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  • La mesera

    La mesera

    La mayoría del tiempo no estás en mi mente, pero cuando te veo me hago consciente de lo mucho que me gustas. Al llegar al lugar nuestro primer encuentro de miradas, me ves lo sé y yo a ti, pero no decimos nada. Sé que es algo imposible pero quizá eso es lo que me atrae, me gusta ver cómo te mueves y escucharte hablar con ese acento que aún no descifro de dónde será, es claro que no es de por aquí.

    Además me encanta tu olor, no sé cómo haces para oler bien no importa a la hora que vaya, siempre pareces tan fresca, tan cómoda contigo misma. He vivido intrigado por dos años porque nunca he podido ver tu rostro a voluntad, siempre con ese maldito cubrebocas, recuerdo que alguna vez estabas retirada de mí y te lo quitaste por algún motivo, desgraciadamente la distancia era demasiada y yo y mis lentes no fuimos capaces ni siquiera de una fotografía mental que me hiciera recordarte.

    En cada ocasión que te veo me enamoro de una mirada y de una risa, fantaseo con la situación de estar contigo a solas. Quizá en alguna terraza de algún restaurante o en bar bebiendo una copa, tomaríamos dos o tres tragos y platicaríamos.

    Se que te observaría directo a esos ojos negros, te platicaría de mi vida y de las cosas que he pasado así como tú me hablaras de tu historia también. Te tomaría de la mano esperando no ser rechazado, esas manos delicadas y delgadas que tanto me gustan. Las tomaría entre las mías y la acariciaría suavemente para sentir incluso tus huesos, te diría que si no quisieras envolverme en esos finos y delgados brazos tuyos o mejor aún, que me dejaras envolverte en un abrazo mío, besar tus hombros, mientras admiro tu fino torso y sentir tu delicioso aroma.

    Y es que tú olor que me penetra directo al cerebro me hace consciente de algo más que es tu atractiva y sexy figura, he visto ir y venir esa cintura y esas nalgas por mucho tiempo, tus pechos perfectos a la proporción de tu cuerpo me ponen a pensar en lo que te diría para que al fin te animaras a irte conmigo.

    Y que mejor que llevarte a un lugar donde podamos estar solos y desnudos. Tocarnos y besarnos explorando nuestros cuerpos con los labios y la piel.

    Entrar en ti, sentir tu humedad y mirar tus gestos, escuchar tus ruidos, experimentar tu calor. Quiero terminar exhausto a tu lado abrazándote y tú a mí al fin.

    Dejar de movernos y quedarnos quietos para así quedarnos dormidos y en silencio y sentir la confianza de que nos hemos encontrado y que quizá pueda volver a suceder.

  • ¡Que viva la diversión!

    ¡Que viva la diversión!

    Con mi esposa tenemos claro que, si se despierta algún deseo o curiosidad sobre lo sexual en nuestro matrimonio, solo tiene que comunicarse, lo consideramos y vemos si es viable la aventura. Hasta ahora todo ha funcionado sin mayores contratiempos. A veces se dan las cosas, otras veces no. A veces la realidad supera la fantasía y otras veces no. En algunas ocasiones las situaciones simplemente surgen sin tanto preparativo ni planeamiento.

    Es claro que ella aprovecha las circunstancias y, si la oportunidad aparece, por qué no hacerlo. Se trata de calmar las ganas si la energía sexual está disparada y las ganas aparecen. No siempre las cosas fluyen como quisiéramos, pero la mayoría de las veces las cosas se han dado. No hay interés de mi mujer de comportarse como una puta, aunque las experiencias que hemos tenido darían pie a pensar que es así. ¡No! Simplemente, ante la apertura que hay para que cada uno se sienta libre de expresar su sexualidad y calme su calentura como mejor le parezca y crea conveniente, se aprovecha cada oportunidad que se presenta.

    Detrás del intercambio sexual con otros, fuera del matrimonio, existen un sin fin de motivaciones. Ella quiere sentir que es apreciada y deseada por los hombres, que sigue vigente su capacidad de seducción si lo desea, que los hombres la encuentren atractiva y darse el gusto de escoger y disponer de ellos a su antojo, que tiene la libertad para decidir cuándo, en qué momento y con quién tener un encuentro, y que puede disfrutar de su sexualidad de la mejor manera posible sin que la relación matrimonial se vea lesionada y se mantenga la aventura como un propósito de pareja.

    No hay un patrón definido cuando le surge a ella el impulso de tener una aventura. Algo en su interior la motiva y, sabiendo que hay complicidad de mi parte, la posibilidad de tener una experiencia se pone a andar. Nunca tenemos claro los móviles de tiempo, modo y lugar. Aparece la tentación y activamos los mecanismos para tratar de lograr el propósito. A mí me gusta observar, claro está, y a ella, por supuesto, copular. Nunca está de por medio hacer algo para el otro. Si se da la aventura, los dos sacamos provecho.

    Tenemos establecido, eso sí, que, si queremos lograr un ligue, pues tenemos que acudir a donde la gente, especialmente los hombres, van con esa intención. Nuestro escenario preferido son las discotecas, especialmente aquellas que están situadas convenientemente en proximidades de moteles, bares o sitios de encuentros swingers. Hasta ahora, esa estrategia no ha fallado. Si ella anda de cacería, de seguro en aquellos lugares encuentra la presa que le gusta. Pero no siempre es así.

    Alguna vez, ella me acompañó a un evento académico, un congreso de la industria aeronáutica, que versaba sobre temas de seguridad aérea. El evento tenía lugar en Miami y la idea era que, mientras yo asistía a las conferencias, ella tuviera la oportunidad de conocer la ciudad y sus atracciones. Habíamos revisado las opciones cuando nos registramos en el hotel y ella había decidido visitar algunos lugares de interés. De ese modo estaría ocupada mientras yo atendía los compromisos académicos. Después, en la tarde, nos reuniríamos para compartir otras actividades, ya que parte de la programación incluía cocteles, comidas, presentaciones artísticas y demás.

    Mientras yo atendía las conferencias, ella, disponiendo de su tiempo, decidía a solas su rutina de paseo y, en esa tónica, preguntó en la recepción del hotel sobre las opciones disponibles. Le propusieron realizar un city tour para que se familiarizara con las ofertas turísticas y sitios de atracción en la ciudad, de manera que pudiera decidir posteriormente qué lugar quisiera visitar con más disponibilidad de tiempo. Y, considerando que era una buena opción, optó por realizar el recorrido.

    Poco tiempo después vino a recogerla un muchacho, morenito él, quien se presentó como su anfitrión para realizar el recorrido. Le indico, utilizando un mapa, cómo se desarrollaría el recorrido. No serían más de cuatro horas para estar de vuelta en el Hotel, así que mi esposa estuvo de acuerdo y, aprovechando que era un día soleado, partieron. En ese viaje, básicamente, le mostraron la ciudad, el centro, las playas, los parques, los museos, las atracciones acuáticas y le mencionaron algunos sitios de potencial interés, como “Hollywood”, una playa nudista.

    En la tarde, cuando nos encontramos, ella se mostró muy animada con la actividad realizada durante el día, sin mayores comentarios. Todo era nuevo y le llamaba su atención. De hecho, hubo varios sitios que despertaron su interés y me comentó sobre la posibilidad de irlos a visitar juntos, si quedaba tiempo libre para hacerlo. Por lo demás, aquel día, atendimos una velada social preparada por los organizadores de los seminarios. Y todo transcurrió sin contratiempos.

    Al día siguiente, en la mañana, me despedí para continuar con las conferencias del día. Ella, como habíamos acordado, vería que opciones tendría para pasar el tiempo y mantenerse entretenida. En la tarde, cuando nos encontramos, me contó que habían ido a realizar un recorrido por la costa, visitando las playas más renombradas, llegando incluso hasta West Palm Beach, donde visitaron el museo en la estación del tren. Me indicó que le habían propuesto realizar un tour nocturno para visitar los lugares de entretenimiento más renombrados, pero, dado que yo tenía compromiso con la organización, las actividades se cruzaban.

    Bueno, pensé yo, podemos ir mañana. A qué hora, indicó ella. ¿Acaso no es la clausura de tu evento? Sí, es cierto, contesté. Tendremos que volver en otro momento, pensé en voz alta. Y vi contrariedad en la expresión de su semblante, así que pregunté ¿qué opciones tienes en mente? Pues, no sé. Me llama la atención hacer ese recorrido en vez de ir al evento de esta noche. Seguro es igual o parecido al que fuimos ayer.

    De seguro así sería, también lo pensé, pero yo ya había dado mi palabra a otros colegas y no quedaba bien desistir a último momento. No me sentía a gusto evadiendo el compromiso, así que, siendo tolerante con ella y sus demandas, le sugerí que se adelantara y que, si me desocupaba temprano, yo me reuniría con ella donde estuviera en ese momento. Aunque, la verdad, no lo veía posible. De hecho, con aquella sugerencia, sabía que le estaba dando a ella licencia para hacer lo que quisiera, sin estar seguro de qué sería.

    Ciertamente, el evento de aquella noche se extendió más de lo que yo hubiera querido, así que volví al hotel a eso de la 1 am. Ella aún no había llegado y pensé, de seguro, que no tardaría en hacerlo. No me equivoqué. Al poco tiempo ella también lo hizo. ¿Cómo estuvo aquello? Pregunté. Interesante, contestó. La oferta de entretenimiento es buena y hay actividades para todos los gustos. Hay que volver con más tiempo. Hablamos de varias cosas, la agenda del día siguiente, detalles del viaje de regreso y opciones para disponer de tiempo libre antes de nuestro viaje. Y la verdad, no había espacio, porque, terminado el evento de clausura, solo habían unas horas antes de emprender nuestro viaje de regreso.

    A la mañana siguiente, la rutina siguió igual. Desayunamos juntos y nos despedimos. Ella visitaría algún lugar si era de su interés y yo atendería los compromisos del seminario hasta poco después del mediodía. En la noche acudiríamos al evento de clausura y a media mañana del día siguiente estaríamos saliendo hacia el aeropuerto para emprender nuestro regreso.

    Llegué al hotel poco después del mediodía y decidimos ir a visitar el “Parrot jungle” para pasar la tarde realizando alguna actividad. Volvimos a eso de las 6 pm, tomándonos el tiempo necesario para alistarnos y asistir al acto programado. Tratándose de algo bastante formal, teníamos que disponer de nuestras mejores galas, así que ella se vistió con un traje negro de coctel, muy elegante y se arregló de manera muy llamativa y coqueta. Disfrutamos del evento y volvimos al hotel a eso de las 11 pm.

    Cuando llegamos al hotel, a la entrada, ella saludó a un muchacho muy afectivamente. Se acercó a él y, volviéndose a mí, me invitó a que fuéramos a un lugar que recomendaban, un sitio para bailar, presenciar espectáculos para adultos y pasar un rato de esparcimiento. Al fin y al cabo, dijo ella, yo me había perdido las actividades del día anterior. Sin darle vueltas al asunto, aunque no tenía planes en mente, acepté. ¿Quién nos lleva? Pregunté. Felipe, contestó ella. ¿Quien? Pregunté. El, contestó ella señalándome a un hombre joven. Pero, ¿nos lleva y nos trae? Sí, respondió. Ya todo está arreglado. Ok, dije, sin darle tantas vueltas al asunto.

    Subimos al auto, guiados por el joven Felipe, un mulato apuesto, quien nos llevó a un lugar llamado “Miami male strippers unleashed”, que, ciertamente, pudiera ser un sitio para distraer los gustos de mi esposa. En el lugar había hombres de todos los tamaños, colores y sabores. Y ciertamente, desde el principio, noté en mi esposa la satisfacción de ver tantos hombres, bonitos, como decía ella, atractivos, apuestos y provocativos. Los shows ya estaban en curso cuando llegamos al lugar y los hombres, desnudos, andaban por allí, haciendo las delicias de las damas presentes, quienes no perdían la oportunidad para acariciar sus pectorales bien formados y cuerpos trabajados.

    Había sala de baile y los strippers se mezclaban con las damas que acudían a la pista para bailar picarescamente con ellos, acariciar y dejarse acariciar como parte de la diversión. Mi esposa, bien pronto, acudió a la sala de baile, en principio para bailar sola, al compás de la música, en medio de tanta gente, pero bien pronto se vio rodeada y acompañada de varios hombres, que, coquetos, le hacían el juego y parecieran querer captar su atención.

    Uno de ellos, bastante atrevido, la despojó de su vestido de coctel, allí mismo, en medio de la pista de baile, dejándola expuesta tan solo con su ropa interior negra de fina lencería. A ella no le importó. Disfrutaba de la aventura sin recato alguno y se veía dispuesta a lo que sucediera. ¿Por qué no? Por alguna razón había escogido ir a ese lugar. Como había mencionado minutos antes: Ya todo está arreglado.

    El hombre que bailaba con ella, con una idea clara en mente pensaba yo, parecía deleitarse con la sensualidad y coquetería que proyectaba mi esposa con su baile y sus ademanes, tanto, que más temprano que tarde la tomó de la mano y la llevó fuera de la pista hacia el segundo piso del lugar, donde había unas salas medianamente iluminadas, lugar propicio para desatar todas las ganas acumuladas y copular lujuriosamente si había posibilidad. Pues, bien, con mi esposa, excitada como estaba, la oportunidad se dio.

    Yo, curioso, y también excitado, les seguí. El tipo llevó a mi mujer al fondo del lugar y, en un amplio sofá, de forma redonda, la recostó. Con mucha habilidad la acariciaba y, pronto, ya la había despojado de sus pantis. Era claro, que quería penetrarla y hacerla suya. Pero ella, quizá queriendo hacer más perdurable el momento, decidió cambiar de posición y prodigarle sexo oral a aquel hombre. El, por lo visto, gustoso, intercambió con ella de posición y permitió que ella lo atendiera.

    Ella se inclinó sobre él, que permanecía recostado en el sofá, para empezar a chupar su pene erecto, pero se mantuvo de pie, de manera que exponía sus nalgas desnudas. Había gente que deambulaba por ahí, hombres, mujeres y parejas que se iban acomodando en los lugares disponibles, para hacer lo suyo. Pero, mi esposa, con sus nalgas paradas, resultaba provocativa. Tanto así que un hombre, desnudo, transeúnte, con su pene erecto, no tuvo reparo en acomodarse detrás de ella y, sin reparo alguno, penetrarla. Ella no se inmutó. Creo que lo esperaba. Se había colocado en esa posición, quizá pensando en que eso sucediera.

    El tipo la penetró y empujó a gusto su miembro dentro de la vagina de mi mujer, que, disfrutando aquello, sin duda, parecía no inmutarse mientras seguía mamando el pene de aquel afortunado caballero. Otro hombre se hizo presente. Quien penetraba a mi mujer se retiró y fue el recién llegado, un hombre más corpulento, quien tomó su lugar y puso su gran miembro dentro del sexo de mi ansiosa esposa, que, sin duda, se deleitaba con tanta atención. Ese par de hombres, quizá amigos, decidieron intercambiar posiciones y usaron la vagina de mi mujer como objeto de diversión, pues se gozaron de ella turnándose en dos ocasiones. Agradezco que practicaran sexo responsable y que usaran condón, aunque a mi esposa aquello no parecía importarle.

    Y así como aquellos hombres aparecieron de la nada, desfogados sus apetitos sexuales, también desaparecieron. Fue entonces cuando el caballero, que recibía las caricias bucales de mi mujer, tomó la iniciativa para hacer lo suyo. Se incorporó y se dispuso a penetrarla. Ella, simplemente se colocó en posición de perrito sobre aquel sofá, permitiendo que aquel accediera a ella desde atrás, igual que lo habían hecho aquellos tipos instantes antes.

    La verga de este macho era imponente y, penetrada mí esposa, rápidamente empezó a gemir del inmenso placer que el contacto con aquel miembro le producía. El cuerpo de mi mujer empezó a contorsionarse, respondiendo efusivamente a las embestidas del insistente hombre. Una pareja, se situó muy cerquita de ellos, y, curiosa, miraba como aquella pareja, mi mujer y aquel macho, copulaban a gusto. Tuve la sensación de que quizá querían integrarse, pero no hicieron movimiento alguno y, cuando el hombre, acabada su faena, se retiró. Ellos, discretamente, también lo hicieron.

    El tipo se despidió de mi mujer. Creo que ninguno hablaba español. Y no había necesidad. Se comunicaron sexualmente y eso era lo que importaba. No había necesidad de más, pero, habiendo terminado el acto y, tal vez, queriendo decir algo, agradecer o simplemente despedirse, el hombre optó por agitar su mano en señal de despedida: ¡adiós!

    Mi mujer se puso sus pantis y se dispuso a bajar al primer piso. Me encontró al salir de la sala, pues tenía en la mano su vestido. Se lo puso allí mismo y bajamos a la planta baja para tomarnos unos tragos y bajar la calentura después de tremenda faena. La música sonaba fuerte y no podíamos hablar muy bien, así que, sin más tentaciones, después de haber follado a su gusto, optamos por salir de aquel lugar. De todos modos, estaba entretenido el ambiente cuando abandonamos el lugar.

    Nos encontramos con Felipe, el conductor, quien nos llevó de regreso al hotel. Tardamos quizá unos cuarenta minutos en el viaje de regreso, tiempo en el cual no pronunciamos palabra alguna. Después de lo acontecido, quizá lo recomendado era descansar y prepararnos para el viaje al día siguiente. Pero, todavía había una sorpresa más, pues, llegados a nuestra habitación en el hotel, mi esposa dijo que quería ver si podía encontrar algo de beber en las maquinitas que se hallaban en la recepción. Y que no demoraba.

    Tardó varios minutos, así que, salí de la habitación para echar una mirada y asomado al balcón, me pareció verla a ella en el estacionamiento, charlando con Felipe, el conductor. Me causó curiosidad que, habiéndome dicho que iba a buscar algo de beber, la sorprendiera en compañía de aquel hombre. No pasaba nada, sin embargo, pero me asaltaba la duda acerca de los motivos para que ella buscara su compañía. Apenas terminaba de imaginarme cosas, cuando ellos se mueven detrás de automóvil en que habíamos viajado, ella se coloca de espaldas a él, apoyadas sus manos en el baúl del coche y el hombre, habilidoso, levanta su falda, y accede a ella desde atrás.

    Para un voyeur como yo, aquella escena, más que molestarme por tratarse de mi esposa, me cautivó. Vi como el tipo empujaba su verga dentro de ella, quien se recostaba su torso sobre el baúl del coche. La cosa pudiera ir a más, pensé, porque me parecía incómodo que hicieran el amor de esa manera y en ese lugar, sin embargo, no dejaba de mirarlos. Decidí bajar y acercarme a ellos, que, distraídos como estaban, no se percataron de mi presencia hasta que estuve prácticamente a su lado.

    Oye, le dije a mi mujer, ¿no estás incómoda haciéndolo en este lugar? No quería molestar, respondió ella con cierta sorpresa por mí presencia. Bueno, pero si querías más por qué no dijiste. Qué vas a pensar, contestó. Pues nada, respondí. Ahora soy yo el que quiere ver cómo este tipo se da mañas contigo. ¿De verdad? replicó. Sí, de verdad. ¿Por qué no? Ya te echaste tres al pico esta noche, uno más, qué importa. Pero, repuso, a dónde vamos, ya está amaneciendo. Pues a nuestra habitación, contesté. Y acabemos de una vez.

    Fuimos a nuestra habitación y, una vez llegados, y ya entrados en gastos, aquellos no repararon en preliminares ni nada por el estilo, sino que, afanados por hacer lo suyo, se desnudaron de inmediato y se dispusieron a tener su encuentro con todas las de la ley. Ella se tendió sobre la cama y él, con unas ganas que se le notaban a leguas, se abalanzó para penetrarla en posición de misionero. Le dio y le dio garrote, como decimos en nuestro país, hasta que ella, gimiendo de la dicha, le pidió descansar.

    Pasaron unos minutos y el miembro del hombre, que no dejaba de ser acariciado por mi mujer, volvió a despertar. Esta vez ella le pidió que se acostara, permitiéndole cabalgarlo a su antojo. Ella hizo su trabajo, movió su cuerpo para buscar sus mejores sensaciones y disfrutó de aquel joven hasta que ya no más. Y él, para rematar, le pidió penetrarla desde atrás y venirse con todo vigor. No usaba condón, pero, muy caballeroso, cuando llegó el momento, tuvo la cortesía de venirse fuera de ella y rociar su espalda con su semen. La jornada había llegado a su fin.

    Ciertamente el ambiente académico de aquella visita había derivado en otra cosa. A donde fuere haz lo que vieres dice un refrán en mi país y mi esposa ciertamente lo había aplicado al pie de la letra. Supe después que ella ya había probado la verga de Felipe previamente. El día que visitaron la playa nudista en Hollywood, él se desnudó para acompañarla, la sedujo y, allí mismo en la playa, le hizo el amor. Cómo no iba ella a querer probar de nuevo ese miembro si ya nos despedíamos de aquel lugar y quizá nunca más lo volveríamos a ver. Bueno, la aventura, tal como se habían dado las cosas, hacía parte del viaje.

    Vi muy golosa y puta a mi mujer aquella noche, y muy dispuesta a todo. Me sorprendió, pero me deleitaron en exceso las escenas memorables que presencié. ¡Qué viva la diversión!

  • Casi una vida en tacos altos (1)

    Casi una vida en tacos altos (1)

    Inicio una serie de relatos que me vinieron a la mente al releer una especie de diario íntimo que yo llevaba en mi juventud, y hasta los 35 años. 

    Cuando era muy pequeño nació mi adoración por calzarme zapatos de mujer de taco alto. Cada vez que tenía una oportunidad, tomaba un par de zapatos de mi madre y los usaba durante horas. En las cercanías de mi casa había varias construcciones abandonadas o en ruinas y yo aprovechaba la soledad de esos lugares para pasearme subido a los tacos. No buscaba sentirme mujer, solo disfrutar la deliciosa sensación que me proporcionaba caminar con los taquitos puestos. A veces los combinaba con medias de nylon y alguna faldita o jean muy ajustado. Pero no lo hacía para parecer una chica, sino para que los zapatos luzcan mejor.

