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  • Mónica, la mamá tetona de Marcos

    Mónica, la mamá tetona de Marcos

    Era una mañana de sábado y el sol comenzaba a iluminar la habitación de Marcos. El joven se despertó con hambre y se dirigió a la cocina buscando algo para desayunar. Al llegar a la cocina, encontró a su madre leyendo su teléfono.

    Su madre se llamaba Mónica. Una mujer de 46 años, estatura media, pelo negro largo, muy voluptuosa. Vivían solos desde siempre (esa es una larga historia, cuando el papá de Marcos los dejó). Ella usaba siempre una bata sin corpiño por las mañanas. Y Marcos, que ya había cumplido los 18 años de edad, no podía dejar de mirarla.

    «¡Buenos días, mamá! ¿Podrías masturbarme, por favor?», dijo Marcos. Hacía días que se había decidido a que eso suceda.

    «No, ya te dije que eso no va a pasar nunca», respondió su madre sin levantar la vista.

    «Pero mamá, tengo la pija muy parada. ¿No puedes hacermela rápido?», preguntó Marcos.

    «No, no puedo. Buscá algo en la tele y haztela tú mismo», dijo su madre con un tono un poco brusco. Y se cerró más la bata rosa.

    Marcos se sintió frustrado y enojado por la respuesta de su madre. «¿Por qué siempre sos así? Nunca haces nada por mí», respondió con un tono elevado.

    Su madre se levantó de su silla y se acercó a él con una mirada furiosa. «¿Cómo te atreves a hablar así? Yo te he dado todo lo que tienes y no puedo estar siempre a tu disposición para hacer lo que quieras», le reprochó su madre.

    La discusión continuó durante algunos minutos más, mientras Marcos trataba de hacer que su madre cambiara de opinión y ella se mantenía firme en su postura. Finalmente, Marcos decidió irse a su habitación.

    Marcos era jugador de básquet, alto, flaco pero con músculos. Media dos metros y su pija 23 cm. Era gruesa. Pero el todavía no tenía experiencia con las mujeres. Estaba en su primer año de la universidad (Sistemas) y 6 veces por semana entrenaba. Mónica trabajaba como gerenta de recursos humanos en una multinacional. Vestía muy bien y con camisas con escotes generosos.

    Al día siguiente, Marcos volvió a despertarse con la pija en alto. Se dirigió a la cocina en busca de algo para desayunar. Al entrar, encontró a su madre nuevamente leyendo el telefono, con su bata rosa algo abierta. Casi podían verse sus enormes pechos blancos, de pezones rosados no tan grandes.

    «Mamá, ¿puedes masturbarme, por favor?», preguntó Marcos con un tono más suave esta vez. Realmente tenia muchas ganas.

    Su madre lo miró con preocupación y respondió: «Hijo, no estoy bien. He estado sintiéndome muy cansada últimamente y no he podido dormir bien. Necesito ir al médico para que me revisen». Penso que con eso lo calmaría. Se sentía muy incomoda con esos pedidos.

    Marcos se sintió mal por haber discutido con su madre el día anterior y se ofreció a ayudarla a preparar el desayuno. Juntos, prepararon una tortilla con jamón y queso y la compartieron en silencio. Luego fueron al médico.

    En los días siguientes, Marcos se encargó de preparar el desayuno sin pedir nada mas y ayudar a su madre con las tareas de la casa mientras esperaban los resultados de los exámenes médicos de su madre. Finalmente solo fue la presion alta. La tensión en la casa disminuyó y ambos se mostraron más cariñosos y preocupados el uno por el otro.

    Al tiempo Marcos volvió a insistir. Y Mónica cada vez más firme.

    Una noche, mientras salía del club, Marcos fue atropellado por un auto que pasó a alta velocidad. Por suerte, el accidente no fue grave, pero tuvo una torcedura de tobillo que lo obligó a caminar con muletas durante tres meses.

    Su madre estaba preocupada por la salud de su hijo y lo cuidaba con esmero, preparándole comidas nutritivas y ayudándolo en todo lo que necesitaba. Marcos se sentía agradecido por la atención de su madre, pero también frustrado por no poder moverse con facilidad y sentirse limitado en sus actividades.

    A la noche Mónica le preparaba una bandeja que llevaba a su habitacion y notó que el animo de Marcos mejoraba a medida que ella usaba escotes mas grandes. Es que sus pechos eran perfectos, grandes, blancos, emocionantes.

    Marcos ya no le pedía nada pero ella notó que al dejar la bandeja sus pechos se balanceaban mas si usaba su bata rosa. Entonces todas las noches iba con su bata y dejaba que su hijo le mirara las tetas por un momento. Eso llego a excitarla mucho y se masturbaba llena de culpa.

    Una noche todo paso los límites. Ella hizo lo de siempre, acerco su bandeja y dejo que se abriera su bata, sus tetas salieron todavía mas y noto que Marcos movia su mano debajo de la sabana. Se estaba masturbando. Y ella no lo detuvo.

    Al otro día paso exactamente lo mismo y ya con el paso del tiempo era comun que ella deje la bandeja con mas lentitud… o camine directamente con la bata casi abierta «porque hace calor». El cambio era rotundo, ella se paseaba por su casa casi en tetas.

    Con el tiempo, la torcedura de tobillo mejoró y Marcos pudo volver a caminar con normalidad. Pero el incidente lo había hecho reflexionar sobre las tetas de su madre. Necesitaba su paja. Más que nunca. Mónica sabía que lo había estado provocando.

    Habló con su madre y le expresó su deseo de que por favor lo masturbe. Esta vez era en serio. Ella estaba en la cocina, con la bata abierta. El tenia su pija enorme fuera del short de deportes. Era como un mastil inmenso. A Mónica se le iban los ojos.

    Finamente aceptó. Le pidió que se sentara en la silla de la cocina. Allí ella se arrodilló y tomó la pija de su hijo con suavidad. Empezó a subir y bajar mientras lo miraba.

    Una chispa brillante apareció entre sus ojos y comenzó a crecer hasta formar un hilo de luz que los unía. El hilo era delgado y delicado, pero muy fuerte y resistente. Podían sentir la conexión que había entre ellos.

    Ella lo agarró con su mano izquierda por los testículos, con mucha suavidad, embolsandolos, con la derecha seguía la paja.

    — esto querías Marcos?

    — si… ma… era esto… uffff

    — me estás mirando mucho las tetas… Sabes que soy tu mamá como vas a hacer eso?

    — es que me encantan ma…

    — bueno no sabia que se te paraba tanto la pija hijo…

    — si mami, tanto…

    — mirame a los ojos, dale así

    — si ma, te miro

    Entonces Mónica se metió la pija en la boca y lo siguió mirando. Empezó su sube y baja, sus tetas colgando, se quitó la bata y se bajo la ropa interior hasta los tobillos. Mientras le chupaba la pija él le acariciaba los cabellos.

    — ma… voy a acabar ya…

    — mmm shlup ya? (ella le respondió con la pija en la boca)

    — ufff ya y si me hablas asi más…

    — mmm te gusta ahhjjjj que te bable asi tu mamitah

    — acabo….

    Empezó a acabar mirandola a los ojos. Ella lo seguía mirando. Su mirada era de una profunda emoción. Mientras él se contorsionaba ella tragaba todo. Luego le pasó la lengua por la pija y lo mandó a la ducha. Mónica fue a su habitación a masturbarse.

    Pueden enviarme sus comentarios a [email protected]. Me gustaria intercambiar con quien guste de estos relatos morbosos u otro tipo.

  • Un domingo tranquilo

    Un domingo tranquilo

    Era un domingo en casa junto con mi esposa luego de almorzar y terminar unas que otras cosas pendientes note que ya estaba desocupada me fijé con pasión y deseo que tenía una blusa que delineaba su perfecta figura, un leggins que dejaba marcar con detalles la delicia de sus entre pierna y su hermoso y bello trasero.

    Enseguida empecé a sentir un calor abrazador en mi cuerpo provocado con solo mirarla ¡Me puso tan pero, tan caliente!

    Aproveche el momento en que vi se sentó a la mesa para leer y me le acerque y le dije: ¿Te parece si vamos al cuarto a ver una película?

    Ella respondió: ¡Claro! Así descansamos ya que mañana el día es largo.

    Si perder el tiempo me fui a la habitación y me recosté en la cama mientras ubicaba la película y le llame:

    —¡Amor ven, ya empezó la peli!

    Y ella respondió:

    — ¡Voy enseguida!

    Yo estaba súper caliente pero no quería que me viera como el típico desesperado por cogerla si no que quería calentarla al punto de que se entregará sin rodeos ni limitaciones.

    Cuando por fin entro a la habitación se acostó junto a mí y pues, yo la rodeé con un suave abrazo y me recliné sobre su pecho.

    A los pocos minutos ella se dio cuenta de que mi intención iba más allá de ver una peli, sabía que quería cogerla con fuerza.

    Así que cuando note que estaba al tanto de lo que yo quería empecé a besarla con la mayor pasión y suavidad posible, me recosté de medio lado en su cuerpo mientras mi pene se iba erectando pegado a ella, ella me abrazaba y me apretaba cómo nunca antes.

    Sin perder el tiempo empecé a besarla y acariciarla con mayor intensidad mientras que nos íbamos arrancando la ropa para que nuestros cuerpos quedarán totalmente desnudos.

    Lamía sus enormes tetas las chupaba mientras que con mis manos manoseaba su culo y cuando sintió que mi pene roso su vagina, pude ver cómo se descontroló y su mirada decía «mételo». La tomé con fuerza y con mi mano tome mi pene y empecé a masturbar su clítoris y toda su vagina haciendo movimientos giratorios, se lo metía cada cierto tiempo pero estaba concentrado en masturbar su vagina como nunca antes.

    Ella decía cosas a mi oído como:

    —¡Que rico papi, házmelo así, me encanta, dame más, no pares, mantente ahí!… Todo para dejarme en claro que lo estaba disfrutando

    Yo para prenderla aún más; la tomaba con fuerza y pasión pero sin perder la delicadeza, lamía su pecho, le decía cosas ricas al oído.

    Manteniendo un fino margen entre lo perverso y lo sexy, le decía cosas como: ¡Amo tu culo! ¡Amo tus tetas! ¡Tu vagina es la mejor! ¡Eres demasiado sexy! ¡Eres mi perra! ¡Eres mía! Y ella respondía a mi estímulo físico-auditivo con gemidos y movimientos en su cadera que iban casi en perfecta sincronía con el movimiento circular que le hacía a mi pene con la mano.

    La mire por un momento y le dije «hoy quiero que disfrutes y te relajes, que sientas lo que nunca has sentido» solo no interfieras y déjate llevar por lo que sienta. Asentado su cabeza me dio la aprobación que necesitaba.

    Así que la tome, me recosté pegado de medio lado a su cuerpo, abrí sus piernas, tome lubricante y empecé a frotar su vagina.

    La sincronía que había en los movimientos de mi mano, los gestos de su cara y como cerraba sus ojos de una manera apasiona mientras metía y sacaba mis dedos y su movimiento de cadera, cada vez me hacía sentir más y más caliente, fui subiendo la intensidad mientras me comía como un loco sus tetas ella gemía de una manera que me resulta imposible pensar que ninguno de los vecinos la escuchó.

    Así que la hice tomar mi pene y le dije; ¡masturbarme y no quites mi mano de tu vagina!

    Empecé a besarla cómo un desquiciado no teníamos control, sentía como su vagina se humedecía cada vez más y su tono de piel blanco y delicado se iba tornando rojo, su cuerpo emanaba un calor abrazador al que era imposible que me resistiera, su nivel de excitación era tanto que me decía:

    — ¡Mi vagina está demasiado sensible, para por favor!

    Pero le volví decir toma mi pene y mastúrbame la bese con un gran beso de lengua y luego le dije, «te voy a dejar mi lengua en tu boca no pares de chuparla»

    A lo que ella asentó dominada por su nivel de excitación, así que subí la intensidad de la masturbación ella no dejaba de chupar mi lengua, ahogaba sus gritos de pasión en mi boca, mantuve el ritmo de intensidad por más de dos minutos seguidos ella se revolcaba pero no paraba de chupar mi lengua y yo podía sentir como se iba mojando gradualmente su vagina.

    De un momento a otro se escuchaba como si corriera por un charco de agua cuando me doy cuenta. Era ella que se estaba viniendo cómo nunca antes empapó las sábanas y gritaba de placer yo estaba tan excitado que no podía parar de mastúrbala y ella tampoco a mí.

    Después de que saliera todo esa hermosa agua me monté sobre ella y la penetre con todas mis fuerzas, ¡Wow! (Fue un momento tan mágico que solo recordarlo hace que me ponga caliente).

    Luego de penetrar y dejar que terminara de sentir el placer con mi pene dentro de ella me coloque a un lado para verla como se masturba para mí, cómo se lamía las tetas mientras se metías los dedos, le decía «mami estás cabeza más rica» ella pasaba su lengua por sus labios para provocarme así que me acerque a su cara y tomo mi pene y empezó a chúpamelo me masturbo y me dijo mastúrbate quiero que te vengas en mis tetas y pues yo no lo pensé dos veces y me vine cómo nunca antes en sus enormes y bellas tetas mientras ella se tocaba suave y lentamente la vagina para mí.

  • El nuevo curso (VI)

    El nuevo curso (VI)

    –Ha sido un error.

    –¿El qué?

    –Lo nuestro. Ha sido un error, una equivocación. No volverá a suceder– afirmó tajante Mauro mirando fijamente a Raúl–. No eres más que un crío, y yo soy tu profesor. ¿Te has parado a pensar qué será de mi carrera si se descubre que nos hemos acostado? Me quitarán la cátedra, será un escándalo, mis amigos me llamarán de todo y dirán que me he cambiado de acera. Ha sido un error y no pienso repetirlo de nuevo. Te ruego que salgas de mi vida, ya has jugado bastante con ella. Vete, antes de que me la destroces.

    –Lo entiendo. Yo… lo siento.

    Mauro había esperado una pataleta, gritos y que le montase el número, pero para su alivio y también decepción, Raúl había claudicado de inmediato. Con la mirada baja y los ojos anegados en lágrimas había rebuscado en su cartera, lanzado unas pocas monedas a la mesa para pagar su café y se había ido. No había mirado atrás ni una sola vez.

    A pesar de las dos semanas transcurridas el recuerdo todavía se presentaba en la mente de Mauro sin que este pudiese hacer nada para impedirlo. La parte racional de su cerebro intentaba convencerle de que había tomado la decisión correcta, pero eso no lo hacía más fácil. Se había arrepentido de sus palabras en ese mismo momento, pero no había hecho nada por enmendar su error, por disculparse. Se había limitado a pagar su parte y marcharse a su casa a paso tranquilo, a preparar sus clases y a fingir que nada había cambiado, que aquel encuentro fortuito no había tenido mayor trascendencia. Puras patrañas. Raúl había trastocado su vida por completo.

    El despertador le recordó insistente que debía levantarse de la cama y prepararse para el nuevo año académico en la universidad. Ser profesor le había llenado siempre de un fiero orgullo que no ocultaba. Amaba enseñar, amaba la química, y hasta hacía escasamente un mes había creído que el pináculo de su amor era el que mostraba por su esposa, incluso doce años después de su fallecimiento debido a un cáncer de mama. Mauro la había querido desde el instituto hasta que despidió sus restos en el cementerio local. Su muerte le sumió en una espiral oscura de la que sólo consiguió escapar a duras penas aferrándose a sus clases. Día tras día se levantaba tan solo para acudir a su aula, plantarse delante de más de cincuenta alumnos y desgranar una lección que conseguía reavivar los rescoldos de lo que no hacía mucho había sido una apasionada hoguera.

    Rescoldos, solo rescoldos. Ni siquiera las exangües brasas conseguían hacer frente a la profunda oscuridad a la que se había enfrentado cada día. Poco a poco, el tiempo fue suavizando el dolor, difuminando sus afilados bordes hasta dejarlo reducido a una molestia constante. De haber hablado de ello con alguien lo habría descrito como algo semejante a la artritis, pero dentro de su pecho: había días donde apenas sí notaba un par de punzadas y días donde la oscuridad y el dolor eran tan intensos que le costaba incluso respirar. Y pese a ello, jamás faltó a una sola clase. Los meses de septiembre a julio eran más soportables, el verano era una jodida prueba de resistencia.

    Siempre había sido la estación favorita de su esposa. Decía que la gustaba el calor, el sol, que la transmitía vitalidad. A él el campo agostado siempre le había transmitido una sensación de tristeza, como si, agotadas las gracias fértiles de la primavera, no le quedase nada que ofrecer salvo un melancólico letargo que culminaba en la explosión de colores del otoño. Ella lo veía de una forma totalmente opuesta. Un letargo apacible en lugar de triste, acunado por el chirrido de grillos y cigarras, zumbido de moscardas y demás insectos y en las noches el vuelo titilante de las luciérnagas. Tras su muerte nunca pudo volver a disfrutar del verano. Todo le recordaba a ella. Todo. Y el dolor de su pecho amenazaba con consumirle de nuevo.

    La casa estaba igual que siempre, menos por las fotos. Todas las fotos donde salía Ana habían desaparecido. Guardadas con pulcro cuidado en una gran caja fuerte de hierro bajo su cama, junto a su alianza, la póliza de seguros y demás papeles importantes. No soportaba verlas, no soportaba ver a la chica llena de vida y luz que fue. En su mente quedaba el recuerdo de un cuerpo caliente y consumido por el cáncer y la fiebre, cuya respiración gorgoteante auguraba negros presagios. Cada vez que veía una foto suya tan solo podía compararlas y preguntarse por qué a una persona tan dulce la tocó una muerte tan horrible. Y esas preguntas se acrecentaban durante el verano. Siempre en verano.

    Su mejor amigo, compañero de despacho y cátedra le había intentado sacar de casa en vano. Durante nueve años le estuvo acosando, insistiéndole para que fuese con él y su ahora exmujer de vacaciones. A donde fuese: montaña, campo, mar… hasta habrían dicho que sí si hubiese propuesto irse al Amazonas a luchar contra jaguares. Durante años, tan solo Alberto se había acercado a intuir la profunda devastación que asolaba a su compañero y amigo. Se había mantenido cerca, un pilar esencial en su vida sin el que no sabía cómo habría acabado. Pero las vacaciones eran demasiado. No estaba preparado. Sabedor de que su amigo jamás dejaría de insistir, a los seis años de la muerte de su esposa había anunciado que daría clases particulares durante el verano.

    Dar clases a niños nunca le había entusiasmado, pero funcionó a las mil maravillas. La mayoría de los que acudían a sus clases necesitaban recuperar materias de números: matemáticas, física, química, biología… Muchas de las cosas que le pedían las había olvidado, reemplazadas por estudios mucho más complejos, y el tener que repasarlas para preparar las clases bastaba para tenerle ocupado. Además, se dio cuenta de que la mayoría de niños no eran tan malos, tan solo tenían malos profesores. Muchas veces se sorprendía riendo con ellos y sus ocurrencias, con ellos podía ser un profesor diferente al ogro que era en la universidad. El problema real fueron los adolescentes, desafiantes y apáticos en su mayoría. Por cada uno que de verdad tenía interés bregaba con diez que no tenían ni las más remotas ganas de estar dando clase cuando podrían estar en la piscina o de fiesta. Y el noventa por ciento de su clientela adulta era igual. Cuando pensaba que ya les tenía calados a todos, apareció Raúl.

    La segunda alarma del despertador le evitó ir por ese camino. Con movimientos pesados apartó el cobertor de la cama y se incorporó. Por inercia revisó el teléfono. No tenía mensajes nuevos. Antes de la muerte de su mujer había sido una persona sociable y extrovertida, rodeado de amigos. Ahora nadie le escribía salvo sus alumnos y Alberto. Deseaba recibir un mensaje de Raúl y a la vez la idea le llenaba de inquietud. Su silencio no le gustaba. A pesar de haberle pedido que se alejase de él no esperaba que claudicase con tanta facilidad, no casaba con el chico que él conocía. Con pasos lentos entró en el cuarto de baño, estudiando su reflejo en el espejo que colgaba sobre el lavabo.

    Nunca había sido mal parecido, pero el dolor había dejado una huella profunda en su rostro que se traducía en una arruga en el entrecejo que nunca se iba del todo. Sus ojos eran de un marrón oscuro semejante al ébano, ocultos en parte por unas pobladas cejas negras y con profundas ojeras purpúreas por debajo. La nariz recta, los labios finos y la mandíbula ancha. Siempre despertaba con una barba que ya presentaba dos tonos: gris y negro. Encendiendo la maquinilla eléctrica se deshizo de ella mirando al hombre ceñudo del espejo. Su corto pelo negro seguía espeso, sin entradas, aunque salpicado de canas prematuras en las sienes. Para sus treinta y siete años, seguía siendo atractivo, y aún así… ¿qué habría visto en él?

