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  • Amigos de la Uni

    Amigos de la Uni

    Como llegas a enamorarte de una persona a simple vista? Esto era algo que ella nunca entendió, no tenía lógica y no le sonaba muy real.

    Se conocieron de manera muy normal, en la oficina de la universidad, ella era una estudiante transferida de otra universidad y él un estudiante que tenía traslape de horarios.

    Ambos en el mismo lugar, a la misma hora y por razones diferentes.

    La secretaria preguntó, quien va primero? Ella espero que él respondiera, él esperó que ella respondiera, al ninguno hacerlo. Ella dijo, «bueno va la nueva».

    Se vieron a los ojos y en ese momento se acercaron a abrir la puerta, un toque de electricidad recorrió a ambos.

    Nada más pasó, no se conocían, y la vida siguió su curso. Varios meses pasaron y nunca se volvieron a encontrar, hasta esa tarde.

    En la cafetería, él la vio y decidió hablarle, al final ya sabía que era nueva.

    Ella lo reconoció y conversaron, de como iba todo, ser nueva en la uni y como iba con todo. Él estudiante de ingeniería, ella estudiante de historia, y el resto… Es historia.

    Comenzaron a reunirse para almorzar, todos los días y conversaban de todo, eran pláticas amenas y divertidas. Poco a poco comenzaban a ser más cercanos.

    Poco a poco fueron conectando y todo se fue dando, una tarde de tantas en vez de almorzar, él le propuso ir a un hotel spa que quedaba cerca de la universidad y poderse relajar sin que los interrumpieran.

    Ella aceptó y ambos fueron al hotel spa, un lugar hermoso, tranquilo fuera de las áreas para estudiantes. Ordenaron el almuerzo, disfrutaron de una bebida y siendo viernes pensaron en pasar la noche ahí para no regresar a la universidad.

    Pidieron dos habitaciones, pero este era un lugar pequeño así que no había muchas habitaciones. Una habitación doble fue la que pudieron pagar y acordaron cada uno en quedarse en una cama para poder descansar.

    Pasaron otro rato en la piscina, en el jacuzzi, descansaron, rieron, conversaron y pasaron un excelente día. Llegó la noche y se dirigieron a la habitación, ella no quería salir más el viento frío soplaba un poco, comieron en la habitación y vieron una película, cada uno en su cama.

    A ella se le ocurrió unirse a él, pero no quería forzar nada, no quería parecer necesitada de cariño, aunque lo necesitara a él, como adivinando él le preguntó si querían unir las camas o estar en una sola?

    Decidieron unirlas y poco a poco se fueron acercando uno al otro, primero las manos, los brazos, hasta que se abrazaron el uno con el otro y siguieron viendo la película.

    Poco a poco ese abrazo se convirtió en caricias, en toques suaves y besos… No se podía negar, ambos estaban demasiado calientes para parar.

    Él le fue quitando la bata, el traje de baño que ella llevaba, y ella a su vez hizo lo mismo con él. Poco a poco él fue besando cada parte de su cuerpo, mientras besaba, con sus dedos recorría todo a su paso. Ella estaba mojadísima y solamente quería que él la penetrara.

    Siguieron besándose hasta que introdujo su verga dentro de ella, pudo sentir su calor, su humedad, lo apretada que estaba y lo mucho que lo deseaba.

    Se fundieron en un sólo cuerpo y la excitación era demasiado, algo que no podían controlar ni siquiera dentro de esa habitación de hotel, estaban muy calientes los dos y solamente querían coger y coger.

  • Dos mujeres para el sargento Ponter

    Dos mujeres para el sargento Ponter

    Texas, 1874

    Llegamos al rancho Leadbetter, en la zona oeste de Texas, cerca de la frontera con México y el estado de Nuevo México, demasiado tarde para evitar la carnicería. Los comanches se habían ido y los coyotes y buitres habían comenzado a darse un festín con los cuerpos de los veintiún hombres y niños que habían matado. Dejamos que nuestros caballos descansaran y pastaran en la hierba del rancho Leadbetter mientras enterrábamos lo que quedaba de los cadáveres en tumbas poco profundas y amontonábamos las rocas sobre ellos. El Capitán abrió su Biblia y dijo unas pocas palabras.

    Ese era el estilo comanche: matar a los hombres, llevarse a las mujeres, los caballos, las armas y todo lo que quisieran, y finalmente quemar lo que quedaba. Las mujeres blancas capturadas sabían el destino que les esperaba, muchas preferirían suicidarse antes que dejar que los comanches se las llevaran.

    [Si bien los comanches ya practicaban la esclavitud antes de entrar en contacto con los europeos, fue sobre todo a partir de principios del xix cuando su práctica y el tráfico de esclavos alcanzaron una mayor escala. Entre las causas de este fenómeno, como en el caso de la poliginia, se encontraba la gran necesidad de mano de obra necesaria para la adaptación a su nuevo modo de vida de cazadores-pastores en las Grandes Llanuras.]

    Los comanches no torturarían a estos cautivos hasta que regresaran a la seguridad de sus refugios del lado mexicano del Río Grande. Si pudíamos atraparlos antes de cruzar la frontera, podríamos rescatar a las mujeres. No tendrían un hogar o una familia a donde ir, pero al menos estarían vivas y de regreso con los de su propia especie.

    «Vamos a perseguirlos», dijo el Capitán King. Montó en su gran ruano y abrió la marcha, siguiendo las señales del sendero como cualquier indio.

    Suponíamos que iban un día por delante de nosotros, tal vez dos, pero viajaban con un botín y con cautivos. Si dejaban montar a las mujeres podrían moverse más rápido, pero a los comanches les gustaba hacerlas caminar; andando todo el día bajo el sol de Texas las humillaba.

    Éramos once en la Compañía del Capitán King. Cada uno de nosotros tenía dos caballos y cambiamos entre ellos para dejarlos descansar. Viajamos livianos y rápidos con el Capitán a la cabeza y yo justo detrás de él.

    Mis caballos eran descendientes de los caballos mustangs que los españoles habían traído doscientos años antes. Como yo, eran duros, y podían pasar algunos días con poca agua y poco descanso.

    Llevaba tres Colt Walkers, uno atado a cada pierna y el tercero en una funda detrás de mi espalda. Mi fiel rifle de repetición Henry estaba envainado debajo de mi pierna derecha. Con ellos, podía disparar treinta y un tiros antes de tener que recargar. Todos nosotros, los Rangers, llevábamos Colts Walker. Después de la Guerra de Secesión, Colt había hecho el Colt Army que era el que llevaba el Capitán. Pero me gustaba el Colt Walker. Era grande y «pateaba» como una mula, su calibre .44 podía detener a cualquier hombre.

    Al día siguiente, encontramos a los comanches acampados junto a un abrevadero, sus caballos trabados comían la fina hierba. No acercamos antes del anochecer, cinco desde el norte y seis desde el oeste, arrastrándonos por la hierba boca abajo hasta que estuvimos lo suficientemente cerca. Esperamos.

    La táctica siempre era la misma: el Capitán dispararía el primer tiro. Había contado veintisiete comanches antes de que comenzara el tiroteo. Estaban bebiendo whisky que sacaron del rancho Leadbetter y gritando alrededor del fuego.

    Sus cautivos, exhaustos por haber sido arrastrados a través del caamino, estaban atados con cuerdas alrededor de sus gargantas cerca del borde noroeste del campamento. Conté once mujeres en edad fértil y seis niñas. Una de las mujeres estaba llorando lastimosamente. La mayoría estaba sentada con ojos muertos y mandíbulas flojas, demasiado conmocionados y exhaustos para moverse.

    Dos de las mujeres cautivas parecían más serenas que las otras. Una parecía mayor que yo. Tenía la expresión de alguien al mando. Estaba en un extremo del coffle con las manos atadas al frente y una pierna asegurada a un mezquite.

    [coffle = grupo de esclavos encadenados]

    [mezquite = especies de plantas. Se encuentran en las zonas áridas y semiáridas de México y en Texas]

    La otra era la cuarta mujer del grupo. Sus ojos eran fríos, su mandíbula apretada mientras observaba a sus captores alrededor del fuego. Su melena de cabello amarillo brillante brillaba en la luz mortecina y revoloteaba cuando el viento la acariciaba.

    Uno de los machos jóvenes se puso de pie y se tambaleó hacia las cautivas. La mujer de la melena amarilla lo vio avanzar con odio en los ojos.

    «No, no», gimió otra mujer. Melena Amarilla la hizo callar.

    Un segundo comanche también se puso en pie tambaleándose y le gritó al joven. Yo conocía lo suficiente a los comanches para captar su esencia de lo que pasaba. El más joven había violado a Melena Amarilla la primera noche y ahora el mayor también la quería. Los otros indios escucharon a los dos discutir. El mayor era el jefe de esta pequeña banda. Pensaba que tenía derecho a elegir a la mejor mujer para él, el más joven estaba demasiado borracho para pelear.

    Los dos salvajes estaban sermoneándose cuando el chasquido del rifle de repetición Henry .44/40 del capitán cortó el aire y el jefe comanche cayó de espaldas mientras la sangre brotaba de su pecho.

    Le disparé al macho joven que estaba cerca de Melena Amarilla. Su cabeza se sacudió y nuestros ojos se encontraron. El comanche cayó a sus pies, pero no estaba muerto. Estaba arañando la tierra. Melena Amarilla se puso de pie, arrastrando el coffle hacia él. Lo hizo rodar sobre su espalda, sacó el cuchillo de su cinturón y le cortó la garganta limpiamente como un silbido. Se paró sobre él y lo vio morir.

    Algunos indios trataron de alcanzar sus caballos para escapar, pero ninguno lo logró. Algunos corrieron hacia el sur, alejándose a toda prisa en la luz mortecina.

    Todo terminó en menos de un minuto.

    «Alto el fuego» gritó e Capitán, y el acero contra el acero de las palancas de nuestros rifles mientras cada uno de nosotros cargaba otra ronda fue el estridente mecánico antes del silencio.

    “Ustedes, mujeres, pónganse boca abajo” —rugió el capitán. El coffle se derrumbó en el suelo. Una mujer gritó y otra le tapó la boca para silenciarla.

    Entramos al campamento con cautela. La mayoría de los hombres hicieron lo mismo que yo, dejando sus rifles y caminando con un Colt amartillado en la mano. Revisamos a los indios uno por uno. Dos veces escuché el disparo de un Colt cuando un Ranger encontró a un Comanche que aún no estaba muerto. No tomamos prisioneros.

    «Ponter, tú estás a cargo. Segundo escuadrón, sígueme» dijo el capitán cuando estuvimos seguros de que todos estaban muertos.

    Él y cinco hombres cabalgaron tras los fugitivos. Puse en guardia a los otros cuatro hombres de mi pelotón y fui a liberar a los cautivos. Melena Amarilla ya estaba cortando la cuerda alrededor de su cuello.

    «Sargento Ponter, Texas Rangers», le dije a la mujer.

    «Soy Annabelle Leadbetter», dijo mientras la liberaba. “Hay una india con ellos. No sé adónde fue.”

    Les grité a los hombres que estuvieran atentos a una mujer comanche.

    “Señora Leadbetter” —dije—. “La necesito para mantener a las mujeres bajo control.” Le di un cuchillo para que liberara a algunos cautivos.

    Miré a Melena Amarilla de cerca por primera vez. Era joven, veinte o un poquito más, con una cara bonita, pero fuerte, como si la frontera y los indios no fueran nada que ella no pudiera manejar.

    «¿Está bien?» Le pregunté.

    «Bien, gracias.»

    «¿Cómo te llamas?»

    «Soy la Sra. Cora Stockman», respondió mientras me miraba directamente a la cara y sus fuertes ojos azules claros sostuvieron los míos. «¿Cuál es tu nombre?»

    «Soy el sargento Ezekiel Ponter, Compañía ‘G’, Texas Rangers», dije.

    «Ponter», gritó Moon. «Creo que la squaw se fue por ahí».

    [squaw (se pronuncia skuó) = una expresión ofensiva para una mujer indígena norteamericana. Origen: del narragansett squaws ‘mujer’. El narragansett es una lengua algonquina extinta.]

    «Tú y Hans vayan tras ella», ordené. Me volví para mirar a Cora Stockman. «Manejas bien un cuchillo», le dije.

    “Gracias, sargento Ponter.” No lo dijo con orgullo o arrogancia, sino como un reconocimiento neutral de mi elogio.

    «¿Estaba su esposo allí en el rancho Leadbetter con usted?» pregunté.

    «Sí, lo estaba», respondió ella.

    «Siento su pérdida.»

    En el fragor de la batalla, cuando solo estás tú y un hombre tratando de matarte, a veces el resto del mundo se vuelve borroso a tu alrededor. Puedes leer sus pensamientos porque cada fibra de ti está enfocada en él. Por un momento, vi a Cora Stockman de esa manera. Cada respiración, contracción muscular y matiz de su rostro eran claros. Sostuvo mi mirada, mirándome de la misma manera, hasta que sus ojos parpadearon recatadamente y giró la cabeza.

    “¡Sargento Ponter!” La Sra. Leadbetter me estaba llamando.

