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  • Siempre William (capítulo catorce)

    Siempre William (capítulo catorce)

    -¡Vaya, culo! ¿Qué me cuentas? Te has perdido… – así me recibió William cuando me lo encontré en el parque como de costumbre.

    Nos sentamos un rato resguardados en la penumbra del atardecer de las farolas que nunca tenían focos para alumbrar. Le conté todo lo que había pasado en los días que había estado por la capital, aquella aventura con Gonzalo y la manera que me chuleó, lo de Nacho, lo del ruso.

    -¡Cojones, me gustas más cada día!

    -Fuiste tú quien me enseñó. – le dije.

    – ¡Mami, yo fui el primero que le dio pinga a ese culo! Pero ya tú eras maricón de los buenos.- era una verdad porque si no hubiera tenido esa inclinación, pues no hubiera dado el paso de singar con él. – ¿Sabes lo que quiero?

    – Bueno, me imagino…

    – Pues sí, mami, sí, lo que quiero es singarte y mamarte el culo y después volverte a singar. – me miró fijamente como esperando mi respuesta. Rio y agregó. – Sé que lo quieres, me lo pides con los ojos.

    – He singado mucho en esta semana…, uf, pero mucho.

    – ¡Mejor así! Mejor, así tendrás el culo bien abierto… ¿adónde ir, coño? Porque quiero singarte yo sólo.

    Terminamos yéndonos a la línea del tren, cruzamos el puente y nos fuimos a un parque oscuro. Se sentó invitándome a sentarme a su lado, abrió las piernas y se sacó la pinga murmurando un “es toda tuya”. Yo me incliné y empecé a mamar, aunque estaba en pareja con Nacho y no me faltaba nada, no podía negar que William era mi hombre, el tipo que me inició y que no olvidaría nunca. William lo sabía y lo explotaba bien. Al rato me pidió que me bajara el pantalón y me sentara en su pinga.

    – Ensalívala tú mismo y métetela despacio como tú sabes, mami.

    Lo obedecí, me bajé los pantalones, ensalivé bien la cabeza y me senté en su pinga que entró bien, como si hubiera estado dilatado.

    – ¡Cojones, maricón, lo que tienes es un chocho abierto!

    – ¡Gózalo, bujarrón!

    No me singó él, me lo singué yo porque era quien se movía sobre él que seguía sentado. Al rato escuchamos los pasos de alguien. William me dijo que me quedara quieto, que no me moviera. Las sombras se fueron acercando, eran dos tipos, que pasaron en silencio mientras nos miraban, pero se detuvieron a unos cinco metros de donde estábamos nosotros.

    – Párate que te voy a singar de pie…, esos dos quieren ver.

    Lo obedecí, me puse de pie, William me penetró y empezó a singarme tranquilamente como si nada pasara.

    – ¡Cojones se lo está singando! – dijo uno.

    – ¡Macho, dos maricones singando! – el otro soltó.

    – No, maricón hay uno solo y le estoy dando pinga porque le gusta. – se dirigió William a ellos. – Acérquense si quieren dar pinga.

    Uno se acercó rápido, el otro demoró en acercarse pero lo hizo finalmente. Miraba con curiosidad, tocó mis nalgas y mi culo donde entraba y salía la pinga de William.

    – ¡Cojones, mira esto, ven pa´ que veas como traga pinga este maricón! – le dijo al otro.

    – ¿Quieres darle pinga? – William invitó.

    – ¡Ya la tengo dura, macho, a ver, déjame que le dé pinga a este maricón. – dijo el que había acariciado mis nalgas.

    William le dio paso a uno que enseguida metió su pinga en mi culo mientras decía que yo era maricón y el macho.

    – ¡Maricón, mira, mira que un macho te está singando!

    – ¡Tú dale de mamar! – le dijo William al otro que dudo algo. – ¡Oye, este es mamador, es enfermo a la pinga, así que ponle la pinga en la boca y verás!

    _¡Oye, Paco, dale…, dale pa que te mame! – le dijo el otro. – Después cuando le reviente el culo, te dejo que le des tú.

    No se dio de rogar mucho y pronto estuve tragando la pinga de Paco, como le había llamado el otro. William como de costumbre, se había sentado en el banco a mirar como aquellos dos me singaban. Cuando el que me singaba empezó a decir, casi gritar que se venía, que me daba leche, yo intensifiqué mi trabajo con la boca logrando que se viniera. Así fue, se vino en mi boca con un chorro grande y caliente. Me tragué su leche, no le dejé ni una gota y eso le gustó.

    – Oye, Julio, yo ya me vine pero déjame darle un poco de pinga… – le pidió Paco.

    Julio sacó su pinga y se la limpió con mis nalgas dejando paso a Paco.

    – ¡Cojones, lo tiene como un chocho grande y húmedo!

    El otro hablaba con William mientras fumaba. Al parecer se ponían de acuerdo para algo. Paco seguía singando porque aunque se había venido, seguía con la pinga bien dura. Yo me sentía algo incomodo ya por el tiempo que llevaba en cuatro, me empezaban a doler las piernas.

    – ¡Oye, vamos a parar un rato! Ya estoy molido. – le dije.

    – Na de na…, – gritó William acercándose, cogió la cara. – tú eres maricón para satisfacer a los machos y bujarrones, así que cumple tu papel.

    Tuve que seguir allí, agarrándome del espaldar del banco mientras Paco me cogía el culo y sin dar señales de querer venirse porque como ya lo había hecho, pues fue largo, finalmente se vino con bastante espaviento. Yo me tiré en el banco con las piernas abiertas.

    – ¡Coño…je, je, je… míralo como lo hemos dejado! – se río Julio.

    – Claro, qué creías… que no los hemos singado tres. – me defendió William que más quería dar información a estos novatos que otra cosa. – Pero hay una cosa, mi amor, yo no me he venido…

    – No, no yo no puedo más. – le supliqué yo.

    – Oye, culo, no me vas a dejar así, tú eres mi hembra y me vas a sacar la leche ahora…, la pinga ya te la metí en el culo, así que me la sacas con ese culo que tienes o me la mamas, escoge.

    Me levanté y me acosté en el banco y William se puso encima para clavarme, los otros dos quedaron boquiabiertos con aquello.

    – ¡Ya ves, cumple mejor que una jeba!

    – ¡Y dilo, es más complaciente! Una jeva ya te hubiera dicho que no…pero este maricón es de los buenos…, muchachos, este maricón está hecho para que lo singuen.

    William estaba en su mejor momento, sabía que lo hacía para impresionar a aquellos dos tontos. Al rato me dijo que se iba a venir, pero sabía yo que no, lo hacía por puro teatro. Mientras yo me metía detrás del banco para evacuar todo el semen, William se despedía con los dos con un “hasta mañana”. Cuando se fueron y me senté a su lado, me dijo que me había portado bien. Que a esos dos les había gustado y que al día siguiente iríamos a la casa de uno de ellos.

    – ¡Prepara ese culote que mañana va a tener carne!

    No importó que le dijera que ya tenía compromiso, que no quería. Él se salía siempre con la suya y esa era que fuéramos a la casa de uno de ellos a singar.

    – ¿Cuándo yo te he propuesto algo malo?

    – Bueno,…

    – Ya ves que no me puedes contestar…, mañana a singar y yo a ver si me cojo a uno de los dos, o puede que los dos les dan por probar.

    No me parecía a mí mucho que alguno de aquellos se fuera a animar a darle el culo a William, pero tampoco me hubiera sorprendido conociendo a William y su capacidad para tener lo que se le metía entre ceja y ceja. Y eso de que los heteros no les da por probar, es un cuento, mil veces lo había visto yo bien machos, pero machos y caer de rodillas delante de una pinga o ponerse en cuatro y decir “bueno, es sólo probar”.

    Al día siguiente nos encontramos en el parque, yo ya me había preparado, sobre todo tratando de estar bien limpio porque sabía de sobras que a los cheos, así le decían a los heteros, se ponían muy melindroso si le cagaban la pinga. William llevaba una botella de ron, a veces se esmeraba y sobre todo cuando se le metía entre cejas algo.

    – ¡Oye, mira, primero quiero que te pongas para que se vengan lo más rápido posible! Tú tienes culo para eso, así que mientras más pronto se vengan, mejor… Hacemos el paripé de que yo te voy a singar primero, pero lo que quiero que sean ellos los primeros y tú habla, di cosas, no sé…que es lo más rico de la vida, que te vuelve loco…

    – ¿Y después qué?

    – Nada, a ver porque a uno de ellos me parece que le gustó ver la pinga en el culo, no le quitaba la vista y eso…hum, eso es que el tipo tiene inclinación…

    Hablaba la voz de la experiencia, sabía que tenía su verdad, fue él quien me descubrió y sacó todo lo que ocultaba yo desde temprana edad, no dudaba de que fuera capaz de engatusar a alguno de esos dos chicos. Íbamos a reunirnos en una casa de las afueras del pueblo, casi una finca. Cuando llegamos uno de ellos, Paco, nos esperaba en el portón fumando.

    – ¿Qué bolá?- dijo William a modo de saludo mientras nos apretábamos las manos.

    – ¡Na, aquí esperándolos!

    A William le gustó aquella respuesta y sobre todo la mirada que me echó el muy cabrón.

    – Bueno, aquí estamos, he traído una botella de ron pa´ ambientar algo y bueno, el culo y la boca de este mariconazo que ya conocen…- el argumento de William como siempre, lleno de doble sentido.

    Paco nos dijo que iríamos primero al portal a jugar dominó porque todavía un tío de él que es el dueño de la finca estaba allí pero que se iría dentro de una hora, nos explicó que ellos dos se quedaban a cuidar la finca para que nadie robara. Julio nos esperaba en el portal de un costado de la casa, después de saludar se fue a buscar los vasos para tomar, nos sentamos los cuatro a jugar dominó. Al rato el dueño de la finca pasó a despedirse mientras nosotros jugábamos al dominó, no pasó mucho tiempo sin que William tuviera una idea.

    – ¡Oye, culo, métete debajo de la mesa para que nos mames!

    A Paco y Julio les gustó la idea, secundaron a William que ya se había sacado el rabo. Me vi debajo de la mesa mamando y tocando pingas, ellos gozando y jugando dominó. Como me había dicho William intensifiqué con la pinga de uno de ellos en mamadas hasta que el muy cabrón se vino en mi garganta porque soltó las fichas y me agarró la cabeza para clavarme la pinga hasta los cojones en la boca. Era Julio el que se había venido primero, le chupé la pinga que seguía dura hasta dejarla bien limpia, después lo miré, me sonrió.

    – ¡Vamos pa´dentro, maricón, que quiero darte por culo! – me dijo Paco.

    Me levanté dejando a William con Julio. Paco estaba que explotaba con la pinga dura a más no poder, me bajé el pantalón, me ensalivé el culo mientras él se escupía la pinga. Me abrí las nalgas dejando mi ojete preparado para recibir su pinga, no me hizo rogar, en un segundo ya me había metido la pinga hasta el tope y me singaba con fuerza.

    – ¡Maricón, qué culo tienes! – me dijo jadeante.

    – Pues, macho, te lo estás singando, así que aprovecha…

    – ¡Y tú, goza de mi pinga, gózala bien que te está singando un macho!

    Teníamos esa conversación caliente los dos, William y Julio entraron y se pusieron a mirar, aunque William enseguida vino y me puso su pingón en la boca.

    – ¡A este le gusta que le den pinga por todos los lados! – después le dijo a Julio. – ¿Quieres que te la mame él pa´que se te pare de nuevo?

    Julio vino y me dio a mamar su miembro algo blando, yo empecé a mamar para tratar de que se le parara de nuevo. William aprovechó para agacharse y abrirle las nalgas a Julio que dio un salto gritando que no era maricón.

    – ¡Oye, macho, aquí el único maricón es ese! – dijo señalándome. – ¡Aquí el único que va a coger pinga es él! No te asustes, yo sé que no eres maricón…, pero deja que te ayude a que se te pare.

    – ¡Coño, que no!

    – ¡Mira, si no se te para, te doy el culo yo y yo no soy de los de dar el culo! – le propuso William.

    – ¡Oye, asere, aquí estamos entre machos! – le dijo Paco que seguía singándome.

    – ¡Macho, aquí el traga pinga y leche soy yo, así que no hay problema! – le animé yo.

    Y Julio pecó, se acercó de nuevo dando su pinga para que se la mamara mientras dejaba a William gozar de su culo. No pasó mucho tiempo, supongo que el prudencial para perder el miedo, para que la erección se hiciera visible. Yo empecé a moverme bien para tratar de que Paco descargara su leche rápido y al parecer que viendo como se había puesto Julio, se vino enseguida.

    – ¡Ahora dame pinga! – le dije yo.

    William me sonrió, había logrado un buen comienzo.

    – ¿Quieres que se te pare ahora a ti? – le dijo con malicia a Paco.

    La respuesta fue la misma, que no era maricón y la misma replica que el maricón era yo que estaba en cuatro patas recibiendo pinga. William se las arregló para darle lengua a Paco que no pudo evitar soltar suspiros a cada lametón que William le daba en su culo. Cuando vi que Paco ya estaba gozando, le dije a Julio que nos fuéramos al baño que tenía calor y que quería que siguiera singándome bajo la ducha. William comprendió rápido mi intención, dejarlos solos a los dos porque así Paco no se iba a cortar con la presencia del amigo. Nosotros seguimos en la ducha, yo tratando de que fuera más tiempo porque sabía de sobra que podía llevarle tiempo a William el seducir a Paco, bajo la ducha le lavé la pinga a Julio y empecé a mamar, alegando que quería descansar un poco el culete. Eso sí, le dije que no se viniera en mi boca porque quería que me llenara de leche el culo. Aquello le llenó de orgullo.

    – ¡Coño, eres mejor que una jeba! – me dijo sintiéndose más macho que nadie.

    Pero yo estaba más atento a los ruidos que podían llegar desde la sala donde estaban William y Paco, aunque a veces no se escuchaba bien por el ruido del agua. Al rato me dediqué a lo nuestro y a que Paco descargara todo lo que le quedaba, así lo hizo con el alarde de macho que le gustaba hacer. Nos secamos y fuimos para la sala, nos quedamos con la boca abierta al ver como William se singaba a Julio, lo tenía bien clavado. Paco estaba de rodillas sobre un sofá con la cabeza en un cojín mientras de pie William se lo singaba.

    – ¿Ves qué es rico, papo? – le preguntaba William.

    – ¡Uf… sí… cojones! – resoplaba de placer Paco.

    Julio quiso decir algo pero lo contuve, me lo llevé al baño de nuevo.

    – No interrumpas, ¿no viste cómo lo estaban gozando?

    – ¡Coño!, pero ¿Julio es maricón? – no cabía en su asombro.

    – ¡Mira, lo importante es singar y pasarla bien! ¿Tú has probado alguna vez?

    – ¡Qué va! – casi me empuja – ¡Yo soy macho…, no te equivoques.

    – ¡Bah…!, mira… cuando tú me singas ¿no ves cómo me pongo? ¿cómo me gusta?

    – ¡Sí, porque eres maricón!¡Te gusta que te den pinga!

    – ¡No seas berraco! El asunto es que lo que se siente es mucho… al principio molesta, no creas, pero al pasar el primer rato, es lo mejor que hay y todos lo sentimos. Claro, tú tienes razón a mí me gusta que me den pinga, no lo niego… me gusta.

    – Pero… ¿y Julio?

    – A ver, pues no hemos visto nada… que quede entre nosotros…

    – Pero lo he visto, lo vi clavado…

    – ¿Y?

    – No sé, no sé…

    – Mira, si has visto que también le gusta que le den por culo, pues mejor, así podrías cogerle el culo de vez en cuando y así queda entre ustedes dos.

    Aquel razonamiento le gustó, le pareció más cercano a su cómoda posición de saberse bugarrón y no maricón.

    – A ver, o te haces el que no has visto nada o lo aceptas tal y como lo ves…, mira, esto es singueta entre machos y por lo tanto, lo que pasa queda entre machos.

    Paco no parecía convencido de nada o más bien, estaba empeñado en mostrar, exteriorizar su inconformidad, su asombro y que en realidad yo no comprendía mucho. Al rato nos presentamos en la sala donde William tenía clavado a Julio, habían cambiado de posición y ahora William estaba sentado en el sofá y encima, bien calzado con la pinga de William, Julio que al vernos quiso zafarse pero William lo retuvo.

    – ¡Oye, “broder”, no pienses que…! – murmuró al ver a Paco.

    Hubo un silencio entre todos, William me miraba satisfecho.

    – Yo…, yo no pensaba que a ti… – empezó a decir Paco.

    – ¡Oye, esto es a lo macho! – le dijo William – ¡A ver, ven y dale un poco de pinga tú!

    – ¡No, cojones que no! -protestó Julio que no sabía cómo zafarse de William.

    – ¡Papo, mira, aquí maricón hay uno, es ese…lo tuyo ha sido probar sólo…, a ver, deja a tu socio que te dé un poco de pinga y después tú a él! ¡Mira, yo te daría el culo pero tengo una fistula que no me deja! – mintió William.

    A Paco aquella conversación y viendo cómo estaba su amigo, la pinga se le había parado de nuevo. Se acercó a ellos, palpó con su mano el culo lleno con la pinga de William, palpó la pinga dura de Julio.

    – La tienes bien dura…

    – ¡No sé, no sé, broder qué me ha pasao…

    – ¿Me vas a dejar que te la meta ahora? – fue una pregunta tierna la que le salió a Paco.

    La escena hubiera sido de lo más romántica si William no hubiera estado detrás de todo aquello. William sacó su pinga dejando el culo de Julio ya bien dilatado para que Paco se lo singara. Nosotros nos sentamos a ver el cuadro aquel y cómo Paco se singaba a su amigo, cómo lo acariciaba, cómo lo besaba, cómo terminaron besándose los dos. Yo me senté sobre la pinga de William.

    – Tú no pierdes tiempo…- me dijo William.

    – ¡No, quien no pierde ni un segundo eres tú! ¡Qué buen ojo tiene para descubrir a la gente!

    – ¡Ves, ahora serán felices los dos!

    – ¡O se odiarán después! Quién sabe la reacción que tengan…

    William no se vino, al rato empezamos a vestirnos mientras que aquellos dos seguían uno prendido del otro. Pero antes de irnos vimos lo mejor, Julio le pidió a Paco que se volviera, que quería singar él ahora. Paco lo obedeció y se cambiaron los papeles. Creo que agradecieron que nos despidiéramos para así quedarse disfrutando ellos solos. Me imagino que habrán estado toda la noche singando porque la primera vez puede pasar así.

    De camino William me descubrió que desde el principio vio como Julio le miraba la pinga, por lo que en un descuido lo rozó, después le pasó la mano por el ojete y sintió cómo se había erizado todo. “Eso no falla, quien quiere pinga, la quiere aunque lo niegue”, fue al sentencia de William.

  • Workaholic intervention

    Workaholic intervention

    Siempre trabajando nunca paras incluso después de cumplir tu jornada laboral llegas a casa sin desconectarte. Te veo pensando inquieta que podría hacer para que tengas tiempo de calidad, pasan los días y sigues igual lo que es poco frustrante pero se te va la vida en ese computador lo peor es estar a la distancia porque si fuera por mi haría lo siguiente…

    Me importaría muy poco lo que estés viendo porque necesito que te enfoques en mi, te quitaría la camisa con la que andes, amarraría tus muñecas tras la nuca montándote comenzando por morder suavemente tu boca y un beso muy apasionado para seguir por tu cuello agarrando tu cabello jalándolo despacito.

