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  • Inolvidable viaje de trabajo

    Inolvidable viaje de trabajo

    Hola a todos, es la primera vez que voy a relatar algo de una de las pocas experiencias que tuve…

    Me presento, soy entrenador de fútbol, mido 1.70, tez de piel canela, contextura normal tirando a delgada, cabello negro, ojos café, lo más normal que existe. En aquellos años, 2017, tenía a cargo la categoría de 10 años dónde tuvimos un torneo en otro departamento Tarija, ahí muchos niños viajaron con sus respectivos padres y algunos solos ya que también nos acompañaban otras categorías en el bus. Claramente tenía que hacerme cargo de los que viajaban solos y apenas salíamos ya terminando de acomodar a todos en sus sitios me tocó el asiento de atrás «el último», en ello veo que aparece una mamá joven vestía ropa apretada que de lejos se notaba que tenía unas enormes tetas, no podía dejar de pensar en ese momento y en ocasiones pasaba a mirarla a modo de ver qué los niños estén bien.

    Llegamos al lugar cada quien con su grupo, fue un día muy pesado dónde había olvidado por completo a la señora que por supuesto era joven. Ya por la noche pasaba habitación por habitación para asesorarme que todo estuviera bien con mis niños. Al regresar a la habitación que se me asignó en el cual estaba solo nuevamente la vi, los baños eran compartidos en todo el piso, entonces ella traía unos shorts muy pequeños y un top que se notaban sus enormes tetas yo no pude disimular y me dice.

    S: hola profe buenas noches como esta

    Yo: buenas noches señora, bien gracias aquí viendo que todo esté en orden

    S: si me imagino con todos ellos corriendo por todos lados debe ser difícil y estresante

    Yo: no para nada me agrada el ambiente con ellos me divierto y usted es la mamá de Adrián

    S: si, vine con él porque siempre está conmigo ya que solo vivimos con mis padres «de ella»

    Yo: ha si que bien, Adrián es buen jugador de seguro su padre va estar atento a todo lo que suceda

    S: no para nada, su papá no vive con nosotros, soy soltera profe ya hace tiempo

    Esa respuesta llevó a imaginarme cosas mientras seguía la plática cordial no dejaba de mirarle las tetas cada vez más descaradamente. Acto seguido pasé a despedirme, cuando volteo hacia atrás veo que tiene un culo no muy grande, pero bien firme y los shorts que llevaba le marcaban y se entraban a su culo.

    Entré a mi habitación prendí el televisor y no podía sacarme la imagen de esa mujer y rondaba en mi cabeza esas tetas, el culo y esa respuesta. Al día siguiente fue un día bueno, ganamos ambos partidos, pasó el día de un lado para otro, todo normal. Nuevamente llega la noche y casualmente me la vuelvo a encontrar en el mismo lugar, esta vez tenía un shorts de un material más transparente e igual de cortito que el anterior, se podía notar que no traía nada debajo y si lo tenía debería ser algo diminuto y con un top que ahora resaltaban más sus enormes tetas. Nos saludamos, conversamos sobre el torneo etc. Hasta que le pregunto qué tiempo está soltera.

    S: ya 2 años y usted?

    Yo: yo 6 meses que rompí con mi novia «era mentira pues si tenía novia» así que ahí andamos en abstinencia «ambos reímos».

    S: no creo profe me doy cuenta que muchas madres la miran pues tiene unas buenas pompas redondas.

    Yo quedé casi en silencio por un segundo pues si acostumbro a ponerme shorts algo justos el cual resalta mis piernas y mis glúteos. Me reí, le dije que para nada yo ni al caso y ni cuenta, y le tiré la misma pregunta que con esos atributos debe tener muchos tras ella.

    S: pues si hay, pero ninguno que lo valga, usted cree que tengo buenos atributos.

    Pues ahí no supe si ser cordial y no sobrepasar el límite o ser directo y sin pelos en la lengua, decidí ser frontal directo total que podría perder si como vestía mostraba prácticamente todo.

    Yo: pues usted sabe que si… y que está muy buena que tiene unos lindos pechos, unas nalgas lindas paraditas.

    S: hay profe usted cree, y v disculpar la ropa es lo más modesto que tengo, porque en mi casa camino en shorts mas pequeños que estos…

    Yo: haa vaya interesante como le quedarán esos short, si estos le quedan perfectos le marcan todo.

    Acto seguido se escuchó que alguien salía de unas de las habitaciones yo camino rumbo al mío y ella dirección al baño.

    En otra ocasión terminaré de contar esta pequeña historia verídica si les gusta mis relatos házmelo saber [email protected].

  • Mis vecinos escandalosos

    Mis vecinos escandalosos

    Para ponerlos en contexto, yo vivo junto a mi pareja en un complejo de departamentos donde casi siempre está en silencio, casi porque hay un vecino que siempre trae a su pareja para coger lo peor es que su departamento está justo al lado del mío así que prácticamente puedo oír todo desde sus conversaciones a como cogen y esto me ha producido un tipo fetiche del cual no estoy orgulloso.

    La primera vez que pasó esto fue un día en el que hubo un convivio en mi trabajo así que llegué tarde y cuando llegué hice lo normal bañarme, comer y después dormir aunque lo último no pude.

    Nada más acostarme empezó el espectáculo, primero tuvieron una conversación «caliente» que fue más o menos así.

    Ella: estoy tan mojada papi no puedo esperar más.

    El: en serio bebé? Pues no te preocupes hermosa ahora mismo te voy a coger bien duro para que se te quite.

    Ella: hay si papi quiero que cojas mi panochita y me des duro.

    Fueron como 10 minutos de esto así que voy a ir al punto.

    Después de su pequeña plática pude escuchar como se tumbaron a la cama y como ella gemía por como el la lamía, después de un rato de estar entre sus piernas ella le dijo que ya no podía soportar y que quería que la penetrara ya.

    El acepto y se escuchó como se quitó el pantalón y lo tiró al piso, ella lo vio y dijo.

    Ella: la traes bien parada mi rey

    El: si bebe y toda es para ti

    Ella: la quiero adentro de mi panochita mi rey dame duro

    El: está bien bebé ponte en cuatro para darte bien rico en tu panochita

    Se escuchó que ella la estaba pasando bien por estar siendo penetrada porque soltaba unos gemidos tan fuertes que parecía que estuviera en mi departamento.

    Él siguió dándole duro y se escuchaba como hacía eco por toda la habitación, en un punto empezaron a hablar mientras cogían lo que pude entender fue esto.

    Ella: ahhh que rico bebé lléname con tu leche

    El: si bebe te voy a llenar toda tu panochita y después tu culito

    Ella: si mi rey quiero que me dejes bien llena del culo

    El: pues así será bebé

    En un punto de la conversación ella le pidió que la insultara/nalgueara y se puso aún más caliente.

    Ella: ahí si dame duro mi rey

    El: te gusta puta?

    Ella: si me encanta que me cojan duro

    El: te voy a dejar bien llena de mi semen puta

    Ella: si por favor lléname

    Eso duró hasta las tres de la mañana y yo solo podía preguntarme dos cosas.

    1: como es que mi pareja puede dormir tan plácidamente mientras que nuestros vecinos están casi gritando.

    Y

    2: como es que mi vecino puede aguantar tanto tiempo y no correrse.

    Mientras que ellos cogían yo solo podía oír el golpe de la cama contra la pared y a mi vecino penetrando a su novia mientras que ella solo gemía.

    Así estuvieron como unos diez minutos más y cuando ya estaban por terminar tuvieron una última plática antes de acabar.

    El: que rica esta mami ojalá poderte coger todo el día

    Ella: si ojalá pero no podemos bebé

    El: si lastima

    Ella: ay bebé estoy a punto de venirme otra vez

    El: yo también, vamos a hacerlo juntos

    Cuando terminaron solo escuché un gemido muy fuerte y eso me bastó para terminar yo también.

    Esto ha estado pasando durante un tiempo y aunque admito que algunas veces me molestan, no puedo evitar excitarme escuchándolos o cuando los veo de vez en cuando en el pasillo que está justo enfrente.

  • Lo que sí pasó el día de mi boda

    Lo que sí pasó el día de mi boda

    Al día siguiente que publiqué “El día de mi boda”, aparecieron los siguientes comentarios:

    Ber: –¿No te parece sumamente raro que lo hayas olvidado y, de repente, salte ese recuerdo? Una explicación es que se trate de un recuerdo inventado, o, quizá, algo más obscuro…

    Ishtar: –¿De verdad podrá olvidarse algo tan importante? Mira que estar a punto de coger con otro, minutos antes de tu boda, y olvidarlo… ¡No es para creerse!

    Mar: –¡No!, hubo algo más donde tú misma te ocultaste esa acción. ¿Estás segura de que no cogiste con Roberto ese día? A ver, trata de recordar lo que has soñado desde el día en que leíste «Una boda y un secreto familiar» y cuéntaselo a un analista. Seguramente te llevarás una sorpresa.

    Agradezco a mis amigos, lectores y autores de relatos, con los cuales llevo varios años intercambiando opiniones sobre nuestros escritos, es decir, nuestras vivencias, pues cuando se trata de fantasías lo aclaran desde las primeras líneas para que no lo entendamos de otra manera. No niego que en ocasiones yo les he respondido de manera algo grosera por sentir que me ofenden (sean ofensas ciertas o no) y ellos siempre han sido muy prudentes y no me responden airados como yo, quizá en consideración a mi edad, muy mayor que la de ellos.

    Sin embargo, en esta ocasión, esos tres comentarios me estaban diciendo que algo estaba mal o incompleto en mí, y la más perspicaz y directa fue la opinión de Mar, aunada a una sugerencia. Quedé pensando: “¿Por qué lo olvidaría? ¿Qué estaré encubriéndome ante mí?” Traté de seguir su consejo, pero respecto a los sueños desde ese día de la lectura no recordé nada extraño, sin embargo, el esfuerzo tuvo frutos. Me cogió mi marido rico y se durmió. Aunque yo también tuve orgasmos, me quedé con ganas, pero no me dormí y me puse a acariciar mi pepa mientras pensaba y recordaba lo que disfruté en el festejo de mis “Bodas de oro”, una a una las diversas penetraciones que tuve y en tanto amor me dieron mis machos. Cuando, dos horas después ya me estaba durmiendo y empecé a pensar en lo que hubiese hecho si Roberto aún viviera, ¿qué habríamos hecho él y yo en el festejo?, me llegaron otros recuerdos, escuché su voz decirme “Lo mismo que cuando te casaste, puTita”.

    Y me vino otra epifanía… ¡Oh, no! Ya recuerdo mejor: ¡Sí hubo penetración! Tuve que cambiarme la falda porque quedó completamente arrugada al colgarme del cuello de Roberto y aprisionarlo con mis piernas. Él descargó una gran cantidad de semen. La falda quedó manchada de semen, igual que mis pantaletas. ¡Incluso un último chorro sobre la falda cuando bajé mis piernas de golpe al escuchar a mi hermana Helen llamándome! Recuerdo que en el cambio de pantaletas me coloqué una toalla sanitaria, para que absorbiera lo que me hubiese podido escurrir. También recuerdo que esa noche lavé la falda y las pantaletas para que no quedasen pruebas. ¡Quise gritarle a Saúl para que despertara y contarle lo que me había ocurrido! Pero me puse a llorar en silencio una hora más, recordando los detalles de aquella noche de mi boda. Dormí con una certeza: Tengo que contárselo a Saúl, aunque él me repudie…

    En la mañana siguiente, cuando Saúl estaba tomando su propio atole y con sus manos estiradas apretando mi pecho, me desperté y grité “¡Qué!” Saúl se incorporó y me dijo “Soy yo, mi Nena, estás hermosa y sabes muy rico…”, pero me vio los ojos muy irritados y los párpados hinchados por haber llorado tanto. “¿Qué te pasa, Nena? ¿Lloraste? ¿Te traté mal anoche y no me di cuenta?”, preguntó.

    No hubo más, y le conté lo que me pasó, le dije que más de medio siglo después había recordado algo que pasó el día que nos casamos, después de leer un relato. También le dije que lo había publicado en el foro y las preguntas que los amigos me hicieron el día de ayer en los comentarios. Saúl me veía escudriñando cada gesto que hacía. Cuando terminé de contarle, me abracé a él y le pedí perdón por no habérselo contado antes. Yo esperaba un regaño, una reacción de ira o, al menos, de enojo. Pero no… No fue así. Tomó su celular y estuvo atento a él un rato. Después lo dejó a un lado, sosteniéndolo despreocupadamente con una mano (después supe que fue en modo de grabación).

    Lo primero que hizo fue preguntarme con voz calmada sobre lo que había soñado cuatro días antes y le conté lo poco que recordaba de mis inconexos sueños.

