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  • Mi primera vez con una mujer madura

    Mi primera vez con una mujer madura

    Esta historia comienza hace más de 20 años atrás cuando tenía 28 años más o menos. En esos pasajes de mi vida venia saliendo de una relación de dos años y medio. Después de pasar varias semanas de angustias y penas decidí dar vuelta la página y continuar mi vida.

    Para comenzar este relato de vida, tengo que decir que ella es mayor varios años más que los míos. La conocí hace muchos años atrás porque es tía de un amigo de la infancia. Tengo que confesar que siempre me llamaron la atención las mujeres mayores. En ese entonces ella ya estaba separada de su marido y vivía en la casa con sus hermanas en donde también vivía mi amigo. Después pasaron los años y me situó en el inicio de esta historia real.

    Esto partió después de muchas encuentros de amigos que nos conocíamos desde la infancia donde también participaba ella, entre ellos su hija y su pololo que a esa altura era amigo de todos. Bueno, así en estas juntas comenzaron las miradas y coqueteos. Primero fueron los roces de piernas, siguieron las manos acariciándonos las piernas sobre la ropa entre uno y otro. Todo esto sin que su hija se diera cuenta.

    Así pasaron por lo menos unas tres semanas donde eran todos los fin de semanas completos en el mismo juego. Hubo días en que fue más intenso, nos acariciábamos bajo la ropa y nuestra excitación eran parte de un deseo cada vez más intenso. Todo esto bajo la mesa o en momentos que nadie estaba pendiente de nosotros. Finalmente un día sábado ya bien avanzada la hora, los invitados comenzaron a retirarse cada uno a sus casas. Yo decidí quedarme hasta final y ver qué podía suceder.

    Ya solos, la tome de la cintura y la acerque hacia mí, el deseo y la líbido ya rodeaba el aire de la sala. Le di un beso de esos que las lenguas se hacen una sola. Mis manos comenzaron a explorar cada centímetro de su cuerpo menudo, primero sus senos que eran del tamaño proporcional a su cuerpo, fui bajando mis manos poco a poco hasta su trasero que sin mediar un segundo lo arrime hacia mi cuerpo para que sintiera mi excitado miembro que casi explotaba del pantalón.

    La besaba con lujuria su boca, su cuello y quería ir bajando hacia sus senos pero no me dejo. Yo ya le había metido una de mis manos en su pantalón sintiendo la humedad de su sexo, quería llegar a jugar con los dedos para excitarla más de lo que estaba. Sus gemidos a esa altura eran tremendos y excitantes a cada momento. Ella mientras me besaba el cuello sentía sus jadeantes gemidos en mis oídos. Estaba al tope. Yo solo quería llevarla al sillón y hacerle un rico sexo oral, pero me detuvo. Ahí me confeso que hacía más de siete años que no tenía sexo ni relación con nadie y además le preocupaba que llegara su hija. Yo por otro lado estaba a tope y solo quería acción. Finalmente tuvimos que parar y decidí irme.

    Pasaron unos días y me conseguí el auto con mi viejo, luego la llame y le dije que la pasaría a buscar para que fuéramos a un lugar donde pudiéramos estar tranquilos. Ella entendió a la perfección.

    Llego la hora acordada y la pase a buscar a una cuadra de su casa para que nadie supiera que salía conmigo. Nos fuimos directo a un motel lo más cerca posible. Llegamos, pague por el mínimo de cuatro horas y entramos en la habitación. Comenzamos a comernos a besos de inmediato. Le comencé a besar su cuello y fui bajando lentamente a sus senos, le fui abriendo su blusa poco a poco para apreciar en todo su esplendor sus lindos senos con sus pezones duros de tanta excitación. Para su edad estaba bastante bien mantenida. Seguí bajando y mientras besaba su ombligo, iba metiendo mi mano bajo el pantalón sintiendo su humedad entre mis dedos.

    Ella gemía y jadeaba al máximo, llegue a su mojada vagina y comencé a frotarle su clítoris con dos dedos, ya ella se había bajado los pantalones y sus calzones. La tome de la cintura y la lleve a la cama y comencé a hacerle un rico sexo oral que por lo demás me encanta hacerlo, frotaba mi lengua primero sobre su clítoris en círculo e introducía lo que más podía mi lengua en su vagina, que cada vez más jugos brotaban. Ella gemía como loca y me decía que nunca le habían hecho sexo oral, al escuchar eso, me puso a mil.

    Yo ya estaba con mi pene que casi explotaba, mientras ella comenzó a tirar mi cabeza que sostenía hacia arriba y me rogaba que se lo metiera, que quería sentirme dentro de ella. Fui subiendo poco a poco y comencé a rozarle sus labios con mi glande en círculos y mientras ella jadeaba y me rogaba que lo metiera de una vez, finalmente la penetre de un solo empujón, que produjo que de ella saliera un fuerte grito, seguido de un… que rico, sigue así, hace tanto tiempo que no tenía una verga dentro mío, me decía entre jadeos. Yo mientras más a fondo la penetraba, más me sentía en las nubes estando con una madura a full.

    Seguimos dándole, cambiamos de posición y le pedí que se arrodillara en la cama en cuatro para apreciar su culo mientras la penetraba. Ella gemía y respiraba de una forma que más me excitaba. Seguí un rato penetrándola así hasta que me dijo que me quería montar un rato antes de acabar, yo accedí de inmediato pues también es una de mis poses que más me gusta hacer. Me coloque de espalda en la cama y ella se subió y se puso ella misma mi verga en su sexo, comenzó un vaivén exquisito, mientras yo le tomaba de las cadera y me cabalgaba mientras la dirigía de arriba a abajo. Estaba disfrutando de un sexo exquisito.

    Seguimos así un buen rato, hasta que me dijo a iba a acabar pero que le gustaba acabar en otras pose. Ella abajo y yo sobre ella, pero ella con las piernas cerradas. Comencé a penetrarla de menos a más y ella gemía con locura. Ella me decía que solo quería que la hiciera acabar, yo mientras le susurraba al oído si quería que le acabara dentro o afuera, ella por su lado estaba al filo y excitada a full, solo me susurró que le llenara su vagina a tope de mi rico líquido candente. Después de eso soltó un tremendo grito, se contrajo y me apretó de una forma impresionante mi verga con sus piernas cerradas. Yo sentí una sensación tremenda que me hizo chorrear toda mi leche dentro de ella.

    Después de eso hubo un silencio absoluto por unos segundos y quedamos copulados por un buen rato, besándonos tiernamente.

    Para mi hasta ese momento había sido la mejor cogida de mi vida. Esto fue el primer round.

  • Fantasía en tres actos (2)

    Fantasía en tres actos (2)

    Aunque en la oficina todos teníamos nuestro escritorio con computadora y había una sala para reuniones, cuando trabajábamos dos o tres simultáneamente en una tarea común, preferíamos utilizar alguna de las mesas de trabajo, y, como es frecuente entre Mario y yo trabajar en conjunto sobre algunos documentos, preferimos el uso de la mesa, relativamente alejada, aunque no separada de la zona de los escritorios. Allí, Mario se daba gusto acercándose para ver lo que yo tenía escrito, aunque lo que buscaba era ver mi escote, y a mí ponerme de pie y agacharme, supuestamente para señalarle algo, pero en realidad era para mostrarle más de lo que él admiraba. Varias veces me franeleó las tetas en las escaleras, o me besaba en el estacionamiento y me pedía que pasáramos a la segunda prueba.

    En otra ocasión, yo estaba ante su escritorio y, agachada frente a él le mostraba algunas notas; claro, mi escote lo invitaba a ver lo que a él le gusta de mí. Noté que su mano derecha estaba oculta bajo la cubierta, pero tuvo que sacarla para tomar la pluma y firmar una autorización que le pedí. Percibí en la mano el olor de su presemen, el cual me prendió y no pude reprimir una pregunta.

    –¿Qué estabas haciendo con la mano abajo? Tiene un olor característico de los hombres –precisé.

    –¿Qué te imaginas que hacía al ver el movimiento de tus tetas y una pisca de la areola? se me paró y me puse a jugar con el pene, el cual me saqué del pantalón–contestó sin inmutarse; firmó y bajó otra vez la mano pero ahora hizo movimientos ostentosos de estarse masturbando.

    –¡Mario, se van a dar cuenta los demás! –le dije en voz baja.

    –Pocas veces tengo la oportunidad de verte así y acariciarme lo que provocas –dijo volviendo a sacar la mano, mojada por el presemen y la pasó sobre la mía.

    Yo me llevé la mano a la nariz y luego me lamí la zona mojada, mirándolo toda arrecha y lamiéndome imaginando que se trataba de su glande.

    –Creo que ya debemos pasar a la segunda prueba. ¿Hoy nos vamos temprano? –le urgí.

    –De acuerdo, pero tú también traes auto –me hizo ver que lo podrían reconocer al entrar al motel.

    –Vamos a los hoteles que están a la salida de la ciudad, yo dejo el auto en la plaza comercial Perisur y de allí partimos en el tuyo –le dije de inmediato, pues ya lo había pensado antes varias veces para cuando se diera el momento.

    Así lo hicimos. Desde que me subí a su auto en el centro comercial, no pude resistir la tentación de acariciarle el pene, antes de que saliéramos del estacionamiento.

    –A ver, sácalo como le hiciste en la oficina. Quiero conocerlo –le solicité y me sorprendí de mi petición y el, con muchos esfuerzos se sacó la verga pues ante mi petición ya le había crecido bastante–. Ahora jálatela, como le hiciste allá –le pedí y Mario, volviéndome a sonar irreconocible ante mí misma, y se puso a chaqueteársela.

