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  • No eres tú, soy yo

    No eres tú, soy yo

    — Es que tengo poco deseo sexual… tengo la libido inhibida…  ¿pero qué le ves a las nalgas, por qué te apasionan tanto?, si sólo son dos bolas de carne… ¿en cuatro?, ay no, me sentiría como yegua… me encanta hacer el amor contigo, pero es que mi deseo sexual es poco, ésa energía la quemo en otras cosas… es que tú no has sufrido como yo, tener que quitarte el pan de la boca para dárselo a alguien más, ¿qué energía te queda?… eres un asqueroso, los pies de la mayoría de las mujeres apestan, están llenos de hongos… las mujeres de mi familia son todas muy ardientes pero quién sabe por qué yo salí así, con poco deseo… no me gusta el sexo oral, sabe feo… no me gusta la penetración…

    Así hablaba Valeria, una novia que tuve a inicios de éste siglo. Era una chica muy bella con un cuerpazo de infarto, del tipo de belleza que en algunos países de América Latina llamamos “criolla”, piernas generosas, caderas anchas y nalgas retadoras que reventaban los pantalones que se ponía y que así le quedaban porque, según ella, no había de otros. Tenía una cara de cachonda difícil de ocultar, coqueta y traviesa. Pero conmigo, y durante varios años, resultó ser más casta que la madre Teresa. Andábamos en los veinte años. Ni qué decir que la fuente principal de desavenencias era ya no la falta de sexo sino de rica cercanía física. Y cuando yo le preguntaba por qué, me recitaba su siempre muy bien preparada lista de respuestas cuidadosamente meditadas con toda clase de ampliaciones y ramificaciones que sostuvieran su argumentación. Estudiaba filosofía y era muy hábil en el arte de la manipulación, a condición de ejercerla con alguien inexperto o ciego a sus chingaderas, como era mi caso porque estaba tan enamorado de ella que juraba y perjuraba que era el amor de mi vida y la creía la reencarnación de Sor Juana Inés de la Cruz. Así de estúpido. Toda estafa requiere, forzosamente, la colaboración del estafado.

    Ella había desarrollado un sencillo pero efectivo sistema de control: cualquier cosa que yo dijera, era de inmediato contestada con su contrario exacto y no había nada que no pasara por su aduana de aprobaciones; según ella, las películas que me gustaban eran deplorables y ni hablar de las series, tenía un gusto dudoso respecto a las mujeres (y ella era la prueba, pero eso lo pensé hasta años después), la música que me gustaba era vulgar y pedestre (Stravisnky, Bernstein, Mahler, Berg…), hasta la comida que me gustaba era juzgada. Era tan sublimemente estúpido que la escuchaba con respeto diciéndome a mí mismo que cómo era posible que fuera una basura con patas si ella era tan excelsa y había sufrido tanto, tanto, pero tanto, tanto, tanto que yo debía erradicar mis deseos, expectativas y anhelos porque la vida había sido temiblemente injusta con ella, tan injusta que hasta el campeonato continental del sufrimiento se lo habían negado. Jamás me pasó por la cabeza que Valeria no quería redimirme sino hundirme. Llegué a verme feo, con cuerpo horrendo como puerco parado y hasta me pensé enfermo por desearla. En ése entonces no se hablaba de eso (y siendo hombre, menos, hay un trecho enorme entre el discurso que promueve “otras masculinidades” y la realidad por parte de ésa misma gente que lo promueve), pero muchos años después aprendí que ella no era otra cosa que una manipuladora narcisista. Pero aun así, aunque no se hablara en ésos términos, la manipulación sí la veían todos los que me rodeaban, el único que no quería verla era yo.

    Uno de los que veía la manipulación era un simple conocido que estudiaba en la misma escuela superior (después elevada a pomposa facultad) donde nosotros tratábamos de sobresalir. Una mañana que yo estaba tristeando en una mesa de la cafetería, el conocido llegó y sentó. No me caía bien ni mal, sencillamente era alguien con quien nunca hubiera tomado ni un café. Decía ser poeta y siempre tenía la misma expresión neutra pasara lo que pasara. Y sin preámbulos dijo:

    — Deja adivino: es Valeria, ¿verdad? Mmmmm. Ya veo. ¿Ya te dijo que no eres tú sino ella la del problema? ¿Ya te salió con que tiene la libido inhibida? ¿Ya te dijo que tiene poco deseo sexual? ¿Ya te criticó porque te gustan sus nalgas? Si, si, si, y te dijo que en cuatro no porque se sentiría como yegua, ¿verdad?, y que le da asco mamarle la verga a un hombre porque sabe feo y que la penetración le desagrada porque hay otras formas de gozar del sexo, ¿verdad que ya te lo dijo? Cómo no, claro que te lo ha dicho, nomás con la cara que pones me das la respuesta. ¿Ya te dijo que sólo la quieres para sexear con ella y que eres un enfermo por desearla?— y todo esto lo decía con la naturalidad de quien te platica sin preocupación sobre lo que cuesta el kilo de melones en el mercado.

    Era estúpido pero nomás con ella, de inmediato me di cuenta de que era imposible que éste fulano hubiera estado abajo de todas las mesas, detrás de todas las cortinas, siguiendo en las sombras todos nuestros pasos y así haber escuchado aquellas cosas con semejante precisión. Significaba que Valeria le decía eso a otros y que, ¡hazme el recabrón favor, qué pendejo!, yo no era el único ni de lejos. Hasta la boca se me secó. La poca dignidad que me quedaba la usé para no hacerme el indignado.

    — Hay algo que tienes qué ver, ya tú decidirás qué haces.

    Se levantó y estaba tan seguro de que lo seguiría que ni siquiera volteó a ver si me levantaba para ir con él. Fuimos, completamente en silencio, hasta su casa que estaba allá por donde Jesús perdió los huaraches y el aire daba vuelta. De una colección de videocassettes VHS cuyas etiquetas nomás decían números y letras, tomó tres. Y me puso el primero. Valeria Mesalina estaba en la sala de alguna casa, rodeada por cuatro fulanos, treintones, parecidos a mí y al conocido. Valeria estaba vestida como jamás la había visto: deliciosamente puta, vestido color humo semi transparente y pegaditito, la micro falda apenas y cubría algo y un cuarto de sus magníficas nalgas asomaban. No traía ropa interior y se movía para que lo notaran sus amantes y la cámara, quien era el quinto sutano en realidad. Tenía ya la vulva tan encharcada de sus propios jugos que fácilmente reflejaba ante la cámara la luz que le llegara a dar a donde se hacía mucho del rogar para que yo (y los otros) llegara. Tenía puestas unas zapatillas que dejaban al descubierto sus pies, que ella sabía muy bien que era una zona erógena muy poderosa en ella y en muchas mujeres, en contra de lo que proclamaba. Y mamaba vergas con pericia consumada. Parece que los había escogido a propósito y es posible que así fuera: todos pitudos, de vergas largas y gruesas, guapitos, con cuerpo de nadadores, musculosos y actitudes de ser demasiado sexys para la camiseta, lo que era cierto y en otras circunstancias habría apreciado la belleza de sus cuerpos y sentido antojo por todos ellos. Evidentemente disfrutaba las vergas de sus machos, pero conociéndola lo que disfrutaba más era verlos tan erectos y húmedos por ella, tan enardecidos de lujuria. Los ojos de Valeria se veían vidriosos, lo que me hizo pensar que había bebido antes (o hasta se había metido algo) y casi me hizo gracia: ella, que tan pura se proclamaba. Uno de sus cabrones no se aguantó y mientras ella estaba de rodillas mamando vergas, el fulano le alzó la falda hasta la cintura y mordió sus nalgas, las ensalivó, besó, amasó, nalgueó, le chupó el culo con entusiasmo provocando gemidos y mucho placer en Valeria. Y sin decir más, le metió la verga. Y sin condón. Nomás la ensalivada de ella, y órale, hasta los huevos se la dejó ir. Y se empezó a poner más candente la cosa.

    Le decían lo de rigor, que eres una putita, que te encanta la verga, que te ando chiquiteando el culo para dejártela caer por allí, cómo mamas verga, piruja de mierda, te encanta que te den de vergazos, tan inocente que te ves y eres una pinche güila, le sacaron las pequeñas tetas y el vestido quedó enrollado como un cinturón mientras pellizcaban sus pezones y le daban verga por todas partes acomodándose para darle verga por la vagina, por el culo, por la boca y que masturbara a los que no le ocupaban un agujero. Y a todo decía con alegría que sí, que era una puta y le encantaba serlo, que quería más verga y nunca era suficiente la que le daban, que vivía con el chocho caliente todo el tiempo, ¿a poco?, si ya nos dimos cuenta de que la traes siempre mojada, prostituta caliente, que la cogieran duro como la pinche puta que era. Y le jalaban el cabello, enloquecidos de deseo, le daban terribles nalgadas (mmmm, con razón luego andaba con cara adolorida y se sentaba con tanto cuidado, todo tiene una explicación), la atragantaban de verga y se la enterraban sin piedad hasta el fondo cuando eyaculaban y la sujetaban fuertemente del cabello para que aguantara las ganas de vomitar y se tragara los mecos que le echaban, cosa que tampoco le costaba ningún trabajo y decía que quería más verga y más mecos. El video estaba editado y aparecieron los cuatro trenzados en cogérsela, ella ya completamente desnuda, acostada boca arriba sobre un poderoso pitudo que le destrozaba el culo mientras otro horadaba su peluda vulva y los otros dos se alternaban llenándole la boca de verga y semen. Estaba empapada de sudor y de semen. Y al final hasta de orina porque uno de los fulanos se puso a mearla muy quitado de la pena y ella hasta boca abría para que le cayera el chorro directo.

    El otro video era de ella con otras dos muchachas y al final el novio de una de ellas, quien dejó la cámara en un tripié y se unió a la acción. La despojaron de unos jeans ajustadísimos, las chavas se turnaban par mamarle el culo alabando su olor y su textura, admiraron en voz alta el color oscuro de abultados labios vaginales y estaban fascinadas por su olor. Chuparon sus pies recién sacados de los tenis y largo rato disfrutaron sus nalgas y sus tetas. Parecía video de porno comercial para lesbianas: todo era lentísimo, todo era larguísimo y acababa por ser aburridísimo de tan estereotipado. Salieron los grandes dildos a relucir y Valeria se echufó con una, con la otra, luego con la una, luego con la otra mientras le chupaba hambrientamente el chocho a la una, comió el culo de una y de otra a pesar de que públicamente gritara a los cuatro vientos de que las nalgas y el culo de casi todas las mujeres eran poco menos que una cloaca asquerosa. La ataron a la cabecera y le vendaron los ojos. Apareció la rutinaria vela para derramarle parafina fundida en los pezones y en el pubis, alzaron y abrieron sus piernas y echaron gotas de parafina hirviente en su culo mientras ella bramaba feliz. Y mientras estaba atada, apareció el novio de una o de la otra, no lo sé. Un cuate al que jamás le hubiera hecho caso en la vida real: flaco, feo, intrascendente y con un pito regular pero bien parado. La cara de jarioso que se sacó la lotería no la pudo ocultar y se la cogió velozmente. No duró mucho y eso provocó las protestas de Valeria, quien dijo ser mucha puta para tan poquita verga. Casi me daba risa que Valeria me acusara de que tenía un zoológico en la entrepierna por mi culpa.

    El tercer video era Valeria sola con un fulano. Estoy casi seguro que era uno de sus cogedores del primer video. Ya estaba semi desnuda, con el bikini provocativamente casi desatado y la vulva expuesta sin quitarse la prenda mientras se masturbaba frente al fulano dándole a antojar el chocho sabroso y metiéndose un dedo por el culo. El escenario ahora era una habitación de hotel en la playa. Pude establecer la fecha en que eso ocurrió porque Valeria traía una pulsera que yo le regalara justo antes de irse a unas vacaciones en la playa. En efecto, era mucha puta y yo era mucho pendejo. La cogida en éste video era mas bien rutinaria, apasionada pero nada del otro mundo, mucho chop-chop-chop de sus nalgas al recibir las embestidas en cuatro de su pitudo cogedor y cosas así. Lo interesante no era cómo cogían sino lo que decían entre jadeos, metidas de verga y picadas de culo.

    — ¿Y qué dice tu novio?

    — Arroyo no dice nada, es un pendejo.

    — ¿No te coge rico?

    — Ni que estuviera loca, a ése nomás le saco lo que quiero.

    — Pero ¿a poco no te gusta?

    — Alguna vez lo quise, pero ya no me interesa.

    — ¿Y por qué sigues con él?

    — Porque siempre conviene tener un estúpido que cargue los bultos— dijo Valeria con el culo tan lleno de semen que se le escapaba y bajaba a mamarle la verga con precipitación y ansiedad.

    El conocido detuvo el video y me ofreció un tequila. Me tomé tres y ni siquiera los sentí. No dije una sola palabra, no hacía falta que lo hiciera. Por entonces hablaba mucho pero decía poco y callaba en lo verdaderamente importante. Me fui sabiendo lo que tenía qué hacer. Reunir el valor para hacerlo era otra cosa.

    Liberarse de una relación con un narcisista manipulador es una cosa compleja, dolorosa y tardada, lo saben quienes lo hayan vivido, y por lo que ahora sabemos, lo ha vivido mucha gente, hombres y mujeres. Es un lento proceso que comienza por aceptar el engaño que uno ha padecido pero también por aceptar que uno ha sido parte colaboradora de ése engaño al dejar de escuchar la voz de nuestro instinto que los grita que tengamos cuidado frente al peligro evidente. No se trata de encontrar culpables sino de reconocer lo que ha sucedido, sucede y lo que debe hacerse para que deje de suceder. Hay quien requiere ayuda, otros hicimos lo que pudimos de la mejor manera que pudimos.

    Tres años más tarde recibí un sobre sin remitente conteniendo un DVD. Eran las tres cintas que acabo de describir. El conocido, quien desde luego también era un afectado por Valeria, generosamente me hacía llegar una copia sabiendo que ésa información es muy útil si el narcisista pretende pasarse de listo. No fue necesario porque Valeria ahora tenía por imbécil titular a un puertorriqueño que decía ser parte de la resistencia nacionalista de su isla, muy acorde a la personalidad de ella que hasta se las daba de gente muy de izquierdas. Se largó varios años a Puerto Rico y me imagino que allá hizo de las suyas porque luego volvió precipitadamente aquí a un trabajo de ésos que sólo se obtienen con la conveniente intervención de un político. Cuando éste político cayó en desgracia, alguien le ha de haber dicho a Valeria que huyera pues regresó a Puerto Rico. Seguro que le iban a fincar cargos debido a su relación con el político en desgracia y ella era de las sacrificables, por muy manipuladora que fuera. Lo último que supe es que dice ser analista política con videos en la red y toda la cosa. Pero ya no es jovencita y hay muchas otras más jóvenes que ella, más aventuradas, más audaces y sin la menor piedad para mujeres mayores en edad que ellas, tal y como en su momento así lo hizo. Ella, tan filósofa, olvidó las vueltas que da la rueda de la fortuna.

  • Dos sumisos y un perro

    Dos sumisos y un perro

    Recuerdo perfectamente aquel verano, hace un par de años. Estábamos en el chiringuito de la playa tomándonos una cerveza y unos espetos de sardina, y como sin darle importancia, me dijiste:

    “Cariño, mañana he quedado con dos sumisos en casa. Quiero usarlos a los dos mientras te convierto a ti en un perro. Además, uno de ellos te va a reemplazar durante 24 horas. Hará todas tus funciones, y será tú mientras uso al otro sumiso y le humillo a él. Mañana, desde que nos despertemos, te vas a convertir en un perro y te vas a comportar como tal. Inutilizaré tus manos, tendrás un plug con cola de perro, máscara de perro y por supuesto irás desnudo, sin otro adorno que tu collar. Comerás en el suelo, harás tus necesidades como un perro y no podrás sino ladrar durante 24 horas. ¿Qué te parece, mi amor?”

    No lo esperaba y tuve que pegar un trago largo a mi cerveza para ordenar mis ideas antes de contestarte:

    “Claro, preciosa Dómina. Haré siempre todo lo que quieras. Me parece genial tu idea”.

    Te reíste y me besaste, comprobando con tu mano que tu comentario había tenido un efecto inmediato debajo de mi bañador. Mirándome a los ojos y apretando mis genitales, dijiste:

    “Eres una puta perfecta, Pedro. Pienso humillarte como no te haces una idea. Quiero que tengas claro que será José quién te sustituya durante esas 24 horas, y eso significa que dormirá en nuestra habitación (aunque no en la cama), que limpiará mi pis con su lengua cada vez que vaya al baño, que me despertará lamiendo mis pies y comiéndome el coño, limpiará mi orgasmo cada vez que me corra con él o con el otro sumiso… en fin, todas tus tareas las realizará él durante 24 horas. Lo único que no hará es besarme, ni follar sin condón. Esos privilegios son y serán siempre para ti, preciosa. ¿Estás contenta?”.

    Agaché la cabeza en el mismo instante que sentí una especie de bola de fuego subir por mi estómago hasta mi cabeza. Conozco bien esa sensación. Es el calor de la humillación. De la vivida o de la que viene… y en este caso, ni siquiera lo habíamos hablado antes. Te habías ocupado tú misma de organizarlo, y estaba sintiendo el calor de tu excitación organizándolo todo. De hecho, mirándote a los ojos para decirte que estaba muy contento de lo que habías organizado, vi que te mordías los labios. Lo haces siempre que estás excitada, y sin terminar tu cerveza, te bajaste del taburete y me dijiste:

    “Te espero en el baño, preciosa. Me he excitado muchísimo pensando en mañana. Tengo ganas de follar contigo. Ahora”.

    Y guiñándome un ojo, bajaste las escaleras del chiringuito. Yo pagué apresuradamente y fijándome que nadie se daba cuenta de lo que estábamos haciendo, bajé al baño. Me metí directamente en el baño de mujeres y llamé a la puerta que estaba cerrada. La abriste con la parte de abajo del bikini en la mano, y me la metiste en la boca, diciendo:

    “¿Me lo guardas, mi amor? Además quiero asegurarme de que no haces mucho ruido mientras me follas”.

    Y sin esperar ni un segundo me agarraste de la oreja y dirigiste mi cabeza a tu coño. Con el bikini aún en la boca, comencé a lamerlo. Estabas mojada. Me vuelve loco ver lo rápido que te excitas. Que nos excitamos. Mientras te comía el coño dijiste:

    “¿Has visto las ganas que tengo del plan de mañana, mi amor?. ¿No estás contento?”.

    Afirmé con la cabeza sin dejar de darte placer con la lengua y con mis dedos, y escasamente tres minutos después, sentí tu primer orgasmo empaparme la cara por completo. Me dispuse a limpiar tus propios fluidos con mi lengua, como es mi obligación en cada uno de tus orgasmos, pero me ordenaste sentarme en la taza, te subiste encima, de frente a mí y, mientras nos besábamos, agarraste mi ridícula polla y la llevaste a tu interior. Me encantaba sentir tu calor. Tu humedad, y como dándote cuenta de mis pensamientos, apretaste fuerte con tus músculos vaginales, y sentí que ibas a romperme en dos. Comenzaste a cabalgarme mientras me llamabas puta, y nos corrimos en menos de cinco minutos.

    Salimos del baño como si no hubiera pasado nada, y nos fuimos directos al mar a darnos un baño. Después estuvimos tomando el sol y a las 6 subimos a la urbanización para descansar en la piscina. En un momento dado, te acercaste a mí para asegurarte que todo estaba claro para el día siguiente.

    “Mi chico, quiero que te quede claro que desde que amanezcas mañana, no podrás dirigirme la palabra. Sólo podrás observar y ladrar. Dormirás en el suelo, comerás pienso en un bol de perro, beberás mi pis y estarás con la correa y la máscara de perro durante 24 horas. Cuando quieras hacer pis, te acercas a un rincón que prepararé para ti y, levantando la patita trasera, lo haces. Si quieres hacer otras cositas y tienes el plug, prefiero que intentes aguantar. Si no puedes aguantar, entonces quiero que ladres fuerte y te coloques boca arriba. Esa será la señal para que te quite el plug, pero quiero que sepas que pondré un periódico en el suelo para que hagas tus necesidades, y que no pienso limpiarlo, ni tampoco limpiarte a ti… así que tú sabrás. Te recomiendo que hoy no cenes, y que te apliques un Micralax para quedarte limpito y no pasar por ese mal trago de estar con el culo sucio durante horas”

    Te contesté que a partir de ese momento solo tomaría líquidos, y que tenía varios micralax en el neceser, y que haría eso para no pasar por la humillación de estar manchado durante horas, mientras tú disfrutabas de mi sustituto y del juguete. Al dejar ese punto claro, quisiste ahondar en el resto del día:

    “Mi amor. Se te van a hacer muy largas las 24 horas, porque apenas voy a mirarte. Sé que estás y que estarás bien, así que no te preocupes. Querré que estés en la misma habitación que yo siempre, pero especialmente cuando esté follando que, por otro lado… va a ser casi todo el rato. Ja, ja, ja, ja.”

    Nos reímos y te dije que tenía muchas ganas de sentirme humillado para ti, pero en ese momento no era plenamente consciente de lo abajo que tenías pensado llevarme. Al subir de la piscina, nos duchamos juntos, fuimos a dar un paseo y después de ver una película nos metimos en la cama. Nada más entrar en ella, completamente desnudo, como ordenas que lo haga siempre, me miraste y me dijiste:

    “Pedro, tengo muchas ganas de lo de mañana, pero ten claro que en el momento en el que no puedas más, es tu responsabilidad pararlo. Te voy a hacer sentir una mierda, y pienso estar follando con ambos constantemente. 24 horas dan para mucho, cariño. Lo deseo muchísimo, pero tú eres lo más importante de mi vida y no quiero que te rompas, así que está en tu mano pararlo si no eres capaz. ¿Está claro, verdad?”

    Te dije que sí. Que no te preocuparas por mí y que te concentraras en disfrutar de mi sustituto y del nadie, que yo siempre estaría allí para ti. Para todo. Nos quedamos dormidos enseguida, y por la mañana, la ansiedad me despertó a las 6:30 de la mañana. No paraba de dar vueltas en la cama. Estaba excitado y dándole vueltas a lo que iba a suceder. No sabía quién era el sumiso nuevo al que querías usar, pero sí conocía bastante bien a José. Te lo habías follado varias veces, y desde el primer día no se había cortado en expresar las ganas que tenía de estar en mi lugar… y hoy le ibas a conceder ese privilegio durante 24 horas, mientras yo era testigo de todo.

    Tengo ordenado no salir de la cama sin despertarte como es debido, pero tampoco puedo hacerlo muy pronto, porque te gusta dormir, así que me quedé con el móvil hasta que sentí que tus movimientos eran cada vez más frecuentes. Me acerqué a darte un beso, y preguntándome qué hora era, me lo devolviste quedándote dormida casi instantáneamente. Me moría de amor viéndote dormir, con los pelos alborotados y ese cuerpo que me vuelve loco y del que dos sumisos estaban a punto de disfrutar. Estabas tan dormida, que no te habías dado cuenta, pero como impulsada por un resorte, te giraste y me empujaste fuera de la cama.

    “Perro sarnoso. ¿Qué haces intentando besarme? Sal de mi cama y a cuatro patas quiero que vayas hasta el baúl de los juguetes que está en el armario de la entrada. Te quedas esperando allí hasta que yo llegue”

    Lo había olvidado. Estaba nervioso y quería besarte por última vez en 24 horas. Pero después de ese beso fugaz, te habías dado cuenta y me habías tratado como lo que era. Tu perro. Estuviste en la cama desperezándote un buen rato. Entonces, mientras esperaba a cuatro patas mirando de frente al baúl de los juguetes, escuché tu voz:

    “Hola José, buenos días. Pues sí, mira tú. No suelo madrugar tanto, pero por algún motivo que no puedo entender, hoy me he despertado pronto. Jajajajaja. ¿En serio? Bueno, solo espero que hayas dormido lo suficiente como para estar a la altura de mis necesidades. Vale, vale… tú sabrás, pero te adelanto que no quiero excusas. Oye por cierto, recuerda que tienes que ir a por el nadie al centro comercial Plaza Mayor. Justo, el que está al lado del aeropuerto. Se llama Luis, y te esperará sentado en la terraza del Burger King. Ya sé que a las 10 de la mañana estará cerrado, bobo… pero no te preocupes, que no serán hamburguesas lo que va a comer. No te retrases. A las 11 hemos quedado, y no me gusta la impuntualidad. Vale, venga… te veo en un rato. Ciao”

    Noté perfectamente que habías elevado el tono para que pudiera escucharlo todo, pero no me moví de mi posición. Me quedé a cuatro patas y delante del baúl, hasta que sentí tus pequeños y bonitos pies arrastrarse por el suelo del salón hasta llegar a mi altura. Me acariciaste la cabeza y dijiste:

    “Buen perro”.

    Y sin otro comentario ni caricia, te agachaste y empezaste a hurgar en el baúl. Fuiste sacando cosas. Un arnés con dildo, film, una cadena con pinzas, plugs de distintos tamaños, una jaula de castidad para mi pollita, dos mordazas (una de ellas con dildo), dos máscaras negras de látex, mi máscara de perro, mi plug con cola, tres collares, el bol de perro y un montón de cosas. Yo miraba sin decir nada, ya que me lo habías prohibido expresamente.

    Cuando habías sacado suficientes cosas señalaste con una mano el suelo, y yo me coloqué de frente a ti, mirando al suelo. Sin una palabra me colocaste el collar. Luego giraste sobre mi cuerpo y escupiste varias veces en mi culo. Con un par de movimientos clavaste el plug con cola de perro dentro de mí. Yo aguanté el suspiro. No quería darte el placer de que supieras que me había dolido, así que apreté los dientes y aguanté. Inmediatamente después me ordenaste que me tumbara en el suelo, de espaldas y con las patitas en alto, y fue lo que hice inmediatamente.

    Con cinta americana convertiste mis manos en dos muñones completamente inservibles. Me ordenaste cerrar los puños, y los envolviste con cinta americana. Dejaste mis pies como estaban, pues sabías que poco o ningún uso le daría a los mismos, y nada más terminar me miraste con una mordaza de bola en la mano. Levanté el cuello y la colocaste en mi boca. Al hacerlo volviste a acariciarme la espalda, pero no dijiste nada. Buscaste la máscara de perro y la ataste en mi cabeza, asegurándote de que los nudos fueran firmes y no podían soltarse. Colocaste la jaula de castidad en mi pollita y finalmente buscaste la cadena y la ataste a la argolla del collar. En el otro extremo, la agarraste con tu mano y comenzaste a moverte en dirección a nuestra habitación. Al llegar allí, ataste el extremo al pomo de la puerta y te pusiste a hacer la cama.

