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  • Madre abandónica (padre e hija)

    Madre abandónica (padre e hija)

    Recibí en mi correo ([email protected]) el siguiente mail.

    –Hola Luis, he leído tus relatos en la página de CuentoRelatos, en verdad, no sé si son reales tus historias.

    A lo que respondo:

    –Hola xxx. Te cuento, la mayoría de los relatos son verídicos, historias que me cuentan o como en tu caso, me envían a mi mail, yo lo único que hago es “adornar” lo mencionado. ¿En qué puedo ayudarte?

    –Voy a confiar en vos.

    Tengo una fantasía con mi hija, más que fantasía es una ayuda que quiero darle, necesito hacer el amor con ella, pero no sé cómo encarar la situación, somos padre e hija, si fuera una desconocida me hubiera sido fácil.

    –Estimado xxx. La verdad lo hice solo una vez y con una persona a la que conozco mucho, no soy sociólogo, solo escribo este tipo de relatos nada más.

    El ofrecimiento que te hago es, contame un poco lo que está ocurriendo y hago un relato en base a eso, te puede orientar como llegar a cumplir tu sueño o fantasía, (como potencialmente podría ser).

    Una vez escrito, te lo envío y lo pones en práctica tal cual, si pudiste realizarlo, me mandas un mail y con tu autorización lo ponemos en la página.

    –Gracias, voy a intentarlo.

    A continuación, el relato que realice en base a datos aportados por xxx. Esta demás decir que si lo subo, es porque pudo realizar lo solicitado en el correo.

    Soy un hombre de cincuenta y cinco años al que la vida lo bendijo con dos hermosas hijas, una que está viviendo en Inglaterra y la otra conmigo aquí en Argentina.

    Mi historia es la siguiente:

    Mi ex esposa, nos abandonó a partir de un suceso desafortunado en relación a Clara, quien vive conmigo.

    Clara, veintidós años, rubia, ojos verde agua como su madre, un cuerpo fantástico, estudiaba profesorado en Educación Física cuando el destino quiso que se rompiera un aneurisma instalado en su cerebro, quedando con capacidad motriz, del lado derecho, disminuida, debiendo abandonar, por lo menos por ahora, la carrera.

    La suerte es que una resonancia magnética lo diagnostico a tiempo, pudiendo parar el sangrado del mismo, quedando un coagulo que se iría reabsorbiendo de a poco y con buen pronóstico. Mientras tanto, Clara tiene y debe ser cuidada y ayudada para varias cosas del día a día que no se puede desenvolver por sí misma.

    Soy propietario de una casa que vende insumos para imprentas, lo que me consumía mucho tiempo, mi ex se cansó de la responsabilidad de atender nuestra hija y se fue de casa hace dos años, con mil excusas.

    Hoy día, en el negocio puse un empleado para pasar más tiempo con Clara y poder atenderla como se debe, cambiando, dinero por calidad de tiempo. Ahí comienza mi historia.

    Hace tiempo ya que varias actividades las puede realizar, aun le cuesta por ejemplo el bañarse y vestirse con determinadas prendas y calzados, cosa que estoy para ayudarla, como así también dos compañeras de la facultad que se encargan específicamente de la ducha a diario, un día una, un día la otra, cosa que me simplifica un poquito el día a día.

    El tema surgió para la época de vacaciones, ambas amigas viajaban a ver a sus familias al pueblo de donde son originarias. Sería la primera vez que me encargaría a full de todos sus requerimientos.

    El día comenzó con total normalidad, desayuno, levantarse de la cama, vestirla, acompañarla a la mesa para el desayuno.

    Desconozco que empezó a pasar por mi cabeza a partir de ese día cuando la comencé a vestir, la había visto infinidad de veces en ropa interior. Tal vez lo que traía puesto, un corpiño de raso que apenas tapaba la mitad de sus pechos duros, tal vez la tanga de la misma tela, por detrás solo una tirita que se perdía en el medio de sus glúteos duros y bien formados, tal vez ese pequeño triangulito que tapaba indiscretamente su vagina adornada con unos bellos y rizados pelos, triangulo que dejaba ver parte de sus labios. Mi miembro había empezado a cobrar vida, irguiéndose lentamente y empujando el calzoncillo como pidiendo permiso para salir. Tratando de pensar en cualquier cosa, termine de vestirla poniéndole las zapatillas, la ayude a incorporarse de la cama, y tomándola por detrás la acompañe en sus pasos. En un momento sin querer apoye la bestia que aún estaba despierta en su culo, hizo como ademan de detenerse pero siguió mirándome de reojo sin decir nada. La deje reposar sobre la silla para que desayune y me retire dándole la espalda para que no viera mi erección.

    El resto del día transcurrió como habitualmente pasaba, ella leyendo en su computadora y algún que otro libro o revista, alternando con televisión.

    Llegada la tarde, el momento que no quería.

    –Papi por favor me ayudas a bañar.

    –Si hija como no. (lo dije con voz temblorosa)

    –(riendo) Que pasa mi hombre, se te seco la garganta, ¿tenés miedo?

    –Clara por favor, es que me da pudor tener que asearte.

    –Ya lo hiciste varias veces pa.

    –Si lo tengo claro, pero eras bebe, ahora tenés veintidós años y sos toda una mujer.

    –Y vos todo un hombre. Es cuestión de género, hombre, mujer (reía a carcajadas) padre e hija, dale papi, no tengas vergüenza.

    –Obvio que lo voy a hacer, solo tomo coraje. (también lo dije con una risa nerviosa)

    Ya decidido, me hice el hombre superado y la lleve a la ducha. Comienzo con el proceso de desvestir a pedazo de mujer, excitándome de a poco, con cada una de las prendas que quitaba. Ya teniendo su cuerpo cubierto solamente con el conjunto de ropa interior, mis manos temblaban, ella, ella reía estrepitosamente.

    –Dale Arturo, no tiembles, vamos que voy a tomar frio.

    –¿Frio con el calor que hace?

    Le desabroche el corpiño dejando escapar esas tetas blancas de rosados pezones, al sacar la tanga, fui demasiado torpe, aparte de cortar una de sus tiras se enrollo en sus largas piernas musculosas, quedando expuesta ante mis ojos su vagina cuidadosamente depilada, solo formando un triángulo de bellos rubios sobre ella.

    En mis pantalones cortos, ya asomaba una mancha de líquido pre seminal que escapaba por mi uretra. Aunque, creo, Clara se dio cuenta, pues aún no había abierto la llave del agua.

    Ya bajo la ducha y sentada sobre una silla plástica, comencé a enjabonarla, tratando de no tocar ninguna parte que despierte más mis hormonas. Hasta que me dijo algo que no quería escuchar.

    –Papi, también se asean las partes…

    –Si hija, pero me da cosa.

    –Soy tu hija papa, ya sé que crecí, pero en esta momento te necesito, y quiero estar higienizada, así que señor, es una orden, manos a la esponja y el jabón.

    Tome la esponja enjabonándola, la deje en el jabonero, la ayude a pararse, tomándose de la silla me ofreció todo su cuerpo mojado. Nuevamente cojo la esponja pasándola por sus pechos tratando de no tocar ni rozar su piel con mis manos, sus ojos se cerraron, vi como sus pezones se ponían duros y la piel se le erizaba, cosa que me éxito más, mi corazón palpitaba, si quisiera contar las pulsaciones no hubiera podido.

    De su boca salían suspiros. Ya no aguante más, cerré yo también los ojos y dedique mis manos a enjabonar el resto sin la esponja que me privaba de sentir su tibia piel. Paso mi mano entre sus glúteos, la que resbalo con facilidad producto del jabón, tocando su orificio, se hizo hacia atrás como pidiendo más, me detengo en la zona aseándola, ella meneaba la cintura, rodeo su cintura con mi mano para llegar a su vagina, hago el mismo procedimiento que con su parte trasera, ya sus suspiros se transformaron en gemidos. Me detuve en su vulva enjabonando y jugando con mis dedos en ella, sus labios vaginales se abrían cediendo el paso, dejándome llevar por mis genes masculinos y olvidando el vínculo, jugué con su clítoris, hasta que el gemido prolongado me hizo saber de su orgasmo.

    Sin decir nada enjuague bien sus partes, la ayude secarse y ponerse la ropa, la acompañe a su cama, arropándola como cuando era chica, prendí su televisor, le di un beso y me retire.

    Fui por un baño yo también, no podía sacar de mi cabeza las imágenes del cuerpo desnudo de Clara y mis manos recorriéndolo.

    Ya acostado, recibo un mensaje de WhatsApp con el siguiente texto.

    Papa, por favor podrías acercarte a mi cuarto. Presuroso me abalance a su puerta con el pensamiento que había pasado algo.

    –¿Qué paso hija, te encuentras bien?

    –Si papa, solo necesito hablar con vos.

    –Soy todo oídos, mi cielo.

    –En relación a lo que paso hace un rato en el baño.

    Silencie su boca con mi dedo.

    –Por favor necesito hablarlo.

    –Está bien Clara, te escucho.

    –Los que tenemos discapacidades motoras, momentáneas o permanentes, nos enfrentamos a problemas que el resto no tiene. Pero si tenemos sentimientos, necesidades, deseos y el derecho a expresarlo.

    –No entiendo el mensaje, ¿que hice mal?

    –Nada papa, quería que sepas que hay algo que es importante para mí y la recuperación, necesito mejorar mi autoestima, recuperar mi sexualidad.

    –Entiendo hija, como padre, ¿de qué manera puedo ayudarte?

    –No, como padre no podes ayudarme, necesito que salgas de ese rol y me ayudes como hombre.

    No podía creer lo que me estaba diciendo mi hija, algo que yo quería y no sabía cómo hacer, ella me estaba allanando el camino.

    –Pero soy tu padre, no sé si está bien, aunque te confieso que estoy loco por vos, que me encantas como mujer, que deseo poseerte y escarbar lo más profundo de tus entrañas con mi sexo.

    –Papa, los derechos sexuales de las personas se deben reconocer, alguna vez leí que, los derechos humanos universales están basados en la libertad, la dignidad y la igualdad, quiero conservar mi dignidad de mujer.

    No lo pensé más, me acerque muy despacio a su rostro para besar sus dulces y cálidos labios, respondiendo con la apertura de boca justa para que nuestras lenguas se encuentren en un húmedo beso, que no fue largo, pero si maravilloso, jamás olvidare ese instante.

    Fuimos fundiendo nuestros cuerpos, quería que se cubra toda la habitación de lo que estaba por venir. Quería que fuera mía y hacerle el amor sin control alguno.

    Pongo mi mano en su pelo, rozando mi boca por su largo cuello y sus blancos hombros.

    Su suave mano recorre la extensión de mi espalda de manera muy delicada, mientras busco con mi boca la calidez de sus pezones, su boca entreabierta exhalaba suspiros apasionados cuando mis manos danzaban sobre su piel.

    Busque mojar su vagina con mis dedos al tiempo que sus gemidos endulzaban con su miel a mis oídos, fui probando cada uno de los rincones de su piel, milímetro por milímetro, llegando por fin a esa parte tan sensible que tiene entre sus piernas, que se fueron separando de a poco para que mi boca y lengua probaran ese delicioso néctar que me ofrecía su ser.

    Eleva su cabeza para observarme, al tiempo que busco sus ojos con los míos, cuando veo que el verde de sus pupilas se transformaron en blanco, su vagina me dedico sus jugos, invadiendo mis fauces sedientas de su sexo.

    Una vez que reposo de su orgasmo, ubico una almohada debajo de sus glúteos para elevar la pelvis, me posiciono sobre ella. Clavando nuestra mirada sobre nuestros ojos, noto la aprobación que precedió a la penetración, ubico la punta de mi pene sobre los labios de su vulva, rozando desde el perineo hasta su clítoris en reiteradas oportunidades, hasta que por propia humedad, casi sin ejercer presión, mi falo se perdió en la profundidad de su sexo. Mi sensación fue indescriptible, estaba dentro de mi hija, experimentando la calidez de su vagina con esa consistencia aterciopelada. Me pareció, en varias oportunidades tocar el cuello del útero con el pene, cosa que le hizo expresar, ya no, gemidos de placer, si no, gritos de placer, desprendiendo frases sucias que me excitaban cada vez más.

    En un ir y venir dentro de su sexo, tan apasionado como violento, ambos nos dijimos, pero a destiempo.

    –¡¡¡Estoy por llegar al orgasmo!!!

    Trate de aguantar lo más que pude, quise que ella terminara primero, para poder observar su angelical rostro y darle la oportunidad de que ella vea el mío, cuando descargara mi semen en su interior.

    Se dio como lo había querido, exploto ella en tremendo orgasmo, volviendo a poner sus ojitos en blanco y abriendo la boca en forma descomunal. Mientras sucedía, apreté mi pelvis contra la suya quedándome quieto, quería sentir las contracciones del placer.

    Cuando logró observar mi rostro, reinicie los movimientos pélvicos de adelante hacia atrás, por momentos haciendo pequeñas rotaciones, no pude aguantar mucho tiempo el ritmo, pues mi semen salió despedido de mi miembro, llenando a mi hija del espeso líquido, el mismo que hace veintidós años, hizo fecundar su ser.

    Recostado a su lado, me acariciaba con la mano del brazo que mueve sin dificultad, agradeciendo el haberme animado a satisfacer su necesidad.

    Nuevamente bese su cuello estilizado, creo saber dónde besar buscando las partes más sensibles, mi boca recorría su esbelta anatomía, intentando explorar sin tropiezos el camino que me lleva a su sensible pubis.

    Cual colonizador, descubro la recóndita cueva del placer, que empiezo a explorar con mis dedos esa parte que mi lengua no iba a tener acceso por lo profundo de ella. Saque la lengua pasándola por sus labios mayores, a lo largo de ellos. Complaciente se abrió ese capullo aterciopelado, dando paso a una catarata de fluidos que me invadieron de su sabor. Prendido fuego quería comer su vagina, abría y cerraba la boca, no chupando, si no, libando su sexo y clítoris ya endurecido.

    Se retorcía en la cama al son de sus gemidos, a cada orgasmo sus gritos llenaban mis oídos y la habitación, hasta quedar rendida.

    Con el olor a sexo invadiendo el cuarto, la puse de costado perdiendo mi falo dentro de su cavidad, quise esa posición para no forzar más su cuerpo.

    Luego de estar disfrutando por un largo rato de las penetraciones bien recibidas por Clara, sentía el inminente orgasmo, saque mi miembro, la puse boca arriba, sentándome a horcajadas sobre su humanidad, me masturbe para ella, descargando mi semen, el que salía con una velocidad que nunca había experimentado, sobre su rostro, parte dentro de su boca, parte en su cara.

    Luego de no recibir más descargas, con sus dedos, tomaba lo que había quedado en su rostro para introducirlo en su boca y terminar de ingerirlo.