    Yo me lancé con la boca directo a probar el presemen que le goteaba. Mario se recargó en el respaldo y me dejó hacer los mimos que antes hacía su mano. En ese momento se estacionó un auto junto al de él y tuvimos que separarnos. Echó el auto hacia atrás para salir y nos perdimos de las posibles vistas indiscretas.

    Nos metimos por la carretera libre a Cuernavaca, yo seguía acariciándole el falo. Tomó la lateral y entramos a un motel llamado Hol-ha. En la caseta Mario pidió una habitación sencilla, la más económica, pues las más caras, con alberca grande, costaban seis veces más.

    –Al fin que sólo estaremos un par de horas, pero sí nadaré en tu cuerpo, a ver si no me ahogo en esas tetazas que tienes –me dijo divertido.

    Nos señalaron el trayecto y entramos en una de las villas. La puerta se cerró y bajamos del auto. Subimos las escaleras y, al instante de entrar nos besamos con mucho deseo. Nos fuimos quitando la ropa el uno al otro besando y lamiendo cada centímetro de piel que quedaba libre. El sofá quedó cubierto con nuestra ropa alternando las prendas de uno sobre la otra. Lo último fueron mis pantaletas que quedaron sobre su trusa. ¡Al fin probaría un hombre distinto al de todos los días! Aún no sabía lo que me esperaba, pero yo me lo quería tirar para vencer todos mis traumas y prejuicios de un solo golpe. Encuerada me acostó en la cama y subiéndose en mí me besó en la boca y puso una mano en cada masa coronada por un pezón hecho piedra. Instintivamente, abrí las piernas y sus huevos resbalaron en mis muslos. Tomé su pene y lo dirigí a mi raja que estaba hecha agua. Mario me penetró de golpe pues el falo resbaló en la hendidura sumamente lubricada y se puso a mamar mientras se movía en el mete y saca.

    –¡Así, papacito, ya me estoy viniendo, no pares! –grité y seguramente me escucharon en las villas contiguas.

    Mario se movió más rápido y yo sentí muchos orgasmos seguidos, ¡Nunca me había ocurrido! seguí gritando, le dije “¡Mario puto, cógete mucho a esta puta chichona!”, yo estaba al punto del desmayo y no se detuvo hasta que sentí su fuego dentro de mí. Mario gimió y me apretó el pecho con mucha fuerza para lanzar el último chorro de la eyaculación. Sólo escuchábamos retumbar el corazón en nuestros pechos y los ruidos de las bocanadas de aire que tomábamos, así como los resoplidos al expelerlo.

    La vista se me nubló por la hiperventilación y me incliné para que su cuerpo cayera a la cama y pudiera yo respirar libremente. Sentí algo de frío cuando se evaporó el sudor que me cubría desde el pecho hasta las piernas. Volteé a ver a Mario para decirle “Gracias, lástima que ya no puedas preñarme porque sería una excelente culminación” y lo vi cubierto de sudor que le escurría en la cara, el pecho y el abdomen, estaba con sus ojos cerrados y seguía respirando sonoramente, pero agarrado de una de mis chiches.

    Sentí escurrir desde mi panocha hasta mis nalgas el semen de Mario. Con una mano tomé lo más que pude y me lo metí a la boca. Me supo más rico que el de mi marido, quizá porque ya estaba revuelto con mis jugos.

    –¿Cómo te sientes, garañón? –le pregunté a Mario, quien sólo sonrió.

    –¿Por qué garañón”? – me preguntó segundos después, sin abrir los ojos y decidí explicárselo con una acción.

    –Por todo esto que me diste –le contesté poniéndome con las rodillas a los lados de su cara, dejando que le escurriera en la boca su propia lefa.

    Mario se desconcertó al principio, pero cuando abrió bien los ojos y sintió mis bellos en su rostro, acicateado por el olor a sexo consumado se puso a abrevar lo que me escurría y luego me chupó con fruición exagerada, sorbiendo mis labios interiores y el clítoris. No aguanté más y lancé un grito muy agudo al tener sorpresivamente un orgasmo extra.

    –¡Puto, me vas a matar de placer! –grité más fuerte al sentir los paseos de su lengua y el vacío que su boca hacía con los pliegues de mi sexo, mientras sus manos me sujetaban de las nalgas para que no me separara. No resistí más placer y me dejé caer de espaldas.

    Estuvimos más de quince minutos descansando con los cuerpos encontrados, solamente acariciándonos y dándonos jalones de vellos. Bueno, yo también recibí besos y chupadas en los pies.

    Mario sacó del frigobar un par de botellas de Caribe Cooler de durazno, me pasó una y nos sentamos en el sofá, sobre la ropa.

    –Por lo visto te gusta hacer el sexo oral, te sale delicioso –le comenté.

    –También me gusta recibirlo… –retobó, y caí en cuenta que yo no se lo había hecho–. ¿Se lo haces a tu esposo?

    –Sí, y él también a mí, pero tú lo haces mejor. Nunca me había venido tan rápido. ¿A tu esposa le gusta hacerlo?

    –No, sólo cuando está muy caliente ella me chupa, pero sí le gusta que yo se lo haga. Te voy a confesar algo: nunca me he venido en la boca de alguien –dijo y sonreí porque lo entendí como una petición– y tu hermosa boca me gusta para eso… –dijo y me dio un pequeño beso en los labios.

    –A ver si lo logramos al rato que vuelvas a cargar baterías y combustible, porque me dejaste la vagina inundada –le contesté regresándole el beso y acaricié sus huevos–. No sé cómo sea el caso de tu matrimonio, pero según lo que me han platicado algunas amigas, a ellas no les gusta mamar verga pues sienten arcadas, y, aunque a veces lo hacen, lo que no soportan es que la pareja se venga en su boca y escupen el semen de inmediato. Por otra parte, algunas me dicen que sus parejas (así, en plural) a veces se tardan más de media hora en venirse así.

    –Aunque sea así, me gustaría que lo intentáramos, y en un 69 para que tú también te mantengas en el deseo –expresó.

    Platicamos más sobre nuestros cónyuges y las fantasías de ellos. Su esposa Lina me pareció con más limitaciones que yo. Le conté que mi marido fantasea, cuando me coge, que otro me estuviera dando su pene para que se lo mamara, o viceversa. Yo lo ayudo diciéndole que me gustaría estar en medio de un sándwich con él y otro de verga grande y Miguel, mi esposo, se pone más arrecho. Pero ya nada se retoma fuera de esos momentos.

    También, alguna vez Miguel me confesó que en su juventud le gustaba esconderse para ver a su hermana cuando ella se bañaba o se cambiaba de ropa, y él se masturbaba, a veces hasta la eyaculación. Cuando me coge y lo siento desganado, le digo “Haz de cuenta que te estás cogiendo a tu hermana, dale más duro”, y entonces se excita mucho, haciéndome venir bastante antes de explotar dentro de mí.

    –¿Tú alguna vez has deseado a un familiar? –le pregunté y quedé sorprendido con la respuesta.

    –A veces cogemos mi hermana y yo, desde jóvenes, después que la desvirgó su primer novio –dijo sin mayor rubor.

    –¿No pensaron en que podrían arrepentirse por un embarazo? –pregunté azorada.

    –Si no fuese mi hermana, la pude haber embarazado porque cuando estaba muy caliente intentaba quitarse el condón para sentirme completamente, pero la convencí de que tomara anticonceptivos para que sintiera eso conmigo. Ahora ya no es necesario. Por cierto, a ella tampoco le gusta hacer el oral, Pero, ¡cómo disfruta que yo se lo haga! –dijo cuando ya habíamos terminado las bebidas.

    –Pues imagínate que soy tu hermana –le dije y lo tomé de la mano para llevarlo hacia la cama donde nos acomodamos para paladear nuestros sexos.

    ¡Se vino rapidito! Después de eso salimos pronto para llegar a nuestras casas a la hora acostumbrada. “Ya nos bañaremos en casa”, le dije, pensando en que llegaría antes que mi marido.

    –¡Hola, mi amor! –le dije a mi marido, extrañada de verlo temprano en casa–. ¿Por qué llegaste antes? –pregunté.

    –Para saber a qué hora llegabas tú –dijo bromeando–. ¿Cómo te fue? –dijo dándome un beso en la mejilla y me separé de inmediato pues temí que yo aún tuviera fragancia de sexo.

    –Me fue muy bien, cogí mucho, pero aquí estoy, a tiempo para que no sospeches de mí –dije continuando la broma, aunque era real lo que dije.

    –Llegué antes para evitar que hicieras la comida ya que quiero llevarte a un restaurante.

    –¿Así como estoy? Déjame arreglar y cambiarme de ropa –supliqué.

    –No. Yo quiero ir ya, pues debo regresar al trabajo, insistió.

    –¡Ah, ya salió el peine! Pensé que me querías agasajar… Vamos, sólo déjame lavar las manos –pedí para lavarme también la cara y evitar que pudiera descubrirme.

    En el restaurante recibió una llamada donde le indicaban que ya no era necesario su regreso al trabajo. Así, nos relajamos, pudimos pedir bebidas de más y calentarnos con caricias bajo la mesa.

  • Turista

    Turista

    Hay situaciones en los trabajos que pueden llegar a ser tremendamente morbosas. Desde hace muchos años trabajo en una agencia inmobiliaria donde, llegado el verano, nos dedicamos al alquiler vacacional. Como imaginaran he vivido multitud de situaciones de todo tipo y no necesariamente con connotaciones sexuales. He de decir que me gusta el trato con el público aunque haya clientes con un comportamiento bastante desagradable.

