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  • Sexo con la mamá y hermana de mi mejor amigo

    Sexo con la mamá y hermana de mi mejor amigo

    Todo comenzó con una típica amistad que tenía de hace algunos años era la típica amistad hacíamos muchas cosas juntos, salíamos juntos, éramos mejores amigos el venía a mi casa y yo iba a su casa y la verdad tenía una buena relación con toda su familia incluso con su abuela que vivía con su familia pero en una casa dúplex.

    Cómo indiqué ya tenía muchos años de conocer a la familia, yo en algunas ocasiones a lo largo de esos años sentía que la mamá me miraba y en ocasiones noté que miraba mi pene, pero nunca le puse mayor importancia y creía que era mi imaginación por ser la típica fantasía de cogerte a la mamá de amigo, yo nunca la vi con ojos de deseo. Todo era normal y habitual hasta que todo cambió, el papá de mi mejor amigo decidió ir a trabajar a otro país ya que se había quedado sin empleo y pasaron los meses y todo marchaba normal solo que con la ausencia del papá de mi mejor amigo, cabe mencionar que yo iba 2 o 3 veces por semana a la casa de mi mejor amigo a cenar a conversar o simplemente a pasar el rato.

    De pronto todo cambió, mi mejor amigo conoció a una chica que vivía a unas calles de su casa y solía estar con ella después del trabajo lo habitual era que yo llegara a su casa y yo iba con él a la casa de la chica, hasta que un día que llegue a su casa llamé a la puerta, abre la puerta la mamá de mi mejor amigo, me saluda como de costumbre con un beso en la mejilla, pero para mi sorpresa en esta ocasión el beso fue en la mitad de los labios y me indica que mi mejor amigo no está en casa, que se fue a la casa de la chica que había conocido.

    Conversé con ella unos minutos, mi mente voló en esos minutos y empecé a fantasear luego me despedí y le indiqué que iría a la casa de la chica. Cuando me despido el beso se repite, pero en esta ocasión me abraza y me pega sus enormes tetas a mi pecho con algo de fuerza, yo tenía el pene duro como piedra, pero la verdad no me atreví a hacer algo. Esa noche me masturbe como loco pensando en la mamá de mi mejor amigo y fantaseando con ella, no podía sacarla de mi mente, pero tenía el dilema si había sido un accidente y era yo el caliente que pensaba eso, pensé una vez es accidente, pero dos no puede ser coincidencia así que pensé solo hay una forma de saber lo que realmente ella quería.

    Pasaron los días y llegó el día de visitar a mi mejor amigo en su casa no sacaba la idea de ver a la mamá de mi mejor amigo, pero tenía que asegurarme que el escenario fuera el mismo del otro día así que le digo a mi amigo que él se fuera a la casa de la chica y yo llegaba a la casa de la chica.

    Ese día más tarde sabía que mi amigo no estaría así que fui a su casa a buscarlo rogando para que su mamá saliera y no su hermana, para mi suerte al tocar la puerta sale la mamá de mi amigo y nos saludamos como siempre, pero está vez el beso fue directo a mi boca. Me dice que mi mejor amigo no está en casa cuando dice eso tenía una sonrisa pícara. Hablamos por unos minutos yo quería besarla, pero no me atrevía a hacerlo.

    Cuando me despido el beso nuevamente fue en los labios así que la tome por cintura con mi manos, pegue su vientre a mi pene que estaba duro como piedra, la tome del rostro y empecé a besarla. Para ese momento estábamos en el garaje de su casa atrás de la camioneta de ella, pasamos algunos minutos besándonos. Ella pegaba con fuerza su vientre a mi pene, ella abre el cierre de mi pantalón y saca mi pene, ella cuando lo saca inmediatamente se pone de rodillas a hacerme sexo oral el cual fue impresionante ya que parecía que era una actriz porno quien me estaba haciendo sexo oral, se lo metía todo a la boca, el cual me sorprendía ya que me considero un poco arriba del promedio con un pene de unos 20 o 22 cm aproximadamente y super grueso.

    Después de unos minutos me vine es su boca y no sé si estaba tan caliente o que ella se tragara mi leche, pero seguía con el pene como piedra. La mamá de mi amigo me indica que su hija y mamá están en casa y que entramos a su camioneta lo hicimos tan duro y salvaje que la camioneta saltaba y cuando ella se vino fue tan intenso que ella no gemía, ella gritaba. La camioneta se movió tanto que tiro unas bicicletas que estaban justo atrás creo que fue tan intenso porque tenía casi un año de no tener sexo.

    Nos vestimos rápidamente algo nerviosos por temor a que saliera la mamá y la hija por el ruido de las bicicletas al caer el cual nunca salieron nos despedimos y me fui.

    Me fui alejando un poco de mi mejor amigo ya que él se hizo novio de la chica que había conocido y mientras él no estaba yo me cogia a su mamá. Íbamos a hoteles, pero le gustaba más en su casa creo que eso la excitaba y para ser sincero a mí también y lo que más me excitaba es que a la vista ella era una ama de casa que vestía elegante nada provocativa, refinada, con unas enormes tetas, una cintura pequeña, unas caderas de ensueño y un trasero delicioso, pero lo que más me gustaba es que como indico, a la vista era una dama, pero cuando estaba conmigo se transformaba y no quiero sonar desagradable, pero se transformaba en una perra que le encantaba mi pene.

    Cada vez teníamos sexo era súper intenso y salvaje parecía una película porno de las más salvajes y sucias y cada vez era más intenso. Ella no gemía, ella gritaba y la verdad no sé si alguna vez su hija nos escuchó o incluso su mamá ya que era difícil no escuchar, ya que su hija su no estaba en el nivel de arriba de su casa estaba en casa de su abuela.

    Eso duró 3 años aproximadamente hasta que su esposo decidió regresar del país donde él se encontraba trabajando, nos vimos un par de veces después que él regresó, pero era muy difícil vernos, así que cortamos todo de golpe y pasé algunos años sin verla a ella o a alguien de la familia incluso con mi mejor amigo.

    Por cosas del destino tuve comunicación con la hermana de mi mejor amigo por un tema de trabajo y por el título saben lo que pasó, pero me enteré de muchas que me dejaron sorprendido, pero lo estaré narrando en otra confesión titulada sexo con la hermana y mamá de mi mejor amigo.

    Un adelanto para que se queden queriendo más, la hermana de mi mejor amigo me confiesa que observó cada una de las veces que tuve sexo con su mamá en casa, incluso el primer sexo oral que me hizo su madre en el garaje ella observaba por una ventana ese día.

  • Daniela, la conservadora, y su amante lesbiana

    Daniela, la conservadora, y su amante lesbiana

    Era originaria de Bolivia, y residía en La Paz desde dos años antes de conocer a Francisco, su marido, y el padre abnegado de sus únicos hijos pequeños: Harry y Danna. A pesar de sus dos embarazos seguidos en menos de cuatro años, la querida Daniela había conservado una figura envidiable para las mujeres y codiciable para los hombres. Ella era muy dulce, aniñada a veces, pero pícara y coqueta en su justa media (sin pasarse), y de vez en cuando revelaba cierta sensualidad; especialmente cuando festejaba fechas importantes con su amado marido.

    Francisco jamás se preocupó por intrigas o sospechas de celos, pues ambos, en primer lugar, eran una pareja católica convencida y su querida Danny, era una conservadora convencida; tal es así, que invertía muchas horas de su tiempo educándose y militando en pequeñas asociaciones con una marcada agenda anti- feministas, anti – aborto, y en suma defensoras de las familias tradicionales encabezadas por parejas heterosexuales. Aún más, el hombrecito y su mujer que acababa de llegar a los 33, disfrutaban siempre de un buen sexo, por lo cual, una infidelidad por parte de ella era improbable.

    Es más, juntos habían reservado una habitación para los dos solos por motivo de su aniversario el 22 de agosto, pues pasarían la velada juntos. Irían a almorzar con los niños, luego Danny iría a la reunión de la escuela, y al anochecer se verían de nuevo para apagar sus deseos el uno por el otro, pero la noche, no transcurrió como Francisco querría.

    Su mujer se vistió muy elegantemente, y a la vez, provocativa y sexy, aunque sin caer en lo vulgar. Tenía puesto un vestido amarillo ceñido a su cuerpo, que se detenía preciosamente un poco más arriba de sus rodillas, dejando ver sus muslos grandes, y arriba, un escote descubría parte de sus pechos grandes. Desde atrás y sentada, el precioso vestido dibujaba una linda silueta de guitarra, en la curvatura de su cintura y amplias caderas. Era imposible no verla y no desearla a la vez.

    Así pues, comieron y bebieron todos juntos, y luego al terminar, la mujer se fue, así como estaba, al colegio de sus niños. Más que un interés sincero, deseaba oponerse a una nueva iniciativa pedagógica que se proponía: enseñanzas sobre género y diversidad.

    Entró y se sentó hasta adelante, esperando a quien fuese responsable de esta iniciativa, ella y los demás padres, que solo estaban allí por compromiso. Se sentó recatadamente, y cubrió con una bufanda el escote de su pecho. A los pocos instantes, se hizo presente quien daría la charla. Se sorprendió: era una mujer alta, de rostro con rasgos bellos y finos, con su cabello pintado de azul, y pantalones anchos como los de un hombre.