    Después de esa sesión casi interminable de sexo, fuimos al baño nuevamente a higienizarnos, esta vez, fue sin ningún tipo de vergüenza, pudiendo hacerlo juntos sin el tabú que ello implica.

    Este relato, como he comentado fue a pedido. Al enviarle el relato para ver si era lo que esperaba, recibo el siguiente mail.

    –Hola luis, quería agradecerte, me llamo mucho la atención, que las cosas sucedieron tal cual escribiste, lo que me pareció raro, por eso al correr los días de lo que sucedió, le pregunte por que había accedido a tener sexo conmigo. A lo que me contesto (textual)

    –Perdón papa, tengo que confesarte algo. Vos nunca cerras el correo, un día hurgando en la compu, vi el correo que le enviaste a luisfa60 y el escrito que te mando.

    Debo reconocer que me excitó y quise seguir tu juego y valla que me gusto. Por favor no te enojes.

    –Como me voy a enojar hija querida, me ayudaste y te ayude, quien mejor que tu padre.

    –Y otra cosa, las chicas no se fueron de vacaciones, yo les pedí que no vinieran.

    –Que gran estratega resultaste ser Clara, te amo con locura.

    –Lo sé, por eso también te amo.

    Gracias Luis, hoy ya casi esta recuperada, te diría, casi normal, no sabes las cosas que estoy aprendiendo con su juventud.

    Estamos también evaluando la posibilidad de sumar a alguna de sus amigas, o por qué no, las dos. Seguramente te tendré al tanto.

    Por lo pronto volví a comprar una cama matrimonial y estamos conviviendo como pareja. Se cae de maduro que podes publicarlo, lo único que te pediría es cambiar los nombres.

    Gracias.

  • Streaming para un cliente

    Streaming para un cliente

    Es la cuarta entrega de filmación para lo que piden los clientes por internet.

    La tercer entrega terminó en que el nuevo cliente pidió una sesión privada y le aceptamos para el día siguiente.

    En esta cuarta parte nos debíamos preparar para complacer al nuevo cliente en su exigente petición.

    Pasó el día, ambos ocupados en distintas cosas, al mediodía limpiamos la habitación que tenía algunos chorretes por el piso, y cambiamos las sábanas y toallas que protegían el colchón. Descansamos un ratito al mediodía antes de que yo me fuera a trabajar y miramos algunos videos sobre la temática que nos estaban pidiendo en el streaming, “fisting”, miento si digo que no terminamos muy calientes los dos. Nos imaginamos cómo podríamos comenzar para llegar en forma al momento de la conexión y se nos ocurrió lo siguiente.

    -Comencemos con unos masajes, jugamos con los dildos y terminamos con el inflable y así empezamos la transmisión, no hacemos caso a otras notificaciones porque lo que nos interesa es llegar en forma a la sesión privada. Trata de no llegar a ningún orgasmo antes del fisting y cada cierto tiempo aumentemos gradualmente el tamaño del inflable hasta comenzada la transmisión y ahí vemos que sucede.

    -Ok, contestó

    -Te amo, nos dijimos al unísono

    Me fui a trabajar sabiendo que tenía que volver por lo menos una hora antes de que diera inicio la sesión, en el trabajo casi no me pude concentrar estaba mi cabeza en los detalles, filmación, ambiente, música, luz, temperatura, etc. y en determinado momento, “plinnn” un mensaje:

    “Hola”

    “Sabes qué?”

    “Desde que te fuiste tengo el dildo xxl dentro, primero uno más chico y ahora este”

    Inició una video llamada y me mostró como estaba en la cama del estudio, acostada, con ambas piernas en alto y el dildo más grande que tenemos unos que casi nunca usamos por el tamaño exagerado, más de la mitad metido en su vagina.

    Le contesté “No exageres porque si no vas a estar dolorida cuando empecemos a jugar”

    “Yo ya empecé” me contestó, prendió el vibrador que pasó por su clítoris y cortó la conexión.

    Quedé de boca abierta, ella se estaba masturbando con el dildo más grande, no era como mi puño pero faltaba poco, me alegré porque tendríamos menos trabajo, pero mi miedo era que se hiciera daño y llegara dolorida a la hora del inicio.

    Al llegar a casa estaba todo normal, ella recién bañada, olor a jazmines, algún leve olor a sahumerio que venía de otra habitación y le pregunté como estaba.

    -Fantástica y pronta, contestó

    -Te gusta este trabajo?

    -Me encanta, contestó, y agregó

    -Pero no sé por cuanto tiempo durará dijo

    A lo que yo acoté.

    -Que dure lo que tenga que durar, ya sea porque nos cansemos o porque el esfuerzo sea mayor que el beneficio. Pero lo que no hay dudas es que gozamos mucho y nos entra un dinerito.

    -Me baño y vamos a los masajes? Le dije

    Ella me estaba esperando en nuestra cama, boca abajo, con aceites para masajes, lubricante y el dildo inflable arriba de la mesa de noche del dormitorio, recién lavado. Le pregunté si ya lo había usado y me contestó que probó y le pareció que fue más allá del tamaño del dildo gigante, pero no quiso insistir. Mientras empezaba a masajearla le dije que a mí me parecía que lo mejor era que debíamos intentar el fisting cuando faltara poco para un orgasmo, y que en las dos horas previas de filmación ella podía simular un orgasmo teniendo el dildo inflable dentro y dándose placer con las manos. Y si aún faltaba tiempo ella me podía dar una mamada a mí.

    Con todo esto ya iba aumentando la calentura, me pidió le pusiera el dildo inflable y lo inflara hasta que ella dijera. Desinflado tenía unos cinco centímetros de diámetro pero entró como si fuera de tres, ella ya estaba entrenada, había pasado la tarde entrenando. Ahí me confesó que le iba costar llegar al orgasmo porque en la tarde había tenido tres, y después de cada uno su vulva se había dilatado un poco más. Inflé hasta que levantó la mano, allí sentía incomodidad pero no dolor, también me confesó que había tomado un relajante muscular para que ayudara.

    -Bueno, tomé dos, dijo

    Yo había pasado la jornada laboral con varias erecciones, en la tarde había llamado dos veces a casa sin respuesta por lo que imaginaba lo que estaba sucediendo, y esa imaginación me dejaba de pene duro y con ganas de explotar. Su trabajo de la tarde había sido fantástico, la elasticidad que tenía a esa hora, aun faltando mucho tiempo ya nos allanaba el terreno bastante. Su sexo tenía un olor distinto y le pregunté si se había colocado alguna loción, ella me confesó que se había colocado dentro de la vagina, con los dedos un poco de una crema para dolores musculares, que le había ardido un poco pero que creía que ayudaría. A esa hora ya la había absorbido totalmente, y necesitaba agregar gel, pero el que tenemos a base de agua se absorbe muy rápido.

    Llegó la hora de la conexión, ambos estábamos calientes, ya desnudos, con los antifaces colocados, ella en la cama de filmación, el dildo inflable dilatando su vulva y vagina luego de haber agregado un poco de lubricante a base de silicona ya que lo único que usaríamos sería el inflable hoy, que ya estaba adentro y parcialmente hinchado. Me conecté al streaming y me acordé que aún no habíamos editado el video que necesitábamos para el día siguiente, prendía las otras dos cámaras y comenzaron a rodar, ella se tocaba los labios alrededor del círculo negro que asomaba de su vulva, del cual salía el canito para inflarlo y lo unía con la pera de goma, se lo desinflé un poco para agregar lubricante y se lo volví a inflar un poco más, ella cerró los ojos, estiró los dedos de la mano como diciendo hasta ahí, y se siguió tocando y en ese momento sentí un ruido en la casa, la dejé que siguiera con lo suyo y revisé todas las aberturas y aseguré todas las puertas, el perro estaba tranquilo.

    Cuando volví a la habitación, ella continuaba tocándose y la pera de goma estaba en su mano, la había hinchado un par de veces más, y le pedí que se girara y se pusiera con su culo respingón apuntando al cielo y la vulva hacia la cámara, y que hiciera fuerza para expulsar el dildo, ella gemía un poco, comenzó a hacer fuerza y el gemido se transformó en quejido, la pelota en que se había transformado el dildo asomaba dilatando al máximo sus labios vaginales pero no salía, elle continuaba quejándose casi gritando hizo mucho más fuerza y la expulsó, y quedó jadeando y tocándose la dolorida vulva, el tamaño del dildo era superior a mi puño y se lo volví a colocar con más lubricante inflándolo de nuevo pero un poco menos y le dije.

    -Ya está pero debemos mantenerla.

    Pasaron los minutos, había pocos espectadores, algunos observando, unos pocos comentarios, ninguna moneda y menos el cliente que iba a pedir sesión privada, ella se levantó de la cama para ir por agua y dejé reproduciendo un video de una mamada que me dio el día anterior, al volver caminaba de piernas separadas, caía de su vulva el caño y la pera se bamboleaba paso a paso, mientras se volvía a colocar en la zona de mejor luz y enfoque, zona alfa como le pusimos, vimos que estaba en línea el cliente, inmediatamente suena la notificación de pasar a sesión privada, dejamos el video corriendo en el streaming pero antes de conectar la cámara le desinflé el dildo y éste se salió de su vagina solo con el peso de la pera y el caño fueron suficientes para que se saliera, pasamos a sesión privada ya con la cámara filmando. El hizo un comentario de sorpresa y nos contó que su esposa estaba mirando, que eran un matrimonio mayor que nosotros y que querían aprender cosas nuevas.

    Pidieron que me presentara yo en cámara, ella quería ver mis atributos, entré en la imagen, pelé la cabeza de mi pene que normalmente está cubierta y eso sumado a la erección que tenía y al estar depilado pareció por un momento que era un gran miembro, les contestamos que estábamos aprendiendo juntos, que desde hoy temprano estábamos trabajando para el acto y que si salía todo bien, luego le daríamos algunos tips. Él ya quería que comenzáramos, se le notaba ansiedad por la forma de escribir en el chat y su tono al hablar, dijo que la esposa “Gretel” quería ver como yo la penetraba, eso dilató más el comienzo de la sesión pero puso un poco de pausa, lo que al final estuvo bueno, me puse detrás de ella que estaba con su vulva apuntando a la cámara, reorienté la cámara y con el control remoto fui de un plano más general a un primer plano, arrimé mi pene y la penetré sin resistencia ninguna, hubieran entrado varios penes como el mío, todos a la vez, empecé a follarla sin pausa pero cuando me dieron un poco de ganas de eyacular salí, volví a ubicar la cámara e hice un poco de zoom a su vulva.

    Lubricaba mi mano para comenzaba a meter tres dedos, luego cuatro, sacándolos y volviéndolos a meter sin dificultad y sin ningún signo de dolor por parte de ella y llegó una notificación. Nos decían que querían ver toda la preparación previa y no directamente el fisting, porque para eso había cientos en internet. Paramos y nos relajamos de nuevo.

    Les escribimos por el chat que para hacer esto había que tener práctica, que ella debía tener experiencia con dildos de por lo menos seis o siete centímetros de diámetro. Que una sesión completa podría llevar desde dos hasta tres horas, para llegar al momento con una buena dilatación como tenía ahora. Preguntamos si querían ver los distintos juguetes que habíamos usado, más o menos ir viendo la gradualidad y terminar con el fisting, a lo que contestaron que tenían todo el tiempo que fuera necesario y si la performance era buena pagarían de más.

    Ella cambió de posición, acostó de espalda en la cama y piernas abiertas hacia la cámara, tuve que volver a enfocar, mostré a la cámara un par de dildos de unos tres centímetros de diámetro que metí en su vagina, primero uno y luego el otro sin lubricarlos porque el lubricante abundaba ya. Su vulva normalmente en reposo tenía una abertura natural del tamaño de una pelota de golf, continué luego con un dildo mediano y luego con el xxl que entró hasta la mitad porque era muy largo, la abertura de su vulva al sacar el dildo quedó por un ratito abierta al extremo y se podía ver adentro. Rápidamente pasamos por todas las etapas de preparación y al final terminamos con el inflable, todo esto habrá durado unos veinte minutos. Ellos entendieron y continuamos. Nos comunicamos mayormente por chat y nos contaron que ambos estaban muy calientes y ya sin ropa y tocándose, él con dos dedos dentro de la vulva de su mujer.

    Continuamos y ella se colocó de nuevo de espaldas, con su vulva y ano apuntando a la cámara, el dildo inflable permanecía en su vulva muy poco inflado y blando por la falta de aire, y ella lo sostenía mientras se movía para que no se saliera. Me pidió que lo inflara, a lo que accedí primero dos o tres veces, ella recostó su pecho en la cama, manteniendo su culo respingón en alto y lo inflé hasta que abrió su mano, sus dedos se estiraron anunciando el límite y sensación de dolor, desinflé algo y comentamos que lo próximo era sacar el inflable y meter la mano.

    Ellos dieron el ok, continuó la performance, desinflé otro poquito y ella haciendo algo de fuerza lo expulsó, sus labios vaginales se estiraron a un nuevo máximo mientras salía con un ruido de “plop” el inflable y chorreaba gel lubricante por sus piernas. Sin perder tiempo metí cuatro dedos en su vulva, enseguida agregué el quinto plegado debajo de la palma de la mano, hubo que vencer una ligera presión y se deslizó al interior sin dificultad. Ella preguntó si ya estaba con cuatro dedos adentro y le dije que acababa de meter el puño, no lo podía creer. Lo saqué y lo volvía a meter, primero lentamente, luego más rápido, ella gemía y decía cosas que yo no llegaba a entender, varias veces su vulva me apretaba fuertemente la mano, y otras me liberaba para que yo la sacara y la penetrara de nuevo hasta que vi y sentí que llegaba al orgasmo, saque parcialmente la mano hasta que quedó en su abertura la parte más gorda de mi puño, ahí tuvo el orgasmo, me apretaba el puño y me soltaba con cada espasmo de su vientre, hasta que se fue calmando, me pidió que retire la mano y su vulva se siguió achicando con cada espasmo que cada vez era más separado, hasta que al final quedó tendida boca abajo en la cama.

    Aquello era un desorden, lubricante por todos lados, la cama bastante desordenada, la cámara del streaming continuaba filmando y la otra se había apagado, seguramente sin batería. El cliente no daba señales de vida pero seguía conectado, no queríamos cortar antes que el depositara las monedas en nuestra cuenta. De pronto comienza a escribir algo, la mujer había tomado el control, su esposo se estaba masturbando y ella quería liberarnos, nos agradeció en una mezcla de inglés y alemán, dijo que lo intentarían, hizo el depósito cortó la conexión, nosotros también.

    Mi mujer estaba agotada luego del orgasmo, apenas se le escuchaba la voz diciendo que había sido el orgasmo más fuerte que había tenido en su vida, que no se imaginaba que esto era así.

