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  • Tropa Loca (2)

    Tropa Loca (2)

    Ya conté que, en la prepa, teníamos un grupo bastante amplio que para todo hacíamos reuniones y excursiones y nos la pasábamos muy bien, no se trataba de parejas, sólo amigos, era baile entre todos y paseos en bola, aunque si se daban las condiciones podía haber algo más, pero sin compromiso… (Sí, más de una compañera quedó embarazada y en dos casos hicimos colecta para pagar el aborto). Nos hacíamos llamar La Tropa Loca, porque nos sonaba bien ya que había un programa de televisión con ese nombre y también de éste tomó su nombre un grupo musical que tuvo sus triunfos con música de rock y después se pasó a la onda grupera.

    La historia del reencuentro inicia con mi esposo Saúl y sus amigos entre los cuales hay de todo, ya comenté en el relato “Velada y revelada” y en “Chocolate oscuro con relleno de crema» cómo me tiré a dos de ellos, y hubo más. Otros me pidieron hacer el amor, pero no me atraían mucho y, en cambio, un ingeniero químico y pintor con bigotes al estilo Dalí, y otros dos más, no pasaron entre mis piernas por más insinuaciones que les hice.

    Resulta que, en una mesa redonda propiciada por una universidad, coincidieron Saúl, Enrique, un escritor joven, y Roberto Soto, mi compañero de prepa. Al término de ésta, departieron en la comida y posteriormente, acompañados de unas botellas de vino local, continuaron la charla en la recámara del hotel de uno de ellos.

    Desde la comida, Soto le comentó a Saúl que ya lo conocía desde la prepa. Saúl le señaló que estaba equivocado pues él fue a la vocacional en bachillerato. Entonces, Roberto le precisó que lo conoció pues era novio de una compañera del grupo en la prepa, cosa que era cierta. Saúl aceptó y le comunicó que estaba casado conmigo. Soto trabajaba en el centro de instrumentos de la UNAM, diseñando aparatos de medición y otras cosas para los científicos. La plática se desvió hacia las máquinas sexuales que vendían en las tiendas porno, pero Soto les dijo que eso era una trivialidad, “cualquier diseñador industrial puede diseñarlas y construirlas. En todo caso, lo que caería en mi campo sería la medición de los orgasmos”. “¿Y el aprovechamiento de la energía que se produce?”, preguntó Enrique. Soto dudó un poco antes de decir “también”. Bordaron alrededor de estas ideas, ya saben lo que hace el vino. Antes de retirarse a dormir, Enrique tenía una idea para escribir un cuento que fue publicado y premiado posteriormente; Soto, un intrincado problema para lograr un instrumento así; y Saúl había pasado el tiempo divertidamente.

    Días después, Saúl fue a entregarle a Soto un artículo que le había prometido a éste para la revista científica de niños en la que Soto era editor. Pasearon por el Centro, y Soto le mostró los instrumentos que estaban en construcción. Saúl dio unas ideas de mejoramiento en algunos casos, de las cuales Roberto tomó nota y agradeció.

    –¿Ya solucionaste, aunque sea teóricamente el aparato que sugirió Enrique? –preguntó Saúl.

    –No –contestó Soto.

    –Es fácil, además con la segunda parte darías una aproximación a una componente de la primera –dijo Saúl y platicó cómo–, a excepción del problema rudo que requeriría medir reacciones cerebrales y químicas en la corteza del hipocampo, pero esa es chamba de los fisiólogos al darte las precisiones.

    Soto se quedó maravillado de lo que le indicó Saúl y fotocopió algunos papers que estaba trabajando con unos fisiólogos. “Aunque no son parte del rollo en que nos metió Enrique, pero esto te dará idea de la complejidad que mencionas”, le dijo Soto.

    Al día siguiente, Soto habló a la casa preguntando por Saúl, a sabiendas que no se encontraba aquí. Lo que en realidad quería era platicar conmigo.

    –¡Qué lástima que no está Saúl! ¡Pero qué bueno que tú contestaste! –exclamó y nos pusimos a platicar casi dos horas recordando los viejos tiempos.

    La plática se fue calentando y recordó lo bien que se sintió mamándome las chiches. “¿Ya no tendría yo que acorralarte para eso y más?”, pregunté descaradamente.

    –No, hoy lo haría con mucho deseo –confesó–, pero estás casada…

    –¿Y tú no? –pregunté.

    –Sí, pero quiero hacerlo… –dijo anhelante.

    –Yo también quiero, pongámosle fecha –contesté imperante.

    A la semana siguiente, después de dejar a los niños en la escuela, Soto me esperó a una cuadra de la casa. Se veía muy bien, seguía peinado como siempre, a la “Benito Juárez”, de raya y pelo embarrado hacia un lado. Subí a su auto y fuimos a un hotel cercano que le indiqué (el mismo donde fui con mi amante Roberto, con Nemesio y otros más).

    Apenas entramos al cuarto, nos abrazamos y besamos. Yo lo desvestí primero.

    –Ahora tú quítame la ropa a mí –le dije jalándole con las dos manos el miembro que ostentaba una gran erección.

    –¡Otra vez estas preciosidades! –dijo cuando me tuvo desnuda de la parte superior y se puso a mamar como bebé.

    –Disfrútalas, pero hoy no será sólo eso –le dije acariciando su pelo con una mano y con la otra distribuía en el glande y el tronco el abundante presemen que le brotaba.

    Las caricias y mi dicho lo obligaron a desnudarme completamente.

    –Ya chupaste arriba, ahora hazlo acá abajo –dije abriendo mis labios.

    Soto se hincó y lamió muy rico, no obstante que se dio cuenta que Saúl me dejó bastante semen. “¡Estás escurrida!” exclamó antes de limpiar los rastros de semen que me escurrieron en la mañana, sin poder bañarme porque Saúl me cogió mucho, levantándonos más tarde por ello, y tuve que hacer el desayuno para no llegar tarde a la escuela.

    –¡Quién fuera Saúl para hacerte el amor a toda hora! –dijo volviéndome a chupar.

    –¿No te molesta el sabor de él? –pregunté.

    –Si lo traes puesto, no, tú eres la que sabe rica… –y me tumbó en la cama para seguir chupándome.

    Terminó su golosa tarea y se acostó sobre mí. Yo simplemente abrí las piernas cuando me besó para compartirme el sabor del amor matutino que tuve con mi esposo, y sentí cómo entró despacio…, deslizándose en mi encharcada panocha, al tiempo que con una mano en cada teta se ayudaba para jalar mi cuerpo y recorrerme la vagina con su pene. Sin soltarme del pecho, aceleró y me sacó varios orgasmos. Me pareció sentir que se vendría, pero se detuvo.

    –¿Qué pasó? –pregunté al interrumpir uno de mis múltiples orgasmos.

    –Quiero disfrutarte más tiempo, hacerte el amor en las posiciones que me lo pidas antes de eyacular.

    –¡Que caballeroso! –dije antes de darle un beso–. Ponme como tú quieras.

    Me puso en cuatro extremidades, me lamió todo el jugo que se había desbordado y, agarrándose de mis chiches (¡mis chiches, siempre mis chiches!) me cogió de perrito sacándome más gritos y orgasmos.

    –¡Qué rico lo haces, Soto! ¡Dame más rápido! –exigí y él me complació…

    Quedé a punto del desmayo y me acosté a descansar. Soto me lamió los senos al tiempo que acariciaba el vello de mi pubis. Cuando me repuse, me monté sentada en él. Cabalgué dándole el espectáculo de las tetas bailarinas, que les encantaba disfrutar a mis parejas. Soto no fue la excepción. Sentí que otra vez Soto estaba a punto de eyacular y, como ya había pasado el tiempo suficiente para recoger a mis hijos, le dije “¡Vente, lléname de ti!”. Salté más rápido moviéndome en círculos, sintiendo cómo rodaban sus testículos alrededor de mis labios y Soto, al tiempo que bufó lanzó tres potentes chorros de esperma en mi interior que culminó con un grito de satisfacción. Yo también me vine mucho y caí sobre él, lo besé y mi perrito comenzó a darle un postrer deleite al exprimirlo completamente.

    –¡Qué rico coges, Tita! Nos hubieras hecho felices a toda la Tropa Loca si hubieses aceptado las propuestas como sí lo hicieron otras de las compañeras –dijo aún con los ojos cerrados.

    –No podía, aunque sí quería. Yo era virgen y eso se lo quería guardar a Saúl. Pero no se pueden quejar, a todos los que me gustaban les di a mamar teta, ¿no te gustó entonces? –le pregunté.

    –Ya te dije que sí, y me quedé con esa fijación –respondió

    –Sí, me di cuenta que en la primera penetración no me las soltaste y, aunque a veces me dolía, me encantó verte feliz mientras yo me venía una y otra vez –le expliqué tomando una teta y se la ofrecí para que mamara.

    –¿Cuándo te cogió Saúl la primera vez? –preguntó después de mamar, pero sin soltarme el pecho.

    –Fue poco después, ¿te interesa la fecha exacta, el lugar y la situación? –le pregunté jalándole el pene y me puse en posición de 69.

    Ya no dijo más, se puso a lamer y yo a saborear loas gotas que aún quedaban dentro de su tronco. Le conté que casualmente me había encontrado con Felipe, otro compañero de la prepa que me gustaba.

    –¿Y qué pasó? –preguntó.

    –Al igual que tú, no quise dejar pasar la oportunidad de amarlos y darles lo que tanto quisieron… –le conté– Bueno, “quisimos”, sería lo correcto, ¿o no?

    –Sí, gracias por este día –me dijo y nos empezamos a vestir. para llegar a tiempo a la escuela de mis hijos.

  • Mi primera vez con un hombre y me encantó

    Mi primera vez con un hombre y me encantó

    Todo comenzó en Tarija Bolivia. Somos un equipo de tenis del departamento del Beni y teníamos un campeonato en la ciudad de Tarija, tierra del vino boliviano. El equipo partió en avión y llegó directamente a Tarija, yo me encontraba por otro asunto en otra ciudad y los alcance directamente en la ciudad.

    El equipo estaba completo pero había un integrante nuevo que no conocía, un señor mayor que participaba en categorías Sub 50, alto moreno, fornido y en forma. Yo tenía 28 años en ese entonces, esto paso hace 4 años, yo siempre tenía la intriga de que se sentiría estar con un hombre, yo soy hetero, pero me gusta probarme ropa de mujer desde muy niño y ese fetiche fue avanzando hasta que me comencé a comprar ropa propia, una vez me compré un dildo y fantaseé con estar vestida y tener sexo con un hombre de verdad, de todas maneras yo no me veo afeminado para nada, pero si me transformó en el closet.

    Continuando con la historia, el equipo estaba listo y comenzamos los partidos, fueron dos días intensos y pude conocer mejor a Armando (el jugador mayor), a los otros del equipo los conocía, Rogelio, Carlos y Martin. Conmigo completamos un equipo de 5. Ya había terminado el segundo día de campeonato, no nos fue ni bien ni mal y ya solo queda un día de campeonato, nuestras oportunidades de salir campeones se esfumaron, solo Armando tenía chances en su categoría, pero nos animamos a salir por la ciudad a tomar unas bebidas pasarla bien.

    Fuimos de boliche en boliche, bebiendo y pasándola bien, quisimos ligar pero no hubo mucha suerte, yo me prendí con una tarijeña, pero no llegó a más se tuvo que ir. Estábamos alojados en un Air Bnb, antes de llegar a la casa, Rogelio llamo una ex novia y se entro a su habitación con ella Carlos y Martin estaban cansados y se fueron a dormir, Armando dice quien se anima a unos vinos, que tenía guardados en su habitación y yo me apunte. Abrió los vinos, ya veníamos algo bebidos, puso muy buena música, me contó de su vida, de su afición por tenis, yo también, de mi novia, de mi familia y sin darnos cuenta estabamos terminando la segunda botella de vino, la confianza que te dan unos vinos es indiscutible.

    Cuando íbamos por la mitad de la tercera botella y luego de entrar en confianza, decidí retirarme porque ya sentía que esto nos podía llevar a algo más, Armando me dice porque no te quedas, yo estaba durmiendo en un sofá cama en la sala, y me dice está un poco frío, quédate, terminemos la botella y dormí aquí, no hay problema. Una sensación de frío me corrió toda la espalda, sabía lo que significa esa invitación, sin el más mínimo titubeó, acepto. Armando entra a la cama y me dice vení échate. Antes de hacer eso, se sacó la polera, es costumbre en Trinidad, una ciudad tan tropical, dormir así, por lo que fue algo normal, sin embargo pude ver lo formados de sus brazos y pectorales.

    Me heche a su lado, y él se levantó de un salto a cerrar la puerta y poner el seguro, su porte era espectacular, pude ver su espalda y nalgas. Ambos sabíamos lo que iba a pasar… Volvió a la cama y se hecho a mi lado, aún mantenido una mínima distancia, siempre fui bueno en el sexo nunca lo había hecho con un hombre, pero me gusta complacer a mis parejas, con esa confianza y con los vinos encima, estiro mi mano y le toco el pene por sobre su boxer, ya estaba durísimo.

    El tomo el segundo paso y me beso en la boca, deslice mi mano debajo de su boxer y por primera vez tocaba un pene de hombre, tenía pelo recortado, un glande grande pero no grotesco, lo vi directamente a los ojos, mientras mi mano acariciaba su miembro erecto. No nos volvimos a besar ese momento, pero con un movimiento rápido, él y yo bajamos su bóxer, deslice la sábana que lo cubría y pude ver un miembro viril palpitando de la excitación, puse ese hermoso pene en mi boca, estaba limpio, con un aroma a hombre que es indescriptible, la cabeza era suave como seda, es increíble haber imaginado esto tantas veces y que ahora esté pasando.

    A partir de ese momento, todo de torno confuso, besos por doquier, besos en el cuello, en el pecho, yo estaba acariciando sus testículos, besando y lamiendo su pene, el también hacia lo suyo, pero más que nada me besaba apasionadamente, me encantaron sus besos, Armando era un excelente besador, el también me chupo el pene, yo goteaba de la excitación. En cada chupada que le daba yo a él Armando soltaba líquido seminal, cristalino y delicioso. El comenzó a besarme en todo el cuerpo, yo estaba delgado y tonificado, continuaron los besos y caricias, hasta que el me pregunta, te gustaría que te penetre y lamento desilusionarlos… mi respuesta fue tenés condón?

