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  • Sueño, despecho y calentura

    Sueño, despecho y calentura

    Era una noche de martes en el departamento de Andrés y teníamos muchísima tarea, estábamos Andrés, Sebastián, Jorge y yo, nos repartimos las tareas para terminar lo más pronto posible. Tenía la mente ocupadísima o eso trataba, no quería pensar en mi ex, David, hace un par de semanas habíamos terminado por el tema con Andrés que ya les había contado en relatos anteriores, por el momento me iba perfecto, las tareas y proyectos de la universidad funcionaban como una excelente distracción.

    Terminamos cerca de las 2 am, Jorge se retiró a su casa ya que vivía cerca, Sebastián se dirigió a su habitación, Andrés y yo nos retiramos a la suya. Desde que terminé con David, me pasaba todo el tiempo con Andrés, pero solo como amigos, no quería volver incómodas las cosas, solo hicimos como si nada pasó, él me llevó a su habitación y me pidió que descansara en su cama que él descansaría en el mueble que tenía allí, yo le dije que no hacía falta que yo podía dormir en el sofá, luego de reírnos un poco de la situación y decidimos dormir juntos en la cama, era lo más lógico, era una cama grande y entrábamos tranquilamente.

    Me senté en la orilla de la cama, me retiré las zapatillas, medias y mi abrigo, por un momento pensé dormir así, con casi toda mi ropa puesta, pero el departamento tenía un clima agradable y de hecho hacia algo de calor, por lo que decidí quitarme discretamente el pantalón y el brazier, aprovechando que Andrés ya se había acostado y me daba la espalda, entonces solo quedé en interior y mi blusa blanca con tiras, apagué las luces y me metí en las cobijas. Empecé a pensar en mi ex, y en la ironía de mi situación actual, durmiendo en la cama de la persona que causó nuestra separación, pero cómo estaba super cansada no tarde en quedarme dormida.

    Cuando vivía con David, había muchas noches en las que mientras «dormíamos abrazaditos» él inconscientemente empezaba a tocarme el pecho despertándome en el acto y me prendía al 100% por lo que yo terminaba despertándolo y terminábamos cogiendo bien rico en la madrugada.

    Esa noche empecé a soñar que estaba en casa con David y que ambos estábamos acostados en su cama y volví a sentir como me manoseaba, y como de costumbre yo me dejaba hasta que ya no podía soportar las ganas, pero desperté del sueño abruptamente, me sentía muy excitada, ya me había hecho a la idea y realmente me hacía falta, inicié muy lentamente a jugar con mis dedos por encima de mi interior, cuando empecé a sentir que se humedecía decidí humedecer un poco mis dedos con saliva y los introduje en mi vagina, poco a poco iba subiendo la intensidad y pequeños gemidos salían de mi boca, realmente ya no me importaba lo que sucediera y para ser sincera quería que Andrés se despertara y que me hiciera lo que le diera la gana, me quité el interior y seguí masturbándome, moviéndome y gimiendo cada vez más, a la vez que me acercaba muy lentamente hasta Andrés, para despertarlo, me volteé hacia su lado gimiendo muy cerca de su oído, hasta que conseguí que se despertara, se volteó algo asustado preguntando si todo estaba bien, no le contesté y me volteé para poner mi trasero contra su cuerpo, tomé su mano y la coloqué contra mi pecho, creo que entendió enseguida porque apretó mi seno con mucha fuerza, además de acomodar todo su enorme cuerpo justo detrás de mí.

    Tomó las cobijas que teníamos encima y las hizo a un lado, continuó quitándome la blusa, acariciando mi piel con sus manos calientes, aprovechó besando mi cuello y mis hombros, mientras continuó el recorrido de su mano por mis pezones, mi cintura, cadera, hasta que metió su mano abruptamente entre mis piernas, lo cual me hizo gemir, tomó mi pierna con su mano levantándola y acomodándola sobre la suya, luego con sus dedos nuevamente recorrió desde la pierna hasta mi boca y los introdujo hasta el fondo de mi boca, los cuales chupe con muchísimas ganas, antes de sacarlos movió mi cabeza lentamente hasta que se acomodó para besarme apasionadamente, mientras con sus dedos mojados empezó a penetrarme con mucha fuerza, mientras nos besábamos yo gemía cada vez más fuerte, hasta que no pude seguir con los besos, volteé mi cabeza y empecé a morder la almohada para no hacer mucho ruido, estaba excitadísima y Andrés no paraba de masturbarme con sus dedos, se me escapó un pequeño grito de placer, y Andrés me pidió al oído que le alcanzara los condones que tenía en su mueble de noche, volteé a verlo y le dije:

    -No…, no me gusta -él sonrió y continuó besando mi cuello mientras seguía jugando con sus dedos dentro de mí.

    -Es por seguridad para los dos -me dijo.

    Yo me quejé se puede decir que casi le rogué, pero terminé aceptando que era lo mejor, tomé la caja de condones que estaban en el cajón y se la pasé, él se hizo a un lado y mientras se lo colocaba yo continué tocándome para no perder las ganas, unos instantes después siento a Andrés acomodando la cabeza de su pene en mi vagina y lo introduce lentamente, luego con sus brazos empieza a abrazarme apretando mis senos y de a poco empieza a penetrarme mientras juega con mis pezones, empieza ese va y viene, se escucha fuertemente el choque de nuestros sexos, la respiración y los gemidos se vuelven incontrolables, él besa mi boca, cuello y espalda.

    Andrés sujeta mi cuello con su mano y empieza a apretar, ambos nos miramos fijamente, comienzo a sentir que está apretando muy fuerte y volteo a mirarlo pero él esta concentradísimo penetrándome muy fuertemente, decido aguantar el dolor a costa del placer, hasta que siento como empieza a frenarse y dar sus últimas embestidas con toda su fuerza, dejando mi cuello libre al fin, Andrés se recuesta a su lado de la cama mientras yo estornudo y trato de recuperar la respiración, él me pregunta si estoy bien, le comento que todo estaba bien hasta que decidió ahorcarme, él inmediatamente se disculpó a lo que le dije que en realidad no estuvo mal, pero que si sentí algo de miedo, nos recostamos, reímos un poco y nos quedamos mirando hacía el techo y para nuestra buena o mala suerte ya había salido el sol, teníamos que salir a clases, me dirigí al baño para limpiarme muy bien mientras empecé a pensar en el ruido que habíamos hecho, y que Sebastián debió escuchar todo, me llene de vergüenza, ya que en algunos minutos debíamos salir los 3 con rumbo a la universidad.

    Y bueno ese fue el inicio de mi aventura con Andrés que fue de casi dos meses, sin duda fue bastante diferente a las experiencias sexuales que había tenido, siempre usaba condón y además me enseñó a usar lubricante, otra cosa bastante interesante era que siempre se depilaba y yo también empecé a hacerlo, sexualmente todo fue increíble, pero en lo demás nunca terminamos de conectar, terminamos con una relación bastante extraña de sexo y amistad.

  • Por venganza puse a mi suegra con unos amigos

    Por venganza puse a mi suegra con unos amigos

    Me llamo Liz tengo 33 años, soy delgada y un poco güerita, tengo una relación de 3 años con mi novio Eduardo, durante ese tiempo mi novio era todo para mi, lo amaba y tenía planes de casarme con él pero hace un par de meses descubrí que me había sido infiel con una de mis mejores amigas, en el momento estalle de coraje y odio, pero decidí no reclamarle y desquitarme de una manera que le doliera más, estuve pensando por semanas como vengarme hasta que platicando con uno de sus amigos encontré como darle donde más le iba a doler.

    En busca de mi venganza estuve platicando con Jorge un amigo de mi novio, es un tipo de 35 años gordo, feo, con pinta de pandillero, a mi me cae bien pero debo reconocer que su presencia siempre me incomodaba, me daba miedo y también sentía que me miraba con morbo, en varias reuniones donde coincidíamos lo cache viéndome las nalgas o las tetas, tengo pechos pequeños pero me gusta usar escotes para resaltarlos, hacía meses me había mandado solicitud en Facebook y lo acepte, siempre le daba me encanta a mis fotos, cuando le escribí por primera vez en MSN, fue porque era tanto mi coraje que incluso a pesar de lo feo que está estaba dispuesta a darle las nalgas en venganza, ese era el plan hasta que sobre las charlas el me dio una mejor idea, poco a poco fuimos agarrando confianza y una noche que estábamos platicando me preguntó por mi suegra Laura, a mi me sacó de onda su pregunta.

    Mi suegra es una señora de casi 60 años, es de apariencia joven, morena, cabello quebrado, muy conservada para su edad, es morena, caderona, buenas piernas, chichona, viste muy aseñorada pero se notaba que tiene buen cuerpo para su edad, ella lleva años divorciada y mi relación con ella es muy buena, mi sorpresa fue que Jorge me confesó que le gustaba mi suegra, obviamente Jorge era de los que solo busca coger y ya, en el momento sentí un alivio porque ya no tendría darle mi colita a ese pendejo, sabía que mi suegra era algo sagrado para Eduardo y ella sería el objeto de mi venganza.

    Fue el momento donde se me ocurrió que era mejor ponerle a mi suegra en charola de plata a ese cabrón, entonces empezaba a manipular todo para mi objetivo, comencé a meterle ideas a Jorge y a incitarlo a intentar cogérsela, obviamente tenía que hacerlo de manera que él no se diera cuenta, le empecé a contar cosas sobre mi suegra, como que llevaba años soltera y que yo sabía que no había tenido parejas sexuales por lo cual a veces la notaba algo deprimida, le dije que ella lo que necesitaba era un hombre en su vida, le dije a Jorge que lo intentara que tal y después sería mi suegro jajaja, entonces me dijo que se la conectara, le dije que no podía hacer eso, pero que se acercaba mi cumpleaños y que podía invitarla y ya lo demás le tocaba a él, le dije que a mi suegra le gustaba bailar, quedamos en eso, nos volvimos cómplices de cierta manera.

    Como ya comenté se acercaba mi cumpleaños y organice una fiesta, le pedí permiso a mi suegra de realizarla en su casa a lo cual ella accedió encantada, mi novio ni sospechaba de mis planes, acercándose la fecha empecé a motivar a mi suegra, al principio ella me dijo que no quería estar presente que era fiesta para jóvenes, a lo cual le dije que ese no era problema, que ella era muy joven y que pata mi era importante contar con mis seres queridos para el festejo, le estuve insistiendo hasta que la convencí, incluso le dije que para que se sintiera más cómoda fuéramos a comprar ropa que le quitara algunos años.

    Poco a poco se fue animando y así lo hicimos, probándonos ropa me di cuenta de que mi suegra a pesar de sus años tenía muy cuerpo la pinche vieja, le sugerí que usara un vestidito que le quedaba sobre la rodilla, no enseñaba mucho pero era de tela delgada y dejaba ver las nalgotas y las piernotas de mi suegra, el vestido tenía un escote que dejaba ver sus chichotas, compramos unos tacones y después fuimos al salón de belleza, el día de la fiesta mi suegra se veía muy bien, hasta sentí cierta envidia, la vieja se conservaba buena y se veía más como una cuarentona buenona, la fiesta comenzó muy bien reíamos, bailábamos, a propósito compre mucho alcohol, hicimos concursos de shots, yo sabía que mi suegra no bebía y como a las 9 de la noche ya se veía peda, incluso deshambrida, se comportaba como una de nuestra edad, bromeaba e incluso se le quedaba viendo a algunos amigos, yo creo que estaba saliendo su necesidad de macho.

    Para esto Jorge ya estaba haciendo su chamba, andaba baile y baile con mi suegra y a pesar de lo feo mi suegra andaba re contenta baile y baile con él, se ve que le urgía macho, otros de mis amigos también andaban sobres y se la andaban saboreando, mi novio empezó a darse cuenta de que su mamá andaba fuera de control pero le dije que la dejara disfrutar, que no la había visto tan contenta y que ella también merece divertirse a lo cual se calmó un poco y me dijo que tenía razón, además estábamos en su casa, no había problema, ya que vi más peda a mi suegra me di cuenta de que se acercaba el momento.

    Saque a bailar a Jorge y le pregunte que cómo iba con mi suegra me dijo que como que si daba jale, entonces le propuse un trato, le dije que yo podía hacer posible que se cogiera a mi suegra, él se quedó serio, como que no creía lo que le estaba diciendo, así que le dije aceptas si o no? Y me dijo que si pero que no entendía a cambio de qué, le dije que yo tenían un fetiche y que solo quería que me dejara verlos, obviamente lo que quería era grabar el acto, él estaba sorprendido pero acepto, así que le dije que esperara a mis indicaciones y que por lo pronto me ayudara a empedar a Eduardo.

    Como a la media hora mi suegra ya estaba pedisima por lo cual le dije a mi novio que mejor la subiéramos a dormir, la llevamos a su recámara y la recostamos de lado y le pusimos una frazada, le quite los tacones y listo, Jorge y yo seguimos empedando a Eduardo, como a la 1 am, se empezaron a ir los invitados, fue cuando Eduardo ya estaba bien pedo, solo quedamos Jorge, Eduardo dos parejas de amigos y yo, le dije a Jorge que me ayudara a subir a Eduardo la recámara y así lo hicimos, después lo jale al cuarto de mi suegra y le dije que era toda suya.

    Yo me escondí dentro del armario por si despertaba mi suegra, cerramos con pasador y Jorge se acostó a un lado de mi suegra, le quito la frazada y le empezó a sobar las nalgas, mi suegra roncaba y estaba super peda, Jorge la empezó a desnudar parecía un muñeco, primero le quito el vestido y vaya sorpresa mi suegra para su edad era una viejota, estaba rica la pinche vieja, una madura morenota, chichona y nalgona, le quito la tenga y el bra, primero empezó a mamarle esas chichotas morenas, se las chupaba con desesperación, tronaba de los chupetones que le estaba metiendo, mi suegra seguía dormida y soltaba uno que otro gemido, después Jorge empezó a darle una mamada en la panocha a mi suegra.

    Yo estaba que escurría, no pensé en que me iba a excitar por ver semejantes escenas, este cabrón era experto chupando panocha, vi como si suegra empezó gemir más y más y se empezó a mover como gusano, este cabrón parecía que chipaba el hueso de un mango, se escuchaba la succión y los lengüetazos, yo estaba que reventaba, estaba escurriendo de la excitación, empecé a meterme los dedos, la escena era realmente excitante, fue tan buena mamada que mi suegra reaccionó, abrió los ojos con deconcertación se asomó y vio a Jorge clavado en su sexo, no contaba con eso incluso me dio miedo pensé que se pondría al pedo y comenzaría a gritar y se haría un escándalo.

