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  • La noche que fui a Pinar de Rocha (II)

    La noche que fui a Pinar de Rocha (II)

    Ya había pasado varias semanas desde aquella vez que nos conocimos en Pinar de Rocha. Justo estaba terminando de lavar los platos cuando sonó el celular.

    Luego de guardar los platos, apagué la luz de la cocina y me dirigí hacia el baño para estar sola y responder el mensaje.

    -Hola como estas? -me puso.

    -Muy bien!, que lindo recibir tu mensaje, -le respondí colocando un emoji sonriente.

    -Estuve muy ocupado, por eso no hice tiempo a mensajearte antes.

    -Tranqui, yo también estuve a ful con mis cosas, el trabajo, la casa, mi pareja, le puse, tratando de sonar lo más natural posible.

    Luego de mi aseo bocal, me saqué toda la ropa y antes de meterme a la ducha le escribí otro WhatsApp…

    -¿Me voy a pegar un baño y luego seguimos hablando, querés? -le escribí temiendo haber sido un tanto directa.

    A lo que rápidamente respondió, ¡¡¡quién pudiera estar ahí para enjabonarte la espalda!!!

    -Mmm estaría bueno no? Jaja unos buenos masajes debajo de la ducha no me vendrían mal… jaja pero no tengo quien me enjabone la espalda.

    -¿Pero cómo, tu pareja no te enjabona la espalda?

    -No, no puede, además, estamos bastante distanciados. Cosas del tiempo y la rutina que van desgastando a la pareja.

    En ese momento hubo una larga pausa y yo me quedé mirando el celular. En realidad, solo lo miraba, pues mi cabeza estaba en otra parte. Recordaba esa noche cuando bailamos abrazados al ritmo de los lentos y ese perfume que me había cautivado por completa.

    Al salir de la ducha y tras un momento de revolución hormonal, intercambiamos varios mensajes calientes por WhatsApp. En ese momento, me tomé una foto subida de tono que fue acompañada de un texto igual de sugerente.

    Mi pareja dormía plácidamente, sin siquiera advertir, que me estaba mensajeando con la persona que había conocido semanas atrás en el boliche de Pinar de Rocha.

    Con la tenue luz del velador, me coloqué boca bajo en la cama para que la cámara del celular enfoque mis glúteos bien formados. A penas la tanga animal sprint, cubría la línea divisoria de mis nalgas.

    Tras la foto que le había enviado, surge otra vez una seguidilla de mensajes morbosos entre ambos que despierta unas ganas de cogernos infinitamente en cualquier cuarto de hotel de Once. Esos hoteles que tienen un pasillo larguísimo, con un cuarto que tiene una luz amarillenta en el medio del techo y una cama enclenque por tanto sexo acumulado.

    Al rato él me envía una foto de su miembro bien erecto, fruto de la reacción que tuvo al ver la foto que le mandé. Abro la foto y gratamente me sorprendió, me muerdo los labios carnosos al ver su miembro grande y bien tieso.

    Mientras me pierdo entre las imágenes que proyecta mi mente, resbalo lentamente mi mano derecha buscando mi vagina salpicada de pensamientos húmedos.

    Vuelvo a mirar la foto en la galería del celular. Ese pene me volvía loca. Así que lentamente comienzo acariciar mi vagina caliente de deseos.

    Mordiéndome los labios y cerrando brevemente los ojos, introduzco mis dedos en mi vagina totalmente depilada, imaginándome esa pija bien dura y caliente dentro.

    Con una mano me toco en silencio y con la otra sostengo el celular que ofrece el estímulo perfecto para esa ocasión.

    Él lanza otra seguidilla de mensajes acompañado de fotos muy insinuadas. Eso despierta en mi mayor intensidad en mis dedos.

    Momentos después, colmada de placer, acabo arrojando un chorro de secreción en la sábana, pero no me importa. Solo quiero más. Solo quiero que me penetre por todos los agujeros de mi cuerpo hasta acabar infinitamente.

    Nos quedamos hablando hasta las 6 de la mañana. Y aunque a partir de ese momento ya fui suya, aun dormía en cama de otro.

  • Regalo (parte 1)

    Regalo (parte 1)

    El joven estaba bastante aburrido esa navidad, siempre era lo mismo: cenar con la familia que le caía mal, comiendo cosas que no le gustaban del todo y aguantando las ganas de irse a pasar con su novia las fiestas.

    Él no sabía que este año iba a ser muy diferente.

    Después de las doce recibió un mensaje de su novia y sumisa diciendo que Santa ya había pasado por la casa que compartían.

    Le resultó muy extraño y empezó a sospechar que algo se traía entre manos su bella sumisa, lo que lo puso aún más ansioso por irse.

    Eso hizo ni bien tuvo la oportunidad, huyendo con excusas pobres e inconsistentes.

    Al llegar entró y llamó a su perrita, pero nadie contestó, fue prendiendo las luces y cuando llegó a la sala vio que debajo del arbolito había dos grandes paquetes: una caja y otro con una forma bastante extraña.

    Encima de la caja había una nota:

    «Querido amo, está navidad Santa no sabía que regalarle así que le di una mano, en la caja encontrará todo lo necesario para jugar conmigo, espero que se divierta… PD: no es necesario desenvolverme»

    Se agachó y descubrió que el paquete de forma extraña en realidad era su novia, totalmente envuelta a excepción de algunos agujeros estratégicos: su boca, sus pezones y su vagina estaban disponibles.

    Como un niño procedió a desenvolver la caja para encontrar el resto de su regalo, este se componía de una fusta, pinzas para pezones regulables, un dildo vibrador de 25 cm de largo y otro de 15 cm y finalmente el más especial: una paleta con su nombre en relieve que dejaría unas preciosas marcas.

    Con una malévola sonrisa se alejó de su regalo al notar que tenía atadas las manos y tobillos y subió las escaleras para hacerla poner nerviosa, volvió a bajar con lubricante.

    Lo primero que hizo con ella fue poner las pinzas de sus pezones con una graduación media tirando a fuerte porque su plan era dejarlos un buen rato. Se irguió y tomo la fusta con la que empezó a azotar sus tetas, le encantaba llenarla de marcas. Los sonidos ahogados que soltó lo hicieron notar que estaba amordazada con una mordaza de aro, eso lo éxito más, pero también le hizo pensar que no pudo hacer esto sola, tendría que hablar con ella sobre eso después y castigarla pensó para sus adentros con malicia.

    Cuando terminó con eso la dio vuelta dejándola con el culo hacia arriba.

    – se te olvidó un agujero bebe -le dijo con desaprobación antes de romper el papel para dejar al descubierto todo su culo.

    Tomó el vibrador más pequeño y lo unto de lubricante y empezó a introducirlo en su trasero sin preparar, sabía que podría tomarlo aunque doliera. Eso hizo que la joven se sacudiera y gritara en su mordaza, pero un azote la puso rápidamente en su lugar de nuevo.

    – así me gusta cachorrita, me muero por cogerte pero primero probemos mi juguete nuevo- ella tiembla, de miedo y de anticipación, está tan mojada que incluso un poco gotea por sus muslos.

    Se pone de pie de nuevo y toma la paleta, da dos golpes certeros en una nalga la cual inmediatamente se vuelve roja con su nombre resaltando, en el papel que cubre la cara de la sumisa se ven las lágrimas mojándolo.

    – listo bebé, asiente si estás bien- ella asiente efusivamente y él se ríe antes de sacarse el pantalón y acomodarse en su entrada.

    Estar muy despacio, torturándola, pero cuando la llena es el paraíso, se siente que va a reventar, es casi demasiado sus dos agujeros están totalmente llenos y es demasiado placer.

    Dura poco porque empieza a embestirla con salvajismo hasta que se corre en su interior.

    Sale y antes de que pueda escaparse su semilla la llena con el vibrador más grande, lo mete todo de un golpe haciéndola gritar en su mordaza.

    Ella se deja caer boca arriba y el aprovecha para sacar de un tirón las pinzas de sus pezones lo que renueva la humedad del papel que cubre sus ojos.

    – que hermoso regalo me trajo santa este año- toma los controles de los vibradores de la caja y los enciende al máximo, la sumisa se refiere impotente cuando el primer orgasmo la golpea, él se ríe.

    – hasta mañana bebé, tal vez mañana te libere, tal vez no, después de todo sos mi regalo y puedo hacer contigo lo que quiera.

    Se aleja y sube las escaleras escuchando sus protestas ahogadas por la mordaza y mezcladas con gemidos por los vibradores que hacen que se corta de nuevo, deseando que ya sea mañana para usar la boca de su regalo mientras desayuna.

  • Mi esposa y una fiesta que jamás olvidaré

    Mi esposa y una fiesta que jamás olvidaré

    Este relato forma parte de las múltiples experiencias que tenemos con mi esposa y nuestro círculo social. Empezaré con indicar que Ricardo y Donnatella son nuestros amigos, y compartimos ciertas aficiones liberales, un fin de semana de junio, Donna nos invitó al cumpleaños de Ricardo su esposo, al que asistimos juntos mi esposa Rudy y yo.

    Rudy se vistió con un vestido rojo con escote, falda pequeña y tacones altos. Pude ojear que vestía un conjunto rojo con hilo dental, brasier de encajes, piernas depiladas, cabello abultado, maquillaje oscuro y labios rojos.

    Estaba muy deliciosa… Sus nalgas pronunciadas se notaban, así como sus tetas abultadas. Le dije que trate de portarse bien y me dijo: Claro amor, ya me conoces!

    Llegamos y nos dieron la bienvenida nuestros amigos. Empezamos a bailar, beber y comer los bocadillos que servían. En un momento unos amigos me invitaron a beber en un salón apartado en donde había una mesa de billar; le dije que regresaba y me dijo que no había problema pues se había encontrado con Naty y otra amiga.

    Pasaron unos 25 minutos y salí porque estaba un poco mareado por el humo y el whisky. En la sala puedo ver a mi esposa con su amiga Naty, su esposo y dos hombres mulatos que vestían de traje y se encontraban hablando y riendo, mientras Donna les servía unos tragos. Regresé con mis amigos y vi que algunos ya no estaban. Empezamos a jugar billar y me perdí del tiempo… Salí de ese salón y busqué a mi mujer y no la encontraba. Fui por la alberca, los salones y nada. Me situé en la grada y me encontré con Ricardo, quién con una sonrisa maquiavélica me dijo que mi esposa había subido pero que ya está como 30 minutos y no ha bajado.

    Con ansiedad y una arrechera indescriptible subí las escaleras y empecé a entrar en cada una de las habitaciones. Abrí la puerta de un cuarto y vi a un hombre abriéndole las nalgas a una mujer mientras eran mirados por otra pareja. Intenté algunas puertas y no encontraba a mi mujer. El miedo, la incertidumbre y el morbo me invadieron.

    Había un cuarto vacío con una puerta contigua a otra habitación… Entré y escuchaba jadeos… Me acerqué muy lenta y sigilosamente al filo de la puerta y logro ver las nalgas de una mujer que subían y bajaban de una pelvis negra… Me acerqué más y veo como un pene grueso desaparecía en medio de esas nalgas blancas, y cuando aparecía tenía una mezcla de sustancia blanca y saliva.