    Y lamentablemente no tenía y le dije No, no puedes entrar, algo de lo que no me arrepiento, pero me hubiera encantado que tenga un condón. Note su carita de decepción, pero baje con más intensidad y comencé a hacerle una mamada con reverencia y deseo, sentia sus palpitaciones, se relajó completamente, gemia con las caricias de mi lengua, mantuve mi boca pegada a su glande y luego de unos minutos, soltó un chorro delicioso, con un gemido que más parecía gruñido, me dejó un chorro caliente en la boca y en los labios, con mi lengua recogí lo que estaba alrededor de mis labios y me trague todo su delicioso semen, cayó exhausto y satisfecho y yo también, fue una fantasía hecha realidad.

    No tuve que ponerme bragas para sentirme femenina y no tuve que recibir su pene dentro mío, para dejarlo satisfecho. Dormimos toda el resto de la Noche Al día siguiente me despertó diciendo que me levanté o se darían cuenta, gesto que agradecí. El tenía un partido más, el cual ganó y salió campeón de su categoría, nos despedimos con un abrazo.

    En otra les cuento nuestro segundo encuentro y como desvirgó mi culito. Espero que les haya gustado.

  • Entre risa y risa

    Entre risa y risa

    Nos veíamos con calentura. Yo sus tetas, ella mí paquete.

    Ella con pareja (un amigo) yo con pareja, con una que me la culee por años (solo nos dábamos sexo con todo), y llego ella.

    Meses queriendo culearla y ella creo que igual.

    Le dio termino a su relación y yo lo mismo a la que me culeaba. Llego una junta que iríamos juntos. Fui con solo pensar echarle adentro todo.

    Antes de llegar, le roce las tetas, y la respuesta fue agarrarme el pico y apretar. Sería ese día.

    Bailamos calentándonos toda la tarde, tomamos, fumamos y quedamos como 5.

    Medios ebrios y calientes, no quería esperar más. En irnos de ahí, pasaría mucho tiempo.

    Pero se adelantó, fui al baño y se metió.

    Me hizo bajar con las manos en mis hombros, se inclinó, se abrió el culo con las manos, me ordeno escupirlo, y le chupe el culo como yo deseaba.

    No nos importó que fuera casa de su amiga, se puse a gemir como zorra, casi estuve media hora chupando culo y zorra

    Y me tocaba a mí, me dio besos de perra, se deseaba solita, me metía los dedos a mí boca, y me dio una chupa de culo exquisita, se mojó las tetas con flujo, me puso los pezones en el hoyo, se los erecte con el culo, se los chupe después.

    Se mojo como perra, me tenía los chicos como bola de acero, me puso un elástico o algo así, y se los metió en la zorra.

    Me la empecé culeando con los focos en. La zorra.

    Los saco mojados con fluido… y se los tragos todos…

    Afuera apagaron todo.

    Se escuchaba solo como gemíamos, más se escuchó cuando me dijo que la culeara sin nada, que me sacará el condón y que le echara todo adentro.

    Por un momento quise parar y salir a ver afuera, no me dejó, me tenía un perro. Yo tenía coca, le dije que yo quería inhalar en su hoyo.

    Prendió un caño, en 4… me paro el hoyo… ella fumando y yo sacando todo… y dedeandola… y vino su primera… se iba a ir.

    Le dije que se pusiera en mí boca, que quería tragar todo, se puso 69 y me dio lo que tenía.

    Y con 3 dedos entrando y saliendo del hoyo…

    Y desde ahí se fue cortada no sé cuánto, solo gemía que se iba, y yo me iba directo a chupar la zorra.

    Y ella quiso falopa, primero del pico, y luego me la echo en el hoyo, la saco con lengua de zorra.

    Me empezó a saltar encima por el hoyo, le cacheteaba las tetas, y me creí actor porno… era bajita y yo algo tenía… y fue la primera que me culee en el aire, en brazos, le chupe la zorra en mis hombros y la invertí en el aire chupando el hoyo… la culeada más rica que he tenido.

    Con los cocos duros, quería irme ya, me hizo echarlo sin más… me empezó a dar como zorra para darle moco, y llego… se lo eche todo al fondo del hoyo y me agache para que lo notará en mí boca, deseando a la vez la zorra, se fue otra vez, me decía que me quería culear por meses, que esperamos mucho, que solo quería más moco… con el moco en mí boca, la puse de rodillas, boca abierta, lengua afuera, una mano pajeandome, la otra en mí hoyo… y le bote el moco que pedía, le dije que no lo tragara aún, que jugara… gárgaras, un poco en las tetas… con el glande se lo saqué y ella lo tomo… y luego le dije trágatelo.

    La puse pierna arriba del lavamanos y chupando la zorra lo trago, se fue de nuevo.

    Me saco más moco de lo habitual, y ella mojo todo, la vaga en el baño, yo completo con olor de zorra, exquisito… nos vestimos, me dijo que fuéramos a su casa, que me quería más, yo ella igual. Ya no importaba nada más que culearla y seguir ardiéndole todo.

    Salimos del baño, todo apagado, fue donde su amiga, ella en su cama, le dijo que no pudo hacer más que desearse la zorra, que escucho todo, como gemíamos, puso su oído en la puerta, y se escuchaba la zorra cuando la puse ahí para dedearla, como se tiraba peos del hoyo y de la zorra.

    Nos fuimos, con solo lujuria de más, teníamos solo 3 meses más para nosotros, 3 meses que no queríamos perder nada.

    Espere tanto culearla que solo pensaba en no hacer más que tenerla toda.

  • Torturando a mi sumiso

    Torturando a mi sumiso

    Todavía me preguntó qué fue lo que ocurrió ese día. Estábamos viendo la tele en el salón. Ella sentada con unas mallas negras y un top de color rojo, y yo desnudo en el suelo, simplemente con mi collar, y masajeando sus pies como hacía frecuentemente cuando veíamos la tele.

    Recuerdo que estábamos viendo MasterChef, y en un descanso hablamos sobre un comentario que había hecho uno de los participantes. Tú lo catalogaste como mentira, y yo te dije que no me parecía que estuviera mintiendo… simplemente que no había estado afortunado con el comentario, pero que no sacaba nada por mentir.

    Y entonces, sentí tus colmillos afilarse. Sentí fuego en tu mirada y tensión en tu mandíbula, y me dijiste:

    “Pedro, te he explicado muchas veces la diferencia entre mentir y no hacerlo. Igual que tú mientes muchas veces, este tío está mintiendo”.

    Yo seguí acariciando tus pies, pero mirándote a los ojos, te dije:

    “Ama, te he dicho mil veces que yo no miento. Te pongas como te pongas no voy a darte la razón si siento que no la tienes. Yo no miento. Puedo equivocarme, y lo hago mil veces… pero no miento jamás”.

    Lo primero que hiciste fue retirar tus pies de mis manos y ponerte de pie súbitamente. Después agarraste la correa que tenías atada a mi collar y comenzaste a andar hacia el salón de juegos. Sin mediar palabra me colocaste una mordaza en la boca y la ataste con fuerza. Me hacía daño, pero no dije nada. Después, me colocaste en la cruz de San Andrés y ataste mis muñecas y tobillos a cada extremo.

    Escuché como abriste el baúl de los juguetes y supuse que estarías buscando alguno de tus látigos. Y efectivamente, lo escuché silbar a mi espalda, mientras con rabia contenida decías:

    “Estoy harta de que niegues lo evidente. No digo que lo hagas conscientemente, Pedro. Pero mientes, y los que mienten son mentirosos… así que tú, eres un mentiroso. Repítelo”.

    Entendí rápidamente tu intención. Pero me conoces bien, y sabes que mi orgullo (y en este caso saberme o creerme en posesión de la verdad) no me permitirían darte la razón. Además siempre me has dicho que no te gusta que te de la razón como a las locas, con lo que negué con la cabeza.

    “Pedro, no me hagas usar la violencia ni torturarte. Repite aunque tengas la mordaza que eres un mentiroso, y esto terminará aquí”.

    Volví a negar con la cabeza, y entonces sentí el primer latigazo recorrer mi espalda y el costado derecho. Mientras los demás latigazos iban decorando mi espalda y haciéndome perder pie, decías:

    “Quiero escucharlo de tu boca, zorra. Por las buenas o por las malas, pero vas a confesar que eres un mentiroso porque dices mentiras. Cuanto antes lo digas, mejor para ti… porque estoy empezando a excitarme… y sabes que cuando estoy cachonda mi intensidad solo crece”

    No dije nada. Y quién calla, otorga, así que seguiste con la sucesión de latigazos en piernas, espalda, culo y costado, mientras repetías:

    “¿Qué eres, zorra? Dilo que yo lo entienda incluso con la mordaza. Un puto mentiroso”

    Pero no cedí a pesar de que mis fuerzas empezaban a flaquear y mi cuerpo apenas seguía de pie por los grilletes de las muñecas. Seguiste un buen rato, pero supongo que alertada por mi piel abierta para ti, dejaste el látigo y volviste al baúl, concediéndome un descanso que claramente necesitaba.

    Estuviste un rato rebuscando en el baúl de juegos y después sentí cómo me desatabas. Agarraste con tus pequeñas manos mi polla y mis huevos y con determinación nos dirigimos a la mesa. Me dijiste que me subiera y me pusiera boca arriba, y obedecí inmediatamente. Cuando lo hice empezaste a atarme hasta dejarme completamente inmóvil. Retiraste la mordaza y volviste a preguntarme:

    “Pedro, ¿de verdad vas a ser tan orgulloso? No pienso parar, ahora por mis huevos que voy a sacarte esa puta frase. Dime lo que quiero escuchar y volvemos al salón. ¿Qué eres?”

    Te miré a los ojos con rabia y contesté:

    “Soy la puta de Laila. Pero no soy ningún mentiroso”

    Sonreíste y acariciando mi pelo, dijiste:

    “Puta orgullosa. Veremos lo que tardas en cantar como un canario”.

    Entonces tapaste mis ojos con un pañuelo, de modo que no podía saber lo que estabas haciendo. Pero no tardé demasiado en comprobarlo en mi propia piel, ya que un intenso calambrazo recorrió mi entrepierna. Habías cogido el aparato de descargas eléctricas que no usábamos mucho, porque te había dicho muchas veces que era muy doloroso. Pero hoy no era un día para preguntar gustos o preferencias. Era un día para torturarme hasta arrancarme una confesión que, por cierto, no estaba dispuesto a darte.

    Después de darme descargas en los huevos, en la polla, en los pezones o en la lengua, mis fuerzas se vieron seriamente disminuidas. Notaba que todo me pesaba, pero aunque me preguntabas una y otra vez qué es lo que era, no cedí y seguí insistiendo en que no iba a decir algo que no soy. Tu te reías, y notaba cada vez más excitación en tu voz, ya rasgada.

    Después de un rato de descanso, sentí una pinza de metal en mi pezón izquierdo. La apretaste bastante y después repetiste el ejercicio con mi pezón derecho. Sabes que tengo los pezones hiper sensibles y que termino llorando y suplicando de dolor que retires las pinzas… pero pensaba aguantar, porque no me considero un mentiroso. Después ataste fuerte mis testículos y los enlazaste con los dedos gordos de los pies, manteniendo la cuerda muy tensa de forma que, ante cualquier movimiento, sufriría dolor provocado por mí.

    Comenzaste a golpearme con una vara. Primero en la planta de los pies, pero enseguida los golpes fueron repartiéndose por todo mi cuerpo. Ardía de dolor y gritaba sin parar que por favor no siguieras. Entonces paraste y me dijiste:

    “Vaya. Veo que empiezas a entrar en razón. ¿Quieres que pare, mi amor?”

    Contesté que sí, que quería que pasares, y entonces preguntaste:

    “Claro que sí, mi niño. Pero antes, contesta a una pregunta: ¿Qué eres?”

    No contesté. Me quedé callado y volviste a preguntar.

    “Pedro. No empeores las cosas. Sabes que no me gusta repetir una pregunta. Contesta”.

    Y yo, con un hilo de voz y toda la rabia contenida en mi interior, te dije:

    “Soy la puta de Laila. Pero no soy ningún mentiroso”

    No podía escucharte, pero sentí perfectamente tu decepción. Escuché tus pies descalzos salir de la estancia y volviste al cabo de unos minutos que se me hicieron eternos. El factor tiempo jugaba claramente en mi contra y sentía los pezones arder de dolor… pero no pensaba concederte una victoria basada en una posición de abuso de poder tan solo porque fuera tu opinión, así que aguanté apretando la mandíbula mientras sentía mi corazón latir de forma acelerada.

    Sentí que colocabas cinta americana en mi frente e imaginé que la colocabas contra la mesa. Lo que sé es después de un buen rato no podía mover el cuello ni un centímetro. Entonces sentí que colocabas algo en mi cara. Parecía una prenda de vestir y no entendí bien lo que estabas haciendo, pero estaba tan concentrado en aguantar el dolor que no me di cuenta que era una toalla hasta que me dijiste:

    “Cariño, esto no te va a gustar. Esta tortura la hacían en la Inquisición, y la hacen en Guantánamo y otros países. Como vas a comprobar es angustioso y puede provocarte encharcamiento en los pulmones, así que te aviso de dos cosas. La primera es que si no quieres que empiece a arrojar agua sobre la toalla, me digas ahora mismo lo que quiero escuchar. La segunda es que si eres tan putamente orgulloso, al menos cuides un poco de ti y no me decepciones más. Porque he leído mucho sobre lo que voy a hacer y no me gustaría llegar hasta el final. Es tu responsabilidad. Tú sabrás”.

    Por primera vez desde que soy tuyo, sentí miedo. Noté determinación en tu voz. No pensabas parar, y yo, a pesar de lo que decía mi cabeza, empezaba a tener dudas. Pero un fuego interior de orgullo me mantenía firme, y contesté:

    “No soy ningún mentiroso. Lo sabes bien, mi amor”.

    Entonces te reíste y sin solución de continuidad comenzaste a echar agua sobre mí. El agua traspasaba la toalla y como la arrojabas constantemente, no tenía tiempo para respirar, provocándome varias veces una sensación horrible de ahogamiento, y una angustia como no había sentido jamás.

    Entonces paraste, y yo pude recuperar algo de oxígeno entre toses y ganas de vomitar. Mientras tanto, gemía y lloraba diciendo:

    “Por favor, por favor, por favor… Laila, no me hagas esto… por favor”.

    Muy seria contestaste con una pregunta:

    “¿Qué eres, Pedro? Quiero escucharlo”

    Y con un hilo de voz, llorando, contesté:

    “Soy la puta de Laila. Pero no soy un mentiroso”

    Entonces noté como el agua volvía a empapar la toalla, traspasándola y colándose sin solución de continuidad en mi garganta. Como no parabas de arrojarla, no podía respirar y sentí que tragué muchísimo agua a la vez que notaba mis pulmones estallar, con una presión en el pecho que no había sentido nunca. Estaba mareado y tenía ganas de vomitar. Intentaba mover cuerpo, cabeza y piernas, pero lo único que conseguía es más y más dolor por todos los lados.

