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  • Sesión de pintura erótica

    Sesión de pintura erótica

    He conocido a un muchacho llamado Axel en mi trabajo, ambos trabajamos para la misma empresa, él es abogado y yo estoy en el departamento de finanzas.

    Nos hicimos amigos y él me contó que también le encanta pintar.

    Es un gran pintor, me mostró algunos de sus trabajos y todos son increíbles, desde hermosos paisajes hasta rostros de personas.

    Nuestra relación es muy cercana, tenemos mucha confianza.

    Hoy Axel me dijo que le gustaría pintar sobre mi cuerpo desnudo, sería como una sesión de pintura, pero erótica y yo accedí encantada con esta idea.

    Después de unos minutos llego Axel vestido con una camisa blanca como su bonita piel, pantalón negro y una mochila roja donde llevaba todos sus elementos de pintura.

    Cuando ingresó a mi casa se detuvo frente a mí y me dio un gran beso en los labios.

    -Ese vestido negro te queda muy bonito, tanto que no he podido resistirme – dijo esto en referencia a mi vestido que tenía un escote bastante atrevido y apenas me cubría las nalgas.

    Pasamos directo a mi habitación y él empezó a sacar de su mochila las distintas pinturas y pinceles que iba a utilizar, yo me quite lentamente el vestido mientras Axel me recorría todo mi cuerpo con sus ojos oscuros.

    Se acercó a mí con todo lo que iba a utilizar y me dijo:

    -Ya eres una obra de arte.

    Me empezó a tocar los brazos con mucha delicadeza.

    -Que hermosa piel, muy suave.

    Acerco su nariz a mi cuello y sintió mi aroma mientras me daba pequeños besos detrás de mi oreja.

    -Que hermoso aroma, dan ganas de comerte.

    Con todas sus palabras y caricias yo ya me estaba estremeciendo de placer.

    Tocó con sus dedos mis labios.

    -Una boca perfecta para besar, morder y disfrutar- acerco sus labios a los míos y nos dimos un beso con mucho intercambio de lengua que duro varios minutos.

    Me llenó de suaves besos mi abdomen y me dio muchas caricias en mis muslos.

    -Me encanta todo de ti, Marcela, eres perfecta -luego de esto fui yo la que lo volvió a besar porque me estaba haciendo sentir muy bien con estas palabras tan bonitas.

    -Ahora vamos a empezar con la pintura ¿te parece bien?

    -Me encanta la idea, haceme lo que tú quieras -le dije sonriendo pícara.

    Él tomó un pincel fino y le aplicó pintura de color rojo intenso.

    Al color rojo lo uso para mis pechos y en esa zona me pinto dos corazones en cada seno.

    Con cada pincelada que él hacía en mi cuerpo eran como nuevas sensaciones que nunca había experimentado antes.

    Luego usó el color negro y dibujó una línea de puntos desde mi abdomen hasta mi pelvis.

    Primero fueron puntos chiquitos y luego se volvieron cada vez más grandes.

    Mientras él me pintaba yo lo observaba y me encantó verlo hacer esa tarea que tanto le gustaba, estaba en un estado de concentración pleno a él solo le importaba mi cuerpo en estos momentos.

    Y es verdad que esto tiene mucho de erotismo porque se trata de un trabajo plasmado en mi cuerpo.

    Cuando terminó de pintar mi abdomen dirigió su vista a mis muslos, soltó su pincel, me los tomo con ambas manos y me dijo: -Perdón, ya no me resisto.

    Empeño a pasar su cálida lengua por mis piernas, pero luego fue subiendo y de repente me encontré con una deliciosa lengua introducida en mi vagina.

    La chupaba con verdadero disfrute como si fuese el helado más maravilloso de este mundo, sacaba su lengua haciendo movimientos de lado a lado y luego la volvía a introducir en mi concha, la abría con sus dedos para chupar mucho más al fondo y que yo sienta su lengua completa dentro de mi vagina.

    Le tomé la cabeza para acariciar su cabello color rubio miel y eso hizo que su lengua fuera más profundo todavía.

    Eso me causó la eyaculación femenina inmediata y las sábanas quedaron bien húmedas.

    Lo miré y le dirigí una sonrisa llena de satisfacción porque nunca pensé que mi compañero de trabajo me podría hacer un oral tan delicioso.

    Él se desnudó lentamente como yo lo hice al principio y al fin pude ver su gran pene erecto.

    Me acerqué rápidamente a su miembro y le escupí una buena cantidad de saliva en la zona de la cabeza, pero en vez de metérmelo en la boca yo mismo me lo puse dentro de mi vagina, aclaro que entró fácilmente porque la entrada todavía estaba húmeda.

    Él subió mis piernas a sus hombros y las acarició mientras empezó con sus ricas embestidas que producían un movimiento y sonido espectacular.

    Mientras aumentaba de velocidad con sus embestidas más deliciosas resultaban para mi concha que no quería que esa pija parase nunca de hacer esas maravillas que estaba haciendo adentro mío.

    Entre cada embestida nuestros gemidos aumentaban de volumen y finalmente tuvimos el orgasmo más delicioso los dos al mismo tiempo, eso que nos sucedió es lo más bello que tiene el sexo en sí.

    Axel se acostó en mi cama, me agarró de mi cintura y me sentó encima de su gran verga.

    Yo me moví hacia todos lados y a dar muchos saltos mientras su pija estaba bien clavada en mi concha, él disfrutaba con mis ricos movimientos y yo me sentía en el cielo con su pene adentro mío.

    Para hacerlo más salvaje yo me acosté totalmente sobre él y Axel me puso ambas de sus manos en mi cadera.

    Me aferró con fuerza, yo seguí haciendo movimientos con mi culo, pero al tenerme tomada de esta manera a él le permitió aumentar la velocidad de las embestidas.

    Acerqué mi rostro al suyo y lo besé todo el tiempo que duro la rica penetración.

    Se acomodó para darme por el culo mientras yo lo apuntaba a su miembro, pero esta vez agarró su paleta de pintura y su pincel.

    -Mientras te penetro quiero pintarte tu espalda -me dijo.

    -¿Vas a poder? -le pregunté.

    -Si, lo voy a intentar.

    Primero de una sola embestida me penetro el culo y yo di un gemido cuando su verga entro y luego sentí su pincel dándome pinceladas en la espalda mientras él hacia los movimientos de las embestidas.

    Este hombre era totalmente increíble porque hacia las dos cosas al mismo tiempo, con una mano me agarraba mi cintura para no perder el ritmo de la penetración y con su otra mano libre me seguía pintando la espalda.

    Sus embestidas eran igual de deliciosas siendo salvajes y sensuales a la vez gracias al ritmo perfecto de Axel.

    Luego de unos minutos dejo de pintarme y me agarró bien fuerte de las caderas con ambas manos para eyacular todo su semen adentro mío. Como me sentía el culo muy lleno de leche quise probar un poco, me metí dos dedos en mi culo y los saque llenos de semen, luego me los llevé a la boca para chuparlos asegurándome de que queden bien limpios.

    -Que rico semen -le dije a Axel dándole un beso en sus labios.

    -¿Te gusto la sesión de pintura erótica?

    -Me encantó.

  • Antes de la boda… doble verga

    Antes de la boda… doble verga

    Buenas a todos, me llamo Leticia, tengo actualmente 30 años, de piel clara, tetas bastantes grandes, algo de pancita, culo grande y piernas firmes. Esto sucedió hace 4 años.

    Actualmente ya estoy felizmente casada, solo que antes de la boda mi esposo y yo sabíamos que de estar casados no podríamos tener aventuras y tuvimos la idea de tener una noche de pasión con quién quisiéramos, pensé en dos de mis mejores amigos que sabía que me tenían muchas ganas pero no sabía a cual de los dos escoger así que le dije una leve mentira a mi esposo, llegado el día cada uno salió de la casa y yo me dirigí al bar donde me encontraría con mis dos amigos. Uno se llama Tom y el otro César.

    Me puse un vestido rojo pegado que a ambos les gusta con su respectiva lencería debajo, al llegar hablamos todo normal y un rato después les dije el trato con mi esposo y si querían podíamos tener un trio, ambos se vieron unos segundos y dijeron que si, me sentí muy emocionada y como parte del trato nos fuimos a un motel, yo iba a rentar la habitación pero ellos se me adelantaron y pagaron, me pareció muy lindo así que pensé darles una sorpresa más adelante.

    Al entrar a la habitación me empezaron a besar y tocar toda mientras yo sentí sus erecciones crecer en sus pantalones, les pedí que se quitarán la ropa mientras me iba a retocar al baño y ahí me quite mi vestido y lo cambie por un baby doll que había comprado recientemente y solamente para esta ocasión, después de unos minutos salí y los vi a los 2 ya desnudos en la cama y como al verme sus vergas se pusieron más erectas.

    Era un baby doll violeta transparente que dejaba ver mis pezones y unas bragas de encaje muy sexys al igual que medias negras y tacones rojos. De nuevo ambos se levantaron a tomarme con besos y caricias y poco a poco me pusieron de rodillas frotando sus vergas en mi rostro, se las empecé a chupar a los 2 mientras ellos se reían o soltaban suaves gemidos.

    Conforme chupaba sus vergas eran más rudos conmigo tomando mi cabeza a su gusto como un juguete, metiendo sus vergas hasta mi garganta hasta que me quedara sin aire, uno de los 2 tomo los tirantes del baby doll y lo dejo caer al suelo, se las chupe por varios minutos hasta que estaban escurriendo de saliva y Tom me puso de pie diciendo «voy a darte verga puta».

    En verdad me sentía como una prostituta así sin más que las medias y los tacones con 2 hombres calientes por mi, rápido me puso boca arriba estando sobre de mi besando mi boca y cuello junto a más partes de mi cuerpo mientras su verga se frotaba en mi coño, me dio un delicioso beso en la boca y sin decir nada metió toda su verga en mi coño hasta el fondo, grite mi gemido y él se movía sin parar para que siguiera gimiendo.

    Tom me estaba dando muy duro boca arriba y me sentía muy puta al tener las manos sobre la cabeza mientras mis tetas rebotaban y tenía los ojos cerrados fue por eso que no me di cuenta que César llegó por mi cabeza y abriendo mi boca metió casi toda su verga de golpe haciéndome una garganta profunda, respondí de inmediato arqueando mis espalda y tratando de empujar sus piernas con mis manos.

    Cuando hice eso ambos aprovecharon para darme más duro como salvajes mientras yo me quedaba sin aire y las bolas de César tapaban mi nariz, movía mi cuerpo un poco desesperada y eso también hacía que sus verga me golpearan más por dentro, tanto que en un momento no aguante más y eso me causo un orgasmo, sentía que me derretía y me quedé quieta, solo así fue que César saco su verga y me dejó respirar.

    Mientras tomaba un respiro César me dio vuelta en la cama y jalo de los pies hasta apoyarlos en el suelo con medio cuerpo sobre la cama y mi culo empinado, lo vi y le dije «Esperame amorcito necesito un respiro» pero el solo le vio sonriendo y me la metió toda empezando con sus duras embestidas, se estaban tomando enserio cuando les dije que hubieran conmigo lo que quisieran.

    Tom se subió a la cama y tomo mi rostro frotando su verga en mi, abrí la boca para que la metiera pero no quiso solo se estaba masturbando mientras me miraba y se frotaba en mi rostro, no perdía la atención en ninguno de los dos en especial con César que casi en cada embestida me daba una fuerte nalgada que hacía temblar mis piernas, después de unos segundos Tom accedió y le empecé a chupar las bolas y sentía como César abría mis nalgas y pasaba un dedo por mi ano hasta que dijo «y si le hacemos una doble?».

    En ese momento me puse muy nerviosa nunca me había hecho una doble penetración, aunque si había fantaseado mucho con eso, Tom respondió que si y César saco su verga diciendo «yo pido su apretado culo» mientras se chupada dos dedos que después llevo a mi culo y me penetró con ellos, yo tenía los ojos cerrados de placer y ni siquiera había notado que ya no tenía la verga de Tom en el rostro, no fue hasta que César saco sus dedos y me dio una nalgada que los abrí y él me dijo «súbete en el perra».

    Vi a Tom ya acostado moviendo su verga y me subí a gatas a la cama, no podía ver mi ano pero sentía que estaba más abierto, me subí en él y sin hacerse el esperar mucho puso su verga en mi coño y me hizo sentarme hasta meterla toda, solté un fuerte gemido y volteé a ver a César que ya se ponía detrás de mi con su verga entre mis nalgas, su verga estaba muy húmeda igual que mi culo así que ni debía ser muy difícil entrar.

    Yo lo miraba mientras él empujaba y Tom jugaba con mis nalgas, sentir su verga en mi ano era muy extraño pero me ponía más caliente cada centímetro que entraba y César dijo «puta madre vi tu gran culo mucho tiempo y ahora ya te la estoy metiendo» al acabar de decir eso me la metió toda y eso hizo un corto circuito en mi mente, ambos se empezaron a mover abriendo mis agujeros.

