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  • Embriaguez

    Embriaguez

    Tenía un porte arrogante, pero a pesar de ello miraba con carisma a los chicos que se acercaban a ella. Se sentía aislada de todo, tomaba continuamente pequeños sorbos de la paloma servida en el vaso de unicel.

    Sus rulos se habían deshecho a causa de la humedad, aunque un mechón aún conservaba algo de su forma y se acomodada sobre el costado de su frente, acariciando su mejilla que se presentaba algo enrojecida por la embriaguez. Se sentía sola, se imaginaba así misma, como si fuera contemplada por alguien más. A veces trataba de verse sensual y otras se miraba distante y algo estúpida o ingenua.

    Quizás en otra ocasión hubiera buscado iniciar una conversación con torpeza o se hubiera presentado segura. Hasta que lograra que alguien se quedara platicando con ella de alguna estupidez. El embriagante ambiente propiciaba a que ocasionalmente trataba de distraerse en la sensación cálida de su sexo. Se dejaba llevar por ello hasta que un hormigueo llegaba a su pecho y le oprimía con cierta incomodidad que le generaba placer. Se distrajo por un segundo de ello, nadie se percataba en ella, quizás porque se embotaba en su soledad. Aunque a veces le gustaba, el hecho de que nadie reparaba en ella le generaba tristeza. Quizás su cuerpo no era el más atractivo del lugar, o al menos ella llego a pensar eso un par de ocasiones.

    A lo mejor por eso se distraía con la sensación de su cuerpo, que parecía acariciarle y distraerle de la falta de compañía.

    Trato de fijarse en los rostros de los hombres, le gustaban morenos, altos y de labios gruesos, con ojos negros y profundos. A veces también reparaba en las piernas de ellos o en sus glúteos. Se imaginaba pasando su rostro por estos con devoción, sintiendo la firmeza y virilidad de estos. O se imaginaba que los labios de ellos la besaban con una sensualidad y ternura, recorriendo su cuello, sus orejas y su frente, obvio sin apartar su mechón, oliendo su cabello y sujetándola de la nuca con cariño.

    Apretó sus muslos contra su sexo, se dejó guiar por la sensación sacando pecho, dejando que la forma de sus senos se marcara a través de la tela, quizás tembló un poco, exhibiendo vulgarmente su excitación, sintiendo como el calor recorría su cuerpo y una especie de hormigueo que le recorría sus glúteos.

    Quizás alguien la miro extrañado o no. Igual podían pensar que simplemente ya estaba briaga la mujer.

    Y la sensación se desvaneció, dejándola de nuevo en la tristeza y soledad.

    Volvió a apretar sus muslos contra su sexo, pero la incomodidad del pecho ya no la excitaba. Solo se contempló así misma, apartada de los demás, ensimismada.

  • La española y el deseo / La tanga en el bolsillo

    La española y el deseo / La tanga en el bolsillo

    Mi marido había hablado tanto del club. Creía que yo no tendría idea. Muchas amigas, de las más calladitas habían ido. Yo sabía como funcionaba. Pero dejé que el creyera que iba con más nervios de los que el disimulaba. Al entrar nos recibió Tania, una de las personas a cargo. Ella preguntó nuestros nombres que previo a ir se pedía por control. No entraba cualquiera. Se identificaba a los visitantes por seguridad. Nadie podía tocar sin permiso a nadie. Yo me sentí demasiado sexual, así que, me aferre como una niña al brazo de Andrés. De todos modos, siempre resaltaba en los boliches por mis alocadas danzas que Andrés, solo por amor, increíblemente podía seguir.

    Yo no sabía si Eliana, una mujer que se me había acercado, con ese acento que calentaba todavía más, que su enorme culo de corazón que se sostenía por su pequeña cintura por debajo de sus gigantes senos caídos. Dudaba si le gustaban las chicas o prefería las parejas en intercambio. Pero menos sabía yo, de tocar mujeres, aunque con ella me resultó como si fuera cotidiano. Me sonrió y me preguntó que tenía mi trago. Ahí percibí que la trivial pregunta era su aprobación. La convide y le pedí a Andrés le comprará uno.

    Ella miró mis ojos bajando hasta mi escote. Nos presentó a su pareja que era como un bastón para apoyar sus manos. Mi esposo no quitaba los ojos de su trasero. Yo me contenía para no parecer caliente con lo que creía podía acontecer. Propuse ir a eso con huecos que no conocía pero que entendí la función al entrar. En la pista, sólo iba a quedar como un regalo para las masivas tocadas de los cinco hombres que estaban en la barra. Las dos nos miramos con complicidad, ella con más experiencia: «uruguayita linda» en España no solemos dar canilla libre de pajas más de dos minutos.

    Fuimos entrando en las cabinas de diez huecos. Yo no creía poder chupar tantas. Por suerte nuestras parejas habilitaron con un gesto a los cinco terceros. Nosotras, dentro, nos quitamos, yo el vestido y ella la blusa y el gigante brasiere. Entre besos y toqueteos fuimos compartiendo las paradas y las más tristonas, como una ensalada de frutas saboreada en un mismo plato.

    La tanga en el bolsillo:

    Influyó mucho que estábamos de vacaciones. También nuestras ganas de hacer algo distinto.

    Alejandra sabía hacía tiempo de esa fantasía reiteradamente relatada por Gastón. Entre una mezcla de nervios y empodere ella le regalo el sí como si el juez los uniera en un juego sin invitados.

    Alejandra qué llevaba muy bien sus 45 años. Sus curvas hacían temblar los platos de las bandejas de los mozos.

    Él quería saber hasta qué punto podía ser admirada y deseada por otros hombres. Antes de ir al boliche pensaron cada detalle. El eligió el vestido ella los tacones de terciopelo rojo que usó solo en un casamiento. Se puso un vestido negro ajustado al cuerpo y muy corto. Su belleza estaba exacerbada por la travesura qué harían. Ropa interior no llevaba, ni sostén. Sus senos se veían deliciosos como naranjas de ombligo. Esas en las que se invirtieron 2.550 dólares. Su tanga guardada en el bolsillo del excitado marido.

    Llegaron al restaurante caminando, ella era la reina de la noche, el extasiado viendo su determinación y su belleza.

    En el acceso Alejandra se inclinó un poquito en la boletería y enloqueció al guardia de seguridad.

    Quedó a la vista del borde de sus nalgas sin marca del pequeño grosor de una bombacha. Para ella era muy excitante sentir el aire fresco que le recorría su clítoris qué crecía por la caricia escondida que Gastón le dio presionando el vestido.

    El guardia miró hacia arriba mientras ella subía las escaleras con el tic toc de sus tacones rojos. Gastón sabía que los pies de Ale estaban sufriendo, pero que la fantasía les preparaba la cama del mejor motel qué esa noche ambos merecían.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (20)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (20)

    20.    Luces sin colores, brillos en la oscuridad

    Camilo echa hacia atrás su cuerpo y apoya el peso de su torso sobre los codos, posicionándolos sobre la alisada superficie de hormigón en la última grada, con sus piernas abiertas casi a cuarenta y cinco grados, pisando despreocupado la antepenúltima. Descuelga su cabeza hacia atrás, mirando hacia el cielo oscuro carente de estrellas y en su garganta observo como pasa saliva en una actitud pasiva, demasiada relajada para lo que está escuchando, confirmándolo con su respiración.

    Parece disfrutar del mágico juego que mantiene la brisa con su pelo, que lo levanta brevemente y se le mantiene elevado, para luego de repente dejárselo caer de nuevo sobre las gotitas de sudor que cruzan su frente al amainar el viento, y así volver con otra nueva ráfaga a reiniciar el ciclo con otras hebras secas de cabello, pues las húmedas se le rebelan quedándose pegadas a la piel, sin ganas de entrar en el juego. Mi esposo cierra los ojos y se resigna a recibir otro duro golpe, dispuesto a escuchar algo que con seguridad ha de suponer, será finalmente mi completa entrega.

    —Me alarmé mucho, pues pensé que algo grave le había sucedido. La llamé al móvil empresarial pues al recorrer con la vista las instalaciones del noveno piso, no la vi por ninguna parte. —Ahora sí, Camilo equivocado abre los ojos pero permanece con su postura extendida, mirando hacia las alturas.

    — ¿K-Mena, donde estás? ¿Qué te sucede? —Le pregunté tan pronto escuché el tonito dulce de su voz al responderme con aquel acostumbrado… ¡Hola Chikis!, por saludo, seguido de un… ¡Te estoy esperando abajo, por favor no tardes!

    —Tal y como me había dicho, me estaba esperando en el parking, recostada de espaldas sobre la puerta del copiloto de mi Audi, jugando con sus cabellos a enroscárselos con un dedo, en una actitud un tanto infantil. Doblado sobre el brazo pendía su abrigo de paño, pero su blusa beige con el discreto escote en V lucía extrañamente desordenada, ya que una esquina la tenía prácticamente por fuera y el otro lado si lo mantenía por debajo de la pretina de su falda blanca, que se envolvía ajustada sobre su cintura. Descolgado el brazo izquierdo por su costado, del puño cerrado descuidadamente colgaba su bolso marrón, hasta casi rozar el suelo. Yo la notaba extraña y en verdad me preocupé.

    —Flaquis, ya estoy aquí. Cuéntame que te sucede. ¿Estas enferma? —Tan solo dejó de jugar con sus cabellos y como no me respondió de inmediato, me supuse lo peor.

    — ¡Mierda! No me digas que discutiste con Sergio.

    —Estoy bien chikis, no es nada de eso. Solo quería hablar hace días contigo pero no me atrevía y además no parabas de trabajar, sin dejar de entrar y salir de la oficina, en una frenética actividad que hasta a mí me llegaba a estresar. Por momentos llegué a pensar que estabas evitándome pero Nacho me hizo caer en cuenta de que solo era por estar ocupada finiquitando tus negocios. Así que esperé pacientemente hasta que hoy no aguanté más.

    — ¡Cómo se te ocurre flaquis preciosa! Para nada. Es verdad que esta semana la he trabajado bastante, arriándome yo misma como si fuese una mula de carga. Necesitaba dejar lista la carpeta del negocio del fin de semana anterior. Discúlpame si no te presté atención flaquis, pero ahora ya tengo tiempo. Así que dime, ¿Cómo te puedo ayudar?

    — ¡Aquí no! ¿Tomamos un café o algo por ahí? —Me respondió, pero no con aquella actitud tímida tan usual en ella agachando un poco la cabeza, si no de frente, sin apartar sus ojos grises de los míos.

    — ¡Bueno, está bien! —Le dije y nos subimos al auto, para salir del edificio y encaminarnos hacia su casa. No encendí la radio para poder hablar con tranquilidad, mientras conducía pendiente del GPS para tomar la ruta menos transitada, pero sobre todo para poder prestarle toda la atención que de mí requería.

    —Ok. Soy toda oídos, flaquis. Qué es exactamente lo que te sucede. ¿Qué necesitas?

    — ¡A ti! —Su respuesta me tomó por sorpresa, hasta el punto que llegué a dar un ligero volantazo que sin llegar a ponernos en riesgo sí que hizo que se me encogiera el estómago.

    — ¿A mí? No comprendo. —Le contesté intrigada. ¡Ajá, cielo, así como te está sucediendo ahora mismo! —Y es que Camilo, algo pasmado cuando se incorpora, se coloca de medio lado juntando las piernas, rozándome con sus rodillas y me presta mayor atención.

    — ¡Me dejaste con tantas dudas, chikis! Sintiendo de todo donde antes pensaba que tenía prohibido sentir algo… Hasta estar casada. —Y agachando la cabeza, –muy apenada volviendo a ser ella– continuó diciéndome…

    —Deli… ¡Deliciosa e inconfesable! Fue tan… Tan fuerte lo que me hiciste sentir con ese beso que no he podido olvidarlo. No pensé que pecar así fuera tan… ¡Desconcertante!

    —Y apretando con fuerza mi mano derecha me dijo sin dilación…

    — ¿Sabes? me arrepentí esa noche mientras intentaba dormir. Tener aquella extraña resequedad en mi boca, sintiendo cada latido de mi corazón y el no cesar de ese palpitar diferente dentro de mí… ¡Por allá abajo! Me comprendes, ¿Verdad? —Asentí y K-Mena prosiguió explicándose.

    —Sentir todo aquello antes de llegar al altar estaba mal, mucho más al hacer algo así con una persona de mí mismo sexo. Pero haberlo hecho contigo… no sé. Me pareció muy lindo y lo que sentí, no me parece que esté mal. Tus labios me enseñaron una manera de besar diferente, intensa y… Qué pena decirte esto chikis, pero a mí… ¡Se me mojó bastante la cuquita!

    —Me dejó sin habla, cielo. No pretendí cambiarla tanto al darnos ese beso. ¡Es más! No pretendía nada y sin embargo, ya vez en qué tesitura llegó a ponerme. Por lo que con ese comentario, en lugar de sentirme halagada, me hizo considerar que había abusado de su genuina inocencia y me apené muchísimo.

    —Mariana, es lógico que ella siendo tan rigurosa con sus preceptos religiosos como me has comentado, después de probar ese beso contigo, se sintiera desubicada y pensara de manera diferente. Ese riesgo debiste tomarlo en cuenta antes de besarla. Sabes bien que jugar con fuego conlleva algunos riesgos, y no me refiero estrictamente a la posibilidad de quemarle con tus llamas, si no al hecho de que finalmente terminen todos por… ¡Añorar el calor de tus brasas! —Y este comentario suyo, que al parecer lo ha dicho con su segunda intención, me resbala pues de Chacho no extraño casi nada, en cambio de ella…

    —Bueno… ¿Y entonces qué pasó después? —Me pregunta, no sé si con desgana, con indiferencia o con un mal disimulado interés.

