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  • El pinchazo en la carretera

    El pinchazo en la carretera

    Estaba en medio de una carretera inhóspita, cuando mi vehículo decidió que no. 

    La puerta estaba entreabierta, así que entré y encontré a una chica joven, rubia y me instalé en una silla cercana mientras la veía.

    No sé qué me pasó, pero en cuanto noté un cosquilleo entre mis piernas, antes de que pudiera decir una palabra, nuestros labios se juntaron en un beso cargado de electricidad.

    Mis manos comenzaron a acariciar su piel hasta notar el calor que emanaba de ella.

    Enseguida sentí que se desnudaba frente a mí y que su boca se dirigía hacía la mía mientras sus dedos comenzaban a juguetear con mis bragas.

    Inmediatamente supe que tenía que hacer algo para satisfacerla aún más.

    Mis manos se deslizaron hacia sus bragas, acariciando su piel hasta que encontré su clítoris y lo trabajé con firmeza.

    Su cuerpo se movía al ritmo de mis caricias, logrando cada vez más placer en el taller.

    Finalmente, ella se puso a cuatro patas, listas para recibir todo lo que pudiera darle.

    No pude resistirme a verla en plena acción, así que me acerqué y comencé a meterle los dedos.

    Nos corrimos juntas varias veces, en un placer desbordante que duró horas.

    Desde ese día, soy una chica lesbiana y fetichista de bragas, gracias a esa hermosa mecánica que rescató mi coche en medio de la nada.

  • Lo que hace una borrachera

    Lo que hace una borrachera

    Hola que tal. Actualmente tengo 42 años, esto que les voy a platicar me sucedió cuando tenía 25 años. 

    Desde los 18 años me fui a vivir solo ya que fue lo quería de cumpleaños, mi independencia, bueno resulta ser que siempre he sido bisexual activo, desde que tengo uso de razón. Entonces una vez yo tenía una novia que se llama Rosa y a su vez ella tenía su novia Lula y esta última tenía a su hermano José total que todos éramos bisexuales.

    En una ocasión, me dijo Rosa que había invitado a Lula a la casa porque querían que José y yo fuéramos novios para que todo quedara en familia. Bueno para no hacerles el cuento largo, llego el esperado día, nos presentamos y estábamos a gusto cuando de repente a Lula se le ocurrió que juguemos a «Verdad o Reto».

    En eso estamos jugando y se iban incrementado los «castigos» y en una de esas Rosa le toca castigar a José y le puso que me diera por 3 minutos un sexo oral y el para agarrar según el valor se tomó 3 shots de tequila y nosotros para no dejarlo morir solo, hicimos lo propio y ya terminamos de brindar y todo empezamos a fajar los cuatro, estuvo tan rico que terminamos teniendo sexo, observe como Rosa y Lulú se daban sexo entre ellas y José y yo hacíamos lo propio y también vi como entre hermanos se penetraban entre ellos. Fue una delicia ver todo aquello y para terminar los penetrante a los tres.

    Al amanecer dijimos fue que las bebidas alcohólicas fueron las culpables de lo que paso. Además terminamos siendo novios José y yo entonces fuimos una familia durante 5 años duramos los cuatro, por lo tanto Rosa, Lulú y José fueron mis novios.

    Hasta aquí es todo mi relato. 

    Saludos. 

  • Probando frutas maduras y ajenas (4)

    Probando frutas maduras y ajenas (4)

    Aunque Goya fue la segunda del departamento a quien me cogí, la dejé al final, pues quedé enamorado de ella desde que la conocí. Al inicio platiqué cómo surgió mi deseo por ella y la manera en que hizo resonancia en su actuación.

    Habían pasado ya tres meses de la reunión navideña, donde Goya me llevó hacia la cocina para besarnos y manosearnos allí, a sabiendas que su esposo nos vería desde una ventana en la habitación del segundo piso. Después de mamarle un pezón, ella apagó la luz diciendo “Que mi marido vea que yo también puedo ponerle cuernos” y dejó que su marido imaginara más sobre lo que pasaba en la oscuridad de la cocina, pero volvimos a la reunión. Esto lo hizo por darse gusto ella, por darme a mí una probada de las hermosas chiches que yo admiraba y, también, por darle celos al puto cogelón de su marido, quien “cogía riquísimo”, según le constaba a la puta secretaria Chela, quien ya se lo había tirado varias veces.

    Goya y yo, continuamos con los besos, los abrazos y las caricias furtivas en la oficina, las pocas veces que teníamos oportunidad. Pasaron tres meses y tuvimos una reunión de trabajo foránea en el centro de convenciones de Oaxtepec. Nuestros cuartos quedaron cercanos y los de mis compañeros muy alejados de nosotros, pero cercanos al bar.

    “Este viaje será de muy poco trabajo, pero de mucho placer durante tres días y dos noches, de viernes a domingo”, nos indicó Goya, “pues hemos tenido desempeño sobresaliente en la dirección y es una forma de premiarnos por ello, incluso a Chela se le permitió ir acompañada por su esposo”. Goya, Carmen y yo hicimos el trayecto en mi auto, los demás en autobús.

    “El placer será máximo para nosotros dos”, me dijo acariciando mi pene sobre el pantalón. Carmen hacía como que no oía e iba viendo el paisaje o fingiendo dormitar en el asiento trasero. Al llegar, sin que Carmen se inmutara, paseamos abrazados mientras esperábamos que llegara el autobús para ir en grupo a las oficinas donde nos indicarían las instrucciones del uso del salón, horario de alimentación y los cuartos asignados. Trabajamos muy poco, revisando y alineando las metas y Goya asignó como tarea llevar un boceto de cronograma para el día siguiente.

    Después de la comida, había tarde libre para nadar en las albercas o tumbarse al sol. Goya anduvo con un biquini que le cubría apenas los pezones de sus hermosas tetas, aunque la parte inferior contrastaba pues cubría muy bien el vello púbico; el biquini de Chela hacía que todos los hombres del balneario la voltearan a ver, y se había rasurado los vellos del pubis para que no se le salieran; pero Carmen, sin biquini, usó una playera y un short que al salir mojada de la alberca hacían que se me parara la verga. “¿Te gusta Carmen, verdad…?”, me dijo Goya sonriendo al notar mi erección imposible de ocultar, “Ya habrá oportunidad algún día…”, remató crípticamente, manteniendo su sonrisa donde resaltaba el pequeño lunar junto a su labio superior, del lado derecho. “Esta vez, me toca a mí…” dijo, mirándome el traje de baño, donde resaltaba una montaña por lo caliente que me puso Carmen, y se relamió los labios.

    Después de la cena nos fuimos a nuestros cuartos. El de Goya estaba entre el de Carmen y el mío. “Buenas noches”, le dijo Goya a Carmen y, tomándome de la mano, me metió a su habitación. “Buenas noches. Que se cansen y que descansen bien después” contestó Carmen con una gran sonrisa.

    Apenas cerramos la puerta, Goya me abrazó. Después de besarme a su gusto, prestamente se quitó el biquini. Yo me quité el traje y nos metimos a bañar para quitarnos el cloro de la alberca. También escuchamos la regadera del cuarto de Carmen. Nos enjabonamos mutuamente el cuerpo. Me esmeré en sus tetas, sus nalgas y su panocha. Ella me dejó muy limpio de la cintura para abajo. nos secamos entre beso y beso.

    En la cama empecé por mamar las chiches que oferente me mostraba Goya. Luego la besé y lamí por todas partes, mientras ella soltaba pequeñas carcajadas por las cosquillas que le hacía, sobre todo al meterme los dedos de sus pies en la boca. La hice venir con las chupadas de pepa que le daba. Callada, extendió sus brazos para que la cubriera mientras nos besábamos. Yo obedecí y la penetré de misionero. Me moví frenéticamente disfrutando cómo se retorcía y gritaba en cada orgasmo. Sin venirme, la dejé descansar.

    –Carmen ha de pensar que me estás matando… –dijo, dándome jalones en el tronco que seguía enhiesto–. No, seguramente se está pajeado al imaginarse lo que pasa en este cuarto –corrigió pues escuchamos ligeros quejidos provenientes de la pared vecina.

    –“Ya habrá oportunidad algún día…” –repetí las palabras que me dijo Goya al respecto, y ésta se rio.

    –¡Cómo lo tienes todavía!, así era mi esposo hace diez años, ahora no tarda mucho y, a veces se viene antes que yo –me describió, jalándome huevos y pene con las manos, y corroboró lo que me había dicho Chela sobre el marido de Goya.

    –Es por tu belleza que me tienes así… –le dije cerrando los ojos y abriendo más las piernas para disfrutar mejor las caricias.

    –¿Sabes lo que me dice mi esposo cuando me deja caliente? –suelta la pregunta retórica que contesta de inmediato–. “Es que ya nos conocemos mucho, además, no haces nada nuevo”, y se voltea dándome la espalda para dormirse –concluye con su respuesta–. Ya quisiera ese puto, puto con otras, chupar como lo haces tú, el sólo me da unas cuantas lamidas.

    –¿Tú le mamas la verga? –pregunto, meneándome el falo–, ¿y haces que él se venga en tu boca? –pregunto, insistiendo en mi movimiento ostensivo del pene.

    –Sí, pero no se viene en mi boca. Seguramente sí lo hace en la de otras –dijo y se puso a mamármela

    –Pocos son los que se pueden venir pronto así. Debes empezar por lamer el glande y chupar como paleta, metiéndote el falo todo lo que puedas, hasta en la garganta si fuese necesario, meterlo y sacarlo. Tratar de enroscar tu lengua en el tronco, jugar con tu lengua en el glande, limarle el meato con el filo de la punta saboreando el presemen que suelte. Tienes dos manos. Sin dejar de chupar usa una para chaquetearle el tronco y la otra para jugar con las bolas, méteselas en el cuerpo, luego las sueltas para que escurran al escroto. También puedes chupárselas una a una, lamer desde allí hasta el glande nuevamente y continuar chupando, ya sabes, con una mano el sube y baja del pellejo del palo y con la otra jala fuertemente el del escroto, sin los testículos, porque duele. No dejes las caricias mientras chupes y sorbas el pene… Notarás que se pone la verga más dura, señal de que ya va a salir tu premio, en líquido –Goya seguía las instrucciones mientras mamaba y… ¡Me vine abundantemente!

    Ella no dejaba de chupar y tragar pues el semen seguía saliendo hasta que se derramó del corazón rojo de sus labios. El pequeño montículo de su lunar resaltó entre la blancura de la crema. Se separó de la verga para tomar aire, pero no la dejé que se limpiara. Con mi lengua recolecté la lefa que escurría y se la volví a meter en la boca. Nuestras lenguas se trenzaron y, una en la otra, compartimos el sabor de mi satisfacción. Descansamos un poco.

    –A ver qué dice ahora mi marido cuando yo le chupe la verga… –dijo y quedó en silencio viendo hacia el techo, quizá pensando la escena– Verá que lo aprendí muy bien, y sabrá que no fue con él –concluyó tajante.

    Descansamos abrazados, acariciando y besando uno la cara del otro. Bueno, mis caricias también abarcaron su espalda y sus nalgas.

    Me acuné en su pecho y me puse a mamarlo. Ella me acarició el pelo pegando aún más mi rostro a sus chiches y, como si me estuviese acunando cantaba “Mama, mi pequeño, mámale a mamá”. Así, mamando, me quedé dormido como bebé…

    Temprano, al trino de las aves, desperté sintiendo la boca de Goya explorando uno a uno mis testículos. Los jalaba con suavidad, y luego los soltaba. su lengua recorrió mi troco que crecía cada vez más, al ritmo de sus mimos, hasta llegar al glande que chupaba con fruición, paladeando el presemen. Cuando estuvo completamente erguida, la movió desde la base para confirmar su firmeza y me montó. Cabalgó como si yo fuese un burro salvaje, el baile de sus tetas era placentero a mi vista y me mantenía con la verga tiesa. Mediante la abertura adecuada de mis piernas, gradué el impacto de los sentones que sus nalgas daban en mis bolas y sentí la gloria con esas caricias que coincidían con el subir y bajar de sus grandes y duros pezones guindas. Sus jadeos aumentaron, lo mismo que la frecuencia de sus saltos hasta que explotaron en un grito que, desfallecida y llorando de alegría, la hicieron caer sobre mi pecho. La abracé, limpié con mi lengua sus lágrimas y besé sus ardientes mejillas. Ella resoplaba y seguía gimiendo, calmándose poco a poco. Volvimos a escuchar quejidos desde la pared del cuarto vecino y sonreímos.

    Goya percibió que mi turgencia continuaba indemne y movió sus caderas haciendo círculos para que el pene resbalara en su encharcada oquedad.

    –¿Quieres venirte? –preguntó moviéndose con mayor celeridad.

    –Sí, pero quiero hacerlo cogiéndote como perrito –le dije dándole un beso en la frente.

