernas largas y sexys.

    Llevo 19 años casada y tengo un hijo de 18 años. Todo va bien en la relación con mi esposo solo que me gusta mucho tener sexo y por el trabajo suele llegar cansado y sin energías para eso así que para recuperar energía me ha pedido un descanso.

    Cómo mi esposo me pidió un descanso empecé a usar de nuevo mis juguetes sexuales aunque ya no me lograban satisfacer como antes necesitaba una verga real de carne y caliente.

    Una noche me levanté por un vaso de agua y vi luz en el cuarto de mi hijo así que fui a decirle que durmiera y al acercarme escuché gemidos suyos, su puerta estaba cerrada pero tiene una mini ventana arriba.

    Tomé una silla y al asomarme lo vi masturbándose en la cama mientras veía un porno en su TV, me calentó verlo y lo comencé a grabar mientras me tocaba un poco, estuve así hasta que él se corrió con una gran cantidad de semen.

    Al siguiente día me apresuré a salir del trabajo y al llegar a casa estando sola puse el vídeo en mi TV y me empecé a masturbar con los juguetes, no podía creer que me estaba masturbando con mi hijo pero su verga era muy parecida a la de su padre si no es que más grande.

    Tuve unos orgasmos pero aún me sentía caliente y me di cuenta que la única forma de bajar el deseo de tener sexo con mi hijo era cumplir ese deseo, desde ahí empecé a vestir más sexy e incluso usar un vibrador enfrente de él.

    Mi esposo me preguntó que hacía y yo le decía que era para seducirlo a él pero en realidad llamaba la atención de mi hijo el cual comenzaba a tomarme fotos o vídeos en «secreto» y por las noches los veía o veía porno de incesto madre e hijo.

    Ya lo tenía en mis manos así que una noche que no estaba mi esposo me puse una lencería sexy y los videos de mi hijo, me empecé a masturbar sin contener mis gemidos dejando la puerta abierta.

    Me masturbé con las bragas y sostén puesto para impregnar mi olor, seguí hasta que tuve un orgasmo y las moje todas, las dejé en la cama mientras iba al baño a limpiarme y al volver ya no estaban, sabía que había pasado.

    Así que nada más con mis tacones y medias de red fui a su cuarto y abrí la puerta de golpe, él se asustó mientras tenía mis bragas en sus manos y estaba viendo un video que grabó a escondidas de mi mientras me tocaba.

    Yo: que estás haciendo Fernando?

    Fer: ah! Na… nada… estás desnuda?

    Yo: si, porque te robaste mi ropa interior.

    Fer: perdón perdón es que te estás tocando y veías muy sexy.

    Yo: y luego pensabas regresar y verme desnuda?

    Fer: si…

    Yo: ay amor si quieres verme desnuda solo lo tienes que pedir.

    Fer: en serio?

    Yo: claro igual si yo te quiero ver desnudo lo harás verdad?

    Fer: si si.

    Mientras le decía eso me subí a la cama con él y le quite la sábana que cubría su verga mientras la tomaba y comenzaba a masturbar el me miró sorprendido y tome una de sus manos para llevarla a mis nalgas.

    Tome su computadora y cambie el vídeo por uno de incesto madre e hijo, eso lo puso más duro y mientras bajaba su mano y me acariciaba suave con sus dedos yo le acomode y se la comencé a chupar, soltó unos gemidos y acaricio mi cabeza.

    Mientras lo chupaba metió dos dedos a mi coño y me comenzó a tocar, se puso más duro al sentir mi interior y la saliva que escurría la iba esparciendo con mi mano mientras el empujaba despacio mi cabeza metiendo más su verga. Su verga ya estaba cubierta de saliva y mi coño de jugos así que me levanté.

    Yo: ya estás listo amor, quieres hacer algo más?

    El: si mami, te quiero encima de mí.

    Yo: jeje está bien siempre y cuando no la metas.

    El: si mami.

    Claro que quería que la metiera solo que al decir eso le darían más ganas de hacerlo, me subí en él y comencé a frotar mi coño con su verga, él fingía ver el vídeo pero me seguía tocando y yo gemía un poco en su oído para calentarlo más.

    Cada que llegaba a la punta entraba un poco y luego se salía, seguí así un rato hasta que me separé y acosté boca abajo con una pierna más arriba que la otra y me seguía tocando suave.

    Se levantó y dijo «puedo usar tus nalgas mami?» Acepte y metió su verga entre mis nalgas mientras se frotaba se acostó en mí y sus manos tocaban mis tetas, estuvo un buen rato frotándose hasta que me dijo.

    El: mami…

    Yo: está bien amor, métela.

    Cuando dije eso no paso casi nada de tiempo y sentí su gran verga enterrarse hasta el fondo de mi coño, solté un fuerte gemido y el beso mi cuello, mantuvo mi cabeza arriba y se movía lento para que pusiera disfrutar cada parte de él y vaya que lo estaba haciendo.

    Se estuvo moviendo así un rato hasta que la saco, lo voltee a ver y él levanto mis caderas y empinó más mi culo, la volvió a meter de golpe y mientras yo gemía él lo hacía más duro, me estaba usando como a un juguete sexual y eso me gustaba mucho.

    La madre del vídeo estaba en la misma posición y le daban nalgadas así que mi hijo también me empezó a nalguear, entre sus caderas y manos mis nalgas estaban bien rojas y no me limitaba a gemir mientras apretaba las sábanas.

    Mis pies se movían y ya estaba cerca así que el acelero hasta que con una embestida en la cual casi me mete las bolas me corrí y moje mis medias y la cama, sentí como intento resistir pero su semen salió en lo más profundo de mí. Lo saco y soltó un poco en mis nalgas mientras se recostaba en la cama.

    El: uff mami, perdón por hacerlo dentro.

    Yo: no importa amor sabes que estoy operada, además lo importante era disfrutarlo.

    El: lo disfruté bastante y quiero hacerlo más veces.

    Yo: lo haremos amor ahora eres mi amante jeje.

    Me recosté con él y nos besamos un poco más, se quedó dormido en mis brazos me quedé con él, al día siguiente lo esperaba desnuda en la cocina con el desayuno listo y mi coño caliente.

    Incluso le enseñe que si uso faldas sueltas me puede tocar, frotar o follar, si uso falda pegada mejor solo unos pequeños roces y si uso pantalón nada porque está mi esposo cerca.

    Mi hijo es mi amante que me complace sexualmente y le cumplo sus fetiches sin que mi esposo sepa y también me folle. Amo el sexo y ahora tengo dos hombres que me lo hacen y les agradezco a ustedes por leer y si quieren dejar un comentario, chaíto.

  • Amantes maduros

    Amantes maduros

    Ricardo, finalmente hizo frente a la llave y abrió la puerta de la habitación. Ellos entraron.

    “¡Qué acogedor es!” -me detuve, por lo que Ricardo chocó ligeramente conmigo.

    Inmediatamente me abrazó por detrás y suavemente tomó mis senos con su mano derecha. Sentí el miembro tenso de Ricardo con mi cuerpo y me congelé anticipando la continuación…

    “Bueno, ¿puedo ayudarte a desvestirte?”- pregunté.

    “Cómo, ¿ya tan rápido? deberíamos tomar un poco de vino, está sobre la mesa de allí. Leí las descripciones en el sitio web, el vino es barato…“

    “Bueno, también será más fácil para comunicarnos» -me reí tentadoramente.

    “¿Te cuesta comunicarte conmigo?”

    “Francamente, no lo sé; nunca ha estado tan cerca” -me reí de nuevo.

    “¡Desnudémonos y bebamos desnudos!”

    “Preferiría tomar una copa primero y luego desvestirnos, supongo que será más fácil así.”

    Nos quitamos los zapatos, fui al baño a lavarme las manos, mientras Ricardo abría una botella de vino que estaba sobre la mesa. El vino se sirvió rápidamente en copas y bebimos.

    «¡Por este encuentro casual», brindamos.

    Luego de la aparición de un ligero mareo, decidimos organizar una visita conjunta al baño. Resolvimos apagar las luces y quedarnos en la oscuridad. Cuando Ricardo cerró la puerta del baño la oscuridad resultó ser completa. Yo respiraba rápidamente cerca y, a juzgar por el susurro y los ruidos que inevitablemente se producen cuando nos movemos, él se desvistió rápidamente. Nuestros ojos se estaban adaptando a la oscuridad, se distinguían algunas siluetas. Tratando de no empujarme accidentalmente en la oscuridad, Ricardo se quitó la camiseta y los jeans rápidamente, se quitó la ropa interior. Divisé su miembro rebelde. Inmediatamente mi pequeña pero firme mano de mujer experimentada tomó posesión de su pene. Ricardo estiró las manos, palpó y comenzó a apretar suavemente mis senos hinchados.

    Yo respiraba ligeramente agitada y presionaba mi pequeño cuerpo caliente contra el de Ricardo, envolviendo mis brazos alrededor de su cuello. Su polla descansaba sobre mi pubis, palpé el borde de la bañera y puse mi pie encima. Mi vagina se abrió y Ricardo entró, aunque no profundamente. Moví las caderas, me presioné más cerca de Ricardo y le susurré:

    «Entra más profundo en mí.»

    Entonces Ricardo me levantó con cuidado por las nalgas y me sentó en el borde de la bañera. Su polla ya había penetrado profundamente en mi vagina, nos apoyamos contra las paredes de la ducha y comenzamos a movernos vigorosamente. Me aparté y ahora solo mis pezones tocaron ligeramente el pecho de Ricardo al ritmo del movimiento. Terminamos rápidamente, gemí y relajada caí sobre el pecho del caballero.

    “¡Qué rápido…!” dije.

    “Bueno, estamos juntos por primera vez. Necesitamos «acostumbrarnos» el uno al otro…” Respondió Ricardo.

    «Bueno, sí, que sea solo para acostumbrarnos…», me reí nerviosamente.

    “¿Es rápido tu marido también?”

    “Ya te había comentado en nuestros chats previos que no hemos follado durante dos años. Y no se vislumbra una posibilidad y tampoco se percibe deseo…”

    “Victoria y yo sistemáticamente… follamos durante una hora o dos. Cerramos la puerta y la ventana de la habitación para que los pequeños no nos escuchen”

    «¡Guau! ¡Estas mintiendo! Conmigo, lo hiciste tan rápido que no sé si llegaste a dos minutos…”

    “Bueno, deberás comprenderme. Yo estaba al rojo vivo. Hace algunos meses que venimos charlando por el chat. Las fotos que tienes en tu perfil son muy atractivas, discretas, pero atractivas.»

    «¿Tenías una excitación acumulada conmigo?»

    «¡Por supuesto! Me he masturbado más de una vez con tus fotos, especialmente una que estás con un vestido negro y el brazo apoyado en una mesa. ¿Tú te masturbas?”

    “¿Sí?” respondí.

    “Yo, sistemáticamente. Abro sitios pornográficos y me masturbo, generalmente cuando no hay nadie en casa, o cuando Victoria está en el dormitorio.”

    “Entiendo. Pero sería mejor si te follaras a tu esposa.”

    “No siempre puedes actuar cuando quieres…”

    “¿A menudo quieres?”

    “¡Siempre!” Me reí. “Bueno, ¿hagámoslo de nuevo entonces?”

    “De acuerdo. Disculpa Ana, ¿te puedo pedir algo?»

    «Dime»

    «Disculpa, quizás no te guste, pero, ¿podrías llévatelo primero a la boca, para que se levante?”

    «Claro mi amor. Tranquilo.» le dije pasando mi lengua por sus labios pero sin besarlo.

    Me bajé al suelo, me senté en una alfombra de baño peluda, tomé con cuidado su pene flojo con dos dedos, se descubrió la cabeza y lo besé. Luego tomé el escroto con la mano izquierda, y con la derecha, acariciando levemente, comenzó a chupar su accesorio masculino. Él acarició mi cabello, luego se inclinó ligeramente y tomó mis senos en sus manos. Su miembro viril rápidamente llegó «en una posición de combate» y Ricardo propuso irnos a la habitación, ya que había muchas más oportunidades para diversificar los caminos del amor. Al principio, me inclinó un poco, avergonzada por mi cuerpo de mediana edad, aunque todavía esbelto y armonioso. Ya tenía 43, mis senos firmes y abultados, ¡ay!, no eran los mismos de diez años atrás. Mi pareja tampoco era joven -más de cincuenta años- pero no tenía estómago, y todas las virtudes varoniles seguían con él. La luz en la habitación estaba apagada, pero ingresaba una penumbra. Después de beber más vino, nos acostamos. Al principio, simplemente nos acostamos uno al lado del otro, acariciándonos suavemente los genitales, luego, de mutuo acuerdo, adoptaron la pose de una amazona. Su miembro entró con facilidad en mi vagina caliente, cabalgué sobre mi pareja, inclinándome hacia atrás y mi pecho, tenso por la excitación, se movía al compás. Esta vez terminé sola y me quejé a Ricardo.

    “¿Por qué no terminaste?”

    “No puedo recuperarme tan rápido… ¿te incomoda?”

    “Sí, no, nada… está bien…”

    “Pero ahora puedo aguantar más. ¿Nos damos la vuelta?”

    “¡Nos estamos dando la vuelta!” reafirmé.

    Ricardo tomó mis caderas y comenzó a trabajar rápida y libremente con mi pelvis. Yo gemía todo el tiempo. Su pene quedó como el acero, y mis labios vaginales brillaban con magma caliente… Pronto el volcán entró en erupción… Ricardo, exhausto, cayó junto a mí y cerró los ojos.

    “¡No te duermas! No tenemos tiempo para eso…”

    Mi mano pequeña y exigente tomó enérgicamente la «raíz del placer» y comencé a frotarla con sus dedos. Ricardo sonrió y puso su mano derecha entre mis piernas. Con dos dedos, índice y medio, entró en mi vagina y comenzó a acariciar mi clítoris. Volví a gemir y me retorcí por completo.

    “Ana, Ana. Dime: ¿Quieres más?… ¿Puedo entrar en tu culo?”

    “¡Sí mi amor. Puedes, pero despacio, con cuidado! ¿OK?”

    Me di vuelta, Ricardo se acomodó por detrás y comenzó a introducir con cuidado su miembro en mi ano.

    “¡¡Ricardo!!”

    El anillo anal ya se había envuelto alrededor del pene resbaladizo y mi pareja comenzó a follarme con cuidado en el culo. Al principio indignada, comencé a moverme pacientemente, no me dolía, simplemente no estaba acostumbrada. El acto anal no satisfizo a nadie y Ricardo pronto salió «por la puerta» y entró por la «otra puerta». Habiendo experimentado varios orgasmos, los dos ya estábamos más tolerantes entre sí y ahora el contacto resultó ser más largo, muy largo… El orgasmo también resultó ser largo y completo: los dos lo experimentamos casi simultáneamente…

  • Llegada tarde al voleibol

    Llegada tarde al voleibol

    Me había quedado de ver con una chica con la cual yo hablaba hace muy poco tiempo, ya nos habíamos visto 2 veces y pues esta vez quería hacer algo diferente.

    Habíamos quedado de vernos a las 2:30 en mi casa para platicar un rato mientras pasaba el tiempo para irse a entreno a las 5.

    Esperé el tiempo un poco asustado y nervioso porque, pues soy un poco tímido para verme con alguien, entonces ya eran las dos y algo, y fui a esperarla en el paradero de buses que queda en mi barrio, la vi esperándome en una panadería que quedaba justo al frente de la panadería, fui la recogí y fuimos a mi casa

    Ese día estaba totalmente solo entonces tenía más privacidad, la llevé a mi cuarto y se recostó con la pared un poco penosa, la chica iba en su uniforme «unos chores negros con un top del mismo color que dejaba una parte de su cuerpo al aire».

    Hablamos un rato y pues después nos recostamos para mayor comodidad, la chica me sube una pierna en mi abdomen y me comienza a acariciar el cabello, mientras la abrazaba yo con gran fuerza que mi cabeza sentía los pezones de ella.

    Después se sentí de nuevo y se recostó otra vez en la pared, quedándome yo entre sus piernas, yo soy un poco juguetón y me gusta morder a la gente que le cojo cariño, y después comencé a chupetear su abdomen con delicadeza, sentía que sus manos me empujaban más abajo la cabeza para llegar hasta su entre pierna poco a poco, después me dejé llevar de sus brazos y empecé a con mi lengua rozar su clítoris que lo obstruía el short, después con mis manos poco a poco empezó a bajar su short y escuchaba su respiración fuerte y constante, comencé a meter mi lengua en su vagina y sentía como su cuerpo daba bronquitos y se retorcía, escuchaba cada vez más fuerte su respiración y comencé a meterle mis dedos, y sentía como por dentro estaba súper húmeda y caliente, noté algo extraño cuando lamía su vagina que sabía rico, era dulce.

    Después con mi fuerza empujé su cuerpo para que se subiera encima mío, después baje mi pantalón y dejé asomar mi verga que palpitaba de placer, después procedí a metérsela poco a poco a la chica, cuando comenzó a sentir que se la metía comenzó a gemir con pasión, después decía que le dolía un poco porque mi verga es un poco grande y robusta, entonces sentía las paredes de su vagina rozar con mi cabecita, se sentía tan fenomenal, solo escuchaba sus susurros diciendo que bien se siente, solo sentía como por dentro ella estaba casi hirviendo, y la chica seguía y seguía agarrándome del cuello lo cual me excitaba mucho, sentía como bajaban gotas de lubricación de ella en mi verga, solo su respiración me dominaba y después de parar ella quedó en shok.

    ¿Parte 2?

  • Aliens

    Aliens

    1962

    Mi coche era un viejo Ford de antes de la guerra, de ocho cilindros, que cuidaba con esmero y al que había dotado de todas las comodidades posibles. Tenía que hacer un viaje por el centro del país, por las grandes praderas.

    Conducía por una solitaria carretera, una noche oscura, cerrada, sin luna. Fuera hacía mucho frio pero con la calefacción a tope yo iba a gusto. Ese motor daba calor como para toda una ciudad de pequeño tamaño.

    De pronto algo empezó a intervenir en los sistemas del vehículo, interferencias de radio, cortes en las luces, toses del motor. Comencé a estresarme, pues si el coche fallaba no habría un alma en millas a la redonda que me ayudara.

    Agobiado por los problemas mecánicos no me había fijado en las extrañas luces que había en el retrovisor. Cuando por fin el enorme vehículo se detuvo en medio de ninguna parte me bajé.

    Maldiciendo, fui al motor a ver si podría solucionarlo, solo para llevarme el mayor susto de mi vida. A veinte pasos detrás del coche, flotando como a seis pies del suelo, estaba lo que parecía una enorme ensaladera rodeada de luces de todos los colores.

