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  • ¿Cocinando?

    ¿Cocinando?

    Estoy en la cocina, concentrado cortando el tomate y siento una mano que se mete dentro de mi pantalón, por abajo de los calzoncillos, y me acaricia ahí. Me siento un poco invadido, un segundo, pero sé quién sos. Me recostás todo el cuerpo en la espalda, me empujás un poco con las manos hacia vos, y me apretás el culo contra tu sexo. Acaricias tus tetas en mi espalda. Me besas el cuello. Suavemente y con creatividad me acaricias, agarras mi pene con tu mano, todavía chico, descubrís el glande y lo cubris otra vez. Frotas tu mano abierta.

    Me desprendes el cinto, el pantalón y me bajas todo hasta los pies. Te seguís refregando con mi espalda, ya empiezo a tener una hermosa erección. Me seguís besando el cuello y jugando con mi pija y mis huevos.

    Te pones de costado, seguís vestida. Es un poco raro que sigas vestida y yo desnudo, pero me gusta y te dejo hacer. Con tu mano derecha me seguís acariciando la chota y con la izquierda me tocas las nalgas, me acaricias con los dedos suavemente en la raja del orto, suave, sin entrar entre las nalgas. Me besas, te beso, te paso toda la lengua en la boca, en tus labios, en tu lengua, babeo, te encanta, sonreís, acariciamos nuestras lenguas en el aire.

    Me das la vuelta, me recuesto contra la mesada de la cocina, con los pantalones en mis pies. Me seguís haciendo la paja, con energía, me chuponeas, me calentas, me metes la mano bien en el culo y acaricias con fuerza. Te arrodillas y te metes el pene en la boca de golpe, entero, suave, le das una chupeteada como a la cosa más rica del mundo. Seguís con tu mano entre mis piernas, aprentando entre los huevos y el culo. Cuando llegas a la punta pasas tus labios húmedos, besas, chupas, babeás, gemís, me mirás.

    Te sacas la camiseta, tus pezones sobresalen, rosados. Te parás, me agito, te quiero agarrar, tocar, chupar el culo, besar, tocarte el clítoris, meterte los dedos, la verga. No, me pones la mano en el pecho, sigo con los pantalones a los pies. Te desnudas y volves a arrodillarte. Con la cola bien parada te masturbas mientras me la seguís chupando. Tu libertad, tu erotismo, tu búsqueda de placer me hace amar quedarme así, quieto, acariciándote el pelo, teniéndote así, agradeciendo mi existencia.

    Nunca me había quedado tan rica una ensalada.

  • Mi suegra tenía meses de no coger

    Mi suegra tenía meses de no coger

    La emoción que teníamos por el recién realizado intercambio con Génesis y Josué, se tornó preocupación cuando leímos el mensaje que encontramos bajo nuestra puerta. Al instante nos dirigimos a la casa de mi suegra.

    Habían pasado algunos meses en los que Yesica y yo nos dedicamos a puro trabajar. En una o dos ocasiones cogimos con mi tía Rosario. Y creíamos que Melinda, mi suegra, estaría bien con la relación que tenía con su amante Miguel y en general con su vida, pero nos equivocamos.

    Cuando llegamos a la casa de mi suegra, encontramos que junto a mi cuñada Luisa, estaban empacando tanto sus cosas personales como sus muebles. Melinda nos contó que había llegado una notificación de desalojo, pues la casa estaba a nombre de una señora con la que mi suegro se había casado recientemente y con la que acababa de tener un hijo, mis suegros no estaban casados legalmente, así que al ser ya mayores mi novia y su hermana, su papá consideró que ya no había necesidad de mantenerlas. Mi suegra aceptó con mucho coraje, pero decidió no entrar en alegatos legales, decidió dejar la casa.

    Nos llevamos el día y la noche en terminar de empacar sus cosas, conseguimos un cuarto como el nuestro ahí mismo donde nosotros rentábamos. Con sus muebles llenamos dicho cuarto, así que tanto mi suegra como mi cuñada se quedaron a vivir con nosotros, en lo que pensábamos qué hacer. Descansamos al día siguiente, mi suegra, mi cuñada y Yesica dormían en la cama mientras yo sobre unas cobijas en el piso. Me fui a trabajar en la combi, pues no podía descuidar mi trabajo.

    Mi suegra estaba algo deprimida, nos contó que hacía unos meses que había terminado con Miguel, se sentía sola y luego que le llegara la noticia del desalojo, se deprimió más. Ella nos ayudaba a preparar las tortas que vendíamos en la plaza, aunque las desvelábamos a ella y a mi cuñada al tener que prender la luz de madrugada, Melinda se quedaba a dormir después que nosotros nos íbamos a vender, pero mi cuñada debía levantarse para ir a la escuela.

    Luisa mi cuñada, cómo a los 15 días, optó por irse a vivir con su novio. Un tipo muy guapo y de dinero, que parecía quererla mucho y era muy atento con ella y mi suegra, tanto que le ofreció a Melinda que se fuera a vivir con ellos, pero no aceptó, se quedó con nosotros.

    Pasaron los días y juntos buscamos una casa no tan grande, ni tan cara para rentar, la encontramos y como pudimos en las noches usaba la combi que yo manejaba para acarrear los muebles y nuestras cosas a la nueva casa. Nos instalamos y nos sentíamos contentos los tres. Y aunque es difícil de creer, en todo este proceso, no nos pasó por la cabeza buscar algo sexual con mi suegra. Ya más tranquilos todos pues…

    Mientras estaba mi cuñada viviendo con nosotros, Yesica y yo nos aguantábamos las ganas de hacer el amor, pues tanto ella como mi suegra dormían en la cama a un lado de nosotros. Pero apenas y nos instalamos en nuestro nuevo cuarto, sobre el colchón, sin siquiera ponerle sábanas, cargué por las nalgas a mi novia y ella me rodeo con sus piernas, nos besamos muy calientes y no tardamos en estar desnudos. Al instante ella encontró la forma de meter mi verga en su panocha, me deslicé dentro de ella sin problema pues estaba muy lubricada, la recosté de espaldas sobre el colchón y mientras ella me abrazaba con brazos y piernas, yo me apoyaba sobre el piso para meterle la verga lo más fuerte que podía, me hacía chupetones en el cuello y también mordía mis hombros y el pecho, y con esa sensación de dolor que me excita tanto aceleré mis embestidas, tanto que empezamos en la orilla del colchón y terminamos en el otro extremo, ella con su cabeza colgando pero con un grito de satisfacción cuando nos venimos al mismo tiempo, yo sentía que no terminaba de venirme dentro de ella, pues los rasguños en mi espalda aumentaban mi deseo, mi excitación. Y con ella pasó igual.

    Mi suegra nos escuchó y vio, pues mientras nosotros hacíamos el amor, ella pasaba con cosas que teníamos en la sala hacia su cuarto y los cuartos no tenían puertas. Ya instalados, Yesica y yo volvimos a hacernos el amor cada noche y madrugada, decidimos darle tiempo a mi suegra antes de proponerle volver a tenerla en nuestra cama. Aunque nuestros gemidos le endulzaban el oído a diario, seguros de poder calentarla aunque estábamos en cuartos separados.

    Melinda poco a poco se iba relajando, le preocupaba que no aportaba nada a la economía de la casa ni a la renta, entre bromas le decíamos que nos podía pagar con cuerpo, provocándole unas buenas carcajadas y en son de broma, nos contestaba que sí. No es que anduviera por la casa con ropa provocativa, ella con el cuerpo que tenía, nos provocaba deseo de tenerla en la cama tanto a Yesica cómo a mí. Se levantaba en la madrugada a ayudarnos a preparar las tortas, cuando nos íbamos a vender ella se dormía otro rato y luego ayudaba con el quehacer de la casa, nos cocinaba y en la tarde se iba con Yesica a comprar las cosas que nos faltaban para el día siguiente. Así yo me iba tranquilo a trabajar la combi sabiendo que Melinda y Yesica se hacían compañía.

    Entre insinuaciones y arrimones de verga que le daba a mi suegra, ella se iba soltando más a la idea de volver a estar en nuestra cama y mientras se daba, Yesica y yo recordábamos lo rico que hacíamos el amor los tres. Imaginábamos lo que podríamos hacer con ella de nuevo, cogíamos delicioso teniendo unos orgasmos muy ricos.

    Hasta que llegó el día en que mi suegra nos sorprendió en la cama. Cuando llegaba yo de trabajar la combi, algo ya tarde por la noche, entraba directo a bañarme, mientras mi novia preparaba la cena recién bañada. Y en una de esas noches cenamos los tres y nos sentamos en la sala de mi suegra a ver la tele un rato. Ella nos dijo que se metería a bañar antes de acostarse, mientras Yesica y yo nos empezamos a cachondear, sin esperar que esa noche Melinda tenía planeado coger con nosotros.

    Yesica y yo sólo estuvimos cachondeando en la sala y luego de un buen rato Melinda nos llamó desde su cuarto.

    – Hijos ¿Pueden venir tantito?

    Sin la menor idea de lo que iba a pasar fuimos a su cuarto a oscuras, sólo con la lámpara de su buró prendida, ahí estaba esa hermosa mujer vestida sólo con una bata transparente y un calzón cubriendo su vagina y nalgas, pero sus pezones se miraban apetecibles bajo la tela transparente. Caminando hacia ella nos quitamos la ropa tanto Yesica como yo, ella seguramente ya muy húmeda y yo con la verga dura, muy excitados los tres.

    Yesica la tomó por enfrente y se unieron en un beso de lengua, mientras yo me coloqué en su espalda, flexionando mis rodillas para que así ella sintiera lo duro que me tenía sobre sus nalgas, metí mis manos entre las tetas ambas hermosas mujeres, quiénes se frotaban con mucho deseo. Yesica le quitó la bata y yo me arrodillé en su espalda y bajé sus calzones hasta los tobillos. Melinda levantó sus nalgas y aproveché para hundir mi lengua en su delicioso ano, lo cual no le molestó, pues ya sabía cuánto deseaba estar dentro de ese culo delicioso que tiene. Yesica estaba chupando sus pezones mientras mi suegra abrazaba su cabeza y en forma circular movía su cadera, yo con mi lengua trataba de entrar lo más posible en su ano.

    Jaló a Yesica hacia la cama, de modo que Melinda quedó bajo el torso de mi novia y mientras se besaban, abrió sus piernas para mí, yo sin perder tiempo me metí entre sus labios vaginales, succionando su clítoris, provocándole gemidos que se apagaban entre los labios de mi novia. Lo estaba disfrutando tanto que no tardó mucho en venirse en mi boca, un orgasmo tan fuerte y húmedo, que metí lo más que pude mi lengua en ella, haciendo presión sobre su clítoris para que disfrutará más, yo sentía que la verga me iba a explotar de tan dura que estaba.

    Sus besos bajaron de intensidad.

    – Te necesito en mi boca. -Me dijo mi suegra mientras agarraba mi verga y la ponía en sus labios, su aliento era muy caliente. Me coloqué de modo que su cabeza quedó entre mis piernas y mi verga dentro de su boca, estaba inclinado dándole la espalda a mi novia, quién se acomodaba en forma de tijeras con Melinda y comenzaron a frotarse a un ritmo delicioso. Yesica se aferraba a una de las piernas de mi suegra y mientras se frotaban, con su mano libre me acariciaba las nalgas y el ano, con uno de sus dedos hacía un poco de presión, sin penetrarme y luego me nalgueaba.

    Yo intentaba hacer un movimiento de penetración en la boca de Melinda, pero ya tenía dentro todo lo que le podía caber, me la mamaba delicioso mientras Yesica se la cogía frotando una con otra sus clítoris. Ellas alcanzaron su orgasmo, de modo que tuve que sacar mi verga de su boca, para que pudiera gemir libremente, su orgasmo fue intenso pues se aferraba a mis piernas y nalgas, apretando con fuerza, mientras su cuerpo se tensaba. Ya llevaba dos deliciosos orgasmos.

    Yo seguía con la verga dura, nos acostamos de costado los tres, Yesica y Melinda de frente se besaban de manera suave, con sus cuerpos muy juntos, su respiración poco a poco se iba normalizando. Yo besaba la cabeza y espalda de mi suegra, con mi verga rozando sus nalgas y haciendo el intento por entrar entre sus piernas. Ella levantó una de sus piernas y la colocó sobre la cadera de mi novia, me estaba dando vía libre para penetrarla. Tomé con mi mano mi tronco y coloqué la cabeza entre sus húmedos labios vaginales, no me costó trabajo entrar en ella, sólo movía su cadera como atrayéndome más adentro. Poco a poco se la metí toda. Mi mete y saca la hacía gemir mientras con Yesica frotaban sus cuerpos y con sus manos se acariciaban, yo estaba en lo mío. Su calor interior era muy rico y sentí de nuevo el punto dentro de ella, en donde me parecía topar con algo. Tener sus nalgas en mi abdomen me provocaba más deseo y la embestía con más ganas, me vine dentro de ella y empujaba lo más que podía, tratando de exprimirme y dejar toda mi leche dentro de su panocha, la cual tenía un movimiento de succión que me hacía sentir más rico aún.

    Descansamos para reponernos de nuestros orgasmos. Mi suegra necesitaba el contacto con alguien, se sentía segura estando entre Yesica y yo, nos abrazaba y besaba y nos decía lo importante que era que estuviéramos con ella, sin duda por lo que recién había pasado.

    Ellas volvieron a hacer el amor entrecruzando sus piernas, quedando la vagina de una sobre la pierna de la otra y viceversa, abrazadas y besándose mientras yo en la misma posición me volví a coger a mi suegra, sólo que ahora, Yesica estaba bajo mi suegra y yo a sus espaldas metiéndole la verga en posición casi de perrito, sentí las contracciones de sus vaginas mientras frotaban sus vaginas sobre sus piernas, yo me volví a vaciar dentro de Melinda, otro delicioso orgasmo en su rica panocha tragona de verga.

    Hicimos el amor tan rico que no nos dimos cuenta del tiempo y a las 3 de la mañana sonaba nuestro despertador, ya debíamos pararnos a preparar las tortas. Aclaramos que nos dimos un baño de rápido antes de empezar con la preparación, como ya se había hecho costumbre, Melinda nos ayudó, así acabábamos más rápido y nos preparaba algo para desayunar antes de irnos. Yesica y yo nos despedimos con un beso en los labios de Melinda, muy natural y contentos los tres. Más que contentos, trabajamos ese día con una sonrisa en el rostro y mucha alegría. Esperando el momento de volver a estar con mi suegra. Melinda ya se había operado para no tener más hijos, platicando con Yesica quedamos de acuerdo en que a ella podía penetrarla sin condón mientras ella no estuviera con alguien más.

    Y así iniciamos una segunda etapa como familia, mi esposa, mi suegra y yo. La de cosas y aventuras que tuvimos, les seguimos contando en el próximo relato.

  • Haciendo las paces con la ciudad

    Haciendo las paces con la ciudad

    Siempre tuve miedo de volver.

    Hui de mi ciudad en cuanto pude, culpándola de todo el mal que había sufrido, como si los lugares pudieran odiar. Pensaba que en una ciudad más grande podría ser quien realmente era; que cuantas más calles interminables, más posibilidades de hallar mi camino. Y, si creí que un lugar pequeño podía odiar, tonta fui de no darme cuenta que una ciudad más grande podía devorar.

    No terminé siendo quién quería ser, sino una mezcla entre eso y lo que la gente esperaba que fuese; pero al menos ya tenía identidad con la que sentirme yo. Sin embargo, tras varios años, el ritmo y la exigencia de la gran ciudad se me hizo abrumador. Llegué a echar de menos algunas cosas del sitio que más odiaba del mundo: mi vieja cama calentita, los abrazos de mi madre, su ritmo pausado y no preocuparme por tener un plato de comida en la mesa. Así que terminé aceptando los ruegos de mi madre porque le hiciera una visita.

    En todo este tiempo no había visto otra foto mía que no fuera la del perfil de WhatsApp. No tenía ni idea de a qué se había dedicado su hija este tiempo, ni los sitios oscuros que frecuentaba a diario. A parte de ella, muy pocas personas allí sabían que Jose ahora era Carla y que tenía las tetas más grandes que la mayoría de mujeres del lugar.

    El rostro de mi madre no pudo ocultar la impresión de ver por primera vez a la hija que ella creyó un hijo. Pero su abrazo llevaba tanto amor para Jose como para Carla. Y yo le devolví todo el amor que no le había podido mostrar en años.

    Traté que los vecinos no me vieran mucho durante el día, no quería dar explicaciones; traté de no contar demasiados detalles de mi vida a mi madre, no quería asustarla. Las primeras noches me comporté, fui una niña buena que se quedó con su madre viendo la tele. Pero mi animal interior rugía por dentro y, a la tercera noche, me aventuré a redescubrir la noche de esta ciudad como si fuera una desconocida. Visité varios garitos donde los tíos me comieron con la mirada; me dejé invitar y agasajar por tipejos que hubieran salido corriendo de saber que la maciza a la que estaban cortejando la tenía más grande que ellos, haciéndoles creer que tenían posibilidades, para luego escabullirme con excusas y rapidez a pesar de su insistencia. Otras veces dejaba que me llevaran de aquí para allá, conociendo así los antros más escondidos; y fue así como conocí el bar con el nombre más adecuado que podía imaginar: El Agujero.

    Un camello de poca monta me llevó hasta allí, diciendo que era un lugar sin ley donde podríamos meternos unos tiros sin preocupaciones. Tras la primera visita al baño, me invitó a una cerveza. Pude ver como le hacía gestos con disimulo al camarero para que se la anotara, porque no tenía ni un duro encima. Del torpe aspirante a Pablo Escobar no me interesaba nada más que su droga y las cervezas que pudiera sacarme, sus batallitas y bravuconadas me daban exactamente igual. Pero fue el camarero al que se dirigió el primer hombre que despertó mi atención en este viaje. Alto, guapo, con aspecto desenfadado y vestido de negro, no parecía un simple troglodita como los que se me habían acercado hasta el momento.

    Hice lo posible por volver a ese bar cada noche de mis vacaciones, con la intención de hablar con él. Siempre había alguna chica que le tonteaba, cosa que no me extrañaba, y tuve que aguantar muchas horas al triste camello desesperado por tocar una teta grande y a otros tantos buitres que ni se imaginaban ni hubiesen tolerado lo que tenía entre las piernas. Hasta que un día hicimos contacto.

    Reconozco que no tengo conjunto recatado, pero esa noche iba especialmente potente. Un top salmón de encaje, que parecía más un sujetador y una minifalda vaquera que me llegaba poco más que a la ingle, no más. Mi descartado pretendiente me invitó a la cerveza que tenía por costumbre y, mientras el apuesto camarero nos servía, apareció un cliente de mi acompañante, digamos, poco satisfecho. El tipo entró derecho hacia el camello y comenzó a recriminarle sobre algún asunto turbio de venta de droga. El camello trató de calmarlo, me dijo que esperara un momento y consiguió salir con el tipo para discutirlo en otro lugar. Cuando el camarero nos sirvió las cervezas, estaba yo sola y se me hizo la sonrisa.

    -¿Se las apunto? -me preguntó, por la costumbre.

    -No, pagaré yo -me dio pena Pablito Escobar y pensé que me tocaba a mí ya.

