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  • Follada otra vez (7)

    Follada otra vez (7)

    Hola amiguis. El otro día iba saliendo del gym. Había tomado un baño de vapor y fui a pasear al centro del pueblo. Me encontré a un amigo, J., al verme se aproximó y me dijo al oído, -te ves radiante, ¿también te lavaste el entresijo?- Yo me quedé mudo, pues iba con ropas de hombre y no había comentado con J., de mis preferencias.

    Rápidamente reaccioné y le dije con voz un poco amariconada –Ay, ¿para qué quieres saber? J., sonrió maliciosamente y poniendo una mano en su entrepierna, dijo –Pues, porque quisiera clavarte por el ano- Yo me hice la ofendida y dije -¿Qué me la quieres meter ahora mismo? Eran como las 12 del día y pues, yo acostumbraba hacer mis cositas de maricona por las noches.

    Él me tomó suave de los hombros diciendo, -Sí, ando bien caliente cariño, vamos a mí departamento-, que estaba cruzando la plaza. Pensé, ¡Vaya! ¿Por qué no? Parece que ya sabe. Nos encaminamos y al llegar de inmediato me abrazó por detrás poniendo su miembro en mi trasero. Puse mis manos atrás sobre su pene y lo palpé, era bastante grueso y grande.

    Entonces, quité las manos y empujé mis nalgas hacia su bulto viril. Empezó a sacarme la ropa, yo debajo traía brassiere y tanga, al verme sonrió ampliamente diciendo, ¡Lo sabía, eres una putita y te ves de maravilla con esa ropita de nena! Al escucharlo me excité como loca y me puse de rodillas frente a él, le bajé el pantalón y la trusa, saltó un hermoso miembro semi-erecto, lo tomé con ambas manos y le planté un beso en la cabeza, le pasé la lengua y abriendo la boca me lo metí todo.

    Su pene de inmediato se puso duro, grueso e hinchado, era una delicia de verga, así que la mamé con gran placer, pajeándola al mismo tiempo. Se la chupé como si fuera el más delicioso caramelo, le apliqué las mejores técnicas mamatorias y adoré su miembro como si fuera la diosa Verga durante unos 15 minutos. Se le empezó a escurrir de precum, lo cual, me encanta y le lamí el glande con fruición.

    Entonces, me incorporé y le pregunté con la voz más coqueta y maricona que pude, -Ay, papi, ¿cómo quieres que me ponga?- Rápido dijo que de perrita. Pasamos a la alcoba, me desnudé casi por completo dejando la tanga puesta y el brasssier con los tirantes caídos a medio hombro, y me le puse en cuatro sobre la cama. Me preguntó que si se ponía condón o que si la quería a pelo, le dije –como quieras papi, sólo ¡Penétrame ya!-

    Puso su fierro de carne en la entrada de mi botoncito de amor y escupió sobre él, me introdujo primero sólo la cabeza. Luego, me la empezó a clavar poco a poco toda hasta que sentí su vello púbico rozando mis nalguitas de zorra trans. Yo gemía de placer como una loca, primero con discreción, pero cuando empezó el saca y mete a subir de ritmo, me explayé y mis gritos eran de verdadero delirio de putita siendo clavada por una hermosa polla.

    Me cogió y recogió durante unos 15 o 20 minutos, que me parecieron unos segundos de paroxismo erótico, no quería que terminara, deseaba que me poseyera para toda la eternidad, quería sentir su enorme y gruesa verga abriéndome el culo y mis pliegues interiores.

    Finalmente, aumentó su velocidad de perforación y danto un grito ronco de macho explotó dentro de mi ano. Sentí como si fueran varios litros de semen o eso deseaba, me fascinaba su esperma que llenaba mi intimidad y buscaba penetrar mis entrañas para preñarme. Era una verdadera delicia y me sentí feliz, apretaba los músculos del recto para aprisionar ese miembro.

    Pasados unos minutos su pene empezó a ponerse flácido y me la sacó. De inmediato, se escurrió su semen por la zanja de mi culo y hacia las piernas, nos dejamos caer de costado en la cama. Me abrazó y me plantó un tierno beso en mis hombros, me sentí muy mujer y muy puta, me levanté y me despedí poniéndonos de acuerdo en que habría varias repeticiones de esas sesiones de sexo.

    Ciao amiguis, espero les guste y se hagan muchas pajas leyéndome. Bye!

  • Mi compañera de prácticas

    Mi compañera de prácticas

    En mi etapa universitaria fui asignado a una institución, a realizar prácticas profesionales, ahí conocí a otros chicos y chicas de mi carrera, entre estos había una chava que desde el primer día llamo mi atención ya que visualmente me resultaba muy atractiva, una diminuta cintura y muy nalgona.

    Luego de presentarnos y saber nuestros nombres, la busque por Facebook y la encontré, le envié solicitud de amistad y para mí sorpresa me aceptó, debido a su personalidad nunca hablábamos, la sentía un poco fría, ni me pelaba, le hable por Messenger y le dije lo linda que pensaba que era y si me daría la oportunidad de conocerla, que si podríamos salir y me contestó a secas, me desanime.

    Termino ese periodo de prácticas y nunca tuve un acercamiento significativo con ella, luego de unos meses de nuevo me dio por hablarle y esta vez acepto a salir conmigo, la cité en un parque en el centro de la ciudad y de ahí caminamos a un cine que estaba cerca pero había una fila enorme, así que mejor optamos por ir a un bar, llegamos y pedimos una cubeta con 10 cervezas, hablamos de cosas cotidianas con las caras muy de cerca, en eso sentí que me miraba como con ojos de amor y empezamos a besarnos.

    Se terminaron las cervezas y le dije que fuéramos a mi casa y me contestó en un tono coqueto y mirándome:

    -¿A qué?

    No recuerdo que conteste pero se deslindó de ese primer encuentro, no me quería aflojar tan fácil, tuvimos una segunda salida y solamente puros besos, hasta la tercera salida la lleve a mi casa, esa vez la pude desnudar de la cintura para arriba y vaya sorpresa! sus senos eran más grandes de lo que me imaginaba, su piel era muy suave, le mame las tetas y alternaba con besos en su boca, en eso metí mi mano debajo de su jeans y toque su vagina, se sentía súper suave, se notaba que se había rasurado antes de llegar a mi casa, hundí uno de mis dedos en ella, ya estaba bien mojada, le saque la mano y trate de desabotonarle el pantalón pero no me dejó.

    Hasta el cuarto encuentro, de nuevo estuvimos en mi cuarto, mismo procedimiento que en el anterior, solo que está vez en lugar de tocar su parte íntima, intenté desabotonarle directamente el pantalón y me dijo:

    -Es que yo quiero que sea especial

    Y le contesté:

    -Y ahorita por qué no es especial?

    Con ese verbo, la desnude por completo, le abrí la piernas con las manos y le empecé a hacer sexo oral, (que rica le sabia y que bonita era por cierto) cuando me dirigía a penetrarla me preguntó que si no me pondría condón, rápido tome uno que tenía, me enfunde y empecé a cogerla de misionero, luego de una rato así, termino ella, entrelazando con sus piernas mi cintura con muchísima fuerza, se vino.

    Yo seguía bien caliente con la verga bien parada pero me acosté un rato con ella recostada en mi pecho, besándola y acariciándola, hasta que de nuevo reanudamos, de nuevo me enfunde, esta vez ella quedo arriba de mi y que movimiento de cadera tan espectacular, con mis manos tocaba sus nalgotas y sentía como de mis dedos escurrían sus fluidos por encima del condón, cambiamos de posición y de nuevo la puse de misionero y de nuevo se vino.

    De ahí nos empezamos a ver 2 o 3 veces por semana, ya se quedaba a dormir conmigo, lo hacíamos desde que entrabamos a mi cuarto, en la noche, la madrugada y la mañana, al principio era muy gratificante y satisfactorio saber que podía hacer llegar a mi chica al orgasmo tan fácilmente, pero luego se volvió castroso que solo terminará ella y yo no, razón por la cual no pudo funcionar esa relación.

  • Un trío con la vecina

    Un trío con la vecina

    Mi nombre es Fabiola tengo unos veinticinco años y me considero una guapa morena con cuerpo bien proporcionado. Desde hace dos años vivo en un departamento con mi actual novio llamado Santiago de veintiocho años. Él parece un adonis con ese cuerpo que a trabajó duramente en el gimnasio.

    El sexo con él es realmente bueno y placentero. Aunque por momentos entre el alcohol y la diversión hemos decido abrir nuestra relación. Sobre todo, con la llegada de una nueva vecina. Era una guapa rubia con atributos muy resaltantes como los míos. Algunas veces hemos coincidido en el mismo elevador y he notado como mira mis escotes o algunas veces la entrepierna de mi novio cuando usa esos pantalones de gimnasia.

    El primer contacto lo hizo yo cuando coincidimos en la lavandería del edificio. Conseguí un nombre Caroline y desde hace unos meses volvió a vivir con su madre, quien es enfermera, aprovechando que la universidad está cerca de donde vivimos. Antes estuvo en un dormitorio de chicas, pero cuenta que no fue compatible con su compañera de cuarto. Poco a poco ganándome su confianza, me fue contando más de aquellos detalles gracias a la intimidad de mi departamento y una botella de vino.

    Una noche de llovía nos estábamos poniendo cariñosos Santi y yo, cuando alguien llama a muerto. Mi novio bajo los efectos de los tragos soltó una palabrota que callé enseguida. Fui abrir, se trataba de Caroline, empapada de pies a cabeza.

