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  • Curiosidad saciada

    Curiosidad saciada

    Soy de Cartagena, Colombia. Desde muy joven siempre tuve la curiosidad de experimentar qué se siente penetrar un rico culo, disfrutar de las nalgas de una mujer que sienta deseos de ser penetrada por detrás. Para mí suerte conocí una página en internet en la que pude saciar esa fantasía.

    Una tarde recibí la notificación de una mujer que quería probar experimentar con alguien que no conocía y para mi suerte le gustaba el sexo anal. Nos encontramos en un centro comercial, cabe resaltar que nunca la había visto, y era una mujer espectacular. Alta, morena, con unas nalgas monumentales, yo estaba a punto de casarme y ella me quiso dar el culo como despedida de soltero. Fuimos al motel y al principio los besos y las charlas fueron tímidas.

    Pero en la medida en que nos acariciamos y fue subiendo la temperatura se fueron soltando los miedos y sucumbimos al placer. Empecé besando su cuello y bajando lentamente por su espalda hasta llegar a sus nalgas.

    Le bajé el Interior y besé su culo y la acosté y le chupé el culo mientras le penetraban su sexo con los dedos, estimulando su punto g lo que le provocó convulsiones y chorros, con mi pene erecto la penetré despacito y su vulva era apretada, sentí bastante placer, pero yo quería probar anal.

    Ella se aplicó crema en el ano y me abrió sus nalgas y su culo y me lo dejó en bandeja para ser penetrado, a lo que empecé penetrando despacio, lentamente y sentía como ese ano me apretaba haciéndome sentir tanto placer.

    Fui aumentando el ritmo y la penetré duro primero boca abajo, su posición favorita para el anal dijo ella, y después de perrito haciéndome explotar de placer y venirme dentro de su culo. Lo hicimos 3 veces esa tarde, y en todas hubo anal. Nunca más la volví a ver, fue algo espontáneo.

    Me casé, pero a mi esposa no le gusta el anal, por lo que quedé con el nuevo gusto adquirido sin volver a probar.

    A veces siento muchas ganas de volver a probar nuevamente el dulce placer de penetrar un culito.

    Espero repetir esa experiencia y quizás conocer a esa nueva mujer que esté dispuesta a entregarlo solo por el placer de sentirlo también.

  • Mi casa de playa (4)

    Mi casa de playa (4)

    Como a eso de las 2 de la tarde de aquel domingo le pedí al jefe de mi esposo, y nuevo amante mío, que se fuera ya que quería reposar y luego ir a la bendita playa a la cual ni un pie había podido acercar. A regañadientes aceptó y fui a darme un nuevo baño, salí en toalla y me senté en el sofá a relajarme y pensar en todas las cosas que me habían pasado en este fin de semana atípico…

    Estando con mi mente volando, nuevamente alguien me llama afuera. Era una voz femenina, quién sería esta vez, Dios? Me puse un short, una camiseta corta y salí, encontrándome con una vecina de la casa de enfrente a quien reconocí pues llegó el mismo día que yo con su pareja al pueblo costero, llevaba en sus manos una botella de ginebra y un jugo:

    -¡Hola! Espero no molestar… ¿estabas ocupada?

    -No para nada, pasa adelante.

    Comenzamos a hablar y me pidió dos vasos para servir la ginebra con jugo de naranja. Busqué hielo y nos servimos a nuestro gusto… Me comenzó a contar que estaba feliz porque la habían llamado de su trabajo y le notificaron que le dieron un ascenso y que no pudo contárselo a su marido ya que éste se había ido temprano de pesca, que por eso pensó en salir a festejar y se le ocurrió acercarse a mi casa y ver si estaba disponible.

    Me había visto desde el viernes y le parecí una persona agradable y que, aunque desconocida, pues tenía que celebrar y quien mejor que su vecina que, al menos, estaba allí cerca y nunca está de más entablar nuevas amistades. La idea no era mala así que nos instalamos a beber y festejar el ascenso de la chica. Ella era muy bonita, tendría como 28 años, blanca con un cuerpazo de infarto. No tengo problemas en reconocer la belleza de una mujer y, ella, era espectacular además de muy simpática y chistosa.

    Bebimos casi toda la botella y me recosté del sofá pues estaba un poco mareada, más no me percaté de que como no llevaba ropa interior el short se había rodado a un lado y se veía parte de mi rajita, rasurada y aún húmeda producto de la reciente ración de buen sexo. Ella miró hacia mis muslos algo sonrojada y me preguntó:

    -¿Estás cómoda?

    -Sí, hehe -le respondí -algo mareada, no acostumbro beber de esta manera…- ella seguía viendo mi entrepierna y allí si me percaté de que algo pasaba, de inmediato acomodé mi short y le pedí disculpas…

    Ella me preguntó el por qué estaba tan húmeda, de inmediato se me ocurrió decirle que estuve viendo una película porno en mi cuarto y recordando a mi esposo (vaya excusa) y ella soltó una carcajada. Le dije que si ella no veía películas de ese género y qué le parecía tan gracioso. Respondió que claro que las veía, muchas veces con su marido o a solas como yo, pero que cuando tocaba el tema con otras amigas le decían que nada que ver, que eso era depravado, o que si necesitaban ver esas porno para excitarse ella y su marido, etc.

    Así que lo dejaba hasta ahí para no caer el polémicas, por ello le parecía agradable que coincidiéramos en ese aspecto… Y que se reía también producto de los tragos. Seguimos charlando y me preguntó por mi pareja, le conté todo lo sucedido (con respecto a mi esposo no más, claro) y así pasaron los minutos entre pláticas y risas. Poco a poco fuimos acercándonos una a la otra, de vez en cuando un toque por allí, otro por allá, roces de piel… Empecé a sentirme como que demasiado a gusto con ello, y cuando podíamos nos veíamos con picardía y cierta indiscreción:

    -Déjame decirte vecina que eres muy guapa, y te gastas una figura monumental, eh? Tu marido debe sentirse orgullosos de ti…

    -Hahaha, gracias vecina -dije con cierta timidez- es un halago viniendo de una mujer tan bella y sensual como tú…

    -¿Puedo preguntarte algo? – Dijo…

    -Si, dime…

    -Lo has hecho alguna vez con otra mujer? Yo siempre he tenido deseos de hacerlo, pero me da temor que mi esposo se entere y me crea una loca depravada, mas siento que quiero probarlo, que hay algo cuando él pone una porno y veo dos chicas haciéndolo que me excita muchísimo, más allá de una simple fantasía…

    Le comenté que ciertamente me ocurría igual que a ella (vaya que los tragos desinhiben, eh?), que fantaseaba con estar con una mujer y mi marido pero eso quedaba en mi mente en ciertas ocasiones que hacía el amor con él, o cuando me masturbaba a solas, o después de ver escenas de las pelis porno.

    Agregué que es algo que quizás a muchas nos pasa, así como imaginar tener dos hombres a la disposición penetrándote y eso… Pero que eran únicamente estimulantes para la relación, ¡qué sé yo! A ella se le iluminaron sus ojos y sonrió, estuvo de acuerdo con lo que le comenté y agregó que sería excelente cumplir una de esas fantasías, pero más la de probar con otra fémina a ver qué tal…

    En fin, por allí se fue la charla, que si la bisexualidad femenina, que si admirábamos a nuestras congéneres bonitas, etc. Y de repente, sin darme tiempo a pensar nada, ella acercó sus labios a los míos, comenzando a besarme con un desespero que ni en mi esposo en uno de sus más apasionados besos sentí, o en alguno de mis amantes de turno… rozaba la lengua en mis labios y acto seguido la introducía en mi boca.

    Debe haber sido tanto el licor como la excitación de aquello tan diferente, recordaba las palabras del jefe de mi esposo cuando me dijo que atraía a hombres y mujeres por igual, que comencé a responderle con la misma intensidad:

    -Eres irresistible, qué labios tan tiernitos, ¡y tu boca sabe a gloria!… Me gusta esto que siento, sabes? No imaginé que fuese tan divino besar a otra chica, guaooo… – me decía la vecina – Me detengo o estás a gusto?

    -Nooo, no te detengas… Y pues tienes razón, es algo totalmente diferente a besar un hombre, aquí hay más calidez, más suavidad… – le respondí.

    Volvimos a besarnos, mientras su lengua llenaba mi boca sus manos empezaron a rozar mis senos por encima de la camiseta, apretando los luego entre suave y fuerte. Dejó una mano en mis tetas y se inclinó un poco más para bajar a mis piernas, tocando entre mis muslos buscando rodar la tela de mi short…

    -¿Así te gusta que te toque? -Me dijo…

    Sólo pude gemir y mover mi cabeza de arriba abajo en un claro «si» al sentir las ricas caricias que me propiciaba, mientras mi vagina chorreaba como nunca entre sentirla a ella, su tersura y delicadeza, y mi mente centrada en lo deliciosa que era esta nueva experiencia. Me sacó la franelilla, ella se sacó el vestidito que cargaba y su sostén, dejando al aire unas tetas grandes, rosadas y con los pezones muy duritos… se recostó a mi lado y ambas comenzamos a besarnos y tocarnos las tetas, chupándonos los pezones alternativamente una a la otra, mientras nuestras manos subían y bajaban, recorríamos nuestras cinturas, ombligos, interior de los muslos y las entrepiernas ya totalmente mojadas…

    Le dije que era mas cómodo irnos a la habitación, que la cama era inmensa y ya el aire acondicionado tenía rato encendido, que allí estaríamos a nuestras anchas. Nos levantamos y nos fuimos para la habitación principal, ella se acercó y me bajó el short, lentamente pasando su mano por mis nalgas, por mi culo y mi rajita hasta que cayó mi diminuta prenda al suelo. Besó y toco mis piernas completitas…

    Cuando me volteé ella empezó a desnudarse frente a mí dejando ver sus increíbles y apetecibles curvas, entonces nos recostamos en la cama y retomamos las caricias, los besos, las manos sobándonos las tetas, masturbándonos y tocándonos a gusto. Recorríamos nuestros cuerpos con besitos, mordiscos suaves, nos chupábamos toditas, algo que me enloquece es que me besen los pies y ella lo hizo de forma magistral y yo le correspondí con igual gesto… ¡Aaahh, qué ricura era eso! Hicimos un 69 que nos llevó a la gloria, alcanzando orgasmos inenarrábles. Lo que no sabía era lo que estaba a punto de ocurrir…

    Entre el ruido del aire, la entrega total y nuestros gemidos, no sentí que alguien entró, era el esposo de mi vecina y estaba viéndonos, no sé cuantos minutos había estado allí, hasta que decidió acercarse a la cama. Su mirada era de lujuria, pasión… Me observaba con un deseo que jamás había visto en un hombre mientras nos alentaba a seguir como si él no estuviera allí, yo sentí una pena horrible y tapé mi cara pero mi vecina me habló:

    -Tranquila bebita, no te sientas mal, relájate como venías haciendo y deja que todo fluya…

    -Pe… pero… es que no esperaba esto, yo…

    -Shhh, quieta mi cielo, bésame…

    Ya de tanta excitación y la forma sublime como me habló ella, me permitieron soltarme, aflojarme de la tensión producida por la vergüenza inicial para entonces sonreír y decir para mis adentros programándome: «goza, disfruta de esto que es un obsequio del Universo, has experimentado mucho en estos días, sigue pasándola hot, es inevitable que huyas de tu naturaleza de hembra en celo constante»; en ese instante sentí las manos calientes y grandes del vecino en mis nalgas, comenzó a besarme la espalda, despacio, hasta bajar a mi ano donde introdujo su lengua.

    Yo estaba en 4 lamiendo la cuca de mi vecina, bastó sentir la lengua de aquel macho en todo lo que era mi culo para alcanzar un nuevo orgasmo… eso hizo que acelerara mis chupadas en la vagina de mi amante, ella me pidió que subiera una mano hacia sus senos y las apretara, hasta que acabó delicioso… Sus jugos vaginales sabían a gloria, pero ya yo deseaba un pene dentro, no aguantaba más… Así que le pedí al hombre que me penetrara, al voltear ya estaba desnudo y observé un miembro hermoso, grandísimo y grueso, así que exclamé:

    -¡Diosss, es grandote! Qué bello pene tienes… La forma, grosor, tus testículos… ¡Es un espectáculo que invita a comérselo!… Disculpa vecina… – me dio luego algo de penita con ella mi admiración por aquella verga tan hermosa.

    -Haha, tranquila amor, te entiendo… Su verga es realmente una ricura y es perfecto… Ya verás el cúmulo de sensaciones que te dará… – dijo mi vecina con voz quebrada por el placer que la embargaba y sin inmutarse por mis alabanzas hacia la virilidad de su marido.

    Me acosté y en posición de misionero el vecino me lo metió, tan sólo sintiendo la primera estocada tuve un orgasmo explosivo e inició sus mete y saca grandiosos… Mientras, la chica se dedicó a besar y lamer mis senos, aquello era espectacular, yo estaba en el éxtasis más grande de mi vida y tuve otros orgasmos; el sentir aquel miembro majestuoso dándome tantas descargas de placer más a mi vecina haciéndome todo aquello era algo majestuoso, placer por todos lados…

    Al rato, él me lo sacó, se puso entre ambas y nos dedicamos a mamárselo como poseídas, era algo que hacíamos con sincronización como si hubiésemos ensayado hasta que sobrevino una descarga de semen abundante que las dos tragamos, compartimos, nos besábamos con las boquitas llena de leche ¡Qué locura tan sabrosa!

    -Mmmmm, qué rico todo esto… – decía yo entre gemidos y balbuceos.

    -Sí, lo mejor que he experimentado… ¡Ambas son una divinidad! – comentó el esposo de mi vecina.