    Mi ano se acostumbró a la verga de César y mi coño estaba muy caliente y apretando la de Tom, apoye mis manos en la cabecera de la cama y comencé a dar sentones, sus vergas entraban al mismo tiempo y velocidad, dolía un poco pero era más el placer de ser penetrada así, César me estaba besando el cuello y Tom se acomodó para chupar mis tetas, me sentía muy bien haciendo eso y más por sus vergas que no paraban de palpitar.

    Después se volvieron a mover y en un momento me tenían al límite de otro orgasmo y ambos me sacaron sus vergas y dijeron «date la vuelta» lo hice y solo querían cambiar de agujeros César me la metió hasta el fondo en el coño y Tom me abrió más el culo, ambos regresaron a moverse más rápido que antes y mientras gemia casi gritando César me dio un gran beso ahogando mis gemidos mientras su lengua penetraba la mía.

    Cómo estaba sensible apreté mis piernas abrazando a César y tome la mano de Tom para cubrirme en un gran orgasmo mojando a los 3 y más a la cama, nos dejamos de besar y César dijo «siempre has sido muy linda, ya te quiero cubrir de semen», yo apretaba más mis agujeros y recibirá algunos rasguños o mordidas de ambos y ellos igual de mi, no sé cuánto tiempo estuvimos en esa posición pero estaba perdida de placer hasta que Tom nos pidió que nos detuviéramos un segundo.

    Tom saco su verga y la limpio un poco con un pañuelo, César me acostó boca arriba y siguió con sus embestidas, Tom se puso en mi cabeza y se empezó a masturbar muy rápido mientras apretaba mi cuello con una mano y yo sacaba mi lengua lamiendo un poco de la glande de su verga, mi coño estaba ardiendo y como de milagro César saco tu verga y sin siquiera tocarla se empezó a correr sobre mi cuerpo llegando su semen hasta mis tetas.

    Tom al ver esto también me lleno el rostro de más semen e igual salpicando a varios lugares, se la chupe a Tom con el semen que tenía en la punta y poco después César se acercó para que le hiciera lo mismo, terminamos y César se fue a bañar mientras Tom tomaba algo y yo pensaba igual tomar un baño pero estaba muy cansada así que decidí dormir un rato.

    Al despertar estaban los 2 conmigo en la cama, me di un baño y al salir ya estaban despiertos, nos arreglamos y me enseñaron unas fotos que me tomaron desnuda y dormida, me pareció algo sexy así que les dije que las conservarán, nos despedimos y volví a casa con mi prometido el cual parecía haber pasado igual una gran noche.

    Ya estoy casada con mi querido esposo y solo tengo sexo con él, debo admitir que algunas veces me viene unas fantasías a la mente pero eso ya es cosa del pasado, espero que disfruten de mi sexi experiencia, adiós.

  • Desvirgando el culo de mi cuñada

    Desvirgando el culo de mi cuñada

    —Hola, sí solamente necesito que me ayudes a colocar ese cuadro en la parte de arriba, porque sabes que mi marido no puede subirse en la escalera y yo tampoco.

    Así iniciamos el diálogo ese día en que llegué a la casa de Ana María, ella se encontraba sola y necesitaba que le ayudara, yo me subí en la escalera, ella se ofreció a sostenerla para darle seguridad.

    Coloqué el cuadro tal como lo pedía y por alguna razón sentí que su cara estaba a la altura de mi cintura esto me puso la cabeza un poco lujuriosa, entonces me di vuelta y mis genitales quedaron a la altura de su cara ella sonrió y simplemente me dijo;

    —Ya sé cómo quieres que te pague por este favor tan grande.

    Sin agregar más tomó con sus manos mi pantaloneta y la bajó de una con el bóxer quedando completamente desnudo y mi verga justo en su cara, la tomó de una manera muy delicada y comenzó a besar desde la punta, bajando lentamente dando unas lamidas espectaculares y de repente se la introducía completamente en su boca, después me lamía las huevas, las chupaba y volvía a entenderse de mi verga que para ese momento estaba que explotaba.

    ¡¡Qué mamada tan espectacular!!

    Así se habían convertido mis encuentros con mi cuñada, a quien los años la hacían ver cada vez mejor como los buenos vinos, la cercanía de su casa y la mía nos daba la excusa perfecta para solicitar algún tipo de ayuda con cualquier labor doméstica pero siempre terminábamos culeando de lo rico.

    Yo fui bajando lentamente de la escalera, con mi verga le iba rozando su cuello después sus tetas el ombligo y cuando llegamos a la vagina la sentí muy muy caliente, apenas me dice “ya quiero adentro por favor métela me estoy muriendo de ganas de tener esa verga dentro de mí”. Entonces también bajé su sudadera con las bragas que estaban totalmente húmedas y de inmediato procedí a penetrarla, gritaba como loca ,sabía que su marido no estaba ni mi esposa tampoco, teníamos todo el espacio y todo el tiempo, entonces le daba y le daba, ella gritaba que quería más, que qué delicia y yo bombeaba.

    Me pidió que nos fuéramos para su cuarto y allí se puso en cuatro sobre su cama, yo apenas veía ese culito blanquecino redondito y provocativo solo pensé que tenía que clavar mi verga en él. Continuamos, yo le introduje nuevamente en esa vagina que estaba totalmente húmeda, sus jugos brotaban dándole una lubricación perfecta para la maniobra que realizábamos, yo la sacaba completamente y la volvía a meter y en una de esas rocé con la entrada de su ano, apenas escuché un “ay por el culito no”.

    Confieso que no era mi intención pero a partir de ese momento claro que mi pensamiento se centró solo en metérsela por ahí, entonces la sacaba completamente y como estaba húmeda volvía y la metía y simplemente me desviaba un poquito hacia arriba y le tocaba la pared del ano y lo hacía repetidamente hasta que me dijo:

    —Dale nunca lo he hecho por ahí pero ya quiero dame! Dame! Por ahí.

    Sus deseos son órdenes, pensé. Entonces con mi dedo medio de sus propios jugos vaginales lubriqué la entrada de su ano y lentamente acerqué mi verga y la fui introduciendo, ella apretaba y soltaba y esto hacía que ingresara cada vez un poco más de mi verga entre ese virginal culo caliente y succionador, así la fui introduciendo toda hasta que sentí como chocaba mi pelvis contra su redondeado culito. Ella simplemente gemía y con sus manos empezó a masturbarse de una manera acalorada y me decía que le bombeara.

    Yo obediente comencé a darle y a darle y a darle y esos gritos de placer me ponían en el paraíso, introducía sus dedos alternando la mano derecha con la mano izquierda en su vulva. Yo sentía que ya no aguantaba más y le dije “me vengo me vengo”, entonces me gritó “sí dale adentro dale adentro quiero toda la leche dentro de mí”. No aguanté más y exploté, fueron chorros de semen dentro de ese culo que ya no era virgen y que había sido entregado a mi verga que salió triunfante. En ese momento empezó a gritar y a decir: -me vengo yo también, sus gritos fueron ensordecedores y de pronto sentí un espasmo y quedó inmóvil.

    Fue así como mi cuñada que ya tenía más de 50 años me entregó su culo virgen, después les cuento que más hemos hecho con mi cuñada una dama de alta alcurnia que en la cama se ha convertido en tremenda puta.

  • Mi dulce domina

    Mi dulce domina

    Entré a la habitación y, bajo una tenue luz exterior, pude ver la silueta del cuerpo de Agos esperándome boca abajo, con una fina ropa interior de encaje de color negro.

    Sus ojos estaban cerrados, y la sabana cubría sus piernas dejando a la vista la perfecta redondes de sus glúteos, que como una dulce manzana tentaban a mi boca.

    Comencé a acercarme lentamente, mientras sentía como debajo de mi pantalón mi miembro comenzaba a tomar una fuerza irrefrenable. Observo una leve sonrisa en el rostro de Agos, como presintiendo el placer que se avecina y su cadera comienza a contornearse suavemente.

    Comienzo a acariciar con la yema de mis dedos sus muslos, rozando y recorriendo cada centímetro de su piel por su cola, su espalda y su cuello. Puedo sentir como su piel se eriza ante mi contacto. Al apoyar mi mano en su entrepierna puedo sentir la humedad de su sexo a través de su ropa interior. Agos, como poseída en un viaje a otra dimensión, mantiene sus ojos cerrados, concentrada en gozar con cada movimiento que le brinde placer.

    Mi boca como poseída comienza a besar su espalda hasta llegar a su cuello donde mi lengua lo recorre milimétricamente hasta llegar a su rostro. Un leve gemido se escapa de su boca al tiempo que mi mano presiona sobre su entrepierna.

    Agos abre los ojos y levanta levemente su rostro para besarme. Su dulce lengua tiene un sabor embriagador, intoxicante, un calor que impregna todo mi cuerpo. Puedo sentir como su excitación se introduce dentro mío, contagiándome. Agos entorna su cuerpo para exhibir sus dilatados pezones, invitando a mi boca a lamerlos. Mi lengua obedece, no solo lamiendo sino también mordiéndolos suavemente.

    Agos vuelve a gemir del placer al tiempo que su mano desciende palpando mi entrepierna. Casi como una señal aprovecho este movimiento para quitarme la ropa y quedar completamente desnudo. Mi amante mira mi cuerpo y la rigidez de mi miembro que esta erecto y de color morado.

    Me siento en la cama, y luego de quitarle su ropa interior, comienzo a masturbar su sexo empapado, que parece absorber naturalmente a mis dedos a lo más profundo de su interior. Sus flujos mojan las sábanas, mientras escucho; “metemela toda bebe”. Mi pene golpea contra mi abdomen como cobrando vida propia.

    Comienzo a introducirlo lentamente en el sexo de Agos sintiendo como mi glande se humedece al penetrar suavemente, pero sin pausa, hasta impactar con su pared vaginal interior. Agos vuelve a gemir, pero esta vez en voz alta. Mis caderas retroceden para tomar impulso y mi pene sale lentamente. Lo apoyo nuevamente en su cálida vulva sintiendo nuevamente su calor y humedad. Mis movimientos acompañan sus gemidos una y otra vez, en un vaivén de placer insaciable. Los gemidos de Agos son ahora alaridos de placer que superan las paredes de la habitación.

    Nuestros cuerpos como poseídos por un hechizo diabólico, se aceleran a un ritmo infernal. Mis caderas chocan violentamente contra sus glúteos. Sin parar de moverse Agos se da vuelta y recorre con su lengua serpenteante el interior de mi boca transmitiéndome su salvaje excitación.

    Sigo penetrándola sin poder parar. Los glúteos de mi amante se tensan amortiguando los violentos envites de mis caderas. Nuestros cuerpos sudan y se pegotean de placer. Puedo sentir con mi glande cada milímetro del relieve interior de la vulva de Agos, golpeando vigorosamente contra su pared interior, detrás del pubis.

    De pronto Agos se da vuelta, y me dice: “ahora yo quiero cogerte”. En su mirada era determinante. Obedeciendo me recuesto boca arriba. Se sienta en cuclillas sobre mí, apoyando su cálido sexo contra mi pene, y se deja caer lentamente, para que su vulva penetre mi pene. Gimiendo del placer comienza a subir y bajar, imponiendo las formas y los tiempos de la penetración. Comienzo a sentir como los flujos de su sexo, chorrean por el cuerpo de mi pene decantando sobre mi abdomen y mis testículos.

    Agos parece volver en sí, observándome y llevando sus pezones a mi boca. Comienzo a lamer sus senos, a morderlos y besarlos como si fueran dulces frutas en medio del desierto. Agos se arquea más para frotar su clítoris sobre mí. Puedo sentir su dureza rozando sobre mi abdomen y me vuelvo loco. Soy rehén de su cuerpo y de su placer, y eso me encanta. “cogeme todo” le digo.

    Agos, descontrolada, comienza a cabalgarme con locura. Ahora soy yo el que gime y grita del placer, sin importarme nada. “seguí seguí!” le digo, sin poder dejar de gemir.

    Siento que mi pene se va a quebrar ante tanta locura, pero nada me importa. Siento las caderas de Agos golpear violentamente sobre mis testículos. Agos se agacha y toma de mis manos fuertemente, aprisionándome aún más. Siento que ella es mi reina cogiendo con su súbdito del placer.

    Puedo sentir como el orgasmo de Agos se va formando dentro de su cuerpo, como una explosión inminente, que no dejara nada en pie. Su convulsión va subiendo desde la punta de sus pies, de sus manos, hasta su sexo, de manera incontenible. Finalmente llega con un grito infernal que exterioriza un orgasmo bestial. Comienza a reír y a llorar a la vez.

    Ahora soy yo quien no puede parar. Cierro los ojos y me voy muy, muy lejos. Siento que algo intenso comienza a invadir todo mi ser. Agos me sigue cabalgándome, contorneando sus caderas en todos los sentidos. Sus caderas comienzan a golpear brutalmente contra mi pene que arde del placer.

