Blog

  • Locutora caliente (I)

    Locutora caliente (I)

    La conocí en un grupo literario, era una mujer poseedora de una personalidad única, en ella se mezclan dos fantasías de mi juventud, tiene la inocente belleza de Irán Castillo combinada con la imagen perversa y voluptuosidad de Elvira «La Dama de la Noche», además de ser culta, inteligente, directa muy directa, también es poseedora de una sensualidad tremenda, sensualidad que destila por cada uno de los poros de su nívea piel, la expresión inocente y tierna de sus ojos color miel contrasta con lo que proyectan los tatuajes que adornan su escultural cuerpo.

    Como describí en un principio, tiene una extraña y única personalidad que me atrae mucho, cuando uno mira su rostro, se encuentra con una mirada angelical e inocente detrás de los lentes que le dan un toque muy intelectual, es de piel blanca, cabello lacio de color negro al hombro, conforme la mirada desciende, la piel blanca de su cuello va adquiriendo matices de colores debido a los tatuajes que tiene, al llegar a su escote ufff, la vista es increíble, tiene un par de tetas grandes adornadas con tatuajes multicolores que combinan perfecto en su blanca piel, más abajo se dibujan unas curvas de vértigo que definen unas caderas amplias sostenidas por un par de piernas de concurso, su vestimenta es una combinación de oscuridad y luz, casi siempre utilizando prendas de color blanco y negro.

    Cuando nos conocimos, en una sesión del grupo literario, hubo un click inmediato, constantemente intercambiábamos miradas, después sonrisas, la invité varias veces a salir, debido a su trabajo como locutora y escritora le queda muy poco tiempo libre, un día al fin aceptó salir conmigo, así que nos fuimos a comer cerca de la estación de radio para la que trabaja, después de una opípara comida, acompañada de una amena y candente plática que pasó de las palabras a las caricias nos dirigimos a un hotel cercano.

    Rumbo al hotel de destino me mostraba los tatuajes de sus grandes y hermosas tetas mientras jugaba con ellas, al mismo tiempo que nos besábamos en cada luz roja de los semáforos ella acariciaba mi erecto miembro, era tal nuestra excitación que lo saqué del pantalón para que ella me diera una excitante mamada, cuando se levantaba y había oportunidad acariciaba sus tetas, mordía sus pezones, fue un corto pero excitante viaje porque ya no llegamos al hotel.

    Vi un estacionamiento de varios pisos, entré de inmediato a éste, me estacioné en un lugar alejado con poca luz, hice su asiento para atrás, lo recliné, me giré para quedar encima de ella, con un poco de esfuerzo y risas nos desnudamos lo suficiente para poder dar rienda suelta a nuestra excitación, el espacio era insuficiente, así que nos cambiamos al asiento trasero, empecé a besar sus labios, fui bajando lentamente, pasando por su cuello, besé todos sus tatuajes, me entretuve en sus grandes tetas, mis dedos exploraban su mojada vagina, mi boca bajo más, una vez en su ombligo me empujó hacia abajo, ella tenía las piernas abiertas dejando ver su mojada y caliente vagina, mi lengua se encontró con sus rosados y mojados labios vaginales, los chupé, los mordí también antes de introducir mi lengua, sus manos me empujaban más, parecía quererme meter dentro de ella, con mis mano apretaba sus tetas y sus pezones, cuando mi lengua estimulaba su clítoris ella arqueó la espalda al momento de correrse en mi cara, mojando mis labios y mi barba, aún recuerdo ese intenso sabor y aroma.

    Me separé un poco, la abracé, giramos para quedar yo abajo de ella, abrió sus piernas sobre mí, de un movimiento introdujo todo mi falo erecto, su vagina estaba caliente, completamente mojada, la tomé de las nalgas para ayudarle a subir y bajar, la cadencia de los movimientos aumentan, el golpeteo de nuestros cuerpos mojados al chocar me excitaba mas, sus tetas se mecían al compás de su cuerpo, por momentos las besaba o mordía, apretaba sus blancas nalgas con mis manos, de pronto me abrazo, clavó sus uñas en mi espalda, mordió mi hombro para ahogar un grito, apretó sus muslos y sentí un chorro caliente sobre mi verga, ella siguió moviéndose un poco más, finalmente me puse rígido y dejé fluir mi leche dentro de ella, quedamos abrazados por unos minutos, nos vestimos y decidimos seguir la historia en el hotel.

    Continuará…

  • Puta del gimnasio (2)

    Puta del gimnasio (2)

    Si me sorprendió antes, ahora me sorprendió más allá de las palabras. ¿Diez mil? ¿Para follarme por el culo? Traté de no hacerlo, pero no pude evitarlo. Mi cuerpo empezó a gobernar a mi mente empezó, deseaba ser follada si como una puta, pero que me pagaran daba le quitaba el COMO a un POR, pero no pude hacerlo. Fue una oferta insultante y ofensiva, sin importar lo que me excitara y emocionara.

    Y: Eso es realmente desagradable, David, voy a tratar de fingir que nunca dijiste eso.

    D: No creo que tengas éxito, -Me entregó una tarjeta de presentación-Mi número está en la tarjeta. Puedes llamar o enviar un mensaje de texto en cualquier momento con tu respuesta. Incluso si solo quieres enviarme un mensaje de texto para mandarme a la chingada.

    Cogí la tarjeta, aunque una voz dentro me dijo que debía dejarla caer al suelo. Una vez más, no sabía por qué actuaba de esa manera con David. No estaba acostumbrado a que ningún hombre me hablara como él. Fue tan contundente. Una parte de mí se sintió halagada por su atención, incluso después de toda la desagradable charla.

    Con un poco de esfuerzo, me di la vuelta y comencé a caminar fuera del gimnasio.

    D: Lo dije en serio, Eleny, – mientras me alejaba. -Te pagaré diez mil si me dejas reventarte el culo.

    Me volví hacia él y le di mi dedo medio.

    D: Piénsalo- con una sonrisa. Y luego me fui.

    * * * *

    Agarré tan fuerte el volante que mis nudillos blanquecieron mientras conducía a casa. Me enfurecí con David y conmigo misma. A David, por lo escandalosamente ofensivo de lo que me había dicho. Conmigo misma, porque no pude evitar pensar que, de alguna manera, lo había invitado a hablar conmigo de esa manera a través de mi patrón de comportamiento desvergonzado durante las semanas anteriores.

    Cuando me detuve frente a la casa, aun en el auto saqué su tarjeta y tomé mi teléfono. Le envié un mensaje de texto a David.

    Yo: Lo que dijiste fue muy ofensivo.

    Esperé uno o dos minutos para obtener una respuesta, pero no la recibí. Salí del coche y cerré la puerta detrás de mí cuando sonó ping familiar. Miré la pantalla del teléfono.

    David: No dijiste que no.

    Estaba tan enojada que casi tiré el teléfono al suelo, pero me contuve. No respondí. Entré a la casa furiosa.

    La casa estaba en silencio. Mi Mor aún no llegaba. Decidí que estar enojada con David por ser un idiota no me iba a ayudar de ninguna manera, así que me concentraría en la noche que tenía por delante.

    Hablé con los abuelos para que cuidaran a las bendiciones, esperando resistencia, pero no solo recibí un pícaro que disfrutes tu noche muñequita de parte de mi Madre. Me duché y después de secarme me arreglé un poco frente al espejo del baño. Quería lucir bien para mi Mor. Pensé que un conjunto de lencería sexy podría exagerar, así que en lugar de eso me puse un lindo vestido corto y ajustado y me até los pies a un par de zapatos de tacón grueso. Me di la vuelta para mirarme el trasero en el espejo y tuve que admitir que el vestido ajustado moldeaba mis nalgas de manera exquisita. No eran grandes, pero botaban del vestido de una manera linda y sexy. ¡Incluso mi Mor tendría que darse cuenta de eso!

    Camine hasta la cocina con mis tacones y preparé la cena: espaguetis con salsa marinara y salchicha italiana, pan, ensalada y una botella de vino tinto que había reservado para una ocasión especial.

    Mi Mor apareció media hora más tarde de lo que esperaba.

    Salí de la cocina para sorprenderlo con mi atuendo, con la esperanza de impresionarlo. Sus ojos se agrandaron al verme, así que supe que había causado al menos algún tipo de impresión.

    Mi Mor: Wow, bebecita, ¿Cuál es la ocasión?

    Me acerqué a él y envolví mis manos alrededor de su cintura.

    Yo: Pensé que tal vez podríamos divertirnos un poco esta noche.

    No obtuve la respuesta que esperaba. Se apartó de mí con el ceño fruncido.

    Mi Mor: Lo siento, Eleny, pero hoy estoy muy cansado. Me gustaría sentarme en el sofá un rato y ver la TV. Podemos comer mientras la miramos. Tal vez podamos divertirnos más tarde.

    Entonces, comimos mis deliciosos espaguetis frente a un juego de baloncesto, en bandejas de TV. No estaba interesada en el juego en absoluto. Estaba desanimada y abatida. Me veía realmente bien, los ojos de mi Mor estaban pegados a la pantalla y al juego.

    Después de unas horas, y una comida terminada y unas copas de vino, logramos divertirnos. O un intento de diversión. Llevé a mi Mor al dormitorio y lo empujé hacia la cama. Ronroneé y arrullé. Dijo algunas cosas agradecidas, como te ves sexy esta noche. Pero parecía cansado, y sus palabras salieron un poco turbias por el vino.

    Al final, nos quitamos la ropa y tuvimos relaciones sexuales. Mi Mor me hizo subir encima de él y montarlo. Tuvo un orgasmo, pero yo no. No pude evitar sentirme decepcionada. Me veía mejor que nunca después de todo el trabajo en el gimnasio, y también estaba vestida tan sexy, pero mi Mor simplemente no se éxito como lo esperaba.

    Después de venirse, mi Mor se durmió rápidamente, dejándome enfurruñada por la insatisfacción. Decidí tomar el asunto en mis propias manos. Saqué algo lo primero que encontré de nuestro cajón de juegos y caminé hacia el baño, cerrando y bloqueando la puerta detrás de mí.

    Miré lo que había traído conmigo: un consolador. Elegí eso en lugar de un vibrador para que mi Mor no me escuchara. No es que probablemente se daría cuenta de todos modos, porque dormía como un muerto, especialmente después de unos tragos.

    Un espejo de cuerpo entero cubría la mayor parte del interior de la puerta y miré mi cuerpo. Tenía que admitir que me veía bien. Si mi Mor no podía emocionarse o responder lo suficiente para complacerme, luciendo así, no estaba segura de qué más podía hacer.

    Me hinque en el suelo, de cara al espejo, con las piernas abiertas. Metí en consolador en mi boca simulando una felación, lubricándolo con mi saliva, pensé que sería capaz de hacerme venir, con mi Mor o sin él.

    Extendí las piernas un poco más y me recosté también, apoyada en un codo, coloqué la punta del consolador fuera de mi coño que ya lo esperaba ansioso. Pero luego me detuve. Debajo de la raja húmeda y ligeramente abierta de mi coño había algo más: la carnosa estrella que formaba mi ano. una piel ligeramente arrugada y un poco más oscura que la piel que la rodeaba, parecía mirarme fijamente, prohibida, misteriosa y tentadora.

    Moví la punta del consolador de mi coño a mi culo. Y empujé.

    Vaya, obtuve algo de resistencia, mi culo no cedió ni un cuarto de pulgada al principio.

    Pero seguí presionando. Fue fascinante ver el consolador contra mi carne en el espejo. El consolador era azul y se veía bien contra la piel pálida de mis nalgas y el anillo más oscuro de piel de mi ano. Abrí las piernas más, con la esperanza de estirar el orificio rectal, para que dejara entrar el consolador más fácilmente. ¡No podía creer lo lascivo y expuesto que me veía!

    Ardía de fogosidad. Seguí empujando la varilla contra mi agujero. Ni siquiera era un consolador tan grande.

    Finalmente, después de numerosos intentos y masajes, la punta de vidrio azul penetro dentro de mi ano.

    Oh, Dios mío, se sintió diferente. No se parecía en nada a un consolador en el coño. No fue doloroso, y no fue exactamente incómodo, pero se sintió… extraño. Como que se sentía bien, pero también se sentía como si no perteneciera allí. Quiero decir, se suponía que el ano era una salida, no una entrada, ¿verdad?

    Pero estaba decidida a convertirlo en una entrada, así que seguí presionando. El consolador se deslizó más adentro. No era un consolador grande o ancho, pero sentí una espesa y extraña plenitud en mi trasero cuando entró que nunca sentí del todo con mi coño. Se activaron terminales nerviosas placenteras.

    Puse más presión hasta que entró completamente. Mi culo estaba lleno.

    No estaba segura de qué hacer con el sentimiento. Era completamente diferente a la sensación de una verga. Eso se sentía natural. Esto se sentía… antinatural. Pero no estaba mal, en realidad. Era extraño, pero bueno.

    Entonces, retiré el juguete y observé de cerca cómo su longitud salía de mi culo. Cuando estaba casi completamente fuera, con solo una fracción de pulgada todavía dentro de mí, empujé hacia adentro.

    Y: Ohhh – en voz alta en el suelo del baño.

    Me chingue mi culito con el consolador, comenzando lentamente pero pronto acelerando el ritmo.

    Poco a poco, me fui acostumbrando a la sensación. Empecé a disfrutarlo. Mientras una mano movía el consolador dentro y fuera de mi anito, otra mano se sumergió en mi clítoris y comenzó a machacarlo.

    Y: Unnnh – más fuerte de lo que pretendía. No quería que mi Mor me escuchara.

    Experimenté con la posición del consolador cuando entró en mí. A veces lo empujé de cierto ángulo, y otras veces lo empujé de otra forma. Descubrí que, si empujaba la cabeza hacia arriba, hacia mi vulva, me daba un placer extra. Sentí presión contra algo dentro de mí que me hizo querer correrme.

    Metí dos dedos de mi otra mano en mi vagina y los empujé tan profundamente como pude. Mis dedos sintieron la presión del consolador dentro de mi ano. Fue salvaje. Dos objetos en mis agujeros, presionándose entre sí a través de una fina capa de carne. Fue placentero, un placer al que podía acostumbrarme fácilmente.

    Cuanto más empujaba el consolador en las profundidades de mi recto, menos extraño parecía.

    Me pregunté qué pensaría mi Mor al verme en el piso del baño, empujando la delgada barra en mi esfínter. Probablemente estaría horrorizado. O tal vez ni siquiera le importaría. No estaba segura de lo que mi Mor pensaría en absoluto.

    Imaginé su rostro, mirándome mientras el consolador entraba y salía rápidamente de mí. Y luego el rostro de mi Mor se puso borroso, y dio paso a otro rostro: el rostro de David. Me imaginé a David mirándome, culeándome el culo con un consolador, y su rostro estaba ansioso e insolente, sus ojos muy abiertos y su boca torcida en una sonrisa burlona.

    A David, lo sabía, le gustaría verme en el suelo del baño con las piernas abiertas y un trozo de goma metido en la cola. Mi Mor podría tal vez mirarme, horrorizado, pero David me miraría con placer. Confirmaría todo lo que pensaba de mí: yo era un juguete sexual, listo para ser usada. Se reiría de mí. Luego me cogería por el culo, tal como dijo que quería hacer.

    La idea de la risa de David me impulsó a bombear el consolador en mi agujero más fuerte y más rápido. Con mi mano libre froté mi clítoris, y en minutos el orgasmo me sacudió. Apenas me contuve de gritar. Mi cuerpo sufrió un espasmo en el suelo del baño.

    MM: Eleny, ¿estás ahí? -golpeando suavemente la puerta del baño.

    Me asusté. Esperaba haberme acordado de cerrar la puerta. Gracias a Dios, lo hice, porque escuché girar la perilla cuando mi Mor trató de entrar.

    Yo: ¡Ya saldré! – con voz temblorosa.

    MM: ¿Qué estás haciendo? – desde el otro lado de la puerta.

    Yo: Solo cosas de mujeres – improvisando.

    MM: Está bien – Escuché pasos mientras se alejaba.

    Sabía que “cosas de mujeres” haría que mi Mor se largara. La curiosidad de mi Mor tenía sus límites, y yo sabía lo suficiente como para saber que, si decía que estaba involucrada en cosas de mujeres, él no haría ninguna pregunta. Estaba seguro de que se iba a jugar de nuevo a sus videojuegos o se iba a dormir.

    Con mi Mor fuera de escena y mi orgasmo completado, abrí las piernas de nuevo mientras estaba acostada en el piso del baño y me miré en el espejo. Mi culito expuesto, enmarcado por un círculo arrugado de carne más oscuro que el resto de mi piel. Se abrió de par en par, solo un poco.

    Para ser honesta, nunca antes le había prestado mucha atención a mi anito. No parecía algo a lo que valiera la pena prestar atención. Nunca me había parecido sexy. Pero ahora lo hizo. Me sentí desenfrenada y salvaje con mi culito recientemente violado frente al espejo y mis piernas en el aire. Me sentí como una persona diferente. Me gustó esta persona diferente. Quería explorar más a fondo cómo era ser esta persona nueva y diferente.

    Finalmente, me levanté del suelo y me duché, frotando todo mi cuerpo con una esponja y jabón, atendiendo con especial cuidado y vigor el espacio íntimo entre mis nalgas.

    Cuando salí de la ducha, no podía dejar de pensar en lo excitante y divertido que había sido jugar con mi recto. No pasó mucho tiempo para que mis pensamientos tomaran otra dirección: No solo quería un consolador allí; quería una verga. La verga de un hombre duro y sexy.

    * * * *

    Pasaron unos días. Las cosas con mi Mor no mejoraron. Me sentí triste e insatisfecha. Solo el gimnasio, y las maravillas que hizo por mi estado físico y por la atención que recibí de los hombres, me animó en algo.

    No vi mucho a David, y cuando lo vi, no me prestó mucha atención. Intercambiamos algunas palabras de vez en cuando, pero el tema de mi culo nunca surgió.

    Me sentí cachonda. Quería algo que no tenía. La falta de atención de mi Mor encendió mis deseos como leños arrojados al fuego.

    Una noche, pasada la hora de dormir de mi Mor, pero antes de la mía, frustrada y alimentada por la autocompasión y dos copas de vino barato, finalmente le envié un mensaje de texto a David.

    Y: OK.

    Solo le tomó dos minutos responder.

    D: ¿OK qué?

    Mis dedos bailaron en el aire sobre mi teléfono antes de responder.