    La Sra. Leadbetter, la Sra. Stockman y yo liberamos rápidamente al resto de los cautivos.

    «Señoras», dije. «Acamparemos aquí esta noche, al otro lado del abrevadero. Sra. Leadbetter, ¿quién puede cuidar a los niños?»

    «La Sra. Clinton», respondió, señalando a una de las mujeres, «Y la Sra. Smith», continuó señalando a otra.

    «Ustedes, señoras, lleven a los niños al otro lado del agua y limpien un lugar para hacer el fuego.» Dije:

    «Sí, sargento», respondieron.

    «Sra. Leadbetter, usted y la Sra. Stockman comiencen a reunir las armas. Queremos armas de fuego, fundas, municiones y cuchillos. Cualquier otra cosa que vean y crean que poda sernos útil pregúntenos. Apílelas allí junto a la remuda. En cuanto a ustedes damas reunan posesiones personales, cosas que los comanches robaron y cualquiera cosas que podamos usar».

    Observé a la Sra. Stockman mientras trabajaba. No crean que estaba cazando furtivamente a la esposa de otro hombre. Su esposo yacía en una tumba en el rancho Leadbetter y ahora era la Viuda Stockman. Así es en la frontera. La muerte llega demasiado pronto y con demasiada frecuencia como para relegar a los vivos por los que ya no seguían vivos. Era mejor despedirse de los muertos y seguir con sus vidas.

    Era una mujer alta, pero no ancha como la señora Leadbetter. Parecía completamente serena a pesar del terror que había soportado, se movía con fuerza y eficiencia así como con gracia femenina. Era una belleza, sin duda. Y ella era una mujer del Oeste. La observé revisar cada arma mientras las recuperaba. Cargó las que necesitaban carga, pero no los amartilló. La primera pistola que revisó, la atravesó en su faja.

    Mi esposa había muerto hacía demasiado tiempo. Las putas de Fort Worth estaban lejos. Tal vez sólo necesitaba una mujer. La viuda Stockman me caía muy bien en mis ojos.

    Cuando Moon y Hans regresaron para informar que no habían encontrado a la squaw, me di cuenta de que ninguno de nosotros había revisado el tipi.

    [Tipi (tepee en inglés) = carpa alta con forma de cono, utilizada en el pasado por los nativos de América del Norte. Origen: de la lengua del pueblo sioux tīpī «vivienda»]

    «Moon, apóyame», le dije mientras caminaba hacia el tipi con mi Colt en la mano. Cuando tiré la solapa a un lado, una mujer se abalanzó sobre mí con un cuchillo. Si hubiera sido un segundo más lento, me habría destripado, pero aparté su brazo y la golpeé entre los omóplatos con la culata de mi arma, tirándola de cara al suelo.

    Se puso de pie y miró el cañón de mi Colt. Estaba muy seguro de que necesitaba una mujer porque por segunda vez en una hora vi a una que me revolvió las tripas. Esa india sucia, con su pecho agitado, su largo cabello negro y sus grandes ojos negros llenos de miedo, era magnífica. Lentamente, abrió los brazos y se arrodilló con gracia. Se acostó boca abajo, cruzó los tobillos y las muñecas detrás de la espalda.

    «Moon, consigue una cuerda, Moon», dije.

    La Squaw se quedó sin moverse. Le até las manos y los pies. La di vuelta, la levanté en mis brazos y la llevé hacia el fuego. Sus ojos nunca se apartaron de mi rostro, y yo no podía apartar mi mirada de los suyos aunque lo intentara. La acosté. Se puso de rodillas a toda prisa a mi lado y me miró con súplica y sumisión. En comanche, le dije que se quedara allí.

    “Es ella” —siseó la señora Leadbetter—. “Debería matarla, sargento. Es una india.”

    Había algo en el rostro de la Squaw que me hizo pensar que había entendido lo que se decía. Se acercó a mí con su cuerpo contra mi pierna, agachándose como un perro.

    «Ese es mi vestido. Quíteselo», se quejó la Sra. Clinton.

    «Señoras, ella es nuestra prisionera,» respondí. «Esperaremos hasta que regrese el Capitán».

    La expresión de la Viuda era inescrutable mientras nos miraba a la Squaw y a mí. La mujer y los niños se reunieron alrededor de la pequeña fogata que encendimos para protegernos del frío del desierto. Dividimos nuestras raciones y la comida india que capturamos, alimentando a las mujeres y los niños hasta que se durmieron completamente exhaustos.

    Incluso la Sra. Leadbetter sucumbió, pero la Viuda, que tenía una niña de tres o cuatro años dormida en su regazo debajo de la manta que los cubría, estaba despierta y sus ojos me siguieron. Estaba completamente oscuro cuando el Capitán y el Segundo Escuadrón regresaron para informar que mataron a dos.

    “Tenemos un cautivo, capitán” —dije—. «Una Squaw.»

    El Capitán era un predicador que conocía la Biblia y rezaba todos los días. Cuando no estaba al servicio del estado de Texas, montaba un circuito para Dios y John Wesley. Miró a la india y a mí, estudiándonos antes de hablar.

    “¿Qué quieres hacer con ella, Ponter?” preguntó.

    Los ojos de la Squaw se clavaron en mí como flechas y la Viuda se levantó, colocando a la niña que estaba en su regazo junto a otra de las mujeres. Demonios, no sabía cuál de esas dos mujeres estaba más concentrada. Sentí que los dos tiraban de mí.

    «No me siento bien por matarla.» dije.

    Sabía que esa no era la respuesta que quería el Capitán. La miraría a los ojos y le volaría los sesos mientras murmuraba una oración por su alma.

    «¿Quieres quedártela?» dijo él.

    Era difícil de decir porque sabía que el Capitán se enojaría y no era un hombre para perdonar y olvidar.

    «Sí, señor.»

    «Ella te matará tan pronto como te mire. ¿La revisaste en busca de armas ocultas?»

    «No señor.»

    «Hay que comprobar si tiene armas. ¿Quieres que lo haga yo?» Se rió burlonamente.

    «¡No señor!» Respondí.

    Me sonrojé con las risas de mis amigos y me sonrojé aún más cuando el Capitán dijo:

    «Llévala al tipi, Ponter. Puedes revisarla allí.»

    Eso decía algo sobre el código moral del Capitán. Mata a las indias, pero si no las matas, trátala como mujer. Levanté a la Squaw.

    “La comprobaré por usted, sargento” —dijo la Viuda.

    Metió el revólver Colt que estaba a su lado en su faja y me siguió. La cara de la Squaw era diferente esta vez. No tenía miedo. Tenía el aspecto de una mujer que sabe porqué está en los brazos de un hombre y le gusta ser así. Mientras la acostaba, la viuda me rozó y sentí sus pechos contra mi brazo. La Squaw tenía miedo ahora, pero por la otra mujer, no por mí.

    «¿Qué diría su esposa si fuera a su casa con una squaw?» preguntó la Viuda.

    «Mi esposa murió de tisis hace dos años», respondí.

    «Lo lamento.»

    «Fue hace mucho tiempo. Dame tu arma», le dije, tendiéndole la mano.

    «¿Por qué? Ella está atada».

    «Porque yo sé quieres matarla. ¿No es así?»

    La Viuda no habló, pero el odio en sus ojos respondió por ella.

    «¿Ella mató con los comanches?»

    «No.»

    «¿Ella lastimó a alguno de ustedes?»

    «Ella es una india».

    «¿Ella cometió algún asesinato?» Lo repeti.

    «No. No la vimos hasta que estuvimos todos atados, pero…»

    «Te traje agua y te limpié la frente», dijo la Squaw en inglés.

    La Viuda saltó hacia atrás como si la hubieran picado, de pie allí con los ojos muy abiertos.

    «Hablas nuestro idioma», le pregunté.

    «Mi madre me enseñó. Era blanca, como tú. Siempre hablábamos en inglés cuando estábamos solas.» Miró a la Viuda. «Ella fue capturada y violada como lo hicieron contigo ayer. Tal vez ahora hay un bebé en ti. Un bebé mestizo. Como yo».

    Las lágrimas brotaron de los ojos de la Viuda y la apuntó con el Colt. La tomé por su muñeca, me sorprendió su fuerza pero la sujeté.

    «Suelta el arma», le dije.

    «La mataré», gritó. «Los mataré a todos».

    Sus gritos atrajeron al Capitán y a Moon, cada uno con sus armas en la mano. Para entonces, ya había derribado a la Viuda contra el suelo con los brazos sujetos sobre su cabeza. Sollozaba y luchaba, parloteaba sobre los indios, su violación, su marido y su muerte.

    «¿Necesitas ayuda, Ponter?» preguntó el Capitán.

    “Busque a la señora Leadbetter, capitán” —supliqué.

    Envió a Moon a buscarla. La Viuda dejó de forcejear. Le saqué su arma y la senté en mi regazo. Se acurrucó contra mí con los brazos flácidos. Estaba temblando y sollozando cuando envolví mis brazos alrededor de ella y la abracé con fuerza. A pesar de mi compasión por ella, una parte de mí disfrutaba sentirla en mis brazos. Cuando llegó la señora Leadbetter, se arrodilló y acercó a la Viuda a su amplio pecho.

    Los duros ojos del Capitán me taladraron antes de enfundar su Colt, girar sobre sus talones y alejarse. Me senté con las piernas cruzadas y esperé, sintiendo algo del horror de la terrible experiencia de la Viuda y el terror de la india mestiza atada a mi lado. Solo Dios conocía la verdadera profundidad de sus traumas.

    La frontera de Texas era dura, con una vida corta y nada agradable. Enterré a más parientes de los que me quedaban y a los que quedaban no los he visto en años. Había matado a más indios, blancos y mexicanos de los que podía contar. Viví mi vida en la silla de montar bajo el despiadado sol de Texas.

    Un hombre se pone duro. No solo duro en su cuerpo. También en su corazón, con una costra de muerte, sudor y suciedad aplastando su humanidad hasta que olvida que la tiene. Envidié a las mujeres. Una mujer podía llorar y chillar hasta que el dolor y el rigor le desaparecían y podía volver a ser humana.

    Había olvidado cómo ser humano, hasta entonces, mientras estaba sentado en un apestoso tipi en una colina desértica con una desolada mujer blanca y una india mestiza que no sabía si viviría para ver otro amanecer. Podía saborear sus penas y oler sus miedos. ¡Me sentía tan solo!

    La Squaw se acercó hacia mí. Apoyó la cabeza en mi muslo y me miró mientras yo acariciaba su cabello negro. La viuda nos vio y se liberó de la señora Leadbetter. Se arrastró hacia mí, puso su cabeza en mi hombro y envolvió sus brazos alrededor de mi cuerpo. La señora Leadbetter sonrió con tristeza y nos dejó a los tres.

    No me sorprendió que la Viuda viniera a mí. Lo había visto en sus ojos. No era amor. El amor era un lujo que la gente no tenía aquí. Necesidad. La mujer necesitaba al hombre de una manera mucho más fuerte y profunda de lo que el hombre la necesitaba. La Viuda precisaba a un hombre, un marido ahora que su esposo yacía frío en el suelo, y me había elegido a mí.

    Pero me sorprendió porque no apartó a la Squaw, no luchó por el hombre que eligió como una loba que guarda una guarida. La Squaw estaba llorando en silencio, las lágrimas corrían por su rostro sucio mientras nos miraba. La Viuda también lloraba en silencio, sus lágrimas disminuían a medida que su fuerza superaba su dolor. Nos sentamos así, mi brazo alrededor de una mujer mientras acariciaba el cabello de la otra.

    “Desátala, Ponter” —dijo la Viuda en voz baja.

    «No la he revisado en busca de cuchillos.” respondí.

    «Ella es una mujer y no te hará daño. Te lo puedo asegurar».

    La Squaw sollozó y sus ojos se secaron. Tímidamente, nos sonrió.

    «¿Qué diablos pasó?» Pensé.

    La Squaw era su enemiga, a la que estaba tratando de matar hace menos de una hora. Ahora eran hermanas, unidas por la pérdida, el dolor y la esperanza por el futuro, y por alguna fuerza misteriosa que los hombres nunca entenderíamos.

    «Tengo un cuchillo», dijo la Squaw.

    «¿Dónde?» Yo pregunté.

    «En una vaina en mi muslo», respondió ella.

    La Viuda se arrodilló sobre la Squaw, puso sus manos sobre sus piernas. No me miraron. Yo era superfluo, aunque era el premio que querían. Eran dos lobas, compitiendo por la posición alfa. Vi que la cara de Squaw cambiaba y los músculos de sus piernas se relajaban y se abrían tanto como podía con los tobillos atados. Miró a la Viuda: la guerra había terminado. La Squaw había accedido silenciosa al dominio de la Viuda.

    La Viuda levantó la falda de la Squaw, revelando sus piernas y su sexo desnudo. La india tembló ante la humillación, pero lo aceptó, consolidando aún más su posición como la segunda mujer entre ellas. La Viuda sacó el cuchillo, hizo rodar a la Squaw y cortó las cuerdas que la sujetaban. Volvió a rodarla sobre su espalda y le entregó el cuchillo.