    -Es que nuestra vecina es fabulosa, vaya atino que tuvimos con ella…

    Nos acostamos los tres, él en medio y comenzamos a darnos besos, caricias hasta que el guevote del macho volvió a erguirse. Ella se sentó sobre aquel soberbio mástil y empezó a moverse, yo me besaba con el hombre, luego lamía sus tetillas, subía hacia sus orejas, cuello, hasta que subí a darle besos a ella y lamer sus tetas hermosas, así estuvimos un rato hasta que ella acabó, mientras que el caballero me hizo poner mi cuca, sentadita sobre su boca y empezó a chuparme, sacándome al ratito otra venida riquísima. Mi vecina extenuada, se bajó de cabalgar a su macho y le ordenó a él:

    -Ahora cógete a la vecinita por el culo, anda…

    -Ok, ¡si es de su agrado…! – dijo su esposo – Y por cierto, cómo te llamas preciosa?

    -Verónica, me llamo Verónica… Y claro que será de mi total agrado y gusto que me cojas y hagas tuya por atrás, ¡me muero de ganas! – dije con sonrisa de puta.

    -Hahaha, vaya qué candela eres Verónica, qué agradable que seas receptiva por todas partes… – río y comentó la mujer. -¿Quieres algo de lubricación?

    -No, así mismo, mi ano lo aceptará tal cual aunque sufra al principio, hehe…

    Me puse en cuatro patas, dispuesta a recibir ese vergón en mi ano. Lentamente comenzó a metérmelo mientras mi vecina prodigaba sobre mí sus mejores caricias y besos húmedos. La sensación de cuando la cabeza de aquel monstruo entró fue bestial, vi estrellitas y lo confieso… casi me flaquean los brazos:

    -Aaay, aauch, qué enorme!!! – hablaba casi pujando.

    -Relájate princesa, afloja tu agujerito, sí? – decía mi vecinita y amante.

    -Aaay, aagh, qué rico, qué rico, cógeme, métemelo todo, aaay… Dame duro papito…

    Allí inició la cogida, una vapuleada descomunal… Yo gritaba, apretaba las sábanas, incluso mordí fuerte a mi vecina en uno de sus brazos. Ella se quejó pero con dejo de disfrute, qué tal? menos mal… Seguidamente ella se puso a mi lado cual perrita también, allí su marido me la sacó y se la metió a ella igualmente por el ano. Intercambiaba cada cuanto de culo mientras nos hacía gozar y nosotras a su vez nos dábamos besos de lengua entre quejidos, acabadas y alaridos. Así estuvimos por varios minutos hasta que el vecino echó su descarga de leche sobre nuestras nalgas.

    Caímos los tres en la cama, entre sudor, semen y jugos vaginales por doquier. Quedé en medio de la pareja y me tocaban con delicadeza, me decían cosas lindas, me otorgaban besitos secos hasta que producto del relax total, me quedé dormida. Al despertar ya avanzadas la horas nocturnas, encontré un escrito en un papel en la mesa de noche. «Querida vecina, fue un enorme placer haber compartido el mejor sexo de nuestras vidas contigo, esperamos se repita pronto. Ah, nuestros nombres son Carla y Bruno, dulces sueños».

    Sonreí, cerré los ojos y medité sobre todo lo que había vivido en ese fin de semana largo, estuve con un jovencito, fui violada entre temor y placer inmensos, el Jefe de mi marido se las ideó para cogerme, los vecinos me dieron la oportunidad de un trío y de gozar con una mujer por vez primera… Fui toda una puta consagrada, diplomada, y me habían dado todos el placer más grande, extraño y variado que jamás recibí y que, por supuesto, para un futuro no muy lejano, estaba segura de volver a experimentar sin dejar a mi marido porque al fin y al cabo, con él disfruto también y lo amo. Será que en el fondo todas las mujeres somos zorras, reprimidas por tabúes sociales, necesitadas del goce total, de salir de lo rutinario, de practicar la poligamia?

    (Continuará).

  • La verga de mi hijo

    La verga de mi hijo

    Hola, soy un hombre mayor de 58 años tengo un hijo de 20 años, es muy parecido a mi cuando tenía su edad.

    Soy heterosexual, pero sin embargo no podía evitar notar que a mi hijo se le marcaba mucho el paquete, incluso más que a mí (soy de tamaño normal, pero un poco grueso).

    Trate de tocar el tema del tamaño del miembro pero nunca dio una respuesta concreta, también trate varias veces de ver su verga pero sin éxito.

    Incluso comencé a pasear frente el con la verga a el aire para ver si él también lo hacía, pero nunca lo hizo.

    Lo más cercano fue cuando lo vi en unos boxers blancos que le repintaban toda la verga y los huevos… Y vaya que se veía que estaba bien armado… Después de esto no podía con la curiosidad de saber si había heredado mi verga o si la tenía completamente diferente a mí.

    Un día le envié una foto de mi verga y fingí que fue por error, esto para ver su reacción y talvez si veía mi verga erecta me mostraba la de él, pero la única respuesta que tuve fue «papá, creo que te equivocaste de chat».

    Ahí fue cuando contacte con uno de esos perfiles de Twitter de «heteros engañados», les pague por una foto de la verga de mi hijo, lo único que quería era sacarme la duda.

    Después de uno o dos días recibí la foto, y vaya sorpresa que me di al ver que mi hijo carga con una verga enorme, más grande que la mía… Un día le llamé y le mostré la foto de su verga y le dije que me lo habían enviado.

    El, un poco apenado me acepto que era el, yo le dije que estaba orgulloso de tener un hijo con una verga tan grande, y le aconseje que aprovechara ese gran don… Ahora él también se pasea con la verga al aire… Pero debo admitir que estoy empezando a pensar lo bien que se sentiría chupar esa vergota…

    ¿Algún consejo para lograr chuparle la verga a mi hijo?

  • Terapia femenina

    Terapia femenina

    Mi nombre es Andrea, soy terapeuta sexual y tengo 38 años. A pesar de no ser ya tan joven, considero que a mi edad aún soy una mujer atractiva.

    Quisiera relatar una experiencia que tuve con una de mis pacientes, que por cierto era mucho más joven que yo.

    SU nombre era Karen desde que entró al consultorio noté que era muy hermosa, parecía una muñeca.

    Le di la bienvenida a mi consultorio y me presenté:

    –Dime, cuéntame que sucede –Le dije

    –Cuando estoy usted sabe, explorando mi cuerpo y tocándome, siento que no logró concentrarme.

    –¿Por qué crees que no logras concéntrate?

    –Porque no logró terminar lo que estoy haciendo, tú sabes

    –No logras llegar al orgasmo

    –Si, así es. No logro tener un orgasmo, por más que lo intento. Ni siquiera sé si he tenido uno de verdad alguna vez.

    –¿En que piensas mientras te estas tocando?

    –No lo sé, por lo general que me hacen el amor

    –Pero no logras terminar

    –Así es, me avergüenza esta situación y también hablar de ello

    –No sientas vergüenza, es muy normal todas las mujeres nos masturbarnos y no siempre logramos terminar

    –¿Qué crees que debería hacer?

    –Quizás no te das el tiempo necesario para entrar en tu fantasía

    –Si, lo he intentado pero termino pensándolo en otras cosas

    –Quizás pueda ayudarte a concertarte, si me tienes un poco de confianza –Le dije

    –¿Me estas pidiendo que me masturbe aquí, en tu consultorio? –Replicó

    –Si, pero no temas, no es necesario que te desnudes. Te puedo dar un traje de baño completo de color blanco

    Sólo tiene descubierta la parte de la espalda y así podrás sentir tus propias caricias por encima de el.

    –Está bien, creo que podría ser buena idea –Me dijo

    Le entregue el traje de baño y le pedí que entrara al baño a cambiarse.

    –Toma, por cierto se abrocha de la parte inferior –Le dije

    Le había dicho que era de color blanco pero en realidad era un poco semitransparente, quería ver su cuerpo. Desde luego que tenía otros colores, pero le di ese.

    Podía escuchar a Karen cambiarse desde donde yo estaba. Escuche el ruido de sus zapatillas y de hecho, también escuché cuando se sentó en el escusado y orinó un poco, aprovechando que estaba cambiándose en el baño.

    Cuando Karen salió, lucía realmente espectacular con tacones de color negro y metida en aquella prenda ajustada y semitransparente por lo que podía alcanzar a ver como se transparentaban sus senos y su vello púbico.

    –¿Sabes? No es tan blanco el traje de baño como me habías dicho –Me reclamo al salir

    –Si, disculpa Karen, se me termino ese color, por lo que te di este.

    –Está bien, somos mujeres, no importa si me ves un poco –Me dijo

    –Por poco y no te queda, tienes una figura muy hermosa

    –Gracias Andrea –Me respondió un poco apenada

    –Veo que no te quitaste tus zapatillas –Le dije

    –Así es, es porque no quiero tocar el piso frío

    Le pedí que se sentara en el diván y que cerrara sus ojos.

    Me coloque detrás de ella y comencé a acariciarle sus hombros y su espalda con el fin de que se sintiera relajada.

    –¿Te agrada que te acaricie la espalda? –Le pregunte

    –Si, es agradable –Me respondió

    –¿Quieres intentar tocarte un poco para ver si logras tener un orgasmo? –Le pregunté

    –Quizás, podría intentarlo, pero no se si pueda concentrarme

    –¿Quieres que te deje a solas mientras lo intentas? –Le pregunte

    –No, en realidad no, prefiero que me aconsejes o algo asi

    –¿Que te parece si te acaricio la espalda mientras tu te comienzas a tocar?

    –Si, eso sería mejor, supongo

    Mientras tocaba sus hombros y su espalda Karen comenzó a tocarse por encima del trajo de baño, ahí debajo y también sus senos. Al ver que se estaba empezando a concentrar le di un pequeño beso en su cuello y en su hombro.

    Karen volteó a verme y me dijo algo que no esperaba.

    –¿Tienes otro traje de baño? ¿Te lo pondrías? –Me pregunto

    –Si tengo otro, pero, ¿porque quieres que me lo ponga? –Le pregunte

    –No lo sé, para sentirme más en confianza contigo

    Entre al baño y me coloque un trajo de baño igual al de ella, semitransparente.

    Al salir, Karen me miró y sonrió.

    –Te queda muy bien –Me dijo sonriendo

    –¿Tu crees?

    –Si, es más transparente de lo que pensé pero me agrada

    –¿Si verdad? –Le respondí

    Me coloque detrás de ella y seguí acariciando su espalda mientras ella continuaba acariciándose.

    Por un momento me paso por la mente la idea de acostarme con ella, pero no quería asustarla, entonces me quite la parte de arriba del traje de baño y me acerque para ver como reaccionaba.

    Karen sintió mis pezones en su espalda.

    En ese momento ella pudo haberse levantado confundida y molesta conmigo pero en vez de eso, tomo mi mano y la coloco en su entrepierna.

    Mientras la tocaba en esa zona la respiración de Karen se agitaba.

    –No debiste haberte desnudado Andrea, harás que me den ganas de tener sexo

    –¿Has estado con otra mujer antes?

    –No, en realidad no. Solo chicos.

    –¿Y te han gustado esas experiencias?

    –No mucho en realidad, solo buscan satisfacerse ellos mismos.

    Mientras Karen se quejaba de sus malas experiencias sexuales, mis caricias se trasladaron discretamente a sus senos, como queriendo acariciarlos.

    Avance un poco más y pude sentir como sus pezones comenzaron a sobresalir debido a mis caricias.

    Karen volteó a verme. En ese momento se dio cuenta de que estaba a punto de tener su primera experiencia sexual con una mujer y se quedó como pensativa.

    –Si te soy sincera no esperaba esto, yo…

    Karen no pudo terminar lo que me estaba diciendo porque le di un beso, el cual después de un breve momento me devolvió.

    –Dejame mostrarte lo que es el verdadero placer ¿si preciosa? Confía en mí. –Le dije

    Karen asintió con la cabeza y le pedí que se recostara en el diván.

    Me hinque, abrí sus piernas lentamente y me acerque a su intimidad.

    Pude ver que su traje de baño estaba humedito, haciendo que su vulva fuera fácil de reconocer pues sus labios mayores sobresalían.

    Comencé a tocar a Karen con mi mano de forma circular y a besarla por encima del traje de baño.

    Sus jadeo poco a poco empezaron a convertirse en pequeños gemidos.

    Mis besos se mezclaban con lamiditas que le hacía y el trajo de baño no tardo en humedecerse aún más y volverse aún más transparente.

    En ese momento, el traje de baño ya se había convertido en un estorbo innecesario y lo desabroche dejando al descubierto su vulva y su ano de color rosa.

    Karen puso sus manos en sus nalgas y yo comencé a besar y a lamer todo lo que estaba a mi disposición.

    Fue así como mis labios conocieron el sabor de su dulce intimidad y el sonido de su excitación juvenil.

    Los gemidos de Andrea eran cada vez más evidentes, difíciles de disimular y sus primeros gemidos agudos no tardaron en llegar mientras yo recorría toda su intimidad de arriba a abajo con mi lengua.

    –Ah Andrea, nadie me había besado de esta forma! –Me decía entre gemidos mientras se tocaba los pezones

    –¿Te gusta?

    –Si, si… sigue haciéndolo ¡me encanta! –Exclamó

    Cuando vi que Karen estaba a punto de llegar, tome su mano y la puse en su vulva para que siguiera tocándose por si sola. A fin de cuentas había venido a mi por ayuda y es lo que quería darle.

    Su vulva estaba ya muy húmeda por lo que no le faltaba lubricación para meter sus dedos y así lo una y otra vez hasta que llegó a donde tanto deseaba.