    Y: Acepto tu propuesta.

    Esperé en agonía durante los siguientes cinco minutos. Sentí como si me estuviera colgando como una araña sobre el fuego. Me sentí indefensa. Me sentí cabreado con él por su insolencia. Y me odiaba un poco a mí misma porque ansiaba mucho su atención, aprobación y deseo. Pero esperé, mirando mi teléfono. Finalmente, su respuesta llegó.

    D: Bueno. Tomó la decisión correcta. No te arrepentirás. Espera y recibirás mis instrucciones.

    Eso fue todo. No tuvimos más comunicaciones esa noche. Me arrastré en el dormitorio, suavemente para no despertar a mi Mor, y tomé mi lugar en nuestra cama, pero me acosté lo más lejos de mi Mor como pude, mirando hacia la oscuridad de la habitación lejos de él, y cada partícula de mí estaba en llamas de vergüenza y la excitación parpadeaba en igual medida.

    * * * *

    Y luego, por unos días más… nada.

    No supe más de David. No lo vi en el gimnasio. Después de dos días comencé a preguntarme si su propuesta era solo una broma pesada. Estaba hosca y callada en el gimnasio, en el trabajo y en casa con mi Mor. Mi Mor no pareció darse cuenta. Hablaba todo el tiempo sobre un proyecto en el que estaba trabajando para su empresa, y cuando no estaba haciendo eso, estaba comiendo las comidas que yo cocinaba para él o jugando a videojuegos con las bendiciones.

    Después de unos días, estaba en la cocina, cocinando un lomo de cerdo de una receta que había sacado en línea cuando escuché en la puerta principal la voz de mi Mor gritar.

    MM: Oye, Eleny. Recibiste un paquete. De Fed Ex.

    Mi interior dio un vuelco. Salí de la cocina y saludé a mi Mor, le di un beso en la mejilla y me llevé el paquete. Era grande.

    MM: ¿Qué es?

    No lo sabía con certeza. Pero no había pedido nada, y en el fondo sabía de quién era y de qué se trataba. Pero no pude decirle la verdad a mi Mor. Me inventé algo.

    Y: Solo pedí un montón de cosméticos.

    Sabía que eso extinguiría cualquier leve llamarada de interés que mi Mor tuviera en el paquete. Dejé el paquete a un lado, preparé la cena y pasé una hora de dolorosa charla con mi Mor mientras comía la comida que yo le había preparado.

    Durante toda la cena pensé en el paquete esperando en la mesita del pasillo. Sabía, sólo sabía, quién lo envió. El paquete, y lo que fuera que contenía, me interesó mucho más que cualquier cosa que mi Mor tuviera que decir.

    Insté a mi Mor a que tomara raciones extra de vino durante la cena y después de ella. Sabía que le daría sueño. Efectivamente, lo hizo, y caminó penosamente hacia el dormitorio mientras, enviaba a las bendiciones a dormir, para tener espacio para saciar mi curiosidad.

    Cuando cerré la puerta del dormitorio de las bendiciones detrás de mí, corrí hacia el paquete. Lo llevé al baño del pasillo donde no me escucharían, y lo abrí.

    Dentro del paquete había otro paquete, con un sobre pegado a él. El nombre Eleny estaba escrito en el sobre, con una letra meticulosa y ordenada.

    Abrí el sobre y lo tiré al suelo. Dentro había una nota. Decía:

    “Eleny:

    Me alegra que hayas aceptado mi propuesta. No te arrepentirás de haberlo hecho. Dentro de este paquete encontrarás algunas cosas. Úsalas exactamente como te instruyo en esta carta.

    Primero, antes de seguir leyendo, abre el paquete y coloca el contenido frente a ti.”

    Hice lo que David me ordenó. Abrí el paquete interior con frenesí. Cartón y papel triturados pronto cubrieron el piso del baño. Cuando terminé, cuatro bolsas de plástico transparentes yacían en el piso frente a mí, marcadas con 1, 2, 3 y 4 con tinta negra.

    Me quedé mirando el contenido, boquiabierta, y estoy segura de que habría parecido estúpida o borracha o algo así para cualquiera que tuviera la oportunidad de verme. Gracias a Dios, nadie lo hizo.

    La bolsa 1 contenía tres tapones anales, de diferentes tamaños, y una botella de lubricante. Uno pequeño, uno mediano, uno grande. El grande parecía ridículamente grande, de ninguna manera iba a encajar en mí. Los tres estaban hechos de acero inoxidable, en forma de lágrima, con joyas de vidrio rosa en sus extremos.

    La bolsa 2 contenía una maquinilla de afeitar, un pequeño espejo de mano y crema de afeitar.

    La bolsa 3 contenía un kit de enema en una pequeña caja de cartón. Santa mierda.

    La bolsa 4 contenía los pantalones cortos y el combo de sujetador deportivo.

    Cuando terminé de mirar fijamente, maldecir y jadear por las cuatro bolsas frente a mí, volví mi atención a la carta.

    “Eleny, eres una mujer pequeña, aunque tienes un culazo de buen tamaño. Soy un hombre grande. Necesitarás preparar tu trasero para mí antes de que nos juntemos. Usa el tapón trasero pequeño primero, y luego el segundo y asegúrate de estar cómoda con el grande antes de que comience nuestro día juntos. Envíame un mensaje de texto cuando pases a cada uno.

    Insisto en que te afeites por completo antes de nuestra reunión. Debes eliminar todo el vello, por encima y alrededor de la vagina y, en particular, todo el vello alrededor de tu ano. Si no pasa mi inspección, no lo haremos y no te pagare.

    El día que nos reunamos, siga las instrucciones del kit de enema. Insisto en que debes estar limpia y lista para ser usada.

    Finalmente, usarás el atuendo que te envío. Te haré saber exactamente cuándo. He hecho arreglos con Ricky. El gimnasio estará cerrado para todos menos para nosotros esa noche. No uses nada debajo.”

    Mi corazón dio un vuelco y me sentí mortificada, de nuevo. David le había contado a Ricky sobre nuestro arreglo. No esperaba que nuestro encuentro tuviera lugar en el gimnasio. Supuse que sería en casa de David.

    Sentí que me estaba hundiendo más y más en un agujero de depravación y rendición. Pero… tengo que admitir esto… me gustó toda la atención. Me gustó el esfuerzo al que se había dedicado David. Lo había planeado hasta el último detalle y yo chisporroteé por dentro con el conocimiento de que merecía tanta atención. Me hizo sentir bien, especial y caliente.

    No tardé en responder, en mi teléfono.

    Y: Recibí tu paquete.

    Esta vez solo tardó un minuto en responder.

    D: Bueno. Te enviaré un mensaje de texto pronto sobre cuándo sucederá esto. Sigue mis instrucciones al pie de la letra para prepararte antes.

    Le respondí el mensaje de texto, dócil y dócil.

    Y: OK.

    * * * *

    Pasó otro día sin contacto con David. Fui al gimnasio y no lo vi. Seguí mirando mi teléfono esperando un mensaje y no vi ninguno.

    La rutina continuó: hacer ejercicio en el gimnasio con mis diminutos atuendos, disfrutar de las miradas de los miembros masculinos y enfurecerme por la falta de atención de mi Mor.

    Finalmente, llegó el mensaje.

    D: Miércoles a las 19 h. Entre ahora y entonces, usa los tapones anales, para amoldarte. Depílate integralmente. Unas horas antes de nuestra reunión, use el kit de enema según las instrucciones. Luego vístete con el atuendo que te di, tus zapatos deportivos, calcetines a juego y encuéntrame en el gimnasio.

    Me había acostumbrado tanto a la forma descuidada y en su mayoría indiferente de hacer las cosas de mi Mor que era extraño, pero no del todo desagradable, lidiar con las instrucciones abrumadoramente insistentes, exigentes y meticulosas de David. No hubo que andar con rodeos, por así decirlo, con David. Me deseaba y me deseaba de una manera muy particular.

    Me reconcilié con la idea de que me iba a entregar a él. Iba a entregarle mi colita a su verga. Me pregunté qué aspecto tendría y qué tan grande sería.

    Un manto de anticipación nerviosa e inquieta se apoderó de mí mientras esperaba a que llegara el miércoles. Sentí un crujido incómodo, aunque emocionante, en el aire dondequiera que fuera. Y me volví más consciente que nunca de los nervios alrededor de esa pequeña diana entre mis nalgas. Muchas veces al día sentía la necesidad de meter un dedo debajo de mi vestido o mis pantalones para tocarlo, y algunas veces al día lo hacía. Fue extraño, como si hubiera conocido por primera vez una parte de mi cuerpo después de años viviendo con ella.

    Dos días antes del Día indicado, me probé los pantalones cortos y el conjunto de sujetador.

    También probé los tapones anales. Empecé con el pequeño, y era manejable, su cabeza en su punto más ancho un poco más ancha que el consolador que había metido en mi trasero unos días antes. Con mi ano ampliamente lubricado, empujé el de tamaño mediano hacia adentro, y ese fue más un desafío. Sentí que mi esfínter se ensanchaba mientras empujaba vigorosamente, y mi respiración se hizo fuerte y rápida. Tuve que esforzarme mucho para no hacer ruido en el suelo del baño para que mi Mor pudiera oír. Al menos estaba dentro y suspiré de alivio.

    Pero sabía que había uno más. El tapón de acero dentro de mí ya era mucho para mi pequeño ano, pero David insistió en que probara el grande para prepararme para él. ¿Realmente podría ser tan grande? El que había en mí era, sin duda, suficiente práctica para que me metiera en el culo a mi Mor, no es que él quisiera estar allí alguna vez.

    Me quedé mirando el tapón rosado en mi trasero en el espejo del baño, yaciendo desnuda en el suelo, con las piernas en el aire, luciendo, pensé, tan cachonda y tonta como nunca en mi vida. Me invadió un sentimiento de disgusto mezclado con absoluto deleite.

    ¿Qué estaba pensando?

    Empujé el pensamiento fuera del camino y agarré la tapa del tapón anal de tamaño mediano y tiré. El bulbo de la cabeza estaba completamente adentro, y fue necesario un buen tirón para que pasara el esfínter en sentido contrario. Mi trasero estalló ruidosamente cuando el tapón me dejó. Donde había estado, quedaba un agujero rosado abierto, no completamente cerrado, sus profundidades desaparecían en la oscuridad dentro de mí.

    Como el miércoles llegaría pronto, probé el tapón anal grande. Dios mío, fue grande. Lo rocié con lubricante extra. Lo agarré con firmeza, apunté a mi poste parcialmente abierto y lo empujé hacia adelante.

    Y: Argh- eso fue difícil.

    La punta del tapón entró, con bastante facilidad, pero a medida que seguía presionando, se hizo más ancha contra el anillo tenso y resistente de mi ano. No pensé que lo lograría. Jadeé, e incluso grité. Pero al final, el límite de mi culo se deslizó más allá del punto más ancho del tapón anal, y luego se deslizó rápidamente, instalándose en su lugar y estirándome ampliamente.

    Era una sensación inquietante, y era difícil no pensar que se suponía que debía empujar con fuerza hacia abajo para expulsar al invasor. Pero no lo hice. Le di la bienvenida, sabiendo que me ayudaría a prepararme para el evento que se avecinaba.

    Poco a poco, mi trasero se fue acostumbrando, e incluso le gustó, el gran tapón dentro de mí. Estaba lleno de una manera que nunca antes me habían llenado. Ninguna verga o juguete se había sentido.

    Me retorcí en el piso del baño como una concursante aficionada en un show de striptease de Spring Break, torciendo mi cuerpo en todas direcciones y admirando la vista de mi figura desnuda en el espejo y el tapón con tapa rosa entre mis mejillas. La cosa era enorme. Y me excitó como loca. Lentamente, mi trasero se ajustó a su circunferencia. Poco después de eso, lo anhelaba.

    Finalmente, dejé de retorcerme, saqué el gran invasor de acero de mi trasero, limpié y guardé todos mis juguetes, y me fui a la cama. Mi Mor roncaba fuerte, como siempre, pero dormí como un bebé.

    * * * *

    Llegó el miércoles y me tomé un día libre. Tenía la casa para mí sola para prepararme para la noche. Estaba mareada de emoción.

    Primero, el afeitado. Abrí la bolsa número 2 y saqué su contenido. Me di una ducha y me tomé más tiempo para lavarme la vagina y el trasero con una toallita caliente. Luego cerré el agua, me acosté de espaldas en el piso de la ducha y me puse a trabajar con la navaja. Pasé la navaja con amor por mi piel, sosteniendo el pequeño espejo solo para asegurarme de quitarme todos los bellos. Me tomó mucho tiempo, pero cuando terminé, mi pubis y mi trasero estaban tan suaves y brillantes como una bola de billar.

    Vagué inquieta por la casa durante unas horas, desnuda todo el tiempo. Tenía hambre, no había comido mucho en las últimas 24 horas. Bebí mucha agua. Tamborileé con los dedos en todas las superficies disponibles.

    La tarde avanzaba pesadamente y se acercaba a la hora señalada, así que volví al baño y saqué el kit de enema de la bolsa 3. Leí las instrucciones tres veces. No entraré en detalles, pero qué sensación tan extraña fue. Cuando terminé, finalmente, estaba seguro de que mi lindo y pequeño ano era tan suave, brillante y limpio como podría serlo.

    La hora de mi cita finalmente se acercó y me puse los pantalones cortos y el sostén que David quería que usara. Até mis zapatos tenis sobre calcetines tobilleros, agregué mi propio toque: planchándome el cabello.

    Cuando terminé, me miré al espejo. No sabía qué hacer con lo que vi: una mujer con una mezcla desconocida de linda y caliente, traviesa y puta. Para mí, no se parecía a mí. Pero estaba bastante seguro de que era lo que David quería.

    Y: Te están pagando por esto

    Le dije a la chica en el espejo.

    Y: Puta

    Casi escupiendo a la imagen frente a mí.

    Ella no respondió nada, pero no tenía por qué hacerlo. Había tomado una decisión unos días antes. Estaba decidida a seguir adelante con el plan de David, que se había convertido en el mío.

    Cuando llegó el momento, salí por la puerta principal, consciente de que cualquier vecino que mirara en mi dirección me vería con mi atuendo, y caminé hacia mi auto en el camino de entrada. Que me vean, pensé. Ya no me importaba. Tenía una cita a la que quería ir.

    Me tomó solo unos minutos llegar al gimnasio, y detuve el auto en un espacio en el pequeño estacionamiento. Solo otros dos autos ocuparon el lote. Reconocí uno como el auto de Ricky, y el otro era un elegante Bentley negro que supuse que era de David. El gimnasio estaba cerrado. Sin embargo, la puerta lateral del gimnasio todavía estaba abierta, como David me había enviado un mensaje de texto, así que entré y caminé por el pequeño vestíbulo hasta la sala principal del gimnasio. Era oscuro y silencioso, y casi, pero no del todo, desierto. Una figura solitaria estaba parada en el medio, masculina e inmóvil, mirándome: David. Vestía pantalón negro y camisa blanca.

    D: Eleny, – sonrió con una sinceridad que me sorprendió- Que bueno verte.

    Me sentí un poco ridícula. Mostré mucha piel con el traje deportivo que David me había comprado. Me pregunté si David pensaba que mi cabello se vería lindo.

    Los ojos de David escanearon mi cuerpo, de arriba a abajo, lentamente, y dejó escapar un silbido largo y fuerte.

    Supuse que lo aprobó.

    D: Ven aquí, Eleny.

    Caminé tentativamente hacia David y vi movimiento en un costado. Me volví y era yo, mi reflejo. Las paredes del gimnasio estaban cubiertas de espejos, así que podía verme acercarme a David en todas direcciones. Tenía que admitir que me veía bien. El conjunto de gimnasia perfectamente ajustado a mi cuerpo. Mis pezones sobresalieron y respingonas nalgas resaltaban. Durante mi tiempo en el gimnasio, había ganado confianza en mí apariencia, Me di cuenta de que incluso David estaba impresionado.

    Me acerqué a él hasta que estuve a solo unos centímetros de distancia, y sin más preámbulos, David pasó una mano por detrás de mi cintura y la otra detrás de mi cabello, y me atrajo hacia él. Me dominó con su fuerza y ardor, y me besó en los labios, con fuerza. Fue un beso bueno, largo y hábil, el beso de un hombre que tenía mucha práctica en besar mujeres y sabía lo que estaba haciendo. Le entregué mi cuerpo y mis labios. No me habían besado así en más días de los que podía contar. Me sorprendió que no usara su lengua. Sentí que David haría lo que quisiera conmigo cuando quisiera, y que no tenía prisa. La mano en mi cintura descendió hasta mis nalgas y me apretó suavemente. Gimoteé con deleite, a través de los besos.

    Se apartó de mí y me hizo girar, así que ambos miramos en la misma dirección, mirando nuestros reflejos en el espejo de la pared. David estaba detrás de mí, con su camisa blanca impecablemente planchada, y mi cuerpo escasamente vestido parecía pequeño e indefenso frente al suyo. Sus manos estaban en mis caderas. Yo temblaba. Un cosquilleo recorrió mi cuerpo, comenzando en el punto entre mis nalgas, que este hombre pronto lo gozaría.

    D: Sabía que el conjunto sería perfecto para ti, Eleny.

    Y: Te gusta decir mi nombre. Lo dices mucho.

    D: Me gusta. Me gustas. Te ves sexy. Exactamente de la manera que yo quería que lo hicieras. Tu cabello me gusta también, te esmeraste.

    Se rio y luego señaló un sobre blanco con mi nombre en un banco negro a unos metros de distancia.

    D: Ese es tu dinero. Puedes contarlo si quieres.

    Y: No necesito hacer eso.

    Me di la vuelta, mirándolo, y ahora era mi turno de extender la mano, poner mis brazos alrededor de su cuello y besarlo. Sonrió cuando terminó nuestro beso.

    D: Estás llena de sorpresas. Quieres esto, ¿no?

    Y: Sí.

    Mi voz sonaba tan pálida y tenue después de su tono de barítono profundo y masculino.

    D: Eleny, ¿entiendes que durante las próximas dos horas tu cuerpo será mío, mío para jugar, disfrutar y hacer lo que quiera? Lo entiendes, ¿no?

    Y: Sí, David.

    D: ¿Seguiste las instrucciones que te di?

    Y: Al pie de la letra.

    D: Bien. Te creo, pero, te voy a inspeccionar para averiguarlo. ¿De acuerdo?

    Y: De acuerdo.