    Estoy solo con ropa interior, me meneo en ti llevando mi pelvis muy lento hacia la tuya, me encanta palpar con mi vagina lo duro que estás poniendo, bajas los brazos para sujetar mi cintura. Con tus muñecas aún atadas logras ejercer fuerza en la parte baja de mi espalda, entre besos me acerco a tus oídos y mis gemidos son muy silenciosos pero no lo suficiente para ver los escalofríos que te provoco. Me levanto para arrodillarme frente a ti bajo tus bóxers llevando mi boca a tu pene ya que está lo suficientemente duro para manejarlo con mi lengua me gusta ver cómo muerdes tus labios cada vez que la cabeza de tu pene llega al fondo de mi garganta, mientras succionó y hago presión con mi lengua hacia el paladar sentir tus gemidos hace que empiece a mojarme.

    Me tienes del cabello firme, tus gemidos ya comenzaron a ser más fuertes y prolongados te gusta verme pero ahora que estás listo lo único que quieres es ser uno conmigo, hacerme tuya, sentir lo mojada que me tienes así que te pones de pie y cambias de posición conmigo porque antes de penetrarme es primordial degustar lo que te vas a comer así abro mis piernas pero antes te desatas como si nada y colocas mis muñecas sobre mi cabeza bien amarradas. Frente a mi tocas mis pechos con cintura la manera en la que recorres mi cuerpo me provoca escalofríos no paras de besarme y morderme, con tu otra mano sacas mi colaless haces pequeños movimientos suaves y lentos en mi clítoris tus no necesitaste humedecerlos ya que estoy muy lista para esa lengua sedienta que tienes.

    Me ves con esa mirada penetrante de cazador a su presa que con mis piernas sobre tus hombros me estás dando unos mordiscos en la tshitshi que me tienen extasiada, porque succionas/sueltas me introduces tus dedos y lengua al mismo tiempo punteando ves claramente que me encanta porque sigues con misma mirada hacia mi demasiado intensa que hace que mi cuerpo se sienta de la misma manera, mis gemidos prolongados y fuertes pido porque estés dentro de mi pero haces que espere porque grite por ti para callarme con mano colocarme a lo largo del sofá elevando mis piernas para penetrarme súper fuerte.

    Los ruidos de la televisión quedan cortos al ritmo que vamos, cada vez que entras en mi vagina automáticamente hace presión y te encanta que lo haga al mismo tiempo te miro mordiendo mis labios y sonrío para que solo me preguntes si lo estoy disfrutando a lo que te respondo seriamente que no, ya que no te estoy sintiendo al 100%. Logrando mi objetivo bajas mis piernas y abierta me penetras recostado casi sobre mi a la altura de mis pechos das pequeños mordiscos a mis pezones jugando a la vez con tu lengua, aprietas mi cadera cada que penetras más fuerte me tienes súper mojada y te encanta el sonido que genera hago presión con mis piernas alrededor de tu cuerpo. Bajo mis brazos con mis muñecas aún amarradas colocándolas en tu cuello los besos son intensos y acompañados de gemidos prolongados exquisitos; me observas y muerdes parte de mis labios haces que quiera más pero me dejas deseosa de tus besos para que poco a poco te acerques a mi oreja, tus gemidos pasaron a ser más fuertes quejidos llenos de placer súmale la manera en que te meneas en mi yo levanto mi pelvis apretándote con mis piernas se siente tan rico como entras y sales de mi.

    Ahora te pido que te recuestes porque es mi turno de montarte, con mi boca suelto mis muñecas mientras me meneo suavemente sobre tu pene sujetas firme mis caderas y me acerco a tus labios pero en vez de besarte lamo tus labios a lo cual me tomas del cuello para darte ese beso que tanto esperas… te sonrío mordiendo mis labios con mis manos sobre tu pecho con lo que me doy más impulso para caer fuerte sobre tu pene y te gusta ver cómo mis pechos rebotan con mis brazos muy juntos aprisionándolos a lo que tomo tu mano colocándola en mi cuello pidiéndote que me ahorques levemente a lo que cierro mis ojos del placer que me provoca y lo sabes porque estás empapado de mi. Pides que te mire y abra mi boca, colocas tu pulgar dentro para luego morderlo, jugar con mi lengua y succionarlo como si fuera tu pene sujeto tu mano para morder/lamer tu mano pegando tu brazo entremetido de mis pechos mientras que con tu mano libre sujetas muy fuerte mi cintura y a momentos me das unos nalgazos que me prenden mucho más diciéndote que no me duelen si acaso esa es toda tu fuerza… Me encanta provocarte, me encanta hacer que seas un poco más rudo conmigo empiezas a nalguearme mucho más fuerte y mi gemir empieza a tener cambios debido a lo excitada que estoy.

    Me apoyo sobre tu pecho, me jalas súper suave mi cabello como si me estuvieras masajeando y se siente tan bien que te enderezas rápidamente yo aun montándote pero con mis brazos alrededor de tu cuello entre caricias y jales a tu cabello nos besamos sin respiro, siento como con una de tus manos recorres mi espalda haciendo presión con tus dedos lo que me da escalofríos te encanta sentir mi piel así es como la droga que genera que cogerme aún más porque la palpas en mis piernas, mi cintura, mis pezones súper paraditos que hace me tengas de la cintura rodeada de tus brazos acercándome más a ti que mis pechos quedan a la altura de tu boca saboreándomelas mientras voy más rápido en ti, agarras mi cintura con cadera das unos agarrones que cada vez son más fuertes gimiendo me callas con un beso donde ambos estamos muy extasiados no nos importa quedarnos sin aire acompañados de gritos de placer mi cuerpo tembloroso te pone más caliente que me empujas poniéndonos de pie.

    Haces que te de un oral rápido jalando mi cabello para ponerme de pie y sin que me lo pidas colocó mis manos contra el muro subo una de mis piernas en la esquina del sofá para que veas mucho mejor cómo entras y sales de mi abres mis nalgas golpeándolas. Te digo que me des duro al punto de escuchar esos aplausos sin las manos te sonrió saboreando mis labios me volteo un poco más para besarte, me sujetas el cuello y con tu otra mano me masturbas entre besos sientes los cambios en mi respiración lo agitados que estamos la fuerza con que la me tomas el escuchar como te liberas esos gritos hacen que ejerza presión en mi interior ante cada penetración lo sabes, te excita mucho más a lo que vas más rápido me tienes de la cintura muy apegado a mi lo que te permite rasguñar mi abdomen, tomar mis pechos tocarme sin medidas y quieres venirte ya pero antes te pido te vayas con anal porque ya llevabas tiempo preparándome para hacerlo.

    Decido llevarte a la cama estás sobre mi y coloco tu mano sobre mi boca mientras que lentamente con mucha delicadeza comienzas por el anal, sacas la mano de mi boca acercándote poco a poco me besas para silenciar mis quejidos te cercioras en no provocarme tanto dolor más sea placentero. Te sujeto de las caderas empujándote hacia mi, me meneo en ti a lo que me dices que no pare como ya estoy dilatada empiezas a penetrarme de manera intercalada, mi vagina empapada, tensa con mi piel erizada de las sensaciones que provocas me coloco de costado y tú tras de mi sujetas mi cadera me das fijo anal fuerte y rápido porque estás por venirte con la otra mano sujetas mi cuello mi rostro volteado hacia a ti hago que me asfixies un poco mientras te beso muerdes mis labios ambos gritando exaltados siento algo cálido, cremoso dentro de mi me miras gimiendo estruendosamente yo aún meneándome sobre tu pene porque quiero toda esa lechita dentro de mi besándonos terminamos por acabar pero aún la tienes erecta a lo que me monto sobre ti a lo que te entregas completamente sujetas mis pechos saltando sobre tu pene termino de empapar todo tu abdomen y ahora si terminamos de acabar el uno con el otro con esos quejidos que la voz suena gastada, agotada de tanto coger pero con una pausa que nos demos retomaremos a un sexo salvaje y de jamás acabar hasta que los próximos rounds acabes en mi boca…

  • La sorpresa de mi esposa

    La sorpresa de mi esposa

    Abrí lentamente mis ojos al sentir tu cálido aliento en mi cuello… me empezaba a despertar al tiempo que tu mano buscaba entre mis piernas, en ese momento ya estaba completamente despierto (la parte del cuerpo que a ti te interesaba en ese momento). Tu boca besaba cada parte de mi cuello y tu mano jugaba con mi creciente deseo, yo volví a cerrar mis ojos para disfrutar ese momento, quise tocarte, tú sentiste el movimiento de mis manos hacia ti, te detuviste un instante, volteaste a verme diciendo;

    Hoy no puedes tocar

    Ummmm me encanta cuando tomas el control.

    Tu mano en círculos sobre el glande haciendo círculos en el, antes de bajarla torciendo la base como queriendo exprimir un poco eres una experta en darme placer.

    Así que solo gozo al sentir como tu boca va surcando mi pecho, te detienes un poco en mis tetillas y lames… tu viaje continúa por mi cuerpo, y, mi abdomen es el siguiente en sentir el calor de tu aliento… En gozar con la visita de tu lengua, juegas un poco en mi ombligo muerdes un poco ahí… y bajas un poco más, yo estoy esperando ese momento donde tu boca se encuentre con tu mano, que no a dejado de subir y bajar por mi miembro… sigues por tu camino en mi piel, mis ojos ahora están abiertos quieren ver, quieren disfrutar el placer de ver tu boca en mi verga… el viaje entre el ombligo y mi falo lo haces lento muy lento sabes que quiero ya sentirte ahí, y bajas sigues bajando hasta encontrarse mas abajo con tu mano.

    Ummmm que momento… Sentir como tu aliento va erizando cada parte por donde pasaba, al ver como posa tu boca en mi glande sentir como tu mano sube y baja por el pene, unos minutos que disfrute como loco, con unas cabronas ganas de poner mis manos en tu cabeza y marcar el ritmo.

    Solo puedo sentir tus manos en mis testículos y ver como tu boca hace desaparecer mi erección entre tus labios como el placer cada vez es mayor y como se pone mas dura y gozo, gozo mucho.

    -vamos amor no pares un poco más me quiero venir así

    Pero tú sentiste que se ponía mas dura me conoces muy bien sabes que con un poco mas me vendría en tu boca – mis palabras te lo confirman- y paras por un momento dejas de hacer lo que estabas haciendo tan bien. Mi frustración es evidente. Me miras y sonríes sabes que me gusta terminar en tu boca pero parece que hoy no será el día.

    Te pones de pie en la cama y me pides, no, me ordenas que me siente recargado en la cabecera todavía llevas el brasier y las bragas puestas.

    Te quitas la parte de arriba y me dejas ver como se liberan esos senos que tanto me gustan caminas en la cama y te das la vuelta me pones tu trasero cerca de la cara (sabes como me gusta ver tu culo) y te agachas acercándote un poco más a mí, tu trasero queda demasiado cerca de mi rostro, tu olor me llega aspiro tu aroma ummm hueles tan bien, puedo ver tus bragas mojadas, te mueves, te frotas en mi rostro y siento en mi nariz la humedad que sale de ti. Te levantas de nuevo y te pones en cuclillas sobre mi pene todavía con las bragas puestas subes y bajas una, dos, tres veces te haces a un lado la braga y te clavas en mi verga lentamente, poco a poco la recorres tomas ritmo y subes y bajas mas enérgicamente comiendo mi erección a tu antojo, mis manos ya no se pueden contener y toman por sorpresa tus senos, me dejas, ya no me detienes ahora necesitas sentir mis manos sobre ti, mis dedos hacen círculos en ellos y pellizcan un poco del pezón y lo endurecen, lo excitan hacen que tu cuerpo reaccione… disminuyes el ritmo y tomas aire te detienes sentada conmigo dentro tuyo, estiró tus pies para que estén encima de los míos estás sobre mi apretada, mojada y caliente empalada totalmente a mi verga, a tu antojo, mi mano derecha baja y busca entre tus piernas, masajea tu clítoris mientras subo un poco mis caderas y empujo, tu grito es brutal y los temblores de tus piernas se descontrolan, empujas tu peso hacia abajo sobre mi, te sorprendes y me sorprendo nunca te había hecho acabar con apenas moverme, pero tu humedad te delata ya me llega hasta los testículos bajo mi cadera y sigo frotando tu clítoris a mayor velocidad, de pronto bajo un poco el ritmo y enseguida vuelvo a acelerar, levantó de nuevo mis caderas, y otra vez empujo un poco, mientras mis dedos frotan en tu entrepierna y de nuevo te aferras a la sabana, tu peso sobre mi cuerpo, tus piernas vuelven a temblar y tu grito es de nuevo muy placentero, me miras, de nuevo tomas el control, abres tus pies y te apoyas en la cama, ahora vuelves a subir y bajar en mí, te empalas una y diez veces buscando el placer, buscando aplacar el fuego que sale de ti, de entre tus piernas.

    Solo un poco basta para volver a tocar el clímax esta vez terminamos casi al mismo tiempo y nos quedamos así tú sentada en mis piernas mientras te abrazo desde atrás. Y siento tu corazón acelerado, nos quedamos así recuperando el aliento. Nuestros fluidos brotan de ti resbalando en nuestras piernas empapando las sábanas son las huellas del amor la esencia de nuestra pasión desbordada. Tomamos un poco de agua y nos limpiamos con unas toallas húmedas.

    Te levantas de la cama y sigues en el papel de señora me ordenas ir a preparar algo de almorzar tienes hambre.

    Pero antes de que me vista y salga del cuarto me dices:

    -espera te tengo una sorpresa!!!

    Caminas hasta el closet y abres un cajón del cual sacas algo que yo todavía no puedo ver, das la vuelta y en tus manos veo una jaula.

    -ven… Es para ti, hoy fue la última vez que te vienes en la semana, no podrás acabar en lo que resta de ella, claro que me seguirás dando placer a mí, pero tú no acabarás en lo que resta de la semana, portate bien y la próxima tal vez si te deje acabar.

    Camine hasta ella entre sorprendido y excitado me puso con cuidado la jaula y cerró el candado, la llave que se colgó en una cadena que lleva en su cuello y cuelga hasta sus pechos. Se río de como me veía y me volvió a pedir de almorzar ahora mas exigente.

    -ve y no tardes!

    Y como no hay nadie mas en casa ve así como estas desnudo

    Jajaja

    Ahí estaba yo con el candado sonando a cada paso que daba, camine a la cocina queriendo acostumbrarme pronto a la jaula pero lo cierto es que no podía caminar bien con ella. Busque algo de fruta que partir y la puse en un plato mientras el agua se calentaba para el café, cuando todo estuvo listo subí para llevar su almuerzo.

    Al regresar comimos la fruta y tomamos el café.

    Para ese entonces te abriste de piernas y me ordenaste que fuera a lamer un poco entre tus piernas, querías que sintiera como mi erección se aprisionaba en la jaula, y lo que me dolería si no aprendía a controlar mis erecciones, comencé a chupar todavía con un poco de mi sabor en tus labios, lamí por todos tus pliegues, jale tu clítoris con mis labios, me di un tiempo en el, quería hacer que acabaras que te vinieras para que gozaras, mi verga comenzó a crecer… pero no podía hacerlo solo se hinchaba un poco no tenía lugar para ello, para mi desgracia solo hacía que la jaula me apretara y lastimara, los testículos se hincharon y trate de relajarme para que la erección bajara lo cual fue difícil, por no decir imposible lamiendo tus labios y escuchando tus gemidos. Mezclados con tus burlas hacia mi

    -duele?

    Pues te aguantas jajaja, para ve al baño a orinar tal vez así se te baje un poco la hinchazón, jajaja.

    Fui al baño (ella me siguió) y comencé a orinar un gran error querer orinar parado la orina mojo mis piernas y su risa no se hizo esperar

    -jajaja no, así no de ahora en adelante mearas sentado jajaja

    Tuve que sentarme para terminar de mear y luego me bañe, termine el baño y ella ya estaba lista para salir por supuesto que quería su chofer. Cabe decir que fue una semana de lo más complicado y placentero por lo menos para ella.

  • Antes de las vacaciones

    Antes de las vacaciones

    Si Iván echaba la vista atrás en el tiempo apenas podía evocar uno o dos momentos donde no estuviese con Sergio, y casi todos se limitaban a los momentos normales donde tus amigos no pueden estar contigo. El resto del tiempo, en especial los largos meses estivales, se habían grabado en su memoria a fuego, siempre señalados por la presencia de sus compañeros. Si al acto de echar la vista atrás le añadía también una buena dosis de sinceridad, tenía que admitir que no era frecuente que las amistades infantiles se extendiesen hasta la edad adulta, pero, contra todo pronóstico, ahí estaba la suya con Sergio. La excepción que confirmaba la regla.

    Inclinándose dentro de su armario para alcanzar las camisetas que tenía más al fondo intentó apartar esa difusa sensación de nostalgia que se había abatido sobre él desde que despertase escasas horas antes. Con veintiún años no se debería experimentar nostalgia, la nostalgia era cosa de ancianos que rememoran los buenos tiempos, no de la gente joven con todo el futuro por delante. El curso universitario estaba terminando, tenía la certeza de haber aprobado todas las asignaturas (quizá no con las notas esperadas en una o dos de ellas) y en tan solo una hora se iba a reunir con Sergio para celebrar el “juernes” por todo lo alto. Madrid podía ser un monstruo de ruido, tráfico congestionado y multitudes durante el día, pero por las noches su vida nocturna no hallaba apenas rival en la geografía española. Y nadie mejor que Sergio para encontrar los mejores locales.

    Descartando la undécima camisa Iván dio un gruñido y se dejó caer sobre la cama, todavía sin hacer. Uno de los motivos de sus nervios era la mala costumbre que tenía Sergio de hacer planes, pero no decir nunca qué actividad había elegido. La mayoría de las veces era un enorme acierto que les conducía a aventuras divertidas, como la vez que acabaron por error en una playa remota cercana a Santander, a los pies de un pueblo que ni siquiera debía contar con cien habitantes. Sobre el papel el plan sonaba a aburrimiento mortal, pero en el fondo habían podido hacer cuanto habían querido, desde acampar a preparar una hoguera en torno a la cual se habían reunido todos, riendo como chiquillos tras una travesura.

    De aquel viaje conservaba sobre todo sensaciones. Rumor de olas chocando contra una playa serena y tranquila. Chillidos agudos de aves marinas sobrevolando la línea de la costa. Crepitar de una hoguera cuyas brasas morían lentamente. Conversaciones y risas que se elevaban sobre la arena y el fuego, cargadas de diversión y complicidad. Confesiones susurradas en una pequeña tienda de campaña de lona gris y azul. Gemidos amortiguados y el rítmico entrechocar de los cuerpos que se encuentran en una penumbra casi completa. Olor a agua salada, arena caliente, algas verdes empujadas a la costa por la marea, humo y piel limpia sobre él. La ardiente emoción de la entrega, y el desconcierto posterior cuando ambos actuaron como si nada de aquello hubiese tenido lugar, como si el silencio hubiera estado pactado de antemano. Tan solo en las primeras horas había experimentado cierta vacilación por parte de Sergio, pero al final ambos habían dejado que el momento se esfumase.