    Pero mi sorpresa fue que ella tomó del cabello a Jorge y lo presionaba contra su panocha y empezó a gemir más y más, fue cuando empecé a grabar cosa que por la excitación había olvidado, mi suegra empezó a decirle a Jorge «métemela papi, ya métemela por favor», en eso Jorge se levantó y se empezó a encuerar, era un gordo peludo, asqueroso, pero lo que no esperaba es que cuando se bajó el calzón dejó salir una tranca peluda, era un pito impresionante, gordo cabezón y media más de 20 centímetros, el cabrón tenía un animalon, era una verga suculenta pero espantosa, mi suegra solo peló unos ojotes de ver tremenda verga que estaban por meterle, Jorge la abrió de piernas, centró ese pitote y comenzó a clavarlo en esa panocha peluda, mi suegra empezó a gemir como una perra, poco a poco le empezó a meter la verga y comenzó de lento a rápido, mete y saca.

    Mi suegra gritaba, se escuchaba el choque de huevos, le estaban dando tremenda cogida, duraron como 10 minutos así y este cabron no se venía, mi suegra chorreaba de los orgasmos, después mi suegra le dijo a Jorge que la dejara estar arriba, se cambiaron de lugar y mi suegra se montó poco a poco a en esa verga pero se sumergió como cuchillo en mantequilla, la cabrona se estaba tragando todo, y entonces comenzó una cabalgada tremenda, se movia como una verdadera puta, se movía como si estuviera poseída, sabía hacerlo la cabrona, y gritaba, casi casi chillaba, yo estaba aguantando los gemidos, estaba presenciando una parchado tan impresionante que me arrepentí de darle mi lugar a mi suegra, realmente estaba deseando estar en su lugar.

    Mi novio era un pendejo para coger, después Jorge la levantó y la puso en 4, vi como dirigió su pitote hacia el culo de mi suegra, pensé que la iba destrozar y que no cabría esa vergota ahí, pero oh sorpresa su pito se deslizó todo hasta adentro mi suegra gemía y bufaba, le empezaron a dar unas embestidas que yo creo que los gemidos y el choque de huevos con las nalgas de mi suegra se escuchaban hasta la sala, así estuvo como 10 minutos más hasta que Jorge le descargó toda su leche adentro, vi como le saco la verga a mi suegra y chorreaba el semen de su culo.

    Yo estaba en plena masturbada, tremenda cogida acababa de presenciar, mi suegra se quedó boca abajo agotada y se quedó dormida, roncaba mientras Jorge estaba boca arriba sudando como puerco y su pene se iba haciendo flácido, ya no pude más y salí del closet, mi calentura me dominaba por completo acomodé el celular y me empecé a desnudar, tenía que probar esa verga, Jorge solo me miro e hizo una mueca, me acerque y comencé a mamar su pito lleno de fluidos de él y mi suegra.

    Me sentía fuera de si, estaba fuera de control como jamás me había sentido, empecé a mamarle la verga y en segundos ya estaba erecta, así estuve hasta que ya no pude más y me monte, a mi si me costó meterme tremenda verga, me dolía pero me encantaba, ardía por dentro, tenía tanto deseo que me comí cada centímetro y comencé a cabalgar, yo también sabía hacerlo así que no iba a dejar que mi suegra fuera más hembra que yo, entre la excitación y el deseo también se había convertido en una competencia personal, la neta es que me refería saltando, monte como 15 minutos, estaba poseída nunca me había comido una verga así.

    Después Jorge me levanto y me puso en 4, sabía lo que venía, soñó una vez había tenido sexo anal, me espanto un poco no aguantar pero como dije no podía quedarme atrás, me fue metiendo su pito con delicadeza, sentía dolor y excitación, poco a poco empezó a bombearme y empezó a dejarme de doler, me decía que estaba bien aoreditadita y Jorge empezó a gemir conmigo, me sentía victoriosa mi culo estaba más rico que el de mi suegra, me estuvo cogiendo hasta que se vino y me inundó de semen, terminamos y ahí quedamos sobre la cama Jorge, mi suegra y yo.

    Nos cambiamos y bajamos a la sala, nuestros amigos se habían ido, nunca supe si escucharon todo lo que pasó. Nos fuimos y al día siguiente prepare el video para Eduardo, se lo envié desde un correo que hice, con una nota en la que decía «Esto es por haberme sido infiel hijo de puta» no quiero volver a saber nada de ti o el video de tu mamá va a circular con todos tus amigos y familia.

    Nunca recibí respuesta, Eduardo nunca me volvió a buscar, solo supe que le dejó de hablar a Jorge, y junto con su mamá cambiaron de residencia a otro estado. Yo seguí cogiendo con Jorge por un tiempo y después lo deje para cogerme a otros amigos de Eduardo.

  • Joven de 18 pierde la virginidad con dos mujeres calientes

    Joven de 18 pierde la virginidad con dos mujeres calientes

    La ciudad de Ibiza es famosa por su ambiente festivo y libertino, especialmente en verano. Miles de jóvenes —de ambos sexos— llegan a diario de todas partes con ganas de fiesta. Esta diversión se traduce en alcohol, drogas, discotecas o sexo, en ocasiones un cóctel de todo. Son populares los paquetes que incluyen avión ida y vuelta y entrada a alguna de las más populares discotecas. La idea es llegar temprano, pasar mañana y tarde en la playa, o vagando por la ciudad, y terminar en la discoteca, antes de regresar la mañana siguiente, triunfantes o decepcionados según se hayan dado las cosas.

    Chema y sus amigos son un claro ejemplo de jóvenes ilusionados.

    A Chema lo conocí ayer por la tarde en la playa. Yo estaba con mi amiga Alicia tomando el sol en topless, cuando un grupo de tres chicos y dos chicas se pusieron a nuestro lado. Iban muy alegres, menos uno de ellos, que estaba desparejado. En un momento dado, las dos parejitas fueron a dar un paseo, muy acaramelados, y el pobre quedó al cuidado de las pertenencias de todos, visiblemente decaído.

    Mi amiga estaba tumbada boca abajo, escuchando música con auriculares y los ojos cerrados, ajena a todo. Aproveché para conversar con el muchacho.

    Dijo ser de un pequeño pueblo de Guadalajara, igual que sus dos amigos, y ellas de Madrid. Las habían conocido en el avión y llevaban juntos desde entonces. Su voz era tímida, no tanto sus ojos, que miraban el culo de mi amiga y mis pechos cada vez que yo desviaba la vista. Me pareció feo que, siendo tres, los otros ligaran con dos chicas; más que nada porque alguno quedaría inevitablemente sujetando la vela. Así se lo dije; no obstante, Chema aclaró que eran cuatro en el avión, pero las otras se habían ido por su cuenta. Entendí que las otras no le gustaban, pero dejó caer que no le habían hecho caso.

    —Ellas se lo pierden, porque eres mono, físicamente estás bien y eres simpático —le dije sonriendo y pregunté—. ¿Te asustan las chicas?

    El pobre apartó la mirada hacia el mar y respondió con tono descorazonador:

    —No me asusta hablar con las chicas, pero no soy tan lanzado como mis amigos.

    Le tomé la barbilla y dirigí su rostro hacia mí. Luego le hablé con ternura.

    —Imagino que no te has atrevido a decirles nada, esperando que ellas dieran el paso, y así es complicado con casi todas las mujeres. Pero, mira por dónde, has dado con una de estas, porque a mí me gustas. Prefiero los tímidos a los descarados. Por cierto, me llamo Sandra, tengo veintidós y soy de la provincia de Alicante.

    Le di dos besos en las mejillas y llamé la atención de mi amiga con un par de azotes en el culo. Se levantó sobresaltada. Los presenté, se saludaron con otro par de besos y los tres hablamos durante un rato. Luego Alicia fue a darse un baño. Chema se la comió con los ojos mientras caminaba, especialmente su espectacular culo, mínimamente tapado con el tanga.

    En este momento dejamos de hablar, interrumpidos por sus amigos, que regresaron con las otras. Poco después volvió Alicia, tomó el relevo cuidando nuestras cosas y me levanté con intención de darme un baño. Apenas di unos cuantos pasos, me di la vuelta y ahí estaba él, mirándome embobado. Me sentí halagada y le pedí que viniera conmigo. Le costó unos segundos decidirse, pero vino, le tomé de la mano y caminamos juntos, mientras los otros nos miraban alucinados.

    Durante un rato tonteamos salpicándonos agua en la cara, una cosa llevó a otra y terminé abrazada a su cuello con los brazos y a la cintura con las piernas, fingiendo que no hacía pie y apenas sabía nadar. Así le susurré al oído lo mucho que me gustaba y le besé. No fue la típica comida de morros en plan salvaje, sino suave, con pequeños mordisquitos en los labios, alternando el superior y el inferior repetidas veces. Entonces percibí cómo su miembro crecía y oprimía mi sexo. Aunque este hecho no implicaba que fuera virgen, le pregunté y lo admitió al tiempo que giraba el rostro, visiblemente avergonzado. Resultó tan tierna su forma de responder, que le propuse vernos por la noche, porque Alicia y yo teníamos que irnos en un rato. Vaciló un instante, mirando a sus amigos, y aceptó cuando le di un último empujoncito, argumentando que pensara en sí mismo, igual que hicieron ellos con las otras.

    Volví a besarlo y salimos juntos del agua. Entonces me sentí juguetona y salté sobre su espalda, pidiendo que me llevara a caballito. Cuando llegamos, sus amigos le miraron en plan, ¿qué coño verá esta tía en él? Le di un piquito y me senté con Alicia.

    —Te veo muy motivada con Chema —dijo ella esbozando una gran sonrisa.

    —El pobre es tímido y se siente apocado porque sus amigos han ligado y él no —respondí al tiempo que maduraba una idea en mi mente—. Además, tiene dieciocho años, es virgen y siempre recordamos la primera vez. Podemos darle la experiencia de su vida, para que presuma de haber debutado con dos tías estupendas.

    —Veo que vas aprendiendo de tu maestra —respondió Alicia entre carcajadas, señalándose a sí misma con el dedo.

    Conformes las dos, le di mi número para cuadrar la cita más tarde, nos despedimos besándole los labios y caminamos exagerando el contorneo.

    Recibimos su llamada terminando de cenar en una pizzería junto al puerto, cuando habíamos perdido la esperanza y hacíamos planes propios. Nos citó en la entrada al recinto donde se celebraba una pool party. El problema es que ellos tenían entrada y nosotras no. Sería imposible obtener una de última hora. Chema resolvió el problema anunciando que les sobraban dos, las de aquellas que se fueron por su cuenta pasando de él. Por lo visto, habían ligado con dos ingleses y no pensaban ir, por lo que nos cedían sus entradas a precio de coste.

    Como el lugar estaba a las afueras de la ciudad, a unos cuatro kilómetros de la zona del puerto, llegamos en taxi, conformes en integrarnos en el grupo, más que nada para que Chema no se sintiera intimidado por dos lobas hambrientas, vestidas con top bikini y minifalda con vuelo, más cómoda para nuestras pretensiones.

    Bebimos y bailamos durante un par de horas, hasta que Alicia y yo pensamos que Chema estaba a punto de caramelo. Desinhibidas, le perreamos un rato, recibiendo abrazos y besos de las dos que terminaron por subirle la moral. Le tomamos cada una de una mano y tiramos de él, alejándolo de sus amigos, que le miraban boquiabiertos.

    Pensando que los aseos estarían atestados de gente esperando, y que podríamos provocar un motín encerrados los tres un buen rato, buscamos un lugar oscuro y apenas concurrido al fondo del recinto. Empujé a Chema contra el muro apenas llegamos y le comí la boca unos segundos, al tiempo que le manoseaba y él me correspondía. Entonces le susurré que Alicia y yo queríamos sexo con él, preguntando luego si se atrevía con las dos. Me apartó con las manos, diciendo que se trataba de una broma pesada de sus amigos. Traté de convencerle de que no era así, pero, Alicia que tiene menos paciencia que yo, me apartó ocupando mi lugar. Miró a Chema fijamente, se acercó y le puso la mano en el paquete.

    —La tienes dura y tantas ganas como nosotras —le dijo con tono severo—. Qué más daría si fuese una broma, que no es así, mientras te beneficies de ello —añadió al tiempo que le abría la bragueta y sacaba el miembro.

    Antes de que Chema reaccionara, Alicia se puso en cuclillas y comenzó a chupársela. El pobre muchacho gemía entusiasmado mientras la lengua y los labios de mi amiga hacían maravillas. Cuando Chema estuvo más relajado, ella me pidió un preservativo y se lo puso. Luego ayudó a quitarme las bragas y se apartó para dejarme sitio. Me coloqué de espaldas delante de Chema, me incliné levemente alzando la minifalda por detrás, para tomar la polla y colocarla en la entrada del coño, y reculé hasta ensartármela yo misma.

    Alicia hizo pantalla delante de nosotros, para taparnos y alertar si alguien se acercaba, y pedí a Chema que me follara. Lo hizo así durante unos pocos minutos, acalorando mi nuca con el aliento de sus jadeos. Luego repitió con Alicia del mismo modo tras quitarse las bragas. Como la verga del muchacho no era gran cosa, mi segundo turno me sabía a poco y ayudé masturbándome el clítoris. Alicia hizo lo mismo después. Solo de este modo experimentamos cierto grado de placer. Pero yo necesitaba más y le propuse darme por el culo. El muy granuja, que había dejado lejos la timidez, afirmó con un leve sí, y él mismo encontró el agujerito y empujó. Esto era otra cosa y comenzaba a sentir que me venía el orgasmo, gracias a la ayuda de mis dedos entrando y saliendo del coño. No obstante, la mayor presión del ano hizo que se corriera antes de lo esperado.

    Alicia se lamentó bromeando por haber perdido al paciente y lo confirmé. Por su parte, Chema se excusó argumentando que había aguantado todo lo posible. Me hizo gracia que pidiera perdón por algo natural, siendo la primera vez. Así se lo dije después de besarle los labios y recuperó la sonrisa, agradeciendo que hubiéramos sido nosotras y no otra.

    Vale, todo muy tierno y lo que se quiera, pero nosotras seguíamos con ganas de más. Alicia propuso buscarnos un par de vigorosos machos que dieran más juego, pero entendimos que podría resultar arriesgado. Entonces se me ocurrió una alternativa menos temeraria y con ciertas garantías. Con esta intención pregunté a Chema qué tal les iba a sus amigos con las otras. Afirmó que eran de las que se dejan meter mano, pero de momento nada más. Alicia entendió y los tres fuimos a buscarlos.

    El caso es que nos importaron tan poco al principio, que ni recordábamos sus nombres. Chema nos los recordó. Al más alto le llamaban Toni, el otro Luis.

