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  • Cojo con mi cuñada

    Cojo con mi cuñada

    Tengo 26 años y mi novia 22, ya llevamos dos años juntos y esto que les voy a contar es real.

    Yo siempre he sido muy respetuoso con la familia de mi novia y nunca cruzo los límites, pero todo se fue al carajo cuando comencé a ir a su casa. Mi novia y su mamá se burlaban de mi cuñada pequeña porque decían que yo le gustaba, no sé qué rayos tienen en la cabeza, pero abiertamente lo decían frente a mí y yo sentía feo ver como la molestaban, la pobrecita solo se ponía roja de pena y me veía como pidiéndome perdón.

    Obviamente yo me reía junto con ellas porque realmente no sé qué reacción esperaban de mí. En fin desde ese día le agarré mucho cariño a mi cuñada y sí, me nació el morbo de estar con ella, a veces fantaseaba con follármela y estar con ella y ver su carita de placer.

    Mi cuñada tiene 18 años y es literalmente una versión más joven y linda de mi novia por lo que empecé a acumular lujuria hacia su persona.

    A veces nos quedábamos solos por un par de minutos y yo la abrazaba o le agarraba la mano con el pretexto de leerle la mano, la tensión sexual era extrema, una vez me atreví a pedir su número de WhatsApp y empezamos a platicar obviamente a escondidas. Hablamos sobre cualquier cosa pero a veces por la noche, las cosas subían de tono y yo con mi calentura al 100 le enviaba fotos en calzones con el pretexto de mostrarle lo que hacía en ese momento, ella también me correspondía enviándome fotos en las que «casualmente» se alcanzaba a ver su cachetero o parte de su bra.

    Ese tipo de cosas me tenían loco de ganas por follármela y una vez, mi novia le pidió que viniera a mi casa por una chamarra que se le había olvidado y cuando vi que venía sola la tomé de la mano y la invité a pasar, ella venía vestida con una falda y una blusa, nos sentamos en un sofá que tenía en la sala de estar y extendí mi brazo por detrás de su cuello para abrazarla y acercar su cuerpo al mío.

    Pude oler su cabello y me acerqué para olerlo mejor y mientras estuve cerca de su cuello le besé despacito y mi cuñada se estremeció e intentó apartarse de mí pero con mi otra mano tomé su cintura fuertemente y le impedí alejarse de mí, entonces puse la mano que tenía detrás de su cuello en su cintura y la senté en mis piernas pudiendo sentir todo su suave culito debajo de su falda.

    Entonces hice que recargara su espalda en mi pecho y con mi mano derecha empecé a recorrer su cuerpo hacia arriba hasta llegar a su pecho, durante todo el recorrido ella intentó impedir que mi mano llegara a su pecho pero también lo deseaba, ella tenía unas tetas pequeñas, pero muy duritas entonces volteó hacia atrás buscando mi boca y nos besamos mientras yo disfrutaba de su juvenil y prohibido cuerpo.

    Mi pene ya estaba muy erecto y mi cuñada se movía en un vaivén muy rico sobre mi verga. Entonces con mi otra mano levanté su falda sobre su estómago y pude ver sus lindos calzones blancos y sus bellas piernas. Fue entonces que entre en un «modo bestia» y se los bajé mientras deslicé mí pantalón y bóxer hasta las rodillas y le metí mi verga de un solo golpe mientras la hice inclinarse hacia delante para podérmela coger salvajemente.

    Mi cuñada soltó un grito ahogado y se intentó separar de mí, pero no la dejé, en cambio la tomé fuerte de la cintura y me la empecé a coger bien duro, tanto que sus nalgas se aplastaban contra mí pubis y perdían su perfecta forma para después recuperar su redonda y juvenil forma cada que se separaba de mí.

    Era un espectáculo sexual digno de cualquier video porno de hard sex. Mi tierna cuñada estaba siendo fuertemente follada y sin compasión. Me pedía que parara, pero una vez más no lo hice sino que le metía un par de dedos en la boca para que los chupara y se callara, cuando finalmente me iba a venir me salí de ella y la recosté en el sofá para acercar mi verga a su cara y metérsela a la boca mientras sacaba litros de leche en su interior, su carita lo decía todo, aunque le daba asco la mezcla de sabores entre jugos vaginales y semen iba a hacer todo lo que yo quisiera…

    Pronto la segunda parte.

  • La amiga nalgona de mi roomie

    La amiga nalgona de mi roomie

    Cuando estaba en la universidad, viví durante unos semestres con una amiga y 2 amigos suyos que no conocía, pero terminamos llevándonos todos muy bien, un fin de semana salí con un compañero de la uni, a un bar, más tarde una de las roomies me habló por teléfono, para preguntar dónde estaba, era su cumpleaños y quería beber, le dije dónde me encontraba y como en 1 hora llegó con un sujeto y una chava, que no conocía, (se parecía mucho a una parejita que tuve en la preparatoria) se sentaron en nuestra mesa no demoramos mucho en ese lugar, decidimos ir a otro lado.

    Cuando la amiga de mi roomie se paró y la vi de espalda, vi lo nalgona que estaba, hasta se me paro la verga, yo estaba ya algo eufórico por el alcohol y le dije, que tenía un gran parecido a mi ex, solo se rio, afuera del bar tomamos todos un taxi y llegamos a un antro, me puse a bailar con Karen, luego, luego ya nos andábamos besando, le agarraba las nalgas y no me decía nada, entonces le dije que fuéramos al baño a coger y me dijo que estaba demasiado lleno y nos podrían ver.

    Efectivamente, el lugar estaba hasta la madre de gente, fui a ver cómo estaban los sanitarios y estaba igual, definitivamente no se iba poder, cuando regresé a la mesa donde estaba, mi amigo también ya andaba fajando con Karen, pero más tarde los cadeneros lo sacaron, por qué una chava se quejó de que el, la había manoseado, de lo que se perdió, ya que si no lo hubieran corrido, se hubiera cogido a la nalgona de Karen.

    Nos fuimos como a las 2 de la mañana, al amigo de mi roomie lo perdí de vista, creo que se fue en otro taxi, Karen se fue con mi roomie y conmigo, al parecer se quedaría a dormir en nuestra casa, era mi oportunidad.

    Antes de llegar pasamos a un Oxxo por un six, llegando a casa, cada quien destapó una cerveza, Karen dejo a medio terminar la suya y dijo que tenía sueño y quería dormir, mi roomie le dijo que subiera a su cuarto, yo enseguida le dije que se quedara mejor en el mío.

    Me fui a mi recamara con Karen, una vez que entramos, cerró la puerta y le puso seguro, empezamos a fajar, me empezó a desabotonar la camisa, nos empezamos a desnudar, ella se quitó el jeans, abajo llevaba una hilo, se la quito y se acostó en medio de la cama con las piernas abiertas dejando expuesta ante mis ojos su preciosa vagina, se notaba que se había rasurado hacia poco, comencé a hacerle sexo oral, Karen gritaba, tome un condón que tenía en una de mis cajoneras, me quite el bóxer y me puse el preservativo.

    Me acomode en medio de sus piernas, con las cuales me entrelazo, haciendo un tipo misionero, cuando empecé a penetrarla, ella apretaba los ojos y se mordía las mejillas, su vagina se sentía muy caliente, cambiamos de posición y ella quedó arriba de mí, empezó a moverse hasta que se vino, el alrededor de mi verga y su vagina quedó todo mojado, nos acostamos un rato, mientras la besaba y acariciaba, cuando quisimos volver a coger ya me había quitado el condón, mire que ya no tenía preservativos, entonces me puse con mucho cuidado el mismo, lo cual estuvo mal.

    Cuando de nuevo estaba moviéndose encima de mí, se salió mi pene de su vagina y me di cuenta de que el condón estaba roto, nos detuvimos y me preguntó que si me había venido adentro, le dije que no y que no se preocupara porque le daría una pastilla, la famosa post day, como seguíamos bien calientes, lo hicimos sin condón jaja nos quedamos dormidos en algún momento, como a las 4 am.

    Desperté como a las 8 am y miré a Karen durmiendo desnuda, yo seguía con la verga bien parada, de nuevo la empecé a besar y a manosear, empezamos a fajar, cuando con mis dedos de nuevo la sentí húmeda, le abrí las piernas y me la empecé a coger de misionero, hasta que me vine adentro de ella.

    Karen se quedó preocupada, me pregunto como que si tendría un hijo con ella, le dije que no se preocupara, por qué le daría la famosas pastilla, me metí a bañar y me cambié, salí a la farmacia, cuando regrese Karen ya estaba bañada y cambiada también, le di la pastilla y se la tomó con un vaso con agua, mi roomie nos invitó a desayunar, bajamos con ella.

    Mi roomie se fue y Karen no daba señales de irse, le pregunté si quería ir a ver televisión, fuimos a mi cuarto y enseguida ya andábamos revolcándonos en mi cama desnudos, ya no nos importaba hacerlo sin condón, hasta ese momento no la había visto de perrito, le dije que le quería dar así, pero me dijo que no le gustaba coger así, me dijo que quería de ladito, de todos modos se apreciaba en esa posición muy bien sus curvas, cuando la estaba cogiendo, mire como le escurría de su vagina hasta su pierna un fluido transparente, comencé a penetrarla con embestidas más fuertes hasta que se escuchaba como mis huevos chocaban con sus nalgotas, Karen gritaba, de nuevo me dieron ganas de eyacular, se la saqué y me vine en una de sus nalgotas.

    Fui por un poco de papel, la limpie y mientras yo estaba afuera de la cama parado, Karen me empezó a chupar la verga, acostada boca abajo en el borde de la cama, de nuevo se me paro, nos reincorporamos en medio de la cama, mientras la penetraba me decía apretando los ojos y con los pómulos enrojecidos.

    -Awww coges bien rico, (seguido de mi nombre) awww.

    Lo cual fue bastante halagador… De ahí en adelante no volví a eyacular, pero mi amigo de batalla siempre firme cada que lo requería, nos cansábamos de coger, nos dormíamos un rato, nos volvíamos a calentar y volvíamos a coger, así no dieron hasta las 6 de la tarde, Karen se vino como 4 veces, el cuarto olía a puro sexo, cuando mi roomie llegó, Karen se empezó a vestir y se fue con ella, en eso me puse a buscar comida en Uber eats y solo escuché cuando iba saliendo Karen de la casa, nunca más nos volvimos a ver, ya que ella era de otra ciudad, a veces hablábamos por Facebook recordando nuestra cogida.

  • La capital del pecado: Falsa moneda (cap. 13)

    La capital del pecado: Falsa moneda (cap. 13)

    Empezaba así una etapa algo rara en mi vida, la relación con Gonzalo iba bien porque ambos nos complementábamos a la vez que nos beneficiábamos el uno del otro. Al día siguiente quedó todo bien claro en una conversación que tuvimos mientras desayunábamos los dos. En resumen no era nada nuevo de lo que ya había pasado, él mandaría a algunos de sus amigos o gente segura, yo recibiría algún por ciento de lo que pagarían, algunos en pesos o en dólares. Yo ya había tenido aquella experiencia con Ramiro y aquella casa de fiesta por lo que no me sentí mal ni nada. Era lo normal. El negrón que había venido a cuidar, pues era uno más del asunto e iba a venir para cuidar que los clientes no se pasaran y que todo estuviera en orden. Se llamaba Nacho, es decir Ignacio, supe que no vendría todos los días y que además no todos los días habría singadas aunque esa mañana sí.

    Nacho llegó al rato de irse Gonzalo, me saludó con un beso.

    – Veo que ahora estás mejor… ¿todo bien ya?

    Me alegró su preocupación, le di las gracias por el apoyo que me había dado el día anterior.

    – ¡Bueno, nene, de nada… además me diste una mamada muy rica!

    – ¡Tú pídela cuando quieras!

    – ¡No me tientes! ¡Qué mira…!

    Se acercó y me besó. El teléfono sonó en ese momento. Era Gonzalo, habló con Nacho un rato, después conmigo.

    – Mi amor, dentro de un rato va a ir un tipo, un canadiense algo mayor…

    – ¿Y…?

    – Mira, él no quiere singar…, sólo quiere ver.

    – ¿Vaya y con qué tengo que hacer?

    – Ya hablé con Nacho, así que aprovecha que el negrón tiene buen trozo.

    Cuando colgó miré a Nacho que me sonreía, abrió los brazos para abrazarme.

    – Nene, pues ya ves…, te voy a dar pinga así que vas a tener que aguantar.

    – Ya sabes que me gustó… – le dije mientras le acariciaba la pinga por encima del pantalón.

    A la hora llegó el canadiense, un tipo alto y no viejo como pensaba yo, tendría uso cincuenta años. Lo pasamos al dormitorio para que se sentara en algunas de las sillas o el sofá. Nacho y yo nos desnudamos, el canadiense murmuró algo cuando vio el trozo de pinga del negro, se le querían salir los ojos. Nosotros empezamos sin hacer mucho caso al mirón, nos dedicamos a satisfacer nuestros deseos, comiéndonos a besos, propinándonos caricias. Nacho abrió mis piernas y empezó a comerse mi culo, lo besaba, lo lamía, lo mordía, lo olía y murmuraba que le gustaba, me daba golpecitos con la cabeza de su pinga en el culo, lo rozaba, amenazando con meter su cabezota.

    Yo gemía, me revolcaba de placer y lo besaba, le comía los dedos, hasta que me puso delante su pinga para que se la mamara. Me gustaba desde la primera vez, gorda y negra. Empecé a chuparla con avidez, Nacho a gemir y decir que así le gustaba.

    – ¡Mami, es tuya! ¡Cométela toda!

    Al rato cogió mi cabeza con sus manos y empezó a singarme por la boca, lo hacía sin piedad, yo hacía arqueadas y la baba se me corría por el mentón. Sabía que se iba a venir porque con esa intensidad era lo que se esperaba, así fue se vino. Sentí el chorro caliente de su semen en mi boca, su sabor medio amargo, de consistencia espesa. Su pinga no había cedido en erección, seguía tan dura como al principio. Respiré profundo cuando vi mi boca libre de su pinga, él con mucho vicio tomando su pinga a modo de cuchara, empezó a recoger el semen que me rodeaba la boca para dármelo y que me lo tragara.

    – ¡Nene, ponte en cuatro que vas a recibir ahora lo tuyo! – me besó y cogió lubricante de la mesita de noche.

    Yo lo obedecí, me puse de rodillas con mi culo al aire esperando recibir su pingón. Nacho mientras se untaba la crema en la pinga empezó a lamer mi culo de nuevo.

    – ¡Qué culito más rico! Me da lástima singártelo y deflecártelo todo…

    – ¡Métemela, papo…, dame pinga!

    – ¿De verdad que quieres pinga?

    – ¡Sí, macho, dame por culo!

    – ¡Eso me gusta, pide, pídeme pinga, nene!