    Esa mujer se empalaba subiendo y bajando en ese mástil negro, mientras veía como ese macho le sobaba el ano a la mujer, le metía un dedo y luego dos, y sobándolo con las yemas con movimientos circulares. En un momento la puta empezó a cabalgar duro ese chorizo negro y empezó a correrse a chorros encima de la pelvis de ese negro jadeando y gritando. Aquel hombre estrujaba sus tetas metiendo las dos tetillas al mismo tiempo en su boca, chupando, lamiendo y mordisqueando.

    Esa mujer lo dejaba todo encima del negro; en cada embestida podía ver como su ojete se abría y salían chorros de las paredes de la verga de su amante. En un momento veo que a un lado yace otro hombre de color y también el marido de Naty la amiga de mi mujer… Estos estaban en el sofá sentados y masturbándose mientras esos dos disfrutaban del sexo interracial.

    El chico de color que estaba masturbándose se levanta y acerca su pene a la boca de la chica. Mientras el marido de Naty se acerca por atrás y le abre las nalgas para empezar una lamida de ano. El cabron le metía la lengua en medio de las nalgas y en ese momento la mujer da un giro a su cara y la veo. Para mi sorpresa era mi mujer con el rímel corrido y con una cara de satisfacción que no puedo describir. Cada lengüetazo que le daba el marido de su amiga le provocaba espasmos mientras cabalgaba la verga del negro.

    Yo me quedé pasmado y mirando con una erección que me iba a reventar las bolas, no lo podía creer como le entraba en su vagina estrecha semejante verga de ese negro… En un momento se quitó de él y se situó encima del otro negro que ya se había colocado cómodo en el sofá. Esta vez se situó de espaldas y al principio noté que cerraba sus ojos al momento de bajar… Poco a poco se movía y finalmente se dejó caer de espaldas al negro. Pude ver una tremenda vagina roja dilatada y en seguida supuse que el cabron la estaba penetrando por el ano. El negro tomaba sus caderas y la subía y la bajaba como si fuera suspensión de vehículo…

    Mientras tanto ella gemía y se tocaba el clítoris dándose más placer. El marido de Naty tomó su pene y se situó en frente de mi esposa y de un sólo movimiento introdujo su pene en la vagina, esa doble penetración fue eterna para mí; pude ver como mi esposa subía y bajaba de esas dos vergas y los cabrones le daban con todo. El sudor de sus frentes, pechos, piernas, las venas que se pronunciaban y el rechinar de sus dientes daban a entender todo el fuego de placer que le daban a mi mujer. Ella al cabo de un rato empezó a lanzar chorros de su chepa para brindar sus jugos a los machos que la satisfacían… Se movía demasiado y al rato empezó a gritar… preñenmeee quiero que me preñen y me dejen todo adentro!!! Quiero una cría de cada uno!!! Denme!!!! Y allí empezaron los cabrones a jadear y a dejarlo todo con una fuerza descomunal dentro de la chepa y el ojete de mi mujer, fue rápido, duro e intenso y luego ya bajaron el tono…

    Se separaron y se sentaron los machos en el sofá… Mi mujer se puso en cuclillas y empezó a mamar sus vergas hasta dejarlos limpios. El otro negro del principio se estaba masturbando y mientras mi esposa hacia lo suyo, este se situó atrás de ella y empezó a jalarse la paja en las nalgas de mi mujer; cuando ya estaba por terminar, situó su glande en la entrada de la chepa dejando todo se carga de semen dentro de su ojete.

    Los tres cabrones se sacudieron bien y salieron dejando a mi esposa sentada en el sofá. En esas veo entrar a Ricardo, quién toma a mi mujer de la mano y la lleva a la cama. Le puso en cuatro patas y le escupió en el ojete para empezar una dura culeada descomunal.

    Mi esposa solo cerraba sus ojos y jadeaba sacando las nalgas y arqueando más y más la espalda. El cerdo le daba con un poder brutal y en unos instantes empezó a dejar toda su leche dentro del culo de mi mujer.

    Se vistieron y salieron como si nada hubiese pasado, mientras tanto yo me escabullí por las gradas y bajé a la primera planta… En unos instantes me aparecí y vi a mi esposa como bajaba, en la sala estaban los dos negros y el marido de Naty. Mi mujer me dice que está cansada y quiere ir a casa… Le dije claro y mientras salíamos esos cabrones se sobaban las vergas viendo el culo de mi mujer.

    Nos despedimos de Donna y Ricardo. Este último me dice que nos invita a un paseo en su yate a Rudy y a mí… Le respondo que con gusto aceptamos y pase mi mirada por Donna quién es una mujer deliciosa con una caderas y nalgas de locura. Ella me lanzó una mirada de lujuria indescriptible… Y bueno ya era la hora de irse.

    En el auto le pregunté a mi mujer que sucedía y me dijo que había tomado mucho con sus amigas y que los tragos se le subieron a la cabeza. Yo creo que fue la bestialidad con la que le dieron leche esos hijueputas.

    Llegamos a casa y entró a la ducha… Al salir fue directo a dormir, mientras yo seguía excitado. Naty me mensajeó y me dijo que había estado culeando con un amigo de su marido… Me dijo creo que Rudy se portó mal… Que le revise la chepa… Le dije no hay problema que mañana te toca a ti y a ella, ya que tenía que desquitarme con sus tetotas.

    Mientras estaba en la cama, mi esposa dormía a mi lado puesta únicamente una camisa, y de espaldas me daba sus grandes nalgas. Pensaba en esos momentos como la vi cogiendo esas enormes vergas y me sobaba los huevos. Le abría su ojete y vi como estaba totalmente dilatado y y salía semen. Su amiga Naty es igual de puta y sé que entre ellas andan culeando también. Al día siguiente vendrá Naty seguramente y voy a cogerlas a las dos, pero antes voy a incitar un culeo entre ellas mientras yo me masturbo. Tengo en mente invitar a un par de amigos a quienes debo dinero… Para que descuenten en sus nalgas y así mismo pasarnos bomba. Ya les contaré.

    Si les gustó el relato, no olviden dejar sus comentarios.

  • Tentación en la oficina

    Tentación en la oficina

    El lugar donde trabajo es pequeño pero no demasiado. Ella hizo como que no podía pasar por un pasillo angosto y empujaba su enorme trasero en mi verga parada. Después de un día entero de que me estuviera calentando los huevos, estaba realmente tentado a tomarla por su delicada cinturita y empujar con mis caderas. No entiendo como un cuerpo tan elegante y delgado puede complementarse tan bien con un trasero tan grande. Durante el repetido movimiento de adelante y atrás, sentí como mi pantalón se atoraba entre sus enormes nalgas y cuando ella se movía hacia adelante era casi como si me arrancara el pantalón. No me hubiera sorprendido que ella supiera como deslizar mi cremallera hasta abajo y sacar mi verga sin ayuda de sus manos.

    Quería bajarle su ropa interior y meter mi verga por debajo de su falda. Pero logré contenerme. Ella caminó hacia el final del pasillo y con una mirada seductora me rogó que la siguiera a la siguiente habitación mientras casi podía escuchar como se apretaba su estrecha vagina desesperada por un pene. Ella dejo la puerta entreabierta. Yo sabía que no había nadie más en esa habitación… Solo ella… Y muy pronto estaría conmigo entre sus piernas y sus ojitos en blanco.

    Di un paso hacia adelante pero un escalofrío recorrió mi espalda y me detuve en seco.

    Quería entrar en la habitación y hacer a esa chica mi puta… pero mi reina en casa jamás me lo perdonaría.

    Apreté los dientes y salí de la habitación, directo al baño.

    Jamás pensé que me la jalaría en un baño del trabajo, me parece el lugar más aburrido para jalársela… pero necesitaba saciar esa energía que me jalaba hacia el borde del abismo entre sus piernas.

    Sentí culpa, pues en mi imaginación los labios de la puta eran los que me mamaban la verga. Eran sus tetas las que me enterraban y su vagina la que yo penetraba hasta vaciar todo mi semen dentro de ella.

    Al fin terminé. Todo ese maldito deseo quedo chorreado en unos siete cuadritos de papel higiénico. Me desconcierta que cuando ese liquido se encuentra en los testículos se convierte en un veneno por el cual podrías echar tu vida por la ventana con tal de tirarlo en una vagina. Además había sacado muchísimo semen; trillones de espermas y solo uno basta para embarazar.

  • Nuestro viaje al pecado

    Nuestro viaje al pecado

    Soy el hijo mayor de cuatro hermanos dos mujeres y dos hombres mi madre se separó de mi padre por ser violento y alcohólico. Cuando yo ya tenía 18 años me enfrente con él a golpes porque estaba golpeando a mi madre vociferando y amenazando salió de casa al día siguiente mamá junto conmigo y mis hermanos huimos de ahí a otro lugar del país alejado para empezar otra vida.

    Yo tomé el lugar del proveedor y mis hermanos estudiando mi madre me dio autoridad sobre mis hermanos y siempre me ponía como ejemplo para ellos y busco refugio y apoyo en mi convirtiéndome en su brazo fuerte.

    Así pasaron 20 años en los cuales mis hermanas y mi hermano terminaron sus estudios gracias a mi esfuerzo y a su empeño de ellos.

    Mi madre siempre se mostraba orgullosa del hijo mayor que la ayudo a sacar adelante a sus otros hijos tanto que me trataba con devoción me tenía mi ropa al cien mi comida favorita y hasta me lustraba mis calzado diciendo que sin mi no sabía dónde hubieran terminado mis hermanos.

    Para entonces ya tenía yo 38 años seguía soltero aun cuando mis hermanos menores ya se habían casado y vivían en sus propias casas.

    Yo me sentía feliz de saber que había ayudado a mis hermanos a cumplir sus metas y ahora era mi madre mi prioridad.

    Mi madre con sesenta años cumplidos vivía feliz a mi lado y me confiaba que su mayor miedo era que yo me casara y se quedara sola yo la abrazaba y le juraba que jamás sucedería.

    No sé si desarrolle un complejo de Edipo o tal vez no tener una pareja estable, pero empecé a tener sueños recurrentes como en mi adolescencia dónde mi madre era el objeto erótico de mis sueños y este deseo creció con las demostraciones de amor materno exagerado de mi madre tal vez exageraba su cariño buscando que no pensara yo en dejar el nido.

    Así pues llegó ese día.

    Adquirí un auto y en mis vacaciones lleve a mi madre a su pueblo natal dónde ya solo quedaba una vieja prima suya que era viuda que nos ofreció hospedaje en su pequeña casa donde solo había dos recamaras una la ocupamos nosotros a mi madre no le importo compartir cama con su hijo.

    Esa noche mi tía se fue a dormir temprano como era su costumbre y como los cuartos estaban a cierta distancia nosotros podíamos platicar sin molestar a mi tía.

    Mi madre preparo la cama yo con cierto miedo y excitación me despoje de mi ropa y me acosté mi madre de despojo de su ropa y entro al lecho.