    Los encontramos charlando con las chicas, llamé con el dedo a Toni y vino. En plan cotilla, le pregunté qué tal les iba con ellas. Él respondió que de momento nada de nada, que solo tenían ganas de fiesta. Entonces, me acerqué a su oído, le dije lo que acabábamos de hacer con Chema y que teníamos ganas de más. Finalmente, resultó graciosa su cara cuando le propuse, sin pelos en la lengua, si querían follar con nosotras. Chema confirmó que era cierto e íbamos en serio. Aun así, para convencerlo del todo, tomé su mano y la metí por debajo de la minifalda.

    —Como puedes darte cuenta, no llevo bragas —le susurré al oído—. Mi amiga tampoco. Se las hemos regalado a Chema como recuerdo de su primera vez con las dos. Podéis decirles que vais a mear. No se extrañarán si tardáis media hora o más, estando los aseos como están.

    Chema se las mostró discretamente y los dos fueron con el otro. Le apartaron de las chicas y cuchichearon los tres mientras nos miraban. Chema confirmó con la cabeza y le indicamos que nos siguieran.

    En la calle, miramos a nuestro alrededor buscando un lugar discreto. Donde lo hicimos con Chema daríamos el cante siendo tantos. Entonces vimos varias personas que provenían de detrás del muro que delimita el recinto. Los típicos que no esperan la cola de los aseos. Caminamos siguiendo el muro, alumbrando con los teléfonos, hasta llegar tan lejos que no se veía ni escuchaba a nadie cerca, salvo el estruendo de la música y levemente las olas rompiendo contra las rocas.

    Alicia y yo nos pusimos en cuclillas —el suelo era de tierra con multitud de pequeñas y afiladas piedras—, esperamos a que se sacaran la verga y les dimos una buena mamada hasta que se pusieron erectas y duras del todo. Estábamos listas, pero Alicia cayó en la cuenta de algo que yo había pasado por alto. Recelaba de que, estando algo ebrios, tuvieran la brillante idea de hacerlo sin condón.

    —Lo mejor es follar por turnos, una primero, mientras la otra se asegura con la luz del móvil de que lo tienen puesto, y luego cambiamos —propuso mi amiga.

    Ella fue la primera. Se colocó cara al muro, con la minifalda subida y el culo ligeramente fuera. Yo le di un preservativo a cada uno y vi cómo se lo enfundaban. Toni, más lanzado que Luis, no tardó en colocarse tras ella y clavarla en el coño. Alicia gimió apenas comenzó a follarla, al principio despacio, luego con cierta violencia, así durante unos cinco minutos.

    —¡Esto es otra cosa! —exclamó Alicia cuando Luis se la clavaba.

    —Tienen más experiencia, creo, y seguro que nos duran más que Chema —opiné en su oído.

    No iba desencaminada, porque la jodía bien jodida, al tiempo que ella se ayudaba con la mano en el clítoris. Así llegó al orgasmo, gritando como una loca.

    Era mi turno y me coloqué igual que ella, apoyada con los antebrazos en el muro. Así recibí a Toni, después de levantarme el top y dejarme los pechos desnudos.

    —Ha merecido la pena pasar de las otras estrechas —dijo cuando me follaba con ganas aferrado con las manos a mis tetas.

    —Alicia ha pasado de su marido y yo de mi novio —susurré entre gemidos.

    El muchacho soltó varias carcajadas, informando al otro de mi comentario.

    —No me creo nada —dijo Luis.

    Alicia se lo confirmó, alegando que se habían ido a jugar al casino y dejando caer que seguramente se estarían tirando a unas guarrillas. Esto encendió la imaginación de Luis, que apartó al otro, y me la metió de un empujón, presumiendo de lo mucho que le gustaba joder con chicas comprometidas. Verdad o no, lo cierto es que, por su forma de follarme, era fácil decantarse por lo primero. Así alcancé el orgasmo, al tiempo que le pedía más y más.

    Cuando salió de mí, observé cómo Alicia le comía la polla a Chema, procurando que se le pusiera dura de nuevo. Estaba cansada de esperar mientras la otra recibía, y propuso que nos dieran por el culo al mismo tiempo. El temor a que lo hicieran sin condones había pasado y se colocó cara a la pared a mi lado. Entonces exigió a Chema que la enculara. Antes se había quedado con las ganas porque se vino demasiado pronto. Toni lo hizo conmigo y nos sodomizaron un rato. Luego se fueron intercambiando hasta que, Alicia primero y yo después, nos corrimos de nuevo.

    Para terminar, Luis y Toni, insistieron en correrse encima del culo, lamentando que era cutre hacerlo en un mísero condón. No les faltaba razón, porque son pocos los hombres que les gusta terminar así hoy en día. Sin embargo, Alicia y yo descartamos cualquier opción que supusiera quedar embadurnadas de semen, ya que no es agradable si no tienes con qué limpiarte. Decidimos que lo mejor para todos sería que lo hicieran en la boca y escupirlo después.

    Con esta intención nos pusimos en cuclillas apoyadas con la espalda en la pared. Así ella se la chupó a Luis y yo a Toni, hasta que descargaron, las limpiamos en plan zorras y escupimos en el suelo.

    Cuando regresamos a la fiesta, Luis y Toni, por un lado, Chema y nosotras, por otro, las otras seguían allí, esperando con cara de pocos amigos y protestando, supuestamente, porque habían tardado demasiado. Daban las nueve cuando nos fuimos con Chema para acompañarlo al aeropuerto. De los otros no supimos nada hasta que los vimos allí, mientras desayunábamos en la cafetería media hora antes de embarcar.

    —Ven conmigo, Chema —le dije mimosa.

    Me siguió y llegamos a los lavabos de caballeros. Allí nos encerramos en un compartimento y regresamos veinte minutos más tarde.

    —¿Puedo saber dónde habéis ido antes? —preguntó Alicia mientras volvíamos en autobús.

    Respondí con una sonrisa de oreja a oreja.

    —Hemos ido a los aseos, le he dicho lo feliz que estaba porque haya perdido la virginidad con nosotras, y que me llamara si alguna vez visita Denia. Luego hemos follado a pelo por última vez y he permitido que se corra en el coño. No ha soltado mucho, pero ha sido un regalo extra para los dos.

    Alicia rio a carcajadas y nos enzarzamos en una disputa dialéctica por quién de las dos era más puta.

    Fin

    Espero que el relato haya sido del agrado de los lectores. Reitero que los comentarios son buenos para conocer vuestras impresiones o sugerencias. Prometo responderlos todos.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (4)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (4)

    4. Tres encuentros y dos consejos.

    Los tacones de mis sandalias van produciendo un sonido tan fuerte y profundo al pisar los adoquines de la plaza que conducen al puente de la Reina Emma, que en verdad ya me desagrada, pues es como si con cada losa de piedra pisada por el respectivo tacón, palmotearan entre ellos celebrando mi desgracia y con su sonido parco, quisieran opacar mis pensamientos y de paso, con el ruido seco de mi andar, despertar a toda Punda clamando por atenciones y no quiero eso, ya no puedo más. ¡Solo deseo pasar desapercibida y que el silencio de la madrugada sea quien envuelva mi tristeza o mi ilusión por el encuentro!

    Es muy temprano aún y pocos son los turistas que se aventuran a pasear el alcohol de sus trasnochos a estas horas, así que por lo visto, soy la única humana allí, nostálgica y náufraga en medio de la plaza. Una espigada estructura sosteniendo las horas, dos viejos cañones medio oxidados a mi diestra, una palmera no muy alta a la izquierda y mi felicidad pasada, tamborileando en mi pecho los recuerdos, antes de cruzar hacia Otrobanda.

    Pero debo detenerme un momento, –acaba de llegar a mi mente una bonita evocación– en frente de la escultura de un corazón enmallado al borde del muelle, y en él busco con detenimiento entre la multitud de candados aferrados, el nuestro. Uno pequeño con el arco de cierre cromado y el cuerpo pintado de rojo carmesí, que entre los dos colocamos con nuestras tibias manos, al poco tiempo de terminar con las obras de remodelación, a modo de celebración y en conmemoración de nuestra unión para siempre y que coronamos con un dulce beso.

    Hummm… ¡Aunque se terminara tan pronto!

    No puedo ubicarlo y eso me llena de mayor aflicción y desasosiego. Estiro mi mano derecha y toco uno muy parecido. No es este, así que dejo el bolso en el suelo y con la izquierda muevo otro y otro, y otro más, pero nada. Me agacho, la tela de mi vestido en gran parte le hace el ruedo al terracota suelo al doblar las piernas y con ambas manos, levanto unos cuantos más pero no lo veo y me impacienta no encontrarlo. No quiero pensar que sea un mal presagio, aunque no por ello puedo evitar que una lagrima recorra mi mejilla, así que mejor ceso los intentos por ahora para un… ¿Después? ¡Sí! si de pronto… Si pudiera ser… Si es posible que más tarde hoy… Entre los dos podamos pasar de nuevo, unidos o separados, pero mi marido y yo, hallarlo entre tantos.

    Qué estupidez la mía. ¡Idiota, pendeja, estúpidaaa! Aun no hablamos… Nada. No le he contado la verdad sobre lo que finalmente descubrió y mucho menos de aquello otro. Lo que no sabe de mí y ni se imagina. Así que no tengo certeza de que logre conseguir su perdón, intentar de que me comprenda y conmoverlo si quiera un poco, o lo que es más lógico que llegue a suceder, que Camilo nada más al comenzar yo mi confesión, me saque de forma definitiva fuera de su corazón, directo a la mismísima mierda y yo aquí, –con tan solo una pareja de pelícanos marrones por compañía, que ni me miran– pensando en estas tonterías.

    Oops, suena la alarma en mi smartwatch, –captando el interés de una de las aves– indicando que en media hora, mi esposo me espera según lo convenido. Aunque son las ocho de la mañana, se me puede hacer tarde. Debo cruzar al otro lado y apurar el paso. Empiezo a pisar la madera del puente, que como siempre se balancea. Lo recorro por el centro y acabo de caer en la cuenta de que ya no siento miedo, ni en mi vientre se encuentra ya, la sensación de vacío que anteriormente tanto me afectaba.

    La solución la hallé casi a la fuerza, por aparentar y para… ¡Para dominar! «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Y a él, por supuesto le debo lograr acabar con gran parte de mis aprensiones.

    Y es que mi «yo» del ayer, recordaba que al pasar con mi esposo por aquí, cuando íbamos de paseo, se aferraba con fuerza a su cintura y medio cerraba los ojos, mientras Camilo cargaba sobre sus hombros a nuestro sonriente Mateo, que se divertía mucho mirando los veleros y algún crucero, riendo a carcajadas los dos cuando para dar el paso a esos barcos, este puente se abría hacia un lado, moviéndose aún más y yo temblando, como loca repetía frenética y casi en voz alta… ¡No, No, Nooo! Con el enfermizo temor de caerme al mar con alguno de esos movimientos.

    Ahora no, ya voy mirando con serenidad hacia el frente, al otro extremo del puente y veo solamente a una señora bastante rellenita de carnes; de largo vestido de tirantes y enteramente fucsia, con un turbante amarillo con estampado al estilo africano coronando su cabeza y que viene caminando apresurada hacia mí, sin reparar en mi presencia.

    Y no es que no supiera nadar o defenderme en el agua, pero es que otra tara mía era no poder sumergirme completa por un inexplicable miedo a ahogarme. Sencillamente no soportaba sentir mi cabeza cubierta por agua. Otra fobia que junto a él tambien superé. ¡No fue en el mar o practicando natación en una piscina! Una felación, algo aparatosa en el jacuzzi de un motel, fue la solución. Mi cabeza bien sumergida, con su miembro dentro de mi boca. No sonrío al recordar aquello, de hecho ahora que lo pienso, lo olvidé muy pronto o sencillamente no le di la debida importancia en el momento. Es increíble hasta donde pude llegar para conseguir mis metas. Porque sí, él se convirtió en mi principal objetivo, para evitar un posible daño a un casi extraño.

    Avanzo con muchas ganas de verle de nuevo obviamente, pero sí, no lo voy negar… Mis pasos son lentos como los de una mujer acusada de hacer brujería en Salem y que conoce o teme el inevitable destino, caminando lentamente hacia la hoguera. Temerosa e insegura, bastante nerviosa por este pactado reencuentro casi siete meses después. Mi marido sin ganas de tenerme cerca y yo por el contrario, necesitada de verlo y urgida por abrazarlo, pero sobre todo, de ser con calma… ¡Escuchada!

    ***

    Una vez informada de su paradero por Rodrigo, la persona de quien menos lo esperaba, y con quien si apenas crucé tres o cuatro frases al momento de elegir el color de mi auto nuevo y estampar mí rubrica en los documentos respectivos, pues de lo demás se encargó mi esposo, inclusive de recogerlo y llevarlo a casa. Ese vendedor de automóviles y camiones que se convirtió con el tiempo para Camilo, –y algún que otro negocio tiempo después para la constructora– en algo más que su simple asesor comercial, casi un hermano.

    Su íntimo amigo, prácticamente su confesor y guía espiritual, del cual yo tuve mis reservas desde aquel día que le conocí, cuando mi esposo insistió en adquirir un auto para facilitar mis desplazamientos y continuar con aquella pantomima en la que juntos convinimos actuar, tan solo para complacer, –una vez más– mis infantiles caprichos, otorgándome el gusto de sentirme útil y empoderada.

    Y con ese Audi A1 Sportback rojo Misano, comenzamos curiosamente, Camilo y yo, a separar nuestros caminos.

    — ¡Bon dia! —Me dice la mujer al cruzarnos a mitad del puente.

    — ¡Buenos días señora! —Digo yo sonriente, respondiendo a su amable saludo.

    Ahora mi cuerpo se inclina levemente hacia mi izquierda, debo abrir el compás de mis piernas sobre el diagonal tablado para afirmarme mejor y mantener mi balanceo. Y es que por estar sumida en mis pensamientos, he pasado por alto el sonido del silbato y el agitar de la bandera. ¡Ni escuché, ni ví!

    La estructura del puente ahora va girando hacia la derecha, para dar paso hacia el exterior de la bahía a algún barco. Me acerco a las barandas aferrándome al larguero superior. La señora procede de igual forma pero ella en el costado derecho. Hay que darle paso a un remolcador y un poco más atrás, se acerca cauto un yate no muy grande que procede del interior de la bahía de Santa Ana. De seguro que es de aquellos que prestan el servicio a turistas interesados en bucear junto a las tortugas y pasar todo el día disfrutando del azul turquesa y la blanca arena, en los alrededores de la Klein Curaçao.

    Miro la hora en la pantalla del móvil, pues debo permanecer aquí al menos veinte minutos. ¡Mierda! Se me va a hacer tarde ahora sí. Ni modos de avisarle pues no tengo ya su número. Lo cambió, cuando decidió unilateralmente darme un tiempo y el espacio que no le pedí.