    —¿Qué te pasó?

    —Olvidé mis llaves y mi mamá, regresará mañana temprano —confesó apenada—. No quiero abusar de tú confianza, pero ¿Puedo pasar la anoche aquí?

    Me quedé callada mirando a mi novio.

    —Claro —respondió Santi con una sonrisa agradable.

    La dejamos entrar fue directo a la sala. Como buena anfitriona busque una toalla y ropa seca para ella.

    —Aquí tienes, toma una ducha y reúnete con nosotros en la sala —le digo ofreciéndole todo.

    —Gracias.

    Mientras Caroline se va al único baño del departamento. Mi novio me mira con una cara ciertamente picara.

    —Es la posibilidad perfecta —me dice, mientras prepara un trago para Caroline.

    Del fondo se escucha la ducha abierta. Él quería usar los típicos juegos. La esperamos pacientes a que saliera. No es muy tímida. Salió usando un camisón y una bata de seda perlada. Apenas se sentó, Santiago le tendió el trago. Se sentó conmigo en el sofá de tres cuerpos. Mientras mi novio se acomodó en su sillón favorito que usa para ver su futbol.

    Aumentamos la temperatura de la sala y programamos en nuestro televisor de pantalla plana un video de unas brasas con sonidos. Mas la suave melodía del lugar se sentía muy cómoda la sala.

    —Gracias, perdón por interrumpir su velada.

    —Oh, no te preocupes —dice Santi tranquilo y choca su copa para beber juntos a la vez. Caroline bebé con corteza.

    Nos ponemos hablar de la universidad, que por casualidades del destino Caroline estudia en nuestra misma universidad que nos graduamos. Caroline está estudiando la misma carrera que estudio Santi. Lo que tengo en común con ellos, son los profesores de los cursos básicos.

    —¿Qué sigue enseñando ese profesor? —preguntó divertida—. Escuche rumores de que aprobaba a las más burras acostándose con ella.

    —Burras, pero buenos traseros o pechos —agrega Santi riéndose.

    —Yo también escuché ese rumor —admite Caroline divertida— Y no me parece justo.

    —Descuida, más adelante los ciclos son dictados por mujeres heteros —le anima Santi.

    —¿Y tú como sabes que son hetero? —pregunto curiosa al ver que se le escapo ese dato.

    —No puedo hablar cosas de fraternidades —se limita a responder Santi.

    Ambas asentimos. De ahí cambiamos de tema a lo de las hermandades y seguimos bebiendo dos botellas de vino. Lo cual Caroline con las mejillas sonrojadas comenzó a sentarse diferente, lo cual Santi no perdía el tiempo en observarla.

    Era casi la una de la mañana por lo que decidimos irnos a dormir. Caroline se quedó a dormir en el sofá.

    Santi se puso cariñoso durante la noche lo que no dudó en deslizar sus dedos al centro de mi coño y comenzó a darme placer. Contuve los gemidos tapando mi boca hasta que no pude más y terminé mojándome por completa. Con el cuerpo caliente me desnudé para el deleite de mi novio y bajándole el pantalón me encontré con su polla casi erecta.

    Me relamí los labios y comenzar a chupársela nos besamos por un instante. Momento en el que me percate que la puerta no estaba cerrada del todo. Debí suponer que mi novio antes de tocarme salió un momento al baño.

    Me excite con la idea de que Caroline pudiera escucharnos.

    Primero besé la punta de su miembro y de ahí comencé a metérmelo en la boca con cuidado mientras que con mi otra mano le acariciaba las pelotas. Santi acariciaba mi cabeza en silencio como dándome a entender que le gustaba el ritmo. Seguí chupándosela y masajeando pelotas hasta que se vino a mi boca. Me aseguré de tragarme su leche hasta la última gota. En el silencio de la oscuridad, escuché un singular gemido.

    Lo que hizo que se me escapara una sonrisa de satisfacción. Me bajé con cuidado de la cama y abriendo la puerta con cuidado. Me encontré con la dulce Caroline estaba roja de la vergüenza. Nos había espiado.

    —Fab, lo siento…

    —Oh, no te preocupes —le digo tomando la mano—. ¿Quieres unirte? También nos pareces sexy.

    Caroline colorada no retrocedió y se dejó guiar al interior de nuestro cuarto. Santi soltó una sonrisa divertida al verla entrar. La hicimos que se sentara al borde la cama y Santi se sentó a nuestro lado, dejándola al medio de los dos.

    —¿Tú primer trio? —le pregunta Santi mientras intercambia miradas conmigo.

    —Si.

    Apenas se oyó su afirmación. Santi comienza besándola a ella primero y luego a mí. Ahora yo los beso a ambos, siento que Caroline más a gusto conmigo. Lo que se me escapa una sonrisa traviesa y llevo la mano de mi novio al coño de ella.

    Vuelvo a besarla y profundizo el beso. La dejo sin aliento y frente a sus ojos me quito el camisón para que admire mis senos. La veo morderse los labios. Antes de acostarla sobre la cama le subo el camisón y Santi le baja las bragas para abrirle las piernas comenzar a comerle el coño que ya estaba húmedo.

    Caroline disfruta lo que le hace mi novio, mientras yo me pongo a chuparle y masajearle los pechos. Son grandes y la punta color rosado cereza. Nos dedicamos a darle placer hasta llevarla al orgasmo. Con la respiración entrecortada. Beso a Santi para probar sus fluidos.

    —¿Siguiente ronda? —pregunta mi novio con una sonrisa de payaso.

    Caroline asiente. Nos acomodamos más adentro de la cama nos acostamos juntos los tres a tocarnos y besábamos por un momento. Llego de mamarle de nuevo la polla a Santi. Ahora por las dos, al comienzo era tímida hasta que le cogió la técnica y se la dejamos dura. Hice que ella se pusiera boca arriba y cuando estuviera lista, puse mi coño sobre su boca, mientras Santi se puso se encargaba de acariciarle el cuerpo antes de cogérsela por primera vez.

    —Ahhh.

    Su gemido su satisfactorios para ambos. Mientras Santi se la cogía en posición de misionero yo comencé a pasar mis manos por su cuerpo. Su lengua era traviesa, me estaba sacando fuertes gemidos hasta que puse mis dedos sobre su clítoris y comencé a masajearlo con un poco de mi saliva.

    Los tres disfrutábamos del momento hasta que Caroline le llegó un orgasmo. Cambiamos de posiciones ahora mientras me coge Santi por detrás, me pongo a besarme con ella. Más desenvuelta me toma de los pechos y comienza a chupar de una forma excitante.

    Cerré los ojos cuando llegó el orgasmo y mi novio se vino dentro de mí. Los tres caímos sobre la cama con la respiración entre cortada y llenos de una copa de sudor. Mire a Caroline con una sonrisa divertida.

    —¿Y qué te pareció tu primera vez?

    —Excelente.

    ¿Fin?

  • Sexo oral con una compañera de la oficina (100% real)

    Sexo oral con una compañera de la oficina (100% real)

    Esta es la confesión de cómo una chica del trabajo terminó haciéndome sexo oral en la oficina. Yo tenía 33 años y ella 22. Todo comenzó en la fiesta de fin de año de la empresa. Trabajo en una agencia de publicidad.

    No me gustan mucho las fiestas pero en esa la estaba pasando particularmente bien, bailaba en grupo, tomaba un poco y me divertía, en un momento de la noche, una chica, con la que había tenido muy poco contacto, empezó a acercarse a mí para bailar, estaba un poco entonada, me bailaba de forma sexual, frotaba sus nalgas contra mi pene y cuando quedábamos de frente intentaba acercar su boca esperando que yo la besara.

    Antes de esa fiesta ella me había agregado a su Instagram y me generaba deseo, en redes publicaba fotos en bikini, ella era una chica con cara linda, ojos claros, parecía una niña de colegio, tenía el pelo largo café, con unos pechos medianos que ella sabía vestir para que se vieran un poco más grandes.

    En la fiesta decidí no hacer nada porque no quería ser el chisme del trabajo, además tenía novia y no quería que todos se enteraran, sin embargo empecé a coquetearle en redes, reaccionaba a sus historias de Instagram, las respondía con mensajes como «estás muy linda», «te ves muy bien», etc. Ella empezó a hacer lo mismo y en la oficina tratamos de disimular un poco.

    De vez en cuando salíamos juntos a almorzar o a comprar cosas en la tienda, nuestra oficina queda en un séptimo piso así que siempre bajábamos o subíamos por el ascensor; las escaleras quedaban un poco escondidas, casi nadie las usaba así que un día le dije que bajáramos por las escaleras para hacer «ejercicio», ella aceptó, al parecer sin sospechar nada y en un punto donde, sentí que estábamos solos, la tomé por el brazo y la bese, ella se sorprendió un poco pero no se resistió al beso.

    A partir de ahí nuestras conversaciones se volvieron un poco más calientes. La alagaba cuando llegaba con alguna ropa sexy, faldas, blusas escotadas, etc., hasta que un día empezamos a hablar de lugares donde habíamos tenido relaciones y ese tema me dio pie para proponerle hacerlo en los baños de la oficina, ella tenía novio, me decía que no sabía, que no se sentía bien haciendo eso (claramente en la fiesta no pensaba lo mismo), pero logré convencerla después de insistir un poco, así que acordamos llegar más temprano a la oficina, a una hora en la que en el edificio no se veía casi gente.

