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  • Una noche con mi sobrina

    Una noche con mi sobrina

    Hola, les voy a contar lo que sucedió cuando me fui a cuidar una casa con mi sobrina, cambiaré los nombres para proteger la identidad, soy David, tengo 26 años, mido 1.77, delgado y mi sobrina Pilar de 25 años, mide 1.68, delgada y de pocas proporciones corporales, pero si tiene un buen culito que se lo come todo.

    Esto pasó un 30 de mayo, le hablé por WhatsApp a mi sobrina como una conversación casual, y me dijo:

    D: Hola Pilar que tal

    P: ¿bien tío y tú?

    D: bien, trabajando, aunque mas tarde me voy a cuidar una casa

    P: ¿de quién?

    D: de una señora, ¿vamos?

    Como demoró en responderme y yo ya estaba en la casa le dije que mejor para mañana, y que no le diga a nadie que me va a acompañar a cuidar. Ella aceptó, nos quedamos en vernos al frente de mi trabajo al acabar la jornada, compramos hamburguesas y una coca y nos dirigimos a la casa en la moto.

    Llegamos a la casa y me dispuse a instalar la laptop con los parlantes para ver una peli mientras cenamos, ya después de dos películas nos fuimos a dormir, lo malo es que había una cama y un colchón, así que le dije para dormir en la cama como que la acompaño ya que se escuchaba a una mujer llorando, nos dispusimos a dormir y como a las 3 de la mañana me dieron ganas de coger, estuve dando vueltas y vueltas en la cama, hasta que mi sobrina notó que estaba inquieto y me preguntó:

    P: ¿qué tienes?

    D: nada, que me han dado ganas de coger

    Estuvimos hablando sobre temas intimas hasta que le dije:

    D: y si hacemos un pacto y cogemos

    P: ¿qué?, no ya que tú eres mi tío y hay que respetar a la familia

    D: ándale si, nadie lo va a saber, además es solo sexo

    P: no, ya que solo lo he hecho con una persona

    No les conté pero en ese momento ella estaba peleada con su novio, así que era una posibilidad para coger, comencé a acariciar su vagina, encima del pantalón claro, y luego subía a su senos, así estaba intercalando hasta que se comenzó a excitar, le bajé el pantalón sin dejar de masturbarla e hice lo mismo con mi pantalón, le metía los dedos en la vagina mientras le besaba el cuello, hasta que pegue mi pene en su culo y le hablaba al oído para meterle, ella aún seguía entre gemidos diciendo que no, pero yo insistía.

    D: vamos, quiero cogerte

    P: no tío, respeta a la familia

    D: vamos, he traído condón

    Como que se la pensó un poco y al final aceptó, me levanté rápidamente a ver el preservativo y me lo coloqué, regresé a la cama y mi sobrina ya tenía el calzón abajo y dándome la espalda, le metí mi pene en su conchita, estuvimos haciéndolo casi por 8 minutos en la misma posición hasta que me vine a chorros, me hubiera gustado venirme adentro, pero no se pudo, espero volver hacerlo con ella ya que le estoy hablando para repetir lo de esa noche.

    Bueno chicos es un relato corto, espero les haya gustado, gracias.

  • Te recojo en la esquina (Parte 1 de 3)

    Te recojo en la esquina (Parte 1 de 3)

    Esto sucedió durante un verano. Llevaba tiempo chateando en una app con varias chicas, escribiendo las guarradas que les haría en persona como forma de romper el hielo. Muchas me bloqueaban o no me contestaban, pero algunas respondían excitadas y contestaban para hacer sexting.

    Ana no. Ella contestó con un sencillo «cuando quieras aquí estoy». Eso me llamó la atención. Chateamos más, pero en resumen no parecía interesada en sexting, solo en quedar y que la follase duro, la azotase y la usase a mi antojo.

    Lo malo es que no vivía en mi ciudad, así que tendría que darme un paseo y reservar un hotel para poder vernos.

    Me la jugué y quedamos en que ese sábado por la tarde la recogería en coche. Y que viniera en vestido o minifalda, que saldría de mi coche sin bragas.

    El día antes, sin embargo, me dijo que tenía que decirme que le había bajado la regla. Le dije que si a ella no le importaba a mi tampoco, que así estaría más cachonda.

    Así que me planté en el hotel, hice el check in, y le escribí. Me dijo que vivía cerca de una calle que hacía esquina con la avenida donde estaba mi hotel.

    «Perfecto, te recojo en la esquina en 20 minutos». Me gustaba la idea de hacerla esperar en la esquina con minifalda y top, y que se subiera al coche de un desconocido. Se sentiría como una puta antes de empezar siquiera.

    Cuando llegué con el coche, allí estaba, bien sexy, demasiado para esa hora de la tarde. Paré a su lado, se acercó a mi puerta y por un momento sentí que dudaba si subirse. Normal. Pero se subió. Hola qué tal. Bajo la minifalda, unos ligueros verdes.

    Le puse la mano en la pierna mientras le preguntaba si estaba nerviosa. «No, tu sí?» fue lo que me dijo. Me reí un poco, y contesté que no. Era muy guapa, aunque con las gafas de sol que llevaba aun no sabía cuanto.

    Solo estábamos a 3 minutos del hotel, pero empecé ahí mismo a deslizar mi mano por sus muslos. Definitivamente no estaba nerviosa. La oía gemir y suspirar con cada roce. «Si que estas cachonda» le dije. Ella solo me sonrió con lascivia.

    Le retiré la falda hacia su cintura para ver bien sus braguitas semi transparentes. Rocé por encima de ellas un poco y luego las aparté para ver bien su joven chochito depilado. Y empecé a hurgar con mis dedos en él.

    Recuerdo que se agarró al sujeta manos del techo mientras soltaba jadeos cortos.

    Nos detuvimos en un semáforo, y yo seguí tocándola mientras un joven en motocicleta, en sentido contrario, casi de frente a nosotros, no perdía detalle. Noté que eso a ella le ponía aún más.

    No quise quitarle las bragas por si me manchaba de sangre la tapicería. Habría tiempo en el hotel.

    Bajó con las piernas temblonas, y yo deseando llegar a la habitación para usar con ella todos mis juguetes y cumplir mis pervertidos deseos en su carne. Pronto descubriría que su deseo y gusto por el dolor no tenían límites…

  • Una mañana del viernes

    Una mañana del viernes

    Hace años que tengo una relación con un hombre casado, pero sin dolor ni presión alguna, no quiero compromiso serio con nadie, pues ya tengo un compromiso con mi padre hasta que Dios lo llame a su encuentro.

    Él viene a mi casa de vez en cuando, cuando sus compromisos se lo permiten. Generalmente viene los viernes, este viernes llegó muy temprano, yo sola en casa, así que llega con mucho deseo acumulado.

    Entro a mi habitación y cuando lo sentí, me rodé en la cama para que se metiera bajo mi sabana. Entró, me abrazó. Disfruto de ese silencio que hacemos en ese momento. Él se calma del agite del camino hasta mi casa y se acopla a mi paz, mi tranquilidad.

    Es así como empezó a besarme, la espalda, las orejas, mete sus manos hasta mis tetas, hasta que me obligó a voltear para besarme, y comienzan los besos ricos, largos. Nos desarropamos y le dije que buscara la crema, él sabe que me encantan los masajes, así que toma la crema y yo me pongo boca abajo y comienza a masajear mi espalda hasta mis nalgas, una y otra vez, para mi así comienza el disfrute.

    Minutos más tarde colocó su polla a la altura de mi cara y me dice “este es el masaje que siempre quiero”. Así que inmediatamente me incliné y comencé a masajear con mi boca. Comienzo por su glande, poco a poco en cada entrada voy metiendo un poco más adentro hasta que la meto todo en mi boca. De vez en cuando la saco y lamo desde abajo hasta arriba, paso la lengua por sus bolas y vuelvo a entrar, respiro en su glande. Es una mamada larga y en momentos él me lo mete con fuerza en la boca como follando mi boca y agarra mi cabeza con fuerza, por un momento pierde la idea y lo metió tan adentro que comencé a toser, tuve que pararme, tosía y tosía, sentí que no lograba tomar aire, me asfixiaba, él intentó darme por la espalda pero yo busque una botella en la mesa de noche y tomé agua, y comencé a respirar con calma de nuevo. Cuando pasó el susto, nos reímos jajaja.

    Luego descanse y me tiré boca arriba en la cama y tomó el turno él, fue a mi coño y comenzó a lamer mi clítoris que ya estaba hinchado y yo a sentir su lengua, la punta de su lengua escudriñar mi coño, sentir como me lame, me hizo perder el sentido, comencé a gemir, a decirle lo mucho que me gusta, que me encanta, siento que tiembla mi cuerpo, agarro con fuerza su cabeza y viene un primer orgasmo y disfruto a plenitud, ya estoy totalmente mojada.

    El me invitó “móntate sobre mi” entonces él se tira en la cama y tomé yo el control. Me subí sobre él, metí su polla en mi coño y comencé a cabalgar. Él me dice “cógeme duro” y yo me muevo de arriba abajo, me acoplo sobre él, luego me acerque la besé y metí una teta en su boca, luego la otra y sigo con fuerza sobre él. Me echo hacia atrás, luego hacia adelante y me muevo como si bailara tambores sobre él. Me dijo “si me corro no respondo” y entonces paré. Le dije:

    -No, no te corras todavía, paremos un momento y alarguemos el disfrute.

    Se paró, fue al baño y lavó su polla para bajar la presión jajaja, yo también fui al baño y cuando regresé a la habitación estaba sentado en la cama, yo me arrodillé frente a él y comencé a mamársela y se fue poniendo gruesa de nuevo. Lo empuje hacia atrás, le quedan los pies aun en el piso y cuando le mamó así gime muy alto. Creo que ya no aguantaba y me tomó de la mano y me llevó a montarme en la cama y busca la posición para darnos sexo oral los dos, mientras lo hace, mete su dedo en mi culo y comienza a estimularlo, mientras lame mi clítoris… umm una delicia.

    Llegué de nuevo a un orgasmo y entonces él se paró y me pidió que me volteara, me penetro por el coño de atrás hacia adelante y ya casi que llegaba, pero le dije que pusiera aceite en mi culo y me penetrara por detrás. Así lo hizo, me hizo varias embestidas hasta que lo escuche gemir, fue como un relincho de un caballo lo que escuche, y supe que había llegado, echo todo su semen dentro de mi culo y me deje caer al frente, el cayo al lado mío, nos acomodamos uno al lado del otro y volvimos a hacer ese silencio divino, el silencio que une más que una conversación en ese momento.

  • Trío con papá y una desconocida

    Trío con papá y una desconocida

    La moza se llamaba Milagros. Lo supe al mirar el cartelito que le colgaba sobre la teta izquierda. Seguido a eso, noté que debajo del ajustado uniforme azul se escondían dos tetas de muy buen tamaño, una cintura interesante y un culo apetecible. Eso no hizo más que aumentar mi estúpido odio hacia ella. Su mirada dejaba ver una perversión extrema, cargada de mucho morbo y curiosidad. Papá estaba congelado. Paseaba su mirada de mis ojos a los de ella como si estuviese mirando un partido de tenis. Yo solo podía mirarla a ella, toda diosa, arreglada, mientras me imaginaba a mí, en bolas, despeinada, transpirada y llena de leche. Éramos dos polos totalmente opuestos, sumado a que ella era la novedad para papá. Sentí que era yo quien tenía absolutamente todas las de perder.

    Papá fijó sus ojos en los míos, mientras me acariciaba la cara.

    ─¿Está todo bien? Si querés, nos vamos ─dijo casi en un susurro.

    Estuve a punto de decirle “sí, vamos”. Pero mi garganta se cerró y lo único que pude hacer es besarlo. Fue un beso ansioso, suave, pero acelerado. Casi que no llegué a notarlo, porque una mano deslizándose por mi espalda me hizo poner en alerta. Era Milagros, que, al parecer, había llegado hasta nosotros flotando. Interrumpí el beso y fijé mis ojos en los suyos. Ella sonrió y me besó de la manera más tierna del mundo. Sus labios eran finos y suaves, mientras que su lengua parecía una serpiente en llamas danzando adentro de mi boca. Sus pequeñas manos se aferraban, al mismo tiempo, a una de mis nalgas y a la pija de papá. Miré de reojo durante un segundo y vi como esa pija, que hasta hacia minutos era solo mía, se volvía a poner dura a causa de ella. Ella, ni lerda ni perezosa, abandonó mi boca y fue hacia la de papá. Sentí su nerviosismo al primer roce, pero el mismo se extinguió de inmediato.

    Me alejé por un momento lo más que pude y la escena que contemplé, por más que me resultaba algo incomoda, era totalmente excitante. una sensación de calor me invadió desde los pies hasta la nuca, haciéndome notar que lo único que me importaba era que papá la pase bien. Me acerqué a ellos y deslicé mi mano por la espalda de ella hasta su culo. Tenía muy buena forma y estaba duro. Lo acaricié por unos instantes y luego le pegué lo más fuerte que pude. Esto hizo que pusiera en pausa el beso y me mirara confundida. La tomé del brazo y la arrastré hacia mí. Le saqué la remera dejando al aire un par de tetas aprisionadas dentro de un corpiño un par de talles más chico.

    ─¿Te gustan, papi? ─pregunté.

    Él solo asintió con un movimiento de cabeza. Milagros se desprendió el corpiño, liberando unas tetas inmensas, naturales, bastante más grandes que las mías. Me puse detrás de ella y comencé a masajearlas, sin quitar los ojos de los de mi papá. Él estiró una mano y yo le pegué, haciéndole notar que no tenía que tocarlas. Obligué a Milagros a girar, pegando mis tetas a las suyas y volviendo a besarla. Mientras tanto, estiré mi mano en dirección a la pija de papá. Este se acercó despacio, como pidiendo permiso. Agarré su pija, indicándole a nuestra amiga que también lo hiciera. Entre las dos, sin cortar con el beso, comenzamos a pajearlo. Varias veces intentó tocarnos, pero le dijimos que no.

    Luego de un rato, pusimos su pija entre nuestros muslos. Él, en un acto reflejo, intentó moverse como si nos estuviera cogiendo. Volvimos a frenarlo. Cortamos el beso y nos miramos desafiantes a los ojos, mientras una acariciaba las tetas de la otra. Nos separamos y puse a papá entre medio, de frente a mí. Volví a pajearlo, mirándolo fijamente a los ojos, mientras Milagros le besaba la espalda.

    ─Vos sos mío papi, ¿verdad? Siempre vas a ser mío, ¿cierto?

    ─Sí nena, tuyo para siempre ─respondió casi sin vos.

    Le di un beso rápido en la mejilla, lo tomé por los hombros y lo hice girar, dejándolo de frente a ella.

    ─Sos mío, papi. Y yo te ordeno que te cojas a esta trola.

    Milagros fue directamente a su boca, impidiéndole que me conteste. Yo fui detrás de ella y le quité el pantalón y la tanga. Su culo al aire libre era una de las cosas más lindas que vi en mi vida, por lo que no pude evitar arrodillarme detrás de ella y lamérselo todo. Ella, bien zorra como yo presentía, levantó una de sus piernas, como diciéndome “dale nena, chupa, chupa que te encanta”. Y era verdad. Así que me senté sobre el piso frio, debajo de ella y fui directamente hacia su concha. La muy puta ya se había mojado toda.

    La pija de papá, totalmente dura y apetecible, se chocaba con mi cara, en un infructuoso intento de meterse en la concha de ella. Con el fin de dilatar la unión, dejé su concha para comerme entera esa pija hermosa. En esa extraña posición, la pija se ubicaba de manera tan perfecta que entraba toda adentro de mi boca, generándome unas arcadas hermosas que me sacudían por completo. Me sacié de ella lo más que pude, hasta comprobar que papá ya no daba más, que necesitaba cogérsela. Me arrastré poco más de un metro y me senté con la espalda apoyada en la pared. Era hermoso lo que veían mis ojos. Papá alto, con cuerpo tonificado. Milagros bajita, pero con cada una de sus formas totalmente apetecibles. Una atracción magnética los hacia mantenerse unidos. Así que decidí que ya era momento de dejar de ser una nena caprichosa y darle a papi el regalo que se merecía.

    ─Dale papi, cogetela de una vez.

    No terminé de decirlo, que Milagros se le colgó del cuello, lo rodeó con sus piernas, y en un movimiento casi ninja, sin usar las manos, hizo que papá la penetrara de una vez y hasta el fondo. Al unísono, ambos largaron tremendos alaridos, como si de dos bestias salvajes se tratase. Ella se le aferraba con garras felinas a la nuca, él la tomaba por la cintura y la atraía y la alejaba de como si fuese de trapo. El sonido que se escuchaba cada vez que sus pelvis se encontraban era totalmente embriagador.

    Yo observaba desde el costado, con las piernas abiertas y dobladas, acariciándome la concha cada vez con mayor ritmo. Estaba tan enfurecida como caliente, por lo que decidí canalizar esas energías en hacerme la mejor paja de mi vida. Necesitaba que el placer físico superara a los estúpidos pensamientos que me invadían la mente, por lo que, primero, con los dedos pulgar e índice de cada mano, me agarré los pezones y los apreté con fuerza hasta que el dolor fue insoportable y tuve que soltarlos. Después me di varias cachetadas en la cara, cada una más fuerte que la anterior, hasta que esa zona quedó anestesiada y no sentí más. Hice lo mismo con mis tetas que, luego de varios golpes, opté por mordérmelas. Dolía y me encantaba en igual cantidad. Dándome placer/dolor estaba cuando un fuerte orgasmo me sacudió y me trajo de nuevo a la realidad.

    Papá estaba acostado en el piso mientras Milagros lo cabalgaba totalmente histérica. Para mí alegría, papá no me quitaba los ojos de encima. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió. Me puse de pie, caminé un par de pasos hacia ellos y tomé del pelo a la mujer, haciéndola caer hacia el costado. Me miró con sorpresa, sin entender lo que pasaba. De inmediato, papá se arrodilló, haciéndola poner en cuatro para, para a continuación penetrarla por el culo sin preámbulos. Ella gritó de dolor, pero en segundos volvió a disfrutar. Esto me indignó, por lo que volví a tomarla del pelo, tratando de arrastrarla hacia adelante. Me costó moverla, pero cuando la hice perder el equilibrio se puso de pie y, de un empujón, me hizo golpear contra la pared. Cuando intenté ir encima de ella a golpearla de la manera en que sea, papá se puso en medio de las dos.

    A esa altura, la guerra estaba declarada. Las dos intentábamos pasar sobre papá tirando golpes de puño, arañazos, patadas y una inmensa catarata de insultos. La situación era totalmente surrealista: dos mujeres desnudas intentando matarse, mientras un hombre, desnudo también, intentaba frenarlas. La vuelta a la realidad (o cuasi realidad) llegó de repente, cuando papá me dio una cachetada que casi me hace perder el equilibro. Superada por la situación, Milagros también quedó paralizada.

    ─Las dos de rodillas ─dijo papá con una voz que jamás le había escuchado.

    Hubo algunos minutos en los que no vi ni escuché nada más. Tengo imágenes que vienen como flashes: las dos de rodillas, papá golpeándonos en la cara con su pija. Papá agarrándonos del pelo, obligándonos a que le chupemos la pija. Papá descargando una catarata de leche sobre nuestras caras.

    Luego de esos minutos de confusión, lo que sigue es totalmente claro. Las dos sentadas en el piso, con nuestras conchas pegadas, moviéndonos a un ritmo cada vez más frenético. Papá estaba sentado detrás de mí, besándome en el cuello y agarrándome las tetas con fuerza. Me sentía totalmente agotada, casi sin fuerzas, con unas inmensas ganas de dormir. Creo que estaba a punto de perder el conocimiento cuando algo húmedo y caliente me golpeo en la cara. Fue como si hubiesen abierto una canilla de gran potencia. Pero no, era la concha de Milagros, largando ese líquido hacia todas las direcciones. Sin pretenderlo ni predecirlo, algo muy similar comenzó a salir de mi concha. Era como si dos cataratas enfrentadas hubiesen enloquecido. Totalmente empapadas y casi sin aliento, nos fundimos en un abrazo como si fuésemos dos amigas que llevaban mucho tiempo sin verse. Papá, aun detrás de mí, se unió al abrazo.

    Fue papá el que se puso de pie primero. Me ayudó a levantarme, después a Milagros. Nos miramos unos con otros como extraños, como si todo lo que acababa de pasar no fuese más que parte de un extraño sueño, o de una poco convencional película. Sin decir nada, Milagros se dirigió a una de las duchas y se dispuso a bañarse. A pesar de que había dos duchas libres, papá y yo compartimos la misma. Fue un baño rápido y silencioso. Ni siquiera nos miramos. Nos secamos como pudimos con pequeñas servilletas de papel. Primero salió Milagros, sin decir nada. Con papá nos quedamos varios minutos.

    ─¿Estás lista? ─preguntó.

    No pude responder, no pude mirarlo. Solamente pude largarme a llorar como una niña chiquita. Papá me abrazó con dulzura, pero yo solamente quería salir corriendo. Me buscó la boca, lo rechacé. Insistió, volví a rechazarlo. La tercera vez me agarró con fuerza de la cara y me obligó a besarlo. Quise resistirme, pero no pude. Lo odié por varios segundos, hasta que la calidez de su boca unida a la mía y la deliciosa y familiar cercanía de nuestros, me devolvió a esa hermosa realidad en la que lo amaba más que a nada en el mundo. Lloré y sonreí al mismo tiempo, colgándome de su cuerpo, hasta terminar en incontenibles carcajadas casi histéricas. Papá me separó de su cuerpo y me pidió por favor que me calmara. Luego de varios minutos, conseguí hacerlo.

    ─Te amo, papi ─le dije.

    ─Te amo, nena ─respondió.

    Salimos abrazados y sonrientes, directamente a nuestro auto. Mientras me subía del lado del conductor, pude ver, a lo lejos, a Milagros. Me miraba y sonreía. La ignoré por completo y seguimos viaje. Unos kilómetros más adelante, nos detuvimos al costado de la ruta y comimos choripanes con gaseosas. Satisfechos en todos los sentidos, decidimos volver a casa.

  • El maestro de arte de mi hija

    El maestro de arte de mi hija

    Hola soy Sandra Verónica, mejor conocida como Ishtar, tu hotwife favorita, la siguiente experiencia sexual que te voy a contar me sucedió hace unos instantes. Si es la primera vez que me lees, déjame contarte brevemente como soy, físicamente una mujer alta mido 174 cm, delgada, vientre plano, cintura de avispa, deliciosas piernas, buen culo, pequeños pero lindo senos, soy hermosa y cabellera larga. Me gusta vestirme provocativamente, usar mini vestidos, muy pegados a mi cuerpo, que resalten mi figura. Tengo un estilo de vestir que combina, la elegancia y la putería. Es decir, soy una puta elegante, me encanta provocar. Adoro usar puti vestidos, sin embargo, en algunas ocasiones uso pantalones, leggins, pero casi siempre, son puti vestidos o mini faldas.