    El cruce del remolcador es bastante más rápido que el del otro barco, pues como lo pensé, el yate cumple con la función de permitir disfrutar el panorama y su capitán va indicando con su brazo estirado a los turistas que transporta, algo de interés al otro lado, en Punda. Hay sobre la cubierta de popa, un guapo rubio sin camisa; alto, de larga melena semi ondulada y musculados brazos tatuados, trapezoidal su depilado torso, dientes perlados y alineados. Luce un bronceado hermoso, seguramente tras varios días dorados. ¿Será australiano? Me saluda con el agitar de su mano, acompañando el gesto con un beso que lanza por los aires, hacia mí.

    Yo le sonrió la gracia, y sí, por educación levanto mi brazo izquierdo y agito el aire con el rápido movimiento de los dedos de mi mano y en mi muñeca anudada permanecen las hebras de hilo rojo, desde que mi esposo me lo colocó aquella tarde de abril en Bogotá, recorriendo el mercado de las pulgas por los alrededores de Usaquén.

    Pero… También lo saluda la señora que se ha ubicado unos tres metros más allá, pero del lado mío. ¡Ahora me siento ridícula! Porque no sé si el rubio galán, obsequiaba aquel volador beso a la mujer de color y su festivo turbante, o a esta nívea hembra, que viste de rombos verdes encendidos, amarillos de carnaval y rojos coral, sobre un fondo de hilos negros, con sombrero de paja que es asegurado a su cabeza por la mano que antes se agitaba saludándolo y lentes oscuros a la moda, aun cuando no es necesario ocultar de la nublada mañana, mis azules ojos.

    En fin, que ahora lo importante para mí es lograr cumplir con la maratón y en zigzag, por las calles de Otrobanda, desde la plaza Brión hasta el hostal.

    Y de nuevo percibo el movimiento para normalizar el puente. El apuesto turista melenudo se despide a lo lejos con una lata azul y aluminio, que lleva de forma distendida en su mano derecha. Esta vez compruebo que es de mí, pues la colorida compañera de detención en este puente, ya va caminando varios pasos por delante y de costado no se fija, no le importa, ni a mi debería de hacerlo y sin embargo me permite subir en algo, mi maltrecha autoestima. Sin quererlo sé que le estoy sonriendo al rubio. Sin pretenderlo y tan lejos, sigo gustando.

    Por fin se endereza el puente, ojala que mi vida tambien llegue a hacerlo pues en caso contrario, deberé tomar una drástica decisión antes de perder la poca cordura que me queda. Ya veo a más personas al fondo de la plaza, me cruzo con algunas pero del afán, paso por grosera ya que a ninguno saludo, porque por momentos mi mente vuela a donde no estoy pero si a donde estuve, permanentemente a su lado. Atravieso en diagonal presurosa hasta llegar al pequeño parque, rodaderos y columpios silenciados a estas horas de la algarabía de los niños. Continuo recto hacia la esquinera casa de puertas y ventanas blancas, –con muros de un intenso bermellón– y por la angosta calle doblo hacia la izquierda, perdiendo de vista las alturas del puente Reina Juliana y avanzo solitaria bajo el amparo de los faroles negros que permanecen encendidos todavía, iluminando el costado del parking a mi diestra. La brisa aquí no sopla, protegida estoy por las casas que me rodean y mis pasos no retumban tanto disimulados por el zumbido, –en un mecánico orfeón– de los aires acondicionados.

    Esta estrecha calle no es muy recomendable, pero para acortar la distancia preciso hacerlo. Llego a la esquina donde por lógico horario, está cerrado el restaurante chino y debo cruzar por debajo de las columnas de concreto que soportan el tráfico en la avenida con el nombre de la otra isla compañera y girar hacia mi derecha, luego de nuevo a la izquierda y al fondo ya, donde anhelo estar, –con todo mi corazón– y donde me aguarda… ¡Mi perdido amor!

    Antes de llegar debo hacer una parada de reabastecimiento, solo espero que el mini mercado esté abierto. Unos pasos más y sí. ¡Qué alegría la mía, tan infinita! Voy a comprar cigarrillos suficientes y de paso miraré que puedo llevarle, para no aparecerme con las manos vacías.

    El interior esta oscuro, retiro de mi cara los lentes y voy acostumbrándome al cambio de ambiente. No veo a nadie así que opto por saludar a lo colombiano…

    — ¿Bueeenas? ¿Alguien vive? —Y casi de inmediato escucho una voz familiar… —Buen día señorita. ¿En qué le puedo servir?

    La tienda es de don Santiago, un arriero paisa muy amable, quien realmente nació en Manizales y que hace muchos años vino a vivir por aquí, y de una mujer mulata se enamoró. Se acerca un paso más, sin embargo no me reconoce. Me despojo tambien del sombrero y lo coloco sobre el mostrador, sin musitar una palabra.

    — ¡Ehhh ave maría, por Dios! Pero que es esta dicha que ven mis ojos. Si es la «cachaquita» más hermosa que conozco. Vea pues, de visita por acá ¿Melisita? —Yo sonrío ampliamente ante su halago y de paso me ruborizo un poco.

    —Don Santi, usted como siempre tan galante. Vea, ya me puse roja como un tomate, jajaja. —Y de inmediato me obsequia un ligero beso en mi mejilla, causándome picores con su espeso y duro bigote.

    Me abraza por unos segundos y se aparta, sin dejar de mostrarse sorprendido por mi llegada, y como todo hombre, sin poder evitarlo, –de eso sabemos las mujeres aunque miremos hacia otro lado– me da una repasada de abajo hacia arriba.

    —Tiempo sin tener el gusto de verla. —Me dice con su característico acento cantadito. —Vos tan rogada para volver, ni que por aquí se le hubiera menospreciado su candor. ¡Y su esposo guardando el secreto! Que berraco tan callado, púess. Después cuadraré cuentas con él.

    Don Santiago se acomoda el delantal negro con el estampado del genuino licor de por aquí, el «Blue Curaçao», anudando las cintas de ancha tela por detrás de su espalda.

    —Ya sabe usted don Santi, las ocupaciones que no dan respiro. Le respondo, tirando balcones fuera. —Así que solo vine de pasadita, no me puedo demorar. De hecho necesito un paquete de cigarrillos… Hummm, mejor que sean dos. Y déjeme ver que más llevo. Le comento. Aguzo la mirada, aprieto mis labios y los estiro un poco.

    —Señora Melissa, pues su marido ya pensó en eso. ¡Observe púess! –Coloca sobre el mostrador una bolsa de lona gruesa y me indica su contenido. – Aquí van los dos paquetes de Marlboro Rojo, el six pack de cervezas y la media botella de Aguardiente Antioqueño. Tambien la docena de huevos, el pan tajado, el queso salado y el jamón. Su marido ya había pensado en todo. De hecho iba para alla en este instante a llevárselo, pero si usted va para su casa…

    —Claro que sí don Santi, no hay problema. Yo lo llevo todo. Pero de todas maneras véndame dos paquetes de cigarrillos, de los que me gustan a mí, de los blancos aquellos. Le señalo. —Y una botella de «Curaçao Azul», por favor.

    — ¡De más que sí, Melisita! ni que estuviéramos bravos. —Me responde en tono jocoso y se da la vuelta para ir a buscar en el estante la botella y así de espaldas hacia mí, es que aprovecho para preguntarle…

    —Don Santi y es que… ¿Camilo está bebiendo mucho? —Se rasca la cabeza y se demora en contestar. Se da la vuelta y ahora me mira con seriedad. Está pensando que responder pero antes de hacerlo eleva el brazo derecho y de un gabinete superior, toma los dos paquetes de cigarrillos para mí. Se toma su tiempo y mira para ambos lados, pero en el local no hay nadie más que él y yo. Aun así, casi entre susurros me termina por confesar…

    —Melisita, su marido desde que llegó hace cinco meses…

    —Casi siete, don Santi, le interrumpo para aclarar sus cuentas.

    — ¿Ahhh? ¿Tanto ya? Bueno, pues no es que me importe, pero cada cuatro días me hace el mismo pedido de cerveza y aguardiente. —Se rasca la aguileña nariz.

    —Usted sabe bien que a él, el amarillito no le agrada. Pero él no anda por ahí en la calle, borracho ni dando espectáculo. Y nada de mujeres Melisita. ¡Eso sí para qué, pero su marido se sabe comportar! — ¡Lo sospechaba! Pienso que a Camilo como a mí, le sucede que quiere con el alcohol, aturdir las penas. Y le extiendo dos billetes de veinte dólares para cancelar las compras. No he tenido tiempo de cambiar algo de dinero por florines.

    Posa su velluda mano sobre la mía y me la aprieta un poco, acompañando su gesto morbosamente, con la repasada de su húmeda lengua sobre sus labios entrecerrados y me rechaza el pago.

    — ¡Ehhh, Ave María! Ni más faltaba. Dejemos así Melisita, esta vez la casa invita. Ahh, pero eso sí. El primero que sea por las benditas almas del purgatorio y el segundo a mi nombre, púess.

    — ¡Muy amable, que detalle tan bonito! —Le respondo haciéndome con las dos bolsas y mis billetes.

    —Así será entonces don Santi y de nuevo muchas gracias. Y ahora me voy que se me hace tarde para entregar su mandado. ¡Jejeje! —Le sonrío lo suficiente.

    De nuevo el sombrero a mi cabeza y los lentes oscuros cubriendo mis ojos. Salgo del local con la sensación de… ¡Llevarme su mirada pegada a mis nalgas!

    ***

    Tengo que caminar más rápido pero por alguna razón, camino normal y tranquila. Volver a recorrer esta calle tan cercana a casa me tranquiliza, aunque llegaré tarde a nuestra cita. ¡De nuevo yo con mis cagadas! Hasta me detengo a observar los grafitis que adornan las paredes de la casa de nuestros amigos franceses. No hay ninguno nuevo, pero si se conserva el dulzón aroma de la narcótica yerba que se debe estar fumando alguien, alla arriba en la terraza.

    Dos silbidos, uno corto y el otro un poco más largo, tan inconfundibles para nosotras las mujeres, reclaman mi atención y elevo la mirada hasta la barda donde se encuentra Eric observándome, con su porro encendido sujeto entre el dedo índice y su pulgar. El cabello largo, entre rubio y ceniza ya en las patillas, engominado y echado por completo hacia atrás, sujeto por una elástica goma crema y los descuadrados dientes amarillos asomando en su burlesca sonrisa, como siempre.

    — ¡Atrevido! le grito, –con una sonrisa de oreja a oreja– pero no se amedrenta.

    —Tan viejo y… ¿Todavía molestando a las mujeres con las que se cruza? ¡Le voy a contar a mi marido! Lo sentencio y Eric se carcajea un poco.

    — ¡Solo lo hago con las Mademoiselles elegantes y hermosas en estas mañanas frías! Las otras, gorditas y feas, esas se las cedo a mi amigo Pierre.

    Deja Eric salir sus piropos en su español afrancesado, desde lo alto de la terraza hasta caer en mi rostro cubierto a medias por la sombra del sombrero, a un metro del muro lateral que entre Pierre y él, han pintado con mensajes de paz y amor, con el rostro en un opaco negro del Che Guevara fumando tabaco, superpuesto sobre una gran estrella roja y al lado, apenas el bosquejo inacabado de Bob Marley. Por lo visto, creo que este «man», es otro más que no me reconoce. ¿O sí?

    —Me… ¿Meli? ¡Meliiii, mi vidaaa! Pero… ¿Qué haces tú por aquí? ¿Camilo sabe? ¡Mon Dieu! A mi amigo le va a dar un «patatús». ¡Pieeerre! Ven para acá, adivina quien ha regresado. —Eric grita y se cuestiona mentalmente algo, con la mano derecha puesta sobre las arrugas de su frente, aunque eso sí, sin soltar para nada su fumable tesoro. Pierre no aparece por la terraza y yo tengo prisa.

    — ¡Bon día, Eric! le saludo cortes y de inmediato me despido. —Otro día hablamos con calmita. ¡Salúdame a Pierre! Concluyo.

    —Meli, esta noche nos pasamos por tu casa para festejar como se debe tu retorno. —Y ahí si me preocupo un poco pues no quiero interferencias.

    —No se va a poder Eric, tenemos muchas cosas pendientes y pocas horas para resolver y te agradecería que no aparecieran por allá. —Le respondo, quizá de forma más seca de lo que debería, y me doy media vuelta para continuar.

    Un paso, otro más y al tercero a mi espalda escucho a Eric decir…

    —Trátamelo bien Meli, mi amigo ha sufrido mucho. ¡Él te ama como nadie!

    Se me escapa un suspiro, lento y pausado en extremo y a la vez largo, cargado de angustia. Sí, cuanta sincera amistad existe en su mundo alterado y tanta esperanza para mí en sus palabras, –y a mi mundo tan perturbado– que son por supuesto como otro peso muerto más en la cadena apostada en mis pies. ¿Qué le habrá contado mi esposo a estos dos?

    ***

    Giro a mi derecha y allí está la casa. Por supuesto siento palpitar con fuerza el corazón. Los muros que la delimitan ya no están teñidos del verde bambú que la destacaban de entre las demás. Resplandece la cal sobre ellos. Y la casa ahora luce en sus paredes el ocre claro que Camilo quiso en un principio.

    Los marcos de puertas y ventanas siguen inmaculadamente blancos, al igual que los postigos y las canaletas. No así las barandas de madera del porche, que ahora están muy pulidas y se muestran al natural, pero barnizadas. El techo a dos aguas sigue igual con el rojo terroso de sus alineadas tejas seccionando el horizonte.

    Hummm, desde aquí fuera a tan pocos pasos, percibo en el ambiente un cambio. Es el viento que agita las palmas y una calurosa claridad. ¿En qué momento se ha despejado el cielo a mis espaldas? Mi esposo tambien se habrá renovado… ¿Sin mí?

    Tengo nervios y la respiración agitada. Algunas gotitas de sudor resbalan por el puente de mi nariz hacia el ápex y lentas, se deslizan hasta reunirse en medio de las columnas del filtrum, para luego con su salina humedad, en una gota más gruesa, precipitarse sobre mi labio. La temperatura va en aumento, como así lo hacen los latidos de mi corazón.

    Las dos amplias puertas de gruesos y verticales tablones de Caoba, están cerradas frente a mí. ¡Tengo el juego de llaves dentro de mi bolso! En un acto reflejo mi mano derecha se introduce en sus profundidades y a tientas mis dedos las buscan. Pero vuelvo a la realidad, a ser consciente de lo que significa mi ausencia y ahora mi presencia, por eso no creo que deba usarlas. No aún, sin su permiso, sin saber que puesto ocupo ahora en su corazón. Entiendo que ahora sólo soy una invitada. Por lo tanto retiro suavemente la mano y llevo mi dedo índice hasta el botón del intercomunicador, presionándolo y conteniendo la respiración.