    —Me comentó, que si esas sensaciones en su cuerpo se las estaba perdiendo por mantener toda su vida en regla, y ya que la sentía desordenada después del beso, necesitaba experimentar mucho más antes de llegar al altar.

    — ¡Ya lo tengo decidido chikis! ¡Quiero que me enseñes más! —Se le iluminaron los ojos y acarició con ternura mi mejilla, con el dorso de su mano.

    —Pero flaquis, para eso tienes a Sergio. —Le respondí tajante. Háblalo con él y sincérate si realmente eso es lo que sientes y quieres, y se ponen de acuerdo para… ¡Practicarlo! Lo que pasó entre nosotras fue solo una calentura por culpa del alcohol y las pruebas de ese tonto juego. —Tan pronto le dije aquello, K-Mena cubrió la palidez de sus ojos grises cerrándolos, y echó la cabeza para atrás hasta golpearse contra él cabecero del asiento, para luego ocultar entre sus manos el rostro y ponerse a llorar.

    —La luz roja de un semáforo nos detuvo y decidí aprovechar para abrazarla, sentía la necesidad de darle mi apoyo, brindarle ese ánimo que parecía faltarle, pero me apartó con su brazo. Le dolió mucho que yo le hubiese restado importancia al beso que nos dimos. Francamente me sentí mal por ella y la sensación de culpabilidad produjo que en los míos, igualmente brotaran lágrimas. Guardamos silencio mientras avanzábamos lentamente para tomar la calzada paralela a la autopista, y allí con tristeza me habló.

    —Con Sergio lo intenté, dos veces esta semana. Me rechazó e incluso se extrañó por el novedoso movimiento de mis labios sobre su boca al besarlo. Le dije que así se debían besar las personas cuando se amaban, pero me respondió con vehemencia que no lo tentara y esperara mejor a que llegara nuestra noche de bodas. ¿Qué faltan pocos meses para ello? ¡Sí es verdad! Pero chikis, quiero llegar a ese día sabiendo más y conociéndome mejor. Definitivamente con Sergio no obtendré nada por ahora y yo, necesito explorarlo antes y que mejor que contigo, con la amiga que quiero tanto y me comprende.

    —La verdad mi vida, no supe que responderle en el momento y afortunadamente el trancón por la autopista no permitía que anduviéramos rápido, porque sentí que se me congelaba todo y quizá hubiera podido causar un accidente. Me sentía nerviosa, desubicada, y afortunadamente la vi. No estábamos lejos y decidí que me detendría en aquella panadería donde te di el… ¡Sí, quiero!

    Mi smartwatch alarmado, suena y vibra desviando hacia mi muñeca la atención que me prestaba Camilo, enfrascado en el azul de mis ojos.

    —Hummm, ya es hora de mi medicamento, pero con tanto alcohol recorriendo mis venas, creo que por hoy la dejaré de tomar. ¡Ehhh, es para calmar la ansiedad y poder dormir relajada! —Le comento para aclararle y que se le quite esa carita de intriga y preocupación.

    —Desconocía que estabas medicada, de lo contrario solo te hubiese ofrecido jugos naturales o agua mineral. Y… Mariana. ¿Es muy fuerte la depresión?

    —No te preocupes, no es grave la cosa. Fue difícil al principio, lo reconozco. Pero mi mamá me llevó a donde la hija de una amiga suya, Ivonne, quién es una excelente psiquiatra. Pero tranquilízate, ya está controlada. ¿Vamos hacia allá? ¡Es que estoy que me fumo! —Y le señalo el centro de la plaza que se encuentra casi vacía.

    —Ok, es buena idea estirar las piernas un poco. —Le respondo y tan pronto como tomamos nuestras cosas, le ofrezco mi mano para ayudarla a descender con cuidado los peldaños.

    Siento su mano sudada, algo fría, y al afirmar sus dos pies sobre los adoquines se la suelto, dejando que avance unos dos pasos por delante, permitiéndome observar la esbeltez de su figura y el bamboleo de su recortada cabellera, algo desordenada por la brisa. Y me dan ganas de hundir mis dedos bajo esa lisa oscuridad y acariciar su nuca como antes lo hac…

    —Dos cafés con leche, un muffin de chocolate con nueces para ella y una dona rellena de crema chantilly para mí, fueron testigos de excepción de los pormenores de aquella conversación entre un par de amigas, –una de ellas algo desubicada y la otra, quizá perdida– de mi franca respuesta a su petición y al terminar el ultimo bocado, de su absurdo vaticinio. Y todo por mi culpa, debido a mi personal disputa con José Ignacio. —Me va comentando Mariana sin mirarme, cortando de tajo mis intenciones, mientras la veo buscar en el interior de su bolso negro la cajetilla de cigarrillos.

    —Haber flaquis, me estoy muriendo de la curiosidad por saber qué es lo que tienes pensado. ¡Mírame! —Le ordené con suavidad pues agachó su cabeza y encarceló por vergüenza su carita entre sus dedos, y le pregunté nuevamente…

    — ¿Qué tanto es lo que quieres que te enseñe? —prosigue recordando y yo le acerco la llama de mi mechero a la punta de su cigarrillo.

    Mariana aspira fuerte y luego suelta el humo lentamente por la nariz para formar un denso muro de humo que se eleva por sobre sus marfilados pómulos, cubriendo momentáneamente sus ojos, disipándose al cruzar desordenado por su frente.

    —Pues saber de todo. Ya sabes, –en ese momento, cielo, cambió la modulación de su voz y titubeando continuó con su charla. – aprender a sentirme más mujer, acariciarme y tocarme toda pero… bien hecho. ¡Meli!, ayúdame por fis a vencer mis estúpidos temores y a dejar esta vergüenza de tocar mi propio cuerpo. Pero también chikis, necesito aprender a besar un… ¡A lamer un pene! Y como cogerlo bien para tocárselo y masturbarlo. ¡¿Las peloticas también hay que chupárselas?! No sé chikis, son tantas cosas en las que he venido pensando todas estas noches y que necesito experimentar a la vez, así que yo…

    — ¿Tú qué? —Le insistí pues se quedó pensativa bastantes segundos.

    —Yo solo puedo pedírselo a las dos personas en las que más confío para que me enseñen sobre eso. ¡Nacho y tú!

    —Ajá. ¡Si claro cómo no! Con seguridad que él se va a conformar con unas cuantas caricias y que le pegues una que otra mamadita, y no va a querer hacer nada más después. Ja-ja-ja. ¡Por favor nenita, no me hagas reír! A estas alturas no puedes continuar siendo tan inocente.

    —Nacho me comprenderá, estoy casi segura de que no me pedirá nada más. Él me respeta. Además, ¿Quién aparte de él, tiene la suficiente experiencia para decirme si lo hago bien o no?

    — ¿Y no es acaso una traición para con tu novio? ¿Te vas a arriesgar a perder a Sergio engañándolo con su mejor amigo? Cuando lo más lindo de ustedes dos, es que lleguen a la noche de bodas inocentes y en todo sentido, ¿se vayan descubriendo poco a poco? ¿Qué más quieres? ¿No te provoca que de paso te preparemos una limonadita de mango?

    —Meli, creo que la inocencia no debe ser sinónimo de ignorancia. Quiero que Sergio encuentre en mi a una verdadera mujer, una amante completa y que no termine buscando por fuera, lo que dentro de nuestro nuevo hogar y por mi oscurantismo sobre sexo, él sienta que le hace falta.

    —Pues mira flaquis, es que no veo la manera en que yo te pueda enseñar a tocar tu cuerpo. Tendríamos que estar a solas y vernos las dos casi desnud… ¡No, no creo poder! Me da vergüenza hacer lo que me propones. Créeme que ese beso también fue mi primera vez con una mujer y sí, fue rico y excitante, lo reconozco. Novedoso si te soy sincera, pero hasta ahí. Me he sentido mal con mi esposo, pues es como si le hubiese puesto los cachos. Además flaquis, para despejar esas dudas existen infinidad de libros y multitud de videos, no sé cómo yo…

    —Sí, obviamente voy a ir a una biblioteca pública y en la sala, delante de todos voy a practicar. Ahh, y en la casa por las noches en mi habitación, justo al lado de mi hermanita menor, me voy a poner a ver videos pornográficos, esperando a que todos se duerman para que no me pillen mis padres y exponerme a que si lo hacen, me excomulguen o me envíen a algún convento. ¡Si claro, por supuesto! ¿Por qué no lo habré pensado antes? ¡Con lo fácil que era!

    — ¡Chikis, podré ser inocente pero no estúpida! Por eso es que te necesito, ayúdame con la experiencia que has tenido con los hombres y que vives a diario, pues lo haces día tras día en tu cama con tu marido; podrías enseñarme y sí, creo que contigo será menos vergonzoso y peligroso. Por eso te necesito. ¿Acaso cómo empezaste a hacerlo tú? ¿Sola? ¿Nadie te enseñó o te ayudó? —Me preguntó, y recordé en ese instante a mi amiguita Laura, una vecina con la que jugábamos en nuestra casa.

    — ¿Laura? ¿Y esa quién es que no la has nombrado antes? —Le hago las preguntas a Mariana, pues durante tantos años juntos, –varias semanas como amigos, catorce meses de novios y después de años ya casados– jamás la había mencionado.

    —Ufff, eso fue hace mucho tiempo, cielo. Crecimos juntas y supongo que al tener las mismas dudas, propias de nuestra pubertad, en una de las varias pijamadas en su casa o en la mía, aprovechamos la oscuridad e intimidad de nuestras habitaciones, ya que nuestras muñecas y peluches siendo testigos no podrían divulgar nuestras conversaciones al hablar de sexo y mucho menos exponer a los adultos, los juegos de nuestras manos bajo las sabanas, inquietas por emprender la aventura de explorar lo desconocido, tocándonos por aquí y por allá, comentando entre risas lo que sentíamos y los gestos que habíamos visto aparecer reflejados en la cara de la otra.

    —¡Pero éramos unas niñas!, en cambio en ese «ahora», se trataba de aceptar hacerlo en frente de la mujer que por debajo de la cuadrada mesita en esa panadería, me sujetaba con suavidad de la mano y, por encima de ella con sus ojitos grises entornados, prácticamente me suplicaba que la ayudara.

    —Uhum. Y supongo que «Sor Mariana, Patrona de los Desamparados» no supo decir que no y abstenerse de seguir metiendo la pata con su marido, y servicial, salió corriendo al rescate nuevamente de una desconocida, sin pensar si con ello seguiría destrozando su vida y la de aquellos que la compartían con ella. ¿O me equivoco?

    —Mi vida, pues porque a mí… ¡A mí, su amistad me importaba mucho! Y comprendo que K-Mena expuso en frente de mis ojos un problema de fácil solución, al cual podría negarme rotundamente, si no me importara su relación sentimental con Sergio. Pero cielo ya me conoces, la vi tan decidida y a la vez tan vulnerable, que me sentí obligada a buscarle otra salida para evitar que arriesgara su virginidad con José Ignacio, y frente a lo complejo del tema, terminara de suceder lo evidente. ¡Acepté, por supuesto!

    La reacción en mi cara frunciendo el ceño, le dará la sensación de que nuevamente me anticipo a los hechos, o de que analizo algo, reconstruyendo sin tener todas las piezas listas; eventos que obviamente sucedieron pero que desconozco totalmente, y por ello ahora, solo puedo dejar este puzzle sin armar, en espera de que mi esposa se digne a continuar martirizándome con sus recuerdos.

    —Se nos hacía tarde, así que salimos con algo de afán, agarradas de la mano como un par de novias y con una sonrisa de satisfacción en K-Mena, de oreja a oreja, mientras que en la mía un gesto de aceptación con mis labios, ocultaba mi verdadera preocupación. La dejé en su casa solicitándole tiempo para planear ese encuentro y al llegar a la nuestra, –todavía pensativa– ingresé por la entrada lateral de la calle, justo iluminando con los faros de mi auto, la parte trasera de tu camioneta, que buscaba tomar la curva para girar por la carrera hacia la entrada principal.

    Camilo con el cigarrillo apretado entre sus labios, parece no querer prestarme atención y con una mano agarra la driza, mientras que con la palma de la otra, golpea dos veces con algo de fuerza el asta de la bandera, –que a estas horas por la poca brisa que se deja sentir, parece resignada a echarse una siestecita– mientras con seguridad, debe estar pensando en lo que le acabo de decir.

    —Creo que no me viste llegar, –y voltea a mirarme sin soltar la cuerda– ni tampoco sentiste mis pasos cuando prácticamente te sorprendí por la espalda saltando sobre ti, cercando tu cintura con mis piernas y cubriéndote los ojos con mis manos, mientras dabas vueltas en círculos para defenderte de la graciosa esposa que te asaltaba entre besos a tus mejillas y sonoras carcajadas cerca de tu oreja, con las llaves de la casa tintineando en tu mano derecha y los dedos de la otra pellizcándome las nalgas, para conseguir que bajara de mi cabalgadura. —Y logro finalmente que Camilo, retirando el cigarrillo de su boca, se sonría al recordarle aquel encuentro.

    —Felices, enamorados y juguetones como siempre. Ambos lo necesitábamos después de laborar tan duro aquella semana. Tú, cansado de asistir a reuniones con los ingenieros para darle el visto bueno a los costos y a las obras de paisajismo, y yo cielo, necesitando con urgencia desconectarme de los problemas en los que me había metido, el reciente con K-Mena y el pasado con él, sin atreverme a revelarte ninguno de ellos.