    Abrió la puerta del armario. Aunque su estilo clásico estaba pasado de moda, no podía evitarlo. Le gustaba llevar camisa, chaleco y pantalón recto de vestir. Le daba una sensación de autoridad que ayudaba a mantener a sus alumnos a raya. Las camisas eran casi todas azules o blancas, aquí y allí alguna gris siempre en tonos suaves. Los pantalones oscuros y los chalecos de rayas diplomáticas o estampados sutiles. Los zapatos siempre negros. Bóxers siempre blancos, negros o grises. Incluso Alberto coincidía en afirmar que su vestuario era aburrido. La verdad es que nunca le había importado, siempre se le había elegido Ana y era ella la que apostaba por el color. Desde que ella no estaba, ni siquiera tenía fuerzas para preocuparse por cambiar un poco de imagen. Ni siquiera en verano renunciaba a las camisas y a los pantalones largos, se limitaba a quitarse el chaleco y la corbata.

    Desayunó una taza de café solo. Sin conseguir juntar ganas suficientes para comer algo sólido. La última vez que se sintió verdaderamente hambriento había sido con Raúl a su lado. Todo lo bueno que le había pasado últimamente había sido gracias a él. Y en lugar de ser agradecido y reconocérselo, le había alejado de él. Le había roto el corazón. Mientras bajaba a su coche, un flamante modelo deportivo, intentó sacarse de su cabeza la última vez que le había visto. Su escaso buen humor se disipó en cuanto vio el maldito coche. Otra de las brillantes ideas de Alberto: renovar su viejísimo vehículo. Tenía que admitir que su antiguo utilitario se caía a pedazos, pero no necesitaba un coche tan caro ni de un vistosísimo azul claro que parecía llamar la atención a gritos. Ni acababa de sentirse cómodo con su interior de nave espacial y tantísimos botones. Mientras se incorporaba al lento tráfico matutino se volvió a permitir el lujo de pensar en Raúl. En cómo había conocido al chico.

    La primera noción que tuvo de él había sido por teléfono. Le habían admitido en trabajo social, en la misma universidad donde él impartía clases, pero como él mismo había reconocido por teléfono, la estadística y las matemáticas no eran su fuerte. Su voz sonaba dulce y tímida incluso por teléfono. Predisponía a sentimientos favorables, protectores incluso. Si le resultó extraño que fuera él mismo quien llamase para pedir clases con él, no lo demostró. De hecho, le había gustado esa resolución. Tampoco le había discutido los precios, cosa extraña pues la mayoría de personas intentaban regatear. Al instante se imaginó a un niño rico y consentido y se preparó para ello. Sin embargo, nada pudo prepararle para lo que realmente se presentó en el pequeño local de alquiler que usaba para dar las clases.

    Lo primero que saltó a su campo visual fueron dos grandes vasos de café de los reutilizables de color negro, llenos hasta arriba de café tan frío que podía ver la condensación a pesar del diseño del vaso. Lo siguiente fue una espesa mata de pelo a lo Beatle dorado oscuro, casi castaño. Y lo tercero fueron unos ojos de un intenso color marrón ambarino. La piel clara estaba cubierta de cientos de pecas y sus mejillas encendidas, coloreadas por el calor exterior. Sonreía tímidamente empleando los vasos como barrera ante él y Mauro, que le miraba sin comprender. Vale que él era alto, de un metro ochenta y siete, pero el chaval que tenía delante de él no alcanzaría el metro setenta ni aun de puntillas. Sin duda se había confundido.

    –Perdona, creo que te has confundido. Las clases de arte son en el local de al lado.

    La cara de cómica sorpresa del chico le arrancó una breve sonrisa y las ganas de echarse a reír. Sin duda el pobre había confundido los números o algo.

    –Pero… yo vengo a clases de estadística y matemáticas. ¿No es usted Mauro?

    Ahora le tocó sorprenderse a él. Era la misma voz del teléfono, pero debía haber un error. Aquel muchacho no podía tener veinte ni de broma, como mucho diecinueve y eso siendo generosos. Debía decir algo, pero no sabía cómo sacar a relucir el tema de forma educada, por lo que decidió permanecer en silencio. Al ver que no hablaba el joven había cambiado el peso de un pie a otro con cierta incomodidad, ofreciéndole después uno de los vasos con pajita.

    –Le he traído café. Hablamos por teléfono y se suponía que empezaba hoy a las seis de la tarde. ¿Me he confundido de hora?

    –¿Tú eres Raúl? –consiguió preguntar por fin, aceptando el vaso que se le ofrecía.

    Sus grandes manazas habían rozado por accidente la del chico, mucho más pequeña y helada por sostener el vaso tanto tiempo. Por inercia se había hecho a un lado, permitiéndole pasar al pequeño bajo escasamente amueblado. Tan solo una pizarra blanca con ruedas, una mesa larga y ocho sillas, cuatro a cada lado. Un par de estanterías metálicas atestadas de carpetas y una impresora conectada a un viejo ordenador.

    –Sí, soy yo. ¿Señor Mauro?

    –Solo Mauro –algo azorado le ofreció asiento–. Perdona lo de antes, es que no eres como pensaba. No aparentas ser estudiante universitario.

    –Lo sé– suspiró con cierto abatimiento mientras se sentaba y sacaba un cuaderno, un libro, y un par de bolígrafos de la bandolera que llevaba al costado–. Me lo dicen mucho, y eso que en realidad soy de los mayores del curso. Soy de enero. Aunque en teoría aún no he empezado la universidad, y mejor así, porque tengo asignaturas de estadística y no tengo ni la más remota idea de cómo resolver todo esto –remató mientras tendía su carné de identidad al profesor, que verificó que realmente era quien había contratado las clases y que tenía diecinueve años, como le había dicho.

    Otra sorpresa. El libro. Casi nadie que pedía clases traía su propio material y, sin embargo, ahí estaba. Un maltratado libro de estadística que no le costó reconocer. Le había visto en el campus en más de una ocasión, aunque no en concreto en su departamento. Era el que habían usado los años anteriores en la carrera de trabajo social. Que se tomase esa molestia avivó la pasión que sentía por enseñar como no le había pasado nunca, al menos, no desde la muerte de su esposa. Revisando el libro decidió que lo mejor sería calibrar su grado de conocimientos primero. Rebuscó en sus carpetas y sacó un pequeño examen, no demasiado complicado, pero enfocado casi en su totalidad en modelos estadísticos.

    –Con esto me haré una idea de tu nivel. No te preocupes si dejas algo en blanco o no lo entiendes, sólo quiero ver desde dónde tenemos que partir para ponerte al día.

    –De acuerdo.

    Eso había sido todo. Ni una sola pregunta, ni una sola protesta. Había aceptado sus indicaciones sin rechistar, enfrascándose tanto en el examen que le dejó tiempo a Mauro para estudiarle con tranquilidad. Lo más llamativo era su pelo, una mata suave y espesa que le recordaba a las melenas de los Beatles en sus primeros años, con un flequillo medio ladeado que ocultaba parcialmente sus ojos ambarinos y que de vez en cuando soplaba hacia arriba, tan largo que las puntas se enredaban en sus pestañas. Salvo por ese gesto, el corte era igualito que el de John en sus años de juventud, uno de esos que no suele verse normalmente en la gente joven.

    Era delgaducho y menudo, y la camiseta ancha y desteñida de color lila parecía acrecentar esa sensación. Llevaba vaqueros cortados a mano por encima de las rodillas, deshilachados y de color azul claro y unas deportivas de skater bastante baqueteadas. En una de sus muñecas una ancha muñequera de cuero marrón cubría su brazo casi hasta la mitad. En la otra, pequeñas pulseras de hilo de colores llamaban la atención. No lo llevaba puesto al entrar por lo que no lo había visto, pero sobre la mesa descansaba un fedora negro al que había reemplazado la cinta original por una de un vivo color celeste y el ala claveteada de pines y chapas. Unos enormes auriculares inalámbricos, a los que él aún se refería en su cabeza como “cascos”, colgaban del asa de la bandolera, exageradamente más grandes de lo necesario.

    No sabía si encajarle en la categoría de hípster postureta o en la de alguien con un caso grave de anemoia. Su estilo desenfadado encajaba tanto en uno como en otro, pero su actitud era en extremo cortés. De todos sus alumnos, era el único que le había llevado un café alguna vez. Se mantenía estudiosamente inclinado sobre el folio, haciendo las cuentas en su cuaderno si necesitaba un extra de papel y anotando los resultados en el folio de examen. Incluso en la piel al aire de brazos y piernas veía pecas, constelaciones enteras de ellas. Dejó en blanco los dos últimos ejercicios, pero el resto estaban resueltos cuando le devolvió el examen a Mauro.

    –No están mal, pero has usado la cuenta de la vieja en la mayoría. Te han salido bien un poco por suerte y otro por intuición, pero esto no te servirá de mucho en la carrera. Te falta teoría básica, pero creo que podrás estar al nivel en una o dos semanas, pero te tocará trabajar duro.

    –¿Cuántas clases puede darme? A la semana.

    –Tutéame –pidió rápidamente Mauro antes de responderle–. Yo creo que con dos sería suficiente si trabajas en casa. Pero lo ideal sería al menos dedicar cuatro, dos a avanzar materia y dos a repasar.

    –Cuatro, está bien. Los lunes no puedo, tengo trabajo.

    –Pues quedamos el resto de días. Vamos a empezar esta semana por repasar las nociones básicas, avanzaremos desde ahí. Te repetiré este examen pasado un tiempo para comprobar tu progreso.

    Decididamente, Raúl había sido el alumno más raro de cuantos había enseñado, incluso entre los adultos que acudían a él. Era responsable, serio en clases y aplicado. Nunca se quejaba o pedía un descanso y era educado hasta el extremo. Parecía absorber cada una de sus palabras y a pesar de trabajar también, nunca falló una sola clase, sus deberes eran impecables y su progreso astronómico. Pronto se encontró hablando con él de química, historia, literatura, cine, música… Como profesor amaba enseñar, pero por primera vez se encontró aprendiendo cosas nuevas. El mundo no se había detenido en los doce años de duelo en los que él sí lo había hecho, y Raúl hablaba animado de cosas que le resultaban incomprensibles al principio, sin hacerle sentir por ello una reliquia de tiempos remotos.

    Se establecieron en una tranquila rutina: terminar las clases, recoger y terminarse el café mientras charlaban. Todos los días le llevaba uno, aunque no siempre el mismo. Tras la primera clase le había pedido de vuelta el vaso y todas las tardes se le ofrecía lleno, a veces incluso con un bollo salado, a veces uno dulce. Con él se encontró conversando de temas que llevaba años sin tocar. Sobre todo, de su exmujer. De la luz de sus ojos, de su serena belleza, de su fe inquebrantable en que las cosas irían bien… de su lucha contra una enfermedad que se la comió por dentro y de sus últimos momentos.

    Raúl se limitaba a escuchar, dejando escapar en contadas ocasiones algún retazo suelto de su vida. Aportándole un consuelo silencioso sin ser por ello intrusivo. Nunca le presionó a contar, ni intentó ofrecerle consejo, tan solo le ofreció su hombro en silencio, dejándole por fin purgarse por dentro. Un pequeño sol en miniatura, tan semejante y tan diferente que no podía alejarse. Parecía haber devuelto cierta luz al verano.

    Conduciendo con precaución soltó un gruñido de fastidio cuando el tráfico le obligó a detenerse de nuevo. Odiaba las aglomeraciones, odiaba los atascos y odiaba el tráfico. Encerrado a solas con sus pensamientos estos se empeñaban en volver una y otra vez a lo que más deseaba evitar. Aunque por fin estaba abordando el problema directamente, como siempre le recomendaba Alberto. Frustrado golpeó el claxon varias veces, en un gesto inútil del que nada salió salvo una buena andanada de pitidos tanto delante de él como detrás. Resignado a esperar a que se despejase la congestión de vehículos intentó evocar qué había decantado la balanza hacia él. Cuando dejó de verle como un alumno, o un amigo, y pasó a verle como algo más. Apretando el volante con ambos puños hizo memoria, rescatando el instante exacto en que se descarriló por completo su hasta entonces relativamente segura vida.

    El cinco de agosto caía ese año en viernes. Mauro no podía más que dar gracias por las pequeñas coincidencias de la vida. Aunque Alberto llamó para felicitarle pudo escaquearse de quedar con él con el pretexto de las clases. Clases que de cualquier modo había cancelado pretextando que lo celebraría con su familia. Sus cumpleaños siempre se le hacían demasiado duros desde que faltaba Ana, demasiado solitarios. La idea de tener que fingir alegría resultaba inconcebible, no tenía energías para eso. Por mera rutina, y en parte por si Alberto decidía hacer de las suyas y entrometerse, fue al local donde impartía las clases particulares. El pequeño bajo olía bien, a papel y tinta de impresora mezclados con el rotulador para pizarra blanca. Aromas reconfortantes.

    Agosto era un buen y un mal mes. Muchos se iban de vacaciones y eso le concedía un pequeño respiro, lo cual le dejaba demasiado espacio libre para pensar. A muchos otros les entraban las prisas de cara a las recuperaciones y su ritmo de trabajo se volvía frenético. Podía corregir ejercicios, pero no tenía ganas de nada. De haber podido, no hubiese salido de casa. Desparramó los diversos folios por la mesa y acto seguido subió ambos pies. Jamás se habría tomado tantas licencias de haber tenido que dar clase, pero no esperaba a nadie y el calor del mes de verano bastaba para adormecerle. Los dos timbrazos en la puerta casi le hacen caerse de la silla.

    Con el corazón todavía latiendo como un tambor supuso que por fin Alberto había hecho de las suyas, y se alegró de tener la coartada perfecta ya preparada. Con un suspiro de resignación se encaminó a abrir, sin comprobar ni siquiera quien era. Para su sorpresa, no era Alberto quien venía a molestar, sino Raúl, cargado con una caja blanca de pastelería y su ya clásica bandolera. Incapaz de decir nada le permitió pasar, boquiabierto.

    –No teníamos clase hoy. ¿Qué haces aquí?

    –Lo sé. Sé que es tu cumpleaños y fui a comprarte esto. Pensaba dártela mañana, pero vi luz y pensé que, si estabas aquí, mejor ahora porque así no se pondría rancia.

    Mauro le observó atónito. Su tono era suave y dulce, daba, pero no imponía a aceptar lo que ofrecía. Daba sin pedir a cambio ni esperarlo siquiera. Con dos trancos se acercó a la mesa y le dio un gran abrazo, hundiendo la cara contra esa mata dorada y estrechando su cuerpo delgado contra el suyo. Por debajo de la camiseta podía notar las costillas y el golpeteo frenético de su corazón. Por primera vez le tocó el cabello, suave y nada graso a pesar de su apariencia. Azorado se apartó de él, centrando su atención en la tarta.

    –Muchas gracias por esto, no tenías que haberte molestado.

    –No es nada, bueno, no es una tarta cara o muy elegante, no me la puedo permitir. Quería tener un detalle, y me pareció… apropiado. Si no te gusta no pasa nada, puedes tirarla.

    No le miró al hablar, con las mejillas pecosas arreboladas y hurgando en la bandolera al mismo tiempo. Sacó una única vela y un encendedor junto un paquete pequeño y rectangular. Sin levantar la vista lo deslizó sobre la mesa, en dirección a Mauro, antes de abrir la caja y colocar la vela en el centro del pastel. Desmontó la caja por completo, revelando la sencilla tarta de chocolate de su interior y encendió la vela solitaria.

    –Tampoco sé cuántos cumples, pero pensé que una vela estaría bien. Es lo que suele hacerse. Y te he cogido un regalo.

    Sin dejarle decir nada más, se puso a cantar. Su voz suave y dulce entonó el cumpleaños feliz para él mientras Mauro abría el paquete. El primer tomo de “Canción de Fuego y Hielo” se descubrió bajo sus dedos. Habían hablado de la serie el último día, y recordaba haber dicho que ni siquiera sabía que estaba basada en una saga literaria. Raúl terminó de cantar y le ofreció la tarta con una mano temblorosa, deslizando la caja de cartón convertida en bandeja sobre la mesa. Mauro solo pudo soplar la vela, deseando con todas sus fuerzas que no fuese un sueño. Una pequeña parte de su mente se sentía inundada por la culpa y los remordimientos, pero lo primero que sentía era felicidad, felicidad pura. El verano había recuperado el sol y el calor.

    –Gracias. Por la vela, el libro y por estar aquí. Quédate, quiero probar la tarta.

    –Es de…

    –Lo sé. Pero me la has traído tú, y eso es lo que cuenta. Tengo unos cuantos cubiertos de plástico en el cajón. Tú siéntate.

    Comieron la tarta, más que aceptable, en silencio. Las zapatillas de Raúl golpeteaban contra el suelo con un ritmo regular. Mauro alargó la mano, apartando el pelo de esos ojos ambarinos tan hermosos. La sonrisa de Raúl era radiante, resplandeciente, entregada incluso. Mauro tan solo había conocido a otra persona igual en su vida, capaz de dar sin esperar reciprocidad. Inclinándose despacio sobre el joven, a medias para no asustarle y a medias para asegurarse él mismo de que de verdad quería, acercó su cara a la del chico. Raúl no se retiró, aguardó paralizado, sin retroceder, pero sin avanzar. Los labios finos de Mauro se apretaron contra los del joven y ya no pudo volver atrás. Sus dedos se enredaron en su cabello de oro y su lengua avanzó dentro de su boca, abriéndose camino hasta invadirla por completo.

    Dando un puñetazo sobre el volante aparcó en su plaza de siempre. Él se había lanzado, y ahora él había dicho que se acababa. No podía marear más al pobre chico. Si antes no se hubiesen acostado hubiera sido perfecto. Pero la había jodido y ahora solo le quedaba esperar que la mierda no se le viniese encima. Tenía quince minutos antes de la clase, por lo que se pasó por su reducido despacho en el departamento. Alberto le saltó encima con su entusiasmo de siempre, palmeando su espalda y sonriendo de oreja a oreja. Sin duda, a su compañero el divorcio le sentaba bien.

    –¡Vuelta a las clases! ¿No echas de menos las vacaciones? ¿Descansar?

    –Buenos días.

    –Estás sumamente gruñón ¿eh? Eso quiere decir que tu ligue ha ido mal, ¿la has cagado?

    La mirada irritada de Mauro solo sirvió para que su compañero se riese a mandíbula batiente mientras cada uno se alejaba por su lado, el primero preguntándose cómo sabría el segundo que algo romántico había sucedido. Las clases estaban a punto de empezar y los alumnos que ya le conocían corrieron a adelantarle por el pasillo para que no cerrase la puerta antes de su llegada. Como siempre, echó un rápido vistazo al aula antes de comenzar. Reconoció casi todas las caras, con algunas ausencias y un par de incorporaciones nuevas entre las que destacaba un muchacho de pelo cobrizo sentado sobre la mesa, que se bajó tan rápido como un relámpago en cuanto le vio llegar.

    Durante sesenta minutos desgranó con claridad el temario del curso, sin preocuparse por si le seguían o no. Consideraba que la primera clase marcaba el año, si era blando con ellos se relajarían. No podía permitir esa clase de deslices con gente que aspiraba a convertirse en médicos. Debían saber lo que se jugaban, y él se esforzaba en intentar transmitírselo. Dos minutos antes de que sonase la campana les recordó sus horas de consulta y recogió sus apuntes. Aunque toda la mañana trascurrió de la misma manera, no se libró de la molesta presencia de Alberto, que se sumó a él en la concurrida cafetería. Esta vez serio y sin las bromas con que le recibió esta mañana.

    –Ven, quiero hablar contigo.

    Mauro siguió a su amigo resignado. No iba a conseguir librarse de él hiciese lo que hiciese, por lo que mejor terminar cuanto antes. Consultando el reloj le siguió hasta el aparcamiento, donde se acomodaron junto al coche de Mauro, en apariencia admirando su nueva adquisición. Mauro cruzó los brazos y se acomodó contra la brillante carrocería.

    –Mira, no pretendo ser entrometido, pero resulta que el día de tu cumpleaños me pasé por tu aula para ver si conseguía sacarte de ahí, que te diese un poco el sol. No estabas solo. No entré y no sé con quien podías estar, pero lo que tengo claro es que era un ligue. No creo que nadie más te cantase el “cumpleaños feliz”.

    –Pues te equivocas porque no era un ligue –protestó a la defensiva.

    Alberto se cruzó de brazos, copiando la postura de Mauro que claudicó. Echando un vistazo a su reloj le indicó con la cabeza uno de los bancos de madera que bordeaban el inicio del césped de acceso a los terrenos de la inmensa universidad.

    –No era un ligue. Era… No era un ligue.

    –¿Entonces?

    –Si lo fuera… estaría engañando a Ana. Siento que ya la he engañado. Hace unos meses empecé a dar clases a… una persona. Mayor de edad. Le reasigné la clase al sábado, a todos los que tenía que dar clase el viernes, pero compró una tarta y un libro, y se pasó por allí. Vio luz dentro y decidió que así la tarta no se añejaría. Me lancé. Besé a esa persona. Cenamos. Nos acostamos. Y corté a los pocos días porque no podía soportarlo.