    Y entonces, sucedió. Sentí que las fuerzas me abandonaban y que no podía seguir luchando. Vomité, pero mi vómito se mezcló con el agua y me lo tragué mientras sentía que iba a morirme. Entonces todo se apagó.

    No sé cuánto tiempo pasó, pero lo siguiente que recuerdo es verme desatado, desnudo y tapado con varias mantas. Cuando abrí los ojos te abalanzaste sobre mí y comenzaste a besarme y a abrazarme, mientras decías que era un orgulloso de mierda, y que no volviera a hacer algo así jamás.

    Te pedí perdón y te dije que pensaba rendirme, pero que justo cuando iba a hacerlo empecé a sentir que me mareaba y no me dio tiempo. Te pedí perdón, y te prometí que no sería tan orgulloso en el futuro, que había aprendido la lección. Nos besamos, nos abrazamos y los dos lloramos del susto. Estuvimos un rato así, y de pronto, separándote de mí y mirándome a los ojos, me dijiste:

    “¿Qué eres, mi amor?”

    Y yo, negando con la cabeza y casi sin fuerzas, contesté:

    “Soy la puta de Laila. Y a lo mejor un poco mentiroso alguna vez”

    Los dos rompimos a reír. Volvimos a besarnos y entre besos, me dijiste:

    “Claro que eres mi puta… no cambies nunca, mi amor”

  • Sorpresa por video llamada

    Sorpresa por video llamada

    Esta es una historia corta pero buena. Estaba en mi casa tranquilo cuando de pronto hace una video llamada mi novia, acepto y aparece mi novia sentada en un sillón con la cámara apoyada en una mesita, le dije como estaba, ella responde que bien y me dice si quería ver algo, dije bueno se habrá comprado algo y si se compró algo una tanga y un sostén rojo que se puede ver sus partes, dije que linda te vez con eso.

    Después ella me dice otra cosa «tengo un regalo para vos y espero que lo disfrutes» y dije que será, de pronto aparece a su lado un tipo desnudo con la verga toda dura y yo quede sin palabras sin saber que decir, ella dice «este es tu regalo, ya que te gusta que otros me cojan» sin saber que decir y excitado solo dije si con la cabeza, de pronto el tipo acerca su pene sobre su cara y le acaricia la cara con su pene y los huevos mi novia feliz, que no aguanto las ganas y la empezó a lamer con muchas ganas, yo del otro lado me empecé a masturbar.

    Ella chupaba toda la pija y sus huevos con muchas ganas, y le dije que te coja el culo ahora, ella me vio y a él también ella se acomodó y se puso en cuatro en el sillón el tipo se pone detrás de ella, el agarrar el celular y enfoca el culo de ella y su pene, él le escupe en el ano para que entre bien y ahí le pone toda la pija en el culo poco a poco, ya cuando entro toda se la empezó a coger duro y rápido el culo de mi novia chocaba contra la cadera del tipo y ella gimiendo diciendo «me están rompiendo el culo y ojala tenga otra pija en la boca» él se lo seguía cogiendo después él la hace parar y se la garcha bien de parada mientras sus tetas rebotaban de arriba abajo con gran intensidad y el agarrando su pelo para que se sintiera mas puta.

    Ella ya no está aguantando mucho y el tampoco de tanto que le rompió el culo, el tipo no aguanto mas y le lleno el culo bien de semen, él todavía lo tenía un poco duro que se la siguió cogiendo que tampoco aguanto mas y le lleno un poco de orina en su ano, ella con lo excitada que estaba ni le importo, el saca su pija y ella se la limpia con la boca y me dice que la próxima serán con 2 mas «te gustaría?» Y dije si, con doble penetración y que tu culo te lo llenen bien de semen y al final ella muestra su culo bien penetrado.

    Y así termina la sorpresa que me dio mi novia.

  • Alicia secretos de una profesora

    Alicia secretos de una profesora

    Mi nombre es Alexis, mido 1,75 aproximadamente, soy rubio de ojos celestes, no soy delgado, pero tampoco soy gordo en si uno mas del montón, hace unos años estaba con mis amigos de la secundaria recordando viejas épocas las cuales llevábamos una vida muy fiestera ya que éramos de salir mucho, en esa charla recordábamos a todos los que habían pasado por la secundaria entonces Carlos un compañero de nuestro curso nos preguntó si habíamos visto a la profesora de matemáticas, Alicia a lo cual todos respondimos que no, entonces él nos enseñó un foto de ella al día en que estábamos tendría unos 65 años, al ver la fotografía se la veía totalmente diferente a la vieja de mierda que era como profesora, tenía unos hermosos pechos seguramente operados, algún retoque en la cara ya que no se veía de la edad que tenía sino mucho más joven, muy cogible en otras palabras, nosotros y la mayoría no teníamos un buen recuerdo de ella, Carlos nos comentó que ella se había casado con un viejo millonario el cual había fallecido y que ella había heredado toda su fortuna lo que incluía las empresas y bienes, a nosotros más de eso no nos importó y más de una la insultó cuando Carlos contó su vida ya que nos hizo la vida imposible en la secundaria.

    A los seis meses de esa juntada, me llaman de una empresa en la que se dedicaban a software de sistemas lo cual la cual me había postulado, después de un mes de entrevistas y psicotécnicos me dicen que me van a contratar que debía presentarme el lunes siguiente a las 9 am en las oficinas de la empresa, llego el lunes a las 9 puntual ya estaba en el hall de espera para ser atendido, ahí se presentó un señor llamado Marcos el cual me dijo que sería mi jefe, me llevo a recorrer toda la empresa y cuando estábamos en el último piso del edificio me dijo que iríamos a conocer a los directivos que debía presentarme con ellos.

    Al entrar a la sala del directorio había 3 caballeros los cuales se presentaron y me dieron la bienvenida a la empresa al salir de la sala se abre la puerta del ascensor y de allí baja Alicia la profesora de matemáticas la cual me mira y me dice qué haces vos acá? Yo me quede duro sin saber que decir a lo cual marcos tomo la palabra diciéndole que yo era un nuevo empleado, ella con su cara asquerosa como siempre me dijo bienvenido y se fue, se ve que ella tampoco tenía buenos recuerdos míos.

    Marcos se quedó mudo y me pregunto si yo la conocía de algún lado y le dije fue mi profesora de matemáticas de toda la secundaria y nos reímos los dos, pasaron las semanas y un día suena el interno mío era la secretaria de Alicia (profesora matemáticas) para que suba, adentro mío pensé que me iban echar del trabajo, llegue espere cerca de una hora y media sentado hasta que me llamo, seguía siendo jodida como en el colegio, al entrar me dijo lo sorprendida que estaba de ver cómo una persona por la que ella no apostaba nada llego a ser ingeniero en sistemas, le conteste de la misma manera ejemplificando cómo ella llegó a ser dueña siendo profesora de matemáticas.

    Me invitó a sentarme y nos pusimos a limar asperezas de años atrás terminamos hablando en buenos términos, ella se levantó y pude observar qué la vieja realmente estaba buena, tenía unas hermosas tetas y un culo trabajado para ser de 65 años lo que hizo que mi cabeza empiece a verla de otra manera con ganas de cogérmela, como para darme el gusto después de tantos años que nos hizo sufrir, así que cambie mi postura con ella, empecé a ser más amable, educado, si me dirigía a ella lo hacía con el mayor de los respeto que se merece, una noche saliendo de la empresa voy de camino a la cochera y la encuentro al lado de su camioneta con una rueda pinchada.

    Me dirijo hacia ella para solucionarle el problema le pregunto si tiene una de repuesto y me contesto que estaba esperando a la grúa para que ellos se la cambien le dije que cancele el llamado que yo se la cambiaba, me agradeció pero me dijo que no a lo cual me di media vuelta y me retiré, cuando estaba subiendo al auto me grita que podía hacer algo por ella y era llevarla hasta la casa ya que iba a dejar la camioneta en el garaje y las llaves en recepción, se subió y partimos hacia su casa, barrio privado el cual te revisan para entrar y salir así que una vez que llegamos me invitó a cenar.

    Vivía bastante lejos de la empresa y se había hecho muy tarde, pidió sushi y trajo varias botellas de vino carísimas para que degustemos, comenzamos a charlar mientras esperábamos la comida cuando llego la comida ya nos había bajado una botella y media de vino, así que la charla se puso más picante cuando ella me dijo si sabía que el sushi era afrodisíaco, entonces le dije uh no me digas eso que esta noche me voy a tener que cascar solo jajaja ella sonrió y me dijo si sabrías lo sola que estoy yo, ahí la indirecta me pego en la pija y no pude contener la erección ya que en mi cabeza solo pensaba en cogerla.

    Terminamos de comer y quise levantarme de la mesa sin darme cuenta que todavía tenía la erección, se me vio el pantalón con un bulto tremendo lo que hizo que me sentara rápidamente, pero ella ya lo había visto, me pregunto si me pasaba algo lo cual yo le dije que no y por que me preguntaba por qué tenés la pija dura me dijo, yo me puse rojo entonces vio la oportunidad de basurearme un poco, me dijo bájate los pantalones y mostrarme la pija que quiero verla, a lo cual yo sin dudar me baje el pantalón seguido del bóxer y salió disparada como un resorte le dije ahí la tenés, ella la miro y me dijo con eso piensas cogerme? Le conteste con esto te puedo sacar la soledad que tenés y su respuesta fue a qué no te animas!

    Me acerqué a ella y le dije ahora me voy a cobrar todas la que me hiciste en la secundaria la tome del cuello la bese, juntamos nuestras lenguas mientras le agarraba la mano para que me agarre la pija, sentía cómo respiraba poco a poco la hice bajar y una vez que la tuve a tiro ahí abajo empecé a pegarle con la pija en la cara y ella me decía que pare le dije esto recién empieza abrí la boca y empezó a chuparme la pija, no lo hacía bien entonces la agarre de la nuca y le metí la pija hasta el fondo de la garganta ella abría los ojos llorosos y yo le sacaba y metía la pija hasta la garganta después de un rato así le dije que se saque toda la ropa que quería verla desnuda.

    Ella en silencio lo hizo sintiendo vergüenza de su cuerpo se tapaba con las manos, le dije siéntate en el borde del sillón, abrí bien las piernas y ahí tenía la concha de mi profesora de matemáticas abierta para mi, me arrodillé le empecé a chupar el clítoris y sentía como sus jugos iban bajando y ella se doblaba y gritaba cada vez que rosaba su clítoris hasta que se lo succione, lo empecé a chupar desenfrenadamente y ella entro en un colapso de convulsiones y gemidos lo cual era un orgasmo más que intenso acabo llenándome la boca de sus fluidos, le dije que se ponga de pie pero las piernas no le respondían después del polvaso hermoso que se había echado.

    Entonces la agarre y la subí arriba de mi pija al entrar se ve que no había sido usada hacia tiempo por lo que se sentía estrecha, le dije agarrate de mi cuello decime dónde está la habitación, me dijo al fondo por el pasillo, la lleve con la pija adentro de ella, llegamos a la habitación y la coloqué en la punta de la cama abierta de piernas las cuales puse en mi hombros y me destine a cogerla de manera salvaje, ella era orgasmo tras orgasmo las piernas le temblaban de tal manera que pensé le podía dar algo, después de un rato así la di vuelta y le dije que quería hacerle el culo, me dijo que ni loco que eso era un tesoro que jamás se lo dio a nadie, eso hizo ponerme más caliente aún, la puse en 4 y me dediqué a chuparle la cola algo que le gustaba porque hasta ese día nadie le había hecho eso.

    Así que aprovechando su calentura y los orgasmos una vez que vi su culo bastante dilatado, apunte mi cabeza a su esfínter lo último que le dije es despedite de la virginidad de tu cola empuje y empecé a sentir como su culo se iba abriendo entro la cabeza, ella dio un grito desgarrador y me dijo no la saques de a poco ella se fue tirando para atrás y metiéndosela adentro hasta que llego al tope, una vez ahí me dijo me la sacas del culo y te echo de la empresa, le escupí la cola para lubricarla y empecé a cogerla primero despacio, pasado un rato los chirlos y los golpes eran cada vez más fuertes, ella me decía te gusta hacerme la cola, te gusta tenerme así.

    Yo tenía los ojos en blanco como si un demonios se había apoderado no paraba de meterle bombazo tras bombazo, hasta que me subieron las cosquillas y le dije “ahora te voy a dar la lechita bien calentita”, ella gritaba “lléname el culo de leche no dejes nada afuera la quiero toda adentro”, yo como obediente que soy le llene el culo de leche que desbordaba por todos lados era tanta la cantidad que tenía acumulada que tenía que no paraba de escupir, al sacar mi pija dentro suyo la vi tirada en la cama, con el culo roto rebalsado de mi leche, una imagen que jamás se me cruzo por la cabeza ver.

    Seguido de eso se levantó con las pocas fuerzas que le quedaban y llego hasta mi pija la que limpio con su boca y me dijo que jamás había tenido una noche cómo está quiero que te quedes a dormí, al otro día al despertar ella me dice que no iría a trabajar ya que le dolía todo el cuerpo hizo un llamado a la empresa y dijo que se quedaría en su casa todo el día, antes de irme le dije que lo había pasado muy bien, a la tarde en la oficina recibí un llamado de Alicia que decía que si podía le lleve la camioneta que estaba en el garaje, deje mi auto en la empresa y le lleve la camioneta a su casa.

    Al tocar la puerta me atendió completamente desnuda y me dijo sácate la ropa que quiero que me cojas ya estoy repuesta, no la hice esperar me desnude, ni bien me saque el pantalón se prendió de mi pija y comenzó a chuparla con muchas ganas se ve que la vieja se recupera rápido en un momento paro de chupar se levantó y me dijo de ahora en más soy toda tuya así que quiero que me hagas todo lo que quieras sin límites, al día de hoy voy 5 veces a la semana a la casa Alicia hemos tenido más sexo con ella de lo que tuve en misa entera, demostró tener mucho aguante aun sigo trabajando en la empresa y he escalado varios puestos debido a mi relación con ella.

  • En la disco

    En la disco

    Tercer relato donde la esposa le platica su vida anterior a su esposo mientras tienen relaciones.

    En esa noche los niños ya se habían dormido, la mujer sale del baño y con unas mallas pegado y una pequeña camiseta de tirantes se acercó a la cama para secarse los pies, pero el marido apago la luz de la lámpara y aprovecho la situación para tomarla de manera fuerte y preso de deseo le baja las mallas. Una mano se encargaba de tocarle el clítoris y penetrar con algunos dedos la vagina y el ano, mientras que la otra va de los pezones a jalar el cabello o apretar el cuello.