    Estuviste organizando la casa unos 20 minutos y te metiste en la ducha. Yo seguía allí, con la correa impidiéndome salir de un radio de escasamente un metro, y escuchándote cantar en la ducha. Estabas contenta, y yo también. Al rato dejé de escuchar el grifo del agua y te vi acercarte al armario, ponerte un tanga negro de encaje, unos pantalones cortos y unas sandalias de tacón. Arriba te pusiste un top sin sujetador. Sin mirarme volviste al baño, te maquillaste, te pintaste los ojos y finalmente, antes de pintarte los labios, me miraste. Nos quedamos mirando un instante, pero giraste el cuello y terminaste de perfilar tu bonita boca con el pintalabios rojo. Mi favorito.

    No pasaron ni diez minutos y se escuchó el timbre del portal. Cogiendo la correa, te acercaste al telefonillo, y yo detrás de ti. Te escuché decir:

    “¿Quién es? Anda, pero si tengo dos regalitos. Subid, subid… estaba esperándoos”

    Volviste a mirarme, y en esta ocasión sí acariciaste mi pelo y mis hombros, y escuché un ahogado “Te quiero” al que yo respondí con un ladrido. Nada más terminar de ladrar escuché ruido en el descansillo. Ni siquiera esperaste a que llamaran al timbre de casa. Abriste la puerta y te encontraste a José, que sin pensárselo dos veces te dio dos sonoros besos mientras apoyaba su mano en tu cintura. Tu le respondiste pegándole mucho a él, y haciéndole sentir tus ganas, pero inmediatamente después, tus ojos se fijaron en el juguete que te había traído José.

    “Anda. ¿Qué tenemos aquí? Tú debes ser Luis, ¿verdad?. José me ha hablado mucho de ti, y veo que se quedó corto cuando te describió físicamente. Mmm. Me gusta el juguetito que me has traído José, aunque no sé si sabes bien lo que acabas de hacer”

    Te reíste y cerraste la puerta con llave. Mirándolos a los dos, les dijiste que se sentaran en el sofá, que tenías que estar segura de que todo estaba claro antes de que “aquello se destrontrolara”, así que después de preguntarles qué querían de beber, fuiste a la cocina a por ello. En ese momento se hizo un incómodo silencio. Ambos me miraban sin decir nada. Entonces -como yo esperaba- fué José quién se dirigió a Luis y le dijo:

    “Esta es la puta de Laila. Es su sumiso picha corta y engreído al que tengo muchas ganas de humillar otra vez, pero esta vez no seré un suplente. Esta vez yo seré el titular, y él solo será un perro. Imagino que nos lo contará ahora, pero lo hemos estado preparando hace tiempo y durante las próximas 24 horas le convertirá en un perro a todos los efectos”.

    Luis me miró y no dijo nada. José, sin embargo, tenía un brillo chulesco en la mirada, y sentí cómo apretaba mi mandíbula mientras una bola de fuego recorría mi estómago. Entonces llegaste tú, serviste el agua a tus invitados y te sentaste enfrente de ellos, junto a mí. Agarraste la correa y la acortaste, de modo que mantuve mi cabeza pegada a tus piernas. Sin dejar siquiera que los dos sumisos terminaran sus bebidas, dijiste:

    “Lo primero de todo quiero que os quede claro qué podéis y qué no podéis hacer. Aquí soy yo la que manda y vosotros dos obedeceréis sin dudar todo lo que os ordene. A la mínima señal de desobediencia os vais a casa. Me da igual que falle uno o el otro. Si alguno de los dos se extralimita, os vais los dos por donde habéis venido.”

    “Lo segundo y más importante de todo. Este que veis aquí ataviado como un perro, es mi sumiso Pedro. Él es la persona más importante de mi vida, y está deseando ser humillado mientras disfruto de vosotros. Si alguno se extralimita con él, se va a la calle y no vuelve a saber de mí”.

    “A partir de aquí, tengo pensado disfrutar mucho de vosotros dos, y ya sabéis de qué forma. Hasta mañana por la mañana, José reemplazará a mi sumiso. Él será la persona que reemplazará a Pedro en todas sus obligaciones. Ya las conoces, así que no voy a perder el tiempo recordándolas… pero más te vale cumplir, o sentirás mi ira en tu cuerpo, y te aseguro que eso no te va a gustar”.

    “Luis, tú serás mi juguete. José ha sido nuestro juguete en muchas ocasiones, y principalmente lo que hago con los juguetes es follármelos y disfrutar de ellos. También os haré interactuar entre vosotros. Entre mi sumiso (que temporalmente será José) y tú. En ese sentido espero obediencia absoluta por ambas partes”.

    “José, hay una sorpresa que no te he contado, pero que te voy a contar ahora. Así como sabes que la pollita de mi sumiso me pertenece y solo yo puedo tocarla, contigo de suplente no va a ocurrir igual, así que no solo serás receptor, sino también emisor. No sé si me explico. Jajajajajaja.”

    Ambos se quedaron callados o afirmando. A José se le nubló la mirada, pues siempre ha manifestado sin ningún rubor que lo que le gusta es follar contigo y humillarme a mí. Yo sonreía dentro de lo que me permitía la mordaza que me habías colocado, porque sabía bien lo que tenías en mente.

    Volviste a preguntarles si había alguna duda o alguna pregunta que pudieran tener, les pediste las dos cajas de condones que les habías pedido comprar y las dejaste encima de la mesa del salón. Entonces, para sorpresa de ambos, te pusiste de pie y le pusiste un pañuelo en los ojos a José. Sobre el pañuelo, colocaste la máscara de látex. Cuando le tuviste así le pediste a Luis que le desnudara, pero no podía usar las manos. Debía desnudarle con los dientes.

    Yo miraba e imaginaba la cara de José mientras Luis le quitaba la ropa con los dientes. Mientras tanto, ibas desnudando a Luis, y de forma intencionada, exclamaste:

    “¡Vaya, vaya! Te lo había pedido dotado, José. Pero esto es un espectáculo. Qué bien nos lo vamos a pasar todos hoy”.

    Yo te miraba mientras escuchaba a José exclamar un “Sí, Señora. Me alegro” que apenas le salía del cuello. Con Luis totalmente desnudo y mientras terminaba de quitarle la camiseta a José, te levantaste y colocaste un dildo con ventosa en el suelo. Después apartaste suavemente a Luis y agarraste a José de la mano, diciéndole:

    “¿Vienes conmigo, José? ¿Quieres jugar y ser obediente para mí?”.

    José contestó que sí, que lo estaba deseando. Que llevaba esperando ese momento desde hacía meses. Y entonces te reiste y besaste su cuello diciendo:

    “Eres tan riquiño… siempre con tantas ganas de complacerme”.

    Y entonces, cogiendo su mano, la llevaste a tu entrepierna. José palpó brevemente tu humedad a través del tanga y dijo:

    “Mmmm… Me encanta sentirla tan excitada, Señora. Estoy deseando disfrutarlo”.

    Y sin más, le agarraste del pelo y le diste un sonoro bofetón. Luego otro. Y otro. Y otro. Y al rato, le preguntaste cuántos bofetones le habías dado. José, todavía incrédulo, pues con el pañuelo y la máscara no esperaba esa situación, dijo que no los había contado, así que le dijiste:

    “No te preocupes, José. Nadie nace aprendido. Pero ahora te vas a sentar en el suelo, vas a meterte este dildo con ventosa que está pegado al gres y cuando lo tengas bien dentro, voy a inmovilizarte por completo. Así aprenderás a estar atento, y entenderás que ser mi sumiso no es tan sencillo como crees”.

    Le escupiste en la cara y José, palpando el dildo, lo fue acomodando dentro de su culo. Le costó bastante tiempo, y cuando lo hizo te abalanzaste sobre las cuerdas negras para dejarle completamente inmovilizado e insertado por el dildo mediano, que ahora tenía dentro de su cuerpo.

    Tal y como estaba, con los ojos tapados y la máscara de látex, completamente desnudo, insertado por el dildo e inmovilizado, volviste a pegarle un bofetón y le dijiste:

    “Ahora vas a sentir bien lo que significa ser humillado, zorra barata”.

    Y sin decir una palabra te quedaste de pie y, mirando a Luis le dijiste:

    “Ven guapo. Desnúdame. Quiero que me comas el coño, y después pienso follar contigo hasta que no pueda ni respirar”.

    Luis se acercó a ti y te desnudó con cuidado. Se acercó e intentó besarte, pero le pusiste una mano en los labios y le dijiste que no volverías a advertirle dónde estaban los límites. Sentándote en el sofá, cerca de donde estaba José, abriste las piernas y dijiste:

    “Ven Luis. Come. Dame placer”

    Luis no dudó en meter su cabeza entre tus piernas. Yo te escuchaba gemir e interpreté rápidamente que era un buen comedor de coño, lo que me alegró. Tus gemidos eran cada vez más cortos e intensos. Tu respiración cada vez más acelerada. José no se movía, y yo observaba disfrutando de tu placer. Entonces me miraste. Fue una mirada fugaz. Distinta a la mirada que me dedicas cuando estás disfrutando de otro y yo mantengo mi posición. Fue casi una mirada para dedicarme tu orgasmo, porque inmediatamente agarraste con ambas manos la cabeza de Luis y mientras te restregabas contra su cara, tuviste el primer orgasmo del día. Un orgasmo largo, intenso… maravilloso.

    Después de correrte le pediste a Luis que limpiara tus fluidos de las piernas, coño, culo, sofá e incluso del suelo, pues habías tenido un pequeño squirt. Mientras Luis lamía con la lengua, le dijiste:

    “Verás, Luis. Este privilegio de limpiar mi corrida suele corresponderle a mi sumiso. Hoy debería ser José quién limpie cada uno de mis orgasmos… pero está ocupado en esa esquina, así que lame sin excitarme. Lame para limpiarme, y cuando termines, acércate a la mesa, te pones un condón y te quedas de pie aquí cerquita, ¿vale?”

    Luis afirmó con la cabeza mientras seguía limpiándote y, cuando consideró que ya estaba todo a tu gusto, se acercó a la mesa a por un condón. Estaba empalmado y se lo puso inmediatamente, mientras le pedías que se acercara a ti. Él se acercó y tú, dijiste en alto:

    “Vamos a ver si me cabe en la boca. Es enorme. Mmmmm…”

    Empezaste a hacer todo tipo de ruidos. Te conozco bien. Te he visto comer muchas pollas y no sueles hacerlo así, pero tenía claro cuál era tu objetivo. Querías humillar a José y hacerle sentir lo mucho que estabas disfrutando de Luis. Después de un buen rato comiéndole la polla y extralimitándote en los ruiditos, le pediste a Luis que se sentara en el sofá. Te colocaste dándole la espalda, mientras con tu mano derecha metías su potente miembro dentro de ti. Pude observar perfectamente cómo abrías la boca a la vez que su polla entraba en ti.

    “Ohhhhh. Joder. Síii. Me encanta. Mmmm. Así, hasta el fondo. Pienso cabalgarte hasta correrme varias veces. No se te ocurra correrte sin mi permiso, zorra”.

    Y comenzaste a follárselo. Subías y bajabas sobre su polla lentamente, disfrutando de cada centímetro, mientras contenías la respiración. Después de un buen rato cabalgándotelo lento, aumentaste el ritmo. Pusiste tus manos en sus rodillas y dándote impulso te lo follabas asegurándote de sentir intensamente cada vez que su polla llegaba al fondo de ti.

    Con una seña me dijiste que me acercara. No veía bien con la máscara de perro, me costaba respirar con la mordaza puesta y sentía el plug de cola de zorra dentro de mi culo, pero a pesar de eso me hiciste apoyar la cabeza entre tus piernas. Te gusta hacerlo para que sientas el ritmo de tus cabalgadas y la intensidad del polvo que le estabas echando a Luis. Sin dejar de subir y bajar de su polla, tus gemidos iban aumentando de intensidad. Me sujetaste la cabeza y la colocaste a escasos centímetros de la enorme polla de Luis. Veía perfectamente como sus más de 20cm desaparecían dentro de ti. Podía oler perfectamente tu sexo, y también el látex del condón de Luis. Entonces tu ritmo aumentó vertiginosamente. Tu respiración y el volumen de tus gemidos también lo hicieron, y supe que tu segundo orgasmo estaba muy cerca. Agarraste fuerte mi cabeza entre tu coño y la polla de Luis, y te corriste.

    No le habías dado permiso a Luis para correrse, y había cumplido como un campeón. Entonces, parando, levantaste tus caderas y su polla dura salió de tu interior. Sin mirarle, dijiste en alto:

    “José. ¿Te apetece limpiar el orgasmo que acaba de darme Luis? ¿Te gustaría empezar a disfrutar de privilegios como si fueras mi sumiso, guapito?”.

    Luis contestó que te encantaría, y le ordenaste a Luis que le desatara. Cuando lo hizo, José se levantó y con el dildo aún dentro de su culo se acercó a cuatro patas hasta quedarse lamiendo tus pies. Sonreíste y le dijiste:

    “¿Tienes ganas, cachorrito? ¿Tienes ganas de limpiar el coño de tu Señora? Ven, zorra. Tienes permiso para limpiarme con mi lengua. Sabes cómo hacerlo porque has visto como lo hace Pedro cuando es contigo con quién disfruto, así que procura que me quede satisfecha con tu nueva obligación”.

    José no dudó y subió hasta tu coño. Empezó a lamer y a limpiar con la lengua tu humedad. Estabas empapada. Yo podía ver perfectamente cómo te chorreaban las piernas hasta la rodilla y supe que habías disfrutado muchísimo follándote a Luis. Entonces, mientras José cumplía con su obligación, le dijiste a Luis.

    “Luis, guapo. Quítale el dildo a José y fóllatelo mientras me limpia. Puedes correrte cuando quieras, pero me gustaría que estuvieras un buen rato sodomizándole. Lo harás por mí, ¿verdad?”.

    Nada más escuchar esto, José levantó la cabeza desconcertado, y rápidamente le dijiste:

    “¿No te perece bien, puta? ¿Preferirías follar conmigo? Lo que pasa es que se te olvida que aquí soy yo quien da las órdenes, y te voy a hacer sentir lo que siente mi sumiso cuando juego contigo. Siempre has dicho que te gustaría ser mi sumiso, ¿verdad? Que querías estar en la situación de Pedro. Pues ahora lo vas a estar, descuida”.

    Y sin decir nada miraste a Luis, que entendió perfectamente lo que tenía que hacer. Retiró cuidadosamente el dildo del culo de José y se acercó por detrás. Con calma apoyó su enorme polla en la entrada de José que, cuando sintió los primeros centímetros de la gruesa polla de Luis entrar, se quedó quieto y tenso.

    Te reíste y dijiste:

    “José. Que los árboles no te impidan ver el bosque. Tienes una orden que cumplir y sentir la polla de Luis te está haciendo incumplirla. Vuelve a limpiarme o te irás ahora mismo a tu casa”.

    Sin perder un segundo continuó con su labor mientras Luis seguía haciendo entrar su polla en su culo. Entonces sentiste que había llegado al fondo y mirándole, sonreíste. Como respuesta, Luis comenzó a mover sus caderas despacio… entrando y saliendo del culo de José. Me miraste y apuntaste a tus caderas, dejándome claro que querías que estuviera a tu lado. Me acerqué y restregué mi cabeza contra ti en señal de cariño y amor por ti. Con una mano acariciaste mi cabeza y dijiste:

    “Buena perra. No sabes cómo te echo de menos ahí abajo”.

    Sonreí por dentro y entonces le dijiste a José:

    “José, tienes permiso para dejar de limpiar y comerme el coño. Tengo ganas de correrme en tu cara”.

    José, que seguía con el pañuelo en sus ojos y la máscara de látex encima, comenzó a comerte el coño. En ese momento echaste tu cabeza para atrás y suspiraste:

    “Ohhhh… sí… vamos puta. Hazme disfrutar como tú sabes. Demuéstrale a mi perro que eres un buen comedor de coños. Y tú, Luis. Quiero que aguantes hasta que me corra. Y cuando me esté corriendo quiero que te corras dentro de José. Vamos chicos… vamos a disfrutar”.

    Y Luis intensificó sus embestidas. Y José aceleró su ritmo y su lengua jugaba en círculo en tu clítoris a la vez que sus dedos entraban y salían de tu coño, como yo mismo le había enseñado a hacer las primeras veces que fue nuestro juguete. Se notaba que tenía prisa por provocarte el orgasmo y hacer que Luis terminara de follárselo. Pero yo sabía perfectamente que eras capaz de correrte en 5 segundos o en 25 minutos si era lo que querías, así que supuse que, por mucho empeño que tuviera, se lo harías desear un poco más.

    Yo miraba tus ojos, miraba después cómo José se empeñaba en darte placer y cómo tu bonito coño reaccionaba empapándole la cara completamente. A la vez veía la cara de placer contenido de Luis, al que se le estaba haciendo difícil aguantar sin correrse por toda la excitación acumulada. Entonces, ladré. Ladré y comencé a dar vueltas sobre mí mismo. Quería contribuir a tu excitación, y mirándome, con la boca abierta y tu respiración muy comprometida, dijiste:

    “Eres perfecta, perra. Chicos, cuando mi perra ladre la décima vez, quiero un coro de gemidos y orgasmos. Empieza, perra”.

    Y comencé a ladrar:

    “Guau, guau, guau, guau, guau…”

    Me interrumpiste para decir:

    “Más alto perra. Hazme sentir orgullosa de mi perrita. Ladra para mí”.

    Y ladré fuerte. Como un perro orgulloso. Como un perro feliz. Y al llegar al décimo ladrido, escuché tus intensos gemidos que fueron sofocados por los gritos guturales de Luis, descargando en el culo de José. Todo el salón se convirtió en una especie de película porno casera. Tu cuello hacia atrás, mientras con tu mano derecha frotabas rápidamente tu clítoris, haciendo que un generoso squirt dejara la cara y la cabeza de José completamente empapada. A la vez, las intensas embestidas de Luis mientras llenaba el condón con su sémen.

    Y un rato después, el silencio… las respiraciones agitadas. Yo estaba excitado, pero mi pequeña polla no podía luchar con el metal de la jaula de castidad. Al estar desnudo sentí que un grueso y denso hilo de líquido preseminal llegaba hasta el suelo. Sentí ganas de lamerlo para complacerte, pero la mordaza no me lo permitía. No obstante, arrastré mi cara con la máscara de perro por el suelo. Al verlo y mientras le ordenabas a José limpiar tu corrida, me dijiste:

    “Eres adorable, perrito. Ven aquí, que voy a quitarte la mordaza. Debes tener hambre y sed”.

    Me acerqué a ti. Al hacerlo pude ver cómo José seguía trabajando con su lengua en tu coño, en tu culo… en tu bonito cuerpo. Me dedicó una sonrisa de superioridad que me llenó de rabia e impotencia. Me dieron ganas de machacarle la cabeza, pero enseguida agarraste mi collar y me llevaste a tu lado, diciendo:

    “Perrito. Tú eres lo más importante de mi vida. Eres tú quién les permite a estos dos disfrutar de mí. No se te olvide… y baja esa mirada de furia o te castigaré hasta arrancarte la piel”.

    Te miré y agaché la mirada. Justo en ese momento me quitaste la máscara de perro, para poder retirarme la mordaza. Al hacerlo cayeron por mi barbilla mis babas. Las recogiste con tu mano y la pasaste por toda mi cara. Me diste un tortazo y con mirada firme, dijiste:

    “Si no puedes, sabes que hay una seña para pararlo todo. Pero acabamos de empezar. Quiero que estés a la altura, perro. No me falles y guarda tu orgullo, zorra”.

    Sin decir nada, volviste a colocar la máscara de perro y me pediste que fuera a por el bol metálico que estaba en la cocina. A cuatro patas, como el perro en el que me habías convertido, me dirigí a la cocina pensando si podría aguantar. Miré el reloj de la cocina. Todavía no era ni la una del mediodía. Eso significaba que apenas habían pasado dos horas desde que todo había empezado. Suspiré y pensé en las ganas que tenías de esas 24h. Me preparé mentalmente y recordé que siempre dices que soy la mejor puta que has tenido jamás. Estaba dispuesto a no fallar. Quería hacerte disfrutar y después de intentar coger el bol con los dientes y no poder, comencé a arrastrarlo con el hocico hasta el salón.

    Al llegar al salón me encontré con una escena completamente diferente a la que había dejado un par de minutos antes. Tú estabas desnuda en el sofá, bebiendo agua. Mientras tanto, Luis estaba siendo follado por José, al que imaginaba que le habías concedido su premio por haber sido sodomizado por Luis. José empujaba violentamente y los gemidos de dolor de Luis inundaban toda la habitación. Casi sin mirarles, sonreíste al verme aparecer en el salón empujando el bol con mi boca.

    “Esa es mi chica. Veo algo distinto en tus ojos. Gracias mi amor. Ven, ponte aquí, a mis pies. Túmbate”.

    Y dejando el bol cerca de ti, me tumbé con mi cabeza pegada a tus bonitos pies. Echaste algo de agua en el bol y después escupiste dentro. Al hacerlo me miraste y dijiste:

    “Bebe, perro. Bebe y disfruta del espectáculo”.

    Y echándote para atrás en el sofá, te quedaste mirando cómo José le rompía el culo a Luis. Yo bebí algo de agua con tu escupitajo y me tumbé en dirección a los dos sumisos. Pasado un rato escuché tus gemidos y al girar el cuello vi que estabas masturbándote. Me generó muchísima frustración no poder comerte el coño en ese momento, pero probé con algo que no estaba entre las cosas que me habías prohibido. Giré mi cabeza y comencé a lamer tus pies con mi lengua. No pareció molestarte, porque no dijiste nada y seguiste masturbándote hasta que José se corrió. Entonces aceleraste el ritmo de tus dedos y te corriste tú también. Al hacerlo, le pediste a José que limpiase tu corrida, y a Luis le indicaste que fuera al baúl y te acercara una pala con nuestros nombres y también una fusta de color negro.

    Mientras José se esmeraba en limpiarte, Luis llegó con la pala y la fusta. Entonces, me retiraste de tu lado con una patada y me obligaste a ponerme a cuatro patas con la cabeza apoyada contra el suelo. Le diste a Luis la fusta y cogiendo la pala, exclamaste:

    “Este perro ha desobedecido una orden directa. Quiero que le pegues con la fusta las mismas veces que lo haga yo con la pala, pero en el lado opuesto al que golpee yo. ¿Está claro?”

    Luis contestó con un “Sí Señora”, y yo apreté los dientes cuando sentí el primer palazo en mi culo. Inmediatamente después sentí el fustazo de Luis. Pero era su primera experiencia azotando, y me golpeó con la vara de la fusta, haciéndome temblar de dolor. Tú no dijiste nada, y toda tu respuesta fue otro fuerte palazo exactamente en el mismo sitio en el que golpeaste la primera vez. Luis repitió movimiento, mientras yo apretaba los dientes y trataba de relajarme. Pero no podía. Tus azotes eran cada vez más violentos, y también lo estaban siendo los fustazos de Luis. Yo daba las gracias con cada golpe, y apretaba los dientes tratando de no gemir de dolor (no te gusta, me lo has dicho muchas veces).

    Además, mientras me estabas pegando podía ver de reojo como José seguía con la cabeza entre tus piernas, y supe a ciencia cierta que te habías excitado al pegarme y que seguías mojándote. Estuvisteis un buen rato azotándome y de pronto le dijiste a José que podía levantarse y que se acercara con Luis. Les pediste que se pusieran un collar cada uno (de hecho les pediste que cada uno se lo pusiera al otro), y que, desnudos como estaban, fueran a la cocina para preparar algo de comer. Estabas hambrienta.

    Nos quedamos solos y acariciaste con ternura mis marcas en la espalda, piernas y glúteos. Estaba llorando de dolor, pero no quería que lo notaras. Sin embargo, mientras me acariciabas las heridas, dijiste:

    “Si sigues llorando me voy a excitar y voy a follarme a uno de estos dos, así que procura contenerte, perra desobediente. Espero que en lo que te queda de vida de perra full-time aprendas a obedecer a tu Dueña. O puedes estar seguro que esto que has sentido ahora serán cosquillas comparado con lo que pienso hacer contigo. Te quiero, pero no voy a consentir que me desobedezcas. Menos aún delante de ningún sumiso. ¿Está claro, verdad?”.

    Ladré para que supieras que había entendido el mensaje, y acariciando mi cabeza me dijiste que me tumbara en el suelo a tus pies. Incluso me diste permiso para dormir si estaba cansado. Te giraste para coger el teléfono y estuviste un rato con él, sin prestarme atención así que, quizás por aburrimiento o quizás por cansancio, me debí quedar dormido.

    No pasó mucho rato cuando escuché el ruido de cubiertos. Estabas comiendo en la mesa del salón. En el suelo, de rodillas y desnudos estaban José y Luis. Ibas poniendo comida en tus pies, y ellos se lo comían directamente de tus pies. Al verlo sentí una punzada de envidia. Me sentí humillado. Esos eran mis pies, y nosotros comíamos muchas veces así. Me di cuenta que cada uno estaba comiendo de uno de tus pies, y que tenías una cadena corta que unía ambos collares, de modo que no podían comer a la vez, y siempre tenía que ceder uno de ellos. Normalmente colocabas la comida en uno de los pies, de forma que era el sumiso de ese pie el que comía, y el otro el que se acercaba… pero de vez en cuando ponías comida en tus dos pies a la vez, y había un momento de lucha entre ambos sumisos. Ambos querían comer de tus pies antes que el otro. Tú te reías viéndoles luchar, y les dijiste que te encantaba ver sus ganas y su ansiedad por comer a tus pies. Que te hacía sentir bien tener a dos sumisos a tus órdenes.

    Me miraste y te diste cuenta que estaba despierto. Entonces te levantaste y te acercaste a mi lado. Colocándote en cuclillas y enseñándome tu precioso coño, colocaste el bol debajo de ti y measte dentro, llenándolo casi por completo. Sin decir nada te levantaste a la cocina y cogiste un saquito pequeño de pienso de perro que habíamos comprado un par de días antes. Echaste el pienso en el mismo bol y empujándolo despacio con el pie, lo colocaste al lado de mis patas delanteras y dijiste:

    “Come perra. Tienes que estar activo para que no te quedes dormida”.

    Volviste a la mesa y seguiste comiendo, hasta que les pediste a los sumisos que fueran a la cocina a cuatro patas y trajeran la tarrina de helado que ellos mismos habían traído esa mañana. Les pediste helado de chocolate, y por supuesto lo trajeron. Liberaste la cadena que les unía y les ordenaste recoger la mesa y la cocina, así que desaparecieron durante un buen rato, dejándonos solos en el salón.

    Yo comía y bebía del bol y te miraba de vez en cuando. Pero no me prestabas atención. Estabas mirando el teléfono mientras tomabas tu helado de chocolate preferido. Te conozco bien, y hubiera apostado a que estabas leyendo tus notitas en Google Keep. Siempre que tienes una situación que llevas deseando durante mucho tiempo intentas dejar escritas notas con cosas que quieres hacer, porque siempre dices que luego, con la emoción y con la excitación, se te olvidan y te da mucha rabia.

