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  • Y fuimos avanzando (capítulo 2)

    Y fuimos avanzando (capítulo 2)

    Nuestra historia siguió adelante como la de cualquier pareja joven y profesional. Pilar y yo compartíamos una pasión por la vida, y eso incluía viajar, salir de copas con amigos y disfrutar de cada momento al máximo. Éramos una pareja enérgica y llena de vida, y esa chispa inicial rápidamente se convirtió en algo más profundo.

    Nuestros momentos de intimidad evolucionaron de manera natural. Al principio de nuestro matrimonio, éramos dos jóvenes enamorados que exploraban el mundo juntos. Pero con el tiempo, nuestros encuentros se volvieron cada vez más apasionados. Descubrimos una química sexual única, una conexión que ninguno de nosotros había sentido antes. Cada roce, cada beso, estaba cargado de una electricidad que encendía nuestras almas.

    Pilar tenía bastante experiencia en relaciones anteriores, y eso se notaba en la forma en que se movía y se expresaba en la cama. Me confesó que siempre había estado abierta a experimentar, pero cuando estuvimos juntos, sintió que algo en ella se desató. Nos dimos cuenta de que compartíamos un deseo profundo de explorar, de empujar los límites y descubrir nuevas formas de placer.

    Pilar solía comentar cómo sus novios y parejas antes de mí, nunca habían sido particularmente creativos en la cama. Y que, aunque siempre disfrutó mucho sexualmente con todos ellos, la falta de creatividad de sus amantes, la había decepcionado un poco en el pasado. En contraste, nosotros encontramos una conexión en la que ambos podíamos ser abiertos y sin inhibiciones. Esa complicidad que teníamos fuera de la habitación comenzó a influir en nuestra vida íntima de maneras sorprendentes.

    La lencería, pronto se convirtió en una herramienta para avivar aún más nuestra llama, y los juguetes fueron una forma de explorar nuevos territorios de placer juntos. Pero no nos detuvimos allí. Con el tiempo, la idea de lugares públicos comenzó a rondar en nuestra mente. La emoción de la posibilidad de ser descubiertos nos atraía como un imán, y eso agregó un nivel de adrenalina a nuestros encuentros que nunca habíamos experimentado.

    Las salidas nocturnas se convirtieron en oportunidades para pequeñas travesuras, y cada momento íntimo se volvía una historia que compartíamos solo nosotros dos. Cada vez que la pasión nos llevaba a un nuevo lugar, a una nueva experiencia, nuestra conexión se intensificaba. La confianza mutua y la apertura que habíamos cultivado fuera del dormitorio ahora eran el motor que impulsaba nuestra vida sexual.

    Nuestra relación no solo evolucionó en términos de pasión, sino también en términos de amor y comprensión. Cada aventura compartida, cada risa y cada momento íntimo reforzaban el lazo que teníamos. Pilar y yo aprendimos a crecer juntos, a desafiar los límites y a abrazar todas las facetas de nuestra relación, tanto en público como en privado. Era un viaje lleno de pasión y descubrimiento, y cada día que pasábamos juntos nos acercaba más a un amor profundo y duradero.

    Continúa en capítulo 3.

  • Un viaje en yate inolvidable

    Un viaje en yate inolvidable

    Donna y Ricardo nuestros amigos, nos invitaron a un viaje en su yate, y mi esposa Rudy y yo aceptamos muy complacidos luego de aquella fiesta de cumpleaños de locura en su casa.

    Era sábado temprano y salimos al muelle a encontrarnos con nuestros amigos. Realmente no me fijé al principio, pero mi esposa iba con un conjunto enterizo de verano, sombrero y zapatillas; al bajarse del vehículo noté que adentro estaba en terno de baño de dos piezas, la parte de abajo un hilo dental que apenas tapaba su vulva y atrás el hilo se perdía adentro de sus tremendas nalgas. La parte de arriba era un brasier que apenas tapaba las aureolas y pronunciaba bastante sus enormes tetas.

    Llegamos al barco y Ricardo nos saludó muy afectuosamente. Subimos a la nave y con el viento se podía ver el traje de baño de mi mujer. Ricardo la miró y mordió sus labios.

    Preguntamos por Donna y nos dijo que estaba ya tomando sol en la proa del bote. Nos acercamos y vi a Donna con un terno de baño blanco. Era un hilo dental que así mismo se perdía en sus nalgas. Pero que nalgas! Su cintura pequeña permitía ver unas caderas grandes y sus nalgas verdaderamente deliciosas. Nos saludamos todos y nos sentamos a disfrutar del sol.

    Ricardo y yo servimos unos margaritas, mientras su conductor del yate nos encaminaba mar adentro. Pasamos riendo y disfrutando del sol y del licor. Mi mujer dijo: bueno, es hora de tomar el sol como se debe y se sacó la ropa exterior quedándose solo en terno de baño. Ricardo sólo al verla ya tenía un bulto en su trusa que iba a estallar; su mujer se quitó el brasier e invitó a mi esposa a lo mismo; las dos se acostaron boca abajo y nos pidieron que les coloquemos bronceador.

    Tomamos el bronceador y empezamos a untar en las espaldas de cada esposa; Ricardo empezó a untar en la espalda de su mujer mientras yo hacía lo mismo a Rudy. Bajó hasta su pelvis y quitó los amarres de su terno de baño, le dio la vuelta y empezó a untar aceite de coco en sus nalgas.

    Donna me quedó viendo la tremenda erección que tenía mientras Rudy estaba excitada por la forma en que tomada Ricardo a su mujer. Rudy me destapó la trusa y sacó mi pene totalmente erecto y empezó a masturbarlo. Donna se acercó y juntas empezaron a lamer mi verga. Me senté y éstas dos me abrieron las piernas: Rudy me mamaba la verga, el glande y las bolas. La puta de Donna empezó a lamerme la zona del ano, succionando y provocando espasmos. En un momento estaba en éxtasis y pensé que iba a terminar con una eyaculación. Pero en eso se acerca Ricardo y empieza a lamer el culo de su esposa y a alternar con el de mi mujer. Lamía el ojete de Donna y luego de Rudy. Estas dos se quitaron y fueron por el pene de Ricardo. Él se acostó en la silla reclinable y estas dos empezaron a mamarlo y a unir sus labios en el glande de Ricardo.

    Luego de un momento, Ricardo le hizo una señal a mi mujer y está se subió a la silla, se dio un beso con Ricardo y se puso saliva en la vagina. Se dejó caer y empezó a cabalgar duro, Ricardo le abrió las nalgas y la trajo hacia el. Donna aprovechó y empezó a lamer el ojete de mi mujer, metiendo su lengua y chupando los jugos del coito de su marido y mi mujer.

    Disfrutaban del sexo y la lujuria como nunca. Yo me acerque y puse mi verga al lado de las nalgas de mi mujer y se la ofrecí a Donna quién dejó de mamar el ojete de mi esposa para mamarme la verga. En un momento, la perra de Donna sacaba el miembro de su marido de la vagina de mi mujer y junto a mi pene se metía en la boca. Juntaba los glandes y lamía los jugos de las dos vergas. Así lo hacía mientras volvía a insertar el miembro de su marido en medio de las nalgas de Rudy y esta continuaba el sube y baja.

    Luego me di cuenta que Rudy y Roberto se besaban, y el cerdo juntaba los pezones y los labios de ella con los suyos, de tanta arrechera, pude ver que Rudy desde arriba lanzaba saliva hacia la boca de Roberto y este tomaba saliva en su mano y se la colocaba en el ano a Rudy. Le quedé mirando con lujuria a mi mujer por lo cerda que era. Era un sentir excitante, la quedé mirando y en seguida ella me tomó del miembro y me dirigió atrás a sus nalgas. Me coloqué en posición y le metí mi verga completamente mientras ella me veía y ese cerdo de Roberto le mordisqueaba las tetas. Solo vi como cerraba los ojos y mordisqueaba sus labios y se los lamía, mientras yo estaba celoso de ese cerdo y empecé a cogerla duramente. Tomé sus caderas y empecé a empalarla por el ano mientras sentía el miembro y el glande de Roberto en su vagina. La cogí duro. Demasiado duro. Tanto que el cabron de Roberto empezó a venirse en su vagina y sentía claramente como estalló el semen de ese cabron dentro de la chepa de mi mujer.

    Yo todavía no terminaba. Estaba dándole duro por el ojete a mi mujer hasta que ella empezó a orinarse en el torso de Roberto. Estaba desquiciada de tanto placer.

    Saque mi verga de su culo y quería venganza. Tomé a Donna y me senté en la silla invitándola a cabalgar. Donna tiene unas enormes tetas y empecé a mamarlas como desquiciado. Ella cabalgaba duro y en un momento empezó a correrse mientras yo le metía mis dedos en su ano.

    No veíamos a mi mujer por un buen rato, entonces Donna se levantó y fue adentro del yate. Roberto estaba tomando un margarita mientras se incorporaba, me ofreció uno y esperábamos que regresen nuestras parejas. Pregunté a Roberto que sucedía y me dijo mejor no preguntes y ve a ver tu mismo. Fui al salón principal del yate y veo a mi esposa de espaldas al conductor quién tomaba de los muslos a Rudy haciéndola cabalgar perforando su ano. Así mismo veo a Donna en cuclillas lamiendo la chepa de mi mujer y metiéndole la lengua hasta el fondo.

    Rudy se bajó de ese pene que estaba totalmente parado y goteando leche y ahora fue el turno de Donna. De igual manera de espaldas se dejó caer en el pene del conductor. Rudy empezó a comerle la vagina a Donna mientras ésta subía y bajaba su pelvis. Yo me estaba sobando la verga y Donna me invitó a que la penetrara por su cuca. Así lo hice, puse mi pene en la entrada y a darle con todo. Abría sus piernas y los dos machos al mismo tiempo hundíamos nuestros penes en los agujeros de Donna quién empezó a gritar y agitarse duramente.

    En un momento empezamos a culear muy fuerte y rápido los tres y empezamos a terminar al mismo tiempo, el conductor dejando su leche en el ano y yo dejando todo mi esperma adentro en el útero de Donna. Me sacudí la verga y Rudy me la limpió, así mismo la chepa de Donna goteaba y Rudy se encargó de limpiarla con su lengua.

    Nos incorporamos y salimos a comer algo. Cerca del final de la tarde regresamos al muelle todos satisfechos por las sesiones de sexo duro que tuvimos. Rudy subió al auto y se quedó dormida. Llegamos a casa y cenamos como si nada hubiese pasado.

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  • Historias de un matrimonio cornudo (III)

    Historias de un matrimonio cornudo (III)

    Después de lo experimentado la noche anterior con mis primeros cuernos yo estaba como en una nube, un año antes jamás habría ni siquiera imaginado que mi primera experiencia cornuda hubiera sido así, pues, aunque no tuve el honor de ver a mi esposa siendo cogida de la manera como Eder se la cogió, todo lo que me contó, lo poco que pude ver y lo que pude probar fue simplemente espectacular e increíble; sin embargo, había ciertas inquietudes que rondaban mi cabeza, en primer lugar esa afirmación de que era la mejor cogida de la vida de mi mujer me gustaba (al fin y al cabo es a lo que aspiramos todos los cornudos), pero al mismo tiempo me espantaba, obviamente al ser la primera experiencia me sentía algo inseguro y celoso; no sabía qué pensar, si ese hecho pusiera en riesgo mi matrimonio, definitivamente no era algo con lo que me sintiera cómodo; recuerdo muy bien ese día, era sábado (el primer día de vacaciones de mi esposa); cuando amaneció yo quería tener relaciones con mi esposa, seguía muy caliente por lo que había sucedido en la madrugada, pero entre que mi esposa riendo me dijo que seguía muy adolorida del tremendo cogidón que le había puesto Eder y que nuestros hijos no nos dejaron seguir jugando no se pudo concretar nada.

    A medio día fuimos a comer con mis suegros, siendo franco me gustaba mucho ir, me llevaba bien con todos y era muy cómoda la casa, se vislumbraba un día fantástico después de mi primera cornamenta, aunque seguía muy caliente por todo lo sucedido; pero empezaron a suceder cosas que no me gustaron nada, mi esposa empezó a mensajearse con alguien durante toda la estancia en casa de sus papás, yo sentía que me hervía la sangre, no solo estaba celoso, sino que también molesto, sobre todo porque nunca había visto a mi esposa poner tanta atención al teléfono y sonreír tanto con las cosas que leía, y era obvio que con quien hablaba era con su nuevo amigo, pues nunca antes se había comportado así de irresponsable, y lo creía así porque tenía la impresión de que todo mundo se daba cuenta de esa nueva actitud de mi mujer, lo cual me parecía intolerable, creía que todos se habían dado cuenta de que mi mujer me había hecho pendejo con alguien y ya tenía un amante.

    De regreso a nuestro hogar ya por la tarde iba demasiado enojado, por lo que estaba completamente serio, obviamente mi esposa se dio cuenta, pero no quiso hacer una escena con los niños en el coche, así que tuvimos que esperar no solo a llegar a casa, sino a que los niños se durmieran para poder hablar. Le reclamé por ser tan obvia, y por hacerme sentir como un pendejo al que su mujer era obvio que le ponía los cuernos, siendo sincero ella nunca perdió la compostura, primero me preguntó si me había gustado lo que habíamos vivido el día anterior, le dije que sí y que mucho, pero que eso no la justificaba para hacer lo que hacía y sobre todo delante de su familia.

    Ella tranquilamente me preguntó si quería volver a repetir la experiencia, la verdad en ese momento dudé, pues me sentía muy mal y herido, pero también recordaba los increíbles momentos que pasé mientras limpiaba a mi esposa de la corrida de su amante y como me contaba, así que la calentura me ganó y le dije que sí; entonces ella con toda la naturalidad del mundo me dijo que entonces debía entender que las personas no son dildos humanos, que no era justo usarlos solo para el placer, que si empezábamos a hacer eso, ellos se darían cuenta y solo serían experiencias aisladas que no se repetirían, además de que tenían sentimientos; en realidad sus argumentos me parecieron muy interesantes y correctos, por lo que me calmé bastante, pero le dije que no me gustaba que estuviera mensajéandose en plena reunión familiar, que eso era demasiado obvio.

    Ella me dijo que eso lo veía así porque yo sabía perfectamente qué pasaba, pero los otros no, que seguramente a los demás ni les interesaba; después ella me dijo: “qué, quieres que Eder me escriba y no le responda nada, qué pensaste, que después de irme a coger con él no me buscaría?, y qué quieres que haga, lo dejo en visto y cuando se nos antoje que te ponga los cuernos de nuevo le digo como si nada pasara, hey, vámonos a coger, yo creo que las cosas no funcionan así?”, en ese momento me di cuenta de todo lo que podía implicar ser cornudo y también entendí a mi esposa, era la primera vez que verdaderamente dudé de todo esto; pero lo que me hizo seguir adelante fue que mi esposa al verme tan turbado de manera muy amable y comprensiva me preguntó si quería saber que había platicado con Eder, que era bastante caliente, y me lo dijo con una sonrisa de complicidad, que me dio muchísima confianza.

    En retrospectiva la conversación con su amigo no era nada del otro mundo, que si le había gustado, que si quisiera repetir, que dónde estaba, que qué hacía; mi esposa le contestó de manera muy amable y divertida, pero sí le comentó que le había encantado la experiencia, que por supuesto que le gustaría repetir, que estaba en casa de sus papás y que estaba comiendo, lo más interesante fue cuando le preguntó sobre su marido, que si no había tenido problemas, ella le contestó que no, que para nada, y él le dijo: “pero llegaste muy despeinada y maltratada, jejeje”.

    Ella de manera críptica le dijo que sí, y que yo la había visto y le había encantado, él no lo podía creer, quería saber más, mi esposa solo le dijo que podían hablar de eso la próxima vez que se vieran, obviamente él preguntó que cuándo sería, y ella con toda seguridad y naturalidad le contestó que tendría que programarlo conmigo, pero que sería muy probable que se pudieran ver el lunes; yo pensé que él seguiría preguntando por su mí, pero sorpresivamente le preguntó si tendría oportunidad de probarla por el culito y ella entre risas le contestó que por supuesto, y que esperaba con ansias el lunes; increíblemente en lugar de molestarme, leer esa conversación me mega excitó, sobre todo porque mi esposa me estuvo tocando la verga durante todo el tiempo en que yo estuve leyendo su conversación.

    Cuando terminé, ella me dijo: “veo que te gustó y mucho la conversación” y cuando me saqué la verga para por fin penetrarla ella me preguntó, qué haces; le dije que al fin quería cogerme a mi mujer; ella se empezó a reír y me dijo: “¿Qué no leíste la conversación? El lunes te haré el favor de ponerte los cuernos de nuevo, por lo que quiero estar muy ganosita para Eder, sobre todo porque parece que al fin entregaré mi virginidad de la colita amorcito, así que haz tu trabajo de cornudo y hazme llegar con tu lengua”, uf, eso me calentó demasiado, a pesar de cómo me trató, pero de inmediato la obedecí, le abrí las piernas y empecé a lamerle la panochita de nuevo, le pregunté si aún estaba adolorida y ella me dijo que ya casi no, pero me volvió a repetir que quería estar ganosa para su amigo.