    Al tiempo nos mudamos a Mardel y se me complicó un poco, ya que vivíamos en un departamento en el 4to piso. Pero mis ganas de andar en tacos podía más que nada. Salía a la madrugada sin hacer ruido, y subía a la azotea, o bajaba al sótano. En ambos lugares y a esas horas estaba completamente solo. Pero una noche en el sótano cuando giré hacia la puerta me encontré cara a cara con Don Pedro, el portero del edificio. Quedé petrificado. Quería que la tierra me tragara. Yo estaba con una pollerita tableada y unos tacos de 10 cm. Y frente a mí, un hombre que me miraba de arriba a abajo. No sabía que hacer.

    Ese fue mi paso de un simple fetichismo a la bisexualidad. No podía tomarme por la fuerza, ya que yo ya tenía 18 años y no era precisamente un debilucho. Pero me chantajeó. A cambio de su silencio, tuve que dejar que me manoseara y terminé chupándole la verga por largo rato. En ese momento yo sentía asco, pero imaginaba lo que harían mis padres si se enteraban. Por lo tanto «me callé y seguí chupando». Cuando terminó de cogerse mi boca, me dijo que eso se volvería a repetir él quisiera. Pero a esa edad yo estaba bastante avispado, y recuerdo que le dije:

    – ¡Ah, sí, mirá vos! Vos le podrás contar a mis viejos que yo uso tacos altos, pero yo le puedo contar a tu mujer y a tu hija lo que acabamos de hacer. Podés pensar que ellas no lo van a creer, pero si les menciono los dos lunares que tenés en la verga, la cosa cambia un poco, no? Ahora el que manda soy yo. Me vas a volver a tocar cuando yo quiera y me vas a tener que regalar algunos zapatitos de mi agrado.

    El tipo se puso pálido, balbuceó algo y se retiró del sótano. Volví a mi departamento y me acosté. Obviamente no pude dormir. Mis pensamientos eran confusos. Mamarle la verga me asqueó, pero a la vez me excitó. Al punto que tuve que masturbarme pensando en lo acontecido.

    Al mes nos mudamos nuevamente a La Plata y no tuve ningún acercamiento más con Don Pedro. Y hasta el día de hoy, no tengo en claro si fue un alivio o lo lamento. Mañana sigo con otros relatos. Van a resultar más eróticos, pero desde ya les digo que son todos verídicos.

    Gracias por leer. Un abrazo.

  • La gata y la mañana

    La gata y la mañana

    En tus mañanas duras
    la gata hace jirones las sábanas 
    mientras maulla en celo,
    mientras eriza el pelo,
    mientras aulla loba al alba.

    Tu alegría erecta, su río de flujo,
    que desemboca en sus piernas
    antes de tus muslos,
    antes de que la toques,
    antes de que la muerdas.

    Tu mirada lasciva es tu sí,
    tu ruego y tu respuesta
    a su mirada lasciva,
    a su postura encima,
    a su boca de fresa bien puesta.

    Lametones, succiones y gemidos,
    coches, pájaros y chirridos… aullidos…
    los sonidos de dentro,
    los sonidos de fuera,
    los sonidos de la mañana en guerra.

    Ahora entre café, tostadas y risas
    la gata te mira traviesa
    cómo diciéndote vamos,
    cómo diciéndote más,
    cómo diciéndote cómeme fiera.

  • El nuevo curso (IV)

    El nuevo curso (IV)

    Damián se recostó en el marco de la puerta. Con una leve sonrisa contempló como Enrique descendía las escaleras. Por su cara podía notar que estaba en una nube de felicidad, la misma en la que se encontraba él. Cerrando la puerta con suavidad para que no diese un portazo se encaminó después al sofá. Antes de sentarse cambió súbitamente de idea y recogió su teléfono del dormitorio. No tenía ningún mensaje, ni siquiera de Carlo, por lo que dedujo que las cosas con Thalía habían ido bien. Con una sonrisa mucho más ancha tocó sobre el contacto de Enrique, añadiendo un emoji de corazón detrás del nombre.

    Sin perder la sonrisa se dejó caer en el sofá y alargó la mano para coger uno de los libros de clase que tenía esparcidos por la mesita de café. Retirando el marcapáginas con forma de fémur que usaba para señalar el tema en el que se había quedado empezó a leer la materia. Las letras desfilaron por delante de sus ojos, sin llegar realmente a penetrar en su cerebro. Su mente pronto empezó a divagar y dejando el libro abierto apoyado en su pecho volvió a coger el móvil, clavando la vista en el pequeño corazón rojo que adornaba el nombre de su ahora pareja.

    Las dudas se infiltraron en su cabeza como zarcillos envenenados. ¿Sería demasiado pronto para ponerle un corazón al nombre? ¿Se estaría dejando llevar? Toda la seguridad en sí mismo que derrochaba en cuanto salía de casa y que formaba parte de su carisma inconsciente desaparecía en cuanto pensaba en el joven. Enrique había dicho que le había gustado desde el primer día, pero Damián no podía evitar mostrarse escéptico. Levantándose del sofá fue al dormitorio, donde empezó a recoger el cuarto. Limpiar era en él un hábito tan arraigado que ya lo hacía casi por inercia. El trabajo era extenuante, pero le permitía despejar su cabeza y pensar en aquello que le preocupase, en este caso, Enrique. Retirando las mantas y el nórdico hizo una bola con las sábanas y las llevó hasta el cesto de la ropa sucia. La colada se estaba acumulando y anotó en un espacio de su mente el poner después la lavadora. Sacando un juego de sábanas del cajón de su armario cogió la bajera y se dispuso a ajustarla al colchón cuando el arranque de energía se detuvo, tan de repente como había empezado.

    Con gesto cansado se dejó caer sobre el colchón, mirando la tela que tenía entre las manos. Le había dicho que llevaba ocho meses sin acostarse con nadie. Quizá debería decir que llevaba ocho meses sin acostarse con su ex, pero los hábitos que le había inculcado no se iban. Permanecían con él como incómodos recordatorios que aún definían y condicionaban su forma de actuar. Con la mirada perdida hizo una bola con la sábana y se la acercó al pecho, acurrucándose en el colchón desnudo en posición fetal. Tenía claro que había tomado la decisión correcta al dejarle, pero la sensación de amargura persistía. Suspiró y apretándose las rodillas contra el pecho se envolvió en la sábana, creando un capullo de algodón de color azul oscuro que bloqueó la luz del sol que entraba por la ventana. Cerrando los ojos dejó que los recuerdos le invadiesen, sin reprimirles por primera vez en mucho tiempo.

    No podía precisar cuándo le había conocido. Amigo de sus padres desde que él era un niño, siempre había estado presente en su vida, a veces más incluso que sus progenitores. Su padre viajaba muchísimo, como piloto de líneas comerciales aéreas pasaba más tiempo surcando el mundo a los mandos de su avión que en casa ejerciendo de padre, y aunque siempre le había querido, entre ambos no había habido nunca una buena comunicación. Su madre se había formado como chef bajo las órdenes de uno de los mejores cocineros de cocina francesa del mundo y, cuando él nació, su carrera se encontraba despegando, por lo que acabó delegando su cuidado en su abuela paterna, quien seguía residiendo en el mismo pueblo donde se criase su padre.

    Mateo había triunfado, igual que sus padres, pero a diferencia de estos jamás había abandonado el pueblo que le vio crecer. Reputado arquitecto, se había limitado a reformar la antigua casona de sus padres con un estilo mucho más moderno y elegante, aunque conservando cierto aire tradicional y sólido. De niños, Mateo y su padre habían sido los mejores amigos, y el que él se quedase en el pueblo sirvió como asidero para esa amistad incluso en la edad adulta. Mientras su padre viajaba y su madre trabajaba sin descanso, era Mateo quien se aseguraba de cuando en cuando de que su abuela estuviese bien, la ayudaba con ciertas gestiones e incluso la asesoró en un fondo de pensiones. Damián sabía que sus padres le admiraban y le querían como a un viejo amigo, pero para él fue siempre un referente.

    De niño le veía como a una especie de tío guay, que siempre le compraba los mejores regalos y le animaba a participar en locas aventuras, como aquella vez que le habló del antiguo camino de cabras que bordeaba el pueblo y las alucinantes cuestas que tenía y que podía remontar con la bici para después bajarlas a toda velocidad. A su abuela casi la da un infarto cuando se lo contó y le estuvo echando la bronca durante casi tres horas, pero para él era uno de los mejores recuerdos de su infancia. No fue hasta llegar a la adolescencia cuando empezó a mirarle con otros ojos, los ojos de un enamorado.

    Cediendo a la nostalgia recordó con una sonrisa triste en la cara las ansias con las que había esperado el verano, momento en que Mateo abría su gloriosa piscina para uso y disfrute de su abuela y de él. Como durante el día apenas estaba por casa no le importaba dejar que la usasen y a cambio su abuela siempre le tenía preparada la cena y le vigilaba la casa. Era un buen arreglo, sobre todo para él. Al estudiar en un colegio de pago en la ciudad no tenía amigos en el pueblo, y su inusual color de pelo y de ojos le granjearon más de un mote desagradable. La inmensa piscina de Mateo, bordeada por fragantes limoneros y un césped tan verde y brillante que parecía artificial, junto con los helados y los fuegos artificiales eran la mejor parte de los meses estivales. La adolescencia se encargó de terminar con todo eso.

    Podía evocar sin esfuerzo el momento en que todo cambió. Como cada año en verano, sus padres estaban atareadísimos con sus trabajos. Considerándole demasiado joven con sus quince años como para pasar los tres meses de vacaciones en solitario, le mandaron de nuevo con su abuela, que le recibió con los brazos abiertos. Su abuela no había cambiado nada, ni su pulcra casa de dos plantas cuyo jardín delantero rebosaba de flores. Los altos árboles de lilas llenaban el inmenso jardín trasero y aportaban sombra al cenador construido por su abuelo. Nada más verle, su abuela le abrazó con fuerza, achuchándole y llenándole de besos. Damián siempre se lo consentía, no podía negarla nada.

    –¡Mi niño! ¡Pero cuánto has crecido! Estás cada día más alto, ya me has dejado atrás. ¿Has tenido buen viaje? Espero que vengas con hambre, te he preparado arroz con pollo y sandía fresca de postre, y Mateo ya me ha dicho que podemos usar su piscina como cada año.

    Su abuela siempre hacía lo mismo: hablar a toda velocidad y de manera imparable. Pequeñita y ligeramente rechoncha, a Damián se la antojaba semejante a las hadas madrinas de los cuentos. Desde luego, así había sido siempre para él. Con su abuela nunca había sido posible negociar, lo que ella decía se cumplía. Sin protestar por el trato recibido se había dejado arrastrar al interior de la casa, donde ya le esperaba la mesa puesta. Tras lavarse las manos en el fregadero de la cocina se sentó a comer mientras su abuela seguía revoloteando a su alrededor, incansable, parlanchina y vivaz. Estaba poniéndole al día de las novedades del pueblo cuando un rítmico golpeteo de nudillos en la puerta principal interrumpió su cháchara.

    Incluso ahora Damián veía con toda claridad la imagen de Mateo irrumpiendo en la cocina, dando dos besos a su abuela y mirando a través de él como si fuese igual de transparente que el cristal. Aunque en ese momento no había reparado en él, la feroz sacudida en el estómago que sintió bastó para quitarle el apetito durante el resto del día. Con las grandes manos apoyadas en los menudos hombros de su abuela, y dominándola con su estatura de un metro ochenta como mínimo, la impresión fue tan intensa que no pudo por menos que dejar caer el tenedor en el plato con un golpe tremendamente sonoro en medio de la cocina. Aunque involuntario, consiguió captar su atención.

    En el tiempo transcurrido desde la última vez que le había visto apenas había cambiado. Su cabello rubio oscuro estaba algo más largo y goteaba sobre sus hombros desnudos. Su piel empezaba a broncearse por efecto del sol veraniego y sus ojos marrones presentaban unas ligeras arrugas en las comisuras que no desmerecían para nada su aspecto general. Vestido únicamente con un bañador bastante holgado podía apreciar a la perfección que seguía conservando su físico de nadador, de músculos tonificados y marcados. Una nube de vello ralo cubría su pecho y descendía por el vientre hasta perderse bajo el traje de baño. Al bajar la mirada, abrumado, vio que también tenía vello en las piernas. Debía de haber salido de su piscina porque, aparte del bañador, tan solo llevaba unas chanclas de cáñamo.

    –Damián, ¿ya has venido a pasar el verano?

    Aunque sólo había mostrado un cordial interés, lo suficiente como para no sonar descortés, Damián recordó lo muchísimo que le había costado articular una respuesta coherente, apenas un “sí” que escapó entre sus labios, tan bajo que casi era inaudible. Aun así Mateo se limitó a sonreírle, asentir con la cabeza y comentar algo con su abuela que no logró captar bien debido al zumbido que parecía haberse instalado en sus oídos a causa de la vergüenza. Ni siquiera recordaba haber terminado la comida, tan solo la mirada de leve interés que vio en Marco y como se había marchado poco después sin tan siquiera despedirse de él.

    Con un gruñido indefinido giró y se revolvió dentro de la envoltura añil en la que se encontraba. Su comportamiento los dos años siguientes había sido patético, rozando conductas más propias de una quinceañera frente a su ídolo pop que una actitud normal ante un viejo amigo de la familia. Cada verano desesperaba por acercarse a Marco, y cada verano se veía incapaz de hacerlo debido a su falta de confianza y al aparente desinterés de este. En algunas ocasiones, cuando coincidían en la piscina del hombre, habría jurado que le observaba con atención, pero se autoconvenció de que no eran más que sus fantasías desbocadas. Las mismas que, al menos tres veces por semana, le obligaban a masturbarse pensando en su vecino.

    La mayoría de las veces había conseguido controlarse, no ceder a las fantasías imposibles, pero aquellos días en que coincidía con Marco en la piscina su imaginación y sus hormonas se combinaban. Esas noches, ya tumbado en la cama, por su ventana entraba el olor a lilas, limón y cloro, y él cedía con gusto a las vívidas imágenes que se creaban tras sus párpados cerrados. En ellas siempre estaban Mateo y él a solas. En esas fantasías a veces era él quien tomaba la iniciativa, las más veces era su vecino. A pesar de lo prohibido de su relación ambos cedían al deseo, y mientras la fantasía se desgranaba en su cabeza su mano acariciaba su pene arriba y abajo hasta que su orgasmo le alcanzaba.

    Mientras cosechaba un éxito cada vez más rotundo entre sus compañeros de clase de ambos géneros, con Marco la cosa era diferente. En su carísimo instituto de pago podía conseguir a cualquier chico, siempre que fuese gay o bisexual; y más de una chica también se habría ido con él de haberlo deseado así. Durante ese tiempo su cuerpo se estiró hasta alcanzar una altura más que respetable de un metro ochenta y uno, aunque siguió conservando una cara ligeramente aniñada y con ella cierto aire de inocencia. Aunque en aquel tiempo no lo supiese, durante esos años de fantasear y soñar con Mateo había desarrollado cierto carisma y dotes de seducción al tener presente su objeto de deseo inalcanzable, que se combinaba con una sensualidad ambigua y atrayente que acabó por florecer del todo escasos meses antes de terminar el instituto y cumplir los dieciocho.

    Siendo niño había considerado que cumplir años el veintiocho de junio era un asco. Sus amigos estaban fuera de vacaciones y muchas veces sus padres no podían celebrarlo con él debido a sus trabajos, por lo que lo había celebrado siempre con su abuela, quien se desvivía porque tuviese un día especial. Su hada madrina. Ella, y Mateo, por supuesto. El arquitecto siempre había estado ahí, con los mejores regalos, aquellos que sus padres y su abuela no querían comprarle por considerarles peligrosos o demasiado prematuros. Apretando más las rodillas contra el pecho recordó la fiesta de su dieciocho cumpleaños. Celebraban su mayoría de edad, pero también el haber sido aceptado en medicina, su meta personal. Sus amigos del instituto se sumaron a los pocos adolescentes con los que se llevaba bien en el pueblo, a sus dos padres, su abuela y, cómo no, Mateo.

    El hombre se había ofrecido a ser el anfitrión de su fiesta, y Damián había recibido la noticia con una mezcla de fiero orgullo, intensa satisfacción y el ya habitual retortijón en el estómago que siempre sentía al escuchar hablar de su vecino, sabiéndole inalcanzable. Mateo había cedido con gusto su jardín, su piscina y la planta baja de su casa a la riada de adolescentes que acudieron a celebrarlo con Damián. Los olorosos limoneros se decoraron con guirnaldas de luces led de diferentes colores. Potentes altavoces conectados a un caro equipo de sonido proporcionaban la música con solo conectar los móviles mediante bluetooth y ni siquiera tenían que gastar datos para poner sus canciones favoritas a sonar, ya que Mateo se encargó de abrir la red wifi para todos.

    Lo mejor fueron las viandas. Su vecino había dispuesto tres largas mesas que su madre cargó de comida elegante y sabrosa. Los canapés se sucedían en bandejas colmadas de deliciosos bocados de salmón, queso del caro o verduras en delicadas rebanadas de pan tostado. En otra de las mesas una inmensa tarta aguardaba el momento de soplar las velas, rodeada por pequeños pastelillos de frutas, merengue y crema pastelera. La más visitada era la que el propio Mateo abasteció, cargada de bebidas alcohólicas de prestigiosas marcas. Sus padres no estaban demasiado de acuerdo con esa mesa, pero como todos los chicos invitados resultaron ser mayores de edad, la discusión sobre si era apropiado o no ofrecer alcohol ni siquiera llegó a producirse.

    Intentó evocar la fiesta en su memoria, pudiendo recuperar solo retazos fugaces: la música alta atronando en sus oídos, el movimiento de los cuerpos de sus amigos bailando junto a él en el césped o saltando a la piscina, el sabor del tequila con lima y sal en su boca, el resplandor de los led conforme el sol se ponía y daba paso a la oscuridad de la noche, el titilar de las velas momentos antes de soplarlas, todos cantando a coro el “cumpleaños feliz” mientras desenvolvía un regalo tras otro, sus padres y su abuela retirándose al bar del pueblo a charlar con los padres de sus amigos que habían ido a buscarles y que les concedían otra hora en la fiesta… y las manos de César subiendo por su cuerpo, arrancándole la camiseta mientras su boca engullía la suya con ansia.

    Aferró la sábana con ambos puños mientras dejaba que en su mente se reprodujese de nuevo ese fatídico momento. No sabía qué le había impulsado a subir con César al cuarto de Mateo, situado en la planta superior de su chalet. Sospechaba que la búsqueda de privacidad había sido el detonante, pero una parte remota de su subconsciente siempre había sostenido que en realidad lo había hecho para que le pillasen, por el riesgo, por el morbo o por la suma de todos esos factores. Mientras ascendía por las escaleras podía notar la erección de César presionando contra la suya y como su lengua infatigable hurgaba en su boca, buscando la suya, provocándola.

    Al llegar al piso superior había tomado él el mando. Conocía la casa, y había guiado a César a lo largo del elegante pasillo hasta el dormitorio. La cama de matrimonio dominaba la estancia de amplios ventanales rodeados de un balcón con tarima de madera. La manta estaba doblada pulcramente a los pies debido al calor estival que la hacía innecesaria y los grandes almohadones se veían mullidos y confortables. Sonriendo con malicia había empujado a César hasta la cama, subiendo sobre él en cuanto el chico cayó al colchón. César le había agarrado por la cintura, arrancándole el bañador húmedo y dejando al aire su pene, ya de veintiún centímetros y con una mata de vello rojizo en el pubis. Recordaba lo impaciente que era siempre César. En esa época le encantaba lo rápido que se excitaba, aunque no podía decir lo mismo sobre su escaso aguante.

    César se había retirado el bañador en cuanto le desnudó. Su pene mediano se apoyaba en sus nalgas mientras Damián besaba y acariciaba el torso del joven que se retorcía para conseguir orientarse hacia su ano. Sus manos cálidas le habían aferrado por los glúteos, apretando la carne y tirando de ellas hacia fuera para dejar al descubierto su ano. Aquello siempre conseguía hacerle gemir y César lo sabía bien. Le había provocado, moviendo las caderas en círculos, subiendo y bajando como si fuese a cabalgarle, pero limitándose a pasar el pene del joven entre sus nalgas. César se había colocado solo el preservativo, sacándole del bolsillo de su bañador que mojaba el suelo de madera clara. Damián había estado a punto de ensartase tras lubricar ligeramente su ano con saliva, sabiendo que con César siempre tenía poco tiempo, cuando un fuerte carraspeo les había interrumpido, haciéndoles saltar a ambos y correr a cubrirse con la única manta que tenían a mano.

    En el vano de la puerta estaba Mateo, mirándolos con una mezcla de divertida curiosidad y algo más que consiguió poner la carne de gallina a Damián. No parecía enfadado, pero ninguno de los dos jóvenes pillados in fraganti se había atrevido a abrir la boca, en espera de que el dueño de la cama en la que habían estado a punto de acostarse se pronunciase. A Damián le bastaba con recordar aquel momento para que el pulso se le acelerase de nuevo, retumbando en su garganta y en sus oídos, martilleando en su pecho con un galope desbocado. Mateo se había inclinado, había recogido la ropa de César del suelo y se la había lanzado al chico, que se vistió a toda prisa procurando mantener sus genitales cubiertos.

    No le había hecho falta pronunciar una sola palabra para despachar al joven. Su ligue le había abandonado de inmediato, dejándole solo con el marrón de tener que explicarse ante el hombre que se mantenía de pie de brazos cruzados frente a la cama. Habían escuchado como bajaba las escaleras de dos en dos y el portazo que dio al salir precipitadamente de la casa. Se excusaría por ello al día siguiente, cuando ya fuese tarde para que Damián considerase perdonarle, pero en ese momento la sensación de traición, soledad y vergüenza se impuso a todas las demás.