    –¿Soportar el qué?

    –La idea de estar engañando a Ana. Las dudas, el miedo al qué dirán. Las reacciones si se descubría lo que había hecho y lo que siento.

    –Mauro, no entiendo de qué tienes miedo. Nos alegraremos por ti, has encontrado por fin a alguien a quien quieres después de doce años de luto y duelo. No entiendo tu reacción –protestó Alberto.

    –¿Y si te digo que tiene diecinueve años? Cumplidos en enero.

    –Es mucha diferencia de edad –reconoció Alberto suspirando–, pero a mi no es que eso me importe. Mira, te conozco. No creo que te lanzases si esa chica no te hubiese dado antes señales muy claras.

    –¿Y si te digo que no es una mujer? –susurró mirando fijamente al pavimento.

    Alberto se mantuvo en silencio unos instantes, calibrando el estado emocional de Mauro y reponiéndose de la sorpresa. Finalmente se encogió de hombros, elevando las palmas de ambas manos hacia arriba a la vez.

    –¿Y qué tendría eso de malo? Mauro, no seas tan estrecho de miras. Habrá cientos de capullos, miles de gilipollas que lo verán como algo negativo, pero Mauro, yo te quiero. Y mi exmujer, y mi hija. Tus padres ya no están, y con los de Ana no mantienes ningún contacto porque son dos grandísimos pedazos de mierda. ¿Qué más te da? Si quien te hace feliz es hombre está bien, si quien te hace feliz es mujer está bien, si quien te hace feliz no quiere identificarse con ninguno de los dos géneros o lo hace con los dos, está bien.

    Los hombros de Mauro se estremecieron en un sollozo mientras parpadeaba para evitar las lágrimas.

    –¿Y qué hay de la universidad? Estudia aquí, no bajo mi tutela ni en mi campo, pero es estudiante de la universidad.

    –No le has conocido aquí, pero entiendo tu punto de vista. Mauro, si le quieres, esto no es importante mientras ambos seáis discretos. Es una excusa más que te das para no estar con él.

    –Siento que engaño a Ana. Siento que debería serle fiel, que la debo explicaciones por ser feliz con otra persona, por haberle llevado a la cama que compartí con ella, por no contarle a Ana lo que sí le cuento a Raúl. Han pasado doce años y aún la echo de menos, ¿es eso justo para él? ¿para ella?

    –Siempre vas a añorarla, pero a él también le quieres y está vivo –Alberto sacó una cajetilla de tabaco del bolsillo y le ofreció un cigarrillo a Mauro que aceptó con dedos temblorosos. No solía fumar, pero necesitaba algo que le distrajese. Su compañero encendió ambos cigarrillos antes de proseguir–. Necesitas pasar página, necesitas dejarla descansar. Ella querría que fueses feliz. Llevas doce años atormentándola tanto como ella a ti, ya es hora de que empieces a cerrar las heridas del pasado.

    –Una parte de mi me dice que la pongo los cuernos. Que la he puesto los cuernos porque es posible que de seguir ella viva también me hubiese acostado con él.

    –O no. Si valoras mi opinión, te aseguro que de seguir vivo nunca le habrías mirado siquiera, pero nunca sabrás qué habría pasado de seguir ella con vida. Así son las cosas, debes aceptarlo. Acude a terapia, llama a ese chico y poned las cosas en claro –declaró con fervor–. Date una oportunidad, tú no tienes la culpa de que la matase el cáncer, y lo has dado todo por ella hasta el final. Ahora empieza a vivir antes de que te mate su fantasma. Si eso pasa, no te perdonará jamás. Y yo tampoco.

    –Le dije… –comenzó a decir, antes de que su amigo le cortase con un ademán.

    –Puedo suponerlo, pero no me lo digas porque entonces sí que acabaré por darte una patada en el culo. Te conozco y sé que a veces eres un capullo abrasivo y desagradable, pero si le quieres al menos ten huevos y arréglalo. Si te dice que no, te lo habrás buscado. Si te dice que sí, espero que me le presentes pronto.

    Alberto arrojó la colilla a un lado de la calle con gesto despreocupado, ganándose una reprobadora mirada de Mauro que guardó la suya en el bolsillo de su pantalón. Las clases habían terminado, aunque aún tenía trabajo por hacer. La mayoría de alumnos se alejaban en una riada de personas que charlaban, reían o iban abstraídos por su teléfono móvil. Dirigiéndose a pasos rápidos a la zona de humanidades buscó entre la marea humana una cabeza rubia, o un fedora. Para su disgusto, cuando localizó el fedora no estaba solo. Caminaba escoltado por una chica y un chico que iban de la mano, charlando con él de forma animada. En cuanto consiguió alcanzarle le hizo girar agarrándole por el hombro, inspirando hondo al mismo tiempo.

    –Disculpa. ¿Podemos hablar? Sobre las clases –añadió a modo de excusa.

    Los dos amigos miraron con sorpresa a Raúl que se encogió de hombros. Indeciso. Mauro aguardó, confiando en que dijese que sí. Por fortuna no reconoció sus caras, sin duda no eran alumnos suyos.

    –Era mi profesor particular este verano. Estadística. Os veo mañana, chicos.

    Mauro echó a caminar, seguido por Raúl. El chico andaba cabizbajo, con la cara escondida bajo el ala del fedora. El profesor le condujo por los pasillos de la universidad hasta su reducido despacho. Por un momento dudó entre ir directamente al aparcamiento y salir de allí o subir al despacho, pero pensó que era mejor no tener un escenario parecido al de la otra vez. Alberto salió del despacho sin que nadie dijese nada, lanzando una mirada curiosa a Raúl y levantando el pulgar sin que este lo viese, prestando su apoyo silencioso. Mauro tomó asiento en una de las dos sillas frente a su escritorio, ofreciendo la otra a Raúl quien se quitó el fedora y lo dejó en su regazo. La puerta no tenía pestillo, normas de la universidad, por lo que el profesor se levantó y se sentó detrás de su escritorio, para guardar las formas en caso de que alguien entrase.

    –Quería hablar contigo. Llevo desde que hablamos el martes queriendo hablar contigo. Me equivoqué al decirte aquellas cosas. Me equivoqué y lo siento realmente.

    –No, no importa– respondió Raúl con prontitud mientras jugueteaba con las pulseras de su muñeca–. No dijiste nada que fuese mentira. Lo he estado pensando y tenías razón. Solo te causaré problemas. Lo siento. No haré nada que pueda incomodarte, he mirado el plano y puedo ir a todas mis clases sin que tengas que verme. Yo… te agradezco lo de la otra noche. Fue bonito.

    –Por favor, escúchame –imploró Mauro–. Raúl, te quiero, pero tengo miedo. Por primera vez en mi vida me he colado por un hombre, te saco diecinueve años, era tu profesor, no sé si me he propasado y tú has cedido o si sientes algo parecido y he interpretado bien las señales. Siento que estoy engañando a Ana y a la vez sé que ella murió, que no va a volver y que desearía verme feliz. Siento que si en doce años no he avanzado no es justo que te cargue a ti con la tarea de lidiar conmigo y siento que todo esto va a volverme loco. Tú no has arruinado mi vida ni vas a hacerlo, desde que estás en ella me siento feliz de nuevo, y culpable por ello, y culpable por sentirme culpable.

    Hizo una pausa en la que apoyó los codos en la mesa, hundiendo la cabeza en las manos. Raúl permanecía en silencio, jugando incansable con las pulseras. Incluso ahora que había refrescado su ropa seguía siendo ancha y desenfadada, enseñando unas pantorrillas cubiertas de pecas. Mauro le miró fijamente, intentando ver algo en su rostro oculto bajo el tupido flequillo que caía hacia delante.

    –Si aun así no quieres darme una oportunidad, lo entenderé. Y si ese es el caso al menos espero conservarte como amigo y alumno. –Hizo una pausa, a la espera, pero al ver que Raúl no se pronunciaba volvió a implorarle, inclinándose sobre el escritorio con fervor–. Mírame, te lo suplico. Siempre evitas mirarme cuando más necesito saber qué piensas.

    Los brillantes ojos ambarinos de Raúl parecían estar llenos de luz cuando le miró a la cara. Su voz seguía suave, dulce, sin rastro de rencor a pesar del dolor que sabía que le había hecho pasar.

    –Yo te quiero, y me gustas mucho. Desde que te vi en la puerta el primer día. Yo no soy suficiente, pero intentaré serlo. Si me dejas, intentaré ser alguien digno. No causarte problemas. Estar ahí si eso te hace feliz. Nunca te has propasado. La otra noche me hiciste muy feliz, el primer beso me hizo muy feliz.

    –No puedo prometerte que será fácil. Un amigo me ha recomendado ir a terapia, y lo voy a hacer, pero aún así… ojalá pudiese decirte que será fácil.

    –Lo sé. No me importa. Ya te lo he dicho, te quiero. Siento que puedo hablar contigo, que me escuchas, y te preocupas por mí.

    –¿Me perdonas por las cosas horribles que dije el otro día? Juro que intentaré compensarte por ellas a partir de ahora.

    Raúl asintió con gruesas lágrimas rodando por sus mejillas. Sin resistirse más tiempo Mauro se levantó y le envolvió en sus brazos. Hasta la nariz del joven llegó el aroma del suavizante para la ropa que usaba el profesor y la fragancia de su desodorante, masculina pero sutil. Las grandes manos de Mauro acariciaron el cabello de oro de Raúl, descendiendo por su cuello. Levantando su cabeza con delicadeza consiguió que saliese del refugio de su chaleco. Inclinándose sobre él le besó de nuevo en los labios, tan suaves que parecían satén. Los ojos de ámbar del joven se clavaron en los suyos mientras sus manos, tímidas y delicadas, acariciaban su cabello canoso. Echándolo hacia atrás.

    Sus lenguas se juntaron, bailaron pasando de una boca a otra mientras Mauro le empujaba más y más contra su cuerpo, con una floreciente erección en sus pantalones de traje. Raúl se aferró al profesor con desesperación, sin dejar de llorar. Mauro se apresuró a secar sus mejillas con las manos, separándose de él y ofreciéndole un pañuelo de tela que sacó del bolsillo.

    –Ten, quédatelo. Lo siento, siento que estés así por mi culpa.

    –No… no es eso. Lloro porque soy feliz.

    Mauro volvió a abrazar a Raúl, que hipaba incontrolablemente. Le sostuvo con ternura hasta que los hipidos cesaron, dejándole calmarse sin dejar de acariciar su sedoso pelo dorado. En ese momento le daba igual que alguien entrase y los viese, pues no se había sentido así de feliz desde hacía más de doce años. Besando su cabeza con suavidad le cogió de la mano, ayudándole a secarse la cara.

    –¿Quieres venir a mi casa? Si no es inconveniente. Ni siquiera sé si vives con tus padres o…

    –Quiero ir a tu casa.

    Su rápida respuesta le arrancó una sonrisa, completamente genuina y de felicidad. Su gran mano apretó la pequeña de Raúl y tiró de él por el pasillo, en dirección al aparcamiento. Su coche era de los pocos vehículos que aún quedaban allí. Abrió la puerta del copiloto al joven que le miró con la duda pintada en su cara.

    –¿Seguro que puedo subir? Es tu coche y… tiene pinta de ser muy caro.

    –No quiero separarme de ti. Sube, todo está bien.

    Condujo a su casa deprisa, todo lo deprisa que pudo sin infringir la ley. Deseaba estar con Raúl, demostrarle que le quería, tenerle entre sus brazos. Su cuerpo estaba respondiendo de nuevo, su mente iba a mil revoluciones, sentía que su corazón latía desaforado y todo le parecía más vivo que antes. A su lado el chico sonreía, mirándole casi sin pestañear y con el fedora entre las manos. Incluso su tranquila calle residencial le pareció más viva ahora, porque le volvía a acompañar el sol después de una época llena de nubes.

    Aparcó el coche y dejó que Raúl saliese solo, abriendo mientras la pequeña puerta de acceso que comunicaba el garaje con la vivienda. Raúl conocía vagamente el lugar, pero esta vez Mauro no se apresuró, dejando que tomase la iniciativa. Quería ver qué hacía. El chico recorrió la cocina despacio, dubitativo e inseguro, dejando el fedora y la bandolera sobre la isla. Con la sensación de no tener que estar del todo ahí. Volvió sobre sus pasos hasta donde esperaba Mauro y le cogió de la mano. Al ver la serena sonrisa del profesor se relajó y tiró de él hacia el pasillo y por las estrechas escaleras, asumiendo el control.

    –Quiero repetir lo del otro día, por favor.

    Mauro le abrazó por detrás, acariciando su pecho mientras intentaba no perder pie en los estrechos peldaños. Ante la puerta del dormitorio Raúl volvió a paralizarse, inseguro de nuevo. Levantó la cabeza y miró a Mauro mordiéndose el labio inferior. Con una suave caricia el hombre le guió despacio hacia la cama, sentándole sobre su regazo y aprovechando para quitarse ya los zapatos. La primera vez que se acostó con él ya intuyó su inexperiencia, sin duda no se había ido a la cama con muchos, lo que a un nivel muy primitivo le complació inmensamente. A un nivel más superficial, el miedo a hacerle daño impuso una cautela exquisita, como si manejase el más delicado cristal.

    –Tú has sido el primer hombre con el que he estado, y aún no sé muy bien qué debo hacer. Si soy muy brusco o te hago daño, párame.

    Raúl asintió con solemnidad, sonriéndole con suavidad para darle ánimos. Mauro procedió a retirar su ancha camiseta, deslizando el borde inferior por su vientre, sus costillas, su pecho y por fin sacando la prenda entera. Sobre los hombros, por el pecho e incluso en el vientre tenía pecas de distintos tonos, desde las más claras a algunas casi negras y todas de diferentes tamaños. Jamás había visto una piel como la suya y se le antojó muy hermosa. Con toda la ternura del mundo cubrió de besos el hombro derecho y después el izquierdo, pasando los dedos por las innumerables efélides.

    –Te quiero –le susurró al oído mientras le estrechaba contra su cuerpo, observando como Raúl desviaba la mirada con una amplia sonrisa de felicidad.

    Rodeándole con un brazo soltó el nudo de su corbata. Raúl cogió ambos extremos de la prenda y la dejó caer con cuidado. Con dedos temblorosos desabrochó los botones del chaleco. Le encantaba el estilo de Mauro, su aparente seriedad que contrastaba con su apasionamiento y dulzura. El chaleco quedó colgando de sus hombros y el profesor terminó de retirarle, dejándole junto a la corbata. Los dedos de Raúl ya recorrían la hilera de botones de la camisa, soltando uno tras otro. Entre la tela asomó una mata de vello oscuro, sin rastro de las canas que ya salpicaban su pelo y su barba. Raúl pasó los dedos por la piel y probó a tirar del vello con suavidad, sonriendo al notar como Mauro le apretaba más entre sus brazos.

    El profesor acarició la cara suave y pecosa del joven y le besó con pasión, intentando transmitirle todo lo que sentía con ese gesto. Atrás quedaban las dudas y el miedo, alejándose de su mente como si les hubiesen atrapado con un gancho y se les estuviesen llevando. Acariciando la nuca de Raúl giró con él a cuestas, tumbándole boca arriba en la cama. Sus brazos delgados rodearon su cuerpo, acariciaron su espalda y tiraron de la camisa para que se la quitase. Mauro consiguió sacarse la camiseta y acarició su pecho estrecho y delgado.

    Sus pezones pequeños y claros, del color de la canela, resultaban tentadores, invitaban a acariciarles una y otra vez. Empleando un brazo para sostenerse sobre Raúl, el profesor pasó la mano por la piel de las aureolas, sensible y suave. El pezón creció bajo sus dedos, ante su mirada ávida que recorría una y otra vez el cuerpo del joven que se estremecía de placer. Las pequeñas uñas de Raúl se clavaron en la espalda de Mauro que siseó entre dientes, inclinándose para poder besar al chico. Su mano descendió desde su pecho hasta el vientre, liso y plano, y alcanzó por fin su entrepierna. Mientras acariciaba el considerable bulto recorrió el cuello de Raúl con suaves besos, descendiendo hasta la clavícula que recorrió con la lengua en dirección al hombro.

    Los gemidos de Raúl sonaban dulces, incitantes. Por debajo de sus párpados cerrados sus ojos se agitaban frenéticos y sus uñas se hundían más en la espalda del profesor, que seguía implacable su asalto. Su boca cálida abarcó por entero el pezón y la aureola, reduciendo el cerco formado por sus labios hasta que tan solo estuvo dentro su pezón. Aumentó poco a poco la presión, succionando y pasando la lengua en todas direcciones, memorizando su forma y textura al mismo tiempo que bregaba con la bragueta de los vaqueros del joven. Con una sola mano era casi imposible de soltar, pero Raúl acudió en su auxilio.

    Retirando las manos de su espalda soltó él mismo el botón y bajó la cremallera, levantando después las caderas para retirar el pantalón y los bóxers. De dos patadas se deshizo de sus deportivas, quedándose tan solo con unos calcetines de deporte tobilleros y los adornos de sus muñecas. Su pene, de diecisiete centímetros, sobresalía por encima de una mata de vello dorado, tupido y bastante largo. Con la mano libre el profesor exploró aquel bosque, idéntico al que crecía en las axilas del chico. Los rizos elásticos cedían ligeramente ante sus caricias para volver a levantarse en cuanto retiraba la mano. Ansiaba seguir bajando, pero la incomodidad ya era demasiado difícil de soportar.

    Con una pierna a cada lado del cuerpo del chico Mauro se incorporó, quedando de rodillas. El vello de su pecho se difuminaba hasta convertirse en una línea oscura que descendía, rodeando el ombligo y bajando hasta el pubis donde volvía a espesarse, negro y ensortijado. Con cierta vacilación el joven agarró la cintura del pantalón de Mauro, soltando los dos botones y la cremallera y bajándolo con cuidado, como si temiese romper el tejido si era demasiado brusco. El pantalón dio paso a unos bóxers grises con una clara marca de humedad en los mismos. Raúl pasó la mano por ella, sintiéndola en sus dedos. Abarcó la forma entera con la mano, acariciando el grueso pene del hombre por encima de la tela. Irradiaba calor, parecía quemarle la palma de la mano.

    –¿Te gusta? –preguntó el profesor con una mezcla de curiosidad real y aprensión por si no era así.

    Raúl retiró la mano como si hubiese sido alcanzado por un rayo, rojo por la vergüenza. Mauro le sonrió con ternura y tras besarle los nudillos volvió a colocarle la mano sobre su bóxer, dejándole tocar a su ritmo. Los dedos finos y no muy largos de Raúl parecían deleitarse, encontrando cada pequeña vena y tensando la tela para poder tocar con más comodidad. Mauro se controlaba, gimiendo a medias, pero sin apresurar al joven a pesar de que lo que más deseaba era que le bajase ya el bóxer. Para distraerse rodeó con su mano libre el pene de Raúl y comenzó a acariciarle arriba y abajo.

    Deshaciéndose con delicadeza de las manos del chico se inclinó más sobre él, descendiendo despacio por su cuerpo para dejarle saber lo que pretendía. Raúl enredó sus dedos en el cabello de Mauro, pero no le detuvo, observándole con curiosidad y excitación. Su delgado pecho pecoso subía y bajaba a toda velocidad al ritmo de su agitada respiración. Sacando la lengua la pasó despacio por todo el tronco del pene de Raúl, quien soltó un largo gemido. Algo inseguro acerca de cómo seguir Mauro le agarró por la base, equilibrándose mejor sobre una única mano y sus rodillas.

    –Guíame –pidió con un susurro ronco al joven, quien asintió con la cabeza.

    –Ve despacio, y usa la lengua.

    Aceptando las indicaciones metió el glande en su boca y movió la lengua tentativamente, ganando confianza al escuchar los gemidos de Raúl y cómo sus uñas se clavaban en su nuca. Por propia iniciativa bajó algo más, teniendo que retroceder al momento por culpa de las arcadas. No estaba acostumbrado a la sensación y su cuerpo parecía no aceptar bien la intrusión, y, por algún extraño motivo, aquello le estaba excitando. Sintiéndose observado por Raúl volvió a descender, más despacio esta vez, preparándose para las arcadas que no tardaron en llegar.

    –No tragues tanto aún. Usa primero la lengua, es más fácil si antes chupas un poco –le aconsejó el joven, gozando casi tanto como él.

    Obediente, Mauro lamió toda la longitud. Su lengua encontraba nula resistencia y se deslizaba una y otra vez por todo el pene del joven, captando con claridad las notas saladas de su líquido preseminal. Cuanto más le estimulaba más salía, una respuesta clara acorde a la excitación que sentía. Haciendo una breve pausa para coger aire volvió a intentarlo. El hombre apoyó los labios en la punta del glande, besándole primero para después abrirles despacio. Raúl guió su pene dentro de la boca de su profesor, tomando por un momento el mando para facilitarle las cosas. Aferrado a su pelo controló su cabeza, jadeando e intentando no mover demasiado las caderas para no ahogarle.

