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  • Deseos deseos y más deseos

    Deseos deseos y más deseos

    En la penumbra de la noche se despiertan los deseos,
    cuando tus manos se deslizan, acariciando mi piel.
    El fuego arde, la pasión crece, nos sumergimos en placer,
    un tango sincopado, bailando al ritmo del vaivén.

    Tus labios húmedos se unen a los míos,
    en un beso ardiente que enciende los sentidos.
    Mi cuerpo se estremece, se entrega sin reservas,
    mientras nuestras almas se entrelazan, viven sus quimeras.

    Bajo las estrellas, desnudos y abrazados,
    buscamos el éxtasis en cada rincón del lecho sagrado.
    Susurros dulces, gemidos en la noche,
    cada roce, cada caricia, un deleite derrochado.

    Las olas del placer nos llevan en un vaivén,
    nos sumergimos en un océano de desenfreno y frenesí.
    El éxtasis se aproxima, no hay más que deseo,
    enredados en una danza pasional, cuerpo con cuerpo.

    Y cuando el clímax llega, explosivo y desenfrenado,
    nos fundimos en un abrazo, tranquilos y extasiados.
    El éxtasis se desvanece, dejando su marca eterna,
    en nuestros cuerpos unidos, en la pasión que nos gobierna.

  • La reunión (capítulo II)

    La reunión (capítulo II)

    Mientras Carla fue a la cocina a ayudar a Alejandra a servir los tragos, Óscar y Santiago me miraban con intriga, buscaban que me recuperara del golpe que acaba de recibir, Natalia rompió el hielo.

    -Bueno, continuemos con el juego, ¿No?

    -Creo que ha sido suficiente de este juego por hoy, voy a organizar la mesa para que comamos. -Oscar se levantó y fue a la cocina.

    -Voy a ayudarte -dije para intentar evadir lo que acababa de suceder.

    -Tranquilo, deja que Oscar y Santiago organicen la mesa, vamos a fumarnos algo.

    Natalia y Alejandra habían sido amigas por mucho tiempo, tal como ella la conoce, también conoce nuestra relación, sabía que me estaba sintiendo incómodo y no solamente para tranquilizarme a mi, sino también para interceder por su amiga, me llevo al jardín de afuera, nos sentamos en los muebles exteriores y comenzó tranquilizarme.

    -Esta hierba quizás no es como la de los tiempos de la universidad, pero me desestresa mucho del trabajo.

  • Mi suegra es mi mujer (capítulo 3)

    Mi suegra es mi mujer (capítulo 3)

    Al día siguiente salí para el trabajo antes de que Estrella se hubiera despertado. Pasé todo el día atormentado, pensando, imaginando que la infiel de mi esposa destruiría la perfecta armonía de vida que había construido con su madre.

    Cuando regresé a mi casa, encontré a mi suegra igual que todos los días: fresca, maquillada y vestida como una cualquiera. Llevaba minifalda blanca, tacones y un strapless rosado que apenas le retenía las tetas. Me recibió como de costumbre, llena de amor, con un beso en la boca.

    Estrella estaba en la sala, mirando televisión. Se veía mucho mejor, descansada, bañada y peinada. Mi suegra me tomó de la mano y me llevó al comedor en donde me dio de comer y de beber. No hablamos mucho, pero pude ver en sus gestos y en sus ojos que nada había cambiado.

    Algo había pasado ese día y era evidente que mi suegra había puesto a Estrella en su lugar.

    Después de cenar fuimos a la sala y mi suegra miró con desprecio a su hija. –Siéntese allá –le dijo, indicándole el sillón. Mi suegra y yo nos sentamos como de costumbre frente al televisor. Nos gustaba reposar después de la cena viendo las noticias. Toda esa media hora doña Marcela me trató como siempre: se pegó a mi cuerpo, me acarició el cabello, y me masajeó suavemente los hombros. Estrella miraba de reojo desde el sillón entre incrédula y asustada.

    Cuando la paz me inundó, empecé a sentir la tibieza de esa hembra deliciosa que me acariciaba y no pude resistir besarla apasionadamente en la boca. Mi suegra me correspondió con la devoción habitual y terminó por levantarse la falda y treparse encima mío mientras nos fundíamos en un intenso beso. Estrella miraba de reojo con los ojos muy abiertos, pero sin decir palabra. –Papi, que dura tienes la verga mi amor. Te voy a poner más cómodo.

    Sentí un ligero rubor mientras miraba a Estrella. La situación era un poco extraña: mi suegra me bajaba los pantalones mientras su hija, mi esposa, nos miraba. Cerré los ojos y recordé la miseria que me había hecho sentir y perdí el pudor. –Que rico la chupas suegrita –le dije mientras ella se tragaba golosa mi verga erecta.

    Una vez listo, me levanté, tomé a doña Marcela y la acomodé de rodillas sobre el sofá. Le levanté la faldita y para mi sorpresa, no llevaba calzones. Le besé las nalgas y hundí mi cara entre ellas mientras estiraba la lengua hasta lamerle el panocho. Su raja ya estaba mojada así que me acomodé y se la hundí hasta lo más profundo.

    Mi esposa miraba con una expresión indescifrable. Se acurrucó con las piernas sobre el sillón, pero no dijo nada. Me aseguré de colocarme en posición de que viera como mi verga penetraba una y otra vez la vagina de su madre. La bombeé hasta que sentí las contracciones y los quejidos de gozo del orgasmo de mi suegra.

    Un minuto después mi suegra se tiró boca arriba sobre la alfombra y abrió sus patas para que yo la penetrara y terminara mi faena. Antes de penetrarla nuevamente, disfruté un buen rato besándola y mamándole las tetas y finalmente, la volví a penetrar.

    El sillón desde donde miraba mi esposa estaba a unos centímetros de nuestras cabezas.

    Me culeé deliciosamente a mi pequeña y voluptuosa suegra mientras su hija nos miraba. Sentí un placer aún mayor al que había sentido tantas veces antes al vaciar mi leche dentro de su amorosa vulva. Esta vez, no solo descargué mi libido en esa hembra amorosa y caliente sino que descargué mi rabia y frustración contra su hija infiel y traicionera.

    El fin de semana fue aún mejor. No sé porqué, pero el hecho de saber que mi esposa estaba presente había aumentado nuestro libido hasta niveles extraordinarios.

    A todas horas estaba erecto y listo para fornicar con mi amada suegra, y ella como siempre, me complacía. Y si por cansancio perdía el interés sexual por una hora, ella se encargaba de seducirme y de ponérmela dura una vez más. Como era habitual, cogíamos como animales en donde nos sorprendía el deseo, en la sala, el comedor, los dormitorios, en la ducha, donde fuera. No nos preocupábamos si Estrella se encontraba cerca o no, creo incluso que su presencia, en lugar de inhibirnos, nos encendía.

    Ya para el domingo en la noche, noté que mientras sodomizaba a mi lujuriosa suegrita, su hija observaba con interés y se masturbaba disimuladamente en el sillón. Al parecer estaba empezando a acepar la situación y aparentemente a disfrutarla.

    El trato con ella siguió distante. Solo le hablaba para lo mínimo necesario. Mi suegra la tenía bien advertida y se mostraba sumisa y dócil.

    El lunes en la noche, ya en la cama, conversé con mi suegra. –Mi amor, te agradezco por la forma en que has manejado lo de Estrella. Tenía temor que arruinara lo nuestro, pero ya veo que lo has manejado muy bien. –Papi, mi vida, nunca dejaría que esa malagradecida te lastimara dos veces. –me dijo doña Marcela mientras me acariciaba el pecho. –Es más mi amor, creo que las cosas incluso han mejorado. Ahora me siento más caliente por ti y tú te has vuelto más puta y mas descarada. –Eso es cierto mi vida –coincidió ella –dime mi cielo ¿te excita culiarme delante de tu esposa?

    Tuve que aceptarlo –Así es, me excita muchísimo que nos revolquemos delante de ella. Es el doble de placentero.

    Mi suegra sonrió con malicia mientras sobaba mi verga por instinto. –Confiésame otra cosita papi, ¿Te gustaría culearte a Estrellita? Tú sabes que estás en tu derecho, es tu legitima esposa ante Dios. Y tú sabes que yo no me opongo. –¡Qué asco! –respondí de solo imaginarlo. Había perdido todo deseo por mi esposa. –No tengo el más mínimo deseo de tocarla. Me excita culearte delante de ella por el morbo de exhibirnos, y porque pensé que así la lastimaba, que así me vengaba de alguna manera. Pero ahora parece que le está gustando vernos culear. –¡Eso es cierto papi, la muy perrita se masturba mirándonos! Ya lo noté.

    Al día siguiente, cuando regresé, encontré un cambio sorprendente. Estrella lucía un bonito vestido y tacones, cosa que jamás había hecho durante nuestro matrimonio. Se veía muy bien. Además, tenía el cabello oscuro nuevamente y estaba maquillada.

    No entendí muy bien la situación, pero mientras cenábamos mi suegra lo explicó –Llevé de compras a Estrella. Le dije que no te gusta verla vestida como una pordiosera y que si quiere seguir mirando lo que hacemos, tiene que vestirse mejor, porque te des-excita verla así. –y me guiño un ojo –además le compré un buen consolador, para que se entretenga como es debido.

    Al terminar la cena, mientras reposaba con mi amante en el sofá, Estrella recogió y lavó los platos. Y al terminar, regresó a la sala en silencio, con su nuevo juguete entre las manos. Se acomodó en el sillón y nos miró sumisa y expectante.

    Apagué el TV y comencé a calentar a mi suegra. Le acaricié las tetas mientras ella sobaba mi verga sobre el pantalón. Nos dimos unos deliciosos besos de lengua, llenos de saliva y lujuria. Las babas nos cubrían el mentón y los cachetes. Mi suegra era una experta usando la boca, ya fuera para besar, mamar, chupar o hablar sucio.

    Cuando la erección ya me estorbaba, desnudé a mi suegra en medio de la sala y me desnudé yo. Ella se arrodilló inmediatamente y comenzó a mamarme la polla. Yo quedé de cara a mi esposa y puede ver como acariciaba su consolador nuevo y como se levantaba el vestido. Se corrió el calzón a la carrera y descubrí que se había rasurado el pubis. Su vulva se veía pálida y brillante, como la de una chiquita, muy diferente a la de la madre. Se metió el consolador en la boca para lubricarlo con sus babas y muy pronto se lo llevó entre las piernas.

