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  • Correspondencia con un desconocido

    Correspondencia con un desconocido

    Otro domingo más por la mañana temprano. Me desperezo en la cama mientras le observo vestirse a mi lado

    – ¿Vendrás muy tarde?

    -No lo sé, luego te aviso. ¿Quieres comer fuera?

    -Lo decidimos cuando vuelvas.

    -Muy bien, hasta luego entonces.

    Oigo la puerta cerrarse y me acurruco a remolonear durante un buen rato en la cama. Finalmente me animo a levantase y prepararme algo que desayunar en la cocina.

    Tostadas y café mientras consulto los correos en el móvil. Aquí está, es otra vez él, ese desconocido con el que intercambio correspondencia desde hace unas semanas. Sonrío mientras navego por los correos, siempre me siento algo nerviosa al hacerlo, apresurada y en guardia ante algo que no debería estar haciendo, pero no puedo evitarlo. Cada vez me gusta más la sensación de sentirme deseada al leer sus palabras.

    Salgo al salón y me tumbo en el sofá mientras continúo leyendo mensajes pasados, busco en la carpeta cifrada, en mi caja fuerte y ojeo las fotos intercambiada. Mis mejillas se enrojecen, una oleada de calor recorre mi cuerpo, a pesar de solo llevar puestos la camiseta de tirantes que uso para dormir y unas braguitas de algodón ambos comienzan a sobrarme.

    Acaricio mis pechos, me los saco de la camiseta y pellizco suavemente los pezones que se endurecen mientras le imagino chupándolos y lamiéndolos tal y como me ha escrito que desearía hacerlo. Paso las fotos hasta que aparece su miembro, semierecto, con el glande totalmente liberado. Es una bonita polla, imagino agarrarla con la mano y lamerla como si de una piruleta se tratase, quisiera recorrerla y rodear el capullo con mis labios, sentirla crecer en mi boca, casi puedo sentir el olor, el sabor. Mi mano derecha se desliza por mi vientre e incursiona bajo las braguitas mientras sujeto el teléfono con la izquierda.

    Siento el tacto del vello púbico entre mis dedos, me abro de piernas y acaricio los labios mayores sintiendo que la humedad que aflora. El clítoris reclama atención y lo estimulo haciendo círculos con las yemas de los dedos mientras deseo sentir su sedienta lengua recorrer cada centímetro de mi vulva. Uno, dos, hasta tres dedos penetran mi cueva y son recibidos por abundante flujo. Necesito aumentar la estimulación, mis dedos comienzan con un mete y saca mientras imagino que es una buena polla la que recibe la lubricación de mis abundantes jugos. El teléfono cae a un lado, entrecierro los ojos concentrándome en darme placer mientras las conversaciones mantenidas desfilan una y otra vez por mi mente.

    -A cuatro patas- Sí a cuatro patas, respondí claramente a la pregunta.

    – ¿Postura preferida?

    -A cuatro patas.

    Me bajo las bragas, libero una de las piernas y no me molesto en hacerlo con la otra dejando la prenda presa de mi rodilla derecha. Me doy la vuelta en el sofá adoptando mi postura preferida, mi cabeza reposa sobre el cojín y mi espalda se curva dejando mi culo empinando y totalmente expuesto. Abro las piernas y deslizo la mano derecha entre ellas acariciándome la rajita, separo los labios mayores con los dedos mostrando el rosado interior de mi coño de forma impúdica. Me siento una hembra caliente, en celo exhibiéndome ante mi macho e imagino su reacción de tenerme así ofrecida.

    Me pajeo deslizando los dedos dentro y fuera de mi chochito hecho caldo. Palmoteo mi nalga izquierda y añoro que sea una mano ajena la que me ponga el culo colorado. Estoy muy caliente, le imagino arrodillado, besándome el culo, lamiendo mi lubricada raja y degustando mi zumo de fruta madura. Mi respiración se agita, me masturbo velozmente con el deseo de que sea la polla de las fotos la que ocupe el lugar de mis dedos, deslizando el glande arriba y abajo entre mis excitados labios vaginales, lubricándose y preparando el terreno para una embestida inminente.

    Mordisqueo el cojín y gimo, siento el flujo resbalar entre mis dedos mientras acelero el ritmo de la paja imaginando que me penetra un duro falo. Deseo ser embestida, que me follen con ganas, con la lujuria y el énfasis de tiempos pasados. La excitación satura mis sentidos, ni puedo ni deseo retrasar más el orgasmo, una descarga eléctrica me atraviesa, me corro gimiendo, expulsando el aire de mis pulmones con un lamento. Mis muslos se cierran atrapando la mano, deteniéndola en seco mientras mi coño se convulsiona de placer.

    Me derrumbo en el sofá y recobro lentamente el control de mi cuerpo mientras una sonrisa de satisfacción se dibuja en mi rostro. Cada vez me gusta más este juego.

  • La madre de un amigo

    La madre de un amigo

    Shelley es como un sol que inicia el crepúsculo, de un dorado claro y transparente. Su cabello es liso y mono, y sus ojos cafés son diáfanos y puros. Sus cuarenta años no se le notan en absoluto; parece de treinta y cinco años o un poco menos. Es casi imposible que pase desapercibida a la vista de cualquier hombre. Por supuesto, a mí tampoco me ha sido indiferente. De hecho, durante mucho tiempo estuve enamorado de ella en secreto. Nunca una mujer me había inspirado los sentimientos más puros ni los deseos más fuertes y salvajes que ella me inspiró. Hasta me masturbaba pensando en ella, yo que no tengo costumbre de hacerlo. Hablábamos mucho y me convertí para ella en una especie de confidente de sus penas. Cuando la veía o estaba cerca de ella me daban ganas de abrazarla y decirle que todo estaría bien, que no se preocupara por nada, yo me haría cargo de todo. Pero, por ser la madre de un amigo, y por ser testigo de algunas locuras mías me abstuve de revelarle mis sentimientos.

    Conozco a Shelley hace ya varios años, desde cuando empecé a entablar amistad con su hijo. Siempre me ha parecido una mujer ejemplar, digna de toda mi admiración, pues ha luchado mucho para salir adelante. Además de Keiner, tiene una hija menor llamada Leila; y a los dos ella los ha criado sola y sin la ayuda del que fue el primer amor de su vida, el padre de sus hijos, con el que compartió momentos de mucha tristeza. Fueron tantas las desdichas, los maltratos y las humillaciones, que un día casi fatal decidió separarse de él, y lo echó definitivamente de su vida.

    Pasado un tiempo conoció a Sebastián, un tipo claro, alto y delgado, que ahora tiene treinta y dos años, la misma edad mía, y comenzó a enamorarla. Al principio Shelley no había querido darle la oportunidad. No quería abrir su corazón ni a él ni a nadie, primero, por miedo a descuidar a sus hijos y al rechazo que ellos pudieran sentir hacia alguien que no fuera su papá, y segundo porque no quería sufrir como con el padre de sus hijos. Pero al cabo de un tiempo comenzó a gustarle Sebas y se dijo que tenía derecho de darse otra oportunidad. Lo aceptó como novio, pese a que era diez años mayor que él. Keiner no se opuso a la relación; Leila, en cambio, que era en ese entonces más pequeña, sí, porque guardaba la esperanza de que Shelley volviera un día con su padre. Ese día, sin embargo, nunca llegaría. Al final terminó entendiéndolo.

    Shelley, más que para llenar esa especie de vacío emocional que en muchas personas causa la ausencia del amor sentimental, o para saciar los deseos de la carne, necesitaba un hombre que la apoyara y la asistiera en sus momentos más difíciles. Sebas ha sido quien por años ha llenado ese vacío, quien ha saciado sus deseos carnales, quien la ha apoyado materialmente.

    Pero no todo es color de rosa. Desde hace un tiempo para acá, a Shelley la tiene aburrida la monotonía, la falta de visión de Sebas, su pobreza de espíritu. Me dice que por estar con él, por serle fiel a él, ha desperdiciado oportunidades con hombres que la tendrían muchísimo mejor, económicamente hablando. Él trabaja como mecánico, pero es desorganizado, con sus cosas y consigo mismo. Eso la tiene bastante aburrida y decepcionada. Hace poco Sebas tuvo un accidente en su taller, se golpeó un testículo y se le hinchó, eso le ha impedido trabajar y por ahora está incapacitado. Shelley ha ido a su casa con el fin de acompañarlo a las citas médicas y velar, en la medida de lo posible, por algo que necesite, pero él le ha dicho que no se preocupe, que esperará a la madre, la cual vive en otro lugar. No comprende por qué se comporta así. Dice que se deja dominar por la mamá.

    -Shelley, tú mereces a alguien maduro, que tenga autonomía y esté para ti -le digo-. Es en esos momentos cuando se conoce a la otra persona.

    -Ya yo hablé con mi hijos -dice ella-. Si se me presenta otro hombre mejor, dejo a Sebas.

    Shelley me ha contado de sujetos que la pretenden y de alguien, bastante mayor, que le hace regalos. Mas no ve firmeza en ninguno. No sé por qué me da cierta tranquilidad interior. O esperanza… sí, es esperanza. Es como si, al saber que no hay en sus pretendientes intenciones serias, más adelante podría llegar a ella con estas palabras: Shelley, me muero de ganas por estar contigo el resto de mi vida. Pero yo sé que eso es imposible.

    Cuando son demasiado fuertes las ganas de decirle que la quiero, dejo de ir adonde Keiner. Es más, ahora que lo pienso, creo que las cortas aventuras amorosas que he tenido en todo este tiempo han sido con el único fin de sacarla de mis pensamientos y desviar el intenso deseo que siento por ella. Sin embargo, no sé qué es lo que me pasa. Últimamente he estado yendo a visitar a Keiner con la sola intención de ver a Shelley, sin ponerme a pensar en que no está bien. Ayer en la noche fui, ella estaba en el cuarto con Keiner viendo películas por Prime Vídeo en la televisión. Keiner hacía poco había llegado de la calle de hacer domicilios de Rappi en la moto. Me senté en la cama junto a Keiner y Shelley en una silla. Había puesta una película de ciencia ficción llamada Aventuras de un pirata espacial, con muchas naves disparándose rayos laser. Al rato dije que tenía hambre y que iba a buscar algo de comer a mi apartamento, así que me paré y salí para allá. Cuando llegué, saqué de la nevera una kola román comenzada, una pony malta vacía hasta la mitad, una botella de ron Tres Esquinas vacía también hasta la mitad y un sixpack de cerveza águila, luego bajé hasta la estación de gasolina Terpel, compré cuatro hamburguesas y regresé. Al verme preguntaron a qué se debía el convite.

    -Es que ayer cumplí años -dije.

    -Caramba ¡feliz cumpleaños! Atrasado, pero más vale tarde que nunca -dijo Shelley.

    -Gracias, gracias.

    -Él es así. Siempre que cumple viene y se presenta con algo -dijo Keiner.

    Leila salió del otro cuarto y le di una hamburguesa. Keiner se comió la suya, yo la mía y Shelley la suya; después ella, en vista de que yo había dicho que quería bajar para comprar más hamburguesas porque esas estaban pequeñas, me dio parte de la suya y yo se la acepté a regañadientes. Le eché el ron a la Kola Román y me la tomé. Keiner, Leila y Shelley se tomaron la poca Pony Malta que había.

    Antes de acabarse la película Keiner ya se había dormido. Iban a ser las dos de la madrugada. Salí del cuarto con Shelley y nos sentamos en la sala a hablar mientras me acababa las cervezas que había traído. Hablamos de todo un poco: la rebeldía de Keiner, la dejadez de Sebas, la irresponsabilidad del papá de los hijos, del futuro, de mí, de ella… Y éramos sólo ella y yo en medio de la quietud de la madrugada. Para mí no existía nadie más. Cuando la escuchaba referir sus cuitas yo la miraba y sentía unas incontenibles ganas agarrarle la mano y besarla, pero me aguanté. Al ratico Keiner salió del cuarto y se metió en el baño. Cuando salió, Shelley y yo nos levantamos de las mecedoras.

    -Bueno, me voy -dije-. Hasta mañana.

    -Hasta mañana, Carlera.

    Es más de mediodía. Me acabo de despertar. Trato de leer uno de los libros que he agarrado del nochero, pero el sofocante calor del cuarto me hace levantar de la cama. Salgo para la sala, me siento en el sillón a leer. Las letras se me pierden de vista, tengo que volver a ellas a cada rato. El pensamiento de Shelley penetra en mi mente como un relámpago intermitente. Es inútil. Me paro del sillón. Camino al baño, me quito la ropa y abro el grifo de la regadera. El agua está tibia: empapa todo mi cuerpo, es como un sauna. Pongo el chorro en los genitales. Me agarro el pene, pelo el glande, cae abundante líquido espeso de color amarillo que huele a desinfectante. Semen. ¿Será que eyaculé cuando dormía? Qué raro, no me di cuenta. Me froto el pene con bastante jabón, masajeo los testículos. El glande queda reluciente como la porcelana. Me unto jabón por todo el cuerpo, restriego bien. Me saco el jabón, cierro la regadera y salgo del baño. Entro al cuarto y abro el escaparate, agarro una pantaloneta deportiva y un suéter. Me visto. Me unto desodorante, salgo del cuarto y de la repisa blanca saco el cepillo de dientes, le echo pasta dental y me limpio la boca. En seguida cojo la llave del apartamento y salgo.

    Bajo la escalera y camino hasta el bloque de al lado. Entro por la parte de atrás. Voy por el pasillo, llego hasta la primera escalera. Subo al tercer piso y me dirijo al apartamento de Keiner. Veo la puerta abierta, pero la reja está cerrada con llave. Miro al interior, no parece haber nadie, todo está en silencio; aun así toco, chiflando con la boca. De pronto escucho pasos. Del cuarto de Keiner sale Shelley, descalza, con esa licra morada que tanto me calienta y una blusa estampada blanca. La saludo:

    -Shelley, ¿qué?

    -Ajá Carlera.

    -¿Está Keiner?

    -Nada. Está haciendo domicilios. ¿Vas a entrar? -pregunta, mirándome a través de los fondos de botella de sus gafas.

    -Sí -digo. En seguida ella coge las llaves de encima del mesón recibidor que divide la sala de la cocina y viene a abrirme. Se estira un poco para meter la llave en el candado. Bajo la mirada a su entrepierna, le veo los dos labiecitos de la vulva bien marcados. Siento dentro de mí una excitación creciente como una ola gigantesca, como un tsunami. Mi pene se para de inmediato; trato de disimular la erección, pero es complicado, siento que se me va a reventar. Entro. Shelley me hace pasar al cuarto y nos ponemos a ver una película.

    -¿Y Leila? -pregunto.

    -Está donde una tía en San Fernando.

    La película no la entiendo. Shelley trata de explicarme el argumento, pero ella tampoco entiende muy bien de qué va la cosa. Me recuesto en la cama. Shelley está al lado sentada en una silla. Por el rabillo del ojo veo que mira el bulto parado.

    -Bueno y ¿a ti qué te pasa? -me dice.

    -¿Por qué? -digo, haciéndome el desentendido.

    -Porque tienes el pene parao.

    -Erda Shelley, a veces se me para y no me doy cuenta. Me pasa a menudo.

    -Sí -dice ella-. Te lo he visto así varias veces. ¿Acaso tu novia no viene a visitarte?