    Que era feminista, lo supo de inmediato, y le clavó Daniela la mirada enojada, y no dejó durante una hora de examinarla. Mientras la maestra hablaba, murmuraba en su interior contra ella, y anhelaba alzar su voz, aunque también, de manera inconveniente quizás, llevo su pierna derecha cruzándola por encima de la izquierda, y más adelante dejó caer la bufanda a la mesita del escritorio. Ambas mujeres se miraban constantemente y al final, Daniela estalló.

    El ambiente se tornó tenso cuando ambas mujeres discutieron sobre las ideas en conflicto, y al final, mirando que no se llegaba a acuerdo alguno, la joven docente despidió a los padres y le suplicó a su interlocutora que dialogaran en privado cuando todos se hayan ido. Con el rostro rojo por el enojo, Danny esperó en silencio en la silla.

    Cuando ya no quedaba alma alguna sino solo las dos en el aula vieja, Erica, la docente, tomó la iniciativa y reanudó el diálogo. A pesar de una mayor tranquilidad en las voces de ambas, la tensión era perceptible todavía, y sin llegar a nada, Daniela se fue.

    Esa noche no hubo sexo con su esposo, solo quejas, y casi ni conciliar el sueño pudo, solo repasaba en su cabeza la discusión de horas antes. En los siguientes días, todo empeoró, no solo recordaba el pleito sino el rostro de esa mujer feminista a quien detestaba. Una mañana, no aguantó, buscó en el directorio el número del teléfono, y llamó a la escuela, pidiendo el contacto privado de la docente.

    Mensajearon. Erica le propuso que para entender mejor sus ideas, se reunieran juntas luego de clases para que tuviesen un pequeño seminario dictado por ella, para que de esa forma, se limaran asperezas. Daniela accedió. Cosa extraña, se puso un vestido como el otro, pero un tanto más holgado y algo más corto abajo, de color rojo, y así, se fue, cumplió con la cita.

    Se reunieron, pues, y hablaron, y mientras Daniela, escribía en una agenda (se preguntaba internamente qué estaba haciendo, por qué había accedido), Erica, de improviso, destacó la forma en que su alumna estaba vestida, nada más que un cumplido, aparentemente. Luego de ese día, Daniela escribió de nuevo a la docente, y le dijo que deseaba otras clases más porque no entendía ciertas ideas; la otra chica, aceptó: a la misma hora y en el mismo lugar. Era jueves, tenía que salir con Francisco pero sin dar más explicaciones canceló. Está vez fue vestida de la misma manera, aunque con un vestido de color azul. Erica entonces redobló la apuesta, puso toda la carne en el asador y le dijo que tenía unos lindos muslos, y que además, una figura envidiable.

    Pasaron así los días, ambas mujeres se hicieron entonces más íntimas, y las clases, se redoblaron, tocando estos y otros temas una y otra vez, repitiéndolos muchas veces. Fue entonces un domingo qué, estando Daniela ansiosa de que llegase la última clase, escribió a Erica que se viesen esa tarde. La chica del cabello azulado le dio la dirección entonces de su departamento. Así, y entonces, Daniela estaba más consciente de lo que buscaba, y una extraña emoción en el pecho la invadía. Se puso el vestido rojo de la primera vez, pero esta vez, uso debajo una tanga muy delgada. Se puso un largo gabán encima y sin explicarlo mucho se fue.

    Se encontraron nuevamente. Esa tarde llovían susurros y miradas una a la otra, pero Erica era más arriesgada y acariciaba de vez en cuando la mano de la primera mujer, y elogiaba su cuerpo cada vez de forma más descarada. Al fin, luego de tanto escribir, Daniela se levantó y le propuso que descansarán en el sofá. Erica se tumbó entonces, y luego se tumbó. Daniela fue al baño y luego salió, y al ver a su maestra allí acostada, la miró a los ojos, y dejó caer el gaban a sus pies, y se arremolinó un poco el vestido hacia arriba. Aquella mujer feminista y que Daniela odiaba, entendió entonces la señal, se aproximó con violencia a Dany, la tomó del mentón, y la besó.

    Se besaron, se besaron ambas, con una locura morbosa y con gran deseo. Erica, no perdió su tiempo, y subió hasta arriba la falda del vestido. Las nalgas de Daniela, emergían grandes ahora y desnudas, y con sus dos manos, Karen las apretó. Gimió entonces la primera mujer. ¿Te has puesto esto solo para mí, no? Murmuró, y la doncella casada asintió. Pronto, los pechos grandes de Dany fueron también desnudados, y besados con gran ímpetu por la amante prohibida. Daniela chillaba de placer, era algo nuevo para ella, nuevo, delicioso y prohibido.

    Más rápido que tarde llegaron al lecho. Ahí lacia tumbada Daniela con su espléndida figura, su teléfono que sonaba, lo arrojó lejos. Erica, no tardó en conquistar esas tierras tan codiciables y preciosas. Besó todo su cuerpo: el cuello, los pechos, el vientre, las caderas, los muslos. La lengua de la docente probó ansiosa la vagina palpitante de su mujer, y pronto, se fundieron ambas en un beso largo y tendido. Había soñado muchas noches con esto, dijo Daniela gimiendo de placer mientras Erica golpeaba con su pelvis la vagina de la señora.

    Se detuvo un momento, y de abajo de la cama, la dominante sacó un largo consolador con correas. Se puso el artefacto, y cuando Daniela esperaba dispuesta, su redondo trasero en pompa y su rostro sobre la cama, Erica la penetró hasta el fondo. Una y otra vez el falo entraba y salía, y el culo de la follada, sonaba como tambor. ¡De qué manera la amaba! Si ni su marido pudo penetrarla así jamás. ¡No pares, le gritaba, que ahora me considero tuya! Ambas mujeres habían mojado mucho ya las sábanas de la cama, pero la acción seguía. Luego, en una bella posición de misionero, la batalla siguió, y el pene falso entraba y salía por el coño de la casada. Mientras esto hacían, Daniela buscaba desesperada la boca de la otra, y cuando la asía la besaba con locura, al fin, se quedaron ambas dormidas, unidas en un tierno abrazo.

    Pasaron los días, y las horas en que Daniela estaba en casa ahora eran pocas. Fue evidente la supuesta «amistad» de las dos mujeres. Casi siempre se veían para hacer el amor; todas las tardes se amaban con locura. Pronto, la forma de vestir de Daniela y su pensamiento cambiaron, su romance cada vez era más evidente. Un día, la mujer, abandonó a su marido, y a sus pequeños también, y se mudó para siempre con su amante lesbiana.

  • Mi primer trío (parte I)

    Mi primer trío (parte I)

    Hola, mi nombre es Lorena Alejandra, soy una chica de 20 años, morena, baja, pelinegra, buenas piernas, tetas grandes y culo deseable, estudio Contabilidad Pública, y también trabajo como asistente ejecutiva.

    Mi primer trío fue cuando faltaba poco para mí cumpleaños, salí con mi mejor amiga a la ciudad a comernos un helado, mi mejor amiga se llama Elizabeth tiene mi misma edad, ella es alta, morena, pelinegra, tetas pequeñas pero con un rico culo que hasta yo quiero comerme.

    Caminando por el centro comercial nos encontramos con su profesor de natación un hombre de unos 36 años, alto, blanco y muy guapo, ella me lo presento, su nombre es Mauricio, él nos invitó a comer helado, su mirada estaba muy puesta en mis ricas y grandes tetas, y en el firme y redondo culo de mi amiga, así que sin mucho rodeo nos invitó a su casa a tomarnos algo, pero de forma muy pícara, al principio no quería ir, le dije a Eliza que no iría, y ella insistió hasta que acepte.

    Nos llevó en su auto, vivía lejos de la ciudad cuando llegamos, nos hizo pasar y nos sirvió bebidas, eran las 10:30 am apenas, pero acepte, comenzamos a charlar de cosas normales pero luego la conversación tomó otro rumbo, el alcohol estaba haciendo su efecto, y yo me estaba calentando, mis tetas sudaban y el no paraba de mirarme, fui al baño y cuando regrese ya Eliza, y el estaban comiéndose a besos, el manoseaba sus nalgas, y ella jadeaba, me paralice por un momento y cuando volví, ella me decía:

    Eliza: Únete, Mauricio te va a llevar al cielo.

    Yo inmediatamente reaccione y le dije que no, que si estaba loca.

    Mauricio se acercó tomo mi rostro y me habló al oído.

    Mauricio: no te hagas la difícil te va a gustar.

    Mi cuerpo sintió el morbo y un escalofrío se apoderó de mi cuerpo, en ese momento el me besó cómo nunca antes lo habían hecho, mientras que Eliza se masturbaba, el manoseaba mis enormes tetas con los pezones erectos, a partir de ese momento me convertí en una ramera.

    Nos fuimos a su habitación, Eliza desnuda, y el encima de ella, la masturbaba con sus dedos, ella gemía, jadeaba y lo disfrutaba, mi entre piernas se fue mojando y me excitaba esa escena. El me miró y le dijo:

    Mauricio: Ahora quiero que tú puta amiga disfrute.

    Me acostó, retiro mi vestido y mis tetas quedaron a su disposición, retiro mi diminuta tanga y sus ojos reflejaban el morbo, que eso causa en el.

    Mauricio: Ahora vas a saber lo que es un rico sexo, puta.