    Aquella primera vez que se acostaron en la playa estableció una extraña dinámica que aún no conseguía comprender. Cada cierto tiempo acudían el uno al otro, buscándose con tanta desesperación como podrían buscar un trago de agua helada en momentos de gran sed. Normalmente era su amigo el que iniciaba esa extraña danza, presintiendo quizá, más por conocerle como la palma de su mano que por intuición, su intenso deseo. Y él, actuando movido por impulsos que escapaban por completo a su control, se entregaba con tanto fervor como le era posible. Y las horas se deslizaban sobre ambos en una neblina de sudor, hormonas y buen sexo. O al menos así había sido las tres primeras veces, contando la de la playa. Ahora Iván ansiaba más, y todo tenía que ver con un pequeño secreto, descubierto por pura casualidad, y en el que deseaba ser incluido con todas sus fuerzas.

    Había visto la caja por primera vez después de una de esas intensas noches de pasión. La cuarta que pasaban juntos. Si la había visto, si se había fijado en ella, era porque no era una caja sin más, no, era más bien un enorme baúl cuya forma emulaba la de un amplificador de guitarra de gran tamaño, de un negro reluciente y con aristas cromadas en negro. Habría dado el pego, de no saber Iván que entre los muchos talentos de su amigo no figuraba la música, y de no haber visto las bisagras que abrían la tapa. La curiosidad se había instalado en su mente y había estado tentado de abrirla, pero el decoro se lo había impedido. Al menos la primera vez.

    La caja estaba dentro del armario, lugar ya de por sí privado e íntimo al que había tenido acceso solo porque necesitaba sacar una toalla limpia para él. Iván le había permitido buscarla él mismo y eso revelaba una confianza que no quería traicionar, pero la curiosidad se hacía cada vez más fuerte. Era una caja demasiado grande, demasiado adornada incluso, contuviera lo que contuviese tenía que ser algo especial, algo muy valorado. Al pasar la mano por su superficie fría supo que tenía que abrirla, total, lo más seguro era que no contuviese nada importante, ningún secreto oscuro o vergonzoso. Seguramente no era más que una maleta para viajes con una forma graciosa.

    Echando un vistazo furtivo a la puerta por donde había desaparecido su amigo accionó el cierre, cubriéndolo con su mano para ahogar el chasquido que hizo al soltarse. La tapa giró sobre los goznes sin un solo ruido y reveló el contenido del baúl, como un buen prestidigitador haciendo un truco de manos. Los objetos de dentro saltaron a los ojos sorprendidos de Iván, tan abiertos que cualquiera habría podido contar las irregulares motas avellanas dentro de sus iris verdes. El que más había llamado la atención era el arnés. Una pulcra equis de cuero negro en cuyo centro había un grueso aro de metal que actuaba a modo de cierre. Apartando el arnés con cuidado pudo ver un par de juegos de esposas, unas cuantas palas, varios juguetes que no supo catalogar y formas y colores de herramientas que no llegó a definir, semiocultas por el resto de pertrechos que abarrotaban el cajón.

    Los pasos de su amigo en el pasillo le habían sacado de su ensimismamiento. Cerró la tapa con rapidez, agarró la primera toalla que encontró y consiguió cerrar el armario sin dar un portazo. Por un momento pensó que le descubriría, que le acusaría de espiarle y violar su intimidad, pero se limitó a preguntarle si había visto su cargador. Iván todavía recordaba con sorpresa lo natural que le había salido la voz al responderle que no, que no lo había visto, antes de irse derecho a la ducha. Tras aquello había logrado aparentar normalidad hasta que se había despedido de Sergio y había vuelto a su casa, donde por fin se rompió el dique que había contenido sus erráticos pensamientos.

    Entre todo el caos mental dos ideas parecían salir a flote con más frecuencia que el resto: la primera era un interrogante para el que no tenía respuesta; la segunda era que estaba celoso. Terriblemente celoso. Apartando los celos a un lado consiguió fijar su atención en la pregunta que consideraba que sería más fácil de responder, y era, sencillamente, cómo no se había dado cuenta antes de lo que realmente le gustaba a Sergio. Sus encuentros siempre habían sido apasionados, y le había dejado tomar el control como algo natural. Sergio se imponía y él cedía como respuesta automática. Y le encantaba, sí, pero a pesar de disfrutar enormemente cediendo las riendas, una parte, una esquina de su mente, masticaba de forma insidiosa la idea de que quizá eso no fuese suficiente, que quizá por eso nunca habían hablado de lo que pasaba entre ambos, y que quizá por eso tuviese todo ese cajón secreto. Y, si tenía esa caja, también tendría alguien con quien usarla.

    Ese pensamiento le había puesto enfermo. Había acabado por ignorarle, empujándole a patadas hasta el fondo de su subconsciente. Era más sencillo que lidiar con la inmensidad de sensaciones a las que no podía dar nombre y que le atacaban en oleadas cada vez que pensaba en eso. Ni siquiera en la piscina, cuando hacía un largo tras otro para el equipo de natación de la universidad, conseguía que su mente abandonase por completo el tema. Volvía a ello como un perro obsesionado con un hueso viejo. A tanto llegó la obsesión que al final se hartó. Refugiado en el cuarto de la residencia donde vivía echó el pestillo a la puerta, confiando en que nadie le molestaría, e inició una minuciosa búsqueda en internet de todo cuanto había visto en aquella caja.

    Había sido la mejor parte, de lejos. Ataduras de todo tipo, no solo con cuerdas, inmovilizaciones, azotes, castigos y recompensas, dolor y mucho placer mezclados de una forma tan sublime que a menudo uno se disolvía dentro del otro. Chats enteros dedicados a ello, literatura, películas y porno. Muchísimo porno del que se convirtió en ávido consumidor, siempre fantaseando con ser él quien estuviera en esa situación. Delante de Sergio. De rodillas a sus pies. Siempre que imaginaba esa escena debía tumbarse en la cama, desnudarse de cintura para abajo y masturbarse. El orgasmo era casi inmediato, bastaba con que cerrase los ojos e imaginase a su amigo con aquel arnés de cuero negro.

    Sus fantasías escalaban despacio, pero sin detenerse nunca, siempre con Sergio en el papel central de todas ellas. Sin embargo, aunque había descubierto que tenía mucho en común con su amigo, su relación parecía haber vuelto a los cauces normales de la amistad. Tan solo se habían vuelto a acostar una única vez más, la quinta, y después nunca había vuelto a lanzarse sobre él pese a que en más de una ocasión se había insinuado. Sergio parecía indiferente a cuantos intentos hacía, desde la última noche que se fueron juntos a la cama, cuando se le había escapado la súplica de que le diese unos azotes. Volvían a estar en junio, con las vacaciones casi encima y la triste certeza de que era muy probable que no volviese a pasar nada entre ellos si no rompía, de algún modo, de cualquier modo, el silencio del que era cómplice.

    La alarma de su móvil consiguió arrancarle del mundo del recuerdo. Mascullando con furia echó un vistazo a su habitación y rescató una camiseta de manga corta con un degradado de colores que iba del blanco al verde oscuro, un vaquero corto por las rodillas de color beige y unas deportivas también blancas. Podría haber elegido lo mismo sin dejar su cuarto como si hubiese pasado un huracán por él, pero nada como la presión para ayudar a agilizar el proceso de toma de decisiones. En una única zancada larga se plantó en el pequeño aseo, agradecido por haberse duchado por la mañana, y se examinó en el espejo. Sus claros ojos verdes le devolvieron la mirada y estudiaron su rostro. Girando a ambos lados la cabeza se estudió la cuidada barba de dos días que procuraba dejarse siempre, confiando en que ayudaría a darle un aire más rudo a su mandíbula. Se atusó el pelo, del mismo tono que el maíz maduro, con los dedos y un poco de agua y echó hacia atrás los cortos mechones. Con un suspiro de frustración terminó por aplicar un poco de cera para definirles y mantenerles en su sitio y se roció las axilas con desodorante. Por suerte tenía un físico envidiable, bien tonificado gracias a la natación.

    Consultando de nuevo la hora en su móvil dirigió sus largas zancadas a la parada de autobús más cercano. Aunque llegaría tarde ni se le pasó por la cabeza la idea de coger un taxi. Hacer semejante estupidez en Madrid suponía condenarse a una hora atrapado en algún embotellamiento y a gastarse prácticamente todo el dinero de la noche en ese escueto viaje. De todos modos, sus amigos sabían que era propenso a llegar con retraso. Prácticamente contaban con ello siempre que hacían planes. Se apeó del vehículo casi veinte minutos después junto con otras seis o siete personas que siguieron su camino mientras él se encaminaba a la pequeña plazoleta donde había quedado con los demás y con Sergio. Un punto de encuentro equidistante de las casas de todos. Para su sorpresa y alegría, tan solo se pasaba cinco minutos de la hora acordada. Apretó más el paso, pues, aunque le había visto esta mañana, de pronto sentía una añoranza extraña de definir.

    Sergio ya estaba ahí, puntual como un reloj suizo. Apoyado en el respaldo de madera de un banco desvencijado su postura relajada resaltaba la delgadez natural de su cuerpo, de miembros largos y fibrosos, pero no especialmente fuertes. Su piel cremosa y suave contrastaba contra la camisa de manga corta que había elegido, de un intenso color azul marino. Sus vaqueros deshilachados y estéticamente agujereados, más cortos que los elegidos por Iván, enseñaban unas piernas delgadas y libres de vello, rematadas por unas Converse azules bastante baqueteadas y que empezaban a romperse cerca de la goma. Con una sonrisa recordó la negativa tajante de su amigo a reemplazar sus amadas zapatillas hasta que la suela literalmente se caía a pedazos. Sus inconfundibles rizos morenos, apretados como elásticos muelles de azabache, estaban malamente contenidos dentro de un moño en lo alto de su cabeza, tan tentador como prohibido. A Iván le encantaba hundir sus dedos en el pelo de Sergio, esponjoso como la lana pero muchísimo más suave. El problema era que su amigo lo detestaba.

    En el momento en que ya casi podría haberle tocado de haber querido, se echó a reír con ganas. Una risa franca, alegre y exuberante que sacudió su cuerpo menudo de arriba abajo. Iván miró a Alba, una compañera de la universidad y amiga, y la dirigió un breve saludo con la mano antes de palmear la espalda de su amigo, que seguía riéndose. Sergio se giró para mirarle, con los ojos aún húmedos por la risa que empezaba a remitir. Esos ojos sorprendentes, de un intenso tono gris plomizo y rodeados de unas pestañas tan densas y negras que casi parecían artificiales. Sin duda unos ojos hermosos, pero extraños. Sergio se irguió en su estatura, no más de un metro setenta y cinco y bastante por debajo del uno ochenta y seis de Iván, aunque su abultada melena rizada le añadía unos cuantos centímetros de propina; y dio un par de puñetazos amistosos en el bíceps del joven que ensanchó su sonrisa, a la espera de que le hiciesen partícipe de la broma.

    –¿De qué os reís, cretinos? –bromeó Iván saludando a Alba con dos besos.

    –Oh, de nada, de nada importante. Sólo le contaba a Sergio que al profesor ese que siempre va con el de estadística se le han caído las gafas al plato de sopa mientras comía. Ha puesto perdidos a todos en la mesa.

    La anécdota en sí no tenía nada de particular o ingeniosa, pero todos volvieron a estallar en carcajadas al imaginar la escena. A ellos pronto se sumaron Marta y Lucas, quienes también se rieron en cuanto Alba les hizo partícipes del chascarrillo. Cuando por fin pararon de reír tenían flato y se doblaban sobre sí mismos, con las lágrimas escurriendo mejillas abajo. Por fin Sergio se incorporó, con las manos en las lumbares para disminuir la punzada que sentía en el costado, y dando un par de golpes al suelo con el pie llamó al orden.

    –Vamos, os va a encantar lo que tengo pensado.

    Ahí estaba, mandón como siempre y con una sonrisa ilusionada en la cara. Los demás elevaron fingidas protestas, pero Iván no. Se limitó a situarse a su lado, rezagado tan solo unos milímetros y, aunque sonreía, la expresión de sus ojos parecía indicar claramente que estaría dispuesto a seguirle hasta el fin del mundo si se lo pidiese. Sergio le palmeó el brazo por encima del codo como agradecimiento por lo que consideró sólo interés en el plan y echó a andar entre risas y bromas, principalmente dirigidas contra otro de sus compañeros, ausente por no haber terminado aún los exámenes. Del habitual grupo de cinco que solían ser, Rodrigo era el único que estaba estudiando un doble grado en estudios internacionales y derecho. Se mataba a estudiar, pero no parecía importarle demasiado. De hecho, Sergio tenía la firme creencia de que disfrutaba más rodeado de apuntes que de sus amigos de carne y hueso.

    Sergio miró de reojo a Iván, que conversaba animadamente con Alba sobre el nuevo novio de esta. Al principio se había sentido ligeramente decepcionado cuando se enteró de que su amigo se decantaba por la historia como carrera. Al menos hasta que él mismo empezó trabajo social, su auténtica vocación. Iván aspiraba a ser profesor y le encantaba enseñar, era paciente, atento y detectaba con facilidad quién necesitaba más ayuda y quien se limitaba a hacer el vago. Y ni siquiera con ese intento de barba que había adoptado últimamente conseguía dejar de transmitir la imagen de ser un pedazo de pan. Verle tan feliz con su grado como sabía que estaba le compensaba de sobra el perder seis horas al día a su lado, aunque nada pudiese hacer con la otra amarga sensación que arrastraba desde el verano pasado.

    Guiando a sus amigos les condujo a una sala bastante pequeña, custodiada por un portero que tenía más pinta de hípster que de guardián de una discoteca. Se limitó a revisar el móvil de Sergio y a dejarles pasar con un gesto aburrido. Los cinco jóvenes se apelotonaron y entraron juntos, siendo recibidos por una frenética música en vivo con obvias reminiscencias del pasado, de los locos años veinte. Sobre un escenario minúsculo una banda tocaba versiones jazz de canciones más o menos modernas, dándoles tantísimo ritmo que el cuerpo empezaba a bailar automáticamente. Contra las paredes había algunas mesas y sillas, en su mayoría desocupadas pero llenas de vasos vacíos. El centro de la estancia estaba lleno de bailarines que se movían sin descanso, incluso los músicos bailaban a la vez que tocaban.

    –¿Qué es esto? –preguntó Lucas intentando que Marta no le arrastrase a la pista.

    –¿Tú qué crees? Música jazz en vivo. Relájate y ponte a bailar.

    Sergio le dio un empujón entre risas y le siguió hasta la pista. Se movía con agilidad y a pesar de su menudo tamaño sus movimientos resultaban seguros y fluidos. Iván se situó a su lado, con Marta y Alba animando a Lucas a que se soltase, entre risas y gritos de ánimo. La música se aceleraba y relajaba de forma aleatoria, a capricho de los músicos de jazz que parecían disfrutar tanto como los chicos. Iván no habría sabido precisar cuánto tiempo pasó antes de retirarse a la barra a pedir una botella de agua, acalorado y sudoroso.

    Sergio siguió su estela, aprovechándose de la mayor corpulencia de su amigo para abrirse paso hasta la barra. Una vez allí pidió un refresco de limón, apoyándose en la madera pegajosa del frontal de la barra. Iván se le quedó mirando fijamente. Unos cuantos rizos se habían escapado de su moño y ahora oscilaban libres a ambos lados de su cara. Tenía la piel brillante por el sudor y la camisa oscura se pegaba a su pecho fino y delgado. Sin poder evitarlo recogió uno de los rizos fugados y lo echó hacia atrás, recogiéndolo detrás de la oreja. Se inclinó sobre su amigo, acercando su cara a la del joven que no apartó la mirada de la suya. Para su consternación, cuando ya solo les separaban unos pocos centímetros, Sergio retrocedió un paso.

    –Disfrutemos de la noche, ¿de acuerdo? Sin complicaciones y sin rollos extraños. Y si mañana tienes ganas podemos hablar.

    Le dejó plantado en la barra. Acercándose a sus amigos y bailando como si no hubiera pasado nada. Iván no tenía ganas de seguir con la fiesta, pero sus amigos se lo estaban pasando muy bien y retirarse sólo le habría servido para amargarles la noche a todos, por lo que intentó integrarse nuevamente, aunque sus movimientos eran rígidos y más torpes que antes. Por fortuna nadie pareció notarlo y Sergio se comportó como siempre. Su comportamiento le desconcertaba y solo con pensar en que quería hablar y el contenido de dicha charla no contribuía a mejorar su humor. Tan solo esperaba no haber destrozado su amistad. Si lo que iba a decirle se resumía en que acostarse había sido un error, esperaba que al menos quisiera conservar la amistad.

    Ni siquiera pudo conciliar el sueño. Tumbado en la cama daba vueltas y más vueltas, pensando en lo que sería, en lo que podría ser y en lo que había sido. Aceptaría cualquier cosa a cambio de no perderle como amigo. Eso era clave, la única clave importante. No perderle. Ni siquiera sabía bien a qué hora debía ir a su piso, un diminuto apartamento que con solo treinta y dos metros cuadrados parecía más una caja de cerillas que un verdadero piso. Al preguntarle a qué hora debía ir Sergio se había limitado a decirle que cuando le viniese bien, sin darle mayor importancia. Sabía de sobra que su amigo no pensaba acudir a clase, y él empezaba a pensar que también terminaría por saltárselas, con tal de no prolongar la angustia. Por fin, tras giros y giros, consiguió quedarse dormido por fin.

    Se despertó pasadas las diez de la mañana. Ni siquiera había escuchado la alarma de su móvil. Deteniéndose tan solo a revisar que no tuviese mensajes voló a la ducha y a vestirse, sacando una camiseta gris arrugada del montón de las que había descartado la noche antes y unos vaqueros azules bastante más cortos de los que solía llevar, que le cubrían tan solo hasta medio muslo. Se calzó sus deportivas y metió el móvil y las llaves en el bolsillo del vaquero, por fortuna bastante grande, antes de salir corriendo de casa. Ni siquiera aminoró cuando llegó al cruce frente al portal de su amigo, ganándose unos cuantos pitidos irritados y varios insultos. Llamó cuatro veces al timbre y aguardó impaciente a que su amigo le abriese la puerta. La ansiedad volvía a apretarle el estómago.

    El ascensor, un viejo trasto de los tiempos de la posguerra como mínimo, se le antojó lentísimo, pero le permitió prepararse un poco para lo que fuera que viniese. Sergio le esperaba, apoyado en el quicio de la puerta y vestido con unos pantalones de chándal cortados por encima de las rodillas y una vieja camiseta, tan larga que le cubría hasta la mitad del muslo e impedía precisar cualquier rasgo de su cuerpo. Su espesa melena rizada estaba suelta y alborotada, y a la luz del sol que entraba directamente por la ventana permitía apreciar que su tono no era realmente negro, sino el mismo marrón muy oscuro que el del café solo.