    Estupefacto contemplaba el artefacto olvidando el frio. Me quedé mas congelado que el aire que me rodeaba, pero fue poco rato. Unas luces azules me envolvieron y me levantaron en el aire. El aparato se había colocado sobre mí.

    No era un teleportador, notaba como estaba flotando y subiendo hacia el extraño aparato. Más bien sería como un rato tractor. En medio de las luces, donde una compuerta circular se abría para permitir mi paso.

    Sin contar con mi permiso por supuesto. Me sentía acojonado, pero extrañamente tranquilo. Puede que eso ultimo fuera cosa suya.

    Una vez dentro de una gran cavidad blanca me vi inmovilizado sobre gran una losa clara y desde luego muy cómoda. La temperatura era cálida y durante un rato nada se movió. Supongo que los tripulantes me estaban examinando o escaneando.

    Otra compuerta circular se abrió en otra parte de la cúpula para dejar pasar a dos altas humanoides. Iban enfundadas en sendos ajustadísimos monos plateados que marcaban todo su cuerpo.

    Por lo que yo podía ver girando la cabeza y forzando el cuello no les faltaba ningún detalle de una hembra humana. Sus rostros y cabezas completamente sin pelo eran alargados, estrechos y altos. A pesar de su extrañeza resultaban atractivos.

    Manos y pies finos con dedos al menos doble de largos que los míos y cuando me los pusieron encima pude comprobar que muy suaves. Sus cuerpos aunque delgados parecían tener las curvas apropiadas en los sitios adecuados.

    La tela plástica se tensaba en su pecho permitiendo adivinar que por debajo había una buena cantidad de carne. Pero no la sorpresa que me llevaría después en cuanto a la forma de toda esa carne.

    Sin dirigirme una palabra se pusieron a desnudarme sin prisa pero firmes. Me sacaron el grueso abrigo, la americana, mi camisa y la camiseta que llevaba debajo. La emprendieron con los zapatos, el pantalón y el slip blanco.

    Ya estaba temiendo que me sondarían, me someterían a extraños experimentos médicos. Puede que metieran raros aparatos por mi ano. De una forma extraña tenía razón en lo que iban a hacer, pero de una manera mucho más placentera de lo que mi imaginación sospechaba.

    A pesar de tener aquellas dos señoritas en ajustadísima ropa plateada tan cerca la situación era tan extraña que mi polla no reaccionaba. Parecía un gusanillo sobre el muslo. Hasta que comenzaron a lamerla y chuparla con largas lenguas rosadas y bifurcadas.

    Así, cuatro húmedos y calientes suaves apéndices acariciaban mi polla y mis huevos peludos sin descanso. Cruzándose entre ellas en un extraño beso lésbico y lascivo.

    Incluso una de ellas bajó por el perineo hasta meter su extraña lengua en mi ano. Y ahí estaba la tan temida sonda anal. No estaba yo en condiciones de protestar, pero aquello estaba enviando olas de placer directamente a mi cerebro.

    A cuatro patas una a cada lado de mi cuerpo veía sus perfectos culos menearse a ambos lados de mi cabeza mientras mi rabo se endurecida entre sus lenguas y dentro de sus bocas por turnos.

    La extraña fuerza que me impedía moverme hacía que no pudiera alcanzar esos traseros perfectos con las manos por mucho que lo deseara. Mi rabo ya empezaba a ponerse muy duro. Volvieron a besarse cruzando las largas lenguas ante mi vista.

    Las rodillas, por llamar de alguna forma a sus articulaciones, se aproximaban a mi cuerpo mientras se incorporaban. Con manos de larguísimos y finos dedos empezaron a desnudarse la una a la otra. Aunque yo no podía ver cremallera, botones o cierre alguno.

    Asomaron los tres pechos blancos de cada una, como las nieves, los pezones, pequeños, duros y de color rojo vivo quedaron al aire en cuanto abrieron la extraña tela plateada. Como si de la piel de un plátano se tratara el tejido fue cayendo desnudándolas del todo.

    Como en la cabeza en ninguna parte de su anatomía había rastro de vello y sus coños parecían completamente humanos hasta donde yo podía ver. Tuve mas datos cuando una de ellas se sentó sobre mi cara para que se lo lamiera.

    Ni mi lengua, mi mis ojos pudieron detectar ninguna variación del de otras chicas humanas que yo hubiera probado, no en la forma al mimos. El sabor era extraordinario, embriagante.

    No eran chicas de muchas palabras pero había buena comunicación. Claro que yo con la lengua ocupada tampoco podía hablar mucho.

    La otra se sentó sobre mi dura polla absorbiéndola en su interior. Ahí sí noté algo extraño, diferente, aquello parecía un horno. Debía haber algunos grados de diferencia entre su temperatura corporal y la mía.

    Se sentó frente a su colega para poder seguir sus maniobras lésbicas lamiendo sus pechos con la extraña lengua.

    Yo seguía impedido para mover los brazos por una extraña fuerza que los mantenía sujetos a la camilla. Lo que me tenía irritado pues quería acariciar sus cuerpos y pieles y notar su tacto.

    Lo que si se movía era mi pene metido en ese horno y mi lengua que saboreaba el manjar que rezumaba el coño de la otra alienígena. No sé si se estaba corriendo o aquel flujo de delicioso sabor era parte de su lubricación natural.

    Ellas, dedicadas con esmero a su labor, no me daban muchas pistas. Pero todo lo bueno se acaba, o por lo menos se hace una pausa.

    Me corrí, como nunca lo había hecho con una mujer humana, parecía que no dejaba de salir semen de mi polla. Es más, tampoco se me puso blanda, como sería lo normal que me pasase después de tener un orgasmo.

    Aquello seguía duro como una piedra. Supongo que el jugo que destilaban sus coños tendría ciertos efectos afrodisíacos para mantener mi erección.

    Lo que sí ocurrió al correrme fue que mis brazos quedaron libres, supongo que viendo mi actitud de colaboración decidieron que podían confiar en mí y soltarlos.

    Por fin pude echar mano de aquellas abundantes tetas tanto en tamaño como en número. Pareció que ellas agradecieron la caricia con extraños gorgoteos guturales. Que aumentaron en intensidad cuando pellizcaba con suavidad sus pezones rojos.

    También pasó otra cosa, se cambiaron de lugar y la que hasta ese momento me había dado su vulva a lamer se clavó mi polla en ella. Lo hizo mirando hacia mis pies. Su amiga por decirlo de alguna forma, en vez de sentarse en mi cara se colocó entre mis muslos. Los separó todo lo que pudo.

    A mi nunca se me habría ocurrido algo así, lo que hizo fue empezar a lamer mis huevos, la base de mi rabo y lo que en sus coños sería el clítoris de la otra chica. Mientras la que tenía encima subía y bajaba. Yo tenía los testículos ensalivados por su compañera.

    Estando así, lo que yo mejor podía alcanzar con las manos era el culo redondo y perfecto que tenía justo delante. Se me ofrecía a la caricia sin problemas. Decidí probar a ver si su ano me permitía penetrarlo con al menos un dedo. Al final entraron tres sin que ella diera muestra de incomodidad.

    Por entonces llegó mi segunda corrida tan abundante como la primera y a continuación perdí el cocimiento. Quizá fueran las emociones, el pasar del terror al placer de repente o puede que simplemente ellas me dieran algo para dormir de lo que no me dí cuenta.

    Cuando me desperté volvía a estar en el viejo Ford y el motor ronroneaba como un gatito satisfecho.

    Toda la experiencia parecía un sueño, una extraña fantasía erótica, de no ser porque mis calzoncillos de algodón habían sido sustituidos por una prenda más ajustada fabricada con la misma tela plástica que cubría los bellos cuerpos alienígenas.

  • La señora de la parada

    La señora de la parada

    Ella se llama Elsa, cuando comencé un empleo en una empresa, me tocó esperar el transporte privado en la parada principal del pueblo, allí conocí a Elsa. 

    Elsa es una señora divorciada, vive con su madre ya envejecida, sus hijos ya no están en casa y en pueblo solo son ellas 2 en casa. Elsa tiene su propio negocio, todos los días hablamos unos 20 minutos en la parada, todo normal, de las cosas cotidianas de la vida.

    Siempre he notado que Elsa busca de resaltar sus cualidades frente de mi además de mostrar interés especialmente cuando no estoy en el lugar de siempre. Me deja saber que le preocupo o que se sintió de alguna forma si llego a pasar y no verla.

    Ella tiene un buen cuerpo. Sus pechos son grandes, tiene un buen trasero uno bonito que lo esconde bajo esos blue jeans gruesos y bastante holgados. Suele colocar el tirante de su bolso de un lado que pase por debajo de sus tetas para que estas se marquen más, como si lo necesitará.

    Debo confesar que hablar con ella me gustaba, me gustaba ver sus tetas y creo que a ella también le gustaba que yo la mirara.

    Mi vida en casa era la típica. Mi mujer bastante conservadora y la cama y yo con ganas de explorar mucho más de lo que ya sabía. El sexo normal es divertido pero ¿Qué pasa cuando quieres algo más?, ¿Que pasa cuando quieres pegar tú lengua en su concha?, Eso puede ser un problema si tú pareja no le parece apropiado. Es como el fuego de la antorcha olímpica, nunca lo apagan pero esa candela podría arder más pero no, sólo es una llama esperando un poco más de combustible.

    Elsa, Elsa… Ella tiene este combustible y estaba deseosa de la llama para encender el fuego, un fuego que está allí, sólo se alimenta con sus dedos y pensamiento, pensamientos eróticos en cama.

    Yo: hola! Otro día más lluvioso y frio. Lástima que hay que trabajar.

    Elsa: prefiero trabajar que quedarme viendo el techo. Y si hace mucho frío.

    Yo: lo digo por lo quico que debe ser quedarse empiernado en cama con este clima.

    Elsa: jajaja! Siento debe ser rico. Pero ¿qué pasa, supuse que eras casado?

    Yo: si lo soy, sólo que esas piernas ya no calientan tanto o ya no quieren calentar. Supongo que sus intereses son otros.

    Elsa: oooh! Malo. Bueno por lo menos yo no tengo con quien así que es menos triste.

    Yo: si jeje, hace que uno piense en cosas.

    Elsa: ¿en cosas?

    Yo: si en cosas… Prohibidas quizás. Cosas que la situación arroja.

    Elsa: son cosas complejas, ¿no? Yo, estoy tranquila aunque eso de estar tranquila a veces me inquieta.

    Yo: y ¿qué haces con tus inquietudes?

    En ese momento llegó mi transporte. Que rápido e inoportuno. Pero esa plática sería la precursora de otras conversaciones más serias. Es evidente que ella quería hablar del tema solo tendría que buscar abrir otra vez esa puerta.

    Elsa: hola niño, ¿qué haces solo en la calle?

    Yo: trato de comprar para sentar.

    Elsa: bueno apresúrate, tu esposa debe morir de hambre.

    Yo: ella no está en casa. Le toca trabajar. Verás, cuida a una viejita y se queda en su casa.

    Elsa: pobre…

    Yo: sip. Y me toca consignar sólo para mí.

    Elsa: también comeré sola.

    Yo: si quieres te acompaño.

    Elsa: mmmmm! ¿Qué dirán tus vecinos si me ven entrar en tu casa?

    Yo: ¿tiene que ser en mi casa? Si vamos a la tuya… Sabes puedo ser tu sobrino.

    Elsa: jajaja bueno si es verdad. Vamos

    La cosa pareció muy natural, como si frecuentara su casa común mente. En realidad la calle estaba sola, sólo niños jugando en la acera, su casa es abierta muy iluminada. Pero la fortuna es que su cocina queda en la parte más recóndita de la casa.

    Dio chance de hablar, de sentimientos y malos raros. Pero el tema pendiente resurgió de la nada cuando después de un par de tragos de un buen wiskey me anime a preguntar.

    Yo: ¿cómo haces? ¿Que haces para palmarte a ti misma cuando no quieres estar sola?

    Elsa: jajaja. Las mujeres tenemos muchos secretos.

    Yo: eso lo sé. Perooo.

    Elsa: ¿Qué quieres saber?

    Yo: tienes 44 años. Tuvisteis a tus hijos jóvenes. Ya no están en casa. Eres divorciada. Te ves muy bien. Buen físico, eres atrayente. Tus labios son sexis, y con tus pechos puedes sacar un ojo a cualquiera. ¿Como le haces cuando decenas el calor de un hombre a tú lado, en una mañana lluviosa y fría?

    Elsa sonrojada río y bajó su cara. Se mordió los labios, hizo círculos con los dedos en el mesón.

    Elsa: pues me lo imagino. No es lo mismo que tenerlo pero… Es lo que tengo disponible. La imaginación y la creatividad.

    Yo: mmmm! Te entiendo… En mi cama fría me ha tocado. Bueno, con todo esto, supongo que hoy me toca usar tu técnica. ¡Oye! Quizás en una de esas imaginaciones creativas me acuerde de ti.

    Elsa: jajaja.

  • Marion en África

    Marion en África

    Nunca se me hubiera ocurrido hablarte de esto si no fuera por dos circunstancias. Primero, al relatarte lo que me pasó, tengo la firme garantía de que nunca sabrás mi verdadero nombre. En segundo lugar, no puedo resistir la tentación de hablar de lo que me impresionó tanto. Puede que nos encontremos todos los días en la calle de Berlín, pero nunca sabrás que soy yo; nunca sospecharás que la elegante joven que camina hacia ti es la heroína de la confesión que una vez leíste…

    Tengo 36 años. Los que tratan conmigo dicen que soy hermosa e inteligente. Desde los veintiocho años me he convertido en una de las principales periodistas: fundamentalmente escribo sobre política, economía y temas sociales en uno de los principales diarios berlineses y algunas esporádicas intervenciones en la TV alemana. A veces colaboro con artículos en The Guardian de Londres y Le Monde de Paris.

    Los temas sobre problemas políticos, económicos y sociales no contradicen en lo más mínimo con el hecho de que siempre traté de vestir de manera elegante; «la femme fatale del periodismo alemán», como me calificó un colega con quien discrepamos sobre un tema de política exterior del gobierno alemán.

    Me divorcié hace tres años y desde entonces me he dado el lujo de rechazar a más de un reportero, un magnate de la siderúrgica y hasta el gerente de un influyente diario berlinés. Pero al mismo tiempo, aunque experimento el debido placer físico durante la intimidad, siempre permanezco fría e indiferente en mi alma. De vez en cuando necesito un hombre, preferiblemente joven y guapo. Bueno, ¿y qué? Siempre encontré lo que necesitaba. Luego usé lo que encontraba lo dejaba sin arrepentirme. Por supuesto, le doy caricias y placer a un hombre en la cama, pero nunca perdí la cabeza, hacía lo que se requería para mi propio placer y el de él, y eso es todo. A veces, «algo más» como agradecimiento al hermoso macho por sus esfuerzos y performance. Y después de eso, me levantaba con bastante calma y me iba, para nunca volver a ver esa cara estúpida y satisfecha por mis talentos amatorios.

    Me di cuenta que todos estos hombres guapos, encantadores en la cama, son buenos solo allí. Cuando de repente abren la boca, sale algo que hace desaparecer cualquier esperanza de un orgasmo… Por eso, cuando estaba con un hombre en la cama siempre trataba de mantenerme en silencio para que mi pareja hablara lo menos posible. Cuando algún caballero me invitaba a cenar trataba que la parte obligatoria (la cena en sí) pasara lo antes posible para inmediatamente ir a su casa, a la mía o a algún hotel, para hacer lo que necesito físicamente tres o cuatro veces al mes. Siempre tuve cuidado de evitar el enamoramiento con alguien. Esto es lo que no quería. Me encontrado con amantes muy estúpidos. Rico – sí, hermoso – sí, diestro en la cama – oh, sí … ¿Pero interesantes? ¡No!

    Así hubiera continuado todo esto, si una mañana el editor no me hubiera llamado a su oficina. Me informó que el Consejo Editorial y Administrativo del diario quería que me estableciera durante un mes en un país africano abandonado de la mano de Dios para traer una serie de ensayos sobre problemas sociales.

    “¿Durante un mes… ¡Qué horror! ¿Por qué me hacen esto? Es estúpido arrastrarse allí, y más estúpido escribir sobre los problemas de la asistencia social en África. Aún más estúpido publicarlo en un respetable diario alemán con reputación europea: la prensa de otros países hace mención a sus publicaciones.”

    “Marion, Marion, tranquila.” me dijo el editor. “Este viaje es una señal de confianza en ti por parte de los editores, una negativa causará malentendidos mientras que el consentimiento, por el contrario, aumentará tu prestigio.”

    Una periodista no tiene muchas opciones. La perspectiva de ganarse el favor del equipo editorial es algo serio.

    “Bueno, entiendo… entonces, ¿cuándo tengo que volar?

    No te aburriré con las descripciones de mi viaje ni del agujero mismo donde terminé. Además, no tiene una relación tan directa con la esencia de lo que quiero relatar. Después de una semana en la capital del país, después de noches sofocantes en el único hotel decente, después del calor y la comida desconocida, tuve que pasar por una prueba aún mayor. Tenía que ir a un pequeño pueblo al sur del país y pasar unos días allí. Los colegas corresponsales de nuestro diario querían mostrarme algo allí. Suspiré pesadamente y recogí mi pequeña maleta y tomamos rumbo a el pueblo de Mumbo Yumbo (No es el nombre real. Evito toda referencia al país para evitar susceptibilidades) que se estaba ahogando en una neblina de calor tropical.

    Enjambres de moscas, suciedad en las calles y los gritos del mercado, todo esto me confundió el primer día. Los colegas me dejaron en la habitación del hotel a última hora de la noche y se fueron. Me quedé sola. Tenía la vaga sospecha de que mis colegas locales simplemente aprovecharon el pretexto para cabalgar hasta esta ciudad por motivos que desconozco. Ahora me veo obligada a pasar aquí unos días antes del próximo vuelo a la capital. Que pesadumbre… Había un restaurante en el primer piso del hotel, y desde allí se escuchaba música nacional. Algo entre un tom-tom y el grito de una cabra asfixiada… Luego se me ocurrió la idea, bastante normal en Europa, de bajar y sentarme en el restaurante. Me senté en una mesa en la terraza y casi de inmediato me arrepentí de haber venido aquí. No, no había peligro. Pero qué aburrimiento mirar a docenas de personas. Me prestaron muy poca atención, aunque yo era la única mujer blanca aquí. Saben perfectamente que no hay milagros en el mundo y que ninguna mujer blanca normal irá con ellos. Por lo tanto, para qué mirar si el resultado se conoce de antemano.