    Me abrazó y de pronto empezó a llorar agradeciéndome todo lo que había hecho por mis hermanos y ahora el seguir a su lado yo en un arranque de sinceridad la acerque hacia mi le bese su frente y le dije que ella era la mujer más importante en mi vida ella se pegó a mi cuerpo y empezó a besarme mis ojos mis mejillas y decirme que me amaba que era todo para ella.

    Yo ya sin importarme nada y con una tremenda erección me subí encima de ella mi madre al sentirme abrió el compás de sus piernas como cuando me trajo al mundo yo frotaba mi verga en su vagina separados solo por mi trusa y su pantaleta… nos empezamos besar como locos en la boca yo acariciando sus nalgas y espalda besaba su boca ella haciéndome a un lado se despojó de su prenda íntima ofreciéndome su vagina la cual penetre como un animal mi madre se retorcía yo tape su boca para que no se oyeran sus gritos ahí estaba yo como en mis sueños penetrando a la mujer qué me trajo al mundo y que me daba su cuerpo y su deseo contenido de mujer… amándome como hembra.

    Esa noche conocí a mi madre como mujer la penetre analmente me dio varios orales fue mía en plenitud y completa con sus más de sesenta años con su cuerpo regordeto su pelo cano sus pechos flácidos sus piernas regordetas toda ella hermosa toda ella desnuda… toda la noche fue nuestra para amarnos como hembra y macho como madre e hijo… el cansancio nos venció y tuvimos una inesperada sorpresa.

    Mi tía al ver que no nos levantábamos para desayunar fua al cuarto dónde nos habíamos entregado y nos vio desnudos y abrazados.

    Un grito de sorpresa nos despertó… Consuelo… Manuel… que hicieron???

    Mi madre con un aplomo y frialdad impresionante de sentó al borde de la cama y tomando la mano de mi tía le dijo con suavidad pero con firmeza…

    «Mira prima yo sé que para ti es un pecado horrible lo que estás viendo pero a ti te consta que desde que deje a su padre él fue un verdadero padre para sus hermanos y para mí el hombre que siempre soñé responsable noble trabajador y muy amoroso conmigo y con sus hermanos el sacrificó su oportunidad de casarse por mi y sus hermanos y yo no puedo menos que darle lo que necesita como hombre y el me da lo que yo quiero como mujer y no dañamos a nadie… el me ama y yo a él por favor no nos juzgues mal»

    Cuando mamá termino de decir eso yo me incorpore y la abracé.

    Nos besamos sin pudor delante de mi tía ella guardó silencio y mirándonos con ternura y comprensión de dirigió a la puerta y antes de salir volteo y con una sonrisa nos dijo no tarden mucho la comida se enfría y salió cerrando la puerta… mamá y yo nos besamos rodando por la cama desnudos enredados en un nuevo encuentro erótico incestuoso.

    De regreso en casa le compré un velo de novia un vestido blanco y al entrar en la casa la cargue en mis brazos y así iniciamos nuestra vida como pareja incestuosa.

    Hoy duermo con mi madre en su cama como su hijo y a la vez como su marido las noches cubren nuestro pecaminoso secreto… el incesto entre mi madre y yo.

  • Un deseo oculto: La noche de infidelidad

    Un deseo oculto: La noche de infidelidad

    Después de aquella última travesura, decidí vivir mi vida en paz, tratando de apartar los momentos de gozo y placer que había experimentado aquella noche. Me sumergí en una nueva etapa, consiguiendo una novia hermosa a quien amaba con una pasión sincera.

    A pesar de la conexión con mi nueva pareja, la calma en la que me sumergía no era completa. Los recuerdos de aquel deseo oculto comenzaron a resurgir de manera sutil. Fragmentos de aquellas experiencias emergían, evocando emociones enterradas y sensaciones que luchaba por entender.

    Una noche, cuando le hacía el amor a mi novia antes de partir por trabajo, ella toco mis nalgas por un momento mientras acariciaba mi espalda y me clavaba sus uñas. Sentí un casquillo en cola que me puso más excitado y comencé a desquitarlo con ella. Mi novia estaba encantada y quedó satisfecha sin saber qué me había provocado. Aun cuando ya habíamos terminado, y ella estando recostada en mi pecho, yo seguía con ese cosquilleo. Mi novia había reanimado esos deseos que había intentado dejar atrás de tal modo que reaparecieron con una intensidad abrumadora. Pensé en confiarle todo, en compartir esa inquietud con ella, pero en cambio, callé, tratando de reprimir ese deseo que me consumía desde adentro, aun cuando ella me había preguntado en qué pensaba, yo solo atiné a decirle que era por cosas del trabajo.

    El siguiente día viajé con un compañero que se me había asignado como apoyo. Durante el viaje descubrí que él era homosexual y no lo ocultaba. Charlamos un poco acerca de eso mientras me contaba como había sido su autodescubrimiento y lucha. La llegada a nuestro destino fue agotadora, con una búsqueda infructuosa de hospedaje que nos llevó a compartir la única habitación que encontramos.

    Ya acostados, comenzamos a charlar mas a profundidad, y poco a poco, armándome de valor, abordé el tema de aquellas prácticas que consideraba inmorales. Para mi sorpresa, mi compañero lo hablaba con naturalidad, lo que avivó una química inesperada entre nosotros. Me sentía seguro al hablar de mis pensamientos con él, y el momento se volvió cada vez más íntimo, así que antes de que la cosa fuese más allá, me volteé dándole las buenas noches para que pudiésemos dormir, yo caí en sueño profundo casi al instante. Mi compañero de tanto compartir sus experiencias conmigo se quedó algo excitado, tenía el pene erecto y las ganas poco a poco lo consumían. Fue entonces cuando desperté y sentí algo en mi cola, mi compañero se atrevió a frotarse con mis nalgas, de modo que traté de no distraerlo pues me estaba gustando lo que hacía.

    Yo correspondí a sus movimientos, trataba de imitarlo; él ya había notado que estaba despierto y al rato me pregunta si quería que me la metiera, no dije nada, no estaba completamente seguro de lo que estaba sucediendo, pasó unos segundos, cerré los ojos y tal cual alguien da un salto de fe, me baje los pantalones de la pijama junto con la ropa interior dejando mi anito al descubierto, estaba nervioso, sentía los latidos de mi corazón, pero también estaba excitado, mi miembro estaba duro y palpitante. Mi compañero me tomo de la cintura dispuesto a meterme su sexo, le dije que fuera despacio a lo que respondió que me relajara. Empezó a acariciar mi ano con su pene tratando de untarme su líquido pre seminal, mientras yo sentía el calor de su miembro cálido, algo delgado y de buen tamaño.

    Cada vez estaba más ansioso, sentir las palpitaciones de su miembro entre mis nalgas me hacían sentir mas excitado, quería que me la metiera ya, pero no decía nada para no avergonzarme. Luego de un rato de estar lubricando mi cola con su pene, metió un dedo dentro de mi ano produciéndome un placer enorme, de modo que me estiré acercando mis rodillas al abdomen para que me entrara mas fácil. Estaba gozando mientras él jugaba con mi ano tratando de dilatarlo. Pronto el agarró su falo y me la empezó a frotar entre mi surco buscando la entrada de mi orificio.

    El momento había llegado, yo estaba ansioso, su sexo lentamente empezó a colarse dentro de mi produciéndome dolor y placer, era una sensación extraña pero deliciosa. Con su toque experto, su mano acariciaba mi muslo, al tiempo que me la metía con delicadeza, deleitándome con esa exquisitez en mi cuerpo. No sabía si dejar que me la metiera toda de una vez o parar, por momentos el dolor era intenso pero me lo aguantaba, la lujuria del momento solo me hacía pensar en lo rico que sentía. Él casi adivinando mis pensamientos paro un poco y preguntó si podía metérmela toda.

    No dije nada, solo empecé a mover mi cola cómo una punta; el entendió el mensaje y me la clavo toda. Sentí todo su pene dentro, palpitante y caliente, sentía dolor y gozo. La dejó ahí por un momento mientras me susurraba cosas al oído. Luego de un momento él dolor bajo y solo sentía el placer de estar lleno, moví la cola para meterla y sacarla yo mismo, el no se contuvo más, me tomo con fuerza por la cintura y me comenzó a embestir, no podía más y comencé a gemir del puro placer.

    A medida que el aumentaba la velocidad, mi placer aumentaba y mis gemidos se hacían aún más intensos, los cuales me esforzaba por retener para no llamar la atención; aún me costaba creer lo que estábamos haciendo y me fascinaba. La idea de ser penetrado por alguien no lo había concebido hasta ese momento. Cada embestida la disfruté al máximo, de modo que perdí la noción del tiempo tal que no recuerdo cuanto estuvimos así, hasta que se detuvo, entonces sentí su caliente elixir dentro de mí; yo aún no me corría, seguía con el pene erecto aún como un sable. Pasado unos segundos, mi compañero me la saca y se voltea como insinuando que ahora era mi turno, sin embargo, casi como volviendo en mí, toque la realidad, le estaba siendo infiel a mi novia, a mis valores y mis principios. Me levante de la cama pidiéndole que me disculpara y me metí a la ducha donde acabe corriéndome.

    Tras regresar a nuestras labores, el viaje de regreso transcurrió en silencio, sumado a ello, tenía picazón en la cola, dolor e irritación. La confusión me atormentaba. Descubrir que había mucho de mí mismo que desconocía me aterraba, especialmente porque amaba sinceramente a mi novia y no quería lastimarla.

  • Le entregué mi novia a mi compañero de trabajo

    Le entregué mi novia a mi compañero de trabajo

    Hola este es mi segundo relato. Cómo ya saben a mi novia colombiana se la cogió el albañil en casa de ella por yo haberle pedido que lo provocara para complacerme.

    Luego de eso quise dejar las cosas así por un tiempo, pero en el trabajo llegó un compañero nuevo a trabajar en pareja conmigo los turnos de noche, es un hombre bajito, moreno, alegre y burlón.

    Siempre mientras tomamos café, él alardea de todas sus amantes, de como las conoció, como se las coje, cuenta todo con detalles, es muy morboso cuando pasan mujeres sexys, no puede disimular, y día paso una señora de cola operada muy sexy y él se volvió loco diciendo cosas morbosas y sin intención mía, note que se le veía un pene mucho más grande que el mío.

    Desde ese día que lo veo haciendo videollamadas con sus amantes algunas casadas, me da morbo saber que opinaría él de mi novia y de cómo está.

    Debo mencionar que el compañero tiene moto y yo no tengo.

    Por otro lado mi novia siempre ha querido aprender a conducir moto, viajar en moto etc., es apasionada a las motos, la velocidad, la carretera etc.

    Entonces un día me di cuenta que mientras tomábamos cafés, al final yo siempre iba a encender la iluminación del lugar que se ubica 4 pisos abajo, un día dejé mi celular por error ahí con mi compañero y lo dejé en galerías, en unas fotos de un paseo con mis amigos y cuando regresé me di cuenta al desbloquearlo que estaba en unas fotos más antiguas, o sea que mi compañero estuvo pasando un poco las fotos de mi galería.