    “Ya entiendo”, me dijo calmadamente. No debes preocuparte. La razón por la que olvidaste la fornicación de ese día no se debió a que te hubiese sido desagradable, sino todo lo contrario, quizá sólo lo intempestivo de la culminación que no les resultó completamente satisfactoria. Sin embargo, tu temor principal fue que hubieras quedado embarazada. Además, se unieron otras agravantes causadas por mi deseo de tener un hijo y mi necedad de embarazarte en cuanto nos casáramos.

    “¡Dios mío! ¡Perdóname, Saúl, no pude ser la madre de tu anhelado hijo!”, exclamé y me solté llorando inconsoladamente otra vez. Saúl, con tranquilidad, tomó su teléfono y se fue a la cocina para hacer el desayuno.

    Una hora después, yo seguía lamentándome. Mi esposo llegó con una charola de cama, ofreciéndome un desayuno apetecible. Me incorporé entre sollozos y me empezó a dar de comer en la boca. Me parecieron sumamente extraños sus mimos y su calma. “¿No estás enojado?”, le pregunté.

    –Vamos por partes, mi Nena. Lo más importante para ambos es que mi hijo sí es mío, y no sólo en el papel, como mi hija. Sí, sería triste que Roberto fuese el padre biológico de ambos, pero no es así –dijo ofreciéndome el vaso de jugo.

    Sólo como aclaración, en mi primer relato de la saga “Ninfomanía e infidelidad”, trato mi tercer embarazo, producto de mi relación con mi amante. Aquí, en “El día de mi boda” estoy refiriéndome al segundo embarazo, ya que en el primero me hice un legrado.

    –¿Por qué estás tan seguro? –pregunté extrañada, pero consciente de que su respuesta tenía que ser cierta.

    –Sí, seguramente hiciste cuentas desde tu última regla, que recuerdo fue una semana posterior al coito con Roberto y nuestra boda por la iglesia fue días después. Los días transcurridos desde entonces al nacimiento de mi hijo, caerían dentro de las posibilidades, aunque estirando mucho las cuentas, tomándolo como un embarazo muy prolongado y suponiendo que se trató de una regla suspendida por que el endometrio no se vació ya que estabas preñada, como fue en el caso de tu hija. Pero esta vez el sangrado sí te duró cinco días, yo sí lo recuerdo.

    Me empecé a tranquilizar, aunque me pareció cruel que se expresara como “mi hijo” y “tu hija”.

    –Aun así, tú aceptas que existe la posibilidad… –insistí.

    –Sí, bajo los supuestos extremos que señalé, pero basta ver las fotos actuales de mi hijo, las mías y las de mi madre para darse cuenta que es mi hijo –dijo y me mostró las fotos de todos: ¡El mismo rostro, ojos, nariz y boca!

    –¿Por eso estuviste tan tranquilo? ¿No estarías mejor si haces un análisis de ADN? –pregunté retándolo.

    –¡Ja, ja, ja…! ¿Para qué? Mi hijo cincuentón es una versión mejorada de mí. Tú y yo los hemos disfrutado, a él y a su hermana, y ahora hacemos lo mismo con las nietas. Si tampoco fuese mío, ni a quién reclamarle, Roberto está muerto. ¡Ja, ja, ja…!

    Su risa me molestó, pues lo tomé como una burla hacia mi finado amante.

    –¡Claro que me preocupé!, Nena, ¡pero fue por ti! –dijo y pasó a explicarme qué me había ocurrido.

    “Busqué tu relato publicado, lo leí, así como los comentarios y entendí la situación en la que te encontrabas. Te pedí que me contaras lo que soñaste a partir de ese día y pude rescatar la razón de tu angustia.

    Mientras descansabas, yo preparaba el desayuno y volví a escuchar lo que dijiste, pues lo grabé. Al soñar que le dabas una teta a mi hijo y la otra a Roberto, y luego se las intercambiabas provocando que mi hijo muriera de covid-19, te hacía verte, a ti misma, como asesina (Roberto murió en 2021 durante la pandemia). En el sueño querías castigar la osadía de Roberto, matando al bebé que tú considerabas el producto de eso. Entiende, él no te embarazó esa vez, yo lo sé.”

    “También en tus sueños siguientes, hablaste de que dormimos en un hotel muy viejo y derruido, que uno de los baños comenzó a inundarse con aguas pestilentes que provenían de otra habitación donde Roberto y tú estaban haciendo el amor, lo recordaste en alusión a cuando él sí te embarazó. Cuando mi hijo entró al baño, quiso prender la luz, pero afortunadamente llegamos Sheny, la esposa de Roberto, y yo y se lo impedimos pues se hubiese electrocutado. Otro intento más de castigo, pero fue impedido, o mejor dicho, atenuado con nuestra presencia, ya que piensas que Sheny y yo cogíamos mientras ustedes lo hacían.”

    –¿Y no es cierto que así lo han hecho cuando nos han dejado solos para hacer el amor? –pregunté inquisitiva, pues Sheny aceptó que Roberto me siguiera viendo, para casarse con Carlos.

    –¡Eso es otro asunto! Ahorita estamos examinando tu trauma –contestó Saúl, secamente y molesto.

    –¿Soliveg es hija tuya? –le pregunté, dejando ver una duda que siempre me ha carcomido con relación a esa hija de Roberto.

    –¿Qué…! Mejor allí dejamos esto, al parecer ya no te causará más problemas el asunto que te metió en problemas – dijo y se llevó los trastes vacíos del desayuno.

    Más tarde me explicó por qué yo había soñado lo del viejo hotel, que era una pensión de mi tía, y también tía de Roberto, en la cual después ella utilizó para colocar las primeras máquinas tejedoras y fabricar telas de terlenka, muy de moda entonces, o suéteres, calcetines y otras prendas tejidas. Eso fue posterior a cuando Roberto y yo varias veces nos escondimos en alguna de las habitaciones para hacer el amor.

    Respecto a la pensión, se fueron derruyendo zonas para construir algo propio para la fábrica, que mucho tiempo después le compró Sheny a mi tía. “Bueno, está mejor, la pasaré viajando por el mundo con mi esposo lo que resta de nuestros días. Yo pensaba heredarla a Roberto y a su hermano, pero salió mejor”, dijo mi tía al terminar la operación mercantil. Roberto multiplicó las entradas que Sheny esperaba, pero acabó el amor y se divorciaron hace unos años.

  • Nuevo gusto (4)

    Nuevo gusto (4)

    Así comenzó la noche, me levanté y me dirigí a la ducha a tomar un baño, el me siguió al poco tiempo y sin mediar palabra comenzó a besar mi boca muy intensamente, su lengua entraba deliciosamente en mi boca muy profundo mientras sus manos toscas se ocupaban de mis nalgas. Mi instinto femenino salió de nuevo y lo abracé del cuello levantándome sobre las puntas de mis pies ya que él es muy alto. Él abría y cerraba los cachetes de mis nalgas una y otra vez mientras nuestras bocas se fundían con el calor de nuestra saliva.

    «Voltéate» me ordenó ¡Adoro cuando me dicen eso! Así lo hice en mi cuerpo reaccionó por instinto levantando lo más que pudo mis nalgas, indicándole a ese poderoso macho que estaba lista, te podría hacer lo que quisiera conmigo. Me colocó frente a la pared con mis manos abiertas mientras me decía con vos deliciosamente caliente «qué putito eres…» Uff! Eso terminó de ponerme a mil! Tania quería salir en ese momento y decirle sí papito rico soy tu puta has todo lo que quieras conmigo, fui hecha para complacerte!»

    «Primero voy a dejarte bien limpiecito» me dijo mientras enjabonaba su mano derecha con abundante espuma, acto seguido su mano izquierda se apoderó de mi pezón izquierdo acariciándolo suavemente mientras un poderoso dedo entrada en mi ano, suavemente pero con firmeza, de mi boca escapó irremediablemente un gemido muy profundo, como si fuese la primera vez que un macho disponía de mí…

    «¡Qué rico culo tienes cabrón!» Me decía mientras introducía un segundo dedo y después un tercero y cuarto (siempre me ha gustado mucho como mi ano es capaz de abrirse tanto y después regresar a su forma original) «te entra bien rico mi mano» y por dentro de mi Tania gritaba ¡Ya papacito, métemela fuerte! ¡Rompe ese culo que es tuyo y hazme tu puta! ¡Tú zorrita!

    Metía sus dedos una y otra vez hasta el fondo, cuatro enormes dedos que me daban placer indecible mientras yo gemía muy fuerte… Pero aún no era tiempo. Terminamos el baño y salimos, me secó con la toalla de pies cabeza, haciendo una pausa en mis pies, (en el fondo sabía yo que le habían gustado mucho)

    Después sacó unas cervezas que había llevado en su mochila y destapó una. «¿Tienes sed? Me preguntó con cara de lujuria… «Yo si, y mucha» me dijo mientras me indicaba que me inclinara en un sillón de la habitación, no sabía lo que planeaba pero obedecí inmediatamente. Me tenía de perrito alzando mi culo mucho, al punto en que me dolía la espalda de tan arqueada que la tenía. «Abre tus piernas» me dijo… Obedecí.

    Sentí como abría mi culo con sus manos al tiempo que introducía el cuello de la botella en mi ano, estaba tan caliente que grité con fuerza «¡mételo todo!» Entonces comenzó a vaciar la cerveza dentro de mi, el frío líquido comenzó a entrar en mi recto (quien lo haya hecho alguna vez sabe que la sensación es deliciosa, se adormece la carne interna) yo gemía como perra en celo moviendo mis nalgas de un lado a otro sin parar.

    Cuando la sacó yo había «bebido» más de media botella, inmediatamente puso su boca en mi culo y comenzó a beber de él todo el líquido que salía haciendo gemidos deliciosos mostrando su satisfacción por saciar su sed directamente de mi culo.

    Continuará…

    Gracias queridos por leerme, cómo siempre les dejo mi correo para recibir sus mensajes que me mantienen calientita [email protected].

    ¡Besos!

  • Un buen amante y una clienta atrevida (1)

    Un buen amante y una clienta atrevida (1)

    Empecé mi día sin conocer lo que el tiempo me iba a deparar. En la mañana salí a correr, y sólo unas horas más tarde estaría disfrutando de un placer sublime. Simplemente, cómo siempre, no hice más que dejarme llevar y hacer lo que tenía que hacer.

    Trabajo cómo masajista, la empresa para la que laburo ofrece este servicio a domicilio (vamos personalmente a sus residencias). Cómo se podrán imaginar, tenemos de clientes personas algo adinerados, y siendo una empresa de muy buena reputación pasó incluso a ser símbolo de prestigio obtener nuestro servicio. Y no es por presumir, pero somos lo mejor de lo mejor.

    Constantemente recibo comentarios sugerentes de mis clientes habituales, podría corresponder sus comentarios, pero no es mi área. Sin embargo, nadie ha sido lo suficientemente valiente para ser tan directo cómo la mujer de quien hoy les hablaré.

    Fue la primera vez que la veía, sin embargo, aun siendo un chico tan reservado, me comporté cómo si de mi esposa de años se tratara. En cuanto la vi mi corazón se estremeció. Cuando me abrió la puerta de su hogar ambos nos miramos con detenimiento, muy rápido ambos sacamos una enorme sonrisa y me invitó a pasar. Parecía lista para la sesión, ya que sólo traía toalla.

    Intentando disimular mi felicidad inexplicable, contuve las ganas de besarla, pero ella parecía aún más embobada. No soltamos una sola palabra, pero sin poder dejar de vernos. Yo intenté no parecer intenso y estoy seguro que ella igual, pero era cómo un libro abierto. Sólo dejé que se me acercara y ambos caminamos sin dejar de rozar nuestras manos.

    –Que bonita casa –Dije.

    –Cómo tú.

    –¿Cómo no te pierdes aquí?

    –Conozco bien esta casa. Siempre he pensado que la confianza viene del saber, pero a ti no te he visto en la vida y ya te quiero montar.

    Hasta ese momento no estaba seguro, pero mi intuición tenía razón. Ella no paraba de mirar mis labios, y yo los suyos, pero por momentos mi vista se dirigía a sus preciosos pechos siendo apretados por la toalla, que me hicieron tener una erección muy notable.

    Al llegar a la puerta dirigió su vista al frente, y mientras abría miró hacia atrás, justo hacia el bulto en mi pantalón. Caminaba lento, y frenaba por momentos a propósito, para sentir mi verga entre sus nalgas.

    Ella sólo dejó caer la toalla para provocarme y no por desconocimiento, por obvias razones. Tenía una habitación exclusivamente para masajes y parecía una chica recatada, a pesar de cómo se estaba comportando en ese momento, al igual que yo.

    Se acostó y me señaló el cajón de los aceites. Ella miraba en dirección hacia mí y yo mantuve mis caderas en su dirección, para que ella disfrute del espectáculo viendo a mi paquete marcarse. En cuanto me acerqué sentí su mano frotándome la entrepierna.

    –¿Sí quieres el masaje? –Dije.