    Me persigno con rapidez y que sea… ¡Lo que Dios quiera!

    ***

    Quiero pensar que la demora de Mariana se deba a algún imprevisto con su vuelo y no a un final arrepentimiento, por el peso de su engaño y el temor a enfrentarme. Puedo llamarla a su teléfono obviamente, pero eso para ella podría darle a entender que me preocupo todavía y que me importa su estado. ¡Jueputa vida! A pesar de ser una verdad tan grande como una catedral que no puedo ocultar, yo no… ¡No debo hacerlo!

    Aunque la tentación sigue latente en las yemas de mis dedos, sobre todo de este inquieto índice, que se desliza indeciso entre la «A» de amor, hasta la «M» seguida de otra eme, –mayúscula igualmente– en mi lista de contactos, sobre la pantalla de mi móvil.

    8:41 A.M. ¿Será que no viene? Es posible, aunque Rodrigo me confirmó el viernes pasado con contundencia que Mariana sí o sí, lo haría. Once minutos de retraso no es mucho en ella, pero se me han hecho muy largos. ¡Vendrá! De hecho ella fue quien lo buscó en el concesionario, supuestamente por un ruido inidentificable en su Audi y con esa peregrina excusa logró hablar con él, de mí.

    Ella fue quien lo planteó, casi que le suplicó a mi amigo contactarme y servir de enlace entre los dos. Respetuosamente Rodrigo le indicó que recurrir a él como Celestina, ni estaba entre sus oficios y por supuesto no era de su predilección, pero que ya vería que podría conseguir de mí, si llegado el caso lograra ubicarme.

    Una promesa que tras varias llamadas y más de uno de sus consejos, consiguió finalmente ablandar mí endurecido corazón y que aceptara hablar con ella, –lo reconozco, casi a regañadientes– para aclarar lo sucedido.

    — ¡Escúchala! Dale la oportunidad de explicarse, si hay solución cogerla al vuelo, pero si no fuera posible romper el muro que los separa, que cada uno tome su rumbo en paz. —Me lo dijo al comienzo, cuando ni por asomo yo lo consentía.

    Y me lo repitió en nuestra última conversación, cuando doblegado ante la evidencia… ¡Acepté reencontrarnos!

    —Ya lo sabes todo Camilo, aunque tu mujer piense que no estas al tanto de lo que hizo. Y sin embargo, no lograras la paz que ansías si no hallas en sus palabras, –al dejarle hablar– la respuesta a ese gran interrogante que a los que alguna vez hemos sido traicionados, no nos deja conciliar el sueño… ¿Por qué a mí?¿Dónde te fallé? — ¡Otro herido en combate! recuerdo que pensé con amargura.

    —Camilo, amigo mío, por experiencia te digo esto: «La verdad solo tiene una faz, aunque con mil mentiras se trate de restaurarla con varias caras». —Guardó silencio por breves segundos. Escuché como Rodrigo suspiró hondamente y prosiguió…

    — ¡Sinceridad! Mi querido amigo, esa es la palabra clave que debes de ubicar entre sus razones, para que puedas decidir si perdonas el daño que te hizo. ¡Olvidar!… Es otra parte para resolver en esta ecuación, que más adelante tú y solo tú, deberás con calma despejar de tu cabeza. Y de ahí para adelante, lo que se venga será ya una decisión consensuada, entre el corazón y la razón; el de tu esposa primero que todo, de ti, principalmente y si aún se siguen amando… ¡De los dos!

    Y acepté encontrarme con Mariana nuevamente, pero lejos de todos. De su familia y la mía, igual que de nuestros conocidos; por supuesto de Eduardo, mi ex amigo y obviamente de su presuntuoso amante. Una reunión incomoda, es cierto. Pero necesaria para los dos y especialmente aquí… ¡En mi terreno!

    8:55 A.M. Esta espera y la incertidumbre que conlleva, es insoportable. Llevo bebidas dos tazas de café y cada una acompañada por su respectivo cigarrillo, así que mejor voy a cambiarme de ropa y continúo con lo que me falta por hacer en la piscina.

    Dentro de un rato deben estar por bajar a tomar el sol, los dos únicos huéspedes que quedan, –por cierto, muy amigos de William– y es mejor que la encuentren limpia y aspirada. Han pagado muy bien y puntual su estadía, que ya va para dos meses.

    La verdad estoy muy molesto y profundamente decepcionado, es que tanto afán para que se produjera este encuentro y nada. Ya quisieran algunos mofarse de mi infantil nerviosismo y apresurado salir anoche de compras, y hoy muy temprano verme reflejado ante el espejo del armario, estrenando camisa manga larga y pantalón 3/4 al estilo Capri, para que Mariana no me encontrara mal vestido y yo, demostrarle que estaba bien sin ella y mejorando día tras día; luciéndome finalmente al caminar en frente suyo con estas zapatillas de tela que por la marca, casi me dejo un riñón en una de las tiendas de Fuerte Rif, en lugar del cómodo caucho de mis chanclas.

    Pero como lo prometí, debo mantener la calma. Es solo que la impuntualidad me saca de casillas y ese mal hábito que detesto de las personas, por amor siempre se lo perdoné a Mariana.

    ***

    ¡Nadie contesta! ¿Será que se cansó y no me esperó? ¡Pero alguien debe estar hospedado!

    Respiro profundamente y me froto las manos. Mientras divago en mis pensamientos, escucho el correr de la tranca metálica y el girar del cilindro en la cerradura. Se abre la puerta por completo, sin preguntas. ¡Me esperaba! Y recibo un cariñoso y fuerte abrazo. No es Camilo, que ilusa. Pero igual siento una inmensa alegría.

    — ¡Mi niñaaa! Mi Dushi hermosa, que alegría de verla. —Y tras sus palabras de recibimiento, Kayra me estampa dos sonoros besos, uno por mejilla y sus ojazos negros brillantes por la húmeda dicha de verme de nuevo, revisan mi anatomía; me hace girar trescientos sesenta grados tomándome de la mano, para comprobar tal vez, que me encuentre sana y salva.

    — ¡Ohh mi preciosa Kayra! Gracias, muchas gracias. A mi tambien me da gusto verte. ¿Sabes? Te veo muy bien. Eso debe ser que Kenley te mantiene muy bien atendida, jajaja.

    Y aquella mujer que ha servido como cuidadora, cocinera, mucama, guía turística en nuestros primeros días y por poco casi mi madre aquí en la isla, agita frente a mí, las palmas blancas de sus dos manos, negando mi suposición.

    — ¡Que va mi niña! Ese hombre no me sirve sino para darme dolores de cabeza y una que otra serenata cada vez que quiere pedirme perdón y que lo deje entrar en la casa para sobarme las tetas y apretarme el culo. ¡Claro! Después de perderse tres días los fines de semana con sus amigotes, esos con los que se la pasa dizque cantando en las calles del mercado flotante o en alguna de las playas, sobre todo esa de Mambo Beach. Coqueteándole a las turistas monas y cree que nadie me lo cuenta. Y cuando le estiro la mano, ni un florín pone para la comida. Un vago que me sirve de vez en cuando para el catre. —Me sigo riendo con mi mano cubriendo la boca y ahora soy yo quien le da un abrazo.

    —Pero siga mi niña, siga y me acompaña a la cocina que estoy terminando de preparar la limonada para ofrecerle en el desayuno a los huéspedes. —Y Kayra tomándome del antebrazo se hace con mi frágil humanidad ante su corpulencia y me lleva con ella al interior de la casa.

    En la entrada observo que no hay vehículos en el parqueadero. Solo la cuatrimoto de William y por supuesto la vieja Vespa amarilla de Kayra. Dentro en el recibidor recorro los espacios con la vista. El gran salón con sus muebles antiguos forrados en terciopelo antes granate, ahora son color arena. El viejo reloj de pesas sigue ocupando su lugar. Los porcelanatos del piso resplandecen con los rayos de sol, que burlones, se cuelan al vaivén de los visillos que son agitados por la brisa, al estar las ventanas completamente abiertas a mi izquierda.

    Cortinas en verde aguamarina que cortan muy bien con las blancuras de los velos, tan nuevas y diferentes al color mandarina de las pasadas. Los mismos altos jarrones de porcelana, de a uno entre cada espacio de los tres ventanales. Verbenas y Geranios en dos de ellos. Petunias y Boca de Dragón en el otro.

    Paso mis dedos sobre la superficie lustrada de las mesitas isabelinas, sin dejar huella. Todo limpio y ordenado, un ligero aroma a canela flota en el ambiente y me siento rara, como desactualizada o quizá desubicada de la que no hace tanto, tambien era mi casa.

    —Señora Melissa. ¿Desea un juguito de mango o mejor una limonada?… Señoraaa… ¡Jajaja! —Un chasquido de dedos me sobresalta.

    —Mi pequeña beba, aterriza ya. —Escucho la voz de Kayra, primero lejana y luego más nítida cuando me concentro en el lugar de donde provienen.

    —Oops, lo siento mucho, es que me elevé mirando cómo está de cambiado todo. —Le contesto.

    Entre tanto voy acercándome a la puerta que da acceso a la cocina. Este espacio tiene salida hacia el patio trasero donde situamos en su momento, la zona de relax. Y por la rectangular ventana, lo veo. ¡Por fin lo veo! La respiración se me acelera, sin que por ello sea suficiente el aire que sale y entra en mis pulmones.

    Esta de espaldas limpiando la piscina. Me tiemblan las piernas, me palpita el corazón en desbocada carrera; siento como aletean mil mariposas en mi estómago y mi sudor ahora es una mezcla, entre el calor que arrastra esta mañana y un medroso escalofrió, por los nervios. Por fin, Dios mío. ¡Finalmente lo tengo cerca!

    —Hummm, mi pequeña… Esa mirada me dice que prefiere más un abrazo de su hombre para calmar la sed de su alma, que este vaso de limonada para su garganta. —Levanta el envase de vidrio en frente mío. Yo callada, pensativa, seria en exceso.

    Sí, Kayra con la sabiduría que dan sus sesenta años, parece leer mi mente y mis gestos de melancolía. Necesito un momento para respirar y serenar mis nervios, conteniendo mis ganas de llorar. ¿De felicidad? O… ¿Remordimiento?

    —El joven Camilo no habla mucho, –coloca con suavidad su ancha mano sobre mi hombro derecho– pero le he visto muchas veces con la misma mirada que tiene usted ahora al verlo. Se sienta allá, en los escalones de madera a la entrada de la cabaña y se eleva, estando aquí su cuerpo, los recuerdos lo regresan flotando a donde se había quedado usted. —No puedo dejar de verlo e imaginar el tormento por el que mi esposo ha pasado. Y me quiebro, finalmente lloro.

    — ¡Se aman y se añoran! La diferencia Dushi querida, es que él aún no la tiene cerca y tan solo se ha mantenido con su imagen en el recuerdo, y le he notado las ganas de poder abrazarla, pero las caricias no se le sostienen en el aire. En cambio usted ahora lo tiene allí, al frente. Vaya y aproveche. ¡Abrace a su hombre, a la persona que ama!

    — ¡Es verdad! Pero… ¿Querrá? —Con el dorso de mi mano izquierda y sin soltar la bolsa, limpio la humedad en mis mejillas y doy un paso hacia la salida.

    —Mi niña, espere y le lleva una jarra de limonada que el joven debe tener sed y más que le va a dar, cuando la vea. —Levanto frente a Kayra los brazos y en cada mano una bolsa. Me entiende y se sonríe, arqueando las cejas y frunciendo el ceño.

    —Está bien, yo se las acerco y luego los dejo. Deben tener mucho de qué hablar. Hummm ¿Me aceptaría un consejo? —Me dice mientras en una charola plástica coloca la mediana jarra y dos vasos de cristal, uno de ellos colmado. Me arrimo a ella sin abrazarla, pero tan cerca como para dejar reposar mi frente sobre su hombro, suspiro y en un hilo de voz le digo…

    — ¡Por supuesto que sí!

    —No sé qué ha sucedido, pero mi niña, recuerde que los hombres son así, como animalitos salvajes que con cualquier aroma de hembra en celo, la pichita se les pone inquieta. —Un corolario gracioso.

    —Es normal que tropiecen y más cuando una mujer caprichosa decide enredarles la cabeza. Somos muy jodidas cuando queremos algo y ellos pensando que nos tienen encantadas con su parla y Dushi preciosa, ahí es cuando nosotras sabemos que la «juagadura» de calzones ya ha surtido efecto en ellos. ¡Jajaja! —Logra hacerme reír con ganas por el último comentario, pero es que ella no sabe que la cuestión ha sido al revés. Me separo un paso o dos y la miro con bastante vergüenza. Tal vez después pueda contarle a ella, que fui yo la que decidió con mis encantos, deslumbrar especialmente a uno y embrujar a varios más. ¡Jodiendo a mí esposo!

    —Perdónele la falta mi niña, vea que hombres tan juiciosos y bien parecidos como el suyo, no se caen todos los días de los árboles. Eso usted le pringa esa «picha» con un poquito de jabón y alcohol desinfectante, se lo refriega muy bien con estropajo, ojalá y… Le queda como nuevo. ¡Listo para usarlo hasta sacarle ampollas! Jajaja. —Se carcajea, al igual que yo por sus ocurrencias y me empuja con el borde de la bandeja para echarme a andar hacia el exterior de la cocina, acercándome a él, mientras un raro temblorcito estremece mis piernas.

    Camilo no me ha visto aun, sigue ocupado en el vaivén de su labor y no escucha que nos acercamos por detrás de él. ¡Dios mío, dame fuerzas! No sé ni cómo saludarlo ni por dónde empezar. Pero en esas, es que Kayra con su acostumbrada desfachatez, se me adelanta lanzándome al vacío sin previo aviso, junto a mi marido.

    — ¡Señorito Camilo! Mire lo que le traje para calmar su sed. Y… ¡Lo que Nuestro Santísimo Señor, le envió!

  • Probando un pene grueso y rico de un hombre maduro (2)

    Probando un pene grueso y rico de un hombre maduro (2)

    Luego le di muchos besos a su glande el cual estaba muy húmedo, me llevé todo sus líquidos pre seminales a mi boca, con un poco de saliva rica que el dejaba caer desde la altura hasta donde mí boca junto a hermosa cabeza, les cuento que ese sabor entre sus líquidos pre seminales y su saliva fue lo mejor que pude tragar, era espesa y de buen sabor.

    Fue muy placentero dar muchos besos a su pene, muy rico, pasamos a otro nivel, metía todo lo que pudo de su miembro en mi boca, creo que un poco menos de la mitad, con un pene de 26 cm y un grosor de casi 6 de diámetro era mucho para mí, igual lo disfruté mucho.