    -Venía… -le digo-. Ella me dejó. Se fue para su pueblo y no ha venido más.

    -Bueno, vas a tener que ir a buscarla.

    -¿Será, Shelley?

    -Claro. O por lo menos mastúrbate, pa’ que se te baje la calentura.

    -No tengo costumbre de masturbarme, Shelley.

    -Entonces vas a tener que echarte agua fría.

    -Sí…

    -Abre el ojo -continúa Shelley-, que por ahí dicen que el esperma se les sube a ustedes a la cabeza si no descargan.

    No sé cómo lo tomará; ¿será que le digo? Mmm… Qué carajos, a la de Dios.

    -¿Por qué no me ayudas, Shelley?

    Más que una pregunta, es una invitación. Ella entiende lo que quiero decirle. Se echa a reír. Dice:

    -¿Cómo se te ocurre, ah?, ¿cómo se te ocurre que me voy a acostar con el amigo de mi hijo? Y más aún, ¡cómo voy a engañar a Sebas, tan bien que se ha portado conmigo?

    Shelley se levanta y va al otro cuarto. Ércole, ¿será que la embarré? Voy a esperar un ratico para ver si viene. Espero. Nada. Se demora. Nada. No viene. Voy a ver qué hace. Salgo del cuarto y me dirijo al otro. Está la puerta cerrada. Toco y llamo:

    -Shelley.

    -¡Eu! -contesta ella, abriendo la puerta.

    -¿Qué haces? -pregunto. Y, sin quitar los ojos de mi erección, dice:

    -Me voy a cambiar para vender mis obleas.

    -Shelley, por favor. No te lo pediría si no tuviera la urgente necesidad -entro despacio al cuarto-. Además, nadie se va a enterar, te lo aseguro. Esto va a quedar sólo entre nosotros dos.

    Ella lo piensa unos segundos, sin levantar la cabeza.

    -Bueno, pues -dice-. Pero que sea rápido.

    Veo que se monta en la cama y se pone en cuatro patas, de perrito. Me ofrece la estampa redonda de sus nalgas. Le bajo la licra y el panty. Tiene el nudillo del ano limpio. La vulva es una bomba rosada a punto de explotar. Poso mi mano en ella, se la aprieto: está mojada. Sin decir palabra, gira la cabeza un poco para verme. Saco mi miembro erecto y le restriego la cabeza por toda la raja, en medio de los labios vaginales, arriba y abajo, amagando para introducirlo.

    -¡Ay!, ¡mételo rápido que puede llegar alguien!-dice.

    Se lo voy metiendo suave hasta tocar el fondo. Ella estira un brazo hacia atrás y me agarra el costado de la nalga para atraerme, para que le de más rápido. La cojo por la cintura y le meto el pene lo más rápido que puedo, con mucha fuerza. Se lo meto y se lo saco repetidamente en todos los tiempos y modalidades, lento, rápido, suave, duro. Estoy sintiendo algo que me aprieta el cuello de la verga. Un chorro tan potente sale ahora disparado de entre sus piernas que mojó el borde de la cama. Me quedo extasiado.

    -Ay, dios mío, ¿esto qué es?, dice Shelley. Cree que se ha meado, lo cual la asusta y avergüenza a la vez.

    -Cálmate -le digo-, eso no es orín, es un orgasmo.

    Se queda callada. Pasan unos segundos.

    -Nunca había tenido un orgasmo -comenta, bajándose de la cama-. Sí he visto por internet esas escenas donde actrices porno disparan desde sus vaginas potentes chorros de líquido, pero eso me había parecido una exageración.

    -¿Nunca habías experimentado la explosión de un orgasmo? -pregunto.

    -Jamás en mi vida -dice, subiéndose la ropa-. Ni con Sebas ni con el papá de los hijos míos. ¿Dónde aprendiste a hacer venir a una mujer?

    -En ningún lado. Eso nace.

    -Bueno, te agradezco la experiencia, pero tengo que ir a vender mis obleas. Vamos.

    -Vamos.

  • Tablita

    Tablita

    Cuando llegué a los 15 años y vi a todas mis compañeras con sus curvas en crecimiento me sentía emocionada porque sabía que eventualmente mis senos y mis nalgas crecerían. Sin embargo ahora tengo 21 años, y el momento en el que tenga mi glow up nunca llegó. Tengo 21 años y mis senos, caderas, y nalgas son muy pequeños, ganándome así apodos como la “tabla del salón”. Muchas veces siento vergüenza de mi cuerpo, ya que no importa que tan ajustado sea el vestido, o revelador sean las faldas, no suelo robar la atención de los chicos. Por tal motivo no suelo salir muy seguido a discotecas o bares, ya que por lo general soy el blanco de burlas o directamente de ser la ignorada del grupo. Mi nombre es Yane, soy de tez blanca, pelo café, y siempre fui la Tablita del grupo.

    Hace algunas semanas conocí a una chica por mi universidad llamada Sara, es una persona increíble, además que siempre me hace sentir bien con mi cuerpo a pesar de mis defectos. Esta semana me convenció a salir con ella y un grupo de sus amigas a una fiesta.

    Llegó la noche y me disponía a salir con ropa holgada, al final de todo, igual no tengo mucho para presumir. Ni bien vino a recogerme Sara pegó el grito al cielo, quejándose que mi ropa no era adecuada para una noche como la que teníamos.

    “Esta noche nos vestimos como divas, seremos unas gatas” Me decía Sara y yo solo podía corresponder con risas incómodas. Era obvio, ella tenía para presumir, yo a duras penas a regañadientes acepté que me ayude con mi outfit.

    Quedé sorprendida, sabía que la idea de Sara era algo más revelador, pero no pensé en ningún momento que fuera tanto. Me vi al espejo viendo una chica con un pantalón de cuero negro, y un croptop que parecía mas solo un sostén. Mis inseguridades saltaron inmediatamente, pero con un silbido y una nalgada de Sara en modo de piropearme, se fueron cambiando a una sencilla risa. Sentía aquella sensación de travesura que tenía cuando era niña, y eso me emocionaba.

    “Vamos potra, que esta noche nos agarramos a dos galanes pase lo que pase” Exclamó Sara mientras salíamos de mi apartamento y nos dirigimos al boliche.

    Llegamos al lugar, y me sorprendió que más de uno se nos quedaba mirando, era normal que Sara robe miradas, pero la impresión quedó en que yo también tenía algunas miradas indiscretas. Admito que si bien era un poco incómodo, como no era algo normal en mi, me gusto.

    “Hola me permites invitarte un trago” Me dijo un chico alto de pelo rubio. Yo con una sonrisa solo asentí y nos dirigimos a la barra.

    Pasaron unos cuantos minutos charlando en un inicio, luego bailando. Cada vez hacía cosas más arriesgadas mi acompañante. Pero yo tenía en la mente la idea de llevarme a alguien esta noche, me dije a mi misma que sería una “fácil” esa noche.

    Bailamos pegado, y cada vez se acercaba más a mi cuello haciendo que sienta su respiración cada vez más agitada. Eventualmente sentí como su mano que estaba en mi cintura bajaba lentamente, hasta tocar descaradamente mi trasero. Mordía mi labio esperando a que este galán se atreva a besarme, estaba tan caliente que si me pedía que nos fuéramos en ese instante a un lugar privado, lo seguía corriendo. Sin embargo cuando cruzamos miradas, y nos acercábamos para comernos finalmente sonó su celular.

    – Oh mierda, perdón, debo irme, surgió una emergencia- Exclamó, antes de irse casi corriendo.

    Decepcionada me dirijo a la mesa donde están sentados varios del grupo con el que vine, sé que la culpa no fue mía, pero mierda que tenía las ganas de tirar a flor de piel. Ni bien me siento uno de los muchachos de la mesa me mira con una media risa burlona.

    ¿Se te escapó la presa esta noche? – En tono burlesco y amistoso a la vez se dirigía a mi.

    Otra línea mas al tigre- Exclame con clara frustración en mi voz

    Creo que no nos presentaron formalmente, Pedro un gusto- Me dijo extendiendo su mano

    Pedro era un muchacho de altura media, moreno y de pelo oscuro. No era guapo, pero tampoco alguien feo, era una persona normal, alguien que no llama la atención por ninguno de los extremos. Conforme avanza la noche conversamos teniendo cada vez más y más tragos encima. A veces habiendo Ron en nuestros vasos, y a veces singani, ambos tomamos hasta estar sumamente ebrios.

    Vamos a bailar- Exclamó Pedro de manera muy efusiva y poco más gritando mientras extendía su mano. Tome su mano y acepte dicha propuesta con una sonrisa risueña gracias al alcohol, dejándome jalar del brazo fuimos a la pista de baile.

    Con pasos torpes, y movimientos de personas claramente alcoholizadas estuvimos unos minutos en la pista, hasta que tropecé y caí, lo siguiente que me doy cuenta es Sara ayudándome a ponerme de pie.

    Creo que es hora que los dos ya vayan a descansar- Decía mientras intentaba ocultar una gran risa claramente ocasionada por nuestro estado etílico.

    Pedro aceptó y reconoció su estado deplorable, me pidió acompañarlo a casa y admitiendo que por su estado no podría llegar solo a su cama. Incluso me propuso que yo durmiese en su cuarto y él dormiría en el cuarto de invitados. En mi mente estaba el plan de acostarlo e irme a mi casa, ya que no quería molestarlo haciéndolo no dormir en su cama, pero para evitar que insista y perder tiempo, le dije simplemente que si.

    Llegamos a su casa en un taxi y quedó impresionada. Es básicamente una mansión, estábamos en uno de los barrios más caros de la ciudad, era una casa con un jardín bastante grande. La planta baja básicamente era un garaje en el que estaban unos 6 autos, y aun había espacios vacíos. Un primer piso con una cocina, sala de estar y comedor de lujo, un segundo piso con varias habitaciones, todas amuebladas, finalmente una terraza la cual contaba con piscina, jacuzzi y sauna.

    Nadie se enojara porque llegues es este estado- le dije mientras entrabamos a la habitación que me indico que era su cuarto.

    Vivo Solo, no hay nadie acá- Me dijo mientras poco a poco se recompone de su borrachera

    Llegamos a su cuarto y de manera conjunta caímos los dos a la vez lado a lado en la cama. Si bien el plan era irme de ahí ni bien deje a Pedro, la cama al ser cómoda y esponjosa me hizo querer quedarme un rato acostada. Me acosté de lado y solo vi que mi nuevo amigo se me quedó mirando, quedamos viéndonos unos segundos a los ojos. Fue un impulso, los dos nos acercamos hasta que nuestros labios chocaron.

    En un inicio el beso empezó suave y romántico, pero conforme avanzaba el beso se volvía mucho más salvaje. Sentía como su lengua poco a poco rozaba mi labio como pidiendo permiso para invadir mi boca, invitación que lógicamente di. Conforme su lengua jugaba con la mía en mi boca sentía como su mano empezaba a presionar mi cintura, y como poco a poco bajaba hasta poder rozar mis muslos, aquel tacto no duró mucho ya que al poco rato sus manos se dirigieron a poder tocar mis nalgas. Las presionaba y apretaba, jugaba con ellas, si bien nunca destaque por tener un buen cuerpo, él las apretaba como si fueran mucho más grandes.

    Sentir sus manos en mis nalgas, y su lengua en mi boca generó que de mis labios saliera un leve gemido. Pero por muy leve que haya sido Pedro lo llegó a escuchar tomándolo como una invitación a que siga arriesgando más. Sus manos empiezan a desabotonar mi pantalón y empiezan a luchar por bajarlo. Si bien tenía el calor y desesperación por dar el siguiente paso, me puso a mil verlo desesperado por quitarme el pantalón, en sus movimientos podía percibir que si por el fuese rompería todas mis prendas, tome la decisión de poder ver como el me quitaba el pantalón sin que yo la ayudara, pero al sentirme quieta sin hacer nada aunque de segundos se tratase, supe que era mi turno de jugar lleve inmediatamente mi mano a su paquete. Impacte mi mano presionando y apretando, solo vi en su rostro y cuerpo como si de un electroshock se tratase y se paraliza brevemente, viéndome a los ojos correspondí solo con una mirada coqueta y como si de sus últimas fuerzas fuese al fin lograría quitarme el dichoso pantalón.

    La escena, los dos en la cama, yo sin pantalón teniendo solo mi ropa interior cubriendo mi intimidad, teniendo mi mano presionando y reclamando su paquete. Era mi turno de tomar el control, me subí encima, dejando inmovilizadas sus manos al yo sujetarlas, mientras presionaba mi culo en si paquete, me meneo de manera lenta, sintiendo como su amigo se desespera por salir. Siento que es suficiente tortura para él y bajo lentamente hasta la altura de su pantalón, desabrocho su cinturón y pantalón, de un tirón bajo no solo su jean si no que igual su bóxer, a lo que inmediatamente salta su p… casi golpeando mi rostro.

    Le doy una sonrisa traviesa y apoyo lentamente mi rostro al lado de su masculinidad. Sujeto con firmeza a su amigo y solo escucho un pequeño gemido salir de su boca. No aguanto más y doy una lamida desde el centro de los huevos hasta la punta de la cabeza. Sí bien no era de un tamaño impresionante, no era pequeño, por lo que cuándo intenté meterlo a mi boca no entró por completo. Y ahí estaba subiendo y bajando mientras su masculinidad entraba y salía de mi boca haciendo ese ruido característico. Mientras tanto con mi mano derecha masajeaba sus testículos, con la izquierda sólo podía agarrar su mano y sentir como la apretaba.

    Era cuestión de tiempo sí seguí así para que el terminé, pero no planeaba que nuestra noche terminara tan rápido. Me quito mis bragas y subo encima de él poniendo a su amigo a la altura de mi entrada. Mientras miro sus ojos solo me dejó caer mientras su miembro va penetrando en mi interior. Sus manos se posaron en mi cadera y yo solo pude dejar escapar un leve gemido.

    Subiendo y bajando mis caderas sentía cómo él invadía mi interior además del sonido del choque de mis nalgas estrellándose contra él. Cada vez mis gemidos iban creciendo más y más. En medio de la embriaguez, más del momento, que de las copas, solo exploto con un grito final que estoy segura hasta los vecinos podrían haberlo escuchado, caigo derrotada apoyada en mi amante de la noche. Siento como levemente un calor recorre el interior de mis muslos y me doy cuenta que aquel líquido tibio emana de mi interior. Entre el temor de que haya terminado dentro mío, pesó más el morbo, y no pude ocultar aquella sonrisa traviesa de mi rostro.

  • La zanahoria

    La zanahoria

    Fue un día agotador en el hospital, de esos en los que los problemas de los demás parecen pesar más que los propios. Al menos había llegado a su final. En el camino hacia casa, el recuerdo de la noche anterior resonaba en mi mente: horas de gemidos apasionados provenientes del apartamento vecino, donde una pareja de veinteañeros acababa de instalarse. Irónico, considerando lo poco satisfactorias que habían sido mis últimas citas y lo mucho que anhelaba un poco de atención personal.

    Después de una ducha caliente, decidida a darme un poco de placer, me dirigí descalza a la cocina en busca de algo que me ayudara a olvidar todo el estrés acumulado. Y ahí, dentro de la nevera, es donde encontré a la protagonista de esta historia: una zanahoria fresca y tentadora que había comprado esa misma tarde. ¿Quién hubiera pensado que una simple zanahoria se convertiría en mi mejor amiga?