    Los flujos de Agos siguen chorreando mi sexo, mi cuerpo y todo alrededor. Imagino que ese flujo va directo hacia mi boca y lo engullo con deleite. Escucho que me grita: “dame toda la lechita calentita bebe. ¡¡Quiero que me llenes con toda tu lechita calentita!!”

    Aullando del placer aprieto con fuerza sus nalgas marcando mis uñas. No puedo parar y siento como la erupción de un volcán de placer que estalla dentro de las entrañas de Agos, inundando todo su cuerpo de semen caliente.

    Agos se desploma sobre mi pecho mientras nuestros cuerpos se relajan.

  • En el baño de la estación

    En el baño de la estación

    No todas las estaciones de metro son lugares concurridos. Y a ciertas horas todavía menos. Ni siquiera tienen que ser altas horas de la madrugada. A media mañana, después de la hora punta las estaciones pequeñas del extrarradio suelen quedar prácticamente vacías incluso de personal.

    Habiéndome fijado en eso le propuse a mi amante tener una cita ahí. Iríamos al baño de hombres. A las 10.15 la estación ya se ha vaciado y hay un turno de limpieza.

    Él entró primero y se metió en uno de los cubículos del fondo. Yo me entretuve comprando unos caramelos y cuando creí que nadie se daría cuenta me apresuré a entrar en el baño y nos encerramos en el cubículo.

    Por suerte, eran con los del baño de mujeres. Decentemente años. Los separadores estaban levantados apenas un palmo del suelo y llegaban al techo. Y estaba limpio.

    Me abracé a él y empezamos a besarnos y magrearnos furtivamente.

    – Ven, todavía pueden vernos los pies.

    Con la tapa bajada se sentó en el retrete y me invitó a sentarme en su regazo.

    – Dobla las piernas y apóyalas sobre la tapa, así solamente se verán mis pies.

    Y así yo quedaba sentada sobre sus rodillas, con las piernas separadas y la falda abierta, mostrando una invitadora oscuridad.

    Me besó otra vez, metiendo la lengua hasta el fondo. Yo enroscaba y desenroscaba la mía mientras él me frotaba las rodillas y los muslos. Acercó los labios a mi oído.

    – Te vestiste muy bonita hoy – susurró húmedamente mientras con el dedo índice recorría la silueta de mi pecho y le daba un golpecito a mi pezón. Empezaban a marcarse por encima de la camisa. – A partir de ahora no vamos a hacer ningún ruido, no queremos que nadie se dé cuenta.

    Por alguna razón, escucharle decirlo me excitó. Y creo que él llegó a oler la humedad en mis bragas.

    Atropelladamente abrió los botones de mi camisa, bajo la que no llevaba nada. Me agarró una pera con cada mano y hundió su cara entre ellas. Masajeaba, lamía, chupaba, se restregaba. Desesperado. Yo cerré los ojos y apreté los labios. Ahogaba los gemidos respirando pesado, muy pesado.

    Su saliva me escurría por todo el pecho. Comenzó a lamerme las tetas como si fueran helados. Las golpeaba con la lengua mientras las apretaba una contra la otra hasta que un pezón rozó al otro. Los frotó.

    Le agarré la cara y le besé profundo. Muy profundo. Otra vez enroscábamos las lenguas. Me incliné sobre él y pude notar su erección.

    Nos separamos y nos quedamos mirándonos. Escuchamos a alguien entrar en el baño. Incluso de lejos se escuchó como se bajaba la bragueta, orinaba y los pasos se volvían a alejar. Bueno, al final el baño estaba para eso.

    Rápidamente cambiamos la postura. Yo me quedé sentada con las piernas cruzadas encima de la taza y él se puso de pie frente a mí.

    Me mordisqueé los labios mientras se abría el pantalón. Sacó su verga, hermosa y dura, y me la mostró mientras la acariciaba y me acariciaba la cabeza a mí.

    Cerré los ojos y separé un poco los labios. Él los abrió del todo metiéndome el glande en la boca. Lo dejó ahí, apoyado en mis labios mientras yo le daba vueltas con la lengua. Lo acariciaba, buscando esa línea que lo une al tronco. La dibujé con la lengua. Una y otra vez.

    Comencé a hacer el movimiento de succión con los labios. Él me sujetó la cabeza con ambas manos y poco a poco me penetró la boca. Me hizo sentir como toda su carne hinchada pasaba entre mis labios. Se detuvo a la mitad y la hizo rodar en mi boca, como si me la quisiera agrandar.

    De un golpe de cadera la metió hasta el fondo. Aguantó con fuerza mi cabeza para que no me apartara. Sus huevos se frotaban con mi barbilla, quería sacar la lengua para lamerlos, pero no era lo bastante larga. Su cabeza se había encajado en mi garganta.

    Se quedó así unos largos segundos, disfrutando del calor de mi boca. Me gustaba el sabor de su polla.

    Despacito fue echando la cadera hacia atrás hasta sacarla del todo. Me acarició la cara y pude respirar de nuevo.

    Otra vez me la metió en la boca. Ahora muy suavemente. Y volvió hacia atrás también poco a poco.

    Me cambié de postura. Me arrodillé encima de la tapa. Así era yo quien podía comerle la polla. Se la agarré y la lamí. La lamí toda. Desde los huevos hasta la puntita, que ya empezaba a llorar. Puse la punta de la lengua encima de su orificio y lo lamí con golpecitos suaves.

    Otra vez bajé a su escroto y me lo metí entero en la boca. Chupé sus huevos y los lamí hasta que goteaban mi saliva. Y entonces otra vez lamí para arriba.

    Otra vez alguien entró. Mientras se le escuchaba bajarse la bragueta volví a meterme la verga entera en la boca. Me agarré de sus nalgas y le hice una gran mamada. Él se sujetó a las paredes de los costados y se esforzaba por no mover las piernas. Dejó que le comiera la polla a mi placer.

    Pasé una mano por dentro de la cinturilla de mi falda y mis bragas húmedas. Deslicé los dedos entre mis labios. Hacia atrás y hacia adelante, sin prisa. Su verga seguía entrando y saliendo de mi boca mientras yo me masturbaba. La metí toda entera, de nuevo hasta que el glande llegó a mi garganta y entonces jugué con las yemas de los dedos en la entrada de mi vagina. Eché de nuevo la cabeza para atrás, poco a poco, y fui subiendo los dedos hasta llegar al clítoris. Lo masajeé mientras su polla volvía a penetrarme la boca.

    Mientras lo hacía alguien se encerró en otro cubículo y por un momento me quedé helada, con la verga a medio meter. Él me empujó la cabeza para que siguiera. Nadie nos estaba viendo. Continué comiendo bocados de carne dura y caliente hasta que escuchamos la cisterna del váter y los pasos que salían del baño.

    Nos quedamos un momento escuchando. Sólo alcanzaba a oírse algún ruido fuera del baño. Aprovechamos para cambiarnos otra vez. Ahora nos tendríamos que arriesgar un poco a que me vieran las piernas. Él se enfundó la verga en un condón mientras yo me bajaba de la tapa y ponía una pierna a cada lado del retrete. Apoyé las manos en la pared de atrás. La falda, estrecha, al abrirme tanto de piernas se subió sola hasta por encima de mis nalgas. Por un momento me preocupó que fueran a escucharse los golpes.

    Ni siquiera me bajó las bragas. Las hizo a un lado, agarró mis caderas y sin previo aviso, de un solo empujón, su polla había entrado en mi coño. Me mordí los labios para no gemir y sentí que a él también le costó aguantarse. Clavó más fuerte sus dedos en mi carne y su verga se deslizó sin esfuerzo hasta el fondo de mi vagina.

    Otra vez alguien entró a usar el baño y nos hizo quedarnos quietos. Mientras orinaban, me masajeó las nalgas y se inclinó sobre mí.

    – Vamos a echar uno rápido, ¿sí? – me susurró con lujuria

    En cuanto volvimos a quedarnos solos me folló como nunca lo había hecho antes. Se agarró de mis caderas y me penetraba con una fuerza y una velocidad desesperadas. Era un mete-y-saca rápido que me encendía el coño. Sus caderas se movían con fuerza, llegaba a sentir como si sus huevos también quisieran entrar en mí. Clavó sus manos en mis tetas mientras seguía penetrándome con furia.

    Yo me mordía los labios para no gritar. Solamente descansamos cuando escuchamos otra vez pasos. Me tapó la boca con una mano para que no se escucharan mis jadeos. Comenzó a masturbarme. Jugaba a pasarse entre los dedos mi clítoris hinchado. Yo sentía que las piernas empezaban a flaquearme.

    Se escuchó el secador de manos y los pasos se alejaron. Con una larga caricia dejó de jugar entre los labios de mi vulva y volvió a penetrarme con ardor. Con esa desesperación, no tardó en correrse en silencio.

    Entraron en otro de los cubículos. Nos volvimos a quedar quietos, todavía con la verga enterrada entre mis carnes. Me acarició el pelo y los pechos mientras descansábamos. El sudor me empapaba toda. Yo seguía cachonda, muy cachonda, así que comencé a masturbarme de nuevo. Dándose cuenta, él me magreaba los pechos. Tiró de mi pezón. Sabía que eso siempre me hacía gemir y esa vez me costó retenerlo. Inclinado encima mío empezó a gozar de mis dos tetas sudorosas. Yo gozaba de su magreo. Y de la paja que yo misma me estaba haciendo.

    Ya me había olvidado del hombre que había entrado al baño cuando escuché como salía. Justo entonces otro entró a orinar.

    Así que seguimos, yo cada vez más prendida. Frotaba las nalgas contra él mientras él estrujaba mis pechos. A veces parecía que quisiera ordeñarme. Y eso me encendía más todavía.

    Volvimos a quedarnos solos.

    – Súbete a la tapa – me susurró jadeando.

    Yo me subí a ella, esperando que no se hundiera. Por un momento, mis ojos asomaron por encima del separador. Efectivamente, estábamos solos. Me incliné para adelante, esta vez apoyando las manos en la puerta. Él se sentó entre mis piernas. Miró para arriba y se lamió los labios.

    Yo estaba arqueada, así que mis pechos colgaban por encima suyo como dos ubres. Sentía el sudor recorrer sus carnes y gotear desde los pezones. Desde donde él estaba sentado, si miraba hacia arriba veía los labios rosados de mi vulva brillantes y separados, y el agujero de mi vagina húmedo y abierto. Recién follado.

    Se estiró un poco para arriba y arrastró su lengua húmeda desde la vagina hasta el clítoris. Aguanté otro gemido. Repitió el lametón. Una vez. Y otra. Y otra. Pegó su boca a mi coño y comenzó a comerlo con pasión. Su lengua pasaba y repasaba entre mis pliegues.

    La yema de un solo dedo empezó a masajear la entrada a mi vagina. Entonces desplazó sus labios hasta mi clítoris. Lo lamía, suave y con mucha saliva. Lo besaba. Cada vez lo sentía palpitar con más fuerza.

    Con una mano agarró mi nalga. El dedo de la otra mano me penetró, suave pero firmemente. Y entonces comenzó a chuparme el clítoris.

    La cabeza se me iba, aunque procuré seguir concentrada en no gemir. Volvía a sentir debilidad en las piernas.

    Chupó con más fuerza cuando me metió otro dedo. Me dio un golpe en la nalga. Volvió a lamerme el clítoris, rápido, cada vez más rápido. Sus dedos seguían penetrándome. Me miró a la cara, roja y sudorosa. Pegó de nuevo la boca a mi coño. Me lamió y comenzó a chupar como si mamara de una teta. Sus dedos entraban y salían con rapidez.

    Sólo otro chupetón más y el cuerpo se me tensó entero justo antes de correrme.

    Los dos dedos que me había metido quedaron chorreantes de mis jugos. Los sacó y antes de separarse del todo me dio un gran lametón desde atrás hacia adelante.

    Me ayudó a quedarme arrodillada en la tapa. Por un momento nos quedamos abrazados, mientras pensábamos cómo nos íbamos a adecentar para salir.

  • Mi querido

    Mi querido

    Hola, soy una mujer de 40 años, soltera con hijos, llevo casi 4 años saliendo con un hombre casado, es muy atento, cariñoso y me vuelve loca cuando comienza a tocarme, él ya me conoce y se da cuenta que apenas me comienza a acariciar provoca en mi muchos deseos.

    Hoy me fue a buscar al trabajo veníamos conversando normal, él comienza a besarme apasionadamente, acariciarme el cuello, yo haciéndome la fuerte para no pecar en el carro, pero en lo que toca mis senos ya me dejo, se mete debajo de mi blusa saca un seno y comienza a chupar (me encanta que me mamen las tetas), sube mi blusa por completo y deja expuestos mis dos senos al aire, comienza a comérselos, eso me vuelve loca, se aprovecha de ellos hasta que queda saciado.

