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  • Sexo anal con un hombre de gran culo

    Sexo anal con un hombre de gran culo

    Esta es una historia real, así que seguramente no sea muy larga. Hace unos años, un tipo llamado Benjamín fue a mi casa. Él era alto, de cabello castaño y de un culo magnífico. Si fuera mujer y se dedicara al porno, sería una de las actrices más culonas de la industria. Habíamos tenido sexo muchas veces en el pasado, pero la última vez antes de esta historia había sido tres años antes, aproximadamente. Esa noche, él fue a visitarme, y me preguntó si podía dormir en mi cuarto conmigo. Le dije que sí, y cuando nos acostamos empezamos a ver videos en YouTube.

    Habían pasado alrededor de treinta minutos, cuando ya no pude contenerme. Desde que nos acostamos, yo era presa de una fuerte excitación, y aunque traté de suprimir las ganas, no pude hacerlo. Así que, en un determinado momento, como él estaba de espaldas a mí, mostrándome su enorme culo, comencé a puntearlo. Primero fue suavemente, con mi pene presionando mi ropa interior, hasta que lo saqué de su jaula y empecé a presionarlo contra él.

    Su gran trasero se amoldaba perfectamente a mi verga, y el bóxer la arropaba mejor contra su ano. Empecé a puntearlo más potentemente, hasta que se volteó, nos besamos y él empezó a chupar mi verga. Me bajó la ropa interior, me masturbó un poco, y de una manera increíble, comenzó a darme una gran mamada. Estuvo bastante rato chupando, yo sintiendo un placer increíble cuando mi pene llegaba a lo más profundo de su garganta y su lengua hacía varios movimientos. Estuvo así un rato, hasta que paró y se volteó. Yo le bajé la ropa interior hasta las rodillas, y él agarró mi pene ensalivado, me masturbó un poco y lo dirigió hacia su ano.

    Cuando lo iba a meter, sentía una gran sensibilidad, y cuando entró un poco, sentí una estocada de placer. Empecé a metérselo despacio, metiéndolo y sacándolo. Él gemía suavemente, por lo que supuse que le gustaba, así que decidí aumentar la velocidad. Empecé a darle más duro debajo de las sábanas, y él gemía más. Estuve así unos minutos, hasta que él pidió chupármelo de vuelta.

    Se lo saqué del culo, y empezó a chuparlo como si fuera el último pene del mundo. Lo hacía con ansias, con deseo. A cada momento se lo metía hasta el fondo de la garganta, y se lo dejaba ahí hasta que perdía el aire. Luego lo hizo de forma rápida durante un momento, hasta que le agarré la cabeza y empecé a follarle la boca. Cuando terminó se puso en cuatro, y abrió sus nalgas. «Entra y vente dentro», me dijo, y me preparé.

    Tenía delante un culo enorme, abierto para que yo lo disfrutara. Me puse frente a él, y lentamente introduje mi miembro en sus profundidades anales. Lo agarré y pronto empecé a follarlo con ganas, bastante rápido. Él gemía, y yo sentía un placer increíble.

    A medida que la penetración continuaba, yo iba sintiéndome más y más excitado. Lo recosté, y empecé a metérselo de costado. Le daba duro, hasta que empecé a sentir que ya no podía aguantar más. De pronto, sentí que había un estallido en mi amiguito y, entrándolo hasta el fondo, lo boté todo, sintiéndome muy bien. Todo mi semen, cada gota, había ido dentro de su ano, y era un montón. Cuando acabé, me quedé unos minutos más. Seguí follándolo, pues mi pene estaba más sensible que antes, y la sensación era muy buena. Duré un par de minutos más follándome ese culazo, y cuando lo saqué, una oleada electrizante de placer me invadió.

    Luego de eso, Benjamín me miró, y fue a chupar mi pene. Lo saboreó un minuto, y luego se fue al baño. Volvió desnudo, y me mostró su ropa interior: en su parte trasera estaba el rastro de mi eyaculación, y sonriendo la botó al piso. Luego de eso me dio una mamada muy húmeda, se puso encima mío, y colocó mi verga de vuelta en su ano.

    Empezó a subir y a bajar, primero lento, y después sumamente rápido. Él gemía, y era una sensación tan genial que yo no me movía. Y, como antes, me vine dentro de su culo pocos minutos después. Me miró y me sonrió, y lentamente se lo sacó.

    Sin dudas, fue una de las mejores experiencias que he tenido.

  • Nuestra primera vez en un bar swinger

    Nuestra primera vez en un bar swinger

    Hola, Somos Matías y Catalina.

    Ella: Mujer de 27 años, morena, 165 cm, pelo largo, cara linda, buenas caderas, pechos, cola y pierna, es una persona que aún no está decidida de experimentar cosas nuevas en la relación.

    Yo: Hombre de 30 años, blanco, 170cm, pelo corto, barba, tatuajes y buena pierna, mucho más abierto a experiencias nuevas en pareja.

    Les vamos a contar nuestra primera experiencia en un bar swinger, todo inicio cuando en una salida de pareja en un motel hicimos un juego de pareja, donde conocimos más de nuestras fantasías y coincidimos en que a los dos nos gustaría experimentar cosas algo fuera de lo tradicional, como ver a otra pareja teniendo sexo o ser vistos, también hacerlo en algún lugar público o en lugares en específico, todo quedo en eso.

    Después vimos una película en una plataforma digital donde en medio de la comedia se realizaba un intercambio de parejas, en el momento nos pareció entre graciosa y excitante, ese día hablamos del tema y a los dos nos llamó curiosidad y después de una conversación decidimos ir a un bar swinger a ver cómo era la experiencia.

    Antes de ir definimos los acuerdos de la salida y el principal acuerdo era que todo lo que hiciéramos debe tener el consentimiento del otro o de lo contrario no se hacía.

    Programamos la salida al bar y fuimos un viernes cerca de la zona T de la ciudad, desde que salimos de nuestro hogar nuestra sensación era entre nervios y excitación de lo que nos encontraríamos en este lugar, después de llegar al bar nos dieron un recorrido al ser nuestra primera vez, donde vimos una zona de jacuzzi, sauna, sala donde se podía ver películas porno, sala donde las parejas tienen sexo en público y habitaciones si querías algo más privado, también encontramos una zona de lockers donde se puede cambiar de ropa y colocarse una bata con sandalias.

    Por último, nos llevaron al bar donde se iniciaba la fiesta, entramos y pedimos una botella de licor, vimos cerca de 10 parejas al ingresar al bar y nosotros empezamos a hablar y acoplarnos al lugar, a medida que pasaba la noche el bar se empezaba a llenar de más parejas (no se permitía este día el ingreso de personas solas) y bailábamos como en un bar tradicional, en medio de la fiesta veíamos a las parejas muy relajadas en su forma de bailar, esto nos permitió estar más tranquilo y adaptarnos a nuestra primera vez.

    Durante nuestra charla decidimos ver otras parejas del lugar y deducimos que eran más bajas las expectativas antes de llegar al lugar, pensábamos que íbamos a encontrar personas menos atractivas físicamente hablando y en medio de la charla a Cata le pareció atractivo un hombre que estaba en diagonal a nosotros y a su vez su pareja también era atractiva, nos pareció una de las parejas más interesantes en su físico.

    Hasta el momento todo iba muy normal, pero ingresaron dos parejas al bar que ya vestían batas y venían juntas, se hicieron en la mesa de enfrente de nosotros, se veían experimentados, una de las chicas de estas dos parejas se sentó encima de un hombre y empezaron a tener sexo en el bar, era la primera sensación que ya estábamos en un bar diferente, nosotros no aguantamos la curiosidad y los veíamos.

    Cuando llegaron las 12 de la noche se bajó la música e inicio un espectáculo de stripers (hombre y mujer), ellos acuerpados y con buen aspecto físico, hicieron un show y pasaban por cada mesa a bailarle a los hombres y mujeres, cuando pasaron por nuestra mesa, la chica me bailo, ella era alta, acuerpada, con buena cola y pechos normales, muy sexy, después el hombre le bailo a Cata, él era alto, musculoso y tenía unos bóxer que dejaban imaginar que el tamaño de su verga era grande, le dije a Cata “tócalo” a lo que ella accedió y froto sus manos en su cola, mientras él le restregaba su verga cerca a la cara (con los bóxer puestos).

    Al finalizar el show empezó a cambiar el ambiente en el bar, las parejas empezaron a bailar más caliente, algunas chicas ya dejaban ver sus tetas, yo decidí salir a bailar con Cata y al lado de la pista vimos una pareja practicando sexo oral, seguimos bailando reggaetón y volteé a Cata, le empecé a besar su cuello mientras bailaba y le restregaba mi verga dura en su cola, mirábamos la pareja, le metí la mano en el pantalón y la empecé a masturbarla en la pista de baile, solo sentía su vagina mojadita y el placer que ella sentía en el momento.

    Se termino la canción y ya se veían varias parejas besándose, el bar quedaba más oscuro y veíamos que se desocupada, pero igual, seguíamos nosotros en lo nuestro, nos sentamos y ella me empezó a besar y yo a tocarle su vagina mojadita y deliciosa que tiene, ella me desabotono el pantalón, me bajo el bóxer, tomo mi verga y empezó a chuparla, en medio de la calentura no nos dimos cuenta que el bar estaba muy solo y lo único que veíamos era otra pareja donde la chica le hacía sexo oral a su hombre y al fondo un grupo de amigos bailando, a lo que decidimos ir a ver dónde estaban las otras parejas.

    Cuando salimos de la zona del bar y abrimos la puerta que lo dividía de las otras zonas, veíamos que las parejas estaban en bata, a lo que decidimos cambiarnos y estar de acuerdo con lo que veíamos, decidimos ir a primero al piso 2 a la sala donde las parejas tenían sexo en frente de las otras parejas, tenía muchos muebles alrededor y en la mitad otros muebles más grandes.

    Fue muy excitantes ver y oír las parejas, los gemidos se escuchaban por todo lado, decidimos entrar y vimos una zona donde había muebles desocupados y nos sentamos a ver las parejas, al fondo veíamos como una chica cabalgaba encima de un hombre y a la vez masturbaba al hombre de al lado, era un momento muy caliente para Cata y para mí ya que veíamos mujeres y hombres de todos los estilo teniendo relaciones, no nos aguantamos y yo empecé a masturbar a Cata y ella a mí, pero seguíamos viéndolos, mi verga estaba húmeda y muy emocionada y ni hablar de vagina de Cata, ella no aguanto y decidió sentarse encima mío y de espaldas dejo que yo la penetrara sin quitarnos la bata, pero no perdíamos de vista a las otras parejas, de repente en frente se sienta un hombre solo en un mueble que quedaba en la mitad de la sala y empieza a ver una pareja que tenía sexo y él se empieza a masturbar en frente de todos, me genero curiosidad por que el comentario de Cata a mí de manera muy excitada fue “¡Mira lo grande que tiene la verga!” en el momento me fascinó, ya que eso demostraba que ella le gustaba lo que veía y me encanta que conmigo sea muy abierta en lo que piensa o siente.

    El momento cada vez era más caliente y decidimos quitarnos nuestras batas, tome a Cata y la lleve al mueble de la mitad y le empecé a penetrar, habían varias parejas en el mismo mueble, ya que era más grande y en ese momento se acercó una pareja a nosotros, la chica empezó a vernos y me pregunto si podía tocarla, yo mire a Cata y ella acepto, la chica le empezó a tocar a Cata sus tetas mientras yo la penetraba y el novio de la chica se masturbaba de ver la escena, de pronto la chica le besa de una manera muy sensual las tetas a Cata (Cata me confeso después que nunca nadie le había besado las tetas como ella lo hizo, sabia como hacerlo muy bien) y Cata ve mi cara de excitación y me pregunta ¿Quieres tocarla?, yo le respondí “Sí”, me dijo “Hazlo” le empecé tocando sus pechos, los cuales eran muy grandes, en ese momento el novio de la chica se acercó más a Cata y le colocó su verga cerca al rostro, Cata me miro y yo le dije en mi excitación “Haz lo que desees”.

    Era un momento diferente, ya que nunca me imagine una escena donde Cata le pudiera hacer sexo oral a otro hombre mientras yo la miraba, pero algo dentro de mí quería que lo hiciera y que disfrutará mucho, la chica decidió llevar mi mano a su vagina y antes de tocarla mire a Cata y ella me dijo “tócala si quieres”, acepte y la empecé a masturbar, la chica gemía de placer mientras yo la masturbaba y tocaba las tetas de Cata, pero yo veía que el novio le acercaba cada vez más su verga a la boca de Cata y ella alejaba la boca, así que le pregunte a Cata ¿Quieres hacerle sexo oral? Y me dijo “no”, le dije al muchacho lo siento, ella no quiere y él no continúo acercado su verga a su cara, pero, se siguió masturbando, con el pasar de los minutos ellos decidieron irse alejando ya que buscaban un intercambio y nosotros aún no estábamos preparado para eso, Cata y yo decidimos ir a otra zona.

    Fuimos a la sauna y estaba sola, entramos y seguimos teniendo sexo en ese lugar y de pronto se abre la puerta, era la pareja que nos había parecido sexy en el bar, un hombre blanco, acuerpado, de aproximadamente unos 35 años, con buena verga y unas chica acuerpada, de aproximadamente 30 años con una buena cola, ellos ingresaron y la chica se sentó encima de la enorme verga de él, ella cabalgaba y yo veía su enorme cola y su vagina como sentía la verga, pero, cada pareja en su cuento, después salimos y fuimos al jacuzzi, donde vimos a las dos parejas que en el bar habían entrado en bata, ellos estaban felices besando a las chicas, después practicaban sexo oral a ellas e intercambiaban constantemente, también había otras parejas teniendo sexo y nosotros decidimos hacer lo mismo, senté a Cata encima mío y los dos disfrutábamos de placer, paramos un tiempo y nos tomamos unos tragos relajándonos en la sauna y decidimos volver de nuevo a la sala que estábamos en el piso 2.

    Cuando volvimos ya estaba mucho más vacía la sala y al entrar vimos una pareja aislada, donde el hombre le metía su verga gruesa a la chica, nos sentamos a verlos y en el transcurso de unos minutos ingresaron 2 parejas, personas un poco más experimentadas, los hombre aproximadamente de unos 45 años, no tal altos, acuerpados y bien parecidos, las chicas muy atractivas de aproximadamente la misma edad, buenos cuerpos y acuerpadas (como les dije, en este bar las parejas en su gran mayoría eran atractivas o se veían bien), ellos se hicieron cerca de nosotros y empezaron a intercambiar sus parejas, nosotros decidimos verlos, vimos como los hombre las penetraban a ellas (nosotros nos íbamos masturbando al verlos) y de pronto una de las chicas se retiró un poco, decidió masturbarse mientras veía como los dos hombres gozaban con la otra chica, uno la penetraba y ella le hacía sexo oral al otro, la chica solo gemía de placer, para nosotros era emocionante ya que veíamos un intercambio y después un trío en vivo.

    Nosotros volvimos a calentarnos y empezamos a tener sexo, yo empecé a coger a Cata, en diferentes posiciones y otra pareja que ingreso a la sala se hizo al lado nuestro y también tenían sexo. Yo penetraba a Cata en 4 mientras ella le cogía las tetas a la otra chica, yo finalice encima de Cata y ya decidimos finalizar nuestra experiencia.

    Finalizamos nuestra noche en la casa, donde le hice el amor a Cata de la manera más excitante posible, ella mojaba me pedía que le metiera mi verga y yo deseoso miraba como ella gemía de placer, ¡me encanta verla excitada!

    Con los días hablamos de la experiencia y a los dos nos pareció que fue muy excitante, pero lo más importante, lleno de confianza nuestra relación. A partir de esa noche, hemos fantaseado de muchas maneras, donde otra chica me coge a mí, como un hombre maduro hace feliz a Cata y muchas más cosas que hemos hecho, esperando si nos lanzamos a otras aventuras en pareja o cumplir fantasías sexuales que permitan tener una relación donde se viva la vida sexual al límite.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (24)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (24)

    No pasa nada por probar y escuchar.

    No lo puedo evitar, sencillamente me siento muy molesto sabiendo que ella hizo tantas cosas a mis espaldas, y como para fastidiarme aún más, ahora me entero de que con él, ella sí logró vencer su inculcada prevención a pasear en motocicleta. Presionada por las circunstancias, tan solo por aparentar valentía, según ella. ¿Pero y si no? ¿Si era lo que ella en verdad quería? ¿Demostrarle ser una mujer de decidida y empoderada? ¿Qué otras cosas habrá hecho por él o con él “por primera vez”?