    Sus palabras me excitaban y mi cuca se mojaba más y más, el abrió mis piernas y sin avisar introdujo sus dedos, yo di un espasmo y un gemido, me tomo por el cuello mientras me masturbaba, mis gemidos cada vez eran más fuertes.

    Mauricio: Te gusta verdad? Mírala Eliza, parece una perra indefensa.

    Mis gemidos eran más fuertes, sus dedos cada vez entraban y salían más rápido, Eliza se puso a mi lado y besaba mis tetas , entonces apareció mi primero orgasmo, sentí como una corriente de electricidad se desprendió de mi vagina a mis piernas…

    Continuará

  • Mi mujer me confiesa sus secretos

    Mi mujer me confiesa sus secretos

    Desde la vez que vi su diario, me quedó la intriga de como ella había explorado su sexualidad antes de conocerme. Cuando la conocí, compartía su departamento con un amigo, con algunos derechos digamos. Pero la sorpresa fue cuando me enteré que su amigo había sido protagonista de su primer trío. El cual les relatare más adelante.

    Cuando tenemos sexo, nos gusta hablar de experiencias previas, relatarnos, las cosas que no hacían excitar, fantasías para estimular aún más nuestro deseo sexual. Siempre que vemos porno elegimos la categoría tríos. Ambos disfrutamos de ver cuando una mujer es el centro de la escena y la hacen gozar. A mi mujer le encanta que le chupen la concha y que dos hombres se la chupen a la vez es una de sus tantas fantasías.

    Siempre estamos hablando de esto mientras cogemos y nos calentamos muchísimo, a veces chateamos con otros hombres y nos calentamos, ya les contare nuestro trio virtual. Otras veces nos imaginamos alguna escena que algún amigo que la mirotea un poco. Y a veces inventamos una ficción con algún invitado que nace y muere en nuestros pensamientos

    Pero vamos a la escena en cuestión, como introducción les cuento que ella ya había cogido con estos dos amigos un par de veces, juntos y por separado, nunca define cuantas veces. Pero creo todavía no recuerda todas o prefiere no recordar algunas.

    Y ahora si yendo al grano, la última vez, que nos calentamos con esto, me relato una escena muy excitante. Solo pude escuchar un poco de la historia, porque de la calentura ella se vino y me dejo empapado. Me quede excitado y cogimos intensamente. La penetre fuerte jalándole el pelo y tratándola de puta, cosa que le calienta mucho, la hace gritar más fuerte. Siempre entre medio de las cogidas le abro las piernas y paso mi lengua por su clítoris eso la lleva con frecuencia a un segundo orgasmo y ya para el tercero la masturbo con fuerza, con los dedos o la pija para que vuelva a acabar. Es una morena multiorgásmica. Así fue que antes de que termine de hilar su relato los dos habíamos llegado y la historia quedó trunca.

    Hoy quiso contar conmigo este relato, lo que recuerda excitante de esa escena: Estaba durmiendo en la habitación de su departamento, uno de sus amigos, que llamaremos Fede dormía con ella mientras en la cama de arriba de la cucheta dormía el otro al cual llamaremos Marcos.

    Ella dormía con una camiseta blanca de algodón con mangas ¾. Cree recordar que la camiseta venía con un culote blanco, yo doy fe de lo hermoso que tiene el culo. Es imposible no imaginarla y calentarse. Él dormía con remera y bóxer, siempre dormían cucharita.

    Fede La despertó, en mitad de la noche, puso una mano en su pelvis. Un franeleo intenso de la verga de su amigo en la espalda la despabilo del todo y la puso a disposición. Ella comenzó a moverse, rozando su cola en la pija dura que presionaba desde atrás. Empezaron a sentirse las respiraciones mas agitadas, con suspiros profundos, mientras los cuerpos se contorneaban y se movían cada vez mas intensamente. De pronto sintió como le bajaban la bombacha y él acercó su verga dura, la cual hacia fuerza para entrar a su vagina, que estaba deseosa de sentirla adentro. Ya ella comenzaba a gemir.

    El amigo que dormía arriba de la cucheta seguía sin despertar, o eso creía ella. Ya estaban excitados, ella se excitaba con saber que su otro amigo estaba arriba. Después de todo se sentía en confianza, ya había cogido con los dos. Igualmente estaba tan concentrada que no sabe que paso. Continuo moviéndose y acercándose la punta de esa pija que quería entrar, Ya estaba muy caliente, así que él le metió la pija adentro, y ambos se movían enérgicamente. Luego de unos minutos, ella se sentó encima de él, montándolo, pero como la cucheta hacia ruido y no querían despertar a su amigo, bajaron al piso, donde él se puso de cuclillas, apoyando la espalda en la cama, ella se sentó encima de él, metiéndose nuevamente toda la verga adentro. Se movía de arriba abajo, él le ayudaba con los movimientos, ella se sostenía del borde de la cama y apretaba fuerte. Hacia rozar su clítoris, lo que la ponía muy caliente, y la hizo llegar al orgasmo. Tuvo que aguantar el gemido para no despertar a Marcos.

    Luego Fede se levantó se puso detrás y la puso en 4, agarrándole la cadera para acercarle la punta de su pija, que entro muy fácilmente a la vagina que estaba mojada, así que la penetro profundo y fuerte, con ganas. Era difícil para los dos hacer silencio.

    Los movimientos rítmicos de Fede, que la tomaba fuerte de la cadera, le encantaban, mientras ella se tocaba el clítoris. Ella se excitaba de pensar la situación como una picardía, sentía que salía de la regla, estaba haciendo algo prohibido. Un hombre se la estaba metiendo mientras otro, dormía, a mi excita cuando me lo cuenta. Me encanta escuchar los detalles de sus historias, Todavía.

    Imaginarme que esto había sucedido a días de conocerla me calienta aún más. Siempre es sexi, pero verla e imaginarla caliente es muy excitante. Yo la conocí el 1 de diciembre, todavía compartía su cuarto con Marcos. Pero volvamos al relato.

    Ella estaba caliente gemía, intensamente pero tratando de susurrar. Marcos nunca se despertó, pero ella pudo sentir el calor de la pija de Fede casi por explotar. Agarrarla desde atrás seguramente le excitaba a Fede, por que aumentaba el ritmo de los movimientos, hasta que no aguanto mas. El semen de Fede salió con fuerza mojando toda la colita de mi mujer. Le encantaba sentir la leche calentita.

    Esto lo estamos escribiendo mientras nos vamos calentando, estas historias Fer, como la llamaremos desde ahora, son la antesala de un sexo apasionado.

    Los dejamos con esto luego vendrán otros detalles de esta y otras aventuras sexuales.

  • Las tetas de mi suegra, mi obsesión

    Las tetas de mi suegra, mi obsesión

    Me llamo David y tengo 40 años. Trabajo en un almacén de materiales de construcción. Estoy casado. Llevo con mi mujer, María, casi 15 años, 13 de matrimonio. Ella tiene 42 años.

    Vivimos en un pequeño pueblo, donde reside toda la familia de mi mujer.

    No fui muy mujeriego, antes de Natalia. Tuve tres exnovias, sin mucha fortuna.

    Cuando la conocí, me parecía encantadora, aunque físicamente no era mi ideal de mujer. A mí me gustan las mujeres con carne. Mi esposa es muy delgada, sin apenas pechos, muy poco culo. Es morena y muy blanca de piel. En cuanto a su rostro, es normal. Ni un bellezón, ni tampoco fea.

    Al poco de empezar a convivir, su carácter fue cambiando. Llegaba de trabajar de la aseguradora donde trabajaba y todo era discutir. Nunca está conforme con nada. Después de nacer nuestro hijo, Manuel, aún peor. Ella consiente mucho al niño y la vuelve loca. Ahora el niño tiene 9 años y es aún peor. Al final, siempre pago yo el estrés.

    El sexo, inexistente desde hace años. Una vez al mes y sin mucha excitación. Y por supuesto, nada de sexo oral o cualquier cosa atrevida. Además, se queja de que le hago daño. A ver, mi miembro es grande, 18 centímetros; tampoco es enorme. Y aunque muy grueso –como del diámetro de una botellita de agua–, tiene una forma en punta. Ninguna de mis ex, se quejó jamás.

    Creo que a mi mujer, lo que no le gusta es el sexo.

    Mi vida sexual, se limita a hacerme pajas, pensando en amigas, conocidas y compañeras de trabajo, cuando tengo algún rato de soledad.

    Últimamente hay una mujer que ocupa la mayor parte de mis fantasías: mi suegra, Teresa.

    Ella tiene 76 años, es viuda desde hace 14 años. Su difunto marido, Antonio, murió de cáncer de hígado. Era 10 años mayor que ella.

    Ella vive con su hermano, Juan, de 78 años, jubilado; y mi cuñado, Ángel, que trabaja en un taller y tiene 43 años.

    Vive a 300 metros de mi casa.

    Nunca me había atraído. Me llevo muy bien con ella. Su difunto marido, era un poco bala y la traía frita. Su hermano, igual, y su hijo pasa de ayudarla en casa. Con mi mujer, están todo el día discutiendo, por el fuerte carácter de su hija.

    Sin embargo, conmigo siempre ha habido mucha armonía. Siempre que puedo, la ayudo con lo que sea. Como yo tengo a toda mi familia viviendo lejos, hablo con mi suegra Teresa, de todo lo que me pasa. Incluidos los problemas con su hija. Ella, siempre me dice, que tenga paciencia con María.