    Iván entró en el pequeño piso detrás de Sergio, sin decir una sola palabra salvo “hola”. Sergio se dejó caer en el sofá y apagó el televisor, que había estado encendido emitiendo una serie de comedia bastante mala. El joven se sentó a su lado, con las manos entre las rodillas y apretándose los nudillos con tanta fuerza que se le pusieron blancos. Su amigo le cogió las manos y se las separó con suavidad, impidiendo que se hiciese daño con las uñas.

    –Déjalas sueltas, y no estés tan nervioso.

    Consiguió obedecer a la primera orden. La segunda quedaba completamente fuera de su alcance, por lo que se limitó a lanzarse, igual que se lanzaba a la piscina los días que acudía a nadar.

    –¿De qué querías hablar?

    Podía sentir sus ojos grises clavados en su cara, pero era incapaz de levantar la mirada y enfrentarlos. Sintió como Sergio retiraba la mano que había dejado sobre las suyas y como suspiraba y se acomodaba en el sofá. Cuando habló, su voz era suave y controlada.

    –Quiero salir contigo. Como pareja. Me gustas y quiero salir contigo, pero creo que tú no quieres lo mismo. Si solo quieres sexo sin compromiso quiero saberlo, igual que si prefieres que seamos solo amigos, pero lo que ha pasado este año… no me gusta. No es lo que quiero.

    Esta vez sí pudo mirarle. Atónito y boquiabierto se le quedó mirando. Incapaz de articular palabra. Tragó saliva intentando deshacer el nudo que sentía en su garganta y abrió la boca para hablar. No consiguió producir nada salvo un sonido extraño y estrangulado, semejante a un chirrido. Sergio sonrió, pero no habló. Se limitó a coger una taza llena de zumo de manzana que tenía encima de la mesa y a dar un par de tragos.

    –Yo pensé que sólo querías… sexo. Nunca dijiste nada y pensé…

    –Lo intenté, desde el primer día en la playa. Pero te pusiste nervioso y creí que lo mejor era esperar un poco más. Y después repetimos y repetimos y no parecía que quisieses hablar de nada, pensé que estabas bien con la situación, pero yo no. A mi me gustas, y si no quieres salir conmigo me gustaría al menos saber qué quieres.

    Una cálida sensación brotó de su pecho y le caldeó el cuerpo entero. Suspiró y por primera vez desde que le había dicho que quería hablar pudo inspirar hondo. Sintiéndose repentinamente travieso sonrió y relajó su postura, cruzando una pierna sobre la otra.

    –¿Si digo que sí me dejarás tocarte el afro? Pero tocar de verdad.

    –Quizá sí, quizá no –respondió sonriendo divertido–, pero seguro que te dejo tocarme más cosas.

    –Entonces digo que sí. Sí, saldré contigo. Seré tu novio.

    Inclinándose hacia delante agarró la cara de Iván con ambas manos que se quedó muy quieto, como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche. Sergio apretó sus labios contra los del joven, que abrió los suyos y le permitió el acceso a su boca. Su lengua cálida y húmeda se abrió camino, avanzando por la boca de Iván que llevó sus dedos al espeso cabello de su ahora novio que le rodeo la cintura con sus brazos delgados estrechándole más contra sí. Iván se maravilló de la textura de los rizos, tan espesos, suaves y mullidos que apenas podía llegar al fondo de semejante maraña. Deslizó las manos hacia abajo mientras Sergio clavaba sus pequeños dientes, regulares y parejos, en su labio inferior. Los rizos se deshicieron bajo sus manos para saltar y recuperar su forma cuando dejó de estirarles.

    Se separaron entre jadeos, pero ni Iván sacó las manos de la melena de Sergio, ni este soltó la cintura de Iván. El chico acarició los espesos muelles de la cabellera de su amigo y se inclinó para darle un suave beso, rápido y breve, el que se quedó a deber la noche anterior. Sergio le sonrió y le atrajo más hacia él, acariciando su espalda de arriba abajo.

    –¿Puedo hacerte una pregunta?

    –Claro, la que quieras –respondió Iván sonriendo.

    –¿Por qué nunca me dijiste nada? O hablaste conmigo, si pensabas como yo.

    –No lo sé, no sabía si querrías algo o si solo querías sexo. No quería perder la amistad.

    Sergio asintió y siguió acariciándole la espalda. Iván se armó de valor, mirando esos ojos grises tan claros y fascinantes.

    –¿Puedo hacerte yo una pregunta?

    –Sí, por supuesto. Dime.

    –¿Por qué…? ¿Por qué nunca has usado conmigo lo que tienes en ese cajón?

    –¿Qué cajón?

    Las caricias se detuvieron al tiempo que ambos se separaban. Las manos de Iván cayeron lacias a ambos lados de su cuerpo. Sergio miró con suspicacia a Iván que pareció encogerse ligeramente. Con la cabeza gacha y sin mirarle directamente volvió a hablar, de manera apresurada y a trompicones.

    –No pretendía espiar, en serio. No fue algo intencionado. Solo vi en tu armario un ampli, un ampli de guitarra ¿sabes? Y me resultó raro porque tú no sabes tocar la guitarra eléctrica. Me acerqué a verle y vi que era una caja con forma de ampli, y no pude evitarlo. La abrí y vi lo que había dentro. Pensé que me dirías algo o que lo usarías en algún momento. Pero al final nunca lo has hecho y no sé, ¿no quieres usarlo conmigo? ¿es por algo en concreto?

    Sergio frunció el ceño y hundió sus dedos en su espesa melena de rizos, alborotándoles en todas las direcciones y jugando con los elásticos muelles.

    –¿Te gusta ese rollo?

    –No al principio, cuando lo vi. Luego llegué a casa, me puse a buscar cosas, a mirar en páginas y… –un vivo rubor ascendió por su piel como una intensa llamarada de calor, coloreando su cuello y alcanzando sus mejillas–. Me gustó lo que vi, y pensé que podríamos… juntos, si tú quieres también.

    –Podrías habérmelo dicho, ya veo que te va –dijo Sergio conteniendo la risa y con los dedos entrelazados tras la nuca, contemplándole con satisfacción y regodeándose en el delicioso sofoco que le incendiaba la piel.

    Iván se encogió de hombros, esos hombros anchos de nadador consumado. Sabía de sobras que Sergio le estaba provocando y de muy mala manera, pero se sentía tan encantado por el hecho que se sometió al instante. Su pene empezaba a responder dentro de sus pantalones mientras por su cabeza desfilaban los cientos de escenarios que se había imaginado en los meses pasados.

    –Intenté ser… sutil. Cuando descubrí que me gustaba de verdad tú ya no parecías querer acostarte conmigo. Y cuando te pedí azotes… me ignoraste, no sé, pensé que no querías algo así conmigo o que… –se interrumpió abochornado.

    –¿O que qué? Dime.

    –Que lo había malinterpretado y tú no eras… –carraspeó y al final se lanzó– que tú no eras dominante.

    La sonrisa de Sergio se había vuelto juguetona y confería a su rostro una expresión ladina que no conseguía tapar la dulzura de su mirada. Iván estaba adorable, tal y como había soñado con tenerle: sumiso, dócil y complaciente. Descruzó las piernas y se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas para poder mirar desde cerca al chico.

    –Pídemelo bien. Pídeme que te lleve a la cama y que use mis juguetes contigo. No te di esos azotes entonces porque no estaba seguro de si lo pedías sólo por el ardor del momento o si había algo más detrás de tu petición –explicó con voz suave, aunque implacable–; pero ahora tengo claro que, aunque fuera seas todo un macho, un gran atleta, un gran nadador e intentes ir de duro, en la cama sólo deseas que alguien te mantenga en tu sitio. Y ese sitio es de rodillas y a mis órdenes. Así que, adelante, pídelo bien.

    El pulso de Iván se había acelerado de forma increíble. Su corazón golpeteaba contra sus costillas de manera frenética y tenía una visible erección en los pantalones cortos. Ligeramente avergonzado intentó cubrirse con las manos, pero Sergio las detuvo antes de que pudiese hacerlo. La intensidad de su mirada parecía atravesarle, quemarle incluso. Se mordisqueó el labio y finalmente sonrió, una sonrisa ancha en la que podía verse aceptación y el deseo irresistible de ceder el mando. Con las mejillas encendidas como calderas se arriesgó a mirarle directamente a los ojos, verde contra gris, y se inclinó hacia adelante para darle un suave beso antes de responder.

    –Quiero que me lleves a la cama, quiero que me hagas tuyo, estar de rodillas y… –tuvo que tomar aire, invadido de una súbita timidez, antes de continuar–: quiero que uses esos juguetes que guardas en la caja con forma de ampli. Todos ellos.

    –Sígueme.

    Iván podía nadar mucho, matarse a hacer deporte y tonificar el cuerpo musculoso y atlético que tenía, pero nunca podría igualar la economía y gracilidad de movimientos de Sergio, producto en parte de un cuerpo más pequeño y delgado, pero también a su seguridad en sí mismo. Le precedió al dormitorio con pasos cortos pero enérgicos y le indicó la cama con un gesto imperioso. El joven tomó asiento y le observó sacar la caja del armario y depositarla en el suelo con un bufido. Tenía pinta de ser pesada, pero no le pidió ayuda y él no se atrevió a ofrecerse. Se limitó a quedarse sentado, a la espera, sintiendo crecer la excitación en su interior. Sergio sacó una capucha de cuero que Iván no había visto en su único y breve primer vistazo, pero que reconoció sin esfuerzo gracias a su investigación previa, y una soga larga, muy larga y de color rojo. Arrojó ambos pertrechos a la cama, al lado del chico, y bajó las persianas. El cuarto se quedó en penumbra y de nuevo se disparó el pulso de Iván.

    –Adelante, desnúdate.

    Su tono de voz era suave, casi un susurro, pero encerraba tantísima fuerza que ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de desobedecer. Poniéndose en pie se sacó la camiseta por la cabeza, revelando un torso musculoso y bien proporcionado, de líneas marcadas y músculos ondulantes bajo la piel cremosa. Con cierta duda la dejó sobre el escritorio y se sacó después las zapatillas. Sergio le contemplaba en silencio, sus ojos de acero recorrían su cuerpo de arriba abajo y una leve sonrisa asomaba a sus labios carnosos. Iván desabrochó sus vaqueros y los dejó caer al suelo, seguidos por sus bóxers. Su pene saltó hacia delante, duro y firme, mostrando sus buenos diecinueve centímetros.

    –Buen chico. Vuelve a sentarte y quédate quieto.

    Se dejó caer en la cama sin una sola protesta. Cuando Iván se acercó a él le llegó el aroma del suavizante que usaba en su colada, su jabón y su champú. Nada de desodorante ni perfumes, solo el olor de la piel limpia. Se sintió tentado de levantar las manos y acariciarle, pero resistió el impulso y se limitó a dejarlas entre sus piernas, mirando confiado al joven que se inclinó y recogió la máscara. Ahuecando el cuero con las manos soltó la cremallera trasera y abrió las que cerraban las aberturas para los ojos y la boca, de forma que el primer impacto no fuese tan claustrofóbico. El cuero olía a nuevo y no presentaba ninguna marca de uso. Antes de que se la pusiera se echó hacia atrás de repente.

    –Espera, ¿lo has… lo has usado con alguien antes?

    La mirada que le dirigió, entre divertida e irritada, le despejó cualquier duda y se sintió muy estúpido por haber preguntado siquiera. Sergio le acarició el pelo, inclinándose para darle un beso rápido en la frente.

    –Todo es nuevo. Vas a estrenarlo tú. Tú eres con quien siempre he querido hacer todo esto, solo tú.

    La cálida sensación que floreció en su pecho nada tenía que ver con la vergüenza de antes. Se relajó y antes de que pudiese formular alguna otra objeción Sergio deslizó el objeto de cuero por su cabeza. Tardó un poco en ajustar la ceñida máscara, pero cuando lo consiguió y subió de nuevo la cremallera trasera el elástico material se ciñó a la perfección a su cráneo, pegando sus orejas al hueso y dificultando notablemente su audición. Todavía podía oír, pero no con la misma claridad que antes. Pensó que también le cerraría las restantes cremalleras, pero rebuscó en la caja y sacó una clásica mordaza de bola, de intenso color rojo y no demasiado grande. Resultaba evidente que se había diseñado para poderse usar conjuntamente.

    A pesar de su reducido tamaño, la estrecha abertura dejada por la cremallera de la máscara complicó ligeramente la tarea de ajustarla; sin embargo, esa misma estrechez facilitó que mantuviese la boca perfectamente inmovilizada y bien llena, pues la mordaza impedía que cerrase la mandíbula y la máscara de cuero que la abriese. Iván miró a Sergio que sonrió y agarrando la cremallera sobre los ojos del chico la deslizó con suavidad hacia un lado, trabando los dientes de metal y dejándole en la más absoluta oscuridad. Las estrechas ranuras que le permitían tomar aire olían intensamente a cuero, y hasta que su olfato se acostumbrase e ignorase el olor, era todo cuanto podía percibir.

    Desnudo y sentado en la cama ni siquiera sabía dónde estaba Sergio. Una sensación de vulnerabilidad se apoderó de él y se quedó más quieto si cabía, sin atreverse a mover ni un solo músculo. Por su parte, Sergio desenrolló la larga cuerda y la acarició entre sus dedos. Suave y sedosa, de tela y no de fibra, era idónea para inmovilizar sin causar roces o levantar la piel. Nunca había probado ninguna atadura demasiado compleja, pero confiaba en ser capaz de seguir un tutorial con relativa facilidad, por lo que agarró a Iván del antebrazo y dejándole de pie colocó su Tablet de modo que pudiese verla bien y tras encontrar una atadura convincente, se puso manos a la obra.

    Pausando el vídeo cada vez que dudaba, se tomó su tiempo. Iván solo notaba la larga cuerda deslizándose por su cuerpo, ajustada a sus músculos y a sus formas. Bajando, subiendo, bajando otra vez, pasando por su espalda y de vuelta a sus caderas, entre sus piernas y sobre el vientre. No tenía ni idea de lo que su ahora pareja hacía con él pero no tenía miedo, tan solo curiosidad y el deseo de poder ver el resultado. Por su parte, Sergio intentaba mantener la concentración para no equivocarse con el intrincado patrón de nudos y pasadas. Tirando de las cuerdas una última vez dio un paso atrás y admiró su obra.

    El cuerpo perfecto de su novio estaba envuelto en la cuerda, que se hincaba en su carne lo suficiente como para inmovilizarle, pero no lo bastante como para causarle daño. Sus pectorales grandes y definidos quedaban rodeados y resaltados por las pasadas de cuerda, que creaban un curioso arnés que descendía después por la espalda hasta pasar por las ingles, rodear las caderas y la estrecha cintura y volver al pecho ascendiendo por los abdominales, de forma que el pene erecto y los testículos quedaban encerrados en un triángulo de cuerda por delante, y las nalgas separadas por un doblez de la misma. El remate eran las prolongaciones sueltas a la espalda, que le permitían inmovilizar los brazos o las piernas o ambas extremidades a la vez, sin soltar por ello los nudos del tronco.

    Satisfecho con el resultado le ayudó a llegar a la cama donde le tumbó boca arriba, doblándole las piernas y atando las muñecas a los tobillos, de forma que no pudiese incorporarse ni mucho menos cerrarlas. Con una ancha sonrisa en la cara comenzó a desplegar un variado surtido de juguetes sobre la cama, entre ellos vibradores de todos los tipos imaginables. Se sentía muy orgulloso de su colección, no le había salido nada barata y le había supuesto un gran sacrificio ahorrar todos los meses para ir añadiendo un nuevo juguete a su cajón, pero ahora se alegraba enormemente de ello. Pensaba disfrutarles todos, y la mejor manera para ello era con Iván, que aguardaba en silencio con la respiración ligeramente agitada. No le comentó sus planes: ni era necesario ni la máscara de cuero le hubiese permitido escucharlos salvo que le hubiese hablado directamente al oído, casi gritando.

    Inspirando hondo para relajarse se quitó la ropa y se sentó, ya desnudo, entre las piernas abiertas de su amigo. Su pene erecto resultaba tentador, parecía pedir a gritos ser acariciado o cabalgado, pero eso sería demasiado fácil y rápido. No, tenía una idea mejor. Sin perder en ningún momento la sonrisa rodeó la base de los testículos de Iván con una suave cinta de raso, hasta que quedaron apretados y tersos dentro de un escroto que pronto adquirió una viva tonalidad rojiza. Asegurándose de no estar cortándole la circulación les acarició, inclinándose para poder pasar la lengua sobre ellos y disfrutando de la nueva textura. A diferencia de él, Iván siempre iba completamente depilado, lo que le facilitaba enormemente la tarea que tenía en mente.

    Dio un par de suaves palmaditas a los testículos y elevándose sobre el cuerpo de su amigo alcanzó sus pezones. Tras acariciarles con los dedos llevó a ellos sus labios y les cubrió de besos. La piel sensible y de un tono rosado no tardó en responder a las caricias, endureciendo el delicado pezón y resaltando la textura rugosa de la aureola. Mordiendo con suavidad el derecho recogió de la cama unas pinzas metálicas unidas por una fina pero larga cadena y colocó la primera en el izquierdo. Los pequeños dientes metálicos se hundieron en la carne, apresándola con fuerza y enviando señales de dolor que sin embargo se convertían en placer. Iván dejó escapar unos cuantos gemidos, agudos y entrecortados, mientras intentaba mantenerse sereno. Estaba a merced de su amigo y la incertidumbre le mantenía en un estado de alerta continua, debido en parte a la privación de buena parte de sus sentidos.

    Sacando de su boca el pezón Sergio pasó su lengua sobre la aureola varias veces mientras acercaba la pinza muy despacio. En el último segundo, casi pillándose la punta de la lengua, dejó que el acero frío mordiese por fin el pezón que aún quedaba libre. Ambos quedaron unidos por la cadena que conectaba ambas pinzas, cadena que el joven se apresuró a agarrar y de la que tiró con suavidad hacia arriba. Las pinzas resistieron sin problemas y elevaron ambos pezones a la vez, clavándose más en la suave carne y desencadenando una cascada de gemidos que inundaron el pequeño dormitorio. Sergio sonrió con suficiencia y besó el cuello de Iván, acercándose después a su oído.

    –No he hecho más que empezar y ya estás gimiendo como nunca antes. Tenía que haber sabido que esto te gustaba mucho antes, ahora tendré que compensarte por los atrasos.

    Aunque su voz era suave y le llegaba ligeramente amortiguada por el cuero Iván se estremeció. Lo deseaba tantísimo que mordió con fuerza la mordaza, frustrado por no poder responder. Al momento notó hundirse de nuevo la cama entre sus piernas cuando Sergio volvió a sentarse allí de nuevo, esta vez con un rollo de pinzas normales entre sus dedos. Las había preparado mucho tiempo atrás, uniendo unas a otras con un fino hilo de sedal. Tirar de cualquiera suponía mover las demás. Colocó la primera en el pubis, pellizcando la piel muy cerca de la base del pene, y fue distribuyendo el resto por el tronco, ascendiendo siempre en forma de V, hasta que las veinticinco pinzas estuvieron colocadas. Veintidós de ellas en el tronco y tres en el pubis.