    Y entonces me dijo: “sabes qué estos días quiero que me prepares el culito, quiero el lunes no solo llegar ganosita, sino bien entrenadita de mi colita”, y de inmediato se volteó, se acostó boca abajo, abrió las piernas invitándome a comerle el culito, naturalmente obedecí de inmediato, y mientras le lamía el ano a mi esposa ella tomó su celular y me dijo que le iba a confirmar a Eder la cita del lunes; eso me hizo terminar de inmediato, saber que mientras yo le comía el culo a mi mujer ella estaba mensajéandose con el cabrón que me había puesto los cuernos fue demasiado para mí.

    Mi mujer ni cuenta se dio de que había eyaculado prematuramente, pero seguí con mi labor oral, y para mi sorpresa mi esposa empezó a excitarse y a dirigirme, me dijo que mientras le comía la colita le acariciara el clítoris suavemente y después de un rato que mamara mi dedo y la penetrara con él el culo, a ella parecía darle mucho placer, tanto que terminó la sesión con un par de dedos míos penetrándole el trasero mientras le acariciaba el clítoris con mi otra mano y ella terminando en un escandaloso orgasmo mientras me decía lo bien que se la iba a pasar con su nuevo amigo, que disfrutara mis cuernos porque me los pondría muy, pero muy seguido.

    En cuanto ella terminó quiso chuparme la verga, pero se dio cuenta de que yo había eyaculado y me preguntó que cuándo había terminado, cuando se lo dije, se empezó a reír diciendo lo cornudo que era, que vaya que me gustaba que otro macho atendiera como se debe a mi mujer, que no tenía remedio y solo nos abrazamos mientras me agradecía por todas las experiencias que había podido vivir y que me hubiera animado antes a decirle que quería ser cornudo; que con mucho gusto ella se sacrificaba por mis fantasías.

    El domingo por la mañana quería penetrarla pero su respuesta fue la misma, quería estar ganosita para Eder, empezamos a hacer un 69 (ella pidiendo dedo en el culo para irlo entrenando), pero no pudimos terminar porque se despertaron los niños. Durante casi todo el día se estuvo mensajeando con Eder, cosa que ya no me molestaba tanto, aunque para serles sincero, me seguían dando muchos celos, ya en la noche tuvimos otra sesión de sexo oral y entrenamiento de culo, era muy caliente todo lo que me decía, que seguramente un macho tan rico como Eder sí podría desvirgarle el culito, que me fuera acostumbrando a mis cuernos ya que ella me haría el favor de ponérmelos mucho y muy seguido; lo mejor de esa noche es que sí pudimos concluir nuestro 69, terminé en su boca mientras ella también acabó con dos dedos míos en su culo e inundándome la boca con su néctar; aunque ella no se tragó mi leche, de inmediato me la pasó a mi boca para que la tragara mientras me decía que esa era una tarea de un buen cornudo, tragar toda la leche que ella recibiera, de no haber terminado, solo con esos dichos lo hubiera hecho.

    El lunes por la mañana yo quería darle otra sesión de sexo oral, pero de plano se negó diciéndome que iba a ser un día muy ajetreado, le pregunté por qué y me dijo que había leído en una página en internet como se tenía que preparar para ser desvirgada por el culo, que se tenía que bañar mucho y no sé que tanto, además, estaba nerviosa por su segunda cita con Eder ya sin alcohol de por medio, me comentó que su amigo la había invitado a comer, ahí ella tenía planeado contarle todo de nuestro matrimonio, pues no quería que hubiera cosas ocultas ni de Eder para con nuestro matrimonio ni de nosotros hacia él, que quería que todo fuera bien que no quería mentiras de ningún tipo, y eso me tranquilizó muchísimo, eso sí, en cuanto terminamos de desayunar me mandó por un buen lubricante a la farmacia, eso me encantaba y se lo dije, que me gustaba ayudarla a prepararla para su cita, ella se empezó a reír y me dijo que era tarea de buen cornudo preparar a su mujer para sus machos.

    Mi esposa se tardó casi 3 horas en el baño, y la verdad es que salió muy normalita, pantalón pegadito a la cadera de mezclilla, blusa de tirantes con escote, lo más sexy era que se le veían los hilos de su tanga por encima del pantalón, y unas botas cafés muy normales.

    Se fue a la hora de la comida (Eder pasó por ella a la casa) y no regresó hasta bastantes horas después, también estuve todo el tiempo nervioso y la verdad algo celoso, pues no sabía si su amigo le desvirgaría el culo o no (debo aclarar en este punto que mi esposa siempre estuvo no solo dispuesta, sino curiosa de la penetración anal desde que éramos novios, pero debo confesar que nunca pude hacerlo, según lo intentábamos, al inicio mucho más que al final, yo la lubricaba bien, lo intentábamos al bañarnos o con lubricante, según yo estaba completamente duro y erecto y al intentarlo nunca podía pero ni siquiera abrir tantito su orificio posterior, después de eso, la frustración me ganaba, me desesperaba y ella también, por lo que de tanto en tanto lo intentábamos, pero ya sin esperar nada), cuando al fin llegó ya era de noche y había dormido a los niños, pero no era tan tarde, por lo que no me atreví a salir a la calle, sin embargo, supuse que se volvió a despedir de Eder porque después de escuchar llegar su coche, tardó un rato en irse, supuse sin equivocarme que mi mujer le volvió a “agradecer” el cogidón que otra vez le propinó chupándosela en el coche como a mí nunca lo hizo.

    En cuanto entró supe que se la había pasado genial, venía muy sonriente, pero completamente despeinada y desarreglada, me besó apasionadamente en la boca con el sabor a verga de Eder que yo empezaba a conocer y me llevó a la habitación casi corriendo, diciéndome que me apresurara que traía mi regalito en un lugar especial.

    En cuanto llegamos al cuarto, ella se quitó los pantalones, la tanga y se puso en cuatro, se veía hermosa, me dijo, más bien me ordenó que empezara mi trabajo de buen cornudo lamiéndole y limpiándole su colita, casi me vengo, le pregunté si le habían al fin desvirgado el culito, ella solo se sonrió y me dijo, si amor, él sí pudo romperme la colita, le volví a preguntar si le había gustado, ella solo cerró los ojos, apretó los labios e hizo un sonido como de mmmmh, abrió los ojos y me dijo, ándale amor no te hagas pendejo y ven a hacer tu trabajo de cornudo que me arde mi colita. Inmediatamente me puse detrás de ella y cuando se separó las nalgas la imagen fue increíble y la verdad fue tanta mi excitación que acabé en mi pantalón, pues le empezó a salir un goterón de leche de macho, blanca y espesa, además de que su culito estaba muy rojito.

    No dudé ni un momento y me puse a limpiar con mi lengua ese manjar que mi mujer con tanto esfuerzo había exprimido para mí, lo trataba de hacer con cuidado pues ya tenía experiencia de que cuando llega adolorida le gusta que la trate bien; su sabor era muy fuerte y amargo y la leche muy espesa, aunque completamente blanca; aunque su textura no era agradable la excitación hacía que para mi fuera delicioso, mientras mi mujer me decía cosas como: “te gusta que otro cabrón me haya inaugurado la colita pendejo?”, “limpia los restos del macho que desvirgó mi colita”, “hazlo con cuidado porque terminó dándome muy duro”, y cosas así.

    Ya que había terminado con la lechita de su amigo empecé a masturbar a mi esposa con los dedos y ella empezó a gemir y gritar, tanto fue su excitación que terminó acostada boca abajo mientras con trabajos yo le comía la panochita y el culito hasta hacerla terminar.

    Cuando al final ella llegó a su orgasmo mi sorpresa fue mayúscula cuando noté que mi miembro estaba completamente erecto a pesar de haber terminado en mis pantalones solo de ver como había quedado su culito con la culeada que le dio su amante.

    Así que decidí también probar ese agujerito posterior que tanto se me había resistido; la tomé de la cintura y solo la incliné un poco, cuando ella notó que empezaba a empujar para penetrarla me empujó y se aventó hacia adelante, diciéndome: “¿Qué haces pendejo?” A lo que sin dudar respondí “yo también quiero probar ese agujerito tuyo tan sexy amor”; ella empezó a reírse y me dijo, “no amorcito, tu tuviste ocho años para desvirgarme, y nunca pudiste, es increíble que tuviera que venir un wey con una verga mas grande y gorda que la tuya y él sí pudiera y a la primera inaugurarme la colita, así que como buen cornudo, solo te va a tocar limpiar y aliviar lo que machos de verdad utilizan”.

    Estaba muy confundido, por un lado como me había hablado y se había comportado mi esposa, me había excitado muchísimo, pero también me sentía herido ¿En serio tenía que humillarme así? Sabía que muchas de esas conductas estaban en todos los relatos y hasta talkies que le había compartido y que le seguía compartiendo, pero una cosa era excitarse con eso y otra era que tu esposa te lo dijera en la cara, pero mi pene no podía negar lo que quería, mi esposa se empezó a reír, y me dijo: “creo que tu amiguito está de acuerdo”, porque hasta pulsaba mi verga de la excitación.

    Total que al final me dijo que le hiciera de cenar algo sencillo mientras me contaba todo lo que había pasado con Eder, y que al final de la cena me bajaría de nuevo a lamerle solo la conchita para hacerla terminar en la forma en la que un cornudo lo hace, con la lengua. Acepté a regañadientes, mientras preparaba la cena (para ambos) y comíamos me contó lo siguiente:

    “Amor, fuimos a comer a un lugar de snacks con cerveza, la verdad es que estaba bastante nerviosa, pero sobre todo porque no sabía cómo iba a reaccionar a estar con él sin alcohol de por medio, sobre todo porque Eder nunca me había parecido el más guapo de mis compañeros; pero fue bastante bueno, porque en un trato normal y no de trabajo era muy divertido, sobre todo me di cuenta que era muy abierto, aunque algo tímido, por eso en cuanto le conté la realidad de nuestra relación y tu fantasía se quedó muy sorprendido”

    Pero en concreto ¿Qué le dijiste amor? La interrumpí.

    “Pues la verdad amor, que tú sabías todo, que en realidad todo esto era tu fantasía y como la comida había sido en un tono bromista le dije que lo habías demostrado completamente la noche anterior, él se sorprendió mucho de que me recibieras, no le conté todo lo que hicimos, pero le di a entender que después de haber llegado tuvimos nuestra propia sesión de sexo. Naturalmente él tenía muchas dudas, hasta me preguntó si te gustaban los hombres, me reí mucho con eso, le dije que para nada, pero que tu máxima fantasía era verme tener sexo con otro, la verdad es que ahí él si me dijo que no creía que se animara a tanto, sobre todo porque era bastante tímido y que le daría mucha pena estar en presencia de mi propio esposo.

    Ya cuando llevábamos bastante platicado de todo esto, me preguntó que cuáles eran los límites o las reglas de nuestra relación, y como no pusimos ninguna, pues le dije que solo tenía que avisarte cada que fuera con él a coger, seguimos bebiendo y me dijo que tu estabas loco, que cómo podías hacer eso, pero que la verdad pues no desaprovecharía algo así; y me remarcó que sería muy complicado que lo hiciera delante tuyo, le dije que no había problema, y a partir de ese momento ya con la cerveza y la comida, pues nos pusimos cachondos y empezamos a besarnos y él a meterme mano ahí mismo en el restaurante”.

    Eso último me dio otra mordida de celos y excitación, pues no habían ido muy lejos, así que cualquiera de nuestros conocidos (vecinos, y hasta familiares, porque vivimos muy cerca de unos tíos de ella) los había podido ver; sin embargo otra vez me ganó la excitación y no le dije nada. Le pregunté si besaba bien y que si le gustaba fajar con él.

    “Hay amor (y por primera vez la vi sonrojada), la verdad es que he besado a mejores, pero la forma en la que me toca mientras me besa es muy buena y excitante; mientras nos besábamos me preguntó si había hablado contigo sobre ese pequeño detalle de mi virginidad anal, le contesté que por supuesto y que no tenías problemas en ceder la primera vez por la colita de tu esposa si eso la hacía muy feliz, uf, eso lo puso muy, pero muy excitado, tanto que me dijo que pagáramos para que fuéramos a su departamento; por lo que acepté porque también estaba muy, pero muy excitada”.

    ¿De verdad estabas muy ansiosa porque te desvirgara tu culito? Le pregunté aún incrédulo por lo que escuchaba.

    “Claro amor, sabes que desde que éramos novios siempre tuve una gran curiosidad de hacerlo por ahí, pero pues nunca se había podido, fue algo que le dije, que tuviera cuidado porque lo habíamos intentado muchas veces, pero que pues simplemente no podíamos, él se empezó a reír y me dijo que no me preocupara, que había desvirgado el culito de una de sus exnovias y había penetrado por la colita a otras mujeres que ya estaban desvirgadas, así que esperaba saber lo que hacía y nos fuimos después de pagar la cuenta”.

    Ya para ese punto estaba demasiado excitado y mi esposa lo notó, lo bueno es que habíamos terminado de cenar, y me dijo que ya nos subiéramos, que el resto quería contármelo mientras le daba placer oral, así que al subir a nuestro cuarto se desnudó completamente (otra vez traía marcas de chupetones y moretones, así que supuse que de nuevo fue un sexo muy rudo), en cuanto se desnudó se tumbó boca arriba se abrió de piernas y me dijo: “mira amor, como me dejó mi conchita, bien abierta para un marido cornudo y pendejo como tú, ven y chupa”, de inmediato me desnudé y me puse manos a la obra (bueno lengua a la obra, jeje).

    “Nos fuimos manoseando en el coche, pero no me dejó que se la chupara de nuevo, me dijo que quería guardar todo para la cogida, yo estaba que reventaba de caliente, pero aguanté, en cuanto llegamos a su departamento otra vez empezó bien agresivo, me tomó del cuello y empezó a cachetearme diciéndome que era una puta culo fácil, yo ya sabía la dinámica, así que también le respondí y así entre juegos y golpes llegamos a su cuarto mientras nos desnudábamos, él me tomó de las muñecas solo que por atrás mientras me insultaba diciéndome que me iba a reventar, que era una perra hambrienta de verga y cosas así, me había inmovilizado así que tuve que decirle que ya, que haría todo lo que quisiera.

    Él terminó ordenándome que me acostara boca arriba con mi cabeza en el borde de su cama, entonces dirigió su vergota a mi boca y empezó un mete – saca brutal mientras me pegaba en las tetas, yo sentía que me ahogaba porque sus huevos me tapaban la nariz, pero otra vez estaba mojándome como nunca por ese trato tan brutal, después de eso me ordenó que lo cabalgara como la puta zorra que era, ya sabía como le gustaba así que lo traté de hacer aún mas duro si podía, pero él estaba encantado y ni una vez se le salió la verga, no como a ti cornudito.

    Me tuvo mucho tiempo dándome de sentones en su tremenda reata, traté de aguantar lo más que pude aunque no fue mucho más que la otra vez, de nuevo me dijo que tenía que aprender a montar como la puta nalgas fáciles que era y me dio mis cachetadas; de ahí me dijo que ahora sí venía el plato fuerte, me incliné para ponerme en cuatro, pero me dijo que así no, que él lo haría distinto, entonces le dije que en mi bolsa traía lubricante que mi marido había comprado, él como que no escuchó pero fue por el mientras me decía que me acostara boca arriba y que me abriera de piernas, así lo esperé, en cuanto llegó me dijo que lo haría muy despacito al inicio para que me fuera acostumbrando, estaba nerviosa, porque pues si tenía un pito más grande que el tuyo.

    Entonces empezó a ponerme lubricante en mi colita, mientras que con un dedo me masajeaba la entrada de mi ano y con la otra mano me masturbaba, la verdad se sentía en el cielo, era mucha la excitación, sobre todo por la masturbación tan tremenda que me hacía, porque era despacio, acariciando mi interior, y eso que acababa de llegar a un orgasmo montada en él; poco a poco fue metiendo uno, dos y tres dedos en mi colita sin dejar de masturbarme, yo gemía y gemía mientras él me decía que me iba a gustar mucho, que lo iba a hacer con cuidado para que no me doliera; en cuanto saca sus dedos pone la entrada de su pene en mi colita, y empuja muy poco a poco.

    Gracias a que me puso bastante lubricante mientras metía sus dedos la verdad es que sentía como adormecido, no sentía casi nada aparte del tremendo placer que me daba con sus dedos en mi conchita; él me decía, así nena, así reina, poco a poco va entrando mi verga en tu culo, la única vez que me dolió fue cuando entró toda su cabeza, sentí como si me rompieran, como si se desgarrara algo dentro de mí, pero con la maestría de sus dedos en mi conchita la verdad es que ese dolor duró muy poquito, cuando lo notó Eder me dijo, ya verás, es lo más incómodo que sentirás, y se esperó hasta que otra vez gemía de placer.