    Sin pensarlo mucho, me dirigí a mi habitación y creé el ambiente perfecto para esta experiencia íntima. Cerré las persianas, encendí unas velas aromáticas y me deshice de mi ropa. Desnuda y con una sonrisa traviesa en el rostro, sostuve la zanahoria en mi mano y la observé con curiosidad.

    Su forma suave y curvilínea me provocaba todo tipo de pensamientos pecaminosos. Acaricié suavemente su superficie fresca y suave, dejando que mi imaginación volara. La deslicé por mi piel desnuda, disfrutando de la sensación y permitiendo que la excitación se apoderara de mí.

    Cerré los ojos y me dejé llevar por las fantasías más atrevidas. La zanahoria se convirtió en mi juguete improvisado, explorando cada rincón de mi cuerpo con sus caricias. Me entregué al placer que brotaba de cada movimiento, dejando que mi cuerpo se fundiera en un torbellino de sensaciones.

    Pero, de repente, el maldito destino intervino. La zanahoria decidió tomar un camino propio y se quedó atascada dentro de mí. Un escalofrío de pánico recorrió mi espalda y comencé a entrar en pánico. ¡¿Qué demonios iba a hacer ahora?!

    Intenté sacarla desesperadamente, pero cada intento solo parecía empeorar las cosas. Estaba atrapada, maldita sea. Mi mente se llenó de pensamientos desquiciados. ¿Cómo diablos había llegado a esta situación? ¿Qué pensarían mis colegas si se enteraran de mi elección poco convencional de objeto de placer? La vergüenza, la frustración y el miedo se mezclaban dentro de mí.

    Necesitaba ayuda, eso estaba claro. Pero no podía permitir que este incidente arruinara mi carrera como médica. Me encontraba en un aprieto tremendo, atrapada entre mi propia libido y las posibles consecuencias que esto podría tener en mi vida profesional.

    Y ahí es donde la historia queda en suspenso. Aquí estoy, con una zanahoria atascada en mi interior, lidiando con el caos en mi cabeza y tratando de encontrar una solución para salir de esta con la dignidad intacta.

  • El extraño viajero (1)

    El extraño viajero (1)

    Emilia llegó a la estación autobuses. Era viernes, y después de trabajar había decidido ir a ver a sus padres. Tenía veintiséis años y llevaba trabajando uno por su cuenta realizando programas informáticos para pequeñas empresas. Era buena con la informática, y los clientes apreciaban su trabajo, pero sus relaciones sociales en general no eran demasiado buenas.

    Había vivido en un piso compartido con otras chicas durante la carrera, pero apenas se había relacionado con ellas. Su timidez y su introversión la superaban. Varias relaciones esporádicas con diferentes chicos no habían mejorado su sociabilidad, aunque si que había conocido el sexo pero sin demasiado éxito. Cuando lo había hecho con algún chico volvía a casa con una sensación de impotencia porque siempre le faltaba algo, pero no sabía qué.

    Vio el autobús que le correspondía y accedió a él. Buscó el asiento grabado en su billete y cuando llegó a la fila correspondiente vio que había un hombre sentado en Uno de los dos asientos paralelos al suyo al otro lado del pasillo. Tendría cerca de los cincuenta, un poco calvo y con algo de barriga. En principio le recordó a su padre mientras se saludaban cordialmente con un gesto.

    Emi, que así es como le gustaba que la llamasen, se sentó junto a la ventanilla y el autobús arrancó. Eran de los últimos asientos y la poca gente que viajaba iba dispersada. Era un viaje de un par de horas y Emi pensaba echarse un sueñecito. Se había puesto cómoda para el viaje, unos shorts algo elásticos que se ajustaban a su culazo, porque tenía un buen culazo perfectamente redondeado y algo respingón, del que estaba muy orgullosa y se lo admiraba a menudo ante el espejo. Pensaba que si ella misma no se quería, quién la iba a querer? Sus tetas, sin ser muy grandes, tenían un tamaño considerable, con unos pezones caprichosamente gorditos.

    Nada más arrancar el autobús el señor que se sentaba al otro lado del estrecho pasillo comenzó a hablar contándole a donde iba, cuántas veces hacia ese viaje, por qué lo hacía… la voz le pareció agradable, y aunque no estaba interesada intentó mostrar atención para ser educada. También la hizo preguntas que contestó de mala gana.

    –No te importa que me siente a tu lado? Es para no tener que levantar la voz! –dijo él a los quince minutos de viaje.

    Sin darle más opciones ya se había levantado y prácticamente sentado en el asunto contiguo. Al hacerlo la rozó con una pierna por la estrechez, pero Emi no protestó. Al momento sintió el olor que desprendía a través de la camisa medio desabrochada. Era un olor fuerte y ligeramente desagradable. Emi pensó cuando habría sido su última ducha que se había dado.

    Ya había anochecido y el conductor había apagado las luces generales del autobús, y tan solo se veían algunos pequeños focos que habían encendido algunos pasajeros para leer, y que tan solo iluminaban sobre ellos, además de las luces de emergencia.

    Ni Emi, ni Vicente, que así es como dijo que se llamaba el hombretón calvo y barrigudo, encendieron los de sus asientos, pero las luces de emergencia dejaban ver a Emi alguna gota de sudor que caía por la despejada frente de Vicente. Él siguió hablando mientras Emi le dirigía miradas esporádicas para darle a entender que le escuchaba, hasta que en una de ellas se dio cuenta de cómo se le había abultado el pantalón.

    El principio le dio algo de risa que intentó disimular, pero después de ver cómo se pasaba la mano sobre la bragueta varias veces se puso nerviosa y sintió algo de temor. Se pegó más a la ventanilla intentando pensar que iba en un autobús con más gente, y que aquel calvo con una verborrea incansable no se atrevería a hacerla nada.

    Sin parar de hablar de cosas, que ya Emi ni escuchaba, se bajó la cremallera del pantalón y se metió la mano, y cambió la conversación para hablarle de su hija.

    –Tengo una hija de tu edad, aunque no es tan guapa como tú, jejeje.

    –Ah, si? –contestó Emi casi en automático mirándole con cierto nerviosismo a la cara.

    El sudor se hacía más copioso por su frente, y los ojos, pequeños y separados por una ancha nariz aguileña le brillaban con intensidad.

    –Si, tenemos mucha confianza y me cuenta muchas cosas de su vida cotidiana. Tú hablas con tus padres?

    –Algo cuando voy a verlos. Aunque también me mantengo en contacto por teléfono.

    –Pues mi hija habla mucho conmigo, y me cuenta lo bien que lo pasáis los jóvenes ahora!

    Emi se quedó paralizada haciendo que miraba al frente, pero con las pupilas totalmente desviadas hacia la polla que se acababa de sacar bajo su barriga cervecera. Se puso tremendamente nerviosa, y no sabía si decirle algo o simplemente gritar, pero no conseguía articular nada con su boca semiabierta y la garganta reseca.

    El calvo indecente (como acababa de denominarle en sus pensamientos), comenzó a sobarse el enorme miembro que estaba completamente erecto con lentitud mientras continuaba hablando.

    –Mi hija me dice que ahora no es como antes, que si te apetece acostarte con alguien lo haces y al día siguiente si te he visto no me acuerdo, jajaja! –rio mostrando su dentadura desordenada y algo amarillenta.

    Emi quería hacer algo, deseaba hacer algo para parar aquello, pero su mente se había bloqueado. No quería mirar la enorme verga con la piel totalmente estirada dejando el bálano con forma de flecha completamente a la vista, y la corona perfectamente marcada en su base, pero no podía evitar que sus ojos se clavaran como un imán. Los miembros de los chicos con los que había estado no se acercaban a ese tamaño ni por asomo. Solo había visto pollas así en algún vídeo porno en internet que a veces utilizaba para masturbarse.

    –Seguro que a ti también te gusta pasártelo bien, como a mi hija! –dijo babeante a la vez que le agarraba la mano más cercana.

    Emi, había entrado en un estado de mutismo total, como si se hubiese quedado sin voz, y tiraba de la mano que le había agarrado el calvo indecente, pero su fuerza era mucho menor que la de él y no pudo evitar que le llevará la mano hasta la enorme verga. La había abierto completamente con todos los dedos estirados en plena tensión, y toda la palma de la mano se pegó al tronco labrado de venas en plena actividad.

    –Tócala bien! Ya verás como te gusta sentir este trozo de carne sin hueso en tu mano! –le dijo con voz gutural.

    Emi sintió un estremecimiento en todo su cuerpo al sentir ese trozo de carne (como decía el calvo barrigudo) pegado a la palma de su mano. Hizo que lo tocara varias veces y después le soltó la mano para seguir pajeándose mientras la miraba como un felino al acecho de su presa.

    El sudor y el olor aumentaban, y Emi sentía que la faltaba el aire en su garganta reseca por la alterada respiración.

    –Se que te ha gustado, y que deseas tocarla otra vez, pero no te atreves! –Le susurró contra la oreja.

    Emi sintió el susurro, el aliento, incluso las babas de su inmunda boca, y le dio algo de repugnancia, pero no contestó, no gritó, ni le abofeteó como había pensado hacer en algún momento. No quería mirarle de frente, pero sus pupilas se desviaban hasta casi salirse de los ojos para mirar la estaca que crecía desde su regazo.

    –Venga, no seas tímida. Si sé que quieres hacerlo!

    Volvió a tirar el calvo de su pequeña mano. Otra vez intentó evitarlo de forma inútil, y la palma impactó de nuevo varias veces contra el endurecido miembro. Ya no intentó gritar tan solo miraba con intensidad como aquel gordo asqueroso restregaba la mano contra su polla. Volvió a soltársela para manoseársela de nuevo.

    –Te gusta resistirte, eh! –volvió a babear contra su oreja.

    El hedor de su cuerpo se mezclaba con el olor a alcohol que desprendía su aliento. Llegó a sentir como la lengua tocaba su oreja, pero tenía la mente aturdida, confusa, intentando asimilar lo que estaba pasando sin saber cómo reaccionar.

    Un tercer intento hizo que su mente turbada cediera. Cuando le cogió la mano apenas se opuso, y dejó que la pasara por todo el estirado miembro sin apenas oponer resistencia. Vicente, al notar que ya no tiraba, mantuvo más tiempo ese roce volviendo a susurrar a su oído.

    –Ves como te va gustando! Sabía que eras tan putita como mi hija!

    Su voz era más ronca, más gutural, y el aliento embalsamado de alcohol impregnó toda su cara. Quizás inconsciente, o quizás conscientemente, fue cerrando los dedos hasta abrazar el venoso tronco. Otro escalofrío recorrió su cuerpo al sentir esa pedazo de verga entre sus pequeños dedos. Vicente, que seguía aferrándole la muñeca, comenzó a moverla despacio.

    –Mi hija también se resistió la primera vez, y ahora es ella la que pide tenerla entre sus manos y su boca!

    Al ver que Emi ya no se oponía y la sujetaba con fuerza, le fue soltando de la muñeca.

    –Así, sigue… despacio… ves como te va gustando! –seguía susurrándole al oído.

    Emi tan solo movía su pequeña mano arriba y abajo con los ojos fijos en el agresivo capullo. Un par de gotas afloraron por la punta en el momento que el autobús hacia la primera parada. Las luces generales se encendieron y Vicente le sujetó la mano para que no la retirarse por el susto. Puso por encima la chaqueta que había doblado sobre el reposabrazos para ocultar la erección y la mano de Emi aferrada a ella ante un par de pasajeros que pasaron por el pasillo.

    –Tranquila putita, esto solo durará unos segundos y después seguirás haciéndome esa deliciosa paja que has empezado!

    Oía las palabras del asqueroso calvo como órdenes, órdenes que no quería aceptar, pero que sin saber por qué las cumplía. Las palabras del mal oliente acompañante se cumplieron, y a los pocos segundos se apagaron como había vaticinado a la vez que el autobús se volvía a poner en marcha.

    –Ves, ya tenemos de nuevo intimidad! –dijo retirando la chaqueta mientras mantenía sujeta la muñeca de Emi.

    Ella volvió a mirar el tirante capullo que destacaba por encima de la barriga. Las gotas de líquido preseminal lo habían impregnado por completo, y ahora brillaba a la tenue luz de emergencia. Emi miraba la enorme verga como si esa visión la hubiese hipnotizado y comenzó a mover la mano de nuevo de forma inconsciente. La piel tersa se deslizaba por el tronco ante el ensimismamiento de sus ojos, y el olor a polla ascendió por su nariz haciéndola estremecerse, pero no por miedo ni por asco, ella misma se sorprendió ante esa atracción sexual que la estaba produciendo.

    Continuó subiendo y bajando la piel embargada por esa sensación y Vicente se desabrochó totalmente la camisa dejando su asquerosa barriga al aire.

    –Te das cuenta como te gusta, putita! –volvió a susurrarle al oído, pero esta vez le pasó la lengua por la cara.

    El olor a alcohol disipó el olor a polla, e inconscientemente le recriminó con algo de furia.

    –No me chupes la cara, cerdo!

    Se dio cuenta que no lo hizo por la chupada en sí, sino porque había dejado de percibir ese olor a polla que en el fondo la había excitado.

    –Vaya, pero si eres una fierecilla! Eso me gusta, domar fierecillas!

    Emi había parado de pajearle, pero seguía aferrada a la polla como si le hubiesen pegado la mano con pegamento. Vicente se había dado cuenta pero no la dijo que siguiera, tan solo la insinuó que si no le gustaría ver el final.

    –No quieres ver salir la leche, putita? Se que eso os gusta a las putitas, y sobre todo saborearla! –le susurró sin chuparla la cara, pero esta vez le puso una de sus grandes manos sobre la pierna.

    A Emi le dio una sacudida todo el cuerpo al sentir la zarpa, pero no sé entendía a si misma. Su mente luchaba por parar aquello, pero a la vez una tremenda excitación incomprensiblemente la dominaba.

    –Tranquila pequeña, no te voy a hacer daño! Solo quiero comprobar si tú chochito ya rezuma!

    Emi se sorprendió que el muy cabron supiera lo que le ocurría a su cuerpo. En el momento de decirlo se dio cuenta que las bragas se le habían humedecido bajo los elásticos shorts.

    Sin llegar a entenderse ella misma, volvió a pajear la enorme verga mientras sentía los gruesos dedos del inmundo calvo tocar sobre su raja. Aumento el ritmo de la paja y sintió los jadeos guturales sobre su oreja. El olor a alcohol aumentaba por momentos, pero el inhiesto glande con forma de punta de flecha comenzó a soltar semen como si hubiesen abierto un grifo.

    Los salpicones se pegaban contra el respaldo del asiento delantero mientras la barriga subía y bajaba a gran velocidad al ritmo de su alterada respiración. El olor a semen comenzó a luchar contra el olor a alcohol, mezclados con el olor que desprendía su asqueroso cuerpo. Vicente se recostó sobre el asiento retirando la mano de los muslos de Emi, pero ella, casi enajenada, continuó masturbándole hasta que dejó de manar leche de la enorme verga.

    En ese momento la soltó como si le diese un calambrazo y comenzó a darse cuenta de lo que había pasado. Le acababa de hacer una paja en un autobús a un asqueroso barrigudo que podía tener la edad de su padre.