    D: Te voy a reventar el culo, hoy, Eleny. Bien reventado. Te haré otras cosas, pero tu culito será el plato principal. Me lo vas a entregar por completo durante las próximas dos horas. ¿Estás de acuerdo con eso, sin reservas?

    Y: Sí, David.

    Sus palabras eran extrañamente deliciosas.

    Continuará.

  • Humillando a mi sumiso con una manada

    Humillando a mi sumiso con una manada

    Era un sábado de abril. Yo había salido de casa a las 7.45. Sin hacer ruido desayuné algo rápido y me fui con mis amigos a jugar al golf. Sabes que cuando juego, estoy 4 o 5 horas fuera de casa. A veces me mandas mensajes para desconcentrarme o simplemente para hablar. Pero ese día recibí un mensaje que me descentró por completo y que incluso, me hizo plantearme dejar la partida en el hoyo 13.

    “Cariño, a lo mejor se me ha olvidado avisarte de que hoy he quedado con 5 hombres que no conozco. Pero no te preocupes, princesa… sabes que no haré nada sin ti, así que para que te dé tiempo a jugar al golf, he quedado con ellos en un apartamento que he alquilado en Airbnb a las 5 de la tarde. Disfruta de la partida, zorra, y no te quedes de cervezas porque tienes que ducharte y tenemos que llegar al centro a por las llaves un poco antes de la hora fijada”.

    Debí cambiar la cara, porque mi amigo Ricardo me preguntó si iba todo bien. Fingiendo que no pasaba nada, le dije que sí… que había recibido un mensaje tuyo para un plan de tarde que no esperaba, pero que estaba todo perfecto. Sin embargo no pude dejar de ver el teléfono cada 10 minutos por si habías vuelto a escribirme dándome más detalles de la idea que querías llevar a cabo. Mi juego cayó en picado, y terminé la partida con una mezcla de enfado y ansiedad. Odio jugar mal, y hasta tú mensaje había estado jugando genial… pero no pude mantener la concentración en los últimos hoyos.

    Terminamos la partida y decliné la oferta de las cervezas del hoyo 19. Les dije a mis amigos que tenía que ir rápido a casa para comer algo, ducharme y salir para el centro. Y lo que estaba diciéndoles era rigurosamente cierto. Lo que no tenía claro era qué habías pensado hacer con 5 hombres. Porque además me sorprendió que me dieras el matiz de que no les conocías, lo que excluía a los “nadies” con los que jugamos habitualmente, o incluso a los que tenemos en cartera o seguimos conociendo, pero a quienes no has usado todavía.

    Me metí en el coche, y conduje con una especie de urgencia impropia de un sábado a las dos de la tarde. Te llamé desde el coche un par de veces, pero como esperaba, no contestaste mis llamadas. Sin embargo, a los cinco minutos de mi última llamada, visualicé en la pantalla del coche que había recibido un Whatsapp tuyo. Presioné el botón para que el coche lo leyera en alto, y escuché cómo una voz metálica leía tus palabras:

    “Hola guapito. Estoy ocupada ahora mismo y no puedo hablar”

    Me quedé peor todavía. Imaginaba que estabas jugando conmigo. Que estabas apretando para dejar que mi mente se encargara de organizar todo tipo de escenarios. Y aunque traté de verlo desde esa perspectiva, la realidad es que por mi cabeza pasaron todo tipo de imágenes, y casi automáticamente, apreté el acelerador a fondo. Pero estaba jugando en Segovia, y me quedaba una hora de camino hasta casa. ¡¡Una hora!! Y mi cabeza sin dejar de imaginar qué habías querido decirme con eso de que estabas ocupada y no podías hablar.

    Por supuesto todo lo relacioné con el mensaje que me habías enviado a mitad de mi partida de golf. Cinco hombres. En un apartamento de alquiler. Y me dices que estás ocupada y que no puedes hablar. Me estaba volviendo loco de ansiedad, así que -como si fuera a servir de algo- puse a los Rolling Stones a tope e intenté concentrarme en llegar a casa lo antes posible sin incumplir tus órdenes. No me dejabas superar los 130km/h, y a pesar de que mi pie derecho me pedía acelerar, renuncié a esa idea inmediatamente, ya que así me lo habías ordenado. Y yo jamás incumplo tus órdenes.

    Una hora y pico después, estaba presionando el mando del garaje de nuestra casa de Boadilla. Casi instintivamente, mientras lo hacía, toqué el claxon dos o tres veces. Pitidos cortos que te advirtieran de mi presencia. ¿Pero qué estaba haciendo? No conseguía ni entenderme a mí mismo, así que olvidándome de bobadas, aparqué en el jardin y entré en casa.

    “Hola mi niña. Ya estoy aquí. ¿Laila? ¿Estás en casa, cariño?”

    Pero no se escuchó nada. En casa no había nadie, lo que me dejó todavía más descolocado. Aún así, me acerqué a la piscina por si estuvieras allí. No hacía como para tomar el sol, pero a veces te gusta leer en una tumbona, con una manta (y conmigo a tus pies). Tampoco. Definitivamente no estabas en casa. Miré el reloj y vi que eran las 14.45. Fuera lo que fuera lo que estabas haciendo, lo que tenía claro es que no quería enfadarte, así que subí a nuestra habitación para darme una ducha y vestirme.

    Encima de la cama me encontré una nota tuya. Me senté en el borde y me puse a leerla:

    “Hola mi amor. He salido a comprar. Tengo que preparar alguna cosa para nuestra cita de esta tarde. Como intuyo que no me va a dar tiempo a volver a casa, prefiero quedarme por el centro. Quiero que te duches y que traigas contigo la bolsa negra que he dejado en la mesa de la cocina. No se te ocurra abrirla, ni tampoco quiero que me llames para hacer más preguntas. Tampoco cuando vengas al centro. Tienes prohibido hacerme ningún tipo de pregunta sobre esta tarde. Te espero en la Tagliatella de la calle Hortaleza a las 15.30. Espero haber calculado bien los tiempos, pero si no es así, no te preocupes. Te espero tomándome una Pepsi. Te quiero, L”

    Volví a mirar el reloj. Iba realmente justo de tiempo, así que me di una ducha rápida, me puse unos vaqueros, unos tenis y un polo, y volví a meterme en el coche para dirigirme al centro de Madrid. De camino no paraba de pensar lo que me gustaba esa cabecita. Cuando asomabas los colmillos todo mi mundo giraba a tu alrededor sin un eje rotatorio claro. Me descolocabas el 100% de las veces, e incluso las veces que acertaba con lo que tenías en mente, eras capaz de sorprenderme. Suspiré y pensé lo feliz que soy desde que te pertenezco… allá por diciembre de 2021.

    Aparqué el coche en el parking y me acerqué caminando. Estabas en la terraza del restaurante, leyendo el móvil mientras el sol se posaba sobre tu preciosa cara. Me viste llegar y tu sonrisa iluminó más aún tu expresión. Dios mío! Eres preciosa. No puedo creer que me eligieras a mí, pudiendo tener a cualquiera. Me acerco a ti y te doy un beso en la boca mientras te digo:

    “Hola, mi Dueña. No sabes las ganas que tenía de verte!”

    Sonríes y te acercas para besarme. Colocas tus manos alrededor de mi cuello. Y entonces, en vez de un beso, me das un mordisco fortísimo en los labios y me dices;

    “Veremos si te alegras tanto cuando sepas lo que tengo preparado para esta tarde, zorra”

    Me miraste fijamente. Tenías fuego en los ojos. Adoro esa mirada, esa intensidad. Sentí que estabas excitada y colé una mano por debajo de la mesa, directa a tu entrepierna. Sin dejar de mirarme sentí como tus piernas se abrían para mí. Debajo de tu falda corta pude sentir el encaje de tu ropa interior, y cómo tenías el tanga completamente empapado. Jugué con mis dedos un rato y cuando empezabas a gemir discretamente, se acercó el camarero.

    “¿Quería algo de beber el señor?”

    “Una cerveza, le contesté”

    Inmediatamente, posando tu mano sobre el brazo del camarero, dijiste:

    “El señor tomará agua. Esta tarde tiene cosas que hacer y será mejor que no tome alcohol”

    El camarero sonrió, y yo sentí que me ponía rojo de vergüenza. La forma de decir “señor” acompañado con la forma en la que decidías lo que iba a beber, no resultó indiferente para nadie. Tampoco para la pareja que estaba en la mesa de al lado, y que no nos quitaban el ojo de encima (especialmente a ti, pues estabas realmente espectacular).

    Pedimos la comida y mientras comíamos estuvimos hablando de mil cosas distintas. Claramente querías evitar hablar de lo que tenías pensado para esa tarde, a pesar de que mis intentos por dirigir la conversación hacia allí, hasta que en un momento dado, colocando tu mano sobre mi antebrazo, me dijiste:

    “Cariño. Déjalo ya. No voy a decirte nada. Tú relájate y disfruta. Sé obediente y complaciente. Es todo lo que tienes que hacer, y de todo lo que tienes que preocuparte… de hacer todo lo que yo te ordene. ¿Vale, zorrón?”

    Controlas perfectamente mis emociones simplemente con una mirada, con una palabra o con el roce de nuestra piel. Involuntariamente, bajé la mirada, mordí levemente los labios y con la voz ronca de la excitación, susurré un imperceptible “Sí, Ama. Como desees”. Sonreíste y me preguntaste:

    “¿Qué eres, corazón”?

    “Soy la puta de Laila”

    “Muy bien, princesa. Entonces ponte en mis manos y hazme sentir orgullosa de ti, ¿vale?”

    Afirmé en silencio y volviste a reconducir la conversación a las compras que habías hecho esa mañana, y a cómo un dependiente de Intimissimi te había dado su número de teléfono de forma sutil. Me dijiste que te había gustado la manera de mirarte, y que te había provocado un pinchacito de excitación. Dijiste que quizás le llamarías algún día y me preguntaste si me parecía bien.

    Una sensación de calor se apoderó de mí. Volví a mirar al suelo y dije que me parecía genial, pero sabías perfectamente que me estaba mordiendo el orgullo. Odiaba no tener el control de tu día a día. Sabía que muchos chicos se quedaban mirándote por la calle, o en los bares… pero que se te insinuaran descaradamente, me sacaba de mis casillas. Y tú, aprovechabas cada ocasión para recordarme que eras tú la que tenía el mando, pero que a la vez, era tuya y de nadie más. Suspiré y traté de recomponerme lo mejor que pude, pero me di cuenta que tu juego de presión estaba empezando.

    En un momento dado, después de haber tomado el café, miraste el reloj y exclamaste:

    “¡Pedro! Son casi las 4:30 y seguimos aquí de charla. Paga y vámonos. He quedado con la propietaria del apartamento. Por suerte está a menos de cinco minutos de aquí. ¿Trajiste la bolsa negra, verdad?”

    Saqué la bolsa de debajo de mi silla y sonriendo, me soltaste un “buena chica” que no pasó desapercibido para el camarero, que se acercaba con el datáfono para pagar. Te sonrió y tú le sostuviste la mirada, mientras con la otra mano, metías tus dedos hasta el fondo de mi garganta. El pobre camarero no sabía dónde meterse, y yo sonreía medio avergonzado. Eres increíble. Me vuelves completamente loco. Nos levantamos de la mesa y fuimos dando un paseo, cogidos de la mano hasta la dirección que sólo tú conocías.

    En la puerta nos esperaba María, una señora con el pelo gris de unos 60 años, que nos acompañó a la casa y, mientras nos hacía la visita guiada, curioseó un poco de dónde éramos, a qué habíamos ido a Madrid y todo ese tipo de cosas. Fuiste tú quién tomó el mando y le contaste unas mentiras piadosas diciéndole que éramos gallegos y que habíamos venido a pasar unos días en Madrid, pero que había habido un error con el hotel, y necesitábamos donde quedarnos un día. María no pareció muy convencida, quizás al no ver maletas, sino una bolsa negra pequeña por todo el equipaje, pero después de decirnos cómo manejarnos en la casa, se despidió de nosotros y se fue.

    Dejaste pasar un rato hasta escuchar el sonido del ascensor, y dirigiéndote a mí, dijiste:

    “Cariño. Quiero que retires muebles del salón y que hagas espacio suficiente para colocar cinco sillas en círculo. Quiero que sea un círculo amplio. Voy a darme una ducha. Cuando termines y el salón esté como te he pedido, ven al baño”.

    Saliste del amplio salón, y yo me puse a mover el sofá, una mesa grande que había y alguna otra cosa para que en el centro estuviera todo dispuesto como habías ordenado. No entendía muy bien lo de las sillas, pero me limité a obedecer tus órdenes. Al terminar me dirigí a la ducha. Tú seguías dentro y te pedí permiso para ducharme contigo.

    “Pasa, mi amor. Vamos a disfrutar de un ratito juntos antes de que lo pases un poquito mal para mí, ¿vale preciosa?”

    Contesté que sí y nos besamos como si fuera a acabarse el mundo. Mientras lo hacíamos, nuestras manos exploraban ansiosas el cuerpo del otro. Me encantaba ducharme contigo, pero cuando lo hacíamos juntos antes de una de tus ideas, siempre tenía una sensación de falta de oxígeno que no conseguía superar. Tú lo sabías bien, y te dejabas hacer.

    Cuando terminamos de ducharnos, y mientras te secaba y te echaba crema por todo el cuerpo, me miraste fijamente y me dijiste:

    “Corazón, sabes que siempre que quieras puedes parar lo que estemos haciendo. No quiero repetírtelo cada vez que siento esa angustia subir por tu pecho. Simplemente di en alto la palabra de seguridad y todo se terminará inmediatamente. ¿Lo tienes claro, verdad Pedro?”

    “Sí, Ama. Lo tengo claro. Descuida. No te preocupes por mí y disfruta… sabré cuidarme, pero si no puedo seguir, lo pararé… sea lo que sea lo que tienes en mente”

    “No voy a contarte nada. Lo único que tienes que hacer es obedecerme, zorra. Si vuelves a deslizar una indirecta haré que lo pases peor de lo que tengo previsto. No me gusta repetir las cositas”

    Seguí echándote crema en silencio. Tu espalda, tus piernas… tus pies. Estaba excitado, y aproveché para acariciarte disimuladamente la entrepierna. Sonreíste y dijiste:

    “Tú caliéntame más aún de lo que ya estoy, puta. Verás qué bien voy a pasármelo”

    Sonreí, pero no dije nada. Me pediste que te alcanzara un frasco pequeño de perfume que siempre llevabas contigo en el bolso. Me ordenaste colocarme a cuatro patas y te sentaste en mi espalda. Te encantaba hacerlo cuando ibas a disfrutar de otros hombres. Perfumarte, acicalarte… que sintiera tu excitación y me humillara era algo que te volvía loca, y a lo que yo estaba acostumbrado. Pero eso de que habías quedado con cinco hombres a los que no conocías, no terminaba de entenderlo, ni conseguía sacármelo de la cabeza.

    Después de que estuvieras perfectamente maquillada, me pediste que te pusiera la ropa interior. En la bolsa negra que yo mismo había traído desde casa tenías ropa. Enseguida me di cuenta de que ibas a feminizarme, pues había muchas cosas para mí. Te sentaste en la cama y te puse unas medias negras de rejilla que te llegaban hasta el muslo, un tanga de encaje precioso y me pediste que te echara una mano con las ligas. Estabas increíble.

    “Bueno, cariño. Pues yo ya estoy”

    Te miré sin entender nada. Ni siquiera llevabas sujetador. Pero no dije ni una palabra. Miraste el reloj y te diste cuenta de que quedaban 5 minutos para la hora en la que habías quedado, y me ordenaste que me vistiera con toda la ropa que había en la bolsa negra. Lo saqué todo apresuradamente y me vestí. Habías elegido unas medias negras, un tanga a juego que resaltaba mi culo respingón y un vestido suelto, también de color negro. En la bolsa había unos zapatos de tacón negros que no conocía. Me subí encima de sus 10cm de tacón y entonces me pediste que me pusiera de rodillas para maquillarme. Pintaste mis labios con el mismo pintalabios que habías usado tú. Un rojo intenso que me encantaba cómo te quedaba, y cuando terminaste, escuché sonar el timbre de la puerta.

    “Cariño, han llamado. Deberían ser mis amigos. Escucha atentamente. Hoy no va a ser una sesión de juegos, y no vamos a volver a ver a esta gente nunca más. Hazles pasar y desnudalos a todos. Cuando estén desnudos, quiero que les pidas que se sienten cada uno en una silla, y cuando estén sentados, vienes aquí para avisarme. ¿Está claro, preciosa?”

    Contesté que sí, y subido en mis tacones, me dirigí a la puerta. Me sorprendió que no me hubieras puesto una máscara, pero cumplí tus indicaciones. Abrí la puerta y se quedaron sorprendidos de verme allí, y vestido de mujer. Varios se miraron entre ellos, y uno de ellos exclamó:

    “¿Tú quién coño eres? ¿Dónde está la tía a la que vamos a follarnos?”

    “Yo soy la puta de Laila, y ella está dentro del apartamento. Me ha ordenado que os reciba y os dé unas instrucciones, pero si no queréis entrar, estáis en vuestro derecho”

    Todos se miraron, pero ninguno se quedó fuera, así que les acompañé al salón y les di las indicaciones que me habías dado.

    “Mi Ama me ha pedido que os diga lo que tenéis que hacer. Quiere que os desnudéis y que cada uno se siente en una silla. Cuando lo hayáis hecho, he de ir a la habitación para avisar que ya está todo a su gusto”

    Uno de ellos me miró con desprecio y dijo:

    “¿Tu Ama? ¿Qué eres, un sumiso? ¿Y te ha contado tu Ama para que estamos aquí? Ja, ja, ja. ¿Vamos a follar con ella y tú te vas a quedar mirando? Menudo imbécil”.

    Sin alterarme, y mientras ellos se iban desnudando, comenté:

    “Sí. Ella es mi Ama, y si estáis aquí es porque yo lo consiento. Somos uno, y Ella sabe que podrá hacer siempre lo que quiera para obtener placer y para humillarme con ello. Ambos disfrutamos de mi humillación, y vosotros no sois más que objetos. No sois nada… pero puedes verlo como quieras”.

    “Ja, ja, ja… mírate. Vestida de mujer y maquillada. Das pena, chaval. Pero como quieras… tú eres su sumiso, y yo pienso follármela hasta que no pueda andar”.