    –Respira, no dejes de respirar si puedes. Por la nariz.

    Sus instrucciones precisas y breves dejaron a Mauro libertad para acariciarle los muslos, las ingles y los testículos, más pesados de lo que había imaginado. El escroto suave les contenía a la perfección, sin colgar demasiado, y mientras tragaba un poco más cada vez jugó con la sensible piel, apretando ambos testículos juntos o separándolos. La saliva empezó a gotear, escapada de las comisuras de sus labios. Intentó contenerla con la lengua y al no ser capaz usó el pulgar para limpiarla, extendiéndola de esa forma también por los testículos. Ahora Raúl movía con más soltura las caderas y Mauro podía notar su glande adentrándose en su garganta, llenando su boca con el sabor de su líquido preseminal.

    El joven gemía y jadeaba, controlando siempre no propasarse. Ajeno a que Mauro estaba descubriendo un lado nuevo de sí mismo. Deseaba que le manejase, que se introdujese entero. Al cuerno las arcadas y la incomodidad si eso excitaba a Raúl. Apretando más los labios bajó él solo la cabeza, notando el tirón en su cuero cabelludo cuando Raúl intentó detenerle. Iba a devorarle, aunque se ahogase. Reprimiendo las arcadas comenzó a meter y a sacar el pene del joven de su garganta, procurando mantener los dientes bien alejados de la delicada piel. A pesar de las débiles protestas del chico sus gemidos traicionaron el intenso placer que sentía. Él también ansiaba ser comido entero.

    Los rizos rubios del pubis del chico le hicieron cosquillas en la nariz cuando por fin consiguió tragarle entero. Intentó aguantar todo el tiempo posible, moviendo la lengua hasta donde alcanzaba. Raúl le empujó hacia abajo, con las mejillas encendidas y los ojos reluciendo de deseo. Entre sus dientes apretados se escapaban los gemidos y los jadeos y sus caderas se elevaban del colchón, impulsándose hacia arriba. Mauro se retiró despacio, masturbándole en cuanto le tuvo fuera y contemplando como salía el líquido preseminal y se deslizaba hacia abajo. Con cierta curiosidad acarició el frenillo con el pulgar, causando que gimiese con más intensidad.

    Desplazándose un poco más hacia abajo sobre el blando colchón agarró las piernas de Raúl por los muslos y las impulsó hacia arriba. El joven se las cogió por detrás de las rodillas, sin rechistar. Mauro pasó la lengua por el pene del chico una última vez y centró toda su atención en el ano del joven. Su lengua recorrió cada uno de los pequeñísimos pliegues, que presentaban el mismo tono canela que los pezones. El estrecho orificio no parecía abrirse ni ceder, por lo que Mauro redobló sus esfuerzos, presionando con la lengua a base de lamidas circulares hasta que pudo colar parte.

    El calor y la suavidad de su interior le sorprendieron tanto como le habían sorprendido la primera vez, semanas atrás. Raúl gemía y gemía, manteniendo las piernas en alto y retorciéndose de placer sobre la cama. El profesor no cesaba de acariciar su pene arriba y abajo con su mano grande y suave y su lengua sometía su ano a un asalto constante, relajándole y preparándole para él. Con paciencia consiguió introducirla en toda su longitud, describiendo giros y vueltas, metiéndola y sacándola sin pausa. Ayudado por la enorme cantidad de saliva que había dejado dentro, coló una a una las falanges de su índice, separándose del chico para observar cómo entraban.

    La ligera resistencia que sintiera en un principio se difuminaba, permitiéndole un mayor avance. Las paredes del recto se distendían y pronto pudo introducir también el dedo medio, moviéndoles juntos dentro y fuera, separándoles cada vez un poco más para dilatar más la entrada. Con un movimiento de llamada se esmeró en encontrar la próstata, viéndose recompensado por un grito de placer del joven que se aferró las piernas con más fuerza para evitar bajarlas. Liberada la boca de su tarea, Mauro volvió a tragar el pene del joven, cuyo sabor salado era ahora más intenso que antes.

    Con más confianza que al principio lo deslizó por su garganta, tragando con más facilidad y consiguiendo una mayor velocidad desde el primer momento. Sus labios se apretaban en torno al glande una y otra vez, en cada pasada, mientras sus dedos entraban y salían, buscando siempre llegar hasta la próstata y estimularla. De vez en cuando soltaba el pene de Raúl y su lengua se unía a sus dedos, volviendo a lubricar con saliva el área y relajando cada vez más el esfínter.

    –Por favor… por favor. No sigas así o terminaré –suplicó entre gemidos Raúl, jadeando y retorciéndose para apartarse un poco de Mauro.

    El hombre sonrió y se retiró. Levantándose de la cama momentáneamente se deshizo por fin del maldito bóxer, liberando su erección de dieciocho centímetros y medio y quitándose en el proceso los calcetines también. Subió de nuevo a la cama y acomodándose sobre el chico le besó en los labios, repartiendo su peso sobre sus codos y rodillas para no cargarle con él. Desde sus labios se movió a su oreja, apretando el suave cartílago entre sus dientes para después recorrerle con la lengua. Mauro coló una mano entre ambos y orientó su largo pene hacia el ano de Raúl, que se abrazó a él gimiendo entrecortadamente.

    Con los luminosos ojos del chico clavados en los suyos Mauro empujó por fin, dejando que su glande se abriese paso dentro del ano del joven que se tensó instintivamente, soltando un siseo entre dientes y arañándole la espalda sin querer. El hombre se detuvo al instante, besándole el cuello y el pecho para tranquilizarle. Pegando sus labios a los suyos le dejó relajarse, empujando lentamente para no causarle ningún daño. Sus lenguas se enredaban y se movían dentro de sus bocas, casi cortando su respiración debido a la intensidad del beso que compartían, pero las uñas clavadas en la piel de su espalda eran más que reveladoras, indicándole mediante la presión cuándo debía parar y cuando podía avanzar.

    Tras un nuevo descanso terminó por introducirse por completo, con exquisita lentitud. Raúl se tensó nuevamente sólo para relajarse pasados escasos segundos. Tanteando el terreno Mauro movió las caderas, encontrando escasa resistencia a sus avances y escuchando el gemido ahogado del chico. Animado por el resultado volvió a moverse. Su pene no encontraba dificultades en entrar y salir del estrecho conducto del joven que ahora gemía y movía las caderas ligeramente, intentando acompasarse al ritmo del profesor quien empezaba a acelerar poco a poco. Sus grandes manos aferraron la nuca de Raúl y le atrajeron más contra sí, mientras las piernas del chico le rodeaban en un firme apretón.

    Sus cuerpos quedaron completamente pegados, el pecho velludo de Mauro a milímetros del de Raúl, la separación suficiente como para no poner su peso sobre él directamente. A pesar de eso, las caderas del hombre se mecían en un vaivén cada vez más veloz, penetrando una y otra vez a Raúl. Los gemidos del chico aumentaron en intensidad, creciendo y ahogando el golpeteo de los cuerpos al entrechocar una y otra vez. Mauro jadeaba, con el pelo cayéndole sobre los ojos empapado en sudor. Retirando una de las manos de la nuca del joven aferró de nuevo su pene, masturbándole con fuerza arriba y abajo mientras movía su pelvis todo lo deprisa que podía, impulsándose dentro de Raúl una y otra vez.

    Los ojos del joven parecieron agrandarse y engullir todo su rostro cuando alcanzó el orgasmo. Su boca se abrió en un círculo perfecto y por un momento ningún sonido escapó de ella, falto incluso de respiración. Con el segundo disparo de semen sobre su vientre pecoso el aire entró de golpe en sus pulmones y un largo gemido, casi un grito, se escapó de entre sus labios mientras sus uñas dejaban finos arañazos en la espalda de Mauro, que siseó y le mordió el hombro moteado mientras su cadera se impulsaba con fuerza hacia delante, clavando al joven en la cama. Con un último espasmo alcanzó el orgasmo, descargándose dentro del joven. Soltó el hombro de Raúl y lo cubrió de besos mientras jadeaba, recuperando el aliento.

    Rodando sobre su costado evitó caer sobre el chico, que se acercó a Mauro con timidez. El profesor le rodeó con un brazo y acarició su pecho. Ofreciéndole su bíceps como almohada el joven se acomodó sobre él, todo lo cerca que pudo del hombre que dobló el brazo y enredó los dedos en el espeso cabello dorado del muchacho. Raúl pasó uno de sus brazos cubiertos de pecas sobre Mauro quien le estrechó más contra sí mientras recuperaba el aliento. Había sido más intenso incluso que la primera vez que se acostó con él, muchísimo más. Supuso que en parte se debía a que ambos iban cogiendo confianza el uno con el otro o a que, como con todo lo demás, la práctica hace la perfección.

    –Hum… ¿y ahora qué? ¿tengo que irme? –preguntó inseguro Raúl incorporándose a medias.

    –No, salvo que tengas que hacerlo o quieras. ¿Vives solo?

    Mauro notó al chico tensarse entre sus brazos. Mirándole con curiosidad tiró del edredón, cubriéndoles a ambos. Le dio un beso suave en las mejillas y aguardó una respuesta.

    –Vivo con un amigo, así que puedo ir y venir si quiero. Lo que no quiero es ser una molestia para ti.

    –Hagamos un trato: yo te diré cuándo me molestas, y tú dejarás de pensar que lo haces a todas horas porque no es así. Yo te quiero, ¿de acuerdo?

    Raúl sonrió, con sus mejillas pecosas ruborizadas y el cabello despeinado. Se acurrucó más contra Mauro y subió el edredón hasta la barbilla, agradeciendo el calor.

    –En la facultad… ¿debo fingir que no te conozco?

    El profesor lo meditó unos minutos, acariciando el pelo del chico que mantenía los ojos cerrados.

    –No. No es necesario llegar a tanto porque además tus amigos ya saben que te di clases. Podemos decir la verdad, omitiendo que estamos saliendo –resolvió al fin–. No eres directamente alumno mío, pero está prohibido.

    –¿Entonces? ¿Qué debo decir?

    –Que me conoces de cuando te di clases y que aún te las doy. Eso simplificará las cosas. Después podremos decir que somos amigos, y si aún quieres seguir conmigo cuando te gradúes, anunciaremos a los cuatro vientos que somos pareja. ¿Te parece bien?

    Raúl pudo captar la levísima nota de ansiedad en la voz de Mauro. Esta vez le pedía su opinión, le tendría en cuenta. Si se oponía o pedía otra cosa se la daría. La novedosa sensación de ser escuchado le llenó de una cálida alegría. Para él eso era suficiente. Henchido de felicidad asintió con la cabeza, recibiendo un beso directamente en su pecosa mejilla. Mauro acarició de nuevo su pelo y su nuca sonriendo relajadamente. No recordaba la última vez que se sintió tan tranquilo y en paz.

    –¿Tortilla de espinacas y queso de cabra para cenar? –preguntó el profesor incorporándose algo reacio a separarse de Raúl.

    –Suena genial.

    –Nota de ShatteredGlassW–

    Gracias a todos por leer este sexto relato de la saga y el apoyo dado. Espero de corazón que os haya gustado y que sigáis apoyando esta serie. Si queréis que escriba algo para vosotros podéis pedirlo a través de mi email, si la temática me gusta y dispongo de tiempo, os haré un relato personalizado. Si tenéis comentarios o sugerencias y queréis comunicaros de una forma más personal conmigo podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: [email protected].

  • Una noche mas de trabajo

    Una noche mas de trabajo

    Recuerdo que era una noche de invierno, pero de esas que son muy heladas que te congelan hasta los huesos…

    Lo que no recuerdo es que día era, creo que era un fin de semana porque si recuerdo ver mucha gente en el bar pero bueno, en fin… una noche más, un servicio más en mi tan amado bar, que hasta hoy lo recuerdo con entusiasmo, y en el medio de la noche veo a una chica; muy producida, con maquillaje hasta casi extravagante, una cara pálida y los labios increíblemente rojos; top y falda negros y llevaba un abrigo en la mano debido a las bajas temperaturas.

    Sentía ya conocerla de antes, ya haberla visto como cliente y por eso comencé a mirarla. Al observarla me di cuenta que ella también lo hacía y hasta desde antes de que yo me diera cuenta, en ese momento me di cuenta de que yo era la presa y no el cazador.

    Al pasar un rato entre miradas cruzadas, ella se acerca a pedirme un trago y aprovecho para empezar con la misión de lo que sería la noche:

    -Yo a vos te conozco, fue lo primero que le dije.

    -Si ya vine varias veces, me contesto con mirada de provocación mientras se tomaba el shot que le di.

    Con esa mirada me di cuenta de que tenía el partido ya ganado, solo tenía que meter el gol.

    Entre pocas charlas y mucho trabajo quedamos en que me esperaría para irnos juntos esa noche, así que una vez terminado el servicio cerré la barra lo más rápido que pude y salí… afuera estaba ella sentada, con el abrigo puesto pero así y todo con mucho frio.

    Al verme salir me dice:

    -Si tardabas 5 minutos más me iba, a lo cual mi repuesta fue tomar el primer taxi que apareció.

    Recién al subir al taxi le pregunte si íbamos a su casa o a la mía, a lo que me respondió que a la suya porque se quería poner ropa más comoda.

    Al llegar, me doy cuenta de que no vivía sola, supuestamente vivía con el hermano, por eso tantas cosas de hombre en la casa… No quise preguntar de más y pase directamente al cuarto, ella fue al baño y yo espere sentado en los pies de la cama mientras revisaba el celular con cansancio después de un día laboral muy agitado.

    Después de 5 minutos la veo llegar. con ropa de pijama pero todavía con maquillaje, me dice:

    – Creí que ya te habías acostado, a lo que le contesto:

    – Te estaba esperando a vos, y se acerca y me da un largo beso…

    Esa fue la primera parte donde ya estábamos uno arriba del otro besándonos desenfrenadamente. Se ve que no alcanzo para sacarnos el frio que decidimos acostarnos y taparnos para estar más cómodos, ella con su pijama y yo en bóxer y una remera. todo iba a ser más cómodo así…

    Ya entre besos debajo de las sábanas y frazadas empezaron los manoseos, yo primero tocándole las nalgas que estaban heladas y ella luego bajando a tocarme la erección por sobre el bóxer. Me animo un poco más y empiezo a meter la mano por debajo de la tanga que tenía como pijama y me encuentro con que ya tenía una humedad bastante marcada, eso me excito más y comencé a mojarme los dedos con sus jugos sin llegar a la penetración. A todo esto ella entre gemidos se animó y me empezó a masturbar ya por dentro del bóxer con fuerza y con buen ritmo. Ya con mi mano jugando en su clítoris y ella revolcándose de placer y gemidos muy altos dejo de masturbarme y me avisa que se va a venir, lo que hace que aumente mi ritmo y no paro hasta que tiene su primer orgasmo y me saca la mano de su clítoris.

    Acto siguiente me mira a los ojos con cara de mala, se da vuelta y me dice «métemela», yo ya tenía una erección y una calentura que estaba por explotar así que la acomode y con mi mano me agarro el miembro y en posición de cucharita y tapados hasta la cabeza la voy penetrando de a poquito. Primero entra la cabeza y me dice «despacito» así que poco a poco empiezo a empujarle hasta que me suelto la erección y la agarro de la cadera para metérsela toda. Su reacción fue un leve grito de placer y dolor y un apretón a la sabanas que me subió aún más la temperatura. Ya una vez que la tuvo toda adentro me devuelve la mirada mordiéndose el labio inferior dándome el pie para empezar con las embestidas que empezaron suaves en un principio y fueron aumentando el ritmo a medida que iba escuchando sus gemidos y sus suplicas de que no pare.

    El frio ya había desaparecido por completo y las sábanas quien sabe dónde estaban a esa altura así que sin darle descanso me subo sobre ella y quedando boca abajo comienzo nuevamente con las embestidas y respirándole en el oído oigo que está ahogando sus gritos con la almohada mientras sigue apretando las sábanas con sus dos manos. Esa imagen me genero mucho morbo y le pregunte si le gustaba, su respuesta fue «me encanta” y seguí dándole en esa pose por unos minutos más hasta que me agote y caí sobre ella dándole besos en la nuca y espalda mientras mi erección seguía dentro suyo.

    Luego de tomar ese pequeño respiro se la saco y la levanto hasta que se pone como perrito y me pide más (mi pensamiento en ese momento fue de que insaciable que era esa mujer) a lo que respondo agarrando otra vez mi miembro con la mano y llevándolo nuevamente a su vagina para meterla de a poco, pero estaba tan dilatada y tan mojada que al sentir la cabeza entrar ella misma se tira para atrás y me devora la pija de un golpe. Me di cuenta de que quería acción ruda así que comencé a embestirla con fuerza y agregándole unas nalgadas que en combinación hacían que sus gritos, que ya no eran gemidos, no los podía ahogar ni con la almohada (todavía tengo en la cabeza esos gemidos que decían «ay por dios» constantemente) lo que daba un indicio de que su segundo orgasmo estaba latente.

    Ella sabiendo que se venía su segundo orgasmo y con una actitud por demás desenfrenadas quiso tomar el mando y me ordeno a que me acostara boca arriba, obedecí gustosamente y se sentó sobre mí a cabalgar mi miembro. Fue una sensación fantástica, la veía desenfrenada saltando arriba de mi erección como si fuera la última vez que lo haría. Su cara endemoniada y su energía me decían que el momento de ese segundo orgasmo estaba llegando y fue así, aun cabalgándome se inclina hacia mi boca, me da un beso y con un gemido muy excitante comienza a temblar por la llegada de ese tan rico orgasmo que había tenido.

    Toda esa situación me había puesto tan caliente que también ya estaba dispuesto a tener mi propio orgasmo y creo que ella también lo sintió. Así que me pidió si le podía acabar en las tetas a lo que me pare y después de un buen sexo oral de casi dos minutos termine con mi orgasmo como ella lo pidió.

    Automáticamente terminamos los dos rendidos en la cama, con los cuerpos transpirados y sin taparnos hasta que nos volvió a dar frio y nos tapamos para dormir.

    Al otro día me levanto temprano y me voy sin saber que nunca más iba a saber de ella pero hasta el día de hoy creo que fue una de las mejores noches de sexo que pude tener.

    Es mi primer relato, disculpen los errores.

    Espero que les guste y acepto críticas.

  • Historias evangélicas

    Historias evangélicas

    Este es mi primer relato, me animé a ello al descubrir que no existen muchos que se refieran o que hayan sucedido dentro de una iglesia cristiana evangélica, la lujuria dentro de la misma es igual, solo reprimida. Tal vez suene aburrido los relatos que aquí está expondré, pero son 100% reales.

    Llegue como el novio no cristiano de una miembro de la iglesia, tranquilo bien portado, pero con las mañas de años de vivir en el mundo (cómo coloquialmente se describe a alguien no cristiano) lo primero que hice fue morbosear a las «hermanas» que me presentaban y catalogarlas, «rico culo» “buena tetas» -se ve que le encanta mamar verga» etc., lo normal. Ya con más calma durante la predicación observaba que muchas de ellas, las jóvenes, bonitas y de buen cuerpo, sus faldas eran largas hasta el tobillo, pero apretadas, marcando sus formas de una mejor manera, me encanto descubrir como les marcaba la ropa interior y las nalgas, las tetonas y así, de la misma manera las esposas que saben que son sabrosas, están con ropa según decente, pero apretada y una de la mejores con tanga. Me encantó, dije evangélico es mi lugar. Ya las jóvenes y esposas que están jodidas, visten como normalmente nos imaginamos a mujeres de la iglesia, ancho, largo, con flecos en las blusas, super tapadas, etc. Pensé se supone que todas son cristianas, por qué hay sabrosas y jodidas. Por qué unas muestran las nalgas otras no.

    Ese primer día dos presentaciones me dejaron pensándote, una era amiga de mi novia, estudio con ella, y la llevo a la iglesia y se convirtió, es decir antes era del mundo, me la presento y ella tenía 19 años, morena un cuerpo divino, falda larga, tela delgada y un tremendo culo delicioso, labios carnosos (boca de mamadora) y un hermosos par de tetas, tenía playera, así que se notaban excelentes, creo era una exploradora algo así, por eso la ropa de ese tipo. Lo que me llamo la atención de ella fue el comentario que le hizo a mi novia «está guapo, pero te va hacer cosas que no debes hacer» cuando me lo comentó mi novia, mi mente solo entendió «yo he hecho cosas que no debo hacer y es rico» no estaba equivocado.