    Es bajita, en torno al 1,55 de estatura. Pelo rubio, corto y ya un poco escaso de volumen. Tiene un rostro afable. Arrugas y algo de papada, labios finos, siempre pintados de rojo –el único maquillaje diario, que se pone–. Lleva gafas de montura metálica, muy finita, que le achican los ojos.

    No está gorda. Tiene las piernas delgadas. La cintura se le marca ligeramente y se le abulta una tripilla.

    Siempre lleva faldas negras, hasta por debajo de la rodilla, muy holgadas. También blusas muy sueltas y jerseys holgados en invierno. Siempre intuí que era un poco pechugona, pero con esa ropa, no llegaba a concretar.

    Hace un año y medio, ocurrió algo que me hizo centrar mi atención en mi suegra.

    Un sábado que no tenía que trabajar, mi mujer se había ido con el niño al centro comercial, que hay a 10 kilómetros del pueblo, a comprar ropa.

    Decidí acercarme a casa de mi suegra, a echar un vistazo a un grifo del baño, que le perdía un poco de agua. Mi cuñado, había salido con los amigos y tampoco le daba la gana, de reparar el grifo que llevaba goteando dos meses. El hermano de mi suegra, estaba de bares, como siempre.

    Llegué a la casa. Una casa vieja de dos pisos, y como siempre, la puerta estaba abierta, cuando hay alguien. Entré y llamé a mi suegra.

    – ¡Teresita! soy David, buenos días – dije.

    Se ve que no me escuchó y no respondió.

    Crucé el salón y el pequeño pasillo central de la casa. No había nadie, en el piso de abajo.

    Subí arriba y no escuchaba nada. Al llegar a la habitación de mi suegra, justo antes de asomarme por la puerta abierta, pude ver en el reflejo del espejo del armario, que había dentro, a mi suegra.

    Llevaba su típica falda negra, pero estaba desnuda de cintura para arriba. Pude ver su piel blanquecina; su cuerpo ligeramente encorvado; sus brazos delgados y flácidos; su barriguilla, blanda y con el ombligo arrugado. Y lo que despertó mi interés y sorpresa, fueron sus enormes pechos. Unas tetas algo caídas, pero grandes y macizas. Blancas, con venitas azuladas y unos carnosos pezones rosados, con unas areolas grandes y bien marcadas. Se bamboleaban como péndulos.

    Me quedé inmóvil. No me atrevía ni a respirar y desde mi posición, estaba hipnotizado con aquel par de melones de mi suegra. La vi ponerse un sujetador beige, de esos cruzados, de abuela. Ver cómo se metía las tetazas en las copas, me provocó una calentura terrible y mi polla, se endureció rapidísimamente.

    Cuando mi suegra terminó de vestirse, decidí bajar sin hacer ruido e irme a casa. Estaba tan excitado, que nada más llegar, me masturbé con el recuerdo de mi suegra, desnuda.

    Desde ese día, siempre que estaba con ella, no paraba de mirar esos cántaros lecheros que ahora sí, notaba ligeramente bajo su holgada ropa.

    Mis pajas desde ese día, en su mayoría, se las dediqué a ella. Fantaseaba con sentir en mis manos, el volumen de sus tetazas bamboleantes. En chupar esos pezones carnosos. En disfrutar de esos melones, que hacía mucho que ningún hombre disfrutaba.

    También fantaseaba con que me la chupara. Mi suegra utiliza dentadura postiza y me imaginaba la sensación de una mamada suya, sin dientes. Además, seguro que nunca habría hecho una, ni siquiera a mi suegro.

    A veces, cuando estábamos en su casa, miraba sus pechos y se me ponía dura como una piedra, hasta el punto de tener miedo de que alguien notase mi erección.

    Deseaba tocar a mi suegra. A veces, cuando estaba ayudándola a recoger y limpiar los platos, tras una comida familiar, me acercaba a ella y le ponía la mano en la cintura, para después, bajar despacio hasta su trasero. Aunque su culo no es abultado, tener mi mano inmóvil en una de sus nalgas, era muy excitante para mí. La mujer, además, parecía no molestarse, aun así, tenía miedo de que algún día se cabrease. Actuaba con cautela, por miedo a perder el buen rollo con mi suegra, más que por perder mi matrimonio.

    Fue un día, estando de vacaciones y sabiendo que mi suegra Teresita, estaba sola en casa, y aprovechando que mi mujer trabajaba y nuestro hijo estaba en el colegio; que decidí acompañar a mi suegra a una casita que tenía en un campo de naranjos, a las afueras del pueblo, porque quería limpiar un poco.

    Fuimos con mi coche. Mi suegra, llevaba su falda negra y una blusa azul marino, con pequeños lunares blancos. Yo miraba sus tetazas de reojo, mientras conducía y hablábamos de su nieto.

    Mi miembro, estaba medio erecto.

    Nada más llegar, nos pusimos a tirar botes, cajas y demás basura, en bolsas de plástico.

    Yo, miraba los bamboleantes pechos de la anciana y mi mente se encendía.

    – ¿Qué tal con mi hija, David?

    – Pues, Teresita, no muy bien… Es lo que le puedo decir – respondí.

    – Ella es como su padre, tiene un carácter difícil. Hay que tener paciencia – dijo, con cara de disgusto.

    – Ya, pero… Me estoy cansando, Tere. Quizás no debería de decírselo, pero aparte de discusiones, tenemos sexo una vez cada mil años. Y yo, no aguanto más. Soy joven y tengo la sensación de perder mi tiempo – le dije.

    Ella, se ruborizó al escuchar lo de la falta de sexo.

    – Yo tuve mucha paciencia, con mi Antonio. Entiendo que cuesta, pero el matrimonio es así… – dijo resignada.

    – Caray, suegra; ojalá tuviera yo una mujer como usted. Qué gozada seria… – dije sonriendo, mientras guiñaba un ojo a mi suegra.

    Noté que un calor llenaba mi cuerpo. Una sensación de ahora o nunca. No había duda, ese sería el día que tenía que intentar algo.

    – ¡Ay, hijo! Yo soy muy vieja. ¿Para qué quieres tú, una mujer como yo? – respondió mi suegra, riendo y sonrojada.

    – Pues porque es usted muy buena, cariñosa y comprensiva, Tere. Además… hay cosas que me gustan de usted, ¿sabe? – respondí, mirándola con picardía.

    – ¡Ay, hijo! ¿Qué tengo yo que te pueda gustar? ¿Arrugas? – dijo, riendo y ruborizada.

    Me temblaba todo el cuerpo. El corazón a mil por hora. Estaba sudando. Me acerqué a mi suegra, para responderle.

    – Pues… pues sus pechos, Teresita. Estas tetas me vuelven loco, suegra – le dije, mientras ponía mis manos sobre sus melones y podía sentir su peso y volumen en ellas.

    Aquel tacto caliente y rebosante, me la puso dura al segundo. Mi suegra se sobresaltó. Mientras, mis manos apretaban suavemente sus enormes pechos.

    – ¡David, hijo, por favor! Soy tu suegra – respondió, quitando mis manos de sus tetas.

    – Lo sé, Teresita. Pero… llevo mucho sin estar con su hija y… bueno, me vuelven loco sus pechos. No paro de pensar en usted. Me masturbo pensando en usted, Tere. Se que está mal, pero no puedo evitarlo. La quiero a usted, como a una madre, pero cuando la miro, deseo tocarla… – le dije excitado.

    – David, yo también te quiero, hijo. Eres muy buen yerno, muy buen padre para mi nieto. Sé que mi hija no lo hace bien contigo, pero yo soy una señora mayor, viuda y además soy la madre de tu mujer. Entiendo que los hombres… pues… tenéis necesidades y yo, yo, hijo… no te puedo ayudar en eso… – dijo la mujer nerviosa, mientras me miraba.

    – Tere, por favor; déjame solamente tocar tus pechos. Esa delantera me vuelve loco. Sólo acariciarte las tetas. Prometo que esto no saldrá de aquí. Te doy mi palabra. María, no lo sabrá. Además, tampoco será una infidelidad. Todo quedará en familia – le expliqué.

    Mi suegra me miró y frunció el ceño, mientras se sentaba en un viejo sofá, de la casita.

    – David, yo… Mi hija es tu mujer. No está bien – respondió.

    – Por favor, sólo tocarlas… – repliqué.

    La anciana dudo. Me miró y tras una mueca de disgusto, respondió.

    – Sólo tocar. Y esto, jamás debes contárselo a nadie – dijo ella.

    Tras prometérselo, me senté a su lado. Acaricié sus tetonas, sobre la fina tela de la blusa. Se notaba el encaje del sujetador. Noté los pezones de mi suegra, duros como mi propia erección, que ya presionaba en mi entrepierna.

    Recorrí aquellos cántaros lecheros, aquel magnífico par de biberones. Mi suegra, estaba sonrojada y tenía los ojos cerrados. Su gesto, no mostraba agrado, ni desagrado, era como si estuviera ausente.

    Desabroché los botones de su blusa, uno a uno. Abrí esta. Sus enormes pechos, estaban enfundados en un sujetador beige, cruzado. Sus grandes areolas y los pezones, se transparentaban a través del encaje de las copas.