    Un pene con una cabeza gruesa roza la entrada de la vagina sin penetrarla por completo, pero haciendo un vaivén donde con la estimulación y la ligera penetración, lo que poco a poco provoca que el deseo aumente y la mujer le susurre: “ya cógeme, ya mételo”. El marido le jala el cabello y luego le oprime los senos mientras estimula los pezones. “No, primero debes contarme otra cosa”. Mueve despacio la cabeza del pene sobre la vagina y la recorre hasta el clítoris.

    Ella inicia el relato: “Cuando tenía 18 años, casi 19 años estaba en la universidad y salía los viernes de clases, me iba con mi grupo de amigas para una discoteca que estaba cerca de la universidad; estando en la discoteca bailaba con cualquier chico que me invitara a bailar pero había uno que me gustaba mucho, él era el supervisor de la discoteca era un hombre mayor que yo debía tenía en ese entonces sus 30 y algos, cada vez que yo iba a la discoteca él ponía cervezas y algunas botellas de cualquier licor que yo dispusiera solo para acercarse a mí, a veces acepta bailar con él y me podía de espalda y rosaba mi nalgas con su verga, la sentía crecer en sus pantalones, se le veía muy grande y eso me excitaba pero, nunca habíamos pasado de eso, hasta que un día luego de poner algunas cervezas en la mesa para mis amiguitas y para mí, se me acerco y me dijo que si lo podía acompañar a buscar unos papeles en la parte debajo de la discoteca, esa discoteca tenía tres pisos pero el primero era especie de garaje donde estaban todas las cajas de cervezas y licores, yo le dije que sí, que no había problema, que yo lo acompañaba.

    Cuando bajamos a la planta baja yo iba delante de él, apenas entramos me giro y me beso, me besó también el cuello y me empezó a sobar las chichis por encima de la ropa; Lleno de excitación me decía que tenía muchas ganas de estar conmigo; yo me hacía de rogar, no me movía solo le respondía los besos y le frotaba por encima de la ropa el pene que se sentía muy grande y caliente, pero no hacía más nada. Él me llevo hasta donde estaba una caja registradora. En esa ocasión yo llevaba una minifalda y una blusa de tiritas, no usaba brasier, quería metérmela, se moría de ganas por penetrarme, le respondí que era virgen y que no íbamos a coger, pero podía frotarlo, después subiéndome la falda se sentó en una silla y se la sacó. Yo sólo miré de reojo y la vi, esa era la segunda que veía en mi vida, era grande, llena de venas y gruesa, mientras yo a horcajadas me frotaba en su pene primero con mi trasero y luego de frente. Él me chupaba los pezones y me apretaba las nalgas, me decía que mi trasero era increíble, que se lo ponía muy grande, también me besaba el cuello y me hizo unos chupetones.

    La tenía riquísima, él se acomodó en la entrada de mi vagina, yo estaba súper mojada, me gustaba ese hombre mayor y, poco a poco, se excito mucho, me pidió que parara que quería cogerme, que quería metérmelo, pero eso me excito más y seguí frotando mi vagina húmeda en su verga hasta que se vino, me lleno mi calzoncito de semen. Se quedó entre enojado y excitado porque se había venido y sospechaba que me lo quería meter, pero la erección se la había bajado. Me agarró con mucha fuerza los brazos y me inmovilizó, luego con una mano me levanto la blusa y me chupo los pezones, me hizo a un lado la tanga y me lo chupo con mucha violencia, mientras sujetaba mis manos, me metió un dedo y casi me vine. Me dijo luego de eso que era una buena perrita y que pagaría las cervezas de sus amigas y lo que yo tomara. Me dio algo para limpiarme y salimos de ahí. Me dio un poco de miedo porque me gustó que me dominara y me forzara, pero de eso tengo otra historia que luego te voy a contar.”

    El marido la penetra y le oprime el clítoris a la vez que le jala el cabello, la mujer se viene y se retuerce un poco mientras la penetración fuerte y rápida inicia. El marido la jala por las caderas, luego con la mano derecha le oprime las chichis y después la baja, con el dedo medio continúa haciendo presión en el clítoris y con el meñique le acaricia el ano mientras le dice: “puta, ofrecida, fácil”; luego, con la izquierda le restriega la cara y los senos. Ella experimentas espasmos mientras el orgasmo la recorre.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (5)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (5)

    5. Señales confusas

    La verdad es que el agua de la piscina está cristalina. Algunas hojas pequeñas, más los cadáveres de diminutos insectos voladores y una oruga negra de líneas rojas y amarillas, reposan en el fondo. No mucho por aspirar pero igual muevo con parsimonia el limpia fondos, agitando levemente la superficie con el ir y venir del tubo de aluminio, que en el fondo provoca pequeñas olas.

    Y extingo así en silencio la espera, estirando mis brazos, bloqueándola en mi mente. Con ello hago tiempo y por igual, intento deshacer los nervios que se han instalado en mí. Escucho el sonido del timbre, late fuerte mi corazón y se revuelcan las entrañas. Es ella seguramente, mi ex mujer y mi amado tormento.

    Me doy la vuelta por la otra esquina hasta el lado opuesto de la piscina para dar la espalda. Aun no me siento capaz de verla, –aunque su olor llega a mí con fuerza– sé que puedo parecer un cobarde por ello, como si el culpable de nuestra separación fuese yo, pero esta sensación es tan rara, –entre felicidad y amargura– que me supera. Escucho voces en la cocina mientras sigo en lo mío haciéndome el despreocupado.

    Llevan allí unos momentos y la carnavalesca risotada de Kayra, –que se superpone a la de Mariana– ya está suspendida en el ambiente de la cocina, retumbando de improviso las paredes y la calma con la que hablaban ellas, antes tan bajito.

    ¡Ya vienen! Las observo gracias al reflejo que me brindan los cristales de la ventana, aquella que era la habitación de Mateo en la cabaña donde ahora vivo solo.

    Se ha colocado el vestido negro con rombos multicolores que le regalé con la ilusión de que lo luciera junto a nosotros, –mi hijo y yo– en las vacaciones de la pasada semana santa. No se pudo, nunca sucedió. Se acerca por detrás, dos pasos retrasada de mi negrura tan querida, que me trae la acostumbrada limonada con cubitos de hielo para refrescarme.

    ¡Esta hermosa! Siempre lo ha sido… Bella elegancia de un metro sesenta y cinco, un poco más alta por su blanco sombrero, todo en ella tan bien puesto. Delicada, inteligente, divertida y sensual. Escultura de belleza griega tan esbelta. ¡Diestro y esmerado Dios cuando le dio la vida! Mi Blanca Nieves de un cuento de hadas sin sus siete enanos, bueno solo con uno: ¡Mi pequeño Mateo! Qué ella muy sonriente a pesar del doloroso esfuerzo, me obsequió hace más de cinco años, y yo su príncipe fiel, creyendo hace tanto que era el único con quien ella había decidido escribir su historia, con el acostumbrado final aquel… ¡Y fueron felices por siempre!

    ¿Pero qué carajos ha pasado con su pelo? Sus cabellos eran largos hasta por debajo de la cintura, rozando con las puntas el inicio de sus nalgas; y de un negro azabache que con los rayos del sol, matices azulados destellaban, otras veces ondulando violetas por la brisa.

    Fue lo primero que me gustó de ella, al observarla de espaldas en la plazoleta de la universidad, zarandeada por los brazos de aquel abusivo idiota que tenía por novio. Al girar su rostro después de la traicionera bofetada y mirarme unos minutos después con su carita de sorprendida, al ver a su querido agresor, repentinamente tirado en el suelo después de recibir dos puñetazos míos, supe en ese instante que estaría yo disponible para ella, toda mi vida.

    ¡Cómo me enamoré del celeste de sus redondos ojos!

    ¡Sí, claro que sí, no me avergüenzo en absoluto al recordarlo! Sucumbí ante el infinito azul de ese par de cielos, aunque estuvieran esa tarde tan inundados por sus propias tormentas. Y dos perfectos arcos de espesas cejas negras sobre ellos los enmarcaban, haciéndolos más nítidos y expresiva su mirada, sin poder decidirme por alguno de los dos, con todo y sus largas pestañas curvadas, anegadas por el caudal de sus lágrimas.

    De sus facciones tan angelicales como alargadas, destacaba para mí, su perfectamente esculpida nariz recta y que coqueta terminaba aguda y respingada en la punta. Las mejillas albas, de estilizados pómulos en forma de diamante, armoniosamente permanecían todos los días cuando la observaba, con un leve rubor destacando sobre toda su tez tan suave como paño de terciopelo italiano, y blanca como su alma.

    Un hilito de sangre que de su gordinflón labio inferior, huía perezoso hacia el hoyuelo en su mentón, cubrió en su momento un pequeño lunar que tiempo después mis besos descubrieron. El superior más delgado, para nada menos deseable, y su boca toda en conjunto, se asemejaba al botón de una rosa roja que abiertos ya sus pétalos, mostraba la perfección de una dentadura perlada en una sonrisa dadivosa y cautivante.

    Sería una injusticia no hablar del largo de su cuello, estilizado y convertido por mis labios en una pista casi llana, donde aterrizaban mis besos y la humedad de mi lengua, derribando dos centímetros por debajo de sus orejas, la poca resistencia a mis caricias.

    Humm… Y sus hombros redondeados, de similar medida que sus caderas, dejaban caer de un lado y del otro, unos brazos tonificados, femeninos y para nada musculosos, pero fuertes cuando lo requería, como los sentí aquella tarde, con sus dos nacaradas manos sobre mi pecho, –diez hermosos dedos con uñas cortas, coloreadas de pálido rosa– al empujarme con decisión apartándome de su espacio con la intención de socorrer a su amor lesionado, sin dejar de decirme…

    — ¡Estúpido! ¿Quién carajos te crees? Métete en tus putos asuntos.

    Dejé de admirar su rostro y de ahí para abajo poco pude observar, pues en ese momento Mariana lucía un grueso pullover blanco y con el cuello tipo cisne, bastante holgado como las mangas, –apropiado para aquel mes de frías lloviznas– así que me quedé con las ganas de fijarme si tenía unas tetas grandes, medianas o pequeñas. Meses después bienaventurado, pude darme cuenta de que su busto encajaba perfecto en una copa B, al ganarme la lotería sin comprar boleto alguno, y tenerla debajo de mí, recorriendo con mi boca y mis dedos, la redondez y tibieza de sus bubis, celebrando ser su novio oficial.

    Para ella le faltaba, para otros hombres tal vez fuera así y sin embargo dentro de mis cánones de belleza, tenían la medida perfecta. Ni tan grandes para que mi boca abierta no los abarcara, ni tan pequeños para desgastarlos con tan solo una mirada. Dos volcanes de carne, tersos y tibios al tacto, tan tiernos como atractivas el par de areolas cónicas y de un castaño claro que los decoraban, dignas de lamer sin descanso, sobre todo cuando Mariana se encontraba excitada o acalorada. Y despuntando en los centros de las cimas, en un tono más oscuro, no muy grandes pero apetitosos sus gorditos pezones.

    Ni hablar que del atrayente cañón formándose entre sus mamas, descendían mis caricias infinitas hasta las cordilleras de sus costillas. O del valle pulido de su epidermis que recorriendo va por el centro hasta alcanzar un oblicuo ombligo, que con algo de timidez se esforzaba por esconder de las cosquillas que la punta de mi lengua juguetona, le producía tantas risas.

    Con mi hambriento aliento y su respiración agitada, soplaba calidez sobre un pubis albo decorado por más de cien pelitos negros, qué en esa época estaba orgullosa de llevarlos largos y salvajes, salvo cuando cuidadosa los recortaba lo suficiente para exhibirme con algo de timidez, el triángulo de nylon del bikini de moda.

    Su apreciado rosado tesoro, terminó por embriagarme de amor y deseo, como sí con todo lo anterior no tuviese suficiente.

    Solo mía, –también de tarde– disfruté de su aroma a hembra excitada y del elixir algo ácido al principio, pero que fluía natural de su candente interior, tan agradable para mí al saborearlo finalmente y humectando con ese flujo de miel sus labios mayores, por igual esos delicados pliegues de los menores y mi boca por supuesto, brillando ante mis ojos la apertura a la profundidad de aquella cueva donde calmaría incontables veces, mis ansías y sus clamores.

    Para aumentar mi suerte, tenían los dedos de mis manos de dónde agarrarse. Dos glúteos generosos, –sin llegar a ser exagerados– redondos por la compleja epigénesis, duros por el millón de sentadillas en el gimnasio y que siempre serían míos, al igual que los desnudos tres lunares que los embellecían. Dos que sobresalían por su color café a mitad de la nalga derecha y el otro, pícaro solitario, rojizo y demasiado cerca a las arrugas de su ano, en la izquierda.

    Más vestido ese culo y sus caderas, eran un poderoso imán que atraía un universo de libidinosas miradas que lo vitoreaban, ante mis celos y su avergonzada sonrisa primeriza, pero luego disfrutadas alabanzas con rostro de complaciente diosa. ¡Intrigante magnetismo!

    Muslos también blancos, –pensé para mí– a pesar de que la vi luciendo esa vez, unos desgastados tejanos, que no le hacían para nada justicia. Luego si los recorrí… ¡Y no fue solo con la vista!

    Poro tras poro, besé sus trabajadas piernas a base de madrugadoras carreras por el parque, subiendo y bajando escaleras donde se las encontrara, y en el gimnasio, sosteniendo con ellas las pesas y sus rutinas de zumba. Y aparte de mis ojos y quien sabe de cuántas más miradas, a ella igualmente le encantaban por la convexa musculatura de sus formas, así como por la suavidad de su piel al tacto y que con esmerado cuidado matutino, intentaba mantenerlas hidratadas.

    Mucho dinero bien invertido en cremas reafirmantes. Allí encontré en ellas otro secreto. Por detrás desde las corvas hacia arriba y antes de las medias lunas de sus nalgas, enloquecía Mariana, si con prudencia llegaban mis parsimoniosas caricias con las yemas de los dedos, –complementadas casi siempre con besos humedecidos– que le incendiaban la entrepierna.

    Sus pies griegos, proporcionados y con dedos rectos, –las uñas siempre bien pintadas– como esculpidos a la medida del resto de su bello cuerpo, salvo el más chiquito de su pie izquierdo, que se empeñaba en encaramarse egoísta sobre su vecino. Algo que terminaría por definir su personalidad. ¡Segura y decidida!