    Me levanto y me miró completo, Dirmero me dijo, estás todo depilado para mí, eso es bueno, procedió a lamer mi ano, se dio cuenta que lo tenía a su disposición, ya estaba dilatado, porque días anteriores, use un dildo para tener mi ano abierto, y sin embargo, no sabía si iba a entrar, por el tamaño de su pene, sé que me iba a doler.

    Empezó a llenar mi ano de saliva rica y espesa, tenía mi paredes de mis nalgas totalmente llenas de baba y líquidos pre seminales, porque mientras lamía, con sus dedos tomaba su líquido que salía de su pene y lo llevaba hacia mi culo, le pedí que quería probar y le chupe los dedos, me deleite mucho, tenía mucho líquido para mí boca.

    Paso mucho rato en esa posición, al rato mi ano ya dilatado se preparó para recibir su hermoso pene en mi cola, les confieso que tenía temor, por qué ese pene estaba muy grande, cuando empieza a meter su glande en la entrada de mi culo le dije que lo haga suave, me dijo que me relajara y disfrutara, eso me emocionó empezó a empujar, me dolía mucho, no podía aguantar, lo intento un par de veces más, y por fin había entrado solo la cabeza, le daba muy suave, empezó con el vaivén, mi ano se ajustó al tamaño, luego con más suavidad, tenía la mitad de su miembro dentro de mi culo, me dijo, te gusta mucho mi vida, respondí que si, siguió un buen rato mientras me daba la mejor cogida de mi vida.

    Mientras me cogia duro, sacaba su pene de mi ano y me lo colocaba en mi boca, muy rico su pene, venía con fluidos pre seminales, me tragaba todos, era muy espeso, me di cuenta que se sentía un poco de semen por lo salado y caliente, me dijo que no desperdiciara nada, ya que tenía semanas sin descargar leche y lo había guardado todo para mí.

    Una vez terminando el acto de tener su pene en mi culo, me dijo que me preparara para tragar todo su enorme pene y succionar su semen, eso me emocionó muchísimo, estuve mamando unos 15 minutos o más, se sacó su pene y empezó a masturbarse, hasta acabar en mí boca, fue delicioso tragar todo su semen, el sabor era rico, no desperdicie ni una gota.

    Quedamos acostados y agotados, me tumbe hasta la altura de su pene y le daba mucho besos, seguía botando leche aproveche en seguir succionando mientras él se quedó dormido.

    A la mañana siguiente antes de irse tuvimos un poco de sexo fuerte y por supuesto descargó todo su semen en mi boca.

    Les contaré que una vez consumido el sexo duro y rico, me dijo que me preparara para un trío con un amigo de él y con un pene más grande. Esto estará muy emocionante.

    Besos ricos a mis lectores.

  • Jornada de trabajo

    Jornada de trabajo

    Siendo las 23 horas, luego de una intensa jornada de trabajo, aún me encontraba ahí, en esa parada de ómnibus, desolada, iluminada por un pequeño foco color ámbar que a duras penas permitía ver la sombra reflejada en el suelo. La niebla y el misterio se apoderan de mí en la inmensidad de la noche, sola, indefensa, sin ver que sucedía en el entorno escucho el sonido de una moto, de la misma, corriendo, bajan dos jóvenes portando armas de fuego, me reducen y despojan de todas mis pertenencias materiales al hacerse de mi cartera.

    Llorando, caminando desoladamente pude ver en el horizonte una suerte de pulpería, ingreso, dentro de la misma puedo ver un sinfín de almas ahogando sus penas en alcohol, algunos abatidos, con sus cabezas sobre la tabla, otros discutiendo eufóricamente.

    Me acerco a la barra y le relato los hechos al cantinero para solicitarle tuviese a bien prestarme unas pocas monedas para abordar un colectivo, rotundamente se negó. Le pedí ir al baño a lo cual accedió.

    Encajonada bajé mi tanga dentro del baño y me puse a orinar alivio, al bajar la mirada, veo que la cara de un hombre estaba debajo, mirando hacia arriba y lamiendo las pequeñas gotas que chorreaban de orina. Le pateo la cabeza, asustada me dispongo a salir, al hacerlo, al abrir la puerta del baño estaba ese hombre, con su barba empapada de líquido dorado, amasando su bulto, venoso y de enorme cabeza. Me proporciona un cachetazo y me envía nuevamente a la parte interna del baño. Ya en el piso, se baja sus pantalones, empuña con firmeza su herramienta y comienza a darme golpes con la cabeza de su pene, de izquierda a derecha. El olor era repulsivo, abro la boca para respirar, instante en que el sujeto, valiéndose de mi baja guardia, introduce su apestosa y erecta verga dentro de mi boca mientras me apuntaba en la cien con un revólver y sugiriendo que succione y no haga ninguna pavada. No tuve mas remedio que lamerlo, el tamaño de su rata cada vez se hacía más grande, sus venas estaban súper dilatadas, su cabeza enorme, de color púrpura, las dimensiones equivalentes a un pequeño matafuegos.

    Me levanta del suelo, me da vuelta, otro cachetazo y estoy boca abajo sobre una desgastada mesa de madera, baja mi tanga, se escupe el pene y lo mete violentamente en mi ano, con toda la furia del mundo comienza a violarme hasta provocarme una herida tan grande que creí que el esfínter y la vagina eran ya uno solo. Explota, descarga años de soledad en mi recto, siento la leche calentita que sale y recorre lentamente mis piernas, miro al suelo y solo veo una bandera roja y blanca. Un golpe más en la nuca y me deja inconsciente, al despertar, unas monedas y una nota. -Aquí tienes para el boleto de micro, la próxima vez que necesites una buena montura no te andes con historias y vuelve, esto solo es una pequeña muestra. Desde aquella noche vuelvo a aquel viejo bar, esta vez, sin intenciones de viajar.

  • Primer encuentro con mi cuñada

    Primer encuentro con mi cuñada

    Desde hacía varios meses deseaba que se produjese aquel encuentro. Ansiaba con todas mis ganas que se diera la ocasión para estar a solas con ella.

    Mi cuñada era una mujer de cuarenta y pocos, de estatura media y complexión fuerte pero sin sobrepeso. Con unas formas muy agradables y un cabello moreno que destacaba.

    Además, la caracterizaban unos preciosos rasgos raciales que llaman la atención. Sus atributos más especiales sin duda eran sus enormes pechos.

    A mí me gustaba todo de ella y desde siempre le había mostrado mi más sincero afecto. Últimamente, cada vez que la ocasión lo permitía, ambos nos acercábamos algo más de la cuenta y nos rozábamos de forma casi casual pero muy buscada.

    Yo solía hablar con ella largos ratos y rodear con mi brazo su cintura. En ocasiones incluso introducía mi mano bajo su blusa dándole suaves caricias en la espalda. Nunca me rechazó, sonreía y dejaba que hiciera.

    Aquella tarde ella iba fuera por trabajo con dos compañeros y yo traería de regreso su vehículo desde el aeropuerto. Íbamos cuatro personas en el coche. Por azar yo ocupé una posición en el asiento de atrás y allí vino a parar ella. Llevaba pantalones vaqueros ajustados y camiseta por fuera de la ropa. Delante dos amigos que nos daban conversación y que servían de excusa para no despertar sospechas.

    Iniciamos el viaje conversando sin más. Se hizo la noche y llegó la intimidad. En un determinado momento cogí su mano para acaparar su atención mientras le hablaba.

    El contacto de nuestras manos sabía a gloria. Normalmente esto habría durado apenas dos segundos, pero ella se mantuvo cercana, recibiendo con agrado mis suaves caricias que iban recorriendo su mano de principio a fin.

    Mantuvimos esa postura mientras acercábamos nuestros cuerpos para hablar más de cerca y con voz más baja. Apenas llegaba a rozarla pero la química hacía que todo fluyera.

    Nuestras manos cayeron sobre su pierna, apoyé mi mano y al instante siguiente proseguí mis caricias casuales sobre su pierna más cercana.

    Ella no decía nada, seguía la conversación sin distraerse. Yo me mantuve tranquilo, con delicadas caricias que viajaban lento de una parte a otra, invadiendo poco a poco la cara interior de su muslo y llegando de forma sugerente a su parte más reservada. Sin duda, estaba atravesando fronteras que delataban deseo mutuo.

    Dudé, tragué saliva, respiré y la observé tranquila, complaciente y con una leve sonrisa provocativa. Supe que ambos deseábamos lo mismo. Me resultó imposible contenerme. Dejé que toda la extensión de mi mano la recorriese cálidamente subiendo pierna arriba hasta llegar a zona íntima.

    Ella mordió su labio inferior cuando notó como mis dedos sobre su ropa recorrían la zona de su entrepierna. El calor emanaba de forma intensa. Mis dedos leían su anatomía. Se notaban bajo la ropa sus braguitas y su coño, abultado y carnoso, derritiéndose por momentos. Apoyé mi brazo en su torso. Me rozaban sus pechos y mi mano quedó atrapada por ese coño tan jugoso.

    Ella se dejó caer sobre el respaldo del sillón. Abrió sus piernas de forma complaciente. Mis dedos viajaron sobre su rajita y fui explorándola sobre el pantalón. Sin demora, desabroché el botón superior y bajé la cremallera. Por fin sentí el contacto de la fina tela de sus braguitas de encaje, introduje mis dedos más adentro y sentí plenamente la humedad de su coño empapado en jugos vaginales.

    Rocé durante largo tiempo su coño peludito sin apartar sus bragas. Su respiración se agitaba. Su mano apretaba mi brazo contra sus pechos, su movimiento demandaba más y se lo di.

    Subí con mis dedos hasta el borde de su ropa íntima, penetré bajo ellas desde arriba hacia abajo y noté con agrado la tupida selva de pelo que cubría su coño. Tal y como lo había imaginado infinidad de ocasiones cuando le dedicaba una paja. Un delicioso chochito negro y peludo.

    Su frondoso coño estaba mojado. Tenía cremoso flujo repartido por la zona de sus labios externos y allí me centré, buscando con mis caricias esparcir aquel néctar para que se llenase todo de su cremoso producto de deseo. Adelantó sus caderas asiento alante, se acomodó y abrió un poco más sus piernas.

    Sin reparo alguno froté con mayor intensidad su deliciosa concha. Sus jadeos silenciados me excitaban de forma sublime. Su chocho estaba más y más jugoso por momentos. Mis dedos comenzaron a penetrar en su interior y sentí la suavidad ardiente de su cavidad. Primero uno y luego dos dedos fueron regalando mil delicias a mi querida cuñada. Su coño era carnoso, agradable, generosamente lubricado. El sonido de sus jugos al mezclarse con el movimiento de mis dedos nos puso más cachondos aun.

    Creí estallar cuando ella alargó su mano en busca de mi sexo. Algo tan deseado como impensable para mí estaba a punto de suceder. Noté como la introdujo con experiencia bajo mi ropa. Notó mi erección y sonrió maliciosamente. Ella sabía perfectamente lo que deseaba hacer. Estaba dejándome llevar las riendas pero ella dirigía la secuencia.

    Comenzó a masturbarme de forma intensa, sin reparo, con fuerza asía mi verga y la frotaba. Y Al mismo compás la frotaba yo. Notando como su húmeda rajita se empapaba cada vez más. Ella me pajeaba con maestría y firmeza. Sabiendo que me haría estallar cuando quisiera.

    Añadió más morbo aun y con su otra mano se subió la camiseta y se apartó el sujetador para mostrarme sus tetas. Ella era plenamente consciente de que yo deseaba verlas y mamárselas. Me observaba con cara de ser muy puta y dominar mis pensamientos.

    Me dejó admirarla, se exhibió para mí y acto seguido se las empezó a tocar. Me dejó ver como apretaba sus pezones y como amasaba sus impresionantes senos. En esos momentos era una auténtica zorra en celo.

    Aquella tórrida imagen aumentó mi deseo y, arqueando los dedos, la froté internamente hasta abusar de su punto G y llevarla a un abundante orgasmo que culminó en un chorro que mojó sus bragas y su pantalón. Sus movimientos espasmódicos delataron su placentera corrida.

    Era mi turno. Ella cogió mi mano masturbadora, la llevó hasta su boca y comenzó a chupar sus propios flujos. Esa cara depravada y presa del deseo remataron mi excitación para que mi poya estallase de placer y empezaran a salir chorros de semen de mi verga.

    Ella me siguió meneando hasta que salió todo. Sus dedos habían quedado impregnados de mi semen caliente. Los llevó a su boca y los lamió como una loba, regalándome otra inolvidable estampa que anticipaban lo caliente que podía llegar a ser mi cuñada en los meses posteriores.

  • Dos corbatas

    Dos corbatas

    Sé por qué me tienes así. En mi muñeca derecha, mi corbata; en mi muñeca izquierda, la tuya, ambas amarradas a los barrotes de la cama.

    Han sido muchos meses de miradas, de roces, de frases llenas de dobles sentidos e insinuaciones. Ha sido mucho el tiempo que hemos trabajado juntos, con nuestros más y nuestros menos, con nuestros triunfos comunes y nuestras discusiones. Hasta que llegó este proyecto en el que no nos poníamos de acuerdo y optamos por la opción más sensata: tú expondrías tu proyecto y yo el mío. Ni siquiera nuestros jefes fueron capaces de decidir cuál era la mejor opción y nos enviaron a los dos a la reunión con el cliente. Y el cliente más importante de la empresa lo tuvo claro desde el principio: mi proyecto era el mejor. No te gustó escucharlo de sus labios ni te gustó la sonrisa triunfal que se dibujó en los míos. Sé cuánto te costó ver cómo era yo la que estrechaba la mano del cliente, cómo me llevaba las alabanzas y cómo cerraba las negociaciones.

    Por eso me gustó tanto cuando me invitaste a tomar la última copa en la habitación del hotel, antes de volver a nuestra ciudad y a nuestra rutina. Caballeroso, me quitaste la americana, hiciste que subieran mi vino blanco favorito e propusiste un brindis: “Por los buenos momentos pasados y por los que vendrán”… Un sólo sorbo de la copa, el siguiente lo degusté en tus labios. Te quitaste tu corbata negra y aflojaste la mía de rayas, quitándola por encima de mi cabeza y deslizándola por mi cabello. Me llevaste de la mano a la cama, me puse cómoda y vi cómo te desnudabas para mí. Hacía mucho tiempo que deseaba verte así.

    Te subiste a la cama, me bajaste la cremallera de los botines y me los quitaste, te tumbaste a mi lado. Tu dedo índice rozó mi frente, mi nariz, mis labios y siguió bajando por mi cuello en una caricia suave… cierro los ojos y el tacto de tu mano cambia. No sé en qué momento cogiste las corbatas pero ahora están en mis muñecas y estoy atada a la cama, deseas verme dominada.