    Entonces otra vez siguió metiendo pero muy poco a poco su verga, después de un rato que yo sentí eterno por los nervios y porque me sentía como tiesa e incómoda, me dijo, mira reina, ya sentiste mis huevos en tus nalgas? Ya tu culito se tragó toda mi verga, me voy a detener hasta que tu culo se acostumbre y después empezaré a cogerte poco a poco, y me besó (eso me puso súper celoso, pero estaba muy ocupado lamiéndole la panochita, pero creo que hasta una lágrima me salió) de forma muy tierna y amable, me sorprendió que tuviera la capacidad de ser un salvaje y al momento siguiente hacerme sentir tan bien mientras me desvirgaba mi colita; otra vez fue un lapso que sentí eterno, él seguía masturbándome, por lo que poco a poco la incomodidad fue pasando dejando solo lugar al placer.

    En cuanto cerré los ojos Eder empezó con un movimiento muy lento pero firme metiendo y sacando su pene dentro de mi colita, fue progresivo, muy, pero muy lento al principio, si en algún punto yo gritaba en forma de dolor, porque a veces sentía dolor, pero era como un pinchazo; él se detenía y me volvía a besar, fue muy bueno haciéndolo me hizo sentir muy cuidada y se me hizo hasta tierno; total que sus penetraciones fueron haciéndose bastante profundas, cuando se dio cuenta que yo solo gemía y ya hasta pedía más, entonces volvió a cambiar; me dijo, ahora si pinche puta culo roto, ya terminó el cuidado del desvirgue, ahora sí te voy a encular como la puta que eres; después me puso en cuatro y ahora sí me destrozaba la colita, me decía que siempre había soñado con encularme, que se veía muy sexy mis nalgas comiéndose su verga, que estaba bien apretadita.

    Yo sentía al mismo tiempo placer y dolor, pero mucho más placer que dolor, nunca había sentido tanto placer y menos combinado con un dolor tan intenso, era un sensación nueva, pero muy rica, tanto que terminé gimiendo, gritando y pidiendo más, estuvo dándome por la colita por mucho tiempo, casi me desmayo entre el placer y el dolor, cuando de repente Eder empieza a gritar y a nalguearme como loco; solo sentí al final como se vaciaba completamente dentro de mi colita”.

    Después de que terminó de contarme casi termino de inmediato, pero me aguanté, aún faltaba un poco de tiempo para que ella terminara por lo que me tomó de la cabeza y me terminó diciendo cosas como “así cornudo de mierda”, “te gusta que tu mujer regrese no solo bien cogida sino recién desvirgada de la cola”, “hazme venir con la lengua pendejo”, y cosas así; terminó en un escandaloso orgasmo; al final no me pude aguantar y le pregunté si se la había chupado en el coche de venida como el viernes anterior a lo que ella respondió.

    “Claro amor, pudo desvirgar mi colita de la mejor manera posible, me hizo terminar con su cosa en mi anito, además, no te hagas pendejo, él te hace el favor no solo de cogerse a tu mujer, sino encima de traértela a casa, él ya sabe todo lo nuestro, no hubiera habido problema en que cuando terminara yo te marcara para que fueras por mi a su departamento, así que merece eso y más, si hasta tú deberías agradecerle”.

    Después de tanta excitación nos quedamos dormidos.

    Continuará.

  • Un atardecer en buena compañía

    Un atardecer en buena compañía

    Para escribir este relato me inspiré en una de las innumerables historias que he escuchado de uno de mis mejores amigos. Prestar atención a sus interminables dramas, a veces tiene sus ventajas jejeje. ¡Espero que lo disfrutéis!

    Estaba como cualquier otro día aburrido, buscando en la app de citas que podría encontrarme. Echando un vistazo logré visualizar el perfil de un chico madrileño bastante mono, llamado Hugo, que estaba veraneando por la zona. Como tenía el enlace a sus redes sociales en la descripción, decidí entrar y cotillear un poco sus fotos. Y efectivamente, tal como corroboraban las imágenes que tenía colgadas, el tío estaba buenísimo…

    No solo su rostro era bello, sino que además se podía observar que gozaba de un portentoso y musculado cuerpo en sus fotografías de la playa. Que por cierto, varias de sus publicaciones eran de ese estilo, por lo que se notaba que estaba satisfecho con su físico y yo estaba encantado de verlo.

    Tras tranquilizarme un poco, ya que hacía bastante tiempo que no me encontraba a un semental así, logré sacar fuerzas y me atreví a mandarle un mensaje. Los días pasaban y el chico seguía sin responderme. Esto era muy típico, anda que no me había pasado ya en otras ocasiones, pero él realmente me gustaba. Así que comencé a reaccionar a sus fotografías para llamar su atención, pensando que igual no me respondía por no poder estar atento a la aplicación. Pero fue en vano, el verano terminó y él regresó de nuevo a la ciudad.

    Paradójicamente, unos años más tarde volví a encontrarme a ese muchacho en el velatorio de un familiar. Él venía acompañado por su novio, Damián. Del cual, yo sabía de su existencia por seguirlo aún en redes y prestar atención a las fotos que subía. Si, soy un cotilla, lo admito. Pero es que estaba realmente frustrado con este tema. Por qué él podía encontrar el amor y yo aún seguía a dos velas. Además si Hugo me parecía guapo, su novio le daba ochenta mil vueltas. Era mi prototipo ideal de hombre: alto, con un buen cuerpo (aunque reconozco que no tan trabajado como el de Hugo), ojos verdes claritos y una barba bien recortada que le daba su punto. Yo me derretía muy fácilmente por los chicos que la llevaban…

    Por otro lado, me seguía preguntando ¿que estaría haciendo ese chico aquí? Me acerqué a mi madre y a mí abuela para preguntarles, ya que conocían a toda la familia por muy lejana que fuese. Ellas me explicaron que estaba aquí porque también era pariente nuestro y que sería al menos primo quinto mío. Me quedé totalmente en shock con esta información. Solo podía pensar en que «de menuda me había librado», aunque en su momento su rechazo me fastidió bastante.

    Lo gracioso es que no era la primera vez que me topaba a un primo en la aplicación. Hace un tiempo otro chico, que solo tenía la foto de su abdomen en el perfil, comenzó a hablarme. Si hubiese tenido alguna otra fotografía, lo hubiese reconocido al momento y os aseguro que otro gallo cantaría… Hablando sobre temas cotidianos como ¿De dónde eres? ¿Dónde vives? Descubrió mi identidad (no lo había dicho antes, pero yo tampoco mostraba mi cara allí).

    -Ya sé quién eres jajaja -dijo él de repente.

    -¿De qué me conoces? -pregunté yo.

    -Madre mía, menudo disgusto se va a llevar la abuela cuando se entere de que tiene dos nietos gays -respondió.

    Y en ese instante, después del susto, logré darme cuenta de que era pariente mío. Era gracioso saber que había tantos homosexuales en la familia, y que todos eran por parte de madre.

    Volviendo al presente y tras pasar unos cuantos días desde la ceremonia, me encontré a Damián en un bar. Yo estaba tomando un café en la barra y él venía en busca de tabaco a la máquina que había dentro. Supongo que decidieron quedarse un tiempo, aprovechando el viaje que se habían pegado hasta aquí. Después de recoger la cajetilla, se sentó a mi lado y pidió el periódico del día para echarle un ojo acompañado de un café. Mientras esperaba que el camarero le sirviese, se fijó en mi y empezamos a mantener una conversación.

    -Me suena tu cara, nos hemos visto antes? -preguntó él.

    -Si, coincidimos en el funeral de un familiar. Acompañabas a un primo mío -respondí yo.

    -Vaya, lo siento mucho. Creo que mi novio no lo conocía mucho -añadió.

    -No era un familiar cercano para mí tampoco. En verdad, fui por mí abuela -dije.

    -Te cuento algo gracioso? Yo no sabía que tu pareja era mi primo hasta hace unos días y lo peor de todo es que hace un tiempo intenté ligar con él, sin éxito alguno claro está -comenté para romper el hielo, aunque creo que esa información solo salió de mi boca porque me acabaron ganaron los nervios.

    Damián estalló en carcajadas. No me esperaba que fuese tan gracioso, pero por lo menos ahora estábamos menos tensos.

    -No me lo puedo creer jajaja. Por lo menos tuviste suerte y no pasó a mayores… -añadió entre risa y risa.

    Seguimos hablando hasta el punto de que la conversación se hizo tan amena, que incluso me atreví a comentarle que me gustaba ir a playas nudistas. Damián no se horrorizó, todo lo contrario me confesó que le gustaría acompañarme, pero que vendría él solo ya que a su chico no le molaban ese tipo de cosas. Así que quedamos en avisarnos…

    Tras intercambiar mensajes, llegó el esperado día. Lo recogí en mi coche y conduje hasta el lugar, ya que yo conocía el trayecto. Al llegar, aún tuvimos que caminar bastante para llegar a aquella paradisíaca playa natural. En la arena había varias parejas conformadas por dos chicos disfrutando de la soleada tarde. También había alguna que otra pareja hetero por allí y algunos señores que habían venido solos. Yo nada más pisarla y colocar las cosas, me saqué todo sin pudor alguno. Damián al verme no se acobardó e hizo lo mismo. Con el calor que hacía, no aguantamos mucho en la toalla y decidimos bajar a refrescarnos en el agua. Nadar desnudo era la mejor sensación del mundo y notaba como el novio de mi primo lo estaba disfrutando también.

    Mientras los dos estábamos en el agua, nuestras miradas llegaron a cruzarse y él comenzó a mirarme fijamente. Acercándose lentamente hacia mi, acarició mi cara para luego decirme «que me veía muy guapo con mi pelo mojado». Yo inmediatamente me sonrojé y él al darse cuenta esbozó una sonrisa. Luego bajo su mirada hacia donde estaban mis labios, y sin detenerlo comenzamos a besarnos. Su barba me hacía daño en la piel, pero no lo suficiente como para sugerirle que parase. Su lengua se adentraba en mi boca una y otra vez, excitándome cada vez más. Así que antes de que esto pasara a mayores, le propuse algo. Le comenté que podríamos ir a una zona al pasar las piedras y seguir. Sabía que mucha gente hacía cruising allí y a él le moló la idea.

    Por un momento dude sobre lo que estaba a punto de hacer. Damián tenía pareja y además era mi primo, pero una parte de mi seguía buscando venganza. Además, aunque no sea una buena excusa, me resultaba sumamente difícil no caer rendido ante sus encantos.

    El sol bajaba rápidamente y la gente comenzaba a recoger sus cosas para marcharse, por lo que decidimos salir del agua o de lo contrario nos acabaría atrapando la noche y por desgracia el camino de vuelta no estaba iluminado. Dejamos nuestras pertenencias en la playa y nos adentramos por un pequeño sendero.

    Debo admitir que estaba un poco preocupado de verme en la situación de encontrar a más parejas por la zona. La idea de practicar sexo en público me daba mucho morbo, pero no sé si estaría cómodo si alguien más estuviese cerca. Por suerte logramos estar los dos solos, así que aproveché y me abalancé sobre él detrás de unos arbustos. No había nada que desabrochar o apartar, todo estaba totalmente expuesto. Así que, después de un largo momento de besuqueos y tocamientos, comencé a bajar poco a poco desde el cuello hasta su entrepierna. Mis labios y mi lengua recorrían ampliamente su torso, y una vez llegado a su miembro acerqué mi boca a sus testículos. Parecía que a Damián esto le estaba dando mucho placer, aunque creo que al principio le provoqué algunas cosquillas…

    Al rato comencé a lamer todo su pene, enfocándome sobre todo en la punta al mismo tiempo que la succionaba. Poco a poco lograba cubrir todo su falo acompañándolo con las manos en la parte posterior para poder estimularlo completamente. Al principio comencé lento, pero a medida que sus gemidos se aceleraban mis movimientos se hicieron mucho más rápidos. La fricción que generaba aquella gruesa arena en mis rodillas provocaba en mí un inmenso dolor, pero ya no podía parar, solo quería satisfacerlo… Notaba como él estaba disfrutando la felación, podía percibir los espasmos de su pene en mi boca a la vez que observaba detenidamente sus seductoras expresiones. Sentía como Damián estaba cada vez más cerca del orgasmo, y menos mal porque yo ya no creía poder aguantar más en aquella posición. Agarró mi cabeza para acompañarlo a llegar al clímax, y yo no podía parar de contemplarlo mientras sus fluidos recorrían toda mi boca. Tras recomponerse, se aferró a mí y mientras nos abrazábamos pudimos observar la majestuosa puesta de sol.

    Los últimos rayos recorrieron nuestros cuerpos, envolviéndonos antes de despedirse de nosotros para luego dar lugar a la hermosa luna y a la oscura noche llena de estrellas.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (33)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (33)

    Recordar es… ¿Amarse un poco?

    — ¿Entonces todo?… –Trago saliva. – Lo que pasó esa noche entre los dos fue un… ¡¿Me manipulaste, Mariana?! —Le grito mientras veo que nuestra lejanía, se acorta.

    —Por favor cielo, no levantes tanto la voz que vas a… —Con algo de indecisión, posa la palma de su mano sobre mi hombro desnudo y la miro con llamas en mis ojos.

    —Me importa culo y medio si se despierta la isla entera. ¡Dime! ¿Todo fue un engaño?

    — ¡Noooo! No mi vida, para nada cielo. ¡Te lo juro! —Me responde acercándose más a mí y desplaza su mano desde mi hombro izquierdo, arrastrando la palma por las escapulas, hasta situarlo en el opuesto.

    Su frente la apoya en el espacio libre que ha dejado instantes antes y escucho con claridad sus lamentos. Llora y se fatiga, percibo como se le expande el pecho, y ahora, como se le contrae. Le falta oxígeno por su intranquilidad y… ¡Me contagia de su amargura y de la fiebre por el cruel agobio!

    — ¡Te amooo, mi vida! Perdónameee, cielo. ¡Lo siento! Lo… Lamen… Tant… —Murmura, mientras necesitada de piedad con su otro brazo, –por delante de los míos y mi pecho– busca abarcarme, y el hilito de su voz se desvanece tras un sentido suspiro, precedido por la cascada de sus lágrimas y los angustiantes lamentos que no se detienen.

    Mientras que ella llora avergonzada, analizo como Mariana ha roto con su proceder, el manido tabú de la infidelidad con el que me crié. Es falso que los hombres tengamos un mayor deseo sexual que ellas, y que por lo mismo promulguen que no logramos saciar nuestras ganas de sexo dentro de nuestro hogar, y aprovechamos cualquier oportunidad fuera de casa para echarnos una canita al aire, o buscándola a como dé lugar en antros ocultos y en publicaciones ya no tan escondidas de las últimas páginas en el periódico vespertino, con cualquier mujer que con su imagen llene nuestras retinas, y que por supuesto, nuestras billeteras puedan costear el rato.

    Ese pensamiento está por lo visto, mandado a recoger para estas épocas. Mariana también siente y desea, muy consciente que atrae demasiadas miradas por su élfica belleza, y ella… ¡Ella también echa una ojeada y se antoja! Como yo disimulado lo hacía con Natasha. Como miré en algunas ocasiones de reojo a Liz, aprovechando los inocentes descuidos, siempre presentes al agacharse sobre la mesa de dibujo, rogando para que la tela de su blusa se le abombara o entreabriera, precisamente entre los dos pequeños botones nacarados y me permitiera divisar los tres lunares pequeños con su centenar de diminutas pecas como séquito, entre el cañón de sus senos.

    O como he deseado llegar a más con Maureen, mientras retozábamos semidesnudos en mi cabaña con las tardes calurosas como excusa, y a escondidas de sus padres estas últimas semanas; ella tan virginal y acalorada, preocupada por contrarrestar con su belleza morena mi desesperanza blanca, y yo… Trasnochado, apestando a tres cajetillas de cigarrillos y varios six pack de cerveza, con Mariana ocupando con su insólita traición mis neuronas. Los dos pecadores. ¡Ella y yo tan mundanos!

    ¡Y no! No pretendo justificar el hecho de haberme hecho vivir dentro de una farsa, desmoronando la sólida confianza que le tenía. Quizás tan solo intento analizar coherentemente su traición, –en un vano intento de amainar mi dolor– buscando ejemplos para dejar en claro y en insólito equilibrio, la balanza de los hechos.

    Y que ahora, las mujeres y los hombres no somos tan diferentes con nuestros introspectivos deseos. Que Mariana pudo sentirse perdida en ellos muchas veces, sin pretender dañarme, aprovechando todas esas ocasiones para terminar buscándome después en nuestra cama, tras estar acariciando, –obligada o no– cuerpos desconocidos.

    Quizá el trasfondo del problema no era la infidelidad en sí misma. Tal vez la cuestión era el temor mental y moral, al descubrirse desleal pero a la vez poderosa en aquella nueva vida, y que su sexualidad, atajada al vivirla recatada junto a mí, era lo que interiormente deseaba, sin pretender desprenderse de su familia, ni desilusionarse de la que maritalmente ya vivía a mi lado, romantizando que eso nos haría libres de tabúes y más unidos, a pesar de sus quimeras.