    Eso podría haber sido un problema y contuve la respiración, porque en un instante el Squaw podría destripar a la mujer. Pero vi lo que la Viuda ya sabía. La Squaw había aceptado su relación. Me entregó el cuchillo y volvió a mirar a la Viuda. Ella bajó la falda de la Squaw, cubriéndola de miradas indiscretas, la atrajo hacia su pecho y la abrazó. Ambas comenzaron a llorar.

    Salí del tipi y fui al fuego. Los niños y la mayoría de las mujeres dormían, amontonados como cachorros. Los hombres habían tendido sus sacos de dormir para proporcionar un perímetro de protección entre ellos y el desierto.

    «Ponter», llamó el capitán. «Duerme un poco. Tu escuadrón entra en servicio a las dos. Cabalgaremos a las seis».

    Puse mi petate entre el fuego y el abrevadero. Comí, bebí y me lavé la suciedad de la cara. Cuando regresé, la Viuda estaba sobre una manta junto al petate. Me acosté a su lado. Poco después, la Squaw vino con un montón de mantas. Se acostó a mi otro lado y nos cubrió.

    A la mañana siguiente, levantamos el campamento temprano y cabalgamos. A diferencia de los indios que hacían caminar a las mujeres, todos tenían un caballo y las pertenencias de los prisioneros se ensillaban en las monturas adicionales. El Primer Escuadrón, mi escuadrón, tomó la punta, y el Segundo Escuadrón la retaguardia con las mujeres, los niños y los caballos de carga entre nosotros, excepto que las dos mujeres que me habían reclamado cabalgaban detrás de mí.

    Antes de levantar el campamento, el Capitán y yo tuvimos una breve discusión sobre la Squaw. La quería atada de pies y manos y amarrada al caballo.

    «Seré responsable de ella, capitán.» dijo la viuda con una seguridad que influyó en el Capitán.

    La Squaw cabalgó sin trabas gracias a ella. La reacción de los otros Rangers era como yo pensaba. El Capitán y Edward James del Segundo Escuadrón, ambos metodistas empedernidos, invocaban la condenación del infierno en dos mujeres unidas a un solo hombre. Los otros iban desde los que no les importaba un bledo hasta los que tenían un poco de celos. Las otras mujeres parecían aceptarnos más. Finalmente llegamos al casco incendiado del rancho Leadbetter.

    Los Rangers acampábamos junto a los restos de la casa del rancho, las mujeres fueron a llorar a las tumbas que cavamos para enterrar a sus maridos, hermanos e hijos. La Viuda lloraba y rezaba por su esposo muerto mientras la Squaw la abrazaba y la consolaba. Desempacamos los caballos y los dejamos sueltos para que bebieran del tanque de ganado de Leadbetter y pastaran en la hierba espesa. Encontramos parte de su ganado vagando cerca y carneamos un ternero.

    Encendimos un fuego, comimos comida caliente por primera vez en días y carne de res fresca por primera vez en meses, bebimos hasta saciarnos del agua dulce de manantial en el pozo. Las mujeres y los niños volvieron a dormir cerca del fuego con los hombres esparcidos en el perímetro. Excepto yo. Mi saco de dormir estaba más lejos con la Viuda y la Squaw durmiendo a mi lado.

    Al día siguiente, la Sra. Leadbetter levantó un balde y dijo:

    «Encontré el jabón. Las damas deseamos bañarnos y lavar nuestra ropa. Suponemos que serán caballeros y no mirarán».

    «Por supuesto, Sra. Leadbetter,» le aseguró el Capitán.

    «Tenemos una tina que mi esposo construyó. Nos refrescaremos allí y lavaremos nuestra ropa», dijo. Giró sobre sus talones y condujo a las mujeres hacia un tanque de unos 1.20 m de ancho y un metro de alto.

    El Capitán asignó tareas. Establecí un puesto de vigilancia en la cima de la colina detrás de la casa del rancho. Desde allí, podía ver por kilómetros y hacer sonar la alarma si alguien se acercaba. Podía ver a las mujeres bañándose, todo lo que tenía que hacer era girar la cabeza, pero no lo hice. El Capitán sabía que no lo haría y por eso me dio ese puesto.

    Después de que las damas terminaron, algunos de los hombres se aprovecharon de las instalaciones de baño. La Viuda me pidió que esperara hasta el día siguiente y así lo hice.

    A la mañana siguiente, mis dos mujeres vaciaron la tina y sacaron cubos de agua fresca del pozo para volver a llenarla. Estaban emocionados por algo. Podía adivinar por qué, pero esa suposición me produjo una sensación de necesidades. Después del mediodía, los demás buscaron algo de sombra para descansar. La Viuda y la Squaw se me acercaron y cada una me tomó una mano.

    «¿A dónde vamos?» Pregunté mientras me conducían hacia el lavabo.

    «Es hora de tu baño», dijo la Viuda. Sargento Ponter, ¿puedo llamarte por tu nombre de pila?”

    «Llámame Ezekiel».

    «Soy Cora. ¿Cuáles son tus planes, Ezekiel?»

    «¡Eeehhh! No sé. ¿Que quieres decir?»

    «¿Quieres un hogar, o vas a pasar el resto de tu vida en una silla de montar persiguiendo indios?»

    «Tuve una casa hasta que murió mi esposa. Me gustaría tener otra.»

    «Sabes perfectamente que ahora soy una viuda, Ezekiel, y que Rachel no tiene compromiso con nadie.»

    «¿Raquel?»

    «Ese era el nombre de mi madre», dijo la Squaw. «Ahora será mío».

    Nos detuvimos en el borde de la tina. Comenzaron a desvestirme con dedos rápidos y ansiosos y sus ojos salvajes dejaron destellos calientes en mi mente.

    «¿Estás diciendo que alguna de ustedes quisiera construir un nuevo mundo conmigo?»

    «Sí, Ezekiel», dijeron al unísono.

    «Cualquiera de nosotras, o ambas», continuó Cora .

    «Sí. Ambas», repitió Rachel.

    «Un hombre con dos mujeres no es bien visto en muchos lugares», dije.

    «Has manejado situaciones más difíciles y nosotras también», respondió Cora .

    Cora me rodeó el cuello con los brazos y me besó. Sentí los dedos de Rachel desabrochando mis calzoncillos largos y así quitármelos. Entré en la bañera y se rieron de mi virilidad lista. Mientras me bañaban y lavaban mi ropa, se cruzaron un millón de miradas. Mi excitación se acercaba al límite.

    Cuando me puse de pie, Cora dijo:

    «Ven, ponte las botas, Ezekiel. El aire te secará».

    Me tomó de la mano y me arrastró por una pequeña elevación hasta un pequeño huerto que Leadbetter había plantado. Allí, bajo los nogales, tres mantas yacían a la fresca sombra. Cora se desvistió apresuradamente con tan poca vergüenza como había mostrado ante mi desnudez. Era la primera vez que la veía como Dios la hizo y no me decepcionó. Era fuerte, curvilínea y encantadora. Puso mis manos en su cintura y me besó.

    «Date prisa, Ezekiel», imploró.

    Nos acostamos y la penetré sin demora ni preámbulos. Su humedad, su sudor y su gemido eran frutos del Cielo, bendiciones para mi pobre alma. Su grito anunció su propia recompensa y estimuló la mía hasta que descansamos juntos.

    Sentí un tirón en mi hombro. Me di vuelta para ver a Rachel, desnuda y sonriéndome. Se arrodilló a mi lado y tomó mi virilidad en su boca, algo de lo que había oído hablar pero que nunca había experimentado. Con esa ardiente osadía, rápidamente recuperé mi fuerza y la cogíé. Cora nos dio la espalda con modestia. Rachel era diferente a Cora: más delgada y más dura, más rápida para responder y más ruidosa en su placer. Llegamos a una feliz conclusión y luego los tres descansáramos desnudos como Adán y Eva en un pequeño edén hecho por el hombre en las llanuras de Texas.

    El capitán estaba molesto. Su retrógrado corazón metodista no podía tolerar los principios de mi pecado. Me liberó del servicio treinta y nueve días antes del final de mi segundo año. Me ordenó ir a Austin.

    «Cobra tu salario atrasado y llévate a tu ramera y a tu puta pagana lejos de mí y de los Rangers.”

    A la mañana siguiente, con dos caballos de carga cargados y la Viuda y la Squaw en sus propias monturas, pasé la pierna por encima de la montura de mi pinto y me dirigí hacia Austin y a las colinas de Texas.

    Tenía una ligereza en mi corazón que no había sentido en años. No entendía por qué dos mujeres decidieron compartir un hombre o por qué el Dios Metodista del Capitán encontró eso tan repugnante. Pero sabía que MI Dios me había bendecido y nos sonreía mientras avanzábamos por los senderos de Texas.

  • Mi primera vez en mi residencia

    Mi primera vez en mi residencia

    La habitación que conseguí apenas llegar a Barcelona era amplia, con entrada independiente, cocina a gas, nevera y una pequeña sala/comedor/estudio era sencillamente impresionante. Y amoblada adecuadamente para un par de personas.

    La luz de la mañana entraba de múltiples colores, gracias a que las paredes eran de cristales de múltiples colores. El dormitorio constaba de una cama individual amplia y nueva. Con un baño pequeño.

    Me sentía satisfecho y decidí llamar a mi tía para comentarle. Ella estaba asombrada y contenta, me pidió la dirección para las futuras encomiendas. Le dije que la pediría luego, nos despedimos y comencé a ordenar mis cosas fuera de mi maleta. No eran muchas cosas y si más ropa.

    La nevera estaba vacía, tenía que ir a comprar víveres, Fui a la puerta posterior que daba acceso al patio de la casa principal donde estaba el área de servicios (lavadora) y un patio amplio con cordeles para poner la ropa a secar al sol. Además de una hermosa parrillera de ladrillos de arcilla y una elegante ducha en un extremo del patio. La grama estaba muy bien atendida y un área bajo techo, tres sillas tumbonas sin pasamanos. La casa de la Señora Laura era hermosa y aún no conocía el interior de la vivienda principal.

    Regresé a mi habitación y la señora Laura estaba tocando mi puerta, abrí.

    – Como está señora Laura –abrió los ojos inmensos y dijo:

    – Laura, soy Laura. Deja la señora para las mayores, debo salir, hay un mini-marquet a dos cuadras a la izquierda y tres cuadras más adelante hay un buen e inmenso supermercado. La zona es tranquila, sin embargo, cuídate. Si vas a traer amigas o amigos, por favor en calma, si mucha bulla. Tienes acceso al patio por tu cuenta. Si no tienes compromiso para esta noche, ven a comer conmigo. Ya casi me voy, vendré en la tarde. –parecía una locomotora, se detuvo porque le sonó el móvil, lo contesto

    – Juan, voy de salida. Ven a la noche y cenamos… esta tarde de, si… debo llegar como a las 4 o 5, no se. Bien… chao. – me miró y dijo

    – Chao Santiago. Cuida las llaves. – y salió volando, la detallé, tenía piernas macizas y elegantes con unos tacones de media altura y un vestido vaporoso. Subió a su auto y cerré.

    Iba a tomar una ducha cuando vi al Sr. Juan aproximarse con unas bolsas en cada mano, fui a abrir la puerta.

    – Hola Sr. Juan, su hermana salió.

    – Lo sé, te traje unos víveres y jugos para que puedas comer… a cambio de…

    Rayos, Juan desea ñema y yo con sólo un paño. Ya comenzaba a excitarme… Juan Carlos se desplazo de prisa y me quitó la toalla,

    – ven- me dijo, y se sentó en el pequeño sofá, comenzó a lamer como un cono de helado mi verga, desde las bolas a la cabeza, estuvo un buen rato en eso y hurgó en otra bolsa que estaba en el suelo, era una crema… de menta. Como chantillí pero con mentol, cubrió mi pene y comenzó a tragar, lamer, chupar y suspirar profundo, yo de pié, soportando esas caricias divinas.

    De un momento me hizo girar y estaba yo con mis nalgas frente a su rostro. Me acarició y abrió lentamente mis nalgas, me dijo

    – Inclínate por favor, – así lo hice, buscaba con su lengua mi hoyo. Hundió más su cara y la sentí, ahí si comencé a preguntarme si él me penetraría, siguió un buen rato y me hizo desplazarme a subir mis rodillas al sofá, me puso en 4, vaya, si, él quería penetrarme y yo quería sentirlo, seguro sería doloroso, pero quería sentirlo.

    Vi como se bajaba los pantalones y no quería saber cómo era su tranca, esperaba con ansías, yo era arcilla que deseaba ser moldeada. Él lo hizo, sentí un dedo dentro de mí, no era incómodo, pero esperaba el dolor.

    Me asombró sentir ambas manos tomando mi cintura y el vaivén de su cuerpo apretando mis nalgas, y sentía muy poco dentro de mí. Lo dejé seguir y al rato, dijo:

    – Voy a acabar, ¿quieres mamarme? – me asombró su pregunta, pero le dije – SI

    Nos separamos y pude ver su verga, era delgada, casi fina y no era mayor a 10 cm. No expresé sorpresa, sólo abrí mi boca y la tragué, no hizo falta mucho tiempo ni gran esfuerzo en tragar. Soltó un buen chorro de semen y al fin pude saber lo que era ser un mamagüevo, mientras le limpiaba, yo lo disfrutaba y él gemía.