    Y su voz de una tesitura aguda, casi angelical. Armoniosa melodía que compaginaba con su gestualidad corporal, al levantar las cejas, mover las manos o realizar toda una galería de poses, para enfatizar sus conceptos. Ideas con parlamentos inteligentes, sagaces muchas veces y con ese sonsonete de niña consentida que tanto me gustaba cuando quería conseguir algo de mí y me llamaba…

    A lo lejos me llaman, pero no es ella quien me habla ahora.

    — ¡Señorito Camilo!… —Solo la voz de mi querida negra escucho, cuando llega Mariana sin musitar nada, quizás como yo, sin habla. Y aquí empieza la función.

    — ¡El joven Camilo debe estar seco con tanta trabajadera! Mire mi niño, aquí le traje su limonada. Esta fría y tan Dushi como le gusta. Se la dejo sobre la mesa, esperando que no me la desprecie como el otro día. Y me largo, que tengo su ropa ya lavada y unas sábanas alla atrás, dispuesta para colgar. —Se alisa con sus palmas, unas arrugas inexistentes sobre la tela del vestido en su abdomen y se da media vuelta.

    — ¡Ahh! y por favor mis bebitos queridos, hablen y arreglen sus cosas con calma, vean que me parte el alma verlos así tan melancólicos, si ustedes se aman tanto. — ¡Gracias mi negra hermosa! Alcanzo a decirle antes de que me abandone en frente de la recién llegada y nuestra nueva realidad.

    Y en esas Kayra le da un golpecito a Mariana en la espalda y se marcha entonando el coro de una «tambú» alegre de Melania van der Veen, meneando sus amplias caderas, subiendo y bajando la tela verde de su vestido por culpa de ese par de nalgotas, como haciendo de maestra de ceremonias, retirándose después de que Mariana y yo, hallamos recibido en lugar de estatuillas, nuestras condolencias.

    ***

    —Ho… ¡Hola! —Pero que saludo tan estúpido y simplón, –me reprendo mentalmente– después de tanto tiempo sin tenerle en frente, pero es que simplemente todo lo estudiado se me ha olvidado de repente.

    Temblorosa me retiro los lentes oscuros para verle y que me vea. Insegura y casi infantil me escucho a mí misma esta mañana.

    Tan estudiado por mí el parlamento la noche anterior frente al espejo del baño, –para mostrarme segura y entera– actuando como si no me afectara aquel reencuentro y ante Camilo, con serenidad exponerle mis convicciones pero a la vez, demostrarme ante él, sinceramente arrepentida, porque es lo que siento.

    Y aquí, ahora mismo a escasos metros de la que durante un año fuera también mi hogareña cabaña, he llegado para estar junto al hombre que con justas razones me abandonó, y tan solo a dos pasos de distancia, –muy cerca– demasiado nerviosa y asustada, moralmente rota y afectada; pero estas mariposas festejando esta procesión dentro de mis entrañas, más el sudor excesivo en las palmas de mis manos al verlo aquí limpiando la piscina, indican que también sigo de mi esposo muy enamorada.

    —Ahh, Hola Melissa. ¿Cómo estás? —Le respondo estando ella ya tan cerca de mí, sin darme vuelta pues aun no tengo dentro de mí la fuerza suficiente para mirarle a la cara. ¡Qué escalofrío tan raro el que recorre mi cuerpo en este momento!

    ¿Qué debo hacer o decir? Lo pensé tantas veces pero ahora que se llega el momento no soy capaz de recordarlo y menos aún, de ponerlo en escena. ¿Cómo la saludo después de tanto tiempo y después de lo que ha pasado? Debo mantener la calma como me lo pidió mi amigo, sí. Ufff, que situación tan incómoda y acojonante. ¿De beso en la mejilla como un buen amigo? ¡Jajaja! Sí claro, cómo he sido tan güevón.

    ¡Idiota! Me regaño en pensamiento. ¿Serio y distante, ofreciéndole por saludo estrechar su mano? ¡Mierda, nooo! Sí es que no somos un par de desconocidos. ¡Qué estrés tan verraco y difícil de llevar! Y… ¿Ese bolso tan grande colgando de su hombro, que contendrá? ¿Pretenderá quedarse aquí como si nada? En sus manos cerradas veo que se menean con sus pasos, dos bolsas de tela. ¿Regalos para mí? ¡Ahh, bestia! Yo no le compré nada, pero… ¿Debería haberlo hecho? Me tiembla el pulso y agito con mayor fuerza el agua. Y transpiro… Mucho. ¿Sera cobardía?

    —Dame un minuto y termino con esto. — ¡Mierda! No se me ocurrió responderle de otra manera.

    — ¡Sí, claro! No te preocupes. —No me ha mirado todavía y se refiere a mí con mi primer nombre. Nunca lo hace, o… Bueno, solamente cuando se enfada por alguna tontería mía, pero utiliza mis dos nombres seguidos, tal cual lo hacia mi papá, que en paz descanse.

    Para Camilo siempre he sido su… ¡Mariana! Sigue ahí tan tranquilo aspirando el fondo de la piscina, como si nada, como si fuera yo un espejismo. ¿Qué hago ahora? Me siento desubicada.

    —Ehhh, Camilo. ¿Puedo pasar para descargar estas bolsas? Son el encargo que pediste al mini mercado. Por cierto, don Santiago te envía muchas saludes. —Por fin logro articular más de cinco palabras seguidas. Cortar el hielo así, no era lo pensado pero a lo hecho, pecho.

    —Sí por supuesto, sigue que estás en tu casa. — Y cuando de refilón observo que ella adelanta un pie para ir hasta los escalones de la entrada pienso… ¡¿Pero qué putas acabo de decir?! Era su casa. ¡Nuestra casa! Pero ella no lo valoró y yo invitándola a seguir como si nada. Me siento estúpido, esto no puede seguir así o terminaré por sentirme extraño en mi propio hogar.

    —Por favor deja todo sobre el mesón. Voy a desconectar y guardar todo esto, ya en seguida estoy. ¡Gracias! —Le termino por decir, sin voltear a mirarla, pues sigo temblando y sudando copiosamente como un caballo.

    ***

    Pero en aquel instante, unos ínfimos segundos después de dar el siguiente paso y subir el último escalón hasta acomodar mis pies sobre el tablado del pequeño zaguán de la entrada, temblorosas mi piernas me traicionan, trastrabillo al pisarme el ruedo del vestido y me siento una completa idiota. No sé si mi esposo se ha dado cuenta pues ruborizada no lo determino y prosigo hasta el mesón de la cocina para descargar las bolsas.

    Puedo jurar que todo en el interior está tal cual como lo dejé casi dos años atrás. Descargo sobre la encimera de granito las dos bolsas que traía. Todo está ordenado, salvo por una taza de café sin lavar dentro del fregadero de acero inoxidable, al que el tiempo no le ha pasado en balde. El mueble que separa el ambiente de la cocina tiene sobre su superficie de madera, tan solo una pequeña maceta de cristal con tres anturios rojos, de plástico. Y es que mi esposo no es muy bueno para la jardinería. Aunque me ha cuidado siempre, es descuidado con todo lo demás. Bueno, quizás no tanto como yo creía.

    El sofá cama de dos puestos está allí a la izquierda, en el lugar de siempre. ¿Y mi comedor? Ahora se encuentra en su reemplazo una mesa de dibujo y la silla giratoria de espaldar alto. Me acerco y observo con nostalgia, que Camilo como siempre dentro de su orden tan desarreglado, pliego sobre pliego, lápices, rapidógrafos, reglas y compases «Staedtler», aun continua con su idea de diseñar el hotel eco sostenible, usando para ello containers marítimos usados.

    Yo trunqué su ascenso en la constructora y quizá hasta en su vida. A punto estaba de convertir ese sueño en una realidad y modifiqué con mi comportamiento su futuro, dando al traste con sus ideas innovadoras y salpicándolo con la mierda de mi proceder tan libertino. Me dan ganas de llorar, pero ya lo he hecho durante demasiados días y ahora no es el momento.

    ¡Puta de mierda! Sí. No solo le herí de muerte el corazón, sino que lo hundí profesionalmente. Es prácticamente un milagro que aceptara verme de nuevo. ¡Y se lo debo al vendedor aquel! Insignificante para mí en su momento y al que no valoré todo lo que debía.

    En la pared sobre el sofá, permanece el tríptico que pinté de un bonito atardecer, de esos tantos que se observan desde el Mirador de Santa Bárbara; fué por allá a mediados de un caluroso junio, durante mi estancia aquí, tan romántica y enamorada de mis dos hombres. Me recorre un profundo escalofrío al recordarlo. Mi pequeño Mateo que no quería desprenderse aun de mis tetas y mi grandulón Camilo, que quería agarrarlas para él, –en solitario por las noches– al calor de unos pocos vinos y varias cervezas.

    Y justo donde él lo colgó, en el muro que separa la alcoba de los dos y la de nuestro hijo… ¿De los dos? Hummm, en fin. Allí permanece con algo de polvo en el marco, la foto en la que estoy cargando a nuestro pequeño en brazos, bien dormido y pegadito a mí, Camilo. Quién con su brazo derecho sobre mi hombro, sonriéndole a William, quien nos acompañó en esa jornada a misa de medio dia en la iglesia de San Willibrordus, orgulloso se sentía, –el amor de mis días– de tener una hermosa familia. Eso sucedió pocos días antes de recibir mi esposo, aquella prometedora llamada.

    La puerta de la que ahora es su habitación está ligeramente entornada y la de nuestro pequeño bien abierta. La cama cuna no la veo, pero en cambio está el pequeño comedor con su vidrio circular y las cuatro sillas de negro metal. Que sensación tan cruel esta que estoy sintiendo, delante de estos pequeños espacios y sus enormes recuerdos. Me gruñen las tripas por el…

    — ¿Tienes hambre? ¿No desayunaste? —Me pregunta. No lo oí entrar.

    —Pues la verdad aún no he comido nada. ¿Y tú? —Le respondo más tranquila, fijándome que ya trae la camiseta de franela colgando de su hombro y su torso ancho, fuerte, desnudo, muy húmedo, tan… ¿Sexy? Sí, obviamente me encanta verlo así, y con la gorra de beisbolista en su mano izquierda. Por respuesta, arquea su labio inferior y alza ligeramente los hombros. Eso es un no rotundo.

    Lo veo un poco más flaco, pero su bronceado tórax, con los pelitos negros que florecen en mitad de su pecho y se esparcen hacia cada lado bordeando sus tetillas pardas, me demuestran que ha tomado el sol como a él siempre le ha gustado. Sin nada por arriba y casi nada por debajo. ¿O allí abajo también?

    Conserva su cuerpo atlético, más varonil por el esfuerzo en su trabajo y quizá también por la soledad, aunque su tiempo en el gimnasio le ha echado una mano. Su carita redonda y de juvenil inocencia, –algo nerd a decir verdad– sigue igual. ¡Cuánto la he echado de menos! Su piel tan suave brilla, con algunos visos anaranjados como los de un albaricoque, acrecentado por el sudor que emana de sus poros; tanto en su frente como sobre las mejillas y de forma en exceso manifiesta, sobre el puente de su nariz. Aunque noto cierta disparidad en el tono, más claro alrededor de su boca y el mentón, pero sus labios se le ven bien humectados y… ¡Dios mío, quisiera poder darle un beso! ¿Se mantendría en estos meses, sin pasarse la cuchilla? Es evidente que ahora está recién afeitado. ¿Se puso lindo para mí? ¡Ojalá!

    —Anda, ve a bañarte y ya lo preparo yo. —Le digo y siento como si charláramos tan acostumbrados, como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotros. Y pienso que… ¡Quisiera abrazarte tanto amor mío y acompañarte como antes en la ducha! Hacernos cariñitos, hasta excitarnos mutuamente, exhalando deseos al unísono y empañar los bloques de vidrios ondulados, a pesar de mojar nuestros cuerpos con agua fría. Pero ahora tan solo puedo desearlo. ¡Sin expresártelo y sin llegar a sentirlo!

    Busco en los gabinetes inferiores la olleta de aluminio para calentar la leche. No la encuentro. Era una mediana, que pasó de brillante a tiznada en un santiamén, cuando mi esposo me propuso tomarnos dos cafés una mañana soleada con lloviznas atravesadas, olvidando apagar el fuego por lo que el agua desapareció, sin tener porqué hacerlo. ¡Suyo fue el olvido y los besos nuestra culpa!

    Encuentro otra ligeramente más ancha en la base, relumbra de lo nueva que está. ¿Botaría la vieja a la basura? Hummm… ¿Me encontraría ya algún reemplazo también a mí? ¡No por favor, tan pronto no!

    — ¿Huevitos revueltos o fritos? Lo observo. Pregunto algo cuya respuesta conozco de memoria y sonrío un poco. — ¿Café con leche o chocolate? Y sé que arqueo mi ceja izquierda, un poco nerviosa. Le gustan revueltos y siempre, siempre, van acompañados por su taza de chocolate caliente en la mañana.

    —Qué pena contigo ponerte en esas, no deberías molestarte, al fin y al cabo, eres la invitada. Si quieres yo puedo… —Pero ella no me deja terminar la frase y levanta sus dos manos, moviéndolas suavemente, conteniéndome con su dulce mirada.

    ¡Claramente es un no! Ya conozco a Mariana cuando se empecina en hacer algo y no la quiero hacer sentir incomoda. Me parece un lindo Déjà Vu, cómo si todo entre los dos, siguiera como antes, pero tristemente no es así.

    — ¡Pericos! y… Sí, un chocolatico puede ser. Gracias Melissa. Dame un momento y estoy contigo. —La observo y no puedo evitar obsequiarle una sonrisa, antes de pasar por detrás de ella, hasta mi alcoba.

    Camilo abre la puerta y tras él, la entrecierra. Esa rendija parece decirme, que no me quiere completa de nuevo junto a él. Y suspiro. No lo quiero perder sin dar mi último aliento en esta cruenta batalla. ¡Lo intentaré, sí! Por él, que no se merecía para nada, recibir de mi tanto dolor por mi traición. Por mí hijo por supuesto, que no entiende porque no juega ya con su padre en el parque y lo extraña hasta en sueños. Y por mí, pues nunca dejé de amarle, así hubiese tenido que apartarle forzosamente de mi mente, entregando mis besos y la piel de mi cuerpo a aquellos con quienes negociaba en secreto mis logros empresariales.

    Cómo le haré entender que alejándolo, solo quería protegerlo de mis devaneos y que nadie lo humillara, sacando a relucir que yo era mujer casada. ¿Cómo?