    Este último viernes, mi cornudo digo esposo fiel a su costumbre salió con un socio, mis hijas ya estaban en sus departamentos, donde rentan porque entrarían a la Universidad, y este semestre decidieron rentar, aunque en ocasiones vienen a casa. Así que nuevamente estaría sola, no obstante, fiel a mi costumbre quería coger, follarme a un semental, por lo que pacte un encuentro con un macho por citas casuales, estaba programada a las 19 horas en la estación Ermita, por lo que decidí bañarme y arreglarme para salir sin ningún imprevisto. Saliendo de la ducha, abrí mi closet y elegí un clásico y de mis mini vestidos favoritos, un puti vestido entallado color azul rey, que me llegaba a la altura de mis muslos, mi brazo derecho iba cubierto y la parte izquierda, es decir, el brazo, hombro, parte de mi pecho, descubierto, muy sexi, por consecuencia, la parte izquierda de mi espalda también iba destapada, estaba vez decidí poner un brasier, mi cabello iba suelto, lo acompañe de unas medias color carne de silicona con encaje superior y tacones abiertos de color dorado, finalmente lo acompañe con una mini tanga azul rey.

    Estaba por salir, aún faltaba para la cita, pero me gusta salir con anticipación, mi lujuria despertaba y deseaba un semental, fue cuando escuche sonar el timbre, baje para poder abrir mientras me iba poniendo mis aretes y anillos, al abrir, vi a un joven, de 1, 80 aproximadamente, delgado, poco agraciado, moreno, joven maduro de aproximadamente unos 30 años, me dijo: buenas tardes señora estará Ana Gabriela, soy Eduardo, su maestro de arte. Le respondí, Buenas tardes, Gabriela, se encuentra en el departamento que renta hoy no viene, que no le aviso, a lo que el menciono; no. Le dije, permítame hablarle, le marque a mi hija, y me dijo que se le había olvidado avisarle que ahora le mandaría mensaje de WhatsApp, así se lo comunique al maestro. Y este respondió, bueno ni modo, pero ya no tengo pila, quizá por eso no vi el mensaje, sentí pena por él, así que le dije ponga a cargar su celular por lo menos para que tenga pila en lo que llega a su casa, Eduardo, dijo: no señora, me da pena usted ya iba de salida, le dije, no te preocupes aún tengo tiempo.

    Finalmente accedió y lo hice ingresar a la sala, en lo que cargaba su celular, le dije que iría a mi cuarto, que estaba en confianza, subí y me pinte mis uñas de color rojo. Al subir las escaleras pude ver su mirada, le había gustado, no cabe duda. Después de unos minutos decidí bajar, porque su celular ya debía haber recuperado su pila, al menos para llegar a su casa. Baje las escaleras y aquel joven maduro, me veía con deseo. Le dije como va su celular joven y respondió bien señora, gracias, muy amable me paso a retirar, le dije gracias y disculpe la molestia, porque Ana no le aviso que no estaría, no se preocupe contesto.

    Íbamos rumbo a la puerta, cuando me dijo: señora con todo respeto le puedo decir algo y hacerle una observación, ok alcance a decir, y el comento: se ve fenomenal, muy elegante y sexi, me sonrojé y le dije gracias es usted muy amable, me sonrojas, y el añadió es la verdad, a sus 40 años, es como el vino, me quedé halagada y le dije tengo 50 años, dijo no lo puedo creer, felicidades. Mientras me decía esto, el maestro me clavaba sus ojos por todo mi cuerpo y sobre todo en mis senos, puestos en el escote de ese vestido. Luego de recorrerme con su mirada tan penetrante, me dijo la observación que le quiero hacer es la siguiente, con todo respeto, insisto: ¿por qué no se quita el brasier…?, señora; ¡no le va! ¡El mismo vestido le sostiene los senos!, y creo que no lo necesita, ¡tampoco!

    Tienes razón, me lo voy a quitar, sus palabras y miradas me habían excitado e hice una jugada maravillosa, le dije, ¡Voltéate!, baje mi mini vestido y me retiré mi brasier, que dejé encima de aquel sillón, y luego de ello, le dije: ¡Ya está, puedes voltear…! ¿cómo me veo? ¡Muy guapa! Su cinismo y su descaro me subyugaban. Tenía demasiado carisma y mucha decisión y virilidad: ¡la destilaba a cada momento, en todos sus ademanes…!; ¡su compañía me resultaba sumamente agradable! Eduardo era muy audaz y atrevido; estuvimos platicando de su trabajo.

    Señora déjeme decirle unas palabras, sorprendida no dije nada, pero él lo entendió como un si. “Señora, desde que me abrió la puerta me encanto, usted esta demasiado hermosa, rica, sabrosa, bien cogible. No me importa tu edad, que estés casada ni nada solamente quiero estar contigo. Sé que tendré que estar solamente las veces que tú puedas, pues entiendo que al estar casada solamente será de vez en cuando y cuando puedas. Y me gustaría ser el corneador. Por favor dime que, si quieres que estemos juntos, estoy deseando estar contigo. Dime cuando podemos vernos, cuanto antes mejor, si quieres ahora mismo”.

    Quedé sorprendida y halagada, y respondí como señora de casa, que atrevido y grosero es usted, como se atreve soy una señora decente respéteme. Y el contesto con sarcasmo, -señora decente y vestida así- y diciendo eso, de pronto y sin saber cómo, me encontré apretado a él, intentándome besar la boca, sintiendo el contacto de su cuerpo contra el mío. Él al notar mis pechos contra el suyo se puso al rojo vivo. estás loco” ¿sabes?» al llegar a la altura del muchacho, este me rodeo con sus brazos abrazándome, atrayéndome contra su cuerpo. -pero que haces… desgraciado… “Suéltame”. Notaba las manos fuertes del muchacho rodeando mi cintura, al tiempo que me atraía hacia él, comprobando como un bulto enorme se marcaba en su pantalón. Su pene estaba a punto de reventar el pantalón. Mientras sus manos, bajaban un poco y se alojaban sobre mis apretadas nalgas- Pero…señora. Qué buena estas… “que nalgas”…. Ummm gemido, salió de mi boca y añadí me llamo Verónica,

    Minutos después le dije -por favor suéltame… o grito- exclamé. El muchacho desafiante, y sin dejar de masajear mis hermosas posaderas, me contesto: – hazlo. No hay nadie, me quede quieta, aún rodeada por los fuertes brazos del maestro, y le pregunte: ¿Qué pretendes hacer? ¿Tú qué crees…? me contestó retadoramente: Viendo el pedazo de hembra que eres. ¿Qué crees que puedo desear? Estás loco si crees que voy hacer algo contigo. ¡entiende Eduardo eres muy joven para mí, conteste. Joven no soy, ya soy adulto, estoy maduro y te quiere coger -¡pero qué dices…! yo tengo mi marido para que voy a querer un amante, estaba jugando el papel de la señora respetable …-iba a contestarle algo, pero se retuvo. Puede que tu marido te eche algún polvo. Pero una hembra como tu necesita un buen macho, tengo una buena herramienta. Mira tocala y agarrando mi ano la llevo a su entre pierna y efectivamente se sentía duro su miembro parecía una roca. Mi lujuria me dominaba, y comencé a masajear esa rica verga, por un instante queda endiosada con aquella verga del maestro Eduardo.

    Él menciono, mi amor, ya ves que si te encanta la verga, debido a lo ocupada que estaba con su miembro, no me percate cuando me soltó y empezó a darme varios besos en la mejilla y de ahí pasó sus besos al cuello, me manoseaba de una manera más delicada, que grandes manos tenia, parecían tenazas, las cuales apretaban muy rico cada parte de mi cuerpo, eso aumentó mi lujuria, cosa que él notó y me besó en los labios, le correspondí el beso ardientemente, después de unos instantes nuevamente intente quitármelo pero era inútil. Siguió besándome y de los labios pasó a besar mis senos por encima del mini vestido, le dije que no siguiera porque me dolían.

    Me dijo que ese dolor era producto de que ya estaba excitada. Me fue besando todo el cuerpo hasta que se arrodilló y llegó a mi zona intima, le dio un par de besos por encima del vestido y procedió a levantarlo con sus dientes hasta la altura de mi cintura, quedando mi tanga como único obstáculo para ver mi vagina, la toco con su mano y dijo mira que inflada esta, necesita unos besos, y se los otorgo sobre la tanga, entonces nuevamente uso sus dientes, y bajo aquella prenda íntima hasta la altura de mis rodillas y mi vagina quedo al desnudo.

    -Exclamo; Wow, mira nada más, te rasuras tu monte Venus, que sexi y sabroso se ve, inmediatamente, beso mi vagina, y mordía ligeramente mis labios vaginales -que rico- sentí como pasaba su lengua por todo el entorno de mis labios vaginales, cosa que me hizo estremecer y dar pequeños saltos y giros alrededor de su boca. Debido al placer me dobló las rodillas y empecé a gemir –aaa, que rico, sigue.

    Comencé a girar las caderas alrededor de su boca y sentía que me desmayaba. Así continuamos por un momento. Después chupo el clítoris de una manera fenomenal, y luego lo succionaba para finalmente morderlo con delicadeza, fue en ese momento que me hizo estallar de place, -mmmm, aaa, se escuchó un grito de placer, y lo moje, tuve mi primer orgasmo, -dijo, que rico squirt, ves como eres una puta y se querías que te cogiera, aaaa yo seguía en delirio, al recuperar la conciencia le dije, si me encanta amo la verga, pero tengo que aparentar ser una dama.

    Tiempo después, el dejó mi vagina, con sus grandes manos, me giro y dijo -Desgraciada, mira lo que traes en tu ano, un plug anal, -si mi amor, me gusta usarlo- y comento, lo voy a retirar -si baby haz lo que quieras- Eduardo dijo; baby, lo iba a quitar con mis manos pero lo hare con mis dientes y así, fue poco a poco, sentía como el plug iba abriendo lentamente mi ano, y cuando salió di un grito desgarrador, cuando aquel plug de metal plateado, con tapa morada salió completamente de mi ano –aaaa- me lo dio a chuparlo, lo cual hice sin ningún descontento. Después menciono; donde está el control remoto, aquí amor en mi bolsa, le dije -Lo volvió a meter de un solo golpe- y comenzó a jugar conmigo, sentía como una descarga eléctrica llenaba de placer todas mis terminaciones nerviosas de mi ano. -aaa esto es delicioso, es la gloria, sigue, sigue Eduardo, mi amor.

    Después, lo volvió a retirar, y nuevamente lo chupé, me dijo haz pucheros con el plug, y asi lo hice. Mientras mi ano, escurría un líquido, el cual él lo recogió con su lengua para posteriormente besarnos. Después me dijo, ahora tu dame placer, quiero ver que puedes hacer con esa rica boca, esos labios carnosos que tienes.

    Me tomo muy tiernamente de mi cintura me beso y me fue bajando hasta que quede en cuclillas, mis tacones ayudaban para tener una altura idónea, acto seguido me restregó la cara en su pantalón, el cual claramente ya tenía un paquete muy duro, se quitó el pantalón, dejando ver en su bóxer un bulto enorme, muérdelo me ordeno, yo obedeci y comencé a morderla y jalarla, me jalo de mi cabello para retirarme, y dijo bájame el bóxer, era un macho empoderado, así lo hice, devolví el favor, y con mis dientes retire aquel bóxer, cuando salió a la luz un miembro muy dotado, lindo, de unos 17 cm, con la clásica curva a lado izquierdo, rasurado, muy cabezón, parecía un panque, aquel miembro largo y prieto, lleno de venas, me invitaba a devorarlo. -me dijo, como si me conociera de años: haz lo que sabes hacer.

    Así lo hice, comenzando a darle besos en el tronco, después en los testículos, para posteriormente mamar, y quedarme pegada como un becerro recién nacido. -que rica puta- mamas bien sabroso- le hacía giros con mi lengua en su frenillo, lo cual lo volvía loco, y para no venirse jalaba fuertemente de mi cabello para que me separar de él, pero yo quería seguir, así continuamos por un tiempo. Cuando me dijo, ya te has de ver cansada en esa posición hincante, espera amor, pondré un cojín que tomo del sillón ahora si pon tus lindas rodillas, que atento le dije y volví a mamar.

    Posteriormente, le sujeto por sus testículos con la izquierda y sigo con su pene en mi derecha, se le aprieto suavemente poco a poco hacía abajo y me entran unas ganas tremendas de que ya me penetré. Pero sigo con la felación, abro mi boca ligeramente y acercándola a su verga me la meto en mi boca respiro profundamente y le soplo mi aliento caliente sobre ella, me la saco de la boca. Saco mi lengua y comienzo a lamérsela desde sus huevos hacía arriba lentamente, le doy un mordisquito suave, que le hace estremecerse, y le oigo un gemido diciendo: “Oh, siiii, aaah que gustooo… eres la gloria señora Verónica.

    Yo al oírlo me la meto completamente dentro de mi boca y comienzo a chuparla haciendo que entre y salga de mi boca, cuando llevo un rato haciéndoselo paro y me dedico a acariciar con mi lengua su frenillo. Entonces él no puede reprimir sus gemidos de placer al suspirar, esto me vuelve loca y mientras él me dice: Eres una diosa, una puta. Empiezo a notar rastros de su rico semen, y me dice voy a orinar, abra su boca y como la ramera que soy obedezco, glup, glup, se escucha salir de mi boca ocupada por aquella bebida, que combina la orina y el semen.

    Me levanta, me besa, y se comienza a retirar su camiseta, lo ayudo y miro un torso delgado pero definido, le doy besos a sus pechos, brazos y hombros, me encanta su torso, me mira y dice es momento de penetrarte levanta el mini vestido, me pone espaldas y mis manos apuntan al sillón y levanta mi culo, mete su lengua en mi ano, escupe en el y también en su miembro, coloco la punta de su cabeza en la entrada mi culo, y penetro de una manera suave mi ano, entro despacio la cabeza, parecía que se atoraba yo gemí y a la vez sentí un rico placer, -segundos después dijo, no quiere entrar todo el pene, respondí, es que está muy cabezón y no deja pasar todo el tronco.

    Eduardo respondió; tranquila musa, ahorita entra porque entra- en eso hizo unos movimientos giratorios, y la curva de su pene ingreso -aaaa espera me dolió, sentí un dolor intenso y ardor, me quemaba lo caliente de su verga, y la curva del pene me lastimaba- antes de decirle esto, de un solo golpe metió toda su anaconda –aaaa despacio, maestro, me estas quebrando literalmente, destrozándome- eso quiero mi amor, y empezó unas embestidas muy duras. —¡Ay zorrita! Qué que culo tan rico tienes. —Me dijo el maestro, con un tono muy morboso. Mientras sus manos castigaban muy fuerte mis nalgas. Continuamos varios minutos en esa posición.

    Me dijo, ahora siéntate en el brazo del sillón, lo obedecí, entonces él me tomó de la cintura muy fuerte y me jaló hacia atrás contra su verga, a la vez que de un solo empujón me penetró analmente hasta el fondo aventándome contra el sillón, pude sentir la sensación de que una verga entrara por mi culo abriéndose paso en mi interior violentamente. Sentí una fuerte punzada, ese dolor desgarrador característico del sexo anal sin dilatación previa, cuando su verga topó en mi interior sentí que me rompía, fue tan excitante y doloroso a la vez. El maestro siguió penetrándome analmente muy duro, cada que me la metía sentía como topaba hasta el fondo, empujándome contra el sillón yo estaba gimiendo, aullando de placer como la loba que soy y gritando sin parar, que delicioso sentía reventado el culo, me ardía mucho. Hasta que perdí las fuerzas, sentía que me desmayaba, mis piernas estaban entumidas no podía seguir de pie, estaba rendida con mis senos sobre el sillón.

    Me comenzó a mover muy rico, y mi clítoris, se estaba rozando con el brazo del sofá, mmm gemí, me encantaba que rico se sentía, debido a que soy multi orgásmica, tuve otro squirt, mojando el sillón, eso perra, por eso te puse en el brazo del sofá, para que estimularas tu clítoris, le dije gracias, tienes mucha experiencia, sonrió y me ensarto muy fuerte —¡¿Te duele mucho Diosa?! —Me preguntó morbosamente es joven madura, mientras me restregaba su verga hasta el fondo, como si quisiera llegar más adentro. —¡Sí, me duele! —Le dije con mi voz entrecortado, haciéndole señas con la mano para que continuara—. ¡No te detengas! ¡Sigue!

    El profesor sacó su verga por completo, para ensartarla nuevamente de forma muy violenta, hasta el fondo de mi culo. Sentí como mi ano se abrió de forma intempestiva provocándome un fuerte ardor y la punzada se volvió más dolorosa, pues mi culo estaba siendo penetrado brutalmente. Pude escuchar el sonido del impacto de su cuerpo contra mis nalgas.

    Después de un periodo de tiempo, me desmonto y me beso tiernamente, ven dale unas mamadas a mi verga, sentándose en las escaleras, su miembro debido al esfuerzo ya había perdido un poco de vigor, tomo una toallita y me dirijo a limpiar su miembro pues tiene mis líquidos anales, pero el me la quita, no, así mámala. Yo le miro hacía su cara y de nuevo sin más me agachó y capturó esa verga que me está volviendo loca, cierro los labios sobre ella y la restriego contra mi paladar, a la vez que pongo los labios haciendo círculos.

    Me la saco de nuevo y la humedezco con mi lengua y con mi mano le espacio el líquido de mi saliva alrededor de todo su miembro. Con mi mano izquierda le sujeto su herramienta y de nuevo me la meto en mi boca, haciendo que se mueva adentro y fuera, de tal forma que empieza a oírse el chapoteo de mi boca, su pene y mi saliva. Noto que él comienza a excitarse un poco más, su verga comienzo a sentirla dura y de nuevo comienza a decirme: me encanta señora, me la voy a coger cada vez que pueda. Tras esto noto como se retuerce de placer y aprieta mi cabeza, yo como puedo le miro a su cara y observo que está a punto de eyacula. Entonces de nuevo bajo a sus testículos, los vuelvo a lamer, para dejarlos atrás e ir lamiendo y subiendo todo a lo largo de su tremenda barra (ya tan dura como el hierro), hasta llegar a su frenillo, que primero acaricio con ella lentamente para de pronto pasar hacérselo rápidamente, para otra vez volver hacérselo muy lentamente.

    Dejo su frenillo y me dedico con mi lengua su punta, insistiendo en el agujero del centro, donde mantengo un ratito mi lengua. Luego recorro de nuevo el borde de su capullo, por todo su contorno, haciendo varios pases de lengua por todo el, por la piel suave y tierna de su capullo, le gusta, suspira de placer y no deja de emitir sonidos difícil de entender por el puro placer que en esos momentos está sintiendo.

    Fue en ese momento que siento una cachetada, que me aturde, puta vamos a tu cuarto, quiero cogerte ahí, me levanto aturdida y lo tomo por la verga y caminamos llegando a mi lecho matrimonial, entrando a mi cuarto, miro el celular, tiene mensajes había olvidado a mi cliente, pero para mi satisfacción me dice que no podrá ir a la hora acordad que si lo espero mas tarde, es un clásico de algunos hombres piden y solicitan servicio y muchas veces no llegan, Eduardo me sonríe y dice que te dice el cornudo digo tu esposo, no digo nada solamente lo beso, el entiende que tenemos tiempo disponible para coger.

    Eduardo, me ordeno: túmbate boca abajo en la cama y a continuación deja que la parte superior de tu cuerpo cuelgue de la cama, utilizando las palmas de tus manos para aguantar tu peso. Mi semental coloco detrás de mi y me empezó a penetrar colocando sus piernas entra las mías. Aaaa que rico, Eduardo, me alcance a mirar en el espejo y formábamos una especie de letra Y, —¡Ah! ¡Aaaah! —Yo estaba sufriendo mucho, pero el placer por el dolor era una delicia. Mi macho continuó sacando su verga por completo y ensartándola profunda y violentamente. Mi ano estaba siendo forzado a recibir esa verga que entraba a empujones, desgarrando mi ano con cada embestida que me daba. Así transcurrieron aproximadamente 5 minutos de tormento. Paulatinamente el dolor fue despidiéndose, para dar llegada al placer absoluto.

    —¡Ay! ¡Que ricooo! ¡Cógeme! ¡Más rápido! ¡Más duro! —Yo estaba gozando muchísimo—. ¡Ah! ¡Aaaah! ¡Mmmmjjj! ¡Ay! ¡Aaaah! Sentía un calor delicioso en mi ano, era ya una necesidad de sentir su verga entrando hasta el fondo y saliendo de mi interior, cada que la sacaba deseaba mucho que me la volviera a ensartar. —¡Aaaah! ¡Que rica verga tienes! ¡Ay! ¡Me lastimaste! ¡Aaah!

    El maestro me lastimaba al impactar dentro de mi culo con la punta de su verga. Probar esa postura ya era un pequeño reto deportivo: sumado al dolor de la penetración hacían un placer único, dicha posición me resultaba incomoda era mi hombre el que dominaba. Le rogaba- sácala, sácala un poquito, mmm, me duele, aaaa-. —Pero bien que te gusta putita, se ve que disfrutas mucho que te la meta bien duro. — Yo le apretaba la verga con mi esfínter anal, como si se la mordiera con el ano.—¡Cógeme más duro! ¡Aaaay! ¡Que ricooo! ¡Así, más rápido! ¡Se siente bien rico! ¡Ay que rico! ¡Me arde muy rico! —Yo aventaba mis nalgas contra el maestro, quería que me la ensartara más adentro, sentía delicioso.

    Dicho esto, el joven maduro me tomó de la cintura muy fuerte y me jaló contra su verga violentamente, comenzó una penetración frenética. Sentía mi culo adolorido y cansado, podía escuchar el sonido del impacto de nuestros cuerpos al estar piel con piel. Me jalaba del cabello hacia atrás y me dolía, así que yo aventaba mis nalgas contra su verga para atenuar el dolor. Continuó penetrándome analmente aproximadamente 15 minutos hasta que escuché los jadeos del maestro que se estaba corriendo, unos chorros de semen caliente, estaban llenándome por dentro, me sentí muy excitada, pues ese hombre acababa de eyacular en mi interior, haciéndome su zorra.

    Entonces saco su verga de mi ano y sentí como su semen salía de mi ano y se derramaba en las sábanas.—¡Ay güey, te quedó abierto el ano! ¡Se puede ver adentro de su culo! ¡No mames, te abrí el culo! al ver mi ano dilatado. Entonces introduje los dedos en mi ano y pude sentir que estaba totalmente abierto, perdí la fuerza en el esfínter anal y quedó dilatado listo para seguir recibiendo más verga, al mirar mis dedos mojados de semen pude ver que también había sangre y eso me excitó mucho pues fue el resultado de una penetración anal violenta, que me hizo sentir mucho dolor y ser vulnerada por ese hombre.