    Cuando pagué me aseguré de inclinarme lo suficiente para que se me viera bien el escote. Trataba de evitar mirarme, pero podía ver como sus pupilas se movían inquietas. Me dio las gracias, metió el dinero en la caja y, al girarse de nuevo, allí seguía yo manteniéndole la mirada. Se puso un poco nervioso, pero se rio y se vio obligado a darme algo de conversación.

    -¿Todo bien con…? -señaló el asiento de mi acompañante.

    -Sí, supongo. No sé, sus historias raras.

    -Ya, me puedo imaginar.

    Nos reímos los dos, sabiendo de qué hablábamos pero sin decirlo. Siguió un silencio, estaba costando arrancar, así que mantuve la mirada en él, forzándolo una vez más a que se quedara allí. Tenía las piernas cruzadas, exponiendo uno de mis muslos casi hasta el culo, y los brazos bien juntitos al cuerpo, apretando mis tetas. Cada vez podía disimular menos que se le iban los ojos.

    Se veía cortado, tenía que ser yo la que siguiera. Estaba a punto de decirle algo, cuando uno de los pocos clientes lo llamó para que le sirviera. Huyó de la tensión y no tardó un segundo en acudir a la llamada, dejándome con la palabra en la boca.

    La noche corría y mi camello no volvía. El camarero se movía entre dos aguas, evitando pararse cerca mía, pero sin perder la oportunidad de lanzar una mirada o decirme alguna broma cuando pasaba a toda prisa por mi lado. El bar se estaba vaciando (más aún), mi cerveza se estaba gastando y la del camello estaba intacta.

    -¿Cuánto queda para que cierres? -le pregunté.

    -Unos veinte minutos.

    -No sé si este aparecerá, creo que su cerveza se va a desperdiciar. No la ha tocado nadie, ¿te la tomas conmigo? Si este hombre aparece, le sacas una nueva.

    -Mmm… bueno. Sí, ¿por qué no?

    Con la cerveza en la mano, como si fuera un ancla, se sintió más cómodo al tener una excusa para pararse a hablar conmigo. Comenzaron las preguntas de cortesía: los nombres, Carla y Jack, que si éramos de aquí, que si el camellucho era mi pareja, que si la tenía él…

    -Esta cerveza está ya caliente -dijo pasados unos cinco minutos, con la cerveza a poco más de la mitad-. Me voy a abrir otra, ¿te saco a ti una?

    -Vale -contesté mirando a la mía, que le quedaba poco más de un sorbo.

    Brindamos con nuestras nuevas y fresquitas cervezas. Acabábamos de darle el primer sorbo y el último cliente que quedaba se levantó y se marchó haciendo ochos sin despedirse.

    -Quedarán quince o diez minutos para el cierre, ¿no? ¿Puedes salir de la barra y nos la tomamos juntos? No creo que mi amigo venga ya y es triste tomarse una cerveza sola estando de vacaciones.

    Sin decir nada, solo afirmando con la cabeza, salió de la barra y se sentó en el taburete que fuera del camello. Volvimos a brindar.

    -La verdad que me tenía un poco harta ya -continué-. Es un poco pesado y he salido con él porque no conozco a nadie. A nadie interesante, al menos.

    -Otra cosa, quizás no, pero en esta ciudad gente interesante puedes conocer. Te lo aseguro. Sobre todo en este bar.

    -Cierto, creo que ya he conocido a uno -se le escapó una risilla nerviosa al escucharme.

    -Oye, vengo ahora mismo -me dijo, pensé que quería huir-. Es casi la hora y voy a cerrar la puerta ya. Cuando te quieras ir te abro o, si tu amigo tiene que entrar que te llame y que pase.

    -Tranquilo, se ha llevado sus cosas y, si llama, no se lo voy a coger.

    Cuando Jack se levantó, di un buen trago a mi cerveza. Fue bastante rápido y estuvo de vuelta en un momento. Antes de que se sentara, le enseñé mi vaso y, poniendo cara de buena, le di a entender que quería otra, Jack se rio y entro a la barra a por otras dos más. Antes de que se sentara, me giré hacia él, apoyando mis pies en su taburete, quedando nuestras piernas cruzadas en posiciones alternas.

    -Creo que es el primer rato que estoy pasando realmente a gusto en estas vacaciones.

    -La próxima vez que vengas ya sabes a dónde tienes que venir. Ya te he dicho antes que seguro puedes conocer a un montón de gente interesante. Esta ciudad es única.

    -Y yo te he dicho que creo que ya he conocido a uno.

    -¡Menudo piropazo me acabas de echar!

    -Y podría echarte más.

    -¿Sí? Con lo de interesante me daba por satisfecho. ¿Cuáles más me puedes decir?

    -¿Buenorro?

    -¡Ja, ja, ja! No creo que tanto, yo sí lo podría decir de ti.

    -¡Vaya! Que me lo digas tú sí que es un piropazo, con la de chicas guapas que tienes a tu alrededor no se que me puedes ver a mí.

    -No digas eso, Carla. No se trata de comparar.

    -No sé, tienes que decirme que me ves para decir que estoy buenorra.

    -¿Y tú a mí? Yo te lo he dicho porque tú me lo has dicho primero -gritó Jack nerviosísimo, le daba miedo al callejón al que lo estaba llevando.

    -Pero también te pregunté primero -le rebatí con seguridad, terminando con un trago a la cerveza y arqueando las cejas.

    -Vale, vale, ganaste. Bueno, veamos… creo que eres muy guapa, tienes unos ojos grandes y lindos, me gusta tu pelo cortito y tus labios gorditos tienen una forma muy… muy ¿sensual? Parecen como hechos a medida.

    -Lo son. Continúa bajando.

    -¿Qué baje? -miró hacia otro lado tragando saliva – Si tengo que seguir bajando… tienes unas tetas bien grandes y se ven preciosas. Para qué lo voy a negar ¿También a medida? -se envalentonó el pícaro, aunque estaba todo colorado.

    -Sí -se me escapó la primera carcajada. Bien contenta que estoy con ellas. Dime más cosas, que me gusta esto.

    -Se nota que tienes un tipazo y tienes unas caderas bastante lindas -continuó sin dejar de afirmar con la cabeza -. Y tienes unas piernas redondeadas, fuertes y preciosas. Muy completa, sí señor. ¡Ah! Se me olvidaba algo de lo más importante: no te he visto mucho, pero cuando te levantaste antes me pareció que tenías muy buen culo. Lo que te decía, completísima.

    Me di cuenta de que llevaba un buen rato con la mano sobre mis piernas. Cuando las mencionó, las acarició acercándose con cierto peligro a la falda, apretando un poquito en varias ocasiones. Respondí poniendo morritos en señal de aprobación.

    -¡Joder! Me doy por satisfecha, me creo que te parezca que estoy buenorra. Y, bueno, tengo un secreto. No sé si te lo imaginas.

    -¿Qué secreto?

    -Pues un secreto. Creo que puedes saber de qué hablo.

    -Se me ocurre una cosa, pero no sé si te refieres…

    -Y, ¿no te importa?

    -Si es lo que tengo en mente, para nada.

    -¿Quieres comprobarlo? Con esa mano que tienes en mi muslo, por ejemplo, te dejo que suba todo lo que necesites.

    Me abrí de piernas. Dejó la risa nerviosa a un lado y me miró serio. Al principio su cara me decía no estar seguro de lo que le decía; más tarde, sus ojos me dijeron que aquello le encantaba. Sin que ninguno de los dos pronunciáramos más palabras, su mano se deslizó lenta y suave por mi muslo, curvó hacia el interior al acercarse a la falda y se adentró en ella. Avanzó en las tinieblas de aquel corto túnel, sin apartarme la mirada, e hizo contacto.

    Cuando salgo siempre visto con trucadoras: tangas o bragas con un compartimento en la zona del perineo donde guardar el pene y que no se note. Pero como tengo la polla tan gorda, después de unas cervezas me la saco porque estoy súper incómoda. Cuando su mano llegó al destino, mi polla morcillona estaba guardada a duras penas por un tanga mucho más chico, casi por fuera. Hubo contacto piel con piel y un flujo de sangre corrió por mis entrañas. Jack dudó al tocar, no supo si seguir o retroceder. Esperaba de mi una respuesta y yo me mordí el labio para dársela. Era lo que necesitaba para seguir y agarrar mi polla ya erecta, que rehusaba de quedarse dentro del tanga. La meneó poquito a poco y echó su otra mano a mi otra pierna, agarrando con fuerza. Yo le devolví el gesto, contoneándome, acercamos nuestras caras y nos besamos.

    Se puso en pie y, sin soltarme la polla, me tomó por la nuca para que el beso fuera más apasionado. Esa mano no tardó en bajar por mi escote y agarrar una de mis tetas abriéndose todo lo que podía. Mordí su boca y rugí. Recorrí su espalda en un segundo y no me entretuve más antes de buscar su paquete. La primera impresión, con el vaquero de por medio, fue buena; se me llenó la mano y tuve la necesidad de sentir la carne. Sentía como crecía mientras desabrochaba botones con presteza y, cuando saqué lo que escondían sus calzoncillos, una lujuria desenfrenada me hizo retorcerme. Por fin una polla tan grande como la mía, más estilizada y no tan gruesa, pero un pollón a fin de cuentas al que me entraron ganas de devorar. Me la tragué, desesperada como si no hubiese follado en mi vida, sin saborear, hasta el límite de mi garganta. De la boca de Jack salieron suaves gemidos mientras estiraba sus brazos para remangarme la falda y contemplar y tocarme así el culo.

    Con la boca llena de babas colgantes, me erguí de nuevo. Junté mi polla con la suya, necesitando de las dos manos para pajearlas sin que se separaran. Él, mientras, me manoseaba las tetas como si no hubiera mañana.

    -¿Activo, pasivo? -le pregunté sin que paráramos.

    -No tengo mucha experiencia en esto…

    Lo callé con un beso guarro y le susurré “no digas más”. Hubiese preferido escuchar otra cosa, pero aquel chico me gustaba tanto que me daba igual quién le reventara el culo a quién. Abrí mi bolso y saqué un condón y un botecito de lubricante. Me eché un chorreón en la mano y lo restregué por su polla, una vez se puso el preservativo. Le pasé el botecito y me apoyé contra la barra, de espaldas a él y sacando culete. Me bajó el tanga y, tras unos besos en los cachetes, noté el frío y caliente lubricante entrando por mi ano. Me vibraron las piernas. Me extendía el lubricante y me agarraba la polla con la otra mano. De un pequeño brinco, se puso derecho y se pegó a mí, metiendo las manos por mi top en un rápido movimiento hasta llegar a las tetas y levantándolas con fuerza. Sentí, en ese momento, su polla apretada contra mi culo, haciéndome resoplar. Estando paralizada, esperando el momento clave, empezó a besarme el cuello por detrás y soltó una de mis tetas para encaminar su polla hacia mi culo.

    Y me atravesó.

    El lubricante hizo que entrara rápida y fluida, noté como mi ano se dilató de cero a cien en una fracción de segundo. Me sentí rellena. En el primer gemido se me fueron las fuerzas. Me tuve que aguantar con las manos en la barra para no caer al suelo. El lubricante y mi excitación abrieron rápido el camino y, por más que Jack quisiera empezar despacito para no hacerme daño, enseguida tuvo las puertas abiertas.

    La acción pasó a varios frentes. Con su polla me penetraba el culo con potencia, como animal fogoso, haciéndome gemir; sus manos, por su parte, danzaban por cada centímetro de mis tetas, ansiosas y curiosas, como si fueran un paraíso perdido. Satisfecho con la exploración, dejó mis tetas y me agarró por las caderas. Despegó su tronco del mío, tomó posición, presionando hacia dentro mis caderas, y comenzó el verdadero espectáculo.

    Sus penetraciones ahora eran más profundas, más constantes. Había encontrado su ritmo. No podía levantar la cabeza por mucho que intentara y solo me quedó seguir apoyada en la barra y con una mano pajearme al compás de sus embestidas. Las gotas de sudor me caían por la frente y se precipitaban en la barra, otras se deslizaban por mi espalda hasta llegar hasta donde mi culo se juntaba con su polla. Entre temblores, cogí fuerza para quitarme el top y la minifalda, enrollada en mi estómago. Estando desnuda, solo con el calzado y el tanga colgando de uno de mis pies, él respondió con aún más intensidad hasta dejarnos exhaustos a los dos.

    Frenó para respirar, sacó su polla y sentí el vacío en mi recto. Me giré y le quité la camiseta empapada para restregarnos en un abrazo resbaladizo, mientras nuestras pollas chocaban por abajo en un duelo de espadas. Para mi sorpresa, se agachó y comenzó a chupármela. Era cierto eso que dijo de la falta de experiencia, pero, aunque solo fuera un ratito a modo de transición, el cariño y el empeño que puso fueron más que suficientes para ponerme a tono para el siguiente asalto.

    Jack se levantó y me besó, impregnándome la boca con el sabor de mi propia polla. Caí apoyada otra vez contra la barra, esta vez frente a él. Los dos queríamos continuar, necesitábamos continuar. Alcé una pierna para indicarle el camino. Mirándonos cara a cara, agarrándonos para no dejar de estar juntitos, buscó con la punta de su polla la vía hacia mi culo para retomar las embestidas. El camino ya estaba hecho, su polla volvía a estar en mi interior. No nos apartamos la mirada, la velocidad fue in crescendo. Apreté los dientes para retarlo a que siguiera sacando fuerzas de donde las tuviera. Creo que sin pensarlo, me estaba agarrando una teta por la parte inferior, tan fuerte que casi me hacía daño. Todos los músculos de nuestros dos cuerpos estaban en tensión, teníamos la maquinaria a tope. Sin esperarlo, me lanzó un beso que pareció más un bocado. Hizo subir (aún más) mi temperatura.

    Mi polla estaba tan erecta como la suya, bailando libre al son de sus penetraciones, entre nuestros dos vientres. Liberé una mano y seguí masturbándome, con dificultad por el intenso traqueteo. Pasados unos minutos se me puso ardiendo, me quemaban las manos; no lo vi venir, pero iba a correrme. El único aviso que me dio tiempo a dar fueron unos gemidos fuertes e incontrolados, no más de tres segundos antes, que se convirtieron en una larga exhalación cuando un blanco lefazo salió disparado hacia arriba, cayendo unas gotas sobre su cara y, la mayor parte sobre mis propias tetas.

    Perdí la visión parcialmente. Solo veía su rostro, yendo y viniendo, con los colores distorsionados, y la gota de lefa cayendo por su mejilla. Cerró los ojos, apretó los labios, retorció una mano sobre mi pecho, la otra sobre mi cadera y explotó en un grito digno de una guerra.

    Recuperé la visión. Su polla en mi culo aminoró la velocidad y, tras unas cuantas penetraciones suaves, salió resbalada. Jack se apoyó en la barra, a mi lado; casi se cae al suelo. Lo acaricié y le pregunté como estaba. Quiso contestar, pero no pudo. Al cabo de un rato, rio tras recuperarse y me abrazó. Me dio un tierno beso en la mejilla y, aunque aún no pudo articular palabra, aprovechó para tocarme las tetas una vez más.

    -¿Todo bien? -fue lo primero que pudo decir, entre jadeos.

    -¿Bien? -contesté-. Creo que llevabas razón. Parece que sí hay gente interesante en esta ciudad. Puede que terminemos haciendo las paces si me sigue brindando más momentos como este -se sorprendió un poco al escucharme, no le había contado que me había criado allí-. Espero que me sigas ayudando a ello… y a tener unas vacaciones que nunca olvide.

  • La rebelión de mi madre (XIII): Prisión domiciliaria

    La rebelión de mi madre (XIII): Prisión domiciliaria

    Anteriormente: en la visita higiénica mi madre pierde el control y terminamos haciendo un 69 rompiendo todos los protocolos.

    El tiempo se agotó y mi madre no está dispuesta a abrir la habitación hasta no llevarse toda mi leche.

    Eso provoca que abran la fuerza por otros medios.

    Las penitenciarias se dan con una imagen terrible.

    Una madre y su hijo están teniendo sexo oral y no han respondido a los avisos de fin de tiempo de visita.

    Notifican a las autoridades. Notifican a mi madre y a mí que han prohibido las visitas por tiempo indeterminado.

    Pasan varios meses y contrato otros abogados desconocidos para no tener que explicar lo que había ocurrido.

    Apelan pero la conducta de mi madre dentro del penal ha sido cada vez peor, pierde casi todos los beneficios, se pelea con las internas, con las guardias, está casi siempre recluida en una celda especial.

    Incluso hasta han solicitado enviarla a una cárcel para prisioneros peligrosos, lejos de nuestra ciudad.

    El chisme de lo que hicimos se corrió por todo el servicio penitenciario, ya no la llaman por su nombre ni por su legajo sino por ser la «mamá pervertida».

    Casi un año pasa, los ahorros se han ido en abogados y negociaciones tratando de lograr que mi madre pueda contar con visitas.

    Su extrema locura llevó a la defensa a pedir cuidado especial en el domicilio por parte de un familiar.

    De la venta de una de las propiedades salieron los honorarios para los abogados, y el soborno a las guardias carcelarias que rectificaron su declaración indicando que talvez no fue un acto sexual lo que estabamos practicando sino que era un ataque de ira de mi madre tratando de hacerse daño y que yo estaba tratando de sostenerla y en esa lucha quedamos con la ropa rasgada y casi desnudos.

    Las 2 guardias se llevaron casi un auto cada una.

    Eso permitió que a mi madre la declaren con insanía y poder lograr una prisión domiciliaria bajo mi cuidado.

    Por recomendación de nuestros abogados conservamos la quinta para vivir y vendimos la casa céntrica.

    Se la adecuó a prueba de paparazzis y familiares del oficial muerto por la acción de mi madre.

    Debíamos estar aislados.

    Al salir de la penitenciaría, esperaban los periodistas y familiares de la víctima gritando, insultando y tirando huevos.

    Fue escandaloso pero fue solo un momento. La policía nos abre paso y nos escolta hasta el domicilio donde con tobillera electrónica se asegurarán que mi madre no se salga del perímetro.

    Mi madre no puede estar sola ni un solo momento, por lo que en los momentos que no estoy queda una enfermera a cargo.

    Las compras las hacemos casi todas por delivery para evitar pasar tiempo de más fuera del domicilio.

    Mi madre está totalmente cambiada, su rostro es más recio. Una mirada profunda y seria. Su piel está lastimada y ajada por el paso de la prisión.

    Cuenta con cicatrices en el rostro, en los brazos, en las piernas y según me han comentado en el cuerpo.

    Sus nudillos están grandes producto de las continuas peleas a las que se ha enfrentado.

    El trato conmigo es casi protocolar, como si no quisiera hablarme, solo se limita a comer, leer, arreglar el jardín y tomar té sola mirando el atardecer.

    Su físico ha cambiado, su espalda está más grande, sus brazos fuertes, sus piernas torneadas, su abdomen está duro.

    Las enfermeras no duran mucho, y cuesta conseguir sabiendo su prontuario, se pelea y las amenaza.

    Esto lleva que tenga que trabajar desde el domicilio, buscar otras formas de trabajo que me obliguen a permanecer el mayor tiempo posible con mi madre.