    Vicente ya no habló más. Cuando se recuperó se guardó la polla, abrochó su camisa y se cambió a su asiento original. A Emi le latía el corazón a mil. Estaba nerviosa y a la vez furiosa por lo que había pasado.

    Al rato el autobús se detuvo de nuevo y Vicente se levantó. Dejó una tarjeta sobre el asiento contiguo al de Emi y se inclinó un poco para decirle.

    –Se que te has quedado con ganas de probar ese néctar que se ha desperdiciado entre los asientos. Te dejo mi número por si quieres probarlo otro día!

    Las palabras del calvo cervecero hicieron que el olor a lefa que desprendían los chorretones colgantes volviera a llenar las vías respiratorias de Emi. Vicente se bajó y el autobús se puso en marcha de nuevo.

    Emi pudo relajarse al sentirse sola, y empezó a darle vueltas a lo que había pasado. Como había podido llegar a eso? Ahora la parecía increíble, inaudito, imposible, pero la realidad es que había ocurrido.

    Leyó la tarjeta. “Vicente Rufián –Venta de electrodomésticos”. También venía la dirección y dos números de teléfono. Uno debía de ser el de la tienda y el otro el del móvil.

  • Algo raro paso en el parto

    Algo raro paso en el parto

    Hola mi nombre es Sandra, actualmente tengo 26 años, casada y con un niño de 6 años, esto que les platico me ha generado mucha duda y morbo, pero ahora quiero compartirlo.

    Cuando supe que estaba embarazada comencé mi seguimiento en una clínica local, y quién me vio los 8 meses fue el ginecólogo Luis, hombre bajito como de unos 55 años muy amable.

    Durante los primeros meses todo marchaba muy bien, asistía a mis consultas de rutina, en ellas nunca note nada raro, simplemente me hacía mis chequeos de rutina y ya, así llegue a los 8 meses era la penúltima consulta antes de mi cesárea solo que en esa ocasión no pudo asistir mi esposo, no vi problema así que salí al consultorio, era la primera y única paciente así que pase rápido, nos saludamos todo con normalidad, pero cuando empezamos el doctor Luis me pidió algo nuevo.

    -Sandi, veo que estamos a nada del gran día, quiero pedirte que por favor hagamos unas últimas pruebas para dejar todo listo.

    -Claro doctor, dígame qué hay que hacer.

    -Muy bien porfa quiero que pases al baño y te retires toda la ropa y cuando estés lista vengas conmigo

    Me cayó algo extraño su comentario pero no vi gran problema, así que fui directo al baño y comencé a quitarme la ropa, yo esperaba ver una bata como de costumbre pero nada.

    -Estoy lista doctor, pero no hay ninguna bata

    -Tranquila Sandi, puedes salir así, no hay ningún problema

    -Está bien, voy enseguida

    Me limpie rápidamente el culo, y mi vagina siempre lo hacía.

    -Muy bien Sandi, ya está lista la mesa puedes salir

    Con algo de pena y la mirada hacia abajo salí del baño y me recosté sobre la mesa, estaba algo fría así que pude ver qué mis pezones se ponían muy duros.

    -Comencemos, recuéstate boca arriba, dobla las piernas llevando las rodillas hacia tu vientre.

    Me acomodo lo mejor que pude, tome mis piernas y comencé hacer las flexiones, el doctor tomo un banco, se colocó sus guantes y procedió a tomar haciendo frente a mi sexo, sentía pena que me tuviera así frente a él, pero también no podía evitar ponerme cachonda por la situación, así que continúe…

    -Muy bien Sandi, otro poco necesito ver si hay alguna dilatación. Enseguida puso su mano por encima de mi vagina y con dos dedos abrió mis labios, sentí un cosquilleo que me hizo dar un pequeño brinco, Luis me preguntó si está bien, o sentía dolor, yo le dije que no era nada solo un reflejo, hice dos flexiones más cuando sentí que me había mojado un poco, está muy apenada.

    -Excelente Sandi puedo ver qué te encuentras bien, deja sécate un poco, tomo una toalla y la paso por encima de mi vagina suavemente sentía algo rico en mi, muy bien otro ejercicio ponte de pie por favor, enseguida me puso un medidor de presión en el brazo ahora por favor sujeta la mesa con ambas manos separa un poco los pies y ponte de espaldas a mi, me puse en posición y espere las instrucciones, muy bien por favor realiza 10 sentadillas bajando lo más que puedas, vamos a checar tu ritmo cardíaco, comienza.

    Era extraño estar desnuda frente a él, mientras yo hacía ejercicios dónde él podía verme todo el culo, pero bueno comencé bajaba lo más que podía y como a mitad del ejercicio volteo un poco hacia atrás y pude ver cómo el doctor se frotaba con la mano su miembro sobre el pantalón, gire rápido la cabeza y trate de acabar lo más rápido posible estaba nerviosa por qué hacía eso, me pregunte.

    Cuando acabamos me dijo que mi ritmo se había acelerado muy rápido me preguntó si me había sentido mal, yo contesté rápido diciendo que la panza me estorba mucho para agacharme, muy bien Sandi, solo hacemos el tacto de rutina y terminamos, me recosté otra vez sobre la cama y recogí las piernas abriéndolas lo más posible, cuando el doctor, se fue a cambiar los guantes podía mirar que aún tenía una leve erección, no sabía que pensar era raro estar así, bueno cuando llegó frente a mi se sentó en su banco y me dijo, aquí vamos…

    Se puso un poco de lubricante en el guante y con la otra mano abría mis labios de lado a lado, comenzó frotando por fuera su mano como si me estuviera masturbando lentamente, yo apretaba los puños y me mordía un labio lo más silencioso posible ya que cuánto más lo hacía, más excitada me ponía, no quería que él se diera cuenta, pero era inevitable a ese punto ya me estaba mojando y claro que se dio cuenta, acercó 4 dedos al orificio de mi vagina intentando meterlos todos al mismo tiempo.

    Yo sentía delicioso y no podía evitar que mi vagina se contraiga, le costaba un poco, pero de un empujón metió todos en mi, yo me contorsioné como una poseída mientras se me iba la respiración, volteo a verlo y el no despegaba la mirada de mi sexo, parecía que estaba a punto de venirse.

    Yo recosté mi cabeza hacia atrás esperando que el doctor terminara su manoseo, el seguía hurgando dentro mi vagina yo solo disfrutaba, de pronto saco su mano y yo podía sentir que mi vagina había quedado abierta, él me dijo terminamos se veía rojo del rostro sabía que estaba muy excitado.

  • Mi papi se masturba con mis pantys

    Mi papi se masturba con mis pantys

    Hola mi nombre es Estefany voy a contarles lo que me sucedió hace ya algunos años.

    Soy una mujer madura bueno ya casi 40 años, tengo un bonito cuerpo; buenas piernas, buen trasero y buenas bubis o por lo menos eso es lo que me han dicho.

    Esto que les voy a contar paso aproximadamente hace 10 años ya, estaba en el patio de mi casa lavando mi ropa (en esa ocasión traía puesto un vestido algo corto) al principio no me di cuenta pero empecé a notar que cada vez que subía a tender mi ropa mi papa pasaba por el patio sin alguna razón aparente, yo no le preste mucha atención y seguí con mis actividades, conforme fue pasando el día me pude percatar que mi papá se comportaba de manera rara, me empecé a dar cuenta que el me miraba de una manera muy libidinosa me miraba mis piernas y mi cuerpo, también me di cuenta de que me espiaba cuando me cambiaba de ropa e incluso cuando me bañaba, con esa mirada tan morbosa que sentía como si me observara un pervertido desnudándome con la mirada, actitud que me molestaba demasiado, pero de momento no me animaba a reclamarle.

    Mi papa normalmente salía a trabajar desde la madrugada y a veces regresaba a la casa y después se volvía a ir a trabajar.

    Un día que yo estaba en casa, me estaba bañando y no me di cuenta que mí papa estaba en casa y cuando salí de la ducha solo me coloque una toalla y me dirigí a mi habitación a vestirme, cuando llegue a mi habitación me percate que el cesto de la ropa sucia estaba desacomodado y la ropa estaba como si la hubieran registrado, termine de arreglarme y cuando salí de mi habitación pude escuchar algo raro en la habitación de mi papa, algo que me resulto extraño y me acerque para intentar escuchar mi gran sorpresa fue oír a mi papa masturbándose.

    No sé que fue lo que me dio que me entro mucho curiosidad y decidí espiarlo en ese momento, entonces me fui a la terraza para poder verlo, cual fue mi sorpresa que él se estaba masturbando con una de mis pantys, él se la frotaba con su tremenda verga que estaba como un palo, no puedo describir la sensación que sentía en ese momento pero seguí viendo a mi papa como se enrollaba mi prenda en su enorme verga y decía mi nombre, tomando mi prenda y llevándola a su verga poniendo la parte que cubre mi conchita en su enorme glande que ya se encontraba a punto de explotar y grito tómala hija y pego un grito como un cerdo y arrojo una gran cantidad de semen en mi panty.

    Luego se limpió con ella misma y se levantó de la cama y la llevo al cesto de donde la tomo, yo no sabía que hacer así que fingí que estaba recogiendo la ropa, cuando baje y el me vio se puso muy nervioso y salió de prisa de la casa, inmediatamente me dirigí a mi cuarto, pero empecé a sentir muy excitada, buscaba mis pantys que mi papa había usado para masturbarse y que las había dejado bañadas con su semen, cuando por fin las encontré me las lleve directamente a saborear y oler ese rico semen, no podía contenerme y empecé a masturbarme.

    Quería que mi papa me cogiera, incluso frotaba mi panty con mi conchita para mezclar nuestros jugos, me sentía cada vez más caliente y excitada, esto ya no lo podía dejar pasar mi papa me deseaba y a mi me empezaba a agradar la idea. Tenía que seducirlo para que él se animara perdiera el miedo de pedírmelo.

    Por la noche al dormir me sentía extraña, pero decidí ignorarlo, a la mañana siguiente al despertarme recordaba cada detalle de lo que había soñado, fueron sueños húmedos en los que aparecía mi padre besándome cada parte del cuerpo primero de manera suave, pasando a esas mordidas deliciosas que hacían que me volviera loca y después de los besos el me cogía en todas las formas imaginables (formas en las que ni siquiera había experimentado), ese día amanecí con las pantys totalmente mojadas y me di cuenta que había despertado en mi ese deseo sexual que ahora ambos compartíamos.

    Al levantarme de la cama y salir de mi cuarto al primero que me encontré (tal vez esperando a que me metiera a bañar para observarme fue a mi papá), enseguida volvieron a mi mente las imágenes del sueño que había tenido donde el disfrutaba de mi cuerpo, inconscientemente mi caminar delante de él se tornó más sensual, sin premeditarlo me estaba prácticamente exhibiendo, aun cuando llevaba puesto un pants, aunque deportivo y ajustado en el cual se podían ver como se marcaban mis pantys, vi a mis papa a los ojos y sentía como me desnudaba y eso me ponía más caliente.

    Me metí a bañar y pude ver una sombra en la puerta, mi padre me estaba espiando, yo animada por la excitación que en ese momento dominaba mi cuerpo me fui despojando lentamente de la ropa esta vez con movimientos sexys y cachondos, hasta quedar completamente desnuda y me di tiempo para quedarme así unos minutos teniendo plena conciencia de que mi papá me estaba observando, lo que me excitaba aún más.

    Durante el baño me estuve exhibiendo de forma descarada, tocaba mis senos suavemente y jugaba con mi clítoris soltando pequeños gemidos que él podía escuchar, para aumentar nuestra excitación me tarde el doble del tiempo que usualmente empleo en bañarme, no quedó nada que no le mostrara, mi vagina, mi trasero, mis senos.

    A partir de ese día no dejaba de exhibirme dejándolo ver mis piernas y pantys en cada oportunidad que nos brindaba la vida en familia, me excitaba sobre manera saberme deseada por él, se empezó a ser cotidiano que saliera de mi cuarto con solo una blusa y en pantys o con vestidos cortos fingiendo que era una situación casual y supuestamente que ignoraba su presencia, comencé a moverme de manera más sexy y sensual contorneando mi cuerpo en forma provocativa y sin tratar siquiera de disimular, lo que seguramente él disfrutaba, ya que enseguida se le notaba el abultamiento de ese delicioso pene bajo de su pantalón y sentía como me devoraba con su mirada lo que me ponía aún más cachonda de lo que ya estaba.

    Comencé a dejar diariamente mi ropa sobre la cesta de la ropa sucia para incitarlo a tomarla, y comencé a masturbarme oliendo mis pantys llenas de su delicioso semen, mientras el ayudaba con ese propósito de mantenerme excitada ya que él lo hacía diariamente dejando muchas de mis pantys llenas de su leche (lo primero que el hacía era tomar mis pantys y extenderlas para mirarlas, después las llevaba a su nariz oliendo esa zona, la zona donde se marcaba la humedad donde yo gustosamente ponía mi vaginita, acto seguido él se las llevaba a su verga la cual siempre estaba en total erección mostrando su gran tamaño y grosor la cual deseaba llevar a mi boca, mientras que el tamaño de sus testículos es sorprendente los cuales imaginaba como me cogían rebotaban contra mi clítoris, mientras que deseaba sentir ese glande brilloso y carnoso en mi boquita.

    De inmediato me empecé a sentir excitada y caliente, empapando mis pantys en segundos, mi padre sostenía con una de sus grandes manos una de mis pantys que había usado justo un día antes, a la vez yo observaba como el aspiraba el aroma de mi sexo, lamiéndolas, mientras con la otra se masturbaba su delicioso pene, instintivamente yo comencé a masturbarme también frotando mi clítoris, enseguida mi papa envolvió mi panty y la puso alrededor de su hermosa verga frotándola con fuerza y un ritmo constante

    Aquella excitante escena se prolongó por varios minutos hasta que empezaron a brotar chorros de blanca leche en abundante cantidad que vertía sobre mis pantys y se limpiaba con ellas, para después salir y dejar mi ropa sucia manchada sobre el cesto, de inmediato me apresuré a esconderme con mis pantys totalmente empapadas, por lo que enseguida tuve la necesidad de masturbarme imaginando la ricura de polla que tiene mi papi.

    Esto continúo por varios días, él se masturbaba con mi ropa interior varias veces a la semana y cada día me excitaba más despertando en mí el deseo irrefrenable de poder besar, lamer y mamar ese delicioso miembro hasta que el eyaculara en mi boca sumado al anhelo de tener su verga dentro de mi vagina y sentir toda esa leche llenándola, sintiendo sus manos y su boca recorriendo todo mi cuerpo.

    Por lo que se volvió cotidiano que cuando me masturbaba cerraba los ojos y me imaginaba a mi papá follándome, así mismo imagino que le chupo la verga lo que me hace tener orgasmos más placenteros. El hecho de que sea algo cotidiano no impidió que la situación sea menos cachonda, sino cada vez más agradable y aumentando el deseo, debido a esto cada día mis exhibiciones con mi papi se volvieron cada vez más descaradas y de su parte ya no intenta disimular el bulto de su excitación cuando me está viendo las piernas y las pantaletas.

    Estoy segura de que es cuestión de tiempo para que yo y mi papá consumemos el incesto.