    No muy lejos de la terraza donde yo estaba sentada, se podía ver una enorme gorra de un policía local. Pero luego vi algo inusual en el entorno: un hombre alto y blanco se acercaba a mi mesa. Su traje blanco se complementaba con un elemento de traje de noche y llevaba un sombrero blanco duro. Había tanto un comportamiento confiado como el hecho de que los africanos sentados en las mesas le dirigían la palabra constantemente. El hombre tenía unos cuarenta y cinco años y era condenadamente guapo. A pesar del traje y la apariencia europea, había algo primitivo, bestial en él. Se notaba a primera vista. El hombre sonrió y se comportó con dignidad y tranquilidad, pero las luces de la pasión jugaban en sus ojos, traicionando la sensualidad de la naturaleza.

    «¿Puedo sentarme en tu mesa?» preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante.

    Al ver mi confusión, dijo:

    «Mi nombre es Rolf Sannes. Soy el dueño de este restaurante».

    Asentí y acepté. Rolf se sentó frente a mí.

    «¿Estás aquí por primera vez?»

    «Sí,» respondí.

    «¿Cómo te llamas?»

    «Marion Hungeling. Soy periodista, estoy haciendo un dossier sobre la vida social en este país».

    “Eres alemana?”

    “Sí, así es. Y tú de dónde eres?”

    “Nací en Degerfors, Suecia”

    “¿Vives solo acá. Tienes pareja?”

    “No. ¡Y tú?”

    “Divorciada”

    “Mmmm, ¿tienes hijos?”

    “Sí, dos varones. De 14 y 16 años. Se quedan con mis padres cuando viajo.”

    Le dije a Rolf cómo terminé aquí. Daba la impresión de un hombre de buenos modales. Si había algo animal en él, sabía cómo ocultarlo. Hablamos un poco de la vida aquí. Rolf dijo que vino aquí hace muchos años y ahora está firmemente establecido. Además, el restaurante da buenos ingresos. Pero, se quejó:

    “Soy el único blanco aquí y a veces me aburro.”

    Ni podía imaginar cómo se podía vivir solo en un agujero como éste. Me ofreció un trago. Trajeron una botella de champán. Después Rolf me sugirió que diera un pequeño paseo y acepté. Con un guía tan sólido, no da miedo caminar incluso por Mumbo-Yumbo. Así que nos pusimos en marcha. Mientras hablábamos tranquilamente, cruzamos la plaza, pasamos por varias calles, y de repente Rolf dijo:

    «Probablemente, sería interesante para ti conocer la vida local real, sentir el sabor africano. Todos los que vienen de Europa quieren experimentar el exotismo local”.

    «¿Qué quieres decir?», le pregunté.

    Rolf me miró y se rio entre dientes.

    «Me refiero a invitarte a visitar el exótico establecimiento local. Eso sí, allí, como en otros lugares, habrá sólo negros. Pero no tienes nada que temer. Estarás conmigo».

    Cuando una mujer joven cae en un agujero como este, siempre se siente insegura en el entorno inusual. Siempre quiere apoyarse en alguien. Rolf daba la impresión de una persona segura de sí misma. La ensoñación un hombre del Viejo Continente que vive un sueño romántico naturalizado entre salvajes, tema que se ha calado en nuestra sangre europea junto con las novelas de Mine Reed y Fenimore Cooper.

    Acepté tan fácilmente la aventura «con lo exótico» que se me ofrecía a mí. Apoyándome en la mano que amablemente me ofreció mi noble y encantador guía, avancé por una calle oscura y sin luz. Caminaba sin miedo. Fácilmente logré convencerme de que nada malo podría pasarme con una guía así. El lugar en el que entramos era grande y con un mínimo de amueblamiento. Parecía que fue construido con postes y cubierto con chapas de hierro para los techos. Había esteras en el suelo, dos o tres mesitas y la iluminación era bastante tenue. La habitación estaba, por así decirlo, dividida por esteras colgantes en «cabinas» separadas. Algunos tenían hombres en grupos de dos o tres. La división de las cabinas no impedía ver todo lo que sucedía en el resto del salón.

    Sonaba una música africana característica, con chillidos y aullidos, acompañada de un tambor que golpeaba rítmicamente. Nos sentamos en una estera en una de las cabinas. Un niño negro apareció instantáneamente y nos trajo una especie de plato. De qué estaba hecho, no podía entenderlo, y una especie de bebida en tazas. Estaba bastante mal ventilado por el humo de las lámparas colocadas; no había electricidad. Entre otras cosas, el chico trajo una caja, que Rolf abrió de inmediato. Había cigarros puros finos.

    «Por esto vinimos aquí», me explicó. “La comida y la bebida se sirven solo por simple convencionalismo. Para fumar estos cigarros de una hoja de un árbol local, es por eso que la gente viene aquí. Te lo ruego.»

    Con estas palabras, Rolf encendió un cigarro y me lo entregó. No sin cierta aprensión, tomé una bocanada. El humo no era nada fuerte, cosquilleaba un poco en la lengua, pero no era insoportable para una persona no fumadora como yo. Rolf también se encendió uno para él.

    «Relájate, Marion”, dijo con calma. “Sentirás el efecto del humo, es algo intrusivo. Pero si estás tensa, el efecto de la sustancia será más fuerte.”

    Seguí su consejo. Me relajé profundamente, como Rolf. Pensé en lo que dirían mis amistades y conocidos si me vieran dónde y qué estaba haciendo ahora. Casi no hablábamos con Rolf. La música sonaba fuerte y ahogaba todos los sonidos. Fumábamos en silencio. Comencé a sentir ciertos cambios: el nerviosismo desapareció, había calma, mi nerviosismo tomó un carácter completamente diferente.

    Es como si algún pensamiento entrara en mi cabeza. Miré a Rolf sentado en turco frente a mí y lo admiré. Ahora lo miré mejor. Sí, no me equivoqué. Realmente era muy, muy guapo. Me impresionaron particularmente sus brazos. Eran muy fuertes y estaban cubiertos de una densa vegetación. Nunca me han importado los hombres con mucho vello corporal, pero de repente sentí la atracción por este hombre. Pensé que todo su cuerpo podía estar cubierto de un pelo rojizo espeso, como si fuera de lana. Rolf tampoco pudo evitar exponerse a esta extraña sustancia, aunque probablemente ya estaba algo acostumbrado a ella. Así que monitoreó mi condición. De repente llamó al chico que nos estaba sirviendo y le dijo algo en el dialecto local. El chico asintió y me miró expectante.

    «Marion, él te va a escoltar ahora», escuché la voz de Rolf. «Me parece que aquí está sofocante para ti y la ropa que llevas no es adecuada para este ambiente. El chico te llevará a un lugar donde puedes cambiarte de ropa.”

    Me levanté y fui. Está claro que en otro estado nunca hubiera hecho esto, como cualquier otra mujer. Pero la acción de drogas había hecho sus efectos. El chico me llevó a una habitación que estaba en un edificio anexo hecho de ladrillos, las paredes no estaban pintadas. El ladrillo era tan llamativo. En general, a excepción de una caja en la esquina y una silla en el medio de la habitación, no había muebles. Él sacó un gran bulto de tela de la caja y me lo entregó. Señaló el espejo que colgaba en el interior de la puerta y salió. Lo que vi literalmente me sorprendió. Solo puedes encontrar esto en una tienda de ropa de mujer muy cara. Y no en cualquier lugar, quizás solo en París. Falda de satén blanco con encaje, lino blanco como la nieve, bragas translúcidas. El vestido también blanco como la nieve. Los pliegues se extendían por todo el muslo hasta las medias. Encima me coloqué una blusa blanca totalmente transparente. Cuando me puse todo esto, no pensaba absolutamente en nada. La habilidad de pensar se había atrofiado completamente en mí. Acababa de notar que las medias eran con elásticos de encaje. Podían sostenerse por sí mismas. Un minuto después entró el chico y le pedí que abrochara los ganchos en la espalda de mi vestido. Lo hizo con gran celo y bastante habilidad. Mirándome en el espejo, realmente estaba encantadora con este atuendo.

    Después de girar varias veces frente al espejo, me dirigí a la sala común. Rolf no pudo ocultar su admiración. Me miró de arriba abajo. Volvimos a sentarnos en la colchoneta uno al lado del otro. Me sentí un poco mareada, pero todo era muy agradable.

    “Tus piernas son muy hermosas Marion”

    “Gracias, eres muy amable.”

    “Son como un imán para las manos de cualquier hombre…”

    Le sonreí, lo cual equivalió a una invitación. Lentamente, la mano de Rolf acarició mi rodilla, luego comenzó a subir por el muslo, subiendo mi falda. Un calor se movió junto con su mano a lo largo de mi pierna. Su toque calentaba mi cuerpo, y ese calor llegaba hasta lo más profundo. Quedé sin moverme, toda entregada a las caricias de este hombre insólito.

    “¿Estás excitada Marion?” me preguntó mientras su mano subió justo debajo de mi falda y comenzó a sentir mi entrepierna.

    Asentí con la cabeza.

    “¿En qué estás pensado Marion? ¿En tus hijos?”

    “¡Oohh! Siempre están en mi mente” respondí. Al instante uno de sus dedos apartó las bragas y penetró en mi lugar santísimo.

    “¡Aajj! Tú…”

    Lo hizo con suavidad y determinación, sin apartar su mirada de mis ojos. Me obligó a traer la imagen de mis hijos para penetrarme con sus dedos… ¡Morboso! El calor se extendió aún más a través de mi cuerpo. Yo estaba en una posición turca, como todos los demás en este establecimiento, con las rodillas bien separadas y, por lo tanto, Rolf tenía total libertad para disponer de la parte inferior de mi cuerpo. Cerré mis ojos. Ahora solo la música y el tacto de sus dedos eran mis sensaciones. El dedo se arrastró lentamente más adentro de mí, giró, retrocedió.

    Se dirigió a mi clítoris, me estremecí. El dedo comenzó a masajearme suavemente. Se sentía tan bien que no pude contener mi primer gemido. Quería recostarme, pero era imposible. Un dedo masajeaba mi clítoris y otros dos se internaron más profundo y se movieron a lo largo del camino ya trillado. Sentí con qué facilidad se movían en mí. Luego me di cuenta de que hacía tiempo que estaba preparada para esto, que por dentro estaba muy hidratada. No fue sin razón, la o las sustancias contenidas en el cigarro puro y/o en la bebida en taza que nos sirvieron, por supuesto que jugaron un papel muy importante en mi «preparación…» Comencé a mecerme lentamente hacia adelante y hacia atrás, lo que me excitaba aún más. La otra mano de Rolf se acercó a mi pecho. Primero comenzó a tocar mis senos a través del corpiño, solo pasando lentamente su mano sobre la tela, y seguro, sintiendo como los pezones se hinchaban bajo esos toques. Literalmente me retorcí bajo estas dos manos que me acariciaban suavemente.

    De repente, la mano que me acariciaba debajo abandonó mi cuerpo. Rolf la acercó a mi cara. Vi que su mano estaba toda mojada, sus dedos estaban brillantes con mis secreciones. El hombre me la acercó a los labios y me dijo:

    «Marion, niña, mira lo mojada que estás. Me has ensuciado toda la mano. Vamos, ahora tienes que lamerme todo».

    Como un autómata, hipnotizada por los sonidos de su voz, tomé los dedos de Rolf con mis labios y comencé a lamer lo que había en ellos y tragué mis copiosas secreciones. Entonces su mano se hundió nuevamente en mí, solo que ahora ya no era tan tierna. Se comportaba más activamente, se volvió en diferentes direcciones, agarrando firmemente mis labios genitales. A veces gritaba. Con tres dedos me penetró por completo y los giró. No se parecía en nada a los primeros movimientos de Rolf. Pero no sentí ninguna molestia. A veces era bastante doloroso y gemía, pero en general experimenté bastante placer. Me dolía, giré sobre la mano del hombre, que la contrajo para introducirla totalmente dentro de mí, abriéndome aún más.

    “¿Te sientes bien Marion?”

    Hice un movimiento de aseveración con mi cabeza.

    “¿Te han hecho esto antes?”

    Negué. Pero la inexpresable sensación de placer no solo no me abandonó, sino que incluso se intensificó. Rolf no me dijo más nada. Solo actuó con sus manos muy fuertes y duras. Me sentí como una mariposa clavada en un álbum. No podía moverme, el hombre me empuñaba, provocando una ola de pasión con cada movimiento. Estar en esta posición es el sueño secreto de toda mujer. Te cuento que soy Marion, una mujer que siempre mantuvo un dominio con los hombres, que nunca ha dejado que un amante ocasional pasara con ella más de una noche. Siempre he sido una mujer orgullosa e independiente, hermosa y dueña de mí misma.

    Pero en ese momento me di cuenta de que era precisamente esa situación con la que había soñado en secreto toda mi vida. Antes, yo misma me negaba a admitir que quería estar en las manos fuertes de un verdadero macho que usaría mi cuerpo para su propio placer, obligándome solo a servirlo… Las manos de Rolf, apretándome más y más sin piedad, me enseñaron a superarme a mí misma, a redir mi esencia femenina… Después de unos minutos, Rolf me llevó a un «punto de ebullición». Ya no podía permanecer indiferente, no podía callar y cerrar los ojos. Ya no me preocupaba lo que pensarían los negros sentados muy cerca, quienes sin duda observaban con interés la escena que se desarrollaba frente a ellos. Todos esos tipos semidesnudos y completamente negros vieron todo perfectamente. Vieron a una hermosa mujer blanca retorciéndose en las manos de un hombre… Creo que ese patrón también me excitó. Empecé a gemir suavemente y le rogué a Rolf que detuviera la tortura y me llevara.

    «Rolf, cariño, llévame…» murmuré, inclinándome sobre su hombro. “Tú me quieres y yo te quiero, así que cógeme rápido, ya no puedo sufrir más. Tú mismo me excitaste, dame una salida».

    Pero Rolf no respondió, y mis súplicas quedaron sin respuesta. Solo después de unos minutos se levantó y me ayudó a levantarme de la colchoneta.

    «Salgamos de aquí, Marion. No quiero hacerlo frente a estos muchachos ahora».

    Cuando le pedí que me llevara, naturalmente, no estaba en mi pensamiento de que esto podría suceder aquí y en frente de todos los visitantes. Solo pensé que Rolf me llevaría a algún lugar privado. Pero cuando dijo esta frase, pensé instantáneamente que no excluía la oportunidad de follarme justo en frente de extraños. Con cualquier otro, en ese momento, me hubiera indignado, como cualquier mujer normal, pero ahora caminaba detrás de Rolf con mi atuendo, con una vagina húmeda, goteando entre mis piernas temblorosas, sentí una inusual oleada de excitación. Que este hombre pudiera ponerme en una posición tan terriblemente humillante me excitó. No todas las prostitutas estarían de acuerdo que le hicieran tales cosas, pensé. Rolf me condujo a la misma habitación donde me cambié de ropa. Mi ropa normal estaba en la silla donde la había dejado. El hombre sacó un paquete de cigarrillos de su bolsillo y encendió uno. Me paré frente a él, confundida, sin entender lo que estaba pasando. Rolf me miró y dijo:

    «Quítate el vestido primero. Me molesta».

    Así lo hice, ahora estaba de pie frente a él con la blusa desabrochada por delante y los pechos al descubierto. Me di cuenta de que mis pezones aún sobresalían tentadoramente hacia adelante. Rolf me atrajo hacia él, tomando mis pezones con ambas manos. Empezó a apretarlos con sus fuertes dedos. No hizo otra cosa. Sólo sus dedos duros como tenazas. Rolf me tiró de los pezones, los aplastó, los retorció. A veces me parecía que estaba a punto de arrancármelos por completo, con tanta furia que atormentaba mis pechos. Estaba exhausta por esas terribles caricias. Toda mojada antes de eso, ahora me retorcía, gemía y mordía mis labios de dolor y voluptuosidad. Estar de pie frente a un hombre que atormenta mis pechos es terriblemente excitante, pero es imposible terminar así. Al final, por la abundancia de sentimientos que me poseían y por no entender lo que Rolf quiere lograr, comencé a llorar y suplicar:

    «¿Dime qué quieres que haga?»

    «Ponte de rodillas», dijo Rolf sin dejar escapar el cigarrillo de su boca.

    Inmediatamente obedecí, pensando que ahora pronto recibiría la deseada satisfacción. Hasta esa noche, nunca imaginé que alguna vez me encontraría en tal posición. Yo, que siempre había sido completamente egoísta en el sexo y exigiendo que los hombres hagan solo lo que yo quiero y cuando yo quiero, de repente me volví muy complaciente. Probablemente, antes no conocí a un hombre al que me gustaría obedecer sin cuestionamientos. Quedé de rodillas.

    «Marion, hazlo todo ti misma», escuché la voz de Rolf sobre mí.

    Comprendí que él ya no necesitaba que me persuadiera. Inmediatamente comencé a desabotonar los pantalones de Rolf. De repente se me ocurrió la idea de verificar mi conjetura sobre la línea del cabello de este hombre. Le desabroché los pantalones por completo y los bajé. Todo resultó exactamente como lo imaginé. Las piernas de Rolf eran vigorosas y fuertes, cubiertas de abundante vello rojo. Eran muy similares a sus manos, solo que eran más gruesas. Había también una magnífica arma masculina que literalmente pedía estar en mi boca. Listo para entrar en mí. Redondeé mis labios y comencé a hacer movimientos de succión cuando el pene de Rolf se me metió en mi boca. Era muy incómodo arrodillarme en el piso de piedra, así que logré agacharme sin dejar de acariciarlo. Me puse frente a Rolf y chupé, él bajó una mano y me acarició la cabeza. Al mismo tiempo, experimenté una sensación extraña.

    Parte 2

    Además del sentimiento de satisfacción que me vino de inmediato, tan pronto como la hermosa herramienta entró en mi boca, apareció algo más que no había experimentado antes. Probablemente el punto principal fue que me obligaron a soportar caricias crueles durante mucho tiempo y sin penetrar en mí. Durante tanto tiempo, mucho más de lo habitual, supliqué que me follara, que ahora todos mis sentidos se agudizaron de manera inusual. Lo que pudo haber sido antes un impulso débil, ahora comenzó a ser realidad. Me sentía realmente orgullosa de que la polla de Rolf estuviera en mi poder. Me complació mucho que este hermoso falo quisiera usar mi boca. Sentí que tenía una boca placentera, ya que Rolf estuvo dispuesto a sumergirse en ella y accedió a las caricias de mi lengua. Finalmente derramó en ella y me inundó por dentro con su simiente. Cuando Rolf hubo terminado dejé salir lo que pude de su esperma a través de mis labios. Apoyé la cara contra su estómago. A través de la camisa, me llegaba el calor de su cuerpo y me sentía feliz. Rolf no dijo nada. Fumaba continuamente y el humo de sus cigarrillos envolvía mis sentidos.