    Nos recostamos en la cama, y después de varios minutos, me levante como pude y serví vodka, bebimos varias rondas, al recuperar fuerzas, le dije, —maestro Lalo, hay algo que tengo curiosidad de hacer, pero, me da vergüenza —Le dije con voz cachonda.—¿Por qué preciosa? ¿Qué es lo que quieres hacer? —Me preguntó mientras miraba mi cuerpo muy morbosamente.—Es que he visto videos porno en internet y hay algo que se llama “fisting”, se trata de que usted meta su mano dentro de mí, y me gustaría que me haga eso en el ano pero, si no quiere pues no —Le dije nerviosa y muriendo de vergüenza por lo puta y enferma que me sentí al pedir eso.—¡Sí! ¡Sí te lo hago! Ya lo he visto también y me han dado muchas ganas de hacerle eso a una mujer, pero pues no he tenido a una mujer con quien pueda hacer eso. Y si tu quieres pues lo intentamos. —Me contestó muy emocionado y con la cara roja de lujuria. Esta vez le dije, toma lubricante, —Sí, hágalo por favor —Le contesté muy excitada—. Acérquese para ponerle lubricante en su mano —A ver preciosa. —Él extendió su mano derecha y le apliqué lubricante en toda la mano. —Tiene que estar muy lubricada para que no me lastime tanto y entre más fácil. —Le dije muy nerviosa y temerosa mientras observaba sus dedos toscos y gruesos.

    —No te preocupes preciosa, lo voy a hacer con cuidado. Te voy a ir dedeando hasta que veamos que ya entra completamente y tú me vas diciendo. Me incliné en la cama con mis senos bien pegados al colchón y la espalda curveada hacia abajo, dejando muy bien empinado mi culo y le pedí que metiera toda su mano hasta la muñeca dentro de mi ano. Entonces él comenzó a dedearme.—A ver preciosa, te voy a meter tres dedos porque veo que ya los aguantas ¿verdad? —Me dijo mientras introducía sus tres dedos en mi ano—. Sí, preciosa te entran bien rico ¿verdad?—Sí, ¡Ah! ¡Aaaah! Se siente bien rico, a ver métame cuatro.

    Fue algo muy lindo sentir los dedos de un hombre dentro de mi ano. —Ya te están entrando, tienes mis cuatro dedos adentro ¿Como te sientes?—Se siente muy rico, me duele un poquito ¡Aaaah! ¡Aaaay! Ya métame la mano completa, suavecito, con mucho cuidado. —Ya está entrando mi mano, pero te siento muy apretada, tú me dices si te duele. —Yo sentí como mi ano se estaba desgarrando, aunque lo había sometido a doble penetración e incluso 3 miembros en mi ano, siento que ahora lo había sometido a tal estiramiento, sentía mucho ardor, como si se me fuera a reventar y me dio miedo, pero la excitación me rebasaba.

    —¡Aaay! ¡Aaaah! ¡Me duele mucho! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ya hágalo! ¡Más fuerte! Mi ano se estaba estirando, estaba abriéndose más y más. Me ardía alrededor del ano, pero era placentero.—Te la voy a meter un poquito más fuerte. —Cuando dijo eso me sentí muy excitada y el deseo de sentir esa gruesa y tosca mano dentro de mí. Me hizo aventar mis nalgas, entregándoselas para que su mano entrara completamente hasta la muñeca.—¡Aaaah! ¡Aaah! ¡Aaaay! ¡Me duele muchísimo! ¡Aaah! ¡Me dueleee! ¡Aaaay!

    Sentí mi ano desgarrado y el culo muy abierto. Ya no pude contenerme y rompí en llanto, lágrimas negras y saladas escurrían el rímel de mis pestañas, rodando por mis mejillas.—Ya te entró preciosa, tengo toda mi mano adentro de tu culito, se siente muy rico, está muy caliente. ¿Te duele mucho verdad? ¿Quieres que te la saque? —La mano de aquel hombre me tenía destrozada, sentí como mi ano intentaba contraerse y apretaba la mano del maestro.—No, no me la saque, déjela un rato ahí adentro. Quiero disfrutarla, siento mucho dolor, pero es muy lindo, siento bonito. —Está bien preciosa, entonces te la dejo adentro un rato. —Así la dejó durante 5 minutos. Yo me sentía desbordando de lujuria y excitación, esa mezcla de dolor y placer, me hacía sentir plena. El saber que un hombre tenía su mano adentro de mi causándome tal sufrimiento, fue el alimento perfecto para mi masoquismo.

    —A ver ahora intente cerrar su puño adentro de mí —Le pedí sabiendo que eso me dolería más—. ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Me duele mucho! ¡Aaah! ¡Me gusta! Ahora, saque su mano con mucho cuidado por favor, muy suavemente. Cuando Lalo, sacó su mano de mi culito por completo, puso un espejo y mi ano quedo abierto, mostrándome el interior de mi culito, como si pidiera más, eso me hizo sentir mucha vergüenza, ya que perdí la fuerza en el esfínter y se me quedó abierto durante algunos segundos. Le pedí a Eduardo, que la volviera a meter, así lo hizo y comenzó a meter y sacar toda su mano con facilidad. Después le pedí que sacara su mano y me penetrara con el puño cerrado en repetidas ocasiones. Cuando lo hizo sentí como mi ano se abría más por dentro provocándome un poco de dolor, pero era muy excitante saber que tenía esa mano tosca adentro de mí. Cuando la saco por completa, mi ano ardía literal, pero resistí y le dije gracias, por cumplir este fetiche, le bese su mano, la lamí, escurrían mis líquidos internos sobre esa mano, pero estaba extasiada y no me importaba el sabor ni olor.

    Después tiernamente me sentó en sus piernas, me dijo usted es una combinación mortal, entre una dama y una puta, mereces ser cogida con ternura y violencia, ya te cogí, ferozmente ahora te tratare románticamente, me encanta ser un caballero, yo lo agradecí pues mi ano estaba ardiendo necesitaba un descanso, el comenzó a besarme y me fue tendiendo en la cama sin dejar de besarme al tiempo que metía sus manos y me iba acariciando mis partes íntimas, me dio un beso tierno, diferente a los anteriores y sentí que el tiempo se detuvo, cerré los ojos, no paraba de decirme palabras dulces al oído que me volvían loca, mi piel se erizaba al contacto con la suya, su lengua comenzó a recorrer mi cuello y el lado de mi hombro descubierto, de mi boca escaparon gemidos, y arañaba a mi semental, después de unos minutos, continuó bajando, llegó a mi vientre, que lo acariciaba y besaba sobre mi puti vestido, al fin llego a mi vagina, me tomó de mi pequeña y delicada cintura y su lengua recorrió toda mi vagina, dándole besos a mis labios vaginales, agarrándolos con sus manos, jalándoles, después dio un pequeño masaje sobre mi ano destrozado, y comenzó un masaje y oral rico desde mi culito hasta mi clítoris, estaba en el paraíso, un nuevo gemido escapó de mi boca, sus dedos masajeaban suavemente mi clítoris, de pronto sus dedos se hundieron dentro de mí vagina, después con su boca succionaba mi clítoris, ya no pude aguantar más, mis piernas empezaron a temblar, mi cuerpo se tensó, mi espalda se arqueo, gritando de placer tuve mi otro orgasmo: aaaa, mmm, aaa, gemía mientras hundía mis uñas en su cabeza. Fue un orgasmo largo y delicioso, su boca regresó a mi vagina y succionó con avidez mis flujos vaginales, le dije eres un gran maestro Eduardo.

    Me levanto y nos besamos muy rico, subía y bajaba mi puti vestido, estábamos bañados en sudor, me dijo me encantas como te ves con el puti vestido, por eso no te lo quiero quitar, me cargo y me recostó en la cama, volvió a subir el mini vestido hasta la cintura, su enorme y rica verga quedo enfrente de mi vagina, la paseaba, la golpeaba, me tenía ansiosa, me hacía desesperarme, ya quería su pene dentro de mi, ya Eduardo, ya penétrame grite, sonrió, y con su mano llevo su pene a la entrada de mi ser, su miembro buscó mi vagina y con la punta de su miembro ubicó mi entrada y empezó, por meter la cabeza, esa cabeza gorda al entrar sentía como levantaba mis labios vaginales externos, se inclinó y me beso tiernamente, y su miembro hizo su trabajo, sentí centímetro a centímetro como entraba su gruesa y curviosa verga dentro de mi vagina, la sentí llegar hasta lo más profundo, el placer era máximo, me tomó de la cintura y me empaló más profundo todavía, sentía que mi vagina se estiraba por dentro, me derretía de placer, me sentía tan llena y al mismo tiempo una sensación de plenitud, jadeaba y suspiraba sin cesar, me faltaba el aire, me costaba respirar, pero no me importaba, estaba viviendo una rica experiencia sexual, digna de ser contada.

    Después, subió mis largas piernas y las comenzó a besar, hasta que se las puso en los hombros, que ricos aretes tengo dijo, mis tacones colgaban de sus hombros, su pene perdía un poco de vigor, lo saco, lo masturbo y en unos segundos estaba rígido, y dirigió su tronco directamente a mi vagina y poco a poco, otra vez ese trozo de carne, fue ingresando hasta que me entró todo, me agarró por las caderas y comenzó a sacarla y meterla con suavidad lo que hizo que yo lo alentara con mis gemidos para que continuara.

    Él se entusiasmó con mis jadeos me ensarto con más fuerza y violencia, mientras yo que me complacía con su rica verga. -eres un manjar delicioso, Verónica- gracias mi amor, me encanta tu pene, que vigoroso es, -gracias puta- mientras encajaba con dureza su miembro. Sus embestidas fueron aumentando de intensidad, mis gemidos se volvieron incontrolables, cada clavada de verga me hacía tocar el cielo, me estuvo clavando por un buen tiempo, hasta que volví a sentir una descarga eléctrica que recorría mi cuerpo, sentí como mis flujos empezaron a escurrir sin control entre mil espasmos, me estaba corriendo nuevamente, él me dijo eres multi orgásmica, puedes venirte las veces que quieras amor acá estoy para complacerte toda la noche, mientras decía esto, me seguía penetrando con fuerza y profundidad, al ver mis muecas de placer, sonrió y aumentando sus embestidas.

    Se salió de mi y tomamos otro vodka, nuevamente me recostó sobre la cama pero esta vez quedamos hasta la cabecera, ambos subimos por completo nuestros cuerpos, seguimos en la clásica posición del misionero, su verga golpeo mi clítoris, le escupió, y primero ingreso esa cabeza, -aaa que dura, dije —ingreso parte de su tronco, -aaa, si, me encanta- sentía que iba la mitad, me tomo de mi cintura y de un solo golpe metió toda su verga -aaaa grite muy fuerte, debió escucharse hasta en la calle- saco la mitad de su pene, y nuevamente metió de un golpe, sentía que me partía en dos, así hizo esos movimientos varias veces, inmediatamente, se acostó sobre de mi sentí ese enorme cuerpo de un toro semental, penetrándome, subió mis piernas en sus hombros, y me embestía como un animal en celo, -te gusta amor- -sí, no te detengas- mientras me penetraba nos besábamos, me lamia mi cara, cuello, y nuestras manos se unían, después bajo mis largas piernas, y las abrió, tomándolas de mis muslos, para sacar su verga y meterla rápido, aunque ahora hacia giros, me partía la vagina y mis muslos, los abría muy duro, después mi espalda la arquee, me tomo de la espalda baja y me penetraba muy rico, posteriormente baje mi espalda, y lo abrace con mis largas piernas.

    Ya era de noche, Eduardo combinaba muy bien su edad de 33 años, era mezcla de juventud/vigor con madurez/experiencia, con creces y buen sexo se estaba ganando estar en el top ten de mis amantes, acto seguido lo enrede con mis largas piernas y con mis muslos lo aprete, y el con su fuerza cerro mis muslo de una manera fuerte pero linda, en consecuencia, comenzó a venirse -aaa me estoy corriendo- un semen caliente comenzó a inundar mi vagina, sentí como sus espermas se adentraban mi ser, mientras nos mirábamos fijamente, gozábamos como animales, me beso muy tiernamente, y empujo fuerte su pene para penetrarme con todo su semen, -que rica leche, mi amor, esta calientita, le dije- se retiró saco su miembro, y la leche escurría, el con sus manos embarro el semen que quedaba en mi vagina, en mis vellos vaginales, le dije espera, me hinque, y le di unas buenas mamadas, quería dejarlo seco, no desperdiciar ni una gota de su leche, finalmente limpie su pene con mi lengua y nos recostamos en la cama -le dije, Lalo, ahora serás mi maestro y alumno.

    Él sonrió de gusto, nos levantamos de la cama, fui por algo de comida, traje en especial fruta, mientras comíamos encendió la computadora de mi cuarto y puso porno, dijo mira ella es Rebel Rhyder, es la mas experta en sexo extremo, mira como le meten las manos y tres penes negros.

    Wow quede fascinada y excitada, esa rubia era una experta, mientras comíamos, bebíamos y mirábamos pornografía, lo que nos hacía tocarnos nuestros cuerpos mutuamente, mientras realizábamos esto, su miembro ya estaba nuevamente erecto, fue cuando a la actriz, le metieron su tanga completa en el ano y la hicieron expulsarla, realmente era extrema esa joven rubi, a me excitaba verla, suponía un reto, Eduardo así lo entendió también y dijo, debemos continuar, busco mi tanga azul rey, la olio la beso y se la puso en su miembro y se comenzó a masturbar, después me puso la tanga, y me volvió a fajar, en besos y caricas, nos fundíamos, acto seguido, quito la tanga con sus dientes y la bajo hasta las zapatillas las cuales comenzó a besar, después morder mis tobillos y volver a lamer las zapatillas, que rica estas puta- estas tremenda eres una diosa, se metió la tanga en su boca y me la paso en mi boca, luego me dijo pónmela como si fuera preservativo, sorprendida así lo hice, eso no venía en la escena porno, pensé, mientras hacíamos esto, de la computadora se oían gemidos de la actriz lo que nos calentaba ambos, ver como partían a esa hermosa rubia era un plus a nuestra fornicación.

    Teniendo mi tanga como si fuera preservativo comenzó a penetrarme vaginalmente. Muy tiernamente, me empezó a besar mi cuello, y me empezó a penetrar, mi tanga le daba un plus a la fornicación -te gusta amor- si me encanta tu larga verga, metió la cabeza, luego el tronco y de un golpe toda entro, la saco, hizo la misma acción, y empezó a saltar sobre de mí, intentando que entrara toda su verga, y me rompiera, mientras sus manos y mis manos se unían, después de un instante se deja caer sobre mi cuerpo introduciéndome todo de golpe su impresionante verga, llenándome por completo, he ido sintiendo como según iba entrándome me iba rozando todas las paredes de mi vagina, ha sido sensacional el placer que he ido sintiendo al irme rozando su verga a medida que me iba penetrando, ahora la noto como su punta me llega hasta la misma entrada de mi útero. Él se queda un ratito quieto sobre mí, después combina la penetración vaginal y anal, Eduardo comienza a moverse con un mayor ritmo, mientras que muerde muy rico mi cuello y parte de mi espalda, a la vez que no deja de sobar mis tetas, me las acaricia, juega con sus dedos en mis pezones y después con toda su mano me los aprieta una y otra vez. Esas caricias en mis pechos me están volviendo loca.

    Cuando está penetrando analmente, saca su miembro, enrolla la tanga en la entrada de mi ano, la coloca y con un solo empuje la mete en mi cola, y sigue embistiéndome así, una sensación de lujuria y preocupación inundan mi ser, esa tanga literal está dentro de mi, y ese joven maduro no deja de embestirme, detiene la penetración y toma una fresa y la coloca en la entrada y la vuelve a meter, un desgarrador grito sale de mi boca, mientras de la computadora solamente se oyen -aaaa —yes oh my god- a la actriz rubia la siguen penetrando esos sementales.

    Luego me dije, déjame acostarme en la cama y te sientas encima de mí y pujas, así lo hicimos – puje con fuerza, y nada no puedo- respira Verónica- te lo juro que pujo, pero no puedo, me dolía, pero ya tenía experiencia con frutas pero no con tanga, pujaba mas y mas, y nada solamente salían líquidos de mi ano, y él se los bebía, después de algunos minutos de angustia finalmente se escuchaban ruidos de mi ano, y salió la fresa, la atrapo en su boca, la mordió y la dejo en la cama, después de una larga lucha, salió la tanga, dijo se está asomando, ya bien, salió y la recibió, sentí alivio y me senté en su cara, el me besaba el ano, yo estaba aliviada, después me levanto y con su boca me dio mi tanga y la ingreso por completa a mi boca, -quédatela ahí.

    Eduardo me cargo y me llevo al borde de la cama, él se sentó y yo encima de él, dándole la espalda, introduciendo su miembro en mi ano, que ardía de dolor, aaa gemí muy fuerte, mientras introducía sus dedos en mi vagina era un placer fenomenal, después subía su manos en mis pechos, mordía mi espalda, que rico no pares mi amor. Me empezaba a arquear, lo que le daba un plus a la fornicación, luego me daba de nalgadas, se levantó y se puso de pie y con sus largos brazos me seguía cargando y su miembro me penetraba mientras yo me daba tremendos sentones, solamente disfrutaba ya que aquella tanga en mi boca no me dejaba esbozar algún quejido.

    Minutos después comenzó a besarme y finalmente tiramos la tanga. Así que grite, aaa Lalo, me estas partiendo y le clave las uñas en su espalda, por lo que el devolvió las mordidas en mi cuello y hombros, que rico era cabalgar ese miembro -aaa, duele, pero me gusta, sigue asi mi amor -claro que si perra- me daba sentones en ese miembro que me destruía analmente, hubo un momento en que solamente quede ensartada, y él me mordía muy rico la espalda, ya era de madrugada, después me volteo y quede ensartada dándole la espalda, ahora si podía morder con mayor placer mi espalda, la chupaba, lo mismo hacia con mi larga cabellera.

    Después volvió a voltearme, seguía ensartada, que fuerza tenia, seguro era el efecto del gym, y yo me daba ricos sentones en ese miembro, después tomo mis piernas y las subió a sus hombros, -que rico cógeme así, le decía, no te detengas- era incomodo pero gracias a mi flexibilidad, lo disfrutaba como loca. Aquella posición en que fornicábamos, era una especie de columpio -su pene reventaba mi ano- estábamos entregados al placer, de mi ano salían fluidos, que se juntaban con los de su pene, sentía un poco de semen, Eduardo, aprovechaba para besarme los senos, cuello y en la boca. Después me giro y quede suspendida en el aire, solamente anclada a esa verga, y nuevamente dándome sentones muy ricos, tenía mucha fuerza en aquellos brazos, pues no se cansaba de cargarme y que decir de su rica verga, muy dura.

    Acto seguida me puso en la clásica de posición de perrita, no sin antes tomar la fresa que había expulsado de mi ano, nos besamos la mordimos y cada quien comió una parte, me acomodo y me dijo te voy a embestir bien rico-Si mi amor- di la vuelta, y me penetro analmente, mientras me daba unas nalgadas, y me mordía la espalda, -aaa que rico, maestro Eduardo, me lastimas, pero me encanta, que me penetren analmente. -ya lo se perra, te encanta la verga- saco su miembro, lo masturbo y nuevamente lo introdujo en mi ano irritado, nuevamente lo saco, con sus manos separo lo mas que pudo mis nalgas y penetro –mmm, asi amor, asi, sigue, hazme tuya, reviéntame, rómpeme, soy una perra en celo, castígame por infiel, en cuanto dije esto, volvió a penetrarme duro, muy duro- mis nalgas chocaban con su cuerpo, mientras su pene entraba en mi ano, me tomaba de la cintura, para poderme embestir con más fuerza -te lo mereces por puta, por infiel, porque estas bien hermosa y rica, piensas que porque estas bien buena y puedes tener a todo hombre que desees, volvernos locos, pues la verdad es que si, me encantas amor, estas bien sabrosa —gracias amor, siguió penetrándome.

    –Que rico perrita, se nota que te gusta ser domada porque tu culo se abre sin esfuerzo. Él, hábil amante y macho dominador, se separó de mí y me azotó fuerte, me mordí el labio por lo inesperado pero delicioso castigo y apreté los puños… Maldito enfermo, me estaba dando un placer inolvidable y toda duda de revelarme ante su control desapareció para gemir como perra caliente deseosa de ser empotrada bien duro. yo gemía como loca y soltaba uno que otro grito estremecedor, para no tener la vagina desocupada yo me metía los dedos o acariciaba mi clítoris de rato en rato. Eduardo mantuvo ese ritmo e incluso empezó a jugar con mi culito, sacaba su verga completamente y me agarraba las nalgas para abrir más mi culito, luego la volvía a introducir y soltaba mis nalgas para que se cerrarán, me daba nalgadas mientras me cogía y me decía una que otra marranada por ahí.

    Después de uso veinte minutos así Lalo tuvo embestidas similares a los espasmos, supuse que se vendría y le dije ahora vente en mi cara, ahora entiendo puta porque te mantienes joven, te gusta tener mascarillas de semen, perfecto, es hora de que Verónica recupere su juventud. Se dice que no hay nada mejor que una capa de proteína que se aplica en la cara para mantener la apariencia juvenil. Elimina las líneas y las arrugas y te da un resplandor resplandeciente y esta proteína es el semen. Así que empecé a mamar y jalar ese miembro, y de repente tenía la tercera explosión de semen de la noche ahora en mi cara, una carga de esperma caliente y fundido, es la mejor manera de obtener un cutis radiante, le dije, y sonreímos, el olor era intenso, pero delicioso, algunas gotas cayeron en mis ojos, aunque arde los deje un breve instante, el semen que cayó en mi boca lo trague, posteriormente con mis dedos limpie mi cara y me lleve la leche a mi lengua y después los trague, volví a mamar el pito de Lalo, esperando sacar la mayor cantidad de semen, luego el tomo mi tanga llena de mis fluidos anales, y limpio mi cara, dejando sin rastro de semen.

    Estábamos completamente extasiados, decidimos comer un poco mas fruta, beber agua, y me dijo me puedo quedar a dormí contigo, ya son las 4am, prometo irme a las 7, tu marido llega hasta mediodía supongo, estaba tan satisfecha con ese semental que acepte, nos fundimos en un beso, no nos bañamos, el olor a sexo era muy fuerte, abrí la ventana para que se ventilara, el completamente desnudo y yo con mi puti vestido azul rey, dormimos empiernados.