    Los invito a seguir esta serie de relatos.

  • Gustos culposos

    Gustos culposos

    En este 2023 cumplo 13 años de ser travesti ocasional y de ser bisexual más de 30. Mi profesión es licenciado en Derecho y no me va nada mal pero el gusto de ser travesti es mi pasión, vivo para vestirme, salir a ratos vestida en la calle, me gusta que me vean, que me chiflen, que me digan vulgaridades. Y pensar que el gusto de vestirme de nena fue por una exnovia, me motivaba a salir, me maquillaba, me compraba leggins, labiales, juntas comprábamos pelucas, bolsitas sañismos al cine, en fin lástima de la diferencia de edades que fue lo que provocó la ruptura. En estos trece años he descubierto un mundo aparte, un mundo sensacional!

    Me encanta hacerles sexo oral, besarme con uno, con dos y hasta tres hombres, he hecho locuras como un doble anal, lluvia dorada que es deliciosa, beso blanco, he ido al Tribunal vestida de mujer y es fantástico, he salido hasta en el tv cuando filman la marcha del orgullo acá en CDMX.

    Iré contando mis aventuras poco a poco y espero les agraden, si gustan me pueden enviar correo electrónico a [email protected] soy de la ciudad de México.

  • Gibran

    Gibran

    Se supone sería una gran velada, mi familia, mi novio y yo la noche perfecta para celebrar mi compromiso, madre contrato un par de meseros para no tener que atender ella la mesa, sentí era exagerado para una presentación formal de mi compromiso con Alex… es hora dice madre, anda arréglate ponte hermosa que ya llega tu prometido y estamos por servir la cena querida, revire los ojos con una mofa a mi madre y ella sonrió y dio una nalgada que me hizo dar un pequeño brinco… me dirigía a mi habitación cuando al abrir la puerta me encontré a uno de los meseros husmeando mis bragas en ese momento no le reconocí ya que se mostraba de espaldas hasta que dijo:

    -Eliza…! Cuánto tiempo sin verte cariño

    Mientras volteaba a verme con una de mis bragas en la mano… sentí tanto escalofrío de verle allí no creí que esto me estaría pasando; apenas y pude mencionar su nombre cuando ya lo tenía frente a mi agarrando mi cintura mientras olía mi cabello y presionaba su miembro contra mi cuerpo.

    -Gibran…que que haces aquí -dije entre susurros viéndole con excitación y miedo a la vez.

    -Quería ver con mis propios ojos si es cierto que ya no te provoco nada, pero veo que es todo lo contrario dijo entre risas con una voz ronca pegando sus labios a mi boca…

    – aún me deseas Eliza…! -me dice al oído- porque yo a ti si

    -Gibran para…. esto por favor…

    – te voy a coger de muchas formas, vas a ser mi puta y te daré mi verga a cada rato y así no quieras tendré que meterte la verga porque no creo aguantar las ganas…

    Mientras a mi se me eriza la piel con solo verle y escucharle… trato de apartarlo, pero el me sujeta más fuerte, mientras sube mi falda con una mano me planta un beso inundando mi boca con su lengua… me toma en sus brazos mientras se sienta en la cama para sentarme en su regazo y desabrochar mi blusa, toca suavemente mi entre pierna, hasta llegar a mi sexo; con su boca, recorre lentamente mi cuello, hasta llegar a mis pechos para jugar con su lengua dando suaves círculos y mordiscos a la vez, me pierdo poco a poco en la excitación que Gibrain me provoca al juguetear con sus manos en mi sexo, siento como me humedezco, mientras una parte de mi sabe que está mal, la otra desea a este hombre con desesperación… Trato de ahogar un gemido pero no lo logro como tal…

    -Gibran…! Para por favor… -digo suavemente casi ronroneando al tacto de sus manos.

    – Eliza querida mía solo déjate llevar y si después de esto quieres que me vaya lo hare…

    -no, no es lo correc… lleva su mano a mi boca y se levanta rápidamente para ponerme por completo en la cama… tomando mis manos por encima de mi cabeza y con sus piernas separando las mías para tener acceso a mi coño, desabrocha su pantalón dejando libre su erección que pega contra mi sexo…

    -No soporto mas la excitación y anhelo tenerlo dentro de mi sexo, le suplico entre susurros que me coja, pero el parece disfrutar torturarme y comienza a besar mis pechos pasando su lengua sobre mi abdomen y bajando en zigzag hasta mi sexo rozando su lengua y labios con mi clítoris, cada vez me excito más no puedo evitar retorcer mi cuerpo y morder mi labio, el comienza a introducir su lengua rápidamente adentro y a fuera de mi sexo, primero lento y después rápido e introduce sus dedos en mi mientras sigue jugando con mi clítoris entre sus labios y lengua, no lo puedo resistir más y estallo en su boca mientras el me saborea, me mira con esos grandes ojos negros y sube hasta mi rostro para darme un beso…

    Le pescó del cabello y ahora soy yo quien lo toma besando, mordisqueando y lamiendo su cuello para bajar hasta su miembro y meterlo en mi boca comienzo por sujetarle con mi mano y acariciarle suavemente con el dorso de mi dedo, mientras mi boca y lengua le acarician su glande muy suavemente, recorriendo el largo y grueso cuello de su miembro de arriba abajo y dando pequeños círculos en su glande con mi lengua, puedo sentir como su miembro me responde al tenerlo dentro de mi boca mientras escucho sus gemidos que me excitan aún más y me preparo para meterlo al fondo de mi garganta siento como raspa al introducirlo y comienzo a subir y bajar lo introduzco a mi boca nuevamente para girar lentamente con mi lengua de abajo hacia arriba y lamer la punta de su glande estaba tan erecto y excitado que me tomo entre sus brazos y me volteo en 4 para introducir su miembro dentro de mi una y otra vez envistiéndome cada vez más duro y rico… jalando mi cabello y yo uniéndome en su danza sexual que me encantaba no para de gemir cada que su miembro entraba y salía en mi…

    -Eliza me voy a correr y quiero que te corras conmigo querida…

    Me excite tanto que comencé a moverme aún más rápido junto a él… para después quitarme rápidamente e introducirlo en mi boca saboreándolo de arriba abajo hasta tener acceso a sus pelotas las cuales rozo con mi meñique mientras mi lengua se ocupa de su glande, noto como Gibran comienza a retorcerse y eso me hace sonreír y con un movimiento muy rápido lo introduzco al fondo de mi garganta subiendo y bajando una y otra vez, tomo entre mis manos su miembro y comienzo a lamerlo jalando suavemente con mis labios una de sus pelotas.

    Sentía como mi abdomen se contraía y su miembro cada vez se sentía más grueso, jala de mi cabello para evitar correrse en mi boca pero me aferro a sus muslos y comienzo mi danza de movimientos mezclando el subir, bajar, lamer y succionar de su miembro, sujeta con fuerza mi cara y comienza a follar mi boca muy rápidamente hasta venirse en mi boca; siento como sus jugos entran en mi boca pasando por mi lengua hasta llegar a mi garganta sabe tan bien que sostengo su miembro con mis labios succionando hasta la última gota de el mientras el me mira con una sonrisa pizpireta y jadeando a su vez le respondo de la misma manera rosando mi lengua en mis labios, mordiéndolo a su vez…

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (22)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (22)

    A los negocios… ¿Entregada?

    —Me has contado que pensaste en mí, que me tuviste presente, aunque comprenderás que lo ponga en duda, pero igualmente quiero saber… ¿Qué carajos se te pasaba por la mente en esos momentos? ¡¿Fue en verdad tan fácil para ti traicionarme?! ¿No te sentiste mal contigo misma por haberlo besado? —Le pregunto al tiempo que separo su cuerpo unos centímetros del mío, alejándola un poco más al estirar mis brazos.

    Sin esperar por su respuesta, –que se demora en exceso– la esquivo por un lado y avanzo hasta la banca de madera para servirme un nuevo trago y encender otro de mis rubios cigarros, limpiándome el llanto de mis mejillas con las mangas arremangadas de la tela rosa que cubre mis antebrazos, y me viene a la cabeza una cita de Francisco de Goya que leí años atrás: «Nunca se escapa lo que se quiere dejar coger».

    Mariana, igualmente con sus ojos anegados por las lágrimas, se me acerca y de su bolso extrae los pañuelos faciales. Las absorbe con leves toques y con el uso de un solo pañito de papel bien doblado, que luego bastante húmedo, lo arruga. Termina por sentarse en el mismo lugar de antes, –observándome con pena– y yo con mi tormento a cuestas, le sirvo también otro poco de ron, sin mirarla directamente a los ojos.

    Ella me lo agradece sin palabras, pero sí esbozando a medias, una sonrisa. Y así tan muda, también toma su cajetilla blanca y con un hábil movimiento de su muñeca, hace saltar los cigarrillos, quedando tres o cuatro al alcance de sus dedos, pero con la boca abierta, aprisiona con sus dientes por el filtro, al más externo de ellos.

    Le da fuego con su propio encendedor y aspira, dos veces. La primera muy corta, sin fumar casi nada, más con la segunda se excede al hacerlo con mayor intensidad. De pronto, apurada por otorgarme una respuesta o debatir con su acostumbrada inteligencia mis reclamos, tose y expulsa todo el humo gris, y al girar su cabeza hacia la izquierda, crea una nube espesa primero, y después una estela leve que se difumina, persistiendo segundos después en seguir el brusco movimiento semi circular.

    Con su mirada dirigida hacia los adoquines o a la sandalia, que baila sin música pero al ritmo de su nerviosismo, –sostenida internamente por los dedos de su pie derecho– entreabre su boca y con la lengua humedece los labios, acercando nuevamente el cigarrillo sostenido con elegancia dentro de la horqueta que forman sus dedos índice y corazón, para fumar perturbada otra vez.

    —Pues no sé cómo será para los demás, –le respondo intentando recuperar la calma– pero para mí con ese beso concedido o entregado, según como lo quieras ver, fue dejarle entrar con su lengua a la intimidad de mi vida, traicionando mis principios y claudicando un poco a nuestra común animadversión hacia él.

    —Ya que lo preguntas, ser infiel no fue fácil, me tomó bastante tiempo asimilarlo. Horas de recriminaciones frente a la imagen de la mujer desleal que me devolvían los espejos de los baños en el club, pues sin tenerlo claro, fue el sitio más cercano para evadirme y pensar a solas en lo que había hecho, dirigiéndome hacia allí. O en la privacidad de mi automóvil, mirándome llorosa y extraña en el retrovisor, mientras esperaba a que el temblor en mis piernas se aplacara para descender del Audi e ingresar al lobby, como la mujer fiel de siempre o como leí en los labios de uno de los empleados del club al referirse a mí: «Ahí viene la buenona. ¡La señora del arquitecto García!».

    —Largos minutos de llantos enclaustrados y solitarios, –aunque los hubiera acompañado por la lluvia tibia de la regadera– sentada dentro de la ducha del baño en el gimnasio, pegando mi espalda a las baldosas y las rodillas a mis pechos. No, no fue fácil asumir que con esos besos de su boca en mis labios, los de arriba y los de abajo, ya había transmutado a tu adorada y fiel Mariana, en una Melissa mentirosa y traidora.

    — ¿De qué manera al verlo más tarde, enfrentaría al rostro amoroso e inocente de mi marido? Nerviosa lo pensé durante bastante tiempo, sentada luego en la cafetería del club, acompañada por una taza de capuchino. La tercera en verdad. La parte cuerda de mi razón, conectada por completo con el palpitar de mi corazón, estuvieron de acuerdo. Por eso me sentía tan infeliz al traicionarte. ¡Terriblemente mal!

    —El otro lado de mi cerebro, –sin ningún obstáculo sentimental de por medio– me hizo sentir por su lado un estúpido orgullo. ¡Había volteado la torta de sus burlas y era yo quien había tomado el control de nuestra nueva relación! No era yo, tu Mariana quien se hablaba así misma mientras terminaba mi bebida, casi fría. Era su Meli parcial, o la Melissa completa de todos los que en la oficina y para los clientes me llamaban así, la que ahora vencía las ínfulas de poder del domador. Me sentí muy bien por eso y sin embargo… ¡Para nada pensaba en ti!

    —Y estando sumida en mis pensamientos, no escuché los pasos a mis espaldas, pero si sentí que unos delgados y suaves dedos cubrían mis ojos por detrás. ¿Adivinas quién, coincidencialmente se encontraba allí?

    —Fadia tiene siempre por costumbre concurrir los viernes al club para recibir sus clases de tenis, aunque jugara a dobles tan mal. ¿Era ella? —Intento acertar con la respuesta.

    —Si era ella, pero no cielo, Fadia asiste los jueves, por eso encontrármela allí se me hizo extraño. Igual, nos saludamos como siempre y ella se sentó para contarme que por la noche tendría una cena con Eduardo para celebrar y por eso tenía una cita con la masajista para que la dejara relajada y más tarde en la peluquería, con algunos retoques dispuesta a disfrutar de esa noche.

    — ¿Festejar qué con exactitud? —Le pregunto con desgano a Mariana, bebiendo mis últimas gotas de ron.

    —Un negocio que estaba a punto de concretarse. Que solo faltaba darle el último complemento con la estocada final. Entonces recordé los documentos que le había llevado a José Ignacio y su comentario acerca de la amistad que Fadia mantenía con el familiar de su novia.

    —Ajá, ya veo. Y a ella no le causó curiosidad saber, ¿Qué carajos estabas haciendo tu allí, a esas horas y en un día laboral?

    —Por supuesto. Y también le mentí. Recuerdo haberle dicho que iba a visitar a una pareja interesada en adquirir una de las casas, pero que finalmente me habían cancelado la cita y sin nada más por hacer el resto de la mañana, estando tan cerca, para alejar el stress por las nulas ventas y la reunión incumplida, había decidido pasar por el club para olvidarme un poco de los inconvenientes, tomándome un café o algo.

    —No sabía que se te daba bien hacer eso. —Le hago el comentario y me siento a su lado pero no tan cerca.

    — ¿A qué te refieres? —Le pregunto sorprendida por su observación.

    —A mentir, por supuesto. —Le respondo, y Mariana se lleva la palma de su mano a la frente, dejando de mirarme.

    —Yo tampoco. El caso es que mientras hablaba con Fadia, –ella indagando por cómo iban las cosas en la constructora y yo respondiendo con cara de preocupación– la ponía al tanto de mi falta de negocios, aunque probablemente ella ya estaba enterada por boca de su marido, y la pantalla del móvil empresarial se iluminó. Yo no me interesé en él, pero Fadia sí.

    —Ella lo tomó y como no tenía registrado ningún patrón de bloqueo, sonriendo lo revisó y luego me lo enseñó, mostrándome que se trataba de una nueva solicitud que llegaba al falso perfil que entre las dos creamos para Instagram. Con mayor curiosidad que interés, me fije que era José Ignacio quien me la enviaba.

    —Y en un segundo, lo retiró de mi campo de visión pero pude darme cuenta de que su dedo pulgar maniobraba sobre todas las demás solicitudes. Clientes hace meses o días atrás atendidos por mí, tanto en la sala de ventas al sur de la ciudad, como en las casas de la agrupación campestre en Peñalisa, me pedían que los agregara. Hombres la mayoría, muy pocas mujeres. Por supuesto tenía una de Diana y de Elizabeth, otra de Carlos y la última enviada por él, y a todas las aprobó, sin mi consentimiento.