    Creo que Mariana llegó a pensar qué de esa forma, nos dejaría abierta la oportunidad de no tener miedo a perdernos una o más veces, ella con su «Nachito de la malparida verga» y yo con mi adolescente y rubia vecinita, si reconocíamos que ese era el mejor camino para echarnos en falta y nocturnamente reencontrarnos tan enamorados como siempre, pero mucho más apasionados bajo las sábanas o sin ellas, en nuestra cama.

    Era su derecho de vivir, sí. Pero igualmente estaba ella en el deber de expresármelo sin rodeos ni mentiras. Y yo, como esposo enamorado tenía el deber de escucharla, pero igualmente, el derecho a debatir sus ideas, y Mariana, de aceptar mi decisión, favorable o no, a sus pretensiones.

    Tras estos minutos de resguardarnos en este tenso silencio, sin decirnos una sola palabra, Mariana por seguir llorando y yo por estar pensando tanto, –sin intentar siquiera detener mi llanto– siento en mi pecho como afloja la tensión de su brazo y su respiración se hace más pausada. Curiosamente también, me he tranquilizado.

    —Durante los dos días sin ti, –decido iniciar con mis descargos– tuve tiempo para pensar en lo sucedido mientras observaba a Mateo jugar en el arenero del parque más grande, el que está al frente de nuestra urbanización. ¿Fuiste culpable de hacerme sentir mal? Fue lo primero que me pregunté. ¡Evidentemente, sí! Me respondí agobiado, pero Mateo con su tierna voz me llamó, emocionado tras escuchar al vendedor de helados gritar la variedad de sabores que llevaba dentro de su colorido carrito, y con su infantil dicha, usurpó de mi mente aquella angustia existencial. Corrí tras sus cortos pasos y un billete de veinte arrugado entre mi mano.

    El cálido contacto entre la piel de su frente y la epidermis de mi hombro desnudo, se desvanece. Su brazo se descuelga perezoso por mi espalda, al igual que lo replica Mariana con el izquierdo. ¡Y ahora siento frio! Dos pasos le son suficientes para alejarse en reversa y retirar por el espaldar, una de las sillas no utilizadas, dejándose caer pesadamente en ella. Lleva a la boca un nuevo cigarrillo y lo enciende, utilizando mi mechero.

    Prácticamente echa medio cuerpo por encima de la redonda mesa, con el brazo extendido sobresaliendo de la superficie de madera, y entre los dedos de esa mano, mantiene retenido su cigarrillo y mi encendedor. Decido por lo tanto que es mejor quedarme aquí, –de pie y aferrado a dos manos al barandal– pues así puedo dominar las ganas que tengo de retorcerles imaginariamente los pescuezos hasta matarlos, a aquellos tres hijos de puta que convirtieron mi matrimonio en una porqueriza.

    —Me pregunté incluso, –mientras para almorzar solicitaba al camarero el mismo menú infantil, para que Mateo obtuviera en lugar de uno, dos Kínder sorpresas– si mis celos eran injustificados, o si lo que mis ojos habían observado en tus gestos y en aquellos pronunciados movimientos de tu cuerpo al bailar con esos hombres, varios de ellos desconocidos para mí, fueron premeditados. Y sí lo hiciste exclusivamente para destacarte entre todas las demás mujeres que mostraban más piel con sus disfraces, o particularmente para castigar mis ojos por mis infundadas prevenciones.

    — ¿Acaso me estaba convirtiendo en el típico macho controlador e irracional? ¿Me faltaba autoestima a mí, después de tantas luchas ganadas para poder surgir? ¿De cuando acá yo era tan inseguro, al punto de que cada vez que mi esposa se alejaba, permanecía con el temor de perder lo que creía que me pertenecía, como si fueses una mercancía que yo había comprado? Y odié esa faceta desconocida que comenzaba a cambiar mi tranquila personalidad, mientras le daba otra mordida al penúltimo pedazo de pizza que mi pequeño loquito me compartía viendo sus videos favoritos en la televisión, disfrutando nuestra noche de «hombres».

    —Obviamente recordé, la no expresada sensación de impotencia y humillación que me hizo arder el pecho, todo por guardar las malditas apariencias, tras ver la manera tan explícita con la que ese malparido siete mujeres te apretaba sin disimular sus ganas por palpar esa cintura, –y con cuatro dedos se la oprime– arrimando con total desparpajo su verga, seguramente tiesa, contra la firmeza de tus nalgas. Y tú, Mariana… ¡Tú se lo permitías!

    —Y si no se lo festejaste con aplausos, sí que lo hiciste con tus risas, dejando que te hablara melosamente al oído, quien sabe que cantidad de obscenidades. ¡A ti! La mujer a la que le disgustaba sobremanera la ramplonería y la grosería. Al menos a la esposa que unas horas atrás, yo creía conocer como la palma de mi mano.

    —Quise pensar que te dejabas acariciar y amacizar, –por las mismas manos que ya se habían aferrado al timón del auto que te obsequié, y que hasta esa fecha no me permitías conducirlo– para mantener las apariencias ante los demás, y que el coqueto guiño aquel, diría yo que con lujuriosa complicidad, se lo obsequiaste deliberadamente para hacerme creer que mantenías el control de la situación y entre ustedes dos no ocurría nada grave o anormal.

    —Simplemente pensé, que el único motivo por el qué no podías quitarte de encima a ese pesado, y que el semblante con el que me observabas desde el centro de esa sala, se debía a tu intención de demostrarme que estaba equivocado con mis presunciones, y que te comportabas así para darme una lección y hacerme ver que por más tentaciones que te rodearan, tu sabias comportarte como una leal señora casada, que lo controlaba todo. ¡Y a él y a mí, nos dominabas!

    —Que la culpa de todo nuestro enfado, sin pretenderlo, fue exclusivamente mía, debido a que te miré mal y censuré la elección de tu apretado y sexy disfraz de gata, pues inmediatamente cuando me lo enseñaste, a mi mente llegó la imagen de ese Playboy de playa, disfrutando cada curva que enseñabas, morboseandote al aprovechar lo apretado que te que quedaba en los senos y sobre todo marcando la «V» de tu entrepierna, gracias a aquella segunda piel de látex. Y como un pendejo te di el beneficio de la duda. ¡Me eché encima toda la culpa!

    —Muy temprano ese domingo, cuando decidí salir a ejercitarme un poco, trotando despacio y pendiente de que nuestro hijo montado en su triciclo, ni se cayera y mucho menos fuese a chocar con algún otro niño en la ciclo ruta, –intentando dejar de pensar en el mismo tema– recibí en mi móvil tu mensaje. Sin las cariñosas palabras de siempre, pero permanecía constante tu interés por conocer como nos encontrábamos y con cuales actividades ocuparíamos nuestro tiempo el resto del día.

    —Tan normal y casi puntual tú « ¡Te Amo!» enmayúsculado, con el palpitante corazón rojo como siempre finalizando el mensaje que al mediodía me informaba que estabas por salir a almorzar, y así, realmente me despreocupé un poco y dejé de espantarme sabiendo que estabas trabajando junto a él, para dedicarme de lleno a disfrutar con mi familia de un vespertino asado. Cuando pretendí hablar contigo por la tarde, se me atravesó providencialmente una llamada de Eduardo, para pedirme las características del piso de cerámica que utilizábamos a la entrada de las casas, y después de responderle aquella solicitud rara, le pregunté por ti.

    —Y sí Mariana. Fíjate que dio en el blanco con tu ajetreado fin de semana, según él, obteniendo prometedores resultados y a esa hora, precisamente, con esmero atendías a un solterón con ganas de familia, muy interesado en la sala de ventas. ¡Profética y alcahueta la excusa de ese calvo hijueputa, que me prometió ser tu ángel guardián!

    El viento es más frio a esta hora de la madrugada y decido entrar a la habitación para tomar la bandeja a dos manos. De regreso al balcón para tomar asiento frente a ella, –en esa mesa redonda– observo que Mariana permanece todavía desgonzada. Meticulosamente, la botella de tequila y la del jugo de naranja las sitúo en toda la mitad. Formo una barrera con ellas, utilizando igualmente el cenicero para reforzar aquella frontera, y como si fuese a jugar contra Mariana una partida de «Batalla Naval», por tablero coloco mi móvil recostado contra el borde de la bandeja con la pantalla en horizontal y la cajetilla de cigarrillos semi abierta, con tres de los filtros amarillos sobresaliendo desiguales representando ser conos de misiles, obstaculizando su cierre, y que se convertirán de aquí en adelante en mis armas de destrucción interior. ¿Y mi encendedor?

    — ¿Acabaste? —Me habla con su voz a ras de la mesa y la miro. El sonido parece provenir desde los recovecos de su pestañeo, con todo y su mirada apagada, sus ojos arrebolados y sin resplandores, carentes de brillos, de chispas y de ganas de revivir… ¿Su vida pasada?

    — ¡Pues como te parece que todavía no! ¿Otro coctelito para retar al frio? —Le pregunto pero no espero su respuesta y voy preparándolo primero en su vaso, luego lo haré con el mío. Creo que es mejor seguir desahogándome, mientras Mariana se reacomoda en la silla y yo termino de menear su vaso.

    — ¡No sé cómo putas se te ocurrió llegar así a nuestra casa esa noche! Como si no hubiese pasado nada. Recién saciada de tus ganas, y saludando a Mateo con besos cruzados en su frente y las mejillas, canjeando su carita de emoción al verte regresar después de dos días sin tenerte a su lado, por esos alfandoques y los paquetes de achiras. Y a mí saludarme con un beso simplón en la boca, pero con esa expresión acusadora en tus ojos azules, indicando un… « ¡Mas tarde tendremos que hablar!»

    — ¡Qué gran actuación la tuya! ¡Qué hijueputas nervios de acero! Besándonos con esos labios que habían recorrido, desde la boca hasta la verga de ese tipo. ¿No te dio arrepentimiento? ¿No te sentiste ni un poquito mal al abrazar entre tus brazos a nuestro pequeño, sabiendo que esas mismas extremidades habían rodeado el torso de un hombre distinto al de su padre?

    —Y a mí, sin aparente preocupación, con las yemas de tus dedos acariciar con tanta familiaridad la punta de mi nariz, dejándoles recorrer como era tu cariñosa rutina, las curvas de mis labios hasta posarlos, –tras un guiño juguetón– en el peñasco de carne como solías llamarle a mi mentón, sin demostrar reconcomio porque con ellos habías sostenido y apretado la verga de ese hijueputa malparido, enardeciéndolo y provocándole, sabrá Dios, cuántos orgasmos. Y esas mismas manos que me acariciaron las mejillas, y esa lengua tuya con la que humedeciste el contorno de mis labios, las habías dejado palpar y saborear toda su asquerosa viscosidad.

    —Ahora que lo sé, que he escuchado lo que has contado… ¿Pretendes que te crea que no hubo engaño?

    — ¡No! Por supuesto que no te engañé. ¡Y sí! Obviamente me sentí como un reverendo culo. Tener que llegar a casa, al lado de mis dos hombres más amados, con la cruz del pecado a cuestas, no me hacía sentir bien. ¿¡Pero qué putas querías que hiciera!? Acaso que te dijera… ¡Hola cielo, ¿Cómo estás?! Vengo de chuparle la verga al tipo que odias tanto, pero no te preocupes que solo fueron dos mamaditas, eso sí, sin tragarme nada y no dejé que me culiara. ¡Pero por favor, obviamente debía disimular! —Le respondo a Camilo, alterada.

    —Antes de llegar, mientras conducía fui recreando en mi mente los pasos que debía seguir. Al abrir la puerta respiré profundamente y me tranquilicé. Primero abrazar a mi Mateo y después saludarte como si entre tú y yo no hubiera ocurrido nada grave, aunque me haría la victima de tus celos y te reprendería por ello, charlando recostada en el sofá, frente a nuestra chimenea. Por eso después de cenar y retozar con mi pequeño en su cama, logrando que se durmiera con el calor de mi abrazo y el suave rastrillar de mis uñas en su cabeza, decidí comunicarte que te perdonaba, pero qué por tus acciones tan inmaduras y controladoras, –tras pensarlo muy bien– creía que la mejor solución para evitarnos dolores de cabeza innecesarios, los dos deberíamos separarnos totalmente.

    —Recuerdo tu cara de susto, por supuesto que no te esperabas que de mi boca salieran esas palabras… Y dimitiste. No hubo oposición y me diste la razón. Te excusaste como niño regañado mirando al suelo, con tus ojos marrones brillantes con algo de humedad y ese leve gesto de temblor en tus labios. No quería que volvieras a hacerme sentir como una prostituta barata por vestirme a mi manera y con los trajes que a mí me hacían lucir más bella o divertirme al bailar como se debe, la música de moda. —Camilo continua observándome, detallando cada movimiento, mientras su barbilla, –encajada entre la «U» formada por su dedo índice y el pulgar– persistentemente es acariciada.

    —Tenías que aprender a confiar en tu mujer, y saber que yo colocaría los límites a aquellos que quisieran pasarles por encima, confundiendo mis ganas de esparcimiento, imaginando otras cosas con sus «pajazos mentales». —Y por fin Camilo deja de mirarme detenidamente, entre enojado y sorprendido, abriendo la palma de su mano izquierda y extiende el brazo hacia mí, pues espera a que le devuelva su encendedor. ¿A qué horas lo tomé?

    Mariana, con el cigarrillo consumido, sujeto entre la voluptuosidad de sus labios, inclina el cuerpo hacia adelante y acomoda ambos codos sobre la mesa. Entrecruza los dedos y al acoplarlos, forma un arco de albos nudillos donde cómodamente apoya su mentón, y en aquella postura, me mira retadora con ese par de cielos, irradiándome con ese azul intenso y del cual ella está consciente que asesina mis peores convicciones. ¡Pero al menos he recuperado el encendedor y le prendo candela al mío!

    — ¡Lo hago por ti y me visto así para ti, mi cielo! –Te dije y fue verdad. De hecho aún lo siento así. – Todo con el fin de que continúes sintiéndote orgulloso de caminar junto a mí y triunfador por tenerme a tu lado, así los demás no lo supieran ni se lo imaginaran. —Me prestas tu encendedor. ¿Please?

    —Pero igual, cariñosamente te mencioné que… – ¡Uuufff!, aspiro un nuevo tabaco enrollado y entre la reinante humareda, siguen saliendo de mi boca las palabras. – … Para que no te sintieras frustrado, humillado u ofendido por José Ignacio, ni yo sin pretenderlo, hacerte sentir menos que cualquier otro hombre que se propusiera cortejarme. Por lo mismo, deberíamos evitar a toda costa coincidir de nuevo en las reuniones empresariales los jueves en el bar y los viernes a fin de mes en otro lugar. Mucho menos en celebraciones de cumpleaños y todos esos eventos sociales que surgieran en adelante.

    —Y en segundo lugar, te compensaría por la traición que había cometido horas antes, seduciéndote tras dejar bien dormidito a nuestro hijo, con la clara intención de entregarme por completo a ti, final y exclusivamente. Para mí fue importante dártelo, a pesar de que al hombre que ocupa mi mente y mi corazón, todos los días, al parecer no le dio la importancia que para mí fue hacerlo por primera vez. —Camilo lo niega moviendo su cabeza.

    — ¿Qué fue una patraña mía? Sí, obviamente. Pero lo que ocurrió después en nuestra alcoba, para nada fue una ilusión o una quimera. Lo quise, lo propicié y lo amé. ¡Fue inolvidable! Por eso me molesta que pienses y afirmes que te engañé.

    —Y quiero que te quede muy claro, mi vida. Jamás debido a él, mucho menos pensando en alguien más, alcancé mis orgasmos estando al lado, encima o debajo de ti. Te juro que tan pronto llegaba a nuestra casa, bloqueaba en mi mente esas traiciones. Me cambiaba el chip y era otra. Buscaba hacer el amor con la persona que soñaba y con la que todavía lo hago, que eres tú, mi cielo. Él único macho en quién pensaba y deseaba. Y no por compasión o remordimiento. Con el único que se me mojan los pliegues de la raja sin siquiera tocarme un cabello, eres tú. Desde que te vi, desde que nos vimos, la química ha fluido entre los dos y logras calentarme cuando quieres, con tan solo una de tus miradas. Así como suena, así como lo oyes.

    —En penumbras te vi ingresar al vestier para quitarte la ropa. Te deshiciste de tu chaqueta de mezclilla, la blusa y luego bajaste la cremallera frontal de la falda de jean, y la desabotonaste. Todo quedó tirado sobre el piso, a tus pies. Te quedaste únicamente con el brassier y la tanga blanca puesta. Ahhh y tus medias tobilleras. Aparentemente te alistabas para dormir, o al menos eso fue lo que pensé y cerré mis ojos. Todo se ha quedado grabado en mi mente porque sí que me importó lo que pasó, lo que hiciste y lo que te dejaste hacer por mí.