    Pude ver una combinación de excitación y de vergüenza en su expresión, pero aun así siguió violándose con su consolador nuevo mientras miraba la mamada que me daba su madre. Gemía apagadamente y disfrutaba cada penetración de su juguetito. Se notaba que tenía tiempo de no meterse una picha en el coño.

    Agarré a doña Marcela, la levanté y la puse de espaldas. La obligué a inclinarse de manera que se pudiera apoyar las manos en el sillón de Estrella. En esa posición podía culearle el sapo mientras seguía viendo como se metía el consolador. Bombeé a mi suegrita duro y profundo, haciéndola chillar en cada arremetida. Prácticamente gritaba su placer en la cara de su hija.

    Poco después Estrella explotó en un orgasmo que la sacudió de pies a cabeza. Cayó jadeando en el sillón, cubierta con un ligero sudor. Saqué la verga del panocho de mi amante de manera que Estrella la viera completa, en toda su dimensión, cubierta con los jugos de la puta de su mamita.

    Mi suegra se arrodilló nuevamente y me tomó la verga entre las manos. La frotó con habilidad mientras me miraba a los ojos –Dame tu leche papi. Riégate en mi cara mi vida –me invitaba mientras alternaba besitos y lengüetazos en mi verga, con hábiles caricias.

    Exploté en su cara hambrienta y tres potentes chorros le cubrieron la nariz, la boca y la mejilla con mi semen espeso. Lo había guardado todo el día para ella y ahora le escurría por el mentón. Ella se dio vuelta y miró a Estrella a los ojos. Sacó su lengua traviesa y se lamió los labios saboreando mi semen mientras su hija miraba muda de incredulidad.

  • Pigmalión para Marisa (tercera parte): Secundaria

    Pigmalión para Marisa (tercera parte): Secundaria

    Capítulo anterior:

    “Pigmalión para Marisa (segunda parte): Primaria»

    Durante los siguientes tres meses, continué viéndola una o dos veces por semana -e incluso nos fuimos un fin de semana a un hotelito de estos que llaman «con encanto»-. La verdad es que ella había progresado muchísimo, en técnicas, pero, sobre todo, en actitud: su rechazo ante la idea del sexo había pasado a la historia y se había convertido en una verdadera fiera. Afortunadamente, poseía un cierto saber estar y no se comportaba en sociedad como una ninfómana, cosa que inicialmente temí, después vi que infundadamente. También había modificado mucho, si bien discretamente, su presencia personal y, bueno, ya no parecía mi abuelita, daba gusto verla, una vez asumidas sus imperfecciones.

    Me costó mucho iniciarla en la felación; yo creo que subconscientemente aún le afectaba el recuerdo del pestazo de aquel bárbaro y rechazaba acercarse «eso» a la boca. La convencí, al principio, haciéndole cunnilingus a ella para que experimentara el placer que se siente cuando a uno le hacen una caricia buco genital y la excitación que siente también el que lo hace. Cada paso costó un esfuerzo tremendo: primero, apenas besaba el glande como quien besa a un chiquillo; el segundo paso fue lograr que empleara la lengua, que lo lamiera; el tercero, que lo chupara como un caramelo de palito; y, finalmente, que se metiera el falo en la boca (aunque hubo que insistir en que vigilara con los dientes, tenía que abrir la boca mucho más de lo que el diámetro del pene hacía suponer).

    Luego vino lo de aceptar el semen en la boca; eso tuvo dos problemas: el primero, obvio, el inherente -nuevamente- a la repulsión de principio que la idea le provocaba; el segundo, más complicado: resulta que yo, en general, no me corro fácilmente con una felación; me excita muchísimo, pero no me corro o me corro muy raras veces; y eso con mujeres hábiles, cosa que Marisa estaba a años luz de ser; eso provocó una escasez de «materia prima» que resolví como pude: masturbándome o haciéndome masturbar por ella (cosa que también requirió de un aprendizaje: es que la pobre no sabía nada).

    Poco a poco la fui introduciendo en diversas técnicas. En alguna ocasión le sugerí contratar a una puta para que le enseñara cosas y modos de hacerlas que yo no podía enseñarle, pero ella se negó en redondo: no metería a una puta en su cama, aunque ésta fuera la de un hotel. Bueno, supongo que tampoco sería posible quitar de su cabeza todos sus prejuicios. No estaba mal hasta donde habíamos llegado.

    Quedaba una cosa. Bueno, quedaban decenas, pero, digamos, de las más habituales, quedaba el tema de la sodomía. Imaginé que sólo con planteárselo montaría en cólera y, para mi sorpresa, no. Estuvo dispuesta desde el primer momento. Así que le enseñé algunos ejercicios, maniobré delicadamente con mis dedos el orificio anal para que se fuera habituando a la sensación y finalmente le introduje poco a poco la polla y la primera vez no toda, apenas el glande y un par de centímetros más. Le gustó. Ojo, no es obvio: hay algunas mujeres a las que les gusta mucho que las enculen, pero otras, la mayoría, lo odian y sólo acceden a ello -las que acceden- por dar satisfacción a sus parejas. Ni unas ni otras -salvo algún caso aislado- llegan al orgasmo así, pero a las que les gusta, las excita lo suficiente como para alcanzar rápidamente el clímax con la penetración vaginal o con el cunnilingus. A Marisa le iba mucho el tema del culo, mira por dónde. También, contra lo que yo me esperaba, aceptó de muy buen grado aprender a meter un dedo en el ano del varón y ponerlo a cien manipulando su próstata.

    Así, pues, fue llegando un momento en el que acostarme con ella fue algo natural, como con cualquier otra, ya no era yo el «profe» sino, simplemente, el amante, y lo pasábamos muy bien. Iba a poner fin a mis «servicios» cuando me salió con una propuesta inaudita (casi incluso para mí).

    Resulta que la vecina de la puerta de enfrente del rellano, le preguntó un día quién era yo, que aparecía con tanta frecuencia. Ella le respondió con un lugar común, pero la otra no picó:

    –No me engañes: os he visto besaros y tú estabas con el culo al aire. Olvidaste cerrar la ventana del patio de luces.

    Total, que la vecinita en cuestión y su marido eran aficionados al cambio de parejas y se daba la circunstancia de que a ella yo le había gustado y su marido le había hablado varias veces de que con gusto le echaría un casquete a Marisa. Así, pues, a la ocasión la pintaban calva.

    Yo la vi venir y, ya antes de que me lo propusiera, me negué. El tema Marisa estaba llegando ya muy lejos y yo ya tenía bastante. Es cierto que, a partir de su cambio, acostarme con Marisa pasó a ser para mí una propuesta grata, pero este tema había que cerrarlo ya. Y así se lo dije.

    –Mira, no. Si te gusta el marido de esa tía, me parecerá muy bien que folles con él; además, creo que ya estás preparada para «salir al mundo» y, encima, te conviene. Pero yo termino aquí. Que nos veamos de cuando en cuando y nos demos un revolcón, perfecto, aunque ya no será cada semana, ni mucho menos, pero, en fin, me gusta hacerlo contigo y no me importa que sigamos acostándonos en el futuro. Pero inventos, no. No así, por lo menos…

    –Pero es que ellos sólo follan con otros si es recíproco, si lo hacen los dos.

    –Pues mala suerte, que se busquen a otros

    –Cielo, escúchame… Será la última vez que te pido algo: después de esto, nunca más. Pero piensa que me sigue dando un poco de miedo hacérmelo con otro hombre. Ya sé que dices que estoy preparada, pero tengo miedo. Si lo hago con ese tío –que, oye, no está nada mal ¿eh?– sabiendo que tú estás cerca, podré disfrutar de la experiencia sin pasar miedo, sabiendo que te tengo ahí. Ella es una mujer resultona, un poco más joven que yo, debe tener cincuenta años justos o a punto de cumplir y yo creo que te gustará. Quedamos una tarde, pasáis uno al piso de la otra y ya está. Por tu parte, si te he visto no me acuerdo.

    Cedí, claro. Siempre acabo cediendo ante la mujer que tengo a mi lado en la cama. Las mujeres desnudas y dispuestas a follar conmigo son mi kriptonita, así que, bueno, Marisa invitó a la vecina y a su marido a tomar café tres días después.

    La verdad es que la pareja de vecinos me sorprendió gratamente. Viendo el ambiente social de la vecindad, temía encontrarme frente a un ama de casa sector pringoso y un bárbaro con un palillo en la boca, pero resultaron ser un matrimonio muy apañadito, vestidos sencillamente pero arreglados, limpios, sin perfumes horteras y, oyéndoles hablar, parecía que tenían algunos estudios, como mínimo, secundarios. Él trabajaba como responsable de área de una empresa de transportes y ella de dependienta de una perfumería. Por este lado, empezamos bien.

    Él se sentó con Marisa en el sofá, la vecina, Marta, en el único sillón del salón y yo me senté en un brazo de ese sillón. De momento, ya estábamos dispuestos en «orden de combate». Marta tendría, efectivamente, unos cincuenta, bien llevados y con un tipito bastante bien perfilado, tanto como para que lo envidiaran muchas mujeres de cuarenta años, y hasta algunas de treinta. Rellenita de caderas, de pecho y de culo, pero sin llegar, ni de lejos, al exceso de peso. Tenía unas piernas bonitas y unos muslos muy apetecibles. Y lo que era muy importante: tenía un gran sentido del humor y tanto su tono de voz como sus palabras rebosaban cordialidad y alegría. En fin, no parecía que acostarme con ella fuera a ser un sacrificio tremendo. Por otra parte, él, Miguel, estaba acorde con ella: alto, no muy delgado -incluso con algo de tripita-, más velludo que yo -que ya es ser velludo- y con una mata de pelo bien peinada en la cabeza, con esas canas en las sienes que hacen atractivos a los hombres maduros. No parecía un cazurro y no estaba mal para que Marisa «tomara la alternativa».

    Estuvimos charlando un rato, centrándonos en su afición al revoltillo y nos explicaron cosas curiosas: por ejemplo, que había que ir con mucho cuidado con los bares o clubs de esa especialidad, que estaban llenos de putas y que los novatillos cedían su mujer -la de verdad- a un fulano que había pagado a un putón… o que se lo había cedido la propia dirección del establecimiento para mantener la actividad en alto. Nos hablaron de dos o tres recursos en Internet para ejercer esa actividad con garantías y, bueno, aunque no es mi rollo, traté de memorizar unos o dos… por si las moscas.