    La psicologa me sugiere que trate de compartir tiempo en las cosas que le agradan a ella para que se abra.

    Es así que dedico tiempo a la huerta y al jardín que parece tranquilizarla.

    La primavera está levantando las temperaturas y el trabajo en la tierra hace que usemos ropas más livianas.

    Aguanto lo máximo que puedo, no quiero sacarme la remera en frente de mi madre.

    Trabajar la tierra nos hace transpirar. El sudor moja mi remera. Y la blusa de mi madre también se humedece.

    Usa un pantalón que se le pega al cuerpo, bombacha de campo pero elastizada. Está preparada para el trabajo en la tierra. En cambio yo solo con un jean y una remera que no combinan.

    Comienza a hablarme, a contarme cuan importante es tocar la tierra después de tanto tiempo entre barrotes y cemento.

    Me enseña como plantar correctamente cada planta, y eso me permite estar mas cerca.

    Tiene el cabello recogido, un sombrero de paja que la protege del sol.

    El calor y el esfuerzo la sonrojan y hay gotas de transpiración en su rostro.

    No solo en su rostro, también en su cuello y en su escote.

    Trato de concentrarme en la tierra, en las plantas pero cada tanto se me escapa la mirada hacia las gotas que ruedan hacia ese escote que los invita a confluir.

    Pasa la tarde y la oscuridad nos lleva a dejar todo como está y seguir a la siguiente jornada.

    Caminamos juntos hacia la casa. Al llegar vemos que estamos llenos de tierra y barro en el calzado y la ropa.

    Mi madre me mira un instante pero no dice nada.

    Antes de entrar se saca el calzado.

    Me pide que me de vuelta, que no mire.

    Se saca la remera, y se baja el pantalón, queda solo con su ropa interior puesta. ¿como lo se? Porque no me resistí y desvié mi mirada hacia ella.

    Su cuerpo totalmente trabajado, con cicatrices, y los distintos colores por el efecto del sol son resaltados por el brillo del sudor en toda su piel.

    «voy a bañarme, después de mí te toca a vos, sacate la ropa acá así no ensucias todo» dijo mi madre mientras ingresaba a la casa.

    La miro completamente. Veo su andar hacia el interior. Allí hay un gran espejo que me refleja mirándola.

    Ella me vé mirándola. Pero inmediatamente saca su mirada como haciéndose que no se da cuenta.

    Su paso se vuelve más lento. Su mano va hacia su espalda y se desabrocha el corpiño.

    Por ese gran espejo veo sus tetas libres, enormes, bamboleándose en cada paso.

    Sigue en su andar y se baja la bombacha blanca manchandola con la tierra de sus dedos.

    La deja caer al suelo y la levanta con su pie hasta tomarla con la mano.

    Un solo segundo tuve para apreciar una vagina cubierta con vello púbico negro profundo.

    Un solo segundo que alcanzó para que tuviera una erección.

    Ella se pierde en los pasillos de la casa en búsqueda de ese baño que la deje limpia.

    Espero mi turno para poder pasar. Hasta que veo salir desde el interior a mi madre cubierta con una minúscula toalla que apenas cubre sus pezones, la parte superior de sus pechos y el escote están a la vista.

    Por debajo la toalla apenas cubre su vulva.

    Está enrollado de tal manera que quedara al límite, es totalmente deliberada esa disposición.

    Desde el pasillo se va acercando hasta verme bien, allí me hace señas de que pase, de que es mi turno de bañarme.

    Me saco la remera, también el jean y las medias. Abro la puerta y hago mis primeros pasos.

    Mi madre no se ha movido de ese pasillo, está esperando que pase.

    El espejo del fondo nuevamente me muestra la parte de atrás de mi madre. Es tan corta esa toalla que se puede ver la redondez de cada nalga.

    Trato de disimular pero la mirada tiene que elegir entre mirar sus tetas o su culo.

    Mi erección es indisimulable, pero no quiero cubrirme para hacerlo mas notorio, asi que solo camino por ese pasillo.

    Siento la mirada de mi madre en todo mi cuerpo, es intimidante, dominante.

    Cuando la cruzo no emito palabra, solo voy hacia el baño sin mirar hacia atrás.

    Siento entonces como mi madre me llama, me pide que me detenga.

    Giro sobre mí y la veo acercarse como un felino.

    «dame ese calzón así lo lavo hijo» me dice al llegar a mí.

    Sus dedos separan el elástico de mi piel y lo baja de un tirón.

    Se pone de cuclillas para recoger la prenda y se reincorpora pasando su rostro muy cerca de mi erecto pene.

    «andá a bañarte» me dice mirándome a los ojos mientras sus uñas acarician mi abdomen debajo de mi ombligo.

    Ese baño fue una tormenta de pensamientos, sin saber que hacer.

    Al salir de la ducha veo que la unica toalla que había era una muy pequeña.

    Trato de secarme con ella y ajustarla a mi cintura, pero apenas puedo anudarla.

    Deja la parte inferior de mis nalgas a la vista y apenas cubre mis testículos.

    Al salir, mi madre vestida con un deshabillé lleno de encaje y transparencias se acerca a mí con una copa de vino.

    Se lo acepto y mientras bebemos en ese mismo pasillo, se hace hacia atrás y me contempla de arriba a abajo.

    «¿no será muy grande esa toalla hijo?» me dice sarcásticamente.

    El deshabillé es rojo, corto, muy corto, cada movimiento de ella amenaza con mostrar más de lo debido, el encaje acompaña bien al escote que también busca mostrarse cuando gira.

    Me invita a pasar a su cuarto donde hay una toalla más grande para que me seque.

    Al buscar la toalla en lugar de darmela se acerca y comienza a secarme ella.

    Comienza con mi rostro, mi cabeza y va bajando por mi cuello.

    Va secando mis brazos mientras se pega a mí. Sus pechos tienen contacto fugaz con el mío. Y cuando me rodea para secarme la espalda los apoya en mis brazos.

    Sus piernas hacen lo propio entrelazándose entre las mías.

    Me seca la espalda sin ponerse detrás mío, solo de costado, así sus pechos pueden encajar en mi brazo y una de sus manos puede jugar con mi abdomen.

    En mis abdominales se detiene mucho tiempo, usa poco de la toalla. Intenta secarme como si estuviera herido. Poco a poco.

    En eso se acerca a mi oido, siento sus pechos en mi pecho y en punta de pies llega hasta el punto de susurrarme:

    «ahora voy a bajar»

    Trago saliva y la veo descender.

    Se arrodilla con las piernas juntas poniéndose entre mis pies.

    Seca mis píes con delicadeza y cada una de mis pantorrillas.

    Al llegar a las rodillas levanta su mirada y desde ese punto tiene la vista de mis bolas y mi miembro en toda su dimensión.

    Detrás de ese foco está mi rostro desde arriba mirando lo que hace.

    Ella parece aprovechar la excusa de mirarme a los ojos para mirar lo que hay debajo de la diminuta toalla

    Sube lentamente secando mis muslos.

    Allí su secado llega hasta mi entrepierna.

    Cuando está llegando a la parte crítica deja caer la toalla con la que me secaba, pero no la busca, porque sus dedos siguen hacia arriba y tiene contacto con mis enorme bolas que están por explotar.

    Sus manos rodean mi cadera y su cara se eleva hacia mis partes prohibidas.

    El rostro de mi madre hurga debajo de la diminuta toalla que cubre mi desnudez y la levanta para tener acceso a mis testículos.

    Siento la electricidad en mi cuerpo cuando sus labios y su lengua prueban uno de mis huevos.

    No puedo ver lo que hace, la toalla que ata mi cintura cubre su rostro y lo que hace debajo de ella.

    Sus uñas comienzan a hacer presión en mis nalgas.

    Hay mucho deseo contenido.

    Su lengua con maestría pasa por cada uno de mis testículos y sus labios calientes se abren para contenerlos dentro de su boca.

    Un gemido gutural se escapa de mi boca, un gemido incontenible que anticipa una noche de desenfreno sexual.

    ¿qué les va pareciendo? Ya en la próxima entrega llega el capítulo final y prometo que será en las próximas horas. Gracias por la paciencia.

  • Quien gana manda

    Quien gana manda

    Con mi compa nos encanta mirar porno. Empezamos a hablar de eso después de tener sexo, estando tirados en la cama en esa calma hermosa.  Ella hizo la pregunta. Creo que no le resultó fácil, pero cuando empezamos a contestarnos fue un poco menos fácil, aunque muy excitante.

    A veces es más difícil hablar que mostrar, así que abrí la pestaña de incógnito en el celular y le mostré dos videos. Uno de facesitting y otro de pet play, donde la persona que personificaba a la gata se exhibía y tomaba semen de un tachito. Ella me mostró uno femdom, dónde ella le daba órdenes ridículas al tipo y lo hacía vestir su ropa interior; y otro dónde un hombre se metía en el vestuario femenino en el gimnasio, le vendaba los ojos a la única mujer que había, garchar, él se iba y ella nunca lo veía.

    Nos encantó.

    Jugamos al ajedrez, llegamos al acuerdo de que quien gane será quien manda y quien pierda deberá obedecer los caprichos sexuales del otro por 24 horas. Jugamos muy mal, y peor excitados. Clavé su dama con un alfil, ella se comió el alfil y yo a su dama con mi torre. Estaba empezando a sobrarme cuando metió su torre en la primera fila y me dio un mate de pasillo. Se río con el pecho erguido, y yo miré el tablero un poco triste. Excitadamente triste.

    – Desnudate – me dijo, se seguía riendo. Protesté un poco. Recién la tenía dura, pero el miedo me la volvió a bajar. Había perdido: ella mandaba y yo quería hacerla feliz. Me desnudé de espaldas a ella y me volví a sentar en frente del tablero.

    – No nene, servime una copa de vino.

    De pasada a la cocina le di un beso en los labios, ella me besó también, me sentí seguro. Mientras estaba descorchando y sirviendo el vino sentí mi cola expuesta, vulnerable y jugué con eso. La levanté un poco, arqueé la espalda, ella no me veía pero me hubiera encantado que entrara y me viera así, metido en mi papel de sirviente, con todo mi cuerpo para ella.

    Se había acostado en el sofá y estaba con el celular, le entregué la copa en la mano, dio unos sorbos, dejó la copa y se abrió el pantalón.

    – Sácame todo, me dijo.

    Obedecí, ella seguía concentrada en su celular. Cuando estuvo desnuda abrió bien las piernas. No esperé a que me pidiera que se la chupara. Era un vídeo reality en español, dónde una mujer iba a tener un trío con dos hombres. Se la chupé con toda mi alma, le acariciaba el cuerpo, las nalgas con mis manos, le metí los dedos en la concha y el culo. Estaba hipnotizado, ni siquiera se me ocurrió tocarme a mí mismo mientras la servía. Me la imaginaba a ella, diosa, chupando un par de vergas, siendo penetrada, gimiendo.

    Bajó el celular, me agarró del pelo y me escupió la cara, me metió dos dedos en la boca y me volvió a empujar a su conchita, me apretó, movía su pelvis en mi cara, daba igual si era sobre mi boca, mis ojos, mi nariz, tenía toda la cara mojada. Así tuvo un orgasmo.

    Cuando se relajó me abracé de su pierna con mi cabeza en su pelvis. Ella respiraba tranquila, pero yo estaba inquieto.

    Me acarició.

    – Te parece bien si estás desnudo hasta la noche? Me gusta verte.

    Le dije que sí, la besé entre las piernas y me incorporé. Ella volvió a ponerse la ropa interior y el pantalón.

    Eran las cuatro de la tarde de un domingo y no teníamos nada que hacer. Miramos una película, preparamos la merienda y comimos. Ella me tocaba al pasar, si la tenía blanda me la sacudía como jugando. En un momento me metió de sorpresa un dedo en el culo. Cuando veía que la tenía dura a más no dar me recostaba el culo o me besaba apretándose toda contra mí.

    Quería desnudarla también, sobarle las tetas, metérsela y acabarle adentro sin importarme nada, apretarla contra la pared y agarrarla del pelo mientras me la garchaba. Pero ella había ganado, había sido más inteligente que yo, y estaba hermosa.

    Después de comer nos acostamos, ella quería dormir. Para mí era imposible, estaba en un estado de agitación tremendo. Cuando se durmió decidí ponerme el boxer, quería descansar. Me dormí también.

    Me despertaron sus manos sacándome el boxer. Me desnudó casi con rabia. Ella estaba solo en bombachas, enérgica, se le sacudían las tetas y se divertía haciéndose la enojada.

    – Si querés placer te lo vas a dar vos – me dijo-, y con esto en el culo. – Sacudió el dildo en la mano.

    Se corrió la bombacha y se empezó a meter el dildo. Yo la miraba como tarado. Se gozaba, gemía, se tocaba las tetas, ni me miraba. Después, cómo por gentileza, me dio un besito en la pija y me metió el dildo en el orto, mojado por ella. Me masturbé por fin, estaba en la gloria, quería que fuera largo, me metía y me sacaba a mí mismo el dildo en el culo y me hacía la paja. Ella se sentó en mi cara y me pasó frenéticamente la concha. No sé si tuvo uno, dos o tres orgasmos, yo seguía llevando y trayendo mi orgasmos muchas veces. Estaba al borde.

    -Déjate el coso en el culo- me dijo. Se me sentó en verga, yo estaba por explotar. Subió tres o cuatro veces y solté el chorro de chele adentro.

    Nos relajamos, nos quedamos abrazados largo rato. Ella me dijo te quiero, y yo le dije te creo. Me acarició, me besó y nos dormimos.

    Al día siguiente dimos por terminado el juego, y yo me puse a hacer ejercicios de ajedrez.

  • Día de padre e hija

    Día de padre e hija

    Sabías que hoy iba a ser un día tranquilo cuando llegaste a casa para ver que tu hijastra estaba completamente sola, su madre se había ido así que solo eran ustedes dos. Siempre tuviste una debilidad por la joven de 20 años, sus caderas, sus suaves muslos que siempre dejaba al descubierto con esos shorts tan pequeños que usaba, su pancita y hasta sus grandes pechos que te tentaban ya que nunca la habías visto usar sostén en la casa, tenías que correr desesperado al baño a masturbarte pensando en sus pezones rozando la tela de su top y en como se sentían sus pechos frotándose en tu pecho cuando te abrazaba. Hoy no era distinto, llevaba un short demasiado ajustado con una de tus camisas que siempre te robaba para andar en casa, estaba recostada en el sofá pero al verte se levantó para abrazarte y besar tu mejilla.

    — ¿Cómo te fue hoy, papi?— tomó tu mano para guiarte hasta el sofá así los dos se podían sentar juntos.

    — Estoy algo cansado, amor, ¿por qué no te sientas en las piernas de papi?— preguntaste con una sonrisa dandole palmaditas a tu regazo. Ella obedeció contenta apoyando su rostro en tu cuello, lentamente tus manos se acercaron a sus piernas para poder acarciarlas, poco a poco metiendo tu mano en medio de sus muslos.

    — Te extrañé hoy— dijo timida — Estuve pensando en ti.

    — Oh, ¿pensaste cosas lindas, princesa?— tu mano le da un firme apretón a su muslo cosa que la sorprende un poco.

    — Sí, pero me da pena decirte— susurró.

    — No tienes que ser timida, sabes que papi siempre está aquí para cuidarte y ayudarte— no puedes evitar reír un poco, era adorable lo timida que podía llegar a ser. Ella se acomoda en tus piernas para poder verte de frente aunque por sus mejillas sonrojadas puedes ver que le cuesta un poco. Sus manos toman una de las tuyas y la acaricia mientraS intenta pensar en como contarte.

    — Hoy cuando me fui a bañar pensé en ti… Vi un video antes de bañarme— bajó la mirada y pudiste ver esa sonrisa tipica que dejaba salir cuando estaba nerviosa.

    — ¿Esos videos para chicas grandes?— preguntaste mientras tu mano libre se acercaba a su short, con uno de tus dedos acariciabas su vagina sobre la tela.

    — Sí… En el video la chica se estaba masturbando usando la punta del lavabo, gemía muy lindo — pausó un momento para mover sus caderas suavemente contra tus dedos buscando fricción — Entonces yo imaginé que me encontrabas frotando mi clitoris en el lavabo, apretando mis pezones y gimiendo tu nombre mientras mamá no estaba.

    Podías sentir tu erección creciendo poco a poco en tus pantalones pero ahora estabas concentrado en cada palabra que salía de esos labios. Corriste la tela del short y de su panty rosado para poder frotar su clitoris, te excitó ver lo empapada que estaba.

    — Ah, papi, por favor— sus manos se frotaban sobre sus pechos ahora, los amasaba sobre la tela.

    — Sigue contando, amor, ¿qué quieres que papi te haga?

    — Entonces… Papi llega y me sienta sobre el lavabo, mete su lengua en mi boca y sus dedos se meten en mi vagina— sus pequeños gemidos te encantaban así que decidiste darle el gusto, la comenzaste a besar mientras tu lengua recorría toda su boca uno de sus dedos penetró su vagina.

    — Papi! No pares! ¿Sí? Me porté muy bien, lo juro! Está vez ni siquiera me masturbé en tu cama!— se tuvo que separar, arrojó su cabeza hacía atrás, otro de tus dedos se metía en su agujero — Más rápido! Por favor!— Sentías que estabas a punto de correrte cuando escuchabas el ruido obsceno que sus jugos hacían cuando metías y sacabas tus dedos, te encantaba la forma tan desesperada en la que ella dejó la timidez para jugar con sus pechos, tirando y apretando sus pezones, ofreciendo sus pechos para que los chupes hasta cansarte. No rechazaste su oferta, te prendiste a uno de sus pezones, lo mordías, lo chupabas y usabas tu otra mano para jugar con su otro pecho.

    — Papi! Papi! Estoy muy cerca! Por favor, más fuerte!— rogaba con pequeñas lagrimas formándose en sus ojos.

    Tus dedos eran un completo desastre entrando y saliendo fuerte, antes de que pudiera correrse en tus dedos la besaste, jugabas con su lengua mientras su otra mano jugaba con su clítoris sin consideración alguna. Su espalda se arqueó y se separó de tu beso, gemía tu nombre tan alto que esperabas que los vecinos no la escuchen.

    — Gracias papi— sonaba exhausta pero aun así se acercó a darte un tierno beso en los labios.

    — Ya sabes que siempre consiento a mi niña buena— la sientas suavemente en el sofá y te pusiste de rodillas — Ahora deja que papi limpie esto, ¿sí?

  • Tras el primer concierto (I)

    Tras el primer concierto (I)

    Álvaro volvía a estar totalmente emocionado. Héctor iba a pasarse en media hora para llevarle al concierto de su grupo favorito. No solo eso, le había prometido pases de backstage e iba a presentarle al bajista: Sköll. Como había hecho tantas otras veces en los dos días pasados desde el concierto repasó la foto de la banda. Aunque todos habían elegido nombres nórdicos, de dioses ligados a conceptos negativos o directamente antagonistas de los Æsir, solo él llevaba un nombre de lobo. Inclinándose hacia delante estudió con más detalle la foto, de alta definición, pero pequeña. Su ropa negra se confundía con el fondo y aparecía ligeramente oculto tras Helblindi, el cantante. De los cinco integrantes era quien más distante se le antojaba, y la idea de conocerle le llenaba de nervios. Además, todos en el grupo mantenían en secreto sus nombres personales. No era tan raro en la industria del espectáculo, aunque sí inusual.