    –Sí, sólo quédate ahí –Dijo mientras me bajaba el pantalón– ¡Dios mío! ¿Eso cabrá en mí?

    Me tomó del brazo atrayéndome para que mi verga quede frente a su rostro. Empezó besando y lamiendo la punta, luego se la metió lo más que pudo.

    Yo empecé a tocar sus pechos mientras disfrutaba de tan rico oral. Frotaba y apretaba sus pezones, sintiendo su lengua rodear mi pene.

    Me dirigí a sus tetas, para que mi boca las probara. Al mismo tiempo, mi mano se deslizó por su abdomen hasta llegar a sus labios húmedos. Los frotaba de arriba hacia abajo mientras mordía, lamía y succionaba suavemente sus pezones.

    Sus gemidos de placer me calentaban de sobremanera, lo que me llevó a tocarla con más intensidad.

    Cada que lamía sus areolas, succionaba o mordía sus pezones, cada que rozaba su clítoris con mis dedos mojados por sus fluidos, sentía como su cuerpo se estremecía. Me encantaba que sus piernas tiemblen gracias a mí.

    Bajé por su abdomen con besos tiernos. Me dirigí a su entrepierna, dejando un camino que mi lengua trazaba, mientras introducía un dedo en ella.

    Mis labios apretaban su clítoris y mis dedos llamaban con desesperación algo en su apretado interior, cuando su espalda se curvó de forma exagerada y sus manos jalaban la sábana cómo intentando romperla.

    –Oh, Dios ¿Quién te enseñó a hacer eso? –Dijo con la respiración agitada.

    –Me encanta que te encante. Nunca he estado tan caliente.

    –Déjame quitarte la calentura.

    Me rodeó la cintura con sus piernas y me jaló hacia ella. Al sentir sus pechos contra mí y tener su boca frente a la mía, no aguanté y la besé, mientras acariciaba sus pechos y movía mis caderas lentamente.

    Era simplemente maravilloso deslizarme en su interior mientras nuestras lenguas se entrelazaban y pellizcaba delicadamente sus pezones. Mis caderas se movían cada vez más rápido. Con la intención de quedar encima de mí, me voltea para montarme.

    Sus rápidos y sensuales movimientos de cadera me volvían loco. Jamás me había sentido tan bien, y la cara de mi compañera expresaba lo mismo por su parte.

    –Quiero tomarte en cuatro –Le hice saber con una mirada traviesa.

    Accedió y al levantarse pude ver cómo de sus partes brotaba un hilo de fluidos que llegaba hasta mi verga a punto de estallar. No había mejor vista que tener su culo frente a mí, entrar era todo lo que quería en ese momento al igual que ella. Me lo hizo saber y yo no la dejé esperando.

    Los estallidos que provenían del choque entre mis caderas y sus nalgas me motivaban más, junto con sus gritos de felicidad.

    Ella giró su cabeza cómo intento de mirar de reojo cómo la empotraba. Yo la tomé de ambos brazos y la jalé hacia mí hasta que su espalda quedó contra mi pecho, sólo para poder sentir sus labios otra vez. Mientras más cerca del clímax estaba, más rápido la penetraba. Le solté los brazos y la tomé de la cintura con una mano, para poder frotarla con la otra.

    –Que rico, me encanta. Voy a llegar –Dijo mientras besaba su cuello–¡Termina dentro!

    No tenía otras intenciones, simplemente la abracé mientras me venía en su interior. Nuestros gritos y gemidos aumentaron por ese instante, expresando nuestra pasión incontrolable.

    Al salir, vi cómo mi semen bajaba de su vagina. Me miró con una sonrisa pícara y abrió más sus nalgas para que pueda ver mejor.

    –¿Qué tal el paisaje?

    –El mejor que haya visto ¿Sientes esa gota que baja por tu pierna? –Pregunté mientras me mordía el labio inconscientemente.

    –Sí… está caliente.

    Se levantó para tomar la toalla y me ofreció bañarnos juntos.

    –Sería un gusto.

    –Oye –Dijo mirando en mi dirección rápidamente, pareciendo ser algo urgente.

    –¿Sí?

    –¿Cómo te llamas?

    FIN (Continuará)

  • Tormenta de sexo

    Tormenta de sexo

    El inesperado cambio meteorológico de la última media hora había traído consigo una plomiza tarde de finales de verano, enterrada por una densa, enorme y triste nube gris que parecía pesar sobre nuestros adormilados cuerpos recostados en aquella fina arena de la playa donde mi chica había sugerido retozar la siesta de domingo y yo, más contento que unas “pascuas”, había aceptado.

    La brisa húmeda y fría de levante nos empezaba a incomodar por momentos y atisbé en el horizonte una segura tormenta que no tardaría mucho tiempo en alcanzarnos.

    Un tenue beso a su preciosa cara la rescató del limbo en el que se encontraba entre mis brazos y le susurré que deberíamos irnos, a lo que se me rebeló con un lamento indescifrable que mostraba su fastidio de interrumpir la dulce tarde de abrazos con que se había ilusionado.

    Con mi serena, pero pícara, sonrisa, le dije que no se preocupara, que jamás iba a permitir que nada ni nadie nos quitara nuestra tarde.

    Tiré de ella para ponerla en pie y caminamos juntos hacia donde teníamos el coche, pero, de camino, me detuve un momento en una pequeña tienda de comestibles donde compré unos bocatas, agua y dos refrescos. Recargué la pequeña nevera que traía conmigo y la cogí de nuevo de la mano para iniciar nuestra imprevista aventura.

    Al mirarla a los ojos, los vi con mi brillo preferido, ese que colorea de tanta ilusión nuestro amor, y que completamente nos envuelve cuando estamos cerca el uno del otro.

    Me preguntó dónde íbamos y le contesté: “¿Contigo?, ¡al fin del mundo!”

    Subimos al coche y me dirigí al acantilado del cabo que está a unos pocos kilómetros. Estaba a empezando a llover, y el gris del cielo del final de la tarde se oscurecía rápidamente.

    Llegamos en apenas diez minutos, con una lluvia ya intensa cayéndonos encima, y acerqué el coche lo máximo al borde del mar. Desde allí, las vistas eran impresionantes. Parecía estar remitiendo la lluvia, pero el paisaje del mar embravecido bajo un cielo de negras nubes sobre un fondo gris, nos dejó absortos en un momentáneo silencio sepulcral.

    Rugí un “¡tengo hambre!” al que, sonriéndome, me exclamó… “vamos a comérnoslo todo”, mientras sacaba los bocatas y los refrescos.

    Al tiempo que comíamos, nuestros ojos iban cambiando de mirarnos el uno al otro a contemplar la descomunal fuerza de la naturaleza que se lucía ante nosotros.

    De repente, vimos un enorme rayo caer sobre el mar iluminando estrepitosamente el infinito horizonte. Mi chica acompañó su repentino pequeño grito a un fuerte abrazo buscando acoplarse a mi cuerpo. La rodeé con mis brazos fuertemente y le susurré: “está todo bien”

    Levantó sus ojos y me miró. En apenas unos segundos, esa leve sensación de miedo se transformó en una profunda mirada de la que empezó a emanar una enorme lujuria.

    La besé apasionadamente. Nuestras lenguas empezaron a navegar hasta zozobrar dentro de nuestras bocas mientras fuera se desataba la mayor tormenta que podríamos recordar jamás.

    Su mano se precipitó, a agarrarse a mi miembro que, en esos momentos, ya había reaccionado a las atracciones que ella me transmitía con respetables tamaño y dureza. Mientras, mis manos navegaban todo su cuerpo, entre la marea alta de sus pechos y las frenéticas profundidades de sus nalgas.

    Desabrochando mi pantalón abrió su boca en la que se metió mi pene rodeándolo con su lengua y poniéndolo al máximo de tamaño. Bajé con dificultad mis pantalones y mi bóxer mientras la observaba, desatada de excitación, pero inflexible en no dejar escapar su presa.

    Sin dejar de acariciar todo el glande, su caliente lengua húmeda se lanzó tronco abajo hasta llegar a los testículos, que lamió con ansia, comiéndolos enteros uno después del otro sucesivamente.

    Por mi parte, apenas podía soportar la tortura del indescriptible placer que me producían su mano y su lengua, llevando mi polla a su máxima erección.

    Intentando evitar correrme, tiré de su melena hacia atrás para liberar mi falo de tan placentero castigo. Durante su escapada, entrecerrando su boca, hizo rozar sus dientes con mi tronco provocando un leve dolor que me elevó a límites de descontrol, nuevos e inimaginables.

    Me sonrió y me sentí la persona más dichosa y amada del mundo, y, a la vez, con la más decidida voluntad de mostrarme y resultar el mejor amante.

    Haciendo hábil y rápidamente su asiento hacia atrás y tumbando su respaldo, me arrodillé delante de ella y sumergí mi cabeza entre sus muslos, apartando su bikini con ansia hasta llegar con mi boca a la superficie de su clítoris y la entrada de su vagina.

    Mi lengua chupaba ansiosa, y ahora eran mis dientes los que rozaban con firmeza su coño mientras la punta de mi lengua flotaba entre sus labios mayores y menores.

    No tardó en guiarme claramente con sus gemidos que, pronto, se convirtieron en soeces palabras que me enardecían y mantenían mi erección en su máximo exponente.

    Mis dedos empezaron a bucear todo el interior de la su caliente cueva, convirtiendo sus gemidos en profundos suspiros de excitación ansiosa.

    Sentí su punto de no retorno cuando sus piernas se tensaron de tal manera que me presionaron fuertemente la cabeza mientras su voz solo resonaba con un “¡siii, no pares, no pares, ahora, sigue, siii!”, hasta surgir de su gutural garganta un gemido ronco acompañado de una estampida de sus flujos empapando toda mi cara.

    Totalmente fuera de mí, desplacé mi cuerpo hasta poner mi polla a la altura de su sexo, y penetrándola con una violenta embestida, obtuve la inmediata recompensa de su grito de abandono con el que me entregaba todo su ser para la eternidad. En ese momento, la inundé con mi semen y entramos solos y juntos a ese mundo creado por y para nosotros dos. Los empañados cristales del coche habían sido testigos de ese momento de sexo y placer bestial entre nosotros.

    Mirándonos a los ojos con inmensa ternura y suave sonrisa, de una sola vez, en una plenitud de paz compartida, sólo alcanzamos a susurrarnos mutuamente un “gracias” lleno de amor.

  • Dulce Alexandra (1)

    Dulce Alexandra (1)

    Llegó aquel día. Trabajé hasta las 5 pm, y volví raudo a casa para bañarme. Yo era un chico guapo, de tez blanca, cabellos medios largos ondeados de color castaño, ojos marrones verdes, con barba no muy cargada; tenía una estatura de 1.85, con cuerpo atlético, con piernas gruesas, debido a mis prácticas deportivas, y dato no menor, tenía un pene de 20 cm, algo grueso y curvado. Ciertamente era un hombre apetecible para cualquier mujer, pero desde que llegué solo había tenido ojos para la guapa Alexandra. Por ella me alisté con una camisa elegante y unos pantalones de cuero de estilo casual. Estaba listo para intentar algo más.

    Tomé el auto y salí a encontrarla en el lugar de siempre. Ella llevaba el vestido sencillo que solía usar, solo que esta vez tenía el cabello recogido y unos zapatos con un poco de plataforma. Al verme llegar sonrió. Subió al auto y nos dirigimos a que conozca su nueva instalación de trabajo.

    Su labor iba a ser sencilla. Solo debía recibir a los clientes y llevar la cuenta de los ingresantes. Le expliqué a detalle los procesos, le mostré el lugar, le di algunas recomendaciones y pasé a mostrarle los departamentos vacíos. En esos momentos a solas soñaba despierto con echarla a una cama vacía, quitarle el vestido y cogerla tan duro hasta llenarla. Pero no podía dar pasos en falso, además en caso no se diera de manera normal, nunca estaba de más tener una despampanante y joven mujer en la recepción, ya que eso jala clientes. Lo que si debía comprarle ropa adecuada, y eso fue lo que hicimos luego. Le compré ropa formal, zapatos y un celular nuevo. Primero no quiso aceptar, pero tuve decirle que la empresa corría con esos gastos, lo cual la alivió. Toda la ropa quedaba bien en ese cuerpo, y cada sonrisa de niña con juguete nuevo me conquistaba. La llevé a cenar, y finalmente la dejé en casa. Me porté bien. Al despedirnos me dio las gracias, un beso en la mejilla y me regaló la última sonrisa del día.

    Fue en ese momento que me percaté que fue un gran día. La habíamos pasado muy bien, entre risas, entre contarnos un poco más de nosotros, entre la química que iba desarrollándose entre ambos… Y también me percaté que era una chica muy humilde, que en sí era más que nada el líbido el que me llevaba a verla con tanto interés… Pero ya con el paso de los días vería que más pasaría.