    Mientras decía esto, se agarraba la polla. Una polla enorme incluso sin estar duro. Esperé a que todos estuvieran desnudos mientras echaba una mirada furtiva a su “armamento”. Los cinco tenían buenas pollas. Gruesas y grandes, como a ti te gustan. Tragué saliva y me dirigí a la habitación para avisarte.

    “Ya están desnudos en sus sillas, Ama”

    “Muy bien preciosa. Coge dos cajas de condones de la bolsa negra y llévalas al salón. A cuatro patas, detrás de mí. Vamos, aligera, que no tengo todo el día”.

    Entraste en el salón en tacones, con las medias negras de rejilla, el tanga de encaje y tus tetas mirando al cielo. Los cinco se quedaron mirándote. Alguna de sus pollas se alegró de verte. Entonces, te colocaste en medio del círculo en el que todos estaban sentados y dijiste:

    “Buenas tardes a todos y gracias por venir. Lo primero que quiero saber es si alguno tiene dudas sobre lo que he hablado con vosotros de forma individual. El juego es muy sencillo. Voy a follar con todos vosotros en ratos que irán variando. La primera ronda durará un minuto con cada uno. Cuando termine ese minuto, me moveré hacia la derecha para subirme encima del siguiente. Después de follarme a los cinco durante un minuto, haré lo mismo de dos en dos minutos. Cuando os haya follado a los cinco, subiremos a tres, y repetiremos el juego. Iremos aumentando minutos. Cuando uno de vosotros se corra, habrá perdido, pero recordad que el juego tiene una segunda parte. Yo seguiré follándome a los que queden y seguiremos aumentando los minutos hasta que os vayáis corriendo. Eso significa que habrá un momento en el que queden dos… no sé cuánto tiempo estaré follando con vosotros a esas alturas, pero cuando quede un único ganador, lo haré salir de la silla y follaremos en medio de este círculo”.

    Algunos de los hombres empezaron a tocarse para prepararse, fruto de la excitación del juego que les habías propuesto. Me miraste y supe que tenía que repartir condones entre los participantes, y cuando lo hice, me dijiste:

    “Cariño, eres el responsable del tiempo. Tú y solo tú indicarás cuando caduca el tiempo que estaré follando con cada uno. Lo único que tienes que hacer es decir en alto la palabra tiempo. En ese instante, saldré de la polla en la que esté subida y me follaré al siguiente. Si alguien intenta retenerme, está fuera del juego y fuera de esta casa. Mi sumiso se encargará de acompañarle a la entrada… espero que por las buenas. ¿Todo claro, chicos?”

    Contestaron que sí casi al unísono, y siguieron poniéndose duros. Alguno se puso el condón y te miraba intensamente, deseando ser el primero. Entonces, moviendo tus caderas descaradamente te acercaste a un chico moreno con barba y acariciándole la cara, le dijiste:

    “¿Estás listo, guaperas?”

    Él contestó que sí, y mirándome, me pediste que estuviera atento para poner el cronómetro en marcha. Sin ningún tipo de preámbulo, te colocaste dándole la espalda y abriendo tus piernas dejaste caer tu bonito cuerpo encima de su polla. Él te agarraba de la cintura y manoseaba tus tetas mientras subías y bajabas rítmicamente. Tu boca se abrió, tu mirada se volvió fuego, y vuestros gemidos inundaron la habitación.

    Pero apenas dio tiempo a nada, porque enseguida dije: “Tiempo”, y saliste de su polla, para acercarte al siguiente. Era un chico alto y no muy guapo, pero creo que tenía la polla más grande de todos. Te acercaste de frente a él. Colocaste tus tacones en la parte de atrás de la silla y, agarrándole del cuello, comenzaste a follártelo de frente. Desde donde yo estaba, la vista era increíble. Una polla envuelta en un condón azul y tu coño haciendo que desapareciese y volviera a aparecer rítmicamente. Otra vez un intercambio de gemidos y al rato, el tiempo del siguiente.

    Te acercaste a un chico delgadito y pequeño. Me preguntaba cuántos años tendría, porque parecía un niño. Sin embargo subiste encima de su polla con la misma avidez que con los dos anteriores y (esta vez de espaldas) comenzaste a follártelo con un ritmo bastante más alto que a los dos anteriores. Te conozco perfectamente y estabas alcanzando ese punto de ebullición que te hace imparable y que puede darte decenas de orgasmos en pocos minutos. Imaginé que no estarías lejos del primero de muchos, y efectivamente no me equivoqué, porque cuando el reloj marcaba 45 segundos, sentí que te corrías por primera vez. Fue un orgasmo intenso, que apenas duró los 15 segundos que quedaban de tiempo. Entonces, yo avisé de que era la hora de cambiar, pero seguiste follándotelo hasta que tu orgasmo llegó a su fin.

    Mirando al resto dijiste:

    “Rigores del directo, chicos. No pienso salir de ninguno hasta que termine de correrme. Nueva regla”

    Y sin perder más tiempo, te dirigiste al siguiente. La escena era increíble. Cuatro hombres masturbándose para mantenerse duros para ti, mientras tú follabas con un hombre de unos 50 años, con buen cuerpo pero evidentes signos de su edad. Después del minuto reglamentario volví a indicar que había pasado el tiempo, y te fuiste a por el último de la primera ronda. Era el que se había reído de mí, y debiste saberlo porque sentándote dándole la espalda, susurraste:

    “Tú vas a ser el primer perdedor. En menos de un minuto, como un eyaculador precoz”

    “¿Eso crees, zorra? Ven aquí y verás lo que es una buena polla”.

    Di un respingo al escucharle llamarte zorra, pero me miraste calmándome, y apretaste los labios mientras te colocabas de frente a él. Sentí que presionabas tu coño sobre su polla. Había visto cómo podías hacer que me corriera en 10 segundos, y supe que ese tipo estaba sentenciado. Subías y bajabas a toda velocidad mientras él gemía y gemía, hasta que te pidió que por favor bajaras el ritmo. Pero no lo hiciste. Seguiste cabalgándole salvajemente hasta que se corrió justo cuando quedaban tres segundos para llegar al minuto. No hizo falta avisar de que el tiempo de la primera ronda se había acabado. Se quedó frustrado, con el condón lleno de su semen, mientras tú te dirigías al primer chico y me recordabas que ahora serían dos minutos por cada uno de ellos. Ni siquiera te molestaste en mirarle. Sabías que estaría frustrado, pero aprendería a no volver a meterse conmigo.

    Yo afirmé y tú volviste a follarte al guaperas. Esta vez te colocaste de frente, y acercaste tus tetas a su boca. Él lamió mientras seguías follándotelo… y entonces, sentí tu segundo orgasmo. Fue largo e intenso. Adoro tus “sí, sí, sí, sí, sí” cuando estás a punto de correrte, y me sorprendió ver que en vez de bajar el ritmo seguiste aumentándolo hasta volver a correrte de nuevo justo antes de que se cumplieran sus dos minutos. El tipo aguantó perfectamente. Sentí una punzada de celos cuando antes de salir lamiste con tu lengua su cuello y le dijiste un “me encantas”.

    Sin esperar apenas un segundo, te dirigiste al siguiente. Estuviste follándotelo pausadamente durante los dos minutos correspondientes. Él aguantó mientras lamía tu cuello y con sus manos no dejaba de manosear tus tetas, tu clítoris… aprovechando que estabas sentada dándole la espalda, mirándome fijamente y haciendo evidentes tus gemidos cada vez que su polla entraba y salía de ti.

    Así estuviste hasta terminar la ronda. Quedaban cuatro, y cuando terminaste con el último, con quién volviste a correrte, me miraste y me dijiste:

    “Cariño, vamos a cambiar directamente a 5 minutos. Se me están cargando las piernas de tanto cabalgar, y con tiempos tan cortos no puedo comprobar el aguante de estos muchachos. Espero que estéis de acuerdo… pero si no lo estáis me da exactamente igual. Vamos a jugar un poquito más duro”

    Se me estaban haciendo los minutos interminables. Vestido de mujer, subido en unos tacones de más de 10cm y sin dejar de ver como te follabas a cinco desconocidos en mi cara, empezaba a mirar el reloj nervioso, y varias veces se me pasó por la cabeza avisar con la palabra tiempo antes de que el reloj llegara al minuto establecido. Pensé que nadie se daría cuenta, pero por nada del mundo podía romper tus normas, así que descarté la idea en el mismo instante que volviste a correrte mientras follabas con el guaperas. Era la tercera vez que te corrías con él, le habías dicho “me gustas”, y sentía que realmente tenías un ganador en mente. Aguantó los cinco minutos correspondientes y cuando avisé de que era el momento de cambiar, te agarró suavemente de la cadera y te dijo algo al oído. Después te mordió el lóbulo suavemente y tú te reíste escandalosamente. Miré la forma en la que le mirabas, y después me dedicaste una de esas miradas que hacen que se me de la vuelta el estómago. En tus ojos leí perfectamente que volveríamos a quedar con ese chico, y no pude evitar la humillación subir por mi cuerpo mientras una erección asomaba debajo de mi falda.

    Te colocaste frente al chico alto con la polla enorme y le masturbaste con tu propia mano para que cogiera algo más de firmeza. Cuando pensaste que estaba bien para ti, te subiste a su polla y dejaste que entrara en ti muy despacio. Pude ver cómo desaparecía por completo dentro de tu precioso coño centímetro a centímetro. Cuando sentía tu culo empujar sus huevos, te escuché decirle:

    “Fóllame duro, campeón. Aunque te corras, quiero que me hagas disfrutar de ese pedazo de polla que calzas. Vamos… dame varios orgasmos”.

    Y sin esperar ningún tipo de acción por su parte, comenzaste a cabalgar subiendo y bajando de su polla con gran velocidad y un poco violentamente. Mientras tanto, él te agarraba de las caderas, haciéndote subir y bajar. En un momento dado pensé que iba a empotrarte contra el techo, pues estaba cumpliendo tus deseos y a la vez que te empujaba contra su polla, movía las caderas hacia arriba, provocándote un orgasmo casi en el primer minuto. Entonces, te escuché:

    “No pares. Quiero más. Oh, por Dios… me encanta. Sigue, sigue… sigueee”

    Y tu segundo orgasmo prácticamente consecutivo te hizo retorcerte, pero lejos de parar seguiste cabalgándole. Miré el reloj y vi que quedaban más de dos minutos. Eras increíble, y el tipo alto parecía aguantar sin problemas, hasta que te escuché:

    “Ahora vas a sentir mi poder. Te correrás en esta ronda, por mucho que quieras aguantar”

    Y noté que te concentrabas, y supe perfectamente que habías activado en tu coño el modo “boa constrictor” con el que bromeábamos cuando querías que me corriera, o cuando querías que cualquiera de los juguetes con los que follabas para humillarme, llegara al final. Subías y bajabas violentamente, y noté que el tipo alto dejó de subirte y bajarte con sus manos… no quería correrse, pero igual que el chulito, estaba sentenciado.

    Apenas unos segundos después le dijiste:

    “Avísame cuando vayas a correrte. Quiero hacerlo a la vez que tú. Te lo has ganado por sacrificar tu placer por el mío y ser obediente”

    El contestó un escueto “sí, Señora” que apenas le salía del cuello, y tú seguiste subiendo y bajando rítmicamente hasta que, quedando apenas 40 segundos, te dijo:

    “No puedo más… voy a correrme”

    Y tú aceleraste un poco el ritmo y en su primer gemido sentiste que estaba a punto de correrse y le dedicaste un orgasmo antológico. Notaba los músculos de tu espalda tensarse, tus rizos cubriendo la espalda moviéndose rítmicamente y casi pude ver cómo ponías los ojos en blancos en un orgasmo intenso y delicioso que parecía no tener fin. Después de terminar con él, saliste de su polla y le quitaste el condón, haciendo un nudo con él. Mirándome, dijiste:

    “Acércate, preciosa. Tengo un regalito para ti. Abre la boca, y no lo saques de ahí hasta que yo te lo diga. Quiero que sientas toda su leche caliente… y que puedas saborear mi orgasmo. ¿Te apetece, zorra?”

    Me acerqué pausadamente y asintiendo, abrí la boca. Depositaste el condón lleno de leche en mi lengua y tú misma cerraste mi boca, haciéndome volver a mi sitio y pidiéndome que pusiera el cronómetro en marcha cuando te pusieras a cabalgar al siguiente. Te acercaste a uno de los tres “concursantes” que aún seguían disponibles para ti y colocándote de espaldas a él, pusiste ambas manos en tu culo y separándolo un poco, se lo ofreciste diciéndole.

    “Fóllame el culo. Me muero de ganas de sentir esa polla dentro de mí. Quiero que aguantes los cinco minutos… aunque no tengo mucha confianza en que cuando sientas como te aprieto la polla con mi culo consigas aguantar sin correrte. ¿Probamos?”

    Él te miró y, sujetando su polla dura con una mano, fue deslizándose dentro de tu precioso culo. Inmediatamente le escuché al chulito que se había corrido primero, decir:

    “Joder, menuda zorra. Tiene un culo increíble”

    Me dieron ganas de acercarme y agarrarle del cuello para sacarle a rastras del apartamento, pero mirándome fíjamente me hiciste una señal para que no le diera importancia. Apreté la mandíbula. Cerré los puños e intenté concentrarme en ti. Me estabas mirando fíjamente. Podía ver las gotas de sudor en tu canalillo. Tu boca abierta, señal inequívoca de tu excitación. La forma en la que te mordías los labios cada vez que tu culo quedaba completamente lleno. Tu cuello no sabía hacia donde mirar. Mirabas al techo con los ojos casi en blanco, y seguidamente, colocando tus manos sobre sus muslos, mirabas hacia abajo. Te encantaba ver cómo te follaban. Entonces, me sorprendiste diciéndome:

    “Ven aquí, zorra. Ponte de rodillas y, sin sacar ese condón de la boca, quiero que me comas el coño mientras me follo este pollón. Vamos. Olvídate del reloj… quiero correrme con tu lengua en mi coño y con mi culo lleno. Ahora, puta”

    Me sorprendió que tú misma rompieras las normas que habías establecido, pero era evidente que estabas completamente excitada, y que lo único que te importaba en ese momento era disfrutar de esos hombres que, sin conocerte de nada, se habían presentado durante unas horas en un apartamento que dejaríamos vacío por la noche.

    Sin dudar, me puse de rodillas y contoneando mis caderas exageradamente, me dirigí hacia donde estabas. Me agarraste la cabeza y sujetándola con tus dos manos, la dirigiste a tu coño. Estabas completamente empapada. Tus muslos estaban llenos de tus fluidos, pero dejé de pensar en nada para darte placer como a ti te gustaba. No sé cuánto tiempo pasó, pero los dos os corristeis en un orgasmo super intenso que hizo que aplastaras varias veces mi cabeza entre tu coño y sus pelotas.

    Cuando terminó, te quedaste un rato con su polla dentro y me pediste que limpiara tu coño y tus piernas despacio. Se te notaba agotada. Ni tú misma imaginaste que podrías cansarte tanto follando. Te escuchaba respirar agitadamente, mientras apoyaste tu espalda contra su pecho y gemias suavemente al ritmo de mi lengua. Pasaste así un tiempo, y cuando sentiste que habías recuperado el resuello saliste, volviste a hacer un nudo con su condón y repetiste lo mismo que con el anterior. La depositaste en mi lengua mientras me dijiste: “Cuídamelo, ¿vale?

    Me pediste que me pusiera de pie y arrastrando los pies te acercaste a uno de los dos que seguían allí. Le susurraste algo al oído y él frunció el ceño. No sabía lo que le habías dicho, pero parecía evidente que no le había hecho mucha gracia. Le diste un beso en el cuello… le mordiste mientras tu mano masajeaba su polla y le dijiste:

    “Si quieres volver a verme, es mejor que hagas lo que te he pedido. ¿Lo harás, verdad?”

    Él asintió con la cabeza, y después de pajearle un poquito más, te colocaste en el centro de las sillas y dirigiéndote a todos, dijiste en voz alta:

    “Chicos. Estoy agotada físicamente. No puedo con las piernas. Llevo una racha algo floja físicamente y vamos a cambiar de planes… parcialmente. Sabéis que el plan inicial era follaros a los 5 hasta que solo quedara uno. Quedáis dos, pero yo estoy muy cansada para volver a follaros en una silla… y además, he de reconocer que este guaperas se ha ganado mi favor, y quiero follármelo tranquilamente.”

    Todos afirmaron, pero nadie dijo nada. Sentí que algo no encajaba del todo, pero seguiste hablando y lo entendí todo:

    “Pero sabéis que el juego no terminaba follándome a mí. Cariño, quiero que te quedes simplemente con los zapatos de tacón y que te pongas de rodillas en el suelo. Estos machotes van a pajearse mientras yo me follo a este guaperas bien pegadita a ti. Y tú, zorra… tú vas a abrir la boca y vas a tragarte toda su leche. Les he pedido que, en la medida de lo posible se corran a la vez sobre ti, pero claro… alguno acaba de correrse y a lo mejor le cuesta un poquito más. Lo que quiero que te quede claro es que no vas a moverte hasta que el último de ellos se corra en tu boquita… sin sacar esos dos condones que llevas”

    Varios de ellos sonrieron y comenzaron a masturbarse. Yo me quité la ropa y a cuatro patas me dirigí hacia el centro del salón. Tú no habías perdido el tiempo y te habías acercado al que -desde el primer minuto- sentí que era tu favorito. Te diste cuenta que te estaba mirando y me dijiste:

    “Me muero de ganas de follarme a este machote, mi amor. Si me folla bien, voy a contar con él con cierta frecuencia. Entenderás que no hay punto de comparación entre tu mini pollita y esto, ¿verdad?”

    Y agarrando su polla, comenzaste a chupársela. Era enorme, y no pude evitar comparar la situación con la escena cuando me comías la polla en casa. Mi pollita cabía entera en tu boca… y con este hombre, apenas llegabas a meterte un tercio dentro. Además era dos o tres veces más gruesa. Asumiendo la situación, te contesté:

    “Disfruta mucho, mi amor. Si lo hace bien le invitaremos siempre que quieras, preciosa”

    Sonreíste y me dijiste, “eres perfecta” con su polla entrando y saliendo de tu boca.

    Entre tanto, sentía que los otros cuatro hombres se acercaban a mí agitando sus pollas. Quería verte follar, pero ellos me rodeaban, quedándose apenas a medio metro de mí. Sentía sus pollas a centímetros de mi boca. Alguno me agarró de la cabeza para acercarme a su polla, pero debiste darte cuenta y dijiste:

    “Nadie toca a mi puta. Podéis correros en su cara, pero nadie va a tocarlo. No quiero repetirlo”.