    Y justo ahora que cruzamos por el frente de uno de los tantos bares y restaurantes de esta calle, intempestivamente se abre la puerta y de ella sale visiblemente perjudicada por el exceso de alcohol, una adulta mujer mulata de gran melena ensortijada, caminando apresurada y de manera bastante descompensada, –al igual que el fuerte bamboleo de sus enormes senos a punto de escaparse de su escotado vestido de tirantes color salmón– para terminar tropezándose fuertemente con Mariana.

    Por el impulso van a dar las dos contra la cuadrada jardinera de ladrillo a la vista, que protege el tronco de una garbosa palmera, cayendo Mariana de espaldas y la embriagada mujer de costado. Dos jóvenes morenos salen del local corriendo y levantan a su amiga embriagada, sosteniéndola uno por el brazo, y el otro abrazándola por la cintura; me acerco y rescato a mi mujer, tomándola con mis brazos por su cintura, logrando que con rapidez se ponga en pie.

    Mariana sorprendida todavía por lo inaudito de esta situación, me observa con sus ojos abiertos de par en par. Y sin pensarlo, la giro un poco para sacudirle con mi mano la suciedad de su vestido, a la altura de sus nalgas. Entre tanto, la mujer se nos acerca e intenta hablar, quizá para pedirle disculpas a Mariana, pero antes de que pueda articular alguna frase entendible, se lleva las manos a la boca y sus mejillas se le abomban como si fuesen un par de globos color canela; los ojos amarillentos y vidriosos se le desorbitan, y lentamente se da la vuelta hacia la maceta, ubicada al lado de la cabina telefónica. Encorva su espalda y apoya las manos, no sobre los ladrillos, sino sobre la propia tierra que rodea el tronco de la palmera.

    A pesar de no poderle ver, ya que sus amigos la custodian, a mis oídos y a los de Mariana, llegan con claridad los sonidos desagradables que emite, esforzándose por devolver a este mundo lo que se ha comido, y por supuesto todo lo que se ha bebido. Mariana «asquienta» como es, –por lo visto en esto no ha cambiado– lleva la mano derecha a su boca, cerrando sus parpados con fuerza, y observo como su rostro congestionado se descolora, con ganas de trasbocar también. Se acerca más a mí, buscando refugio su cabeza oprime mi pecho y con su brazo izquierdo rodeando mi cintura, me impulsa a caminar con mayor prisa para alejarnos, y poder tomar un nuevo aliento.

    Nos vamos alejando de ellos. A la mujer no la oigo más, pero sí que puedo escuchar la música que ambienta el interior de aquel lugar. Frase tras frase de balada de Marvin Gaye, «Let´s Get It On» me lleva de inmediato a imaginar la cara de satisfacción de ese hijo de puta, sintiéndose ganador e intentando seducir a mi mujer con su pinta de machito rebelde, y expeliendo su aroma a testosterona motorizada para que Mariana se sintiera mucho más atraída hacia él, y un débil ¡Gracias cielo!, le escucho decir.

    — ¿Gracias de qué? —Le pregunto mientras intento ubicar un lugar para que se pueda sentar.

    —Por esto. Por lo de antes, y por todo. Gracias por estar todos estos años tan pendiente de mí. —Le respondo, y nuevamente arropada bajo su abrazo, la nostalgia se transmuta en silenciosas lágrimas, que mi esposo ni ve ni escucha.

    — ¿Cómo te sientes? —Me pregunta amoroso y preocupado por mi estado, como siempre. Y su mano se aparta de mi hombro derecho para con sus dedos, levantarme la barbilla con delicadeza buscando confirmar visualmente mi estado. No le respondo con palabras ni con la mirada, pero hago un gesto negativo con la cabeza, ya que las náuseas aún no se me pasan.

    — ¡Respira por la nariz, anda! Vamos a sentarnos por aquí. —Me anima a hacerlo y luego me augura un esperanzador… ¡Te sentirás mejor! Pero enseguida me sorprende con un desolador… ¡No te muevas de aquí, ya regreso!

    Respiro profundamente y exhalo con lentitud, manteniendo los ojos cerrados y con mis dos manos apretándome la barriga, pues todavía percibo esa insidiosa molestia en mi bajo vientre. Escucho el ruido de los vehículos que vienen cruzando despacio, primero por mi izquierda y después por el frente, e igualmente puedo oír un taconeo apresurado y hasta el rozamiento de las suelas de los zapatos de algunos transeúntes. Voces hablando en papiamento, otras dos más cercanas de hombres dialogando en un inglés muy americano, y algunas risas a lo lejos, confundidas entre los gritos de niños a los que también imagino corriendo frente a mí.

    Finalmente, decido levantar mi cabeza pero sin apresurarme, y abro lentamente mis párpados para darme cuenta de que estoy sentada bajo las ramas de un frondoso árbol de Marañón y sobre la barda amarilla que rodea al edificio de las oficinas de abogados. Buscando por los alrededores el camino que pudo haber tomado Camilo bajo la mirada, pero solo consigo que mis ojos se encuadren con las verdes figuras de las dos enormes iguanas que decoran a cada costado, la misma jardinera donde Mateo con la ayuda de su padre, –recién llegados a la isla– se divirtió al deslizarse varias veces por el rodadero que se encuentra en el centro acompañado por los dos modelados lagartos, la primera vez que estuvimos aquí en la plaza Guillermina, acompañados por William.

    Por detrás de las esculturas permanecen verticales las cinco letras de la primera palabra extraña que aprendí en esta isla, y frente a las cuales, Camilo con nuestro pequeño príncipe sobre sus hombros, y yo a su lado bien abrazada, fuimos retratados por nuestro anfitrión, para enviar aquella fotografía, –entre otras más– a nuestras respectivas familias, para certificarles de que nos encontrábamos muy bien, disfrutando y conociendo este paraíso. ¡DUSHI! Tal vez el letrero más famoso de Curaçao.

    Camino presuroso atravesando la plaza y la veo muy juiciosa sentada allí, en el mismo lugar donde la dejé. Está mirando para ambos lados, tal vez buscándome preocupada pero creo que no me he demorado casi nada. Su hermoso rostro es como un faro que a la distancia, resplandece con la luz propia de su par de zafiros guiándome hacia ella, donde anteriormente hallaba un refugio para descansar de mis pequeñas tormentas diarias. Mariana es hermosa, atractiva y muy, pero muy guapa. Su bosquejada sonrisa cuando ve que me acerco, termina por iluminarle la cara.

    —Ya te veo mejor, tienes mejor semblante. Te traje agua y estas galletas de soda. —Y me recibe el paquete pero no la botella.

    —Gracias cielo. Y sí, me encuentro mucho mejor. —Me responde, y con sus uñas desgarra el celofán de las galletas soda y yo desenrosco la tapa de la botella.

    Sin dejar de mirarme, muerde con sus dientes apenas un cuarto. Mastica y luego lleva a su boca otro poco de la galleta. Al recibir de mi mano la botella de agua, deja de observarme y bebe un gran sorbo. Aprovecho para colocar la palma de mi mano sobre su frente, comprobando que su temperatura vuelve a estar normal.

    Como me encanta esta cercanía. Su interés en cuidarme sigue intacto, tanto que me toca la frente con mucha ternura. Se preocupa por mi estado, porque sigue amándome, no obstante todo lo que ha sufrido por mi culpa. Termino de masticar las galletas y dos tragos de agua después, le entrego de nuevo la botella.

    — ¿Me ayudas? —Me dice y une por el canto sus manos, ahuecándolas. Comprendo de inmediato y dejo caer dentro de ellas un poco de agua.

    Mariana lleva a su rostro aquel pequeño pozo cristalino y se moja los ojos, también las mejillas y luego manteniendo algo de humedad en las manos, se golpea la frente repetitivamente con unas refrescantes palmaditas para volver a solicitarme con sus manos juntas, que de nuevo le surta de agua. Agacha la cabeza y esta vez el destino del líquido es la coronilla y de allí en cascada se desparrama por el resto de sus cabellos.

    Observo como zarandea la cabeza de izquierda a derecha y las gotas salen disparadas de su azabache cabellera formando un arco, y luego a dos manos, con sus dedos forma surcos desde la frente hasta su nuca, acomodando y alisando los mechones hacía atrás, dando una forma distinta a su nuevo corte de cabello. Me obsequia una mirada intensa con el azul infinito de su par de cielos, arruga la nariz recordándome a la niña consentida que tanto amé, y sonríe mucho más calmada, húmeda y tan encantadora.

    — ¿Mejor? —Le pregunto ya más tranquilo.

    —Sí, mucho mejor. Gracias, mi vida.

    —Ok, entonces acompáñame y vamos a buscar mis cigarrillos. —Le extiendo mi mano y Mariana me la toma, recoge su bolso colgándoselo al hombro y el sombrero con la otra mano, para luego impulsarse y ponerse en pie.

    Cruzando la calle, me abandona el calor de su mano. Me deja libre nuevamente mientras transitamos lado a lado por el centro de la plaza, y a pesar de que no quiero ni lo deseo, debo respetar su decisión de querer andar libre.

    — ¿Lo ves por alguna parte? —Le pregunto a Camilo.

    —No. Tal vez si nos acercamos hasta allí… —Y me señala la esquina donde se encuentran bastantes personas, turistas principalmente, tomándose algunas selfies en frente de otro gran letrero cuyas letras forman el nombre de este paraíso.

    Como para variar en mi marido, vuelve y acierta, aunque todavía no repara en el sitio donde se ubica el vendedor informal con su carrito de mercado convertido en una tienda ambulante. El «Mocho» Amado va caminando si afán, empujando con una sola mano por el andén, su fuente de ingresos. Se aleja y entonces chiflo con fuerza para que se detenga. Pero es mi esposo quien sorprendido se detiene y me mira.

    — ¿Y eso? ¿Dónde aprendiste a silbar así como un albañil? –Tuerce la boca en señal de disgusto. – Ahhh, deja así no importa. Supongo que fue también con ese tipo. Finalmente, a quien anda entre la miel, algo se le pega.

    —Error, mi vida. No todo lo nuevo en ese pasado tuvo que ver con él. ¡Fue con Diana! Ella me enseñó a hacerlo una tarde que salíamos de la oficina. Ese día tenía restricción vehicular y no pude llevar mi auto, coincidiendo con la falta de disponibilidad de los Uber, así que me tocó tomar un taxi para llegar a tiempo a casa. Aprovechó la ocasión para enseñarme a hacerlo. En realidad lo hizo ella. Lo detuvo con un silbido porque los míos salían de mi boca, estúpidamente débiles y fracasaba en mis intentos. ¡Es cuestión de ensayar!, me dijo. De hecho ahora que lo hice me sorprendí de que me saliera tan fuerte y claro. ¡Jajaja! —Me rio en señal de victoria más él no.

    —Ajá, por supuesto. La práctica hace al maestro. —Me responde y no sé exactamente a que se refiere. Cualquier cosa nueva que hago, le molesta.

    —Vamos, apúrate que se nos va el «Mocho». —Le digo y avanzó con rapidez para alcanzarlo e igualmente para evitar más reclamos.

    Mientras tanto voy pensando en que aprendí a silbar para muchas cosas más que solamente detener un taxi. También lo hice para darle a entender a Chacho que su cuerpo desnudo me gustaba mucho. Aprendí a silbar al igual que fui tomando conciencia de que al vestirme de manera sugerente, me silbaban a mí y que con el tiempo lo hacía para llamar la atención de los clientes y no para gustarle mucho más a mi marido.

    O al quitármela provocativamente de manera obligada en unos casos, para levantar pasiones en otros cuerpos recién conocidos y así cerrar los putos negocios para beneficiar finalmente a ese hijo de puta. Por supuesto que aprendí también a mentir para mantener a flote mi matrimonio, no distanciándolo sino acercándome más, haciendo más felices nuestros días juntos sin negarle nada, incluso concediéndole todo, ofreciéndole hasta lo que él no deseaba, a pesar de permanecer menos tiempo siéndole fiel. ¡Es que ser una puta infiel tiene un costo y yo, no hallé otra manera diferente para compensarle mis faltas!

    Camilo y yo nos acercamos. Él lo hace por el costado y le palmea su espalda. El mocho se sorprende al comienzo pero después de reconocerlo le sonríe y lo abraza. Yo me quedo atrás, a unos cuantos pasos. Algo le dice mi esposo cerca del oído y el Mocho voltea a verme sin mostrarse sorprendido.

    —Bon nochi, señora. —Me saluda con cordialidad pero no me reconoce, lo cual me desanima un poco. Hace más de dos años era yo quien le hacia el gasto, no solo de cigarrillos sino de algunos dulces y paquetes de papas fritas para Mateo.

    Camilo toma del improvisado estante de madera dos paquetes de Marlboro y otro de Parliament para mí. Le extiende un billete y le toma la mano, obligándolo a cerrar el puño, evitando que el Mocho se apresure a devolverle el cambio. Otro abrazo le da Camilo por despedida y de mi boca sale un: ¡Danki Dushi! y buena venta esta noche. De vuelta recibo una sonrisa de su parte y un respetuoso… ¡Que disfrute la noche, señora!

    —Bien… ¿Y ahora? ¿Para dónde vamos? —Le consulto a Mariana mientras vamos caminando por la acera empedrada hasta la otra esquina de la plaza, esquivando a las personas que se nos van cruzando.

    — ¿A la playa? Allí podríamos descansar los pies un poco. —Le respondo, recordando a Emma y su consejo de caminar un rato sobre la arena para pensar.

    —Y entonces… ¿Cómo fue? —Me pregunta, mientras observo como va destapando su nuevo paquete de cigarrillos y toma uno de ellos para llevárselo a la boca.

    — ¿Qué cosa? —Le respondo sin saber a qué se refiere.

    — ¡Pues tu primera vez! —Mariana me mira extrañada, y entonces comprendo que debo aclarárselo.

    —El paseo con él, en su motocicleta. —Y enciendo mi cigarrillo mientras que espero por su respuesta.

    —Ahhh… —Camilo no lo pasa por alto, quiere saber… ¡Saberlo todo! Y entonces antes de responderle me detengo un momento para buscar dentro de mi bolso, la cajetilla con mis cigarrillos.

    Verlo fumar me alienta creo yo, –adicional al nerviosismo que de nuevo comienzo a sentir– y me hacen buscar amparo en el tabaco. O tal vez, al tenerlo entre mis dedos sea la excusa perfecta para disimular mi repentino ataque de ansiedad. Tomo uno y lo enciendo esta vez con rapidez. Aspiro y exhalo el humo, por supuesto que también sin mirarlo, me desprendo dos simples palabras: ¡Era eso!

    —Pues que te cuento. Recuerdo que al llegar los dos hasta el lugar donde tenía su motocicleta parqueada, tomó los dos cascos que estaban sobre las alforjas y me ayudó a colocar el mío, ajustándome la correa. Luego de colocarse el suyo se dio la vuelta para montarse en su moto, enderezando la máquina y dándole arranque al oprimir un botón. Al montarme sobre ella, entendí que era mucho más grande e imponente de lo que recordaba. ¡Y demasiado ruidosa!

    —Con cuidado apoyé mi sandalia derecha sobre el reposapiés y me ayudó a montar ofreciéndome el apoyo de su brazo; levanté con rapidez mi pierna izquierda estirando la tela del vestido lo más que podía para no mostrar mi ropa interior y terminé por sentarme, colocando estratégicamente entre mis piernas y la parte baja de su espalda, el bolso bien sujeto por mi mano izquierda.

    —Te juro que busqué a los costados algo de donde aferrarme. No pude encontrar nada, así que no tuve de otra que simular tranquilidad y colocar mi mano derecha sobre su hombro, para sostenerme.

    — ¡Así no, puedes caerte! Mejor abrázame y despreocúpate bizcocho, que andaré despacio. No quiero que al llegar a donde vamos, de repente me encuentre solo sin mi paquete. —Recuerdo que me lo dijo con su característica fanfarronería.