    Pero mi excitación no se fue. De ninguna manera, no. Ahora yo quería más que antes. Ahora que ya me había acercado a este magnífico hombre, que ya había probado la fuerza y el tamaño de sus armas, que ya había sentido el sabor de su esperma, quería pertenecerle de verdad. Pero Rolf no tenía prisa por apoderarse de mí. Siguió fumando y me dijo:

    “Límpiate.”

    Así lo hice, y con un sentimiento de cierta decepción lo seguí a la sala común. Allí nos sentamos de nuevo en la colchoneta y seguimos fumando. En el fondo del salón, noté un enorme hombre negro, como unas botas negras, semidesnudo y cubierto de pequeñas gotas de sudor. Me llamó la atención por dos cosas. Primero: era enorme, tan grande que parecía inverosímil. Pero lo otro que vi fue mucho peor: los ojos del hombre estaban rojos, como inyectados en sangre. Su rostro brillaba a la luz de las lámparas por el sudor, como si lo hubieran untado con aceite. Las fosas nasales de su corta nariz se ensanchaban como las de un animal salvaje. Y le presté especial atención porque no dejaba de mirarme. Era tan terrible, su mirada animal era tan pesada y terrible, que ni siquiera el hecho de que yo estuviera con Rolf me calmaba. Así que le pregunté a Rolf sobre este tema.

    “Conocía a este chico desde hace mucho tiempo.” me dijo sonriente.

    No me atreví a hablar más de eso, pero tampoco me atreví a mirar en dirección a ese hombre.

    «Rolf, cariño, no puedo soportarlo más», supliqué finalmente. “Por favor, tú mismo me excitaste terriblemente. Ahora llévame».

    Le rogué durante largo rato. En realidad quería irme. Un sentimiento inexplicable.

    «Marion», dijo Rolf con tranquilidad, «todavía no hemos completado todo el programa en el curso de exotismo africano. Podemos ir a mi casa ahora mismo, pero aún no hemos terminado».

    «¿Qué quieres decir?», pregunté con miedo.

    «Justo lo que dije. Te quiero follar, pero es demasiado pronto ahora. Me temo que no estás lista», respondió Rolf.

    «¿Qué estás diciendo?»

    Estaba indignada. Me parecía que Rolf se estaba burlando de mí. ¡Qué vergüenza! Ahora estaba claramente bajo la influencia de esta extraña sustancia local. Esta misma droga era, por supuesto, esa aventura muy exótica, que Rolf me había prometido al comienzo de la noche.

    “No estás preparada», dijo Rolf, sonriendo enigmáticamente.

    «¿Pero te lo ruego?” Hablé con una voz cada vez más suplicante. «Pruébame, pruébame, cógeme, te gustará».

    Habiendo dicho estas palabras, me estremecí y cubrí mi rostro en llamas con mis manos. Nunca me había humillado así frente a un hombre.

    «Está bien niña prusiana», sonrió Rolf. «Vamos.»

    Nos levantamos y volvimos a entrar en la misma habitación donde habíamos estado poco antes. Me aferré a Rolf con todo mi cuerpo. Él se desabotonó los pantalones. Me quité la falda y me bajé las bragas, pasé por encima y cayeron al suelo. Los pateé hacia la esquina de la habitación con mi pie.

    Casi inmediatamente después de eso, sentí el toque de una polla en mis muslos. Temblando de lujuria, abrí las piernas para que este invitado tan esperado pudiera entrar libremente en mí. Me las arreglé para envolver mis brazos alrededor de él y dirigirlo a mi entrepierna. El miembro asomó su cabeza y comenzó a penetrarme lentamente, abriéndose paso en mi carne temblorosa. Me senté encima de él, lenta y cuidadosamente para no espantar esta magnificencia. El miembro era muy grande, me empezó a ingresar poco a poco hasta que me parecía que me llenaba toda. Lo había estado esperando durante tanto rato que ahora todas mis emociones se agudizaron. Le susurré palabras de agradecimiento a Rolf por el hecho de que, aunque estaba atormentado por la expectativa, cumplió con mi pedido. Él no me respondió. Su rostro varonil, con ojos ardiendo de pasión, estaba muy cerca del mío. Escuché su respiración entrecortada. Puse mis labios en su mejilla, pero Rolf se dio la vuelta cada vez. Ahora toda su atención estaba centrada en follarme. Su arma entraba y salía de mí con un ritmo inexorable. Cuando entraba, gemía de placer, cuando salía, gemía por separarme de él. Esto continuó durante bastante tiempo. Hasta que alcancé un orgasmo. Gemí, chillé, lloré de admiración. Todos mis tormentos y súplicas, todas las humillaciones y peticiones no fueron en vano, todo valió la pena. Ahora que estaba completamente en manos de Rolf.

    Mi excitación había llegado a su punto máximo, ahora me retorcía como un animal herido. Ya había tenido dos orgasmos, pero eso fue tan poco para mí que casi no los noté. Para mí, la pasión recién empezaba. De repente, Rolf sacó su arma de mi inflamado vagina de un solo golpe. Dio un paso atrás. Estaba conmocionada esperando a ver qué pasaría después.

    «Marion, ahora quiero follarte por el culo», dijo con voz ronca.

    No tuve más remedio que dar la espalda e inclinarme, apoyando las manos en la pared. Rolf se acercó por detrás y tocó mi trasero. Para mí, esto fue un calvario. El asunto es que por el ano yo todavía era virgen. Solo una vez mi ex esposo me probó allí, pero de inmediato me sentí muy mal y él optó por no entrar allí. En cuanto a mis amantes, todos esos respetables brokers de bolsas y gerentes saben mucho de economía, pero muy poco de sexo. Es posible que ni siquiera hayan escuchado mucho acerca de cómo sucede. Por cierto, nunca me molestó. Si no has probado algo, no quieres hacerlo. Es natural.

    Así que ahora, de pie contra la pared y esperando la intrusión en el área prohibida, en la brecha intacta, tenía miedo. Miedo a lo desconocido, me sentía insegura. Pero Rolf manifestaba interés en él. Me acarició el culo, apuntó con el dedo y me lo metió en el ano. Inmediatamente chillé involuntariamente y Rolf se enfadó:

    «No, Marion, ya te lo había dicho: no estás preparada».

    «¿Qué significa?» -Pregunté, continuando de pie en esa pose humillante en la que estaba antes. “¿Qué quieres decir con no estar preparada? Puedes cogerme como quieras. Estoy listo para cualquier cosa. Me entrego a ti de la manera que más te plazca.”

    Casi lloro del resentimiento.

    “De verdad, ¿qué más quieres? ¿Qué más puedo hacer?” agregué.

    “Marion, no me alcanza con follarte por el culo. Lo que quiero es disfrutarlo,” -dijo Rolf. “No te das cuenta: eres demasiado estrecha allí. Me será difícil penetrarte por el culo y entonces no conseguiré la ración completa de placer. Es bueno cuando una mujer tiene un pasaje anal angosto, pero es malo cuando es DEMASIADO angosto».

    Rolf me estaba dando un sermón de sexología anal, y yo todavía estaba de pie en una posición tan denigrante que inclusive hoy mi corazón se encoge cuando pienso en ello. Pero tenía tantas ganas de tener sexo que estaba dispuesta a soportar cualquier insulto de un hombre que finalmente pudiera satisfacerme.

    “Espera aquí, vuelvo enseguida.” Me dijo Rolf.

    Con estas palabras, desapareció. La puerta detrás de mí crujió. Miré a mi alrededor con miedo. Pero no había nadie allí.

    Después de unos minutos: pasos. Volvió Rolf.

    “¡Vamos!”

    Me tomó de la mano y volvimos al salón común. Habían corrido los pocos muebles que allí estaban. En el centro colocaron una estera y por encima de ella una manta fina.

    “Ponte ahí, Titi te va a preparar. ¡Boca abajo!” me dijo Rolf.

    “¿Quién es Titi?” pregunté.

    Nadie me respondió. Permanecí de rodillas con mis manos apoyadas en el piso. Posición «del perrito» para ser más gráfica. Mi parte inferior descubierta, mis esbeltas piernas en medias blancas bien separadas. Escuché pasos detrás de mí.

    Miré a mi alrededor, todos en sus cabinas conversando y bebiendo sin quitar los ojos de mí. Y vi con horror justo detrás de mí a ese enorme hombre negro que tanto me había asustado un rato antes. Sobre la estera cubierta por una manta solo estábamos él y yo. Su apariencia era aterradora; una hermosa mujer blanca estaba en sus manos. Me miró por unos segundos, contemplando mi cuerpo desnudo. Chasqueó la lengua y con un movimiento expuso su órgano masculino. Fue la cosa más aterradora que he visto. Enorme, negra, con una red de venas hinchadas, era una vista horripilante. Rolf estaba sentado, fumando, alejado de la acción, pero sin dejar de observar. No hay necesidad de explicar el horror de mi situación. Tú mismo puedes imaginar lo que puede sentir una mujer cuando se encuentra desnuda sin bragas, e incluso con lencería seductora, frente a un gorila con ojos inyectados en sangre y alrededor de 10 hombres mirando. Esta bestia cargó contra mí sin una palabra. Grité indefensa, pero en ese mismo momento pasó un brazo por mi cintura y me dobló por la mitad. Todo lo que me podía hacer era descansar mis manos contra el desparejo piso de piedra y cemento. El hombre negro me tiraba constantemente para atrás y podía perder el equilibrio en cualquier momento.

    Su pene comenzó a penetrarme por el culo… Grité… Una enorme vara, como un garrote, invadió mi pequeño pasaje anal. Tuve que abrir mis piernas lo más que pude, pero eso no ayudó. Perdí el equilibrio y me lastimé en el codo. Pero al negro no le importó ni en lo más mínimo. Su vara entraba más y más, no sentí el final de la misma. Parecía que me partiría por la mitad, que ahora se enterraría en mi corazón y dejaría de latir… Pero nada de esto sucedió. Sentí sus huevos tocar mi trasero, y me di cuenta de que el miembro entró en totalmente.

    En ese momento dos (o tres o cuatro, no los conté ni tenía conciencia para hacerlo) de los presentes se acercaron a mi con sus penes erectos, con la evidente intención de introducir sus negras pollas en mi boca. Se oyó la firme voz de Rolf hablándoles en su dialecto para que se retiren. Por el movimiento de su brazo y la forma de reprimirlos les daba a entender de que solo Titi tenía autorización para follarme.

    Después de eso, el hombre, o mejor dicho, el animal enojado, comenzó a ejecutar fricciones. No podía moverme. Simplemente sentí una máquina enorme yendo y viniendo dentro de mí, atormentándome por dentro. El negro moqueaba por detrás, a veces me ponía el pie en la espalda para que me agachara mejor. Obedientemente me mantenía en cuclillas con mis manos en el suelo sosteniendo mi cuerpo y a veces doblaba los brazos y apoyaba mi frente en el piso. Así soporté con lo último de mis fuerzas las embestidas gradualmente más arrolladoras y agudas. No entendí porqué me golpeó con su manota y volé boca abajo contra el piso, apenas tuve tiempo de apoyar las palmas de las manos. ¡Rolf ni se inmutó! Luego salió de mí y me arriesgué a sostenerme sobre él. Poco a poco me acostumbré a este modelo de coito. Un minuto después sentí algo de alivio, después de otros dos minutos, me sentí complacida con un orgasmo espectacular… Yo misma no podía creer lo que había sucedido. Pero a medida que me «limaba» me volví más móvil. Comencé a responder con movimientos de mi parte trasera. Yo misma movía mis nalgas empalada en su enorme garrote. Ahora ya no me sentía desgarrada, por el contrario, me empezaba a parecer que era muy agradable y excitante.

    A pesar de mi compleja situación emocional, en la que por momentos perdía la noción de donde estaba, pude notar que durante todo el espectáculo que ofrecimos Titi y yo, los presentes jamás dejaron de conversar en voz alta, la música estuvo siempre presente, pero las miradas permanentemente convergían en mí.

    Finalmente, cuando pasó el minuto cinco, o tal vez el décimo, no recuerdo cuánto duró todo, comencé a “calentarme”. A riesgo de magullarme la cara, saqué una mano del piso y la bajé hasta mi pobre vagina, que hoy quiso tanto, que tanto esperó y que recibió tan poco… Tomé mi clítoris con mis propios dedos y comencé a estimularlo. Necesitaba tan poco que muy pronto sentí la proximidad del orgasmo. Alcancé el clímax moviendo mis pies como una potranca joven, sacudiendo mi cabeza. El negro de atrás no prestó atención a esto y continuó picoteándome. Pero todos tienen un límite, así que después de un rato se vació en mi recto. Pensé que me inundaría y saldría por mi garganta… Tanto semen se derramó en mí que incluso algunas gotas cayeron al suelo y a mis pies. El negro salió de mí y, abrochándose los pantalones y sin mirarme, salió de la habitación. En ese momento Rolf se acercó a mí. Sonreía. Me miró con satisfacción. Por supuesto, le gustó lo que vio. Yo me veía realmente patética.

    Me puse de pie, incapaz de mover mis piernas, agarrando mi entrepierna con una mano y mi trasero desgarrado con la otra. Mi cabello estaba despeinado y pegado a mi frente. Estaba todo sudorosa, goteaban gotas de mi frente… Mis ojos vagaban y estaba completamente fuera de mi mente.

    «¿Qué hiciste?» Gemí. «¿Cómo pudiste?»

    “¿Qué quieres?” -preguntó Rolf. “¿No entiendes que era necesario?»

    “¿Que es necesario?» Casi sollocé en voz alta. “¿Era necesario entregarme a este monstruo del Lago Ness? ¿Querías que me hiciera esto? ¿Y delante de toda esa gente?”

    Sollocé. Ya no podía mantener la calma.

    “Mira en lo que me convirtió. Me entregué a ti y te pedí que me poseyeras. Pero no quería tener sexo con ese gorila en absoluto. ¡Y mucho menos frente a todos esos gorilas!»

    Rolf se acercó a mí y me dio unas palmaditas en la mejilla. En el camino, secó otra lágrima de mi mejilla.

    «Marion, ¿cómo no puedes entender…? Después de todo, este hombre negro era absolutamente necesario para ti. Y para mí también, pero para ti, primero que nada. Cuando te probé con el dedo, inmediatamente me di cuenta de que, por alguna razón, te privaron del principal placer del sexo: el coito anal. Y eso es increíble, ¿verdad? Tenía que hacer algo decisivo para finalmente librarte de esa deficiencia. Un ano estrecho en una mujer es una clara desventaja. Le impide satisfacer a un hombre, brindándole placer y evita que ella también lo disfrute. ¿Estás de acuerdo conmigo ahora?»

    Negué con la cabeza. No podía estar de acuerdo en que era necesario y causarme tal humillación e infligirme tal insulto, entregándome a un hombre negro enojado… Lo que experimenté , frente a él, nunca lo podré olvidar. Pero Rolf no estaba en absoluto avergonzado. Me miró alegremente y dijo:

    «Es difícil discutir contigo. Después de todo, vi todo perfectamente: cómo te excitaste y llevaste tu mano a tu coño para luego tener un orgasmo. Mira todo eso que está fluyendo por tus muslos».

    Miré y me horroricé. De hecho, mis fluidos corrían por mis piernas, delatándome. Éste es el caso en que una mujer por orgullo no puede ocultar el placer experimentado. Y yo, por supuesto, lo experimenté. Sobreviví a costa de la humillación y de la pérdida de autoestima.

    «Ahora, creo que estás lo suficientemente lista para darme verdadero placer», dijo Rolf.

    Salimos de la habitación. En la puerta me encontré con la mirada bien satisfecha del hombre negro que fue mi dueño un rato atrás, bajé la vista… Subimos al auto de Rolf, que estaba parado cerca, y dirigió hasta su casa. Yo no estaba pensando bien, «¿Qué estoy haciendo?» El sentimiento de insatisfacción todavía estaba presente en mí. Ya en su casa entramos a su habitación donde había una cama grande, Rolf se quitó la ropa y dijo:

    «Necesitas lavarte. No hay agua corriente aquí, así que usa la jarra que está en la esquina. Cálmate».

    Sin atreverme a decir nada, me acerqué a la jarra y comencé, recogiendo agua con la mano, a lavarme frente a sus ojos. Ésta también era una prueba segura, pero ya no tenía sentido objetar más. Si hace media hora Rolf tuvo la oportunidad de ver a un hombre poseerme y eyacular en mi culo, ahora pretender que no me vea lavarme sería simplemente una estupidez. Tenía tanto semen acumulado en mí que me llevó mucho tiempo lavarme. Del ano, estirado y dolorido, seguía saliendo esperma. Mis propias secreciones seguían saliendo de la vagina, que allí se habían acumulado durante mis orgasmos. Rolf se acostó en silencio en la cama y esperó a que me pusiera en un estado cómodo para él. Cuando hice lo mejor que pude, fui a la cama y Rolf me acercó a su lado. Finalmente sucedió. Me acosté y sentí su calor y su fuerza tan esperados por todo mi cuerpo. Me puso en cuatro patas y sin preámbulos se apoderó de mí, obligándome a gritar y a llorar de nuevo. Grité y lloré, brindándole así un placer especial, pero al mismo tiempo experimenté sentimientos agradables. Me complació que ahora estaba tan dilatada para poder brindar verdadero placer a un hombre con mi trasero. Me convertí en un apéndice de este hombre, todos mis sentimientos estaban dirigidos solo a él, solo para servirlo lo mejor posible. Al principio me puso en cuatro patas, luego me puso encima de él y cabalgué sobre él como una experimentada jinete. Todo lo que hice esa noche en la casa de Rolf, en su amplia cama, fue obedeciendo a sus deseos…

    Cuando por fin se secó y me satisfizo por completo, me atreví a preguntarle qué significaban todos los actos a los que me sometía. Rolf se rió.

    «Marion, ¿todavía no entiendes? Qué ingenuas sois todas allá en Europa. Por supuesto, no eres la primera mujer blanca que llega a Mumbo Yumbo. Sucede periódicamente. Y yo, después de todo, soy el único hombre blanco en esta ciudad. La vida aquí no es tan fácil y ni placentera. Debo tener alguna recompensa por quedarme aquí. Ustedes, hermosas extrañas, son mi recompensa. Tal vez si viviera en algún lugar como Londres o París, tendría otros intereses, pero aquí…, aquí solo tengo un entretenimiento: coger a todas las jóvenes hermosas que vienen. Y debo decirte con orgullo que ninguna se ha ido de aquí sin probar mi polla. Todas se van, como tú, llevándose en sus culos los recuerdos de mi arma.”

    “¿Y si vienen con sus maridos o parejas?” pregunté.