    En los siguientes días la buscaba a la hora que terminaban sus labores para dejarla en casa. De la misma manera fui de prudente, y eso hacía que ella sintiera la confianza necesaria en mí. Antes de llegar a casa la llevaba a comer, diciéndole que me encantaban los anticuchos que vendían cerca de donde ella vivía. Y fue precisamente aquel sábado, al final de la semana, que mientras cenamos en aquel local, me comentó que se hallaba muy contenta con el trabajo, que era ligero y a la vez aprendía a manejar algunos cosas en la computadora; mencionó también que ahora se sentía estable consigo misma y segura conmigo también. Fue lindo escucharla, y ciertamente era agradable estar con ella… Y sin percatarme de lo que hacía me estaba enamorando.

    La dejé en casa y por algún motivo le pedí que me prestará su baño. Entré a su pequeña casa y me dirigí al baño a miccionar. Ciertamente había tomado mucha chicha. Al salir no estaba en la sala, la llamé y no salía. Avancé por el pasadizo que iba hacia adentro de la casa y ahí noté la puerta de su cuarto entre abierta, entonces me asomé ligeramente y ví como se quitaba la falda; la misma que le quedaba un poco ajustada por las grandes caderas. Vi también como se quedaba en un calzón marrón claro que contrastaba bien con su piel canela. Ese calzón le ajustaba esas nalgas bien carnosas y firmes, las mismas nalgas sostenidas por dos muslos gruesos de piernas largas. Tenía unas piernas grandes dignas de una buena yegua. Esas caderas anchas eran las típicas de un cuerpo de pera. Se acomodó con las manos el calzón el cual hizo remover la carne jugosa de su cuerpo. Yo estaba ya con una erección furtiva surgida de aquel momento. Deseaba que se sacará también la blusa para poder ver esos senos que a veces me jalaba la vista, pero no lo hizo, se empezó a poner un buzo suelto, y cuando terminó de hacerlo, antes que dé la vuelta, me volví hacia el pasadizo.

    Me halló un poco más allá sin sospechar lo que vi, y lo que quería hacerle, y le dije que ya me iba, debía irme ya. Nos despedimos con afecto y gratitud, deseándonos buen fin de semana… Y yo deseándola un poco más.

    Me retiré y volví a casa raudo, me quité la ropa rápidamente y me metí al baño. Abrí la red social, busqué su perfil, y allí busqué la foto que se había tomado en la mañana. Era una foto que se había tomado frente al espejo del ascensor, posando de costado, resaltando ese rico trasero… Y procedí.

    Puse la foto frente a mí y me paré frente a ella. Escupí mi mano y la llene de saliva, la misma con la que cogí mi pene ya despierto, aún no erguido ni duro, ni venoso, pero si hinchado y alargado… Lo empecé a mover de arriba a abajo mientras recordaba ese trasero casi desnudo. El ver ese trasero tan jugoso, aparentemente suave y firme, me hizo imaginar lo que sería verlo siendo atravesado suavemente por mi pene blanco. Empecé a jalármela más rápido mientras mi verga se llenaba de sangre. Mis bolas se iban hinchando, mi glande se iba engrosando; sentía como se me iba poniendo dura y como se iba levantando hasta alargarse en curva.

    Para acercarme al chorreo la imaginé sentada encima, rebotando sobre mí, volteando a verme con esa carita tierna y traviesa. Fue ahí donde no toleré más y me corrí un gran chorro que manchó su foto en el celular. Jadee y respiré hondo, asentando la idea que estaba decidido a hacer mío ese cuerpo canela, exuberante. Quería ese culo lleno de mí. Esos senos rebotando frente a mí. Esos labios besándome apasionadamente. Había perdido la cabeza por ella, y estaba dispuesto a hacer lo necesario para que ella también la pierda por mí. El sexo que estaba imaginando con ella, estaba seguro que ella también lo disfrutaría. La quería llevar a los orgasmos más intensos, y que me pidiera más sin cesar. Ya me había ganado su confianza, ahora quería que me deseara como la estaba deseando yo. Lo prometo.

    En el siguiente capítulo llegará el momento de cumplir su promesa.

  • Reunión entre amigos

    Reunión entre amigos

    Era un día como cualquier otro en donde nos habían invitado a un bar para salir de la estresante rutina, le dije a mi pareja Vane que saliendo del trabajo iba a llegar allá a lo que ella dijo que su mejor amiga y su novio iban a pasar por ella.

    El día fue de lo mas aburrido en el trabajo pero ya quería ver a Vane, una noche antes me dijo que se iba a poner un conjunto de lencería de encaje rojo muy sexy, ella es de complexión regular, cabello largo castaño, de tez blanca, unos pechos grandes (34d) con unos pezones rosas muy paraditos, con una cintura que hace resaltar mucho sus nalgas redonditas y unas piernas que a pesar de no ir al gym se ven muy sexys, le gusta mucho usar faldas o vestidos cortos para resaltar su belleza, su amiga Karen por otro lado es muy parecida, solo que ella es morena clara, un poco más delgada, del mismo tamaño de busto, muy redondito y firme, piernas torneadas, ella es más conservadora y a pesar que en ocasiones usa ropa mas provocativa no causa el mismo efecto que hace mi pareja.

    Una hora antes de salir del trabajo me mandaron un mensaje por whatsapp diciendo que ya habían llegado al bar, que ahí me esperaban, hice lo más rápido que pude mis pendientes finales y tome el carro con dirección a ese lugar, cuando llegue ahí los veo muy a gusto platicando, Vane, Karen y su novio tomando unas bebidas con tequila, los salude a todos dándole un beso a Vane notando que ya estaba un poco entrada en calor por el tequila, empezando a ponernos al día con los chismes, las chicas se veían muy hermosas.

    Vane traía un vestido amarillo de tirantes que se le entallaba a su cuerpo como segunda piel, con un escote atrevido luciendo sus hermosos pechos muy orgullosa, tacones de color blanco que hacían juego con su bolsa de mano, Karen fue la que mas me sorprendió, no por lo atrevida que estaba sino que era un vestido primaveral de color blanco con estampado de flores, detalles de encaje en las orillas y la falda era de medio vuelo llegando a media pierna, era un lindo vestido, lo que me sorprendió es que quizás no era su talla porque en el escote apenas su podía tapar ese hermoso par de pechos queriendo asomarse, me decía el novio de Vane que le chocaron su carro por lo que pidieron Uber para llegar ahí.

    En eso dice vane que no hay problema que yo los podía llevar a su casa o se pueden quedar con nosotros, ya mas tranquilos después de unas rondas de shots empezamos a bailar, yo por lo regular no soy bueno bailando pero el alcohol hace maravillas, notaba que Vane se me pegaba mucho y echaba miradas a Karen que hacia lo mismo con su novio. Se paso el tiempo volando pero como queríamos seguir la fiesta propuse irnos a la casa para el after, todos dijeron que si, nos acomodamos en el carro, vane de copiloto y Karen con su novio atrás.

    Cuando entramos al carro puse mi mano en la pierna de Vane para ver su reacción frente a sus amigos pero no hizo nada, fue cuando empecé a subir la mano por debajo de la falta hasta tocar su entrepierna cubierta por un pedazo de tela, la levanto un poco para descubrir una fina tela de color rojo de encaje, empiezo a acariciarla y ella solo me sonríe, y me da un beso en el cuello diciéndome al oído “ te voy a recompensar por cuidar tan bien de nosotros”, eso me hizo sonreír.

    Al llegar a casa se notaba que ya estaban borrachos pero eso no impidió seguir tomando tequila, Vane puso música y seguimos platicando y tomando.

    Yo: Somos muy afortunados por tener unas bellezas como novias

    Karen: Claro, no cualquiera puede decir que tiene unas novias tan sexys como nosotras

    Vane: o tan tetonas- empezando a mover los pechos a su vez que Karen con sus manos también se toca los suyos

    Yo me sentía bien, un poco pedo pero bien, mientras que los demás empezaban a arrastrar las palabras, a Karen se le ocurrió jugar a verdad o castigo, a todos nos gustó la idea por lo que Karen fue la primera en preguntar.

    Karen: todo lo que digamos aquí, aquí se queda, nada de celos o escenas, pueden decir lo que sea y no va a pasar nada

    Todos: Muy bien

    Karen: Cristian (yo)… verdad o castigo

    Yo: Verdad

    Karen: ¿Cuándo fue la última vez que miraste porno?

    Todos empezaron a reírse y a gritar, haciendo mucho escandalo

    Yo: ¿la verdad?… Ayer

    Vane: ¿Cuándo? ¿Yo no me di cuenta?

    Yo: cuando estabas dormida me levante a ir al baño y cuando regrese te vi muy sexy destapada con tu babydoll, quería tocarte y comerte esos pechos tan ricos pero te veías tan a gusto dormida así que busque algo de porno en mi celular para empezar a jalármela.

    Pepe: Te entiendo, cuando veo a Karen así dormida yo tampoco aguanto las ganas de tocarla y comerme sus pechos, es que los tiene muy ricos

    Karen: Cuando quieras… te toca Christian

    Yo: ¿Pepe, verdad o castigo?

    Pepe: Verdad -tomándose casi por completo su vaso de squirt con tequila

    Yo: Ok, quiero que le hagas un baile erótico a Karen

    Solo se escucharon los gritos de las chicas

    Pepe se levanta de su asiento y yo muevo el asiento de Karen un poco para que Pepe tenga mas espacio con ella mientras Vane pone música sexy, a Karen se le notaba nerviosa y roja mientras que los demás estábamos al pendiente de como Pepe empezaba a bailarle a Karen, primer se pone cerca de ella parado y lentamente se va desabrochando los botones de su camisa, se acerca al oído de Karen y le dice algo que la hace ponerse mas roja y abrir un poco sus piernas.

    Se quita su camisa rápidamente, empieza a girarla y la avienta a sus pies, se agacha y empieza a pasar su cuerpo muy cerca de ella muy lentamente recorriendo sus pies poniendo su cabeza entre medio de sus tobillos, subiendo por sus piernas, al hacer esto sube un poco su vestido sin querer mostrando el pequeño triangulito que era una tanga blanca de encaje de color blanco, apoya sus manos en las piernas de ella abriéndolas un poco notando efectivamente esa tanga con una mancha de humedad en el medio.

    Quizás solo yo podía ver eso por el ángulo que estaba sentado porque Vane no menciono nada, después sube su cabeza por su cintura sintiendo la tela del vestido en su rostro, llegando a ese hermoso par de pechos que el solo rosa con su boca, haciendo que Karen haga su cabeza hacia atrás, el sube un poco mas en su cuello lamiéndolo y después baja lentamente por su cuerpo de nuevo, Vane grita diciendo que estuvo muy bueno ese baile y da por finalizado el reto. Cada quien se acomoda en su silla, aunque no quisiera admitirlo, el baile estuvo muy bueno, tanto que Karen estaba muy excitada y con el escote un poco más abajo mirándose un poco la areola del lado izquierdo.

    Pepe: Vane, verdad o castigo?

    Vane: Castigo, jejeje

    Pepe: Muy bien, te reto a que te quites tu bra y lo pongas en la mesa

    Vane: uuu que fácil, -se levanta de su silla tambaleando, se inclina hacia nosotros haciendo que sus pechos víctimas de la gravedad muestren lo grandes que son, después , se levanta completamente, y mirándome, baja un tirante de su vestido, después el otro y lentamente baja la parte de arriba mostrando un brasier de encaje rojo un poco transparente, después se sube el vestido y pasa sus manos a su espalda para después con un rápido movimiento de su mano pasa al frente en medio de su pecho jalando el tan ansiado brasier dejándolo en la mesa, marcando sus pezones duros en el vestido.

    Después de ovacionar esa maravillosa obra se notaba que todos estábamos muy calientes, aunque los estragos del alcohol estaban haciendo que Pepe hiciera un gran esfuerzo por no dormirse.

    Vane: a hora me toca a mi, Karen, verdad o castigo?

    Karen: Verdad

    Vane: cual es una de tus mas grandes fantasías

    Todos miramos a pepe que estaba con su cabeza en la mesa y con ojos cerrados.

    Karen: me da mucha pena…

    Vane: vamos Karen, Pepe esta dormido, no te va a ir

    Yo: Si Karen, de aquí no va a salir nada

    Karen: no sé si sea una fantasía, pero me da curiosidad de estar con una mujer, sentir sus labios y sus delicadas caricias por mi cuerpo,- en eso pasa sus manos por su cuerpo apretándose el pecho- varias veces he fantaseado eso mientras me toco, pepe no lo sabe pero me gustaría experimentarlo algún día, bueno. Christian, verdad o castigo?

    Yo: verdad

    Karen: quien tiene mejores pechos Vane o yo?