    En un momento dado, Miguel empezó a acariciar a Marisa en los muslos y yo miré a Marta, que me guiñó un ojo poniéndome una mano en la rodilla. Yo cogí su otra mano y la besé. No iré a fanfarronear ahora de mucho mundo: la verdad es que me daba mucho corte andar con carantoñas a una señora delante de su marido. Pero, en fin, cuando uno está en el baile tiene que bailar, de modo que me incliné y la besé en la boca tímidamente. Respondió a mi beso, pero un momento después se puso en pie y dijo:

    –Bueno chicos, ahí os quedáis. Este muchachote y yo nos vamos a casa a debatir sobre mecánica cuántica. Los primeros que acaben, que avisen…

    Antes de irme eché una mirada a Marisa, que parecía pasárselo en grande mientras Miguel andaba magreando por debajo de su falda.

    La casa de Marta y Miguel estaba arreglada con bastante más gusto que la de Marisa. Los muebles eran bastante nuevos, de tipo funcional, y la decoración minimalista. Habían sacrificado un dormitorio para hacer una cocina grande, en la que tenían el comedor y así éste quedaba solamente como salón. Pero cuando intenté hacerme una idea de cómo era el salón -estaba en penumbra- vi que Marta me abrazaba y me besaba en la boca con mucho detenimiento, con mucha fruición. Desprendía un aroma muy liviano y fresco, como de esencia de limón o quizá lavanda, o ambas cosas, y noté en mi torso sus pechos guerreros.

    –Espera -me dijo- pondré algo de música. -Fue hacia el reproductor, manipuló un mando unos segundos y, al cabo, sonó, muy suave, música de bossa-nova; incluso me pareció identificar el saxo de Stan Getz.

    Marta se abrazó a mi y empezó a bailar, muy despacito con los dos brazos en torno a mi cuello. Volvimos a besarnos mientras yo la abrazaba por la cintura, pero poco a poco fui bajando una mano hasta acariciarle el culo. Ella todavía se arrimó más a mí y entonces pasé mi mano por debajo de su falda y la introduje por debajo de sus bragas. Tenía un culo carnoso de piel muy suave. Ella lo revolvió un poco -con lo que, de paso, le dio un buen meneo a mi bragueta- y empezó a darme pequeñas lamiditas en el cuello. Sí, me estaba poniendo a cien notando su aliento cálido detrás de mis orejas. Y bien que lo valía.

    No sin cierta dificultad, que –creo- supe disimular bien, pude desabrocharle la falda y se la dejé caer y quedó en bragas y blusita. Estaba impresionante. Sin dejar de besarla, le desabroché la blusa y emergieron de ella, sin sostén, unos pechos preciosos como nunca los había visto: proporcionados, suaves, firmes… y naturales, cosas todas ellas juntas rarísimas en una mujer cincuentona. Evidentemente, Marta se había cuidado y se seguía cuidando mucho. Acaricié aquellas maravillas sin apenas separarme de ella y la intensidad de mis besos aumentó. Ahora fue ella la que desabrochó mi camisa y me la quitó; se separó un momento para contemplar mi torso y después se abrazó a él. Seguimos unos muy pocos minutos bailando así y entonces tiró de mí hacia un sofá de asiento bastante ancho, casi como una cama individual, que es lo que seguramente sería una vez accionados los correspondientes mecanismos. Quedé recostado, medio sentado medio estirado, y ella se tumbó a mi lado; seguimos besándonos, pero ella ya estaba acariciando mi paquete (que, huelga decirlo, ya estaba en la correspondiente forma). Soy bastante ágil y no quise cargarla con el penoso trámite de bajarme los pantalones, de modo que los desabroché y, de un sólo salto, me los quité; previamente ya me había descalzado los náuticos, uno con la puntera del otro.

    Ella se desabrochó, a su vez, los zapatos de tacón y, al hacerlo, sus pechos quedaron colgando. Eran bellísimos, de verdad que nunca había visto cosa igual en persona, sólo en estatuas griegas o en alguna revista de modelos, pero los casos de esta última olían demasiado a cirugía estética y a retoques de fotoeditor. Cuando ella volvió a incorporarse, dudé si tocárselos; me parecía como mancillar tanta hermosura (¿cómo diantre -volví a preguntarme- tiene unos pechos así una mujer de cincuenta años sin pasar por el quirófano?), pero ella pareció darse cuenta y me los acercó a la cara, dejándolos a un palmo de ella. La invitación era tan evidente que ya no dudé: con la mano derecha acaricié su pecho izquierdo y con el pulgar jugueteé con su pezón.

    La izquierda la volví sobre su culo, por debajo de las braguitas nuevamente -tenía el buen gusto de no llevar tanga, prenda que a mí me parece sumamente hortera- y recorrí con la mano toda su rajita, hasta llegar al agujerito del ano, donde me detuve unos segundos, para luego continuar hacia la parte inferior de su vagina. Ella exhaló un suavísimo suspiro, muy elegante y, a continuación, se quitó las braguitas y se puso a hurgar por el interior de mis calzoncillos, donde encontró lo que buscaba rápidamente y me despojó a su vez de mi prenda. Ya estábamos los dos totalmente desnudos, y aprecié en ella un coñito también precioso, completamente rasurado.

    Marta se puso a jugar con mi polla, pero con mucha suavidad, sin apresurarse, sin pretender arrancarme un orgasmo súbito, simplemente con una cadencia pausada. En un momento dado, dejó de acariciarme y, poniendo mi pene apuntando a mi cara, montó su coño sobre mis huevos y se puso a moverse adelante y atrás. Cuando vio que mi polla había llegado al máximo, se agachó para mamármela y lo hizo deliciosamente. Pero brevemente: con un movimiento corto y ágil, se la metió en su vagina -suave, acogedora, húmeda y caliente- y la cabalgó lentamente. Poco a poco se fue doblando para seguir moviendo su culo sobre mi miembro y alcanzar a besarme en la boca, en las tetillas, en el cuello… Sus manos recorrían mi pecho velludo como si mulleran una almohada y yo estaba haciendo grandes esfuerzos para no explotar, sobre todo cuando ella empezó a gemir con cada vez mayor frecuencia e intensidad hasta que me sorprendió lanzando un grito que debió oírse hasta en el terrado, y ahí fue donde yo ya no pude más y me corrí en su vagina.

    Quedamos los dos uno al lado del otro un buen rato, respirando profundamente. Entonces ella se levantó y se dirigió a uno de los cajones del apilable y sacó algunas cosas, que vi cuando regresó al sofá: dos dildos y un bote de vaselina.

    Ahora, muchachito, vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Y no tengas miedo, que verás lo que te gusta. Lubricó uno de los dos dildos con abundante vaselina.

    – Levanta el culo -me ordenó. Y lo hice, claro.

    Se untó dos dedos con la pastuza en cuestión, me los metió por el culo y empezó a trabajarme la próstata. Hasta ahí bien. Esto me lo habían hecho algunas mujeres con las que yo trataba o había tratado y era muy satisfactorio; de hecho, me ponía la polla a cien. Pero cuando ya la tenía más que morcillona, sacó los dedos y me dijo:

    –Ahora relájate, sobre todo no estés tenso. ¿Te han dado por el culo alguna vez?

    –Tal como se entiende comúnmente, no.

    –Pero tú si has dado por el culo ¿no?

    –Sí, bueno…

    –Así que sabes que no pasa nada si se hace bien. O sea que relájate y verás lo que te va a gustar. De hecho, se te va a poner la polla como un cohete, por más que te hayas corrido hace diez minutos. Y entonces, cuando ya la tengas bien tiesa, yo me meteré el otro aparatito en el coño y tú, aguantando el tuyo, me la meterás a fondo por el culo. Ya verás: o salimos tan contentos o vamos a urgencias con infarto por orgasmo.

    Dicho y hecho, me metió, muy despacito, el aparato por el trasero. Lo hizo muy bien, no me dolió: para mí fue una sensación extraña, pero placentera. Y fue siendo más placentera a medida que pasaban los minutos. Sin embargo, apenas hizo falta uno para que se me pusiera el pene como un globo. Entonces ella conectó la vibración y llegué al delirio. Al mismo tiempo, ella se metió el otro dildo por la vagina, conectó su aparato y con voz ansiosa me gritó imperativamente:

    –¡Ahora! Métemela por el culo ahora. Pero, sobre todo, no te quites el aparato de tu trasero, déjalo ahí.

    La obedecí. Cogí mi polla, que nunca había visto tan dura, y se la metí -despacito y con delicadeza, eso sí- en el culo. Hasta el fondo. Casi diría que me faltaba polla para llegar al final de su culo; no tengo la polla pequeña, pero tampoco de campeonato olímpico, así que, pensando que habría un tope, fui bombeando para intentar llegar hasta el final… de no sé bien qué. El caso es que fui bombeando -porque me lo pedía mi propio cuerpo- cada vez con mayor frecuencia y, pasados… no sé… ¿Un minuto? ¿Cinco? Ella dejó ir, no un grito, sino un alarido que debió oírse más allá del terrado, en algún satélite. Eso me puso a mí no a cien -que ya lo estaba- sino a mil y me corrí también, pero tuve una corrida tan bestial que yo creo que lo que vertí en su culo no sólo fue leche, sino que debí dejar ahí hasta el cerumen de las orejas.

    Nos dejamos caer exhaustos en el sofá, abrazados… Ella sacó su dildo de su coño y el mío de mi culo (y, fíjate, hasta me quedé un poco como perrito sin amo). Ella fue la primera en hablar:

    –Bueno… ¿qué dice el amante de la vecinita?

    –El amante de la vecinita está para el arrastre…

    –¿A tu edad ya estás vencido? ¡Anda ya! Lo que pasa con la tonta del culo de la gordita de enfrente es que no te da suficiente marcha…

    Eso me cabreó hasta el incendio.

    –Si la gordita de enfrente me da mucha o poca marcha, es algo que sólo nos concierne a ella y a mí. Luego, cuando folles con tu marido, os contáis todo lo que os queráis contar, sobre la vecinita de enfrente y su amante, pero en lo que a mí respecta, hasta aquí.