    Damián recordaba con toda claridad que se había atrevido a mirar a Mateo a los ojos tan solo un instante, antes de que la vergüenza pudiese con él y acabase por desviar la mirada hacia abajo. A partir de ese punto sus recuerdos eran tan nítidos que casi le parecía haberlo vivido ayer mismo en lugar de hacía poco más de dos años. Apretando más las sábanas en los puños se tumbó boca arriba, manteniendo los ojos cerrados con toda la fuerza de la que era capaz e inspirando hondo por la nariz para soltar el aire por la boca después, intentando que el dolor que sentía siempre que evocaba como habían empezado no le ahogase.

    –Venía a deciros que los padres de César preguntaban por él. Mañana tienen que coger un avión y dicen que no pueden perder más tiempo –el tono de Mateo era tan sosegado que Damián se vio incapaz de extraer ninguna conclusión escuchándole.

    –Gracias –musitó avergonzado, deseando que se fuese para poder retirar la manta con la que ocultaba su erección.

    –¿Sabes? No me molesta que uses mi cama para los revolcones con tu novio, pero sólo si me invitas a ellos. Al menos ahora que ya puedes hacerlo.

    Los ojos de Damián casi se habían salido de sus órbitas ante esas palabras. La risa sardónica de Mateo reverberó en el dormitorio mientras este se acercaba más a la cama. El joven había tirado más aún de la manta, cubriéndose hasta el pecho. La confusión predominaba en su cabeza, conviviendo con el temor a estar malinterpretando por completo la situación. El arquitecto se había dejado caer en la cama, al lado de Damián que pudo notar el calor que emanaba del cuerpo del hombre y como su peso hundía el blando colchón.

    –¿Eres…? ¿Eres gay también? –consiguió preguntar tras tragar saliva.

    –No, no soy gay como tú, si te he entendido bien; también disfruto de la compañía de mujeres. Dime, ese chico que estaba contigo, ¿es tu novio?

    A pesar del tono despreocupado la intensa mirada le había dejado clavado en el sitio. Mateo se había ido acercando despacio, hasta colocar su mano suave y de uñas perfectamente cuidadas sobre su erección. En ese momento Damián había empezado a respirar tomando grandes bocanadas de aire, intentando controlar su nerviosismo y su excitación. Había ansiado lanzarse, estrechar el cuerpo musculoso del hombre entre sus brazos y comprobar si el bulto que había atisbado otras veces, cuando nadaban juntos en la piscina, se correspondía con la idea que se había formado. Sin embargo, permaneció inmóvil, con la lengua pegada al paladar y la boca seca hasta que el arquitecto insistió, acariciando ligeramente su erección para obtener una respuesta.

    –No, no es mi novio. Solo somos… amigos con derecho.

    –Bien, eso me gusta. Te has convertido en un chico muy sexy, me hubiese molestado que después de todas las miradas que me has echado, todo lo que me has acosado, ahora te hubieses buscado novio. Me hubiera sentido… engañado.

    –¿Q-qu-qué? –no había podido evitar tartamudear, con los ojos desorbitados y el corazón latiendo tan deprisa como si hubiese corrido una maratón.

    –Vamos, no finjas ahora que lo que digo no es cierto. Sé lo que hacías estos veranos cuando venías a nadar, lo que deseabas. Eras muy tentador, pero prohibido. Ahora eres igual de tentador, pero, si quieres, ya podemos dejar de lanzarnos miradas.

    –¿Va en serio? –recordaba haber preguntado.

    Por toda respuesta, Mateo se había limitado a retirar la manta. Damián había girado la cara, ligeramente avergonzado por su gran tamaño. No todos los chicos con los que había estado reaccionaban bien y la idea de no gustar a su vecino se le había antojado insoportable. Había intentado abstraerse centrando su mente en la sensación de la manta abandonando su piel, con una lentitud que afectaba cuidado. Poco a poco su gran pene había quedado al aire, libre ante los ojos de Mateo. No se pronunció de inmediato, se había limitado a mirarle en silencio, sin duda disfrutando de su actitud sumisa, que traslucía su deseo de complacer. Si no analizaba desde la perspectiva actual, ya desde el principio el único que había sucumbido a sentimientos ajenos a la lujuria era él.

    –Eres grande –había dicho por fin, acercándose más al cuerpo blanco y delgado del joven– me gusta que seas tan grande. ¿Virgen?

    Damián había negado con la cabeza. Incluso ahora, arropado bajo la sábana limpia en su pulcro apartamento, sus mejillas se tiñeron de un furioso rubor que pocas veces experimentaba. Le había gustado su respuesta, la negativa que le dio. No le gustaban inexpertos y con dudas. Mateo se había inclinado sobre él sin soltarle el pene, comenzando a masturbarle arriba y abajo con fuerza. Damián había tendido los brazos, rodeando al hombre con sus brazos y acariciando el corto cabello rubio. Se había enderezado ligeramente, pidiendo un beso que, aunque correspondido, tan solo podía evocar con amargura. Carecía por completo de cualquier sentimiento que no fuese el de excitación por su cuerpo. Al preguntarse, como tantas otras veces, por qué no lo había visto, la única respuesta que encontró fue que él sí que le quería.

    Mateo le había besado con una pericia que le alejaba del resto de ligues que había tenido hasta ese momento. Su hábil lengua recorrió cada rincón de su boca hasta llegar al último recoveco secreto, mientras sus grandes manos tanteaban su piel, blanca incluso en verano. La mano que aferraba su pene había aumentado la velocidad de su movimiento, acariciando, frotando, estimulando y masajeando sin tregua. Palpaba toda su longitud, memorizaba sus formas y los puntos sensibles. Con el pulgar alternaba entre frotar el sensible frenillo y el orificio, por donde ya escapaban gotas de líquido preseminal. Se separó de sus labios y descendió por su cuello, deslizando los labios hasta llegar al pecho.

    –Qué guapo eres. No te lo había dicho antes ¿verdad? Muy guapo y muy apetecible.

    Incluso sus piropos carecían de afecto, se limitaba a describirle, como quien aprecia un mueble caro o un adorno especialmente costoso. Sus manos grandes le empujaron hasta tumbarle por completo en la cama, descendiendo por su cuerpo, deteniéndose un momento en su cintura estrecha y sus caderas delgadas, antes de proseguir su avance hasta los muslos bien torneados. Le había levantado las piernas todo lo posible, con su boca acercándose poco a poco hasta su miembro, pero sin llegar a tocarle.

    Había sacado un condón de una caja de la mesilla, con el envoltorio de intenso color amarillo canario. A Damián tanta precipitación le había dejado un regusto amargo, pero Mateo parecía tranquilo y confiado, sabía de sobra lo que quería y no dudaba en ir a por ello. Damián recordó como había intentado frenarle, suplicarle que fuese más despacio, que le dejase disfrutar de un sueño que por fin se cumplía. El arquitecto se había limitado a sujetarle la mano y darle un rápido beso en el dorso, un gesto que bastó para derretirle entonces y que ahora le causaba escalofríos al ver lo falso que había resultado.

    –¿No podemos ir más despacio? Por favor… llevo mucho tiempo esperando esto –imploró acariciándole el cuello.

    –Tranquilo, no te va a doler, ya he visto lo dispuesto que estabas antes con tu amiguito –el tono con el que lo había dicho era ligeramente despectivo, pero Damián lo había atribuido a los celos en ese momento–. Además, tus padres estarán aquí muy pronto, y no queremos que nos pillen así.

    Damián había acabado por asentir, abriendo más las piernas y elevándolas en el aire. Ofrecido y entregado se limitó a ver cómo terminaba de desnudarse. Tenía una espesa mata de vello rubio en el pubis, pero su pene destacaba por encima de él. Bastante largo, no alcanzaba el tamaño del suyo, pero la ligera curvatura hacia arriba le hacía resaltar sin esfuerzo. Al ver cómo el joven se le comía con los ojos Mateo sonrió con engreimiento y redujo ligeramente el ritmo, acariciando el pecho lampiño del chico y tumbándose a su lado, dejando que por unos instantes tomase él las riendas.

    Damián se lo había agradecido inmensamente. Le había besado con pasión, sin igualar su pericia, pero aportando todo su ardor juvenil como compensación. Había recorrido el cuerpo del hombre con las manos, deleitándose en el tacto suave de su piel, el vello rizado que le cubría el pecho, las piernas y el pubis, sopesando en sus manos sus grandes testículos y acariciando el pene curvado y pesado. Mientras él se deleitaba en acariciar al arquitecto, exultante por tener por fin una oportunidad con quien creía el hombre de sus sueños, Mateo se había limitado a contemplarle. Cada vez que Damián elevaba sus ojos para contemplarle, le sonreía con calidez, pero sin cariño, y sin embargo esas sonrisas habían conseguido derretirle, calarle hasta el tuétano.

    –Toma –había dicho Mateo tendiéndole el preservativo– colócamele tú, quiero ver qué tal lo haces.

    Le había chinchado y él había caído en la provocación. Con una sonrisa engreída había rasgado el papel, amarillo intenso por fuera, plateado por dentro. El viscoso condón salió sin problemas, y tras masturbar arriba y abajo el pene del hombre había colocado el anillo de goma en torno al glande, deslizándole con facilidad hasta abajo. Le había masturbado otro poco, asegurándose de que estaba bien colocado, y con una sonrisa de suficiencia y el orgullo brillando en sus ojos verdosos se había enfrentado al arquitecto, que le aplaudió con cierto sarcasmo mientras se reía.

    –Y aún no has visto nada, verás ahora– se ufanó Damián.

    Con la confianza que le aportaba saber que le había impresionado, o al menos eso pensaba en el momento, se había colocado a horcajadas sobre el hombre, que le observaba gratamente complacido por su respuesta. Damián había enredado sus largos dedos en los cortos mechones rubios del arquitecto, que acariciaba su espalda y aplicaba una ligera presión en sus caderas, deseando que descendiese y le cabalgase. El joven pasó el pene entre sus nalgas, lamiendo sus dedos y untándoles de saliva antes de llevarlos a su ano, jugando con el anillo de piel, abriéndolo y dilatándole lo suficiente como para que pudiese entrar con facilidad, pero no tanto como para que le sintiera demasiado holgado.

    Gimiendo de placer Damián se había dejado caer poco a poco sobre Mateo. Había besado al arquitecto en el cuello, descendiendo después al pecho y buscando los pezones, pero este le había detenido agarrándole de la barbilla y levantándole su cara para poder mirarle, no con amor o cariño, por puro morbo. A pesar de ello, Damián había accedido gustoso a su capricho. Mirándole a los ojos dejó que Mateo disfrutase de la cara de placer que ponía mientras el pene del arquitecto se deslizaba en su interior. Le costó un poco bajar del todo, gimiendo e insistiendo hasta lograrlo, pero cuando lo consiguió no obtuvo tregua ninguna.

    Sosteniéndole por las caderas Mateo le ayudó a moverse desde el principio. Normalmente Damián habría esperado un poco, acostumbrándose a la sensación antes de cabalgar como tal, pero recordando que no disponían de demasiado tiempo volvió a tragarse sus sentimientos, cóctel amargo que bebería con frecuencia a lo largo de toda la relación, y complació al hombre. Se elevó por encima de él para volver a bajar en un movimiento rápido y confiado, sabiendo que lo que hacía le proporcionaría placer.

    No del todo ajeno a las necesidades del chico, Mateo había vuelto a agarrar su largo pene. Le acariciaba con experta soltura, deslizando la mano arriba y abajo al ritmo de los botes que daba Damián sobre él, prestando atención a su cara. Sus dedos rodeaban el glande, tiraban ligeramente de él y volvían a descender hasta que tocaban el pubis, para volver a subir deteniéndose esta vez en el sensible frenillo. Gotas de líquido preseminal caían sobre el vientre del hombre mientras el joven aceleraba poco a poco. En la habitación casi en completa penumbra se entremezclaban los gemidos de ambos, jadeos y el rítmico entrechocar de los cuerpos cuando las nalgas firmes de Damián golpeaban los muslos del hombre.

    Mateo había empujado más fuerte hacia arriba, tirando siempre del pene del joven y acariciando los testículos con su mano libre. Jadeaba y gemía mientras se deleitaba en el espectáculo de Damián subido sobre él, ofreciéndole un espectáculo de un erotismo maravilloso a la par que una buena cabalgada. Con una sonrisa de oreja a oreja había soltado momentáneamente su pene solo para poder retorcer uno de los claros pezones del chico. Damián recordaba haber gritado, haber gemido y haberse retorcido sobre el arquitecto, que reía en voz baja. Mateo se había incorporado para poder alcanzar con su boca los delicados pezones, rosados y erectos, tan duros que el más mínimo roce arrojaba una intensa descarga de placer que sacudía por completo al joven.

    El hombre había terminado por empujarle, haciéndole caer a la cama con las piernas separadas y el glande del pene de Mateo todavía en su interior. Tomando el control, había sujetado sus piernas por los tobillos, manteniéndolas bien arriba y separadas. Las embestidas que le daba eran salvajes, rudas, buscando el placer absoluto. Nunca había sentido nada así y todavía recordaba las intensas sensaciones que sacudieron su cuerpo mientras gemía y desesperaba, todo al mismo tiempo. Había bajado la mano para masturbarse él mismo, con tal frenesí que ni siquiera había podido gemir, tan solo jadear una y otra vez mientras conseguía un poderoso orgasmo que regó todo su vientre con su propio semen.

    Mateo le sonrió con suficiencia y siguió empujando, entrando y saliendo del ano del chico que empezaba a resentirse ligeramente, debido sin duda a la falta de lubricante. A pesar de la incomodidad que comenzaba a notar Damián había abrazado al hombre, que le regaló otro beso ligero, apenas un roce, antes de separarse y mordisquear el cuello, poniendo buen cuidado de no dejarle marcas visibles. Con un fuerte gemido Mateo terminó también, con otro orgasmo igual de fuerte que el joven que sintió como se desplomaba sobre él y se movía un par de veces más, retirándose del todo antes de volver a entrar.

    Damián se retorció dentro de su sábana, aferrando la tela contra su pecho y meciéndose de un lado a otro. Recordaba cómo se había quedado debajo del arquitecto, deseando prolongar el momento, sintiendo un ligero escozor en su esfínter y a la vez una inmensa plenitud en su pecho. Por desgracia, Mateo se había puesto en marcha en cuanto recuperó el aliento. Salió del joven con una precipitación casi dolorosa, retirándose el preservativo y arrojándolo al suelo, al lado de la cama. Le había lanzado su traje de baño mientras se ponía su propio traje de baño.

    –¿A qué esperas? Tus padres te estarán esperando, y buscándote también. Ahora no podemos joderla y dejar que sepan lo que hemos hecho. Siento despedirte así –había añadido al ver la mirada dolida del chico mientras se vestía–, pero ahora no tenemos tiempo para más. De todos modos, mañana a la hora de comer estaré solo, pásate entonces, podemos repetir lo de esta noche, pero con más calma.

    Damián sintió ganas de abofetearse. Lo que en su día le pareció una proposición inocente, causada por las ganas de estar con él, cegado por su propio amor, había derivado en una relación tormentosa donde siempre había sido poco más que un secreto. A los siete meses de estar metido en ella había intentado dejarlo, pero sus débiles intentos habían sido tomados como una mera pataleta y no había podido hacerlo. Mateo se encargó de establecer una dinámica clara desde el principio: le decía el día, la hora y el lugar; si Damián podía se citaban ahí, y lo más que podía esperar en esos encuentros era una cena o una visita al cine, pero la mayoría de las veces se trataba sólo de sexo, buen sexo, sí, pero que siempre le dejaba una sensación de vacío por dentro.

    Poco a poco se aisló de su familia, sus antiguos amigos y los compañeros de la universidad. Sus padres seguían con su frenético ritmo de trabajo y no podía hablar con ellos. De sus amigos hacía meses que no sabía nada y no podía acudir a su abuela y contarle a ella lo que le estaba pasando. Prefería aguantar en su relación que darla un disgusto, pero aguantar le había carcomido por dentro. Pateando la manta recordó cómo le amonestaba Mateo si dejaba una sola evidencia de sus encuentros, por nimia que fuese. Al principio había creído, ingenuo de él, que era por protegerle a él, o su relación. No había tardado en comprender que lo que le preocupaba era su imagen, lo que podrían decir si se enteraban de que se acostaba con un hombre, por guapo que fuese este.

    Saliendo por fin del abrazo de la sábana se secó los ojos, húmedos a su pesar. De no haber sido por su abuela aún seguiría atrapado, amando a un hombre que sólo le veía como a un polvo fácil. Su abuela se había percatado de que algo le pasaba desde el principio. Se había vuelto inapetente, distraído y hosco. Sólo encontraba refugio en el gimnasio de su antigua universidad, donde solía bailar break dance como forma de desahogo. Cada vez que viajaba al pueblo a pasar algo de tiempo con su abuela procuraba evitar la casa de Mateo, aleccionado duramente por el arquitecto. Sin embargo, refugiado en su dormitorio, podía ver perfectamente la casona, la piscina y los limoneros que la bordeaban. Y desesperar. Pensando en una forma de conseguir que le quisiera, o que le dejase ir.

    Se estiró con un movimiento fluido y tras sacudir la sábana un par de veces la extendió sobre el colchón. Mientras remetía las esquinas y ajustaba las gomas evocó el dulce rostro arrugado de su abuela. Su hada madrina particular había resuelto el problema con Mateo. Ejerciendo de ángel de la guarda para él. Con una sonrisa asomando en sus labios coralinos se preguntó qué diría ella de Enrique. Ansiaba más que nada poder hablar con ella, contarla las novedades y escuchar su consejo, pero estaba de viaje asistiendo a las bodas de oro de su mejor amiga y no quería molestarla. Si se lo estaba pasando bien, su llamada no haría más que inquietarla. Y, de todos modos, había quedado en llamarle en cuanto volviese al pueblo, para que acudiese a comer.

    Terminó de hacer la cama, colocando con pulcritud las sábanas oscuras y estirando después la manta y el nórdico. Mulló las almohadas y tras colocarlas dentro de los almohadones las lanzó a su sitio. Colocó los cojines que usaba cuando quería estar recostado en la cama, usualmente mientras leía, y echó un vistazo al reloj digital que tenía sobre la mesilla. Había pasado más tiempo del debido rememorando su pasado, y todavía no tenía solución al dilema que tenía con Enrique. Echó un último vistazo a su dormitorio y abrió la ventana, dejando que el aire frío entrase y eliminase los malos olores.

    A pasos rápidos, con el ceño fruncido y masajeándose las sienes, se encaminó hasta el cesto de la ropa sucia. Clasificando la ropa en montones cargó la lavadora con las sábanas sucias y la ropa que podía ir en caliente y echó una medida de jabón con aroma a flores. Mientras el agua empezaba a llenar el tanque en espumosas oleadas se levantó y se sentó a la mesa. Los donuts que le había traído para desayunar ahora estaban en la nevera. Se levantó y abrió la puerta del electrodoméstico, estirando la mano para acariciar los contornos afilados de la caja de pastelería en la que estaban. Antes de dejarle marchar le había dicho que le quería y Enrique parecía contento con ello, pero no le había dicho nada de vuelta. Conociéndole, lo más probable es que se debiese a timidez. Quería creer eso.

    Consultando de nuevo el reloj se dio cuenta de que se le estaba haciendo tarde. Eligió unos vaqueros y una camiseta de color azul pálido, unos bóxers grises y una muda de calcetines y tras embutir la ropa en su bolsa de deportes cargó también una botella de agua y las llaves; cogió su cazadora, se calzó unas deportivas y se dirigió al gimnasio. Una vez allí, la combinación de olores (sudor, desinfectante, ambientador) y sonidos (gruñidos, el ruido de las máquinas, conversaciones y risas) consiguieron tranquilizarle. No sentía por el deporte la misma devoción que Carlo, pero también le ayudaba. Se encaminó con pasos rápidos hasta la máquina elíptica, donde comenzó su rutina, intentando despejar su cabeza.

    Cuando por fin terminó con la elíptica el sudor le corría espalda abajo. Su cabello rojizo se rizaba en ondas indefinidas y jadeaba. Sin pensar demasiado en lo que hacía se subió a la cinta de correr. Programó el aparato y pronto se encontró corriendo, esforzándose por mantener la respiración controlada. Sus pies golpeaban la cinta con un sonido rítmico, familiar, como el pulso de un metrónomo. Aumentando más el ritmo aceleró la marcha. Ahora inspiraba el aire a grandes bocanadas, esforzándose, llevando su cuerpo al límite. Su corazón bombeaba con fuerza, cada vez más rápido, atronando en sus oídos. Cuando la máquina por fin se detuvo se agarró a los brazos de la cinta, inclinándose hacia delante para recobrar el aliento.

    Mirando el reloj que colgaba de la pared se percató de que le quedaban quince minutos para que Enrique pasase a buscarle, si se mantenía fiel a su palabra. El miedo a una nueva decepción todavía rondaba por su cabeza, le atenazaba las entrañas y le causaba un sordo dolor en el pecho, semejante al que había sentido los últimos meses de su relación con Mateo. No obstante, sabía que Enrique no tenía la culpa de que se sintiese así, y solo con pensar en él su corazón aleteaba como un pájaro. Duchándose a toda prisa se secó el pelo con la toalla en cuanto salió de la ducha. Introdujo la ropa que había usado para hacer deporte en una bolsa extra, que evitaría que apestase la mochila, y se vistió a toda prisa, peinándose las ondas rojizas con los dedos.

    Fuera del gimnasio, la temperatura había caído vertiginosamente. El aire húmedo y frío se le colaba por debajo de la cazadora, estremeciéndole. Estaba a punto de volver a entrar en el gimnasio para esperarle dentro cuando un golpe tímido en su hombro le sobresaltó. Girando sobre los talones se encontró cara a cara con Enrique. Le miraba con una sonrisa tímida y recatada en la cara y los claros ojos azules brillando. El chico se inclinó hacia delante ligeramente, acercándose a Damián un poco más antes de retroceder, con las mejillas como la grana. Damián se le quedó mirando, ligeramente desconcertado.

    –Hola… –le saludó Enrique en un tímido susurro– ¿puedo darte un beso? No sé si te parece bien, estando en la calle y eso.