    Me acerqué a ti con ojos de perrito pochón, pero no me miraste. Y al rato, te escuché:

    “Perro, vete a la habitación y trae unas mallas negras y un top. Llevo horas desnuda y quiero descansar un poco”.

    Sin dudarlo, me dirigí a cuatro patas a la habitación y con la boca cogí unas mallas negras y un top rojo que te sentaba increíble. Te lo coloqué en el regazo y no me diste ni las gracias. Me tumbé a tus pies y apoyé mi cabeza sobre ellos, pero me diste una patada suave en la cara y dijiste:

    “Vete, chucho. No me molestes”.

    Ladré y girando 360º sobre mí, me dirigí a la otra esquina del salón, justo debajo de la ventana, en una esquina soleada. Me coloqué de medio lado y volví a quedarme adormilado, pero al rato sentí que Luis y José entraban en el salón comentando lo buena que estás y lo bien que follas. Creo que lo hicieron a posta, porque incluso subieron algo el tono cuando me vieron allí tumbado. José me miró y sonrió. Yo, sin embargo… agaché la mirada y cerré los ojos. No podía decir que no me hubieras avisado, pero aún eran las 4 y media de la tarde y sentía que esas 24h se me iban a hacer muy largas. Sin embargo, estaba dispuesto a entregarte mi humillación para que disfrutaras de ella (y también de los dos sumisos).

    Cuando viste entrar a los sumisos en la habitación, les pediste que se acercaran. Me mirabas y les mirabas a ellos dos. Ellos de pie, desnudos, a un metro escaso del sofá en el que estabas tumbada, ya vestida con las mallas negras y el top rojo que te había bajado hacía unos minutos. Yo tumbado en el suelo. Entonces me di cuenta que tu mirada quería decirme una especie de “esto de lo dedico”, y estiré un poco el cuello, mirando hacia donde estábais y tratando de escuchar bien lo que les decías.

    “Quiero dormir una siesta. Nos quedan muchas horas por delante, pero quiero descansar un rato. Salid a la piscina o bajad al salón de juegos. Haced lo que queráis, pero no quiero veros en el salón. Quiero estar aquí tranquila, con la tele puesta y mi chucho a mis pies. Dentro de 1h30 minutos quiero que entréis en el salón. José, deseo que me despiertes como sabes que hace mi puta cada día. Luis, mientras tanto quiero que te quedes de rodillas a su lado. Sin decir ni hacer nada. ¿Está claro, chicos?”.

    Ambos contestaron que sí y salieron por la puerta del salón para tumbarse en la piscina. Escuché los chapuzones y pude ver cómo se tumbaban desnudos al sol, simplemente con el collar que les habías puesto. Imaginé que me dirías que me acercara, pero no lo hiciste. Te colocaste de medio lado, encendiste la tele y cerraste los ojos. Yo hice lo mismo y ambos nos quedamos dormidos. Me hubiera gustado dormir pegado a ti, besándote… acariciando tu pelo y diciéndote mil te quieros, pero los perros no hablan. Me lo habías repetido varias veces en las últimas horas, así que no hice nada y me quedé dormido soñando contigo.

    Pasado un buen rato (supuse que a la hora acordada) sentí ruido a mi alrededor y pude comprobar medio dormido que José estaba lamiendo tus pies, arrodillado frente al sofá. Estuvo más de 20 minutos tratando de que te despertaras, pero dormías profundamente. Entonces te moviste un poco en el sofá y te sentaste, arrastrando tu coño hacia el extremo del sofá, en una clara invitación para que te diera placer. Sin embargo, cuando se acercó con su lengua hacia tu precioso coño depilado, le agarraste la cabeza y le dijiste.

    “Dime José, ¿te apetece una mamada antes de comerme el coño o después?”

    José te dijo que no sabía, que le daba igual, pero tú, con fuego en la mirada, le dijiste:

    “Sabes que cuando hago una pregunta concreta, exijo una respuesta concreta. Si no sabes hacerlo, le haré la pregunta a Luis”.

    Entonces, José contestó que prefería la mamada antes de comerte el coño, y tú, sonriendo y agarrando su polla que empezaba a coger tamaño, exclamaste:

    “Mucho mejor. ¿Ves qué fácil son las cosas cuando te las recuerdan? Te lo digo porque a partir de ahora no voy a repetir la pregunta, ni a exigirte una respuesta clara. Si no lo haces, tengo aquí otro sumiso que seguro que aprende rápido. ¿Verdad, Luis?”

    Luis contestó con un escueto “Sí, Señora” mientras tu estabas masturbando a José. José permanecía de pie al lado del sofá, y tú le estabas masturbando con la mano derecha. Entonces, mirando a Luis, exclamaste:

    “José, nuestro invitado se está aburriendo. ¿Qué te parece si mientras yo te masturbo a ti tú haces lo mismo con él?”.

    José te miró y dudando un segundo comenzó a masturbar a Luis. Se escuchaban los gemidos de ambos al ritmo de tus sacudidas y de las de Luis, y entonces, riendo, comentaste:

    “Poneros de pie, uno frente al otro. Quiero que cada uno le haga una paja al otro. Y vamos a hacer un concurso. El que se corra primero pierde. El que aguante follará conmigo. ¿Os parece bien, putitas?”

    Ambos se quedaron mirándose y tú hiciste la clásica cuenta atrás. Al llegar al 0 ambos comenzaron a masturbarse uno al otro. Los nervios y las prisas hicieron que todo fuera acelerado y violento. Los dos sumisos doblaban su cuerpo para impedirle al otro que pudiera masturbarle y así evitar correrse, pero te diste cuenta enseguida y cogiendo la fusta, te pusiste de pie a su lado.

    “Ambas espaldas rectas. Al que note que se mueve para impedirle algo al otro, se lleva 50 fustazos y por supuesto queda eliminado”.

    Ambos se dieron cuenta de que la cosa se estaba poniendo seria y siguieron buscando que el otro se corriera antes, para poder follar contigo, pero entre los nervios y las prisas, ninguno conseguía que el otro se corriera. Entonces dijiste:

    “Voy a ayudaros un poco”.

    Y girándote abriste el cajón de la mesa baja del salón y sacaste el vibrador rosa que te regalé hace tiempo y comenzaste a masturbarte tumbada en el sofá, obligándoles a mirarte. Yo estaba excitado con la imagen. Adoro ver cómo te masturbas. Muchas veces lo haces delante de mis narices (literalmente) y me excita muchísimo a la vez que me humilla… pero hacerlo mientras dos sumisos se pajean desesperados por hacer que el otro se corra y así poder follar contigo, era lo más.

    Estabas muy excitada. Te excitaba el juego. Te excitaba el poder que tenías sobre todos nosotros, pero además la escena era excitante de por sí. Yo te miraba y sabía que estabas a punto de correrte, así que a cuatro patas me acerqué a tu lado y comencé a ladrar. Al verme a cuatro ladrando, con la máscara de perro, mi pollita enjaulada y el plug con la cola de zorra asomando por mi culo, sentiste que tenías todo lo que querías, y acelerando el ritmo, te corriste mirándome.

    Entonces José te miró sin saber qué hacer. Conocía esa duda perfectamente, y también la forma en la que juegas con ese tipo de situaciones. Si seguía masturbando a Luis, recibiría una reprimenda por no acudir a limpiarte, como era su obligación por ser el sumiso (suplente). Y si acudía a limpiarte, corría el riesgo de que le dijeras que había desobedecido tu orden directa de masturbar al otro nadie. Mirándole, le preguntaste:

    “¿Qué pasa José? ¿No sabes qué hacer? No parece tan fácil ser mi sumiso, ¿no? A lo mejor así aprendes a valorar a Pedro y te das cuenta lo insignificantes que me parecéis todos los demás. Pero como te veo dudar con tus obligaciones y la orden existente, vamos a subir un poquito el nivel, ¿os parece, putitas?”.

    Los dos sumisos afirmaron con la cabeza sin tener ni idea de que es lo que tenías en mente. La verdad es que yo tampoco lo sabía, pero seguía a tu lado en el sofá mientras seguías masturbándote en búsqueda de tu segundo orgasmo consecutivo. Viendo como se masturbaban y mordiéndote los labios, les dijiste:

    “Poneros un condón cada uno y tumbaros en el suelo. Quiero que os hagáis un 69. El juego sigue siendo el mismo. El primero que se corra pierde. El que aguante follará conmigo”.

    Los dos sumisos parecieron remolonear. Se ve que a ninguno de los dos le entusiasmaba la idea de comerle la polla al otro, pero una orden es una orden. De hecho, viendo que no terminaban de cumplir, me acerqué a cuatro patas y me puse a ladrarles, como un perro tratando de llamar su atención.

    Tú reías mientras seguías masturbándote, y ellos captaron el mensaje perfectamente. Se pusieron un condón y Luis se tumbó en el suelo mientras seguía masturbándose para no perder la erección. Al rato fue José quién se colocó encima y al revés, para empezar a hacer ese 69 que les habías ordenado hacer. Estuvieron bastante rato. Yo les observaba y me daba cuenta de que ninguno de los dos lo estaba haciendo con pasión, sino simplemente tratando de cumplir la orden de la forma más ligera posible.

    Te diste cuenta de que no se lo estaban tomando todo lo en serio que exigías y dijiste:

    “Vaya. Parece que tenéis un pacto de no agresión para que no haya un perdedor. No os preocupéis. No habrá perdedor si eso es lo que estáis buscando. Pero tened claro que tampoco habrá un ganador. O mejor dicho. Los dos vais a perder, y yo voy a follarme al que me apetezca, pero lo haremos de otro modo”.

    Dejaste de masturbarte y tu mirada cambió por completo. Conozco bien esa mirada aunque tengo la suerte de no haberla vivido muchas veces. Hay fuego en tu mirada. Deseo contenido. Furia ante la desobediencia. No soportas que te desobedezcan, y menos aún dos sumisos que no están sabiendo aprovechar la oportunidad que les estás dando. Pensabas hacérselo pagar, y no tardaste mucho en demostrárselo.

    “A cuatro patas los dos”, dijiste. “Quiero que os pongáis con el hombro derecho de uno pegado al hombro izquierdo del otro. Vamos, no tengo todo el día”.

    Los dos sumisos hicieron lo que ordenaste, y tu cogiste la pala personalizada con nuestros nombres y comenzaste a pegarles con ella de forma aleatoria. Ibas cambiando entre culo, espalda y costado de cada uno de ellos, sin aparente orden ni concierto. Pero te observaba desde mi posición y tenía claro que estabas contando los impactos en cada uno de ellos. En un momento dado, José se dejó caer al suelo, pero eso hizo que te ensañaras con él. Dedicaste todos tus azotes a su culo y su espalda, mientras le ordenabas que volviera a su posición. Pero se había derrumbado. Estaba hecho un ovillo, intentando parar los golpes y pidiéndote por favor que no le pegaras más. Pero seguías pegándole. Estabas furiosa y te estabas excitando conforme te rogaba que parases. En un momento dado, y con la intención de ayudarte, ladré tres o cuatro veces. Paraste, me miraste y acercándote a mí, me dijiste:

    “Buen chucho. No sé qué hago aquí con estos dos idiotas. Eres todo lo que deseo. Pero… ya que los tengo aquí… casi que me los follo, ¿no te parece, mi amor?”.

    Volví a ladrar y froté mi cabeza con tu pierna. Acariciaste mi cabeza y me pediste que me pusiera a cuatro patas y te subiste sobre mí, como si de una amazona se tratase mientras, con determinación, dijiste:

    “Ven Luis. Tengo ganas de sentir tu polla en el culo, y parece que José no tiene ganas”.

    Te tumbaste apoyando tus bonitas tetas en mi espalda, dejando tu precioso culo expuesto y Luis se colocó detrás de ti. Sentí perfectamente que estaba empujando su polla en tu culo porque podía sentir cada movimiento en mi cuerpo. No pasaron ni treinta segundos, cuando le dijiste:

    “Vamos, puta. Fóllame el culo. Lo estoy deseando… y estoy deseando que mi perro sienta cada una de tus embestidas y que se excite con mi placer mientras su minúscula polla lucha por salir de la jaula de castidad”.

    Efectivamente estaba excitado. Me conocías tan bien… y más me excité todavía al escuchar tus gemidos al ritmo de las embestidas de Luis, que follaba con ganas tu precioso culo mientras José seguía tumbado cerca del sofá. Estuvo bastante tiempo follándote, y tus gemidos iban en aumento, acompasados con una respiración cada vez más comprometida. Entonces sucedió. Te corriste mientras Luis te sodomizaba, y mientras lo hacías le dijiste:

    “Córrete zorra. Córrete dentro de mi culo. Ahora”.

    Luis aumentó la velocidad y la intensidad de sus embestidas. Pensaba que iba a tirarte de encima de mi espalda al sentir la fuerza que transmitía, pero pasado algo menos de un minuto se vació por completo entre gemidos de placer. Y después, ese silencio solo interrumpido por dos personas que han tenido sexo y que ahora compiten por el mismo oxígeno. El olor a sexo se expandía por la habitación, mientras Luis salía cuidadosamente de tu interior y se quitaba el condón.

    Cuando te diste cuenta de que acababa de quitárselo, le dijiste:

    “Ahora te tragas tu leche, puta. No pensarías que te iba a salir gratis follarte este culazo, ¿verdad? Venga, que yo lo vea. No desperdicies ni una gota, guapito”.

    Sin dudar, Luis vació el contenido del condón en su boca y te dio las gracias. Te acercaste y le diste un beso en la mejilla. Tenía claro que volvería a ver a Luis. Se estaba portando muy bien, y sentía que te gustaba follar con él.

    Seguidamente miraste a José, que estaba humillado y desatendido, y que te miraba con ojos de rabia. Te acercaste a su lado y le acariciaste la cara. Inmediatamente después, le diste un tortazo con la mano abierta que casi hace que, con su 1,90 acabe en el suelo. Te miró con rabia, y repetiste el tortazo. Después otro. Y otro. Le agarraste del pelo, te acercaste a su boca y le escupiste en los ojos diciéndole:

    “Zorra barata. No vuelvas a desobedecerme ni a retarme en tu vida o no volverás a saber de mí. Y ahora ponte a cuatro patas en el sofá, que te voy a enseñar para lo que sirves”.

    José se colocó a cuatro patas. Te acercaste con una mordaza que él mismo te había regalado y se la pusiste bien apretada. Igualmente le colocaste una jaula de castidad mientras le decías:

    “Querías ser mi sumiso, ¿no?. Pues aprende a bajar la cabeciña y a asumir tu condición. Tu humillación es mi placer, y eso es lo único que debería importarte… no las veces que folles conmigo. Siempre te he visto venir. Eres un jugador, no un sumiso… pero ya que hoy eres tú mi sumiso suplente voy a usarte como tal, y de paso voy a darte una lección que no olvidarás fácilmente”.

    Y te giraste enérgicamente para colocar tu strap con el dildo negro, el más grande y grueso. En broma lo llamamos “el destructor”. Te acercaste con “el destructor” calzado en tus caderas y agarrándole del collar le hiciste levantar el cuello, para inmediatamente metérselo en la boca. No le cabía. Es muy grueso, pero igualmente le hiciste que lo lubricara con la boca mientras decías:

    “Más te vale que seas capaz de lubricarlo, porque tal cual lo saque de tu boca voy a follarte con él. Y si no está muy lubricado lo vas a sentir. Vamos, traga, puta”.

    Y después de provocarle varias arcadas te giraste para colocarte detrás de José, al que pediste que sacara el culo por un extremo del sofá para quedar expuesto. Cuando lo tuviste en posición me llamaste con una seña. Me acerqué a tus pies y me quedé mirando. Te agachaste un poco y me susurraste:

    “Te lo dedico, mi amor”.

    E inmediatamente tu strap empezó a intentar abrirse paso atravesando el culo de José, que no paraba de moverse y de gemir, emitiendo todo tipo de quejidos. Yo te miraba y conociéndote como te conozco, estaba segura que esa actitud estaba acabando con tu paciencia, y efectivamente debió ser así, porque dejaste de empujar con “el destructor” y le pediste a Luis que te trajera las cuerdas rojas que tenías perfectamente enrolladas.

    Hiciste a José bajar del sofá. Te miraba con ojos de pánico, pero tú ni siquiera le mirabas. Le hiciste colocarse de pie junto a uno de los extremos de la mesa del salón. Le ataste los tobillos a las patas de la mesa y le ordenaste que apoyara su pecho en la mesa, estirando los brazos hacia las patas contrarias. Ataste sus muñecas a las patas, y después de asegurar que no podía mover ni piernas ni brazos, hiciste que su tronco quedara completamente inmovilizado contra la mesa. También le pusiste una mordaza y ataste su cabeza, de modo que estaba completamente inmóvil. Conozco bien esa sensación, porque me habías atado en esa mesa cientos de veces. Pero por suerte nunca te había visto con la expresión tan enfurecida, ni con tanta determinación. Tu lenguaje corporal indicaba que tenías un buen cabreo. Pensé en José y estuve seguro que sería la última vez que vería su cara. Te colocaste detrás y escupiendo en su culo, hiciste que “el destructor” fuera abriéndose paso hasta desaparecer por completo en su culo.

    Se escuchaban los gemidos de José, así como sus gritos ahogados por la mordaza, pero no te importó lo más mínimo. Comenzaste a follártelo duro, fuerte, rápido. Estabas empujando tan fuerte que el extremo contrario de la mesa terminó golpeando contra la pared. José intentaba gritar, pero no podía moverse ni un centímetro. Siempre me asombra lo bien que se te dan las cuerdas. Si te lo propones eres capaz de inmovilizar por completo a una persona, y esa era la tesitura en la que se encontraba José. Follado violentamente por ti y sin poder mover ni un centímetro su cuerpo. Tan solo sus débiles gemidos interrumpían tus gemidos y tu respiración agitada por la intensidad de tus embestidas.

    (continuará)

  • Nuevas experiencias en mi haber

    Nuevas experiencias en mi haber

    Aunque ya tengo 57 años, desde 2015 sigo en este foro a algunos autores de relatos eróticos y gracias a ello decidí ser más abierta en mis relaciones, a entender algunos de los entresijos de mi mente y disfrutar su exploración. En este caso, la autora Mar, originalmente en una situación como la mía: me gusta el sexo oral, pero a mi esposo no, incluso se niega a que le mame la verga “porque es antihigiénico”, y ni se diga que él me chupe la panocha.

    Afortunadamente, en todas mis relaciones anteriores sí tuve ese placer completo, incluso a uno de mis “amigos” –José, de quien ya escribí en el relato “¡Rico!”– sólo eso le permití durante casi 30 años, a los otros sí los dejé hacer mucho más. Sucede que al amante de Mar le gusta mucho chuparla cuando está cogida, incluso le pide que llegue a verlo, sin bañarse, después de que su marido la tuvo en cama todo el fin de semana y, más aún, también le lame la piel cuando ella se dispersó el semen de su marido en ella.

    En algún comentario de los relatos de ella, yo escribí “Me parece que José me chupa más rico cuando mi marido me ha tomado. Voy a explorar el asunto preguntándole si le gusta más chuparme cuando llego cogida.” Mar, aseguró que era por eso y me hizo una sugerencia “Si te la chupa más rico cuando estás cogida, seguramente es porque le gusta la leche en la panocha. Cuando llegues cogida con José, y te la chupe, pregúntale ‘inocentemente’ si le gustó así, ‘porque olvidaste limpiarte’.”

    Efectivamente, planeé tirarme a mi marido las dos noches anteriores a una de mis visitas con José y pasó lo que viene después.

    Al llegar a su departamento, José me besó mientras me desvestía, él también lo hacía consigo. Cada pieza de ropa que me quitaba dejaba libre una porción de piel que él me acariciaba y me besaba. Cuando me quitó las sandalias mis pies recibieron, además de caricias y besos unas ricas chupadas. Después de que estuve en ropa interior, al quitarme el brasier, talló mis tetas en su pecho, me dio media vuelta y con sus mejillas acarició mi espalda, mientras sus manos amasaban con regocijo el frente y, eventualmente, me retorcían los pezones. ¡Yo estaba con la piel “chinita” por lo caliente! y pasé mis manos para atrás y atrapé su falo, le estiré el pellejo y con el pulgar distribuí el presemen en su glande.

    Me volteó otra vez y chupó con enjundia mis senos, yo gemía y seguí jalándole la verga. Poco a poco, en cada bocanada que él me daba para cambiar de chiche, me iba acercando hacia la orilla de la piecera de la cama. De pronto, me empujó hacia el colchón y caí hacia el lecho; se escuchó el chasquido de su boca al soltarme violentamente el pezón. Me abrió las piernas y comenzó a chuparme la vagina. Se notaba que le gustaba mucho el sabor. incluso, lamió con deleite las ingles y espetó en un grito “¡Qué rica estás hoy, putita cogedora!”, era claro que se refería a mi estado de mujer que había satisfecho a su esposo con el saludo mañanero. El pene estaba muy erecto, “¿Tomaste Viagra?”, pregunté al ver duro tronco y el babeante glande coronado por una gota de presemen. “No es necesario, estás deliciosa y tu sabor estimula mucho”, dijo al penetrarme de un solo envión. Se movió y sentí un chorro caliente dentro de mí, el cual me hizo moverme hasta lograr el orgasmo y, simultáneo a mis contracciones, vinieron dos chorros más de semen que me obligaron, involuntariamente, a tener contracciones en la vagina y soltar más jugos. Aunque la acción se había completado plenamente, el pene continuó tieso por un momento más, chacualeando en el mar de excreciones que aún soltábamos… ¡Delicioso!

    Con José encima de mí, empecé a sentir una somnolencia abrumadora y quedé dormida, ¿o me habré desmayado? Sentí que José se quitó de encima. Cuando desperté, José me dijo “Por lo visto no habías dormido bien por coger tanto”.

    –Sí, cogí mucho. No sé cómo se despertó mi marido, pero a mí se me hizo tarde porque yo me quedé en la cama cuando él se fue. Me vestí rápido para no llegar tarde contigo. Perdóname por venir sin bañarme, y sin limpiarme –expresé ante su atento y sonriente rostro.

    –Pocas veces me ha tocado chuparte así, muy cogida y siempre me has sabido muy rico, pero hoy fue lo máximo, ¡aún estabas con escurrimientos del amor, tus piernas sabían a Gloria! –dijo esto último entornando los ojos.

    –¿Te gustó chuparme así, con semen? –le pregunté asombrada.

    –No es el semen de tu esposo, que no ha de saber mal, sino su mezcla con los jugos que sueltas cuando te vienes –confesó.

    –¿Ya has probado a otras así? –pregunté conteniendo los celos, pero sabedora que José se ha cogido a muchas.

    –¡Claro! por eso me gusta más chuparme a las casadas… –externó sin prejuicios.

    –¿Prefieres que venga a ver así, cuando nos veamos? –pregunté recordando que el amante de Mar le pide que llegue muy cogida a verlo.

    –¡Sí, bien cogida y salpicada de amor! –suplicó.

    –El día de tu santo no voy a poder, porque empieza fin de semana largo, pero lo ocuparé para coger con mi marido todo lo que pueda. Ya verás el martes como quedo. Pero si traigo algo de leche en el cuerpo, me la limpias con la lengua, ¿eh…? –le advierto con descaro y sólo recibo una sonrisa y un movimiento de asentimiento con la cabeza.

    Me quedo pensando que raras veces me queda semen en otra parte, pero sí voy a traer lo que me quede de una cubana que haré antes de dormir el lunes, más lo que ordeñe en la mañana del día de “San Benito Juárez”, como decimos para hacer repelar a las tías santurronas.

    Ahora soy yo quien se pone a chupar paleta y José me acomoda en 69 para saborear el atole de amor que hemos hecho. Otra cogida y nos metemos a la regadera antes de despedirnos.

    En casa, repaso los relatos de Mar para saber qué hacer cuando tenga que ordeñar a mi marido. Llega el sábado y desde temprano, mi marido y yo nos encamamos. El domingo, mientras mi marido se baña, yo hago el desayuno sólo con la bata puesta, y desayunamos después que él se viste. Me meto a bañar, cuidando de no enjabonarme la panocha. Vamos a misa y a comer con los parientes. Regresamos a casa y después de merendar nos metemos a la cama. “Este lunes quiero pasarla aquí”, le digo acostada y desnuda, extendiendo los brazos para que me cubra. “A ver si me aguantas el paso”, dice presuntuosamente, pero sabedor de que me saca muchos orgasmos antes de que él se descargue en mí.

    Al despertar, después de darme los buenos días y cabalgarlo hasta el desmayo, volvemos a dormir. Me levanto a mediodía para hacer unos bocadillos y llevarlos a la recámara, acompañados de una botella de vino francés. Prendo la pantalla y coloco un DVD pornográfico “Lo pedí prestado para ver qué aprendemos”, le digo y, en cuanto comienza la acción, se le para la verga.

    –¡Esto se está poniendo bueno! –exclamo moviéndole el palote a Gerardo –. A ver cuántas posturas no hemos hecho.

    –Seguramente todas ya las hemos recorrido, me contesta poniéndose a chupar mi pecho y acariciar mi cuca. ¡También ya estás caliente, como la de la película! –me dice moviendo los dedos en mi raja mojada.

    –¡Esa quiero! –le digo cuando el galán se pone a chuparle la vagina a la señora– ¡Mira cómo hace gozar a su amada! –le indico para llamar la atención a la doña con cara de puta calentísima, quien se mueve tratando de alcanzar el pene erecto del caballero, quien, sin soltar la boca de los cuatro labios de ella, concede acomodándose en un “69” –Sí, así, mi amor, quiero así. Gerardo se queda atento, pero sólo me besa la panza y baja a darme otro beso en el pelambre.

    Me penetra en tanto que mis ojos no se apartan de la pantalla y entiendo lo que menciona Mar: “Me caliento pensando en lo que la lengua de mi amante hará con esta ordeña” y en la pantalla me parece ver a José y a mí degustándonos. Mi venida es apabulladora.

    –¿Ves que no es necesario, mi amor? Te vienes muy bien así, con esta verga adentro… –dice mi marido, y yo tiemblo disfrutando cómo navega su mástil dentro de mi ser…

    –Sí –le respondo quedándome quieta por el sopor.

    Los mimos continúan después de que vimos la película y descansamos acariciándonos mutuamente. Vuelvo a levantarme para hacer unos emparedados y llevar otra botella de vino.

    Más tarde, después de otra cogida, me pongo de rodillas sobre la cama y le escurro el pene con la mano, lamo mis dedos. “Sabe rico, pruébalo aquí abajo” le digo acercándole mi panocha a la cara.

    –¡Qué cochina! –exclama y yo me río, pero me abstengo de mamarle la verga flácida y húmeda.

    Me sirvo lo que queda de vino y me lo tomo. “Ya mi limpié la boca”, le digo y le doy un beso que corresponde después de titubear un poco. En la noche, cuando ya vamos a dormir, me vuelve a besar el triángulo, que tiene pegados varios de los pelos con la mixtura de nuestro amor.

    –De veras, ¿ya lo has hecho así? –me pregunta algo compungido.