    Y la segunda, esposa del hijo del pastor, joven, buenota, una cara de putona, blanca, pelo pintado de rubio, bien maquillada, falda larga de mezclilla, un culo tremendo, tanga, blusa blanca abotonada hasta arriba, una tetas tremendas, olor delicioso, tacones, era un culote cualquiera de las buenotas pero con falda larga, así de fácil, ella me miró diferente, lo noté enseguida como cachonda y le dijo a mi novia… «se parece a un novio que tuve, estás igualito, pero ufff, eso era de joven, me llevaba al parque hundido» y supe que eso era un mensaje para mí, las cristianas no saben que se hacía en ese parque hundido y si llegarán a ir, se asustarían, ahí se va agasajar y mínimo a chupar las tetas. Claro que sí eras bueno cogías… ahora ya no se puede, hay vigilancia. Entonces ella lo que quiso decir es que su novio que se parecía a mi, le chupaba las tetas en el oarqur hundido, y a verme a mi, recordó como se las chupaba. Ella al igual que la amiga, se convirtió al hacerse novio del hijo del pastor con el que se casó. O sea fue del mundo antes e hizo lo que quería si. Reglas de la iglesia.

    Mi novia era, cómo le decían, cristiana de nacimiento, nunca conoció el mundo como tal, solo conocía hasta ese día los besos, cachondos eso si, y los abrazos.

    Les contaré las historias que vi, viví y sigo viviendo de cada persona a qué descubrí su lujuria fuera de la iglesia, ahí dentro todos cantaban, oraban y bien portados, pero la mayoría tenían instintos sexuales más fuertes que los del mundo, solo que los detenían, pero a lo largo de los años, cuando no pudieron, se dieron estás historias que aquí contaré.

  • Lo que hace el alcohol

    Lo que hace el alcohol

    Ayer tuve un accidente automovilístico bastante intrigante. Salí en la noche porque quería ir a divertirme un rato ya que no tenía pendientes.

    Así que me puse muy guapa, tengo un vestido rojo con puntos blancos que me gusta mucho pero no suelo ponérmelo si no solo en la playa por qué es muy entallado, además llega a transparentarse un poco, pero esta vez me valió, me sentía muy bien de cuerpo y me lo puse. Cómo es muy pegado tengo que usar literalmente un hilo delgado tanga para que no se note y un bra sin cojín que deje ver mis pechos tal cual son con un encaje.

    Me quedé de ver con mi novio en un bar, tenía muchas ganas de salir y creo que el también.

    La idea era visitar varios lugares y así hicimos el plan.

    El asunto es que yo no aguanto mucho hablando de beber. En nuestro segundo lugar que no demoramos mucho ahí porque estaba un poco apagado y yo iba vestida más fiesta y me miraban extraño, nos salimos. A un lado estaba un bar con ambiente bastante atractivo y entramos, bebimos una cerveza y nos gustó, solo que todos estábamos muy apretados, ya sudábamos y me rozaban y apachurraban por doquier, llego un punto que no sabía yo si era mi novio quien me manoseaba o alguno otro. Me encanta provocar a mi novio así que hice como que se me caía algo y me empine literalmente para levantarlo, pero no pensé en el hecho que estábamos realmente muy apretados todos, le arrimé todas mis nalgas a mi novio pero cuando me levantaba un hombre frente a mi lo disfruto incluso más por su expresión, me apene y me termine de enderezar y le di la espalda.

    Mi novio solo me dijo que ya no dejaba de verme, creo que lo exige más que a mi propio novio jaja. El tiempo restante que estuvimos ese hombre se la pasó rodándome las nalgas haciendo cómo que era sin querer, pero yo no hacía nada, mi novio me dijo que aguantara y eso hice.

    Después de un poco más de tiempo sentí su mano entre mis piernas, estaba caliente y grande y fue imposible no gustarme, no sé qué caras le hacía mi novio pero imagino que con la mirada le dio el permiso y el tipo aprovechó sin dudarlo. Mientras mi novio me daba besitos ricos y guanábanos había un tipo atrás de mi arrimándome su pene duro y tocándome bajo mi Vestido, fue muy excitante.

    Tanto que de pronto le dije que ya me quería ir por qué quería que me cogiera yaaa así que pidió la cuenta y nos dirigimos a un hotel.

    En el trayecto me sentí súper mareada y sin percatarme me pase un alto y le choqué a un auto estacionado entre las calles.

    De inmediato se acercó una patrulla me hizo bajarme del auto y mostrar mi identificación, todo un drama.

    El asunto es que notaron que iba con copas, mi novio no pudo ayudarme porque al final también iba un poco tomado y enseguida me dijeron, señorita nos va a tener que acompañar.

    Mi novio se fue en mi carro en copiloto con un policía que manejaba y yo iba a tras con otro policía.

    Desde que me baje del auto obvio me comieron con la mirada pero peso más el accidente así que cuando iba yo atrás el tipo iba súper pegado a mi y tocándome una pierna según agarrando por que iba tomada.

    Al llegar mi novio pregunto que donde era ahí? Y le contestaron que era el corralón.

    Entramos, se estacionaron y le dijeron a paris que se bajara para firmar unos papeles y eso hizo.

    Vi alejarse del auto a mi novio cuando abrieron mi puerta y me dijo el policía, señorita baje por favor póngase contra el auto y ponga las manos atrás, ósea como si fuera una criminal yo pensé, pero me sentía tan mareada que no repele y lo hice.

    Cuando me comenzó a poner las esposas el policía tocaba todas mis nalgas disque poniéndome las esposas.

    De pronto sentí todo su cuerpo pegado al mío y me digo al oído el estando atrás de mi, de este lado por favor señorita y me dirigió hacia mi cajuela que estaba abierta.

    Me agacho, yo sin poder meter las manos me agarro de la cadera y me dijo en voz baja, si gritas o haces ruido vas a vale escuincla, yo solo no supe que hacer, el me subió muy rápido mi vestido, hizo a un lado el pequeño hilo de tanga que traía, escuche que dijo no mames que delicia y me la metió hasta el fondo.

    Se dio cuanto quiso y se llenó de placer dándome súper duro cuando volteé un poco a mi derecha hacia la oficina donde estaba mi novio y el estaba volteando a verme, su mirada era de placer, mi novio estaba disfrutando ver como me cogia el policía así que no se movió de ahí, solo observo.

    Cuando vio el policía ya me había llenado disfrutado cuanto quiso, mi novio comenzó a caminar hacia mi, el policía rápido se subió el pantalón y me bajo el vestido y le dijo, joven ya se la puede llevar.

    La reacción de mi novio fue inmediata y dijo, no quieres que te la chupe mientras yo me la cojo?

    El policía no contestó de impacto, solo hizo cara de no lo puedo creer.

    En ese momento mi novio me cargó como costal me metió a la parte trasera del auto dejando mis piernas fuera y el policía sentado adentro esperándome con su verga súper parada y gorda, diciéndome cosas como chúpamela escuincla, mámame rico y mi novio me empezó a coger.

    Los dos se vinieron y me llenaron de ellos, sus caras eran de una satisfacción indescriptible, mi novio me la metía riquísimo mientras me tocaba todo con facilidad por ese vestido.

    Ayer no pague corralón y tampoco fui al torito, solo me cogieron y me disfrutaron cómo nunca.

  • Estoy pensando en ti

    Estoy pensando en ti

    Estoy escuchando una canción y fumándome un cigarrillo.

    Estoy recordando nuestros días de pasión.

    Te conocí hace casi 20 años atrás

    Me buscaste hace poco, pero ya nada es igual. No hay día que no piense en ti. Cuando te iba a visitar y teníamos sexo sin control.

    Recuerdo cuando te ponía en cuatro te levantaba la falda de colegiala y te bajaba los calzones. Ver aquel trasero angelical me excitaba demasiado. Te besaba el ano con ternura. Lo preparaba para mí. Te introducía mi tronco lentamente hasta llegar al fondo de tu ser. Gemías muy lindo, y comenzabas un vaivén delicioso, No tardaba mucho en explotar. Te llenaba todo de mi leche. Sin salirme de ti te acariciaba los hombros. Cuando intentaba salirme de ti hacías todo lo posible porque me mantuviera dentro de ti y eso me excitaba nuevamente, comenzábamos otra vez un rico vaivén, hasta explotar nuevamente dentro de ti y descargar toda mi leche nuevamente todo para ti. Era el sexo anal más rico que tuve durante dos años que duró nuestra relación.

    Cuando te pedí que nos casáramos, solo le dabas vueltas al asunto, y entendí que lo único que querías era disfrutar el momento.

    Ni siquiera terminamos nuestra relación, yo solamente dejé de ir a verte y tú no hiciste nada por buscarme. A casi 20 años después me buscas para tener un encuentro salvaje como aquellos tiempos. Pero ya nada es igual, yo ya estoy casado y tú también lo estás.

    Creí que tu esposo era el hombre más afortunado del mundo por tenerte. Pero me cuentas que no es así, me dices que tu marido casi no te toca. Me pides nuevamente un acostón más para desahogarte. Pero él solo hecho de pensar que después de mí hubieron más que te dieron por el ano, me desanima. Me cuentas que ahora haces un buen sexo oral y que te tragas todo el semen, eso me excita mucho, y hace que a diario esté pensando en ti, hace que te desee aún más.

    No sé si algún día nos volvamos a encontrar para recordar aquellos momentos.

    Mientras tanto esta canción y el cigarrillo me hacen recordarte.

    Te extraño mucho.

  • Yo soy Pamela

    Yo soy Pamela

    Eleazar me miró en cuanto crucé la puerta de la barbería.

    – ¡Beto!

    – Hola…

    Nos abrazamos y yo me estremecí.

    – ¿Qué haces aquí… vienes por un corte?

    – Así es.

    – ¿Por fin te vas a deshacer de esa melena de rockero?

    – Sí, es tiempo de un cambio.

    – Pasa, siéntate.

    Tomé asiento en la silla y Eleazar comenzó a preparar los instrumentos.

    – ¿Como va a ser tu corte?

    Entonces le expliqué lo que quería, quería que lo cortara en capas y que lo dejara a la altura de mis hombros.

    – Pero… ese es como un corte de mujer… – me dijo y su sonrisa comenzó a desaparecer de su rostro.

    – Sí… quiero un corte de mujer.

    Eleazar me miraba a través del espejo con una mirada incrédula.

    – Beto… – pensaba decirme algo, pero en ese momento nos interrumpió la señora Margarita.

    – ¿Escuche bien, Beto?

    – Hola… – respondí yo.

    Eleazar y Margarita me miraban, ella me miraba con curiosidad y no advirtió que su esposo se encontraba consternado. Yo tomé aire y entonces lo dije.

    – Esta noche voy a tener una cita con un chico… y quiero verme bonita para él.

    Las tijeras resbalaron de las manos de Eleazar y terminaron en el piso. Margarita se acercó a mi y me tomó de las manos.

    – Beto, te gustan los chicos… ¿por qué no nos lo habías dicho antes?

    Eleazar intentaba actuar con naturalidad mientras cortaba mi cabello y yo respondía a las preguntas de su esposa.

    – ¿Y ya has tenido relaciones con chicos?

    Yo asentí.

    – Beto, por favor, tienes que cuidarte, siempre usen protección…

    La señora Margarita entonces me dio una larga lista de consejos y observaciones que ella pensaba eran muy importantes para que yo llevara una vida plena. Al terminar de cortar mi cabello, Eleazar lanzó la única pregunta que pudo formular.

    – ¿Y cuál es tu nombre de mujer?

    Yo miré mi reflejo en el espejo, el corte era perfecto.

    – Pamela, pueden llamarme Pamela.

    Después de pagar, la señora Margarita me abrazó y me felicitó por ser tan valiente y atreverme a dar ese cambio en mi vida.

    – Vas a estar bien – me dijo.

    Yo le agradecí, y después salí del lugar. Unos metros después escuché a Eleazar que me llamaba.

    – ¡Beto!

    Me detuve, pero no volteé.

    – ¡No lo hagas!

    – Tienes que volver con tu esposa… – le dije – Nos vemos pronto – y después emprendí nuevamente el camino a mi casa. Había oscurecido y era una noche fresca.

    Al llegar a mi casa me desnudé y encendí mi computadora. Faltaban tres horas para mi cita y necesitaba relajar mis nervios. Abrí la foto de Fernando, mi hermoso pretendiente. En ella, él estaba desnudo. Su piel morena envolvía su hermosa musculatura y de entre sus piernas colgaba su enorme pene oscuro. Separé mis piernas y comencé a meter mis dedos por mi ano. Susurré su nombre una y otra vez: «Fernando, Fernando… te deseo tanto… necesito sentirte… quiero tener tu pene dentro de mí…». Mis dedos no abrían mi ano como yo deseaba y entonces busqué un dildo. Apliqué lubricante sobre el pene artificial y entre mis nalgas y después me senté en él. Mi ano se abrió y poco después estaba completamente dentro de mi. Gemí de placer. «¡Fernando, Fernando, cógeme, te lo suplico!». Acariciaba mis muslos y mis pezones mientras me daba sentones sobre mi dildo. «¡Necesito tu verga!». Mi pene erecto comenzó a eyacular.

    En la regadera, rasuré cuidadosamente el vello casi inexistente de mis piernas, axilas y zona púbica. Después, aseé cuidadosamente cada parte de mi cuerpo. Al salir me miré al espejo. La palidez de mi piel la daba una apariencia andrógina a mi cuerpo, me veía hermosa, pero aun había mucho por hacer. De mi cajón con juguetes sexuales saqué un buttplug con un diamante de fantasía en la base y lo inserté en mi ano. Luego, vino el turno de la ropa interior. Elegí un sostén y tanga a juego de tamaño diminuto y, después de ponérmelos, coloqué los explantes de senos en las copas de mi sostén. Sobre mi cuerpo, me puse un suéter negro ajustado. Me miré de perfil en el espejo, de mi pecho nacían una pequeñas y hermosas tetas. Sentí una gran emoción.

    En la pantalla, una chica guapísima me enseñaba a mi y a cientos de personas como alaciar mi cabello con la plancha para darle la apariencia sedosa que tanto deseaba obtener. Después, seguí las instrucciones de otra chica hermosa que nos enseñaba a maquillarnos: base, delineador en los ojos, rímel en las pestañas, y lápiz labial. Faltaba poco para mi cita y yo casi me encontraba lista.

    Me dirigí a mi guardarropa y elegí una falda: era negra y quedaba unos 10 centímetros arriba de mi rodilla. No, necesitaba una falda más corta, una falda que le dejara claro a Fernando que yo quería ser penetrada esa misma noche. Entonces encontré a la ganadora: una faldita morada que no media más de veinticinco centímetros de largo. Para completar mi atuendo elegí una chaqueta de cuero sintético y una ballerinas negras para mis pies. Después, caminé hacía el espejo. Mi imagen era perfecta, me había transformado en la mujer que yo siempre había deseado ser. ¡Soy hermosa!, pensé. Era media noche y mi hombre estaba por llegar.

    El rugido de un motor me hizo saber que Fernando había llegado. En los bolsillos de mi chaqueta guardé las llaves de mi casa, mi lápiz labial y una pequeña botella con lubricante, por si acaso, pensé. Eché un último vistazo a mi imagen en el espejo y después salí de mi hogar. Bajé las escaleras e imaginé si habría alguien mirándome a través de las mirillas de las puertas. Era la primera vez que salía a la calle vestido de mujer y me preguntaba que es lo que dirían mis vecinos al enterarse de mi cambio. Al salir del edificio vi a Fernando aun montado en su motocicleta. Se quitó el casco y me miró de los pies a la cabeza una y otra vez.

    – ¿Como me veo? – pregunté al estar cerca de él.

    – No puedo creerlo – me dijo – si lo hiciste…

    – ¿Pensabas que te estaba mintiendo?

    Fernando me miraba incrédulo y me dio la satisfacción de mirarme con morbo las piernas.

    – Estás mas hermosa que nunca – me dijo.

    – ¿Te gusto? – pregunté.

    – ¡Me encantas!

    Entonces Fernando me besó y yo me volví loca. El beso de Fernando era invasivo, su lengua hurgaba profundo dentro de mi boca mientras me sujetaba con fuerza entre sus brazos.

    – ¿A donde me vas a llevar guapo? – atiné a preguntar completamente ebria de amor cuando por fin me liberó.

    – ¿Confías en mi? – me preguntó.

    – ¡Completamente!

    – Súbete.

    Fernando se colocó nuevamente el casco y se dispuso a iniciar la marcha. Yo tomé asiento atrás de él y me sujeté con fuerza de su cintura. Fernando hizo rugir el motor y entonces iniciamos el camino. Mi macho manejaba de forma temeraria y asombrosamente rápido. El frio aire de la noche castigaba mis piernas desnudas. Yo no usaba ningún tipo de protección y, mientras cruzábamos la ciudad, pensaba que si llegara a ocurrir un accidente a esa velocidad, mi cuerpo quedaría completamente destrozado, sin embargo, no sentía miedo, lo único que podía sentir era el ardiente deseo por su cuerpo. Unos minutos después, habíamos cruzado la ciudad y habíamos llegado a nuestro destino.

    – Llegamos – me dijo.

    Frente a nosotros se levantaba un antiguo edificio que en el pasado había sido un centro comercial y ahora estaba abandonado.

    – ¿En serio? – le pregunté a Fernando.

    Él me extendió su mano.

    – ¿Vamos?

    Cruzamos la primera reja a través de un espacio vencido y avanzamos hasta el edificio. Ahí, fue necesario que Fernando me levantara con sus manos para saltar al interior de uno de los locales comerciales. Intencionalmente abrí mis piernas tanto como pude para que Fernando tuviera una imagen clara de todo lo que le pertenecía.

    – Pamela, que culo tan hermoso tienes.

    – ¡Tonto! – le grité.

    Unos instantes después, Fernando se encontraba arriba y luego cayó a mi lado. Yo estaba sorprendida, mi macho realmente era un atleta. Salimos del local y entonces nos encontramos en el interior de la plaza. Mi macho encendió una lámpara.

    – Tengamos cuidado – me dijo – solo hay un vigilante por la noche pero eso bastaría para meternos en problemas.

    Yo asentí, él me tomó de la mano y comenzamos a avanzar. Las paredes se encontraban rayoneadas y el deterioro de las instalaciones era evidente, pero al parecer, estábamos completamente solos. Yo estaba emocionada. ¿Acaso me había traído aquí para cogerme? Estando ahí solos, Fernando tenía la oportunidad de hacer conmigo lo que él quisiera, podría violarme o matarme, y nadie se enteraría. Yo solo esperaba que se conformara con la primera opción. Avanzamos por un largo corredor y luego subimos unas escaleras para llegar al tercer piso. Ahí, nos dirigimos hacía unas escaleras más angostas que nos llevaron directamente a la azotea del edificio.

    – ¿Que te parece?

    – ¡Es hermoso!

    Desde ahí se podía ver toda la ciudad. Entonces, Fernando se me propuso.

    – Pamela – me dijo y me tomó de las manos – ¿quieres ser mi novia?

    – ¡Fernando – chillé y me lancé a sus brazos – sí, sí quiero ser tu novia!

    Y sellamos nuestro compromiso con un beso.

    – ¿Estás feliz?

    – No tienes idea… te amo, estoy tan enamorada de ti… pensé que nunca me lo pedirías.

    Fernando me miró.

    – Oye, Pamela, quiero preguntarte algo… ¿alguna vez le has chupado la verga a tu novio en un centro comercial?

    – No… nunca – respondí, tragando saliva.

    – Pues lo vas a hacer ahora – y entonces mi novio se bajó el pantalón.

    Yo caí de rodillas y tomé su pene entre mis manos, era negro y muy grande. Retraje el prepucio y entonces encontré el glande, que tenía una gran cantidad acumulada de esmegma y emanaba un fuerte olor rancio. Froté su pene por todo mi rostro, lamí sus testículos, limpié su glande con mi lengua y al final lo metí todo lo que pude en mi boca. Llegaba hasta mi garganta. Fernando gemía. Después, sujetó mi cabeza y comenzó a cogerse mi boca.

    – ¿Se la has chupado a muchos hombres, Pamela?

    Yo, con mi boca llena de verga, levanté la mirada e intenté negar con mi cabeza.

    – Lo haces muy bien…

    Yo cerré mis ojos y me rendí ante su fuerza.

    – Tenemos espectadores, nena – escuché que me dijo.

    A un costado y entre unos grandes tubos de ventilación, un indigente con los pantalones abajo se masturbaba viendo como le chupaba el pito a mi novio.

    – Me gusta que me vean – le respondí y volví a meterme su miembro a la boca.

    Poco después, mi novio me anunció que iba a terminar.

    – ¡Cómetelo completo, Pamela! – me ordenó.

    Colocó sus manos sobre mi nuca y empujo con una fuerza insospechada hasta que su verga penetró por completo mi garganta. Sentí las pulsaciones y después el abundante fluido de espermas directamente en mi esófago. Me vine. De entre mi falda comenzó a escurrir el semen que manaba de mi pene y que hacía un pequeño charco en el suelo. Cuando lo sacó de mi boca, sentí que me extraían una sonda de varios metros de longitud.

