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  • Vivencias en un piso de estudiantes universitarios

    Vivencias en un piso de estudiantes universitarios

    Era el primer jueves en el que iba a ser mi nuevo hogar, al menos en mi primer año universitario. Compartía piso con una amiga de toda la vida, llamada Silvia, y con un conocido suyo, llamado Jorge. Las dos éramos las únicas de nuestro grupo de amigos que habíamos decidido estudiar una carrera, ella buscaba graduarse en el grado de veterinaria y yo en psicología. El problema era que en la ciudad en la que estudiábamos era difícil encontrar un piso para dos y además que este fuese barato, por lo que me propuso convivir con un chico que conocía del club de atletismo, que también quería estudiar medicina.

    Los primeros días fueron perfectos tanto en la repartición de tareas, como compartiendo el único baño que había en la vivienda. Pero lo peor estaría por llegar…

    Llegado el jueves, todos tenían plan menos yo. Era el día predilecto de la semana para salir de fiesta o hacer botellón en algún piso, y yo sería la única que se quedaría en su dormitorio viendo una serie y comiendo pizza para no aburrirse. Silvia saldría a cenar con un chico de su clase y probablemente pasaría la noche en su edificio. Por otro lado, Jorge tenía una cena grupal con sus compañeros de primero de medicina. No me lo podía creer, todo el mundo hablaba de lo bien que se lo habían pasado en sus años universitarios y yo empezaba esta nueva etapa de la peor forma. La verdad que la situación me deprimió un poco e hizo que los envidiara demasiado a ambos.

    Tras ver un par de capítulos, lo único que deseaba era acostarme para no seguir lamentándome por mi miserable vida. A los pocos minutos logré quedarme dormida, pero de poco me serviría.

    Sobre las cinco de la mañana, me desperté sobresaltada por el ruido de la puerta de la entrada. Aún no me había acostumbrado a este lugar y mi sueño era bastante ligero. Escuché la voz de un chico, que rápidamente pude asociar con la de Jorge, y poco después también pude oír la voz de una chica que le respondía. No me digas, que él también había ligado? Estaba bastante sorprendida. Él era un chico bastante mono y además con buen cuerpo, no era para menos con todo el ejercicio que solía realizar. Pero en todos estos días de convivencia prácticamente no nos habíamos dirigido la palabra y se comportaba de forma muy solitaria, pasando la mayoría del tiempo en su habitación. Entonces como le había entrado a esa chica? O quizás había sido al revés? Pensaba que era tímido y un poco antisocial, pero simplemente puede ser que yo no le cayese bien. O que, además, sea de los míticos chicos que solo son amables y se interesan por una chica cuando esta les parece atractiva…

    Escuché como su invitada le preguntaba donde estaba el baño, supongo que para acicalarse antes del acto. Jorge entró en su habitación, la cual estaba justo al lado de la mía. Me preocupaba oír todo, ya que las paredes eran muy finas y se podía escuchar cualquier mínimo ruido.

    La chica salió del baño y rápidamente cerraron la puerta del dormitorio. Al rato comencé a escuchar risas picaronas y una secuencia de besos interminables. Jorge le decía cosas como:

    –Quítatelo todo nena. Te daré la mejor noche de tu vida. Ponte en cuatro para mí. Eres preciosa…

    No me podía creer que Jorge estuviese hablando de esa forma, pero lo cierto es que me ponía mucho y yo llevaba bastante tiempo sin tener relaciones sexuales, desde que había cortado con mi novio.

    Notaba que a medida que él le decía guarrerías a esa chica, mi vagina se humedecía cada vez más y respondía con pequeños espasmos. Madre mía, no me lo podía creer quería ser ella en ese mismo momento.

    No me sentía orgullosa de mi misma con lo que estaba a punto de hacer, pero empecé a tocarme. Primero toqué la superficie de mis labios para estimularme, pero poco tenía que hacer, ya que estaba tan mojada que no me hacía falta ni usar lubricante o saliva. Decidí usar mi mejor técnica para llegar rápido al orgasmo. Estaba demasiado excitada para dedicarme demasiado tiempo en conseguir llegar al clímax, eso me frustraría.

    No sabía si mi manera favorita de tocarme era la cosa más sencilla del mundo, tampoco sabía cómo era la preferida de otras chicas. Entre amigas nunca hablábamos de esto, y las veces que había intentado sacar el tema acababan todas poniendo caras raras y de incomodidad. Supongo que el tema de la masturbación femenina seguía siendo un taboo y yo solo estaba acostumbrada a ver cómo se masturbaban las chicas en el porno y en algunas ocasiones en series. Ellas siempre solían estar boca arriba, separaban sus piernas y se metían sus dedos duramente o algún juguete sexual que les ayudara a llegar al éxtasis. Estos por supuesto si eran más grandes mucho mejor. Yo no quería utilizar ninguno de los accesorios que tenía en la mesilla, ya que me daba miedo hacer demasiado ruido y que notarán que los estaba usando por el sonido de la vibración. Esto solo era para los momentos que estaba completamente a solas y tampoco debía utilizarlos demasiado, no quería perder sensibilidad aunque esta después se recuperara. Por otro lado, esta postura típica para tocarse de la que hablaba antes era de las que menos me gustaba a mí. Tardaba mucho en llegar y los orgasmos eran menos intensos. Así que, prefería utilizar otra técnica, con la que en cinco minutos acababa más que satisfecha.

    Me di la vuelta en la cama, y boca abajo metí mis dedos en mi vagina. Se sentía tan rico. Entraban tan bien y mi coño los abrazaba con tanta suavidad. Empecé a mover mis caderas como si me estuviera cabalgando a mi compañero de piso y me ayudaba de mi muñeca para mover con rapidez mis dedos dentro de mi vagina acompañando así al movimiento con la pelvis. Mi clítoris rozaba con la parte final de la palma de mi mano, por lo que esto aumentaba más el placer.

    Intentando sincronizarme con los movimientos de ellos a través del ritmo de sus gemidos, movía rápidamente mi mano. Los sonidos que emitía la chica me ayudaban mucho, tanto que de repente se escuchó ese sonido común que se oye cuando la mujer está muy mojada y el pene del hombre comienza a moverse fuerte con ritmo. «chof, chof» salió de mis partes íntimas. Yo no quería parar, bastante estaba haciendo con intentar silenciar mis sollozos. Pero con el ruido que ellos estaban haciendo, dudo que pudiesen escucharme

    Después de restregarme unos pocos minutos ya me notaba cerca y con unos últimos movimientos firmes pude convulsionar gozosamente con un orgasmo mientras mi vagina se contraía.

    Descansé un poco mientras seguía escuchando a mi compañero deleitándose con esa otra chica. Notaba como mi sexo me pedía más. Podía sentir un picor dentro que quería ser saciado. Esta noche uno no había sido suficiente. Así que, haciéndolo caso a mi cuerpo seguí rozándome. Al principio, iba algo lenta, aún mis partes estaban sensibles por la hinchazón que se había producido en mi vulva. Se que puede parecer algo aburrido, pero no cambie de postura, el segundo orgasmo solía llegar mucho más rápido que el primero, y además tendría que moverme mucho más rápido para que llegar fuese mucho más satisfactoria y profundo. No quería perder el ritmo y quedar a medias en un orgasmo débil. Por suerte, esto no pasó. Lo sentí todo lo fuerte que creo que podría haber llegado a percibirlo. Incluso me llegué a desvanecer por unos segundos. Relajada sobre la cama seguí disfrutando la sensación, mientras acariciaba en círculos la entrada de mi vagina sabiendo que Jorge también había acabado.

    Utilicé las toallitas que tenía en la habitación para limpiarme las manos, no quería cruzarme a nadie en el pasillo. Al rato me quedé dormida y descansé perfectamente hasta las doce de la mañana, total los viernes no teníamos clases. Escuché como la invitada de mi compañero se despedía de él, y yo aproveché para acercarme a la cocina a hacerme el desayuno.

    Noté como alguien se acercaba por detrás de mí, mientras comía sobre la mesa de la cocina. Era Jorge que pasaba por mi lado para poder sentarse en la silla que estaba enfrente de mí.

    –Que, que tal te lo pasaste anoche? –preguntó él.

    –Pues mal, yo no tenía un plan tan bueno como el tuyo –respondí.

    –Ah, no? Pues yo creo que te lo pasaste mejor de lo que cuentas… escuché como te tocabas y como gemías, por muy silencioso que crees que lo hicieras. Tengo muy buen oído –señaló el con una mirada vacilante.

    Era imposible, si yo los escuchaba follar por encima de mis sonidos. No podía ser… que vergüenza, quería que la tierra me tragase…

    –Bueno no te preocupes, y si estás tan necesitada para masturbarte tan duramente solo tienes que avisarme. Estaré encantado de satisfacer tus necesidades.

    Me quedé con la boca abierta. No me dio tiempo a decirle nada. Cuando logré reaccionar él ya se había metido en su habitación de nuevo. Que estaba pasando? Acaso el chico tranquilo con el que convivía, era todo un fuckboy?

    Estaba claro que el dicho de «los callados son los peores» era totalmente cierto. Por lo menos ahora sabía que muy mal no le debía de caer…

    ***************

    Me encantaría recibir comentarios de mujeres a las que no les importe hablar sobre la masturbación, de cuales son vuestras técnicas favoritas o sobre algún tipo que crean que sea poco conocido. El mío me parece muy normalito…

  • Túnel dimensional, el inicio

    Túnel dimensional, el inicio

    «Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia»

    Tercera ley de Clarke.

    El túnel al multiverso es una tecnología desconocida y aún incontrolada. Los científicos no se ponen de acuerdo en sus bases teóricas. Pero sus efectos son bien conocidos en la institución que lo estudia gracias a los informes de los conejillos de Indias, ups, perdón, las personas que lo cruzan con destinos inesperados: Otras épocas, lugares e incluso mundos de fantasía, de novela o de cine.

    Esta colección de extractos de esos informes hace hincapié en las vivencias más eróticas de la protagonista narradas por ella misma.

    …………

    El problema de tratar con el viaje en el tiempo es que se jode la causalidad. Evidentemente desde mi primera incursión en el túnel había hecho mis investigaciones sobre la paradoja del abuelo. Pero como mis viajes siempre habían sido lejanos en el tiempo, el espacio o a reinos de fantasía no creía que hubiera influido en mi presente o lo hubiera alterado e alguna forma.

    De cualquiera de las siete pelis de regreso al futuro, «La máquina del tiempo» de Wells o a la infinidad de libros de física y novelas de ciencia ficción que usaban el tema pasando por las tesis de física mas o menos esotérica en ninguna de esas se proponía una solución definitiva al problema.

    Y ahora me tocaba a mí interpretar mi propia versión de ello. Pero a esas alturas ya tenía suficiente confianza en mis viajes.

    El túnel me arrancó de una playa de una bonita isla griega. La misma que había visitado en uno de mis anteriores viajes. No quedaba nada de la pequeña granja, ni del hoplita ni de su bella esposa. Sólo muchos olivos eran testigos del pasado agrícola de ese trozo de tierra.

    Estaba cubierta apenas con un pequeño vestido veraniego ligero sobre un mínimo bikini. Dos minutos mas tarde y me habría pillado solo con el tanga y en top less. Y menos mal por que me dejó en una concurrida calle de una ciudad populosa.

    Vi coches haciendo ruido por la calzada y gente vestida en las aceras. Los modelos de los coches me llevaban a mi pasado recorriendo una calle muy parecida a esa. Vehículos de combustión interna ruidosos y malolientes.

    ¡Un momento!, demasiado parecida, reconocía aquella panadería y la tienda de ropa de enfrente. A la vuelta de la esquina tenia que estar el portal de mis abuelos. Completamente anonadada caminaba sin ver la gente solo reconociendo el paisaje tan familiar.

    Hacía calor y la gente no llevaba mucha ropa encima pero yo era la mas desnuda de por allí, mi falda la más corta y mi escote el más profundo. Y empezaba a llamar la atención. Me estaban empezando a mirar.

    Cuando de pronto un apuesto hombre chocó conmigo. Y terminé en un segundo con el culo en la acera.

    – ¡Ah, disculpa! Iba despistada.

    Fue todo lo que se me ocurrió decir antes de mirarlo a la cara y descubrir la de mi padre inclinado hacía mí. Mirándome preocupado por si me había hecho daño.

    – Perdóname tú. Yo tampoco iba concentrado. ¿Te has hecho daño?

    Lo cierto era que aparte de mi orgullo herido lo único que me dolía era ese lugar donde la espalda pierde su casto nombre.

    Es curioso que esa misma expresión que tantas veces había visto en su rostro años antes, ahora me parecía erótica y provocativa. Lo del complejo de Elektra empezaba a parecerme extrañamente real y a sentirlo entre mis muslos.

    Había visto fotos de él en esa época, con vertiente años y aparte de parecerme realmente guapo de una forma intelectual no había sentido nada. Pero aquel chico allí plantado firme frente a mí me había atontado como si me hubieran golpeado la cabeza con un mazo. Y no era solo por que hubiera chocado contra su poderoso pecho.

    Si hubiera tenido tiempo de racionalizar hubiera evitado ese encuentro a toda costa pero todo se había hecho real de repente. Aún preocupado por mi salud se presentó y me invitó a tomar un café en el bar mas cercano.

    – Soy Alex. Vivo aquí a la vuelta de la esquina. Déjame que te invite a algo para que me perdones.

    – Vale, podemos entrar ahí.

    Señalaba el bar al que íbamos desde siempre. Yo tenía que morderme la lengua para no saludar a la gente que recordaba del barrio y para los que debía ser una desconocida, como el dueño del bar.

    O mi propia tía Mercedes un año mayor que mi padre que tomaba un café en nuestra mesa de siempre, la del rincón mas discreto. La cosa se complicaba todavía mas. Cuanta mas gente conociera de toda la vida mas posibilidades de cambiar algo de mi presente. O eso suponía.

    – Ella es Mercedes, mi hermana.

    – Encantada.

    Tenía que andarme con pies de plomo. Saludé a mi tía con un par de besos en las mejillas mientras ellos se daban uno más cariñoso en los morros. Enfundado en unos ajustados vaqueros el culo de mi tía lucía espectacular. De hecho esas duras nalgas habían perdido muy poco con los años.

    Su camisa anudada bajo las tetas y ni un sólo botón abrochado descubría su vientre y le dejaba un escote precioso. Mercedes también le echó un detenido vistazo al escote que los tirantes de mi vestido exhibían y la parte de mis muslos que lo corto de la falda les permitía ver a los dos hermanos.

    – Tu nueva amiga es muy guapa. Hermanito.

    – Acabo de conocerla. Pero es muy simpática y casi la desmonto al chocar con ella.

    – Eso te pasa por ser tan grande. Pero eso hoy nos viene bien.

    Y me dirigió una deslumbrante sonrisa.

    – Sois los dos muy amables. Estoy abrumada. Y vosotros si que sois impresionantes, menuda genética tenéis.