    A la siguiente noche mientras tomábamos café armé un álbum en mi galería con 3 fotos en lencería, (en tanga y una malla negra transparentada) de mi novia, pero de primeras una selfie de mi y como yo tengo una foto con mi novia de fondo de pantalla en el teléfono sabía que reconocería que era mi novia.

    Bajé a encender las luces y cuando subí al desbloquear el teléfono y estaba en la última foto del álbum, o sea que tuvo que ver la primera, que es una selfie mía, la segunda que es ella sentada en la cama con una malla negra y debajo un tanga diminuta roja mirando de frente con su cabello a un lado, la tercera era ella de pie con el cabello suelto dónde se le ven las nalgas con las tangas resultándose desde debajo de la malla, y la que deje de última por qué sabía que era la mejor una foto mientras ella se ponía en 4 bien enfocada se le alcanza a ver su abultada vagina que no cabía en esa tanga tan pequeña, con la malla a media nalga y en 4.

    Ya me había asegurado de que mi compañero fuera consciente de lo que se podría estar comiendo pronto.

    Un día de calentura le hable a mi novia de motos a propósito y le propuse que mi compañero de trabajo le podía enseñar a conducir en su moto, lo cual ella yo creo que ya sospechaba lo que yo quería y acepto sin dudarlo, el siguiente paso fue pedirle el favor a mi compañero de enseñarle a conducir que apenas le dije se puso muy contento.

    Y así comenzaron a practicar y a practicar en las mañanas mientras yo dormía para regresar al trabajo en la noche, siempre veía a mi novia vestirse para salir a practicar, salía normal en pantalones así que le pedí que repitiéramos lo del albañil y le sonreí, ella no m dijo nada y se fue a bañar, pero a la tercer día ya vi que se ponía hilos con leggins pegados, entonces entendí que había aceptado mi propuesta, un día ella me empezó a contar que él siempre le hacía chistes con doble sentido y que siempre que le enseñaba a conducir se la restregaba en su espalda y que se le notaba muy grande.

    Un domingo salimos con mi compañero del trabajo muy temprano a mi casa, y a las 7 am ya iban a practicar cuando la veo que se pone la minifalda que uso para seducir al albañil en el relato anterior y lo más excitante se puso hilo debajo y unos tennis blancos y yo le pregunté que porque se vestía así y me responde: por qué hoy me voy a comer a tu amigo del trabajo yo enseguida perdí el sueño y subí a la terraza. A ver como practicaban, el man cuando la vio así vestida en minifalda sabía que se le venía un espectáculo para sus ojos.

    Ella se subió a la moto y se le vio todo el culo y yo desde arriba ya me estaba sobando el pene viendo está ves todo con mis propios ojos,

    Ella empezó a conducir mientras él iba montado de copiloto y ya yo veía que se sonreían el uno al otro y esas cosas.

    Cada vez que pasaba el policía acostado/ bache que estaba en la calle ella a propósito levantaba su culo y caí con fuerza encima del pene de mi compañero y se reía y el man ya estaba loco mirándole la coja fijamente caer solita contra su verga aunque sea con ropa de por medio.

    Y por ahora es todo lo que ha pasado amigos, pero seguro se la terminará cogiendo pronto, así que esperen más relatos.

    Gracias.

  • Vacaciones y el ex de mi mujer (parte 2)

    Vacaciones y el ex de mi mujer (parte 2)

    No había pasado mucho tiempo de que había salido, cuando una moto azul, se estacionó frente a la casa; y él ingresó sin mirar a los lados, él y mi mujer sabían muy bien que dos horas se les pasaría volando y querían aprovechar cada minuto que estarían allí solos.

    Cuando vi salir a Alejandro, empecé a caminar de regreso a casa, con un fuerte latir del corazón, solo tenía las ganas de llegar y ver en mi celular lo que se hacía grabado. Y si mi celular había resistido encendido esas dos horas y un poco más que mi mujer y su ex estuvieron solos en la casa playa.

    Al llegar, le pregunté a mi mujer ¿Quién es el que salió y se fue en esa moto azul? Y ella no tuvo ningún reparo en contarme que había llegado su ex, y sonriendo me dijo: ¿qué bien preparado tuviste todo?

    Y mirándola le dije: ¿espero hayas disfrutado al máximo?

    Y ella me respondió: como no te lo imaginas y fui al cuarto a por mi celular, y al regresar al patio donde estaba mi mujer, le dije: no tengo que imaginarlo, lo veré a todo color y mientras me reía al verle la cara de asombro a mi mujer conecte mi celular para que se viera en el televisor.

    Y así empezó el vídeo, ella ingreso al cuarto y desde allí lo llamo diciéndole, si quería ver como eran las acotaciones y él ni tonto ni perezoso ingreso al cuarto y se dirigió al baño y tras un par de minutos apareció frente a mi mujer quien estaba sentada al borde de la cama, totalmente arrecha y deseosa de conserve esa verga, que según ella, solo la tocó por encima del pantalón cuando era su enamorada hace más de 15 años atrás, y que siempre había querido vérsela y comérsela toda, Pero que nunca se dio, porque en aquel entonces mi mujer tenía en su cabeza, que el primero que se la cogiera tenía que ser aquel que se casará con ella y ese fui yo. Ese un por lo que yo tengo el orgullo de haber sido el primero en meter su verga en el coño rico de mi mujer.

    Y ahora 15 años después, allí estaba ella, sentada al borde de una cama, esperando a su ex, para cumplir su fantasía o más bien su gran anhelo que conserve esa verga, que por las veces que se la tocó de enamorados, mi mujer recordaba e imaginaba que era una verga grande .

    Y así fue, cuando él se paró frente a mi mujer, ella procedió a bajarle los pantalones y quedó encantada con tremenda pieza de carne, e inmediatamente escuché como Alejandro le dijo que se la chupara y mi mujer inmediatamente obedeció metiéndose esa verga hasta lo más profundo de su garganta, se podía oír como se ahogaba en cada envestida que recibía con esa verga.

    Ella estaba totalmente arrecha, oí también como Alejandro le decía que mi mujer tenía su coño totalmente empapado en sus jugos sexuales, y Alejandro procedió a chuparle el coño y el culo a mi mujer. Y como si mi mujer susurra, se empezó a oír sus gemidos por cada ves que alejando le pasaba su lengua en el coño de mi mujer.

    Así estuvieron un buen rato, hasta que mi mujer, se puso de rodillas y Alejandro empezó a penetrarme el coño desde atrás, y mi mujer gritaba como toda una puta, y ella le decía sigue así, no pareces y Alejandro parecía un experto en taladrar y hacía que las nalgas de mi mujer sonaran, como nunca antes habían sonado.

    Luego de un rato Alejandro se vino, y mi mujer quedó tendida boca abajo satisfecha, pero ella no se imaginaba que Alejandro unos minutos después ya estaría listo para un combate más, y esta vez Alejandro se la metió por el culo, y aunque mi mujer le dijo que por allí no, él le sujeto sus manos sobre la cama y se la metió con fuerza. Pude oír a mi mujer dar el grito casi llorando cuando esa verga se abrió paso en el culo de mi mujer, con un solo empujón.

    Pero luego de unos segundos, el grito de dolor, se volvería gritos de placer y así en esa posición, Alejandro se vino por segunda vez. Y sin decir mentira alguna, fueron cuatro veces que Alejandro se vino cogiéndose a mi mujer. La tercera vez, solo fue metiéndosela en la boca y ella encantada, recibió ese gran chorro que le salió a Alejandro de si verga como si fue la primera venida que tenía en ese momento. Y la cuarta vez, Alejandro se vino, dándole con su verga en plan entra y sal, y esta vez cuando Alejandro se vino, mi mujer pego un grito muy fuerte, creo que de haber estado en nuestra casa, en la ciudad donde vivimos, ese grito lo habrían escuchado en toda la ciudad.

    Y esta vez allí estaba mi mujer, tendida sobre la cama, con su culo y su coño lleno de leche, y aún su boca estaba repleta de leche. Luego dice mi mujer que se fueron a ducharse y regresaron a coger una vez más, pero esa ves ya no salió en el celular, porque se les ocurrió coger una última vez en el sofá que estaba en el patio frente a la piscina, según mi mujer lo disfruto, pero ya no como las otras veces, ya que para ese entonces, ya estaba pendiente de que las dos horas habían pasado y yo regresaría pronto. Así que así fue como mi mujer se comió a su ex en nuestras vacaciones.

  • Patio de medianoche

    Patio de medianoche

    Llevaba noches de mucho erotismo y calentura. Me la pasaba viendo videos pornográficos para apaciguar la humedad y la sensación de poca saciedad de sexo.

    Descargué una conocida aplicación para celulares, que comenzó siendo utilizada en mi país para potenciar encuentros homosexuales, y terminó utilizándose para venta de todo tipo de drogas, sexo, sexting, entre otros. Pasé varios días chateando sexualmente con al menos tres o cuatro hombres. Me enviaban audios exquisitos, videos de sus masturbaciones mientras yo enviaba mis tetas apretadas contra mi cama. Mi tanguita a medio correr, mis tetas a medio descubrir (110cm de puro bamboleo), enviaba audios comiendo y terminaba en la madrugada exhausta, pero no saciada.

    Una noche, en que aún no podía conciliar mis ganas de encontrarme salvajemente con alguien, comencé a buscar algún contacto que pudiera venderme unos cigarrillos (de los que te hacen sonreír). Era una noche de verano, y se sentían alrededor de 20 y tantos grados, a eso de las tres de la mañana. Mi aplicación no dejaba de sonar en notificaciones de antiguos chats y chicos que deseaban seguir sexteando conmigo. Hasta que un mensaje llamó mi atención, un chico de 20 y algo me ofrecía compartir un poco de marihuana, sin compromisos, ya que él vivía cerca y buscaba alguien con quien compartir. Me arriesgué y le di mi dirección para que me esperara fuera de mi pasaje.

    En ese entonces, vivía de allegada en la casa de mis tíos, quienes dormían profundamente a esas horas de la noche. Me escabullí por la casa y salí silenciosa, el chico ya me esperaba en la esquina. Nos saludamos y caminamos un par de cuadras más abajo a otra villa, a unos diez minutos de mi casa. Me dijo que pasáramos directo a su pieza, ya que en su casa vivía de allegado un tío el cual dormía en el living. Entramos de la mano rápido, a oscuras y directo. Su pieza con colores neón me sorprendió y tenía un poco desordenado para mí gusto, pero venía ya tan mojada que no podía esperar.

    Una vez que cerró la puerta y piso pestillo, nos miramos fijamente, agarré su polera y lo tiré bruscamente encima de mi cuerpo. Quedé entre él y la puerta, apretados. Comenzó desesperadamente a tocarme la cintura metiendo sus manos bajo mi polera, mientras nos besábamos frenéticamente y si lengua pasaba por mi cuello, sus manos subieron y me agarraron las tetas firme a palma abierta. Me embistió contra la puerta tres veces mientras continuaba tocándome y besándome el cuello, comenzó a bajar por mis tetas, movió mi sostén y dejó al descubierto mis mejores atributos. Desesperado lamía mis pezones mientras sus manos no podían abarcar el total de mis pechos, todo esto mientras sentía su miembro durísimo bajo sus jeans.