    – ¡Dame pinga, cojones!

    – ¿Cómo, mami, qué es lo qué quieres?

    – ¡Pinga, pinga…que me llenes el culo de pinga!

    – Vas a tener que aguantar que ya me vine… – dijo metiendo sus dedos en mi culo.

    – ¡Ah…, así, papo…así!

    – ¿Te gusta?

    – Sí, sí…

    – ¿Sabes que te voy a destrozar el culo?

    – ¡Haz lo que quieras pero métemela ya!

    De verdad que con aquella conversación estaba yo bien caliente porque el muy cabrón metió la cabeza y no se detuvo hasta que pegó sus huevos a mis nalgas. Yo mordí la almohada, se me aguaron los ojos al sentir aquel dolor que me partía por dentro pero que poco a poco fue transformándose en placer. Empezó a singarme despacio, aumentando sus embestidas a ratos y yo gozando. Ya nos habíamos olvidado del canadiense que seguía allí mirando. De pronto Nacho sacó su pinga provocándome un grito y me metió su lengua en mi culo ya dilatado, después volvió a singarme. Al rato me hizo girarme sobre mí mismo sin sacarme su pinga del culo, cogió mis piernas y las puso sobre sus hombros. Me miraba y miraba como su pinga entraba y salía en mi culo. Volvió a sacarla y a mamarme mi maltratado ojete, lo besaba, metía su lengua y la movía provocando mucho placer, y de nuevo a singarme.

    – Nene, si quieres que me venga, pues mámamela…

    No lo pensé dos veces y me puse a chupar su pinga. Me dio la impresión que las mandíbulas se me iban a caer hasta que se vino, llenándome de nuevo de leche mi garganta, esta vez no dejé escapar ni una gota.

    – Nenecito, si quieres te la meto para que te vengas tú ahora…

    – ¿Sí, macho, métemela para pajearme…

    Quedé yo con mis piernas arriba y me penetró despacio para que me hiciera la paja. Apretaba yo mi culo para sentir aquel tronco dentro, al rato me vine entre gemidos. Nos besamos con pasión. En ese momento nos dimos cuenta del canadiense que estaba allí en la silla con los ojos grandes y blandiendo en su mano su pinga.

    – ¿A ver qué quiere este? – me dijo Nacho – ¿qué quieres hacer?

    – Yo querer singar y mamar… – murmuró con voz temblorosa.

    Me puse boca abajo para dejar que me singara, por suerte tenía buena pinga también. Entró despacio, aunque sin moverse mucho porque enseguida se dedicó a mamar la pinga de Nacho. Se movía despacio, parecía que gozaba mucho, habla en inglés, estuvo así hasta el punto de venirse. Dejó de mamar la pinga de Nacho y empezó a singarme con fuerza, muy duro, a lo bestia, yo empecé a gemir porque me daba placer y me gustaba. Se vino mugiendo y abrazándome con fuerza. Después se vistió y se fue, yo me fui al baño a lavarme. Nacho llamó a Gonzalo para decirle que además de mirar, también participó.

    – ¿Cómo te sientes, nene?- me preguntó cuando entré en la sala y me senté a su lado.

    – Uf, tengo el culo adormecido…

    – Me imagino con la cantidad de pinga que cogiste… Pero, ¿te gustó?

    – Sí y dilo… uf… me dejaste el culo entumecido…

    Nacho me atrajo hacia sí, me besó.

    – Mira, que si fueras mi gente, ese culo estuviera como un chocho de abierto…

    – Y yo contento…

    Estuvimos besándonos un rato, me acariciaba, pasaba sus dedos ensalivados por mi culo para aliviarme.

    – ¿Te aguantaría yo?

    – ¿En qué sentido, papo?

    – Pues en el directo, porque te singaría mucho…, muy pocos aguantan tanta pinga. ¿Sabes? No se me baja…, y me gusta mucho un culo para que no se me pare. – me mostró que su pinga seguía igual de dura. Yo la besé.

    – ¿Quieres singarme?

    – ¿No te va a doler, papo?

    – No, no…, lo que deseo es que me singues tú…sentir como me metes tu pinga.

    Diciéndole aquello me subí sobre el sofá y en cuclillas puse mi culo sobre su pinga. Mi ojete ya bien dilatado empezó a tragar su pinga, yo lo miraba y él me miraba fijamente. Cuando me senté sobre hasta sentir los pelos de su pelvis, él sonrió y me besó.

    – Mi amor, poca gente ha hecho esto que me haces…y mucho menos después de haber singado.

    – Se te olvida, mi amor, qué es lo que me gusta a mí…

    – Lo sé, lo sé… te gusta que te singuen…

    – Te voy a decir algo, el primer bugarrón que me cogió el culo, me dijo algo desde el primer día…

    – ¿Qué, nene?

    – Me dijo que yo era maricón, que tenía que asumirlo como tal, que lo mío era poner culo y boca para los machos…, él me decía que el culo era para que fuera singado por machos y yo complacerlos.

    – Te enseñó bien… ya lo veo.

    – ¿Sabes cuál era su frase cuando yo al principio me negaba?

    – ¿No?

    – Me decía, a ti te gusta dar el culo y a mí cogerlo, pues ¿qué nos impide hacerlo? O me decía; tú eres maricón pa dar el culo, así que dalo bien dado…

    – Nene, eso sí lo sé… das el culo como nadie… se ve que te gusta.

    Comenzamos a besarnos, yo a moverme despacio y él gozando mucho. Los dos gozando el uno del otro. Cambiamos de posición dos veces pero sin que se saliera de mí. Estuvimos así hasta que sentimos la puerta abrirse. Era Gonzalo que regresaba, entró a la sala y nos vio allí, yo clavado por Nacho.

    – ¡Vaya, vaya… ya veo que lo de ustedes va en serio! Ya te decía que tenía un culito de oro… – Nacho quiso levantarse, pero Gonzalo lo atajó. – sigue, sigue singando que se ve que lo pasan bien los dos.

    Gonzalo se puso enfrente y se desabrochó el pantalón, se sacó la pinga y me dio a mamar.

    – ¡Coge, maricón, mama! – me decía mientras embestía.

    – ¡Ven y dale por culo tú y yo le doy de mamar! – dijo Nacho.

    Se cambiaron de sitio y seguimos así hasta que Gonzalo me llenó el culo de leche. Nacho se puso a lamer mi ojete para beberse el semen de Gonzalo, después nos besamos y me dio un poco de la leche de su boca. Aquella noche dormí como un tronco, Nacho se fue a su casa y Gonzalo ni me despertó cuando se fue por la mañana, me dejó una nota de que lo llamara al trabajo. No me sentía muy bien por la mañana, descubrí que tenía el culo hinchado o las hemorroides fuera, me dolía, lo sentía como en carne viva. Era lo normal después de esos días de intenso singar. Llamé a Gonzalo y se lo dije.

    – ¡Coño, cómo me vas a hacer eso! No ves que me jodes lo que tenía cuadrado para hoy… – me gritó furioso.

    Estuvo un rato refunfuñando y al rato me dijo que ya pensaría qué hacer, que le diera un diez. Al rato me llamó para decirme que un amigo que es médico iba a ir a la casa a verme y ver qué podía hacer, esta vez estaba más calmado y de mejor humor. Vino a la hora ese amigo que resultó ser Ramiro, aquel con quien me había ido de singueta por la capital y había hecho el trío con el americano.

    – ¡Vaya, vaya, con quién me encuentro! – me dijo con cierta sorpresa. – ¿así que estás de puta en este burdel? – al ver mi contradicción, continuó- ¡Bueno, bueno, nene, ven dame un abrazo aunque sea a modo de saludo…, que tú y yo la pasamos muy bien! – Era cierto, con Ramiro la pasé bien. A veces recordaba aquellas andanzas con él, ya en sus brazos, me besó. – no te pongas bravo conmigo por lo de puta, ya sabes que yo también lo hago. Claro tú y yo trabajamos en lo mismo pero en diferentes “especialidades”… je, je, je…

    Nos fuimos al dormitorio, me desnudé y me acosté en la cama para que me viera.

    – Hum…lo tienes algo alterado, ya me imagino la cantidad de pinga que te habrán dado para dejarte así… ¡Mira, tú mismo tienes que cuidarte y decir que no, cuando sientas el primer malestar pues para. Ya sabes, nene, que puede terminar mal y complicarse. Esto no es juego. – miró en la mesilla de noche las cremas, había un tubo de lidocaína. – Ya veo, esa crema es un arma de doble filo porque no sientes nada y si ya estás al límite, no te das cuenta. Así que no la uses ni dejes que la usen.

    Le conté lo que había pasado, que realmente estuve singando con Nacho y Gonzalo y el turista, que al parecer fue mucho. Me dijo que conocía a Nacho, se mandaba mal el negro pero el asunto no era de tamaños ni grosores sino de tener cordura. Llamó a Gonzalo y le dio un regañón tremendo y que opinaba que como mínimo dos días sin que diera el culo. Al aparecer Gonzalo le dijo algo que Ramiro respondió, “bueno, mamar sí puede”. Supuse lo que me vendría encima entonces. Hablamos algo y se fue, me pidió que pasara por su casa algún día. Gonzalo me pidió por teléfono que fuera a su trabajo dentro de una hora, que me estaría esperando por la parte de atrás.

    – ¡Eso te pasa por tragón!- me dijo en cuanto me vio. – ¿para qué tenías que haberte singado al negro dos veces.

    – ¡Tú mismo me singaste y fuiste tú el último! ¿O se te olvidó?

    No siguió con la cantaleta, me dijo lo que tenía que hacer. Me llevó a su oficina y me dijo que cuando entrara a quien esperaba que me fuera al baño y le sacara la leche de una mamada.

    – ¡Ya sabes, nene, depende de ti que el tipo se venga rápido o no! ¡Tú mismo sabrás!

    Al rato entró un tipo extranjero, habló en inglés con Gonzalo pero hablaban de mí. Le dejó el dinero en la mesa, después nos metimos en el baño de la oficina. Me senté en la taza del inodoro, el tipo se sacó la pinga y me la puso delante, ya la tenía medio parada. Yo empecé a mamar despacio, mientras le acariciaba el tronco y la barriga. Al rato cogió mi cabeza y empezó a singarme la boca, lo hacía con fuerza, con ganas de venirse pero me provocaba arqueadas y la baba me corría por el mentón. Cuando se vino por poco me ahoga con tanta leche, se limpió la pinga con papel higiénico y salió. Yo me quedé tratando de escupir el semen de mi boca. Ramiro entró cuando se fue el tipo.

    – ¡Cojones cómo te dejó! ¿Qué la tenía grande?

    – No tanto pero el muy cabrón me singó la boca…

    Me miraba en el espejo, tenía los ojos rojos de las lágrimas, la boca rosada. Ni salí del baño porque ya había otro que entró, este era ruso, así me lo dijo Gonzalo.

    – ¡Oye, papo, este es un ruso, ya sabes trátalo bien que es buen tipo y bueno, a ver cuándo puede ir por casa!

    El ruso era guapetón, tenía el pelo rubio, la piel rojiza por el sol y bueno, la peste a grajo de siempre. Me dijo en español que le sacara la pinga, que en realidad era un pingón grande y rosado. Empecé jugando con la lengua, haciéndolo gozar. Se sentó en la taza y yo me arrodillé frente a él, trataba de tragarme toda la pinga pero no podía, me era difícil. Al poco tiempo me dijo que me pusiera de espaldas sobre la taza con la cabeza para abajo, que me iba a enseñar a tragarla toda. Con dificultad me puse en la posición que me decía y él agachándose me metió su pinga entera hasta la garganta. La metía y la saca con gusto, me decía que me relajara para evitar las arcadas, y seguía. Así estuvimos hasta que se vino, no tuve otra opción que tragar su semen porque se vino en lo profundo de mi garganta, sacó su pinga limpiecita. Claro que se la limpié después con algunas mamadas suaves.

    – ¡Quiero gozar de ese culo! – me dijo tocándome el trasero antes de irse. – Nos vemos, ahora estaré aquí unas semanas.

    Cuando salí del baño, allí estaban los dos. Gonzalo sonriente me dijo.

    – ¡Oye, le has gustado! – sonreí, el ruso me atrajo hacía sí para que me sentara encima de sus rodillas. – Mira y eso que le he explicado que no puedes singar.

    – Gonzalo, no pasa nada, yo espero…, pero mamar, pues puede.

    – Mijail quiere que te vayas con él a Guanabo. Así que puedes ir recogiendo todo y él te va a recoger a eso de las seis.

    No se habló más, me fui a la casa a recoger lo mío. Gonzalo llamó.

    – ¡Oye! ¿Qué le hiciste al ruso? ¡Coño que a él no puedo negarle nada y ya ves, se ha metido contigo!

    – Hice lo que me pediste…

    – ¡Oye, nene, este negocio no se puede caer! Así que ya busco a alguien que te cubra…, mierda, que a Mijail no le puedo decir que no.

    Estuvo un rato diciendo cosas, maldiciendo, a mí me daba lo mismo, de todas maneras ya me cansaba aquella historia. A las seis me fui con el ruso en su carro rumbo a la playa. Era un tipo agradable, hablaba y hablaba, me contaba sus cosas, que era ingeniero en la fábrica de aluminio, que venía a pasar algunos días en La Habana. Me dijo que estaba casado, que la mujer se había quedado en Oriente pues así él podía tener sus cositas por ahí.

    – Me gustaste, mamas muy rico. Pero seguro que singas mejor…, no me cabe duda.

    – Bueno, pero no debo ahora singar…, tuve problemas ayer…

    – ¿Cuántos te singaron?

    – No, sólo tres…, pero…

    – ¡Ya lo sé… ya lo sé… Nacho te dio duro! – dijo sonriente.- No creo que haya sido Nacho. No te preocupes, fue Nacho quien me dijo que Gonzalo tenía un nuevo…, bueno, un nuevo maricón en la casa…y bueno, me dijo que te tenía que sacar de allí. Yo sólo podía pedirte para que Gonzalo no se negara.

    – Pero…

    – ¡Mira, no te preocupes que vas a tener a tu negro hoy mismo! Él está en la casa de la playa. – yo sonreí, me agradaba lo que me contaba.- ¡Claro, eso sí, yo quiero singarte también, ni Nacho ni tú se van a oponer! ¿Verdad?

    Aquello parecía un tema de una película, todo un complot para sacarme de casa de Gonzalo. Mijail era bien simpático, ahora con lo que me decía, pues más. Cuando llegamos a Guanabo, después de un viaje que me pareció largo en el que dormí bastante, nos estaba esperando Nacho, cuando entramos, me abrazó.

    – ¡Coño, nene, menos mal! Ya me tenías preocupado.

    Me besó, antes de ponerse a contarme que lo había planeado antes, sólo que estaba esperando a que Mijail viniera por la capital, a él le hubiera salido bien caro el trato por lo que prefirió contar con la ayuda del ruso.