    Apenas recordaba que en verano mis abuelos pasaban temporadas en el pueblo. Al decirles que no tenía un sitio donde quedarme me ofrecieron generosamente que me fuera con ellos.

    Yo no fui en único animalitos callejero abandonado al que mi familia dio refugio. Allí donde mi padre, mi tía y mi abuelos podían echar una mano siempre lo hacían. Y no lo digo con segundas por que sí, también se folllaban todo lo que se movía si les daban su permiso.

    – He perdido el bolso, el dinero. No tengo un sitio.

    – No te preocupes, te quedas con nosotros.

    Del bar subimos directamente al piso que estaba exactamente igual a como lo recordaba de niña. Donde Mercedes ya tenia preparada la comida y ya se notaba lo buena cocinera que llegaría a ser. La escena era completamente hogareña.

    Estuve un rato curioseando el piso de mi familia. Las fotos de los abuelos que en esa época apenas tenían poco más de cuarenta años y se les veía estupendos. Los muebles familiares donde me había sentado y subido un millón de veces. Las habitaciones a las que entraba y salía a veces viendo cosas que no debería haber visto.

    Mi padre se quitó la camiseta luciendo un torso impresionante y bien trabajado. Mi tía con toda confianza se desató el nudo de la camisa dejándola abierta y confirmando que no llevaba sujetador. Sus pechos duros y cónicos se mantenían erguidos sin ayuda.

    Le tuve que confesar que bajo el vestido llevaba un bikini y que empezaba a sentirme incómoda. Ella se ofreció a prestarme algo de ropa con la misma generosidad que ambos habían mostrado todo el día.

    – Ven a mi habitación. Seguro que tengo algo que te sirva. Parece que hemos un cuerpo y una talla parecida.

    Mientras charlábamos en su habitación intenté sonsacarle algo sobre mi madre. Pero todavía no la habían conocido por lo que me dediqué a conocer mejor a mi familia paterna.

    – ¿Tu hermano, ese mocetón de ahí fuera tiene novia?

    – No, ¿por qué? ¿Te interesa?

    No lo preguntó como si le molestara o tuviera celos. Solo era una conversación casual. Es verdad que aunque llegara a conocer a esa mujer en el futuro en ese momento era una desconocida.

    – Si no fuera tu hermano, ¿No te interesaría a ti?

    – Quién dice que no me guste aunque sea mi familiar.

    Y se echó una sonora carcajada. En ese momento no supe si hablaba en serio o en broma.

    Merche se libró de sus vaqueros mientras yo me sacaba el vestido. Se quedó mirando el bikini mas pequeño que cualquier cosa a la que ella estuviera acostumbrada. Y para colmo la braguita era un tanga. Le pregunté su le gustaba y me dijo que quería probárselo.

    – No habrás visto muchos como este. ¿Que te parece?

    – Raro, ¿no es incómodo?

    – Para nada. Cuando te acostumbras más cómodo que unas bragas. Lo compré por correo de un catálogo. Pruébalo.

    Me di cuenta a tiempo de que si le hablaba de Internet o de compras en la web le sonaría a chino.

    Mientras ella sacaba unas braguitas y una camiseta a la que habían metido tijera me di cuenta de que en su precioso cuerpo mi bikini quedaría sexi de verdad. Mientras ella miraba alucinada mi pubis depilado. Me preguntó por ello y le dije que ahora lo notaba mas… mas suave.

    Sonriendo me preguntó:

    -¿Puedo?

    Tomó mi sonrisa de respuesta como un asentimiento y pasó la mano con suavidad por mi pubis. Su caricia me excitó y se me escapó un gemido. Tuvo que parecerle buena señal pues puso dos dedos por los labios de mi vulva humedeciéndolos con mi jugo y llevándolos a su boca de una forma completamente lasciva. Algo que nunca había imaginado en mi tía.

    – Joder Merche, ¡que rico! No pensaba que te gustaran las chicas.

    – Creo que como a tí. Me gusta pasarlo bien con gente buena.

    Aproveché para librarla de su camisa e inclinarme y besarla en los labios con suavidad. Ella siempre me había parecido enorme y ahora yo le sacaba casi veinte centímetros. Pronto nos estábamos dando lengua y saliva. Tenía sus tetas en mis manos cuando mi padre nos llamó a gritos desde el salón. En ese momento no pude alcanzar su conejito.

    Mercedes se calzó a toda prisa mi tanga y el suje a juego que a duras penas le tapaba los pezones y yo una de sus bragas y la camiseta que descubría mi vientre y el lateral de mis pechos.

    – Ya estamos aquí. Tranquilo que no nos escapamos.

    Salimos escopetadas las dos meneando la cadera solo para echarnos a reír por la cara de bobo que puso al vernos así ataviadas. Merche se lanzó a sus brazos con un morreo de infarto. Él aprovechó para agarrar una de sus desnudas nalgas. La otra mano la usó para coger mi cintura y pegarme a ellos.

    Ahora me explicaba la críptica respuesta que me había dado mi tía cuando le pregunté por la novia de mi padre. Mi posible madre. Pero en ese momento decidí no investigar más para no enfadarlos.

    – Merche, ¿que narices llevas puesto?

    – Lo que me ha dejado tu amiga. ¿Te gusta?

    – Me ha dejado alucinado. Estas buenísima.

    Volví a besar a mi tía ante la atenta mirada de mi padre que aprovechó en momento para magrearme el culo sin contemplaciones. Metió la mano por dentro de la braguita, agarrando mi nalga como si le perteneciera.

    – Ya veo que os habéis caído bien.

    – Tu hermana es una persona maravillosa. Me cae muy bien.

    Sé que debía haberlo parado en ese momento pero me encontraba muy a gusto con mi familia. Sentadas cada una en una de sus poderosas piernas él pudo agachar la cabeza y lamer nuestras tetas alternándolas.

    Sin pensar en nada más que en disfrutar y echando cualquier prejuicio por la borda me decidí. Una de mis manos buscó la cremallera de sus vaqueros donde se encontró con una de las de mi tía. Entre las dos conseguimos sacar a respirar una polla que a esas alturas parecía de piedra.

    – ¡Menudo rabo!

    Era la primera vez que veía el instrumento de mi padre en esas condiciones. Como si nos leyéramos la mente las dos nos deslizamos al suelo para comenzar a lamerla a dos lenguas. Mientras ella chupaba sus huevos peludos yo lamía el tronco o me metía el glande en la boca.

    – Nena, no seas egoísta. Pásamela.

    Nunca pensé que esos dos fueran un par de pervertidos de ese calibre. Aunque siempre se trataban con cariño ante mí, nunca habían tenido esas demostraciones de sexo donde yo pudiera verlos. No podía imaginar que en cuanto se quedaban solos se dedicaran a follar como conejos.

    Merche por ser yo la invitada me cedió el sitio mientras tiraba de los pantalones y de los clásicos gayumbos abanderado que usaba en esa época. Yo conseguí montarme sobre él y clavarme su rabo mirando a sus ojos con un tierno beso. Casi se me escapa un:

    – Te quiero papá.

    Conseguí contenerme a duras penas. Aunque en esos momentos era lo que sentía. Me movía despacio sensual moviendo el culo en círculos, clavando mis tetas en su pecho y rozando mis pezones con los suyos. Tanta suavidad no podía durar y menos con la pervertida de mi tía Mercedes por allí.

    Se arrodilló entre los muslos de él y se puso a lamer sus huevos, la base de la polla. Cuando yo subía chupaba mi perineo y hasta mi ano. Sabía que él no podía durar mucho mas con dos guarrillas como nosotras pegadas a su piel.

    Noté las contracciones de su rabo en mi interior, su semen caliente llenando mi vulva y aunque hizo un intento de salirse de mí antes de correrse. Se lo impedí con un fuerte movimiento de cadera y callando sus objeciones con mi lengua en su boca.

    – No puedo quedar embarazada, no te preocupes. No hace falta condón.

    Eso y Merche lamiendo mi culo disparó mi orgasmo, uno que pocos antes habían superado aún en todos mis viajes. Agotada por lo intenso del polvo y los nervios del día me derrumbé sobre su fuerte pecho y mientras su pene perdía consistencia y se salía solo de mi coño.

    – Estoy derrotada. Sois intensos.

    Mi tía nos limpiaba a ambos con su lengua. Solo pude darle las gracias. Nos pasamos el día desnudos y follando. Bueno nos pasamos el resto del verano desnudos los tres durmiendo juntos y haciendo el amor cada vez que nos cruzábamos por la casa.

    No pensaba en que el túnel podría venir por mi en cualquier momento. Estando con mi padre y mi tía me había olvidado de todo. Era feliz.

    Dos días después el túnel me reclamó de nuevo devolviéndome a mi tiempo.

    Ahora comprendía por que me perseguía en túnel.

    . Pero el túnel tiene sus misterios y puede que ni siquiera provenga de mi propio universo sino de uno paralelo.

    Sólo se que a la vuelta cuando fui a ver a Merche y a mi padre que todavía vivían juntos ella me devolvió mi vestido, mi tanga y mi suje. Los había conservado cuidadosamente esperando que yo volviese de este viaje en concreto.

    Durante un tiempo estuvieron cabreados por mi desaparición y eso que habían visto la pirotecnia habitual del túnel rodearme en nuestro propio dormitorio. Aunque ellos nunca llegaron a entenderlo del todo al verme crecer y convertirme en la mujer que ellos habían conocido años antes.

  • Mi fantasía con un taxista

    Mi fantasía con un taxista

    Este es mi primer relato y espero en verdad que les guste. Primero voy a decirle cómo soy, soy un chico de 18 años gordito, piel blanca, soy de México del estado de Puebla.

    Esta es una fantasía con la que he soñado bastante tiempo y me gustaría que algún día se cumpla.

    Estoy parado en la banqueta esperando a algún taxi que me lleve de regreso a mi casa, son las 8 pm. Y casi no se encuentra a nadie donde estoy. Hasta que a lo lejos veo una luz de un carro y para mi fortuna era un taxista ya viejito de entre 50-60 años con canas, gordito y tosco.

    Yo: cuánto me cobra para ir ha está dirección?

    Taxi: ya es de noche y está lejos, te cobro $200

    Yo: solo tengo $150 señor.

    Taxi: pues entonces no podré llevarte ahí

    Yo: por favor señor es que aquí está muy solo.

    El taxista se lo piensa, me ve de arriba a abajo y por el retrovisor ve mi culo, llevaba un short pegado que hacía que mi culo se viera grande.

    Taxi: está bien te llevo, pero tendrás que hacer algo más para que te lleve

    Yo: por supuesto no hay problema

    Conforme vamos avanzando el señor me hace plática de todo tipo, hasta llegar a las preguntas sexuales y demás. Conforme más pregunta mi morbo se dispara ya que creo que quiere que se la chupe y la verdad eso me encendía y poco a poco mi pene empieza a responder.

    Como mi short está pegado se ve mi bulto de mi pene de 10 cm no es nada impresionante lo se.

    Taxi: al parecer si eres lo que suponía

    Yo: a qué se refiere señor?

    Taxi: sé que quieres esto (procede a tocarse el bulto)

    Yo: no soy gay ni hago eso

    Taxi: pues entonces aquí te dejo y nadie te va a llevar a ese lugar

    Yo: está bien lo haré, pero dígame. ¿Qué es lo que debo hacer?

    Taxi: pues chúpamela cómo lo has visto en los vídeo porno.

    Procedo a quitarme el cinturón y el señor se detiene en un callejón para no ser vistos. Le bajó poco a poco el cierre para ver sus calzones que se notan que tenían precum. Le quitó el calzón a su pene y ve un pene grueso de 12-14 cm ni es impresionante, pero me gusta bastante.

    Poco a poco acerco mi boca y con mi nariz huelo ese olor a macho que se nota que hace tiempo no coge con alguien. Como si fuera una paleta voy lamiendo la cabeza de su pene de forma tierna para poder tomar su precum y saborearlo.

    Taxi: vaya que lo haces bien.

    Mientras con una mano va hacia mi cabeza y la otra me descubre la espalda y toca toda mi espalda hasta llegar a la parte bajo y me baja poco a poco el short para dejarme solo con mi calzón muy ligero y pegado a mi cuerpo.

    Poco a poco me empiezo a comer todo su miembro y siento mi piel erizada con todo lo que me está haciendo, sigo chupando hasta que me dice que pará

    Taxi: vamos a los asientos de atrás y déjame ver ese enorme culo tuyo.

    Gateando y de perrito voy hacia la parte trasera, mientras gateo siento como sus manos me quitan mi calzón que era lo único que tenía de ropa ya puesta y se la queda.

    Taxi: esto es mío.

    Ya en la parte de atrás me dice que me quedé boca abajo y que pare las nalgas, obediente le hago caso sabiendo lo que sigue con miedo y excitación me masturbo boca abajo.

    Taxi: espero que estés listo para lo que sigue

    Siento como empieza a poner su cuerpo encima de mis pierna y nalgas, empieza a besar mi cuello y espalda toda erizada y siento su pene entre mis nalgas.

    Taxi: primero vamos a dilatarte bien para que lo goces al máximo.

    Se ensaliva dos dedos y empieza a meterlos lentamente, yo me retuerzo por lo que siento y me salen mis primeros gemidos.

    Taxi: ya veo que te gusta, ahora eres mi puta

    Se precipita y me trata de meter su cabeza poco a poco, yo me retuerzo del dolor ya que soy virgen y me duele.

    Taxi: no aprietes o te va a doler más.

    Yo como puedo dejo de apretar y siento como la cabeza se ha metido completamente, gimo bastante fuerte y ahí sé que me tiene completamente a su merced, doblo mis piernas y con la palma de mis pies tocó su espalda y tocó sus nalgas.

    Taxi: voy a meterte todo y te haré gozar como nunca nadie lo harás.

    Me mete todo su pedazo y empiezo a gemir como puta, ahí ya me tenía dominado, pone todo su cuerpo sobre el mío y empieza el mete y saca por bastante tiempo, al mismo yo gimo y gimo, agarro fuerte el asiento y de un momento al otro se corre en mis nalgas y en mi ano.

    Taxi: ya eres mía putita

    Cómo puedo me pongo boca arriba y el don se hace a un lado. Estamos uno al lado del otro con los penes juntos y siento su respiración agitada junto a mi boca. Le doy un tierno beso y procedo con nuestros dos penes a masturbar nos, yo aún no me he corrido así que espero sacar todo, el don apenas y ya se le paraba pero yo seguía con mi misión de hacer que se corriera.

    Al mismo tiempo siento como nuestros penes se hacen grandes y sale todo el semen disparado hacía mi callo parte de mi semen en mi estómago, pecho y cara y el de él solo llegó hasta mi estómago porque ya se había corrido en mi culo y nalgas.

    Los dos nos quedamos abrazados y dormidos ahí mismo.