    La sonrisa de Damián remarcó sus hoyuelos, iluminando toda su cara. Inclinándose hacia delante sostuvo la cara de Enrique entre las manos, notando el calor que irradiaban sus mejillas, y apretó sus labios de coral contra los del chico, que le echó las manos al cuello para atraerle más hacia él. No hubo ninguna resistencia por parte de Enrique. Sus labios cedieron, abriéndose invitadores para que Damián pudiese introducir su lengua en la boca cálida y húmeda del chico, que aferró los largos mechones de pelo cobrizo en sendos puños, acercándose cuanto pudo. Cuando se separaron, no solo las mejillas de Enrique estaban encendidas como la grana.

    –Puedes besarme siempre que quieras. En la calle o en casa.

    Enrique le ofreció la mano, dejando a Damián la decisión de aceptarla o no. El joven se apresuró a entrelazar los dedos con los de Enrique que sonrió y se les apretó con fuerza durante un segundo, radiante de felicidad.

    –¿Sigue apeteciéndote pizza para cenar? Si no, puedo buscar otro restaurante.

    –La pizza está bien. La verdad es que tengo hambre, me lie a limpiar y limpiar y se me olvidó comer –admitió ligeramente avergonzado.

    Enrique le disparó una mirada reprobadora y apretó el paso, tirando de él a través de la marea de personas que saturaban las calles a esas horas. La conversación se estableció entre ellos con total facilidad, aunque, fiel a su costumbre, Enrique escuchaba mucho más que hablaba. No obstante, se iba soltando poco a poco, compartiendo sus costumbres, aficiones y preferencias con Damián y absorbiendo todo cuanto este decía. Se enteró de que su color favorito era el verde y el gris, que le gustaban los perros sobre los gatos, que le encantaba bailar y que no era demasiado buen cocinero, aunque su abuela siempre intentaba enseñarle. Por su parte compartió que prefería el color azul, que le gustaban perros y gatos por igual, que nunca había bailado y que le gustaba cocinar a pesar de ser muy lento haciéndolo.

    Para cuando llegaron a la pizzería, estaba tan abarrotada que la idea de conseguir cenar dentro del local quedó descartada de inmediato. Consiguieron hacer su pedido y veinte minutos después, una vez que Enrique pagó, salieron cargando cada uno con la caja de una pizza. Sin dejar de hablar se apresuraron a llegar a la calle en la que ambos vivían, procurando que no se enfriasen demasiado por el camino. Damián se detuvo al ver que Enrique se dirigía a su propio portal, manteniendo en equilibrio la caja de pizza mientras sacaba las llaves de su bolsillo. Cuando ya estaba a punto de marcharse a casa, decepcionado otra vez, Enrique se giró a mirarle, sosteniendo la puerta abierta.

    –¿Vienes? Si prefieres podemos ir a tu casa, no se me ocurrió. Pensé que estaría bien cambiar, no quiero abusar de tu casa o tus cosas, pero como prefieras.

    Damián sonrió y al pasar por delante de Enrique, que seguía sosteniendo la puerta, le dio un rápido beso en los labios, cargado de ternura. Enrique le precedió por las angostas escaleras, casi idénticas a las de su vivienda, pero en lugar de detenerse en el tercer piso siguió hasta el quinto. El joven volvió a franquearle el paso a su apartamento, pequeño como el suyo, pero con notables diferencias que despertaron su curiosidad. Lo que primero saltó a su vista es que estaba mucho más desordenado que su propio piso, pero lejos de resultarle desagradable se percató de que le resultaba tranquilizador. La pequeña cocina de estilo americano era visible desde la entrada, igual que el reducido salón. Un estrecho pasillo conducía sin ninguna duda al cuarto de baño y al único dormitorio de la vivienda.

    –Siéntate, ahora saco los platos y todo.

    –¿No quieres que te ayude? –se ofreció Damián dejando su caja de pizza en la pequeña mesa rectangular.

    –No es necesario. ¿Prefieres cenar aquí o en el salón? Podemos poner la tele si quieres, tengo HBO y Netflix, puedes elegir la serie que quieras o mirar por los canales.

    Damián se acercó al pequeño sofá, de tan solo dos plazas, y sonriente dejó las cajas de las pizzas sobre la mesita de café frente a él. Apenas había empezado a pasar los canales cuando Enrique se sentó a su lado, pasándole un plato y un vaso, junto con la botella de refresco. Las pizzas olían de una forma tan tentadora que ambos se abalanzaron sobre ellas, degustando el sabor a pepperoni, mozzarella y champiñones. Ni siquiera se percataron de que la tele se había quedado en un canal de comedia bastante estúpido. Bocado tras bocado hicieron desaparecer las dos terceras partes de cada pizza, hasta que, hastiados, se recostaron en el sofá charlando amigablemente.

    –¿Quieres quedarte a dormir? Es tarde.

    –¿Estás deseando llevarme a la cama? –bromeó Damián abrazando a Enrique, deslizando la mano por su pecho hacia abajo.

    –Me encantaría, culpable –se rio el joven, frenando la mano de su novio antes de que alcanzase su pubis–. Pero te lo ofrecía de verdad: quedarte y dormir. No tenemos por qué acostarnos. No es necesario. Disfruto estando contigo.

    Los ojos verdosos de Damián escrutaron el rostro de Enrique con tanta intensidad que el chico sintió que sus mejillas se encendían. Temiendo haber dicho algo inapropiado bajó la mirada al suelo, jugando con sus dedos a la espera de una respuesta. Inclinándose hacia delante Damián besó nuevamente al chico, que correspondió en seguida, cerrando los ojos para disfrutar con más intensidad de las sensaciones que le provocaba. Los dedos largos y suaves trazaron caminos sinuosos por su cuero cabelludo, acariciando los mechones castaños hasta retirarles de la cara del chico que se abrazó a su novio con fuerza.

    –Gracias –susurró en su oído–. ¿Puedo ir a por mis cosas y luego volver? Los libros para mañana, y algo de ropa limpia. Y así de paso dejo la mochila del gimnasio en casa.

    –Llévate mis llaves, así puedes abrir a la vuelta.

    Abrumado por tanta confianza Damián estrujó en un abrazo de oso a Enrique, que boqueó entre risas intentando respirar. Viendo como salía casi a la carrera a por sus cosas volvió a reírse. Empezaba a descubrir una faceta mucho más sensible y tierna en su pareja, alejada de la imagen de carismática seguridad que siempre proyectaba. Recogió los restos de pizza y dejó los platos sucios en el fregadero. Recordando lo escrupuloso que era Damián para el orden terminó por fregarles, colocándoles pulcramente en el escurreplatos. Apagó la tele y se encaminó hasta el armario del pasillo, donde sacó una toalla limpia para su novio antes de ir directo a la ducha. Antes había olido el aroma de Damián y sabía que se había duchado en el gimnasio, pero si quería hacerlo para ir a clase, mejor que tuviese una toalla limpia.

    Encendió el agua de la ducha, que cayó en una cascada caliente que levantó vaho de inmediato. Entrando bajo el chorro dejó que el calor relajase sus músculos mientras sacaba el bote de champú de su soporte. Se enjabonó el pelo tarareando en voz baja y bastante desafinada. El ruido de la ducha ahogó el sonido de las llaves en la cerradura, por lo que no fue consciente de que Damián había vuelto al piso, ni de que dejaba las llaves sobre el mueble de la entrada. Tampoco escuchó sus pasos ligeros acercándose al baño. No quería espiar, pero el ruido del agua cayendo sumado a la puerta abierta hicieron inevitable que mirase dentro, confirmando su sospecha de que Enrique estaba en la ducha. Una vez que le vio, no pudo retirarse.

    La piel bronceada de Enrique estaba completamente mojada. Ríos de agua recorrían sus formas, descendiendo por las líneas de su cuerpo, las ondulaciones de sus músculos, las curvas de sus nalgas y sus caderas. En silencio le contempló mientras se aclaraba el pelo manteniendo los ojos firmemente cerrados para evitar que se le metiese dentro el champú. Vio como tanteaba la pared con la mano, buscando a tientas el bote de jabón. Se preguntó si usaría o no esponja, un pensamiento errático y que sin embargo le parecía, no sabía por qué, de vital importancia en ese momento. Su pene crecía dentro de sus vaqueros y abrigó la esperanza de que no usase esponja.

    Para su suerte, sus esperanzas se cumplieron. Enrique se limitó a echar un chorro de jabón en sus manos, extendiéndolo después por su piel directamente. Sus manos distribuían el oloroso producto mientras no dejaba de tararear. El jabón creaba espuma, se escurría por su piel mientras sus manos recorrían cada centímetro. Era un espectáculo erótico para un único pero entregado espectador. Enrique enjabonó sus brazos, ajeno a la mirada atenta de su novio que bregaba por controlarse y no interrumpirle. Continuó por las axilas y el pecho. Frotó ligeramente sus pezones, sin intención de excitarse, pero entre el calor y la fricción Damián apreció cómo se endurecían y oscurecían ligeramente. Siguió descendiendo por su vientre, pero antes de llegar al pubis cambió el trazado y fue a la espalda, dejando a Damián con las ganas.

    Le observó girar y contorsionarse, llegando hasta el último rincón de su espalda. Apreció por primera vez los hombros anchos y bien formados de Enrique, que echó más jabón en sus manos y bajó por los muslos, frotando y extendiendo jabón hasta llegar a los pies. Por fin llegó el momento cumbre. Damián se acercó algo más en silencio y cogió la toalla de Enrique, atento a sus movimientos. Ignorando todavía que le observaban el joven enjabonó despacio su pubis lampiño, pasando después la mano por su pene que tampoco permaneció ajeno a sus suaves atenciones. Enrique retiró el prepucio con delicadeza y terminó de limpiarse, pasando después las manos jabonosas por sus testículos y por las ingles, para terminar en sus nalgas. Damián observó con atención como el joven las apartaba ligeramente y se enjabonaba entre ellas. No se deleitaba, era algo rutinario. Cuando el chico se enjabonó las manos al terminar, desplegó la mullida toalla de color beige, listo para recibirle. Con una sonrisa traviesa esperó a que abriese los ojos, disfrutando de su sorpresa al verle allí.

    –¡Damián! ¿Cuánto llevas ahí? No te he oído entrar.

    Percatándose de su súbita vergüenza le echó la toalla por encima, aprovechando a abrazarle. Pegando la nariz contra su cuello inhaló el aroma del jabón que emanaba de su piel caliente, suave y húmeda. Con mucha ternura secó al chico, que se dejó mimar y acariciar emitiendo un murmullo de agradecido placer.

    –No me respondiste cuando entré y luego oí la ducha. He dejado las llaves a la entrada.

    –Podrías haberme dicho algo después, cuando estabas aquí. Ahí sí te hubiese oído –dijo ligeramente atontado por el masaje que le estaba dando Damián.

    –Lo sé, pero estabas tan sexy… no pude evitarlo. ¿Te has enfadado? Si es así, lo siento. No volveré a hacerlo –se comprometió bajando el tono.

    –No, no me he enfadado, aunque si hubiera sabido que me mirabas no me habría soltado tanto –reconoció con una sonrisa vergonzosa.

    Damián soltó una risilla, complacido por haberle pillado y por saber que su fechoría quedaría sin castigo. Sin soltarle le envolvió la toalla en torno a las caderas estrechas y acarició su espalda, deslizando las manos hasta su costado. No las había notado antes, pero ahora sí se fijó en las pequeñas estrías blanquecinas que marcaban la piel morena de su novio. Casi imperceptibles salvo a muy corta distancia. Pasó los dedos por ellas y le abrazó con fuerza, besando su cuello con ternura y a la vez con deseo. A pesar de lo que le había asegurado antes no podía evitar sentir un irrefrenable impulso de llevarle a la cama y acostarse con él, pero también deseaba sólo tumbarse y hablar, seguir conociéndole. Dividido cerró los ojos y rodeó su pecho con los brazos, estrechándole contra él mientras Enrique terminaba de secarse el pelo.

    –¿Qué quieres hacer? –preguntó sin soltarle, con la cara hundida en su nuca.

    El joven guio su mano hacia delante, con suavidad. Damián se dejó guiar por el cuerpo cálido y fragante de Enrique, sintiendo bajo sus dedos la musculatura de Enrique que continuó llevándole por su cuerpo, hasta que su mano reposó sobre su notable erección. El joven levantó la cara y le miró directamente, con el deseo tiñendo sus claros ojos azules y una cálida sonrisa en la cara. Damián comprendió que era tan solo una invitación, en ningún caso una imposición. Si no quería continuar lo aceptaría sin problemas, y si quería, estaba dispuesto para él. Haciéndose eco de su propio deseo se sacó la camiseta por encima de la cabeza, dejándose puestos los vaqueros y las deportivas. Volvió a abrazar a su novio, juntando su pecho delgado contra la espalda firme de Enrique quien se estremeció y se recostó contra él.

    Apretando la mano sobre la erección de Enrique le besó con pasión, mordiendo sus labios suaves y delicados e introduciendo la lengua en su boca. El joven jadeó y se le escapó un agudo gemido mientras sentía la mano de Damián apretar su rígido pene a través de la toalla. El rizo del tejido, cuya textura combinaba suavidad y a la vez cierta aspereza, añadió un nuevo giro a sus caricias. Friccionaba su piel conforme Damián apretaba o relajaba su agarre sobre su erección, que ya palpitaba. Nunca había sentido su cuerpo tan dispuesto, ni se había sentido tan al límite como con Damián. Sentía su lengua cálida explorando su boca, jugando con la suya y recorriéndola de punta a punta.

    Apresado en el firme abrazo de Damián no intentó girar, se limitó a aferrarse a su brazo, increíblemente fuerte para su delgada constitución, y acarició la piel suave y tersa disfrutando del estrecho contacto. Sentía su espalda pegada al pecho del joven y como se movían sus músculos bajo la piel. Cuando por fin cortaron el beso Enrique pasó la lengua por su labio inferior, donde Damián había clavado sus dientes. Les notaba calientes y húmedos. Se habría deleitado en la sensación de no haberse distraído con la boca de Damián, que ahora recorría su cuello, subiendo y bajando desde su hombro hasta el lóbulo de su oreja con besos ligeros como alas de mariposa. Tenues escalofríos sacudieron su cuerpo y se aferró con más fuerza al brazo de Damián, como si fuese un salvavidas en un mar tormentoso.

    Con sumo cuidado Damián agarró el lóbulo de la oreja de Enrique con los dientes, apretando suavemente hasta que le escuchó gemir. Sin soltar el trozo de piel la recorrió con la punta de la lengua mientras acariciaba despacio el duro pene de Enrique. Incluso bajo la toalla podía notar en su mano el intenso calor que emanaba de él y le caldeaba la palma de la mano, contrastando con el resto del cuerpo del joven, cada vez más frío. Soltando el lóbulo resiguió la hélice con la punta de la lengua, hasta la parte superior de la oreja donde depositó una serie de besos suaves al tiempo que buscaba el pezón izquierdo con sus dedos. En cuanto lo encontró le apretó delicadamente, girándole entre los dedos y tirando de la sensible piel, disfrutando de la reacción de su novio, que gemía y jadeaba sacudido por escalofríos cada vez más intensos.

    –Te estás quedando frío. Vamos a la cama, terminarás por ponerte enfermo.

    Damián soltó a Enrique y le dio un ligero empujón, no exento de cariño y ternura, entre los omóplatos. El joven le tendió la mano y Damián se la estrechó con fuerza, siguiéndole a paso tranquilo, admirando como se movían sus nalgas bajo la tela de la toalla. Al llegar al cuarto, pequeño, ligeramente desordenado y de paredes azul claro, Damián tiró de Enrique, quedando frente a frente. Soltó su mano y abrazándole por la cintura le besó nuevamente, descendiendo desde sus labios al mentón y por el cuello, pasando por la nuez de Adán y llegando finalmente al pecho, donde se desvió del centro para ir a por el pezón derecho, mientras acariciaba el izquierdo con los dedos.

    La textura rugosa de la aureola contrastaba con el duro botón de carne que era el pezón como tal, y con la piel suave y morena de alrededor. Los pezones de color cacao no tardaron en endurecerse hasta su límite, enrojeciendo en las puntas con un tono ligeramente carmesí que incitó a Damián a succionar, morder y acariciar con más ansia, escuchando los gemidos de Enrique que mantenía los dedos enredados en las ondas rojizas del joven. Pasando la lengua de uno a otro besó ambos y les acarició con los dedos, retorciéndoles cerca de la aureola para soltarles y volver a pellizcarles. Tiró de ellos con suavidad y después con más fuerza, hasta terminar presionando ambos contra el pectoral de Enrique que jadeó y le tiró del pelo, para mirarle a la cara.

    –Súcubo… –musitó entre jadeos, pero con una ancha sonrisa en el rostro.

    Damián le correspondió y sus hoyuelos se marcaron en toda su gloria. Enrique pensó que se derretiría y de su pene escurrieron un par de gotas de líquido preseminal que se filtraron en la toalla. Sin previo aviso Damián le empujo contra la cama, haciéndole caer boca arriba con una cómica expresión en la cara que le causó una risilla divertida. Mordisqueó su labio inferior y arrodillándose frente a Enrique le abrió la toalla, dejándola en el suelo a su lado. Enrique se relajó, ofreciéndole su duro pene con una mano mientras volvía a aferrarse a sus suaves mechones de cobre. Damián aceptó de buena gana el pene del joven y pasó su lengua por toda su longitud, ascendiendo desde los testículos hasta el glande.

    Agarrando el prepucio con los dedos terminó de retirarle, descubriendo el frenillo ante su lengua. Echó su aliento sobre la delicada piel expuesta y presionó con la punta sobre el pliegue de piel, moviéndola en cortos círculos y trazando formas sin sentido por el glande, hasta terminar en el orificio. Enrique gimió y se retiró con una sonrisa traviesa, desconcertando a su novio que le miró sorprendido. El joven reptó por la cama hasta quedar fuera del alcance de Damián que se apoyó en el borde de la cama.

    –¿Qué haces? ¿No quieres?

    –Sí, claro que sí, pero quiero probar algo nuevo para mí, si te parece bien –comentó notando como sus mejillas se encendían.

    Los ojos de gato de Damián relucieron con curiosidad mientras subía a la cama con su chico. Su cuerpo delgado se movía con elegancia y Enrique se distrajo contemplando al chico. Damián se tumbó a su lado y le agarró el pene, masturbándole con suavidad.

    –¿Qué quieres probar?

    –Un sesenta y nueve –dijo del tirón, completamente sonrojado, pero con la voz firme y segura–. No me importa quien arriba y quien abajo, pero quiero probar.

    Damián sonrió de nuevo, con la sonrisa favorita de Enrique, la que revelaba el alcance completo de sus hoyuelos y parecía iluminarle desde dentro. Dándole un ligero beso en la punta de la nariz le tumbó en la cama boca arriba, incorporándose lo justo como para poder pasar una rodilla a cada lado de la cabeza de Enrique que acarició los muslos firmes y las nalgas perfectas de Damián. En esa postura tenía pleno acceso a sus testículos, y mientras su novio se agachaba para quedar a cuatro patas sobre él, aprovechó a pasar la lengua por ellos, buscando la línea media. Besó ambos testículos y dio largas lamidas con las que recorrió todo el escroto y parte del perineo. Cuando el joven se colocó en posición, gimiendo como un poseso, los testículos retrocedieron, quedando suspendidos sobre sus ojos y arrimando su largo pene hasta sus labios.

    Casi al mismo tiempo en que Damián se abalanzaba sobre su pene, Enrique metió el glande de Damián en su boca. Paladeó el sabor salado del líquido preseminal, recorriendo el orificio con la lengua y presionando la punta contra el agujero, yendo después a por el frenillo. Damián ya había conseguido deslizar casi todo el pene de Enrique dentro de su boca, por lo que el joven, deseoso de no quedarse atrás, empujó las caderas de su novio hacia abajo, haciendo que su largo pene entrase más en su garganta. Una ligera arcada le hizo boquear momentáneamente, pero se repuso con rapidez y acarició las nalgas de Damián que levantó las caderas, sacando el pene de su boca.

    –Despacio, déjame controlar a mi o te vas a ahogar. Tú relájate, tócame, haz lo que quieras, pero deja que me encargue yo de marcar el ritmo.

    –Está bien.

    Damián le besó en los muslos con dulzura y volvió a meterse el pene de Enrique en la boca, al tiempo que bajaba despacio las caderas. La punta de su glande quedó un momento apoyado contra los labios de su novio, que abrió la boca de inmediato, permitiéndole el acceso. Moviéndose muy despacio deslizó casi un tercio de su longitud en su interior mientras buscaba el ritmo correcto para poder tragar el pene de Enrique de continuo. Moviéndose de forma que entrase y saliese de su boca sin complicaciones consiguió acomodarse, bajando de nuevo las caderas y entrando despacio en la garganta de su novio. Notó como se cerraba ligeramente y se detuvo, dándole tiempo a acomodarse a su tamaño antes de descender otro poco. Se retiró algo más deprisa y volvió a bajar, alojando en su garganta el pene de Enrique.

    Por su parte, Enrique no podía quedarse quieto. Acariciando la suave piel de su novio llegó hasta sus nalgas y las separó con ambas manos. No podía ver nada salvo los testículos y el final de sus nalgas, por lo que deslizó sus dedos por toda la línea media hasta que encontró el estrecho ano de Damián quien soltó un gemido y descendió otro poco. Enrique acarició los numerosos pliegues de la entrada y ejerció una ligera presión con el dedo, notando la resistencia inicial y como pasaba a relajarse al tiempo que Damián volvía a descender, invadiendo de nuevo su garganta. A pesar del grosor, su paciencia y cautela bastaban para mantener a raya las arcadas, por lo que cerró los ojos y disfrutó del sesenta y nueve.

    Damián continuaba moviendo despacio las caderas. Sabía que podía entrar entero si tenía la paciencia necesaria, el problema era que las caricias de Enrique en su ano le distraían y le acercaban peligrosamente al orgasmo. Deseando distraerle apretó más sus labios y bajó despacio la cabeza hasta que pudo enterrar la nariz en los testículos del joven, que soltó un gemido ahogado y amortiguado. Aprovechando la distracción Damián movió algo más deprisa las caderas, haciendo que la garganta de Enrique se contrajese ligeramente, pero sin llegar a provocar el reflejo faríngeo. A los gemidos se añadió un ruido húmedo e inarticulado que animó al joven a moverse de nuevo, bajando hasta que casi tres cuartos de su longitud estuvieron dentro. Concediendo una tregua a Enrique salió por completo y se frotó contra su cara mientras seguía lamiendo, succionando y tragando su pene.