    Seguramente el juego de toda la tarde había hecho maravillas, también los relajantes musculares, y su excitación de estar dentro de cámaras.

    Le conté que al finalizar la sesión los espectadores, “la espectadora” había cortado porque el tipo se estaba masturbando, ella sonrió y me preguntó si quería llenarla de semen antes de ir a bañarse, que ella deseaba que yo la llenara porque se imaginaba que tendría ganas a lo que accedí. Le pedí que se volviera a poner en cuatro y le dije que iba a revisar como estaba mi estrella porno favorita, metí dos dedos en su vulva que aún continuaba muy dilatada, a pesar de que hacían unos quince minutos que habíamos parado. Penetré aquella vagina laxa, grande, extremadamente floja y lubricada, mi pene no tenía resistencia, y en cuatro o cinco embestidas descargué mi semen allí dentro. Después de eso, nos fuimos a bañar y a planificar el futuro, y dijo.

    -Esta ha sido una semana muy intensa, demasiado para ser la primera, me estoy haciendo puta rápidamente. Como continuaremos?

    El trabajo de puta te está saliendo muy bien, te calentó saber que el tipo se masturbaba viéndonos hacer el fisting para él?

    -Sí. Mucho, me contestó

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (19)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (19)

    Definitivamente estoy cagado y con el agua bien lejos. Tantas noches de insomnio buscándole excusas a Mariana, echándole toda el agua sucia al playboy de playa, a ese pedazo de hijo de puta aunque su madre sea una santa, y ahora resulta que no, que mi mujer no fue seducida ni por la parla ni por lo físico, –porque de intelectual, a ese neandertal el cerebro le sirve para lo mismo que a mí las tetillas– al final resulta que fue ella solita la que se tomó de la nariguera y se encaminó cual ternera hasta el matadero. ¡Él no la forzó ni tampoco nadie la obligó!

    Que duro es darse cuenta que la mujer que tanto creías conocer no era tal cual la imaginaste. ¡Me ha defraudado, quitándome la ilusión de compartir toda mi vida con ella! Y por más que con su llanto demuestre arrepentimiento, su grado de culpabilidad ahora es mucho más alto. Ella se lo buscó. O lo que es más correcto y diáfano… ¡Mariana se le ofreció!

    —Continúas llorando por mi culpa, Camilo. Pero no has reaccionado de manera violenta. ¿Es porque estabas esperanzado en que todo lo que te estoy revelando hubiese sido una ilusión? Deja de hacerlo por favor, no llores más que no lo merezco. —Levanta el pequeño envase plástico para acercarlo al botón rosa de su boca y no me queda otra que responderle…

    — ¡Quizás sea porque me siento decepcionado, al ser tu misma quien tomó la decisión de entregarse! Porque aunque te parezca que estabas ganando la partida, en realidad perdiste los papeles frente a ese tipo esa noche. ¿O estoy equivocado? —No contesta y tan solo mueve su cabeza de izquierda a derecha, ya que es inútil que lo niegue ahora.

    —Y no Mariana, –prosigo fustigándola– para nada guardaba dentro de mí una brizna de esperanza. Mucho menos guardé una mínima ilusión, pues tu silencio, todos esos días antes de marcharme te delataba. Tu traición se te veía reflejada en la cara, no solo aquel medio día cuando regresé a la casa. También cada mañana al desayunar, evitando que Mateo se percatara de algo y en las noches al sentarnos a la mesa para cenar, hablando lo necesario para ver cuál de los dos era el elegido por nuestro pequeño para ir con él a su cama y leerle alguna historia para que durmiera en paz. La pude ver en tu silencio persistente antes de cerrar la puerta, cuando no te atreviste a preguntar hacia donde iba o a qué horas regresaría. No te importé. ¡Ya no te interesaba y llegué a pensar que hasta te estorbaba mi presencia!

    —No debería admitirlo pero aunque me duele reconocerlo, te agradezco la sinceridad con la que me estás hablando. No vayas a creer que tengo vena masoquista, pues no me gusta sentir todo este dolor que he venido sintiendo y ahora, revive con cada una de tus palabras. —Se lo recalco pues el cielo de sus dos ojos me miran húmedos y esquineros. ¿Expectantes?

    — ¿O tal vez sí? Porque puede que al permitir que supieras donde hallarme, deseara interiormente que al encontrarnos, escuchando la realidad por tu propia boca, dejara de imaginar y suponer como sucedió. Y al sentir más dolor escuchándote, pudiera conseguir finalmente dominar el sufrimiento, liberarme de la culpa que he sentido todo este tiempo, al permitir que iniciaras toda esta parafernalia y así dejar de amarte. Olvidarte y apartarte de mi mente, pero no de poquito a poco, palabra tras palabra, lágrima tras lágrima, sino de una sola vez. —Puede que sea lo que quiero, pero en verdad miento. ¡La amo! Y esa mentira Mariana la puede descubrir, al ver en mis ojos como se diluye esa falsedad entre mis lágrimas.

    —Ahora eres tu quien persiste con el llanto. Y está bien que lo hagas y te desahogues. Tranquila, Mariana, estaremos bien. Necesitábamos hablarlo. Respira y cuando estés lista, puedes continuar con lo que todavía me falta por escuchar. —Finalmente le digo al tiempo que voy sirviendo para los dos una nueva ronda, tensando los músculos para evitar que se me note el temblor de mis manos.

    Mariana descruza las piernas, dobla la mano con elegancia para llevar a su boca el pitillo blanco y lo deja allí, –sobre la blanca piel de su muñeca, se vislumbran las delgadas hebras del rojo hilo que sin estar roto, ella sentimentalmente lo rompió– prisionero entre sus labios y mirándome aspira, para luego alargar su brazo izquierdo, ladeando su torso y se adueña de su ron. Coordinada retira de su boca el cigarrillo, expulsa el humo por la nariz y bebe. Inspira y sus lágrimas ruedan desde las comisuras de los párpados hacia sus pómulos. Se le levantan los hombros al hacerlo, igual que sus senos bajo la tela de su vestido y cierra sus azules ojos irritados suspirando relajada.

    Con esta actitud tranquila, parece tomar aliento y disponerse a continuar. Y yo espero la siguiente estocada. «Una vez el ojo afuera, ya no hay Santa Lucia que valga».

    ***

    —Uhumm, estas en lo cierto. Era necesario vernos, enfrentarte y hablar. Bueno, al menos yo debería hacerlo y tu tan solo escucharme, cielo. A pesar del dolor que te estoy causando y de la vergüenza que estoy pasando al contártelo. La euforia se apoderó de mis sentidos, es verdad. Me dejé llevar por la sensación de dominio y me embriagué al sentir en mis venas recorrer ese efecto de poder, al verlo tan inofensivo y desubicado ante mis órdenes.

    Me percato de que no hay estrellas a la vista, ni el pálido resplandor de la luna veo tras ellas, al esparcir la bocanada de humo levantando mi cara hacía el firmamento, pues el cielo permanece encapotado sobre esta isla; nubes grises, muy oscuras por encima de nosotros dos tan alejados ahora con mis revelaciones y con sus silencios. Y a la distancia por entre las desgonzadas ramas de las palmeras y las coloreadas fachadas de los edificios frente a nosotros, los centellantes relámpagos iluminan el lejano horizonte sobre la bahía.

    —Esa noche elevó la cabeza, y ya acostumbrados los dos a la penumbra, observé sus ojos avellana, fulgurantes y ansiosos, encontrándose con la azulada serenidad de los míos. Buscaba tal vez que me retractara o un gesto de compasión de mi parte. ¡No la tuve! No moví ni un solo músculo de mi rostro, mucho menos parpadeé y si lo hice, en medio de la oscuridad él no lo pudo apreciar.

    —Levanté primero un pie para no enredarme con el short y con el empeine del otro, lo deslicé hacia costado opuesto, hasta arrumarlo contra las dos piezas de mi bikini abandonado. —Camilo permanece en silencio, dando una profunda calada a su cigarrillo y observándome al igual que yo le miro, midiendo cada uno nuestras reacciones, detallando cada gesto y cada movimiento. En el suyo se le arruga la frente al escucharme, y Camilo en el mío, el desconsuelo mientras le hablo.

    —Seguramente José Ignacio me creía suya, –continúo contándole más calmada pero todavía apenada– ya entregada y dispuesta a ser otra posesión de él, su nueva adquisición. Pero lo que hice fue levantar mi pierna derecha y doblándola, apoyé mi pie sobre su hombro izquierdo, cubriéndome con el borde de tu camiseta de futbol, sin dejarle apreciar siquiera un poco mi ombligo, pero obviamente sí colocándole frente al rostro, los pelitos recortados en forma de triángulo sobre mi pubis y la hendidura de mi vulva que se encontraba algo humedecida, dejando que percibiera con su olfato, los aromas condensados que se le desprendían. —Camilo deja de mirarme y tuerce sus labios, reprobando obviamente mi conducta.

    —Suspiró e indeciso posó sus labios a un costado sobre mi monte de Venus, catando por primera vez la tersura de mi piel hasta llegar a la ingle derecha, y sujetándose de mis corvas, con delicadeza subió sus manos acariciando la parte posterior de mis muslos. La piel se me puso de gallina, pues como sabes bien es una parte muy sensible de mi cuerpo, sin embargo contuve dentro de mi boca el jadeo que inquieto se quería escapar de mi garganta. No quería darle el gusto de hacerle saber que me estaba haciendo sentir… ¡Rico!

    —Potentes sus dedos se hundieron en mis glúteos anclándolos con firmeza y amasándolos, separando una nalga de la otra y su boca a medio abrir, tomando aire y una decisión, frontalmente besó desde aquella ingle hasta el pliegue que era línea fronteriza entre el muslo y la colina de mi labio mayor. Pero se detuvo un instante y dudé en si lo hacía para respirar o cobardemente echarse atrás. —Camilo apoya el mentón sobre la mano derecha cerrada y los dedos de la zurda aprietan con fuerza los nudillos de la diestra, haciéndolos tronar en medio de la confusión y su furia.

    —En realidad, cielo, no lo sabía en ese instante. Yo allí de pie, solo intentaba no claudicar en mi dominante posición al sentir lo que no quería, sin excitarme con aquel desesperante recorrido que no llegaba a donde se suponía debía culminar. Y cerré mis ojos para concentrarme imaginariamente en la piel que él tenía que besar, en los labios que necesitaba que los suyos me humedecieran para vencer su asquienta resistencia con mi autoritaria terquedad. Tenerlo ante mí, postrado y humillado, me hizo sentir feliz. Pero lo hacía tan de mala gana que me estaba desconectando.

    — ¿Qué pasa cachorrito? ¿Eso es todo lo que sabes hacer? —Le pregunté al verlo arrodillado y manso, seguramente asqueado ante el olor que desprendía mi vagina excitada. Me sentía superior jodiéndolo, hablándole de esa manera e hiriéndole su orgullo, aunque pendiente del pasillo por si se acercaba alguien.

    — ¡Tranquila bizcochito, solo estoy recreándome con el paisaje! —Me respondió y fue entonces cuando le puso empeño a… ¡A su primera vez!

    Hago una pausa para beber y fumar. Aprovecho el silencio que me concedo al aspirar con lentitud, y mientras lo hago observo el rostro apesadumbrado de Camilo por detrás de las blancuzcas columnas helicoidales del tabaco fumado, pensando en ese momento y en los detalles que no me atrevo a comentarle. ¡No pretendo herirle más!

    …Por fin su boca besó la mitad de mi raja, sobre mí ya despierto botoncito, ejerciendo algo de presión. Sentí, y apreté al tiempo ojos y boca. Su lengua aplanada dio finalmente con la rendija entreabierta y humedecida, lamiendo hacia abajo, descubriendo y perdiéndose en mis profundidades. Victoriosa pero sensibilizada, disfruté de aquella situación de sentir como al subir de nuevo, separaba su lengua con torpeza los lisos pliegues de mis labios menores, sin detenerse sobre ellos, sin esmerarse en chuparlos demasiado, brusco y anormal. Sin el roce leve, tan matador y orgásmico que solo mi mar…

    — ¿Y lo hizo? Te besó finalmente… ¿Allí? —Escucho con lejana claridad sus preguntas que tienen un tono de lamento.

    — ¿Qué?… Ahhh, sí. —Le contesto, pero creo que debo aclarárselo. Eso sí, sin mirarlo esta vez a la cara. La pena sencillamente no me deja.

    —Un sexo oral inexperto o desganado. Tal vez una mezcla de los dos. El caso es que aunque lo hacía con torpeza, si estaba logrando hacerme entreabrir la boca para tomar aire y dejarle huir… ¡Me hizo gemir!

    — Vuelvo a preguntártelo Mariana. ¿Y no pensaste en mí? ¿En todo lo que estabas permitiendo que sucediera? ¿Ni por un segundo me atravesé por tu cabeza?

    —No, mi vida. No estuviste allí en mi mente, porque solo tenía en mis pensamientos la intención de humillar al que me había ofendido. Era mi lucha personal. ¿Sí me entiendes? Y en esa batalla, no te incluí como guardaespaldas. Estaba obsesionada y además…

    — ¿Además qué? —Me interrumpe con una pregunta que ahora causa temblores en mis manos, escalofrió en la espalda y en la nuca. Llanto lento de nuevo. Todo unido antes de responderle a mi esposo.

    —Necesitaba demostrarme que era capaz de hacerme valer como mujer, frente a ese hombre. Y más aún cuando me dijo con su acostumbrada soberbia…

    — ¡Voy a hacer que grites y tus ojos se te queden en blanco! —Sentenció ubicado en el medio de mis piernas, en tanto yo continuaba con mi cabeza girada hacia la penumbra de la habitación y percibí tras de mis párpados un atisbo de claridad, al cual no le di importancia. ¡Estaba sumida en otro cuento!

    — ¿Estás seguro de eso? ¿Qué tal que no cumplas con mis expectativas? —Le contesté con el tono más burlón que pude imprimirle en ese momento a mi voz. Sin abrir los ojos, ni mover la cabeza. Sin descruzar mis brazos, mucho menos cerrar los muslos.

    —No me respondió con palabras si no con hechos, pues sus dos manos apretándome el culo ejercieron presión para que yo adelantara mis caderas al encuentro de su cara, y su boca se convirtió en una ventosa que chupaba con brusquedad, succionando con descortesía mis pliegues y luego, halando con sus dientes los labios que por mis flujos se le resbalaban, los fue apartando con la forma ancha de aquel músculo babeante y de a poco buscó su lengua coniforme abrirse paso por el medio de la raja, –más abajo hacía mi huequito– y se hicieron más profundas, más concisas y placenteras las sensaciones.