    Iván gemía y gemía. Notaba los pellizcos de las pinzas por su cuerpo. Un breve instante de dolor que se amortiguaba en cuanto la piel se adormecía, y que revivía conforme Sergio tiraba del sedal que las unía, más intenso en las pinzas más cercanas al punto donde había tirado, pero doloroso en toda su longitud. No le costó demasiado caer en la cuenta de que eran pinzas. La certeza de ese hecho bastó para calentarle, las había visto en infinidad de vídeos y ahora las usaban con él. Gimoteó cuando un nuevo tirón, más fuerte esta vez, casi consigue arrancar varias de las pinzas. Su piel cremosa empezaba a presentar señales rojizas y pequeñas marcas que Sergio acarició con las yemas de los dedos.

    Dejando las pinzas en paz, se centró de nuevo en el pene de Iván. Gotas de líquido preseminal caían desde el orificio, deslizándose por su pene hasta sus presionados testículos. Eligió una brocha de maquillaje y tras untarla de lubricante la pasó desde el glande hasta la base, acariciando el frenillo en el camino. Los delicados pelos de la brocha cosquilleaban la piel hipersensible del órgano, haciendo que el joven se retorciese y gimiese más alto. Para satisfacción de Sergio las cuerdas resistieron y le mantuvieron en el sitio, impidiéndole moverse. Volvió a pasar la brocha, extendiendo el lubricante en suaves caricias destinadas a enloquecer al chico. La sensación era fantástica y a la vez desquiciante, necesitaba más, su cuerpo le pedía más. El contraste entre las delicadas pasadas sobre su pene y los tirones a las pinzas de los pezones y del resto del cuerpo le inundaban de sensaciones opuestas y a la vez complementarias: la exquisitez de las caricias contra la ferocidad de los pellizcos.

    La cabeza de la brocha pasó por el orificio. Sergio la hizo girar y los cientos de finos pelillos que la componían se movieron como locos sobre el glande, estimulándole en un sinfín de cosquillas que también alcanzaron el orificio. Iván nunca había sentido nada parecido, la sensación se aproximaba ligeramente al orgasmo o tal vez fuese solo su mente saturada de emociones la que establecía esa comparación. Elevó las caderas cuanto le permitieron las cuerdas, deseando más, gimiendo e intentando suplicar a pesar de la mordaza. En cuanto sus caderas se elevaron la brocha se retiró, dejándole a medias. Sergio la volvió a pasar esta vez hasta abajo, empapando de lubricante también los testículos.

    Aferrando con su mano el pene del chico le masturbó arriba y abajo mientras apartaba la brocha. Notaba el calor que emanaba del órgano en su mano, le sentía palpitar al ritmo del acelerado corazón de Iván. Nunca le había visto así, tan duro y tan dispuesto. Pasó la lengua por sus labios e inclinándose sobre el pene escupió directamente en el glande, sumando su saliva al lubricante. Escuchando los gemidos del joven apretó el pene con más fuerza y, ayudado por la gran cantidad de lubricante, le masturbó arriba y abajo, aumentando progresivamente la velocidad. Su mano corría con facilidad sobre la piel suave y caliente, mientras veía salir una gota de líquido preseminal tras otra. Iván gemía con fuerza, cada vez más seguido. Un gemido se superponía con otro y su cuerpo se agitaba y se retorcía, contenido por las cuerdas que se clavaban más en su carne a cada movimiento.

    Iván se debatía, acercándose al orgasmo a gran velocidad. Alzaba las caderas una y otra vez a pesar de que las cuerdas de su vientre se le clavaban cada vez que se movía, desesperado. Deseaba que Sergio le obligase a terminar, que le hiciera acabar para él. Sus testículos atados suponían un leve impedimento fácil de sortear, tan solo necesitaba un empujoncito más, sólo un poco más. Entre fuertes gemidos se concentró en el movimiento de la mano de Sergio, que subía hasta frotar el frenillo para terminar ascendiendo hasta el orificio, bajando por último hasta que golpeaba los testículos con delicadeza. Estaba a punto, tan a punto que podía sentirlo. Hincó los dientes en la mordaza, deseando poder sacársela para hablar y decirle lo mucho que gozaba cuando la mano que acariciaba su pene se retiró de golpe.

    La misma mano aferró la base de los testículos con fuerza mientras la otra palmeaba sus testículos con más intensidad que antes, distrayéndole del orgasmo y dejándole justo al borde del orgasmo. La frustración se acumuló en él que gimoteó y lloriqueó, intentando conseguir que Sergio se compadeciese de él. Sin éxito. Sergio soltó una risilla, mirando a su novio atado y entregado. Sabía lo que deseaba, sabía que quería terminar, pero no, no aún, no tan pronto. Agarró un pequeño vibrador no más grande que su pulgar, pero de gran potencia pese a eso, y escondiéndolo dentro de su puño lo encendió y volvió a masturbar a Iván.

    A las caricias de la mano de Sergio ahora se sumaba la vibración continuada del pequeño juguete. Los gemidos de Iván sonaron más altos, roncos, se atascaban en su garganta a causa de los jadeos que también profería y todo su cuerpo brillaba, cubierto de sudor. Tiró de las pinzas de los pezones al tiempo que mantenía el vibrador contra el frenillo. Ahora los testículos estaban de un vivo color ladrillo y las venas se marcaban en la superficie del escroto. Les acarició con la mano libre tras soltar la cadena de las pinzas. Los pezones rosáceos habían adquirido un apetecible tono frambuesa y la mordaza de bola relucía por la saliva que la empapaba. Hizo subir y bajar el vibrador por toda la longitud del pene de Iván que volvió a gemir, más alto, sacudiendo su cuerpo dentro de las prietas ataduras.

    –¿Quieres correrte? –le preguntó divertido, acercándose a su oído para que le oyese.

    Iván intentó articular una respuesta con todas sus fuerzas. Incluso consiguió emitir algo que podía tomarse por un “sí”. Sergio se rio implacable y el vibrador subió y bajó de nuevo, deteniéndose sobre los testículos. Apretó los dedos en torno al tronco del pene del chico y tironeó del sedal que unía las pinzas de su cuerpo, muy cerca de las tres del pubis.

    –¿No? Qué pena… Bueno, mejor para mí, yo tampoco quiero que lo hagas.

    Iván se sintió al borde de las lágrimas. Se sacudió y se revolvió con furia, logrando únicamente que el vibrador se escapase de la mano de Sergio y rodase hasta la cama, donde se quedó encendido, muy cerca de sus testículos. Sergio le miró con sorpresa y se apartó ligeramente. De no haber tenido puesta la capucha Iván tampoco habría podido distinguir nada en la expresión impertérrita de su novio. Sergio se limpió las manos con un pañuelo de papel y eligió un masturbador de silicona. Nunca lo había usado, pero al meter dentro uno de los dedos comprobó que las protuberancias de dentro se aferraban a su piel, tirando y soltando con solo moverse. Sonriendo de nuevo echó una buena medida de lubricante dentro y se aseguró de que llegase hasta abajo.

    –¿Estás peleón eh? Qué chico tan malo estás hecho. Me parece que tendré que ser más severo contigo.

    Iván lloriqueó entre gemidos. Su excitación estaba en niveles que nunca antes había experimentado. No deseaba parar y a la vez deseaba correrse y que todo terminase; deseaba entregarse por completo, humillarse y pedir perdón por haberse sacudido y sin embargo rebelarse había sido un momento glorioso, a pesar de las consecuencias que ahora debía enfrentar. El masturbador de silicona estaba abierto por ambos extremos, sin duda alguna para permitir ventilación y que el semen no se quedase ahí retenido tras su uso, pero Sergio empleó el orificio del final de manera bien distinta.

    Presionando con fuerza consiguió encajar el pequeño vibrador en el agujero. Asegurándose de que no se saldría volvió a introducir el dedo para comprobar si su idea funcionaba. Con una sonrisa ladina mordisqueó el interior de los muslos de Iván que gimió, no sabiendo bien qué esperar. Sergio siempre hacía algo parecido cuando estaba a punto de penetrarle. Algo inquieto por si era eso lo que pretendía levantó la pelvis, facilitándole el acceso a pesar de todo. Para su sorpresa solo notó una leve presión en el glande de algo húmedo que se abría apenas una fracción de segundo antes de engullir por completo su pene.

    El masturbador de silicona vibraba gracias al añadido de Sergio, y la textura interior, llena de bultos y oquedades bastaba por si sola para volverle loco. Apresaba toda su longitud con fuerza, vibraba cerca de su glande con muchísima fuerza, pero la vibración descendía y bastaba para que la disposición de los relieves de dentro de la funda de silicona hiciese el resto. Era como recibir una felación y una masturbación a la vez. Sus gemidos se convirtieron en gritos, cada vez más altos. Ni siquiera la mordaza era capaz de contenerles. Sergio manipuló con habilidad el cierre de la mordaza, pero en lugar de liberar su boca se limitó a reemplazarla por una de aro, lo bastante grande como para poder penetrar su boca con comodidad sin que este pudiera resistirse.

    Colocando una pierna a cada lado del cuerpo de Iván, se agarró al cabecero e introdujo su pene en la boca abierta del joven. La mordaza le permitía mover la lengua, pero Sergio no prestó atención a ese detalle, empujando hasta que sus testículos reposaron contra la barbilla cubierta de cuero de Iván que gemía sin parar. Manteniéndose sujeto al cabecero con una única mano empezó a mover las caderas, a velocidad creciente. Aunque le hubiese gustado relajarse y disfrutar plenamente, con la otra mano se aseguró de mantener el tubo de silicona en su sitio, de forma que no solo él disfrutase, como añadido, parte de su atención se mantenía fija en Iván, controlando sus reacciones para impedirle alcanzar el orgasmo.

    Moviendo más deprisa las caderas introdujo su pene en la garganta del joven, que intentó reprimir con escaso éxito un par de arcadas. Sus testículos chocaban contra la barbilla del chico mientras sus diecisiete centímetros entraban y salían sin pausa. Con cada penetración Iván se volvía loco. Movía su lengua intentando acariciar cada centímetro de piel que le llenaba la boca antes de que quedase fuera de su alcance. Ansiaba poder cerrar los labios, proporcionar más placer a Sergio que gemía sobre él mientras le controlaba, vigilando estrechamente que no llegase en ningún momento a conseguir el tan ansiado alivio. De un brusco tirón salió de su boca y azotó con su pene la máscara de cuero, deleitándose en el húmedo sonido que produjo. Agarrando con fuerza la funda de silicona tiró de ella, sacándola en el preciso momento en que Iván pensaba que por fin conseguiría terminar.

    Los gritos de frustración y placer se entremezclaron, saliendo libres gracias a la mordaza de aro que no les acallaba de ninguna manera. Sergio apoyó su mano sobre la boca abierta del joven y presionó hasta que estos cesaron, preocupado por si los vecinos escuchaban algo. Cuando sus gritos se convirtieron en suaves gemidos retiró su mano y soltó también la mordaza de aro. Dejó que el chico abriese y cerrase la boca un par de veces, destensando la mandíbula, antes de sostenerle por la barbilla y presionar la última mordaza, y su favorita, contra sus labios. En lugar de una simple bola de silicona, un consolador de tamaño mediano entró en la boca abierta de Iván. No lo bastante grande como para causarle arcadas, pero sí lo suficiente como para obligarle a chupar y tragar si no quería atragantarse. Sus dientes se clavaron en el remate, con forma de bola convencional, y no pudo evitar gemir al notar como Sergio la apretaba más que las otras dos, llenando por entero su boca y anulando cualquier posibilidad de escape.

    En cuanto estuvo satisfecho con el resultado, Sergio volvió a acomodarse entre las piernas de Iván. En la muñeca izquierda llevaba siempre una goma elástica con la que recoger su abultada y rizada melena que agarró con los dientes para poder emplear ambas manos en sujetar su mata de rizos. Con movimientos ágiles y expertos recogió todos los muelles en un prieto moño afro que sujetó con la goma, asegurándose de que ninguno le cayese sobre la cara. Iván aguardaba impaciente, con el pene más duro que nunca y tan caliente que ni siquiera necesitaba tocarlo para percibir el calor que irradiaba. Las venas que antes apenas se marcaban ahora resaltaban como alambres bajo la piel, palpitando apenas imperceptiblemente. Sergio limpió el lubricante con un papel y pasó la lengua por el glande, notando el sabor salado del líquido preseminal del joven que gimió al notar la caricia.

    Sabiendo que ahora le resultaría más difícil incluso que antes mantenerle bajo control, Sergio agarró los testículos de su novio por la base, apretando con más fuerza la lazada de raso que les sujetaba y asegurándose de mantenerles siempre bien prietos dentro de su mano. Bajó la cabeza despacio y el grueso trozo de carne se abrió camino por su boca, hasta llegar a su garganta. Iván le recompensó con un agudo gemido y una serie de espasmos de cadera involuntarios que le dejaban saber sin ninguna duda lo mucho que estaba disfrutando y a la vez lo insatisfactorio de ese goce. Cerrando más los labios en torno al pene del joven lamió todo su tronco una y otra vez hasta que lo sacó despacio de su boca, tan solo para volver a meterlo hasta que su nariz quedó contra el pubis pinzado de Iván.

    Por su parte, el rubio no podía hacer nada salvo gemir y jadear. Las ataduras que tanto le habían gustado al principio ahora se le antojaban crueles dispositivos de castigo que le impedían alcanzar su objetivo, y la mano suave y cálida de Sergio parecía más un cepo que una mano, atenazando sus testículos y apretándolos cada vez que sospechaba que podía terminar. Cegado por la capucha cualquier mínima sensación sobre su cuerpo se incrementaba: la boca cálida y húmeda de Sergio que acogía su pene, su lengua blanda y siempre en movimiento, las pinzas que seguían atenazando pequeños pedazos de piel a lo largo de su torso y las dos metálicas en sus pezones, las que más le dolían y por tanto las que más deseaba aguantar. De vez en cuando conseguía captar algún sonido, ruidos de succión y pequeñas arcadas, pero en general la capucha hacía un buen trabajo manteniéndole aislado. Retorció las muñecas en vano y movió su pelvis de forma que su pene subiese y bajase más deprisa, ganándose por ello un buen tirón en los testículos.

    Sergio continuó lamiendo y succionando, chupando con tanto ahínco que el glande oscurecido de Iván se tornó púrpura. Sacando su pene de la boca le repasó con la lengua, mordiendo con exquisita suavidad y a la vez fiereza el tronco del pene. Iván gritó al notar los dientes de su amigo clavarse despacio en su pene. El gesto no era doloroso, no le hizo nada de daño, pero le resultó tan erótico que un nuevo chorro de líquido preseminal goteó desde el glande. Complacido por su reacción Sergio depositó un suave beso sobre el orificio y recogió con su lengua ese nuevo rastro húmedo antes de volver a tragarle. No era la primera vez que le hacía una mamada, por lo que sabía a qué debía estar atento. Moviendo la lengua y apretando los labios le dejó tomar brevemente el control, consintiendo que penetrase su boca a un ritmo frenético que terminó en cuanto le sintió contraerse.

    Con un rápido movimiento se echó hacia atrás y retiró su cabeza al tiempo que le apretaba los testículos. Enrollando el sedal en torno a su dedo dio un rápido tirón hacia arriba, arrancando parte de las pinzas en un único movimiento que desató una nueva oleada de gemidos y gritos ahogados. Nuevamente había impedido que su amigo consiguiese terminar y su frustración se traducía en jadeos y suaves lloros que encerraban una cualidad erótica incomparable. En dos tirones más retiró el resto de las pinzas, que chasquearon en el aire cuando dejaron de pellizcar la piel ahora enrojecida del chico. Sergio pasó los dedos por las marcas, besó algunas y masajeó el resto ayudando a reestablecer la circulación en cada uno de los pellizcos. Su novio gritaba con cada presión que los dedos de Sergio ejercían en esas zonas, que le dolían ahora más que cuando llevaba las pinzas. Conforme la circulación se reestablecía el dolor dejaba paso a una ligera molestia, tan solo un recordatorio de quien mandaba en realidad.

    La cabeza de Iván daba vueltas. Ya no podía pensar con claridad abrumado como se encontraba por el dominio que Sergio ejercía sobre su cuerpo y su placer. De ser por él hacía tiempo que habría tenido un orgasmo, pero el control que su novio mantenía sobre él le impedía una y otra vez alcanzar tan ansiado placer. La tortura era sublime, y tan placentera a pesar de la intensa frustración que ni siquiera se resistió cuando volvió a extender lubricante por su pene y a encerrarle dentro de la funda de silicona, donde al menos ya no estaba encajado el vibrador. La certeza de que ni siquiera su propio placer dependía ya de sus decisiones le había calado hondo, y no luchaba por rebelarse como sí hiciera antes. Ahora se entregaba, completamente sumiso mientras lamía el consolador que taponaba su boca y deseaba que volviese a ser Sergio quien lo hiciera.

    La sorpresa que sintió cuando las cuerdas que retenían sus tobillos y muñecas se soltaron no duró mucho. Pegándose a su oído para que pudiese escucharle con claridad pese a la capucha Sergio le indicó que se pusiera boca abajo en la cama, con las caderas en el aire y la cara contra el colchón. Sintiéndose algo torpe y entumecido Iván giró como le habían pedido y, una vez colocado, Sergio se apresuró a inmovilizarle de nuevo, aunque empleando un método distinto esta vez. Juntando sus manos por detrás de los muslos, a la altura del hueco poplíteo, anudó con la cuerda ambas muñecas. La propia posición le impedía doblar los brazos y sus muslos quedaban apretados por los mismos. Iván gimió al notar que nuevamente no podía moverse, pero en ningún momento protestó. Ni siquiera cuando aseguró sus muñecas a las piernas, un poco por debajo de las rodillas.

    Sergio coló sus manos entre los muslos con algo de esfuerzo y, aferrando el pene y los testículos, los llevó hacia atrás de manera que sobresaliesen tras los muslos, apretados y disponibles para sus caprichos. Separando un poco más las cuerdas que mantenían sus nalgas distanciadas la una de la otra Sergio contempló el ano de Iván: un círculo de piel de un rosa oscuro, con ligeros pliegues que el conferían un aspecto estrellado bastante atractivo. Pasando un dedo sobre la sensible piel recogió el bote de lubricante de la cama y untó su plug favorito con él. En circunstancias más normales se hubiese decantado por juguetes más convencionales, pero comenzaba a sentir cierta urgencia. Sin perder la sonrisa cubrió de besos las nalgas del joven antes de presionar el plug contra su ano, que se abrió despacio para recibir el tamaño más que generoso del juguete.

    Iván gimió al notar la intrusión, aunque el lubricante la hizo llevadera. En esa nueva postura tenía incluso menor rango de movimiento que antes por lo que se limitó a gemir y esperar, con la cabeza hundida en el blando colchón. Sergio recuperó la cinta de pinzas y colocó las dos primeras en la espalda de su novio, que gimió al notar los nuevos pellizcos, ascendiendo después por la espalda en hileras paralelas a la columna. La última de las veinticinco pinzas la dejó sin colocar al quedar demasiado cerca del cuello. No se sentía cómodo presionando tan cerca de ahí. Con suavidad acarició las nalgas de Iván, tan blancas y perfectas que incluso en el cuarto en penumbra se distinguían con plena claridad. Del plug que llevaba en el ano colgaba un fino tubo unido a una pera y una válvula que regulaban el flujo de aire que entraba y salía, permitiendo inflar o desinflar el aparato, pero no era la única de sus funciones.