    – Siento que te hayamos jodido el ojete aquel día…, vaya aguante que tienes porque ni protestaste.

    – Bueno, no sé qué pasó…

    – Je, pasó que fue mucha la pinga que te dieron.- dijo en tono de risa Mijail.

    – Fue Gonzalo el último que te singo, yo lo vi y lo hacía duro… con ganas de joderte, de desfondarte el culo y sabes por qué, pues porque le dio celos que estuviéramos nosotros disfrutando.

    Mijail se fue a guardar el carro en un garaje de alquiler, porque si lo dejaba afuera, le iban a robar hasta las llantas. Cuando nos quedamos solos, Nacho me atrajo hacia sí, y empezó a besarme, a acariciarme.

    – Nene, mírame…, mírame. – lo miré y me sonrió.- ¿Quieres ser mi gente?

    Lo besé, lo besé en respuesta porque me agradaba como persona y como amante. Nos besamos con deseo, yo me arrodillé y empecé a restregar mi cara por su pantalón donde ya se le marcaba la pinga a medio parar.

    – Nene, ya sé que no podemos singar…, pero si quieres mamar la pinga de tu marido, hazlo…

    Yo obedecí, saqué su pinga y empecé a tragármela, a lamerla, a comérmela como si fuera un ternero que mama la ubre de la madre. Me gustaba el sabor de su pinga y del pre semen que se le salía enseguida. Me gustaba su color negro y lo macho que era.

    – Mi vida, a ver, déjame ver ese culito… – me pidió, yo le me volví y me bajé los pantalones.

    – Mmm qué culo, lo tienes muy rico, mejor que un chocho… ven, acuéstate aquí en el sofá que al menos quiero comerme ese culito rico, ya que no le puedo meter caña, déjame mamártelo.

    Me acosté bocabajo, pero Nacho me hizo ponerme de rodillas en el sofá y comenzó a lamer mi culo, provocando que mis gemidos se escaparan con más intensidad cada vez. Nacho sabía cómo hacer que yo gimiera de goce, su lengua se movía entre mis nalgas, su saliva me aliviaba mi ojete sensible. Al rato me dejó que le mamara la pinga, estuve comiendo su pinga gorda un buen rato aunque hubiera querido que me singara pero no podíamos hacerlo. Cuando se iba a venir me hizo abrir las piernas para echarme el lechazo en el culo. Mugiendo se vino, sentí como su semen golpeaba contra mi culo, caliente, antes de que me lo restregara con su pinga.

    – ¡Mi amor, te voy a mantener como una reina!

    – ¡Papo, lo que tú quieras!

    – Yo no te voy a putear como Gonzalo, ese es un degenerando, yo esa mierda no te la voy a hacer…, si hacemos un trío, pues es cuando haga falta y yo llevo la batuta ¿de acuerdo, mi amor?

    – Sí, papo, sí.

    Estaba yo de nuevo emparejado con un negro, como aquel con quien estuve en mis inicios y de quien me enamoré, Nacho era diferente y eso me gustaba más. En ese momento pensando en lo que había caído, me resultaba difícil creer cómo había llegado yo a esa situación de ser puta, porque por muy fuerte que fuera la palabra, no había otra que definiera lo que pasaba. Gonzalo se valió de mi deseo de singar, pero en cierto modo se pasó porque en realidad era usado a diestra y siniestra sin otra opción. Me hubiera gustado borrar esa etapa de mi vida, pero sería engañarme, probé ser puta, servir a machos bugarrones y lo hice como se me pedía y gocé como el mejor. Por suerte me había topado con Nacho que no le importaba ese, digamos, detalle de mi biografía, otro hubiera puesto remilgos.

    El ruso llegó como a las dos horas, no venía solo, traía un jovenzuelo amanerado al que presentó rápido y se lo llevó a un cuarto para singárselo. El chico al parecer o lo disfrutaba mucho o no aguantaba mucho la pinga del ruso, al rato el espectáculo se acabó. Después de un rato de silencio, salió el chico y se fue.

    – Oye, si ligas, pues coño, búscate un maricón que le guste la pinga.- le dijo Nacho a modo de broma.

    – Ya ves, lo ligué en el baño cuando fui a mear, lo mejor es que se me prendió para que le diera pinga y mira…, mira que ni podía.

    – Tal vez era virgen. – le dije.

    – ¡Bah, virgen ese! ¡Sólo es un calienta pinga! Mucho ruido pero ni mamar sabe…

    – Entonces nada… ¿no te lo singaste? – le preguntó Nacho.

    – Ja…, ja, ni me dejó meterle la cabeza… no escucharon como gritaba, eso era sólo con el dedo, cuando quise meterle de verdad caña, pues no… se rajó.

    Cuando Mijail se metió en su cuarto Nacho me atrajo hacia sí y me susurró al oído.

    – Oye, nene, ¿por qué no lo ayudas un poco? De todas formas se la debemos.

    Mijail al pareció algo sorprendido cuando entramos en su cuarto y Nacho empezó a quitarme la ropa.

    – ¡Eh, eh… yo no quiero meterme entre ustedes!

    – No te estás metiendo, te metemos nosotros… así que dale, ponte en onda… Eso sí, darle por culo no podemos todavía…, ya habrá tiempo.

    En nada estábamos los tres desnudos en la cama, yo tragándome la pinga del ruso y Nacho comiéndose mi culo. Me sentía bien con ellos, eran dos tipos bien armados y bien machos, yo uno más aunque mi rol era el de complacerlos.

    – ¡Oye!, ¿por qué no nos lo singamos? – propuso el ruso mientras daba golpecitos con su tranca en mis nalgas.

    – No sé…, decide tú, nene, ¿cómo te sientes?

    ·- Yo quiero pero…, pero no sé, con cuidado…

    – Mira, Mijail, cógele el culo tú que yo tendré tiempo bastante…, eso sí con cuidado para que no me le rajes el culo que después me lo dejas fuera de servicio.

    Miajil fue a la cocina y trajo aceite vegetal, el que se usa para cocinar. Fue muy cuidadoso, me lubricó bien con los dedos antes de poner la cabeza de su pinga en mi culo para empezar a meterla. Entró bien, sin que me doliera pero si haciéndome sentir como se abría mi esfínter y daba pasó a su tranca, despacio, suave.

    – ¿Cómo te sientes? Ya tienes la mitad… ¿quieres toda? – me preguntó.

    – ¡Sí, macho, sí, métemela toda!

    Así lo hizo pero con suavidad hasta que sentí su cuerpo pegado al mío. Yo quedé arrodillado en la cama, clavado por Mijail que me acariciaba las nalgas.

    – ¡Qué culo más rico!- murmuró.

    – ¡Ya te lo dije!- le respondió Nacho. – ¡Gózalo ahora!

    Al rato me hizo acostarme de lado y alzar una de las piernas mientras él me singaba, Nacho se puso de una manera que su pinga me quedara bien para mamar y él se dedicó a lamer mi culo lleno de la pinga del ruso. El placer era tanto que me vine enseguida pero esto no impidió que ambos siguieran como si nada, al contrario ellos intensificaron lo que hacían para darme más goce. Nacho fue el primero que se vino de los dos, se incorporó y empezó a pajearse, yo abrí mi boca para recibir su semen. A él le encantaba venirse en la boca y yo que lo sabía y ya había tenido aquella relación rara que me convirtió en el “traga-leche”, pues le di el gusto. Le chupé la pinga hasta que largó la última gota, al parecer esto motivo a Mijail que se apuró en terminar y venirse.

    – Has cogido leche por los dos lados. – me susurró al oído, después me besó.

    Quedamos allí abrazos, Nacho me besaba, me acariciaba y lo mismo hacía el ruso. Dormimos bien los tres, yo el mimado de ellos, estaba feliz con los dos. Vivimos cinco días de locura y sexo, yo terminé siendo de ambos y mi ojete se acostumbró a las pingas de ellos. Cada vez gozábamos más del sexo a trío o por turno con uno de los dos.

  • Enseñándole a una chica lo rico del sexo (parte 2)

    Enseñándole a una chica lo rico del sexo (parte 2)

    Después de aquel intercambio de sexo oral con esta joven no podía olvidar ese sabor de su vagina tan peculiar. Esa textura cremosa, de esos primeros jugos de juventud. No dejaba de pensar en ese pubis aun sin su primer depilada, con vello púbico incipiente. El recuerdo de su piel, de esa blanca piel entre sus piernas que sentía entre mis orejas cuando le hice sexo oral en esa reunión. Aun podía sentir la tibieza de sus labios y el calor de su boca cuando acercó mi verga para empezarla a mamar de una manera tan inexperta pero al mismo tiempo tan intensa y dedicada que tengo erecciones de solo pensarlo. Debía verla otra vez. Sé que ella lo deseaba tanto como yo, pero no tenía alguna idea de cómo hacerle para que sus papas la dejaran ir a mi casa o poder verla en algún lado.

    Un día, en una charla de amigos con sus papás salió el tema de que veían a su hija algo deprimida o triste, el chiste es que la veían con actitudes raras por lo que no sabían que hacer o como ayudarla (y fue aquí cuando vi mi oportunidad). Les comenté que si querían yo podría hablar con ella en mi calidad de terapeuta podría ayudarla o indagar qué pasaba.

    Sus papás hablaron con ella y acordamos una primera reunión en su casa para “conocernos” y plantear si ella estaba dispuesta a iniciar sus terapias.

    Estuve platicando con ella en su sala mientras sus papas esperaban en su recamara. La plática empezó de manera muy profesional. Le pregunte si se sentía deprimida o estresada por alguna razón y ella se sonrojo y me lanzo una mirada que me hizo bajar el tono de voz. Le dije que no había dejado de pensar en ella y que quería poder verla. Ella me dijo que si tenía consultorio podríamos platicar ahí con más privacidad así que esa reunión se acabó más rápido de lo que imaginaba. Acordamos sus papas y yo que la terapia no tendría costo por la amistad que teníamos. El problema que se presentaba ahora es que su mamá la acompañaría a mi consultorio y pues ahí sería difícil poder tener nuestro tan anhelado encuentro pero ya era una ganancia.

    Llego el día de la consulta, yo ya estaba en el consultorio cuando me avisaron que ya estaban afuera. Salí a saludar y su mama me pregunto qué cuánto duraría la sesión así que le dije que en promedio hora y media, a lo cual ella dijo que tenía que hacer unas cosas y si no tenía inconveniente en que regresara mas tarde a lo cual no tuve ninguna objeción.

    Ella llevaba unos mallones blancos, tenis blancos, una sudadera y una ombliguera debajo. Ya estando solos me asegure de cerrar bien la puerta exterior del consultorio y le dije que estábamos solos, pregunte que como se sentía, que me contara el por qué estaba deprimida como para haber llamado la atención de sus papás.

    Ella comenzó a hablar de que desde la vez que estuvimos juntos no había dejado de pensar en lo que pasó y que se había estado masturbando casi diario, que deseaba tanto poder tener sexo que no encontraba como disimular esta situación.

    La mire fijamente, me senté al filo de mi sillón y le dije que a partir de ese momento ella haría todo lo que yo le dijera para poder ayudarla a superar esta situación, pero de algo debía estar seguro y esto era de que ella estaba de acuerdo. No haríamos nada que ella no quisiera, pero era importante su cooperación para poder ayudarle en su proceso sanador. Después de contar con su consentimiento me puse de pie, le pedí que cerrara sus ojos, que haríamos un ejercicio de concentración y mientras ella se relajaba y cerraba sus ojos yo me paré y fui hacia mi escritorio, saque una venda que tenía guardada y me paré justo detrás de ella, le dije que le vendaría los ojos para tener una mayor sensibilidad de su entorno. Ya con los ojos vendados y recargada en el sillón, le hice el pelo a un lado de su cuello y pude ver como se le erizaba la piel. Empecé a acariciar su cuello con la yema de mis dedos mientras soplaba muy suave cerca de su oído, ella empezó a reír y me decía que sentía cosquillas. Le pedí que fluyera, que dejara que las cosquillas se fueran y las transformara en sensaciones de placer, las cosquillas son solo placer reprimido así que déjalas fluir.

    – Respira profundo cuando sientas cosquillas y saca el aire por la boca.

    – Está bien, pero ve más despacio por favor, estoy sintiendo muchas cosas.

    – Esa es la idea, y tenemos el tiempo justo, Descansa, relájate y solo disfrútalo, no pienses en nada.

    Le quite la sudadera y pude disfrutar de la vista, un par de tetas bien formadas ya y con unos pezoncitos muy duros para este momento, ya se marcaban demasiado. Era evidente que no traía bra por debajo. Comencé a besar su cuello mientras mis manos iban acariciando sus brazos, bajando desde sus hombros suavemente, rosando apenas su piel hasta llegar a sus manos, Sin dejar de recorrer su cuello con mis labios, con mi lengua, dejaba que mis manos emprendieran la travesía por su cuerpo. Deje que mis dedos recorrieran sus costados, bajando hacia su cadera, tocando sus muslos, recorriendo las partes internas de sus piernas sin llegar hacia su monte de Venus, no todavía. Seguía recorriendo su cuello cuando ella tomo mi mano y la llevo entre sus piernas y pude sentir lo mojada que estaba pero la retire, le dije que el que mandaba era yo y que ella solo debía obedecer. Solo debía concentrarse en sentir. Le pedí que no dejara que las ganas le ganaran y que disfrutara. Le dije al oído a manera de susurro que le iría quitando los mallones para que no se mojaran demasiado. Me pare frente a ella, me hinque frente al sillón y tome el mallón por ambos lados de su cadera y lo baje muy despacio. Fue maravilloso ese olor que despidió en ese momento, fue una tormenta de feromonas que casi me vuelven loco en ese instante. Tuve que hacer acopio de toda mi voluntad para no tomarla en ese momento pero mi verga ya estaba demasiado dura, me pedía, me exigía ya penetrarla pero aun no era el momento.