    – Ahora ven, quiero tu leche – regresó él al mueble y lo mamó con más intensidad. Y me halaba hacía él con mayor fuerza, no tardé en eyacular en su boca y él en tragar gozoso mi lefa.

    Al acabar, casi corrí al baño quería bañarme. Quería pensar, quería saber que estaba ocurriendo y quería saber que pasaría en el futuro.

    Al salir, Juan había preparado algo de comida. Noté una bolsa de color azul intenso sobre una pequeña mesa.

    – Ven, conversemos mientras comemos – me senté. Él continuó.

    – No quiero que creas que voy a estar aquí metido contigo a cada rato. Aproveché porque Laura saldría. Me encantó estar contigo, veo que somos primerizos y tu como yo, estamos dispuestos a compartir, es la primera vez que penetro a un hombre y la segunda vez que trago leche. Ambas tuyas. Sé que eres libre y no seremos nada de exclusivos, no puedo exigirte eso. Esta tarde debo salir a hacer un posible negocio a otra ciudad, como a dos horas, no creo que regrese hoy, son amigos y siempre cenamos juntos y conversamos hasta bien tarde. Mi esposa, Carmen, si vendrá hoy a cenar con Laura. Así que, no me has visto. Te dejé una sorpresa en esa bolsa azul, luego la ves. Debo salir de inmediato, te puedo escribir a Telegram, es más discreto, ¿si? Bien Santiago me voy, que tengas un buen día. – allí me quedé yo, sin saber nada y con varias preguntas. Salió de prisa y lo vi alejarse, oir las puertas del auto y el partir del mismo.

    – Creo que me iré a dormir, he tenido un buen jaleo esta mañana. – vi la bolsa azul y la tomé, me dirigí a mi cama, quería dormir.

    Sube a mi cama y abrí la bolsa, metí la mano y saqué una pequeña caja con un vibrador rosado, se conectaba al bluetooh del celular. Para mi, o para él?

    Volví a meter la mano y era una caja mayor, wow, era un cinturón negro con un pene negro inmenso y grueso. ¡para él! Ni a coñazos me metería eso. Aun la bolsa tenia algo mas. Un caja de un celular, nuevo¡ dentro un tarjeta decía… “sólo para nosotros Santiago” sin firma.

    El móvil solo tenia una app instalada, Telegram. Abrí y vi el nombre de usuario @Mljp1913

    ¡Vaya, tenía un sugar daddy!

    Que pasará luego…

    Espero les agrade mi confesión. Leeré vuestros comentarios con detenimiento. Gracias

    Saludos a Enrique que me invitó a ser mas amplio.

  • Un hombre acumulado y un grupo de jugadoras de Póker

    Un hombre acumulado y un grupo de jugadoras de Póker

    Esto me paso durante la universidad, recuerdo que tenía un grupo de 3 amigas a las que les caía muy bien y eran muy guapas,  un dia ellas me invitaron a una actividad, un noche de Póker que tenian entre ellas. Yo era un unico hombre hay, recuerdo que en esa epoca tenia como unos 25 años. Las chicas en un momento propusieron jugar StripPoker. Habia hace poco terminado mi ultima relacion asi que acepte con la esperanza de que algo pasara, resulta que soy pesimo en el Póker y acabe completamente desnudo en frente de mis tres amigas.

    Intentaba cubrirme con mis manos como podia, pero ya sin nada que perder no podia seguir jugando, de pronto una de mis amigas pasa a llevar mi muslo con su mano, ella se disculpo y yo le dije a modo de broma: «Podrias haber tocado mas arriba». Ella de pronto me responde: «Pues… puedo tocar mas arriba si quieres». Como dije, habia terminado con mi novia y no solo tenia ganas de sexo sino que me sentia despechado, asi que le dije que me tocara, removi mis manos exponiendo mi pene y ella lo toco suavemente y comenzó a masajearlo.

    Yo estaba muy excitado y con una ereccion del porte del titanic, mis otras amigas se percataron de esto y detuvieron el partido de poker solo para verme. Yo me avergoncé y les comente que mi novia me habia dejado y que estaba algo necesitado de afecto. Ellas lo encontraron tierno y me dijeron que estaba bien, que ademas me encontraban bastante atractivo y que si yo las dejaba ellas podian saciar mi necesidad sexual.

    Mi amiga me siguio masturbando mas y mas intensamente, otra me masajeaba los testiculos y besaba mi cuello y la otra me acariciaba el pecho y el trasero mientras me besaba los labios. Tengo que añadir que durante todo ese proceso ninguna se desnudo, yo fui el unico desnudo todo el tiempo, hasta que eventualmente, tras unos 10 minutos de estimulacion eyacule en frente de ellas.

    Al principio me dio algo de verguenza pero ellas mi hicieron sentir tan comodo mientras me besaban y tocaban que no me molesto para nada, se sintio espectacular.

    Avanzo la noche y me fui a limpiar al baño, me estaba duchando mientras las demas chicas se marcharon, asi que nos quedamos una amiga y yo en su departamento a solas. Cuando salgo encuentro a mi amiga sosteniendo una toalla y ofreciendo secarme ella. Ella seguia vestida asi que sali de la ducha y deje que me secara. Mientras me secaba su mano se deslizo hacia mi pene otra vez y comenzo a masturbarme.

    Yo le pregunte que porque lo hacia y su respuesta fue: «Hace tiempo que quiero hacer esto, no sabia que me calentaba tanto masturbarte». Yo estaba excitado otra vez, tan excitado que no pude resistirme. Recuerdo que ella me llevo a su habitacion sin soltar un solo segundo mi pene, me empujo en la cama, me vendo los ojos y me amarro mis manos a la cabeza de la cama.

    De pronto senti una como si algo envolviera mi pene, una sensacion calida y gentil que se movia de abajo hacia arriba de arriba hacia abajo. Mientras tanto sentia sus labios besarme sin piedad, mientras sus manos me moldeaban como ellas queria. Yo me entregue completamente y la excitacion fue tan grande que eyacule tremendamente mientras ella simplemente me miraba.

    Me sentia tan desnudo, tan expuesto ante ella y yo no podia ver nada, solo sentirla. Lo injusto de la situación me excitaba demasiado el hecho de que ella no solo me habia visto desnudo todo el tiempo sino que me habia visto eyacular dos veces y ella estaba todo el tiempo vestida. Ella desato mis manos una vez senti que tuvo un potente orgasmo y me dejo la venda puesta.

    Recuerdo que se acurruco a mi lado y nos quedamos dormidos. Al dia siguiente desperte solo para sentir su mano masajeando mi pene de nuevo. Ella me masturbo una vez mas y cuando hube eyaculado de nuevo me dijo: «Para que no te olvides de mi».

    Esa mañana regrese a mi casa, y comencé a tener un monton de erecciones pensando en la experiencia. Sin poder aguantar mas decidí llamarla y ella vino a mi casa, en donde hablamos sobre lo que paso, ella me dijo que habia quedado muy caliente despues de todo eso y yo le comente que yo igual. Una cosa llevo a otra y eventualmente me quite la ropa y ella me masturbo de nuevo.

    Eso se volvio una costumbre de nosotros, al punto de que cada vez que yo iba a su casa o ella venia a la mia yo andaba siempre desnudo y ella vestida. Varias veces le mostre como me masturbaba y con el tiempo iniciamos una relacion, nos fuimos a vivir juntos y hasta nos casamos. Hasta el dia de hoy paso casi todos los dias desnudo y ella me sigue atacando por la espalda, a veces aparece y me empieza a masturbar sin aviso hasta que eyaculo. De verdad la amo.

  • Pescando carpas

    Pescando carpas

    Era verano en el campo. Más precisamente, en el pueblo, donde hace un par de años compramos una choza barata para pasar las vacaciones de verano, recogiendo setas y pescando carpas. En el pueblo medio vacío había muchos de esos residentes de verano de la ciudad que venían a sus posesiones los fines de semana. Los vecinos más cercanos eran Michel y su joven esposa Astrid. Michel trajo a Astrid de Países Bajos. Hablaba mal el francés y se correspondía bastante con la imagen de una neerlandesa: piel pálida y blanca, cabello blanco, ojos claros, una figura un poco tosca y un temperamento completamente helado. Hablaba con un acento marcado y suave. Estaba con una amplia camisa de hombre y pantalones cortos. La camisa era de cuello ancho, y cuando Astrid se agachaba, se podían admirar fácilmente sus pechos afilados con sus pezones pálidos, casi incoloros.

    Mi esposa se quedó en la ciudad, todavía no le dieron vacaciones por lo cual yo estaba solo en el campo. Michel también se iba a menudo, trabajaba cada tres días. Con Astrid prácticamente no nos comunicábamos. Todas las mañanas, en la oscuridad, yo iba a un estanque lejano en busca de carpas, por la tarde me gustaba dormir. Volviendo con una captura, decidí tratar a Astrid como a una vecina. A los neerlandeses les encanta el pescado y Astrid no rechazó la carpa, por el contrario, parecía complacida e incluso se emocionó. Comenzó a preguntarme dónde y cómo las pesco, dijo que a ella misma le encanta pescar, desde pequeña pescaba con su padre, y al final de repente me preguntó si podía llevarla a pescar. Se suponía que Michel regresaría mañana por la tarde.

    Me sorprendió esta pregunta, pero después de un poco de vacilación, acepté. Era un lugar aburrido y la comunicación con esta extraña chica, aunque no prometía mucha diversión de alguna manera me divertía.

    Al día siguiente, antes del amanecer, ya estaba llamando a la ventana de Astrid. Salió de inmediato, vestida y lista para partir.

    Era conveniente ir preparados hasta el estanque lejano. Caminamos, por supuesto, en silencio. Astrid iba adelante. En el camino, miré su trasero. Un culo nada extraordinario. Solo demasiado ancho sin suficiente relieve. Sus piernas eran delgadas, hermosas. Cuando cruzamos un arroyo a lo largo del tronco, le di la mano. Ella, balanceándose, la presionó contra su pecho por un segundo. Con el dorso de mi mano, sentí su pecho duro. ¡Pero nada más que eso!

    Llegamos al estanque. Es poco profundo desde la orilla. Tienes que ir al agua. Astrid se puso a trabajar de inmediato, preparó el cebo, según los estándares neerlandeses, estaba emocionada. Y pescamos carpas como verdaderos pescadores. Pude notar que realmente su papá le enseñó muy bien. Pescamos durante mucho tiempo, el sol ya comenzaba a hornear.

    “Basta”, digo, “tenemos tanto pescado, casi dos baldes.”

    Apenas me pasó su caña de pescar, decidimos nadar, para prepararnos para el camino de vuelta. Astrid, estaba en camiseta y pantalón corto, se tiró a nadar. Salió del agua, su camisa estaba mojada, sus senos estaban pegados a su ropa, sus pezones sobresalían, brillaban a través de la tela, aunque son blanquecinos. Algo se movió en mis pantalones en ese momento, pero no mucho. Tenía muchas ganas de llegar a casa.

    “Bueno, vamos a casa.” digo.

    Yo voy con dos baldes de pescado y Astrid camina a mi lado, feliz, incluso tarareando algo en neerlandés. ¡Al parecer, le gustaba pescar algo!

    Llegamos hasta la casa de Astrid. Me detuve en la puerta, le tendí uno de los cubos de pescado y ella entró directamente a la casa, no se detuvo. En la puerta se dio la vuelta, agitó la mano.

    “Sígueme.” dijo,

    Bueno, entro. El dosel es fresco, semi-oscuro. Astrid está de pie, mirándome. Luego dice con su acento neerlandés:

    “Pescaste muy bien. Quiero agradecerte. Si quieres, te dejo a mí…” -entonces tartamudeó un poco, buscando una palabra francesa adecuada, pero rápidamente la encontró- “…tú… ¡follarme!”

    ¡Ambos encendidos! Esto es lo que se llama: ¡pago en especie! Me quedé un poco desconcertado por esta oferta. Una chica de Países Bajos tan claramente inteligente, y de repente tan grosera. «¡FOLLARME!» Pero Astrid claramente no entendía las complejidades del idioma francés. Me miró con calma y al ver mi indecisión decidió aclarar:

    “¿No me quieres?”

    Y de repente me di cuenta de que realmente quería follar de inmediato con esta mujer extraña, pero muy atractiva.

    “¡Bueno, por qué no, por supuesto!” Me apresuré a responder, adaptándome involuntariamente a su manera de hablar.

    “¡Entonces ven!” Astrid me llevó de la mano a la habitación, donde también estaba fresco y semioscuro.

    Me quitó con delicadeza el cubo de carpa, que yo, como un imbécil, todavía sostenía en mi mano y me condujo a una cama ancha, vieja y rústica, cubierta con una colcha blanca.

    «Me desvestiré y luego tú…», anunció Astrid y comenzó a desabotonarse lentamente la camisa.