    Llegué primero y le dije que entrara al primer baño de hombres, donde la iba a esperar. Luego de un par de minutos sentí que alguien entro, quité el pasador y abrí la puerta, ella estaba de pie, frente a la puerta de la cabina, un poco nerviosa, me saludo con un «hola» como si no fuera a pasar nada sexual, me reí y la hale hacia el cubículo del baño, cerré con pasador y la empecé a besar, ella se dejaba llevar por mí, me tomó por la cintura y yo empecé a tocarla, ella llevaba una blusa roja, ombliguera que se amarraba al frente con un nudo, se alcanzaba a ver un poco que traía un brasier negro, tenía un jean azul claro, casi blanco y unas zapatillas.

    Desamarre el nudo de su blusa y pude ver sus pechos con el brasier, se veían lindos, intenté quitarle la blusa, pero no me dejó, parecía un poco asustada.

    – No, me da miedo que entre alguien y nos vea – Me frustró un poco eso porque estaba como un animal.

    – No pasa nada, a esta hora no entra nadie – Le dije para calmarla, pero ella seguía asustada.

    Bajé un poco su brasier para dejar sus pechos al descubierto sin quitárselo. Se veían muy hermosos sus senos sostenidos por el brasier, ella es de piel blanca y sus pezones eran cafés, de tamaño mediano. Me acerqué para besarlos y ella puso sus manos en mi cabeza y la apretó un poco hacia su cuerpo. En ese momento escuchamos que alguien entró al baño, ella se quedó congelada, no hicimos ningún movimiento. Esa persona se ubicó en un orinal frente a la puerta de nuestro cubículo, no se tardó mucho, se lavó las manos y se fue.

    – Yo no puedo en serio, me da mucho miedo – Me dijo susurrando con susto.

    – Nadie nos va a descubrir, vas a ver, no me dejes así por favor, te deseo mucho, mírame – Le señalé mi entrepierna donde se marcaba mi erección.

    – Hagamos una cosa – Me dijo ella con un tono relajado, como si estuviéramos resolviendo un problema del trabajo. – Te la voy a chupar, pero no lo vamos a hacer, aquí no, me da mucho miedo – Yo amo el sexo oral, así que el trato me pareció perfecto.

    La tapa del retrete estaba cerrada así que ella se sentó y empezó a desabrochar mi pantalón. Lo hizo rápidamente, lo bajó un poco y luego bajó mis boxers, lo que liberó mi pene que quedó frente a su cara, ella lo tomó con su mano derecha y empezó a moverla de adelanta para atrás, como una especie de calentamiento antes de meterlo en su boca.

    Miró hacia arriba mientras lo cogía, se mordió el labio pero no me dijo nada, pasó su lengua por el tronco de mi pene y continuó metiéndolo en la boca, se ayudaba de sus manos para masajearlo mientras lo chupaba, lo hacía con cuidado, evitando hacer ruido, yo podía sentir la humedad y los movimientos de su lengua que lo rozaban.

    Mientras lo chupaba ella estaba pendiente de lo que sucedía a nuestro alrededor, notaba el miedo que sentía de que fuéramos descubiertos. Puse mis manos sobre su cabeza, sin hacer fuerza, me gusta sentir su cabello mientras chupaba, ella lo sacaba de su boca y empezaba a masturbarme con más velocidad, luego lo metía de nuevo a su boca para sumar esos labios húmedos al masaje. Estaba muy excitado con lo que pasaba, ver esa cara tierna, succionando mi pene, me parecía increíble, me contenía para no hacer ruido.

    Ya llevábamos varios minutos y ella cada vez lo hacía más rápido, entendí que quería que me viniera, así que me concentré para darle todo lo que tenía.

    – ¿Me vengo en tu boca? – Le pregunté para no hacer algo que le desagradara.

    – Sí, dale – Me respondió con sus manos en mi pene, luego continuó chupándolo.

    Me apoyé en la división de metal del baño, estaba a punto de darle mi semen, ella continuó chupando. Empecé a sentir como las descargas de mi pene entraban en su boca, ella seguía masturbándome, 4 o 5 descargas hicieron que mi cuerpo vibrara, ella se detuvo, pero no lo sacó hasta sentir que ya le había dado todo. Cuando mi pene empezó a perder rigidez lo sacó, yo me incliné y le di un beso en la boca, ella aún no se tragaba mi semen, sus labios brillaban por la mezcla de su saliva y mi esperma. Levantó la tapa del inodoro y escupió todo (me hubiera gustado que se lo tragara). Se arregló el brasier y la blusa, yo me limpié el pene con un poco de papel. Guardé mi pene y me arreglé.

    Salí primero para ver que no hubiera nadie cerca, le escribí por WhatsApp para que saliera con tranquilidad, ese día fue uno de los mejores días de oficina de mi vida.

  • Emputeciendo a mi prima

    Emputeciendo a mi prima

    Un día al volver de la universidad mis padres me dieron una noticia que al principio no me agrado mucho, una prima que vivía en el pueblo vendría a pasar una temporada con nosotros, al parecer mi tía quería que dejara de verse con un muchacho de mala reputación.

    Lo peor de todo es que yo tendría que compartir con ella no sólo el cuarto sino también la cama y eso me molesto bastante ya que por esas épocas yo me masturbaba muy seguido y por las noches casi siempre veía porno en mi computadora y pensé que con mi prima ahí pues no se podría, que equivocada estaba yo.

    La temporada que mi prima pasó en mi cuarto fue una de las más deliciosas que he tenido. Y es que mi prima era un bomboncito de 19 años, con un par de tetas enormes y deliciosas que despertaron en mi una particular adicción por las chichis.

    Al principio era muy seria y hablaba muy poco pero yo me encargue de que se sintiera en confianza muy pronto, al tercer día pude conocer ese par de tetas pues motive una pequeña apuesta a ver quién de las dos las tenía más grandes jajaja obvio me ganó.

    Ella me confesó que aún era virgen y que quería dejar de serlo porque resulta que el muchacho con el que mi tía no quería que anduviera era mucho más grande que ella y ya había estado casado, y en varias ocasiones le había metido tremendos fajes que sólo la dejaron muy caliente pero no llegaron a coger porque no se había dado la oportunidad.

    Yo me animé a confiarle algunas cosas sobre mi hombre, le conté de las cogidas excepcionales que me daba y de como me gustaba el sexo rudo y que me trataran como a una puta. Y le dije que si quería se lo podía presentar, a lo que muy emocionada dijo que si.

    Yo organice todo, a mis papás les dijimos que iríamos a una fiesta con compañeros míos de la universidad y mi mamá feliz de que mi prima conociera muchachos de su edad jajaja.

    Me encargue de ayudarla a arreglarse con la intención de que se viera bien sabrosa, le preste ropa mía, una minifalda verde con una blusa negra transparente, abajo un conjunto de tanga y bra negros, unas sandalias negras y algunos accesorios discretos. Se veía fabulosa. Y bueno yo de igual manera me puse linda y nos fuimos.

    Mi hombre nos recogió en la esquina de la casa y al vernos dijo, pero que hermosas están. Hice las presentaciones de rigor y arrancamos rumbo a su departamento. Ahí ya había música, bebidas y botanas. Comenzamos a platicar de cosas de la vida, al principio mi prima estaba muy seria pero conforme fueron avanzando los tragos se fue desinhibiendo.

    Le dije que si quería perder la virginidad ese hombre sentado a su lado era la mejor opción y que yo se lo garantizaba. Se levantaron a bailar y él restregaba su verga en el cuerpo ya caliente de ella, la beso apasionadamente, metiendo su lengua lo más profundo que pudo mientras apretaba sus nalgas, la giro y se puso detrás de ella para poder ahora restregar su verga en sus nalgas y poder estrujarle las tetas, la acerco a mí para que yo le quitará la blusa y el bra, cuando tuve ese par de turgentes senos enfrente la mire a los ojos y le dije «se ven deliciosos me dejas chupártelos» ella estaba ya muy caliente y sólo asintió con la cabeza, yo me dedique a chupar esas tetas alternadamente mientras mi amigo le quitaba la falda y haciendo a un lado la tanga le daba una chupadas de panocha que la hicieron venirse inmediatamente.

    Gritaba bien rico y pedía más, quería que ya se la metiera, decía que quería saber que se siente tener una verga dentro, y mi amigo me mira desde en medio de sus nalga y me dice «mi amor está va a ser igual o más puta que tú».

    Se levantó, se colocó un condón y sin contemplaciones se la metió completita hasta adentro, yo la abrace y mientras le sobaba las tetas la motivaba a gritar más , a qué pidiera más verga , y le decía » si quieres ser bien puta verdad» y ella decía siii por favor, cójanme, háganme lo que quieran, soy su puta» yo le preguntaba, «te está gustando la verga» y ella decía «siii mucho» y yo le decía «pues pídela, dile dame más verga, más duro» y ella me obedecía.

    Mi amigo se la cogió mucho, en varias posiciones y yo aprovechaba para mamarle las tetas. Ella en ese momento no se animó a tocarme a mí pero no me importo, lo que yo quería era que disfrutara de su primera vez como lo hice yo.

    Y de hecho tampoco me tocó cogida esa noche pues ella y yo debíamos regresar a casa a cierta hora y no hubo mucho tiempo pero la experiencia me hizo tener varios orgasmos y con eso me di por bien servida.

    Nos vestimos así sin bañarnos y nos llevó a casa, ya en la intimidad de mi cuarto, la metí a la regadera y lave su cuerpo a conciencia, ella estaba un poco tomada y muy agotada por tanta cogida que le dieron. Le pregunté que le había parecido y sólo dijo «esto del sexo es maravilloso, muchas gracias prima», me dio un beso en la boca antes de quedarse dormida.