    Al percatarse de lo tarde que se le había hecho se vistió a toda prisa, remetiéndose la camiseta que ya llevase la otra vez dentro de los mismos pantalones de ceñido cuero negro. Había tenido que comprarse otro tanga, ya que Héctor había roto el que llevó al primer concierto, y aunque sospechaba que este seguiría el mismo destino no le seducía ir sin nada debajo. Se ató con fuerza las deportivas negras y se puso la cazadora de cuero, antes de su hermano Alberto y ahora suya. Dudó sobre las muñequeras de cuero, pero recordando que le quedaban grandes y que corría el riesgo de perderlas (y que su hermano le montase una buena por ello) decidió prescindir de ellas, con lo que llevaba era suficiente. Peinó su melena rubia hasta que consiguió una uniforme cortina y embutió en una mochila los discos de la banda, un par de rotuladores plateados y las baterías portátiles para poder cargar el móvil.

    Cuando ya se disponía a salir de casa su hermano le detuvo agarrándole de la manga de la cazadora. Su cabellera, del mismo tono que la suya, pero mucho más larga estaba revuelta y despeinada como si acabase de salir de la cama, y sus soñolientos ojos verdes apenas podían mantenerse abiertos. Cualquiera podría haberles confundido de no ser por la barba de su hermano y sus doce centímetros más de altura. Restregándose los ojos con gesto cansado Alberto consiguió enfocar su mirada en el chico, que botaba de impaciencia con una mano en el picaporte mientras chasqueaba la lengua con fastidio.

    –Álvaro, ¿te vas ya? –ante el mudo asentimiento de su hermano pequeño sonrió con indulgencia, pero frunció el ceño antes de añadir en un tono mortalmente serio–: Escúchame bien. Si hay cualquier problema me llamas y voy a por ti, si no te sientes cómodo me llamas y voy a por ti, si la situación te parece peligrosa me llamas y voy a por ti. ¿Te ha quedado claro? Ante cualquier cosa que te parezca extraña o te haga sentir incómodo quiero que me llames. Si me entero de que no lo has hecho y ha habido problemas juro que te la ganas, mocoso. ¿Entendido?

    –Que sí, pesado. Te entendí la primera vez. Suéltame o llegaré tarde.

    –No exageres. Héctor es puntual, pero siempre avisa antes de pasarse y a ti aún no te ha avisado. Además, voy a bajar contigo, así le digo hola. –Reprimió un bostezo con el dorso de la mano y por fin soltó la cazadora de su hermano–. Tío, que asco da tener que trabajar de noche. Me pierdo toda la diversión.

    Ambos hermanos esperaron juntos a que Héctor mensajease a Álvaro, quien no cabía en sí de impaciencia. Cuando por fin llegó el esperado aviso Alberto tuvo que correr para conseguir mantenerse a la par del joven, que bajaba las escaleras de tres en tres. Lo único que Alberto sabía era que le iba a presentar al grupo y que tenía pases de backstage, pero Álvaro, con buen criterio, no le había contado el motivo real por el que Héctor se mostraba tan generoso, por lo que este lo había atribuido a su amistad con el hombretón y se sentía profundamente agradecido y ligeramente en deuda con él.

    Héctor había conseguido aparcar justo frente al portal, por lo que ambos hermanos se toparon de bruces con el inmenso Land Cruiser negro que conducía siempre que quería viajar cómodo. Dando dos palmadas en la carrocería Alberto llamó la atención del hombre mientras su hermano se rezagaba, sutilmente intimidado por el cochazo e intentando a la vez disimular una rebelde erección que empezaba a asomar en sus ajustados pantalones. Algo ruborizado clavó la mirada en un punto de la reluciente pintura del coche mientras su hermano abrazaba a Héctor sin ninguna restricción, palmeándole la ancha y musculosa espalda. Apartándole ligeramente de su hermano Alberto se inclinó hacia el hombre y, estirándose cuanto pudo pues también a él le sacaba bastantes centímetros de altura, echó un vistazo para asegurarse de que Álvaro no se había acercado y no podría escucharle.

    –Gracias por estar pendiente de él. Me sabía mal que fuese solo a su primer concierto, pero me ha dicho que tú te ocupaste de que no se le comiesen vivo y encima ahora vas a llevártele contigo a conocer al grupo. Sé que Sköll y tú sois amigos y eso, pero aun así gracias.

    Héctor esbozó una genuina y ancha sonrisa mientras dirigía su mirada al joven que esperaba detrás, algo apocado, y enmascarando sus verdaderos pensamientos palmeó el hombro de su amigo mientras sacudía la cabeza.

    –No me des las gracias, para mi ha sido un placer. No te preocupes y céntrate en el trabajo, yo me ocupo de tenerle bien vigilado hoy para que no le pase nada. De todos modos, te aviso que es posible que no volvamos hoy, el concierto termina tarde y no pienso conducir con sueño. –Se lo pensó un momento y al final añadió–: De todos modos, no sé qué planes tiene Sköll para después del concierto, si dice de ir de fiesta nos uniremos a él.

    –De acuerdo. Si eso pasa por favor, méteme un mensaje o algo, me quedaré más tranquilo.

    –Descuida.

    Se despidió de Alberto con un gesto indolente y con suma facilidad subió al alto vehículo. A través de la ventanilla pudo observar como se despedían ambos hermanos y como Alberto volvía a entrar en el portal. Álvaro rodeó el vehículo y tras abrir la puerta se encaramó como pudo al todoterreno. Dejando la mochila a sus pies alcanzó el cinturón de seguridad y consiguió abrocharle tras bregar con el enganche durante un largo y bochornoso minuto. Con las mejillas encendidas miró a Héctor, que sonreía con socarronería. La seguridad que había sentido en la sala de conciertos parecía haberse evaporado en el aire, quizá debido al contacto más estrecho que forzaba la cabina del coche. Héctor alargó la manaza y revolvió el pelo perfectamente peinado de Álvaro que se resistió con un ademán.

    –¡Para!

    –Me alegro de verte, novato. Pensé que te echarías atrás.

    Álvaro negó con la cabeza, recolocándose la cascada de cabello gracias al espejo retrovisor. Héctor arrancó el vehículo y condujo por la ciudad a un ritmo tranquilo, robando vistazos del chico que parecía haberse quedado paralizado. Ahora que podía contemplarle a capricho y con buena luz, se dio cuenta de que tenía unos muslos anchos pero firmes, a juego con sus fantásticas nalgas. De piel igual de blanca que su hermano, también tenía los ojos verdes y los labios rosas, carnosos. En conjunto parecía atlético, fácil de manejar. Tamborileando con los dedos sobre el volante se preguntó si estaría dispuesto a volver a repetir lo del concierto e incluso cosas más salvajes o si su aspecto tímido de ahora sería el reflejo de su verdadera personalidad. Condujo en silencio, dando vueltas a como plantear la relación que quería, y acabó aparcando en un área de servicio a las afueras. Ante la mirada sorprendida de Álvaro señaló la terraza, desierta debido a la temprana hora, y le indicó con la cabeza que bajase mientras cogía un sobre del salpicadero.

    –¿Te apetece un café? –preguntó en tono cordial mientras elegía la mesa más alejada de las demás.

    –No, la verdad es que no. ¿Por qué hemos parado? ¿Pasa algo? –preguntó el joven, inquieto de repente.

    –No, pero quiero hablar contigo de algo y pensé que era mejor hacerlo fuera del coche, en un ambiente neutral –deslizó el sobre por la mesa en dirección al chico, que le abrió mirándole ligeramente desconfiado. En cuanto hubo sacado de su interior el pase de backstage el gigante volvió a hablar–. Para que veas que soy legal. Mira, lo que quiero decirte es que me gustaría repetir lo del concierto, pero no como algo esporádico. Me gustas, me pareces muy atractivo y quiero acostarme contigo, pero nada de sexo suave y lento.

    –¿Qué… qué quieres decir con eso?

    –Quiero decir que me interesa pasarlo bien contigo. ¿Te gustó lo del concierto? –Álvaro asintió con una sonrisa traviesa y las mejillas encendidas. Héctor sonrió como un lobo y apoyó los codos en la mesa, que quedó empequeñecida por su inmensa masa–. Bueno, pues te garantizo que lo pasarás muy bien.

    –¿Y si no me lo paso bien? –preguntó en voz baja.

    –Si eso pasa siempre podemos ser amigos –dijo tranquilizador–. De hecho, si te estoy diciendo esto ahora, antes del concierto, es para que no te tomes la invitación al concierto o ese pase como un soborno, aunque no te interese no soy tan mezquino como para usar esa treta. Simplemente quiero que sepas lo que me gustaría y por qué me interesas.

    Álvaro se lo pensó un momento, mordisqueándose el labio inferior. La idea de volver a acostarse con Héctor le encantaba, aunque el que se lo hubiese tenido que plantear así le extrañaba. Recorrió con los dedos el canto de la mesa de madera hasta que encontró un hoyo en ella. La disparatada idea de que Alberto se hubiese enterado de sus gustos y después se hubiese ido de la lengua desfiló por su cabeza e intrigado y excitado a partes iguales, se animó a preguntar.

    –¿Mi hermano te ha hablado de mis gustos?

    Héctor entornó sus párpados hasta que sus ojos se convirtieron en dos estrechas ranuras. Álvaro se acobardó ante la expresión de enfado y desdén que adoptó la cara del gigante.

    –No. Tu hermano me ha hablado de ti, pero desde luego no para comentarme tus gustos sexuales, a pesar de que me encantaría conocerlos. Y ya que sacas eso a relucir: no me gustaría nada que él se enterase de que follamos. Y mucho menos de cómo follamos. Si se llegase a enterar me arrancaría los huevos y me les haría comer, cuando se trata de ti es demasiado sobreprotector.

    Álvaro asintió, dándole la razón. Jugueteó con el pase entre los dedos y volvió a asentir con la cabeza, notando que sus mejillas se encendían y una erección crecía en sus estrechos pantalones de cuero ante la posibilidad de que quisiera hacerlo ahí mismo, al descubierto. El hombretón enarcó una ceja ante su nuevo asentimiento, sin dejar de comérselo con los ojos, tan negros como el ónice.

    –Me apunto, a lo de tener sexo contigo. Fue una de las mejores folladas de mi vida.

    La carcajada de Héctor resonó por el desierto aparcamiento, estruendosa y sincera. Palmeó la mesa con su manaza y se puso de pie señalado el coche con un gesto. Mientras ambos echaban a andar, con el joven intentando disimular su erección, aunque con escaso éxito, el gigante pasó el brazo por los hombros de Álvaro en un gesto posesivo.

    –Dudo que tengas mucha experiencia para comparar, novato, pero me alegro de oírlo. Sube al coche.

    En cuanto se volvieron a acomodar en el interior del todoterreno Héctor le abrochó él mismo el cinturón, dando un brusco tirón que activó el bloqueo automático de la cinta. Álvaro le miró sorprendido y abrió la boca como si quisiera hablar, pero cuando el hombretón apoyó la manaza sobre su erección las palabras murieron en su garganta, sin llegar siquiera a sus labios. Sonriendo con suficiencia Héctor soltó la bragueta del pantalón e hizo a un lado el tanga del chico, revelando su duro pene. Le aferró con su mano, abarcándole casi por completo, y comenzó a masturbarle arriba y abajo con firmeza, apretando más de lo que el joven esperaba. Con la mano libre le cogió por la barbilla y le obligó a mirarle a la cara.

    –Antes de nada, vamos a establecer unas reglas básicas, y más te vale abrir bien los oídos porque no te las voy a repetir y no voy a permitir que te las saltes –no había elevado la voz en ningún momento, pero su tono acerado bastó para que el joven prestase atención. Héctor movió la mano más despacio, satisfecho, y prosiguió–: Regla número uno: solo follarás conmigo o con quien yo te diga que puedes. Si te pillo con otro, y más sin condón, te destrozo, aunque también te garantizo que yo solo estaré contigo.

    –Está bien –accedió el chico intentando centrarse y no dejarse arrastrar por el placer que le causaba al masturbarle.

    –Regla número dos –comentó aumentando nuevamente el ritmo y jugando con el prepucio–: Nada de condones. Esa mierda me agobia demasiado, yo sé que estoy limpio y no me importa demostrártelo, y voy a suponer que tú también, pero si me contagias de algo, te mato.

    –Estoy limpio, lo juro, siempre he usado condón y solo he estado con tres personas –consiguió articular entre gemidos.

    Complacido el gigante aceleró el ritmo. Gotas de líquido preseminal fluían sin pausa alguna y le ayudaban a masturbarle. Con hábil pericia acariciaba el pene de Álvaro que gemía y se mordía el labio inferior intentando controlarse, agarrado al asiento del todoterreno y manteniendo las piernas separadas para facilitar el acceso. Sus jadeos se aceleraron cuando Héctor apretó más la mano y estimuló el frenillo con los dedos, sin dejar de subirla y bajarla, jugando con la suave piel y llevándole al límite.

    –Regla número tres, la más importante de todas: cuando te acuestes conmigo yo mando y tú obedeces. Si quieres parar, si algo no te gusta, si no quieres seguir quiero que lo digas, que te comuniques, pero si no es el caso quiero obediencia absoluta. Si protestas, si no cumples o si eres demasiado respondón, me aseguraré de corregirte hasta que te comportes como debes –acercándose más al chico clavó sus ojos en los suyos, abrasándole con la intensidad de su mirada mientras le masturbaba más rápido, acercándole al orgasmo– ¿Has entendido?

    –¡Sí! He entendido, lo prometo –se apresuró a responder.

    Aparentemente satisfecho con la respuesta el hombre dio un último tirón al pene de Álvaro que soltó un grito ahogado, mezcla de placer y sorpresa, y se mordió los labios esperando que siguiera masturbándole, permitiéndole por fin el ansiado alivio. Para su consternación, Héctor sacó un pañuelo de papel de la guantera y se limpió las manos, sonriendo con una suficiencia que dejaba traslucir que sabía de sobra lo que el joven esperaba y quería.

    –¿A qué esperas? Ponte bien la ropa, tenemos que arrancar ya o llegaremos tarde, y si eso pasa Sköll no se lo tomará nada bien.

    –Pero… ¿vas a dejarme así? –preguntó incrédulo, con el pene erecto y de un intenso color rojo en el glande.

    Sus ojos verdes se clavaron en los negros de Héctor que se limitó a ensanchar la sonrisa, con socarronería, disfrutando del conflicto del chico. Le estaba poniendo a prueba, le excitaba tenerle así: confuso, cachondo y con el dilema de si rendirse a sus caprichos o alcanzar por su cuenta el orgasmo, desobedeciéndole.

    –Pensé que eras más listo, o al menos más honesto –se burló– ¿no acabas de decirme que entendías la norma número tres?

    –Sí, pero… –empezó a decir.

    –Si quieres parar adelante, puedes masturbarte si tú quieres, pero también puedes ser un buen chico, aceptar que yo quiero que te aguantes, colocarte la jodida ropa y no volver a protestar.

    Ahí estaba, el duelo. Héctor miró con fijeza al joven, todo ojos y mejillas encendidas, la imagen misma del erotismo para él. Si no se jugase tanto en esa confrontación de voluntades podría haber cedido y haber seguido, solo por ver su cara al terminar, pero consciente de lo fácil que sería después si ahora conseguía que cediese y cruzase la primera barrera mantuvo las manos en el volante. Su decisión tuvo su recompensa.

    Con un suspiro en el que se mezclaba derrota, aceptación y excitación Álvaro dejó caer la cabeza y se colocó bien la ropa, haciendo lo posible porque su pene quedase mínimamente acomodado dentro de sus estrechos pantalones. Antes de poder protestar el gigante le agarró por la barbilla y le dio un rápido beso, sonriendo con satisfacción y aún más prepotencia si cabe, sabedor de que había ganado y que eso le facilitaba volver a ganar más adelante.

    –Así me gusta, que seas un buen chico y obedezcas.

    Álvaro inspiró hondo mientras Héctor arrancaba el coche. No sabía por qué, pero aquel hombre conseguía excitarle como ningún otro. Intentó relajarse para que la erección bajase cuanto antes, ignorando la molestia que sentía en su pene que parecía rebelarse contra su decisión, pero el hombretón no le concedió tregua. Durante todo el viaje mantuvo una conversación tranquila con él, preguntándole por sus aficiones, experiencias, gustos musicales… casi cualquier cosa sobre su vida privada por la que mostraba gran interés y a pesar de estar hablando con toda coherencia, su inmensa manaza no solía apartarse por mucho tiempo de su entrepierna, masajeando y apretando sobre la tela su pene, que mantenía un estado de semierección bastante molesto. Solo al acercarse a la inmensa nave donde sería el concierto redujo sus asaltos y le permitió relajarse por fin.

    Aparcaron detrás de la nave, en el espacio señalado como reservado. Con cierta inquietud y los nervios atenazando su estómago como una garra helada Álvaro bajó del coche detrás de Héctor, agradeciendo enormemente que su erección por fin hubiese bajado. Derrochando seguridad el gigantón se acercó al guardia de seguridad de la entrada trasera y le enseñó el pase. Al ver la cautela con la que le examinaba antes de escanear el código de barras adjunto para verificar su autenticidad el chico se temió lo peor, pero cuando les franqueó la entrada sin una sola palabra soltó un suspiro de alivio y procuró pegarse más al hombrón, quien se comportaba como si fuese el dueño del lugar. Deteniéndose frente a una estrecha puerta de aspecto anodino, Héctor se encaró con el chico y repasó su aspecto, poniéndole la manaza sobre el hombro.

    –No me dejes en mal lugar ¿eh? –dijo mientras llamaba a la puerta con los nudillos–. No te mees encima como una chiflada ante los Beatles en el Shea Stadium o te la ganas.

    Álvaro se limitó a poner los ojos en blanco, intentando aparentar una tranquilidad que no sentía, aunque se traicionó a sí mismo cuando empezó a cambiar el peso del cuerpo de un pie a otro. Héctor volvió a llamar, más fuerte esta vez, y se apartó un paso de la puerta sonriendo son sorna al ver la emoción de Álvaro, quien pudo escuchar como alguien arrastraba una silla al levantarse de ella y unos pesados pasos dirigiéndose a ellos acompañados de un extraño tintineo metálico. La puerta se abrió de golpe, hacia dentro. Allí, en el quicio de la puerta y ya maquillado y vestido para el concierto, estaba Helblindi, que no pareció sorprendido de verlos.

    –Héctor, pasa. Nos avisó Sköll. ¿Te has traído compañía esta vez?

    Franqueándoles el acceso les precedió al interior de la habitación usada de camerino. Lejos de lo que pudiese haber esperado o imaginado no había tocadores, luces extrañas ni montañas de regalos hechas llegar por los fans. Tan solo había unas cuantas maletas, cajas y cajas de botellas de agua y refrescos varios, una larga mesa en el centro rodeada por varias sillas con aspecto viejo y desastrado y dos sofás colocados contra las paredes. El estudio de la habitación por parte de Álvaro se vio interrumpido cuando se percató de la presencia de cuatro personas más: tres de ellas a la mesa y la cuarta sentada en el sofá. Todos maquillados, silenciosos, cubiertos de cuero y agresivos accesorios de clavos o tachuelas. Todos con largas melenas y barbas, aunque estas últimas en distintos estilos.