    –No me vayas a salir celoso, ya sabes que no fuiste el primero, ni yo la primera para ti –le digo seriamente y lo invito a ponerse de pie sobre la cama.

    Cuando está parado, él me advierte “¡No me la vayas a chupar!”, haciendo el tronco del pene hacia arriba, ocultando su glande en la palma de la mano. “No, pero te haré algo que no te han hecho” Me hinco y le envuelvo la verga con mis tetas (claro que me acuerdo de otros afortunados) para comenzar a hacerle una cubana. Pronto eyacula, dejándome una gruesa salpicadura de semen que escurre por mi pecho mientras Gerardo trata de sostenerse de la cabecera de la cama en tanto que su respiración se tranquiliza.

    No me cabe duda que éste ha sido uno de los mejores trabajos de ese tipo que he realizado. Me pongo de pie y le ofrezco el pecho preguntándole “¿Así si quieres probar…?” Me mira al pecho y niega con la cabeza. “Lástima”, digo y, mientras Gerardo se recuesta, me empiezo a distribuir el semen con la mano, principalmente en los pezones. Al poner la crema de mi marido en las aureolas pienso en la boca de José, y ya quiero ver la cara que pone cuando le diga, como Mar le dice a Bernabé: “Te traje tetas con crema”. Voy al baño a orinar esperando que se seque el semen que se ve como espuma.

    Regreso a la cama y Gerardo ya duerme. Me pongo a escribir esto. Mañana, al despertar, le haré la última ordeña. Le prepararé el desayuno para que parta a la escuela, donde debe estar temprano para los “Honores a la Bandera” y conmemore el natalicio de Juárez. Guardo la máquina y sé que al regresar de retozar con José terminaré de escribir esta aventura.

    Todo salió como debía ser. Al irse mi marido, le hablé a José para decirle que iba a verlo y, aunque fuera día de San Benito, yo iría a festejar a San José. Advirtiéndole que estaba como me había pedido.

    Al llegar con José, me recibió en bata y después de besarme me llevó a la recámara para desvestirme. Se deshizo de la bata y quedó, deslumbrante una vergota enorme “¡Ay, papasito!” dije tomando ese tolete maravilloso que me recordó al de mi padre, ¡cómo me hubiera gustado haberlo hecho con papá!, no lo niego, pero nunca me atreví a dar el paso…

    –No me vas a engañar, esto es porque tomaste tus pastillitas azules –dije.

    –Claro, te las mereces, Estrellita –me contestó José, llamándome “Estrellita”, como me llamaba mi padre, y creo que ninguna vez se lo había mencionado a José.

    –De regalo, te traje a mí, llena de amor que recogí para tu gusto –y José me bajó la pantaleta olfateando profundamente mi cuca–. Además, te traje “tetas con crema” –le dije ofreciéndole mi pecho, que aún conservaba varias escamas de la leche que me unté.

    José se puso a mamar, metiéndome los dedos entre mi mojada entrepierna; subió el aroma del perfume de mi sexo. Me limpió una teta y siguió con la otra, ¡obviamente, además de mi olor a jaiba, olía a semen al contacto de la saliva! Yo envidiaba a José, pues pocas veces, y muy furtivamente, puedo saborear la eyaculación de mi consorte. “Bésame”, le pedí cuando terminó de mamar, y saboreé en la boca de José el amor de mi marido.

    Nos acostamos formando el “69”. ¡Me vine dos veces, mientras José me chupaba con frenesí!, me lamió tanto la panocha como las verijas. “¡Qué rico río de amor sueltas, nenita!” me decía cada vez que yo me chirreaba con las caricias de su lengua y… me llenó la boca con su primera venida. “¡Así, papi, vente en mi boca!”, grité imaginando que era mi padre quien estaba conmigo. Quedamos rendidos y descansamos. lentamente, el falo de José disminuyó de tamaño, pero no quedó exangüe. me pregunté si no habría tomado dos pastillas en lugar de una.

    –¡Gracias por el regalo! –me dijo José acariciándome la barriga.

    –Fue un gusto, y lo haré cuantas veces pueda –contesté al subirme en él para cabalgarlo, su pito se irguió rápidamente al contacto con mis labios interiores.

    Cabalgué, apachurrando sus huevos con mis nalgas y él se extasiaba con las sacudidas de mis chiches al compás de mis sentones. Me vine dos veces más antes de caer sobre su cuerpo que me recibió en un abrazo. Su verga permanecía dura y la paseó en círculos por mi oquedad, yo lo disfrutaba y temía que me fuese a desmayar con tanto placer. Al rato se salió de mí y me dejó dormir un rato.

    Al despertar, me puso de perrito y me penetró con tal maestría que grité sin recato, como nunca lo había hecho “Cógeme mucho papacito, vente en tu nena, toma la Luz de tu Estrellita”, le gritaba a mi padre y no a José. Esta vez, después de sentir en mi útero dos tremendos trallazos de calor, sentí cómo se deshinchaba el pene y en el espejo, al caer José hacia la cama, vi que su semen me escurría formando hilos largos por la viscosidad de mis flujos con su semen. También vi escurrir mis lágrimas, feliz de haber sentido cómo hubiese sido el amor con mi padre.

    Mientras José dormitaba, reponiéndose, yo recogía con mis dedos lo que podía de ese amor y lo saboreaba como el mejor postre de mi vida. Ahora entiendo porque les gusta chuparnos ya cogidas…

    Después de bañarnos, y aunque sentía debilidad por tanto orgasmo, me despedí de José: “¡Felicidades y muchas gracias por este día! Ha sido… Un día completo” y solté unas lágrimas al cerrar los ojos e imaginarme besando yo a mi papá.

  • Lo que deja la mitología

    Lo que deja la mitología

    Si hay algo que me apasiona es la lectura, sobre todo, la mitología griega, tiene mucho para compararla con la actualidad, historias, tragedias, desgracias y sus hazañas entre otras cosas, a pesar ser una civilización tanto vetusta como primitiva.

    He leído mucho sobre el tema del incesto, que todos conocemos, practica de relaciones sexuales entre individuos con proximidad sanguínea, cosa que se ha escrito mucho y en reiteradas oportunidades dentro de los textos sobre mitología.

    Quiero contar mi experiencia, pero me pareció valedero hacer un racconto sobre algunos de los casos más conocidos de esta temática.

    EDIPO Y YOCASTA: la más conocida, siendo que el rey de Tebas, ignorando la relación de parentesco, se casó con su madre luego de haber matado a su padre.

    TIESTES y su hija PELOPIA:

    TIESTES y ATREO, hermanos gemelos, hijos de PÉLOPE e HIPODAMIA.

    Estos dos hermanos tienen una historia de enfrentamientos y venganza.

    TIAS Y MIRRA

    De la unión incestuosa entre el rey Tías y su hija Mirra nació el mítico Adonis.

    ZEUS Y DEMETRA

    Zeus, hijo menor de Crono y Rea, padre de todos los dioses, tuvo como amante a su propia hermana menor, Demetra, con quien tuvo dos hijos: Perséfone y Yaco.

    ZEUS Y HERA

    Nuevamente, Zeus con su hermana mayor.

    Históricamente la humanidad, la literatura, y el arte en general, ha reflejado el tema incesto, muy pero muy interesante.

    Paso a relatar lo que me sucedió.

    Entrado el verano, finalizamos las cursadas de la facultad, tanto mi hermana como yo, Pigu (como le decimos en casa a mi hermana) y yo, hijos de padres separados hace bastante tiempo, decidimos vivir juntos y solos, para no ser sus rehenes.

    Pigu, bella persona, tanto por fuera como por dentro, 1,65 de estatura, rellenita, pechos firmes y un trasero bastante bien cuidado por el gym, pelo corto a los hombros y sobresalientes ojos color miel, 24 años, estudiante de veterinaria.

    Yo, Titu (también cariñosamente como me dicen todos) no soy un adonis, pero tengo lo mío, 1,82 de estatura, sin panza pero también con peso más allá de los 80 que debería, me mantengo atlético debido a la práctica de deportes, estudiante de periodismo, lector compulsivo con una biblioteca extensa, 200 títulos coleccionados por años, entre enciclopedias y textos.

    -Titu, te molestaría, ahora que estamos en vacaciones, tome algunos de tus libros para leer, no quisiera aburrirme.

    -No hermanita, están para ese fin, el o los que gustes.

    -Gracias amore, reviso cual me llame la atención.

    En verdad ni se me cruzo por la cabeza avisarle que tengo la costumbre de subrayar los párrafos que me interesan.

    Pasaban los días y la veía muy metida en varios libros, alternaba entre varios ávidamente.

    Se me ocurrió una idea, habiendo pasado casi quince días de finalizadas las clases, le digo:

    -Pigu, te hago una oferta, ya que no te he visto salir en los últimos 15 días, en realidad primero una pregunta y luego la oferta, ¿aun seguís saliendo con Raúl? Pues me gustaría que tomásemos la carpa y nos escapemos unos días a la playa.

    -¿De verdad? Si me encantaría, y bueno con Raúl cortamos hace rato, no te comente nada porque se de tu buena relación con él, ¿pero es real lo de la playa?

    -Sí, te lo mereces por el esfuerzo de tu estudio.

    No me dejo terminar, se abalanzó, salto sobre mi cintura y me rodeo con sus piernas, trabando sus pies en mi espalda, llenándome de besos, inclusive, depositando uno en mis labios, cosa que me extraño pues nunca lo había hecho, pensé que en el fragor de la alegría se le pudo haber “escapado”.

    Llamo a la empresa de micros para reservar los pasajes, con tanta suerte de conseguir para el fin de semana, el día sábado a las 6 h. Como era día martes, podemos preparar todo con tiempo.

    Transcurrió la tarde como todos estos últimos días, ambos leyendo, ella iba y venía a la biblioteca. Caída la noche, cenamos, disponiéndonos a dormir, cuando me saludo con el beso de buenas noches, me sorprendí, pues esta vez fue en la comisura del labio.

    Me dormí pensando en lo sucedido. Al otro día, al levantarme, encuentro todo preparado en el living, faltaba únicamente la carpa y vituallas para acampar.

    -Hola hermanito, no pude dormir pensando mil cosas, lo que voy a disfrutar este viaje y lo que tengo pensado hacer. Despreocúpate que ya puse en los bolsos todo lo necesario para ambos.

    -Que eficiencia y rapidez, adelantame que expectativa tenés para el viaje.

    Diciendo… sorpresa, me abrazo y me beso, esta vez en la mejilla, pero con una salvedad, apoyo con firmeza los senos en mi pecho y su sexo hizo contacto con el mío, que, estaba con una semi erección de esas matinales que solía tener, creo que hasta lo sintió terminar de crecer.

    El resto de la semana transcurrió normal, salvo una cosa me llamo la atención, comenzó a deambular por la casa más ligera de ropa, hasta una vez paso de su cuarto a la ducha en ropa interior, nunca lo había hecho; en una oportunidad me pidió mientras se bañaba, que le alcanzara un jabón, se lo lleve, estaba la cortina un poco corrida, se podía ver por el reflejo del espejo, su desnudez debajo de la lluvia.

    Debo reconocer, me gusto lo que vi, quede pensando, ver esas tetas firmes con unos pezones rosados parados y toda su entrepierna totalmente depilada.

    Llego el sábado, 05:45 h estábamos haciendo la fila para subir al ómnibus, despachamos el equipaje y nos dispusimos en los asientos, arriba a la derecha del conductor, salimos rumbo a la playa con los asientos casi vacíos, cuando arranco, me tomo del brazo como si fuéramos una pareja y me beso, ya descaradamente en la boca.

    A los pocos kilómetros se quedó dormida, yo quede con gana de preguntarle un montón de cosas.

    Paramos una vez para desayunar, no se despertó, baje solo, desayune y regrese al asiento, cuando el ómnibus tomo marcha nuevamente, se acomodó en su butaca, estirando un brazo sobre mí, lo apoyo en mi entrepierna, tuve la intensión de mover su brazo, pero no lo hice, confieso que me estaba gustando lo que pasaba.

    Al arribo, luego de cuatro horas de viaje, despertó, preguntando si llegamos.

    -Mi amor… perdón, Titu, ¿llegamos?

    -Si preciosa, llegamos, te debe haber parecido corto el viaje, cuanto sueño traías.

    -Dormí como un angelito.

    El camping quedaba cerca de la terminal de micros, así que llegamos enseguida, nos apuramos para terminar con el armado de la carpa, eligiendo el lugar ya que había muy poca gente, aun no comenzaba la temporada, almorzamos un sándwich para hacer un poco de playa.

    -Amore, (así me dice cariñosamente) vamos a cambiarnos a la carpa para ir al agua.

    -Si pequeña, anda nomas.

    -Pensé que venias conmigo.

    -Es que debo ir al baño.

    Cuando estoy regresando, me asombro lo que vi, estaba mi Pigu, con una bikini color blanco, dejaba ver más de lo que la imaginación puede, su entrepierna perfectamente depilada y el hilo dental que llevaba en la parte trasera que se fundía entre sus glúteos, la parte de arriba, eran dos triángulos que escasamente cubrían sus rosados pezones, a esta altura ya estaba en plena erección de mi miembro y pensando cómo salir de la carpa con la maya puesta.

    Llegamos a la playa que se encontraba a escasos 100 metros del camping, y como dos adolescentes nos miramos con complicidad, tomándonos de las manos, salimos corriendo hacia el mar, entrando al agua a los saltos para caer de plano con el abdomen entre las olas, nadando hacia lo profundo, paramos cuando el agua le legaba a sus pechos, que dicho sea de paso, por el frio ya estaban duros, me abrazo me estampo un beso en la boca se abrazó fuerte a mi dándome las gracias y prometiendo las mejores vacaciones de mi vida.

    Nos quedamos entre el agua y la playa toda la tarde, para regresar a la carpa cuando el sol ya estaba apagándose en el horizonte con un tono rojizo.

    Cada uno fue a la ducha para sacar el exceso de arena, volvimos casi al mismo tiempo, entro en la carpa y detrás, ella, sin mediar palabra, se sacó su ropa de baño quedando totalmente desnuda, no lo podía creer, se puso uno que tapaba un poco más y me lanzo…

    -No te vas a cambiar, quiero cenar y volver a la playa para charlar un poco y tomar unas cervezas.

    Ya estaba en el baile, entonces a bailar se ha dicho, me saque el short tímidamente, como era previsible, mi miembro apareció en primer plano y alzándose orgulloso, lo tomó con su mano y en broma dijo…

    -Encantada, soy Pigu, mucho gusto.

    -Pigu, que estamos haciendo.

    -Shhh hermanito, cenamos vamos a la playa y hablamos, ¿sí?

    Obediente dije.

    -Bueno amore, tus reglas.

    Ya cenados, realizamos un paseo por el predio que se encontraba, casi desierto, salimos del camping con rumbo a conocer la vida nocturna de la zona para organizar bien nuestras salidas mientras dure la estadía, (iluso que soy).

    La noche estaba agradable, muy calurosa para la época del año, nos permitía realizar la caminata a paso cansino y con la ropa de baño que llevábamos puesta.

    Tengo que reconocer ponerme celoso de las miradas que robaba mi hermana a su paso.

    Al regreso, ya pasadas las 2 h. Y en la carpa, Pigu, tomo un bolso, lo cargo con unas cervezas frías ubicadas en la heladera de mano que habíamos cargado con hielo diciendo.

    -Vamos muchacho, toma la manta y vamos a la playa, aprovechemos que la vida es una sola y esta noche aún está en pañales.

    Sin dudarlo ni un instante, tome algo para recostarnos sobre la arena pasando a la acción caminamos hacia nuestro lugar de destino.

    Noche ideal para el paseo, luna llena inmensa, que bañaba la espuma blanca de las olas y la arena cálida, húmeda, agradable, que hacía delicioso ese contacto de nuestros pies sobre esa fina arenilla que oficiaba de alfombra.

    Había una oscuridad relativa, pero igualmente mi bella hermana brillaba luciendo esplendida haciendo contraste, lo que dejaba entrever las redondeces de su magnífico físico.

    Depositamos la manta sobre la arena, saco dos cervezas del bolso, abrió una, entregándomela, haciendo lo propio con la de ella.

    -Hermanita, como lo estás pasando, ya sé que son las primeras horas aquí, pero quisiera saber si te gusta, si era lo que esperabas o si tenés alguna incomodidad de algún tipo.

    -Para nada Titu, está perfectamente bien, hasta ahora lo estoy disfrutando y pasando de maravillas, estoy vacacionando con la persona a la que amo más en el mundo.

    -Gracias pibita, yo también te amo y mucho. Quisiera saber que programaste, así voy planificando yo también.

    -(Risas) si programe algo, mmmm. Digamos que programar… pienso dejar que las cosas fluyan, a parte si hubiera programado todo lo que pensé, hubieras empezado con convulsiones… (Más risas).

    -Opa, mi sol, tan grave seria, no puede ser para tanto.

    Apuramos unos tragos de cerveza que aún quedaba en el envase para abrir otras dos.

    -Como futuro periodista de investigación, calculo que te habrás dado cuenta que estuve leyendo mucho tus libros, en especial unos que me llamaron la atención, esos sobre mitología y he visto que tenías cosas subrayadas y otras marcadas al margen.

    -Suelo marcar las cosas que me parecen relevantes, pues si necesito repasar algo, lo encuentro fácil, o para tomar notas.

    -Por lo visto, las cosas resaltadas, la gran mayoría son sobre el incesto en esa época, quisiera saber una cosa, me vas a disculpar, pero bien sabes que no estudio psicología, ni lo soy pero igualmente quiero hacerte esta pregunta, ¿es un deseo reprimido?

    -No sé qué contestarte, solo me atrajo lo apasionante del tema.

    -Qué opinión te merece el tema.

    -En principio no me parece ni bien ni mal, siempre que dos personas se quieran pueden hacer su vida del modo que elijan, se ha vivido socialmente tanto tiempo con el temor a Dios, el cielo, el infierno y el sufrimiento eterno, que se volvió inaceptable socialmente, fijate vos, hay culturas, que para entregar a sus hijas en matrimonio, primero deben tener sexo o con el padre, otras con el jefe de la tribu o colectividad, que en su gran mayoría son familiares.

    -No me respondiste todavía la primer pregunta… ¿es un deseo tuyo reprimido? Por eso lees sobre el tema.

    -No sé, tal vez inconscientemente lo sea.

    -Otra pregunta, vos me ¿querés o me amas?

    -Son dos cosas distintas, querer se puede querer… ropa, un auto, un té, por eso, no te quiero, te amo, y con todo el corazón hermanita.

    Me quede absorto con su reacción, se acercó, me abrazo, muy lentamente, los tibios labios se encontraron, no atine hacer nada, solo sorprenderme y temblar, los míos, permanecían cerrados mientras su lengua trataba flanquearlos para encontrarse con la mía, ella, estaba mandando, me tenía en su poder.

    Tan hermosamente seductora, bella, ese beso intenso fue doblegando mi resistencia, nuestras lenguas se encontraron por primera vez en un juego húmedo y cálido, comenzó con una respiración agitada, que por momento se entrecortaba, haciéndome saber que estaba disfrutando el momento, nuestro momento.

    Besándonos, fuimos, casi en cámara lenta, recostándonos en la manta que habíamos llevado, frente a frente, acariciaba su piel con mis temblorosas manos, rodeando su cuerpo llegue a su espalda y desate el corpiño de la bikini, sus hermosos y redondeados pechos, escaparon del encierro, su piel estaba erizada en cada centímetro de su cuerpo bajo la espléndida luz que nos ofrecía la luna, cómplice de nuestro encuentro.

    Mientras las olas rompían suavemente en la arena, trate de acompasar mis caricias al ritmo de su música cadenciosa, el olor al salitre del mar y el alcohol me hicieron desinhibir animándome a mas, toque esos pechos sensuales acariciándolos, me acerque con la boca para introducir en ella, uno a uno esos pezones ya duros por la excitación, al estar besando esos senos, duros y suaves; sin dejar de libarlos, fui recorriendo, con mis dedos, el contorno de su cuerpo buscando ubicarlos en la redondez de su trasero, para halagar su tersura.

    Mi otra, mano buscaba el premio mayor, contorneando la parte baja de la malla, hasta llegar a una más que empapada vagina, sentí esa humedad a través de la suave tela que la cubría.

    Ya totalmente entregado a disfrutar del cuerpo de mi hermana, lleve a mi boca los dedos impregnados de sus jugos, sintiendo ese sabor agridulce, ambas manos se escabulleron hacia los lados del tanga, sin prisa, delicadamente y sin pausa la deslice hacia los pies para sacarla, al tiempo que besaba su abdomen, encontrando el camino que me guio a su preciado tesoro.

    Me parece estar haciendo una buena labor, pues comenzó lentamente con una casi imperceptible apertura de piernas, la invitación perfecta para acceder con comodidad a disfrutar plenamente de los sabores y olores del sexo oral.

    Mi traviesa lengua encontró su objetivo, transitando la anatomía de esa vulva chorreante de jugos, moviéndose con pericia a sus lados e inclusive su interior, el sabor a sexo invadía mis papilas.

    Estaba ya extasiado, busque el clítoris, que ya se encontraba erecto, presionándolo al tiempo que daba pequeños movimientos circulares; su cuerpo comenzó a formar un arco, introduje dos dedos dentro de su vagina sin dejar de peregrinar con la lengua, escucho un gritito, tomó mi cabeza con sus diminutas pero fuertes manos empujándola como queriendo meterla dentro, los gemidos y los gritos se hicieron más fuertes hasta su cuerpo se puso totalmente rígido, acompañado de una catarata de líquido que inundo mi boca, sabroso líquido, acompasado con fuertes contracciones vaginales.

    Espere que se recupere unos minutos, acariciándola, pero sobre todo agradeciendo ese momento y los que vendrían, que serán inolvidables.

    Ya casi recuperada su respiración a un ritmo casi normal, me despoje del short que traía puesto, la posicione de espalda subiendo y cubriendo su piel con la mía, mi miembro comenzó a jugar en la húmeda vagina, dando pequeños golpecitos en el clítoris, esto hizo que comenzara a gemir en mi oído, elevando exponencialmente mi calentura, me detuve situando la punta del pene justo en la entrada de su exquisita cueva, no necesite ejercer presión, debido a la humedad reinante en esa cavidad, entro hasta el fondo, mis movimientos de meter y sacar eran por momentos suaves, por momentos más rápidos pero constantes, me acompañaban sus movimientos de cadera, arriba y abajo, en forma lateral y circular.

    Estaba por descargar mi líquido seminal, cuando, sin avisar me dijo casi ordenando, que me baje, quede pasmado, preguntándome que había ocurrido, de hecho me puse de lado, se incorporó y se puso de rodillas con las manos hacia adelante pidiéndome que siga, cosa que hice de inmediato, tomando el poco pelo que sobresalía de sus hombros, me deje llevar por un frenesí que nunca había experimentado, cada vez más fuerte, se escuchaba solamente el ruido de sus fluidos con el movimiento de mi falo, el choque de mi pelvis contra sus glúteos, sus gemidos y el sonido de las olas junto a la cálida brisa que acariciaba nuestros cuerpos, no tarde mucho en llenarla con mi esperma, que salía a chorros chocando contra el fondo de su vagina, seguí con los movimientos un rato más, en realidad hasta que empecé a perder dureza, sacando el miembro, mientras la luz de la luna me permitía ver como chorreaba ese líquido viscoso por sus hermosas piernas, dándose vuelta se sentó sobre ellas y como una contorsionista se acercó al responsable de haber inundado su vagina, lamiéndolo e introduciéndolo en su boca para dejarlo totalmente limpio.

    Terminado el acto de entrega que habíamos realizado, quedamos abrazados sin decir una palabra, solo nos besábamos, perdiendo la noción del tiempo, desnudos, nos levantamos y abrazado recorrimos esos metros que nos separaban del agua metiéndonos en ella, no creo haber sentido la baja temperatura que el océano tenía en ese momento, solo la libertad y la experiencia sublime que es estar sin ropa metido en él, algo nunca experimentado por mí.

    Hasta aquí, no podía creer que estaba pasando, pero hay algo que recuerdo y es que el deseo sexual no entiende de razones, y en este punto de lo que estamos viviendo, me di cuenta de lo erótico que tiene el agua. Esa indescriptible sensación ligera de estar a medio cuerpo sumergido, y esa percepción que da el tacto bajo el agua, la anulación del peso total específico, que hace al cuerpo más liviano.

    Pigu enredo las piernas en mi cintura, y sintió nuevamente, ya repuesto, la nueva erección, sin dudarlo intente introducir nuevamente mi pene, pero aunque parezca mentira, la sequedad vaginal no me lo permitió como antes, lejos de abandonar la tarea ambos tratamos con sumo cuidado de que se pierda en ese exquisito lugar, suavemente, con mucho cuidado, lo logramos, tomándola de sus glúteos levantando su cuerpo para luego hacerlo bajar, no fue fácil, porque el mar no tiene lugares donde uno pueda agarrase, las olas intentaban tirarnos, pudimos resistirnos a los embates del oleaje, en un frenesí de sube y baja, gemidos, suspiros, por momentos, exclamaciones de placer, ambos llegamos al orgasmo.

    Nos fundimos en un beso interminable, tomados de la mano salimos hacia donde dejamos nuestra ropa de baño, ya vestidos, nos sentamos y tomamos otra cerveza en silencio, hasta que Pigu rompió con él.

    -Amore, la verdad hacía rato que deseaba esto que nos acaba de pasar, nunca me anime a decirte nada pensando en que podrías enojarte, noches teniendo sueños con vos, con tus besos, caricias, tu respiración en mi cuello y tu sexo vulnerando el mío. Lo que me decidió fue la lectura de tus libros, sobre todo lo que marcaste sobre el incesto.

    -Hermanita, reconozco que tampoco había pensado en nada de esto, pero cuando comenzaste con tu juego para seducir, mi libido hizo eclosión, pero, jurando que nada de esto iba a pasar, hasta que pasó, me deje llevar por el amor que te tengo y porque también deseaba que pasara.

    -Yo pensaba que era un deseo reprimido, (risas)

    -Tontita de hecho lo es, lo que no es cierto que las notas de los libros fueron por eso, o tal vez si…

    -No importa, que sea lo que fuere, lo verdadero es que pudimos expresarnos a gusto.

    -Gracias a vos que te animaste a más.

    Luego de otro beso, fuimos hacia la carpa a descansar (otra vez pequé de iluso) a “descansar”.

    FIN

    (Esta historia en la vida real continúa, si desean la parte final háganmelo saber en los comentarios) gracias, como siempre digo, gracias por ocupar su tiempo en leer mis relatos.

  • Mi esposa y yo, un eyaculador precoz (parte 1)

    Mi esposa y yo, un eyaculador precoz (parte 1)

    Ya era hora de dejar escrito mi historia, porque puede servirle a más de una persona. Me case a los 20 años con Fernanda, quién es mi esposa y tenía 19 años en ese momento. No puedo decir que mi matrimonio ha sido una fuente de felicidad, y la culpa es netamente mía. Soy eyaculador precoz, no duro más de 10 segundos. La clave para una relación fuerte de pareja es satisfacer las necesidades físicas, emocionales y sexuales. Si una de ellas falla, por experiencia propia puede decir que las demás se resienten.