    Después de un tiempo siento que pasa algo en mi boca y me despierto. Veo como el don me mete la lengua y siento como si me follara la boca con su lengua, excitado meto y saco su lengua de mi boca y el don me agarra las nalgas, las abre y cierra y juega con mi hoyito. Procedí a ponerme encima de él y como excitado me empiezo a meter su pene un poco flácido pero con ganas de más.

    Empiezo a cabalgar y veo y siento como mi pene choca con su estómago, aún con su semen encima mío.

    Lo monto y siento adentro de mi cómo se va poniendo duro cada vez más hasta que ya está al 100%. El don como si tuviera un segundo aire empieza a el tener el ritmo y él es ahora el que me coge y revienta el culo mientras que yo apoyo mis manos en su pecho y con una de sus manos me jala la verga, después de un tiempo el don me la mete toda y me preña nuevamente y yo con un gran gemido también me corrí.

    Ya cansado me quedo acostado en el asiento trasero mientras el aún desnudo se va al asiento delantero y empieza a conducir.

    Yo aún poseído me voy al asiento del conductor y así desnudo pongo su pene flácido entre mis nalgas y así nos fuimos todo el recorrido, ya casi llegando me quiero poner mi calzón pero recuerdo que ya es de mi macho que me acaba de poseer así que solo me pongo mi playera y mi short.

    Ya cuando me iba a ir me pide mi número y a gusto se lo doy y antes de alejarme de él me quito el short y me abro mis nalgas para él.

    PD: este es mi primer relato y espero que les guste, en serio quiero cumplir esa fantasía.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (14)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (14)

    —Debo reconocer que me sorprendió tu llegada y que me sentí rara, confundida por primera vez en muchos años a tu lado. Fue momentáneo pero me sentí ridículamente extraña. Un tanto asediada, como perseguida y no liberada. Quizás en otro momento de nuestra vida, la sensación hubiera sido diferente y me alegraría verte allí buscándome. ¡Tan pendiente de mí, siempre protegiéndome! Pero, en aquel momento, siendo sincera, sentí de repente que tu presencia invadía mi espacio, irrespetándolo. Y no me gustó por supuesto, que dejaras a Mateo en compañía de la nana o de quien sabe quién, tan solo por tus deseos de ir a ver… ¡Como me comportaba! —Le reclamo.

    Respiro profundo y giro el cuello para observar a Camilo que resopla con fuerza, logrando levantar con su aliento un oscuro mechón que desobediente, vuelve a caer sobre su frente. Para nada me mira y pensativo, mantiene su mentón presionado sobre la angosta boca del envase de su cerveza, –usándola como apoyo– mientras que parece estar asimilando este nuevo y duro golpe.

    —Todo ello lo sentí y analicé en segundos. Cuando se escuchaba tu tímido saludo y yo volteaba a verte. Utilicé por igual los que se consumieron durante la pesada chanza que te hizo José Ignacio, al saludarte. Y sí, Camilo. Me tuve que reír para mantener la fachada de que tú y yo no éramos más que un par de extraños y recién conocidos. Pero obviamente que por dentro todo cambio instantes después y volví a sentirme tuya, de tu parte y tan cercana a ti, como no puedes llegar a imaginarte, pues me molestaron sus ínfulas de superioridad y las ganas de burlarse de ti. —Mis palabras causan efecto finalmente y ahora si se derrumba. Continúa sin mirarme porque agacha la cabeza y se la toma a dos manos, dolorosamente afligido. Seguramente muy desconcertado por mis palabras y ese amargo recuerdo.

    —Solo quise pasar a festejar tu ingreso y compartir como hacías con ellos, tu alegría. — Le escucho hablarme defendiéndose, aunque su voz por la posición encorvada, hace que sus palabras se encaminen hacia el suelo, – ¡Débiles y lastimadas!– esquivando el ondular de su cadena dorada, saltándose el bamboleo del crucifijo y por supuesto de la ensartada argolla de matrimonio.

    —Ok, te entiendo ahora. En aquel momento no pude verlo de otra manera. ¡Perdóname por haberme sentido así! —Extiendo el brazo y mi mano izquierda completamente abierta, –decorada tan solo con el hilo rojo alrededor de la muñeca– se asienta sobre sus cabellos a la altura de su nuca; más mis dedos se cierran y se abren varias veces, internándose cariñosamente en la espesura de su melena, intentando mitigar un poco su agobio.

    —Obviamente me preocupé por la manera en que me miraste al encontrarme con él, –sin retirar mi mano, prosigo mi relato– pegado a la mitad de mi culo y su torso casi encima de mi espalda. Tendría una discusión contigo al llegar a la casa, eso era seguro. Y sería algo novedoso, pues en nuestra anterior cotidianidad, escasamente te enojabas conmigo. Únicamente cuando yo regañaba a Mateo por algo que había hecho o roto algún juguete nuevo y tú salías en su defensa, diciéndome que comprendiera que tan solo era un niño y que no exagerara.

    —Pero yo no discutí esa noche contigo. —Se escuda más calmado y bebe otro trago. Sin embargo con el pulgar y el dedo índice de la otra mano, juega a hacer girar sin descanso su mechero, para disipar con aquel juego sus resquemores.

    —Y menos mal que no lo hiciste, –le respondo reacomodándome en la silla y cruzando de nuevo mis piernas– pues hubieras sido muy injusto conmigo, ya que como llegaste tarde, no te diste cuenta de que antes José Ignacio había hecho lo mismo con Elizabeth, pues ella al igual que yo, tampoco había jugado a eso en su vida. Nos estaba explicando, una por una y claro, se aprovechaba de la situación para pegarse más a cada una de nosotras y a su morbosa manera, hacerse ver de nosotras dos como todo un profesional del billar. Con Diana actuó de forma diferente, ya que ni le prestó atención, pues ella sí que sabía de eso y no lo hacía mal la verdad. Ella, cuando recién llegamos, desafió a Eduardo a un «chico» de billar y por poco lo vence.

    —No estaba enterado de que a Eduardo le gustara ese juego. De todas formas me extrañó que le hubieses permitido esos alcances, a pesar de que a las demás, también se les arrimara, pues supuse que tú tenías el carácter suficiente para alejarlo, haciéndole entender que se propasaba contigo y que no eras presa fácil como las otras. —Le comento a Mariana, extrañado pero con contundencia.

    —Pues ya vez. ¡Otra sorpresa que se guardaba! El caso mi cielo, es que me separé con rapidez de él, pero el hecho es que aquella imagen ya estaba fijada en tus retinas y fui consciente de que sería difícil que las borraras de tu mente. —Camilo eleva su mirada al techo y en su boca se vislumbra un gesto de desagrado. Y lo comprendo.

    —Cuando declinaste su ofrecimiento de aceptar el reto, con la honestidad que te caracteriza, –por qué nunca has jugado– para irte a beber junto a Eduardo en la mesa desocupada, decidí irme junto a Elizabeth y Diana, hacia el lugar donde los del otro grupo de asesores observaban atentos como jugaban pool en parejas, el señor Luis y uno de sus vendedores por una parte contra otros dos hombres que según el mesero, eran clientes asiduos del lugar, casi unos profesionales y que por lo mismo estos últimos les iban a dar tremenda paliza.

    —Mariana, yo no acepté jugar contra él porque no le iba a dar el gusto de humillarme delante de todos y en especial hacerlo frente a ti. Además tenía una noticia más importante para darle a Eduardo. Me había enterado en la reunión que sostuve el lunes, de que las ventas en Peñalisa estaban estancadas debido a un proyecto similar que otra constructora desarrollaba en el terreno contiguo, y que don Octavio y la junta directiva, estaban pensando en hacer algunos cambios. Le dije que podría ser su oportunidad, si con su grupo demostraban ser más sagaces y efectivos en las ventas.

    —Hummm, vea pues, a mí no me comentaste nada. —Le respondo a Camilo.

    —No lo hice porque apenas era una idea en ciernes. Nada oficial y tú apenas empezabas. Ni siquiera habías atendido a tu primer cliente en la sala de ventas. —Me aclara de inmediato cual fue el motivo.

    —Ok, bueno pues. Recuerdo igualmente que mientras que ustedes dos conversaban y José Ignacio junto a Carlos se divertían jugando, me fui enterando de cositas. Ya sabes, esos chismecitos de oficina que no faltan, aprovechando que en el otro grupo había solo dos mujeres y el resto del equipo lo completaban tres hombres, justo al contrario que nosotros. Y una de las muchachas, la flaquita de cabello ensortijado y piel de ébano, ¿la recuerdas? —Camilo hace un gesto de duda y me responde con algo de duda.

    — ¿Carolina?

    — ¡Sí, esa misma! —Le confirmo y por supuesto que prosigo con el cuento de aquella muchacha.

    —Pues ella soltó la noticia de que ya se había acostado con el «siete mujeres» y que la había hecho rozar las estrellas. No supe de quien hablaba con certeza a pesar de que lo imaginaba. Pregunté en voz baja a Diana y ella me confirmó de quien se trataba. Nos preguntó a cada una de nosotras si ya lo habíamos «catado» y Diana suspirando, terminó por reírse levemente. ¡Jejeje!…

    — ¡Una sola vez! —Respondió, aclarando de paso, que se había quedado con ganas de más, ya que había sido un rapidín y muy pasados de alcohol, en una fiesta que José Ignacio había realizado en su casa para celebrar el cumpleaños de un amigo. Pero aclaró que por regla general, José Ignacio le había confesado que jamás repetía con ninguna. Únicamente con su novia. Elizabeth que ya parecía enterada, negando con la cabeza nos comentó que ella no lo había hecho y juró que jamás se acostaría con un tipo como él. Y la otra en esa charla era doña Julia, la asesora que más tiempo llevaba en la constructora y que por su figura y lo poco agraciado de su rostro, no era el tipo de mujer que le llamase la atención.

    —Me miraron, como lo haces ahora, y obviamente me preguntaron en coro aquellas tres: ¿Y tú también caerás en sus garras? —Negué rotundamente aquella pregunta con aroma a sentencia, aclarándoles que yo era una mujer casada, criando a un hijo y como no, fiel a mí marido. Elizabeth algo seria, rodeo con su brazo mi cintura, apretándome a su cuerpo.

    —Tal vez fue un acto reflejo o un gesto de acompañamiento hacia tu respuesta. A Elizabeth claramente le disgustaba el tipo de comportamiento de ese malpar… ¡Sujeto! —Redondeo la idea de Mariana, evitando la grosería.

    —Puede ser. El caso es que se rieron las muchachas del otro grupo, repitiendo una frase mientras se codeaban entre ellas… ¡Si claro, cómo no! ¡Cómo no! Ya nos dimos cuenta de lo entregada que estabas con sus enseñanzas. —Y todas se volvieron a reír, menos Elizabeth que me apretaba ya del brazo, como queriéndome decir que no les pusiera cuidado.

    —Luego me llegó tu mensaje al móvil, preguntándome cuanto más me demoraría allí y si Eduardo me llevaría hasta la casa, o que si tal vez sería mejor encontrarnos a dos calles de aquel local. Te respondí, –entre triangulares emoticones amarillos– que me parecía peligroso que alguien pudiera darse cuenta de nuestro escondido encuentro, así que lo mejor sería esperarme unos minutos más para no parecer tan antisocial y solicitarle a Eduardo que me llevara a casa. Luego te miré con disimulo para observar tu reacción pero ya me dabas la espalda al seguir hablando con él y les comenté a las muchachas que ya iba siendo hora de despedirme pero Diana enarcó las cejas y cruzada de brazos, me dijo que al menos esperara a que José Ignacio y Carlos terminaran de jugar, para pedirles que la acercaran hasta su apartamento. Y ahí fue cuando ella en presencia de Elizabeth y las otras dos compañeras, nos hizo otra confesión.

    — ¡Ese arquitecto está muy bueno! ¿Sí o no chicas? —Y mientras todas nos giramos para observarte, Diana a espaldas nuestras soltó una de sus ocurrentes frases… ¡Papacito rico, estas tan bueno que te perdonaría absolutamente todo! ¡Por mí, qué si se quiere tirar un pedo aquí, que se lo tire que yo pago los destrozos! —Y todas sin poder contener la risa, nos doblamos apretándonos con nuestros brazos, las barrigas. Hasta que Carolina sin dejar de reírse, siguió echándole leña al fuego con un nuevo comentario sobre ti.

    —Es verdad, lástima que por lo que se le ve en el dedo, ese bizcochote está bien agarradito, porque de lo contrario, yo me lo echaba al pico. ¡Si o pa’ que, chicas! ¿O ya estoy bien «jincha»? —Aunque no estaba borracha, sí que estaba pasado su aliento a alcohol. Elizabeth, Diana y la otra señora, asintieron, y Diana volvió a la carga exclamando un… ¡Ufff, está como quiere ese arquitecto! Tal cual como me lo recetó el doctor. —Todas nos reímos nuevamente por el apunte, inclusive Elizabeth pero algo más contenida, sin embargo en su mirada vi un brillo diferente mientras ella te observaba, entre un verbal respeto y una emocional admiración. Y eso hizo que a mí la sonrisa se me evaporara tras un corto suspiro con indicios de preocupación.

    —Pues que te puedo decir, Mariana. No tenía ni idea de que tuviera mi propio club de fans. —Le respondo sonriente y terminando de dar el último trago a la cerveza.

    — ¡Pues ya lo ves! Y entonces después de escucharlas, me sentí de nuevo distinta, dos veces en una misma noche. Pues por un lado me enorgullecía de que hablaran de esa manera del hombre que era solo mío y al contrario de ellas, lo tuviera en exclusiva para mí toda la vida. Y por otra parte, cierto cosquilleo en el estómago que no sentía hacía muchos años. Similar a los celos que me daban cuando estuve de novia del imbécil de mi ex, cuando mis compañeras de facultad rumbeaban con él. —Camilo lleva sus manos por detrás de la cabeza y entrecruza los dedos sobre sus cabellos, observándome y suspirando.

    —Finalmente hora y media después, las mujeres concertamos en que ya era hora de marchar y apartándome de ellas para tener privacidad, te escribí en un mensaje de texto, solicitándote el favor de que hablaras con Eduardo para que me acercara hasta la casa.

    —Elizabeth se ofreció a compartir el transporte que había pedido por la aplicación, pero decliné obviamente su invitación al comentarle que ya Eduardo me trasladaría. Diana le hizo ojitos a José Ignacio y este, torciendo la boca en un claro gesto de desagrado, asintió y pasándole el brazo por encima de los hombros se la fue llevando rápidamente, casi sin dejarla despedirse de los demás. Carlos se marchó en un taxi y tú haciéndome ojitos, finalmente te montaste en tu camioneta y te adelantaste. Esa noche no discutimos como presentí, porque después de que dejaras en su casa a la nana, tras cuidar a nuestro hijo, al regreso me encontraste ya fundida en la cama y bien abrazada a Mateo.