    –Es hermano de un amigo. Gran fan vuestro, aunque un novato.

    –Ah, anda, hermano de Albertito ¿verdad? –al ver la mirada extrañada de Álvaro el enjuto cantante se echó a reír y extendió su mano para presentarse– hemos coincidido varias veces, muy de pasada y antes de que yo me dedicase a la música. Es el único rubio con el que se junta Héctor.

    –Soy Álvaro, su hermano pequeño. –Consiguió articular, abrumado por la presencia de los músicos que ahora le miraban en su mayoría.

    Héctor le dio un empujón suave en el hombro, animándose a acercarse a ellos, antes de ir derecho al que esperaba en el sofá que se incorporó para recibirle. Ambos hombres se palmearon afectuosamente en la espalda y comenzaron a charlar en voz muy baja, con rápidos susurros mientras no le quitaban la mirada de encima.

    –Ven, te presentaré. Tenemos algo de tiempo ahora, por si quieres que te firmemos algo. –Ofreció el cantante volviendo a tomar asiento a la mesa e introduciendo con un gesto al resto de miembros de su banda, más por cortesía que por necesidad, pues Álvaro los conocía a todos–. Él es Býleistr, Hrym, Surtr y el que habla con Héctor es Sköll.

    Los tres sentados a la mesa le estrecharon las manos con cordialidad, pero Sköll se limitó a sonreírle desde lejos, sin dejar su charla con Héctor quien se había recostado contra la pared de brazos cruzados. Cuando Álvaro miró al bajista, este le devolvió una sonrisa tan semejante a la de Héctor que todo su cuerpo se vio sacudido por un escalofrío y una oleada de súbita excitación que encendió sus mejillas con un furioso rubor que solo sirvió para ensanchar la sonrisa del músico, que asintió con la cabeza mirando a Héctor. Agradeciendo quedar cubierto por la mesa intentó quitarse de la cabeza la impresión de que ambos hombres hablaban de él y centrarse en la conversación con el resto de músicos, mucho más cordiales de lo que aparentaban cuando salían a escena.

    Cuando por fin comenzaba a serenarse y a participar algo más en la charla la puerta se abrió de golpe, sobresaltándole, y uno de los técnicos asomó la cabeza. Býleistr se levantó y tras cruzar un par de impresiones hizo un gesto a los demás músicos, que se levantaron con fastidio.

    –Hay que salir a hacer una segunda prueba de sonido, hay algo que falla con tu toma y la mía y no sé qué problema con el audio entre nosotros.

    –¿Os importa si me quedo un rato con Héctor y nos ponemos al día? Si no os hago falta, claro –intervino Sköll dando un par de pasos en dirección a la mesa.

    El técnico asintió y mientras el resto de la banda se despedía de Álvaro, quien se había puesto de pie junto a ellos, y le prometían pasar otro rato con él tras finalizar el concierto, Sköll se acercó, seguido de Héctor. A solas en la habitación, que de repente se le antojó mucho más pequeña de lo que le había parecido en un principio, su nombre artístico empezó a cobrar más sentido si cabe. Se movía casi igual que un lobo, cercándole, llevándole al sofá con una facilidad asombrosa. A solas con él y con Héctor quedó claro quien de todos tenía el verdadero carisma. Tragando saliva se percató de que la parte de atrás de sus piernas chocaba contra el mueble, y que Héctor se sentaba a su lado. Sköll adelantó la mano para presentarse, como ya hiciesen antes sus compañeros, pero esta vez Álvaro vaciló ligeramente antes de estrecharla.

    –No nos hemos presentado como es debido. Soy Sköll, bajista y fundador de Odin’s Executioners. Soy amigo de Héctor desde hace años, aunque no conozco a tu hermano personalmente, como sí parece hacer el resto del mundo.

    A pesar del tono cordial, sus ojos, de un color marrón mucho más claro que los de Héctor, mostraban una frialdad absoluta y un brillo apreciativo que distaba mucho de ser amistoso, estaba claro que le evaluaba y Álvaro no pudo evitar erguirse, sin saber muy bien por qué.

    –A mi hermano le conoce mucha gente, es un tío que se hace amigo de todos en seguida. No ha podido venir por trabajo –comentó a toda prisa, intentando no trabarse con las palabras.

    Visto de cerca, Sköll le intimidaba más que el resto. Su maquillaje era el único que tenía un tercer color, pues chorreaduras rojas bordeaban el contorno de su nariz algo ganchuda, su boca y sus ojos, fundiéndose con el negro y resultando casi inapreciables salvo a escasa distancia. Sus ojos marrones eran fríos, calculadores y distantes. La larga cabellera oscura, aunque bien cuidada, caía enmarañada en ondas naturales hasta alcanzar la mitad de su espalda. De todos era el que llevaba la barba más larga, dividida en dos trenzas rematadas con dos pequeños abalorios de acero que reflejaban la luz.

    Al tenerle de frente confirmó su primera impresión que le decía que no alcanzaba la altura de Héctor, tarea harto complicada por las descomunales dimensiones de este, aunque sí sobrepasaba su propia altura por quince centímetros, más o menos. Al igual que Héctor, su constitución en exceso musculosa parecía llenar su atuendo de cuero, tanto que daba la impresión de que este reventaría por algún lado al primer movimiento brusco que hiciese. No solo sus brazos eran enormes, también el pecho, el torso y las piernas parecían estar cubiertos de más músculos de los que habría jurado posibles. Sus brazaletes de clavos cubrían toda la piel que el chaleco de cuero y la camiseta de manga corta no cubrían y combinaban con las altísimas botas de cuero, igualmente tachonadas.

    Héctor palmeó el sofá con su manaza, invitándole a sentarse con una sonrisa tranquilizadora y a la vez socarrona pintada en la cara. Con cierta rigidez el joven se dejó caer junto al hombretón, mientras el músico tomaba asiento justo a su lado. Comprimido entre las dos moles no pudo evitar excitarse nuevamente. Sentía la presión de las piernas de ambos contra las suyas y el calor que emanaba de sus cuerpos. El haberse quedado a medias antes no ayudaba, sentía la cabeza nublada por el deseo y la excitación y cuando la mano ruda y áspera del bajista se apoyó en su pierna no pudo evitar un suave gemido. Con las mejillas ardiendo fijó la mirada en la mesa, deseando que no se hubieran percatado de ello.

    –Así que este es el chaval por el que me diste plantón el otro día. He de decir que merece la pena, es una auténtica monada, un poco cortado, pero adorable. –El tono jocoso no enmascaraba del todo el acero de debajo y Álvaro se estremeció ante la evaluación recibida.

    –Ya te dije que valía, ¿o no? Pero ve más despacio, el chaval aún es un novato. –Con una pequeña risa apoyó su manaza en el otro muslo del chico que separó más las piernas a pesar de su embarazo–. El otro día fue su primer concierto.

    –¿Y ya en tu primer concierto conseguiste acostarte con esta bestia? –preguntó francamente sorprendido mientras acariciaba la pierna del joven, ascendiendo despacio hasta las ingles–. Es sorprendente, tienes que ser realmente bueno follando, Héctor siempre ha tenido muy buen gusto.

    La mano áspera siguió ascendiendo, tocando su entrepierna con más suavidad de la esperada. El contacto cálido y pesado bastó para generarle de nuevo una erección, más molesta que placentera debido a las negaciones que había sufrido su pene. Recordando las palabras y normas de Héctor se apartó de un salto, como atravesado por una corriente eléctrica. La manaza de Héctor ejerció más presión sobre su muslo, gentil pero firme. Al girarse a mirarle la sonrisa en su rostro era cálida, alentadora. Al advertir su confusa expresión Héctor se echó a reír y aferró el muslo del joven, subiendo hasta agarrar su pene sobre la ropa.

    –¿Recuerdas lo que te dije de acostarse sólo con quien yo te digo que puedes? Bueno, acabas de conocer a la otra persona con quien puedes poner el culo si te apetece y si me pides permiso antes.

    –¿Va en serio? –preguntó Álvaro incrédulo, mirando a ambos hombres como si se temiese que todo fuese una broma de muy mal gusto.

    –Bueno, a parte de pedirme permiso es evidente que no va a ser sólo con él. Nos mola compartir a las conquistas, pero siempre en tríos.

    Sköll esbozaba una ancha sonrisa con una expresión satisfecha, su mano volvió a la entrepierna de Álvaro que esta vez no se apartó, pero tampoco participó, todavía dubitativo. Héctor apretó ligeramente su mano, bajando la cremallera del pantalón y haciendo a un lado el tanga, dejando al aire el pene del joven que jadeó, sin saber muy bien qué hacer. Notando sus nervios y su falta de experiencia Ambos hombres tomaron la iniciativa, acariciándole despacio. Héctor comenzó a masturbarle, moviendo su mano arriba y abajo por el pene del joven que ya estaba goteando. Sköll coló la mano por dentro de la camiseta, subiendo hasta encontrar uno de los pezones. Le pellizcó con fuerza y parecía estar dispuesto a más cuando su teléfono sonó, sobresaltando a todos.

    El músico echó un molesto vistazo al móvil y se puso de pie. Recogió el disco que el joven había dejado sobre la mesa y tras añadir su firma a la de los demás se encaminó hacia la puerta con pasos pesados y rápidos. Con la mano sobre el pomo echó un vistazo atrás y asintió una sola vez, en dirección a Héctor más que Álvaro. Abrió de un tirón y se marchó sin decir una sola palabra más, dejando al joven confuso y cachondo.

    –No es como te esperabas ¿eh?

    –¿De qué iba todo esto? –preguntó Álvaro moviendo ligeramente las caderas.

    –¿No lo has adivinado? –al ver que el chico negaba con la cabeza Héctor se recostó en el sofá sin volver a tocarle, ponderando cuánto contarle y calibrando el aguante que tendría. Se encogió de hombros y rodeando los menudos hombros del chico con el brazo empezó a hablar en un tono bajo y sosegado, diferente al que usaba habitualmente–. Mira, te cuento esto sólo porque lo considero justo. Sköll y yo somos amigos desde hace muchos años, nos conocimos cuando éramos más jóvenes y porque tenemos gustos en común, nos hicimos íntimos y de cuando en cuando nos gusta montarnos tríos. Él está sano, yo estoy sano y procuramos que el que participe en el trío lo esté también.

    –¿Ese es el motivo? Por el que me has traído aquí –preguntó Álvaro ligeramente dolido.

    –No, eso es lo que te ofrezco hoy, o al menos una de las posibilidades. Como ya te dije, no tienes que hacer nada que no quieras hacer, y no te preocupes por ofenderle, no se lo tomará mal.

    –¿Y si digo que no quiero? –musitó Álvaro mirándole de frente. Sus dientes se clavaron en su labio inferior con tanta fuerza que Héctor temió que acabase haciéndose herida–. La verdad es que no sé, no estoy muy seguro, ni siquiera sé cómo se llama y parece…

    –¿Intimidante? –le ayudó Héctor con una sonrisa–. Siempre ha sido así, incluso antes de hacerse famoso, si es que a esto se le puede llamar así. Son un grupo grande, pero en una escena minoritaria. Y sobre su nombre, bueno, él quiere mantener su privacidad y respeto eso, pero tienes razón, otra vez. Se llama Víctor.

    Álvaro volvió a mordisquearse el labio. No sabía qué hacer. Por un lado, se sentía muy excitado ante la idea del trío, pero por otro lado no acababa de convencerse. Sköll, Víctor, le intimidaba mucho más de lo que había esperado. El resto de músicos parecían mucho más tranquilos y sosegados, se distinguía bien que la actitud adoptada en el escenario era una fachada, con Víctor resultaba más complicado trazar esa línea. Se giró a mirar a su acompañante que le dirigió una sonrisa sesgada. Sus ojos de ónice le recorrieron de arriba abajo y un nuevo estremecimiento le sacudió el cuerpo.

    –No me has respondido, ¿qué pasa si no quiero?

    –Nada. Te llevaré de fiesta, te quedarás conmigo y repetiremos lo de la otra noche, posiblemente en mi casa y cuando volvamos, los dos solos, si tú quieres.

    Aquellas palabras relajaron al joven que acabó por sonreír. Recogió su disco y examinó las cinco firmas dejadas en él, la de Sköll pequeña y apretada. Resiguiendo los trazos plateados con el dedo acabó por asentir. Nunca había hecho nada parecido, pero la actitud sincera, aunque dominante, de Héctor le tranquilizaba. Sabía que podía confiar en él, al fin y al cabo, era un buen amigo de su hermano y eso bastaba para eliminar el resto de dudas que pudiese tener.

    –Está bien, creo que sí que quiero.

    –No lo decidas aún, tienes todo el concierto para tomar una decisión. Y por el ruido de fuera debe estar a punto de empezar, así que vamos, nosotros lo veremos desde el foso. Ventajas de los pases VIP.

    El gigante arrancó a andar seguido por Álvaro, quien seguía dando vueltas a la proposición de los hombres mientras se colocaba la ropa, nuevamente frustrado. Cuando llegaron al foso pudo contemplar que la inmensa nave ya estaba abarrotada de gente que se empujaba, gritaba y bebía, cerveza en su mayoría. Uno de los numerosos guardias de seguridad les indicó que se colgasen al cuello los pases y les condujo a una zona del foso reservada para el público VIP, en un espacio seguro y a bastante distancia de los cañones de fuego. Como en el concierto pasado las luces se atenuaron y el grupo salió a escena. Hoscos, malhumorados y centrados en exclusiva en la música.

    A diferencia de la última vez Héctor no le tocó, por lo que pudo dedicar toda su atención a la música. Las líneas agresivas y en apariencia monótonas le sacudían los huesos. Las vibraciones y el volumen excesivo conseguían retumbar dentro de su cabeza y agitarle por entero mientras la banda desgranaba una a una las canciones de su disco, sin prestar atención a nada, sin apenas interacción entre ellos o el público. Una asocial seña de identidad que poco o nada parecía molestar a los fans. Por unos segundos, sin embargo, la mirada castaña y fría de Sköll se cruzó con la suya, y casi pudo jurar que en el impasible rostro del músico aparecía una leve sonrisa.

    Concentrando toda su atención en él se le comió con los ojos. Sobre el escenario era otro. Se embebía tanto en la música que podía ver perfectamente que para él no existía nada fuera de ella. Sus dedos subían y bajaban con ágil velocidad por el mástil del bajo, apresando y soltando las cuerdas de acero mientras les arrancaba nota tras nota, en veloz progresión. Ni siquiera cuando cambiaba el peso del cuerpo perdía el compás ni parecía que su larguísima melena, caída frente a sus ojos por las feroces sacudidas de cabeza, le dificultase la actuación. Tocaba de memoria, deleitándose en cada pulso, cada pequeño movimiento, el conjunto de la música. Derrochaba carisma, y a pesar de ello, No destacaba de los demás, quizá por su estatismo en el escenario, a diferencia de Helblindi, quien se movía incansable de un lado a otro a pesar del desapego hacia los demás músicos.

    La música pronto subió de intensidad, acercándose a los últimos compases. Atronadora, brutal, cargada de energía. Las últimas notas se dispersaron y las luces del escenario se apagaron, permitiendo al grupo abandonar el lugar mientras el público les aclamaba y pedía más. No hubo bises. Fieles a su imagen se fueron en completo silencio, igual que habían llegado. El resto de luces se encendió con un chisporroteo, anunciando el final definitivo del concierto de más de dos horas. La manaza de Héctor se posó en su hombro, conduciéndole hasta el pasillo por el que habían venido, ahora más lleno de gente que antes. Técnicos de sonido y de luces se afanaban en salir ahora a desmontar y guardar los equipos

    –Deberías llamar a tu hermano, decirle que todo ha ido bien. Conociendo a Albertito estará ya histérico por saber cómo estás. Y yo tengo que decirle a Sköll qué planes tenemos, así que dime qué te apetece hacer.

    –¿Ya te lo dije antes no? Me apunto –murmuró con las mejillas encendidas como la grana mientras sacaba el teléfono.

    Héctor sonrió con satisfacción y le dejó hablando con su hermano mientras comunicaba al músico la decisión. Álvaro les siguió con la mirada, Sköll enarcó las cejas, parecía ligeramente incrédulo y al percatarse de que el joven los miraba volvió a levantarlas, esta vez en su dirección, como pidiéndole una confirmación directa. Cuando Álvaro asintió la sonrisa de lobo que le dirigió bastó para hacerle perder el hilo de la conversación. Colgó finalmente a su hermano y con cierta timidez se dirigió a los músicos. Para su sorpresa y lejos de lo que habría esperado de una banda de black metal, la mayoría de ellos estaban bebiendo agua mineral, y Helblindi un té de color dorado con un fuerte olor a limón y miel, sin duda para cuidar sus cuerdas vocales.

    –¡Novato! –exclamó al verle, con la voz ligeramente ronca por el esfuerzo en los guturales– ¿Te ha gustado el concierto?

    –Ha sido una pasada –asintió con fervor acercándose más a ellos.

    –Y que lo digas –asintió el cantante risueño–. Por cierto, vamos a ir ahora a tomar algo, de tranquis ¿te apetece venir?

    Abrumado por la oferta observó el maquillaje corrido de sudor de los músicos, sus expresiones amables y sonrientes. Iba a responder cuando un pesado antebrazo cubierto de tachuelas afiladas y clavos le rodeó por los hombros, haciéndole tambalearse momentáneamente por el peso inesperado y convirtiendo en un milagro el hecho de no pincharse con ninguno de los adornos. Al mirar hacia arriba vio que Sköll sonreía a sus compañeros, con Héctor a su lado.

    –En otra ocasión. Me gustaría ponerme al día con Héctor y, por lo que me ha contado, si Albertito se entera de que su hermanito se ha ido por libre nos mata a todos. ¿Qué os parece si en el próximo concierto salimos después a cenar todos juntos? Yo pago, y estos dos están invitados.

    –Si insistes en pagar… –comentó socarrón el músico mientras se afanaban en recoger para poder irse cuanto antes– invita también a Albertito, hace mucho que no le veo –remató dirigiéndose de nuevo al joven.

    –Si no tiene trabajo vendrá, seguro. Va a flipar cuando se lo comente.

    Sonriendo con indulgencia los músicos se despidieron de Héctor y del joven, quienes se encaminaron a la salida trasera. Unos cuantos fans del grupo esperaban allí a que saliesen los músicos, por los que Sköll les pasó una tarjeta sin acercarse a la puerta. Se inclinó sobre Héctor y tras susurrarle algo al oído se alejó de vuelta al camerino, sin despedirse. Álvaro siguió al hombre hasta el coche, muerto de curiosidad, pero en silencio. Si era algo de lo que tenía que enterarse ya se lo diría, y la verdad es que rodeado de tantos fans de miradas hostiles no se sentía del todo cómodo. Cuando por fin se vio en el coche pudo relajarse y dejar que parte de la tensión acumulada se disipase.