    Al día siguiente cuando despertamos mis papás no estaban en casa, había una nota en el comedor donde decía que volverían hasta en la noche, que había comida en el refrigerador y que nos portáramos bien. Y vaya que les hicimos caso, nos portamos muy pero muy bien una con la otra. Pero eso se los cuento en otro relato.

  • Haciendo realidad la ficción

    Haciendo realidad la ficción

    Leia tenía por delante un reto muy importante en su vida. Tanto así, que el nivel de ansiedad y nervios se le disparaba provocándole un «calentamiento» que no era normal.

    No entendía cómo toda la tensión se le acumulaba en su zona más íntima, concretamente en su clítoris y toda la zona de alrededor junto con los pezones bien duros. Además, justo no estaba su Seal para ayudarle a calmarse. Así que, tendría que empezar a hacerlo ella sola y recordarle a él que es lo que se estaba perdiendo.

    Para ello, empezó dándose una ducha relajada, con agua caliente, pasando la esponja por todo su cuerpo para estar aún más suave. Pero, parándose especialmente en los pechos, y con su mano en el coño, separando lentamente los labios para limpiar bien entre ellos mientras disfruta del placer de ese movimiento. Para terminar, apunta con el chorro de agua hacia esa zona.

    En contra de lo esperado, la ducha no sólo no ha disminuido su excitación, sino que la ha aumentado.

    Como todavía tiene tiempo, aprovecha y se tumba aún mojada (especialmente una zona) en la cama y empieza a ponerse crema. Pasando suavemente la mano por sus pechos, sus pezones, su barriga y bajando por las piernas hasta llegar a la punta de los dedos del pie. 

    Llegaros a este punto, no sabe si esperar a Seal, o seguir jugando con uno de los juguetes que tiene.

    Decidió que, definitivamente lo iba a esperar a él. No había punto de comparación. La complicidad que habían alcanzado no era comparable a nada ni nadie. Los dos querían probar cosas nuevas, mejorar las que ya sabían y hacer realidad fantasías esperadas por mucho tiempo. Juntos.

    Para sorpresa de ella, él no llegó a casa. Le mandó un mensaje dónde ponía una sencilla orden «ponte el body, unos vaqueros y baja». Es decir, iban a poner en práctica una de sus fantasías: pasear a la vista del todo el mundo, sabiendo que «se ve todo pero no se ve nada». Eso, elevaba el nivel de excitación de los dos por las nubes. Durante el paseo y unos mojitos, no faltaron las miradas cruzadas, los labios mordidas, las manos indiscretas, la chaqueta abierta (ni que decir que el body era tipo encaje).

    Cuando los dos no podían más, mientras volvían en el coche, él volvió a darle una orden: «quítate el pantalón». Leia obedeció sin rechistar. Y el llevó sus manos hasta el coño de ella, y empezó a tocar su clítoris, sus labios, y por qué no, introducir algo los dedos. Eso hizo que Leia se fuera retorciendo de placer cada vez mas.

    Al ser ya de noche, y no aguantarse las ganas, buscaron dónde para el coche para seguir disfrutando de otra de sus fantasías. Ahora el turno de «la venganza». Ahora le tocaba a Leia darle placer a él, cosa que le encantaba. Pasaron al asiento de atrás, él se sentó y ella estaba a cuatro patas para tener su polla al alcance de su boca y de sus manos, dejando a su vez, que Seal tuviera acceso a sus pechos y a su coño con los dedos. Así, poco a poco, Leia fue pasando su boca y su lengua por su polla, por esa zona tan sensible que tiene en la punta, chupando, latiendo despacio con su lengua, succionando poco a poco, moviéndola de arriba a abajo, a veces más rápido, otras más lentas, todo dependía de los gemidos de placer de él.

    Llegados a este punto, él la cogió por los pelos, la obligó a sacar la polla de su boca. Él deseaba fervientemente, otra cosa. Deseaba follarla, deseaba sentirla dentro, hasta lo más hondo. Deseaba notar esa excitación que se habían producido. Hizo que se sentara encima de él, y con su polla dentro de ella, dejó que ella tomara el control y se moviera como quisiera. Él aprovechaba y con su boca agarraba los pezones, les tiraba bocados, los chupaba. Con las manos se ayudaba para tenerlos bien apretados mientras con su boca no paraba de morder el cuello de Leia. Cosa que a ella le ponía los pelos de punta y mas hacía subir la temperatura.

    Cuando los dos no podía más con la calentura, él le agarró a ella del culo, cosa que le volvía loco, y empezó a darle azotes, cada uno más fuerte del anterior. Esto hacía que Leia se excitara aún más, y, en uno de los azotes, y entre gemidos de ella, él consiguió que ella tuviera su orgasmo.

    A la vez que ella gemía de placer, y él le daba azotes, él no quería que ella parase, le daba igual que se hubiera corrido, ahora le tocaba a él, estaba su clímax, y justo cuando ella le mordió en el cuello, él consiguió correrse dentro de ella.

    Ambos se fundieron en un beso profundo. Pero, antes de que él se diera cuenta, Leia se había movido y volvía a tener su polla en la boca, lamiéndola poco a poco, los restos que quedaban en la zona, limpiándola con su lengua, dándole más placer a él.

    Al rato, se vistieron y volvieron a casa, podría decirse que estaban agotados, pero ninguno de los dos podía controlar el fuego de su interior, fuego que cada uno aviva al otro, y que hacía que quisieran más.

    ¿Cuál será la próxima aventura/fantasía/morbo de los protagonistas? Hagan sus comentarios.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (38)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (38)

    Tu confiesas, yo confieso. ¿Todos confesamos?

    —¡Tú qué dices, Nachito!… ¿Debo ser la mujer que, habiendo aprendido bastantes cositas del marido, me toca enseñarle ahora, –y sobre cada brazo suyo, coloqué mis antepiernas y ajusté las rodillas, apretando su cabeza para inmovilizarlo– a este hombre tan aventurero y recorrido, como hacerme alcanzar un orgasmo clitoriano? —Lo cuestioné.

    —¡Jajaja! —Inesperadamente Camilo se da la vuelta y emite una ronca carcajada en cuya irónica resonancia, vislumbro bastante incredulidad. Entre tanto, limpia el llanto de sus ojos. Primero del lado izquierdo con el dorso de su mano derecha hecha un puño, luego, utilizando lo ancho y largo de los tres dedos de la misma en el otro lado, para retirase la humedad de su costado diestro.

    —Lo sé… Es verdad, cielo. Puedo entender tu recelo, pues hasta yo misma me acabo de oír, y se ha escuchado raro. —No deja de reírse, pero ahora con su altitud sonora, en franco declive. Abatida y para nada alegre. Murmura, pero soy yo quien habla.

    —En serio le hablé así, de esa manera. Fue una declaración muy extraña, ya que, a pesar de querer apartarte de mi mente, añoré en ese instante que te hicieras presente y le mostraras a mi amante, la práctica adquirida a mi lado y tus esmeradas técnicas para hacerme llegar al clímax sin las monótonas rutinas que él me mostraba.

    —Miel derramada sobre la hendidura, o chocolate esparcido desde mis senos hasta el ombligo. A veces con el aliento a menta helada de tu boca, introduciéndomela con tus labios al usarlos como émbolos, y gracias a tu lengua ancha o cónica, provocando en mi pecho y en la garganta multitud de suspiros y gemidos, al atraerla y absorberla de nuevo hacia el interior de tu boca, para pasearla sin apuros por los pliegues carnosos de mi vulva, y después si, con la vehemencia justa de tu pene dispuesto y al acecho, provocarme variados orgasmos, unos largos y otros cortos, pero todos ellos percibidos en mi bajo vientre con una sinusoidal constancia. Placer en demasía dentro de mí, y por fuera, sobre los pétalos de mi vulva.

    Mariana se desplaza por detrás de mí. Lo hace mirándome de reojo, como quien no quiere ver, pero la intriga le exhorta a hacerlo. Intenta, como no, percatarse de qué me interesó, y que ha captado mi atención. Seguramente preocupada por saber si la melancolía y la baja tonalidad de sus palabras han tocado las intimas fibras de mi ser.

    —Abrí yo misma con los dedos, mis labios vaginales y le mostré donde se ubicaba la cima, mi montículo del placer. Le instruí como descubrirlo, consentirlo, mimarlo y saborearlo, –lamiéndolo con el borde de la lengua– e igualmente le expliqué la mejor manera de rodearlo lentamente, con la yema ensalivada por mi boca, de su pulgar, y como presionarlo delicadamente, cercándolo por los lados, friccionándolo entre su dedo medio y el índice, tal cual como me lo hacías tú de manera espontánea, romántica y natural. —Camilo deja de jugar con el cigarrillo y decide finalmente encenderlo y fumar.

    —Apreté su cabeza contra la almohada y dejé que su barbilla casi a noventa grados me presionara, y con ella comencé a estimularme toda la… Se la restregué por toda su cara y hasta me penetré con su nariz, omitiendo el enrojecimiento de su piel cuando se agotaba el aire en sus pulmones, y yo hacía oídos sordos a sus quejas cuando se me antojaba dejarle respirar. ¡La placentera asfixia, a la que tú si estabas acostumbrado, fue un suplicio para él! Sin embargo, hubo un después donde se esmeró por aprender, acostumbrándolo, antes que nada, a arrodillarse ante mí.