    —Estaba empezando a disfrutar, moviendo lentamente mi cabeza hacia arriba y luego abajo, y al volver mi rostro hacia la puerta abrí los ojos y me sobresalté. La luz del pasillo estaba encendida, aunque no se escuchaban pasos. Asustada, con la planta del pie lo empujé y él cayó de espaldas pero sin causar mucho ruido. Y escuchamos con claridad cómo se abatía una puerta.

    — ¡Mierda! Alguien viene. Vete de aquí, por favor. —Y él derrotado y sin comprender a cabalidad que había sucedido para terminar derrumbado en el suelo, se puso en pie sin aparentar esfuerzo alguno, pasando el dorso de su mano por los contornos de su boca, brillante por mis flujos y su saliva, limpiando su detenida lujuria y secando con su mano mi pecado.

    — ¿Y mi beso? —Me preguntó con su sarcástica sonrisa de siempre.

    —Aún no te lo has ganado. —Le respondí y lo saqué de la habitación empujándolo por su espalda, mirando de paso para ambos lados. No vi a nadie, solo su cara con gotas de sudor en la frente y una sonrisa de satisfacción que me dejó confusa. Y al cerrar la puerta, fui capaz de recobrar el poco sentido común que en aquel momento me quedaba y me vi tras de ella angustiada, de pie como una estatua, detenida en el tiempo pensando en lo que acababa de suceder.

    —Lo… Lo siento tanto, mi cielo. ¡Pufff! Lamento haberte traicionado… Lastimarte más con todo esto que te estoy relatando. —Tímido y con seguridad casi inaudible a causa de la repentina xerostomía en mi boca, fue mi confesión.

    Y él, mi esposo bello y mi hermoso hombre, con sus uno setenta y ocho de estatura según me lo había repetido varias veces, –contrastando con el uno setenta y cinco que figuraba en su cedula de ciudadanía– me mira desconsolado y amargado por mis recuerdos, mientras estira el brazo para recoger sus cigarrillos, mi encendedor y la pequeña copa.

    Mis dedos acuden a los lagrímales, deslizándose por la depresión de los párpados para socorrerlos una vez más, mientras que azarada espero su reacción, algún signo por mínimo que sea, ya que abrazarlo no puedo; al menos verle vida en sus ojitos, humedad en sus labios, firmeza en sus manos y que entienda que he venido a recuperarlo. Que sepa que mi amor por él siempre ha estado, hoy más que nunca, y que así no me lo permita, comprenda que siempre será mi amor eterno.

    Decirle la verdad me cuesta un montón. Nos ha herido a los dos, por supuesto que no en la misma medida, es verdad. Pero puedo sentir como le ha mortificado saber todo esto, y él, con seguridad ha visto en mi cara como no he disfrutado, al revelarle el comienzo.

    —Creo que sería mejor volver a caminar. Me siento sofocado entre tanta gente feliz y nosotros dos con nuestra infelicidad a cuestas y estas caras tan largas y amargadas… ¡Solo somos un manchón que afea este precioso cuadro!

    Segundos después de escucharlo, puedo observar cómo se levanta decidido, introduciendo en su mochila Wayuu la botella de ron, y yo solo atino a desplazar la copa vacía hacia su lado para que la junte con la suya, recogiendo de la silla frente a mí, el sombrero y el bolso negro. De la mesa tomo igualmente mi cajetilla de cigarrillos, el encendedor y el cucurucho de papel. Los dos dejamos este lugar más o menos acomodado y avanzo ahora, un paso por detrás de él, para dejarle respirar y pensar con libertad.

    ***

    Que estúpido debo haberles parecido a Fadia y a Eduardo. Al otro, a ese malparido siete mujeres no, pues hasta el último instante no se enteró que el arquitecto al que tanto molestaba con su soberbia y altanería, era el esposo de su querida Meli. ¡El infeliz cornudo!

    Y que idiota y sumiso tuve que parecerle a mi mujer, por no decirle nada al darme cuenta de sus cambios. A pesar de que tuve tiempo y lo pude hacer en varias ocasiones, al percatarme de sus sutiles cambalaches. Como el inusual gusto por las transparencias en sus blusas y la profundidad de sus escotes, o el deleite compulsivo por adquirir ropa demasiado ajustada, muy sugestiva, similar a la creciente obsesión por el uso diario de su ropa interior con menos tela y más encajes, provocativa y sexy para mis ojos exclusivamente, según ella. Y yo no le cuestioné nada.

    Me di cuenta tarde de que Mariana ya no me necesitaba como al principio de nuestros días, en la insignificancia de las cotidianas decisiones hogareñas y estúpidamente me alegré al verla tan capaz de hacerlo ya todo sin mí. ¡De vivir en su nuevo mundo comercial, sobreviviendo sola!

    Mariana me sigue el paso, caminando a mi diestra un metro por detrás de mí. La observo por el rabillo del ojo y esta noche, –tan parecida a otras tantas dos años atrás– ella no busca ver su sinuoso reflejo en las vidrieras de los almacenes del centro comercial. Porque no se verá alegre y sonriente, ni mi brazo acalorando su nuca, irá como antes sostenido sobre la calidez de sus hombros, ni mis dedos tocaran con suave picardía el nacimiento de su seno.

    Camina cabizbaja, pensativa y timorata. Quizá vaya recordando los mismos momentos y los añore como yo lo hago ahora, mientras se culpa de ir suelta y distanciada.

    —Con el paso de los días, –rompe el silencio Camilo, hablándome lo suficientemente alto para acortar con su voz nuestra lejanía. – sin poder dormir en una de las muchas madrugadas y tras varias horas de pensar en Mateo, en ti y en mí, me atemoricé y se me hizo un nudo en la garganta al imaginarme en un futuro, rehaciendo mi vida con los pedazos que habían quedado tirados a mis pies y sin embargo el miedo era que los trozos fuesen tan pequeños que lo reconstruido por mí, fuese tan de escaso de tamaño, que tú no cupieses en él.

    —Mi vida, yo no… —Intento interrumpirlo pero no me deja. Apuro el paso para colocarme a su lado y escucharle con mayor privacidad, aunque me importe una mierda que el mundo nos escuche.

    —Espera déjame redondear la idea, por favor. —Me solicita amablemente, mucho más tranquilo, bajándole una rayita al volumen de su voz.

    —Tuve miedo de que mis oídos se fueran acostumbrando al silencio de sus voces, y que tus amorosas palabras que me servían de arrullo para conciliar el sueño, ya no me hicieran falta. —Si él supiera que su temor fue exactamente el mismo que sentí, al darme cuenta con el paso de los días, que ya no volvería a escuchar su voz grave y cariñosa en nuestra casa.

    —Sé bien cómo te sientes, pues lo puedo ver en tus gestos, en la manera que subes la mirada y oblicuas, se inclinan tus cejas como rampas de despegue, para ayudarte a elevar esas plegarias al cielo; o como abres tus manos y estiras los dedos para luego encogerlos, por tu desesperado tormento. Te conozco Mariana y sé que sufres al tener que relatarme tu traición, sabiendo a ciencia cierta que con tus palabras excavas tu propia tumba y me haces participe de este sepelio.

    —Cielo, no es mi inten…

    —Se bien que no quieres hacerlo pero ahora, después de estar sola tantos meses y de meditarlo, has venido hasta aquí y has llegado para enfrentarme con valentía, pues no sabías con la clase de hombre que te ibas a encontrar. Con el marido emputado y traicionado, derrotado y abandonado. O con uno diferente, despreocupado y renacido.

    —Estuve segura de hallar al mismo hombre, respetuoso y para nada violento. —Le comento.

    —Puede que ahora sea una mezcla de todos ellos, Mariana. ¿Pero sabes algo? Por mucho que hayas cometido errores, como seguramente lo he hecho yo, siempre estaré de tu lado y no abandonaré a nuestro hijo. De pronto, no tan cerca como esperas y deseas, mucho menos rendido a tus pies como antes y sin que lo pidieras, yo hiciera siempre lo que pensaba que tú querías. Pero sí, hay. Porque a pesar de todo, yo… ¡Aún te amo!

    — ¡Y yo a ti! —Le respondo intentando no llorar de nuevo, pero sus palabras me conmueven y atemorizan. Mierda, tiene tanta razón en sus razonamientos que yo presiento que… ¡Lo estoy perdiendo de nuevo!

    —Sin embargo de lo que hasta el momento me has dicho, aunque alcances a explicarte no quiere decir que yo logre exculparte. No estoy de acuerdo en lo más mínimo con lo que hiciste. Y entiendo que faltan detalles, otros hechos y que aquella noche no finalizó con ese sexo oral interrumpido, si no que por el contrario, fue el abrebocas de ese idilio entre ustedes dos.

    —Lo sé y comprendo que estás en tu derecho de hacerlo. Pero Camilo yo… ¡No me enamoré! Aunque lo parezca, no hubo dentro de mí síntomas de un posible romance. ¡Jamás! ¿Me escuchas? Nunca me enamoré de él. —Lo refuto vehementemente.

    Ahora sí que no puedo detener este sentimiento de angustia que atormenta mi pecho, tampoco la salina catarata que se desborda desde mis ojos, lavando literalmente mis mejillas. Culpable, ha sido su sentencia al inicio de este juicio, aunque dice amarme. ¡Y lo que le falta por escuchar! Promete estar a mi lado y al de nuestro pequeño, pero sin permanecer. Guardaba la esperanza pero ahora creo que no lo podré conmover para recuperarlo.

    Nuevamente entre los dos, –lado a lado– se instala el mismo muro de silencio que nos amarra las palabras, libera nuevas dudas e instiga para dividirnos, mientras nos acercamos al arco de piedra que nos conducirá a la plazoleta con la estatua envejecida en honor a un prominente político y hombre de negocios, amparado por aquellas seis palmeras, a medias iluminadas y que le hacen guardia, e intentan resguardarlo del sol con sus sombras alargadas.

    Desde aquí se puede divisar en la otra orilla, igual de colorida y festiva que esta parte de la ciudad, Punda. No cruzamos sin antes depositar en la caneca de basura, mi cajetilla vacía de cigarrillos, el cucurucho de papel con las colillas y por su parte, el envase plástico de la gaseosa familiar.

    Con su pulgar ligeramente doblado, el dedo índice por delante y el del corazón precediendo a los demás, aparta con suavidad la onda oscura de sus cabellos, ubicándolos por detrás de su oreja derecha, Mariana pensativa, esquiva como yo lo hago a las personas que admiran desde este lugar, la bella postal que ofrece ante nuestros ojos la bahía. Con el puente de la Reina Emma atravesándola, uniendo la ciudad con sus arcos multicolores e iluminando el transitar de decenas de turistas que vienen hacia aquí o que marchan hacia Punda, mientras que escuchamos el arrullo constante del oleaje al golpear contra las inertes piedras.

    Caminamos despacio hacia Brión, rodeados de alaridos, música caribeña y parrandas provenientes de un autobús atestado de enfiestados turistas. Lo hacemos sin afán, pues ella todavía tiene cosas por explicarme y yo tengo claro que no quiero que se vaya de esta isla y de mi vida, sin aclararlo todo. En los libros de historia hay vacíos, existen errores de apreciación, mucho de suposición y falta contrastar los datos. Mucha leyenda que se cuenta pero no se valida porque no se escribió.

    Como en este informe que cargo dentro de mi mochila, en cuyas primeras páginas me perdí. Explican con fechas y horas señaladas, entradas y salidas de lugares, intercambios de mensajes que constatan como ellos dos mantenían una relación amorosa. Sin embargo no relataron bien el comienzo, pues como yo, lo desconocían. Ahora lo sé. La cuestión es si quiero saber desde cuándo y en donde se concretó. ¿En mi casa? ¿En la suya? ¡En un motel tal vez!

    Leí la primera y la segunda página con detenimiento y mucho asombro. La tercera y la cuarta con tristeza y furia. A la quinta sentí náuseas y en la sexta vomité. Enfermo, pasé de largo las demás, observando con rapidez letras e imágenes hasta finalizar. Lo hice como si contara un fajo de billetes de la misma denominación, ensalivándome el pulgar para pasar con rapidez el papel moneda por las esquinas. Al fin de cuentas el valor es el mismo y lo importante es conocer la cantidad total. En mi caso, los espiados actos de mi mujer estaban redactados en los variados folios que indicaban graves faltas a la moral, a la ética empresarial y su descarnada infidelidad hacia mí. Y sin embargo todos ellos tenían para mí el mismo valor. ¡Traición!

    —Debes saber que pasé bastante tiempo sopesando lo ocurrido. –Finalmente hablo en un intento de expiar mis culpas. – Desde esa misma noche cuando por fin hablamos tú y yo, respondiendo como a bien pude tus preguntas y esa acusación velada.

    — ¿Dónde estabas? — ¡Comiendo!

    — ¿Por qué tanta demora? — ¡Festejando con unos traguitos!

    — ¡Mi loquito se quedó dormido esperando tu llamada! —Lo siento, no creí que se nos hiciera tan tarde.

    —Y te dije la verdad a medias, pues omití el baile y por supuesto aquel juego que terminó como ya bien conoces. Recostada en la cama pasé esa noche casi sin dormir, preguntándome porque lo había hecho y sobre todo… ¿Por qué lo aceptó él? En medio de mi zozobra al reconocer esa falta de sensatez, una sonrisa se formó en mi cara al pensar que por fin había doblegado al prepotente de José Ignacio. No me reconocí infiel totalmente, pues no había traspasado el límite de la atracción, menos aún permití que me besara la boca y tampoco existió penetración.

    —No hay verdades a medias Mariana, son mentiras completas contadas a tu conveniencia. Así como fuiste infiel, por más matices con las que intentes maquillarla. Para mí no hay término medio. Lo que hiciste finalmente nos perjudicó y te fue convirtiendo en otra mujer, así pretendieras no reconocerlo en ese momento.

    —Tienes razón, no me sentí así. Pero si pensé que si lo llegabas a saber, sería el final de nuestro matrimonio y te dolería mucho más el que lo hubiera hecho con aquel hombre que tanto detestabas. Por lo tanto opté por callarme ese desliz, pues al fin y al cabo no sentí demasiado, físicamente hablando, y sentimentalmente nada me unía de él. Lo olvidaría pronto y todo ello se quedaría allí, en una simple anécdota que jamás se revelaría y que nunca se volvería a repetir, al menos por mi parte lo tenía claro.

    —El lunes finalizando la tarde llegué a casa para encontrarme con Mateo y la nana, recién llegados de jugar en el parque. Y tú no me habías llamado en todo el día, ocupado de reunión en reunión. Me diste tiempo para serenarme y encontrar valor para enfrentarme sin nervios a tu inquieta inocencia. Te recibí amorosa como siempre y tú, me abrazaste, dándome un gran beso sin reclamos. Tu mujer, la niña de tus ojos ya estaba en casa, sana y salva.