    Héctor introdujo una nueva dirección en su teléfono antes de arrancar el vehículo. Cuando arrancó a conducir su manaza comenzó nuevamente a tocarle, causando nuevos gemidos y que abriese las piernas. Comenzaba a estar muy excitado y rozando la desesperación. El manoseo de antes, haberse quedado a medias en varias ocasiones y la idea del trío le tenían al límite. Ni siquiera el no saber a dónde se dirigían parecía servir para bajarle la calentura. Los nervios y la impaciencia competían en su interior junto a la lujuria. Iba a soltar el cierre de sus pantalones cuando Héctor le detuvo, indicando con la cabeza el parking subterráneo de un hotel. Aparcando con rapidez en el sótano casi vacío el hombre se encaminó a los ascensores seguido por Álvaro, que trotaba detrás de él.

    –¿Dónde estamos?

    –En su hotel. En cuanto terminen de recoger vendrá aquí, por fortuna tiene la habitación para él sólo. Me dio antes la llave, así podemos esperarle aquí.

    El ascensor subía y subía, cada vez más alto. Álvaro cambió el peso del cuerpo de un pie a otro con nerviosismo mientras veía los números luminosos indicar los pisos conforme ascendían. Por fin, en el piso duodécimo, la cabina se detuvo y las puertas se abrieron. El elegante pasillo se encontraba desierto. La moqueta de color crema y los paneles de madera clara de las paredes sumado a las luces tenues creaban una atmósfera íntima y tranquila. Héctor siguió caminando y se detuvo frente a la puerta número setenta y dos. Sacando la tarjeta que le había dado antes Sköll la acercó al lector acoplado al picaporte y la puerta se abrió con un chasquido. Introdujo la tarjeta en el sistema que accionaba las luces y la ducha del pequeño baño de la habitación y encendió las luces, regulando la temperatura del cuarto.

    La mayor parte del espacio estaba dominado por una inmensa cama, con sábanas blancas, un edredón de plumas y un cobertor en un tono azul oscuro. Frente a ella y anclada a la pared un televisor de tamaño mediano era lo más destacable. Dos mesillas pequeñas a cada lado del cabecero sostenían idénticas lamparitas. Una de las paredes contenía un armario empotrado y en la otra una puerta de cristal daba acceso a un baño con un plato de ducha y dos lavabos sobre los que había dos espejos rectangulares. Álvaro examinó la suite con cierta curiosidad, probando después la firmeza de la cama. Blanda y mullida se dejó caer encima balanceando las piernas adelante y atrás. Héctor le agarró de la barbilla e inclinándose sobre él clavó sus ojos de ónice en los del joven. Álvaro tragó saliva de manera más que audible, causando que una sonrisa ladina se extendiese por la cara del gigante.

    –Me he dejado la mochila en el coche y tengo algo allí que nos hará falta ahora, así que mientras yo bajo a por ella quiero que seas bueno, te duches y estés preparado y limpio para cuando yo suba. Me voy a llevar la llave, así que salvo que quieras quedarte fuera en el pasillo no salgas de la habitación.

    –¿Qué me duche?

    –Sí. Y rápido, no creo que se retrasen mucho más. No te molestes en vestirte de nuevo.

    Sin darle tiempo a decir nada más, sacó la llave de su lugar tras pulsar en el panel de control que no se apagasen las luces ni el agua y se fue sin despedirse. Ligeramente confundido Álvaro se inclinó y se desató las deportivas. Sin saber muy bien qué hacer con ellas las dejó en el suelo del armario, donde colgó también su cazadora. Ya en el baño se sacó la camiseta y los ceñidos pantalones. Les dobló sobre el lavabo impoluto y se introdujo en la ducha. El agua caliente recorrió su piel y consiguió relajarle los músculos. Haciendo uso del pequeño bote de jabón del hotel se aseguró de restregarse hasta el último rincón del cuerpo, prestando especial atención a sus nalgas, ingles, axilas y genitales. A pesar de no pretenderlo no pudo evitar tener una erección mientras se enjabonaba. Resistiendo las ganas de masturbarse se aclaró el jabón procurando no mojarse el pelo y se envolvió las caderas en una de las mullidas toallas del hotel tras secarse con ella. Estaba a punto de prender el televisor cuando la puerta se abrió de nuevo.

    –Veo que me has hecho caso, muy bien –comentó Héctor a modo de único saludo.

    –¿Qué te habías dejado? –preguntó el joven algo apocado, ciñéndose más la toalla en torno a las caderas.

    –Oh, no te preocupes, lo descubrirás pronto. Ven aquí.

    Héctor se acercó al joven que se puso de pie. La pequeña toalla no conseguía disimular su erección, pero para su sorpresa el gigante la ignoró. Agarrándole por los hombros le hizo girar y caer boca abajo en la cama. Acariciando su espalda el hombre retiró el trozo de tela húmeda y aferró las blandas nalgas del chico que soltó un gemido, dejándose manosear sin oponer resistencia. Héctor separó los glúteos y examinó detenidamente el ano del joven. Rosado, estrecho y con pequeños pliegues tenía un aspecto realmente apetecible. Pasando uno de sus grandes dedos por el ano de Álvaro le abrió ligeramente. El chico soportó el escrutinio en silencio, observándole por encima del hombro, con los ojos brillantes y el pene duro y goteando sobre la cama.

    Sin dirigirle la palabra Héctor retiró una de las almohadas y sacó un antifaz con el logo del hotel estampado en él de debajo de la misma, obsequio para los huéspedes. Con una sonrisa maquiavélica le deslizó por la cabeza del chico y, colocándole sobre sus ojos, cegó su vista. Álvaro volvió a gemir y llevó una de sus manos al antifaz de tela, pero antes de que pudiese rozarle Héctor le retuvo por la muñeca y dobló el brazo del chico hacia atrás, en su espalda. Juntándole con el otro brazo les mantuvo sujetos con una sola mano, con una facilidad insultante, y sacando un juego de esposas de cuero de la mochila que había dejado a sus pies inmovilizó ambas muñecas, una contra otra.

    –¿Qué haces? –preguntó Álvaro, más excitado que preocupado.

    –Asegurarme de que eres una buena puta, y de que no te mueves hasta que nosotros te digamos que lo hagas. Ahora cierra la boca, no hagas preguntas y aguarda ahí quieto y tranquilo. Si no te ves capaz, siempre puedo amordazarte.

    A pesar de su tono duro pudo notar que la situación le divertía. Mordiéndose el labio inferior el chico movió las piernas, buscando una postura más cómoda sobre la cama, resignado a esperar. Si bajaba las caderas podía notar como rozaba su pene contra la tela, pero consciente de que eso no le ayudaría en lo más mínimo procuró mantenerse quieto. No sabía qué hacía Héctor, pero escuchaba cómo abría y cerraba las cremalleras de la mochila y como sacaba objetos de ella, aunque no pudo precisar cuáles. Dejándole sobre la cama él también se fue a la ducha. Álvaro pudo escuchar el agua cayendo al suelo y pudo aspirar el olor del jabón, el mismo que había usado él antes. Héctor salió de la ducha y tras secarse con la toalla se acomodó a los pies de la cama. Unos golpes secos en la puerta dispararon los latidos del corazón y por instinto giró la cabeza, buscando con la vista el origen del sonido.

    –Veo que no habéis empezado sin mí, se agradece. –La áspera voz de Víctor le llegó con claridad acompañada del sonido de sus pasos pesados.

    –No te preocupes, no empezaríamos la fiesta a solas.

    –Voy a ducharme, ¿por qué no le vas preparando mientras? Después podemos ver qué sabe hacer, aunque tú ya llevas ventaja en eso.

    –Sólo con su culo, y le tiene fantástico, créeme. –Se jactó Héctor.

    A sus oídos llegó la risa de Víctor y el sonido del agua cuando este se metió en la ducha. Héctor le dio dos fuertes azotes en las nalgas que le arrancaron dos gritos cortos. Procurando contenerse y no volver a gritar consiguió mantenerse en silencio, temblando de excitación. Algo frío y húmedo se extendió por su ano y no le costó reconocer el lubricante. Los gruesos dedos del hombre presionaron sobre su orificio y consiguieron entrar ligeramente, extendiendo el lubricante dentro y fuera de su ano. Mordiendo la colcha de la cama volvió a gemir y se removió ligeramente, ganándose otro azote. Algo metálico y suave pasó por sus testículos, ascendiendo hasta su ano. La punta del objeto bordeó varias veces el orificio y finalmente se detuvo presionando contra la entrada, pero sin llegar a introducirse. La larga melena de Héctor se desparramó sobre su espalda cuando el gigante se inclinó sobre él, pegando los labios a su oreja.

    –No voy a decírtelo de nuevo porque ya eres mayorcito, pero te lo repetiré una vez más antes de empezar: si en algún momento quieres parar, o no quieres hacer algo, dilo y pararemos –insistió Héctor, en un susurro apenas audible.

    –Por favor… por favor sigue, no sabes cómo llevo todo el día.

    El hombre se retiró con una breve risa y la presión de su ano aumentó, hasta que un objeto frío, largo y cada vez más ancho entró por completo en su interior. Soltando un gemido movió las caderas. Era indudable que el objeto alojado en su ano era un plug anal de metal, de tamaño más que mediano. Héctor sacó el plug de un tirón y volvió a meterle, acariciando el pene del joven que goteaba sin parar manchando la mano del hombre y la cama. Recogiendo el líquido preseminal lo extendió por las nalgas del joven mientras movía el plug nuevamente. Álvaro gemía, sin importarle nada salvo que siguiera moviéndole. Tan concentrado estaba en las sensaciones que apabullaban su cuerpo que no se percató de cómo cesaba el ruido de la ducha.

    –Es toda una puta ¿eh? Ni siquiera te has sacado la polla y ya está gimiendo como si estuviese en celo.

    Ambos hombres rieron mientras el chico se sonrojaba intensamente. Mordiéndose el labio inferior intentó controlarse y no gemir, pero el plug saliendo de su ano y volviendo a entrar nuevamente bastó para acabar con su débil resistencia. Sintió hundirse la cama bajo el peso del cuerpo de alguien y como le agarraban por el cabello, sin descolocarle el antifaz. Moviendo su cabeza como si la de un muñeco se tratase Álvaro notó como le guiaban hasta quedar contra el cuerpo de alguien. Podía sentir unos músculos inmensos y cómo bajaban su cabeza hasta que un pene grueso y grande chocó contra sus mejillas.

    Un azote duro, más que los anteriores, sumados a un brusco tirón de sus testículos le hizo jadear y abrir la boca. Antes de que pudiese protestar el glande del pene que estaba contra su mejilla se introdujo en su boca, llenándola por completo e inundándola de un intento sabor salado. El gruñido de placer de Víctor bastó para que comenzase a moverse por propia iniciativa, acariciando el glande con la lengua, buscando el frenillo para poder estimularle. El músico empujó la cabeza del joven hacia abajo y palmeando sus mejillas con la fuerza suficiente como para marcarle los dedos movió a la vez las caderas, clavando su pene hasta la garganta de Álvaro que tosió ligeramente, sin intentar rechazar la intrusión.

    –Joder, es mejor de lo que me imaginaba– comentó Víctor haciendo fuerza sobre la cabeza del joven, que se movía cuanto se le permitía, tragando el pene del bajista–. Te gusta mi polla ¿verdad? Sí, por como tragas es obvio que sí.

    Incapaz de responder el joven solo fue consciente de que retiraban nuevamente el plug de su ano, reemplazándole por los dedos de Héctor. Tres de sus gruesos dedos se abrieron camino dentro del estrecho ano del joven, alcanzando el esfínter y dilatándole sin dejar de moverse. Su cabeza bajaba y, privado del sentido de la vista como estaba, sus demás sentidos trabajaban el doble para compensarlo. A su nariz llegaba el olor a jabón que emanaba de la piel del músico, su lengua captaba todas y cada una de las gruesas venas que surcaban el pene, lo suficientemente ancho como para provocarle una ligera molestia en la mandíbula y que se sumaba al sabor salado del líquido preseminal y podía escuchar con claridad los gemidos y jadeos de ambos hombres.

    Con un tirón el músico le retiró el antifaz. Parpadeando a causa de la luz su mirada recorrió como un cohete todo el cuerpo del bajista. Lo primero que resaltaban eran sus músculos, enormes, abultados, sobresaliendo en todas direcciones. Lo segundo eran los tatuajes. Cientos de pequeñas runas corrían por su piel en frases incomprensibles para él. En los deltoides de ambos brazos dos amenazadoras cabezas de lobo gruían enseñando unos inmensos colmillos, en un estilo que recordaba a los antiguos grabados vikingos. Descendiendo por los pectorales, rodeados de más y más runas, dos cuervos negros aferraban el mango de un martillo de guerra que bajaba hasta que su cabeza se definía justo antes del pubis. Por lo poco que podía ver de las piernas, la izquierda estaba igualmente cubierta de runas y escenas que no supo identificar, pero en la derecha se enroscaba un dragón de aspecto extraño.

    Al percatarse de la dirección de la mirada del joven, Víctor agarró su rubia melena con fuerza y le volvió a palmear la mejilla. Obligándole a mirarle a la cara, ahora completamente desmaquillada, se arrodilló en la cama y movió con fuerza sus caderas, penetrándole la boca una y otra vez, cada vez más rápido. Ligeras arcadas cerraban la garganta de Álvaro quien sin embargo no pidió tregua en ningún momento. La saliva se le escapaba de las comisuras de los labios sin que pudiese hacer nada por evitarlo, descendiendo por su barbilla y su cuello y cayendo a la cama. Con cada empujón el glande del músico llegaba hasta su garganta y su mandíbula se abría casi hasta el límite. Con un gruñido de placer Víctor aferró su cabeza, impidiéndole casi cualquier movimiento, se movió de forma que la nariz del joven chocaba contra su pubis en cada embestida. El rizado vello oscuro del hombre le hacía ligeras cosquillas en la nariz cada vez que le empujaba contra él y cuando le dejaba el pene clavado, disfrutando de toda su profundidad, sacándole cuando empezaba a pensar que se ahogaría.

    Mientras, Héctor seguía dilatando su ano, introduciendo un dedo tras otro, sacándoles, metiendo todos juntos o abriéndoles y separándoles. Trabajaba de forma metódica, buscando más abrirle y dilatarle que el que disfrutase. Aún así, la sensación en su interior era tan placentera que dudaba que pudiese aguantar mucho más. Su pene palpitaba y soltaba gotas de líquido preseminal con tanta frecuencia que una considerable mancha oscura se había formado en el cobertor azul de la cama. Procurando mantener la espalda arqueada y las nalgas hacia fuera acabó por encontrar un ritmo donde podía moverse de forma que pudiese tragar y a la vez facilitar que los robustos dedos del hombre encontrasen un mejor camino en su interior, aún así, cuando este empezó a estimularle la próstata, rotando y engarfiando los dedos en su interior, gimió y se retorció, ansiando soltar sus manos y poder tocarse.

    Su reacción divirtió a ambos hombres, que se echaron a reír sin cesar en sus asaltos. Víctor se movió con más fuerza, casi con rabia, mientras le agarraba por la melena y daba ocasionales bofetadas a sus mejillas, sin hacerle daño realmente, pero sí con fuerza suficiente como para obligarle a dar un respingo y concentrar toda su atención en complacerle, olvidándose de su propio cuerpo. Héctor retiró sus dedos, pero en lugar de penetrarle, como el joven esperaba y ansiaba, introdujo un nuevo juguete en su interior. El tacto suave y más cálido le permitió saber que se trataba de un consolador esta vez, mucho más grueso que los dedos o el plug. Su bien lubricado ano se distendió y le permitió el acceso sin demasiados problemas. Héctor le empujó con fuerza hasta que el tope de silicona del final chocó contra los glúteos del joven.

    El hombre aferró con fuerza el juguete y comenzó a meterlo y sacarlo del ano del chico, que se esforzaba por no perder el ritmo impuesto por Víctor y a la vez soportar los repetidos asaltos de Héctor, quien no le concedía ni un momento de relax. Inclinándose sobre él aferró sus testículos y les masajeó con su manaza mientras el consolador entraba y salía a un ritmo constante. Abrumado y llevado al límite Álvaro no pudo aguantar más. Un potente orgasmo irradió desde su pene y le forzó a arquear la espalda hacia dentro, mientras largos chorros de semen caían sobre la colcha. Ambos hombres se detuvieron, observando como terminaba sin manos. Héctor cruzó una mirada significativa con Víctor que sonrió a su vez, dando crédito a lo que ya le había contado el gigante. Violentos escalofríos recorrieron al joven que por fin terminó.

    En el momento en que el placer empezaba a disiparse, Héctor le agarró del pelo, tirando bruscamente de su cabeza hacia atrás y forzándole a dejar de chupar por un momento. Víctor aprovechó el breve descanso para pasar su pene por la cara del chico, que pudo apreciar perfectamente sus diecinueve centímetros. Aunque más corto que el de Héctor, era más grueso y sus venas resaltaban muchísimo más que las del gigante que ahora acariciaba sus nalgas casi con dulzura, causándole un escalofrío de excitación al comprender que había cometido un error.

    –Vamos a ver, –empezó con un tono suave y meloso– ¿Te he dado permiso para que te corras?

    –No… no lo has hecho –musitó Álvaro mientras el pene de Víctor pasaba sobre sus labios, cubriéndolos de líquido preseminal.

    –Ya, eso pensaba. ¿Te ha dado Víctor permiso para hacerlo?

    –Tampoco lo ha hecho, pero no aguantaba más, no he podido evitarlo –gimoteó intentando mirar a Héctor.

    El hombre afianzó más el puñado de cabello en su puño y sin dejarle continuar descargó su manaza en las tiernas nalgas de Álvaro, que gimió excitadísimo por el rudo trato que recibía. Agarrando el pene aún erecto del chico le apretó con fuerza y le masturbó ejerciendo más presión de la necesaria, a modo de castigo. Los húmedos gemidos del joven se intensificaron y movió las caderas sin percatarse de ello siquiera. El bajista volvió a frotarse contra los labios cubiertos de saliva y líquido preseminal y golpeó sus mejillas con el pene, sonriendo con tiranía mientras le veía retorcerse.

    –No importa si no te aguantas, estúpido. Si nosotros no te damos permiso, no puedes ni siquiera moverte. –Le reprendió Víctor empleando el mismo tono impostado y meloso y sin perder la sonrisa–. No obstante, podemos ser indulgentes y suavizar un poco el castigo. No lo has hecho nada bien, pero así estarás más tranquilo el resto de la noche.

    Álvaro se estremeció nuevamente. Héctor recogió toda la melena del joven en su manaza y se la tendió a Víctor, que la enroscó en torno a su puño a modo de correa. Con el corazón desbocado y latiéndole como loco contra las costillas Álvaro alcanzó a ver cómo se reacomodaba el gigante detrás de él, con ambas manos sobre sus nalgas. El bajista alcanzó la almohada y colocándola sobre su regazo enterró la cara del chico en ella, ahogando sus gemidos hasta que apenas fueron audibles. Usando su mano libre para masturbar su grueso pene se inclinó hacia delante y tras una seña rápida a Héctor para que se preparase, pegó sus labios al oído del chico.

    –Puedes gritar si quieres, te damos permiso.