    Abierta ya la cubeta de los huevos, observo que escurriendo la amarillenta yema sobre la esquina, hay uno roto. Yo no fui. ¿O sí? ¡Quizás cuando me tropecé al entrar! Debo romper cinco más para batirme con ellos en un desigual duelo. ¿Sal? Sí, una pizca o dos. Cebolla larga y una cabezona, un solo tomate rojo y el filo del cuchillo haciéndolos picadillo, todo con mucho amor, al mismo tiempo que no puedo evitar que mis ojos azules, se humedezcan.

    La sartén si es la misma, al parecer la ha usado con frecuencia. Un tris de aceite de girasol, con un poco de mantequilla por supuesto. Agudizo mis sentidos y escucho la catarata de agua en la ducha que se detiene un instante. En mi mente visualizo de inmediato la consecuencia. Es un hecho que su humanidad desnuda ha hecho contacto con el agua.

    ¡Mi amor, mi hombre honesto y bueno! Buenísimo sí que está ahora. Con su melena de castaños rizos ondulados, llevándola ahora unos centímetros más larga, organizada de medio lado, tan salvajemente despeinada a los lados, desparramándose sus mechones por detrás hasta cubrir la nuca, que amarraba con mis manos cuando cubría mi cuerpo con el suyo.

    Al pasar por detrás mío lo escaneé de cabeza a rabo, sin pasar por alto, la musculatura de sus piernas velludas, pero sus nalgas bajo la pantaloneta reclamaron detener allí mi mirada… Hummm, tan redonditas y firmes que han sido objeto de admiración y no solo para mí. ¡Lo sé! Aunque me duele que otras manos las hayan podido disfrutar, pero no tengo derecho de recriminarle nada, todo lo contrario que podría hacer él.

    Las burbujas van subiendo, infladas de vapores y explotadas otras más pequeñas, compitiendo entre ellas por alcanzar de primeras el borde del recipiente. Giro la perilla y les daño su juego con una sonrisa traviesa. Y ahora la sartén al fuego. Los huevos vendrán después. Tengo tiempo, ya que Camilo aun disfruta de su ducha. Hace tiempo en el baño, –no es por otra cosa– lo sé y lo entiendo, pues debe ser muy raro para él, volver a hablarme manteniendo intacta su dignidad.

    Como siempre tan ecuánime… ¡Mi valiente caballero!

    Y yo con estas ganas de seguir sintiéndolo mi hombre, como aquella tarde que me defendió y lo trate tan mal, aunque sinceramente quedé flechada con sus ojos almendrados, perfectamente visibles en el centro, sus redondas pupilas de color café intenso, –Camilo tiene esa cualidad innata de utilizarlos para observar con intensidad hasta los mínimos detalles y desconcertar a los extraños– que hacen que su mirada sea bastante expresiva y a veces hasta intimidante, cuando no se le conoce. ¡Pero yo tenía novio! –Justifico mi mal proceder aquel día– un idiota abusivo, pero novio al fin y al cabo.

    Me enamoraron sus férreas ganas de superarse y además al conocerlo con el tiempo, esa personalidad atractiva, diálogos inteligentes con temas variados. ¡Nada le queda grande! Risa extrovertida y sincera, apuntes graciosos sin llegar a ser pesado y sus pasos de baile, increíblemente sincronizados a los míos.

    Pero obviamente me llamó la atención las facciones de su rostro, la nariz derechita y un tanto ancha en la punta, pero en simetría con el resalto de sus pómulos. Su boca pequeña con labios delgados pero que me sabían tan dulces al besarlos. No estudiamos para el parcial de besos, pero nuestras bocas y nuestras lenguas superaron con entusiasmo ganador aquel primer examen, y todos los que deberían de venir.

    Me gustó y sé que le encanté. Además esa mandíbula fuerte y ajustada con su mentón algo prominente, me impresionaron gratamente de su cara. Tan «chirriado» como diría mi cachaca abuelita, con cierto aire ha deseado truhan. Combinación fatal para mí desolado corazón y del suyo, yo… ¡Me enamore!

    Ahora que lo medito, he sido yo la que siempre ha ido a buscarlo. La primera vez corrí detrás de él dos céntricas calles para decirle que sí, días después de pensármelo tanto; tras su propuesta entendí que yo, si quería que fuera novio mío. Y en esta última ocasión, he recorrido los cielos para encontrarlo y le pediré que me perdone. Dejaré muy en claro que jamás he dejado de amarlo.

    Presiento que se me hace tarde y que paso algo por alto. ¡Juemadre!… ¡Los huevos!

    ***

    No quiero parecer descortés pero cierro la puerta de la habitación, –bueno, no completamente– pues la idea es que Mariana entienda que entre ella y yo, no puede volver a existir esa intimidad pasada, pues ya no somos pareja.

    Verla de nuevo y tenerla tan próxima, causa dentro de mí una sensación extraña. La aborrecí y debería seguir haciéndolo, pero quizás la distancia y estos meses viviendo solo, han apaciguado esos resentimientos, más siguen conmigo los recuerdos, los malos recuerdos. Ufff, estoy tan tembloroso como un flan fuera de su molde. Humm… Sigue estando hermosa, a pesar de su corte de cabello. Necesito con urgencia ese duchazo. ¡Ya mismo! Debo estar oliendo a lomo de camello.

    Al menos cambió ese color, –pienso mientras me enjabono el pecho– que la hizo no solo parecer, sino actuar como otra mujer. Y el nuevo tono de un añil profundo, se parece un poco más al natural. Combina muy bien con los reflejos de cobalto, magenta e índigo que destellan como pequeños cristales sobre sus párpados. ¡Esos ojos, Dios mío! Esos ojos me volvieron loco y continúan provocándolo cuando los miro.

    ¿Ya me apliqué shampoo? Carambas, no lo recuerdo.

    Okey, okey. Voy a serenarme y actuar con normalidad. Cinco minutos más aquí no van a cambiar nada. ¿O sí? El agua no la siento fría, pero aun así, me da tiempo a que tanto mi cuerpo como mi mente también se aclaren. ¡Vamos, Camilo Andrés! Deja el temor y sal fuera de la ducha. ¡Enfréntala!, –me digo en silencio– aunque extendiendo al frente mi mano para girar el pomo, puedo observar que permanece mi pulso con la misma puta tembladera.

    Me voy a colocar la misma camisa rosa de abotonar y con los shorts azul marino y las lujosas zapatillas. Sería una completa tontería cambiar ahora y no estrenarlas. Mi reloj y ya está.

    Si ella se ve esplendida con ese vestido largo, su sombrero y las gafas, –que también le regalé– pues yo no voy a salirle con un chorro de babas. Igualmente se lucirme, y mejor que me vea bien, para que se dé cuenta que me cambió sin necesidad y con poca razón.

    Me hace falta algo. Ahhh, un rociadita de colonia y colgarme la cadena de oro. ¡Hummm, ya huele bien! Hasta aquí me llega el aroma. Es tiempo de desayunar como antes, a pesar de que en este presente, hacerlo juntos lo sienta yo tan diferente.

    Abro la puerta de mi alcoba y es raro pues siempre la mantuvimos abierta. No la veo ni en la salita, tampoco en la cocina. Si no es blanco es negro, por lo cual a mi izquierda en la que era la habitación de nuestro pequeño Mateo, la encuentro.

    Mariana no está sentada, permanece de pie junto a la pequeña ventana con sus dos hojas abiertas. Las manos apoyadas sobre el marco, ligeramente encorvada su espalda y la cabeza gacha, pensativa mirando hacia el piso, la nada. Cómo soportando en ellas, el peso de su conciencia. ¡Dios mío, esa mujer, alegre o triste es tan bella!

    ***

    —Bueno ya estoy presentable. ¿Desayunamos? —le digo, sacándola de improviso de sus pensamientos, y atrayendo de nuevo hacia mí, la luminosidad de su mirada. Pero sus azules ojos los veo mojados. ¿Ha llorado? Tal vez no tanto como yo lo he hecho estos últimos meses.

    — ¿Hummm? Ohh sí claro, por supuesto mi am… ¡Camilo! Estas… ¿Estrenando? —Le respondo preguntándole, aunque en verdad quiero alabarle lo guapo que lo encuentro. Parece un modelo de revista italiana, con sus cabellos bien peinados y esa camisa rosada, entre abierta dos botones. Los pantalones azules que cubren un poco sus rodillas y zapatillas blancas de buena marca. Sencillamente está para comérselo enterito. ¡Qué más quisiera yo!

    — ¡Nooo, que va! Compre esto hace meses para salir con Eric y Pierre a un concierto. Ya sabes cómo son ese par y no quisieron perderse nada del «Festival di Pueblo», recorriendo las tarimas por toda Breedestraat. No me pude negar. —Le miento y no entiendo por qué.

    —Ummm, sí. Ya veo. Haber, déjame ayudarte con algo. —Y me acerco para tomarle del antebrazo. Hace un pequeño intento por esquivar mi mano, pero… ¡Por fin lo toco!

    —Camilo, date la vuelta. —Le digo con decisión y mi esposo lo hace automáticamente. Aprovecho para limpiarme unas pocas lágrimas sin que me vea y le arreglo el cuello de la camisa. Me sonrío, mientras voy desprendiendo las no tan pequeñas etiquetas de la tienda. —Listo, ya está. Y mi marido se vuelve a girar.

    — ¿Qué pasa? Melissa… ¿De qué te ríes? —Le pregunto sin comprender, hasta que ella alza su mano y de entre sus dedos cuelgan las etiquetas del almacén, con el logo del diseñador y el precio impreso e invisible junto a ellas, mi mentira.

    —Supongo que nadie en ese festival, te ofreció comprártela por lo sudada. —Le respondo, frunciendo el ceño e inclinando un poco mi cabeza hacia un lado. No me rio y Camilo con cara de sorprendido tampoco. Por el contrario aprieta sus labios y ladea cabeza y tronco, revisándose por detrás con ambas manos en los bolsillos posteriores del pantalón, para seguramente, no encontrarse con más falsedades impresas. ¡Mi loco y mal mentiroso!

    Desenmascarado por Mariana a la primera, no puedo hacer más que llevar mis manos a los bolsillos traseros del pantalón, revisando entre tacto y vista, que nada más me delate. Palpo algo liso y rectangular dentro del fondo del derecho. Me hago el pendejo y no le digo nada. ¡Mierda! ¿Y las zapatillas?

    — ¡Perdón! La verdad es que cuando supe que vendrías, no tenía nada elegante que ponerme y salí de compras a las carreras. Y esta mañana con el afán, pues… Mejor vamos a sentarnos para desayunar. ¿Te parece? —Con sinceridad me confieso.

    Mariana desplaza la silla más cercana a la ventana y yo hago lo mismo con la silla que da hacia la puerta. Como la habitación es pequeña, quedamos en diagonal y sin quererlo, rozamos nuestras rodillas al sentarnos.

    —Espero que te guste todo. —Le digo con suavidad, mientras siento su pierna pegadita con la mía y va subiendo por mi espalda, un rico escalofrió. Otro roce leve, pero me entusiasma notar que ya no me esquiva. Veo como mi esposo se santigua agradeciendo, antes de comenzar a comer. Yo le imito, pero antes de llevar el primer trozo de pan a mi boca lo miro, pues he sentido sus ojos cafés, clavaditos en mí anatomía.

    — ¡Muchas gracias! De seguro que sí. Huele delicioso y los huevos con jamón se ven apetitosos. ¿Te unto el pan con margarina y mermelada? — ¡Pero qué acabo de decir! Mi familiaridad con Mariana es como si nada hubiera pasado entre los dos. Debo cerrar mi bocota.

    — ¡Como gustes! Aunque con más mermelada que margarina.

    No puedo negar que me agrada su trato caballeroso hacia mí, pensé que iba a ser todo muy serio, bastante tensionante, con humillaciones de por medio y quizás grosero, pero esto es diferente a lo imaginado y le respondo, –por supuesto– sonriente.

    —Camilo, yo vine hasta aquí de afán, –creo que es la oportunidad y me atrevo– porque quiero decirte… ¡No! realmente lo que quiero es pedirte… —Pero mi marido suelta de repente el cuchillo sobre el mantel y se lleva la mano a la frente, cambiando el semblante y con esa acción detiene las palabras con las que pensaba concluir la frase. Y así, se me borra la sonrisa de mi cara.

    —No, Melissa por favor ahora no. ¡Mira! Sé que debemos hacerlo, hablar y todo eso de escucharte, pero mejor desayunemos en paz. Después podremos charlar. —Concluyo, pues no creo conveniente empezar tan temprano con mi martirio y menos con el estómago vacío.

    — ¿Y con quien dejaste a Mateo? Le pregunto para cambiar el tema, mientras embadurno la tajada de pan con mermelada de fresa, aunque noto como me tiembla la mano al ser consciente de que debemos enfrentarnos, por mucho que lo retrase, a la realidad para la que nos hemos citado. — ¿Con tu mamá? La fustigo con otra inquietud.

    — ¡No! —Le respondo monosilábica, y sin mirarle soplo mi taza de chocolate. Se instala entre los dos un interrogador silencio. Supongo que Camilo si me mira aunque no diga nada y por eso prosigo.

    —Nuestro hijo se quedó al cuidado de nuestras vecinas. Y por favor Camilo, no te vayas a enojar. —Toma aire con fuerza por la nariz. Es evidente que no le gusta pues de reojo noto como libera de sus manos, a un lado del plato, los cubiertos.

    —Mira Ciel… Camilo. Este viaje fue demasiado improvisado y no tuve otra opción. Entiendo que no tienes por qué estar enterado pero mi mamá tuvo que ir de urgencia a Dallas, para iniciar su tratamiento contra el cáncer de seno. Esta acompañada por mi hermano y se están quedando donde mi tía. —Ahora exhala con suavidad. Me parece que se está relajando y por ello finalmente levanto mi cara y lo observo.

    —Está bien Melissa, no te preocupes. —Me mira fijamente y yo le sostengo la mirada, entregándole la tajada completamente untada y prosigo. —Lamento saber lo de tu madre. Confiemos en que se recupere. Pero entonces tan pronto terminemos con el desayuno llamamos a Iryna para hablar con ella y saber cómo se encuentra Mateo. ¿Te parece?

    —Si claro, por supuesto. —Le respondo y acato sumisa esa decisión.

    Pero sigo desayunando inquieta y observo como mi esposo, algo pensativo, secciona los huevos en pequeñas porciones pero no se decide a llevar ningún trozo a su boca.

    — ¿No me quedaron suaves? ¿Están muy secos? —Pregunto más preocupada que curiosa. De pronto mi marido baja del firmamento de sus pensamientos a su existir en esta tierra y crédulo me mira.