    —Aquella noche me acosté a tu lado unos veinte minutos después de que tú lo hicieras, fingiendo tener que registrar con urgencia en mi agenda, algunos datos primordiales sobre la reunión que debería sostener al otro día con ese cliente que había logrado concretar el fin de semana. Pero a pesar de hacer tiempo para ordenar mis pensamientos, no pude aclarar en mi mente lo ocurrido con K-Mena y lo acontecido entre José Ignacio y yo. ¿Por qué lo permití? Me sentí terriblemente mal. Y al llegar a nuestra habitación al verte acostado semidesnudo, como siempre esperando para abrazarme debajo de las cobijas, con los ojos bien abiertos, esperando tener conmigo sexo para relajarte o que nos hiciéramos sin apuros el amor… Entré en pánico. ¡Nunca me había sucedido, jamás lo había hecho!

    — ¿El qué?

    — ¡Eso! Ocultarte una escena excéntrica de mi vida, engañando al hombre con el que había decidido sin dudar, seguirle fielmente a donde fuera y como fuera, permaneciendo a su lado, siendo suya por y para siempre, pues era el amor de mi vida.

    — ¿Era? —Me recrimina con irónico sarcasmo.

    —Me refiero estrictamente a ese pasado. Al origen de nuestra unión. Nunca dejaste de serlo y Camilo, para que lo sepas… ¡Eres! Para mí, hoy por hoy, lo sigues siendo y lo serás por siempre.

    —Por física vergüenza no me desnudé frente a ti, sino que entré al baño para cambiarme, haciendo tiempo para aplacar los nervios, pues creía que en mi rostro, –por intermedio de algún inocente gesto mío– para ese sexto sentido tuyo, tuviera vestigios reveladores de mi traición.

    El parking se encuentra al tope de autos y sin embargo una pareja en motocicleta nos pasa muy cerca asustando a Mariana. Buscan un espacio desocupado que no existe, pero sí interrumpen sus recuerdos. Hay un olor exquisito flotando en el ambiente que logra hacerme cerrar los ojos, inundando de sabores deseados mis fosas nasales, ocasionando de paso ganas de pegarle un mordisco a un buen pedazo de grasosa carne.

    — ¿Te parece si vamos hasta el kiosco y nos pedimos un par de hamburguesas con todo? ¿O prefieres comer alguna otra cosa? —Le consulto a mi esposa.

    —Por mí no hay problema. En verdad ya tengo hambre. Pero la mía con doble porción de carne y sin cebolla. ¿Vamos? —Me responde.

    — ¡Perfecto! Pero recuerda que esta vez tú corres con los gastos. —Y me sonríe.

    Desenvuelta, radiante y más bella que todas las mujeres que al igual que ella hacen la fila para solicitar el pedido, la observo sentado en el penúltimo escalón de la gradería situada a unos cuantos metros del acceso al puente. En el kiosco no conseguimos lugar para acomodarnos. No es porque sea ella y yo siga prendado de su belleza, pero sin lugar a dudas Mariana, con sus cabellos negros mecidos por la nocturna brisa al igual que la falda de su vestido, y su cara de niña tierna, tan blanca, tersa y ya serena, en armonía con ese cuerpo de botella de Coca-Cola, la destacan de entre las demás. Las hay por delante de ella, extranjeras maduras más altas y rubias pero de carnes flojas. Tras su espalda, están otras jóvenes castañas con melenas rizadas más o menos de su edad, –nativas con seguridad– más delgadas y enseñando más de la cuenta, muy alegres abrazadas por la cintura a sus parejas.

    De hecho varios hombres ya sentados y llevándose el tenedor a su boca sin mirarlo, disimuladamente la auscultan. Ahora es igual que antes y como siempre ha sido, por lo tanto no se me ha olvidado y por ello me sonrío al verlos, pues de hecho nunca he sentido celos por eso. Al contrario, me he orgullecido de tenerla a mi lado, de que me eligiera sobre tantos otros pretendientes. Nunca dio Mariana pie a que alguno intentara ligar con ella. Me respetaba y los distanciaba tan solo con el desplante educado de su mirada, confiaba en ella más que en mí mismo. Sin embargo entiendo que aquello quedó en el pasado y ahora ella ha dejado de ser exclusivamente mía.

    Camilo no ha dejado de observarme, de pronto pensando en lo que le he contado, o puede que como siempre, esté pendiente de que no me suceda nada. Y por nada es que algún turista despistado, crea que me encuentro sola y disponible buscando farra, y dando pie para que intenten cortejarme esta noche. O estaré paranoica y sencillamente espera que no me demore demasiado para poder calmar con su hamburguesa, el hambre.

    La dicha no me duró ni diez minutos, pero cada segundo masticado y degustando su buen sabor lo ha compensado. Aun me quedan unas cuantas papitas crujientes y la mitad de la gaseosa, pero Mariana que siempre las devoraba terminando antes que yo, esta vez se ha demorado y le falta un poco menos de la mitad. Y es que ahora saciado, me pongo a pensar que ella debe estar repasando los hechos posteriores que no pudo terminar de relatarme porque la interrumpieron.

    Termina de tragar y bebe un sorbo. Me mira con esos ojazos cristalinos con su divino azul esclarecido por las luminarias blancas del alumbrado, con claras ansias de continuar hablándome. Otro mordisco da y se retira un poco de mayonesa con la servilleta, paseándola con sensual movimiento por sobre su boca, mientras espaciadamente parpadea y se sonríe traviesa. Otro sorbo de gaseosa y el trozo que falta lo acomoda dentro del empaque de cartón. Y aquí vienen de nuevo sus descargos.

    —No hubo click mi vida, como puedes llegar a pensar. No fue una vuelta de tuerca qué le diera un vuelco a mi corazón, causada por el gusto o la atracción. Para mí tan solo fue una anécdota, infantil y pendenciera, falaz y traidora obviamente, pero hasta ahí.

    —De hecho cielo, al otro día aquel negocio de la casa tipo «C» me mantuvo ocupada y el resto de días de esa semana, concertando citas entre mi cliente y la gerente de la entidad financiera, como hice aquel mismo martes; el miércoles muy temprano estuve recogiendo documentación de la esposa y de un familiar de esta última que serviría de avalista, por la tarde. Y el jueves después de almorzar contigo en la oficina, –pues como siempre a prudente distancia para mantener nuestra farsa– me reuní de nuevo con ella para tomar un café y demostrarle con cifras a futuro, ventajas de su inversión que la tranquilizarían más, y fue entonces que surgió el tema del diseño y decoración de los interiores, ofreciéndome para ayudarle con algunas ideas y enviarle posteriormente algunos bocetos a su correo electrónico.

    —Así que no tuve apenas tiempo para ocupar la mente en… «Esas otras cosas». ¿Me entiendes, verdad? Pues entrabamos y salíamos de la oficina con asiduidad. Él con lo suyo y yo ocupada en lo mío. Nos vimos por supuesto en las mañanas, pero en la oficina apenas si cruzamos un saludo cordial y sonriente. Distante, al menos en lo que a mí correspondía.

    —Es extraño que después de aquello, y una vez dado el primer paso, el playboy de playa no insistiera en continuar con el acoso y el derribo.

    —Y lo hizo cielo. Fue por un mensaje de texto en el que me pidió encontrarnos fuera de la oficina para hablar de lo sucedido. Se lo respondí, aclarándole que no era mi intención verme con él y mucho menos, repetir una situación como la vivida anteriormente entre nosotros. ¡Al fin y al cabo no pasó a mayores!, le escribí, y a renglón seguido me burlé de él un poquito más, redactando un texto más extenso que decía más o menos así: «Y como nada sentí, lo del beso no sucederá jamás entre los dos y lo demás, menos aún. Así que será mejor dejarlo morir y no complicarnos la existencia. Tú con tu novia o con tus conquistas diarias y semanales. Yo con la felicidad que obtengo cada día con mi hijo y en las noches con mi marido».

    —Me despedí aduciendo que tenía una llamada entrante. Yo ya me sentía aliviada y vencedora, no quería más venganza, no la necesitaba ya. Y tanto él como yo teníamos en ese momento claro, que lo primordial era finiquitar los negocios. Así pues, tuve paz esa semana y digamos que yo lo dejé archivado en el baúl del olvido, pero Jose Ignacio lo hizo en el de sus pendientes. Y presentí que él no se encontraba dispuesto a postergarlo.

    —El problema surgió el viernes antes de salir para nuestra casa. Eduardo tenia reunión con la junta directiva, José Ignacio adujo una cita con su novia y Diana un compromiso familiar, por lo tanto no hubo quórum para la acostumbrada salida a festejar. Lo agradecí. Yo estaba cansada y solo pensaba en llegar a casa, quitarme la ropa y en pijama, jugando con Mateo esperaría tu llegada. Sin embargo cielo, un nuevo mensaje de texto me puso en alerta, con esas dos fatídicas palabras que lo ponen a uno a temblar… ¡Tenemos que hablar!

  • La mascota de mi jefa

    La mascota de mi jefa

    Mi nombre es Jonathan y trabajo en una gestoría pequeña, tan pequeña que sólo somos mi jefa Marta y yo, quitando al ocasional cliente normalmente estamos nosotros dos en la oficina solos. Cómo llevaba muy poco tiempo en el puesto de la mayoría de tareas se encarga mi jefa y yo por ahora sólo me dedico a hacer fotocopias, archivar y alguna tarea suelta, pero no mucho más.

    Mi pesadilla comenzó un día estando sólo en la oficina, Marta tenía una cita con un cliente importante y me había pedido que cerrara yo, el día paso sin ningún acontecimiento hasta que llegó la hora de cerrar.

    Al entrar a su despacho para apagar las luces me encontré con una bolsa de deporte enorme abierta en mitad del despacho, pensé que se le había olvidado y me acerque para cerrarla, al verla más de cerca me di cuenta que estaba llena de ropa de mujer y dentro estaba uno de sus zapatos de tacón y el otro fuera tirado, así que lo cogí para ponerlo en la bolsa, pero un impulso de olerlo me sobrevino de repente (aclarar que en esos momentos no me consideraba fetichista) y lo hice, me lo lleve a la nariz y lo empecé a oler profundamente, el olor no era agradable del todo, pero tenía algo que me gustaba y me quede un rato de pie embobado oliendo su zapato, hasta que de repente se escuchó un click seguido de una luz de flash.

    Asustado tire el zapato y me gire rápidamente, solo para encontrarme con Marta sujetando su móvil, estaba claro que me había hecho una foto cuando tenía su zapato en mitad de mi cara.

    -E-esto no es lo que parece Marta, entré en tu despacho para apagar las luces, pero me encontré con esta bolsa abierta y…

    -sabes que por esto te podría despedir o incluso denunciar por acoso, ¿no?

    Me quedé congelado, no sabía que hacer, no sólo podía perder mi trabajo, me estaba jugando todo mi futuro. empecé a notar el sudor frío recorriéndome la frente.

    -Relájate, de momento no voy a hacer nada con la foto, pero a partir de ahora vas a cumplir completamente con todo lo que te ordene, por muy extraño o humillante que te parezca.

    -S-sí, sin p-problema.

    -Muy bien, mi pequeña mascota, ahora vete a casa y descansa, ya pensaré tu castigo esta noche.

    -Gracias.

    No recuerdo mucho más de ese día aparte de cómo me quemaban las mejillas al salir de su despacho y la humillación que sentí de camino a casa. ¿Qué me había llevado a hacer algo tan estúpido? Era normal tener curiosidad por el olor de algunas prendas, ¿no? al menos eso intenté decirme…

    En esos momentos todavía no sabía que a Marta le gustaba castigar y humillar a otros a hombres, o cómo ella los llamaba «sus mascotas», ni de lo que me esperaba al día siguiente.

    Llegué a la oficina bastante nervioso y con un discurso preparado para pedirle perdón y convencerla de que borrara la foto, me tomo unos minutos reunir el valor necesario para abrir la puerta. Al entrar me fije que las luces de su despacho estaban encendidas, sin dudar fui directo a hablar con ella.

    -Buenos días Marta

    -Buenos días mascota

    -Uh… quería hablar contigo de lo que sucedió ayer, no era mi intención ofe…

    -Antes de seguir, vete a tu puesto y ponte lo que he dejado encima de tu mesa.

    Me quedé un poco aturdido por el tono de voz que había usado, era serio y no dejaba lugar a objeciones, nunca me habían hablado de esa manera. Sin decir nada salí de su despacho y al llegar a mi mesa me encontré con una pequeña caja encima del escritorio.

    ¿Qué era eso? al abrirlo no podía estar más sorprendido, era un objeto de plástico con forma de pene, pero estaba hueco y aparte venía con varios accesorios, incluyendo un aro y un candado, aunque rápidamente me hice una idea general, no podía creerlo, así que fui corriendo a su despacho pidiendo explicaciones.

    -Marta, ¿Qué es exactamente esto?

    -Eso es claramente una jaula de castidad, ¿qué es lo que no entiendes? recuerdo haberte ordenado que te la pusieras.

    -Pero…

    -¡Nada de peros! ¿acaso no recuerdas que tengo una foto tuya con mi zapato de tacón en tu cara? ¿Sabes lo fácil que me resultaría subirla a Facebook para que la vieran tu familia y tus amigos? recuerda que soy tu jefa y tengo todos tus datos, puedo ir a avisar a tus vecinos de la clase de pervertido que eres o incluso ir a la policía, ¿te gustaría eso?

    -N-no

    -Bien, pues entonces vas a obedecer todo lo que diga, ahora vete a ponerte esa jaula.

    -¡Espera! Casi se me olvida, a partir de ahora no tienes derecho a llamarme por mi nombre, para ti seré Ama y tú serás mi mascota. Sólo delante de un cliente tienes permitido usar mi nombre.

    -Vale.

    -Vale, ¿Qué? recuerda tu posición.

    -Vale Ama.

    -Así mejor, ahora vete a ponerte tu jaula y recuerda darme las llaves al terminar.

    ¿Cómo me he metido en este lio? Con resignación volví a mi escritorio a buscar las instrucciones que venían en la caja. Después de algunos momentos embarazosos y algún que otro pinchazo por fin tenía la jaula puesta.

    Sentí la presión que ejercía en mi pene al momento y sabía que con esta cosa puesta me sería imposible tener una erección, esto es humillante, pensé al mirar la pequeña masa de plástico que ahora era mi pene, me puse la ropa y me fui de camino al despacho de Marta.

    -Aquí tienes las llaves… Ama.

    -Muy bien hecho mascota, quiero comprobar que hayas hecho un buen trabajo, enséñamela.

    Muy avergonzado la obedecí y empecé a quitarme la ropa, cuando por fin tenía la jaula expuesta escuche un click y de nuevo otra luz de flash.