    —Sí, ya veo que te mostraste como una auténtica artista, representando tu papel sin dar muestras de ser diferente a lo que eras hasta entonces para mí y para todo nuestro entorno. Pero en fin, sí que es verdad que descansamos por fin juntos todo ese fin de semana, –le comento a Mariana al recordarlo– junto a tu familia el sábado, y el domingo con la mía visitando la Catedral de Sal de Zipaquirá. El lunes celebramos el día de San Pedro y San Pablo llevando a Mateo al centro comercial y al entrar en la zona de las atracciones mecánicas, nos encontramos con nuestra pelirroja vecina, a quien por ese entonces casi no distinguía, y que se encontrada un poco ofuscada ya que no aparecía por ninguna parte su querida hija.

    — ¡Jajaja! Si es verdad. Iryna no es una persona malhumorada pero aquella vez estaba ofuscada porque Natasha se le había escabullido mientras ella se probaba unos vestidos y luego no le respondía las llamadas. Afortunadamente la vi recostada sobre la barandilla del segundo nivel, hablando por su teléfono y le hice señas con los brazos en alto para que nos viera. Y cuando a los pocos minutos observé que venía ya hacia donde nos encontrábamos, te la enseñé.

    — ¡Mira amor, allí viene Natasha, la rubia que tiene dos trenzas! Te dije y obviamente despreocupado giraste a ver a quien me refería y te quedaste embobado.

    —Creo que exageras, Mariana. ¡Impresionado, sería la palabra correcta! —Le respondo con franqueza y en seguida le aclaro el por qué.

    —Es solo qué yo esperaba encontrarme con la imagen de una «mocosa» asustada, de entre doce o catorce años, por la angustia que se reflejaba en el rostro de nuestra vecina al no encontrarla, y lo que vi a la distancia, era la silueta de una atractiva adolescente, casi tan alta como tú. De piernas largas y torneadas bajo aquellos ajustados jeans azules deshilachados y rasgados por todos lados; con aquellos brazos de piel muy pálida, desnudos desde los hombros con infinidad de vellitos dorados en sus antebrazos, que brillaban por los matutinos rayos de sol. Unos pechos redondos y grandes, saltando a cada paso con la firmeza propia de la juventud, por debajo de un top blanco de anchos tirantes.

    — ¡Es tan hermosa como la madre! En poco tiempo va a estar conquistando uno que otro corazón y te van a decir suegra. —Le dijiste a Iryna y la felicitaste por tener tan buenos genes y haberle heredado su belleza.

    —Muchos gracias señor Camilo, pero esa belleza se la debe a su padre, que en paz descanse. Y sí, tiene mucho de razón usted. Es bonita mi niña pero está en esa etapa de la vida en la que no se la aguanta si no mi Jorge. Ya sabe señor Camilo, donde quiere tenerlo todo, exclusivo y de marca, esperando a que sus amigas no lo tengan y probarse todos los atuendos, pero con ninguno se siente a gusto ni a la moda. ¡En fin, que con nada se siente cómoda y a mí sí me tiene de los nervios! —Te respondió y luego agradeció tu galantería.

    —Era más que evidente que me sorprendiera al verla caminar hacia nosotros de manera tan seductora. No era ninguna pequeñita perdida y desamparada, sino una preciosa y esbelta muchacha, eso sí, dotada de un rostro ovalado pero todavía con rasgos infantiles. Y de graciosa sonrisa, con una carcajada bulliciosa, y que con su mano cubriéndose la boca, intentaba ocultar los brackets metálicos que usaba para su tratamiento de ortodoncia.

    —Ummm, pero que escaneada le pegaste. ¡Jajaja!

    —Un hoyuelo, solamente uno se le forma en la parte superior de su mejilla derecha cuando se ríe con ganas o gesticula con vehemencia para hacer valer su opinión. Sí, tambien me fijé en ese detalle, ya sabes como soy. El caso es qué se me hizo exagerada tanta algarabía de nuestra rusa vecina, y al presentarnos escuché en la tonalidad de su voz un español fluido y diferente, sin el acento extranjero tan marcado de su madre. Me fijé en sus cabellos dorados y rizados, tan diferentes a los lisos y pelirrojos de su madre. Ahhh, y en los ojos tambien, pues Natasha los tiene de un verde esmeralda muy intenso, y los de Iryna son tan azules como los tuyos.

    —Quién se quedó embobado con ella fue Mateo y ella con él, pues Natasha prácticamente lo secuestró esa mañana, acolitándole todas las ideas para subir donde podía, de atracción en atracción. La verdad que los dos igual de caprichosos, congeniaron mucho y creo que desde esa mañana nuestro hijo se encariño con ella. Tanto así qué hasta le compartió en el almuerzo, la mitad de su waffle, y eso en él es bastante extraño.

    —Ajá, Tal cual. Y luego Naty nos comentó que había abandonado a su madre para ir hasta los cinemas esperanzada en encontrarse con sus amigas del colegio para ver una película y las compañeritas la habían dejado con los crespos hechos. Y casualmente, era la misma película que tanto deseabas ver, por lo tanto te insté a que la invitaras a ella, mientras que con Iryna cuidaríamos de nuestro pequeño y daríamos algún paseo «vitrineando» por ahí, en las tiendas de zapatos, y luego nos encontraríamos por la noche en nuestra casa.

    — ¡Y así fue como metiste a Natasha en nuestras vidas! —Le recalco a Mariana.

    —Y tú en nuestra cama también. No se te olvide ese pequeño detalle, mi cielo. —Le replico a Camilo en un tono muy suave, para que no parezca un airado reclamo.

    —Pues te imaginas lo que no es, o te informaron mal. Siempre respeté nuestro hogar y sobre todo nuestra cama. —Le respondo su ataque, intentando ser lo más sincero posible, sin faltar a la verdad. Con ella no lo hice, pero con…

    —Uhumm, ¿estás bien seguro de eso? En fin, la verdad no es importante ahora abordar ese tema. Ya te lo dije antes. Solo he venido aquí a hablar de mí y mis putas cagadas. —Me interrumpe lo que estoy pensando, pero dando claramente en el clavo. También lo sabe todo o casi todo, como yo.

    —El caso es que sí, disfruté mucho la paz y la calma de aquel fin de semana, pero a la siguiente yo…

    Mariana se queda en silencio y eso me preocupa, pues ahora se gira y vuelve su cabeza hacía el otro lado, con su mirada perdida, enfocada en algún punto más alla del muelle y entrecruza los brazos frente a su pecho; con dos dedos de la mano izquierda sostiene casi en vertical el cigarrillo casi consumido, y la quemada ceniza extendida peligrosamente a punto de caer, como a ella le sucedió. Lo presiento, pues su actitud la delata, arrastrando hacia el infierno nuestro matrimonio.

    — ¿Qué te pasa Mariana? ¿De qué te has acordado?

    —Sucedió el martes siguiente, mi vida. Durante y después de la reunión mensual en la oficina de Eduardo. José Ignacio desde que llegó, retrasado como siempre, esa vez sin usar sus lentes oscuros, no dejó de mirarme de aquella manera intemperante y lujuriosa, con sus ojos de un verde aceituna resplandeciente, más vivaces, haciéndome sentir con claridad sus ganas de mí. —Le hablo ocultando mi rostro de su campo de visión, desplazando mi mirada hacia las personas que transitan por la plaza de camino al puente, perdiéndome en mis recuerdos e intentando ser lo más precisa y honesta posible, sin dejar por ello de estremecerme.

    —Me siguió hasta mi escritorio, –tan pronto Eduardo finalizó la reunión con las recomendaciones pertinentes al mes de julio– diciéndome que era necesario hablar, invitándome a que nos escapáramos por ahí más tarde, a la hora de salida. Le pedí educadamente que no me molestara más con ese tema, ya que por mí estaba olvidado y que me dejara en paz porque tenía muchas llamadas por hacer.

    —Intentaba mantenerme alejada de él para evitar en primer lugar, esa conversación que con seguridad él quería retomar sobre lo que dejamos en suspenso, y por otra parte, para evitar recordar cómo me había expuesto y dejado chupar mi intimidad, finalmente triunfando sobre él, pero tambien para no mostrarme vulnerable, pues todavía no lograba superar el hecho de haberte traicionado a medias.

    — ¡Por favor Mariana, no insistas con eso! Simple y llanamente me traicionaste, en todo el sentido de la palabra, aunque no hubieran llegado a besarse ni te lo hubiera metido hasta los ovarios, según tú. Te abriste de piernas para él, para el deleite de sus ojos, de su boca y tú… ¡Lo estabas disfrutando! Yo, y cualquier hombre en su lugar, también hubiese insistido después de eso. —Le respondo airadamente, pero Mariana, dándome la espalda, tan solo levanta los hombros por respuesta y utiliza sus dedos para darle forma a su despeinada melena y proseguir relatándome lo sucedido ese día.

    —Me enfrasqué en revisar mi agenda de contactos y después de evaluar a los más interesantes, me concentré en llamarles para concertar citas e intentar cerrar las ventas. Sin embargo no pasó mucho tiempo cuando empezaron a llover sobre mi cabeza, –y caer luego en el escritorio– casi una docena de bolitas de papel. Volteé a mirarlo con seriedad y negué con el movimiento de mi cabeza, cuando estirando sus labios, me enviaba besos y se reía taimadamente.

    —Intenté no prestarle atención a sus niñerías y continué escarbando en mis apuntes, analizando a los posibles candidatos para invitarlos a las oficinas, con la intención de que observaran las maquetas, las perspectivas a full color y los planos, pretendiendo así convencerlos de comprar las casas. Antes de la hora del almuerzo él volvió a la carga, enviándome en esos momentos algunos avioncitos de papel. Dos o tres, no recuerdo bien, fallaron al girar de tirabuzón en el aire y devolverse hacia su escritorio, perdiendo altura antes de alcanzarme.

    —Pero uno de los últimos si alcanzó con su afilada punta a estrellarse contra mi pecho, aterrizando entre mis manos. Entonces si me sonreí, lo admito, cuando levanté mi vista y lo vi, y el a mí; se encontraron nuestras miradas, los dos sonriéndonos por su travesura, pero luego aprovechó el momento y colocando su dedo índice y el del corazón, abiertos en «V» sobre su boca entreabierta, sacó la punta de la lengua moviéndola como si fuese una ondulante serpiente, haciendo que rememorara con su accionar lo ocurrido esa noche, su lengua en el interior de mi vulva. Entonces me arrepentí de haberle mirado y de obsequiarle esa sonrisa.

    — ¡Te lo dije! Iniciaste con aquel jueguito un incendio descontrolado, cuyas flamas encendieron su pasión, así creyeras que con el tiempo y manteniendo cierta distancia, ese playboy de playa lo dejaría extinguir. Pero ya ves que soplando y soplando, con paciencia avivaría tus brasas.

    Sus palabras como finas hebras separadas, retorcidas firmemente unas a otras, formando un mismo lazo de verdad, surten el efecto deseado y logran lastimarme, envolviendo mis sentimientos, removiendo mis angustiantes memorias, haciéndome girar para mirarlo y responderle…

    —Era la única solución que tenía a la mano, sin arriesgar mi matrimonio. Guardarme aquel engaño e intentar alejarlo y con ello, poder desecharlo.

    Parpadea una vez lentamente, dos o hasta tres, mucho más rápido. A la cuarta, sus redondos ojos azules desconsolados, cercados tanto arriba como abajo por la negrura humedecida de la curvatura espesa de sus pestañas, se hacen muy grandes y más hermosos, intimidándome. Sin dudarlo se me acerca y planta sus manos ya más tibias sobre mis mejillas, –inquieto espero un beso que no llega– y sus labios de fresa se abren suavemente, para decirme…

    —Entiéndeme, Camilo. ¡No quería mentirte, pero tampoco podía exponerme a perderte! Pensé que podía manejarlo todo a mi antojo. A él y a ella, sin que a ti y a mí nos afectara demasiado. Pasé por alto que las mentiras tienen las patas largas y corren tan deprisa como lo hace en estos tiempos la tecnología, actualizándose, volviéndose más experta y ágil en dejar atrás la versión anterior, ocultando la verdad inicial.

    Y la cálida presión de sus manos se desvanece cuando las aparta de mi rostro, y se descuelgan junto a los brazos hacia cada costado, elevando el hombro derecho para acomodar con gracia la cinta de su bolso en un ágil movimiento, y retirar de mis dedos con los suyos, –sin que se lo haya solicitado– la colilla consumida para juntarla con la suya. Echa a andar sin decirme nada, hacia la esquina derecha de la plaza donde permanecen abiertos varios contenedores de basura y la sigo, respetando su silencio sin que me lo pida.

    Dejamos atrás los colores vibrantes, audaces y cálidos de las edificaciones que nos despiden de Otrobanda y nos dirigimos hacia el puente, haciéndonos un espacio entre la multitud de personas, juntándonos demasiado, su hombro contra el mío, la cimbreante cadera friccionado la tela de mi corto pantalón, pegados como siameses. Recuerdo la desconfianza que le causa cruzar por aquí hacia Punda. La sensación de movimiento del tablado bajo nuestros pies siempre la ha asustado y por ello espero a que se tome de mi brazo como solía hacerlo, pero no lo hace, no se detiene. ¡Es extraño! Quizás se deba a que el mar esta calmo y los pontones de la estructura, se balancean muy poco.

    —Durante el almuerzo en el comedor del décimo piso, –le continúo relatando– intentó sentarse a mi lado pero gracias a Dios, K-Mena lo hizo primero, desafortunadamente para mi tranquilidad, ella llegó con la intención de hablarme sobre su propuesta y preguntar si ya había pensado en algo. A él le tocó conformarse con hacerle compañía a Carlos en la otra mesa, junto al grupo de los otros asesores, pero no te miento al decirte que me sentía atrapada entre la espada y la pared; todavía más cuando de reojo yo te observaba a ti almorzando alejado de nosotras, y al llevar el tenedor a mi boca, tu mirada preciso estaba fija en mi cara.