    Durante la segunda quincena de junio, el mes más flojo de todo el verano, recibimos a una familia que desde el principio supe que serían un dolor de cabeza. Desde la recepción ya se mostraron bastante quejosos. Supongo que proyectaban contra mi empresa sus propias frustraciones personales. Y es que la familia la componían; Ernesto, un cuarentón manipulado por las mujeres de su vida, su madre y su mujer, Marisa, la esposa del hombre, cabreada por tener que pasar sus únicos quince días de vacaciones junto a su suegra, Amalia, una septuagenaria cuyo único afán en la vida parecía fastidiar a su nuera y Asier un preadolescente que se evadía del mundo tras unos cascos Appel sin levantar la cabeza de su móvil de 1.200 €.

    Con este panorama, el hombre comenzó a relatar la serie de exigencias que su madre le ordenaba (¿los colches estarán limpios, y la casa también? ¿el calentador tiene que ser de butano, no hay gas ciudad?). Mientras tanto, su mujer, negaba con la cabeza viendo al pelele de su marido repetir como un papagayo lo que le dictaba su madre. Ahí se produjo lo que entendí no era el primer encontronazo entre aquellas dos mujeres. La tensión familiar por tanto, iría en aumento a medida que pasaran los días.

    Y estos fueron pasando con llamadas a la oficina para solucionar mil y una cosas sin importancia, llaves que no aparentemente no abrían, lámparas que no encendían. Tuve que ir varias veces por la casa para comprobar que las llaves solo necesitaban un poco más de delicadeza y la lámpara ser enchufada. Por supuesto, cada vez que llegué estaban discutiendo haciendo de mi presencia allí un rato bastante embarazoso.

    Marisa, era una de esas mujeres de aspecto serio, casi amargado, viviendo en un constante enfado. No tenía mal cuerpo para sus 42 años y no era fea pero su ceño fruncido le daba un talante desagradable. En la casa se movía con una camiseta ancha justo por debajo de los glúteos y mostrando unas piernas bonitas bien torneadas. Bajo la camiseta se le adivinaban unas tetas de considerable tamaño siempre libres. Como digo el conjunto era bastante llamativo pero su cara de mala hostia echaba para atrás.

    Una semana antes de marcharse nos volvieron a llamar por algo que le sucedía al calentador. Encontré un hueco sobre las 12 del mediodía y me acerqué por la vivienda. Al llegar a su puerta se oían gritos justo antes de que se abriera. En fila india salían, Asier, con sus cascos y su móvil pasando olímpicamente de todo, Amalia la abuela con una extraña expresión a medio camino entre la sonrisa maléfica y la mueca diabólica y por último Ernesto cargado con una sombrilla y una silla de playa:

    -Pasa, el calentador no enciende.

    Fue su recibimiento y su despedida, porque sin decir nada más los tres se marcharon a la playa. Yo entré en la casa y vi que Marisa estaba sentada en el sofá del salón. Su postura, con una pierna subida y la otra apoyada en el asiento, dejaban ver más allá de lo pudorosamente aceptable. Ella, hablaba por teléfono y me hizo un gesto con la cabeza como dándome permiso para pasar hasta el lavadero y que me dedicara al calentador.

    Mientras investigaba sobre las posibles causas, oía a la inquilina reír con su interlocutora ya que supuse que sería alguna amiga o su propia hermana por la terminología que empleaba; el gilipollas o la bruja, en clara referencia a su marido y su suegra. Dejé de prestar atención a la conversación cuando de repente Marisa apareció por el lavadero.

    Iba con un mini pantalón deportivo, tipo mallas, muy ajustado que no dejaba lugar a la imaginación. Se le marcaba un buen coño, posiblemente sin bragas, y una camiseta, también deportiva, en la que se le marcaban unos impresionantes pezones sin sujetador. No pude evitar mirarle las tetas. Después la cara, era mucho más guapa de lo que si perpetuo enfado mostraba.

    Me miró y al tiempo que se quitaba la camiseta:

    -Olvídate del calentador que no le pasa nada…

    Ante mostró dos maravillosas tatas, algo caídas, con una aureola grande y rosada espectacular. En el centro un pezón endurecido pedía a gritos un mordisco. Sin tiempo a reaccionar se acercó a mí y para comerme la boca al tiempo que me echaba mano al paquete. No dudé en agarrarle las tetas, pellizcarle los pezones y comérselas. Durante unos minutos estuvimos morreándonos al tiempo que mi polla crecía atrapada en mi pantalón vaquero.

    Lentamente, Marisa, fue descendiendo hasta arrodillarse delante de mí. Mirándome a los ojos y con una sonrisa de zorrón me desabrochó el pantalón para liberar mi polla con una tremenda erección. La agarró fuerte por el tronco, tirando de la piel hacia atrás y haciendo que el capullo se tensara, mostrándose inmenso antes de comenzar una mamada espectacular durante 10 minutos. Ayudándose de la mano derecha para pajearme fue metiéndosela entera en la boca para luego comenzar a sacarla poco a poco. Continuó con un movimiento de cabeza, de delante a atrás hasta llevarme al límite.

    Cuando noté que me iba a correr la avisé. La inquilina se la sacó de la boca y continuó pajeándome mirándome a los ojos. Con un grito le solté varios lechazos que dirigió a sus tetas. La visión desde arriba, de los chorros de lefa viscosa y blanquecina descendiendo por sus maravillosas tetas no lo podré olvidar. Continuó con movimientos más lentos para terminar de ordeñarme.

    Con los pantalones por las rodillas, notaba como me temblaban las piernas productos del tremendo orgasmo. Ella se puso en pie, y sin decir nada, se ha metió en el baño. Yo volví a la oficina con una extraña sensación de relajación, morbo e incertidumbre. Supongo que fue una venganza contra su marido. Una hora después, ya en mi casa, estaba duchándome para refrescarme. Mi mujer entró sin avisar en el baño y me vio con la polla morcillona:

    -Anda, ¡Qué contento vienes del trabajo, ¿no?!

    Por supuesto, no le dije nada de la mamada que me pegó la inquilina.

  • Por fin mamá nos concede el primer anal con nosotros

    Por fin mamá nos concede el primer anal con nosotros

    Hola amigos lectores, soy Yesica y después de un buen rato de no escribir, aquí estamos esperando que les sigan gustando nuestras anécdotas. Bien dicen que dos cabezas piensan mejor que una, ya no me acordaba del rico sexo que tuvimos con nuestro amigo Mario en el cerro del Tepozteco. Y haciendo memoria, les voy a contar lo que siguió después de ese día con mi mamá y luego con Mario.

    Después de bajar el cerro, nos fuimos a tomar unas cervezas en el centro del pueblo. A mi mamá no le gustaba el sabor de la cerveza, así que pidió unas ViñaReal, pensando que por lo dulce no tendrían tanto alcohol, pero al ser una persona que no tomaba, con dos o tres ya se veía más que contenta. Estaba muy alegre.

    Gery y yo platicamos con Mario, le pedimos que fuera muy discreto con lo que había visto y lo que habíamos hecho ese día, él era muy tímido, serio y de confianza. No le conocíamos alguna novia y en pláticas futuras, me confesó que esa vez en el cerro, había sido su primera vez. Nos dio su palabra que no diría nada. Ya casi por la noche nos acompañó a la caseta en la carretera para tomar el autobús a nuestra casa, el cual iba muy vacío y la poca gente que llevaba en su mayoría iban dormidos.

    Por el alcohol que bebió mi mamá iba muy caliente, nos sentamos ella y yo juntas, y en cuanto se apagaron las luces del autobús nos comenzamos a besar, ella no tardó en subir su blusa y sacar sus pechos para que se los chupara, me atraía con fuerza a su pecho y yo con la misma fuerza, chupaba y mordía sus ricos pezones. Tratábamos de gemir lo menos posible. Gery se dio cuenta de lo que hacíamos, así que le hicimos un lugar, de modo que mi mamá se montó sobre nuestras piernas, dándonos una teta a cada uno, mientras con nuestras manos acariciábamos sus nalgas y panocha sobre el pantalón. Ya nos urgía llegar a casa. En mi cabeza no dejaba de pensar que esa podría ser la noche en que Gery y yo podríamos disfrutar del culo de mamá. Y así fue.

    Llegamos a la casa, mamá fue la primera en entrar al baño. Gery y yo no dejábamos de tocarnos, mientras nos desnudábamos, le dije que esa noche quería verlo hacerle el culo a mamá, él se puso más caliente con mi propuesta, tanto que me tomó de la mano y nos metimos al baño junto a mi mamá, quien casi se terminaba de bañar. La seguimos cachondeando bajo la regadera, Gery se dedicó a comerle el culo, ella lo disfrutaba, pues yo veía el modo en que echaba el culo hacia atrás, buscando más profunda la lengua de mi novio. Nos secamos y la llevamos a nuestro cuarto.

    Seguíamos muy calientes, pues a mi mamá no se le había pasado el efecto del alcohol. Recostados nos besábamos los tres al mismo tiempo, nuestras manos se aferraban a lo que podíamos, nos agarrábamos las tetas, las nalgas, nuestros sexos. Aunque mi mamá disfrutaba de mi cuerpo, una de sus manos no soltaba la verga de Gery y se la jalaba. Recuerdo que lo recostó boca arriba, ella se inclinó a darle una rica mamada, lo hacía como desesperada, llenando su tronco de saliva. Yo al verla con el culo levantado me coloqué tras ella, recogí la humedad entre sus labios vaginales con la punta de mi lengua, disfruté de su sabor y me bebí ese fluido tan delicioso. Volví a a hacer lo mismo y ella levantó más el culo, se veía hermosa moviéndolo frente a mí, recogí de nuevo su humedad de un extremo al otro y me dirigí a su hermoso y apretado ano. Aunque ya en otras ocasiones lo habíamos disfrutado, penetrándola con nuestros dedos y lenguas, esa noche ella lo disfrutaba mucho más que otras veces, pues movía su culo buscando que mi lengua entrara más profundo, yo trataba de complacerla acariciando con mis dedos su clítoris, la escuchaba tratar de gemir, mientras chupaba la verga de mi novio, eran sonidos muy estimulantes. Sin sacar mi lengua de su ano, ella se vino sobre mis dedos, tan húmeda y rica su venida, mientras abarcaba su panocha con la extensión de mis dedos, ella movía su cadera extendiendo más su orgasmo.