    Le sostengo la mirada, indiferente por supuesto. Es ella quien la aparta y eleva la cabeza. Vuelve a hacerlo, me ve en diagonal por la esquina aguada de su ojo izquierdo. La baja y se fija en el suelo, en el área vacía que tiene por delante y da otro paso. Mariana da por sentado que la escucho con atención, y es así, aunque me martirice hacerlo. Me ofrece la espalda, confiada en que con su elegante transitar, transformaré en imágenes sus memorias.

    —Sumiso fue educándose en hacer la presión justa con su lengua, sobre aquél tejido rosa para que se endureciera, y lubricándolo bien, me brindara los esperados estremecimientos. Con caricias ya más tiernas y la brisa cálida del hálito sobre él, sin tocármelo, permitiera que, al poco tiempo, mi clítoris y el resto del cuerpo se relajaran. ¡Sin saberlo a plenitud, me convertí en maestra para él, tras haber sido yo, tu aventajada alumna!

    Con sus palabras susurradas, agudas y muy sentidas, Mariana opta por quedarse quieta y callada, en la otra esquina. Desde allí, observa el despejado cielo, de un azul caribeño y cálido, un tanto disparejo al de sus ojos ahora tristes y enrojecidos. A mí me agrada esta pausa y su distancia, pues me permite respirar con calma, y… ¡Analizar el escenario!

    —Para mí que, –interrumpo nuestro silencio– ese pensamiento tuyo era una dicotomía ciertamente ventajosa, pero imposible de volverla realidad. Yo jamás estaría junto a ustedes en un mismo lugar, y sobre todo en ese, en particular. Aceptando… Mirándolos tener… ¡Yo, Mariana, nunca te compartiría!

    —Pero estuviste, Camilo. Sin estar físicamente presente. No tuviste la culpa al invitarte a estar sin presenciarlo. ¡Fui yo! —Me dice sin mirarme pues su atención se concentra en la uña rosa de su pulgar que escudriña nerviosa, la cutícula del dedo índice de la otra mano, e inflando de aire sus cachetes aún macilentos, sin solicitárselo me lo aclara.

    —Quiero decir que fue mi sentimental falta de costumbre, al intentar apartarte, –pero extrañándote demasiado a la vez– la que te arrimó a mi mente en ese momento. Fui yo, con mi infame y urgente necesidad de imaginar tenerte allí, para hacerte con tu presencia imaginada, cómplice de mi perfidia y no pensar que estaba traicionándote… Con él en realidad… Entregando mi cuerpo por completo una… ¡Mierda, Camilo! Convirtiendo mi soñada venganza esa vez en…

    —¡¿Entonces debo suponer, que fui el culpable de que tu nochecita te saliera la revés?!… ¡Puff! O lo que me quieres dar a entender es que tu bebé, tu amado Nacho… ¿No te salió tan macho? —La interrumpo con furia y mis dudas tan presentes todavía.

    —Sí, ocurrió así, cielo, pero luego yo… Yo moví con deleite mis caderas sobre su boca y… Toda la cara, prodigándome un reconfortante placer. Imploré por más, mentalmente y con los ojos cerrados lo hice pensando en ti, pero utilizando el cuerpo de él. ¡Así fue como sucedió, te lo juro!

    Regresa a su ser la necesidad de movimiento para explicarse. Se desplaza lenta, con cautela al andar y para hablarme de… Eso. Y a los dedos de sus manos regresa la manía neurasténica de recogerlos y extenderlos repetitivamente, buscando sin hallar su calma, pero de paso arrebatándome la mía.

    —Exclamé un prolongado ¡Que rico!, en coordinada conjunción sexual de varios gemiditos con los «ayayais» de placer que me has escuchado infinidad de veces gritar. No acaparé su rostro, no. Aunque bien embadurnado de mis flujos se lo dejé. Satisfecha a medias, me levanté y liberé, brazos y cabeza del encierro. Gateando me acerqué hasta la esquina opuesta de la cama, donde él a nuestros pies, había abandonado la tira de condones y en reversa me monté sobre él. ¡Sí, así como lo imaginas! Y si mis tetas fueron su obsesión, a pesar de despreciarlas al principio, –burlándose por el tamaño– mi culo fue su delirio, y un plano cerrado le ofrecí.

    —Rasgué un empaque con mis dientes, sin fijarme si eran los saborizados o los afamados luminiscentes y ultra sensibles. Se lo coloqué aprovechando su renovada erección y su disposición para agarrarme de la parte alta de mis muslos y de esa forma lograra sondear con su boca y lengua, el sabor de mi estriado agujero. Llegaron mis dedos hasta la base de su pene, encauchándoselo de un verde neón. Admiró el panorama que veía y silbó con fuerza, para comerme literalmente el culo. Estaba eufórico por hacer realidad su sueño, y sus dedos acariciaron mi orificio pequeño. Luego escuché y sentí como escupió sobre él. ¡Me sobresalté y le llamé la atención!

    —¿Qué crees que haces?

    —¡Prepararme el postre, Meli! Sería un completo desperdicio, no aprovechar para partirte bien este duraznito.

    —Jajaja… ¡Ya quisieras y brincos dieras! Ese huequito está muy cerradito y necesita además de esmerados besos negros, practicar todavía más. Pero no contigo, porque eres muy brusco y para nada el más indicado. Será mi marido, quien lo estrene ya que él es más delicado. –Le mentí. – Además, se me hace tarde y creo que nuestro «happy hour», se está terminando. ¡Nos toca madrugar para llegar a tiempo a Peñalisa!

    —Si estás aquí conmigo esta noche, es porque con el huevón de tu marido no te alcanza, y te hace falta un mejor sexo. ¡Deja que yo te lo estrene! Ya verás cómo, con paciencia y salivita, –agarrando su pene a tres dedos por la raíz del tronco, lo zarandeó presumido, golpeando mi mentón– este elefante se come a la hormiguita.

    —Ni lo sueñes, querido. No insistas y deja de provocarte con el dulce, que después se te revuelca esa tripita y te vomitas muy rápido. —Le respondí de manera directa y punzante. Con la mejor sonrisa… ¡Sarcástica!

    —Vaya, vea pues. No solo le pagaste la apuesta, sino que le ofreciste el chiquito para que lo probara, y tras del hecho, el hijueputa ese insultándome a placer, y tu… ¿Tú no hiciste nada? ¿Lo disfrutaste? Increíble Mariana, en serio.

    —¡Nooo, que no! No sucedió así, Camilo. ¡Qué pago, ni cual culo! Y sí. ¡Claro que te defendí! Obvio que lo hice. Yo le dije algo así como…

    —¡Mejor hagámoslo por el hoyito tradicional! Pero esta vez yo dirijo, para que no vuelvas a dejarme a medias. Y no te preocupes tanto por mi esposo, si me da la talla o no, es una explicación que no te daré porque no viene al caso ahora. Eso sí, hagámonos el favor de nunca nombrar a nuestras parejas cuando estemos juntos. No sé tú, pero a mí se me bajan las ganas al piso, si pienso en que estamos poniéndole los cachos a tu novia y a mi marido. Más bien, preocúpate por durar un poco más y no dejarme como antes, a fuego medio. ¿Estamos?

    —¡Será creerte! —Refunfuña Camilo desde su esquina.

    —Y entonces yo… —Restándole importancia a su duda, recuerdo como proseguí para comérmelo.

    … «Claramente es una petición desafiante para su ego de macho. Me elevo un poco, acomodando mis rodillas sobre el colchón. Arrincono con mis manos la sabana junto a las cobijas, pues nos estorban. Bajo el culo, hasta sentir la punta de su erguido miembro rozármela, y con su ayuda, sin meditarlo mucho, me la clavo despacio, disfrutando la sensación del aquel trozo de carne abriendo mi cuquita en dos».

    —… Yo le dediqué unas cuantas pasadas por mi raja y… Me lo metí y di inicio a una cabalgata, donde solo me preocupé, –cerrando mis ojos– por sentir e intentar alcanzar el clímax con urgencia. Fue cuando le escuché bisbisear. ¡Ehhh!, creo que me comentó algo así como…

    —Ok, Meli. Como digas. Perfecto… ¡Perfecto como tú culazo, mamasota hermosa! Definitivamente con esta vista, viendo cómo te devoras mi verga y sintiendo como se resbala dentro de tu panochita, rica y apretadita, me estás enamorando. —Le escuché decir tras de mí. Tan chabacano y… Directo como era él.

    Observo a Camilo, con su nuca bien doblada hacia atrás, y sus ojos entretenidos siguiendo el rastro grisáceo del humo, escasamente rizado y muy lineal, escapando de la apretada «O» forzada en sus labios, intentando alcanzar los listones del techo. Pero la rumorosa brisa mañanera, parece oponerse y decide mejor formar orlas dispares, impidiendo que la madera del techo se tizne con su humareda. Y ello me da tiempo a recordar detalles de aquella conversación, movida y ajetreada. Sudada y disfrutada, que no le voy a revelar en detalle. ¿Para qué voy a herirlo más con lo que hacía con él?

    … «¡Sshhh!, No digas bobadas, Nacho. Uno no se enamora de… ¡Uffff!… De lo que ve, sino de lo que el alma comienza a sentir por esa persona. Entre tu pipí y mi cuca… ¡Ummm!… Solo existe un atrayente… ¡Gusticooo!… ¡Aghhh!… Nada más, querido. El… ¡Ufff!… El sexo puede enamorar, pero no es lo primordial. Es un complemento, y ya… ¡Sigue, sigue! Nacho sin dejar de bombearme, se carcajea como burlándose de mi discurso, y me dice:

    ¡Jajaja, Meli! Te escuchaste… ¡Mmm!… Igualitica a esos sexagenarios barrigones millonarios, que posan de muy dignos y… ¡Aghhh!… exclaman filosóficamente, que el dinero no lo es todo en su vida, pero… ¡Ouchh!… Lo dicen mientras nos muestran… ¡Ufff!… Su vida normal, disfrutando en alguna playa paradisíaca, bronceando sus panzas en asoleadoras, con cócteles servidos en cuencos de coco, y… ¡Mmm!… En compañía de severas hembras, y quince o veinte años más jóvenes que ellos».