    –Bueno, no te enfades…

    –Sí que me enfado. No soy ningún experto en el tema, pero ¿no forma parte de la ética «swinger» no hacer comparaciones? Aparte de que no hay por qué faltarle a Marisa. Si lo has pasado bien conmigo, deberías darle las gracias, que por ella estoy aquí, y no insultarla.

    –Que sí, que tienes razón, que me he pasado…

    –Bien, vale. Anda, llámalos a ver si ya han terminado y cada oveja a su corral.

    –Manu, qué mal me sabe que terminemos de esta manera sólo porque yo no he medido mis palabras. Eres un amante estupendo y no me gustaría perderte de vista. No sé cómo pedirte perdón.

    –No te preocupes. Olvídalo.

    –Manu…

    –¿Los llamas tú o los llamo yo?

    Así acabó la cosa. Y fue una pena, porque era una mujer estupenda en la cama y muy interesante fuera de ella, pero hay cosas que no tolero y esta es una. No la volví a ver más. Cosa de la que me alegro porque, a pesar de que seguramente me perdí muchísimas experiencias sumamente excitantes, no tenía ningún interés en ese mundo. En el mundo de Marisa, para entendernos. Yo ya había cumplido con holgada suficiencia y así se lo repetí a la propia Marisa: como ya le había dicho, mi función -asumida bastante por los pelos- de ponerla en el mundo de una sexualidad normal había terminado -y con éxito, por cierto- y yo volvería a mi propio ambiente, a mi propio entorno. En el que Marisa tenía un papel, claro que sí: siguió saliendo con la pandilla -incluso con alguna cierta frecuencia adicional-, seguimos viéndonos muy de cuando en cuando, pero como una pareja normal de amigos que, adicionalmente, echa un alegre casquete muy esporádicamente, y punto.

    Ella, según me dijo, hasta que yo la corté -basta de chismes- había disfrutado con Miguel, un tío, al parecer, muy majo y muy capaz. Le gustaría tirárselo con más frecuencia, pero él siempre fue fiel al principio matrimonial de «o los dos o ninguno», así que, retirado yo del asunto, a Marisa no le resultaba fácil -por el momento- encontrar a un señor que, además de follar con ella, se aviniera a intercambios de parejas. Digamos que era más difícil lo primero que lo segundo, aunque también es cierto que, uno por otro, Marisa siempre acabaría encontrando alguno que echarse al coño…

    _______________

    Yo seguí viéndome con Alicia, de manera esporádica, teóricamente, pero cada vez más frecuente. Seguíamos siendo «follamigos» y seguíamos manteniendo nuestra libertad individual: incluso dentro de la propia pandilla, era habitual que hiciéramos sorteos de llaves -todas las llaves de los señores en una gorra, y cada señora saca una, correspondiente al señor con el que se va a acostar esa noche-, cosa, que, dicho sea de paso, le encantaba a Marisa cuando venía con nosotros. Y también solía encantarle al que le tocaba encamarse con ella esa noche. Está claro que he nacido para la cátedra. Pero estaba claro también que a Alicia y a mí nos unía mucho más que una amistad creciente y una afinidad, también creciente, en la cama.

    ¿Cómo iba a acabar esto? No lo sé. Quizá algún día lo sepamos. Y quizá por aquí.

  • Jorge Luis, su hermano y yo (VI): Una visita inesperada

    Jorge Luis, su hermano y yo (VI): Una visita inesperada

    Este es el sexto relato de aquel fin de semana lleno de morbo, sexo y semen.

    Hugo y yo habíamos ensayado aquella obra de teatro llena de sexo para presentársela a Jorge, nos habíamos corrido y yo había probado la leche de Hugo.

    El resto de la mañana y la tarde había pasado sin insinuaciones sexuales sin parte de Hugo ni mías, ambos habíamos acordado guardar fuerzas para cuándo llegará Jorge, pedimos una pizza, vimos películas etc.

    Eran cerca de las 3 de la tarde, aún faltaba tiempo para que Jorge llegara “a la función de teatro”. De pronto el celular de Hugo notifica un mensaje, era el chat familiar donde la mamá les avisaba que el primo Leonardo le había escrito que iba rumbo a la casa para saludarlos, obviamente eso cambiaría los planes, no podríamos llevar acabo la obra y mucho menos podríamos continuar con nuestro maratón de sexo.

    Hugo salió hacia su recamara no sin ates decirme– ahorita regreso- volvió a los pocos minutos y me dijo – no te preocupes, ya hablé con nuestro público para informarle que la función se pospone, dice Jorge que mi primo va a pasar por el al trabajo, espero que Leo no se quede mucho tiempo.

    Para cuando Jorge y Leonardo llegaron eran las 5 de la tarde, Hugo y yo nos habíamos bañado, desafortunadamente fue un baño normal e individual, la intención por indicación de Hugo, era ocultar lo más posible los rastros de sexo, eso incluía aromas y cualquier indirecta o directa sexual a las que los tres nos habíamos acostumbrado.

    Después de las presentaciones formales entre Leonardo(Leo) y yo, nos pusimos a jugar una partida de Uno, entre risas, un poco de alcohol que había traído Leo y un poco de botanas.

    El reloj marcaba las 6:00 de la tarde cuando estábamos casi terminando de jugar, durante la plática Leo había tomado la voz principal, nos contaba que había querido venir a ver a sus primos porque estaba muy estresado ya que había tenido varias peleas con su novia hasta que ella le pidió hace una semana que se tomaran un tiempo… Jorge le dijo – primo, pues hoy estas aquí con nosotros relájate y disfruta una noche libre- en ese momento yo supuse que Leo se quedaría toda la noche así que cualquier esperanza de volver a coger esa noche con los hermanos estaba casi diluida.

    Pusimos una película y nos sentamos en el sillón frente a la tele, estaba Jorge, Leo, yo y Hugo, aunque el sillón era grande estábamos un poco apretados cada uno de nosotros tenía una chela en la mano. Hacía mucho calor, así que, no sé si sea costumbre familiar porque Leo se quitó la playera y se quedó solo en shorts(tal y como lo habían hecho los hermanos en la primera parte de esta serie de relatos) cuando lo hizo, no pude evitar ver que su cuerpo tenía un abdomen ligeramente marcado y una línea de vellos que se perdió al interior de sus shorts (un detalle que siempre me ha parecido sumamente caliente en los hombres) obviamente trate de disimular mi mirada y poner atención a la película, a aquella acción de quitarse la playera le siguió Jorge y a los minutos Hugo, de manera que me sentía un poco incómodo al ser el único de los 4 que tenía aun puesta la playera, Leo que estaba junto a mí me dijo – con confianza, puedes quitártela no tengo problema- me la quité y continuamos viendo la película.

    La película no iba ni a la mitad cuando nos pusimos a hablar, en algún momento la plática se desvió al tema sexual, donde Leo se quejó de que hacía un mes que no cogía con su novia a lo que Jorge respondió- que mala suerte, lo que te hace falta es tener un amigo y un hermano con quien puedas coger todo el fin de semana-. Hugo y yo nos quedamos impactados por la declaración de Jorge, Leo al ver nuestras caras soltó una carcajada y dijo – No pongan esa cara, ya Jorge me contó lo calientes que son y lo que han hecho este fin de semana-. Terminando de decir eso, le plantó un beso a Jorge mientras este lo tomaba por la espalda, separando el beso dijo- por eso quise venir, para desfogarme- y regresó al beso con Jorge.

    Hugo y yo seguimos su ejemplo y nos empezamos a besar, ninguno de los besos de esa habitación era un beso tierno, más bien estaban cargados de una calentura y de una pasión contenida, de pronto siento que alguien me pone una mano en la espalda, era Leo, quien había soltado el beso con Jorge y me jalaba para besarse conmigo, empecé a besarlo mientras mi mano recorría aquel abdomen marcado, sus manos entraban por mi pantalón para apretar mis nalgas, mientras tanto, Jorge se había puesto en pie y se había ido a sentar sobre el regazo de su hermano con las piernas abiertas, ellos se fundían en un beso caliente, sus manos tenían sus propias batallas recorriendo el cuerpo del otro.

    Hugo separándose de los labios de su hermano dijo- vamos a mi recamara-. Hasta ahora, habíamos cogido y dormido en la recamara de Jorge, recién entramos a su recamara, Jorge y yo nos acostamos en la cama, Jorge cabalgó a su hermano mientras Leo me cabalgó a mí, podía sentir mi verga rozando su culo, Leo se acercó a mis labios y mis manos recorrían su espalda, podía escuchar que Jorge y Hugo también se estaban comiendo a besos.

    Leo aprovechó su fuerza para voltearme, de manera que el quedó abajo y yo arriba y me dijo –Dice mi primo que la mamas muy bien, quiero ver si es cierto-. Eso me puso muy caliente y viendo a Jorge le dijo – y tu mámasela a tu hermano, así los dos amigos están haciendo lo mismo-. No tuvo que decir más para que yo le retirara los shorts a Leo y descubrir que no traía ropa interior, el encontrarme con aquella verga semierecta güera y circuncidada de 18 cm con el vello recortado a diferencia de los huevos que tenían bastante vello y que eran grandes, hizo que se me hiciera agua la boca y que empezara a salivar por el deseo de llevar aquel manjar a mi boca, Jorge también ya le había bajado la ropa a su hermano y ya se empezaba a encargar de su verga dándole pequeños besos y chupadas en la cabeza.

    Yo empecé a encargarme de la verga de Leo, dándole pequeños besos en el glande, mientras que con una de las manos jugaba con los huevos, poco a poco fui introduciendo aquella deliciosa herramienta en mi boca, el olor a sudor y a una posible corrida matutina inundaron mi nariz (si han seguido mis relatos, saben lo que me calientan los olores corporales, así que ya se imaginaran como me puse al percibir aquella aroma) por más que intenté llegar al fondo de esa verga, fue imposible debido a su tamaño.

    Aquella mamada estaba acompañada por el sonido de besos llenos de saliva, sacándome un poco aquella deliciosa exquisitez de la boca, subí la vista y mientras chupaba en círculos la cabeza de la verga de Leo pude ver como él y Hugo estaban fundidos en un beso, voltee mi mirada a mi compañero de mamada y vi que Jorge se había sacado también la verga de su hermano de la boca y se encargaba de la cabeza mientras observaba aquel beso, con la mano libre Jorge jaló mi cuello y nos fundimos en un fogoso beso en los que predominaba el sabor de los precum de las vergas que cada uno estaba mamando.