    —Lo pensé mejor y pase mis brazos por debajo de los suyos, entrecruzando mis dedos sobre su pecho y recostándome ligeramente sobre su espalda, solicitándole eso sí, que no fuera a salir disparado como un loco, pero empecé a pasar saliva tan pronto como aceleró al salir del parking para tomar la avenida. Tenía demasiado miedo y una extraña sensación me invadió, mezcla de nervios al ser la primera ocasión en la que viajaba en un aparato de esos, y un… ¡Un placer desconocido!

    —No sabía exactamente el origen, y pensé que tal vez ese escalofrió se debía al recordar que cuando me lo propusiste, siempre me negué, diciéndote que jamás me montaría contigo ni con nadie en una motocicleta, así me ofrecieran pagarme un millón de dólares. Y justo en ese momento lo estaba haciendo… Con otro.

    —Pero… ¡Finalmente lo hiciste! —Me dice Camilo utilizando un tono débil, como envolviendo sus palabras en un halo de tristeza y dolor.

    Mientras rodeamos un templo por la acera opuesta, le respondo…

    —Sí, y todo por jactarme ante él de ser una mujer decididamente diferente a la imagen bobalicona que al principio él tenía de mí. ¡Una mujer de armas tomar, sin miedo a nada!

    —Pero por supuesto Mariana. Tan solo querías demostrarle a ese hijo de puta que eras una mujer de carácter, decidida y a la vez simpática y alegre. Completamente diferente a la recatada y fiel mujer casada que eras. ¡Ahh!, y de paso seguir luciendo tu cuerpazo al pasear junto a él en su motocicleta con ese vestido tan ceñido. ¿De verdad pensaste que esa era la mejor manera de empoderarte? ¡Por favor! Qué idiotez. Lo único que conseguías acompañándolo era llamar más su atención, gustarle más. —Le hablo con ironía pero con bastante sinceridad, así no le guste.

    —No, Camilo, no fue por gustarle a él. Lo hice por mí. Quería romper con ese temor estúpido y sí, igualmente para disfrutar de la sensación de independencia y libertad que tú mismo me dijiste que se sentía, tratando de que aceptara montarme a una moto contigo. ¿Y sabes qué? Tenías mucha razón. A pesar de llevar mis ojos cerrados pude percibir todo eso, al ser golpeado mi rostro, los brazos y los muslos, por el templado viento de aquella noche, y notarme seducida por la desconocida conmoción física, al sentir desde las plantas de mis pies, subiendo por mis pantorrillas y ascendiendo por la parte interna de mis muslos, terminar con rítmicos estremecimientos, vibrando en… ¡En cada nalga!

    Observo a mi esposo fumar, despacio pero dubitativo. Molesto y expulsando por la nariz solamente cada aspirada, y eso aunque me alarma, me hace decidir a continuar relatándole el resto de aquel viaje, con pelos y señales. ¿Eso igualmente contará para Camilo como una infidelidad?

    —Y no sé si fue por ser la primera vez, pero yo… Esas vibraciones producidas por la potencia del motor, o al pasar la llanta trasera sobre los baches y cada irregularidad de la carretera, las sentía estremecerme aquí Camilo, aquí en mi cuca. —Lo observo sin pena, quizás con algo de rabia en verdad y me pongo la mano sobre mi pubis por encima del vestido para que me comprenda. Baja levemente su cabeza y me mira. Sin embargo no me dice nada y yo por lo tanto continuo rememorando aquella noche.

    —Un miedito rico se fue apoderando de mí, producto del vértigo en mi vientre, al sentir más de cerca la fuerza de la gravedad, al tomar las curvas de tan inclinada manera; o al jaloneo hacia atrás que producía en mi cuerpo cada momento de aceleración para sobrepasar los automóviles, haciendo que los sintiera muy cerca. Sensación desconocida en mi corazón palpitando muy acelerado, similar a las miles de revoluciones por minuto de aquel cromado motor que bramaba como un toro cada vez que él cambiaba de marcha. Sí, cielo, tenías mucha razón cuando me decías que iba a sentir… ¡Adrenalina pura!

    — ¡Ahhh, carajo! Ahora va a resultar que yo fui el culpable. —Me dice Camilo con algo de sarcasmo.

    —No señor, la culpa plena es mía. Ya te lo he dicho. Así como igualmente te conté que a pesar de todo, siempre estabas presente en mi mente. ¿Puedo seguir? —Le contesto con una firme sinceridad y él asiente.

    —En un abrir y cerrar de ojos, literalmente hablando, pues la mayor parte del corto viaje, los mantuve completamente cerrados, para serte sincera, pero sintiendo en mi cuerpo los giros a derecha o luego a nuestra izquierda, por calles sin saber a ciencia cierta si anchas o estrechas; silenciosas algunas y otras bulliciosas, unas más que otras. Y claro que a veces me atreví a abrirlos, pero únicamente cuando sentía que desaceleraba, rebajando las marchas en secuencia para frenar. Y así todo el camino hasta que frenó definitivamente y mi cara al igual que mis pechos, se estrellaron intempestivamente contra su espalda, y al estacionar me dijo:

    — ¡Llegamos! Ya puedes abrir los ojos. —A pesar de estar detenidos, los dedos de mis manos seguían fuertemente atenazados, manteniendo mis brazos ya un poco por debajo de su pecho.

    —Al abrirlos me fijé que de perfil me miraba con esa peculiar desvergüenza suya, plena de picardía y con cierto cariz a burla. Me sentí avergonzada y de inmediato aflojé mis manos y lo dejé de abrazar, pero sintiéndome a la vez molesta conmigo misma, por haberle dejado regocijarse de mi fragilidad.

    —A ver bizcocho, dime que te parece este panorama. ¿Ya lo conocías? —Me dijo mientras yo hacía malabares para descender de la moto sin ser quien diera un espectáculo a las otras personas que se encontraban deambulando por allí, con la visión de mi tanga negra reluciendo entre mis muslos blancos, al tener que abrirlos más de cuarenta y cinco grados.

    Nosotros, al igual que lo que me está relatando, igualmente tenemos en frente nuestro un hermoso panorama. La playa muy bien iluminada por bombillas incandescentes que cuelgan en hilera desde un cable tensado entre palmera y palmera, –oscilando caprichosamente ante la fuerza de la costanera brisa– alumbrando desde el inicio hasta la angosta pasarela de madera más allá, y que en forma de «L» bordea al rompeolas, donde dos altas fogatas ya se encuentran encendidas prácticamente juntas, y en la mitad de ellas allí están, mezcladas entre varias personas más, las tres compatriotas bailando descalzas sobre la arena blanca y los…

    —Me giré sobre mis talones y… Camilo, ¿Sí me estas escuchando?

    — ¿Ehh?… Sí claro, por supuesto. ¿Y entonces que sucedió? —Le contesto dirigiendo mi mirada hacia ella, prestándole de nuevo la atención requerida.

    —Pues que todavía sin retirarme el casco, caminé hasta el muro y desde allí me fijé en aquella hermosa postal nocturna de una parte de la ciudad, con sus diminutas luces multicolores titilando lejanas, y varios metros más abajo, el rumor que parecía ascender desde el rio Magdalena cruzando el valle, alterado de manera colectiva y descoordinada por el croar de las ranas, o acallado de manera intermitente por el estrepitoso chirrido de las cigarras y otros insectos amparados por la oscuridad.

    —Aquí no había estado antes. Es la primera vez que vengo por acá. —Le respondí mirándolo, al sentirlo llegar a mi costado.

    —Espera, déjame ayudarte. —Me contestó y en seguida se apresuró a soltarme la correa que afirmaba aquel casco a mi cabeza, acariciando de paso mi mentón con su pulgar e inclinándose un poco, ladeo su rostro para un lado con la intención de besarme. Me aparté de él un paso hacia atrás y le pregunté…

    — ¿Qué intentas hacer? ¡Atrás Satanás! —E interpuse mi antebrazo entre su rostro y el mío.

    — ¡Darte un besito, bizcocho! El otro día me dejaste con las ganas y además como es tu primera vez, al igual que tu paseo en mi motocicleta, quiero que sea inolvidable para ti. —Me respondió estirando su brazo derecho para alcanzar mi cuello y con la otra mano aprovechó para revolcar juguetonamente mis cabellos, dejándomelos tan revueltos como un nido de pájaros.

    — ¡Ajá! ¡Si claro, cómo no! ¿No te las calmó tu novia o alguna de tus otras mujeres? De hecho ahora que lo pienso… ¿No será aquí donde traes a tus conquistas para enamorarlas? —Le pregunté mientras de nuevo me separaba y buscaba dentro de mi bolso el cepillo para componer mi melena. No lo hallé.

    — ¡Jajaja! ¿Eso crees? Pues no bizcocho, te equivocas. Aquí solo he venido con las dos mujeres que me interesan en verdad. Mi novia y tú. —Y al terminar su razonamiento, sonrió maliciosamente y se me abalanzó nuevamente con malas intenciones.

    —Me resistí de nuevo echando para atrás mi cabeza, pero él adelantó un pie y se me acercó. Entonces me di la vuelta con rapidez para evitar aquel nuevo intento, pero de repente sentí como apartó hacia adelante mis cabellos, dividiéndolos en dos y echándolos por encima de los hombros; sus manos se posaron por detrás de mí nuca, ejerciendo presión con sus pulgares tibios sobre los músculos de mi cuello, circulando hacia los lados, presionando con lentitud y tensando la piel hacia la parte alta de mi nuca, deshaciendo las contracturas; bajándolos luego hacia los trapecios y acariciando luego con las palmas de sus manos mis omoplatos, realizó un relajante masaje por algunos prolongados segundos, que yo no pedí pero al cual no hice nada para apartarlo y que para no mentirte, lo estaba disfrutando. De hecho, en lugar del cepillo encontré mis cigarrillos y me decidí a fumarme uno, así al mantenerlo encendido y apretado entre mis labios, evitaría que insistiera en besarme.

    —Vamos Meli preciosa, no seas esquiva. Es solo un piquito y ya. Con eso me contento. —Lo dijo con suavidad, cambiando el tono de su voz a uno mucho más sensual y provocador, muy cerca de mi oído.

    —Pues te quedaras con las ganas, porque no se me antoja ahora serle infiel a mi marido. —Le respondí con socarronería, aunque la verdad, había logrado erizarme los vellitos de la nuca.

    — ¡Pero qué dices Meli! ¡Por favor! Si conmigo ya lo fuiste, ¿o fue tan pésima la forma en que te lo hice que ya se te olvido? —Con unas palabras parecidas me confrontó, pero no me hizo claudicar y por el contrario yo le respondí…

    —Hummm, a ver cómo te lo explico querido. Lo primero fue la consecuencia a ese beso que me di con K-Mena y porque estaba algo excitada por culpa de ese estúpido jueguito. Y la verdad, he decidido olvidarlo porque tienes razón. Fue tan efímero que no alcancé a darte una puntuación, ni buena ni regular, y después pensé que era mejor para tu ego masculino, que yo lo olvidara sin darle mayor importancia.

    —Recuerdo que no puso buena cara y se acobardó un poco.

    —Con respecto a lo segundo… Aquel beso fue una especie de compensación por tu esfuerzo, pero no te confundas querido, que no me estaba muriendo de ganas por besarte. Sencillamente sentí que te lo debía. —Le terminé por aclarar.

    Camilo eleva los hombros al parecer resignado, y así mismo lo hacen sus espesas cejas negras. Sí está molesto, lo disimula bien jugando a hacer círculos con el humo de su cigarrillo al expulsarlo de su boca, para posteriormente mientras caminamos, rascarse la oreja con la otra mano y finalmente preguntarme…

    — ¿Y es verdad que no te importó? ¿Qué no pensaste en lo que hicieron? ¿En ningún momento? ¿Ningún día o en las noches? —Me pregunta mirándome directamente a los ojos.

    — ¡Mírame!… Es verdad. Ten en cuenta que psicológicamente me impactó más el hecho de haberme acostado por la fuerza con ese profesor, y el sentimiento de culpa y de temor a que te enteraras de alguna forma, me ayudó a restarle importancia a lo que hice y le obligué a hacer a José Ignacio. —Le respondo con sinceridad.

    —Uhumm, ok. Sigue contándome que más sucedió esa noche. —Me insta Camilo a continuar y lo hago mientras seguimos avanzando, sintiendo en mi caso, los granos de arena que se cuelan dentro de las sandalias por debajo de la planta de mis pies.

    —Si mal no recuerdo, le dije algo así… «Y a ver Nacho, obviamente me pareces un hombre apuesto y muy guapo, estaría ciega si no lo admitiera, pero no las tienes todas contigo, te hace falta algo y no encajas por completo dentro del estándar de mis gustos personales. Para sentirme atraída hacía un hombre, debo sentir algo adicional. Qué me aprecien y valoren, como una mujer especial y sobre todo única». —Le contesté de forma sincera esperando que así se calmara un poco y se le bajaran las revoluciones, aunque él me respondió de inmediato…

    —Pero a ver mamasota, es que tú no te dejas querer. Sí cambiaras tu actitud hacia mí un poco, podríamos llegar a tener entre nosotros algo. ¡Así es hijueputamente complicado! —Me respondió a la vez que abriendo su billetera, extraía de ella un cacho de marihuana.

    — ¡Ahhh, pero que bonito! También nos salió marihuanero el hijo de puta playboy de playa. —Comenta Camilo ofuscado al enterarse, y yo desestimo su comentario para poder proseguir con la historia.

    —O podríamos acabar con todo. Tú con mi matrimonio y yo con tu noviazgo. No Nacho, debes comprender que ese hombre tan atractivo para mí, ya no lo busco en nadie más, pues lo tengo a mi lado hace años. Porque mi esposo supo transmitirme desde un comienzo ese tipo de sensaciones. Hummm… Es que entre los dos hubo chispa, magia y… ¡Una conexión más sentimental que física! —Concluí ese tema y me recosté sobre el muro para fumar con tranquilidad.

    — ¡Pues supongo que debo agradecerte por pensar de esa manera de mí, en frente de tu amante! —Le digo a Mariana y sin esperar por su respuesta, me alejo de ella para dirigirme hasta las rocas cercanas pisando descuidadamente pedazos de madera, empaques vacíos de snacks y hasta pequeñas cucharas de plástico. De un pequeño salto logro alcanzar la esquina lateral de la plaza del Fuerte, y dejar dentro del contenedor para los desechos, la colilla de mi cigarrillo.

    — ¡Aunque no lo creas Camilo, eso le dije, y es lo que siempre he expresado a los demás cuando me preguntaban detalles sobre mi marido! —Me grita Mariana a mis espaldas y yo hago un gesto de insatisfacción con mi boca que ella no observa mientras que me regreso escuchándole decir…

    —Me dijo que esa noche en el hotel, él por mi había dejado mucho de su orgullo allí arrodillado, con su… ¡Puff! Con su cara metida entre mis piernas y con… Con su lengua hundida dentro de los labios de mi «Panocha mojada». ¡Tal cual lo dijo! Y además que no le parecía que debiéramos dejarlo así como si nada y que a él, –a pesar de ser su primera vez– no le había parecido que lo hubiese hecho tan mal.

    —Ok, Mariana. –Me interrumpe para expresar su inconformidad, sus dudas y lo que se imagina. – Supongo que te creíste todo lo que te dijo y por eso terminó sucediendo lo que paso entre ustedes dos.

    — ¡Pero claro que no! Como se te ocurre pensar que yo me fuera a dejar convencer con ese discurso tan patético. Para nada fue así, simplemente le respondí con algo de ironía… « ¡Awww, tan lindo! Muchas gracias por lo que me atañe.», pero José Ignacio continuó con su palabrería, sincerándose conmigo creo yo, a medida que se fumaba su porro de marihuana.

    —Mira Bizcochote, tú me gustas más de lo que crees, tienes una carita angelical y un cuerpo de infarto, pero es tu actitud hacia mí la que me enloquece. Y es obvio que yo te atraigo… ¡Aunque no lo quieras reconocer! —Se quedó en silencio mientras se acercaba a la parte trasera de la moto y de una alforja extrajo una botella de vidrio, sin marca alguna, y se devolvió para seguir diciéndome…

    —Por eso pienso que es necesario que tú y yo probemos a tener algo. En verdad me atraes demasiado, ya que has demostrado ser diferente a las otras mujeres, que tan solo me buscan para desfogar sus bajas pasiones, liberándose de sus traumas, y que asedian hasta el cansancio. Son muy fáciles de complacer. En cambio tú me rehúyes, muchas veces ni me determinas, o cuando lo haces no demuestras ninguna emoción, logrando hacer que dentro de mi surja un sentimiento desconcertante. ¡Tampoco habrás probado esto! —Me dijo e intrigada le pregunté: ¿Qué es?