    Karen arqueo su espalda y comenzó a gemir de una forma muy intensa. Estaba comenzando a tener un orgasmo muy rico.

    Finalmente se estaba viniendo ¡y de qué forma! Su cuerpo se estremecía mientras gemía, probablemente por varios microorgasmos a la vez seguido del orgasmo principal.

    Karen comenzó a recuperar su respiración poco a poco aunque sus mejillas estaban un poco sonrojadas y sus pezones muy erectos.

    –Pero, que pena, no pensé que fuéramos a hacer esto. –Me dijo que un poco avergonzada

    –No tengas pena conmigo Karen. Como te decía es muy normal, todas las mujeres nos masturbamos pero no siempre podemos llegar al orgasmo.

    Mientras le decía estas cosas tome su mano y la coloque sobre mi muslo.

    –Nunca he besado a otra mujer de la forma en como lo acabas de hacer conmigo

    Entonces me abrí de piernas y me desabroche el traje de baño.

    –¿Te gustaría tener tu primera experiencia de este tipo conmigo?

    –Si, la verdad es que si, si quiero –Me dijo con una sonrisa

    Karen se acercó a mi intimidad, despacio, como explorando territorio desconocido.

    –Te necesito Karen, ¡hazme tuya! –Le suplique

    Karen comenzó a darme pequeños besos sobre mi vulva, que poco a poco se volvieron mas prolongados, acompañados con pequeñas lamiditas que me hacía a lo largo de mi vagina, deteniéndose por momentos en mi clítoris.

    Aquella hermosa chica que había entrado en mi consultorio me estaban llenando de demasiado placer, pues estaba comiendo mi vulva como si quisiera extraer todo el jugo de una fruta dulce y viscosa.

    Sentía tan rico que inevitablemente empecé a gemir de forma intensa. La lengua de Karen estaba haciendo que perdiera por completo la cabeza hasta llevarme a tener un orgasmo.

    No queríamos que terminara nuestro encuentro, así que le pedí que se recostara en el diván y me subí sobre ella de forma invertida. Me agrado volver a tener su sexo tan cerca de mi, listo para recibir mis besos.

    Karen siguió besándome y lamiéndome como nunca lo había hecho en su vida, haciendo que me volviera a venir de una forma deliciosa.

    Al terminar nos quedamos recostadas en el diván desnudas, acariciándonos y besándonos. Sabíamos que habíamos encontrado algo especial.

    A partir de ese día nos volvimos amantes y cada vez que Karen entraba en mi consultorio, sabía que tendríamos una sesión muy placentera.

  • Mi esposa con un compañero de su trabajo

    Mi esposa con un compañero de su trabajo

    Mi esposa es blanca, sus ojos son amielados, tiene unas piernas bien torneadas y sus nalgas están redondas y bien paraditas, sus senos de tamaño mediano y sus pezones rosados y pequeños como una cereza.

    Empezó a platicarme que su compañero la chuleaba mucho y que ella le seguía la corriente, pero que poco a poco le despertó el interés y quiso ver hasta donde llegaba él y un día me pidió permiso para salir a tomar una copa con él y le pregunté si le gustaba el hombre, pero ella lo negó y que solo sería como amigos.

    Y acepté y le pedí que se divirtiera, que ella decidiera hasta donde llegar con él.

    Cuando regresó me contó que bebieron unos tragos en un bar y que él le pidió salirse de ahí para platicar mejor sin que nadie los interrumpiera.

    Entonces se fueron en su carro a un lugar apartado y después de unos minutos de estar charlando él empezó a besarla y tocarle sus tetas y ella le ayudó y se subió la blusa para que pudiera tocarlas mejor haciendo a un lado el brasier, dejando al descubierto esos pezones rosaditos, se los llevó a su boca y dándole una succionada que a mi esposa le encantó y lo tomó de la cabeza y se lo repegaba a ambas tetas y entonces él le metió la mano en la entrepierna mientras seguía chupando ese par de blancas y suaves tetas.

    Después de un rato de agasajar a mi esposa le dijo que en otra ocasión seguirían con más, que se hacía tarde y tenía que regresar a casa.

    Ya quedaron en salir de nuevo, pero esta vez ella si quiere llegar hasta la cama.

  • Siempre me he querido follar a tu esposa

    Siempre me he querido follar a tu esposa

    Solo las cuatro parejas. Nadie se puede ver por fuera de la ocasión. Es decir, nada de citas entre nadie. Las chicas deciden. Se puede llevar drogas y alcohol. Prohibido tomar fotos, video o audio. Un día en una borrachera nos sinceramos.

    -Yo me hago la paja pensando en tu esposa -Dijo uno.

    -Siempre le miro las tetas a tu esposa cuando nos reunimos -Dijo otro.

    -Una vez me llevé una servilleta en la que tu esposa dejó labial y me masturbé con ella, aun la tengo.

    -¿Qué tal si hacemos una orgía?

    Pues bien, cada uno empezó a gestionar con su respectiva mujer la posibilidad de aquello. Fueron varios meses de proceso y actualizaciones. Las probabilidades eran bajas pero estábamos dispuestos a intentarlo.

    -Mia dice que definitivamente no… que nunca -Dijo Fer.

    -Vane dice que sí… pero pide algo a cambio

    -Ceci no está convencida… cuando follamos dice que sí, pero luego no define

    Llegamos a concluir que las chicas aceptarían con un estímulo económico. Definimos entre todos cuánto podíamos llegar a aportar cada uno para hacer una propuesta firme. Yo llegué esa noche ebrio y excitado a donde mi esposa. Me la empecé a follar de misionero y le dije.

    -500 dólares

    -¿500 dólares de qué? – Me respondió.

    -Les damos 500 dólares a cada una por participar en la orgía

    -¿Y qué hay que hacer?

    -Lo que se hace en una orgia amor… follar con todos

    -¿De verdad quieres que me folle a tus amigos?

    -Sino quieres no

    -Pues… me parece divertido, pero no sé

    A la siguiente reunión de chicos la cosa había cuajado un poco.

    -Mia dice que sí… que cuando

    -Vane accedió por los 500

    -Ceci quiere, aún tiene dudas pero creo que se logrará

    Martín y Mia, George Vanessa, Bruno y Tatiana y yo, Cristian y mi esposa Ceci. Sábado, 6 botellas de whisky, 4 bolsas de cocaína, varias pastillas de éxtasis, un par de LSD. Alquilamos un pent-house de un hotel. Las chicas vistieron sus ropas más cortas, todas parecían putas. Empezamos a beber. Al principio todos estábamos junto a nuestras parejas pero conforme avanzó la noche cada quien fue buscando lo que le atraía.

    Ceci, mi esposa. Bajita, caderona, tetona, de culo grande, tipo latina.

    Mia, la esposa de Martin, la más bella, era modelo, cuerpo armonioso, piel blanca, cabello castaño hasta los hombros.

    Vane, la esposa de George, mujer negra, curvilínea.

    Tatiana, la esposa de Bruno, rubia, ojos azules, no muy voluptuosa, pero bella.

    Metí un par de líneas y me acerqué a Vanessa. Puse mi mano sobre su pierna y empezamos a hablar.

    -¿Que loco esto verdad? – le dije.

    -siii… pero rico

    -Siempre me has parecido exótica

    -¿Porque soy negra?

    -sí… por eso… siempre he imaginado follando contigo en una playa

    -jajaja ¿y te has hecho la paja?

    -sí

    -Muéstrame

    -Pero me tienes que mostrar algo tú

    -¿Qué quieres que te muestre?

    -las tetas

    Vane se quitó la blusa y el corpiño y me mostró las tetas. Yo me abrí la bragueta y me saqué la verga.

    -¿y en qué piensas cuando te pajeas por mi?

    -No sé, te imagino en cuatro

    -¿En cuatro?

    -Siii

    -¿Quieres que me ponga en cuatro?

    -¿Lo harías?

    Vanessa se puso en cuatro y me puso en la cara un culo firme. Al espabilarme y ver a mi alrededor la mayoría miraba hacia mi y Vanessa sonrientes. Los únicos que no miraban eran Martin y Ceci. Para entonces ya estaban adelantados en una esquina alejada. Mi esposa le mamaba el falo a mi amigo. Él le sujetaba la cabeza y lo hundía tanto como podía.

    Vanessa llevaba un jean. Hice un esfuerzo para quitárselo y dejar su culo negro al aire adornado por un hilo blanco pequeñito. Me puse de pie, direccioné el cuerpo de Vanessa y le corrí la tanga blanca para posar mi verga allí y penetrarla. Fue como el disparo de partida. A partir de ese momento todo el mundo empezó a follar.

    -Siempre había querido follarme ese culo negro -Escuché a Martin detrás de mí.

    Ya yo llevaba un rato sobre Vanessa así que le cedí a la chica y fui a buscar que más había.

    Me encontré a Tatiana tomando algo de coca, solo llevaba una panty roja. Sus ojos estaban desorbitados.

    -¿Qué has tomado? -Le dije.

    -Un poco de todo jejeje -Me dijo abrazándome un poco ida.

    -¿Quieres follar conmigo?

    -Me encantaría. Follame y que tu esposa nos vea jajaja -dijo estampando un beso.

    Me senté en un sillón y ella se subió sobre mí. Se corrió su tanga y se sentó sobre mi verga. Los ojos azules de Tati con una pupila enorme se incrustaron en los míos y sentí cada milímetro de sus carnes rozando contra mi pene tieso.

    Alcé mi mirada y pude ver a Mia sola. Giré y encontré que George y Bruno se follaban a mi esposa, uno por la boca, otro por el coño, y tuve una idea. Me levanté.

    -Hay un hueco libre -Dije acercándome.

    Todos en la sala se acercaron.

    -Jajaja mi amor… ¿qué vas a hacer? -me dijo Ceci.

    -Vas a ser la estrella de la noche

    Bruno se sentó en el sillón, Ceci se puso sobre él y se tragó su verga por el coño. George se acomodó junto a la cara de Ceci y le posó la verga en los labios, ella abrió la boca y se la tragó. Yo me puse de pie detrás y me dispuse a metérsela por el culo.

    -¡Espera! Trae el lubricante, está arriba, en el closet

    -¡Yo voy! -gritó Tatiana.

    Pronto estuvo de vuelta con el tarro y metió sus dedos para sacar una cantidad considerable que procedió a esparcirla por mi verga. Nos follamos a mi esposa.

    -Ufff wow! Que deliii aaaah cia -gritaba.

    Se me ocurrió que todas deberían hacer lo mismo. Ellas estuvieron de acuerdo.

    Una por una pasó por la zona de las tres vergas y fue penetrada. La que más lo gozó fue Tati definitivamente.

    -¡Diiiooos! Que delicia!!! Quierooo sieeempre!!! -gritaba.

    Llegó el turno de Mia. Estaba algo apática.

    -¿No quieres?

    -No lo sé… es que

    -Súbete ya perra… -le dije.

    Se subió.

    Pasado el rato nos relajamos, el afán sexual menguó un poco. Ceci y yo nos sentamos desnudos en la sala.

    -¿Cómo la estás pasando? -Me preguntó.

    -Muy bien, está muy divertido ¿y tú?

    -También, está muy rico

    -¿Qué te ha gustado?

    -Diooos, no sé por qué pero la verga de George me entra tremenda

    -Jajaja ve por más

    -Ahora… ¿Y tú?

    -Tati…

    -¿Qué te gusta?

    -Es rubia

    -Jajaja, tu sueño americano, ven

    Ceci me tomó de la mano y me llevó a un sillón donde estaba Tati chateando en su teléfono.

    -Mi esposo dice que lo que más le gusta de todo esto eres tú -dijo Ceci.

    -¿De verdad?¿ Yo? ¿Por qué?

    -Porque eres rubia y ojiclara

    -¿y qué quieren que haga?

    Me senté en el sillón y Ceci y Tati se arrodillaron frente a mi para mamármela. Sus lenguas se rozaban mientras lamían mi falo tieso. Pronto Bruno y Martin se sumaron, se acomodaron detrás de ellas y empezaron a darles en cuatro.

    Cuando ya se hacía de madrugada Ceci me pidió que fuéramos a una de las camas a descansar un poco.

    -Amor vamos a la cama un rato -Me dijo Ceci.

    -Bueno vamos

    -¿Puedo ir con ustedes? -Nos dijo Tati mientras dirigía su mirada a un extremo de la sala en donde estaba su esposo Bruno, mamándole la verga frenéticamente a Martin.

    -Claro, ven -dijo Ceci.

    Llegamos a la habitación. Había un sillón y una cama.

    -Yo quiero dormir cómoda, me pido el sillón -Dijo mi esposa sonriéndome. Fue directo y se acostó allí.

    Me subí a la cama con Tati, nos besamos, agarré sus nalgas, sus tetas, metí mis dedos en su coño. Pronto la tuve en cuatro dándole en el borde de la cama.

    Al otro día, a eso de las 10 am todos empezamos a salir. Con resaca y cansancio, las parejas se armaron de nuevo y cada quien tomó su camino con la promesa de repetir.

    ***

    Pasó lo probable. Algunas reglas se rompieron. Específicamente la número 2 “Nadie se puede ver por fuera de la ocasión. Es decir, nada de citas entre nadie. Dos semanas después Tati llamó a Ceci, necesitaba hablar. Era viernes por la noche, oí y fui a abrir la puerta. Me encontré con aquella rubia divina y a pesar de que un par de lágrimas corrían por su rostro no pude evitar tener una erección recordando la vez de la orgía.

    Imprevisiblemente la regla la habían roto dos hombres. Bruno, el esposo de Tati se estaba viendo con Martín. Durante la orgía tuvieron un encuentro homosexual y al parecer aquello caló hondo. Tati se sentó en nuestra sala.