    A las 6am desperté y vi que tenía una erección, la clásica matutina, y comencé a besarlo, mamarlo y morderlo, se despertó y dijo tremenda puta, quieres coger mas, así que me invito a montarlo -ahí voy mi rey, le dije- mientras me ponía en cuclillas y los tacones daban la altura perfecta para que me penetrara, acomode ese pene enorme y me senté, que rico, me mordí los labios, y así me daba unos ricos sentones, y el me ayudaba empujándome con su manos tomando mi cintura, después baje los pies y ya quedaba a su altura, -que rico culo, tienes Diosa- decía mientras yo hacía unos movimientos circulares para hacer más rica la penetración. —aah, aas, que rico, dame más, aa, mmm que rica verga de chocolate, por Dios. El me decía, me tienes como burro en primavera, despierto con mi clásica erección matutina y tu me la pones como la situación del país; muy dura. Sonreí por lo que me decía.

    Me tomo y me acostó boca abajo estirando mis piernas y manos en parecía una letra X, él se me monto, y también se estiro, sigue, que rico, dámela toda- se escuchaba rechinar la cama, mordía mi espalda, cuello, llego mi orgasmo -aaaa me moje- estaba completamente extasiada y satisfecha, así seguimos varios minutos, después, cerro mis piernas, mis manos continuaban abiertas, abrió mi ano y metía su prieta verga dura, me azotaba y castigaba muy duro con su vergota, ahora el hacia los movimientos circulares, lo que hacía mas rico el acto sexual, estábamos bañados en sudor, sentí salir sangre de mi ano, ya estaba muy adolorida, pero mi macho seguía moviéndose, la sacaba, abría mi ano con sus manos y me embestía, así lo hizo muchas veces, me dijo ya casi me vengo.

    Empezamos a realizar una especie de movimientos, a lo que Eduardo, dijo -aaa me vengo —y vacío su leche caliente, en mi ano, y así nos quedamos pegados como perros en celo, mientras el semen combinado con los fluidos de mi ano, escurría, ya por mis piernas, metió sus dedos en mi vagina, y me hizo venirme, tuve un squirt, que me volvió loca de placer, mientras mi ano, también estaba lleno de semen, terminamos completamente mojados de los líquidos de nuestros cuerpos.

    Al recuperar el aliento, él se cambió, me dijo ahora te tocara ir a mi casa -claro, respondí, y dijo que buenas alumnas tengo aquí, a lo que deduje que se ha cogido a mi hija, y dije quien es mejor, dijo ambas, tu y Ana Gabriela, son diosas. Desgraciado, le dije soltándole una bofetada y me respondió con una, para luego besarme tiernamente, lo acompañe a la puerta, miramos primero por la ventana, que no hubiera nadie, ya eran las 7 am, las calles lucían vacías, se despidió con un beso.

    Yo subí a mi cuarto y como pude me quite el mini vestido, me quedé dormida, muy feliz, estaba bien cogida, satisfecha y adolorida.

  • Patricia, el culo que no me quise coger

    Patricia, el culo que no me quise coger

    En aquella ocasión venía con un conocido de la familia de nombre Marcelino de un viaje que nos llevó a abarcar tres estados del sur oeste de este país. Prácticamente fueron 24 horas de manejo y las últimas seis yo era el que manejaba para que Marcelino descansara pues él debía de levantarse temprano e ir a su trabajo por la mañana. Llegamos a eso de las dos de la mañana y Marcelino me pidió que me quedase a descansar en su apartamento, aunque para llegar a mi casa a esas horas de la mañana era solo un viaje de 25 minutos en mi moto, la cual había dejado estacionada en los apartamentos donde vivía Marcelino, su mujer y un pequeñuelo.

    Al llegar a su apartamento su esposa o mujer se despertó y salió en una especie de bata y me alcanzó unas almohadas e hizo que el sofá se convirtiera en cama. Marcelino me alcanzó una cerveza con la excusa que después de esa agitación del manejo, un par de cervezas nos relajarían y dormiríamos plácidamente. Parecía que aquello funcionaba para Marcelino, pero no para mí, pues él desde que llegamos parecía dormitado. Patricia su mujer mencionó un medicamento para las alergias que ella tomaba y del cual yo también había tomado anteriormente y en verdad me hizo dormir como un tronco. Ella me alcanzó un paquetito de dos pastillas y sin pensarlo me tomé las dos. Ni veinte minutos pasaron para sentir el desvanecimiento que me provocaron y me dormí a pesar del calor que se sentía, pues en esa plática me hacían saber que el aire acondicionado no estaba funcionando del todo bien. Por tanto, fue Marcelino quien me había dado un pantalón corto deportivo y me acosté en aquel sofá cama.

    Estaba tan cansado y con el efecto de aquella pastilla que apenas sentí cuando Marcelino se alistaba para ir a su trabajo. Partió y solo se quedaba Patricia y su hijo que por esa época debía haber tenido 3 años. Patricia por esa época tenía sus 23 años, era 10 años menor que Marcelino y era una chica que siempre que la vi se vestía bastante provocativa. Tenía un rostro atractivo de esos redondos y achinados, siempre la vi maquillada y si no vestía minifaldas usaba pantalones cortos, pero demasiado cortos, pues creo que le gustaba mostrar sus bien torneadas piernas y la verdad tenía unos perfectos y trabajados muslos, de piernas gruesas o piernuda y de un culito bien potente. Nunca la vi como una opción para mí, pues estaba casada con el amigo de nuestra familia.

    Escuché encendida la televisión y me decía que sí deseaba descansar mejor me fuera a la habitación que ahí estaría en silencio. No le dije mucho pues me sentía como sonámbulo y a penas recuerdo me levanté y ella me dirigía a su habitación. Llegué a la cama y volví a caer rendido por el sueño, pero más que todo inducido por los efectos de aquel medicamento para la alergia. Recuerdo que soñé una y otra vez lo mismo, como cuando uno vive una de esas fiebres y eso es lo que más recuerdo y lo difuso de lo que ahora les voy a relatar.

    La verdad que en su momento me pareció como un sueño o quizá mi inconsciente quería retenerlo, así como negándome a la realidad. De repente sentí una humedad en mi pene y sentía el calor de unos labios atrapando mi glande y de una manera delicada sentía como alguien me estaba dando una felación. Sentí que me despertaba y miré la cabeza de Patricia entre mis piernas quien creo solo había hecho las mangas de mi pantalón corto y mi bóxer de un lado y me la estaba mamando. No sé cuánto tiempo había pasado, pero de una manera muy retardada sentí que mis testículos se fruncían y sentí como me corrí en la boca de Patricia quien tuvo que haberse tragado mi corrida. No reaccioné mucho y aquellos espasmos que pasaron por diferentes partes de mi cuerpo me relajaron todavía a un más que creo volví a quedarme dormido. No sé qué más me hizo Patricia, pero aquella sensación de humedad y ese calor de su boca en mi pene se sentía tan relajante que sentía esa sensación rica no pasaba. Tuve que haberme quedado dormido, pues cuando volví a reaccionar eran las 12 del mediodía. Me levanté como quien vive una resaca.

    Patricia me sugirió que me diera un baño antes de partir hacia mi casa y que me prepararía algo de comer. Acepté pues pensé que un baño con agua fría me haría despertar bien. Entré al baño donde encontré las bragas de Patricia colgadas en las puertas corredizas de la tina y estas desprendían un olor a feromonas que me incitaron a extenderlas y observarlas y por instinto me las llevé hacia la nariz. Se sentían un poco húmedas y parecía que las había dejado ahí adrede para que yo fantaseara con ella. Fue en ese momento que recordé haberla visto mamándome la verga, pero era tan confuso que no sabía si era un simple sueño o sí había sido realidad. Me bañé y me vestí, me vio salir y me dio un café.

    Nunca había sido muy cercano con Patricia pues a ella al tiempo la veía, nosotros estábamos más acostumbrados a la presencia de Marcelino, pues era un hombre muy servicial con todo el mundo, pero en ese momento del desayuno descaradamente esta chica me estaba provocando. Llevaba esa bata que le llegaba unos centímetros por sobre la rodilla, me dejaba ver sus pechos redondos cuando se agachaba o hacía ciertos movimientos y la verdad que su carita linda y su cuerpo muy sensual a cualquiera hubiese atrapado, pero siempre pensaba en Marcelino. Hizo varios movimientos esperando mi reacción, pero yo solo quería salir de ese lugar lo más pronto posible. Marcelino no era un gran amigo, pero con la amistad que siempre nos mostró sabía que no se merecía eso. Ella al ver que no me le acercaba o hacía el intento que ella esperaba me cuestionó directamente:

    -¿A poco no te gusto o no te gustan las mujeres? -un pecho lo tenía desnudo y la bata abierta y supe no llevaba bragas.

    -Me gustan las mujeres y créeme que, si no estuviera tu hijo ahí, en este momento te estuviera follando esa panocha.

    -¡Vámonos para el cuarto! –me dijo.

    -¿En la cama donde coges con tu marido? Tampoco. –le dije.

    Ella al ver que me levanté de la silla me tomó de la cintura con mucha confianza y me dijo: -Déjame que te mame la verga otra vez… creo que te va a gustar mucho más ahora que estás bien despierto. -Entonces supe que no había sido un sueño, que en verdad la vi como me chupaba la verga y aquella corrida difusa y de efectos retardados había sido una realidad. La vi seriamente a sus ojos y me quiso poner una mano en mis hombros y me fui con el vibrar ronco de mi moto. Tuve ese debate interno y no sabía si contárselo a Marcelino, pero opté por olvidarlo y no crear o en envolverme en algún problema. Obviamente nunca más me acerqué a ese apartamento, aunque Marcelino me invitara e incluso Patricia al principio me llamaba para tener un encuentro.

    Con el tiempo supe que ellos se habían separado y también supe que ese hijo no era de Marcelino, pues el mismo Marcelino me lo decía tiempo después cuando nos echábamos unos tragos. Él lo sabía, pues la conoció ya embarazada en su primer trimestre y en forma de ayuda se había quedado con él viviendo en ese apartamento. Luego con los tragos vino la pregunta que nunca pensé me haría:

    -Tú te cogiste a Patricia también ¿verdad?

    -¿Qué te hace pensar en eso?

    -No lo pienso… ¡Patricia me lo dijo! Tony… no te lo voy a tomar en mal… sabía lo que era Patricia.

    -Te dijo una mentira entonces… nunca tuve que ver de mi parte con Patricia, pero te voy a ser honesto y creo que esto es lo que pasó. – Y le conté de esa experiencia, la cual creía era algo así como un sueño difuso.

    -¡Te creo… mira que cabrona la puta esa! -terminó diciendo.

    Aquella noche me contaba que la había encontrado cogiendo con alguien más en su propia cama mientras el niño miraba a solas la televisión. Siempre tuvo sus dudas de ella, pues como dije, Patricia se vestía muy provocativa todo el tiempo y la verdad tenía buen cuerpo y una carita angelical. Una mañana salió como siempre hacia el trabajo y regresó por sorpresa en una hora solo para encontrarla cogiendo con otro. Para suerte de Marcelino, nunca reconoció al hijo de esta como suyo y su contrato de renta expiraba por esos días. Terminó siendo la puta que Marcelino decía que era, pues un buen día me la encontré en uno de esos lugares de bailarinas desnudas. Ahí pude comprobar el buen culo que tenía, las tetas bien proporcionadas que un día imaginé, y la panochita depilada que un día desprecié. Me acerqué a la tarima y creo que me reconoció y le he dejado un billete de a dólar colgado en las bragas que llevaba puestas.

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  • Mi cuñada me tuvo acojonado

    Mi cuñada me tuvo acojonado

    Aquella mañana me había levantado totalmente empalmado, sabía que mi cuñada Carmen y yo estábamos solos en la casa. Mi cuñada Carmen tenía las tetas perfectas, eran de un buen tamaño sin llegar a ser desmesuradamente grandes, y las tenía estupendísimamente bien puestas, yo no se las había visto nunca, pero en mi imaginación eran una dulzura de pechos, siempre se le marcaban es sus camisetitas de tirantes y eso me ponía a mil. Su culo era perfecto y me volvía loco solo de pensar que alguien se lo podía haber follado.

    Alguna vez a la hora de desayunar aparecía solo con esas camisetitas y sin sujetador de forma que se le marcaban aquellos maravillosos pezones que culminaban las perfectas tetas que tenía, no se ponía ningún pantalón de forma que de vez en cuando se le veían un poco las bragas (normalmente blancas) cuando se sentaba o se empinaba para coger algo de algún armario. En esas situaciones yo me ponía supernervioso y no me podía levantar de la mesa porque la polla se me ponía durísima solo de verla andando así por la cocina, y además siempre me tocaba luego ir a hacerme una paja por ella.

    Carmen y yo teníamos un problema, y era que no nos llevábamos nada bien, se podía decir que no congeniábamos nada, lo cual hacía que aún me excitara más si cabe solo por el hecho de pensar que algún día me la pudiera follar a la muy capulla (cosa que claro está solamente ocurría en mi imaginación).

    En definitiva, tenía una cuñada que estaba buena, que tenía un tipazo espectacular, que además tenía pinta de viciosa impresionante, que tenía las mejores tetas del mundo…, pero claro está, que yo jamás me la follaría.

    Esa mañana me levanté y fui a la cocina para prepararme algo para desayunar cuando apareció como de costumbre con una camisetita blanca de tirantes y en bragas, yo me volví hacia la encimera nada más verla porque cuando estaba así no sabía para donde mirar ya que la vista se me iba sin poder remediarlo hacia su entrepierna y sus pechos.

    –¿Qué vas a tomar?, me dijo desenfadadamente.

    –Buenos días, un café. Le respondí

    –¿Me preparas uno para mi sin azúcar?

    –Sí, ahora mismo. Le dije amablemente

    Preparé los dos cafés y cuando me di la vuelta, allí estaba la muy cabrona, marcando con sus dos pitones las tremendas y maravillosas tetas que tenía en la camiseta, y casi dejándose ver las bragas. Me acerqué y le ofrecí su café.

    –No me has echado azúcar, ¿verdad? Me dijo, a lo cual le respondí que no.

    Se dirigió a un armario y me quedé hipnotizado mirándola, ya que sabía lo que iba a pasar, se iba a empinar para coger la sacarina, y cuando lo hizo sus dos perfectos glúteos asomaron al subírsele la camiseta dejando ver sus braguitas por detrás. No sabía dónde meterme ante aquel maravilloso espectáculo, me había empalmado en apenas unos segundos ante semejante visión y ya no sabía cómo ponerme, me di cuenta de que sin haberlo querido ya se marcaba el bulto de mi polla creciendo en el pantalón corto que me ponía al levantarme y me fui lo más rápido posible a sentarme para ocultar la hinchazón, pero ella se había dado la vuelta enseguida y pude ver como observó y miró lo que me había sucedido. Su gesto fue de cómo si no hubiera pasado nada y una cara de indiferencia que parecía decir:

    “Te jodes cabrón, mira todo lo que te dé la gana que es lo único que vas a sacar.”.

    Desayunamos charlando de bobadas y mi polla no se bajó ni un ápice, por lo cual no me pude levantar de la mesa, menos mal que al final se levantó ella y salió de la cocina dándome la espalda, no pude dejar de observarla hasta que desapareció por la puerta, esperé un momento hasta que oí que entraba en el baño y me fui a la habitación a hacerme una paja por ella. No acababa de empezar a pajearme cuando la oí salir del baño, me incorporé, asomé la cabeza por la puerta y le pregunte:

    –¿Vas a volver a entrar o has terminado ya?

    –Si, puedes entrar ya si quieres.

    Fui al baño y cerré la puerta. De repente vi algo que me maravilló, encima de un cesto había un sujetador y unas bragas azules marino de encaje a juego, no pude por más y sentándome en la taza cogí sus bragas y después de pasármelas por la cara las envolví en mi polla que estaba más dura que nunca y comencé a meneármela con sus bragas, estaba que estallaba de placer, me parecía que me iba a marear del éxtasis que me estaba produciendo el hecho de masturbarme con las bragas de Carmen, cuando de repente escuche su voz al otro lado de la puerta del baño:

    –¿Puedes abrirme?, es que me he dejado algo y lo necesito. Dijo ella levantando la voz.

    –Siii, ahora mismo. Le respondí con un quejido lastimero que casi me hace correr sólo por el hecho de escuchar su voz a la vez que yo me estaba cascando una paja con sus propias bragas. De un sobresalto me levanté los pantalones y coloqué las bragas rápidamente donde estaban antes. Di un grifo para disimular y abrí la puerta como si nada.

    –Entra y coge lo que quieras. Le dije amablemente (pero también sofocado y nervioso). Ella fue hacia donde estaba su ropa interior y yo seguí lavándome la cara delante del espejo, cuando… ¡tierra trágame!

    –¿Has tocado tú esto? Me dice enseñándome su ropa interior sobre su mano

    –Nooo, ¿Yooo?, ¿para qué? Dije en un estado de nervios que se me notaba a la legua

    –¡No estaba así cuando yo lo dejé! Dijo elevando la voz y con mala leche

    –No, pues yo no lo he tocado.

    Se quedó pensativa y dijo:

    –¡Serás cerdo!, verás cuando venga mi hermana….

    –Pero, ¿yo qué he hecho yo…? Si no he hecho nada

    –¿Te parece poco hacerte una paja con mis bragas?

    De repente casi me da un infarto, me ruboricé como no lo había hecho en mi vida, no sabía dónde meterme ni que decir, pero al final balbuceé:

    –Por favor…, no le digas nada a tu hermana, te lo pido por favor… Dije suplicando.

    –¿Qué pasa?, ¿no tienes bastante con mirarme el culo y las tetas que también te tienes que pajear con mis bragas, cerdo cabrón?

    No sabía que decir y lo único que se me ocurrió fue un:

    –Lo siento… (lastimero)

    –¿Lo sientes…? ¡No, si ahora encima me las tendré que poner después de que las has tenido en tu rabo, ¡Serás cerdo! (me dijo)

    –Solo ha sido un momento, lo siento, no volverá a suceder, te lo juro.

    –Eso seguro, después de que lo sepa mi hermana, no te la vas a volver a cascar ni con las suyas.

    –Por favor Carmen, no se lo digas…

    –Pero…, ¿Cómo puedes estar tan salido y ser tan guarro?

    Yo ya no pude decir nada más y ella salió del baño. Me quedé allí con cara de gilipollas, pensativo apoyado en el lavabo, viendo la que se me venía encima cuando viniera su hermana. Al cabo de un rato vuelve a entrar en el baño con un corpiño hasta la cintura y unos pantalones vaqueros en la mano, me aparté del lavabo donde ella se puso enfrente, y otra vez la muy cabrona se dejaba ver las bragas, esta vez llevaba puestas las azules de la discordia, no pude evitarlo y mirar, aunque solo fuera un instante ese maravilloso espectáculo, aunque enseguida baje la cabeza en señal de resignación.

    –Todavía no me lo puedo creer (dijo ella), ¿Qué pasa, esto te pone?

    –Lo siento Carmen, de verdad que lo siento

    –No eso es verdad, de verdad que lo vas a sentir… ¿Te pone mirarme, verdad?

    Yo no sabía que decir ni dónde meterme, y le dije finalmente:

    –Joder, tía es que como te había visto en la cocina y vi que se te veían un poco las otras bragas no pude contenerme.

    –No si ahora va a ser culpa mía, ¡no te jode, el salido este…!, pues que sepas que yo en mi casa ando como me da la gana y si no eres capaz de aguantar ver a una tía en ropa interior no salgas de la habitación.

    –No esperaba que estuvieses así esta mañana, no pude remediarlo, lo siento de verdad.

    –No si ya vi cómo se te puso esta mañana la polla en cuanto no me quitabas los ojos de encima en la cocina y la mirada que me has vuelto a echar ahora cuando he vuelto a entrar en el baño, ¿seguro que se te ha vuelto a poner dura otra vez verdad?

    Aquellas palabras hicieron que mi polla comenzase a crecer dentro del bóxer aunque yo no lo deseaba esta vez.

    –No, no disimules, si ya lo puedo ver yo otra vez (dijo la muy puta). ¿Sabes lo que vas a hacer?

    –No. Le dije asustado

    –Vas a sentarte ahí y te vas a masturbar delante de mí, cabrón.

    Mi sorpresa fue alucinante y no podía ni sabía que hacer.

    –¡Vamos!, siéntate y menéatela, ¿no es lo que querías…? Y si no lo haces mi hermana se enterará de tu aventura con mis bragas.

    Me senté y totalmente excitado bajé el pantaloncito y saqué la polla lateralmente del bóxer. Estaba tremendamente empalmado y me agarré la polla con la mano derecha comenzando con un leve pajeo delante de la zorra de mi cuñada que ahora estaba frente a mi mirándome con cara de mala hostia.

    –¡Venga!, hazlo más rápido. Me dijo levantándose el corpiño y dejándose ver todas las braguitas azules ante mi sorpresa.

    –¿No era esto lo que querías capullo?

    –¡Aaaaah!, dije excitadísimo

    –Al menos tienes una buena polla cerdo. Dijo introduciendo poco a poco y ante mi sorpresa su mano por dentro de sus bragas.

    En aquel momento yo me la meneaba cada vez más deprisa sin dejar de mirarla, esa visión era lo que más me había excitado en mi vida. No me lo podía creer, la muy zorra que poco antes casi me hace suplicarle llorando que no dijera nada ahora estaba frente a mí y mientras me obligaba a hacerme una paja delante de ella se estaba tocando el coño por dentro de esas sexis bragas azules de encaje que hace poco estaban alrededor de mi polla.

    –¡Sigue cabrón! Me decía mientras se retorcía y contoneaba enfrente de mí.

    En ese momento saco su mano de dentro de las bragas y con su mano izquierda aparto levemente hacia uno de los lados sus bragas dejando ver todo su vello púbico bien arreglado mientras con dos dedos de la mano derecha se masturbaba cada vez más frenéticamente. Yo ya no me tenía en mí y grité:

    –Aaaagh! ¡Me voy a correr!

    –¡Córrete cabrón!, ¡córrete por mí que yo lo vea!

    En aquel momento salió de mi polla la mayor ráfaga de leche que había echado en mi vida, y salió hacía ella que se encontraba apoyada en la pared frente a mí a poco menos de un metro. La primera ráfaga de leche alcanzó su muslo derecho justo por debajo de su ingle y la siguiente algo más corta dio en su tobillo, el resto se quedó en el suelo y en el glande de mi polla y en mi mano. Ella deslizo ante mi sorpresa su mano hasta la leche que le caía por el muslo y se la subió hasta los labios de su coño moviendo la cabeza y sus dedos como una loca y gritando:

    –¡Aaaaah! ¡a mi tambieeen, a mi también me viene… aaaah!