    Ya cuando baja su mano a mi vagina está muy mojada, me dice “te voy a chupar como a las tetas hasta que me canse”, no dudé en abrir mis piernas. Comenzó a masturbarme con los dedos, metiendo uno a uno, ya no aguantaba y le pedí que chupara, me lamió el clítoris, lo chupó con sus dedos adentro, me hizo explotar, aun así continuó lamiendo.

    Yo le decía que ya, y él “no, quiero seguir lamiendo tu vagina”. Así continuó, pero esta vez llenó uno de sus dedos de salida y lo introdujo en mi culo, mientras seguía lamiendo mi vagina, hasta que me hizo llegar nuevamente.

    Me deja temblando con semejantes mamadas…

    Yo feliz me acomodo el pantalón, la blusa y me bajo del carro con una sonrisa bien…

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (34)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (34)

    Para dos propuestas. ¿La misma traición?

    —Pero… ¡Jueputa vida la mía! ¿De qué mierdas estás hablando ahora?

    Enojado, estrella el culo tallado del vaso contra la colcha, manchando a la inocente. Amenazante se eleva un goterón pero cae para seguir formando parte de su fondo. Se esparcen gotas en el ambiente superando la redonda boca abierta y éstas, en su corta trayectoria elíptica, no alcanzan a divisar que en nuestro descontento horizonte, este lunes comienza a clarear. Abatidas son recibidas por la tela, absorbidas ya forman parte del acolchado edredón y… ¡La tregua se rompe!

    Se sienta al borde de la cama y me desaíra al darme la espalda. Estrepitosamente coloca el vaso con su coctel sin terminar sobre la mesita de noche, y a dos manos, –sin soltar el cigarrillo que ha sido otra víctima al mojarse– se toma la cabeza.

    ¡Ya sabía yo, que de eso tan bueno no dan tanto! Me sorprende Mariana con esta nueva revelación, pero más me irrita reconocer que por cobarde y por idiota, dejé pasar por alto esta inesperada información. Puede que no sea tan relevante pero es que… ¡Mierda!

    — ¿Y entonces de cual mujer estás hablando? ¿No te bastó con seducir a tu amiguita? ¿O es que de verdad se te cruzaron los cables, y te quedó gustando tanto que ya no le haces asco a nada ni a nadie, y no desaprovechas cualquier oportunidad para ponerte a «arepear»? —Sin mirarla la acribillo con mis inquietudes y algo de sarcasmo.

    — ¡No te voy mentir! Aunque me vi sorprendida en su momento, tú y yo lo gozamos al final. Pero para darle a las cosas su justa medida, cielo, no fui yo quien lo buscó. El destino lo quiso y Eduardo intervino otra vez. —Aclara sin que pueda poder observar la verdad o el conformismo en su mirada, aunque la tonalidad neutra de su voz a mis espaldas, no ha cambiado. Permanece plana, sin emocionados sobresaltos.

    — ¿Acaso otra vez te obligó? —Le hago la pregunta, más me quedo pensativo pues… ¿De cuál disfrute habla?

    —Eso creyó él. ¡Así me lo tomé yo! Pero con el transcurrir de los días, tras varias conversaciones personales y otras telefónicas, aproveché su altanero mandato para conocerla mejor, traspasar los muros de su fuerte personalidad y comprender sus pensamientos revolucionarios, deshilachando sus mordaces comentarios en las redes sociales, y conociendo con antifaces de encaje, su oculto y nocturno mundo sin la soberbia acostumbrada, en un terreno prohibido para toda la comunidad de fans que virtualmente la idolatraban. —Camilo gira su torso arrugando la tela y su cuello lentamente se tensa hacia su derecha para mirarme de soslayo.

    —Mariana, das tantos giros a tus explicaciones, que ya tienes patinando mis entendederas. No sé si lo que pretendes es que pierda el hilo. ¿Podrías ir al meollo de la cuestión?

    —A ver te lo explico, cielo. Al iniciar nuestra semana laboral, tú con esa nueva rutina, desplazándote a las afueras de la ciudad, sin que me hubieras compartido todavía las razones para tu nuevo lugar de trabajo, y yo con todos mis sentidos en alerta, pues al encender el móvil empresarial, José Ignacio me había puesto cardiaca con tantos mensajes escritos y notas de voz, rogándome que le llamara y pidiendo que le respondiera algo, tan siquiera por WhatsApp…

    — ¿Qué quería acaso?

    —Hummm… ¿Pues qué crees? Saber cuándo nos podríamos ver de nuevo y concluir… Lo que iniciamos. Y adicional a ello, un mensaje de K-Mena y otro de Diana, preguntándome cada una por lo mismo. ¡Qué cómo me había ido en el viaje de vuelta y que tal estaba de salud! Al parecer a las dos no se les ocurrió que me hubiese encontrado con él y que el regreso lo hiciéramos en compañía. Por lo visto Eduardo no les compartió la información.

    — ¡Por supuesto! Estaban confabulados. Eso era de esperarse. ¡Todo un detalle de tu ángel guardián!

    —No señor. No fue así, mi vida. Nacho, hasta donde pude comprobar, desconoció el «rollito» en el que estaba envuelta, a pesar de que por su culpa y mi descuido, fue que terminé bajo el yugo de Eduardo. Y hablando de ese estúpido, por su gestión administrativa nos vimos muy temprano reunidos con él para tratar el tema de los negocios pendientes, y los inconvenientes para cerrar las ventas. Fue cuando nos propuso intercambiar entre nosotros, las carpetas de los clientes con los que a pesar de verles algún potencial, aún no lográbamos hacer «clic» con ellos y concretar los negocios.

    —José Ignacio se opuso, pregonando que él no tenía ese tipo de inconvenientes de acercamiento, y que su cartera de clientes era además de privada, sagrada para él. Carlos como buen lacayo, intentó apoyarlo, pero bastó un golpe de mano sobre la mesa y una mirada acusadora de Eduardo, complementada con cuatro palabras enclaustradas entre signos de interrogación, para hacerlo agachar la cabeza: ¿Cómo van tus ventas?

    —Yo, realmente no creía tener complicaciones de feeling con ninguno de los míos. De hecho mi preocupación para aquella semana, era visitar al padre del abogado a mitad de semana y finiquitar ese negocio, atendiendo algunas inquietudes que el magistrado deseaba manifestarme en privado. El caso, cielo, es que terminamos la reunión con la promesa de revisar las carpetas con nuestros mejores prospectos para en la tarde, reunirnos y elegir con cual compañero intercambiarlos.

    —Antes del almuerzo, como siempre me llamaste al móvil privado y tuve que escabullirme hacia el décimo piso, para plantarme disimulada junto a la máquina expendedora, y hablar tranquilamente contigo, utilizando mi acostumbrado cappuccino como coartada. Volvimos a tratarnos como antes, tan cariñosos como siempre. Emocionado me hablaste de la sorpresa que te tuve la noche anterior, clavada entre mis nalgas, y te juro que me hiciste humedecer la entrepierna y calentar mis orejas, coloreando con los apasionados recuerdos mis mejillas.

    —Y tras informarme de que no estabas en las oficinas y almorzarías por fuera, alcancé a escuchar de trasfondo la voz de tu asistente que te llamaba de manera urgente. —Camilo, se deshace en el cenicero de su pucho emparamado en tequila y naranjada, para encenderse uno nuevo y mirarme de reojo, con ganas de refutarme.

    —Lo sé, lo sé. –Reculo antes que él intervenga. – Entre tú y ella no ocurrió nada, pero tal vez debido a mis andanzas, la juzgaba mal a ella y me la imaginaba detrás de ti intentando ser indispensable y ganando tu confianza, para a la menor oportunidad, echarte el guante. En su rostro nace una artera sonrisa que no me aclara nada.

    —Bueno a lo que iba. Al acercarme a mi escritorio, pude escuchar una acalorada conversación entre Diana, sentada detrás del suyo, y una espigada mujer que dé pie, le reclamaba por algo. ¿Recuerdas a Diana haberla visto triste o demasiado seria alguna vez? –Camilo niega con la cabeza y encoge los hombros. – ¡Exacto! Y en esa ocasión estaba lívida, bastante sorprendida por la reacción de aquella emperifollada señora.

    —Apenas estaba rodeando la mesa de mi escritorio para sentarme en la silla y organizar mi agenda semanal, cuando su voz retumbó tras de mí, sorteando la mediana altura de los cristales que separaban los cubículos de todo el piso.

    — ¡Oye tú!… Sí, tú… ¡Blanca Nieves! Deseo comprar una de las casas en el condominio de Peñalisa, pero quiero que tú me la vendas, ya que esta muchachita, al parecer, desconoce lo que ofrece y propone lo que no puede cumplir. ¿Crees que serás capaz de complacerme?

    —Y en fracciones de segundo la tuve frente a mí, con Diana sentada todavía en su escritorio, iracunda, –roja como un tomate– abandonándola. Y Eduardo a lo lejos, aparentemente calmo bajo el umbral de su acristalada puerta, suspicazmente risueño nos observaba.

    —Retirándose los lentes de sol, extendió sobre la mesa su brazo con la mano abierta, y al estrechársela pude sentir la suave tibieza de su piel, en los breves segundos que con delicada firmeza, nos mantuvimos balanceándolas en el aire.

    — ¡María del Pilar De La Ossa! Mucho gusto. —Se me presentó. ¿Sabes de quien te hablo?

    —Sí, por supuesto. ¡La Pili! Despistado o recién nacido, el que diga que no la conoce. Es una lástima ver como está ahora. Su vida en las díscolas noches o el trajín de la fama, con sus obvios excesos no la han tratado bien. ¡Con lo bella que fue! Tan deseada por todos y envidiada por muchas. Detestable activista para algunos moralistas, e inmamable instigadora contra el gobierno y los políticos de derecha, para otros.

    — ¡Pues dentro de los despistados yo, mi vida! Me conoces bien. –Camilo irónicamente, expulsa una gran humareda por boca y nariz. – Poco de noticieros y cero de telenovelas o programas de famosos. No sabía quién era ella.

    — ¡Hola! Encantada de conocerla. Mi nombre es Melissa López y para mí será un placer atenderla. Siéntese por favor y no se preocupe, que de aquí no se va a marchar sin hacerse acreedora a la casa de sus sueños. ¿Desea tomar algo? ¿Un té caliente o alguna bebida fría mejor? —Un ofrecimiento algo apresurado, todo con el fin de aplacar su mal genio.

    —No sonrió, pero se acomodó la abertura de su maxi falda de piel de cordero, –desdentando algunos centímetros más la cremallera– y cruzó con elegancia, el torneado muslo sobre el otro, acaramelados los dos bajo la elasticidad de sus pantimedias. Luego miró de manera despectiva a la pobre Diana, a la vez que igualmente lo hice yo, pero sonriéndole cómplice y guiñándole un ojo.

    — ¡Una infusión de frutos rojos si es posible, Blanca Nieves! A ver si así logro espantar este maldito ardor estomacal que me causó tu estúpida compañera. —Me respondió algo ronca, acortando nuestra distanciada presentación, pero alertando mi prevención.

    — ¡De eso no tenemos aquí! —Le dije algo apenada, pero obsequiándole una sonrisa sin demostrarle intimidación.

    — ¡Vaya! Empezamos mal, Blanca Nieves. —Me contestó haciendo un mohín de moderado disgusto con la boca, y con sus ochos delgados dedos por el frente, –los pulgares mientras tanto apoyándose en el revés– simulando tocar las teclas blancas y negras de un piano imaginario, sobre la piel blanca de su importada cartera de diseñador francés, en contravía con el brillante «mora en leche» en sus uñas decoradas, salvo el perlado gris, de los dos medios.

    —Me puse inmediatamente en pie, –casi en cámara lenta– procurando no ser brusca, pero aun así no pude evitar incomodarla.

    —Aquí no, pero en la cafetería del siguiente piso se lo puedo conseguir, además de un poco de privacidad. –Le hablé con suavidad. – ¿Vamos? Así de paso charlamos y me detalla lo que necesita, y que mi compañera no le pudo satisfacer.

    —Delicada acomodó con los dedos la vistosa pañoleta de seda sobre su cabeza, formando una amplía visera sobre la frente cubriendo completamente su cabellera. Se levantó de la silla y muda miró con cautela su alrededor. Se posicionó justo a mi lado derecho y echamos a andar hacia los elevadores, dejando tras de nosotras boquiabiertos a los presentes, incluido Eduardo, rompiendo el incómodo silencio presente en el ambiente. Las gafas oscuras ocultaron los tonos bronce, salpicados de nácares en sus grandes párpados sobre sus ojos grises, a pesar de estar dentro de las oficinas y que aquella mañana de octubre, recuerdo opaca y fría.

    —Disculpe usted, –le dije mientras le hacíamos guardia a la llegada del ascensor en el corredor– pero… ¿Dónde nos hemos visto antes?

    — ¿Tan rápido me olvidó? Soy la mujer que se entrevistó con la tonta esa, en La Candelaria y que usted casi me desgasta la cara con tanta miradera. Al parecer esa tarde oficiaba de guardaespaldas y la aguardaba sentada en la barra del restaurante. Nos tropezamos cuando yo buscaba el baño de mujeres. ¿No lo recuerda?