    Yo: emm… no se, no he visto los tuyos

    En eso Vane se levanta y le quita el vestido a Karen dejando al descubierto ese par de pechos majestuosos, con areola grande y pezones duros, en la parte de abajo una tanga blanca de encaje que hacía verla tan exquisita, no sabía a donde mirar, cuando Karen también le quita le vestido a vane liberando de esa prisión a unos jugosos pechos que a pesar de estar grandes desafiaban la gravedad al verse muy firmes, con unos pezones al igual que su amiga muy duros y levantados y en la parte de abajo una tanga roja de encaje, la misma que me había comentado que iba a usar una noche antes. Las dos desnudas se acercan a mi y me dicen:

    Karen: Ahora que ya los puedes ver, cuáles son los mejores?

    Vane: puedes tocarlos si aún no te convences

    Yo no podía creer lo que estaba pasando y toque los de Vane, se sentían tan firmes, suaves y apetitosos, con mi otra mano toque los de Karen, al sentirme mi rose se erizo su piel eran muy similares, aunque el pezón era mas grande que el de vane, mas moreno, yo solo hacia gesto que aún no me decidía tocando y acariciando aun esos pechos, pasando mis dedos por encimas de sus pezones y amasándolos con mis manos.

    Yo: No sé, pudiera decir que los de Vane, pero también los de Karen se sienten muy bien

    En eso me acerco al vane y empiezo a lamer su pecho izquierdo, a probar su piel, pasando mi lengua muy cerca de su pezón, haciendo círculos alrededor de él.

    Yo: El de Vane sabe muy rico, pero…

    Me acerco a Karen y al sentir mis labios en su pecho cierra sus ojos, siento como su piel se eriza nuevamente , recorro mis labios a sus pezones probándolos y lamiéndolos, en eso se le escapa un gemido.

    Yo: estos pechos saben muy ricos también, pero no se… Vane, que te parecen estos pechos?

    Vane se acerca y los empieza a lamer muy provocativamente mientras yo me pongo detrás de Karen y empiezo a besarle el cuello bajando lentamente mis manos por los costados de su cuerpo hasta llegar a su cintura, bajo besando su espalda hasta sus nalgas comiéndomelas con cada beso que les daba, palpándolas, acariciándolas, subo nuevamente, con mi mano giro su cabeza para besarla mientras que Vane pasa a su otro pecho dedicándole tiempo suficiente para saborearla, Vane se levanta y le toma su mano para dirigirla al cuarto mientras Karen me toma la mía para que las acompañe…

    Esta es la primera parte, si gustan que publique la segunda parte manden sus comentarios, me gustaría leerlos.

  • La venganza de Elina (Memorias de Xanadú)

    La venganza de Elina (Memorias de Xanadú)

    Elina estaba feliz, contenta. Al fin se hacía un poco de justicia y a ella le gustaba ser la juez y verdugo de sus violadores. Ahora ella observaba con un semblante tranquilo y alegre la escena siguiente:

    Edunë en cuatro siendo sometida por el orco soldado, tomándola del cabello y de las manos, su cara estaba apoyada contra el suelo y tenía una nueva de dolor. El orco por su parte estaba en cuclillas, penetrando el culo de la elfa y sujetándola firmemente de los brazos; eso sí, soltaba su rubio cabello de vez en cuando para nalguear a su puta elfa.

    De dicha escena resonaban los gemidos de la rubia, sin embargo y debido a que el soldado estaba hechizado este no emitía ningún sonido

    -¿Pero que haces?- exclamaba la bibliotecaria -¡Para ya! Por favor… – de sus ojos caían lágrimas

    Elina camino para quedar frente a frente con la mujer elfo y con rostro de disgusto le dijo:

    -Ahora no eres tan valiente ¿verdad? Te regodeabas frente a mi mientras esté bastardo me follaba, no, me violaba y hasta le decías que me destrozara, pues ahora verás maldita puta

    Tomo la barbilla de Edunë y la acerco a su cara dándole un lento y lujurioso beso. Al momento de separarse sonrió y dijo:

    -Venga ya, destrózala

    El soldado solo asintió, viendo al vacío y comenzó a bombear con más intensidad dentro del culito de la rubia, cada vez que la metía la zorra soltaba un gemido que parecía más un grito, realmente le estaban abriendo el culo de una forma extrema y a pesar de que le dolía sentía también, oleadas de placer que no tardaron en llevarla a tener un fuerte orgasmo.

    Sin embargo esto no agradó a Elina quien ahora la cacheteó y le dijo:

    – ¿Acaso lo disfrutas zorra? – Tomó su cabello y lo acercó a su coño desnudo – Pues ahora seré yo la que lo haga, ¡lame!

    Edunë sin más remedio y con el coño chorreando abrió la boca y comenzó a dar lametadas y a chupar el clítoris de Elina, ahora ya no la veía como un deposito de semen, algo había cambiado en su mirada y lo que antes encontraba en ella como símbolo de debilidad (igual que la propia elfa) había desaparecido, Elina no era una puta sumisa igual a ella, era alguien que tenía poder y que no debía ser molestada, lo entendió demasiado tarde mientras los primeros chorros del squirt de Elina pasaban a través de su garganta dejándole un sabor extraño, Edunë nunca había probado a una humana.

    – L-lo lo sientpff – Intentó vociferar la rubia pero inmediatamente su ahora autoproclamada ama la calló apretando su coñito bien mojado contra su boca

    – -Hablaras ah ah ah cuando te eh lo digahh – pudo decir Elina, que se encontraba muy excitada a causa de el poder que sentía sobre la sexy bibliotecaria y su violador – Y tuhh, síguele follando el culo, ahhh por Arno

    El orco obedientemente volvió a la faena, solo que ahora alternaba su culo con su coño haciéndola sufrir un poco mas al meter y sacarla tan rápida y bruscamente. Elina al ver esta escena se excitó mas y le dijo al soldado:

    – Quiero que extiendas tu verga hasta el máximo de tus capacidades – Como por arte de magia el pene verde, venoso y ya de por si grande del orco creció más, alcanzaba fácilmente los 29 cm, al sentir el crecimiento de casi 10 cm Edunë no pudo hacer más que gritar, pues el proceso comenzó y termino cuando la verga aún se encontraba en su culo, ella solo pudo decir:

    – C-carajo, ah, ah, por favor, por favor

    Elina enojada nuevamente cacheteó a la elfa y le meo la cara mientras burlonamente decía:

    – Que te calles perra ¿o es que acaso te gusta que te castigue? Anda ¿te gusta ser meada zorra?

    Edunë intuyó que debía responder y dijo:

    – Si ama, me gusta ser meada

    Elina rió y dio la orden a su esclavo de mearle la cara a Edunë

    El orco saco su verga rápidamente y se posó frente a su cara y comenzó a orinar sobre ella; la elfa se sentía inevitablemente cachonda y al sentir la lluvia dorada comenzó a masturbarse frenéticamente.

    Elina sonrió y observó la escena que ante sus ojos se desarrollaba, la bibliotecaria, de rodillas, mojada y masturbándose, sobre su fina cara se delizaban unas gotas doradas mientras la sonrisa de la elfa se debatía entre el extasis, la humillación y la felicidad, el orco a su vez, con la mirada perdida sostenía su gran miembro frente a la cara de la rubia, esperaba órdenes.

    Así entonces Elina se acercó al orco y mientras tocaba la enrojecida verga dijo:

    – Muy bien maldito perro, ahora dejarás tu verga dura por el resto de tu vida, y luego, cuando salga de la biblioteca recobrarás la conciencia, pero no por eso olvidarás esta orden.-

    Ishtar, que hasta ahora estaba entretenida observando la maldad que crecía dentro de Elina sonrió pues un acto de tal malignidad solo podía significar una cosa, Elina estaba cambiando.

    La pelirroja tomo de los cabellos a Edunë y la llevó hacia afuera de la estancia, estaba en tal estado catatónico que ni siquiera reparó en la desnudez de su cuerpos, la llevó a traves del pasillo, escuchando a momentos el grito de dolor del orco en la biblioteca. Subió hasta su recamara y ahí ato de manos al barandal inferior de la cama a la elfa, quien en todo el camino de forma tranquila había suplicado que le dejara ir, que no volvería a molestarla, que sería buena, que le daría lo que ella quisiera. Elina solo sonrió al escuchar esta ultima suplica y entre dientes dijo:

    -Yo se que lo harás

    Tollan había pasado el resto del día caminando por las inmediaciones de Deathtouch, meditando sobre lo que pasaría en unas horas, no sabía si Ishtar y Velimount fuesen tan poderosos como para saber de la existencia de Lambdamy, si su plan fallaba con ella estaría realmente solo en es putrefacto lugar. Llegó al pie de una ladera que llenaba todo el valle de Deathtouch, huestes y mas huestes de orcos y goblins poblaban el valle, tiendas de campaña con estandartes de los hermanos ondeaban por doquier y el griterío, los tambores y los gemidos hacían ver que era una gran fiesta allá abajo, a Tollan le repugnó semejante visión, la idea de que los orcos eran unos seres salvajes, violentos y sexuales inundó su mente y prefirió refugiarse en los jardines del castillo, si, había otro tipo de sirvientes igual de despreciables allí, pero por lo menos no eran huestes de ellos. Así Tollan se sentó en una banca de piedra, sostenida por dos esculturas de mujeres desnudas y encadenadas que sostenían la losa que era el asiento. Tollan observó hacia arriba, el ultimo piso de la torre este eran los aposentos de Ishtar, y en unos minutos debía comparecer ante ella, suspiró y se dispuso a subir las escaleras, guiado en la nueva oscuridad por una mujer, cuyo rostro estaba cubierto por una máscara de ónix o mármol negro, que solo tenía espacio para nariz y boca. Esta sirvienta solo llevaba medias y tacones, de piel canela invitó a Tollan a pasar, llevaba en su mano una antorcha con la cual este podría ver los escalones. Sin embargo Tollan pensó en ella ¿Cómo podría ver? Un completo misterio.

    Llegó al ultimo piso de la torre, dio una pequeña pausa y tocó la puerta…

    Hasta aquí este siguiente capitulo, sin duda llevo haciendo notas y correcciones, además de que estoy preparándoles una sorpresa enorme, un relato bastante largo que estoy haciendo en colaboración, así que prepárense mis pajeros amigos, les mando un saludo.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (15)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (15)

    —Vamos Cami, amigo mío. No le pares bolas a esos comentarios. –Fue la respuesta de Eduardo hacia mis dudas cuando le comenté lo que había escuchado. – ¡Ni siquiera sabes con certeza, que se trate de tu esposa! Puede que tenga en la mira a otra mujer. No necesita esforzarse demasiado, le caen del cielo las mujeres con solo chasquear los dedos. —Me dijo con un conocimiento abrumador.

    —Pues debe ser porque además tiene la lengua muy larga. —Le respondí acercándome aún más a su oreja, para hacerme entender a pesar del ruido.

    — ¡Jajaja! Sí, un poco. Pero quizá se deba a su pasado. —Me respondió con sorna, así que le dije… ¡Todos tenemos uno!

    —Por supuesto Cami. Claro que sí, pero tú desconoces el suyo y cada quien asume como sobrellevar sus pesadillas. Además se le infla el pecho por varias razones muy válidas. ¡Es un triunfador! No se te olvide que es el mejor asesor comercial que tenemos en la constructora y tampoco puedes negar que José Ignacio es un hombre muy «pintoso» y bien plantado. Con la sola presencia las enloquece. —Me respondió apretándome el brazo.

    —Lo defiendes tanto que ya pareces una más de sus consortes. —Le hice aquel reclamo en tono burlón, pero tan solo me palmeo la espalda para decirme sonriente, mientras daba otro sorbo a su «amarillito» sin hielo…

    — ¡Él es así! Un poco soberbio e impertinente, pero es un buen elemento. Tiene corriendo en la sangre, fluidos de liderazgo.

    —Recuerda Eduardo que no todo lo que brilla es oro. —Le refuté con decisión.

    —Ni lo que alumbra tanto quema, amigo mío. Así que despreocúpate. Además… ¿Melissa ha mostrado algún cambio en su actitud hacia ti? ¿Has percibido algún tipo de interés de ella hacia Nacho, diferente al ámbito laboral? —Negué con la cabeza dos veces, dándole la razón en todo.

    —Y sin embargo Mariana, me quedé en silencio de pie, allí junto a mi amigo y confidente. Mentalmente desestabilizado dentro de mis celosas incertidumbres, sostenido apenas por la férrea confianza que yo tenía puesta en la mujer que se encontraba esa noche a tres pasos por detrás de mí, y con mis «infundadas sospechas» según Eduardo, todavía meando en el baño de aquel bar.

    —Discúlpame cielo, pero sigo sin comprender. ¿Qué pasó esa noche contigo, para que ahora me pidas perdón? —Camilo primero me observa y luego inclina la cabeza para mirarse las manos palmotear nerviosas y en repetitivos ritmos, la desnudez de sus rodillas. Y así, sin levantar la cabeza me habla.