    “Por favor, Marion. Acá tenemos «elementos» suficientes para hacer dormir a un hombre por 12 horas y hasta 24 horas si nos proponemos. Y mientras el marido está durmiendo placenteramente me follo a mi antojo a su mujer. Incluso hace algunos meses usé esa «técnica» con un diplomático europeo, hermosa su mujer, de unos 50 años, pero me hizo la mejor mamada de toda mi vida.”

    “¿Los corresponsales de mi diario son los que te proporcionan estos placeres femeninos?” pregunté.

    “Bueno, sí. Ellos me avisan cuando hay alguna puta europea en la capital”

    “Los voy a denunciar a las autoridades de nuestro diario y cuando llegue a la capital me van a escuchar… ¡Sinvergüenzas!”

    “Ni se te ocurra hacer eso. Están vinculados al gobierno. Pasarías a engrosar el número de europeos desaparecidos… ¡Cuidado Marion!”

    “Ya veo como son las cosas…” dije.

    “¿Sabes algo? Para putas como tú, guardo en la caja del burdel donde estuvimos, un traje de mujer. Lo encargué específicamente para este propósito, es de Francia. Lo apreciaste, es realmente muy seductor. Las chicas hermosas se lo ponen antes de que yo las folle… En tu caso, realmente necesitabas un asistente que te taladrara el culo para usarlo mejor. Esto no se requiere muy a menudo, muchas mujeres ya tienen sus traseros estirados. Pero para ocasiones como la tuya, tengo un viejo compinche: Titi. Es un verdadero idiota ambulante. Todo lo que hace es follar a sus tres esposas y deambular por Mumbo Yumbo en busca de alguna para follar. Así que le da mucho placer cuando le doy la oportunidad de follar con una hermosa mujer blanca. Y completamente gratis, importante para los residentes locales. Pero ahora me has servido bien y puedes irte al hotel», terminó Rolf, bostezando.

    “¿No me acompañas?”

    “No, quiero dormir. ¡Vete!”

    “¿Te puedo dar un beso?”

    “No, no no. ¡Vete! ¡Vete! Me molestas”

    Salí corriendo de su casa, ni viva ni muerta por el desdén que me infligió. Llegué al hotel e inmediatamente me metí en la cama y me quedé dormida. Al día siguiente me despertó un chico que me entregó un paquete de Rolf con mi ropa; me quité el traje de noche que ahora Rolf guardará para la próxima mujer, que, como yo, se entregará a él. El mismo día conseguí un vuelo privado a la capital del país. Nunca más volví a ver a Rolf.

    Ahora, cuando algún amante casual intenta penetrar mi ano, -riéndome de mí misma- me opongo firmemente; el amante se desiste y se disculpa.

    Y sí, que se disculpe. Mi ano casi desgarrado es solo para hombres de verdad. Y aquí no hay nada que los elegantes hombres de negocios de Berlín puedan hacer… Por las noches, a veces pienso en Rolf y en todo lo que me hizo. Quedo sofocada por el resentimiento, la humillación y los insultos que he experimentado. No permitiré que nadie me vuelva a hacer esto. Sin embargo, a veces recuerdo esa bochornosa noche africana que me abrasó con el fuego de la pasión exótica.

    FIN

  • Algunos, con un piropo, abren piernas

    Algunos, con un piropo, abren piernas

    Los domingos damos rienda suelta a nuestros deseos de vagancia. Desayunamos en la cama y, al amparo del buen descanso y ausencia de compromisos, Elisa, mi señora que cumplió treinta y yo cuarentón, preparamos concienzuda y tranquilamente algún polvo de antología. Las pausadas caricias con leves aceleraciones, el deleitoso saboreo de su jugosa conchita, la sensación maravillosa de esa boca envolviéndome la pija, y la explosiva culminación, eyaculando en el fondo de su vagina que me exprime rítmicamente, es el mejor inicio de la jornada.

    Este domingo no hubo intimidad pues mi esposa me dijo sentirse algo indispuesta, algo normal que ya había sucedido ocasionalmente en el pasado. Es irrazonable pensar que las personas siempre deben tener la misma disposición. Salimos a comer, luego siesta, algún entretenimiento deportivo por televisión y comida liviana a la noche. Durante todo el día la sentí como ausente, o con alguna incomodidad y lo atribuí a su próxima menstruación. Sentados a la mesa se desató el sismo con epicentro en la copa de buen vino que estaba paladeando.

    – “Jacinto, lamento decírtelo, pero me he enamorado de otro hombre”.

    Me costó volver a mis cabales después del sorpresivo y demoledor golpe.

    – “Y cuanto hace que llevo cuernos?”

    – “Ni siquiera un segundo porque nunca te engañé”.

    – “¡Y a qué viene esta declaración!”

    – “Casualmente a que no te quiero engañar, nunca te mentí y no voy a empezar ahora. Te aprecio y te respeto, y por lealtad es que te cuento que mi corazón está con otro. No me ha tocado, de él solo he recibido piropos pero sé que cuando se me insinúe no opondré resistencia”

    – “Bien, por supuesto no voy a compartir cama con vos, así que mudate a la otra habitación. Ahora déjame solo”

    A la segunda copa llena paré, sabiendo que el alcohol no calma el dolor profundo del corazón y solamente embota los sentidos nublando el entendimiento. En una de las pasadas llevando sus cosas se acercó.

    – “Perdoname, lamento haber tenido que decirte algo así”

    – “Por supuesto que me duele como la gran puta, pero te agradezco la sinceridad. En los hechos te libero del deber de fidelidad, pero el primer día que tengamos tiempo iniciaremos el trámite de divorcio. Hasta tanto consigas dónde vivir podés quedarte aquí. Voy a esforzarme en no ser grosero o descortés pero te ruego que entiendas cómo que me siento y por eso mi contacto con vos será el mínimo indispensable”.

    En mis cuarenta años de vida nunca me había sentido tan mal. Mi matrimonio con Elisa había durado una década, yéndose al carajo de manera súbita y sin posibilidad de retorno, pues el argumento esgrimido era irrebatible, cumpliendo el conocido dicho «El corazón tiene razones que la razón no entiende».

    A media mañana del día siguiente llamé a mi patrona.

    – “Buen día señora Clara, lamento molestarla pero necesito hablar con usted algunos minutos”.

    – “Hola Jacinto, que vos me hables es algo raro, dónde estás?”

    – “En el jardín, al lado de la entrada”.

    – “No te muevas de ahí que ya voy”.

    Clara y Juan son los esposos para quienes trabajo. Me inicié en esta tarea siendo chofer del patrón mientras mis padres, además de caseros, eran cocinera y jardinero. La jubilación de papá, mamá y don Juan fue casi simultánea por lo cual mi responsabilidad de conducir el auto se transformó en algo esporádico y pasé a reemplazar a mis progenitores. Ahora soy casero y jardinero, y ocasionalmente manejo.

    – “Tenés mala cara, contame qué te pasa”.

    Mi pretensión no era tomarla de paño de lágrimas así que, después de relatar lo sucedido, le pedí la ayuda que necesitaba.

    – “Como podrá imaginar no pienso demorar la separación un minuto más de lo imprescindible y por eso la molesto. Quisiera que me oriente sobre algún abogado que nos pueda hacer el trámite de divorcio”.

    – “Y pensás que no hay posibilidad de recomponer la relación, dándose ambos un tiempo?”

    – “Ni loco aceptaría pasar un lapso en constante zozobra esperando el milagro, pues recomponer un vínculo que no tenga rastros de la fractura solo puede ser algo milagroso. Y a eso hay que agregarle la angustia de ignorar la duración de la espera, sin tener en cuenta la refinada tortura de ver regularmente a la esposa regresar al hogar satisfecha de su contacto con otro”.

    – “Por favor, no te vayas, simplemente voy a hacer una llamada telefónica al estudio que atiende desde hace veinte años los temas judiciales de la empresa de mi esposo, y que tranquilamente podés escuchar”.

    – “No quisiera molestarla”.

    – “Te aseguro que no es molestia. Hola Guillermo, te interrumpo un minuto, necesito que me envíes a alguien que entienda de divorcios indicándome cuándo debo esperarlo”.

    – “…”.

    – “Sabía que podía contar con vos, muchas gracias”.

    – “Señora, no sé cómo agradecerle”

    – “Jacinto, escuchá bien lo que te voy a decir. La lealtad de años de tus padres y tuya no tiene precio, lo que estoy haciendo es simplemente un modesto reconocimiento. Te avisaré cuándo debés estar disponible para hablar con el abogado. Ese estudio jurídico ha ganado mucha, pero muchísima plata con nosotros, así que este asunto no tendrá ningún costo para vos. Arriba el ánimo y no vaciles en pedirme lo que necesites”.

    Pasado el primer fin de semana desde el anuncio de mierda, vi que era necesario agregar algunas reglas buscando una convivencia aceptablemente tranquila. Ella ya no era la esposa con las responsabilidades hogareñas de antes, ni sujeta a los horarios otrora habituales; por ejemplo su regreso del trabajo se producía a diferentes horas, salidas nocturnas viernes y sábado, descanso más prolongado durante la mañana del domingo, etc. La tarde del último día feriado, después de la siesta la llamé.

    – “Elisa, tenemos que hablar”.

    – “Te escucho”.

    – “Creo que debemos charlar y ponernos de acuerdo sobre algunos puntos para evitar incomodidades o reclamos que nada bueno van a aportar a la actual relación. Hoy, lo único que compartimos es techo; reconocer eso es lo primero, y sobre esa base movernos. En todo lo demás manda nuestra personal manera de ver, sentir y querer; si respetamos nuestras particularidades seguramente vamos a vivir sin dificultades. Me hago entender?”

    – “Aclará un poco”.

    – “Quizá lo haga mejor con ejemplos. A ambos nos gusta el café, lo que no implica compartir marca, granulado o sabor; y en ese caso cada uno consume lo que le gusta, en cantidad, horario, etc. Y así en todo, desayuno, almuerzo, cena, descanso, actividades fuera de la casa, y cuanto puedas imaginar. Ninguna obligación nos liga. Acerca de compartir vivienda, quiero que sepas que no es por un lapso indeterminado; tenés dos meses para dejar la casa. Voy a contratar una persona para tareas de limpieza tres veces por semana, luego de diré cuánto debés aportar para eso. Te parece bien o querés modificar algo”.

    – “Si se me plantea alguna duda seguramente será más adelante. Cuando suceda pregunto”.

    – “Perfecto”.

    Un domingo la oí llegar cuando amanecía, imaginándome que la farra había sido de larga duración, y como nada me requería seguí durmiendo hasta las nueve. Después de desayunar, yendo hasta la pieza que uso de pequeño taller, pasé frente al dormitorio que ahora usaba ella y al ver la puerta abierta, cosa rara, me ganó la curiosidad y miré hacia la cama donde estaba dormida, con el corpiño colocado y la sábana hasta la cintura. Haciendo un esfuerzo seguí de largo, pues detenerme a observarla solo incrementaría el dolor que sentía al saberla de otro.

    Como me había comprometido a preparar un asado para mis patrones y sus invitados en el quincho cercano a la pileta, teniendo en cuenta que ya eran las diez, fui nuevamente a la pieza de Elisa a dejarle un papel para que supiera que no almorzaría en casa. Al trasponer la entrada vi lo que nunca hubiera imaginado presenciar en la que, hasta hace poco, era mi mujer. El calor le había hecho correr la sábana mostrándose en bombacha y sostén asomando un pezón, que no estaba solo pues lo acompañaban dos oscuros moretones, cuyo color hacía juego con las ojeras que mostraba su cara y los dedos marcados en las nalgas. Desentonaban con el conjunto dos cosas, los pegotes en el pelo y el olor a alcohol que emanaba del cuerpo transpirado. Tan asqueado como dolido me fui después de dejar el mensaje.

    En la comida eran alrededor de veinte, seis matrimonios y sus respectivos hijos con algún amigo. Promediando la comida se acercaron la dueña de casa con otra señora, más joven y ciertamente bella.

    – “Jacinto, Lucía está asombrada con el orden y limpieza del sector de la parrilla por lo cual quiere conocerte”.

    – “Un gusto Jacinto”

    – “Un placer señora”.

    – “Ves aquel hombre de bigotes, algo pelado y un poco de panza?”

    – “El de camisa cuadriculada?”

    – “Exacto, ese es mi marido. Le salen bien las cosas a la parrilla, pero cuando termina nos quedan veinticuatro horas para encontrar lo que usó, limpiar y ordenar. Ahora nosotros estamos terminando de comer y es mínimo lo que te queda por limpiar y guardar. Cuál es el secreto?”

    – “Es sencillo, lo que usa está a mano ocupando el mínimo espacio, lo que dejó de usarse se lava y lo que está seco se guarda, sin intervalos ociosos”.

    – “Y cuando hacés el amor también seguís un orden?”

    – “¡Lucía, qué estás preguntando!”

    – “Amiga, no te enojés, es simple curiosidad”.

    – “Sí señora, en eso también sigo un orden”.

    – “Como respuesta inteligente y con humor está muy bien, pero no entiendo tu sonrisa”.

    – “No es broma, sigo el orden que me indica el placer que muestra la mujer que está conmigo”.

    – “Entonces tenés dos cosas para enseñarle a mi esposo. Voy a ver si acepta un curso acelerado”.

    Tiempo después, con conocimiento de mi patrona, me habló la señora Lucía, pidiéndome si el domingo siguiente podía hacer un asado para unas treinta y cinco personas que festejaban el cumpleaños de su esposo, por supuesto bien recompensado. Acepté encantado pues el trabajo era una buena terapia para el dolor que iba lentamente declinando, y le pedí ir el sábado a conocer las instalaciones, limpiar lo que fuera necesario y dejar la carne en la heladera ya lista para colocar en el asador. Aceptó y dispuso que dos empleadas suyas ayudaran según mis indicaciones.

    El día pactado hice lo previsto ayudado de Felisa y Carla, madre de mi edad y la hija en edad de votar. Ambas agraciadas, sencillas, sobrias y muy educadas, por lo cual fue fácil hacer buenas migas con ellas. Después de contarme algunos detalles de su vida, ciertamente laboriosa, me enteré que hacían estas tareas mermadas al descanso, porque querían comprar un celular para la menor. Ahí recordé que yo era periódico heredero de celulares. Cuando la señora Clara actualizaba el modelo, lo hacía yo también, pues el que era viejo para ella, para mí constituía algo nuevísimo que recibía. Poco hacía de la última renovación, por lo cual resolví llevárselos de regalo al día siguiente.

    El domingo, después de buena tarea, regresé a casa dejando muy satisfechos a los dueños de casa y, por ello con abundante paga, amén de haber podido proporcionar una alegría en mis compañeras de trabajo. El agradecimiento auténtico, sentido, de ambas mujeres que por turno me abrazaron, con las manos en movimiento acariciando la espalda y un beso en la mejilla, fueron una endovenosa de bálsamo, directa al corazón haciendo desaparecer melancolía, tristeza y dolor subsistentes desde aquel indeseable anuncio.

    El dolor me hace tener conciencia de la cronología; seis meses llevo sin esposa y cuatro solo en casa. Estaba en esas cavilaciones cuando sonó el teléfono, era mi ex.

    – “Hola Elisa”.

    – “Hola Jacinto, estás en casa?”

    – “Sí, aquí estoy”.

    – “Puedo ir a verte?”

    – “Te espero”.

    Me llamó la atención su aspecto, nunca había tenido abundancia de carnes pero ahora estaba más delgada y con poco arreglo respecto de lo que me tenía acostumbrado. Sentados en los sillones individuales le ofrecí algo de tomar y solo aceptó agua fresca. Que estaba nerviosa, lo evidenciaba el temblor de las manos cuando no las tenía tomadas entre sí.

    – “Vos dirás”.

    Con la mirada fija en la mesa donde reposaba el vaso comenzó a hablar.

    – “Estoy muy mal, en unos días probablemente quede sin trabajo y sin lugar para vivir. No tengo a quien recurrir, salvo vos”.

    – “Por lo que contás, una situación bastante difícil. Y qué pensaste para salir de ella?”.

    La expresión de su cara ya era un anticipo de lo que iba a decirme.

    – “Tengo dos caminos, que vos me recibas hasta que pueda valerme por mí misma o trabajar de puta para mi novio”.

    – “Y pareciera que el sendero menos malo es volver a la que fue tu casa”.

    – “Es así, volver al lugar del que nunca debí salir. Querés que te relate qué me pasó?”.

    – “Quizá como un episodio curioso, porque lo importante y esencial ya lo sé”

    – “Y cómo podés saber si nada te conté?”

    – “Que estés acá, pidiéndome que te reciba, significa que tu enamoramiento fue un fracaso, y así perdiste algo muy bueno como es el trabajo que sustenta tus necesidades. El resto son complementos”.

    – “Tenés razón, pero en realidad perdí mucho más que el trabajo. Me metí con un tipo que solo me quería para su placer, y cuando pasó la novedad me compartía con sus amigos. Poco podía hacer para enfrentarlo, ya que es mi supervisor en el trabajo”.

    – “Cuando quieras podés regresar, naturalmente como las circunstancias son distintas también serán distintas las condiciones”.

    – “Y cuáles serían?

    – “Lo veo como un intercambio, yo cubro tus necesidades y vos las mías. Te doy techo, comida, lo necesario para tu higiene personal y una modesta suma de dinero, y a cambio te hacés cargo del orden y limpieza de la casa, realizar las compras y preparar desayuno, almuerzo y cena de lunes a mediodía del sábado. Tarde de ese día y domingo, libre. Además, de vez en cuando servirme de hembra en la cama. Sobra decir que a nadie podés hacer entrar a la casa”.

    – “Por la forma de decirlo pareciera que no me has perdonado el haberme ido hace unos meses”.

    – “Es una suposición equivocada. Nada tengo que perdonarte, pues al decirme lo que sentías fuiste sincera, leal y valiente; que para mí fuera algo traumático es otra cosa”.

    – “Igualmente suenan frías, impersonales, semejan una transacción comercial”.

    – “Y así es en cierto modo, antes eras la señora de la casa porque mi amor te daba ese lugar; pero el amor ha desaparecido cediendo su lugar a la conveniencia, y eso es lo único que vale en este momento”.

    – “Yo no quería lastimarte”.

    – “Eso lo sé, el dolor, la angustia, la tristeza fueron un efecto secundario, un daño colateral no buscado ni deseado, pero estuvieron, y todavía no se han extinguido aunque sean muchos menores”.

    Así establecimos un acuerdo de rutinario cumplimiento, comidas sanas y en horario, casa limpia y ordenada, y convivencia cordial y respetuosa. Lógicamente manteniendo cierta distancia, algo particularmente presente al compartir la mesa, donde la conversación era escasa y superficial, pues nos unía un vínculo muy débil. En uno de esos almuerzos me sorprendió con una pregunta que se salía de los temas habituales.