    La muy zorra se había corrido casi a la vez. Yo estaba relajado tocándome la polla que casi no había perdido ni un milímetro de su tamaño por lo que acababa de ver y a la vez pensando que después de esto ya no tenía miedo de que se chivara. De repente la muy cabrona se levantó el corpiño y ante mi aparecieron sus dos preciosas tetas, que se transparentaban realzadas por aquel espléndido sujetador de encaje azul a juego con las bragas que llevaba puestas:

    –Ahora te vas a enterar tú cabrón. Dijo avanzando sobre mí, y agarrando mi polla y apartando sus bragas hacia uno de los lados se sentó sobre ella, una vez que mi verga apuntando hacia el cielo se había introducido levemente dentro de mi cuñada me colocó los dos brazos sobre mis hombros alrededor de mi cuello y comenzó un leve sube y baja inigualable mientras yo agarraba con firmeza su culo con las dos manos.

    –Te voy a follar como no te ha follado mi hermana en su vida. Me dijo al oído mientras aumentaba el ritmo de la follada

    –¡Ah, Siii, fóllame puta!

    –Aaaah, cabronazo, pero que polla tienes.

    Carmen subía y bajaba como jamás lo habían hecho antes, su recorrido era enorme ya que nunca había estado tan empalmado, me sentía la polla en un estado que no parecía ni la mía, pero me reconfortaba saber que se la estaba dando a la zorra de mi cuñada, lo buena que estaba y que bien follaba la cabrona.

    –¡Aaaah, Goza puta!, (le volví a chillar). Me voy a correr dentro de ti zorra.

    –¡Como te corras dentro de mi te mato cabrón!

    Aquellos insultos me ponían a mil y su movimiento era perfecto. En aquel momento deslicé mis manos hacia sus tetas y las liberé de la prisión del sujetador sin quitárselo, sólo sacando sus perfectas tetas por encima de ambos aros. Aquello me volvió loco, con los movimientos que hacia sus tetas subían y bajaban a una velocidad endiablada y aduras penas me dejaba lamer de vez en cuando esos maravillosos y grandes pezones que coronaban sus pechos.

    –Ayyy… uhmmm…. ahhhh… la escuchaba quejarse y suspirar

    –No aguanto más…, ya no puedo más… ¡Tomaaa toda mi leche!… grité cuando la solté toda dentro de ella sin poder remediarlo por el placer que me estaba proporcionando con aquella follada.

    –¡Cabrón, te has corrido!

    –Siiii…, Ay tía…. No he podido evitarlo

    –Aaaay… que rico… Debo de estar loca salido de mierda… Uhmmm… Aaaaah… aaaay… Siii…, siii, así… vocifero ella mientras tenía su segundo orgasmo.

    Yo sostenía sus tetas en mis manos y las apretaba mientras se retorcía de placer con mi polla aun dentro. Fue cuando me envalentoné y cogiéndola por debajo de los muslos la levanté y me dirigí hacia su habitación con ella en brazos. En el recorrido nos comíamos la boca el uno al otro, al llegar a su puerta la empuje con un pie y le dije al oído:

    –Ahora vas a saber tú lo que es que te follen de verdad…

    –¡Fóllame cabronazo! Que eso es lo que has deseado siempre

    –No lo sabes tú bien cuñadita…, y más ahora que sé lo puta que eres

    La tiré encima de la cama y apartando sus bragas comencé a comerle el coño despacio, muy despacio, con mi lengua recorriendo delicadamente sus húmedos labios hasta llegar dulcemente al clítoris y recorriéndolo circularmente mientras ella se contoneaba sin contenerse y gritando:

    –Asiii, asiii, no pares, sigue así cabrón, aaaah… Por Dios, pero que bien me lo comes… ¡No paaares…, siii…, no pares, no pares, sigue así!

    Repentinamente corté la comida de coño y ella comenzó a insultarme y a llamarme de todo menos bonito, la volteé fuertemente y la coloqué a cuatro patas, para entonces mi polla había vuelto a ponerse dura como una piedra y más ante la visión de Carmen a cuatro patas, con ese maravilloso culo y además con aquellas bragas azules de encaje preciosas, me sostuve la polla con la mano derecha a la puerta de su coño y se la clavé de golpe:

    –¡Toma polla puta!…

    Y comencé a bombear dentro de ella como nunca había hecho antes, me dolía de lo grande que se me había puesto, no me lo podía creer, me había pegado dos corridas bestiales y tenía de nuevo otra erección bestial, la visión de Carmen a cuatro patas, gimoteando, gritando y jadeando…, la cantidad de veces que me había imaginado aquello y la cantidad de pajas que me hacía por ella eran sin duda lo que mantenía mi polla en aquel estado mientras la seguía follando acompasadamente sin acelerar para durar jodiéndola todo lo que pudiera

    –Ahhh, Te voy a partir en dos…

    –Ayyy, me la vas a sacar por la boca…, eres un cabronazo… replicó ella volviendo su cara hacia mí volteando toda su melena castaña mirándome fijamente

    –Que bien me follas y que dura la tienes

    –¿Te gusta eeeh, puta?

    –Aaaah, siii…, no pares, continua así por favor

    Saqué mi polla de golpe ante lo cual ella grito desesperadamente

    –¿Qué haces cabrón? ¡No pares cabronazo…!

    Entonces coloqué mi polla en el inicio de su culo y ella intentó zafarse de mí, pero yo la tenía bien agarrada por las caderas y la volví a atraer hacia mi

    –¡¡¡Ni se te ocurra…!!! Dijo ella sabiendo la que se le venía encima

    Yo noté que si bien su rechazo había sido enérgico no se había apartado ni quitado de la posición en la que la tenía, así que probé a acercar mi lengua a su estrecho orificio, comencé a lamerle y a comerle el culo para humedecer aquella maravilla introduciendo levemente la lengua en su culo mientras a la vez se lo abría con las dos manos suavemente.

    –Aaaa, uhmmm…. ¿Pero que me estás haciendo cabrón? Se relamía de placer ante aquella nueva sensación de placer para ella.

    Me coloqué armado detrás de ella otra vez:

    –¿No te han follado nunca el culo puta…?

    –Aaaay…. Nooo.

    –Asiii despacito… dije introduciendo la punta de mi capullo suavemente por aquel impresionante culo, fui poco a poco deslizando mi polla con suavidad, el espectáculo que se me ofrecía desde atrás era inigualable, jamás había visto algo que me pusiera tan excitado y tan cachondo. Era el culo de la capulla de mi cuñada Carmen atravesado por mi polla. Yo me había quedado quieto solo con el glande dentro de su culo para que se acomodara y se fuera acostumbrando a mi duro miembro poco a poco.

    Era una satisfacción saber que era el primero en destrozar aquel culo, en haber convertido poco a poco aquella fiera salvaje que me había tenido acojonado y me había hecho sentirme totalmente sumiso a su merced en una gatita que aceptaba lo que se le pidiese, y por fin al cabo de un rato (lo que yo esperaba) volvió a surgir la fiera salvaje que siempre surge en esos momentos en que les haces esperar lo que más desean:

    –¿A qué esperas cabronazo…? ¡Yaaa…. hazloo ya por favooor…! ¡Métemela, metemelaaa ya…! ¡Rómpeme el culo de una vez!

    –¿Eso es lo que quieres puta…?

    –Siii, eso es lo que quie… No pudo terminar porque empecé a clavar mi polla desde el inicio hasta el último centímetro en su culo hasta llegar a los huevos que golpeaban continuamente sus nalgas mientras la embestía y a la vez ella profería gritos e insultos instándome a que no me detuviese, cosa que yo ya no pude a hacer:

    –¡Me voooy…! Chille a la misma vez que tirando de sus bragas por ambos costados se las arrancaba de golpe vertiendo toda mi leche dentro de ella

    –¡Vente dentro de mi culo cabrón…!

    Mi leche salió de mi polla por tercera vez y esta vez dentro del culo de Carmen, a medida que me corría iba saliendo por el contorno y por los bordes de su culo y resbalaba hacia su coño liberado de sus bragas ya. Permanecimos así durante un buen rato hasta que ella levanto su cabeza que descansaba sobre la cama y me dijo volviéndose:

    –No te creas que esto se ha acabado aquí cabronazo…

    Se levantó se puso un tanga negro que creí que la me iba a volver a poner dura otra vez, se vistió y se fue.

    Durante un buen tiempo pensé que volveríamos a follar, pero después de pasar un tiempo sin que pasara nada me di cuenta de que la cabrona de mi cuñada Carmen ahora tenía ella más miedo de que su hermana se enterara de algo del que yo había tenido en su momento, total, fue ella la que empezó a follarme, al fin y al cabo, yo solo me había hecho una paja con sus bragas.

    El polvo con mi excuñada (porque yo ya no tengo nada con su hermana) Carmen fue lo más bestial que me ha sucedido en mi vida, pasé de ser follado y sometido a ser follador, y es que ella se lo merecía.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (31)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (31)

    Distintas las vistas. ¿Mismo el panorama?

    Curiosamente, ahora que transitamos por el centro de esta avenida, ya abandonada del agobiante bullicio y desahuciados los andenes del transitar curioso de los turistas, tan solitarios los accesos de las coloridas edificaciones y añorando las fachadas fulgurar con los diurnos rayos solares, me siento extrañamente más tranquilo y menos confundido. ¿Conforme? Puede ser, aunque la opresión en mi pecho y el estrés, se conjuguen para reactivar mi gastritis.

    Rodrigo, cuando me avisó que Mariana vendría, indicó que debíamos aceptar a las personas que nos rodean como ellas llegan a nuestras vidas. Con su felicidad y cambios de humor, sus realidades y sus entresijos. Igualmente con su romántica inmadurez, los cambios corporales y actitudes sentimentales. Qué debíamos desistir en creer que en nuestro diario presente no evolucionaríamos y dejaríamos de ser como fuimos al principio; y aceptar que mañana tras mañana seremos, no cómo creemos continuar siendo o pretendiendo que sean, si no como finalmente terminaremos existiendo después de madurar en compañía o… ¡Solos! La amé por cómo era. ¿Debo aceptarla y continuar amándola como ahora es?

    A ciencia cierta no lo sé. Pero es mejor así, soportando de frente los golpes que aparentemente Mariana no me quiso dar. Me sentía náufrago y hundido en un mar de incertidumbres, pero al desvelarme descarnadamente este traidor recorrido, curiosamente me ha lanzado un salvavidas para que pueda salir a flote. Esta intranquilidad, poco a poco se me está quitando, como si descamara mi piel quemada gracias al ardiente sufrimiento de conocer la verdad de su infidelidad. ¡Si ella había encontrado la llave, ahora yo, al fondo de este oscuro laberinto, he visto un pequeño claro para sanar de mi dolor!

    Agradezco esa sinceridad, a pesar de que con sus recuerdos como fustas, prosiga flagelándome. ¿Me siento indiferente? Para nada. Todavía me escuece el pellejo, y tengo en escombros mi embeleso y amor por ella. Los restos, todos, están esparcidos en los rincones de mi corazón. Puede que con el tiempo logré recogerlos y ensamblarlos en su sitio nuevamente. Algunos bordes los hallaré desgastados y erosionados, restándole algo de consistencia y quizás un poco de lustre. ¿Querré embarcarme en ello por segunda ocasión? Darle otra oportunidad a Mari…

    — ¡Te fuiste y me abandonaste! —Me interrumpe Mariana, abstrayéndome de mis pensamientos.

    — ¿Ahh? No, no. Para nada, sigo aquí. Tan solo pensaba. —Le respondo de inmediato.

    —No me refería a eso, Camilo. Si no a tu huida de la fiesta, después de bailar con tu asistente varias canciones, incluida tu rumbeada con Diana, prescindiendo de hacerlo conmigo.

    — ¡Y que querías que hiciera, si no me prestabas atención! –Elevo sin querer el tono de mi voz. – Te la pasaste hablando con tus amigos y otras personas que no conocía. Tuve que distraer mi enojo y desviar mi mirada para no cometer alguna estupidez, por eso bailé con Elizabeth, la señora Carmencita y Fadia. ¡Ah!, y soportar la extensa charla y bromas de tu compañera.

    — ¿Hablas de Diana? –Camilo pestañea y con ese simple gesto me lo confirma. – Los vi bailar por supuesto, pero la verdad no me preocupaba por ella. Supuse que se te estaba insinuando, pero confiaba en ti. ¿No es verdad?

    — ¿Insinuando? Más correcto sería decir que tu compañera se me estaba ofreciendo descaradamente. Se me pegaba bastante bailando merengue o vallenato, y hasta me preguntó la razón de asistir a esa fiesta sin la compañía de mi esposa.

    —Arquitecto… ¿Y se puede saber en dónde dejo a su señora? ¿Por qué no lo acompañó esta noche?

    —Se «maluqueó» antes de salir. El almuerzo tal vez la indispuso y decidimos mejor que guardara reposo. —Le respondí.

    —Suspiró sospechosamente alegre y apoyó la frente en mi hombro. Después de unos segundos se apartó levemente y sus manos ascendieron sin recato por mi pecho hasta el cuello, y ya tras mi nuca con decisión, entrelazó sus dedos arrimándose todo lo que mi falsa barriga le permitía. Yo sabía claramente lo que ella pretendía, –una loba disfrazada de Caperucita Roja– y por supuesto que al aspirar el aroma opulento y poco sofisticado de su perfume, o quizá al sentir sus tetas oprimirse contra mi pecho, consiguió que la sangre fluyera con precepitud hacia mi pene y este comenzara a hincharse, y yo sin la intimidad requerida para enderezarlo y acomodármelo, pasé vergüenza.

    —Continué bailando con ella, mezclados entre las demás parejas, entre ellas tú y ese señor con disfraz de faraón pero sin perderte de vista, pendiente de cada gesto tuyo o de cada movimiento de sus velludas manos sobre tu espalda en cada giro que daban al bailar, mientras mi cuerpo cada vez sentía más adherido el perceptible torso de tu compañera. Los dos, ella y yo. Los cuatro, tú y ese señor. Y todos los que bailábamos en aquella atiborrada sala estábamos muy acalorados y distendidos al sostener charlas triviales, sin lógico sentido y con ruidosas carcajadas festejando toda clase de chistes flojos e insinuaciones subidas de color; con mi mirada disimulada hacia el lugar donde te encontrabas dando lentas vueltas y el gozoso verde en tu semblante, obsequiando pintadas sonrisas con el vibrante carmín en tus labios, en respuesta a comentarios indescifrables de tu compañero de baile, con su frente tan brillante por el sudor como el deseo por ti que demostraban sus codiciosos ojos.

    —La excitación de tu amiga Diana era tal, que susurrándome con una voz más delgada y sensual que de costumbre, me rogó para que la acompañara un rato al patio trasero de la casa, mientras tres de sus dedos rozaban la piel de mi pecho, jugando a despejar con las uñas en mis vellos negros, un caminito de caricias disimuladas hacia mi mentón, intentando excitarme para escaparse conmigo de aquel poco iluminado salón y que perdiera yo el control abandonándote allí, olvidando con su compañía y bromas, mi enojo. Antes de concluir la canción, disimuladamente bajó su mano hasta mi muslo e intentó colarla por debajo de la tela pero respetuosamente me aparté y le dije que yo no estaba dispuesto a traspasar fronteras ni cruzar líneas rojas traicionando mi lealtad matrimonial, y mucho menos faltar al respeto que le debía guardar a una compañera de labores, pasada de tragos.

    — ¡Pues yo sí creo que tienes suficientemente larga la mecha, para encender sin tanta precaución este polvorín! —Bromeó conmigo, mientras la palma de su mano tanteaba por encima de la imitación de piel de leopardo, la rígida extensión de mi verga.

    —Y entonces en ese momento, Eduardo y Fadia me rescataron de sus garras, ofreciéndome por fin una refrescante cerveza casi helada. O eso fue lo que agradecido e inocentemente pensé primero esa noche, pero ahora comprendo que fue parte de su perverso interés para distraerme y encubrir tu escape. —Mariana se muestra avergonzada, más no sorprendida.

    —A pesar del alto volumen de la música, pude escuchar el ronquido de un motor ostentosamente acelerado y que comenzaba a disiparse alejándose, secundado por vítores y aplausos. La curiosidad hizo que mis ojos se dirigieran hacia la puerta de la casa, al igual que mis pasos, seguido de cerca por la lustrosa calva de un Drácula traidor y las ojeras demasiadas morenas de la falsa Morticia Adams. Justo antes de salir me topé nuevamente con Diana bajo el color caoba del marco del portón, a quien sin indagarle por el ruidoso motivo, risueña nos informó que su amiga finalmente lo había hecho.

    — ¿De quién hablas? —Finalmente le pregunté para saciar mi curiosidad.

    — ¡Pues de la escrupulosa de Melissa! ¡Se fue a dar una vuelta con Nacho en su moto! El pobre estaba desesperado por estrenar el regalo que ella le obsequió para celebrarle su cumpleaños. Nachito la retó y esa loca aceptó. —Nos dijo sonrosada y entusiasmada por la hazaña de su amiga.

    — ¿Cuál regalo? —Le pregunté actuando ante ella como el arquitecto despistado.

    —Pues la chaqueta importada de piel de cordero. ¿No la viste? La negra «Made in U.S.A» igualita a la de los típicos harlistas, malotes y musculosos de las películas gringas. —Me respondió.

    —Sorprendido y enojadísimo, tomé la decisión de escabullirme de esa maldita casa y de la angustia que me hacías sentir al saber que estabas con él. Acompañado por un cigarrillo para contener el frio, caminé calle arriba y calle abajo, medio perdido por aquellos lugares desconocidos, esperando encontrarte. Por supuesto qué no los vi, así que desabrigado regresé para recoger la 4×4 y vencido ante la evidencia, volver solo a nuestra casa.

    —Me fui de aquella fiesta sin despedirme de nadie, con el sin sabor de escuchar de tu boca una explicación a todo lo ocurrido, mucho menos de un… « ¡Detente, no me dejes!», porque sencillamente ya no estabas. Tú y él se me habían adelantado, al salir disparados en su motocicleta, solo para darle el gusto de estrenar contigo su chaqueta nueva y tú, el que creí, dar tu primer paseo en moto. Yo me alejé con el disgusto y la decepción de saber qué hacías con él, algo que conmigo… ¡Nunca te atreviste!

    En Mariana habita la amargura y en sus ojos semi cerrados el llanto. La veo vulnerable y camina ahora a pasos cortos, con su cabeza inclinada sintiéndose culpable. Escucho con claridad su respiración entrecortada. Levanta la vista con su azul acongojado y las pestañas negras arrinconadas, emparamadas por las lágrimas; suspira delicadamente y lleva una mano a la mejilla izquierda, luego a la diestra, secándolas con el dorso.

    — ¿Falta mucho? —Le pregunto a Mariana, previendo que quiere hablarme de ello. ¿Defenderse? ¿Expiar sus culpas?

    — ¡No tanto! Unas cuantas calles hasta la esquina de Johan Van Walbeeckplein y luego caminamos un poco desviando por Penstraat, al frente de…

    —No preguntaba por la distancia. Me interesa más el tiempo que me resta por conocer de todo tu pasado. —Le aclaro, interrumpiendo su despiste.

    —Fa… Faltan algunas cosas más. –Me contesta balbuceando. – Sí, hablé esa noche con algunos amigos de José Ignacio y otros empleados de la constructora. ¡Puff! –Exhala ruidosamente. – Aún me sentía enojada contigo por hacerme sentir mal con esa mirada. Ya rodeada por él y K-Mena, por Carlos, Eduardo y el gerente del banco, respondía a sus inquietudes por el cambio en mi disfraz. Ellos estaban extrañados por…. Es que yo… Cuando me probé el traje de látex en nuestra casa, al frente del espejo del baño antes de mostrártelo y pedir tu opinión, me tomé algunas selfies posando como Gatúbela y… ¡Wow! Me vi tan espectacular que… ¡Qué la vanidad destacó por encima de mi discreción y las subí al falso perfil de Instagram!

    —Todos ellos por supuesto desaprobaron el nuevo. Que sí, que era divertido y diferente, pero poco revelador. José Ignacio, astuto e irreverente como siempre, por supuesto dio en el clavo al verme llegar a la fiesta sin mi falso marido. Inventé la excusa de otro viaje de trabajo, imposible de postergar, pero para él y su olfato de conquistador, todo le indicaba que me habían obligado a asistir vestida así para no levantar demasiadas pasiones. Y delante de todos, con desfachatez se llevó la mano a sus pelotas, apretándose el paquete por encima del pantalón de su disfraz, imitando al Sheriff de «Toy Story», provocando las carcajadas en todos los que me rodeaban.

    —Se me metió en la cabeza el bichito del desmadre, y pensé que había hecho mal dejándome afectar por la reprobación que observé en tu mirada y que me obligó, –sin que pronunciaras palabras– a cambiar de vestuario para complacerte. ¡Y me enfurecí aún más contigo! Por eso decidí pasar de ti esa noche y hacer como que en verdad no existías en esa fiesta, si no como otro invitado más. Si te ponías celoso y te enojabas al pensar como otros hombres me comerían con sus miradas, sería una situación por solucionar al día siguiente, pero antes te iba a dar un escarmiento. Bailaría con todos los que me invitaran a hacerlo, con él sobre todo, y entonces si ibas a tener dos problemas. Primero… «Desemputarte». Y segundo… ¡Reconquistarme!

    Escuchándola apenas si caigo en cuenta de que Mariana deambula melancólica por la acera. Yo lo hago cabizbajo a su lado, pero unos dos metros distanciados zapateando el gris pavimento. Tan cerca los dos y sin embargo muy alejados con estos recuerdos. No ventea mucho por esta avenida, pero mi olfato sí percibe el nocturno aroma cítrico de los naranjos y limoneros que adornan los jardines contiguos. ¡Un momento! Es la piel de mi mejilla izquierda, mi mentón también, que distinguen con claridad la sensación de un húmedo y fino arroyo. ¿Lloro? Y con la yema del pulgar derecho rastreo el cauce, se moja y al tantearlo, la punta de mi lengua le informa a mi cerebro que sí, que no es una gota de lluvia pues su sabor es salado. Estoy llorando y apenas me he dado cuenta. Del ojo derecho, completamente cerrado, siento brotar una más, seguida por otras, recorriendo por igual ese costado.

    —Sabía que quizás en la casa tendríamos una fuerte discusión pero me atreví, pensando en solucionarlo con un rezagado… ¡Perdóname mi amor! Lo escuchara inicialmente de tus labios acompañado de un bonito arreglo floral entregado por tus manos antes del mediodía, o tuviera mi boca que enunciarlo primero para ti, con un suculento desayuno preparado por las mías y colocado amorosamente sobre tus piernas, en nuestra cama, como pocas veces nos sucedía. Me excedí, lo sé, y tu amigo ese, tu asesor del concesionario, me lo hizo ver así al suplicarle que me ayudara. Me comporté como una niñata rica y presumida con actitud de adolescente mimada. ¡La embarré muy feo contigo esa noche!