    ¿Quizás era su costumbre? Pensé, obedeciendo involuntariamente a este ritmo de cámara lenta. A la camiseta le siguieron los shorts y ahora Astrid apareció ante mí completamente desnuda. Tenía un vientre triangular, plano, un pubis limpio y casi sin vello, y senos sobresalientes en forma de media luna, con pezones cónicos de forma similar a las trufas de chocolate. Ahora Astrid comenzó a desvestirme, me quitó la camiseta, los pantalones de chándal. Me quedé quieto, sigo el juego, observo las costumbres populares. Mi pene ya está duro en su slip. Finalmente, me deslizó el slip y aparecí ante Astrid en todo mi esplendor.

    Tomó mi polla, como si la sopesara en la palma de su mano.

    “Tienes un buen…” tartamudeó de nuevo, “…un buen golpe. ¡No joder!”

    Bueno, sí, sí JODER, entonces por supuesto JODER, ¿por qué hacer una ceremonia allí? Me pregunto dónde Astrid habrá estudiado anatomía en francés. No hay otra manera: Michel le enseñó. n, por así decirlo!

    “Puedo tomarlo un poco… tomar un bocado. ¿Poder?”

    ¡Dios mío, todavía pregunta!

    “Por supuesto que puedes, cariño. Tómalo, mi querida niña de los Países Bajos, tómalo bien profundo.”

    Astrid se sentó en la cama, me acercó más y lentamente arrastró sus labios sobre el glande. Luego, más y más profundo… Su rostro permaneció serio, incluso algo triste, retraído en sí mismo. Sacudió la cabeza mesuradamente, absorbiendo un miembro por dos tercios, incluso trabajó con la lengua. Era dulce. Me incliné, tomé sus palmas debajo de mi pecho.

    Eran frescas y muy resistentes, como goma ligera. Pellizqué sus pezones ligeramente con mis pulgares. Astrid suspiró y movió la cabeza un poco más rápido. Esto continuó durante bastante tiempo, pero no se planeó ningún orgasmo. Todo sucedió muy lentamente. Sin embargo, tenía su propio encanto. Estuve a punto de tomar la iniciativa con mis propias manos, pero de repente Astrid soltó mi pene de su boca, se recostó en la cama y abrió las piernas.

    “Ahora tú, bésame… ¡ahí!”

    «Allí» parecía una hendidura rosada, pulcra y estrecha. Me arrodillé obedientemente, apreté mi cara entre sus muslos suaves y puse suavemente mi boca sobre su vulva húmeda y salada. De repente, un clítoris grande y firme creció debajo de mi lengua. Empecé a chuparlo y luego Astrid finalmente comenzó a dar señales de vida. Empezó a gemir, a girar la pelvis, luego extendió las manos y apretó mi cabeza contra su entrepierna.

    Yo, sucumbiendo a este impulso, comencé a acariciarla con la boca bien abierta ya desde el corazón, sofocado por la excitación y la falta de oxígeno. Un minuto después, Astrid gritó sorprendentemente fuerte, todo su cuerpo comenzó a temblar con un gran temblor. Detuve mis manipulaciones y solo sostuve sus caderas. Poco a poco, Astrid se calmó. ¡Pero yo, yo ansiaba continuar! Ansiaba lo que me ofrecían.

    Ya sin ceremonias y rompiendo la rutina, separé sus muslos y caí sobre su cuerpo tierno y fresco. Los senos de goma sobresalían obstinadamente y descansaban sobre mis pezones, aplasté un seno con la mano, con la otra mano agarré a la neerlandesa por debajo del culo y la clavé con todo mi corazón. La FOLLÉ brutalmente, la polla se metió en el útero y, probablemente, le dolía, pero no se apartó. Movía las caderas hacia la polla y abría la boca con cada golpe, lo que me excitaba aún más. Su vagina recién experimentada era estrecha y caliente. Sintiendo el acercamiento del orgasmo, le susurré rápidamente:

    “¿¡Puedo golpearte!?”

    “¡Sí tu puedes!”

    Con gran placer, ya habiendo soltado los frenos, la salpiqué de esperma. Uno, dos, tres… Me quedé inmóvil sin quitarle el pene, hundiendo mi nariz en su pelo blanco con olor a heno y sujetando sus firmes pechos en la palma de mi mano.

    Nos quedamos así durante un par de minutos, en silencio, alejándonos de las sensaciones. Estaba loco por fumar y beber. Me levanté, traje agua. Bebió y me agradeció, derramando agua sobre su pecho enrojecido. Se metió la camisa entre las piernas. Pues sí, le eché bastante esperma, era mi quinto día sin follar. Me vestí, la besé en la frente y con cuidado, mirando alrededor, salí hacia mi casa.

    Michel llegó en la noche, y al día siguiente llegó mi esposa. De camino al estanque me encontré con Astrid. ¡Con un cubo para poner las carpas! Nuestros ojos se encontraron.

    “¿Vamos a pescar? pregunté con una sonrisa.

    Ella también sonrió en respuesta. Por primera vez.

  • La sombra de las Pirámides: Final

    La sombra de las Pirámides: Final

    «La recluté la primera vez que nos conocimos», dijo Karl.

    El corazón de Jacqueline se sentía como si literalmente se estuviera rompiendo. No pudo contener las lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas. Era demasiado, aunque las mejillas de Hilary también parecían brillar por las lágrimas, pero eso no era un consuelo.

    «¿Por qué?» ella preguntó. «Te quería como a una hermana, más que una hermana después de la otra noche.»

    El rostro de Blobel se arrugó con repugnancia. Karl pareció sorprendido, luego una sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en las dos mujeres juntas.

    «Yo te amaba», dijo Hilary con tristeza. «Todavía te amo, pero hay dos cosas que amo más que a ti: a mi mamá, mi papá y a mi querida y vieja Irlanda. Se avecina una guerra, Jacqueline, y la mejor oportunidad de Irlanda para una verdadera independencia es Alemania. El llamado estado libre irlandés es un mentira, los condados protestantes del norte quieren mantenerse unidos a Inglaterra. La única forma en que los problemas terminarán es eliminar el Imperio Británico en su totalidad. ¿Recuerdas que cuando sobrevolamos Alejandría me interesé por las unidades de la Royal Navy?».

    «No tenía idea de que te sintieras así», dijo Jacqueline justo cuando el tren se tambaleaba.

    Empezaba a moverse de nuevo para entrar definitivamente a la estación.

    «No es demasiado tarde, Jacqueline», dijo Karl. «Únete a nosotros. Sé que suena extraño». Puso su brazo alrededor de los hombros de Hilary, «los tres podemos intentarlo».

    Parecía esperanzado y encantado con la idea.

    «¡Ekalhaft!» gruñó Blobel. «Homosexuelle sollten erschossen werden» [¡Desagradable! Los homosexuales deberían ser fusilados.]

    «Yo nunca traicionaría a Inglaterra, Karl» —dijo Jacqueline, todavía sollozando.

    «Muy bien», respondió él. «Entonces yo tengo a la chica y al PENE».

    «Que tengas a la chica no lo dudo.», dijo Jacqueline.

    Ella metió la mano en su bolso.

    «Yo me quedo con el PENE». Sacó el PENE de su mochila y la sostuvo por la base.

    «Nooooo», jadeó Hilary. Pareció horrorizada al ver el PENE en la mano de Jacqueline. Había traicionado a su amiga por nada.

    «Dispárale a la perra», gruñó Blobel, apuntando su Luger a la cara de Jacqueline. Su mano temblaba de ira. El brazo de Jacqueline estaba firme mientras le apuntaba con su revólver.

    Karl hizo a un lado el brazo con el que empuñaba el arma. La pistola de Blobel disparó, pero el tiro salió muy desviado.

    «No» -dijo Karl-. «Ella se burló de nosotros».

    Parecía enojado, pero resignado y fascinado por la forma en que actuó Jacqueline. Karl taconeó e hizo una reverencia en señal de respeto. Jacqueline todavía sostenía el PENE y su revólver, apuntando a Blobel. El nazi había vuelto a subir su Luger para apuntarla. Ambos parecían dispuestos a disparar en cualquier momento.

    Karl lo miró a él y luego a Jacqueline. Hilary había abierto la caja y estaba mirando el pepino que Jacqueline había pedido hace varios días.

    «No Blob, esto es tu culpa. No revisaste para asegurarte de que estaba en la caja antes de robarla.»

    El rostro del nazi estaba rojo de rabia. Karl sacó su propia Luger de su funda. Miró a Jacqueline y levantó el arma apuntando a Blobel. El rostro del nazi apenas tuvo tiempo de mostrar sorpresa cuando la bala le atravesó el ojo derecho, su cabeza se echó hacia atrás y pesado hombre cayó por encima de la barandilla. Hilary gritó.

    «Parece que necesito un nuevo asesor político», dijo Karl encogiéndose de hombros. Enfundó su arma e hizo una reverencia a Jacqueline.

    «Ven, Hilary», dijo, girando y subiendo la escalera al techo.

    Hilary miró a Jacqueline y luego se volvió para seguir a Karl por la escalera. El dolor de Jacqueline se desvaneció cuando la ira se apoderó de ella. Sus mejillas se pusieron carmesí y sus nudillos blancos cuando agarraron el duro eje de piedra del PENE. Levantó el PENE y la miró.

    Una sombra apareció en el techo detrás de Jacqueline y ella miró hacia arriba y vio una escalera colgando del Graf Siegfried. Jaeger rápidamente envolvió un brazo alrededor de las costillas de Hilary, mientras su otra mano agarraba la escalera. Levantó a Hilary mientras subía al peldaño inferior y la poderosa aeronave alemana se elevó más en el aire. El zepelín giró y se los llevó a los dos.

    Jacqueline comenzó a llorar de nuevo mientras observaba cómo los dos subían la escalera hacia el área de la tripulación que se hacía más pequeña a medida de que el Graf Siegfried ganaba velocidad. Alguien arrojó una manta sobre su hombro. Ella sonrió al asistente y tiró de la manta alrededor de su cuerpo desnudo. El tren se movía de nuevo, el silbato sonaba mientras avanzaba hacia la estación. La rodeó con el brazo y la condujo de vuelta a lo largo de todo el tren. Los pasajeros se arremolinaban preparándose para desembarcar, pero él les indicó que se hicieran a un lado mientras la ayudaba a llegar a su camarote.

    Jean abrió su habitación y la condujo adentro. Se aclaró la garganta y dijo:

    «Mis disculpas, señorita Ainscow, pero sus privilegios de viaje a bordo de l’Orient Express han sido revocados. No nos gustan… los disturbios en nuestros trenes.»

    Jacqueline miró a los ojos al francés hasta que empezó a mostrarse ansioso. Pareció aún más angustiado cuando ella dejó caer la manta alrededor de sus pies. Sus ojos recorrieron sus pechos, su estómago y luego su entrepierna de pelo negro justo debajo del liguero. Ella se arrodilló y jugueteó con la abertura de sus pantalones.

    «¡MON DIEU!» jadeó cuando sus labios succionaron su pene en la boca de ella.

    Jacqueline se deleitaba con el sabor de su pene y más especialmente con su normalidad. No era una enorme polla como la de Aket o un martillo como el de Karl. Era un pene promedio. Él gimió y movió sus caderas. Su pene ya se estaba hinchando, pero ella no esperaba que durara mucho. Ella se echó hacia atrás y dejó que su eyaculación saliera disparada de su lengua para poder saborearlo. No era mucha cantidad, pero era tan delicioso como los otros espermas que había probado desde que el PENE la infectó por primera vez. Él se apoyó contra la puerta jadeando.

    «Bueno, tal vez pueda hablar con la gerencia sobre sus privilegios de viaje», dijo él.

    Jacqueline se puso de pie y levantó una ceja mientras lo miraba.

    «Gracias por la manta», le dijo, haciendo los mismos movimientos de ahuyentamiento con las manos que él le había hecho en Estrasburgo.

    El francés se enderezó, giró, con la nariz en alto y se fue sin siquiera darse cuenta de que su pene aún sobresalía.

    Jacqueline telefoneó a Ainscow Manor desde la estación de tren y le dijo a uno de los empleados de su padre que alquilaría un avión y volaría a Londres tan pronto como recogiera su equipaje. No faltaron los pilotos dispuestos a llevarla a Londres con el dinero que ella ofreció y pronto Lady Jacqueline Ainscow estaba en el aire a bordo de un Monocoupe 110. Pronto estaban volando sobre el canal. El piloto, Chadwick Lord, fue un compañero encantador y, durante un breve período, la distrajo de la traición de Hilary.

    Chadwick le dio su dirección y un número de teléfono en el aeropuerto de París Le Bourget.

    «No dude en ponerse en contacto conmigo si necesita un piloto o un compañero de cena guapo para presumir ante sus amigos».

    «Ciertamente lo haré, señor Lord, ¿tal vez la próxima vez pueda llevarme a dar un paseo más agradable?»

    Jacqueline se volvió y dejó al piloto un poco atónito.