    – “Tenés otra mujer?”

    Estaba por contestarle mal cuando tomé conciencia de que no valía la pena arruinar el momento.

    – “Por ahora no, pero pienso que pronto conseguiré una. A qué viene la pregunta?

    – “Es que hace más de un mes que estoy viviendo aquí y todavía no me dijiste de compartir tu cama, que es parte del convenio que tenemos”.

    – “Es verdad, esa parte del acuerdo no te la pedí. Pasa que después de haberlo incluido me di cuenta que no me convenía”.

    – “No entiendo por qué, salvo que tengas otra persona que satisfaga esa necesidad”.

    – “Hay dos razones, y ambas pueden tener un efecto negativo para mí. Por un lado está que, teniendo esos momentos de intimidad durante cierto tiempo, vuelva a enamorarme de vos y exponerme al peligro de un nuevo dolor si tu corazón se orienta hacia otro. Por otro lado, como has tenido sexo con varios, de quienes sabés muy poco, es posible que te hayan pegado alguna venérea que yo no tengo ningún interés en contraer”.

    – “Estás siendo cruel conmigo”.

    – “Yo no, en este caso es cruel la verdad, pues simplemente trato de protegerme de dos peligros posibles que no son invento mío sino reales. Sin embargo, y ahora caigo en cuenta, hay una posibilidad de evitar los contratiempos y además quedar algo satisfecho”.

    – “Y de qué manera?”

    – “Cuando las ganas aprieten, te llamo para que me hagás una mamada. El contacto es más impersonal y por la saliva no hay contagios”.

    – “Creo que prefiero insultos y no esa frialdad teñida de desprecio”.

    Verla caminar hacia su dormitorio con lágrimas surcando las mejillas me dio pena, pero fue nada más que un instante, cuando se hizo presente en la memoria el tiempo de dolor ante el abandono. Durante un tiempo más mi actividad estuvo circunscripta al trabajo, algunos encuentros con viejos amigos, y mi nueva tarea de asador eficiente para amistades de mis patronos. Así profundicé mi amistad con Felisa y Carla pues el trabajo en casa de sus empleadores se dio varias veces.

    Un día, Elisa me anuncia que iba a regresar la casa de sus padres porque en ese pueblo le iba a ser más fácil conseguir trabajo recurriendo a algunas amistades. Sin pedir otras explicaciones le dije que le deseaba buena suerte, y cuando le tocó partir la acompañé hasta la puerta, ahí se dio vuelta.

    – “No me vas a dar un beso?”

    – “Con certeza que no, el recuerdo que quiero conservar es aquel, cuando al besarte, estaba demostrando un amor inmenso que era correspondido. Ahora sos poco menos que una extraña”.

    Estando solo en casa pensé en invitarlas a mis compañeras de trabajo a almorzar un domingo. Se presentaron cambiadas respecto de lo usual en los días laborales, la madre con un vestido suelto a media pierna y delgado que permitía vislumbrar su silueta nada despreciable para una mujer con un parto y dedicada a trabajar un día sí y otro también. La hija con un overol de tiras que llegaba a mitad del muslo bastante holgado y una camiseta cuello redondo que no cubría el ombligo.

    Después de alabar el buen gusto en el vestir les mostré la casa y estuvimos charlando y tomando algo fresco hasta la llegada de la comida comprada, que caliente, la traía un cadete. Al ver la vivienda Felisa comentó que la que ellas alquilaban era menos de la mitad de la que yo ocupaba. Pasamos un buen momento y al término de la comida les ofrecí mi cama por si ambas deseaban hacer una siesta mientras yo veía un partido. La madre aceptó pues era su costumbre placentera para el único día que tenía, completamente libre, durante la semana, así que le indiqué la habitación cerrando las ventanas para mayor comodidad.

    Carla prefirió quedarse conmigo y vino a mi lado, cuando al rato, fui a la cocina para renovar el contenido de los vasos. Apoyado en la mesada le pregunté qué deseaba tomar, y ese fue el momento en que se acercó rodeando mi cuello con sus brazos.

    – “Hace tiempo que deseaba agradecerte debidamente el celular que me regalaste”.

    Y unió sus labios a los míos, para luego cubrirlos, abrirlos con su lengua y pegarse totalmente, con fuerte presión en la pelvis. La sorpresa inicial fue rápidamente diluida por las sensaciones, el deseo y la prolongada ausencia de un natural desahogo haciendo que mi miembro pasara a ser pija y luego verga, convenientemente frotado por la entrepierna de la niña que se movía en subibaja recorriendo el tronco a través de la ropa.

    Mientras mis labios y lengua respondían a los frenéticos estímulos de la dulce criatura, bajé las manos para introducirlas por la holgada cintura y capturar las nalgas, delgadas pero apetitosas, ayudando en el movimiento de frotación. Luego la di vuelta para acariciar la entrepierna por debajo de la bombacha. Al llegar a la divisoria de los labios me recibió un abundante caudal de flujo que distribuí pacientemente desde el clítoris al ano.

    Hasta ese momento me había privado de quitarle alguna prenda por la cercana presencia de la madre, pero su primer orgasmo con solo caricias tiró por tierra mis precauciones. La hice desprenderse de pantalón y bombacha, sentarse sobre la mesada y sumergirme a devorar esa hendidura de la cual seguía surgiendo una manantial de jugo delicioso.

    Nada me costó hacerla acabar de nuevo. Apenas repuesta de esa nueva tensión y, sabiendo que el día anterior había dejado de menstruar puse sus talones en mis hombros y, mirándola a los ojos empujé para ocupar el canal vaginal.

    – “¡Papito querido cómo me entró! Sacala despacito y después entrala de golpe, así mi amor, así fuerte”.

    – “Bajá la voz que tu mamá está a unos metros”.

    – “No te preocupés, igual se va a enterar, comeme la boca para que me calle, pero seguí como si quisieras traspasarme, llename de leche mi vida”.

    Con tres súbitas explosiones quedé acabado, abrazado a ella buscando normalizar la respiración. Por suerte esta deliciosa mujercita alcanzó su tercera corrida junto a mi último espasmo. En la despedida creo que fingimos bien, aunque no estoy seguro.

    Al día siguiente me llamó Felisa diciéndome que quería hablar conmigo a lo que le respondí que encantado si me indicaba lugar y hora. Nos reunimos en las inmediaciones de la casa de sus empleadores y la invité a tomar algo fresco en una confitería cercana donde pedimos dos gaseosas dando comienzo a la charla.

    – “Pienso que alguna idea tenés sobre lo que quiero hablar”.

    – “Imagino que será sobre Carla”

    – “Tal cual. Entre ella y yo, respetando la intimidad personal, no hay secretos. Me dijo que ayer tuvo sexo con vos, más aún, reconoció que te sedujo sin que hubieras hecho algo en esa dirección y, como si eso fuera poco, confesó estar feliz”.

    – “Es verdad, y yo comparto esa felicidad inmerecida”

    – “La forma en que te mira, la cercanía que manifiesta, y lo que dice de vos, me hicieron pensar que más temprano que tarde iba a suceder lo que sucedió. Decirte que la cuides, que la respetes, es ocioso porque te conozco. Solo te ruego que no la preñes”.

    – “Eso dalo por seguro”.

    – “Te voy a contar algo que explica mi temor. Quedé embarazada de Carla casi a la misma edad que ella tiene ahora. Cuando constaté que mi novio era un malandra lo dejé, recibiendo en mi casa solo reproches. Entonces me hice el propósito de abrirme camino sola en cuanto pudiera. Durante algunos años la inestabilidad sumada a la inexperiencia hicieron que la felicidad me fuera esquiva y alguno se aprovechó de eso. Volví a tener una vida aceptable cuando empecé este trabajo que cubre nuestras necesidades básicas aunque vivamos al día. No quiero que mi hija querida pase por lo mismo”.

    – “Me atrevo a asegurar que soy incapaz de hacerle daño u ocasionarle algún perjuicio. He pensado mucho sobre esto y quiero que escuches mis conclusiones”.

    – “Soy toda oídos”.

    – “Es altamente probable que algún día Carla conozca un joven que le robe el corazón. A esa relación la apoyaré como un padre que desea la felicidad de la hija. Considero que ella tiene todo el derecho de encaminar libremente su vida sin condicionamientos, sin obstáculos. No se lo voy a decir porque puede sonar a desapego, a pensar que lo de ayer fue nada más que un desahogo”.

    – “Veo que no me equivoqué al recibirte como amigo”.

    – “Hay algo más que proponerte. Sería un placer inmenso compartir con ustedes mi casa, naturalmente con el conocimiento y aprobación de la señora Clara y don Juan. No creo que se opongan pues me aprecian, saben que la soledad es mala compañía y a ustedes las conocen bien. Rogándote que acepten, te avisaré en cuanto tenga la autorización y de paso ahorran el alquiler que, como todo alquiler, es tirar la plata. Además desde casa tenés bastante menos en tiempo de transporte”.

    – “No puedo creer lo que has dicho, por supuesto que acepto encantada, y estoy convencida mi hija lo estará más que yo. Puedo conocer el sabor de tus labios?”

    Mi respuesta fue secarle las lágrimas que bajaban, acariciarle una mejilla y arrimarme para darle un beso. Después nos despedimos con un abrazo.

    Y sucedió lo previsto, mis patrones se alegraron de la buena compañía que iba a tener, por lo cual le avisé a Felisa para que acordáramos ir trasladando las cosas de a poco y así unos días antes de cumplirse el mes pagado, pudieran con poco equipaje completar la mudanza.

    Para tener adecuada comodidad compré otra cama de una plaza para que ellas compartieran la pieza pues la casa tiene solo dos dormitorios y así armoniosamente comenzamos una nueva etapa complementándonos bien, tanto en el hogar cuanto en el trabajo especialmente con oportunidad de celebraciones familiares

    La convivencia fue aceptable, mejorando rápidamente a medida pulíamos detalles. Periódicamente teníamos nuestros escarceos amorosos con Carla, tratando que las demostraciones de placer llegaran mínimamente a Felisa. Una noche, en que la criatura vino a visitarme, me comentó.

    – “Sabés que me dijo la bruja de mi madre, cuando vio que venía para acá?”

    – “Ni idea”.

    – “Me largó muy suelta de cuerpo «No grités mucho pero, por si acaso, cerrá la puerta de la habitación al salir»”.

    Mi risa fue la respuesta. Y así pasábamos los días en un ambiente agradable y alegre.

    Una noche miraba fútbol acostado, esperando el sueño, cuando en el marco de la puerta aparece Felisa vestida con un camisón largo y delgado que permitía distinguir su silueta.

    – “Puedo pasar?”

    – “Naturalmente, encantado por tu visita”.

    – “Me manda Carla a decirte que no va a venir porque seguro está ovulando. Si te parece bien puedo yo acompañarte”.

    – “Solo si, al entrar, apoyás la cabeza en el hueco de mi hombro”.

    Su respuesta fue correr la sábana y ocupar el lugar indicado. Ya ubicada me contó.

    – “Sabés qué me dijo esa mocosa atrevida? «No grités mucho pero, por si acaso, cerrá la puerta de la habitación al salir»”.

    – “Y gritás abundante con voz fuerte?”

    – “No lo sé. Ha pasado mucho tiempo y yo fui cambiando con la edad. Quizá vos puedas develar la incógnita”.

    – “Estás cómoda, así a mi lado y abrazada?”

    – “Y por qué la pregunta”.

    – “Porque lo que menos quiero hacer es incomodarte, o que tengas que tolerar algo por cierta obligación, compromiso o presión. De ser así mi placer sería nulo y no como el que siento ahora».

    – “Aceptarías un pedido mío?”

    – “Sin dudar”.

    – “Bien, te pido que no abras la boca, para contestar nové la cabeza, nada más. Estás de acuerdo?”

    Afirmación con cabeceo

    – “Comencemos, dame la mano, toca los pezones erguidos, ahora bajemos a mi conchita; sentís que estoy empapada? Quiero, deseo, estoy loca de ganas que me hagas tuya, que me dejés la panza llena de leche, ansío desfallecer de placer en tus brazos. Te das cuenta que no lo hago por obligación?”

    Afirmación con cabeceo.

    – “Ahora te la voy a poner dura hasta que te duela. Vaya, parece que no hace falta, mantenete quieto mientras la ubico en la entrada pero con precaución, sea para cuidar ese mástil, sea para que me entre sin dolor. Lleva mucho tiempo en desuso. Vamos bien?”

    Afirmación con cabeceo

    – “Ya está mi amor, tengo la cabecita adentro, ahora clavame con furia”.

    Sin necesidad de palabras, la cadera pegó un salto hacia arriba satisfaciendo el pedido de ella, pero contradiciendo el pedido de la hija porque el grito salió estridente. Lo que siguió fue una maratón de dar y recibir, cambiar de postura, estrujar tetas, hombros mordidos, y dedos arañando nalgas y espaldas. Concluí con cuatro disparos de semen en el fondo de la vagina que, rítmicamente, me exprimía como pidiendo más.

    Por pedido suyo no me moví pues deseaba sentir cómo el miembro disminuía de volumen, mientras las caricias hacían su trabajo después de haber satisfecho la urgencia instintiva.

    Difícil es prever el futuro cuando los factores que lo condicionan están fuera del control de uno, pero de todos modos tengo pensado obrar al revés de mi matrimonio anterior. Si la relación se mantiene estable y la convivencia es armoniosa, dentro de algunos años pienso pedirle a Felisa que nos casemos. Por el momento día tras día sembramos semillas de felicidad para que sean, más adelante, nuestro alimento.

    Dios dirá.

    Párrafo para mis pacientes y amables lectores. Pido disculpas por el excesivo tiempo trascurrido entre mi último relato y éste. De forma súbita y tajante se me cortó la inspiración, traba que se fue hace unos días de la misma manera que llegó, y por eso, con alegría, ahora retomo la comunicación. Quizá alguno me haya extrañado, les aseguro que yo, a ustedes, también. Reciban mi afectuoso saludo.

  • La puta de mi mujer

    La puta de mi mujer

    No podía dejar de pensar en ver a mi mujer con más de un tipo, ella siempre necesito ser bien cogida y cada día está más puta que nunca, eso hace que piense como puedo verla plena y temblando a gemidos, soy dueño de empresas y ella me viene a buscar con esos vestidos donde se le marcan las tetas y sabe bien que si ella esta sexy, yo enloquezco, me calienta que mueva ese culo hermoso por los pasillos de las oficinas, que la miren y deseen, ayer se sentó en la sala de esperas y desde el confortable sillón que está frente a los ventanales de las oficinas de personal, se podía ver que tenía ligas y no usaba bragas.

    Contraté hace poco a dos cadetes, pensando en que se la cojan en ese sillón, sé que ella la excita la idea de coger tipos que estén bajo mi mando, prepare todo para hoy, a ellos les dije que se queden para hacer unos inventarios y a ella le pedí que supervise esa tarea. La muy puta se vistió para la ocasión, pollera ajustada a las rodillas, medias, tacones, camisa de seda con muchos botones y un saco que no podía cerrarse por los pechos tan grandes que se dejan ver por la transparencia del lienzo de esa camisa que usa sin soutiens, se toca los pezones al solo efecto que se le paren y los tipos se les para la verga. Yo le dije que me no estaría y que ella haga lo que le gusta, sumando a ese comentario una sonrisa cómplice, mientras la abrazaba y metía mi mano en su concha húmeda, la conozco la tiene lubricada porque está pensando en coger.

    Yo me escondí, luego de que salude a los cadetes a la orden de que complazcan los pedidos de mi mujer, mande a poner un vidrio frente a esas oficinas donde yo puedo ver todo y nadie puede verme a mi, ella llega, ellos la miran y le dicen, venga señora su marido nos dio órdenes,

    Ella pone música y les dice que ama escuchar ópera mientras cuenta cosas, se saca el saco, se sienta frente a ellos, en ese sillón que está fuera de la oficina de personal y les dice empiecen y yo me voy a relajar, los cadetes trabajan y notan que ella se recuesta en el sillón y se desprende uno a uno los botones, no llega a sacarse la camisa, pero se puede ver uno de los pezones por el borde de la tela, para estas alturas veo que los pibes tiene la pija dura, se les nota, la miran se miran, la desea.

    Ella al compás de Carmen mueve los pie y se sube la pollera, se ven las medias, los portaligas y sin mediar palabra se empieza a masturbar, que linda puta que es, está preparada para cogerse esas pijas jóvenes y llenas de leche, uno de ellos se levanta y se dirige donde ella esta, la mira, ella lo toca sobre el pantalón y aparece una verga dura, venosa, gorda, ella abre la boca y su lengua empieza a lamer la punta, el otro cadete, sale y mira, no puede creer esto, él le dice mientras ve como mi mujer chupa pija sin parar, y yo que hago, ella saca la pija de la boca y le dice, veni chiquito que me entras dos sin ningún problema.

    No tardaron en estar en bolas los tres, yo sentado en mi escritorio sabía que ella no dudaba en pensar que yo la miraba, hacia todo lo que me vuelve loco, arrodillada chupaba las vergas al mismo tiempo, le entraban las dos, lamia los huevos, escupía y miraba el vidrio espejado donde yo estaba resguardado. Sacaba la lengua y ellos le refregaban las pijas por la cara, le tocaban las tetas y ella seguía mirando al vidrio.

    Uno se sienta y la da vuelta para cogerle la concha, el otro no tardo en meterle la pija en el culo, ella se chupaba los pezones y ellos la cogían sin parar, eran un solo cuerpo, la besaban la penetraban al mismo tiempo, en eso yo dejo caer un jarrón y ellos quedan quietos, salgo los miro y les digo, ni se les ocurra dejarla caliente, síganla cogiendo, ellos empiezan a cogerla más duro, ella grita y me dice, mírame hijo de puta, mírame bien perra, así, deciles lo que querés ver, y yo comienzo a decirles lo que deseo, le digo que la llenes de leche, y que la pongan en cuatro sobre el escritorio, me sumo y ella me chupa la pija, mientras la siguen cogiendo, ellos lamen y meten lengua, uno le saca la pija de la concha y se la chupa, le pido a los dos que se la chupen mientras yo le sigo cogiendo la boca, le aprieto las tetas y cojo esa garganta, se mea, acaba, grita, los baña en su néctar, y nuevamente la cogen, pero esta vez le meten las dos pijas en la concha, y yo voy por el orto, que hermosa triple que se está comiendo.