    —Ahhh… ¡Ya! –Dejé de mirarla para concentrarme en un mensaje que me había enviado Diana. – ¡Pero a mí me parece que era usted la más interesada en contar el número de pecas en mi nariz! —Le respondí mientras terminaba de leer.

    —Ella inclinó la cabeza y bajándose un poco la montura de sus lentes de sol me observó con detenimiento, y luego frunciendo el ceño me dijo…

    — ¡Pero usted no tiene nada ahí! —Me sonreí y le respondí…

    —Y usted tampoco tenía los ojos tan grises esa tarde, cuando desde su mesa no cesaba de mirarme cada vez que levantaba la copa de cristal y el nivel de su sangría mermaba, en lugar de estar concentrada escuchando la información que la «tontis» de mi compañera les suministraba. Por cierto, María del Pilar… ¿Dejó en remojo las lentillas de color azul por no estar urgida de vigilar a su marido?

    —Se abrieron las puertas del elevador y las de su boca por la risa, y a pesar de no subir con más de dos o tres personas, ella cruzándose de brazos se arrinconó al fondo, y al verme en el espejo posterior sonriendo detrás de ella, siguió haciéndolo hasta que sonó la campanita del elevador indicando la llegada al décimo piso.

    —Entonces las dos, La Pili y tú, se reconocieron enseguida y se… ¿Se gustaron desde esa ocasión? ¿Es lo que me quieres decir? —Y tras acusarme, Camilo agota de un sorbo lo poco que había sobrevivido del coctel, tras el choque contra el edredón y como una fiera enjaulada, camina de una pared a la otra pero sin salirse de la franja delimitada por el borde derecho, –a medias destendida la colcha de la cama– y el otro muro beige, desprovisto de cuadros, tan desnudo como lo estamos mi marido y yo, debajo de estas batas de baño.

    —A ver cielo, –imitándolo, bebo del mío y le confirmo– por supuesto que era ella, pero sabes cómo soy de despistada y no la reconocí de inmediato. ¡Mi retentiva no se activa, si no oprimo antes el botón de mi interés! Y no fue una atracción inminente como sugieres. Al menos no lo fue para mí. Tenía para ese entonces, muchas otras cosas en la cabeza por las cuales preocuparme y demostrarme interesada.

    —Ajá, por supuesto. ¡Entre ellas tu familia! Yo siempre tan equivocado. ¿Y que pretendía conseguir la famosa estrellita?

    —Cuando las puertas del elevador se abrieron, me apresuré para salir de primeras. Demostrándole tranquilidad y aplomo, me dirigí a la cafetería con aquella mujer caminando a mi lado, empequeñeciéndome con su elevada estatura pues me sacaba media cabeza de ventaja, a pesar de que yo ese día calzaba mis zapatos de plataforma separándome del suelo unos ocho centímetros, y María del Pilar, unas estilizadas sandalias muy cómodas con tacón kitten.

    —Sentadas a la mesa, con ella en frente de mí, la adulé sincera mientras esperábamos a que nos atendieran, diciéndole que me parecía muy sonoro su nombre de pila. « ¡Me encanta el tuyo por lo cadencioso!», me respondió. Adornó su halago con una nacarada sonrisa que precedió a dos dedos de su mano derecha, que retiraron por la charnela sus costosas gafas italianas y doblaron las patillas doradas con esmero, escudándolas entre las murallas de sus escuálidas manos.

    —Ya soplando nuestras bebidas calientes para descongelar el frio de la mañana y su engreída actitud, –a ella la infusión de frutos rojos y un cappuccino con caramelo para mí– antes que nada me pidió disculpas, recordándome el sitio donde aquella tarde visualmente nos cruzamos. Tras el primer sorbo se dejó calentar por sus justificadas quejas, acerca de la poca información suministrada por Diana, para que se le aceptara como garantía bancaria para el préstamo, una propiedad rural en cercanías a su Villa de Leyva del alma. ¡Una herencia familiar!

    El espacio entre la cama y la pared, se colma del volumen de su cuerpo y de la niebla de tabaco que deja tras sus pasos, mientras que yo le sigo contando.

    —Y por supuesto, en segundo lugar, que la casa que le había gustado por la claridad de su ubicación, ya no estaba disponible para ella y su pareja, pues casualmente era la esquinera que yo le había vendido a la señora Margarita. Cierto fue que Diana no le había realizado el seguimiento respectivo a la solicitud de financiación y mucho menos le había sugerido algún anticipo para separar antes que nadie, aquella casa. Realmente por ojos, boca y todos los poros, La Pili me expresaba toda su molestia, despreocupada totalmente porque con su altanería y otras expresiones malsonantes, terminaran por disgustarme.

    — ¿Pero sabes, cielo? Me impresionó. ¡Qué mujer tan interesante, por Dios! En su rostro, –ciertamente un tanto ajado– prevalecía, sin embargo, una belleza natural, para nada impuesta. Y en la frialdad de sus ojos de plenilunio, el esplendor de la sabiduría e inquietantes, las sombras de sus misterios.

    —Por supuesto que también atrajo mi atención, la madura mirada angelical que con seguridad habría endiablado a los «pintosos» galanes de sus épocas actorales, a la par de sus noveleras y románticas seguidoras en el nocturno horario estelar, y que fascinó con sus punzantes entrevistas, a los fieles espectadores del noticiero que antecedía a la ficticias tragedias suyas en la telenovela, muchos de ellos a escondidas de sus mujeres, deseando acariciar para sí, el espectacular cuerpo de la otrora reina de belleza tras las abombadas pantallas de sus televisores… ¡Esa preciosidad antes de los veinte, en ella permanecía indemne en su madurez de diva!

    ¿Cielo? ¡Qué lógica puedo encontrar para explicarle a mi razón lo que este corazón siente cada vez que ella pronuncia con su voz cariñosa ese sustantivo! Me eleva de emoción hasta más allá de la esfera celeste, y es entonces cuando recuerdo como solía desbordarme de felicidad cuando también me decía « ¡Mi vida!», y lograba que renaciera dentro de mí una sensación que inexplicablemente, todavía persiste. ¿Amor? ¿A pesar de estar escuchando los antecedentes a su nueva traición? ¡Mierda! Y es que desde el precioso añil de sus ojos, descendiendo hasta el rosado paraíso encarnado de sus labios, se me hace terrenalmente inevitable… ¿Odiarla?, ¡No! ¿Repudiarla? Por supuesto. ¡Qué hijueputa encrucijada en la que esta mujer me ha metido!

    Cansado de recorrer descalzo el mismo angosto espacio, Camilo deserta hacia el escritorio, abandonando allí sobre la bandeja, su vaso de cristal con el ínfimo nivel de tequila y jugo de naranja que le quedaba. Le veo huir hasta las puertas-ventanas, entreabriéndolas un poco y estirando sus brazos para encarcelar entre sus dedos, el marco de aluminio. Divisa con seguridad el alboreado horizonte con la paleta de tonos vivos y resplandecientes, de una bruñida calidez más los rojizos suaves, rayando el ya no tan oscuro azul de esta hora dorada, sin conseguir que su figura a contraluz, como hermosa y masculina postal, me aparte de los recuerdos.

    —Y los delineados labios de un rosa no tan pálido, se le fruncieron. Los repasó con la lengua y pronto se adelgazaron en una sonrisa, llamativos y efusivos. Ante mí con su sensual abrir y cerrar, actuaron como una «Venus atrapamoscas» apresando toda mi atención, –y estas palabras mías, a la de los marrones ojitos de mi esposo– tal cual como a muchos hombres y algunas mujeres, que soñaban con tenerlos muy de cerca para besarlos y venerarle la boca con «piquitos» y mordiscos, para desde allí mimarle otras partes de su preciosa figura de reinado novembrino, celebrado en Cartagena de Indias.

    —Con La Pili ya relajada, regresamos al noveno piso, esta vez lado a lado descendiendo por las escaleras. Garbosa, se me adelantó por el pasillo y caminó por delante de mí, –silenciando nuevamente con su omnipresencia las carcajadas de José Ignacio burlándose por lo sucedido junto a Carlos, y el sollozo contenido de Diana, apaciguado en un reconfortante abrazo de K-Mena– buscando la ruta hacia la silla frente a mi escritorio, desatendiéndose de todo a su alrededor.

    —Al darme la espalda pude observar bajo la correa ancha de su corta cazadora de piel, justo en el central pespunte doble de la entallada falda, lo que me pareció la sombra de un delgado tronco, ascendiendo por el centro de su derriere sin alcanzar la pretina, pues las arrugas en las que se transformó más arribita, se le expandían en crecientes curvas, de a dos y hasta tres sobre cada nalga, tal si fuesen las acongojadas ramas de un árbol, deshojadas por el otoño de sus años.

    —Crucé por detrás suyo, –mientras deshacía bajo la quijada el nudo de su pañoleta, retirándola de su leonina cabellera– para acercarme hasta el cubículo que ocupaba Diana y pedirle que me entregara toda la documentación que tuviera a mano del negocio con La Pili y su pareja. De mala gana sacó la carpeta de su archivador y me la entregó.

    —Tranquilízate amiguis. –Le susurré. – Como sea, sacaré adelante este negocio, lo apuntaré como mío pero la comisión seguirá siendo completamente tuya. ¡Te lo prometo! —Y Camilo ya en el balcón, se decide a enfrentar de nuevo a la madrugadora y salina brisa, socorrido tan solo por el aroma del tabaco y el humo de su cigarrillo, en una batalla desigual.

    —Regresé a mi escritorio y me senté frente a María del Pilar, para revisar en el computador los planos digitalizados buscando alguna casa disponible con una ubicación similar, aunque la cuantía variara. Igualmente analicé los números de sus finanzas y los de su pareja, simulando los pagos mensuales según variaba en la fórmula de Excel, los montos de las cuotas iniciales. Y se los presenté.

    — ¡No hizo buena cara! Se sorprendió mucho al leer la cifra de la casa tipo «B» que estaba apartada por un cliente de Carlos, más aún no había obtenido del banco la respuesta final. Me persigné mentalmente y me lancé al abismo de las posibilidades, apostando por ganarle con la aprobación del crédito. Por video se la enseñé y junto a mi tarjeta de presentación, le extendí el número de cuenta de la constructora y la referencia para que consignara el dinero y se la pudiese apartar.

    — ¡Quiero verla antes junto a mi marido! Puede que a Bruno no le agrade. —Me hizo la advertencia muy decidida. Pero mi vida, yo le respondí segura…

    —El señor Guimarães es extranjero. No tiene propiedades a su nombre y desgraciadamente no soporta bien los ingresos. Y usted ha presentado varias moras con algunos créditos. Me voy a esforzar por sacar adelante su negocio, pero necesito que confíe en mí. ¡El que no arriesga un huevo no saca un pollo! Por lo tanto le sugiero que apenas salga de aquí, realicé la consignación, me la envíe escaneada y luego sí se comunique con él para darle la sorpresa. Y… Hummm. —Revisé frente a ella mi agenda y le comenté…

    —Mañana martes no puedo viajar a Peñalisa. El miércoles tengo otra reunión impostergable con otro cliente. Sería el jueves por la tarde o el viernes muy temprano porque el sábado y el domingo se los dedicaré a mi familia. Ya tiene mi número. Avíseme usted, cuándo tendrá tiempo disponible para mí.

    — ¡Ya veremos Blanca Nieves, ya veremos! —Y se acercó para besarme en la mejilla, despidiéndose.

    —Como guste y cuando quiera, ¡Bruja Malvada! —Le respondí sonriéndole, y ella para nada ofendida, se sonrió divertida.

    —Pero hasta donde entiendo, Eduardo no tuvo nada que ver. Esa diva fue quien de antemano te escogió. Y por la emoción con la que has descrito ese encuentro… –Camilo se da media vuelta y protesta. – ¡Eso a ti te gustó! ¿Dónde carajos estuvo la obligación?

    —En su imaginación, cielo. ¡Se la incrusté en su puta cabeza! Cuando después del almuerzo y tras haber hablado contigo, extrañada nuevamente por no verte junto a los demás en el comedor, nos reunió en su oficina para implementar su nuevo plan de acción, ufanado por tener la razón, soportando su idea en el episodio de la mañana. Carlos intercambió dos de sus negocios en los apartamentos de interés social, por una carpeta de un reacio cliente de Peñalisa con K-Mena. Yo le entregué a Diana un negocio casi hecho de otra de las casas tipo «D», las más pequeñas pero las más apetecidas por su accesible valor, ubicadas al fondo del condominio campestre.

    —Decidí quedarme a solas con Eduardo unos minutos más, para pedirle que me acompañara a la reunión con el magistrado en la Corte Suprema, actuando ante él como si estuviese preocupada por las «raras» intenciones que percibí en su invitación. ¡Lo embauqué con premeditación!