    «Uh… ¿Qué tal mañana por la noche entonces? Hola, Lady Jacqueline», él llamó. «Me quedaré en Londres todo el tiempo que me necesites.»

    Ganju Thapta, el sirviente y compañero gurkha de su padre, esperaba junto al Rolls Royce Phantom. Él sonrió y se inclinó.

    «Bienvenida a casa, Lady Jacqueline. Pero, ¿dónde está la señorita Collins?»

    «Renunció al empleo, Ganju».

    El hombre bajito y nervudo percibió su infelicidad y decidió no insistir en el tema. Guardó su equipaje en el compartimento trasero y la condujo al oeste de Londres hacia la mansión Ainscow. Jacqueline se sentó meditabunda en el asiento trasero, contemplando la ciudad y luego la campiña inglesa. Había mantenido su cuaderno de bocetos consigo, lo sacó y hojeó las imágenes al azar. Sollozó cuando apareció la foto de Hilary desnuda, durmiendo en su litera. Miró los ojos preocupados de Ganju que la miraban por el espejo retrovisor.

    En Ainscow Manor [finca], Jacqueline miró con cariño la propiedad de su familia antes de subir las escaleras.

    «Necesitaré que me lleven a Londres temprano en la mañana», le dijo a Ganju.

    «Por supuesto, Lady Jacqueline», dijo con una reverencia, antes de recoger su equipaje.

    El mayordomo le estaba sujetando la puerta.

    «Bienvenida a casa, Lady Jacqueline», dijo con una sonrisa y luego frunciendo el ceño al notar cuán libremente se movían sus senos.

    «¿Cómo está mi padre?»

    «Está bien esta noche. Está deseando verte».

    Jacqueline subió las escaleras y caminó hacia el dormitorio de su padre. Estaba sentado en la cama, sonriéndole. Le dolía cada vez que veía la figura demacrada de Lord John Ainscow, una vez vibrante y fuerte.

    «¿Qué le pasó a mi pequeña Kate Hepburn?» preguntó.

    «Perdí mis pantalones en París, papá».

    Él había la llamaba así cuando ella comenzó a usar pantalones en lugar de vestidos, en alusión a la afición de la actriz estadounidense por lo mismo.

    «Bueno, ¿déjame verlo?» preguntó emocionado.

    Jacqueline se subió el vestido, dejando al descubierto su bolso del muslo y sacó el PENE. Lo miró con nerviosismo, pero no había ningún brillo peligroso.

    «Ten cuidado padre, es peligroso. Las historias son bastante reales».

    «Cuéntamelo todo», dijo, tomando el PENE y examinándolo de arriba a abajo.

    Jacqueline le contó su historia desde el principio, omitiendo los detalles más lascivos.

    «Lo siento mucho», dijo ella cuando llegó a la parte sobre la traición de Hilary.

    «No la odies, yo también he puesto al rey y al país antes que a mis amistades. También lamento lo que el PENE te hizo hacer».

    «Ambos sabemos los peligros que implica el manejo de estos artefactos de poder, papá».

    Miró fijamente la cosa en la mano de su padre.

    «Quizás pueda curarte.», dijo ella con lágrimas corriendo por sus mejillas.

    John Ainscow sacudió la cabeza derrotado.

    «Nada de lo que me has contado y ninguna de las leyendas, sugiere que el PENE tenga el poder de curar.»

    Lord John no tenía ni sesenta años, pero parecía ser un anciano marchito de unos ochenta.

    «Estoy muy viejo Jacqueline» dijo, justo antes de que un ataque de tos lo alcanzara.

    Cuando se recuperó, John Ainscow echó un último vistazo al PENE antes de devolvérselo. Sus ojos se cerraron, su fuerza se desvaneció. Jacqueline volvió a guardar el PENE en la bolsa.

    «Voy a comprobarlo en la mañana padre», le dijo, pero él ya estaba dormido.

    Hacía calor en la casa y Jacqueline dormía desnuda sobre las sábanas de su cama. Dio vueltas y vueltas mientras dormía, soñando que el PENE la estaba llamando. Una vez se despertó con un brillo verde proveniente de su bolso que se desvaneció rápidamente cuando se volvió a dormir. Era una mujer de voluntad muy fuerte y se resistió a la llamada. Se durmió profundamente después de eso.

    El Museo Británico estaba cerrado, pero habían telefoneado antes y la curator [guardián o custodio de un museo u otra colección] la estaba esperando. La hija de Sir John Ainscow tenía la libertad de recorrer los pasillos del museo a voluntad. Caminó sola por el Ala Egipcia, preguntándose cuántos de los artículos que había allí habrían sido recogidos por su padre. El más famoso de las cuales era la estatua de Osiris que se alzaba sobre un pedestal en el centro de la sala.

    Posiblemente tenía unos 5000 años y, sorprendentemente, no estaba desgastado por el paso del tiempo. Había sido sacado del lodo del Nilo, sorprendentemente muy bien conservado. La estatua medía alrededor de dos metros y medio de alto, totalmente desnudo, excepto por el tocado del faraón. Incluso todavía tenía algo de pintura negra en la piel, el negro representaba su infertilidad. Jacqueline lo miró mientras subía al pedestal. La única astilla o falla en la estatua era el área áspera y rota sobre los testículos.

    Sacó el PENE y lo acercó a la entrepierna de Osiris. La base del PENE coincidía con los bordes ásperos y rotos de la estatua. Lo acercó y de repente hubo relámpagos verdes que iban y venían de la estatua al PENE, atrayéndolo y fusionándolo con la estatua. ¡No había ninguna grieta en la piedra!

    Jacqueline cayó hacia atrás y se estiró para agarrar el eje del PENE. Tiró y tiró, pero estaba atascado. ¡¡OSIRIS RECUPERÓ SU PENE!!

    Los pezones de Jacqueline estaban duros bajo el diáfano top de seda. Sus párpados se alinearon con kohl mientras miraba a su señor. La estatua se pasó a ser de color verde para representar la fertilidad del gran dios. Jacqueline miró detrás de ella a las mujeres arrodilladas ante el dios, esperando su tercer bautismo para convertirse en sacerdotisas del templo del Gran Osiris. En su mayoría eran mujeres egipcias vestidas como Jacqueline, pero también había mujeres nubias de piel negra, hititas, cananeas y asirias. Todas miraban con asombro la estatua. Cerca esperaban los sacerdotes calvos. Algunos tenían sus grandes pollas afuera, erectas, esperando la excitación final de las mujeres. Jacqueline se volvió hacia el PENE, acariciando el eje verde brillante, los ojos cerrados, la boca abierta ante la cabeza, esperando su «bendición». Detrás de ella las mujeres se arrodillaron en la misma postura para que el poderoso PENE llenara toda la habitación con una nube de esperma.

    Jacqueline sintió cómo el PENE se hinchaba y abrió los ojos para ver cómo sus manos habían pasado de tratar de separar la piedra desnuda a acariciar un eje verde brillante. Miró el rostro de Osiris y se llenó de una sensación de satisfacción y felicidad, todos los pensamientos sobre la traición de Hilary habían desaparecido de su mente.

    «Me has servido muy bien niña, ahora recibe mi bendición», dijo una voz en su cabeza.

    Jacqueline sonrió y cerró los ojos, abriendo la boca. Una ráfaga de esperma golpeó su cabeza con fuerza suficiente para inclinarla hacia atrás. Su semen ya no era la nube de polvo apestoso. El esperma llenó su boca, su garganta lo tragó reflexivamente, fue lo mejor que jamás había probado. Un segundo géiser de eyaculación la obligó a retroceder. Le dolían los pechos y podía sentir cómo la blusa se esforzaba por contenerlos hasta que los botones se soltaron y sus pechos se liberaron. Lo último que recordaba antes de desmayarse era cuánto le dolían sus pezones alargados.

    FIN

    ********************

    Episodio anterior: “La sombra de las Pirámides: La traición”

  • Perdidos (6): El noviecito de mami

    Perdidos (6): El noviecito de mami

    Jonás logra rotular su relación con mamá, mientras Ella comienza a sentirse acechada por los demás. Poco a poco Judith se verá cómo una “inocente corderita atrapada entre hambrientos y salvajes lobos”.

    Después del mediodía la lluvia paró y salió el sol.

    Jonatán invitó a su mamá a caminar, y ambos se alejaron bastante del campamento, caminaron durante más de 2 horas y medias, y aunque no lo supieron, casi rodearon la circunferencia total de la isla. Por lo que, si hubieran caminado 45 minutos más, hubieran llegado al campamento rodeando la isla.

    Eran más de las 5 y media de la tarde, cuando llegaron al campamento.

    Jonatán, estaba muy contento, había charlado mucho con su mamá y de temas varios, cómo para fortalecer los lazos con ella, cosa a la que nunca le había puesto demasiada atención antes.

    Judith, estaba cansada, hacía tiempo que no tenía una caminata tan prolongada, pero con Jonatán habían quedado de acuerdo en salir todos los días, e incluso realizar distintos circuitos, para recorrer y explorar aquella isla.

    Cuando Jonás vio a su mamá, enseguida le propuso ir hoy al manantial. Ella le dijo que ahora iban a ir los muchachos a bañarse, asique le pidió que él fuera con ellos para no llamar la atención, y que después se hiciera el distraído y la esperara disimuladamente.

    Jonás así lo hizo, luego de retirarse del manantial con sus hermanos, dejar la ropa que se habían cambiado en el campamento, y dividirse los caminos de cada uno para retomar las actividades de cada día, Jonás perdió de vista a sus hermanos, y volvió al manantial a disfrutar de otra cita a escondidas con mamá.

    Jonás la ve desde lejos, y corre a abrazarla por detrás y asustándola.

    -¡Aaaah, tonto, me asustaste!, Exclama Judith, cuando su hijo la levanta en el aire y la hace girar.

    -¡Jajaja! ¿Ya no me esperabas? Le pregunta él.

    -¡Si, claro! Sino ¿Quién me iba a bañar? Le pregunta ella en tono sensual.

    Ellos se abrazan y se besan apasionadamente,

    -¿Queres que mami te desvista, y Vos después la desvestís a mami? Pregunta ella entre beso y beso.

    -Está bien. Le responde Jonás

    El chico, le saca la remera manga larga que llevaba puesta y le desabrocha y saca el corpiño negro que lleva puesto.

    Entonces, le baja la calza azul, y ella lo ayuda para que le saque las zapatillas, y luego la calza. Para quedar parada frente a él con una bombacha negra puesta.

    Entonces el chico se detiene a observarla, y luego ella empieza a desvestirlo al Jonás, hasta dejarlo solo con el calzoncillo rojo puesto, exhibiendo una notable e incontenible erección.

    Ella lo mira sonriente, entonces, Jonás empieza a mamarle y besarle las tetas por un buen rato.

    Luego se arrodilla frente a ella, y por encima de la bombacha hunde su rostro en la vagina de su mamá, para deleitarse con el olor y la humedad de la bombacha negra que Judith llevaba ese día mientras ella acariciaba dulcemente la cabeza de su hijo y la excitación de ambos llegaba a las nubes.

    Ella cerró sus ojos y se entregó al placer que Jonás le provocaba con sus besos en su vagina.

    -Mi amor, ya está de noche y no me bañaste aún. Le recordó ella interrumpiendo la faena de su hijo.

    -Está bien. Dice el chico y la despoja de la bombacha para desnudarla completamente y luego ella hace lo propio con el calzoncillo de su hijo.

    Se disponían a entrar al agua, cuando ella se detuvo,

    -Mamá tiene que hacer algo primero. Dice ella y se queda parada justo cuando el agua llegaba a sus tobillos. Y segundos después descarga un largo meo sobre la dulce agua de aquel manantial.

    -¡Guauuu! Exclama su hijo viéndola mear.

    -¡Jajaja! Perdón, pero ya no daba más. Dice ella mientras meaba.

    La mira sonriente y la besa mientras ella terminaba su aliviador meo.

    Jonás se agacha y moja su mano para enjuagarle la vagina a su mamá, pero antes, no resiste la tentación de olerla y besarla tiernamente, y luego ella abre un poco más las piernas, y él con suavidad y ternura le enjuaga la peluda concha a su madre.

    -Gracias mi amor, que hijo más caballero tengo. Le dice ella al ver cómo Jonás había besado y enjuagado su concha tras mearse frente a él.

    -De nada. Responde el chico con ternura.

    El chico entonces la baña tal como lo había hecho la primera vez, y luego la ayuda a secarse, y ella en ese momento, le promete recompensarlo más tarde.

    Ambos van por caminos distintos al campamento para no llamar la atención. Pero esta llegada casi juntos y tan tarde, no pasó por desapercibida para Jonatán. Quien estallaba de la rabia pensando, que mientras él se tenía que conformar con caminatas, charlas y espiarla de vez en cuando, su hermano ya se la cogía a gusto y dormía todas las noches con ella siendo su machito consentido.

    Al llegar la hora de dormir, en su última ida a hacer pis, Judith, toma una pequeña bandejita plástica que solo ella usaba de pélela, para no tener que andar afuera a oscuras cómo los demás. Y en el trayecto, lo cruza a Tomás, que salía justamente de la cueva a la que ella se dirigía, y le alcanza a ver en la mano, que llevaba la bombacha negra que ella se había cambiado ese día luego de bañarse en el manantial.