    –¿Me quieres abotonar para arrastrarme por todo el cuarto? ¡Eres muy puto! –exclamó separándose de mí para ponerse sobre las cuatro extremidades.

    –Ojalá fuera posible traerte así, te llevaría arrastrando hasta la alberca, frente a todos –dije y Goya soltó un rosario de pequeñas carcajadas.

    –¡Ja, ja, ja, ya me imagino! Ven, vamos a intentarlo me dijo moviendo su grupa frente a mi cara.

    En lugar de metérsela, me puse a abrevar los jugos que escurrían de su panocha. También lamí lo que en sus piernas había escurrido, luego fui a sus nalgas y las besé tiernamente, las cubrí de caricias cuando mi lengua se incrustó en su ano. ¡Ella se estremeció!, queriéndose alejar, pero la detuve por sus caderas y continué dándole lengua en el ojete. Sus gemidos fueron cada vez más fuertes y volvimos a escuchar quejidos del otro lado de la pared… Carmen seguía atentamente nuestra plática (¿quizá con el oído pegado a la pared o con un vaso para amplificar el sonido?, no sé, pero sí se escuchaban sus gemidos, señal de que se estaba masturbando) y nosotros sonreíamos al imaginarla caliente. Bajé mi lengua por el periné para volver a lamer su pucha. Mi ápice lingual hizo el recorrido en sentido inverso y volví a tratar de introducirla en el culo; ¡otro respingo de Goya y otro sonoro quejido de placer!

    –¿Ya te la metió tu marido por aquí? –le pregunté y lamí su ano con mayor intensidad.

    –¡Ah, ah, ah! No. Sí lo intentó, pero me causó dolor y ya no lo dejé –contestó–. Pero si a ti se te antoja, hazlo… –dijo sumisamente.

    –En la noche lo haremos. Sí duele, pero sólo al principio, después se te vuelve una adicción, como las chupadas de panocha –afirmé.

    –¡Ya cógeme, como quieras, pero métemelo! –gritó y con ese volumen seguramente Carmen volvió a escuchar con atención.

    Jugué un poco con mi glande recorriendo sus labios interiores y su clítoris para que estuviera más receptiva. La tomé de las caderas y se la metí completa de un solo movimiento. mis huevos rebotaron en sus labios y me moví aumentando cada vez más el ritmo. En el espejo miraba cómo se balanceaban sus tetas al ritmo que le ordenaba el de mi verga. La tomé de las chiches y seguí cogiéndomela. Sus gritos se intensificaron, al igual que sus orgasmos y yo también grité al desbordarme dentro de Goya quien se quedó quieta soportando mi peso, el espejo la reflejó sonriente. Seguramente también hubo un aullido simultáneo en el cuarto contiguo y por eso no lo escuchamos, sólo oímos un golpe similar al que provoca un cuerpo al dejarse caer en la cama…

    Al término de la reunión de trabajo, que fue breve, escuché que Goya le preguntó a Carmen “¿Te dejamos dormir anoche?” Carmen sonrió de oreja a oreja y contestó “Creo que dormí el mismo tiempo que ustedes. Además, tuve unos deliciosos sueños húmedos”. “Ya se te cumplirán, él te trae ganas, amiga”.

    A medio día fui a la farmacia para comprar un lubricante anal. En la noche, se lo mostré a Goya y le expliqué que primero debía dilatarle el anillo con mis dedos. Le advertí que sólo le dolería un poco cuando entraba la primera parte. “Agáchate”, le ordené. Ella se puso de rodillas, colocando su cara sobre el colchón, con las nalgas sobresaliendo, y procedí al ritual de introducir uno a uno los dedos hasta llegar a tres. La cara de Goya era de curiosidad y resignación, pero, salvo la introducción del glande y casi media verga, que le provocaron un dolor muy breve, cuando la tuvo completamente adentro e inicié mi movimiento, todo fue satisfacción, hasta llegar a un orgasmo mutuo, después del cual, ya reposando, me insistió en que le dolió poco.

    –En la mañana, como despedida me lo vuelves a meter así, sí me gustó –dijo antes de ir a la ducha donde nos aseamos.

    A la mañana siguiente, Goya me despertó con el bote de aceite en la mano. “Quiero ver si lo vuelvo a aguantar y si me sigue gustando”. Le di un beso cuando tomé el frasco y ella se mantenía sobre manos y rodillas. Le lamí el ano con suavidad, también la vagina y, especialmente el periné presionándolo en el centro con mi lengua. Empecé a poner el aceite y meter los dedos. Cuando estuvo lista, coloqué un par de almohadas y le pedí que se acostara boca arriba colocando la cintura sobre ellas. Le levanté las piernas, colocándomelas sobre los hombros y, embadurnado mi pene de aceite, lo metí. ¡Se fue como mantequilla hasta que toparon mis huevos con su coxis! “¡Ah!, ¡qué rico!”, exclamó ella. Le saqué varios orgasmos y entonces le llené el culo de semen. “¡Qué rico!”, volvió a decir cuando sintió el calor de mi eyaculación. Al sacárselo, escurrió mi esperma, acompañado de un poco de excremento. Nos fuimos a la ducha y allí me pidió que nuevamente la enculara. No necesitó del aceite, le entró fácilmente pues aún estaba el ano distendido. No me pude venir otra vez, pero ella sí.

    Al vestirnos y dejar listas las maletas para nuestra salida, ella me dijo “Me voy a llevar el aceite”

    –Tu marido se va a dar cuenta que viniste a coger, en lugar de trabajar –señalé como advertencia.

    –Él ya se lo esperaba, desde la vez que nos vio, le dije que tú eras uno de los nuevos amantes míos, cuando me reclamó –me quedé pensando en que su marido también sabría que la usé muy bien para encularla pues, además del culo abierto y el aceite, aprendió a mover las nalgas riquísimo.

    –¿Uno más? –pregunté dejando caer mi mandíbula por el asombro.

    –¡Ja, ja, ja, qué cara! Así le dije, pero eres el único. Además, hasta ahora me doy cuenta que no ha de ser malo tener más, la variedad es buena… –dijo dándome un beso.

  • Vestidores de cortina

    Vestidores de cortina

    ¡Hola de nuevo!  Hoy quiero contarles una práctica que se me ha hecho costumbre siempre que tengo un rato libre y estoy cerca de una ciudad favorita para comprar ropa, se trata de una zona comercial en Buenos Aires a unos 30 minutos de mí casa. Muchísimas tiendas de ropa, muchísimos vestidores o probadores, vendedoras y sobre todo muchísima gente cerca, comprando y mirando!

    Antes que nada les aclaro que se trata solo de exhibicionismo y no hay sexo explícito en ninguno de los 6 casos que voy a detallar, pues si es sexo lo que buscan entonces no pierdan el tiempo leyendo esto, solo busco compartirles mis momentos de calentura mostrándome a través de las cortinas de los vestidores.

    Esto empezó hace unos 11 años cuando tenía 18 aproximadamente, un día fui a comprarme un pantalón y me lo fui a probar, la cortina era muy chica y no llegaba a cubrir todo, la vendedora era una chica casi de mí edad y muy sexi, ese día estando ahí adentro en calzoncillos sentí que ella me observaba y me ofrecía más pantalones para que me siga probando, solo excusa para acercarse y abrirme un poco la cortina mientras yo seguía en bóxer.

    Ese mismo día volví a casa y me masturbe como loco pensando en esa chica mirándome. Desde entonces me di cuenta que me encantaba y me excitaba mucho que me vean a través de la cortina, lo volví una práctica habitual, recorría tiendas por diferentes ciudades y hacia lo mismo en todos los lugares que podía, al principio llevaba la cuenta y recordaba cada situación y me masturbaba pensando en las que habían sido mejores, perdí la cuenta después de las 30, y hoy con 29 años lo sigo haciendo cuando tengo un rato libre.

    En un relato anterior también conté que lo había empezado a hacer con mí novia aunque a ella no le llamo mucho la atención así que decidí seguir haciéndolo solo. He pasado muchísimas experiencias, algunas dónde nadie me veía, otras dónde solo me veía la vendedora por un momento al pasarme alguna ropa y otras que son las que más recuerdo que fueron las mejores… se me había hecho costumbre ponerme un slip cuando iba a estos lugares, sentía que así se marcaba más mí pene y a la vez me sentía más expuesto y si alguien espiaba seguramente le llamaría más la atención verme así que en bóxer (aunque eso varía en gustos), me calentaba más que me vieran así…

    Primer caso: Un día fui a una tienda en un shopping donde atendía una mujer de unos 40 años, de buen cuerpo, flaca, alta, pelo bien negro y muy simpática, era de esas personas que te dan sugerencias y te ayudan a encontrar lo que buscas, le pedí un pantalón de jean y me metí al probador, adentro siempre lo mismo, me pongo en calzoncillos y me toco un poco para que se me ponga dura, luego disimuladamente abro un poco la cortina y me empiezo a probar el pantalón siempre jugando con el espejo y vigilando quien ande cerca para verme, ese día no había más gente, solo la vendedora, se acercó y me preguntó cómo me iba ese talle, me subí el pantalón y le dije que lo sentía chico (excusa que use siempre) ella se asomó abriendo la cortina y me miró como para darme una opinión, «uy si, es chico, ahora te muestro otro talle»… ok pensé, le gusta abrir la cortina.

    Me pasó otro pantalón y al ponérmelo era el talle pero tenía el ojal del botón cerrado y no podía abrocharlo, ella me volvió a preguntar y le dije que no podía probarlo bien porque no cerraba, se volvió asomar dentro del probador y vio que el ojal estaba cerrado, «ahora te lo arreglo» me dijo… busco una tijera mientras que yo me baje un poco el pantalón por arriba de las rodillas dejando a la vista mí paquete en ese slip azul, esperando que ella volviera y abriera las cortinas sin pedir permiso otra vez.. y así lo hizo, yo fingí sorprenderme y le dije «me lo saco?» -No no, no hace falta, se metió casi por completo al vestidor y se inclinó en frente mío a tratar de abrir el ojal con la tijera, por momentos me rosaba el calzoncillo con su mano, tenía su cara a unos 30 centímetros de mí pija que estaba queriendo escaparse de ese slip que no ocultaba casi nada, en menos de un minuto soluciono el problema y salió.

    Ese día compré el pantalón y me fui a casa a masturbarme como nunca, pensando en la flaca. Varios meses después, cuando consideré que ella ya no me recordaba, decidí volver a su tienda otra vez por un pantalón, está vez yo fui quien busco el pantalón con el defecto del ojal cerrado y me lo lleve junto con otro más al probador. Me probé uno y la llamé por otro talle, entonces nuevamente entro en confianza y me empezó a sugerir, me abría la cortina sin permiso para ver cómo me quedaban los pantalones, así unas 2 o 3 veces, cuando me pruebo el pantalón sin ojal y le digo que no podía abrocharlo, ella se va por la tijera y sabiendo que iba a volver a abrir sin permiso decidí bajarme los pantalones por las rodillas y el calzoncillo un poco más arriba, simulando que me lo había bajado sin querer junto con el pantalón, dejé mí pene erecto y mis huevos a la vista apenas unos centímetros, pero lo suficiente para que los vieran cualquiera que abra las cortinas.

    Y así fue ella abrió de golpe la cortina y sorpresa, se encontró con mí pija parada, rápidamente simule estar levantándome los calzones y tapándome, «ay perdón» dijo mientras cerraba la cortina, «avisame y te ayudo» ok. Me acomode la pija y le dije que podía pasar, me abrió el ojal del pantalón nuevamente delante de mí bulto y aproveché para comentarle «perdón, se me vio todo» fingiendo vergüenza, «no hay problema, perdoname vos por abrir sin preguntar»… de esa forma confirme que me la había visto ya que no lo negó, volví a casa a pajearme con la cuarentona y es hasta hoy que a veces la recuerdo. He vuelto al lugar varios meses después pero ya no trabaja ahí, y no volví a verla. Sin embargo en ese mismo centro comercial fui a varias tiendas.