    —Me acerqué a la barra y le pregunté a una mesera por la ubicación de los baños. Ella, algo ocupada con una bandeja de madera bajo el brazo y la nota de un pedido en sus labios, me indicó con una mueca de su boca que a mi derecha se encontraban. Esquivando cuerpos de hombres y mujeres que bailaban enloquecidos la pegajosa canción de Luis Fonsi, «Despacito», llegué al fondo del local buscando el pasillo, –que de hecho se encontraba bastante oscuro– hasta lograr ver el letrerito rojo y rectangular con la figurita del hombre y la mujer. La del hombre había sido vandalizada por algún gracioso, que con marcador le pintó una raya negra sobresaliendo de entre las piernas.

    —Allí escuché la voz de tu compañero Carlos, dialogando con ese hijo de p…, –y me muerdo la lengua para evitar la grosería– de su bendita madre, mientras hacían fila para entrar. Detrás de ellos y por delante de mí, estaba el corpulento hombre de seguridad, que por el movimiento frenético de sus piernas, me dio a entender que iba más necesitado que yo, y sin que ellos se dieran cuenta seguí escuchando su conversación.

    — ¡Bahh! No hable tanta mierda que usted no va a poder con esa vieja. —Le dijo el flaco a tu aman… ¡Al tumbalocas ese! Y agudicé el oído, acostumbrando por igual a la penumbra, la mirada.

    —Eso ya lo veremos. ¿Apostamos? —Le contestó a Carlos, muy seguro de sus palabras, mientras le palmeaba la espalda.

    —Usted no va a ser capaz. Esa mujer no le da la hora a nadie. Es más fiel que pulga de gato callejero, y solamente se dejará «pichar» del marido, como máximo, unas cuatro veces al mes. —Le aseguró tu amigo Carlos, toreándolo.

    — ¡Jajaja! –Se carcajeó muy ufano–. Ya verás mi apreciado «bobo litro», que la arrogante esa, no solo me lo va a dar sino que me va a rogar para que me la culee con ganas a mañana y tarde, dejándola patiabierta, babeando por donde te imaginas y con los ojos en blanco. Y si me queda gustando, quizá repita con esa vieja para tenerla en mi cama una que otra noche, para que aprenda lo que es «pichar» de verdad y no lo que hará con el bobalicón de su marido. ¡Voy a darle como a cajón que no cierra! —Solo escuchaba las risotadas de tu compañero, y el suspiro, no sé si por el apuro o por la desaprobación sobre aquel comentario tan ramplón, del hombre que estaba por delante de mí.

    — ¡Es más, Carlitos! Esa vieja la va a pasar tan bueno conmigo, que voy a hacer que se quede en mi casa culeando toda la noche y lograré que me extrañe, –cuando al llegar a su casa, se encuentre de frente con el cariacontecido de su cornudo marido– deseando sentir de nuevo el sabor y la dureza de esta verga, hasta bien entrada en la madrugada. —Le respondió vanagloriándose de sus dotes sexuales y su poder de convicción.

    —Y no pude escuchar nada más, pues los dos ingresaron al tiempo, tan pronto como desocuparon el baño. Lo que escuché me preocupó y atormentó. No sabía a ciencia cierta a cual de ustedes se referían. Podrías ser tu o Elizabeth. Diana descartada pues no era casada. Tambien podrían hablar de alguna mujer desconocida. —Mariana descruza manos y piernas, colocándose en pie, incomoda y pensativa, pero no malhumorada. O eso es lo que me parece.

    —Pero me quedó sonando aquella sentencia, –repicando en mi mente cual campanario de iglesia llamando a misa de mediodía– que se me quitaron las ganas de orinar y me regresé hasta la mesa, pensando si debía decírtelo para ponerte sobre aviso o callármelo para evitar que me hicieras un justificado «berrinche», debido a los fantasmales celos que sentía de él, por todos sus comentarios y de nada en específico que me indicara que se trataba de ti. Quizá en el fondo, lo que temí es que te enfadaras conmigo, incluso que no me creyeras. —El dorso de su mano izquierda se pasea por la frente, apartando cabellos ondulados y gotitas brillantes de sudor.

    — ¿Ahora si lo entiendes Mariana? ¿Comprendes por qué debo pedir tu perdón por mi cobardía? Quise evitar que me vieras como un hombre desconfiado y controlador. Estúpidamente silencié mi boca para no comentarte el temor y la preocupación que sentía. Si lo hubiera hecho tal vez tú no hubieras terminado culea…

    — ¿Temor por él o de mí? ¿Tu preocupación era por mí o por él? —Lo interrumpo para callar lo que iba a terminar por decir de mí, redirigiendo sus pensamientos hacia otros ámbitos menos particulares y más generales.

    — ¡Temor por ti, obviamente! De que no supieras mantenerte lejana de sus constantes lances. —Y se le pliegan los parpados muy lentamente hasta formar una línea curva y negra, de brillantes pestañas entrelazadas a la mitad, como buscando intimidad en su oscuridad y un corto respiro, ocultándome la reacción en sus pupilas a mis palabras.

    — ¡Me preocupaba por él! Por si lograba en algún descuido, engatusarte con su reluciente sonrisa y pesadas bromas, aderezadas con la fama que se gasta de Don Juan Tenorio y esas poses tan rebuscadas de modelo de revista, estrenando cuenta en Instagram. —Mariana retira de sus labios el cigarrillo y con la misma lentitud anterior, entre abre la boca y sus ojos azules me miran con cristalina tranquilidad.

    —Camilo, honestamente no creo que yo deba perdonarte nada. Y cielo… No eres un cobarde por callarlo ni tampoco el culpable de lo que sucedió. ¿Sabes qué? –Le pregunto acariciando con mis dedos, los vellitos negros bien encarrilados a lo largo de su antebrazo. – Me siento un poco sofocada y sin la privacidad necesaria. ¿Podemos ir a caminar por ahí? ¿Por favor?

    Mariana ladea la cabeza hacia mi derecha pero su mirada se dirige fugazmente hacia el fondo del local, para volver a encontrarse con la mía, ya comprensiva y complaciente. ¡Voy al baño y vuelvo! Me termina por decir y se aleja.

    Mientras tanto le hago una seña al musculoso cantinero, que se encuentra detrás de la barra, para que se acerque a nuestra mesa. Necesito verificar que no se le adeude nada.

    —Andrew ¿Se le debe algo? —Le pregunto con seriedad, cuando lo tengo a medio metro de distancia y a su excesiva confianza anterior, ahora algo amilanada.

    —No señor. Todo está ya cancelado, don Camilo. ¿Se van tan temprano? ¿Pero qué les disgusto? Le puedo apartar una mesa si desea regresar más tarde… Con su señora. —Me responde un poco apenado y menos sonriente, al ver como se acerca Mariana regresando del baño, peinada hacia atrás. ¡¿Con su cabello mojado?!

    —Mucho calor, Andrew. Y… Demasiada gente. —Le respondo.

    — ¿Vamos a caminar por la playa para refrescarnos, cielo? Ehhh, Andrew, muchas gracias por tu atención, eres muy Dushi. Me saludas a Ernesto, por favor. —Voltea su cara para observar a Camilo y sonriente le extiende su mano para despedirse de él y en seguida me dice…

    —Señora Melissa, un placer tenerla por aquí y esperamos verla más y más seguido. ¡Siempre será bienvenida!

    —Gracias Dushi querido, tan bello tú. Pero por ahora como que no se va a poder. En un futuro, si la virgencita quiere y mi Dios dispone, tal vez regrese por aquí con mi marido y unos amigos para tomarnos unas «polas» bien frías o ese coctel tan especial que me ofreciste hace un rato. —Y me arrimo a mi esposo, para recostar mi cabeza en su hombro, pasando mi brazo por detrás de su cintura. ¡Y Camilo se deja hacer! Aunque percibo como tiembla, sin tener yo la certeza de que sea producto de la emoción al sentirme de nuevo a su costado, o al temor de él al imaginar un nuevo «nosotros», sepultando con mis verdades aquel doloroso pasado y con su perdón y olvido pensar en reconstruir en este presente, un nuevo futuro juntos.

    —Por supuesto señora, cuando usted guste. ¡Ahhh! Casi se me olvida. Permítanme un momento para ir hasta el refrigerador. Ya le alcanzo su botella de ron. —Nos dice y se aleja apresurado.

    Con Mariana enganchada a mi antebrazo y la botella de ron casi congelada guardada dentro de mi mochila, atravieso la ancha calle hacia la otra acera, para ampararnos con la sombra de sus edificaciones, del sol de la tarde. Pero ella se detiene en seco, liberando mi piel de la suya.

    — ¡Espera Camilo, se nos ha olvidado algo! Ya regreso. —Me dice y la veo resuelta atravesando de nuevo la calle hacia el local.

    Sube los cuatro escalones y se me pierde de vista tras la entrada. Me rasco la cabeza por debajo de mi gorra de los Yankees y por encima de mi oreja derecha. ¡No tengo idea de que puede habérsele quedado allí! Mientras la espero voy a pensar en cual ruta debo tomar. La larga por Breedestraat hasta llegar a la plaza Brión o atravesar por el empedrado callejón para llegar hasta la avenida con sus palmeras plantadas sobre el separador y frente a la cooperativa de crédito, muy cerca del muelle y de la playa blanca con más de mil y un recuerdos.

    Tomo del bolsillo de mis pantalones cortos el teléfono, y busco en la agenda telefónica el número de William. Timbra y a la segunda él contesta, precipitado y angustiado.

    —… ¡Hola Bro! ¿Cómo estás? —Lo saludo.

    —… Sí, sí. Por aquí va todo bien, dentro de lo que cabe. Despreocúpate que no haré ninguna pendejada. Sólo estamos hablando. —Le respondo sereno, para tranquilizarlo y observo hacia la entrada. ¡Nada que sale Mariana!

    —… ¿Qué?… Ahh, no, no. Esto va a ser demorado. Mariana, apenas si va por el principio. —Le pongo al tanto.

    —… ¡Ok, está bien! Por supuesto que te iré contando. ¿Y con quien estas? —Le pregunto aunque me imagino con cual conquista anda metido bajo las sabanas.

    —… Ahhh, que bueno. Me la saludas. Entonces nos veremos más tarde en la noche. ¿Cómo? —Pregunto, porque el ruido atronador de una motocicleta que está transitando, no me deja escuchar con claridad y estúpidamente me giro hacia la puerta metálica de un almacén que permanece cerrado, recostando la frente sobre las blancas laminas, pegándome más a ella y queriendo con ello amainar el sonido.

    —… Acabamos de salir del bar de Ernesto. Mariana se siente un poco enclaustrada así que vamos a caminar mientras hablamos. Necesita aire, espacio y algo de privacidad. —Le comento poniéndolo al corriente de lo sucedido.

    —… Si tranquilo. ¡Por supuesto que me portaré bien con ella!

    —… Ok. Cuídate Brother y no se te olvide ir corriendo que Kayra tiene que salir antes de las cinco para ir a misa. ¡Bye, bye Man!

    —… Listo, yo le digo. ¡Un abrazo Bro! —Y cuelgo la llamada girándome de nuevo, para llevarme un pequeño susto al sentir a Mariana justo a mi costado y a ese par de cielos azules, brillantes e inquisidores, fijos en los míos.

    — ¿Con quién hablabas? ¡Si se puede saber, claro está! —Le pregunto y me sonrió al ver su carita de asustado.

    —Con William. Quería informarle que me… ¡Que nos encontrábamos bien! Ahhh, por cierto, te envía saludos. —Le respondo ipso facto.

    —Y bueno… ¿Puedo saber qué fue lo que se te olvidó? —Y ella sin hablar me responde, alzando frente a mi rostro una botella plástica de tamaño familiar de una refrescante Coca-Cola.

    —Ok, ahora si podemos seguir. –Me acomodo mejor sobre la nariz los lentes de sol y encima de mis húmedos cabellos negros coloco mi sombrero, dispuesta a seguirlo. – ¿Para dónde vamos? —Le pregunto a Camilo y él enmudecido, se da la vuelta para echar a andar por una angosta calle.

    Por mi lado pasa una señora muy bronceada con un pequeño rubio y ojiazul. Me sonríe el niño y con su bracito elevado, me saluda muy feliz. Me recuerda a mí, acompañada por Mateo hace unos años atrás, paseando por las calles de esta hermosa isla. Al darme la vuelta observo que mi marido va unos tres o cuatro metros por delante de mí.

    — ¡Hey! Podrías esperarme al menos. —Le grito. Resignada levanto los hombros y mis pies avanzan apresurados con ganas de pisar su sombra.

    No recuerdo haber transitado antes por esta angosta callejuela. Si estiro ambos brazos es posible que casi alcance a arañar las paredes de las casas. De blanco inmaculado algunas fachadas de los segundos pisos, en el primero otra más adelante está pintada de negro y con un raro grafiti en blanco que no me dice nada pero fue meticulosamente diseñado para que pasara bordeando la puerta de metal. Hay otra más allá, por donde va caminando Camilo, coloreada de un «curuba» en leche, tanto en la planta inferior como la superior. Pero todas ellas cortan muy bien con el gris plomizo del empedrado desigual de la calle. Camilo se detiene en la esquina de aquella casa y me espera, justo al lado de un enorme contenedor de basura y detenido sobre una de las redondas alcantarillas de hierro fundido.