    Aprovechándose de la pausa que le había concedido Damián, Enrique se apresuró a recuperar el aliento con rápidos jadeos intercalados con roncos gemidos. Antes de que su novio volviese a bajar las caderas lamió dos de sus dedos, cubriéndolos completamente de saliva. En cuanto Damián volvió a introducir su largo pene en su boca Enrique pasó los dos dedos por el ano de Damián y les metió despacio, acariciando las suaves paredes de su interior, ascendiendo hasta el recto. Rotando los dedos les engarfió y les presionó hacia el abdomen. Moviéndoles despacio prestó atención a la reacción del joven. Al estimular la próstata Damián perdió el control por un momento, propulsando las caderas hacia delante con más fuerza de la que tenía pensado en un momento. La reacción pilló desprevenido a Enrique, quien consiguió mantener la calma y la garganta relajada.

    Los veintiún centímetros de Damián entraron enteros en la garganta de Enrique que se esforzó por respirar por la nariz. Damián sacó el pene de su novio de su boca y jadeando con fuerza mordió la piel del pubis y el inicio de los muslos, succionando después hasta dejar marcas del tamaño y color de un fresón maduro. Moviendo despacio las caderas comprobó que no podía moverse sin que los dedos que tenía en su ano le estimulasen también a él, y comprendiendo lo que Enrique había hecho se rio con suavidad, girándose para intentar mirarle, sin éxito.

    –¿Quién es ahora el súcubo? –preguntó divertido y completamente excitado.

    Intentando mantener un ritmo regular siguió moviendo su pelvis adelante y atrás, sin llegar a salir nunca por completo. Se humedeció los labios y volvió a tragar el pene de Enrique, cuyo glande rosado y caliente era una verdadera tentación para él. Apoyándose en una sola mano empleó la otra para masajear los testículos, apretándolos, haciéndoles rebotar ligeramente y jugando con ellos. Agarrando la piel del escroto tiró de él con suavidad para soltarlo de golpe, obteniendo como recompensa un torrente de gemidos. Enrique movió también las caderas, penetrando la garganta de Damián que se limitó a apretar más los labios y mover la lengua como un poseso.

    La pelvis de Enrique se disparó hacia arriba una, dos, tres veces. Su orgasmo fue rápido y súbito. Espesos chorros de semen golpearon la garganta de Damián que se apresuró a tragar intentando no toser. El cuerpo de Enrique perdió tensión y él aceleró el ritmo al que se movía, conteniéndose lo justo para no causarle arcadas. La estrecha garganta de su novio parecía haberle aceptado y le permitía el paso sin ninguna dificultad. Se moría de ganas por acariciarle el cuello, comprobar si podía notar cuándo entraba o salía, pero en su lugar se limitó a seguir lamiendo el pene de Enrique, que empezaba a perder firmeza. Los dedos de su novio se retorcían en su interior. Enrique les separaba, les juntaba, sacaba uno y volvía a meterle o sacaba los dos a la vez, pero manteniéndoles separados.

    Sacando el pene del joven de su boca Damián apoyó la frente sobre el vientre de Enrique y se concentró en aumentar el ritmo de sus caderas. Sus gemidos crecieron en intensidad hasta que, casi gritando, alcanzó el orgasmo, clavando su pene en la garganta de su novio quien abrió desmesuradamente los ojos por la sorpresa. El semen de Damián descendió directamente por su esófago hasta su estómago, pero pudo notar trazas de su sabor, salado y algo ácido, cuando Damián retiró su pene. Movió la mandíbula arriba y abajo, notando ligeras punzadas en los laterales, y sacó sus dedos del ano de su chico. Con cuidado de no golpearle Damián pasó la pierna por encima de la cabeza de Enrique, quedando arrodillado a su lado. Mirándole desde arriba le dedicó una sonrisa satisfecha a la que Enrique correspondió con otra igual.

    –Yo… yo creo que ha estado bien, ¿no? –preguntó Enrique con timidez, sosteniendo con delicadeza la mano de Damián que aprovechó a tumbarse a su lado.

    –Ha estado más que bien, ha estado genial –confirmó somnoliento.

    Enrique abrió los brazos, invitando en silencio a Damián para que se acomodase con él. Sonriendo el joven aceptó encantado la invitación. Enrique tiró de las mantas hasta que ambos estuvieron bien tapados y acarició los suaves mechones de la melena de Damián, quien ya dormitaba. Sus largas pestañas temblaban cada vez que parpadeaba, en un esfuerzo por mantenerse despierto.

    –Te quiero –le susurró Enrique al oído, estrechándole con fuerza entre sus brazos.

    Damián le abrazó con una ancha sonrisa en el rostro. Su pecho estallaba de felicidad, aunque apenas pudo murmurar una respuesta casi inteligible. Sin dejar de acariciarle el pelo Enrique se acomodó estrechamente pegado a su novio y, escuchando la respiración sosegada de Damián junto a su cuello, dejó que el sueño le venciese por fin.

    –Nota de ShatteredGlassW–

    Gracias a todos por leer este cuarto relato de la saga y el apoyo dado al primero. Espero que os haya gustado y que sigáis apoyando esta serie. Si tenéis comentarios o sugerencias y queréis comunicaros de una forma más personal conmigo podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: [email protected].

  • Ángel 18 y su entrenador 40

    Ángel 18 y su entrenador 40

    Hola ¿cómo están? Espero que se encuentren bien y sobre todo que disfruten este relato.

    Les cuento que hoy en día pues me identifico y soy gay abiertamente con el apoyo de familia y amigos, pero les comento que yo «no era gay» y no sé si es algo que tenemos desde pequeños o si realmente nos hacemos en el transcurso, gracias a sentimientos o situaciones vividas, pero bueno quizá es un poco de todo.

    Para ya no aburrirlos más con el intro les platico ya mi experiencia vivida 100% real se las contare tal cuál cómo sucedió, y que definitivamente es algo que me cambió y que me dejo marcado hasta el día de hoy.

    Tenía 18 años recién cumplidos cuando la perdí, era 100% aplicado en la escuela y en el deporte, específicamente en el fútbol, algo que disfrutaba mucho, bueno lo disfruto porque aún lo practico, no cómo en aquellos años jaja pero si lo práctico.

    Les comento que desde pequeño estaba en el deporte, más fútbol y que de hecho a los 15 entro ya a una escuela oficial, no de barrio, en la cual estuve hasta los 20 años.

    Era un chico de estatura promedio (1.75) ni alto ni bajo, piel clara no tan blanca, delgado con un físico marcado, piernas trabajadas, pero sobre todo glúteos trabajados que era mi cualidad más notable desde pequeño y por la cual recibía muchos piropos de amigas y hasta mis amigos jajaja y pues malamente hasta de señores en la calle que en ocasiones me hacían sentir incómodo, pero también les soy sincero me daba risa la mayoría de las veces, así que sí, era yo un chico lindo en todos los aspectos (que bonitos recuerdos). Quiero comentar que mis entrenamientos eran los días lunes, martes y viernes y los sábados por las mañana teníamos partido.

    Un día llego a la escuela un entrenador nuevo un tipo de entre 38 y 40 años si mal no recuerdo, que fue cuándo yo tenía ya los 18 años cumplidos y pues si a los 15 mi físico ya era hermoso jeje a los 18 mi físico era imponente y lindo cómo se los comentaba, pero mi trasero era de un Dios la verdad, chico de 18 años guapo, sexy, nalgon y con una novia igual de guapa, cómo les comentaba, días después de yo cumplir los 18 años, llego este entrenador, era muy amable.

    El una persona con muy buena condición física, alto de 1.82, robusto de brazos grandes y fuertes y una barba imponente, persona de gym se veía bien, sobre todo en la resistencia.

    El los primeros días tenía otra categoría diferente a la mía, pero a los 2 meses casi 3 lo mueven a mí categoría.

    Yo tenía la posición de medio centro, por lo cual él se enfocaba mucho en mi trabajo al ser una posición importante.

    Con el tiempo nos fuimos haciendo muy unidos, le fui tomando confianza, tanto así que llegó un punto en el que mis papás lo invitaban a casa a cenar, en ocasiones llegaba yo de equis parte o de casa de mi novia y estaba el en casa tomando algunas cervezas con mi papá. (Así era ya la confianza con mi familia).

    Recuerdo que un día nos invitó a su casa a mí y a mis otros compañeros de equipo, pidió permiso a los Papás de todos, así que me dejaron ir.

    Se llegó el día, ahí estaban mis compañeros, platicamos, jugamos juegos de mesa, etc. Etc.

    El ir a su casa se fue haciendo recurrente, nos invitaba seguido nos hacía de cenar y todo, un día comentó que podíamos ir a acampar a una cabaña que tenía a las afueras de la ciudad. Llegamos a ir 5 amigos, tenía cuatrimotos, había cerca un río, la verdad la pasábamos genial cada que íbamos.

    La confianza se hizo más fuerte y como es en todos los equipos, es normal que el entrenador te de nalgadas o ese tipo de roses «normales» por lo cual no te incomodas con eso así que nunca lo vi mal, pero eso sí, él se mostraba más afectuoso conmigo en el tema de las nalgadas y confianza, tan así que en ocasiones con una mano me apretaba un glúteo completo, eran tan grandes sus manos que me lograba dar unos apretones de culo muy fuertes, un glúteo mío le cabía en su mano completo y mis glúteos eran enormes entonces imagínense el tamaño de sus manos.

    El hacía eso muy seguido pero yo la verdad que nunca me incomode, nunca lo vi mal o a veces me abrazaba por la espalda y se pegaba todo a mi enfrente de todos, lo hacía con muchos, pero conmigo era más seguido su acercamiento o sus detalles de que si no podían ir por mi el me llevaba a la casa y en muchas ocasiones antes de llevarme me invitaba a cenar.

    Él no tenía esposa o quizá estaba separado, ya que nunca vimos alguna pareja en tantas ocasiones que fuimos a su casa, pero quizá hijos si tenía porque había fotos de otros chicos en su casa y las mismas fotos en la cabaña, pero pues nunca preguntaba nada.

    En una ocasión de tantas, dijo llegaríamos primero a su casa y luego a la mía que sólo iba a recoger algo rápido porque después de dejarme iba para otra vuelta, así que pues no le vi problema y accedí, no tenía de otra jaja porque a pesar de mis 18 años siempre iban por mi a todas partes.

    Estábamos en su casa, recuerdo que me bajé del auto y me dio por estirarme, ya ven que uno se estira cuándo está cansado y como les dije, mi cuerpo era algo voluminoso entonces pues toda mi ropa siempre, pero siempre era super entallada y pequeñita, la verdad es que me gustaba muchísimo usarla así, porque me gustaba cómo se me veía.

    Me estaba estirando, se me asomaba la pancita, el short se me metía todo en la rayita, en ese momento volteo por inercia a dónde estaba el entrenador y lo descubro viéndome, tenía una cara que no le había visto, me miraba el trasero, no me asuste ni me incómode para nada, la verdad era algo que se me hacía «normal» entonces el reacciona y recuerdo que me dijo:

    -«Se me fue la señal completa jajaja»

    También me reí:

    -«Si vi que estaba como que dormido con los ojos abiertos, en que piensa?»

    -«Discúlpame, no sé que paso, pero eso si, se me antojo tanto un duraznote bien rico»

    Se acerco a mí y me da unas nalgaditas:

    -«Ya pásale o te esperas aquí afuera?»

    -«No jaja y luego si me roban jaja».

    Ya adentro el subió y yo esperé en el área de la cocina donde tenía una barrita, y grita:

    -«Me voy a bañar no me tardo, si hablan tus papás diles que ya vamos»

    -«No se preocupe hoy llegan más tarde»

    – «Ok, en un momento bajo»

    Yo me puse a ver la tele mientras el bajaba.

    Minutos después el ya venía bajando, pero para mi sorpresa venía en pura toalla y me dice:

    – «Disculpa es que ya ando a las carreras, mira aquí hay pizza, esta nueva, es de ayer, caliéntala para que comas algo».

    – «Gracias, si voy a calentarla»

    Se puso a hacer otras cosas así en pura toalla, sin camisa y cada que volteaba a mí era inevitable verle su pene super marcado, creó yo estaba hasta erecto porque el bulto era enorme y el disimuladamente se agarraba y se lo masajeaba, sentí algo extraño, una curiosidad en mí y sin saber el porque, yo volteaba a ver cómo se agarraba la verga y así cómo el me estaba mirando el culo minutos antes, cuándo se había quedado cómo que «ido» así me quede yo viéndolo cuándo se agarraba la verga, nuestras miradas se cruzaron y fue de la manera que reaccione, sentí por primera vez tanta pena, me dio tanta vergüenza, sentía mis orejas muy calientes de la vergüenza y a su vez no entendía porque sentía eso o porque me había dado tanta curiosidad ver cómo se agarraba la verga.

    – «Estás bien?»

    Me lo dijo con una sonrisa en su rostro, yo pues apenado, con la voz entre cortada le contesté:

    – «Si, todo bien, me paso lo mismo que usted hace rato ya me la pegó jaja!»

    Pero yo no estaba bien, me sentía algo confundido, se acerco a mi y me empezó a masajear los hombros:

    – «Tranquilo que no pasa nada, pregúntame cualquier duda que tengas»

    El empezó a bajar más sus brazos, empezó a apretar mis pectorales que eran muy grandes también, cómo senos pues jaja.

    Yo me quedé helado y firme cómo estatua, no podía moverme, no podía reaccionar, entonces se pego a mí y sentí apoyo algo duro en mi espalda y yo estaba teniendo una erección también. Me dice el:

    – «Te levantas por favor»

    No supe que contestar porque era cómo si tampoco pudiera hablar, me vuelve a decir:

    -«Te levantas por favor»

    No sabía el porque pero de la nada me empiezo a levantar, se los prometo, no sabía porque me estaba levantando, se supone debí de terminar eso ahí, pero no, me empecé a levantar despacio y con miedo, el saca el banco detrás de mí, tenía yo todo el short metido y el me lo empezó a sacar de entre mis nalgaaas! Yo empecé a temblar y no podía hacer nada, sentía cómo me sacaba el short, de hecho me pellizco poquito una nalga.

    -«Ay! Me pellizco»

    -«Perdón Ángel, deja te sobo»

    Me sacaba el short muy despacito, yo suspiraba, mi respiración acelerada, mi mente no podía comprender que estaba pasando ya que era algo totalmente nuevo y extraño, más porque era un tipo de 40 años y yo sólo 18, obviamente mis nervios estaban al millón.

    Después de sacarme el shortsito de entre mis nalgas, se empezó a acercar más, me agarro de la cadera y me jalo hacia el lentamente, me puse algo duro, «resistiéndome»:

    -«Relajate, no pasa nada, tranquilo»

    Aunque no lo crean en ese momento, en ese preciso momento sonó mi teléfono, eran mis papás, conteste rápidamente sin pensarlo, por tal motivo todavía estaba alterado por la situación que estaba viviendo, así que mi voz al contestar sonaba extraña y mis papás no tardaron en notarlo:

    -«Cómo estas? Porque no has llegado? Se suponía ibas a llegar antes que nosotros»

    Con el detrás mío y tomándome de las caderas, respondí:

    -«Estoy en la casa del entrenador tuvo que venir urgentemente, pero ya vamos»

    -«Que bueno que todo esta bien, a que hora llegan?, Pásame al entrenador hijo»

    – «Te pasó al entrenador?»

    Pero no quiso…

    – «Está arriba papá»

    – «Porque te oigo agitado? Nervioso»

    Me rio (risa nerviosa) a lo cual en ese momento el de la nada se arrima más, me aprieta un glúteo con sus enormes manos, me lo aprieta con rabia, muy rudo, como todo un macho! Controlando a su pasivo (claro que en ese momento yo no lo veía así como un macho y tampoco sabía que yo era el pasivo jaja) se me sale un quejido una expresión suave de:

    – «ay!»

    Porque me apretó fuertecito, (escuchan mi gemido):

    – «Papá es que me caí de las escaleras, hace un ratito» (me reí nerviosamente)

    – «Cómo te caíste? Estás bien? Por eso te estas quejando?»

    El hace señas que ponga el altavoz mientras seguía apretándome fuerte un glúteo y con la otra mano me dio una fuerte nalgada, con otro apretón incluido, me estaba masajeando completamente todo el culo, por cierto que la nalgada se escuchó en toda la casa:

    – «Pon a tus Papás en altavoz, es una orden»

    – «Ángel que se oyó?

    Con voz temerosa les digo:

    – «No sé, quizá fue el entrenador que anda en el piso de arriba»

    Ellos volvieron a preguntar de la caída y el se quería reír y me dice al oído susurrando, mientras seguía tocando mi culito:

    – «Traes trusita verdad?»

    Yo lo veo y con la cabeza le digo que si, pase saliva de lo nervioso que estaba, y me dice:

    – «Que rico!»

    A pesar de tener 18 años yo la verdad era muy inocente, demasiado.

    El me empezó a querer bajar el short, pero yo tome mi short para que no lo hiciera, pero el me quitaba las manos, se ponía más rudo, mis papás seguían hablando y de golpe se pega todo a mí y me aprieta contra la barra, sentía obviamente ya su pene hundiéndose en mi trasero por encima del short:

    – «Hijo esta todo bien? Porque te quedas callado? Que haces?»

    Tomó el móvil con una mano y con la otra quería insistir de nuevo en bajarme el short, hace la seña de que no hable, pone mi cara contra la barra por lo cual quedo completamente empinado con mi pecho recargándose en la barra, quedé en shock, no podía moverme, es super fuerte:

    -«Que tal Señor!, Angel se fue al baño»

    -«A que muchacho esté, entrenador puede traerlo ya? O vamos por el si Ud. No puede, ya nos vamos a casa de su abuela»

    El pone el mute y me dice:

    -«Diles que no quieres ir que ahorita te llevó».

    -«No voy a decirles eso, ya me tengo que ir»

    -«Aparte me gusta ir mucho con mi abuela, van a preguntar el motivo»

    Y de la nada me dice:

    -«Bajate el short para ver cómo se te ve la trusita y ya nos vamos, obedece!» (apretandome el culo)

    -«No haré eso!»

    -«Pues entonces diles que no vas con tu abuela y cuidadito!»

    Presiona fuerte desde atrás, y dolía, tenía miedo:

    -«ay! Ok, me voy a bajar el short, pero quítese me duele»

    (Quita el mute)

    -«Hola Papá, ya voy»

    Pero con la presión que hacía desde atrás, con mí estómago presionado contra la barra, por supuesto que mi voz salía diferente, sumado a que se pegaba y se hundía en mi, pues me sentía cómo desesperado, muy estresado, yo distraído hablando con mis el aprovecha y me baja el short de golpe hasta los talones, quede en pura trusita, con mi colita expuesta hacia el:

    -«Uff! Dios que culo! Y sin ningún bellito, así lo imaginaba, liso y suave!»

    Me masajea el trasero, me empieza a dar nalgaditas, echaba aire cómo una bestia, deseosa:

    -«Que bonito, que bonito»

    Mi papá escuchá:

    -«Con quién hablas? Que hace el entrenador?» -«El está en la sala con su gato, papá»

    -«jaja si, así es el es muy apegado a su gato»

    -«Si, papá.»

    El me hace la seña que ponga el mute, mientras toca mi culo, nalguea y aprieta, yo hago lo que dice:

    -«Todo lo que estoy haciendo es para experimentar tú cuerpo, que se te quiten todas las tensiones, esto es un masaje, son prácticas que dan muy buenos resultados que sólo los mejores hacemos»

    El no dejaba de masajear mi trasero y de pasar sus dedos por mi raya de arriba abajo, suavemente:

    -«Es en serio lo que está diciendo y haciendo?»

    -«Si Ángel, es muy enserio, tú tranquilo»

    Mis pezones se sentían duros, mi pene estaba super erecto:

    -«Los masajes tántricos liberan todo tipo de tensiones, vas a ser un mejor jugador»

    Apreto mi pene y me estremecí por completo, se los repito, se que suena muy tonto, pero yo era totalmente inocente, demasiado inocente sin exagerar, tenía novia por ser guapo la verdad, pero hasta mi novia me decía que yo era muy inocente, que le encantaba eso.

    Mi papá hablando sólo en línea mientras el no dejaba de tocarme, mi respiración estaba acelerada, me pene se humedecia cada vez más, el lo apretaba y con su otra mano se divertía con mi trasero, me suelta el pene y el traero y con las dos manos me empieza a bajar el calzoncito, mi papá hablandome, todo pasando en un instante, quito el mute para hablar con Papá, me relajo y el aprovecha bajarme más la trusita, la agarre y me quitaba las manos, se me arrima todo y me dice:

    -«Este masaje, es bien visto, pregúntale a tú Papá, dile lo que estoy haciendo».

    Me aprieta más el culito, unas nalgaditas suaves y me dice:

    -«Anda, pregúntale!»

    Y yo, le digo con la cabeza que no:

    -«Hijo, dile al entrenador que nosotros vamos por tí»

    Quiere bajar más mi ropa interior y yo suelto un fuerte:

    -«hey no!»

    -«Que pasa hijo?»

    -«Nada Papá, es que el entrenador se subió a su cuarto y el gato se me subió encima y ya sabes que no me gustan los gatos»

    -«No seas grosero con el gato, retiralo bien»

    -«Si papi ya lo quite»

    Mientras el entrenador seguía jugando con mi trasero sin parar, me decía que:

    -«Dile a tú papá lo que hacemos, veamos que dice, dile del masaje»

    -«Papá necesito un masaje»

    Mi papá ya estaba por terminar la llamada:

    -«Ya no tardes hijo, en serio no quieres que vayan por ti?, Un masaje?»

    -«Si papá! Vengan»

    Se mete el entrenador a la plática:

    -«No se preocupe en 30 minutos estamos ahí»

    -«Ok entrenador, les voy a colgar ya, agendeme una cita de masaje para Angel»

    -«Ok Señor le agendo cita a Ángel, adiós»

    -«Ok Papi, bye.»