    Y, escuchando algunos quejidos del tipo que quiso que le chupara la polla, escuché un gemido en el sofá. Pude intuir que estabas tumbada boca arriba y que el guaperas te estaba comiendo el coño, pues vi que estaba de rodillas en la alfombra, pegado al sofá. Pero apenas pude ver nada más, porque el idiota que se había corrido primero se corrió en mi cara, llenando mis ojos con su leche. Tú me habías dicho muchas veces que cuando alguien se corriera en mi cara, tenía prohibido retirarme la leche. Te gustaba que me sintiera como una zorra, llena de leche, así que simplemente cerré los ojos mientras escuchaba cómo los demás sacudían sus pollas, sus gemidos eran cada vez más intensos y sus respiraciones más agitadas. Entonces noté una polla en mis labios e instintivamente abrí la boca y me la llenaron de leche. Te escuchaba gemir y no tardé mucho en sentir otro de tus intensos orgasmos. Pero no podía concentrarme en tu placer, porque volví a sentir leche en mi pelo, en mis ojos y en mi boca. No estaba seguro si quedaba uno más o ya estaba, pero entonces, uno de ellos me sacó de la duda:

    “No vayas a moverte hasta que termine, como te ha ordenado tu Ama”.

    Vale, ahora era evidente. Quedaba uno por correrse sobre mí. Noté cómo los demás se retiraban y comentaban algo entre ellos, y pude escuchar mucho mejor tus gemidos. El ansia por verte follando hizo que abriera los ojos, y la leche que tenía en mis ojos hizo que me picaran muchísimo y que -instintivamente- la retirara con la mano. Al hacerlo conseguí abrir los ojos y verte a cuatro patas en el sofá, mientras el guaperas bombeaba con fuerza y con muchísima velocidad. Pude escucharte perfectamente decirle:

    “Ohhh… siii. No pares, no pares. Joooder… me corrooo”

    Y como si de una orquesta perfectamente sincronizada se tratara, el último hombre se corrió en mi cara mientras emitía unos sonidos guturales de puro placer. Cuando terminó frotó su polla contra mi mejilla y se dio la vuelta, dirigiéndose hacia la cocina, donde los otros cuatro estaban charlando y bebiendo algo.

    Yo me quedé como estaba. De rodillas, con mi cara llena de semen de cuatro extraños a los que, después de habértelos follado de uno en uno y varias veces, se habían corrido sobre mí casi a la vez. Me sentía humillado. Tenía ganas de llorar. No sabía dónde meterme, y además escuchaba el sonido rítmico de las pelotas del guaperas impactar sobre tu culo mientras seguía follándote y te provocaba un orgasmo tras otro. Perdí la noción del tiempo que llevabais follando, pero el tipo seguía bombeando con fuerza a pesar de todo. Después de todo -pensé- me gustaba que disfrutaras, aunque fuera otro quién te diera un placer que yo, sentía que no podía darte de la misma forma.

    No me atrevía a moverme, y no me moví de allí. Me tumbé en el suelo en posición fetal y cerré los ojos. Seguí escuchando tus gemidos rítmicos, mientras su polla entraba y salía de ti como si se tratara de un robot. Volviste a correrte una vez más y le dijiste:

    “Acércate a mi puta y fóllatelo. Córrete follando su culo. Ahora”.

    Él te miró sin entender nada. No parecía querer, pero mirándole le dijiste que si quería volver a follarte, tendría que follarme a mí. Me miraste y me dijiste:

    “Ven aquí, zorra. A cuatro en el sofá. Ofrécete a mi nuevo amigo”

    Sin dudar un segundo, y a cuatro patas, me dirigí hasta el sofá y asomando el culo apoyé la cabeza y me abrí el culo con las dos manos. Enseguida sentí una polla abrirse camino dentro de mí. Pensé que iba a romperme en dos y balbuceé:

    “Por favor, por favor… despacio. Duele”

    Pero tú no parecías de acuerdo y corregiste:

    “Fóllatelo fuerte. Tienes dos minutos para correrte en su culo. Rompe ese culo que me pertenece con esa polla que voy a usar tan a menudo. Vamos, guaperas… obedece y tendrás la recompensa que esperas”.

    Cerré los ojos y sentí sus embestidas en mi culo. Me estaba rompiendo por dentro y las lágrimas comenzaron a abandonar las cuencas de mis ojos y a deslizarse por mi mejilla, mezclándose con el semen que todavía tenía. Me sentía una puta. Me sentía tu puta. Me sentía lo que era: La puta de Laila. Lloré en silencio mientras tu amigo seguía follándome, y entonces sentí que te acercabas a mí y pasando tu mano sobre mi cabeza, dijiste:

    “Buena perra. Estoy muy orgullosa de ti, mi amor”

    Y mirando a tu amigo, le dijiste:

    “Ahora. Quiero que te corras ahora”

    Y como si un automatismo se hubiera activado en su cabeza, se corrió dentro de mi culo de una forma salvaje. Apretó mis caderas contra su polla mientras su pecho se apoyó en mi espalda. Sentía su sudor. Sentía mi cara llena de leche y lágrimas, y para rematarlo todo, escuché las risas de los otros cuatro que, ya vestidos, observaban la imagen a escasos metros de donde estábamos nosotros tres.

    Vi que te acercaste a su lado y les dabas las gracias. Ellos bromeaban, diciéndote que eran ellos los que te daban las gracias, y que habían sido tres horas muy divertidas y de una forma u otra, todos se ofrecieron a repetir contigo cuando quisieran. Igual que cada hombre que te follas desde que nos conocemos, todos querían repetir… pero sabía que eso no iba a ocurrir con ninguno de ellos cuatro.

    Sentí la puerta del apartamento cerrarse justo en el momento en el que el guaperas salía de mi. Me hice una bola en el sofá y metí la cabeza entre mis manos. Quería desaparecer de allí. Me habías llevado al límite. Al límite de los límites, y sentía que no podía más. Que no tenía fuerzas. Me quedé dormido. No sé cuánto tiempo estuve en el sofá hecho una bola. No me enteré de que habías despedido al guaperas, y habías intercambiado vuestros teléfonos para volver a veros. Para volver a vernos.

    Un rato después sentí tu mano en mi pelo. Me estabas besando y me dijiste:

    “Ven mi amor. Acabo de preparar un baño. Nos bañamos y nos vamos a casa, vale preciosa? Estoy orgullosa de ti. Me haces muy feliz. Adoro ver lo zorra que eres, Pedro.

    Asentí y sonreí, pero sentía un agujero por dentro. Tenía ganas de que pasara el tiempo y que tus besos y caricias volvieran a recomponerme. Me habías llevado muy abajo y te habías encargado de romperme en mil pedacitos… para después volver a hacerme crecer más fuerte, más seguro, más puta… más tuyo.

  • El castigo de Claudia (capítulos 1 y 2)

    El castigo de Claudia (capítulos 1 y 2)

    Introducción.

    Manuel, un hombre maduro que superaba los 50 años, se encontraba vistiéndose para comenzar el día. Consumido por una profunda tristeza y una soledad aplastante, ansiaba desesperadamente aliviar su carga emocional. Habían pasado cinco interminables años desde que la enfermedad se llevó a su amada esposa, dejando su corazón árido y sediento de afecto femenino. Solo su pequeño negocio de frutas y verduras le permitía sobrellevar su vida.

    En aquellos momentos oscuros, Manuel no buscaba el amor. El vínculo íntimo que compartió con su difunta esposa parecía haberle arrebatado cualquier posibilidad de entregar su corazón nuevamente. Sin embargo, el fuego de un deseo sexual ardía en su interior, esperando ser avivado. Anhelaba mitigar su soledad en los brazos de una mujer, aunque fuera de forma efímera y sin compromiso.

    Una vez terminó de prepararse, cogió las llaves y se echó un último vistazo en el espejo de la entrada de su casa. Recordó los pedidos que tenía que entregar ese día.

    Manuel había comenzado hacía algún tiempo una especie de labor social, llevando sus frutas y verduras a personas ancianas que tenían dificultades para moverse o desplazarse. Esta actividad le había servido como una distracción saludable para alejar su mente de la tristeza y sobrellevar su soledad.

    Mientras tanto, a unas decenas de kilómetros de distancia, Claudia, una seductora joven de piel tostada de tan solo 18 años, emergía de la ducha. Su cuerpo desnudo parecía una obra maestra de la sensualidad. Sus generosos pechos, firmes y exuberantes, desafiaban la gravedad con cada movimiento que realizaba. Su redondo y apetecible culo, perfectamente esculpido, era una invitación irresistible para cualquier mirada atrevida.

    Gotas de agua resbalaban por su suave y bronceada piel, realzando su belleza natural. Su cabello castaño y húmedo caía en cascada sobre sus hombros, creando un marco seductor para su rostro angelical y sus labios tentadores.

    Rosa, una joven madre de 36 años, poseía un cuerpo con algunos kilos de más, pero perfectamente distribuidos en generosas curvas y atributos. Era una versión madura de su exuberante hija, Claudia. Mientras entregaba una toalla a Claudia, la regañaba enérgicamente por repetir curso y poner en riesgo sus posibilidades de ingresar a la universidad.

    — ¡Claudia, no puedo creer que vayas a repetir el curso! — exclamó Rosa, su tono de voz mezclándose con la frustración y la preocupación. — Te lo advertí una y otra vez sobre la importancia de tus estudios. ¿Cómo esperas tener éxito en la vida si no te esfuerzas?

    Claudia, envuelta en la toalla, miró a su madre con una mezcla de rebeldía y desafío.

    — No es tan grave, mamá. Solo fue un mal año. Puedo recuperarlo — respondió con un tono desafiante.

    Rosa suspiró, visiblemente molesta.

    — No es solo un mal año, Claudia. Esto pone en peligro tu futuro. ¿Quieres desperdiciar las oportunidades que te he brindado? No puedo permitir que arruines tu vida de esta manera.

    En busca de un castigo ejemplar para su hija por sus malos resultados en el instituto, Rosa tuvo una idea.

    —Tendrás que pasar el verano en casa de tu abuela y cuidar de ella como una forma de aprender responsabilidad — dijo Rosa, con un tono que reflejaba determinación.

    Claudia, enfadada y llena de frustración, salió de la habitación soltando palabras de rabia hacia su madre.

    — ¡Qué bien, mamá! ¡Ojalá te consigas un novio y me dejes vivir mi vida! — exclamó con voz exasperada.

    El enfado de Claudia radicaba en que pasar el verano en casa de su abuela arruinaba sus planes de conocer chicos, explorar y experimentar su sexualidad ahora que era mayor de edad.

    Rosa intentó mantener la calma, pero sus palabras reflejaban su enfado.

    — No es solo sobre tus planes, Claudia. Se trata de asumir responsabilidad y aprender de tus errores. Necesitas entender las consecuencias de tus acciones — respondió en tono firme.

    Capítulo 1:

    El verano había comenzado y Claudia llevaba ya varios días instalada en casa de su abuela. Mientras Claudia se esforzaba en limpiar el salón, lucía un top suelto y unos pantaloncitos cortos que realzaban sus curvas sensuales. El calor abrasador hacía que cada movimiento de su cuerpo provocara una leve danza hipnótica.

    La abuela, sentada en el sillón, se dedicaba a doblar la ropa con manos temblorosas mientras le instaba repetidamente a su nieta a que limpiara bien. Su mirada se desvió hacia un tanga de Claudia que sostenía entre sus manos. Lo observó con curiosidad y cierta perplejidad. «Estas prendas diminutas que usan las jóvenes de hoy en día… ¡no entiendo cómo pueden ser cómodas!», pensó, mientras fruncía el ceño y sacudía la cabeza.

    — Sí, abuela, lo entiendo. Estoy limpiando, ¿no ves? — respondió Claudia con impaciencia.

    La abuela, insistente en su deseo de enseñar responsabilidad a su nieta, reafirmó su punto de vista.

    — Aquí has venido a aprender a ser una persona responsable, Claudia. La limpieza es una parte importante de ello — dijo mientras se levantaba del sillón, apoyándose en su bastón.

    En ese momento, el timbre de la puerta sonó de manera insistente, interrumpiendo la tensión que se había acumulado. La abuela le pidió a Claudia que siguiera limpiando mientras ella iría a abrir la puerta.

    Se escuchó la voz de un hombre diciendo que venía a entregar un pedido. La abuela cruzó el salón seguida por un hombre maduro, quien llevaba una caja llena de verduras y frutas frescas en sus brazos.

    — Claudia, déjame presentarte a Manuel — dijo la abuela con una sonrisa. — Es un señor muy amable que nos trae verduras y frutas.

    Claudia, inclinada mientras realizaba sus tareas de limpieza, dejó al descubierto el inicio de su provocativo culo. Manuel, sin poder evitarlo, clavó su mirada en aquel tentador detalle. Claudia giró la cabeza y sus miradas se encontraron, creando un instante de tensión sexual en el aire.

    — Mucho gusto, Manuel. Soy Claudia, su nieta — dijo con una sonrisa coqueta.

    Rápidamente, Manuel apartó la mirada del redondo culo de la joven, sintiéndose avergonzado por su reacción. — El gusto es mío, Claudia.

    Desde la cocina, la abuela llamó a Manuel para que dejara la caja encima de la encimera. Esa interrupción rompió el hechizo del momento y se dirigió a la cocina con las frutas y verduras.

    Claudia siguió limpiando, pero aquel hecho la había dejado confundida y ligeramente excitada. El recuerdo de la mirada de Manuel sobre su jugoso culo le hizo sentir una mezcla de nerviosismo y excitación. Su mente se llenó de imágenes atrevidas y fantasías lascivas por unos instantes. Mientras pasaba la mano por su frente, sintió el calor de la excitación palpitar entre sus piernas sin saber muy bien por qué.

    Manuel saliendo de la cocina sostenía la caja vacía en sus manos mientras la abuela salía de la cocina para despedirse cortésmente. Se dirigió hacia la puerta, listo para irse.

    En ese momento, Claudia se adelantó con la excusa de abrirle la puerta, dejando a la vista una vez más parte de su provocativo culo, esta vez intencionadamente. La mirada lasciva de Manuel se clavó en aquel tentador espectáculo. Se despidieron mientras se cruzaban en la puerta, y con un poco de atrevimiento, Manuel posó los ojos un segundo en las turgentes pechos de Claudia, que asomaban por el escote del holgado top que llevaba puesto.

    — Hasta otro día, Manuel— dijo con una sonrisa más que coqueta.

    Manuel se giró deleitándose una última vez con aquel cuerpo color canela que invitaba a la lujuria.

    — Ehh… Si hasta otro día…— dijo saliendo de la hipnosis que provocaba Claudia en él.

    Finalmente, Manuel se marchó y Claudia cerró la puerta detrás de él. Se dirigió rápidamente al salón, diciéndole a su abuela que no se encontraba bien y que luego continuaría.

    — Como de costumbre, poniendo excusas— le recriminó su abuela. Claudia, sin hacerle mucho caso, cerró la puerta de su habitación y se encerró en ella.

    Claudia se tumbó en la cama, sintiéndose extrañamente alterada y con el recuerdo de las miradas lascivas del hombre maduro en su mente. Sin poder resistirse, metió la mano dentro de su short al encuentro de su coño que ya había comenzado a mojarse. Sus dedos se deslizaron sin pudor por su raja húmeda, mientras sus movimientos se volvían más frenéticos.

    Con una mano ocupada en su coño caliente, la otra se dedicó a amasar y apretar sus tetas, pellizcando sus pezones duros y oscuros con lujuria desenfrenada. Un gemido ronco escapó de sus labios, mezclándose con el sonido de sus jugos empapando su entrepierna.

    Claudia se masturbaba sin miramientos, arremetiendo contra su clítoris hinchado y sensible con furia y pasión desenfrenada. Los gemidos fueron apagados con la almohada, su abuela estaba al otro lado de la puerta. Sus finos dedos se adentraban más y más, llevándola al borde del abismo del placer.

    Finalmente, en una explosión de puro éxtasis, su cuerpo se convulsionó en un orgasmo salvaje y liberador. Los espasmos del placer la sacudieron con fuerza, dejándola jadeante y temblando mientras el placer se extendía por cada fibra de su ser. Agotada pero completamente satisfecha, Claudia se dejó atrapar por la cama y se durmió con una leve sonrisa en su dulce cara.

    Capítulo 2:

    El verano continuó avanzando y con cada visita de Manuel a la casa de la abuela de Claudia, esta se mostraba más desinhibida y provocativa, deleitándose en llamar la atención de Manuel. Y este, a su vez, no podía evitar mirarla con descaro y deseo, sin preocuparse ya por ocultar su excitación.

    En una ocasión, Manuel llevaba la caja de frutas en sus manos para dejarla en la cocina de la abuela. Claudia, con una sonrisa pícara en los labios, cogió un plátano de la caja y lo abrió lentamente, metiendo una buena parte en su boca. Sus ojos se encontraron directamente con los de Manuel, quien luchaba por mantener la calma. En su mente, anhelaba que fuera su polla dura la que entrara en la boca hambrienta de Claudia.

    —Me encanta el plátano ¿a ti no Manuel? -preguntó Claudia con cierta impaciencia.

    En ese momento, Manuel se dirigió a la cocina mientras asentía, tratando de disimular el abultamiento en su entrepierna causado por la excitación. La tensión sexual entre ambos era cada vez más palpable, y ambos ansiaban el momento en que sus deseos se hicieran realidad.

    Manuel soltó la caja rápidamente, sacó las verduras y salió diciendo solo un adiós a la anciana. Iba directo a la puerta sin querer mirar a los lados para evitar la tentación y cuando estaba a punto de cruzar el salón, una voz desde el sofá llamó su atención.

    —Adiós, Manuel, hasta otro día —con una voz que mezclaba inocencia y picardía.

    El hombre que hacía un segundo se había armado de valor para salir rápidamente de allí, giró la cabeza y ante él apareció una imagen que recordaría durante días. Claudia tumbada en el sofá, con las piernas apoyadas en el respaldo, mostraba sin pudor la forma de su culo en el apretado short que llevaba y su abultado coño completamente marcado. Sentía que se correría allí mismo.

    —Manuel, que te dejas la caja aquí —sonó la voz de la abuela, sacando a Manuel de su éxtasis.