    -Vi unos mensajes… desde ese día están saliendo -Dijo.

    -¿Lo has enfrentado? -Preguntó Ceci.

    -No, aún no. Pero hace dos días lo seguí y confirme lo que está pasando… ¡Se volvió gay!

    -Es algo radical, tal vez solo está experimentando algo nuevo -dije.

    -No creo, no sé, se siente diferente

    Llevaba tres whiskys ya y no podía evitar seguir las piernas blancas de Tati hasta la corta falda púrpura que llevaba. Mi esposa la consolaba. Les serví a ellas trago también. Bebimos y seguimos la charla.

    -¿No soy suficiente? -Dijo Tati.

    -No pienses eso, eres una gran mujer y eres increíblemente bella ¿Verdad amor? -Dijo Ceci.

    -Sí sí, claro Tati, eres… eres… divina -Dije, Ceci me lanzó una mirada de reclamo. Yo sonreí.

    Les di más alcohol y pasaron las horas en esa tónica. Al rato todos estábamos ebrios. Me senté entre ellas.

    -No te preocupes por eso Tati, sino se soluciona estoy seguro que encontrarás a alguien más. Eres una mujer inteligente y especial… y tienes tremendo culazo también -Dije.

    -Oye!!! Estoy aquí -Dijo Ceci.

    -La otra vez me divertí mucho con ustedes cuando nos fuimos para la cama, me sentí muy bien jejeje, son una pareja tremenda -Dijo Tati y ese halago le gustó a Ceci.

    -Siempre puedes contar con nosotros. Te puedes quedar si quieres -Dijo Ceci.

    Nos fundimos en un abrazo los tres. Estiré mi mano a la entrepierna de mi esposa. Su primera reacción fue de rechazo pero rápidamente cedió. Introduje mi mano debajo de su falda y corriendo su panty le metí los dedos. Cuando Ceci estuvo vencida lancé mi otra mano bajo la falda de Tati.

    Nos desnudamos en la sala y les pedí que se pusieran en cuatro en el sofá. Me agaché frente a ese par de culos y, turnándolos, introduje mi lengua en ellos.

    -Voy al baño -Dijo Tati.

    En su ausencia me enfoqué en mi esposa. La penetré en cuatro.

    -¿Puedo ahaaahh decirte ahg algo? -Me dijo entre gemidos.

    -Sí claro perra

    -He estado hablando con George

    Me detuve al instante.

    -¿Y las reglas?

    -Te estas follando a Tati frente a mí…¿Qué reglas?

    -¿te has visto con él?

    -No… pero quisiera. Te propongo algo… Déjame ir a ver ahora con George, me lo follo y vuelvo… y te queda la casa sola para hacer lo que quieras con Tati

    -¿A que hora vuelves?

    -A las 3 am como tarde.

    Accedí. Ceci se vistió ahí mismo con lo que encontró, se puso el vestido de Tati. Pidió un Uber y tras darme un beso en la boca salió corriendo.

    Segundos después Tati venía tambaleándose desde el baño.

    -¿Estás bien? -Dije.

    -Un poco ebria, todo me da vueltas, ¿dónde está Ceci?

    -Salió. Tengo algo que te puede ayudar

    Fui hasta un cajón y saqué una bolsita de coca.

    -¿Quieres? -Le dije mostrándole la merca.

    -Ufff sí, un poquito

    Metimos unas líneas y empezamos a besarnos.

    -Me gustas mucho -Me dijo.

    -Y tú a mi

    -¿Quiere metérmela por el culito?

    -Ufff, ponte

    Fuimos a la habitación principal y la subí a la cama en cuatro. Abrí sus nalgas blancas y lancé un escupitajo que falló su ano por milímetros, con los dedos acomodé el fluido para lubricar el hueco.

    -Despacio papi -dijo.

    La posé en su culo y empecé a empujar. No fue ni muy fácil ni muy difícil, con cuidadosos empujoncitos fue metiendo todo mi palo.

    -¿Eres capaz de recibirla toda hasta la base? – Le dije.

    -No sé papi, intentemos

    Lo logramos entre quejidos. La saqué y metí despacio para acostumbrar su agujero. Pronto se empezó a deslizar suavemente.

    -Ufff ¿te gusta? – Me dijo.

    -Mucho mami… si tu novio no quiere este culo yo me ocupo

    -No sé si Ceci esté de acuerdo con eso

    -Ese es mi problema, no el tuyo

    Me vine en su culo y me fui a bañar porque algo de suciedad quedó en mi palo. Al volver ella estaba acostada boca abajo y desde la ventana la luz azul de la luna iluminaba su figura.

    Oí la puerta principal abrirse. 3 am, Ceci llegaba puntual. Entró al cuarto y me vio de pie y a Tati acostada.

    -Es un idiota, no lo quiero volver a ver -Dijo.

    -¿Qué pasó?

    -No se le paró, todo se puso raro. Me dijo que quería pegarme, ¡es un loco! – dijo Ceci sentándose en la cama y quitándose los zapatos.

    -Lo siento amor

    -¿Y ustedes? ¿Cómo les fue?

    -Tengo el culo lleno de leche -respondió Tati poniéndose de pie. Una gota de semen corría pierna abajo.

    -Yo quiero -Dijo Ceci.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (16)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (16)

    Antes regañada y ahora emocionalmente abofeteada. Sin tocarme o golpearme como equivocadamente pensé que lo haría al regresar a nuestra casa aquella tarde de febrero, al enterarse de nuestros despidos, –sin conocer por lo visto todas las causas que lo motivaron pero sí que había existido una traición– y tan solo un mensaje escrito a mi WhatsApp, por todo contacto. Su interrogada solicitud por una explicación que en ese momento yo no me sentía capaz de darle: Por qué… ¿Con él?

    Esperé asustada su llegada y tras la vespertina espera, angustiada se me oscureció la tarde en compañía de mi hijo que no comprendía por qué su mamá lloraba desconsolada, indagando también con inocente preocupación por qué su papito no contestaba a mis llamadas. Y tampoco al anochecer, con Mateo ya dormido sobre mi regazo, él llegó.

    Enfrenté al siguiente mediodía su llegada, con el temor de que me echara inmediatamente, no de nuestra casa, pero sí de su vida. Y en mi cara con sus gestos, demostrarme el sufrimiento por el que estaba pasando y el dolor que le había infringido, esperaba su enojo, con palabras soeces y alteradas. Su disgusto y decepción entre gritos, con ofensas justificadas hacía mí, jamás escuchadas ni pensadas por el hombre que por amor, tanto me idolatraba.

    Nada de eso hubo aquella mañana tras verle entrar por la puerta, –con la misma ropa arrugada y sucia, del día anterior– ni siquiera una cachetada o un simple estrujón. Peor que aquello fue su mirada fría, contraído el iris y vacías completamente sus pupilas del brillo acostumbrado del amor. Odio y rencor mezclado con decepción, fue el reflejo que sus taciturnos ojos cafés me ofrecieron por reclamo.

    No me golpeó pero me maltrató más con su silencio, al pasar por mí lado esquivándome como si yo fuese un montículo, –asquerosamente fresco y maloliente– de boñiga de vaca. Y por supuesto que me hizo sentir contundentemente el desprecio con sus brazos, que no se alzaron ni se abrieron como siempre para abrazarme, absteniéndose también sus manos de acariciar mis mejillas y sus dedos tantos años acostumbrados, no me apretaron el mentón ni acercaron mi boca a sus labios. ¡Sí! Tampoco su boca se abrió para pedirme explicaciones, muchos menos lo hizo para herirme con insultos. Mutismo total entre los dos a su llegada y durante los siguientes días. ¿Qué hubiera hecho yo de ser la traicionada? Pues supongo que igual que él, el dolor impediría que actuara de forma lógica, si es que la lógica puede imperar en esas circunstancias.

    ¡Pero ahora ya, gracias a su infinita bondad lo he conseguido! He venido a buscármelo y debo asumirlo, resistiendo sin objetar su castigo, si esta es su voluntad.

    Y aquí sentada comprendo que casi nada ha cambiado en mi marido, a pesar de la distancia y de los casi siete meses que ha tenido para meditar e intentar calmar sus tempestades. No puedo negar que me han afectado sus juicios razonados, indirectas con verdades muy directas, revueltas más no mezcladas. Cómo lo lácteo que se ha vuelto espuma, resaltando lo que está en el fondo; ese sabor tostado del café bien medido con un toque de vainilla y caramelo, en este vaso de cappuccino. Con la servilleta estampada doblada a la mitad, seco el llanto que me ha causado su sinceridad.

    Camilo permanece de pie, distanciado del espacio desocupado de esta silla, a un metro más o menos de mi bolso y el sombrero; dubitativo y con el envase de litro y medio de la oscura gaseosa, fuertemente apretado entre sus piernas.

    —Mariana… ¡Lo lamento! No debí decir eso. No pretendí ofenderte. —Me habla sin atreverse a dar un paso, seguramente por el temor de que al caminar cascorvo y ladeándose como un pingüino, se le pueda resbalar de entre sus piernas la Coca-Cola.

    —Descuida. Es lo que merecía escuchar de ti… ¡Desde hace mucho tiempo! —Respondo sin enojo y recojo mis cosas de la banca, sin colocarme el sombrero ni los lentes oscuros. Me pongo en pie y le digo…

    —Ya que estamos por aquí… ¿Vamos a dar una caminata por el parque? Es que acá estamos rodeados de muchas personas y hay demasiada algarabía. —Le respondo invitándolo a marchar por esos senderos ubicados a mi izquierda, con seguridad, menos transitados.

    Mi marido no dice nada. Camina junto a mí con gesto de arrepentimiento y acompaña el poco café de su vaso de papel, con el sabor del tabaco de su cigarrillo encendido, sostenido firmemente entre los labios.

    —Es verdad que utilicé a Carmen Helena para acercarme a él, lo reconozco. Pero ese giro del destino se convirtió con nuestro tiempo juntas y tantas charlas espaciadas en las mañanas, más las que sostuvimos en mi auto durante los traslados hasta su casa, en la peste con la cual intoxiqué nuestro hogar.

    —Nos hicimos muy buenas amigas y con el transcurrir de las semanas, Jose Ignacio se volvió un tema frecuente en nuestras conversaciones. —Observo con detenimiento a mi esposo para detallar su reacción, pero él simplemente va observando a la distancia, el grisáceo panorama por encima de nuestro firmamento, que amenaza convertirse en tormenta. Aunque considero que para Camilo, el clima será el menor de sus problemas en estos momentos, por lo tanto continuo redondeando mi relato.

    —Yo quería saber más cosas de él y ella aprender más cosas de mi. De la vida de casada me preguntó con insistencia y si valía la pena ser madre porque a ella eso la asustaba sobremanera.

    —Y Por supuesto que indagó sobre ti.: Si mi esposo me hacía completamente feliz y de qué manera, con qué detalles, cuales palabras utilizaba para hacerme sentir amada día a día. No pude explayarme demasiado en los detalles para no traicionarme de pronto al hablarle de nuestra bienaventurada cotidianidad, pero le respondí con un rotundo sí a lo hermoso de ser mamá y le confirmé cuan agradecida estaba con la vida, por tener a mi lado a un hombre inteligente, gentil y amoroso que me hacía sentir como la reina de su personal imperio. —Le voy diciendo a Camilo, mientras vamos entrando al parque del Renacimiento, bajo el suave zarandeo de las convexas ramas de los cocoteros y cruzándonos de frente con el andar sereno de una amorosa pareja de ancianos, tomados tiernamente de las manos.

    —Para ese 13 de mayo del año pasado, –continúo relatándole– por mis ocupaciones no pudimos celebrar el dia de las madres reunidos con tu familia y la mía, almorzando como usualmente lo hacíamos a las afueras de la ciudad; por eso aplazamos las visitas, pero de todas formas les hicimos llegar el respectivo ramo de rosas rojas y yo recibí de tus manos muy temprano el lunes festivo, un delicioso desayuno y dos regalos.

    —El juego de llaves de tu coche, que ya tenías aparcado en el garaje subterráneo y en una cajita aparte, la réplica a escala de tu nuevo Audi. —Me lo recuerda Camilo de inmediato y yo le respondo tal cual lo hice aquella mañana.

    — ¿Para Mateo? —Te pregunté de manera ingenua y me respondiste… ¡Él ya tiene el suyo, se lo dejé al lado de su almohada para cuando se despierte! —Y te abracé con tanto amor y demasiado entusiasmo, que derramé algo de la humeante taza de chocolate dentro de los huevos revueltos y mojé bastante, las tostadas ya untadas con mermelada de fresa.

    —Uhum, Mariana, así fue. Y no me importó para nada ese accidente, pues los rayos del sol dibujando claroscuros sobre la desnudez de tu torso, me incitaron a meterme en la cama con la preciosa mujer que tenía por esposa para hacerle el amor a una acomedida madre, dejando ese desayuno para después.

    Yo sonrío al pensar en la buena memoria que posee Camilo, que tengo yo también, y en los bonitos recuerdos que existen entre los dos.

    —Sucedió que en una de las vitrinas del concesionario estaba expuesto, –continúa explicándome– entre otros suvenires de la marca, ese modelo a escala de tu automóvil y acordándome de Mateo, lo adquirí. Pero cuando Rodrigo me hizo entrega del coche, traía consigo de regalo para mi loquito, envuelto en papel de colores platinados, otro similar. Por lo tanto pensé que sería bueno que tuvieras ese de recuerdo. ¡Aunque no se me pasó por la mente, que llegaras a despreciármelo!