    —Tampoco tenía intenciones de hacerlo, Mariana. Hablé de esa visión inesperada con Eduardo y él confirmo lo que acabas de contarme. Ese playboy de playa, se comportaba igual con todas, pero que contigo ya estaba advertido que no se propasara o intentara algo. Eras una mujer casada con un gran amigo, muy cercano a su familia y que no quería meterse en problemas. Eduardo se ocuparía de mantenerlo alejado de ti, me dijo, y eso me calmó bastante… ¡Estúpidamente me relajé!

    Mariana ladea la cabeza hacia mi lado y aparta sus cabellos, pasándoselos por detrás de la oreja y con su otra mano ahuecándola, la afirma con delicadeza al contorno de su preciosa cara, mirándome con sus ojos muy redondos, apenadamente azules, casi a punto de desbordarse nuevamente su llanto, continua explicándome el desarrollo de sus recuerdos.

    —Para la segunda semana se mostró un poco más amable pero sin llegar a saludarme como a las demás mujeres de la oficina con dos besos en las mejillas. Algunas mañanas estrechaba mi mano y por las tardes, en la mayoría de las ocasiones, ni se despedía. Le veía trabajar concentrado en sus apuntes por momentos, luego con rapidez tecleaba en su ordenador y posteriormente se enfrascaba en charlas animadas en su móvil, que duraban varios minutos. A mí me interesaba observar su forma de concretar citas con los posibles clientes. Quería a toda costa averiguar sus técnicas de ventas para aprender con mayor rapidez. —De repente Camilo se levanta de la silla, espantándome. – y da unos tres pasos hacia la mesa contigua, pero se gira y se devuelve. Me mira y toma por el espaldar la silla para colocarla en una posición diferente, más frontal. Se queda ahora allí, detrás de la silla plástica observándome con los brazos cruzados, en espera tal vez de que continúe hablando. Y así lo hago.

    —Me llamó poderosamente la atención, su manera tan firme de hablar con los prospectos y transmitir con claridad las ventajas y los beneficios de vivir en aquellos apartamentos de interés social y ayudarse con los diferentes subsidios del gobierno para adquirirlos, al atender en las oficinas a los clientes citados. Claramente sabía lo que ofrecía y deseaba conseguir. Los movimientos que hacían sus manos para acentuar las frases, la serenidad en su voz al pasarles el contrato de compra y la solicitud de documentos en espera de que se decidieran a firmar y lleno de confianza, colocaba a veces un rostro de seriedad, ofreciéndoles el lapicero, haciéndolos hablar y hasta dudar entre ellos; para luego tras una sonrisa amplia, abrazarlos y hacerlos congeniar de nuevo. Cuando finalmente conseguía la deseada firma, su sonrisa cautivante iba dirigida a todos, al señor y a los hijos, pero el guiño disimulado del ojo derecho solo era para la señora. Bonita o fea, alta o bajita, flaca o gordita. ¡Él a todas las hechizaba!

    — ¡Vaya, ya veo que te impresionó! No te perdías ni uno solo de sus pasos, y aún hoy me da la impresión de que te emocionas al recordarlo. Te cautivó a pesar de que tú al conocerlo, me lo negaras. —Recrimino a Mariana, al escucharla hablar tan animada de ese tipo.

    — ¿No era acaso lógico que me sucediera? Ummm… Ahh ya sé por dónde vas. No cielo, te adelantas en el proceso. Me fijé en el vendedor y sus artimañas para cerrar los negocios. No en sus atractivos rasgos físicos, que por supuesto también solía utilizar muy a menudo para conseguir lo que se proponía. —Le respondo con firmeza y continúo explicándole.

    —De hecho nada raro ocurrió entre él y yo, ni esa primera semana ni la segunda. Te consta que me dediqué a buscar entre nuestras amistades, mi propia clientela, llamando y revisando mi agenda telefónica, durante los fines de semana, incluso en ese viaje relámpago, charlando con tu familia en la casa de tu hermano en Girardot, mientras Mateo se divertía con los demás niños en la piscina. Yo, ese trabajo me lo tomé en serio y de verdad que no me fijé en él para hacer… ¡Otras cosas! Pero sí creo que interiormente lo hice mi objetivo. Se podría decir que sí fue ese el punto de partida. Claramente mi meta y obsesión, fue superarlo en ventas. No terminar acostándome con él ni hacerte un cornudo.

    —Pues gracias por la aclaración, Mariana; teniendo en cuenta lo sucedido con ese tipo, es todo un detalle de tu parte. —Le contesto con cinismo y malhumorado.

    —El tercer lunes del mes si fue inevitable por la programación, encontrarme a solas con él en el apartamento modelo de la urbanización. Me acompañaste a tomar el auto que habías pedido por la aplicación y a pesar de los trancones, llegué al sur muy temprano, sin contratiempos cruzando Bogotá. De nuevo él llegó tarde, mucho después de las ocho de la mañana y me saludó con cordialidad sin excusarse por la demora, como para variar en él. Pero mantuvo la distancia toda la mañana aunque me obligó a atender de primeras a una pareja de ancianos, manteniéndose eso sí, muy cerca y pendiente de brindarme ayuda, sobre todo con algún tema que desconocía sobre las obras viales circundantes y que mejorarían los accesos al sector.

    —Los clientes se mostraron interesados en recorrer los alrededores y yo me ofrecí para acompañarlos. Él se quedó en la sala de ventas para hablar por teléfono y sin yo preguntarle nada, vertical colocó el dedo índice sobre sus labios y alejando momentáneamente el teléfono de su boca, sonriente me susurró que era un «arrocito en bajo». Como si a mí me tuviera que interesar conocer de sus andanzas.

    —Pero por supuesto, Mariana. Obviamente quería llamar tu atención y hacerse notar, desplegando sus dotes de seducción hablando con otras mujeres delante de ti. Por algo se empieza y ese güevón dio el primer paso para llevarte a su cómodo universo donde tú no querías llegar, pero con eso fue suficiente para sacarte de nuestro mundo, de donde nunca quise que llegaras a salir.

    —Hummm… ¿Eso crees? Pues sí esa fue la intención, falló en el intento. «Soldado advertido no muere en guerra». Así que no, cielo. No me llamó la atención de esa manera. El caso es que cuando regresé a la sala de ventas ya estaba ocupado atendiendo a otras personas. En la tarde bajó mucho la afluencia de clientes y tuvimos tiempo para hablar, pero tan solo, –y te lo puedo jurar– tocamos solo temas relacionados con el trabajo. Se ofreció galantemente a llevarme hasta mi residencia, yo segura de mi misma rechacé su ofrecimiento obviamente, agradeciéndole e informándole a la vez que ya tenía contratado el servicio de recogida con el chofer que me había llevado en la mañana. Insistió bromeando, que con él llegaría más rápido al cielo. Menos mal que en ese momento entró al móvil personal tu llamada. « ¡Es mi “marido”! le aclaré antes», y así me deshice de su compañía, alejándome unos pasos para hablar con tranquilidad, pues seguía yo preocupada por Mateo.

    — ¿Por qué? ¿Te dijo algo a ti, que a mí no? —Me intriga saberlo y le pregunto.

    —No cielo, para nada. Pero a ver cómo te lo explico. Ehmm… Un presentimiento de madre, tal vez. No lo sé, pero en esos días lo noté disperso, no tan activo ni risueño. Cosas mías, pensé. Sin embargo es verdad que percibía que Mateo no se sentía a gusto con su nana, aunque ella en verdad intentaba ganarse su cariño y la confianza.

    —Al dia siguiente en la mañana, como no llegaban clientes nos preparamos dos cafés oscuros y salimos un momento, yo para fumar y él para hacerle una llamada a su novia. Y mientras yo fumaba, observándolo con disimulo charlar por teléfono, riéndose y caminando en frente de mí con sus lentes Ray-Ban puestos, sin estar segura, si sentía que repasaba mi figura con su oculta mirada avellana. — Camilo aprieta los puños en clara señal de mortificación. Si se pone así por nada… ¿Cómo estará al final cuando le haya relatado todo? ¡Miedo me da lo que al final pueda pensar, decir o hacer de mí vida!

    —Llegó a mí mente tu imagen y decidí en ese momento seguir aquel ejemplo, para no dejar apagar la llama, ni sentirnos lejanos o distantes. Nos convertiríamos en amantes clandestinos en el día y con nuestro cotidiano amor, en nuestras noches volveríamos a ser marido y mujer.

    — ¡Ajá, ya veo! Por eso es que… —Mariana me corta la frase para continuarla ella.

    —… Por eso, encerrada en el baño un rato después, decidí abrir cuatro botones de mi blusa y arremangar alrededor de mi cintura, el verde botella de mi falda, y mostrarte coqueta el conjunto de ropa interior blanco que ese día estaba utilizando y sí, ya sé que no era muy sexy, ya que no tenía transparencias pero me hice una selfie tres cuartos en frente del espejo para enviártela, junto a ese emoticón de diablito morado, con el mensaje posterior de… ¡Para mi amado y deseado amante! Te gustó mucho esa sorpresa, ¿no es verdad?

    — ¡Obviamente! ¿Sabes que me pusiste en aprietos y que se me subieron los colores al rostro? Estaba ocupado revisando junto al ingeniero eléctrico y el diseñador de interiores, una cotización de luces led subacuáticas para instalar en el jacuzzi de una casa que deberíamos entregar en pocos días. Y sí Mariana, me dejaste boquiabierto, atónito y con ganas de llegar por la noche a verte y abrazarte. —No le digo más y me calló. Pero sí, me fascinó su atrevimiento y desató con aquella foto, mi deseo de comérmela… ¡Y no solo a besos!

    —Uhumm, claro. ¡Cómo no! Que yo recuerde al llegar a casa, no solo me abrazaste sino que por poco me rompes la blusa, sacándome media teta fuera y llevando mi pezón hacia la cálida humedad de tu boca. Luego, si no es por que escuchamos como Mateo, corría por el pasillo para venir a saludarte, tú mano hubiera evadido el elástico de mis cucos y tus dedos los hubieras introducido sin reparos por la raja de mi vulva, y quién sabe dónde terminaríamos tú y yo. ¡Jejeje!

    —En la cama de seguro que no. Lo habríamos hecho contra la pared de la entrada, o tirados en la alfombra de la sala, tal vez contigo recostada sobre la mesa del comedor. —Le respondo con algo de melancolía, y Mariana acalorada, pasea la punta de su lengua sobre la espuma de la cerveza, que como casi siempre, pernocta en la comisura de sus labios.

    —Finalmente nos tocó en la cama, ¡Jajaja! Bueno y entonces iba por… Ahh sí. Luego, casi a medio día llegó Eduardo para ver como marchaban las cosas y se fue con él para almorzar. Yo me quedé en la sala de ventas, esperanzada en que el domiciliario no se despistara y llegara pronto con el pedido. Me figuró almorzar pollo asado y papitas a la francesa pues desconocía yo más lugares donde almorzar algo diferente.

    —Cuando regresaron ellos, se acomodaron en el escritorio de la recepción y yo pude por fin meterme en la pequeña cocina para almorzar al lado de la señora que hacia la limpieza y ofrecía tintico a los clientes que iban llegando. Después nos reunimos los tres y Eduardo analizaba conmigo la lista de clientes que me había entregado, pero al igual que yo, no encontró nada valioso para perseverar.

    — Y más o menos pasaron así los demás días hasta mi descanso ese fin de semana. No sabes cuánto lo disfruté, en compañía de nuestro hijo, paseando por el centro comercial, como usualmente lo hacíamos los tres. ¿Recuerdas?

    —Por supuesto que lo recuerdo pues era uno de los momentos familiares más deseados por mí, te lo aseguro. Nuestro sábado de atracciones mecánicas en la mañana, después de almuerzo, el respectivo helado de ron con uvas pasas para ti, con Brownie para Mateo y el de galletas Oreo para mí; mirando condescendiente vitrinas de zapatos y bolsos, contigo tomada de mi mano, persiguiendo al loquito de Mateo por los pasillos del segundo nivel y más tarde, palomitas de maíz y Coca-Cola viendo la película de… Ehhh, se me olvido el nombre. —Le digo sonriendo a Mariana, reviviendo en mi mente aquel día.

    — « ¡El Bebé Jefazo! » Me parece. Aunque tú estabas loco por ver la última entrega de «Avengers: Infinity War». No te quejaste para nada, como siempre. « ¡Será otro día!», me dijiste resignado, aunque nunca fuimos a verla. ¡Me traicionaste, majadero!

    — ¿Peeerdón? ¿Cómo así? —Le respondo, abriendo mucho mis ojos y extendiendo hacia los lados mis brazos, pero no suplicantes. ¡Para nada! Al contrario, exigiendo una explicación clara a Mariana a su extraño comentario.

    —Jajaja, no me hagas caso y tampoco pongas esa cara. ¡Ni me abras así los ojos que no voy a echarte gotas! Estoy bromeando, Camilo. —Y con el movimiento de mis manos le indico que no se preocupe, anticipando la aclaración: ¡Es que finalmente fuiste a verla con ella y no conmigo!

    —Recuerdo con claridad, como finalizando el mes, tan solo había concretado la venta de tres apartamentos, y eso que fueron mis tíos y una prima tuya, quienes decidieron invertir allí, –casi a regañadientes– y a pesar de mis constantes llamadas a los clientes que había atendido. Alguno se incomodó con mi insistencia y otro se atrevió a insultarme, diciendo que no lo molestara más y que era más cansona que viajar en el autobús, de a tres sentados en un mismo puesto.

    —Te esforzaste mucho y me consta, pues acompañabas mis noches de trasnocho diseñando planos, con dos coñac y leche tibia, más una larga lista de contactos, nombres y números telefónicos, muchos de ellos tachados en rojo. Estaba orgulloso de ti y por eso dejaba a un lado, las escuadras y la regla «T» sobre la mesa de dibujo, para ir a darte un masaje en los hombros y terminar con un beso en cada mejilla, mientras te apretaba con mis manos ambos senos, pellizcando con dulzura tus pezones antes de apartarme y dejarte en paz. ¡Y tú sonreías! —Como ahora lo hace, así de medio lado inclinando la cabeza, arrugando consentida el puente nasal y achinando sus ojazos celestes.

    — ¡Jejeje! Sí señor. Pero no era tan fácil ni divertido como pensaba, –le respondo con rapidez– aunque me lo pasaba genial al enviarte mensajes subiditos de tono en las mañanas, o los encuentros furtivos en las escaleras entre el noveno y el décimo piso, con la excusa de ir por un café, para darnos largos besos y acariciarnos arrinconados contra la pared, incrementando nuestras ganas de sexo, antes de bajar a almorzar por separado muy acalorados, con tu camisa mal abotonada y mi boca sin labial, complicidad cercana pero tan alejados finalmente en frente de los demás. O aumentarlas en las tardes con las imágenes de tu pene erguido, venoso y con una gotita de excitación tan amenazante en la punta, surgiendo por la bragueta de tu pantalón, y de mis bubis con los pezones endurecidos por fuera del brassier y con el dedo índice, apuntando hacia la rosada abertura de mí humectada vagina.