    — ¡Mentiroso, estúpido mentiroso! Me hiciste creer que dormías. Y yo pensando que te habías aburrido de esperar… ¿Entonces lo recuerdas bien?

    —Casi fue cierto. Es que te demoraste demasiado en el estudio, según tú, confrontado datos.

    —En realidad, hacía tiempo y de paso, colocaba algunas cosas en regla. Y…

    —… ¡Y sí, Mariana. Perfectamente todo lo recuerdo! Nunca olvidaré esa sorpresa.

    —A media luz abrí el penúltimo cajón, ya sabes, donde guardó la ropa interior deportiva para ir al gimnasio y del fondo tomé la caja con todo lo que había comprado en el sex shop, e igualmente para respetar tu descanso, caminé hasta el baño en puntas de pie y allí me encerré. Me desvestí por completo e ingresé a la ducha para darme un baño y asearme. Mientras me enjabonaba pensé en como lo haría. Era seguro que continuabas enojado por todo lo que pasó en esa fiesta, a pesar de que no me hubieras reclamado nada y por el contrario te echaras la culpa encima.

    —Tenía que hacer algo para resarcir la incomodidad moral que retorcía mi conciencia, aceptando de buenas a primeras que fui una puta desagradecida, sintiéndome tremendamente culpable. Seducirte a como diera lugar fue mi plan desde el comienzo. Por ello decidida, del juego tomé uno de los plugs anales. No el más grande pues apenas si había probado mantener el pequeño incrustado toda una tarde, y era muy incómoda la sensación. El mediano fue el que seleccioné, y así me doliera al encajármelo, debía asumir el ardor inicial y acostumbrarme a su tamaño para que al final, si todo me salía bien, disfrutaras al culminar tu sueño y el mío, dando fin con aquella fantasía.

    Camilo agota su cigarrillo, al igual que de un sorbo termina el coctel. Se frunce de hombros y se frota las manos. En la piel de sus antebrazos, los vellos se le erizan como un campo de alhelíes.

    —Ven, cielo. Vamos para adentro que tienes frio. —Con voz cariñosa lo convido.

    — ¿Yo? Para nada. ¡Aquí estoy bien! —Me responde con obstinado recelo.

    —Claro, por supuesto mi vida, pero de todas formas la erizada que te has pegado, y esas tetillas arrugadas y puntiagudas, te delatan. ¡Hombre, no seas porfiado! Yo llevo todo esto para adentro y tú encárgate de los demás. —Sin cruzarme debidamente la bata, con un pronunciado escote, pues se me habrá abierto al cambiar tanto de posición, tomo la bandeja con las botellas y los dos vasos. Camilo indeciso al comienzo, se pone en pie y se hace con las dos cajetillas, el cenicero y su encendedor. ¡Ahh! Y obviamente el teléfono celular.

    Mariana se planta frente al pequeño escritorio y con elegancia vierte las bebidas en los dos vasos y mezcla con prudencia. Entre tanto decido acércame al nochero del costado derecho de la cama y en cuya superficie coloco las dos cajetillas de cigarrillos, mi encendedor y el cenicero. Me siento agotado, tanto física como mentalmente. ¡Sí, tengo frio! Camino descalzo hasta el baño que ha permanecido iluminado y del estante tomo una de las batas blancas y dejo caer la toalla sobre la tapa del inodoro.

    Me queda algo corta, pero enseguida mi piel se abriga entre su esponjoso algodón y al salir observo a Mariana sentada del lado izquierdo de la amplia cama, pensativa y meciendo la anaranjada bebida en su vaso de cristal. Asumo que es otro reto por superar.

    Direccionar mis pies al lado derecho, –para indicarle que no me encuentro intimidado por nuestra cercanía– es el primero de los pasos. El siguiente será… ¿¡Me siento dándole la espalda!? O mejor y más diciente… ¿Quizá sea mejor recostarme, apoyando mi cabeza en el tupido almohadón? Sí, efectivamente la segunda opción será la apropiada.

    De medio lado, me ofrece el nuevo coctel. Liberada de la entrega se recuesta contra el cabecero de la cama, con su cojín como respaldo y encima de nuestras cabezas está la serigrafía de una paradisiaca playa, alargada y angosta, con sus arenas blancas lamidas por las olas de un mar en calma. Seguramente es de una isla diferente, pues ese lugar ahora lo desconozco. Lleva a sus labios el cigarrillo y aspira, más renuncia a retirarlo de su boca, y por la hendedura se le escapa entre brumas densas el humo. Gira su cabeza hacia mí para auscultarme con la intensidad de sus ojos azules, y que en este instante me reclaman atención.

    —Estaba segura de que al pararme del lado tuyo de la cama, con mi transparente tanguita brasileña de Lycra y elástica seda, –con coquetas florecitas negras bordadas sobre la gasa– junto al brassier que completaba el sexy conjunto, sentirías mi presencia y para cuando abrieras tus ojos, al verme prácticamente desnuda, entenderías perfectamente mis intenciones, dejando a un lado tu enojo. Pero simulaste tan bien que en verdad creí que te habías quedado dormido y enojada porque al parecer se me habían dañado los planes, así como estaba, bajé a la cocina para prepárame alguna bebida caliente.

    — ¡Un té! —Le recuerdo.

    — ¿Qué?

    —Te seguí furtivamente por el pasillo hasta las escaleras y te acompañé, escondido y mudo, igualmente indeciso entre seguir agazapado o asaltarte en la cocina y violarte sobre el mesón.

    — ¿Entonces lo recuerdas bien? ¡Qué detallista!

    —Como podría suceder eso Mariana, sí al igual que a ti te sucedió, también para mí, contigo, fue mi primera vez, y mi emoción fue enorme por el éxito alcanzado.

    — ¡Jajaja! ¿Es en serio? Hablas de eso como si se tratara del lanzamiento de algún cohete desde Cabo Cañaveral.

    La ceniza de su cigarrillo peligrosamente atenta con derrumbarse sobre la colcha, por lo tanto coloco el cenicero en la mitad de la cama, entre su cadera y mi muslo, manteniendo una imaginaria división, previendo que tanta cordialidad no nos sobrepase.

    —Recuerdo que te mantuviste algunos minutos pensativa, y alejada de este mundo mientras en la tetera, el agua hervía. ¿Pensabas en él?

    — ¡No!… Bueno, sí. Pero para nada añorándolo como te lo imaginas. —Camilo boca arriba, cruza un pie sobre el otro y defraudado, suspira.

    —Ya te expliqué, y no me cansaré de hacerlo hasta que comprendas que… ¡De José Ignacio no me enamoré! Supongo que me viste justo cuando pensaba en la capacidad de dominio que había ejercido de repente sobre él. No lograba comprenderlo del todo. ¿Si él era un hombre tan atractivo y apetecido por tantas mujeres, y se había llevado a la cama a quien sabe cuantas, me preguntaba qué era lo que me hacía tan atrayente para él?

    —Anestesiada mi angustia por la bebida caliente y el silencio de la media noche, regresé a nuestra alcoba y de nuevo a tu lado me coloque de pie para apagar la luz de tu mesita de noche, pero tu mano atrapó en el aire a la mía y me sorprendiste. ¡Casi me matas del susto! Pero el asombro no fue exclusivamente mío, lo compartí con tus ojitos cafés, iluminados por la cálida luz y chispeantes de deseo al verme vesti… Casi desvestida así, para ti.

    —Tu dedos, los de esta mano, –y le tomo la zurda por encima del redondo cenicero y que descansaba sobre su tórax– tocaron mi vientre, por debajo de mi ombligo y delicadamente de revés, recorrieron hacia abajo mi anatomía, hasta dar con el raso decorado de mi tanga, para descubrir que la tela apenas cubría mi monte de venus y bajo ella los recortados vellos púbicos. Pero por la mitad, por el surco de los placeres se agotaba la seda y quedaba mi vulva expuesta a la aventura de las yemas de tus dedos.

    Mariana me da la espalda un segundo. Recoge su coctel y bebe un trago. Gira el cuello mientras lo hace y me mira, sonrosada y sonriente. Deja el vaso casi exactamente donde lo tomó y continua recordando.

    —Pero te sobresaltaste al sentir que ellos tropezaban con algo duro que obstaculizaba el recorrido. De medio lado reclinaste tu cuerpo y me miraste sorprendido, con ganas de articular una pregunta que la punta de mi lengua, atrapada sospechosamente entre mis dientes, contuvo tu inquietud.

    —Me senté, y abriendo el compás de mis piernas, –contigo en medio de ellas– te atraje hacia mí, y agradecido con mi mejilla apoyada sobre la tersura de tu vientre, mis diez dedos oprimieron la carne de tus glúteos, imaginando la forma cilíndrica que te horadaba y la razón de su permanencia allí. Sí, lo recuerdo bien.

    —Apresada por la cintura entre tus brazos, me izaste sin esfuerzo al levantarte de la cama y nos besamos. Lo hicimos con ganas y en silencio perdonándonos. Rodeé tus caderas con mis piernas bien abiertas y de nuevo palpaste con yemas y uñas, el tapón acampanado y yo estando así, sentí que se me salía.

    Camilo cruza los brazos por detrás de su cabeza pero emite su característico gruñido de disgusto. Continua incomodo por la posición y retira el esponjado cojín. Cuidadosamente lo acomoda entre sus piernas y las mías, para terminar recargando la espalda contra el mediano cabecero y su cabeza contra la pared. En su mano zurda el vaso y en la diestra, un cigarrillo y su encendedor.

    —Cuando sentí que mis pies tocaban la lana de la mullida alfombra, me separé de ti para que observaras en mi cuerpo el resto del sexy conjunto. En mi pecho el brassier amoldándose al contorno de mis senos, con su transparentada tela apenas conteniendo la dureza de mis pezones. Y los besaste, chupándolos y dentellándolos con esmero y pasión sin retirar la tela. Me hiciste soltar un placentero quejido y preguntaste… « ¿¡El niño!?».

    — ¡Bien dormido!, te respondí. Pero aun así, decidiste dejarme allí e ir hasta su cuarto para confirmarlo. —Dos chispazos, y la flama alumbra su cara.

    —Lo comprobé y tranquilo me regresé hasta nuestra alcoba, excitado todavía. Yacías parcialmente desnuda, boca abajo sobre la cama. Mi boca recorrió la planicie de tu espalda, bañándola con besos densos, húmedos y bastante lentos. Mis manos se aventuraron por ambos costados, deslizándose hasta alcanzar tus caderas y te escuché gemir, mientras palpaba con deseo tus nalgas. Te las aparté tanto como podía y tú ronroneando, te mordías el labio inferior. Dirigí mis ojos hasta la raja abierta, deleitándome con la visión del tapón diamantado que ocultaba tu asterisco rosado.

    —Con cuidado, a caballo me monté sobre tus nalgas, apoyando las mías sobre tus corvas, y descansé mi verga tiesa y palpitante, justo por encima del plug y en la mitad de ellas. Apretaste con fuerza la sabana destendiendola, arrugada entre tus puños cerrados, y yo clavé con fuerza mis dedos venciendo la firmeza de tu culo. Hasta puedo recordar que pude sentir tus ganas de ser acariciada, expresadas al arquear tu espalda y elevar las caderas para presionarlas contra mi pene y mis güevas. Tomándolo con una mano, llevé de paseo mi glande por tu otra abertura, sin clavarlo en ella, dándole tiempo a degustar la textura suave de tus pliegues.

    — ¡La punta! —Me pareció escuchar que murmurabas con tu boca muy abierta babeando la almohada, y tu respiración… ¡Retumbando en ecos de pasión contra el colchón!

    — ¡Méteme la punta un poquitín, por favor! —Exclamaste de repente, acompañándolo con un jadeíto celestial y un mayor flujo emanando mientras te masturbabas, lubricando el ingreso al Edén de nuestros antojos. Te hice caso Mariana, y apoyé el glande justo a la entrada de tu vagina, ingresando un poco, sacándolo por completo después y de nuevo te lo metí. Lo repetimos rápidamente, apretando más tus piernas alrededor de él. Y clamaste por más, entre tanto yo suplicaba por contener mis ganas de traspasarte.

    —Me incliné sobre tu espalda de alabastro, para con algo de maña, texturizar con mis dientes tu cuello y marcar tu oreja izquierda. Excavaron mis manos en el terreno no tan denso, entre los hilos de lino y tu epidermis caliente, deseando encontrar en el centro de tus pechos aplastados, tus pezones escondidos. Al hallarlos te los retorcí, hasta que gemiste y elevaste tus caderas. ¡Tú culo besando mi pelvis!

    — ¿Quieres que te la meta? Te pregunté. ¿Recuerdas qué me respondiste, Mariana? —Me mira coqueta y respinga la nariz.

    —Quisiera que me piches, pero no. ¡No esta noche! Al menos no por ahora. Lo que en verdad quiero es que me des por el culo. ¡Saca esa mierda de ahí, ponte un condón y píchame por el «chiquito» de una puta vez! Ya no aguanto las ganas de que «culiemos» y me desvirgues por atrás. ¡Hazme tuya por favor!

    —Así es. Casi las mismas palabras pero sin la misma placentera entonación. —Mariana sonriente, se acomoda hacía mí. Estira la pierna izquierda y encarama la otra sobre ella. La tela no las cubre y el cojín tampoco nos separa.

    — ¡Como quieras, mi amor! —Te respondí, besándote la boca y tú, te apropiaste de mi lengua mientras mi mano acariciaba tu nalga derecha, para terminar cacheteando tus redondas carnes y de paso, concluyendo nuestro beso tras tu risueña queja por el ardor.

    —Me erguí sobre tus nalgas permitiendo que oscilaran hacia arriba tus caderas, y con algo de temor, entre mi pulgar, el dedo índice y el del medio, forcé hacia fuera el plug causando a su salida un ruido corto y seco. Te había descorchado. ¡Solo nos faltó el champagne para celebrar!

    —Un estremecimiento en tus hombros acompañó el escalofrió que noté en los poros de tus glúteos antes de que cayeras aliviada sobre la colcha. Pude observar en tu abertura y los pétalos rosa que decoran tu vagina, el brillante flujo que los lubricaba y me enardecí. Estiré mi brazo y mi pulgar presiono tus labios. Le permitiste la entrada y lo empapaste. Lo acerqué hasta tu estriado orificio y circulando sobre él, mojé la entrada. Y tu… ¡Respirabas nerviosa!

    — ¡Uhumm! Y segundos después, tus dedos alejados de mi clítoris, se compadecieron de mis ganas y penetraron con decisión dentro de mí, comenzando una rítmica secuencia, conocida y experimentada. Contuve la respiración y exhalé pausada, pues me llevabas acelerada a las puertas de un orgasmo deseado pero que me esforzaba por retrasar. Jadeabas ya por el esfuerzo, mientras mi omóplato era arrasado por el caudal de tu lengua, y mi nuca acalorada por tu aliento.

    —Un extendido gemido huyó de mi garganta, debido a la destreza con la que tus dedos me masturbaban. Escuchando el chapoteo en mi vagina fue demasiado placentero y la eternidad que planeaba disfrutar, se agotó en transitorios espasmos y la involuntaria elevación de mis caderas, más el incremento de corrientes eléctricas antecediendo lo inevitable. Tras el estruendoso clímax que me dejó agonizando satisfecha, en mitad de los últimos estertores, gemí dos veces intercalando groserías. Tras el primero dije tu nombre y antes del segundo… « ¡Jueputa, qué rico!», un verídico te amo se le atravesó.

    —De nuevo me estiré sobre tu espalda y aproveché la abertura reseca de tu boca para pasear dos dedos sobre el filo de tus dientes. « ¡Amor, chúpalos bien!». Sobre tu oído susurré. Te demoraste un poco en acatar mi orden. « ¡Vamos preciosa, empápalos bien!». Persistí y entonces reaccionaste, acatando sumisa mi deseo. Presioné sobre tu ojete, circulando alrededor y los hundí en tu ano sin apenas esfuerzo. Sentí en ellos la presión del rechazo inicial, para luego ceder la tensión mientras gemías y te acomodabas mejor.

    —Los hundí más pero enseguida los retiré. Gemiste nuevamente cuando volví a introducirlos hasta la segunda falange para forzar la dilatación de tu agujero, y en tu respiración agitada percibí el alto grado de excitación. La sensación en las yemas y nudillos al retirarlos lentamente, era demasiado excitante. Ya no temía hacerte daño, y mi pene dando pequeños saltos, encabritado deseaba penetrarte. Finalmente después de amasarte los glúteos y besar tus escondidos lunares, me puse en pie para buscar dentro del cajón de mi nochero, la caja de condones y el botecito de gel.

    —Apresurado me coloqué el preservativo, embadurnando el encauchado glande y el tronco de mi verga, al igual que froté tu ano esparciendo otro tanto. Colocaste una almohada bajo tu vientre y a dos manos te abriste las nalgas, tan entregada y dispuesta. Apoyé la cabeza y presioné. Empujé, gemiste y yo suspiré. Sentí como traspasé tu dilatado anillo y vi orgulloso como te entraba un buen pedazo.