    No había terminado de decirlo cuando el primer azote, duro y seco, impactó contra las blancas nalgas del joven, que se retorció y gritó sin poder contenerlo. Las esposas de sus muñecas le impidieron mover los brazos para cubrirse, haciendo imposible que se defendiese del siguiente azote, igual de fuerte que el primero. Héctor tenía fuerza, y empleando su peso sobre las piernas de Álvaro las inmovilizó contra la cama, mientras Víctor sostenía su melena y se masturbaba. El pecho plano del chico subía y bajaba con agitación entre cada azote, fruto de los rápidos jadeos causados por la adrenalina que ahora recorría su cuerpo. Su pene mantenía su dureza a pesar del orgasmo, traicionando el intenso placer que sentía al ser dominado por aquellos dos hombres. Aún así, el no saber cuántos azotes más le harían soportar le inquietaba, manteniéndole alerta.

    La mano recia de Héctor volvió a aterrizar en su carne, enrojeciéndola y marcándola con la silueta de sus gruesos dedos. Los tiempos entre azotes se acortaban con cada uno y los dos restantes aterrizaron casi seguidos. La almohada contenía sus gritos con bastante eficacia, pero aún así tanto Víctor como Héctor apreciaron que más que gritos de dolor eran de placer. Moviendo el consolador dentro de su ano el gigante palmeó con ligereza el enrojecido trasero del joven, disfrutando de los suaves gemidos que este soltaba con cada suave golpe. Dejó que se relajase y cuando su respiración se normalizó volvió a azotarle, encadenando un azote tras otro hasta llegar a los diez.

    El chico se desplomó sobre la cama con las piernas temblorosas y las nalgas de un vivo color rojo, pero los hombres, lejos de darle tregua, le ayudaron a volver a la posición original. Víctor retiró la almohada e introdujo nuevamente su pene en la boca de Álvaro, moviendo las caderas con brusquedad y buscando el orgasmo. Héctor sacó el consolador del ano del joven y tras comprobar lo dilatado que estaba volvió a introducirlo, imitando el ritmo de su amigo y forzando la flexible silicona para que se ondulase en el interior del chico, de forma que siguiese abriéndole sin tregua.

    Con un gruñido de placer Víctor empujó la cabeza del chico contra su pubis, sintiendo cómo bregaba por controlar las arcadas y escuchando los húmedos ruidos que indicaban que había invadido su garganta. El orgasmo le llegó de inmediato, haciéndole jadear y moverse sin ninguna consideración, disfrutando de la boca del chico y terminando tanto en su garganta como en su boca. Al mirarle apreció los ojos enrojecidos, las lágrimas deslizándose por las mejillas y la saliva colgando de su boca. Moviéndose más despacio disfrutó de la imagen, dejando al chico tragar y limpiar toda su longitud a su ritmo. Álvaro movió la lengua con pericia, recorriendo el glande enrojecido e hinchado, las venas marcadas y la línea media del rafe, alternando el uso de la punta de la lengua y toda su totalidad.

    El bajista finalmente se retiró, dándole un par de palmadas apreciativas en sus mejillas. El chico frotó la cara contra la colcha para limpiarse mínimamente y suspiró con cansancio, cerrando los ojos. A su espalda notó como Héctor se levantaba y escuchó sus pasos acercándose a su cabeza. Víctor le cedió su sitio y Héctor se sentó delante de Álvaro que abrió los ojos solo para encontrarse los veintidós centímetros de Héctor copando todo su campo visual. Levantando la vista pudo ver su ancha sonrisa en el momento en que Víctor se acomodaba detrás de él, sacando de un tirón el consolador de su ano.

    –Espero que no estés pensando en irte a la cama, novato –se burló Héctor al percatarse de su cansancio–. No hemos hecho más que empezar.

    –Nota de ShatteredGlassW–

    Gracias a todos por haber leído este relato. Espero que os haya gustado y le hayáis disfrutado mucho. El grupo que figura en el relato es completamente ficticio y la figura de Sköll, o cualquier otro miembro de la banda, no se basa en ninguna persona real.

    Antes de dejar mi email debo disculparme por la excesiva demora en subir nuevos relatos. Por desgracia me pasé casi todo enero con anginas y una desagradable faringitis que se resistió a irse hasta finales del mes, y después he tenido que emplear febrero en ponerme al día con todo lo que no pude hacer en enero, por lo que mi tiempo para escribir, no solo relatos eróticos sino cualquier cosa, se vio reducido a cero. Como compensación, estos días subiré cuatro relatos seguidos (contando el tiempo de demora que tienen en subirse), y después retomaré el horario que está puesto en mi perfil. Nuevamente pido disculpas por la demora y espero que sepáis perdonarme.

    Si tenéis comentarios o sugerencias y queréis comunicaros de una forma más personal conmigo podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: [email protected]

  • Si duele voy yo

    Si duele voy yo

    Si el primer día en la playa había sido bueno el segundo todavía fue mejor. Era mediodía cuando despertamos mi chica Nuria y yo, estábamos los dos completamente desnudos y nos miramos algo confusos. No tardamos en recordar que había sido una mañana de sexo muy intenso, Manuela nos había follado bien y había sido muy húmedo, nos salió una carcajada al comentar que estábamos durmiendo encima de corridas, revolcándonos con todo. Bastante contentos nos fuimos juntos a la ducha.

    Al salir de la ducha Manuela nos esperaba, decía que tenía hambre y nos fuimos por ahí a comer. Mientras comíamos comentamos el hecho de la sorpresa que me di esa mañana cuando vi el pollon que tenía entre las piernas, me dijo que Nuria lo sabía, me comentó que ella le había contado algunas cosas que habíamos hecho, y aunque sabía que era un chico abierto le pidió que no me dijera nada, no quería que la juzgara.

    Estuvimos toda la tarde noche por ahí de bares, pasamos el tiempo bebiendo, besándonos y sobándonos los unos a los otros, muy borrachos y cachondos regresamos a casa. Allí seguimos la fiesta y fumamos un poco, las chicas desnudas de cintura para arriba se tiraban la bebida en las tetas para que las lamiera, yo hacía lo mismo sobre mi polla, miraba como me la chupaban juntas, lamian con mucho vicio, me encantaba cuando chocaban sus lenguas al querer chupar el mismo espacio.

    En algún momento, Manuela se roció la polla con nata, agarró nuestras cabezas y nos hizo agacharnos para que se la limpiáramos. Mire a Nuria, note que estaba muy cachonda, emocionada y bastante borracha, quería nata. Yo no había chupado una polla nunca, la tenía morcillona y era algo más gorda que la mía, la agarre y la llevé a la boca Nuria. No tardo en sacar la lengua para comérselo todo.

    Yo me levante y me retire, no sé si estoy preparado para dar el paso de chupar una polla, con la copa en la mano observé como le crecía la polla a Manuela en la boca de Nuria, se me puso como un bate. Nuria estaba desnuda de rodillas con las manos apoyadas en la cadera de Manuela, se la chupaba con ansiedad, con vicio, gemía con la boca llena, Manuela le sujetaba la cabeza con las manos, las rodillas semiflexionadas y mirando al cielo.

    Un rato después Manuela la sujetó la cara con las dos manos y empezó a follarla la boca bombeado con algo de velocidad, cuando se miraron a los ojos comprendí lo que iba a pasar, se corrió sin sacarla de su boca, vi como la temblaban las piernas mientras gemía de gusto mirando al cielo, Nuria de rodillas sin moverse y con los ojos cerrados lo recibió todo, que cachondo me puse.

    Unos pañuelos toallitas etc. después seguimos con la fiesta, estábamos sentados en unas sillas de playa, comentábamos la mamada de Nuria, le dije que era una maestra y ella me guiñaba el ojo. Manuela se arrodilló frente a mi silla, empezó a masajearme los huevos, mi polla en semi reposo rápidamente se puso semi rígida, pajeándome me dijo que a ver que tal lo hacía ella.

    Acerco su boca y agarró mi capullo como un chupachus, mientas me miraba movía la lengua por la punta y termine de empalmarme dentro de boca. Empezó a mamármela con ritmo, mire a mi chica y me sonreí al verla dormida. Manuela siguió chupándomela un rato, los huevos, el culo, me lo comió todo, le dije que quería correrme, se la metió en la boca, empezó a bombear despacio y metió la mano por debajo de mis huevos, antes de darme cuenta medio dedo estaba dentro de mi culo.

    Enseguida note algo que me puso tan cachondo que me corrí dentro de su boca sin control, me tembló bastante el cuerpo mientras gemía como un cabron, poco a poco saco el dedito y soltó mi polla, vi como lo escupía en un pañuelo, se sonrió y me preguntó que tal? Mi mirada silenciosa la respondió haciéndola reír.

    Eran las 3 de la mañana y seguíamos la fiesta, Nuria dormía en la silla y nosotros charlaremos animadamente, me decía que le debía una mamada y yo seguía sin verlo, me dijo que al menos tendría que follarme el culo, y a eso no me cerré, se sorprendió un poco al ver que ponía el culo antes que la boca. Miró a Nuria que seguía dormida, me agarró la mano y me llevó a la habitación.

    Me senté en la cama con ella a mi lado, le chupaba las tetas y miraba a ver si se empalmaba para devolverle la corrida poniendo el culo. Poco después se puso de pie delante mío, la mire y me miró excitada con cara de decir chúpamela. Me quedé mirándola, lo pensé, empezó a moverla morcillona de lado a lado golpeándome los labios pero mi cuerpo seguía sin reaccionar, vi a mi novia despierta observándolo todo desde la puerta con una sonrisa.

    Se acerco, se arrodilló a mi lado y empezó a chupársela a Manuela, empezaba a empalmarme cuando la sacó de su boca, la agarró y sin estar aun madura la dirigió a mi boca, la mire, hizo el gesto de abrir la boca y lo copie, vi como retiraba la piel del capullo antes de metérmela en la boca hasta la mitad. Estaba dentro, mi primera polla, me excite y me empalme.

    Manuela gemía de gusto y me ponía cachondo oírla gemir cuando movía la lengua y note cómo terminaba de empalmarse en mi boca. Pensé que ya no había marcha atrás, la tenía dentro y empecé a mamársela despacio asegurando que mi lengua rozara la parte baja de su capullo, que a mi me encanta, la escuchaba gemir y seguí mamado sentado en la cama con las manos en su culo metiéndola todo lo profundo que podía.

    Manuela estaba cachondísima, la sacó de mi boca y dijo que ahora sí me iba a follar el culo, Nuria aplaudió excitada. Me tumbe en la cama, me levantaron las piernas como si fuera un bebé al que le van a cambiar el pañal y Manuela le dijo a mi novia que me chupara el culo, que había que lubricarlo bien. Yo estaba con la polla como un bate y mi chica empezó a lamerme el culo, movía la lengua en círculos e intentaba penetrarme yo gemía de gusto.

    Mientras tanto Manuela decidió amortiguar mis gemidos metiéndomela otra vez sujetando mis brazos con sus piernas, me follaba la boca con la cabeza apoyada en la cama, la introducía despacio, gozando verme la boca llena. Yo me iba a correr y como pude lo hice saber, sin dudarlo Nuria se apresuró para que lo hiciera en su boca y así fue, eyacule fuertemente dentro con mis gemidos amortiguados por el pollon de manuela metido en la boca.

    Mi chica escupió la corrida en mi culo y lo lubrico con ella, me penetraba con el dedo y me hacía dar respingos, todo indicaba que seguía la acción. Manuela se dispuso y levantó mis piernas pude ver lo palote que estaba y pensé que iba a doler, así fue de principio a fin.

    Empezó frotando la polla en mi ojete, me gustaba, algo en mi estómago lo quería, estaba deseoso y note como entro por sorpresa, grite de dolor y la saco despacio, lo hizo varias veces, cada vez que la sacaba parecía que me desinflaba, estaba gozando como una perra mientras miraba el culo a mi novia que sujetaba mis piernas.

    Cuando Manuela considero que su polla deslizaba bien dentro de mi culo dejo de sacarla y empezó a empotrarme profundamente, yo gritaba de dolor, me estaba reventando, mi chica puso su culo en mi cara y amortiguo los gritos y gemidos, sin piedad siguió follandome duramente sin importarle mis gritos no se cuanto tiempo me pareció muchísimo.

    Paro de repente, notaba el pollon llenando mi culo, me encantaba, ahora gemía de placer y era yo quien movía el trasero intentando sentir como entraba y salía abriéndose hueco, escuchaba jadear a las dos, Manuela cogía fuerzas para otra envestida y Nuria se esmeraba en ponerme el culo en la boca para acallar mis gritos, que eran de auténtico dolor convertido en inmenso placer al parar, me estaba zurrando sin piedad.

    Manuela suspiro mientras me la metía hasta el fondo quedándose ahí, yo gritaba, me dolía, cada segundo parecía que entraba un poco más, mi chica frotaba su chocho en mis gritos, las oía gemir y jadear. Empezó a bombear de nuevo empotrándome duramente sin compasión, los gritos se convirtieron en un jadeo entrecortado, estaba agotado y no tenía fuerzas ni para gritar.

    Una vez más no sé el tiempo que estuvo empotrándome, una eternidad, cuando volvió a frenar solté un jadeo continuado sacando todo el aire, el alivio intensificaba el placer, y podía sentir como se deslizaba despacio dentro de mi culo. Agotado me relaje, Manuela seguía follandome muy despacio, yo gozaba y la oía gozar, notaba como se deslizaba, se abría camino y me llenaba todo el culo, me iba a correr. Nuria era ya una espectadora.

    Sin mediar palabra Manuela volvió a la carga por sorpresa, no dio tiempo ni a coger aire y un hilillo de grito salía de mi boca mientras me empotraba violentamente. La escuche gemir, note como bajaba el ritmo, sabía que se iba a correr y me corrí yo antes jadeando como una perra con la polla medio empalmada, aun así me salpique en la cara, sentí un inmenso placer al notar como la temblaba el cuerpo mientras gemía y se corría en mi culo.

    Cuando me la sacó, soltó mis piernas y cayeron agotadas, mi chica me lamio la cara y salieron juntas del cuarto camino a la ducha. Me puse en posición fetal notando como la corrida brotaba de mi ojete y se escurría por mi glúteo, me toque, aun me cabían dos dedos, no me extrañó después de lo duro que me había follado. Dolor y placer, Manuela sabe hacerlo bien.

  • Las enormes bragas de mi madre

    Las enormes bragas de mi madre

    Las enormes bragas de mi madre, que usaba a diario, no eran nada eróticas, nada que me excitase, suelo recorrer los tendederos de casa, en busca de alguna braguita sexy. Alguna braguita que me cause erección, una ligera sensación de querer hacerme una pajilla antes de dormir. Pero en esta casa es algo imposible. Bragas enormes sin diseños, sin elásticos que decoren aquellas prendas, colores rosados, celestes, blancos percudidos, colores ya sin vida, colores desgastados por el paso de las lavadas, las fregadas a mano. Nada que motivase algo diferente en mis pantalones, ya conocía cada braga de esas, todos los viernes esperaban bajo el sol a secarse, para durante toda la semana cumplir su función higiénica.

    Es lo normal creo yo, en relación a las mujeres que viven aquí. Una es mi madre y la otra mujer es mi abuela, ambas de carácter católico, recatadas en su manera de hablar, vestirse, pensamientos, mujeres criadas con disciplina machista. Mi abuelo un militar fallecido, mi padre militar, que aunque no falleció en combate, un grave accidente automovilístico le arrebato la vida en lo mejor de su carrera. Crecí al lado de estas adorables mujeres, que se encargaron de criarme con mucho cariño, pero a la vez mucho carácter disciplinario, mi abuela no es de las que engríen a sus nietos, ella siempre tajante en sus decisiones, es ahora y ahora.

    Mi madre aunque un poco más dócil, pero siempre acataba lo que su madre sugiriese, lo que mi abuela opine, está bien y así se queda. Desde los 15 años que duermo solo, antes dormía con mi madre, yo tenía muchas pesadillas por las noches, la única manera de calmar aquellos sueños horribles, era dormir abrazado a sus pechos. Que aunque no eran grandes o voluptuosos, eran lo suficiente como para adormecerme y hacer que pueda conciliar el sueño. Mi abuela como siempre, esto no lo veía normal, no quería que me volviese un chico débil, quería que yo fuese un chico con carácter fuerte, con valor para afrontar la vida y sus problemas.

    Fue eso lo que motivo, a que mi madre tomara la decisión de que yo tendría mi propia habitación. Las primeras noches las pase muy solo, pero yo sabía que mi madre, espiaba desde la puerta de mi habitación. Ella sabía que yo la podía ver, sabía que yo me quedaría más tranquilo, sabiendo que celosamente me cuidaría, aunque no estemos durmiendo juntos, estaría ahí para velar mis sueños. Eso calmaba en gran parte mis miedos, a las largas noches en mi cama. Recuerdo que en algunas ocasiones sin que mi abuela se diese cuenta, su hija se acercaba a mi cama, se quedaba conmigo hasta que me dormía profundamente.

    Después de haber superado muchos traumas para dormir, debo confesar que todo ha cambiado, ahora disfruto mi libertad, tener una habitación propia. La privacidad para quedarme hasta tarde estudiando o leyendo revistas de contenido sexual, me gustan mucho los relatos eróticos, las historias que se cuecen en cada personaje. Muchas fantasías que suelen pasar a diario entre las personas, mi atención se volcó en lo relatos eróticos entre personas de la misma familia. Ese tema me había obsesionado, cómo llegas a tener relaciones sexuales con algún miembro de tu familia, esas historias hicieron que recordara las noches que dormía con mi madre.

    Una potente erección se apodero de mis pantalones, recordé como me abrazaba a sus pechos, en algunas ocasiones jugábamos a que yo era un bebe y me daba de lactar. Esas cosas me daban algo de grima, se reía a carcajadas mientras acercaba sus pechos a mis labios. Todo era broma, creo que más lo hacía con la intención de que yo perdiera el miedo a dormir solo, quizá si me mostraba cosas que no me agradaban yo me iría. Muchas veces al rosar sus piernas, estar abrazados, sentía un dolor en mi pene, una extraña sensación de dolor recorría esa parte de mi cuerpo, yo no sabía que pasaba. Estaba claro que era una erección, pero, yo aún era un pequeño, no tenía intenciones sexuales.

    Leyendo aquellas revistas eróticas, que por cierto guardaba muy bien, les había conseguido un espacio entre los comics que ya no leía. Las revistas estaban al fondo, ya que mi madre es muy ordenada, los fines de semana suele, voltear toda mi habitación y sacar basura de todos lados. Estas revistas las tengo en una caja de zapatos, donde guardo cosas de cuando yo era pequeño, algunos recuerdos que aprendí a conservar, muchas veces he visto esa caja sobre mi cama, pero, creo que solo la habrá bajado para limpiar por encima de la biblioteca. Ahora por seguridad cierro con seguro la puerta de mi habitación.

    Es algo que antes no hacía, incluso las mujeres de mi casa, se preguntan a qué se debe eso. Mi abuela sobre todo, siempre que estoy dentro, insiste para dejarla entrar, que en esta casa ninguna habitación debería de estar cerrada por dentro. Siempre está preguntando que hago.

    -Oye José, que haces dentro de tu habitación, porque te encierras como si estuvieras ocultando algo, deja la puerta abierta, así se ventila.

    -Haber abuela, no escondo nada, es solo que me gusta mi privacidad, no me gusta ser interrumpido, desconcentra mis estudios, eso es todo. A veces me estoy cambiando.