    — ¡Aguardientico de caña! Anda, mamasota, prueba un poco. —Y me ofreció la botella pero sin destaparla.

    —No, gracias Nacho. Sí lo probé alguna vez pero no me gustó. —Le respondí y de inmediato se la devolví. Él sí la destapó con agilidad y se tomó un buen sorbo para decirme enseguida…

    — ¿Sabes una cosa mamasota? Desde ese beso en mi casa, sin que te hubieras lanzado a mis brazos al mostrarme desnudo frente a ti, me he puesto a pensar que una mujer como tú, es la que realmente necesito a mi lado. ¡En verdad!

    —Pero ya tienes a tu novia. ¿Acaso con ella no es suficiente? Porque déjame decirte que por mi parte, cada día que paso junto a mi esposo y mi hijo, me colma de satisfacción. ¡Me basta y me sobra con él! —Así le respondí y empecé a notar en él un cambio en su actitud hacia mí.

    —Nos quedamos en silencio por un instante y yo pensé entonces, que al saberme deseada por el hombre que anteriormente se burlaba de mí, me emocionó un poco. No te lo voy a negar. ¡Tan deseada pero inalcanzable para aquel hombre conquistador! Y por otra parte sentí bastante preocupación por lo que observé en el brillo de sus ojos. Me había convertido en su objetivo, en su… ¡Obsesión! Y yo no quería meterme en más problemas de los que ya tenía, así que finalmente intenté ponerle freno diciéndole…

    —Ni siquiera te has logrado colar en mi mente. ¿Entiendes? No te has atravesado en ninguno de mis pensamientos para bien o para mal. Todo lo contrario. Me arrepiento de haber hecho lo que hice contigo. Actué mal, y con esas acciones te di tal vez falsas esperanzas. Lo siento mucho. No eres el tipo de hombre, amoroso y fiel, cariñoso y sincero, que yo siempre he querido para mí, y que afortunadamente todo eso ya lo encontré en mi esposo. —Y sin apartar mi vista del rostro de Camilo, observando su reacción, decido detenerme no muy lejos de una fogata para descalzarme y descansar los pies caminando sobre la arena fría.

    —Y a que no adivinas que me respondió. Camilo levanta los hombros corroborando con ese gesto no tener idea, así que prosigo exponiéndole mis recuerdos.

    —Me juzgas mal, bizcocho. No soy un mal hombre, lo juro. Sucede que no has hecho el intento de conocerme bien, y por lo tanto no sabes lo difícil que ha sido para mí llegar hasta donde estoy, y si soy así es por la vida misma que me ha enseñado desde pequeño que es mejor guardarme siempre lo mejor de mí para después. Se podría decir que soy como soy, por naturaleza. ¡Un hermoso soltero feliz sin tantas responsabilidades! Jajaja.

    —Un hombre hermoso pero irresponsable e inmaduro. Arrogante, pedante, sarcástico, emocionalmente inestable y de paso para completar, infiel a su novia sin mostrar un poco de arrepentimiento. ¿Todo eso lo aprendiste en tu duro recorrido por esta vida? ¿O también es culpable la naturaleza? —Se lo dije así, en su cara con franqueza y sin anestesia.

    Camilo se detiene, mira hacia el grupo de personas –la mayoría muy jóvenes– que felices hablan, ríen y hasta saltan de alegría al ritmo de la música bailable, y luego mi esposo me sorprende al desabotonarse su camisa.

    — ¿Qué vas a hacer? —Me pregunta Mariana cuando se da cuenta de que me estoy quitando la camisa.

    —Pues sentarnos por aquí para descansar y poder escucharte con tranquilidad. —Le respondo y tiendo a lo ancho mi camisa sobre la arena y de la mochila extraigo la botella de ron y los dos pequeños vasos. Lo demás lo dejo allí, oculto todavía a su mirada.

    — ¡Ven, ya puedes sentarte! —Le ayudo a arrodillarse primero, y luego Mariana con su habitual elegancia, acomoda sus piernas de medio lado, arremangándose un poco el ruedo de su vestido, dejando a un lado el bolso, las sandalias y el sombrero.

    — ¿Brindamos? —Le pregunto mientras le hago entrega de su copa rebosada de ron.

    — ¿En serio? ¡Jajaja! ¿Y por qué motivo, razón o circunstancia? —Me contesta algo intrigada pero iluminada su cara por una sonrisa amplía.

    — ¡Por tus verdades y por nuestro dolor! —Le respondo devolviéndole una leve sonrisa.

    —Pues… ¡Salud! —Y chocamos las copas con delicadeza pero con el movimiento de nuestros brazos, me brincan levemente los senos y a Camilo, la cadena de oro con su alianza enhebrada.

    — ¿Ya viste? Allí está la rubia que te comió con la mirada. —Le indico con mi dedo índice a Camilo.

    —Sí, ya las había visto. Ojalá no se den cuenta de que estamos acá para que nos dejen seguir charlando. Y entre todas las cosas, me estabas diciendo como es que te conquistó con su parla de Don Juan Tenorio.

    — ¿Qué? ¡Nahh, cual que me conquistó! Para nada cielo. Tal vez lo intentó pero no fue de esa manera. Humm, recuerdo que me dijo…

    —«Mamasota, debes comprender que si estoy con una o con otra, es porque tengo mis necesidades, y no he logrado con ninguna llenar esas expectativas, y pienso que si me quedo solo con una, me voy a perder de conocer a otras que quizá me puedan colmar esas carencias. ¡Cómo me sucede contigo! Por eso creo que debemos conocernos más… Íntimamente. ¡Podrías ser tú el amor de mi vida!»

    —Me solté a reír mirando el oscuro panorama iluminado por las pequeñas luces en la lejanía, para responderle posteriormente sin mirarle…

    — ¡Jajaja! Tienes dos problemas, querido. Uno: Estoy felizmente casada. Y dos: No estoy tan necesitada para requerir de tus servicios. —Y con el porro sujeto entre su pulgar y el índice, aspiró largamente meditando su respuesta, para luego ir soltando una espesa humareda e inundando el alrededor con su aroma amaderado y terroso, antes de responderme…

    —Bahh eso no importa porque primero que nada, las cadenas de una relación se oxidan con el tiempo, y al final se pueden romper con facilidad. Y en segundo lugar: Estoy seguro de que mientes y a ti también te gustaría probar estar conmigo, al menos una temporada.

    —Y me giré por fin para enfrentarme a su mirada, acomodando de paso los cabellos revueltos hacia mi espalda, y en un tono pausado pero sarcástico le respondí algo así:

    — ¡Pues casi, querido! Casi que me apena el haber llegado a tu vida tan tarde. No sabes lo triste que me siento al saber que, como en la canción de Arjona, llegamos a destiempo a este cruce de caminos. ¡Jajaja! Pero ahora si en serio… ¿Sabes lo que creo? Pienso que por mi bien y por el tuyo, debemos dejar todo tal y como estaba. Olvídate de mí… De mi boca y de ese beso… E igualmente de todo lo demás. Nacho, no fastidiemos nuestra existencia ni destruyamos lo bonito que tenemos con nuestras parejas. Nos aman y no merecerían que los traicionáramos. Bueno, al menos yo hablo en nombre de mi marido. No sé si tú puedas decir lo mismo de tu novia. —Entonces se le desdibujó de su rostro la sonrisa, y se llevó una mano a la nuca para frotársela, colocando una expresión de seriedad para decirme…

    — ¡Solo respóndeme algo Meli, pero con sinceridad! ¿Si eres feliz con tu marido?

    —No… ¡No lo dudes ni por un segundo! —Y tras darle una rápida calada al cigarrillo, le lancé el humo por su cara, sonriéndome ligeramente por mi travesura.

    — ¡Tan graciosa, mi mamasota! Sin embargo te aseguro que en esta vida antes de morir, es mejor probar de todo. Lo suave y azucarado, y por igual mezclarlo con lo duro y lo amargo. Viviendo siempre del mismo lado, uno termina por cansarse y aburrirse, por eso es que en la cama te enroscas, te estiras y al final, te das la vuelta para acomodarte de manera diferente. —Me contestó.

    — ¡Vaya, vaya! También nos salió filósofo el Playboy de playa. —Me hace el comentario Camilo, y yo sonriéndole le respondo…

    —Sí, es verdad. Pero él tenía sus motivos para pensarlo. E igualmente me dijo que vivir platónicamente fiel debía cansarme, y que si no lo sentía en ese momento, lo viviría con seguridad algún día. Ya fuera yo la culpable o tú, mi victimario. Pero por favor Camilo, no me interrumpas hasta el final, que estoy intentando recordarlo tal como sucedió. ¿Vale?

    Camilo de rodillas todavía asiente, y con sus dedos sobre los labios me hace el gesto de coserse la boca y callar, mientras sirve otra tanda de ron, y aunque me gustaría que estuviese más frio, se lo recibo y bebo un poco. La colilla de mi cigarrillo la abandono a mi derecha, al fondo de una huella en la arena. Mi pisada o la suya la han formado, y decido utilizarla como mi cenicero personal, antes de proseguir recordando aquella conversación casi a oscuras, los dos, Chacho y yo allí de pie, tan cercanos nuestros cuerpos, como alejados nuestros puntos de vista ante la fidelidad, sobre aquella cuadriculada plaza y bajo una noche espectacularmente llena de estrellas, gracias a que la luna se encontraba iluminada a medias.

    —En cambio desde mi perspectiva, –me dijo mientras bebía de la botella otro trago de aguardiente– y con las experiencias que he tenido, la traición con buen manejo, al contrario de lo que puedas pensar, ha servido para el disfrute posterior del esposo engañado. Te lo aseguro. Algunos de esos tipos, esperan confiados y otros enojados en su casa, la llegada de sus mujeres después de haber estado conmigo. Ellas, para ocultar a sus maridos las culpas, arrepentidas o no, le meten ganas para intimar con ellos y hacerles olvidar con sexo, su desconfianza o su enojo. Se desviven en atenciones para ellos y no les niegan nada. Se ofrecen de la manera tradicional y conocida, inicialmente para posteriormente incluso, dejarse hacer hasta lo que ellas jamás se atrevieron a explorar con sus cornudos esposos. Cómo puedes ver, esos traicionados son más felices así. ¡Comiendo sin saberlo de mis sobras!

    —Uhumm, ya veo. Según tú, esos maridos cachoneados deberían darte las gracias por arreglarles sus monótonas vidas maritales. ¡Jajaja!

    —Me burlé de él, cielo. ¡Lo Juro! Pero no pareció incomodarse por mi comentario y al igual que yo, recostó el culo contra el muro de piedra, para seguir aspirando su cacho de marihuana, así que terminé por decirle…

    —Bueno, ahora sí en serio. Es un punto de vista diferente y puede que sea así para algunas de esas mujeres tan urgidas de emociones fuertes, pero en mi caso, acostarme con otra persona y mentirle a mi esposo, va en contra de mis principios morales y de la ética que debe mantenerse en una relación ya establecida.

    —Tal vez estas equivocada y el que seas infiel conmigo no sea malo para ti ni tan desafortunado para tu esposo. Piénsalo un poco, o mejor… ¡Déjame adivinar! ¿Acaso no llegaste a tu casa arrepentida de lo que habías hecho conmigo y lo buscaste esa noche? Lo convenciste fácilmente y tuvieron su buen revolcón, ya que a pesar de que el cachón de tu marido no sabía nada, te sintió más cariñosa y arrecha que de costumbre. Tú y él terminaron por disfrutar lo que los dos iniciamos y dejamos a medias. ¡Qué tal! ¿Adiviné? —Y creo que al acertar no me sonroje y por el contrario con toda la seriedad del caso le respondí…

    —A medias. Si tuvimos una noche de pasión, pero no porque hubiese llegado a mi casa sintiéndome culpable, si no debido a que persiste entre nosotros todavía, las ganas de una buena sesión de sexo, después de no tenernos por un tiempo, porque nos hacemos falta. Eso es amor, querido Nacho. ¿Y tú? Apostaría a que te mataste a punta de pajas esa noche pensando en mí.

    — ¿Yo? ¡Jajaja! ¡Pero que abusiva! Pues para ser sincero me dejaste con la verga tiesa pero con Carlos durmiendo en la otra cama no pude masturbarme, pero sí pensé en ti y en que debía terminar por hacer contigo eso que jamás se lo había hecho a ninguna mujer. ¿Me gustó? Contigo sí, y por eso quiero que me dejes hacértelo bien.

    —Que caballeroso de tu parte Nacho, pero en serio, no tienes por qué preocuparte, ya mi marido me la besa y lame con dedicación, y se la come todavía con agrado. Mejor practica con tu noviecita o con cualquiera de tus conquistas. ¿Qué tal con K-Mena? Mira que hoy la he visto muy acarameladita contigo. ¡A ella podrías echarle el cuento!

    — ¡Jajaja!… Con Grace claro que podría intentarlo, pero hasta cuando regrese de su viaje. Con las otras ya sabes que me da mucho asco, y pues con Carmen Helena… No debo meterme con ella. Se va a casar con mi amigo, mi hermanazo del alma. Y además bizcocho, aquí entre nosotros, te cuento que ella es virgen todavía. ¡El marica de Sergio no se ha atrevido todavía a hacerle la vuelta!

    — ¿En serio, Nacho? Quién lo diría. ¡Porque ella hoy ha estado muy desenvuelta y hasta paseo en moto te pidió! —Le respondí colocando mi rostro de sorprendida e intentando sonsacarle algo más.

    — ¡Upaleee! Ya veo que eres muy observadora. —Y terminó por botar hacia el abismo, los restos de su cacho de marihuana, para contarme lo que yo quería escuchar. ¡Sus sentimientos por K-Mena!

    —Es verdad que hoy esa loca anda con las hormonas alborotadas, y esta tarde en particular me ha estado insistiendo en que yo le deje hacer… ¡Bahh! Olvídalo. Aunque si continúa suplicando pues tocará no hacerme de rogar. ¡Jajaja! ¿No estarás cabreada y por eso me has evitado?

    — ¿Yoooo? ¡Jajaja! Para nada. Allá tú si quieres dañar esa bonita amistad, y además estaba ocupada con Eduardo atendiendo unos clientes que estaban algo molestos porque alguien no los atendió de buena manera. —Le contesté.

    — ¡Bahh! Quizás te refieras a una pareja de un anciano flaco y una vieja gorda y desabrida con dos «culicagaditas» que no hacían más que molestar. No me interesaba perder el tiempo con ellos. Espero que al menos te distrajeras atendiéndolos. ¡Jajaja! Y volviendo con el tema de Carmen Helena, es para que te des cuenta que muchas solo quieren ensartarse en esta estaca. —Y mientras lo decía, se agarraba con su mano izquierda el bulto por encima del bluejean.

    —Meli, debes entenderlo desde otro punto de vista. La infidelidad es solo otra cara de la misma moneda. Una que aguarda escondida en lo más profundo de la intimidad de las personas. ¡De todas! Forma parte de mí, de tu esposo y de ti. Tarde o temprano, física o mentalmente a ustedes dos también les va a ocurrir, si es que ya no ha sucedido. Es como la muerte misma, que va caminando de la mano de la vida. Puede que se demore un tiempo o se precipite por algún accidente imprevisto, pero sabemos que llegará. Así que no debes atemorizarte por lo que pueda llegar a suceder entre los dos.

    — ¿Entre tú y yo? ¡Ja-ja-ja! Permíteme que me ría. Humm, pienso que te encuentras muy seguro de ello, y la verdad Nacho, no veo en este momento que tus sueños de llevarme a la cama se vayan a cumplir. ¿Y sabes por qué? Porque creo que ser infiel en lugar de hacerme llegar a sentir bien, me haría vivir atormentada todo el tiempo, al causar un gran perjuicio a mi estable relación, tan solo por saciar un deseo sexual primitivo y secundario, y sufriendo al saber que si lo hago, arriesgaría mi presente, –bueno, regular o malo– todo por un futuro incierto con otra persona, sobre todo si es con alguien como tú.