    — ¿Te ayudo a cargar con esa botella? —Le pregunto a Mariana.

    — ¡Nahhh, tranquilo! Deja yo la llevo. —Le contesto apretando la botella a dos brazos contra mi pecho, mientras que doy un rápido repaso a aquel pequeño espacio en forma de «T» entre las edificaciones, y que le brindan no solo claridad a las casas sino un escueto lugar para aparcar los autos. De hecho, estacionado a mi izquierda se encuentra un Hyundai plateado y a mi diestra, un Toyota azul encabeza el desfile de coches, –no muchos– que aguardan a sus dueños por la rectangular plazuela bajo la sombra de frondosos árboles de Marañón con sus flores pediceladas y justo al lado, una hermosa banca de madera pintada de blanco.

    —Ok, entonces sigamos caminando. ¡Por aquí, ven! —Me dice Camilo e igual que antes, echa a andar por delante de mí por otro angosto y nuevo callejón empedrado, aunque no tanto como el anterior. Sin embargo es muy largo y como lo veo tan solitario, me asusto un poco.

    — ¿Y es seguro? —Pregunto desconfiada, mirando hacia los lados.

    —A esta hora no hay problema. En la noche es más movidito. Es mejor ser amigo de los gatos pues salen a pasear curiosas, una que otra «djaka» y algunos peligrosos «malandros». —Le respondo a Mariana con una sonrisa de maldad en mi rostro, que ella no ve por descuidada.

    Miro hacia las alcantarillas y los desagües, imaginando que allí se esconden las ratas. Se me erizan los vellos de mis brazos y la nuca. ¿Y los ladrones? Quizá más adelante, ocultos tras una columna o esperando detrás de alguna verja de cualquiera de estas casas, la mayoría pintadas de un fuerte granate, otras fachadas de un rosa pálido, asemejándose a una garganta enorme que pareciera querer devorarnos y por úvula al fondo, alcanzo a visualizar una mediana palmera. Aprieto mis nalgas y echo a andar detrás de mi marido con rapidez hasta darle alcance y ponerme a su lado. ¿Por qué se está riendo Camilo?

    — ¡Era de mi de quién hablaban esos dos! —Le digo de improviso a mi esposo y aquella afirmación le borra de su cara la sonrisa. Agacha Camilo su cabeza, más no se detiene para encararme así que prosigo mi relato.

    —Hablaba mal de mí al principio, lo sé. Nunca lo escuché directamente, pero a mis oídos llegaron ciertos comentarios. No era de extrañar pues mi trato con él era apenas cordial, lo suficiente para no quedar ante los demás como un ser antisocial. ¡Si mi cielo! Ese estúpido me cayó tan mal como a ti, y de paso yo a él, te lo aseguro. Así que me concentré en mis nuevas actividades, listas de contactos con posibles clientes interesados, amigos, conocidos y referidos para lograr mis primeras ventas, sin apenas determinarlo a pesar de que intentaba captar mi atención con sus constantes niñerías.

    — ¡Lo sabía! —Es lo único que me responde, aunque en su rostro observo un rictus de amargura o desánimo y quizá por ello, continúa su avance con paso firme, casi huyéndole a la sospechada verdad y conmigo un paso por detrás de él, persiguiéndolo con el resto de mis palabras.

    —Me lo encontré una tarde, más o menos a mitad de mayo, junto a la máquina expendedora de café, al lado del salón comedor en el décimo piso, reunido con Carlos y los compañeros del otro grupo, vanagloriándose de su última conquista de la noche anterior. Cruzamos miradas mientras yo depositaba las monedas en la ranura para cancelar mi antojado capuchino, y sin cambiar el tono de la voz, hablaba como no, obscenidades sobre como había hecho y deshecho en la habitación de un motel de lujo, carcajeándose sin incomodarse por mi cercanía, al comentarles con pelos y señales, sus faenas sexuales con la mujer que había caído en sus garras y que al parecer era buena en la cama. Les habló más o menos bien de ella, pero después de volver a mirarme mientras yo soplaba la bebida para no quemarme, les dijo algo acerca de otra muchacha del departamento de contabilidad, burlándose de la forma en que… ¡Qué se lo chupó! Y literal, la despellejó delante de todos, por sosa y según él, por «vaca muerta». Hasta me pareció ver, que se atrevió a compartirles algunas fotografías indiscretas de su encuentro. ¡Un hombre miserable, sin escrúpulos y con total falta de dignidad!

    —Quisiera poder decir ahora… ¡Mariana, te lo dije! Pero ya ves, por cobarde no te advertí sobre ese tipo. —Me dice Camilo bastante apenado sin dejar de encaminar sus pasos hacia la salida en el otro extremo.

    —Mi vida, si tú no podías porque creías que no debías, yo sí que tenía que haberte comentado lo que escuché encerrada en un cubículo de los baños, mientras te escribía por el chat las cositas que te haría cuando estuviésemos en la casa. Las muchachas no sabían que estaba yo allí dentro, por lo tanto Carolina, doña Julia y Diana se explayaron en los comentarios de los chismes más recientes. Y el tema de conversación fui yo. Según ellas, para José Ignacio yo era una niña rica y mimada, protegida de Eduardo y que no sabía dónde estaba parada. Que las ventas no eran lo mío y que por mi forma de vestir, más debería estar dictando clases en alguna escuela rural que allí, atendiendo al público con atuendos propios de una monja de clausura.

    —Pero en ningún momento me sentí intimidada por sus groserías y estúpidas bromas. Y mucho menos con algunas de sus miradas, directas y morbosas, otras escondidas a mi vista pues aun tan temprano en la oficina, solía llevar siempre colocados unos lentes oscuros y ovalados con el marco dorado, de esos que usan los aviadores. Dándome la espalda, podía sentir que hablaba con Carlos y los demás hombres de mí, mofándose del largo de mis faldas o de la santurrona hilera de botones que ajustaban hasta el cuello, las blusas con las que iba a trabajar a la oficina «el nuevo elemento». ¡Como solía referirse a mí!

    De una de las casas a mi derecha se escapan voces. Una mujer le hace reclamos a un hombre por algún dinero no recibido. Más alla, tras los muros rojos y las ventanas de madera blancas que permanecen cerradas, huyen del segundo piso las alegres notas de una canción que reconozco por su melancólica letra. «Killing Me Softly With His Song» de The Fugees. Miro a Camilo pues sé que le encanta, pero la antigua versión en la voz de Perry Como.

    —Uhum… Ambos debimos hablar, Mariana. Y no llorar sobre la leche derramada, como ahora.

    — ¡Pufff! –Suspiro con melancolía. – Asimismo como tú, callé estúpidamente para no molestarte con mis cosas, distrayéndote de tus estudiados diseños con mis pequeñas luchas personales y con alguna que otra ofensa… ¡Otros detalles aburridos! —Le respondo, apretando contra mí pecho la botella de gaseosa al sentir que se me resbalaba con ganas de estrellarse contra el empedrado gris.

    — ¿Y qué detalles? —Pregunto ahora, apropiándome del envase frio que intentaba escapársele de los brazos.

    —Pues lo que más me ofendió, fue escucharlas hablar de como aquel estúpido sin siquiera habérmelas visto, se refería a mis tetas como un par de huevos fritos a los que él, antes de pegarles un mordisco, desearía echarles una pizca de sal para que le supieran a algo. —Suspiro, recordando mi enojo.

    — ¿Sabes? Me sentí molesta, dolida y humillada. No había dado pie a ello, lo juro. No le mostraba de más a nadie, mucho menos a él. Y sí mi cielo, te aseguro que me jodió mentalmente ese comentario. Por eso es que aquel sábado cuando sin decirme nada, después del desayuno nos urgiste a Mateo y a mí, en arreglarnos para irnos los tres de compras, yo no puse buena cara y con desgano miraba las vitrinas de los concesionarios, siguiéndote la idea de que yo tuviera un coche para movilizarme aunque no lo veía tan necesario. Lamento haberme portado tan altanera con tu amigo y contigo tan extraña. No tenía cabeza para nada más que planear una estrategia para vengarme de él y su patanería, por lo que escasamente balbucee un color cualquiera. El rojo y el negro me han gustado siempre, así que por ese Audi parqueado en una esquina de la vitrina me decidí. —Camilo vuelve a detenerse y esta vez sí gira medio cuerpo, levanta un poco su gorra y mirándome de soslayo me dice…

    —Así que por eso fue… Qué tú… —Y con su dedo índice, me señala el busto.

    — ¡Nooo!… No solo fue por eso… Pero por otra parte, sí. ¡O sea! Ya sabes que no estaba muy conforme con lo que Diosito me premió, –y me tomo las bubis por encima del vestido acunándolas en mis manos– pero por ti no lo había siquiera pensado hacer. A ti te parecían las más hermosas y deseables, así que bajo tu enamorada perspectiva, como las tenía estaban bien y por eso no te dije nada cuando tomé la decisión de operarme, pues tu amoroso juicio estaba viciado desde un comienzo. Pero aquel comentario y no te lo voy a negar, fue la espoleta que liberó la carga explosiva de mi oculto deseo. Fue por mí misma, cielo. Para elevar mí autoestima. —Y relatándole esta otra parte desconocida, veo como Camilo saca del bolsillo de la camisa, la cajetilla roja y blanca para tomar de ella un nuevo cigarrillo.

    De su mechero saltan chispas, al ser rastrillado dos veces por el pulgar y el fuego aparece. Encorvado aspira, protegiendo la llama de la brisa con la muralla de su otra mano y luego tras mantener los ojos entre cerrados, expulsa una espesa humareda por la boca, al echar hacia atrás la cabeza y el café de su mirada, elevarla al cielo. Yo le imito, más como un acto reflejo que por verdaderas ganas y enciendo uno de los blancos míos, dándole la espalda al viento.

    —Quizás debiste haberlo consultado conmigo y te aseguro que yo no… —Mariana interviene posando su mano derecha sobre mi brazo, evitando que concluya mi comentario, para enseguida terminarlo ella, con sobrada razón.

    — ¿Tú no te habrías opuesto? Por supuesto cielo, eso en ti sería lo normal. ¿Cuándo me has negado algo? Pero dime… ¿Que tanta emoción hubieses demostrado? —Camilo calla, asiente mientras fuma y de nuevo anda.

    La reconozco desde aquí. Falta calle y media para alcanzar la avenida y una calada más a mi cigarrillo para agotar su tabaco. Dos calzadas amplias separadas por una hilera de esbeltas palmeras, que ya no se ven tan pequeñas. La majestuosidad de un crucero atracado se alcanza a divisar a lo lejos y la brisa sopla ahora con mayor fuerza, estremeciendo el ala de mi sombrero, doblándola hacia atrás hasta golpear el pellizco de la copa por encima de la cinta. Camilo se sostiene por igual la gorra con una mano y la ceniza de mi Parliament sale disparada hasta estrellarse contra la tela rosa de su camisa, muy cerca del manchón que se alcanza a apreciar en su pecho.

    —No entiendo como ese comentario logró desestabilizarte, si tú fuiste siempre una mujer muy segura de sí misma. De sus cualidades y de… De tus pocos defectos. —Oprimiendo con la suela de mi zapatilla derecha, el pucho consumido le hablo a Mariana, intentando descifrar sus paulatinos cambios.

    —Créeme que yo tampoco lo entiendo. Solo que sucedió porque aquí, –y le señalo a Camilo mi cabeza. – se reventó algo. ¡Además porque entró en mi vida ella! Termino por decirle.

    — ¿De quién hablas? —Me pregunta extrañado, pero antes de responderle debemos arrinconarnos hacia el muro amarillo de la derecha, que tiene pintada la bandera de Curaçao, pues ha dado el giro una minivan plateada en la esquina y viene en dirección nuestra.

    —Mi amiga Carmen Helena. —Le respondo tan pronto como nos va sobrepasando lentamente la camioneta y en las entintadas ventanillas observo las figuras reflejadas de una pareja que amándose, se mantiene distanciada.

    — ¿La flaquita aquella que entró en reemplazo de Liz? ¿Qué tiene que ver ella con todo esto? —Le pregunto a Mariana, pues en estos meses rebobinando las imágenes de nuestra película hasta bien entrada la madrugada, a ella no la incluí en ninguna escena. ¡Al menos en ninguna comprometedora!

    —Uhumm, la novia de Sergio. El amigo de José Ignacio. —Le contesto mientras avanzamos por la calle hasta el andén, esperando que el tráfico de autos y camiones de reparto, nos dé tiempo y espacio para cruzar hasta el otro lado.