    Yo estaba aturdida, pero advertí que mi novio se apresuraba a subirse el pantalón. Después de ajustar su cinturón, me tomo de un brazo, me ayudó a levantarme y me dijo que teníamos que darnos prisa. De la escalera por la que habíamos llegado a la azotea comenzaba a danzar una luz: un guardia venía en camino. Nos escabullimos hacia la parte trasera de la escalera y esperamos a que el guardia avanzara al lugar en el que yo recién le había hecho sexo oral a mi novio. En cuanto se alejó de la puerta, Fernando y yo volvimos a bajar por las escaleras angostas, y recorrimos todo el camino de regreso hasta la calle en la que nos esperaba la moto. Nos abrazamos, nos besamos, reímos.

    – ¿Fue emocionante? – me preguntó mi novio.

    – ¡Fue increíble! – respondí casi en un grito.

    – Vámonos, nena.

    Nos subimos a la moto y emprendimos el camino a mi casa de la misma manera en que habíamos llegado, a más de cien kilómetros por hora. Al llegar a donde nos habíamos encontrado yo ya sentía mucho frio.

    – Pues si, nena, vienes casi encuerada.

    – Quería verme bonita para ti, ¿hice mal?

    – Claro que no.

    Nos quedamos frente a frente, tomados de la mano.

    – Bueno, gracias por la velada – le dije a mi novio – espero que se repita algún día, pero ya tengo que retirarme.

    Fernando me miró extrañado.

    – ¿Que no vas a invitarme a pasar?

    Yo le lancé una gran sonrisa y luego lo besé.

    – ¡Eres un tontito! – le dije y lo tomé de la mano para llevarlo a mi casa.

    – ¡Que boba eres!

    Subimos las escaleras tomados de la mano. Nuevamente, tuve la esperanza de que los vecinos me vieran a través de sus mirillas tomada de la mano con mi novio. Al llegar a mi departamento, abrí la puerta y lo invité a pasar. Fernando miraba con intriga mi hogar, pero yo me encargué de dirigir su atención a lo que más me importaba. Frente a él, subí uno de mis muslos a su costado y llevé sus manos hacía mis nalgas y mis piernas.

    – Tócame… – le pedí en un susurro.

    Fernando comenzó a tocar mi cuerpo al tiempo que yo lamía sus labios y su cuello. Después me invitó a subirme en él. Di un pequeño salto y me lancé hacía el con las piernas abiertas. Fernando me sujetó de las nalgas y después me llevó a la habitación. Sobre la cama, mi novio y yo nos besábamos.

    – ¿Y esto, Pamela? – me preguntó con mi dildo en la mano.

    – Lo uso pensando en ti.

    – ¿Imaginas que es mi pene?

    Yo, por toda respuesta, metí mi lengua en su boca, pero algo había cambiado, Fernando no me correspondía.

    – Pamela, hay algo que quiero saber y necesito que seas realmente honesta.

    ¡No, mi relación peligraba con terminar una hora después de haber iniciado!

    – Fernando, ¿en serio es tan importante para ti?

    – Sí, lo es. Por favor, dime, ¿en verdad no eres virgen?

    Sí, mi relación había terminado. Me puse de pie y le respondí.

    – Ya lo sabes, ya te lo he dicho, no soy virgen.

    Fernando guardó silencio un momento.

    – Tenía la esperanza de que me estuvieras mintiendo… ¿y con cuantos hombres te has acostado?

    – Solo con uno, tuvimos relaciones dos veces, ya te lo había dicho.

    – Es que hay algo que no tiene sentido… tu manera de mamar, este dildo… mira como te vistes… sospecho que has estado con muchos más hombres…

    Me acerqué nuevamente y comencé a besar sus labios y su cuello.

    – ¿Es que no lo entiendes? – le dije – Estoy enamorada de tí, me vestí así para ti, para despertar tu deseo… y tu metiste tu pene en mi boca y me volví loca, te amo… te necesito…

    Entonces llevé sus manos bajo mi falda.

    – Fernando, por favor… ¡cógeme o vete!

    Mi novio me miró a los ojos y después me advirtió.

    – No voy a usar condón, Pamela.

    – No quiero que lo uses – dije intentando animarlo.

    Fernando sujetó mi tanga y comenzó a bajarla. El momento mas excitante de mi vida, Fernando me estaba bajando los calzones.

    – Mi amor… – susurré.

    – Ya no vas a necesitar esto – me dijo Fernando y lanzó mi tanga al otro lado de la habitación.

    Le quité la camisa a mi novio mientras él me quitaba la falda. Acaricié sus pecho fuerte y besé sus pezones. Seguí con mis manos la línea marcada de su abdomen y después le quité el pantalón. Después él se tiró sobre la cama. Impaciente, retiré el plug de mi ano y comencé a aplicar lubricante entre mis nalgas, después, sobre su pene. Lancé la botella a un lado de la cama y me senté sobre él con mis piernas a sus costados. Dirigí su pene hacia mi ano y comencé a bajar. Comenzó a entrar en mí.

    – Fernando, te amo – le dije al borde de las lágrimas, y después me dejé caer.

    El pene de mi novio entro por completo en mi ano y yo lancé un gemido de placer. Su pene era formidable, era grueso, estaba duro y muy caliente. Finalmente, Fernando me quitó el suéter, los explantes y mi sostén. y quedé ahí, completamente desnudo y empalado en el pito del hombre que me había vuelto loco.

    – Vamos a coger, nena – me dijo y entonces empezó a cogerme.

    Su pelvis chocaba violentamente contra mis nalgas una y otra vez, llevando su larga verga hasta el fondo de mi recto. Una y otra vez. Las sábanas de mi cama estaban empapadas de fluidos y saliva. Mi pene derramaba semen cada que tenía un orgasmo debido a las salvajes embestidas de mi macho. Fernando me preño una, dos, tres, cuatro veces, lavando mis entrañas con sus espermas. Mi novio me culeó durante horas y, cuando terminó, temí que mi ano no volvería a cerrarse nunca. Mis muslos temblaban.

    Eran las cinco de la mañana cuando, exhausta, caí rendida en un sueño muy profundo.

  • La espada legendaria

    La espada legendaria

    Viernes por la tarde. Manuel está jugando videojuegos cuando alguien llama a la puerta.

    —Yo abro, amor. —Le dice su esposa mientras sale de la cocina y se dirige a la puerta. Manuel la voltea a ver, Jessica se ve espectacularmente sexy: trae una mini falda negra con la que luce su par de piernas largas y torneadas, también lleva puesto un top cortito que hace juego con la falda.

    Jessica sabe quién es el que ha llamado a la puerta antes de abrir, pues ha estado con él en otras ocasiones. Resulta que es su jefe y éste ha ido a “visitarla”. Manuel saluda educadamente al hombre en su entrada:

    —Licenciado Guillén. Pase, por favor. —Y acto seguido vuelve a su juego. Luego escucha que su esposa tutea a su jefe, pero le interesa más lo que ve en pantalla.

    —¿Te ofrezco agua? —Pregunta ella a Guillén.

    —Por favor. —Contesta él mientras le sonríe.

    Jessica vuelve a la cocina con ese andar tan suyo, contoneando sus grandes caderas, mientras su jefe se queda ahí de pie, mirándola. Manuel lo interrumpe sin querer:

    —Tome asiento, licenciado. —Invita.

    —Gracias, Manuel. —El hombre se sienta a un lado de él y se queda mirando la pantalla unos momentos.

    —Estoy jugando La Espada Legendaria, por si se lo preguntaba. —dice Manuel sin quitar los ojos de la pantalla —. ¿A usted le gustan los videojuegos?

    «Pobre tonto, parece un niño tarado» piensa Guillén, pero contesta:

    —No en realidad.

    Jessica vuelve y le dice «Quítate, Manu.» para sentarse en medio de ambos. Le da un vaso con agua a su jefe. Él se lo toma y lo deja en una mesita que está a la mano.

    —¿También me traes un vaso de agua a mí, mi amor?

    —Ve tú por él, cariñito.

    El licenciado ríe ante el comentario, luego comienza a agarrarle discretamente el cabello a Jessica, quien se sonríe.

    —¿Quieren jugar? —Invita Manuel. Luego agrega, orgulloso para sí: —Aunque les advierto que soy muy bueno.

    —Es en lo único que eres bueno, amorcito. —le contesta Jessica y toma la mano de su jefe. Acto seguido se levanta del sofá junto con Guillén, tomados de la mano, y anuncia: —No, gracias. El licenciado y yo tenemos trabajo pendiente.

    Caminaron juntos, él atrás de ella. Y, antes de subir las escaleras, el licenciado se detiene y le dice a Manuel:

    —Al rato te la devuelvo, campeón. —Y le propinó una sonora nalgada a Jessica, quien le sonrió coqueta.

    A Manuel no le gustaba que el licenciado lo llamara así, porque se sentía como un niñito. En realidad, el jefe de su esposa no le caía muy bien, le parecía un poco prepotente. Sin embargo, hizo caso omiso y siguió jugando. No vio ni escuchó la nalgada, porque lo estaban atacando en el juego.

    ***

    En la recámara. 19:14 h.

    Nada más entrar, el licenciado Guillén besó apasionadamente a Jessica. Mientras se besaban, él le puso las manos en las nalgas. El tacto con la tela de la falda de su amante le provocó una buena erección. Así que le apretó suavemente las nalgas bajo la tela y le dio unas nalgaditas cariñosas antes de que ella lo tumbara en un lado de la cama. Él se quitó la camisa rápidamente y la tiró a un lado.

    A Jessica le gustaba mucho el cuerpo de su jefe, los pectorales y el abdomen bien marcados, los brazos musculosos, velludos, las manos fuertes y grandes. Su esposo no tenía nada de eso, era más bien flaco y de baja estatura. Luego se tumbó encima de Guillén, montándolo.

    —Apuesto a que mi cama es más cómoda que tu escritorio, Valente. —Por fin lo llamaba por su nombre de pila, pues delante de su esposo aún no se animaba a llamarlo así.

    —Comprobémoslo, nena.

    Se besaron nuevamente, luego Jessica se movió como una gatita mientras bajaba, besó el pecho, luego el abdomen de Valente. Y bajó, lentamente, hasta quedar de rodillas en la alfombra de la habitación. Ahí, le desabrochó el cinturón a su amante y le bajó los pantalones. Luego, con su mano derecha, comenzó a palpar aquél bulto bajo la tela de los calzones de Valente. Acto seguido comenzó a besarle el bulto cariñosamente, era un buen bulto, pensó ella, grande y grueso. Le dio una lamida y luego lo descubrió.

    —Valeeente. —dijo ella, sorprendida y seductora. —Lo tienes enorme. —Y le volvió a pasar la lengua por todo el largo del pene.

    —¡Dios mío! Je… Jessica —comenzó a gemir Valente. —Hazlo, nena. Sólo llévalo a tu boca.

    Y ella lo hizo.

    ***

    Mientras Jessica estaba haciéndole sexo oral a su jefe, Manuel se levantó del sofá y se dirigió a la cocina, por un vaso de agua. Encontró una botella de jugo y mejor se sirvió un poco, sabor mango. Luego regresó a su lugar en el sofá y dijo a nadie en particular:

    —Ya está anocheciendo.

    Miró la hora en su móvil: «19:35».

    —¡Qué bueno que vino el licenciado! Ellos trabajando y yo aquí tranquilito, pasándomelo súper. —Y le dio un sorbo a su jugo.

    ***

    —¡Ah!… ¡Sí, papi!… ¡Sí!

    Jessica estaba completamente desnuda, montando a Valente. La cama se mecía y se mecía, pero los muelles no hacían mucho ruido. Era un rumor discreto en la habitación.

    —Eso, papi. ¡Cógeme! ¡Cógeme duro!

    Valente pensó en su esposa durante unos segundos. «Ella nunca me excita tanto. Siempre es tan apática. En cambio, Jessica… Mi Jessie… ¡Dios! Es estupenda y lo mejor de todo: está buenísima». Su mirada se perdió en los enormes senos de Jessica, que subían y bajaban cada vez con mayor ritmo. Ella lo miraba a los ojos de vez en cuando, pero cada vez se excitaba más y los cerraba sin querer. Estaba gozándolo.

    Valente se dio cuenta de que Jessica llegaba al clímax, así que se apoderó de ella, la abrazó y la acostó encima de él, pegándola a su cuerpo. La mantuvo presa en sus fuertes brazos y comenzó a penetrarla sin piedad, fuertemente.

    —¡Ah! ¡Así, papi! ¡Así! Por favor no te detengas, mi amor. ¡Ah!… ¡Ah!

    Valente tenía los enormes senos de Jessica pegados a su pecho, eran dos grandes globos de carne que se sentían bastante bien. Podía sentir los duros pezones apretados, asfixiándose entre ambos cuerpos.

    —Eso te gusta ¿eh? ¿Te gusta que te coja así, nena? ¿Quieres más?

    —¡Ah! Sí, mi amor. ¡Cógeme! ¡Cógeme! ¡Ay, así! ¡Ah!

    Entonces Jessica, tras un sonoro orgasmo, se corrió… se vino… se mojó encima de su amante.

    Él la besó, luego salió de ella. La volvió a besar. Se giró con ella, quedando ahora él encima. Jessica le sonrió y le dijo en un susurro «Más, mi amor». Y se dejó penetrar.

    ***

    Manuel estaba por pasar uno de los niveles más difíciles del juego. Pero cada vez que lo intentaba, perdía.

    —¿Otra vez? ¡Maldita sea! —Entonces escuchó a lo lejos unos ruidos, que venían de la planta alta. Pero en ese momento reapareció en el juego, subió el volumen a la pantalla y olvidó los ruidos. —A ver, otra vez. Desenvaina tu espada, Manu.

    Pero sólo iba armado con un pequeño cuchillo.

    ***

    Eran las 20:32 h. Valente ahora tenía a Jessica en posición de perrito y se la estaba cogiendo muy duro.

    —¡Ah! ¿Te gusta mi verga? ¿Te gusta, nena?

    —¡Me encanta, mi amor!

    —¡Manuel! —Dijo Valente en voz alta—. ¡Ven a ver lo que le estoy haciendo tu esposa!

    —¿Qué haces?

    —No nos escucha, mi amor. Tiene el juego a todo volumen.

    —¡Ah! No estés jugando… ¡Ah! Te vaya a oír.

    —¿Sí? ¿Qué harías si sube en este momento y entra a la recámara? No pusimos el seguro, nena.

    —¡Ay! Que venga si quiere… A ver si así aprende un poco… ¡Ah!

    Y la penetró un buen rato más. Mientras las nalgas de Jessica rebotaban con las piernas de Valente una y otra vez.

    —¡Ah! Estás bien pinche nalgona, Jessie. El idiotita ese de Manuel seguro que no sabe ni qué hacer contigo, nena.

    —No, mi amor. Él no aguanta nada… Cinco minutos y se viene el pobrecito.

    —¿En serio? Pobre tonto.

    —Sí, mi amor… ¡Ah!… Además, ya te he dicho que Manuel tiene un pene muy pequeñito y miserable.

    —¿Y yo, nena? ¿Eh?

    —Tú lo tienes enorme, mi amor. —Valente aumentó el ritmo más y más, sus manos se aferraban a las nalgas de su amante— Tú sí eres un hombre. ¡Aah! ¡Así, mi amor! ¡Cógeme!

    Después de unos minutos más, Valente se corrió finalmente. Eyaculó adentro de Jessica, pero llevaba el condón puesto, así que no se preocupó.

    Salió de ella, tiró el condón en el piso y abrazó a su amante. Luego se besaron.

    —Eres increíble, Jessie.

    —Tú lo eres más, mi amor.

    ***

    Cuando bajaron a la sala, Manuel estaba apagando la consola. Eran cerca de las 21:00 h.

    —¿Todo bien? ¿Pudieron terminar su trabajo, amor?

    —Sí, amorcito. Justo terminamos hace unos momentos.

    —¿Gusta quedarse a cenar, licenciado? —Lo invitó Manuel, amablemente. Se veía feliz. Parecía no sospechar nada. Sí que se había embobado con el juego ese.

    —Pues, la verdad… —empezó a decir Valente.

    —Quédate a cenar. — Le dijo Jessica y lo miró a los ojos —. Debes estar… hambriento.

    Cenaron juntos y después Valente se fue.

    Jessica se dio un baño antes de irse a la cama. Manuel la estaba esperando y quiso hacerle el amor. Pero ella se negó: «Estoy cansada, Manu. Mejor duérmete». Y mientras él comenzaba a roncar, Jessica durmió con una gran sonrisa en el rostro. Estaba muy satisfecha por lo que hizo.

    Manuel soñó que el jefe de Jessica era un enemigo en el videojuego. Este tenía a Jessica abrazada y le decía:

    —Has perdido. Tu esposa ha preferido mi espada, La Espada Legendaria.

  • El jefe de mi esposo

    El jefe de mi esposo

    Hola soy Ishtar tu hotwife favorita, la siguiente experiencia sexual que te voy a contar la viví con el jefe de mi marido, fue encuentro sublime, sin más preámbulo comenzamos. Mi esposo Joel, es un apasionado de los negocios, aunque a veces abusa de su trabajo y de su obsesión por el dinero, prueba de ello, es el día de nuestro aniversario 25, prefirió ir a cerrar un negocio, prometiendo volver y dejándome sola, como la hotwife que soy, para calmar mi lujuria termine follando con mi suegro Ezequiel. Por lo tanto, si mi marido me descuidada, y yo siendo una cougar ardiente, continuaba con mi infidelidad, apareándome como una Leona con cualquier hombre que se me pusiera en frente o encima de mí.

    En los últimos meses, me descuido y la situación se agravo. Porque, un nuevo jefe, llamado Anubis, tomo la empresa, y mi marido estaba muy ocupado en su trabajo porque se hallaba en competencia con otros gerentes para una subdirección y eso a mí marido le preocupaba y absorbía todo su tiempo y pensamiento, pues un ascenso como ése nos cambiaría totalmente la vida, comprar otra casa, cambiar de autos, viajar, ahorrar, en fin, otro nivel. Un día llegó después de una larga jornada de trabajo, yo le esperaba muy coqueta con una bata china muy cortita que al menor movimiento le mostraba todo, me levanté a recibirlo y dándole un beso le quité su saco y corbata sobre el sillón e inclinándome para ofrecerle unos tacos que preparé, le mostraba mis nalgas apenas cubiertas por mi tanga roja transparente. Pero él venía muy cansado y nervioso porque tenía que irse temprano para presentar un nuevo proyecto con el que seguramente, si todo se daba bien, obtendría el anhelado ascenso, así que mis planes para esa noche se veían frustrados.

    Pasaban los días y la tensión y nerviosismo de mi marido aumentaba ya que Garces, otro de los gerentes había cerrado un buen negocio que generó una sustancial ganancia a la empresa y el director de área lo tenía en muy buena estima según me decía mi marido que continuamente los veía comer juntos. Le dije que no se preocupara que ya habría otra oportunidad si no salía en ésta. Pero lo veía tan ilusionado y a la vez abrumado por ello. Pasaron los meses y se llegó el aniversario de la empresa, nos arreglamos muy bien pues queríamos dar una buena imagen a los ejecutivos de la empresa y sobre todo a los directores de área y en particular al jefe Anubis, que era el que tomaría la decisión sobre quién sería el próximo subdirector de área.

    Me arreglé muy bien, me puse una tanga casi transparente con solo una flor cubriendo mi monte de Venus, unas medias transparentes con silicón y un vestido azul strapless en forma de V que hacía resaltar mi exquisita silueta. Llegamos al salón nuestra mesa quedaba muy cerca de la mesa principal así que mi marido y yo antes de sentarnos fuimos a saludar algunos gerentes, socios y al jefe don Anubis. Cuando llegamos quede boquiabierta, pues no era el clásico propietario de avanzada edad, todo lo contrario, era un joven maduro aproximadamente de 30 años, alto, guapo, moreno claro, atlético, gallardo, vestía muy elegante, muy educado, al verme, se levantó y besó mi mano al saludarme, un placer conocerla señora. Qué guapa mujer tienes Joel, te felicito y apretó ligeramente mi mano haciéndome estremecer. -Gracias, dije sonrojada- Posteriormente, nos fuimos a nuestra mesa, me quité el abrigo quedando mis hombros descubiertos, mi marido me sirvió un whisky y platicábamos muy amenamente con los demás comensales de nuestra mesa. Francamente había muchas mujeres guapas y más jóvenes que yo.