    -Déjalo mamá, que sea lo que haga dentro, seguro que le viene bien, además tiene lectura muy interesante, ya no es un niño, debe explorar nuevas lecturas. ¿Cierto José?

    -Claro abuela, vez como mi madre me comprende, pero sepan que no oculto nada, podéis entrar cuando quieras sin problema, tocáis para abrir, eso si.

    Que había pasado ahí, es que mi madre sabía algo de mis revistas, se habría enterado de algo al buscar entre mis pertenencias, eso fue una duda que se sembró en mí. Me parecía muy raro su comportamiento, la manera de persuadir a su madre. Aquella tarde mi madre se fue de compras, no dijo nada y se fue sola. Yo pase todo el día con mi abuela en casa, escuchando sus historias repetidas, ayudando a reubicar los muebles de su habitación. Ese día, al volver yo de clases, cenar con la abuela, como de costumbre me encerré en mi habitación, termine lo que debía de terminar y curiosamente me puse a pensar en lo ocurrido aquella tarde.

    Las dudas sobre mis revistas, me asechaban en cada momento, ¿Tendría que hablar sobre eso? ¿Explicarle lo que me estaba pasando?, dejar las cosas como estaban, seguir con mi vida normal, pero que tanto sabia sobre esas revistas. Pensé que si lo sabría, ya me hubiera dicho algo, una llamada de atención por leer cosas que en apariencia no son nada educacional, pero que son eso, solo revistas que están para contar historias. Busque un nuevo lugar para esconderlas, las cambiaria de lugar. Aquella noche que vi llegar a mi madre, traía consigo una gran bolsa, seguro habrá hecho muchas compras, pensaba yo.

    En el paso de los días, sentí cierta atracción hacia mi madre, y todo a raíz de aquella compra que ella había realizado. Ya el veranito estaba acercándose, los cordeles se estaban llenando de prendas cada vez más cortas, camisetas y sujetadores se mesclaban en la lavadora sin ningún problema, calzoncillos y bragas nuevas, adornaban este patio. Las nuevas bragas de mi madre, se veían muy sexys, ahora eran de colores rojos, negros, azules, diferentes a las anticuadas prendas que solía usar. Eso lo note de inmediato, una erección en mis pantalones me hacía ver claramente que habían llegado nuevos tiempos a casa, mi madre había cambiado la lencería por completo.

    Esto ya me parecía algo sacado de alguna revista erótica, el interés que empieza a tomar una madre sobre la conducta sexual de su hijo. Los comportamientos que se dan a partir de ahora me dejaban algo inquieto y muy excitado a la vez. Había algo de cambio en su manera de ser, las noches que pasábamos solos en casa, fueron muy diferentes a las anteriores, quiero decir, ahora buscaba mi presencia, intentaba sentirse muy cerca de mí. Pasamos de mirar películas en la sala, a mirarlas ahora en su habitación, luces apagadas y ella junto a mí. Acercando su cuerpo más de la cuenta, después de tantos años volví a sentir el latido de sus pechos, volví a acariciar su cintura, sentir su aroma, abrazarla fuerte sin casi soltarla.

    Estaba claro, extrañaba estos momentos. Que a partir de ahora cada vez que yo quisiera, podría venir a su habitación para dormir juntos, abrazados como antes, sintiendo sus latidos, como aquellas noches en que me asustaba la oscuridad. Yo me sentía algo confundido pero muy excitado a la vez, ya que no entendía que podría estar pasando, no había notado que quizá había leído mis revistas, a lo mejor en algún momento de limpieza profunda, se metería más de la cuenta en mis cosas personales. A lo mejor había leído alguna historia y ese era el motivo por el cual actuaba de esta manera conmigo. Aquella noche la pasaríamos juntos, ya que mi abuela se quedaría en casa de mi tía.

    Antes de meterme a su cama, fui al tendedero a guardar la ropa que ya estaría seca, aún faltaba mucho para dormir. Una fuerte atracción hacia sus bragas me lleno el cuerpo, las ganas de mirarlas en el tendedero se apoderaron de mis instintos sexuales, tome una de ellas, recuerdo que era con encajes negros, y me metí al baño. Las bragas de mi madre, me causaron una gran erección, me sentí poseído por aquella prenda, en realidad quise guardarla para mí, pero corría el riesgo, a que se diera cuenta de eso. Aunque estemos solos en casa, podría notar su ausencia, se podría dar cuenta que le falta alguna y solo habría un responsable para eso.

    Abandone la idea de secuestrar esa braguita, la deje en el lugar de donde la había tomado prestada, ella, observo lo que estaba haciendo con esa prenda. Tomo la iniciativa de preguntar si me gustaba ese modelo, se había dado cuenta que yo estaba vigilando aquella prenda, mi reacción fue casi nula. ¿Me había pillado acaso devolviendo la braga? ¿Me habrá visto, sacarla y devolverla? A qué se refería con ¿si me gustaba esa braga? Me pidió que fuera a mi habitación, que se encargaría de todo aquí en el patio. Así lo hice, pero yo tenía las bragas de mi madre metidas en la cabeza, no podía sacarlas de mi mente, baje una revista de las que acostumbro leer, me excite mucho, quizá si me masturbaba podría aliviar esta tensión sexual.

    Con mi pene fuera, meneándolo de manera frenética, pensando en las bragas de mi madre, mis ganas de una buena masturbada sería más sencillo. Las ganas de hacerlo con sus bragas negras me hacían intentar salir y buscar aquella prenda, pero seguro que ya estarían recogidas del cordel. Pensé en ir a su habitación y coger una de sus cajones, la idea de hacer ese recorrido no me parecía mala, total, no echaría en cuenta algo que no tiene a la vista, no sabría que estarían en mis manos. Guarde mis genitales dentro del pantalón y me dirigí hacia su habitación. Tenía la firme intención de ir por lo que necesitaba.

    Al acercarme a su habitación, casi sin hacer mucho ruido, vi el cesto de su ropa sucia. Ahí habían unas braguitas rosadas, seguro serian de esta mañana, que a lo hora de ducharse se las había cambiado. Las tome y las guarde en mi bolsillo del pantalón, la erección que se veía en mis pantalones me delataba, si me encontraba dentro, más aun con sus bragas en mi bolsillo, eso hubiera sido muy desagradable. Salí como pude de ahí, no cerré la puerta para no generar ruido. Yo sabía que aún permanecía en el patio, logre distinguir sus anchas caderas al inclinarse para recoger los ganchos que se habían caído en el suelo.

    Mas excitado, por aquella posición, también porque en ese movimiento, dejo ver unos amplios cachetes de su gran trasero. Casi las 21 horas marcaban ya, ahora seguro me llamaría para cenar, y ya luego a descansar, lo que tenía que hacer, lo debía de hacer muy rápido. Lo cual era una pena, porque este momento me hubiera gustado disfrutarlo más, pero claro, en casa como están las cosas, era algo complicado. Ya que privacidad absoluta no tengo, siempre esta alguna de ellas merodeando mi habitación. Las bragas de mi madre en mi bolsillo, yo podía sentirlas, metía mis manos y las tocaba, las acariciaba.

    Entre a mi habitación, con la intención de calcular el tiempo que podría demorar en hacerme una pajilla, sin antes ser interrumpido. Sobre las 21:15 que intentaba ponerme cómodo en aquella cama. Oigo su voz llamándome, que solicitaba mi ayuda en la cocina, colocar los platos y vasos para cenar, eran mi faena. Joder, no podía terminar de correrme, deje todo en pausa. Lo que no sabía era si devolver las bragas de mi madre al cesto de la ropa sucia, o mantenerlas en mi habitación. A lo mejor guardarlas para futuras erecciones. Solo tendría que buscar un sitio súper secreto, esa prenda no podría encontrarla aqui. De momento me la guarde nuevamente en el bolsillo de mi pantalón, nadie me revisa los bolsillos y nadie la vería.

    Ya en la cocina, y habiendo cenado, mi madre se fue a cambiar de ropa, porque casualmente se había mojada la que traía puesta. Al salir de su habitación, y yo estar fregando los platos en el lavadero, dejando todo ordenado como de costumbre. Esas fueron algunas lecciones que aprendí cuando era pequeño y se me quedaron, así al día siguiente todo estaría ordenado y los bichos estarían a raya. Ella me hablaba desde el baño, a duras penas oía algo de lo que me decía, yo solo quería terminar lo que había iniciado en mi habitación. Tenía un tema pendiente, una erección palpitante entre mis piernas, una prenda peligrosamente guardada en mi bolsillo, unas ganas que empezaban a desbordarse por mis calzoncillos.

    Terminado todo en la cocina, pase por el baño, que es el camino hacia mi habitación. La puerta estaba abierta, la vi dentro de la ducha, nuevamente en la misma posición que estaba hace un rato, agachada, ahora limpiando la rejilla que se había atorado, pero llevaba una prenda diferente. Se había puesto un camisón de dormir, es de color rojo, pero lo que más llamó mi atención, es que era de tela transparente, dejaba a la vista su bien formado culo, pero también dejaba a la vista unas bragas negras. Las mismas que vi en el tendedero aquella noche. Se había puesto las que tenía en mis manos cuando me vio en aquel momento, las reconocí de inmediato.

    Esas bragas de mi madre, que más de una vez las había visto en el cordel, pero hasta este momento, no se las había visto puestas. Es más, hasta ahora no me había fijado en estos detalles. Sin duda, ha cambiado mucho en su manera de comportarse, ahora claramente puedo ver su lencería, lo que antes no sucedía. Mas excitado que asombrado, me segaba la visión de ver a esta mujer en ropa íntima muy sexy, estas prendas que seguro un tiempo atrás la habría satanizado, y eso que mi abuela no está. Agradezco estos momentos de tener a mi abuela lejos de casa, no podría disfrutar de esta excitante visión, seguro que ambos pensábamos lo mismo.

    Me pidió que fuera a cambiarme de ropa. Que me pusiera el pijama, que había dejado sobre mi cama, ella había salido de compras hace unos días, y se le había olvidado entregármelo, y que ya no habría tiempo de cambiarlo por otro. Salí rápido del baño para ver que me había comprado, era un pijama de color celeste, un conjunto en realidad, la camiseta y el pantaloncillo. Con la peculiaridad que este pantaloncillo es de los que llevan una abertura en el medio, sin broches, ni cremalleras, ni botones, pero es que esta prenda me quedaba muy justa, creo que era una talla menos de las que yo uso.

    Al meterme dentro de este pantaloncillo, mi erección se notaba claramente, además de casi salirse mi pene por la abertura que lleva en esa parte. Me sentí muy raro, mi madre llamándome para que me metiese a la cama, que estaba muy cansada, además quería ver cómo me había quedado el pijama. Advertí que me quedaba muy ajustado, que no era de mi talla, pero como era para dormir no habría problema con eso, así nadie se fijaría de la pequeña falla que tiene. Mi madre hecho a reír, muy jocosamente, como si de un chiste se tratase, me hizo entrar a su habitación para ver de que estaba hablando, que cual era la falla que podría tener algo nuevo, que ella misma había escogido.

    Entre a su habitación con la confianza que había entre ambos, a pesar de tener 22 años, me gustaba sentir que me trataba como un adolescente. Efectivamente vio que me quedaba apretado, pero, más se fijó en mi abultada erección, ya que no pasaba desapercibida, se notaba, no lo dijo, pero vi pasar saliva por su garganta, vi esos ojos agrandarse al mirar entre mis piernas. Sentí su mirada sobre mi paquete, de los 4 pasos que hay desde la puerta hasta su cama, no despego su mirada de mi abultada erección. Lo gracioso de todo es la estrechez que me causaba, con la experiencia en comprar mis prendas, y en esta ocasión había fallado.

    Ya metido en su cama, y solo cubiertos con una blanca sabana, nos acomodamos para ver la película, pero no tenía intenciones de ver nada, solo quería que apagase la luz, era algo tarde. Claro, yo entre la sabana, habiendo visto lo que había visto antes, la erección en mis pantalones se hizo más notoria, y ahora me pedía que me moviese los 4 pasos que había andado, pero ahora, para apagar la luz, me costó disimular un poco esta erección en estos cortos pantaloncillos. Apague el interruptor y me fui a ciegas a su cama, lo que aproveche, para tirarme sobre la cama, como cuando era pequeño, y me abalanzaba sobre sus pechos para dormir.

    Esta vez, fue ella quien se abalanzó sobre mi pecho. Dejando sus pechos encima del mío, una pierna suya roso mi verga, que estaba salida del pantaloncillo, estaba claro que esto pasaría, mi erección terminaría por salir del pantalón. Ella lo noto claramente, intente dar explicaciones de lo que me estaba sucediendo, pero fue en vano, no había más remedio, creo que entendía lo que me estaba pasando en aquel momento, me había excitado con todos sus encantos. Yo estaba muy callado en esa situación, sin tener que decir palabra alguna, más que solo sentir lo que sucedía en aquella habitación.

    Ella tomo mi erección entre sus manos, por encima de aquellos pantaloncillos cortos que nada cubrían, beso mis labios en clara señal de entender lo que pasaba por mi cabeza. Las veces que habíamos compartido esta cama, siempre jugando con sus pechos sobre mi boca, rosándome tiernamente los genitales para comprobar que estaban creciendo, siempre buscando la manera de hacerme sentir bien. Ahora en esta situación en la que estoy, cogido de los huevos, por parte de quien lleva todos estos días provocando situaciones excitantes, que quizás parezcan impuras, pero que son claros sentimientos de deseo hacia una mujer.

    Esta vez ya no era un juego, sabíamos que esto no tendría revés. Cómo llegamos hasta aquí, solo el destino lo podrá decir, solo los sentimientos por haberlo deseado, nos trasladaron hasta este glorioso momento. Yo hasta este punto, casi no había tenido relaciones sexuales, me había masturbado muchas veces, pensando en los momentos que podría compartía su lecho marital. Observarla por los agujeros de la puerta, a través de las ventanas de su habitación, era lo más cercano que había estado. Pero esta vez, estaba en su cama, acariciando su suave vagina, oliendo el aroma de las bragas de mi madre, recorriendo sus pechos, besando sus labios.

    Todo esto era puro sentimiento hacia una mujer. Una mujer a la que estaba a punto de penetrar, las bragas de mi madre, ya muy mojadas, el deseo en su mirada por ser penetrada en este momento. Las palabras mágicas que sonaban en la habitación, fue una orden para follarla, que meta mi verga dentro de su húmeda vagina, hacían de este momento algo irrepetible. Las caricias de sus labios en mi erecto pene, dejaban en claro que ella necesitaba las caricias de un hombre, la rudeza de unas manos sobre sus pechos, la dureza de volver a sentir una verga dura, jugosa y perfectamente erecta, para satisfacer sus necesidades sexuales. Yo estaría dispuesto a cumplir cada orden que me pidiese.

    La demora en desvestirnos, fue lo que calmo aquella ansiedad entre ambos. Yo no tendría, quizás que volver a masturbarme con las bragas de mi madre, ahora me ofrecía su vagina, sus pechos redondos, su ansiosa boca por tragar mi erecta verga. Ahora sin bragas, recostada en su cama, gimiendo por ser penetrada, por sentir mi calor entre sus piernas. Sus llamados para que yo gozara en su interior, yo deseaba tanto sentir el sabor de su vagina, que sin mediar más palabras me abalance dentro de esta, pero ahora con su pleno consentimiento. Que aroma más intenso, por un momento perdí el sentido del gusto, era algo muy diferente a todo lo que había probado hasta ahora, me gustaba este nuevo sabor, este nuevo aroma.

    Haber follado toda la noche, y recorrer cada centímetro de aquella cama. Las únicas 3 posiciones que yo sabía, las repetimos más de mil veces, tomarla y penetrarla una y otra vez, tener en mis manos su culo, que tantas fantasías me había causado. Follarla de manera suave y salvaje a la vez, es lo que más disfrute. Terminar dentro de ella, en sus pechos, su espalda, agotar todas nuestras energías, devorar cada parte de nuestros cuerpos, meter y sacar mi verga de su estrecha vagina, me daba las fuerzas necesarias para seguir satisfaciendo a esta mujer. Paso lo que paso, ambos disfrutamos el momento, la pasión, nuestras ganas locas por estar juntos.

    Gracias por leer, comentar y compartir.

  • Trío con el jardinero y el primo de mi primo (parte 4)

    Trío con el jardinero y el primo de mi primo (parte 4)

    Lucas nos contó que a su hermanastra le gustaba más la pija que respirar y que seguro le gustaría desvirgar a Toby. Contó que era hija de su padrastro, que era dos años mayor que él y que estaba muy buena. Lo había desvirgado y luego varias veces por año tenían sexo, cada vez que ella volvía de la universidad a pasar los fines de semana en su casa.

    Me puso más caliente todavía y me empeñé en seguir con las mamadas, hasta que Lucas se incorporó, se puso detrás de mí y me penetró hasta el fondo, siempre con suavidad, mientras yo seguía chupando la de Tobías, que gemía de placer y levantaba su pija para metérmela más adentro de la boca. Lo dejé hacer y estuve así varios minutos, siendo penetrado por ambos, hasta que los dos se corrieron casi a la vez, pero yo me saqué la pija de Toby justo a tiempo para no tragar más leche. Lo limpié con una toalla húmeda y sonó la alarma de su celular.

    -Tengo que ir a abrir el almacén, nos dijo. Atiendo hasta las 20, pero a lo mejor me dejan cerrar antes porque está el partido, pero no lo voy a poder ver porque no tenemos el paquete de fútbol en mi casa.

    -No te preocupes, Toby, le dijo Lucas. Vení a verlo acá que vamos a estar nosotros. Te damos una mano la última hora del almacén, así podés acomodar todo rápido y te venís con nosotros.

    -Tengo que pedir permiso antes, nos dijo.

    -Dejá que yo hablo con tus padres, ellos me conocen.

    Toby se vistió con la bermuda ceñida que había traído y lo acompañamos desnudos hasta el portón, mientras lo acariciábamos y besábamos los dos. Nos calentamos otra vez, pero se tuvo que ir de todos modos, aunque bien empalmado. Escuchamos que venía un auto y nos escondimos adentro detrás de un pilar, bien apretaditos con Lucas, sin dejar de besarnos y acariciarnos.

    -No puedo parar, le dije, me gustás mucho.

    Me dio un largo beso de lengua y nos fuimos a acostar en un sillón del quincho, que estaba más fresco que afuera. Como teníamos la piel que nos ardía, nos pasamos gel post solar por todo el cuerpo, sin parar de besarnos. Nos recostamos en el amplio sillón en un hermoso 69, y nos chupamos largamente las pijas.

    Verdaderamente estaba muy excitado acariciando y besando su cuerpo y sobre todo chupando su preciosa verga. Él se empeñaba con mucha pericia y después de varias interrupciones para calmarnos, llegué a acabarle en la boca. No sólo se tragó todo mi semen, sino que me limpió la pija en todo el tronco con su lengua.

    Enseguida me recostó boca arriba en el sillón y me volvió a coger de frente con mis piernas sobre sus hombros, bajando cada tanto a besarme con pasión. Tardó más de diez minutos para correrse mientras yo no dejaba de pedirle más, hasta que se puso tieso y acabó dentro de mi culo insaciable. Nos limpiamos con la toalla húmeda y nos dormimos abrazados en el sillón.