    Ni él ni yo decimos nada más. ¡El clima está cambiando! Las nubes bastante grises, flotando kilómetros más allá en el horizonte de esta tarde dominical, la hacen más fresca y llevadera. Pero estos alisios –que atentan contra la elegante estabilidad de mi sombrero y endurecen mis pezones– se esfuerzan con su aliento a naranjos mezclado con el olor del mar, en traer a mi mente las amargas diapositivas de aquel pasado, tan lentamente como se mostrarían en un carrusel frente a la lámpara incandescente en una reunión la verdad, no muy bien planeada.

    Miro a mi esposo, sintiendo un extraño escalofrió y me entran ganas de abrazarlo, pero solo me conformo con caminar a su lado para atravesar la avenida, con mi brazo doblado en forma de gancho por debajo del suyo, pero ya sin el temor a su rechazo.

    —K-Mena es algo más joven que yo. Tenía apenas 22 años cuando nos saludamos en la oficina, ella con su menuda figura tomando posesión de los implementos, llenando con su natural timidez los espacios vacíos y limpios que había canjeado Elizabeth por estar cerca de ti. Bastante introvertida y muy respetuosa ella. Delicada e inocente, pero con una suspicaz inteligencia. Además de que me inspiraba mucha ternura al verla tan nerviosa y despistada como yo en ese nuevo ambiente, con tantas personas yendo y viniendo apresurados de un escritorio hacia el otro. «Las novatas de Eduardo», nos empezaron a decir tanto los compañeros de nuestro grupo de ventas, como de los otros equipos. Pero también era la «protegida de Nachito» y él, una mañana al terminar la reunión me lo dejó muy claro, sin tener en cuenta mi parecer.

    —La dejo en tus manos. ¡Te la recomiendo! —Con un guiño de sus ojos de Hazel, complementado por la sonrisa desvergonzada, se fue muy orondo a cumplir una cita, según él, a su novia. La dejaba al cuidado de la «mojigata» y eso le brindaba tranquilidad. Desde ese día me tomé en serio la tarea, claro que con mi segunda intención. La instruí en los trámites fundamentales de la oficina y junto con Diana, nos dedicamos a realizar llamadas a clientes, concertar citas en la sala de ventas, acompañarnos a la hora de la salida y entre una cosa y otra, empezamos a cultivar nuestra sincera amistad.

    —Y por ella empezaste a espaciar tus acostumbrados picantes mensajes matutinos. De pronto dejaron de aparecer en mi teléfono tus… « ¿Quieres que te envíe una fotito?» Tras tomarme junto a los ingenieros, el café de las diez. O tus textos a escondidas durante y después del almuerzo, con frases como: « ¡Estoy aquí pensando en que parte de mí, darte a morder más tardecito!» ¿Por estar junto a ella dejaste de mantener ese necesario contacto conmigo? ¿Sin saber cuánto lo necesitaba a diario?—Mariana no me mira, pero medita su respuesta, mientras vamos cruzando hasta el otro lado en frente del amplio parqueadero, enganchada aún a mi antebrazo.

    —Si mi vida, estas en lo cierto y créeme que lo lamento. Estaba obsesionada y quería a toda costa, obtener mi venganza. Y qué mejor que conocer al detalle las debilidades del contrincante. K-Mena tenía más contacto y cercanía con Jose Ignacio, así que sin saberlo ella era la ventana por la cual yo podría escudriñar un poco más en su arrogante personalidad, para buscar una fisura, una grieta por donde yo lo pudiese atacar y humillar. Me centré en ello, en compartir más tiempo con ella para hablar entre otras cosas de él, conocer lo que yo ni imaginaba, lo que hacía y con quien, pero k-Mena me fue describiendo a un hombre totalmente opuesto a lo que tú, a lo que yo y los demás en la oficina percibíamos de él. —Zigzagueamos por entre los automóviles aparcados y en un santiamén, llegamos a la esquina del estadio de beisbol, frente a los cinemas. Y aquí Camilo endereza su brazo y me suelta.

    — ¿Querías venganza y usaste a esa muchacha para acercarte a él? Hummm, no te creí capaz de hacer algo así. Tu… Es decir, la Mariana que yo conocía jamás intentaría algo así de sucio. Usar a las personas para conseguir algo… Y me imagino que allí empezó tu interés por ese tipo. ¿O me equivoco? Ehhh, huele a café. ¡Ven vamos por uno! —Y sin esperar por su respuesta avanzo con paso firme hacia el local de Starbucks.

    ***

    Me deja sola y regañada en la esquina. Además no me apetece una puta taza de café ahora. Lo sigo de mala gana pero eso sí, saludando amablemente a los turistas que se cruzan en frente de mí. Va a tardar, pues el local a esta hora, –en pleno «Tea time»– como era de suponer se encuentra atiborrado de personas haciendo fila, en espera de ser atendidos. Menos mal que puedo distraerme mirando ropa y calzado en las vitrinas de los almacenes que están al lado, y de paso aprovecharé para llamar a Iryna y preguntarle por mi bebé… ¡Maldición! Tengo que olvidarme de esa palabra. ¡Voy a averiguar por mi príncipe hermoso!

    —Iryna, hola amiguis. ¿Cómo va todo? —La saludo sin mayor efusividad.

    —Amiga, por aquí marcha toda baja control. ¿Y ustedes como van con la charla? ¿Reconciliación a la vista? —Me pregunta.

    —Ehhh, creo que es muy pronto para saberlo. Tengo mucho por contarle todavía. Sigue distante conmigo y eso que apenas estoy comenzando.

    — ¿Entonces qué carajos han hecho todo el día? ¡Carambas! Me vas a matar con esta esperadera.

    —Una que otra sorpresa bien guardada. ¿Y Mateo? —Le pregunto para averiguar por el estado de mi hijo y de paso, cambiar el tema.

    —Salieron con mi Natasha y mi Jorge a comprar helados. Ya conoces a tu hijo, querida amiga. Cuando se le mete algo en la cabeza… Ummm, salió igualitica a su madre.

    — ¿Siií? Pues ojala cuando sea grande, jamás cometa las estupideces mías.

    —No pienses esas cosas, amiga. ¡Una error lo comete cualquiera!

    —Claro, por supuesto, Iryna. Pero lo mío no fue una equivocación pequeña. ¡Fue una puta cagada grandísima, y lo que más me mortifica, es que lo maté en vida! —Le respondo alterada.

    —No preocupes demasiado por eso. Toda tiene arreglo. ¡Ya lo veras amiga mía! Tu marido es un ser comprensiva y además… ¡Te adora! Dale tiempo. —Me responde con emoción.

    —No me queda mucho. El vuelo sale mañana a medio día. —Le contesto preocupada.

    —Entonces que carajos haces perdiendo el tiempo conmiga. Tu hijo está bien no te preocupas más, y mejor ve a seguir charlando con tu maridito. ¡Jajaja! Chao, amiga.

    — ¡Jejeje! Ok, amiguis. Después te cuento como termina todo. Un abrazo y dale besitos de mi parte a Mateo. Bye. —Y colgamos la llamada, dejándome pensativa.

    ***

    —Pssst, Naia… Pssst. ¡Aquí, aquí Naia! —Y finalmente levantando el brazo, consigo captar la atención de la amiga de Maureen entre la multitud de gorras, sombreros, melenas y brillantes calvas.

    —Ahhh, Bon tardi, Cami. Ufff, estoy muy ocupada ahora como puedes ver. ¿Pasó algo con Maureen? —Me pregunta preocupada tras el mesón.

    —No, no. Todo está bien con ella, Naia. Solo que el aroma me trajo hasta acá y me antojé de un café de tueste corto y un capuchino alto, por favor. —Y le hago pucheros de niño consentido para ablandar su corazón. Necesito mover mis influencias porque de lo contrario y sin exagerar, no saldré de aquí hasta pasadas las cinco y media.

    —Pero Cami… ¡Uichh! Ummm, ok. Pero que no se te vuelva costumbre porque me meterás en problemas con el administrador. Espérame en cinco donde ya sabes. —Y me salgo del local sonriéndole agradecido, en dirección a la puerta lateral.

    Desde esta posición la observo caminar frente a las vidrieras del almacén. Se detiene y mira. Tal vez a la ropa exhibida en los maniquís, o quizás solo observa con detenimiento su curvilínea figura reflejada. Toma del bolso su teléfono y hace una llamada. Voltea su cabeza buscándome en la entrada, pero yo me encuentro ubicado al otro costado. ¿A quién podrá estar llamando? La maldita desconfianza surgiendo de nuevo. ¡Imposible evitarlo, soy humano!

    ***

    En la tienda de Mango esta exhibida una falda de flores rojas y amarillas sobre el fondo blanco y plisado que me encantaría comprar. Tal vez alcance a entrar y echarle una ojeada. También podría preguntar por una camisa nueva para Camilo y reemplazarle la que tiene puesta. Es extraño pero en mi nuca siento un leve calor. ¿Alguien me observa? Reviso detrás mío pero solo hay una joven pareja, sentados en la banca tomando su café. ¡Estoy paranoica!

    Esta sensación me recuerda el actuar de Chacho en la oficina, –espiándome muchas veces– ocultando su fisgona mirada tras la oscuridad de sus lentes deportivos o intentando pasar desapercibido sentado en su escritorio, cambiando la posición de la pantalla de su ordenador para observarme desde allí, interesado en romper la muralla de hielo que yo había levantado, amparado igualmente en la relación que empecé a mantener con Carmen Helena, la novia de su mejor amigo.

    Recuerdo como se paseaba por el corredor con algunas carpetas bajo el brazo, simulando trabajar, preocupado aparentemente por encontrar una engrapadora suya que había extraviado, hasta llegar a mi cubículo y sin pedirme permiso, abrir las gavetas inferiores de mi escritorio, rozándome las piernas con disimulo, disculpándose con aparente sinceridad para luego revisar en el cajón superior, –aplastando de paso su «paquete» contra mi hombro– en mis objetos personales fingiendo preocupación y tomar de allí la cosedora mía, llevándosela para su escritorio a pesar de mis reclamos. Invariablemente risueño, siempre con un pícaro guiño para calmar mis protestas.

    Todo lo hacía para provocarme. Diana y K-Mena que observaban atentas, le congraciaban sus pendejadas. Yo buscaba no enojarme aunque por ratos lo conseguía con sus estúpidas bromas. Apagándome la pantalla del ordenador mientras redactaba algún informe o colgándose en su hombro mi bolso para desfilar por los pasillos, intentando imitar mi forma de caminar, exagerando el movimiento de mis caderas. Quería llamar mi atención. Buscaba que yo lo mirara, hacer que lo llamara, que le hablara… ¡Que lo buscara! Y cuando iba a hacerlo, –creyendo ser la única– me di cuenta que actuaba exactamente igual con las demás mujeres de la oficina, incluida la señora María de la cafetería o las chicas de seguridad. Estúpido «siete mujeres» mal acostumbrado, petulante y con ínfulas de ser tan importante para mí.

    ***

    — ¡Vaya, vaya! Hasta que por fin te encuentro. —Le digo a Mariana, sorprendiéndola a pocos pasos de la entrada del almacén, con mis dos manos ocupadas y las yemas de mis dedos soportando el calor de las bebidas.

    — ¡Wow, eso sí que fue rápido! ¿Cómo le hiciste para que te atendieran tan pronto? —Me pregunta ella con cara de asombro.

    — ¡Jejeje! Ya sabes, conexiones que uno tiene. Allí trabaja una amiga de Maureen y pues para evitarme la fila, usé las influencias. —Le respondo a Mariana, sin caer en cuenta del error.

    —Ajá, claro. ¡Cómo no! —Colocando las manos en sus caderas, me contesta.

    —En serio Mariana, la chica es compañera de universidad. Se llama Naia.

    —Uhumm. Ok, cielo. Menos mal porque con esa cantidad de gente esperando su turno… Ya ves Camilo, que a veces se hace necesario utilizar a las personas que el destino coloca en el camino para nuestro beneficio. No somos, como puedes ver, tan diferentes tú y yo. —Me responde con una sonrisa de satisfacción en su rostro.

    Siento el golpe bajo, fuerte y al costado. Pero instintivamente yo respondo y lanzo a su quijada mi derechazo. Metafóricamente hablando.

    —Es cierto, en parte. Aunque existe una sutil diferencia entre lo que hicimos. Yo apenas he conseguido saltarme los turnos para obtener estas dos bebidas, –y le alcanzo su capuchino– pero tú buscaste acercarte a ella para conseguir vengarte de una ofensa… Acostándote con tu agresor.

    Mariana enmudece, agacha la cabeza y girándose echa a andar hacia una banca libre ubicada en frente del almacén.

    — ¡Estúpido! —Alcanzo a escucharle decir, mientras se sienta y cruza una pierna sobre la otra, acomodando el bolso, también su sombrero al costado como protegiéndose, y fija su mirada de rabia directa a mi posición.