    —No pensaba en nada más que en mi placer, así que… Me movía con ganas… Sobre él. Me estaba gustando y pues… Tú ya sabes cómo me pongo de arrecha cuando estoy a punto de llegar. Te lo puedes… Seguramente debes estar imaginándome encima de él.

    Tartamudeando avergonzada, y disimulando lo mejor posible la «arrechera» de esa noche, le resumo los actos a Camilo y… Por supuesto, en este momento el nerviosismo me domina. Sé que quiere saber cómo fue todo, pero no sé cómo relatarle eso, sin que se ofenda, ya que… ¡Mierda!

    … «Sus manos me levantan un poco por las nalgas y de mi panocha encharcada, lo retira más o menos hasta la mitad. Quiero sentirlo y vuelvo a encajarlo dentro de mí, aplastando mis nalgas contra sus muslos. Necesito más, mi cuca quiere más. Me sobo el clítoris, me pellizco un pezón y a la vez que siento que ya casi me llega, a su grosor le falta un poco y a mí me sobran ganas. Entonces logro que mi dedo medio me penetre al mismo tiempo que su verga, y sin su ritmo, lo dejo quieto, pero empujando hacia dentro parte de mis pliegues».

    —En medio de mis… Mis jadeos y sus tomas de aire escandalosas, escuchaba además de sus halagos groseros para excitarme, el… El rumoroso chapoteo en mi entrepierna, producto de su excitación y de la mía. Lo hemos probado tu y yo infinidad de veces. ¿Recuerdas? Desde que lo descubrimos, te ha fascinado llevarme hasta allá. Dejarme en el borde, pasear por el filo del precipicio, deteniéndote para mirarme a los ojos, y esperar… ¡Esperar sin empujarme, para no hacerme caer tan rápido!

    —Sin observarla directamente, sumido en los eventos que ahora me narra, percibo como la distancia que nos separaba, se va haciendo milimétricamente más cercana. El codo izquierdo, –cubierto por la tela de su bata– roza mi antebrazo al posicionar los suyos sobre la baranda de madera, de similar manera a como yo lo estoy. Puedo escuchar con claridad, como sorbe la humedad de su nariz, señal inequívoca de que al igual que yo, con dolor llora la amargura de sus recuerdos.

    —Es un sufrimiento estar a punto, eternizarse muy cerca al borde de la cúspide y no alcanzar por involuntaria razón, el ansiado orgasmo. ¡Estando tu ausente, imaginariamente me retenías! —Le explico a Camilo, haciendo énfasis en que no estuve tan sola, pensando en él.

    —Así que utilicé la otra artimaña. –Continúo mi aclaración. – Mis dedos los usé como instrumentos, haciendo círculos y apretándome el clítoris entre ellos. Le… Yo le pedí que se moviera con mayor fiereza, y… Empecé a sentir ya más rico. Así que… Se me dispararon los sentidos. Sentía demasiado calor por todas partes, corrientes eléctricas ascendiendo por mis muslos hasta mi… ¡Puff! Percibí mi olor, mi aroma a hembra cachonda y el sudor… El suyo, mezclado con el salobre mío.

    —El caso es que… Él se dio cuenta y apretó mis caderas con las palmas de sus manos contra su… Me embistió con mayor ahínco y así… Sin preludios ni mi autorización, sentí como un dedo, creo que el pulgar, lo incrustó por completo en mi ano. Fue inoportuno, sorpresivo y abusivo, pero yo… Gemí de gusto, sí. ¡Personal y particularmente satisfecha!

    De soslayo oteo la expresión de su rostro. Abatido, o resignado, Camilo no se mueve ni muestra nuevas emociones. Ha llorado mucho por mi culpa. De hecho, sigue haciéndolo en silencio, respetando mi caprichosa decisión de no interrumpir mis recuerdos, mientras le sigo clavando más puñales a nuestra relación y un mayor número de clavos a mi ataúd.

    —Se me tensó el vientre y apreté las pantorrillas. –Prolongo esta revelación. – Incluso se me recogieron los dedos de mis pies. El clímax, como cuerda imaginaria de un arco, logró que arqueara la parte alta de mi espalda, intentando en vano juntar los omóplatos, y sí… Sí pude alcanzar mi orgasmo. Extendido y tan largo, que sentí contracciones en mi esfínter, apretando de paso su dedo invasor.

    —Tanto las paredes de mi vagina y el clítoris henchido, los sentí arder. Me elevé entonces hacia ese infinito sensorial tan placentero, y del cual uno ya no quisiera descender, clamando porque durara, que se mantuviera y no se cortara. Disfrutando de esa especie de agonía deliciosa, mientras lo jadeos me los tragaba pasando saliva, y mis suspiros aparecieron con aires casi espirituales.

    —Y entre espasmo y espasmo, regresaste a mi mente. Se bien el instante en que sucedió, pero no el lugar a donde fue a parar mi entusiasmo. Se apagó la fogata inesperadamente, pero sí. Sí, Camilo, gocé mientras estuve encima de él, pero no por él, sino por mí misma. Aunque eso al fin de cuentas para ti, no tenga ya demasiada importancia. ¿Fui feliz esa noche con él? Pues sí, y no tanto. Digamos que me gustó a medias, y de la otra mitad, me tocó a mí arreglármelas sólita.

    —¿Has acabado? —Me pregunta con tristeza, y yo niego, moviendo mi cabeza y mirando para el otro lado. Necesito aclararle el final. Para que su obsesiva suposición tenga mediana resolución, y aunque inexacta, le entierre yo otra daga.

    —Abatida por el esfuerzo, me desplomé de medio lado sobre la frazada arrugada y fría. Me encogí, volviéndome un ovillo de piel sensible y sudada. José Ignacio me levantó para acomodarme transversal en la cama. Me alegré al ver como con su mirada avellana, el ya me adoraba. Y creí que… Pensé que, si bien había sido la primera vez, con eso había tenido suficiente para clavármele en la mente. Me abrumó un poco sentir sus caricias suaves, tiernas y desbordadas recorriendo mi cuerpo. No era las tuyas, tan acostumbrada mi piel a dejar que con ellas me descubrieras nuevos puntos de placer.

    —Sí, Cielo. Sé bien que te duele escuchar eso, pero precisamente esa fue inicialmente mi intención. —Hago silencio de nuevo y tuerzo el cuello para poder observar a mi esposo, agonizando sentimentalmente, por mi culpa y porque… Porque así lo quiso. Y me duele. ¡Jueputaaa! Me atormenta lastimarlo todavía más, al enterarlo de mis andanzas, mucho más doloroso a lo que varias noches atrás, antes de decidirme a venir, lo imaginé.

    —Me cobijaron sus brazos, mientras yo todavía inhalaba oxígeno, –que había aspirado antes de desmoronarme– y liberaba en esa habitación, metros cúbicos de dióxido de carbono y más calor. Al momento nos arropamos, utilizando únicamente la sabana floreada. La frazada, arrugada y humectada en el centro, la mantuvimos relegada a nuestros pies.

    —¡Cinco minutos! ¡Solo cinco y ni uno más! Pensé. Teníamos tiempo de sobra para cumplir con las tres horas pagas, pero… Fueron más de cuarenta los que dormité. Un movimiento involuntario de mi pierna izquierda sobre las suyas, semejante a una alarma natural, me despertó. Y tras esa esporádica pero providencial sacudida, también a él lo desadormecí.

    Se aparta de mí, recostándose por el hombro contra el poste de madera, y se pega bastante a este, descolgando su cabeza y el mentón, aterriza sobre el esternón. El llanto sigue fluyendo directamente de sus ojitos marrones hacia el suelo del mismo color, pero oscureciéndolo al mojarlo.

    —Exploré apurada con la mirada, aquella habitación alquilada y desordenada, ubicando el sitio donde había dejado tirada mi tanga, el sostén negro y el resto de mi ropa. Se me aceleraron las pulsaciones al darme cuenta en el reloj, las dos horas y media que utilicé para pagar mi deuda y también pensé que, si me daba prisa, vistiéndome sin bañarme, a esa hora y con poco tráfico, podría llegar a casa, no muy tarde.

    —Y eso fue… eso fue casi todo. No fue nada especial, Camilo. Solo le di una terapia final con un poquito de… «Quereme», para que no se olvidara tan pronto de mí. La prioridad era sentirme a gusto, con esa otra mujer que habitaba dentro mío. Y a él darle a probar otro poco de mí cuerpo.

    —Ya. Me imagino la dedicación con la que decidiste… ¡«Terapearlo»!

    —El tratamiento que le ofrecí esa noche, consistió en que aprendería a darme un buen sexo. Tan solo eso. Pero, así mismo me pregunté… ¿Que podría hacerle yo a él, que no le hubieran hecho las demás, ni su novia, para oprimir algún interruptor en su psiquis, y mantenerlo interesado en mí y en ninguna más? ¿Qué le haría para enamorarlo y alejarlo del asedio de K-Mena?