    Lo empujé hacia la cama y a lo que vinimos, sacó mi pantalón, saqué su miembro del suyo y rápidamente pusimos un condón hasta que me lo metió acostados en su cama. El bamboleo y el movimiento frenético mientras me penetraban hacía que sonara toda la pieza. Sus papás estaban arriba y su tío en el living durmiendo y aun así su cama rechina haciendo obvio lo que allí estábamos haciendo. Me lo metió una y otra vez mientras repetía lo deliciosa que estaba y que no comprendía cómo pudimos encontrarnos de forma tan fortuita. Yo más fría de mente solo lo cabalgué fuertemente, hasta que su miembro sonara al chocar con mi vulva mientras me penetraba y sentía como su respiración se hacía más y más imposible. Terminó por ponerme en cuatro en su cama y embistiéndome suave y salvajemente lo hice terminar pronto.

    Una vez concluido el acto fue a dejarme a mi casa, siguió hablándome por el mismo chat varios días, no siempre quise contestar para no crear falsas expectativas. Pero el primer encuentro me dejó algo más saciada y con los días, mis ganas volvieron. Si bien nadie me había visto salir en secreto, tenía miedo de que me agarraran saliendo a las tres de la mañana, por lo que me rehusé a un par de encuentros más.

    Una semana después y con el chico escribiéndome a diario, comencé a tocarme una noche viendo videos mientras chateábamos, el chico deseaba demasiado volver a verme y reconoció que incluso se paseó por mi pasaje un par de días a ver si lograba verme. Me pedía solamente que si tenía ganas, las descargara con él, pero yo no quería volver a su casa con la obviedad de que todos nos escucharan. Seguimos chateando y entre las fotos de su miembro erecto y sus audios, comencé a calentarme de forma frenética y a querer arriesgarme a otro tipo de eventos. Eran las dos de la mañana, sabía que en media hora mis tíos se acostarían y caerían rendidos producto del trabajo en su negocio, mientras yo en la pieza chateaba y me toqueteaba la vulva enviándonos fotografías, audios y videos calentones jugando con mi tanga, su miembro, mis senos apretados al sostén, mi cola levantada y su voz calentándome entera.

    Se dieron las tres de la mañana y mi amigo me había calentado por una hora sin parar por medio del chat. No iba a ir a ningún lado si yo no le daba la orden. Rogaba por vernos y yo rogaba por follar duro. A las tres y media de la mañana ya completamente mojada y desesperada por qué me lo metieran, lo cité en la misma esquina de mi pasaje, solo que está vez el riesgo lo tomé yo. Le proveí del silencio que necesitaba para este encuentro y que no era dueña de la casa donde vivía por lo que necesitaba discreción, mi amigo accedió de buena gana.

    Tomé su mano y me besó en la boca, el pasaje estaba completamente oscuro y sin rastro de fiestas o vecinos en la calle. Di vuelta la a la llave de la reja principal lo más silencioso que pude. Mi patio constaba de dos arbustos grandes y un pasillo pequeño en forma de L (ele). En el último costado, había una máquina para congelar carnes, del negocio de mis tíos. En ese rincón, era fácil divisar hacia afuera puesto que no había árboles ni arbusto alguno.

    Entramos y el chico comienza a abrazarme por la espalda mientras me lame mi oído y toma mi cintura. Me lo hubiera follado allí mismo de no ser porque necesitaba volver a poner llave, si alguien descubría algo, no quería pruebas que pudieran encubrirme. Cerré entre sus manoseos y tomé su mano. El último rincón del patio delantero que daba hacia la máquina daba también hacia la puerta de mi pieza, que hacía bastante más ruido que la reja principal. Pero al llevar su mano hacia la mía, el chico comenzó a besarme exquisitamente, me lamía lento por el cuello, mientras tocaba mi cintura e intentaba introducir una de sus manos en mis tetas.

    Lo guie hacia el rincón de mi puerta, no entraríamos ahora pero pude en la profunda oscuridad acorralarlo a la pared y besarnos exquisitamente. Sobajeaba mi cuerpo más bajo que el suyo contra él mientras nos lamíamos los cuellos, la respiración agitada pero silenciosa de mi amigo me hacía comprender que sabía jugar este juego y que seguiría mis reglas para hacerlo de forma silenciosa.

    Mientras él quedaba a la pared, me di vuelta, sobajeando mis nalgas contra su miembro (yo usaba un short de pijama, una polera suelta y un chaleco delgado y largo), y apreté mi cuerpo contra el suyo estando de espaldas. Mientras movía mis nalgas en su miembro erecto, él intentaba con un brazo abarcar mis tetas completas y con el otro, dirigir mi rostro hacia atrás para lamer mis orejas y mi cuello, además de forzarme a besarlo mientras mordía mis labios.

    Comencé a agacharme y subir lentamente, sentía su miembro erecto como un palo, grande, largo y se posaba entre mis nalgas de forma natural mientras manoseaba mi cuerpo. Sus manos comenzaron a bajar por mi short y mientras con una tomaba mis tetas, con la otra comenzó a bajar por mi vulva, lento, húmedo, en silencio pero desesperado por meterme sus dedos. Poco a poco comenzó a gatillar mi vagina con sus dedos, sacaba su mano de mi shorts solo para chuparse los dedos y volver a ingresar en mí. Mientras yo continuaba mis movimientos circulares haciendo presión en su pene, que parecía iba a estallar.

    De pronto, me di cuenta como estábamos en el patio, a oscuras, pero a vista de toda la casa de enfrente, que tampoco tenía arbustos ni árboles y que, podría tener a cualquier vecino despierto. Pero no me importó. Lentamente y pegados como perros dimos un par de pasos hasta que quedé frente a la máquina congeladora. Mi compañero agachó mi cuerpo hacia adelante posándome en ella lentamente y mirando hacia afuera, asegurándose de ser el más afortunado y clandestino a la vez. Movió mi short hacia un lado y vio con rica sorpresa que claramente no llevaba tanga. Me gatilló así, en cuatro, posada en la máquina suavemente en mi vulva, sentía que latía y que me mojaba cada vez más.

    Sacó su miembro y lo posó en mi vulva completamente mojada, haciendo movimientos donde solo nos rozamos los miembros por largo rato, humedeciendo su pene por completo con mis jugos mientras con su mano tomaba de mi pelo listo para cabalgarme en la oscuridad. Sin embargo, antes de metérmelo, me susurró en el oído que no había parado de pensar en mí esos días y en todo lo que quería hacerme. Así que bajó arrodillándose al piso, con una mano en mi espalda me obligó a quedarme recostada en la máquina hacia adelante, abrió mis piernas, volvió a correr mi short y comencé a sentir su lengua en mi vulva, llena de saliva tibia hacia arriba y hacia abajo, metiéndose por mis pliegues, lento, seguro, mojado, certero. De a poco comencé a agarrarme de la máquina, ya no podía más del placer de sentir cómo me cogía y me dejé coger en el patio delantero de la casa de mis tíos, con todo el pasaje a oscuras.

    Sentía su nariz y sus labios comiéndose mi vagina mientras me susurraba ahí abajo lo rico y delicioso que era y todo lo que había esperado para comérmela. Subió una de mis piernas a la máquina, dejándome aún más abierta para follarme con su lengua, arriba, adentro, abajo, escupiendo suavemente de tanto en tanto aunque no lo necesitara. Se puso de pie y luego, comenzó a introducir su miembro en mi vulva, aún con una de mis piernas arriba. Podía ver hacia atrás su cara de placer máximo, sus manos agarrando una de mis piernas y mi cuello para no dejar de mirarlo mientras me embestía lento y luego más rápido. Podía ver cómo su pene entraba y salía de mí mojado como un roble, largo, con su puntita tocando mi vulva para luego dármelo todo hacia adentro, mojando mi piel, mis pliegues. Mientras respiraba lo más silencioso que podía.

    Así me lo metió sobre la máquina alrededor de quince minutos, terminé abierta con una pierna sobre el artefacto, mis senos a medio salir empañando el vidrio de la máquina, sus manos agarrándome las tetas mientras me decía al oído todo lo que me deseaba y todo lo que le calentaba metérmelo allí mismo. Me embistió semi desnuda en pijama todo lo que quiso, bajó para lamerme intermitentemente mientras volvía a penetrarme, hasta que finalmente juntó su miembro con mi vulva y me embistió tan adentro que terminó.

    Con la misma frialdad de la primera vez, bajé de la máquina, acomodé mi ropa mientras él subía sus pantalones intentando aún tocar mis tetas. Lo volví a acercar a la parte más oscura cerca de la puerta para subir sus jeans y bajar su polera. Me dio un beso largo, con lengua, exquisito mientras tocaba mis senos y con sus manos tocaba mis nalgas y acomodaba mi short. Me despedí, lo dejé en la reja y cerré con llave.

    Me agradeció dos semanas ese encuentro, rogando por vernos de nuevo. Pero me gusta tan poco repetir que agradecí su sexo esa noche y evité seguir contestando sus mensajes.

  • Goloso de piscina

    Goloso de piscina

    Recuerdo que aquel no fue un verano especialmente caluroso, sobre todo en comparación con los que estamos viviendo en estos últimos años, pero si había, como en todos los veranos, muchas ganas de diversión, bebidas frías, largas conversaciones nocturnas y juegos en la piscina. Así que, en mis diecinueve años, no podía desaprovechar ni por asomo, ser invitado por mi amiga Alma y su familia a pasar un par de días en un bonito chalet que tenían a las afueras de un pueblo en el centro de España del cual no pretendo recordar el nombre. Debí darme cuenta, eso sí, que sería examinado milimétricamente por sus padres para analizar el tipo de relación teníamos aquella enérgica y alocada joven de dieciocho, y yo.

    El caso es que mi amiga odiaba tener que separarse de sus compañeros y compañeras para pasar largas temporadas en aquel sitio durante las vacaciones, así que negoció que iría sin rechistar ese año con la condición de que pudiera llevar a un acompañante al menos a pasar una noche durante el primer fin de semana. Y por la mirada de su padre al verme, supongo que esperaba a alguien del género femenino y no le hice mucha gracia.

    Aunque ya me conocían por todo el tiempo que fui compañero de clase de su hija y creo que me consideraban buen chico, me pareció que las cosas estaban algo tensas aquel día, quizás por la idea de que su hija adolescente se exhibiera en bikini o compartiera habitación con un chico, aunque fuera en camas separadas.

    Pero la realidad era que Alma y yo solo éramos buenos amigos. Pese a que alguna vez habíamos tonteado totalmente de broma.