    —Conmigo te sentirías distinta, como ahora. ¡Y lo sabes! Tan autónoma como yo, que no me ato a nada ni a nadie. Soy libre y esa libertad es la que te ofrezco para que disfrutes más de ti misma, pasándola bueno conmigo entre otras cosas, y en distintos momentos sin complejos ni reservas. Luego regresas a tu casa bien bañadita y oliendo rico a los brazos de tu marido, y notarás que al romper con la rutina, tu matrimonio mejorará, si es que lo quieres conservar.

    —Bonito discurso querido, pero guárdatelo mejor para tus otras conquistas, esas que puedan estar desatendidas o aburridas, y que no se sienten plenas con la vida que llevan. Las que dudan del amor que en sus hogares les ofrecen. Tu ofrecimiento déjaselo a las inconformes que por lo pronto para mí, no me aburre para nada vivir con el esposo que tengo.

    —Te voy a dar un tiempo para que lo pienses bien, bizcocho, y comprendas que por más que creas que lo tienes todo, siempre habrá algo dentro de ti que te hará sentir incompleta y entonces puede que si te decides, yo aún quiera darte un espacio en mi cama y puedas despertar desnuda y bien abrazada a mí, con una sonrisa de satisfacción en tus labios. —Me respondió tan altanero y petulante como siempre. Pero no me amedrenté y enseguida le dije…

    —Si llego a serle infiel a mi marido, no creo que seas tú mi primera opción. Para tu información, en el menú diario, afortunadamente tengo bastantes opciones de donde escoger. Cuando sienta hambre comeré lo que más me llame la atención y si no me gusta lo que me ofrecen en el plato, o su sabor es desabrido, quizás más tarde se me antoje probar un poco del postre que me ofreces. No te ofendas ¿Bueno?

    — ¡Jajaja! Pero que abusiva me saliste. ¿No te han dicho que así como eres de hermosa, también lo eres de hijueputamente franca? Pero esa es la actitud que me gusta. Por eso es que me fascinas, obviamente además de esos ojos tan azules y sobre todo, ese culote que te gastas y con el que sueño dándole unas buenas palmadas. —Y tomándome desprevenida me palmeó una nalga pero con poco vigor.

    —Bueno querido, ya va siendo hora de regresar que se puso a hacer frio. —Le dije y tiré hacia el vacío la colilla de mi cigarrillo.

    — ¿Y ya? ¿Eso fue todo, Mariana? ¿Solo palabrería y nada de… ¡Nada!?

    —Uhum, créeme que eso fue lo que sucedió. Ni un beso ni una caricia. ¡Nada! Pero si tengo que confesarte algo. Luego de que me entregara su chaqueta de cuero, que me quedaba holgada, al colocar mi pie sobre el soporte se me enredó la cadena de oro que llevaba puesta en el tobillo derecho y que no me quitaba desde que tú me la regalaste; al verla rota exclamé un ¡Jueputa!, que hizo que él se diera la vuelta y me ayudara a recogerla. Observó el corazón y pasó la yema de su pulgar sobre las dos iniciales. Una sonrisa maliciosa apareció en sus labios y al entregármela me dijo…

    — ¡Sí ves bizcocho! El destino nos está diciendo que tu marido por más que te encadene, no podrá mantenerte atada a él por siempre.

    —No le respondí nada porque sencillamente nunca me he sentido ni me has hecho sentir así. Al contrario, al haberte mentido por lo sucedido entre él y yo, y luego lo peor con ese profesor, era yo quien quería mantenerte unido a mí, inocente y ajeno a mis desgracias.

    —La tomé con cuidado y por el afán de que arrancáramos para el hotel, la coloqué dentro del bolsillo lateral de su chaqueta. Por eso no me la volviste a ver puesta y te mentí al decirte que la tenía guardada en mi cofrecito con las demás joyas. La verdad es que por todo lo que enseguida me sucedió, la dejé allí y se me olvidó después pedírsela para llevarla a reparar. Lo lamento, cielo.

    No solo es su voz, mucho menos el tono con el que me ha revelado lo que sucedió con aquella cadenita de oro y el dije en forma de corazón lo que me lleva a calmarme y no recriminarle nada. Ha sido la expresión de su rostro, visiblemente entristecida y en sus ojos marinos, acuoso el desconsuelo renace gradualmente, en conjunto con la vergüenza que se le empieza a desbordar nuevamente en forma de luminosas lágrimas.

    Mariana suspira y de manera firme pasa el dorso de la mano que tiene libre por ambos ojos, la gira luego y extendida con la palma limpia por igual ambas mejillas. Se acomoda diferente, sentada dobla ambas piernas y las acerca hasta su pecho rodeándoselas con los brazos y con la cabeza gacha, bebe de su copa hasta vaciarla, para continuar hablándome.

    —Como al inicio, se acercó a mí con el casco en su mano, mientras yo desenredaba con los dedos mis cabellos. No quería que se me esponjara demasiado con el viento, así que busqué una de mis bandas elásticas dentro del bolso pero no encontré ninguna para sujetármelo. Y sin dudarlo hice otra tontería que sé muy bien que no te va a gustar saber. Otra cagada de las mías, pero qué te confieso desde ya, que lo hice tan solo para… ¡Impresionarlo!

    —En frente de él, –bastante cerca para que nadie más se diera cuenta– llevé una mano primero por debajo de la tela del vestido y con cuidado de no mostrarle de más, me bajé de ese lado la tira elástica del tanga y luego con la otra realicé la misma operación, hasta bajármela por completo desde los muslos hasta mis tobillos y posteriormente levantando un pie, luego el otro, la tomé con cuidado pinzándola con dos dedos y se la entregué diciéndole… ¡Sosténmela un momento por favor!

    Supongo que Camilo estará haciendo mala cara, tan sorprendido con mi confesión, como Chacho lo estuvo con aquel sorpresivo acto, pero ahora es preciso culminar de contarle como finalizo mi primer paseo en motocicleta con el hombre que tanto ha detestado. Con seguridad deberé brindarle más explicaciones cuando acabe de relatarle lo sucedido esa noche.

    —Tomé mis cabellos con una mano desde mi nuca y los retorcí para hacerme una moña simple y baja, la que me gusta hacerme para salir a trotar por el parque o ir al gimnasio. Y entonces de la palma de su mano, abierta como tenía igualmente en esos momentos sus ojos avellanas y la boca, tomé de nuevo el pequeño triángulo de tela negra y la enrosqué con rapidez, usándola como si fuese una coleta para asegurar mi melena. Le recibí el casco y yo misma me lo coloqué, ajustando sin demora la correa. Sorprendido por mi acción se sonrió y antes de que me dijera algo morboso, me anticipe y le dije…

    — ¡Finalmente te hice caso! Ya estoy lista y sin calzones como querías. ¡Vámonos ya, que aquellos deben estar pensando que estamos haciendo quien sabe que cosas y después empieza el chismerío en la oficina! Ahhh, y cierra esa boca que de pronto por el camino se te puede meter alguna mosca. —Se rascó la cabeza y paseó su lengua húmeda por los labios, mirándome con deseo los muslos y seguramente recordando lo que ya le había dado a probar.

    —Tan pronto enderezó la motocicleta, me encaramé lo más rápido que pude acomodando de nuevo el bolso en medio de mis piernas, cubriéndome mejor con la holgada y pesada chaqueta de harlista, y abandonamos aquel mirador para regresar al hotel, pero ya manteniendo mis ojos bien abiertos para deleitarme con el recorrido e intercambiando algunas miradas pícaras y sonrisas cómplices con él, a través del espejo retrovisor y apartando más de una vez, el peso de su mano sobre mi pierna cuando avanzábamos por alguna recta, y la presión de sus dedos, comprimiendo la piel de mi muslo derecho cuando el tráfico de las calles o alguna luz en rojo nos detenía.

    — ¿Y también se los apartaste? —Me pregunta mi esposo bastante desanimado, pero no quiero mentirle, así que le respondo…

    —No. Le dejé que lo hiciera las veces que quiso. ¡Por qué a la vez que él lo hacía, yo le clavaba mis uñas con fuerza en su endurecido estómago!

  • Mi juguete (tercera parte de “Tu virginidad es mía”)

    Mi juguete (tercera parte de “Tu virginidad es mía”)

    Antes de meter la pija de Christian dentro mío, preferí que sienta un poco la textura de mis labios y de mi colitis. Que sienta como estaba de mojada, empapando su ingle y sus huevos, dejándolo todo sucio.

    —Cogeme, por favor —me suplicó. Yo también estaba deseosa de él, de que sienta, por primera vez, como era tener una mujer encima suyo. Pero también era responsable, y debía cuidarme y cuidarlo.

    —Primero hay que ponerte el preservativo —le dije mientras me levantaba de él y buscaba en mi mesita de noche una cajita de forros.

    —Así nomás —me dijo—. Ya quiero que entres.

    —No. Lo primero que tenés que saber cuándo tenés sexo con alguien es que tenés que cuidarte. No importa si la otra persona te dice que no está con nadie. Vos cuídate siempre —me negué. Rompí el envoltorio y saqué el preservativo para ponérselo.

    Cuando todo el capuchón de goma llegó hasta el final de su verga, recién ahí estuve en condiciones de montarme nuevamente sobre él.

    —La primera ve lo hicimos sin nada —recordó en medio de un gemido mientras sentía como lo introducía en mí.

    —Sí. Y fue un descuido mío. No lo tendría que haber permitido, pero ahora vamos a hacer las cosas bien.

    Empecé a moverme despacio para que me vaya sintiendo. Tengo que confesar que me calentaba muchísimo ver la cara y los gestos que hacía… Verlo morderse los labios, blanquear los ojos, escucharlo gemir, escucharlo decir mi nombre.

    —¿Te gusta, pendejo? —le pregunté moviéndome firmemente contra él, haciendo que todo su cuerpo se mueva conmigo.

    —Sí… Sí, me encanta… Me encanta como moves tu culo… Cómo se mueven tus tetas… —gemía mientras seguía presionando fuerte contra él—. Ay, mami… Que rico… ¿Vos sos mi mami, no? Sos mi mami y yo tu bebé…

    —Obvio, mi chiquito. Ahora gemime, disfrutáme y gozáme.

    —No me hablés así que me vas a hacer acabar…

    —Pero, si recién comenzamos…

    —Es que te moves… muy ricooo. —intenté frenarle el orgasmo, pero Christian se derramó en mi interior, mientras yo sentía como los espasmos del orgasmos dejaban salir los chorros de leche a presión.

    Christian seguía convulsionando debajo mío, y yo estaba algo insatisfecha pues apenas estaba calentándome.

    —Perdonáme… Perdóname… Es que te moves muy rico…

    —Descuidá —mascullé de mal humor. Christian se dio cuenta de mi tono, se incorporó y me dio un beso.

    —Dame 10 minutos y te juro que te devuelvo las atenciones.

  • Novia de mi amigo en el antro

    Novia de mi amigo en el antro

    Esto es algo real que me sucedió, me encontré a la novia de un amigo en un antro de la cuidad y cogimos esa noche (Cambié los nombres de esta historia por privacidad de los involucrados).

    Esto sucedió en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, como trasfondo a toda esta historia yo tenía un amigo que para aquellas fechas en los último meses había hecho algunas amistades nuevas y comenzó a abrirnos a su grupo de amigos habituales por sus nuevas amistades de “conveniencia” al grado que nos dejó de hablar y nos enteramos que incluso hablaba mal de nosotros ocasionalmente. En fin no hicimos mucho caso al asunto ya que éramos adultos y él había tomado la decisión de abrirse, su novia Adriana era chaparrita, morena clara de pelo negro, ojos cafés, bonita con bonita sonrisa, tetas pequeñas y un culo de campeonato que yo le veía de vez en cuando desde que él había comenzado a salir con ella

    Al pasar los meses fui con unos amigos a un bar que se encontraba casi frente a punto sao paulo, pasamos a una mesa y comenzamos a divertirnos en el lugar, a los 30 minutos de estar ahí noté a dos mesas de distancia a Adriana a quién reconocí de inmediato así que me dirigí a saludarla ya que con ella en ningún momento había tenido ningún problema (solo con su novio, mi antiguo amigo). Ella se volteó y con una sonrisa me dio un abrazo y comenzamos a platicar sobre cosas generales, como como habíamos estado todos y lo normal.

    A los minutos decidimos mudarnos todos a una mesa, es decir sus amigas, mis amigos, ella y yo para seguir la fiesta, seguimos así toda la noche entre risas y juegos hasta que cerró el lugar y tuvimos que irnos, nos subimos todos en los coches y ella se fue conmigo, lo cual no era raro ya que mi casa quedaba cerca de la suya y con anterioridad en otras fiestas le había dado aventón a ella, a su novio o a los dos. Nos despedimos de sus amigas y mis amigos y nos fuimos, en el camino fuimos platicando igualmente con risas y juegos como toda la noche y me platicó estaba de fiesta sola con sus amigas porque se había peleado con Chamo (su novio) por cosas que se pelean los novios. Le comenté que yo ya no tenía comunicación con él desde los últimos eventos y por lo tanto me sentía más amigo de ella por lo que si quería platicarme su situación estaba abierto ya que nos quedaba mucho camino de regreso.

    Comenzó a decirme poco a poco que su relación con su novio no estaba muy bien y con el paso del rato mientras iba tomando ella más confianza se fue abriendo más diciéndome que su novio era “raro” ya que no le gustaba mucho coger y cuando cogían solo quería cogérsela por el culo o cual a ella no le agradaba mucho, esto me dejó sorprendido ya que no creí yo que mi “amigo” no quisiera coger ya que él se las daba de todo un “casanova y galán”, ya saben el típico sujeto que se siente soñado. En fin me platicó esta situación y me dijo “¿qué opinas?”.

    A lo que yo le dije que si él no se la quería coger estaba mal porque ella estaba riquísima y le dije “si a ti te gusta que te cojan recio la panocha pues debería hacerlo” lo cual le causó mucha gracia y nos reímos bastante, tras ello le dije “si él cree que puede tener una motocicleta y montarla cono bicicleta está equivocado, alguien más llegará que si quiera montar esa motocicleta como se debe” cuando dije eso se quedó sería y me dijo “si, tienes razón”.

    Pasó un minuto de silencio en el coche escuchando música y de la nada dijo “te gusta montar motocicletas” a lo que yo respondí “me encanta y cuando son ajenas mejor”, ella solo respondió “interesante” justo en ese momento estábamos llegando a su departamento nos bajamos del coche y seguimos platicando un poco, no subimos a su departamento ya que ella tenía roomies que yo conocía y de ellas una con quién yo había salido, así pues nos quedamos en el estacionamiento, tras platicar pensé en ser muy directo y le dije “mira, de toda la situación lo que yo entiendo es que no te están cogiendo como se debe y a mí me encantaría cogerte bien, no me interesa que tengas novio ni mucho menos y no planeo darte problemas así que te propongo algo, vamos a coger tú y yo como amigos sin más ni menos ¿Qué te parece?”.

    Ella pareció un poco sorprendida al momento pero se recuperó rápido y me dijo ”si, me parece bien pero hoy no porque no estaba preparada y ando bien peluda y se rio un poco por la confianza, de inmediato le dije “será hoy Adriana porque me encantaría cogerte la panocha bien peluda” hizo una cara muy chistosa de sorpresa con excitación y me dijo “ok, pues vámonos pero no puede ser aquí porque están mis roomies”.

    Nos subimos al carro y me dirigí a uno de los moteles que frecuentaba normalmente de la zona, entramos a la habitación y al cerrar la puerta de inmediato comenzamos a besarnos, era increíble pues hasta ese momento nunca nos habíamos besado y ya estábamos a punto de coger, la agarré firme por las nalgas mientras nos besábamos y la desvestí toda, no esperamos a que llegaran a cobrar cuando ya estábamos completamente desnudos, sus tetas eran pequeñas pero muy bonitas con areolas como monedas de 10 pesos, y como ella no había dicho efectivamente tenía la panocha bien peluda como si hubieran pasado 3 semanas sin quitarse el vello, verla así tan natural me excitó muchísimo y me puso la verga súper dura, la tomé del cabello y la hinqué frente a mi, puse su cara contra mi verga y ella comenzó a mamármela sin usar las manos primero y al pasar los segundos incorporó sus manos para agarrarme el tronco de la verga y lo huevos.