    ¡Camilo no olvida! Por lo visto no solo recuerda lo bueno, también mantiene vivo en su mente, lo doloroso y amargo de nuestra convivencia. No tengo más por decir, y así como observo frente a nosotros, que un diminuto remolcador hala con esfuerzo a un enorme crucero de lujo, llevándolo fuera de la terminal, debo continuar con mis descargos, reconduciéndolos por otros derroteros.

    —Finalicé mi segundo mes de trabajo en la constructora siendo la subcampeona en ventas. Ocho créditos aprobados a mis clientes de doce solicitudes presentadas. No estaba mal, me sentí eufórica y te lo conté orgullosa por la noche al hablar por video llamada, pues tú aún permanecías ocupado con las obras de construcción en Peñalisa. Hablamos mucho de todas formas y celebraste en la distancia el éxito de aquel buen cierre de ventas, tú con un six pack de cerveza y yo con una copita de coñac. —Camilo asiente y sin dejar de mirarme con seriedad, da una última calada a su cigarrillo y lo deja caer dentro del vaso de cartón, con su «tintico» ya terminado.

    —Como no preguntaste, yo te puse al tanto del excelente resultado de los demás compañeros, sin nombrarte por supuesto las de él. Pero no te mencioné que mientras lo hacíamos, y tú le preguntabas a nuestro hijo sobre su día en el colegio, yo recibía en el móvil de la empresa y por el chat del grupo, la invitación de Eduardo para salir a celebrarlo a un restaurante italiano y de paso preparar la estrategia para lo que se nos vendría encima la segunda semana de junio. —La mano de mi esposo oprime con fuerza el vaso de cartón y frunciendo el ceño, achina los ojos y busca la lejana caneca de basura, ubicada justo al costado de un esbelto y negro farol.

    —Sí, mi vida. Te oculte esa salida. ¡Mi primera pequeña mentira aunque si lo hice fue pensando en ti, aunque te cueste creerlo! Intuí que pondrías el grito en el cielo al pensar que Mateo estaría solito por unas horas, –aunque estuviera la nana pendiente de cuidar su sueño– pero para ti sería la razón perfecta para que me pidieras que no saliera. Así que omití contártelo, despidiéndome con un sonoro beso y mis deseos de que pasaras bonita noche, para que los tres descansáramos. Fue la mejor opción que visualicé en aquel momento para terminar nuestra conversación y tener tiempo para arreglarme un poco antes de salir. Y no, cielo. No me demoré demasiado. En verdad qué todo fue muy rápido.

    — ¡Pues que lastima, Mariana! Podrías haber aprovechado para disfrutarlo más. Ya untado el dedo, untada toda la mano. —Me responde de manera un tanto cínica y descarada, y yo levanto un poco los hombros asumiendo mi error.

    —Regresé a casa antes de la media noche, con una botella de licor de Amaretto como premio a mi labor. También había degustado una exquisita Lasaña a la Boloñesa y solo dos copitas de un excelente Cabernet Sauvignon Chileno, por sí me encontraba de regreso con algún retén policial. Recibimos muchas recomendaciones de nuestro querido «jefecito», sobre aquella cuestión de empaparnos bien de los tipos de vivienda, los metros cuadrados de los lotes de terreno; mirar bien los planos y las distribuciones de los espacios, aprendernos de memoria los precios y hasta el número de hoyos del campo de golf. Algunos chistes verdes de Diana amenizaron la velada y afortunadamente pocas bromas pesadas por parte de José Ignacio y nada de insinuaciones hacia mí. —Hago una pausa y suspiro al acercarnos a la plazoleta adoquinada y al muro mostaza del muelle.

    Camilo nada más llegar, descarga sobre la barda de cemento la Coca-Cola familiar, su mochila Wayuu y reclinándose descansa allí sus antebrazos; observa el mar y a las olas, que embravecidas golpean contra las rocas salpicando alguna que otra, levemente nuestros rostros. Aquí estuvimos varias veces con Mateo, observando como atracaban en la terminal los majestuosos barcos colmados de turistas emocionados, mientras Camilo tan enamorado, me levantaba por los aires dándome uno o dos giros, para posteriormente sentarme sobre el muro y besarme ante las risitas de nuestro pequeño, pidiéndole a su papito que le hiciera lo mismo.

    ¡Como quisiera volver a esas épocas! Pero es un deseo que parece ahora imposible de cumplir. No creo que podamos volver a descubrirnos como antes, ahora que para él con mi comportamiento, debo ser una imperfecta extraña. Deseo poder volver a revivir todas aquellas tonterías y locuras que hacíamos siempre cuando nuestro compromiso era el de dos enamorados, pensando únicamente en agradar al otro con pequeños detalles. Coquetear disimulados al mirarnos y encontrarnos siempre, reflejados en los ojos del otro.

    Sí, claro que deseo regresar con toda mi alma a esas horas, a los meses felices juntos e incluso más allá, hasta aquel inicio cuando los dos suspirábamos al vernos cuando por casualidad nos encontrábamos de improviso y a pesar de ser tan solo amigos, sentir ese no sé qué, en un no sé dónde, deseando estar juntos alargando la charla, las horas y nuestros esporádicos encuentros. Anhelando tener más tiempo tan solo por el gusto de acompañarnos, sin dar el paso que los dos estúpidamente temerosos ansiábamos tanto, y decirnos con palabras claras que sería bueno para los dos, darnos la oportunidad de ser algo más. ¡De ennoviarnos! Pero ahora lo veo complicado. Si apenas comenzando se ve tan difícil… ¡Pufff! No me alcanzo a imaginar cómo me tratará, cuando se entere de todo.

    —Supongo que el estar reunidos esa noche junto a K-Mena y su novio, –continuo hablándole, recostando mi espalda contra el muro– más el interés que suscitó entre todos nosotros las nuevas tablas de comisiones, haciendo cuentas alegres de lo que podríamos llegar a ganar y comprar con las ventas de esas casas tan lujosas, le aminoró sus provocaciones.

    —Puede ser que así fuera, Mariana. O sencillamente preparaba el terreno, tanteándote y observando como reaccionabas al percibir que él te ignoraba. —Interviene por fin Camilo, girando su cuello para mirarme.

    —Hummm, No había pensado en eso. –Le respondo. – Lo cierto es que me sorprendió y me intrigó. Me interesé más en descubrir algún fallo, alguna mínima grieta y sin darme cuenta te fui relegando a un segundo plano porque me distraje en eso o en terminar de cerrar los negocios que aún tenía pendientes. Y entre tus viajes a Peñalisa, –y que Mateo reclamaba de mi mayor atención al sentir tu ausencia entre semana– fue comenzando ese junio para mí, pendiente de esas otras cosas y de paso fuimos dejando morir esa virtual costumbre de tenernos siempre pendientes y de avivar nuestras llamas a pesar de la lejanía, con aquellos mensajitos lujuriosos subiditos de tono.

    —Es probable que tengas razón pues al final yo me fui acostumbrando, eso sí al principio un poco extrañado, pero con el paso de las semanas y la urgente necesidad de viajar de miércoles a viernes para solucionar junto a los ingenieros el tema de los cambios en los diseños de la planta de tratamiento de aguas residuales y la supervisión de las obras de construcción en las ultimas casas del condominio, al igual que tú, pasé de los textos morbosos y las imágenes explícitas, a las video llamadas amorosas, prudentes y rutinarias para hablarnos y verte a ti junto a Mateo. ¡El destino quiso que cambiáramos!

    —No es justo achacarle todo al destino. Fui yo, Camilo. Con ese estúpido juego de roles entre tú y yo y que planeé en compañía de Fadia. También mi idea de vengarme de él por sus ofensas. No anticipé lo que podría ocurrir con nosotros, mucho menos de lo que podría surgir al involúcrame con tantas personas para lograr… ¡Otros objetivos!

    — ¡Y que otro hombre te gustara! En especial ese malparido del «siete mujeres». ¿No es así? —Camilo se queda observándome con un rictus de triste rabia y luego de un salto, termina sentado sobre la tapia blanca.

    —Sí, ya te respondí a eso. Obviamente es un hombre físicamente muy guapo, pero era odioso conmigo, pedante ante los demás por los logros y sus conquistas, y sobre todo humillante contigo. Se podría decir que me gustó a medias. ¿Contento? —Le respondo un tanto ofuscada, pero concisa mi respuesta a su pregunta capciosa.

    —Por eso es que comenzando Junio, tú y yo comentamos «arrunchados» en nuestra cama como seria todo aquello. Viajar desde Bogotá bien de madrugada, los cinco más Eduardo, todos metidos en la minivan alquilada por la compañía, pasando sábado y domingo cada quince días atendiendo en la sala de ventas de Peñalisa, y las noches en una habitación compartida con las chicas, en el mismo hotel donde te hospedabas en Girardot, y si se cruzaba algún dia festivo, pues también laborarlo, regresando al anochecer a la capital para descansar un día entre semana en mí casa.

    —Disfrutaba mucho del anochecer entre tus brazos y durante el día con los míos arrullar a nuestro hijo. Para ti, para mí y los demás, todo aquello serían experiencias nuevas. ¡Sin embargo esa noche advertí tu preocupación a pesar de que no me hubieses dicho nada!

    Una extensa retahíla de graznidos capta la atención de Camilo. La bandada de gaviotas enloquecidas, revoloteando entre el remolcador y la proa del crucero, –deslizándose sumamente gráciles en el aire– parecen estar ofreciéndoles la despedida de esta isla a los turistas que felices, se asoman a las plataformas y por los balcones de sus cabinas. Gira mi esposo lentamente el cuello y en sus ojos pulsan destellos de inquietud. Entreabre sus labios para decirme algo, pero son mis recuerdos los que se le anteponen.

    —Cuadramos todo, ¿recuerdas? Ya que Mateo tendría receso escolar por las vacaciones de mitad de año, lo estuvimos hablando después de que hiciéramos el amor hasta bien entrada la madrugada.

    — ¡Podría quedarme en nuestra cama con Mateo entre semana mientras tú viajas! Me propusiste suspirando excitada, ya que mis besos por debajo de tu oreja te estaban humedeciendo. —Le recuerdo a Mariana.

    —Y te dije que lo distraería yo, llevándolo al parque de atracciones los fines de semana que tuvieras que ausentarte. ¡Sí! A ese acuerdo llegamos y terminé con tu espalda bien afirmada contra mi pecho y el frugal aroma de tus cabellos inundando mi nariz, con mis dedos inquietos haciendo remolinos con los vellos de tu pubis, para calmar mis dudas y apartar de mi mente esos temores.

    — ¡Coordinados seguiremos siendo una familia feliz! Me respondiste con una sonrisa cuando ya nos estábamos durmiendo, pero he de reconocerte que tenía mis reservas, sobre todo que tuvieras que ir en compañía de ese tipo y sin embargo tú, rápidamente lo detectaste. —Mariana con un sutil gesto de circunspección, expulsa en mitad de un suspiro sus recuerdos girando el rostro hacía su izquierda, como si deseara huir del pasado volando con el viento.

    —No te preocupes, mi cielo. ¡Te llevaré conmigo a todas partes! Aquí, –dijiste señalando tu cabeza– y tomando mi mano la acercaste hasta tu pecho haciéndome sentir los relajados latidos de tu corazón, concluyendo tu bonito discurso con ese… ¡Y aquí, por siempre!

    —Sé que en este instante, no te parece que aquella madrugada hubiese sido sincera, pero mi vida… Sí lo fui. ¡Interiormente, lo he sido siempre!

    —Aun así, aquella madrugada no dormí bien, pues también tenía mis prevenciones. Si estando juntos en la oficina, así estuviésemos separados tan solo por un piso aparentando ser un par de extraños ante los ojos de los demás, con aquel nuevo trabajo estaríamos verdaderamente alejados por kilómetros de distancia. ¡Y eso me asustaba! —En un descuido se me escapa de la mano mi cigarrillo, cayendo por detrás del muro hacía las rocas.

    —Hablé con Fadia y con Eduardo, preocupada por tener que abandonar a mi familia, pero para ellos la sola idea de distanciarnos por unos días, sería una etapa muy romántica y productiva para los dos al momento de reencontrarnos. ¡Y, Camilo…, de nuevo les creí!

    —Hummm, para ellos todo estaba bien así. Ganaban con cara o con sello, incluso si la moneda caía de canto. Es la hora que no entiendo, por qué se empeñaron en separarnos. ¿Qué les hice? ¿Cuándo los ofendimos para que idearan separarnos? —Se pregunta con amargura, mientras se lleva las manos a la cabeza, apretándosela con fuerza.

    —Envidia, mi vida. Rencor tal vez de vernos bien enamorados tras tantos años. Y después de que yo cedí… En fin, que quisieron usarme como un catalizador para aliviar su enfermiza vida conyugal. Esas creo yo que fueron las razones. —Le respondo sin mirarlo, pues busco dentro de mi bolso, una nueva cajetilla de cigarrillos y su voz vibrante se sobrepone al ruido del oleaje.

    — ¿Enfermedad? ¿Cuál y de quién? —Intrigado le pregunto.

    —De tu amigo Eduardo. Es un hijo de puta desquiciado, morboso y manipulador. Se aprovechó de mí por un idiota juego de adolescentes. Una estupidez que cometí delante de todos con K-Mena. —Respondo con sinceridad mientras remuevo mis hombros de solo recordar aquella noche donde pequé por presumida.

    — ¿Y ella que tiene que ver? —Me dice de improviso así que espero un momento mientras pienso. Lo enciendo, chupo un poco y le contesto con una pregunta para confirmar si es ella, a quien se refiere Camilo.

    — ¿Quién? ¿Carmen Helena? —Y Camilo asiente.

    —Pues que con ella continué con mi cambio y de paso inicié mi calvario. —Le respondo mirándolo fijamente.