    Se quedó recostada sobre el abdomen de Gery y con las nalgas al aire, yo estaba escurriendo entre mis piernas y ni siquiera me había tocado. En la posición que ellos estaban, me monté sobre la cara de Gery, él me recibió y al instante se puso a hacerme un delicioso oral, coloqué mis manos sobre su pecho y me moví de tal manera que aprovechaba la dureza de su mentón, su nariz y lengua, para después de un rato venirme tan fuerte, haciendo presión sobre la nariz y boca de mi novio, sabiendo cuánto le excitaba que lo dejara por algunos instantes sin respiración, él solo se aferraba a mis piernas y me atraía con fuerza hacia él, mientras veía como se hinchaba más su verga y se movía a un lado de la cara de mamá, tan delicioso orgasmo que tuve.

    Mientras Gery bebía mi orgasmo, me incliné para quedar a la altura de su verga, dura y llena de venas, esperando a ser vaciada, pues él aún no se venía. Le dí besos suaves a su tronco y ahí estaba el rostro de mi mamá, con sus mejillas coloradas por el todavía efecto del alcohol. Comencé a chupar con fuerza la cabeza de su verga, mientras subía y bajaba, mi mamá comenzó a sobar sus huevos y a estirar su escroto, ella ya sabía del placer que le provocaba el dolor a Gery. También acercó su boca al tronco, haciéndole un rico oral a dos bocas. Mi mamá y yo no tardamos en ponernos calientes de nuevo, pero quería tenerla más caliente, de modo que fuera ella quien pidiera ser penetrada por el culo. Gery se tendría que aguantar un poco más para venirse.

    Soltamos su verga y nos incorporamos en la cama, arrodilladas una frente a la otra nos besábamos. Abrazadas, con el roce de nuestros pezones se nos ponían más duros, llevé mi mano a su entrepierna y sentí su humedad, jugué un rato entre sus labios vaginales y sus gemidos no tardaron en salir entre nuestros labios. Me recosté en la cama y la acomodé para hacer un 69, ella sobre mí y de nuevo con su hermoso culo en alto. Alternaba mis mamadas en su panocha y su ano, ella se ponía más caliente con cada caricia, al punto en que de nuevo se movía buscando mi lengua más profunda. Sin hacerle señas a Gery se acercó a mi cara, me dio un rico beso en los labios, compartimos la humedad de la panocha de mi mamá, yo volví a comerme su vagina y Gery se dedicó a penetrar con la lengua su ano, ella gemía de tanto placer y seguía con su movimiento de caderas, echando el culo hacia atrás. Gery se apartó para ponerse un condón, recuerdo que habíamos conseguido unos de sabor y fue uno de esos el que se puso, al instante me llegó el aroma y más cuando se acercó a mi nariz y al ano de mamá. Ella ya sabía lo que se venía, hundió mas su cara entre mis piernas, levantó más su culo y yo con mis manos abrí sus nalgas, creo que no hubo necesidad de lubricante, desde hacía un rato ya estaba un poco dilatado su culo, aun así Gery la penetró con cuidado.

    Yo podía sentir cómo mi mamá trataba de resistir de algún modo, pero al mismo tiempo levantaba más el culo, mientras yo abría lo más que podía sus nalgas, Gery tomando su tronco con una mano hacía presión en su ano y de a poco entraba primero la cabeza de su verga, ahí, mi mamá soltó un gemido de dolor y los tres nos quedamos quietos, unos segundos después pude ver cómo escurría saliva de Gery por el condón, pues él escupía para usarla como lubricante, sentí la lengua de mi mamá en mi vagina, yo hice lo mismo en la de ella mientras disfrutaba ver cómo de a poco, mi novio presionaba e iba desapareciendo su rica y gorda verga en el ano de mamá, pasó un buen rato, hasta que pude tener los huevos de Gery casi rozando mi cara.

    Y luego empezó a salir y entrar de apoco mientras mamá gemía y se aferraba a mis piernas, también echaba el culo hacia atrás, sin duda comenzaba a disfrutarlo. Al poco rato Gery ya entraba y salía sin dificultad de su ano y yo recibía el sabor del condón, pues de algún modo escurría su saliva y sudor e iban a dar a mi boca, mezclándose con el sabor de la vagina de mamá, quien al estarlo disfrutando, empezó a darme una rica mamada en la panocha, yo le abría más mis piernas demostrando cuánto me estaba gustando lo que me hacía, con mis manos acariciaba su espalda a ratos y también tomaba de las nalgas a Gery, siguiendo su ritmo para de algún modo sentir la penetración en ese hermoso culo de mamá.

    Vivir y ver algo tan caliente así de cerca, me tenía a mil, los gemidos de mamá y de Gery, más estar abierta de piernas recibiendo un rico oral, me hizo venir intensamente, tanto que empapé su rostro y ella recibió mi orgasmo en su boca, gimiendo me fui quedando quieta de a poco, observando como entraba y salía la verga completa de Gery en el culo de mamá. Fue él quien al poco rato, dando una metida intensa al grado que sus huevos chocaban con los labios vaginales de mi mamá, se venía dentro de ella, llenado el condón con su semen. Para ese punto ella ya tenía sus dedos en su clítoris y se masturbaba a su gusto, y tampoco duró en venirse en mi boca, tan intensamente como yo.

    Disfruté su sabor mientras veía cómo Gery iba sacando su tronco del interior de mamá, cuando por fin salió su cabeza, se quedó dentro de ella un tramo del condón con la leche de mi novio. Percibí el aroma a frutas mezclado con el interior anal, para mí fue algo rico.

    Mi mamá se tumbó a mi costado y Gery en el otro lado, estábamos exhaustos, pero felices. El cuarto se sentía muy caliente y con un aroma sexual entre semen, sudor, frutas, muy rico todo. Así nos quedamos dormidos, tanto que al otro día no hicimos tortas y no fuimos a trabajar. Cuando desperté ya no estaban ni mamá ni Gery en la cama, ella preparaba el almuerzo y Gery se estaba bañando. Todo normal, contentos los tres, nuestra relación era muy bonita.

    Gracias amor, me ayudaste a recordar esa rica noche en la que por fin hicimos realidad la fantasía que tanto deseaba, verte hacerle sexo anal a mamá. No recuerdo si te lo agradecí, pero te voy a agradecer que me ayudes a recordar otras ocasiones.

    Ya saben si alguien quiere comentar, son bienvenidos sus comentarios. ¡Saludos y besos!

  • Con mi ex en su casamiento

    Con mi ex en su casamiento

    Pedro y yo estuvimos juntos muchas veces desde que nos conocimos. Eso sucedió hace ya quince años, cuando éramos un par de adolescentes. No fuimos nunca una pareja oficial, pero quizás sea mi ex más importante, aún sin serlo realmente. Es definitivamente la persona que más sensaciones me generó: atracción, lujuria, amor, ternura, enojo, odio, decepción, todas en un eterno e incansable loop.

    Los reencuentros siempre fueron ansiados y hermosos, mientras que las distancias siempre dolieron mucho más de lo esperado para el tipo de vínculo intermitente que teníamos.

    Por supuesto que en esos quince años tanto él como yo tuvimos varios vínculos y relaciones con otras personas, pero entre nosotros hay algo inevitable. Es por eso que nunca importó si pasaban años, siempre se mantuvo una intimidad que nunca podría tener con otra persona. Con él viví cosas que con ningún novio viví.

    Incluso en momentos en los que ambos estábamos en pareja, yo sentía que un rayo me partía la cabeza al cruzarlo. Tenemos amigos en común, por lo que eso pasaba relativamente seguido. Hace ya varios años que él está con su pareja actual, y aun así verlo todavía me despierta las mismas sensaciones que hace una década.

    Un día cualquiera mi peor pesadilla se cumplió: Pedro anunció su casamiento. Una parte de mí esperaba que eso sucediera algún día, pero aun así la noticia fue un puñal en el medio del pecho. Si bien hacía mucho que no teníamos ningún encuentro a solas, cada tanto nos cruzábamos y nos sacábamos chispas con algún comentario, caricia o mirada. En el fondo yo no estaba lista para dejarlo ir por completo, para asumir que tenía que cerrar esa puerta y que finalmente el largo ciclo con él había terminado. Pensaba que si se casaba, pronto tendría hijos (siempre había querido hijos) y ahí sería definitivamente el fin. Verlo en familia iba a ser insoportable.

    Recibí la invitación al casamiento mientras iba en colectivo a trabajar. Me quedé mirando el archivo por una incontable cantidad de minutos, tantos que cuando levanté la vista me había pasado de la parada donde debía bajarme. Pedro y Florencia, 18 de marzo de 2023. Tenía algunos meses para acostumbrarme a la idea.

    Durante ese tiempo lo crucé varias veces en distintos lugares, donde hablamos alegremente de su casamiento y fingí que el tema me tenía muy tranquila.