    Guarda silencio por breves segundos, más no me mira. Solloza suavemente y limpia la humedad de la nariz con un pañito facial. Su recortada melena ondea desordenada pero luminosa bajo la ambarina luz de los postes, así como en la palidez de su rostro, el cansancio igualmente corteja a su vergüenza. Anda pensando en algo que no le agrada, pues repetidamente niega con la cabeza. Deduzco por ese gesto que debe y que necesita extenderse en recuerdos para finiquitar esa página, infringiéndole otra herida adicional a mi corazón. ¡Y lo va a hacer!

    —Salir enojada de la casa sin despedirme de ti ni de Mateo, fue la primera de todas. La decepción en tus ojos al ver cómo recibía de sus manos las llaves del Audi en esa cocina, la segunda. La entrega del regalo de amigo secreto a José Ignacio, permitiendo que me lo agradeciera con ese abrazo demasiado apasionado y los dos besos efusivos, –peligrosamente cerca de la esquina de mis labios– que desafortunadamente tuviste que presenciar, fue la tercera. Tampoco olvido la cuarta, con aquel gesto de asombro y desagrado en tu rostro, ante la manera de bailar tan… ¡Tan provocativa y sensual, dejándome «rumbear» por él! Y la terminé de embarrar contigo al aceptarle de forma irresponsable, dar una vuelta en su amada motocicleta, los dos con bastantes tragos encima, y ya bien entrada la madrugada.

    Lo que acabo de escuchar, reconociendo sus errores, alivia un poco mi desazón. La observo detenidamente y noto en la palidez de su rostro, su oprobio y desolación.

    Medio absorta en sus recuerdos, sin apartar la vista del suelo, ni estar pendiente a mi reacción, avanzamos unos metros más. Ante mi visión un «tris» acuosa, –tal vez igualmente frente a la de ella– un gato atigrado salta al andén desde la verja de metal a la derecha de Mariana, y cruza por delante suyo. Luego con rapidez, sin apartar de los míos el redondo reflejo tapetal de sus dos ojos, en cuatro saltos ya se siente seguro en la otra acera y garboso camina alejándose con la cola enarbolada.

    Mariana se ha detenido sin avisarme, y yo tan distraído por el felino he avanzado unos cuatro pasos más, hasta que la docilidad en su voz me paraliza.

    —Hemos llegado, Camilo. Aquí es donde me hospedo.

    Los pasos de mi esposo transitando lentos uno detrás del otro, produciendo ruidos secos al arrastrar las suelas de vez en cuando, –como si su humanidad al soportar mis verdades le aumentara kilos de peso– de repente pasan a la inmovilidad total. Al detenerse ante mi llamado, únicamente gira su cabeza y me observa con sus ojitos pardos, algo sorprendido. De frente lo ilumina por completo la luz gualda de las lámparas ubicadas en los dos postes de la entrada, erigidos tras de mí. Trasnochado su rostro, sus ojos tan humed… ¿Ha llorado? ¿A qué horas qué no me percaté? Mmmm, pobrecito mi amor. Debe estar igual de cansado y adolorido que yo. ¡Él al escucharme y yo tras atormentarlo! Mis ojos lo atisban demacrado y avistan sombras brunas bajo sus párpados, agotados de soportar el continuo embate del sufrimiento transformado en llanto.

    — ¡Hasta que finalmente lo conseguiste! —Le contesto a Mariana, –frotándome con dos dedos mis lagrimales– que permanece de pie a la entrada del estacionamiento del hotel.

    — ¡Sí señor! Aunque en esta situación, sin ti y sin nuestro pequeño loquito junto a nosotros, no es lo mismo. —Me responde sin vacilación.

    Y es que recién llegados, al dar un paseo por los alrededores de la isla en el modesto velero de William, a Mariana como a mí nos llamó la atención este lugar, con sus playas de arenas blancas, aguas de un azul turquesa muy sosegadas, y la distribución de las habitaciones con la gran mayoría de los balcones, apostados de frente al mar.

    Camilo avanza dos pasos en mi dirección, pero se ha detenido después del tercero. Se muestra indeciso y nervioso. Cóncava la palma de su mano, frota la desnudez de su nuca por debajo de la correa que ajusta su gorra de los Yankees, y carraspeando antes, enseguida pronuncia alterado su desilusión.

    — ¡Porque putas tuviste que hacerlo Mariana! ¿Por qué con ese güevón y no conmigo? —Me pregunta y la vergüenza me pesa montones, por lo cual agacho la cabeza y enseguida cruzo los brazos frente a la redondez de mis senos, –sosteniendo el sombrero a un costado con la mano diestra– y con la punta dorada de mi sandalia, la del pie derecho, trazo imaginarias líneas en el andén frente al izquierdo.

    Supongo que Camilo se está refiriendo al paseo en esa motocicleta. ¡Fue una ofensa para él! Lo entiendo ahora, más en ese instante, para mí solo fue otra demostración de independencia ante las demás personas que nos rodeaban en el antejardín de la casa, sus amigos y algunos compañeros, –mientras fumábamos, unos pocos hierba y otros como yo, cigarrillos– que las riendas de mi vida las llevaba yo y nadie más. Ni siquiera mi supuesto y ausente marido.

    — ¡La quiero más que a mi novia! –Nos lo dijo orgulloso. – Aunque fuera precisamente ella quien me la obsequió desarmada en una caja de madera, y al estar ahora de viaje por Europa, no pueda vivir la experiencia de verla reconstruida por mis manos. —Le respondo a Camilo, para aclararle lo que no vio ni escuchó.

    —Enseguida, rodeando la moto por la parte posterior, se me acercó y acariciando con sus dedos los remaches metálicos y las tiritas de cuero de mi obsequio, me dijo delante de todos…

    — ¡Y con esta chaqueta que me has regalado, haré exactamente lo mismo, cosita rica! Cuando salga en ella, de ahora en adelante la llevaré conmigo siempre, ojalá contigo como principal acompañante.

    —Ajá. ¡Si claro, cómo no! Yo, y quien sabe cuántas más. —Sonriente y empoderada, de manera irónica le respondí.

    —Te lo prometo bizcochito. ¡Es más, ven! Acompáñame a estrenarla de una buena vez. –Ya medio aturdida por el alcohol, le miré extrañada. – ¡Te juro que solo será una vuelta a la manzana y nos regresamos! —No le creí para nada pero de todas formas me subí detrás suyo.

    —Es verdad que como lo escuchaste, arrancó lento, apenas haciendo ronronear el motor. Pero al girar para tomar la siguiente calle a la derecha, ruidosamente aceleró, tal si quisiese provocarle pesadillas a los vecinos que ya dormían; y yo asustada me recosté sobre su espalda, con la tela amarilla de mi frac elevándose tras de mi como si fuese la capa de un superhéroe.

    —Apenas si me di cuenta de que en pocos minutos habíamos alcanzado el costado occidental de la autopista. Enfiló la llanta delantera hacia el sur y llegamos a la Lara Bonilla. Encadenada con mis brazos a su vientre, al inclinar la motocicleta, en un santiamén ya girábamos hacia el norte nuevamente, evitando el habitual retén policial frente al centro comercial. Y en tan solo unos minutos llegamos de nuevo. Frenó un poco brusco antes de ingresar al garaje, y tras darle un golpecito cariñoso con la mano al pulido tanque de la moto, la apagó dejándola aparcada al lado izquierdo de mi Audi.

    —Al bajarme de ella, estaba más lucida. ¡Por el frio de la madrugada o por el susto que sentía al saber que debería enfrentarte! Te busqué con la mirada, sin reparar en los comentarios con segundas intenciones que me hizo Diana, ni en los aplausos de los amigotes de José Ignacio; mucho menos le paré bolas a la mirada asesina que me hizo K-Mena al entregarme de nuevo el sombrero amarillo que completaba mi disfraz, y a pesar de sentir temor de encontrarte furioso dentro de la casa, te busqué por todos lados. Ni abajo ni arriba estabas. Decidí preguntarle a Fadia, pero tampoco sabía con exactitud tu paradero.

    —Salí a la calle y recorrí la fila de los vehículos aparcados, buscando tu camioneta. No la encontré y entonces me asusté. Ingresé apresurada para tomar mi regalo y el bolso, despidiéndome de tu asistente y de su esposo que estaban de pie junto a las escaleras, y de lejos con mí mano le hice la señal de adiós a Diana y a K-Mena. Al oprimir el botón de arranque y encender las luces, José Ignacio presuroso se acercó y se convirtió en una rígida estatua con los brazos cruzados al lado de la ventanilla. No bajé el vidrio pero con claridad pude escuchar que con enfado, preguntaba el porqué de mi partida. Sin importarme su molestia, di reversa y lo dejé allí de pie sin mi respuesta.

    —Mientras me dirigía a nuestra casa, meditaba sobre todo lo sucedido. Aterrada sabía que me encontraría frente a un esposo furibundo y muy decepcionado. Al abrir la puerta me recibió encendida, la lámpara colgante de seis brazos cromados sobre el comedor, sin comensales sentados en sus sillas a quienes iluminar; los demás focos en la cocina, el salón y el estudio, apagadas. Subí a la segunda planta, preparada mentalmente para ser recibida por tu mala cara y los justificados reclamos, pero en nuestra habitación tampoco te encontrabas. Fui a la de Mateo, imaginando que habías buscado consuelo en su cama, pero al abrir la puerta, la tenue luz de la mesita de noche me permitió darme cuenta que quien dormía plácidamente junto a nuestro hijo era Natasha.

    —Escuché un seco ruido en el cuarto de invitados y me dirigí hacia allí, pero la puerta estaba cerrada con seguro y entonc…

    — ¡No tenía ni cinco de ganas de verte!

    — ¡Sí, me di cuenta! Golpeé con mis nudillos suavemente y varias veces. Estabas tú dentro pero no me abriste y no podía gritar rogándote que habláramos para no despertar a Naty, mucho menos a nuestro hijo. Decidí llamar a tu móvil mientras me desmaquillaba encerrada en nuestro baño. ¡Lo habías apagado! Me costó bastante quitarme toda esa pintura verde de las manos, del cuello y de mis orejas, extrañando mucho el pedir tu ayuda para remover los restos.

    —Bajo la lluvia caliente de la regadera me mantuve llorando. ¡Temí lo peor! Poderosas razones tenías para estar enfadado, pero… ¿Serían suficientes para conseguir separarnos? Jamás habíamos estado en una situación semejante. ¡Tan complicada y estresante! Y el resto de las horas hasta que vi clarear la mañana, mordía nerviosa mis uñas a la par que lloraba desconsolada, pensando que por mis estúpidos pareceres tal vez te perdería.

    — ¿Podemos entrar y subir a mi habitación por favor? Prometo no morderte ni forzarte a nada que tú no quieras, pero si me gustaría darme una juagada y cambiarme de ropa, para después continuar charlando. Deberías aprovechar y hacer lo mismo. Estamos sucios, salados y sudados. —No me responde con palabras pero camina hacia el interior del parqueadero indeciso y con las manos dentro de los bolsillos de su short arrugado, ya no tan bien alisado. Peregrina despacio, cabizbajo y meditando. ¡Pero avanza!

    Acepto temeroso su invitación, pues por una indeterminada razón, me siento fuera de lugar, como desprotegido y huérfano de la inesperada compañía de las personas que nos hemos encontrado durante este recorrido. Voy a ingresar a su habitación y estaremos solos nuevamente en un lugar que me es ajeno y al que ella y yo, pensamos alguna vez visitar de noche en plan romántico, más con las adecuaciones de la casa, los paseos para amoldarnos a la isla, y la obligada compañía de Mateo, –tan pequeño– decidimos postergarlo.

    Por eso quizá me siento cohibido al pensar que podré quedar expuesto al redescubrir sus encantos. La amo y me encantaría volver a estar con ella, adorarla y amarla como antes, pero debo saberlo todo y sacarme esa espinita que tengo clavada en mi pecho. Tengo… ¡Necesito preguntarle antes de subir a su habitación!

    Mientras nos dirigimos hacia las amplias puertas de rustica madera de Nogal, callados ambos, –caminando pausadamente frente al color «curuba» de la colonial fachada con sus cornisas blancas– le quiero indagar por lo que pensaba y sentía, pues se me hizo imprudente hablarle esa madrugada para no ofenderla o decir barbaridades, de las cuales tuviese que arrepentirme más adelante. Necesitaba tiempo y espacio a solas para analizar su extraño comportamiento, y determinar cómo debería compórtame con ella, dependiendo de sus respuestas a mis interrogantes.

    Mariana con su femenino instinto se me anticipa, como si durante este soliloquio, y basándose en las arrugas formadas en mi frente de manera intermitente, –tal si fuesen puntos y rayas en clave morse– descifrara mis cuestionamientos.

    —Me sentí confundida cuando bajé a la cocina para prepararme una «bomba» y quitarme el malestar del «guayabo», por una parte causado por los tragos y por la otra, debido a la desazón reinando en mi interior. Sorprendida te encontré preparando el desayuno para todos. Ni tú ni yo nos atrevimos a darnos los buenos días con el acostumbrado beso matutino y lo reemplazamos con un glacial… ¡Hola! ¿Cómo estás? De hecho le hicimos el quite a confrontarnos con la mirada, yo rodeando el mesón por la derecha y tú, saliendo por la izquierda con los platos en tus manos.

    —Tan solo me hablaste para invitarme a que me sentara a la mesa y desayunara. Chocolate, huevos revueltos, tostadas y jugo de naranja, servidos para dos personas y sin embargo, tres puestos dispuestos en la mesa del comedor. Uno para Naty que tras tu llamado, bajó apurada con nuestro pequeño en brazos, afanada por irse a su casa para colocarse el uniforme y marcharse al colegio. El otro para Mateo, con su plato hondo colmado de coloridos cereales, y por supuesto el mío, en mi acostumbrado lugar al lado del tuyo, más tu silla permanecía arrimada al borde de la mesa y no habían cubiertos dispuestos ni vajilla destinada para el tuyo.

    —Sin demostrar tu enfado, dándonos los buenos días, subiste raudo por las escaleras para darte un duchazo, pues a los cuatro vientos mencionaste que tenías muy temprano una reunión importante, y me encargaste, –sin variar el tono de tu voz– de llevar a Mateo hasta la parada del autobús escolar.

    Traspasando las puertas de la entrada, solitario completamente nos recibe el amplio espacio del lobby. Decido detenerme un momento para contemplar la arquitectura de las vigas de madera y travesaños de los inclinados techos y la exquisita ambientación interior, sin demostrarle a Mariana ni a la sonrisa amable, –impecablemente blanca– de la mujer que nos aguarda en la recepción, ningún tipo de emoción.

    Sin lugar a dudas es un espacio bien trabajado, con una decoración sobria y elegante, pero adolece de la acogedora intimidad familiar que estimo, si ofrecemos en nuestro hostal.

    ¿Nuestro? ¡Estúpida costumbre! Sé que mi boca se tuerce hacia la izquierda levemente, escenificando mi irrealidad, pero no puedo extenderme en ese pensamiento pues Mariana, dirigiéndose hacia la recepción, continua hablando de lo que vivió al otro dia después de la dichosa fiesta, aunque baja el volumen de su voz.

    —Yo sabía que esa era una excusa fútil para escaparte y no tener que confrontarnos, pero delante de nuestro hijo y de Natasha, no podía detenerte para que habláramos y acepté resignada tu huida. Ya en la oficina, pues que te puedo decir. Obviamente mi cara de agotamiento y trasnocho no fue óbice para sortear las preguntas de todos, igualmente las expresadas por él. Pretendían todas, averiguar las razones de mi intempestiva partida.

    — ¡Cansancio y el tiempo de cuidado por concluir de la niñera! Las dos razones que argumenté. Diana fue la única que reparó en la similitud de tu evasión y de la mía, aunque estábamos solas en el baño cuando lo mencionó. K-Mena estaba rara y de hecho mantuvo conmigo esa actitud distante, tanto el sábado como el domingo siguiente, al tener que trabajar en Peñalisa. José Ignacio intentaba distraerme y coincidir a la hora del almuerzo conmigo en la oficina, pero mi cabeza bastante embotada, no le prestó atención a sus galanteos ni a sus acostumbrados chistes flojos sobre los regaños que tuve que recibir por parte de mi esposo al pasarme de horas y volver convertida en la sumisa contraparte de «La Máscara». En mi pensamiento solo te encontrabas tú, confundido, enfadado y… ¿Celoso?

    —Al sentarme para almorzar, esperé encontrarte como siempre ocupando tu lugar en la mesa de la esquina, pero jamás llegaste. Solo estaban los ingenieros y tu asistente allí. Y es que en toda la mañana no había recibido mensajes o una llamada tuya. Cobardemente yo tampoco te envié ninguno, por lo cual como única opción, fue intentar sonsacarle disimuladamente a Elizabeth tu paradero.

    —Afortunadamente la encontré tomando como tú lo sueles hacer, un tinto bien oscuro al lado de la máquina expendedora. Me acerqué a ella bebiendo mi cappuccino, alabando su buen gusto al elegir su disfraz de Campanita y su esposo el de Peter Pan.

    —Y nuestro inquieto Pedro Picapiedra… ¿Dónde lo dejaste que no bajó a almorzar? —Le pregunté y tras unos segundos compartiendo halagos y risas, me hizo partícipe de tu itinerario.

    —Visitó por la mañana un terreno a las afueras de la ciudad, para instalar allí un campamento base para un proyecto nuevo, y por la tarde recorrerá varios concesionarios de vehículos para obtener cotizaciones. —Me respondió tu asistente con su educada amabilidad.

    —La conversación cambió al acercarse a nosotras el ingeniero que te había obsequiado aquel juego de armar. Intercambié un escueto saludo y la llamada de Iryna, –para chismosear sobre la fiesta– funcionó para escapar de sus atardecidos piropos. Nunca mencionaste que te habías ofrecido para gestionar la compra de varios camiones y mucho menos me dijiste que aquel viernes, tu compañero de farra y demasiadas cervezas hasta casi la medianoche, había sido quien nos vendió el Audi.

    —Te espero aquí mientras reclamas la llave de tu habitación.

    Mariana arquea sus espesas cejas azabaches, abre desmesuradamente los ojos y levanta los hombros. Resignada continúa su andar hasta la recepción. La observo saludar amigablemente a la empleada ubicada tras el recibidor y esta la trata de igual manera, como si mi esposa llevase varios días hospedada en este hotel.

    Ahora la chica de piel carmelita ladea un poco la cabeza, y por encima del hombro albo de Mariana, con sus redondos ojos algo biliosos, me da un veloz repaso; intercambian algunos comentarios y muy jocosa le hace entrega de la tarjeta. Mi mujer se gira, sin hacer el intento de ocultarme la alegría nueva reflejada en su cara.

    —Es por aquí. ¡Sígueme! —Me dice y enfila sus pasos cortos y elegantes hacia el pasillo ubicado a nuestra derecha, intentando no causar mucho ruido al golpear los tacones contra las anchas baldosas marmolizadas. Le hago caso, despidiéndome con la mano en lo alto de la empleada y su cómplice mirada.

    —Esa noche, cielo, mientras te esperábamos jugando con Mateo, estuve pensando en cómo debería abordar nuestra conversación, buscando las palabras adecuadas para disculparme contigo sin que llegaras a pensar que me sentía del todo culpable. Según mi otra yo, la Melissa de los demás, no había hecho nada tan terrible. Bueno, nada demasiado malo para que te hubieses comportado de esa manera tan infantil, con esos nacientes celos enfermizos y tu actitud de troglodita. Llegaste tardísimo, casi a medianoche y apestando a alcohol. ¿Recuerdas?

    —Más o menos. —Le respondo indiferente, mientras continúo caminando por detrás del bamboleo del vestido y ese… ¡¿Por aquí o por allá?! Que parecen señalar sus caderas indecisas, pero cuyo tejido de hilos negros, para nada logran ocultar de mis ojos la deseable curvatura de sus nalgas.

    —Pues a Mateo no le hicieron gracia tus excedidas muestra de amor para despertarlo, ni las cosquillas en su pancita le gustaron, y llegó rato después hasta nuestra habitación buscando refugio entre mis brazos y dejando a su padre vestido, boca abajo durmiendo en su cama la borrachera.

    Llegamos al final de este solitario pasillo y se abre ante los dos una iluminada estancia elevada, con otro camino inclinado y enladrillado, –que bordeando los jardines y una piscina rectangular e infinita de aguas tranquilas, –a estas horas apenas mecidas por la suave brisa que proviene de levante– al parecer nos dirige hacia el ala este del complejo hotelero. Mariana aquí apresura sus pasos pues no resuenan demasiado, y la orilla de su vestido ondea agitada, como si quisiese cachetear por irrespetuoso al invisible viento que se lo menea.

    —Muy temprano dejé al cuidado de la nana a mis dos hombres, y sin muchas ganas conduje hasta la oficina para dejar mi auto en el parqueadero subterráneo y encontrarme en la plazoleta de la entrada al edificio con mis tres compañeros, y ya sentado en el puesto delantero de la mini van, a Eduardo y su mirada achinada, gesticulando con una mano para que nos apuráramos a subir.

    Por el sendero adoquinado avanzamos bordeando el malecón hasta el extremo, esquivando tres medianas palmeras y justo al frente de los dos, una estructura de madera con amplias escaleras nos corta el paso. Sin lugar a dudas, Mariana ha escogido uno de los pisos superiores o sencillamente fue por el costo de la estadía, las únicas habitaciones disponibles. La tarjeta Platinum que mantiene en su cartera desde antes de casarnos, tiene sus globales beneficios.

    —Un pie suyo, –el derecho– hace contacto con el primer escalón. La madera cede y cruje bajo su peso. Mariana al apoyar el izquierdo se detiene para descalzarse. Se encorva lentamente, pero yo que estoy detrás de ella, me agacho primero y pinzo con mis dedos las correas de ambas sandalias y las levanto.

    —Gracias cielo, eres un amor. Es para no causar demasiado ruido. —Y con los marinos ojos brillantes mirándome cariñosa, me agradece el gesto regalándome una sonrisa, y callados ascendemos el primer tramo hasta el rellano. Al subir por el segundo tramo, –ya lado a lado– Mariana vuelve a dirigirme sus palabras.

    —Todos teníamos cara de culo por el trasnocho y la madrugada, así que nos adormecimos hasta que llegamos al hotel y la voz del conductor nos despertó. Me sentía mal físicamente, pero mucho más me molestaba la parte sentimental. Si no hubiese pactado con anterioridad aquella cita con el abogado y su familia, mi elección seria haberme reportado enferma y quedado en casa para dialogar contigo.

    Al llegar al segundo nivel, Mariana apoya una mano en el madero a su derecha. Gira el cuerpo y posa el pie en el siguiente escalón. La habitación por lo visto se encuentra en el último nivel.

    —Hambrientos desayunamos con ganas y después en la habitación, deshicimos las maletas y nos cambiamos de ropa, colocándonos el uniforme para trabajar. La camiseta de cuello tipo polo azul petróleo con el logo de la constructora en el pecho al lado izquierdo de los cuatro botones, los dos últimos desabotonados. Los shorts blancos de talle alto, con las medias tobilleras y las zapatillas deportivas para complementar el vestuario. Nos trasladamos hasta la sala de ventas en el condominio, preparados para iniciar labores. Media hora más tarde, como era lo acostumbrado, llegó él.