    —Inicialmente recuerdo que me llamó la atención su excesiva timidez, que me hizo dudar de que fuera capaz de atender bien a las personas, entablar una conversación fluida y conseguir ese «feeling» que se requiere para llevar a buen término una negociación. Al principio se lo achaqué al hecho de sentirse extraña, tan desubicada y novata como yo, laborando en la constructora. Pero no. Es simplemente su forma de ser, la educación recibida en su hogar lo que hace que ella sea tan prevenida con las personas.

    —La verdad a mí me pareció una mujer normal, sin mucho por qué destacar. Se me hizo ella algo retraída, escasa de temas para entablar conversación y monosilábica en sus respuestas. ¡Una flaquita algo agraciada y ya! —Me comenta mi marido con algo de injusticia en su apreciación, pues él no compartió con ella tantos momentos como yo. No la conoció lo suficiente.

    —No me vas a negar que K-Mena tiene un rostro hermoso, de facciones suaves y medidas proporcionadas, engalanado además por esos grandes ojos grises y simétricos, acentuados por las cejas perfectamente delineadas y rectas, confiriéndole mayor belleza a su forma almendrada. La boca de labios gruesos, naturalmente sonrosados, sin necesidad de brillos o pintalabios y aquella sonrisa franca con su dentadura perfectamente alineada, más los hoyuelos tan simpáticos que se le marcan al sonreír. El cabello semi ondulado y brillante es otro aspecto que destaca en ella, peinado con la raya a la mitad, manteniéndolo largo hasta la mitad de su espalda y de un rubio ceniza tinturado que compaginaba muy bien con esa personalidad suya, tan dulce y serena.

    —Además estaba su vocecita suave y la entonación tan delicada, pero con ese brillito grave, un desgarre tan particular como encantador al modular las palabras finalizando la oración. A mí me fascinaba escucharla hablar, pues lo hacía de manera similar a como lo hace la locutora de radio que con sensualidad da la hora en el noticiero que tú escuchas por las mañanas.

    —Sí, tiene una cara linda con unos ojos de gata que atraen miradas, pero es una mujer de pocas curvas. Un tanto flaca para mí gusto. Pero en fin, ¡para cada tiesto, hay su arepa! Y sí, a algunos les llama la atención ese tipo de mujeres tan planas. —Y le doy a Mariana, mi sincera opinión.

    —No tanto Camilo. Quizás por lo alta, –unos centímetros más que yo– lo aparente, pero su figura es esbelta. Delgada sí, pero no te fijaste que tiene unos senos grandes, redonditos y firmes, de pronto algo desproporcionados para su menudo torso. Vientre plano y cintura estrecha en consonancia con sus caderas, pero con un culito respingón. Piernas largas y atléticas, con las que puede dar pasos largos y elegantes, aunque por su timidez tienda a encorvar la postura de su espalda.

    — ¿Y tú como sabes todo eso? —Le pregunto a Mariana con interés.

    —Pues es que la vi. Mejor dicho, nos vimos semi desnudas algunas veces en los probadores de los almacenes, ya que en segundo lugar, me fijé en su forma de vestir, bastante reservada y demasiado formal. Con esos trajes oscuros, ajados y la verdad algo pasados de moda. Por lo tanto pensé que ayudarla con un cambio de look no le vendría mal y de paso yo, haría otro tanto para quitarme de encima esa impronta de mujer demasiado recatada en la oficina, o como decía él, de novicia de convento.

    —Uhum. ¿O sea que ese cambio repentino de vestuario fue para llamar su atención e impresionarlo? —Me pregunta interesado en conocer hasta el más mínimo detalle, aunque la decepción continúe hiriéndole.

    —Inicialmente no, para nada. Pero igual al vernos a las dos con aquel look tan diferente, se quedó boquiabierto y además conseguí el efecto deseado, que no era otro que quitármelo de encima con sus chanzas pesadas y comentarios hirientes que me fastidiaban tanto. Necesitaba cambiar los «outfit» para asistir más, humm… ¡Juvenil a la oficina!

    —Me acompañó a las boutiques por el sector de Unicentro y otras, cerca al Parque de la 93. Compramos para las dos prendas más ceñidas al cuerpo, faldas más cortas para destacar las piernas, americanas de paño y otra para mí de gamuza color tabaco. Leggings de algodón y cintura ancha, unos pantalones de cuero autentico, camisas y blusas de vestir más escotadas, y varios pares de zapatos de tacón más altos con algunas carteras y bolsos a la moda para complementar. Todo lo viste primero tú, durante la noche jugando yo a ser una modelo de pasarela y alrededor de nuestra cama, desfilé con aquellas ropas pidiendo tu opinión, aunque por momentos pensé que ibas a poner el grito en el cielo. Al final me apoyaste, como siempre.

    —Pero eso hizo que él te viera de otra forma. Llamaste su atención luciendo más atractiva, así que el remedio fue peor que la enfermedad, al menos para mí.

    —Sí, es verdad. Pero no solo él se fijó en mí, también Carlos y los otros compañeros, incluido el jefe de seguridad con sus ojos desorbitados y más saltones que nunca, al igual que los ingenieros que trabajaban contigo. No solo empezaron a mirarme diferente, –obviamente con algo de fascinación o deseo– sino a tratarme con mayor respeto. Es como si mi nueva forma de vestir en la oficina, mostrando sin recelos mi belleza, les pusiera freno a sus burlas traicioneras y se sintieran inseguros e incluso acomplejados al estar a mi lado. Te diré también que me pareció que intentaron varias veces evitarme, a pesar de que se hubieran vuelto más cordiales y atentos en su trato hacia mí, cuando requería ayuda y les solicitaba algún favor.

    —No te voy a negar que me gustó tu cambio de vestuario. Eres hermosa, lo sabes bien. Sin embargo nunca me había puesto a pensar en que la ropa que te pusieras o dejaras de usar, te hiciera lucir más o menos bella a los ojos de los demás, pero con los antecedentes entre ese hijuep… Del tipo ese, yo interiormente me preocupé, aunque exterioricé esa noche mi admiración por tu buen gusto y lo llamativa que te veías. —Mariana achina los ojos y hace una mueca de complacencia para luego terminar por beber de su capuchino.

    —Entre tantas cosas… ¿llegó a vender algo tu amiga? —Le consulto a Mariana.

    — ¡Por supuesto! No te alcanzas a imaginar cómo se transforma cuando se enfrenta a los clientes. ¡Es otra mujer! Mucho más locuaz, muy atenta a los detalles y como tú, incisiva y persistente. Buena cháchara, manejando con soltura temas variados. Para que veas: política, religión, deportes, música y las últimas series de Tv por suscripción. Incluso con los chicos más pequeños, entablaba conversaciones sobre comics y video juegos, siendo admirada por los padres debido a esa facilidad de comunicación. Ese era su punto fuerte. Nos dejó a Diana, a Carlos y a mí con la boca abierta.

    —Y supongo que al tumba locas ese, otro tanto. —Le hago el comentario a Mariana sin querer parecerle sarcástico.

    —La verdad, mi cielo, es que no. Eso fue algo raro en él. Quizá como se conocían de antes, para nada le asombró. Como si de su hermana menor se tratase, la cuidaba en la oficina de los cortejos y piropos que le lanzaban los compañeros del otro grupo de ventas y también de uno que otro directivo. Mantenía con ella un trato diferente, más filial y respetuoso. Por lo que pude observar, K-Mena no entraba dentro de sus planes de conquista. Al fin y al cabo era la novia de su mejor amigo. —Camilo niega con el movimiento de su cabeza y con una mordaz sonrisa me dice…

    — ¡Vaya, vaya! Resulta que al final el tumbalocas ese tiene fraternales sentimientos y un poco de sentido de la moral en alguna neurona. No sé le «picha» la novia al amigo por respeto, pero si le encanta meterse en hogares donde no cabe ni debe. ¡Es como para no creerte Mariana! —Su rostro demuestra cierto desagrado y pensativa desvía los ojos para el otro lado, levantando los hombros.

    —Sucede Camilo, que no todos demostramos a los demás ser como en realidad somos. Sé que no te agrada que hable de él y mucho menos comprenderás que en ciertos temas yo tome posición y lo defienda. Estás en tu derecho obviamente de acusarlo por todo, pero igual por mi parte debo decirte que en el fondo, José Ignacio es un hombre con principios, a pesar de que con su manera de ser, los oculte tanto.

    —Tienes razón Mariana. En tu «posición», como otra más de sus amantes, debiste conocerlo mucho mejor que yo, pues por algo llegó a conquistarte. Así que tranquila, puedes mencionar al «Siete mujeres» las veces que te plazca o te agrade. Total, acudiste hasta acá para hablar de lo que fuimos, por lo mismo comprendo que debas hablarme de ese tipo en pasado o en este presente y como te convenga, pues amargamente para mí, formó parte de esta historia sin haber sido invitado.

    Sopla un viento frio que levanta el cuello de mi camisa y logra que salga volando de mi cabeza la gorra de los Yankees, enviándola lejos hasta caer de revés sobre los redondeados adoquines que simulan la sutil forma del pétalo de una flor, diseñada en el centro de la plazoleta. Me bajo de la barda para recogerla, ante la apática mirada de Mariana. Al girarme para regresar hasta el muro, recuerdo que tengo algo guardado en mi mochila y me entran ganas de pegarle un trago o dos, quizá hasta tres.

    —Ven, ¿te gustaría tomar un trago? Creo que yo necesito uno antes de que esto se caliente demasiado. Pero nos tocará a pico de botella. ¡Se me olvidaron las copas! —Me dice Camilo pasándome la botella del ron.

    — ¡Al que le van a dar, le guardan! —Le respondo sonriendo levemente y le enseño el vaso desechable que sostengo todavía en mi mano. Vierto un poco de ron, lo agito varias veces y doblando mi muñeca, a las grandes rocas detrás del muro, van a dar los restos alcoholizados del capuchino. ¡Toma, destapa esta botella! Y le alcanzo a mi sorprendido marido, la botella de gaseosa. ¡Según la química, el alcohol es una solución!

    Sirvo un poco de ron y lo mezclo con Coca-Cola. Bebo yo, pues debo dar fe de aquel adagio que dice: ¡Primero los niños y las mujeres! Saludcita, le digo y le paso el vaso a mi esposo, mientras pienso que me ha quedado un poco fuerte la verdad. ¡Pero qué más da! y en seguida le pregunto…

    — ¿Puedes creer que en pleno siglo veintiuno existan personas que por sus criterios religiosos, decidan llegar vírgenes al matrimonio? —Y tras observarlo pasar el trago, me responde con tranquilidad…

    —Humm, raro, raro, no es. Pero es muy posible. ¿Por qué la pregunta, Mariana?

    —Luego de algunas salidas a tomar café, Carmen Helena me confió como un secreto, que por los dogmas de la congregación a la que desde niña asiste con su familia y donde conoció a Sergio, a pesar de su edad, permanecía siendo pura y casta, pues así tenían ellos dos estipulado llegar al altar.

    — Mariana… ¿Acaso él también? —Le pregunto.

    —Sí, por supuesto. Sergio me lo confirmó bastante emocionado una tarde de jueves en que salimos de la constructora con K-Mena para encontrarnos con él y tomarnos algo para la sed cerca de la casa de José Ignacio. Entre los dos me explicaron sus preferencias de contraer matrimonio manteniéndose vírgenes. Yo los escuchaba asombrada pues a estas alturas de la vida mantener un noviazgo sin sexo de por medio, se me hizo un tanto extraño.

    —Pues sí que es insólito en estas épocas, pero igual es respetable tomar esa decisión. —Sin incredulidad yo le respondo.

    —Y además, mientras que a Sergio lo escuché muy decidido con sus convicciones, en la mirada y el tono de la voz de K-Mena, me pareció que le asaltaban las dudas. Era más que obvio que el bichito malicioso del sexo estaba urgido por surgir en una mujer tan joven. Ella quería sí o sí, experimentar ese tipo de sensaciones pero su moralidad, más la educación recibida desde pequeña y el acuerdo con su novio, le hacía declinar con cierto fastidio, esas ganas contenidas por conocer y sentir. Al menos eso es lo que yo percibía en sus palabras.

    —Debe ser todo un sacrificio mantener una relación de varios años, solo con promesas de una vida plena de amor después de casarse, sin besos ni caricias de por medio. Para el hombre debe ser más difícil que para la mujer, abstenerse sexualmente. Aunque alguna que otra «pajita», y unos deditos debieron caer con seguridad. ¿O no? —Le expongo mi pensamiento a Mariana, y le entrego a la vez el vaso de cartón, para que se beba el «cunchito» que le he dejado.

    — Pues según ellos dos, hasta el momento se habían abstenido de acariciarse mutuamente y me juraron que ni ella o él en soledad, se habían masturbado. Como para no créeselo. ¿Sí o no? —Le respondo, mientras con dos dedos sostengo el leve peso del acartonado envase, y enseguida le digo a modo de broma, al recibir de su mano el vaso sin casi nada para beber… ¡Oyeee! Gracias por dejarme al menos el olor.

    — ¿Preparo otro? ¿O lo dejamos para después? —Me pregunta Camilo afanado, y por respuesta mía, destapo la botella de ron y sirvo hasta alcanzar el nivel de mi pulgar, donde el largo de la uña pintada de rosa y blanco en la punta, también cuenta.

    Mi marido adiciona la gaseosa, –doblando el volumen anterior– para después de beber un buen trago, encenderse un nuevo cigarrillo, y al estar muy cerca de mi rostro, para no incomodarme expulsa con pacífico refinamiento hacia el otro costado el humo, y yo, me convenzo de que es el momento en el que debo relatarle el inicio de la parte que desconoce. Aquella situación que se inició de manera inocente por mi parte, mezclada con un poco de alcoholizada desfachatez y también el juego mismo se encargó de que dentro de mí, surgieran esas ganas de experimentar con aquella novedad. ¡Para que lo voy a negar!