    Segundo caso: otra que recuerdo muy bien fue con una vendedora joven, media rellenita, muy simpática de esas que también te buscan ayudar a elegir ropa, le pedí unas bermudas negras, no tenía y me fui al probador con unas color camel que en verdad no me gustaban, cuando se acercó a preguntar cómo me iba le dije que no me convencía el color y abrí la cortina para mostrarle, me quedaba muy justa y marcaba mí bulto, ella se sonrojo un poco y me dijo que me quedaba bien, si no, podía ofrecerme otros modelos en color azul, le dije que si y me quite las bermudas quedándome en slip rojo y remera blanca, me masturbe unos segundos para levantar el bulto y espere que me traiga las otras, me pare detrás de la cortina frente al espejo y cuando ella se acercó abrí la cortina como tapándome pero sabía que ella me veía por el espejo, en calzoncillos con el paquete bien marcado, se sonreía mientras me pasaba la ropa, cerré y me puse otra bermuda y esta vez hice algo que venía pensando hace rato que fue subir el cierre (cremallera) de la bermuda sobre mis calzoncillos de forma que estos se trabaron un poco y «no lo podía sacar sin ayuda»…

    Llame a la chica como con vergüenza y le digo: «no sabes lo que me pasó, se me trabo el calzoncillo con el cierre» se sorprendió y se puso colorada, a la vez se reía un poco, le pedí si tenía algo para destrabarlo y me pasó una tijera, me di cuenta que ella no iba a entrar a ayudarme así que solo podía hacer que mire desde afuera, fingí que no podía destrabarlo y le dije que iba a probar cortar la tela de mí calzoncillo, ella se quedó cerca y pude ver por el espejo que me estaba mirando a través de la cortina que tenía unos 10 centímetros abierta, entonces aproveche para bajarme los calzoncillos junto con la bermuda hasta casi las rodillas, para poder cortarlo sin lastimarme, mí pene quedo a la vista y de reojo podía ver a la chica mirando muy nerviosa, tardé unos 2 minutos en «destrabar» la cremallera y me subí lentamente los calzones dejándola mirarme la pija por última vez, vi que ella se alejó como fingiendo haber estado lejos en todo momento, me vestí y salí pidiéndole disculpas «perdón, me quiero morir, que vergüenza» ella se reía y me dijo que no había problema.

    Me pregunto si ella se acordará de ese día y de mi pija que estuvo mirando por 2 minutos. Obviamente en casa le dedique un par a la chica y no volví a encontrarla ya que renovaron toda la tienda.

    Tercer caso: el que recuerdo fue con una señora de unos 60 años, también de esas que te ayudan a elegir y te dan su opinión, cada vez que yo le preguntaba algo ella me abría la cortina para ver cómo me quedaba el pantalón de gimnasia que me estaba probando, entonces decidí dejarme los pantalones por la rodilla y dejar mí bulto con mí pene erecto en mí slip que marcaba todo a la vista, le pregunté algo sobre el talle del pantalón y ella volvió a abrir la cortina, dio un pequeño grito y cerro rápidamente, yo salí y le dije «ay que vergüenza me vio todo» -No te preocupes querido puedo ser tu abuela. Pero no lo sos pensaba yo volviendo a casa a pajearme pensando en la señora que me había visto el paquete.

    El cuarto caso (los enumero por si se les hace muy largo leer todo) una tienda de madre e hija, ambas peruanas (por su acento) la madre bien, la hija hermosa petisa culona con vestidos cortitos. Les pedí probarme un short, el vestidor era medio improvisado y daba hacía un depósito atrás, me quedé con la cortina entre abierta como siempre y en slip buscando a la chica por el espejo, ella estaba sentada y por momentos miraba hacia el espejo mientras yo fingía acomodarme el shorts y le mostraba mí bulto.

    Le pedí otro talle y la madre me pidió permiso para pasar a buscarlo al depósito, es decir que tenían que pasar por el probador para ir atrás, le pregunté si quería que salga y me dijo, «nono es un segundo nomás, yo no miro» ella entro mientras yo me quedé en calzones con la pija parada, fue atrás por otros shorts y cuando volvía note que me miró el bulto mientras me decía: «si mi hija tenía que venir se muere, por verte en calzoncillos» jajaja me reí un poco pensando que no sabe que la hija me está mirando por el espejo con ganas de comerme la pija. Me fui y meses después volví y estaba la chica sola, más hermosa que nunca, me probé shorts y le pedía opinión, me paraba de costado cuando ella me miraba para que me viera el bulto y me decía que me quedaba muy bien, luego me cambiaba el short casi sin cerrar la cortina mientras ella me traía otro, y se me quedaba viendo disimuladamente desde afuera, yo en slip con la pija re dura sabiendo que me estaba mirando. Volví hace un tiempo y no pude encontrarla más a la peruana, lástima.

    Quinto caso: En una tienda en buenos aires, atendía una chica asiática de unos 40 años y una jovencita que supongo era su hija, estimo que de unos 18 años. La chica estaba sentada junto a un mostrador enfrente a los vestidores, era perfecto, pedí probarme un pantalón y abrí unos 10 centímetros la cortina del lado que la chica me veía en el espejo, ella era tímida pero cada tanto miraba para adentro ayudándose con el espejo, por el otro lado de la cortina le pedí otro talle a la madre, ella se fue a buscarlo y yo me puse a acomodar mis calzoncillos bajándolos hasta las rodillas, dejé mí pene parado frente al espejo y me movía para llamar la atención de la jovencita, ella miro por un momento y note en su cara que me estaba viendo la pija, se puso un poco nerviosa y miraba hacia otro lado pero volvía para seguir mirándome, me acomode el calzoncillo y seguí probándome otro pantalón, salí del lugar mirando y sonriéndole a la chinita o coreana quien me sonrió también como en complicidad.

    En el medio han pasado decenas de casos pero todos parecidos y la verdad es que hasta muchos no los recuerdo, tal vez debería grabarlos algún día.

    Sexto caso: el último que recuerdo fue hace unos 3 meses, una tienda con varios probadores de cortina y una vendedora media gordita morocha. Volví a usar el truco del ojal cerrado buscando yo un pantalón que lo tenga así, yo tenía un bóxer negro de lycra muy fina, me lo subí por los lados dejándolo como un slip mientras me tocaba un poco para que se me ponga dura la pija y se note bien grande… llame a la vendedora para decirle que el ojal estaba cerrado y efectivamente ella hizo lo mismo que la mujer del primer caso, con una tijera se ofreció a ayudarme a abrirlo, me baje un poco el pantalón y ella se agachó delante mío a solucionar el problema, fingiendo pudor me tapó el bulto con una mano y le digo «ay se me ve todo» -No te preocupes, acá vienen siempre así y se sacan todo así nomás. Yo por momentos me tapaba y por momentos me sujetaba la remera con la mano izquierda y la cortina con la mano derecha, dejándola a ella de frente a mí pija que quería salirse y explotarle en su cara.

    Ella abrió el ojal y se fue, seguí probándome varios pantalones muy excitado y con ganas de más, las cortinas eran muy livianas y bastante justas para cubrir los lados, en ese momento entro una chica al vestidor de al lado y afuera se quedó una amiga de ella teniéndole alguna ropa, por su tonada eran bolivianas y jovencitas, no perdí la oportunidad y aprovechando que la vendedora estaba lejos, disimuladamente abrí un poco la cortina del lado de las chicas, seguí haciendo como si me probara pantalones mientras buscaba el ángulo para que la chica que estaba afuera me viera en calzones, por momentos sin querer empujaba la cortina con mí culo y esta se abría un poco más por abajo, note de reojo que la chica me miraba disimulando mientras seguía hablando con su amiga, entonces no perdí la oportunidad y me baje el bóxer por completo, me lo quite y fingí probarme otro short, la cortina seguía semiabierta y por el espejo veía que la chica se acomodaba para poder mirar mejor dentro de mí probador, con la pija bien parada me puse un poco de costado para que ella me la viera de perfil, me agachaba simulando ponerme pantalones y con mí culo empujaba más la cortina para que se abra y ella pudiera verme mejor, así estuve unos minutos y la chica seguía viéndome mientras hablaba con su amiga, ella salió del vestidor y se fueron, así que ya era hora de irme, me vestí y me fui sin comprar nada otra vez pero con la pija toda mojada por la calentura que me había dejado esa boliviana mirona.

    Obviamente en casa me masturbe como corresponde y archive ese recuerdo entre tantos otros.

    Lo voy a seguir haciendo, lo intente hacer en otros ámbitos que no sean solo probadores de ropa pero esos casos los voy a contar en otro relato más específico. Espero que les haya gustado y sobre todo que les haya generado morbo como a mí me lo genera cuando una desconocida me ve en ropa interior o desnudo.

    Hasta la próxima!

    Saludos!

    Darío

  • La vecina mulata

    La vecina mulata

    Había una nueva vecina en el bloque, una impresionante morena mulata de origen brasileño. Alta, con una enormes tetas operadas y un culo aún más impresionante redondo y duro. Unos muslos color chocolate que no se molestaba en ocultar sino que lucía orgullosa.

    Su carita oscura con los gruesos y sensuales labios la nariz fina que delataba algún ascendiente europeo, unos ojos negrísimos y oscuros como un pozo de carbón y una larguísima melena rizada.

    Los rumores sobre ella iban y venían por la escalera pero nadie sabia nada cierto y los que lo sabían tenían buen cuidado de callar y no decir nada. Había quien sospechaba que se dedicaba a la prostitución o al menos a algún tipo de exhibicionismo por Internet.

    Como de costumbre fue Sara la mas directa en el asunto, la que primero se dirigió a ella. Shaina empezó a hablarle y a tener amistad con ella. Pero si Sara había averiguado algo tampoco me lo dijo. Asi que durante unos días más me limité a seguir admirando a la vecinita.

    Cuando me cruzaba con ella la miraba en sus minifaldas y pantalones cortos. Veía los escotes de vertigo, no tanto por las prendas si no por el tamaño de lo que contenían. Y esa voz profunda acariciando el español con ese acento portugués de los trópicos.

    Hasta que un día al llegar del trabajo me las encuentro a las dos sentadas cómodamente en nuestro sofá charlando ante unas tazas de café.

    Sara estaba fantástica, como de costumbre, enfundada en unas mallas de lycra que marcan su contenida cadera y su rotundo culo respingón como si no llevara nada. Y una recortada blusa con escote barco que desnudaba sus hombros pecosos de pelirroja y me permitía ver su vientre desnudo.

    Podía apreciar perfectamente la dureza de sus pezones en sus pechos pequeños y duros como piedras e incluso la parte baja de sus senos. Tenía el rubio cabello suelto y su carita blanca y pecosa sin maquillar y los azules ojos pícaros mirándome con una sonrisa que decía: chúpate esa, te he ganado por la mano.

    Pero la invitada estaba espectacular. Llevaba un top de seda con la espalda completamente al aire y los senos generosos asomando por los costados. Y un mini short vaquero que desnudaba su vientre casi hasta la línea del vello del pubis si hubiera tenido pelo ahí y la mitad de sus fantásticas nalgas morenas duras y respingonas. Charlaban como viejas amigas.

    Sara me dijo:

    – Cariño, ponte cómodo y únete a nosotras.

    Según me libraba de mi ropa de calle no podía alejar de mi mente la imagen de las dos allí sentadas. Volví pronto a terminar mi café y no perderme nada del bello espectáculo que tenía en mi sofá. Detrás de mí vino Sara a «ponerse algo mas cómodo» mientras yo entretenía a la invitada charlando de banalidades.

    Sara volvió con un pantalón de raso, muy cortito, fino y ajustado de pijama y la camiseta de tirantes a juego, muy fina y a decir verdad escasa. Sus duros pezones marcados en el fino algodón. Sus maravillosas tetitas que me encanta acariciar y chupar no necesitan la ayuda de ningún sujetador. Así que se dibujaban perfectamente en la camiseta.

    Era curioso como Shaina y Sara iban vestidas muy parecidas, aunque en una el pantalón era de tela fina y la otra llevaba su pantalón corto, un mini short vaquero. Algo mínimo aunque sentada como estaba echada hacia adelante en el sofá apenas se veía. Y un top o camiseta de tirantes con la espalda al aire tan fina como la de Sara pero apenas podía contener sus enormes pechos.

    Me limité a ponerme un pantalón de deporte corto. y cómodo y salir con ellas. sin ponerme camiseta.

    Me habían dejado preparada una taza de café y me senté en el sillón frente a ellas para poder contemplar a gusto tan bello espectáculo. Hablaban de ellas mismas alagándose la una a la otra. Yo sabia que me había perdido algo, y no pensaba averiguar en ese momento el qué, ya lo descubriría.

    Aprovechando que Shaina comentó que estaba tensa del trabajo, Sara se puso tras la invitada en el sofá y comenzó a masajearle los hombros.

    – Relájate, estás en tu casa.

    Aunque ella parecía muy muy relajada. Y por la cara que ponía parecía que le estaba gustando. Vi como mi chica se le echaba encima literalmente poniéndole sus tetitas en el cuello. Pasándole las manos por delante haciéndose con los pechos de la mulata. Primero por encima de su camiseta pero como no protestaba las metió por debajo de la tela, retorciendo los pezones oscuros con suavidad.

    Ahora se inclinó y besó el oscuro cuello llevando la punta de su lengua hasta la oreja de la invitada. A la vez que sus manos se deslizaban despacito hasta la cintura donde agarró la camiseta y tiró de ella despacio pero firme. Shaina levantó los brazos para dejarla hacer. Por fin pude ver sus tetazas desnudas, sus pezones oscuros casi negros pero pequeños y muy marcados.