    —Fadia al ver mi rostro sorprendido me dio una larga explicación del buen uso que yo podría hacer de las redes sociales, y de lo importante que hoy en día eran, no solo para mostrarles a los demás como pasaba los días de mi vida, –en fotografías anticuadas en muy pocas al lado de un marido falso, y otras más junto a nuestro pequeño Mateo en mis brazos y siempre de espaldas– sino que podría enseñar a qué me dedicaba comercialmente y sacarle así provecho a ello.

    — ¡Pero tenemos que actualizar todas estas fotos viejas! Ven. Anda y mueve ese trasero que ya no debes tener ni la raya de estar ahí sentada. —Me dijo levantándose presurosa de la mesa y la seguí, dirigiéndonos a la piscina olímpica.

    —Voy a realizar contigo una sesión fotográfica para que destaques más, y hagamos tu perfil mucho más sensual e interesante. ¡Mujer, debes usar esa belleza espectacular con la que la naturaleza te premió y así llamarás la atención!

    —Ya te dije antes que no me interesa mostrarme como lo hacen todas esas divas de la farándula. No soy así. Además no tengo traje de baño aquí. —Le respondí tratando de disimular mi renuencia a su loca idea.

    —Querida, eso no es problema. Vamos a la tienda y nos hacemos con uno o dos bikinis. Luego me lo agradecerás, jajaja. Vas a ver cómo te cae el maná del cielo cuando se den cuenta de la belleza de asesora comercial que los atiende, y ahí es cuando tendrás que aprovechar y abrir bien ese par de… De ojos bonitos que tienes. ¡Desplegando todas las armas que tienes en este cuerpecito, para cerrar esos negocios!

    —Pero Fadia, –le respondí preocupada– no lo he consultado con Camilo. Qué tal que no le parezca que yo me esté enseñando por ahí en las redes sociales, tan… Tan ligera de ropas. No le va a agradar, dalo por hecho.

    —Bahh, por eso no te preocupes. Es cuestión de darle manejo al asunto y hacerle ver las inmensas posibilidades de éxito al usar estos medios electrónicos. Entre Eduardo y yo lo podremos convencer de que no está tan mal, dejar que su bella esposa se luzca un poco y así obtenga mayor éxito. O si lo prefieres, no le decimos nada y alejas de su alcance y de sus ojos, este dichoso aparato. Querida, tienes que enseñar un poco más. Recuerda Meli que… ¡Lo que no se exhibe no se vende y de lo que no se habla, no existe! —Y haciéndome dar una media vuelta, palmoteándome una nalga, me lo recalcó.

    — ¡Contactos querida! Todo en esta vida se hace a base de relaciones públicas. Si uno de tus seguidores no tiene el dinero ni los modos para comprar algo de lo que anuncias, es probable que dentro de su grupo familiar o entre las amistades, otras personas si cuenten con la suficiente capacidad económica para hacerlo. Vas a ver mi preciosa Meli, que con unas pocas fotos sugestivas, este aparatito no dejará de repicar. —Ella me tomó por el brazo, y yo con la urgente necesidad de desconectarme de mis intranquilidades, agradecida la acompañé caminando ambas, luciendo nuestras compinches y bonitas sonrisas.

    —Finalmente me decidí por un bikini negro, normalito, de anudar a las caderas y por detrás del cuello, no tan sugestivo. Y un «outfit» deportivo para usar en el Gym, adquiriendo un ajustado top gris, también una camiseta estampada y sin mangas para usar por encima, junto a unos leggins de color azul con diseño floral. Zapatillas suaves y flexibles de color blanco complementaron mi atuendo.

    Agoto mi cigarrillo tras darle una última calada, –no tan placentera, la verdad– y lanzo con molestia, la colilla hacia la calle. Sirvo ron en mi pequeña copa y de un solo trago la termino, sin detenerme a ofrecerle a Mariana.

    —Al comienzo me sentí algo insegura al posar, pero luego con el tiempo me tomé confianza y lo hice como toda una profesional. Mirando despreocupada a la distancia o inclinando la cabeza un poco, como si en el suelo se me hubiera perdido algo, abriendo un poco el compás de mis piernas para hacerlas ver un poco más largas. En otras dejaba un espacio entre mis brazos y el torso, luego de forma coqueta apretaba con los brazos mis puchecas para cambiarles la forma e incrementar su volumen. Fadia estaba feliz en su rol de fotógrafa y me alentaba a girarme más de una vez, diciéndome: « ¡Muévete… eso, eso, contonea tus caderas!» o « ¡Estírate y alarga esos brazos!».

    —Pero las que más me gustaron fueron unas tomas que me hizo de abajo para arriba, –al lado de la piscina y con el verde de los arbustos por escenario– con mi pose de tres cuartos, donde podía verse bien la redondez y firmeza de mis glúteos, la sinuosa silueta estrecha de mi cintura, y algo de la curva de mis senos. ¡Sonriéndole siempre a la cámara!

    Pero Mariana ahora no sonríe, y uniendo las palmas de sus manos frente a su boca, nerviosa se golpea repetitivamente los labios mientras recuerda lo sucedido.

    —En el gimnasio, junto a las máquinas para el entrenamiento funcional por escenario, y el reflejo de mi cuerpo por detrás en el espejo de pared a pared, con Fadia hicimos otra sesión de fotos pero mucho más rápida, debido a que se le estaba haciendo tarde para recibir sus masajes.

    —Nunca me dijiste nada y mucho menos me las mostraste. No sé porque tenías esa impresión de mí, y pensaste que me iba a enojar, si siempre fui yo quien te instaba a lucir con tranquilidad tu cuerpo en la playa, o en las piscinas de los lugares adonde íbamos. ¡Ese fue otro más de tus estúpidos secretos!

    —Lo sé, cielo, pero entiéndeme. –Le respondo agitando mis manos abiertas de manera compulsiva, exagerada. – Esas fotos eran para usarlas en el perfil falso, mostrándome así, tan desinhibida y libre, ante un poco de gente extraña y yo, inconscientemente lo relacioné con José Ignacio y supuse que no sería tan agradable para ti, saber que él me podría ver así. Contigo acompañada era una cosa, sola en ese quimérico perfil, era otra.

    —Pero ese malparido «siete mujeres» ya había visto más de la cuenta, y muy de cerca. ¿¡Cuál era la puta diferencia!? —Le pregunto enojado.

    — ¡La diferencia es que tu no lo sabias! –Le contesto gritándoselo a la cara. – Yo… yo debía guardar contigo las apariencias. Seguía sintiéndome culpable y por eso omití mostrártelas. ¿Me brindas otro traguito, por favor? —Se lo solicito aminorando el volumen de mi voz.

    Y en una rara pero armoniosa composición, mezcla de recuerdos o de palabras en un cruel mensaje, relatándome su inolvidable trasegar, las imágenes en mi mente van tomando forma y color, detallando como un viejo álbum de fotografías, su desleal pasado. Reboso su plástica copa y estiro mi brazo para que ella la reciba y beba, procurando no rozarle las puntas de sus dedos. Lo recibe y despacio bebe, saboreando el dulce caramelo y la vainilla de su ron.

    —Antes de salir del club te llamé para avisarte que iba para la casa. Te extrañó y te preocupaste pensando que algo me sucedía, no emocionalmente hablando, si no preguntándome por mi parte física, que curiosamente era lo único que estaba bien.

    — ¡No estoy enferma, cielo! Sólo algo triste y preocupada por los negocios que no se me quieren dar. ¡Amor, no demores mucho esta noche por favor, que tengo antojos de que me mimes y me hagas el amor! —Te respondí para tranquilizarte y esa fue mi petición final antes de culminar esa llamada.

    —Por supuesto que lo recuerdo, y más al llegar a casa afanado, pues me quedé pensando en ti el resto de la tarde, al escucharte hablar con la voz apagada, como cuando te inquieta algo. Iba con la intención de tomarte entre mis brazos, acariciarte el cabello por detrás del cuello y bordear los pliegues de tus orejas con las yemas de mis dedos pues sé que te fascina. Sin embargo al entrar a casa, me sorprendí al no hallarte a ti recibiéndome y por el contrario fue el… ¡Hola Cami! ¿Cómo estás?, de Natasha que jugaba en la sala con Mateo armando el rompecabezas de los «Transformers».

    —Mi loquito saltó a mis brazos como siempre, y lo elevé por los aires dando junto a él unas tres vueltas. Luego pregunté por ti y al unísono me respondieron que estabas arriba en el estudio, atendiendo unas visitas. Subí de inmediato y allí me encontré con la sorpresa de ver a nuestros supuestos amigos, Fadia y Eduardo, compartiendo contigo una copa de vino tinto ustedes dos, y ese hijo de puta, bebiéndose un vaso de mi «Old Parr 12 años», sin hielo por supuesto.

    —Si es verdad. Yo tampoco los esperaba. Cayeron de sorpresa, sin darme tiempo para avisarte. —Le manifiesto a Camilo y bebo otro poco, terminando con una última aspirada, mi cigarrillo.

    —Nos saludamos y te dejé con ellos mientras iba a nuestra alcoba para darme una ducha y ponerme algo más cómodo. Estaba cansado y no me apetecía salir esa noche. Pero al irme desvistiendo, vi sobre nuestra cama, tirados en desorden tus ropas. No era usual en ti hacerlo, pero supuse que por el cansancio, atendiendo a Mateo y a Natasha, y luego a nuestros nocturnos visitantes, no te había dado tiempo para ponerlo todo en orden.

    —Levanté tus zapatos negros, –sucios los tacones y embarrados de tierra en las puntas– dejándolos en el zapatero de tu armario. Tomé tus veladas medias grises con una mano y con la otra tu falda, que me olió raro, como a perro mojado. De hecho pude observar algunos cortos pelos blancos. No le di mayor importancia, pero al recoger tu abrigo negro, el que te había obsequiado en marzo, me di cuenta de que a los costados y en la parte baja por detrás cerca de la abertura, había muchos más. Y desacostumbrado mi olfato a ese olor diferente, me hizo adivinar que habías estado acariciando a un perro lanudo.

    —No lo colgué junto a los otros, pues debíamos enviarlo a lavar para sacarle todo el olor y ese pelambre blanco. Te lo iba a decir más tarde, cuando por fin pudiéramos estar solos, pero por estar luego hablando con Eduardo, muy interesado en los planos y la construcción del hotel eco-sustentable que yo mantenía sobre la mesa de dibujo, –con los pequeños containers a escala–diseñando patrones de construcción con ellos sobre un terreno únicamente existente en mi mente, se me pasó por alto hacerte el comentario.

    — ¿Entonces te diste cuenta? A veces creo que en vez de arquitecto, no te hubiera ido mal trabajando como detective. Eres muy observador. —Le comento algo apenada y sin sonreír.

    —Menos mal que no se demoraron, aunque al ir contigo, –tomados de la mano para despedirlos en la puerta– Eduardo se acercó a tu oído y te susurro algo. No me dijiste nada después. Yo tampoco pregunté. Me acerqué a la sala para acompañar a Natasha y a Mateo, esperando con prudencia a que colocaran las últimas piezas del rompecabezas, esperanzado también en que ella se marchara rápido para su casa y nos dejara a ti y a mí, disfrutar por fin de nuestra intimidad. Estaba deseoso de irme contigo a la cama. —Termino por decirle y espero a que me responda sobre ese momento en específico.

    —Me dijo que no me preocupara, que él se encargaría desde ese momento en adelante para acompañarme a visitar los clientes, apoyándome con los cierres, y que así entre los dos lograríamos salir adelante de la sequía de negocios. ¿Sabes? Me alegré. Pero no se me pasó por la cabeza en ese instante, cuáles serían sus pautas ni las tácticas empresariales que obligada, debería emprender junto a él.

    —Y mientras que Naty y tú se dedicaban a organizar el desorden de fichas dentro de su caja, a regañadientes llevé a nuestro pequeño a su alcoba para obligarlo a dormir. No fue una labor titánica pues Mateo estaba cansadito y se durmió pronto. Aproveché esos minutos para darle una repasada rápida al Instagram en el móvil empresarial. Fue más por vanidad que lo hice, y comprobé que Fadia había acertado al subir esas fotografías. Muchos corazones y bastantes comentarios aduladores. De mis clientes, de mis compañeros de oficina. Especialmente de él, por supuesto. Sentí una opresión desacostumbrada en mi pecho; satisfacción por una parte, y la infaltable sensación de culpabilidad por el otro. Lo apagué como todas las noches lo hacía, después de bloquearlo con un patrón desconocido por ti.

    — ¿Obligada? ¿A qué te refieres? —Le pregunto interesado, pues es lo más destacable para mí dentro de todo lo que me acaba de contar. El resto, su femenina curiosidad por los comentarios sobre esas imágenes posteadas y el que hubiera bloqueado ese teléfono con una clave desconocida, en verdad ahora me importan muy poco. ¡Nunca le revisé nada pues mi confianza en ella era total!

    —Efectivamente para comienzos de agosto, Eduardo después de reunirnos a todos en su oficina, nos solicitó escoger con detenimiento a los tres clientes que cada uno veíamos como más viables para cerrar los negocios, y que en un informe le expusiéramos los inconvenientes con los que nos habíamos encontrado para concretar dichas ventas, ya fuera de los apartamentos de interés social al sur de la ciudad, o de las casas en Peñalisa. Y se ofreció para planear contactos telefónicos primero, y luego citas puntuales para asistirnos personalmente y finiquitar las ventas.

    —Y así ocurrió, en mi caso con dos de los interesados en los apartamentos, solucionando «milagrosamente» el problema de la financiación de los mismos con la ayuda de la gerente del banco. Pero en cuanto al cliente de la casa tipo “D” la más pequeña de la agrupación campestre, fue mucho más complicado.

    —Se trataba de un profesor que dictaba cátedra de economía y finanzas en una universidad de Ibagué. Tenía el perfil crediticio limpio, podría adquirirla si quisiera pero estaba indeciso pues no contaba con el efectivo para ofrecer al banco como cuota inicial. A la esposa le había fascinado todo el complejo cuando lo visitó a mitad de Julio, comentándome que soñaba con ver a sus dos pequeños crecer disfrutando de todos los beneficios que ofrecía el lugar. Ni que decir que la casa le encantó, pero toda la parte económica la manejaba el profesor, y ella sumisa, acataba siempre lo que su esposo decidiera.

    —Averigüé que la señora tenía unos ahorros más que suficientes para cancelar la cuota inicial, pero el marido los mantenía invertidos año tras año en un certificado de depósito a término en el banco y que estaba ya por vencer. Era un caso perdido pero aun así se lo comenté a Eduardo, y él después de dos o tres llamadas, consiguió asombrosamente una nueva cita con el profesor, pero esta vez en un hotel en Bogotá con todos los gastos pagados, para el último fin de semana del mes.

    —El mismo lo recibió en el aeropuerto y lo trasladó hasta el hotel. Desde allí me escribió unos mensajes al WhatsApp del móvil de la empresa, indicando que necesitábamos hablar los dos antes de la reunión programada para la hora del almuerzo y que el lugar más conveniente era en el apartamento de soltero, donde se suponía que yo vivía.

    En el rostro de Camilo los músculos se le tensan y arquea las cejas.