    —Sin embargo en K-Mena, ese pensamiento empezó a cambiar, supongo yo que al conocer las historias bien detalladas que Diana nos contaba sobre Jose Ignacio, con tantas mujeres «pasadas por las armas», –como les decía ella refiriéndose a las chicas que habían mantenido sexo con él– en sus chismes diarios sobre lo que ocurría dentro y fuera de la empresa, aderezado con las miradas libidinosas de los otros compañeros, –piropeándola cuando no se encontraba cerca José Ignacio– viendo en ella y por supuesto en mí, a las dos novatas con las que podrían intentar tener algún «affaire» pasajero de oficina o tan solo una salidita a rumbear para tener una historia con la cual alardear después ante los demás.

    Aparto la mirada del rostro de Camilo y me concentro en recordar los detalles. Para ello, mirando hacia el desigual texturizado de los adoquines, –a un metro con sesenta y cinco centímetros por debajo de mí– y por cuyas ranuras con sus desgastadas grietas, transitan aceleradas y en fila india, una columna de pequeñas hormiguitas cafés, adelantando mi pie izquierdo seguido del derecho, me cuido de no pisar ninguna o de lastimarlas y entorpecer su presuroso trajín, para continuar caminando despacio, tan suave y lento como prosigo hablándole de aquellos días.

    —Además estaban los comentarios de algunos clientes que no dejaban de «echarnos los perros», a espaldas como siempre de sus mujeres, fueran novias o esposas. ¡Yo qué sé! El caso es que provocó que en K-Mena surgiera cierta curiosidad y ganas de hacer cositas antes de casarse, para conocer y explorar, descubrir y sentir. Su problema era cuándo, cómo y con quién.

    Mariana ensimismada en su narración, no se da cuenta de que a paso lento, se aleja de mí siguiendo el camino del paseo marítimo. No habla muy alto, casi no la escucho, por lo cual recojo sus cosas, bolso y sombrero incluidos; guardo dentro de mi mochila la botella de ron y aprieto bajo mi brazo el envase de gaseosa, para avanzar unos metros por detrás de ella, con el fin de seguir escuchándola.

    —Para el último fin de semana de junio, luego de que en el anterior hubiéramos festejado con nuestras familias el día del padre, –con tequila y una serenata de mariachis– nuestro grupo se encontró de nuevo muy de madrugada para viajar a Peñalisa, sólo que en esa ocasión, él no viajó con nosotros. Supuse que no iría por alguna enfermedad o razón desconocida por mí, pero al llegar al condominio campestre, tres horas después, su viejo Honda ya se encontraba aparcado en el espacio para visitantes.

    —Sábado y domingo estuvimos todos bastante ocupados y aun así, no hubo momento del día en el que no extrañara tenerte a ti y a Mateo a mí lado. Por eso las llamadas a medio dia, los audios corticos por las tardes, en los que te decía que te amaba y te anunciaba que por la noche por video llamada nos podríamos ver. Desafortunadamente al tener que compartir habitación con Diana y K-mena, tú y yo no podríamos hacer nuestras cositas ricas, pero sé muy bien que por el contrario, precisamente aquella falta de privacidad te hacía sentir una mayor tranquilidad. La compañía de las chicas era para ti un relajante somnífero para tus noches y para mí, ¿un cinturón de castidad?

    —Y efectivamente fue así, pues aparte de algunas miradas lascivas al verme con la blusa blanca y los pantaloncitos cortos del uniforme, –mostrando más piel que lo acostumbrado– y uno que otro comentario sobre el color bronceado que iban tomando mis piernas y los brazos, el sábado en la noche era tal el cansancio que teníamos todos, que terminamos por acostarnos temprano para recargar las energías.

    —Mucho visitante encantado con los acabados de las casas y la distribución de los espacios, sobre todo de las ultimas, las que yo había rediseñado, pero muy pocos realmente interesados. El valor los espantaba. Sin embargo tuviste la fortuna de atender a una familia paisa, provenientes de Medellín, con la cual lograste concretar el negocio. Sí Mariana, recuerdo perfectamente tu alegría al contármelo por videollamada. —Le comento.

    —Sí, cielo, estaba muy feliz. Pero igualmente por K-Mena pues además realizó una separación con algo de dinero de por medio, y José Ignacio se apuntó con otra venta al negociar con un par de mujeres que parecían ser hermanas gemelas. Desafortunadamente tanto Diana como Carlos se fueron en blanco y aun así, a Eduardo se le veía muy feliz, tanto o más que nosotros tres. —Me detengo un momento para buscar una caneca para la basura y echar allí la colilla, al girarme observo a Camilo detrás de mí, pero su rostro y el resto de su cuerpo lo veo ya iluminado por la luz amarillenta de un farol cercano y tras él, en la lejanía la tarde ya oscurecida.

    Y es que se me ha pasado el tiempo rememorando aquellos momentos y sin levantar la vista, con mis pasos lo he conducido hasta los parasoles azules colmados de turistas, degustando helados los más pequeños y cocteles de variados colores los mayores, a las afueras de los almacenes cercanos al Fuerte Rif. Se siente el bullicio de muchas voces hablando a la vez y bastante alegría a nuestro alrededor. Al lado suyo se encuentra una banca de madera y a un metro tal vez, el cromado cubo para depositar el filtro blanco sin rastros de labial y por supuesto, ya nada de tabaco.

    — ¿Te gustaría descansar? Debes tener los pies hinchados por el calor y toda esta caminata. —Mi esposo, tan gentil como siempre me pregunta. Sé que intenta mostrarse frío y distante, y aunque mi relato le debe estar costando un lacerante dolor, él nunca dejará de pensar en los demás, de ser dulce, amoroso, educado…

    — ¡Sabes que sí! Un poco de descanso nos vendría bien a los dos. —Le respondo y me acerco hasta la banca.

    —Ven aquí, –le digo y palmoteo los listones de un oscuro caoba junto a mí. – Siéntate y seguimos conversando. —Hago espacio al sentarme y acomodo a mi izquierda el bolso y mi sombrero al recibirlos de su mano. Camilo me hace caso de inmediato y deposita en el suelo el envase familiar de gaseosa, más no se deshace de su mochila Wayuu, manteniéndola entre sus piernas.

    —Camilo, yo… —Debo hacer una breve pausa, pues veo acercarse hasta nosotros dos a un par de chicas, una rubia y una morena, –de entre catorce o quince años, pero no más– ambas muy sonrientes y abrazadas por la cintura, que nos saludan con bastante desparpajo.

    — ¡Bon Tardi! Disculpen, ¿tienen candela? —Pregunta la más «sardina» y pecosa de ellas, luciendo una piel dorada y apenas despuntando unas téticas púberes bajo la parte superior de su bikini dorado y un plateado piercing danzando sobre su ombligo.

    La chica de más edad, sin despegarse de la rubia, nos enseña sin reparo, sus blancos dientes y un porro de marihuana sujeto entre sus dedos. También sus bubis, –más desarrolladas– van cubiertas por un pequeño top strapless de un amarillo encendido y complementa su «pinta isleña» con unos blancos pantaloncitos muy cortos, que dejan a la vista una generosa porción de la redondez de sus nalgas. Camilo me mira con un gesto de asombro, pero caballeroso como siempre, se pone en pie y del bolsillo de sus bermudas extrae el mechero ofreciéndoles el anhelado fuego.

    — ¡Danki, Dushi! Eres un lindo. —Le dice y enseguida aspira con fuerza y al exhalar hacia el firmamento una gran y olorosa humareda, exclama suspirando… ¡Hmmm, que ricooo… y delicioso! Y haciéndole entrega a su amiga del arrugado pitillo, besa a mi esposo en la mejilla derecha, tomándolo por sorpresa.

    — ¿Qué hora es? —Pregunta la joven rubia y sin esperar la respuesta, toma de la muñeca izquierda a Camilo y eleva el brazo girándoselo, para mirar con detenimiento ella misma, las manecillas de su reloj.

    —Oops, se hace tarde. Mi abuela me va a matar. ¡Amore mío, vámonos ya! Bon tardi parejita y… Ámense mucho.

    Se despiden obsequiándonos un guiño pícaro pleno de complicidad, y riéndose las dos se alejan zarandeando sus caderas, encaminándose por el paseo marítimo tomadas de la mano y siguiendo la misma ruta por donde veníamos andando Camilo y yo.

    — ¡Parece que tienes imán para las peladitas! —Le digo a mi esposo, –que no pierde de vista las media lunas de aquel cuarteto de juveniles culos– bromeando un poco pero acordándome de su cuento con Natasha, y sin poderlo asegurar, de lo que pueda haber vivido junto a Maureen.

    —Si eso parece Mariana. Debe ser el destino que a la larga, como te sucedió a ti, presentándome rostros nuevos y cuerpos desiguales, me quiere mostrar diferentes caminos que de otra forma, tiempo atrás no hubiese siquiera pensado en recorrer. ¿No lo crees? —Me contesta con un tonito en su voz que me suena a cierta prepotencia revanchista.

    —Humm, sí… Eso puede ser. Tal vez la vida quiere que cambies a una mujer de casi treinta, por dos «sardinas» de quince. —Le respondo, y aunque suene a broma y me sonría un poco, me siento interiormente molesta por exponerme a su más que seguro raciocinio sentimental, irónicamente con mi propia broma.

    —Si con una de «vieja» de casi treinta ya tengo un montón de problemas, –me habla asegurándose con el movimiento de sus dedos de entrecomillar la palabra vieja– no me quiero imaginar cuantos infartos sufriría al andar metido con dos «peladitas» de quince. ¿Por qué no continuamos mejor con lo que estabas por decir?

    —Si claro, por supuesto. —Pero de pronto se hace un corto silencio entre los dos, pues se me ha ido el hilo de lo que iba a decirle y él impaciente me mira.

    —Ehhh, Ya recuerdo para donde iba. Cielo, sabes que nunca en todos los años que llevábamos juntos, mi boca jamás había probado el sabor de otros labios, sólo el calor, la textura y la humedad de los tuyos había sentido yo. —Y al decirle esto Camilo ya se siente incómodo, –quizá porque hoy le cueste creerlo– lo sé porque conozco a mi esposo cuando algo que no le gusta le hace rascarse la punta roma de su nariz. Más aun así toma asiento de nuevo a mi lado y cruza la pierna.

    —Quiero decirte que… ¡Mierda! Es raro para mí hablar de esto contigo. No vayas a creer que no. En fin Camilo, que yo pensaba que el apoyo leve de la boca de otra persona sobre la tuya o la mía… ¡Ehmm! O sea, ¿Cómo te lo expongo? Un «piquito» para mí no es motivo suficiente para que sentir celos ni justificaría tampoco que yo formara una alharaca y me arrancara los mechones pensando que eso pudiera ser una traición. Siempre pensé que si algo así nos sucediera, sería algo insignificante. Pero si el beso fuera más largo y entreabriendo la boca, compartiendo saliva y aliento, sin dejar de mirar a unos ojos extraños o cerrándolos para no ver la falla, pero si para sentir las nuevas sensaciones, eso obviamente sería otro cantar. Y te lo cuento porque… ¡Puff! Yo supongo que tú pensaras lo mismo. ¿O no? —Le hago la pregunta obviamente sin mirarlo, encorvada y sintiéndome apenada.

    —En el primer caso es probable que no se trate de una traición, si el «pico» fue fortuito y ese suceso no se afinca en la mente y se desvanece con el tiempo. De ser así, yo no le daría mayor relevancia, pero en el segundo escenario, sobra decir que es una infidelidad en toda regla, porque para hacer eso, anteriormente deben presentarse ciertos hechos, en diversas situaciones y con actitudes permisivas que conlleven a finiquitar todo aquello con ese beso. Es claro que debe existir gusto y atracción hacía la otra persona y viceversa. —Me responde Camilo aparentemente muy tranquilo, y sin embargo al sacar la botella de ron del interior de su mochila, veo como tiemblan sus dedos al intentar destaparla.

    —Mariana… ¿Lo que quieres decir es que así empezaste a traicionarme con él? —Y a pico de botella, se toma un trago con cierto enfado.

    —No, pero sí. —Le contesto mirando directamente a sus ojitos marrones, que ahora se ven más brillantes y no solo por el resplandor del farol y las luces encendidas de los bares circundantes, sino por algo que aflora en ellos como triste humedad.

    Igualmente no puedo negar el hecho de que me encuentro terriblemente nerviosa, al darme cuenta de que estoy agitando en círculos el vaso de cartón, aunque no quede ya ni una gota del ron con Coca-Cola en su fondo. Un poco de dulce alcohol que sea capaz de aplacar el ardor que ha surgido en mi garganta y esta cruel amargura de tener que contar algo que seguramente le atravesará su corazón, lastimándolo mucho más.

  • Respondiendo preguntas de un lector

    Respondiendo preguntas de un lector

    Hace unos días, Félix, quien me ha escrito un par de correos y con frecuencia hace comentarios, puso en un comentario de «Tropa loca 4», lo siguiente: “Me gusta tu manera tan directa para decir que sí, e irte a la cama con quien te apetece. ¿También te acostaste con alguien que tú no querías?”