    Estamos por acabar y quiero ver como del culo sale leche, le pido a uno que la coja y voy a la boca, ellos dicen que se vienen el de la concha se acerca a la boca y ella chupa las dos vergas, le llenamos de leche, traga traga enloquecida, y el otro acaba en el culo y la sigue cogiendo, la leche chorrea por las pierna y ella sigue caliente, estos pendejos siguen con la verga como un palo, yo la beso, la limpio y me siento a ver como la siguen cogiendo…

  • La taxista

    La taxista

    La noche era tranquila, el cielo estaba despejado, con alguna que otra nube; la luz de las estrellas era opacada, por la contaminación lumínica de la ciudad; las calles estaban casi desiertas, por estar a altas horas de la noche; unos pocos vehículos circulaban por las calles, llevando a noctámbulos abordo; los locales nocturnos estaban abarrotados de personas divirtiéndose sin parar.

    El taxi estaba en buenas condiciones, carrocería pulida, sin abolladuras, llantas bien infladas, los faroles funcionando bien, todas sus calcomanías, he identificaciones en orden. Iba por la autopista, respetando los límites de velocidad. Trabajaba desde la tarde e iba a seguir en la noche; era un turno duro, pero se hacía buenas ganancias siempre que se moviese bien.

    El chófer del vehículo, era alguien fuera de lo convencional. Se trataba de una chica, de unos veinticinco años de edad, caucásica, atractiva, cabellera castaña clara, lisa, bien peinada y arreglada; tenía teñidos algunos mechones de rubio, para darle más brillo. Su rostro era hermoso, pero con un rasgo peculiar, su nariz, que era un poco más grande de lo habitual, desentonando con su cara. Curiosamente, aquel «rasgo imperfecto» no la hacía fea, sino que le daba un toque único. Sus ojos eran castaño claro, con un tono melancólico y hacían juego con su cabellera. Su testa estaba coronada, por un gorra de plato en buen estado, que decía «Taxi». Llevaba un maquillaje sencillo y moderado, que resaltaba su belleza sin exagerar.

    Manejaba por la autopista, mirando el camino con expresión neutra. Era como si estuviese en «piloto automático», aprovechaba ese momento para distraerse…

    Otra noche monótona aquí en el camino. Estas semanas han sido pesadas, aunque he tenido buen rendimiento…

    El taxi continuó por la autopista…

    Quisiera poder divertirme un poco, pasármela bien, pero no sé cómo hacerlo en este trajín de trabajo…

    Suspiró ligeramente y bajó la mirada. Sus ojos se posaron en el medidor de gasolina. Observó que tenía menos de la mitad de combustible, eso no era bueno si iba estar toda la noche…

    Ok, es hora de hacer una parada en la gasolinera…

    Afortunadamente, conocía una que quedaba cerca. Espero hasta llegar a la salida y la tomó. Entró en una zona de edificios de oficina y ahí encontró el lugar. Maniobró el auto para estacionarlo al lado de la bomba, apagó el vehículo y salió de este. Las luces de la estación la iluminaron. Caminó hacia el dispensador de gasolina, mientras la brisa, mecía ligeramente su cabello. Ahí se pudo ver con todo su esplendor.

    Usaba un uniforme que consistía en una gorra de plato, saco y corbata de color vinotinto oscuro; su saco estaba abotonado, su corbata bien puesta y en el lado izquierdo del saco, tenía el logo de la empresa; debajo del saco, había una camisa blanca, en buen estado; tenía pantaloncillos cortos de cuero negro, que hacían juego con mocasines del mismo material y color; sus piernas tenían medias pantis, de color beige claro.

    Todo su uniforme, estaba ligeramente ajustado, lo que resaltaba de más sus curvas. La gorra poseía una visera negra y estaba ligeramente inclinada de lado; aquel curioso detalle, le daba un cierto toque fino. Su hermosa cabellera sobre salía debajo de la gorra y cubría sus hombros por encima del uniforme.

    Aunque era poco curvilínea, eso no le restaba sensualidad. Caminaba, con soltura, seguridad y contorneándose disimuladamente. Su mirada estaba cargada de serenidad y superioridad. Divisó al encargado, un hombre joven con un uniforme sucio y se dirigió hacia él. Este apenas la vio, tuvo un ligero sobresalto que trató de disimular. Ella se dio cuenta de aquello, pero lo ignoró con gracia:

    –Buenas noches. –dijo el empleado mientras movía su gorra.

    –Buenas noches. –respondió sonriendo fríamente, mientras respondía con el mismo gesto. Luego pasó su tarjeta, comprando unos veinte litros. Metió el surtidor en el tanque y se apoyó en el auto a esperar. Tranquilamente, relajó todo su cuerpo, arqueando su espalda y posó su mirada al frente. Esperaba a que se llenara, haciendo cuenta de que él no existía:

    –Hmmm… rondas nocturnas, ¿no?… Aguarda una larga noche. –dijo el encargado que estaba a unos metros detrás de ella.

    –Ni que lo digas… –respondió fríamente sin voltear.

    Aprovechó que ella estaba de espaldas, para disimuladamente mirarla. Comenzó a explorar todo su cuerpo, mirándola con deseo. Observó su trasero, enfundado en sus pantaloncillos de cuero negro ajustados; no era muy voluptuosa, pero su ropa era provocativa y tenía actitud.

    –Bueno… por lo menos a estas horas casi no hay tráfico, así que las calles están tranquilas.

    –Así es… Es más cómodo…

    El empleado comenzó a fantasear con agarrarle el culo, acariciarlo, nalguearlo, entre otras cosas. También quería tomar su cabello, sobarlo y olerlo. Ella se mantuvo mirando al frente, completamente absorta. Lo que no sabía nuestro «estimado empleado», es que ella estaba al tanto de lo que haciendo.

    Ella sospechaba que la estaban mirándola con deseo, pero no estaba segura. Así que muy disimuladamente, ladeó su cabeza a la derecha, para mirar por el rabillo del ojo. Fue lo suficientemente sutil, para no ser notada y ratificó que se la estaban «comiéndosela con los ojos»…

    Lo sabía… Pensó, pero únicamente se limitó a reprimir la risa.

    –Oye, si vas a hacer guardia ahora en la noche, deberías de andar con cuidado… –dijo el empleado repentinamente.

    Aquello despertó su atención, tanto, que la sacó del pequeño «juego»:

    –Hmmm… ¿Por qué? –dijo girando la cabeza hacia él repentinamente.

    El empleado se estremeció, porque lo atraparon in fraganti, en un acto lascivo. Lo único que le quedó, fue bajar la mirada y hacer como si estuviese buscando algo. Ella reprimió de nuevo la risa y solo se mantuvo en espera de una respuesta:

    –Eeehh… Escuché que la policía esta intensa… Están poniendo multas y parando a la gente a lo loco. –dijo el encargado tratando de recomponerse.

    –Vaya… –reflexionó por un momento, olvidando el pequeño asunto entre ellos. –Gracias, andaré con cuidado…

    Él sonrió con seguridad, como si compartir esa información, le «diese puntos» con ella. Ella lo captó, pero definitivamente, no iba a «recibir puntos» con ella. Aunque si la animó a retomar el troleo que hacía con este.

    Para retomar su jugarreta, hizo lo siguiente: disimuladamente sacó un llavero que tenía. Lo levantó haciendo el ademán de que iba a verlo, cuando lo dejó caer al suelo. Hizo un ligero carraspeo fingiendo molestia, para luego inclinarse a recogerlo. Ella estaba de espaldas a él, así que cuando fue a recogerlo en vez de agacharse, se inclinó hacia adelante y su trasero quedó expuesto.

    Él quedó embelesado con ese trasero, enfundado en cuero negro. Ella se tomó su tiempo con una sonrisa maliciosa, porque era consciente del «espectáculo» que estaba dando. Recogió el llavero, se levantó con calma y fue cuando el dispensador se detuvo. Ella colocó el dispensador en su puesto, colocó la tapa del tanque y procedió a despedirse del encargado. En todo momento mantuvo su actitud fría, haciendo en cuenta que no había pasado nada:

    –Bueno, eso sería todo… –dijo. –gracias por el dato, buenas noches.

    –Bu… buenas noches. –respondió el empleado.

    Volvió a su taxi, lo encendió y salió de la gasolinera. Mientras conducía su rostro mostraba una sonrisa más marcada y con un cierto aire lascivo…

    ¿Se le habrá puesto dura?… Pensó.

    A ella le gustaba hacer esas jugarretas, sabía que algunos la deseaban y aprovechaba para trolearlos. Con una sonrisa alegre continuó manejando y fue cuando le asaltaron algunos pensamientos…

    Y hablando de eso, tengo bastante tiempo que estoy fuera de acción…

    Últimamente trabajaba mucho y no se daba tiempo para sí. Aquella picaresca jugarreta, le subió un poco su lívido, una clara señal de que necesitaba más «acción». Se visualizó teniendo sexo con él…

    Lástima que no me resultara atractivo… Analizándolo objetivamente, era feo y eso no la motivaba lo suficiente. Aunque si empezó a fantasear con sexo.

    Su lívido se acrecentó, su corazón se aceleró y sin darse cuenta se estaba acariciándose. Su mano izquierda soltó el volante y se posó en una de sus piernas. Sintió sus medias panties con la yema de sus dedos. Subió a su vientre y la pasó por encima de su uniforme. Su sonrisa se borró, pasando a una expresión disimuladamente lasciva. Su mente se llenó de imágenes sensuales, que contribuyeron a su excitación. Fue cuando vio la luz roja de un semáforo, reaccionó pisando el freno a poco de la vía peatonal…

    Dios, por poco pude haber tenido un accidente, tengo que controlarme más…

    Por suerte no había casi nadie y lo vio con tiempo. Tenía que tener cuidado, de ponerse a fantasear al volante…

    Creo que necesito divertirme y ya… Concluyó en el momento, mientras lanzaba un ligero suspiro de decepción.

    Se adentró por la ciudad escudriñando las calles, buscando a posibles clientes. Llegó a la zona de los locales nocturnos, ahí podía encontrarlos. Vio los grandes anuncios de neón y a los típicos noctámbulos fiesteros. Lo malo de aquí, es que existía la posibilidad que le tocase un ebrio y le había ocurrido antes. Bajó la velocidad, porque había muchos peatones en la calle.

    Llegó a un lugar que conocía bien, se trataba de una construcción; la construcción tenía varios meses y al frente había un edificio de oficinas que estaba cerrado. En consecuencia, la calle estaba desierta, porque nadie tenía necesidad de ir.

    Se disponía a aumentar un poco más la velocidad, cuando vio algo que le llamó la atención. Era una patrulla que estaba orillada, tenía las luces encendidas. Al acercarse más notó a un policía vigilando y con actitud desafiante. Le pareció extraño, que un policía se pusiese en ese lugar a vigilar. El oficial estaba erguido mostrándose imponente, su miraba se movía a todos lados escrutando el paisaje. Fue cuando posó su mirada en el auto de ella…

    ¿Qué hará aquí?… pensó.

    Cuando estuvo a un par de metros del oficial, este inmediatamente le hizo una seña de alto. Fue rápido, pero ella lo captó…

    –¡QUÉ! –exclamó de repente…

    Rebaso al oficial pero había recibido el mensaje, debía orillarse y pararse. Lo hizo de forma inmediata, bajó la velocidad, se orilló y se detuvo. En ese momento se quedó sentada sorprendida…

    ¿Por qué me mandó a pararme?… Se preguntó extrañada.

    Manejaba a la velocidad correcta, acorde a la zona en la que se encontraba, no tenía ningún farol dañado y siempre cumplía con las normas. Si llegaba a recibir alguna amonestación, esa iría directamente a su empresa y le metería en un problema. Se puso a pensar en alguna razón, por la que aquel policía haya decidido detenerla. Se quedó sentada pensativa ante la situación en la que se encontraba.

    Miró al espejo retrovisor y vio al oficial caminando hacia su vehículo. Las luces de la patrulla brillaban detrás de él formando su silueta. Tragó un poco de saliva, no estaba nerviosa, pero si un poco sorprendida. La silueta se fue haciendo más grande, mientras se acercaba más y más.

    El oficial apareció frente a su ventanilla y ella volteó para mirarlo. Debido a la tenue iluminación no pudo visualizarlo bien. Él se inclinó para verla bien, puso la mano enfrente con el puño cerrado y comenzó a moverlo de forma circular. Ella se quedó pensativa mientras veía aquello…

    ¿Qué está haciendo?… Se preguntó.

    El siguió haciendo aquel curioso movimiento con su mano. Ahí entendió a qué se refería, quería que bajase la ventanilla…

    Aaah… claro… Se sintió como una tonta.

    Giró la manivela y el vidrio bajó. Una ligera brisa entró por la ventanilla y dándole en el rostro. Pudo ver con más claridad al uniformado. Era de más de treinta años, bien conservado, fornido, un poco pasado de peso, llevaba el cabello casi rapé lo que le daba un aire militar; Tenía un rostro con facciones bien delineadas, hasta podría ser bien parecido, si no fuese porque tenía una nariz desproporcionadamente grande; aunado a eso estaba bien afeitado y tenía un bigote bien arreglado.

    El oficial la miraba con una expresión, serena, neutra, aunque también atenta y vigilante. Se podía ver que era un profesional, con amplia experiencia en esto. Ella se asomó en la ventanilla y él se irguió al ver que ya tenía su atención:

    –Buenas noches, ocurre algo… –dijo ella.

    –Buenas noches, licencia por favor…

    Ella se mostró con duda, pero fue a la guantera, sacó la documentación y se la mostró al oficial. Ella tenía todo en orden, así que estaba tranquila y confiada. El oficial tomó el documento y comenzó a revisarlo de manera detenida:

    –Hmm… Farmiga, eeehhh… ¿Tesa?

    –Taissa. –corrigió ella.

    El oficial siguió revisando con calma:

    –¿Ascendencia Italiana? –preguntó el oficial.

    –Ucraniana.

    El oficial continúo revisando la credencial. Ella distraídamente bajó la mirada, viendo involuntariamente el físico del oficial. Vio su pulcro uniforme de color negro, también sus pantalones que estaban algo ajustados y fue cuando vio algo inusual. Se trataba de su «paquete»…

    Son cosas mías o es «grande»…

    En verdad se veía como un bulto grande, probablemente el pantalón estaba muy ajustado. En ese momento reaccionó…

    Espera, ¿Qué haces?… Es el oficial que te detuvo, ¡despierta!…

    Se recompuso y se reprendió a sí misma por haberse distraído con eso. Ahora estaba lidiando con un oficial de la ley y no podía distraerse. El oficial siguió revisando la credencial para luego, decir:

    –Muy bien, señorita Taissa Farmiga, chofer de taxi, ahora por favor… páseme los papeles del vehículo.

    –¿Qué? –Ella no daba crédito a lo que escuchaba. –Pero, no entiendo… ¿cuál es el problema?

    –¿Qué fue lo que acabo de decirle? –Le increpó el oficial con suavidad pero firmeza, manteniendo su mirada fría y neutra sobre ella.

    –Pe… –iba a responder, pero ante la forma en que era increpaba, cedió. Fue a la guantera buscó el papel y se lo dio.

    El oficial serenamente, revisó el documento comparándolo con la credencial. Ella se acomodó mejor en el asiento, tuvo el presentimiento de que iba a estar otro rato…

    No puede ser, esto en verdad es ridículo, ¿Qué es lo que tanto busca?… Lo que falta es que me pida la partida de nacimiento…

    El oficial continuó revisando, para luego tranquilamente entregarle los documentos. Ella lo miró de forma discreta, pero luego bajó la mirada y vio su «paquete»…

    Bueno, se ve abultado… ¿lo tendrá grande?… Recuperó su cordura por un momento… No puedo creer que esté pensando en esto en este preciso instante.

    Ella levanto la mirada, cuando notó que el oficial no revisaba la documentación, sino que la miraba detenidamente. Se sobresaltó, tratando infructuosamente de disimularlo:

    –¿Está buscando algo? –dio él.

    –¿Perdón? –dijo ella nerviosa.

    –Veo que me estaba mirando el pantalón…

    –Eeehh… ¿pantalón? –dijo ella.

    –Es una mancha, ¿verdad? –el hizo a un lado la documentación, para luego mirar a su pantalón, justo en donde ella miraba. –No veo nada…

    Ella miró a otro lado, para tratar de desentenderse de la situación. Él se revisaba el pantalón, cuando de repente la miró de nuevo y dijo:

    –Aaaahhh… Ya creo que sé lo que estaba mirando.

    Ella tragó saliva y miró al frente. Esta vez estaba empezando a ponerse nerviosa. Pasaron unos segundos en silencio y fue cuando el oficial continuó charlando:

    –Bien, déjeme continuar revisando la documentación… –dijo regresando al documento.

    El oficial continuó revisando los documentos. Ella estaba impacientándose, incluso llegó a olvidar que él estaba viendo el «paquete» al sujeto. Fue cuando el finalmente reaccionó y se dirigió a ella con una voz tranquila y calmada:

    –De acuerdo, hay un problema… Me temo que sus documentos están desactualizados.

    –¿QUÉ? –Taissa no cabía en su sorpresa. –Eso es imposible, yo tengo actualizado todos mis documentos.

    –Sip… Es cierto, pero hay un detalle. Faltó ponerle a este documento la nueva forma legal. Aunque efectivamente este actualizado, sino tiene la nueva forma, se toma como si estuviese desactualizado.

    –«¿Nueva forma legal?» –No daba crédito a lo que escuchaba. –Esto es ridículo…

    –Incluso, este inconveniente puede llevar a la confiscación de la unidad. –agregó el oficial impávido.

    Ella no dijo nada, solo se limitó a abrir los ojos, con expresión de horror. Eso la metería en graves problemas con su jefe en la estación. El oficial notó su expresión, aunque tampoco ella no fue discreta en lo absoluto:

    –Escuche, no pretenderá confiscar mi unidad…

    –Bueno, eso dependerá de algo… –dijo el oficial, pero esta vez mostraba una muy sutil expresión de picardía. Ella lo notó e inmediatamente presintió algo mal:

    –De qué… –preguntó con duda e incomodidad.

    El oficial bajo su libreta y se puso una pose más cómoda. Luego procedió a mirar a los lados, al parecer se aseguraba de que no hubiese nadie rondando por el lugar:

    –De acuerdo, no creas que soy un tonto…

    –¿Cómo que un tonto?

    –¿Crees que no noté que me estabas viendo el «paquete»? –Luego de decir eso, esbozó una sonrisa maliciosa.

    Ella tragó saliva, no podía creer que se hubiese dado cuenta de aquello:

    –Yo, yo… yo no… –Ella trataba de negarlo, pero la cosa había sido tan directa que se quedó helada. Solo estaba sentada mirando al oficial con la boca entreabierta.

    –Vamos al grano, te llama la atención mi «paquete», de acuerdo… Pues, te doy la oportunidad de darle una… «probada».