    En ese momento sonó el timbre del motel y llegó la mujer a cobrar, Adriana se quedó hincada toda babeada escurriendo de la boca mientras yo pagué y en todo ese momento ella no dejaba de verme la verga directamente haciendo caso omiso de todo a su alrededor como si estuviera hipnotizada, cuando regreso me dice “Tienes una verga enorme, chamo la tiene chiquita, tu si no me podrías coger por el culo” le dije, no yo tengo toda la intención de llenarte la panocha hasta el fondo como no te llena tu novio, ella sin más se subió a la cama, se puso de perrito dándome la espalda y volteando atrás viéndome me dijo “métemela toda, que tope” al ver esto y observarla en 4 con su panocha bien peluda al grado que tenía pelos también en la cara interna de los muslos y alrededor del ano me excité muchísimo pensando que verdadera hembra con la panocha peluda en 4 y pidiendo verga sin más ni menos, me escupí la verga y se la metí hasta el fundo sintiendo que topó y haciendo que ella pegara un pequeño brinquito, pero no dejándola quitarse ya que la agarraba de la cintura.

    Comencé a cogerla como un animal no pensando en nada más que en el placer de penetrarla sabiendo que tenía novio y era amigo mío, mientras cogíamos de perrito nos veíamos al espejo y esto aumentaba el nivel de excitación dándole duro profundo, ella comenzó súbitamente a hablar mientras la cogía y a decir “mi novio la tiene chiquita, no como tú que la tienes grande y cabezona, dame duro que tope” mientras más la cogía más cosas decía “Cógeme como la puta que soy, les estoy poniendo el cuerno a mi novio contigo, soy bien puta cógeme” en ese momento metí mi mano derecha por debajo de su abdomen y la agarré de los pelos de a panocha firmemente y se los jalé para que supiera quién manda mientras ella lanzaba un gemido y me decía “nunca me habían hecho eso, agárrame de os pelos de mi pucha” muy excitado la seguía penetrando y ahora yo comencé a hablar “¿tú novio no te satisface? ¿no te agarra de los pelos de la panocha?”

    A lo que ella me dijo “No, la tiene chiquita, no me coge duro ni me agarra del pelo y además casi no le salen mecos, le salen como tres gotitas y a mí me gusta sentir los chorros bien calientes adentro” esto fue la gota que derramó el vaso y me puso en un estado de excitación absoluta grado animal dónde solo pensaba en cogerme su panocha peluda a pelo y llenarla de leche hasta dejarla escurriendo, le dije “¿Dónde quieres que te los eche?”

    A lo que ella respondió “Vente adentro, lléname de leche caliente, quiero sentir tus chorros fuertes adentro, lléname como él no me llena” en ese momento mientras tenía sus pelos de la panocha firmemente agarrados con mi mano derecha y mi mano izquierda en su cintura llegué al orgasmo y comencé a bombear toda mi leche dentro de su panocha con las contracciones que mi verga daba en cada chorro, mientras descargaba todos mis mecos en su panocha ella decía “Siento tus chorros, te sale un chingo de semen”.

    Así seguí con el bombeo de mecos hasta que le transferí toda mi carga quedando extasiado todavía pegado a ella de perrito mientras nos veíamos del lado al espejo, en ese momento me retiré de ella sacando mi verga y vi cómo se le salieron varias escurridas de mecos de la panocha y quedaron colgando viscosamente de sus pelos, ella dijo “no mames, te salen un chingo de mecos ¿Cómo le haces? Nunca había visto a alguien que le salieran tantos” a lo que le dije “Tomo mucha agua” y se rio, me dijo “Se siente riquísimo cuando se vienen adentro, pero de ti sentí todo, sentí os chorros fuertes como a presión y sentí caliente” le dije cuando gustes, nos recostamos un rato y nos fuimos, el regreso fue rico porque estuvimos hablando sobre lo que nos gustaba y no nos gustaba así como fantasías que queríamos cumplir.

    Posteriormente seguimos siendo buenos amigos ella y yo así como seguimos compartiendo experiencias sexuales muchos años, desde un trío con un primo hasta otras cosas que espero en un futuro poder platicarles.

  • Tú me gustas

    Tú me gustas

    Me gusta tu mirada cuando busca mis ojos invitándome a lo prohibido, me gusta tu cara fuerte y tus labios gruesos cubiertos de barba y bigote, me gusta sentirlos en los labios.

    Me gusta tu pecho poderoso que caliente me invita a tocar cada músculo cuando te quitas la camisa.

    Me gustan tus piernas fuertes y duras, me gusta abrazarme a ellas cuando entras por mi boca que es tuya, me gusta abrazarlas y que sepas que no hay lugar más placentero donde pudiera estar tu hombría sino en mi boca… Muy dentro.

    Me gusta gustarte más que tú esposa… Me gusta que me lo digas mientras con palabras toscas me repites lo que soy.

    Me gusta gustarte, aun sabiendo que no soy hombre ni mujer, tan solo soy aquello que te lleva al cielo y recibe tus explosiones muy dentro, con placer desmedido.

    Me gusta que me aceptes y que me quieras, que me desees mucho, mucho más que a cualquier mujer porque para ti soy especial…

    Tú qué estás leyendo esto quiero que sepas que…

    ME GUSTAS.

  • Clara. La musa

    Clara. La musa

    A sus escasos 21 años, uno de los principales problemas de Clara era su apetito. No precisamente el de comer; el “otro” apetito, ese que solo era capaz de saciar muy rara vez, quizá con algún novato incauto en el gimnasio, o con aquel argelino que casi la arrolla al salir del Mercadona, y que obligó a compensar con “un café con bollo”.

    De complexión atlética, Clara estaba en la flor de la juventud. Pechos pequeños, una figura algo menuda que apenas levantaba un metro sesenta y cuatro del suelo, y una trasera que explicaba adónde había ido a parar el resto de material genético. Esto Clara lo sabía, como también sabía que, con su carita de ángel de melena azabache, pillaba desprevenido a más de un chico. Pero el tema no acaba solo en sementales, ni mucho menos: aunque su amiga Maialen (con quien habrá historia) se metía con ella diciéndole ninfómana, Clara le repetía que era de “gran apetito y paladar”. Vamos, que no se acostaba con las piedras porque no podía. Sus sueños húmedos viajaban desde la joven becaria de la librería del barrio hasta el panadero de la esquina, pasando por ese pibón maduro de melena pelirroja que salía a correr por el Ensanche los sábados. Con poco más que dos décadas de edad, Clara había experimentado en el sexo con todo lo que había podido.

    La historia comienza un lunes 19 de marzo, nublado de par de mañana como suele ser habitual en Pamplona por esos meses. Clara iba tarde, el finde había tenido “jarana” con un chico que había conocido en un bar del Casco Viejo. La fiesta se les había ido de las manos, Clara apenas había dormido y se le había pasado la hora del despertador, impidiendo cualquier sucedáneo de desayuno o ducha siquiera. Con las prisas, la pobre Clara salía con unas mallas de yoga, un top ligero y una sudadera, bajando las escaleras de su casa de dos en dos, volando hacía la bicicleta que tenía aparcada enfrente del portal y saliendo cual cohete, rumbo al Segundo Ensanche, con 10 minutos en el reloj antes de que empezaran las clases.

    Clara iba repasando mentalmente sitios de camino que abrieran antes de las 8 y donde pudiera comprar un café y un cruasán. Acabó decantándose por un bar nuevo en Carlos III, que no tenía mala pinta y que le quedaba casi enfrente de la Escuela. Como alma que lleva el diablo, dejó la bicicleta en una farola, le echó un candado rápido y se lanzó hacia la puerta de la panadería. La camarera que le recibió enfrente desde detrás de la barra hubiera dejado a Clara sin aliento, si lo hubiese tenido. La empleada, joven, de piel morena, de ojazos castaños como el pelo corto, y unos labios que convertirían a un vegano en carnívoro. Tras el mostrador del local se adivinaba un cuerpo joven, bien cuidado, más o menos metro sesenta y siete, de pechos apetecibles bajo la blusa sin mangas blanca. Clara dedujo procedencia en Brasil, quizá algo de Cuba o Puerto Rico, pero no pudo pensar más en cuanto la camarera le sonrió al entrar.

    -¡Buenos días cariño! ¿Qué te pongo?- le saludó la camarera con una sonrisa de oreja a oreja, sin ningún acento aparente, solo el deje de picardía de quien se sabe deseada.

    No sin antes recuperar el aliento suficiente, Clara respondió: -Buenas… un café con leche y un cruasán… por favor…- “y una camarera para llevar”, pensó para sí. Tenía que echarle el guante, de eso estaba segura; ahora bien, la manera quedaba bastante más en incógnita.

    Con la exótica camarera en la cabeza y la bolsa con el desayuno en la mano llegó a la Escuela, con el tiempo justo para llevarse una mirada reprobatoria del conserje.

    -¡Vamos Clara, que llegas tarde!

    La exclamación de apremio la sacó de sus pensamientos como un jarro de agua helada, lo que la obligó a sacudirse de la cabeza el embriagador aroma a pan recién horneado que asociaba a su nueva musa de piel tostada. El día transcurrió horriblemente despacio, al punto que la pobre Clara casi podía ver las burlonas manillas del reloj del aula de fotografía marchar hacia atrás. Varias veces tuvo Clara que huir al baño, puesto que la humedad entre sus muslos estaba acabando con ella, y el hecho que no llevaba sujetador y cada roce de sus pezones con el top no ayudaba mucho.

    Por fin llegó el descanso a mitad de mañana, y a Clara no se le ocurrió mejor cosa que ir a ver a la dulce camarera morena, comprarle algo de almuerzo y, ya que estamos, ver si podía hablar con ella. En lo que a pesca de bombones se refiere, la joven Clara era tan sutil como un ariete en plena carga.

    -¡Pero si es la velocista de esta mañana! ¿Puedes ya hablar o todavía no has recuperado el aliento, cielo?- Saludó a Clara la camarera, burlona.

    -Ja, ja. Vengo a ver si me das algo de comer- Le respondió Clara, roja hasta las orejas.

    -¿Entonces qué quieres? Aviso que solo puedo darte de lo que ves, la cocina la tengo cerrada- Replicó con una sonrisa la otra.

    En ese momento, ya más lanzada, Clara sonrió y examinó lo poco que podía ver a la camarera desde ese lado de la barra, y se decidió a echar la suerte.

    -A ver, déjame pensar… Si no tienes cocina, creo que me quedaré con una bonita y joven trabajadora de piel morena, para llevar, por favor.- Terminó por responder Clara, con la mejor de sus sonrisas.

    La camarera levantó las cejas, sorprendida y divertida por semejante ataque frontal, y acabó por estallar en carcajadas, una dulce risa auténtica y contagiosa. -¿Te la caliento entonces? ¿O te la llevas tal cual?- Apoyándose sobre el mostrador, se acercó a la oreja de Clara, y susurrando le dijo: -Escucha, termino el turno en 5 minutos, te hago un café, espérame y cuando termines pregunta por Rosa. Invita la casa.-

    Solo el susurro ya provocaba olas continuas de escalofríos en el cuerpo hirviente de Clara y la forma en que Rosa dijo la última frase hizo que casi le fallaran las piernas. A duras penas pudo tomarse el café de nerviosa que estaba. Eso, y que Rosa le había calentado un café que casi echaba fuego, así que le tocaba a Clara tomárselo con una calma que no era capaz de mantener. Todo lo que podía pensar era que su nueva musa olía a cerezas y que se estaba volviendo loca.

    Contando los minutos en el reloj Clara reflexionaba: para su trabajo universitario de fotografía no necesitaba estar expresamente en clase, la única persona que podía llegar a echarla de menos, Maialen, tenía a Ander, su novio y, al vivir sola en un piso alquilado por estudios no tenía mucho problema en desaparecer de la Escuela de Artes por un día. Eso la animó, y casi sin darse cuenta dieron los 5 minutos estipulados.

    Apuró la taza de café, cogió su mochila y se dirigió a la barra, donde había entrado un hombre de avanzada edad del siguiente turno. Clara se acercó al hombre.

    -Hola buenas, ¿sabe por dónde ha salido Rosa? La chica del turno anterior.

    -Sí bonita, creo que está fuera.- Clara le dio las gracias y salió, donde la esperaba a la vuelta de la esquina su deseada Rosa. Esta la recibió tomándola de la cintura en cuanto la vio, atrayéndola hacia sí y aprisionándola en un húmedo beso de bienvenida.

    Sorprendida, Clara respondió, y sus lenguas se fundieron, jugando y explorando la boca de la otra. Las manos de ninguna de las dos se quedaron ociosas: las de Clara fueron hacia los amplios senos de Rosa, y juguetearon con sus marmóreos pezones; las de la morena, rumbo hacia las nalgas de Clara, con escala en uno de los pechos duros y cónicos de la joven.

    Tras poco más de unos segundos, Clara tomó conciencia de su localización, se separó ligeramente. -Me gustas,- susurró, -pero aquí no es lugar. ¿Quieres ir a algún lugar apartado?

    -Tú también me gustaste desde que te vi- Respondió la otra -¿Tienes pensado algún sitio o te llevo yo?

    -¿Te parece mi casa?- propuso Clara -No queda muy lejos de aquí-, añadió con una sonrisa picarona.

    En el camino hacia el Casco Viejo fueron charlando, cogidas del brazo como viejas amigas. Charlaban de sus vidas, del amor, sexo y pasión. De vez en cuando una arrastraba a la otra hacia una esquina menos visible y le robaba un beso, lo que contribuía a aumentar el deseo y la temperatura.

    De lo que Clara pudo sacar de la conversación era que Rosa, o Rosita como la llamaba su familia, estaba sola, aunque le encantaba divertirse y, con 25 había experimentado en la cama con un amplio elenco de razas y géneros. Era de Pamplona, aunque las apariencias engañaran, y no se cortaba un pelo ni hablando ni en la cama. Estaba trabajando a media jornada para pagarse el grado en Música y Sonido a distancia, y nada apreciaba más en el mundo que su guitarra y Mia, su gatita.

    Al fin llegaron al portal de la casa de Clara, tarea difícil fue abrir la puerta del portal entre las caricias y los besos en el cuello de Rosa, pero por fin la pareja entró, subió los dos pisos entre risas traviesas y consiguieron entrar en el apartamento de Clara. En el mismo momento en que atravesaron el umbral de la puerta, ambas desataron su tensión sexual, ese deseo reprimido; esa caja de Pandora que, una vez abierta no es posible volver a cerrar hasta saciado el deseo. Y Clara tenía más deseo que una legión de genios. Nada más pisar el recibidor, Rosa se las apañó para quitar la sudadera de Clara, lanzándola a algún punto entre el pasillo y la cocina.

    La pareja estaba fundida en un húmedo beso francés, jugando con la sin hueso y explorando la boca de la otra. De cuando en cuando, Rosa mordisqueaba el labio inferior de su amante, o atacaba el lóbulo de su orejita, siempre cuidando mantener las manos ocupadas: una masajeaba sin piedad el pecho izquierdo de Clara, mientras que el otro exploraba la flexibilidad de los leggings cerca del ano. Todo esto hacía suspirar a la joven fotógrafa como una locomotora a vapor, pero ello no significaba que se mantuviese ociosa; a la correspondencia de sus besos se sumaban sus manos: una en un pecho, y la otra acariciando el vientre plano de Rosa, rumbo a sus vaqueros. Descubrió, no sin cierta sorpresa, que su amante se había hecho un par de piercings en los pezones, cosa que no había notado en la calle. A ojo de buen cubero, Clara hubiera jurado una talla D de puro deseo color chocolate, y ahora con el extra de las perforaciones en cada pezón. No fue difícil desatar los botones necesarios de la blusa para acceder a los pechos; en cambio, fue más truculento abrirse paso a través del sostén negro de Rosa. Al final, sin paciencia ya, optó por romperlo, recibiendo un gemido de protesta y un mordisco en el cuello por parte de la ofendida.

    Clara se iba a volver loca de deseo. Pillando a su compañera por sorpresa, Rosa se agachó y, sin esfuerzo aparente, tomó en brazos a Clara y fue buscando el dormitorio de ella.

    -¡Ay que no soy una niña! ¡Bájame!- Balbuceó Clara, confusa y tremendamente caliente.

    -No acostumbro a tener sexo de pie cielo, así que o me dices dónde está tu cama o acabaremos haciéndolo en el suelo- Respondió Rosa, a caballo entre impacientada, divertida y ardiendo de deseo.

    -…La puerta de la derecha…- Murmuró Clara, roja hasta las orejas.