    Cómo sintió tanto pudor al imaginarse porque su hijo salía de allí con su prenda íntima en la mano, justo antes de que ella entrara, no atinó a nada más que a hacerse la distraída y simuló no ver nada. Pero mientras estaba agachada meando hasta casi rebalsar aquella bandejita, esa imagen no se borraba de su mente, y pensaba que iba a hacer con tantos “admiradores” a su alrededor. Cómo manejar las pajas de Tomi con sus bombachas, las erecciones de Jonatán mirándola, el “amorío” que tenía con su hijo mayor y todavía estaba Ronaldo, que de un momento a otro tendría su despertar hormonal también. Y sin dejarse de lado ella misma, que por lo pronto ya había caído en tentación con su hijo mayor.

    Ella regresa a la carpa y se acuesta con Jonás, el chico la esperaba con una excitación en aumento. Pero la cabeza de su mamá en aquel momento la cabeza de Judith estaba en otra cosa. Ella se veía realmente preocupada y con necesidad de hablar con Jonás acerca de lo que estaba pasando alrededor de ellos y fundamentalmente de ella.

    Pero el muchacho, totalmente ajeno a lo de su mamá. Le toma la mano y se la coloca en su erecto pene.

    Tras un largo instante con la mano inmóvil, ella le acaricia tiernamente la pija a su hijo, recordando la promesa que le había hecho en la tarde, pero sinceramente no podía concentrarse en complacerlo esa noche.

    Hizo un último esfuerzo por cumplir su promesa. Y empezó a masturbarlo suavemente.

    -¡Aaah, mamá Sos la mejor! Le murmura él

    -¡Shhh, calladito hijo, disfrutalo calladito! Le dijo ella realmente sin ganas de escucharlo

    -¡Uuuuh, así mami así, más rápido, que buena mano tenés mamá! Insiste él sin poder callar su placer.

    Entonces, ella lo besa en la boca, para ya no tener que escucharlo. Pero la pasión con la que es correspondida por su hijo, hace que el estado de ánimo[A1] en Judith empiece a cambiar rápidamente, y de estar tan preocupada, pase a una progresiva excitación.

    Su hijo no tarda en acabar, llenándole la mano se semen cómo la noche anterior.

    Pero entonces, ela pasó a sentirse insatisfecha.

    -¿Me pajeas a mi? Le pregunta ella dulcemente.

    Pronto sintió la mano de su hijo abriéndose paso entre el elástico de la bombacha blanca que llevaba esa noche.

    El chico juega con el vello púbico de su mamá mientras se besan apasionadamente.

    Entonces puede percibir con su mano, cómo ella se moja más y más.

    Jonás mete un dedo en su vagina y ella se remordía los labios ahogando su placer, para no alertar a los demás de lo que estaba pasando.

    Jonás aumenta el ritmo de su penetración, y ella abre aún más sus piernas y las flexiona. Entonces ambos se besan apasionadamente y ella no pudo contener un prolongado jadeo de placer.

    Ella cierra sus ojos y entre jadeos, recuerda las erecciones de Jonatán viéndola a ella muchas veces en bikini, las pajas de Tomás con sus bombachas, y pensando que mientras 2 de sus hijos la acechaban, el mayor se la devoraba. Y esta vez, ya no lo pensaba con vergüenza, sino con orgullo de si misma, y fue ahí, que alcanzó un gran orgasmo en la mano de su hijo mayor.

    En el momento del orgasmo, Judith, contiene la respiración, para no gritar de placer frente a todos ellos, pero después de contenerla por varios segundos, con sus manos le sujeta la cabeza a Jonás y expulsa una gran y violenta bocanada de aire ahogándolo a su hijo.

    Cuando ella se tranquiliza y queda cómo adormecida por varios segundos. El chico la abraza tiernamente y casi se estaba durmiendo, cuando:

    -Joni amor, ¿podemos hablar? Lo despierta su mami murmurándole.

    -Mhm. Responde su hijo.

    -Están pasando algunas cosas a mi alrededor, que no sé cómo afrontar. Dice ella.

    -¿Cómo cuáles?, no te entiendo. Le responde su hijo.

    -Hace tiempo vengo encontrando mis bombachas sucias, cuando empezamos a “salir” nosotros, creí que entonces eras Vos el que descargabas tu calentura en mis bombachas. Y pensé que al tener un contacto físico conmigo, cómo que Yo misma te pajeara y permitirte pajearme y demás, pensé que te tranquilizarías y dejarías en paz a mi ropa interior… pero ví que siguió pasando. Entonces para mi horrorosa sorpresa, hoy compruebo que no sos Vos o que no Sos el único que deja sus huellas masculinas en mi ropa. Contaba Judith, cuando su hijo la interrumpe.

    -¡Quién es el acechador anónimo?, Le pregunta pícaramente su hijo.

    -¡Esa es otra cosa! Realmente diste en el clavo. Porque la verdad últimamente ¡me vengo sintiendo acechada por mis propios hijos!, me miran, me hacen ver sus erecciones, hacen comentarios masculinos entre ustedes frente mio. Y aunque no sean sobre mi, específicamente, ¡si son muy incomodos de oírlos siendo su madre y única mujer entre ustedes! Pero lo que quería contarte, es que ya sé que Tomás se descarga con mis bombachas, no lo ví propiamente en ese momento, pero cuando fui a mear lo ví saliendo de la cueva con mi bombacha en la mano, primero me dieron ganas de abofetearlo, después me dio vergüenza de cacharlo en esa situación, me sentí mal cómo mamá y mujer, y cuando estábamos “en lo nuestro” hasta me excitó pensar en todo esto y sentirme tan deseada hasta por mis…Dice ella sin poder terminar la frase.

    -¡Jajaja! Se ríe Jonás.

    -¡Pero no te rías tarado, ayúdame! Dice ella llorando de impotencia.

    -¡Bueno bueno, perdón, perdón! Responde Jonás al escucharla llorar y sentir que lo abraza.

    -¡Además, en parte es también culpa tuya, porque Vos también me hiciste caer en tu trampa! Le reprocha ella.

    ¡Bueno, bueno, tranquila, ¡Yo voy a hablar con los chicos, y les voy a dejar en claro que acá el macho de mamá soy Yo! Bromea Jonás.

    ¡Nooo, tonto! ¿cómo le vas a contar lo nuestro. Se asusta ella.

    -¡Jajaja!, así que somos ¿amantes? Le pregunta su hijo mayor entre risas.

    -¿Me vas a ayudar si o no? Insiste su mamá.

    -Primero oficializemos esto. ¿Qué somos cuando estamos solos? Le pregunta Jonás.

    -Mhhh, ¿novios? ¿te gustaría ser el noviecito de mamá o ¿hijito con derecho? Le pregunta ella tiernamente.

    -¡Mhhh, quiero ser el hombre de tu vida, tu novio, tu gran amor! Exclama él.

    -Aaaay que divino, bueno de acuerdo, novios entonces. Pero, ¿me vas a ayudar. Insiste Judith.

    -¡Contá conmigo! Dice Jonás.

    Ambos se besan, se abrazan y se duermen hasta el día siguiente.

    Al despertar esa mañana Jonás estaba eufórico, había logrado establecer una relación amorosa, con el objeto de sus varoniles deseos en aquel cautiverio en aquella isla, sin importar que esta sea su propia madre, él la amaba cómo mamá y últimamente cómo madre y mujer. Porque la “soledad” a la que los sometía aquella situación de náufragos, había hecho que la relación entre madre e hijo, se fortaleciera entre ella y su hijo mayor y más maduro, y hasta una loca atracción física entre ellos había nacido y crecido con el tiempo sin que lo notaran desde el principio.

    Durante el día y frente a todos los demás ellos disimulaban su “amor”, pero en cuanto estaban solos, ya sea que se quedaban solos en el campamento o a la hora del baño de Judith en el manantial, ellos liberaban todo su amor de hombre y mujer, con besos caricias y mutuas pajas. Pero nunca pasaban los limites, para ellos pajearse mutuamente era cómo hacer el amor. Y así fue pasando el tiempo.

    Jonás por su parte tenía que seguir lidiando con su hermano Jonatán y en menor medida con Tomás, que, aunque cada uno por su lado y a su manera, seguían acechando a su mamá.

  • Me pide nalgadas

    Me pide nalgadas

    Hace ya algunos meses llevo saliendo con Jazmine, somos pareja ya más de 11 meses. Si, éramos sexualmente activos, pero nunca me atrevía a ser más “duro” en el sexo, amo el sexo intenso, poder hacer que mi pareja sea mi sumisa, sin embargo, esta ocasión era diferente. Explico el porqué, la conocí cuando ella salió de una relación violenta, en la que el imbécil de su ex novio la maltrataba. Por ende, yo realmente tenía miedo de hacerle algún daño, entonces no me atrevía a tomar riesgos, o ir más allá de lo tradicional, si me sentía atrevido de cuando en vez tomaba posiciones más dominantes por mi parte.

    Mi nombre es Álvaro, soy el tipo más común que pueden imaginar, flaco con pelo oscuro, tez blanca, no soy gordo, ni musculoso, tez clara, mido 1’78. Soy realmente el tipo que encuentras unas 15 veces mientras caminas por la calle. Sin embargo, ella, era aquella fantasía morbosa que yo tenía desde adolescente. Una chica pequeña de 1’62 aproximadamente, de cuerpo muy bien cuidad, pero nada voluptuoso, no los pechos o nalgas que volteas en la calle a mirar y expresar “que buen culo” pero si tenía su simpatía para ser apetecible. Una piel canela, bronceado perfecto y sonrisa preciosa, el único problema, el miedo a animarse a más en la cama.

    Estaba conversando con mi novia un martes por la noche, y empezamos a charlar de que hacer el jueves ya que era nuestro aniversario, cuando me menciona que quería ir a algún lugar en el que estemos solos sin que nadie nos molesté, yo sugerí ir a un motel, para mi sorpresa ella acepto la propuesta, conforme iba pasando la noche la conversación fue tomando un tono más caliente dando lugar a decir que íbamos a hacer el jueves en el motel. Para resumir, me pidió que sea más rudo, que cuando tengamos sex0, le dé nalgadas, además de jalarle el pelo.

    Llego el día esperado, llegamos al lugar y empezamos con los típicos besos, lentamente siento como su lengua va explorando más mi boca, hago lo mismo por mi parte. Empiezo a explorar con mis manos por su cuerpo posándolas en su culo y empezando a apretar. Le quito su polera mientras ella hace lo mismo conmigo. Beso suavemente el cuello dando mordidas lentas y bajar hasta su pecho y procedo a quitar su brazier. Lamo lentamente sus pechos haciendo principal atención en sus pezones, escucho como sus gemidos incrementan mientras muerdo suavemente sus pechos y mis manos aprietan su cul0.

    Parece que active algo dentro de ella posterior a un gemido más fuerte, aprieta mi entrepierna mientras muerde su labio y me mira a los ojos. Me hace sentar y se agacha mientras baja lentamente mis pantalones, muerde suavemente por sobre mi bóxer y baja esta última prenda. Siento como con su mano presiona mi v3rga haciéndome soltar un leve gemido, lentamente acerca su boca y siento como introduce la cabeza de mi miembro, empieza un subida y bajada lento, pero incrementa la velocidad y brusquedad generando ese sonido tan peculiar de una boca haciendo el trabajo.

    No podía más, estaba a punto de explotar, la levante y puse en la cama, bajé de manera brusca su pantalón además de sus bragas. Procedo a besar su ombligo y bajar lentamente hasta su monte venus, paso mi lengua lentamente desde el inicio de su sex hasta llegar nuevamente a su vientre. Empiezo a lentamente a introducir mi lengua mientras con mi mano procedo a suavemente a acariciar su clítoris. Escucho sus leves gemidos y pequeñas y suaves suplicas – Por favor sigue- -Así, así-. Me encantan sus súplicas, planeo cumplir sus deseos. Le doy la vuelta poniendo sus nalgas en alto, veo como se arrodilló y oculta su cabeza dándome una perfecta visión de ella en cuatro. No espero más y suelto una nalgada que retruena en toda la habitación en perfecta sintonía con un gemido suyo.

    No espero ni un segundo más introduzco un dedo en su interior mientras pego mi pecho a su espalda y manoseo su seno izquierdo, cada segundo que pasa hace que aumente la velocidad de la ida y venida de mi dedo además de las presiones de mi mano en su pecho, cada vez sus gritos aumentan más y más, hasta que escucho más como exigencia que como petición un grito que intentaba ser ahogado, pero por la excitación no pudo que decía:

    – Métemela ya por favor.