    -«Adiós hijo»

    (Colgué) la situación estaba más tensa, nuevamente me sentía otra vez sólo, indefenso, con un tipo mucho mayor que yo y que en todo este tiempo nunca le había sentido miedo o intimidación, ya lo estaba sintiendo.

    Me quiero levantar y no me deja:

    -«Ya me sube el short por favor»

    No contesta, hay un silencio incómodo, volteo hacia atrás y esta fijamente viéndome, me sostiene el calzon con una mano y yo también para que no me lo baje:

    -«Me puede soltar por favor»

    Pero no contestaba, yo lo veo fijamente y aun así no contestaba, sólo se me quedaba viendo sin decir nada, pero tampoco se hacía para atrás, me seguia teniendo empinado en la barra, solo viéndome, me apreto más fuerte la cara contra la barra sin decir nada, por más que yo quisiera soltarle era imposible, su fuerza era inmensa a comparación de la mía, yo quería moverme y no podía, era inútil lo que yo hacía así que entre en pánico, empecé a forcejear con el y a decirle que me soltará, pero no hacía caso:

    -«Hey suelteme ya o que quiere?»

    -«jaja tranquilo! No tienes porque ponerte así, de todas formas no vas a poder soltarte»

    Me intenta bajar el calzón pero no lo deje me quise levantar y me vuelve a empinar contra la barra, estaba controlado por el de todas maneras, me sostiene con una mano en la espalda y con sus pies empieza a abrir mis piernas, yo seguía forcejeando:

    -«Ya relajate!»

    -«No!»

    -«Ok! Quieres lo haga por la mala? Tú Papá autorizo un masaje, es por tú bien»

    -«Dijo que programe cita y esto parece otra cosa más que un masaje!»

    -«Ya es tarde entrenador por favor ya vamonos»

    -«Algunos masajes así son, ya esta autorizado, Vamos arriba! Termino el masaje y listo»

    -«Pero mi papá dijo que 30 minutos»

    -«Tardo 20 minutos en tú masaje y 10 o 15 minutos en llegar a tú casa»

    -«Oye debo reconocer que tu trasero es muy lindo, definitivamente hay que hacer un buen trabajo para mejorar tu rendimiento, está firme y suave, falta acondicionamiento en esta parte»

    Me nalguea varias veces, me agita el culo, lo aprieta.

    Todo esto lo hacía conmigo aún empinado contra la barra, con mis piernas bien abiertitas, así que empezó a besarme las nalguitas, me daba mordiditas, me nalgueaba, me subía el calzoncito para que se metiera en mi rayita, me picaba el culo con un dedo, me nalgueaba de nuevo, yo no podía evitar que mi respiración se aceleraba o que mis gemidos suaves salieran por las sensaciones que sentía por lo que el me hacía:

    -«Jaja que bonitos quejidos te salen ya vez que si esta haciendo efecto todo esto». Me nalguea.

    -«adelante, espérame allá arriba en el cuarto»

    Se quita y me deja levantarme.

    Entonces yo rápidamente me subo el short y me acomodo bien el calzoncito blanco que ya estaba todo manoseado por el.

    -«No sé que quejidos se refiere»

    -«Y que va hacer? Suba conmigo ya»

    – «A dónde va?»

    -«Que subas cabrón!, Deja de llorar y obedece»

    Me dio algo de miedo sus gritos, la verdad vi su rostro furioso, mirándome fijamente así que no dije nada porque realmente sentí miedo, la verdad es que entre más pasaban los minutos más miedo y más intimidado me sentía, así que me subí a la recamara sin decir nada.

    Ahí estuve sentado en la cama, esperando, pasaban los minutos y el no subía, sólo hacia que mi miedo creciera más, porque no sabía que estaba tramando, pero finalmente lo escucho que venía subiendo, traía toallas, aceites, accesorios desconocidos y digo desconocidos porque realmente no sabía que eran, pero tenían formas raras.

    -«Acuéstate boca abajo y quítate la ropa»

    -«Para que? No quiero hacer eso»

    -«Que te acuestes!»

    Me avienta.

    -«Cómo te voy a dar el masaje? Acuéstate y deja de quejarte! Soy tú entrenador autorizado!»

    -«Perdón Entrenador, sólo que todo esto es raro, no se enoje, no tiene porque aventarme así»

    -«Raro? Todo es normal, confía en mí y si haces caso no tengo porque estarte aventando»

    Entonces no me quedo más remedio que acostarme boca abajo cómo el quería, aparte que mi papá al haberle dicho del masaje y pedirle cita, siento que le dio un poder y una autoridad sobre mí, que de alguna manera me hacían obedecer y de lo cual el aprovechaba, porque me hablaba con autoridad, dándome órdenes con voz fuerte.

    -«No me voy a quitar toda la ropa, seguramente»

    -«Quitate la playera y el short solamente»

    -«Tampoco quiero quedarme en ropa interior, mi trusa es muy pequeña y me da pena que usted me vea»

    -«Me quitaré solamente la playera»

    -«Ya dije lo que vas hacer y lo vas hacer! El vestidor todos se ven en ropa interior y a ti ya te vi allá abajo»

    -«No lo haré!»

    -«Quítate todo, haz lo que digo!»

    Me avienta y me toma del cuello.

    -«Quieres que te desvista yo?»

    Sentía que no podía respirar.

    Así que con la cabeza le digo que no, que no quiero que me desvista el, así que me soltó y procedí a quitarme el short y la camisa.

    -«Te tapare el culo con una toalla si eso es lo que te preocupa, sólo ocupo tu espalda y piernas descubiertas»

    Me lo dijo muy molesto, entonces yo ya estaba ahí en la cama en pura ropa interior, le pedí que me pasará la toalla me quería tapar, sentia mucha pena, nuevamente me dice que me de la vuelta y que me acueste boca abajo, lo hice con mucha pena, así que me di la vuelta y deje mi culito a la vista de el, le dije nuevamente que me pasará la toalla pero el se quedo viéndome fijamente, suspirando, otra vez estaba cómo que dormido con ojos abiertos le hablaba y no me hacía caso, solo me miraba sin decir nada y por momentos se tocaba la verga, se empezó a quitar su camisa y me dio algo de miedo o pena de que se fuera quita el short pero en ese momento no se lo quito.

    Se sube a la cama, se sento en mis piernas y empezó a apretarme las nalgas, me sentí indefenso y sólo lo deje hacerlo, me nalgueaba duro, me apretaba el culo con tanta fuerza y lo agitaba cómo gelatinas, se quedó de nuevo sin decir nada, no podía ver que hacía, quise voltear y se enojo, me dijo que no volteara, así que no volteé más, fueron unos 2 min así el sentado encima mío haciendo algo que no podía ver.

    Se empieza a acomodar nuevamente mejor sobre mis piernas y ya por fin me pone la toalla, lo que me hizo sentir un alivió, entonces el ya empieza untar el aceite en mi espalda, empezó con esa parte y asi estuvo algunos minutos, se sentía mi cuerpo muy caliente y adormecido, me sentía super relajado, definitivamente el masaje estaba haciendo efecto, pero entonces veo el móvil y ya son 30 minutos desde que subimos, el tiempo se pasa volando.

    -«Ya son los 30 minutos que dijo mi papá»

    -«Tranquilo»

    -«No hay prisa, tu papá de todas maneras aún no habla así que relajate»

    Ignoro el tiempo y siguió con su masaje, pero a los 5 minutos de yo haberle hecho el comentario de que ya era media hora, suena mi móvil, era mi papá, yo iba a contestar pero el rápidamente estando encima de mi trasero se abalanza para alcanzar mi móvil antes que yo, de alguna manera me deja inmovilizado y contesta, yo no escucho que dice mi papá pero por la respuesta de el parece que mi papá le comenta que ya son los 30 minutos, el se pone a platicar con mi papá, pero al mismo tiempo en que hablaba con mi se empieza a mover en círculos sobre mi culo, en círculos y de arriba hacia abajo, la toalla se subía y se bajaba y mi culito se exponía, el me apretaba el culo y me acomodaba la toalla pero todo para tener la excusa de tocarme el trasero, seguía hablando y al mismo tiempo moviéndose encima mío, asi que nuevamente salían unos gemidos de mi parte que no sabía yo porque, quería evitarlos y no podía, salían muy suaves y temblorosos.

    «Si Señor ya íbamos, sólo que se me poncho una llanta, y aquí estoy encima de el»

    Volteo a verlo con cara de asustado. El me ve y sonríe y se mueve más suave sobre mi culo.

    -«No es necesario ya casi llegamos»

    -«Angel?»

    Volteo a verlo cuándo dice mi nombre.

    -«El entro a la tienda, por suerte alcanzamos a llegar a un buen lugar, no no se preocupe estamos bien, si quiere ahorita le digo a Angel que le marque, yo sigo aquí encima de esto» Me aprieta el culo.

    -«No es necesario que venga en serio, mire yo ahorita lo llevo a casa de su abuela, le calculo una hora más»

    Lo volteo a ver con cara de sorpresa. Porque era increíble cómo tantas mentiras salían de su boca.

    -«Claro yo le digo a Angel que lo llame, adiós señor»

    Quise hablar y me tapo la boca con sus manos. Balbuceé

    -«Que se escuchó? Es Angel?»

    «No señor, Ángel sigue en la tienda, se me hace entro al baño porque ya se tardo deje voy a buscarlo y le digo que le marque». Pone el altavoz.

    -«Vaya a buscarlo, no me gusta dejarlo mucho tiempo sólo, yo se que mi hijo tiene 18 pero siempre ha sido muy apegado a nosotros»

    Él se burla haciendo cómo que lloraba.

    -«Me da gusto que esté con usted y no con nadie más, entonces estoy tranquilo»

    -«No se preocupe Señor, Angel esta seguro conmigo, es cómo un sobrino para mí»

    -«Deje voy a buscarlo porque aquí estoy encima de estas llantotas, estan bien grandotas y pues quiero acabar ya en ellas». Me aprieta y me nalguea duro y me miraba sonriendo. Yo no entendía su referencia.

    -«oiga si entrenador, su camioneta es muy grande, se batalla más porque son llantas grandes»

    -«Ya toca cambiarlas todas en estos días, ya lo iba hacer para evitar esto, mire cómo se escuchan»

    Y de la nada empieza a nalguearme acercando el móvil a mi culo, preguntandole a mi papá que si escuchaba y se me salen algunos quejidos porque me nalguea duro.

    -«Ouch!, Ay!»

    Metí mis manos para que dejara de nalguearme y me las quitaba, pone su cara de enojado, le pone mute al móvil mientras mi papá hablaba y me dice, vuelve a meter las manos y le digo a tú papá que lo que se oye es tu culo, que no se va a molestar porque sabe que es un masaje, pero cómo tú dices que no te gusta, quizá te da pena que tu papá lo sepa.

    Quita el mute

    -«Entrenador se oyen duras, con que las esta golpeando? Se oye que están buenas, aunque por momentos parecia un sonido diferente»

    -«Si Señor están bien buenas». Me aprieta el culo.

    -«Y las estoy golpeando con las manos, ahorita las voy a revisar muy bien estás llantas!». Me nalguea fuerte.

    -«Ok entrenador, si revíselas, tomese el tiempo necesario para que en el camino no se arriesguen»

    -«Y no ha vuelto Angel?»

    -«Ok Señor yo voy a revisar muy bien estan llantas, entonces no hay problema si nos tardamos más? Y no, no ha vuelto Angel»

    «No entrenador no hay problema que se tarden más, al contrario hagalo despacio para que no haya inconvenientes, no quiero lo haga presionado, y échele una vuelta a Ángel a ver porque tarda tanto»

    -«Dejé voy a buscarlo»

    -«Por favor, es que me lo molestan mucho algunos adultos por sus… Es que ahí hay mucho adulto si estan en la gasolinera que me imagino porque es la única de paso, y ahí hay mucho trailero»

    -«Lo molestan por sus que Señor? No lo escuché o no se si se trabó en ese momento»

    -«No nada, ignoreme, pero si vaya a buscarlo y le dice que me hablé, si no yo hablo más de rato a ver cómo siguen»

    -«Perfecto Señor! Me saluda a su esposa y dígale que ahorita le llevo a su niño, Adiós!»

    -«Si, gracias Entrenador»

    Yo me le quede viendo enojado, porque realmente era un actor increíble, deberían de darle un Oscar.

    -«Porque dijo todo eso? De dónde le salen tantas mentiras, tan rápido?»

    -«Sabe que, yo ya me quiero ir mejor, páseme el móvil para hablarle a mi papá»

    -«Cómo se puso a burlarse de el y a nalguearme así, el tanto que lo respeta y esas nalgadas que me da no creó sean parte de sus metodos de masaje, no se muchas cosas pero eso definitivamente no esta bien»

    -«Mira no pasa nada yo te llevaré con tu abuela y tú papá ya dijo que nos podíamos tardar el tiempo necesario». Se mueve lento encima mío y me soba la espalda, cuello y hombros.

    -«Ya calmate vamos a terminar esto y nos vamos»

    -«No sé si mi papá quiere esto»

    -«Tú papá ya autorizó esto así qué callate!»

    -«A que se refería con que te molestan? Porque ibaba decir algo y se detuvo, creó que tú papá se refería a tu trasero»

    -«Estás loco!»

    -«Hey cabrón, respétame, no me puedes hablar así y dine a que putas se refiere»

    -«Perdón, pero usted tampoco me hable así»

    -«Yo te hablo cómo quiero y dime a que se refiere»

    -«Ok entrenador pero no tengo porque decirle nada»

    -«Si no me dices, nos vamos a tardar más hasta que se haga de noche y cuándo hable te nalgueare más fuerte y que el escuché»

    -«Que mal que me amenacé así, se supone es mi entrenador, mi papá si se refería a mi trasero entrenador, porque hace unos meses en esa gasolinera que el dice, en el baño me acosaron unos tipos, sólo que me defendí eran muy viejos y me dijeron cosas de mi trasero y ni papá vio, yo no le iba a decir, me daba vergüenza decirle que me acosaron por mi trasero, pero al final si escucho».

    -«Con razón su preocupación, pues tú papá entonces si esta consciente de que tiene un culo muy grande, pero no tiene nada de malo, es por tu ejercicio o no te gusta tener este culo?». Me nalguea y me aprieta.

    -«Hey entrenador ya! Ya siento mis nalgas bien calientitas y de seguro estan bien rojitas de tanta nalgada, y si, si me gusta estar nalgon, no me acompleja, si eso fuera usaría ropa holgada, pero al contrario siempre traigo ropa bien pegada al cuerpo, pantalones y deportivos»

    -«La verdad si eres el alumno más nalgon que he visto»

    Me levanta la toalla para ver.

    -«Y si si estan bien rojitas, pero bueno vamos a seguir con esto»

    El nunca se bajo de sobre mi trasero, continuo con su masaje de espalda, y subiendo y bajando sobre de mí una y otra vez, su pene ya se sentía flácido, pero en un instante empezó a ponerse duró nuevamente, porque empecé a sentir cómo su pene se hundía en mi trasero, haciendo que la toalla y mi calzoncito se metieran todo en mi rayita, pero yo aún seguía molesto por lo de sus mentiras y mientras el me masajeaba y se movía en circulos sobre mi trasero le dije que estaban mal sus mentiras.

    -«Usted hace esto a base de mentiras, no veo nada profesional»

    -«Sigues con lo mismo? Ya relajate no seas chiflado, agradece lo que estoy haciendo por ti»

    -«Disfruta de esto Ángel, dejate llevar y veras los resultados»

    -«Es lo mismo que les hace el fisioterapeuta en la academia a todos»

    -«Si, pero el no nos deja en ropa interior y con toalla, nos deja el short puesto»

    Siguio masajeando por largos minutos más, pasando sus dedos sobre mi espalda, apretando mis hombros, me tomaba del cuello, y seguía haciendo sus movimientos circulares sobre mi trasero, lo que obviamente seguía provocando que mi toalla se subiera y haciendo que mi culito se asomara nuevamente, yo hacía por bajarme la toalla y no me dejaba, me agarraba las manos y las ponia a los lados de mi cuerpo nuevamente, el me tenía completamente dominado, y aún así yo tenía los ojos cerrados y mis gemidos eran evidentes ya que nuevamente me estaba relajando, mi cuerpo estaba agradecido de lo que el hacía, pero de repente me saca la toalla, y la avienta al piso me dejo en puro calzoncito, yo tenía los ojos cerrados, pero los abrí y quise quitarme, pero obviamente no me dejo, me apreto lo hombros y la espalda, lo que hacía que me relajara, eso definitivamente me hipnotizaba, me dejaba inmóvil, asi que mi culito estaba expuesto a el nuevamente, así que obviamente ya lo único que me protegía mi culito de la vista de el era mi pequeño calzoncito blanco, pero aún así le reclamé que me pusiera la toalla, no quería estar así con el.

    – «Ya deja te quito esta pinche toalla!»

    -«Hey! NO! Póngame la toalla POR FAVOR!»

    -«El fisio no hace eso de dejarnos en ropa interior»

    -«No lo hace pero daré la orden de que ya lo haga para que ustedes tengan un mejor resultado»

    -«Seguramente vamos a andar en ropa interior»

    -«No tiene nada de malo ya deja de llorar o más nos vamos a tardar!»

    – «Póngame la toalla Por favor!»

    -«Cállate y relájate»

    No me hizo caso, al contrario, si se detuvo pero a quitarse el su short y quedó en ropa interior, no supe que decir, traía puesto un bikini rojo, super pequeño, lo note porque se levantó a tomar los accesorios que había dejado en un mueble, estaba pequeñisimo ese bikini o no se si porque el era enorme hacía que ese bikini se viera más pequeño de lo normal y me dio mucha pena ver que se le veía el bulto enorme y totalmente erecto, creo que la cabeza se asomaba un poco, no cabía en ese bikini su tremendo pedazo de carne, el sintió que lo veía, entonces se agarro la verga, se acomoda el bikini y se asomo su cabeza completa, lo vi y me volteé, me dio tanta vergüenza nuevamente y sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo, así que mejor me iba a levantar y rápido me dijo que no me moviera, tomó esos accesorios y salto a la cama bruscamente que hizo que hasta yo saltará, me estaba acomodando y se lanzó nuevamente sobre mi culito con su enormes manos, lo sacude, lo aprieta, lo nalguea, me mordió.

    -«Pero que ricooo! Que rico cabroon!

    -«Hey, más despacio y no muerda, que le pasa, me dolió»

    Se ríe de mí.

    Me ignoro y siguió con su rudeza, empezó mi espalda nuevamente con uno de esos accesorios y se sentía diferente y muy rico que saque un tremendo y sincero suspiro de relajación y placer.

    -«Uff! Entrenador que rico se siente eso»

    -«Uy bebé, creó que nos estamos entendiendo»

    -«Me dijo bebé?». Cara de confusión.

    Pero no responde a mi pregunta, me volvió a controlar con su masaje.

    -«Te gusta aquí?». Toca mi cuello.

    Le digo que si con la cabeza.

    -«Quiero escucharte, así que responde con la boca, ok?

    -«Ok entrenador»

    -«Te gusta aquí? Nuevame mi cuello.

    -«uff si»

    -«Te gusta así?»

    Mueve de arriba abajo el accesorio por el centro de mi espalada.

    -«Ufff si». Voz temblorosa.

    Cuándo saque ese pequeño quejido el se mueve sobre mi trasero simulando penetrarme, siento su pene muchísimo, su bikini es totalmente delgado, pareciera no trae nada puesto, entonces con su pene recorre toda mi rayita, mi calzoncito es muy pequeño también y creó su cabeza se asoma, porque algo picaba mis nalguitas, se sentía que era otra cosa, obviamente era su pene, recorre de arriba abajo mi rayita con su cabeza, mi pequeño calzoncito se va metiendo más y más, su enorme verga recorre mi raya.

    -«Te gusta así!?». Moviendo su pene suavemente por toda mi raya.

    -«Uuuf!!». Mi voz súper temblorosa.

    -«Que ricas expresiones bebé»

    -«Siga con su masaje y no me diga así»

    -«Creo que esta haciendo efecto esto». Vuelve a mover su pene por mi raya.

    -«Ya mejor vámonos». Voz nerviosa y temblorosa.

    -«Ya quitese mejor»

    Pero poco caso me hizo, el siguio con sus envestidas y después se paso nuevamente a masajear mis piernas, pero lo hacía desde los talones, pantorrilla y después piernas, desde arriba hasta abajo subiendo hasta mis glúteos una y otra vez, apretándolos con fuerza, agitandolos, repitiendo ese proceso una y otra vez y debo decir que se sentía tan bien, entonces ya no insistí en que se detuviera, simplemente lo deje continuar con ello.

    Pero ahí no terminaba todo, habría más.

  • Mi madre (1)

    Mi madre (1)

    1,80 de alto, piel blanca como la luna, ojos verdes esmeralda, pelo negro, poco más abajo de los hombros y muy lacio, con pequeños pechos en punta y una pequeña cola, bien parada.

    Y ahí estaba ella. Parada y apoyada contra el marco de la entrada a la cocina, mirándome fijamente con esos ojos verdes y esa mirada que penetraba hasta el espíritu. Solo vestía una bombacha gris clarita, casi blanca y una remera que le quedaba chica, a la altura de la mitad de su panza, dejando al descubierto su obligo. Ya desde donde me encontraba podía ver que su bombacha tenía mojada la entrepierna y se notaba en su respiración que estaba algo agitada. Sus pechos triangulares se veían más en punta que de costumbre, haciendo que sus pezones como dos puntas de flecha.

    -Ven aquí Christian me dijo agitada, pero calmada a la vez.

    Me acerque tímidamente hasta quedar casi pegados, casi no podía respirar de lo que estaba viviendo. Me agarro del cuello de la remera y empezó a caminar hacia atrás de espalda si dejar de mirarme hasta la mesada, donde de un pequeño empujón se apoyó, casi sentada sobre ella tenía una pierna estirada que le serbia de apoyo mientras que la otra la tenía colgando y flexionada, apoyando su muslo sobre la mesada.

    -Agachate Christian, quiero que pruebes algo.