    Desabrochas mi camisa blanca y mi bralette con cierre delantero, dejando mis senos expuestos. Juegas con ellos, pellizcando mis pezones, dejándolos sensibles, en ese punto intermedio entre el dolor y el placer. Tus labios siguen bajando por mi vientre, llegas al pantalón, lo bajas con rudeza junto a mi ropa interior. Tus manos siguen bajando, me quitas las medias.

    De hecho, lo que realmente te gustaría es tenerme completamente desnuda y expuesta, no pensaste que al atarme primero luego no podrías quitarme la camisa y el sujetador. Y tus labios vuelven donde lo habían dejado. Continúas bajando, con tu lengua que recorre todos mis rincones, por momentos suave, por momentos fuerte, hasta dar con el punto justo en que se acelera mi pulso y mi respiración, sigues cada vez más rápido y estoy a punto de llegar… y entonces te detienes.

    Deseas ver una mirada suplicante por mi parte, placer que no te voy a dar. Me miras desafiante, con una mano entre mis piernas y otra ascendiendo hacia mis pechos. Me los masajeas con intensidad, me aprietas el pezón izquierdo mientras tu pulgar se mueve en círculos sobre mi clítoris, cada vez más rápido, introduces el índice y corazón en mi vagina, los extiendes y encoges haciendo que me retuerza, cada vez más mojada, rozando el orgasmo, casi tocándolo… para que vuelvas a detenerte, dejándome de nuevo a las puertas del cielo. Has ganado. No puedo pasar por esto otra vez y tú no te vas a detener hasta verme suplicar.

    Así que sí, te lo ruego: “Por favor, desátame”. Y me miras triunfal. No me muevo mientras me desatas, dejo que te confíes. Tanto dentro como fuera de la cama soy más rápida, más hábil que tú. Con un veloz movimiento quedo por encima tuyo, no te lo esperabas, pero a estas alturas ya nada importa. Deseo sentirte tanto como tú a mí. Tu miembro entra hasta lo más profundo de mi cuerpo para gozo de los dos, provocando los gemidos de ambos. Me muevo, te cabalgo, con tus manos guiando mis caderas, con el roce de nuestros sexos llevándonos al éxtasis, llegando al unísono a una explosión de placer. Caigo exhausta sobre tu torso y tus brazos me rodean.

    A nuestro lado yacen nuestras corbatas, igual que nuestros cuerpos, entrelazadas. Pero no lo olvides: tanto en la cama, como fuera de ella, mi corbata queda por encima de la tuya.

  • Daemonium Magicae (Memorias de Xanadú)

    Daemonium Magicae (Memorias de Xanadú)

    Ishtar seguía cachonda, a fin de cuentas era una mujer demonio que para nada se iba a conformar con solo orgasmo, dado para variar por un humano. Así pues y ante tan excitante escena Ishtar comenzó a tocarse superficialmente, estaba recostada hacia atrás sobre el librero pero veía muy bien las acciones que se desarrollaban un par de filas más adelante.

    Elina, sometida por el orco, gritaba por ayuda y de vez en cuando soltaba un sonoro gemido seguido por suplicas y sollozos, el orco era muy rudo, tenía a la pelirroja sujetada de las manos, ambas separadas, haciendo que le fuera imposible tocar el brazalete; de espaldas sentía como el musculoso ser verde la penetraba sin compasión, la llenaba tanto que Elina sentía como llegaba hasta su útero y salía con tanta fuerza que dolía un poco, sin embargo estaba empapadísima. Por detrás de ellos se encontraba Edunë la elfa bibliotecaria, ya se había despojado de sus vestido café y ahora solo le quedaban las medias blancas, se había apoyado en la estantería paralela y estaba masturbándose al ver como empotraban tan salvajemente a Elina.

    La pelirroja pensaba en cómo había llegado a esto, ella solo iba por un jodido libro y había sido seducida por su captor, además de que ahora estaba siendo abusada por un puñetero orco, la rabia comenzó a crecer dentro de ella, la furia inundó sus venas y la sombra que proyectaba empezaba a crecer, sin embargo una nalgada oportuna del orco la sacó de sus pensamientos, haciendo que nuevamente fuera la sumisa de antes.

    -Vamos zorra, muévete más rápido- espetó el orco

    Elina asintió y comenzó a moverse por su cuenta, la nalgada le hizo entender que lo mejor que podía hacer era no resistirse, tendría su venganza pero no ahora, no siendo penetrada en esa biblioteca. La humana veía que el soldado estaba cada vez más al límite, su verga palpitaba caliente dentro de ella, sus manos tocaban las partes más blandas de su cuerpo, sus grandes pechos y su delicioso culo; y por los ruidos raros que emitía su violador se veía que poco le faltaba para venirse. Con un ágil movimiento Elina pudo comprobar que la elfa que había visto hace rato y que la había humillado seguía ahí, solo que ahora sin ropa y abierta de piernas dedeándose frenéticamente al ver la follada tan brutal que le estaban dando.

    -Por favor- masculló Elina -No puedo…- Elina sentía como estaba a punto de correrse, cada musculo de su cuerpo empezaba a tensarse. Incluso bajo esos términos Elina estaba logrando tener un orgasmo, se sentía sucia. – Por por favor detente, ¡por Arnooo! –

    El orco no pudo más, escuchar al saco de carne con pechos gemir y rogar fue mas de lo que pudo soportar, se corrió copiosamente dentro de Elina. Al ver esto tanto Ishtar como Edunë se corrieron también, dejando a ambas en un estado de éxtasis que les duró unos cuantos minutos

    Sin embargo contrario a lo que el orco o la propia Elina podían haber pensado esta no logró lleagar al climax, por su mente pasó la figura de Tollan, al igual que la de Velimount, pero no de forma sexual, sino como pesar, como compromiso. A Tollan lo extrañaba, deseaba su regreso y a pesar de las cosas ocurridas no deseaba serle infiel, por su parte a Velimount lo deseaba y no podía evitar sentirse culpable por no follarselo, es decir por tener otra verga adentro que no fuera la de su amo y señor.

    Por ende cuando el orco sacó su mástil del adolorido coño de Elina esta rápidamente tomo el libro mas grueso que tenia frente a ella, en el estante y golpeó al orco en la cabeza, no logró desmayarlo pero si tirarlo al sulo y dejarlo desorientado, así, dejando a ambos en el piso Elina corrió mientras buscaba la salida de ese laberinto d eestanterías, había dejado de ver a sus captores pero sentía que estaban persiguiéndola a cada instante. Pasaban los minutos y para ese entonces ya deberían estar de pie y en su búsqueda

    Al dar vuelta en uno de los pasillos logró vislumbrar la salida, se apresuró a esta, sin embargo cuando estaba a punto de legar a la salida tropezó y cayó al piso tirando al caer el libro que aun llevaba en las manos, con el que había golpeado al soldado y no se había dado cuenta de que aun estaba en su poder. Al caer retumbó la estancia, seguramente la habían oído, fue rápidamente a recoger el libro pero al tomarlo vio que estaba abierto de par en par en una pagina donde se leía FRAGILIS ERIT EXPONENTIA. Elina conocía el latín, no era de las casas nobles mas altas de Ox, ni siquiera de Nigurathlán, pero su estatus de noble le brindó la posibilidad de aprender el idioma de los sabios, por ende descifró el texto rápidamente:

    HECHIZO DE LA VOLUNTAD FRAGIL

    «Este hechizo concede al mago o hechicera la capacidad de doblegar mentes débiles para hacer lo que a este o esta le plazca, incluso mantener ordenes después de roto el hechizo u obligar al cuerpo del dominado a realizar actividades que se considerarían antinaturales.»

    Elina sonrió y se detuvo, la sombra floreció de nuevo dentro de ella y comenzó a cubrirla, dio media vuelta con relajación, soltó el libro y desfiló rumbo al centro del pasillo. Recordó las condiciones para el hechizo

    Dedit: voluntas tua nunc mea est, animus tuus nullius est. Alica sanguine signate, bibat hostia

    Di: Tu voluntad es ahora mía, tu mente de nadie es. Sella con sangre el hechizo, que la víctima la beba

    Ishtar se encontraba de maravilla, después del intenso orgasmo que ella misma se había dado, bueno, quizás el entorno le ayudó un poco, sin embargo ahora veía que su diversión escapaba por el pasillo central. La demoniaca figura roja se acercó brincando ágilmente sobre los estantes, en su carrera distinguió el tomo de Daemonium Magicae y sonrió con malicia. Detuvo su carrera en seco y pronunció unas palabras en demonico antiguo, una luz amarilla salió de su boca, se dividió en dos mientras se deslizaba a toda velocidad sobre los estantes y el suelo. Un haz se enredó en el pie de Elina, haciéndola caer; el otro rápidamente encontró la pagina deseada y ambos se esfumaron sin que nadie, mas que Ishtar se diera cuenta.

    Elina caminaba tranquila por el pasillo cuando se topo de frente con el orco, seguido de la bibliotecaria, el orco estaba furioso. Elina sonrió y el soldado lo notó, se sintió un poco intimidado pero recordó el golpe que recibió y que además tenía a la elfa atrás, no podía echarse para atrás. Rápidamente tomo a Elina por el cuello y la acerco a su cara

    -Perra estúpida ¿te crees muy fuerte? Ahora mismo verás- y al decir esto le soltó una buena cachetada, Elina cayó al piso pero se levantó y escupió sangre de su boca, se acercó seductoramente a él, dejándolo confundido, pero excitado a la vez.

    Edunë que estaba detrás del orco le gritó – Vamos, destrozala – Sin embargo este ya no la escuchaba, solo veía a Elina como se acercaba y lo besaba en la boca, sin poder reconocer las palabras pronunciadas por ella momentos antes: voluntas tua nunc mea est, animus tuus nullius est.

    Bueno gente hasta aquí el capitulo de ahora, se que no he estado nada activo pero venga la escuela y el trabajo me mantienen atado, pero disfruto mucho hacer esta serie y se que muchos de ustedes también la disfrutan así que les pido que me dejen su calificación y las mando un saludo.

  • Aventuras de intercambio. Conozco a dos hermanos

    Aventuras de intercambio. Conozco a dos hermanos

    Como les he platicado, yo era una niña fresa, y como parte de eso tuve la oportunidad de ir de intercambio a estudiar inglés a Estados Unidos a la ciudad de Washington. Eso implicaba que yo me fuera a vivir a la casa de una familia.

    Por fortuna me tocó una familia de muy buen nivel económico. La familia estaba integrada por los papás y 3 hijos, el mayor y la hija estaban de intercambio también, así que solo estaba Bob el menor, que tenía 21 años.

    Cuando llegué a casa de mi nueva familia Bob se fijó en mi. El era alto, cuerpo atletico y ojos muy azules; yo de cuerpo curveado y llamativo.

    Un fin de semana fuimos a casa de unos amigos de sus papás, pasamos por Julian, un colombiano que estaba de intercambio también, buen amigo, no muy guapo.

    Salimos muy temprano, hacía calor, yo iba de shorts de mezclilla cortos que enseñaban un poco mis nalgas y una playera de tirantes que resaltaba mis senos.

    En el coche, antes de pasar por Julian, Bob me agarró la mano y la puso sobre su verga para que yo viera lo dura que la tenía, para serles franca, si la tenía muy dura, ambos nos volteamos a vernos y solo nos reímos. Ya Bob y yo habíamos tenido varios encuentros cercanos que les platicaré otro día.

    Cuando llegamos, nos presentamos. La familia tenía dos hijos y una hija, más o menos de la misma edad que nosotros…18 a 21 ¡al ver a los hijos de los amigos me encantaron! grandes y atléticos, Bob se dio cuenta y en la primera oportunidad me dijo que me iba a coger… yo le respondí cuando quieras.

    La casa era grande y bonita, tenía un jardín enorme pegado al bosque y una alberca grande alejada de la casa, ahí se organizó el picnic, los papás con sus amigos se quedaron en la terraza de la casa y nosotros nos fuimos a la alberca. Julián y Wendy se gustaron y no se separaron todo el día, el atractivo de Julián era el gran bulto que se le veía en el traje de baño.

    El menso de Bob se fue a poner el traje de baño cuando estabamos acomodándonos en los camastros, asi que «perdió» su lugar junto a mi. Mientras yo me quitaba el short y la playera, los dos hermanos no perdían detalle. Vi que a ambos ya se les notaba que sus vergas se les estaban parando y se empezaba a ver un bulto bajo sus trajes de baño, y a cada rato se las acomodaban.

    La alberca estaba lejos de la terraza, solo se alcanzaba a ver una orilla, lo que nos permitía platicar y prácticamente hacer cualquier cosa sin riesgo a ser oídos o vistos.

    Cuando regresó Bob, los dos hermanos ya estaban recostados en los camastros, uno en cada lado de mí.

    Recientemente me había comprado un bikini para asolearme y lo estaba estrenando ese día. Era un bikini blanco de medidas regulares, la parte de arriba tenía dos tirantes que ayudaban a sujetarlo y levantaban mis senos, la tela era relativamente delgada por lo que se pegaba al cuerpo bastante bien, la parte de abajo dejaba ver mis nalgas, pero no era nada atrevido, la tela se pegaba a mi cuerpo y se podía ver claramente mi vulva si se estiraba un poco.

    Ya recostados me di cuenta que mis chichis se salían un poco del traje de baño, los hermanos y Bob me veían constantemente; me senté para poder verlos mejor y fue una mala decisión ya que las chichis ya no se me «salían» y ya no podía, coquetear más con ellos, por lo que me recosté boca abajo para tomar el sol y me acomodé el bikini en mis nalgas, les llamó más la atención pues los tres no quitaron la vista, mis nalgas son grandes y bien formadas por lo que recostada se ven levantadas e incitan a morderlas, al menos eso dicen mis amigos actuales.

    Bob se estaba poniendo un poco celoso, se veía con muchas ganas de cogerme y un poco desesperado por no encontrar la oportunidad.

    Me gustó verlo así, era muy divertido, ¡jijiji! Para éstas alturas de mi viaje él era una especie de Novio Cornudo, ya les contaré como empezó y se desarrolló esta relación en otros relatos.

    Aproveché para ponerlo más celoso, y sin disimulo comencé a coquetear con los dos hermanos, platicando con ellos y acomodándome el bikini para enseñar un poco más, incluso en algún momento me senté viendo al hermano menor y abrí mis piernas para que pudiera ver, como se dibujaba mi raja en el traje de baño. Mi piel morena hacía que contrastara mucho el blanco, notándose claramente todos los detalles incluyendo mis pezones que empezaban a ponerse duros.

    Me agachaba para que pudiera ver mis chichis casi salirse del traje de baño, y por supuesto el otro hermano veía mis nalgas sin pena.