    Mi marido comenzó a beber, pero le advertí, Joel, conozco tu afición a la bebida, por favor modérate, si haces algún espectáculo, prácticamente perderías la oportunidad de competir por el puesto de subdirección, él lo comprendió, bebió moderadamente y decidimos bailar, después de varias piezas, nos sentamos y vimos como la esposa de Garces, quien es joven, alta, rubia, excelente cuerpo, estaba muy acaramelada con Anubis, mi marido, dijo: desgraciado Garces, mira que dar a su esposa para obtener el puesto, yo nunca haría algo así- en mi mente, paso ese dicho que dice: “nunca digas de esa agua no he de beber” vi ligeramente molesto a mi marido, cuando el señor Anubis, y el matrimonio Garces, sonreían, era evidente que el obtendría el puesto, ya fuera por su trabajo o su esposa, mi marido comenzó a beber un poco más, no quise decirle nada, era una forma de sobrellevar la decepción que tenía.

    Minutos mas tarde el jefe Anubis, llamo a varios empleados, es decir a los aspirantes a la subdirección, y los sentó en la mesa, mi marido quedo dando la espalda al centro de la pista, a los pocos minutos se acercó el gerente Alcoba, era maduro de mi edad y estatura de 1,70, poco agraciado. Quién ni tardó ni perezoso me pidió permiso para bailar conmigo y sin poderme negar fui a la pista con él. Comenzó una salsa muy movida y me sabía llevar muy bien, aunque no podía yo abrir bien el compás por lo justo de mi vestido entonces los giros comenzaron a ser más lentos y con ello aprovechaba para colocar su mano más debajo de mi cadera tocando mi nalga a cada momento y algunos roces en mis senos. Terminó esa pieza y comenzó una balada lenta, yo me iba a salir de la pista, pero me detuvo diciendo: bailemos ésta más lento, así nos recuperamos dijo esto, mientras miraba mis senos, yo seguí su mirada y mis pezones se notaban erguidos y duros tras mi vestido, opté por hacerle caso… no podía ir empitonada a la mesa. ¡¡¡Me estaba excitando mucho con su pene rodando mi pubis y piernas al moverse tan pegado a mí y sus dedos pasando discretamente entre mis nalgas cuando me giraba uuuff me tenía muy mojada, tanga se me pegaba de lo húmeda que la sentía!!!

    De inmediato me atrajo hacia él poniendo mi mano con la suya en su pecho y pegando éste a mis senos, su mano colocada en mi cintura me pegaba más a él, su pene comenzó a crecer rodando mi pierna y con los movimientos propios del baile al ser casi de mi tamaño rosaba mi pubis dándome placer, respiraba profundamente y apretaba mis labios para no gemir, ¡¡¡se sentía tan bien!!! Y me empezaba a humedecer muy rico. Afortunadamente terminó la pieza y me llevó a mi mesa, tome un buen sorbo de mi bebida. Anubis, continuaba hablando con sus empleados, al verme sola, el señor Alcoba, me invitó un cigarrillo, que acepté por el fresco que hacía y al exhalar el humo, dimos vuelta llegando al final del balcón quedando en la penumbra en una especie de recodo, me abrazó y besó mi cuello, quise separarlo primero, pero comenzó a acariciar mis senos sin dejar de besar mi cuello, dos de mis puntos más sensibles!!! Mis pezones se endurecieron respondiendo a sus caricias. Oohh señora cuánto te deseo!!! Y casi echándose sobre de mí, fue besando mi pecho hasta mis senos y bajando un poco el cierre de mi vestido los liberó y comenzó a chupar mis pezones, su miembro presionaba mi entrepierna, sus manos recorrían mi cuerpo por los costados y subía mi mini vestido.

    ¡¡¡Una ráfaga de aire surcaba por mis piernas y su hábil mano acariciaba mi vagina sobre mi húmeda tanga, pasaba su dedo entre mis labios vaginales haciéndome suspirar… Qué mojadita estás preciosa!!! Escuchamos unos pasos, y subimos rápido las vestimentas, yo me dirigí al baño, a enjuagarme y bajarme la calentura, los baños eran de un tocador común, al estarme lavando, sentí al señor Alcoba, me dijo: tranquila, Ven vamos al baño, no, dije, pero con su fuerza me metió al baño de hombres y nos encerramos en un sanitario, apago la luz, y busqué sus labios con mi boca y nos fundimos en un apasionado beso, sus manos recorrían mis nalgas y piernas, sus pantalones cayeron al suelo, bajo el vestido y dejo mis senos al descubierto asimismo, me subió el mini vestido hasta la cintura y haciendo a un lado mi tanga me lo metió de una sola estocada que me hizo gritar y gemir de placer aashgy. Ahhh!! ¡¡Lo abracé fuerte y el comenzó a embestirme duro!! No te vayas a correr dentro por favor… ¡¡Le dije y acoplé mis movimientos a los suyos… que rico!! ¡¡Me sentía llena, al fin toda mi tensión sexual se iba relajando conforme me penetraba!!

    Besaba mis desnudos senos, chupando y mordiendo levemente mis pezones, su pene se deslizaba una y otra vez dentro de mí, yo volteaba esperando no ver a nadie que llegara hasta donde estábamos y el seguía embistiéndome con ganas y diciendo: desde que llegaste me paraste la verga, muy duro, te he deseado señora, y me daba bien duro logrando que alcanzará mi ansiado orgasmo!!! Mientras me cogían, se escuchaba hablar al jefe Anubis, anunciando al nuevo subdirector, el señor Garces, a los otros dos gerentes, y a sus socios, continuamos varios minutos así, algunos caballeros ingresaron al baño, y murmuraban pues era evidente que en el baño, había una pareja cogiendo, la adrenalina me ponía más cachonda, después el señor Alcoba, aceleró sus embestidas penetrándome profundamente una y otra vez para después salirse de mí, se lo cogí y masturbe dirigiéndolo a un lado para no mancharnos, quería que eyaculara afuera, pero el cabron no quiso y me dijo: no señora puta, mi semen es sagrado y eyaculo en mi, aaaa me vengo, acaricié sus testículos hasta que dejó de eyacular, me besó y subió mi tanga, la cual se llenó de leche, acomodé mi vestido y me fui al salón en lo que él recogía su saco.

    Me dirigí directamente al tocador, me enjuague la cara y me asee un poco, una chica me prestó su labial y me fui en busca de mi marido que estaba en otra mesa con Anubis y dos ejecutivos que no conocía. Mi marido tenia el rostro desencajado por no obtener la subdirección y yo me sentía algo culpable, que mientras el recibía esa noticia, a mi me estaban cogiendo. Mi esposo al llegar a mi mesa, me pidió que nos retiráramos, así lo hicimos, por educación nos despedimos, de Anubis, el señor Garces, los demás ejecutivos, y el gerente Alcoba, quien dijo: un gusto conocerla señora. Durante el transcurso a casa, no cruzamos palabras, mientras el olor a semen, se manifestaba, y mi vagina pegada a mi tanga por el semen, llegamos a casa, y mi esposo, se dirigió a dormir, yo tuve que lavarme la vagina, y después me acosté, sin embargo, mi esposo me dio la espalda, lo que me hizo, sentirme menos culpable por haberle sido infiel en la fiesta de la empresa.

    Así transcurrieron los siguientes meses, cuando pasando semana santa, una tarde noche mi marido llego, asustado y con miedo, Verónica ven: que pasa amor, respondí, cometí un error y le hice una pérdida de 500.000 dólares a la empresa, quede atónita, mi esposo, continuo, me van a demandar, además Garces, al ser el subdirector, y como competí con él, por la subdirección seguro que se vengara, trataba de tranquilizarlo, pensaba en como ayudarlo, vender la camioneta, y casa, últimamente el dinero que obtengo como meretriz por mis encuentros han disminuido, porque he cogido como puta pero gratis, teniendo encuentros casuales con el mecánico, albañil, vecino, etc. Por lo que no obtuve ingresos. El celular de Joel, no dejaba de sonar era su jefe Anubis, pero mi señor no respondía, mencionaba ahora está en su departamento de Centro Histórico, vendrá por mí, no tardara, le dije mi amor, yo te voy ayudar, “no, Verónica, estoy perdido, voy a perder el patrimonio de la familia” “le dije, confía en mi” subí a la recamara, abrí mi closet, y me puse aquel mini vestido rosa, con el que fui cogida por mis yernos (ese relato ya lo conté) es muy pegado demasiado sensual que resaltaba mi figura, dejaba mis hombros al descubierto pero tiene mangas largas, cruzado del cuello, y deja la espalda descubierta, me puse una tanga rosa y tacones del mismo color dejaban descubiertos mis dedos, cabello suelto, uñas y labios rojos, era un verdadero manjar de Dios.

    Sali de la recamara, iba bajando las escaleras, cuando mi marido, dijo: por amor de Dios Verónica luces espectacular, se le caía la saliva del solo verme, me cuestiono, nunca te había visto ese mini vestido, ¿Cuándo lo compraste? Y ¿Por qué no lo has usado?, sonreí, era una sorpresa para Navidad, pero ya no lo use, y en mi mente dije: ya lo usé con tus yernos, cuando me cogieron muy rico en nuestro lecho matrimonial. Mi esposo Joel, entendió el mensaje, para salvarlo, tendría que ir a coger con el jefe Anubis, y las palabras que había dicho sobre como obtuvo Garces la subdirección gracias a su esposa, parecían hacerle eco, y tener que tragarse sus palabras, ahora era su esposa la que lo salvaría. Me dijo: no, amor, no Verónica, no lo hagas, Le dije no tenemos opción, somos un matrimonio, tus problemas son míos, tengo que irme, dame la dirección del departamento de Anubis, me la dio y me despedí con un beso apasionado.

    Al llegar aquel departamento, era de lujo, toque el timbre, supongo que me vio por la cámara y por el interruptor, me dijo adelante señora, ingrese, estaba vestido elegantemente, traje de color negro, zapatos, del mismo color, tenía un porte y presencia única, a pesar de su juventud era un hombre y empresario en toda la extensión de la palabra. Al entrar pude notar que le encanto la forma en que iba vestida. Fui directa, y le mencione: vengo por el problema de mi marido y me dijo: es muy grave, señora, tiene que pagarme o procederé legalmente. Le dije denos una prologa, venderemos nuestro patrimonio, pero ténganos paciencia, vamos a perderlo todo, entiéndanos jefe. El replico, no señora, negocios son negocios, Joel, me paga o se atiene a las consecuencias. Me levante y le dije: -¿Hay algo que pueda hacer para hacerlo reflexionar sobre su decisión, jefe Anubis, En ese momento levante mi vista fijamente hacia él, y me miro sorprendido, me dijo: ¿piensas pagarme con sexo, no mi amor, he tenido miles de mujeres, hermosas y jóvenes, porque crees que elegí a la esposa de Garces, ufff? Esa mujer es una delicia.

    En consecuencia, entendí que no sería fácil, que mi exquisito cuerpo no bastaría para saldar la deuda, era un hombre acostumbrado a las mujeres jóvenes, hermosas y buenas. Por lo tanto, le dije hagamos un trato, le pagare con cuerpo y dinero, él se sorprendió, reflexiono y después de unos minutos, -dijo si acepto, pero ambos firmaran un contrato de confidencialidad, de lo contrario procederé legalmente en contra de tu esposo y no tendré compasion. No tenia opción, por lo que termine cediendo, en ese momento mi lujuria me hacia sentirme una puta pero que salvaria su patrimono. El jefe de mi marido saco su laptop comenzó a escribir, y despues imprimió la siguiente hoja, literal, dice lo siguiente:

    “A partir de ahora, la señora Verónica Flores, se referirá al Licenciado Anubis Mendieta, como -Mi amor, mi vida- cada vez que lo vea y este a su vez se podrá dirigir a ella como -Puta, Zorra, Piruja, perra o cuanto sobrenombre obsceno que él quiera, ella estará obligada a hacer todo lo que él quiera que haga durante el sexo, como posiciones sexuales, lugares para tener sexo, sexo vaginal, anal y oral y masturbación. ella deberá decir lo que el le indique que diga durante el sexo sin rezongar. Durante la eyaculación el podrá venirse dentro de su vagina, su ano y su boca, además sobre su cara, sus senos, su espalda, su abdomen, su pelvis, sus nalgas y sus piernas. Ella deberá limpiarse o no el semen en su cuerpo según se lo indique el, y si eyacula en su boca de igual manera deberá tragarlo o escupirlo según las indicaciones de él, ella estará expuesta a fotografías y videos que él quiera tomarle, donde quiera tomarle y como quiera tomarle el, y podrá pedirle que ella en su casa o trabajo se tome un video masturbándose, además de audios diciendo lo que él quiera que ella diga, materia del cual él está comprometido a guardar solo para su uso personal, el podrá rayarle cualquier tipo de palabra o dibujo obsceno que él quiera”.

    Ella tendrá que usar la ropa destinada para los encuentros sexuales con él, lo que incluye faldas cortas, ligueros, tangas, cacheteros, blusas cortas, legins, cualquier tipo de pantalón con un agujero en el área genital o en su defecto y si son ordenes de él tiene que presentarse sin ropa interior o solo vistiendo una gabardina. Además de que él podrá quedarse cualquier prenda de ropa de ella si así lo desea, en el caso de que él decida quedarse con una tanga de ella y usarlo para eyacular ahí y después le pida que lo use, ella deberá usarlo sin importar que esté seco o fresco el semen. Cabe aclarar de que en caso de que no cuente con alguna prenda de vestir solicitada por el, sera obligación del empleado Joel comprársela.

    Otra de las actividades que ella está obligada es acatar la masturbación, el podrá masturbarse viéndola y frente a ella, podrá pedirle que ella lo masturbe, el podrá masturbarla a ella y podrá pedirle que ella se masturbe para su entretenimiento. Además, él podrá pedirle a ella que baile para el antes o después de tener relaciones sexuales, podrá indicarle si desea o no que se quite la ropa y ropa interior. Si el desea se lleve a cabo un trio o gangbang, ellos deben aceptar sin excusa y ella podrá ser penetrada por todos los hombres que participen al mismo tiempo por cualquiera de sus hoyos cabe aclarar que el hombre extra será únicamente su esposo Joel con posibilidad de que alguno de los dos adhiera a un extra desconocido. Joel podrá presenciar, todo tipo de actividad sexual que ellos lleven a cabo. En pleno uso de sus facultades, ambas parten aceptan los términos de este elaborado contrato, la deuda de 500 000 dólares, del señor Joel Arriola, será saldada en un tiempo a dos años, asimismo, se le otorga al señor Arriola, un incremento del 20 % en su sueldo.

    Al terminar de leer el contrato quede atónita, pero a la vez satisfecha, sin duda el jefe Anubis, era un señor de negocios hasta para coger. Sin embargo, las actividades que me pedía, no serían difíciles de llevarlas a cabo, porque mi vida sexual, abarca todas las formas, posiciones que estipulaba ese contrato, además he practicado trios, gangbang, me trago el semen, lo único nuevo era follar frente de mi esposo, que sea un cornudo espectador, pero tendría que aceptar con tal de no irse a la ruina, y además obtuve un incremente en su sueldo. Acepte, firme y brindamos con un coñac, para después fundirnos un beso.

    Bien puta, tu labor empieza hoy, me apoye en su brazo y rodeando mi cintura me llevo a su cuarto, y comenzó a masajear mis piernas, sintiendo una gran excitación con su masaje. Sentir sus manos fuertes en mis muslos me relajó y a la vez me fue excitando y al parecer a él también ya que se le notaba un gran bulto, se dio cuenta que le miraba ahí y dijo sonriendo: no lo puedo controlar, son cosas que pasan… me reí también y ya no hicieron falta palabras, se me acercó y besó mis labios. Puse mis manos en su pecho y apreté mis labios, él siguió besándome… lo hacía tan bien que abrí mi boca y su lengua penetró en ella, puso sus manos sobre mis senos y los acariciaba como si los moldeara, rodeé su cuello y nos entregamos a liberar toda la tensión sexual acumulada. Me recosté en la cama y él se puso sobre de mí entre mis piernas y nos besábamos con pasión. Verónica cuánto te deseo, desde el día de la fiesta de la empresa… y comenzó a besar mis hombros y después a besar sobre mi vestido mis senos muy ricos ahhh, suspiré al sentir sus labios sobre mi pezón. Se quitó su camisa y qué delicia sentir su abdomen marcado.

    Posteriormente, nos besamos muy ardientemente mientras acariciaba su miembro, el cual se sentía muy duro. En consecuencia, me dirigí a bajarle el pantalón, al hacerlo un calzón negro donde se marcaba un tremendo miembro, como una buena puta, me los restregué en mi cara, después al quitar el calzón, salió un miembro grande, gordo, depilado, cabeza de hongo y sin prepucio. Me acerqué a su miembro erecto, lo tomé con una mano y lo metí en mi boca; tenía buen olor y sabor y empecé a chuparlo como solo yo sabía hacerlo. ¡Ah que rico mamas puta!, me dijo con una sonrisa en su rostro. El jefe de mi esposo bajó una mano y la colocó sobre mi cabeza, no me empujó, solamente seguía el ritmo que mi cabeza llevaba al mamarle su gigantesco pene. Durante un rato se la estuve chupando hasta que él me ordenó detenerme. Me dijo: puta, sirve un whisky, así lo hice y bebimos, mientras acariciaba mis senos, después de tres rondas, el se puso de pie, y yo sumisa me hinqué para continuar con la felación. Volví a meter su duro miembro en mi boca y de nuevo lo mamé.

    Conforme pasaba el tiempo iba devorando el pene de Anubis, me cabía completo por unos segundos, se escuchaban estos ruidos; aaaa, aaag, yo tosía al sacar ese falo enorme, después lo mamé y lo acaricié con una mano, bajando hasta sus huevos; y me dijo; con tu otra mano mastúrbate perra, asi lo hice, con mi otra mano me daba auto placer metiendo tres dedos hasta el fondo de mi vagina la cual estaba tan mojada que entraban y salían con facilidad. Así me estuve un buen rato y luego tomé mis tetas y puse su pene en medio de ellas y lo masturbé de esa manera; el jefe de mi marido se agarraba la cabeza, loco de placer. Subi la intensidad de las mamadas, pero él muy astuto, me sujetaba la cabeza y después de un rato, cuando sentía que se iba a venir, me jalaba con fuerza del cabello para alejarme y que dejara de chuparlo; se esperaba unos segundos y diciéndome: “¡sigue mamando puta!” me empujaba para continuar con la felación. Me hizo detenerme unas cuatro veces; en una de esas me dijo: “quiero disfrutar de tus mamadas lo más que se pueda mamacita, me encanta como la chupas y quiero tener una gran venida y que te tragues toda mi leche” y me hacía seguirlo chupando; a veces me empujaba hasta el fondo, con su miembro llegando hasta mi garganta y me sostenía con fuerza la cabeza, sin importarle que yo manoteara porque sentía que me ahogaba; cuando eso pasaba, él me decía: “¡aguanta putita, aguanta, siente mi verga como te llega hasta el fondo; trágatela toda puta barata!”.

    Después de unos momentos de estar chupando el pene, Anubis me tomó del cabello y me hizo detenerme. Me dijo: “espera puta o me voy a venir”. Me detuve, aunque no quería y entonces él me dijo: “ve a la cocina, trae un plato de sopa y fruta”. Obedecí en silencio, y fui a la cocina por mi comida. Cuando regresé con mi sopa el joven maduro me tenía otra sorpresa. Cuando coloqué mi plato en la mesa me dijo: “No, espera, no vas a comer ahí” y se levantó de su lugar. Fue por una pequeña maleta que estaba en su armario y que yo no había visto; la abrió y sacó un collar de cuero para perro con una cadena y también sacó un plato de los que sirven para darle de comer a los perros. Yo miraba asombrada y pensé: “¡Oh no, me va a humillar haciéndome comer en ese plato como perra!” Y no me equivoqué; el infeliz viejo se acercó a mí y me entregó el collar de perro; solamente ordenó: “póntelo”. Yo me le quedé viendo y estuve a punto de reclamarle y negarme, pero ya había firmado un contrato aparte de que ya estaba ardiendo de lujuria. Tragué saliva y tomé la correa con el collar, lo abrí y me lo coloqué en el cuello. Luego mi semental me dio el plato de perro y me dijo: “pon ahí tú la sopa”. Iba a comer cuando el mandamás de mi esposo me dijo: “¡Al suelo!” Entendí su orden, y aunque me enojaba mucho, me aguanté el coraje, tomé el plato de perro y lo bajé al suelo.

    Anubis había tomado la correa del extremo opuesto al collar y me jaló como ordenándome que me bajara a comer. Le seguí el juego y me coloqué con las rodillas y las manos en el piso y me empiné para comer como perra. Iba a meter la cara en el plato de perro para sorber la sopa. Cuando dijo espera puta, y comenzó a orinar, me ordeno, tu también hazlo, me hinque hice a un lado mi tanga y salió orina de mi vagina. Mi dominador, que se había sentado en una silla sosteniendo el extremo de la cadena sonreía mientras me tomaba fotos con su celular y me dijo: “Haz como las perras, saca la lengua para tomar la sopa”. Aguantándome la humillación y el coraje hice lo que él quería, comí como perra lo cual para un humano es sumamente complicado. Después tuve que meter la cara en el plato de perro para sorber la sopa llena de orines. Cuando senti un fuerte golpe en mi cabeza, me estaba empujando con su pie, literal sentía ahogarme, me dejo varios segundos los cuales fueron eternos, nunca me habían humillado asi pero me sentía excitada, era una sensación extraña. Cuando por fin terminé la sopa, me acarició la cabeza como se acaricia a los perros, se levantó de la silla y me dijo: “buena chica, vamos por tu guisado”, entonces yo, que no quería seguir con ese juego le dije: “ya no tengo hambre”. Él se me quedó viendo con cara seria y me dijo: “no te estoy preguntando su tienes hambre perra, te estoy diciendo que vayas por tu pinche comida”.