    —No sé por qué, pero me hiciste sentir que lo sabias todo y me turbé bastante. Quizás fue mi subconsciente que me traicionaba por la culpa, y sin poder quitarme de encima la asfixiante compañía de Diana y de K-Mena, solo te pude enviar al móvil, un te amo decorado con un inmenso corazón rojo por mensaje y tú por respuesta, me respondiste con un ¡YO TAMBIÉN!, en letras mayúsculas y varias caritas amarillas que me lanzaban múltiples besitos. Algo que sabía de sobra, se te desbordaba del corazón.

    A un tercio de estos 167 metros me detengo, y por supuesto lo hace mi esposo. Me da por colocar mis dos manos sobre la baranda superior, doblar la espalda, descolgar mi cabeza entre los brazos y estirarme un poco.

    — ¿Estás bien Mariana? ¿Ya te mareaste? —Me pregunta angustiado, caballeroso como siempre. Nada ha cambiado en él, aunque intente ser duro y distante, no sabe serlo, sigue siendo el hombre cortés que me deslumbró, y al que prometí amar por siempre.

    —Estoy bien cielo, no te preocupes que ya no sufro de mareos. ¡Qué vista tan hermosa!, ¿no te parece? —Le pregunto. ¡Mente ocupada no extraña a nadie!

    —En la tarde de vuelta a la rutina laboral, José Ignacio continuó enviándome notas de voz al teléfono empresarial, pidiéndome un tiempo para hablar de lo nuestro. ¿Lo nuestro? ¡Pero que estupidez es esta!, pensé ya enojada y me decidí a llamarlo para confrontarlo, hablándole con un volumen moderado para que nadie pudiera escucharme, sobre todo K-Mena que estaba sentada en el cubículo de al lado.

    — ¿Qué te pasa Nacho? Entre los dos no existe ningún «lo nuestro». —Le dije tan pronto atendió mi llamada.

    —A ver bizcocho, por más que lo niegues sabes que si existe algo. Te gusto tanto como a todas, y tú a mí me has encantado. ¡Cuanta más brava sea la novilla, mejor saldrá la corrida! —Me respondió, recostándose por completo en su silla.

    —No sé qué video te estas montando en la cabeza, pero en serio ya te estás pasando. Deja la pendejada y a mí déjame en paz. Sabes que eso solo fue un juego entre los dos y un gran error por mi parte. Mejor querido, ponte a trabajar y deja de ser cansón que me aburren los hombres intensos.

    —Anda Meli, dame cinco minutos que tengo que decirte algo. —Insistió, pasando la mano por su mejilla, mirando con seguridad su reflejo en la pantalla apagada del ordenador, para terminar acariciándose el mentón.

    —Ya veremos cuando. Ahora estoy muy ocupada y a la salida debo encontrarme con mi marido para realizar unas compras, así que por ahora no se va a poder. ¡Que lastima! —Le respondí de forma sarcástica.

    —Bahh, invéntale una excusa y nos vemos para hablar un ratico. Ustedes las mujeres son expertas en eso.

    —En serio Nacho, no insistas y déjame tranquila. Cómo te lo explico, ¿con plastilina? Desfoga tus energías con tu novia o llama a alguna de tus amiguitas. ¡Chao! —Y colgué la llamada para seguir con mis cosas.

    —Supongo que no se conformó, y al sentirse espoleado por tu manera de ponerle en claro su lugar, te siguió molestando. —Le digo a Mariana, imaginándome la situación y confiando en su criterio.

    — ¡¿Que comes que adivinas?! Precisamente estaba hablando con un cliente por el teléfono fijo, un abogado si mal no recuerdo, – ¡Maldita sea, claro que lo recuerdo bien!– y de reojo ví que se acercaba nuevamente, me giré un poco y continué escuchando las evasivas, refutando cada una de ellas hasta lograr el consentimiento de realizarle una visita en su oficina. Sentí su presencia al sombrear con su corpulencia, la claridad que antes ingresaba por el ventanal y percibí el aroma de la madera de roble mezclada con un toque fuerte a limón, cuando se agachó sobre el escritorio y me habló muy cerca de mi oído izquierdo. Escuché con claridad cómo me dijo:

    — ¡Vengo a traerte algo que dejaste sin probar! —Y a la vez, el abogado por mi oreja derecha me anunciaba que aceptaba verme, así que con el estilógrafo en la mano, me dispuse a escribir en mi agenda la fecha, la hora y la dirección de su oficina en el centro de la ciudad. José Ignacio se enderezó, y yo manteniendo inclinada mi cabeza hacia la derecha, –sosteniendo el auricular entre mi oreja y el hombro– lo miré de reojo, extrañada porqué en el almuerzo yo no había pedido postre.

    — ¿Y entonces que fue lo que te llevo? —Le pregunto a Mariana y en su cara puedo notar de nuevo ese gesto de vergüenza, que se le ha vuelto tan recurrente y colocándose de medio lado me responde…

    —Es qué él… ¡Pufff! Me da pena contártelo Camilo, pero… Él continuaba plantado frente a mi escritorio, flanqueado por las dos sillas tapizadas de paño gris, y yo seguía allí, con mi cabeza agachada dispuesta a escribir el número del piso y el de la oficina. Entonces observé por el rabillo del ojo, qué colocó sus dos manos sobre la mesa justo al borde. Me fijé, de derecha a izquierda en sus manos tan bien cuidadas y el brillo en las uñas de los dedos tan pulidas, menos en uno que estaba en el medio de los diez.

    — ¿Once? Y volví a repasarlos como si hubiera contado mal, mientras escuchaba al otro lado de la línea, la voz del cliente que me iba dando las respectivas indicaciones.

    — ¡Ehh, claro Abogado, estoy entusiasmada de ir a verlo! —Le respondí al cliente mientras asombrada se lo veía. Era blanco, más grueso que los demás dedos y con la punta del champiñón rosácea pues lo tenía circuncidado.

    — ¡Si, cielo! No me di cuenta en que momento lo hizo, pero se había bajado la cremallera del pantalón e intrépidamente colocó su pene sobre mi escritorio, cubriéndoselo entre sus dos manos para que nadie más aparte de mí, se diera cuenta de su osadía. —Camilo cambia de posición y ahora se acomoda de espaldas contra las barandas y extiende sus brazos como Cristo crucificado.

    —Inmediatamente, atónita por aquel absurdo atrevimiento, subí mi mirada y arqueé mis cejas extrañada y furiosa; tanto así que bajé la vista, pero no para regodearme con la visión de su verga flácida recostada sobre la encimera de formica gris de mi escritorio, como él lo supondría, si no con la intención de anotar en mi agenda, la hora en la que me podría atender y por supuesto de menospreciarlo.

    —Nuevamente se inclinó hacia mi izquierda y susurrando me dijo…

    —Yo cumplí con mi parte y sé que tú quedaste loquita por probarlo.

    —Por supuesto, claro que sí. —Le respondí una petición al cliente.

    — ¿Entonces decidiste escaparte conmigo esta tarde? —Escuché con sorpresa esa pregunta, mientras escribía la dirección y negué con mi cabeza a su estúpido comentario.

    —Ehhh, sí señor, me vendría bien a esa hora.

    — ¡No me vas a dejar plantado porque detesto a las indecisas! —Exclamó.

    — ¡Como se le ocurre, obviamente allí estaré sin falta! —Y me aseguré de hacer un círculo alrededor de la fecha y la hora.

    —Te espero abajo y nos subimos en tu auto. Vamos luego por ahí a un lugarcito que conozco y en el camino te puedo ir tocando esa cuquita para ir calentando.

    —Como usted diga abogado. Para mi será todo un placer atenderlo. —Y por fin pude terminar la llamada para enseguida girarme en la silla y mirarlo fijamente con seriedad para decirle: ¡Deja de estar molestándome y más aún cuando estoy hablando con un cliente! En verdad que pareces un loco depravado. —Pero él seguía allí tan sonriente y despreocupado, encorvado con sus manos sobre el escritorio y su pene sin guardárselo, intentando intimidarme.

    —Y se me ocurrió asustarlo. Con la punta del bolígrafo, fui dando golpecitos, la verdad un poco fuertes, –tanto que se escuchaba el toc – toc sobre la mesa– justo al frente de cada uno de los dedos de su mano izquierda, comenzando por el meñique hasta culminar en el pulgar, haciendo que los fuera retirando precipitadamente encogiéndolos. Hasta que llegué a aquel gordo dedo falso que no tenía uña y que por obvias razones no podía apartar tan ágilmente como los otros. La punta de mi estilógrafo Waterman quedó a pocos milímetros de su glande, suspendido en el aire y mis ojos clavados en los suyos, yo muy sería y él tan altivo, con su arrogante sonrisa dibujada en su rostro.

    — ¡Dime por favor que se lo perforaste! —Le digo, aunque sé muy bien que Mariana no sería capaz. ¡Y efectivamente no lo hizo!

    — ¡Nooo! ¿Cómo se te ocurre? ¡Jajaja! Sencillamente se lo guardó nuevamente y se alejó dejándome en paz, no sin antes advertirme que seguía en pie la invitación. —Le respondo a mi esposo mientras se endereza.

    Camilo engancha los dedos de su mano izquierda con los de la derecha, –formando un fuerte eslabón– y estira sus brazos por encima de la cabeza, elongando su torso como si estuviera desemperezándose, pero a la vez mirándome desencantado.

    Y yo me fijo en los arcos coloridos con luces fluorescentes, –quizás para evadirme de su amargura– espaciados a lo largo de este puente, y también en la superficie del mar, que como un espejo brinda los reflejos de las luces multicolores que provienen de la otra orilla, atractivos, centelleantes y bailarines al vaivén de la suave marea. Tan diferentes sus brillos y tonalidades en cada suave cresta de las olas, a la apagada iluminación en el café de sus ojitos entristecidos.

    —Casi a las cinco de la tarde, cansada de tanta habladera, decidí acercarme hasta la máquina expendedora por una bebida caliente que me relajara pues realmente me sentía agotada. Curiosamente en el noveno piso me encontraba sola y no me había dado cuenta. Al llegar al décimo, pude verlos a todos reunidos precisamente frente a la maquina prestándole atención a José Ignacio, recostado contra el gran letrero rojo de la publicitada gaseosa en uno de los laterales.

    —Podía escucharle hablar insolente como siempre, carcajeándose con los demás compañeros por algo que les comentaba. Me pareció oír que me nombraba y me dio pavor pensar que estuviese revelando lo que habíamos hecho o lo que me había mostrado, porque los demás al ver que me acercaba, callaron por completo tragándose sus risas, –como si hubiesen visto a un espanto– y él se giró para ver quien llegaba a sus espaldas. Cruzamos fugazmente nuestras miradas y en frente de todos nuevamente con sus labios estirados me lanzó un beso.

    —Me incomodó su actitud de macho prepotente y comprendí que efectivamente estaba de nuevo burlándose de mí. De repente vi que tomaba del suelo su maletín de cuero y se despedía, comentando a viva voz que tenía una cita inaplazable con una nueva conquista, y que por la noche tendría que hacer un esfuerzo para cumplirle en la cama a su novia. Allí escuché por primera vez su nombre. Una tal Grace.

    —Antes de que se diera vuelta me acerqué a todos y sin saludarlos, dirigí mi comentario directamente a él, pero con la voz fuerte para que los demás escucharan:

    — ¡Una se imagina!, le dije colocando mi mano derecha de canto sobre el inicio de mi antebrazo izquierdo. —Tanto K-Mena como Diana, Carlos y los demás me miraron sorprendidos sin saber de qué hablaba.

    — ¡Se conforma!, y continué deslizando la mano ladeada hasta apoyarla sobre mi muñeca por encima del hilo rojo y las vistosas pulseras que me regalaste, para luego retirarla y tras doblar mi pulgar sobre el comienzo de mi dedo índice estirado, –cerrando los demás dedos– terminé por decirle…

    — ¡Pero no hay derecho!, mirándolo con severidad.

    Y entremezcladas las risas de ellas, de Carlos y los compañeros del otro grupo, se dejaron escuchar sin timidez ni recato sus burlas hacia él, haciendo que todos los demás en aquella oficina nos voltearan a mirar. José Ignacio, con el calor de la vergüenza tiñendo de rosa encendido sus mejillas, acomplejado se echó para atrás contra la máquina expendedora.

    —Ahora querido, dame permiso que he venido por mi capuchino, que ese sí me parece placentero saborearlo. —Y cuando se apartó, introduje el billete y oprimí la tecla correspondiente para esperar con bastante calma mi bebida preferida.

    —Unos minutos después ya dentro de mi automóvil, con K-Mena ajustando su cinturón, te envié una nota de voz anunciándote que pronto nos veríamos en la casa. Me miré en el retrovisor, retocando un poco el tono rojo carmín de mis labios y al terminar de hacerlo, de repente vi en el espejo una leve sonrisa iluminando mi rostro, sin saber exactamente el por qué ¿O tal vez sí?

    — ¡Cómo eres de mala!, me recriminé mentalmente al recordar los últimos acontecimientos de ese día, y K-Mena inocentemente también sonrió al verme tan complacida y enseguida me preguntó…

    — ¿Y entonces, chikis? —Y levantando hombros y cejas, aguardó en silencio esperando a que le respondiera.

    — ¿Entonces qué, flaquis? —Le contra pregunté.

    —Pues… ¿Cómo es? ¿Es verdad que lo tiene pequeño como dijiste?

    Y dando arranque al automóvil entre risas le respondí bromeando…

    —Depende. ¡Quizás podría hacerlo crecer un poco más!