    —¿Otra vez con la misma disculpa de preservarle la virginidad a tu amiga? No crees que ya deberías confesar que esa excusa… ¿Solo era una coartada y la justificación que buscaste para acostarte con él? —Le refuto indignado y cansado, de que Mariana no lo quiera reconocer con sinceridad.

    —No… No es así. En mi mente siempre estuvo primero la idea de un delicioso desquite. Y en ese transitar de aquí para allá, pensando en cómo humillarlo y aventajarle en los negocios, el noviazgo de ella con Sergio se me apareció, y tomé partido por su candorosa inocencia. Y luego sí, ya creyendo tenerlo todo controlado, es que me puse a pensar mientras terminaba de colocarme los zapatos de tacón, en… ¡Puff! ¿Que debía hacer desde ese momento en adelante? Ahora todo mi mundo lo había puesto patas arriba con él en la oficina todos los días, mientras que tú, el hombre al que realmente amaba, inocente y traicionado, se encontraba esperándome confiado en nuestra casa. Y por último en mí, floreciendo con inusitada fuerza, mi exagerada vanidad y emputecimiento, por el poder que me descubrí.

    —Está claro, pues nada más que sostener una continuidad en su relación laboral y mantener el vínculo del vicio por traicionar, perpetuando en lo posible el fino hilo que los unía como amantes. Por más racional y sagaz que te parezca, compartir con ese Don Juan de vereda, un «nosotros» escondido, fue una estúpida misión que tomaste para intentar superarlo, deshumanizándote hasta límites insospechados, justo como lo era él, con su encumbrado ego y vanidad. Lo convertiste en ese ideal compañero de oficina, con derecho a culiarte, pero sin permitir que la dirección incorrecta se te torciera, y te llevara de nuevo hacia mí, a quien en verdad debías mantener tu lealtad.

    —Bueno, sí. Puedes tener mucha razón en eso, pero esa fue la idea inicial de igualarme a él, para jugar su juego y luego superarlo. Pero siempre tuve presente que, incrustada en mi cabeza, la idea de que haciéndolo mi «amigo secreto», sin que se diera cuenta, fuera cediendo y dejara de comportarse en nuestra intimidad, como solía hacerlo ante las otras mujeres, colocándole límites o barreras a su libertinaje, y consiguiendo que me perteneciera al final. Y luego de enamorarlo, de que me deseara hasta los tuétanos, superarlo ampliamente en los negocios realizados, ubicarme por encima de él en la constructora, e inesperadamente abandonarlo. ¡Qué loca idea de venganza! ¿No?

    —Pero es que se lo merecía. Por todo lo que me molestó delante de los demás. Por todo lo que te ofendió, delante mío. Como se expresó de ti, de mi esposo sin saber que me esperabas en casa despierto, para despedirnos ese fin de semana haciéndonos el amor. Esa noche, cuando tomando mi bolso, las llaves del Audi y mi teléfono empresarial, abrí la puerta sin esperar a que él se colocara los calcetines y los zapatos y fue cuando le escuché decir…

    —Tranquila bizcocho, que el cachón de tu marido no se va a enterar de nada. Debe estar puliéndose los cuernos, acostado en el sofá. Lo que me apena es que te marches ahora, sin llevarte mi semen rezumando en tu cuquita para que se lo des en el desayuno. ¡Será para otra ocasión! Mañana y hasta el lunes si quieres, podemos disfrutar de más raticos juntos. Al bobo litro de Carlos y a la intensa de Carmen Helena, los perderemos por la noche al dejarlos en el hotel. Y por Eduardo no te preocupes, pues se va a ir temprano para encontrarse con su mujer y una prima de ella, que llegó del Oriente medio y quieren que conozca el eje cafetero. Yo mismo les conseguí una acogedora hacienda para que la pasen bien y a mí, me dejó a cargo de ustedes.

    —Yo no lo sabía. Ese hijo de puta no me había comentado nada. Total. Lo importante en ese instante era apurarme y llegar pronto a nuestro hogar.

    —Hummm, ¡Que irónica es la vida! Entonces se supone que, mientras yo me encontraría paseando con Mateo, Iryna y Natasha, tú y él, ¿pensaban continuar con el festín en Girardot? Bien, bien. —Camilo queriendo o sin querer, dejar caer de sus labios y casi en vertical, la colilla ya apagada hacia el suelo. Pero esta, liberada rueda, e impulsada por la brisa, cae precipitada al primer nivel.

    —Pues cielo, eso lo pensaría él, pues la verdad es que a mí ya se me había escapado la presión, –así como el de una olla exprés– por saber cómo era tener sexo con él, y lo único que saqué en claro, es que no me había hecho ver estrellas y para nada era tan macho ni tan experimentado, mucho menos tan resistente como aparentaba su fisonomía. Y yo… Yo tenía por delante un tramo largo, y poco tiempo para llegar y lanzarme, pecadora entre tus brazos.

    Mantengo mis ojos bien cerrados, concentrado en su voz, intentando sin lograrlo, que mis lágrimas no se precipiten más, por el acantilado de mis pómulos. Y me abrazo al poste que sostiene el techo.

    —No era muy tarde y… El torrencial aguacero había amainado, aunque al sacar el auto del parqueadero de aquel motel, seguida a prudente distancia por el Honda blanco de José Ignacio, aún lloviznaba. Desvié a dos calles para evadirlo, pero él con persistencia continuaba a dos coches detrás de mí Audi, así que detuve el auto y Chacho aparcó el suyo detrás de mí. Activé el bluetooth de la radio y desde el número telefónico empresarial, le marqué a su teléfono móvil.

    — ¡Ni lo sueñes! –Le dije apenas respondió– ¡Deja de seguirme y vete para tu casa! Ya estuvo bien el rato. No vayas a dañarme la noche y hacer que se me salte la piedra contigo. —Se carcajeó como siempre, y cuando iba a decirme algo más, autoritaria le dije que hablaríamos al día siguiente por la mañana, y terminé la llamada al tiempo que volvía a arrancar. Me fijé por el espejo retrovisor en las luces amarillas, que intermitentes desaparecían desplazándose hacia a la izquierda y me tranquilicé cuando por fin lo perdí de vista. Yo pude continuar pensativa, el camino a casa.

    —Repasé mi pasado, y pensé que no merecía tener tanta suerte. Tenerte a ti y a nuestro hijo, era lo mejor que me había ocurrido en la vida. Y en aquel presente, tu ilusión a punto de concretarse, y mi primera vez superando en ventas al que nadie de los dos grupos, había podido desbancar del primer lugar. Sonreía, sintiéndome vencedora; también obtenía por fin la atención desmesurada de él, sin ser consciente del alcance de mi traición. La fidelidad que le pedí, con algo más que cariño y ganas, mi amante parecía ya entregarme. En contraste yo, le era desleal al amor que incondicional, me esperaba en casa.

    Mariana enmudece después de rememorar, lo bueno que tenía y el primordial futuro que debía asegurar. Pero sigue, tras un sorbo corto a su bebida.

    —Me detuvo una luz roja, a pocas calles de aquella por la cual debía girar a la derecha y coloqué la radio mientras esperaba. En la emisora que tú siempre escuchas, colocaron una vieja canción de Sade. «No Ordinary Love». Y ese saborcito dulce de felicidad se me avinagró. Pensé en ti y en mí. En nuestro amor cotidiano, pero tan importante e imprescindible para mí. El brillante verde se hizo acuoso debido a las lágrimas que brotaron amargas de mis ojos, mientras seguía envuelta en la melancolía, arropada por la dulce voz de esa mujer. Avancé despacio, sin importarme los persistentes cambios de luces y los continuos bocinazos de los autos que, apresurados, me solicitaban el paso.

    —Llegué a la entrada del conjunto residencial, y allí frente a las rejas negras, me detuve unos segundos, aunque el vigilante se apresuró a abrirlas. Indecisa y temblorosa lloraba, con mi frente descansando sobre el cuero del volante. Al estacionar dejé el motor en marcha, pero no porque no quisiera bajarme y llegar a abrazarte. Solo necesitaba tiempo, aire y unos pañitos faciales para limpiarme. ¡Vergüenza! Ese era el motivo, el imán que mantenía mi culo pegado al cordobán texturizado del asiento. Tomé más pañitos de la guantera con la mano derecha, aunque con el dorso de la otra me limpiaba, pues seguía llorando.

    Debo hacer acopio de todas mis fuerzas para no abalanzarme hacia mi marido y abrazarlo. Ganas no me faltan, pero mi razón dictamina que no es prudente invadir ahora, su íntimo espacio, pegado al poste de madera. Compite la sensatez contra las pulsaciones aceleradas de mi corazón, avergonzado y apesadumbrado por causar daños y mil destrozos, en el del hombre que tanto amo.

    —Llegaba a mi hogar después de disfrutar las mieles del triunfo, al ser aplaudida frente a mis compañeros, y esa sensación de superioridad gobernaba todas mis neuronas. Merecimiento alcanzado por mi obstinación con algunos negocios finiquitados honradamente, y en otros utilizando todo el poder de mi sexualidad. El poder gustar para generar deseos en los hombres y obtener a mi parecer el éxito que anhelaba, con o sin placer de por medio. Y, sobre todo, el tenerlo a él, a otros tipos y hasta a las nenas, bien rendidos ante los encantos de mi personalidad y a las deseables curvas exhibidas o disfrutadas, de mi cuerpo.

    Escucho con claridad mis latidos y a lo lejos, el rumor de voces alegres y el canto de algún turpial más cercano. Y oigo como Mariana suspira, gimotea y sufre. También llora con desespero, como lo hago yo.