    Finalmente llegó el sábado del evento. Faltaban pocos días para el otoño pero todavía parecía pleno verano en Buenos Aires. Me había comprado un vestido para la ocasión. Era simple pero muy lindo: negro, corto y al cuerpo. Tenía un lindo escote, sin ser exagerado. Me puse una gargantilla, unos aros simples y el perfume que más le gustaba a Pedro. Si iba a ser la última vez que nos viéramos estando los dos solteros, por lo menos quería que se acordara de las buenas épocas cuando me pasara cerca. En los pies llevaba unos zapatos altos negros. Me miré al espejo luego de maquillarme y peinarme, y me gusté mucho. Era como quería lucir el día de su casamiento. Sentí que estaba muy linda, pero lo suficientemente simple para que no pareciera que me había esforzado en llamarle la atención.

    No quería llegar sola a la iglesia, por lo que le pedí a Juan, un “amigo” con el que cogíamos cada tanto, que me acompañara. Me pasó a buscar en su auto y llegamos a la iglesia cinco minutos antes de que arrancara la ceremonia. Busqué con la mirada a mis amigos y con mi acompañante fuimos rápidamente a sentarnos cerca de ellos.

    Lo vi a Pedro en el altar, radiante. Con un traje negro que le quedaba pintado y un moño gris perla. Poco después apareció Florencia por la puerta y comenzó a avanzar por el pasillo de la iglesia, mientras sonaba la clásica marcha nupcial. Su vestido era un sueño y ella estaba preciosa. Detestaba que fuera tan linda y que me cayera tan bien. Quería que fuera una bruja y odiarla, pero era una mujer que en otras circunstancias podría haber sido mi amiga.

    Se me debía notar en la cara que estaba nerviosa, porque Juan me agarró la mano y la apretó suavemente, haciéndome un gesto para tranquilizarme. Él estaba al tanto de la situación y sabía que era muy importante para mí estar ahí, por lo que agradecí haberle pedido que me acompañara.

    Al saludar a los novios y abrazar a Pedro, noté que olió muy sutilmente mi cuello y al separarnos me sonrió con picardía.

    –Gracias por venir –dijo.

    –No me perdería jamás una fiesta gratis. –le guiñé un ojo amistosamente y salí a la vereda junto con el resto de los invitados.

    Volvimos al auto y nos dirigimos hacia el salón, que no era muy lejos. No pudimos hablar mucho del tema con Juan, ya que llevábamos a otras tres personas en los asientos de atrás. Iban charlando despreocupadamente de la ceremonia y de la comida que deseaban que hubiera al llegar a la fiesta, mientras yo trataba de disolver el nudo de mi garganta.

    Al llegar al salón ya había bajado mi ansiedad y estaba decidida a disfrutar de la noche. No voy a mentir, los tragos ayudaron y también la buena compañía. Mis amigos y Juan estaban pasando un gran momento, y era imposible no sentirse bien en medio de aquella gente. Por momentos miraba a Pedro y su mujer y me sorprendía darme cuenta de que genuinamente me alegraba por ellos. Quizás eso sea en el fondo querer a alguien.

    Las horas siguientes fueron diversión pura: alcohol, baile, comida, risas.

    Ya eran las 4 am y yo estaba en mi mejor momento. Tenía el nivel justo de ebriedad: lo suficiente para estar divertida y desinhibida, pero no tanto como para perder el control. Me dirigí al baño. Justo salía la única chica que estaba adentro. Entré a uno de los cubículos, hice pis, me acomodé la ropa y salí. Me lavé las manos y me paré frente al espejo gigante que había allí. Acomodé mi vestido, verifiqué que mi maquillaje estuviera relativamente prolijo y me peiné un poco con los dedos. Todavía me veía linda. Al pasar la mano por mi cabello, sentí un tirón. Miré mi espalda y vi que tenía un mechón enganchado en el cierre trasero de mi vestido. Comencé a hacer contorsionismo para tratar de desengancharlo, sin éxito. Luego de varios minutos miré casualmente hacia la entrada del baño y lo vi a Pedro como un ángel, apoyado sobre el marco de la puerta, mirando mi lucha contra mi prenda. Tenía un gesto risueño, parecía estar divirtiéndose con la escena.

    –Qué hacés ahí mirando?

    –Perdón, es que esta imagen no tiene desperdicio.

    –No te parece mejor ayudarme en lugar de ver cómo me humillo? –dije en tono de broma.

    Pedro no me respondió y se acercó a donde estaba yo. Estaba tan lindo que sentí un mini infarto mientras lo veía caminar hacia mí.

    Se ubicó detrás mío y buscó mi mirada en el espejo. Lo sentí muy cerca y se me nubló la mente. En ese momento no pensé en que cualquier mujer de la fiesta podría entrar, incluida su reciente esposa.

    –Qué tengo que hacer? –dijo cortando el hilo de mis pensamientos

    –Desenredarme el pelo del cierre del vestido. Con cuidado eh, no rompas el cierre.

    –Voy a hacer lo que pueda, no me retes antes de tiempo –me dijo riendo.

    Nunca iba a acostumbrarme a su risa? Iba a dejar de ser música para mi cerebro alguna vez?

    Con suavidad corrió mi pelo hacia uno de mis hombros, para poder ver bien el lugar del conflicto. Yo sentí sus dedos pasando por mi cuello y sentí como se erizaba toda la piel de mi cuerpo.

    Mientras Pedro trataba de sacar el mechón de pelo atascado en el cierre, yo miraba su cara de concentración reflejada en el espejo.

    –Cómo carajo hiciste este quilombo, Candela? –dijo soltando una carcajada.

    –No sé, bailando muy agitadamente, supongo.

    Buscó mi mirada en el espejo y me devolvió la sonrisa.

    –Bueno, me alegra porque indica que la estuviste pasando bien. No esperaba menos.

    No respondí. Seguí mirando sus maniobras.

    –No es nada fácil hacer esto con el nivel de alcohol en sangre que tengo, sabés?

    –Valoro mucho el esfuerzo. Igual me está doliendo un poco…

    –Perdón, perdón. Te juro que ya casi lo logro.

    De repente sentí un tirón en el cierre de mi prenda, y vi que había logrado quitar el nudo y bajar el cierre. Corrió mi pelo nuevamente, acariciándome intencionalmente la espalda con la yema de sus dedos, y una vez despejada la zona, subió muy lentamente el cierre.

    –Misión cumplida. –dijo orgulloso

    –Te debo una. Si hubiera tenido que hacerlo sola seguramente hubiera necesitado un vestido de repuesto.

    Me di vuelta quedando frente a él, y lo miré de arriba a abajo.

    –Te favorece el matrimonio, eh.

    –A vos también te favorece mi matrimonio. Siempre fuiste así de linda? –dijo haciéndose el gracioso.

    –Sabés que sí.

    –Es cierto, mal gusto nunca tuve.

    Me miraba a los ojos y yo me sentía bajo el efecto de todas las drogas. Lo tenía muy cerca. Había acercado su mano para acariciarme la mejilla. De repente el momento se vio interrumpido por unas voces que se acercaban por el pasillo que llevaba al baño. Eran la suegra y la cuñada de Pedro, pero yo en ese momento no lo sabía. Sólo me di cuenta por su cara que había algún tipo de problema cerca.

    Inmediatamente me hizo un gesto para que no dijera nada comprometedor, y en un movimiento un poco ninja, me tomó suavemente de la muñeca y me arrastró hacia el cubículo más cercano, cerrando la puerta con delicadeza.

    Tratamos de ahogar la risa como dos adolescentes haciendo alguna travesura, aunque en realidad no habíamos estado haciendo nada malo. Éramos sólo una mujer con un inconveniente y su amigo dándole una mano. Quizás era raro que el ayudante fuera el recién casado, pero eso podría haber sido casualidad.

    El cubículo en el que entramos, por suerte, estaba muy limpio. Era pequeño, por lo que estábamos bastante cerca. Esperaba que nadie se fijara por debajo de la puerta si estaba ocupado, porque sería mucho más comprometedor que el novio estuviera escondido con una invitada, a que estuviera ayudándola con un cierre.

    De cualquier manera, debo admitir que me gustaba ese momento de complicidad en su propia fiesta. Me gustaba que estuviera allí conmigo cuando podría haber estado bailando o comiendo con sus seres queridos. Lo estarían buscando? Muchos pensamientos se me cruzaban por la cabeza.

    –Son mi suegra y mi cuñada –me dijo al oído– y son muy, muy, muy jodidas.

    –Quién diría que en tu casamiento íbamos a terminar acá escondidos, no?

    Se rio sin sonido mientras se escuchaba como las dos mujeres se lavaban las manos y salían hacia la fiesta nuevamente.

    –Sobrevivimos exitosamente. No te estarán buscando?

    –Espero que no. Es raro si me quiero quedar acá un ratito más?

    –Sí, un poco raro es. –le dije y se rio.

    Todavía hablábamos susurrando. Lo miré fijo a los ojos pensando en que lo único que quería era besarlo. Como si me hubiera leído la mente, o como si nuestros pensamientos estuvieran clonados, llevó cariñosamente su mano enorme (siempre me habían encantado sus manos grandes) a mi cuello, y se acercó en cámara lenta, como si estuviera midiendo mi reacción. Cuando su boca estaba a mitad de camino de la mía, acorté el trayecto y junté mis labios con los suyos. Nos besamos lentamente y apasionadamente. Quería sentir su lengua tibia en la mía toda la vida. El gusto a fernet de su boca y el gusto a gin-tonic de la mía se fusionaban formando un sabor extraño.

    Cómo ese hombre que me volvía loca podía estar casado con una mujer que no era yo? Quizás porque yo no hubiera elegido casarme o tener hijos. O quizás porque estábamos destinados a un vínculo de ternura y pasión eterno, sin compromisos, títulos ni ataduras. Sólo complicidad y entendimiento absolutos.