    -¿Ves? No era tan difícil- Replicó la morena, dejando a Clara en la cama y subiéndose encima de ella, con expresión triunfante. Aprovechó el momento para admirar a la chica que, unas pocas horas antes, había entrado como una exhalación en el local donde trabajaba; la misma chica que con un ataque directo la había ganado, la chica con cara de ángel que mejor besaba desde que Rosa tenía recuerdo.

    Sin embargo, ya que Rosa se había sumido en sus pensamientos observándola, Clara tomó ventaja de la situación, se incorporó obligando a su amante morena a sentarse a horcajadas sobre ella y, entre besos, terminó de soltar los botones de la blusa, quitándosela y desterrándola a un rincón del cuarto, a la par que el sujetador. Esto obligó a Rosa a tomar conciencia de nuevo, y copió los pasos de la bella estudiante, quitándole el top y dejando al descubierto dos tetas pequeñas, duras, calientes y cónicas, coronadas por bonitos pezones puntiagudos, cuyo roce arrancó un escalofrío de la espalda de Clara.

    El hechizo duró poco y, en vista que los fluidos de Clara hacía rato que habían empapado los leggings y comenzaban a mojar las sábanas, Rosa optó por tumbar a su nueva compañera, y quitarle los leggings. Después de todo, eran demasiado bonitos como para rasgarlos.

    Antes de que Clara pudiera reaccionar, la brasileña salió de la cama, sin dejar de mirar a su amante, y con movimientos sensuales se quitó el pantalón, quedando como única prenda un tanga negro de encaje, húmedo de fluidos. Clara, impaciente, saltó hacia su bonita compañera, la enganchó de la cintura y la atrajo hacia sí, quedando ambas tumbadas de medio lado, una enfrente a la otra, unidas por largos y cálidos besos, solo interrumpidos por suspiros igual de largos, ocasionados en parte por el roce de las manos de ambas en el cuerpo de la otra.

    Rosa que jugaba con la boquita de Clara, cambió de plano, y fue bajando poco a poco, lamiendo cada rincón de la estudiante: el hueco de la clavícula y ambos pezones; el piercing en el ombligo de la joven fotógrafa y, finalmente, el lugar donde debería haber estado el vello púbico, que se demostraba limpiamente afeitado. La lengua de Rosa se afanaba con los labios inferiores de Clara, alternando entre caricias a la vulva y besos a la cara interna de los muslos. La sin hueso de la amante brasileña jugueteaba con el clítoris en largas pasadas, lamía los labios menores e incluso se acercaba al ano limpio de Clara, quien suspiraba y gemía como una caldera a punto de estallar, jugando con el suave cabello corto de su Rosa.

    Al poco de las caricias de Rosa, la aspirante a fotógrafa estalló, frente a la cara de su brasileña, en una oleada de éxtasis puro, el primer orgasmo, que la hizo temblar de la cabeza a los pies. -Lo… lo siento, tenía que haber avisado…- balbuceó Clara. Rosa sonrió, gateó hasta la cara de su amante y la besó largamente.

    -¿Qué tal sabe?- fue lo único que respondió. -Quiero que me hagas sentir igual, cielo- la apremió Rosa.

    En apenas unos minutos de cariño y besos, Clara volvía a suspirar, ardiente. Era su turno, y estaba dispuesta a devolver el doble de lo que la hermosa brasileña le había dado hoy, por lo que comenzó tomándola de la cintura, para aprisionar un pezón como rehén, lamiéndolo, mordisqueándolo y saboreando el embriagador gusto de las bolitas metálicas. Era adictivo, y por los suaves gemidos que Clara podía escuchar, no era la única que estaba disfrutando.

    Fue bajando su atención, acariciando el vientre plano de su musa, el pequeño ombligo, hasta llegar a su zona púbica. Llegando al xoxito, se detuvo a besar el clítoris, viendo como el generoso pecho de Rosa subía y bajaba agitadamente. Poniendo en práctica sus propias experiencias en soledad y con otras mujeres, sin dejar de besar y lamer el botón de placer, le metió a Rosa dos dedos, que comenzó a mover muy suavemente. Por ser marzo, Clara tenía todavía las puntas de los dedos frías, provocando un gemido adicional de sorpresa por parte de la brasileña.

    Apenas hubo de esforzarse mucho Clara, pues al poco rato de dar placer a su amante, Rosa comenzó a temblar, llegando al orgasmo y anunciándolo por todo lo alto. Clara volvió a colocarse frente a Rosa, tumbadas de lado, se arroparon con las sábanas y quedaron en un estado de duermevela abrazadas.

    Pasado el mediodía, Clara se levantó, notando de inmediato la ausencia de Rosa. Sus dudas quedaron inmediatamente apaciguadas, al oír el sonido del agua de ducha correr. Se levantó, y se deslizó hacia el baño, donde en efecto una figura curvácea se movía tras la cortina de la ducha, entonando una canción en voz baja. Clara entró en el cubículo, mojando su piel enseguida. Abrazó por detrás a su nueva amiga y con un beso en el cuello le reprochó:

    -No me has avisado. Me has dejado sola en la cama- la atacó haciendo un falso mohín.

    -Mira, me gustas mucho y todo eso, y me lo he pasado como hace mucho que no disfrutaba, pero tengo que irme: tengo ensayo con mi grupo en un rato- Respondió Rosa con un deje de tristeza en su voz. -Pero… – cambió de tono y se volvió hacia Clara, pasándole los dedos por el pelo húmedo -… si quieres puedes venir a verme el viernes que viene.- La joven fotógrafa puso cara de duda, mientras le brillaban los ojos -Tengo concierto en la sala del Zentral, detrás del ayuntamiento.

    Rosa le plantó un suave beso en los labios, salió de la ducha y se secó con una toalla de Clara. Pero la estudiante quería asegurarse -¿Podremos repetir?

    Antes de salir del baño, Rosa la miró con una sonrisa -Claro-, respondió.

    Hola, este es mi primer relato, eventualmente subiré más historias. Disfrutad.

  • Buscaba rentar un cuarto y salió algo más

    Buscaba rentar un cuarto y salió algo más

    Hubo una ocasión, en el segundo año de la pandemia, en el que por motivos de trabajo, me vi en la necesidad de buscar hospedaje fijo en la Ciudad de México, o al menos relativamente cerca de esta, o esa idea estaba en mente, pero por no tener aun la certeza de eso, estaba hospedado en un Hotel en la zona Oriente de la ciudad, cerca de la salida a Puebla, por Metro Guelatao, llevaba algunos días que había bajado una aplicación que sirve para concretar encuentros gay, en donde uno pone sus datos, una foto y se mete a ver perfiles y si hay personas cercanas o al menos esa es la forma de uso que tiene.

    Bueno, estaba yo en un momento de relajación, habiendo terminado el trabajo por ese día y dispuesto a descansar un rato, aunque no era tan tarde aun, me dispuse a usar esa aplicación y por juego le puse, que buscaba rentar cuarto por la zona en el estado del perfil, una vez hecho eso, estuve viendo diferentes perfiles, viendo que me enviaban mensajes de hola o los llamados “Taps”, algunos contestaba, otros solo los veía, hasta que alguien me envió un mensaje diciendo: “Buenas Tardes, ¿Por dónde buscas el cuarto?”.

    Me dispuse a contestarle, con la misma cortesía, mencionándole que lo buscaba cercano a la ubicación del Metro Guelatao, ya que era un lugar relativamente próximo para moverme a mi área de trabajo sin mucho contratiempo, a lo que me respondió en breve tiempo, mira, yo tengo actualmente un cuarto disponible, estoy por la Avenida Sor Juana y Texcoco. Cuando me escribió eso, revise en el Maps de Google, para medio orientarme del lugar y notar que estaba relativamente cerca de donde me estaba hospedando, respondiendo a su mensaje, que por la referencia que me estaba dando, estaba relativamente cercano a donde tenía planeado buscar hospedaje.

    A lo que me contesto que si me interesaba, que podía ir a verlo en el momento que se pudiera, para que revisara si estaba dentro de lo que yo quería y así acordar un precio acorde a, a lo que le respondí que sí, que si él tenía tiempo en ese momento para ir a verlo, respondiendo que sí, que sin problema, que tenía tiempo en ese momento, que me mandaba la ubicación, así mismo, mencionando su nombre, solicitándome lo mismo de mi parte, me dispuse a salir a buscarlo, vistiéndome rápidamente con un pants negro, sudadera negra con azul, unos tenis blancos que tenía y una típica gorra negra, por debajo una playera negra y un bóxer ajustado de color azul, saliendo del Hotel y encaminándome a la ubicación que me había enviado.

    Realmente no había tenido suerte de encontrar algo de acción a través de la aplicación, así como también, durante la pandemia no había tenido nada de sexo, aparte que con la conversación que estaba teniendo con esta persona, estaba más interesado en el hospedaje que me estaba proponiendo, pero algo dentro de mí me decía que había algo más aparte del hospedaje, una vez llegue al lugar del que me dio la ubicación, le envié un mensaje por la app, contestándome que en un momento salía por mí, observando que se abría la puerta de un zaguán y al verlo salir por la puerta, note que estaba más o menos de mi altura, quizás un poco más alto (no soy alto, pero mido 1.75 m y confirme que era más alto), relativamente delgado, de buen aspecto, a mi forma de ver Guapetón, vistiendo de pants de color azul, con playera azul cielo y tenis negros, de al menos unos 38 años más o menos.

    Se acerca a mí y me saluda de mano y dando un pequeño abrazo, dándome las buenas tardes y mencionando mi nombre, momentos después, me invita a pasar a través de la puerta del zaguán a su domicilio, a lo que me dejo guiar por él, una vez dentro, me pregunta que si no me costó llegar, haciéndome conversación, mientras me iba guiando al área donde estaba el cuarto que tenía disponible, llevándome a un patio donde estaban algunos cuartos y dirigiéndonos a uno al fondo, el cual abre y me indica que pase, paso al interior de la habitación y veo que está en buenas condiciones, paso a medio revisar el interior del cuarto y él va siguiendo mis movimientos por detrás de mí, de vez en cuando, alcanzando a rozar con su mano alguna de mis nalgas, a lo cual no le presto mayor atención, hubo un momento en el que me incline para ver algo y note claramente que paso su dedo por la línea en medio de mis nalgas, situación que nuevamente no le di mayor importancia.

    Una vez finalizada la revisión, me invita a acompañarlo a la sala de estar que tiene su domicilio, acompañándolo y pidiéndome que tome asiento, sentándose el frente a mí, empezando a conversar del tema del departamento, de nuestro trabajo, llegando al tema del porque tenía la idea de estar en la ciudad y de un momento a otro me soltó la pregunta, ¿que buscaba yo en la aplicación en la que me contacto?, aparte de la razón de mi visita a lo que respondí que lo que pudiera surgir, no me cerraba a nada, a lo que soltó la pregunta de interés, ¿que sí que roll jugaba?, a lo que le respondí, que por las experiencias previas que había tenido, me habían hecho más pasivo que nada, a lo que me respondió que le parecía interesante, levantándose en ese momento y pasando a sentarse a mi lado y pasando una de sus manos por mi pierna, acariciándola y diciéndome al oído, yo soy activo y desde que te vi afuera me gustaste.

    Al terminar de decirme esa frase, se abalanzo con su boca a la mía y me planto tremendo beso, con uno de sus brazos, lo paso por encima de mis hombros, poniendo un poco de fuerza, de esta forma obligarme a pegar mi cuerpo al suyo, y con la mano que con la que estaba acariciando mis piernas, al notar que estaba yo receptivo a su embate y sin oponer resistencia, empieza de poco a poco, como va pudiendo por la posición que tiene, a ir bajando mi pants hasta las rodillas, que por el tipo de ropa que es, logra facilitarle la labor, con su brazo sobre mi hombro, va haciendo que vaya girando mi cuerpo poco a poco, provocando que me ponga de lado, empezando a pasar su mano libre por mi nalga por encima del bóxer, apretándola un poco, dándole una nalgada.

    Deja de besarme y retira su mano de mi hombro, haciendo que termine inclinado apoyando mi pecho sobre sus piernas en una posición boca abajo y recostado sobre el sillón en el que había estado sentado hasta hace un momento, lo que el aprovecha para pasar sus manos por mis nalgas por encima del bóxer, al estar en esa posición en la que me acomodo, siento un bulto a través de pants, con sus manos, continua masajeando mis nalgas, metiéndolas también, por debajo de la tela del bóxer, y de un movimiento deslizándolo hacia abajo y dejándole ver mis nalgas, al tener mis nalgas a su disposición, desliza sus manos nuevamente por ellas, les da una nalgada y con sus manos separa ambas nalgas, abriéndolas por completo, dejándole ver a su entera disposición mi culito, el cual siento que se contrae al sentirse expuesto, a lo que me dijo en voz alta, “Vaya que rico culito tenias escondido bajo esa ropa”.

    Posterior de haber dicho esas palabras, con sus manos, hace que me ponga de pie, incorporándose el también, así mismo, con movimientos de sus manos, guiándome para que me acomode, poniendo mi pecho y mis brazos sobre el respaldo del sillón, poniendo su mano en mi nuca y empujando levemente, para que apoye mi cabeza sobre mis brazos, dejando mis piernas estiradas, ligeramente separadas, como si estuvieran a la altura de mis hombres, va poniendo cierta fuerza o más bien, me hace sentir que el tiene el control mientras me va guiando con sus manos, una vez me tuvo así acomodado, estuvo acariciando con una de sus manos mis nalgas, empezando a pasar su dedo entre la raja en medio de las mismas, él había aprovechado el momento y los movimientos que estuvo haciendo, para quitarme por completo el pants, quitándolo de manera fácil junto con mi bóxer, dejando solamente mis tenis puestos, con su otra mano, acomodo la sudadera y la playera hasta arriba, pasándola por mi cabeza dejando al descubierto mi espalda, teniendo a su entera disposición mis nalgas y mi culo, alabándolo nuevamente y dándome un par de nalgadas.

    Empieza a estar pasando sus manos por todas mis nalgas, acariciándolas, sobándolas, masajeándolas, recorriendo con sus manos también mis piernas hacia abajo, volviendo a subir por ellas y llegar hasta las nalgas, pasando también sus palmas por mi espalda, provocando con esto, que yo vaya sintiendo bastante placer con cada parte que va tocando y poco a poco vaya soltando gemidos del placer, en un instante, el acomoda sus manos en mis nalgas, agarrándolas de una forma, y empieza a separarlas, dejando a su vista mi culito, situación ante la cual siento como respinga mi culito, situación que él se dio cuenta, diciendo: “Ese culito ya está ansioso, ¿no crees?”. Después de decir esto, retira una de sus manos, mientras que con la otra, manteniendo separada mis nalgas, empiezo a notar como pasa sus dedos por en medio de mi raja, tocando de manera constante la zona de mi culito, notando una sensación de humedad, imaginándome que es saliva, para acto seguido, notar que está intentando meter uno de sus dedos en mi culo, el cual al sentirse invadido, pone algo de resistencia a su embate, al notar esa resistencia, lo retira y siento como empieza a pasar boca y su lengua por entre mis nalgas, notando que le pone bastante énfasis en besar mi culo a su entera disposición.

    Cuando él está haciendo esto, empiezo a sentir como recorre mi cuerpo, sensaciones de placer, provocando que empiece a estar gimiendo con bastante fuerza, estando el bien entretenido con su boca y lengua en ese lugar de placer y perdición, estoy notando como intenta meter su lengua en mi culito, sintiendo como deja bastante saliva y que una vez hizo eso, intenta nuevamente meter su dedo, en esta ocasión, logrando introducir la punta y parte de la falange, dejándola así un momento, el suelta más saliva en esa parte y poniendo un poco de fuerza, logra hacer que avance bastante más hacia mi interior, logrando de esta forma que entre por completo su dedo, yo mientras tanto gimiendo con cada avance que hacia su dedo, dejando escapar entre pequeños gritos un: “si, que rico”.