    —No para nada, están bien. ¡En serio! —Y llevo una buena porción a mi boca. Y sí, me saben a gloria. Con ello creo que doy por zanjada la cuestión. Pero Mariana es una mujer muy porfiada. Eso o que está preocupada por agradarme a como dé lugar.

    —Porque si quieres te puedo preparar otros. —Y hago el intento de ponerme en pie, más Camilo con la boca llena, suspira y ladea su cabeza, levanta una ceja, parpadea una sola vez y sus ojos miran hacia el techo, para luego decir…

    —Quédate tranquila Melissa, es solo que estaba recordando la última vez que hicimos esto… ¡Desayunar en calma! Lo siento. Terminemos para poder hablar con nuestro hijo.

    Y así lo hacemos, en silencio y concentrados en devorar el desayuno. Me cuesta ingerir los alimentos, quizá los nervios, quizá el miedo. A Camilo lo encuentro mucho mejor, aunque igual es una apreciación falsa y es capaz de disimularlo mejor que yo.

    — ¡Miércoles! He dejado la jarra de limonada afuera y como mi negra se dé cuenta, me muele a escobazos. —Pienso en voz alta, me pongo en pie y salgo apurado.

    Se queda sentada y ojiplática Mariana, masticando el pan con un vestigio de mermelada en la comisura diestra de sus labios y la dejo sola en el comedor, pero acompañada por las ansias de enjuagarlos con mi lengua.

    ***

    Casi me atoro al ver la repentina reacción de mi esposo. Y es que Kayra infunde respeto a pesar de ser cordial por lo general, y desairarla no es buena idea. Tengo mucha hambre, aunque me cueste tragar lo que con cariño le he preparado y aprovechando que estoy sola y no puede mirarme termino por comer apresurada, mojando una tajada de pan dentro de mi taza de chocolate. No demora mucho, pero cuándo Camilo regresa a la mesa, ya me he devorado todo.

    — ¡Vaya si tenías hambre! —Le digo a Mariana y ella mimosa como para variar, ladea la cabeza, levanta los hombros y entorna su azulada mirada acompañándola del bamboleo en el tobogán de sus pestañas, dos o tres veces seguidas. ¿Intenta hacerme flaquear?

    — ¿Qué quieres que te diga? Pues sí, no había probado bocado desde el almuerzo en casa de Iryna ayer. —Le confieso, mientras me pongo en pie.

    —Termina tú con calma mientras recojo los platos sucios y voy arreglando la cocina. —Y él, posa su mano con firmeza sobre la mía impidiendo hacerme con la taza vacía. ¿A la tercera es la vencida?

    —Ni se te ocurra, le respondo. Deja esa loza ahí, que ahora me pongo yo en ello. No viniste hasta aquí para limpiar, sino para hablar y contarme tu parte en esta historia. —Le digo alzando un poco el tono de mi voz. ¿De paso arreglar mi desorden sentimental? Lo pienso, pero obvio no se lo digo.

    — ¿Pero entonces que hago, Camilo? —Me pregunta Mariana colocando sus manos a la altura de las caderas, con algo de enfado.

    —No lo sé Melissa. Espérame en el sofá y aprovecha para ordenar tus ideas. —Me responde cortante, subiendo y bajando nerviosamente su pierna derecha, y ese mandato me deja inquieta.

    —Okey. ¡Como guste el señor! —Y contrariada, doy media vuelta y salgo como niña regañada de esa habitación, amagando el llanto.

  • La irresistible

    La irresistible

    Froilán es uno de mis mejores clientes, y no por las retribuciones que tengo de mi profesión de contador, sino por su amistad desde que lo conocí y se fortaleció con el tiempo. Fue mi profesor cuando estudié la licenciatura y algo vio en mí que insistió en que estudiara un posgrado en Investigación de Operaciones, su área de especialidad, cuando concluyera mi licenciatura. Inicié y terminé y la maestría, pero me dediqué a atender asuntos fiscales de mis clientes, donde gano bien en el despacho en el cual soy socio.

    Mi amigo es profesor e investigador en la Universidad desde hace muchos años y no son malos sus ingresos, incluso tiene nivel 3 en Conacyt, pero, como mínimo, anualmente triplica dichos emolumentos por las asesorías particulares que eventualmente da cuando organismos públicos o privados solicitan apoyo urgente. Me consta pues yo le llevo sus asuntos contables.

    El sábado pasado me pidió que lo recibiera en mi casa porque quería platicar conmigo. Pensé que la charla sería alrededor de las diversas inversiones que tiene y los cambios económicos que han dado inicio, pero me equivoqué.

    –¡Buenas noches, Ber! Gracias por recibirme. No sé cuánto tiempo platiquemos, pero vine preparado –dijo dándome dos botellas de Brandy, al momento que le abrí la puerta.

    –No tienes que agradecerme nada, Froilán, estás en tu casa –contesté tomando las botellas y le cedí el paso.

    Después de organizar los vasos y copas, el recipiente con hielo, sacar unos refrescos y bocadillos de carnes frías que ya tenía preparados, le advertí que estábamos solos en casa, que nadie vendría y le pedí que se pusiera cómodo.

    –Gracias –dijo y sin más, se quitó los zapatos para subir los pies en el banco– No es asunto de negocios –me advirtió–. Lo que pasa es que tengo la cabeza revuelta y quiero hablar con alguien, sobre todo discreto y de confianza, para ver si me doy cuenta del asunto que se me vino encima –concluyó.

    –Tú dirás, ya sabes que no soy comunicativo –le dije, y aunque por dentro agradecía la confianza, me intrigó que hubiese algo que no podía resolver su mente prodigiosa.

    –¿Recuerdas a Arcángela? –preguntó y vino a mi mente otra de mis profesoras excepcionales, tanto en la licenciatura como en la maestría y a quien Froilán le solicita apoyo en las asesorías o se las delega –Te voy a platicar desde que la conocí y los avatares de ella, y no por chismoso, sino porque forman parte de mi embrollo–. Ella tenía 15 años cuando la conocí. Entonces, como ahora, se preparaba y seleccionaba a los alumnos que deseaban participar en el concurso nacional de Matemáticas, yo apoyaba a los organizadores dando clases a uno de los grupos de inscritos. Ella estudiaba en la preparatoria que es uno de los negocios de los padres agustinos, también allí fue locutora de su estación radiodifusora, llegó a ser “La voz” que identificaba a la estación de radio, pues su voz se escuchaba cada media hora para decir qué hora era

    –Sí, recuerdo su voz en el radio, mi mamá escuchaba esa estación –dije y ligué de inmediato la voz de Arcángela con mis recuerdos de niño, no sabía que era ella.

    –Aunque la trataron muy bien en la escuela, ella se sentía extraña en ese lugar porque los alumnos le parecían sosos, principalmente los “hipócritas que pertenecen al Seminario”, refiriéndose a los jóvenes que aspiran a ser sacerdotes.

    –¿Cómo le fue en los concursos? –pregunté.

    –Dos veces represento a nuestra entidad en el concurso nacional y, en la segunda ocasión recibió una mención especial por haber dado una solución muy original debido a la sencillez con la que resolvió un problema muy difícil. Con una medalla de plata, en los concursos le fue bien, pero no en el amor. Resulta que ella, para sostenerse en los estudios universitarios que inició después, ingresó a una radiodifusora donde transmitían canciones juveniles y era la gran sensación para el público, junto a otro locutor joven, quien era hijo del dueño de la radiodifusora, y se hicieron novios. El fuego juvenil fue avanzando y en la cabina ya no sólo eran toqueteos y restregones entre ellos.

    –Supongo que era la edad –dije recordando mis años de adolescente.

    –Sí, según me contó Arcángela con mucha tristeza en esa época, ellos ya tenían relaciones sexuales fuera de ese lugar, pero en una ocasión, cuando transmitían, ella fue al baño y se quitó las pantaletas; al regreso, mientras el novio estaba presentando la siguiente pieza musical, como broma, ella le sacó el pene y le hizo una felación al novio; cuando la música entró al aire, ella se sentó en el miembro, haciéndole el amor. La música terminó y él puso la pista de los comerciales, que se prolongó más de lo debido, cosa que llamó la atención del administrador y llegó a la cabina, donde, antes se entrar, por la ventanilla, se percató de lo que ocurría, seguro que la vio saltando en el regazo del novio. Sólo tocó la puerta, ellos suspendieron la acción, el administrador se retiró y ellos continuaron con el guion prestablecido.

    –¡Que interrupción…! –dije, mostrando un ademán de contrariedad.

    –Al final del turno, el jefe los reprendió, les advirtió que eso no lo toleraría y que ellos saldrían de la programación de la estación. El novio le pidió al administrador que no le dijera a su padre de lo sucedido y la culpó a ella. Arcángela se quedó sin trabajo y sin novio. Sin embargo, su mayor dolor fue la falta de lealtad del muchacho. Ella, para obtener ingresos, se aplicó dando clases particulares a jóvenes irregulares y tuvo tan buen desempeño que en poco tiempo muchos la recomendaban y ella podía cobrar más que otros profesores que se dedicaban a lo mismo.

    –Bueno, es muy inteligente y novios no le faltarían, ella es muy bonita a sus cuarentas, la imagino a los veinte o antes, aún más bella, tú la conoces desde entonces –le dije a Froilán.

    –Sí, su cabellera rubia y el color de ojos, azul cielo, la hacen ver así. Pero ella es propensa a engordar. Se parecía a su madre –me advirtió.

    –Entonces, su madre era así de bonita –afirmé.

    –Sí, era bonita, pero subida de peso, lo cual demeritaba su belleza. Arcángela tiene una dieta rigurosa y rutinas de ejercicios, por eso la vemos en muy buenas condiciones. Las pocas veces que vi a su madre, me trató con mucha cordialidad, pero, en una de ellas que estábamos en la entrada de su casa porque le llevé unos documentos para que firmaran autorizando a su hija para ir al concurso nacional, su marido, quien terminó de firmar los papeles, me los regresó diciendo “Aquí tiene”, y luego se dirigió a su esposa “Ya métete, no tienes que hacer nada más”, mostrando un trato de macho celoso.

    –¡Qué mala onda! –señalé ante la descortesía que sufrió Froilán.

    –Pues sí, pero, precisamente, cuando Arcángela padecía la decepción de la relación perdida, su padre llegó tomado a su casa, solicitando que su esposa lo atendiera, ella se negó y él dijo “No eres la única mujer” y se fue al cuarto de las hijas, donde trató de violar a Arcángela. Los gritos de ella y su hermana hicieron que la madre las fuera a auxiliar, y desde entonces Arcángela no acepta a su padre.

    –¡Pues no, esas conductas tienen daños irreversibles! –dije molesto.

    –A los dos años de ese episodio, Arcángela se casó con un compañero de su universidad. El novio y ella fueron padres de una niña a los pocos meses del matrimonio. Yo les conseguí una ayudantía para que me apoyaran en mis cátedras y no dejaran de estudiar. Cuando faltaba un semestre para terminar la carrera, y una de las opciones de titulación era por calificaciones (tener un promedio mayor o igual a 9.5 en escala de 10), lo cual ella cumplía, le pedí que iniciara una tesis dándole uno de los problemas que estaba yo resolviendo para una asesoría a una compañía electrónica. Ella en un mes lo resolvió limpiamente, hizo las comprobaciones prácticas del prototipo en esa compañía, cumpliendo así la etapa de prácticas, que también podría haber subsanado con las ayudantías de profesor, y en dos meses redactó la tesis.

    –Obviamente tú eras el asesor de tesis… –dije en tono sarcástico– Pero no entiendo por qué la obligaste a hacer esa tesis y a realizar las prácticas, si ella no lo necesitaba.

    –Cierto, no hubiese sido necesario, pero, además de obtener un buen ingreso por resolver el problema y dirigir la elaboración del prototipo, ello le daría los méritos suficientes para optar por una plaza de profesor titular, además de llevar una ventaja ante otros aspirantes.

    –¿Eso lo sabía ella? –pregunté con la duda.

    –No, ella sabía que su titulación era inminente, pero entendió que era conveniente saber hacer una tesis y presentar un examen profesional, además de obtener unos buenos ingresos si aceptaba hacerlo.

    –Pronto hubo oportunidad, ella obtuvo una plaza de profesor de medio tiempo y al año siguiente, cuando ingresó a la maestría, tuvo la plaza de tiempo completo. En la maestría, mostró que ella ya sabía más de la mitad de lo que iban a ofrecerle, presentando esas asignaturas mediante examen, reduciendo a la mitad el tiempo de estancia, y pasar al doctorado casi de inmediato.

    –También estuviste apoyándola en esos posgrados –dije, asumiendo una obviedad.

    –Más que estar apoyándola, estuve acompañándola, ella sola hubiese podido hacer todo. A mí sí me sirvió para aprender, dados los enfoques novedosos que ella proponía y la relación de problemas que teníamos en las asesorías. La experiencia adquirida ya no tuvo parangón, e inmediatamente al concluir el doctorado, se abrió una plaza de investigador “Titular A” para ella, con su acceso al Sistema Nacional de Investigadores, dado su currículum con varias patentes registradas.

    –Pues sí, ella te vio como sustituto del padre que la había desencantado, le fue muy bien.

    –Pues no tan bien. Allí es donde inicia otra etapa donde no supe más cómo pasaron las cosas.

    –¿Qué cosas? –pregunté, entendiendo que eso que venía era lo que Froilán trataba de ordenar en esta plática.

    –El marido se puso celoso del éxito de Arcángela y se divorciaron. Él argumentó que pasaba mucho tiempo en la universidad y más conmigo que con su hija… ¡Y sí era así!, también mi esposa me lo señaló.

    –¿Hubo algo entre ustedes dos? –pregunté.

    –En ese entonces, no, pero ya llegaré a ello. Otra de las cosas que le bajó la moral fue que su padre abusó de la otra hija, ante esta situación, la madre tuvo un ataque de apoplejía y Arcángela se la tuvo que llevar a su casa para que no se deteriorara más de salud, pero nunca se recuperó y murió al poco tiempo. A partir de este momento, cedo la voz a Froilán.

    Hace unos cinco años, cuando fui a buscarla a su cubículo, respondió a mis toquidos con una voz lúgubre “¿Quién…?” “Froilán”, le respondí y ella abrió. Me di cuenta que había estado llorando mucho.

    –¿Qué tienes, hija? –pregunté abrazándola y besándole la frente.

    Arcángela, me abrazó fuerte y se puso a llorar. Yo le acaricié el pelo mientras ella sufría por algo que yo ignoraba, pero que debía ser muy duro para ella. Pasó un tiempo así y me invitó a sentarme.