    -Jajaja, qué fácil es todo contigo mi querida mascota, ahora tengo otra foto tuya con una jaula de castidad puesta, ¿Qué clase de pervertido se pensará tu familia qué eres si ve esta foto?

    -Por favor Ama, se lo suplico, la obedeceré todo lo que me diga.

    -Tranquilo, sé que lo vas a hacer. A partir de ahora tu papel en esta oficina va a ser muy diferente, sólo vas a existir para darme placer y cumplir mis órdenes.

    -Sí, Ama.

    Saludos a todos, este es mi primer relato erótico y me gustaría que me dieran críticas y opiniones, si el relato gusta un poco y hay interés tengo pensado varias rutas, una de feminización y otra más de bdsm, e incluso diferentes relatos, cómo digo sólo busco opiniones, ¡gracias!

  • Fantasía con una madura

    Fantasía con una madura

    Buenas tardes, hoy les contaré mi segundo relatos 100% real como el primero, solo para recordar me dedico a la atención de pacientes con problemas físicos ya sea por nacimiento o por un accidente. Este relato empieza cuando empiezo atender a un joven que tuvo un accidente automovilístico y quedó postrado en cama, al lado de su casa vivía una mujer de unos 45-50 años aproximadamente con un cuerpo la verdad muy bien cuidado buen trasero y unos pechos algo grandes, de unos 1.65 de estatura, pelo negro, una piernas muy bien torneadas, en pocas palabras una señora muy antojable. Cuando la vi por primera vez se me salían los ojos y desde ese momento hacía por saludarla cada vez que llegaba con mi paciente, nunca pasamos de buenas tardes y ella solo sonreía y me contestaba buenas tardes.

    Al pasar de las semanas supe por pláticas de los familiares de mi paciente que tenía poco viviendo ahí y según ellos se dedicaba a la prostitución, que todas las noches salía a trabajar y que regresaba casi al amanecer que   llegaba con hombres eso sucedía cuando sus hijos no estaban en su casa al oír eso creció mi morbo así ella cuando llegaba y estacionaba mi coche enfrente de su casa hacía tiempo para ver si la veía cuando por suerte la veía me bajaba del coche para poder saludarla y poder verla de cuerpo completo.

    Así pasaron varios meses yo deje de atender al paciente porque se mejoró volvió a caminar en el transcurso de ese tiempo deje de ver a la vecina supe que se había cambiado de domicilio y los últimos meses de atención a mi paciente no la volví a ver para mí desgracia. Así paso más o menos un año, hasta que un día al terminar de ver mi último paciente en mi consultorio me dirigía a mi casa, por cierto ese día fue uno de esos días en los que uno anda con la hormona elevada y más a los 25 años, deseaba llegar a mi casa y coger a mi esposa traía la calentura al 100, cuando al transitar por una calle algo oscura alcance a ver una silueta de una mujer que me llamo la atención, la verdad no sé que me animo hacerlo pero di la vuelta y la alcance me empareje a su lado baje la ventana y le dije:

    -Te puedo dar un aventón si gustas

    Al agacharse hacia la ventana y para mí sorpresa era la vecina de mi paciente ella sonrió y dijo:

    – Si por favor

    Y se subió al coche

    – A dónde te llevo le dije

    Ella menciono un bar que estaba a la salida de la ciudad y le dije:

    -No te acuerdas de mí

    -la verdad no

    -Atendí a un chavo que vivía a un lado de tu casa, siempre que llegaba a su casa te saludaba

    -A si ya recuerdo donde te veía

    -Mira no le voy a dar vueltas cuánto me cobras por coger, desde que te vi te me antojaste y quiero hacer realidad mi sueño

    -te vas a costar 500 pesos

    – Me parece bien

    La verdad se me hacía muy bien por fin iba a cumplir mi sueño de estar con una madura en el camino le mandé mensaje a mi esposa que me había salido un paciente y que no podía cancelarlo que llegaría más tarde, me dirigí al consultorio. Al llegar nos dirigimos al área donde tengo las camillas ella adelante de mi y no podía dejar de ver su hermoso trasero, llevaba un pantalón ajustado que resaltaba sus hermosas nalgas, y una blusa también ajustada que resaltaban sus pechos, la tomé de la mano y la subí a la camilla con sus piernas abiertas y me puse en medio de ellas la tomé por la cintura y le empecé a oler su cuello, abrace por la cintura y empecé a besar su cuello y su oído le decía:

    -No sabes cuánto tiempo soñé este momento de tenerte para mí.

    Acariciaba su espalda y su trasero mientras seguía besando su cuello hasta llegar a su boca, nos empezamos a besar suavemente mi lengua buscaba la suya hasta que empezamos a jugar con ellas mi calentura iba subiendo y la de ella también la deseaba si, pero quería disfrutar ese momento no solo la quería coger y ya quería disfrutar a mi primer mujer madura como si realmente fuera mía.

    Ella empezó a tocar mi pene por encima de mi pantalón y fue desabrochándolo hasta que lo saco yo le quite la blusa y por fin tuve en frente de mi esos deliciosos pechos que libere de su sostén y empecé a besar y jugar con sus pezones que se ponían más duros con cada chupada que les daba ella empezó a masturbar mi pene que parecía una piedra, la levanté de la camilla estaba parada sobre el banco de la misma y empecé a bajar su pantalón junto con su tanguita que traía, me quite mi ropa y por fin estábamos desnudos los dos.

    Se sentó en la camilla otra vez solo que está vez más al borde, nos seguimos besando yo dirigí una mano a su panochita que ya estaba muy húmeda mis dedos entraron y pude sentir su calor ella soltó un gemido en mi oreja mientas yo besaba de nueva cuenta su cuello.

    Ella con sus manos jugaba con mi pene, yo ya había acercado los condones a la camilla me puse uno y dirigí mi pene a su panochita que ya estaba lista para ser penetrada, conforme la iba penetrando nuestros cuerpos se unían más y nos seguíamos besando como si fuéramos unos enamorados, empecé con el mete y saca de una manera suave como dije antes quería disfrutar el momento con mis manos en sus nalgas la jalaba más a mí cada que la penetraba.

    Fui subiendo el ritmo hasta que sentí como llegó a su primer orgasmo, deje de penetrarla y acerque una silla y me senté hice que se sentará frente de mi como si me cabalgara ahora ella solo se podía clavar mi verga como ella quisiera y así lo hizo empezó con movimientos de subir bajar adelante y atrás yo con mis manos seguía sujetándola de las nalgas y mi boca mamando esos pechos como un bebé amamantándose.

    Unos minutos así y soltó otro gemido y sentí como su panocha apretaba más mi pene así llegó a su segundo orgasmo me besó con pasión sentía que me arrancaría la lengua la levanté y la volteé ahora se sentó sobre mi dándome la espalda.

    Empezó a subir y bajar yo la tomé de la cintura y empecé a tomar el control sobre ella la movía a mi antojo, estaba disfrutando ese momento como nunca sin sacarle la verga nos levantamos y la incline sobre la camilla y empecé a cogerla aumentado mis embestidas, acariciaba sus espalda y jalaba su pelo mientas la penetraba así estuve unos minutos que fueron la gloria hasta que solté todo mi semen.

    Hubiera querido hacerlo sin condón pero no podría arriesgarme hacerlo sin condón, al soltar la última gota deje de penetrarla me salí de ella retire el condón y nos besamos le dije lo mucho que lo había disfrutado mucho nos vestimos me pasó su número de teléfono por si quería repetir le dije -eso tengo por seguro.

    Le pagué y la deje cerca de una base de taxis para que se fuera a seguir trabajando, más adelante les contaré nuestro segundo encuentro, espero disfruten este relato como yo disfruté ese momento.

  • Logré tener sexo con la vecina que me cortaba el cabello

    Logré tener sexo con la vecina que me cortaba el cabello

    Hola a todos, mi nombre es Marcos y actualmente tengo 35 años, a continuación, voy a proceder a contarles una historia que me pasó a los 18 años cuando por primera vez logré cumplir una de las fantasías que tenía desde la adolescencia, Elsa quien es la señora en cuestión en ese entonces tenía un par de años más que yo 37.

    En el barrio siempre me la pasaba jugando futbol de niño y hasta ese entonces no es como que estuviera 100% interesado en las mujeres, yo jugaba futbol en la calle como cualquier otro niño hasta que ya no se veía iluminado en la calle. Así transcurrió mi adolescencia hasta que un día en la cuadra se mudaban unos vecinos nuevos, recién llegaron a la colonia ya que acababan de comprar una casa ahí.

    Las primeras veces que la vi era una señora no muy alta, aproximadamente unos 1.55 cm pero con unas caderas, piernas y tetas de impacto, realmente se podría decir que todo su cuerpo lo tenía muy bien distribuido y proporcionado. El tiempo pasó y en ella surgió la idea de establecer una estética ahí mismo en su casa, para ser honesto el esposo casi nunca estaba en la casa por lo cual siempre la observaba yendo y viniendo tanto del mandado, a la tienda así como otras actividades.

    Ella siempre vestía muy ajustada, ya fuera con shorts de mezclilla cortos y entallados que permitían apreciar de manera evidente su suculento trasero, así como sus playeras de tirantes que no dejaban mucho a la imaginación al tamaño de su prominentes pechos, logré descubrir su nombre una vez que estableció su estética ya que me hice cliente frecuente, su nombre era Elsa.

    Es una mujer atractiva; y claramente le gustaba el chisme ya que con el tiempo se juntaba con muchas vecinas de la cuadra que tenían fama de hablar mucho del resto de la gente, la verdad al principio yo no tenía ninguna obsesión hacia su cuerpo ni siquiera le hacía evidente el posible gusto que tenía hacia ella, eso fue evolucionando a medida que yo iba creciendo, de hecho ella en ocasiones platicaba con una tía que también vivía en la cuadra por lo cual el contacto con ella se hacía más frecuente.

    Normalmente siempre que la veía en la calle la saludaba, pero en una ocasión que la vi en el parque después de haber dejado a su hija en la escuela, la pude ver con unas mallas negras que comprimían sus piernas y marcaban muy evidentemente sus nalgas y el triángulo del paraíso que los hombres tanto observamos cuando una mujer esta entallada, ese día fue el día en que despertó en mi algo que generó que en primera no pronunciara palabra alguna para saludarla y solo observarla seguramente ella también lo notó, pero debe de haberle restado importancia por ser la primera vez que le hacía notorio mi deseo.

    Siguieron pasando los días y cuando acudía a cortarme el cabello con ella, mientras ella estaba haciendo su trabajo, yo la veía a través del espejo fijamente, por lo cual notaba su mirada algo nerviosa y procedía a sacarme platica como para mitigar el momento tenso y desprenderse de sus nervios.

    En otras ocasiones cuando acudía a la tienda y llegaba a encontrármela con su hija de regreso solo cruzaba miradas con ella dándole las buenas noches que ella me correspondía sonriendo, la verdad mi fijación hacia ella se hacía más latente cuando veía su cuerpo y la imaginaba en la cama gozando de cada rincón de su cuerpo, pero para mí mala fortuna eso hasta ese momento era imposible ya que ella era una mujer casada que amaba mucho a su marido.

    Otro momento clave en el desarrollo de saciar mis instintos con ella fue en una ocasión en que me la encontré en el bus, yo con la idea de acudir al trabajo y ella muy seguramente acudiendo al centro a comprar cosas por lo cual decidí sentarme al lado de ella, como hacía mucho calor ella iba con su clásico short de mezclilla entallado y corto que permitía observar en su máximo esplendor sus deliciosas piernas y ahí no dudé en sacarle platica.

    Yo: Hola Elsa, ¿vas a comprar cosas?

    Elsa: Así es Marcos ¿y tú?

    Yo: Yo voy a unos cursos

    Elsa: A qué bien y para donde trabajas

    Yo: Cerca del centro, de hecho, en cuánto el camión entra al centro en las primeras cuadras yo me bajo ¿y tú?

    Elsa: Creo que también, es que voy a ir a varias tiendas a comprar diferentes cosas que necesito para la casa

    Yo: A muy bien ¿y tu esposo porque no te trae en el carro mejor?

    Elsa: Porque está trabajando y la verdad yo prefiero venir entre semana ya que los fines de semana se junta mucha gente en filas y me desespero.

    Cada vez que Elsa hablaba, yo la observaba fijamente a los ojos, situación que no pasaba desapercibida para ella ya que podía sentir sus reacciones ante esto.

    Yo: Bueno creo que aquí me bajo yo Elsa, ha sido un gusto platicar contigo, a ver si luego me dices otro día que vengas al centro y te acompaño a comprar las cosas.

    Elsa: No como crees, yo no puedo hacer que faltes a tus cursos y además no puedo salir con alguien que no sea mi esposo.

    Yo: Bueno te parece si luego lo hablamos a detalle.

    Elsa: Ok

    Esa noche en mi casa me hice una paja monumental recordando las piernas, los pechos y los labios de Elsa hablándome, imaginándome encima de ella haciéndole tantas cosas.

    Días después me la encontré en el centro entrando a una tienda de ropa por lo cual sin que ella me observara me hice como que no la había visto para crear un encuentro supuestamente fortuito, ahí estaba ella con unas mallas de color rojo y una blusa de color negro resaltando como siempre su hermoso cuerpo, para mi ya era casi inevitable no hacerle ver el deseo que tenía por ella.

    Elsa: Hola Marcos que haces por acá.

    Yo: Voy saliendo del curso y me pasé tantito a ver cosas, haciendo tiempo para que se baje el solo un poquito.

    Elsa: Oye si el calor esta insoportable.

    Yo: De hecho si, está como para un helado no?

    Elsa: Si.

    Yo: Ven vamos te invito uno, aquí enfrente hay un snack que vende helados.

    Elsa: Pero…

    Yo: Ningún pero, ven acompáñame ándale antes de que hagas tus compras, sirve que te refrescas un poco, yo invito.

    Finalmente ella aceptó y nos fuimos al lugar donde estuvimos comiendo helado y platicando muy amenamente de los vecinos y chismes que ella sabía porque como les había contado previamente, ella se juntaba con muchas vecinas de la cuadra, la verdad Elsa fue teniendo mucha confianza conmigo y platicábamos constantemente, lo que si me dejó muy en claro es que no tuviéramos contacto por teléfono ya que su esposo podría pensar mal y ella lo que menos quería eran problemas.

    La verdad con el tiempo para Elsa fui un confidente ya que incluso me contaba problemas que tenía con esposo y me dio a entender que la confianza que tenía conmigo no podía tenerla con las vecinas, dentro de esas platicas me contó que algunas vecinas eran infieles a sus maridos, situación que yo aproveché para preguntarle si ella en algún momento había sido infiel y me confirmo que nunca por lo cual un poquito desistí de mi idea de intentar algo con ella, pero como todos sabemos las cosas siempre cambian de un momento a otro.