    Mis manos amasaron aquel par de tetas de mi suegra, cuyo tacto parecía el de dos grandes globos, llenos de agua tibia. Mi polla iba a estallar. Tenía inmensas ganas de masturbarme.

    Metí mi mano en una de las copas y tras un ligero forcejeo, saqué una teta y luego hice lo mismo con la otra. Eran enormes. Algo caídas, pero gordas, llenas, con un volumen que parecían dos gotas de agua grandes.

    Agaché mi cabeza y cogiendo una teta con cada mano, lamí los pezones. Estaban duros. Los chupé y chupé. Mi suegra, se sobresaltó, pero no dijo nada. Sólo me sujetó los hombros, con sus manos.

    Amasé sus tetas como si no hubiera un mañana y no podía parar de besarlas y chuparlas. Entonces, me recosté sobre el sofá y me bajé los pantalones y los calzoncillos. Saqué mi miembro y comencé a masturbarme.

    Mi suegra me miró y luego cerró los ojos. Mi polla estaba dura, lubricada y descapullada. Mientras con una mano me pajeaba, con la otra, tocaba los enormes pechos de mi suegra.

    Volví a amasarlos y chuparlos, otra vez.

    – ¡Buff, Teresita, que tetona es, suegra! Qué domingas… ¡Oh, que ubres! ¡Dios, suegra, me pone usted tan caliente! – le dije.

    Entonces, me puse de pie, frente a ella, la acaricié los hombros y luego, estando ella sentada y quedando mi miembro a la altura de su rostro, rocé con la punta de mi polla, sus labios pintados de rojo.

    Ella, abrió los ojos, me miró y luego los volvió a cerrar.

    – Vamos, Teresita… chúpela… Sólo un poco, por Dios. Por favor, chúpela… – le dije, mientras rozaba sus labios con ella.

    Abrió la boca y metí mi polla dentro. Sujeté suavemente la cabeza de mi suegra y le marqué el ritmo de la mamada.

    Notaba su boca húmeda, el rocé de sus dientes y la presión de sus labios.

    Movía mis caderas y mi polla entraba y salía de su boca. Ella, seguía con los ojos cerrados, con ese gento de ausencia.

    – ¡Oooh, Teresita, cómo deseaba esto! ¡Dios, cómo me gusta que me la chupe usted! Quítese la dentadura, vamos… – le ordené.

    La mujer, sin siquiera abrir los ojos, se sacó los dientes de arriba y de abajo. Con rostro ruborizado, los dejó sobre el sofá. Sujetando su cabeza, volví a meter mi polla en su boca y comencé a follarme esta.

    Mis caderas se movían y podía notar la humedad, de la boca de la anciana. Sin dientes, era una gozada tener mi miembro en su boca.

    La mujer, chupaba y chupaba, haciendo un ruido ensalivado, que me excitaba mucho.

    – Así, Teresita, así… Qué bien, qué gusto, qué ganas de hacer esto, que tenía – dije.

    Saqué mi miembro de su boca y levantando ambas tetonas, puse este entre ellas.

    – Teresita, quiero frotarme entre tus domingas. ¡Oh, Dios mío, qué ubres, qué ubres! – dije excitado.

    La hice sujetar sus tetonas con las manos y mi polla quedó enterrada entre ellas.

    Ver a mi suegra sentada en el sofá, sujetando sus tetorras, con mi polla aprisionada entre ellas, dejándose hacer, con sus ojos cerrados y su gesto de desdén, me puso a cien.

    Mis caderas se movían adelante y atrás, haciendo que mi miembro, se deslizase arriba y abajo, entre los melones de la anciana, provocándome un enorme placer.

    – Así… así quiero follarte los pechos, suegra. Estos pechos, estos pechos… ¡Bufff! estas tetas enormes, son mi locura, Teresita – dije, casi sin aliento.

    Mis muslos chocaban contra las tetas de mi suegra, haciendo un ruido como ¡flop, flop, flop! que resonaba por toda la casita. Me frotaba con frenesí entre sus perolas. La sensación de ganas de correrme, no tardó en aparecer.

    – Teresita… Teresita, quiero follarla. No puedo más, necesito metérsela, suegra – dije, entre jadeos.

    Tumbé a mi suegra en el sofá, quien si quiera abrió los ojos y mantuvo su gesto de como si estuviese en otro mundo.

    Me quite los pantalones y calzoncillos, quedando desnudo, de cintura para abajo.

    Levanté las faldas de mi suegra y le quité las bragas, abriendo sus piernas, flacas y blanquecinas.

    Allí estaba ella, tumbada, con la blusa abierta, sus tetazas fuera del sostén, grandes, gordas y desparramadas a los lados. Podía ver su coño, peludito. El vello, le cubría el pubis y las ingles. Sus labios vaginales, sobresalían y brillaban.

    Lubriqué mi polla, con saliva y me coloqué entre sus muslos, sobre ella. La penetré hasta el fondo, notando el calor de su coño.

    Comencé a meter y sacar mi polla, moviendo mis caderas con vigor. El sofá crujía con cada embestida y las enormes tetas de Teresita, se balanceaban arriba y abajo, incitándome a chuparlas con fuerza.

    – ¡Oh, Teresita, oh, adoro su coño, suegra! ¡Bufff, qué gusto! Me encanta ver sus tetonas moviéndose ante mí, Teresita… – le susurraba a mi suegra, mientras la penetraba de una manera vigorosa y agresiva.

    Aun así, la anciana, parecía no reaccionar. Era como si se dejase hacer, pero negándose a sentir. Aquello, era extraño, pero me excitaba aún más, pues era una sumisión que nunca ninguna mujer, me había mostrado.

    Le bombeaba el coño con mi miembro, duro como una piedra, a mi suegra. No podía más, iba a correrme. Notaba esa sensación de eyaculación inminente. Aceleré el mete y saca, mete y saca, mete y saca, hasta enloquecer. El viejo sofá, parecía que iba a quebrarse y el coño de mi suegra, sonaba con un chapoteo, que aumentaba más mis ansias de penetrarla.

    – ¡Teresita, me corro, me corro! – grité con todas mis fuerzas.

    Saqué mi polla de su coño y me incorporé rápidamente, dirigiendo mi miembro a su rostro. Quería hacerlo, tenía que hacerlo, no podía desaprovechar la oportunidad de ello. Quería correrme sobre su rostro.

    Sentí un violento espasmo y un chorro espeso de semen, golpeó el rostro de mi suegra. Pude escuchar el semen, chocar contra su cara. La mujer, frunció el ceño y se sobresaltó. Otro chorro, cubrió los cristales de sus gafas. Otro más, cayó sobre sus labios y se escurrió por su mejilla. Otro espasmo me sacudió y solté dos chorros más, algo menos espesos, menos blancos, más transparentes, que cubrieron la cara de Teresita.

    El olor a semen, inundó la estancia.

    – ¡Dios, Dios, Teresita, Teresita, oh, suegra! ¡Oh, suegra, oh, suegra! – dije entre resoplidos, mientras mi corazón estaba a punto de explotar.

    Puse la punta de mi polla, en los labios cubiertos de semen, de mi suegra. Hice fuerza y se la metí en la boca, follándome esta, lentamente.

    Me senté en el sofá. Estaba exhausto. Mi suegra, se levantó, con su rostro bañado en mi semen. Caminó hasta un pequeño fregadero, con sus ubres bamboleándose. Luego, se quitó las gafas, limpiándolas bajo el grifo. Acto seguido, escupió y se lavó la cara. Se secó con una toalla, la cara y los pechos. Metió sus tetas en las copas del sujetador y se abrochó la blusa. Torpemente, se puso las bragas y se acomodó la falda. Miró su pequeño reloj dorado, en su muñeca.

    – David, es tarde y hay que ir a buscar a Luis, al colegio – dijo con total seriedad.

    Me sorprendió. Era como si para la anciana, no hubiera pasado nada.

    Durante el trayecto en coche, hasta el colegio de mi hijo, no hablamos ni una palabra.

    Al llegar, antes de bajarnos del coche, mi suegra me miró fríamente y me dijo, que nunca debíamos decir nada de lo que había pasado.

    Se bajó y fue a buscar a mi hijo.

    No he vuelto a tener sexo con mi suegra. Han pasado tres meses de aquello. Mi relación con ella, sigue siendo igual que antes. Es sorprendente, cómo actúa, como si no hubiera pasado nada.

    A veces, cuando estoy en su casa y la ayudo en la cocina, mientras todos están en el salón, me acerco a tocar sus tetas. Ella me deja, pero al cabo de unos segundos, me quita las manos y me dice que no está bien, que ya pasó lo que pasó y que así, estuvo bien.

    Deseo follarme a mi suegra Teresita, otra vez. Deseo que me la chupe, chupar sus tetazas, penetrarla. Sólo espero volver a conseguirlo, antes de que sea tarde.

  • El placer de sus manos

    El placer de sus manos

    Se había tirado en la cama boca bajo a leer un libro electrónico en su celular. Lo hacía sin apuro, ya que era viernes por la noche y no tenía necesidad de levantarse temprano al otro día.

    Tenía puesto un short blanco elastizado, junto con una musculosa blanca que usaba para dormir.