    Alcanzamos el tercer nivel y me detengo un instante. Deseo observar el panorama, aún oscurecido el horizonte, más de vez en cuando centelleantes los relámpagos, iluminan la lejana bóveda celeste.

    — ¡Vaya, vaya! Bonita vista. —Le expreso mi opinión y Mariana asiente pero da media vuelta, avanza unos cuatro o cinco pasos y se planta en frente de la primera puerta.

    —Es esta mi habitación, cielo. ¡Adelante por favor! —Se adentra y la persigo.

    Sobre la esquina de la cama King Size, abandona el sombrero de paja, descuelga del hombro el bolso negro y lo coloca allí tambien. Las sandalias se las acomodo justo al lado de la mesa de noche y me dirijo al lado opuesto, hacia la silla en frente al pequeño escritorio y ubico mi mochila, cubriéndola con mi «cachucha» de los Yankees.

    Mariana abre por completo la puerta-ventana que da acceso al balcón y se sienta en la silla más cercana a ella. Coloca sobre la superficie de cristal de la redonda mesa su cajetilla de «Parliament» y el rosado encendedor. Toma uno y lo lleva a su boca, tocando con la palma sus carnosos labios rosa. Espera a que me acomode a su lado, intuyo lo que desea y lo hago. Extraigo del bolsillo de las bermudas el mío y de una sola rascada le ofrezco el fuego que necesita, manteniendo encendida la flama para prender mi cigarrillo. Tomo asiento a su lado, retirando por el espaldar la silla, dejándola en diagonal.

    —Bonito panorama se debe avistar desde aquí. —Nervioso pronuncio para cortar el tenso silencio. Me mira directamente a los ojos, omite opinar sobre mi parecer y con seriedad me dice…

    —Desde aquella vez, dejaste de llamarme al móvil para averiguar cómo había llegado, y te juro mi vida, que no olvido esa triste sensación de abandono que sentí. Me lo merecía obviamente, pero dolió, aunque con el pasar de los fines de semana alejados, me acostumbre a tu descuido. –Sintiéndose acusado, Camilo echa hacia atrás la cabeza. – Con la desgana de atender a los visitantes interesados se me pasó la mañana y fui yo quien te llamó. Cortante respondiste a mi pregunta, interesada por saber que hacia nuestro hijo. Antes de que colgaras la llamada te dije que te amaba y que eras lo más importante de mi vida. ¡Necesitamos hablar de todo lo ocurrido, cuando regrese!

    — ¡Como quieras! —Me respondiste y finalizaste la llamada sin despedirte.

    —No me diste paz con aquella respuesta, pero aun así eché a un lado aquella preocupación para dedicarme de lleno en atender por la tarde a mis clientes.

    —Te fue bien con ellos. –Mariana se sobrecoge al escuchar que ya estaba enterado. – ¡Eduardo me ponía al tanto de tu récord de ventas! —Le termino por aclarar, creyendo que mantengo el control de la conversación. Más no es así, pues enseguida mi mujer me devuelve el golpe.

    —Sí, pero no fue durante la demostración de la casa ni de argumentar las ventajas de vivir y disfrutar de las comodidades del condominio. No cerré la venta ese dia. Fue a la semana siguiente, pero eso es un tema que por ahora no quiero detallar. Tengo la sensación de que quieres averiguar otras cosas, para ti más importantes. Quieres que te diga… Que te hablé de… De mi relación con él. Porque es lo más importante para ti. Lo que al parecer, mi vida, te ha dolido más. —Y Camilo se echa para atrás en su silla, apoyando por completo su espalda contra el respaldo.

    —Pues la verdad es que no me cabe todavía en la cabeza, porqué diablos terminaste enredada con ese playboy de playa, cediendo a sus des…

    Tres breves golpes provenientes de la puerta, se anteponen a la interpelación que quiero hacer. Mariana iza por completo sus esculpidos centímetros de altura, y con el cigarrillo sujeto entre el cañón de sus dedos, encamina sus pasos hacia la puerta. Me giro un poco intentando observar, más el cuerpo de Mariana y lo sesgada de la hoja de madera, me impiden visualizar quien nos ha interrumpido. Afino el oído para escuchar su corta conversación.

    —Aquí tiene lo que me solicitó. Finalmente no tuvo usted un mal día. ¡No llovió, como le dije!

    —Es verdad preciosa, el clima ayer estuvo variado pero esta madrugada aún no termina y es probable que me alcance algo de aquella tormenta que ayer no me empapó. ¡Gracias, Dushi querida! Eres un sol.

    Mariana tras cerrar la puerta se regresa sosteniendo una bandeja metálica. Una jarra con agua, un vaso alto con hielo picado y otros dos medianos, vacíos. Una botella de tequila de color amarillo pajizo, y otra más angosta con zumo de naranja. La coloca sobre el escritorio y con cuidado se dispone a servir los tragos. ¡Me fascina toda ella! Su prestancia y la rectitud de su postura, la delicadeza de sus movimientos y esa carita que sin proponérselo, coqueta la punta de su lengua –húmeda y arrinconada– sexy sobresale de su boca al hacer la fuerza justa para desenroscar la rebelde tapa de la botella… ¡Sin solicitar mi ayuda!

    Sus dedos delgados, –con las uñas ya no tan largas y decoradas al estilo francés que tanto me agrada verle– se hacen con los dos vasos de cristal y en ellos, los cocteles ya preparados. Viene hacia acá, sonriente y triunfadora, dándole leves vueltas a las dos bebidas.

    — ¡Toma, cielo! —Le entrego su vaso y tras verlo embobado mirándome, le sonrío. Pero me alejo para recostarme en una de las esquinas del balcón y jactarme un poco ante él.

    —Ya lo ves, Camilo. No eres el único por aquí que sabe hacer buen uso de sus relaciones públicas. —Lleva el vaso hasta la boca y lo prueba. Su cara demuestra agrado y sin embargo le consulto.

    — ¿Me ha quedado fuerte? —Y enseguida pruebo el mío cerrando los ojos. ¡Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre!

    —Para nada, está en su punto exacto, como me gusta. ¡Ya le tienes la medida! —Me responde emitiendo al final un sonido de complacencia y luego aspira su cigarrillo con agrado. ¿Y el mío donde carajos lo dejé? ¡Mierda!

    Apurada me regreso hasta el escritorio y lo encuentro por completo consumido. Vuelvo a sentarme a su lado, dejando en el cenicero los restos y enciendo un nuevo cigarrillo.

    —Y bien, cielo. ¿Por dónde íbamos? —Le pregunto y enseguida me responde, dejando dentro del cenicero de cristal la colilla del suyo, acompañando a la que dejé olvidada.

    —Tu sábado de ventas, atendiendo a esa familia.

    —Ahh sí. Pues estaba con mi cabeza puesta en otra parte, en la ciudad contigo, y lo que menos me importaba era atender a otras personas, por ello extendí para ellos la presentación de la casa, paseándolos por el campo de golf, las canchas de tenis y las zonas húmedas, entablando una reveladora conversación con el magistrado, mientras el abogado, su novia y la madre, curioseaban en el gimnasio. Diana, Carlos y José Ignacio, algo preocupados estuvieron pendientes de mí. K-Mena y Eduardo por el contrario, no se inquietaron.

    —En el hotel durante la cena, distanciada de los demás, te escribí varios mensajes. En unos indagaba por lo que habían hecho con Mateo durante el dia. En otros te preguntaba que hacías y como te sentías. Todos y cada uno los finalicé con un ¡Te amo, eres lo único importante en mi vida! Pocas palabras para contarme las locuras de Mateo en el parque de diversiones. Una escueta respuesta… ¡Estoy jugando en la consola con Natasha! Y en ninguno de ellos un… ¡Yo también te amo! O tu acostumbrado… ¡Igualmente te extraño!

    —Angustiada, dormí a plazos y en la mañana del domingo les dije a las muchachas que se adelantaran, que iría a Peñalisa mas tarde. Sin embargo lo único que deseaba era verte, hablar contigo y aclarar las cosas. Llamé a Eduardo y le dije que no iba a ir, porque me sentía enferma. Me ofreció su compañía para tomar en la terminal un autobús, pero le dije que no se preocupara que yo encontraría un taxi a la salida del hotel. Sin objetarme nada, me apresuré a empacar en mi trolley la poca ropa y los implementos de aseo. Bajé al restaurante y solicité un cappuccino para acompañar mi cigarrillo antes de partir. ¡Añoraba darte una bonita sorpresa!

    Camilo mantiene el contacto visual sin pestañear, escrutando mis gestos y analizando en el tono de mi voz, la sinceridad de mis palabras. Doy un corto sorbo a mi coctel, burdo intento de un Tequila Sunrise, aspiro, retengo y exhalo por la boca el humo, que se disipa arremolinado frente a mi rostro. Mi marido se pone de pie, sin retarlo hace fondo blanco a su vaso y se dirige hacia la barda de madera en la esquina del balcón. Sus dos manos aprietan el madero y su mirada, tras suspirar profundamente, se pierde más allá del malecón, hacia Marichi Pier o hasta divisar la entrada a la bahía, y de allí imaginar el camino hasta nuestra casa en Otrobanda.

    — ¿Cielo? ¿Te preparo otro trago? —Le consulto para llamar su atención y rescatarlo de su melancolía. Gira la cabeza y asiente, al tiempo que sonriente me guiña un ojo. Esta tranquilo mi cielo… ¡Por ahora!

    — ¿Te acompaño y me sigues contando? —Le escucho decir tras de mí, mientras recojo su vaso.

    ¡Pufff, es el momento! Quiere saber y yo… ¡Mierda, mierda! ¿Cómo se lo cuento sin que le duela?

    —Claro mi vida, sígueme y te cuento. —Le respondo asegurándome de que no vaya a ver mi rostro todavía, porque estoy completamente segura de que lo tengo palidecido.

    Se acomoda muy cerca, casi percibo la brisa de su respiración en mi oreja. Anteriormente estaría encantada de sentir ese rico escalofrió, más ahora no. Estoy muy nerviosa.

    —Tiemblas. ¿Ya sientes frio? —Camilo lo nota de inmediato. No tengo de otra. Termino de preparar estos cocteles y se lo contaré, con pelos y señales.

    —No señor, estoy cómoda con esta temperatura. Me gustaría darme un baño antes de…

    —Mariana, no le des más vuelta a esto y cuéntamelo ya. ¿Cómo fue que sucedió?

    —Hummm, Cielo te juro que no lo busqué ni lo llamé. Él se apareció de pronto por mi espalda y me alcanzó… « ¡Con sus dedos oprimiendo mi clavícula derecha, sus ojos avellanas escudriñando mi vestuario de arriba para abajo, y esa sonrisa pícara de niño descarriado! Pero estos detalles sobran y no se los voy a decir.»… antes de cruzar la calle frente al hotel para tomar un taxi.

    —Me extraño verlo allí y le pregunté. ¿Qué haces tú aquí? Me dijo… —Espera aquí bizcocho, saco el carro y te llevo hasta tu casa o si por el camino cambias de opinión, nos vamos derechito para la mía y cerramos el trato.

    —En un dos por tres tenia frente a mí la puerta abierta del Honda Blanco.

    — ¿No que estas enferma y tienes prisa? Sube ya Meli que empieza a calentar y esta belleza no tiene aire acondicionado.

    —Y obviamente subiste y te fuiste con él. —Lo intuye ahora Camilo, recibiendo de mi mano estirada su refrescante trago, sentándose casi en la cabecera de la cama.

    —Sí, metí mi maletín tras el asiento negro de piel con ribetes anaranjados como el color de los rines de su auto, y él me ayudó a acomodar el cinturón de seguridad, tan distinto al de mi Audi, por ser uno especial para competencias. Se aprovechó de mi ignorancia y en un descuido mientras lo ajustaba, me besó. Te juro cielo que lo aparté con mis manos y ofendida le dije…

    —Nacho, ¿Qué te pasa? Si vamos a empezar así el viaje, mejor déjame aquí. Se rió con ganas y arrancó, prometiéndome –cuando dejó de carcajearse– que se comportaría decentemente.

    —Comenzó a chicanear, acelerando el auto mientras nos detenía la luz roja del semáforo a la salida de Girardot. Le advertí de que no fuera a correr como un loco porque me mareaba. —Camilo me mira asombrado, sin haber probado su trago.

    —Si cielo le mentí, pero si no me invento esa excusa con seguridad hubiera roto el límite de velocidad varias veces o en alguna de las curvas, quedaríamos estampillados contra algún camión.

    —Por lo visto te hizo caso, pues estas aquí, vivita y coleando. —Con algo de sorna me cita el refrán.

    —Así fue afortunadamente. Para calmarlo y lograr que le bajara al volumen del radio, –que me causaba mayor dolor de cabeza– le pregunté por su novia, la tal Grace, y literal, mi cielo, ¡Nacho me torció la jeta!

    —No quiero hablar de ella, Meli. Hablemos mejor de otras cosas. No estás enferma y a mí no me vas a tramar con ese cuentico. Lo que te sucede es que estás de pelea con el güevón de tu esposo.

    —No sé qué me sucedió pero no encontré una excusa a la mano para negarle su acertada intuición. Guardé silencio y giré mi cara hacia el paisaje a mi derecha.

    —Sabes que soy muy despistada pero en un letrero me di cuenta de que había tomado la otra ruta, la que pasa por Tocaima y le hice el comentario. Me respondió con sus ínfulas de hombre recorrido que por ese trayecto llegaríamos más pronto a Bogotá y sin esperármelo me soltó de pronto un… ¡Son blancos! ¿Me los vas a regalar?

    —Caí en cuenta a que se refería. Llevaba puesta la blusa blanca de botones pequeñitos en forma de diamantes, y estampado de flores multicolores que me obsequió tu hermano mayor para las navidades. Y la falda de mezclilla que había comprado junto a la cazadora del mismo tono y material cuando visitamos los outlets para aprovechar las gangas. ¿Si la recuerdas? Para nada se me hizo que me quedara demasiado corta y sin embargo, estúpidamente hice el intento de alargar la tela de jean, embutida en esa silla que no me permitía demasiado movimiento.

    — ¡Que manía la tuya de querer verme los cucos! ¿Acaso no te basta con las vistas que te doy cuando utilizo mis trajes de baño en la piscina del hotel? Óyeme, me preocupas José Ignacio. En serio. ¡Estás mal de la cabeza! —Le dije y ya sabes cómo era su comportamiento. Riéndose con ganas, le importó cinco mi comentario y volvió a la carga diciéndome…

    — ¡Jajaja, Meli preciosa! No tienes ni idea de lo hermosa que te ves cuando se te colorean las mejillas, no por el calor si no por las rabietas que te ocasiono. —Lo pellizqué en el abdomen para lastimarlo, pero lo que hice fue comenzar nuestro destape.

    —Anda bizcocho, quítatelos y me los regalas. Pero espera Meli… ¿Me los das antes a oler?

    —Ajá. ¡Sí claro, cómo no! ¿No quieres de paso una mamadita? —Le respondí burlona, y de mi bolso tomé un cigarrillo para fumar.

    — ¿Me darías una? —Me dijo sin apartar la vista de la carretera y lo miré re-mal. –Una patada en las pelotas es lo que te voy a dar si sigues morboseandome. – Le respondí.

    —Una chupadita no más, Meli, de tu cigarrillo. ¡Mujer malpensada! —Y me hizo reír.

    —Callamos durante un tiempo, mientras yo fumaba y… Acercaba a su boca mi cigarrillo. Luego con síntomas de preocupación en su rostro me habló sobre K-Mena, intrigado por su cambio brusco de personalidad, y me confesó que en su habitación la noche de la fiesta, ella había intentado seducirlo y casi que obligándolo a que se dejara hacer por ella, sexo oral.

    —La rechacé y se enojó. ¡Juradito que sí! Por eso no me habla. Si ves, bizcocho, estoy cumpliendo con mi parte del trato. En cambio tú, no te dejas dar un beso ni me regalas los calzones. ¡Como que no tienes palabra, ni fecha en el calendario! —Me pareció divertido su apunte, porqué así no versa la canción de «Caballo Viejo», y aunque dudaba de la veracidad de su relato, si era muy cierto que el comportamiento de K-Mena ese sábado fue distinto con él e indiferente conmigo.

    Camilo me ha escuchado atentamente, semi recostado en la cama pero del lado izquierdo, sin embargo ahora lo veo sentarse intranquilo en la orilla y descalza sus pies, refregando talón contra talón. Enseguida lo veo ir hacia el escritorio, con su vaso de tequila en la mano y la mirada directa a la esquina donde me encuentro.

    — ¡Te faltó el hielo, Mariana! —Me dice mientras utiliza como garfios tres de sus dedos y agarra algunos trozos para depositarlos con cuidado en el vaso. Debo acercarme para que le ponga un poco al mío, y así aprovecho para dilatar su sufrimiento.

    — ¡Y así finalmente mientras el conducía, terminaste por bajarte los panties y dárselos a oler! ¿O me equivoco? —Sin levantarme la voz, ni demostrar enojo, Camilo se me adelanta y me sorprende.

    —Pues como te lo advertí hace unos momentos, mi cielo. Te estoy diciendo la verdad, con pelos y señales. Aunque nos duela y te ofendas. Aunque me puedas llegar a odiar más, pero es lo que quieres realmente, cielo, que con mis recuerdos te sumerja en el dolor y con mis verdades te saque a flote. Y no mi vida, no se los regalé, ni mucho menos se los di a oler. Pero confieso que sí me los bajé, mientras Nacho conducía justo antes de llegar a… ¿Sabes qué? Hubo más, pero ahora me quiero bañar. ¿Me esperas fuera, o entras conmigo para seguirte contando?

  • Madre enamorada (6)

    Madre enamorada (6)

    Eran las 8: 27 de la mañana, me levante algo desanimada por la ausencia de Belén en mi cama. Tras hacer mi primer pis del día y asearme después, fui a su habitación con la esperanza de que su enfado y celos infantiles ya hubiesen desaparecido.

    La puerta estaba semicerrada. Había luz en la sala y decidí entrar sin llamar. Belén estaba en la cama, boca arriba y desnuda. Se masturbaba con uno de sus juguetes, un pene de látex de 20 cm que entraba y salía con destreza de su chorreante vagina.

    -Buenos días, amor, ¿Aun enfadada?- Saludé con fingida timidez.

    -Buenos días, bombón, pasa y quítate el pijama.- Me contestó con su sonrisa de diosa.

    Me desnudé frente a ella, quedándome en bragas y manteniendo su mirada mientras seguía con su mete y saca. Me acaricié mis grandes y erectos pezones provocándome mis primeras intimas humedades.

    -Las bragas también, quiero ver tu matojo amor.- Ordenó mi hija entre jadeos.

    Obedecí y dejé caer mis negros calzones de encaje, húmedos y testigos de la noche de sexo incestuoso que habíamos tenido. Me tumbé en la cama, y abrí la boca para recibir de manos de mi hija su juguete embadurnado con sus amargos y salados jugos que yo tanto disfrutaba.

    -¿Te gusta mi sabor mamá?

    Mucho tesoro, y tu olor íntimo. Ambos me embriagan.- Contesté con voz entrecortada y con el pene casi en mi garganta.

    Belén esbozó una leve sonrisa y me besó, insertando su lengua profunda y enérgicamente en mi boca. Llevo su mano a mi coño y comprobó que era un mar de lujuria y me penetró.

    -Que mojada estas.

    -Así me tienes siempre.- Le contesté mordiendo su labio inferior y lamiendo su boca con mi lengua.

    Me abrió las piernas y comenzó a succionar mi botón con apetito felino. Abrió mis labios mayores e introdujo su boca para sorber mis jugos como si de una sopa caliente se tratara. Su lengua trataba de penetrarme y acababa lamiendo mi culo, aún dilatado y dolorido por las embestidas de mi vástago durante mí, desvirgue. No fue necesario mucho tiempo, apenas segundos, para que de mi esfínter eyaculasen mis primeros chorros del día. Regaron generosamente la hermosa faz de mi Belén, produciéndole un placer que su lenguaje corporal no podía ocultar.

    -¡Oh, sí, cariño que bien lo haces! ¡Me matas mi cielo, sí, no pares, sí, Me corrooo!

    Degustó rigurosamente mi íntimo elixir y dijo:

    «Siento haber sido tan brusca anoche en tu primera vez mamá. Debí ser más cuidadosa, pero estaba celosa, la forma en que tú y Susana os mirasteis…»

    -No sufras por eso, cielo. No negaré que tu amiga, es una joven sexi y deseable, pero te amo y lo último que quiero es que sufras.- Repliqué aún entre jadeos.

    -Además, el dolor de la sodomización hizo que descubriese en mí un lado que no conocía. Disfruté con el dolor que me produjiste. -Añadí besando sus labios.

    -Gracias.- Contestó Belén con una sonrisa.

    Se incorporó y fue a buscar el arnés anal con el que me había follado la noche anterior, permitiéndome disfrutar de su cuerpo desnudo y la negra frondosidad de su pubis.

    -Mamá, quiero me desvirgues el ano.

    -¿Ahora? – Pregunté receptiva.

    -Si ahora, lo necesito. Y quiero que me duela, que recuerde siempre este momento tan importante para nosotras. Es un acto de amor y entrega total hacia ti. Aseveró mirándome a los ojos seria y sincera.

    -De acuerdo amor, lo haremos ahora si es tu deseo.

    -Gracias bombón. – Contestó risueña y feliz mi hija.

    Fue presurosamente al baño con el arnés en sus manos. Lo limpió y lubricó, para después atármelo sobre mi cintura y labios. Unto de lubricante sus labios y su oscura puerta trasera. Se colocó de lado sobre la cama, indicándome con la mirada que ya podía comenzar.

    Me situé detrás de ella y me coloqué de costado. Dirigí la punta del arnés a su anito y empujé mis caderas hacia adelante con delicadeza. Su apretado y diminuto orificio trasero ofrecía resistencia. Apenas conseguí avanzar con nuestro propósito.

    -Sin miedo, mamá, empuja sin miedo. -Solicitó Belén dulcemente, buscando mi mano para unirse a la suya.

    -No quiero lastimarte mi vida. -Respondí mientras besaba su nuca y olía su cabello.

    -Deseo tenerte dentro, hazlo ya por favor. -Me suplicaba con impaciencia.

    -Está bien tesoro, toma aire y suéltalo poco a poco. -Le dije con voz amorosa.

    Antes que mi hija pudiese comenzar a expirar, yo embestí su orificio con fuerza y este cedió hasta aceptar en su interior el glande de látex que yo portaba. Belén gritó bruscamente, sintió un dolor y ardor intenso que se hacía insoportable.