    Una vez que había conseguido meter su dedo por completo dentro de mi culo, lo va sacando lentamente, hasta casi su totalidad, volviendo a meterlo de la misma forma, despacio y ensalivando con cada avance que hace, una vez llega hasta el fondo, lo vuelve a sacar nuevamente y otra vez lo va metiendo, pero esta vez, lo va metiendo de manera más constante, sin detenerse, pero aun de forma lenta, haciendo nuevamente la acción de meterlo hasta el fondo y sacarlo, una vez que el siente que ya mi culo no está poniendo tanta resistencia a sus embates, empiezo a notar que intenta meter un segundo dedo, a lo cual, mi culo ya sin mayor problema, lo acepta con cierto agrado, porque siento nuevamente como se va sintiendo más placentera esa acción de sus dedos, haciendo movimientos circulares y también metiéndolos y sacándolos de forma relativamente lenta.

    Ya una vez que el sintió que mi culo se acostumbró a la sensación de sus dedos, los retira y con una de sus manos hace levantarme de la posición en la que me tenía, y con la mano libre sube mi sudadera y mi playera hasta mi cabeza, sosteniendo con su mano, mis brazos en alto, dejando tapada mi cara con la sudadera, dejando al descubierto mi boca, no permitiendo el moverme, a lo que con su mano que quedo libre me obliga a acercarme a su cuerpo y me planta un beso, al estar pegado a él, pude notar la tremenda erección que ya tenía, al dejar de besarme, termino de quitarme la sudadera, diciéndome que me quitara mis tenis, cosa que hice de forma rápida, poniéndome de espaldas a el y siento como pega su cuerpo en mi espalda, percatándome de su verga estaba poniéndola entre mis nalgas, la había sacado de su pants mientras me quitaba los tenis, por lo que, pase una de mis manos hacia atrás para tocarla.

    Puedo notar en mi mano, que está de un tamaño que yo diría bueno, relativamente gruesa y que tenía su pants bajado solamente, dejando al descubierto solo su verga y los testículos, me restregó su verga entre mis nalgas de arriba abajo una vez, se separa de mí, me toma de la mano y me lleva a una habitación cercana de la sala de estar, al entrar a la misma, me hace sentarme sobre la cama que esta al interior de la habitación, se quita por completo la ropa, dejando su cuerpo desnudo y a la vista, su rica verga, de unos 19 cm más o menos y de un grosor bastante tentador, parándose frente a mí, con su mano hace que me levante, besándome, sosteniendo entre sus manos mis nalgas, masajeándolas, un instante después, dejando de besarme, retirándome de su cuerpo, hace que me acomode de espaldas a él, pegándose a mi cuerpo y poniendo su verga entre mis nalgas, restregándome su verga de arriba abajo en la raja de mis nalgas, soltando algo de saliva entre las mismas, dándome a desear ese pedazo de carne y diciéndome al tono en un tono cachondo: “Siente nada más lo que tu culito se va a comer”.

    Retirándose de detrás mío y con sus manos me hace inclinar sobre la cama, poniendo en una posición similar a la que tenía en el sillón, ya una vez me hubo acomodado como él quería, empieza a pasar su lengua por mis nalgas, nuevamente deteniéndose en mi culo y dándole bastante lengüeteadas, poniendo su dedo en la entrada de mi culo y esta vez, sin mayor objeción o resistencia, metiéndolo hasta el fondo, empezando a meter y a sacar de forma constante, para luego, empezar a meter un segundo dedo, con la misma acción de meterlo y sacarlo, así como también hacer algunos movimientos circulares, poco después, retira sus dedos de mi interior, dejándome una sensación de necesidad de seguirlos sintiendo, escucho como escupe a algo y empiezo a notar, que pone algo un poco más grueso en la entrada de mi culo, percatándome de que es la cabeza de su verga, la cual intenta ir metiéndola con un poco de fuerza y de presión, a la cual mi culo opone cierta resistencia, sintiendo un poco de dolor a esto, al no poder conseguir meterla, la retira, escucho que le echa más saliva y vuelve a ponerla en la entrada de mi culo y empiezo a sentir su empuje, poniendo nuevamente un poco de fuerza, esta vez siento como cede la resistencia de mi culo, siento como logra abrirse paso un poco.

    Él se percata que de logra que mi esfínter ceda un poco, quita su verga un momento, mete dos de sus dedos en mi culo con algo de saliva y creo que algo más, acomoda la punta de su verga nuevamente en la entrada de mi agujero de placer y esta vez logra ir introduciendo la punta, provocando que suelte un gemido de mezcla entre placer y dolor, aunque a decir verdad, era más placer que dolor, el empieza a ir empujándolo de manera constante al interior de mí, hasta que siento como sus testículos chocan con los míos, a lo que él dice entre un gemido fuerte: “Que rico culito tienes papacito”, “Ya tenías rato que no te cogían verdad”, después de eso, empieza a sacar su verga por completo, luego de esto pone sus manos sobre mis nalgas y las abre por completo, después, sosteniendo con una sola mano, deja a su vista mi culo, notando la sensación, de que con su otra mano pone algo de líquido en mi culito, retira sus manos, me da un par de nalgadas y vuelve a poner la punta de su verga en la entrada de mi culo, dejándose ir hasta adentro, provocando que ambos gimiéramos de placer, recostándose el sobre mi espalda y haciendo que gire mi cabeza para que le dé un beso, dejando de besarme, se incorpora y con sus manos, me toma de la cintura.

    Al tomarme el por la cintura, empieza a ir sacando su verga del interior de mi culo por completo, metiéndola otra vez de un momento de forma lenta, volviéndola a sacar por completo y volviéndola a meter entre los gemidos de ambos y las palabras que se pronuncian casi inentendibles, diciendo que rico, por favor sigue, que culito más rico tienes, empieza a ir aumentar la velocidad de sus embates a mi culo y con ello también la intensidad de los gemidos de ambos, estando en ese meter y sacar su verga de manera constante y deliciosa, llega un momento, en el que se detiene por completo, sacando su verga de mi interior, dejándome con esa sensación de querer seguir sintiéndola en mis adentros, con sus manos, hace que me levante, haciendo que me gire hacia el para besarme, y diciéndome que le he gustado bastante, que tenía una pequeña fantasía que si le podía cumplir, que quería venirse en mi cara, echar toda su leche caliente en mis labios, que se vería muy rico eso, a lo que no le supe contestar en ese momento.

    Al no tener respuesta de mi parte, con sus manos, prácticamente me avienta hacia la cama, cayendo boca arriba y el subiéndose a la cama, acomodándose cerca de mi cintura, subiendo mis piernas sobre sus hombros, poniéndolas cruzadas sobre uno de sus hombros, veo como pasa los dedos de una de sus manos por su lengua, humedeciéndolos y luego bajándolos, sintiendo como los pone en la entrada de mi culito, metiéndolo dos ellos sin vacilación, jugando con ellos, dando movimientos circulares, los retira y pone la punta de su verga en mi culo, metiéndola de un empujón sin vacilar hasta el fondo, empezando a estar bombeando de manera constante, entre gemidos de la pasión y palabras que difícilmente se entienden, que vociferamos los dos, sintiendo ese delicioso placer que me está provocando con sus embates, mi culo está acostumbrado ya al tamaño de su verga y con cada embestida que me está dando, un inmenso placer me recorre por completo, después de un rato de estarme dando con gusto, el se detiene por completo, dejando su verga en mi interior, bajando mi piernas de sus hombros y acomodándolas a un lado, dejándome en posición inclinado, pero con su verga llenándome por completo todavía, lo mete y saca unas cuantas veces así, sacando su verga por completo y metiéndome dos de sus dedos y diciendo: “Tienes un culito insaciable eh”, a lo que le respondí: “No creo que sea insaciable, pero que rico me estas enculando aquí papi”.

    Al decirle esto, él se levanta y me hace levantarme junto el, incorporándonos ambos de pie por completo, con sus manos, hace que hinque, diciéndome: “No tienes escapatoria en este momento”, acercando su verga a mi cara y diciendo: “Ahora voy a cumplir mi fantasía”, restregándome su verga por mis mejillas, mi nariz, mis labios, empezando a masturbarse frente a mi cara, de forma constante, va subiendo y bajando su mano por ese tremendo pedazo de carne, deteniéndose un momento para nuevamente pasar su verga por mis labios, mis mejillas, metiendo la punta entre mis labios, a lo que aprovecho para pasarle mi lengua por la punta y meter la cabeza un poco en mi boca, el saca su verga de mi boca y vuelve a la acción de masturbarse, empezando a estar gimiendo con mayor fuerza poco a poco, hasta que en un momento me dice entre bufidos prácticamente: “Ahí te voy, espero estes preparado, disfrútalo”, poniendo la punta de su verga en mis labios, dejando salir su carga de leche bastante caliente y espesa, la cual queda entre mis labios y poco a poco empieza a ir escurriendo de mis labios a mi barbilla, abro un poco mi boca, y paso mi lengua por mis labios, él al observar esto, restriega su verga por mis mejillas, la pone en mis labios y la pasa por los mismos, haciendo con esto que se embarre más su leche y metiendo la punta en mi boca, a lo que aprovecho para pasar mi lengua por la punta de su verga.

    Quitándome su verga de mi cara, pasándome un poco de papel para limpiarme y decirme junto con una nalgada: “que rico estas, lo disfrute en serio”, para luego de esto traerme mi ropa. No sin antes, hacerme que me incline nuevamente en la cama, abrirme con sus manos mis nalgas, y al dejarle expuesto mi culo recién cogido decirme: “Que rico se ve tu culito que lo deje bastante abierto”, dejando ya levantarme y empezar a vestirme, platicando lo del cuarto, quedando de acuerdo por el precio y demás, saliendo de ese lugar y dirigiéndome a mi hotel, con mi culito palpitando todavía por haber sido cogido tan rico.

    Por desgracia lo de la renta no se dio, por otras cuestiones y ya no pude verlo de nuevo.

    [email protected].

  • Sexo exprés en el ascensor con desconocidos

    Sexo exprés en el ascensor con desconocidos

    Cuando el mundo enloquece y todo parece caerse, no existe nada mejor que una buena cogida. Con esa reflexión como mantra, me puse lo más perra que pude (top negro, minifalda negra súper corta, sin ropa interior) y salí con la intención de comerme al primero que se me cruzara en el camino. Literalmente, el primero.

    Mi salida, a pesar de cumplir el objetivo, fue por demás corta. Esperé dos minutos el ascensor y ahí lo vi. De mi rostro, su mirada fue directamente a mi escote, con mis dos tetas casi a punto de estallar. “¿Te gustan?”, le pregunté mientras la puerta se cerraba detrás de mí. Ante el silencio de su sorpresa, me bajé el top liberándolas y busqué de inmediato su boca. Nos besamos apasionadamente. Su lengua traspasó toda barrera y se me metió hasta la garganta. La mía hizo lo mismo, mientras sus manos apresuradas intentaban abarcar la mayor superficie posible de mi cuerpo. Haciendo uso de mis extremidades descubrí una gran erección en su pantalón. La agarré con fuerza mientras comencé a frotar uno mis muslos con eso que se endurecía más a cada instante. Me arrodillé frente a él, liberé su pija y comencé a comérmela con voracidad. Él tuvo el atino de detener el ascensor, lo que agradecí en silencio.

    Su pija sabia riquísima. La chupé hasta sentir que ya no me cabía en la boca. Luego pasé a sus huevos, grandes, redondos y llenos de leche. Los saboreé con gusto, mientras su pija me pegaba en la cara. Minutos después coloqué su pija entre mis tetas, para que jugaran entre los tres. Luego de unos instantes, me empujó con violencia tal que casi caigo de espaldas en el piso. “Perdón, no doy más”, dijo. Sin mediar palabras, lo tomé de los brazos e hice que se sentara en el piso, para yo montarme, de frente, sobre él. Lo obligué a que me chupé las tetas, mientras yo movía lentamente mi pelvis, acariciando su pija con mi concha, para un ratito después tomarla con una mano y dirigirla adentro de mí.

    Apenas sentí esa hermosa pija adentro mío, liberé un gran orgasmo que me sacudió completa. Con ese máximo nivel de relajación, comencé a cabalgarlo como loca, pegándole en el pecho, mordiéndole la cara y gritando como si me estuviesen matando. Y de cierta forma, lo estaba haciendo, ya que su pija me quemaba y sentía como si me estuviese rompiendo por dentro. Un rato después, mediante otro empujón, hizo que me ponga en cuatro, como una perra, en el piso del ascensor, para arrodillarse detrás de mí y cogerme con fuertes embestidas. La concha me ardía y latía a ritmo acelerado. “Dale hijo de puta, así, rómpeme, rómpeme toda, así”, le pedía entre excitada y suplicante. Él lo hacía cada vez más rápido y con más fuerza, hasta que de repente salió de adentro de mí, me tomó por el pelo y puso mi cara al lado de su pija. Se pajeó por unos instantes, hasta que liberó una gran descarga de leche sobre mi cara, en mi boca y en mis tetas. Totalmente enlechada, saboree ese gusto agridulce que tan feliz me hace.

    Me ayudó a ponerme de pie y me ofreció un pañuelo para que me limpiara. No lo acepté y puse en marcha el ascensor. Segundos después, se abrió la puerta. Una chica rubia algunos años más joven que yo nos miraba entre sorprendida y avergonzada. Yo seguía sucia y con las tetas al aire. Lo miré a él, como diciéndole “listo campeón, ándate”. Y así lo hizo. Luego le sonreí a la rubia, como invitándola a entrar. Devolviendo la sonrisa, ingresó inmediatamente él abandonaba el lugar. Cerré la puerta, marcando el último piso y tomé a la chica de la nuca llevando su cara a mis tetas. Saboreó la leche de mi anterior compañero, mientras mis manos se divertían con su concha. De inmediato los gemidos se adueñaron del lugar, por lo que decidí ponerle el freno al ascensor.

    Me recosté sobre el piso del ascensor, luego de desnudarla, y la hice que se sentara sobre mi cara. Le chupe la concha con muchas ganas, mientras ella me acariciaba la concha con ganas. Acabamos al mismo tiempo, con dos grandes descargas de leche. Cuando terminé de saborearla, ella bajó y me chupó la concha con gran maestría. Instantes después, se puso de pie y me ayudó a levantarme. Nos vestimos y pusimos el ascensor en marcha. Ella bajó algunos pisos después y yo seguí hasta el mío.

    En mi departamento me dispuse a meterme en la bañera y darme un baño relajante. No pude evitar masturbarme recordando el hermoso viaje en ascensor que acababa de realizar.

  • Mi novia y su fetiche interracial (1)

    Mi novia y su fetiche interracial (1)

    Parte 1: Mi ex novia Olga y nuestra fetiche por el sexo interracial.

    Hace varios años conocí una mujer mexicana que se llama Olga. Nosotros somos mexicanos y vivimos en Tejas, Estados Unidos. Ella es mayor que yo por 10 años y entonces teníamos 23 y 33 años. Es gordita con piernas gruesas y nalgas duras que parecen durazno. Tiene pelo negro y usa lápiz labial de color oscuro.

    Nos conocimos en un gym y salimos por unos meses ya cuando un día que estábamos texteando y ambos estando calientes me dijo que estaba viendo porno. Le dije que me enviara el video que estaba viendo y cuando lo recibí era una escena interracial con un hombre super dotado y dos mujeres blancas. Le dije que «wow» y pregunté si le gustaba por el trío o por el hombre negro y respondió con «el hombre». Era la primera vez que me había mostrado cualquier tipo de porno que veía y realmente me sorprendió.

    Me contó que siempre tenía la fantasía de acostarse con un hombre negro americano, pero como no habla mucho inglés nunca podía conocer a uno. Me dio tanto morbo pensar en ella con otro hombre que ese mismo día pedí por internet un dildo auténtico hecho por un actor de porno negro. Mide 10 pulgadas por 2 pulgadas e incluye los testículos.

    Recuerdo cuando llevé el dildo a su casa por primera vez se le abrieron los ojos cuando lo vio. Parecía sorprendida sobre todo y dijo que «no puede ser» y que «es más grande que cualquier pene que he visto por mucho». Manoseaba el dildo y me excitaba solo ver como no podía ni cerrar la mano cuando lo agarra.

    Esa noche pusimos un video de una mujer latina casada que folla con el jefe de su marido. Le cogí con el dildo hasta que acabó chorreando, algo que no había hecho antes conmigo. Me sorprendió y le pregunté porque no había hecho eso antes y me respondió «no llegas tan profundo». Realmente ya lo sabía, como mi pene solo mide 5 pulgadas y en toda la vida he estado solo con 3 mujeres. Varias veces había intentado coger y estando desnudo fui negado por el tamaño.