    –Gracias, necesitaba ese abrazo –me dijo al sentarnos, pero sin soltar mis manos–. Necesito contárselo a alguien, y que mejor que tú, mi amor secreto –dijo y me quedé pasmado, seguramente yo estaba con la boca abierta al escuchar lo que dijo –Sí, te he amado siempre, concluyó al mirar mi estado de asombro.

    –Perdón, pero no entiendo, ¿por qué lloras? –pregunté desconcertado.

    –¿Vamos a mi casa para que te cuente? ¡Quiero emborracharme hasta perder el sentido! –expresó y tomó su bolso después de ponerse el saco, asumiendo mí anuencia.

    Subí a su camioneta después de decirle al vigilante del estacionamiento que mi auto se quedaría allí. En el camino, ella se detuvo en una pizzería. Sin preguntarme nada, pidió dos pizas chicas, una pasta y una ensalada. Me quedé perplejo porque, excepto la ensalada, ella no tiene ese tipo de comida en su dieta. Envié un mensaje a mi esposa diciéndole que estaría en casa de Árcángela pues ella había tenido un mal momento. “Bueno, cuídate”, fue su respuesta.

    Al llegar a su casa, lo primero que dijo fue “Vamos a lavarnos las manos y comer, porque con pan, las penas son menos” y me dio un beso en los labios que no le correspondí porque eso no está…, estaba en nuestras costumbres de trato, aunque sí me lo había hecho un par de veces, hace años. Ante mi perplejidad, sólo sonrió, me acarició la cara y me encaminó hacia el baño.

    Me dio una botella de vino para que la descorchara y ella sacó platos, cubiertos y copas, mientras canturreaba la canción de la melodía que se escuchaba en el aparato de sonido que había prendido. Sirvió en un plato grande para cada quien una rebanada de piza, un poco de pasta y ensalada. Yo serví el vino. Nos sentamos a la mesa, ella tomó su copa, me vio con una cara que reflejaba felicidad y extendió la mano para que brindáramos.

    –Al rato paso a contarte mis penas, en este momento me siento feliz de que me acompañes, ¡salud! –dijo y chocó su copa con la mía.

    –¡Salud! –contesté sonriendo y sintiendo la alegría que salía de sus ojos.

    –Aunque no lo creas, éste es uno de los momentos de mayor felicidad que he tenido. En casi todos ellos has estado junto a mí –dijo y me besó en la mejilla.

    Sonriendo y canturreando continuamos comiendo y bebiendo hasta que terminamos con lo que había comprado y con la botella de vino. Conectó la cafetera y preparó un par de expresos que colocó en la mesa de centro de la sala y se sentó en el sillón. Me senté en el sofá, cerca de ella, y empezó a hablar.

    –Estaba muy triste por lo que me pasó, pero tú me has calmado con tu presencia y tu abrazo. ¡Gracias! –expresó y yo me mantuve en silencio, pero agradeciendo con una sonrisa verla con mucha calma–. Aunque nunca lo he hecho, dije que me quería emborrachar y qué mejor que hacerlo a tu lado.

    Se levantó por una botella de Coñac y dos copas. Las sirvió, dijo “¡Salud!” al unísono con el tintineo del choque contra mi copa y se tomó de golpe la mitad del contenido, antes de continuar hablando.

    –Lo primero ya está hecho. Te dije que te amo y te lo repito: “Te amo” –expresó con lentitud y timbre de seducción –. Lo callé durante muchos años y no pude contenerlo ante tu muestra de solidaridad y cariño.

    Continuó hablando de lo que, según ella, me debía, de la conducta paternal que había tenido de mí ante la orfandad sentida de su padre y todo lo que, según ella, le enseñé para llegar a ser reconocida ampliamente en el país y varios lugares del extranjero. Desde luego que eso infla el ego de cualquiera, pero me parecía que exageraba demasiado porque desde hacía algunos años ella me había rebasado en conocimientos y sagacidad en el ámbito profesional.

    –Tú has sido mi sombra protectora, pero también el acompañante nocturno en los sueños más húmedos. ¡Cómo lo pude callar durante tanto tiempo! ¡Te amo! –finalizó y yo me quedé pensando que eso no era para llorarlo.

    –¿Eso era lo que te hacía llorar? –pregunté intrigado.

    –¡No, el decírtelo me ha redimido! Mi llanto fue otra cosa, triste, pero la he asumido después de lo que te hice saber que te amo.

    –Si quieres contarme… –pedí y ella volvió a llenar las copas.

    –Ya te había enterado, en su momento, los problemas con el abusador de mi padre y que ello fue lo que mató a mi madre.

    –Sí, eso fue hace mucho y aún te queda pendiente reconciliarte con tu padre. Ayudarlo económicamente en la vejez que viene y no tiene los recursos de antes –insistí, pero recordé que él y yo tenemos la misma edad.

    –Desde hace tiempo le mando dinero a través de mis hermanos a quienes les pido que no me nombren, ellos también lo hacen fuerte y me cuentan sobre él. Es mi padre y no lo abandonaré, pero no le perdonaré su actitud y lo que sufrió mi madre por su conducta –dijo terminantemente.

    –Mi enredo es otro, o quizá lo mismo… –dijo quedándose pensativa y tomó mis manos para besarlas, antes de seguir hablando–. ¡Hoy mi hija se fue a vivir con su padre! –exclamó y soltó el llanto.

    –Vamos, Sandy ya lo ha hecho cuando él estaba en Alemania, eso no es malo –dije para calmarla–. Pero ella lloró con más fuerza.

    –¡Vivirán en Finlandia como pareja! –exclamó y continuó el llanto.

    Cierto, su hermosa hija ya era mayor de edad y ella no podría hacer nada, ni siquiera legalmente. Ya calmada, sin soltar mis manos, se cambió al sofá, a mi lado y me contó cómo se dieron las cosas. Sandy sedujo a su padre, quien varias veces la rechazó con amabilidad, pero, al final, cedió. Él la desfloró, es decir, ella no había tenido relaciones con ninguno de sus novios. Luego, segura de que no hubo violación por parte del padre, me preguntó “¿Cómo se puede amar así al padre?” y, en lugar de pensar en su padre, pensó en mí y se le reveló el “cómo” “¡Ya entendí!, me gritó y se sentó en mi regazo cubriéndome la cara de besos haciendo que me calentara.

    Nos desvestimos mutuamente y desnudos volvimos a brindar. Ya se nos había subido el alcohol, pero nuestra borrachera era de amor. La noche fue deliciosa, lamí todo su cuerpo y chupé sus tetas, su culo y su vagina. Ella con voz pastosa por lo borracha me decía “Más papasito, más” y se abría las nalgas o los labios para que mi lengua la recorriera. Lego la penetré y quedó desmayada de tanto orgasmo. Yo me asusté y traté de reanimarla con una servilleta húmeda y friccionando sus brazos y piernas. Al volver en sí, lo primero que dijo fue “Quiero cabalgarte” y me chupó el pene hasta que estuvo en erección. Se sentó y cabalgó por más de diez minutos gritando y bufando por los orgasmos múltiples que tenía hasta que volvió a caer. Le acaricié el cuerpo lleno de sudor, la sequé con la sábana y al abrir los ojos dijo “Estoy borracha, dame otra copa de coñac, quiero dormir sobre ti, con tu falo adentro”.

    No pude darle la copa, se quedó dormida como ella quería…

    Han pasado ya casi cinco años y hemos vuelto a tener relaciones varias veces, la mayoría de ellas fuera de aquí, cuando vamos a los congresos o a dar conferencias. Ella no me pide nada, acepta que primero es mi esposa, pero a mí me parece que no es debido que me vea como a su padre, o que refleje en nuestra relación el padre que ella hubiese querido tener, o se imagine cómo debe tratar Sandy a su padre. ¡No lo sé!

  • Probando dos penes grandes y rico mi maduro me inicia (3-4)

    Probando dos penes grandes y rico mi maduro me inicia (3-4)

    Parte 3.

    Le coloque jabón y empecé a rasurar las paredes de sus nalgas y el ano, terminando de hacer esto, entra mi hombre al baño y se incorpora con nosotros para bañarnos juntos, Dirmero, le pregunta a Calvin, que te parece mi pareja cómo te trata, comenta él, hasta ahora es una maravilla, los tres estábamos en el baño, y yo deleitado con dos hermosos penes grandes y rico para mí solo, Dirmero se rasura también y lo ayudo, mientras que Calvin hace gala con mi culo y lo coloca su pene entre mis nalgas, solo lo frotaba, mis pensamientos me decían que no se si podría aguantar tan semejante pene dentro de mi ano, aún con miedo eso me emocionó muchísimo y babeaba por ese glande. Terminando de rasurar a mi hombre, me bajo y empiezo a darle ricas mamadas a su glande, Calvin me ve y se emociona mucho al ver el espectáculo, acerco su pene hasta mi boca y le doy una mamada rica, me levanté y me los llevo hasta la cama jalando desde sus miembros, dominando estos dos hombres para mí solo.

    Ya bañados y rasurados todos juntos, me prepare para dar una mamada rica a Calvin, por órdenes de mi pareja, el iba a contemplar mi desempeño con este hombre dotado, lo llevé hasta la cama y me acosté frente a su enorme pene grande y grueso, lo detalle mucho y le di muchos besos a su cabeza, antes de mamar sin pausa, note que estaba botando líquidos preseminales y empecé a tragar toda su baba, Dirmero me veía y sonreía mientras me mamaba el pene de Calvin, estaba muy deliciosa la cabeza de él, esto me dejó muy excitado.

    Mientras seguía mamando Dirmero me miraba y escupía su mano para llevarse su baba hasta su glande, se veía muy hermoso su pene ensalivado y su tronco lleno de baba, veía como estaba muy húmedo la cabeza de sus pene, me aproxime, y baje un momento de la cama el cual le estaba chupando la cabeza del miembro de Calvin, y me fui hasta donde mí hombre, empecé a mamarle su pene lleno de saliva y líquidos preseminales, Calvin se dirige hasta donde estoy con Dirmero, observando cómo le chupo su pene y sabía que iba hacer, mamando el pene de Dirmero el deja caer una cantidad de saliva entre mi boca y el pene de mi pareja, dejando entrar esa rica baba, me tragaba su espesa saliva, y les cuento que era muy rica, se que había tomado alguna bebida porque tenía un sabor como a fresas, el escupía su mano y llevaba su saliva hasta mi ano, logrando dejar muy húmedo mis nalgas.

    La faena se centro en mamadas ricas llenas de babas y fluidos preseminales, Calvin se sienta al lado de mi hombre y accede abrir sus piernas y ponerle de frente ese hermoso pene a Dirmero, mi hombre no dudo en darle ricas mamadas, veia a mí pareja como le daba lengüetazos al miembro de Calvin, Dirmero me mira y me decía, -Amor no dejes de mamarme mi cabeza que llenare mi boca de líquidos preseminales de Calvin para dártelo en tu boca, les juro esto me emocionó muchísimo, porque mi hombre tiene una forma de darme su saliva muy especial, el sabe combinar su rica saliva con sus fluidos preseminales, y ahora mientras el chupaba el pene de Calvin, me moría por probar el sabor de su baba con los fluidos preseminales de Calvin, debe ser un manjar probar tan excitante sabor de la boca de mi hombre. Estoy entre dos hombres de 55 y 57 años, y mi edad es de 31, es excitante estar compartiendo dos penes grandes, gruesos y llenos de experiencias, ellos van a un ritmo suave y seguro, no son desesperados, saben hacer muy bien el acto sexual, y sobre todo a su edad tienen la fuerza y muchas ganas de seguir experimentando todo, he aprendido a mamar a un buen ritmo, tomo mi tiempo en dar mamadas muy suave y cuando lo amerite sigo el paso de mi hombre, el me ha enseñado mucho y le debo respeto., A veces pienso que soy muy sumiso con Dirmero y complaciente, de verdad no quiero perderlo.

    Parte 4:

    Esto le hace mi pareja al pene de Calvin, le da ricas mamadas y saca sus líquidos preseminales y lo combina con su saliva para que quede bien espesa, luego de ver este espectáculo como le hace hermosas mamadas a Calvin, este se lleva a la boca de Dirmero un poco de saliva a su glande y mi hombre se lo frota en su hermoso pene con más fluidos, una combinación que quiero probar, ya bien hecho está mezcla tiene una cantidad entre sus dedos y yo se que debo hacer, el extiende su mano, yo saco mi boca de su pene muy húmedo, y chupo sus dedos, mmmm… Muy rico sabor el que me estoy comiendo, esto lo sentí en mi paladar y Dirmero con sus dedos tomaba del orificio del glande de Calvin, y me lo frotaba en mis labios como si se tratara de un labial.

    Pasamos mucho tiempo en está posición, parecíamos becerros ordeñando leche, teníamos un fin de semana completo para disfrutar todo está faena sexual entre nosotros, teníamos provisiones de comida para no salir ningún día y apenas era viernes al mediodía, todos apagamos nuestros móviles para no ser molestado y estar tranquilos disfrutando de todo el sexo que queríamos tener.

    Una vez que termine de mamar el pene de Dirmero, sabía que llegaba la hora de ser penetrado por el tronco de Calvin, estaba asustado y emocionado al mismo tiempo, es muy grande y grueso, me va a reventar mi ano, me acuesto boca bajo y empino mi culo en contra picada y abro mis nalgas en plenitud para que Calvin pueda meter su pene, llamo a Dirmero para que está a mi lado y le dijo, amor por favor dile a Calvin que me trate bien mi ano porque tiene el miembro muy grande, me tranquiliza y va para donde esta el pene grueso de Calvin y mi hombre lo llena de saliva para que entre lubricado, volteo y observo esa cabeza grande y roja está a punto de entrar en mi ano, ya la punta de su pene toca mi orificio, logrando entrar con facilidad solo una pequeña parte de su miembro, no dolió como pensé, empieza a meter y sacar con mucha suavidad, me gustó mucho el ritmo que estaba llevando, y empieza el bombeo muy rico .

    Me gustó mucho como me estaba cogiendo, Dirmero, me veía y sonreía, mi hombre se pone de frente y me coloca su pene en mi boca, indicándome que hacer, y sabía que tenía que mamar, Dios, tener un pene en mi culo y ahora en mi boca, era un sueño hecho realidad, lo dos hombres se movían al mismo tiempo y eso me llenaba de placer, Dirmero estaba lubricando mucho, diría que mucho, yo aproveché en tragar todo su líquido preseminal, mi hombre sabía que tenía solo la cabeza de su pene en mi boca porque no me cabe todo su tronco, el sabía que faltaba algo en las mamadas que le estaba dando, aprovechaba su saliva y la esparce por su pene y entre mi boca y su glande.

    ¡Continuará!