    Sara me hizo un gesto para que me quedara quieto. Abrió las piernas y las pasó a cada lado de su amiga dejándola entre sus muslos. Casi a la vez tiraba de su propia camiseta dejándola olvidada a su lado. Clavándole sus pechitos firmes en la espalda a la vez que seguía jugando y acariciando los grandes y morenos de Shaina.

    Sonriéndome por encima de su hombro, provocativa, parecía que me estaba ofreciendo ese par de melones. Los sujetaba poniendo sus manos por debajo. Ahora si que me hizo un gesto con el dedo para que me aproximara.

    Así que me acerqué a ellas y me arrodillé entre los muslos abiertos de Shaina busqué sus labios con los míos que se abrieron de inmediato para ofrecerme su lengua. También sentí sus manos en mi piel, de hecho las manos de las dos sobre mi cuerpo. Las de mi esposa tirando de mi cuerpo para que me pegara a ellas. Separando un segundo el beso les dije:

    – ¿Y si vamos a la cama?, allí estaremos mas cómodos.

    Me incorporé y cogiendo sus manos las levanté del sofá. Cogiéndolas de la cintura las abracé y las atraje hacia mi cuerpo. Besándolas con lengua a las dos a la vez. Un beso a tres lenguas cada vez mas lascivo en el que la saliva resbalaba hasta nuestros pechos.

    Menos mal que ya ninguno tenía la camiseta puesta. Al fin tuvo que ser Sara la que nos arrastró a la cama, antes de que empezáramos a follar en medio del salón.

    Sentadas en el colchón las dos tiraron de mis pantalones dejando mi tieso rabo así alcance de sus ávidas boquitas. Shaina era una experta tragasables y se metió buena parte de ella en la boca mientras Sara se comía mis depilados huevos.

    Incluso como sabía lo que me gustaba se arrodilló detrás de mí para abrir mis nalgas con sus manitas y lamer mi culo. Mientras mi mujercita me hacía uno de sus besos negros de antología la invitada se tragaba mi polla hasta la empuñadura, algo que Sara no podía hacer.

    No le dedicaron mucho rato, no era plan que me corriera en sus caras aunque con este tratamiento no hubiera estado mal. Se pusieron de pie junto a mí y por fin pude poner las manos sobre la rotundidad de sus culos aún tapados.

    Sara se liberó enseguida de la ligera prenda que cubría sus caderas. Mientras yo besaba profundamente a la brasileña mi mujercita se arrodilló a nuestros pies y comenzó a sacarle sus micro vaqueros.

    Debajo aún le quedaba un tanga que ya no cumplía con su función. Por un lateral de la prenda se deslizaba una polla dura larga y fina que saltó a los labios de mi chica cambiando el estrecho encierro de los shorts por el de su boca golosa.

    Ese era uno de los secretos que escondía nuestra bella vecina, que antes había sido un bello chico. El otro ya era evidente conociendo sus horarios, se dedicaba a la prostitución. Toda una experta en cuestiones de sexo, y además muy entregada y lujuriosa.

    Yo todavía no me había dado cuenta con las manos ocupadas en la enormidad de sus tetas hasta que Sara juguetona cruzó las dos pollas para metérselas juntas en la boquita, por lo menos los dos glandes, no le cabía mucho más. En ese momento pude mirar hacia abajo y ver el calibre que se gastaba la brasileña. No es que quedara muy sorprendido, la verdad, algo sospechaba.

    – ¡Bonita polla! y parece muy dura.

    – Gracias, la tuya también está muy bien

    Una mano pasó al culo de la invitada y uno de mis dedos ensalivado por ella se perdió en el interior de su ano. Sara estaba deseando ver como me follaba ese gran culo y quería que la mulata me follara a mí y a ella. Teníamos toda la tarde y parte de la noche, Shaina descansaba ese día. Sara le dijo:

    – Quiero que me folles, nena.

    Se recostó en la cama llamando a Shaina al interior de sus muslos bien abiertos. Cuando la brasileña acercó su pubis a mi mujer esta agarró su rabo con una mano y lo condujo al interior de su coñito dejándome a mí su culo bien en pompa. Apoyada en el borde de nuestra cama e inclinada sobre mi mujer era la postura perfecta para que me lo comiera.

    – ¡Qué culo más bonito!

    Empecé besando las duras nalgas morenas mientras se movían con suavidad follando a mi mujer. Las abrí con las manos para poder deslizar la lengua por toda la raja descubriendo su cerradito ano.

    Lo humedecí removiendo la punta de la lengua incluso dejando que se abriera a mi toque. Gemía sintiendo su polla en el xoxito de Sara y mi lengua en su culo. Le dediqué un buen rato no porque ella no estuviera bien receptiva y abierta sino porque me gustaba.

    – ¡Que bien lo comes! No me lo esperaba de ti.

    Busqué el lubricante a toda prisa y se la clavé despacio en el culo que abrí buscando el ano. Sujetando con las manos las musculosas nalgas. El agujerito se abría a la presión de mi glande bien lubricado. Como ella estaba apoyada precariamente sobre mi chica era yo quien marcaba el ritmo de la follada de los tres, agarrando fuerte su cadera.

    – Y aún lo follas mejor.

    Cada vez que yo empujaba ella se clavaba en Sara y cuando yo me separaba tiraba de ella. Las dos se besaban con ardor dándose lengua, saliva y pasión.

    Mi difícil postura al borde de la cama de pie hizo que no me corriera pronto. Pero si sentía como Sara lo hacia con nuestras atenciones. Shaina aguantaba dura, supongo que por las hormonas y la costumbre en su trabajo, pero cuando yo descargué en su culo se corrió.

    Juntos nos inclinamos sobre el coño bien abierto para lamerlo y saborear la lefa que salía de allí cruzando nuestras lenguas sobre los labios de su vulva. Me encantaba que fuera tan guarra y lujuriosa como nosotros. Podía además acariciar su cuerpo arrodillado a mi lado muy pegada a mí. Sara se corrió una o dos veces más con ese tratamiento.

    Sonriendo nos pusimos más cómodos para descansar un poco mientras nuestras dos pollas se recuperaban. Dejamos a la invitada en medio para poder acariciarla y descubrir cada centímetro del bello cuerpo de la transexual.

    De vez en cuando nos inclinábamos para besar y lamer sus pechos, sus pezones, o besarla en el cuello. Como teníamos apoyadas las cabezas en sus axilas también lamer sus sobacos. Giraba la cabeza entre uno y otro para chupar nuestras lenguas.

    – Date la vuelta, Shaina, quiero probar tu culo. Ya has visto como se lo hago a Juan.

    Al rato se giró boca abajo para que pudiéramos dedicar nuestras atenciones a la parte en que la espalda puede su casto nombre. Le cedí el sitio a Sara porque yo ya lo había probado antes de follarla.

    Ver a mi mujercita comerle el culo a la invitada sabiendo lo bien que lo hacía cuando era yo el que recibía esas atenciones me volvía a poner en condiciones. Sara pasaba la lengua por toda la raja de la morenaza clavándose en el ano. Pasaba una mano bajo su cuerpo acariciando los huevos casi negros y la polla tan oscura que ya estaba dura.

    Entre tanto yo me besaba con Shaina cambiando saliva de boca a boca y era ella la que acariciaba mi polla cada vez mas dura. Sara tenía claro lo que quería ver y yo como buen esposo soy incapaz de negarle nada. Volvió a poner a la mulata panza arriba y me dijo:

    – Ahora te toca a ti, cariño.

    Ella misma recuperó el tubo de lubricante de entre las sábanas revueltas y lo puso en mi ano con dos de sus deditos preparándolo y en el rabo de Shaina.

    – ¿La vas a cabalgar?

    – Pues claro.

    – Vaya par de viciosos estáis hechos.

    Me subí sobre la cadera de la mulata y me fui clavando su polla despacio, notando como entraba dentro de mí. Está claro que no era mi primer rabo o no me hubiera entrado algo de ese calibre. Incluso Sara me folla de vez en cuando con alguno de sus juguetes.

    Bueno, ya estaba sentado en su pubis con la polla clavada hasta sus huevos. Sara se sentó enfrente de mí sobre la cara de Shaina que no desaprovechó la oportunidad de comerse ese culito y coñito.

    A la vez Sara y yo nos besábamos con lascivia y mucha, mucha saliva. Tanta que resbalaba hasta el vientre moreno de Shaina. Yo me agarraba a los pechos de mi chica como si fueran mi salvavidas mientras mi polla dura como una roca apuntaba hacia el vientre de mi mujer.

    Diría que los tres gemíamos y suspirabamos pero a la mulata no se le oia nada con la lengua muy ocupada en los orificios de Sara. Con sus manos sujetando con fuerza sus nalgas para separarlas. Mi chica me acariciaba de vez en cuando la polla pero sin la intención de hacerme correr.

    Quería reservarme para follarla a ella. Yo no paré hasta que sentí mi culo lleno de semen y aún así seguí un rato más hasta que el tronco que tenía dentro perdió su dureza. Sara que se había adjudicado el papel de maestra de ceremonias nos volvió a pedir un cambio.

    – Quiero cabalgarte yo.

    Me tumbó boca arriba cerca del borde de la cama con las piernas colgando. Fue ella la que se subió sobre mí mirando hacia mis pies y clavándose mi polla en el culo despacio y sin prisa. Shaina sin que hiciera falta decirle nada supo lo que mi mujer pretendía.

    Se arrodilló entre mis piernas para seguir usando su experta lengua con nosotros. Pronto la noté en mis huevos chupándolos como caramelos o subía hacia el expuesto coño de Sara que bien abierta de piernas se lo ofrecía. Sabía lo flexible que Sara podía llegar a ser, pero esa postura solo la había visto en películas porno. A mí no me costaba nada sostener su peso sobre mí.

    Todo tiene su final y con la excitación que yo estaba recibiendo llegué al orgasmo. Mi semen rezumaba del ano de Sara y Shaina no desaprovechó la oportunidad lamiéndolo sin dejarla bajar de encima de mí. Yo había pedido la cuenta de los orgasmos de mi mujer aunque tenía más claros los de la mulata y los míos.

    Aprovechamos para hacer una pausa y cenar para recuperar fuerzas. Por supuesto que la invitamos a quedarse a dormir y no ha sido la única noche que pasó con nosotros hasta que su exigente trabajo la hizo cambiar de ciudad.

    Alguna excursión hemos hecho a verla y a pasar la noche con ella en algún hotel. Incluso la hemos visto hacer un striptease en un club rodeados de otras parejas y de hombres en busca de compañía pagando.

  • Ese hombre me hace salvaje

    Ese hombre me hace salvaje

    La conversación fluye rápido; me gusta lo que platica; sin embargo, mi mente se encuentra en otro lado.

    Tenemos el noviazgo perfecto, el visto bueno de nuestros padres y tiempo para estar solos; como puedo poner en riesgo esta relación.

    Él me cuenta de lo difícil de su examen de historia, lo veo a los ojos, tratando de seguir el hilo de la plática; el vapor que emana el café, trae a mi cabeza los momentos vividos hace unas horas, en ese departamento prestado, llegando a escondidas; sexo furtivo que es el más excitante.

    Él me acaricia la mejilla, yo sonrío haciéndole creer que escuche toda su historia; tomo un sorbo de café, enjuago mi boca disimuladamente, intentando una vez más eliminar el sabor fuerte de aquel falo que me invadió hasta la garganta, salivando a mares, saboreando el líquido dulzón que emana de la punta; metiéndomelo y sacándomelo de la boca a voluntad, acariciando sus testículos, hinchados, listos para vaciarse.

    Mi ensoñación me impide ver la llegada del mesero. El me pregunta si quiero algún postre; contesto afirmativamente y el pide por los dos. Él toma mi mano y me dice lo mucho que me ama y cuan contento está con nuestra relación; siento un piquete en el pezón derecho, recordándome que me lo mordía y chupaba hasta hacerme doler, un dolor exquisito que me hacía seguir humedeciendo mi vagina cada vez más.

    Mientras esperamos el postre me muestra unas fotos en su teléfono, una fiesta familiar, gente sonriendo y brindando; veo sin ver; sólo recuerdo la lengua de ese hombre lamiendo mis labios vaginales, recolectando mis jugos y comiéndolos con fruición, invadiendo mi intimidad, chupando con sus labios mi clítoris como si fuera un pezón, provocando que cierre mis piernas y aprisione su cabeza, llevándome al punto del clímax, no deja escapar nada de mi jugo, lo bebe todo, me dice que le gusta mi sabor, mi cabeza de vueltas, me excita que me diga eso, siento como sale aún más jugo, el chupa y me lleva al orgasmo, agarro su cabeza y la pego a mi sexo, muevo mis caderas, restregándome a su boca y acabando en un orgasmo cómo pocas veces he sentido.

    Ponen el postre en la mesa, mi mente regresa, él me mira a los ojos y rehúyo su mirada; cierro mis piernas con fuerza, me empiezo a mojar otra vez.