    He pensado en su bienestar sexual que no puedo darle, así que estaba dispuesto a que tuviera sexo con otros hombres, y se lo llegue a comentar. Pero rechazó totalmente esa propuesta e incluso estuvo enojada conmigo varios días. Se conforma que le haga sexo oral y le coma su culo. Me encanta comerle su vagina y sentir su sabor, pero no me voy a engañar, no es lo mismo si pudiéramos coger normalmente.

    He tratado de vencer el problema pero no hay solución. Incluso para que entiendan al grado del problema, le contare un momento que le puede ayudar a dimensionar el asunto. Mi esposa tiene varia amigas colombianas, una de ella se llama Windy, y como buena colombiana tiene un culo enorme. Windy también está casada con Pablo un amigo mío, y con ella fuimos al Lollapalooza a ver a Rosalía. Windy esa vez fue con unos pantalones de tela rosado, y su enorme culo me tenía caliente cuando lo veía moverse al son de la música. Así que me puse detrás disimuladamente para arrimarme (encoxarle) y me bastaron solamente un par de culazos de Windy para hacerme venir. Tenía que estar incomodo todo el rato con el semen en mis boxers.

    Le he contado a mi mejor amigo, que vive en Miami mi problema y situación. Incluso sin yo mencionarle que estaba dispuesto a que Fernanda tuviera relaciones sexuales con otros hombres, me dijo: “hermano, sin ánimo de ofenderlo ni que se lo tome a mal ¿ha pensado en que ella pueda estar con otros hombres? Hay muchas parejas con esposos cuckold que viven normalmente”. Le conté que si lo había hecho pero que ella lo había rechazado, y le contaré a usted querido lector la razón.

    Fernanda pertenece y yo pertenecemos a una religión (los que usan el logo jw), y tener relaciones fuera del matrimonio con o sin consentimiento está muy mal visto. Ella es muy asidua a sus creencias, así que rechazo la idea como descabellada. Va a reuniones y sale a predicar regularmente. Yo no soy tan creyente, pero nací en una familia con esa religión, y aun así, a pesar de todos los costos, estaba dispuesto a que mi esposa pudiera satisfacer su necesidad sexual con otros hombres.

    Ella es muy bonita físicamente: su piel tez trigueña, su color de pelo negro y mide 1.65 metros. Tiene un culo normal, ni tan grande ni que tenga poco, pero sus tetas son grandes y hermosas. Tenía varios pretendientes en la congregación y muchos pretendientes fuera de la congregación. Se casó conmigo porque tenía buena reputación y tengo un pasar económico muy acomodado. Así que ella puede darse el lujo de tener la vida sin mayores preocupaciones económicas.

    Después de 3 años de casados, en un momento Pablo, el esposo de Windy me pidió si pudiera cuidarle la casa y aprovechara de colocarle cámaras de seguridad IP, ya que ellos partían el fin de semana a ver los familiares de Pablo. Pablo y Windy también son de la religión JW, por lo que vamos a la misma congregación. Cuando llego donde Pablo, este me pasa las llaves de la casa, y veo que Windy se va a bañar antes de irse. Me puse a trabajar en las cámaras y en el cableado, ellos se fueron dejándome solo. Al pasar unas horas, me voy al baño. Ahí me doy cuenta de un par de canastos de ropa sucia, uno era la ropa de Windy y el otro de Pablo. Encima del canasto de ropa sucia de Windy, veo la ropa que usó antes de bañarse. Busque su calzón, y en realidad me llevo la sorpresa que usa colaless, por lo que se me puso la verga dura. Tome su colaless para sentir el olor fresco de su vagina, y eso me produjo una calentura tal que me hizo venirme a los segundos. Pero también se me ocurrieron dos ideas.

    Primero, me encargaría de tener acceso cuando quisiera a las cámaras IP, ya que también me pidieron una en el dormitorio matrimonial, ya que ahí guardaban cosas valiosas. Es era ideal para poder ver a Windy coger. Segundo, mientras me fui a pensar en un sofá sentado, se me ocurrió una idea para que Fernanda pudiera satisfacer sus necesidades sexuales y no tuviera que sacrificarse por mi. La clave era ser indirecto y no forzar la situación. El truco era que se diera todo de forma “natural”. Lo que tenía que hacer era dejarle de hacerle sexo oral, y al mismo tiempo traer como amigo a la casa a uno de los antiguos pretendientes que tenía Fernanda, para que empezará a fijarse en él. Había uno de los antiguos pretendientes de Fernanda que era soltero, tenía buen trato con él y no era feo. Ese chico se llama David se llama, y sería quien se follara a mi esposa.

    Reconozco que no me era fácil la idea, ya que quería mucho a Fernanda, y a mi me gustaría cogerme a mi esposa, no otro hombre. Pero la realidad es la realidad. A los días mientras veía a Fernanda vestirse, observaba su calzón pantaleta y cuando su culo se ocultaba bajo el vestido, me decidí a efectuar mi Plan. Lo otro difícil de todo esto, es que disfrutaba comerle su vagina, lamerla y tenía que dejar de hacer eso. Cuando Fernanda quería que le hiciera sexo oral, se paraba en la cama, se sacaba sus calzones y caminaba hasta quedar sobre mi cabeza. Cuando se agachaba y ver como se acerca ese totito a mi cara, me encantaba. Aparte que su vagina siempre huele bien rico, debido que ella es muy preocupada de su higiene.

    Desde ahí para adelante empecé a estrechar mi relación de amistad con David. Lo invite varias veces a comer y a tomar cervezas. Le pregunte si tenía el deseo todavía de tener pareja, y me dijo que sí pero que no llegaba a su vida la mujer indicada. Esa respuesta me basto para tener la seguridad para seguir con mi plan.

    Desde ese momento lo invite a almorzar conmigo y Fernanda todos los sábados. Tenían que empezar a habituarse a estar juntos a solas. Así que mientras almorzábamos me paraba por unos 15 minutos a contestar llamadas de “trabajo” como excusa. Como en nuestra casa también tenía cámaras IP, y con una aplicación en el celular veía como se quedaban conversando. En las primeras veces se veía que Fernanda no estaba muy cómoda, pero con el tiempo ya se habituó por lo que conversaban normalmente. Pero no se observaba ningún tipo de interés de Fernanda hacia David mas allá de una relación cordial.

    Mientras tanto, en las noches cuando veía que Fernanda se quedaba dormida, ponía en mi celular la aplicación para ver la cámara del dormitorio matrimonial de Windy esperando si en algún momento tenían relaciones sexuales. Usaba audífonos ya que la cámara que la instale en la pieza de ellos tiene el sonido habilitado y es una cámara muy cara, por lo que se ve muy bien con la luz apagada. Cuando me bajaba el sueño, dejaba grabando para revisar mas adelante si paso algo o no. Si pude ver antes de dormirme algunas partes donde Windy se cambiaba de ropa, y poder ver su culo grande.

    Es cierto, estoy obsesionado con el tema de las relaciones sexuales entre matrimonios, pero quiero que entiendan que yo no puedo experimentar eso. A los días al revisar las grabaciones pude ver a Pablo y Windy follando. Al ponerme los audífonos, pude escuchar los gemidos de Windy y fue tanta la calentura que me vine sin siquiera masturbarme. Ver ese culo follando, el sonido de la cama crujiendo y los gemidos de Windy fueron demasiados para mi mente. La imagen que recuerdo siempre es a Windy en cuatro recostada al borde de la cama, mientras recibía los vergazos.

    Reconozco que estaba ya con toda la maldad en la mente, y decidí compartir los videos que fui grabando a un foro de voyeur. Empecé a tener éxito rápidamente en el foro, ya que los videos se escuchaban y veían clarito. Los videos de Windy a las semanas empecé a verlos en otros foros que yo no había compartido e incluso en algunas páginas porno de voyeur. Yo siempre pensé cuando miraba el culo de Windy es para que tenga una página con servicio de suscripción. Pero sé que no pasará debido a su religión y moralidad.

    A los días se me cruzo la idea de compartir algo de Fernanda, pero inmediatamente deseche la idea. Pero la calentura le estaba ganando a mi moralidad. Pero no quería hacer lo mismo, así que me hice una cuenta en Twitter. En un momento mientras Fernanda estaba cambiándose de ropa y estaba con sus calzones pantaletas, le saque una foto por la espalda. Estuve varios días pensando en subir la foto, pero al final no lo hice, sentía que no debía hacer eso. Al final deje el Twitter abandonado y las fotos que le saque a Fernanda las deje guardadas en la nube.

    Llevaba ya varias semanas donde no tenía intimidad con Fernanda, el deseo de hacerle sexo oral se apoderaba varias veces de mí, y sentía que ya no aguantaría mas cuando ella trababa de pedirme que le comiera su vagina. Por lo que, un día se me paso por la mente hacer lo mismo que hice hace un tiempo atrás cuando tome el olor de colaless de Windy. Mientras ella andaba predicando, revisaba en la casa la ropa sucia que dejaba después de bañarse. Tomaba el olor de los calzones de Fernanda después de bañarse ya que así estaba más fresco el olor a su vagina. Cuando tomaba el olor lo encontraba tan rico, pero debido a mi problema, ese momento placentero duraba tan poco debido a ser precoz. Pero haciendo eso podía resistirme al deseo de hacerle sexo oral, ya que me había eyaculado.

    La prueba mas grande donde pensé en abandonar todo el plan que ya conté, fue cuando salimos un día a ver a Bomba Estereo. Esa noche Fernanda se veía tan linda, que no tenía ganas de compartirla con nadie. Esa hermosa mujer estaba conmigo, pero debido a mi problema sentía que fallaba fatalmente como esposo, amén de sentirme poco hombre. Aunque ahora ella misma no lo vea, por su bien es que pueda tener relaciones sexuales de verdad, y no solo que le hagan sexo oral como se lo estoy haciendo yo.

    Cuando David venía los sábados a mi casa, cada vez pasaba mas tiempo con nosotros. En un momento Fernanda dijo que saldría a comprar cosas para comer, y le pedí a David que la acompañara para no le pasara nada. Ya estaba logrando aunque fueran ínfimos logros, que salieran juntos sin mí. Aunque fueran espacios de tiempo corto. Notaba que David seguía enamorado de Fernanda, pero ella no. Pero tenía fe que eso cambiaría en algún momento.

    Un sábado más adelante mientras veíamos una película, se me ocurrió hacerme el enfermo y con la excusa que me dolía la cabeza. Les dije que me iría a acostarme a la cama un momento hasta que se me pasara un poco. Sabía que había una escena de sexo leve en la película, así que por medio de las cámaras IP pude ver como se desarrollaba todo. Cuando ocurrió la escena de sexo, Fernanda hubiese cambiado la película inmediatamente. Pero no lo hizo ninguno de los dos. Aunque sé que fue por la vergüenza y los dos se quedaron congelados.

    Pasaron 4 meses y veía que esto no iba a ningún lado, invite a David a tomar cervezas. Le dije que le contaría algo muy personal. Espere que se tomara un par de cervezas antes de contarle. Cuando llego el momento le conté que tenía un problema con Fernanda de intimidad. Le confesé que era eyaculador precoz y que nunca habíamos podido tener relaciones sexuales, bueno excepto el sexo oral que le había estado haciendo a Fernanda. Como pertenecía a la misma religión que Fernanda, sabía que me rechazaría lo que le diría a continuación. Pero tenía a mi favor el alcohol en su sangre de las cervezas y que estaba enamorado de mi esposa. Eso jugaba a mi favor.

    Le mencioné que quería que tuviera relaciones sexuales con Fernanda, pero que ella lo podría hacer solo si se empezaba a fijarse en él. Además, le mencione que si aceptaba ayudarme, que empezará a meterse en un gimnasio lo mas pronto posible. Le destaque el hecho que ya no le estaba haciendo sexo oral hace varios meses atrás.

    David solo me miró, se quedó callado y dijo que lo pensaría, ya que lo que le estaba diciendo era muy grande y difícil de aceptar. Sé que eso fue buena señal. Si hubiese sido inaceptable para él, lo hubiese rechazado inmediatamente, solo era cuestión que la idea cuajara en su cabeza. Aparte su deseo por Fernanda ayudaría al tema. Pasaron dos semanas, y recibí por whatsapp un mensaje de David que aceptaba ayudarme. Ingreso a un gimnasio para mejorar su atractivo físico.

    Al día siguiente, ya que era verano y teníamos una piscina bastante grande, Fernanda invito a sus 4 amigas a casa a pasar el calor en la piscina. Las chicas usaban trajes de baño, por lo que no estaba interesado en verlas. Me fui a la pieza a trabajar en el notebook, y se me cruza la idea de ir a la pieza de invitados donde se cambiaron de ropa las chicas. Cuando vi las ropas con las que llegaron a casa en las camas, busque sus ropas interiores, y solamente una de ellas usaba colaless. Solo podía ser de Windy. Le tome el olor, y era de ella, el mismo olor que recordaba de su vagina. Ese solo olor me hizo venir a los segundos.

    Después de eso revise el foro de voyeur, y ya tenía 15 videos subidos de Pablo y Windy teniendo sexo. Tenía un mensaje del administrador del foro avisándome que tenía 400 dólares por los videos, y que podría ganar mucho más si seguía subiendo de forma más constante los videos. La verdad tenía 32 videos de Windy teniendo sexo hasta ese momento en el notebook. Sin que lo supiera ella misma, Windy era todo una pornostar en el mundo del voyeur.

    Seguía David viniendo a casa los sábados, y después de 4 meses ya se veían los resultados del gimnasio. Aparte nuestra relación de pareja con Fernanda estaba más fría de lo normal, ya que no había intimidad en nosotros dos. Pero eso no significaba que ella estuviera interesada de tener sexo con otros hombres, pero si o si la falta de intimidad se termina buscando fuera del matrimonio. Contaba con que eso era verdad.

    Les seguiré contando si mi esposa empieza a fijarse en David. Esperen hasta la segunda parte.

  • Confidencias de un compañero de trabajo

    Confidencias de un compañero de trabajo

    Hace poco tiempo coincidí en mi empresa con un compañero bastante mayor que yo con el que he llegado a tener una relativa amistad. Es bastante retraído y tiene fama de huraño y poco comunicativo.

    Casualmente participé con él en un proyecto común y pude descubrir que bajo su apariencia hostil tenía una personalidad muy sensible. resultó ser un conversador muy ameno y, cuando adquirimos confianza, se reveló como una fuente inagotable de anécdotas.

    Una de ellas servirá de base a mi actual relato. No aseguro que fuera exactamente así lo que me ha contado, pero es como yo recuerdo su historia

    Rafael, que así se llama, había estudiado lo que entonces se conocía como peritaje industrial, en Madrid. Cuando terminó buscó trabajo en el sector de automoción, pero no consiguió encontrar nada interesante.

    Su padre, que debía estar introducido en el mundo del transporte consiguió que le hicieran una entrevista en una compañía dedicada al transporte por carretera. No era a lo que él había aspirado pero realizó la entrevista y tuvo la fortuna de ser seleccionado y contratado. Eso sí, en Barcelona.

    Así que en un corto plazo se tuvo que presentar en la sede de la empresa, situada en el Poble Nou, barrio de aquella ciudad. Aún le quedaba una sorpresa, allí le comunicaron que su destino definitivo sería una delegación situada en una población costera a cuarenta kilómetros de la capital catalana.

    Allí se presentó Rafael y su nuevo jefe le puso al corriente de su trabajo que consistiría en controlar los consumos y demás gastos de todos los camiones de la planta además de optimizar los trayectos de cada una de las rutas que convergían en la delegación. A Rafael se le hundió el mundo cuando vio el galimatías que eso suponía. Controlar a un montón de camioneros resabiados, él, que tenía poco más de 20 años y nula experiencia práctica.

    Los apuros y dificultades que tuvo que soportar me los fue contando posteriormente, pero no los quiero detallar para no resultar redundante.

    Lo primero que tuvo que solucionar fue su alojamiento y manutención. Encontró una pensión con ínfulas de Hostal, que le supuso buena parte de sus ingresos, que no eran nada excesivos. Las comidas las hacía en un restaurante modesto próximo al hostal.

    Cuando llevaba unas semanas instalado e iba cogiendo el aire al trabajo, descubrió, al dar un paseo por los alrededores del barrio que en una casa de planta baja, rodeada de un pequeño jardín, un cartel en el que se anunciaba que se alquilaba una habitación.

    Sin dudarlo llamó a la puerta para preguntar por el anunció. De la casa salió una señora mayor, vestida totalmente de negro y algo corpulenta. Rafael se interesó por la oferta y notó como la señora le miraba con cierta desconfianza. Antes de darle la información le hizo una serie de preguntas que a él le parecieron un interrogatorio en toda regla. Finalmente, cuando él le dio el nombre de la empresa y se aseguró que era empleado fijo, le dio acceso a la casa (hasta entonces le había atendido en la puerta de la calle) y le enseñó la habitación. Rafael quedo entusiasmado. Una pieza grande, con dos ventanas al exterior, bien amueblada, con una cama ancha y una mesa enorme, dos sillones, armario y un lavabo en el propio cuarto. Temió por un momento que el precio no estuviera a su alcance, se lo preguntó a la dueña y resultó ser más barata que el hostal donde estaba. Además la señora le ofreció pensión completa por una cantidad razonable.

    Sin dudarlo le dijo que le interesaba quedarse a pensión completa. Una vez acordado se propuso hacer el traslado al día siguiente.

    A partir de ese momento se encontró cómodo en general. Aparte de la calidad de la habitación disponía del uso compartido del cuarto de baño de la vivienda, espléndido y muy limpio.

    Poco después fue conociendo las circunstancias de su patrona. Se percató de que, pese a su aspecto un tanto lúgubre, no era tan mayor como le había parecido a primera vista. Luego supo que tenía 40 años. Era viuda de un pescador que había fallecido al naufragar su embarcación en uno de esos golpes de mar que el tranquilo Mediterráneo guarda para hacerse respetar. Tenía un niño de cinco años que el primer día estaba con su tía. Aunque los seguros habían paliado la falta de los ingresos del pescador, había decidido alquilar la habitación para obtener una ayuda complementaria.

    Rafael continuo conviviendo con la madre y su hijo, que desde un principio simpatizó con él.

    En el trabajo. que paulatinamente fue dominando, no llegó a hacer amistades. Sus compañeros, mayores que él y casados, no eran especialmente sociables.

    Rafael se encontraba cómodo en la casa. Decidió aprovechar el tiempo libre para ir preparando el curso de acceso a la ingeniería superior cuando le fuera posible hacerlo. Me confesó que finalmente no llegó a tener la oportunidad de dar ese paso, pero él, entonces, lo tenía entre sus objetivos.

    Su vida continuó sin variaciones dignas de mención hasta una tarde de fiesta, en la que estaba estudiando en su cuarto, la patrona le invitó a merendar. Su hijo estaba con su tía y así no merendaba sola. El accedió lógicamente y durante un buen rato estuvieron charlando amigablemente. Rafael se percató de que ella había suavizado ligeramente su habitual luto riguroso. Aparte de la aparición de tonos menos severos en su indumentaria se notaba que se había maquillado discretamente. Además, sorprendentemente, la blusa de color crema estaba parcialmente abierta, pudiendo intuirse unos senos turgentes y plenos.

    Rafael, poco versado entonces en el trato con mujeres, no dejó de percibir el cambio en el comportamiento de ella. Decidió quedarse prudentemente a la expectativa para ver cuales eran los propósitos de ella…

    En un momento dado, abrió un mueble en el que había un tocadiscos. De un cajón sacó unos vinilos y puso uno en el plato. Según él recordaba eran boleros antiguos, que él había oído de pequeño. Ella, tímidamente confesó que era la primera vez que ponía esa música desde que faltaba su marido y le pidió que lo bailase con ella. Rafael accedió gustoso y la enlazó prudentemente por la cintura. Ella se fue estrechando y al rato estaban literalmente empotrados. Rafael se sintió violento porque no pudo evitar una erección que se hundía entre sus piernas. Su temor se disipó cuando ella, sin apenas separarse, metió su mano en su pantalón y agarró su pene con ansia.

    En ese momento Rafael prescindió de sus pudores y, pese a su falta de experiencia la fue desnudando sin dejar de abrazarla. Sin esperarlo se encontró con un cuerpo que, pese a su rotundidez era un regalo para la vista. El sobrepeso estaba perfectamente distribuido y resultaba francamente excitante. En pocos segundos pasaron del salón a la habitación en la que conservaba la cama matrimonial. Ella, previsoramente, sacó de una mesilla una caja de preservativos por lo que Rafael dedujo que todo lo había planificado previamente, y según lo que contó, sin entrar en demasiados detalles, Rafael no dejaba de tener cierto pudor, estuvieron haciendo el amor hasta que, como diría Sabina años más tarde, los encontró la luna.

  • Casualidades de la vida

    Casualidades de la vida

    Estoy convencido de que la vida no es sino un cúmulo de casualidades que nos van sucediendo a lo largo de los años, Sí, claro, después hay que saber gestionar esas situaciones para sacar el máximo provecho o minimizar los efectos negativos. En mi caso particular, la naturaleza ha sido generosa (una casualidad más). Tengo buena genética. No soy feo, buen físico, alto, fibrado y… bueno, ya se pueden imaginar, estoy muy bien dotado. Así que con esas cartas “favorables” las he jugado lo mejor que he podido para disfrutar al máximo, en este caso del sexo.

    Desde siempre fui consciente que mi polla era grande, pero no fue hasta que empecé a jugar al fútbol y compartir vestuario con otros tíos cuando realmente tomé conciencia de que aquello era muy superior a la media. Pronto se corrió la voz de que yo tenía un rabo de caballo. Al principio era algo que me ruborizaba y hasta cierto punto me avergonzaba pero cuando comencé a salir de marcha aquel rumor fue como un imán.

    Junto a mi físico la leyenda de lo que escondía bajo el pantalón hacía que a menudo muchas chicas se acercasen con ganas de comprobar de primera mano si era verdad lo que se decía entre los jugadores del equipo de fútbol. Perdí la virginidad con una mujer que me sacaba 8 años.

    Pese a tener pareja no dudó en probar una noche que había salido con unas amigas a tomar copas sin su novio. Me estuvo rondando durante toda la noche hasta que acepté que me llevara a casa… Acabamos en el asiento trasero del Golf GTi de su novio aparcado en el parking de un centro comercial.

    Sara gritaba como una gata mientras botaba sobre los 24 centímetros de carne caliente y dura que le abrían el coño en canal. Lo primero que hizo fue chúparmela y apenas pude aguantar y me corrí demasiado rápido. Según ella, eso era lo que buscaba para que durante el polvo aguantase más. Era una auténtica profesional. Después de aquella primera vez hubo varias más a lo largo del siguiente año. La última vez fue durante su despedida de soltera.

    Así fue como a lo largo de esos años me harté de follar con tías impresionantes. En una ocasión llegué a sentar la cabeza y mantuve una relación de casi 10 años con una pareja estable. Pero después de los años la rutina nos llevó a la ruptura. Desde entonces han pasado otros 10 y sigo teniendo sexo esporádico con distintas mujeres. Y así es como llegamos al centro de esta historia.

    Hace 5 años estuve trabajando en una gran empresa perteneciente al sector del comercio on-line. Allí coincidí con una mujer con la que conecté desde el primer día. Era algo más joven que yo pero la química que surgió fue instantánea. Nuestro sentido del humor y nuestras frases con doble sentido hicieron que nuestra relación se fuera estrechando primero y generando una gran tensión sexual después.

    Natalia era una elegante mujer de cuerpo bien proporcionado. Su melena rubia enmarcaba una cara de rasgos angulosos donde destacaban sus pómulos y unos labios carnosos. Pero sobre todo, desprendía sensualidad con cada movimiento sin proponérselo siquiera. Su manera de andar, su manera de gesticular, su sonrisa pícara cada vez que se le ocurría alguna maldad. Todo en ella era atracción sexual.

    Natalia estaba casa y era madre de dos hijos. A sus 39 años había llegado a un puesto intermedio dentro de aquella gran empresa. Era una profesional más que reconocida y tenía una muy bien ganada reputación de responsabilidad.

    Nuestra tensión sexual se desató un fin de semana en que fuimos elegidos por la empresa para asistir a un congreso del sector en Barcelona. Junto a nosotros venía el director comercial, un señor metido en los 60 años. Durante los dos primeros días mantuvimos un ritmo de trabajo estresante con varias reuniones de la que salieron grandes contratos. Fue el sábado por la noche cuando pudimos tomarnos un respiro. El domingo era el último día y el éxito de la empresa había que celebrarlo.

    Fuimos los tres a cenar a un caro restaurante en el Puerto Deportivo de Barcelona con cargo a la empresa. Según Rogelio, el director comercial, todo aquello estaba más que justificado. Después de la cena el hombre dijo que a su edad no podía seguir en pie. Se despidió de nosotros después de declinar nuestra invitación para tomarnos la última. Nos quedamos Natalia y yo solos en la noche barcelonesa.

    Decidimos acudir a Carpe Diem a disfrutar de nuestro momento. Entre bailes y copas nuestros cuerpos se acercaron hasta que el beso se hizo inevitable. El vestido rojo de Natalia definía a la perfección su inmejorable figura. No me resistí a agarrarla por la cintura y acercarla a mí. Nuestros ojos se quedaron enganchados y mi boca buscó sus carnosos labios pintados de rojo sangre. No sé en que momento pasó pero lo siguiente que recuerdo es estar en el asiento trasero de un taxi en dirección hacia el hotel Arts donde nos hospedábamos.

    Ante la mirada envidiosa del taxista, a través del retrovisor, mi compañera y yo nos devorábamos a besos mientras nuestras manos recorrían nuestros cuerpos. La leyenda de mi polla no había llegado hasta la empresa de manera que cuando Natalia palpó mi erección en el pantalón me miró fijamente con ojos lujuriosos. Yo le miré con media sonrisa algo prepotente… Llegados al hotel subimos en ascensor hasta la 10ª planta, en la subida seguimos besándonos apasionadamente.

    Nada más cerrar la puerta, la mujer comenzó a desabrocharme el pantalón. Tenía prisa por saber lo que había palpado. Cuando me dejó solo con el bóxer negro se arrodilló y mordió la silueta de mi polla por encima de la prenda. Luego lo bajó de golpe y ante ella se erigió imponente el mástil de carne. Yo la miraba desde arriba y ella no pudo evitar soltar un grito de asombro:

    -Joder. ¿Cómo puedes tener este pedazo de rabo?

    Comenzó a lamerlo por lo laterales antes de intentar abarcar el capullo con sus morbosos labios. Intentaba comérmela como podía. Era imposible que le cupiera entera. De repente la agarró con las dos manos y comenzó a pajearme mientras me miraba:

    -Quiero que me la metas por el coño. Que me rompas con este pollón.