    Manuel volvió sobre sus pasos y, con brusquedad, le quitó la caja a la anciana. Esta vez, salió casi al trote de aquella casa del pecado. Subió a su furgoneta, la arrancó mientras resoplaba agobiado y, sintiendo su miembro empalmado, pensó que tenía que parar en casa antes de seguir con el reparto.

    Un día, la abuela de Claudia le informó que al día siguiente su madre, Rosa, vendría a buscarla para llevarla al médico. Le pidió a Claudia que permaneciera en casa por la mañana, ya que Manuel vendría a traer verduras y le pidió que fuera amable con él.

    Claudia, con una leve sonrisa lasciva en los labios, le respondió a su abuela.

    —No te preocupes, abuela, me encargaré de él— En su mente, Claudia urdía un morboso y pecaminoso plan para poner a prueba a Manuel de una vez por todas.

    Claudia se preparó para el plan que tenía en mente y decidió depilarse completamente su coño. Desnuda en el baño, sus manos se deslizaban suavemente por su piel sensible, sintiendo el roce mientras se acariciaba. Sus pensamientos lascivos sobre Manuel no podían ser contenidos, y un deseo ardiente la consumía.

    En medio de su excitación, Claudia notó un mango de cepillo del pelo cerca de ella. Sin poder resistirse, tomó el objeto y lo acarició con lujuria, imaginando que era la polla dura de Manuel. Lentamente, comenzó a frotar su coño mojado con el mango, disfrutando de la sensación de llenura y placer que se apoderaba de ella. Cada movimiento hacia arriba y hacia abajo aumentaba su excitación, sintiendo cómo su clítoris se volvía más sensible e hinchado.

    Sus gemidos apagados llenaron el baño mientras se entregaba al placer solitario, imaginando a Manuel frente a ella, observando cada uno de sus movimientos. Con cada roce del mango del cepillo, se acercaba más y más al precipicio del orgasmo. Finalmente, en un estallido de éxtasis, su cuerpo se sacudió con espasmos de placer mientras el clímax la envolvía por completo.

    Claudia se apoyó contra la pared del baño, recuperándose del intenso momento. Sabía que estaba lista para poner en marcha su plan y desatar la pasión con Manuel.

    A la mañana siguiente, Claudia se despidió de su madre y su abuela, quienes se marchaban al médico. Una vez que cerró la puerta, corrió excitada hacia su habitación.

    Dentro de su cuarto, se despojó de su ropa lentamente, disfrutando del cosquilleo que recorría su cuerpo. Sus pezones se endurecieron y su coño se empapó mientras se preparaba para la llegada de Manuel. Decidida a provocarlo al máximo, eligió un pantalón diminuto de tela elástica que se ajustaba a la perfección a su cuerpo, marcando con claridad los labios de su coño. Cada pliegue y contorno se hacía visible a través de la tela, invitando a la mirada lasciva de cualquier hombre que tuviera la fortuna de verla.

    Complementó su atuendo con un top ajustado y traslúcido que apenas cubría sus oscuros y erectos pezones, dejando ver sus pechos tentadores con total descaro. Cada movimiento que hacía, cada paso que daba, era una invitación sensual a la lujuria y al deseo desenfrenado.

    Satisfecha con su elección, Claudia se sentó en el sofá, impaciente y ansiosa, sintiendo cómo el calor se acumulaba entre sus piernas. Cada minuto que pasaba se volvía más excitante y su coño palpitaba de deseo. Sabía que en cualquier momento Manuel llegaría.

    El timbre sonó, y Claudia saltó del sofá como un resorte, apresurándose a abrir la puerta. Al hacerlo, se encontró con Manuel sosteniendo la caja de verduras en sus manos. Con una sonrisa pícara en los labios, lo invitó a pasar y juntos se dirigieron a la cocina. Claudia se movía de manera provocativa, contoneando su cuerpo delante de él, sabiendo que su mirada estaba fija en cada uno de sus movimientos.

    —Vaya, Manuel, qué sorpresa verte aquí. Mi abuela no está en casa… parece que estamos solos —dijo Claudia con una sonrisa juguetona.

    Manuel la miró intensamente y respondió—: Espero no ser una distracción, Claudia. Estás muy guapa hoy.

    Claudia rio coquetamente y se giró sobre sí misma para que Manuel pudiera escanearla completamente.

    —¿Tú crees, Manuel? Es que la temperatura ha subido un poco aquí —comentó Claudia con picardía.

    La tensión sexual se hacía cada vez más evidente entre ellos. Cada mirada y gesto estaba cargado de deseo y provocación.

    Mientras Manuel soltaba la caja en la mesa de la cocina, Claudia sacó una jarra de agua fría de la nevera con la intención de ofrecerle un vaso. Con una sonrisa provocativa, Claudia le tendió el vaso de agua.

    —Toma, Manuel, seguro que estás sediento. Mi abuela siempre me ha dicho que te tratara bien —dijo Claudia con voz sugerente.

    Justo cuando iba a darle el vaso, Claudia fingió tropezar y parte del agua se derramó sobre sus torso. El líquido empapó su top, volviéndolo transparente y revelando por completo sus tetas. Sin perder tiempo, Claudia comenzó a dar sacudidas a sus tetas, haciendo que rebotaran de manera tentadora.

    Manuel llegó a su límite y en un acto impulsivo, le levanto el top a Claudia. Con una mirada de deseo, se abalanzó sobre sus grandes y firmes tetas, tomando sus pezones entre sus labios y chupándolos con avidez.

    Claudia echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y soltando un gemido de placer.

    — ¡Oh, sí, chúpalos más fuerte, Manuel! Hazme tuya… quiero sentir tu lengua en todo mi cuerpo —gimió Claudia con lujuria.

    Manuel agarró fuertemente el culo de Claudia y la sentó en la mesa de la cocina. Sus lenguas húmedas se entrelazaron en un beso apasionado. Manuel descendió hacia sus tetas una vez más, chupándolas con dedicación mientras Claudia se retorcía de placer. Con maestría, Manuel le quitó el diminuto pantalón, dejando al descubierto el virginal coño de Claudia.

    Manuel se tomó su tiempo para admirar aquel espectáculo, memorizando cada detalle. Los labios del coño de Claudia estaban hinchados por la excitación y comenzaban a emanar fluidos de él. Con suavidad, Manuel acarició el coño de Claudia con sus dedos, explorando cada rincón. Hundió su cabeza entre las piernas de la joven ardiente, comenzando a lamer y chupar su coño que cada vez se volvía más mojado y sensible. La lengua de Manuel se movía con destreza, recorriendo aquel manjar y provocando gemidos de placer en Claudia.

    Los susurros de pasión llenaron el aire mientras Claudia se acercaba al clímax.

    — ¡Sí, sí, sigue comiéndome el coño! ¡No pares, me estas volviendo loca! —jadeó Claudia intensamente.

    La lengua de Manuel danzaba habilidosamente sobre los pliegues de Claudia, llevándola al borde del éxtasis. Cada lamida, cada succión, era una embestida de placer que la sumergía en un torbellino de sensaciones. Los gemidos de Claudia resonaban en la cocina, mezclándose con los sonidos húmedos su coño.

    Manuel intensificó su arremetida con la lengua, aplicando una presión firme y rítmica en el clítoris de Claudia. Sus movimientos se sincronizaban con la creciente cadencia de los gemidos de ella. Los músculos de la joven se tensaron, su respiración se aceleró y su cuerpo se arqueó en respuesta al placer abrumador que la envolvía.

    El clímax la arrastró en una ola de éxtasis, haciéndola temblar y convulsionarse en el clímax del placer. Sus gemidos se convirtieron en un grito ahogado mientras su cuerpo se rendía al orgasmo. Manuel siguió lamiendo y acariciando suavemente el coño de Claudia, prolongando el gozo de su orgasmo hasta que finalmente se relajó y recuperó el aliento.

    Claudia se incorporó y no pudo evitar notar el enorme bulto que tenía Manuel en su pantalón. Su erección parecía desbordarse y amenazaba con romper el pantalón.

    Manuel se abrió la bragueta y, sosteniendo su polla dura, se la ofreció a Claudia, preguntándole con una sonrisa lasciva:

    — ¿Hoy te apetece comer plátano también, Claudia?

    Claudia, sin apartar sus ojos completamente abiertos, se bajó de la mesa y se arrodilló, admirando aquella polla grande y dura que tenía delante. Con algo de miedo y torpeza debido a su falta de experiencia en el sexo, Claudia comenzó a masturbar a Manuel.

    Manuel quitó la mano de Claudia de su polla, la agarró con su propia mano y la guio hacia la boca de Claudia, quien instintivamente abrió su boca para envolverla con sus labios. Comenzó a chupar torpemente al principio, pero rápido comenzó a hacerlo con más habilidad, moviendo su cabeza, aunque haciendo gestos de arcadas cada vez que el glande de Manuel se acercaba a su garganta.

    — ¡Así, Claudia, sigue chupando mi polla, me encanta cómo lo haces! —exclamó Manuel complacido.

    Motivada por las palabras de Manuel y guiada por su instinto, Claudia intensificó sus esfuerzos, aumentando el ritmo y la presión de sus succiones. Cada vez más confiada y cómoda, se dedicó a jugar con su lengua y sus labios, acariciando y envolviendo la polla de Manuel.

    Manuel, completamente entregado entrelazo sus manos en el cabello de Claudia, proporcionando suaves guías mientras ella continuaba su exquisita tarea.

    Claudia estaba decidida a darle a Manuel el máximo placer posible, estimulando su polla con dedicación y pasión.

    — Sí, Claudia, sigue chupándomela así. Me encanta cómo juegas con tu lengua, cómo la envuelves con tus labios. Me estás llevando al límite.

    Las frases de Manuel excitaban a Claudia aumentó el ritmo de la mamada, entregándose por completo al placer oral

    Con un gemido gutural, Manuel sintió cómo el orgasmo se apoderaba de su cuerpo. Oleadas de placer recorrieron su ser, y su polla comenzó a palpitar en aquella boca caliente. La sacó, seguida de hilos de babas de la joven, y con rápidas sacudidas comenzó a cubrir la cara de Claudia con su semen caliente.

    Ella intentaba atrapar cualquier chorro con su lengua para saborear la leche de Manuel, disfrutando cada gota que caía sobre su piel.

    Mientras Manuel jadeaba de excitación, Claudia volvió a mamar su polla que comenzó a perder dureza, limpiando cualquier resto de semen que quedara. Manuel, la miraba con satisfacción.

    — Me encanta cómo limpias mi polla con tu boca.

    — Y a mí me encanta el sabor de tu leche —respondió Claudia con una sonrisa.

    Claudia se dirigió al baño para limpiarse, mientras Manuel se recompuso la ropa. Poco después, Claudia regresó desnuda, con sus tetas botando por los saltitos de excitación que le provocaba lo sucedido. Pasó sus brazos por detrás de Manuel y comenzaron a besarse apasionadamente.

    Claudia separó sus labios de los de Manuel por un momento y le dijo, con cierto pesar:

    — Lamentándolo mucho, mi madre y mi abuela volverán pronto, así que sería mejor que te marcharas.

    Se despidieron con más besos, disfrutando de los últimos momentos juntos antes de abrir la puerta.

    Manuel bajó las escaleras con cuidado, sintiendo aún las secuelas del intenso orgasmo que Claudia le había brindado con su ardiente mamada, sabiendo que este encuentro en la cocina había sido solo el comienzo.

    Claudia, por su parte, cerró la puerta detrás de Manuel y se apoyó en ella, su cuerpo temblando de excitación, con el sabor del deseo aún en sus labios y su mente llena de preguntas sin respuesta. El encuentro había despertado una pasión voraz en ella, una sed insaciable de explorar los límites del placer y la lujuria.

    ¿Volverían a encontrarse Claudia y Manuel en un nuevo y apasionado encuentro? ¿Se atreverían a explorar nuevas fronteras del placer juntos sin inhibiciones ni tabúes?

    Continuará…

  • Calvin mi nuevo hombre de pene grueso (2)

    Calvin mi nuevo hombre de pene grueso (2)

    Me da saliva rica y muy espesa, mientras hacía esto, se masturbaba y tenía mucho líquido preseminal, el cual llevó hasta mi boca y dejo caer gotas grande de fluidos me trague todo, lo disfrute mucho, luego de hacer esto, estaba boca abajo y me dijo que intentara tragar todo su pene, me dije no se si podría meter su miembro porque es muy grande, me dijo que con mucha saliva puede entrar un poco más de la mitad, logró tener todos su pene grande y grueso lubricado con nuestros fluidos preseminales, lo hizo poco a poco, pero como me gusta mucho el sabor de su miembro me tragaba todo, me regañaba al hacer esto y que así no podía hacerlo completo porque no iba a resbalar bien, lo intentamos otra vez, y entré arcadas pude meterme su miembro más de la mitad, me ahogaba y me excitaba mucho.

    Calvin se da cuenta que tengo fluidos preseminales, y me da ricas mamadas en mi pene, logrando acabar en su boca, cuando el se da cuenta que le llené de esperma me la da en mi boca y me la trago toda.

    Muy ricas esa combinación de su saliva espesa y mí esperma, me da en mi boca y termino tragándome todo nuestros fluidos.

    Terminando de hacer este coito, el sábado se pasó muy lento, ya pasadas las 14hrs, Calvin pide comida en rappi espress, para estar relajado y llenarnos de energía, nos vamos a duchar y termino en el cuarto de baño dándole unas ricas chupada de culo y parte del Pirineo, para darle besos rico en su glande.

    Salimos del baño y nos acostamos en nuestra cama, me aplico crema y aceite de coco en todo mi cuerpo, especialmente en mi culo, para luego ponerme mi hilo dental negro y provocar a mi hombre mientras estamos acostado, me coloco de lado y siento que su pene crece y lo coloca entre mis nalgas, solo lo frotaba para hacer tiempo mientras llega el servicio de comida, al par de minutos suena el timbre de la puerta y Calvin saca su pene de mis nalgas.

    Es increíble lo húmedo que me dejo mis nalgas metí mis dedos entré mis nalgas hasta llegar a mi ano y probé su fluido preseminal, al rato llegó con la comida y me dió unas piezas de pollos que había ordenado. Comimos hablamos y poco después, Calvin aprovecho en meterme la cabeza de su pene en mi ano para poder dormir un rato.

    Me desperté a medianoche, me tenía abrazado y tenía su pene en mi ano, me gustaba sentir la cabeza de su miembro dentro de mi, me logre zafar para levantarme a tomar agua, volví a la cama para acostarme, lo ví que dormía como un bebé, me acerque hasta la cabeza de su pene y le di besos rico… mmmm, ñami ñami, empezó a gemir mientras chupaba con suavidad y delicadeza su glande, sé que le gustaba mucho sentir esa mamada rica que le daba, me tumbe hasta su pecho y le empecé a pasar mi lengua en sus tetillas, en paralelo tome su pene y sentí lo húmedo que estaba, ya estaba duro su miembro.

    Ya nos toca follar como locos, teníamos muchas ganas de coger rico, estoy acostado boca abajo y me abre mis nalgas, empieza a masajear mi ano, lubricado con saliva para poder meter todo su pene, me dijo que me preparara, el cual me iba a meter todo su miembro, me dio un poco de susto, porque tendría en mi culo sus 29 cm de verga, Dirmero nunca pudo meter todo su pene, y ahora Calvin lo iba hacer meter todo, hasta sus huevos.

    Estaba de espaldas en cuatro y veía como masajeaba su pene grande y lo llenaba de saliva apuntando hacia mi ano, le daba golpes y empezó a meter la punta de su pene, ya mí ano estaba dilatado, lo metió con mucho cuidado y logro entrar hasta la mitad, me dio un dolor y placer al mismo tiempo, quedé enamorado de esa penetración que hizo, logro meterme su verga hasta la mitad de una sola vez, empujando suavemente hizo el mismo movimiento varias veces, hasta que sin darme cuenta ya había metido todos sus 29cms de pene en mi culo, que rico grite de emoción.

    ¡Continuará!

  • Mi casa de playa (5)

    Mi casa de playa (5)

    Día lunes, último del fin largo… Limpio la casa, acomodo todo en la espera de que mi marido llegue y regresemos a la ciudad para retomar la normalidad. Suena mi celular, es Jose y me dice luego del saludo correspondiente:

    -Verónica, no has visto las noticias?

    -No amor, por qué? Me he desconectado del mundo totalmente… Qué pasó?

    -Resulta que el puente que conduce hasta allá se cayó, producto de un fuerte accidente…

    -Qué, qué? El puente que está a 15 Km de aquí? O sea, no puedes venir a buscarme entonces? Y cuándo lo reparan, qué dicen los encargados de eso…

    Total que me explicó mi marido que tendrían que instalar un puente de guerra, etc., etc. En fin, tendía que esperar hasta el martes temprano que se habilitara la vía para que me pudiese venir a buscar… Increíble, siempre pasa algo que me hace quedarme acá más de lo planeado y sin él, como que el destino quisiese que todo lo vivido me pasase y… algo más?

    Bueno, resignada nuevamente decidí hoy sí ir a la playa, así que me duché, me puse mi hilo dental para poder broncearme bastante, un vestidito verde cortito, sombrero, lentes de sol, mi bolsito cargado con los implementos femeninos para el mar y, caminando, llegué al muelle. Allí había todavía un grupo de gente grande, aún muchas personas no se habían ido para disfrutar ese último día de agua salada y arena. Tomé un peñero hacia uno de los cayos más grandes donde sabría que podría ubicar un lugar estratégico para estar solita sin nadie que se acercarse a molestar o estar de mirones y poder tomar el sol a mis anchas.

    Llegué, di unas vueltas por la isleta hasta que conseguí el lugar perfecto: un espacio rodeado por matas y vegetación típica donde nadie me vería y estaría tranquila; diríamos que un sitio bien apartado y aislado. Tendí la toalla, una sombrilla al lado y me instalé a dorarme, previa colocación con dificultad de bronceador, pero bueno, estaba sola… Pasado un rato oigo ruidos, como de movimiento de las matas a mi alrededor. Me levanto con cierta brusquedad, nerviosa, y noto apenas una mirada que se intenta tapar con ramas. Pregunté quién era sin recibir respuesta, eso me dio miedo y me pongo a recoger todo rápidamente, hasta que entran al sitio dos jóvenes:

    -Señora disculpe, no se asuste… Es que este sitio lo tenemos como lugar de descanso mientas los turistas se divierten. Venimos aquí a tomar ron, charlar y jugar cartas.