    Ella lo miró detenidamente por un momento, aún estaba tratando de digerir lo que estaba pasando. El oficial estaba parado esperando una respuesta. Ella tragó saliva mientras miraba al oficial con sorpresa, no podía creer que estuviese pasando eso.

    Su cerebro estaba tratando de procesar toda la situación en la que se encontraba, la cosa fue tan intensa que por un momento pareció como si todo el tiempo se hubiese congelado:

    –¿Y bien? –dijo el oficial mostrando una ligera impaciencia.

    –Eeeeh… yooo… eeeeh…. –La verdad es que no tenía una respuesta para la situación en la que se encontraba.

    –Bien… –el oficial se cansó de esperar. –En tal caso, voy a llamar a la grúa para el remolque.

    Eso la hizo despertar:

    –¡No!… No, espere… –dijo ella.

    El oficial se detuvo y en el acto la miró:

    –De acuerdo… –El oficial suspiró mostrando impaciencia. –¿entonces?

    Taissa tragó saliva y dijo:

    –De acuerdo… de acuerdo. –Luego asintió nerviosamente.

    Ella lentamente bajo la mano, quitó el seguro y abrió la puerta. El oficial cambió la expresión de su rostro a triunfo. Trató infructuosamente de mantenerse serena, fue imposible…

    No puedo creer que esté haciendo esto… Pensó mientras abría la puerta.

    Ella se bajó lentamente del auto, estaba tensa, aunque también excitada. Se puso de pie enfrente del oficial, su respiración estaba acelerada, pero trataba de mantener la compostura. El oficial recorrió su cuerpo con su mirada, lo hizo sin pena alguna:

    –Eeeeh… yo…

    –Shhh… –El oficial le interrumpió, poniéndole el dedo índice en la boca.

    Ella se cayó.

    –No hables… –dijo el oficial con suavidad. –Déjamelo todo a mí.

    Taissa no sabía qué hacer, solo se quedó parada en silencio. Él pasó, lentamente, su dedo índice por sus labios, palpándolos suavemente. Fue cuando, poco a poco, algo comenzó a despertar en ella. Su corazón palpitó, su respiración se aceleró y el deseo fue creciendo en ella.

    El policía continuó, se acercó más y su respiración también se aceleró. Él también estaba entonándose en esto:

    –Muy bien, así me gusta…

    Ella se encendió, mientras el policía continuaba. Pronto, ella cerró los ojos, abrió un poco la boca exhalando un ligero gemido. Ya se entregó a lo que acontecía y el oficial lo notó:

    –Bien… –dijo suavemente él.

    Luego con cuidado, introdujo el dedo en su boca. Ella abrió poco a poco la boca, el dedo fue entrando explorando su boca. Ella reaccionó instintivamente y empezó a chupárselo con suavidad. El empezó a mover el dedo con suavidad, metiéndolo y sacándolo:

    –Eso es… –dijo el oficial sonriendo maliciosamente.

    Ella terminó de entregarse, cerró los ojos, comenzando a chupar con más energía y pasión. Él no desaprovechó la oportunidad y metió otro dedo:

    –Eres hermosa… Me gustas. –Exclamó emocionado.

    Sacó los dedos y se le quedó mirándola. Taissa gemía ligeramente, mientras lo miraba. Todavía estaba algo nerviosa, pero la lujuria terminó de poseerla. Él la tomó de la cintura, la trajo hacia sí violentamente:

    –Ughh… —Gimió ligeramente de la sorpresa.

    La besó, conectando su boca a la de ella. Ella se incomodó en el momento, pero al momento cedió. Ambos se besaron apasionadamente, sus lenguas se entrelazaron y sus bocas se succionaban mutuamente. Ella acarició la espalda del oficial con pasión. Él fue más atrevido, bajó sus manos hasta su culo, el cual manoseó, sintiendo el cuero negro de los pantaloncillos. También besaba su cuello con desespero.

    Se detuvo, la tomó por la cintura y la volteó suavemente poniéndola de espaldas a él. La abrazó por la cintura, manoseándola por encima de su ropa. Ella se relajó, recostándose en él, extendió un brazo atrás, abrasando su cabeza. Contorneó con suavidad su cuerpo, moviendo su pelvis rítmicamente hacia atrás y frotando su culo con la entrepierna del oficial. Él recorrió todo su cuerpo, con sus manos, sintiendo la textura de su uniforme:

    –Vaya… –estaba complacido y ella, oficialmente, había perdido sus inhibiciones.

    Siguió por un momento, para luego desabotonar su saco y abrirlo. Puso sus manos sobre ella, manoseando sus senos, por encima de su camisa y el contacto fue más directo. Palpó la forma de sus senos, su consistencia, Taissa gimió ligeramente ante aquello. Luego de manosearlos un poco, retiró la corbata, desabotonó la camisa, metió su mano adentro y tocando su piel. Sus gemidos se acrecentaron más, a la par que su respiración se aceleraba. No llevaba sostén, por lo que el contacto fue directo, acarició y manoseo sus senos con suavidad. Él movió la cabeza a un lado, para buscar su boca, mientras sacaba la lengua. Ella correspondió, ladeando su cabeza a un lado también, para buscar su boca. Ambos se besaron apasionadamente y luego él le susurró al oído:

    –Ahora te voy a encender…

    Ella no entendió, hasta que él hizo su movimiento. Colocó su mano derecha, en su abdomen, para luego con suavidad, bajarlo mientras la acariciaba. Ella captó a donde iba la cosa y eso le hizo sonreír:

    –Tranquila. –dijo el policía. –Vas a pasarla bien, lo garantizo… –Luego le lamió la oreja con suavidad.

    Siguió deslizando su mano, hasta los pantaloncillos de cuero y metió la mano con suavidad. Ella cerró los ojos y su respiración se aceleró. Los dedos de él, tocaron sus bragas, para luego meterlos en estas. Se mantuvo con los ojos cerrados y su respiración prolongada. Su mano acarició su vagina, la cual estaba bien depilada. El contacto fue superficial, era algo introductorio, las yemas de los dedos acariciaban los labios mayores, la parte de afuera. La caricia era suave, producía ligeras cosquillas que ella disfrutaba.

    –Bien… –dijo el oficial. –Así me gusta, solo déjate llevar…

    Estuvo por un rato más, hasta que pasó a la segunda fase. Con mucha delicadeza, metió su dedo entre los labios vaginales y entró en su sexo. Todo esto lo hizo sin mirar, claramente este sujeto tenía habilidad y experiencias en esto.

    El dedo entró en la vagina, con suavidad y comenzó a deslizarlo por el área. El dedo fue desde el prepucio, pasando por el glande del clítoris, la uretra y terminando en la vagina. Paulatinamente, fue produciendo un cosquilleo, el cual se hizo agradable. Se lubricó, mientras, su excitación iba en aumento, soltando pequeños gemidos suaves.

    Ella tomó iniciativa, metiendo su mano atrás, manoseando la entrepierna de él. El oficial, no puso objeción, ella lo acarició por encima del pantalón. Rápidamente, pudo sentir como el paquete empezó a hincharse y ponerse duro. Ella continuó acariciándolo y el siguió metiendo dedo. La vagina se lubricó más, el placer aumento más para ella. Ella comenzó a gemir con más sonoridad, mientras acariciaba la entrepierna del oficial:

    –Vaya… –dijo el oficial, mientras disfrutaba la acaricia. –Ahora estás más cooperativa, ¿no?

    Ella lo miró con deseo, sin decir nada:

    –Estas más lubricada… –Lanzó una ligera risotada. –Ahora va a empezar la «embestida»…

    Él comenzó a sacudir más enérgicamente su vagina con su dedo. Ella entre gemidos, continuaba acariciando el paquete:

    –Ahora si quieres el «machete»… ¿no? –él rio con gracia. –Ya vamos para allá.

    Le metió el dedo, un poco más, para luego tomarla por la cintura y con suavidad empujarla al auto. Ella se apoyó en este, con sus brazos separados y a espaldas de él:

    –Ahora voy a hacer un cateo más profundo…

    Ella soltó un profundo suspiro, sus pulsaciones se aceleraron, intuyendo lo que venía a continuación. Él posó sus manos en su espalda, encima de su saco y la acariciarlo:

    –Voy a retirarte el saco, para proceder con más… «Comodidad».

    Le retiró el saco, lo puso sobre el capó y comenzó a acariciarle por encima de la camisa. Metió la mano, por la parte adelante de la camisa, que estaba abierta, tocando su piel y sus senos. Luego de ello, fue agachándose mientras continuaba las caricias.

    Taissa cerró los ojos, mientras respiraba agitadamente, sentía sus manos encima. Aquello le producía gozo, a pesar de que era por encima de su ropa. Él se puso de rodillas, contemplando su trasero enfundado en aquellos sexis pantaloncillos de cuero. Luego de unos segundos, se lanzó a lamerlo…

    Pero, qué coño… No quiso decir nada para no interrumpir, pero estaba sorprendida.

    Continuó lamiendo el cuero, en verdad disfrutaba de aquello. Aprovechó también para acariciar las piernas de la chica. Luego agarró el cierre de los pantaloncillos, los jaló y bajo la prenda de ropa. El culo quedó al aire, ella vestía unas bragas negras, que hacían juego con los pantaloncillos. El oficial lamió las nalgas, luego empezó a mordisquearlas, controlaba su fuerza, para no ocasionar daño. Taissa apretó los ojos, mientras su respiración se aceleraba. Él posó sus manos sobre el trasero y con cuidado bajó las bragas. Su culo estaba expuesto con todo su esplendor…

    ¿Va a hacer lo que yo creo?… Guauuu…

    Él se quedó acuclillado, contemplando su culo con calma. Lo tenía tonificado, sin cicatrices, con la piel lozana y bronceada:

    –Tienes un culo bonito… –el cumplido sonaba extraño.

    Él se lanzó a disfrutar, metiendo su lengua, en el ano y degustándolo. Ella no sintió nada inicialmente, pero se mantuvo ahí. Él continuó el «trabajito», pacientemente, su lengua, acariciaba el ano y pronto surtió efecto. Ella sintió cosquilleos placenteros, pero sin llegar al clímax. El policía puso su mano, en la cintura de ella y suavemente la empujó haciéndola inclinarse más. Eso hizo que su vagina estuviese a la vista y la pudiese contemplar.

    Se veía limpia, depilada y con buena forma. Contempló aquello extasiado, le pasó el dedo índice con cuidado, como si estuviese palpándolo. El dedo pasó entre los labios vaginales, gracias al trabajo previo, todo estaba humedecida…

    Mierda, ahora si viene lo bueno…

    Ella soltó un ligero gemido, mientras miraba a los lados, viendo que no hubiese nadie. La calle estaba vacía y en absoluto silencio, por lo que podían continuar la faena. Entonces, el oficial, lanzó su segunda arremetida, empezando a lamer su vagina. La lengua pasó por entre los labios vaginales, recorriendo todo su sexo. Gracias a los estímulos previos, había cedido bastante y eso facilitó mucho el cunnilingus.

    El estímulo anal le sentó bien, pero ahora en la vagina, la cosa subió al clímax. El oficial continuó lamiendo, la vagina fue poco a poco ablandándose, y el cosquilleo se hizo más intenso. Taissa gemía con más intensidad, dejándose llevar por el placer. Después de un par lamidas, comenzó a intercalar con el ano. Adicional, usó sus dedos, para ayudarse en la faena.

    Sus gemidos comenzaron a intensificarse y su vagina terminó de lubricarse. Estuvo un rato más dando, cuando de repente se detuvo y se incorporó. Taissa volteó a mirar atrás, porque no sentía nada, se encontró con el oficial mirándola:

    –Ahora me toca a mí…

    La tomó por un brazo y la jaló suavemente hacia sí. Ni siquiera pudo subirse sus pantaloncillos y bragas. Se sorprendió por esa acción, la tomó por los hombros y la miró directo a los ojos:

    –Supongo que debes saberlo hacer. –repitió.

    Ella comprendió, él suavemente presionó sus hombros haciéndola arrodillarse. Ella miró el paquete, pudo ver que estaba «abultado»…

    Debe tenerla grande… Pensó, se acomodó y procedió a acariciar el paquete.

    El cunnilingus había logrado encenderla, así que estaba dispuesta a todo. Abrió la correa, desabrochó sus pantalones y bajó la cremallera. En ese momento, el paquete, se vio mucho más abultado. Ella posó su mano, acariciándolo y luego bajó los calzoncillos.

    El pene salió proyectado hacia adelante. Debido a los calzoncillos, este estaba doblado hacia atrás y sujeto por la ropa interior. Una vez libre de sus «ataduras», pudo mostrarse con todo su esplendor. Debía de tener unos quince centímetros de largo, lucia robusto, bronceado, su cuerpo estaba lleno de venas, su glande se mostrada redondo y morado oscuro. Ella bajo la mirada, vio al escroto contraído por completo. Todo estaba listo para la acción.

    Taissa contempló aquello con sorpresa, aquel miembro se veía muy bien. Lo tomó con su mano derecha y empezó a masturbarlo un poco:

    –Aahhh… –El oficial gimió un poco ante esa acaricia.

    Ella lo masturbó un poco, para luego con cuidado metérselo en la boca. Empezó a chupar el pene, con suavidad:

    –Uuughh… –El policía entrecerró los ojos, el placer lo inundaba.

    Ella empezó a chupar, pero fue incómodo, porque necesitaba lubricación. Ella se lo sacó, acumuló saliva y con cuidado escupió sobre el glande. El gargajo se quedó en el glande, ella rápidamente le puso el dedo y lo regó sobre todo el miembro.

    El oficial la miraba desde arriba:

    –Ugghh… Tienes experiencia en esto… ¿no?

    Ella sonrió con una mirada maliciosa, para luego volver a la carga. Comenzó a chupar el miembro, esta vez fue con comodidad y vitalidad. Hundía la verga en su boca con confianza, sus labios y lengua, acariciaban el miembro desde el glande hasta el final:

    –Oh, mierda… –El oficial cerró los ojos, respiraba agitadamente mientras subía el rostro.

    Ella disfrutaba el miembro, después de chupar un poco, con delicadeza lo levantó, para luego comenzar a chupar los testículos, afortunadamente, estaban bien afeitados y limpios:

    –Ok… eehh… espera. –El oficial la detuvo. –No acabes todo rápido… Todavía falta la embestida.

    Ella lo miró con duda y él agregó:

    –Pon el preservativo. –Se metió la mano en un bolsillo y lo sacó.

    Ella lo abrió, para luego dar un par de mamadas más y con cuidado ponerlo.

    Luego de eso volvió a dar una mamada, el preservativo tenía un sabor dulce:

    –Te gusta… ¿eh? –dijo sonriendo. –Sabor a patilla.

    A Taissa dio unas probadas más, entonces él la tomó del brazo con suavidad y la levantó. La trajo hasta su rostro y la miró detenidamente:

    –Estas humedecida y yo duro… Ahora viene la embestida.

    La volteó poniéndola de espaldas, llevándola al taxi y apoyándola contra este. Sus bragas ya estaban abajo, por lo que estaba lista. La tomó por la cintura, empujó su espalda, para hacerla inclinar más hacia adelante.

    El policía, con cuidado, metió un dedo en su vagina, asegurándose que estuviese lubricada. Luego metió suavemente, el glande en la vagina y empezó a penetrar. Al principio, costó un poco, pero poco a poco se fue facilitando, permitiendo la penetración. Ahí el oficial aumentó el ritmo, haciéndolo más enérgico y haciéndola gemir de placer. El pene cubierto por el preservativo, entraba y salía por la vagina, produciendo aquel curioso ruido, que se veía en las películas para adultos: «chuk… chuk… chuk».

    Él puso sus manos en su cintura, para tener un buen agarre y continuar con la faena. Taissa gemía con fuerza con los ojos cerrados. El aumentó más la intensidad, puso expresión agresiva y su respiración se aceleró. Ella entre gemidos dijo:

    –Aaaaghh… Agárrame por el pelo…

    Él la tomó por su cabellera castaña, tumbando su gorra. Domaba a su «yegua», tomándola por sus «crines». Eso lo encendió de una forma inesperada, eso le hizo embestir con más fuerza. Tomo sus cabellos con sus dos manos y continuó embistiendo con más fuerza. Luego de unas embestidas más, la abrazó por detrás. Taissa excitada, se recostó en él con los ojos cerrados y gimiendo. Luego, comenzó a besarle la mejilla con pasión. Luego, subió hasta la oreja y comenzó a lamérsela. Se introdujo el lóbulo en la boca y comenzó a succionarlo. Luego, puso su mano en su rostro, para con cuidado moverlo a un lado y encontrarse cara a cara con ella. Ambos se miraron para luego empezar a besuquearse. Abrieron sus bocas, sacaron sus lenguas y las entrelazaron.

    La penetración continuó, ambos estaban llegando al clímax. Este fue creciendo, hasta que finalmente alcanzaron el orgasmo. Lanzaron un último y largo gemido, el cual se apagó lentamente. Ambos se recostaron en el auto, estaban sudoroso y jadeantes. Se quedaron por un momento así, necesitaban recuperar fuerzas. El oficial se fue a un lado mientras, se subía los pantalones y cerraba la cremallera. No sin antes sacarse el preservativo y lanzarlo a la calle.

    –Oficial… Creo que acaba de ensuciar la acera. –dijo burlonamente.

    –Ya terminé mi turno… –respondió mientras, se acomodaba los pantalones. –Estuvo bien…

    –¿Vas a multarme? –Ella se subió sus bragas y pantaloncillos.

    –Creo que llegamos a un «buen acuerdo» –dijo el oficial bonachonamente, mientras se terminaba de arreglarse. –Estuvo genial… Pero mi turno ya terminó, así que fue un placer.

    Taissa se terminó de acomodarse y se despidió:

    –Un placer. –Luego volvió a entrar al taxi.

    Taissa se terminó de arreglar torpemente, para luego entrar en su unidad de nuevo. Ella quedó sentada en el asiento, estaba cansada, sudada y desarreglada. Estaba sorprendida por lo que hizo, pero fue el mejor sexo en mucho tiempo. Respiró profundo para recuperar el aliento y relajarse…

    Vaya, no puedo creer que haya hecho eso…

    El policía llegó hasta su patrulla, se montó, encendió el motor, para luego irse. La patrulla se fue por la calle y desapareció en la oscuridad de la noche. Ella se quedó un rato más sentada, recuperaba el aliento. Se terminó de acomodar más, la camisa, el saco, la gorra, se trató de peinar torpemente con las manos. Una vez terminó, se recostó, haciendo un recuento de lo sucedido.

    Recordó cada parte, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Tenía un buen rato, que no se divertía de esa manera. Había sido una experiencia entretenida, suspiró de satisfacción, prendió el auto y arrancó. El taxi siguió a toda velocidad por el callejón en la noche.