    Tampoco necesitaba mucho para resaltar su figura, el milagro de la vida la había favorecido con un cuerpo voluptuoso y sensual. Usara la ropa que usara, siempre se sentía y se veía atractiva, cautivando miradas en su andar cotidiano.

    Era una mujer bien curtida en la cama. No en vano había estado casada con un hombre infinitamente caliente. Fue quien justamente, la inició en este maravilloso arte, a sus dieciocho años. Desde entonces, su vida sexual se desarrolló considerablemente, debido a la constante actividad sexual que mantenían. Quien, a lo largo de esos años, la penetró intensamente por todos lados y en todos los lugares donde podía hacerlo.

    Después de su separación, tras un tiempo prudencial de soledad y reflexión, ella volvió a tener vida sexual con un amigo del trabajo. Era una mujer apetecible para cualquier hombre que posara sus ojos en su andar y ella lo sabía.

    Él aún estaba en el baño terminando de ducharse. Debido a su condición física, su aseo personal le demandaba mucho tiempo. Pero sin mayores imprevistos, siempre cumplía con su cometido.

    Terminada su labor de aseo, se puso su bata, se sentó en su silla de ruedas y se dirigió a la pieza.

    Al entrar, observó que su mujer estaba acostada en la cama boca bajo y, no pudo evitar la reacción de excitación en todo su cuerpo, especialmente en su miembro. Pero temiendo quedar expuesto frente a ella, rápidamente se tapó con la bata y fingió secarse el cabello con la toalla.

    Aunque en realidad, ella sabe que él siempre la mira y eso a ella le gusta. La verdad es que le gusta ser mirada por todos los hombres, pero especialmente por él. Y le gusta porque lo hace sentir su esclavo.

    En ocasiones, ella se niega a tener sexo con él, dejándolo con unas terribles ganas, para que al otro día, la penetre con todas las fuerzas del mundo hasta el fin de la noche.

    Pero no fue así esa vez.

    Después de acostarse, pusieron una película en la notebook como de costumbre. Ellos suelen hacer esto juntos como una especie de encuentro nocturno.

    En un momento, mientras veían la película, ella deslizó suavemente la mano por su pecho desnudo. El perfume que tenía esa noche la atraía muchísimo, pero no quería quedar expuesta frente a él. Además, ella estaba en su período y, por lo tanto, no podía tener relaciones esa noche.

    El seguía mirando la película, sin embargo, advirtió el delicado roce de la mano de su mujer. Pero, aun así, no sacó sus ojos de la pantalla.

    No fue sino hasta que la inquieta mano izquierda de su mujer descendió hasta su miembro, cuando él, la miró con una tenue sonrisa con la luz que provenía de la notebook.

    Con su mano vertía las caricias más placenteras que jamás había conocido. Su miembro comenzaba a endurecerse con el contacto de sus dedos.

    Luego de masturbarlo por unos cuantos minutos debajo de las sábanas, con el dedo gordo de su mano, tocaba la cabecita de su pene, hacía esto varias veces, muy despacio para irlo excitando de a poco.

    Ambos se veían colmados de pasión y fogosidad. El mínimo contacto de sus cuerpos generaba en el ambiente una erupción incontenible, que se traducían en apasionados besos y caricias.

    En un momento de frenesí, ella lo destapa por completo arrojando las sábanas al suelo y nuevamente comenzó a masturbarlo hasta sentir latir las venas del pene en sus manos. Ese pene, pese a que era de un tamaño normal, la volvía loca y por eso lo exprimió con sus manos hasta hacerlo acabar varias veces esa noche.

    Le gustaba sentir el líquido seminal chorreando por sus dedos.

    Esa noche se sintió toda una matriarcal, bien ardiente complaciendo a su hombre.

  • La madre de mi amiga nos pilló dos veces en el acto

    La madre de mi amiga nos pilló dos veces en el acto

    Esta vez más que relataros una experiencia completa, os quiero contar una cosa que me pasó hace poco (por no decir que me pasó hace unas semanas). Aunque últimamente ando desaparecida de aquí, tranquis, intentaré volver a escribir más de seguido.

    Empezaremos por la primera vez que tuve sexo con esta chica que actualmente es una «amiga» y a la que llamaremos Elena. Elena y yo volvíamos del cine en el cual lo único que hicimos fue liarnos, por lo que la cosa ya estaba caliente y decidimos ir a su casa. Su madre estaba en casa pero a mi no me importaba y a Elena tampoco, nos subimos a su cuarto, cerramos la puerta y empezamos a besarnos con las ganas que llevábamos aguantándonos todo el trayecto a su hogar, por el cual solo nos dábamos piquitos y algún que otro tocamiento.

    Entre más nos besábamos más ganas le tenía a esta chica, sentir su lengua y manosearla ya me empezaba a mojar el tanga. Nos empezamos a quitar la ropa, primero los leggins (en su caso un chándal), luego su top y mis tirantes dejando mis pechos con los pezones duros al descubierto ya que no usaba sujetador.

    Al quitarme los tirantes ella se abalanzó rápidamente a mis tetas como si estuviese hambrienta y empezó a llevárselas a la boca, besándolas, mordiendo los pezones o achuchándolos con una mano, me encantaba esa sensación. Yo me dispuse a quitarle su sujetador y tras ello metí mis dedos en mi boca, los escupí después de sacarlos para luego acariciar su vulva por debajo de su braguita, su coño estaba muy mojado, lo acaricié un rato de abajo a arriba y hundí mis dedos dentro de ella sintiendo lo húmeda y caliente que estaba su vagina, escuchando como soltaba un ligero gemido, tras unas metidas de dedos suaves le quité la braga y la tumbé en su cama.

    Empecé a besarla y meter mis dedos en su boca para que pudiese saborear sus propios flujos vaginales. Poco a poco fui asomando mi boquita a sus labios, eran preciosos y perfectos, eran de esos labios rosaditos que tapaban por completo los labios interiores, los rocé con el dedo y daba gusto pasar la yema por esa superficie tan suave y a la vez mojada, casi daba pena meter mi boca ahí y abrirlos. Me gustaron tanto que les saqué foto, a Elena le dio igual pero yo lo necesitaba para el recuerdo.

    -Tienes unos labios preciosos Elena.

    -Son todos tuyos cariño.

    Por fin junté mi boca con su vulva empezando a acariciar su coño con mi lengua, jugando así con su clítoris como si fuese un helado y metiendo lengua dentro de ella chocando mi cara contra su vagina, poco a poco fue mojándose más mientras más tiempo le daba placer oral. Escuchaba como soltaba gemidos y suspiros mientras se retorcía sobre su cama. Y tras un rato de oral le metí los dedos sin avisar, lo que hizo que soltase un gemido de sorpresa, al meterlos empecé a masturbarla hacia su punto G, lo que hizo que se retorciese mucho más y gimiese más fuerte acabando en temblores y con la cara rojísima.

    Tras eso ella seguía tumbada, le metí los dedos en la boca dejando que su lengua jugase con ellos. Nos besamos un rato mas para que ella recobrase fuerzas. Yo me quité el tanga que ya estaba mojado tirándolo a un lado de la cama, nos pusimos cara a cara con las piernas abiertas y chocamos nuestras vaginas para luego frotarlas ferozmente, yo subía y bajaba las caderas rápido para sentir sus labios contra los míos esperando a ver quien de las dos se rendía antes en gemidos y placer.

    Después de un buen rato besando nuestros coños de la forma más salvaje y mojada posible, fui yo la que me rendí. Solté un gran gemido y me dejé caer temblando y cerrando mis piernas con las manos tapando mi vagina. Elena saltó y las abrió, quitó mis manos de un guantazo y metió sus dedos masturbándome al igual que yo lo hice con ella. Sentí como sus dedos se metían dentro de mi y se movían en mi cavidad vaginal de abajo a arriba rápidamente haciendo que mi coño sonase a mojado acabando en un squirt en su cara acompañado de un gran orgasmo

    Estuvimos besándonos un rato más y tocando nuestras tetas. Ella se notaba que estaba ya cansada pero yo quería seguir, la tumbé boca arriba y puse mi coño sobre su cara mojada para empezar a cabalgarla mientras empujaba su rostro contra mi vagina y a la vez jugando con uno de mis pezones.

    La escena era perfecta hasta que se abrió la puerta y vi como el rostro de su madre nos vio en esa pose unos segundos antes de soltar gritito de susto y cerrar la puerta de golpe. Yo estuve unos segundos analizando lo que había pasado sin moverme de la posición en la que estaba y mirando a Elena con sorpresa: su madre había visto como su hija con la cara mojada estaba siendo montada por otra chica a la que no había visto nunca…

    La segunda vez nos pilló aún más desprevenidas ya que ella tenía casa sola. Estábamos teniendo sexo muy excitante en su cuarto, tras una tijera y varias metidas de dildo en el coño de una y de la otra que concluyeron en orgasmos y varios squirts suaves de mi parte, Elena me puso en cuatro, escupió mi ano y empezó a lamerlo apoyando su cara en una de mis nalgas, se sentía muy rico su lengua jugando y rozando con mi orificio.

    Después además empezó a dedearme. Todo iba muy bien hasta que como la otra vez su madre abrió de nuevo la puerta y esta vez vio como su hija, Elena, lamía el culo a la misma chica de la otra vez. Y al igual que la otra vez cerró con un portazo acompañado de un susto cortándonos el rollo.