    Y al mismo tiempo que me decía eso sin haberme soltado del cuello de la remera me empujo lentamente hacia abajo hasta donde le dio el brazo por las distancias, pero una vez ahí continué bajando hasta quedar de rodillas. Tenía enfrente el fruto de mi madre, eso que tanto había deseado y que me hacía temblar de la excitación. Podio oler ese olorcito algo ácido que emanaba y ver una humedad que sobresalía de entre la tela.

    -Quiero que me pruebes. Me dijo -que chupes mi jugo Christian. Y agarrándome de la nuca me acerco a su entrepierna.

    Me acerque y apoye mis labios sobre esa bombacha empapada. Instantáneamente mi madre lanzo un pequeño gemido y me apretó contra si, como queriéndome meter en su entrepierna. Cuando relajo ese empujo le agarre una nalga con cada mano, apoye mi boca sobre su bombacha, justo en la parte húmeda y succione como si tomara aire sobre ella. Podía saborear ese jugo que salía entre la tela y entraba en mi boca y era lo más rico que jamás había probado, mi madre se estremeció completamente y nuevamente me apretó sobre ella, me levanto agarrándome de los pelos y mirándome la boca dijo.

    – quiero probarlo yo también, mmmm que delicia, que rico todo esto, quiero que bajes, que me la chupes toda Christian, quiero que saborees el amor de tu madre y que después también me lo compartas.

    Volví a bajar y comencé a darle pequeños mordiscos sobre su ropa interior y nuevamente succionadas. Sentía como la cola de mi madre se ponía dura cuando se estremecía. Agarre la pierna que tenía dobla, se la baje. Dejándola parada y ahí pude bajarle la bombacha. Volví a subirle la pierna y quedé frente a esa fuente de néctar que me pedía a gritos. No podía creer lo que tenía enfrente. Era la concha de mi madre, completamente abierta frente a mí, el lugar por donde yo había salido y ahora podía probarlo, saborearlo y tal vez hasta volver a entrar.

    No pude contemplarla mucho porque moría de ganas de volver a entrar, me acerque y comencé a besar la pierna que tenía sobre la mesada, desde la rodilla hacia la entrepierna y cuanto más me acercaba más apasionado hacia los besos, sumaba lengua y algunos mordisquitos los cuales la hacían gemir cada vez más, una vez en su entrepierna comencé a besarla, como si besara la boca de mi amada. Comencé con los labios y fui sumando lengua, juntando la increíble cantidad de flujo que salía, nunca había visto una mujer mojarse tanto. No podía parar de chuparla y mi madre que por momentos se agarraba de la mesada y por momentos me agarraba la cabeza y me empujaba contra ella.

    -si Christian, chupa la concha de mami, quiero que la comas toda. Disfrutala, saborearla, es toda tuya ahora. Hay si ahí-grito en cuanto empecé a succionar su clítoris y cuando lo tenía en mi boca lo rozaba con la lengua mientras al mismo tiempo agarraba fuerte sus nalgas

    -Vas a hacerme terminar Christian, seguí así, hace acabar a mami-y de golpe un gran chorro salió emanado de la parte baja de su clítoris llenando mi boca y obligándome a tragar y que me rebalsara mojando todo mi pecho ya que en ese momento mi madre me apretó contra ella.

    Era increíble, como pude me solté y retrocedí unos centímetros para ver, mi madre era una fuente explotando jugo sobre mí, era lo más emocionante que había visto en mi vida, al tiempo que se retorcía de la excitación. Me agarro fuerte, me levanto ya todo empapado, me saco la remera y empezó a chuparme la cara de forma desaforada. Me chupaba la cara, el cuello y mientras me manoseaba la espalda y el pecho. Por momentos sentía como su concha volvía a escupir otro disparo que chocaba contra mi pierna a lo que ella.

    En medio de ese éxtasis se paró frente a mí y me pidió que me desnude, a lo que le hice caso y parada frente a mi comenzó a frotarse el clítoris mirándome fijamente hasta que volvió a disparar un chorro pero esta vez apuntando a mi cintura y a mi pija la cual parecía que estaba a punto de explotar, bañándomela por completo junto con mis piernas. Instantáneamente bajo y comenzó a chuparme la cintura empapada de su acabada.

    -Si Christian, que delicia.-decía mientras me lamia, llegando a mi pene. Una vez ahí me lo agarro de la base y se metió la cabeza en la boca haciéndome presión con los labios y comenzando una especie de remolino con la lengua que me hizo temblar, eran las estrellas adentro de esa cocina.

    Mi madre chupando mi pija a punto de estallar, completamente bañada de su propia acabada, era un sueño del que no quería despertar.

    -voy a acabar mama no aguanto así. le dije mientras gemía y la escuchaba gemir a ella.

    -terminate todo mi amor, quiero que acabes en la boca de mami. Quiero probarte todo yo también.

    Al escuchar eso, no pude contenerme más y estallé llenándole la boca, podía sentir toda esa leche hirviendo subir por mi verga hasta la punta y salir expulsada y recibida por la boca de mi madre la cual la esperaba con ansias.

    Mientras terminaba mi madre volvía a gemir y temblaba, pero con mi verga en la boca y una salpicada tocaba mis pies mientras seguía acabando. Luego de mis disparos de leche, se la saco de la boca, pero se veía que no había tragado todavía, miraba en mi dirección pero con los ojos cerrados, mientras temblaba y podía ver como saboreaba mi semen y daba pequeños tragos hasta que abrió la boca y respiro

    -hay mi amor que delicia, larga más por favor, quiero tomar más de tu semen, quiero cada gota-y comenzó a pajearme y pasar la lengua cada vez que se asomaba una nueva gota.

    Sin dejar de mirármela, se sacó la remera y escupió sobre sus pechos a los cuales comenzó a tocar mientas me la chupaba. Yo estaba tan excitado que si bien había acabado de una forma extraordinaria mi verga había quedado trabada en lo más alto, como pidiendo más.

    -Quiero que me cojas Christian! Quiero sentir esa verga en mi contra, quiero que vuelvas a entrar por donde alguna vez saliste mi amor y tiene que ser ahora.

    Se dio media vuelta, puso las manos sobre la mesada y arqueo la espalda de una forma que quedaba su cola bien paradita mostrando su conchita a la altura perfecta de mi entrepierna.

    En cuanto hizo eso, volví a agacharme, la agarré de las nalgas y se las separé, abriéndola y contemplando ese templo sagrado de donde una vez había salido y ahora iba a entrar de nuevo. Comencé a darle lamidas, literal eran lamidas, que la hacían estremecer.

    -si Christian, chupa la conchita de mama, chupame todo, mordeme.-a lo que yo accedía y le mordía la nalga y luego la otra, subí y abrí sus nalgas hasta ver su ano, al cual tampoco pude contenerme y comencé a besar por los bordes hasta llegar al centro. Eso la volvía loca.

    -basta Christian, cogeme, necesito tenerte adentro ya-me dijo casi a los gritos. Me volví a parar, la agarre con una mano de la cadera y la traje contra mí. Con mi otra mano agarré a mi pija de la base y comencé a rozarle la conchita empapada. Al apoyarle la cabeza podía sentir como se deslizaba nuevamente de lo que se había vuelto a mojar por chupar su culo. Hasta que ya me pedía que la coja hasta con movimientos involuntarios de su cadera.

    La agarré con las dos manos fuerte de la cadera y le metí la cabeza y se la saque e instantáneamente se la volví a meter hasta la mitad y volvía a salir, todo con movimientos despacio, sintiendo como se me lubricaba dentro de ella y cada vez se deslizaba mejor, así comencé hasta que se hizo un movimiento constante y en ese momento se la metí hasta el fondo, trayéndola contra mí y me quede ahí adentro, la agarré de una teta, la hice soltarse de la mesada y pararse arqueada contra mí. Ahí le agarré la otra teta y comencé a menearme adentro de ella.

    -te gusta así mami?

    -si bebe, cogeme así, entraste en mami, se siente lindo? Puedo sentirte completamente adentro, que excitación por dios-decía mientras gemía.

    Ahí la volví a dejar agarrarse de la mesada y comencé a cogerla desaforadamente sin parar metiéndosela hasta el fondo y saliendo hasta casi por completo para volver a entrar. Era increíble chocar contra su cola y escucharla como gemía.

    -hay amor me vas a hacer correr de nuevo la puta madree-y terminando de decir eso volvió a largar un chorro que la retorció al punto de que se me saliera y ella se tuviera que apoyar completamente sobre la mesada para no caerse del orgasmo, le temblaban las piernas de una forma que me iba a hacer acabar de nuevo a mí.

    -hay mi amor, por dios, me voy a morir-me decía entre su orgasmo.

    Agarré una silla de la mesa que se encontraba ahí al costado, me senté, la agarre de un brazo y la otra contra mí. La senté encima mío mirando de frente y comencé a chuparle las tetas, succionando esos pezones que parecían piedras, podía sentir parado hasta la pequeña aureola que tenía. Y ella me agarraba de la cabeza.

    -si Christian, chupame, chupame las temas.-me decía ya más relajada y dejando y temblar por el ultimo orgasmo,-quiero que me cojas por el culo también Christian, quiero que me pruebes toda, cada agujero de mi cuerpo te quiere adentro, por favor, hacemelo.

    Se bajo deslizándose por mis piernas y comenzó a chupármela de nuevo, pero sin tragar saliva, dejando cada gota de baba sobre mi pija hasta que parecía un palo ensalivado, ahí agarro su mano, y mientras se tocaba la concha se dio vuelta y se colocó en posición como para sentarse nuevamente sobre mí, entendí el mensaje, la sostuve de la cola y la fui guiando hacia apoyar su culo contra la punta de mi verga que estaba como loca por entrarle ahí. Apenas sintió mi pija empujo hacia abajo al punto de que sentí un dolor y ella grito.

    -ah si mi amor, como me gusta, si cogeme Christian, cogeme-y comencé a levantarla y dejarla caer, que ella con la ayuda de sus piernas hacia un combo perfecto de sexo.

    Sentía como su apretado culo abrazaba mi pija y cuando llegaba a la punta parecía que me iba a arrancar la cabeza, pero ahí volvía a bajar. Era inscribe como gemía entre dolor, pasión y goce.

    -Voy a acabar de nuevo Christian, por favor no se canse ahora y seguí garchandome. Quiero que me hagas explotar de nuevo por favor, hacelo, hacelo Christian, haceme reventar. Reventarme el culo Christian, por favor te lo pido ah! -y su concha comenzó a escupir de nuevo, pero ya eran chorros que salían a la par que entraba en ella, ya no le quedaba ni para ser un chorro, gemía, temblaba y me arañaba de la pierna que me agarraba.-voy a terminar yo también mami, no aguanto más.

    -Si bebe, acabame toda, quiero sentir toda esa leche llenando mi culo dale. Dale a mami esa lechita caliente, dale-escuchar a mi madre decirme esas cosas me hizo explotar de nuevo.

    -si mi amor, que calentita, siento como me llenas! Pero no toda ahí por favor! -se dio vuelta me miro y antes que terminara de largar leche, que parecía otra manguera se la metió en la concha.

    -si bebe, la conchita de mami también quiere lechita caliente, ah sí que rico-y se refregó contra mi hasta que no me salió más nada, a lo que se deslizo hasta el suelo, se sentó en su propio charco, y haciéndome un gesto de que la acompañe comento a juntar con sus dedos, el semen mezclado con su acabada que le chorreaba por las piernas y se lo llevaba a la boca.

    -hay bebe que rico, que rica tu lechita mezclada con el jugo de mami. Como me gusta por dios! -y diciendo eso se volvía a retorcer en otro orgasmo mientras seguía tomando la leche que se le escurría. Y una vez que ya no salía nada se metía los dedos, hasta que tomo creo que la última gota. Una vez terminado el espectáculo de ver a mi madre saborear cada gota de jugo emanado por nuestros cuerpos, se incorporó en silencio, me miro fijo y sin decirme nada se retiró en dirección al primer piso.

    Continuara…

  • Sensaciones sexuales (IV)

    Sensaciones sexuales (IV)

    Imaginé que Lauty me iba a invitar a salir. Tenía muchas ganas de decir que sí, pero me pareció que la mejor respuesta era: dejame pensarlo y te aviso.

    Mientras coqueteaba con esa situación, una vez más, mi madre golpeó a la puerta. No tenía tiempo de vestirme así que solo atiné a envolverme con el toallon y simular que aún me estaba secando.

    -Marisa! Necesito que vayas a la farmacia a comprar ibuprofeno que ya no hay más- me pidió sin mucho preámbulo.

    -Esta bien, me visto y voy.

    La farmacia estaba a la vuelta de mi casa, en la misma manzana. No tenía siquiera que cruzar una calle. Así que me puse la ropa interior, un vestido cómodo, mis ojotas favoritas, y me dirigí a cumplir con el pedido de mi madre.

    Entré al lugar y me llamó la atención que Elba, la farmacéutica, una mujer de unos cincuenta y largos años, estaba con el brazo enyesado. Atendiendo a un señor que era el primero de la fila de tres personas, le decía que se había caído y fracturado el radio. Y que iba a tener muchos días para recuperarse. Pensé ¡qué dolor!

    De repente me quedé paralizada. La chica que estaba delante mío tenía, debajo de un pareo que traía, una malla que ya había visto antes. ¡Sí! era ella. La chica que había visto desde la terraza mientras se estaba cambiando.

    Se retiró el señor que estaba atendiendo, acompañado supongo que por su mujer. Así que ahora le tocaba el turno a esta chica. Estábamos muy cerca así que escuché la conversación que tenía con Elba. Necesitaba comprar diclofenac inyectable, cuatro ampollas.

    Elba buscó la caja, pero le dijo que por el estado en que tenía el brazo no se lo iba a poder aplicar. Necesitaba buscar un enfermero o ir a un centro de salud. Así que también le acercó las cuatro jeringas correspondientes.

    No pude con mi genio y me acerqué. Le dije que si no conocía a nadie yo se la podía aplicar. Mi padre es diabético desde que yo tengo memoria, y si bien él se inyecta insulina, muchas veces le baja demasiado el azúcar así que debo aplicarle glucosa mediante una inyección. Mi madre y yo tenemos prácticamente un doctorado en eso.

    Ella me dijo que vivía en esa misma cuadra y que si podía me pagaría lo que corresponde. Por supuesto le dije que no era por dinero, sino para facilitarle las cosas. Le recordé que era importante que tuviera alcohol y un poco de algodón. Me dijo que sí, Esperó que yo compre lo que fui a buscar y juntas nos fuimos a su casa.

    En el camino me dijo que se llamaba Andrea, también tenía 19 años y estudiaba Hotelería. Desde los 7 años que vive en esa casa pero nunca nos habíamos cruzado. Llegamos a su casa y me invitó a subir a su dormitorio. Ya lo había visto desde afuera, pero ahora podía verlo en su totalidad. Era muy grande, ventilado, muy ordenado. Daba placer estar ahí.

    -¿Cómo te parece mejor? ¿parada o acostada?- me dijo con una voz un poco temblorosa

    -Acostada es mejor. ¿tenés miedo? Esto es algo muy simple y no duele.

    Mientras le decía eso ella me acercaba el alcohol y el algodón, al tiempo que yo abría la jeringa y cargaba el medicamento.

    Andrea se quitó el pareo, quedó solo con la bikini. Se descalzó y se puso sobre su cama boca abajo y tapándose los ojos. Estaba muy nerviosa. Me acerqué y una vez más le dije que confiara en mí que no le iba a doler nada. Le pedí permiso y bajé un poco la bombacha de la bikini. Su piel se veía hermosa, impecable. Moje el algodón con alcohol y lo pasé en el cuarto superior externo del cachete, preparando la zona del pinchazo. Ella ya se lamentaba. Sabía que lo mejor era hablarle y distraerla.

    -Que lindo dormitorio tenés, exclusivo para vos. ¿no tenés hermanos?

    Apenas dije “exclusivo” apliqué la aguja y comencé a pasar el líquido a su cuerpo.

    -Soy hija única. Mis papás me tuvieron cuando ya eran un poco grandes, así que siempre fui la niña mimada.

    Nuevamente pasé alcohol por su cola y le dije que estaba cumplida la misión “inyección”.

    -¿ya está? ¡sos una genia! ¡ni cuenta me di! ¿de verdad? ¡gracias! ¡te voy a llamar siempre a vos!

    Le pedí que no se levante y que era importante masajear la zona para que el medicamento penetre de manera homogénea.

    Mientras veía como pasaba sus manos por su cola, le pregunté por qué necesitaba ese desinflamatorio. Me miró un poco sonrojada y me dijo: a vos te lo puedo decir en confianza. Me salió un poquito de hemorroide, mirá. Al instante se bajo toda la bombacha, abrió los cachetitos y me mostró como un poquito de su intestino ganaba terreno en el exterior.

    Yo estaba sorprendida. Poder ver tal detalle, tan cerca. Tantas cosas el mismo día. ¡Cuantas sensaciones juntas!

    -No es mucho, con el desinflamatorio muy pronto vas a estar mas que bien.

    -Eso espero.

    -Una cosa me llama la atención: no tenés nada de vello en tu cuerpo.

    -Es porque me hice depilación definitiva. Empecé con las piernas, luego el cavado y después me animé a todo. Inclusive la tira de cola. Mirá:

    Al instante se puso boca arriba, terminó de bajar totalmente su bombacha y me mostró todo su pubis. Prácticamente parecía una beba de lo suave que se veía.

    -Tenés que animarte y hacerte una definitiva.

    Estaba a punto de responder cuando sonó mi celular. Era mi madre preocupada porque me estaba demorando mucho. Claro, no le había dicho nada.

    -Me tengo que ir porque me están esperando. Mañana a esta hora mas o menos si querés paso y te coloco la segunda. Tienen que pasar veinticuatro horas entre una y otra.

    -Claro! no quiero a otra persona más que a vos. Y si no tenés apuro te quedás un rato y podemos charlar mucho.

    Vi como se acomodaba otra vez su bombacha, me acompañó a la puerta y me dirigí a mi departamento pensando en ese momento que había disfrutado junto a Andrea.

    Al llegar al ascensor recordé que tenía que darle la respuesta a Lauty.

    Continuará.

  • Te someten por primera vez

    Te someten por primera vez

    Mientras nos bañamos juntos me confesás que te gusta el papel de esclava. Te sonrío. Arrodilláte y besáme los pies. ¿Que es eso? De vuelta, besámelos bien, como si me estuvieras besando la boca.

    Lo hacés, abrís tu boca húmeda y me los besás de lengua. Mucho mejor, te sonrío. Quedás arrodillada a mis pies, tu cara frente mi palo duro y divino. Besáme igual el glande, con lengua y con saliva. Te agarro del pelo y te refriego la pija en la cara, para que aprendas quien manda. Yo te meto la verga donde se me antoje. Sigo pasándote la pija por los cachetes, los ojos, la boca, la nariz. Vos seguís arrodillada, sumisa, con la cara llena de verga, luchando para respirar entre el agua que corre. Te agarro de la cabeza y te levanto, estás agitada, jadeando, queriendo ocultar tu gesto de mujer usada, inservible, sin poder revelarte contra la humillación que sentís. Te gana la manera en que te palpita la concha. Sonrío. Te agarro la concha con toda mi mano y con la otra te afirmo a la pared tomándote firme del cuello. Te miro de cerca, te huelo, te lamo la cara, los labios, el cuello. Te doy la vuelta. Estás tan blanda, tan fácil, tan dejada… Te meto la punta de un dedo en el culo y te lo saco, porque sé que querés que te coja el orto. Yo quiero que te reveles, llevarte al lugar donde no aguantas más tanta humillación y ahí sí ensartarte la pija por el agujero que se me dé la gana.

    Bañame, PUTA. Prestale tus servicios a tu dueño. Me dejo hacer, me relajo, no me preocupo por nada. Tener una esclava que me enjabone y me enjuague de esta manera es exquisito. Miro tu cuerpo, tus pezones empujan chorros de agua hacia adelante. Inconscientemente estás todo el tiempo con la cola parada, como esperando que te cojan. No se me borra la sonrisa de la cara, y vos me bañas siempre con la boca abierta, deseante. Parece que estás aprendiendo, te arrodillas para lavarme entre las piernas, me lavas el pene en erección a conciencia, embelesada, pasas tus manos enjabonadas por mis testículos, entre ellos y el ano, en mi pelvis, en el pene, me lavaste el culo, puta. Te mereces un beso de lengua y un par de dedos bien adentro de tu vaginita desesperada. No está mal, belleza. Terminá de bañarte, yo voy a salir. No te masturbes.

    Salgo, corro las cortinas del duchero. Te dejo sola. Me seco, me visto, voy hasta el living y me prendo un tabaco de armar. Me pongo a imaginar cómo salís del baño desnuda, en cuatro patas y te me arrimas como perrita faldera. Pero no, nena, salís vestida, caminando como confundida. Parece que no terminás de entender tu situación, no terminás de entregarte, pero tampoco has recobrado tu dignidad. Desnudate. Me mirás y me sonreís con alegría. Yo no te sonrío. Obedecés ¿Que otra cosa podes hacer?

    Entonces sí, me relajo y te siento en mi falda. No me importa si me manchas el pantalón con la baba de tu sexo. Te hablo con tranquilidad. ¿Estás bien? ¿Querés ser mi esclava todo el día?

    Te tengo en mis piernas, indefensa, te acaricio, te tranquilizo, te pellizco los pezones. Tenés el coraje de decirme que sí, con todas las letras. «Quiero ser tu esclava todo el día»

    Reto a las sumisas que lean este relato a desnudarse por completo en este momento y continuar leyendo con su ropa interior en la boca. No hay peros, disfruta tu obediencia, perrita.

    Te agarro de los pelos y te empujo al suelo. Te aprieto a los costados de la boca, abriendola, te meto las bombachas y te escupo. Moves automáticamente tus manos para limpiarte pero te agarro los brazos con fuerza. Te escupo cuando quiera. Te corre mi saliva por la cara, tenés un ojo medio cerrado, un poco en los labios. Seguís haciendo fuerza con los brazos “imbécil, que mierda no entendés?” Aflojás. Pero yo sigo cliente. Te pongo la cara entre mis piernas y aprieto, “este es tu dueño puta, entendés?”. Te sigo pasando la cara por mi chota. Estás ridícula, entregada, usada. No sos nada.