    Creo que no debí ser tan específica, pues mi esposo recoge del enmaderado suelo su mochila y se la tercia sobre el pecho, desplazándola hacia el costado. Sin decirme nada comienza a caminar cabizbajo por el costado derecho hacia el final del puente sin esquivar a las personas, lento, pensativo. Y su dedo índice, un poco retrasado al resto de su corporeidad, recorre a su costado derecho, –igual que él, sin prisas– el tubo de aluminio de la baranda.

  • Unos detalles

    Unos detalles

    Respecto a mi relato “Bodas de oro”, Ishtar, una de las lectoras asiduas de mis relatos, me preguntó en un correo si podía precisar y extender en el relato la parte de la despedida que indica “Bailamos y seguimos haciendo el amor hasta la madrugada en que pedí descansar. Eduardo nos llevó a su recámara. Todos se despidieron dándome una felicitación efusiva, a cada uno le tocó un beso en la verga y una lamida en los huevos antes de salir de la recámara.”

    ¡Claro que se lo conté! Dado que mi marido regresará muy tarde (seguro que se fue a coger a su amiga Regina, grr) me dispuse a contestarle a Ishtar. Hace mucho que no me fumaba un porro de mariguana, así que, frente a la computadora, me desnudé, prendí la bacha, me senté con las piernas abiertas y disfruté unas fumadas atrayendo a mis memorias. Pero mientras escribía los detalles de lo que pasó esa vez, a mi mente llegaban otros recuerdos de muchos años atrás donde mi mente jugueteaba con las evocaciones, pero también con los deseos que había tenido en aquellos momentos, y que el día del festejo pude realizar.

    Así, de la extensión de un párrafo salió lo siguiente. Aunque, confieso, me masturbé varias veces antes de terminar el pequeño escrito pues, según sé, no es una particularidad mía, algunas autoras lo revelan como una acción recurrente al escribir sus recuerdos, como mi amiga Mar. También otras, como declara la argentina Martina Paz, requieren masturbarse antes de escribir un relato imaginario y nos cuentan lo que imaginaron y “vivieron” con ayuda de sus dedos y manos. El texto es corto, pero me tardé bastantes orgasmos en escribirlo…

    Esa noche, Eduardo nos llevó a la recámara donde remembraríamos la noche de bodas ocurrida medio siglo atrás. Nos conducía a la recámara principal, como sumo sacerdote, y atrás venía la cohorte de mis machos, todos desnudos.

    –Éste es el tálamo nupcial donde fornicarán y descansarán a su gusto –Dijo Eduardo ceremonialmente, invitándonos a pasar la noche (lo que restaba de ella) en la cama matrimonial de él y Adriana, su esposa– Ahora, nos despediremos individualmente de la novia –expresó, acostándome con delicadeza, me abrió las piernas y se subió en mí mamándome una chiche y apretándome la otra.

    Como si se tratara de un ritual religioso, Saúl, mi marido, y los demás (Othón y Pablo), al unísono nos veían con deleite y se acariciaban la verga subiendo y bajando el pellejo con las manos, recorriendo desde los huevos hasta el glande apenas me penetró Eduardo. Yo me sentía como en la primera vez que mi amante me penetró: una larga y deliciosa verga babeante se abría paso en mi mojadísima vagina y recordaba sus palabras al cogerme por primera vez: “Ahora ya eres mi mujer” y sentí su fuego dentro de mí. Me abracé a sus piernas con las mías y lo oprimí de las nalgas atrayéndolo hacia mí.

    –¡Me vengo, mi mujer! –gritó convulsionándose, como en aquella primera vez.

    –¡Vente mucho, papito, vente en tu mujer! –le respondí y lo obligué a besarme mientras lo exprimía con mi perrito.

    Quedamos inertes después del orgasmo mutuo, así fue entonces cuando dormimos percibiendo uno el aliento de la otra. Sólo que, en esta ocasión, tenía que despedirme de otros dos más, antes de dormir con Saúl. Eduardo lo entendía y, agotado por la dicha de la eyaculación, tuvo que dejar paso a otro para que se despidiera de la novia. Al ponerse de pie, me senté para limpiarle el falo con mi boca… ¡Le volvió a crecer!, je, je, je… Me metí uno a uno sus huevos en mi boca y lo despedí con un jalón de escroto.

    Siguió Pablo, quien, besándome y saboreando los residuos de la muestra anterior de amor, mientras me tomaba de las tetas, resbaló su tronco en mi pepa abierta y encharcada. En ese momento recordé otra ocasión, más de treinta años atrás, en que hice el amor con Pablo después que Roberto, mi primer amante, me había tomado menos de una hora antes. “Estás muy mojada, mi amor”, dijo entonces Pablo cuando me introdujo con facilidad el pene. “Es que ya estaba deseando mucho ver a mi muchachito”, le respondí como explicación. Lo de “muchachito” era porque Pablo es cinco años menor que yo y en esa época sí se notaba más la diferencia de edad entre nosotros. Él era un estudiante de maestría y yo una milf treintañera. En esa época, no pocas veces me tiraba a tres en el mismo día.

    –¿Le gusta a mi muchachito cogerse a su amor ya cogida…? –le pregunté a Pablo.

    –Antes de este día no me había tocado, ¡es muy rico! –contestó.

    –Aunque no inmediatamente, ya te había tocado cogerme bien regada… –le confesé–, y varias veces fue así –rematé.

    Recordé las veces que deseé cuando apenas me salía una verga ordeñada, me entrara otra con las mismas ganas de venirse como la que me había regado, para darle el mismo tratamiento, ¡y ahora lo tenía cumplido!

    –¡Puta! –exclamó moviéndose más rápido, soltándome un chorro de esperma para quedar resoplando y tomando aire a bocanadas. Yo no lo solté, pues ya había iniciado un tren de varios pequeños orgasmos.

    Al terminar, lo resbalé de mí y me puse a mamarle el miembro y lamerle los residuos en los huevos para dejarlo limpio y preparar el sabor del beso que le daría al siguiente y último invitado. Apenas se levantó Pablo y vi en mis ojos una polla babeante que me obligaba a mamar.

    –Lubrícala mucho, para que no te duela, porque me voy a despedir de la colita que me tocó estrenar –me ordenó y yo le obedecí.

    Me dio la vuelta, colocándome boca abajo, puso unas almohadas en mi vientre; me metió el falo tres viajes en mi panocha para humedecerlo bien; puso su pene en la entrada de mi culo, me agarró de las tetas y empujó. Otra vez sentí lo mismo que aquella primera vez cuando sacó la verga completamente mojada de mi raja y fue metiéndomela despacito en el ano.

    –Ya no está tan apretadito como cuando lo estrené, Tita puta, ¡pero sigues estando riquísima! –dijo cuando sentí que sus huevos golpearon mis labios y clítoris.

    –¡Sí, mi amor, es riquísimo! Deberías aceptar que te cojan por allí para que sepas qué hermoso se siente… –le repetí lo mismo que en aquella ocasión.

    Veía que Eduardo miraba con envidia cómo disfrutaba yo el pene de Othón y seguramente recordaba la ocasión en que me dijo “Quiero ser el primero que te coja por allí”, a lo que entonces le dije “Ya te ganaron, pues cuando te lo pedí no quisiste y al llegar a mi casa se lo pedí a Saúl”. Tampoco mi marido quiso entonces, y Othón fue a quien se lo pedí tiempo después y me cumplió mi capricho de ver qué se sentía por atrás.

    Othón me mandó un chorro en el ano y sacó su pene de allí para metérmelo por la vagina antes de que saliera un chorro más de semen.

    –¡Hasta la próxima, mi amor…! –me dijo dándome un beso antes de levantarse. Le chupé la verga y los huevos antes de decirle “Adiós”.

    De inmediato, Eduardo les señaló la salida de la alcoba y salieron todos, cerrando la puerta por fuera. Yo estaba verdaderamente cansada, las tetas amoratadas y las piernas notoriamente pringosas de las venidas se habían desbordado con tanto semen que me escurrió esa noche.

    –Duerme, mi Nena puta, yo te limpio. ¡Feliz aniversario! –me dijo Saúl antes de lamerme la entrepierna y quisiera o no, le obedecí.

    Allí terminó la extensión que me solicitó Ishtar y se la envié.

    Cuando terminé de escribir el texto, escuché que Saúl metía el automóvil. Pensé “Ya surtió el pedido de Regina, ¡pinche puto!” pero me apacigüe de inmediato porque precisamente acababa de escribir sobre una de las muchas muestras de amor verdadero que he tenido de mi marido. Cuando entró a la recámara, mientras se lavaba las manos le bajé los pantalones y le chupé el pene. No. No tenía el sabor que deja la acción de haberlo usado. “¿Se habrá bañado con la puta de su amiga?”, me pregunté y olí su entrepierna, olía a sudor, no a jabón.

    –¿Qué pasa, mi Nena? –preguntó extrañándose de mi conducta.

    –Quería comprobar que te habías ido a coger a Regina. Vi en tu teléfono que ella te hizo una llamada –le respondí, mientras él se quitaba toda la ropa.

    –Ja, ja, ja, celosa. No, a ella le toca mañana. Ahorita se me antoja una chichona mariguana que tiene los ojos inyectados –dijo y me tiró a la cama, con la boca abierta se fue sobre mi pecho.

    –Puto… –le dije y abrí las piernas.

  • Confesiones de Diana Marcela (3)

    Confesiones de Diana Marcela (3)

    Siguiendo con mi historia habían pasado unos 4 meses de estar tirando follando con mi vecino y empecé a recibir llamadas y mensajes de un amigo de él preguntando por mi estado que como estaba? Que era muy Ninfa, tenía lindas piernas etc.

    Le pregunte quien le había dado número de teléfono y me dijo que mi vecino con derechos y solté la risa, seguimos hablando varios días por teléfono y nos encontramos un martes en el parqueadero del edificio donde todos platicábamos y acordamos salir la noche siguiente o entrar jajaja.

    Él era de estatura normal tez blanca algo grueso, y llegamos a mi apartamento donde nos veníamos besando y sobándome las nalgas pasamos a la habitación y desabroché su pantalón sacando su pene el cual empecé a mamarlo hasta dejarlo ere to terminando de desnudarlo mientras mamaba con fuerza su pene me levante me quite el pantalón y la blusa quedando desnuda ya que ese día no había usado panty el empezó a besarme jalando mis pezones me volteo y acostó en la cama vomitándome en4 metiéndome su verga de un solo empujón sin dejarme reaccionar se sintió doloroso u fuerte golpeándome las nalgas con la palma abierta sujetándome el cabello lo cual no le gusto y se lo dije pero parecía existir lo más.

    Intento en repetidas ocasiones metérmela en el culo hasta que sentí entrar su cabeza dentro de mi ano la cual después de meterse el resto de su miembro la sentí muy dentro y sentí un placer muy rico el cual me culeaba con fuerza apretando mis tetas las cuales se balanceaban a su ritmo y yo bien cachonda me movía pegándome a su pelvis y con movimientos circulares sintiendo su pelvis en mis nalgas nos colocamos de lado el dándome por el culo con fuerza y velocidad acariciando mi cuerpo y tetas besándonos y yo tocando mi clítoris hasta que sentí que eyaculo dentro de mi.

    Me retire de su lado mirando mis nalgas rojas por los golpes y le dije que se fuera, no se lo volví a dar.

  • La directora me da un delicioso castigo

    La directora me da un delicioso castigo

    Melisa es estudiante de médica forense, por lo tanto asiste a la universidad de medicina, pero en los últimos meses ha tenido unos problemas con una chica que es estudiante de enfermería y ese es el motivo por el cual fue llamada al despacho de la directora.

    La directora se llama Margarita y es una mujer de facciones endurecidas, siempre anda con su rostro serio y sereno, tiene ojos oscuros y el pelo canoso ondulado hasta la altura de los hombros.

    -Hola Melisa, tome asiento así podremos hablar mejor- comienza diciendo la directora.

    -Hola señora Margarita- le responde la alumna y se sienta.

    -Me he enterado que en este último tiempo tuviste unos problemas con una estudiante de enfermería.

    -Eso es cierto, señora.

    -¿Y a qué se debe semejante caos?

    -Esa chica me ha molestado desde un principio y nadie hace nada

    -A ella ya la he llamado aquí y la suspendí de la facultad durante dos semanas.

    -¿A mi también me va a suspender?

    -No

    Margarita hizo una pausa y luego siguió hablando: -Querida Melisa tú eres una alumna ejemplar, eres muy inteligente y estoy segura de que serás la mejor médica forense.

    Por eso y porque eres hermosa he preparado un castigo mejor para ti.

    -¿Qué clase de castigo es ese que puede ser bueno según usted? – pregunto Melisa.

    -Ahora lo entenderás todo, pero primero quiero que te levantes- dijo la señora directora.

    La chica se levantó y la miro confundida.

    -Ahora quiero que te desnudes- dijo Margarita con total tranquilidad.

    -¿El que?

    -Lo que escuchaste, quiero ver tu bonito cuerpo sin nada de ropa.

    A Melisa no le importaba mucho desnudarse ante una mujer, en realidad, este asunto la estaba excitando.

    Se quito toda su ropa y su mirada permaneció clavada en Margarita que ya se estaba empezando a sonrojar.

    -Ahora quiero que te sientes en mi escritorio pero con las piernas bien abiertas así me dejas tu coño a la vista -dijo la directora.

    Melisa cumplió esa orden a la perfección y luego Margarita tomo su bolso y saco un consolador en forma de pija muy grueso.

    -Quiero que te claves esto en el fondo de tu bonita concha, zorrita- esa palabra a Melisa la puso a mil, tendió su mano hacia el consolador y apenas lo tuvo en su poder se lo metió entero en la concha produciendo un exquisito gemido.

    Margarita se situó detrás de Melisa y empezó a besarle apasionadamente el cuello y a lambérselo mientras le tocaba las tetas y la chica se penetraba con el consolador.