    Esas palabras mezcladas en como lo dijo, me obligaron a cumplir con los deseos, directamente introduje mi miembro dentro de ella de solo una estocada. Se tensaba echando su cabeza hacia atrás, pude ver su rostro de excitación, solo se podía describir con sus ojos casi en blanco y sus labios levemente separados. Empecé con el trabajo del meter y sacar de manera constante, intentando llegar con cada estocada un poquito más adentro generando cada vez más gemidos salientes de la boca de mi novia. Recordaba los deseos que mi mujer me pedía, me dispuse a darle una nalgada nuevamente la cual volvió a revelar un gemido por parte de ella. Estaba caliente como nunca antes, agarro su pelo y le doy vueltas en mi mano garantizando que está bien agarrado, y empiezo a sincronizar mis movimientos de cadera conforme jalo su cabellera. Ya no se limita a solo gemir, ahora son más gritos inundados de placer.

    Ya paso al menos unos 40 minutos desde que empezamos con todo, estoy a punto de terminar, y entre gemidos se lo hago saber a mi novia

    -Me vengo amor.

    -Dime dónde quieres terminar.

    – Tu dime- Digo aguantando estos últimos minutos.

    Gira su cabeza viéndome a los ojos y me da una sonrisa maliciosa, se aparta de mí y me acuesta directamente en la cama y empieza lamer y chupar mi miembro, generando fuertes gemidos en mí, nunca termine en su boca, o si quiera cerca de su rostro, quiere que termine en su boca, o en su rostro, o solo me está provocando, tantas preguntas, pero no me da tiempo a realizar ninguna pregunta, exploto totalmente dentro de su boca. Ella simplemente se asegura de tener todo en su boca y me mira, solo sonríe dejando caer mis fluidos por su barbilla y terminando en mi estómago.

    Definitivamente, de hoy en adelante el sexo será diferente.

  • Playa nudista (1)

    Playa nudista (1)

    Después de un fin de semana de mucho trabajo, me quise dar un relax en una playa nudista cercana a mi casa, busqué ropita adecuada, unas bragas bien chiquitas de esas que se meten entremedio y se marcan, bien sexy, de color rojo, unas patas blancas semi transparentes y una playera blanca y sin bra, ambas bien apretadas, me encanta calentar a los hombres en la calle y que me digan cosas calientes. Me tomé un taxi que elegí, el conductor era un chico bien parecido, con cara amable, me miro y me mordí el labio, no me pude contener jajaja, me senté a su lado y me di cuenta como me miraba con unos ojos de: te quiero comer, me gustó y él no sabía las ganas que me dieron de comérmelo en su taxi, me fije en su bulto y era grandecito, estaba bastante bien en general.

    Le pedí que me llevara a la playa nudista y sus ojos casi saltaron de su rostro, estoy segura que me imaginó desnuda en la playa y eso me calentó mucho y quise darme un aperitivo con él, mientras conducía me di cuenta cómo su bulto se agrandaba.

    Al salir de la ciudad le pedí que hiciéramos una breve parada, en un pequeño bosque solitario cercano a la playa y ahí ya no pude contenerme más y nos empezamos a comer las bocas, agarrando su miembro grandecito y el recorriéndome por todo mi cuerpo, me saqué las tetas y clavé su cara en mis tetas, me las chupo con tantas ganas y me mordía, le saque su miembro del pantalón que estaba bien duro como me gustan, lo masturbé con fuerza y le apretaba el tronco y la cabeza con mis manos, comiéndonos con tantas ganas y no aguanté más y me lo metí en la boca, que miembro delicioso tenia, grueso y cabezón, se lo chupé y me lo comí entero, se lo moje con mi lengua jugando por todo su tronco y cabeza y me moje tanto que no pude aguantar más y me subí encima de él, me abrí las bragas rojas y metió sin piedad su gran miembro duro y caliente, haciendo que gritara de una forma y quedé sentada hasta lo más profundo de mi interior, moviéndonos como locos, gimiendo y yo gritando en su boca, así tuve mi primer orgasmo y para terminar nos cambiamos a los asientos de atrás y nos comimos salvajemente, me abrió las piernas, metiéndome su dotado miembro, cogiéndome con tanta fuerza y entrando y saliendo muy rápido, logramos un ritmo espectacular y me hizo gritar y sudar justo como quería, ese orgasmo fue increíble y delicioso.

    Después me llevó a la playa y nos despedimos con un besote mojado y caliente, me quedé con su número para volver a juntarnos.

    Al llegar a la playa un poco cansada, me saque lentamente la ropita y desnuda estiré la toalla en la arena, varios estaban mirando mi ritual, puse la sombrilla y me recosté un rato admirando la vista, el mar, la arena suave y viendo atentamente a esos dotados que caminan moviéndose, me provocan cosas en mi cuerpo, me vibra la conchita y el culito y me dan unas ganas de comérmelos, se me hace agua la boca de solo pensar tenerlos metidos uno grande en la conchita y otro igual en el culito y chuparlos comiéndomelos enteritos. Me imagino tantas cosas mirando toda esa belleza masculina paseando frente a mis ojos.

    Me paré y salí a dar una vuelta, caminé moviendo mi culito duro y redondo, mis curvas y mis tetas. Caminé por el agua, mojándome el cuerpo, agachándome y mostrando mi conchita abiertita, jugosa y caliente, cómo me miraban esos dotados y yo a ellos. Le guiñe un ojo a dos, siempre había querido jugar con dos en el agua, nunca antes me había atrevido, siempre me iba con uno, pero después del rico sexo que tuve en el taxi estaba totalmente caliente y con ganas de coger duro con dos.

    Estuvimos jugando un rato en el agua los tres, les daba besos jugosos, calientes, mordiéndonos, me recorrían toda entera, hay cómo gozaba con ellos, jugué mucho con sus miembros grandes y sus cuerpos bien formados, me agaché dentro del agua a chuparlos, metiéndome sus cabezas en la boca al mismo tiempo, les pasé la lengüita por todo el miembro a cada uno, jugando con mis manos en ellos y sus huevos, unos culos ricos y duros, cómo no se puede hacer más que eso, les dije que nos fuéramos a un motel cercano, volvimos, nos vestimos y nos fuimos al motel.

    Entramos y me desvistieron tan rápidamente y me tiraron a la cama, eso me calentó demasiado, me senté en la cama y los puse frente a mi, les baje los pantalones y por fin me los comí como me gusta, los masturbé un poco para endurecerlos y les pasaba la lengua por la cabeza grande y durita, chupaba uno y pajeaba al otro y así estuve un rato disfrutando y comiéndomelos hasta lo profundo de mi garganta, les comí los huevos grandes, un rato a cada uno, tenían sus miembros bien duros, calientes y grandes como me gustan.

    Luego uno se sentó en la cama y me hizo sentarme encima del, me abrí las nalgas lo mas que pude y estaba tan mojada que ni lubricante tuvimos que usar, me penetró la conchita primero, como me hizo gritar con el miembro del otro en la boca bien metido en la garganta, cogiéndome tan rico por la boca, y el otro empezó a moverse cada vez más duro y yo más me quejaba de placer y yo moviendo mi culo rápido y bien sentada encima, como recorría por dentro ese dotado y me eché para atrás y me lo metió por el culito, como grite de gusto cuando entraba sin parar hasta que no pudo más. y el otro me lo saco de la boca y me lo metió en la conchita jugosa y ardiente, abriéndome las piernas los que más pude soportar, diosss como gocé con esos dos grandotes dentro de mí, sudaba y gemía, gritaba como loca, me estremecía y llegaba a saltar encima de ellos.

    Me acosté en la cama bien abierta, uno entró por mi culito, me gusta tanto coger por ahí y el otro en la boca, me los metieron hasta dentro, me abrí bien las nalgas para que entrara lo más posible cada vez que me lo metía, mi culito se puso bien jugoso, se sentía increíble entrando y saliendo, recorriéndome toda por dentro, me comía ese grueso y duro dotado por la boca, chupándolo todo y jugando con mi lengua en su cabeza grande, abriendo mi boca todo lo que pude, entraba de a poco por mi garganta, y yo se lo agarraba con las dos manos, gritando de placer con su miembro en la boca, chupándoselo y tragándomelo como una puta caliente.

    Estuvimos un buen rato cogiendo así, que delicia mas grande esos dos, luego se pararon y me sentaron encima de ellos y los abracé sabiendo lo que me iba a pasar y comencé a darles unos besotes calientes y jugosos, me metieron sus miembros grande al mismo tiempo, di un grito en la boca de uno, casi lo muerdo muy fuerte, me encanta estar así, con sus miembros entrando y saliendo al mismo tiempo, me abrace a uno y les pedí que me cogieran con toda la fuerza y ganas, uno entraba y salía por mi conchita jugosa y muy mojada y el otro por mi culito abierto, jugoso y ardiente.

    Ahí tuve el gran orgasmo de la noche, quedé tirada en la cama, no podía ni moverme, ya eran como las 2 de la mañana, y al otro día hay que trabajar, ellos muy resistentes aún no habían terminado. como regalo los hice terminar uno en mi boca y el otro en mi culo ardiente por un buen chorro de leche caliente.

    Primero me senté en el miembro de uno y me lo metí hasta el fondo de una sola vez, grité otra vez y el otro lo tenía en las manos apretándolo y me lo metí en la boca, jugué con mi lengua en su cabeza y me lo empecé a comer todo hasta la base, me cogió tan rico en la boca y no dejaba de masturbarlo y apretarle los huevos y moviendo mi culito como salvaje sobre el otro, sentía como se movía dentro de mi culo cada vez más fuerte hasta que tuvo un estallido grandioso de leche dentro de mi y el otro al minuto explotó en mi boca, me trague toda esa leche caliente y sabrosa. descansamos un poco y nos fuimos, quedamos de juntarnos otro día y repetirme el plato estaba más que dispuesta.

  • La hija de mi tío me calentó (2)

    La hija de mi tío me calentó (2)

    Hola a todos lo que voy a contar lo que paso después de ese día con mi prima.

    No podía imaginar lo que había pasado con mi prima solo de recordar me puse más caliente.

    Andaba con ganas de penetrarla de nuevo a Ingrid, me puse a ingeniar un plan para poder estar con ella a solas.

    Espere que mis tíos salieran, me apresure sabía que solo estarían mis primos y rápido toque la puerta y sale Mario y me dice:

    M: que hay primo cuentame

    Yo: ven vamos a jugar a la vuelta

    M: chuzo no puedo, no están mis padres

    Yo: dale vamos

    M: deja ver si se durmio mi hermano menor

    Yo: ok

    -No demoro Mario -y deja ajustada la puerta para no hacer bulla, nos fuimos a jugar fútbol a la vuelta.

    Fingi al minuto que me lesioné, fue mi oportunidad para seguir con el plan.

    Le dije a Mario -tienes ungüento, -me contestó -si anda pero no hagas bulla por mi hermano.

    Entre rápido despacio subi a la habitación de mi prima pero la muy loca se había ido a duchar.

    Escuche la ducha y dice mi prima:

    -Mario pásame la toalla que quedo en el cuarto por favor

    No respondí y lleve la toalla despacio entre al baño.

    Yo: toma tu toalla nena

    Ingrid: eres loco que haces aquí Mario te va a ver y nos meteremos en problemas

    Yo: tranquila el plan que hice no falla

    Ingrid: que plan, que locura hiciste

    Yo: no tenemos mucho tiempo

    Sabia que Mario no demoraría, comencé a besarla en la boca, unos labios ardientes no pusieron resistencia, comencé a tocarla todo y con mi dedo manoseaba su vagina y vi que ya estaba húmeda.

    Yo: Que estabas haciendo cuando te estaba luchando

    Ingrid: me había masturbado en la cama por eso me vine a duchar

    La muy ardiente tocaba mi pene con que ganas y yo más me caliente. No pasaron minutos que me dice ella.

    Ingrid: quiero volver a ser tuya

    Yo: no dejado de pensar en ti las ganas que tengo

    Ingrid: me quedé con ganas desde nuestro primer encuentro.

    Con lo que me dijo me calento y cogí mi pene y lo meti en su hermosa vagina ardiente

    Metiendo y sacando con fuerza hicimos una sola posición por el tiempo, solo pude preguntarle, -te gusta prima -ella me respondió: si no pares me gusta tu pene darle más fuerte.

    Más nos excitamos que su vagina estaba toda deslechada y en eso me dice:

    -Comete mi vagina quiero acabar con la sensación de tu lengua que me hace poner más caliente.

    Acepte, le pase la lengua despacio y en forma circular y la veía que más se enloquecía, sentí que expulsó un fuerte chorro y me saboreó todo ese jugo rico de mi prima.

    Aun caliente me dice -ahora te toca a ti primo, -introdujo mi pene en su boca y esa mujer se puso muy ardiente como si tuviera un rico chupete.

    Si si si sigue no pares que ya acabo, -mi prima la vi muy arrecha que le dije -no te olvides de comerte toda mi leche -y ella me dice -no lo dudes si quiero toda hasta la última gota.

    -Siiii toma exclame, la vi como se saboreaba mi leche calentita.

    – ahora si me voy a duchar -dijo Ingrid

    – ok me voy rápido ante que venga

    – no te olvides la toalla

    -Tranquila aquí la dejo.

    Me besó y me dice:

    Ingrid: no te olvides que aún nos falta mucho.

    -Si lo se nena querida -le contesté.

    Bueno espero que les haya gustado aún falta con locuras con mi prima.

    Pronto escribiré.