    Te suelto, automáticamente llevas tus manos a sacarte la bombacha de la boca. Te escupo otra vez y frenas. Te dejas la bombacha ahí y te quedas quieta, de rodillas, esperando, sin saber qué hacer, con miedo de hacer algo mal. Así me gusta, andá a cocinar. Decís que sí con la boca llena, excitada, maravillada por el placer que te provoca que te insulten. Se te nota. Yo disfruto de mi crueldad, se siente bien humillarte.

    Te dejo ir un rato, intento leer, pero me doy cuenta que si no aplaco mi excitación no voy a poder concentrarme. Entro en la cocina, te estás apretando los labios de la concha con tus piernas, intentas seguir cocinando. Al verme se te sube una presión a la cara y quedas colorada. Perfecta, un bombón. Atrás tuyo, me bajo los pantalones y te la meto. Yo sabía que ibas a estar mojada. No digo nada, te cojo, meto y saco la verga sin preocuparme de vos. Me gusta, cuando no te moves puedo buscar mi orgasmo tranquilo, llevarlo traerlo cuántas veces quiera. Te manoseo las tetas, acerco mi cara a tu oreja, te raspo el cuello con la barba y te acabo adentro. Te dejo chorreando semen. Abrí bien las piernas, no te toques. Tomo la lapicera que usamos para hacer listas y escribo en tu espalda. “Esclava, puta inseminable”. Te doy la vuelta, te saco la bombacha de la boca y te doy un rico beso mientras te acaricio el clítoris, suave, te lo merecés. Te toco el ano y siento que palpita.

    Reto: escribí en tu pierna “Puta inseminable”, con letras grandes. Si no estás masturbándote, perra desesperada de mierda, empezá a toquetearte.

    Te dejo seguir cocinando, me siento mucho mejor, más tranquilo. Disfruto mi lectura, hace un lindo día, entra luz del sol. Abrí la ventana y el aire corre. Cuando entras con la comida, en ese estado, y ves la ventana abierta te asustas un poco. Pero ya fue, estás bien metida en tu papel y eso me gusta. Servís la mesa, la armas con delicadeza, se te ve cómoda sirviendo desnuda y con la tanga en la boca. Te la podés sacar. Te doy un beso cotidiano y nos sentamos a comer. Charlamos de todo un poco, nos reímos, cuando se te mueven las tetas de la risa te da un poco de vergüenza y recordas tu lugar. Me complace ver como ya no necesito recordártelo.

    Terminamos de comer, te ayudo a llevar los platos y vamos a lavarnos los dientes. Nos miramos al espejo, la esclava y el Amo. Me gustaría ponerte una correa. No contestás, pero no importa. Te palmeo una nalga, te meto un dedo en culo, lo saco de golpe y salgo.

    Vuelvo al living, me desnudo y empiezo a manosearme la verga mientras te espero. Cuando llegás hacés el gesto de agacharte para chuparmela. No, mi negra. Date vuelta y pará la cola. Te meto un dedo en el culo, después dos, gemís. Te llevo con los dedos metidos en el ano hasta la pared. Te clavo la verga y es una delicia. Cogerle el culo a mi puta es exquisito. Te la doy suave, para que sientas bien como entra y sale mi verga de tu ano. Gemís, pedís más. Te agarro la cara y te meto dedos en la boca, lames, jadeas, el pecho se te mueve con fuerza. Te reviento el orto hasta el fondo. Te agarro fuerte de la cintura y te doy. Te doy con todo. Te parto al medio. Te vuelvo a llenar el cuerpo de leche. Yo descanso, pero vos seguís a mil.

    Puta, ¿Ya sabes lo que te espera? Te vas a meter uno o dos dedos por el culo. No digas que no te encanta la idea. Bien adentro.

    Te doy el dildo y saco mi celular. Podés masturbarte. Te grabo. Estás más puta que nunca, tu cuerpo sensual se retuerce, tus tetas son la cosa más deliciosa que ví en la vida. No lo haces porque te grabe, no lo haces por mí. Es tu momento egoísta, estás furiosa, te calentas a mil. Te das vuelta, te metes el dildo por atrás, por adelante, lo chupás mientras te tocas el clítoris. Estás desencadenada, gozando tu cuerpo como nunca, acariciándote, gimiendo. Tu orgasmo te presiona el abdomen, miras con ojos enormes entre tus piernas. Gemís sin temor a nada. Soltás la sensualidad, ya no te importa, es todo placer

    La imagen de tu cuerpo así, recogido de placer, luego de tanto de despliegue de sensualidad, tanta humillación. Tu cuerpo solo.

    Me arrimo a vos. Te beso, te mimo. Te recuerdo que somos distintos y somos iguales, te meto el dildo en la concha y lo dejo ahí. Nos dejamos ir, abrazados en la alfombra.

    Si cumpliste alguna tarea contame en un comentario, es el último desafío, puta alzada.

    Gracias por leer, el placer es mío.

  • El reencuentro con el lector

    El reencuentro con el lector

    Varios meses habían pasado desde la noche con Alejandro. Habíamos tomado la costumbre de escribirnos con frecuencia y se había convertido en el espectador más aficionado de mis sesiones de masturbación. Durante la semana, me grababa viniéndome en el baño de damas de la oficina con los dedos profundamente metidos en la concha. Procuraba mandarle el video justo antes de que tuviera una reunión, para tener la satisfacción sádica de haberlo dejado empalmado antes de reunirse con un cliente.

    Me agradecía con fotos y videos suyos, cumpliendo con lo que le pedía: quería ver su cara de morboso y su leche brotar cuando se venía. A esto se sumaban mensajes que podían ser muy cerdos, fantasías de lo que nos querríamos hacer el uno al otro. Pese a que yo fuera solamente la segunda mujer con quien tenía sexo, su creatividad y su capacidad para adivinar mis fantasías más remotas y darme ganas de probar cosas nuevas con él eran inigualables. Les dejo imaginar que se volvió urgente volver a vernos después de un par de meses. Se las arregló para tener que viajar a la capital para visitar a un nuevo proveedor de la empresa para la cual trabajaba. Eran suficientes horas de viaje para justificar que se quedara una noche. Contamos los quince últimos días como dos niños antes de que llegaran los Reyes Magos.

    Había despertado con un mensaje suyo, “7”. Faltaba una semana todavía, me parecía una eternidad. Los últimos días, masturbaba frenéticamente, pensaba en todas las maneras que quería que me penetrara. Quería que llenara todos mis huecos con exceso y desenfreno. Que me metiera sus deliciosos dedos en la concha, mi calzón en la boca y su verga en el culo hasta que me meara de placer mientras me mamaba las tetas… Otro día con varias visitas al baño de damas me esperaba.

    Al llegar a la oficina, el recepcionista me saludó y me dijo que había llegado un pequeño paquete para mí. De vez en cuando, hacía compras por internet y ponía la dirección de la oficina, para estar segura de que hubiera alguien para recibirlas. Pero este día, no me acordaba de tener algún pedido pendiente. Subí las escaleras y me instalé en mi escritorio, mis colegas no habían llegado todavía. Era un paquete preparado con delicadeza, ligero, y no alcanzaba el tamaño de la mitad de una caja de zapatos. Lo sacudí para adivinar lo que contenía y sentí que un objeto chocaba en su interior. Leí una vez más el nombre y la dirección, para estar segura de que no era un error. El “Sandra Dinvierno” que comprobé, escrito con un plumón negro y fino me decidió a abrirla. Envuelto en un papel de seda gris, había un calzón de encaje negro y una bolsita de tela, negra también, que contenía un objeto pesado. Adiviné sin mucho esfuerzo lo que era. Lo saqué de su bolsita. Era un plug de metal, ornado por un elegante brillante amarillo. Enrojecí en silencio, una ola de calor estaba subiendo de mis piernas a mi pecho. Alejandro. Crucé las piernas. Alejandro. Estaba excitada. Alejandro. No había duda acerca de quién era el remitente. Alejandro. Una nota acompañaba los dos regalos: “Para nuestro próximo encuentro, quiero que lleves los dos. O que no lleves nada.”

    Mis colegas estaban entrando en la oficina. Guardé todo rápidamente en el cajón de mi escritorio, tratando de disimular mi perturbación mientras los saludaba. Me acordé que le había confesado donde trabajaba y me encantaba la delicada atención de mi lector favorito.

    Esperé que mis colegas se fueran a almorzar, me excusé diciendo que no les seguía porque que quería terminar un correo importante. Toda la mañana había estado con ganas de abrir el cajón y probar lo que contenía. Apenas salieron que me fui al baño con mis regalos. Bajé mi pantalón y mi calzón, no se había secado de toda la mañana. Lo cubría una continua película transparente y viscosa, que se quedaba largamente en los dedos cuando se la tocaba. Siempre había lubricado con abundancia y calidad. Estaba arrecha y quería que Alejandro lo supiera y, evidentemente, volverlo loco con un par de mensajes y de fotos. Recogí un poco del jugo que tenía entre los labios de mi vagina y lo apliqué en mi ano, jugando un poco con él para empezar a relajarlo. Como el plug era muy frío, lo chupé para calentarlo, como lo había visto en algunos videos porno. Entre el plug en la boca y mi ano que se ablandaba con una facilidad desconcertante, me sentí muy zorra. La zorrita de Alejandro, parada al lado del inodoro, su pantalón y su calzón en los tobillos, arqueada, empapada y las piernas abiertas. Apurada y lista para él. Cuando me pareció que el plug había alcanzado una temperatura cercana a la de mi cuerpo, lo llené de saliva y lo presenté a la entrada de mi culo. Nunca había llevado este tipo de juguete.

    Por suerte, su tamaño era para principiantes y mi culo para confirmados… No tuve mucho problema para ponerlo en su sitio. Presioné mi ano con su punta que me abrió progresivamente. Me encantaba esta sensación y no pude evitar empezar a tocarme. Lo mantuve unos segundos casi metido, para disfrutar de cómo me estiraba su parte más ancha, y lo dejé entrar por completo. Estaba perfecto, lo sentía lo suficiente para darme un morbo terrible y no me molestaba. Miré en la pantalla de mi celular, puesto en modo cámara. Entre los dos globos blancos de mis nalgas brillaba un insolente diamante. Mis dos lunares más secretos, que algunos conocen, tenían una compañía de lujo. Saqué el calzón que había puesto en el bolsillo de mi pantalón y me lo puse. Me quedaba perfecto, el encaje muy fino era suave y su forma resaltaba las curvas de mis nalgas. Comprobé que, además de ser un amante increíble, Alejandro tenía buen gusto. Saqué una foto de mi culo y se la mandé, sin más comentario que “Me voy a venir con los dos puestos ahora mismo” y una carita que mandaba un beso. La transparencia de la tela fina dejaba adivinar sin dificultad el brillante del plug que tenía metido. Sin esperar su respuesta, me acaricié el clítoris más fuerte y rápido, mis dedos se deslizaban deliciosamente. Estaba lo suficiente arrecha para alcanzar el orgasmo en un par de minutos.

    Nos teníamos que encontrar a las 18 h en un hotel de la ciudad y, para ir, tenía que tomar un bus durante media hora. Era poco, pero entre las ganas de volver a ver a Alejandro y la ligera inseguridad que tenía al sentir el aire que pasaba debajo de mi falda roja, entre mis piernas y que acariciaba los labios de mi sexo, se convertía en un viaje insoportable. Había optado por la segunda opción que él me ofrecía con el paquete. No llevar nada. Liguero, medias negras finas y falda. Estaba lista para ser cachada en cualquier momento.

    Alejandro me escribió justo cuando bajaba del bus. “Llegué, habitación 105. No hace falta que pases por la recepción”. El hotel ocupaba un antiguo monasterio, era el mismo que la última vez. Subí la imponente escalera de piedra con un paso rápido, no la recordaba tan impresionante. La alfombra gruesa del pasillo ahogaba el ruido de mis tacos apurados. Estaba febril, apenas unos metros y pocos segundos me separaban del hombre que tanto deseaba. Toqué tímidamente a la puerta. Se abrió. Alejandro. Nos abrazamos con fuerza y apuro, nos besamos con deseo y satisfacción. Por fin. Le agarraba el cuello y la cara, acariciando su barba negra puntuada por unos hilos plateados. Él me agarraba la cintura y las nalgas mientras me devoraba la boca. Cerramos la puerta detrás de nosotros sin dejar de abrazarnos, una verdadera escena de película, con un par de detalles personales, por cierto. En el bolsillo de mi abrigo, busqué el calzón que me había regalado y se lo entregué. Me miró con sorpresa un instante y pasó su mano debajo de mi falda.

    —Eres una diosa… —suspiró entre dos besos, acariciando mis nalgas desnudas.

    Sentía su entrepierna dura e hinchada contra mi pubis. Desabroché su cinturón con gestos nerviosos mientras sus dedos comprobaban mi excitación. Apenas me los metió un par de segundos que me di la vuelta y me apoyé en el pequeño escritorio de la habitación, mirándome en el espejo que estaba encima. Había fantaseado algo con preliminares más largos, para que el deseo subiera lentamente entre nosotros, tomar el tiempo de lamernos, besarnos más en la cama, abrazarnos. Pero, en la realidad, era imposible detener las ganas de que me penetrara al instante y las ansias eran compartidas. Alejandro solo había levantado mi falda y mi blusa, dejando mis tetas desnudas que agarraba con fuerza. Me asombré un poco hacia adelante, mirándolo a los ojos en el espejo. Su verga perfectamente dura entró lentamente en mi concha, dejándonos esta sensación indescriptible de placer y de alivio cálido que se tiene en el momento de la primera penetración. Sin soltar mi mirada, me regaló un par de idas y venidas profundas, amorosas y magistrales. Al ver que acercaba mi mano para tocarme, la reemplazó por la suya, mi clítoris sensible y mojado reclamaba el par de caricias que me iban a hacer volar. Me mantuvo su sexo profundamente metido y presionó mi pequeño pedazo de carne hinchado, haciéndome venir al instante.

    Nos abrazamos y me senté en la cama, quitándome la blusa y la falda, pero quedándome con mi liguero y mis medias. De espaldas o en cuatro, sabía que el atuendo era del mejor efecto, las ligas y las medias ciñendo mi culo y mis muslos, y quería darle el gusto de verme así. Por supuesto, le encantaba. Pasados los treinta años, me enorgullecía tener un físico por lo menos agradable: si tenía pocas tetas, las compensaban unas nalgas redondas y lisas, unas largas piernas esculpidas por el deporte, unas caderas y hombros finos, con una espalda harmoniosa que a muchos les gustaba recorrer. A los 18 años había descubierto que con mi cuerpo podía suscitar la excitación de un hombre que yo deseaba, y me había encantado. Me gustaba prenderlos, hacerme la ingenua siendo muy puta, fascinarlos y dejarlos colgados a la tanga que pasaba entre mis nalgas. Las erecciones de mis amantes eran una droga dura que me daba una satisfacción y un placer inmensos. La de Alejandro valía para mil. Cualquier mujer hubiera tenido que conocer la suerte de recibir su mirada y su deseo, te convertía en su reina, su cielo, su zorra, te cambiaba la vida para siempre y te hacía chorrear de ganas que te la metiera.

    Me eché y se precipitó entre mis piernas para lamerme. Las abrí muchísimo para dejarle el gusto de poder entrar en mi concha con la punta de su lengua y dejarlo recoger el jugo que tanto le gustaba. Él sabía que anhelaba que me volviera a masturbar con fuerza para provocarme un squirt y, cuando sentí que me penetraban sus dedos sin que dejara de lamerme, dejé escapar un gemido. Los movía dentro de mí con la maestría que recordaba, hundiéndome de nuevo en el dilema delicioso entre las ganas de orinar y el placer que subía lentamente. Por mensajes, me había preguntado si quería que un día probáramos las capacidades de mi vagina. La idea de sentir cómo me podía estirar y llenar más aún me había dado mucho morbo. Le pedí que me meta más de los dos dedos que ya tenía y como estaba mojada con exceso no le fue difícil hacer entrar un dedo y otro más. Sentí que su mano había entrado hasta su parte más ancha, con su pulgar que se quedaba afuera, presionando mi clítoris. La movía con fuerza y constancia, pero sin ser brusco. El ruido liquido de una mano jugando con el agua de un charco se escuchaba más y más. Así llegué a mi segundo orgasmo, con la concha estirada por su mano y botando, para su máximo placer, una cantidad considerable de líquido que sorbió enseguida, directamente a la fuente.

    No me dejó tiempo para descansar. Un par de segundos después, me había instalado en cuatro, abriendo mis piernas con un hábil y firme movimiento de rodilla, empujando mis hombros hacia abajo. Recibí su verga por segunda vez de la tarde con gusto y, cuando me escupió en el ano, me dio ganas de que me metiera el plug enseguida. Lo fue a buscar en mi bolso y me lo puso en la boca un rato para que lo calentara. Agarró el gel que había tomado la precaución de dejar al alcance de la mano y dejó caer una buena dosis del líquido viscoso entre mis nalgas. Yo me dejaba preparar dócilmente. Alejandro amasaba mi ano con sus dedos, con círculos regulares y, cuando estimó que estaba lo suficiente aflojado, empezó a penetrarlo con un dedo. No me lo dejaba metido ni lo entraba mucho, solo me seguía abriendo muy progresivamente, las idas y venidas de su dedo facilitadas por la cantidad de lubricante. Después de un par de minutos y viendo que me volvía a acariciar el clítoris, con unos gemidos suaves que se parecían al ronroneo de una gata engreída, recuperó el plug que tenía en la boca, lo untó de gel y lo presentó en la entrada de mi culo. Obviamente jugó un ratito: cuando estaba a punto de dejarlo entrar, lo sacaba y me lo metía de nuevo, procurando mantener mi ano ocupado por la parte más ancha.

    —Déjalo así por favor, me encanta…

    Me hubiera quedado horas así, disfrutando de la tensión sutil que provocaba el plug y de lo agradable de sentirme con el culo ocupado. Ya les describí el equilibrio increíble entre la delicadeza y la arrechura que se desprendían de los gestos de Alejandro, entonces se pueden imaginar la perfección con la cual colocó el juguete en su sitio, con una presión continua, amasando mis nalgas amorosamente y jadeando al ver como cedía mi más profundad intimidad.

    —Entró solito… tu culo se lo tragó sin pena ¿sentiste? —me dijo, maravillado —El día que me dejarás follarte culo será festivo para el resto de mi vida…

    Me volví a echar boca arriba, Alejandro me acariciaba el cabello y me besaba. Si hubiéramos omitido el plug que yo tenía metido y su verga dura como un palo, se hubiera podido pensar que estábamos a punto de dormir abrazados y quietitos. Como no me había visto llevar el calzón de encaje que me había regalado, me pidió que lo probara. Me paré para recuperarlo al pie de la cama y me lo puse encima del liguero, dándole la espalda y agachándome para que pueda disfrutar de la joya que ocupaba mi culo. El resultado le encantó. Se masturbaba suavemente mientras me volví a acostar a su lado. Creo que los dos pensamos en algo bien cerdo que le había enseñado con un video y que nos había llevado a desarrollar una fantasía común.

    —¿Quieres ver si me queda realmente bien? —le pregunté, mientras me quitaba la fina pieza de encaje.

    —Sí, a ver…

    Se sentó entre mis piernas, me dio un par de lenguazos generosos en saliva en la concha y retomó su masturbación lenta. Tenía que aguantarse porque sabía que el espectáculo que le iba a regalar lo volvería loco. Mis piernas muy abiertas tensaban mis carnes y dejaban mi clítoris bien expuesto a las caricias de mis dedos. Yo también tenía que tocarme lento y ligeramente porque no me quería venir antes de haber terminado lo que le quería enseñar. Con la otra mano, agarré el calzón y empecé a metérmelo en la vagina. Entre la saliva de Alejandro y mi excitación, la tela se deslizaba entre mis labios. Lo hacía entrar poco a poco, empujándolo con mis dedos. La sensación de penetración apenas rasposa para ser rica se juntaba al morbo que me daba la exhibición. Me encantaba enseñarle cómo me llenaba solita con mi ropa interior, mientras me masturbaba. Centímetro por centímetro lo hice entrar por completo y desapareció entre mis labios. Sin dejar de tocarme el clítoris, miré a mi amante a los ojos y le pregunté si así me quedaba mejor. No escuché su respuesta, me invadió un orgasmo vergonzosamente fuerte. Las contracciones de placer que agitaban mi vagina hicieron salir una partecita del encaje. Alejandro, hipnotizado, acercó su sexo y empezó a pasarlo entre mis labios mojados. Sentí que empujaba de nuevo el pedazo de tela en mi concha con su glande.

    Los dos estábamos respirando muy hondo, arrechos por lo que estábamos haciendo. Su verga entró a mitad, apretujando el calzón que ya había vuelto a desaparecer en mi concha. Con el plug en el culo y esta penetración que era la más cerda que hubiera conocido, me sentía divinamente llenada y todavía no me la había metido por completo. Me dejé estirar y llenar más, para nuestro máximo placer y, una vez que su sexo encontró su sitio, apretado y envuelto por la tela suave y empapada dentro de mi concha, Alejandro empezó a moverse. No hicieron falta más de unas cuantas idas y venidas para que se viniera con un suspiro profundo, inundándome de leche. No tomó más de unos segundos de descanso, se retiró y, contestando a mis gemidos frustrados, se puso a lamerme el clítoris, metiéndome los dedos para agarrar el calzón. Lo jaló progresivamente hacia afuera, aumentando la presión de sus lenguazos. Cuando sintió que estaba a punto de venirme, lo sacó de una vez, arrancándome un grito ronco de goce.

    Nos abrazamos mucho, nos besamos más. Me enamoraba de la constelación de pecas que cubría su pecho. Me dio el calzón que todavía tenía a la mano. Estaba completamente mojado por nuestros jugos.

    —Ya es hora de ir a cenar y me gustaría que salieras llevándolo, así, húmedo. Para que recuerdes a cada rato como acabo de follarte, zorrita mía.

    Le sonreí, Alejandro era el regalo más inesperado que tuviera en la vida.