    En conclusión y para los curiosos, a Elena no la dijeron nada, su madre hizo como que no pasó nada aunque se sentía incómodo (y se sigue sintiendo) saludar a su madre sabiendo lo que hice con su hija y lo que ella me hizo.

    Ahora cuando lo hacemos nos tomamos muchas precauciones y además ponemos el pestillo. Espero que os haya gustado estas confesiones mis amores, muchos besos.

  • Llamada

    Llamada

    Todo comenzó con una llamada, me pediste que te ayudara porque se te descompuso el carro, se te ponchó una llanta y no podías cambiar la refacción… Llegué hasta donde estabas, me saludaste con un beso en la mejilla y te cambié la llanta y al terminar me dijiste “tengo algo para ti, pero no lo tengo aquí, sígueme en tu carro, vamos a mi casa”.

    Al llegar a tu casa pasamos y nos sentamos en la sala, ya anochecía y hacia algo de frío, me ofreciste un café y lo acepté, me lo diste y me dijiste “ahorita vengo”, mientras me tomaba mi café regresaste vistiendo una lencería color rojo muy sensual, te transparentaban tus pelitos y tus pezones que estaban muy duros.

    Al verte casi escupo el café, te acercaste despacio mientras extendía mis manos hacia ti, cuando al fin te alcance te senté en mis piernas y pasaste tus manos sobre mis hombros mientras me besabas en la boca yo te abrazaba con una mano por tu cintura y con la otra tocaba tus bubis y pellizcaba tus pezones.

    Besé tu cuello mientras mi mano buscaba tu panocha, tú me ayudaste abriendo las piernas y tú tanga no fue obstáculo para que mi dedo entrara dentro de tu panochita húmeda, estaba que escurría de lo caliente que estabas y gemías un poco cada vez que mi dedo se introducía hasta el fondo.

    Con mi lengua te pedía teta, así que sacaste una y la chupé de inmediato dándole mordidas y chupadas mientras mi dedo seguía dentro de ti, casi tenías un orgasmo cuando me dijiste “quiero chupar tu verga”.

    Te levantaste y me quité la ropa, volví al sillón donde estaba y te arrodillaste y con tu mano metiste mi verga en tu boca jugando con tu lengua en el piercing que tengo en la punta de mi pene, mientras yo te quitaba el bra.

    Luego de un rato me montaste y mientras te movías yo seguía chupando tus tetas hasta que por fin llegaste al orgasmo gritando y gimiendo y te quedaste con mi verga adentro, pero sin moverte, así que te puse en cuatro sobre el sillón y te penetré tan duro que no puede aguantar más y saqué mi verga para venirme en tu culito que quedó escurriendo de leche.

    Te diste vuelta y con tu boca dejaste bien limpia mi verga mientras mis mecos escurrían por tus piernas. Caminaste directo al baño y al llegar te volteaste a ver con esa mirada pícara que tan bien conozco, te seguí y entramos juntos a la ducha para seguirnos manoseando un rato más…

    Era tarde y tu esposo no tardaba en llegar, nos vestimos rápidamente y nos despedimos.

    Y así fue como le cambié una llanta y de paso le chequé el aceite.

  • Satisfaciendo fantasías (2)

    Satisfaciendo fantasías (2)

    A partir de la primera vez que me hizo suya, mi padre aprovechaba cualquier oportunidad para seguir gozando de mi cuerpo; y me di cuenta que la experiencia de un hombre mayor da muchas satisfacciones.

    Él es el único que me ha hecho derramarme y temblar incontrolable con el sexo oral; su lengua se mueve con maestría, despertando fibras en mi sexo, que ninguno de mis jóvenes amantes había logrado. Me excita ver su cara llena de mi néctar, observar cómo se regocija chupando sin desperdiciar nada, su falo a punto de explotar de la excitación de verme llegar al clímax y aún seguir chupando ese líquido blanco de dentro de mí.

    Quería darle un muy especial regalo para su cumpleaños; y decidí cumplir otra de mis fantasías, haría que me quitara mi virginidad anal.

    Ese día, le preparé su comida favorita y brindamos solos en su casa. Él quería cogerme y lo deje empezar a besarme y acariciarme. Me desnudó lentamente, cómo abriendo un regalo; se extasiaba al verme con mi lencería y tacones altos.

    Comenzó con el sexo oral; se metió entre mis piernas, libando mi jugo y masajeando mis senos, aumentando mi excitación y mis jugos. Mientras me chupaba, le pedí que chupara más abajo, mis jugos y su saliva escurrían hasta mi culo. Con el primer contacto de su lengua con mi entrada trasera, sentí una descarga en todo mi cuerpo, sólo pude emitir un largo gemido de placer. Sentí un borbotón de jugo salir de mí y escurrir hasta donde él chupaba. Le supliqué que me introdujera su dedo. Dudo un momento, metió su dedo en mi vagina y lo chupó para lubricarlo y buscó mi entrada. Al sentir su dedo, mi entrada se cerró, traté de relajarme para darle acceso.

    Entró un poco; el regresó a chupar mi clítoris. Su dedo inició un bombeo, entrando un poco más cada vez. Mi cabeza era un torbellino, mi placer se acrecentaba. Al entrar todo, se movió en círculos, ensanchando la entrada. Se salió y emití un suspiro; ahora metió 2 dedos e inició la misma operación.

    Tenía un frasco de crema cerca y puso una cantidad generosa en mi entrada, tomó un poco más y se cubrió el falo. Estaba yo acostada boca arriba, me acomodó y se puso en mi entrada. Fue empujando poco a poco, puso sus manos en mis hombros y me empujaba hacia él; yo le clavaba mis uñas en los brazos. El placer y el dolor se conjuntaban en una deliciosa mezcla que me obnubilaba; pude ver su cara de placer y lujuria al desvirgarme, le excitaba más; su verga estaba dura, era un fierro caliente que me abría las entrañas. A pesar de que yo estaba dilatada, su verga estaba gruesa y larga y le costaba trabajo entrar. Su sudor caía sobre mis pechos, me excitaba ser abierta por él.

    Bombeaba para ir avanzando hacia adentro un poco cada vez. En un momento, sentí que algo dentro de mi se abrió de golpe; él sonrió; me dijo que me acababa de romper, que mi culo era suyo, que se abriría cuando sintiera su verga en mi entrada.

    Su falo taladraba mi culo, sus dedos estaban dentro de mi vagina y masturbando mi clítoris; en un momento, me llegó un orgasmo largo, intenso, profundo; como si me desmayara; el no detenía el bombeo.

    Su verga no tardó en empezar a hincharse; yo sentía que mi culo no podía hacerse más grande; sentí los estertores de su venida antes de sentir el primer chorro ardiente dentro de mis entrañas, ese líquido dentro de mi y el verlo sudar, con las venas del cuello saltadas, mostrando que su placer era muy intenso, prolongó aún más mi orgasmo.

    Cayó sobre mi, besando, lamiendo, chupando mi cuerpo; yo había logrado despertar la bestia dentro de él.

    Dejó su verga dentro de mi hasta que mi cuerpo la expulsó, junto con mucho semen que había dejado.

    Lo prohibido siempre será muy excitante…

  • Primer polvo con Lucía

    Primer polvo con Lucía

    Tengo una oficina de representación comercial en mi ciudad, con un par de empleados auxiliares. Trabajamos mucho digitalmente y los empleados pueden realizar parte de su trabajo semanal desde su casa. Ello obliga a tener un sistema informático complejo y a mantener muy resguardada la documentación, parte de la cual contiene información confidencial. Por eso, las instalaciones generales de la oficina las limpia una empresa común para este tipo de trabajos, pero mi sancta sanctorum, es decir, mi despacho, la sala de máquinas donde están los servidores y una sala de descanso (a veces, me quedo a dormir en la oficina, si se me ha hecho tarde trabajando y me da pereza ir a casa), lo mantiene limpio un par de días por semana, siempre en mi presencia, una empleada de hogar.

    Lucía, esta empleada, lleva conmigo un par de años. Es una mujer madura, de cincuenta y pocos -yo tengo 46-, simpática y dicharachera, y tiene un tipo razonablemente bueno para su edad. Trabaja muy bien, es discreta -no fisga donde no debe- y tiene, cuando le da por ahí, una charla agradable. De vez en cuando, sobre todo después de verle el canalillo o de recrearme con el meneo de su culo, pienso en tirarle los tejos, pero me quito la idea de la cabeza: no está el patio como para andar jugando con las relaciones laborales y te buscas la ruina con mucha facilidad.

    Pero, hace un mes, algo cambió. Trabajaba agobiada, acalorada y mascullando maldiciones o qué se yo. Le pregunté si le pasaba algo, si tenía algún problema en el que la pudiera ayudar y después de dos o tres evasivas me contó que andaba muy justa de dinero y que, para acabarlo de fastidiar, había tenido que renovar el contrato del alquiler con un sensible aumento de la renta.

    –De verdad, si esto sigue así -bufaba- yo me hago puta.

    –Bueno, Lucía, no exageres. Seguro que habrá alguna solución, no es cosa de echarse al monte a estas alturas…

    –¿Cree que no soy capaz?

    –No sé si eres capaz, pero ya tienes una edad y no sé si eso sería, a la larga, una buena salida

    –¿No hay hombres que pagarían cincuenta euros por echar un polvo conmigo?