    Cada uno de nosotros regresó a la tarea que estaba haciendo, concentrándome en mamar la verga de Leo que ya estaba completamente dura, gruesa, llena de venas, con una cabeza brillosa por mi saliva y el precum que expulsaba, volvía metérmela a la boca e inicie un lento mete y saca mientras Leo dirigía suavemente la mamada con su mano, me saqué aquella delicia de mi boca, con la intención de encaminarme hacia esos huevos que me habían fascinado desde que los vi, lo primero que hice fue hundir mi nariz entre ambos testículos, que habían atrapado el olor a macho, sudor, semen, orines y que al estar tan llenos de vellos el aroma estaba aún más concentrado, revolcando mi nariz en su escroto, inspiré su esencia más profundo.

    Llevando primero uno de ellos a mi boca y metiéndolo suavemente, sentí un espasmo de Leo, lo que me hizo saber que iba por buen camino, empecé a moverlo con mi lengua dentro de mi boca, yo estaba lleno de morbo, por el sabor que coincidía bastante con el aroma que hace unos segundos había percibido mi nariz, lo saqué, pasé mi lengua por entre el medio de los testículos, continúe subiendo por todo el tronco de la verga hasta llegar a la cabeza la cual volví a chupar y jugar con mi lengua en el meato. Bajando nuevamente por el mismo camino de aquella verga llegué a la división de los huevos, introduje a mi boca el otro testículo… La habitación empezó a llenarse de los quejidos provenientes tanto de Leo como de Hugo.

    Fue Hugo el que con la respiración cortada dijo- ¿No te parece primo que es tiempo de que se las metamos, ya la lubricaron suficiente? -. Dicho esto, Jorge y yo nos sacamos las vergas de la boca para ponernos en 4 a la orilla de la cama, tanto Leo como Hugo se colocaron a la altura de nuestros culos y agachándose casi al unísono empezaron un delicioso beso negro.

    Yo sentía la lengua de Leo taladrando la entrada de mi ano, esa sensación húmeda que luchaba por entrar, hacia círculos, iba de arriba hacia abajo y no solo se ocupaba de mi ano sino que subía por toda la línea hasta llegar al centro de mi espalda baja y luego volvía a bajar hasta llegar a la base de mis testículos, regresaba a ocuparse de mi hoyito mientras que con sus manos apretaba mis nalgas, en aquella posición tenia a Jorge a mí misma altura por lo que nos volvimos a besar dejando que nuestras lenguas emularan el movimiento que tanto Hugo como Leo estaban haciendo en nuestros culos.

    Después de aquel entusiasta beso negro, Leo empezó a estimular mi culo metiendo un par de dedos, dedos, que antes yo había chupado cuando se recostó sobre mí y sentía como su verga se rozaba entre mis nalgas sin entrar, pero subiendo y bajando por aquella línea que hace unos segundos disfrutaba de su lengua y la temperatura de su aliento.

    Cuando Leo notó que mi agujero estaba lo suficientemente abierto para poder meter su verga, se levantó un momento de la cama al igual que Hugo, y se colocaron mutuamente un preservativo, mientras se comían la boca en un violento beso, beso que Jorge yo replicábamos tumbados en aquella cama con una almohada bajo nuestras caderas para facilitar la postura.

    Sentí como Leo se recostó detrás de mí, empujando aquella cabeza que se abría camino lentamente en mis entrañas, al inicio acompañado de un dolor y ardor por su herramienta de 18 centímetros que debido a la excitación estaba gruesa y llena de venas.

    Esa cogida estaba siendo demasiado para mí en aquellos momentos, sin embargo, mientras más entraba su verga en mí; el dolor daba paso a oleadas de placer. Cuando sus huevos chocaban con mis nalgas Leo puso todo su peso sobre mi espalda, me tenía completamente dominado y mi culo estaba a merced de aquella herramienta, él me tomó del cuello y levantando mi cabeza hizo que la girara levemente para taladrar mi boca con su lengua al mismo ritmo que su verga perforaba mi ano. Yo me sentía completamente excitado, caliente y con la verga dura por aquel control que Leo ejercía sobre mi.

    En un momento de la cogida que Leo me estaba dando, sin sacar su herramienta de lo más profundo de mí, me ordenó que me levantara y me pusiera en 4, Hugo repitió la indicación con su hermano, y cuando nos tuvieron en esa posición sincronizaron sus cogidas poniendo las manos en nuestras caderas usándolas para incrementar el ritmo. Ellos dos se empezaron a besar al ritmo de sus vergas rompiendo nuestros culos, Jorge y yo teníamos nuestro juego particular de lenguas; cuando no había besos toda la habitación se llenaba de quejidos y bufidos nada disfrazados.

    Después de unos 10 minutos de estar en esa posición en la que yo alternaba entre besarme con Jorge y con Leo, este me ordenó – Voltéate boca arriba-, me acercó a la orilla de la cama, poniendo mis pies a la altura de su cuello, siguió con aquella embestida que me estaba dando, yo estaba con la espalda sobre la cama, Jorge colocó su verga a la altura de mi boca también en una postura de 4 y mientras Hugo se lo cogía yo empecé a mamar aquella verga que debido a la excitación estaba llena de precum, con un olor a sexo y sudor que me puso como loco.

    La tarea no fue fácil entre las arremetidas de la verga de Leo en mi culo y las embestidas que Jorge recibía en su culo por la herramienta de Hugo, la sincronización fue complicada pero cuando logramos armonizarla, yo estaba en el éxtasis total de la lujuria tenía una gran verga en mi culo y una sabrosa verga en mi boca, llena de todos los aromas y sabores propios del sexo y el morbo.

    Jorge retiró su verga de mi boca y dándome un beso, se fue a sentar a las piernas de su hermano que estaba en el lado opuesto de la cama para clavarse el mismo a un ritmo frenético, aquella verga a la que su culo ya estaba acostumbrado.

    Leo me dijo –Estoy por correrme, ¿dónde la quieres? -en mi boca- le contesté, entre los quejidos por las embestidas que aún me daba con su verga, se salió de mí y sentí un vacío en mi interior, se quitó el condón y jalándome para levantarme de la cama me empujó hacia el piso, ahí me empezó a dar golpes con su verga en mis labios, hasta que la introdujo en mi boca, aquel olor y sabor a sudor y precum fue suficiente para que me apresurara a mamar ese manjar. Dentro de mi boca empecé a sentir como su verga palpitaba, Leo la empujó casi hasta el fondo, sentí una arcada seguida de unos 3 disparos de abundante leche directo en la garganta y otros 2 que inundaban mi boca, definitivamente tenía mucho tiempo de no correrse, sacó su verga de mi boca y yo me encargué de dejarla limpia con mi lengua.

    En aquel momento Hugo que había tumbado a su hermano en la cama, se había colocado sobre sus caderas de manera que su leche que empezaba a emanar de la verga ya sin condón, cayó en el pecho de su hermano. Leo se subió a la cama y me invito a hacer lo mismo, nos arrodillamos a los costados de Jorge y nos dedicamos a limpiar con nuestras lenguas su pecho inundado de la leche de Hugo.

    Después que nos limpiamos bien nos dirigimos así: Desnudos, sudados y con el olor de nuestras corridas a la sala, donde nos tumbamos sobre el sillón extasiados y exhaustos.

    Hasta aquí termina este 6 relato, de aquel candente fin de semana, en el siguiente relato les platicaré otra aventura donde Leo también participa en un festín de sexo donde por primera vez sentiría otra verga cogiéndose el mismo culo que yo.

    No olvides dejar tus comentarios y si tienes sugerencias para hacer mejor mis relatos también te las agradecería. Si gustas escribirme y platicamos ([email protected]).

  • Mi mamá abriéndose a nuevas experiencias

    Mi mamá abriéndose a nuevas experiencias

    Hola, soy Yesica. Les voy a contar lo que pasó al día siguiente de que mi mamá, Melinda nos dejara por primera vez a mi novio Gery y a mí, tener una noche deliciosa haciéndole sexo anal.

    Cansados del día anterior por haber subido el cerro en Tepoztlán, el sexo que tuvimos en la cima con nuestro amigo Mario y la deliciosa noche con mamá, no nos levantamos para ir a trabajar. En la mañana me despertó el olor de un rico desayuno que preparaba mamá mientras oía a Gery bajo la regadera. Cuando él entró a nuestro cuarto, envuelto en una toalla, desnuda me abrí de piernas estirando mis brazos para que viniera a abrazarme y darme un beso, se sentía muy fresco su cuerpo sobre mi caliente piel, así que retiré la toalla de su cintura para sentir su rica verga dura sobre mi abdomen, mi intención era cogérmelo en ese instante, pero mamá entró para decirnos que el desayuno estaba servido, se disculpó entre risas por la interrupción y se fue a la cocina. Nos debíamos levantar, así que me metí de rápido a la regadera mientras Gery se vestía.

    Cuando entramos en la cocina mamá ya estaba sentada, así que me acerqué a ella para darle los buenos días y al mismo tiempo un beso en la boca que me correspondió entrelazando nuestras lenguas, luego Gery hizo lo mismo.

    Platicamos que ese día nos quedamos dormidos, contentos por lo que había pasado y lo cansados que estábamos. Desayunamos muy rico. Luego nos pusimos a hacer un poco de limpieza en la casa, aprovechando que Gery estaría esa mañana con nosotras para mover algunas cosas pesadas y muebles que cambiamos de lugar, pues él en la tarde se iba a trabajar la combi de servicio público.

    Yo seguía muy caliente por lo que habíamos hecho el día y la noche anterior, mejor dicho siempre ando caliente. Así que antes que Gery se fuera a trabajar mientras se metió a bañar me metí con él, uno al otro nos frotábamos jabón en nuestros cuerpos, siempre me ha encantado lavar su verga, así que le jalaba la piel para dejar libre su cabeza, provocándole un poco de dolor mientras él se ponía más duro, mi panocha estaba muy húmeda, lista para montarlo en un posición que me encanta.

    Al ser en estatura él más alto que yo y más fuerte, me encanta que me levante de las piernas con sus brazos, mientras yo rodeo su cuello con los míos, sin dejar de besarnos, él me levantó con cierta facilidad, poniendo mi rajita en la cabeza de su verga, dejándome bajar poco a poco y llevando él el ritmo de subida y bajada, como si fuera yo una muñeca, disfrutaba sentir su fuerza y las ricas metidas de verga que me daba. Literalmente, disfrutaba sentirme una muñeca, siendo penetrada en esa posición.