    Después de quitarle el mallón procedí a quitarle la ombliguera y quede fascinado por ese par de tetas tan maravillosas. Pezones rositas, aureolas claritas. La juventud misma marcada en cada centímetro de piel. Le quite la tanga y la tenía ya completamente desnuda solo con la venda en los ojos. Me pare por un segundo para poder contemplar toda esa perfección, sentada en mi sofá, justo en frente de mi. Me arrodille de nuevo y llegue hasta sus pies. Comencé a darles besitos primero a sus empeines, a sus tobillos y cuando llegue a sus dedos los empecé a recorrer con la punta de mi lengua, cada dedo de cada pie, no deje ningún centímetro de sus pies sin recorrer. La escuché respirar profundo, soltar un gemido ocasional y al levantar la vista vi que tenía su mano entre sus piernas. La tome y la retire, le dije que ella no podía tocarse aun. Estábamos descubriendo todos los puntos de su cuerpo donde ella podría experimentar placer. Dejaríamos la pelvis para el final. Le abrí las piernas y empecé a besar desde sus tobillos hacia arriba, pasando por sus pantorrillas suavemente, lento, muy despacio hasta que llegue a sus rodillas. De ahí fui subiendo por la parte externa de sus piernas hasta llegar a un costado de su pubis, solo lo rose y de ahí subí hacia su ombligo y me deje llevar unos minutos besando su abdomen, su cintura, el borde exterior de sus nalgas. Mis manos la acariciaban y mi boca la recorría por completo. De repente ella soltó un gemido y pude ser testigo como empezó a venirse. Sin siquiera haber tocado su clítoris ella se vino. La veía sonreír, morderse los labios apretar sus piernas y en ese momento lleve mi boca a su vagina. Deseaba beber todo ese néctar que fluía de ella, sentirlo escurrir. Pude sentir su clítoris totalmente dilatado, pulsante, sus labios, su vulva parecía que iban a explotar. Ella me tomo del cabello mientras frotaba su clítoris con mi lengua, la pego muy fuerte hacia ella que incluso me costaba un poco respirar pero aun así seguí frotando, lamiendo, bebiendo hasta que dejo de gemir, relajo sus piernas y quedo completamente desvanecida sobre mi sillón. En ese momento me puse de pie, me acerque por la parte de atrás, donde tenía su cabeza recargada y le acerque la verga a su cara deje que su nariz pudiera detectar que tenía muy cerca mi miembro. Ella levanto un poco la cara para olfatear más de cerca y sintió la punta de mi glande en la punta su nariz, sacó su lengua y pudo sentir una gota de líquido con algo de semen caer. Acercó aun más la boca y la cabeza quedo justo en el borde de su boca y ello me dijo que si podía usar sus manos a lo cual le dije que sí. Tomo de inmediato mis testículos con una mano y con la otra la base de mi pene mientras comenzaba a mamarme la verga con una avidez que jamás nadie lo había hecho así. Sentía su pasión, su deseo y verla con los ojos vendados, metiendo frenéticamente mi miembro hasta el fondo de su boca me hizo saber que era el momento. Le pedí que se detuviera, que se pusiera de pie y que girara para poder quedar apoyada con sus codos en los brazos del sillón. Obedeció. La tenía completamente empinada sobre el sillón. Veía sus piernas blancas, estiradas, exponiendo unas nalgas deliciosas y un culito completamente virgen, una vulva completamente hinchada y escurriendo. Me paré por detrás de ella y con ambas manos me dispuse a abrir esas nalgas. Fue como haber encontrado el tesoro más preciado. Tenía un culo tan rico, tal antojable que no dudé en besarlo. Acerqué mi lengua al borde de sus nalgas y empecé a recorrerlas acercándome poco a poco a ese orificio tan delicioso. Cuando puse mi boca justo en el centro de su culito pude sentir como se dilato de inmediato y escuche un gemido muy marcado. Le empezaron a temblar las piernas y yo seguí mamando ese culito y paseando mis dedos por su vagina y su clítoris. Estuve así hasta que se vino de nuevo, las piernas no dejaban de temblarle y justo en ese momento me puse de pie, tome mi verga con la mano y la guie hacia la entrada de la gloria misma. La empecé a frotar sobre sus labios, ella me imploraba que por favor ya se la metiera, que no la dejara así. La puse en la entrada, empuje suavemente y sentí con la cabeza entro y ella gimió y sus rodillas se doblaron, tuve que sujetarla por la cadera para poderla poner de pie y le pedí que apoyara las rodillas sobre el sillón para que no tuviera que estar parada. Volví a acercar mi verga y la metí ahora un poco mas fuerte pero sin dejar de ser gentil. Sentía como iba entrando hasta llegar al fondo. Y a partir de ahí no deje de metérsela una y otra vez y cada vez más rápido y más fuete. Sentía el choque de caderas, mis huevos chocando con su perineo, ese chasqueo que se escucha cuando está totalmente mojada y recibiendo mi verga frenéticamente. Sentía que iba a explotar pero no podía terminar dentro de ella así que saqué mi pene y le dije que se hincara. Que abriera la boca y le disparé un chorro de lecha hirviendo hacia la boca. Le cayó en la boca, parte de las mejillas y escurría hacia sus tetas. Ella tomo mi verga con sus manos, se quitó la venda de los ojos, me pidió que me sentara en el sillón y empezó a mamármela de nuevo, de una manera tal que lo volvió a poner firme y duro pero ella ya no se detuvo. Ya no me escuchaba. Solo estaba chupando de una manera maravillosa, yo solo acariciaba sus tetas, deleitándome con sus pezoncitos hasta que me hizo venirme de nuevo pero en esta ocasión se lo comió todo. No dejo una sola gota. Después de eso quedamos tendidos exhaustos en la alfombra.

    Vi la hora y ya casi se cumplía el plazo para que regresara su mama. Le dije que se vistiera de prisa y pasara al baño a arreglarse para que no se dieran cuenta de nada.

    Al llegar su mama la recibí en la puerta y no deje que pasara al consultorio por el fuerte olor a sexo que aun había ahí. Le dije que todo estaba bien y que podría verla cada quince días si así lo deseaba a lo que su hija contesto que si podría ser cada semana ya que se había sentido muy bien hablando conmigo.

    Y a partir de ahí cada semana tengo el mejor sexo me la vida, incluso cuando lo hago con mi esposa, no dejo de pensar en esta chica.

    Mi mail es [email protected] para poder recibir sus comentarios.

  • Otra historia real

    Otra historia real

    Como podéis ver, escribo muy de vez en cuanto y cuando escribo es porque tuve alguna experiencia.

    Vivo en un pueblo cerca de Alicante, soy madre divorciada y tengo 41 años.

    Durante las vacaciones de navidad, del día 2 hasta el 6 mi niño estuvo con su padre con lo cual tuve unos días para mí.

    Resulta que en los 2 años que llevo en el trabajo hay un encargado de otra sección con el que me llevo muy bien y hace tiempo que me propone salir pero yo siempre le he ido dando largas ya que con el niño y todo. Pues no tengo tiempo para citas, pero ahora tenía estos cinco días y me los quería tomar para mi.

    Resulta que la última vez que me propuso salir fue antes de navidad y le dije que la semana del 2 al 8 podía, entonces el día 2 por whatsapp me felicitó el año nuevo y me dijo para quedar y ahí sí que accedí y quedamos para el día 5.

    El tipo tiene 30 años está bien cuidado, tiene buen cuerpo y es atractivo y pues. El día 5 nos vimos a un bareto que hay por el pueblo, nos tomamos unas cervezas y estuvimos hablando y al buen rato nos fuimos para su casa a ver una película y entre conversa y risas durante la película pues nos empezamos a besar lentamente mientras el a veces me metía la mano en la entrepierna lentamente sin llegarme a la parte prohibida y a la vez me iba dando besitos en el cuello y ahí pues me iba calentando. La verdad es que me iba sofocando cada vez más.

    Entonces al rato me tomó de la mano me levanté del sofá con él y fuimos a la habitación allí nos empezamos a morrear mientras me acariciaba los mofletes y el pelo y así acabamos los 2 tirados en la cama y entonces me empieza a sacar uno a uno los botones de la blusa que llevaba hasta que me saco los sostenes y me empieza a besar las tetas.

    Mientras yo me saco los pantalones de un tirón, entonces él se pone de pie y se empieza a desnudar; se saca el jersey sus zapatos, sus pantalones y cuando se saca sus calzoncillos. Madre mía qué pene tan grueso tenía ese tipo y solo estaba medio erecto.

    Me puse cachondísima sólo de verlo así que empiezo a chupar aquel miembro hasta que se le puso totalmente erecta y madre mía aquello, casi no me cabía en la boca, creo que solo el glande era tan grueso como mi puño mientras lamía le iba apretujando y contemplando la polla con mis dos manos…

    Entonces ya los dos desnudos nos tumbamos a la vez en la cama, el encima mío me empieza a morrear lentamente me va sacando las bragas y me abre de piernas cogiéndome los muslos con sus grandes manos y su carnoso miembro va acariciando mi vulva… Ohhh hasta que ahí no puedo contener un gemido y se me retuerce la espalda y ahí le pido que antes de penetrarme juegue con sus dedos para dilatarme bien.

    Ahí coge un pote de vaselina se unta 3 dedos y me los va metiendo mientras yo con una mano voy palpando su polla entonces cuando ya estaba más volada que una cafetera me va metiendo su tranca poco a poco, al principio me duele un poco y cuesta que entre, pero de golpe me entra toda esa polla gruesa y caliente por la vaselina y ahí desprendo otro gemido y me vuelvo a retorcer, ohhh que gusto por dios, aquella polla llenaba toda mi vagina y ahí ya empezó a envestirme unos minutos mientras mi clítoris a veces frotaba con su abdomen por la excitación y a la vez me pellizcaba los pezones y me iba dando azotes en las pantorrillas hasta que conseguí correrme y pegarme un orgasmo bien xingón con todo mi cuerpo temblando.

    Al correrme me saco su polla de golpe y se empieza a masturbar encima de mi estómago hasta correrse encima de mi barriga.

    ¡Por supuesto que voy a repetir!

  • Masajes de aficionado a un campeón de natación (parte 1)

    Masajes de aficionado a un campeón de natación (parte 1)

    A Lautaro lo conocí en la pileta cubierta del club, cuando yo estaba realizando rehabilitación con natación. Compartíamos el entrenador, ya que él se estaba preparando para calificar a unos juegos panamericanos de la juventud. Cuando lo vi por primera vez, me deslumbró, enfundado en un slip de competición rojo bien ceñido a su cuerpo de efebo, su rostro aniñado pero varonil, pelo bien corto negro, pestañas arqueadas, ojos oscuros y vivaces, nariz corta y fina, labios finos pero delineados, actitud desenfadada y algo exhibicionista. Llegó a última hora, cuando yo estaba por la mitad de mis actividades, descansando apoyado en la pared del borde de la pileta y desde ese momento no pude sacarle los ojos de encima. El entrenador le dio algunas indicaciones, se arrojó al agua e hizo varios largos para precalentar, antes de iniciar las verdaderas prácticas en estilo libre. Cada vez que pasaba ante mí por su andarivel, me daba un sofocón y ya me había provocado una erección. El entrenador me sacó de mi letargo de admiración pidiéndome que reiniciara mis ejercicios, así que no tuve más remedio que seguir en lo mío. Más de una hora después, él terminó su entrenamiento y salió de la pileta cerca del costado donde estaba yo, dejándome admirar bien su hermoso trasero al impulsarse por encima del borde. El entrenador comenzó a darle indicaciones mientras él se secaba con un toallón y yo no podía dejar de mirarlo al tiempo que me iba a los vestuarios a bañarme y vestirme. Alargué lo más que pude mi ducha para poder verlo desnudo a mi lado o frente a mí, pero la charla fue más larga de lo pensado, así que salí y me fui secando sobre un banco mirando hacia la puerta, hasta que él entró bastante enojado. Arrojó su toalla a la punta del banco más allá de donde yo estaba sentado y abrió su armario para buscar algo que no encontró.

    -¡Todo mal!

    Le pregunté si podía ayudarlo en algo y me dijo que había olvidado traer jabón y champú.

    -Te puedo prestar gel de baño y un sachet de champú que me sobran.

    -Sí, gracias, me dijo con una sonrisa de ensueño. Al fin se me da una.

    -¿Qué te pasó? ¿Te retó el entrenador?

    -Me dijo que tenía que entrenar más si quería llegar a los panamericanos, me contó mientras se sacaba el slip rojo y me permitía admirar su pelvis depilado, su pija morcillona, circuncisa y sus huevos lampiños o tal vez depilados también.

    Balbuceando, le alcancé las cosas de aseo, tratando de mirarlo a los ojos y no desviar la vista hacia abajo. Me agradeció y fue a mirarse en el espejo, de frente, de perfil y de atrás, como si estuviese ante una vidriera, con absoluto desparpajo.

    -No te preocupes, que estás bien, se me escapó decirle.

    Me volvió a sonreír y fue a las duchas. Me contuve de ir a observarlo mientras se bañaba y me fui vistiendo lentamente. Al poco rato reapareció, chorreando agua y acercándose a mí para devolverme el gel y el champú, mostrando sus atributos a treinta centímetros de mi cara y sonriendo nuevamente agradecido.

    Le dije que estaba a su disposición en lo que pudiese ayudarlo y que me parecía un gran nadador, como si supiese de qué se trataba. Sin dejar de sonreírme, fue de nuevo a mirarse en el espejo mientras se secaba por delante y por detrás, y yo absolutamente embobado lo seguía mirando. Así seguimos hasta que terminó de vestirse y pude volver en mí para retirarme de los vestidores y el club junto a él. Nos saludamos dándonos la mano y cada uno fue por su camino.

    Fui acomodando mis horarios de rehabilitación y ejercicios a los de su entrenamiento, hasta que un día llegó más tarde de lo habitual y el entrenador le echó una flor de bronca. Yo lo miraba desde el borde de la piscina, sobre todo porque Lautaro calzaba un slip color turquesa, muy clarito, que resaltaba aún más las formas que apenas ocultaba. Se arrojó al agua y nadó por el andarivel más próximo a mí, haciendo varios largos furiosamente.

    El entrenador se acercó a mí y me pidió si le podía dar una mano para cronometrar los tiempos de Lautaro porque él tenía un compromiso y debía retirarse, a lo que accedí con mucho gusto. Me dijo que no lo dejara abandonar la pileta hasta no superar una cierta marca y que me dejaba las llaves de los vestidores y la puerta del club, pues también el portero se había retirado ya.

    Cuando quedamos solos, salí de la pileta para secarme y cubrirme con la toalla para tapar mi erección y Lautaro se acercó a preguntarme adónde había ido el entrenador. Le conté todo y le dije que, si no le parecía mal, yo lo podría cronometrar, pero que él debía superar determinada marca para terminar el entrenamiento. No le gustó nada la situación, pero empezó a practicar con más furia aún.

    Yo le tomaba el tiempo yendo y viniendo por el costado de la pileta y le gritaba:

    -¡Dale, Lauti! ¡Dale que podés! ¡Vamos campeón! ¡Dale con todo que llegás!

    Y cosas por el estilo para alentarlo a superarse. Luego de varios intentos alcanzó la marca estipulada, pero no se lo dije y lo insté a que lo hiciera más rápido. En otros cuatro intentos, tres veces más la superó con mis gritos de aliento y su furia, y recién ahí le grité que lo había logrado.

    -¡Grande, campeón! ¡Vamos Lauti carajo!