    Impulsado por el deseo de ver su cara cuando lo hiciese crecer dentro de él, se arrodilló junto a la cabeza de su chico y soltó la mordaza para poder abrir la cremallera que mantenía cerrada la capucha. Con alguna que otra dificultad pues no quería retirar el consolador de la boca de Iván, consiguió retirar la capucha sin que saliese también la mordaza, pudiendo volver a abrocharla en su sitio. La cara del joven estaba enrojecida por el calor y el roce contra el cuero, con el corto pelo rubio apelmazado contra el cráneo y los ojos llorosos. Sergio palmeó sus mejillas y se deleitó con la mirada de adoración que le dirigió el joven antes de bajar la vista a su erección. Estirándose hasta alcanzar la pera de goma presionó su interior muy despacio, para no pasar aire al plug que, no obstante, empezó a vibrar con fuerza.

    Iván se retorció de placer cuanto le permitieron las ataduras. El juguete conseguía estimular su próstata de una forma exquisita aunque despiadada, pues su potencia no era regulable y resultaba quizá demasiado intenso. Con un gimoteo suplicante intentó ablandar a Sergio que, sin embargo, se limitó a apretar la pera en su puño, enviando esta vez una buena cantidad de aire al plug. Iván sintió como su ano se dilataba de golpe conforme el aire expandía la cubierta de látex del juguete que aumentó considerablemente su tamaño. Sergio volvió a accionar la pera y nuevamente obligó al ano de Iván a abrirse, dilatándolo por la fuerza sin que el joven pudiese oponer resistencia. Iván se contorsionaba, gemía y soportaba el asalto a su interior como podía sin dejar de mirar a Sergio, que sonreía y se masturbaba mirándole mientras accionaba la pera, enviando más y más aire.

    Con un último bombeo terminó de hinchar el plug que había duplicado su tamaño en apenas un par de minutos. La respiración de Iván era ahora un rápido jadeo y Sergio no necesitó más que mirar a sus pantorrillas, donde brillaban gotas de líquido preseminal, para descubrir cuánto había disfrutado en verdad el chico. Con un movimiento elegante bajó de la cama y se estiró, poniéndose de puntillas y rotando después los brazos para desentumecerlos. Inclinándose sobre el cajón comprobó que apenas quedaban dentro un par de juguetes, por lo que localizar su única pala, de cuero grueso y mango de madera, no le llevó demasiado tiempo.

    –¿Recuerdas los azotes que me pediste? –preguntó moviendo la pala en el aire–. Llevo deseando dártelos desde ese día, y quizá incluso unos cuantos más, por haberme hecho esperar tanto para tenerte así.

    Sus ojos grises relampaguearon en la penumbra mientras se aproximaba de nuevo a la cama donde esperaba Iván, que temblaba ligeramente. La realidad estaba superando sus más alocadas fantasías siendo mil veces mejor que estas, pero ahora, al contemplar los remaches plateados que adornaban la pala por toda su superficie y a la vez ayudaban a que el azote fuese más fuerte, consiguió imponerse como clara vencedora. Intentando relajar el cuerpo para ofrecer una menor resistencia observó como Sergio se movía buscando una buena posición. La pala surcó el aire y antes de que pudiese procesar lo que pasaba impactó contra sus muslos, lejos de donde había esperado el azote.

    El siguiente azote siguió ascendiendo por los muslos, hacia las nalgas, pero también hacia el pene y los testículos del chico. Por un momento Iván se preocupó de que fuese a golpearle precisamente ahí, aunque el siguiente azote, hábilmente dado sobre el muslo, pero esquivando los genitales, le despejó cualquier posible preocupación. Cada golpe provocaba que gritase y gimiese, dejando una franja de piel que parecía arder y escocer al mismo tiempo. El chasquido de la pala al impactar quedaba prontamente silenciado por los quejidos del joven que ascendían en volumen conforme el cuero mordía de nuevo una zona ya azotada previamente. Las tachuelas metálicas de la pala incrementaban el dolor por el impacto, modificando ligeramente cada golpe.

    El dolor no era tan solo dolor. Cada golpe le hacía gritar y retorcerse, desatando el miedo al siguiente y el deseo de que el castigo acabase. Al menos, en la superficie de su mente, la parte que conservaba un breve rescoldo de racionalidad, pues el resto de su mente parecía pedir a gritos más, un nuevo azote, un nuevo golpe, ser castigado y sometido hasta que llegase a su límite. Deseaba con todas sus fuerzas correrse, pero en su nueva postura ni siquiera ese alivio le estaba permitido, desquiciándole y a la vez reafirmándole en su convencimiento de que debía someterse y acatar los deseos de Sergio.

    Sin dejar de azotar a Iván, Sergio comenzó a masturbarse. Cambiando de posición para poder golpear cómodamente sin necesidad de parar. Poniendo buen cuidado de no acertar en los testículos o el pene, fue ascendiendo por los muslos hacia las nalgas firmes y tersas de su novio. La piel blanca, tan parecida en color a la suya, fue tornándose roja, al principio un leve tono rosado que, conforme golpeaba una y otra vez, ascendía en intensidad. Pequeñas líneas horizontales surcaban ahora los muslos y las nalgas del joven, producto del impacto de los bordes de la pala contra su piel. Entre cada par de líneas paralelas, se apreciaban pequeños redondeles algo más amoratados que el resto producidos por las tachuelas. Moviendo la pala frente a la cara de Iván, que gemía y mantenía en alto las caderas, se inclinó sobre él para poder mirarle.

    –Espero que no vuelvas a portarte así. Si lo haces, tendré que ser más severo incluso.

    Un destello de desafío brilló por un segundo en los ojos de Iván, tan breve que apenas fue visible, pero sin embargo no pasó desapercibido para Sergio que sonrió. Sabía que su chico se encargaría de darle motivos de sobra para repetir algo así, la cantidad de líquido preseminal que bañaba la parte posterior de sus muslos y sus pantorrillas no dejaba espacio a la duda acerca de si disfrutaba los azotes o no. Querría ser castigado de nuevo, y no fallaría en darle razones para hacerlo.

    Accionando la válvula del plug con una mano dejó que saliese todo el aire, apagando a continuación su vibración y arrojando a la cama la pala. Usando las cuerdas a modo de amarraderas tiró del cuerpo de Iván hasta que le dejó al borde de la cama, en una postura lo suficientemente cómoda para penetrarle sin dificultad. Se situó detrás del chico y pasó su pene entre sus nalgas, sintiendo en las manos el calor que emanaba de ellas y las suaves depresiones causadas por los relieves de la pala. El ano de Iván se mantenía abierto, húmedo, rebosando lubricante y listo para ser penetrado, por lo que con un único empujón de caderas se abrió paso dentro de él, escuchando cómo gemía y coreándole con sus propios gemidos.

    Agarrándose a la soga que rodeaba el cuerpo del joven con una mano azotó ambas nalgas con la otra mientras empezaba a moverse. El vaivén de sus caderas aumentó su velocidad sin que por ello cesasen los golpes. Sus testículos rebotaban contra los de Iván que gemía enloquecido y arqueaba cuanto podía la espalda, dejándose penetrar sin oponer ninguna resistencia. La mordaza de goma de su boca le animaba a chupar a la vez y eso hizo, imaginándose siempre que se lo hacía a Sergio, agradeciéndole cada penetración. El plug había cumplido con su cometido y Sergio se deslizaba dentro y fuera sin ningún problema, cada vez más deprisa. Sus jadeos y gemidos, más moderados que los de Iván, se unían a los de este y rebosaban el pequeño cuarto.

    Enroscando el dedo en torno al fino sedal, arrancó la hilera de pinzas de un único tirón esta vez, deleitándose en el grito de Iván cuando sintió todas las pinzas abandonar su piel casi a la vez. Las marcas en su espalda resultaban casi más visibles que las de su vientre, y Sergio se las acarició antes de buscar a tientas bajo el torso del chico la cadena que unía las pinzas que aún llevaba en sus pezones. Acarició la piel de ambos que las pinzas aún dejaban fuera y los presionó hacia dentro. Iván gimió y volvió a lloriquear, retorciéndose, pero sin apartarse de Sergio que con deliberada lentitud abrió la pinza izquierda.

    El gemido pareció más un grito. La sangre volvió de golpe al pezón y lo hinchó bajo los dedos de Sergio que le acarició y apretó, moviéndose frenéticamente dentro y fuera de Iván que aguardaba, con la respiración acelerada y el sudor cayéndole sobre los ojos. Soltando el pezón Sergio apretó los testículos del joven en su mano, mera precaución para evitar un orgasmo ya demorado y capaz de producirse en cualquier momento, y liberó el otro pezón de su pinza, no sin antes dar un último tirón de la cadena. Iván gritó mientras todo su cuerpo se tensaba, incluido su ano que apretó el pene de Sergio quien no paró de moverse. Su mano impactaba una y otra vez contra las nalgas de Iván, cuyos dientes se clavaban en la bola que remataba la mordaza y temblaba debajo de su compañero.

    Con un violento envite Sergio entró una vez más, pero esta vez se quedó quieto, mientras alcanzaba su orgasmo profiriendo roncos gemidos. Sus manos agarraron las caderas de Iván donde clavó las uñas, dejando la marca de cinco pequeñas medias lunas perfectas a cada lado. Iván gemía con más suavidad esta vez, con el cuerpo sacudido por escalofríos que le hacían temblar y notando como Sergio suspiraba de placer antes de retirarse. Ignorando los planes que pudiese tener ahora, apoyó la cabeza en las almohadas y cerró los ojos sin dejar de gemir, intentando relajarse para lo que sea que tuviese preparado su novio para él.

    La lengua cálida y húmeda de Sergio pasó despacio desde sus testículos hasta su glande, segundos antes de que acogiese en su boca todo el pene de Iván que abrió los ojos con sorpresa. Gimiendo intentó mirar a Sergio sin conseguirlo, avisarle de alguna manera de que no podría contenerse si seguía así. Los suaves labios del chico apretaban su tronco cuando este subía y bajaba, deteniéndose siempre en el frenillo para mantener el glande en la boca. Sergio pasó la lengua de nuevo por el orificio, deslizándola después como una culebra sobre todas las marcadas venas que encontró a su paso.

    Iván no pudo contenerse. Gimiendo como un poseso se dejó ir y alcanzó por fin el orgasmo, que estalló en su cabeza como fuegos artificiales mientras un intenso placer le sacudía por entero y le impedía incluso gemir, cortándole la respiración. Jadeando y boqueando, medio asfixiado por la mordaza, lanzó un chorro de semen tras otro en la boca de Sergio que les recogió todos, moviendo la lengua para no dejar escapar ni una gota antes de tragar. Todavía notaba espasmos, pequeños calambres que recorrían sus testículos y su pene que ahora empezaba por fin a relajarse, perdiendo parte de la firmeza que había mantenido hasta escasos segundos antes.

    Con un chasquido húmedo Sergio dejó que el pene de Iván abandonase su boca, en la que todavía perduraba el sabor a su semen. Tras despejar la cama y dejar a parte los juguetes que debía lavar sus dedos ágiles se apresuraron a soltar los diversos nudos que apresaban el cuerpo de Iván, que permanecía con los ojos cerrados y sin fuerzas para moverse. Las cuerdas se habían clavado en la carne, irritando, pero sin causar heridas de ningún tipo. En unas horas no era probable que le quedasen marcas de la soga, aunque sí de las pinzas y los azotes. En cuanto su cuerpo se vio libre de las ataduras Iván se acomodó sobre la cama, aún bocabajo, totalmente agotado. Sergio tuvo que levantarle la cabeza para poder soltar la mordaza, empapada de saliva, que abandonó la boca del chico con facilidad.

    –¿Ha estado bien? –preguntó tumbándose a su lado, apoyando su cabeza llena de rizos contra el cuello de Iván que consiguió rodearle con los brazos y soltar su moño, ya medio deshecho.

    –Ha estado mejor que bien. Hay que repetirlo, por favor, dime que repetiremos.

    Sus dedos estaban profundamente hundidos en los rizos de Sergio que por primera vez no protestó ni intentó apartarle. Abrazando al chico a su vez le dio un tierno beso en los labios, algo enrojecidos por la mordaza y la saliva, y le permitió acariciar su oscura melena. Se había ganado una recompensa y, bien pensado, esas caricias no estaban tan mal. Al ver que aún aguardaba una respuesta sonrió y le volvió a besar antes de comprometerse.

    –Repetiremos.

    –Nota de ShatteredGlassW–

    Gracias a todos por haber leído este relato escrito a petición de un lector a través de mi correo electrónico. Si queréis que escriba algo para vosotros podéis pedirlo a través de mi email, si la temática me gusta y dispongo de tiempo, os haré un relato personalizado. Por supuesto, las personas, lugares y hechos descritos en el relato son completamente producto de mi imaginación, y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

    Si tenéis comentarios o sugerencias y queréis comunicaros de una forma más personal conmigo podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: [email protected]

  • Rogada y rotada

    Rogada y rotada

    Después de llegar a la uni me encuentro llegando tarde e intentando interrumpir lo menos posible me siento donde siempre al lado de Alexandra que de normal le decimos Ale.

    Ale: ¿por qué llegas tarde acaso te quedaste dormido otra vez en el bus? Jajaja

    Yo: la verdad simplemente me tocó esperar al siguiente aparte no tienes derecho de reírte de costumbre eres la que llega tarde

    Ale: Y aun así siempre me regañas, no te parece muy hipócrita de tu parte?

    Yo: sabes que deja así, ok?

    Ale: Siempre te haces del rogar

    Yo: si claro, te parece si le pones atención yo no soy el que va a perder el parcial.

    Ale: Será

    La verdad siempre me pareció linda Ale pero para ese momento me parecía más una amiga que un amante, nadie podría aceptar que le digan hipócrita así de fácil pero estaba muy cansado para pelear y al final era verdad.

    Después de algunas clases más por fin tuvimos hueco.

    Ale: vamos a el café o que, Lina Sofi van a ir, y creo que también Samu

    Yo: No tengo nada mejor que hacer supongo

    Ale: no te veo muy emocionado por la idea, pasa algo

    Yo: no te preocupes, sólo que no he dormido bien estos días

    Sonrió y reuno todas mis energías para ir al café.

    Sofi: oh! Llegaron, Samu y Lina cancelaron así que pues, que tal

    Yo: Nada cansado y tu

    Ale: un poco aburrida

    Sofi: Yo relativamente bien pero para el viernes hay una fiesta deberíamos ir

    Yo: no se, me da pereza

    Ale: dale si tu vas yo voy

    No siendo más terminó aceptando, luego hablamos de temas sin importancia nos retiramos y acompañó a Ale por el camino nos encontramos al ex de Ale al parecer un ñero o por lo menos guiso, me decanto más por la segunda y pasa lo siguiente:

    El ex: Alexandra… Hola como estas

    Ale: usted está tomado?

    Ex: eso no tiene que ver usted sabe que yo la quiero

    Ale: déjeme en paz marica entre usted yo no hay ni muerda

    Ex: eso no decía cuando la ponía en cuatro y cuando le apretaba esas tetas y le nalgueaba ese severo cuño que te mandas

    Ale: pudrase

    Me limite a darle sólo una mirada calculadora y ya.

    Ex: ese es tu noviecito, ese hijueputa no se merece tu carita de puta ni tus tetas de regalada

    En ese momento me acerco y lo miro por encima del hombro aprovechando mi altura.

    Yo: suerte gonorrea si continúa con la maricada lo reviento

    En eso llega un amigo de el y se lo lleva nos pide perdón el amigo como puede, nos alejamos y Ale me confiesa lo siguiente:

    Ale: ese pirobo me lleva «acosando» hace rato y la verdad gracias por ayudarme a ver si se le bajan los humos

    Yo: No te preocupes sabes que para eso estamos

    Ale: es que no se como agradecerte

    Yo: tan marica agradecer que sólo fue una bobada

    Ale: …

    Yo: sigamos caminando más bien

    Ale permanece callada casi todo el camino siento que me está ocultando algo pero lo dejo pasar.

    Pasa un día y llega el día de la «fiesta» me alistó y por no ser un rogadito llegó un poco tarde, me encuentro con Sofi y hablamos un rato y tomamos un poco luego le pregunto por Ale.

    Sofi: llegó antes que tu debe estar con Samu

    Yo: normal igual ni saludaron

    La conversación continúa hasta que voy al baño en donde en el camino me encuentro a Samu y a Ale besándose la verdad no me importa y me hago el que no vi pero Ale nota mi presencia, prosigo mi camino y cuando salgo del baño me encuentro a Ale medio tomada pero no mucho y me dice:

    Ale: no es lo que tu crees

    Yo: que?

    Ale: lo de Samu

    Yo: no entiendo

    Ale: el beso

    Yo: si y pues hay yo que

    Ale: podemos hablar

    Yo: bueno

    Nos sentamos a hablar y Samu se mantiene al margen.

    Yo: que pasó

    Ale: es que

    Yo: que

    Ale: no se

    Ale se retira y se va al baño

    Samu: piroba pa rara

    Yo: si, jajaja

    Aún que en realidad quedó intrigado y huelo/presiento lo que pasa, espero lo suficiente para que salga y le hago señas para subir unas escaleras, Ale vacila pero se acerca y yo las subí primero en el segundo piso nos pusimos a hablar.

    Ale: mira te voy a decir la verdad yo…

    Yo: tu?

    En ese momento tenía claro mi siguiente movimiento y el desenlace que tendría.

    Ale: tu me…

    Antes de que pueda terminar la palabra con mi mano tocó suavemente su mentón para subir su cabeza y la beso, luego se me queda mirando fijamente y me dice.

    Ale: si, desde hace bastante

    La interrumpo cogiéndola de la cintura ella mide aproximadamente 160 o por ahí y yo 1.82 en eso la alzó y la beso, la pongo detrás de una puerta pero está cerrada rápidamente la llevo a otra habitación la cual abro como puedo mientras la beso apasionadamente.

    Ale: por favor, hazme tuya ya.

    Yo: te gusta el sexo duro verdad

    Asiente con la cabeza y la lanzó a una cama le quito camisa y sostén ,la ahorcó y mientras la beso le aprieto una teta la cual queda con la forma de mi mano debido a que su piel es muy blanca por ende se enrojece muy rápido.

    Ale: ahh! Que rico, you have a bitch here

    Yo: si te gustó eso te encantará lo siguiente

    La agarró del cuello y la pongo de rodillas, nunca olvidare esa imagen de esa puta tirada con medias veladas unas tipo notas rojas y una mini falda negra sin nada para arriba y una gargantera de corazón que le daba un toque excitante, ella preparada me baja los pantalones y me la empieza a chupar de a poco pero sin arcadas de repente se lo saca de la boca y mientras lo pajea con las manos me dice:

    Ale: por favor cacheteame

    Y le pegue una cachetada sin excederme, pero ella insistió.

    Ale: más fuerte

    Le pegue otra y aun así me pidió más.

    Ale: tu puta no se va a portar bien si no le pegas de verdad

    Y me lamio la verga le pegue ya con una fuerza considerable y agradecida me dio una profunda en eso se pone en cuatro.