    Me vine delicioso y lo mejor era que él podía seguir usándome a su gusto, hasta que se cansara de los brazos o se vaciara dentro de mí, mientras yo me quedaba recargada en su hombro y abrazada a su cuello. Pasó lo primero, se cansó de estarme subiendo y bajando. Así que con delicadeza bajó primero una y luego la otra de mis piernas, nos besamos y para agradecerle el rico orgasmo, lavé con delicadeza su verga, masturbándolo, pero ni así lo hice venir.

    Salimos a vestirnos a nuestro cuarto, mientras mi mamá estaba en el suyo. Así que se me ocurrió darle también un orgasmo rico a ella y que Gery no se fuera a trabajar con la verga parada o con algún dolor de huevos por no haberse venido. Se lo propuse a mi novio y él encantado aceptó. Le pedí que fuera por ella y le dijera si nos podía ayudar con algo, pero que fuera así envuelto en la toalla.

    Regresó con ella de la mano, ya sabía a qué venía. Gery la tomó de la cintura y comenzó a besarla en la boca, al tiempo que la desvestía parados frente a la cama en donde estaba yo. La única prenda que le dejó puesta fué su brasier y encontró el modo de sacar sus pezones para chuparlos, se veían hermosos, ella tan hermosa y hasta cierto punto tan frágil, siendo acariciada por mi novio, con un cuerpo más grande que el de ella, chupando sus pezones mientras su manos se agasajaban con las nalgas de mamá. Ella no dejaba de gemir y buscaba los labios de mi novio.

    Ya muy calientes, Gery la levantó con sus brazos como si fuera una novia que va al lecho matrimonial, me encantó ese detalle y yo no podía dejar de verlos, con lo mucho que me ha gustado ver porno, para mí en ese momento era algo parecido a una película porno, quería seguir viendo más. La acostó boca arriba, se besaron un buen rato y luego de esto él fue bajando por sus hermosas tetas, las apretujaba con sus manos al tiempo que las acariciaba y de algún modo disfrutaba de la textura de su prenda, sorbió de sus pezones en forma delicada mientras mamá ya tenía abiertas las piernas, Gery siguió bajando hasta colocar su boca en sus labios vaginales y así se empezó a retorcer de placer. Ahí ya no aguanté más y me coloqué a un costado de ella para morder sus labios con los míos, me besaba de manera desesperada y me abrazó muy fuerte mientras se venía en la boca de mi novio.

    Él bebió todo de entre sus piernas hasta dejarla casi limpia, luego la acomodó en la orilla de la cama, colocando sus piernas sobre su pecho. Metió su verga en la panocha de mi mamá sin dificultad, de ella salió un ligero gemido de sus labios, mientras él comenzó unas metidas lentas al principio, sacando casi por completo su tronco, para meterlo de nuevo, así varias veces y de a poco aumentó la velocidad. Yo veía cómo él tenía tomados sus tobillos con las manos mientras cerraba sus ojos. Mamá disfrutaba y yo tenía mi mano entre mis piernas, disfrutaba verlos así.

    La estuvo penetrando un buen rato, ella también movía su cadera en círculos, buscando darle y sentir más placer, los gemidos de ambos me tenían muy caliente, tanto que recostada de espaldas en la cama, cerré mis ojos y me concentré en tener un orgasmo mientras me masturbaba, sentir una de las manos de mi mamá, acariciando mis piernas, ayudo a venirme más intenso. Gery seguía bombeando en la vagina de mamá, ella también gemía fuerte en señal de que se estaba viniendo y mi novio unos instantes después, se salió de manera violenta de la panocha de mi mamá y abriéndole las piernas, nos regaló una salpicadera de esperma que cayó sobre el torso de ella y sobre la cama, fue delicioso verlo venirse así. Mamá se dedicó a esparcir el semen por su cuerpo, Gery se dejó caer sobre su cuerpo para envolver sus bocas en un rico beso, no quiero decir que haya sido de amor, pero sí de mucho morbo y calentura.

    Él tenía el tiempo justo para llegar a relevar a su compañero en la combi, así que se vistió rápido, nos dio un beso en la boca a ambas y salió casi corriendo. Feliz, pues no me puedo imaginar que se haya ido de otro modo. Él siempre diciéndome cuánto me ama y yo encantada con él, amándolo a más no poder. Feliz de tenerlo en mi vida.

    Mamá y yo nos quedamos recostadas un rato más en la cama. Platicamos de lo mucho que disfrutamos hacer el amor los tres, de lo afortunada que yo era y soy por tener a un hombre así a mi lado. Ella se lamentaba un poco por estar sola, pero yo la animaba, diciéndole que en la cama no debía tener pendiente, pues tanto Gery como yo estaríamos ahí con ella.

    Me preguntó qué cómo habíamos permitido que pasará lo de un día anterior, en el que me cogí a Mario y Gery había estado de acuerdo. Aunque le tenía mucha confianza a mamá, no le había contado muchas de las cosas que anteriormente ya habíamos hecho en cuanto al sexo. Sólo le dije que, con Gery no veíamos mal en experimentar y que lo de un día antes pasó sin planearlo, pero que todos lo habíamos disfrutado. A lo que ella contestó que aunque se le hizo raro, no dijo nada, pues ella estaba muy contenta atendiendo a mi novio, para ella eso fue algo así como una orgía, lo cual me causo un carcajada, pues más bien fueron dos parejas cogiendo. Ya más adelante le mostraríamos lo que sería su primer orgía, pensé.

    Me preguntó si se volviera a presentar la oportunidad de ver a nuestro amigo Mario, a Gery no le molestaría si ella también lo probara, a lo que le contesté que seguramente no, pues siempre habíamos pensado que lo principal era disfrutar todos, sin celos ni nada por el estilo. Me confesó que entonces sí le gustaría montarse a Mario y de algún modo se dijo dispuesta a que se diera la oportunidad, le dije que seguramente así sería.

    Nos metimos a bañar juntas, lavamos una a la otra nuestros cuerpos, nos besamos también sin llegar a calentarnos. Nos vestimos y salimos a comprar las cosas que necesitaríamos para las tortas del siguiente día. Mientras comprábamos había muchas miradas sobre nosotras, mi mamá y yo tenemos casi el mismo cuerpo llamábamos mucho la atención de los hombres. Entre esos hombres estaba Josué, el esposo de Génesis, la pareja con la que tuvimos algunos intercambios y de quienes nos falta algunas cosas por contar en los siguientes relatos. Cuando regresamos a la casa, mi mamá me preguntaba con algo de insistencia por ese muchacho y me confesó que le había gustado mucho.

    Obviamente yo no le conté nada de lo que ya había tenido yo con él y Gery con su esposa. Le dije que sólo sabía que estaba casado con la chica que lo ayudaba en su negocio y que era nuestro cliente, pues casi diario nos compraban tortas. Me pidió que no le fuera a contar a Gery lo que ella me había dicho y le dije que no se preocupara, eso quedaría entre nosotras.

    Vinieron cosas buenas después de esta confesión, se las seguimos contando en los siguientes relatos.

  • Marcela: nacida para ser mi puta

    Marcela: nacida para ser mi puta

    Son recurrentes las historias de parejas que luego de dar por terminado su vínculo amoroso, siguen encontrándose de vez en cuando, ya sea por necesidad, o quizás buscando esas sensaciones que no volvieron a sentir con otra persona.

    Lo que me vincula a mí con Marcela es el increíble sexo que tenemos, fuera de eso, no congeniamos en nada más, y he ahí la explicación de nuestro rompimiento…

    Cada cual rehízo su vida, de hecho actualmente estamos felizmente en pareja, aunque eso no es excusa para que nos escapemos al hotel del pueblo a comportarnos como animales.

    A veces ella, a veces yo, siempre está el mensajito con la para nada disimulada invitación a coger, sí, así de crudo, cada uno sabe que cuando recibe un mensaje del otro, el sexo es inevitable, y nos encanta que así sea…

    Pasarla a buscar por su casa, además de adrenalínico es saber que en las pocas cuadras de camino al hotel, me espera una hermosa chupada de pija mientras manejo, así de hija de puta es…

    Mientras se llena la boca con mi pija tira comentarios tales como:

    «Como extrañaba tu pija»

    «Acelera, que quiero, que me cojas»

    Y todo tipo de obscenidades que hacen el camino bastante largo, pero vienen muy bien para calentar el ambiente, aún más…

    «Te extrañé papito» me tiró desde el asiento de acompañante, mientras me acariciaba la pija, ya empapada en su saliva…

    La soltó, y acto seguido sé bajo la calza hasta las rodillas, dejando al descubierto su conchita completamente depilada para mí…

    «Estás con hambre? Quiero que te la comas toda»

    Así hasta llegar, insoportablemente puta…

    Pedimos la habitación, y baja ella primero del auto, va hasta mi puerta, la abre, me toma de la pija y me hace salir del auto…

    Me conduce a la habitación, pajeandome mientras camina, moviendo el hermoso ojete que la vida le dio…

    Cierra la puerta, me tira en la cama, y comienza con su show…

    Se abre el escote, dejando al descubierto sus divinas tetas, se mueve, menea como toda una diosa, sin dejar de mirarme…

    Pajeate, dice sonriendo, es una morbosa, siempre le encantó que me pajee viéndola.

    Poco a poco va desnudando sé por completo mientras yo me toco en su honor.

    Se masajea las tetas, se aprieta los pezones, se las escupe, tan vulgar que enamora…

    Se acerca lentamente, y va directamente a mi pija ya de sobras erecta, deja caer un hilo de saliva, la aprieta, sube sus dedos, y mientras se toca, me masturba suavemente…

    Tiene absoluto control de la situación, está en llamas.