    Cuando llegamos a la cocina, él se detuvo junto a la estufa y se asomó a la cacerola en donde estaba un guisado. Colocó el extremo de la correa en su muñeca y tomó un pedazo de carne de la cacerola, lo partió con sus dedos y me dijo: “¡siéntate!”; yo me iba a subir a una silla y entonces Anubis hizo cara de desesperado y me dijo: “¿eres estúpida o qué? ¡como perra! ¡Eres mi perra hasta que yo te diga! ¿entiendes?”. Bajé la mirada y asentí con la cabeza; me senté como él quería, con las piernas debajo de los muslos y coloqué mis manos en mis rodillas; entonces él colocó sus manos a los lados y me dijo: “¡así!”, obedecí colocando las manos dobladas a los lados, se acerco y me dio unas cachetadas, despues, estando como perrita y Anubis me arrojó el pedazo de carne y me dijo: “¡atrápalo!”; yo abrí la boca, pero no pude atrapar la carne, que cayó al suelo; entonces él se rio burlonamente y dijo: “¡Ah de veras, lo que tienes de sabrosa lo tienes de pendeja!, a ver ahí va otro, ¡atrápalo!”; de nuevo abrí la boca, pero el pedazo de carne me pegó en la mejilla y cayó al piso. “¡Jajaja, estúpida, abre bien el hocico!” y me arrojó un tercer trozo de carne; este si pude atraparlo con la boca y lo mastiqué mientras él me acariciaba la cabeza y me decía: “buena perra, ya vas aprendiendo”. Al tiempo que me daba una bofetada, nunca me habían humillado de esa manera, sentía fastidio pero también una especie de excitación era una combinación mortal. Un juego que me prendía, sentirme una perra. Luego tomó un trozo de carne y lo tiró al piso y me ordenó: “¡anda, come!”. Casi no podía contener mi enojo, pero obedecí; me empiné para comer la carne como perra dándole la espalda a mi dueño.

    A los pocos segundos sentí como el jefe Anubis subia mi mini vestido y bajaba la tanga hasta los muslos; supe lo que venía y de inmediato sucedió; sin ninguna preparación previa colocó su duro miembro en la entrada de mi culo y empujó, penetrándome con fuerza. “¡Aaaauch!”, grité al sentir la salvaje penetración y entonces mi semental dijo: “¡Eso es, aúlla como perra, puta!” y empezó un mete-saca salvaje en mi pobre culo, masacrándolo. “¡No hay me duele, piedad por favor!”, gritaba yo sin parar por la salvaje penetración, mientras ese joven maduro disfrutaba a más no poder. “¡Haz como perra puta, haz como perra, aúlla!”, me ordenó el jefe. Yo, con el dolor que me causaba no quería obedecer, pero entendí que sería mejor cuando empezó a pegarme con la propia cadena en las nalgas y me gritó: “¡Qua aulles te digo, perra!” “¡Aaaau!”, grité, tratando de imitar a una perra siendo cogida por los perros. “¡Eso es, eso es, eres mi perra puta, eres mi perra!”, me dijo mi semental mientras me cogía con fuerza y sin piedad. Fueron varios minutos de inmenso dolor que tuve que soportar hasta que de repente mi semental dejó su miembro dentro de mí, al cabo de unos minutos saco aquel miembro y me dijo: “limpia todo, esperas a que te llame y vienes perra”. Obedecí, me subí la tanga, bajé mi minivestido me levanté y limpié todo el batidillo que había quedado, sosteniendo la cadena que colgaba del collar que tenía en el cuello.

    Cuando terminé de limpiar, ya empezaba a oscurecer y me senté a esperar a que “mi amo” me llamara; tardó unos diez minutos y me llamó; fui a su sala, en donde estaba el jefe de mi esposo sentado en una silla; me acerqué y él tomó la cadena que colgaba de mi cuello; se levantó y me dijo: “sígueme”; yo empecé a caminar detrás de él y entonces se detuvo y mirándome fríamente me dijo: “¿eres estúpida o qué? ¡como perra!”. Entendí que quería que lo siguiera en cuatro patas y me humillé haciéndolo; el infeliz de mi semental me condujo hasta su recámara; entramos y me dijo; eres una buena puta me dio cachetadas y me quito la correa, acto seguido me orino, “¡subete ese rico puti vestido que traes!” me ordenó de inmediato, yo lo hice y entonces él tomó mi tanga negra y la bajó; me dijo: “¡Me encanta tu vagina!”; acercó su cara a mi clítoris y comenzó a lamerlo mientras posaba sus dos manos sobre mis nalgas. De inmediato tuve una sensación de placer maravillosa, la lengua de mi macho era la de un experto, era evidente que ya había hecho eso muchas veces. No resistí la tentación de colocar mis manos en mis pechos y comencé a masajearme mis jugosas tetas. Anubis se dio cuenta de lo que hacía y se detuvo un momento para decirme: “¡Eso es puta, me encanta que te pongas cachonda, ya te estás mojando mamacita!” y era cierto, ya empezaba yo a sentir como mi vagina se lubricaba y como el calor empezaba a llenar mi cuerpo.

    Yo respiraba profundo, mi amo metió dos, luego tres y luego cuatro dedos en mi panocha que a esas alturas ya se encontraba totalmente empapada; en mi culo había dos dedos y su lengua seguía lamiendo mi papaya, haciéndome gozar tanto que de repente sentí como una descarga eléctrica recorría mi cuerpo y fue una explosión de placer; gemí como loca: “¡aaaahm, aaaah, siii, aaaah diooos, dios, siii!” El orgasmo fue intenso y duradero, yo sentía que todo mi cuerpo estaba descontrolado y perdí el control de mis brazos y piernas, que se agitaban sin parar. Después de varios segundos, o minutos, no lo sé, terminé el orgasmo y caí rendida el piso, pues mi semental me había soltado y había dejado de lengüetearme. “¿Ves puta, ves lo que puedes gozar conmigo?; hiciste un gran trato conmigo, yo te prometo darte momentos como éste. “Muy bien; es mi turno, siéntate en mi verga”, me ordenó Anubis y yo obedecí; me levanté del piso, abrí las piernas y me clavé en su gordo pene; como estaba bien lubricada, no tuve ningún problema; él me tomó de la cadera y marcó el ritmo que quería; yo me moví subiendo y bajando, apretando la vagina para que mi dueño sintiera más placer. Poco a poco, él se fue recostando, y quede montada en mi macho, por lo que me daba unos ricos sentones, mientras nos besábamos, y el agarraba mis nalgas. Nuevamente hacia los movimientos circulares, -aa perra, vas hacer que me venga, que rico te mueves- mientras castigaba mis nalgas, me mordió muy fuerte mis pezones, -aaa cabron, despacio —lo que me hizo perder el ritmo. Nos acomodamos y nuevamente, lo monte, quería que la cogida fuera solamente vaginal, porque mi ano aun me ardía, yo me daba de sentones, aaa que rico.

    Después de unos instantes, me dijo levántate y prepara unos tequilas, asi lo hice y tomamos un caballito (vaso pequeño bebido de un solo golpe) dijo otro y asi fueron cuatro rondas, ya me sentía algo mareada. Nuevamente, el jefe de mi marido me cargo, y yo me daba ricos sentones en ese miembro, después tomo mis piernas y las subio a sus hombros, -que rico cógeme así, le decía, no te detengas- nuestras carnes chocaban, su pene y mi vagina se unían en un solo frenesí,- me recargo en la pared y así me penetraba, duro muy duro, mi concha ya la sentía irritada, pedía un tiempo. Pero mi lujuria, no quería que paráramos, nos acostamos en la cama, él encima de mi penetrándome, besándome, saco su verga, y me empezó a mamar mi vagina, le escupió, puso una almohada atrás de mí, y aventó mis piernas hacia atrás, las tomo de mi femoral y comenzó a penetrar, duro y yo gemía -desgraciado que rico, me estas partiendo en dos- despues me tomo fuertemente de los tobillos, y asi me penetraba muy rico, minutos despues sonó mi celular, pero no hice caso. Dejo descansar mis piernas y vagina y puso su enorme miembro en mi boca, mientras yo intentaba no ahogarme.

    Duramos así un buen rato, hasta que mi dueño me dijo: “voltéate y clávate de culo”; de nuevo obedecí; me volteé y su gorda verga me clavó por el culo; sentí un poco de dolor al principio, pero una vez que su verga entró por completo, mi ano se relajó y de nuevo comenzamos con el sube y baja y de repente yo movía la cadera en círculos, para que él experimentara más placer; y así fue; cada vez que yo movía las caderas en círculos, él me decía: “¡ah putaaa, aaaah, eso me gustaaa, asiii, muévelo putaaa, aaah!” y eso me gustaba, me daba sentones, duros y luego despacio, ese ritmo segui, después de un tiempo, me puse en cuclillas mis tacones, le daban una altura, muy rica a esa posición lo que permitía entrar mejor al pene a mi ano, aaa, me daba nalgadas y se escuchaba bien rico, como nuestras carnes chocaban, empecé a besarlo y baje las piernas, me movía rico, mucho y sentí nuevamente un dolor anal, pero quería seguir montada, Anubis, me mordió los pezones aaa desgraciado, y me abría el ano, mientras me penetraba, que rico.

    Aaa, ya casi me vengo, menciono Anubis, -masturbarme-dijo con voz gruesa- le comencé a jalar su verga y también la chupaba hasta que salió su rico semen, era un leche olorosa, pegajosa, caliente y deliciosa, un poco entro en mi ojo y me lo irrito, el jefe de mi marido, con su pene, tomaba la leche y la llevaba a mi boca, lo empecé a mamar y me gustaba, Anubis dijo que rica, y con su miembro me pico un ojo, -que haces cabron le dije- mientras nos reíamos. Nos tiramos en la cama, con nuestros cuerpos sudados, llenos de fluidos, orines, que puta eres me decía, que rica. Gracias respondí, por un momento quedamos en silencio, cuando volvió a sonar mi número, eran mi esposo, pero, Anubis no me dejo responder. Nuevamente me orino, asi lo hice yo también, pero una bofetada interrumpio mi momento, puta, aquí no es baño. Me agarro del cuello, ahorcándome duro, y después me beso tiernamente, no entendia su cambio, eres un amor, una puta, asi me gusta tratarlas. Me moridio duro mi labio, hasta sangrarlo. Ahora sirvió, vodka, me hizo beberlo de un solo golpe, hacia cuatro veces, ya estaba ebria. Estábamos de pie, besándonos, acariciándonos, cuando me dio la vuelta y con sus dientes, desabrocho mi vestido el cual cayo al piso, quedándome solamente con mis tacones y medias. Se hinco, besaba mis muslos, hasta llegar a mis pies y besarlos por encima de las medias y también besaba mis tacones. -que sexi, que rica lencería usas-eres mucha mujer para Joel.

    Ahora el se puso de pie y yo me hinque, comenzando a succionar su pene, el cual nuevamente, ya estaba erecto que duro, parecía piedra, le mordía el tronco, pero parecía no dolerle, lo saque y le di unas buenas mamadas al glande, -luego lo introduje de un golpe en mi boca- -aaag—solamente se escuchaba sentía ahogarme, lo saque de mi boca, y el muy cabron nuevamente, me pico los ojos con su miembro, perdón puta, es un clásico picar los ojos, sin poder ver solamente sentía como me daba de cachetadas con aquella verga. Después de unos instantes recupere la vista. Y me dijo trae el frutero, ya estábamos borrachos, tomo un plátano y lo dirgio a mi ano, ingresándolo, esta fruta se deshacía, era obvio, pero un pedazo si entro, un mes antes, mi suegro había ingresado fruta en mi ano y ahora era el jefe de mi esposo, dijo ahí déjalo, me levanto y de pie me comenzó a penetrar analmente, mientars me cogia, decía: “¡Lo que más me gusta de ti, es tu culo apretado puta!”, al tiempo que masacraba mi pobre ano con fuerza. Yo me derrumbé del dolor, quedé con la frente en el piso y los brazos a los lados; mis pechos bamboleantes casi tocaban el piso con cada acometida que mi semental le daba con dureza a mi culo levantado. Llegó un momento que lo único que se escuchaba eran sus gruñidos al cogerme: “¡ah, aaaah jmmmm!” y mis quejidos de dolor: “¡aaau, aaauuu, ay, aaaigh!” el plátano, se había embarrado en mi ano y su pene.

    Saco su verga, llena de plátano, y dijo ahora una fresa, pero lo hizo tan rápido y de manera tan salvaje, sin darme tiempo de prepararme ni nada, que cuando metió con fuerza su tremendo miembro en mi ano sin lubricación, que aún con el bocado que tenía en el ano, no pude contener el grito de dolor que me causó: “¡Aaaagh!”, a lo que él me dijo: “me encanta cuando haces eso, como finges que te duele cuando la realidad es que te encanta que te la meta con fuerza y hasta el fondo” y entonces empezó a entrar y salir de mi culo sin piedad, con fuerza desmedida, sin importarle que esa fruta se fuera a introducir en mi cuerpo y que gritara desesperada por el tremendo dolor que me causaba: “¡Aaaaiii, nooo, ay por favor, me dueleee, aigh!”la fruta puede lastimarme, por favor, entiendelo, pero no le importaba, asi continuamos varios minutos, hasta que me dijo ponte en cuclillas y él se puso debajo de mi, me dijo: expúlsalo, intentaba, pero no podía, estaba realamnete muy preocupada, asi continuaba y nada, tenía miedo, solamente salían fluidos de mi ano, hasta que varios minutos, por fin pude expulsar la fresa, el muy cerdo, lo recibió en su boca, la mantuvo ahí, se levanto y me la paso, cometela ordeno, para después besarme,

    Posteriormente, me acosto en su cama y quede abierta de piernas, de repente él sacó completamente su miembro de mi ano adolorido, solo para meterlo otra vez en mi vagina y entonces empezó a alternarlas, me la metía una vez en la vagina y una en el culo, uno y uno, uno y uno; mientras decía: “no sé qué tienes más rico, si el culo o la panocha. Después comenzó a alternar sus metidas, pero ahora lo que hacía era meterlo y sacarlo varias veces en la vagina y luego meterlo y sacarlo del culo varias veces. Era evidente que lo estaba gozando mucho y que no quería terminar, porque de repente se detenía unos segundos con el pene afuera, sin metérmelo y me decía: “no te muevas puta, quédate cómo estás”. Yo borracha y extasiada obedecía. Después seguía, me la metía en la vagina por varios minutos y luego cambiaba a cogerme por el culo. Esas embestidas me hicieron tener otro prolongado y rico orgasmo, -aaaa-mmmm —mientras mordía mis labios, salían mis liquidos que se desplazaban por mis muslos y por el miembro de mi amante, estaba totalmente extasiada y borracha, que no supe en que momento saco su miembro.

    Cuando desperté de ese letargo de lujuria, sentí como su boca se acercaba a mi cuello y empezaba a besarlo; eso me produjo una extraña pero agradable sensación; la piel se me erizó y suspiré; mi macho cabrio me dijo: “esto te gusta, ¿verdad puta?, si todas las pinches viejas son iguales, les encanta coger, pero se hacen las santas” y continuó besándome; luego empezó a lamerme toda; comenzó por las orejas, metió la lengua en mi oído derecho y estuvo lengüeteándolo; eso comenzaba a excitarme mucho, sentí como mi piel se erizaba y mi vagina se empezaba a mojar, sobre todo cuando el jefe de mi marido mordisqueó el lóbulo de mi oreja mientras una de sus manos acariciaba mis tetas; involuntariamente empecé a mover las caderas como tratando de recibir un pene grande. Él continuó recorriendo con su lengua mi cuerpo, bajó por el cuello hasta mis tetas; ahí lamió, mordisqueó, besó y mamó de cada una de ellas durante un buen rato; acariciaba con una mano mi vientre, mis piernas y mi entrepierna, pero no llegaba a la vagina; si acaso un dedo pasó cerca de mis labios vaginales, pero sin llegar a nada más profundo. Me tenia totalmente a su merced, era una esclava sexual, y me encantaba y excitaba serlo, gemia como perra en celo.

    Posteriormente, completamente tendida en la cama; el colocó ambas manos a los lados de mí y se inclinó, aplastándome con su peso mientras seguía moviéndose, entrando y saliendo de mí con fuerza salvaje; empezó a besarme el cuello y me dijo al oído: “entiéndelo puta, desde que tu esposo Joel adquirió esa deuda conmigo, eres mía y lo vas a ser hasta que yo me canse de ti o te mueras; te voy a coger como y cuando quiera y más te vale darme todo por la buena putita”. La penetración fue dura, salvaje, imponente; el largo pene de mi macho cabrio llegó hasta el fondo de mi vagina sin ninguna resistencia u oposición de mi parte, por el contrario, la lubricación excesiva de mi panocha le permitió meterlo hasta el fondo sin problema y comenzar el movimiento de entrar y salir de mí con fuerza y entonces ambos nos movimos cogiendo como animales; teniendo sexo duro y salvaje, sin pensar ni sentir nada más que eso, ganas de coger salvajemente. No tardé mucho en sentir otro delicioso orgasmo recorría mi cuerpo con una venida tremenda; mi cuerpo se estremecía y se movía sin parar, mi cadera se levantaba para recibir con gusto los embates de mi amante; el placer recorría mi cuerpo de arriba abajo y de regreso y grité sin cortapisas: “¡aaaah yaaa, asíii, dios mío, dios mío, aaaaha!”

    No terminaba yo de gozar el tremendo orgasmo cuando Anubis sacó su miembro de mi vagina y tomándome de las caderas me giró para colocarme boca abajo mientras decía: “ahora gozaré otra vez de tu culo putita, sabes que me encanta” y sin más ni más, abrió con sus manos mi culo y me penetró con fuerza hasta el fondo; provocándome otra vez un inmenso placer al sentir ese tremendo animal entrando hasta mis entrañas. De nuevo ambos nos movimos de manera salvaje, gozando del sexo duro y sin tapujos; a los pocos minutos mi ano comenzó a sangrar, ya estaba muy castigado acto seguido mi dueño se vino, descargando toda su leche dentro de mí y llenándome las entrañas con su líquido; al mismo tiempo, como se habran dado cuenta yo soy multiorgasmica, y tuve otro orgasmo, pero se sintió diferente, delicioso e intenso, pero con más suavidad; no lo sé, es difícil describirlo. El jefe de mi señor y ahora mi dueño, cayó rendido a mi lado y solo dijo: “ah que buen palo puta”; yo seguía ensartada. Una vez que terminó, se quedó unos segundos sobre mí, casi me ahogaba con su peso; luego, mi amante rodó hacia un lado y se quedó acostado a mi lado, me dijo: “que rico coges puta, sigues apretada de la panocha; estoy seguro que a ti también te gustó, pero te haces la santa”. Yo me quedé callada. Anubis sacó un cigarro y empezó a fumar acostado junto a mí la cama; me ofreció uno y yo solo volteé la cara hacia otro lado. Todavía dijo burlonamente: “después de un buen palo, un buen cigarro”.

    Quedamos un instante en la cama, cuando me dijo: bueno puta, esta cogida fue para que yo accediera a condonar la deuda, a partir de ahora cogeremos cuando lo desee, toma tus cosas y vete, déjame tu tanga, como recuerdo, se levanto y mi tanga la coloco en un armario donde había cientos de prendas intimas de mujeres, -amor son mis trofeos, dijo con voz de burla- como pude me vesti, y solicite un serivicio de taxi por aplicación. Antes de despedirme, me dijo; ten la factura de la deuda, confio en tu palabra y se que si no llegas a cumplir, exhibiré las fotos que te tome cuando te cogia y también el contrato que firmaste. Al salir me dio una nalgada y un apretón de vagina.

    Eran las 5am, tome el taxi, olia a sexo, borracha, pero el joven accedió a subirme, al llegar a casar, abri la puerta y al entrar a la sala, mi marido me esperaba, -Veronica, por dios que te sucedió- solamente le dije, logre un acuerdo con tu jefe, te condenaron la deuda y ganaste un aumento en tu salario, déjame en paz, voy a bañarme y a dormir- Joel, no daba crédito a lo que escuchaba, y sin percatarse una sonrisa se esbozo en su cara, ya no perdería el patrimonio, ni tampoco, procederían legalmente en su contra. Todo a cambio de su mujer.