    La ayudé a levantarse y comencé a quitarle el vestido. En cuestión de segundos Natalia estaba ante mí con un conjunto de ropa interior rojo de encajes a juego con el vestido. Unas preciosas tetas de tamaño mediano asomaban por el precioso sujetador. Llevé mi mano hasta su tanga y, echándolo a un lado, busqué su rajita mientras le comía las tetas por encima de la tela. Me llamó la atención (y me gustó) descubrir que no estaba rasurada. En vez de eso, sobre su coño había una estrecha franja de vellos negros perfectamente cuidada.

    Con un hábil movimiento se liberó del cierre del sujetador dejando ante mis ojos unas preciosas tetas redondas y aun duras donde una pequeña aureola de color marrón muy oscuro se coronaba por un pezón gordo y desafiante. No me lo pensé y comencé a succionarlos alternativamente mientras no dejaba de masturbarla. Ella, entre suspiros hacía lo mismo agarrada a mi polla.

    Me ordenó parar y se dirigió hacia la cama. La seguí sin perder ojo de sus perfectas nalgas descubiertas por el tanga rojo que se perdía entre ellas. Se tumbó en la cama y levantando las piernas se deshizo de la prenda. Luego las abrió y pude deleitarme con el espectacular desnudo de Natalia. Con su melena alborotada y mordiéndose el labio inferior, pasaba sus dedos por la raja de su coño. Entre gemidos y miradas de deseo me pidió que la follase:

    -Mmmm, necesito que me la metas ya. Fóllame hasta reventarme…

    Me acerqué hacia ella, me incliné y le comí la boca mientras hacía pasar mi capullo entre sus labios vaginales. Estaba totalmente mojada. Tenía las piernas totalmente abiertas para recibirme. Mirándola a los ojos di un golpe de cadera y se la calcé. Un grito suyo fue la señal del polvazo que íbamos a echar. Comencé a percutir contra aquel coño que me apretaba la polla de manera morbosa. Natalia no dejaba de gemir, suspirar y gritar de gusto cada vez que la cabeza de mi polla alcanzaba lo más profundo de su coño. La mujer me rodeó con sus piernas y me pidió que se la dejara dentro. Cuando alcanzó su primer orgasmo me clavó las uñas en la espalda y me mordió un hombro.

    Sin darle descanso la hice que se colocara a cuatro patas, me agarré a sus caderas y se la volví a clavar con fuerza. Ella volvió a gritar, a insultarme, a agarrarse con las uñas a las sabanas mientras mi polla le partía el coño. Mi visión de ella era tremendamente excitante. No pude contenerme y le azoté sus preciosas nalgas antes de agarrarle la melena y seguir follándomela. Cuando ella alcanzaba su tercer orgasmo le anuncié que me iba a correr. Ella me pidió que se lo echara dentro que no había riesgos. Con un grito tensé mi musculatura y eyaculé una buena cantidad de lefa dentro del coño de mi compañera casada.

    Caímos exhaustos uno junto a la otra. Natalia respiraba entrecortada mientras mi leche caliente salía de entre sus enrojecidos labios vaginales. Mi polla comenzaba a perder dureza y reposaba sobre mi cuerpo. Aquel no fue el único polvo. Estuvimos follando durante toda la noche. De pie frente a un espejo, contra la pared, en el suelo para terminar cabalgándome. Natalia se mostró como una amante insaciable.

    Al día siguiente, con cara de no haber dormido cogimos el puente aéreo de vuelta a Madrid. Rogelio no preguntó por como habíamos pasado la noche. Supongo que era un hombre discreto que no se metía en las relaciones personales de sus empleados. Nos despedimos a la salida del aeropuerto. Pero para entonces la relación entre Natalia y yo había traspasado una línea roja de la que no había vuelta atrás.

    Estuvimos viéndonos durante los siguientes tres meses. La mujer se había vuelto adicta a mi polla. Me mandaba mensajes al móvil, fotos de su coño y me pedía que nos viéramos en los aparcamientos del edificio donde trabajábamos. Hasta que todo saltó por los aires.

    Al parecer, su marido llevaba un tiempo sospechando de las continuas salidas de su mujer, Los hábitos de la mujer habían cambiado desde aquel viaje de negocios a Barcelona con lo que el hombre comenzó a vigilar sus movimientos. Una tarde, que por casualidad, había salido antes del trabajo el hombre se acercó por la oficina para darle una sorpresa y esta se la llevó él. Allí le habían dicho que ella se había pedido la tarde libre para llevar al hijo al médico. Esto descolocó por completo a hombre que ya se imaginó que tenía una cornamenta considerable. La estuvo esperando en una cafetería cercana a su casa y desde allí la vio bajar de mi coche. Veníamos de follar de mi casa.

    No pude saber que es lo que pasó en su casa aquella noche pero me puedo imaginar que no debió ser una noche tranquila. Al día siguiente ella vino a buscarme con cara de no haber pegado ojo en toda la noche. Lo nuestro se tenía que acabar y no podríamos volver a vernos. La situación era complicada porque seguíamos siendo compañeros de departamento. Una semana después ella pidió una baja por depresión y seis meses después el traslado a una oficina periférica en un pueblo cercano a Madrid.

    De eso han pasado 5 años, no hemos vuelto a coincidir Natalia y yo. Es una pena porque es una de las tías con las que más he disfrutado del sexo. Una auténtica leona en la cama, pervertida, insaciable, entregada, morbosa, sensual… Lo tiene todo. Pero, casualidades de la vida, con quien he coincidido es con Juan Luís, su marido (parece que él la perdonó y siguieron siendo pareja). La cosa es que el tipo y yo vamos al mismo gimnasio desde hace un mes. Aunque nos hemos reconocido nuestra relación es inexistente, como no podía ser de otra forma.

    Pero fue en el vestuario donde el cornudo pudo entender por qué su mujer le fue infiel… En una ocasión coincidimos los dos desnudos en los vestuarios. Él tiene una polla bastante pequeña a simple vista. De esas que en estado de flacidez quedan enterradas entre el vello púbico. En cambio, no pudo evitar quedarse mirando a la mía que se balanceaba mientras iba camino de las duchas. Al darme cuenta me quedé parado, el hombre se dio cuenta que le había pillado y me miró a los ojos. Yo solo pude dedicarle media sonrisa prepotente.

  • Mi primera vez: En la cena de bienvenida

    Mi primera vez: En la cena de bienvenida

    En la tarde de mi primer día decidí salir de la urbanización y conocer la zona. Las casas son inmensas y la urbanización supera las 50 casas. Es una zona de clase media alta. Llegar al portón dura unos 5 minutos.

    Tomé en dirección al mini-Marquet o bodegón. Desde afuera se veía amplio y bien iluminado. Decidí continuar para conocer su automercado. De allí traje vegetales y carnes, la gente era amable. Me gustó.

    De regreso a mi habitación, 3 casas antes bajaban unos muebles y enseres. Noté a una chica que destacaba por su cabello rojo en una sola trenza y se expandía al final todo abundante y crespo. Con una tez pálida que luce siempre atractiva. Usaba un vestido largo blanco de flores rojas y abrazaba a una señora con su mismo color de piel y el pelo castaño brillante, largo por debajo de su cintura.

    Ordené la compra y me decidí tomar un baño. Al Salir. Laura tocaba la puerta del acceso al patio. Laura es de color cetrino, un bronceado natural, su cabello estilo afro de color rojizo oscuro, una muy atractiva cintura y un cuerpo voluptuoso que poseen algunas mujeres, que sin poseer una gran altura exhiben un magnetismo.

    -Hola Santiago. En poco más de 30 minutos te espero en casa. Espero tengas mucha hambre -dio media vuelta y se retiró.

    Lo que aprecié a continuación era impactante, si bien llevaba un delantal de cocina de color rosado, por detrás llevaba apenas un pantalón corto, o quizá una licra que no ocultaba su derriere, y al contrario; resaltaba la redondez de sus voluptuosas nalgas. Mi vista era el único de mis sentidos activos. De pronto, Laura bajó su mano derecha y tocó su nalga como si rasgara las cuerdas de una guitarra. Desapareció tras la puerta abierta, al fin pude respirar.

    Vaya. No quería confundirme con tanta información, Juan, su hermano; es bisexual, hetero curioso o pasivo de clóset. Laura, se ve ardiente y no sé si está coqueteando o es su naturaleza. Sonó el motor de un carro que llega y se detiene. Entré a finalizar de vestirme.

    Estaba listo para ir a la cena, tomé cuando tuve la duda de ir a la puerta principal o acceder a la casa grande desde el jardín. Fui al jardín y accedí por la doble puerta de hierro y cristal. Vaya, de verdad que era alta esta casa y la luz del atardecer la ilumina sin generar calor, más embellece sus paredes blancas.

    Al frente se observaba un salón. Dije – Buenas noches -no tuve respuesta. A mi izquierda y derecha un pasillo largo. Tomé el de la derecha, al avanzar creí escuchar movimiento y voces.

    Casi al finalizar la pared a mi izquierda, se abría otro pequeño salón y…

    Oh, oh! Laura y Carmen se apretaban en un beso lésbico, erótico. La diferencia de altura se manifestaba y aún así, encajaban sus labios de manera perfecta. Estaba congelado y aún así, fue como si tocaran un botón, mi verga se expandió rápidamente. Di un pasó atrás y pude escuchar,

    -¿Viene Santiago?

    -Si, le estoy esperando.

    -Juan no vendrá hasta mañana y no pude conseguir a Adán.

    -Adán no hará falta.

    Retrocedí de prisa y exclamé: -Buenas noches, señora Laura, ¿donde se encuentra? Permiso!!

    Al inicio del pasillo, surgió Laura, seria y dijo:

    Soy sólo Laura, no señora Laura, ni doña Laura… sabes, si lo vuelves hacer te castigaré, ¡te gustaría ser castigado por mi!

    -Y por mi, Hola Santiago.

    Detrás de Laura se admiraba el tamaño de Carmen, quizá 1.75 m, cabello rubio cenizo claro, ojos claros como el mar, resaltaba su maquillaje y sus labios rojos, sin labial, ya Laura le había consumido el carmín, un vestido con escote que resaltaba unas buenas tetas quizá copa 38 C, enhiestas, un vestido verde con dorado ajustado que resaltaba sus buenas caderas, piernas y brazos gruesos sin verse para nada gorda, era un mujer maciza.

    En cambio Laura, 1.65 m canela su piel, ojos marrones claros, un cuerpo bien distribuido, una cintura elegante, con un jean blanco ajustado que levantaba muy bien sus nalgas, y una blusa celeste con un ligero escote, sin mangas.

    -Ah gritó Laura, Santiago que gentil de tu parte y oportuno, -tomó de mis manos una botella de vino rosado – vamos pasemos al comedor.

    Dejé que ellas fueran delante de mí, pude apreciar la diferencia de altura y medidas. Y aún así, ellas estaban juntas de alguna manera especial. ¿Juan sabría algo al respecto?

    La cena transcurrió con el interrogatorio respectivo, ya Juan había urdido el tema y debí explicar que mi tía era cliente de Juan desde hacía más de 10 años, aunque era falso, pero me aseguraba el poseer el anexo como residencia.

    Sobre mi tío, al decir que era un constructor de casas y apartamentos, la señora Carmen, preguntó sobre un urbanismo específico, Lomas del Este; le dije que sí, que su empresa lo construyó y ella afirmo tener la casa más grande de allí. Y solía ir cada dos meses Valencia a atender negocios.

    Luego del postre, pasamos a una sala amoblada muy bien y acondicionada para reposar y conversar cómodamente.

    En un momento, le pedí a Laura el baño, me pidió que le acompañara. Luego de caminar por un pasillo y doblar la esquina, acercó su rostro al mío y me dijo en su susurro:

    -En tu habitación hay un retrato de una marina, detrás de él puedes disfrutar de observar, necesito que tengas calma. Tan pronto regreses al salón, excúsate y retírate. De obedecer depende que sigas conmigo en mi casa y puedas vivir en el anexo, si decides ser mi fiel cómplice, te aseguro que la pasaremos bien. ¿Entendiste?

    -Por supuesto, orino y me retiro, entendido.-Laura se acercó, elevó su cuerpo y me dio un breve beso en mis labios. – te espero. – dio media vuelta y se fue.

    Ya dentro del baño, entre la información recibida, el vino, el beso, la promesa futura y el deseo. Me tomé el tiempo necesario y llegué al salón.

    -Vaya que tomas tu tiempo Santiago, -dijo Carmen. –ven siéntate a mi lado – miré a Laura y sus ojos maliciosos exigían el deber impuesto. Le respondí:

    -Mucho me encantaría estar a su lado, pero debo realizar unas llamadas y concretar operaciones con mi tío y mi tía. Sinceramente espero que se repita y gracias por ser ustedes tan gentiles. Espero me comprendan.

    -De acuerdo Santiago, puedes ir a tus cosas, me gustó la charla, el vino y tú presencia. Y si la vamos a repetir. Que tensas buenas noches.-Así me despidió Laura.

    -Hasta luego Santi. Me rechazaste, eres de los pocos que lo han hecho sin consecuencias. Que termine de irte bien.

    Di media vuelta y me retiré.

    Llegué a mi habitación con la mente confundida y sin saber que era todo esto. Apenas entré a mi habitación, vi que una pequeña lámpara en una esquina estaba encendida, ni sabía que estaba operativa y estaba seguro no haberla tocado.

    Sonó mi móvil. – Hola Tía, ¿cómo estás?… muy sabrosa la cena, estoy lleno. Aunque las señoras no comen mucho… el Sr, Juan está de viajes… pues será dormir, aquí no hay TV… está en la sala… muy bien tía… salude a mi tío.

    Volví al cuadro, era un barco, un velero, luchando contra el viento y el oleaje. Me acerqué y lo tomé, con cuidado, miré detrás de él. Lo levanté y retiré para ver se encontraba.

    Otra sorpresa. Una pantalla de TV era el secreto del cuadro, en el ángulo inferior derecha estaban los botones de control… lo encendí. Miré de cerca y pude ver la misma sala bien amoblada que visité después de la cena, al lado se veía la misma sala dese otros tres ángulos. De improviso entró, bajo un antifaz y vestida con correas de cuero negro Carmen, nojoda era espectacular lo que veía, botas de cuero, quería aprender a controlar este TV de prisa, miré los botones de la derecha inferior, el teclado como de teléfono, no me decía nada. Me conformé con lo que veía.

    Sonó otro teléfono, el que dejó Juan Carlos, lo tomé…

    -Hola Sr. Juan. Estuvo muy buena la cena. Si, ya me vine… ellas quedaron allá… no, no sé que estarán haciendo…(rayos, estaba mirando a su esposa ajustarse las botas y las correas, con la tetas al aire soportadas por una arnés de cuero negro ) – y usted que está haciendo Sr. Juan… que le diga cariño, ¿quiere que le diga cariño?… ¿cuando hablemos con nuestro móvil?… muy bien… ¿Qué hiciste hoy “cariño”?… vas a cenar con tus amigos y beberás un poco… ¿estás solo?… ya no estás sólo, pero quieres que te diga cariño… no, no he visto las fotos que mandaste. Si, ya las veo. –Sabes,-le dije, bien serio -cuando estés sólo conversamos más tranquilo… ah muy bien, lo haré… espero seas tan bonitas como dices. Chao.

    Colgué, vaya, mi verga estaba hinchada y apretada bajo mi pantalón. Desde mi cama podía disfrutar del espectáculo de una mejor manera. De prisa, me despojé de mis ropas. Vivir en esta casa era sorpresa tras sorpresa. Laura era mi jefa, este regalo la haría merecedora de obedecerle. Juan era mi jefe, sin él no sabría nada de esto. Lo que me inquietaba era saber si ambos conocían y compartían estos secretos y lo disfrutaban juntos.

    La sorpresa y el asombro se sucedían sin parar, en la pantalla vi como Laura aparecía en escena con dos individuos desnudos, ambos de buena altura y complexión atlética, musculosos. Uno catire de cabello y le otro negra su piel y de rulos su cabello. Llevados de la mano por ella, los presento a Carmen, quien lejos de darle la mano, se sentó en el sofá color canela y tomo en cada mano, el pito de cada quien, se unieron y ella comenzó a realizar una doble felación, mientras ellos arriba, se besaban y se hacían caricias.

    La pantalla principal no daba la mejor visión y en las otras pantallas, pequeñas a la derecha seguro tendrían mejor ángulo. Carmen tomó al moreno por las caderas y le dedicó una buena mamada, él tomó la verga del catire y lo masturbaba.

    Moría por saber donde estaba Laura y que estaría planeando, cuando como un fantasma apareció en la puerta de mi habitación, me dio un susto inmenso, sin antifaz ella, sonreía.

    La luz del pasillo, mostraba sus curvas definidas, mi corazón era un motor de avión en pleno ascenso.

    -¡¡¡Sorpresa!!!

    Apenas desnudo y entrando en mi cama, de improviso apareció Laura, con una bata inmensa, con mangas vaporosas y bajo un antifaz con plumas de pavo real.

    Rayos, esta mujer es una impresionante desequilibrada. Corrió y se metió en mi cama,

    -Vaya, -miró mi verga apuntando al cielo-veo que te gusta lo que ves – pasó su torso sobre mi y pude sentir sus tetas bajo el vestido de tul –

    -Zaz, -dijo ella, y sacó un control remoto, afirmando

    -Con este control siempre tendremos el mejor ángulo. ¿Puedo verlo contigo?

    -Te lo suplico, por favor – le respondí.

    Seleccionó otra pantalla que “subió” a ser la principal y vimos como Carmen se dejaba ir hacia atrás, para que el negro le chupara su cuca, mientras el blanco se ubicaba detrás del sofá para ella seguir mamando un pene.

    Yo, miraba la pantalla, pero estaba atento a Laura. Ella no se movía estaba concentrada en lo que veía, decidí permanecer sereno por fuera, por dentro no sabía si ver sólo a Carmen, masturbarme o arrojarme sobre Laura como un poseso.

    En la sala, Carmen se levantó y el negro se sentó, ella le dió la espalda y se sentó sobre una polla enorme y gruesa, entró lenta y profunda. El blanco siguió detrás del mueble y puso su pene al alcance de la boca del negro, el espectáculo era genial, ardiente y provocativo.

    En ese momento, Laura colocó su cabeza en mi pecho y su mano se coló debajo de mi axila, y se puso a hacer círculos con la ñema de sus dedos, por mi parte; mi brazo derecho cubrió su espalda y comencé a hacer círculos con la ñema de mis dedos.

    Mientras, Carmen había cambiado a subirse sobre el catire que yacía en la alfombra, el negro se disponía a efectuar una entrada anal y Carmen se ofrecía de la mejor manera.

    Luisa suspiraba profundamente y movió su brazo, justo debajo de mis testículos y los acariciaba.

    Carmen llevaba leña pareja y se veía que estaba disfrutando, de pronto el negro se separó del cuerpo de Carmen y se dirigió, raudo a ofrecerle su polla a Carmen, no tardó en eyacular y ella en intentar tragar todo, cuando el negro se hubo retirado, Carmen se inclinó y beso al blanco, Luisa le dio al control y pudimos ver otra cámara con un acercamiento en HD, como el semen fluía desde la boca de ambos y caía como leche condensada.

    Luisa levantó su rostro, me miró, se acercó y me dio otro breve beso en mis labios y dijo, cada vez vas mejor Santiago. Se levantó de prisa y salió como una tromba.

    De pronto decidí que era hora de masturbarme, ya no podía soportar tantas ansias. Vi en la pantalla como Carmen, se recostaba a un sillón, mientras Laura entraba en escena y se retiraba con los caballeros, agotados y brillantes de sudor.

    Carmen daba la impresión de haberse dormido.

    Me entró una ansiedad y decidí ir al baño, tomar una ducha, beber café, ver TV normal, hacer algo. Y lo hice, lo hice todo, puse a hacer café en la greca, tomé el teléfono de Juan y busqué las fotos enviadas, vaya, eran fotos de su culo, de pronto aparece una caja y de ella surge un arnés con un falo inmenso transparente incrustado en cuero negro. Si cree que me va a meter eso.

    Miro la pantalla y ahora Laura ayuda a Carmen a levantarse y le acompaña, salen de imagen y queda la sala sola. Voy por el café y me lo llevo al baño, tome una buena ducha.

    Al salir, la pantalla muestra que el salón ya tiene las luces apagadas, entro a la cama y creo que podré dormir sin eyacular, seguro mañana habrá consecuencias, pero no deseo masturbarme.

    Caí rendido, con la verga parada.

  • Perdidos (8): Judith rebalsando de placer

    Perdidos (8): Judith rebalsando de placer

    Llegaron al campamento familiar, y tras contestar algunas preguntas de cómo se habían arreglado con la tormenta y que les había pasado, todo fue normal y sin mayores sobresaltos, por lo menos para la mamá. Pero para Jonás, pronto se irían a complicar las cosas.

    El hermano mayor enseguida captó las miradas de disconformidad que su hermano Jonathan le echaba a él en cada respuesta que daba la mamá a las preguntas inquietadas de sus preocupados cachorritos. Y aunque en un principio había zafado del interrogatorio personal que segura le haría Jonathan, Jonás sabía que era solo cuestión de esperar el tiempo y el momento oportuno para que su hermano lo abordara.

    Al otro día y durante la mañana, a los 2 hermanos mayores les tocó ir a pescar en la Balza con el que salían a realizar dicha actividad normalmente.

    Transcurridas casi 2 horas los hermanos en la Balza, por fin se termina el suspenso, y Jonathan saca el tema.

    – ¿Y cómo pasaron la noche los tortolitos? Pregunta Jonathan.

    – En realidad, no pasó mucho, fue más lo que pudo haber pasado que lo que realmente pasó. Responde Jonás

    – ¡Jajaja! ¿y por qué me tengo que creer eso? Dice burlonamente su hermano.

    – Bueno, si me vas a dejar hablar, te lo voy a contar todo… ya te dije cómo pienso sobre este tema en particular, yo podré ser el primero que coma de esa presa de caza, pero pienso compartir con mis hermanos. Pero fuiste vos el que empezó con la discordia, de querer que cada quien tome su propio camino hacia ella. En cambio, yo creo que podremos obtener más y mejores resultados, no solo vos y yo sino, hasta Tomy y Rony en un futuro más lejano. Explica Jonás.

    – Aha, y ¿cómo sería eso? Le insiste Jonathan.

    – Bueno, lo estamos conversando. Y no es algo fácil, pero lo está entendiendo de apoco. Le resume Jonás.

    – Aha, y mientras tanto vos te la vas a estar comiendo, y nosotros mirando ¿no es así hermanito querido? Vuelve al tono burlón Jonathan.

    – ¡Ya te dije que puede que sea yo el que le dé la o las primeras mordidas a la corderita, pero la pienso compartir! Le repite Jonás.

    – ¡Ja jajá!¡Ahora resulta que es una “cordera” en medio de 4 lobos!, escúchame una cosa “mi rey”, ella es una hembra con la edad suficiente para saber muy bien lo que hace, y nosotros somos 4 machitos, y al parecer acá todos estamos “cagados de hambre”, pero oh casualidad u oh privilegio, ¡Ella te eligió a vos, y ahora son los únicos que “comen” y nosotros tenemos que mirar cómo ustedes “comen” y aguantarnos, aunque nos chifle el estómago! ¡noo, mi rey, no, así no vale! Le retruca enfurecido Jonathan, casi preparándose para una pelea a puños con su hermano.

    – ¿Es que no entendés boludo? vos mismo lo dijiste “¡Ella te eligió a vos”, ósea me eligió a mí! El tema es que yo, siempre tuve más y mejor relación con ella, quizás porque soy el mayor, quizás porque ella se apoyó más en mi cuando papá la dejó, y todo eso. Encima, toda esta situación de mierda que estamos viviendo abandonados en esta mierda de isla por la que no pasa un puto barco. Ella me habla de sus penas, miedos y sentimientos, y hasta hemos tenido francas charlas de hombre y mujer…y bueno, que sé yo pegamos honda hasta cómo en una suerte de “pareja”, y si, tenés toda la razón del mundo en decir, que acá estamos todos “cagados de hambre”, yo la tenía a Jessica, vos a Camila y mami creo que estuvo a punto de tener algo cuando pasó todo esto. Y ¿sabes qué… este tema de que acá todos “tenemos hambre” e incluso llegará el momento en que Tomy y Rony, también quieran “probar”, Lo estamos hablando, y mami, lo está entendiendo, pero démosle un tiempo. Le comenta Jonás

    – ¿Un tiempo? okey, ¿Cuándo me toca pasar mi primera noche con mamá?, porque a ver mi rey, vos te la venís comiendo hace rato, y para eso, no se tomó tanto tiempo para pensarlo ¿me entendes capo? Dice Jonathan casi basureando a su hermano, que trataba de mantener la calma.

    – Mira, no puedo decirte, porque ella le cuesta todavía hablar de ese tema, creo que es más bien un proceso que un tiempo en sí, pero acá lo importante es no apurarla, y dejarle su tiempo y espacio. Explica Jonás.

    – ¿Cuántas veces te la cogiste ya? Remata Jonathan con una pregunta bien directa.

    – A ver, cómo te lo explico -Intenta explicar Jonás, cuando su hermano lo interrumpe.

    – ¡Jajaja, perdiste la cuenta hijo de puta! Se burla Jonathan.

    – No, no es eso, es que mira. En realidad, vamos avanzando de a poquito, se dan cómo jueguitos entre nosotros, pero no hay habido una penetración aún. Le cuenta Jonás.

    – ¡Jajaja! ¿Qué hacen? ¿se pajean uno en frente del otro y listo? ¿se van a lugares a solas a seguir “pasando hambre” juntos? Se burla Jonathan.

    – Escúchame, pasa que mamá tiene terror a quedar embarazada, sola en una isla sin atención médica y ¡y de su hijo!, y eso le va a pasar no solo conmigo, sino con cada uno de nosotros cuando estén con ella, ¿entendes? mira, la vez que más cerca estuvimos de coger, fue esa noche de la tormenta, pero no pudo. Le dijo Jonás

    – ¿Hasta dónde llegó la cosa hermanito? Le pregunta Jonathan.

    – Mhh, nos acariciamos, no besamos y que esto y que el otro, charlamos, cuestión que en un momento ella se subió, cómo para cabalgar, me agarró la verga, pero en vez de clavársela, la hacía rosar los labios de la concha y chocar su clítoris y eso fue todo. Explica Jonás con sus manos en la cara, por la vergüenza de contarle a su hermano, lo que habían hecho con la mamá, pero también la excitación de recordarlo.

    – ¿¡Y no le sacaste la manito de la verga y se la clavaste vos! Le pregunta sorprendido Jonathan.

    – ¿Ves Jony? ¡esos son los errores que no hay que cometer con mami! Hay que dejar que mientras hallan avances, sea cómo ella quiera, creo que, si no la apuramos, la vamos a sacar buena, pero si nos equivocamos una sola vez, la pasamos a cagar para siempre, y uno de nosotros que haga algo así, se la puede cagar a todo el resto. Dice Jonás.