    Él me habla de lo difícil que es balancear su trabajo con la escuela y cuan cansado se siente; yo lo veo tratando de poner atención; sin embargo, recuerdo el momento en que ese hombre se subió sobre mí, mientras seguía yo temblando por el orgasmo, puso su falo en la entrada de mí y acariciaba mis labios con la punta, empapándose de mis jugos que aún salía. Empujó lentamente haciéndome sentir cada centímetro que entraba, prolongando el orgasmo mucho más, enterré mis uñas en su espalda al sentirlo todo dentro de mí; comenzó su bombeo mientras me chupaba mi cuello y mis pechos; el bombeo era lento, disfrutaba el abrazo de mi vagina en su verga; me decía que apretaba; bufaba, gemía en mi oído, elevándome una vez más a otro orgasmo.

    Con mi novio, siempre usamos condón; yo no quiero correr riesgos; con este hombre, no me importó, estaba yo muy caliente, quería sentirlo todo.

    El postre no me sabía a nada; no entendía de lo que me decía; la gente a mi alrededor desapareció; me concentré en recordar el poder ver como entraba y salía de mí, sus manos recorriendo cada parte de mi cuerpo, sus dedos enterrándose en mis nalgas; abriéndome completa a un acto sexual prohibido. Me dijo que estaba por terminar, lo tomé de la nalgas y le impedí salirse, mi cabeza daba vueltas, bufó; nunca me había percatado de cómo la verga palpitaba mientras inyectaba su semilla, ahora lo sentía y me volví a venir.

    Me levanté y fui al baño. Me encerré en un cubículo. Mi panty chorreaba su semen y aún más jugo mío. Me masturbe; necesitaba terminar otra vez; el solo recuerdo, me hizo alcanzar el orgasmo.

    Regresé con mi novio, lo quiero; no quiero perderlo; pero, ese hombre logra hacerme sentir salvaje…

  • Plomero moreno y gordo

    Plomero moreno y gordo

    Hola para los que no me conocen soy Fernando actualmente soy estudiante y trabajo medio tiempo, para que se den una idea de mi mido 1.75 cm, peso como 85 k, soy gordito y no soy muy masculino y cada vez me está gustando más ser femenino.

    Últimamente he estado muy caliente y esto paso en un día tranquilo, no había problemas en mi casa hasta que de repente hubo una fuga en el fregadero de la cocina comenzó a salir agua de la nada, entonces como no se de tuberías tuve que buscar a alguien que haga este tipo de trabajo, le pregunté a una vecina y me recomendó mucho a un señor grande un poco pasado de los 60 años pero me dijo que hacia buenos trabajos.

    Por las prisas no tuve otra opción que llamarle y pedirle que viniera, nunca lo había visto por lo que no sabía que esperar, cuando llego a mi puerta vi a un señor que podría considerarse feo para la mayoría pero a mi me gustó mucho, es gordo, bastante moreno, sin cabello, con barba grande y algo descuidada.

    Me calentó al verlo pero para que no se diera cuenta lo invité a pasar y le ofrecí una bebida, a lo que me comentó que con una coca estaría bien, para tener una edad avanzada se agachó con facilidad revisando el fregadero, como su ropa era holgada al momento de agacharse se podía ver su físico con mayor detalle, no estaba nada mal para mi, su panza y curvas hacían resaltar su verga de manera hipnótica.

    Como no soy bueno iniciando una conversación estuvimos hablando de deportes, trabajo, comida, hasta que me quede sin tema y subí el volumen de la televisión, estaban pasando noticias pensé que era lo mejor para no calentarme, después de un rato y antes que de terminará pasaron el clima con una chica con escote muy pronunciado.

    El plomero de ver de reojo a la chica, se le paro sin pensarlo, creo que no se había dado cuenta que lo veía y su enorme verga salió a flote, se le remarcaba en su pantalón a tal grado que disimuladamente lo movió, de repente me dijo algo inesperado

    Plomero: la chica esta muy guapa pero que prefería de otro tipo

    Yo: Sin pensarlo le pregunté, ¿Cual es su tipo?

    Plomero: Las prefiero grandes

    Yo: Me reí y le comente que también me gustaban grandes

    Después de ese comentario había terminado de arreglar la fuga, terminó todo sudado, al final tomó su coca y se veía muy guapo con su barba mojada en coca. Le pagué y le comenté que tenía más trabajos para el, a lo que respondió amablemente que regresaría cuando se lo pidiera.

    Pasaron los días y no podía quitarme la imagen de su verga en su pantalón, me ganaron las ganas y lo llame para que arreglara una fuga en el baño, me comentó que tenía problemas para ir en la tarde y lo convencí que viniera temprano que es cuando hay menos gente, acepto de buena manera.

    Al día siguiente tocó la puerta y traía puesto una playera muy pegada a su cuerpo y unos pans holgados, como mi baño es chico tuve que meterme con el y estábamos un poco apretados pero logramos entrar.

    En lo que revisaba me comentaba que tenía problemas con su familia porque es pensionado y su esposa también trabaja, pensé que por lo tanto hace tiempo que no lo ha hecho con ella, nuevamente se agachó para ver la caja del baño, me acerque lentamente hacia el y le comenté que me atraía bastante, sin decirme más dijo que lo sabía y me abrazó poniendo encima de él, solo recordar como agarró mi culo me encantó.

    Inmediatamente me quiso quitar la playera, diciéndome que le fascinaron mis pechos desde que me vio, le dije que fuéramos al cuarto pero estábamos tan calientes que lo hicimos en el baño, me estimulo mis pezones primero con sus manos y después con su boca aunque su barba picaba un poco se sentía súper rico, jeje parecía niño queriendo tomar leche.

    Por el poco espacio y su edad avanzada no hicimos mucho aunque me encantó. Me voltee para hacer un 69, su verga ya estaba muy mojada y confirme lo que vi, su verga es muy gorda además de venosa, me la trague completa hasta que se corrió en mi boca, aunque después de esa descarga sus huevos parecían llenos todavía, después me puso de perrito y me encantó sentir esa verga en mi culo, hasta su panza cobre mi espalda me provocaba que me calentara más, me encantó que mientras me cogia me agarraba la verga y decía que sabía muy dulce.

    La última posición en la que me puso fue de piernas abiertas frente a él, me la metió con toda sus fuerza a tal grado que no pare de gemir hasta el final, al darse cuenta se acercó y me besó hasta que ambos nos corrimos a la par.

    Después de coger me agradeció con unos besos, también arreglo el baño y me propuso presentarme a un amigo suyo, el siguiente relato es el más caliente que he vivido hasta el momento.

  • Una noche de hotel

    Una noche de hotel

    La vida de Leia había estado un tanto revuelta en los últimos meses. Finalmente, consiguió romper las ataduras que le impedían ser libre, ser ella misma. El recuerdo de las fantasías del verano empezaba a desvanecerse, lo único que sentía con más ganas que nunca era su deseo sexual.

    Desde sus últimas fantasías, Leia no había encontrado la «inspiración», pero estaba dispuesta a darle un giro a su vida. Necesitaba romper su rutina, empezar algo nuevo y terminar de quitarse los prejuicios.

    Afortunadamente, el destino tenía otra buena noticia para ella. Justo esa semana que cambió su vida, tenía reservada su escapada personal. Su retiro, su desconexión, su paréntesis en su vida que acababa de poner patas arriba.

    Volvía a tener dos noches para ella sola, para disfrutar/descansar como ella quisiese. Y con la mente puesta en una nueva fantasía.

    Cuándo llegó a su retiro, lo primero que hizo fue llenar la bañera, quitarse la ropa, abrir la botella de vino y sumergirse. Dejó que la calentura del agua la llenara y empezó con el jabón y la espuma a acariciar todas las partes de su cuerpo, haciendo especial hincapié en sus pezones, y en su zona íntima. Se paraba y acariciaba su clítoris, con movimientos suaves, circulares, luego volvía y subía a sus pezones, para volver a bajar y terminar introduciendo un dedo en su coño mientras con los demás se acariciaba el clítoris y con la otra manos se tocaba los pechos. Así, una y otra vez hasta que consiguió su primer orgasmo de la tarde.

    Pero, en el fondo, no le llenaba.

    Más tarde, al salir de la bañera, se dio un masaje por todo su cuerpo con crema hidratante, (nunca se sabe quién puede tocarte y la piel debe estar suave) después se puso uno de sus picardías, se había traído todos los que tenía, no sabía cuál escoger o, si se presentaba la oportunidad cuál escogería su fantasía.

    Poco a poco se fue bebiendo la botella de vino, y probando ciertos «juguetes» nuevos, en busca de experiencias nuevas. Probó un pintalabios, no uno cualquiera, uno que le hacía «vibrar» la boca, y funciona. Lástima que no tenía con quién (de momento) probar el efecto que producía. Luego probó un gel vibrador, se puso una gota en la zona del clítoris y empezó a masajear la zona, primero con sus dedos, y cuándo empezó a notar el efecto, cogió su vibrador. Mientras con una mano seguía acariciando el clítoris, con la otra jugaba con el vibrador, con forma de polla. Disfrutaba chupándolo con su boca, con su lengua, imaginándose que era una real, hasta que, no podía más, e introdujo en vibrador en su coño. El pene de juguete tenía una parte para la doble estimulación, se lo introdujo e hizo coincidir la otra parte con su clítoris, apretó el botón y lo puso a vibrar, con sus manos seguía tocándose los pechos, con sus dedos mojados de sus jugos, se los pasa por los pezones para ponerlos bien duros, hasta que consiguió llegar a otro orgasmo.

    Pero en el fondo, no era lo mismo.

    Así paso la primera tarde, y la primera noche, pero no conseguía estar completa, ya que le faltaba su fantasía.

    Al despertar la mañana siguiente, frente al mar, hacía un día soleado, perfecto para tumbarse un rato al sol, a pesar de que era marzo. Y como estaba en la terraza de su habitación se puso a tomar el sol sin ropa, eso hacía que se excitase y volviese a las andadas.

    Pero no era lo mismo, por más que se masturbase y llegase al orgasmo, algo le faltaba.

    Hasta que llegó él. Ella había hablado en alguna ocasión de dónde iba a estar y de su situación, y había insinuado su «desesperación» por la necesidad de ser «empotrada» como lo fue en su anterior fantasía. Pero no creía que fuera posible, y el vino le hacía dudar si estaba otra vez en la fantasía o en la realidad.

    Tocaron a la puerta, sin ella esperar a nadie. Se puso el albornoz, ya que llevaba el picardías negro con bordados azul, abrochado en su pecho, y abierto hacia la barriga. Y el tanga a juego. No era plan de que cualquiera la viera así.

    Cuando abrió la puerta y lo vio, no se lo creía, ella no había dicho su número de habitación pero él se las había ingeniado en conocerlo. Ella no conseguía que saliesen palabras de su boca. Él dijo «hola» y entró cerrando la puerta sin apartar la mirada de ella. Era tarde noche, él reconoció que le hubiera gustado llegar antes pero que le había sido imposible, pero no podía dejar pasar una noche más, sabiendo dónde estaba y sus ganas ardientes de ser «embestida» y ser empotrada hasta acabar exhausta.

    Ella seguía sin poder articular palabra, pero no hizo falta, el lazo del albornoz se soltó y dejó entrever lo que llevaba puesto. Señal suficiente para él, se acercó lentamente, y le terminó de quitar el albornoz, para después agarrarla de la cintura y pegarla a él, con la otra mano sujetando su cara y comenzando a besarla con pasión. Mientras la mano de la cintura fue bajando hacia su culo acariciándolo, primero lentamente, y luego con más firmeza.

    Ninguno hablaba, todo lo decían sus miradas. Antes de que él pudiera reaccionar, Leia estaba quitándole la ropa, acariciando su cuerpo entero, y agarrando su miembro que ya empezaba a abulta a través del pantalón. Pantalón que en un abrir y cerrar de ojos se había quitado. Leia que estaba ávida por disfrutar de ese momento, le quitó sus calzoncillos, lo tumbó sobre la cama, y se fue directo hacia su miembro que por fin estaba libre. Comenzó a masajearlo, lentamente con sus manos, y con su lengua. Poco aguantó y se lo metió en la boca, saboreándolo, como había estado ensañando con su vibrador, pero este era de verdad. Esto sí era de verdad (o su cabeza le engañaba y estaba soñando?). Empezó con movimientos arriba y abajo, ayudándose de las manos, de la lengua, chupando también sus testículos y viendo con él se estremecía de placer. De vez en cuando él le sujetaba la cabeza para hacerle ver los movimiento que él quería y ella se dejaba. El intentaba llegar a sus pechos, a su culo, pero ella no le dejaba.