    Así que, en resumen, fue así como terminé en la piscina de tamaño mediano de mi colega de prácticamente toda la vida, realizando saltos de cabeza o de bomba como locos, subiéndonos a una colchoneta hinchable para que el que quedara abajo tratara de volcar al que la estuviera ocupando en ese momento y salpicándonos agua sin parar de reír. Todo eso mientras Juan, el progenitor de la joven estaba encargado de preparar una rica paella veraniega con la que poder presumir de gran cocinero experto en arroces, y su esposa, Julia, hacía la guardia ocultando su mirada diligente detrás de unas gafas oscuras, sentada en el borde de la alberca, y acompañándonos mientras metía sus piernas en remojo, para permanecer fresca al mismo tiempo que disfrutaba de la luz solar incidiendo sobre su ya bastante morena piel.

    Recuerdo que Alma estaba especialmente alegre y brillante ese día. Llevaba su bonito cabello castaño largo recogido en una coleta, mientras que sus pequeños ojos marrones se achinaban ligeramente porque no podía parar de retozar en el agua y sonreír, haciendo que sus labios se tensaran desde las comisuras y permitiéndome ver en ella un rostro que me resultaba especialmente tierno y a la vez me despertaba ciertos inevitables instintos pasionales.

    Me encantaba verla tan feliz.

    Recuerdo también que llevaba un bikini ajustado con la parte inferior de color amarillo y la superior formada por dos triángulos ligeramente girados enfrentados y cruzados, decorados con un blanco y negro ajedrezado, que se unían a su vez con unos cordones atados a su nuca por debajo de la coleta con una sola y frágil lazada. La cual, si se enganchaba en alguna parte, podía dar lugar a algún sensual accidente de inesperada exhibición al que no habría hecho ascos. Y es que a pesar de haber alcanzado recientemente la mayoría de edad y ser aún muy joven, Alma estaba bien desarrollada y sus curvas se distinguían bien, atrayendo miradas sin remedio. Curvas que destacaban especialmente en su trasero, bien formado, que dibujaba interesantes líneas al fusionarse con la parte baja de su espalda, donde la sola idea de dejar reposar una mano, le hacía sentir a uno en el séptimo cielo, pero también en unos bonitos pechos tersos, de tamaño medio, que subían y bajaban hipnóticamente en cada uno de sus ágiles movimientos, giros o saltos.

    En definitiva admito que fue un día duro para un adolescente con las hormonas descontroladas como yo, porque mientras ambos éramos sometidos a estrecha vigilancia materna, mi animada amiga se las apañaba para montarse sobre mí, abrazándome desde atrás, dejándome sentir la esponjosidad de sus senos en la espalda y sometiéndome a un acoso y derribo de caricias o roces disimulados que me colocaban en una situación ligeramente comprometida.

    Por supuesto no puedo negar que lo estaba disfrutando.

    Ese jugueteo tortuoso del rozar su piel suave y ligeramente bronceada contra mí, de ofrecerme sus encantos en cada acercamiento juguetón, el aroma de su pelo, su bikini mostrando siempre la cantidad justa de su intimidad para que yo imaginara el resto, ese bonito cuerpo mojado y bañado a la vez por el agua de la piscina y los rayos del sol…

    Y no, aquella no era del todo una diversión inocente, pues no tardó en dejarme ver sus cartas y aclarar que era más bien un flirteo.

    Con frases cortas, susurradas y distanciadas en el tiempo, me fue revelando furtivamente al oído el deseo de que nos besáramos, aunque fuese de la manera más discreta posible, y ante mi asombrado y en parte atemorizado rostro, Alma comenzó a maquinar la forma de lograrlo, que me fue contando poco a poco con disimulo, durante nuestras traviesas bromas y revoltosas aguadillas.

    ¿Cómo no iba a dejarme convencer cuando sentía sus labios tan cerca de la oreja musitando su elaborado y secreto plan?

    Alma pensó que era una buena idea salir del agua y prepararse para realizar una estilosa zambullida de cabeza en el momento justo, y aparentemente casual, en que yo estaría buceando para tal vez buscar algún objeto por el fondo. Entonces, bien sincronizados y cómplices, nos encontraríamos a mitad de la piscina, camuflados entre los reflejos causados por la luz del sol sobre las ondas acuáticas, nos besaríamos por primera vez en todo el tiempo que hacía que nos conocíamos, y además conseguiríamos hacerlo delante de las mismas narices de su madre, de forma tan apasionada como nos permitiera nuestra capacidad pulmonar en ese momento.

    Y lo logramos…

    … Y nos encantó.

    Nos encontramos en un cálido roce de labios subacuático bastante sentido, con los ojos cerrados, en parte por la emoción del momento y en parte por la molestia del cloro, sujetándonos las mejillas y el cuello el uno al otro para no distanciarnos en aquel entorno flotante que de forma natural nos alejaba y nos escupía a la superficie, pero al que logramos vencer pataleando juntos.

    Y por fin, al salir a respirar, medio mareados de la emoción y la falta de aire, fingimos que cada uno iba por su lado como si nada hubiera ocurrido. Pero yo estaba seguro de que aquella mujer que no nos quitaba ojo de encima, había adivinado que dos cuerpos bajo el agua no se unen de aquella manera si no es para enrollarse, básicamente porque sentí que podía leerlo en su mirada que no paraba de juzgarme en silencio.

    Nos salvó que ya nos llamaban para comer.

    Alma, su madre, yo, y nuestros hambrientos estómagos, nos secamos y nos dirigimos al porche que había en la entrada de la casa para contemplar un accidente que nos cambiaría todos los planes aquella tarde. Juan salió tan orgulloso, sujetando las asas calientes de la paellera con un par de trapos viejos para no quemarse, que no estuvo atento a que de repente alguna piedra debió cruzarse en su camino o simplemente dio un traspié por torpeza. La consecuencia fue que acabó cayendo de bruces al suelo con toda la comida desparramada y extendiéndose a su alrededor.

    No evitó la tierra ni el arroz, ni el marisco, ni ninguno de los ingredientes que los acompañaban. Así que ya nada era comestible. Pero como era domingo y el pueblo tenía sus pequeñas tiendas locales ya cerradas a esa hora, el plan B, con nuestras tripas rugiendo, no podía ser otro que coger el coche para ir a la ciudad más cercana y comprar uno o dos pollos asados con su guarnición de patatas fritas.

    Pero la ciudad estaba a una hora de allí.

    Así que comenzaron, sin que yo tuviera mucha opinión por ser el invitado, una serie de cálculos de quien debía ir con quien y quien debía quedarse, que terminaron con Alma y su padre montados en el coche en busca de la comida, y yo quedándome de nuevo con su madre en la piscina, solo que esta vez a solas.

    Mi teoría sobre el porqué sucedió de esta manera es que mi amiga quería evitar que coincidiéramos con su padre y que este me diera una charla o tratara de asustarme de alguna manera para que no me acercara mucho a ella, pero con el beso que nos acabábamos de dar delante de su imperturbable rostro, a mi quien me daba más miedo era su madre.

    Solo unos minutos después, mientras se escuchaba el motor de un viejo 4×4 alejarse por los caminos, me encontraba flotando nervioso en la piscina, sumergido hasta la nariz, como un cocodrilo al acecho, e incómodo a un mismo nivel por el silencio, y por el sonido de cualquier intento de conversación que derivara en una proteccionista advertencia de aquella mujer seria, que me contemplaba desde su relajada posición, tumbada, apoyándose sobre los codos y con las piernas estiradas flotando sobre la superficie acuática.

    Estaba seguro de que si en algún momento le caí bien, eso se había acabado.

    Pero la miré y pareció sonreírme. Luego se incorporó un poco, se sentó con los muslos ligeramente separados y empezó a mover sus pies suavemente como si pedaleara en el agua.

    Por lo que me había contado mi amiga, Julia tenía 43 años y parecía una mujer seria, si, pero cariñosa, no muy estricta y alguien que siempre estaba para apoyarla en casi todo. Sus caderas y hombros eran más anchas, sus muslos tenían más carne y sus labios sobresalían más que los de su hija. Todo aquello, junto con sus pechos, más bien grandes y con una erótica caída natural que apenas quedaba recogida por la parte superior de su bikini de triángulo de color negro, dibujaban las curvas de un perfil de mareante figura que, contemplada además desde mi posición, más baja que la del improvisado asiento que ella ocupaba en el borde de la piscina, se me hacía espectacular. Sus cabellos negros, suaves y lisos, le llegaban hasta los hombros y hacían juego con sus gafas oscuras y ese traje de baño en dos piezas, cuya parte inferior, también negra, se sujetaba tan solo por sendos lazos a los lados de su cintura.

    Pero la verdad es que no hubo demasiado tiempo para fijarme en ella, porque el dialogo que temía, ya iba camino de golpearme con las primeras palabras que pronunció, acompañadas de una malévola sonrisa de medio lado.

    –¿Besa bien?

    –¿Quién?

    –¿Quién va a ser?, Alma

    No respondí.

    –El agua de la piscina está muy clarita, así que se ve bien el fondo y todo lo que pasa mientras buceas. –Dijo de repente.

    –Perdón, yo solo…

    –No te preocupes, que a mí me parece bien. –Interrumpió cortando mi pésimo intento de explicarme y desviando la mirada hacia otro lado con indiferencia.– Que disfrute un poco, que luego acabará por ahí casada con algún soso con el que ya no tendrá oportunidad, como nos ha pasado a otras.

    Y en ese momento pensé que el motivo por el que aquella mujer parecía tan seria, podía ser un matrimonio aburrido del que había decidido hablarme porque había visto en mi un cómplice con el que desahogarse lanzando quejas al aire.

    –A Juan no le hacía mucha ilusión que vinieras, pero Alma estaba emocionada. Así que no le hagas ni caso si te dice cualquier cosa.

    Por mi parte solo pude sonreír tímidamente y seguir flotando estático en el centro de la masa de agua que me rodeaba. Pero la mujer pretendía continuar la conversación.

    –Me contó que te gusta escribir y dice que se te da muy bien.

    –Bueno… gracias. Sí que me gusta, pero yo no diría tanto, tengo mucho que aprender.

    –Anda, modesto, si me dijo que habías ganado un premio y todo. –Julia por fin empezaba a sonreír y comenzaba a resultarme agradable su compañía.

    –Solo fue un segundo puesto en un concurso del instituto. –Aclaré.– Me dieron un diploma y ya está. –Añadí también en tono humilde y avergonzado.

    –Bueno, poco a poco, pero es un comienzo –Se quitó por fin las gafas y me miró con unos bonitos ojos marrones, pequeños y ligeramente alargados.

    –¿Y de qué iba lo que escribiste para el concurso? –Curioseó tras una pausa.

    –Hace ya unos años, así que no me acuerdo bien, pero seguramente alguna historia de amor adolescente súper dramático, que era lo que escribía entonces.

    –Oh, que mono. Me gustaría leer algo tuyo alguna vez.

    –Gracias. Pero no sé si te iba a gustar.

    –Bueno… pensándolo bien, igual ya leí algo…

    –¿Algo escrito por mi? –Le cuestioné con repentina extrañeza.

    –Si. O no. No sé. –Comentó parándose luego a pensar.– ¿Si te cuento una cosa prometes no contárselo a Alma para que no se muera de la vergüenza?

    –Sí, claro. No… no diré nada.

    –Veras… –Bajó un poco la voz.