    -¿Te gusta tu castigo putita?- pregunto la directora.

    -Ay, me encanta- respondió Melisa gimiendo.

    -Di que eres una puta golosa.

    -Soy una puta golosa.

    -Ahora di que eres mi puta.

    -Soy tu puta, Margarita, soy toda tuya, haz lo que quieras conmigo.

    Luego Margarita le mordisqueaba muy rico las tetas a Melisa entonces ella empezó a meterse el consolador más profundo y más rápido hasta que sus jugos vaginales rociaron el juguete sexual que tanto placer le dio.

    Margarita tomo el húmedo consolador y dijo: -Eres una putita muy buena- después se lo metió entero en la boca y empezó a mover frenéticamente sus labios alrededor del juguete.

    Melisa veía fascinada como esa mujer chupaba tan rico el consolador.

    -No hay nada más rico que chupar una buena pija con eyaculación de una rica concha- comento la mujer cuando termino.

    Después Margarita se desnudó completamente dejando ver su cuerpo a Melisa, pues, era lo justo ya que la chica obedeció y le mostro el de ella.

    «Es una mujer madura pero aún está muy buena» pensó Melisa mientras observaba a Margarita.

    Margarita busco en el interior de su bolso y saco un arnés con una pija mucho más grande y gruesa que la anterior.

    Se la coloco en la cintura y se sentó arriba del escritorio.

    -Ven aquí, putita mía- la invito a la muy obediente Melisa que también se subió al escritorio y se sentó a horcajadas sobre Margarita clavándose la pija.

    Melisa empezó a dar saltos y a hacer deliciosos movimientos en la pija de su amada señora.

    Ambas se fundieron en placer, en deseo y en gemidos durante los buenos minutos que Melisa estaba arriba de Margarita.

    Después Melisa se puso en cuatro y Margarita con una mano agarro las tetas de la chica y con la otra le daba fuertes nalgadas mientras la penetraba con sus movimientos de pelvis.

    -Que rico culo que tiene mi puta- le decía Margarita mientras la penetraba más fuerte.

    Luego Melisa con una de sus manos se empezó a masturbar la vagina mientras sentía la pija de la otra mujer embistiendo su culo, esta acción de Margarita hizo que las embestidas de las señora se hicieran más violentas hasta que se cansó y la chica eyaculo por segunda vez.

    -Quiero más castigos como este- le dijo a su directora y la beso.

    Mi correo es: [email protected].

  • Sammy en el extranjero (3 y 4)

    Sammy en el extranjero (3 y 4)

    El sexo con Helmut se había vuelto una costumbre, después de nuestra primera vez todos los días me sometía a sus antojos por mi voluptuosa cola, incluso en medio de clases hacíamos una pequeña parada a los baños para llenarme la boca de su deliciosa verga y tragarme toda su leche.

    El único tiempo en que no estábamos juntos era en mi turno en la cafetería del campus, donde trabajaba lavando platos y de vez en cuando ayudaba con sopas o cremas.

    Debido a que Helmut mantenía pegado de mi pecho y mi cola había adquirido una forma aún más femenina, mi pecho creció unos centímetros adquiriendo una forma de pequeñas peras, y muchas de las personas con las que trabajaban me confundían muchas veces con una de las chicas, a decir verdad no había salido del closet por temor de que le contaran a mis padres o algo así, además de que me daba miedo lo que pensaran los que me becaron, así que les seguía insistiendo en que era un chico.

    Dentro de todos los que me confundían había un chico llamado Ronald, le decíamos Ron, alto, pelirrojo, aunque era delgado se veía bastante macizo, muchas veces lo pesque mirándome el trasero mientras se mordía los labios, esto antes de molestarme, me excitaba, el saber que otro chico me deseaba me hacía sentir más femenina, y cuando eso pasaba dejaba seco al pobre Helmut saltando en su maravillo pene.

    Un turno nos tocó quedarnos hasta tarde, la directora de la cafetería pidió voluntarios ya que quedaban muchas cosas sucias en la cocina después de un evento que se realizó, y como necesitaba un dinero extra para comprar un material de lectura que requería para las clases, me ofrecí de voluntario, nadie más lo hizo excepto Ron.

    Así que nos quedamos solos en la cocina de la cafetería, eran casi las 10 de la noche, llame a Helmut a decirle que llegaba un poco tarde.

    R: llamas a tu novia?

    Y:no, no, solo a mi compañero de habitación, para decirle que por favor no cierre con llave porque llegare tarde

    R: ah que bien, tú eres del hall C, cierto?

    Y: sí, soy del hall C

    R: me han dicho que ahí tienen su propio baño en la habitación, es eso cierto?

    Y: sí, es cierto, es lo mejor que podría pasar porque me da un poco de vergüenza bañarme delante de más gente

    R: pues no deberías sentir vergüenza, es más cualquiera que estuviese en esa ducha sería muy afortunado, como envidio al gorila albino que tienes por compañero

    Y: por qué dices eso?

    R: porque me imagino que él te ha visto muchas veces desnudo jejeje

    Y: Ronald que cosas dices, si los dos somos chicos, no hacemos nada raro

    R: pues sí, pero igual solo me imagino

    Y: yo mejor sigo con estos platos para que nos podamos ir rápido

    Seguí en el lavadero de platos mientras le daba la espalda, sentí que se paró detrás mío, puso sus manos sobre mis caderas y me restregó su enorme paquete en la cola.

    Y: que haces? – pero hice mi cuerpo hacia atrás, apretando su verga con mis nalgas

    R: me imagino tu cuerpo desnudo, tu enorme trasero y me pones así, siente como esta de duro por tu culpa

    Yo perdí mi cabeza, busque con mi mano su verga y la agarre por encima de su pantalón, luego me di la vuelta y me agache

    Y: así te pones por mí?

    Baje el cierre de su pantalón y saque su verga, me sentí afortunado, otra enorme verga solo para mí, le di unos besitos en la cabecita y luego me la engullí por completo, empecé a chupársela como una perra en celo, lo metía hasta el fondo hasta que sentía arcadas y volvía a sacarlo, ya estaba completamente duro y mojado, me levante, me di la vuelta y baje mis pantalones.

    Y: no es esto lo que quieres. – le dije abriéndole mis nalgas.

    El entendió lo que yo quería, apunto su enorme cabeza a mi hoyito y de una sola estocada me lo dejo ir todo hasta adentro sacándome un gemido de placer, sus movimientos eran brutales y rápido, lo metía y lo sacaba fuerte y rápido, mientras pellizcaba mis pezones y apretaba mis nalgas, sus embestidas cada vez más rápido hicieron que una abundante y tibia leche llenaran mis entrañas, se vacío toda su carga en mi culo, me dio un beso en el cuello y me dio las gracias, yo subí mis pantalones reteniendo su leche en mi culo.

    Y: oye, no tienes que decir eso, me haces sentir como una puta

    R: perdón, pero solo me sentí bien de poder estar contigo, no sabía que te gustaba

    Y: no me gusta, me encanta y más si son vergas como la tuya

    R: así que ya has estado con alguien más?

    Y: mejor terminemos para poder irnos

    Terminamos nuestro turno y salimos para nuestras habitaciones.

    R: oye, te puedo seguir buscando

    Y: no, no no, mejor yo te busco.

    Parte 4:

    Después de que llegue de mi turno extra en la cafetería con el culo lleno de leche de mi amigo Ron, vi que Helmut estaba dormido así que aproveche y entre al baño a limpiarme, luego regrese a la cama donde estaba él y su enorme polla en reposo, aunque me habían dado duro por mi colita, tener otra polla que sabía que era mía me lleno de deseo y empecé a besarla y a chuparla hasta que ambos despertaron.

    Y: perdón, no quería despertarte, solo a mi amiguito

    Helmut inmediatamente se levanta, me volteo sobre la cama poniéndome en cuatro y enterró su majestuosa polla que ya me penetraba fácilmente, llevándome al éxtasis en un segundo, hasta llenarme nuevamente el culo de leche.

    Mis días transcurrían así, en la mañana sexo con Helmut que me llenaba la cola de leche en la ducha, luego íbamos a clases con nuestras furtivas escapadas al baño a tragarme su polla, aunque cada vez eran más escasas por la cantidad de trabajos que nos dejaban, en la tarde noche durante mi turno en la cafetería, las mamadas a escondidas a Ron en la cocina o el baño y si había tiempo una buena cogida por el culo, y al llegar a mi habitación otra buena dosis de leche en mi colita por Helmut.

    Aprobamos el primer semestre sin problemas, conservando nuestras becas con todos los beneficios, para el segundo semestre matricule algunas materias diferentes a Helmut, una llamada historia negra de América que Helmut no quiso por nada del mundo acompañarme a esa.

    Esa asignatura la daba un hombre negro llamado Martin, alto, imponente, grueso sin llegar a ser gordo y con entradas en su cabeza llena de algodón porque ya era un señor mayor.

    Desde el momento que lo vi pude apreciarle un buen paquete, y en cada clase le ponía más énfasis a ese lugar.

    Después de algunas clases me ofrecí como tutor de su materia, para eso debía pasar algunas horas de los fines de semana con el fuera del campus, lo más usual era en su casa.

    Vivía en una zona cerca de la universidad, con su esposa y dos jóvenes hijos, gemelos de 15, varones casi tan altos como el e igual de acuerpados.

    En una de esas visitas, su esposa había salido junto a sus hijos a un torneo de futbol americano del cual los chicos eran practicantes semiprofesionales a tan corta edad, el no había podido llevarlos debido a nuestra agenda de trabajo.

    Empezamos a hablar y hablar de cosas de trabajo y tenerlo tan cerca y su aspecto tan varonil, sentir su tremendo paquete tan cerca mío empezó a darme muchas ganas, así que iba a hacer algún movimiento, no podía perder nada.

    Y: profe, tengo una pregunta, aunque no se si hacerla

    M: si es referente a la clase por supuesto que puedes hacerla

    Y: si, yo creo que tiene mucho que ver con la clase

    M: adelante entonces

    Y: es que siempre he querido saber si es verdad sobre lo que dicen de los hombres negros

    M: que quieres decir?

    Y: bueno Ud. me entiende, si es verdad aquello que dicen de sus…. cosas

    M: explícate un poco mejor, no creo saber de qué hablas

    Me acerque un poco más a él y puse mi mano en su rodilla, mientras iba subiendo lentamente.

    Y: me refiero a eso que dicen de que los hombres negros son bastante pollones

    El solo se rio y tomo mi mano

    M: creo que eso no tiene que ver con la clase

    Yo solo me asuste, hacia fallado mi táctica, mi cara se encendió en rojo, solo quería salir de ahí, pero el seguía con mi mano entre la suya.

    M: vas a necesitar un poco de practica y menos teoría

    Se levanto de su asiento, sobando mi mano en su enorme paquete, luego se bajó su pantalón dejando salir su inmensa serpiente negra, un poco más larga que la Helmut y Ron, pero si muchísimo más gruesa.

    M: esto confirma tu mito?

    Yo solo sonreí mientras me abalanzaba a esa tremenda polla a agarrarla con mi boca, era tan gruesa que fue difícil poder metérmela a la boca, seguí chupándosela, lamiéndosela, baje más sus pantalones para poder chupar también sus enormes bolas de chocolate, mientras con mis manos seguía masturbando su enorme falo, luego volví a la cabeza de su polla, lamiendo primero todo su palo, seguí chupando hasta conseguir mi recompensa, una abundante lluvia de semen que cayó sobre mi cara y mi boca, luego termine de succionar su miembro hasta sacarle la última gota.

    M: es suficiente respuesta para ti?

    Y: creo que aún falta un poco más de práctica, quizá con otro tipo de experimento

    Mientras dije esto, me levante de mi asiento y le di la espalda a mi profesor dejándole mi enorme cola a su disposición, me empecé a bajar mi pantalón, pero en ese momento sonó el timbre de la puerta.

    M: oh demonios!!!

    Yo abroche mi pantalón y me termine de limpiar la cara de los restos de semen que me había tirado Martin, mientras el guardaba su polla e iba a atender la puerta.

    Era su esposa e hijos que habían olvidado las llaves y volvían porque habían suspendido las prácticas de entrenamiento de sus hijos.

    Y: bueno profe, creo que me voy entonces, para que pueda disfrutar el día con sus hijos y no tanto trabajo, aunque esta fue una clase muy productiva

    M: ok, recuerda por favor que esta semana hay un parcial para que les avises a los chicos de la clase

    Y: ah y profe, me gustaría seguir con las clases prácticas de la mitología afroamericana, sobre todo la referente a las serpientes monstruosas y si pudiera cuadrar una cita para ensayo de la parte trasera de ese mito

    M: por supuesto, debe ser lo más pronto posible, yo te llamo para cuadrarlo de manera urgente

    Y: gracias profe, vera que no se va a arrepentir de enseñarme ese tipo de cosas

    Todo esto lo habíamos hablado delante de su esposa y sus hijos, ella nos miraba con cara de orgullo por tener a un esposo tan sabio, sus hijos me miraban con cara de saber más o menos de que hablábamos y veía un poco de morbosísimo en sus rostros al mirarme el trasero mientras me despedía.

    Continuará.

  • Carla: Con padre e hijo, revelación (2)

    Carla: Con padre e hijo, revelación (2)

    Aclaración: En el relato anterior comienza diciendo “0 % real”, debí escribir: “100 % real”. Disculpas.

    100 % real. El sábado, después de una de las mejores cogidas que hemos hecho, quizás la mejor y con mas consecuencias, nos despedimos con el abogado padre hasta el domingo, pues Ju el hijo tenía el día ocupado.

    Pasamos la noche juntos con Carla, besos y caricias abundantes; aprovechando el último fin de semana que yo tenía libre por el viaje de mi señora y amigas al Sur Argentino… ya volvió y dijo que le hablan maravillas del Norte… y yo la motivo que si, que vaya con sus amigas je je.