    Interrumpí el beso sólo para mirarlo y tratar de descifrar qué pensaba. Quizás también para inmortalizar cada detalle de ese instante en mi mente. Me miró un segundo y me agarró con determinación de la cintura llevándome hacia su cuerpo.

    –No quiero parecer un gil, pero te quiero decir algo.

    –Si vas a hablar que sea por algo que valga la pena –le dije con mis labios rozando los suyos.

    –Te extrañaba

    –Sos un poco tarado –le respondí antes de volver a besarlo.

    Sus manos acariciaban mi cuerpo con naturalidad, como quien maneja la misma ruta con frecuencia y la conoce bien.

    Bajó con una de sus manos el cierre de mi vestido que un rato antes había ayudado a liberar. Pasó su mano desde mi nuca hasta la parte baja de mi espalda desnuda.

    Bajé con el taco de mi zapato la tapa del inodoro para poder utilizarla de asiento, y en un movimiento rápido senté a Pedro sobre ellas. Quité por debajo de mi vestido mi tanga de encaje negra y la colgué del gancho que se utiliza para colgar pertenencias. Él me miraba fijo sin decir nada, aunque sus ojos parecían destellar. Subí un poco mi vestido, que era apretado y limitaba mis movimientos, y lo rodeé con mis piernas, sentándome sobre él. Él bajó los breteles de mi vestido que ya se encontraban bastante sueltos luego de abrir el cierre, y liberó mis pechos. Los acarició, apretó y besó, mientras yo sentía entre mis piernas cómo crecía su erección, todavía contenida dentro de su ropa.

    Desaté su cinturón y cuidadosamente lo acomodé en la parte de atrás del inodoro. Desabroché su pantalón y metí mi mano dentro de su ropa interior, acariciando muy lentamente su miembro, ya muy duro. Escuché su respiración en mi oído, y sentí cómo mi humedad iba en aumento.

    No teníamos mucha noción del afuera, no sabíamos si nos buscaban (especialmente a él), o si entraba y salía gente del baño. Tratábamos de hacer el menor ruido posible, pero estábamos abstraídos de la realidad. Tampoco tenía idea de cuánto tiempo hacía que faltábamos en la fiesta. Podrían haber sido quince minutos o cuarenta.

    De repente sentí su mano en mi entrepierna, sus dedos pasando entre mis labios lentamente, rozando mi clítoris.

    –Creo que cada vez me gustás más, aunque no parezca posible. –dijo en mi oído mientras me tocaba, y yo gemía lo más silenciosamente posible en el suyo. Yo me agarraba de su nuca, clavando las yemas de mis dedos pero cuidándome de no marcarlo con mis uñas.

    Lo miré a los ojos y llevé mi mano derecha a mi boca, pasando la lengua por ella antes de volver a llevarla a su verga. Lo escuché gemir al sentir la humedad de mi saliva, y en ese mismo momento me ubiqué sobre su erección y la metí dentro mío. No pude evitar gemir al sentirla completa en mi interior. Él hizo lo mismo y sentí su aliento dentro de mi boca. Lo besé y comencé a moverme lentamente sobre él, mientras él apretaba con fuerza mi culo. Cada vez me movía con más velocidad, saltando sobre ese miembro que conocía tan bien. Él me tomaba del cuello por momentos, miraba mi boca entreabierta, pasaba su lengua por mis labios.

    Llevó uno de sus dedos a mi boca y luego de que lo chupara mirándolo profundamente a los ojos, lo llevó a mi culo y comenzó a acariciar mi ano, metiendo lentamente su dedo. Yo mantenía mis movimientos mientras sentía mi clítoris estimularse contra su piel en cada salto.

    Luego de un rato lo tomé fuerte del cuello, y mirándolo a los ojos le dije:

    –Quiero que me hagas acabar.

    Me tiró fuerte del pelo de la nuca y me sonrió antes de besarme intensamente. Me tomó de las caderas y comenzó a moverme con fuerza. Yo estaba por alcanzar mi orgasmo, y en ese momento Pedro volvió a meter su dedo en mi culo, esta vez agregándole un segundo dedo, lo que terminó de detonarme. Exploté sobre él mientras él amortiguaba mis gemidos con su mano libre.

    –Estoy cansada de que me gustes tanto. –le dije– Parate.

    No dijo nada y se paró. Le gustaban las órdenes tanto como a mí.

    Me puse en cuclillas con mis tacos enormes, y comencé a comerme su verga. Era probablemente la pija que más me gustaba en el mundo.

    Él me miraba hipnotizado y tiraba su cabeza hacia atrás sin poder evitar que sonara su respiración agitada.

    Tenía su mano derecha entre mi cabello y por momentos me marcaba el ritmo.

    Sabía exactamente qué y cómo le gustaba. Qué ritmo, intensidad, profundidad y humedad. Pedro me tomó con sus dos manos marcando las últimas embestidas antes de estallar en mi boca. Saqué mi lengua y lo miré, mientras saboreaba su semen y disfrutaba su cara de satisfacción.

    Me levantó del piso y limpió con su dedo pulgar mis labios.

    –Me hace mierda que seas tan linda. Y a mí también me agota que me gustes tanto. –dijo bromeando– Esta es nuestra despedida?

    No respondí inmediatamente porque no tenía la respuesta. Siempre creía que era nuestra despedida y nunca lo era. Me limité a sonreír y acariciarlo con ternura. Acomodamos bien nuestra ropa y salí primero del cubículo para verificar que no hubiera nadie.

    Había una chica que yo no conocía lavándose las manos. Me pregunté si habría escuchado algo. Seguramente sí, pero su rostro estaba tranquilo y no me dirigió más que una mirada indiferente. Me miré al espejo, me arreglé un poco el maquillaje corrido y me peiné un poco con los dedos. No me veía tan mal como esperaba. Cuando la chica se fue le golpeé la puerta a Pedro para indicarle que podía salir. Antes de que él abriera la puerta del cubículo yo ya me había ido de allí perdiéndome entre la gente al ritmo de quién sabe qué canción de carnaval carioca.

  • La linda del bus

    La linda del bus

    A las 5:50 de la mañana aproximadamente se sube esa morena al autobús, todos los días espero para verla.

    Primero porque me encanta cómo viste, sin muchas pretensiones y con un estilo sencillo.

    Segundo porque amo el olor de su cabello negro y largo, su cara afiladita y morena, sus tetas de buen tamaño y su culo respingado y en su lugar.

    Ese día el bus va lleno y se para junto a mi, el vaivén y el montón de gente hace que termine delante de mí, sus bien formadas nalgas cerca de mi vagina que al sentirlas comienza a mojarse, guardo prudente distancia, pero comienza a pegarse a mi, como una sensual y discreta invitación.

    La poca luz del camión y de la mañana nos ayuda, bajo mi mano y comienzo a acariciar su cadera, muero por magrear sus nalguitas, como imaginé duras, y lisas, ese día su falda me ayuda, la meto detrás de ella y siento su calzón de encaje un cachetero que añoro quitarle, paso mi mano delante y siento la humedad de su coñito veo en su cara y es feliz, pícara, la miro morderse el labio, juego con mis dedos sobre su ropa interior y siento como abre las piernas para que mi mano entre y me permita jugar con su clítoris, un dedo, dos, los muevo a destajo y la veo morir de placer, al poco tiempo la siento venirse en mi mano, deliciosos jugos que muero por comerme, pero me limito a limpiar su propia humedad en la parte trasera de su falda.

    Húmedas las dos, es hora de bajarme.

    He de llegar directo al baño del trabajo a masturbarme para aliviar el placer retenido.

    H

  • El juego de las ganas

    El juego de las ganas

    Hola, te escribo este mensaje porque aunque no lo creas me da pena contarte las cosas que me han pasado, pero que a ti parece que te gustan, no sé porque razón eres así, bueno, como te lo prometí trataré de contarte, aunque me da un poco de vergüenza de que pienses que soy fácil o que me vayas a malinterpretar, pero como me dices, “cuento y luego excito”.

    Esto fue antes de casarnos, aunque ya éramos novios o apenas andábamos, hice algo que pienso fue como un accidente, algo que ocurrió y que de cierta manera no sé si estuvo bien o algo mal, pero trataré de no juzgar como me dices y sólo contar las cosas más o menos como ocurrieron.

    Resulta que se trató del novio de mi amiga Fernanda, era un perro y descarado conmigo, pero tenía algo que siempre me ha gustado y era su exhibicionismo, varias veces buscaba que nos quedáramos solos en el salón o en coche y se sacaba su pájaro largo y cabezón y sólo se reía y lo guardaba rápido. En las fiestas pasaba muy cerca del nacimiento de mis nalgas sus dedos o manos, me acariciaba el antebrazo con un dedo se sacaba el zapato y me ponía sobre el sexo su dedo gordo, bailaba con su novia pero movía su lengua entre los labios al verme.

    Ya sabes que siempre me ha gustado llamar la atención, pero a la vez escogerlos, no me gustaba ser la segunda, en ese caso pero a la vez me gustaba que tratara de seducirme, de cogerme y de desesperarlo. Empecé un juego en el cual yo también le empecé a enseñar, de manera rápida mis chichis al levantarme la blusa, o me jalaba la blusa para que se marcaran mientras exponía en clase o iba al baño y le regalaba uno de mis calzones.

    Accedí a besarlo pero “sin manos”, él no podía abrazarme o tocarme pero yo sí. Le acercaba mi cuello, para que lo besara pero me gustaba más sentir su aliento, le restregaba mis chichis en su cara, me sentaba sobre sus piernas y le gemía quedito al oído. Me levantaba y me iba muy rápido, no le contestaba las llamadas ni mensajes. Alguna vez lo vi fajar con Fernanda, la besaba y la tocaba por debajo de la ropa pero era a mí a quien veía y hacía que ella se lo tocara para que yo se lo viera mientras le daba instrucciones para tocárselo o sacudirlo.