    -¡Ah, Helena que dolor! ¡Me duele mucho, no puedo! -Exclamaba mi vástago entre lágrimas.

    -Aguanta cariño, lo peor ya pasó, ahora iras dilatando el recto poco a poco.- Comenté mientras observaba un hilo de sangre alrededor del arnés. Comencé a follarme su culito suavemente, intentando que mi polla de látex fuese entrando cada vez más en sus entrañas.

    -¡Detente un momento, por favor, no puedo más Helena! -Suplicó haciendo fuerza con su mano sobre mi brazo.

    -¿Quieres que me salga amor?, no es necesario para mí seguir causándote más dolor.

    -No te salgas, solo déjame tomar aire, ¿sí? -Me replicó a la vez que acariciaba su clítoris hinchado.

    Una vez que hubo tomado aliento y el arnés comenzaba a resbalar por su oscura cavidad, me pidió que comenzase a follarla de nuevo. Aceleré mis embestidas y lo que antes eran llantos empezaban a tornarse en suspiros y jadeos. Mi hija había comenzado a disfrutar del dolor anal, y pude notar sus chorros orgásmicos al depositar mi mano en su manjar vaginal.

    -¡Así, así más fuerte, más fuerte amor! ¡Rómpeme toda, quiero que sientas mi entrega y amor por ti Helena! ¡Fóllame, reviéntame amor, me corro joder, siii!!

    Belén movía sus caderas en armonía con las mías, arqueaba su espalda, cuál trapecista en plena función, su cuerpo era un mar de sudor y placer. A su vez yo me tumbé sobre ella y la penetraba profundamente mientras mordía su cuello. Permanecimos así, durante varios minutos hasta que nuestras respiraciones dejaron de ser pura agitación. Saque el arnés del interior de mi hija, estaba algo manchado de sangre y heces. Fuimos al baño y nos dimos una ducha, aseamos los juguetes y preparamos un desayuno nutritivo. Teníamos apetito.

    -Gracias mamá.

    -¡Gracias por qué?, cielo.

    -Por tu paciencia conmigo, ya sabes, mis celos, mis cosas. Y por el rato tan rico que me has regalado hace unos instantes.

    -Gracias a ti cariño. Por tu prueba de amor, sé que te dolió mucho.

    -Y me sigue doliendo Helena, casi no puedo sentarme. -Dijo Belén con gesto de fastidio.

    Me acerqué a ella y bese sus labios a la vez que mese su lindo cabello.

    -Pronto notarás el alivio del analgésico que tomaste.

    -Eso espero. Por cierto, mamá, quería regalarte algo que compre en la ciudad. He esperado a que me desvirgases, quería que fuese especial.

    Fue a la habitación y trajo una cajita roja de madera forrada en terciopelo rojo. Me la entregó y la abrí con la curiosidad propia de tiempos de infancia.

    -Guau cielo, ¿y esto?

    La caja contenía dos alianzas de oro, propias de una pareja que va a casarse.

    -Quiero que me pongas la alianza en mi mano, y luego yo a ti.

    Tomé su mano y le coloqué el anillo, después ella hizo lo mismo conmigo.

    -Ahora somos esposa y esposa Helena. ¿Aceptas?

    -Acepto tesoro.

    Belén reposó su mano en mi cuello y me besó apasionadamente, haciendo que su lengua y la mía fuesen una sola.

    -Ahora debo ir a la ciudad mi amor. Quiero hacerte un regalo que se te hará especial ilusión.- Dijo Belén sonriente y enamorada.

    -Volveré lo antes posible, ¿Sí?

    -Muy bien cielo, me tienes en ascuas. Quiero saber cuál es mi regalo, ¡uf! -Respondí risueña y mimosa.

    -Es algo hermoso, que deseas, y ahora que somos esposa y esposa ya no me da miedo que suceda. -Contestó mientras se alejaba por el pasillo.

    Tras limpiar y adecentar la cocina después del desayuno, me dirigí a mi estudio a pintar. Quería acabar un paisaje marino que tenía algo abandonado últimamente y dado mi estado emocional, me sentía con fuerzas de finalizarlo.

    Habían transcurrido dos horas desde que mi esposa se fuese a la ciudad. Se me habían pasado volando. Mi paisaje avanzaba y tomaba forma, empezaba a tener vida propia, a adquirir forma y color, perspectiva y belleza. Me sentía feliz, estaba recobrando mi amor por pintar. El día no podía ya ser mejor… o ¿Sí?

    De pronto sonó el claxon de un auto, era Belén que me avisaba de su llegada. Esbocé una sonrisa de adolescente enamorada, dejé los pinceles bien lubricados y me dispuse a bajar a recibirla con un beso. Bajé las escaleras despacio, como a mí me gustaba, sentía que era más elegante, más de dama, como yo siempre quería sentirme. Una dama, y ahora una dama casada.

    -¡Helena ya estoy en casa! ¿Puedes venir un momento, por favor? – Exclamó Belén desde la puerta principal.

    -¡Ya va tesoro!- Respondí mientras mis ojos se volvían ojipláticos al comprobar que mi hija venía acompañada. Era ella, Susana, la amiga camarera que conocí la otra noche en la ciudad.

    Vestía unos pantalones de cuero negros, adornados con un cinturón ancho, con hebilla gigante en tonos dorados, una chupa de cuero negra también y una camiseta de los Stones debajo de la misma. Me encantan los Stones ji, ji.

    -Hola Helena, me alegro de volver a verte.- Dijo Susana mientras nos acercábamos la una a la otra. Nos dimos dos besos y un abrazo. Apenas sentí su pecho contra mis manolas, pues sus senos eran prácticamente inexistentes. Algo que producía en mi deseo e interés en poder contemplarlos en algún momento. Al terminar de abrazarnos, nuestras miradas permanecieron concentradas unos instantes. Lo suficiente para que Belén se percatase de la tensión que había entre nosotras y esbozando una pícara sonrisa, rompió ese momento entre nosotras, agarrando el brazo de Susana y dirigiéndose a mí diciendo:

    «Te robo un momento a nuestra invitada cariño, quiero enseñarle nuestro hogar.»

    -Perfecto cielo, mientras prepararé algo de comer, no sabía que hoy tendríamos una invitada. ¿Te gusta el brócoli y el entrecot Susana?, es lo que tenía pensado para comer hoy.- Pregunté dirigiendo mi mirada a sus felinos ojos grises.

    -Me encanta el brócoli Helena, y la carne, también, suena delicioso.

    -Pues no se hable más, ya tenemos el menú para hoy. Respondí contemplando como la figura de mi hija y de su amiga rockera, se alejaban por el largo pasillo de mi hogar tomándose del brazo. Dejándome a mí sola en la entrada de la casa y con mis bragas empapadas de deseo.

    Una vez preparada la comida, fui a mi habitación a cambiarme. Quería estar guapa y elegante para mi hija, y como no, también para Susana. Elegí un vestido color marfil con tirantes finos que cubría mi cuerpo hasta los tobillos. Lo adorné con un ancho cinturón marrón, reafirmando mi cintura, haciendo que la prenda se ajustase a mi cuerpo. Tras maquillarme y adecentar mi cabello, bajé de nuevo en busca de las chicas.

    Recorrí toda la planta baja de mi casa sin hallar rastro de ellas. Decidí buscarlas en la piscina, era el lugar favorito de Belén. Al ir acercándome a la alberca comencé a escuchar sus voces, adornadas por chapoteos y risas, que me confirmaban su presencia allí, así como su estado de ánimo.

    Abrí la puerta de la pileta y pude ver encima de una toalla, la ropa interior perfectamente doblada. Unas bragas culotte con encaje negras que reconocí enseguida, pues yo misma se las había regalado a mi hija recientemente; y una braguita brasileña blanca sin transparencia alguna que deduje era de Susana. Disfrutaban su desnudez en la piscina.

    -Hola chicas, la comida ya está lista. Deberíais cambiaros, se hará tarde.- Saludé mientras me acercaba a ellas.

    Susana y Belén estaban en una de las esquinas situadas al otro lado de la entrada, donde yo me encontraba. Deduje que su conversación era agradable, pues en ambas resaltaba una sonrisa, interrumpida por mi presencia. Rápidamente capté su atención.

    -Hola cariño. Susana y yo te hemos extrañado. Pensamos que vendrías a bañarte con nosotras.- Dijo mi esposa mientras se acercaba a nuestra invitada besándola y fundiéndose con ella en un húmedo beso.

    Susana, tras corresponder durante unos segundos, se retiró bruscamente perdiendo su mirada en el fondo de la alberca. Mi hija clavó su mirada en mí, como si quisiera descifrar lo que estaba pensando y sintiendo en ese momento. Yo excitada y sorprendida, decidí retirarme y tomar el camino de vuelta a la casa.

    -No tardéis en cambiaros por favor, ya es hora de comer algo, os espero en casa.

    -Enseguida nos cambiamos amor.- Contestó Belén, mirando a Susana con picardía a la vez que posaba un dedo en su nariz.

    Me dispuse a preparar la mesa, todo estaba a punto. La comida transcurrió entre risas y anécdotas sobre mi etapa en la universidad y lo que habían cambiado los tiempos con respecto a lo que ahora vivían ellas. Susana se había situado en frente de mí, permitiéndome disfrutar de sus hermosos ojos grises. Las miradas se sucedían a cada momento, llenas de deseo y complicidad. Todas ellas bajo la discreta observación de mi hija. La cual mostraba una actitud risueña y cómplice, Eso a mí, me inspiraba confianza, seguridad y un estado de plenitud que añoré por mucho tiempo.

    -¿Por qué no le enseñas el jardín a nuestra invitada cariño? Mientras, yo recogeré la mesa y limpiaré todo, ¿sí?- Sugirió Belén al tiempo que se levantaba de la mesa y retiraba los platos con su dulzura habitual, dedicándome una mirada cómplice.

    -¿Te parece bien Susana?

    -Me encantaría- Contesto la joven fijando sus ojos en mi escote apenas un instante.

    La tomé de la mano y nos dirigimos a los jardines, necesitaba están en contacto con su piel. Al sentir su mano mi piel se erizó, y mis latidos aceleraron de manera instantánea. Noté como empezaba a transpirar, y por encima de todo, a estar por enésima vez mojada.

    -Dime Susana, ¿eres de aquí?

    -No, soy de Ávila, vine a estudiar a la universidad. Alquilé un apartamento junto con dos compañeras más de la universidad.

    -Conozco Ávila, es un lugar hermoso, con esos edificios medievales, su muralla…

    -Si es muy hermosa

    -Y ¿el trabajo de camarera te da para pagarte la universidad y el alquiler?

    -No, pero mis padres me ayudan siempre que pueden, somos de humilde condición, y procuro tener alguna fuente extra de financiación- Dijo con cierta timidez y sin soltar su mano de la mía; mientras recorríamos la finca abrazadas por las sombras de las hayas.

    -¿Fuente extra?, no entiendo

    -Sí, es que me da vergüenza hablar de esto Helena, temo te pueda parecer humillante como mujer

    -No temas dulzura, siéntete libre de decirme lo que quieras- Conteste mientras acariciaba su pálida mejilla. Ella, al sentir mi mano en contacto con su piel, cerró sus ojos por un instante.

    -Está bien, mi fuente extra de ingresos es mi ropa interior – Replicó aliviada.

    -Tu ropa íntima, no entiendo, ¿Acaso diseñas lencería? – Pregunte confusa.

    -No, no es eso… Subasto mis bragas usadas por internet – Dijo bajando su mirada cuál niña después de una travesura.

    -Guau… Y ¿Tienes mucha demanda? – Se hizo un silencio entre nosotras. Tras el mismo, y a la vez que nuestras miradas se unían, rompimos a reír a carcajadas. Acabamos abrazadas, y yo, muy excitada, pose mi mano tras su nuca y la besé con pasión. Susana, dejo su boca entreabierta permitiendo que mi lengua conquistara a la suya. Mis manos recorrieron su cuerpo, su culo, su espalda, sus diminutos senos. Deseaba contemplarla desnuda, follarla, sentir que era mía… Deseaba compartirla con Belén, y sé que ella lo deseaba también. De ella había partido la idea de invitarla.

    -Vamos dentro bombón- le dije tomando su mano de nuevo.

    Subimos a la parte superior de la casa, donde estaba nuestra habitación. Abrimos la puerta y allí se encontraba Belén, desnuda y tumbada en nuestra cama, con sus piernas abiertas y uno de sus juguetes dentro de su selvática vagina.

    -Os estaba esperando- Afirmó mi hija, cerrando sus ojos y acelerando el ritmo de sus caderas. Anticipando su primer orgasmo.

    -¡Joder Belén, que vicio tienes! Dijo Susana, mostrando una mirada ojiplática y de lujuria.

    Me sitúe detrás de Susana, besaba su cuello, mientras que hacía notar mis pechos y pezones sobre su espalda. Mis manos se alojaron en sus infantiles tetas, le dedicaba palabras soeces cerca de su oreja. Ella cautiva de mis caricias, giro su cabeza buscando mi boca. De la mía dejé salir un hilo de saliva que desembocó en la boca de mi amante, fundiéndose con la suya. Seguidamente, nos besamos con vicio y apetito desmedido.

    Desabroche su pantalón y cayó reposando en sus tobillos. Baje sus bragas y bese sus nalgas. Me encantaba su piel suave y blanquecina, separe sus glúteos y besé sus labios vaginales, estaba completamente depilada. Ni rastro de vello. Escupí su ano y comencé a saborearlo. Su sabor era tenue y dulce, era una joven limpia, disfrute de sus aromas. Mi lengua se trasladó de nuevo a su vagina, empapada ya de sus amargos jugos, contrastando con los de su oscuro y diminuto recto.

    Belén era privilegiada espectadora, su vagina seguía recibiendo las acometidas de su juguete, produciendo un húmedo y hechizante sonido, propio y característico de una masturbación.

    Ordené a Susana se dirigiera a la cama. Se puso en frente de Belén en posición de a cuatro. Mientras yo divisaba su cuerpo desnudo, a la vez que me quitaba mi vestido, mis pantis y mis empapadas bragas. Empuje suavemente la cabeza de Susana dentro de las piernas de mi esposa. Obedeció con completa sumisión, y comenzando a lamer el clítoris de Belén. Produciendo en ella su enésimo orgasmo.

    -¡Así Su, así cielo, no pares sigue. Qué bien lo haces!

    -¿Te gusta lo que te hago?

    -¡Fóllame con la lengua! Le ordenaba Belén.

    -¿Así? -Preguntaba Susana mientras insertaba su lengua en la laguna salada de mi hija.

    -¡Me vengo otra vez, ya viene, sí!- Exclamaba Belén mientras apretaba la cabeza de Susana contra su vagina.

    Susana, después de beber los jugos de mi hija con esmero, se incorporó buscando compartir conmigo el néctar extraído, fundiéndonos en un beso lleno de lascivia.

    Belén se incorporó, y se metió en el baño para asearse. Ordené a Susana se tumbase boca arriba y me coloqué entre sus piernas uniendo nuestras vaginas. Fue una tijera deliciosa, pronto el contacto con sus labios y fluidos me proporcionaron una tremenda sacudida orgásmica. Era hermoso estar corriéndose mientras nuestras miradas estaban en perfecta armonía. Casi a la par, Susana emitió un grito de placer convulsionando su cuerpo y haciéndome sentir como brotaban de su ser fluidos en abundancia. Me separé de su vagina y busqué besar sus labios. Me giré, y situé mi zona íntima sobre su rostro angelical, sintiendo como su boca me devoraba ansiosa. Mientras disfrutábamos de un rico sesenta y nueve, mi hija volvió del baño, abrió el cajón de la mesita de noche y comenzó a colocarse un arnés.

    Sin mediar palabra interrumpió nuestro placer, tomando el cuerpo de Susana como si le perteneciese, y comenzó a restregar el pene de látex por su gran clítoris. He de decir que Susana poseía un clítoris muy grande, parecía un micropene, y estaba muy hinchado producto del tremendo calentón que tenía.

    Susana demostraba un gran placer al ser tratada de esa manera, le gustaba sentirse usada, sometida, sumisa… Eso a Belén le volvía loca, yo la conocía bien; y a mí, también.

    Susana comenzó de nuevo a correrse, víctima de las frotaciones del arnés, eyaculando pequeños y finos chorros, de manera intermitente y acompañados por pequeños grititos de gata sumisa.

    -¡Hazlo ya cielo!- Suplicaba Susana en pleno éxtasis.

    Belén obedeció feliz y penetro la mantecosa y dilatada mucosa vaginal de su amiga. Acerco su cuerpo al de Susana uniendo sus pezones y facilitando una penetración profunda. Yo, sudada, excitada y deseosa, esperé a que ambas separasen sus cuerpos y me senté encima de Susana. Casi de manera inmediata, y tras sentir la lengua de nuestra nueva amante surcar mi encharcada cavidad, volví a venirme. Pero esta vez de una manera menos brusca, más extensa y suave, permitiéndome disfrutar mucho más tiempo. Me bajé de su cara hermosa y besé y lamí todo su rostro con mi lengua. Seguidamente, ayudándome de la mano, acerqué mis grandes pezones oscuros a su boca, para que pudiera degustarlos y yo, de paso, seguir en permanente estado de calentura.

    Belén quedó exhausta encima del cuerpo de Susana, mis manos recorrieron todo su cuerpo sudado, lo acariciaron, abrieron sus glúteos y con uno de mis dedos penetré su recto, para después de tenerlo dentro por varios segundos dar de probar su sabor a Susana. Esta lo degustó con parsimonia, como si quisiera conservarlo en su paladar por siempre…

  • Curiosidades de zorra

    Curiosidades de zorra

    Esto más que un relato o la proyección de una fantasía será simplemente una anécdota, una confesión. No hay demasiados detalles ni demasiado que contar, porque realmente todo lo ocurrido nace de una vaga idea que parecía estúpida, pero se convirtió en una intriga que solo tenía una forma de ser resuelta.

    Una tarde no hace mucho tiempo aproveché que ya me había liberado del trabajo y el estudio, para hacer una de las cosas que más me entretiene y me relaja: fumar un porro, masturbarme violentamente viendo porno y luego pedir algo rico para comer. Lo que se dice disfrutar de la vida.

    Armé mi porrito, lo prendí y encendí la tele, entré a internet y me puse a buscar con qué me masturbaría. Tenía ganas de alguna orgía interracial, de esas en las que varios negros destrozan a alguna rubia como yo. Encontré un gangbang muy caliente, el cual me hizo hervir la concha de excitación.

    Ya bastante »high» y muy caliente, fui al cuarto y busqué el consolador más grande de mi arsenal, lo aseguré en el piso y empecé a cabalgar mientras me imaginaba ser esa joven siendo penetrada por esas bestiales vergas. Estaba tan caliente y volada que me lo metí por el culo, para más placer. Orgasmo va, orgasmo viene, me sentía en el aire; hasta que llegó el final de la escena: todos los caballeros procedían a eyacular en el bello rostro de la joven. Luego, ella misma se encargaba de tragarlo todo. Y fue ahí que se me ocurrió: »¿Cuánto semen me puedo tragar?»

    Parece una pregunta tan estúpida y en su momento la tomé como tal, pero no se alejó de mi mente. Recordé noches de lujuria y sexo en las que había tragado leche y recordé que en la noche en la que más veces me tragué a la futura descendencia de alguien fueron 4. Había sido en una fiesta muy loca en unas vacaciones en Ámsterdam.

    Ahí me vino a la mente que la señorita del video se había tragado 7 y que yo podría bien tragarme 10. Sonaba a un número redondo y grande como para tener de récord personal. Conozco mis limitaciones y sobre todo las de la realidad; no podría lograr un récord mundial pero sí uno que me enorgullezca.

    Eso sí, conseguir 10 hombres que te den la leche en la boca parece tarea fácil, pero no es tanto. No estaba dispuesta a tragársela a cualquiera, por lo que me puse manos a la obra y comencé a buscar entre mis contactos. Ahí conseguí 6, todos machos que alguna vez ya me habían cogido. Les expliqué lo que quería hacer y aunque la mayoría se lo tomó en broma, aceptó. Después se dieron cuenta que iba en serio.

    Los otros llegaron gracias a que algunos invitaron a unos amigos -los cuales aprobé tras ver sus fotos- y el número finalmente ascendió a 16. Ese era el número, esa era mi meta.

    Le puse empeño a organizar la tragada de leche más grande de mi vida. Llegó un punto en el que parecía que estaba organizando una reunión de gabinete presidencial y no un encuentro sexual. Finalmente llegó el día.

    Decidimos encontrarnos todos en un salón vacío que tenía uno de mis amigos a los que invité a participar. Llegaron todos y parecía un poco incómodo el ambiente. Yo tampoco sabía que hacer. Estaban todos diseminados por el local, entonces me paré en el medio y dije »Bueno, a lo que vinimos carajo».

    Me saqué la ropa y me arrodillé.

    »Dale, no sean tímidos», dije. No podía creer que sea yo quien deba tomar la iniciativa.

    Se acercaron dos y me ofrecieron sus vergas, comencé a chuparlas. Con el tiempo fueron acercándose otros más y así hasta que finalmente fueron formando rondas por las que yo me paseaba y procedía a chuparles la pija a todos, trataba de que nadie se quede sin ser succionado.

    Me empezaban a manosear y me sentía muy bien, estaba muy mojada y excitada. Hasta ahora no puedo creer que a ninguno se le ocurrió levantarme y cogerme, porque de ser así, esta historia sería aún mejor.

    Lo cierto y lo concreto es que iba chupándolos uno a uno. Dos no aguantaron demasiado y descargaron sus fluidos apenas en la primera vez que los chupé. De esos dos, uno se fue y el otro se quedó pajeandose hasta que volvió a ponerse en condiciones, pero así como la primera vez, unos cuantos lengüetazos y ya explotó. Lo bueno es que ya llevaba 3 lechazos.

    Tres más descargaron su leche en mi boca y procedí a tragarla. Quedaban 11. De esos 11, otros 3 más no aguantaron demasiado.

    8 eran los que quedaban y ellos hicieron una fila, para que pase uno por uno a complacerlos. Finalmente terminaron todos descargando sus huevos en mi boca. Obviamente que el sabor no era precisamente el de un helado de vainilla, pero lo sucio que se sentía todo, el líquido espeso y caliente llenando mi boca, bajando por mi garganta, sumado a sus gemidos de excitación y gozo; me volvían loca.

    Cuando todos acabaron, procedí a masturbarme en medio del lugar, frente a todos. Ellos reían, me animaban, algunos filmaban y sacaban fotos. El orgasmo que tuve no se compara con demasiados que haya tenido antes, fue fortísimo. Al orgasmo le siguió un abundante squirt y una impensada ronda de aplausos de los presentes.

    Tomé mis cosas y me fui, así sin despedirme. Lo logré y no me arrepiento. Es sinceramente una de las mejores experiencias de mi vida hasta ahora.