    Al parecer, a Camilo no le satisface mi explicación, pues sacude su melena con la mano derecha y decide regresar a la cama. Me sorprende al sentarse exactamente al extremo de donde estoy recostada, alejado de mi cuerpo mirándome a los ojos con detenimiento pero con su rodilla desnuda cercana a mis pies e inalterable mi voz, exponiéndole con claridad los hechos.

    —A ver cielo, ya sabes cómo era Eduardo de entrometido con mis negocios, y más cuando se percataba de que alguno de los clientes era una figura importante de la sociedad. Entonces se lanzaba de cabeza para involucrarse, hacerse notar e intentar pescar en rio revuelto. Pues con el magistrado Christopher Archbold, sucedió exactamente así, y más cuando a la entrada de la sala de ventas se formó un revuelo cuando llegaron ellos en tres camionetas blindadas buscando a las malas, espacio suficiente para parquear. Eduardo esperanzado en lucir su gerencial sonrisa de bienvenida, intentó acercarse a la segunda Toyota para presentársele a la familia, pero un miembro de la guardia de seguridad lo detuvo y le preguntó exclusivamente por mí. Así que durante la tarde de aquel sábado, el pobre se quedó con las ganas de figurar.

    — ¿Recuerdas que te conté que el magistrado Archbold y yo hablamos a solas mientras esperábamos a que su esposa y su hijo el abogado, –que no le soltaba la mano a su novia para nada– recorrían emocionados las instalaciones del gimnasio?

    —Ajá, por supuesto. ¿Y qué quería él de ti?

    —Pues bien, en esa charla el magistrado me puso al tanto de la situación sentimental de su hijo Kevin, informándome que su muchacho estaba tremendamente enamorado de aquella morena sanandresana, desde sus épocas de colegio en las islas, y que si bien su nuera no era una «peladita» desagradable, sí que procedía de una familia humilde y no le aportaría nada al prometedor futuro de su hijo como abogado en la capital, y que él, siendo ya un reconocido magistrado, aspiraba a presidir la Corte Constitucional, pero para ello debía rodearse de personas que impulsaran su carrera, para unos años después, aspirar a ser fiscal general de la nación.

    —Por lo tanto ese apoyo político solo se lo ofrecía un senador, que casualmente tenía una hija soltera trabajando ya para una entidad del gobierno, y que mantenía cierto interés sentimental en su hijo, –tras estudiar juntos en la universidad– pero ante los ojos y el corazón de mi joven cliente, ella pasaba desapercibida.

    La mano derecha de mi esposo alcanza su quijada y oculta la boca. La comprime bajo la succión que genera su palma y sus dedos, pulgar e índice, sellan ambas fosas nasales brevemente. Medita lo que acabo de decirle.

    —Por sugerencia de ese senador, –extiendo mi relato– llegó a plantearse la posibilidad de unir lazos familiares y por ahí derecho, estrechar los vínculos políticos necesarios para ir escalando posiciones. En resumen, el pretendía que su hijo desistiera de su idea de casarse y terminara con su noviazgo adolescente, para iniciar uno nuevo con la hija del senador.

    — ¿Y tú que tenías que ver con todo eso?

    —Es lo que tenía que ir a averiguar a su oficina, pues estando en Peñalisa esa tarde, no tuvo el tiempo necesario para aclarármelo, pues uno de sus guardaespaldas, el que tomaba apuntes, se acercó para decirle algo al oído antes de alcanzarle un teléfono satelital, interrumpiéndonos. Al despedirse de mí, en frente de su esposa Isabel, de su hijo Kevin y de su nuera, me pidió verlo en Bogotá para informarme de la decisión final. Como me lo había anticipado su hijo, las decisiones importantes las tomaba exclusivamente él.

    — ¿El clásico padre de familia imponente? —Teoriza Camilo.

    —Pues efectivamente has dado en el clavo, cielo. El magistrado Christopher Archbold, –decido hacerle una detallada descripción– es un hombre que por su arcaica educación y su alta posición social y política, quiere tenerlo todo controlado. Intimidadora corpulencia gracias a sus casi dos metros de estatura, a pesar de sus cincuenta y tantos años, no estaba ni demasiado gordo ni fofo, pero obviamente poseía un volumen inocultable en su estómago, bajo la tela blanca de su camiseta deportiva. No había perdido mucho cabello, pero sí tenía las entradas de su frente algo despejadas del ensortijado pelo entrecano, que no intentaba ocultar para nada por el paso de sus años. « ¡Me hace ver más sabio!». —Puntualizó una vez que se lo pregunté.

    —Para rematar, mantenía una barba completamente blanca, más no tan tupida, recorriéndole el rostro desde una patilla hasta la otra, otorgándole un aspecto bastante benevolente. Sus manos grandes, con dedos gruesos y uñas tan perfectamente pulidas, que me pareció aquella tarde que hubiese llegado directamente del salón de su manicurista. Voz sumamente grave y pausada, metódica tardanza para responder. « ¡Mejor pensar antes que hablar!». —Me enseñó la primera vez que lo apure a contestarme.

    —Pesado, muy lento al andar y bastante ancho de espalda. Tal vez por ello camina ligeramente encorvado, incluso un poco más cuando lo hace cogido de gancho a su frágil señora. Ella por el contrario, su esposa Isabel, parecía una muñeca a su lado. Rubia, delgada y andar estilizado. Aunque no era baja, al lado de su esposo parecía poca cosa. Sus enclenques gestos y el tenue hilo de voz ayudaban a dar esa sensación. Aparentemente es una buena mujer, pero demasiado pusilánime.

    —Como el magistrado lo había presupuestado, tras terminar de recorrer las habitaciones de la segunda planta, con todo el sequito de guardaespaldas tras nosotros, me solicitó hacer un recorrido por los alrededores para observar mejor las zonas comunales y las piscinas, las canchas de tenis y por supuesto el campo de golf. Los escoltas, por su parte, anotando las preocupaciones por la seguridad del lugar.

    —Preciso allí, en frente de las dos palmas de la entrada, nos cruzamos con Nacho, dirigiéndome una de sus infaltables miradas conquistadoras, y tras su sonrisa, saludándonos con cortesía, ingresaban tras él dos mujeres de mediana edad, posibles clientes para esa casa. Intentó apoyar su mano sobre mi hombro al dejar pasar primero a esas señoras, pero fue la tela Chambray de la blusa que cercaba el seno izquierdo de la novia del abogado, el que recibió el atropello de sus dedos. Nacho se disculpó, mirándola con pena y respeto frente a mí y la chica sonrojada le sonrió e intentó decir algo, pero la mano zurda de su novio la jaló hacia adelante, apresurado por seguirle los pasos a su padre.

    —Nos subimos al carrito de golf, y a pesar de tener seis puestos, el magistrado se sentó al lado mío, dejando en los posteriores a su mujer y al jefe de seguridad, en los últimos asientos a la nuera y a su hijo. Sus otros dos guardaespaldas, trotando a nuestro lado, como si fuésemos a sufrir algún atentado. Eso me asustó un poco y tal vez llegué a exteriorizarlo pues mientras conducía hacia la zona social, el magistrado sin atisbo de pena, colocó su mano sobre mi muslo derecho para calmarme. Y esa misma mano, instantes después lo abandonó al señalar el camino hacia el gimnasio.

    — ¿Y le gusto lo que vio? —Me pregunta Camilo levantándose de nuevo.

    — ¿Te refieres a la casa y los alrededores? ¿O a mí? —Le contra pregunto.

    Camilo se muere de ganas por saber. Tal vez intuye que con ese magistrado también tuve cuentos. Pero se muerde la lengua y no me responde.

    —No demostró fascinación por el diseño de la casa para su hijo, menos demostró asombro con el paisajismo y las comodidades de la agrupación. Tampoco se asustó por el valor, cuando su hijo le comentó que le pareció desde un principio una buena compra. Supongo que esa visita fue más una obligación paternal para satisfacer los sueños de su hijo, que un codiciado paseo familiar para cotizar viviendas y adquirir una casa donde ver crecer y disfrutar a sus futuros nietos. ¡Y pasó de mí, si es lo que en verdad quieres saber!

    Se sonríe levemente al verse descubierto y con suavidad toma mi vaso a la vez que me pregunta:

    — ¿Te apetece otro coctel? Porque a mí sí me falta sentir el ardor del primer trago de tequila. —Y en su pestañeo incesante percibo el grado de inquietud que lo atosiga, más ahora escucho como suspira al darse vuelta, y comprendo que mi respuesta lo tranquiliza. ¡Por ahora!

    —Tendida la trampa, –sigo contándole y extiendo por completo mis piernas y cierros los ojos para concentrarme– finalicé la tarde laboral recogiendo mis cosas en calma, pero rodeada por Diana y K-Mena, con Carlos y José Ignacio al acecho.

    —A ver Meli, párale bolas a lo que te voy a decir. Esa es una vieja pedante, arribista y súper creída. Se cree la vaca que más caga. Piensa ella que por ser famosa, todo el mundo debe rendirle pleitesía y tirársele a los pies para lamérselos. En serio, Meli. ¡Es más fastidiosa que un grano en el culo! —Me dijo Diana sin reírse pero poniéndome al tanto de la situación sin dejarme salir de mi cubículo.

    — ¿Famosa? ¿Acaso de quien se trata? —Expresé con inocencia mi ignorancia en temas de farándula.

    —Pues La Pili, chikis. ¿En qué mundo vives? —Intervino K-Mena.

    —Una ex reina de belleza, actriz por conveniencia, presentadora de televisión por cari bonita y pseudo-periodista por vocación filosófica. ¡La Diva de Divas! —Me actualizó José Ignacio.

    — ¡Uy sí! Y con comentarios hirientes, si se da cuenta de que vistes mal, hueles a un perfume que no le agrada, o si tienes una uña mal pintada. Una «caca» de mujer en decadencia, y ella sin embargo se cree el centro del universo. No te vayas a dejar de ella Meli, y no te preocupes si tienes que mandarla a la mierda, porque le gusta presumir de intelectual ante las cámaras y dominar a su público, pero yo creo que debe ser de esas viejas frustradas que son todo lo contrario cuando los focos de la farándula no la alumbran. —Me lo recalcó Diana, tomándome del brazo para finalmente dirigirnos hacia los elevadores.

    —Estaba estresada y me moría de ganas por llegar a nuestra casa para descansar el cuerpo y mi mente, pero tan pronto como se abrieron las puertas del elevador, casi tropiezo con Sergio, que sin avisarle a K-Mena, había decidido ir a buscarla a la constructora. Al verme me saludó primero y luego a los demás. Por ultimo lo hizo con su novia. Asumí de inmediato que estaban enojados. Sergio se me acercó y nervioso me invitó un café, en la cafetería de la esquina.

    —Es que no me entiendes, Bebé. –Escuché a K-Mena quejarse bajo con Sergio, mientras Diana hablaba por teléfono con su madre. – ¡Bueno, sí! Tal vez un poco, pero es que también tengo derecho a ir cambiando. —Le replicó ella, esta vez en un tono ligeramente más grave y alto, en respuesta a un preocupado comentario de Sergio, que no pude escuchar bien.

    —Tanto Diana como Carlos y José Ignacio al escucharlo se auto invitaron, y aunque percibí un mohín de fastidio en Sergio finalmente todos nos dirigimos hacia allí. Tuve tiempo de escribirte un mensaje, comentándote que me tardaría un poco más, de inmediato recibí tu llamada y te respondí, sintiéndome intimidada por tenerlo tan cerca.

    — ¡Ok! Pues a veces pienso que prefieres quedarte a encender veladoras y vestir santos en la iglesia antes que intentar ser más… ¡Amoroso conmigo! —Le escuché a K-Mena decirle a Sergio, cuando terminamos nuestra llamada, y le vi soltarle la mano enfadada y girándose hacía mí, me inmiscuyó en sus conversaciones.

    —Tú qué opinas, Chikis. —Me preguntó ella integrándome en su conversación, sin que yo lo quisiera.

    —Flaquis, ni yo ni cualquiera debería meterse en la relación de ustedes dos. Pero ya que me lo preguntas, creo que la pareja ha de ir avanzando en la relación para madurarla y conocerse mejor antes de dar el salto definitivo al matrimonio. Convivir juntos puede llegar a ser algo complicado si desconocemos en su totalidad los pensamientos y las costumbres de nuestra pareja. Una cosa es de novios y otra muy distinta de casados.

    —K-Mena sonrió, iluminándosele el semblante. Sergio por el contrario continuó con su postura parca y José Ignacio continuaba escribiendo mensajes en su móvil. Dentro de mi bolso podía escuchar las notificaciones que llegaban al mío y el codo de Diana me punzaba las costillas diciéndome: «Meli preciosa, ¡Te está sonando el celular!».

    — ¿Sí? —Respondí haciéndome la desentendida, aunque una corazonada me alertaba de quien podría tratarse.

    —Lo tomé y ojeé la pantalla del móvil, para darme cuenta de que efectivamente era él quien me escribía. «Humm… ¡Es un cliente! Que cansón. ¡Las horas que son y quiere saber cómo van las cosas con su estudio de financiación!» —Hablé en tono alto para que me escucharan, sobre todo él, y así, sin mirarlo, me levanté y salí del local para poder hablar con tranquilidad.