    –El otro día llevaba un montón de ropa que acababa de planchar a su habitación para que la guardara en su armario y vi que tenía la puerta entornada, así que me asomé. –Confesó.– No lo hice a posta, normalmente llamo a la puerta y no la molesto porque confío bastante en ella… y además, estando ella sola… ¿Qué mal podía estar haciendo?

    –Entiendo. –Respondí sin saber a dónde pretendía llegar.

    –El caso es que me di cuenta de que tenía un cuaderno azul en la mano y mientras lo leía, movía mucho el brazo y respiraba un poco fuerte –Se paró un segundo al verme la cara.– Vamos, si, lo que estás pensando, que se estaba masturbando.

    Me puse completamente rojo y no sabía dónde meterme, porque ya vi venir hacia donde iba aquella historia.

    –Pero que no pasa nada, ¿eh? Es normal a su edad. Que yo también lo hacía.

    –Jeje… ya…

    –Lo que sí que me pasó es que ya me pudo la curiosidad de que era lo que estaba leyendo tan concentrada para hacer esas cosas, así que me colé en su habitación otro día que ella no estaba en casa, ¿sabes?, y busqué por todas partes el dichoso cuaderno. –Me dijo de nuevo con una sonrisa de medio lado.

    –Ya… bueno, es normal que tenga sus cosas secretas un poco escondidas.

    –Esas historias… Las has escrito tú, ¿verdad? –Inquirió de forma directa.

    –Pues… Tal vez… pero…

    –Lo digo porque, cuando lo encontré, como tenía un marcapáginas al inicio de un texto, supuse que mi hija habría estado leyendo el anterior, así que yo también quise echarle un vistazo.

    –A ver… no siempre escribo esas cosas, pero tenía esa libreta para eso y Alma me la pidió prestada…, pero solo por curiosidad…

    –Pero entiendo que si puedes describir como le practicas… ya sabes, sexo oral a una chica, es porque lo has hecho. ¿No?

    –No, bueno… sí. Pero no hice nada de eso con Alma. Solo somos amigos, te lo juro.

    –¿Y te gusta?

    –¿Alma? A ver me gusta un poco porque es muy divertida y bastante guapa, pero de verdad que no ha pasado nada entre nosotros.

    –No. Me refería a si te gusta hacer eso. Sexo oral –Inquirió de pronto con una mirada seria y profunda.

    –Bueno… si… creo… Es normal… ¿no? Es agradable… –Respondí muy nervioso.

    –Que va, a mi no me lo han hecho nunca. Por eso te digo que no me importa la relación que tengas con mi hija. Mientras la trates bien y no la obligues a hacer nada que ella no quiera… Pues que disfrute. Que otras no hemos podido –Sentenció de repente.

    –Jamás le haría daño ni le obligaría a hacer nada que ella no quiera hacer, por supuesto.

    –Lo sé. Sé que eres buen chico y la cuidas mucho. Ella me lo cuenta todo.

    –Gra… gracias.

    –Es solo… que me sorprendió aquella historia y sentí un poco de envidia de Alma. Ya ves que tontería, ¿verdad?

    Julia suspiró y evito un encuentro visual directo fijándose en el horizonte.

    –El imbécil de Juan dice que no me lo come por el olor. ¿Te lo puedes creer? –Comentó a modo de confesión de nuevo.

    –Pues… no, la verdad.

    –Me lavo y me cuido muy bien, no sé a qué quiere que huela…

    Y ante aquella situación en la que ya no sabía qué hacer o donde meterme, lo único que se me ocurrió decir fue…

    –Un coño tiene que oler a coño, y está bien. No sé qué empeño hay con que tenga oler a rosas o no se…

    Julia no pudo más que carcajearse con el comentario de quien para ella era un adolescente que no sabía demasiado de lo complicada que es la vida, y a mí, que no lo pensé antes de actuar, no se me ocurrió otra cosa que sumergirme en el agua y sacar la cabeza de nuevo a la superficie a apenas un metro de su entrepierna.

    –¿Te acercas para comprobar si es cierto que huele mal? –Me dijo de repente sonriendo, arqueando una ceja y sin hacer ningún amago de cerrar sus piernas.

    –No… solo… me dio por bucear sin más, no se… Además estoy seguro de que no huele mal.

    –Desde ahí está claro que no puedes oler nada. –Se burló.

    –Si no quería…

    –Venga, dame tu opinión. A ver si con eso me das alguna idea para convencer a mí marido de que sea más generoso.

    Y nervioso, ligeramente excitado, pero muy temeroso de hacer algo que no debía, fui acercando la nariz, despacio, viendo como Julia se echaba ligeramente hacia atrás y me dejaba todo el espacio posible en su entrepierna, hasta que estuve a unos pocos centímetros de la braga de su bikini, que en esa posición dejaba intuir la forma de los labios de su sexo. Luego aspiré y ella dio un pequeño respingo, mientras no pude más que disfrutar de las sensaciones de una embriagadora mezcla de aromas: La crema solar que a esas alturas su piel ya había absorbido, el olor del champú que llegaba desde sus cabellos hasta donde me encontraba y, sobre todo su humedad, provocativa, que además podía verse brillante en sus ingles y manchaba ligeramente aquel minúsculo trozo de tela que le cubría lo justo.

    Me sentí muy tentado, deseoso, incluso puede que me mordiera el labio y dejará ver una mirada de súplica por las ganas que tenía de besarle ahí abajo. Pero estaba inmóvil ante la situación.

    Y permanecí así durante unos largos segundos.

    Inesperadamente Julia recogió un poco de agua con la palma de su diestra y dejó que las gotas cayeran y resbalaran por el muslo de ese mismo lado. Luego me acarició el pelo, que yo también tenía húmedo por la reciente zambullida, mientras me dirigía una mirada tierna.

    –¿Entonces? ¿Te resulta desagradable?

    –No, claro que no. Es muy agradable.

    Y recorrió su piel con los mismos dedos con los que acababa de acariciarme, subiendo hacia el lazo del lado derecho del bikini que luego deshizo lenta y juguetonamente, con sus pupilas clavadas en mis pupilas.

    Bajé la mirada y me sentí bastante excitado al contemplar ese tono de piel blanco que se distinguía del bronceado y el escaso vello púbico que se divisaba en la zona descubierta.

    Luego su otra mano repitió la misma operación en modo espejo, con las mismas gotas en el muslo, una caricia y de nuevo un recorrido que finalizaba en descomponer el otro nudo, dejando este, mucho más a la vista, especialmente cuando la mujer apartó por completo aquel trozo de tejido y dejó que una parte de los cordones que lo sujetaban acabaran en el agua, acercando después un poco más su entrepierna al borde de la piscina con un suave movimiento de cadera que desee con todas mis fuerzas que no estuviera malinterpretando y fuera un inequívoco gesto para incitarme a probarla sin temor.

    Mientras tanto, ya hacía tiempo que bajo el agua, en mi bañador no quedaba espacio para la erección que estaba ocurriendo sin remedio.

    –¿Y ahora? ¿Te resulta desagradable?

    Tragué saliva y eche un lujurioso vistazo a aquellos deliciosos labios abriéndose ante mí y ese pubis con algunos pelitos cortos, arreglados de forma muy sensual con la intención de no asomar por ningún lado del bañador o la ropa interior elegida en cada momento para cubrir aquella zona íntima. Y aunque por un momento pensé en Alma y en cómo iba a odiarme si algún día se enteraba de aquello, inevitablemente caí en la tentación, y sujetándome de los muslos de aquella mujer para no hundirme, ya que no hacía pie en la zona donde estaba, pasee mi lengua entera, de principio a fin, con ávido deseo y goteando saliva que me caía hasta por la barbilla por aquel sexo palpitante, abriéndome camino con decisión para alcanzar con caricias directas el clítoris de Julia. Por su parte, ella me acogió encantada mientras me perdía entre sus muslos, acariciándome el pelo, arqueando la espalda, asomándose para visualizar en detalle la imagen de cómo me la comía y gimiendo de gusto con una placentera sonrisa en el rostro.

    Se suponía que la madre de Alma no había sentido antes como la saboreaban con aquel apresurado deleite y me sentía en la obligación de proporcionarle un inolvidable placer, así que puse todo mi empeño en cada lametón, en cada beso, en cada chupetón, sin ofenderme si me daba alguna indicación que me hiciera parecer inexperto, ya que realmente lo era. Se abría con los dedos para que mi lengua tuviera fácil acceso y me hundía la cara en su entrepierna, encantada, tremendamente mojada, acelerada.

    Y yo soñaba en aquel momento con, si aquello solo ocurría una vez en la vida, dejarle un recuerdo tan ardiente que ella no fuese capaz de evitar recurrir a los fotogramas de aquel momento para autosatisfacerse en el futuro.

    Me gustaba probar y observar los efectos de mis travesuras, así que empecé a separar yo mismo los labios de su sexo para poder meter y sacar mi lengua dentro de ella varias veces, con la coincidencia de que mi nariz golpeaba en cada movimiento su clítoris y le hacía ronronear y suspirar. Fue el juego del olfato el que nos había llevado hasta aquello y por eso realmente lo estaba disfrutando. Ese sabor y ese olor a excitación, al anhelo de un placer que aquella persona merecía sentir desde hace mucho…

    No podía más que esforzarme para que cada vez me sintiera más intensamente.

    Dejé caer entonces un montón de mi saliva permitiendo que deslizara por mi lengua, mirándola mientras lo hacía con rostro de sucia provocación, y cuando alcanzó su vulva, me dediqué a extenderla, a mezclarla con sus jugos, moviendo la cabeza para que en ningún momento se perdiera el roce ni el contacto de mi boca con su clítoris, y así empecé a chupar, a absorber, a succionar, a acariciar, a degustar… Mientras preparaba dos dedos para introducírselos hasta el fondo y acelerarme decididamente en busca del mejor orgasmo que pudiera proporcionarle.

    Julia al ver, sentir y complacerse con mi entrega en la causa no paraba de acariciarme y decirme que le encantaba ver cómo me lo comía tan agradecido, por ello quiso animarme a que no parara de hacerlo, así que, generosa con la mirada pícara que la contemplaba, se apartó el bikini y me mostró sus tetas, que al igual que su pubis tenían un tono de piel más claro por no haber tomado el sol en esa zona, preciosas, con unos pezones pequeños y duros que coronaban aquellas voluptuosas montañas del perfil de su anatomía, y que desde mi posición en el agua eran imposibles de alcanzar con la boca como habría deseado. Y así, ante aquella excitante e inaccesible visión no pude más que acelerar el movimiento de mi mano para follármela con mis dedos, de manera que su cuerpo entero se agitara, y en especial lo hicieran sus pechos, meciéndose deliciosamente en un hipnótico vaivén gracias a la gravedad y a las embestidas de mis falanges.

    Y así, contenta, agradecida, sin anunciarlo, la madre de mi amiga se dejó ir en un intenso orgasmo que noté por sus gemidos, como echaba la cabeza hacia atrás y abría la boca al tiempo que cerraba los ojos, a pesar de que se esforzaba por no hacerlo y poder contemplar como seguía saboreándola. También por como sus músculos internos me apretaban los dedos en una serie de contracciones involuntarias que me impedían meterlos tan fácilmente como antes y los espasmos en su cuerpo.