    – Vamos a suponer, que todos ya logramos que ella se nos entregue, digamos que cada uno tiene su noche con ella fijada en el calendario semanal. Una noche cualquiera, uno de nosotros comete un error con ella, digamos vos. ¿Cuál sería tu reacción si ella ya no quiere más con vos, pero con el resto está todo bien? Le pregunta Jonathan.

    – La verdad es que no pienso cometer errores. Dice firmemente Jonás.

    – Bueno, digamos que lo cometo yo, y ella nos “castiga” a todos, ¿cómo crees que reaccionaría cada uno del resto? Insiste Jonathan.

    – Creo que primero te romperíamos el culo a patadas, y después con ella, no sé, convencerla de que el resto no fue. Dice Jonás.

    – ¿Y si no la convencen? Pregunta con una mirada inquietante Jonathan.

    Pero Jonás responde con un gesto de resignación luego de pensarlo un poco.

    – ¿Sabés que creo yo?, que una vez que todo esto empiece, ya nadie va a poder poner tanta “reglitas de juego” y vamos a vivir de orgía en orgía, vamos a vivir la gran vida. Una vida sin reglas ni limites, y esta puta isla, toda esta puta isla será nuestro mundo, alejado del resto y viviendo bajo nuestras normas, ni en pedo, ni en mis mejores sueños me hubiera imaginado esto. ¿te imaginas si hubiéramos traído a un par de amigas o a tu Jessica y mi Camila, mami ya no tendría tanta presión de ser la madre y la minita de sus 4 cachorros, pero bueno, tocó esto, disfrutemos esto pues. Dice Jonathan.

    – ¿Cómo te imaginas una orgía con mami? Pregunta un poco preocupado Jonás.

    – ¡Qué pregunta! bueno, en sí creo que llevaremos una vida en donde cada uno tendrá su noche con ella, y de vez en cuando, tendremos fiestitas, tríos con ella o incluso todos con ella, teniendo que hacer una fila atrás del que se la está cogiendo en ese momento. Le dice Jonathan con cara de depravado.

    – ¡Jajaja! Ríen los dos.

    Y ahí queda la charla. Jonás se sentía un privilegiado por la elección que había hecho Judith en favor suyo por sobre Jonathan. Sabía que de acá a que se dé algo con Jonathan, y los demás, su mamá sería solo de él quizás hasta por un largo tiempo más.

    En ese momento el recuerdo de la virginidad de la hermosa y parada cola de Judith, volvió a su mente. Y se propuso en aprovechar el tiempo en el que ella le perteneciera” solo a él, para lograr ser el primero en entrarle por la “puerta trasera” a su hermosa y jovial mamá.

    Sin embargo, había cosas en Jonathan que lo inquietaban. Cómo, por ejemplo. Cómo le costaba a su hermano entender, aceptar y respetar el plan de Jonás, y cómo él a cada momento amenazaba con ir por su madre, por su propio camino o a su propio modo, y cómo le costaba entender que era necesario respetar las reglas que la propia Judith fuera imponiendo, y su predisposición a violarlas en cualquier momento.

    Incluso temió por un supuesto mal paso de Jonathan con Judith, y que acabara violándola.

    Durante los próximos días, no volvió a pasar nada entre Jonás y su mamá, es decir; todo quedaba en algún beso apasionado (cuando estaban a solas) o algún jueguito de manos y besos, por las noches en la cama. Y es que Judith por esos días andaba con el periodo menstrual, y asi se lo había hecho saber a su hijo, quien obviamente estaba ansioso por volver a tenerla en la “cama”.

    Cuando llegó por fin el corte de su periodo menstrual, ella y su hijo acordaron volver a ir a “caminar” (ellos habían establecido la frase “ir a caminar” cómo un código secreto para referir a sus encuentros íntimos.

    Eran las tres de la tarde cuando Judith invita a Jonás a ir a caminar por la playa, y su hijo acepta encantado. Ni ella ni él podían evitar la felicidad en sus rostros a medida que se alejaban de los demás. Se tomaron de las manos, y dejaron de ser madre e hijo, cómo lo eran frente al resto de la familia, para pasar a ser simplemente hombre y mujer, macho y hembra.

    – ¿Entramos a descansar un rato acá? Pregunta Judith con una picara expresión en su rostro cuando llegan a la misma cueva del otro día.

    – ¡Si, ni hablar! Le dice él.

    Ellos se sientan en la piedra rectangular que habían usado de cama la noche en la que tuvieron que dormir en la cueva, y conversan animadamente durante un buen rato, hasta que ella lo invita a darse un chapuzón al mar, y su hijo acepta gustosamente y se desvisten rápidamente hasta que ella queda en un conjunto de bombacha y corpiño blanco y su hijo con un calzoncillo verde oscuro.

    Ellos nadan un buen rato cada uno por su lado, hasta que poco a poco se van acercando para tener pequeños diálogos esporádicos, y en cada acercamiento hay intercambio de besos y alguna que otra caricia en las partes íntimas. Y asi se empezaron a calentar las cosas ente ellos.

    Entonces Jonás le propone ir a la “cama”.

    – ¿Ya no aguantás más? Le pregunta ella pícaramente.

    – No sé si es tanto eso, pero… se nos va a hacer tarde para aprovechar el tiempo a solas.

    – Está bien, pero… antes de salir me gustaría que hagamos algo más en el agua. Propone Judith.

    – ¿Qué más? Le dice Jonás

    – Veni con mami. Le dice ella extendiéndole tiernamente sus brazos.

    El joven se acera a ella, y tomándolo en sus brazos, lo carga en ellos y lo hace hacer la “planchita” mientras ambos se miran con profunda ternura.

    – Nunca jamás pensé en que fuésemos a pasar por todo esto. Comenta ella mirándolo a los ojos, mientras los suyos comienzan a llenarse de lágrimas.

    – ¿Qué cosa? Le pregunta su hijo.

    – Todo esto, de perdernos todos en una isla desolada, tener que dejar atrás toda nuestra vida, empezar de nuevo, quedarme y sentirme tan sola como mujer y terminar envuelta en una locura cómo esta con mi propio hijo… lo pienso y lo pienso durante el día y por las noches hasta quedarme dormida. Comenta ella entre sollozos.

    – ¿Y qué sentís? Le pregunta Jonás

    – Muchas cosas… pero hay un sentimiento que últimamente crece en mí, es algo extraño, pero, es cómo un gran orgullo por haber encontrado un “hombre” tan cerca mío… O sea, desde que tu padre me dejó, y pasó un tiempo hasta que lo asumí y comencé a sentirme sola y con la necesidad de alguien a mi lado nuevamente, lo comencé a buscar, hasta que había creído encontrarlo en un amigo, cuando todo había empezado a marchar bien con él, salgo a unas vacaciones con mi familia, y nos perdemos en una isla que al parecer, ningún ser humano tiene conocimiento sobre su existencia, y a partir de ahí vuelvo a quedarme sola cómo mujer… pero entonces empiezo a tener otra relación con mis hijos, una mucho mejor que la de antes. Y entonces la locura vuelve a acecharme y con uno de ellos nos sentimos de alguna forma atraídos y descubrimos cómo que fuéramos la “pareja perfecta”. Decía ella, cuando su hijo la calla con un beso en la boca y ambos lloran emocionados.

    – ¡Es increíble, si yo fuera el que hubiera empezado a hablar, hubiera resumido mi historia casi con las mismas palabras! Le responde Jonás verdaderamente sorprendido.

    – ¿Y no te parece una total locura? Le pregunta ella

    – Sí, eso sí, pero… -Dice Jonás pensativo

    – ¿Te gusta esta locura? ¿no? Le responde su mamá con una tierna sonrisa.

    – ¡La verdad que me encanta! Pero… la locura no termina ahí mamá. Le dice Jonás.

    – ¿Por qué lo decis cómo preocupado? ¿tenes miedo a ser padre de un hijo con mami? Le plantea Judith.

    – Mmhh, bueno si, digamos que también es eso, pero hay algo más. Insiste é.

    – ¿Cómo vamos a mantenerlo en secreto con tus hermanos? Le pregunta ella.

    – Haz dado en el blanco. Le responde Jonás, sin atreverse a confesarle que la relación ya no es tan secreta cómo ella pensaba o más bien quería pensar.

    – Sí, eso también me tiene mal a mí, pero tengo que confesarte algo… ¡no sabés cómo me cuesta darle un corte a todo esto! Le dice ella rompiendo en llanto.

    – ¡No tenemos que cortarlo, solo se trata de manejarlo! Le suplica él.

    – ¿Y si nos descubren? Le plantea su mamá.

    – Y si nos descubren, en ese momento veremos cómo lo enfrentamos, pero mientras esta paz del secreto de esta relación dure, disfrutémoslo… porque si no, la otra que nos queda es la castidad absoluta para el resto de nuestras vidas. Reflexiona Jonás, poniéndose de pie, y extendiéndole los brazos a Judith, para abrazarla

    – Me parece que el Jony algo sospecha. Comenta ella preocupada.

    – ¿Por qué lo decís? Le pregunta él.

    – Por cómo me y nos mira. Confiesa su mamá.

    – Bueno, y aparte de eso ¿te ha hecho algún comentario? Le tira la lengua él.

    – No, ¡pero lo noto raro! Insiste Judith.

    Jonás en ese momento la toma en sus brazos, y la recuesta en ellos, para que su mamá también haga la planchita, y gira de un lado a otro con ella en brazos, para divertirla un rato y cambiarle la conversación y sobre todo su estado de ánimo.

    Y efectivamente, ambos logran distraerse un buen rato más, hasta que deciden ir a la cueva a lo que realmente era el motivo principal del encuentro a solas entre ellos.

    Desde que salieron del agua y hasta que llegaron a la cueva, caminaron de la mano, y el intenso sol había secado casi por completo sus cuerpos.

    Ellos, se abrazan y comienzan a besarse apasionadamente.

    – No sé cómo va a seguir todo esto con esta situación que estamos viviendo entre nosotros y con el resto de los chicos… pero quiero que nos prometamos que lo vamos a enfrentar juntos, y que cada vez que estemos a solas acá o en el mar o en el manantial, será el mejor de los momentos. Le pide Judith a su hijo mayor entre besos apasionados.

    – ¡Contas con mi palabra de que así lo será! Además, para mi cada vez que te tengo desnuda frente a mí, es cómo un sueño hecho realidad. Le asegura su hijo.

    – ¿Queres empezar a soñar? Le pregunta ella desabrochándose el corpiño.

    – ¡Cómo me gusta verte mami, te amo! Le dice su hijo.

    – Y mamá te ama más. Le responde Judith poniéndose de pie frente a su hijo.

    – Vení acá que ahora vamos a ver quien ama más a quien. La desafía su hijo tomándola de la mano y atrayéndola hacia él

    – ¡Jaja, vas a ver que gana mamá! Lo desafia Judith, mientras las manos de su hijo acarician sus tetas y ella cierra sus ojos dejándose llevar por el placer.

    – Hoy me toca poner a mí las reglas de este encuentro, y sí vamos a “jugar” bajo mis reglas, vas a ver el amor que te tengo. Le dice Jonás.

    – ¡Mhh! ¿tenes muchas ganas de “jugar” con mamá?… y ¿a qué queres que juguemos? Le pregunta ella con tono sensual.

    – Bueno, no lo he pensado bien todavía pero sí te digo que quiero hacer algo distinto a lo de la última vez. Le responde Jonás, pensando en la virginidad de la “puerta trasera” de mamá

    – La única regla que te pido respetar a raja tabla, es no penetrar a mamá… sabemos que los dos nos morimos de ganas por comer de ese fruto, pero sería demasiado grande el resgo que correríamos. Le pide ella encarecidamente.

    – Bueno, vos misma dijiste una palabra clave, “comer”. Ya me quedó claro lo de la prohibición de entrar con mi pija en la cuevita de mami, pero… ¿alguna vez te la comieron? Le pregunta Jonás, olvidándose un momento de la “puertita trasera” de mami, y en un cambio repentino de planes ahora se había puesto el objetivo de probar el sabor de la concha de su madre.

    – ¿Cómo sería eso? Pregunta pícaramente Judith mientras sigue disfrutando de las caricias de su hijo.

    Entonces Jonás, se arrodilla frente a ella, y le baja la bombacha blanca hasta el piso y su mamá con los pies se la termina de sacar y la hace a un lado, y sigue parada frente al chico dispuesta a dejarlo tomar el control de la situación y dejarse llevar y sorprender por las ocurrencias de su joven semental.

    Jonás se arrodilló frente a ella y su rostro quedó justo a la altura de la concha peluda de una Judith, que, si bien estaba muy curiosa escuchando los movimientos de su hijo mayor, no quería abrir los ojos para ver, más bien prefirió agudizar el resto de sus 5 sentidos y hasta el sexto sentido de la intuición femenina, para tratar de detectar cual sería cada siguiente paso de su hijo Jonás.

    Entonces de pronto siente la respiración del chico en su zona vaginal, e intuitivamente ella separa aún más sus piernas, sin estar muy segura de lo que haría ahora él.

    Jonás interpretó este movimiento de su mamá cómo una aprobación de ella hacia sus intenciones. Y sin más se avalanzó sobre esa maternal y peluda concha que tenía frente a él.

    Comenzó a olerla, a darle suaves y tiernos besitos.

    Judith, reaccionó con un involuntario sobresalto al rose de los labios de su hijo con su concha, pero se pudo mantener firme en su actitud de no abrir los ojos, y en cambio abrió más sus piernas, permitiéndole a su hijo ponerse más cómodo frente a ella.

    Entonces luego de besarle y olerle la concha a su madre, saca su lengua y le abre los labios vaginales, recorriéndolos suavemente de arriba abajo y viceversa.

    Ella sintió un espasmo de inmediato y solo atinó a sujetarse a su hijo para no perder el equilibrio, y abrió bien grande su boca cuando sintió entrar en su vagina la calida y gruesa lengua de su hijo que comenzó un movimiento cómo si le estuviera escarbando la concha. Judith, no pudo más y abrió sus ojos para ver aquella escena, la de su hijo de rodillas frente a ella y perdido en .

    su entrepierna más que comiéndole, devorándole la concha, con verdadera devoción y una basta experiencia.

    -¡Ah, ah, ah! Sonaron e hicieron eco los entre cortados quejidos de placer de Judith, en aquella cueva, que se había convertido a esta altura del partido, en el mejor sitio de la isla para las escapadas amorosas de madre e hijo.

    Jonás sentía como las manos de su mamá se posaban en su cabeza, lo acariciaba con desenfreno, llegando a tomarlo del cabello y apretujarlo contra su pelvis.

    – ¡Ah, ah, ah! Continuaron oyéndose los agudos quejiditos de Judith, provocados por el inmenso placer que Jonás le hacía sentir escarbándole la concha y acariciándole el clítoris con la lengua

    Jonás sentía cómo esa concha peluda, se inundaba cada vez más, cómo con el correr de los minutos, era cómo haber hecho un pozo en la arena de la playa y haber encontrado agua de mar que empieza a emanar de él. Jonás ya podía literalmente beber de la acuosa emanación de la concha de su madre, que no dejaba de dar quejiditos cada vez más acelerados, y ya los acompañaba con un creciente, constante y hasta rítmico jadeo.

    Ella sabía que estaba perdiendo el control cómo nunca en su vida le había pasado a sus recientes 45 años. Sabía que lo que estaba llegándole era probablemente el orgasmo más intenso y grande de su vida, y entonces cerró sus ojos, relajó su cuerpo casi dejándolo caer sobre Jonás, sus piernas se flexionaron bruscamente y empezaron a temblar. Y ambos supieron que el gran final había llegado, pero ella supo de repente que con el orgasmo que ya estaba teniendo, algo más venía, algo que cómo el orgasmo y el placer, le sería imposible retener, y entonces estando Judith parada frente a su hijo que no paraba de comerle la concha, empezó a acompañar su increíble orgasmo con un abundante flujo y meo que empezó a caer de su concha entre temblequeos jadeos y gemidos que retumbaban en aquella remota cueva de los acantilados en la isla.

    – ¡AaahH! Gimió fuerte Judith mientras se meaba con aquel orgasmo.

    Al ver que ella meaba abundantemente con su orgasmo, ambos estaban sorprendidos con lo que pasaba. Ella avergonzada y sin poder retener una sola gota en su vejiga, él fascinado tratando de beber la mayor cantidad de aquel caliente y maternal meo que no paraba de salir de esa peluda concha.

    Entonces después de todo aquello, Judith se sintió muy débil, y Jonás al darse cuenta, se incorporó y la ayudó a acostarse en la “cama” rocosa que había en ese lugar.

    Pero ahora era su hijo que anonadado por lo que había pasado, saboreando aun en su boca esos sabor a flujo y meo que mamá había dejado en su boca, y viéndose empapado y como la meada de Judith aún escurría de su barbilla, observó el charco que su mamá dejó en la arena, y con un dedo, comprobó que el ano estaba bien lubricado con sus propio jugos , y la miró a ella recostada, jadeante y sin fuerzas aún. Y todo ese escenario a su alrededor, lo hizo excitarse tanto que no pudo esperar a que su madre se repusiera.

    Entonces con la idea fija en su mente de que la hora de “abrirle la puerta trasera” a mami había llegado, la tomó en sus brazos y con mucha dificultad la puso a 4 patas sobre la “cama”, lubricó bien su pene, lo rosó varias veces en su vagina, buscando volver a excitarla, y cuando lo hizo, toma en su mano su duro pene y con júbilo apunta al virginal ano de mamá.

    – ¡Ayyy nooo, por favor por atrás no! Suplicó ella.

    – ¡Quietita, quietita, yo sé lo que hago! Le ordenó Jonás sujetándola firmemente en cuanto ella se resistió casi sin fuerzas.

    – ¡No Jonacito de mi vida, no hijito mio, por favor! ¡Me va a doler, vas a lastimar a mami, por favoor! Suplicó Judith entre sollozos y al término de la súplica comenzó a llorar, al sentir que su hijo la tomó con firmeza entre sus brazos y la punta de su duro garrote se empezaba a clavar en su culo, cuando su hijo empezó a empujárselo suavemente adentro.

    – ¡Si duele, va a ser al principio, pero después lo vas a disfrutar! Trataba de convencerla él, al tiempo que, al acordarse de Jonathan, supo que sería él el primero en desvirgar el culo de mami.

    – ¡Hago lo que quieras, pero esto no, hago lo que quieras, pero esto no! Suplicó Judith llorando y moviéndose para tratar de zafarse de los firmes brazos de su hijo mayor.

    – ¡Qué bueno que vayas a hacer lo que quiera, porque esto es lo que quiero desde hace mucho tiempo! Le dice él casi burlándose totalmente poseído por la excitación.

    Entonces Judith gira su cabeza y lo mira a los ojos llorando desconsoladamente, y ve con terror la cara de loco que tenía Jonás, y comprendió que no se detendría

    Pero cuando Jonás vio la cara de terror que tenía su mamá Judith, se apiadó de ella, la tomó en sus brazos y le pidió perdón.

    Judith, al ver que el miembro de su hijo seguía tieso, le propone hacele una paja, pero Jonás se opone rotundamente a la idea de su mamá, porque sinceramente ya estaba aburido de las pajas mutuas con mami, y ya sentía la necesidad de cruzar nuevos límites.

    Ella al ver la cara de disgusto en su hijo, se decepciona consigo misma, porque después de tan brutal chupada de concha que le había hecho, al punto de hacerla mearse con el orgasmo por primera vez en su vida, ya estaba pensando un hacer un esfuerzo máximo y entregarle su culo vergen a su hijo mayor. Pero entonces, su hijo le hace una nueva propuesta:

    – ¿Me la mamarías? Le propone Jonás.

    Judith, queda sorprendida y pensativa por la nueva intención de su hijo. Solo lo había hecho o más bien intentado una vez en su vida con el padre de sus hijos, porque con aquel “amigo” con el que había empezado a salir, y con el que tuvo solo un par de encamadas, se negó rotundamente a complacerlo en el sexo oral. Y es que la vez que lo intentó sintió tanto asco que por poco no vomitó sobre la pija misma de su marido. Además de recibir el reproche de este por lo mal que lo había hecho. Pero también sintió que después de la semejante chupada de concha que le había hecho su hijo, hasta el punto de hacela mear de placer por primera vez en su vida, no era algo justo para Jonás, por lo que tuvo que optar entre el potencial dolor de su primer anal y el asco que sentiría en su segundo oral, y sin si quiera estar segura de poderlo conformar con su “trabajo”. Y después de pensarlo mientras seca las lágrimas de sus ojos y mejillas, lo decidió.

    – Está bien mi amor, mami te la va a mamar. Dijo ella con un tono inseguro en su voz.

    Ambos se pusieron de pie, Judith se arrodilló frente a su hijo, y la verga de este quedó apuntándole a su cara cómo si fuera una pistola lista a dispararle todo su cargador.

    Ella se relamió los labios varias veces mientras en su pensamiento se dava coraje para meterse ese caño en la boca, cerró sus ojos y se dijo a sí misma en su mente “aquí voy”.

    Cuando se acercó lo suficiente como para que la punta del caño de su hijo chocara con sus labios cerrados, lo besó tiernamente varias veces y entre abrió sus labios lo suficiente cómo para que la pija de Jonás apenas entre en su boca, pro con sus dientes raspaba y desconcentraba a Jonás, quien percibió de inmediato la inesperticie de su Judith en mamar una verga. Cosa que lo excitó de sobre manera, tener que ser él quien le enseñe a su mamá a mamar una verga, y pensaba que queriendo desvigarle el culo, terminará desvirgándole la boquita.

    – Abrí más la boquita. Le indicó su hijo muy excitado

    – Aaah. Fue la respuesta de ella mientras obedeció a su hijo abriéndola lo suficiente para que sus dientes no lo raspen.

    – ¡Eso mamita, así mi reina preciosa, diga aaah! Le volvió a indicar Jonás

    – ¡Aaaah! Hacía ella complaciéndolo mientras la verga de su hijo buscaba más profundidad en su boca.

    – ¡Muy bien, muy bien mamita hermosa, saca la lengüita, saca la lengüita! Le pedía su hijo, mientras en su cabeza disfrutaba de ser él quien le esté “enseñando” a su mamá a dar placer con la boca. Y más se excitó cuando cayó en la cuenta de que la estaba “estrenando” de alguna forma, por lo que, frente a Jonathan, y hasta quizás el resto de sus hermanos, él había “tomado la delantera” con mamá.

    – ¡Aaaah! Decía ella, mientras se ponía más comoda apoyando las manos en el suelo, quedando a 4 patas, y sacaba temerosa su lengua permitiendo que el tronco de su hijo fuese más adentro aún.

    – ¡Uuuf, pero que mami tan obediente tengo ¿es tu, tu primera vez con la boquita? Le preguntó él casi seguro de que la estaba estrenando

    – ¡Aha, Ahhh. Le confirma ella como puede sin sacarse la verga de la boca, ni dejar de decir “Ah”.

    – ¡Pero que mami más inteligente tengo, aprendió a mamar en su primera clase! Dice Jonás

    – ¡Jaja, ahhh! Es la respuesta de Judith.

    Entonces, Jonás empieza un movimiento de mete y saca, mientras la baba de Judith comenzó a caer de su boca por el tiempo que ya llevaba con ella abierta y su lengua afuera.

    Jonás llegaba cada vez un poco más adentro de la boca, hasta sentir que entra con la punta en su garganta, y las arcadas espontaneas de Judith, que interrumpían su sostenido “Aaah”, más los torpes movimientos de su lengua que se metió de inmediato en su boca para tratar de defenderse de la invasión de la pija de su hijo, le confirmaban a Jonás lo profundo que le estaba entrando a mamá con solo meterle más de la mitad de su pija en la boca.

    Jonás se prometió a si mismo ser el primero en hacer tragar leche masculina a mami, y no se iba a privar de ese lujo, aun corriendo el riesgo de recibir un vomito en su pija. Después de todo ya la había hecho mearse de placer en su boca y cara mientras se la chupaba a ella. Ya había probado todos los sabores de mamá hasta el de su meo, ahora que sea ella quien sepa cómo sabe su hijo.

    Empezó a embestirla salvajemente con estos pensamientos en la cabeza y el eco de las arcadas de Judith, que se sucedían una tras otra retumbando en aquella cueva.

    Ella viéndose a punto del vómito, y al ver que su hijo no parecía estar al tanto de la situación, o que estaba tan fuera de sí, que no le importaba estaba empezado a entrar en pánico, y cuando sintió que Jonás empezó a derramar pequeñas cantidades de semen en su boca y garganta, las arcadas que le venían eran más vehementes, prolongadas y sonoras, por lo que trató sin excito de zafarse y sacarse la verga de la boca. Pero su hijo, adivinando la intención de Judith, la tomó firmemente por los pelos y con sus dos manos desatando un forcejeo desesperado por parte de ella, al ver que su hijo iba a terminar acabándole dentro de la boca y quien sabe sino dentro de su garganta.

    – ¡Quieta carajo, quieta! Le ordena Jonás con voz firme durante el forcejeo

    – ¡Ggghh, Guac, guac guac!, Exclama Judith entre ahogos y arcadas mirándolo a los ojos con los suyos llenos de lágrimas y su rostro enrojecido por sus esfuerzos para respirar.

    – ¡Quietita que voy, quietita que ahí voy, vamos tagame toda la leche, trágate la leche de tu hijo! ¿a ver cómo toma la leche mami, a ver cómo se toma toda la leche mami? Le decía él mientras la miraba a los ojos viéndola suplicante llorando entre ahogos y sus pelos castaños claro cubriéndole parte de la cara

    Ella ya pensaba en mordérsela, cuando vio que las rodillas de su hijo se flexionaron, y su boca y garganta se llenaron del caliente y espeso semen de Jonás, haciéndola toser con todas sus fuerzas y vomitar abundantemente sobre la pija y piernas de Jonás, quien ya satisfecho, le sacó la pija de la boca, y ella se levantó de inmediato, corrió tosiendo hasta salir fuera de la cueva y su hijo la siguió por detrás.

    Al salir de la cueva, ella continuó vomitando apoyada con sus manos en la roca del acantilado mientras su hijo la miraba triunfal, pensando en que la había hecho rebalsar, en su primera mamada.

    El miraba cómo leche y comida salían de su boca y nariz, cuando por fin empieza a darse cuenta de lo que había hecho, prácticamente la había violado por la boca a su amada mamá.

    Jonás comenzó a suplicarle que lo perdone, que no volvería a pasar, pero que trate de comprenderlo, que estaba muy excitado con todo lo que pasó cuando le chupó la concha, y con todos los pensamientos que tenía en la cabeza.

    Judith, ya más recuperada, lo miraba furiosa y en silencio escuchándolo hablar cómo idiota, o por lo menos eso pensaba ella en ese momento.

    Ella entro en la cueva, miró su meada y su vomito en el piso. Producto del placer y descontrol de aquel encuentro sexual, se vistió y se fue camino al campamento.