    —Sí, lo sé, A mi también se me hizo extraño pero entusiasmada por estar a punto de cerrar esa venta, la más importante del mes, me dirigí hasta allí. Tú esa mañana estabas sosteniendo una reunión con la junta directiva de la constructora, por lo tanto tan solo te dejé una nota de voz desde mi teléfono personal, avisándote que saldría a cumplir la cita que te había mencionado, pero que me iría antes para arreglarme un poco el cabello, visitando la peluquería.

    — ¡Sorpréndete! Al llegar al apartamento y abrir la puerta, Fadia ya se encontraba allí sentada, leyendo una revista de farándula en la sala de estar.

    — ¿Y tú que haces acá? —Le pregunté y ella simplemente sonrió, respondiéndome luego que estaba allí para ayudarme con la elección de la ropa con la que debería asistir a esa cita.

    — ¿Ropa? ¿Cuál ropa? —Le pregunté extrañada.

    —Querida, –me respondió colocándose en pie– sé que tienes buen gusto y te encanta estar a la moda, pero por temor a lo que piense tu marido, no tienes en tu ropero ningún vestido con el cual capturar el interés de los hombres, y esta cita es crucial, ya lo sabes. Así que te he traído dos vestidos para que elijas con cual vas a asistir y embobar a ese profesor.

    —Ambos sabemos que Eduardo la mantenía informada de todo, por lo tanto no sospeché nada y me alegré por su desinteresada colaboración. Fuimos a la alcoba principal donde sobre la cama, extendidos estaban dos vestidos. Uno era un enterizo liso color rojo escarlata satinado. Magnas largas y acentuado escote en V y con abertura al lado izquierdo a pesar de que al ponérmelo me podría quedar bastante más arriba de las rodillas. Era hermoso pero bastante revelador.

    —El otro era un blazer gris a cuadros, más discreto es verdad, con las mangas largas tipo farol y de corte cruzado para abotonar por el interior con un solo botón y externamente por el costado a dos botones forrados en terciopelo negro, ubicados desde la parte baja del pecho hasta la cintura. Con un delgado ribete negro y solapas también de mismo color y material de los botones.

    — ¡Fadia estás loca si crees que iré vestida con alguno de estos! —Le respondí un tanto incomoda.

    —Vas a ir preciosa, por supuesto que irás. ¡Créeme! —Me respondió con una seguridad tal, que un escalofrío recorrió mi espalda hasta hacerme erizar los vellitos de mi nuca y los antebrazos.

    —Es importante para ti cerrar ese negocio. Y para Eduardo es imprescindible que lo hagas para qué a fin de mes, él quedé bien ante las directivas, mejorando los resultados del mes pasado. Lo están presionando demasiado y mi esposo está para cargos más altos en esa constructora. Míralo de esta manera, Meli. ¡Un favor se paga con otro favor!

    —Segundos después escuché como se abría la puerta del apartamento y a Eduardo ingresando presuroso a la habitación, saludándome de beso en la mejilla y con un fuerte abrazo, sonriente. También besó levemente a Fadia en los labios, sin reflejarse la emoción en ninguno de los dos.

    —Y bien Meli, ¿por cuál te decidiste? El rojo está espectacular. ¿No lo crees? —Me preguntó, mientras acariciaba una zona de la tela.

    —Les expliqué a los dos, de varias maneras, que no veía necesario asistir a la cita con alguno de esos vestidos tan cortos y provocativos, pues al cliente le iba a dar con seguridad una imagen contradictoria y podría pensar que mi intención era seducirlo para que firmara el contrato de compra-venta.

    —Esa es precisamente la idea, querida. —Intervino Fadia colocando su mano suavemente sobre mi hombro, como si quisiera evitar mi sobresalto y de paso acallar mi justificado reclamo.

    — ¡Malparidos hijos de puta! —Se le escapa con potencia y furia a Camilo su sorpresa, envuelta en ese par de groseras palabras, apretándose con fuerza y a dos manos, los parietales de su cabeza.

    —Eduardo ha conseguido que viniera a Bogotá, –prosiguió Fadia explicándome la situación– y hemos invertido dinero y tiempo para que puedas conseguir que firme el contrato. Estaba algo indeciso pero… Como a todo cliente que ha puesto inconvenientes, le hemos ofrecido un bono excepcional, sin descuentos en el precio claro está, pero con un valor adicional infinitamente superior que solamente él podrá disfrutar y no querrá despreciar, al conseguirle pasar un rato íntimo y agradable con su hermosa asesora, si realiza la compra hoy mismo.

    — ¿Qué? Estas diciéndome que tengo que acostarme con ese profesor. Están los dos completamente chiflados. Se acabó, en serio no más. ¡Me voy, lo dejo todo! —Les dije y alcancé a llegar a la sala para recoger mi abrigo y el bolso, pero Eduardo detrás de mí, tomándome con fuerza por el brazo, me detuvo en seco y me dijo sin sobresaltarse…

    —… Lo vas a hacer sin rechistar, porque de lo contrario me veré forzado esta noche, –mientras cuidas con tanto esmero al precioso Mateo en tu casa– a invitar a mi amigo Camilo al bar para tomarnos unos traguitos, aprovechando que está feliz por el éxito que ha obtenido con ese proyecto que ha tenido en mente durante tantos meses, ehhh… El del estúpido hotel ese, construido con contenedores usados, y haber obtenido el respaldo total dentro de la junta directiva para desarrollarlo, gracias obviamente a mis buenas intenciones.

    Mi esposo se pone en pie, me mira igual de sorprendido que yo en aquellos momentos, y me dice…

    — ¿O sea que fue él? No me dijeron quien, ni como se habían enterado del proyecto en el que venía trabajando. Me pidieron que se los explicara y les gustó. Don Octavio tenia disponible un amplio terreno en el Chocó, exactamente en Nuquí, sin tener muy claro el uso que podría darle y me hizo el ofrecimiento de viajar hasta allí, para sobre el terreno explicarles con más detalle cómo podríamos construir el proyecto, vendiéndoles a ellos mis ideas o finalmente si lo deseaba, asociándonos de ser necesario.

    —Pues cielo, ya sabes quién fue el que te hizo el favor. —Le respondo y continuo relatándole esos angustiantes momentos.

    —Y entre chiste y chanza comentarle lo preocupado que me encuentro por la relación tan «especial», que su leal esposa mantiene con uno de los compañeros de trabajo. Y conozco de antemano que a Camilo no le va a gustar para nada saber de quién se trata, y muchísimo menos que si no llega a creer en mis palabras, desafortunadamente tenga que observar en un corto video que alguien desinteresadamente me hizo llegar, a su esposa con ese otro compañero, certificando el grado de intimidad al que ha llegado su mujercita con ese personaje, cuando se encuentra lejos de casa. Que pesar Meli preciosa, que por no poner un poco más de tu parte en los negocios, mi amigo Camilo deba solicitarte con justa causa el divorcio. ¡Y con lo bien que se les veía juntos, a los tres!

    —Me eche a llorar de inmediato y me arrodillé. ¡Lo juro ante Dios que le solicité que no me obligara a traicionarte! Sobornándome para alquilar mi cuerpo unas horas por una maldita comisión, y finalmente, beneficiándolo a él ante los ojos de los socios de la constructora. ¿Por qué no lo hice y lo hablaba contigo asumiendo las consecuencias? Por físico miedo a perderte. ¡Por eso!

    —No llores muñeca, ni te amargues por esa bobadita. Eso al principio le da a una de todo, y luego al final no se le hace asco a nada. —Me dijo Fadia con una tranquilidad que me dejó estupefacta.

    —Desolada ante las evidencias y presionada por la culpa, me regresé en medio de mi llanto hacia la alcoba y me encerré allí, sola. ¡Otro ron, por favor!

    Camilo me lo sirve sin prisa, pero tembloroso, riega un poco en el suelo, muy cerca de sus pies. Me lo alcanza y él va sirviendo el suyo con mayor cuidado, después de chuparse los dedos.

    —No te demores mucho que tenemos que salir en media hora para llegar puntuales al hotel. —Le escuché decir a Eduardo tras la puerta.

    —Me decidí por el vestido gris con el que me exhibía menos. Pero debajo de él, había un conjunto de ropa interior negra, con delicados encajes y sumamente erótica. El sujetador era de una sola pieza con copas que realzaban mis pechos, texturizado en brillante y elástica cuerina. Con un cordón negro por el frente, cruzando en «X» los broches metálicos delanteros de forma sexy. Y por bragas una tanga de hilo diminuto y compañera, igualmente negra, pero con una visible abertura en el medio, dejándome en claro a lo que iría. Medias de malla para sujetar en los muslos con el liguero y unas botas de falsa piel brillante, las puntas cromadas al igual que el angosto tacón de diez centímetros, que me llegaban por encima de las rodillas. Fadia había pensado en todo.

    —Me miré en el espejo del tocador y el reflejo me hizo ver exactamente como lo que parecía. ¡Una mujerzuela dispuesta a entregarse por dinero a un hombre que no quería gastárselo! ¿O quizás ya lo era? Tal vez sí, al haberte mentido sobre lo acontecido con José Ignacio, manteniéndolo a tus espaldas.

    —Al salir a la sala, Fadia me ayudó a peinarme y retocar mi maquillaje, con sombras de tonos grises color humo y delineador negro, con líneas exageradamente gruesas, –destacando el azul de mis ojos– otorgándome a la vez, un aspecto bastante gótico. Al verme en la pantalla de mi móvil, tras hacerme ella unas cuantas fotografías, levanté mis hombros y salí resignada. ¡Igual, iba para mi entierro!

    —Al llegar al hotel lo saludé nerviosa, ofreciéndole con delicadeza mi mano. Me la apretó con la fuerza de un peón. Pude entrever que al igual que yo, no se sentía cómodo con la nueva situación. Su voz algo ronca al principio, nos invitó a acompañarlo al comedor, alejado de mí, muy cercano a Eduardo. La suavizó después, al retirar por el espaldar el asiento, invitándome caballerosamente a sentarme a la mesa.

    —Durante el almuerzo habló con Eduardo de otros temas relacionados con la intención del gobierno de gravar con más aranceles, algunos productos de la canasta familiar. Mentalmente me escabullí de aquel lugar, pensando en ti, en nuestro matrimonio y en nuestro hijo. Sopesé en una balanza imaginaria, lo que podría perder si me rehusaba, y lo que podrías llegar a ganar tú en la constructora, si accedía y callaba, de nuevo.

    Ambos bebemos, mirándonos sin decirnos nada más. Mariana con el azul de sus ojos completamente aguados, y en los míos toda la lluvia de mis desgracias, anegándolos. Sincronizados buscamos aliento y soporte en un nuevo cigarrillo. Ella con sus blancos y yo con mis rubios. Después de encenderlos, cada quien con su encendedor, mi esposa aun afligida continua con su historia… ¿De cobardía o de valor?

    —Y aquí estamos, ya sabes que decidí hacer, por necedad o por amor, según como lo quieras ver. Pero no fue fácil para mí, te lo juro.

    —Luego del almuerzo nos sentamos en el bar del hotel, El profesor con un Manhattan, Eduardo con su acostumbrado Jack Daniel’s y yo, con un Bloody Mary servido, me alejo de ellos buscando el tocador. No me demoro pues no hice nada en el baño, solo buscaba un espacio libre, para escribirte un mensaje que me diera valor. ¡Recuerda que te amo! Y regresé junto a ellos.

    —Acercándome, me detengo unos metros antes para observarlos. Hablan de la compra de la casa. Eduardo le expone los beneficios, el profesor los inconvenientes económicos. No son insalvables si utiliza los ahorros que le lleva administrando por años a su mujer, le debe de estar diciendo Eduardo. Duda y se toma a dos manos la cabeza sin decidirse a firmar el contrato expuesto antes sus ojos sobre la mesa.

    —Falta un pequeño empujón, un incentivo que haga añicos su resistencia. Eduardo se le acerca un poco y le habla algo al oído, pero mirándome. Escuchándolo con atención, el profesor igualmente me observa con detenimiento. Está nervioso y preocupado. Algo están murmurando o negociando, y entonces Eduardo con el movimiento de su dedo índice reclama mi presencia. Me siento, desplazando antes mi silla al costado del profesor, y tomo mi coctel inclinándome un poco hacía él, dejándole observar por instantes lo que se podrá encontrar debajo de la tela del vestido, con la amplía abertura que se forma indisciplinadamente en mi escote.

    —Meli, aquí el profesor está un poco indeciso en cerrar el trato. Le he comentado que estas dispuesta a lo que sea con tal de hacernos felices a todos. —Comenta con un tono de fingida preocupación, Eduardo.

    —No me sorprendo ante ese ¡Lo que sea! Pues advertida ya estaba. Asentí con el leve movimiento de mi cabeza y le dije al profesor muy cerca de su oreja, algo así…

    —Estoy segura de que a su esposa le va a agradar vivir allí, y sus hijos quedaran encantados. No va a sacrificar mucho si ella lo desea tanto. Obviamente para mí y la constructora, será un placer atender sus requerimientos si decide firmar este contrato. —Sí, cielo. También delante de Eduardo, como obligada se lo prometí, le hablé al profesor no solo de aquella venta de la casa, sino del alquiler de mi cuerpo.

    —Y… En últimas para darle mayor seguridad y confianza, yo… Yo le tomé su mano izquierda y… Melosa le dije…

    —Ven, vamos a subir a tu habitación y allí podrás tomar la decisión con mayor tranquilidad.

    Sin ron para beber, paso saliva y le doy otra calada a mi cigarrillo. Camilo callado se pone en pie. Mantiene presionado entre sus labios el rubio aspirándolo con lentitud, pues sus manos las mantiene incrustadas entre los bolsillos traseros de su corto pantalón.

    —Sentados al borde de la cama, –mi esposo se rehúsa a mirarme, agachando su cabeza– ambos nerviosos pero quizá el pobre hombre más asustado que yo, temblaba y no se atrevía a nada. Pensando en que aquella entrega forzada debería hacerla durar lo menos posible, tomé su mano, la que tenía más cerca, y la deje caer un poco por encima de la rodilla de mi pierna izquierda. Indeciso me miró a los ojos y luego dirigió los suyos hacia su mano, con los dedos que permanecían rígidos sobre la piel de mi pierna. No quería seguir allí, me sentía aparte de asqueada, sofocada, por lo tanto puse mi mano sobre la suya y con mis dedos metidos en el espacio intermedio que dejaban su pulgar y el índice, de los otros tres, y sin dejar de observar su reacción y el sudor en su frente, yo misma corrí con la mía, esa mano inerte y se la desplacé algunos centímetros hacia el cálido interior de mis muslos, bajo la tela gris a cuadros de mi vestido, dándole libertad para que avanzara más hacia mí… Mí apática vulva, instándole a que continuara él solito con la exploración.

    —No lo hizo de inmediato, esperaba algo más de mí o necesitaba reunir mayor valor. Y abrí lo que más pude los muslos, en clara señal de que ya me podía tocar. Y finalmente se decidió.