    —Me agarraste con firmeza las caderas y me mordí el dorso de la mano izquierda. No entraba tan fácil como lo habían hecho tus dedos y por instinto alejé mis caderas de tu miembro, pero enseguida fui de nuevo con mi culo empapado en gel a su encuentro, y con esa sensación de desplazamiento tan agradable me relajé. Fui yo quien comenzó con movimientos suaves, cada vez permitiendo que avanzaras más.

    La palma de su mano izquierda, arrulla su cachete sonrosado y le arruga el labio inferior, otorgándole a su rostro un toque de espontánea inocencia angelical. Y sobre la tejida colina blanca de su muslo derecho, reposa el vaso con dos dedos todavía de su anaranjado coctel.

    —El grosor de tu verga expandía el interior de mi recto, milímetro a milímetro, y lo mejor era que, sin extremo dolor, lo estaba disfrutando. Por tus jadeos exageradamente faltos de aire, –tras aquel último envión– comprendí que igualmente te lo pasabas fenomenal. Llegar hasta el fondo era tu obsesión y al lograrlo te detuviste para decirme delirando lo mucho que me amabas, mientras tus manos plegaban en varias dunas, la epidermis de mis nalgas.

    —Retrocediste un poco. Hmmm, ¿O mucho? No podía medir los centímetros sin verlo, pero si sentir que lo sacabas hasta dejar adentro tan solo tu cabezota, para luego comenzar el vaivén acompasado, muy calmado, ingresando tu pene con precaución. ¡Pero te duro poco el sosiego! ¿No es verdad, mi amor? Aceleraste las embestidas y te dejaste llevar por la dicha del logro que los dos habíamos alcanzado. ¡Cada vez tus caderas se adelantaban y retrocedían más rápido! ¡Cada vez yo alzaba las mías deseándote con mayor lujuria! Y finalmente… ¡Felizmente culeada por mi marido!

    —Me detuve, cansado y sudando. Disfrutando de lo apretado de tu culo y evitando acelerar mi orgasmo tras escuchar tus gemidos. Me eché otra vez encima de ti para descansar y besar tu nuca. También para acompasar mi respiración con la tuya, mordiendo de paso tu hombro derecho. Tu saliva resbalaba por la esquina derecha de tu boca entreabierta, y voluntariamente circulabas tus caderas contra mi pelvis. Tus pechos olvidados por mis manos, recibieron de improviso en tus pezones, los pellizcos deseados.

    —Me apoyé en los antebrazos y exhalé al echar mi cabeza hacia atrás. Te sentí apartar tu pecho de mi espalda, más seguías con toda tu verga encajada en mi ano. Otra vez moví mis caderas contra tu pelvis, y en mi vulva descubrí la presión de la almohada. Aprovechaste mi contorsión para magrear con ganas mis tetas colgantes, empujándome un poco por el culo para sentir en las palmas de tus manos, el roce de mis pezones cuando por el vaivén, mis bubis se balanceaban.

    Mientras la escucho hablar, me sonrío al verla con las ventanas de sus ojos cubiertas por la desmaquillada piel de sus párpados, también con un gesto de felicidad y tranquilidad. La abertura de su bata, de cintura para abajo, muestra completo el muslo y oculta con el esparcido nudo, lo principal.

    —De un momento al otro, sentí tu mano entre mis piernas ahuecándose sobre los labios de mi vulva. Dos dedos apartaron mis pétalos internos, se enjuagaron con mis flujos y los mismos dedos se colaron, –navegando desde mi clítoris receptivo– por la encharcada entrada de mi vagina. Me sentí hervir por dentro y el clítoris duro demandando atención. Continuabas refregando tus dedos contra mis paredes, moviendo con tu otra mano mis caderas para que, clavada como estaba, me moviera a la par. Gemí y me hiciste aullar de placer cada vez más.

    —Necesitaba… Me urgía besarte los labios y saciar mi sed chupando tu lengua, pero tu boca estaba lejos y los ojos se me ponían en blanco tras cada embestida sincronizada de tus dedos saliendo y de tu verga ingresando. Y cielo… –Camilo entorna su mirada y plácido asiente sin saber qué le voy a decir. – La cabeza no se me sostenía, no daba más y mis muslos tensionados no acababan de ayudar. Y así, me fui viniendo, desde algún puntito en la planta de mis pies, hasta extenderse por mis piernas, anclando su fervor, palma y cuarto distanciado de mi ombligo, y muy dentro mío, sintiendo tu pene más grueso, deliciosamente palpitante y con tus dedos jugueteando dentro de mí, alterando mi frecuencia cardiaca.

    —Me arrancaste un tremendo orgasmo por la vagina y la jamás imaginada sensación de placer por atrás, logrando que mis músculos se tensaran al comienzo y relajaran al final. La fuerza en mis antebrazos flaqueó y mi cuerpo cayó sobre el colchón, con mis nalgas elevadas por la almohada y temblorosas las piernas, pero abiertas para ti en su máxima expresión. Respiraste muy fuerte, empujaste hacia dentro a la vez y te sentí expulsar tus goterones, echando segundos después tu cuerpo sobre mí.

    —Te sobé la nalga izquierda, luego acaricié el costado y besé el hélix de tu oreja para detener mi boca sobre tu sien, sin sacártela por completo, pues tal vez por la novedad « ¡Tú cosito!» envalentonado, no pretendía por lo visto, desinflarse y dormitar.

    —Giré entonces hacia mi derecha el cuerpo, y el tuyo a la par, con mis dedos como arpones, atenazando tú culo por si se te daba por escapar. Pero no, no fue así. Izaste tu pierna izquierda, doblándola y colocando el talón sobre mi rodilla, para enseguida menear tus caderas, de adelante para atrás con delicadeza, sacando de tu recto por el movimiento, mi verga hasta más de la mitad. Y volvías a penétrate, disfrutando lentamente de cada centímetro de mi pene nuevamente tieso. Pero el caucho no ayudaba con su resequedad. Lo terminé sacando pese a tus ruegos e intentos por evitarlo. Me retiré el condón y dejándolo tirado a un lado de la cama, me unté con mayor porción de gel y ante tu mirada complaciente, casi que necesitada, me recosté de medio lado y dirigí mi ariete hasta tu dilatado pero angosto y estriado ano.

    —Respiramos fuerte, y con fuerza comenzamos a embestirnos. Tus caderas de para atrás, cuando sujetándolo con mi mano, el glande se te incrustaba moviéndome para adelante. Nos mantuvimos así, zarandeándonos acompasados por un largo tiempo, besándonos mucho, amándonos bastante y respirándonos muy fuerte. ¡Yo jadeándole a tu oído y tú, gimiéndole al edredón!

    El torso de Mariana se desplaza para alcanzar de su mesa de noche un cigarrillo, y al hacerlo la tela de pulcro algodón, imprudentemente se le abre y libera una de sus tetas. Al enderezarse la desnudez de la derecha me la exhibe sin pudor. Se me muestra la rosada areola y claramente excitada, mis ojos se clavan en su endurecido su pezón. Al igual que su par de ojos turquesas se fijan en la mitad de mi bata, pues se yergue por debajo la granítica dureza y longitud de mi falo, al recordar lo que hace muchos meses, en nuestra pasada primera vez, él lo disfrutó.

    — ¡Te escuché gemir y gruñir! —Me dice mientras aspira al alcanzar con la punta de su cigarrillo, la llama que le ofrezco con mi encendedor.

    —Perdiste mi ritmo y yo la cabeza. Dejé que tus caderas se movieran solas, culeandome velozmente y con fiereza. ¡Con más intensidad y mayor rapidez! Igual de desesperada, llevé mi dedo índice hasta el huérfano clítoris y lo rocé. Lo presioné, lo rodeé de mimos y de mis flujos. Mis caderas tomaron un ritmo similar al de tus embestidas, con tu mano izquierda sobre mi nalga, dirigiendo concienzudamente la orquesta de nuestros jadeos y gemidos, controlando la vocalización de la conversación entre mi ano lubricado y tu pene embravecido. Y coreando agradecido por nuestra exitosa primera vez, el chapoteo de mis lubricantes emanaciones al masturbarme. ¡Hasta que me invadió otro orgasmo y a ti el inconfundible mareo de tu segunda venida, esta vez directamente dentro de mí!

    —Seguías penetrándome muy fuerte y mi culito ya empezaba a dolerme. Sin embargo se me entrecortó la respiración y te rogué para que machacaras con tus dedos el pezón que encontraras más a la mano. El derecho fue el elegido y me hiciste tan fuerte que grité por el dolor. Ya me llegaba y apresuré la presión y el justo roce sobre mi botoncito del placer. Gemí junto a la explosión, pero tu mano sobre mi boca acalló el grito de pasión. Empujaste entonces con mayor fuerza, como si quisieras metérmela con todo y tus pelotas, a pesar de que yo sabía que tu verga había tocado fondo.

    —Entrelazamos nuestras manos y nuestros dedos se apretaron. Tu vientre se contrajo y tus piernas al igual que las mías se tensaron. Te escuché resoplar, gruñir y quejarte placenteramente, tal cual lo hacía yo, en el mismo instante, compartiendo contigo nuestro realizado sueño. Alcancé el clímax, un segundo después de sentir como regabas tu semen dentro del intestino.

    — ¡Me gustaría brindar contigo! ¿Podemos? —Le pregunto a Camilo, con la esperanza de no ser rechazada.

    — ¡Bueno, puede ser! Brindemos por los bonitos recuerdos. Esos qué cómo has escuchado, tampoco los he olvidado y tienen para mí, la importancia que tu creíste que no le había otorgado.

    Mariana se ladea, la fuerza de gravedad actúa y la tela cae cubriendo la redondez de su seno, y en su mano sostiene el vaso de cristal, sin darle importancia al gesto de disgusto que surge en mi rostro, al verme privado de continuar admirando el buen trabajo del cirujano y por lo mismo, aguantándome las ganas de lanzarme sobre sus tetas para amamantarme.

    — ¡Salud! ¡Por el chiquito! —En broma le respondo y choco con el borde del mío, la mitad de su vaso anaranjado.

    — ¡Salud! ¡Por tu cosito que me desvirgó! —Le contesto con media sonrisa y nos quedamos en silencio después de libar.

    —Fue una experiencia inolvidable, placentera y tan extenuante que tan pronto terminamos de ducharnos, –le confirmo a Camilo lo que sucedió a continuación– mientras te encargaste de cambiar las sabanas y arreglar la cama, yo bajé a la cocina para servir dos vasos de leche tibia y adicionarle a cada uno, una copita de Brandy. Solo que cuando ingresé a nuestra alcoba, ya dormías profundamente. Y sin embargo me sentí feliz aquella madrugada. Por ti, por mí, por lograr realizar nuestra fantasía y entregarte finalmente algo mío, exclusivo para ti.

    — ¡Si claro, cómo no! —Me responde quisquilloso, destrozando este momento tan bonito e íntimo. ¡Reapareciendo en Camilo su vacilación!

    —Recostada a tu lado, analicé lo ocurrido conmigo, y le abrí la puerta a su mirada apagada cuando nos despedimos al anochecer. Pensé entonces en cómo debería de llevar desde ese momento en adelante, mi nueva relación con él, mientras dormías tiernamente, arrunchado contra mi costado. Porqué yo, cielo, sentí que ejercía cierto poder sobre José Ignacio y tan solo faltaba encaminarlo hacia mis dominios. Buscarle un espacio entre mi diario transcurrir y conseguirnos tiempos diferentes, sobre todo sigilosos y a partir de ahí, imponerle mis condiciones, logrando que ciegamente me obedeciera en todo y así, podría él disfrutar conmigo de su anhelo, teniendo sexo conmigo y por mi parte, mantenerlo alejado de los merodeos, –como gata en celo– de K-Mena.

    —En nuestro hogar debería seguir todo igual, sin mayores cambios de mi parte, pero sí, los tuve y se fueron incrementando sin percibirlos. Créeme que no pretendí imponerme, mucho menos fastidiarte. Por ello convinimos no asistir a más fiestas de la constructora o reuniones de mi grupo de compañeros, juntos. Y cielo, aún sigo creyendo que hicimos lo correcto, que ambos tomamos la mejor decisión. Dejé de sufrir al no tener que ver tu cara de molestia o esa sonrisa disfrazando tu justificado enfado, tras las chanzas y bromas pesadas que acostumbraba a hacerte José Igna…

    — ¿Y a él? A ese hijueputa Don Juan de vereda… ¿También se lo diste a probar?

    — ¿Qué estás diciendo? ¡No pasó así! Fue natural y exclusivamente tuyo durante mucho tiempo. Por más que me insistieron, no cedí a sus pretensiones. ¡Hasta el final no claudiqué! Pero sí, tengo que reconocerte, que unos meses después, artificialmente a una mujer se lo entregué. Y no mi vida, no fue con la misma que imaginas. No repetí con ella por más que lo intentó. ¡Me lo hizo otra mujer!

  • Casa de playa familiar

    Casa de playa familiar

    Este verano mi familia rentó una casa de playa para pasar las vacaciones. Éramos 5 en total: mi tía, mi tío, mi mamá, mi papá y yo. Todos rondan los 40 años excepto yo, que tengo 20.

    Sería un plan familiar divertido a la par que relajante, la casa solo tenía una puerta, la principal, el resto de habitaciones estaban divididas por cortinas bastante finas.

    Al llegar a la casa fue todo tranquilo, nos alojamos y guardamos nuestras cosas. Almorzamos y jugamos cartas en familia. Cabe recalcar que mis tíos estuvieron muy cariñosos durante todo el día. En ocasiones se iban a la cocina y regresaban riendo y con las caras rojas.

    Después de cenar y acostarme en mi habitación, me puse a ver una película en mi celular para poder dormir mejor. Después de acabar la película fui al baño a orinar para ahora si, dormir. Pero al salir del baño escuché unas risas que venían de la habitación de mis tíos. Entre risas podía escuchar a mi tío describiendo el sensual cuerpo de su esposa y haciéndole cosquillas.

    Pensé que era solo eso hasta que mi tía empezó a soltar pequeños gemidos, tuve una erección al instante y solo hice lo que cualquiera hubiera hecho en esa situación: fui a espiarlos.

    Estaban cogiendo en misionero y mi tía no sabía como aguantar mas los gemidos, su esposo se movía como un animal y no se detenía en ningún momento. Lo único que silenciaba sus gemidos, eran unos besos apasionados que pausaban la situación.

    Mi tío estaba casi gimiendo de lo fuerte que estaba moviéndose en la vagina de su esposa. Pocos momentos después, ambos se corrieron y gimieron mas fuerte aún. Siguieron besándose y abrazándose como demostrando su amor ante su bajas pasiones.

    Una vez terminado ese acto, me di la vuelta con el pene aún erecto, solo para darme cuenta de que mi papá estaba atrás mío. Pensé que me iba a regañar pero solo me dijo «Vaya, ¿a ti también te excitó? Jajaja ¡anda a dormir, maldito mirón!». A él también se le había parado por escuchar los fuertes gemidos, pero eso quedaría entre nosotros dos.

    A la mañana siguiente mis tíos bajaron como si nada hubiera pasado anoche. Pasamos toda la mañana viendo películas en familia. Hasta que al anochecer fuimos a acampar a la playa.

    Las parejas tenían su tienda de campaña y yo la mía propia.

    Mis tíos y mi mamá fueron al mar y yo me quedé con papá en la arena. Paso un rato de silencio hasta que me empezó a hablar de lo de anoche, yo intenté disculparme, pero él me dijo que estaba bien. Dijo que cuando vivía en el campo de joven, espiaba a sus tíos, padres y abuelos, cogiendo. Era su hobbie y solo vivía para eso.

    Me quede sorprendido un momento pero luego entendí de quién había heredado el gusto por el voyeur.

    Luego de cenar, cada uno se fue a su tienda de campaña y yo comencé a masturbarme. Por alguna razón me excitaba pensar en lo que papá había visto en su juventud, mis abuelos y tíos abuelos teniendo sexo.

    Pero de todas formas no tenía que esforzar mucho mi imaginación. Al cabo de un rato empecé a escuchar a mi mamá gemir, mis padres estaban cogiendo dentro de la tienda de campaña, y luego de eso mis tíos también comenzaron.

    Yo solo empecé a masturbarme mas fuerte y mas fuerte. Pero lo mejor estaba por venir.

    Mis papá y mi tío comenzaron a discutir y escuchar quien hacia gemir mas a su mujer. En un momento dado los machos se llevaron a sus hembras afuera de las tiendas. Yo solo abrí un poco mi tienda para ver ese espectáculo.

    Era una escena demasiado excitante, las mujeres también competían y hasta exageraban los gemidos solo para hacer quedar bien a su hombre.

    Yo decidí salir de mi tienda para ver mejor y los cuatro ni se inmutaron.

    Siguieron cogiendo un rato mas hasta que se vinieron. La arena de la playa se llenó de semen y sudor. Todos reímos y nos fuimos a dormir. Yo me masturbe dos veces mas antes de quedar dormido.