    —Que inoportuno. —Opina Camilo, consiguiendo que abra mis ojos y sorprenderme al verle de pie, ofreciéndome un nuevo coctel.

    —A ver José Ignacio, ¿Te estas enloqueciendo? ¡Ubícate! ¿Cómo se te ocurre proponerme esas cosas? ¿Acaso no sabes qué día es hoy? —Le reclamé tan pronto como tomó mi llamada.

    — ¿Hoy? ¡Jajaja! Ojala sea mi día de suerte y más tarde me alegres la noche, aceptando mi invitación a un motelito que conozco arribita en la montaña, para hacerte cositas ricas.

    —Ayyy, por favor Nacho, no seas tan ridículo.

    — ¡Pero es que me dejaste a medias! Todo por tus putos afanes de ir a verte con el idiota de tu esposo.

    —Mira José Ignacio, ponle pausa a ese video de una buena vez. Si hubiese imaginado que serias tan fastidioso no te hubiera dado a oler ni un pedo mío. Y vete enterando cuál es tu lugar en mi vida. Mi esposo y mi hijo son lo primero, mi familia lo más importante que me rodea, mis amistades son fundamentales y mis antojos los dejo para después. ¿Ok? Mi marido es imprescindible para mi bienestar y el de mi hijo, por ello se ha ganado el primer lugar en mi corazón. Y tu pues… Eso, un capricho nada más. ¿Comprendido? ¿O te lo explico con plastilina?

    —Pero es que me gustas mucho y la calle esta dura. ¡Jejeje! Creo que me estoy enamorando. —Entremezcladas sus palabras con la música de fondo y el ruido de voces dentro del local, lo escuché reírse, pero sus palabras las pude escuchar con mayor nitidez y cierto eco al final.

    —Es en serio bizcocho. Y mira como es la vida… Mírame Meli. —Y me fijé que al igual que yo, ya se encontraba a dos metros de distancia de mí, fuera del local. Y se sonrió cuando mi mirada conecto con la suya.

    —Estoy encantado contigo, Meli. Eres muy distinta a la mujer que imaginé y por eso me gustas más. Me atrae esa versión tuya, la que mantienes escondida, de la que menos yo esperaba recibir órdenes y de la que no estaba buscando que me domara. Me haces sentir distinto cuando estas a mi lado. ¡Yo que culpita tengo!

    —Procuré olvidarme de esa conversación y evadir una rara sensación de… ¿Temor? Sí, creo que eso fue lo que sentí, pues aunque por otra parte me empezaba a sentir vencedora, en seguida me puse nerviosa al visualizarme en un futuro embrollada con él, y enturbiando la tranquilidad de nuestra relación. Corté la llamada y el contacto visual para regresar al interior de la cafetería.

    —La taza de mi café continuaba sobre la mesa, más el contenido ya estaba frio. Miré la hora en mi smartwacht y les anuncié que ya me iba. Hubo reparos ante mi afán por despedirme, pues al dia siguiente todos descansaríamos. – ¡Debo preparar la comida para mi esposo y mi hijo! La nana no trabaja mañana y debo disfrazarme de Soyla. – Graciosamente les expuse a todos. Carlos inocente, cayó.

    — ¿De quién? –Me preguntó. – ¡De soy la que barre, soy la que lava, soy la que trapea y soy la que plancha! Me reí, y me marchaba dejándolos riéndose y burlándose del pobre Carlos, pero Sergio me alcanzó antes de cruzar el umbral para decirme con cara de preocupación… « ¿Te puedo llamar en un rato?» ¡Por supuesto! Le respondí, y me alejé de allí para buscar mi auto en el parking subterráneo, pero mientras caminaba, lo hice inquieta por lo que me tuviera que decir.

    —Nuestro encuentro en la casa, –a la que llegamos casi al tiempo– fue una convención de abrazos bien estrechos con besos húmedos y lentos. En tu mirada un letrero de neón muy diciente se formó… « ¡Quiero comerte completica!», y en mi mente visualizándose una erótica imagen por respuesta, que mi garganta no pudo vocalizar… ¡Uy sí, mi amor, «garoseame» toda! Pues nuestras exhibiciones de afecto para nada sutiles delante de Mateo, consiguieron que celosito se metiera entre tus piernas y las mías, pero ya enredado entre mis brazos y los tuyos, nos llenó de besos y de risas, deshaciendo con su espontanea felicidad, en mi mente el agobio y en tu cuerpo el cansancio. ¿Sí lo recuerdas?

    —No con claridad, pues por lo general, Mateo siempre se interponía entre tú y yo, cada vez que nos veía cariñosos. Pero creo saber a qué noche te refieres, cuando quise proponerte otra probadita por detrás, pero recibiste una llamada que enfrió mis ganas al ocupar tu tiempo en contestarla.

    —Efectivamente, cielo. Cometí la estupidez de no apagar a tiempo el móvil, cuando llegué a casa. Recién terminaba de recoger los platos de la cena, contigo esperándome en la sala, cuando recibí la llamada de Sergio.

    —Uhum, Sí. Recuerdo que me enseñaste la pantalla de tu celular, elevando tus hombros y haciéndome señas de que te disculpara. Subiste al estudio y te encerraste allí hasta bien tarde. ¿Y se puede saber qué quería?

    —Hablarme de K-Mena y sus cambios de actitud o… ¡De pensamiento!

    — ¡Es que ella esta distinta! ¿Será que conoció a alguien más y ya me quiere cambiar?

    —Fueron sus primeros interrogantes, antes de que lo escuchara sollozar. Por supuesto le dije que no a lo segundo, y a lo primero le di la razón a K-Mena, diciéndole que era algo normal en una chica como ella, joven, con sueños por cumplir y que apenas había comenzando a vivir. Le insté a despreocuparse, más sin embargo por dentro me sentí culpable, obviamente; y más cuando mencionó como ella se expresaba ahora frente a los demás, sin ser grosera o altanera, pero si quería imponerse un poco y hacer valer su opinión, aunque ese poco fuera mal visto por él, y en especial por toda su familia, tan religiosa.

    —Logré calmarlo un poco prometiéndole que hablaría con ella y le mantendría informado si yo observaba algún pretendiente rondándola. Y luego recibí otra llamada que puse en espera. Se trataba de la autoritaria cliente de Diana, o sea, de la famosa Pili, para comunicarme que tras consultarlo con su pareja, podrían ir al condominio el viernes por la mañana. Fue muy concreta en ese punto, pero cordial y amistosa luego, ya que incluso tuvimos tiempo para agregarnos a nuestras redes sociales. Ella a mí, en sus cuentas personales y yo a ella, en mis perfiles falsos.

    —También me escribió él, José Ignacio, como tres mensajes. Pero le respondí que ni era el lugar ni el momento oportuno, y que mejor lo haríamos al otro día.

    —Ok, perfecto, ahora lo entiendo. De esa forma ya no estaría yo para incomodarte. Bien planeado. ¿Y me imagino que te invitó a salir para hacer «algo»? —Con justificada razón me habla Camilo, entrecomillando con sus dedos ese algo.

    ¡Pero por ahora no quiero responderle! No estoy todavía preparada para causarle más dolor. Pienso que es mejor que me levante y salir al balcón para fumar. De paso, aprovecharé para echarle más alcohol a mi propia herida.

    Mariana enmudece y con una álgida actitud se levanta de la cama, haciéndose con uno de sus cigarrillos y el encendedor. Acapara el cenicero y lentamente desfila, –envuelta en su bata de baño– hacia el balcón. Sin tomar asiento, lo enciende y aspira. Luego el borde de cristal contacta con sus labios y prolonga el trago de su gualda bebida.

    La encorvada ceniza del fumado pucho entre mis dedos, –amenazante con formar estragos en la colcha– me obliga a levantarme con cuidado y reemprender el camino que ha tomado mi esposa, dejando la huella de mi peso, entre arrugas sobre el cobertor.

    El aroma a maresía de la primera bajamar, entremezclado con el del tabaco de Mariana, me recibe a tres pasos de su espalda. Pero me detengo baldosa y media más adelante, ahora que ella al sentirme de nuevo muy cerca, sin mirar hacia atrás me habla.

    — ¡Es lo que sucede al ser tan hermosa y provocativa, señorita! —Fueron sus palabras exactas, cielo. Cuando le respondí enojada al magistrado el miércoles por la mañana, delante de Eduardo, sentados los dos al otro lado de su amplio escritorio. ¡Es un completo idiota! Pensé, más por respeto al cargo de ese señor no lo expresé y terminé por tragarme mi orgullo.

    —Casi dos horas nos hizo esperar en la recepción. ¿Y todo para qué? —Cercada por Camilo y el espaldar de una de las sillas, empiezo por contarle mi reunión con el Magistrado Christopher Archbold, la eminencia de las leyes y el mandamás en su familia. Este fue el comienzo del final que tanto ansia Camilo que le responda, sobre mis conversaciones con Chacho al otro día.

    ¿De qué me habla ahora? Para nada es la respuesta que esperaba escuchar. ¿Por qué evade responder a mi pregunta? ¿Qué mierda esconde?

    — ¿Me estas tomando del pelo? Eso no tiene nada que ver con lo que te preg…

    — ¡Mucho! Bastante diría yo, Camilo. —Decido interrumpirlo, a pesar de que no será por su bien.

    — ¿Ahora me vas a decir que ese playboy de playa tuvo algo que ver contigo, y esa cita tan importante que tuviste con el padre del abogado?

    Y Mariana se gira un cuarto de vuelta para mirarme y desperezarse como una gata, elongando los brazos, juntando en lo alto las manos por sus palmas, y haciendo equilibrio el cigarrillo en la esquina de sus labios mientras algo menos de una onza del coctel reposa sobre el barandal de madera.

    —No me vi con él en mi día de descanso. Toda la mañana estuve atareada con los quehaceres en la casa. Fue un momento por la tarde, que me chateé con él, mientras almorzaba a solas y antes de tener que salir para recoger a Mateo. Luego recibí la llamada del malp… Del estúpido de Eduardo, para confirmarle que el magistrado nos recibiría muy temprano, así que nos encontraríamos en la constructora y de allí saldríamos en su automóvil para el centro de la ciudad.

    — ¡Otra vez Eduardo! ¿Acaso te obligó a tener algo con ese viejo? —Y al terminar mis palabras, con Mariana en silencio, acomodando sus nalgas en el asiento, despreocupada de que la abertura de la tela de algodón me enseñe el canal de piel en medio de sus senos, a mi mente llegan las imágenes de las últimas páginas del bendito informe.

  • Una feminista con cabello azul

    Una feminista con cabello azul

    Hola a todos, les contaré lo que pasó es una vieja historia de hace un año y un poco más.

    Yo (24 entonces) conocí a María (22) en una reunión de poesía de hermana. Yo disfruto la poesía como cualquier otro, pero hay ciertas cosas que siento generan grupos específicos de personas, como los 4×4. En este caso eran puros hippies mal bañados.

    Yo esa noche trate de mantenerme lo más neutral posible, pero me había tomado dos cervezas encima y un vino por lo que se me resbaló la lengua. Juana (llamémosla así porque no me acuerdo su nombre) estaba un poco pasadita de peso, unas dos o tres toneladitas de más. Ella hizo un comentario de «self love» «bodypositivity» «belleza en all sizes», (te juro eran los socialistas de iPhone, bueno Mary no). En ese momento se me escapó decir «Eso hermana, el autoestima y el colesterol siempre arriba». Me rebardearon toda lo noche, y yo sabía que ya la había cagado.

    Mary: bueno vos eres tremendo pelotudo. Vos de seguro eres facho.

    Yo: macho, facho, pero buen muchacho. (No sé dónde leí ese eslogan pero fue lo que se me vino a la mente)

    Mary no sé espero nada, con la mirada más fría que he visto me lanzó su copa de vino en la cara. Yo corrí al baño a tratar de salvar mi camisa blanca pero fue en vano. Todos se rieron de mi cuando volví.

    Mary: te queda bien el rosado.

    Yo: de hecho si tengo camisas rosadas…

    Mi hermana: una noche te pedí, no podías comportarte por una noche.

    La ira y la decepción se notaban en su rostro, ella estaba en el escenario cuando todo ocurrió y se perdió todo el contexto. El resto de la noche la pasé callado en el celular, pero este tipo Juan, bajito delgado lentes gruesos, uñas pintadas, y ropa de mercado de artesanías, estuvo presionando a Mary para que bebiera más. Y yo como su caballero blanco, no hice nada. Todos me caían al huevo en especial Juan que era un idiota que se pasaba hablando pestes de los hombres, la gorda, otra chica que no me acuerdo el nombre y Mary que lanzo vino en mi camisa blanca.

    Juan: … que dices, después de que deje a los demás nos vamos para mí departamento, te muestro mis fotos… o sea tu eres como una musa… deberías posar para mí para retratar tu belleza.