    Siempre lo dejaba con ganas, le decía que me iba contigo o con alguien más. Fue con el accidente en la rodilla de Fernanda que las cosas cambiaron y avanzaron más rápido entre él y yo; me compraba películas, me regalaba revistas puercas, me dibujo la silueta de su pájaro en una hoja blanca. Después de salir de una de las fiestas del fin de semestre que accedí a irme al hotel con él, pero con mis reglas.

    Al llegar nos quitamos la ropa pero lo esposé a la cama. Lo deje que me lamiera el cuerpo donde yo quisiera. Me senté en su cara y me lamió de una forma deliciosa todos mis hoyitos, dos veces me llevo al cielo. Después me senté sobre él pero no lo dejé meterlo, empecé a recorrerlo, a restregarlo, a untarme a lo largo de su pájaro, pude ver cómo su cara y sus ojos cambiaban y trataba de levantarlo para introducir al cabezón pero no lo dejaba, después me di la vuelta para que pudiera ver mi trasero recorrerlo y ahí se metió, casi me vengo pero ahí me dio miedo y ya no quise seguir. Esa frontera apenas atravesada por ese gran pedazo hizo que ya no quisiera seguir, supongo que ahí se acabó el juego. Sólo me gustaba frotado, esa es otra historia que luego te quiero contar.

  • Historias de hospital (II)

    Historias de hospital (II)

    Recuerdo con claridad ese día porqué me desperté con un apretón en una nalga. Aquel calor de los mil demonios me hacía dormir lo más ligera posible y esa noche me había puesto una licra tipo cachetero de color azul y una camisilla blanca. Se me veían la mitad de las nalgas.

    Mi esposo me apretó una nalga y para cuando tomé conciencia de la mañana ya tenía su lengua dentro del culo, cosa común entre nosotros. Podíamos pasar largos minutos mamando culo antes de proceder al acto. A él le gustaba, a mí también. Me quitó el cachetero y me puso en cuatro para follarme así. Se vino adentro.

    –Buenos días mi amor –me dijo sonriendo.

    –Buenos días mi amor –dije sonriendo. Nada mejor que empezar el día con un polvo.

    Recuerdo ese día además porque fue el día en que se declararon la pandemia por el Covid–19 oficialmente. La gente empezaba a morir y en el hospital reinaba el miedo. Nadie sabía si era vulnerable o no. Al ser personal médico estábamos obviamente expuestos al contagio aún con todos los cuidados posibles. La instrucción fue permanecer en el hospital hasta nueva orden. Nadie se quejó, nadie quería llevar el virus a casa.

    Organizamos unas camillas para descansar por turnos en un recinto alejado de las urgencias y los pacientes. La situación era dramática.

    –Amor no puedo volver a casa aún… podría contagiarte – Le dije a mi esposo al tercer día.

    ––Pero tú estás bien

    Puedo ser portadora

    –¿Cuándo volverás?

    –No lo sé.

    Al final del cuarto día una enfermera, compañera cercana, cayó enferma. Murió al sexto día. Aquello nos golpeó muy fuerte. Me derrumbé. No quería llamar a mi esposo para no preocuparlo más. Fui hasta la habitación en la que dormíamos y en un rincón me solté a llorar.

    Mi pena encontró un consuelo cuando sentí un brazo rodeándome. No me importaba quien era, compartíamos el dolor y le abracé. Cuando levanté la vista me encontré Jhon, un médico internista, yo diría que guapo y agradable, y por cuya cara también corrían lágrimas ante la terrible eventualidad.

    El personal médico era mi familia por aquellos días, compartíamos los éxitos de un paciente salvado y el dolor de cada muerto que se apilaba en las estadísticas. Hice especial conexión con Jhon, tal vez por haber compartido aquel momento. Hablábamos de todo, al principio cosas generales del trabajo, días después cosas más íntimas, de nuestras familias más que nada.

    El día 15 de todo aquello coincidimos en un descanso a las 2 am.

    –No puedo dormir, me cuesta mucho – Me dijo.

    –Que tonto, yo sí me duermo fácil jejeje –bromeé.

    –Nunca había visto tantos muertos juntos

    –Lo sé yo tampoco

    –Y me hace falta salir de acá… vivir la vida normal

    –Totalmente…¿Qué es lo que más extrañas?

    –mmmm comer algo rico, en un restaurante jejeje

    –Sí, yo también

    –Y a mi esposa… me hace falta follar

    Hubo un silencio… pero era verdad.

    –Si, yo también tengo muchas ganas de follar –dije.

    Me di la vuelta y me dormí por el par de horas que tenía disponibles para ello. Al día siguiente vi a Jhon más de lo normal, parecía que hacía un esfuerzo por cruzarse conmigo. Eso me agradó. En aquella situación cualquier buena energía era un bálsamo. Y no lo voy a negar, necesitaba follar.

    Me metí al baño y traté de masturbarme pero me sentí ridícula, gente muriendo o padeciendo a pocos metros y yo tratando de satisfacer aquel placer fisiológico. Lo dejé y volví al trabajo. Al día 20 nos reunieron a todo el personal médico.

    –Entendemos el sacrificio que esto implica, no hay mucho que podamos hacer para mejorar la situación. Pero creemos que es importante liberar la mente para poder seguir cumpliendo con la labor –Dijo el director de la clínica.

    El plan era que, en grupos, íbamos a tener un día de descanso en un hotel de la ciudad, comida, comodidad, relajamiento por un rato. Me tocó de segunda junto con otros tres compañeros, dos enfermeras y… casualmente, Jhon.

    Salimos del hospital a las 8 am. Subimos a un carro. Jenny iba adelante, Matilde, Jhon y yo atrás. Yo iba en la mitad. Mi pierna rozaba con la de Jhon, sentía una energía intensa allí. Lo primero que hicimos al llegar al hotel fue desayunar delicioso. Después, Jenny y Matilde decidieron que querían descansar, así que se fueron a sus habitaciones y no las vimos más hasta el día siguiente a las 8 am cuando nos recogieron para volver al hospital.

    –Me voy a tomar una copa –Me dijo.

    –Suena bien… te acompaño

    Pedimos una botella de vino que pagamos de nuestro bolsillo y nos sentamos en una mesa junto a la piscina. Después de dos copas ya el vino hacía efecto.

    –¿Recuerdas lo que dijiste que extrañabas? –Me dijo.

    –No recuerdo la verdad

    –Comer en un buen restaurante… y follar

    –ohhh si jajaja… normal, las necesidades

    –Llevamos 22 días acá… ¿Cuántos polvos te has perdido?

    –jajaja wow… no sé… a ver… unos… 22 jajaja! – mentí, no follaba tanto.

    –jajaja chica

    –¿Qué? ¿Cuántos te has perdido tú?

    –mmmm unos 8

    –O sea que te follas a tu esposa cada tres días…

    –Eso sería… estadísticamente correcto

    Pedimos otra botella de vino.

    –No hemos visto las habitaciones… ¿vamos a verlas? –Me dijo. No soy ilusa… sabía que buscaba… yo quería.

    Tomamos el ascensor hasta el séptimo piso. Caminamos por un largo pasillo hasta mi habitación, la 720. Metí la llave en la cerradura y abrí. La luz me nubló la vista. Mi habitación tenía un enorme balcón que daba a las montañas de la ciudad. Fui directo al balcón y aferrándome de la baranda respiré hondo y dejé salir todo lo pesado de aquellos días.

    –Tu esposo debe extrañar mucho ese culo –Me dijo, yo me hice la que no oí.

    –¿Qué?

    –Que tienes un cuerpo muy bonito

    –¿Es una tremenda suerte que nos haya tocado el descanso juntos no?

    –No es suerte, conozco al tipo que organizaba los grupos y le di un dinero para que me pusiera contigo

    –¡Bandido! jajaja

    –Culpable soy

    –¿Y acaso qué esperas que pase?

    Se acercó a mí y me clavó un beso fuerte. Mi boca terminó abriéndose para dejar entrar su lengua. Entramos a la habitación, cerramos la ventana, servimos otro par de copas y yo me quité la ropa para quedar en ropa interior. Mi culito firme rebotaba mientras caminaba por ahí jugueteando, él me miraba tomando de su copa.

    –¿Y qué es lo que más extrañas de follar? – le pregunté.

    –Bueno… mi esposa es muy buena chupándomela ¿Que extrañas tú?

    –Mi esposo tiene esta costumbre de… mamarme el culo

    Fui hasta él, me puse de rodillas, le bajé su pantalón de médico y empecé a chupársela. Pedimos otra botella de vino. No había prisa, eran como unas vacaciones, se la chupé por largos minutos. Me llevó a la cama y me puso en cuatro gentilmente, corrió mi tanga y separando mis nalgas introdujo su lengua en mi ano y empezó a juguetear allí.

    Se puso de pie y su verga tiesa se posó entre mis piernas, con la mano la dirigió a buscar mi coño y me penetró. Después de 22 días aquello fue glorioso.

    –Aaaah ufff –grité.

    Sus bolas chocaban contra mi una y otra vez.

    –Tienes un culito muy perfecto –Me dijo.

    –Hago ejercicio papi

    –Tu esposo es un afortunado

    –El afortunado eres tú

    Me di la vuelta y caí de espaldas en la cama, abrí y alcé mis piernas y le ofrecí mi coño, peludo para entonces. Él tampoco estaba depilado, nadie lo estaba. Me besaba mientras me penetraba el coño.