    Un día que me puse de acuerdo para acompañarla a comprar unas cosas que necesitaba para su casa ella parecía muy triste y le dije que si gustaba podíamos ir a un parque que yo conocía donde no había mucha gente para que me platicara con confianza a lo que ella por lo triste que se encontraba me respondió afirmativamente.

    Finalmente acudimos a ese parque y dentro de la conversación me confirmó lo que yo ya presentía, que su esposo estaba viendo a otra mujer y que se sentía poco valorada por todos los buenos años que le había entregado a él sin fallarle en ningún momento con ningún otro hombre.

    Yo: Disculpa que te lo diga así Elsa, pero tu esposo es un pendejo, con una mujer como tu yo quisiera llegar del trabajo lo mas pronto posible para pasar tiempo contigo.

    Elsa: Es que eres muy joven Marcos, el matrimonio no funciona igual, hay días buenos y malos y estoy segura que en algún momento te aburrirías de mi.

    Yo: Claro que no, todo este tiempo reciente donde te he conocido mas me he dado cuenta que eres la mujer mas especial que conozco, eres muy bonito, tienes muchos temas para conversar y además tienes un cuerpo hermoso, que mas se puede pedir.

    Elsa: Todo eso piensas de mi?

    Yo: Todo eso y mas -En ese momento me acerco a sus labios y le planto un beso que ella rechaza y se sorprende.

    Elsa: Que estás haciendo Marcos.

    Yo: Lo que me está naciendo del corazón Elsa, en este momento me nace darte un beso.

    Elsa: Marcos, pero tú estás loco apenas tienes 18 años y yo además soy casada, no podemos hacer esto.

    Yo: Y por qué no? Que es lo que está mal? La única forma en que considere que esto está mal es que tu consideres que yo no soy atractivo para ti.

    Elsa: Sabes que te considero atractivo pero al mismo tiempo te considero un niño.

    Yo: Pues este niño ya es un hombre que necesita a una mujer como tú.

    Elsa: Marcos por favor.

    En ese momento ya con todas las cartas puestas sobre la mesa no podía aceptar un simple no y que la situación terminara ahí, en ese momento tenía que intentar besarla de nuevo por lo cual me lance con todas mis fuertes a sujetarla de la cabeza y plantarle un beso de lo más apasionado, que a pesar de que no fue correspondido en un inicio, más temprano que tarde termino cediendo ante mi deseo.

    Elsa: ¿Bueno y cuál es tu plan que quieres hacer conmigo?

    Yo: Quiero hacerte el amor.

    Elsa: De verdad que estás loco.

    Yo: No, ven acompáñame, pidamos un taxi

    Elsa: No como crees tú estás loco.

    Yo: No para nada, vamos a un hotel.

    Elsa: No como crees, yo nunca he ido a un hotel.

    Yo: Vamos juntos.

    Nuevamente me acerque a besarla, a medida que la besaba cada vez más ella iba cediendo ante el deseo que claramente ya sentía.

    Elsa: Vamos entonces.

    Finalmente nos subimos a un taxi que nos llevó a un hotel cercano a ese parque entre cuadras escondidas que permitieran bajarle un poquito el nervio a Elsa, una vez instalados en el cuarto Elsa solo miraba por la ventana y no volteaba conmigo para nada, sentía que al voltear y tocarme no había marcha atrás, por lo cual me le acerque a su espalda y gire lentamente su cabeza para besarla de nuevo apasionadamente e irla desvistiendo poco a poco, primero procedí a quitarle el brazier, ahí me perdí en sus pechos, esos pechos que tanto había deseado y ahora estaban a mi merced para probarlos con todo gusto, los chupaba y Elsa solo expulsaba ligeros gemidos de su boca, posteriormente la tiré en la cama donde bajé a su abdomen y lo lamí con toda la paciencia del mundo, ella solo gemía y negaba la situación.

    Elsa: Esto no está pasando, Marcos, no me hagas esto por favor.

    Yo no hacía caso para nada y solo pretendía saciar estas ganas animales de saciar mi sed por ella, después de su abdomen bajé a su vientre bajo donde chupaba y lamia como un siervo sediento y finalmente baje su calzón que cubría ese vagina jugosa que ya se encontraba en su punto para ser penetrada pero que tenía que esperar un poco mas ya que necesitaba probarla y me fui directamente chuparla, el aroma que tenía era un aroma que incitaba a pecar a que no importara que era una mujer casa a punto de ser fornicada por su amante, ella gemía tenuemente y apretaba mi cabeza contra su vagina para que mi lengua llegara a lugares más y más lejanos.

    Para ese entonces yo también ya me encontraba desnudo y ella me jalo rápidamente hacia su boca para besarnos apasionadamente y sin siquiera preguntarme si tenía protección acomodó mi pene al natural en la entrada de su concha jugosa donde al entrar por primera vez sentí el paraíso de lo apretado y húmedo que se sentía, en ese momento comencé un mete y saca lento que me permitía escuchar en mi oído unos gemidos más intensos.

    Elsa: Cógeme!

    Yo: Si?

    Elsa: Si, cógeme duro! Dame duro papito!

    Yo: La quieres toda adentro?

    Elsa: ¡Si corazón, dame bien duro no pares!

    Yo seguía con un mete y saca explosivo que, y no dejaba de mirarla, ella con sus ojos cerrados y sin parar de gemir

    Elsa: Aaaa! Siii! ¡Así! ¡Sigue papi, sigue!

    Elsa y yo cogíamos como animales en celo, comenzamos a sudar notoriamente y nos veíamos frente al espejo, llegó un momento donde se subió a cabalgarme y tenía una expresión de poseída, sacando tantos años reprimidos de no probar una verga diferente a la de su marido, ella me cabalgaba fuertemente y sus grandes nalgas rebotaban en mis huevos, el sudor y nuestros jugos hacían una mezcla que ocasionaba un ruido de chacaleo en toda la habitación, esa habitación ya tenía un olor impregnado a sexo un sexo prohibido de dos amantes que se comían como si fuera el ultimo día en la tierra.

    Yo seguía super caliente y la acomodé de perrito frente al espejo y comencé un mete y saca intenso que provocaba gemidos más y más intensos de Elsa.

    Yo: Así te gusta sentirme.

    Elsa: ¡Si papi! Me encanta como me estas cogiendo, me encanta sentir tu verga entrando en mí, aaaa! Siii! ¡Sigue!

    Yo seguía sin parar las penetradas y sentía ese cosquilleo previo a terminar por lo cual la acomode nuevamente de misionero para cogerla nuevamente así, nuevamente arriba de ella, me acomodé observando a todas luces el mete y saca de mi verga en su vagina, su vagina está ya muy rosada por las constantes arremetidas de mi verga en ella, Elsa solo seguía gimiendo y ya en el punto casi de mi clímax me abrazó y me besó apasionadamente y apretándome con sus manos las nalgas para sentirme aún más adentro.

    Yo: Elsa ya voy a terminar.

    Elsa: No te salgas papito, échame todo jugo adentro, que no quede nada afuera.

    Para ese momento Elsa ya me mostraba ser otra persona, nada que ver con la vecina que se comportaba tímida conmigo al pasar, o con la faceta de la estilista que me cortaba el cabello, quien iba a decir que años después íbamos a estas fornicando en una habitación de hotel engañando a su esposo, definitivamente Elsa era toda una hembra que sabía que merecía ser cogida intensamente.

    Mientras yo seguía con el mete y saca a punto de venirme Elsa gemía en mi oído ordenándome que expulsara toda mi leche en su vagina por lo cual ya no resistí y termine adentro de ella quien con sus piernas se aseguró de que esto pasara aprisionándome en ellas y ayudándose con sus manos apretándome las nalgas.

    Sentí un gran calor en mi verga, a pesar de mi corta vida sexual, jamás había cogido tan rico y tan intensamente como lo hice con esa hembra en ese momento.

    Ya en situación de calma y con los remordimientos entrando en su cabeza, Elsa cambió un poco su actitud.

    Elsa: Por favor te voy a pedir que todo esto se quede entre los dos, yo no quiero terminar con mi esposo y menos poner en riesgo a mi familia.

    Yo: No te preocupes, de aquí nada sale, esto va a ser nuestro secreto te lo prometo.

    Elsa: Y esto no puede volver a pasar definitivamente.

    Esas palabras me desconcertaron un poco porque hace apenas unos minutos me pidió que terminara dentro de ella y ahora me estaba pidiendo jamás volver a hacerlo, en ese momento no le dije nada y solamente nos cambiamos y le pedí un taxi ya unas cuadras más lejos del hotel, solo me despedí de ella de beso en cachete y le dije al oído los siguiente con determinación.

    Yo: Eres la mejor cogida de mi vida hasta el momento y te puedo jurar que esto no va a salir de mi boca porque no quiero tener problemas, pero está loca si crees que estoy no se va a volver a repetir, nos vemos después.

    Elsa solo se quedó callada y se me quedó viendo sin ningún gesto para proceder a retirarse en el taxi.

  • Nuevo gusto (6)

    Nuevo gusto (6)

    Siempre he amado esa posición porque tengo el control total de la profundidad con la que me penetra mi macho y de la velocidad con la que le doy placer, además de sentir mucho el placer de comerse desde la punta hasta la base pero mi hombre en su condición de macho alfa y fuerte decidió ponerse en pie sin salirse de mí y apoyando a una mano a la altura de mi ombligo utilizó la otra mano para empujar suavemente mi espalda haciendo que mi cuerpo se inclinara hasta sentir la piel de El Potro en mis pequeñas pero sensibles tetitas, mi culo quedó sumamente levantado y a disposición de él que ya se preparaba para bombear muy fuerte.

    Así lo hizo mientras sus manotas comenzaron a darme deliciosas nalgadas, yo estaba hecha la más zorra del mundo entero… Con ese tremendo pedazo de carne hasta el fondo de mi ano no paraba de gritar y suplicarle que me hiciera su puta, qué ano era suyo, que me destrozara con su fuerza de hombre!

    Fue en ese momento cuando él supo que yo necesitaba sentirme femenina, que mi esencia pedía ser tratada como eso, como una mujer caliente que disfruta complaciendo a su macho y casi con lágrimas en los ojos escuché lo que tanto deseaba… Comenzó a hablarme en femenino: «¡anda putita cómetelo todo hasta el fondo! ¡Eres una niña muy cachonda y hoy te voy a preñar bien profundo! ¡Mueve esas nalgotas!»

    Al oír sus palabras me puse más caliente aún, ¡mis nalgas tenían vida propia y se movían de un lado a otro sin parar como una auténtica batidora! «¡Sí papito, eres mi macho y quiero que me preñes muy fuerte y muy dentro! ¡Cógete a tu puta! ¡Métele los huevos enteros! Suplicaba mientras él aceleraba los movimientos, me empujaba tan fuerte que sentí que me caía del Potro cuando por fin sentí sus contracciones «¡cómetela toda perrita te doy toda mi leche! Gritó con fuerza, yo me empujé hacia atrás clavándome todo ese pedazo de carne, no quería desperdiciar ni una gota de su delicioso semen, todo debía descargarse muy dentro de mi…

    ¡Así papacito, soy tuya! ¡Me estás preñando! ¡Soy tu puta cuando quieras amor! Le gritaba mientras su miembro seguía expulsando chorros de deliciosa leche muy dentro de mi ser. Cuando terminó, recostó su pecho en mi espalda sin salirse de mí ano y me besó el cuello pasando su lengua por mi nuca… «¡Eres deliciosa putita me encantas! Me dijo y yo tiernamente le dije «eres el mejor papito…»

    Continuará…

    Gracias por leer queridos, cómo siempre les dejo mi correo para que me conserven calientita [email protected]

    Besos!

  • Tu virginidad es mía

    Tu virginidad es mía

    Hace 8 años que estoy casada. Mi matrimonio ha ido de mal en peor a lo largo de los últimos 6 o 7 años. Pese a que he conversado del tema con mi marido, él está reacio a escucharme, y cada vez los encuentros sexuales son menos frecuentes, teniendo como mínimo un tiempo de tres meses entre un encuentro y otro, y dónde él acaba y a mí me deja insatisfecha. Harta de la situación, decidí tomar mi deseo sexual en mis propias manos.

    No soy una mujer a la que la buscan por su atractivo, yo no me considero atractiva, pero tengo unos ciertos atributos que me han dado alguno que otro polvo en mi vida: piel blanca, ojos verdes, cabello castaño claro, y un culazo y unas tetas que dejan a más de uno mirando. Lástima que… sea gordita.

    Buscando una alternativa a mi penosa situación sexual, encontré un aviso en internet, de un joven de 18 que buscaba una madura para poder disfrutar con ella. No perdí más tiempo y le envié un mensaje. Así conocí a Christian, un chico virgen.

    Luego de mandarnos algunos mensajes, y de conversar largo y tendido de varios temas, lo invité a qué nos conozcamos en un lugar donde yo tengo el control: mi oficina. Soy abogada así que preferí estar en un lugar donde, ante cualquier situación, pueda controlar el desarrollo de los hechos.

    Cuando Christian entró a mi despacho estaba nervioso, en cambio yo estaba muy calmada. Le invité una taza de café o un vaso de agua que él aceptó, tomó asiento en dónde por lo general van mis clientes y yo ocupé mi lugar en mi silla, del otro lado del escritorio. Me confesó que era virgen, que nunca había dado ni un beso y que deseaba que yo le quite la virginidad, que era una mujer muy hermosa y que si le decía que no me iba a respetar.

    Debo confesar que me sentí halagada por sus palabras, no importaban si eran mentiras o no, pero sentí que decía la verdad. Estaba demasiado nervioso. Así que me levanté y me acerqué a él, le dije que se pusiera de pie. Le coloqué sus manos en mi cintura y yo puse mis brazos detrás de su cuello. Me acerqué con cuidado a sus labios y le di su primer beso. Fue lento y suave, para que se vaya acostumbrando. Poco a poco lo intensifiqué, haciéndolo más pasional y profundo, incorporando mi lengua en el proceso y gimiendo un poco para él. Empezaba a notar su erección en mi cuerpo.

    Me separé de él y lo miré a los ojos mientas tomaba una de sus manos y la ponía sobre mi pecho. Gimió al sentir una teta por primera vez en su vida. La apretó, la acarició… Le puse la otra mano en el otro pecho. Estuvo un rato así, jugando con ellas.

    —¿Querés verlas? —le pregunté.

    —Si, por favor —respondió con un hilo de voz.

    Me levanté la blusa, dejándome el sostén. Pasó sus manos por las blancas montañas que eran mis senos, sintiendo el perfume de Carolina Herrera que usaba. Le puse su cara en mis pechos y la hundió en ellos. Empezó a besarlos, erotizándome más y más… Yo ya estaba muy mojada.