    Calla Mariana y la observo suspirar. Vuelve a descruzar las piernas y con la mirada busca algo en su regazo. ¿Una mota de polvo inexistente? ¿Una hebra de hilo que ha salido de su lugar? O tal vez, simple y llanamente el negro tejido tensado por sus piernas le recuerda algo oscuro y complicado de decir. De nuevo eleva un muslo, –el diestro– y lo deja caer sobre el izquierdo, para alisar la tela a dos manos con solemnidad. Yo espero a que prosiga, sin nada ya que beber.

    —Todos me habían superado. Diana y Carlos con cuatro apartamentos adjudicados, Elizabeth con seis y él… ¡Once! Maldición yo no sabía cómo lo hacía, mi cielo. ¡Te lo juro! No le veía esforzarse tanto como yo ni los demás, y sin embargo estaba ahí a fin de mes en la sala de reuniones, sentado con las piernas cruzadas y los brazos por detrás de la nuca, vanidoso y pedante, sonriente como siempre, con su elegante traje azul petróleo, los cuadrados gemelos de oro en los puños inmaculadamente blancos de su camisa, haciendo juego con el pisa corbatas y por supuesto, sus infaltables gafas de sol.

    —Esta noche saldremos a celebrar. ¡Pero no solo por el día de la secretaria sino por la novata que ya despegó! —Dijo él, y Diana al igual que Carlos lo secundaron con aquella idea. ¡Ni modo de negarme! Un segundo round entre tú y Jose Ignacio se veía venir, al salir hacia el bar de la esquina, después de entregar los informes y previendo que podría haber batalla, te escribí solicitándote mantener la tranquilidad. Vieras lo que vieras, escucharas lo que me dijeran o pasara algo que no debería suceder.

    —Esa noche después de asegurarme de que la nana se quedaría a cuidar de Mateo, recibí el último mensaje tuyo pidiéndome que mantuviera la calma si sucedía algo anormal, y que no fuera a pensar o a reaccionar mal. ¡Y lo prometido se cumple! No te dije nada y ahora me arrepiento.

    Mariana frunce el ceño, levanta solo la ceja izquierda. Abre bastante ambos ojos, como abierta esta su boca con los labios algo salidos. Y aunque me parece que van a salir disparadas mil palabras encerradas, –entre signos de interrogación– finalmente calla, nada sale y solo entra aire por allí, para llenar sus pulmones y oxigenar sus neuronas.

    —Me enteré bajando ya en el elevador, antes de salir del edificio al hablar con Eduardo de que a partir de Junio, tu grupo igualmente se encargaría de vender la última etapa del condominio en Peñalisa. Las casas que yo aún estaba terminando de rediseñar y que apenas se estaban empezando a construir. Y me preocupé por Mateo y por ti. Porque yo tendría que viajar constantemente para supervisar las obras y estar dos o tres días a la semana fuera de casa. Separarme de ustedes dos y tú… Tú tendrías que viajar igualmente cada quince días los fines de semana para atender a los clientes en la sala de ventas, según me comentó Eduardo, con su acostumbrado « ¡No te preocupes Cami, amigo mío, qué estaré pendiente de ella!».

    —Y antes de cruzar la puerta detrás de Eduardo, aspiré profundamente previendo llegar a encontrarme con otra situación similar o peor que la de aquella noche en el salón de billar. No por desconfiar de ti, sino más bien de las tretas de él. ¡Pero no fue así afortunadamente! Estabas reunida con tus compañeras, alejada de ese tipo y de tu otro compañero. Había sobre la mesa dos botellas, una de aguardiente y la otra de ron. Una jarra con hielo y Coca-Cola por la mitad y otra de agua, ese recipiente bien lleno. Tomabas aguardiente al igual que tu compañero y que él. Diana y Elizabeth por el contrario, bebían en sendas copas el ron y para aminorar el daño, con una rodaja de limón y un poquito de aquella gaseosa.

    —Estando enterada de que vendrías me propuse esquivar los lances que pudiera hacerme José Ignacio, así que si, cuando llegaste no viste nada extraño pues estaba separada de él, por Carlos y Diana. Pero Elizabeth me dejó sola un momento, ya que debía salir del bar para encontrarse con el esposo, a quien había invitado esa noche, y mientras tanto tú te saludabas cordialmente con… con todos.

    —Era lo indicado. ¿O no, Mariana? Debíamos simular que solo compartiríamos unos tragos como amigos fuera de la oficina. Nuestras ganas de intimidad deberían postergarse unas horas más, a la espera de que tu grupo se enterara también de aquella sorpresiva noticia y todo fuera felicidad.

    —Pues fíjate que en ese bar, fue la noche de las sorpresas. Por un lado, esa noticia que nos dio Eduardo y que todos festejamos como un triunfo. Yo más nerviosa quizá por el problemita que tendría contigo para viajar sola. Por otra parte la inesperada salida de nuestro grupo de Elizabeth, que nos causó cierta pena pero alegría por el cambio de trabajo, sin que ella lo pidiera según me dijo, –debido a que estaba próxima a terminar su carrera de arquitectura– para llegar a formar parte de tu equipo de trabajo. Una especie de asistente personal o algo así, y que un desconocido había sugerido a la junta directiva. Tú mirabas sorprendido, a ella, a mí y a Eduardo. Y Elizabeth por el contrario estaba dichosa abrazada a su marido, dándose piquitos en la boca, completamente feliz de avanzar en su vida laboral por el camino que quería. ¡Y te puedo asegurar que ella sí que ansiaba estar trabajando a tu lado!

    —La otra novedad fue la joven que llegó más tarde en compañía de un muchacho y que tímidamente llegaron a saludar a José Ignacio en la mesa, para luego ser presentados ante los demás como Sergio, el mejor de sus amigos y casi un hermano para él, y su novia Carmen Helena, a quien Eduardo nos la presentó casi enseguida como el nuevo talento que llegaba a ocupar la vacante de Elizabeth.

    —Y todos felices brindamos, Eduardo whiskey en mano, tú con la infaltable jarra de cerveza y los demás con aguardiente y ron. La música… La música fue la culpable de su invitación. Y que podía hacer yo Camilo, si estaba todo el mundo emparejado. Diana con Carlos, Elizabeth con su esposo el contador, Carmen Helena, la nueva adquisición con su novio y yo sola, tan cerca de ti, pero supuestamente muy lejos de mi marido.

    —Era presa fácil siendo yo la única mujer «aprovechable» por así decirlo, –hago el gesto a camilo con los dedos para resaltar lo de disponible– y por más que intenté negarme aduciendo cansancio en los pies, al calor de los tragos y las canciones que el Dj colocó esa noche, todos nos fuimos soltando y terminé por salir a la pista para bailar «El Amante», la canción de Nicky Jam con él y por supuesto bajo tu atenta mirada, para nada disimulada.

    —Lo sé, lo recuerdo muy bien porque de nuevo se me revolvió el estómago al verlo intentar bailar pegándose a ti, pero me di cuenta de que lo apartabas con educación, a pesar de que como una molesta garrapata no te quiso soltar durante varias canciones.

    —Sí, mi cielo. Intentó agarrarme más de una vez de las manos y pasar su brazo por mi cintura pero le dije que esa música no se bailaba de esa manera y me le solté. Cuando acabó esa primera canción y quise devolverme a la mesa, se escucharon las isleñas notas del ukelele de Manuel Turizo y la exitosa canción, «Una Lady Como Tú». La recuerdo muy bien porque por fin me agarró de las manos, pero lo supe mantener lejos uno o dos pasos, aunque ya tú no me podías ver por la cantidad de personas que estaban bailando a nuestro alrededor. Además porque esa canción le fascinaba a Mateo pues Camila, tu sobrina, se la enseñó a cantar cuando festejábamos tu cumpleaños y nuestro príncipe se la aprendió en un santiamén.

    —Hummm… No lo sabía, aunque sí que llegué a escucharlo alguna tarde mientras jugaba en su alcoba. —Le respondo asintiendo con la cabeza.

    —Luego bailé con él otra canción y otra más, creo que «Traicionera» de Yatra. Y de pronto te vi, bailando cerca de nosotros. Lo hacías con prudencia, pero verte con Elizabeth, hablando animados mientras daban giros sin parecer interesarse en los demás, me causó pena y escalofríos. ¿Recuerdas que canción era?

    —La verdad que no. Sabes de sobra que soy muy descuidado con las canciones de moda. Las escucho únicamente al colocar la radio en la camioneta, y si es de reguetón las quito de inmediato. Lo mío es más el Jazz, el Blues o el pop y por supuesto el rock en español. —Le respondo a Mariana, levantando los hombros y frunciendo los labios en clara señal de no tener mayor importancia para mí.

    —Creo que era precisamente una de reguetón. Ahh sí esa fue. «Reggaetón lento» de Cnco. –Me acuerdo por la graciosa manera de bailar de Camilo aquella noche. – ¡Lo pásate mal con ella! ¿No es verdad? —Y me tapo la boca con una mano para reírme sin causar revuelo u ofenderlo.

    —Pues tal vez sí, –le contesto a Mariana, que aún se ríe y tiene las mejillas coloradas– porque me sentía como un mono, tratando de imitar sus movimientos.

    —Liz levantaba sus brazos con gracia y yo como un simio torpe lo hacía después, como queriéndome agarrar de alguna rama pero saltaba descompensado. Luego mirando sus pies, me fijaba en como adelantaba de medio lado, una pierna y luego con destreza por el otro lado, lo hacía de nuevo pero con el otro pie, meciéndose posteriormente a los lados con cadencia, y yo lo hacía mucho más despacio pero sintiéndome como una palma de coco, sometida al ir y venir de las ráfagas de una fuerte tormenta, sin seguirle el ritmo y aunque Elizabeth no se burlaba, si se reía disimulada al verme fracasar en el intento, una y otra vez. Me sentí estúpido, retrasado y oxidado, aunque hablando a gritos de su sorpresivo nombramiento, ello hizo que el mal trago de aquel baile, se me pasara rápido. —Y observo a Mariana que doblada sobre su regazo, no para de reír a carcajadas, burlándose sincera de mi cantinflesca forma de bailar aquella noche. Por fin respira profundo y se calma para decirme que…

    —Ya de regreso a la mesa te encontré hablando muy animado con Elizabeth y su esposo, con Eduardo muy atento a lo que ustedes conversaban. Me sentí tranquila al ver cómo te integrabas en el grupo, pero me molestó que el abusivo de José Ignacio aprovechara para colocar su mano en mi muslo. Le di un codazo, imperceptible para todos. Bueno, menos para Carlos que seguía atento los avances de su álter ego conmigo y con eso se calmó.

    —Me dediqué a entablar conversación con Sergio y su novia, dialogando sobre sus actividades. El muchacho trabajaba en esa época en un banco privado, y estaba a punto de terminar la carrera de administración de empresas en una universidad pública. Carmen Helena por el contrario, había aplazado el semestre de contaduría y venía de ser cajera en un supermercado de cadena. Pensaban casarse unos meses más adelante. —Camilo se peina con los dedos el desorden causado por la brisa refrescante de las aspas del ventilador situado encima de su cabeza. Se sonríe, lo piensa y se sienta nuevamente, mirándome con dulzura.

    —El esposo de Liz tiene buena vibra. Recuerdo reírme por sus divertidas anécdotas sobre lo torpe que era para la tecnología y disfruté como todos, de la buena disposición que tiene para cantar vallenatos. Sobre todo las dos o tres canciones de Diomedes y la que escogiste tú, para que él la entonara de ultimo. «Señora» de Otto Serge y Rafael Ricardo. Y me entraron unas ganas locas de tomarte de la mano y bailar ahí, a un lado de la mesa, sin importar que estuvieran tantos rostros observándonos.

    — ¡Lo hubieras hecho, cielo! Yo también quería. Pero en lugar de hacerlo, te vi dirigirte hacia la puerta del local con un cigarrillo en la boca y detrás de ti, fui con la misma intención guardada en mi cajetilla. Aunque solo pudimos cruzar dos o tres frases entre fumada y fumada, y bajas de tono para no levantar sospechas, las tan acostumbradas… ¡¿Que tal lo estás pasando?! De mi parte, y tú… ¡No podemos demorarnos tanto! Finalizando con nuestro respectivo ¡Te amo! Disimulado y mudo, porque Carlos y Diana, en ese momento habían salido a la calle para llamar por teléfono, situándose justo a nuestro lado.

    —Queríamos abrazarnos y yo darte más de un beso, pero no podíamos acercarnos mucho pues debíamos mantener nuestro amor escondido. ¡Un rato más! Solo fingir que no éramos nada por otro tiempo y ya en casa tú y yo, aflojaríamos el nudo de la soga que amarraba las ganas ocultas a los demás durante ese día. Pero… —Dejo de mirar al café oscuro de los ojos de mi esposo, para tomar de la cajetilla otro cigarrillo. Encenderlo, aspirar, y por boca y nariz, lentamente dejar salir los demás recuerdos junto a los remolinos de humo gris.

    —Media hora después, terminaste con la tercera jarra de cerveza y repartiste abrazos junto a respetuosos piquitos en las mejillas de las mujeres, despidiéndote. Estrechaste la mano de Eduardo, del esposo de Elizabeth y de Sergio. No estaban Carlos ni José Ignacio en la mesa, así que te ahorraste ese hipócrita… ¡Hasta la próxima! Luego sonriente te fuiste hacia la barra y yo me quedé en la mesa, enviándole un mensaje a la nana, comentándole que en media hora estaríamos en casa.

    —A los pocos minutos te sentí pasar por mi lado para luego con cara de preocupación, acercarte a Eduardo y hablarle al oído. Aproveché para tomar mi abrigo y la cartera, despidiéndome de todos. Pero en tu rostro se habían instalado unos rasgos distintos, intrigantes y demasiado serios. —Camilo lleva su mano derecha hasta la boca, cubriendo los labios y el mentón. Suspira y aprieta hasta dos veces la piel de su rostro, formando algunas arrugas. ¡Lo conozco! Siempre lo hace cuando quiere decir algo pero no sabe por dónde empezar para no herir o incomodar.

    —Es que yo… Esa noche me enteré de algo y ahora me arrepiento de no haberlo comentado contigo. Tal vez si lo hubiera hecho, nuestra situación… Este momento nos lo podríamos estar ahorrando. ¡Debo pedirte perdón, Mariana!

    — ¿Perdón? ¿A mí? ¡Y eso por qué Camilo! —Y mueve su cabeza de un lado al otro, en un claro gesto de remordimiento, por algo que me ha ocultado y que le fuerza a fruncir los labios, evitando por el momento que de su boca salgan los detalles que desconozco.

  • Carmen festeja a Jaime dándole el culo

    Carmen festeja a Jaime dándole el culo

    Hola a todos esta vez les contaremos lo que paso con Jaime ahora que le dio por el culo a Carmen.

    Cómo ya saben somos una pareja madura iniciándonos en éste mundo liberal.