    Hasta que él se «cansó». La agarró, la levantó y la tiró a la cama. Ella luchó, para no ser quitada de dónde estaba pero él, tenía más fuerza que ella y eso la excitaba más. Él empezó por sus labios, por su cuello, hasta bajar a sus pechos, ahí se paró y se deleitó con sus pezones, y su lengua, poniéndolos firmes, ayudado con una mano. La otra mano fue derecho hacia su coño, especialmente hacia su clítoris y empezó a frotarlo.

    Sabía de los juguetes nuevo que tenía Leia y los usó, se puso el labial vibrador y puso el vibrado líquido en el clítoris. Eso hizo que Leia se retorciera de placer. Primero con su boca en los pezones mientras que con las manos jugaba con su coño. Pero luego bajó, y su fue sustituyendo sus dedos por su lengua, lamiendo, chupando, mordiendo toda esa zona, y con las manos seguía sujetando a Leia que quería seguir guerreando. Pero Leia no pudo más que dejarse llevar y él lo sabía, sabía que ella iba a tener un primer orgasmo, y se ayudó introduciendo dos de sus dedos en su coño. Mientras su lengua seguía lamiendo su clítoris, sus dedos no paraban de moverse. Y por fin, Leia tuvo su orgasmo. Y este sí, este fue distinto a los anteriores.

    Ella no quería terminar ahí, quería más, y quería repetir y hacerle a él sentir que el viaje hasta donde estaba ella había merecido la pena.

    Hizo que él se tumbara boca arriba, y ella se puso sobre él. Cuando fue a coger su miembro e introducirlo en su coño, él la agarró, la paró. Ahora le tocaba a él darle a ella lo que quería de la manera que él quería. La tumbó boca abajo e hizo que se pusiera a 4 patas. Entonces él le introdujo su polla hasta el final, despacio, y luego más y más. Y más rápido.

    Él se iba a aprovechar de la situación, sabía que ella estaba dispuesta a probar muchas cosas nuevas, y de hecho así lo vio en la habitación, aparte de los juegos nuevo que ya habían probado vio un lubricante, y ella estaba puesta en la postura adecuada. Mientras la embestía una y otra vez, empezó a masajear la zona trasera con el lubricante. E introducir sus dedos. Ella no dijo nada. Estaba disfrutando, dejándose llevar. Tanto así que ella consiguió su segundo orgasmo. Momento que él aprovecho para penetrarla por detrás. Primero lentamente, y despacio, pero cuando vio que no tenía resistencia empezó q darle más fuerte, a pasar sus manos por sus pezones y seguir acariciando su clítoris. Hasta que él consiguió llegar al orgasmo.

    Ambos cayeron rendidos a la cama. Ella satisfecha, por fin? O seguía queriendo más…

  • La princesa y el soldado

    La princesa y el soldado

    Este relato trata de la princesa Aurora con un soldado que es su novio Bastián.

    El relato es erótico como todos los que se publican aquí pero también tiene un poco de fantasía, espero que les guste.

    La bella princesa Aurora dormía como un angelito en su gran cama, pero alguien abrió la puerta de su dormitorio y ella se despertó.

    Entorno los ojos y pudo distinguir la silueta de su novio Bastián que era el mejor soldado de su padre.

    Bastián se acercó a la cama de ella y un haz de luz de luna que se filtró por la ventana lo ilumino poniendo en evidencia los cambios: la palidez de la tez, la belleza más refinada como más viva y perfecta, el color de sus ojos verdes era más brillante eran antinaturales.

    -Mi amada- le dijo el mientras le daba un beso

    -Aún me reconoces

    -Pero ahora me he convertido en otro ser y te quiero convertir a ti también

    -Hazlo, quiero vivir contigo durante toda la eternidad

    -Pero antes quiero hacerte el amor de la manera más deliciosa- así puso fin al diálogo mientras besaba con desenfreno a su novia y con ambas manos le acariciaba los pechos por encima de la ropa interior.

    Ella gimió suavemente mientras le acariciaba el cabello a su enamorado y le devolvía los besos con más desenfreno.

    Mediante los besos y caricias se fueron desnudando los dos.

    Él le estimulo los senos acariciándolos con ambas manos, y lambiéndolos rápidamente como si quisiera llenarse de esas tetas ya que esos pechos a Bastián lo volvían loco de deseo, hasta le dio besos en los pezones, disfruto de ellos veinte minutos sin soltarlos en ningún momento y haciendo gemir mucho a la princesa.

    Luego le acaricio por unos segundos la suave piel de su abdomen y fue bajando hasta encontrar su perfecta vagina rosada.

    Bastián se quedó viendo fijamente la vagina de la chica, pues, era una belleza de concha, completamente depilada y rosada, acerco su nariz a ella y la olio, descubrió que ese olor era embriagador, se la acaricio y comprobó que tenía mucha suavidad en esa zona.

    ¿Como puede existir una conchita tan perfecta? Pensó el

    No se hizo esperar más y metió sus tres dedos una vez que sintió la humedad de ella, lo hizo muy profundo y los dejo introducido en la concha mientras le hacía movimientos pero sin quitarlos.

    A ella sus dedos le parecieron más fuertes y más gruesos que nunca y eso le encanto.

    Cuando saco sus dedos estaban super mojados de los jugos vaginales de Aurora, entonces Bastián se los llevó a su boca y se los chupo saboreando la eyaculación, luego los saco de sus labios y se los metió en la boca a Aurora.

    Esto a ella la volvió loca porque tenían un gusto perfecto, era el sabor más hermoso, pues, era su eyaculación con la saliva de Bastián.

    Ya no podían alargar más el momento, pues, estaban locos de placer y ella ya se quería unir a su novio.

    Finalmente abrió las piernas lo más que pudo y ahora estaba enseñando su coño mojado y perfectamente estimulado, agarro la pija de Bastián que era muy gruesa y se la metió ella sola con solo un movimiento.

    El la tomo fuertemente de los muslos y ella empezó a moverse para acompañar a su amado con las embestidas, pues, quería tener un poco de movimiento ella misma por que le encantaba sentir esa maravillosa pija dentro de ella.

    Por la intensidad de los movimientos de ambos la cama se movía de un lado a otro, ya que la pareja estaba hecha un fuego disfrutando de un sexo salvaje y los gemidos sonaban por todo el palacio.

    Luego él se puso detrás de Aurora y la penetro con una sola embestida por el trasero, la tomo de las caderas y el sexo se hizo más salvaje aun, porque mientras la embestía con fuerza y rapidez le daba numerosas nalgadas cada vez más fuertes.

    Cuando el trasero de la chica se puso bien colorado el dejo de penetrarla y eyaculo adentro llenándola de semen.

    -¿Estas lista para convertirte?- le pregunto.

    -Si, por favor- se apartó el cabello de su cuello para dejarlo bien a la vista de Bastián.

    El poso sus labios sobre su cuello para morderla y convertir a Aurora en vampira.

    Cuando todo termino ya la princesa no era la misma, se había convertido y era más feliz que nunca.

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  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (3)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (3)

    3. Un regreso y mil recuerdos. 

    4:15 am. Es la hora en que observo la pantalla de mi teléfono móvil. No he podido dormir bien, esporádicamente lo he logrado solo por ratos. Y no es por cansancio físico, ya que mil kilómetros y ciento cinco minutos de un apacible vuelo al atardecer, son una nimiedad frente a los casi siete meses de no saber nada de él. O quizás si, tras haber acumulado tantas horas de insomnio después de su marcha, el abandono de nuestro mundo en común, y por el peso de mi culpa que no me permite cerrar los ojos; esa angustia existencial que se va resbalando desde mis parpados cada vez que los cierro, sin aferrarse tan siquiera un poco en la depresión de mis ojeras, para por fin asentarse con plomiza comodidad sobre mis hombros, haciéndome sentir mala persona y tan dolorosa mi existencia.

    De pronto la culpa sea de esta ajena habitación, ni tan cálida ni muy fría. O su enorme cama para dos, siendo yo su única inquilina. Puede que sea también la dureza media del colchón, al cual no se amoldan bien mis caderas ni la espalda. Me siento al borde hacía mi izquierda, en un acto reflejo instintivo, como si mi marido estuviera ocupando su espacio a mi diestra. Ocho huellas dactilares repujan la piel en mi frente de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, mientras dos pulgares los soportan ejerciendo un poco de presión por debajo de mis pómulos, entre tanto analizo que la verdadera razón a mis desvelos es la falta de mi esposo. Me dan de nuevo ganas de llorar.

    ¡Es mejor ponerme en pie! Lo pienso y lo hago ipso facto, tan abruptamente que hasta parece chocante ante mi apatía por la vida en los últimos meses.

    Me acerco semidesnuda y descalza al ventanal que da acceso al balcón, descorro a medias las cortinas beige y los velos blancos por su mitad; por panorama observo al lejano horizonte de esta madrugada lóbrega y no veo para mí, nada claro; tan solo tenuemente iluminada la cercana playa y abajo hacia mi izquierda, una noctámbula pareja de enamorados tomados por las manos y recorriéndola sin premura, –felices hablando– entre risas, besos cortos y otro mucho más largo.

    Y se me sale de repente un melancólico suspiro. Mi fatiga es de otra índole, la emocional causante de mis jaquecas. No duermo bien hace tiempo y no me acostumbro a recostarme para descansar rodeada de tanta soledad. ¡Extraño tanto el calor que emana su piel! Culpable no es esta habitación ni su armonioso decorado, o el sonido de la fuerte marejada al azotarse contra el malecón. ¡Majaderas olas tan incansables y persistentes! Una y otra vez, como el palpitar de la vena en mi sien derecha. Ansiedad y estrés, las causas según mi médico. Medito en ello mientras doy la espalda al ventanal que ya he dejado entreabierto y me dirijo al baño para hacer pis. ¡Temor y angustia! creo yo, y mis tobillos permanecen esposados por el elástico estirado de mis panties. ¡Es el miedo casi palpable a su rechazo! pienso aun sentada y «patiabierta», mientras con detenimiento me limpio con toallitas húmedas para bebé.

    — ¡Aun te amo! — lo digo en voz alta, acercando mi rostro a tan solo un palmo del espejo sobre el lavamanos de cristal, como si su limpia superficie fuera una especie de portal dimensional y a través de él, –con el vaho de mi aliento dispersándose– le llevara entre susurros a sus sueños, mis palabras. Y lloro un poco, aunque no se diferencian mucho mis lágrimas, saladas con seguridad, pero tan cristalinas como el agua con la que estoy baldeando las impurezas del alma reflejadas en mi rostro. Es mejor serenarme, por lo tanto una tempranera ducha no me sentara mal. ¿Toalla? Me percato que no he traído la mía, no empaqué casi nada por las prisas. En un estante superior hay de sobra.

    Me doy un rápido duchazo con agua fría para despejarme, me enjabono de abajo hacia arriba, las pantorrillas primero y luego mis muslos, que tanto le echan de menos. En mi cuquita depilada por completo me detengo para frotar los labios, sólo su entrada… ¡Tan abandonada como su propietaria!

    Desde hace meses no tengo sexo con nadie, aún recuerdo la última vez, justo antes de que todo saltara por los aires. Ni siquiera he usado los jugueticos que compré en el sex-shop, en principio a escondidas de mi marido, no he tenido ánimo para ello, –aunque lo he intentado– siempre viene a mi mente su rostro de decepción y desprecio por lo que termino por llorar, sino que es la congoja la que incide en mi garganta hasta el punto de llegar a estrangular mi deseo. Solo a veces con mis dedos me he proveído de uno que otro orgasmo, tristes como lo están siendo mis días sin él. ¡Pero hoy no! No tengo ganas ni es el momento oportuno.

    Con el mismo esmero restriego bien mis nalgas, –como si la pureza de mi nueva etapa comenzara por ahí– y a continuación llevo el jabón desde mi plano vientre, pasando por el hundido ombligo, hasta llegar a la redondez de mis tetas; solo shampoo para el cabello sin acondicionador, pues lo llevo ahora corto a la altura de mis hombros. Ese es otro detalle del que estoy segura que no le va a gustar, o al menos, le desconcertará.

    Pero ahí sí Camilo, ¡tú eres el culpable y no yo! Por dejarme sola de repente y a cargo ya de todo, de una vida sin rumbo. Tanto por hacer y mucho más para decir… ¡Mentir! Y en mis días de mayor desespero, tras las constantes preguntas de nuestro hijo Mateo… ¡Mamita! ¿Cuándo regresará mi papito? Frustrada y sin respuesta certera que ofrecerle, terminé por echar mano yo misma a las tijeras. Un cambio de fisonomía para no gustarle a nadie. A él, si le daba por aparecer, a los demás que me miraban mal, y en especial a mí misma, para sepultar de una vez por todas a esa otra mujer qué habitó en mí. Más temprano que tarde, mi esposo se dará cuenta, de por qué lo he hecho. ¡Lo sé!