    Lautaro parecía agotado cuando le dio un fuerte calambre volviendo hacia el extremo de la pileta donde yo estaba. Lo vi contorsionarse por el dolor y no vacilé en arrojarme para ayudarlo. Lo tomé de un brazo y le dije que se apoyara en mí porque no sabía cómo actuar, así que le tomé el otro brazo, lo colgué sobre mi espalda, como si lo llevara a babucha y le dije que aguantara hasta que hiciéramos pie.

    Sentir sus pectorales y su duro abdomen en mi espalda me provocaron un estremecimiento que casi nos hunde a los dos, pero me recompuse y me desplacé unos metros, más mal que bien, hasta que hice pie y me lo cargué a horcajadas detrás de mí. Fue peor, porque su bulto se pegó a mi culo ansioso y sentí como una descarga eléctrica.

    Demoré más de lo necesario para llegar hasta la escalera y con la voz agitada, me dijo que él ya podría sostenerse en un pie, al menos dentro del agua. Lo fui soltando a desgano porque me pareció haber sentido que su pija se había endurecido un poco. Me agradeció con su sonrisa habitual, esta vez quebrada en un rictus de dolor. Me dio pena y lo tomé de la cara para decirle que había superado la marca tres veces.

    -¡Sos el mejor! ¡Sos un campeón!

    Casi le doy un beso en la boca, pero me contuve y le pregunté si estaba bien.

    -Sí, pero me vas a tener que ayudar a subir, no me puedo impulsar, me duelen mucho los gemelos.

    -Colgate de mí, como recién, que te subo por la escalera, le dije pensando en que lo iba a tener apoyado sobre mis nalgas.

    -¿Vas a poder?

    -Trataré, pero agarrate bien de mí con una mano.

    Subimos los tres escalones con bastante esfuerzo hasta que lo pude acomodar sentado en un banco, notando cómo estaba su bulto algo empinado. Lo hice acostarse en el banco para empujarle el pie hacia abajo como hacen los futbolistas para calmar el dolor del calambre. Yo también estaba excitado y no pude evitar que mi paquete se rozara con su pantorrilla.

    Para alentarlo, mientras le seguía manoseando la pierna, le conté que le había mandado una foto del cronómetro al entrenador. Lo ayudé a pararse y vi que aún le dolía la pierna.

    -No tengo tanto dolor ahora, me dijo, tras algunos minutos, pero me vas a tener que sostener hasta los vestuarios.

    -No hay drama, le dije, le puse su brazo sobre mi hombro y lo tomé de su estrecha cintura para ir hasta los vestidores, cubriéndolo con mi misma toalla, para tener su cuerpo más apretado al mío. Iba temblando de los nervios y me preguntó si tenía frío.

    -Un poco, le mentí, pero en realidad me corrían escalofríos por la calentura que tenía. Volví a recostarlo en el banco de los vestuarios y le mandé un mensaje al entrenador para contarle la situación. Me respondió que había una crema o pomada natural para los dolores musculares en su botiquín personal y que yo se la podía aplicar masajeándole las piernas. La tomé presuroso y mientras iba hacia él lo veía como un efebo recostado en una ladera de mi Olimpo, mostrando su físico esculpido por los dioses.

    -El entrenador me dijo que te pusiera esta crema para calmarte el dolor de los calambres. ¿Te podés poner boca abajo?

    -Sí, dale, por favor.

    Admirar su espalda perfecta y sus nalgas firmes y redondas apenas cubiertas por el slip turquesa, me pareció sublime. Le sequé bien el cuerpo, acariciándolo más de lo necesario y en algunas partes me esmeré todavía más, hasta que me arrodillé a un lado del banco y empecé a pasarle suavemente la crema por las piernas. Era una sola la que le dolía, pero no me importaba nada.

    Subí y bajé mis manos con delicadeza y esmero, desde los tobillos hasta el borde de su slip y un poquito más. Dio un par de respingos y le pregunté si lo había molestado o le había hecho daño.

    -No, para nada, me dijo. Seguí así, lo que pasa es que primero me da frío y después se siente tibio y cálido el contacto. ¿Sos masajista vos?

    -No, le respondí.

    -Porque parece que supieras muy bien hacerlo.

    -Me sale natural.

    -Sos naturalmente un experto.

    -Gracias, pude balbucear, mientras lo seguía acariciando lentamente.

    Tras unos cinco minutos le pedí que se volteara boca arriba para masajearle las piernas por adelante.

    -Me parece que no puedo.

    -¿Tanto te duele?

    -No, casi no me duele más.

    -¿Y entonces?

    -Me da un poco de vergüenza, me dijo.

    -¿Vos, vergüenza? Si te paseas en bolas adelante del espejo y de todos.

    -De todos, no, me dijo.

    Me llamó la atención su respuesta y le insistí para que se volviera. Lo hizo a desgano y descubrí el motivo. Tenía tremenda erección y con el slip turquesa, resaltaba como un mástil aprisionado.

    -¡Cómo te pusiste! La debés tener durísima.

    -¿Viste lo que me hiciste?

    -Dejá que termine de masajearte porque si no, el entrenador se la va a agarrar conmigo.

    Y me dediqué a pasarle la crema calmante de dolores musculares por las dos piernas, desde los tobillos hasta la ingle, afanándome especialmente en esa zona y siempre atreviéndome algún centímetro adentro del slip. Ya estaba muy empalmado, igual que yo y me animé a preguntarle si quería que siguiera masajeándole el pecho y los brazos.

    -Se siente muy bien, me dijo casi ronroneando. Dale un poco más, por favor. Pero ahí no necesitás pasarme crema para el dolor. No hace falta, me bastan tus caricias, digo, tus manos, lo hacés muy bien.

  • Me gusta ser cornudo

    Me gusta ser cornudo

    Hola, para empezar describiré a mi novia, ella es de estatura media, morena, una linda cara, un culo no muy grande pero muy firme, pero sobre todo tiene unas tetas grandes y que me gustan mucho.

    Bueno ella y yo llevamos poco más de 4 años de relación, pero todo empezó a los 6 meses de que comenzamos a salir de que yo descubrí que me era infiel, pero en lugar de sentirme enojado solamente me sentía algo triste pero a la vez muy excitado, ya que al tenerla a unos metros de mí y ver como la besaban y tocaban mientras ella lo disfrutaba despertó en mí el gusto por ser cornudo y pues la verdad pese a que fue una decepción para mí también fue una gran excitación el verla con otro hombre y evidentemente no terminé la relación y ya llevamos más de 4 años, por si lo preguntan si ella sabe lo que vi, la respuesta es sí, si lo sabe, pero eso lo supo después de algo de tiempo y bueno ella me sigue haciendo cornudo.

    Como último me gustaría decir que mi mayor fantasía es que alguien embarace a mi novia y también si quieren saber más a detalle toda mi historia en esta relación háganmelo saber y trataré de subir más relatos.

  • Me obligaron a mamar en el metro (CDMX)

    Me obligaron a mamar en el metro (CDMX)

    Lo que contaré será más por catarsis que por perversión, una amiga me sugirió hacerlo para sentirme mejor y liberarme de ello. Mi nombre es Sandra, tengo 20 años, estudio la universidad (UNAM) y este fin de semana me ocurrió algo muy fuerte. Primero que nada, soy linda (o eso me han dicho), mido 1.63, torneada (practico voleibol), fuerte, prominente por virtud de herencia genética (pechos grandes) y de cabello largo con labios gruesos. El asunto es así:

    Ayer sábado salimos tarde de mi taller de diseño de hipótesis porque estoy queriendo publicar unos artículos y mis papás fueron de fiesta con amigos y no podían ir por mí; no me importó, uso mucho el transporte, pero nunca me imaginaría que terminaría de rodilla a merced de 4 señores y con la cara y pechos cubiertos de semen.

    Eran cerca de las 10 pm y abordé el metro, había poca gente para ser fin de semana y pues tenía que recorrer toda la línea y todavía hacer un trasbordo y desde el andén un grupo de señores no dejaba de verme (alrededor de 40, 45 años) y me puse nerviosa. Llego el metro y me subí. De inmediato, estos señores se subieron en el mismo vagón que yo. Había unas 10 personas en total, unos de espaldas, otros dormidos y estos señores sentados justo delante de mí sonriéndome, mirándome y recorriendo mi cuerpo con la mirada.

    No me atreví a confrontarlos solo pensé “en cuanto llegue a la siguiente estación me bajo y espero el otro”. Vaya ingenuidad, estos señores comenzaron a hablar y decirme cosas: “Hey, hola, ¿qué tal bonita?, ¿por qué tan sola?”. Yo solo me quedé callada sin hacer contacto visual y ahí fue donde me di cuenta que iban alcoholizados. “¿Tus papás no te enseñaron a ser amable con las personas? Pues nosotros te enseñamos amor” Se levantó y se sentó junto a mí, estaba a punto de gritar cuando puso su mano en mi boca y me dijo “¿para qué gritas? ¿Crees que alguien te va a ayudar? No seas tonta muñeca, solo déjate querer” y comenzó a tocarme las piernas. Yo solo cerré los ojos, aprete mis manos e hice lo posible por no llorar.

    En ese justo momento llegamos a la estación y en vano intenté levantarme para salir, los demás me rodearon y no me lo permitieron, me resigné a que ni escaparía y uno de ellos se dio cuenta y me dijo “así mamoncita, mejor hagamos esto rápido para que puedas irte, de inmediato se sentó y puso mi mano en su entrepierna. Los otros dos comenzaron a tocarme los pechos, las piernas, por todas partes. Ya ni siquiera intenté gritar o huir, solo pensaba que si acabara pronto podría irme de ahí.

    El primer señor se acercó a mi y comenzó a besarme el cuello y alrededor, solo lo dejé y entonces se rieron y dijeron “les dije, esta putita es la buena, hagámoslo rápido”; me dijo “así de fácil tetonsota, haznos acabar y te puedes ir, es todo, no te haremos daño, solo queremos disfrutar a una sabrosa nenita como tú” y la verdad yo solo quería salir de ahí, así que le dije que estaba bien, que lo haría. Llegamos a la siguiente estación y nos cambiamos de vagón a uno vacío, no había personas en el andén. El de a un lado estaba vacío, cerraron la puerta y en cuento eso ocurrió todo comenzó.

    Me hicieron arrodillarme y se sacaron sus miembros, me hacían chuparla unos segundos y cambiar a la otra, los masturbé con mis manos. Soltaban gemidos, murmullos y groserías, decían que nunca se las habían chupado así de rico, que era una experta con la boca y demás cosas. Me concentré en chuparlos y masturbarlos para terminar. En cuanto llegamos a la estación uno de ellos se corrió en mi boca y me dijo “si lo escupes te cojo cabrona”, así que solo aguanté y lo tragué y me dijo “así pendeja, tómate tu lechita caliente”.

    Nadie entró al vagón y tuve que seguir. De a uno se fueron corriendo mientras me tocaban, empujaban sus penes hasta mi garganta y con los pechos de fuera. El segundo me dijo “pon tu carita perra, ahí te va tu premio”, cerré los ojos y sentí su eyaculación, fue mucho y estaba muy espeso y caliente. Su amigo le digo “aaa, no mames, la dejaste bien moqueada, ahí va la mía”. Comenzó a masturbarse frente a mi y me dijo “saca la lengua nenita”, no lo hice y me tomó del cabello, “que la abras culera”, la abrí por el tirón de cabello, metió la cabeza en mi boca y soltó su carga, al sacó y el resto lo echó en mi cabello y cara. Solo faltaba uno, lo miré resignada y me dijo “una corrida más sabrosa y eres libre, pero yo quiero que lo hagas con tus chichotas, ven acá”.

    Estaba muy sucia por estar de rodillas, lo bueno que mi pantalón era oscuro. Se sentó y me dijo “apúrate, sé que quieres tu lechita pinche tetonsota”. Acomodé su pene en medio de mis pechos y me movía de arriba abajo. Me sentía utilizada, sucia por tanto semen, pero solo quería acabar con eso. Me decía que se sentía rico, que hasta ganas le daban de cogerme bien rico, metérmela con todo y huevos y justo ahí expulsó su excitación, me salpicó toda, la cara, el cabello, los pechos, la blusa y él no dejaba de masturbarse con mis pechos.

    En cuanto terminó, se levantó para subirse el cierre y hablar con sus amigos. Todos se reían y me decían que esperaban volver a verme para la siguiente darme una buena cogida y llenarme el culo de semen. Yo seguía arrodillada sin creer lo que había pasado. Faltaban todavía 6 estaciones para llegar al trasbordo. Me ayudaron a limpiarme y platicar conmigo, creo que solo respondía por el impacto de todo eso, estaba en shock; me preguntaban si había chupado muchas vergas, que si los dejaba terminar sobre mi, que si era la putita de mis maestros, sacaron todos sus comentarios guarros y perversos, incluso me dijeron que ganaría parada en una esquina con una minifalda un escote mostrando mis melones.

    Finalmente llegamos al trasbordo, nos bajamos y ellos salieron del metro, yo cambié de línea mientras pensaba cómo es que todo eso había ocurrido. Al llegar al andén noté que un señor me miraba mucho y se acercaba mí. No puede ser, pensé que ocurriría otra vez.

    Les agradezco por leer mi historia. Hasta pronto.

  • La sombra de las Pirámides

    La sombra de las Pirámides

    «Por aquí», dijo Ahmed. «El profesor está esperando».

    «Un momento», respondió Lady Jacqueline.

    Sus ojos se movieron de la esfinge al cuaderno de bocetos en su mano izquierda. Su mano derecha se movió rápidamente pasando el carbón sobre el papel. Hilary miró hacia abajo desde la parte trasera de su camello.

    «Bien dibujado, Lady Jacqueline», dijo.

    Halary Collins era la doncella de Jacqueline, llevaba cinco años a su servicio, era su constante compañera y confidente. La encantadora cabeza roja estaba pálida y sudorosa. A la joven irlandesa no le iba bien en el calor y el sol del desierto egipcio.

    Jacqueline Ainscow asintió con la cabeza satisfecha por su boceto de la esfinge. Ya había añadido un boceto de las pirámides de Giza a su cuaderno y uno del abarrotado mercado de El Cairo.

    «Por favor señora, el profesor dijo que era muy urgente», siseó Ahmed de nuevo.

    Lady Jacqueline miró con desagrado a su feo y pequeño guía. El egipcio de piel morena le devolvió la mirada con sus ojos negros y brillantes, ojos que se demoraron hambrientos en el oleaje de su pecho blanco. Hilary se inclinó y le ofreció la mano a su empleador. Las dos mujeres estaban dobladas sobre sus camellos y Jacqueline tomó su lugar en las riendas mientras Hilary ajustaba el paraguas para cubrir a ambas mujeres con su sombra. Los ojos de Ahmed se movieron de un lado a otro entre las dos mujeres blancas, lamiendo sus labios con lujuria. Jacqueline le sonrió, pero sus ojos eran fríos cuando miraron la pistola enfundada en el costado del camello asegurándose de que sus ojos siguieran los de ella. Casi deseaba que el horrible hombrecito intentara algo. Jacqueline asintió con la cabeza y Ahmed instó a su camello a avanzar.