    Almorzamos muy liviano, Carla se hizo el tratamiento correspondiente segura de que habría anal, ducha y a las 14 y 30 ya teníamos mensaje de que en media hora llegaba Jo. Apareció tal como dicho, muy sport, bermudas y camisa, y muy distendido, el encuentro del sábado había sido excelente y estaba con ganas.

    Carla, duchada de un rato antes, y al no haber dudas de para que nos reuníamos, se había vestido como para que la deseara (más aún si era posible).

    Babydoll blanco, transparente, un poquito acampanado y terminado en puntilla con florcitas, “largo a medio culo”, para calentar. Debajo, para contrastar, un simple brassiere negro media copa, quizás, no le pregunté, XS en vez de S como usa siempre, con lo cual resaltaba sus hermosas tetas, de una de las medias copas, “como por descuido” se dejaba ver un pezón. En la concha, un precioso concherito negro con apliques de cristales que lo hacían muy llamativo. El tamaño del conchero dejaba, desde luego, a la vista, la hermosa tirita de pelos. En los pies, chinelas de acrílico con peluche y super taco, adecuadas al ambiente de dormitorio, digamos.

    Llegó Jo, saludos, beso en la boca de Carla y exclamación de él: –Y me esperas así?

    –Recién ,duchada fresquita, y con ganas, además ya sabemos a que venís verdad? Pero pasá, sentémonos a gusto… tomás algo?

    –Cierto, sabemos a que vine, no saben, parecía que nunca llegaba! Tremendo deseo, y te encuentro así! No, no tomo nada ahora, estoy bien, gracias.

    Casi que naturalmente nos fuimos los tres al sofá grande, cómodos, Carla al centro (ya lo imaginaban ja ja).

    Par de minutos de charla circunstancial mas que nada acerca de lo ocurrido el sábado con padre e hijo. Pero las miradas de Jo iban de punta a punta del cuerpo de Carla.

    Lentamente le fui acariciando un muslo, Jo se sumó a acariciar el otro. Lentamente subíamos, Jo fue metiendo la mano por debajo del babydoll. Acariciaba los pelitos, yo la besé con la lengua hasta la garganta, disculpen la hipérbole. Y un momento después ella giró la cara y se besó con él. Los dedos de él seguían en los pelitos, una vez a contrapelo y la siguiente los peinaba y mas y mas.

    Entre beso y beso Carla dijo: mmmm me están calentando… y ahí directamente mientras nos seguíamos besando alternadamente le saque el conchero y le di un dedo a que me lo lamiera. Así mojado el dedo con nuestra mezcla de salivas la comencé a masturbar, primero por fuera rozando los labios, luego metiendo el dedo sin necesidad de lubricarlo mas. En cierto momento, nos paramos y nos dedicamos a acariciar aquel cuerpo precioso, solamente cubierto por el babydoll y el corpiño, que no cubría casi nada nada ja ja, ya también se había destapado el segundo pezón.

    Pero lo mas hermoso era alternarnos a acariciar su culo, apenas cubierto por el babydoll, que metíamos y sacábamos de la raya al acariciarla.

    De pronto bajé los breteles del babydoll, cayó al piso, le saqué el corpiño y solamente quedaban las hermosas chinelas de acrílico y plush en sus pies.

    –Jo, viste que hermosos pies tiene Carla? Te gustaría verlos mejor? Desnudémonos!

    –Con todo gusto.

    Mientras nos desnudamos nosotros, Carla se quitó las chinelas y se sentó en el sofá, a lo largo, cabeza en uno de los posabrazos.

    Como movido por un resorte, Jo fue directamente a los pies, y comenzó a acariciarlos, mientras yo atendía a Carla con besos y caricias de tetas y en los pelitos de la concha.

    Pasaron segundos, y Jo estaba besando y lamiendo los pies de Carla, algo seguramente muy deseado o algo que deseaba probar y reprimía. Largo rato lamiéndola, que le encantó también a ella, y yo la besaba, le acariciaba las tetas y la masturbaba, con algunas excursiones hasta el ano.

    Luego, inevitable, Carla se incorporó y le dijo sentate frente a mi, estiró sus largas piernas, y con los pies rodeo la verga de Jo. Un rato de foot job que hizo dar vuelta los ojos de Jo.

    –Vamos la cama? Sugirió Carla. Y allá fuimos. –Quiero chupar esa cabezota! Fue lo siguiente que es oyó. Y se prendió a lamerla y chuparla junto con los huevos como tan bien sabe hacerlo, el ya conocido lengua y chupetazo a huevos, tronco y cabeza, tragándose luego toda la pija. De a poco fue bajando un poquito mas cada vez que iba a los huevos, hasta llegar a concentrarse en otra especialidad, el beso negro, que lisa y llanamente puso a quejarse y a hacer exclamaciones tipo Ah Ahhh a Jo.

    En todo ese tiempo, ella había estado con el culo levantado, lo que aproveché para primero lamérselo a gusto, junto a su hermosa concha, para empezar a meter un dedo cuando vi que Jo ya estaba muy muy caliente.

    Sabedor del gran tamaño de la cabeza de verga de Jo, decidí abrir camino, y sin avisarle apoyé la mía en el orificio sagrado de Carla y la metí toda, de una y a fondo.

    –Ayyy sííí gracias amor! Dijo ella.

    Unos cuantos bombazos se lo dilataron lo suficiente para que la experiencia con Jo no fuera ni difícil ni dolorosa.

    –Jo, querés hacerle la cola? Está prontita y dilatada le dije.

    –Síí, y de inmediato ella dejó de chuparle el culo y le ofreció el de ella. Al igual que el día anterior, fue espectacular, menos dificultoso, pero igual de inolvidable. Apoyó la punta del glande en el orificio, ya cerradito pero flojo. Comenzó a empujar despacio y Carla lo alentaba, –Sí, sí, sí…

    Y se fue de golpe hasta los huevos. Seguro no pasaba una hoja de papel entre ambos cuerpos. Entró en un vaivén de buen ritmo, y entre gemidos, Carla le dijo: Por favor hoy quiero sentirlo bien adentro! Acabame adentro!!!

    Fue oír eso y Jo se puso mas frenético, se la sacó y la clavó un par de veces, yo como podía le acariciaba las tetas y le besaba la nuca.

    Un Ahhh de Jo me hizo saber que estaba acabando… Carla solamente decía sí, sí!

    Al sacarla, aún salió la verga bien dura mientras Carla decía: que placer! Ojalá no se baje, dejame chuparla.

    –Bajarse? Con lo que te deseo?

    –En la concha por favor papi, en la concha! Dámela en cucharita.

    En un par de minutos estuvo duro de nuevo. Y verlos en cucharita era hermoso, además de que me permitía besarme con Carla, disfrutar sus senos y hasta acariciarle las gloriosas nalgas.

    La veía sonreír y hasta me hizo un guiño de complicidad.

    Me pasé a ver como le daba, hasta le acaricié los pelitos y el clítoris, y llegó el momento en que le acabó y quedó de costado, quieto, agotado.

    Fue el momento de Carla darse vuelta frente a él para que me viera a mi darle en cucharita, mientras ella lo acariciaba. Cuando acabé, quedamos los tres tirados, acariciando a Carla y Carla a nosotros.

    Recuperados, Carla insistió en ducharnos los tres juntos, jugando de nuevo, caricias, besos.

    Ya vestidos, charlita de despedida, y al despedirlo en la puerta, Carla le entregó a Jo un sobre cerrado.

    –No sé si volveremos a vernos, pero leelo antes de que mañana venga Ju.

    Gran beso de lengua y Jo se fue, ciertamente desconcertado pensando en el contenido del sobre.

    Lo vimos salir a la calle rumbo a su coche.

    En el sobre había una nota de Carla:

    “Jo: Sé que esta nota te va a extrañar y a llenar de sorpresa. Ante todo no te preocupes, nada malo resultará.

    Cuando fui al estudio a hacerte esas consultas, te relaté la verdad acerca del abandono de mi padre a mi madre embarazada y acerca de mi necesidad de conocerlo para cerrar esa parte de mi vida. Mi madre nunca me quiso decir nada, mis tíos tampoco.

    Hasta que, ablandado por nuestra relación actual, mi tío y un amigo accedieron a tratar de conseguirme datos en el pueblo. La historia tan vieja como mi edad aún es recordada por muchos y solamente mis tíos la ignoraban pues al ser familia nadie les hablaba de eso.

    Con los datos que me trajeron y la ayuda de un investigador, enseguida supe todo, y fui a hacerte esas dos consultas, cuya respuesta en realidad ya sabía.

    Pero me presenté con apellido cambiado y hablándote de otro pueblo.

    En realidad mi apellido, el de mi madre, que por nada cambiaré, no es el X que te dije, sino Y. Y el pueblo no es QQ sino RR.

    Saca las cuentas con mi edad y verás todo clarísimo!!!

    Por qué hice rstos días de sexo? Porque quería sentir si realmente te sentía como mío, y resulta que apareció mi (ahora puedo decirlo) medio hermano Ju.

    A ambos los sentí míos, tenerlos adentro es algo tremendo, y quiero repetir y repetir.

    Reitero lo ya varias veces dicho, no quiero juicio de paternidad ni filiación reconocida.

    No quiero dinero al que ya ni tengo derecho ni ningún otro.

    No hay rencor, solamente la alegría de que he terminado de saber quien soy. Nada temas, nadie lo sabrá salvo Sergio. Nada tengo que pedir. Me alcanza con amar a mi madre y con pensar que, ojalá, la dejaste por miedo de juventud o presión de tus padres.

    Respecto a Ju, si por mi fuera lo espero mañana. No sé si le contarás o no, y si le cuentas no se si vendrá o no. Disfrutaremos si viene, y si alguien saca a relucir el tema será él y no yo.

    Al fin y al cabo tu actual familia, él y tu señora, no existían para ti cuando aquello sucedió.

    No diré que seas, al menos todavía, un padre querido, pero eres mi padre, lo acepto y me encanta sentirte adentro como te he sentido. El tiempo irá sanando cada vez mas una herida que yo he decidido cerrar.

    Ojalá vuelva a saber de ti (o de ustedes).

    Sin rencor ninguno, con mucho deseo.

    Carla y que siempre seguirá siendo Carla.

    Como se imaginan el impacto fue enorme. En la parte 3, la reacción.

  • Una escapada con mi hermana

    Una escapada con mi hermana

    La tengo a cuatro patas, la vista que tengo de ese culo perfecto es sin lugar a dudas algo de otro mundo, llevamos ya un buen rato follando en todas nuestras posiciones favoritas y de perrito es como siempre termino, adoro correrme dentro de ella (no tengo la preocupación de embarazarla pues lleva tomando anticonceptivos desde hace meses que empezamos nuestra relación de incesto) pero me agrada también terminar en su espalda y ver toda mi leche en ella, ella gime.

    -Mi amooor… ah ahhh, asii, dale a esta putita verga, me encantaaas… mas masss… ah

    -Te gusta mi verga ¿no? Te gusta esto zorrita… como te coge tu hermano

    Ella con una tanga morada nada mas, de esas con encaje que me encanta que use y siempre hace que me ponga a full, no necesita mas para que yo ande caliente mas que mandarme fotos a mi celular con ella en poses provocativas en lencería con sus clásicos mensajes de “¿hoy me vas a dar verga?” O basta con que se escabulla por las noches a mi cuarto sin nada mas que una delgada bata y ella en sus típicas tangas o cacheteros para que quiera tomarla y follarla.

    Seguimos follando, la estoy tomando del pelo con una mano y con la otra le agarro una nalga y doy nalgadas de vez en cuando, hasta que por fin acabo en la espalda, unos cuantos chorros que llegan hasta su nuca, la ayudo a limpiarse y concluyo con un poco de sexo oral para darle el orgasmo final, juego con sus labios y mi lengua, la introduzco y pruebo la vagina que tanto amo, que me encanta probar, siempre depilada siempre limpia, me ayudo de mi pulgar para masajear su clítoris mientras ella me empuja la cabeza mas hacia su concha, gemidos y gemidos hasta que me llena la boca con su delicioso néctar, lo trago y termino tirado a lado de ella para descansar.

    Durante esos meses he meditado mas detenidamente acerca de la relación de incesto y amor que llevo con ella, nuestro amor siempre va a ser prohibido a ojos de todos, aunque ambos consintamos y estemos felices con ello, obviamente nuestra familia ni de lejos lo entendería, seríamos unos enfermos y locos de lo peor si se enteraran de todo, por ello hemos mantenido el secreto y el que nuestros padres estén casi siempre fuera ayuda a que nos demos los revolcones que queramos dentro de nuestra casa, sumado al hecho de que su hija (mi sobrina) aun es muy chica y duerma con sueño pesado, pues hace de nuestras noches algo que siempre disfrutemos sin ningún problema en realidad.

    Pero dentro de todo lo bueno que puede haber en todo eso, me quedan las ganas, tanto como a ella, de sentir que podemos ser mas libres y hacer mas cosas fuera de mi cuarto, de vez en cuando vamos a comer, pero siempre con cierta distancia y con ningún gesto de una pareja, nada de besos o tomarla de la mano, sólo es cuando vamos al cine que puedo besarla sin un temor real, en la escuela hablaba de vez en cuando sobre que llevaba una relación con una mujer mayor (8 años) y sólo a mis amigos mas cercanos, pero siempre omitiendo el detalle mas importante que es que ella es mi hermana, una que otra vez me siento con ganas de presumir las fotos en tanga que me manda con ellos, pero por miedo a ser descubierto prefiero sólo enseñar las que no muestran su cara, sólo el culo y ellos alabándome por el pedazo de mujer que tengo. En fin que no terminamos de sentirnos del todo bien por no poder llevar mas allá nuestro amor.