    En la mañana, me desperté con algo me dejo desconcertado. Volvieron los gemidos pero esta vez al salir me encontré con las parejas intercambiadas. Mi tío estaba penetrando a mi mamá y mi papá a mí tía.

    No podía creer lo que estaba viendo, sobre todo porque ambas parejas siempre fueron muy estables. Pero mi a mi erección no le importó. Me masturbé frente a ellos e incluso mi mamá y mi tía me miraban el pene con ganas. Los hombres penetraban duro por detrás y las mujeres se acercaron hacía mí.

    Empezaron a chupármelo rico pero temblando por los penes que les estaban entrando. Desconocí a mi mamá, mientras chupaba era una puta y mi tía igual. Los hombres se corrieron porque ya llevaban un rato largo ahí dándoles.

    Al final los dos se tiraron a mirar como sus esposas me la chupaban. Me corrí demasiado, jamás había sacado tanto semen. Mi mamá y mi tía se lo comieron todo y nos fuimos.

    Mientras volvíamos hicimos un trato, nadie podía hablar de esto jamás y que no volvería a pasar. Las mujeres decían que eso solo había sido para demostrar que éramos una familia unida. A los hombres nos dio risa ya que en lo último que pensamos al tener sexo es en «familia unida», pero les dijimos que sí a todo para que estén tranquilas con su conciencia.

    Hoy en día la relación con mi familia es completamente normal. El único que cambio fue mi papá, a veces me cuenta las cosas que hace con mamá. Y a mi tíos no les importa si voy a visitarlos y están desnudos.

    Pero nunca volvimos a tener sexo.

  • Sin saber a quien te coges

    Sin saber a quien te coges

    Escuchar una voz conocida mientras un extraño te está cogiendo, solo aumenta el morbo y la excitación.

    Yo suelo ir a las sex shops en la Ciudad de México; ver los juguetes y la mercancía. Los hombres creen que las mujeres no nos excitamos, que el sexo es algo que los hombres hacen que deseemos; pero, también nos excitamos y nos mojamos, como ellos tienen una erección; aun teniendo pareja, hay días que mi vagina se moja y necesito masturbarme para tranquilizarme.

    Pero, a veces masturbarme no es suficiente y las cabinas de las sex shops son la mejor manera de relajarme.

    Una ocasión, estaba yo en la sex shop, me sentía ansiosa y necesitaba relajarme.

    Entré a una de las cabinas, la pantalla mostraba a un hombre negro desvirgando a una mujer; ella gritaba y gemía, mientras el hombre bufaba y sudaba, su cara reflejaba el placer de una vagina apretada.

    Me bajé el pantalón y comencé a masturbarme. De repente, una verga larga y grande apareció por el hoyo del placer. Me acerqué y empecé a masturbarlo. Deje de poner atención a mi película y me concentré en aquel falo. Líquido preseminal comenzó a salir, no pude evitar tomarlo con la punta de mi lengua; su sabor salado, fuerte, me decía que tenía mucho tiempo sin eyacular.

    Al sentir mi lengua, el hombre tembló y emitió un gemido; se comenzó a mover, cogiéndome la boca, mientras repetía “así, chúpalo bien.”

    Mi corazón latió más rápido, mi vagina dejó salir una gran cantidad de jugo; yo conocía esa voz. Lo masturbé con la mano, traté de ver su cara por el orificio; temblé de excitación al reconocerlo; era mi tío, el hermano de mi madre, el hombre que me había bautizado; estaba allí, gimiendo mientras mi mano lo masturbaba.

    Un orgasmo me llegó tan sólo de tocar mi clítoris; su falo manaba líquido preseminal, llenando mi mano. Me acomodé y traté de enterrarme esa verga; poco a poco me la fui introduciendo; él, al sentir que me penetraba, bufó más fuerte; trataba de detener la eyaculación para disfrutar del abrazo caliente del orificio femenino.

    Ese falo dentro de mi, prolongó e intensificó mi orgasmo; el oírme gemir, lo excitaba más. Al sentir que se ensanchaba dentro de mi, a punto de venirse, pegue mis nalgas lo más posible al agujero del placer, el frío de la pared solo aumentaba mi placer.

    Las inyecciones de leche de hombre llenaban mi interior, era mucha leche, podía yo sentir como trataba de escurrir por mis muslos, pero su verga era tan gruesa que sellaba mi entrada; después de algunos chorros, él bombeo un poco, exprimiendo el semen que aún tenía en la verga y empujando aún más dentro lo que ya me había inyectado.

    El placer que sentí, me hizo despegarme y limpiar con mi boca ese falo que me había hecho enloquecer; era delicioso el sabor de su semen mezclado con mis jugos, aún recuerdo ese sabor y me vuelvo a excitar.

    Al terminar, se retiró sin decir nada, sólo se fue.

    Ha pasado el tiempo, lo veo en reuniones familiares; me saluda con el mismo cariño; yo lo veo y recuerdo el placer que me dio sin darse cuenta.

    Nunca sabrá que se cogió a la niña que llevó a bautizar.

  • Mi suegra es mi mujer (capítulo 2)

    Mi suegra es mi mujer (capítulo 2)

    Al regresar a la casa en la noche, ella me esperaba. La casa estaba limpia y la mesa estaba puesta. Lucía unas sandalias de tacones, una lycra blanca muy estrecha que transparentaba su tanga verde, una blusa escotada sin brassier, y estaba perfectamente maquillada. –Mi amor, ¿quiere que le sirva la cena? –me preguntó amorosa.

    Yo asentí, un poco confundido. Ella me sirvió un delicioso pollo con verduras y una copa de vino.

    Mientras comíamos, las miradas iban y venían. Las de ella estaban llenas de amor y lujuria, pero las mías revelaban confusión y vergüenza. Ella lo notó y me dijo –Papi, lo de anoche es lo que tenía que pasar. Yo crie a mi hija para que fuera una buena esposa, pero después de lo que pasó con ella, yo me siento avergonzada y quiero reponer el daño que le hizo.

    Usted es un buen hombre y merece que una mujer lo trate bien. Si mi hija no pudo hacerlo sentir bien, yo quiero compensarlo y hacerlo sentir bien.

    Yo no sabía que decir. Solo le di las gracias por la rica cena, mientras ella sonreía y recogía los platos. La miré mientras lavaba los platos, se veía tan sexy en esa lycra apretada que había encontrado entre las cosas de Estrella. Era obvio que la había escogido a propósito.

    Al terminar, me fui a la sala, con la intención de ver televisión, pero ella me siguió de cerca y me quitó el control remoto de las manos. Se sentó en el sofá, a mi lado, sentada sobre una pierna como una adolescente. Me miró a los ojos y trató de disipar la confusión. –Mi amor, yo soy una mujer mayor y casada, pero yo sé lo que quiero. Estoy aquí por que quiero. Yo entiendo que tu eres un hombre joven y que después de lo que te hizo la zorra de Estrella, estás en tu derecho de buscarte cualquier hembra que quieras. Yo no me voy a meter en eso, si tú quieres buscarte una mujer, yo lo voy a respetar, pero mientras estés solo, tú tienes que saber que me tienes a mi –me dijo con toda claridad, y después agregó con picardía – …para lo que tú quieras.

    Su lycra blanca dejaba ver el calzón verde que tenía debajo, cubriendo la deliciosa vulva que había traspasado la noche anterior y eso no me dejaba tranquilo. Ella me preguntó si quería vino y yo asentí, así que ella tomó un sorbo de su copa y acercó su boca hasta mis labios. Abrí la boca y la besé una vez más mientras escupía lentamente el licor dentro de mi boca.

    Poco después ya estaba acariciando sus hermosas y grandes tetas mientras miraba extasiado sus pezones oscuros y erectos. Buscaba mi verga con sus manos suaves y traviesas, me la frotaba por encima del pantalón y disfrutaba de sentirla tomando su tamaño completo. Le quité la lycra con desesperación y ella aprovechó para mostrarme su culo grande y firme. Se inclinó para que yo apreciara el calzón y la forma en que desaparecía entre sus nalgas. Yo traté de levantarme del sofá para besárselas, pero ella me empujó mientras se arrodillaba entre mis piernas. Me desabrochó el pantalón y se apoderó como poseída de mi picha dura. La mamó con pasión mientras yo acariciaba su cabello y me relajaba.

    Después de unos minutos, se levantó, se quitó la tanga a la carrera y se subió encima de mi regazo mientras hundía su lengua dentro de mi boca. Lo próximo que sentí fue el placer intenso de mi glande deslizándose dentro de su húmeda vagina. Sentí un escalofrío delicioso y cuando abrí los ojos pude ver los suyos ávidos de placer. Se detuvo un minuto mientras retenía mi miembro erecto dentro de su rico y experimentado bizcocho. –Papi… Mi vida, esta noche es nuestra, vuélvete loco y gózame. Acuérdate que no solo soy tu suegra, ahora también soy tu mujer.

    El resto de la noche fue una orgía de sexo descontrolado.

    Culeamos como quinceañeros en celo en todas las posiciones y de todas las formas en que se nos pudo ocurrir. La violé salvajemente en cuatro patas, como a una perra. Le hice el amor tiernamente en posición de misionero mientras ella gemía delicadamente. Hicimos un delicioso 69 que duró lo que pareció una hora. Nos mamamos mutuamente los genitales sin prisas pero llenos de deseo. Nos levantábamos desnudos por la casa buscando una copa de vino para hidratarnos para luego continuar con las caricias, los besos, las mamadas, las penetraciones.

    Pasada la medianoche, nos sentamos agotados a recuperar la respiración en el sofá. Doña Marcela me miró con complicidad, despeinada, con el maquillaje corrido y cubierta por una fina capa de sudor. Por alguna razón se veía increíblemente hermosa y deseable. Me preguntó con un sonrisa –Dime papi, ¿te gustaba cogerte a Estrella por el culo?

    Yo me ruboricé un poco, tanto por la pregunta cómo por la respuesta sincera que tuve que darle –La verdad suegrita, es que su hija nunca dejó que me la cogiera por el culo. –¿Cómo es eso? –me preguntó riendo un poquito. –Así como lo oye. Yo lo intenté varias veces, pero ella decía que no le gustaba, que le iba a doler, que eso era una cochinada de maricones. –¡Esa niña boba no sabe lo que es rico! –rio mi desnuda y hermosa suegra.

    Lo próximo que hizo fue llevarme a su habitación. Se sentó en la cama y mientras yo permanecía de pie, me chupo la verga una vez más hasta que la puso tiesa como un mástil. Sacó un frasco de vaselina de la mesa de noche y me untó la picha generosamente. Luego se arrodilló sobre la cama y me dijo –Date gusto mi vida, tu suegrita te va a enseñar de lo que te has estado perdiendo.

    Se inclinó hasta apoyar las tetas sobre la cama y me ofreció sus nalgas hermosas. Pude ver su ano ensancharse un poquito, invitándome a penetrarlo. Apoyé el glande contra él y respiré profundo antes de empujar la verga lentamente hasta hundirla hasta los testículos. Ella pegó un grito salvaje que me dejó congelado. Pensé que le había hecho daño y no quise moverme, pero ella se volteó sonriendo con malicia – ¡Cabrón, que cosa más rica! ¡Amo tu verga yernito!

    Ahora dame duro. Imagínate que soy la cabrona de Estrella y desquítate.

    Le hice caso y empecé a bombear su esfínter apretado y delicioso. Metía y sacaba mi verga lubricada de ese hueco delicioso mientras sentía un placer increíble. Doña Marcela gemía y gritaba totalmente entregada mientras el marido de su hija le daba verga por el culo.

    Finalmente, el placer se condensó en una eyaculación poderosa y liberadora. Grité de satisfacción mientras la última gota de mi leche se le hundía profundo en el recto.

    Caímos rendidos y nos abrazamos desnudos mientras nos dábamos besos y caricias de agradecimiento mutuo. –Papi, cielo, quiero que me agarres por el culo cada vez que quieras. Yo no soy la pendeja de Estrella. Soy tu perra y tu puta y disfruto que me lo hagas saber.

    Después de esa noche, nuestras vidas cambiaron. Mis dudas desaparecieron y me sentía feliz, tranquilo y profundamente satisfecho. La vida se volvió más doméstica y rutinaria, pero de una manera deliciosa.

    Yo regresaba del trabajo lo más temprano posible y nos entregábamos al placer. Ella se preocupada de que la encontrara fresca y maquillada y siempre vistiendo las ropas más vulgares y deliciosas que podía conseguir, cosas que nunca antes le vi usar mientras la conocí simplemente como la respetable madre de mi esposa.

    Doña Marcela mantuvo sus cosas en la habitación de visitas, pero la verdad es que casi todas las noches dormíamos juntos, desnudos y abrazados en donde nos alcanzara el clímax y el agotamiento, a veces amanecíamos en mi cama matrimonial, la misma que compartí con Estrella, a veces en su cama y a veces tirados en la alfombra de la sala. Muchas madrugadas después de un sueño ligero, nos levantamos el uno al otro para disfrutar de una última culiada antes de que saliera el sol.

    Uno de esos días, después del trabajo, me sorprendió con una adquisición diferente: había mandado instalar los canales para adultos en el cable. Mientras estuve casado con Estrella, nunca puede ver pornografía a gusto. A veces entraba por Internet a alguna página en el taller, pero la cosa no pasaba de una calentura.

    Ese día, en cambio, mi suegra me sirvió un whisky, me quitó el pantalón, y se sentó a mi lado con el control remoto en una mano mientras buscaba los nuevos canales. Pasó varios hasta que encontró uno en el que una pareja de lesbianas se besaba apasionadamente antes de consumirse en un delicioso 69. –¿Te gustan éstas, papi? –me preguntó con morbo.

    No contesté, pero ella pudo sentir un ligero respingo en mi verga. La tomó con su mano y procedió a frotarla lenta y maravillosamente. Yo tenía los ojos clavados en la pantalla, pero ella alternaba entre mirar la TV y mirar la verga erecta que masturbaba. –Están buenas esas hembras ¿verdad? Mira que rico se chupan. –comentó mi suegra.

    Yo solo sonreía y disfrutaba. Minutos después apareció en pantalla el novio de una de las chicas, sorprendiéndolas en pleno acto. Se desnudó y su gran verga de actor porno pronto estuvo bombeando salvajemente a una de las actrices mientras la otra lo besaba con pasión. –Que rico eso papi. –exclamó doña Marcela. –Me gustaría mucho verte darle verga a una hembrita así, en vivo y a todo color.

    Mi verga se endureció aún más, si eso era posible, y poco después soltó un poderoso chorro de semen para deleite de mi suegra, que miraba y sonreía, satisfecha de haberme hecho eyacular entre sus manos.

    Los días pasaron y mi relación con mi suegra se solidificó hasta el punto en que no me imaginaba la vida antes de que llegara a mi casa. Todo era perfecto y placentero. No sé qué le dijo al gringo, pero sus cosas aparecieron en mi casa y no se volvió a separar de mi.

    Todo era como debía ser hasta que un buen día, cerca de cinco semanas después de ese maravilloso día en que Estrella me abandonado, me encontré con una sorpresa al llegar del trabajo.

    Mi suegra me recibió en la puerta, con un beso como siempre, vestida en falda y una blusa de seda transparente que dejaba ver claramente su brassier, un poco pequeño para contener sus grandes y hermosas tetas.

    Ahí, en medio de la sala, estaba Estrella.

    Sentí un horrible golpe en la conciencia que me sacaba de mi paraíso. Mi esposa estaba parada allí, con un mal corte de cabello en una melena rubia mal teñida. Estaba ojerosa y pálida y vestía un jeans viejo que le quedaba grande y una sweater fea de lana. Me miró como un cachorro desamparado y por un instante sentí lástima.

    Pero tan pronto mi asombro pasó, me invadió una horrible sensación de rabia y asco. Ahí estaba la mujer que me había abandonado. La que me había dejado por un hombre al que había juzgado mejor que yo.

    Un millón de cosas me pasaron por la cabeza, pero la única que no me pasó fue preguntarle que le había pasado. Por su facha era obvio que su nuevo “amor” la había tirado a la calle con la misma facilidad con que la recibió. –Esta ya no es su casa –le dije con firmeza.

    Ella me miró a punto de llorar y me dijo –No tengo a donde ir –mientras daba un paso hacia adelante. Yo di un paso atrás y le hice una señal para que se detuviera. No la quería cerca. –No hay lugar para usted en esta casa. Usted la dejó por su voluntad y ya no hay sitio para usted.

    Mi suegra, que miraba desde atrás se acercó. La tomé por la cintura y le planté un beso en la boca mientras mi esposa miraba con la boca abierta. Trató de decir algo, pero mi suegra la detuvo furiosa –¡Cállese, puta! El día en que se fue, las cosas cambiaron en esta casa.

    Después de eso, le largó un sermón tremendo que me dejó frío. Le reclamó su pecado y le dijo con todas las palabras que había abandonado a su esposo por otro hombre y que no tenía ningún derecho a reclamar nada.