    El profesor Amr Salah estaba en la entrada del edificio de piedra blanca que había estado excavando. Llevaba una túnica blanca suelta y un fez rojo. Los trabajadores egipcios pasaban junto a él con cestas de piedra y las arrojaban cerca. Se quitó el sombrero y se secó la cabeza sudorosa con el dorso de la mano mientras saludaba a las visitantes que se acercaban.

    «No lo creo», gritó el famoso egiptólogo.

    «Profesor Amr Salah», saludó Jacqueline, deslizándose hábilmente de su camello.

    «¿Qué pasó con la niña flaca a la que solía hacerle cosquillas en la oficina de su padre en Cambridge?» La agarró por los hombros y la besó en ambas mejillas.

    «Ella ha crecido, profesor», respondió Jacqueline, mirando con cariño al antiguo colega de su padre.

    «Sí, ya me doy cuenta», dijo, mirando sus pechos antes de apartar rápidamente los ojos avergonzado. «Y por favor, llámame Fady».

    Jacqueline Ainscow sonrió y asintió. Su faja tendía a apretar sus senos haciendo que su ya amplio escote fuera aún más grande. Los hombres, incluso los mayores, como Fady Amr Salah, no podían resistir de mirarla. Lady Jacqueline estaba vestida para viajar en el calor del desierto con pantalones de montar que, incluso ella admitió, le ceñían un poco el trasero. Su blusa estaba escotada y dejaba ver la parte superior de sus senos. La faja que abrazaba su delgada cintura atlética mostraba su figura de reloj de arena casi perfecta. Su largo cabello oscuro estaba recogido en una cola de caballo.

    «Es bueno verte, Fady», le dijo, sus ojos azules brillando en el egipcio de pelo blanco.

    El profesor Amr Salah dio un paso atrás, sus ojos recorriendo la totalidad de su rostro y figura. No había lujuria en sus ojos, solo aprecio por su belleza.

    «Eres la viva imagen de tu madre, ¿sabes? Una buena mujer».

    «Eso me han dicho», respondió Lady Jacqueline.

    Su madre, Giselle, había sido una famosa cantante francesa que se había enamorado perdidamente del apuesto mayor británico John Ainscow durante la gran guerra. Lamentablemente, había muerto cuando Jacqueline era muy joven.

    Ahmed trató de ayudar a Hilary a bajar del camello, pero ella se resbaló y cayó sobre su trasero. Permitió que Ahmed la ayudara a levantarse después de eso. En realidad Hilary parecía más una dama que Jacqueline. La doncella irlandesa llevaba un vestido blanco y un sombrero también blanco de ala ancha para evitar que el sol quemara su pecosa piel de porcelana. Su largo y exuberante cabello rojo estaba recogido sobre su cabeza escondido debajo de su sombrero de tres picos de encaje.

    Jacqueline presentó a Hilary y el profesor Fady las alejó de la excavación y las condujo hacia su gran tienda. Ahmed sostuvo a los camellos, observándolos con sus ojos brillantes mientras se alejaban.

    «Así que profe… Fady», dijo Jacqueline tomando asiento frente al escritorio del profesor. «¿Para qué deseas verme y por qué la urgencia?»

    «He descubierto algo asombroso», dijo Amr Salah, sentándose en su escritorio e inclinándose para comenzar a abrir una gran caja fuerte.

    Lo abrió y sacó una caja antigua, cubierta de jeroglíficos.

    «No podía creer mi suerte cuando escuché que la hija de John Ainscow estaba aquí en Egipto».

    «Muy antiguo, de principios de la quinta dinastía, ese es Osiris y ese sería…» dijo Jacqueline, mirando la caja con interés.

    «¿Está sosteniendo un falo?» intervino Hilary, mirando la caja con tanto interés como Jacqueline.

    «Sí, Halary. Esa es la esposa de Osiris, Isis, y la otra mujer es Nepthys. Un mito dice que Set cortó a Osiris en pedazos. Isis volvió a armar los pedazos, pero no pudo encontrar su pene, así que fabricó un pene de oro para él y lo trajo de vuelta a la vida. Después de eso, Osiris pasó de ser de el dios de la fertilidad al dios del inframundo. Hay un jeroglífico de él todavía con su pene. Como pueden ver, está erecto y…»

    «Y muy grande», dijo Hilary, riéndose.

    «Silencio Hilary», dijo Jacqueline, dándole a su Lady Maid una mirada severa.

    Jacqueline era sólo cinco años menor que Hilary y mucho más mundana.

    «Eres la hija de tu padre», dijo Fady, impresionado con el conocimiento de Jacqueline.

    Abrió la caja. Los ojos de Jacqueline se abrieron cuando sacó su contenido.

    «Muy grande en verdad», jadeó Hilary, mirando fijamente el falo dorado. «Y muy realista».

    El pene erecto tenía casi 30 cm de largo y se parecía a un pene real con venas, protuberancias y crestas.

    «¿Puedo?» preguntó Jacqueline, alcanzándolo.

    «Cuidado», dijo Fady, entregándoselo. «Se dice que el pene de Osiris está maldito».

    «Siempre están malditos», respondió Jacqueline.

    Jacqueline levantó el falo con ambas manos. Giró el pene y miró la base rota con interés antes de devolvérselo al egiptólogo,

    «No es oro macizo».

    «Piedra cubierta de oro», dijo Fady, devolviendo la polla a la caja.

    «¿Cuál es el trato con la maldición entonces?» preguntó Hilary.

    «No es de conocimiento común, pero se decía que Isis alguna vez fue la diosa de la pureza y la virginidad, pero el falo de Osiris la convirtió en una diosa del sexo y la fertilidad. Cuando Isis vio por primera vez el pene de su hermano, se enamoró de él. Osiris tomó su virginidad y ella perdió parte de su pureza. Él la tomó por segunda vez y ella se volvió más lasciva, dispuesta a servir su polla con la boca y amando el sabor de su semilla varonil. Es ahí que entonces Set cortó a Osiris en pedazos y los escondió por todas partes. Isis se volvió loca de excitación, su necesidad por el falo de su esposo se convirtió en una lujuria enloquecedora hasta que le hizo un nuevo pene de oro, lo unió a su cuerpo y se apareó con él por tercera vez y concibió a Horus. A partir de ese momento Isis cambió para siempre, deseando el sexo constantemente y haciéndose cargo de todos los interesados. Lo siento si esto te ofende, jovencita». Hilary parecía angustiada por la historia.

    «Estoy… bien profesor» Hilary se sonrojó. El rubor se extendió desde sus mejillas hasta su pecho.

    «La mitología egipcia no es un buen tema para los que toman a mal los relatos de sexo, Halary», intervino Jacqueline estudiando los jeroglíficos de la caja mientras Fady la sellaba. «Incluso la mayoría de las otras mitologías».

    Fady levantó una ceja y asintió con la cabeza.

    «Se dice que este artefacto fue construido por la misma Isis. Que tiene los mismos poderes que el pene real del dios. Cualquier hombre o mujer bautizado tres veces por el pene de Osiris se volverá tan lascivo como la diosa misma».

    «¿Qué significa en este caso «bautizado»?» preguntó Hilary.

    «Significa que la polla debe eyacular sobre ti», dijo Jacqueline, sentándose después de examinar la caja. «Pero como un falo de piedra no puede eyacular, creo que estamos a salvo, señorita Collins».

    «¡Dios salve a Irlanda!», murmuró Hilary, tragando saliva.

    El profesor se recostó y sonrió.

    «Así que reconociste el falo, Lady Ainscow.”

    Jacqueline le devolvió la sonrisa.

    «Ciertamente, profesor Amr Salah, la parte posterior fracturada de la polla parece ser una coincidencia exacta para cierta estatua de Osiris que usted y mi padre recuperaron del desierto hace veinte años».

    «¿La estatua en el Museo Británico?» preguntó Hilary.

    La sonrisa del profesor se desvaneció.

    «Jacqueline, necesito que devuelvas el pene a la estatua lo antes posible. Hay ciertas fuerzas que no quieren que el pene abandone Egipto».

    «¿Por qué quieres que salga de Egipto?» preguntó Jacqueline. «Tú has estado discutiendo durante años para mantener los hallazgos egipcios antiguos en el país».

    «El pene es peligroso, al igual que las fuerzas que lo buscan. Además, pertenece a la estatua de Osiris. ¡Por favor, Lady Ainscow!».

    Jacqueline se acercó y tomó la mano del profesor.

    «Por supuesto Fady. Esto significa ir a casa un poco antes de lo planeado, pero puedo irme mañana».

    «¡Alabada sea Mary!», murmuró Hilary, secándose el sudor de la frente.

    Estaba ansiosa por regresar a un clima más favorecido por Dios.

    «Me estoy quedando en el Continental. Nos vemos para desayunar alrededor de las ocho y media. ¿De acuerdo Fady?». Jacqueline se levantó de la silla.

    «Con mucho gusto, Lady Jacqueline. Me encargaré de alquilarte un avión a Estambul, y desde ahí continúan en el Orient Express».

    Jacqueline salió de la tienda y con Hilary volvieron al hotel donde se hospedaban.

    Lady Jacqueline Ainscow tiene 26 años, es una mujer atlética en forma que disfruta ensuciándose las manos. Ha estado viajando con su padre desde que tenía 13 años y sola desde que su padre se enfermó cuando ella tenía 18. Hilary, su Lady’s Maid (ayuda de cámara) es más femenina y disfruta de las cosas buenas. No le gusta ensuciarse, pero disfruta viendo el mundo. Hilary tiene 31 años y ha estado trabajando para Jacqueline desde que tenía 17.

    Hilary pasó la esponja mojada por los senos y el vientre de Jacqueline antes de volver a colocarla en el lavabo y sumergirla de nuevo en el agua jabonosa. Tomó el peine de dama y se acercó tanto que sus pezones erectos, más rubios y rosados, presionaron contra los pezones más oscuros y largos de Jacqueline. Hilary dejó que el peine se deslizara por el cabello largo y húmedo de Jacqueline, encontrando pocos nudos que desenredar.

    «Todo limpio entonces», dijo Hilary, mirando a su ama con aprobación.

    «Gracias, Hilary», dijo Jacqueline. «Date la vuelta y te enjabonaré la espalda».

    Hilary se levantó el cabello pelirrojo mojado de los hombros mientras Jacqueline pasaba una esponja jabonosa por su espalda y sobre la curva exterior de sus nalgas. Su relación no había comenzado tan íntima, con la señora que lavaba a la sirvienta, pero a medida que su amistad creció, se volvieron más como hermanas que Lady Ainscow y Lady’s Maid. Jacqueline prefería hacerlo todo por sí misma y ni siquiera había querido una doncella, pero su padre había insistido en ello por el bien del decoro.

    Hubo un fuerte golpe en la puerta.

    «Sí», dijo Jacqueline.

    «El profesor Amr Salah está esperándola en el comedor, señorita Ainscow», llegó la voz del portero a través de la puerta.

    «Por favor, dígale al profesor que bajaremos en un momento», le gritó.

    «Muy bien, señorita», respondió.

    Las mujeres se vistieron solas. Jacqueline se puso para viajar unos pantalones negros y botas. Llevaba una blusa blanca con botones al frente, un poco escotada para el Egipto conservador. Los espacios entre los botones dejaban entrever su hermosa piel blanca. Se ató el cabello hacia atrás y se puso un bolso en el cinturón, incluida una pistola para protegerse. Hilary nunca se convenció de que usar pantalones no era pecaminoso y vestía un vestido verde de encaje y un sombrero que realzaba su cabello rojo y su tez pálida. Incluyó su paraguas. Curiosamente, la ropa de la sirvienta solía ser más cara que la de su empleadora, lo que a Jacqueline siempre le parecía divertido y muchas personas que conoció asumieron que Hilary era Lady Ainscow. Sus maletas ya estaban empacadas y el hotel las enviaría al aeropuerto.

    “Veo que las dos diosas volvieron a la vida”, dijo Fady poniéndose de pie cuando las dos mujeres llegaron a la mesa del desayuno.

    Jacqueline asintió ante el cumplido mientras que Hilary se sonrojó e hizo una reverencia.

    «Alquilé un avión a Estambul, pero el único vuelo sale en dos horas».

    «Gracias, Fady», dijo Jacqueline.

    Ya había algo de pan y mermelada en la mesa, así como un tazón de dátiles.

    «Eso no será un problema».

    Jacqueline cogió un poco de pan y le untó un poco de mermelada. Las dos mujeres comieron mientras Fady Amr Salah obsequiaba a Jacqueline con historias de sus aventuras con Sir John Ainscow. Los dos arqueólogos habían viajado por toda Europa, África y Medio Oriente. Al escuchar la versión de su padre de las mismas historias, Jacqueline tomó una decisión. A pesar de ser mujer, quería tener sus propias aventuras.

    «¿Podemos visitar el zoco antes de irnos?» preguntó Hilary. «Hay un jarrón que quería comprar». (El mercado -zoco- de Khan el-Khalili era bastante famoso y todavía está en uso hoy en día.)

    «En realidad, podemos caminar hasta el aeródromo a través de el Khan el-Khalili. Sería bueno estirar las piernas antes del vuelo», dijo Jacqueline, levantándose de la mesa. «Y sabes, Hilary, que esos jarrones son solo imitaciones para los turistas».

    «Sí, pero mi mamá y mi papá no lo saben», dijo Hilary con una sonrisa.

    «Soy el único Collins que salió de Irlanda pero que no está luchando en alguna guerra por el imperio».

    «¿Tiene la pene, profesor?» preguntó Jacqueline.

    «Sí, por supuesto», respondió Fady.

    Cogió una bolsa que contenía la polla de Osiris en su caja. Apretó la bolsa contra su pecho.

    «Creo que te acompañaré al campo de aviación. Lo guardaré hasta entonces. Es el descubrimiento de toda una vida», dijo Fady, con tristeza. «Pero necesita salir de Egipto».

    Los tres salieron del Grand Continental. (El Continental era un hotel real en El Cairo, popular en los años 30.) Hilary abrió su paraguas en cuanto salieron de la sombra. Fue un corto paseo hasta el zoco, el legendario mercado de Khan el-Khalili de El Cairo. El zoco era enorme y estaba lleno de casi cualquier tipo de comida o bienes que uno pudiera imaginar. Hilary encontró al vendedor ambulante de vasijas de barro pintadas con jeroglíficos y seleccionó una que le gustaba, regateó al vendedor hasta la mitad del precio que pedía y parecía orgullosa de sí misma, aunque Jacqueline sabía que él la habría vendido por una cuarta parte del precio. Se dieron la vuelta para dejar al vendedor cuando un ahogado grito colectivo se elevó de las voces en el mercado lleno de gente.