    Me enjuago lentamente ahora sí, todo mi cuerpo, de arriba para abajo. Es el último paso para mi completa purificación antes de presentarme ante quien ha de darme su perdón. Ya solo me afana decidir cómo vestirme para nuestro encuentro. Nada que muestre demasiada piel para no amedrentarlo y traerle infernales recuerdos, pero si algo sobrio que me luzca y por supuesto que le agrade y yo, no le sea para nada indiferente. ¿El enterizo midi de color marfil de abotonar por delante? ¡No! ese no porque me queda demasiado ajustado y además muestro mucha pierna. Mejor el vestido de crochet, con rombos multicolores tejido a mano y discreto escote en «V», aquel que me regaló para navidad, con un top blanco de algodón por debajo. Sí, ese es el indicado.

    ¿El sexy cachetero negro de encaje o la tanguita? Hummm, mejor el negro y la blanca la dejaré para una próxima ocasión si mi confesión se alarga y mañana se hace necesario continuar con nuestra charla, abriéndonos el corazón y el alma. Para rematar mi look, las sandalias doradas de tacón cuadrado junto al sombrero de paja y ala ancha. ¡Oops! Que no se me olvide llevar los lentes oscuros con montura de carey que también me regaló recién llegamos aquí. ¿Maquillaje? Sí, pero prudente. Quiero… ¡Necesito volver a enamorarlo!

    ***

    Atravieso sin prisas el hall de la entrada frente a la recepción, donde se encuentra una esbelta jovencita con el color de piel del café oscuro que me deseo tomar en este momento. El joven ante quien me registré anoche ya no se ve por ahí. La muchacha me observa desde detrás del amplio mueble, me acerco extendiéndole la llave magnética y le saludo con cortesía.

    — ¡Buenos días! —le digo y ella tomando con delicadeza la tarjeta, sin apartar sus ojos azabaches de los celestes míos, me responde con una suave voz…

    — ¡Bon día señorita! ¿Pasó usted buena noche? —Me corresponde el saludo y acompaña su pregunta con una amistosa sonrisa, –quizás más falsa de lo que aparenta– a la vez que inclina un poco la cabeza como si fuera yo merecedora de una reverencia.

    Alargo mi brazo y doblo ligeramente mi mano derecha frente a ella, levanto un poco mi dedo anular con la dorada alianza y acompaño el gesto con una picaresca sonrisa. Los demás dedos desprovistos ya, de las alhajas de mi lujurioso pasado.

    —Lo siento, discúlpeme usted. ¿Señoraaa…? —Y se apena por su inocente imprudencia tanto como por no saber el nombre de su huésped.

    No noto algún rubor en su oscura tez pero de seguro que es sincera en su azoramiento, ya que deja de mirarme y afanada busca en la pantalla del ordenador el número de mi habitación.

    —Melissa López… —Hago una breve pausa, no digo mi segundo nombre pero le recalco seguidamente de quien soy esposa…

    — ¡De García! Termino por aclararle, –como si a ella le importara o le conociera– mientras doblo el brazo izquierdo y las asas finas de mi bolso de lona monogram, se afirman en el codo. — ¡Mucho gusto! Realzándolo con una ligera curvatura hacía arriba en mis labios.

    Me le adelanto en su averiguación, retiro los lentes de sol de mi rostro y le extiendo la mano. Ella la toma con delicada firmeza y percibo la suavidad de su piel durante los instantes en que las mantenemos estrechadas.

    —Y tranquila mujer, no se preocupe por ese detalle, al fin y al cabo, carece de importancia. —Le tranquilizo.

    —Gracias señora Melissa. Mi nombre es Emma y estoy para servirle en lo que usted necesite. El desayuno estará listo en unos diez minutos, si desea puede pasar al comedor y esperar un momento. —Y las dos al mismo tiempo, fijamos nuestra atención en el análogo reloj de la pared a su derecha y que tiene la apariencia de un radiante sol. Faltan diez minutos para las seis de la mañana. ¡Aún tengo suficiente tiempo!

    —Danki Dushi, pero tan solo me apetece una taza de caliente café negro para acompañar uno de estos. —Y enseguida le muestro la cajetilla de cigarrillos «Parliament» agitándola de izquierda a derecha, tres veces.

    Lo sé muy bien porque las cuento. Me quedó esa estúpida manía de cuando se me acababan y de esta singular como silenciosa manera, le pedía a Camilo que fuera al supermercado a comprármelos, ya que en la tienda de la esquina no se conseguían.

    Emma menea su cabeza y me deja ver nuevamente la blancura de sus grandes dientes y me responde:

    —Esta fresquecito y recién hecho, Señora Melissa. —Debajo de la mesa saca un mug ancho y blanco con el logo del hotel, aun humeante y coqueta lo alza en frente mío.

    —Yo misma se lo llevo. Ehhh… ¿Allá en las sombrillas blancas, junto a la piscina? —Me pregunta y a lo cual respondo…

    —Gracias Emma, pero prefiero en aquel lugar, –le indico con mi dedo– bajo los kioscos de paja en frente de la playa si no es molestia. —Ella asiente y se gira enseguida hacia su izquierda.

    — ¡Dushi querida! le hablo sin levantar demasiado el tono de mi voz y ella se detiene, pero tan solo gira su cuello y me mira, esperando. —Uno doble con cara de triple y bien cargado. ¡Sin azúcar por favor! Le guiño un ojo y solo recibo su sonrisa por cómplice respuesta.

    Un viento frio me recibe fuera mientras camino por la entablada pasarela que conduce hasta la playa. Se erizan los vellos de mi nuca y los antebrazos, pues en medio de los afanes no empaqué ninguna estola para colocarme por encima de los hombros. Doy fuego al cigarrillo, aspiro lentamente y lo dejo cautivo entre mis labios, entre tanto deslizo hacia atrás una de las sillas de mimbre y me acomodo, quedando la blanca arena a metro y medio frente a mí.

    —Señora Melissa, aquí tiene su café. ¡Calientito y fresquito!

    No escuché a Emma llegar. Y me alegra ver como también en un mug como el suyo, me lo ha servido hasta casi rebozar. Y un cenicero de Coral Gingham, deposita en el centro de la circular mesa de madera.

    —Gracias Emma, eres muy gentil. — ¿Se le ofrece algo más? —Muy longilínea y con sus manos entrelazadas por detrás de la cintura, la joven recepcionista me consulta.

    — ¡Pensar! Dushi querida, solo pensar. —Respondo ensimismada, mientras doy el primer sorbo al oscuro café.

    —Señora Melissa, si me lo permite, –no digo nada y solo la miro con curiosidad– para las penas del amor, caminar descalza temprano por la playa, meditando cada paso, mejora no solo la circulación de la sangre en sus pies y piernas, sino que el contacto de su piel con la arena húmeda, le servirá de relajante masaje y como si de un buen sedante se tratara, adormecerá un poco el agobio y así podrá tener un mejor panorama. Al menos eso me sucede a mí, cuando he necesitado tomar una prudente decisión.

    — ¿Tanto se me nota? —le pregunto. Emma desde su posición mira al horizonte y sin parpadear me dice…

    —Está brisando mucho y hoy es cierto que ha amanecido un poco nublada la mañana. Es un claro indicio de que amenaza tormenta. Pero ha sido así desde siempre por esta época del año, que yo recuerde. Y sin embargo señora Melissa, aún no llueve. A medio día de seguro el clima variará y se pondrá soleado. Ya verá como el calor volverá a su vida. —Me dice y luego de un breve silencio me mira y continúa con sus consejos.

    —Tiene en sus ojos, el color del cielo en un día despejado señora Melissa, más sin embargo no brillan por la tristeza que los nublan, están un poco opacos con visos de melancolía, dolor por una profunda tristeza. Los tiene rojos de tanto llorar. ¡Si señora! se le nota mucho. — ¡No hay maquillaje que oculte el dolor ni la angustia! Le respondo.

    —Vaya a darse una caminata, –extiende Emma, sus recomendaciones– respire profundo y cuando vuelva me busca, por si necesita otra taza de café, desea desayunar algo o simplemente pedir un taxi para que la lleve a dónde debe y necesita estar.

    No se despide, simplemente da media vuelta y marcha a ocupar su puesto tras aquella recepción. Doy otra calada a mi cigarrillo y un nuevo sorbo al café. Me retiro las sandalias, porque voy a hacerle caso y caminaré un poco por la playa, cerca de la húmeda marca que dejan las olas al besarla. Dejo aquí sobre la mesa, mi bolso, también la blanca cajetilla de «Parliament», pero antes me enciendo uno nuevo y en la mano izquierda me llevo el móvil, por si alguien me llama. La arena esta fría pero firme y mientras me desplazo por la orilla, me sonrió de mi misma por lo despistada que sigo siendo. ¡Y suspiro!

    ***

    Como casi nunca prestaba atención a los noticieros, no me había dado por enterada del paso cercano de una poderosa tormenta tropical en cercanías de aquella isla, así que no se me pasó por la cabeza el que mi marido al abandonarme, fuera a recalar aquí, en Curazao. ¿Pero a donde más podría encontrar paz consigo mismo y sin mí, sino en el paraíso que años atrás construimos los dos, –para nosotros y nuestro hijo– todo desde cero con gran esfuerzo y verlo ahora deshecho, quizás para siempre por mi culpa en tan poco tiempo?

    Era apenas obvio, él debía asegurarse que la casa que había heredado de un antiguo y gentil amigo de su madre, la única posesión material que le quedaba, aunque fuese a mitad con William según el testamento, no hubiese sufrido daños de consideración. Era la casa hacia donde más tarde debían llevarme mis dubitativos pasos, temerosa por este reencuentro e insegura de enfrentarme a mi marido, tras más de doscientos días desde que se enteró de casi todo y yo, no saber luego nada de él. ¿Camilo estará tan nervioso como yo?

    Finalmente llego hasta el muro de piedra donde inicia el rompeolas, con la colilla de cigarrillo consumido entre mis dedos y el teléfono sin mensajes ni llamadas perdidas. A un costado, sobre una rama de un árbol de Watapana, medio escondido silba un turpial pecho-amarillo. Un macho cantándole a su hembra. Mueve y gira su cabeza negra de un lado para el otro como buscándola sin hallarla. Yo tampoco la veo por ningún lado. ¿Se le habrá escapado y estará ya con otro cantor?

    Jajaja… ¡Las tonterías que pienso! Aunque pensándolo bien, yo también me asusto al imaginar que otra persona pueda estar ocupando el espacio que yo dejé.

    Es mejor dar la vuelta y regresar, pues sigue haciendo frio. Algunas huellas de mis pies aunque ya con distinta forma, permanecen marcadas justo al borde donde se van deshaciendo entre la espuma de las olas. Más adelante ya no quedan mis rastros, pero si los granos de arena sobre el empeine de ambos pies, otros pocos por debajo de los talones y por supuesto, el recuerdo del porqué llegamos aquí.

    — ¡Peter, un gran hombre! —Con efusividad me comentó qué así se llamaba aquel holandés, cuando me propuso dejarlo todo y seguirle. Buscar nuevos horizontes –me dijo sonriendo– y disfrutar de un año sabático. — ¡Nos lo merecemos mi amor!

    Y yo acepté. ¿Por qué no? Separarnos por un tiempo de nuestras familias y dejar nuestros oficios en la capital, no era un mal plan, tras catorce meses de noviazgo, tres años de casados y con nuestro pequeño Mateo de tan solo dos añitos de edad. Tres meses después estábamos volando desde Bogotá a esta bella isla enclavada en las Antillas Neerlandesas.

    Perdido en sus íntimos pensamientos, casi sin mirarme al no apartar su vista del más allá azul y blanco, tras la ventanilla del avión, fue relatándome su historia, las vivencias ocurridas con aquel holandés que le presentó el indomable destino, como siempre lo hace, sin ningún aviso ni pedir permiso.

    — ¡Un padre para mí, amor! Sin que en realidad lo fuera. El verdadero nos había abandonado muchos años atrás. Por ello creo que se convirtió para mí, en una amorosa figura paterna tras el paso del tiempo y con amenas conversaciones espaciadas en las tardes, –sentados sobre el medianero muro del antejardín que separaba nuestras respectivas casas– colmadas eso sí de grandes anécdotas de un otrora buen marinero y posteriormente convertido en capitán de cruceros de lujo por el caribe; por supuesto plenas de sabios consejos que solo podrían salir de la boca del que ya ha conocido más de medio mundo, historias del alma de una buena persona con muchos días vividos, un tanto solitario al final de sus años pero con la certeza de haberla vivido con ganas y eso le otorgaba a Peter, una competente experiencia que me trasmitía serenidad y sus conocimientos. Era una amistad con bastante cariz paternal.

    Guardó silencio nuevamente por un instante, cuando la azafata se acercó a nosotros interesada en saber si requeríamos alguna bebida u otra cosa. Amablemente le dijimos que estábamos bien así y ella sonriendo continuó su recorrido hacia otro pasajero de la fila contigua, unos asientos más atrás.