    Me levanté el sostén, dejando que mis tetas caigan a la vista, y él dejó salir un gemido al ver mis pezones, rosados y de grandes aureolas.

    —¿Puedo chupártelos? —preguntó.

    —Sí. Hacelo.

    Tomó uno, como quien toma lo más delicado del mundo, y se lo llevó a la boca.

    Dejé salir un gemido muy profundo. Ese mocoso me estaba volviendo loca.

    Continuó chupando y besando mis pechos hasta que yo lo detuve. Me arrodillé ante él y le bajé los pantalones. Tomé su verga y me la metí en la boca.

    Christian se agarró al escritorio, gimiendo y resoplando, mientras yo seguía mamando su pija.

    —Cogeme —me suplicó —. Haceme hombre.

    No me importó no tener protección. Solo quería hacerlo mío, hacerlo hombre.

    Me bajé los pantalones, me corrí las bragas, me puse delante de él y me introduje su pene lentamente. Christian gemía… Resoplaba, tenía miedo que sea demasiado para él. Y sin ningún tipo de pericia ni técnica empezó a moverse desenfrenado. No duró ni dos minutos y dejó salir todo en mi interior. Cansado y mareado, se recostó sobre mi hombro.

    —Perdón… No me aguantaba más… —suplicó.

    —Descuidá —le dije con una sonrisa—. Mañana si querés lo volvemos a hacer. Pero ahora ya no sos virgen.

    —No. Ahora soy tuyo.

  • Mi primera vez con mi esposa

    Mi primera vez con mi esposa

    Después de algunos meses jugando por cam, llego el día en que conocí a tan linda mujer de frente. Decidí regresar a mi país de origen, muy nervioso porque al fin iba a conocer a esta mujer que cada noche me llenaba de placer.

    Era una noche de diciembre, no entraré en muchos detalles, toda esa noche derramé miel junto a ella, pero no pasó a mayores más que besos, abrazos, cariños etc.

    Al día siguiente de mi llegada la invité a salir, cenamos paseamos por la ciudad y al final me la llevé a un lindo hotel de la ciudad, con las palabras más exquisitas la invité a donde iba a ser nuestra primera vez en cuerpo físico.

    Llegando al hotel y mientras nos dirigíamos al cuarto la deje que cambiará por delante, llevaba una falda negra, una zapatilla negras, una camisa blanca, con sus nalgas levantaba la falda de su trasero era una imagen hermosa.

    Ya estando en el cuarto y apenas cerrar la puerta, comencé a tocarla por detrás, la tomé de la cintura, pegué sus nalgas a mi miembro que ya está bien parado, ella me restregaba su culo lentamente, le toqué los pechos por encima, (qué grandes y hermosos son) así duramos un rato, ella se dio la vuelta, y me tomo del cuello, comencé a tocar sus pechos solían salir pequeños gemidos de su boca. Nos dirijamos a la cama cuando ella me toma la delantera y me tira a la cama.

    Estando ahí, se monta en mi, tocaba sus piernas y los besos no cesaban, el toqueteo ardiente seguía en su más alto esplendor, desabrocho mi camisa y sin tardío rápidamente quite su blusa, he ahí a un paso de ver esos enormes pechos, una piel hermosa blanca apiñonada, super suave. Los besos corrían por todo su cuello ella tocaba mi pecho, nuestros cuerpos ya agitados por el éxtasis nos pedían más. Me tire a la cama cuando sus manos se dirigieron a mi miembro, un pené ya chorreante de la excitación, quito mi cinturón, a continuación bajo mi pantalón. Se quedo viéndolo durante un momento, nunca supe porque…

    Dejándome en bóxer, me levante y era mi turno, la voltee y me dirigí a su abdomen, lo lamia, lo besaba ella gemía una y otra vez, se retorcía, estando ahí la volví a voltear boca abajo para contemplar su culo, lo mire y le di una nalgada, regrese su cuerpo a la posición anterior, la incline un poco y le quite el sostén, estando ahí, volví a nalguear, desabroche su falda y estando así baje su falda, ella en forma de provocación, y boca abajo, levanto su culo bese sus nalgas y me toque la verga en forma de dominio sabiendo lo que venía a continuación.

    La volví a colocar boca arriba, wow, mis hijos no podían creer lo que estaban viendo una hermosa imagen que siempre llevaré en mi mente, esos pechos, esa pose, esa mujer estaba siendo mía.

    Sus pechos grandes y un aureola a la perfección, sus piernas resaltaban en la imagen, una pierna entre cruzada por el movimiento unas pantis negras de encaje qué le había pedido que llevara, con sus tacones. Wow!

    Me reincorpore, abrí sus piernas de par en par, me metí entre ellas estando así restregué mi pené en su «puchita» (como ella dice) se lo restregaba mi boca no tardía busco sus pechos lamia y lamia, mi boca incapaz de tragar por completo sus pechos hacia todo lo posible por abarcar lo más que pudiera, ella gemía, sus caderas se movían, me tomaba de las nalgas, sentí su éxtasis cuando sentí una fuerte nalgada, nuestras bocas se juntaban una y otra vez, mis manos recorrían sus pechos.

    Y una vez más ella tomó el mando, dándome vuelta, era su turno de tomarme. Encima de mi beso mi cuello y paso su lengua por mi oreja, su mano en mi verga como tentando todo lo que se iba a comer e iba a entrar su cuerpo. Bajo hacia mi pené, me quito el bóxer, y ahí, salió ese gran trozo de carne, sumamente erecto, no tardó en dar una pequeña lamida a mi cabeza, me enderecé un poco como pude quedando las almohadas a mis espaldas, ella busco mi pené, le dio una pequeña escupida para lubricarlo un poco más, y hundió su boca en mi pené, sacaba y metía su boca, no contenta con eso, lo tomo de la mano, comenzó a masturbarme, pero, con su lengua lamia desesperadamente mis huevos, los tragaba.

    Estando en mi posición logre deleitarme de todo su cuerpo, su espalda era perfecta, y esas nalgas qué paraba para que yo las contemplara. Así duramos buen rato, me levante deteniendo aquella sensación, pero no iba detenerme, me puse de pie, la puse boca arriba la lleve a una orilla de la cama, me puse de rodillas abrí sus piernas, quite delicadamente su panti, al ir las quitando sus pies se elevaron y sus pies quedaron en mis hombros, volví abrir sus piernas y fue ahí donde explore todo ese tesoro qué llevaba entre sus piernas, ya no había necesidad de lubricar y nada por el estilo, estaba completamente mojada, tan mojada qué sus bragas estaban húmedas, así poco a poco…

    Bese sus labios, uno, luego el otro, su vagina cerrada me invitó a dar un lengüetazo de abajo hacia arriba a esa linda raya, mi lengua comenzó a jugar por fuera sus entrañas, una vez viendo lo que producía abrí tiernamente su vagina, mi lengua se hundió ahí, lamia una y cada parte de ella, a veces rápido, a veces lento, pero deje un lugar para el final, mi boca mi atención se dirigieron a su clítoris, cuando comencé a estimularlo sus piernas comenzaron apretar mi cabeza, era mi señal de placer, seguí, seguí, seguí sin parar mi lengua hacia movimientos rápidos, su clítoris estaba hinchado, lo sentía en mi boca y lengua dure un buen raro así, no me importaba el tiempo, estábamos siendo felices ambos con lo que estábamos haciendo. Cuando de pronto, los movimientos en ella fueron excesivos, sus piernas me a paraban de ella, pero yo no contento seguí ahí, y ella, comenzó a decirme:

    -Para, para, me voy a orinar, de verdad me quiero orinar.

    Yo haciendo caso omiso sentí sus manos en mi cabello, ella comprimo su cuerpo y después de eso, un chorro de un líquido escaldozo, salió de su vagina, restregué mi boca en todos sus líquidos, pase mi lengua como limpiándola, en sabor escaldozo en mi lengua fue instantáneo después de eso, sabía a gloria.

    Cuando me levante ella se disculpaba.

    -Perdón, perdón, nunca me había pasado, discúlpame, no sé qué me paso.

    Yo sin decir nada, abrí sus piernas y me dirigí con mi pené erecto entre ellas, me acerque a su cara y con una sonrisa la bese. Ella entendió mi sonrisa y continuamos.

    Ya encima de ella, pase mi verga sobre su clítoris y por toda su vagina, como para que se fuera preparando, una vez listos, hundí mi verga en ella, tanto ella como yo nos quedamos abrazados por un instante, después comencé a meter y sacar, sentía la fuerte humedad de ella que me llenaba de excitación, ella por su lado gemía con aliento agitado, alcé sus piernas en mis hombros mis manos buscan sus pechos, en un momento mi mano paso por su boca, ella la tomo y se metió mi dedo en su boca como si estuviera mamá do verga, la veía, ella con ojos cerrados disfrutando todo lo que hacíamos.

    Después de un buen rato ella se subió en mi, ambos frenéticos por la excitación las nalgadas no se daban esperar, deje su nalga izquierda roja, y ella dejo mojado mi cuerpo hasta el estómago de tan húmeda qué estaba, pero aún no me venía, la voltee metí mi verga en ella y después de un rato ella me dice:

    -Te quiero sentir, ya quiero que te vengas, échamelos todos, por favor.

    Y así fue, me vine en ella, un fuerte chorro como jamás lo había sentido hundió su vagina de mi se en guardado por meses tan solo para ella. Nos tiramos los dos en la cama abrazados durante un buen rato.

    Y después de eso sigo otro episodio, y otro, y otro y otro… Nunca me había venido tanto, el tiempo que duramos los dos sin tener relaciones, la distancia, la excitación, la novedad de tener a alguien con quien tenerlo, y sobre todo el sentimiento y el amor con que se hizo.

    Fueron factores primordiales para que esa noche, fuera inolvidable. Y si… Me saque la lotería con ella, una mujer sumamente cachonda, hermosa, un cuerpo perfecto, con un lívido por el cielo, es lo que siempre había querido.

  • Dulce y bello encuentro

    Dulce y bello encuentro

    Nada más llegar, después de darse un dulce y prolongado beso que a ella le quita el aliento, separándose le indica que se desnude prenda a prenda frente a él y vaya acomodando todas las ropas juntas, moviéndose por el cuarto para que pueda verla completamente y a su antojo.

    Una vez desnuda y que ya se ha mostrado orgullosa y excitada, se arrodilla frente a él y abriendo su pantalón encuentra con la mano el miembro, erguido ya por la visión de la tersa piel despojándose de todas sus cubiertas y de esos maravillosos y pesados senos al balancearse cada vez que ella se inclina para quitarse algo. Lo frota ligeramente contra los labios, contra su barbilla y cuello, contra sus pezones y lo acurruca entre ellos.

    Él la toma de la barbilla y se hunde suavemente, centímetro a centímetro y con rítmico vaivén acariciándose contra la lengua, el paladar, mejillas, casi buscando la garganta, viendo fascinado como ingresa.

    Sin terminar su goce, le pide que se hinque en la cama de espaldas a él y se incline hasta tocar con su cara el colchón para ofrecer a su vista y manos las dos vías que él podrá gozar a voluntad.

    Se acerca y continúa su placer acariciándose la punta, dando pequeñas vueltas alrededor y presionando ligeramente en el centro.

    Ella entonces, deseosa, separa con dos dedos los labios insinuándole ser penetrada, pero sin tocar esos delicados guardias que aparta a fin de no distraerle sus sensaciones y las pueda retomar en el túnel inundado, palpitante y anhelante de ser atacado.

    Luego cuando así lo decide, la coloca acostada de espaldas e hincándose cerca de su cabeza le pide que se acaricie para él hasta que se provoque su primer orgasmo, mientras, él la verá en su solitario, pero ofreciéndole de tanto en tanto la punta para que pueda succionar, beber y saborear el transparente licor que su excitación expulsa al verla tan lasciva y tan entregada, algo que sabe la excita sobremanera.

    Todavía con las palpitaciones y contracciones a flor de piel de su primer orgasmo, ella se pone en cuclillas sobre la cara de él y abriéndose con las manos le ofrece el clítoris sensible para que se lo succione y saboree como ella con voz entrecortada le va indicando hasta llegar a un segundo y tercer orgasmo, haciéndoselos sentir en la lengua y recibir en la boca la felicidad que le ha provocado

    Y sin perder un minuto se mueve para empalarse hasta el fondo comentando como le gusta ser penetrada y como gusta de estar llena y ser frotada por dentro y como así él llega hasta su matriz con, a veces casi imperceptibles, toques de la punta que la traspasa; y con voz entrecortada sigue diciendo su excitación por saberse dominada, deseada, gozada.

    Y así hablándole de todas las sensaciones que con el intruso se proporciona, se tensa hasta no poder aguantar más y alcanza otra vez el clímax, cayendo sobre él que la abraza con inusitada fuerza.

    Finalmente deseosa de procurarle a él su retenido placer, se acuesta boca abajo y tomado lubricante del recipiente que a su indicación él le ha acercado, le pide que vea como se hunde con deleite uno, dos dedos; con el fin de expandir su ano y prepararlo para la invasión.

    Él con paciencia y cuidado sigue las instrucciones y cuando ella urgida se lo pide recarga con firmeza la punta de su lanza y poco a poco va conquistando el preciado territorio, concentrado para no perder ninguna de las sensaciones que recibe por la presión uniforme que la puerta del esfínter le aplica, viendo fascinado como lentamente se va hundiendo en ella hasta la base para luego dejarla salir y así continuamente hasta extraerle el torrente de pasión retenida por todas las sensaciones acumuladas.

    Ella, al sentir los espasmos con que él termina, sintiéndose invadida de esa masa que fuerza su ano y suelta toda su presión se siente llena y feliz de haber sido inundada y recibir ese espeso homenaje a todos sus encantos, esfuerzos y placer.

    Él lamenta no poder quedarse adentro y eyacular nuevamente para dejar doble huella de que ha gozado por el esfuerzo que ella hace para verlo sentirse feliz.

    Luego en la regadera pide permitirle tomarlo de nuevo para recordarle que tan linda puede ser con ese animal antes encabritado que a poco la ha llenado por todos sus huecos, reteniéndolo un largo rato y yendo y viniendo hasta el fondo, casi hasta tocar su garganta para memorizar su tamaño, su sabor, su relieve, misma acción que repite una vez completamente vestidos ambos y abriendo el cierre de los pantalones de él, para dejarle claro que es feliz con él y estará lista para volverlo a vaciar cuando y como así lo necesite y disponga.

    Él le baja los pantalones por última vez y deposita un tierno beso en el hermoso monte que ella le ofrece para su deleite, hundiendo la lengua, rozando levemente el atormentado clítoris hasta oírla escapar un leve gemido al tiempo que le dice fuerte y claro que ha quedado encantada de haber sido llenada y gozada y se siente feliz de amarlo tanto.