    Un hombre había aparecido en un extremo del mercado. El hombre era una figura de la época del Antiguo Egipto. Vestía una falda blanca y una túnica que dejaba los brazos al descubierto. Sus musculosos brazos sobresalían y eran tan negros como el subsahariano más oscuro. Su rostro estaba escondido detrás de una máscara de Set. A diferencia de los otros dioses, la cabeza de Set no era identificable y los egiptólogos se referían a ella como a la de un animal. Era negro con un gran hocico y grandes orejas, en parte chacal y en parte oso hormiguero.

    «¡Es él!» jadeó Fady con verdadero susto.

    Los ojos de Jacqueline se fijaron en las figuras con túnicas oscuras que se abrían paso entre la multitud que intentaba rodearlos. Los hombres usaban turbantes y tenían la mayor parte de sus rostros cubiertos. Cada uno tenía espadas Khopesh desenvainadas en sus manos. (Khopesh es una espada en forma hoz (dependiendo del periodo) con el filo en su parte convexa, utilizada en la zona de Canaán y que se popularizó en el Antiguo Egipto.)

    «Halary, tu paraguas, por favor», ordenó Jacqueline.

    Halary estaba demasiado distraída por la apariencia del hombre extraño para darse cuenta del peligro y distraídamente le entregó a Jacqueline su paraguas. Jacqueline bajó el toldo e invirtió el paraguas para que el extremo del gancho sobresaliera.

    «Profesor, por favor acláreme».

    «¡Su nombre es AKET! Sumo sacerdote del culto de Set y la razón por la que quiero sacar el pene de Egipto antes de que se enterara de que yo lo había descubierto. ¿Cómo lo descubrió?»

    Para responder a la pregunta del profesor, Aket levantó su musculoso brazo y señaló con el dedo a Fady. Mientras lo hacía, se volvió hacia un lado y un egipcio bajo de piel morena apareció a su lado, con una daga arrojadiza de múltiples hojas en la mano.

    «¡HASSÁN!» siseó el profesor.

    «Sígueme», dijo Jacqueline Ainscow con calma.

    Se dio la vuelta y comenzó a correr pasando por algunos puestos del mercado cuando el primer cultista estaba sobre ellos. Él la ignoró y fue hacia el profesor para apuñalarlo con su Khopesh pero ella usó el paraguas para parar su espada. Sus ojos se abrieron aún más cuando ella agarró su muñeca y lo volteó, mientras invertía el paraguas en su mano y bajaba con fuerza la pesada empuñadura de madera sobre su cabeza.

    Halary jadeó y el profesor la agarró de la muñeca tirando de ella pasando a Jacqueline. Un segundo cultista estaba casi sobre ellos. Jacqueline dio media vuelta y huyó del hombre, el gancho del paraguas se enganchó en la pata de una mesa llena de dátiles.

    «Mis disculpas», le gritó al enojado comerciante mientras la pantalla caía derramando dátiles por el suelo.

    El cultista resbaló en los dátiles y cayó sobre sus nalgas.

    «Halary, tu jarrón, por favor».

    Halary se lo entregó a regañadientes y Jacqueline destrozó el jarrón en la cabeza del cultista caído. Miró hacia arriba y vio la forma gigante de Aket caminando hacia ella, empujando a un lado a cualquiera que se interpusiera en su camino. Jacqueline se dio la vuelta y les gritó a Fady y Halary que se dieran prisa. Un cultista los había alcanzado. El profesor estaba protegiendo galantemente a Halary detrás de él usando su bolso para bloquear las estocadas de la espada del cultista. Otro golpe y la espada pareció clavarse en la bolsa, atrapada en la caja antigua de valor incalculable que contenía el pene. Tiró con fuerza y justo cuando su espada se soltó, el gancho del paraguas le rodeó el cuello y Jacqueline lo empujó bruscamente hacia atrás, pateándolo en la cabeza mientras caía.

    Pero justo cuando Jacqueline estaba a punto de seguir corriendo, ella fue jalada hacia atrás mientras su cola de caballo era agarrada y tirada con fuerza. En lugar de caer, Jacqueline lo siguió y rodó hacia atrás poniéndose de pie rápidamente justo cuando Aket se agachaba para recoger la espada del cultista caído. Se puso de pie y los dos se enfrentaron. Podía ver sus ojos detrás de la máscara. La miraban fijamente. Observó como se estrechaban casi como una víbora, y rápidamente el paraguas se levantó para parar el primer golpe de su espada y el segundo. El metal del lomo del paraguas aguantó bien, pero la tela pronto se hizo jirones. Aún así, los golpes que Aket le estaba dando eran tan poderosos que el paraguas comenzó a doblarse. La suya era la fuerza bruta sobre la habilidad, pero la fuerza bruta podría ser suficiente para que el poderoso egipcio negro ganara el día.

    Jacqueline era una hábil esgrimista, pero el paraguas no era un estoque y cuando se arriesgó, empujando la punta hacia adelante, le hizo poco daño al musculoso sacerdote. En cambio, la tomó con la guardia baja, agarró el paraguas y tiró de ella hacia adelante. Jacqueline observó con horror cómo levantaba la espada y la bajaba. Ella se inclinó hacia atrás, liberando el paraguas de su agarre incluso cuando la hoja curva del Kopesh desgarró los botones de su blusa y cortó el cinturón debajo.

    Los pechos de Jacqueline se revelaron, moviéndose bajo el brillante sol egipcio. Sus pezones estaban duros por la emoción de la pelea y sus pechos brillaban de sudor a la luz.

    Aket se detuvo, levantó la espada por encima de su cabeza para descargar un golpe definitivo, que podría haberle partido el cráneo en dos. Pero quedó congelado, sus ojos oscuros debajo de la máscara miraban con asombro los pechos desnudos de la inglesa. Jacqueline volvió a invertir el paraguas y lo levantó con fuerza con el mango de madera invertido. La máscara de Aket se hizo añicos, la nariz de oso hormiguero se desmoronó en pedazos y el resto de la máscara se agrietó. El hombre tropezó hacia atrás, sacudiendo la cabeza, tratando de recuperar el sentido, pero en lugar de eso, cayó más hacia atrás y golpeó el suelo con tanta fuerza que se levantó una nube de polvo.

    Jacqueline dio media vuelta y echó a correr, la multitud seguía su pecho palpitante con la mirada. Una mujer europea en topless no era algo que se viera normalmente en el mercado. Otro cultista había alcanzado al profesor y a Halary. Estaba levantando su espada para dar un golpe cuando el gancho del paraguas lo atrapó por la muñeca y lo hizo girar. Tal como había pasado con Aket, el cultista se congeló de sorpresa al ver sus pechos desnudos. Se sorprendió aún más cuando el puño de ella se descargó en su nariz.

    «Perdiste tu blusa otra vez», dijo Halary.

    Jacqueline gruñó, agarrando el turbante de la cabeza del cultista. Estaba afeitado en todas partes, incluyendo la barbilla y las cejas. Tenía delineador de ojos kohl, al estilo del antiguo Egipto. Jacqueline lo golpeó de nuevo por si acaso cuando sus párpados comenzaron a revolotear.

    «Por aquí al aeródromo», gritó.

    Cuando llegaron cerca del aeródromo, Jacqueline le había quitado el turbante y logró cubrirse los senos con él después de pedirle prestada una horquilla a Halary. Todavía era indecoroso, el material apenas cubría sus senos y dejaba todo su vientre expuesto. Aun así, tendría que funcionar porque su avión estaba en la pista, las hélices giraban y estaban a punto de empujar las escaleras de embarque. Ella saludó y la azafata en la parte superior de las escaleras les indicó que se dieran prisa.

    «Venga con nosotros, profesor», instó. «Aquí no es seguro para ti».

    «Mi lugar está en Egipto, Lady Ainscow». Levantó la bolsa y se la tendió. «Dale mis saludos a tu padre.»

    «Lo haré», respondió Jacqueline alcanzando la bolsa justo cuando Fady se puso rígido.

    Sus ojos se abrieron como platos alarmados.

    «¿Fady?» preguntó ella, justo cuando él caía hacia adelante en sus brazos, con una daga arrojadiza de múltiples hojas en su espalda.

    «¡Profesor!» gritó, mirando hacia arriba para ver a Ahmed sonriendo maliciosamente en el borde del campo.

    Todavía sosteniendo al profesor, la bolsa que contenía el PENE entre ellos, la mano de Jacqueline se metió en su bolsa y sacó la pistola. La sonrisa de Ahmed se transformó en una mirada de terror y el hombrecito se tiró al suelo justo cuando ella disparaba tres tiros.

    «Jacqueline, vamos», gritó Halary corriendo hacia el avión.

    La azafata alarmada por los disparos empujaba las escaleras y trataba de cerrar las puertas. Más cultistas aparecieron corriendo hacia ellos. Jacqueline rápidamente revisó el pulso del profesor y al no encontrar ninguno, agarró la bolsa y corrió hacia el avión.

    «Lo siento, pero parece que perdí mi blusa», dijo Jacqueline, bajando la bolsa para cubrir su frente. «Le sugiero que ponga esto en el aire lo antes posible», le gritó al piloto.

    El piloto le sonrió y le guiñó un ojo, sus ojos recorrieron su cuerpo y también el de Halary. Se dio la vuelta y empujó hacia adelante el acelerador.

    «Sugiero que hagamos caso a la dama», le dijo al copiloto señalando con la cabeza a un número creciente de hombres vestidos con espadas que corrían hacia ellos, un hombre negro gigante no muy lejos detrás.

    Jacqueline observó a los cultistas agitando furiosamente sus espadas mientras el avión ganaba velocidad y pronto estaba en el aire, siguiendo el norte del Nilo hasta Alejandría. El avión sobrevoló el puerto: La flota mediterránea de la Royal Navy se había mudado recientemente aquí desde Malta. Halary miró por encima del hombro.

    «¿Eso es un portaaviones?»

    «Sí», respondió Jacqueline. «Creo que ese es el Eagle».

    «¿Y los otros?»

    «Ese tipo es un crucero. Lo reconozco como el Manchester. Los barcos un poco más pequeños son destructores».

    «Magnífico», dijo Halary.

    «De acuerdo», dijo Jacqueline saludando a los barcos de sus compatriotas.

    El avión apuntó hacia Turquía.

    Continuará… y con mucho sexo.

  • Profesora de universidad, su juguete sexual por una tarde

    Profesora de universidad, su juguete sexual por una tarde

    Profesora para los alumnos, su juguete sexual por una tarde. Esta historia, marco en mi delgado cuerpo, el inicio a una espiral de sensaciones nuevas. Sentir las miradas de un chaval, convertirme en el deseo, de algún joven que se deleitara con la madurez de mi cuerpo. Una inocente postura al sentarme sobre la mesa del salón de clases, puede encender la llama de un incesante deseo sexual. Fui su mujer por una tarde, las caricias, las posiciones, la inagotable energía derrochada sobre mi delgada figura, los orgasmos disimulados, sentir toda su descarga en aquella tarde.

    Llevo poco tiempo en esta ciudad, no es nueva para mí, pero esta experiencia que contare, fue una de las más excitantes. Dejó en mi recatada forma de pensar, y de actuar, las marcas para desatar más de una pasión acalorada en mi zona vaginal, con poca experiencia, me atreví a realizar algo, que salía de mi control. Follar con este chico, fue una de mis fantasías sexuales, lo tenía en mente desde que me di cuenta que se había fijado en mi cuerpo, sabía que llegaría este momento. Solo fue esperar el momento oportuno para llevar a cabo mi plan. No me costó mucho trabajo en realidad, ya que sus miradas se fijaban en mi cuerpo.

    Soy la nueva profesora, nueva en este centro, llegaba justo a tiempo, manejar en tacones y subir dos pisos, fue algo que cambiaría el semestre para mí. Esta nueva oportunidad de trabajo, me sería muy beneficiosa, ya que este centro de labores queda muy cerca de mi domicilio. Pero, conseguir un sitio donde aparcar siempre es una labor tediosa. Para este nuevo momento me había vestido con un clásico uniforme, falda azul, zapatos negros de tacón, medias negras, camisa rosa, y una chaqueta azul, que combina con la falda. Un conjunto clásico, nada elaborado, las mañanas son muy cortas.

    Hasta este momento de mi aparición en escena, me mantenía soltera, soy una mujer de 38 años de edad, llevo ejerciendo como profesora por más de 20 años. Siempre trabajando con chicos en la universidad. Centrar la atención de estos chicos, en mis clases, siempre fue un reto constante, ya que estos jóvenes, siempre van distraídos en la vida. Ayudarlos a decidir y afianzar su carrera, es el principal motivo para estar en esta profesión educativa. La cantidad de jóvenes que he podido ayudar, para que sigan adelante en sus estudios, sin dejar de lado sus vidas tan alegres. Llenas de mucha energía, ganas por descubrir. Todo esto me llena de mucho orgullo.

    Pero bueno, eso es parte de mi labor, no deseo hacer una novela en este relato erótico, lo que quiero, es solo resaltar mi confesión. Liberarme de este sentimiento de culpa, lo digo así, porque después de haberme separado de este acontecimiento vivido. Hubiese querido mantenerme al margen de todo, pero, es aquí cuando pienso, si yo para este momento me encontraba sola, pareja sentimental no tenía. Entonces porque viene el sentimiento de culpa, si a nadie hemos lastimado en esta relación, breve, pero una relación muy apasionada, muy candente. Una relación sexual, todo lo dejare para que vosotros podéis juzgar, pero quizás entender la enorme satisfacción que me produjo este trimestre como profesora.

    Contaba líneas arriba que me presente como la nueva profesora en aquel centro universitario, solo estaría por el lapso de un breve trimestre. Una presentación de lo más normal para mí, estaba muy acostumbrada a lidiar con jóvenes, todo muy formal y correcto. Retome la clase, para continuar con las notas dejadas por mi colega. Desde aquel momento que repose mis caderas sobre aquella silla, sentía la mirada de un chaval, lo digo así, porque teniendo en cuenta mi edad, eso es lo que era para mí. Sus miradas buscaban mis movimientos, aquellos ojos azules, se habían fijado en mi figura, estaba claro que algo pasaba aquí.

    Lo tome como un hecho aislado, una anécdota más para compartir con mis amigas en la cafetería, o en las noches de fin de semana. Yo debía de impartir mis clases dos veces por semana. Pero cada día de estos, ahí estaba aquella mirada, asechando, vigilando cada movimiento de mis caderas. Sabía quién me observaba, era uno de los chicos más tímidos del aula, era un joven de apenas 22 años, sentado en la segunda fila, casi al centro, lo que le hacía tener un mejor control de todo el panorama frente a él. Me era difícil escapar de aquellas miradas suyas, recuerdo que lo comente con una amiga mía.