    Ella cabello negro, corto hasta los hombros, ondulado, de cintura pareja por la edad y los embarazos, pechos grandes paraditos a pesar de la edad, culito recién estrenado por mí, apetitosa para algunos hombres que según yo también se la quisieran coger.

    Nosotros vivimos en el Edo. de México cerca de la CDMX.

    Por cuestión de mi calentura, le insistí coger con otro, la convencí después de mucho tiempo, esto abrió también la posibilidad de convencerse de abrir el culo que me había negado siempre y también lo logré, pienso yo que más por mí, por darle el culo a Jaime nuestro corneador con el cual está muy entusiasmada.

    Este viernes vi en ella el cambio que ha tenido poco a poco, en cuanto su forma de actuar de vestir, la forma de tomar el sexo etc.

    Carmen antes fue conservadora y hasta cierta forma tímida, y cuando le propuse por primera vez que cogiera con otro se ofendió y casi me pide el divorcio, pero ahora muestra un semblante distinto, está más dispuesta a hablar de sexo, de fantasías, de platicar como se la coje Jaime y que le gustaría hacer cuando nos la volvamos a coger los dos y ahora tuvo la confianza de pedirme la dejara otra vez a solas con Jaime para darle el culo y sentir la diferencia entre mi verga y la de él.

    Ahora les contamos como le fue a festejar el cumpleaños de Jaime, se rasuró solo la orilla del bikini, pues a mí me gusta su vello púbico, se puso minifalda, que dejaban ver sus piernas, un calzón de corte bikini rojo transparente dejando ver sus labios vaginales, un liguero que ahora se están usando sin medias solo las tiras sujetas a ligas a mitad de las piernas, una blusa negra con escote, dejando ver su brasier negro transparente también notando sus pezones parados cuando se excita, está ropa la compró exclusivamente para festejar a Jaime.

    Quedaron de salir este viernes.

    Ahora Carmen seguirá con el relato.

    Hola a todos espero se encuentren bien, gozando este relato.

    Pues bien el viernes terminando nuestras labores a las 3 de la tarde, salimos de la oficina a un bar a bailar, díganme ustedes si creen que Jaime se resistiría a tomar mi cintura, rosar su verga en la panocha y voltearme para arrimarla también en mis nalgas, más con la faldita tan provocativa que llevaba.

    Pues llegando al local pedimos unos mezcales para romper el hielo, con la falda corta a Jaime se le facilito tocar mis piernas y tocar mi vagina, cuando sintió las prendas que me puse se le iluminaron los ojos y me dijo que rica vienes puta, lista para que te dé una buena cogida, y le respondí es tu regalo de cumpleaños, y Jaime descaradamente me cogió el culo y me lo apretó y me arrimó la mano hacia su verga, lo que le calentó más, creo que antes me hubiera dado pena pero en esta ocasión no me importó que nos vieran las personas que estaban en el local, además se veía que otras parejas estaban en lo mismo que nosotros.

    Comenzamos a besarnos de manera intensa y frenética, Jaime me apretaba, después supe por qué estaba tan caliente, su esposa se había ido por una semana de vacaciones con su familia y lo dejo a dieta sexual.

    Estuvimos como una hora en el local, bailando y tocando nuestras partes, y ya no aguantamos espere a que Jaime me propusiera irnos al hotel, ya lo deseaba.

    Tomamos un taxi y nos metimos a un hotel por la calzada Vallejo, pidió la habitación y subimos por las escaleras al primer piso, nos abrazamos y en el pasillo me fue metiendo mano en las nalgas mientras yo le sobaba la verga, creo que ambos ya lo necesitábamos.

    Entramos a la habitación y me besó muy apasionado, sentí su lengua hurgando en toda mi boca mientras sus manos sobaban mis nalgas subiendo la falda para tocarlas a través de la delgada tela del bikini, yo le fui desabrochando el cinturón y baje el cierre de la bragueta para meter mi mano y sacar ese suculento miembro viril que ya se me hacía agua la boca para mamarlo y probar su líquido seminal, abrió mi blusa y salieron mis senos hambrientos de ser mamados, me manoseaba por todos lados, parecía que cuando me tocaba y me apretaba con sus manos quisiera arrancar las prendas para metérmela, se entregaba todo.

    Cuando llego el momento en que los ánimos se calentaron como se esperaba me recostó en la cama, con una mano sobre los muslos y la otra por detrás de la cintura me apretaba y me sacaba fuertes suspiros, me aferraba a él intensamente, con sendos movimientos terminó de sacar la blusa y la falda dejando solo el brassier el liguero y el bikini manoseando mi cuquita, yo gemía intensamente, Jaime metía sus dedos por la vagina, yo frotaba con mis manos el bulto que sentía a punto de reventar, le quite rápidamente el pantalón y calzoncillo, Jaime se separó un poco y se quitó la ropa completamente y dejo al aire su verga, una verga que me llegaría hasta lo más profundo de mis entrañas, una verga que duraba parada más que la de mi esposo.

    Yo como toda una perrita le comencé a manosear su miembro, a pajearlo, abarcando su recia carne, mientras tanto Jaime me besaba por el cuello y me cogía el culo a sus anchas, hasta intentaba meter un dedo por el ojete del culo, a lo cual le pedí que fuera paciente pues ese era su regalo, no resistí más, y puse sus dos manos en mis nalgas y cogió su premio y comenzó a meter un dedo poco a poco le pedí que me permitiera sacar el lubricante de mi bolso, cuando me agache para tomar el lubricante Jaime aprovecha para lamer por todo el ojete, le pedí que me permitiera mamársela antes de que me la clavara, tome el glande, como paleta, hasta que logre meter ese trozo de carne recio y amenazante en mi boca.

    Semejante verga la metí en la boca, se lo mame frenéticamente, Jaime me tomaba de cabeza y me la metía hasta el fondo. Cuando desaparecía ese miembro en mi garganta hacía que me atragantara, se lo sacaba para luego restregarle en mi cara y de nuevo meterlo en mi boca y así, sucesivamente.

    Jaime después hizo a un lado las copas del brassier y se aferró a chuparme las tetas erectas y las mamaba hasta hacerla retorcer de la emoción, mientras me las mamaba yo le acariciaba los huevos, me puso al borde de la cama y comenzó a restregar la verga en mi panocha, me vi muy puta pues, le pedía, casi le suplicaba, que ya me lo metiera, pero el carbón se bajó y me metió su cabeza entre mis piernas y jugo con la lengua mi clítoris, lo tome por la cabeza para sentir lo más adentro posible esa lengua, hasta que llego el momento de pagar lo zorra que estaba siendo.

    Me abrió de piernas, se acomodó a su gusto en medio de ellas, con sus manos ayudo a ponerme ese trozo de carne firme y dura en mi cuquita y me la metió toda, solo pude emitir un grito de placer que estoy segura escucharon algunos en el hotel. empalada, solo lo deje con los huevos afuera, a esto se le sumo las frenéticas embestidas, que me dio una tras otra hasta tener un orgasmo intenso, le preguntaba cómo aguantaba tanto para venirse, me dijo que se estaba reservando para echármelos en el culo.

    De inmediato se paró para acomodarse en el potro, se sentó con el pito parado en espera de que yo me sentará en él y penetrar por primera vez mi culo.

    Puse suficiente lubricante en mi ano y en la verga de Jaime, aprovechando para darle una pequeña masturbada untando el lubricante de arriba a abajo en cabeza y tronco, y facilitar así la penetración.

    Me acomode dándole la espalda y puse la cabeza de esa rica verga en la entrada de mi ojete, me fui sentando poco a poco parando algunas veces para acostumbrarme a ese pedazo de carne entrando, sentí muy diferente la penetración de Jaime a la de Johny pues aunque casi son del mismo tamaño Jaime la tiene poquito más gruesa, prácticamente me volvió a terminar de desvirgar analmente, ya que estuvo adentro yo le correspondía con un gemido, y apretones que lo hacían palpitar como queriendo soltar su leche ya con toda la verga adentro me empecé a mover y sentir ese placer lujurioso indescriptible, solo conocido para aquellas que lo intentan, le grite mételo, no pares y emití quejidos de placer muy fuertes.

    Jaime pasó una de sus manos a mi vagina y la penetró con sus dedos, esto me hizo tener otro orgasmo intenso.

    Jaime ya no aguantó más y me hecho un gran chorro de semen caliente que termino de lubricar aún más mi culo, fue una sensación única, sobre todo que Jaime me decía palabras fuertes mientras me penetraba, como mete toda mi verga puta, a partir de hoy eres mi culo y te lo voy a seguir rompiendo hasta aflojarlo todo, zorra mira que bien cojes por todos tus agujeros y eso me prendió más todavía volví a tener otro orgasmo.

    La verga de Jaime se fue aflojando y dejé salir mucha leche sobre sus piernas.

    Descansamos un rato y después me pidió que se lo volviera a mamar para que me tragara sus mocos en una segunda venida.

    Sin bajarse del potro solo me volteo y me bajo a mamársela, el sabor de semen y mis jugos es exquisito, le di lengua desde la cabeza hasta los testículos y le mordía con los labios alguno de ellos y lo estábamos disfrutando, me pidió voltear para hacer un 69, fue el cierre con broche de oro, sentí un placer enorme que no pude contenerme y volví a tener un orgasmo más y el disfrutaba también del sabor de mis jugos, lo sentí porque en cuanto metí la cabeza en mi boca derramó otro chorro de semen que me tragué hasta la última gota, no quise desperdiciar nada.

    Nos levantamos a la cama y descansamos un rato más, Jaime solo se lavó la verga pues no quiso llegar oliendo a jabón a su casa, yo no quise lavarme para que Jhonny me tocará y viera como le regresaron llena de leche a su puta esposa.

    Después comprendí de lo que me estaba perdiendo, debí hacerle caso a Jhonny cuando me propuso coger con otro por primera vez.

    Llegando a casa le dije a Jhonny que venía muy dolida y cansada, que Jaime no tiene llenadera que solo le platico lo que pasó y que lo masturbo y después lo dejaré coger, solo me pidió dejar que me mamara la vagina con semen de Jaime y mis jugos, solo le dije, está bien pinche pervertido, pero me encantas por tu comprensión de mis necesidades sexuales, te amo.

    Espero les guste el relato, la siguiente salida quiero complacer a Jhonny para que junto con Jaime me hagan una doble penetración, creo que va a ser muy excitante y rico.

    Pásenla bien lectores.

  • Una fiesta en casa se convirtió en una infidelidad

    Una fiesta en casa se convirtió en una infidelidad

    Esta historia sucedió hace tres noches al momento de que esto se publique, espero sea de su agrado y cabe recalcar que como todas las historias que les comparto son verdaderas y vividas para no morir con ganas.

    Como ustedes ya saben tuve un encuentro sexual con mi cuñada la hermana de Gabriela, esta historia se desarrolla con una visita de mi cuñada, el cuñado de ella y su esposa.

    Gabriela me comenta que vendrán a pasar la noche su hermana y viene acompañada y que tienen ganas de tomar. Me pide que invite a mi amigo Fernando para que lo presentemos con su hermana y todos podamos estar en pareja, la verdad no tengo problema ya que con que pueda ver a su hermana estoy más que satisfecho.

    Llego primero mi amigo Fernando, nos saludó y nos sirvió unos tragos, noté que le miraba las nalgas a Gabriela de reojo ya que ella se puso una falda pegadita y no traía sostén por lo que se marcaban y se le traslucían los pezones, yo no tenía problema con que la miraran al contrario me excitaba un poco. Después de algunos tragos llegaron mi cuñada, Antonio y Claudia, rápidamente pude notar que Antonio y Gabriela se conocían.

    (Voy hacer este paréntesis para explicarles que Antonio y Gabriela se conocieron al poco tiempo de que mi cuñada se casó, y él pretendía a Gabriela, a lo que mi esposa me contó salieron un par de semanas y en ese tiempo se besaron y se pegaron demasiados fajes y en una ocasión cogieron pero fue muy poco.

    Gabriela estaba en casa de mi cuñada y avía llegado de hacer ejercicio, Antonio siempre llegaba por las mañanas y se quedaba a dormir en un cuarto un rato para después poderse ir a trabajar, Gabriela no sabía que estaba ahí y se metió a ese cuarto a cambiarse de ropa, mi cuñada estaba lavando por lo que no se percató de este acontecimiento, mientras Gabriela se quitó la blusa sintió una presencia y sorpresa se llevó al ver Antonio mirarla con esa lujuria que en ese momento sintió que su vagina se humedeció, este se arrimó y se comenzaron a besar, besó su cuello y bajó hasta sus tetas que chupó y mordió a su antojo, masajeaba sus nalgas y comenzó a tocar su ombligo hasta que tenía la mano dentro de sus mayas deportivas y solo intervenía su calzón para poder tocar su vagina, este la tumbó en la cama y comenzó a desabrochar sus zapatos, quito sus calcetas y chupó sus pies.

    Gabriela trataba de no gemir tan fuerte pero ya no podía contenerse, de inmediato quito sus mayas y comenzó a besar sus piernas hasta llegar a su ingle chupó por encima de su calzón hasta que lo retiró y continuó chupando su vagina estos ya estaban haciendo mucho ruido, sacó su pantalón, quito su bóxer y dejó su verga expuesta para que Gabriel la tocara está la jaloneo un poco y le dijo que se la metiera, se puso en cuatro y se la empezó a meter poco a poco hasta que ya estaba toda adentro y la comenzó a embestir, paro para chupar desde su vigila hasta su ano y escucharon que venía mi cuñada y pararon.

    Después de este acontecimiento hablaban por mensaje pero nunca más se vieron por qué Gabriela se casó conmigo y después él también encontró el amor.)

    Los invitamos a pasar se sirvieron unos tragos prendieron unas cigarros de marihuana, y como en toda fusta nunca faltan los juegos de botella comenzamos a jugar, Fernando y mi cuñada se llevaban bien, al parecer se gustaban, y en los retos tocó que todos nos besáramos con todas las mujeres, Gabriela no tuvo problema con que besara a su hermana ya que ya andaba algo entrada de copas y muy caliente, después el juego fue subiendo de tono y tocó que Gabriela y Antonio se encerraron por 10 minutos, al poco tiempo empezamos a escuchar unos gemidos, todos reímos afuera, salieron limpiándose el labial, después pasaron mi amigo Fernando y Claudia, ellos creo que no cogieron pero si se dieron un faje, después tocó que pasáramos mi cuñada y yo, Gabriel noté su cara de celos pero asintió con la mirada y pase sin culpas, como todas traían falda fue muy fácil chupar su vagina y cogerla duro, sus gemidos estoy seguro se escucharon hasta afuera (Gabriela escucho) ya después de algunas botellas y que todos estuviéramos ebrios nos fuimos a la recámara y nos quedamos profundamente dormidos, los demás se quedaron una pareja en la sala y otra en la recámara.