    -Ah ok, me asustaron chicos… No pensé que alguien llegase hasta acá y me metí con la idea de aislarme del gentío, ¡perdonen ustedes por robarles su espacio más bien! Ya me voy…

    -No señora, quédese tranquila… Podemos irnos y dejarla acá, este espacio es de quien llegué primero y uste se lo ganó…

    El comentario me pareció tan simpático que les dije que podíamos compartir el sitio sin mayor problema. Se presentaron como Yon y Beto, nos estrechamos manos, se instalaron cerca de mí e iniciamos una amena conversación. Noté que evitaban fijar mucho la mirada en mí, quizás mostraban un poco de respeto de esa forma y me pareció genial. Me ofrecieron de su ron el cual mezclé con un poco de agua de coco que llevaba en mi bolso, luego empezaron a jugar cartas y me animé a jugar con ellos.

    Mientras aprovechaba colocarme en varias posiciones para que el bronceado fuese parejo, pero los tragos como que empezaron a hacer efecto en los muchachos que ya me miraban sin ningún recato, mas eso no me importaba ya, era lógico debido a mis voluptuosidades tan sólo cubiertas por poquita tela. Así que les dejé que disfrutaran el espectáculo mientras jugábamos. Pasamos un buen rato, el ron de marras también producía efectos en mí, ya que sonreía por cualquier bobada. Transcurridos unos minutos, les dije que me daría un chapuzón y volvería al rato. Me dijeron que fuese sin problemas que ellos cuidarían mis cosas, como me inspiraban confianza, lo hice y luego de bañarme en las serenas aguas, retorné al espacio escondido.

    Los chicos seguían bromeando y jugando, entre tragos y tragos. Me sequé y me tendí nuevamente al sol pero al ponerme bronceador, recordé mis limitaciones propias de cualquier ser humano así que decidí pedirles ayuda con la colocación de la loción por las partes de difícil acceso. Los ojos de los chicos se desorbitaron, uno y otro se disputaban ponerme el bronceador… Me daba risa eso, hehe. Decidí que lo echaran al azar: quien sacara la carta más alta, ese me pondría el bronceador. Ya los trataba con total y absoluta libertad y seguridad (efecto ron), entonces ganó Yon lo cual hizo que Beto pusiera la cara de decepción más tierna y triste que jamás hubiese visto. Pero bueno, así eran las reglas… Yon empezó a ponerme el bronceador con delicadeza pero con temor a pasar cerca de mis partes íntimas, así que le reproché:

    -Vamos Yon, no te dé pena chico… Debes cubrirme completica para brocearme bien…

    -Ok, ok, sí… – Me reí al notar su nerviosismo.

    Como cosa rara, el sentir las manos de ese jovenzuelo rozarme por zonas explosivas para mí, me encendieron ipso facto. Cerraba los ojos tratando de disimular, pero al abrirlos, veía al pobre Beto casi babeando y muerto de ganas por ser él quien me tocase como Yon. Notaba su entrepierna abultada, imaginaba a ese chico pajeándose pensándome, lo que ponía mis hormonas a millón…

    El estar con dos chicos desconocidos en ese lugar solitario, con poca ropa, uff, mis instintos de puta empezaban a aflorar ¡Otra vez las circunstancias me ponían frente a una posible nueva experiencia sexual! Me dejé llevar, sabía que cuando ese fenómeno llegaba a mi cuerpo, no debía luchar sino sacarle el máximo provecho. Cuando Yon terminó, lo vi de reojo también muy empalmado y eso hizo que se dibujase una sonrisa morbosa en mi cara. Los tres calientes, sudando y con el alcohol como desinhibidor pues era obvio lo que venía, por tanto, para no ser tan directa, les propuse jugar cartas apostando.

    Riendo los tres, empezamos a dejar que el azar le pusiera más picante al asunto. Colocados bajo mi sombrilla, la idea fue que quien ganara sacando la carta alta, ponía penitencia. En la primera tanda ganó Beto, no sabía que decir el pobre así que le ayudé con la idea de obligar, a Yon o a mí, hacer algo alocado. Así que le dijo a Yon que se quitara el bermuda y fuese en pelotas a darse un chapuzón… Así lo hizo permitiéndome ver su pene paradito, fue corriendo y vino igual, al tratar de ponerse el short dije sobresaltada:

    -Hey no… ¡El que se quita una prenda no pude volver a ponérsela!… – Lo dije y me ruboricé por un poco de vergüenza al delatar mi emoción de verlo desnudo.

    -Ah sí? Y si te toca a ti será igual? – Preguntó Yon.

    -¡Claro! La regla aplica para todos, hahaha… – Ya me desaté, pensé, y pa’ lante no más…

    Volvimos a jugar y, ¡tataaan…! Gané yo. Así que le dije a Beto que se quitara su bermuda e hiciera como si estuviese con una mujer copulando, con ella sostenida pos sus nalgas, ambos de pie. Beto se quedó impávido, no reaccionaba, pero entre Yon y yo le animamos, bebió un trago largo y empezó a hacer la actuación… Yon y yo, algo pegados en ese momento, nos reíamos y burlábamos, mientras Beto hacía payasadas y gritaba cosas locas.

    Observé su verga erecta y deliciosa e imaginé ser yo la que sostenía por las nalgas y penetraba aunque fuese burlescamente por la echadera de broma que teníamos. Ya mi vagina estaba empapada por todo aquello pero seguíamos en el juego. Levantamos cartas y volví a ganar, así que exigí a Yon movimientos copulatorios pero como perrito, fue delicioso verlo así, confieso, ya mi mirada era totalmente lasciva, de deseo, hervía… Otra vez las cartas, gana Yon y sin titubear me habla:

    -Ajá, ahora te toca a ti cumplir penitencia… Debes quitarte la parte de arriba del traje de baño, y acariciar tus tetas como si alguien te las estuviera besando y tocando…

    De inmediato me desprendí de mi sujetador-bañador, quedando mis pezones rosaditos y paraditos al descubierto frente a los ojos de aquel par de chicos relamiendo sus labios a verme, y más lo hicieron cuando masajeaba mis pechos, cerraba los ojos y actuaba disfrutando de unas caricias que yo misma me proporcionaba y hablaba diciendo como disfrutaba de esa persona imaginaria que me recorría con boca y manos mis abultados parachoques. Cuando entreabría los ojos veía a esos chicos tocarse sus miembros que supuraban líquido preseminal, noté que Beto se pajeaba ya con entusiasmo y, ante una posible acabada suya, le sugerí ya decidida a dejar de fingir y hacer:

    -Beto, acércate papito… Déjame masturbarte yo con mis tetas, ven…

    A la velocidad de un rayo estaba Beto con su rico pipí frente a mí, lo atrapé con mis tetas y lo pajeé tan sólo unos segundos haciendo que descargara, después de un quejido de macho excitado, su lava de semen en mi cara, cuello, tetas. Me relamía la leche alrededor de mi cara, la restregaba por todo mi torso y, en seguida, vino Yon hasta mí colocando su miembro firme y apetecible a mi lado, giré hacia él y empecé a chupárselo, bastaron unas pocas mamadas y su descarga de rica lechita espesa me la tragué entera a pesar de que fue muy abundante, pero como experta que soy, en esa posición (hombre de pie, mujer arrodillada quedando en 45 grados boca-pene) podemos las mujeres abrir más la faringe y dejar pasar líquidos con extrema facilidad.

    Se acercó Beto recuperándose de su éxtasis a proporcionarme besos en las piernas mientras yo acariciaba a Yon. Les pedí ir a lavarme al mar, regresé y ya ese par de guevos estaban como estacas, tomé un traguito de ron, iniciamos otra vez caricias y besos, por todo mi cuerpo sentía sus bocas, succionaban mis tetas con lujuria, Yon bajó mi hilo inferior que era lo único que estorbaba y me dedicó unas chupadas que hacían retorcerme de placer… Mi monte de venus, labios vaginales, clítoris, eran recorridos con su lengua mientras un dedo exploraba mi vagina, allí tuve orgasmos y orgasmos… Beto me besaba y yo le correspondía con energía propia de macho y hembra en fusión sexual, pedí a Yon metiese también un dedito en mi culo:

    -¡Qué rico mis hombres, háganme gozar mucho! Háganme su mujer y estallar por favor… Yon, mete un dedo en mi culito…

    -Si mi reina, estás tan divina y mamas rico… – decía Yon. – Te gusta te cojan por ese culo?

    -Eres lo máximo, una divinura de mujer, tus tetas, tu cintura, tus piernas, tu culo… ¡Coño que buena estás! Eres un premio para ambos, un regalo de Dios… – Eran palabras de Beto.

    -Quiero que me traten como a una puta, una cualquiera, eso quiero… me excita mucho… Y si Yon, me encanta sentir algo en el culo, un dedo, un pene…

    -Ah sí? haha, es que eso eres, una puta que se la mama a dos desconocidos y goza de verle los guevos nada más… – Inquiría el Yon. – Seguro imaginas que te la meto por ese trasero, mamacita…

    -Siiii, cójanme, me muero de ganas por sentir sus trancas dentro de mí… Estoy desesperada como perra en celo… ¡¡Quiero a uno en mi cuca y otro en el culo, ya!!

    Era primera vez en mi vida que iba a ser doble penetrada, aquello me hacía sentir loca de ganas, era lo que me faltaba por experimentar y ese par me lo iba a proporcionar. Recordé las pelis porno, hice que Beto se acostase, me monté sobre él metiendo su delicia de verga en mi vagina. Una vez acoplada, le pedí a Yon que me introdujera su miembro por el culo, con cierta dificultad al principio, buscando la postura necesaria y cómoda, el chico logró metérmela arrancándome un orgasmo majestuoso y así, iniciamos los movimientos de penetración, entre mis quejidos y sus bufadas:

    -Aaagh, aaah, coño esto es lo máximo… Qué vaina más sabrosa, aaah, denme duro muchachos, cójanme sin parar…

    -Aaaah, uufff, toma perra, toma lo tuyo…

    -Vamos hembra, goza como quieres, con dos guevos dentro de ti… Eres demasiado puta, una zorra tirona, aahhh…

    -Si, si, aaay, agh, soy una zorra… Una puta que al verles desnudos quise que me cogieran, quise chupárselos porque me provocó, aagh, porque ver guevos me mata de ganas, coñooo…

    Mis palabras, el grado máximo de excitación, arrancaron orgasmos en mi ser al tiempo que Beto acababa y yo le apretaba con mis músculos vaginales para exprimirlo todo. Yon seguía vapuleándome, yo gritando de sentir aquellas dobles estocadas, la verdad es el máximo placer, lo juro… Y allí Yon se vació en mi ano, haciéndome temblar de gozo al sentir su venida. Quedamos un rato en aquella posición, gimiendo, mientras sus penes bajaban su tamaño hasta que nos separamos poco a poco.

    Tirados allí, parte sobre mi toalla, parte sobre la arena, nos besábamos y tocábamos mientras elogiaban mis dotes de puta. Comentaban que jamás habían hecho algo así, y les dije que yo tampoco, que era la vez primera que me cogían dos hombres simultáneamente y que para mí, había sido la mejor cogida de mi existencia. Nos pusimos las ropas, nos dimos un baño en las aguas tranquilas y, como era hora de regresar a tierra firme, los invité a mi casa. Por supuesto, imaginarán quienes leen mis relatos que aquello fue apoteósico: sexo y más sexo, mamadas, cogidas en variantes posturas, intercambio de guevos por mis agujeros, me insultaban, me daban nalgadas; todo lo que pudimos inventar lo inventamos mis dos nuevos amantes y yo.

    Disfruté una vez más hasta el cansancio, y llegada la noche, los chicos se retiraron a sus casas dejándome bien cogida, con mi dilatado ano y nalgas ardiendo de dolor y gusto, mi cuca satisfecha llena de semen, mis labios hinchados de tanto besar y chupar, mis pezones hiper sensibles de tantas succiones… Y así concluyó mi saga de fin de semana largo, sabiéndome la más puta de todas las putas y probando toda clase de variedad en el sexo.

    FIN

  • Viaje de cinco estrellas

    Viaje de cinco estrellas

    Hola queridos, soy Tania love y les quiero contar como siempre lo hago una de mis historias completamente reales. Esta ocurrió apenas hace unos días, como les conté en los relatos anteriores, ya no me visto de nena (bueno, no completamente, siempre llevo medias o alguna tanguita) he descubierto que atraigo a los hombres así, vestido de «hombre» y me gusta mucho.

    Bueno, el punto es que me tocó trabajar por la noche al sur de la ciudad cerca de Taxqueña, ya era tarde para llegar y decidí tomar un servicio de taxi por aplicación.

    El auto llegó y subí, «buenas noches» me recibió amablemente el chofer, que rondaba los 30 años aproximadamente. Iniciamos el viaje y nos tocó pasar por Tlalpan (quién vive en México sabrá que ahí se encuentran muchas chicas ofreciendo sus favores y servicios) el muchacho se veía ansioso, como si necesitara un buen momento y mi mente comenzó a volar…

    ¡Ah qué rica está esa nena! Me dijo refiriéndose a una de las chicas que ahí se ofrecían. «Mmmm es hombre» le dije una vez que giré mi cabeza para verla. «En serio? Bueno no me importaría, se ve deliciosa» contestó con una mueca pícara «así como ando le doy a cualquiera» sus palabras me comenzaron a calentar (bueno eso no es difícil jaja)

    «De verdad lo harías sabiendo que es hombre?» Le pregunté con tono coqueto iniciando el ataque. «Claro, ya lo he hecho antes y son más caliente que una mujer» yo le dije «si, eso me dicen siempre y me gusta…» Al escuchar mi respuesta sus ojos brillaron y me preguntó «te lo dicen? Así que tú también lo has hecho?» «Mmm más bien me lo han hecho» él ya muy entusiasmado voltea y me dice «¿No te animas ahorita? Vengo bien caliente»

    Yo sin pensarlo dos veces le dije que sí, él inmediatamente buscó una calle solitaria y oscura, me dijo que me pasara al asiento de adelante y así lo hice. Sin mediar palabra comencé a acariciar su paquete sobre su pantalón y me di cuenta que de verdad estaba muy caliente, me preguntó que si me gustaba por la boca y por supuesto que le dije que es mi especialidad.

    Apresuradamente bajo el zipper de su pantalón mientras yo me acomodaba en el asiento del copiloto, hacerlo en un coche me fascina y ya tengo mis posiciones favoritas, me arrodillé en el asiento bajando mis pantalones hasta las rodillas dejándole ver mis pantimedias, él me dijo mamacita qué rico culo tienes, yo sin perder tiempo comencé a saborear la cabeza de ese miembro que más bien era normal, media unos 15 cm y no era tan ancho así que no fue un gran reto para mi boca experta.

    Pasé mi lengua por todo su tronco y al llegar al glande junté mis labios apretando un poco mientras mi lengua lo recorría completo poniendo especial atención en su boquita, su respiración se hacía cada vez más intensa mientras me decía putita qué rico te lo comes te gusta? Yo con la boca llena solo podía asentir con la cabeza y con leves gemidos. Sus manos no paraban de acariciar mis nalgas de manera desesperada y sus dedos en un momento buscaron mi ano que yo los esperaba ansioso.

    Así en esa posición y ofreciendo todo de mí comencé a recibirlos, primero uno, después dos hasta que logró meter el tercero, yo ya estaba que ardía de la calentura! Creo que me excedí en la mamada porque de repente empezó a gemir muy fuerte y tomó mi cabeza haciendo que me comiera toda su herramienta hasta la garganta, después sin aviso alguno comenzó a eyacular muy abundante y fuerte, podía sentir toda su leche en mi garganta, al sentir que se venía comencé a succionar fuerte para no dejar ni una sola gota, me tragué toda esa deliciosa leche y después me dediqué a limpiar con mi lengua cualquier indicio de semen.

    Yo tenía demasiadas ganas de ser cogida muy fuerte, sin embargo él me dijo que ya había terminado y me agradeció con una palmadita en las nalgas… Uff me quedé con muchas ganas! Sin embargo estaba satisfecha por haber realizado mi buena acción del día jijiji.

    Me llevó a la dirección a donde iba, afortunadamente llegué a tiempo, no me cobró nada diciéndome que me lo había ganado por ser una putita tan caliente.

    Así llegué a mi trabajo a tiempo pero con muchas ganas de verga… Ni hablar otro día será.

    Gracias por leer queridos, como siempre les dejo mi correo para que me mantengan calientita con sus mensajes [email protected]

    ¡Besos!

  • Me vengué de mi ex por serme infiel

    Me vengué de mi ex por serme infiel

    Esto pasó hace poco más de un año. Yo estaba tranquila estudiando hasta que me llega un mensaje el cual respondo horas después, es un mensaje del grupo de mis amigas diciendo que mi novio (ahora ex) me puso los cuernos con una chica de una discoteca. Yo me mareaba con solo pensarlo, me dijeron todo, el donde fue e incluso la hora a la que pasó. Es cierto que mi ex se iba mucho de fiesta, pero yo no sospechaba nada, pero sabiendo eso empecé a pensar en las veces que me habrá puesto los cuernos. En su momento me sentía fatal, sin ganas de hacer nada, pero este relato no va de contaros de como estaba triste, sino de como me vengué de él.

    Básicamente, hace tiempo en una fiesta con mi ex conocí a un chico con el que hice buenas migas, me caía bien y nada más, pero a mi ex le daba celos que me juntase con él, de hecho quedaba poco con el chico por mi ex. Después de unos días tras la revelación decidí escribir a este chico (al cual llamaremos Mateo) y decidimos salir de fiesta, mis intenciones eran claras como os podéis imaginar.

    Llega la noche de la fiesta en la cual iba a quedar con Mateo y unas amigas mías. Mi ex no sospechaba nada, ya que yo apenas salía de fiesta. Para esa noche me puse un vestidito ajustado de color negro, unas converse y un tanga de color negro.

    Fuimos a la discoteca y empezó todo muy bien, bebimos algo de alcohol pero no demasiado, lo suficiente para estar animados, yo me empecé a acercarme a él y seducirlo ya sea rozándole o porreándole o diciéndole cosas sugerentes. Todo fue redondo, a la hora nos empezamos a liar en mitad de la fiesta, yo pegaba mis tetas sobre su torso (cabe recalcar que no llevaba sujetador) y a la vez sentía como su miembro crecía en su pantalón.

    –¿Nos vamos a un lugar más íntimo? –Dijo él.

    –Sí mejor. –Respondí con una sonrisa.