    Ale: te lo ganaste por pegar tan rico

    Yo: te voy reventar ese culo

    Ale: te lo ruego papi, reviéntamelo porfis

    En eso se la meto entera y pega un gemido delicioso.

    Yo: que bien gimes de seguro te encanta

    Ale: son sólo para ti dulzura

    Yo: dímelo cuando te vengas

    Ale: te dedicaré mi orgasmo y el tuyo lo quiero en mis dos putas tetas

    Yo: yo decido donde te lo hecho puta pero es buena tu idea malparido

    Ale: más duro porfa!

    Ale: si hijueputa Damela

    Y intenta voltear el torso en eso la sacó la volteo y le cumplo su capricho.

    Ale: ahora por el coño mi vida

    En eso se la meto y la agarró del cuello.

    Ale: ah! Ah! Aah!

    Yo: Quien es mi puta

    Ale: yo soy tu ah! PUTA!!!

    Le cerré la boca y le seguí dando ella con una mano cogía el brazo y con otra las sábanas.

    Debes en cuanto quitaba la mano y escuchaba sus hermosos gemidos de perra.

    Ale : por favor hmm! Damela ya!!

    En tres taponazos se la llene toda mientras ella grito/gimió como nunca la saque y quedó destrozada con las nalgas rojitas y esas tetas también con una respiración agitada y tirada como la puta que es luego de eso se vistió y me regalo su panti para que me distraiga sólo cuando no este con ella.

    Si me muestran apoyo en comentarios les contaré como se la puse a Sofía y segunda parte con esta piroba puta.

    Gracias por leer, se les quiere besos en esas tetitas.

  • El primo de mi madre me penetra, lo disfrutamos

    El primo de mi madre me penetra, lo disfrutamos

    Las relaciones incestuosas han sido parte de la vida, y sin temor a equivocarme, creo que, en muchas familias, la mía no es la excepción; es mas les relataré la experiencia que me sucedió como sobrina, como hija en relación a mi madre y desde entonces las relaciones sucedieron y fluyeron por un buen tiempo, mientras yo lo permití y lo disfruté.

    Un primo de mi madre, nos frecuentaba muy seguido durante el año, él viajaba mucho, creo que aún lo hace, mi padre siempre demostró reparos cuando él nos visitaba, entenderán porque cuando conozcan mi experiencia. Mi tío se llevaba muy bien con mi madre, en una ocasión llegó después de varios meses y mi madre le ofreció que se quedará en una habitación que usábamos como escritorio o deposito, había un mueble de escritorio y una silla, había mucho espacio y junto a mi padre llevaron un catre, colchón y sabanas y cojines y algunas frazadas, para que se instale mi tío. El solo se quedó cerca de diez días, luego volvió a desaparecer, para en ocasiones llegar de meses y las rutinas se repetían, incluso conmigo, lo disfrute por algunos años, después la pasión y el deseo se apagó y no volvimos a sentirnos nunca más.

    En esta oportunidad los días pasaban sin mayor sin mayor sorpresa, sin embargo, una tarde, llegue a casa después de mi clase en la universidad, ingrese y vi a mi tío sobre el sofá, escuchando música, nos saludamos y no sucedió mas nada, ingrese a mi dormitorio, me puse algo mas cómoda y baje con un buzo ancho y un polerón, por mi comodidad, no usaba ni calzón ni corpiños, es decir, estaba desnuda por dentro, era por comodidad, mi buzo y polerón no dejaban mucho a la vista. No era mi intención provocar nada, mucho menos con mi tío, pero la vida se encarga de reunir pasiones, palabras correctas, miradas y cuando la piel, el deseo y la ocasión son cómplices, todo fluye.

    Entonces se acercó a la cocina, y platicamos sobre mi vida y me comento sus historias, muchas cargadas de alto contenido sexual, pero no intuí al inicio sus comentarios e intenciones, de forma tal que lo que sucedió naturalmente, es que empecé a mojarme y sentir transpiración ante tanta historia sexual recorrida por mi tío, confieso que fui muy incrédula pero desperté su deseo al pedir ver su pene, si era como él se describía, jamás imagine que esa pregunta llevaría a horas, días de pasión y sexo entre los dos durante algunos años, lo repito, mientras yo lo permití y lo disfrute.

    En esos momentos al ver su pene totalmente erecto, lo saboree en silencio para no delatarme, me pidió que lo tocara y ahí empezó una camino sin retorno, con ambas manos lo palpe y empecé a recorrer todo su pene entre mis dedos, él lo que hizo fue bajarme el buzo y ante sus ojos brillantes, su sobrina estaba mostrando y exhibiendo su vagina, ya totalmente húmeda, creo que sintió su primer orgasmo al solo de verme, estaba con una joven a la cual penetraría y no le importo que sea familiar suya, entonces me tomo con ambos brazos, me sentó sobre la mesa y frente a mi vagina con sus labios empezó unas deliciosas succiones y besos, lamidas y lengüetazos, que me llevaron a mil, con delicadez se levantó y dirigió su pene frente a mi vagina y dando unos toques con su glande, penetro y profanó mis cavidades, una y otra vez, sus manos debajo mi polerón hacían de todo con mis senos, sé que lo gozó y mucho, me propinaba más embestidas, emití jadeos, transpiración y ante tanta pasión caímos juntos en un orgasmo que exploto los sentidos, eyaculo dentro mío, me beso los labios, me hizo su mujer.

    Se levantó y salió de la cocina dejándome casi sin fuerzas, solo me cubrí con mi buzo, me senté por unos minutos y luego fui a mi habitación a descansar, de la jornada de posesión de la cual disfrute. No sentí cuando llegaron mis padres, todo fue normal durante los siguientes días, en las próximas visitas, las relaciones fueron más naturales, si, con mi tío lo hice muchas veces, en mi habitación, en moteles y hoteles, después de algunos meses, sucedió lo que jamás deberían conocer las hijas o sobrinas, mi tío entre sabanas y penetrándome me confeso que lo hizo con mi madre, cuando eran más jóvenes, y lo hicieron hasta meses antes que mi madre se casara con mi padre, me confeso que mi madre le había relatado lo sucedido a mi padre, por ello los reparos de mi padre, para con mi tío.

    El muy atrevido, se comió a su prima, mi madre y a su sobrina, yo, nunca se lo conté ni a mi madre ni a mi padre, pero cuando miro a mi tío, cuando nos visita, sé que quisiera tenernos a las dos en su lecho, algo que jamás sucederá, así paso con mi tío, esta experiencia me sucedió y atrapó por años, no lo niego sentirlo dentro mío era lo máximo, el sabia amar a la mujer que tenía en frente, tal vez por eso, hoy está solo, porque disfruta del sexo. 

    Sin mayor reparo escriban y den su opinión:

    [email protected]

    Espero les haya gustado.

  • El néctar del pecado

    El néctar del pecado

    Desde hace un tiempo me siento sola, ignorada, indeseada…

    Me llamo Wada, y estoy casada con un patán que ni siquiera me toca desde hace meses, mis años más cogibles se están yendo como el agua en las manos y ese imbécil no me satisface como me merezco. Me considero una madura nada fea y desde mi opinión con un buen cuerpo: unos senos enormes, caderona, unas piernas que ponen a babear a cualquier hombre y no es por nada, pero soy muy buena en la cama.

    Durante años le he sido fiel a mi esposo a pesar de tener muchas oportunidades para engañarlo. Infinidad de hombres, incluso vecinos me han propuesto tener una noche de diversión con ellos, pero siempre he dicho que no. Me arrepiento… porque ahora mi esposo no me toca ni el pelo y de seguro ya tiene a otra que culearse. Al principio no me importaba vivir sin sexo, tengo un vibrador, así que eso era suficiente para mí, pero últimamente he extrañado el calor de un trozo de carne penetrando mi culo y el sabor de unos buenos huevos. Es como si no pudiera dejar de pensar en eso, siento día y noche esas ganas inmensas de cogerme al primer hombre que encuentre en la calle, de ser dominada y sentirme una mujer deseada de nuevo.

    Antes me sentía mal por tener este tipo de pensamientos, pero a la mierda… que se joda el pendejo de mi marido, no sabe apreciar el mujeron que tiene como esposa, y por eso mismo he decidido engañarlo hoy y al fin satisfacer mis ganas de ser cogida. Debido a que ya rechace a todos los hombres en la colonia, no tengo muchas opciones, así que he decido buscar suerte en la calle y quizás algún hombre caiga en mis encantos. No hay tiempo que perder así que me arreglaré para salir y me vestiré lo más puta posible, no voy a buscar al diablo vestida de monja ¿cierto? Me pondré una faldita ajustada y corta que resalte un poco mi culo y un top de tirantes negro con encaje que me encanta, porque mis senos se ven muy grandes y llaman mucho la atención. Mi objetivo es llegar a una plaza, pero antes pasaré al supermercado a comprar unos condones…

    Estoy esperando en la fila para pagar los globitos y al parecer he llamado la atención de un joven (unos 24 años) atlético, moreno y vestido deportivamente, de seguro viene del gym o de correr. No deja de sabrosearme y me encanta que me vea tanto, parece que me desnuda con la mirada… mmm está buenísimo, se ve que tiene unos brazos enormes y un bulto muy grande entre sus piernas. Encontré a mi presa…no habrá formalidades, me lo cogeré en el baño del super y después adiós –pienso mientras estoy dando el dinero a la cajera. Al parecer viene solo y únicamente está parado viéndome, estoy caminando hacia él y con cada paso se acelera más mi corazón, siento mis tetas a reventar, me pone muy caliente buscar sexo de esta forma…

    -Hola, note que te me quedas viendo mucho ¿Te gusta mi faldita? La estoy estrenando.

    -Hola, se se ve muy linda en ti.

    Que voz tan varonil tiene y al parecer lo pongo nervioso, creo que será fácil cogérmelo.

    -Gracias, seré directa, tengo ganas de ser cogida en los baños de este supermercado y me prende mucho la idea de que seas tú, eres muy guapo y noto que estás muy bien dotado ¿Qué dices?

    -¿Es este un tipo de broma? Porque sí es así no tiene nada de gracioso.

    -Para nada, de hecho aquí tengo unos condones, cogemos y adiós – . Estoy poniendo la cara de una putita hambrienta y me estoy acariciando el pelo, él está pensándolo un momento, su silencio hace que me excite cada vez más…

    -¿Segura?

    -Sí, te va a gustar, lo prometo.

    -Está bien…

    Mientras caminamos a los baños no puedo dejar de sentirme feliz y húmeda, estoy a punto de tirarme a un hombre de carne y hueso después de tanto cogerme a un pene de plástico. Revisamos que no nos vea nadie para meternos y encerrarnos hasta el último baño, por suerte no hay nadie, al fin solos…

    Él toma la iniciativa y comienza a besarme, puedo sentir su lengua jugando con la mía, me está manoseando toda, que rico es esto… Poco a poco le empiezo a bajar el pantalón -¡Dios mío! Que verga tan grande tienes y está tan dura mmm Decido no perder el tiempo y me arrodillo para darle unas chupadas, que rico sabe… ni siquiera cabe toda en mi boca, hasta sobra espacio para hacerle una paja mientras se la chupo. Me saqué la lotería con este muchacho. Ya llevo unos minutos chupando y no se ha corrido, ¿será que todavía aguanta cogerme? Mi marido ya estuviera dormido a estas alturas.

    -¿Por qué no te pones el condón y me coges papi?

    Mientras se pone el condón yo me pongo de espaldas para esperar ese miembro tan duro y rico que tiene. Siento como va entrando poco a poco a mi vagina, que bien se siente, no puedo creer que alguien tan joven tenga una verga así.

    -Ahora cógeme como a una zorrita y no olvides picarme el culo amor.

    Él me está cogiendo como un animal salvaje, cada vez aumenta más la velocidad y la fuerza, el sonido que produce su pene picando pucha me pone tan cachonda, es señal de que estoy recibiendo la mejor cogida del mundo…

    -aaah sí, que rico, cogete a esta puta, siiii soy tu puta amor, ¡dame más fuerte! Sé que el pobre ya no puede más y está tan cerca del clímax, así que empiezo a mover mi culo en círculos al ritmo que él me penetra una y otra vez… Continuo así hasta que siento como está sacando su lechita, mmmm tiene mucha y sus gemidos de placer me vuelven loca.

    -siii, que sabroso me cogiste y vaya que tenías mucha lechita amor, gracias por complacerme.

    -Vaya que sí eres una zorrita muy traviesa, pero me encanto sentirme dentro de ti…

    Nos vestimos y nos damos un último beso: largo y apasionado, él me manosea por última vez y al finan da una nalgada que dejó ardiendo el culo, este cabroncito me dejó satisfecha, nunca me habían cogido así… Creo que tengo que hacer esto más seguido, total mi esposo nunca se va a enterar.

  • Trío en la playa nudista

    Trío en la playa nudista

    —Llevas un bañador muy pequeño.

    Me dijo mirándome descarada y directamente a la polla, siguiendo la línea de su mirada me di cuenta de por donde iban los derroteros.

    Tengo que admitir que yo me había fijado en él, en su cuerpo fibroso, en su bañador mínimo y en su sonrisa franca. Era casi una atracción entre los demás, en la playa sobresalía.

    No sería el único que lo había mirado con lujuria pero probablemente sí el mas parecido en edad y constitución. Diez y nueve años. Sonriendo no me quedó mas remedio que responder:

    —El tuyo no es mucho mas grande.

    —Me gusta exponer lo mas que puedo al sol. Aún sería mejor si pudiéramos exponer más.

    —Aquí desde luego no se puede, las marujas nos crucificarían.

    —¿Y si buscamos algún lugar mas discreto?

    —Soy Mario, me dijo.

    —Y yo Alex.

    Preguntó. Al otro lado de unas rocas siguiendo la linea de la rompiente empezaba la zona nudista. Recogimos nuestras cosas casi con prisa y nos encaminamos hacia allá. Nada mas pasar las rocas donde no podían vernos desde ninguna de las dos zonas acerqué mi mano a su bañador.

    —¿Puedo ayudarte?

    —Aquí ya podemos quitárnoslos. Así que si quieres echarme una mano…

    Quería echarle las dos.

    Yo ya me había sacado el mío por los pies y lo había tirado encima de mi mochila. Casi me sorprende una rubia madurita de pechos generosos que venía detrás de nosotros bajándose los tirantes de un escueto bañador con la polla de mi nuevo amigo en la mano. Tampoco me hubiera importado.

    En vez de sorprenderse, lo que hizo fue echarle una buena ojeada a nuestros rabos desnudos, colgando entre nuestros muslos y sonrió. Despacio sin alejarse de nosotros termino de bajarse el bañador.

    Con deliberados movimientos sensuales, ondulantes terminó de descubrir su cuerpo. En ese recodo, aislados del resto del mundo, nos mirábamos unos a otros sin asombrarnos y empezando a sentir deseo.

    Tres desconocidos compartiendo una intimidad mas profunda que con algunos de mis amigos. Sus pubis depilados, sus pieles bronceadas, sus cuerpos, nuestros cuerpos, el de los tres ya completamente desnudos, depilados, suaves, deseables.

    Por un segundo nos quedamos sin palabras pero la atracción entre nosotros era evidente, saltaban chispas en la caliente atmosfera.

    Solo el sol dorado nos contemplaba mientras nos mirábamos los unos a los otros. Sonia se acercó aún más a nosotros. Rompiendo el silencio, nos saludó:

    —Hola chicos, ¿vais a la zona nudista? a exhibir esos cuerpazos. Podríamos ir juntos, ponernos juntos. Soy Marta por cierto.

    —Alex y Mario.

    Por supuesto que aceptamos, incluso recogí sus cosas de la arena como un perfecto caballero y nos internamos en la exposición de carne en busca de un lugar tranquilo donde ponernos.

    Por el camino no perdíamos detalle. He de admitir que a pesar de la estupenda compañía se me iban los ojos detrás de algunos de los cuerpos dorándose en la arena.

    Un poco alejados de los demás extendimos las toallas. Ella me propuso:

    —¿Te pongo crema primero a tí?

    —Me encantaría.

    Aunque el chico no quería perder la presa y recibí un masaje a cuatro manos sobre mi piel. Estirado en la arena, boca arriba con mi polla apuntado al cielo, las manos de ella subiendo por mis piernas y las de él bajando por mi pecho y vientre hasta juntarse en mis depilados huevos.

    Dos desconocidos metiéndome mano desnudo del todo, en público y bajo el sol. No se les daba nada mal, su masaje me estaba poniendo en órbita. Ellos a cuatro patas, perpendiculares a mi cuerpo no dejaban de sobarme.

    Mis manos tampoco descansaban, la derecha en la polla y la izquierda en las generosas tetas que colgaban a mi lado, pellizcando sus pezones con suavidad. Me hicieron ponerme boca abajo entre risas.

    —¡Girate!

    Y siguieron con la espalda, frotándomela con fuerza hasta llegar al culo al que ambos prestaron especial atención. No sé cual de ellos amasaba mis nalgas y de quien eran los dedos que hurgaban en mi ano, lubricados con el bronceador.

    La polla apretada entre mi vientre y la arena, durísima, me dolía por las ganas de correrme y el placer que sentía. Pero era agradable seguir excitado, muy cachondo.

    Como venganza lo elegí a él para ser el siguiente, dejando que ella se cocinara a fuego lento manoseando a dos chicos jóvenes. Esperando su turno.

    Entre los dos sobamos su piel, todo su cuerpo excitándolo todo lo posible, tanto como me habían excitado a mí. Hasta conseguir agarrar su durísima polla. Marta entre tanto le tenía cogidos los huevos y le amasaba el rabo como si quisiera quedarse con ellos y llevárselos en su bolso.

    A su vez él, mientras tanto, tenía uno de sus dedos juguetón que se perdía entre mis nalgas, en mi ano. La otra mano estaba entre los largos y poderosos muslos de nuestra amiga. Yo se la había dejado a punto, mis dedos aún olían a sus jugos. Al poco de que Mario se dedicara a masturbarla ella se corría apoyada en mi vientre.

    Pero al darse la vuelta ayudé a la madurita a tumbarse en la toalla entre nosotros. Extendí un buen chorro de crema en sus tetas para sobarlas a placer. Rozando mis manos con las de él que tampoco quería perderse ese gustazo.

    Amasaba las dos generosas masas de carne. Sus tetas enormes nos permitían acariciarlos casi sin estorbarnos. Pellizcando sus pezones con suavidad para darle placer.

    Por encima del cuerpo de Marta nos mirábamos a los ojos y nos dimos el primer beso, suave apenas rozando nuestros labios. Al vernos ella nos dijo:

    —Yo también quiero.

    Nos inclinamos sobre su cabeza juntando la tres bocas. La cosa enseguida se volvió lasciva, No se cual de los dos sacó primero la lengua pero al notar una de ellas buscando la mía enseguida separé mis labios y empecé a darles saliva a los dos.

    Ella tampoco paraba quieta y como antes nosotros, estiró los brazos y nos agarró las dos pollas cada una con una mano y siguió masturbándonos despacio. Sin abandonar los pechos con una mano, deslizamos la otra bajando por su vientre.