    —Se me revuelca el estómago y me entran ganas de vomitar al recordarlo. —Le explico a Camilo antes de continuar y le consulto…

    — ¿Te lo imaginas? O prefieres que no te cuente más que…

    —Quiero saber… Prometí escucharte a pesar de lo incomodo que pueda resultar para ti y especialmente para mí. Dentro de mí existe ahora miedo, dolor y angustia, es verdad. Pero necesito conocerlo todo y enfrentarnos los dos a la verdad, y no mantenernos por siempre comiéndonos la cabeza, dudando por siempre. Yo de ti y tú de mi reacción. ¡Cuéntamelo todo, tal como sucedió! —Me interrumpe con algo de indecisión en su tono de voz, pero con mucha sabiduría y templanza.

    —Está bien, cielo. Hagamos como tú dices. —Le respondo y prosigo relatándole sin alejarse de mi interior, la vergüenza y el sufrimiento debido al tono que le imprime a sus palabras, haciéndome sentir como una vulgar prostituta. Esa no era yo, su Mariana, y Camilo lo sabe.

    —Al notar la abertura en la tanga, sin nada de tela que le opusiera resistencia a sus gruesos dedos, se le iluminó el semblante y se transformó, de tímido profesor a una fiera con hambre voraz y ganas de besarme en la boca, mientras escarbaba entre mis labios vaginales sin tacto ni dedicación. Aparté mi rostro pues tenía mal aliento y se lo dije sin reparos y en frente de Eduardo.

    — ¿Eduardo estaba ahí? ¿Con ustedes viendo todo? —Asombrado le pregunto a Mariana.

    —Sí señor. Tu querido amigo convino con el profesor, en estar presente todo el tiempo que durara… Esa reunión. Yo también le insinué que nos dejara a solas, pero él con su sonrisa maliciosa, la expresión macabra y asquerosa en su rostro, me dijo que era por el bienestar de los tres. Por mi seguridad, primero que todo y por el trato ya pactado con el profesor. Y por el disfrute suyo, al contemplar sin molestarnos, como cerrábamos el negocio, abriéndome de piernas para un desconocido.

    —Se sentó en un cómodo sillón, en la esquina opuesta a la cama de aquella habitación y desde allí nos observó. El profesor sacó entonces de su bolsillo una cajita de chicles y me ofreció uno que no acepté. Lo vi retirarse hacia el baño, mascando la goma de manera grotesca, como rumian las vacas una porción de césped o de paja. ¡Horrible! Y mientras tanto, me liberé la tela del vestido un poco, desabotonándolo yo misma, mientras regresaba el cliente. No era por ganas de sexo, sino con la intención de que aquel trato se finiquitara lo antes posible. Por lo tanto a su regreso los dejé allí solos y me levanté en búsqueda del baño. Me sentí terrible al pensar que por obligación me convertiría en una esposa infiel, pero me retiré el vestido, dejándome puesta la sugestiva lencería.

    —Me acerqué a donde estaba Eduardo y de sus manos tomé los folios del contrato. Y luego caminé hacia la cama, en dirección a esos ojos de color café que deseaban desnudarme por completo. Estiré mi mano entregándole los papeles y le dije…

    —Este es el momento para que decida si firma porque le gusta lo que ve, o los rompa para poderme vestir e irme a mi casa. Tomó su estilógrafo dorado y firmó después de repasar mi figura, de abajo para arriba. —Y cierro mis ojos, ya no puedo sostener la mirada triste y vacía de mi esposo.

    —Vine hasta aquí por usted, mamasota. Y espero que lo que suceda aquí, le guste y lo podamos repetir más adelante.

    —Jajaja, por supuesto. ¡Cuando me compre una casa más grande, pues este cuerpecito cuesta bastante! –Le respondí entre juguetona y altiva.

    —Y con seriedad ante mi respuesta, lanzó los documentos sobre el pequeño escritorio a mi derecha, para luego con sus anchas manos, apoderarse de mi cintura acercándome a él para besarme. Podía notar su desesperación por poner sus manos sobre mí cuerpo y no era para nada fascinante. Era temor lo que sentía. Sin embargo no le prohibí hacerlo, no le puse un alto a esas grandes y velludas manos. Él ya había firmado y por lo tanto a mí no me quedaba de otra que cumplir el trato.

    —Entonces… ¿Lo besaste? Acaso no que aquellas que se acuestan por dinero… ¿No se dejan besar en la boca? —Le digo a Mariana, logrando que abra los ojos y me responda avergonzada.

    —Lo hice, en principio sin despegar mis labios, mientras sus dedos estiraban con desespero el cordón negro que no le permitía adivinar las reales formas de mis puchecas. Rudamente intentó sacarme para fuera la derecha, logrando besármela a medias. Me incomodé y miré a Eduardo, buscando conmoverlo con mi mirada suplicante. No hizo nada más que bajarse la cremallera de su pantalón con una mano y con la otra del bolsillo de su chaqueta, sacó algo que no vi bien.

    —Su pe… La erección era más que evidente bajo el pantalón y en su cara, –totalmente sonrojada, sudorosa la frente– yo percibía su respiración bastante agitada, mezcla de vergüenza por estar ya así, con tan solo la visión semi desnuda de su asesora comercial. Y yo… Qué te puedo decir. Recuerdo como latía rápidamente mi corazón, tan expuesta ante esos dos hombres, sintiéndome humillada por ponerme como cebo para atraparlo y asqueada al recibir sus primeras caricias sobre mis senos y algunos cuantos besos en la parte alta de mi cuello.

    —En mi mente tu imagen inocente, –sorprendido e infeliz– no se apartaba cada vez que los cerraba, y por eso tuve que mantenerlos bien abiertos, –necesitaba apartarte y que imaginariamente no me vieras en esas– para concentrarme en recibir de su boca un escueto beso algo tímido con su boca entreabierta.

    Mariana nerviosa, se pone de pie y da algunos pasos, cruzada de brazos. No se aleja mucho de mí, al menos su cuerpo, pues lo que es su mirada y obviamente esos recuerdos, están lejos de aquí, muy atrás en el tiempo.

    —Supuse que así como me sucedía, no debía ser tan fácil para él, aceptar tener sexo delante de otro tipo que se pajeaba en un rincón, a pesar de sus desmedidas ganas. Pero era el convenio, lo estipulado por Eduardo para finiquitar esa compra-venta. El profesor ya jadeaba lamiendo mi pezón, estrujando entre las falanges de sus dedos, el otro. Cansado o apurado, me tiró a la cama y entre mis piernas terminó aterrizando su cabeza y por entre la abertura de la tanga, hundió su boca y la lengua. Pensé en ti y una gotita cristalina comenzó a surgir del lagrimal. No quería sentir nada y de hecho por lo asustada, reseca continuaba la entrada de mi vagina. Se levantó de rodillas sobre la alfombra y su camisa amarilla, con tres botones liberados, la sacó por encima de su cabeza.

    —No estaba gordo, pero si lucía una panza típica de aquéllos que beben demasiada cerveza. Exageradamente velludo el pecho, los antebrazos y la espalda. Y se tiró sobre mí. ¡Es muy pesado! Fue lo primero que pensé al sentir su cuerpo sobre el mío, mientras su lengua me empapaba de saliva el cuello. Solo pedía a Dios que fuera rápido, que acabara lo antes posible y que aquel sexo obligado, solo tuviera una duración de pocos minutos.

    —Y colaboré con mi alquilada entrega, liberando del ojal, la aguja del cinturón y estiré lo que más pude su pantalón. Poco a poco bajó sus pantalones dejándolos a un lado, se levantó de nuevo y nervioso todavía al mirar a Eduardo, se terminó por desnudar, quedándose únicamente con las medias azules puestas y volvió a la carga, recostándose sobre mí, recorriendo con sus manos la parte interna de mis muslos, acariciándomelos.

    —Levantó una de ellas para poder besarla y morderme con delicadeza la pantorrilla y el talón, –aparentemente eran su foco de atracción– los gemidos que solté le excitaron, más eran completamente falsos. Apenas bajé sus calzoncillos, su verga cayó en picada sobre mi mano y… Lo rodeé con mis dedos apretándole el tronco, retrocediendo hasta la base, avanzando hasta la punta y él movía su cadera con lentitud, disfrutando con los ojos cerrados de aquella satisfactoria fricción.

    —Esperaba a que me tomara de inmediato por la excitación que demostraba la fuerte erección de su morena verga, mucho más pequeña y delgada que la tuya. Me equivoqué, pues halando con ansia las tiras del tanga, –rompiéndolas de paso– se dedicó a chuparme con desesperación mi vulva. Bruscamente me perforó la entrada reseca, con uno o dos dedos, me dolió y emití un quejido que él estúpidamente confundió con un gemido de placer. De pronto dejó de adorármela con su lengua y se puso en pie para dirigirse desnudo y empalmado como estaba, hacia el sillón del fondo de la suite, donde permanecía sentado Eduardo, bien acomodado bebiendo su whiskey y chupando con espaciado fervor su Bon Bon Bum de fresa. Ya sabes, esa colombina que tanto le gusta.

    — ¡Es que la tienes saladita y seca, entonces vamos a ponerle dulcecito a este bizcochito! —Me dijo cuando regresó a la cama y comenzó a restregarla desde mi clítoris hasta la cavidad de mi entrada, disfrutando él al hacerlo girar cuando me penetró en repetidas ocasiones con esa colombina, para después volver a chupármela con vigor. También hizo el intento de introducírmela por el ano, pero desplacé mis caderas hacia atrás y con seriedad le dije que para hacerlo por ahí, le faltaba adquirir más de una casa. Se sonrió y dejó en el suelo la chupeta y se dispuso a abrirme con fuerza las piernas, acomodando luego con la mano su pene, a la entrada de mi cuevita.

    — ¡Ah, ah! No señor. Sin condón ni pío, como dijo el pollito. ¡Póngase un preservativo! —Fui tajante al decírselo.

    —Disgustado rebuscó entre su pantalón y de la billetera extrajo un empaque negro, donde venían tres. Yo misma se lo coloqué. Con decisión y algo de esfuerzo le giré el cuerpo dejándolo boca arriba y lo monté, introduciéndome su falo despacio, pero no por disfrutarlo, sino para que él se desesperara, acrecentándole sus ganas y con suerte, termináramos rápido con el asunto. Fingí placer, con jadeos y exhalaciones fuertes, y mi táctica funcionó.

    — ¡Ufff!, pero que ricura de cuquita. Si sigues moviendo ese culote como si bailáramos champeta, me vas a hacer correr muy pronto. Para, por Dios… ¡Ohhh!… ¡Mmmm!… ¡Para por favor! —Me decía. No duró mucho, no soportó el movimiento en círculos de mis caderas y se corrió, alargando sus gemidos, resecándosele la boca.

    —Lo dejé tendido allí, recuperando su aliento y me fijé en Eduardo que también estaba colorado y sosteniéndose con el pulgar y los dedos índice y corazón, una blancuzca y ridícula pichita, babeante, del tamaño del dedo más largo mío.

    —Está hecho, me voy a vestir y nos vamos. ¡Tengo una familia por atender!

    Abro nuevamente mis párpados y observo a mi esposo arrodillado, a medio metro frente a mí. Una mano, la derecha, soportando su peso sobre los adoquines terracota, y con el antebrazo izquierdo, cruzando su rostro para ocultar de mi visión su adolorido llanto. Ya no lloró, por fuera. Mí llanto ahora va por dentro, empapando de amargura mi corazón al ver a mi amor desencantado.

    —Después de eso me prometí llegar a casa, –recién limpia de aquella asquerosa saliva y con la misma ropa de por la mañana– para buscarte necesitada de tus abrazos y sentirme en ellos rodeada del confort que me hacía tanta falta. Sólo tuya, pero usada. Sana y salva, recién culeada. Y deseé que me amaras y con tu ternura acostumbrada, me desnudaras lentamente, disfrutando de mi piel y yo de tu cuerpo, sin las prisas y el poco tacto que tuvo el afortunado comprador.

    —Necesitaba que me hicieras el amor y yo, hacértelo con más ganas que nunca, después de aquel martirio. ¡Sí!, requería con urgencia que tus manos, esas que tan bien me conocían, me recorrieran la piel por completo y borraran con su tibieza, las huellas de las carrasposas caricias que rasparon la epidermis y rasgaron sin piedad mi alma. ¡Y que me besaras con tus labios que si me sabían a gloria y no a la hiel de la boca de aquel profesor!

    —En la noche tras dejar a nuestro hijo bien dormidito, fui a nuestra alcoba, te busqué y te hallé. Decidida a olvidar todo bajo las sábanas, el calor de tu piel me llenó de paz y mis labios sobre los tuyos, de muchas ganas de estar contigo, tener una tórrida sesión de sexo que contribuyera a ocultar esas imágenes y aplacar los nervios por la culpa que sentía. Reaccionaste a mis caricias como siempre y mi cuerpo igualmente a las tuyas, pues al instante la granítica dureza de tu pene la sentí, –presionando sobre mi vientre– y le abrí el paso con deseo colocándolo con una mano a la entrada lubricada de mi vagina, cuando deseándonos empezamos a hacernos el amor, pausado y con esmerado deleite, sin afanes contemplándonos, siempre enamorados.

    —Mientras que sentía como ibas avanzando en mi interior, en una disfrutada y lenta intromisión, sentí tus dedos atrapar los míos en cada bifurcación, y giré mi rostro dirigiendo la mirada hacia tu mano y la mía, extendidos los dedos hasta cuando te sentí completamente dentro, y las cerramos con fuerza en ese instante, yo al tiempo cerré mis ojos y sonreí de dentro para afuera. Tú amándome tan inocente, yo sintiéndome menos culpable.

    —Y nos pertenecimos nuevamente, tú como mi único hombre y yo, siendo de nuevo solo tu mujer. El que me hicieras llegar al primer orgasmo tan rápido, disfrutar de los dos últimos mucho más prolongados, y poder permanecer recostada sobre tu pecho recuperando los dos el aliento, es el placer más grande que podía sentir, renaciendo calmada, en paz y satisfecha de tenerte a ti en mi vida. Ese gozo que sentía contigo, mi cielo, nunca jamás los encontré en otro lecho. Mi placer es ser tuya, entregarme solamente a ti, y esa sensación es de otro nivel, más allá del sexual. ¿Me comprendes?

    Encorvo mi espalda, doblo ambas piernas y mis manos logran alcanzar sus cabellos, las deslizo hacia sus mejillas y le obligo a levantar su rostro, abrir el café caramelo de sus ojitos llorosos y con suavidad y toda mi honestidad le digo finalmente…

    —Cómo has podido escuchar en mi confesión, empecé a serte infiel completamente, con un hombre distinto al que tus sospechas te indicaban, y creías que me había conquistado con su imagen y su parla.

    — ¿Por eso lo defiendes tanto? Porque aun siendo el primero, –después de mi boca– que llegó a saborear tu intimidad, ¿no fue el hombre con el que deseabas dar ese paso adicional? ¿No fue él estúpido siete mujeres ese, con el que querías llegar hasta lo más profundo de ti? ¡Jajaja! Y yo creyendo estúpidamente que toda tú, eras exclusivamente mía. —Carcajeándome infelizmente, le respondo a Mariana, ya resignado ante la mala suerte que me tocó en este juego de roles.

    —No es que lo defienda, Camilo. Solo te pongo en antecedentes. Pero esa es otra historia que empezó a fraguarse poco antes de comenzar septiembre, cuando Chacho regresó a trabajar después de tomarse sus vacaciones.

    — ¿Chacho?