    –¿Te gusta por detrás? – Me preguntó.

    –Ufff sí, pero espera

    Me conocía, sabía cómo me dolía y cómo no. Me puse de ladito y me levanté la nalga. Jhon escupió su mano y embadurnó su falo. Con cara de sevicia puso su aparato sobre mi asterisco y empujó. Yo era una experta en aquello, mi esposo tenía un fetiche. Esa verga se deslizó como un cuerpo en un tobogán y me la hundió hasta la base.

    Se hicieron las 11 de la mañana y ya estábamos algo ebrios. Caímos rendidos y me desperté como a las 3 de la tarde.

    –¿Qué quieres? –me dijo.

    –comida, más vino, y follar más

    Debido al ajetreo en el hospital había ocasiones en las que simplemente no le contestaba a mi esposo. No le había contado sobre aquel “permiso” así que ignoré sus mensajes como si estuviera ocupada. No fue el caso de Jhon. Su teléfono sonó.

    –Es mi esposa –dijo.

    –Contesta… yo me quedo calladita

    –Calladita pero no quieta, empecé a chupársela.

    –Hola Amoooor –dijo.

    –Est to to y, des cansando en el cu cu cuarto –dijo mientras yo le mamaba las bolas.

    –Te te a amo, ahora te te llamo

    Dormimos juntos. Las habitaciones de las otras chicas quedaban en otro piso, nunca fue un problema. Al día siguiente nos echamos un rapidito en la mañana y bajamos a desayunar. A las 8 estábamos en la puerta del hotel junto a Jenny y Matilde tomando el auto de vuelta al infierno.

  • Roces de nuestra piel

    Roces de nuestra piel

    En el crepúsculo dorado del deseo,

    Se entrelazan nuestras almas en secreto,

    La pasión brota, sin velos, sin tregua,

    Y en el vaivén de la noche, todo se vuelve fuego.

     

    Tus labios carmesíes, dulces y ardientes,

    Rozan mi piel, susurran con ternura,

    Los cuerpos danzan, en el éxtasis ardiente,

    Y en la penumbra, se funde la lujuria.

     

    El roce de tu piel es el hechizo,

    Que enciende las llamas de un deseo prohibido,

    Las manos entrelazadas, sin prisa,

    Buscan el éxtasis de un abrazo compartido.

     

    Tus ojos, dos luceros incandescentes,

    Reflejan el deseo que arde en mi ser,

    Y entre susurros y gemidos ardientes,

    Nos perdemos en el edén del placer.

     

    Desnuda tu alma y tus deseos más íntimos,

    Que la pasión desborde en cada latido,

    Sin miedos, sin fronteras, sin abismos,

    Unidos en la danza de lo prohibido.

     

    Tu cuerpo, una obra de arte creada,

    Con curvas y líneas que encienden la llama,

    Seducción sin palabras, piel acariciada,

    En este rito sagrado, donde el placer reclama.

  • Un anal

    Un anal

    Desnuda, a cuatro patas sobre la cama. Tus besos sobre toda mi espalda. Cada vez más lentos, cada vez más húmedos. Tus manos resbalan por mis costados, hasta agarrarse de mis caderas. Te escucho gruñir mientras manoseas mis nalgas.

    Las separas tanto como dan mis carnes. Yo me muerdo los labios y gimo. Apoyas tu verga, dura y caliente, en mi raja. Aprietas mis nalgas con fuerza. Siento tu deseo en los dedos que se me clavan mientras te masturbas con mis nalgas. Siento como la punta de tu polla sale y vuelve a entrar. Cada vez más rápido, cada vez aprietas más. Cada vez gemimos más. Cada vez la piel arde con más fuerza.

    Te inclinas sobre mí y me muerdes el cuello. Me besas la oreja. Masajeas mis pechos con una sola mano. Aprietas mi pezón, lo retuerces. Lo gimo y levanto el culo, apretándolo a tu verga. Deseosa, muevo las caderas. Bailo contra tu pelvis.

    «¿Quieres meterla?» jadeo.

    Me besas húmedamente en la boca. Me acaricias el culo con la mano.

    «Enseguida, preciosa».

    Te yergues detrás mío. Escucho el ruido seco de como te masturbas. Más dura, quieres que se ponga aún más dura. Un escalofrío me recorre los hombros, los pechos, las caderas. Mi vagina se moja y se inquieta. Salivo. Respiro nerviosa.

    Otra vez te estiras sobre mi espalda. Me acaricias los labios y los abres con dos dedos. Los metes enteros en mi boca.

    «Chúpalos bien.» Los metes y los sacas suavemente. «Eso es.» Bien empapados en saliva.

    Vuelves a erguirte detrás de mí. Yo levanto un poco el culo para que mis nalgas se separen. Te escucho sonreír.

    Pones los dedos mojados sobre mi ojete. Das vueltas a su alrededor. Gimo y me estremezco. Aprietas con uno de ellos y se hunde en mi ano sin esfuerzo. Gimo, Se siente apretado, a su medida. Lo hundes más. Lo hundes lo más que puedes sólo unos segundos y luego lo sacas. Amasas mis nalgas con las dos manos y gimes profundo. Me escuchas respirar deseosa.

    Pones otra vez los dedos sobre el agujero. Necesitas un poco más de fuerza para que entren juntos. Mi ojete se dilata y yo gimo. Tú también empiezas a respirar nervioso, ansioso. Un poco más de fuerza y se hunden hasta la segunda falange. Me acaricias la espalda mientras los sacas. La sensación cuando van para atrás es casi más excitante.

    Retiras las manos. Escucho un bote destaparse. Oigo como te masturbas húmedamente. Estiro la mano y pongo una de las almohadas entre mis piernas, para que apoye mi vulva. Pones unas gotas de aceite sobre mi ano y lo frotas un poquito.

    Te agarras a mis caderas con fuerza. Apoyas la punta de tu glande justo en la entrada. Empujas. No entra tan fácilmente como tus dedos, pero el aceite ayuda y con un poco de fuerza tu glande dilata el anillo de mi culo y entra. Yo grito y tú gruñes. Esperas un segundo para empujar de nuevo. La punta de tu polla abre camino y el resto de tu carne me dilata con fuerza. El aceite lo hace agradable. Aun así siento como se ensancha cada milímetro que avanzas. Te oigo gemir cada vez que das un empujón.

    Y llegas hasta el fondo. Te detienes. Jadeo y tú me magreas las nalgas. Respiras fuerte. Empiezas a retroceder y te detienes justo antes de que salga el glande. Otra vez empujas y gemimos. Cada vez más rápido, cada vez con más deseo. Por entre mis gemidos de oigo resoplar. Me penetras más y más rápido. Me das una nalgada y yo grito de placer.

    Te detienes con toda la verga metida en mi ano. Otra vez te dejas caer encima de mi espalda. Besas, muerdes mis hombros. Tu saliva resbala por mi piel. Yo muevo las caderas contra tu pelvis, mi vulva contra la almohada mientras magreas otra vez mis pechos colgantes. Empujas un poco sin sacar la verga. Quieres sentir como se balancean.

    De repente siento tu mano entre los labios de mi vulva. Los dedos friegan, viajando desde el clítoris hasta la entrada de mi vagina. Los jugos hierven. Sientes el clítoris duro. Te escucho sonreír en mi oído. Sigues frotando tus dedos. Mueves suavemente las caderas para que, ensartada, me mueva yo también. Gimo cada vez más. La saliva me humedece los labios. Los ojos y la cabeza se me van.

    Más intenso. Mueves tus dedos con más intensidad. Se tensa todo mi cuerpo. Me arrancas un orgasmo y todos mis músculos se relajan. Mis brazos ceden y mi cuerpo cae encima del colchón. Solamente mi culo sigue levantado por la almohada.

    Me acaricias los costados y me besas la parte de la cara que puedes ver. Jadeo empapada de sudor. Te siento ardiendo encima mío.

    Resigues mi cuerpo con tus manos mientras vuelves a erguirte detrás de mí. Tus manos se agarran firmes de mis caderas. Lentamente mueves tus caderas para atrás, sacando el tronco de tu verga. Pero no la punta. Otra vez me penetras lentamente, disfrutando de cada milímetro de carne que abres. El aceite empieza a absorberse y la penetración se siente más áspera. Respiras fuerte. Yo gimo tirada sobre el colchón. Mi cuerpo aún tiembla del orgasmo cuando me das otra nalgada. Empiezas a entrar y salir de mi culo más y más rápido. Tus dedos se clavan cada vez con más fuerza en mis carnes. Tus huevos me golpean entre las piernas.

    Te escucho gruñir. Has perdido ya la cabeza. Tus caderas se mueven ya solas, follándome duro y rápido. Cada vez más duro y más rápido.

    Mi clítoris sigue rozando con la almohada, me aferro con los dedos al colchón. Se clavan con fuerza. Mis caderas quieren descontrolarse, pero tus manos -y tu polla- las mantienen en su lugar. Me invade el mareo de otro orgasmo.

    Mi cuerpo se mueve a tu ritmo. Gimo. La penetración ahora es seca. Y tú sigues duro, muy duro. El ano empieza a dolerme. Respiro entrecortada. Los pezones frotan contra el colchón y eso me excita aún más. Quiero gritar de dolor. El roce excita mi vagina. Gimo y a veces los gemidos se ahogan con gritos, cuando empujas con más fuerza, como si quisieras meterla todavía más adentro. Más y más adentro, cuando ya ha tocado fondo.

    Tus manos se tensan. Tus dedos se hunden más en mi carne. Todo tu cuerpo se tensa. Te oigo gritar de placer el instante antes de sentir como tu semen se derrama en el fondo de mi ano.