    Cuál fue mi sorpresa que a mitad de la noche escuché unos gemidos, de inmediato mi verga se puso dura y traté de tocar a Gabriela para cogerla pero sólo estaban unas almohadas acomodadas y una cobija, me salí en calzones sin hacer ruido y mire la pareja de la sala y estaban roncando muy fuerte, me asomé al baño y estaba solo, abrí la puerta del otro cuarto y estaba Claudia profundamente dormida y en otra parte de la cama estaban Gabriela y Antonio Cogiendo, al principio me enojé y pensé armar un escándalo pero la calentura me ganó cuando mire a Gabriela montar como una perra esa verga, me acerque sigilosamente y no se dieron cuenta que en una oportunidad le metí mi verga por el culo a Gabriel que grito más fuerte y se comenzó a menear con as fuerza, Antonio se comenzó a venir dentro de ella y yo saqué mi verga de su culo y aprovechando la leche caliente que dejaron dentro de ella se la metí y la fornique encima de Antonio hasta que también me viene, le dije que era una zorra pero que me encantaba verla coger con otros y les dije que la siguieran en el otro cuarto sin ningún problema.

    Vi a Claudia dormida y le comencé a meter mano, estaba tan dormida que chupé su vagina y no despertaba, quité su tanga y la monté hasta que me vine, tenía ganas de salir al baño a orinar, pero una perversidad me ganó y le orine la cara a Claudia como trofeo, esta despertó al sentí ese chorro caliente en su cara y al principio se asustó, le expliqué que su esposo y mi esposa estaban cogiendo en el otro cuarto y me pidió cumplir una fantasía, orinar en mi boca, me pareció al principio muy asqueroso pero después de que ella secara su cara me dijo que se la chupara, me recosté y puso su vagina peluda en mi boca, después de un rato se empezó a orinar y yo me tragué todo.

  • Marisol (1)

    Marisol (1)

    Todo empezó en la niñez. Yo nací en un pueblo joven de mi país. Era una zona rural de gente muy humilde. Por cosas del destino nací allí.

    Recuerdo esos primeros años en los que convivía con gente de aquel lugar, entre esa personas solo había 2 niños. Ella se llamaba Milagros. Fue mi primera amiga, la primera compañía femenina que tuve. Jugábamos cómo típicos niños de nuestra edad. Y fue así hasta que mi madre consiguió trabajo como cocinera para una familia de una zona acomodada de la ciudad. Cuando esto sucedió tuvimos que mudarnos y dejar ese pueblo, por consiguiente alejarme de Marisol.

    Pasaron muchos años, y a los 20 me hallaba estudiando en Estados Unidos. Por motivos que no conciernen a este relato, tuve una vida muy acomodada. Desde que salí de aquel pueblo, hasta el día de hoy viví en zonas de gente adinerada, estudié en las mejores escuelas, y he tenido acceso a posibilidades que de haberme quedado en donde nací, no hubiera si quiera podido aspirar. Ciertamente mi esfuerzo y talento me permitió aprovechar todo lo que pude.

    A los 21 ya había terminado una licenciatura en Economía y estaba terminando una maestría en Negocios. Era director ejecutivo de un mercado digital que estaba pronto a cotizar en bolsa. Tenía algunas propiedades y mi patrimonio era amplio para un chico de mi edad. Todo iba muy bien.

    Con las chicas me había ido excelente. Había salido con modelos, deportistas, chicas nobles, bellas y sexys… Ciertamente mi debilidad son las mujeres, y no es por nada, pero todas se quedaron satisfechas con mi desempeño. Lo que si ninguna pudo domarme. Sabían que era un joven ocupado y prometedor, así que entendían que no tuviera mucho tiempo para ellas, no más que el de la intimidad.

    Yo media 1.85, tenía complexión atlética, de barba moderada pero robusta, de cabellos ondeados, ojos claros, piel bronceada y quizá lo que les atraía más en la privacidad, tenía un miembro de poco más de 20 centímetros con longitud curvada. Era un exótico, ilustrado y guapo latino conquistando el mundo.

    Una noche después de una larga faena amatoria con una modelo rusa, la quedé mirando mientras ella descansaba, y me percaté que tenía rasgos que solían agradarme. Tenía aquellas cejas pobladas que me fascinaba en las mujeres.

    Había estado con blancas, rubias, morenas, pelirrojas, latinas, orientales, altas, bajas, delgadas, voluptuosas, etc… Pero había características que siempre me atrajeron más. Sabía que existía una perfección de mis gustos, pero si excavaba podría hallar factores muy específicos y priorizados. Las cejas pobladas, los labios de color rosado, los ojos marrones penetrantes, la nariz un tanto ancha, la piel canela, el cabello marrón oscuro, el mentón un tanto alargado y una frente semi grande. Me puse a pensar en el porqué de esas facciones, y comencé a revisar las fotos de las chicas que me pusieron más loco, que curiosamente no eran las más perfectas. Y efectivamente compartían ciertos rasgos.

    Recorrí mi historia amatoria, mi lista de conquistas, hasta llegar a mi primera novia, yendo hacia atrás a la primera chicas que me gustó, yendo más atrás a mi primera amiga. Si, Milagros. Pero no la recordaba bien, así que busqué sus redes sociales, y hallé su foto. Efectivamente eran sus rasgos mantenidos, y porque no decirlo, había florecido. No era ni cercana en belleza a la mujer más bella que había tenido en mis brazos, pero sin embargo, tenía algo en el rostro, en la piel, en los ojos, que me atraía como nunca nada me había atraído. La veía guapa. Había crecido, tenía un cuerpo discretamente atractivo. Parecía soltera, pero no lo sé.

    Pensé unos días en escribirle, pero luego pensé en mejor no hacerlo. La verdad solo tenía ganas de encamarme con el origen de mis gustos amorosos, o por lo menos sexuales. Era ella mi modelo base. Estaba con dudas sobre si contactarla, así que pensé en una manera cuidadosa de hablarle y ver si algo pasaba…

    Lo contaré en el siguiente capítulo.

  • Cuando la mujer que amas te da una sorpresa inesperada

    Cuando la mujer que amas te da una sorpresa inesperada

    Todo desaparecía a su alrededor, la única imagen que tenía en mente era la de Yazmín. Morena; curvilínea; de buenas carnes; sexosa… Yazmín… Yazmín. La hembra que acababa de ver montando macho, y gimiendo como una viciosa sexual; lo había dejado como cautín.

    Ya lo incitaba desde la prepa, cuando él aún era un calenturiento adolescente y ella florecía como una deliciosa colegiala provocativa por naturaleza. Pero ahora que ambos eran adultos, Yazmín, ya embarnecida, poseía ese culazo que de sólo verlo avivaba los espermas, y acicateaba las ganas de inyectarle tal néctar por en medio de ese par de gajos de voluminosa carne; lo enloquecía.

    El hombre estaba obseso en su masturbación mientras revivía la escena que apenas unos minutos había presenciado. Un stripper, supuesto amigo suyo, había penetrado profesionalmente a la mujer que aquél acababa de presentarle, la mujer que más amaba. ¡Pero qué pendejo había sido!, no obstante todo había ocurrido por un plan con maña, ya que la había presentado a aquel granuja con la intención de grabarla en situación comprometedora con él, para así ponerla en evidencia con su futuro esposo. Yazmín estaba por casarse y éste estaba en contra de aquello, por supuesto. Sin embargo, no había previsto que aquel encuentro fuera más lejos de lo esperado. Nunca se habría imaginado que Yazmín, por propia iniciativa, solicitara un servicio de tal índole: ser fornicada por el recién conocido stripper.

    Y el mencionado macho se lo había hecho muy rico (en su fuero interno no podía dejar de reconocerlo). Ver aquella cópula invitaba a hacerle lo mismo a la fémina co-protagonista del sexual encuentro: tomarla de ambas nalgas; adueñarse de sus ubres de hembra lechera; penetrarla por en medio de su redondo y firme culo.

    Fugado en su fantasía, sentía ser el hombre que la había penetrado, que la había satisfecho en su necesidad femenina, que la había llenado.

    Yazmín había bufado como burra en celo, mientras recibía verga hincada sobre una pequeña silla plegadiza ofrendando aquel hermoso culo moreno. Ella era el amor de su vida desde su adolescencia y nunca se lo había hecho, pero lo deseaba tanto.

    No pudo aguantar más y rememorando ese hermoso culazo eyaculó abundantemente. No le importó que parte de aquel desparrame de placer absoluto cayera en la alfombra; todo era satisfacción en ese momento. Sin embargo, pasados unos minutos de haber eyaculado, se sintió vacío. Yazmín no estaba allí y la necesitaba. Además, le sobrevino la cruda realidad, Yazmín lo había hecho con otro hombre y lo había gozado. Un hombre a quien apenas había conocido mientras que él, que la conocía desde… ¡carajo…!, a él ni siquiera le había regalado un beso en los labios.

    «¡Maldita desgraciada!», pensó inmediatamente.

    De repente sintió un odio hacia ella inconmensurable. El amor que hacía un breve momento lo había acompañado al clímax se había convertido en su opuesto total. Sintió ganas, necesidad, de perjudicarla. Y fue así que…

    «¡Carajo, el video!», le vino el pensamiento al instante.

    En su celular tenía resguardada aquella grabación comprometedora.

    La mujer lucía como una escort de catálogo en ese vestido color vino. Y más allí, en el hotel Patriotismo, un lugar habitual para los encuentros carnales con ese tipo de sexoservidoras. Álvaronando no podía creerlo, le estaba tomando fotografías con su celular a la mujer que siempre había deseado. Y ella posaba de buena voluntad mostrándose atractiva y algo más. Todo pese a sus temores de días anteriores.

    Y es que Álvaronando (resentido porque Yazmín se le había entregado a un amigo suyo antes que a él) había actuado motivado por el rencor y le había enviado un video que capturaba el hecho de infidelidad al futuro esposo de aquella mujer.

    Como lo había identificado en el Facebook, allí le envió el video de la mencionada siendo penetrada sexualmente por un stripper.

    Aquél próximo a enlazar su vida con aquella mujer, podría atestiguar así como su futura esposa disfrutaba de que un musculoso macho la fornicara; tanto sentada sobre él (yendo en un vaivén púbico hambriento y constante) como estando de a perrita (gimiendo como bestia en celo, sonido incrementado por las condiciones acústicas del pequeño lugar).

    Una vez enviado el archivo de video se sintió satisfecho de exponer a Yazmín; su antigua compañera de prepa, su amor platónico; como una disoluta, o más bien como toda una puta. Atizado por la ambición de castigarla por no haberlo beneficiado con la entrega de su sexo ni siquiera pensó en las consecuencias de su acción. Pero pasando los días le sobrevino el pesar de las repercusiones de su acción, pues era cierto, aquello había sido precipitado, inmaduro, estúpido.

    Como los días iban pasando le carcomían las entrañas cada vez más, las consecuencias que aquella acción malintencionada podría granjearle. Y aquella angustia no terminó hasta que recibió aquella llamada.

    Se trataba de la sexy voz de Yazmín, quien lo sorprendió pues le pedía verse de nuevo.

    Por supuesto que en la mente del escucha pasó la idea de que le reclamaría lo del video. ¿Quién más podría haberla grabado en esa escena y haber enviado el video a su prometido? Pero su pesar se sosegó cuando ella propuso el lugar del encuentro:

    “¿Conoces el hotel Patriotismo?”.

    No podía creerlo, la mujer que escuchaba por el celular lo convocaba a verse en un hotel, y en un hotel que era conocido porque allí se realizaban encuentros de entrepiernas. Según parecía, la mujer que más deseaba en el mundo, prácticamente lo estaba invitando a coger. Evidentemente no pondría ninguna traba al respecto, y aceptó el día y la hora propuesta por la dama.

    Se encontraron en el pequeño restaurante del hotel, como habían acordado. Allí bebieron un poco e hicieron plática.

    “Hola, ¿cómo estás?”, él dijo torpemente, estaba nervioso. «No puede ser tanta mi buena suerte», sensatamente pasó por su mente.

    “Bien, ¿y tú?”.

    Yazmín vestía un vestido color vino bastante entallado el cual delineaba sus buenas formas femeninas. Muchos hombres en el lugar la volteaban a ver, más teniendo en cuenta que en aquel sitio se acudía a entrepiernarse con chicas pagadas; por ello hubo murmuraciones disimuladas que especulaban si aquella sería mujer de alquiler.

    “Oye, quería agradecerte lo de la otra noche”, comenzó ella.

    “¿Te divertiste?”, le dijo el otro.

    Ella enmarcó su cara con una sonrisa y sus mejillas se sonrojaron un poco.

    Continuaron la plática de forma trivial.

    “¿Cómo van los preparativos para tu boda?”, se atrevió a cuestionarle aquél, en determinado momento.

    Ella respondió brevemente, apenas revelando cierto enfado que él no notó, o prefirió no dar importancia.

    Unos minutos después era la mujer quien cortaba la conversación y mostraba la iniciativa de subir a una de las habitaciones. Para asombro del hombre, Yazmín ya tenía una habitación, así que ambos se dirigieron directamente al elevador.

    Admirándola vestida tan sensual, aquél no pudo contenerse y le tomó unas fotos. Ella posó ante el celular de su compañero. Le tomó algunas imágenes en el pasillo, antes de llegar a su habitación, las que guardaría para rememorar aquel encuentro, su tan ansiado primer encuentro sexual con la musa de sus chaquetas.

    Sin podérselo creer, Yazmín introdujo la tarjeta llave y abrió la puerta. Ya en el interior ella comenzó a retirarse el vestido a la vez que le decía.

    “Estoy por demostrarte lo agradecida que quedé por lo de la otra noche”.

    Aquello parecía un sueño; la realización del más deseado apetito. La mujer que más había anhelado quedaba frente a él vestida sólo en pantaletas, brasier y finas medias.

    Su piel era tan tersa, uniforme, morena y bien firme; no había flacidez en ninguno de sus miembros. Todo su cuerpo estaba bien delineado en curvas que iban de lo sugerente a lo francamente incitador. «¡Y por Dios!, ¡esas nalgas, Señor, esas nalgas!». Las caderas apenas eran la voluptuosa invitación, pero cuando le miró las nalgas por medio de uno de los espejos del erótico espacio pudo contemplar los dos gajos de carne bien prieta. La estabilidad y suavidad de aquellas redondeces invitaba a palparlas.

    “Yo… te amo desde la prepa”, le dijo con candidez, pero ella no le permitió decir más pues se acercó a él para besarlo.

    “Ay, tu amigo está… a todo lo que da”, Yazmín señaló a la vez que le palpaba el bulto que se le había formado en la entrepierna.

    Le sonrió pícara.

    “Ahora, si quieres penetración, tendrás que hacer lo que yo te diga”, le dijo ella.

    La sola mención de “…quieres penetración…” saliendo de la sensual boquita de aquella lo obnubiló de tal forma que aceptó sin reservas lo que ella comandó, pese a lo extraño de su solicitud.

    “Primero quiero que te desnudes”, le ordenó.