    Sí, en mis treintas y cuarentas anduve cogiendo mucho. En varias ocasiones me tiraba a tres el mismo día, pero separados, pues nunca me pasó por la cabeza tanta promiscuidad, lamentablemente… Hasta pasados los 70 años, motivada por un relato de Ber titulado “Tumulto”, decidí disfrutar a mis amantes juntos, ya lo relaté en “Bodas de oro”

    Pude haber remitido a Félix a que leyera algo que ya comenté cuando me lo preguntaron: con la mayoría, hice el amor emocionándome, pero muchas veces me decepcionaron; con otras personas, lo hice por caliente y por amistad con algo de piedad: lo deseaban y me parecía que con su deseo y esfuerzo se ganaron el pase para asomarse por un instante a ver cómo era el cielo, y de paso bajarme la calentura. Lamentablemente también hubo dos violaciones que prefiero olvidar. Pero contaré aquí una de ellas.

    Andaba paseando en un bosque de un país centroamericano con Helen, una de mis hermanas, y Eduardo, cuando nos cortaron el paso tres sujetos armados. Ni idea si se trataba de soldados, de desertores o de guerrilleros. Con cinchos elásticos ataron de pies y manos de Eduardo, quien se portó como un corderito, diciendo sí a todo. Su premio fue presenciar en primera fila la violación. Cuando lo contamos, el novio de mi hermana, muy engalladito dijo “Si yo hubiera ido, a ustedes no las habrían tocado” y miró con severidad a Eduardo. “Quizá te hubiesen matado primero y luego a ellas”, le respondió Saúl, tratando de descargarle penas a Eduardo, quien se había puesto lívido por la mirada de enojo que había recibido del novio de mi hermana.

    Me pareció buen gesto de Saúl, pero a él nunca lo sentí molesto porque unos más se hubieran cogido a su esposa. Aunque sí enojado por el hecho de haber ocurrido en violación.

    A mi hermana únicamente uno la violó: le levantó el vestido, le quitó las bragas, él solamente se sacó el pene muy erecto y la penetró salvajemente. El tipo, una vez que se vino, se quedó sobre ella para reponerse, y, cuando lo hizo, se levantó desfallecido de satisfacción; pasó a hacer guardia y suplir en el amago a su tercer compañero. Mi hermana se quedó tirada llorando. No era para menos, el trauma le duró mucho tiempo. Antes de retirarse de ella, el violador empujó a Eduardo, haciendo que su cara quedara sobre el pubis peludo de mi hermana y le ordenó “Límpiala bien, para que no le moleste la lefa al que sigue”. Pero no hubo más para ella. Eduardo, muy asustado, se puso a lamerle la pucha a mi hermana cuando el sujeto le apuntó con el rifle a la cabeza.

    Mientras se cogían a mi hermana, otro sujeto, quien parecía ser el jefe, me desgarró la ropa rompiéndola ayudándose con un filoso cuchillo. Yo estaba paralizada del miedo, incluso de que me tasajeara con su arma tan cortante, y no opuse resistencia. “Aquí está lo más sabroso”, exclamó al romper el broche de mi sostén haciendo saltar mis tetas. Desnuda, me tiró en la hierba, él también se desnudó completamente y se abalanzó sobre mí magreándome a su gusto las chiches, chupándolas y dando uno que otro pequeño mordisco de vez en cuando. Sin soltar su boca de mi pecho, me penetró dolorosamente pues yo no estaba lubricada. Una vez que eyaculó ríos de semen dentro de mí, invitó a quien había estado custodiando la acción para que eligiera a quién quería cogerse. Otra vez fui yo… Me sentí menos mal al ver que no eligió a mi hermana que continuaba llorando amargamente, a pesar de que ya estaba limpia por los lengüetazos de Eduardo, a quien volvieron a acomodar sentado para seguir viendo todo lo que ellos hacían.

    Eduardo se sentía muy mal de ver cómo gozaban conmigo sin poder hacer algo. Mi hermana no se atrevió a moverse, se quedó acostada y sollozando sin abrir los ojos. El segundo individuo no se desnudó, se quitó un chaleco antibalas y el cinturón con cargadores, luego se bajó los pantalones y se resbaló en el esperma de su compañero. No fue tan doloroso como el anterior, además de que su picha era más delgada, pero yo quedé intemperita, solamente deseando que terminaran y se fueran. Pasó lo mismo que con el primero, me cogió chupándome las tetas, se vino y siguió mamando mientras se reponía para darme otro revolcón.

    Mis pezones estaban hinchados de tantas chupadas y ese fue el atractivo para que, quien había abusado de mi hermana, le solicitara al jefe darme una descarga más de semen que aún le quedaba. “¿Aguantas otra más, putita?”, me preguntó el que al parecer mandaba. Yo, resignada, sólo abrí las piernas y levanté los hombros. El sujeto que violó a mi hermana, conmigo si se desnudó, “A esta puta hay que disfrutarla con toda la piel”, dijo y me puso su verga, semiflácida en la boca, ordenándome “Chúpala para que te entre bien parada, puta” y me acarició las chiches. Después de unas pocas mamadas y jalones de escroto que le di, se le puso enorme y se acostó sobre mí para hacer exactamente lo que sus compañeros me habían hecho. Eduardo, a veces bajaba la cara y cerraba los ojos, para disimular su enojo y su terror, pero recibía un jalón de cabellos y una orden: “Fíjate bien, para que lo hagas cuando quiera recordarnos”. Aunque sus palabras nos molestaran, llevaban un tono esperanzador de que nos dejarían con vida. El violador de mi hermana terminó dentro de mí y se Puso de rodillas, una a cada lado de mi cintura, arrastrándose haciendo que sus huevos recorrieran mi piel hasta rebasar mi pecho, colocando su colgante y mojadísimo pene en mi boca para que yo se la volviera a chupar. “Límpialo”, dijo y yo lo hice sin protestar, pero sintiendo algo de goce al lamer la mezcla de los tres. “Carita de puta”, exclamó, seguramente al descubrir visos de placer en mis ojos. Sin más, ellos se fueron y nosotros nos quedamos en silencio. A los pocos minutos, mi hermana trató de liberar a Eduardo, cosa que pudo hacer después de que éste le indicara que sacara una navaja de la bolsa del pantalón.

    Yo seguía encuerada, con las piernas abiertas y escurriendo semen de la panocha, ¡cinco eyaculaciones mayúsculas!, como si llevaran meses de no coger. Eduardo se acercó a mí y me preguntó cómo me sentía. “Mal, pero déjame descansar”, le dije, y entonces me di cuenta que no me sentía tan mal, lástima que no pude disfrutarlo… Aún me quedaban ánimos de bromear cuando Eduardo, con los jirones de unas de mis prendas, me estaba limpiando: “¿A mí no me limpiarás como a mi hermana?”, le pregunté con una sonrisa que me correspondió dándome un beso en la boca. “No sabe tan mal”, le dije cuando se retiró al sentir en su lengua los resabios del sabor que aún me quedaba en la boca. “¡Golfa!”, me susurró al oído. Me puso de pie y aun temblando de miedo, se quitó la camisa para ponérmela.

    Mi hermana Helen se tranquilizó cuando, en tiempo, le bajó la menstruación. Yo soñé varias veces con el hecho, fuera como pesadilla donde veía que les disparaban en el cráneo a Helen y a Eduardo, pero me despertaba asustada, gritando “¡No!” en el momento que me apuntaban a la frente; llorando me abrazaba a Saúl quien sus abrazos cariñosos y besitos en los ojos me calmaba de inmediato. Otros sueños fueros lo contrario, volvía a sentir las vergas de cada uno y me revolcaba de goce en la cama; Saúl me veía dormida y arrecha, sonreía y me chupaba las tetas para acompañar mi placer, yo despertaba y cogíamos muy rico. Al pobre de Eduardo, le avergonzaba verme y, a las dos semanas, me lo tuve que llevar al hotel para dejarle claro que yo no lo juzgaba mal por su inactividad. Todo volvió a la normalidad…

    Respecto a otros, ¡claro que hubo muchos que me decepcionaron!, pues yo esperaba mucho más de ellos y no me hicieron venir, incluso un par de ellos con eyaculación precoz, la cual sentí apenas me introdujeron la mitad del falo. Como es natural en mí, al quedarme insatisfecha, tuve que buscar, en cada caso, la ayuda de otros machos que, me constaba, podrían bajarme la temperatura, y lo hicieron de muy buena gana cuando me los tiré…

    Seguramente también me gozaron dos o tres más sin mi consentimiento, pues, por borracha o pasada, sólo me enteré por los estragos cuando desperté al día siguiente: cubierta de semen por todas partes, adolorida en boca vagina y ano, además de lo asquerosa, mojada y llena de pelos que estaba la cama como constancia de que hubo otros más en el banquete donde me violaron con la anuencia del galán “Al fin que no se da cuenta por lo borracha”. (Esas fiestecitas a las que te escapas a la recámara del galán y sólo sientes las primeras eyaculaciones, pero te quedas dormida en sus brazos, y así, con él, amaneces toda vapuleada.)

    El segundo párrafo del comentario, Félix decía: “Al parecer, al ocurrir los cuatro hechos de ‘Tropa loca’, tu amante de planta era Eduardo, pero cogiste con muchos más. Cuenta alguno que sí te haya gustado mucho, pero que no quisiste hacerlo tu amante.” Ahí sí los voy a remitir a mi relato “La fiesta de disfraces”. donde hablo de Mauricio (suspiros), el único caso donde pienso que la regué al espantarlo, en lugar de convencerlo a que siguiéramos…

  • Soy un conejito malo

    Soy un conejito malo

    Desde hace tiempo mi novio y yo nos hemos sentido un poco apagados al momento de hacerlo así que estuvimos buscando formas de hacerlo más interesante así que decidimos cumplir nuestras fantasías sexuales por turnos.

    El primer turno es para él así que me toca cumplirle una de sus fantasías.

    La fantasía que él quería cumplir era cogerme vestido de conejo caliente o de cosplay anime/fantasía, acepte y me vestí de conejo caliente.

    Me puse un traje ajustado un plug anal con cola de conejo y unas orejas.

    Eso al parecer lo deseaba más que nada porque con solo entrar en la habitación lo noté muy duro, se quedó en silencio por unos momentos y cuando volvió dijo.

    – te ves tan sexy que me pusiste duro nada más verte

    – jaja gracias espero que disfrutes mucho esto por la siguiente me toca elegir

    – no puedo esperar

    Se sentó en la cama y se abrió de piernas invitándome a bajarle el pantalón y chupársela cosa que hice.

    Me puse de rodillas y le empecé a bajar el pantalón poco a poco hasta que quedó en ropa interior y bien marcado del bóxer, no lo podía creer estaba súper duro casi explotaba de la excitación, lo tome con mi mano y lo empecé a masturbar con una mano mientras que con mi boca le chupaba los huevos.

    El me miró y dijo que era un conejito malo y que me iba a castigar y me excite demasiado y dejé chupar sus huevos para seguir con su pene.

    Le empecé a chupar la cabeza, se podía sentir lo caliente que estaba, cuando me lo metí a la boca pude sentir todo su pene caliente moviéndose hacia atrás y adelante en mi boca.

    Mientras que se la estoy chupando me dice que pare y que me ponga en la cama y me empine para dejar mi culo hacia arriba.

    – que conejo tan malo necesitas un castigo conejito.

    – ahh -si he sido un conejito muy malo castígame

    Me empezó a mover el plug anal mientras me besaba el cuerpo, cuando por fin se decidió por sacarlo dio un gran tirón e hizo que me corriera y gimiera de placer.

    Mi culo estaba palpitando casi invitándolo a entrar y dejarlo bien lleno de leche, mientras que me recuperaba de mi corrida la empezó a meter lentamente hasta que lo metió entero.

    Se empezó a mover rápido y duro mientras me cogía y daba pequeñas nalgadas.

    Yo le pedía que fuera más lento pero por la excitación no me escuchaba, llegó un punto en el que me deje llevar por el placer y ya no me importaba si era rudo o no solo quería que me cogiera.

    Me estuvo dando duro un rato más hasta que paro y me dijo que me acostara boca arriba, lo hice y se puso enfrente de mí y levanto mis piernas y los puso sobre sus hombros para poder darme duro más a gusto.

    La metió de un golpe y solté otro gemido de placer no me importaba si nos escuchaban solo quería que me rompieran el culo, yo solo podía pensar en su pene caliente y duro dentro mío al borde de una corrida gigantesca.

    Estuvimos así por otro rato más hasta que hicimos una última pose, el 69.

    La saco de mi culo y se dio la vuelta dejando su pene enfrente de mi cara y puso mi pene en su boca.

    Se la chupe por un rato y claro el primero en correrse fui yo pero el seguía chupando y después un rato se corrió.

    Yo lo recibí y por mi experiencia no derrame casi nada.

    Afortunadamente esto fue en un motel de mala muerte así que no había gente… casi jeje.

    Estoy impaciente porque ahora me toca a mí, pero no puedo decidirme jeje ¿me podrían dar alguna sugerencia?

  • Mi hermana mayor

    Mi hermana mayor

    Es mi primer relato, y más que relato es contarles mi situación con mi hermana mayor.

    Empezaré diciéndoles que yo tengo 24 años y ella 39, ambos casados y con familia. Hace poco ella se realizó una operación de abdomen y glúteos, tuvo una recuperación dolorosa, pero ella dice que valió la pena.

    Después de su recuperación ella empezó a lucir su nueva figura con ropa más entallada y a compartir (en un grupo que tenemos de WA con mis otras dos hermanas y ella) fotos de sus outfits y aún una foto en puros cacheteros de sus nalgas.

    Yo la verdad la había visto como hermana mayor siempre y no niego que alguna vez le vi de reojo el cuerpo (digamos lo normal), pero después de ver los resultados de su operación he tenido pensamientos con ella y lo más arriesgado que pienso hacer es decirle que si me deja ver de nuevo sus nalgas porque tengo curiosidad de saber como se ven operadas, la verdad no me animo a decirle. Uds. ¿qué me recomiendan? ¿Cómo podría pedírselo?