    Bueno era voluptuosa así que no era plano del todo, pero completamente delicioso. Llegué tarde al ombligo donde estaba la mano de mi amigo acariciándolo así que pasé de largo, más abajo, entre sus muslos en busca de la depilada vulva.

    Al pasar el índice entre sus labios descubrí que estaba encharcada. Ya se había corrido al menos una vez. Sus labios hinchados rojos calientes y al tocar el clítoris se le escapó un gemido y aceleró el ritmo de sus manos.

    Le clavé un dedo en el coño penetrándola. Pronto se me unió mi amigo y terminamos follándola con un dedo cada uno. Su coñito los recibía agradecido. Llevándola a un segundo orgasmo igual que ella lo hacia poco a poco con nosotros.

    El aumento de volumen de de sus suspiros y gemidos y las contracciones de la vulva. Apretando nuestros dedos nos indicaba que se acercaba su corrida y con él la nuestra. Ambos nos corrimos a la vez apretando su vientre y sus tetas incluso los muslos del otro con nuestro semen.

    Tan calientes estábamos que fue algo explosivo. Lo extendimos con las manos por su suave epidermis como si fuera mas bronceador intentando disimular un poco por si alguien nos había visto.

    Era increíble. Nosotros haciendo de todo, en público en un rincón un poco apartado de la arena. Nadie nos prestaba atención. Cuando levantaba la cabeza y miraba alrededor, nadie dirigía la vista más de unos segundos en nuestra dirección.

    Una pareja de chicas se puso cerca de nosotros. Pronto empezaron con sus propios juegos tan desnudas como todo el mundo en aquella playa.

    Hasta que Marta se incorporó un poco girándose y se lanzó a comer la polla de mi amigo lamiendo los restos de su semen y las salpicaduras del mío en su pubis, muslos y vientre.

    Eso ya no se podía esconder, si alguien nos miraba se daría cuenta de lo que hacíamos. Aunque en aquella parte de la playa eso no le importaba a nadie o por lo menos lo que sentirían sería envidia.

    Su giro me dejaba sus poderosas nalgas muy a mano para poder acariciarlas y amasarlas. Incluso para poder deslizar un dedo por su raja hasta encontrar el ano.

    Yo me incliné sobre ella, lamiendo su pubis, chupando su coño y la lefa de ambos que había caído por allí. Me lo facilitó separando sus fuertes piernas y yo poniéndome entre sus poderosos muslos. Dejé que él se agachara sobre mi cabeza para besarnos cuando yo conseguía separar la lengua de la encharcados labios de su vulva.

    Mi polla necesitaba atención. Y viendo que ya todo aquello era imparable. Sabiendo que la gente que teníamos cerca o no nos prestaba atención. O estaba ocupada en similares manejos decidí que podíamos disfrutar sin más preocupaciones.

    Sin quitar su nabo de la boca de ella Mario buscaba el mío con la suya. tirando de mi cuerpo para que se la acercara. Así quedamos formando una especie de triángulo. Cada uno con la boca ocupada en dar placer a uno de los otros dos.

    Pronto, como yo hacia lamiendo los restos de semen sobre la piel de Marta. Mi piel recibía la lengua de Alex en una rueda de lamidas y placer.

    Seguimos comiéndonos los unos a los otros hasta que nuestras pollas volvieron a ponerse duras sin importar que la poca gente que había en la zona nos viera. Sé que yo conseguí arrancarle a nuestra madurita por lo menos otro orgasmo antes de separar la lengua de su chochito.

    Nos planteamos ir al mar a lavarnos y refrescarnos un poco. Pero ninguno de los tres tenía esa intención pues bajábamos por la arena con las pollas duras y una calentura de campeonato.

    Marta tenía una idea muy clara. Quería una doble penetración, era la primera vez que disponía de dos pollas para ella. Según caminábamos nos lo decía:

    —Os quiero a la dos a la vez Alex por delante y Mario por detrás.

    Desde luego yo estaba loco por follármela, o él o el primer agujero que pillara. Así que en cuanto llegamos a una zona que cubría lo suficiente para disimular un poco ella se subió en mis brazos.

    Rodeó mi cintura con sus muslos y dejó que mi duro rabo buscara el camino a su caliente interior prácticamente solo. Con un poco de ayuda, noté la mano de Mario agarrando y guiando mi glande entre sus labios.

    Enseguida él se nos abrazó por detrás de Marta y su pene enseguida encontró el camino al ano de la chica. No tardamos en sincronizarnos, ella subía y bajaba en nuestros brazos clavándose cada vez nuestros falos.

    Alguien se deslizó nadando a nuestro lado, pero pasó de largo enseguida.

    A la vez que notaba sus poderosas tetas en mi pecho y las manos de Mario en mi espalda sujetándome y acariciando, la mía recorrían sus pieles y en mi polla notaba el calor de su coño. Al oído muy suave me dijo:

    —Correte dentro.

    Aunque Mario lo hizo antes que yo en su culo yo no tardé mucho más en llenarle su vulva con mi semen. Ella ya se había corrido varias veces entre los dos. Ahora sí que dejamos que el agua se llevara las pruebas de nuestra pasión.

    Nos quedamos un rato mas en la arena disfrutando del sol y de suaves caricias a nuestros cuerpos con la excusa del bronceador o sin ella. Pero seguíamos deseando más de los demás, yo sí, al menos me había quedado con ganas de más, de Mario y Marta de vernos a los dos juntos en acción.

    Así que decidimos seguir la pequeña orgía. Por fin subimos a continuar la fiesta en la habitación de hotel de ella.

  • Sexcape

    Sexcape

    Esto ocurrió hace años con una amiga de la universidad, mi plan era darme una escapada playera a la pequeña isla de coche después de clases y olvidarme de los temas de universidad y trabajo, así que aliste una carpa, ropa cómoda, comida y bebida (agua y una botella de tequila) para ese fin de semana, pero no me esperaba que mi amiga Karla ( una gordibuena, de tetas y culo duro, rubia de 1,60 de estatura) se animará y se uniera a mi travesía sin estar lista (ropa, comida, etc.) se fue conmigo con lo que tenía puesto, literalmente quería escapar como fuese y así lo hicimos.

    Tomamos un taxi que nos llevó al muelle para tomar un bote que nos llevaría a la isla, en el trayecto tanto del taxi como del bote camino a la isla, nos contábamos nuestras cosas, me contó por todo lo que estaba pasando tanto en la universidad como en lo personal que estaba más decaída y por eso decidió escapar así conmigo para olvidar por un rato las cosas y otro tanto pensar bien las cosas y relajarse.

    Llegamos atardeciendo a la isla y al lugar donde pondría la carpa ( ya yo tenía previsto el lugar un sitio despejado y algo alejado de personas y cerca de la playa), monte rápido nuestro refugio, mientras ella admiraba el paisaje, ya montada la carpa le ofrecí algo de mi ropa para que estuviera cómoda pero lo rechazó y dijo que estábamos en la playa y se quitó su ropa quedado en ropa interior ( un pequeño bikini tipo hilo que se perdía dentro de su gran culo y un bra igual de pequeña que pensé que podía explotar en cualquier momento) quedé embobado al verla, y ella lo noto cosa que le gustó, despeje mi mente y empecé a organizar la cosas sacar la comida y la bebida, ella al ver la botella de tequila la tomo se alegró por ello y empezó a bailar con ella, yo seguía deleitándome con su cuerpo era inevitable, busque algo de leña que estaba cerca me imagino que alguien que acampó antes lo dejo allí, hice la fogata mientras bebíamos tequila, no tardó en hacer efecto en el ella el alcohol ya entrada más la noche se soltó más, tocando temas sexuales

    K: sabes tengo tiempo que no tengo relaciones como dos meses.

    D:ny como has hecho.

    K: como todo ser humano me he tocado, acariciado, masturbándome- dijo tocando su cuerpo- pero no es lo mismo me hace falta estar con otra persona- dijo mordiendo sus labios y mirándome fijamente mayormente hacia mi verga cuando noto que me la acomode, ya que en ese momento se me estaba poniendo dura debido a su cuerpo y la conversación.

    K: sabes nunca lo he hecho en la playa o acampado sería interesante una experiencia así -se levantó de dónde estaba sentada y se quitó el bra frente a mi dejando sus tetas al aire dónde pude apreciar sus pezones rosados claros provocativos- me acompañas al agua tengo calor.

    Se alejó moviendo su caderas y culo hacia el agua me quite la ropa quedando en bóxer y me fui detrás de ella, ya estando en el agua empezamos a jugar como niños dentro del agua hasta que pasó lo inevitable por la tensión sexual que había, la abrace con fuerza desde atrás, donde pegue mi verga en su culo dónde noto lo duro que estaba, nos miramos mutuamente a los ojos y nos besamos en esa posición hasta que poco a poco quedamos de frente, ella me rodeo la cintura con sus piernas y afincando su vagina a mi verga aún cubiertas con nuestras ropa interior, rosando nuestras partes con movimientos cortos y rápidos.

    Yo tampoco perdí tiempo y mis manos la tomaron por sus nalgas apretándolas fuertemente, mientras nos besábamos; empecé a bajar por su cuello hasta llegar a sus tetas para chupar y morder sus pezones nos estábamos dejando llevar por la lujuria y que nadie nos vería por la oscuridad, no sé en qué momento tomo mi Verga y la saco de su encierro del bóxer e hizo un lado su hilo que se lo metió de golpe haciéndola gemir fuerte, se movía con mi ayuda dentro del agua, lo hacíamos lento y afincado hasta que la lleve cargada hasta la carpa donde nos pusimos de misionero y seguía bombeándola está vez rápido y duro.

    Levante mi cuerpo del suyo abriendo sus piernas poniéndolas en mis hombros viendo cómo sus pechos se movían al ritmo de mis embestidas duras y rápidas cambiamos de posición y se colocó arriba de mi para cabalgarme pero de espalda me deleitaba ver ese culo grande moviéndose mientras mi verga estaba en sus vagina, gemía fuerte y rico puso sus manos en mis pecho mientras yo con una de mis manos sujetaba la cadera y la otra la lleve a su clítoris para tocarla mientras me cabalgaba acción que le gustó y explotó en un rico y brutal orgasmo provocando el mío con sus apretones y estamos vaginales.

    Cayó sobre mí de espalda mientras nos besábamos y la acariciaba en esa posición.

    K: dios que divino!!! Y Este apenas es el primer round -dijo ella

  • Mi tío adinerado se coge a mi mujer

    Mi tío adinerado se coge a mi mujer

    Estaba manejando camino al cine con mi esposa cuando recibo una llamada de mi tío Ricardo, el tío adinerado de la familia. 

    R: hola, sobrino cómo has estado.

    Y: hola, aquí andamos quiere decir que andamos bien y tú qué milagro

    R: te hablaba para invitarlos este fin de semana a mi yate ya que estaré en el puerto esos días.

    La verdad no me agradaba la idea, pero mi esposa comenzó a hacerme señas de que si de que por favor fuéramos.

    Y: pues no está mal la idea a qué horas estarás por aquí

    R: los espero el viernes en la mañana para salir a navegar un rato y en la noche cenar.

    Mi esposa Marcela estaba feliz por ir a conocer el yate ya que era una embarcación algo lujosa.

    M: amor cancelemos la ida al cine y vamos a comprar ropa para ese día

    Y: cómo crees como vamos a gastar dinero para ir

    M: ándale déjame comprarme algo lindo si

    Y: está bien vayamos a comprar algo

    Entramos a la plaza y mi esposa fue a la tienda de trajes de baño y vestidos para la ocasión de playa, se compró un bikini, un vestido y unas chanclas, yo solo agarre un short y una playera.

    Solamente me falta lo que me pondré para la noche, y se metió a una tienda donde escogió un vestido rojo, con algo de escote y donde dejaba una pierna al descubierto. Yo en la casa tenía pantalón y camisa de vestir así que me ahorre el atuendo.

    Mi tío tiene la edad de 55 años siempre ha tenido demasiado dinero, ¿cómo? No lo sé, pero es una persona que se la pasa hablando de inversiones, mide 1.80 o 1.85 es de complexión atlética por que invierte horas del día en el gym.

    Mi nombre es Andrés, mido 1.75 soy de complexión delgada, mi esposa Marcela mide 1.65 tiene piernas gruesas, culo redondo su culo y sus piernas las tiene bien formadas debido a que también va al gimnasio, pero tiene tetas medianas para mi son perfectas.

    Volviendo al relato mi esposa me comentó que si se podía meter a un local hacerse la pedicura ya que quería ir bien arreglada. Salió del local ya con sus pies bien arreglados llevaba un color rojo vino se le veían espectacular.

    Llego el viernes por la mañana y nos dirigimos al muelle donde estaba el yate y mi tío, estaba esperándonos, me recibió con un abrazo y claro como todo caballero recibió a mi esposa con un beso en la mano y con el cumplido de que hermosa mujer se sacó la lotería mi sobrino, y la miro de pies a cabeza. Claro que era un tipo que sabía cómo conquistar a una mujer si toda su vida se la ha llevado así, salimos a navegar por la bahía, comenzamos a platicar de cómo estábamos de como íbamos en el matrimonio y esas cosas, después nos dio un recorrido por todo el yate.

    -Vamos Marcela quieres tomar el timón y navegar -comentó mi tío.

    M: no se navegar

    R: ven toma el timón que yo te diré como

    Ahí mi esposa llevaba puesto su vestido que estaba algo corto y sus sandalias.

    Mi esposa agarro el timón y el se puso detrás de ella algo pegado y comenzó a explicarle cómo navegar, yo estaba en el sillón viendo el mar y bebiendo unos tragos que nos dio. Después de un rato dijo mi esposa que se iba ir a tomar el sol a la proa del barco por lo que se quitó el vestido y quedó solamente en traje de baño pude notar que mi tío no paraba de echarle el ojo.

    Fuimos cerca de una isla, donde paramos un rato y nos bajamos a nadar, mi tío no perdió el tiempo de quitarse la camisa y mostrar su cuerpo atlético, también comenzaron a jugar con un poco de toqueteó él y mi esposa, a lo que tuve que unirme a jugar para no dejarlos mucho tiempo solos. Mi tío es un viejo lobo de mar y se como se las gasta. Ya cayendo la tarde nos dirigimos a puerto donde dijo que atracaríamos en el muelle y su personal haría una cena para todos nosotros, en el transcurso nos dijo en que cuarto nos podíamos meter y arreglarnos para la cena, mi esposa se colocó una lencería roja que compro para ese día, se le veía espectacular, después se puso el vestido y unas zapatillas negras, se pintó la boca de rojo, se veía toda una reina.

    Llegamos a puerto y nos comenzaron a servir la cena, era cena italiana algo de pasta, ensaladas y unas pizzas que hizo el chef, después de cenar mi tío le dijo a su personal que se fueran que se tomarán la noche libre. Nosotros nos fuimos a la sala del barco a beber, cantar y tomar.

    Ya entrando la noche y con unos tragos mi tío me dijo que si podía bailar la canción que estaba sonando que era su preferida, a lo que accedí y mientras bailaba fue bajando su mano hasta tenerla en el trasero de mi esposa. Pero no dije nada para no caer en pleitos, dejo de bailar y comenzó hacer alabar a mi esposa que era una mujer hermosa y comenzó a darme más tragó de bebidas, estábamos sentados mi tío, mi esposa y yo, y podía ver como mi tío coqueteaba con mi esposa, a lo que en secreto le comenté a mi esposa aguas con mi tío que es muy picarón, ella solo se río, después de unos tragos me sentí algo mareado por lo que me levante y tome algo de agua pero pareciera que anduviera noqueado, me senté en otro sillón donde quedaba mi tío y mi esposa de frente, y mis ojos se me comenzaron a cerrar y veía borroso, por uno ratos me quedaba dormido y cuando los abrí y viendo borroso, pude ver a mi tío con su pene de fuera que era algo grueso y venudo, y mi esposa estaba agachada dándole tremenda mamada, quería levantarme pero la verdad que no podía era como si estuviera paralizado.

    Después de un rato se pararon de sillón y me llevo mi tío como modo bulto a la recámara que nos había asignado, me acostó y pude ver que salió y siguió con mi esposa. Como en una hora me comencé a sentir mejor por lo que me paré y me fui a buscar a mi tío y a mi esposa, sorpresa que antes de llegar a la sala pude ver cómo mi esposa y mi tío se estaban besando, me oculté para que no me vieran, quería saber hasta donde era capaz de llegar ese par.

    R: que hermosa estás Marcela, se te ve divino ese vestido, y que pierna tan más hermosa tienes, no puedo imaginar como se te ven las dos piernas y ese culo sin ese vestido

    M: ya me los vio, va decir que no me observo mientras andaba en bikini

    R: poco te vi, por respeto a mi sobrino

    M: a poco le tiene respeto?

    R: un poco, pero ante semejante belleza puede que no le tenga respeto

    Y comenzó a besarla y agasajarle las piernas, mi esposa comenzó a quitarle la playera, y mi tío le quitó todo el vestido.

    R: woao, que linda lencería, traes puesta

    M: era para su sobrino, pero se embriagó y se durmió

    R: él se lo pierde

    Mi tío comenzó a mamarle las tetas y con las manos le bajo su calzón y comenzó a dedearla, mi mujer le quitó el pantalón y su calzoncillo ya estaba erecta su gruesa verga, mi tío la acostó llevo las piernas de mi mujer a sus hombros, puso saliva en su mano y untó la vagina de mi mujer, para de un solo movimiento empezarle a dar bruscamente.

    M: tranquilo no tan duro que me dueleee, está muy gruesa.

    R: vamos cariño ahorita te vas acostumbrar

    Y se podían escuchar los golpes de mi tío chocando con el culo de mi mujer mientras ella gemía y gritaba de placer, yo comenzaba a excitarme mi pene comenzó a pararse tenía ganas de masturbarme mientras veía como mi tío destrozaba a mi mujer.

    M: ¡ya ya ya casi termino, Ricardo nooo parees no pares!

    Y terminó en un largo orgasmo mientras mi tío continuaba bombeándola.

    M: aaaah me voy a volver a venir aaaah… -y volvió a terminar.

    R: vamos ponte en cuatro quiero darte de perrito

    Se colocó en posición de perrito y comenzó a darle durísimo, yo veía como le jalaba el pelo y le pegaba tremendas nalgadas, parecía una escena de película porno, no obstante mi mujer tuvo otro orgasmo y mi tío seguía sin acabar, por lo que cambiaron de posición y mi mujer se montó encima de él, estaba cabalgando a mi tío, semejantes broncos que daba.

    R: mamita rica sigue brincando así que ya no tarda en salir mi leche, vamos sácame toda la leche, y le pegaba nalgadas y con la otra mano movía las caderas de mi mujer

    M: yo también ya voy a volver a terminar aaaah…

    Al mismo tiempo terminaron ese orgasmo pude ver cómo las piernas de mi tío temblaron, mi mujer se acostó en el pecho de mi tío y se comenzaron a besar, que escena acababa de ver mi mujer acabando de conocer a mi tío tuvieron tremendo revolcón.

    Después de un rato le dijo que tenían que irse acostar ya que no tardaba en venir el personal del barco, yo me retiré y me fui a la habitación donde a los pocos minutos llego mi esposa satisfecha de a ver tenido relaciones con mi tío. Maldita la hora que fuimos a ese yate.