    En un movimiento rápido, se sube encima de mi cara, me restriega su concha húmeda, un aroma dulce se desprende de ella…

    «Cómeme bebe» articula entre jadeos, orden que no desobedezco y en un instante mi lengua comienza a recorrer su costado más femenino…

    Me aprieta la cabeza, se menea como loca, siempre le encantó que le comiera la concha…

    Gime como una puta, no se reprime nada, hasta que un temblequeo de sus piernas me anuncia que su miel va a derramarse en mi boca…

    Grita como loca, me encanta sentir sus espasmos, me llena la boca con sus jugos, y sin dejar de gemir me mira desde arriba…

    Uff, como extrañaba esa lengua hijo de puta…

    Se gira, y aun con unas hermosas contracciones, está lista para un hermoso 69…

    Su concha no se despegó de mi boca, y me hace sentir escalofríos notar que engulle mi verga entera de un solo bocado…

    Siempre tan desesperada, de poder tragarse mis huevos, seguro que también lo haría, pero se conforma con masajear los apasionadamente…

    Se aferra a mis piernas y sin dudarlo comienzo a cogerle la boca, los sonidos que hace son muy excitantes, mi dura verga en la prisión de su garganta, me muevo de su conchita para mirar el espejo, y verla mirándose, toda degenerada con su boquita llena me pone aún más caliente…

    Gime como puede, mientras se menea, ya mi lengua no basta, así que el dedeo bien la conchita, está empapada, 2 dedos entrando y saliendo hasta hacerla explotar nuevamente…

    Muerde mis piernas mientras se retuerce de placer… me insulta, me pide más, esta loquísima…

    Se para de la cama, con las piernas temblorosas, se apoya en el espejo y me pide que la coja de parada…

    Tira bien la colita para atrás, me abalanzo a sus espaldas, y en un santiamén entra entera dentro de ella…

    La embisto fuertemente, nos miramos por el espejo, sus enormes pechos no dejan de rebotar, mientras la tengo del cuello sin dejar de empujar…

    Ay papi, si, cogeme,dámela toda.

    La habitación se ve invadida por el sonido de nuestros genitales chocando…

    Me sigue mirando, bañada en sudor, se lleva mi mano a la boca, chupando apasionadamente los dedos…

    Poseídos por el frenesí, así comienzan todos nuestros encuentros…

    Se arrodilla frente a mí y comienza a pedirme la lechita…

    Dámela amor, la primera, no cuenta, dame la lechita

    Hincada ante mí, masajeando sus tetas, recibe mi primera carga, boca bien abierta, lengua afuera, feliz de ser lecheada.

    Sonríe y gime al mismo tiempo,

    Mientras mi semen caliente se desliza hacia sus tetas…

    Que lindo verte amor, dice sonriendo muy perversa, mientras toma mi pija entre sus manos para limpiar lo poco que quedaba en mi glande…

    ¿Te parece bien un puchito y el siguiente round?

    A lo que respondo que sí, nos tiramos en la cama, mirando al techo, hablamos trivialidades, nuestro encuentro no hizo más que empezar…

    Tema va, tema viene, su mano empieza a acariciarme la pija…

    Me mira, sonríe, y me dice:

    «Creo que nací para ser tu puta…»

    El puntapié perfecto para el segundo round…

  • Un rato para contemplarme

    Un rato para contemplarme

    Un saludo para todos. Espero estén bien.

    Comienzo con decirles que yo me enamoré de mí mismo. Me fascina contemplarme en el espejo y me gusta lo que veo.

    Ayer, después de un largo día de estudio, llego a mi casa, y lo primero que hago es desnudarme y darme una ducha. Ya fresco, me recuesto en mi cama, prendo el tv y me sirvo un poco de jugo. Estando en la cama, se me derrama un poco de jugo en mi pecho y desciende por mi estómago.

    Mientras me limpio, me excito con mi cuerpo.

    Me invade un calor por todo mi cuerpo. Me levanto y me observo en un espejo que tengo en mi habitación. Noto que desde hace días no me había revisado el cuerpo. Noto que gracias al ejercicio he marcado mi abdomen, mis piernas tienen mejor aspecto, mis nalgas están más marcadas. Mis ojos avellana resplandecen, y noto que se me va poniendo duro mi amiguito.

    A pesar de que mido 1.60, y tengo aspecto de niño (apenas tengo 24 años), me gusta todo lo que veo.

    Pongo el espejo al frente de la cama. me recuesto boca arriba. acomodo las almohadas para estar relajado, y comienzo mi sesión de autosatisfacción. Mi mano en mi miembro, grueso y duro como roca, lo recorre de arriba a abajo. Siento como mi excitación va aumentando poco a poco. Voto un poco de lubricación y me lo distribuyo por todo el pene, para más facilidad. Así, lubricado, y mi mano de arriba a abajo, me recuerda a cuando penetro una vagina. Delicioso. En ese momento me entran ganas de tener una mujer sentada en mi boca y que se viniera. Lo deseo.

    A raíz de ese pensamiento, llego al clímax, me vengo muy rico, votando mucho semen que me cae en el mismo lugar donde me cayó el jugo, en el pecho y estómago. Caigo extasiado y cansado.

    Y así termina este relato. Espero les haya gustado.

    Tengo varios relatos por contar, de diferentes categorías. Si quieren conocerlos, háganmelo saber. Feliz noche y que tengan buenos orgasmos. Besos.

  • La primera vez que presté a mi esposa

    La primera vez que presté a mi esposa

    Mi nombre es Mike y les cuento… El sexo entre mi esposa y yo siempre ha sido de lo mejor, jamás había estado con una mujer como ella, siempre me complace al 100 y me dice exactamente lo que ella espera de mí, su nombre es Alejandra, tiene 36 años, de 1.60 aproximadamente, es pelirroja, de una piel hermosa blanca, unas tetas de buen tamaño y pezones rosaditos, sus nalgas son exquisitas, entre sus piernas guarda un tesoro de labios rosados que de solo verlo te hace explotar de excitación.

    Una ocasión mientras hacíamos el amor, le dije de lo mucho que tenía ganas de ver cómo era cogida por otro hombre, lo cual nos prendió muchísimo, y al narrarle lo que me gustaría ver nos puso aún más calientes haciéndonos llegar al orgasmo de una manera muy rica, y fue así que empezamos a planearlo, pero sinceramente es muy difícil encontrar a alguien de mente abierta dispuesto a acceder a una fantasía como esta, así que pensamos en un compañero de trabajo, el cual ya había notado que miraba de forma diferente a mi mujer

    Alejandra se encargaría de pactar el encuentro y bastaron días para que él accediera, con pleno conocimiento de que yo estaba enterado y de que mi esposa tenía mi consentimiento de probar otra verga.

    Llegó el día del encuentro, por dentro me comían una mezcla de sentimientos muy extraños, pero que a su vez me excitaban demasiado y de solo imaginarla cogiendo con otro me la ponía muy dura.

    Ese día yo mismo fui el que la llevó al lugar donde su compañero pasaría por ella y una vez que la dejé, me fui a mi casa con el corazón a mil por hora, pues mi mujer estaba a unos minutos de ser penetrada por otro hombre

    Ella llevaba un vestido poco holgadito, lo necesario para ver la forma de su rico trasero y sus tetas, y debajo una diminuta tanga, que aquel compañero disfrutaría quitársela.

    Fueron alrededor de 2 horas en las que yo tuve que aguantar la ansiedad por saber que estaba pasando, con la verga dura de imaginarme como se estaban cogiendo a mi esposa, después de más de 2 horas más o menos, fui a recogerla, y no podía aguantar las ganas de hacerla mía y saber que había pasado.

    Una vez llegando a la casa, le arranqué el vestido, la puse de espaldas, y haciendo de lado la tanga comencé a comerme su delicioso culo, sintiendo como su cosita se comenzaba a mojar pidiendo a gritos mi verga, hice una pausa y mientras nos besábamos, chupaba sus pezones y tocaba sus húmedos labios, me contaba que había pasado…

    -Llegando al motel, al bajar del auto comenzó a besarme mientras metía sus manos bajo el vestido y apretaba mis nalgas, una vez que subimos a la habitación continuábamos besándonos mientras que con sus manos recorría mi cuerpo acariciando mis nalgas y mis tetas, mientras yo podía sentir sus ganas de cogerme sobre el pantalón.

    -Una vez que nos desnudamos entre beso y beso, fuimos a la cama, donde de inmediato me monté en su verga, era del tamaño como la tuya, pero poco más gorda, le movía el culo mientras él acariciaba mis tetas, y le apretaba la verga así como a ti (mi esposa tiene el famoso perrito y sientes como te masajea la verga al mismo tiempo que te la aprieta al punto de sentir que te la arranca). Así lo hice terminar en dos ocasiones, yo no pude por estar pensando en que sentías tú.

    Ya no hubo tiempo para más narración, pues quería desahogar sus ganas conmigo, y comencé a cogerla como tanto le gusta, a chupar sus tetas y tocar su mojada cosita para después ponerla en 4 y recargarla contra la pared, sus gemidos y lo mojada que estaba me hicieron tener un orgasmo riquísimo.

    Así fue como comenzamos, este sábado saldremos con unos amigos por separado, cada quien tendrá un encuentro… esperen el relato de esa aventura.

  • La perversión de Susan y Silvia (parte II)

    La perversión de Susan y Silvia (parte II)

    Silvia ya estaba por terminar de limpiar todo cuando Susan entró a otro dormitorio del apartamento. Era algo bueno que la brunete sea una obsesionada con la limpieza, dejando que la rubia la ayude poco pero no mucho dándole tiempo a darse un duchazo y tomar Gatorade para recuperarse de la faena. Héctor, después de tomarse un baño, estaba echado en una cama individual que le perteneció al hijo de Silvia totalmente desnudo. Susan estaba encendida por estar en la compañía de la otra mujer, parecía una perra en celo y con muchas más energías que su contrincante quien era 10 años menor. La rubia se acercó a Héctor y dándole un beso pasó a montarse encima de él.

    Con una sonrisa y un gesto de “No” la rubia se detuvo en sus acciones y se tapó la boca roja de vergüenza cuando Héctor le mostro el extensor de pene color negro de 10 pulgadas de largo y 2 de ancho que saco bajo la almohada. Susan no era una mujer insaciable, pero se quedó picona que Héctor se haya tirado a Silvia y no a ella. Además, se notó que Silvia tuvo problemas en la violenta cogida que su amante le dio, al parecer su vagina no era tan amplia como la de ella y esta babeó al instante al ver tremendo pene. Susan antes de sentarse en esa tremenda verga, salió corriendo riendo hacia la sala para sacar de su bolsa lubricador. A pesar de ya estar mojadísima por tenerlo adentro, Susan por ya ser una señora de edad, no lubricaba naturalmente como antes y no quería lastimarse. Silvia la vio entrar y salir rápido de la sala mordiéndose el labio y agitando su mano como diciendo “El castigo que me espera”. Silvia hervía de celos mientras terminaba de limpiar la cochinada que habían dejado.