    Antes de irnos se lo comenté a mis amigas para que no se preocupasen y nos fuimos de la discoteca. Tras un buen rato caminando llegamos a la casa de sus padres, por suerte ellos no estaban, fuimos a su habitación y nos seguimos besando pero con más pasión, él me tocaba las tetas mientras que yo acariciaba su pene por encima del pantalón. Después de un rato le empiezo a quitar la camisa, luego las zapatillas, después el pantalón y por último su bóxer. Su pene estaba duro y mojado, me encantó saber que después de un año probaría otra polla que no fuese la de mi ex, después de un rato de manosearla empecé a darle una buena mamada: al principio lenta hasta aumentar mi velocidad y hacer alguna que otra garganta profunda.

    Después de empapar toda su polla con mis babas, me quité las bragas, él me subió el vestidito y me tumbé en su cama.

    –Cómeme el coñito. –Dije seductoramente.

    –Claro que sí.

    Puso su cara entre mis piernas y empezó a lamerme la vulva de abajo a arriba, yo empujaba su cabeza contra mis labios a la vez que me tocaba por encima, después del oral él se levantó y se empezó a poner el condón. A su vez yo aproveché para quitarme el vestido y las zapatillas quedándome totalmente desnuda.

    –Métemela toda. –Le dije.

    –Como se nota que eres una puta. –Me respondió.

    Lejos de ofenderme me prendió, me puse en cuatro y él empezó a penetrarme lentamente, yo me sentía cada vez más satisfecha, siendo follada y poniéndole los cuernos a un infiel. Por mi parte empecé a empujar mi coño contra su polla para así hacerlo más rápido que es como me gustaba. Tras un buen rato de estar en cuatro empecé a temblar y gemir cada vez más alto hasta alcanzar mi preciado orgasmo.

    Después cambiamos de pose, él se tumbó y yo encima de él empecé a cabalgar sobre su pene mientras Mateo me agarraba mis pechos los cuales no paraban de botar al mismo ritmo que yo lo hacía. A pesar de tener las piernas cansadas con lo cachonda que estaba no paré de cabalgar como una desquiciada, escuchaba como los golpes entre mi cuerpo y el suyo se hacían cada vez más húmedos lo que me prendió aún más hasta, por segunda vez, entre temblores y muchos jadeos y gemidos, logré alcanzar mi orgasmo.

    No contenta con eso, decidí probar un anal. Agarré un lubricante que tenía en el bolso y lo solté sobre su miembro mientras se lo masajeaba un poco, a su vez me restregué lubricante por mi ano para que la penetración fuese más fácil. Me puse en cuatro de nuevo diciéndole:

    –Ya sabes, ahora por el culo.

    Sin decir nada acercó su pene a mi ano y empezó a metérmela lentamente, yo no estaba muy acostumbrada a hacer anales pero para esa ocasión me dio igual, a pesar de que me dolía también me daba placer, después de un rato de meterla y sacarla aumentó su ritmo, sentía como su pene me abría mi agujero y como hacía fricción con los bordes de mi ano.

    Tras un buen rato de dolor y placer en el cual mis gritos fueron de placer más que de dolor él soltó un «me voy a correr». Rápidamente olvidándome de mi dolor, le dije que la sacara y que se corriese en mi boca, no sin antes grabarlo.

    Rápidamente agarré el móvil, puse la cámara de selfie, empezando a grabarme a mí haciéndole una mamada tras sacarle el condón y cuando empezó a correrse dentro de mi boca me saqué su polla y dejé que se corriese en mi cara, terminando el video mirando a cámara con mi cara entera de semen y lanzando un beso al aire.

    Me lavé en el baño y me puse de nuevo el vestido, volví a la fiesta y de ahí a mi casa agotada y con el culo reventado, me duché y rápidamente me eché a la cama durmiéndome instantáneamente. A la mañana siguiente me desperté dolorida y cansada, escribí a mi ex y le mandé el video, luego le solté unos mensajes expresando mi odio y al final bloqueándolo, terminando así mi infidelidad.

    Espero que os haya gustado el relato tanto como a mi escribirlo aunque vivir la experiencia fue increíble a la par de dolorosa, que tengáis un buen día o noche.

    Besos.

  • Conociendo a mi alumna (1)

    Conociendo a mi alumna (1)

    Hola comunidad de CuentoRelatos. Les traigo esta breve narración, la cual está dividida en cinco partes. ¡Que las disfruten!

    Era verdad: después de once años de dar clase a chicos en la universidad, todo se vuelve rutinario. Las mismas preguntas, el mismo guion. Los acostumbrados ojos de asombro cuando se les da una estrategia audaz en un juicio, y su desilusión cuando algunos no consiguen la calificación que aspiraban.

    Eso era lo que iba pensando mientras subía las escaleras hacia el salón de debates que ese semestre me habían asignado. ¿Cuánto tiempo faltará para jubilarme? Volví a especular con una media sonrisa: aun muchos años. Acababa de cumplir cuarenta y ocho, y alcanzar una pensión ni siquiera se vislumbraba en mi horizonte lejano.

    Suspiré antes de entrar al salón. No es que me sintiera viejo, pero la existencia ya me estaba adeudando algunas ilusiones. ¿Mujeres? Algunas, ni pocas ni en demasía. Seguramente la falta de galanura la suplí siempre con exceso de labia. Pero no, ahí no estaba el problema. Quizá lo que me hacía falta eran retos. Profesionales, empresariales, amorosos o creativos, lo que fuera. Algo que al fin me hiciera sentir vivo.

    En fin, crucé la puerta. Ahí estaban mis futuros abogados, poniendo sus miradas expectantes sobre mí, al tiempo que invariablemente empezaban a medirme. Era inevitable, aunque eso también me divertía. Los primeros días los hacía padecer diciéndoles que el semestre sería de pesadilla, y ya después les iba soltando las riendas para que se fueran relajando.

    Saludé a la concurrencia mientras veía como todos tomaban asiento. Les hablé del curso, de las complejidades del Derecho Corporativo y de lo que esperaba de ellos. Cuando llevaba un rato de haber empezado, alguien tocó a la puerta. Con desgano le pedí a un alumno que abriera y una chica a quién no le di importancia entró disculpándose. Ni la volteé a ver, molesto porque me interrumpiera en una de las partes más complejas de mi exposición.

    Al terminar la clase, fue precisamente ella la que me abordó:

    -Buenos días, Dr. León. Le debo una disculpa: la matrícula estaba equivocada y me habían enviado a otra aula.

    Yo estaba arreglando mi portafolios y no había reparado en ella, pero esa excusa me pareció muy pueril.

    -Mire señorita… -Le dije cuando al fin volteé a verla, pero no fui capaz de continuar la frase. Me sorprendió lo bonita que era.

    -Daniela Riuz. -Respondió ella con una sonrisa que desde luego tenía estudiada.

    Conseguí reponerme de esa primera impresión y le dije lo primero que se me vino a la cabeza:

    -Escuche señorita Riuz. No tengo tiempo para escuchar excusas, solo le pido más puntualidad. Es la formación de todo abogado. ¿Usted cree que la van a esperar en una audiencia?

    -Lo siento doctor. No volverá a ocurrir. -Contestó, y verla bajar la guardia no ayudó a que la viera menos agraciada.

    -Está bien, por hoy pasa. Nos vemos mañana.

    -Aquí estaré en primera fila. -Aseguró, mientras me obsequiaba otra efímera sonrisa y se daba la vuelta para salir.

    No quise voltear; me sentí incómodo. Estaba seguro de que ella se había percatado de mi lapsus, e íntimamente le había causado gracia. «Otro idiota al que mi belleza deja turulato» ha de haber pensado. Y está bien, lo admito: por un momento me dejé llevar. Pero estaba claro que no iba a pasar de nuevo.

    Me equivoqué. Al llegar al aula al día siguiente, Danna estaba sentada efectivamente hasta adelante. Esa no era en absoluto una mala señal, revelaba que se trataba de una chica atenta que deseaba aprender. El problema ahora era su atuendo, que no solo era sexy sino sugestivo. Llevaba puesta una minifalda obscura por encima de medias de color piel, y una blusa ejecutiva de tono beige -elegante, para ser honesto- muy ceñida al cuerpo. La tela tenuemente brillosa, apenas transparente, dejaba ver un par de pechos grandes, simétricos, imposibles en una muchacha cuya cintura se adivinaba estrecha. Me pareció evidente que se había vestido así para alguien. Quizá para un novio con quién recién hubiera discutido, a quien quisiera mostrarle el monumento de mujer que podía perder. O tal vez para un pretendiente que necesitara un empujón…

    -Doctor ¿va a empezar la clase? -me pregunto en ese momento un chico llamado Esteban, en lo que algunos estudiantes reían por lo bajo.

    -Si, desde luego.- Le respondí, mientras una sensación de ridículo me envolvía.

    Caminé por entre los escritorios y empecé mi cátedra. No voltear a verla, esa sería mi estrategia. Darle la clase a todos los demás y fingir que esa alumna no se encontraba. Ahí estaba la fórmula para contrarrestar el influjo que Daniela empezaba a tener en mí.

    -¿Entonces en qué sentido debería estar planteada la demanda? Escuché de pronto una voz que requería mi respuesta. Y claro, era ella. Por un instante no contemplé ese detalle, pero si, también era estudiante y tenía derecho a participar.

    ¡Carajo! Pensé, y me volví hacia su lugar, resignado. Comencé a explicarle, pero conforme hablaba yo, ella parecía no prestar atención a lo que decía. Sus ojos iban hacia los míos, sugerentes y desafiantes, al tiempo que su boca parecía brillar un poco más. No quise interpretar esa mirada, no podía ni siquiera intentarlo, pero cuando me percaté, me di cuenta de que me había provocado una gran erección.

    – ¿Si fue claro? -le pregunté al concluir mi explicación.

    Ella solo movió la cabeza, y una pícara pero sencilla sonrisa se mostró en su cara. Supuse, vencido, que ella había notado en mis pantalones lo que me había estimulado sin siquiera tocarme.

    Era oficial: el semestre iba a ser muy largo.

  • Fue como la primera vez

    Fue como la primera vez

    El fin de semana recibí una llamada telefónica de una de mis hermanas. Me pedía de favor si le hacía compañía el domingo por la mañana ya que su esposo y su hijo acudirían a ver un partido de futbol al estadio.

    Le pedí a mi esposa que me acompañara para ese día, pero ella ya tenía un compromiso con un familiar por lo que tuve que ir solo a visitar a mi hermana.

    Llegué justo cuando mi cuñado y su hijo salían rumbo al estadio y les pedí que se fueran con mucho cuidado y que les fuera muy bien. Les dije que no se preocuparan por mi hermana ya que me quedaría con ella hasta que regresaran.

    Al quedar a solas me ofreció desayunar con ella a lo que accedí de buen agrado, ya que ella se distinguía por ser muy buena cocinera. La acompañé a su cocina para seguir platicando mientras ella preparaba el almuerzo. Platicamos de cosas triviales de nuestros matrimonios mientras desayunábamos.

    Cada vez que se levantaba para servir el siguiente platillo, la seguía con la mirada, ya que ha decir verdad, mi hermana en la actualidad tiene un cuerpo muy bien formado con unas piernas bien torneadas y un par de senos esplendorosos, los cuales los lucía con el escote del vestido que traía puesto, muy diferente a la jovencita que fue.

    Cada vez que me ofrecía algo quedaba frente a mi y al colocar el plato o la bebida dejaba ver ese par de hermosos senos que casi salían de su escote. Sin duda se dio cuenta que me esforzaba por no mirarlos, pero era imposible no fijarse en ellos, se veían tan lindos que invitaban a querer mirarlos más tiempo y, porque no, a acariciarlos.

    Ella sonrió al verme un poco perturbado, seguramente no pensó en lo que me había provocado, por lo que continuó con esa forma de presentarse enfrente de mí.

    Cerré los ojos y vino a mi mente un recuerdo que lo tenía muy bien guardado, de una ocasión de que estuvimos a solas en nuestra juventud y tuvimos un encuentro íntimo.

    Al veme mi hermana así, me preguntó que si me pasaba algo, le dije que no, que simplemente me había venido un recuerdo de hace tiempo. Visiblemente interesada me preguntó de qué se trataba, pero solo me limité a decirle lo diferente que se veía ahora de cómo era cuando joven.

    ¿Ah, sí? ¿cuáles diferencias? Me cuestionó.

    Bueno, le dije sonriendo, mira tu cuerpo, realmente luces espectacular.

    ¿Y qué tiene que ver con lo que recordaste? Me volvió a cuestionar.

    Bueno, le dije con cierto balbuceo, no sé cómo decírtelo, fue algo que en aquel momento que ocurrió fue parte de una experiencia que tuvimos. Jamás hablamos de eso. Pensé que en algún momento me ibas a acusar o a reclamar.

    ¿Te refieres a…? y dejó la frase sin terminar.

    Sí, de aquella vez que tuvimos un encuentro íntimo, acababas de cumplir 18 años y yo tenía 19, yo solo quería saber qué se sentía… y dejé la frase inconclusa.

    ¡Coger! Ella lo dijo. Y así fue, nunca lo hablamos ni me preguntaste si me había gustado o algo parecido. Pero en aquel tiempo yo también quería saber qué se sentía, algunas de mis amigas platicaban de eso y me preguntaban si ya lo había hecho alguna vez.

    Durante algún tiempo me sentía muy desesperada por encontrar a alguien que me hiciera el favor, no tenía novio por aquel entonces y recuerdo que cuando pasó lo nuestro estábamos solos en la casa y estabas viendo una revista de adultos.

    No te diste cuenta que te estaba observando a través de la ventana de tu cuarto y notaba que mientras veías la revista te tocabas ahí abajo. Yo esperaba con cierta emoción que en algún momento dado sacaras tu pene de entre tus ropas e imaginarme tenerlo dentro de mí.

    No sabía cómo pedir que me cogieras, pero se me ocurrió entrar a tu cuarto a ver qué pasaba.

    De haber sabido que tenías esa necesidad lo hubiéramos platicado abiertamente. Pero sí recuerdo que en aquella ocasión, cuando entraste a la recámara, yo tenía muchísimas ganas de coger y cuando entraste y te quedaste ahí observándome me toqué el pene y … el resto es historia.

    Yo tampoco lo olvido, me dijo mi hermana, cuando te tocaste el pene yo me acaricié el trasero y lo giré para mostrártelo y pedirte, sin decir ninguna palabra, “quiero sentirte dentro de mí”.

    Sí, me levanté y te toqué las nalgas, la verdad no sabía que hacer, yo solo quería meter mi pene dentro de ti. No hubo besos ni caricias, solo coger.

    Sí, lo recuerdo, no sabías qué hacer por lo que tuve que tomar la iniciativa y levantarme la falda, que por cierto, antes de entrar a tu cuarto me había quitado la ropa interior.

    Ahora entiendo por qué no traías puesto nada, pero bueno, nos facilitó la acción, ya que cuando te acomodaste arrodillándote en la orilla del sillón y al levantar tu falda, vi tu delicioso trasero y lo que más me llamó la atención fue lo rosado de tu orificio anal.

    ¿Fue por eso que lo metiste por ahí? Me “reclamó” mi hermana.

    Pues sí, realmente fue mu provocador ver tu orificio ligeramente abierto, aunque me di cuenta que estabas totalmente húmeda de la vagina, por lo que tuve que utilizar esa humedad para lubricar mi pene y cogerte por ahí. Así fue nuestra experiencia. Terminé dentro de ti y saqué mi pene y saliste corriendo. Después ya no supe más.

    Cuando salí de ahí me fui corriendo hacia el baño, me dijo mi hermana, ¿y sabes lo que hice?

    No, nunca me imaginé, pensé que habías salido corriendo porque te asustaste.

    No, no fue así, es como dices, de haber sabido cómo hacer el amor, seguramente hubiéramos tenido intimidad de otra manera, todo fue tan rápido.

    Pero dime, la interrumpí, ¿qué fue lo que hiciste en el baño?

    Bueno, como te dije, algunas amigas platicaban de eso y de otras cosas, como por ejemplo saber cómo era el semen masculino y que si ya lo había probado. Después de que te corriste dentro de mi ano fui al baño y rescaté algo del semen que tenía dentro de mí y lo bebí.

    ¿Y…?

    Pues no me gustó tanto, pero después de saber que era la culminación de una rica cogida me hubiera gustado recibirlo directamente en mi boca.

    En ese instante suspiré, después de tanto tiempo de zozobra de lo que hubiera pasado si nos hubieran descubierto nuestros padres quién sabe qué hubiera pasado, pero al escuchar los recuerdos de mi hermana suspiré de alivio.

    De haber sabido que lo tomaste de buena manera me hubiera gustado seguir experimentando contigo tantas cosas en aquellos tiempos.

    Pues sí, pero por algo la vida nos condujo por caminos diferentes, no recuerdo haber tenido otra oportunidad similar. Concluyó mi hermana.

    Así es, ahora como adultos las cosas serían diferentes. Podemos hablar abiertamente de nuestras necesidades y fantasías. Le dije ya más en confianza.

    ¿Tienes alguna necesidad o fantasía ahorita? Me insinuó mi hermana.

    Le respondí inmediatamente: “quiero cogerte como la primera vez”.

    Sí, yo también quiero, me dijo al mismo tiempo que suspiraba.

    Pero ya que va a ser como la primera vez, dame un segundo.

    Se levantó y se fue a su recámara, pero volvió inmediatamente.

    Ven, vamos a la sala, tomándome de la mano.

    Al llegar ahí se acomodó de la misma manera, aunque ahora su trasero era más redondo y más espectacular, se tomó de las nalgas y las separó un poco dejando al descubierto la entrada de su orificio anal, también me di cuenta que no traía tanga ni pantaleta.

    ¿Sabes? Le dije provocativamente.

    Te voy a coger como aquella vez, pero después será con todo aquello que no experimentamos.

    ¿te parece?

    Sí, estoy de acuerdo.

    Metí mi pene un poco sobre su vagina, totalmente humedecida, lubriqué el miembro y lo conduje a su entrada anal, empujé suavemente hasta llegar al fondo y me mantuve ahí durante un largo tiempo, después comencé a cabalgara metiendo y sacando mi pene a un ritmo acompasado mientras ella se agitaba intensamente. Parecía como si tuviéramos largo tiempo de tener relaciones íntimas ya que nos amoldamos perfectamente.

    Pero justo antes de eyacular en sus entrañas, me suplicó que en esta ocasión terminara en su boca, quería recibirme ahí porque eso la volvía loca. Y así fue, descargué en su boca y lo demás lo contaré en la siguiente parte…