    Mary: ya me quiero ir… no me quiero ir a mi casa… bla bla bla.

    Juan: «verás como vuelves».

    Mary estaba pálida, pero no iba a llorar ni aunque tuviera que ir caminando así es ella, con lo que había puesto para la cuenta no tenía mucho dinero y sus amigos se negaron a darle para el taxi, o llamarle un Uber, nada. Resulta que Juan había traído a todos en su carro y si se emputaba más les iba a dejar a todos jodidos.

    Yo: por dónde vives?

    Mary: en dirección (lejos)

    Yo: me queda de paso, si quieres te dejo.

    Mary: «mi hermana» me pueden dar un aventón?

    A si soy pelotudo, mi hermana vino con mi cuñado en su carro.

    Hermana: nos vamos a quedar de largo con Germán (organizador) a recoger todo.

    Estaba claro sus opciones eran, irse sola Dios sabe cómo, quedarse con el baboso de Juan que la iba a seguir jodiendo toda la noche y sus amigos de mierda que no iban a decir nada o irse conmigo. Yo me di la vuelta para ya irme a mi casa con mi chaqueta en las manos cuando escucho que Mary me dice “vamos”. Ni yo me la creía.

    Estuvo un poco tenso el viaje, pero le di mi celular para que ponga música, me preguntó que me gustaba y le puse a qué escoja de entre mis favoritas. Escuchamos Tame Impala.

    Ya llegando.

    Mary: dónde vives?

    Yo: dirección.

    Mary: eso está en el norte (estábamos yendo hacia el sur)

    Yo: lo sé.

    Llegamos a su casa y yo me baje a abrir su puerta, estaba temblando, solo traía mi camisa que estaba mojada, no me puse la chaqueta para no mancharla.

    Mary: estás temblando, quieres pasar?

    Su apartamento era pequeño lleno de plantitas, y con adornos multicolor, se dividía en dos partes, cocina sala comedor y dormitorio. Yo me senté en el sillón.

    Mary entrando a su habitación: quítate la camisa.

    No sé porque pero simplemente lo hice rápido y cuando ella salió se puso roja, tenía una cobija en sus manos. Tomó mi camisa rápidamente, se dio la vuelta llevándola a la lavadora y la puso a andar.(se sentía mal por lo ocurrido). Conversamos un rato en su sillón, yo no tengo tan buen cuerpo más cómo un flaco definido aunque voy al gimnasio.

    Yo: bueno que una feminista me lave la ropa ya es una meta cumplida, solo falta el sándwich.

    Ella: te juro que si dice que me vaya a la cocina te saco a la calle desnudo.

    Yo: bueno ya estamos ahí. Dije señalando el mono ambiente.

    Ella me golpeó con los cojines de sillón y yo me enoje y le pegue también con otra almohada, nos dimos un rato cuando nos quedamos viendo a los ojos callados. Yo toque su mejilla y ella se lanzó sobre mi. Nos besamos apasionadamente.

    Yo: mis pantalones están manchados de vino también, me los quito?

    Ella me siguió besando mientras se peleaba con la correa, cuando cedió me quite los pantalones quedando solo en boxers. Le quite el buso y el top, no traía brasier, se cubría el estómago más que sus pechos, era algo que le acomplejaba. Le dije que se parará y cuando estaba distraído la agarré por atrás sujetando su cintura y besando su cuello, sin soltarla con mi mano derecho empecé a jugar con sus tetas.

    Ella con la manos libres se quitó el pantalón. Estábamos los dos en ropa interior, me tomo de la mano y fuimos a su cuarto estaba full desordenado, porque no esperaba visitas. Ella boto la ropa al suelo y cuando quiso tender la cama no aguante más, la recosté y la comí a besos en la oscuridad. Fui bajando y le quite su última prenda de ropa, la comí como si fuera postre, estaba tan peluda como sus axilas, pero bueno. En eso suena el teléfono.

    Mary: bueno… no si, si llegué bien. *Inhala* ajá todo tranqui o sea si me molestee… ajá si. No estoy haciendo nada deja joder… no él ya se fue a su casa. *Se muerde el labio* adiós. No podías parar un minuto estaba en el teléfono boludo.

    La bese para darle a probar lo mojada que estaba, ella se arrodilló en el piso y me quito el bóxer, con una mirada de diabla empezó a chupar como si no hubiera mañana. Luego saco un condón de su velador.

    Ella: no quiero que pienses mal, o sea nunca había hecho esto, bueno las chicas también nos cuidamos. Que si la sociedad piensa que soy una puta, las mujeres también tenemos derecho a disfrutar…

    Ya me había puesto el condón en ese discursito, así que la levanté y la puse contra la pared. Mi pene entro sin problema y con cada embestida estaba más y más mojada, le decía que la iba a hacer disfrutar y pasar rico.

    Yo: di que eres una putita.

    Ella: que?

    Yo acelerando el ritmo: di que eres una putita.

    Ella: soy una putita.

    Yo: di que eres mi puta.

    Ella la saco y se dio la vuelta, yo pensé que la había cagado y me iba a disculpar pero ella me empujó a la cama y se subió sobre mi.

    Ella: eso nunca.

    Yo: nunca?

    Ella: nunca seré tuya.

    Sus caderas se movían como estrella porno.

    Ella: te voy a hacer venir.

    Yo: no

    Ella: correte.

    Le tuve que dar la vuelta y ponernos de misionero o la pendeja me iba a hacer venir. Le di con todo hasta ya no poder más y justo a tiempo me dice que la quiere de perrito. Nos pusimos en posición y seguimos sus gemidos ahora eran gritos.

    Yo: ya no puedo.

    Mary: venite en mis tetas.

    Una llenada de leche que para que te digo, nos quedamos dormidos y en la mañana siguiente nos miramos con cara de fuck. Que paso después es historia para otro día.

  • Mi primera tragada

    Mi primera tragada

    Hacía bastante que me veía con este hombre. Los dos éramos casados y nos conocimos en un chat de la ciudad, él me dijo que conseguía lugar y me citó para el otro día a la mañana, él se escapaba un rato del trabajo y yo lo mismo.

    Fui a la esquina que me dijo y después de esperarlo casi diez minutos vi a un hombre de traje y corbata y supuse que era él. Era.

    Fuimos a la casa que le prestaban, no estaba habitada pero seguía amueblada y él tenía llave.

    Así empezamos. Eran cogidas cortas y medio a las apuradas, pero muy lindas. Cada quince o veinte días podíamos hacer coincidir nuestros horarios y quedábamos en vernos cerca de la casita y después íbamos juntos hasta la puerta.

    Le tenía mucha confianza porque era un tipo muy formal y cuidadoso, así que a nuestra tercera o cuarta cita me dijo que ese día no tenía profiláctico y si me dejaba coger sin y acepté hacerlo.

    La rutina de nuestros encuentros era empezar a los besos en la boca (él entonces aprovechaba para manosearme la cola mientras me comía la boca) y, antes de cogerme de paradito contra una mesa, siempre me hacía chuparle la pija.

    Me gustaba que me pidiera, decía que se la chupaba lindo y mientras se lo estaba haciendo me decía «que hijodeputa, me volvés loco».

    Cuando charlábamos por chat para arreglar nuevos encuentros me preguntaba si se la iba a chupar al otro día, sí le decía yo, mucho? me preguntaba, sí, mucho mucho.

    Y empezó a pedirme si no me animaba a tragarle la leche. Me daba mucho morbo, pero también me daba mucha vergüenza y nunca lo había hecho.

    Continuará.

  • Mi madre es una bomba sexual

    Mi madre es una bomba sexual

    Mi nombre es Tomás y vivo en un municipio cercano a Medellín llamado Sabaneta. Actualmente tengo 25 años y mi madre 45, pero lo que les voy a contar sucedió cuando yo tenía 19.

    Cuando yo tenía 18 años mis padres se separaron porque pala dejó a mamá por irse con otra, a mamá le dio muy duro todo esto y continuamente lloraba y tomaba licor. Yo me sentía muy mal al verla así y no sabía que hacer, trataba de estar mucho tiempo con ella y ser detallista. Una noche ella llegó algo tomada y casi no podía caminar, la ayudé a ir a su cuarto y me dijo que le ayudará a poner la pijama, mientras buscaba la pijama en el closet ella se quitó la ropa quedando solo con una pequeña tanga. Yo me puse nervioso al ver las hermosas tetas que tiene, cuando le estaba poniendo el pantalón pude notar como por los lados del panties se salían algunos pelos.

    Comencé a sentir una erección, acosté a mamá, la arropé y me fui a mi cuarto. Pero no podía dejar de pensar en lo que había visto y me masturbé pensando en ella, al rato fui al baño y cuando pasé frente a la habitación de mamá escuché unos gemidos, me asomé con cuidado y allí estaba mamá masturbándose. Seguí al baño y cuando salí ella estaba sentada en la cama llorando.

    Entonces entré y me senté a su lado, ella se cubrió con la sábana y entonces la abracé y le dije que todo iba a estar bien. Ella me preguntó si había escuchado lo que ella estaba haciendo y yo le dije que si, pero que eso no tenía nada de malo, que era normal, que ella también sentía deseos y debía desahogarse. Entonces me dijo que no, que era difícil que alguien se fijara en ella por la edad y yo le dije mamá, tú eres una mujer muy hermosa, tienes un lindo cuerpo y cualquier hombre quisiera estar contigo.

    Entonces se puso de pie y se quitó la sábana quedando completamente desnuda frente a mi, me preguntó que cómo le parecía y yo le dije que era una mamasota. Entonces me preguntó ¿Si no fueras mi hijo qué me harías? Yo le dije que si no fuera su hijo le haría el amor todos los días y le confesé que me había masturbado pensando en ella.

    Entonces sucedió algo inesperado, se me acercó y me dijo ¿Y para que te masturbas si puedes quitarte las ganas conmigo? Entonces yo le dije, tu también te puedes quitar las ganas conmigo, me puse de pie y la abracé, luego nos besamos apasionadamente.

    -Te deseo tanto mami

    -y yo a ti hijo, siempre te he deseado

    Se agachó y me quito mi pantalón de pijama y el bóxer dejando al aire mi verga ya muy dura. Comenzó a chuparla de una manera única, la escupía y se la metía hasta el fondo de la garganta, mientras yo me quité la camisa y acariciaba su cabello. Luego de un rato le dije mami me vengo y ella metió toda mi verga en su boca para recibir mi leche.

    Se puso de pie, me besó, yo la tumbé en la cama y me puse entre sus piernas, ante mi estaba esa chocha muy peluda y mojada. Comencé a lamerlo y a meter mis dedos, ella lubricaba mucho, estaba muy caliente y mojada y entonces un gran chorro de squirt explotó en mi cara, me tragué mucho de aquel líquido, fui subiendo besando sus enormes tetas y de nuevo allí estábamos besándonos, con el sabor de sus fluidos aún en mi boca. Entonces me dijo «hazme tuya mi niño, quiero ser tu perra». Le abrí las piernas y con mucha fuerza le metí toda mi verga mientras una de mis manos la apoyaba en su cuello, «siii, ahorcarme, dame duro mi niño»

    Luego de un rato me recosté boca arriba y ella se puso sobre mi, entonces poco a poco fue metiendo mi verga en su culo, me dijo «soy virgen de culo, es todo tuyo mi niño» de pronto toda mi verga estaba dentro de su apretado culo. Se movía lentamente y fue acelerando, sus gemidos eran impresionantes, mientras yo con mis dedos frotaba su clítoris, estábamos al borde de la locura. Le dije que me venía y de inmediato se puso abajo para recibir de nuevo mi leche en su boca. Luego se puso a mi lado y me besó, tenía aún semen en su boca, no me importó, por primera vez probaba mi propio semen.

    Nos quedamos un momento ahí hasta que ella comenzó a besarme de nuevo y fue bajando por mi pecho me miró y me dijo ¿Te dejas hacer lo que sea? Claro que sí mami, lo que tú quieras. Entonces comenzó a chupar mi verga, mis testículos y mi culo y fue metiendo uno de sus dedos en mi culo hasta que estaba todo dentro. Sentí un poco de dolor pero a la vez placer. Entonces se puso de pie y de un cajón sacó un consolador y lo fue metiendo en mi culo, lo hizo por un buen rato. Luego fue ella quien se puso boca abajo, entonces la penetré por su chocha y el consolador se lo metí por el culo, ella gritaba de placer, le di la vuelta y me puse entre sus piernas y un nuevo squirt salió de ella, entonces me puse de pie y moviendo mi verga le solté mi leche en sus tetas.

    Nos dimos una ducha y esa noche dormimos juntos. Después de eso lo hacíamos cada que podíamos. A pesar de haberme casado mi madre sigue siendo mi amante, ella vivir con mi esposa y yo. Hace un tiempo mi esposa me descubrió teniendo sexo con mamá, pero contrario a lo que pudiese pasar, lo entendió y en un relato futuro les contaré cómo hicimos nuestro primer trío.