    Súbitamente, se encendió una luz en mi cabeza.

    –Te lo pregunto yo de otra manera -dije- ¿aceptarías tú cincuenta euros por echar un polvo conmigo? –Se quedó como paralizada, mirándome no sé si sorprendida, asustada o qué se yo, con lo cual me entró el miedo a mí– Bueno, déjalo, era una forma de hablar.

    –No, no, espere –contestó ella– ¿De verdad pagaría cincuenta euros por follar conmigo?

    –Pues sí, no veo por qué no: eres atractiva, simpática, agradable. Yo creo que cualquier hombre pagaría gustoso por irse a la cama contigo.

    –¿A que no se atreve? –susurró en tono insinuante.

    Por toda respuesta, abrí un cajón en el que siempre tengo algo de efectivo y saqué cincuenta euros.

    –Aquí están -respondí-. A ver si te atreves tú.

    Ella dejó el trapo con el que estaba quitando el polvo, se apoyó en el quicio de la puerta y empezó a desabrocharse la bata. Yo empecé a excitarme muchísimo; ya con el breve diálogo sobre su idea de prostituirse empecé a calentarme, pero ahora notaba que mi polla pugnaba por liberarse de mis pantalones. Se quedó en bragas y sostenes, se alborotó el pelo y se acercó a mí, rodeó la mesa tras la que yo estaba sentado y se sentó a su vez sobre mis rodillas, con un escote escalofriante bajo mi mismísima barbilla. Yo eché la cara sobre él besando, lamiendo y chupando anárquicamente aquella parte de sus pechos que se me ofrecía; me puse seguidamente a besarla en la boca -¡qué bien besaba!- mientras la abrazaba para desabrocharle el sostén.

    Tenía unos senos muy bonitos, algo caídos, claro, pero muy apetecibles, redondos, razonablemente tersos y unos pezones desafiantes en unas aureolas redondas y bien trazadas. La hice ponerse de pie para bajarle las bragas, pero no me dejó, se las bajó ella con un simpático y muy excitante contorneo de caderas. Su barriguita era algo prominente -pero no exageradamente- y el monte de Venus muy marcado; tenía el coño cubierto de pelo. No sé qué cara pondría yo -no me desagrada el pelo-, pero ella sintió la necesidad de disculparse:

    –Lo siento, si llego a saberlo, me lo hubiera hecho recortar un poco

    –No te preocupes en absoluto: donde hay pelo, hay alegría. También yo lo llevo tal cual, sin «peluquería».

    –¿Ah, sí? -sonrió ella- ¡Vamos a ver eso!

    Con una habilidad que me sorprendió, soltó el cinturón, desabrochó el botón del pantalón y bajó la cremallera de la bragueta, no sin esfuerzo, porque mi polla parecía tener, dentro del calzoncillo, el tamaño de una olla a presión. Levanté el culo para facilitarle que me bajara los pantalones y los calzoncillos, y mi polla, liberada, quedó enhiesta. Ella la cogió con la mano y le dio un par de meneos.

    –Vaya, vaya, querido jefe, quién hubiera dicho que tenías un armamento así…

    De pronto me dio por pensar en la imagen que yo le había ofrecido a ella hasta ahora: seguramente la de un burócrata gris y asexuado preocupado únicamente por su trabajo. Bien, ahora le iba a demostrar que de eso, nada.

    Lucía se lanzó a mamármela y empezó acariciando el glande con sus labios y con su lengua muy suavemente. La detuve: me encanta que me la chupen -¡y a quién no!- pero no me gusta ver a la mujer en una posición como inferior, arrodillada ante mí.

    –Espera, espera, vamos a la cama, estaremos más cómodos.

    Al levantarme me acabé de desprender de mi ropa mientras ella que, obviamente, conocía el camino, se dirigió a la habitación de al lado. Fue entonces cuando pude ver a mis anchas aquel rotundo culo que tantas veces me había excitado y me prometí comérmelo entero sin perdonar centímetro.

    Ya en la cama me tumbé de lado y en sentido inverso al de ella, la puse de lado también, le separé las piernas y metí la cabeza en sus ingles. Ella comprendió, cogió mi polla y se puso a comérmela de una forma que a mí me pareció delirante. A mí me gustó el aroma de sus feromonas; ella estaba excitada, lo notaba por el grosor de los labios de su vulva y por la humedad. Estaba claro que o yo la atraía algo o bien que llevaba mucho tiempo sin sexo, y me imaginé esto último, no sólo por modestia sino porque sabía que ella trabajaba muchísimas horas y no le debía quedar mucho tiempo para ir a ligar por ahí.

    Me entretuve pasando la lengua por sus ingles, lamiendo las zonas próximas a su vulva mientras con la mano acariciaba la cara interior de sus muslos; cada vez estaba más mojada la zona. Y, al mismo tiempo, yo estaba a reventar con su felación. Pasé directamente a su clítoris, masajeándolo muy suavemente con la lengua y pasé dos dedos por la entrada de su vagina, sin penetrarla, pero acariciando su parte más exterior. Ella empezó a tener pequeñas convulsiones cada vez más cortas y frecuentes, pero es que yo también empezaba a notar que mi polla pugnaba por llegar al orgasmo. Y encima, Lucía empezó a acariciarme los cojones. La repanocha. Seguí con mis lametones y caricias hasta que, en un momento dado, ella experimentó una gran convulsión y sus muslos atraparon mi cabeza haciéndome casi daño. Comprendí que ella había alcanzado el orgasmo y eso fue para mí el culmen de la excitación, de modo que me corrí hasta vaciarme completamente en su boca.

    Me lamió el glande muy suavemente, cariñosamente, y yo intenté hacer lo propio besando sus ingles, pero cerró sus piernas impidiéndomelo. Entonces me incorporé y me acosté a su lado. La besé y le acaricié las caderas. Ella tenía su mano sobre mi paquete, sin más, como si fuera una coquillera, y me daba un calorcito muy agradable.

    -¿Te ha gustado? -me preguntó

    -¿No es evidente? -respondí- ¿Y a ti te ha gustado también?

    –Pues la verdad es que sí. No es muy profesional ¿verdad?

    –Déjate de profesiones. No me siento al lado de una puta, sino de una mujer capaz de dar y de recibir placer. Oye, vamos a hacer una cosa: pasa el importe del alquiler por mi cuenta bancaria. Indefinidamente. Y ya no vengas a limpiar, vienes cuando te apetezca a follar conmigo, sin más compromiso ¿vale? O te llamo yo para que vengas, si tanto tardas -guiñé un ojo-. Y, mira, si te apetece, sólo si te apetece, de vez en cuando nos vamos un finde por ahí a echarnos unos revolconcillos en un sitio bonito. Y quítate de la cabeza la idea de meterte a puta ¿Cómo lo ves?

    –Lo que veo -respondió Lucía- es que se te ha puesto el arma otra vez en «presenten» y eso me recuerda que hemos jugado y lo hemos pasado muy bien, pero follar, lo que se dice follar, no hemos follado.

    Me besó, apasionadamente, por cierto, y nos entretuvimos un ratito jugando uno con otro, ella masajeando mi polla y yo acariciando sus pechos, siempre sin dejar de besarnos -¡cómo besa esta mujer!-, hasta que ella, poniéndose boca arriba, exclamó:

    -¡Métemela! ¡Fóllame!

    Sí, fue un «misionero» típico, pero qué bien lo pasé. Le metí la polla en la vagina y ella exhaló un suave suspiro de placer, empecé con una cadencia suave, que poco a poco fui aumentando a medida que sus gemidos se hacían más intensos. Ella, por su parte… ¡buf! no sé qué hacía con su vagina, si movía sus músculos o qué, pero me estaba poniendo otra vez a punto de explotar. Iba bombeando, íbamos besándonos, le acariciaba los pechos… esta vez estallé yo primero, pero me quedó suficiente turgencia en el miembro para seguir aún unos segundos y llevarla a ella al cielo también.

    Ya tranquilos nuevamente, le comenté lo mucho que me gustaba su culo, lo mucho que me había excitado siempre y el subidón que me dio al vérselo un rato antes.

    –¿De verdad te gusta mi culo? ¿Te gustaría entrarme por ahí?

    –¡Claro! ¿Tú estarías dispuesta?

    –Hace años estuve casada y a mi marido les gustaba mucho darme por el culo. En los dos sentidos -puso un mohín de desagrado-, pero sí. Tendría que ponerme en forma para eso, pero a ti te aceptaría sin problemas, siempre que lo hicieras bien, suavemente. Tan suavemente como te has comportado hoy.

    No hubo ocasión ese día; los dos habíamos resuelto nuestro clímax sexual y ya sólo hubo lugar para acariciarnos, besarnos un poco y decirnos lindezas antes de levantarnos y vestirnos de nuevo.

    Lucía aceptó mi propuesta y somos amantes fijos, o más o menos. De cuando en cuando, viene a la oficina, aunque muy irregularmente: hay semanas que ha venido tres veces y luego ha pasado dos semanas enteras sin dar noticias, pero a mí me complace que ella lo haga a su aire, libremente. También hemos salido un par de fines de semana y la cosa ha ido bien.

    Y, por supuesto, accedí a su culo a gusto y ganas y experimenté placeres realmente orientales.

    Pero, queridos amigos, como decía aquel, esa es ya otra historia.