    — ¡Continua por favor! le dije a Camilo, apretando un poco su antebrazo, reclamando su atención. —Me tienes intrigada con tu historia.

    —Un fornido extranjero ojiazul, con sobrada altura, canoso y bastante bonachón, que ayudaba a mi madre sin mala fe de por medio, o eso es lo que yo veía en ellos dos. Nunca noté nada raro y la verdad, si eran felices los dos a escondidas, ambos se lo merecían.

    Bolsas de comida a comienzos del mes y con algún dinero para cancelar recibos de agua y luz cada dos meses. Mis dos hermanos mayores trabajando a media jornada, pues la otra la dedicaban a continuar con esfuerzo sus estudios universitarios y mi hermana menor y yo, cursando el bachillerato. Muchos gastos por cubrir en nuestro hogar y escasas las entradas a pesar del empeño de mis hermanos mayores. ¡Años difíciles mi cielo! —Y noté en su mirada el abatimiento que le producían sus recuerdos y algo de naciente humedad, en sus ojitos color café.

    Llego nuevamente hasta el kiosco y de la mesa recojo mi bolso, los cigarrillos y el encendedor. La taza blanca y el cenicero se quedan ahí.

    — ¿Emma? —Le llamo cuando me acerco a la recepción y no la veo tras el mueble.

    — ¿Señora Melissa, en que le puedo servir? —Me pregunta como siempre amable y dispuesta, apresurando sus pasos hasta acercase a mí, tras salir por una puerta a la izquierda.

    —Voy a salir. Solo quería avisarte y agradecer tu consejo, así como la buena taza de café.

    — ¡No es nada! En serio señora Melissa, no hay de qué. ¿Piensa tomar un taxi o prefiere alquilar un automóvil? El muchacho de la arrendadora ya llegó. —Miro de nuevo el reloj en la pared. Son apenas las siete y cinco, tiempo más que suficiente para llegar a la cita.

    —Hummm, muchas gracias Dushi querida, pero creo que prefiero ir a pie. No queda lejos mi ca… la casa a donde debo llegar. Gracias nuevamente Emma y… Deséame suerte.

    —La tendrá señora Melissa, no pierda la esperanza. —Emma coloca su mano sobre mi antebrazo y me dice finalmente…

    — ¡Y recuerde que todos los días, sale de nuevo el sol!

    ***

    A estas horas no hay tráfico por la avenida, algunos automóviles permanecen estacionados al lado izquierdo de la calle, al amparo de la sombra de los árboles, aunque el sol no pega con fuerza todavía. Amaina el viento y lo agradezco, pues percibo con mayor profundidad el aroma a cítrico mezclado con la salinidad del mar. ¡Además mi sombrero no peligra en salir volando por los aires! Me esperan unos cuarenta y cinco minutos de caminata para llegar a mi destino, al otro lado de la ciudad. Decido cambiar de andén y espero a que me cruce por delante un joven en su bicicleta roja y así poder continuar tranquila… ¡Rebobinando continuamente mi pasado!

    Tras años de crecer sin su padre verdadero, entre los dos forjaron una amistad sincera, casi familiar y por supuesto plena de correspondido afecto. Según me contó mi marido, –al proseguir con aquel relato– ya acomodada mi cabeza sobre su hombro derecho.

    Un día al regresar del colegio, Camilo se encontró con una nota escrita por el puño y letra de aquel holandés, informándole de su urgente partida a causa de un incidente con su único hijo, pero eso sí, prometiéndole que jamás se olvidaría de él. Y un suspiro largo percibí. Mi esposo hizo una pausa para acariciar con la yema de sus dedos la frente y los cabellos negros de Mateo, quien reposaba plácidamente sobre sus piernas, bien dormidito y acunado entre los brazos de su papá. Y yo enternecida por aquel gesto, posé la mía sobre la suya y retirándola con suavidad, la acerqué a mis labios y deposité un beso sincero sobre el dorso de la misma. Se la apreté con algo de firmeza percibiendo su cálida temperatura, y al igual que él, sin mirarle a los ojos, simplemente le dije:

    — ¡Te adoro, preciosito mío! No existe en el mundo un mejor hombre que tú. —Y mí amado esposo levemente sonrió y pasó su brazo por detrás de mí cuello, atrayéndome aún más hacia él y besó mi frente con infinita ternura. ¡Nos amábamos, sin lugar a dudas!

    —Al comienzo llegaban mes tras mes las cartas, –me seguía hablando Camilo, con su tono de voz grave pero más bajo para no despertar a nuestro pequeño– cada tres meses las coloridas postales desde una isla en el caribe, las cuales yo devolvía con entusiasmo en posteriores misivas contándole como transcurría mi vida, la de mi madre y mis hermanos; como avanzaba con mis estudios y por supuesto, las colegiales conquistas adolescentes. También sagradamente durante varios meses, un giro de dinero en dólares americanos me llegaba, no era mucho, pero nos permitía vivir de forma menos apurada y sobre todo, –en mi caso– para proseguir con los estudios, aunque la comida a veces fuera lo primordial. —Otro largo suspiro se interpuso de repente en sus recuerdos y por su mejilla derecha, ya rodaban hacia el mentón dos lágrimas sin mucha prisa por surcar su alma. Con toda la ternura de que fui capaz, las limpié, posando mi mejilla sobre su cara.

    —Pero luego los escritos, las tropicales imágenes y los depósitos de dinero, se distanciaron con el transcurrir de los meses hasta que no hubo más, sin despedidas; nada más de paradisiacos panoramas y en el corazón, mi vida, un preocupante vacío por una promesa, a todas luces, incumplida. —Hizo una pausa para beber un poco de agua mineral.

    —Y así pasaron algunos años sin saber ya nada de aquel viejo holandés, hasta que faltando poco para mi mayoría de edad, una llamada del extranjero y una voz con marcado acento al otro lado de la línea, terminó por rasgar mis esperanzas, confirmando con tristeza mis sospechas. ¡Peter había fallecido!

    —El interlocutor se presentó como William, el único hijo de mi gran amigo y consejero, en el fondo, el padre que no tuve. —Un nuevo silencio y en esa ocasión el gimoteo cobró más fuerza y se desbordaron con ahínco sus lágrimas y las mías.

    Esa vez ya no pude detenerlas y tan solo opté por sacar de mi cartera, el paquete de pañuelos faciales para que Camilo se limpiara entre suspiro y suspiro.

    Sin darme apenas cuenta ya he atravesado el cruce entre las calles de Penstraat y Johan Van Walbeeckplein. Ha sido rápido y ahora estoy por llegar a la Playa de los Venezolanos. No estoy para nada agotada pero sí creo que es momento de un nuevo compañero de ruta.

    Me detengo en frente del Ministerio de Finanzas y extraigo del bolso mi cajetilla de cigarrillos. Tomo uno de los cuatro que me quedan y trato de encenderlo pero la brisa juega con la llama del briquet, una vez y lo apaga; dos, tres… ¡A la quinta es la vencida! Pienso y lo logro. Sonrío triunfante como si se tratara de una gran batalla pero solitaria, pues si me he topado con seis personas en este recorrido, no han sido más.

    A la segunda calada, continúo la caminata y entre el humo que sale formando ondas azuladas de mi boca, prosiguen vívidas mis remembranzas. ¿Por dónde iba? Ahhh, sí… ¡En su incontenible llanto!

    Mi marido ya más calmado, continuó relatándome que lloró sin ocultar su rostro de la atenta mirada de su madre, que de inmediato comprendió que no eran buenas las noticias recibidas, ella se acomodó el delantal negro sobre su falda de flores amarillas, se puso en pie y se dirigió hasta la cocina en silencio a proseguir con sus labores. La escuchó llorar y se le arrugó aún más el alma. Pero al otro lado de la línea telefónica, las palabras entremezcladas en español e inglés, le devolvieron a esa dolorosa realidad escuchando lo que William le había prometido a su padre, en su lecho de muerte. Seguir velando por su «hermanito colombiano» con la promesa de que algún día se conocerían.

    Recién cumplíamos tres años de casados en agosto, –lo recuerdo como si fuera ayer–celebrando aquella ocasión en casa de la madre de mi esposo. Mi familia y la suya disfrutamos de un exquisito almuerzo, por supuesto bailamos salsa y vallenato y el infaltable aguardiente con una que otra cerveza ofrecida por el mayor de mis cuñados. A media tarde tocó a la puerta un mensajero en bicicleta que apareció con un sobre amarillo preguntando por Camilo. Sorprendido, mi esposo regresó a la sala donde todos continuábamos la fiesta y con algo de nerviosismo por conocer el remitente frente a todos, rasgó presuroso la envoltura de papel.

    Eran las escrituras de una casa en un sector residencial de Willemstad, acompañadas de un escrito a mano alzada de William que le requería con urgencia para finiquitar los trámites respectivos. Mi esposo y el hijo de aquél holandés eran los propietarios y aquella insospechada herencia se convertiría con el pasar de los meses, –tras nuestro arribo en un noviembre bastante gris como hoy– no solo en nuestro nido de amor, sino en el sueño de los dos en remodelarla para convertirla en un agradable hostal vacacional de cuatro pequeños apartamentos para alquilar por días e inclusive meses, a los turistas que desearan algo más íntimo y familiar.

    Al fondo del amplio terreno, un tanto alejada de la piscina, la que antes era una cabaña para guardar trastos viejos, se convirtió finalmente con algunas adecuaciones en nuestra vivienda, con dos apartamentos, el más grande de ellos para nosotros dos y nuestro pequeño Mateo, y el otro un poco más pequeño para el solterón de William, en la planta superior.

    Camilo, muy emocionado dispuso de todo su intelecto arquitectónico para delinear la remodelación y yo, con mis conocimientos para la decoración, bosquejé el cambio en los colores de la fachada y los interiores de las habitaciones, así como del mobiliario y la ambientación de la mediana piscina. Un jacuzzi para seis personas, fue otra novedad, y los jardines tanto internos como externos, los decoré con arbustos de Acacias; cactus dispersos por todo el conjunto habitacional y de las tres palmeras altas de la entrada, trasplantamos una de ellas al interior, frente a nuestra pequeña casa, necesitados de su sombra.

    ¡Nuestro hogar en el paraíso! Junto con el disfrute propio, estaría el de los visitantes extranjeros logrando generar además, unos atractivos beneficios económicos con los cuales solventaríamos nuestra estancia en esta paradisiaca isla.

    Y hacia allá es adonde me dirijo a tan tempranas horas de un domingo a mitad de octubre a su casa, esa misma que alguna vez fue nuestro nidito de amor, hoy, por el contrario, vengo de invitada o no sé si se podría llegar a definir mejor como molesta invitada. ¡Ojalá que no sea así!

    Su refugio tras la tormenta que le desaté encima, sin previsiones meteorológicas de por medio y ni un paraguas o cortavientos para guarecerse. Esa morada a la que ya no aspiro que vuelva a ser mi hogar. ¡Pero al que tanto deseo regresar!

    Este año no festejamos nuestro aniversario, por el contrario en una fecha tan especial, lo hicimos cada uno por su lado; yo pasé ese día apartada con mi pequeño Mateo, desconsolada y sola, como si estuviera asistiendo, –sin ganas– a mi propio funeral. No sé qué habrá hecho Camilo, pero estoy casi segura de que también se sintió muy mal.

    ***

    Ya voy llegando a la plaza con sus coloridas fachadas, esas que tanto gustan y agradan a los turistas para fotografiarse con sus edificaciones coloniales como fondo, –con el fin de postear luego en sus redes sociales– tras dejar atrás la bonita zona comercial por Breedestraat.

    — ¡Juepuchaa, maldita sea! Grito con fuerza desmedida, dando un brinco hacia atrás al sentirme asustada. Una iguana panzuda, fea y descolorida se me ha puesto al frente. Nunca me han gustado y así no me hagan nada, siento por ellas repulsión.

    Siempre me han mirado raro esos animales, como si mis blancas pantorrillas fueran deseadas como parte de su diario menú y con sus movimientos tan agiles, –que si a la izquierda o mejor a su derecha– y su larga cola ondulante, nunca he sabido con seguridad si vienen hacia mí, o se van a escabullir hacia otro lugar.

    — ¡Fuchi! ¡Fuchiii! —Le vuelvo a gritar, pero ni se asusta ni deja de observarme, desafiante. Me agacho para quitarme una sandalia y lanzársela, pero cuando ya estoy descalza de mi pie derecho y con ella en la mano, –al enderezarme– la hijuemadre iguana se cruza la calle con irreverente parsimonia y dejándome libre el paso. Debo estar pálida del susto, pero… ¿A quién le importa lo que me pueda suceder? Observo a mí alrededor y no hay nadie que pueda haber prestado atención a la seguramente graciosa escena, de aquel enfrentamiento entre un primo lejano de «Godzilla» y una valiente heroína, armada de un simple zapato.

    Y me doy cuenta de que aún sonrío… ¡Con el puente por delante!