    Esta amiga mía, es más desinhibida, más suelta en sus pensamientos, no se anda con muchos rodeos a la hora de tomar una acción. Recuerdo que en una noche de copas, se lo comenté, le conté toda la escena, le conté como es una hora de clases, siendo yo profesora. Bajo esa atenta mirada, las cosas que inconscientemente me hace pensar, las ganas por preguntar, qué es lo que está buscando, más allá de cualquier información educativa. A qué obedecen aquellas miradas suyas, cual es el especial interés que tiene con esas miradas, muchas cosas se venían a mi mente. Cada una diferente a la otra, cada idea más alocada que la anterior.

    Entre broma y broma, esta amiga me decía, que lo invitara a mi departamento, que un día de estos, lo llevara a mi piso, para saber qué es lo que busca, o quiere. La idea me parecía algo sin sentido, ya que a lo mejor, me estaba dejando llevar, por la simple ilusión que tiene un chico hacia su profesora. Esta idea no solucionaba mi intriga, pero alimentaba mi curiosidad por saber más de este joven de ojos azules. Era una dulce ilusión, que me hacía sentir clase tras clase, las ganas de que llegase cada día, para asistir a su infaltable atención, crecían en mi muchas expectativas. Qué me inventare para llevarlo a mi piso.

    Antes de invitarlo, quería tener la seguridad de su interés en mí. Debía de saber con exactitud, si esperaba algo más, debía de estar segura que su atención se fijaba en mi cuerpo. Como no sea de esa manera, el bochornoso incidente que me comería, sería muy grande, además de lamentable, para una profesora. Puse en marcha un plan para jugar con él, esto ya no se lo comenté a nadie, solo sería mi falta de experiencia y yo. Me encontraba frente a la posible ilusión, de sentirme deseada por un chico mucho más joven que yo, un joven de amplias virtudes corporales, un joven de innegable salud, estado físico potente.

    Al terminar mi octava semana, deje salir un lado sensual de parte mía. Este juego se pondría muy caliente a partir de ahora, me vestí de manera diferente, sin caer en lo vulgar. Empecé por destacar mi pechos, ya que son dos buenos motivos, saber que se fijan en ellos, te dan una ventaja. Llevar blusas abiertas, dejando claramente mirarse el color de mis sujetadores, acercarme más de la cuenta a sus apuntes, dejando que vea lo que quiera en ese momento. Cada intervención en clases, era una excusa para que pase al frente, y se deleite con mis pechos, ya tenía su atención donde yo quería que la tenga, sabía que esto me daría buenos resultados.

    La siguiente clase, lucí unos vaqueros muy apretados a mis caderas, aplastó cualquier duda que yo tendría. Ahora más claro, y sabiendo por donde estaban las cosas, lo siguiente no me costó mucho trabajo, me lo encontré al final del pasillo aquella mañana. Le pedí si podría venir a mi piso después de clases, para ayudarme a bajar unos muebles. Debo llevarlos al trastero, te vez muy fuerte, seguro que con tu ayuda podría mover esos trastos que para mí, pesan una tonelada. Resalte su estado físico, la fortaleza que podría poseer en aquellos brazos, solo fue cuestión de unos momentos, y ya tendría mi ubicación en su móvil.

    Los nervios para esta cita, muy premeditada. No tenía intenciones de que pasara algo aquel día. Simplemente fue la loca idea que asechaba mi cabeza, día tras día, los continuos sentimientos de sentirme deseada por alguien, me ponían a mí en esta situación. El solo hecho de tener que esperar a este joven, hacia llevar mis manos a mis partes íntimas. Un frenesí de tocamientos, una oleada de intensas sensaciones volcaron sobre mi tranquila paciencia. Ver pasar las agujas del reloj, sin obtener respuesta de su llegada, los calores que para ese momento ya se sentían en mí, no eran algo normal. Mi intranquilidad por aquella visita, dejaba mis bragas algo húmedas, las ganas por estar entre sus brazos.

    Era una repentina ráfaga de escalofríos, acercarme a la puerta, sentir sus pisadas llegar a mi puerta, cual sería mi reacción al tenerlo dentro de la sala. Qué pensaría al tenerme delante de él, ahora podría verme con todo el descaro que quisiera. Tendría a su profesora, que desea sentirse observada, que desea las caricias de su alumno, que lo único que quiere en ese momento son las manos fuertes de este inocente muchacho.

    Llamada al timbre de al lado, mi corazón casi por salirse, no sé si estaré en condiciones de seguir esperando. Las ganas que sentía porque este momento terminase ya de inmediato. Todo invadía mi serena paciencia, los tic tac del reloj, los mensajes de mi amiga al móvil, para saber cómo se estaban dando las cosas en mi pequeño departamento. Esta incomoda invasión a mi privacidad, me estaba sacando de mi habitual tranquilidad. Pero de qué me estaba quejando, replicaba yo en silencio, si yo misma había causado todo este revuelo sin sentido. Los minutos avanzaban para mi descontento, sentía mucha frustración por haber empujado la rueda en sentido contrario y ahora se venía contra mí.

    Llamada al timbre de mi puerta, acaso se habrá terminado la espera. Mi respiración algo agitada, en estas condiciones de desespero no quería abrir, pero tampoco me beneficiaba que espere, se aburriese y se fuera. Anuncie con voz algo pausada, que ya estaba de camino para abrir la puerta. La espera había terminado, se habían terminado las incontables maneras que me imaginaba, para que aquel joven veinteañero no llegase a mi piso, valdría la pena tanta demora. Haber tragado tanta saliva, para, por fin tenerlo en el portal del departamento donde vivo. Quizás ahora sea yo quien responda de manera contraria a la que me aferraba hace un momento. Pensar que con solo un aliento de esperanza, me hubiera bastado.

    Ya sin más remedio que dejar que entrase en mi vivienda, para supuestamente retirar un sofá enorme que obstaculizaba mi sala-comedor. Este, estaba claro que no existía, salí rápido de esa infantil mentira, que resulto más que obvio. Pero acaso yo me estaría complicando más de la cuenta, y si solo decía lo que necesitaba de él, si solo me aclaraba en este punto, además, ya eran mis últimas 3 semanas, que importaría lo que pudiese decir. Teniendo en cuenta que hasta estas horas, nada habría sucedido, deje que pasara, que se pusiera cómodo en el sofá que pensaba tirar a la calle, una mentira que resultaba ser muy obvia.

    Aprovechó el momento para conversar, sobre mi última clase, para este chico, mis intenciones con él, no habían quedado muy claras. Ordenador en mano, me pidió que echara un ojo, para que pudiera darle una repasada a aquella lección. Yo perpleja ante tales palabras, sudando de la calurosa rabia que me había provocado aquel chaval, no salía de mi asombro. Esto me parecía muy fuera de lugar, aquí no pretendo ser su profesora. Lo había traído a mi piso, con casi las mismas ganas, con las que busca entre mis ropas, con las intenciones que posa su mirada sobre mi cuerpo. Teníamos quizá los ánimos invertidos en aquel momento, yo pensando una cosa muy caliente entre mis piernas, y este chaval me saca un ordenador portátil.

    No debí de haber hecho más caso, no debí de arriesgar todo este insufrible tormento, todo este momento de angustias, cada momento lleno de dudas. Ya para este momento no quería saber nada de esto, lamentaba habérselo contado a mi amiga, ella en parte fue la causante de esta mal estrategia. Di todo este asunto por terminado, mis ganas por adquirir de este chico lo que tanto había esperado se esfumaban. Dejando todo en manos del destino, lo que podría haber pasado, lo que no llego a suceder, ya solo esperaba una señal. Qué más esperar, se iría de aquí ahora mismo, me estaba impacientando su manera de ser.

    El sentado en una silla del comedor, mirando detenidamente su pantalla. Una mirada embobada en aquellos gráficos absurdos, pero si el día lunes me tendría como su profesora, esto es un desagradable momento. Unas húmedas bragas, mis ánimos, cada vez más fuera de control, una terrible molestia, su presencia llegaba a molestarme. Pero hasta ahora no se había intentado nada, quizás toda esta película montada en mi cabeza, era solo eso, una molesta película, que no dejaba de pasar en mi mente. Si quería que esta situación cambiase, yo debería de intentar algo, debería de hacerlo de inmediato.

    Después de todo, hasta ahora no se había intentado nada. Pero un fuerte calor entre mis piernas, ansias por sentirme poseída en aquel momento, las ganas tan encarnadas en mi profundo interior, hacían que piense en la posibilidad de acercarme. Desvanecido todo este mal rato hacia mi alumno, deje abrir los botones de mi camisa, debía de quitármela por completo. Pero no sé si merecería la pena ser tan obvia, a lo mejor, solo me había topado con un chico, que realmente está interesado en aprender, y llevar adelante una correcta formación. No perdía nada por intentarlo, es más, estaba en mi casa, y no era mentira, sentía mucho calor.

    Un calor que podría sentirlo, extrañamente me sentía muy excitada. Deje de lado mi pudor, y apartando aquel ordenador suyo, le pregunte cuál era su interés en mi cuerpo. A qué se debía tanta atención a mis charlas, si el tema que venía tocando, era el mismo que estaban llevando durante todo el inicio de año universitario. Aparté de mí, toda duda para saber, qué es lo que miraba con tanta atención, a lo mejor estaba remarcando algo que estaba muy obvio. Me hacía ilusión sentir que tengo el control de esta situación. No dejaría de preguntar hasta que oyera de su boca, lo que deseaba oír, las respuestas no se hicieron esperar.

    Lo dijo muy claro, admiraba mi cuerpo, la última semana fue la más inquietante. Esta fue una declaración que no me esperaba, quede sin aliento al escucharle decir, lo mucho que disfrutaba de mi presencia en el salón de clases. Oírle decir, que yo era la profesora más bonita que había visto pasar por aquel aula, me dejo muy satisfecha. Estaba claro que no mentía, ya que a la hora de acercarse hacia mí, a la hora de susurrarme al oído, a la hora de tomar mis manos. Posarlas sobre su abultado pecho, sentir aquel musculoso cuerpo, mis ganas de caer en sus brazos, eran lo único que me mantenían de pie. Sentí una gran erección, mientras me abrazaba con mucha fuerza, sentí un gran cariño.

    Sujetando con ambas manos, mi delgado cuerpo, las ganas por desvestirnos aquí mismo, las intensas caricias sobre mis pechos. Entraba en una dulce transición, entre lo real, lo que quizá no debería de pasar, lo absurdo que venía siendo este momento. Hace nada, a punto de echarlo fuera de casa, y ahora disfrutando cada caricia suya. Mis manos debían de sentir ese bulto que lleva entre sus pantalones, debía de sacar aquel paquete que había llegado para mí, seguro que tendría mucho para ofrecerme. Deje caer el sujetador negro que llevaba para aquella ocasión, mis bragas, fueron lo primero en caer, ante tanto frotamiento contra mi húmeda vagina. Empapadas cayeron al suelo, se deshizo muy fácil de aquellas bragas.

    Para estos momentos de la tarde, la excitación en ambas partes sexuales, estaban en su punto máximo. Me deje llevar hasta el sofá, bragas en el suelo, sujetador en mano, él, por detrás de mí, frotando esa herramienta que ahora descubriría. Ahora, era el momento de sacar aquel paquete que había llegado a mi piso. Madre mía si me sorprendí, mis ojos casi sonrojados por aquella verga, la intensidad de su color, la forma curvada hacia un lado, las enormes venas que adornaban su increíble erección. Mi vista no se apartaba de tremenda cosa, me he visto dominando unas cuantas vergas, pero esta, dejaba una clara brecha entre lo que había conocido, y lo que ahora tengo en mi presencia.

    Sus manos guiaban mi cabeza, sus manos dirigían mis movimientos hacia su enorme verga, me sentí algo insegura por engullirla. Solo asomaba mi boca para comprobar que fuera de verdad, pero el palpitante movimiento de aquello, me hacía pensar, en lo que estaría a punto de recibir. La dilatación en mi vagina se intensificó, ya sentía dos de sus dedos dentro de mí, que placer que me daban. Él sabía muy bien donde tocar, donde rozar, en que momento acelerar o parar de manera brusca, eso me ponía muy cachonda. Dejaba que dominara mi parte intima a su holgada gana, no me importaba sentirme su esclava, después de todo, si me castigaba con aquella cosa, bien merecido me lo tendría. Estaba yo a punto de correrme.

    Atrás había quedado todo el mal rato, todas los ásperos pensamientos, se dejaban de lado, todo mi cuerpo era de su propiedad. Sus dedos no hacían más que preparar un camino, una estrecha brecha se abriría en un momento, dando paso a su enorme presencia. Su verga me lleno, se introdujo de a pocos, lo que me quitaba la respiración, hacían que mis jadeos se agolpen en cada arremetida suya. Unas débiles lagrimas asomaban discretamente mis pupilas algo dilatadas, el calor en mi cuerpo, las ganas que sentía hasta aquel momento de la penetración. No eran suficiente para calmar este fuego que llevaba en mi vagina.

    Follada tras follada, deseo por deseo, posar mis manos sobre aquellas nalgas, tan duras y vigorosas. Sentir el resoplar de su aliento, cual potrillo se tratase, me dejaba saber, que esta sería una contienda muy reñida. Debería de sacar lo mejor de mis movimientos, tener en cuenta lo máximo que podría disfrutar, antes de que se viniera de gusto. Me acomode a su ritmo, aunque esté lleno de energía, primero tendría la oportunidad de correrme yo, así no me quedaría con ganas de nada. Tendría un excitante momento para recordar y una anécdota más.

    Para llegar a correrme como lo tenía planeado, debería de colocarme encima, pero tenía temor a caer sobre aquello y quedar partida en dos, adolorida, con la cadera desviada. O peor aún que no pueda caminar durante algunos días. Me arriesgue, me sentaría despacio, de a pocos, me acomodaría yo misma, así no habría opción a sufrir ninguna lesión. Que más daba, yo estaba muy mojada como para medir peligro alguno, qué podría pasar. Me senté lo más cómoda que pude, intenté no hacer muchos movimientos. Ya teniendo su verga dentro de mi estrecha, pero húmeda vagina, todo fue más fácil, más placentero.

    Antes de que se corriese, yo ya lo había hecho más de una vez, no se lo deje notar, no quería que alardease de eso. Aunque seguro que lo noto, dejarme caer sobre su pecho, reaccionar de manera efusiva, y volver a cabalgarlo, seguro que lo interpreto de alguna manera. Ya con ganas de correrse, me baje de su verga, para colocarme en cuatro patas, deseaba sentir lo caliente de su leche sobre mi espalda. Sentí como aquella enorme verga se hinchaba más de lo normal, sus jadeos más acelerados, eran una clara señal de que me llenaría de semen. Creo que sacar de golpe su verga de mi estrecho coño, lo sentimos, el enorme chorro, que llego hasta mis cabellos, eso fue una potente descarga, quizá algo nuevo para mí, algo nuevo para contar, algo que debería de quedar en una sexual aventura.

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