    Esa noche luego de coger, tuvimos aquella plática.

    -Quiero ir a un lugar contigo dónde no nos conozcan y podamos pasearnos y demás, que tengamos mas libertad- Me dijo ella.

    -¿Si? ¿Y dónde sería eso?- Pregunté.

    -Vi por Instagram un pueblo no tan lejos dónde podemos rentar una pequeña cabaña, hay unos restaurantes y actividades diferentes.

    -¿Te parece la mejor idea?

    -Claro, está lo suficientemente lejos para que no haya nadie que nos conozca.- Me dijo ella con cierta emoción en su expresión. -Seguro que puede ser un fin de semana muy bello.

    -Entonces podemos checar los detalles para hacerlo, sólo quedaría buscar una excusa donde ambos nos ausentemos ¿no crees?

    Me besó apasionadamente, sin duda porqué estaba emocionada de por fin tener un par de días para sólo nosotros. Yo me sentía un poco inquieto, pues no quería ser juzgado como aquel que se coge a su propia hermana, por mas buena que ésta esté, pero había en mi emoción de igual manera de sentir que llevaba a quien consideraba de una forma inusual como mi novia y pareja, pues aunque el sexo era fascinante, también la amaba y la veía como la mujer que quería para compartir mi vida, probablemente por mi edad joven dónde es mas fácil ilusionarme.

    El punto es que estuvimos de acuerdo para tener nuestro pequeño viaje, en lo económico ella se encargaría de la mayor parte, pusimos la excusa con nuestros padres de que iríamos a un festival de dos días (que en realidad si se haría en un lugar cercano de donde iríamos nosotros) diciendo que compramos boletos a un buen precio y que era algo que nos haría mucha ilusión, accedieron pues para ellos el que mi hermana fuera sería un algo positivo, pues así podría cuidarme de no consumir nada raro ni descontrolarme, de hacer de tutora vaya, ya que siempre fue una persona muy responsable en casa y hacía todo para poner en orden las cosas cuando ellos no estaban, y consiguió que una prima que a veces hacía de niñera, cuidara a su hija ese fin de semana.

    Nuestro pequeño viaje empezó un viernes, salí de la escuela con mucha prisa, pues queríamos tomar el autobús lo más temprano que pudiéramos y así aprovechar mas el tiempo juntos, llegué a casa y tomé la mochila que había preparado un día antes con lo que necesitaría, mas que nada ropa, un libro, cargador, etc. todo lo que ocuparías para un viaje de dos días. Ella ya me esperaba y salimos de casa, llegamos a la terminal donde tomaríamos el bus, eran apenas las 3:30 de la tarde y el recorrido serían aproximadamente tres horas, por lo que llegaríamos casi anocheciendo, cuando nos percatamos que no había nadie en nuestro trasporte que nos conociera, comenzamos a besarnos apasionadamente ahí mismo, duró un rato bastante largo aquello, ambos estábamos emocionados y claro que excitados de aquello, por fin un momento dónde expresemos al mundo que nos amamos, por fin llevar a aquella mujer tan sensual de la mano por la calle para que la gente sepa que es mi pareja, poco nos faltó para que follaramos ahí mismo, pues tampoco es que hubiera muchos pasajeros en el autobús, pero para evitar cualquier problema decidimos no hacer. Lo que si ocurrió es que comencé a besarla en el cuello y susurrarle al oído.

    -Ya quiero llegar al cuarto para abrirte estas piernas- ponía mi mano en sus muslos y lentamente subía hasta llegar a su coño, por encima del short que ella llevaba en ese momento- Quiero probar tu coño, mi amor.

    -¿Si? Quiero que me folles y no me saques la verga hasta que me canse.

    Comencé a frotar donde está su clítoris, por encima de su ropa, claro, de vez en cuando soltaba un pequeño gemido, producto de la excitación que le provocaba, estuvimos un largo rato en eso, al final paramos y concordamos en que al llegar al lugar terminaríamos lo que empezó en el bus. El viaje duró mas de lo que esperamos por el tráfico, mientras ella dormía un poco yo sólo leía el libro que llevé para el viaje, la veía de vez en cuando, con su respiración calmada, su cara tan preciosa y mi emoción de saber que podíamos tener nuestro momento.

    Llegamos y tomamos un taxi hacia el lugar donde dormiríamos, era una especie de hotel con distintas cabañas separabas unas de otras, con cierta privacidad, no muy grande, pero acogedora y con una gran vista hacia el pueblo, que de noche hacía que la atmósfera cálida de la cabaña pareciera aún mas romántica. Apenas entrar y acomodar las cosas me di un baño, mientras lo hacía ella entro al baño igual la vi a través del cristal que había en la regadera, sin nada simplemente desnuda, supuse su intención era bañarse igual, pero primero decidió que quería comer un poco. Tomó mi verga que en ese momento ya estaba dura de tan sólo verla y empezó a jugar con ella, a frotarla y luego agachándose a chuparla, primero con su lengua de fuera la lamía cual si fuera una paleta para luego metérsela completamente y succionar de forma frenética, quería leche y yo lo estaba disfrutando mucho. Pasaron algunos minutos hasta que por fin terminé, ella con la respiración alterada producto de la gran mamada que me había dado, pero contenta, se le salía un poco de mi semen por la comisura de sus labios, pero el resto lo tragó sin ningún problema, al final terminamos el baño y nos dispusimos a salir a un lugar para beber algo y bailar un poco.

    No soy el mejor bailador en realidad, diría que me mantengo en el lugar de malo, pero por ella no importaba si quería ir yo la seguiría, llegamos a esta clase de lugar de bar donde tenía una especie de plataforma en el centro donde las personas pueden bailar, al llegar notaba como varios hombres volteaban al ver a mi hermana pasar, y no los culpé, ella llevaba uno de esos vestidos cortos muy entallados y que hacía que se le transparentara la tanga que usó para aquel día, no me molestaba realmente, pues sabía el efecto que mi hermana tenía en los hombres, por el contrario me sentía afortunado llevar a aquella mujer conmigo, nos sentamos un rato y empezamos a beber un poco, luego de un par de tragos el alcohol hizo ese efecto de estar cachondos y mi hermana estaba sentada sobre mis piernas besándome apasionadamente, yo estaba en serio con ganas de follarla ahí mismo, pero aguanté un poco los instintos, quiso bailar y eso hicimos, la lleve a la pista y la música sonando a tope, ella cada vez mas pegada a mi y yo sólo tratando de llevarle el ritmo pasamos horas en ese vaivén de besos, baile apasionado y alcohol, a eso de las 2 de la mañana pedimos un taxi que nos llevó hasta la cabaña, mientras íbamos en el asiento trasero ella me tomaba de la mano y me platicaba, con cierto acento de ebria lo feliz que estaba por todo y por salir por fin conmigo, me besaba, primero de forma tierna luego de forma apasionada, menos mal no estaba lejos la cabaña o el taxista nos habría visto follar (jaja), apenas entrar la tomé por la cintura y la besaba por el cuello hasta bajar a sus tetas, mientras la masajeaba por encima de su tanga para lubricarla antes de meter mi verga, la empujé a la cama y la abrí de piernas, quitándole su tanga comencé a comerle la vagina, ella gimiendo a mas no poder, era notorio que ahora que no había alguien que nos pudiera escuchar ella se dejaba llevar.

    -Mi amooor… así! Ay asiii, amor ah ahhh, me vengo amor, asi cómeme el coño así hermanito.

    Un flujo de sus líquidos me llenó la boca y me empapó la cara, que delicia probarla, la llevé hacía el sillón en la habitación, aún con su vestido, se montó sobre mí, me quitó la camisa y bajó el pantalón, empezó es increíble sube y baja, me montaba como poseída, sus gemidos en mi oreja y con las manos me rasguñaba la espalda.

    -¿Te gusta como… te… ahh… como te monta tu puta?

    -Así hermanita… eres mi puta… sigue moviéndome ese culo.

    -Aquí te voy… ah ahhh a dejar seco.

    Me calentaba tanto sentirla así de mojada, sentir el rebotar de esas nalgas en mis piernas, no pasó mucho hasta sentir un segundo orgasmo de su parte, le quité el vestido al fin y procedí a hacer lo propio con el resto de mi ropa, ambos desnudos me tiré sobre la cama y ella a cabalgar de nuevo, esas tetas subiendo y bajando, con la luz cálida y las sobras que había en la habitación hacía que todo se diera para tener un ambiente meramente sensual.

    -¿Vas ah a terminar chiquito? ¿Vas a ahhh terminar para tu putita hermana? Quiero lechitaaa ahhh

    -Si la quieres putita… aquí tienes leche.

    La llené, pero ella siguió con el movimiento un poco mas, quería estar segura que saqué todo. Así nos quedamos un rato largo, con mi verga dentro de ella tanto cuanto quiso, sin duda nuestra primera noche fue un éxito.

    -En serio te amo, hermosa.

    -No sabes cuanto quiero estar así, eres lo mejor hermanito, te amo te amo!

    -Me traes loco, éste culo- le dije mientras le daba una nalgada.- Es mío, eres mi puta y mi amor.

    -Dame tanta verga como quiero, y yo me voy a quedar contigo.

    Nos besamos una vez mas, pronto nos calentamos nuevamente, su lengua y la mía empezaron a juguetear y no hice mas que ponerla en 4, ahora frente al espejo a lado de la cama, así no sólo podía tener una vista a ese culazo de infarto, también veía su cara, esos gestos de placer, esos gemidos, toda ella, esas nalgas tambaleándose con cada embestida, una nalgada, luego otra, se notaban ya rojas por las que le di, usaba mi pulgar para estimular el ano de mi preciada hermana mayor, ese día se lo rompería, primero un dedo, para ir de poco a poco, ella gemía de placer, notaba como apretaba con sus manos el colchón y las sábanas, luego dos dedos, seguí estimulando tanto cuanto pude y cuando sentí que estaba lista, introduje mi verga, era apretado, cálido y todo súper excitante, ella gritó, un poco de placer y dolor a la vez.

    -Con cuidado… ay amor… -empecé a meter y sacar.- amooor dame así… ah… ahhh.

    -Te voy a romper… este culo…-Otra nalgada.- Te lo voy a dejar lleno.

    Era asombrosa la sensación, que rico ano tenía mi hermana. Apretado y no pasó tanto para terminar dentro. Ella con un gemido largo me hizo sentir que terminó igual, pude verla ahí a cuatro patas aún y con mi pene afuera como escurría todo mi semen por el ano, con una mano tomó un poco de lo que salía y lo llevó a su boca.

    -Ricooo, me gusta esta lechita… definitivamente me rompiste el culo.

    -Eso estuvo en otro nivel, la mejor idea del mundo escaparme contigo.

    Nos tiramos en la cama para dormir. Un beso de buenas noches y aquella primera velada, había finalizado. Aun teníamos dos días por delante.

    Después de bastante tiempo he decidido retomar los relatos con mi hermana, en mi perfil pueden encontrar los primeros que publiqué para entrar en cierto contexto. Sería de gran ayuda que pudieran dejar comentarios con sus opiniones y valorarlo, para saber si quieren que cuente cómo continuó el viaje y el resto de la relación incestuosa que llevo con ella. Muchas gracias.

  • Primera vez como travesti

    Primera vez como travesti

    Les voy a contar mis inicios en el mundo travesti y una fantasía que cada que la pienso me estremece y excita mucho.

    Todo comenzó a la edad de 12 años, veía la ropa femenina y se me hacía bonita, atractiva y como en mi casa la única mujer es mi mamá, me atreví a experimentar y un día que no hubo nadie en casa decidí ponérmela, cuando termine de ponérmela me sentía atractiva, bonita como toda una niña y así empezó mi secreto.

    La historia continua conmigo de 22 años la edad que tengo actualmente, soy un chico de 1.73 m de alto, pesando 78 kilos, tez morena, labios carnosos y no sé qué más describir, les dejaré mi Twitter abajo para no solo me imaginen.

    Decidí quitarme el miedo y a través de grupos de Telegram de esos que buscan sex, busque alguien con quién vestirme y me hiciera sentir mujer por primera vez. Poco tiempo paso para que alguien me escribiera y acordáramos.

    Nos quedamos de ver, yo vestido de chico para prepararme en el hotel, ya iba depilado de mía piernas, y culito, entre al baño y me puse una tanga rojita, medias de red, un liguero y me estremecía la idea de que me estaba vistiendo para un hombre que me haría suya, continúe con un brasier rosita y un vestido ajustado color negro (no combina pero es lo que había) por último me puse una peluca color negro.

    Salí a la habitación y este chico ya estaba desnudo, me excitó la idea de verlo así, pero yo esperaba más jugueteo, besos, faje sobre la ropa, caricias, antes de comenzar pero decidí seguir ya estaba ahí, a gatas subí a la cama y comenzamos a besarnos mientras con mis manos acariciaba su miembro que se ponía más y más duro.

    Me dijo que me pusiera en cuatro y así solita sin saliva, aviso o lubricante me la metió, yo tuve una sensación de ardor, dolor y ganas de hacer del baño, algo que no pasaba cuando me metía cositas yo, me empezó a coger duro y rápido y media que gimiera como una niña. Al final no lo disfruté del todo.

    Aquí es donde viene mi fantasía.

    Me gustaría salir con alguien que me trate con delicadeza, que le guste el jugueteo previo y sea discreto, pero después de iniciar despacio ir más duro y que me coja y haga suya en la cama.

    Mi fantasía es ser la mujer de un macho que me vista y me vuelva suya.

    Soy del área de Teoloyucan Estado de México si quieren más información pueden mandarme correo a [email protected] o a mi Twitter @Vanessa38971511.