    Él inmediatamente se deshizo de toda su ropa. Luego Yazmín le mandó que se echara en la cama boca abajo; supuestamente ella le daría un masaje erótico, pero él quedaría inmóvil mientras tanto. Una vez él se echó en la cama, como Yazmín le había comandado, lo ató a tal lecho con implementos que ella ya tenía en el cuarto. Se veía que se había preparado con antelación.

    Aquél se dejó hacer.

    “Te voy a recompensar como te mereces”, le dijo Yazmín al cautivo, una vez ajustó bien los amarres que lo sujetaban.

    Pese a la incómoda posición (sus extremidades se estiraban a cada una de las cuatro esquinas de la cama) aquel hombre estaba extasiado esperando el placer que esa mujer podía brindarle. No obstante, después de unos minutos, notó que Yazmín había salido de su campo visual. No la veía ni la escuchaba ya.

    “¡Yazmín! ¡Yazmín!”, gritó cuando le colmó la inquietud.

    Afinando el oído la escuchó hablar, pero hablaba con alguien más. Cuando la volvió a ver con el rabillo del ojo notó que Yazmín se le volvía a acercar, pero que venía acompañada.

    “Hola Álvaro”, le dijo el hombre.

    “¡¿Roberto?! ¡¿Qué caraj… qué haces aquí?!”, le dijo el cautivo, tomando consciencia inicial de que “algo” iba mal.

    Mal, pero que muy mal, él estaba atado, desnudo y expuesto en esa posición supina mientras que aquel otro hombre, Roberto, le sonreía afable y comenzaba a desnudarse.

    “¿Yazmín… qué está pasando?”, esta vez dijo dirigiéndose a la mujer.

    “Roberto es parte de la sorpresa que te preparé”, le dijo la hembra que él tanto deseaba.

    Su instinto se disparó entonces llenando su ser de espanto por lo que vendría.

    “¡Suéltame…!”, gritó, ya entendiendo de lo que se trataba.

    La mujer lo veía sonriendo de satisfacción por su reacción aterrorizada.

    “¡Roberto… suéltame!”, dijo, ahora dirigiéndose al hombre quien seguía desvistiéndose.

    “Mira hermano, no creas que esto es cosa mía, eh… a mí sólo se me contrató para realizar lo que hago. Y tú me conoces, es mi oficio, en esto no hay sentimientos”.

    “Pues yo sí asumo la responsabilidad de lo que te va a ocurrir”, pronunció Yazmín.

    El asustado hombre volvió la vista a ella.

    “…así como tú deberías asumir las consecuencias de tu descaro. ¡¿Qué pretendías al mandarle ese video a Álvaro, eh?!”.

    “Yo sólo… Sólo quería estar contigo. No quería perjudicarte, sólo quería que estuvieras conmigo”, le dijo casi a punto de llorar. “Perdóname. Te pido que me perdones”.

    “Pues ya es demasiado tarde, jodiste mi matrimonio, mi vida. Ahora toca joderte a ti”, y Yazmín utilizó su celular para grabar lo que estaba ocurriendo.

    Roberto continuaba desvistiéndose, retirando por fin sus calzoncillos, dejando así libre al morsolote que allí se había resguardado. El vigoroso apéndice se erectó de inmediato maquinalmente, y el hombre procedió a subirse a la cama.

    “¡¿Pero qué… qué pretendes?! ¡No! ¡¡¡Nooo!!!”, gritó el impedido hombre al sentir el peso del musculoso macho sobre la misma cama en la que él estaba.

    El grueso y vergudo miembro del macho (que en ese momento lo estaba montando a horcajadas) rozó uno de sus muslos y la sensación fue horrible para el imposibilitado hombre que estaba debajo.

    “Tranquilo amigo. Déjate hacer y ya. Te prometo ser profesional”, dijo el que estaba arriba.

    “¡Ayuda! ¡Alguien… ayúdenme!”, grito el sometido, lo más alto que pudo.

    Yamín se acercó con el celular en mano, como para encuadrar mejor la expresión de su aterrorizado rostro.

    “Lo siento amigo, pero es mi trabajo, tú sabes”, Roberto dijo, y sacó un preservativo de una pequeña talega que llevaba consigo, atada a uno de sus voluminosos brazos. Se colocó el profiláctico con soltura, luego, de la misma bolsa, obtuvo un envase de lubricante que untó en su masculino miembro ya envuelto por el látex.

    Roberto se inclinó hacia su oído como para hablarle en confianza.

    “Mira, te voy a dar un tip, tú sólo piensa que te voy a aplicar un supositorio y que es necesario que lo aceptes por el bien de tu salud”, dijo el futuro invasor de su ser, a la vez que ya iniciaba la incursión.

    “¡Hijo de tu puta madre!”, gritó el pobre hombre invadido, quien se sacudió a más no poder.

    “Cálmate, relájate, si te tensas te va a doler más. Esto no es nada, apenas es la cabeza, ahora viene lo bueno”.

    Las rodillas del siniestrado temblaron espasmódicamente, mientras que las del asaltante, apoyadas a los costados de su víctima, avanzaron hacia adelante.

    “Ahora haz de cuenta que…”, pronunció el hombre de arriba.

    “¡¡¡Aaaah…!!!”, exclamó el de abajo.

    “…piensa que te estás cagando, piensa que tu excremento es tan grande que tienes que devolverlo”, aconsejó el invasor.

    “¡Hijo de tu reputííísiiimaaa…!”.

    La cara de Yazmín no podría estar más extasiada mientras veía consumarse su venganza en la pantalla de su celular.

    En su interior, el pobre hombre que estaba siendo penetrado, experimentaba una explosión de indecibles sensaciones: estaba viviendo algo horroroso, una invasión a su cuerpo; pero también, ver a aquella mujer causante de su desgracia vestida aún en prendas íntimas, aún despertaba su libido de un modo inconsciente pese a tal situación.

    “Eso es… ya ves. Ya casi está toda adentro. Ahora trátala de expulsar de poco para que… aaahhh… ¡ay, qué rico cabrón! Ya ves, esto no tiene que ser algo desagradable. ¡Qué rico me la estás exprimiendo…! Si sólo es dejar que el cuerpo siga su instinto, nada más. Déjate hacer y disfruta. Ya ves, ya hasta se te puso dura”, dijo el penetrador, que había tomado de la verga a su amigo.

    FIN

  • ¿Es incesto?

    ¿Es incesto?

    En «Mi hermano menor…», publicado por Florchu, escribí en los comentarios «Me acordé… Nunca he cogido con ninguno de mis hermanos, pero me acordé que una vez, yo tenía 18 años, y mi hermano como 25, ya no era yo virgen pues mi novio me cogía dos o tres veces por semana y me estaba volviendo una viciosa de su verga. Creo que fue en una Navidad o Año Nuevo, uno de mis hermanos se quedó durmiendo, borracho, en el sofá de la sala. En la madrugada, yo salí al baño y lo vi con la bragueta abierta. Le metí la mano para sacarle la tripa y aunque estaba flácido, se me antojo y me puse a mamar. Se le paró muy rico, salía la babita del presemen y yo me pajeé allí mismo. Terminé, fui al baño y luego a mi cuarto. Miré a mi hermano quien seguía con la verga colgando… Gracias por provocar el recuerdo.»

    Al repasar si había alguna reacción a mis comentarios, me encontré en este caso que Tita escribió hace dos meses: «¡Ay Mar! Eso no nos lo habías contado, luego tienes el descaro de decir que la puta que usa a los hombres soy yo.»

    Sí, usé a mi hermano como hombre, pero me voy a justificar relatando las precisiones. Yo estaba feliz con mi nuevo estatus de mujer de Ramón: descubrí lo hermoso que es coger, sentirse arrecha cuando te chupan las tetas y te dan a mamar verga para que solita te ensartes hasta el fondo, más cuando sientes en la vagina el calorcito de la leche tibia de tu hombre.

    Esa noche de año nuevo, las bebidas circularon con profusión. Afortunadamente Ramón, entonces mi novio y poco después mi marido se abstuvo de tomar pues debía manejar para regresar a su casa, y cuando mis familiares se fueron retirando a dormir, nosotros nos dimos vuelo con los tocamientos y una que otra mamadita que yo le daba a escondidas. Sí, logré tomar lechita de Ramón, pero cuando él se fue yo me quedé ardiendo. Me fui a mi cama y me hice unas pajas, pero no me quitaba la calentura.

    Así, caliente, me fui a dar un regaderazo para aminorar mis ganas, pero al pasar por la sala, vi que mi hermano se había quedado dormido de borracho y tenía la bragueta abierta y, por fortuna, tampoco traía trusa, así que se le veía un camaroncito por pene. Sin pensarlo mucho, le tomé la tripita y me la metí a la boca, donde le fue creciendo por las mamadas hasta quedar tiesa y soltar babita. Yo me olvidé que era la verga de mi hermano, pues sabía tan rica como la que en menos dos horas yo había chupado y me perdí pensando que era la de Ramón y mi mano derecha fue a mi panocha para sobarme hasta venirme a chorros. No le salió leche a mi hermano, pero yo quedé satisfecha por el momento. Continué mi viaje hacia el baño y ya. De regreso, volví a mirarlo y aún tenía el pene babeado y colgando fuera de la bragueta.

    Por otra parte, me resulta difícil analizar el asunto de los incestos porque toca fibras extrañas en mí. Según yo, nunca se me había antojado tirarme a alguno de mis hermanos o a mi padre, aunque me pongo muy nerviosa porque recuerdo algunas caricias que ellos me hacían, que en su tiempo no me parecían malas ni me excitaban, pero ahora, al recordarlas, siento calor en mi tamalito. ¿Será entonces que ahora sí quiero algo con ellos? Ese es mi problema: la ambigüedad de mis pensamientos cuando pienso en eso, o cuando leo relatos donde ocurren incestos, sean reales o fantasiosos.

  • Viendo como se cogen a la que me gusta

    Viendo como se cogen a la que me gusta

    Amar a alguien es algo muy bonito, pero es muy doloroso también. Ver a la persona que amas con otro es una puñalada al corazón y verlos teniendo sexo es simplemente la muerte.

    Hace unos años atrás y cuando era más joven iba durante el verano a un club juntos con unos amigos a pasar la tarde. Allí nos encontrábamos con unas amigas que teníamos y entre ellas estaba la chica que me gustaba. Ella se llamaba María Laura y era una chica rubiecita de cabello largo y lacio, de ojos claros, de contextura delgada y de un buen cuerpo por no decir que tenía unas buenas tetas, era simplemente perfecta.

    Ella y yo nos hablábamos, es decir, no era que solo nos saludábamos y nada más sino que teníamos cierta relación, pero esas conversaciones que teníamos ahí en el club se veían interrumpidas cuando el joven guardia de seguridad se nos acercaba a hablar con nosotros. Este volvía loca a María Laura y siempre me dejaba para ir hablar con él. Acepto que era un hombre fachero y que no podía competir con el, pero dejarme tirado a mi que me conoce de toda la vida por un desconocido que apenas conoce? Eso no está bien y era lo que ocurría.

    A ella le gustaba él y aunque a él no le interesó al principio se dio cuenta que ella estaba media enamorada y no dejó de pasar esa oportunidad de estar con una linda chica. Entonces sucedía que ellos se iban por ahí durante un buen rato y nos dejaban solos. Yo moría de celos cada vez que esto pasaba y me mataba pensar que debían estar detrás de un árbol besándose. Me entristecía tener esos pensamientos.

    Una tarde fui al baño público del club a mear, pero había una cola enorme para usarlo y me estaba meando de verdad, así que no me quedó otra que ir hacia donde estaban todo los árboles. Entonces me escabullí por allí y detrás de un árbol me puse a mear.

    Mientras mojaba el tronco con mi orina escuché cierta vocecita detrás mío y era una voz que se parecía mucho a la de María Laura, entonces me di vuelta, todavía meando, y a 50 metros de donde yo me encontraba la veo a ella con este guardia de seguridad detrás de un árbol manteniendo relaciones sexuales. Para ser exacto, lo que vi fue a ella con sus tetas en el aire (tenía su bikini abierto hacia los costados), con su torso un tanto inclinado y siendo penetrada por este hombre que la embestía con vehemencia y que se sujetaba de sus hombros para hacerlo.

    Yo al acabar de mear y en vez de irme me quedé allí observando aquella situación que me excitó obviamente y que quizás era la única oportunidad que tenía en mi vida de verla así de ese modo, es por eso que no me fui. Es más, me acerqué un toque para verlos mejor y desde donde estaba podía ver y escuchar todo con más claridad. Veía como ese pedazo de carne entraba y salía del culo de María Laura y podía escuchar bien y claro los gemidos de ella. Su tono un tanto agudo y dulce le daban un plus a esos «ah ahh ahhh».

    Ver esto me generó cierta rabia y dolor, pero también excitación, quería ser yo quien le diera placer sexual a ella pero en mi lugar había un desconocido al que ella apenas conocía. La estaba penetrando y saboreando como si fuese su novio de verdad y eso me lastimó mucho. Que se besen mientras cogían fue algo que literalmente me mató, pero que me llevó a tocarme el bulto que ya tenía entre mis piernas. Ese beso que se dieron vino acompañado con un manoseo de tetas por parte de él y ver eso en vivo y en directo me generó cierta electricidad que recorrió todo mi cuerpo. Es que a la vez que se la garchaba, la besaba y le tocaba las gomas salvajemente.

    Que hiciera esto creo que lo excitó bastante a él porque de repente mientras estaba medio quieto comenzó a moverse hacia delante dándole a ella pequeñas y fuertes embestidas que hacían que el frágil cuerpo de María Laura se sacudiese. Esto hizo que se dejasen de besar ya que ella sintió la necesidad de expresar estas sacudidas y nuevamente pero ahora un tanto más fuerte comenzó a gemir. Yo ya en este momento la tenía re dura y no necesitaba ver nada más, con esto ya tenía bastante material para poder pajearme, así que lo que sucedió a continuación fue como un plus para mi.

    Él comenzó a embestirla mucho más rápido y fuerte, así que pensé de que iba a acabar dentro de la vagina de ella, pero no fue así. Él cuando sintió que se venía la sacó de dentro del cuerpo de ella y al hacerlo ella se dio vuelta y se arrodilló en frente de él. A continuación, María Laura agarró sus tetas y las juntó para que este se las bañara de leche, es decir, le eyaculó sobre estas y ella luego de que él hiciera esto hizo algo que me generó cierta repulsión en ese momento. Ella agarró la poronga de este joven y se la metió en la boca como si nada. Esa cosa la había metido dentro de su cuerpo y le había eyaculado, o sea, estaba ya toda sucia para que hiciera algo así. La cosa es que ella se la chupó y este desgraciado lo disfrutó un montón.

    Luego de esto ella se limpió y se volvió a acomodar la bikini para irse de allí con este guardia de seguridad. A partir de ese día dejé de amarla y mi opinión acerca de ella cambió abruptamente. Ya no era para mi una mujer dulce y tierna sino que ahora era para mi una trola chupapijas.