    Jonás, al verla vestirse e irse, hizo exactamente lo mismo, pero cómo se demoró un poco más que ella, Judith que caminaba rápido y furiosa por la playa sin ganas de tener que caminar al lado de Jonás. Tomó la delantera y lo dejó muy atrás.

    El chico ni bien estuvo afuera de la cueva, al ver que no la veía corrió tras ella lo más rápido que pudo, pero cuando mientras corría la pudo ver a lo lejos, pensó que tal vez ella no estuviera de humor para verlo y prefirió darle un tiempo para hablar del asunto.

  • Así me cogieron mientras mi esposo trabaja

    Así me cogieron mientras mi esposo trabaja

    Enlace al relato anterior al final de este relato.

    La alarma por la pandemia había terminado, todo mundo había sido vacunado y empezó la reapertura del país, los comercios volvieron a abrir, seguido de los restaurantes, los cines y las escuelas, a mi cuñado le volvieron a ofrecer empleo en Tampico y se regresó con su familia, mi hijo, Luis Manuel, ya casi con 6 años regresó a clases presenciales, todo parecía regresar a la normalidad.

    Había que inscribir al niño en alguna actividad extra curricular y decidió ingresar al equipo de fútbol, le gustaba mucho este deporte debido a que durante el confinamiento mi esposo y mi cuñado jugaban con él en el patio.

    Tenía entrenamientos dos veces por semana en la escuela y los sábados participaba el equipo en un torneo interescolar, al cual podíamos asistir los padres.

    Puntualmente semana a semana lo llevaba a su partido y cuando estaba en etapa de descanso me acompañaba mi esposo.

    Los niños a esa edad no son muy disciplinados y se distraen con facilidad, los padres disfrutábamos los partidos riendo con sus ocurrencias, mi hijo no era la excepción y a cada rato volteaba a saludarme agitando sus manitas o tirarme un beso, era gracioso ver la desesperación del entrenador tratando de poner orden, los padres gritando y apoyando a los chicos como si de campeones del mundo se tratara.

    Al llegar a los partidos, saludábamos a los demás padres, noté que había un niño con el que mi hijo se juntaba más, se ponía a platicar y jugar con él durante el calentamiento previo al partido e incluso durante el partido.

    Ese amiguito de mi hijo cada semana iba con alguno de sus padres, pero nunca ambos, una semana la madre y la siguiente el padre, me llamó la atención que ambos eran muy apuestos, ella una chica morena clara, delgada y con una bonita figura, él con una figura atlética y varonil, cómo de 35 años, alto, cómo 1.80 m, de tez morena clara, piernas largas y grandes manos, precisamente dos cosas que me atraen mucho en los hombres, no en pocas ocasiones en forma discreta me le quedaba viendo embelesada admirando su físico y noté que no le era indiferente, ya que en varias ocasiones lo descubrí también lanzándome furtivas miradas.

    Un día mi hijo me pide invitar a su amiguito, de nombre Iker, a jugar videojuegos a nuestra casa, después del partido.

    Ese día iba con su madre y pensaba solicitar su permiso al término del partido, pero antes se me acercó ella y me abordó:

    – Hola, mi nombre es Cecilia, mi hijo Iker se ha hecho muy amigo de Luisito, tu hijo.

    – Mucho gusto, mi nombre es Patricia, pero todos me llaman Paty y, efectivamente noté que son buenos amigos, no para de hablarme de su amiguito Iker,- le respondí.

    – Si, y disculpa pero mi hijo me ha pedido permiso de ir a tu casa y quería saber si estás de acuerdo.

    – Sí, claro, me encantaría recibirlos en casa, pero antes vamos a McDonald’s por unas hamburguesas, ¿te parece?- La verdad la invitación a comer era para platicar y conocerla mejor, ya que no acostumbro meter a cualquier persona a casa, sobre todo si no está mi marido.

    Fuimos al restaurante y platicamos largo rato, resultó ser una mujer muy agradable y educada, provenía de una familia acaudalada y muy religiosa, había estudiado en un colegio de monjas.

    Después fuimos a casa y la invité a pasar en lo que los niños jugaban, tuvimos una plática entretenida en la que le conté que mi esposo trabajaba 14 días fuera y descansaba 14 días y no aguanté la tentación de preguntarle por el padre de Iker.

    Resultó que efectivamente, cómo llegué a pensar, estaban divorciados, me contó que le fue infiel en varias ocasiones y no lo pudo perdonar, pero que era un buen padre, se preocupaba por la manutención del niño y no faltaba el fin de semana que le tocaba estar con el niño, lo llevaba a pasear y se hacía cargo de él todo el fin de semana.

    La velada fue muy agradable y al final nos despedimos como buenas amigas.

    La siguiente semana, me había vestido con una lycra deportiva de color amarillo que se ajustaba a mi cuerpo como un guante y una blusita blanca ligera, muy sexy, los hombres, entre los que se encontraba el padre de Iker, me comían con la mirada, me encanta sentirme deseada y discretamente exhibía mi cuerpo, al terminar el partido se me acerca Luisito y me dice que quiere volver a invitar a Iker a casa.

    Me causa sorpresa ya que no me lo había dicho con anticipación, no estoy segura de aceptar, es la segunda semana de la etapa de trabajo de mi esposo y sigo sola en casa, en eso se presenta ante mis ojos el guapo padre de Iker y con una voz gruesa y profunda me dice:

    – Hola, mi nombre es Adrián, padre de Iker y mi hijo insiste en ir a jugar a la casa de su amiguito Luisito, su hijo.

    – Claaaro, mucho gusto- respondí ligeramente nerviosa.

    – Mi nombre es Patricia, puedes llamarme Paty- agregué estirando mi temblorosa mano para saludarlo.

    Al darme la mano me da un firme apretón que me causa un escalofrío, sus labios se acercan a mi mejilla para darme un cálido beso en forma de saludo, sentir sus labios carnosos rozando mi piel, me turbó y mi vagina se humedeció al instante.

    Le di me dirección y me siguió en su auto a fin de saber dónde vivía, para la hora de recoger a su hijo, una vez en la puerta entraron los niños corriendo y no pude resistir invitarlo a pasar.

    – Si gustas puedes pasar – le dije nerviosa.

    – ¿No sé molestaría su marido?- preguntó

    – No, mi esposo no se encuentra, estoy sola, será un placer que me hagas compañía.

    Lo ví sonreír y aceptó pasar, le invité una cerveza y nos pusimos a platicar, no podía despegar mis ojos de su lindo cuerpo, tenía modales muy masculinos e irradiaba virilidad por cada uno de los poros de su piel, un verdadero macho.

    Empezamos hablando de las ocurrencias de nuestros hijos y poco a poco fuimos conversando de temas más personales, aproveché para preguntarle sobre la madre de Iker, quería saber su versión.

    – La verdad, es que nos llevábamos bien, pero no logramos congeniar cómo pareja, disculpa si soy muy directo, pero me gusta decir las cosas como son, soy una persona muy sexual, digamos que me gusta mucho el sexo y soy muy fantasioso en la cama, en cambio, Cecilia mi ex, es demasiado recatada, educada a la antigua y todo le parecía inmoral, incluso decía que era un pervertido, cómo comprenderás no lograba satisfacerme sexualmente y tuve que buscar otras mujeres.

    La confesión me sorprendió, no pensaba que fuera tan directo, pensé en Cecilia, que tonta, yo sería feliz con un macho como Adrián, que me estuviera dando caña a cada rato, y como él quisiera, me encantan los hombres así, no pude evitar imaginarme en sus brazos, no cabe duda que algunas mujeres no aprecian aquello que otras envidiarían.

    Me preguntó sobre mi esposo, le comenté que trabajaba en plataforma y que me quedaba sola por 14 días.

    – Pobre, debe ser difícil estar tanto tiempo sola, se nota que eres una mujer que necesita el calor de un hombre a su lado.

    Me quedé muda, sin saber que decir, turbada me levanté y me apoyé en la barra de la cocina, Adrián se levanta y sin previo aviso me toma de los hombros y besa mi cuello, acción que me dejó totalmente estática, sin saber cómo reaccionar, con una tenue voz alcancé a decir:

    – Adrián, espera, que estás haciendo- exclamé

    – Vamos, sé que te mueres por un macho, tu marido te deja mucho tiempo sola y estás que ardes por qué te coja- contestó

    En voz tenue le decía que no era correcto, que estaban los niños, me tenía aprisionada contra la barra de la cocina y no dejaba de besarme el cuello y apretarme contra su cuerpo.

    Mis súplicas eran cada vez más débiles.

    – Para, para, por favor, no sigas, detente- susurraba sin mucha convicción, mi cuerpo me traicionaba y no oponía resistencia.

    Su mano se mete bajo mi lycra deportiva y busca mi clítoris, al frotar ese sensible botón siento un espasmo que recorre todo mi cuerpo, mis piernas se aflojan, intento cerrarlas, pero un gemido delata el placer que siento.

    Ante mi desconcierto me quita la blusa y hunde su cara entre mis tetas, su lengua recorre mis pechos al tiempo que desabrocha mi sostén y su lengua encuentra uno de mis pezones, abre su boca, lo mordisquea y succiona suavemente, como un recién nacido, sus dedos en mi entrepierna siguen frotando mi clítoris, continúa con mi otro pezón al tiempo que un par de dedos se hunden en mi vagina, muerdo mis labios intentando ahogar un gemido, en eso logro reaccionar, en cualquier instante podrían descubrirnos nuestros hijos y le pido ir a mi cuarto.

    – Ahhh, espera, nos pueden ver los niños, vamos a mi recámara.

    Sonriendo me suelta, una sonrisa de triunfo, sabe que ya estoy en sus manos y tomándome de la cintura nos dirigimos a la recámara principal, estoy casi desnuda, solamente traigo la tanga puesta, camino despacio intentando no hacer ruido, al pasar al lado de la recámara de mi hijo escucho que tiene el volumen de la televisión muy alto.

    Llegamos a la recámara, me recuesta en la cama, y se sube encima de mí, el roce de su piel me quema, solamente trae puesto su bóxer, no me di cuenta en qué momento se desnudó.

    Me da un cachondo beso, jugoso, mordisqueando mis labios, su lengua ardiente se cuela en mi boca y explora su interior, pronto encuentra la mía y se entrelazan, su mano baja y termina de quitarme mi tanga, ayudo levantando la cadera, abro mis piernas y su mano recorre mis labios mayores, mi flujo es abundante, sus largos dedos se hunden en mi interior, sin ninguna resistencia, son gruesos pero suaves, me encanta sentir como me acarician por dentro y aprieto un poco las piernas para atrapar sus dedos y aumentar la sensación, de pronto los saca, siento un vacío, me faltan sus dedos, abro las piernas invitándolo a seguir, sus dedos recorren nuevamente mi rajita, hasta encontrar mi clítoris y doy un respingo, una corriente de placer recorre mi cuerpo, besa mi cuello y succiona el lóbulo de mi oreja, después de masajear mi clítoris algunos minutos, sus dedos recorren mi raja, abro todavía más las piernas para recibirlos, pero siguen de largo y los siento acariciar mi ano.

    – Papi, creo que te equivocaste de orificio- me quejo.

    – No, no me equivoqué – susurra en mi oreja y su lengua entra dentro, siento un espasmo y un quejido escapa de mi boca

    – ¿Te molesta?- dijo al tiempo que sigue masajeando mi ano con la punta de sus dedos.

    – No papi, sigue, todos mis orificios son tuyos- contesté, era un Dios del sexo y no podía negarme a ser poseída como quisiera.

    Su dedo siguió haciendo círculos sobre mi ano y pronto empezó a hacer presión, instintivamente dí un respingo, mi culo es tan sensible que la caricia me hizo estremecer y un gemido salió de mi boca.

    Sentí como venció la resistencia de mi esfínter y empezó la conquista, movía la yema de su dedo en forma circular frotándome por dentro, la sensación era sublime, sentía mi culito contraerse y apretar la punta de su dedo, quería que entrara más profundo, moví mi cintura, culeando para ir al encuentro de su dedo y poco a poco fui enterrándomelo yo misma, hasta el fondo, ufff, me encantaba, su grueso dedo era como una pequeña verga y cerré los ojos para concentrarme en el placer que sentía.

    Sin sacar el dedo de mi culo, su boca bajó a mis pechos y atrapó uno de mis pezones, succionó con fuerza, al tiempo que su dedo entraba y salía lentamente y presionaba mis paredes internas en forma circular, siguió con mi otro pecho, lo lamía, mordisqueaba y succionaba con maestría, al tiempo que hundía su dedo pulgar en mi coño, nuevamente dí otro respingo y exhalé ahogando mi grito de placer.

    Lentamente fue bajando a mi vientre recorriendo con sus labios casa centímetro de mi piel, metió su lengua en mi ombligo.

    Sacó sus dedos de mi interior, se arrodilló y tomó un par de almohadas y pidiendo que levantara la cintura las colocó debajo de mí, con suavidad levantó mis piernas y me las separó, mis rodillas quedaron casi sobre mis pechos y todo mi sexo totalmente a su merced, sin dejar de mirarme acercó su boca a mi entrepierna, sentí su cálido aliento, seguido de un lametón en mi rajita, atrapa mi clítoris en sus labios y lo succiona suave y lento, un gemido largo y fuerte sale de mi boca, continuó algunos minutos disfrutando de mi rajita a sus anchas, me estiraba el clítoris con sus labios, lo mordisqueaba, me daba largas lengüetadas que iban desde mi ano a mi clítoris, su boca era mágica, me encantaba todo lo que me hacía, tomé con mis manos mis piernas para jalarlas a mi pecho y dejar mi coño bien abierto y sus manos libres.

    – Me encanta tu dulce coño, es un manjar, es tan jugoso, nena.

    No contesté, solamente cerré los ojos para seguir disfrutando el placer que me daba, con las manos libres abrió mis labios vaginales y su lengua recorrió todo lo largo de mi raja, desde mi ano hasta mi clítoris, sentí su dedo medio juguetear con mi orificio anal y empujar, mi esfínter no ofreció resistencia alguna y su dedo se metió profundamente, no pude evitar dar un respingo y apretar las nalgas, pero una vez que empezó a moverse en mi interior me relajé, y aprovechó para meter su dedo pulgar en mi coño, su lengua seguía lamiendo frenéticamente mi clítoris, mis ojos se pusieron en blanco, casi me desmayo de placer, sus dedos se rozaban dentro de mí, solamente separados por un delgado pliegue, se me aflojaron las piernas y las solté, pero continuó con el ataque implacable de sus labios sobre mi clítoris, mis gemidos se volvieron interminables.

    – Papi, Ay, papi, papito, que ricooo, Ayyy, ahhh, me voy a correr, aghhh.

    – Disfruta nena, no te preocupes, disfruta, goza, cómo yo estoy disfrutando con tu rico coño.

    Todo mi cuerpo se estremeció, espasmos recorrían mi cuerpo, y gimiendo como loca, empecé a correrme, mis flujos empezaron a escurrir y Adrián los bebía con gula, fue un orgasmo larguísimo, espasmo tras espasmo, hasta que poco a poco fue menguando, estaba exhausta, rendida, pero plenamente satisfecha, pensé que me daría un respiro, pero no fue así, me tomó de la cintura y me hizo dar media vuelta, acomodando una almohada bajo mi cintura para que mi trasero quedara levantadito y en pompa.

    .Que cuuulooo, no sabes voy a disfrutarlo- dijo admirando mi carnoso trasero.

    Apretaba mis nalgas al tiempo que le daba besos y pequeños mordiscos, las abrió con sus manos y sentí su cara hundida entre mis cachetes, su nariz prácticamente en mi esfínter, me hacía cosquillas y sentía el aire tibio de su respiración acariciando mi más recóndito rincón, a pesar de que me había recién corrido, el placer no disminuía, cerré los ojos, dejándome llevar por el gozo que sentía, abrió más mis nalgas y sentí la punta de su lengua presionando mi esfínter, la sensación fue increíble, se me escapó un fuerte gemido, un escalofrío recorrió mi cuerpo, como si su lengua me transmitiera una corriente eléctrica, siguió punteando y lamiendo mi hoyito un largo rato, hasta que mi esfínter cedió y entró la punta de su lengua en mi interior, suspiré y mordí mis labios al tiempo que apretaba las sábanas, la movía en forma circular, avanzando cada vez un poco más, metiendo y sacando su lengua y combinando con chupetones en mi culo, después de un largo rato dijo:

    – Me encanta comerte el culo, ufff, es tan rico que me lo comería una y otra vez, ¿Sabes? mi ex no me permitía que le comiera el culo.

    Entendí entonces que lo que tenía de guapo, lo tenía de pervertido, lo contrario a la puritana de Cecilia, pero lo último que quería era saber de su ex y le rogué:

    – Anda papi, cógeme, quiero ser tu hembra, tu mujer, ya no aguanto.

    Sonriendo se desnudó por completo y se acostó al lado mío, me dio un jugoso beso que respondí con pasión, sentí un sabor extraño, pero no me desagradó, era el sabor de mi culo.

    Me miró y con una sonrisa maliciosa me susurró al oído:

    – Desde que te vi, sabía que eras una mujer ardiente, desinhibida y deseosa de gozar sin prejuicios, dichoso tu marido, princesa, si todas las mujeres fueran como tú, eres la dicha de este mundo.

    Me encantó el cumplido y me entregué por completo, acaricié su fuerte espalda, mientras su lengua recorrió la parte detrás de mis orejas, nuevamente buscó mi boca y su lengua traviesa me llegó muy profundo, se movía alrededor explorando el interior de mi boca y entraba y salía hasta el techo de mi paladar, prácticamente me estaba cogiendo con la boca de una forma increíblemente excitante.

    Entonces sentí su verga en la entrada de mi coño, abrí mis piernas invitándolo entrar, mi coño chorreaba y casi lloro de emoción al sentir la cabeza de su verga abriendo mis pliegues vaginales, la sentía palpitar, dura, poco a poco fue empujando y ese trozo de carne caliente y gordo se fue introduciendo en mi interior, disfruté cada centímetro, indudablemente estaba muy bien dotado, llegó un momento que sentí que estaba completamente llena y me estiraba por dentro, por fin sentí su pelvis rebotar contra mi coño, me sentía tan plena, tan llena, me confirma:

    – Princesa, la tienes toda dentro, gózala.

    – Si amor, la siento, que dura y gruesa, me encanta, mátame amor, dame duro, gózame, aghhh.

    Empezaron las embestidas, primero lentas y profundas, fue aumentando la intensidad, abracé su cuello y busqué su boca al tiempo que aumentaba la velocidad de sus embestidas, me empaló en una forma encarnizada por unos 20 minutos, tanto que sentía un poco de ardor en el interior de mi coño, pero no me importaba, el placer era mucho mayor, estaba segura que pronto se correría en mi interior, pero ese macho tenía otros planes:

    – Aghhh, tu coñito es riquísimo, cómo aprieta, pero quiero probar también tu culito, me encanta, quiero llenarte de verga todos tus agujeros.

    – Si, papi, lo que quieras, lléname de verga todos mis hoyitos, soy tuya, tu puta.

    Sacó su verga y me pidió lubricante, me agradó que lo hiciera, ya que si bien previamente había disfrutado y dilatado mi esfínter, por el grosor de su verga y su forma tan impetuosa de coger, seguramente me habría lastimado

    Me levanté y busqué mi lubricante personal, el cuál mi marido usaba cuando quería que le diera el culo.

    Me tomó de la cintura y me dio vuelta, colocó unos almohadones bajo mi vientre y abrió mis piernas al máximo, quedando en esa conocida posición de entrega total, lista para el sacrificio, por el espejo vi que tomó una cantidad generosa de lubricante y lo aplicó en la entrada de mi esfínter, masajeando suavemente mis arrugados pliegues al tiempo que decía:

    – Tienes un culo hermoso, princesa, va a ser un placer enorme darte por el culo, ¿Quieres mi verga dentro?

    Iba a responder afirmativamente cuando empujó su dedo medio completamente lubricado y mi respuesta de transformó en un largo

    – Siiii, aghhh, que rico papi, sigueee.

    Siguió metiendo y sacando su dedo, dilatando mi anito, hasta que pronto fueron dos dedos en mi interior, los giraba en forma circular y los abría un poco ayudando a ensanchar mi conducto anal.

    Cuando consideró que estaba lista, se recostó y con su verga recorrió una y otra vez la raja bien lubricada entre mis nalgas, en cada recorrido se quedaba un segundo en mi ojete y continuaba el recorrido, se sentía delicioso, parecía que me la iba a meter, pero nada, hasta que que me hizo rogarle:

    – Papi, estoy que ardor, ya métemela, no me hagas sufrir.

    – La quieres dentro, princesa.

    – Si, papi, quiero ser tu hembra, tu puuu… aghhh

    No alcancé a terminar la frase, apoyó la punta de su verga en mi esfínter y empujó con más fuerza, mi esfínter se abrió y me enterró toda la cabeza, se quedó un momento quieto y me preguntó:

    – ¿Te duele?

    A pesar de su diámetro no había sentido el más mínimo dolor, al contrario puro placer, pero le dije que me había dolido un poco.

    – Puedo seguir?

    – Si papi, despacio- respondí.

    Me la fue enterrando muy lentamente, centímetro a centímetro me fue abriendo el hoyito, sentía como esa barra de carne avanzaba y avanzaba y empecé a dar bocanadas de aire para relajar lo más posible mi cuerpo, hasta que por fin sentí sus huevos chocar con mis nalgas.

    – Ya la tienes toda dentro princesa, que rico, tienes el mejor culo que me he comido en mi vida, uuuf, es tan apretadito, suave y caliente.

    Después de un par de minutos sin moverse, dando oportunidad a que mi culo se adaptara al calibre de su verga, me dio una nalgada y empezaron las embestidas, me encantaba como su verga me recorría por dentro, cómo estiraba mis pliegues al máximo, llenándome por completo, entre gemidos y jadeos fue aumentando poco a poco la intensidad, mis nalgas chocaban contra su pelvis, me estaba taladrando divinamente, todo mi cuerpo se zangoloteaba, cuando de pronto se escapa su verga de mi culo y por la excitación del momento, apunta a mi hoyito y da un fuerte golpe de cintura ensartándome su verga hasta el fondo, ese embestida me tomó desprevenida y no pude evitar dar un agudo grito de dolor por la salvaje empalada, unos segundos después escuché que tocaban la puerta de mi habitación y la tierna voz de mi hijo decir:

    – Mami, mami, estás bien, escuché un grito salir de tu cuarto.

    Afortunadamente le había puesto seguro a la puerta, si no me descubre con la verga del papá de su amigo clavada en el culo, me quedé quieta, intentando recuperar el aliento y pensando una excusa, le dije:

    – Perdona hijo, es que estoy viendo una película de terror en la tele con el papá de Iker.

    – Yo quiero verla, me gustan las películas de terror- intervino Iker.

    No contaba con eso, pero Adrián intervino:

    – No Iker, es para grandes, no la pueden ver niños.

    – De que trata, dime, la quiero ver- insistió Iker.

    – Es de una mujer vampiro que chupa la sangre a los hombres y le están enterrando una estaca una y otra vez, pero no sé muere.

    Me dio gracia el comentario, ya que tenía una estaca enterrada en mi cuerpo, pero logré controlarme, Iker insistió:

    – Anda papi, yo quiero ver.

    – No Iker, no, mejor acompaña a Luisito, a él le dan miedo las películas de terror, no lo dejes solo- añadí

    – Está bien, señora, no se preocupe, voy a seguir jugando con Luisito, después me la cuentas papi- dijo y los escuché alejarse rumbo a la habitación de Luisito.

    – Vaya susto- dije.

    – Mmmm, para quitar el susto, que mejor que una buena cogida- agregó Adrián, reanudando sus embestidas.

    – Si papi, mátame, entiérrame esa enorme estaca en mi cuerpo- añadí, tomando el papel de vampiresa.

    Me tomó de la cintura y reanudó sus embistes largos y profundos, ahora estaba preparada y ahogaba mis gemidos mordiendo una almohada y empecé a culear, el contacto se hizo más intenso, apretaba y relajaba mi culito para darle placer a esa barra de carne dura que me hacía tan feliz, el ritmo fue acelerando poco a poco, mis nalgas chocaban con su pelvis a toda velocidad, me susurraba mil obscenidades al oído, estaba en el séptimo cielo, apretaba las sábanas con mis puños y seguía mordiendo la almohada para ahogar mis gemidos, la cogida se prolongó más de quince minutos, nuestros cuerpos sudaban, en cada embestida mi coñito se restregaba contra las sábanas, hasta que ya no pude más y empecé a correrme, todo mi cuerpo temblaba, espasmos recorrían mi cuerpo, mis ojos en blanco, sentía que mi culo se contraía en cada espasmo, me embiste con todas sus fuerzas y siento el primer chorro de semen ardiente, eso intensificó mi propio orgasmo, siguió embistiendo y en cada embestida su verga se ensanchaba y largaba un chorro de su espeso y caliente néctar en mi interior, hasta que se desplomó sobre mí, sin sacarla, me tomó de la cara y me plantó un candente beso con toda su pasión.

    Aaí estuvimos un largo rato, hasta que su verga perdió rigidez y salió de mi culo, seguido de un chisquete de su semen, que escurrió entre mis nalgas.

    Unos minutos después nos incorporamos y nos dimos un rápido baño para ir a ver a los niños.

    Me sentía cansada y me ardía el culo y el coño, pero feliz y satisfecha, después de un rato pedimos pizza para cenar y al final nos despedimos, ya era tarde, quedamos de vernos en un par de semanas.

    Después que se despidieron, mi hijo me preguntó:

    – ¿A papá y a ti les gustan mucho las películas de terror?

    Sospeché porque lo decía, pero le pregunté:

    – ¿Por qué dices eso amor?

    – Porque he escuchado en varias ocasiones ruidos de su recámara, me despiertan y me da miedo.

    – No te preocupes corazón, ya no veré películas de terror en la noche- le expresé

    Llegando mi marido le expresé lo que me había contado mi hijo, a fin de tener más cuidado a la hora de coger, obviamente sin contar la visita del padre de Iker, pero mi esposo, brillante como era, tuvo una mejor idea: le mandó a poner un revestimiento de un material anti acústico a las paredes y después las revistió con unos paneles Anti ruido, así también de una cinta aislante de ruido sobre la puerta y ventanas.

    Dicen que nadie sabe para quien trabaja, porque el beneficiado fue Adrián, quien ahora podía venir a casa cuando mi esposo estaba en etapa de trabajo y me daba unas cogidas fenomenales que duraban toda la noche, se iba hasta la mañana siguiente, antes de despertar a mi hijo para ir a la escuela, y sin preocuparme que mi hijo me pudiera escuchar, pero como siempre me pasa, empecé a sentir remordimientos, mi esposo no se merecía que fuera tan puta, así que le dije a Adrián que dejara de ir a verme ya que temía que mi esposo me fuera a descubrir, algo que realmente era muy poco probable.

    Espero les haya gustado está aventura.

    Relato anterior:

    “Por culpa de la pandemia fui la hembra de mi cuñado”