    Ya con la verga negra bien lubricado, Susan comenzó a bajar sus caderas para ser penetrada. Las dos pulgadas de grosor estaban estirando esa pecosa y peladita chucha de la vieja. La rubia se quejaba de placer, ella no era silenciosa como su contraparte, así que comenzó a gemir, a gritar por momentos cuando tremendo mostro entraba dentro de ella. Ya estaba en las 8 pulgadas cuando Susan comenzó a cabalgar lenta y cuidadosamente con el objetivo de comérsela toda. El problema no era el largo, sino lo ancha que estaba. Susan en su relación lésbica había experimentado hasta con una polla de 11 pulgadas, pero nunca una tan gorda.

    Mientras bajó todo su peso para sentarse por completo encima de su amante, Susan cerro los ojos y se dejó caer sobre la boca de su amante para darle un beso apasionado y gemir frente a sus ojos. Los movimientos circulares de las caderas de Susan eran un encanto, era un jugueteo que fascinaba a Héctor pero este quería verla gozar cabalgado tal polla y mientras sea más expresiva, mucho mejor. Quería no solo que Silvia la escuche sino también los vecinos. Con un dolor riquísimo sobre su pecho, Susan se levantó a cabalgar a ritmo lento mientras Héctor castigaba sus senos con apretones en los pezones y cachetadas en ambas tetas que bailaban de lado a lado y de arriba abajo.

    Susan estaba dando un show, sus aullidos de placer no podían ser censurados. ¡La gringa decía “Fuck me, my God!” y otras palabras a la vez mientras la cama individual rebotaba en la pared. Los vecinos de arriba y abajo seguro la escuchaban y Silvia lógicamente también. La brunete se acercó al marco de la puerta para ver como Héctor se cogía a Susan con tremenda verga. Susan se sacudía como si tuviera 20 años, saltaba en la cama y de su chucha segregaba un líquido blanco. Ella tuvo al menos dos orgasmos que la hicieron temblar de placer y derrumbarse sobre Héctor. Una metida de dedo en el ano la hizo despertar y mientras cabalgaba, Silvia miraba con la boca abierta al observar que tan estrecha estaba al recibir ese pene.

    El segundo orgasmo vino y al derrumbarse Susan sobre sobre el cuerpo de su más joven amante, éste aprovecho en darle la vuelta y ponerla en cuatro. Le indico a Silvia a que se desnudara y se echara en la en la cama adyacente y ponga la espalda sobre la pared y abra las piernas. El pene salió dentro de Susan solo para mostrarle a Silvia de lo que su rival estaba recibiendo. La brunete estaba a mil, todavía le dolía el vientre después de la cogida salvaje de Héctor, nadie la había follado así. Una vez en cuatro, Susan recibió otra vez la polla negra, penetrándola primero lentamente para que Silvia tenga una mejor vista y recuerde las películas porno que Héctor le mando a ver. Ella estaba loca por querer sentir eso adentro.

    Ya con toda adentro, Héctor comenzó a bombear a la su rubia perra. En cada empuje, el monstro negro salía hasta solo quedarse 2 pulgadas adentro para luego entrar rápidamente dentro de Susan. La cama golpeaba violentamente la pared, rompiéndola de a poquitos mientras los gritos de Susan eran excitantes. Silvia con las piernas abiertas se masturbaba con tres dedos adentro y rozando su clítoris alocadamente. La cara de Susan estaba enterrada en la almohada suave de plumas, la cual mordía con cada empuje. Su culito bien paradito recibía ahora sí su castigo que tango había buscado. El cuarto era un ambiente de placer, ambas mujeres gozaban a su manera. Héctor jalaba de los pelos a Susan para que levantase la cara para que sus gritos no sean camuflados por la almohada. La vieja no tardó en venirse nuevamente, cayendo sobre la cama rendida mientras su amante.

    Héctor dejó de la cama y con todo ese semejante “pene” se acercó a Silvia, se paró frente a ella y le indico que se la chupara. Silvia era de esas mujeres que no tragaba semen todavía, y chuparse otros fluidos de otra mujer no estaban en su radar. Ella se negó al comienzo, pero al recibir dos cachetazos en cada seno, aceptó hacerlo. Por más que Silvia abría la boca, solo entraban 2 pulgadas de tal verga. Era muy ancha para ella así que lamió ese pene de lado a lado hasta que todo ese dulce orgasmo de Susan desapareciera. No era el mismo sabor de que Silvia tenia, ella solía chuparse y olerse los dedos después de cada masturbación. Le gustó un poco haber saboreado a la rubia.

    Héctor retiró la extensión del pene negro, Silvia recién se dio cuenta que su amante también tenía un pene negro y grande. Héctor no era moreno, pero si trigueño, en su cuerpo donde no le caía el sol era tan blanco como ella, pero su polla era de negro. El joven agarró unas almohadas de la cama de Silvia y las puso bajo el vientre de Susan. Le indico a Silvia que se sentara en la cabecera de la cama con las piernas abiertas mientras lubricaba el ano de Susan, quien estaba en pose de perrito. Héctor quería que Silvia viva el placer de Susan mientras le rompía el culo.

    Susan gritaba “No! ¡No!!! Please…!” mientras se le empujaba toda adentro. Gemidos como de una niña se escuchaban de la boca de la vieja mayor. Héctor no tuvo piedad en hundírsela hasta los huevos. Susan se sentía a morir, peditos se escuchaban entre tanto saca y mete. Su cara de dolor lo decía todo, Héctor no sola la violaba por el culo, sino que también la asfixiaba con su mano mientras Silvia miraba atentamente. Susan siguió suplicando que parase la follada a su culo, Silvia estuvo aterrada, pero recordó que ella misma tenía una palabra secreta para detener todo acto. La gringa no pudo más, sus brazos le vencieron y se tumbó cara abajo sobre la cama cerca de la chucha de Silvia. Una cachetada hizo despertar a Silvia de tal espectáculo.

    Con ambas manos, Héctor enterró la cara de Susan sobre la chucha de Silvia quien la mantuvo en posición mientras el amante de ambas castigaba su culo. Era un sexo salvaje jamás visto por Silvia, Susan gritaba de placer, de dolor y se quejaba que parase, pero solo hacía que Héctor actué con más brutalidad. Las piernas de la rubia se cruzaban, sus uñas se enterraban en las sábanas y el colchón y mordía desesperadamente la chucha de Silvia que estaba mojada. Susan estaba llorando, decía que era muy grande, que la desgarraba, pero seguía recibiendo ese placer que Silvia no nunca había experimentado por su propia terquedad en dar el culito a Héctor.

    El pene salió por un momento para apreciar lo abierta que estaba la vieja. En una el pene volvió a entrar, lisuras, y el aclamo a Dios se escuchó de parte de la Rubia, ella comenzó a eyacular mientras Héctor con todas sus fuerzas la follaba. “Keep going, please…” se escuchó en el dormitorio. Los gemidos eran ensordecedores, Susan se puso de costado porque ya no podía resistir, Héctor no paró y comenzó a darle de nalgadas. Las esquinas de la cama rompían la pared, era una locura para Silvia estar en medio de todo eso.

    Susan adolorida tomo una nueva posición, Héctor la sacó de la pose perrito, la voltio y a puso al pie de la cama. En posición de misionera y con las piernas empujadas hasta que sus rodillas tocaran la cama, Héctor le folló el culo. Todo el peso de su amante recaía sobre sus piernas, hundiéndola más en las sábanas y dejando solo que su cuello y mitad de su espalda tocase el colchón. Con sus dos manos, Susan abría sus nalgas para recibir todo el negro miembro de su amante. Silvia tenía un gran show frente a sus ojos, escuchaba como las bolas chocaban con la piel de la rubia haciendo ese sonido rico de sexo. Peditos salían del ojete de Susan mientras esta gritaba desenfrenadamente. Ambos rebotaban en la cama sincronizadamente, como si sus cuerpos estuviesen fusionados. Silvia atino amasarle los huevos de Héctor lo mejor que podía, éste se lo agradeció. Ambos estaban por venirse.

    Susan decía que ella era su puta y que le rompiera el culo más fuerte mientras eyaculaba haciendo una escena más fuera de serie pasa Silvia. El ritmo comenzó a parar, Héctor punteaba el culo de Susan, ésta soltaba aullidos hasta que comenzó el ritmo salvaje otra vez, las cachetadas le llovían a Susan, y ella gritaba desesperadamente. Silvia contó un mínimo de diez golpes hasta que el movimiento alcanzó un punto máximo donde ambos se vinieron en un orgasmo.

    Héctor se retiró del lado de Susan, éste llevo su pene a su boca para que se lo limpie. Todavía con las piernas arriba y el semen chorreando de su ojete, Silvia se acercó a devolverle el favor anterior y lo recibió todo en la boca. Antes que pudiera tragárselo o botarlo por el asco que tenía, Héctor la llevo de los pelos frente a la cara agotadísima de Susan y le indico que se lo pasara a su boca. Susan se lo tomó todo, y después se besó con su amante ante la mirada celosa de Silvia.

    Con una mano el amante llamó a Silvia. Ella sentía un poco de asco en su boca, no solo por haber recibido el semen de su “bebé” sino también por haber saboreado el culo de Susan. Ella estaba siendo educada para seguir sus órdenes, pero no tenía la menor idea de cómo iba a explicar lo siguiente a su psicóloga. Frente a las narices de Susan, el pene de su amante entro en la boca de Silvia, y con una sonrisa le dijo que no se preocupe, que él le iba a limpiar el sabor amargo. El orín se desparramó un poco de la boca de Silvia, Héctor de un cachetadón la tumbó a la cama para luego ponerla de rodillas en el suelo. Con la boca bien abierta y la cara atónita de Susan, Silvia se tragaba toda la descarga de orina en su garganta. Silvia lo recibía como una esclava del placer, y viendo lo sorprendida que Susan estaba de tal acto, bebió hasta la última gota.

    Un minuto después, Silvia estaba en cuatro patas en el piso del cuarto de sus hijos, recibiendo latigazos de su dueño hasta que su culo estaba rojo y sus ojos llenos de lágrimas. Con el culo roto, solo vio tal espectáculo sintiendo felicidad de ver a su rival sufrir.