    Yo me aparté un paso y vi como Estrella se ahogaba tratando de justificarse pero no pudo más que lloriquear en su sitio.

    Mi suegra dio media vuelta, respiró, se compuso, y se me acercó. Me dijo en voz baja –Me alegro de que mi hija no esté muerta, pero no me alegro de que haya regresado.

    Pero esta es tu casa mi amor, y puedes hacer lo que quieras –y se fue para la cocina.

    Después de eso, quedé solo con Estrella en la sala, viéndola lloriquear y mirándome como buscando que la perdonara. Pero no pude. –La única forma en que se puede quedar es que se calle la jeta y entienda que usted y yo ya no vamos a ser lo que fuimos. –le dije con la firmeza que me faltó cuando le permití salirse con las suyas tantas veces.

    Mi suegra regresó y le dijo en mal tono a Estrella –La cena está servida.

    Ella titubeó. No sabía que hacer, pero estaba hambrienta y asustada de volver a la calle. Siguió a la mamá hasta el comedor y se sentó gimoteando pero sin decir palabra.

    Doña Marcela nos sirvió y comió en silencio. Yo mordisqué la comida, pero había perdido el apetito. Y me retiré a mi habitación.

    Poco después entro mi suegra –La acomodé en el cuarto de visitas y le advertí que si reclamaba o si jodía por algo la ibas a echar.

    Esa noche violé a mi suegra con rabia y con amor. No quería que la intrusa de mi esposa se interpusiera entre nosotros, que arruinara el paraíso que doña Marcela había armado para mí. Después de la vigorosa culiada nos acostamos desnudos y abrazados como muchas noches antes, y le hice saber a mi suegra que no quería que Estrella se quedara si eso significaba sacrificar nuestra relación. Ella no me dijo nada, pero me durmió entre besitos y caricias.

  • La reunión (capítulo I)

    La reunión (capítulo I)

    Mientras miraba el salón, notaba como este tipo de ambiente cada vez me gustaba más, reuniones con amigos, con música, tragos y risas, pero aun así, seguía siendo un agradable. Mi esposa llegó tomada de mi mano, al saludar a Óscar y Natalia, como siempre, pude notar lo bellas que son nuestras mujeres, mientras Alejandra vestía una falda moderna, junto a unos tacones elegantes, Natalia a pesar de vestir holgada y con pantalones anchos, no dejaba de verse sexy.

    -Vengan, pasen. Estamos esperando a Carla y Santiago, unos compañeros antiguos de la universidad, ¿Los recuerdas Richard?

    -Si, claro. -Respondí- aún no paso creer que esos dos estén juntos, con ese tipo de personalidades. Mientras nos sentamos en su la sala de estar, Oscar se ríe y recuerda.

    -Yo tampoco lo sé, Carla siempre ha sido una mujer tan extrovertida y ha disfrutado tanto de la lujuria que imaginar a Santiago en esa situación, siendo tan tranquilo me despierta interés, pero como te digo, deben estar por llegar, hoy quizás podamos averiguarlo -dijo Óscar con una sonrisa interesada en su rostro-.

    Mientras Alejandra y Natalia conversaban sobre nuestros trabajos, Carla y Santiago ya tocaban el timbre de la puerta, Carla no había cambiado absolutamente nada, seguía teniendo la misma cintura delgada, unos senos ahora más grandes y un culo que no podía ser más simétrico y jugoso, Santiago de manera sorprendente se veía muy bien, a sus 38 años parecía de 30, -vaya vida relajada deben llevar estos dos- dije a Alejandra, que no quitaba la vista de los nuevos invitados, no la culpo se veían muy bien.

    Carla haciendo un gesto de claro aburrimiento dice. -Vamos a jugar yo nunca, pero esta vez no solo basta con beber si lo has hecho, sino que tienes que describirlo.

    -Al fin algo bueno -dijo sorprendentemente para Óscar y para mí Santiago.

    -Ok, parece divertido – sin esperarlo dice Alejandra.

    -Ok, yo nunca he estado pensando en mí pareja mientras estoy en el trabajo -comenzó Carla-. Todos bebimos

    -Yo nunca he bebido y me emborrachaso antes de ir al trabajo -dije-. Todos bebieron y así continuó el juego de manera tribal, hasta que todos quedamos anonadados con Santiago.

    -Yo nunca he tenido sexo delante de otras personas. Ese giro del juego fue tan inesperado que todos nos miramos incrédulos, pero lo aceptamos al estar ya con varias cervezas en el organismo. Lo que no me esperaba, era que Santiago bebiera, y que Alejandra también, Natalia, Oscar y yo no podíamos estás más sorprendidos, sobre todo porque noté la cara de interés que le clavó Carla a mi mujer.

    -A ver, ahora tienes que contar.

    -Carla, no creo que sea apropiado -dijo Alejandra mientras sonreía.

    -Un juego es un juego -Dijo Santiago mientras no cabía más incomodidad en mi ser-. Alejandra me miró buscando mi aprobación y la verdad, era peor decirle que dejáramos de jugar.

    -Bien, estamos en confianza, antes de conocer a Richard salía con un muchacho italiano que estaba de intercambio un día mientras estaba en su auto hundiendo mi rostro en su pene castigando mi garganta -¿Qué es esto? Alejandra no es que sea una santa, pero no había imaginado que pudiera hablar así frente a otras personas- me levantó la cara de su pene halando mi pelo y me dijo que volteara la mirada, cuando vi, en la ventana del carro estaban dos de sus amigos viendo todo, en ese momento me sentí incomoda, pero cuando me volvió a tomar del pelo, me escupió la boca y me siguió taladrando la garganta, mi culo estaba comenzando a ser manoseado por sus amigos, hasta que sentí que habían comenzado a acabarme en las nalgas, esa sensación de semen caliente e inesperado me excitó tanto que comencé a comerle el pene a mi novio con tanta agresividad que sentí que empezaba a acabar, antes de que lo hiciera volteé mi mirada, vi a sus dos amigos con los ojos abiertos mientras Armando me llenaba la cara de semen.

    Óscar no sabía que hacer, sentía incomodidad ajena, Natalia a pesar de prestar especial atención al relato de Alejandra, volteó a mirarme con sensación de alguien que mira con lástima, Santiago y Carla no dejaban de clavar su mirada en Alejandra, mientras ella dijo que iba por más cervezas, yo sólo pude ver qué todos centraban su atención en mi.

    -Bueno, al menos ya no estamos aburridos, dije con un nudo en el estómago.

    Continuará.

  • Me culeé a dos hermanas el mismo día

    Me culeé a dos hermanas el mismo día

    Era cerca de mediodía. Me puse una pantaloneta deportiva, una camisilla, una gorra y salí del apartamento. Caminé en dirección a Villas de La Candelaria, el barrio vecino. El sol brillaba recio pero soplaba brisa y esta atenuaba un poco el calor que abrasaba las calles. Estando en el barrio vecino llegué al café internet al que voy normalmente. Más que para entretenerme o buscar alguna información, debo decir que lo hago con el solo propósito de ver a una de las hijas de la dueña del sitio. La dueña tiene dos hijas, ambas mayores de edad. Al abrir la puerta corrediza de vidrios polarizados en color azul y entrar, vi que no estaba Abril, la que me gusta, una trigueña alta, de buen cuerpo y con el cabello rizado, mono. En lugar de ella estaba su hermana Belén, quien tiene como un cierto trastorno corporal que la hace parecer niña, pero es mata-año, o sea, que ostenta muchos más años de los que aparenta.

    -Hola Belén -dije-. ¿Cómo estás?

    -Caramba Álex -dijo-, ¿dónde andabas tú metido?

    -Por aquí mismo. Siempre que vengo tu hermana es la que atiende. Pero hoy se me cumplió el deseo de verte.

    -Jajaja, ¿crees que no sé que te gusta mi hermana?

    -¿Por qué dices eso a ver?

    -Porque nunca vienes cuando estoy.

    -Tú atiendes en la mañana, yo en la mañana trabajo. Por eso vengo en las tardes.

    -En las tardes yo estudio.

    -Por eso no logro verte.

    -Estoy esperando que venga mi hermana rápido para irme a alistar. ¿Cuánto tiempo vas a pedir?

    -Dame tiempo libre.

    Me asignó el equipo número cinco. Aparte de mí, no había más clientes en el café internet. Gracias al aire acondicionado hacía un frío bien agradable. En una pestaña abrí Facebook y en otra YouTube. Me puse a mirar vídeos de música y después vídeos de casos criminales y después de chicas solas en el bosque practicando yoga semidesnudas. Estos últimos me pusieron muy cachondo. Escribí en el buscador: Pillada masturbándose casero. No hay nada como lo natural. Me salieron una infinidad de vídeos que ya había visto y que ya no me excitaban como antes. Pero encontré uno que no había visto. Era de una chica que estaba en un baño y alguien la grababa desde afuera por debajo de la rendija de la puerta. Desnuda, la chica se acomodaba en la esquina del mesón del lavabo y parada de puntillas, con una sensualidad arrebatadora, se pandeaba masturbándose con la punta lisa y suave del mesón. El pene se me quería reventar.

    En ese momento de la película, Belén me mandó un mensaje por Facebook. Qué haces, decía. Si te cuento, escribí, es probable que te escandalices. Ada se me adelantó. ¿Estás viendo porno? Sí, respondí. Es normal, dijo, a mí también me gusta el porno. ¿Qué ves? Dije: Ven y mira. No, repuso, después me violas. No sabía que eras una cobarde, dije, una pelá tan grande, mayor de edad, hecha y derecha…

    De pronto oigo que se rueda una silla y pasos que se acercan. A mi espalda se abre la cortina y Belén entra poniéndome las tetas en el hombro.

    -No me intimidas -dijo.

    Me reí.

    -Soy mil veces más mala que tú.

    Volví a reír. La reté diciéndole:

    -Demuéstramelo.

    -¿Cómo?

    -A ver, si eres tan mala, ¿te atreverías a tener sexo conmigo aquí y ahora?

    -¿Estás loco?

    -¿No dices que eres más mala que yo, pues?

    Se quedó pensativa un momento, luego se apartó de mí y salió del café internet. Como estaba de espaldas, supuse que venía alguien, pero no: a esa hora todo el mundo estaría almorzando. Es una cobarde, pensé. Y seguí viendo vídeos. No pasó un minuto cuando volvió a entrar. Escuché un ruido de llave en el ojo de la cerradura. Yo me emocioné.

    – Ven, Álex. Quiero ver qué tan diablo eres.

    Cerré el Facebook, me paré de la silla y salí del cubículo. Cuando la miré, Belén ya estaba en popa con las piernas abiertas. Tenía el chocho peludo y los pelos del mismo color de su cabello: negro azabache. Los mulos de las piernecitas eran más blancos que la leche y su cuerpo pequeño y rollizo parecía el de una muñeca de cera enana. Casi que me vengo sin metérsela. Traté de controlarme y tranquilizarme y no venirme antes de empezar. Me eché una bocanada de saliva en la mano y unté toda la verga con saliva. Eso me relajó bastante y la cogí por la cintura. Sentí su carne tierna y suave entre mis manos. Yo mido 1.81 de estatura. Ella 1.50. Tuve que agacharme bastante para poder introducir mi pene por su vagina. La tenía seca pero la saliva ayudó a que entrara sin complicaciones. Bastaron un par de sacudidas de su cintura y unas cuantas succiones y apretazones en el cuello del pene para que el semen me saliera a chorros. Ella se sacó la verga, se volteó y, agachándose, la introdujo en su boquita. Mirándome a los ojos sorbió toda mi esperma como si se tratara de jugo de guanábana. Me dejó seco. Pero cuando terminó de sorber, mi verga todavía seguía intacta, con ganas de seguir cavando el pozo profundo de su vagina. Entonces vi a través de los vidrios polarizados a la hermana de Belén que se acercaba.

    -Viene Abril -dije-. ¡Vístete!

    Belén se arregló como pudo y yo me fui para mi cubículo. Abril comenzó a tocar en el momento en que Belén le quitaba el seguro a la puerta corrediza. Abrió. Abril entró y le dijo a Belén que la esperara un momento porque iba a almorzar.

    – ¿Dónde está mi mamá? -preguntó. Y antes de que saliera, Belén le dijo:

    -Está acompañando a tía Sandra en el médico.

    Belén vino a mi cubículo y me agarró el pene.

    -Esto no ha terminado -dijo.

    -Claro que no.

    -Nunca nadie me ha hecho tragar tanta leche como tú, Álex.

    -Eres una chica muy mala. Tengo que castigarte severamente. En la noche quiero que vayas a mi apartamento. Te voy dejar el chocho ardiendo de la mondaquera que te voy a dar.

    -Eso espero -dijo Belén, retirándose.

    Al poco tiempo entró Abril. Yo salí a saludarla, pero ella no me correspondió el saludo con la misma efusividad de siempre. Ahora se veía achicopalada, triste. Eso me extrañó.

    -¿Qué te pasa, Abril?

    -Jum, qué no me pasa…

    -Si quieres me puedes contar, para que te desahogues. No se te ve muy bien.

    Abril se había sentado ante el escritorio de la entrada y se puso a teclear el computador. Llevaba un vestido de algodón de color beige, bastante corto, que dejaba ver unas piernas espectaculares y tersas. Ella dejó quieto el teclado y se llevó las manos a la cara. Yo agarré un banco y me senté junto a ella.

    -Por favor, dime qué tienes -le dije.

    -Imagínate que Carlos me ha estado engañando con Melisa, mi mejor amiga. Descubrí unos mensajes de ella en su celular en donde le mandaba fotos desnuda. ¿Puedes creerlo? -dijo Abril llevándose de nuevo las manos a la cara. La tenía empapada.

    -No te sientas mal -le dije-. No vale la pena llorar por hombres así.

    -Lo sé -dijo Abril-. Pero me engañó con mi mejor amiga.

    -Sí. Duele el doble.

    -Lo que menos me esperé de Melisa fue que se le ofreciera a Carlos. Y Carlos, ni corto ni perezoso, se la comió. Me duele, pero además tengo mucha rabia.

    Le di un abrazo y, para probar, le dije:

    -Lo mejor en estos casos es sacarse la espina.

    Vi en sus facciones un cambio inesperado que me decía que podía hacer con Abril lo que yo quisiera. Soy una especie de amigo no tan amigo que se ha ganado su confianza. Cuando la conocí ya ella tenía novio. Yo no copiaba de eso y la enamoraba, pero no me hacía caso. Ahora, aprovechándome de las circunstancias, noté un destello de maldad que me abría las puertas, no de su alma ni de su corazón, sino de su cuerpo.

    -¿Tú crees? -preguntó.

    -Por supuesto.

    -No sé…

    La abracé otra vez y acerqué mi cara a la suya con la intención de besarla. Ella no mostró la más mínima resistencia. Sus labios sabían a cielo y a vainilla. Puse mi mano en el muslo de su pierna y fui subiéndola lentamente hasta alcanzar la tela sedosa del panty que cubría la vulva. De pronto vimos afuera que alguien estiraba el brazo para abrir la puerta corrediza. Casi nos espantamos. Era un cliente. Buenas, dijo, y pidió tiempo. Luego llegaron dos personas más a sacar copias y se fueron enseguida. Cuando el cliente que había llegado primero se fue, le dije que cerráramos la puerta con llave. Ella me miró como estupefacta. Una mujer dolida es más peligrosa que cien cocodrilos que no han comido en un mes. Abril se paró, me pidió permiso para que la dejara pasar y fue a ponerle llave a la puerta. Se dio la vuelta y, erguida en su figura aguitarrada, se puso las manos en la cintura, el vestido escotado le realzaba sus voluptuosas tetas.

    -Aprovéchame hoy que estoy botada -dijo.

    Fui ante ella y me agaché. Estando ella de pie, metí las manos por debajo de su vestido y lo alcé hasta el abdomen. Su panty era de color rosa. Se lo bajé. Y el chocho era de un todo dorado transparente, estaba impoluto y sin un vello. La coloqué a horcajadas, con mi cabeza metida entre sus piernas, y comencé a extraer la miel de su interior, pasando la legua por su ano también. A una mujer así de hermosa la mierda le sabe a helado de frutas. Pero Abril estaba limpiecita y de sus parte sólo brotaba miel blanca. Cuando ya estuvo bastante mojada me levanté y Abril se acomodó de espaldas arrodillada en una silla y le atravesé el corazón del chocho con mi pene. Agarrándole el pelo le arreaba embestidas animales para ver si trataba de puyarle el hígado. Pero mi pene se topaba con un cielo de carne interior. Abril aguantó si emitir ni un sonido.

    -¿Te gusta? -le dije.

    -Ay Carlos me encanta me encanta me encanta…!

    En el momento en que sentí que ya me iba a venir, apareció un cliente en la terraza dirigiéndose a la entrada.

    Saqué el pene de la vagina de Abril y, cuando lo hice, sonó como si se hubiese destapado una botella de gaseosa. Sólo boté un chorrito de esperma que ensució mi pantaloneta cuando me guardé el pene de rapidez.