    Me encantó tanto notar el sabor y el olor del momento en el que se corría… Me enloqueció que fuera un éxtasis largo, explosivo pero de frenada lenta, que me permitió paladearla durante largos segundos.

    De hecho, me gustó tanto, que no me detuve.

    Seguí lamiendo, aunque con más calma, y en vista de que los estímulos seguían teniendo efecto o no eran molestos, me relamí. Ella suspiró con una sonrisa en la cara, y juntos, nos encaminamos a por su segundo clímax.

    –Así, sigue, no pares de comértelo, que si te ha gustado que me corra en tu boca prometo hacerlo de nuevo. –Dijo entre susurros, de nuevo excitada y descontrolada.

    Y mi única condición, que le expresé exigente, fue que quería que esta vez me avisara, porque quería escucharle decir que se iba a correr para mí, llegado el momento.

    Así que feliz, asintió con la cabeza y usó conmigo un adjetivo se me quedaría grabado por lo curioso.

    –Eres un goloso, como me encantas…

    Otra vez me perdí entre sus muslos ansioso y, en aquel solitario chalet de las afueras, solo se escuchó durante un rato el canto de los pájaros, mis lametones mezclados con mi respiración entrecortada, y los gemidos de quien estaba seguro que esta segunda vez se rendiría ante mi castigo lingual y digital mucho más rápido.

    Decidió echarse hacia atrás para acostar su espalda sobre el césped artificial que había justo después de los baldosines del borde de la piscina y, en esta ocasión, en vez de acariciarme el pelo, tiraba de él, manteniéndolo sujeto entre sus dedos. Su cuello, su espalda y su precioso trasero, al que me sujeté con la mano que no estaba usando para introducirle los dedos hasta el fondo, formaron un arco óptimo para que mi boca y su sexo se fusionaran en un contacto perfecto. Sobre todo con mi lengua, que tomando forma plana y lo más expandida posible, se quedó quieta a la espera de que moviera mi cabeza en círculos y la frotara contra su clítoris sin perder un solo microsegundo de húmeda e incluso chorreante, fricción.

    Y ya no paré hasta que por fin pronunció las palabras que quería oír.

    –Así, así, ya me corro, me corro para ti… sigue, comételo que me corro…

    Aquello resonó sobre mi cuerpo convertido en un calambre de sensaciones que casi consiguen que eyaculara al mismo tiempo. Calentísimo por como se corrió para mí… y solo para mí.

    No pude más que pensar que aquel imbécil de Juan no sabía el olor y el sabor que se había estado perdiendo todos esos años de matrimonio.

    Y cuando por fin terminó y consiguió relajarse, saqué parte de mi cuerpo del agua lo mejor que pude, para quedarme un rato acostado sobre su monte de Venus, alargar la mano y darme la última satisfacción de acariciar sus tetas, blandas, esponjosas, tan eróticas… Mientras ella me acariciaba el pelo y prometía darme un merecido agradecimiento por lo que acababa de hacer por ella.

    Un agradecimiento que sin embargo no llegaría. Pues no tardó en escucharse el sonido del motor del coche que regresaba de la ciudad.

    Nos incorporamos rápidamente y Julia empezó a atarse y colocarse bien aquel bikini que le sentaba tan bien, mientras me hacía prometer que no le contaría nunca a nadie nada de lo que había ocurrido ese día, siendo especifica en que no se me ocurriera presumir con mis “amigotes” como “solíamos hacer los hombres”, porque si aquello llegaba a oídos de Alma, directa o indirectamente, sería el fin para ambos. Luego se acercó a mi oreja dejándome sentir su cálida respiración mientras pronunciaba las siguientes palabras en tono confidente:

    –No sabes cómo me alegro de que mi hija tenga un amigo tan goloso para que disfrute mucho con él mientras pueda.

    Finalmente cada uno tomó su camino ante la inminente llegada del 4×4. Y el mío no podía ser otro que secarme a medias y lo más rápido que pude, correr al baño, lavarme bien las manos y sobre todo los dedos, con el jabón más perfumado que encontré, y robar un poco de la pasta de dientes familiar para lavarme y enjuagarme la boca con el único objetivo de que el padre de mi amiga no fuera capaz de notar ese delicioso olor del sexo de su mujer, que a él decía resultarle desagradable, en mi aliento satisfecho.

    Por no hablar del esfuerzo mental y físico que fue bajar aquella dolorosa y palpitante erección que no podía evitar que se hiciera evidente en mi bañador.

    Pero por fin nos reunimos los tres miembros de la familia y yo, el invitado, para saciar el hambre que teníamos después del accidente de la paella. Alma se cubría ahora la parte superior del cuerpo por una camiseta blanca con dibujos de graciosas nubes sonrientes, que sin embargo se transparentaba lo suficiente para dejar ver el patrón ajedrezado de su bikini por debajo.

    Comimos con muchas ganas y yo no sabía dónde mirar ni me atreví a participar mucho en la conversación, pero casi me atraganto cuando Julia, que ahora lucía alegre y resplandeciente, decidió hacer una pequeña broma con guiño a nuestro encuentro.

    –Tenía hambre tu amigo, ¿eh, Alma?, menudo goloso está hecho.

    Todos rieron menos yo, avergonzado y nervioso.

    Y lo peor de todo es que aquello me recordaría a como hacía un rato aquella mujer me había dicho al oído que estaba contenta de saber que su hija disfrutaría conmigo. Porque yo sabía que Alma quería que pasara algo entre nosotros ese fin de semana, y ya no pude dejar de pensar lo que sería repetir con la hija, la experiencia que tuve con la madre.

    Obviamente sería imposible con sus progenitores presentes.

    Pero la desee tanto que no podía parar de imaginarme besándola sin parar por todo el cuerpo, acariciándola, recorriéndola y explorándola sin fin. Y todos los trazados del sensual circuito que ideaba para transitar sobre su piel, acababan siempre, inevitablemente, en su entrepierna.

    Sin embargo, el resto de la estancia en el chalet de Alma se desarrolló con relativa tranquilidad. No hubo más bromas por parte de la madre, aunque sí, más juegos, roces accidentales, tímidos besos o eróticas carantoñas a escondidas en cualquier descuido con la hija.

    Y eso si, a destacar una ocasión.

    Se trató de un momento nocturno en que sus padres se fueron a dormir y nosotros nos mirábamos con los ojos como platos desde nuestras distantes camas, cada una a un lado de la habitación y en silencio, esperando escuchar el primer ronquido para poder escaparnos sin que nos escucharan a un sitio más alejado y discreto.

    Con paciencia vimos pasar los minutos y nos preparamos para salir por la entrada principal como dos silenciosos ninjas que habrían vendido a su daimyo por comerse a besos y, con la llave que al parecer Alma se había guardado desde la vuelta de aquel improvisado viaje para comprar comida, nos dirigimos a los asientos traseros del coche, donde no tardamos en comenzar a compartir labios, lenguas y saliva como si no fuera a existir otro día después de aquella noche.

    Alma jugó a la defensa, recostada sobre el asiento, mientras yo, el atacante, me inclinaba sobre ella para comérmela entera. La besaba por el cuello, por las mejillas, me sumergía entre sus cabellos hacia sus orejas, mientras su respiración se aceleraba y gozaba con la boca entreabierta de notar como mis labios se deslizaban sobre su piel.

    Se dejaba hacer. Pasiva pero disfrutona.

    –Uff, ¿por qué no nos hemos liado antes? –Me dijo.

    Y se quitó la camiseta para ofrecerme sus pechos, con aquellos pezones duros que parecían haber estado esperándome, quedándose solo con el pantaloncito corto de un pijama de verano azul claro y la ropa interior morada que llevaba debajo y que asomaba en algunos sitios.

    La contemplé entonces, con la escasa iluminación de la luna y las estrellas, semidesnuda, con parte de su pelo cubriéndole la cara y ofreciéndose, a la espera de ser satisfecha por los placeres orales que me hacían morderme el labio inferior cuando mentalmente los planeaba. Y mis manos casi se movieron solas, directas en busca de caricias y masajes en aquellas tetas, firmes y de buen tamaño, que empecé a meterme prácticamente enteras en la boca en cuando escuché los primeros gemidos de mi amiga. Mis dedos hacían presión y se hundían ligera y suavemente en la carne de uno de sus pechos dejándome sentir una sensación tan agradable como excitante, mientras al otro lado, mi lengua jugaba con su areola y su pezón, haciéndolo moverse arriba y abajo, endurecerse más, mojarse con mi saliva caliente y transmitir todas aquellas atenciones en forma de placer que se expresaba a través de los labios de alma como suspiros y suplicas para alentarme que no parara de saborearla.

    Pero aunque no pensaba en parar, si pensaba en descender… Y no me lo quitaba de la cabeza.

    Deseaba ver cómo sería su cara tranquila, relajada…, feliz después de un orgasmo.

    Y por eso las yemas de mi mano izquierda descendieron deslizándose por su ombligo, percibiendo las sutiles bajadas y subidas de las curvas entre su busto, su vientre y su cintura y se colaron casi sigilosamente bajo la goma de su ropa interior hasta alcanzar su sexo, tan mojado, que me facilitó realmente llegar a introducirle mi índice e impregnarlo bien de sus jugos para poder luego hacerlo resbalar entre los pliegues de su vulva y alcanzar su clítoris, ese que en ese momento me obsesionaba con convertir en objeto de una devota admiración y trato preferente para lograr mi objetivo de ver a Alma correrse mientras pronunciaba mi nombre.

    Mi amante amiga recibió encantada aquellas caricias, mientras aun me sentía deleitándome con sus pezones y se abandonó a retorcerse, a contener gritos o gemidos que pudieran alertar a alguien y a disfrutar de como, atento a sus reacciones, trazaba un mapa mental de las zonas erógenas de su cuerpo para verla disfrutar cada vez más en futuros encuentros que ya en ese presente anhelaba tener con ella.

    Pero un ruido en el exterior de vehículo nos sacó de nuestro mundo privado poniéndonos en alerta. Así que Alma se tapó con su brazo y yo salí al exterior para comprobar que podía haber ocurrido, pero solo vi algunas ramas de un árbol cercano moverse, tal vez por algún animal que tenía hábitos nocturnos y gran habilidad para ocultarse entre las hojas.

    Estaba claro que aquel sobresalto nos estaba poniendo en aviso de que no teníamos tiempo de reacción ante la posibilidad de ser descubiertos, por lo que nos dimos unos últimos besos y decidimos regresar a la habitación y meternos, con un calentón importante, en nuestras camas separadas para tratar de dormir.

    Sin embargo, recuerdo que antes de ocupar nuestros respectivos colchones y cubrirnos con una sábana fina, hubo un momento para un último acercamiento con un susurro que Alma dedicó en privado a mi oído, para decirme algo que incluía un adjetivo que ya había escuchado de otros labios:

    –Me estaba encantando como me comías las tetas. Eres un goloso.