    Aproveché para ponerme bronceador en las piernas, lo que hice lentamente desde los pies hasta las rodillas y posteriormente con el pretexto volví abrir mis piernas, y me puse en los muslos, me tardé un poco en la parte interior, yo veia al hermano menor de reojo y literalmente estaba con la boca abierta y no perdía ningún detalle.

    Puse más bronceador en mis manos y me puse en el abdomen relativamente rápido, continué con mis hombros, cuando llegué a las chichis lo volví hacer lentamente y me quede mirándolo, intercambiamos sonrisas y se puso un poco nervioso.

    Cuando terminé, le pedí si me ayudaba a ponerme bronceador en la espalda y muy nervioso me dijo que sí, se levantó inmediatamente dándome la espalda, claramente se estaba acomodando la verga, cuando se dio vuelta su traje de baño mostraba claramente su erección y no lo podía ocultar.

    Se acercó y se colocó a mis espaldas, le di el bronceador y aproveché para acariciar su mano, el solo se río muy nervioso, se puso bronceador en las manos y me aplicó en el cuello y en la espalda siendo muy cuidadoso de no tocar nada más allá de lo necesario, supongo que le daba pena o guardaba respeto. Disfruté sus manos.

    Terminó de ponerme bronceador y me recosté boca arriba, acomodando mis chichis que ya estaban brillosas por el bronceador y dejando que éstas salieran un poco de mi bikini, ya mis pezones estaban duros en ese momento y se podían apreciar claramente en el traje de baño. Mis pezones son más bien grandes por lo que se notan muy claramente cuando están erectos, incluso bajo mi ropa de diario y mis amigos dicen que les gusta verme así, que los excita.

    El hermano menor se apenaba cuando lo cachaba viéndome como se me salían las chichis, el grande no dejaba de verme descaradamente y de acomodarse la verga en el traje de baño, por cierto ya se le notaba una buena erección también.

    Y yo, «inocentemente», enseñando, provocando y disfrutando ser la estrella del show.

    Alguien propuso meternos al agua para refrescarnos y empezamos a jugar vóley, casualmente todas las pelotas iban hacia mí y yo fingía que no me daba cuenta, mi bikini se había aflojado un poco por el agua y el movimiento por lo que mis senos botaban de lado a lado, de arriba abajo a punto de salirse, por supuesto ganamos el partido.

    Alguien sugirió que jugáramos “peleas de caballitos” y las parejas fueron Julián y Wendi, los dos hermanos y Bob y yo; en el transcurso del juego yo alterné mi “caballito” usando a los dos hermanos, mi piel estaba bastante resbalosa por el aceite y el agua.

    Durante el juego, ¡aproveché para tocarles todo el cuerpo! nalgas, abdomen, pecho y por supuesto la verga, cuando me caía me agarraba de su traje de baño y lo jalaba.

    Cuando me subía a los hombros de mi “caballito” en turno siempre me agarraban de las piernas para que no cayera, y aprovechaban para acariciarlas y apretarlas.

    En todas las ocasiones que podía, me agachaba para poder tirar al equipo contrario, aunque se me vieran o se me salieran las chichis y también por la fricción se me metía el traje de baño entre las nalgas y se me veían más. El caso es que fue un agasajo para todos y a estas alturas ya los cuatro hombres tenían una erección clara, que se les notaba en los trajes de baño y que cuando me caía se las podía tocar, a todos en algún momento del juego les agarré la verga con fuerza debajo del agua y ninguno se quejó.

    Obviamente, ellos también me tocaron todo lo que quisieron: las nalgas, los senos, las piernas, la cintura, etc. y yo me dejé, sobre todo las nalgas, que rico, ¡uff! Me encanta que mis amigos me acaricien, aprieten, muerdan, besen las nalgas y que terminen besándome el culo, es una sensación que me hace estremecer y quedarme lista para lo que sigue por ahí.

    Bob, cada vez que podía se agarraba su bulto y me lo enseñaba, recordándome que quería cogerme desde la mañana y yo me acordaba lo dura y rica que se le pone. Para este tiempo, ya le había mamado la verga a Bob y me encantaba que la tenía muy venosa.

    En algún momento del juego el hermano grande, Stan, me agarró por atrás para «salvarme» de que me cayera, pero casualmente sus dos manos quedaron en mis dos chichis y no conforme con esto las apretó para sentir su consistencia.

    En otro momento, el hermano menor me tenía agarrada desde atrás por la cintura para que yo no me pudiera escapar, mientras tanto yo me movía queriendo escapar, pero en el intento sentí en mis nalgas algo duro y grande, su miembro, a lo que respondí con más movimiento restregándole mi culo en su verga, el se pegaba más y yo le entregaba mis nalgas.

    Pues entre juego y juego, me dieron ganas de ir al baño, así que me salí de la alberca y me fui al baño que estaba en la parte de atrás. En el camino, me encontré a Julián y a la hermana cogiendo en serio y sin quitarse los trajes de baño.

    Ella recargada sobre un mueble de toallas, Julián se la metía y sacaba muy rápido y fuerte. ¡Ella era delgadita, se veía la parte de abajo de su bikini de lado para darle oportunidad a que Julián metiera su verga, el traje de baño de el estaba hasta las rodillas y la verga y los huevos de fuera, se veía delicioso! Hasta se me antojaba chupárselos mientras el seguía cogiendo. La parte de arriba del bikini solo le había sacado las chichis y en la posición que estaba se le veían colgando como campanas en lo que Julián hacia su trabajo.

    De repente, Julián sacó la verga del sexo de ella y se empezó a venir, mojando sus nalgas, su espalda y embarrando con su verga su semen en la piel de ella, el seguía jalándosela y pasándosela por las nalgas y espalda.

    Si, me quedé muy cachonda, regresé a la alberca y los vi observándome caminar, no quitaban la vista de mis chichis y de mis piernas, yo me jalaba el traje de baño hacia arriba dejando claramente marcada mi raja y mi clítoris, que también ya estaba erecto. Vi que los dos hermanos se estaban agarrando la verga bajo el agua. En ese momento me hubiera gustado cogérmelos a los dos.

    Yo seguía muy caliente, así que le hice señas a Bob y mientras él se salía de la alberca me agaché a secarme los pies dejando que vieran en todo su esplendor mis nalgas, mientras el traje de baño estaba metido en mi culo, ya que me lo había jalado hacia arriba.

    Finalmente, Bob llegó y me dio la mano y nos fuimos directo a los baños de la alberca.

    Llegando al baño cerramos la puerta y rápidamente se la saqué y ya estaba muy dura como me lo había imaginado y las venas en su tronco se veían hermosas, el me bajó los tirantes del traje de baño, dejó mis chichis de fuera y colgando y empezó a besármelas y a lamerlas, mientras yo se la empecé a jalar fuerte, yo estaba muy caliente de haber visto a Julián cogiendo con la hermana, el me bajó el traje de baño y yo me hinqué para mamársela y saborear esa verga que tanto me gustaba, después de un rato me puso una toalla en el piso del baño y me puse de perrito para que pudiera meter ese tronco, de una sola vez hasta el fondo. Cuando iba a entrar, le pregunté por el condón y me contestó, «no traje».

    Así que me paré, me arreglé el traje y le dije lo siento, pero sin condón no hay juego, me salí un poco molesta y pensando, “a este pendejo que le pasa”, yo estaba muy caliente.

    Al llegar a la alberca me recosté en el camastro, excitada, agitada y molesta, tomé agua, cerré los ojos…

    ¿En eso escuché a Stan – ¿estás bien? ¿necesitas algo? te veo enojada.

    – Si, creo que es el sol y la falta de agua

    – Estás súper quemada de la espalda, ¿te pongo protector?

    – Si. No dije nada más.

    Y ahí estoy, excitada, boca abajo, enseñando nalgas y con unas deliciosas manos recorriendo mi cuerpo con doble intención, inmediatamente mi cuerpo caliente y mi vocación de puta hizo que me olvidara rápidamente de mi enojo y pensara otra cosa: su mano entre mis piernas, hasta mi sexo, sus dedos adentro, su otra mano en mis pechos, su verga fuera junto a mi boca pidiendo mámame!

    ¡Ay! Pura imaginación de niña caliente!!

    En eso nos llamaron a comer, todos nos preparamos para ir a la terraza donde estaba la mesa puesta.

    Me senté, y Stan se me quedó viendo el pecho que ya estaba bronceado, lo dejé mientras agarraba mi vestido, se me «cayó» sobre él, y cuando lo agarré lo hice con todo y lo duro que me encontré, él se río, yo también…

    Ya en la mesa me senté lejos de Bob y cerca de Stan, comimos y disfruté ver cómo la traían parada los 3, terminamos de comer, la hermana dijo que se iba a bañar, los papás organizaron una cascarita de tochito y se fueron a jugar, menos el hermano chico que andaba lastimado de la rodilla.

    Nos quedamos del lado del bosque, arriba, viéndolos a la sombra de un árbol.

    Platicamos de como estábamos pasando el día, muy divertidos, de nuestros novios y me dijo, qué suerte tiene tú novio con ese cuerpazo que tienes. Mi novio de esa época es ahora mi esposo.

    – Le respondí, muchas gracias

    – Me dijo, hoy me voy a masturbar pensando en ti

    – Que rico, quiero ver

    – ¿Siii?, No podía creer lo que le dije.

    Se puso a un lado, donde le tapaba un árbol, se la sacó y me la enseñó, una verga grande como la de su hermano mayor, supongo que el papá también la tenia grande.

    – me dijo, mira cómo me tienes

    – le contesté, ¿y que sigue?

    En ese momento se la empezó a jugar, a moverla, a “enseñármela”, estaba larga y delgada, se la empezó a jalar, ¡¡no mames!!, ¡¡que rico verlo!!

    – Me pidió que le dejara ver mi culo, “show me your ass”

    Me puse de nalgas y me subí el traje para que las viera bien.

    – Cumming! Cumming!

    ¡Así que lo vi y empezó a chorrear como fuente! Me mojó los pies y la pierna… mas… otro poco… se la soltó, le colgaba, la agarré y me la metí a la boca para limpiarla del semen que tenía embarrado. Literalmente, me la comí y se la dejé bien limpia, el se la guardó. Me dio su toalla para limpiarme la pierna y bajamos con los demás.

    Después del partido de fútbol, nos fuimos a bañar. La hermana me dejó el baño de su recámara.

    Cuando estaba saliendo de la regadera llegó Stan, ni permiso pidió, entró y cerró con llave, se acercó, me abrazó, me besó, me agarró las nalgas.

    Vi en el espejo mi cuerpo desnudo y él a medias, bajé mi mano para tocar, ¡¡duro, muy duro!!

    Se bajó el traje de baño.

    ¡Ahí estaba, grande y rico, me lo había imaginado y antojado todo el día! No me quedó mal.

    ¡¿Y que creen?!

    Pues sí, me hinqué y me acerqué…

    El me la acercó y yo abrí la boca, la puso sobre mi lengua, la abracé con los labios.

    Y empezamos a movernos… mmmm… suave, a ritmo, despacio, fuimos acelerando, fue entrando más, mis manos sobre sus muslos para controlar su ímpetu.

    La sacó y me dio sus huevos, los chupé también, se la jaló un poco y entró de nuevo a mi boca, a movernos juntos.

    Sentí que se aceleraba y lo saqué.

    Entonces me levantó, me volteó de espaldas contra el lavabo y me la puso entre las nalgas.

    – le pregunté, ¿tienes condón?

    – y me dijo no, pero tranquila, no voy a entrar

    Me agarró de las chichis, y empezó a frotar su verga entre mis nalgas, rico, como si estuviéramos cogiendo, cada vez más rápido, cada vez más fuerte.

    Yo disfrutando en el espejo de frente, y disfrutando por atrás también.

    Su cara de excitado.

    Sentí caliente y mojado en toda la espalda baja, su respiración acelerada, bajó el ritmo, bajó la fuerza.

    Se recargó en mi espalda.

    – “¡the best ass I have seen, and your mouth… unique!”, como les he contado, me encanta mamar vergas y que se vengan en mi boca.

    Se paró, se subió el traje de baño y se salió.

    Me enjuagué de nuevo y me cambié.

    Antes de salir del baño me vi al espejo, «Estas muy buena…»

    Salí del cuarto de la hermana ya arreglada y con mi maletita.

    Bajé y estaban organizando juego de cartas.

    Me senté a la mesa y Bob se sentó junto a mí, yo ya había tenido lo que quería, así que ya no estaba enojada con el. En cuanto pudo me agarró la pierna, sonreí, yo traía shorts.

    Se acercó y me dijo, ya vi cómo anda este par viéndote y queriendo cogerte.

    – No creó

    – Seguro! Se les notaba la verga parada!

    – Le contesté, no creo, ya les quité las ganas

    Se quedó callado, quieto, no me dijo nada, me vio, me reí con cara de cómplice.

    – Really?

    Hice gesto de «si».

    – fíjate bien…

    Entonces volteó a verlos, como analizando su cara.

    Y si, ahí estábamos.

    Todos con miradas de cómplices y al mismo tiempo cada quien en lo suyo, la hermana con el amigo en otro canal.

    Bob se dio cuenta que sí, que algo había pasado… con uno… con los dos… y me volteaba a ver y yo sonreía, también cruzaba miradas con Stan y nos sonreíamos, Bob se daba cuenta y me acariciaba y apretaba la pierna entre «me molesta y me gusta, no lo puedo creer».

    El hermano chico se paró por refrescos, traía unos pants

    – míralo bien, ya no sé le nota…

    Ya no la traía parada, Bob no sabía si verme a mi o a el.

    Y así pasó la tarde, a Bob se le ponía más dura mientras más cuenta se daba de lo que había pasado.

    – ya no aguanto las ganas, me dijo

    Fue el baño como tres veces, creo que a acomodársela, creí que en algún momento se iba a masturbar y a venir, pero no, porque regresaba duro de todas formas.

    El en mi pierna, yo en su entrepierna.

    ¡Hora de irnos! Nos paramos, nos despedimos, beso en la boca al hermano chico, Bob nos vio, ¡y al coche!

    ¡Obvio Bob moría de ganas! En el coche no dejó de tocarse, enseñándome, pero nos portamos bien.

    Ya en casa nos fuimos a dormir.

    Me preparé.

    Llegó en cuanto se apagaron las luces, enseñándome lo que tenía para mi.

    Yo también estaba lista, completamente desnuda bajo la sábana.

    Cerró con seguro, se quitó la pijama, yo me destapé y me puse en posición de juego.

    Me dio duro, delicioso, yo también estaba muy mojada.

    Fuerte, rápido, al suelo, en silencio, recién bañados, olor a sexo… jadeos, orgasmos, mi espalda mojada… su verga sobre mis nalgas descansando.

    Nos paramos, me limpió, se vistió, me meto a la cama, se va, me duermo con el cuerpo cansado y feliz.

    ¡Que delicioso día!