    —Me calmé y dejé de llorar. Me maquillé nuevamente, como si en vez de llegar fuera a salir de nuevo de nuestra casa, obviamente para que no te dieras cuenta, y por supuesto, para que siguiéramos nuestra amada vida, tan normal y acostumbrada, pero con un elemento adicional que lo cambiaba todo. ¡Mintiéndote! Ya frente a la puerta de la entrada, llaves en mano, volví a detenerme para asegurarme de no traer conmigo olor a colonia de aquel hombre, que me pusiera en evidencia, y con la llave puesta en la cerradura, escuché dentro de mí, la algarabía de aquel silencio desolador, que parecía pronosticar mi destino, sola, sin ti, tan solo algunos meses después, y finalmente perdiéndote.

    —Regresé una vuelta la llave, pues volvieron a mis ojos las lágrimas. Y entonces el carácter seguro, del que tanto me ufanaba últimamente, al igual que mis piernas, flaqueó. Me dio miedo que la mujer que estaba fuera de la casa a punto de ingresar a nuestro hogar, y que se aprovechaba de su buena suerte, terminara por perder todo lo que me esperaba adentro, y siempre… ¡Siempre confiaba encontrar! La poderosa Melissa de la oficina, era un fraude andante. La Mariana, ¡tú Mariana! La mujer de entrecasa, la madre intachable, en realidad llegaba siendo una puta traidora.

    —Lo… Lo noté en el parpadeo nervioso. Lo vi en tus ojos.

    —Qué… ¿Que viste?

    —El pecado. Presentí que algo había sucedido contigo. No olías demasiado a trago, no llegaste muy contenta a pesar de tu habitual sonrisa al vernos. Y estabas… Estabas demasiado bien arreglada, para llegar después de rumbear con tus amigos. Ni siquiera tu ropa estaba impregnada al olor del tabaco, después de festejar por ahí.

    Al recordárselo no consigo detener mi llanto, y me culpo por mi estupidez o mi falta de carácter al no decírselo aquella noche, y tan solo concederle el beneficio de la duda, para no molestarla con mis sospechas y dañar de nuevo nuestro fin de semana con otra discusión, para la cual, no tenía prueba alguna para enrostrarle por su retraso.

    —Camilo, cielo… No llores más por favor. —Lo apremio, pero él tan solo dobla su mano derecha y expande por completo los dedos, dándome a entender que se encuentra bien y no quiere que lo moleste. Pero es mentira. Se encuentra mal y a mi… A mí me mata verlo así.

    —Mi vida, yo… No fue mi intención. No quería recordar esa parte de mi vida. La estaba olvidando, gracias las terapias, pero ahora tú has querido que yo me regrese en el tiempo, a una época que nos hizo tanto daño. No merezco que derrames más lagrimas por mí. Tú ya… Ya has sufrido bastante.

    Y finalmente en este corazón, mi amor por él vence el miedo a su rechazo, y mis manos tantean la superficie algodonada sobre sus hombros. Y, aun así, tan palpable y pesadas como para no sentirlas, Camilo no se mueve.

    Deseo abrazarme a él. Lo hago con temor, y por consideración o por su amor hacia mí, no me aparta. Eso es bueno para mí, en realidad para los dos, a pesar de que yo no pueda ver en sus ojos el dolor, ni Camilo observar en los míos, mi resignación a su evidente decisión. Con su inconmensurable nobleza a flor de piel, comprende a la perfección mi intención de no abandonarlo, ni apartarme en este instante, ni siquiera cuando esté lejos de él. Por eso lo permite, porque aún nos necesitamos y, aunque me dé miedo a decirlo, por sí el silencio destroza mi pensamiento, todavía nos amamos.

    Callados ambos, sufriendo los dos, le dejo que recueste su pesar sobre mi hombro derecho y que con sus brazos me transmita su arrepentimiento, al apretarme el pecho con fuerza, sintiendo como me sujeta con sus dedos entrelazados, para no dejarme deprimir.

    —Me…, me apetece un cappuccino en este momento. ¿Te puedo invitar a un café? —Siseo mi deseo cerca de su oreja derecha y Camilo sacude la cabeza y su melena.

    —Sí, excelente idea. Me gustaría uno bien cargado, a ver si me despejo un poco. —Le contesto mientras con mis manos desarmo su abrazo y doy la vuelta, al tiempo que lo hace ella y quedamos como antes, pero de revés.

    —Si prefieres, podríamos vestirnos y bajar a desayunar. —Le menciono mi idea, mientras le doy la espalda para internarme en la habitación. Un escalofrió sorpresivo me recorre toda, pues siento ahora como me retienen sus brazos, y su mano derecha, por descuido mío o por la gracia divina, se interna bajo el arco que ahueca esta bata y se amolda a la perfección, sobre la redondez de mi seno izquierdo.

    Ha sido sin culpa, pero mis dedos inocentes, en el decolaje apresurado al despegar el brazo desde mi costado diestro para abrazarla, terminan planeando por debajo de la tela, y aterrizan amplios sobre su seno, raspando en el descenso con la palma de mi mano, el obstáculo de su pezón. La textura es diferente ahora, a como lo fue la primera vez que se lo acaricié con ternura. Mas no así la suavidad, y la tibieza de su piel.

    Quiero creer que esta vez, sus palabras han sido leales y su arrepentimiento honesto. Eso me ha parecido, al escucharla.

    —La camisa está muy sucia, y… ¿Sabes que nunca llegaré a amar a otra mujer, como te he amado a ti? —Le susurro ahora yo, mientras le aprieto por el vientre, atrayéndola contra mí, y la mano intrusa no quiere abandonar la tibieza ni el refugio donde aterrizó, ni la dueña de esta teta intenta deshacerse del familiar calor. Permanece ahí, amorosamente mansa, como antes de… ¡Como siempre debió haber sido!

    —Hummm… Mis pantaloncillos aún están mojados, Mariana. ¿Podrías mejor pedir que nos los suban? —Termino por decir, tras besar como antes, su coronilla azabache.

    —Lo sé, cielo. Nunca he dudado de ello. Ojalá pudiera hacerte comprender, que, a pesar de todo, yo jamás he dejado de sentir lo mimo por ti. Y aunque decidas no regresar conmigo, jamás dejaré de amarte. Aho… Ahora déjame ir… ¡Para llamar a la recepción! —Y me libero sin agrado, de la cárcel de su abrazo, llorando aún más.

    —¡Ni yo! —Le respondo, retirando mi mano de su seno, y en nuestro compartido silencio, avanza ella hacia el citofono, dejándome de nuevo atrás.

    Mientras le escucho hablarle al encargado, pienso, –sonriendo con amargura– qué este momento es similar al de una pelea de boxeo, pero en esta ocasión, los dos contrincantes estamos noqueados, y el destino como benévolo juez, es quien realiza para ambos, el conteo de protección.

    Tras colgar la llamada, se gira y me sonríe con timidez, al verme ubicado exactamente en el mismo sitio donde se separó de mí. Decido vencer mi retraimiento, recordándole como… ¡Lo que me hizo sentir!

    —Fue la ausencia de amor en el brillo azul de tus ojos, –le habló ahora– la que me alertó de que algo acontecía dentro de ti, involucrándome en tu desconocido vivir, cuando te pedí que no te fueras, que lo dejaras todo y viajaras con nosotros, y tu renuencia la confirmaste al negar con la cabeza. Fue evidente que ya no estabas para Mateo y para mí. Pero para guardar ante ellas las apariencias, tuve que ocultar tras una sonrisa, la evidencia de mi temor y despedirnos como si todo estuviera igual de bien que siempre.

    —Lo cierto fue que, sintiendo que te perdía con cada éxito que alcanzabas, la oposición que me dictaba la razón, la sometí al escrutinio de mi corazón, y su dictamen fue que mi infinitivo amarte, no rimaba para nada con el sustantivo recelo que me consumía, pues a la brava me hacías aprender a desconocerte. Detenerte ya no era posible, probablemente me echarías la culpa de negarte la libertad de trascender.

    En calma, sin moverse de la esquina en el balcón, Camilo me recuerda aquella despedida. Triste para los tres, al no poder acompañarlos, y evadirme de mi obligación laboral. Tener que separarnos ese fin de semana, por mi deseo de cumplir con el trabajo. Pero en el fondo de mi ser, esperanzada en que una sardina rubia, le alegrara el viaje, y cumpliera con la fantasía que él tenía de desvirgar a una mujer. ¡Aunque esa virgen no fuera yo!

    —La realidad de esa noche, mi vida, no tuvo trascendencia en el resto de mis días junto a ti y nuestro hijo. La responsabilidad, sí. Debía cumplir con mis deberes. —Le respondo, sentada de medio lado, con mi muslo derecho descubierto y media teta a la vista.

    —Y para que estés un poco más tranquilo, mis mentiras hacia ti, nunca las convertí en la verdad que José Ignacio pretendía. Seguí siendo tuya, pues la angustia que sentía al regresar a casa y verme descubierta por ti, me despejaban el panorama. Porque si no te amara, si ya no me importaras, me valdría un huevo que me pillaras.

    —Pero mi amor, siempre me sentí así de aterrada, al imaginar que algún día podría perderte. Como cuando muy temprano en la madrugada, me recibiste con ese abrazo tan pronto como crucé en puntas de pies la puerta de nuestra habitación, y te hallé despierto mirando la fotografía de nosotros dos, con Mateo en mis brazos, recién nació. Dudé de mí sensatez, disimulé el pánico, pero sí, mi vida, arrepentida al verte tan feliz y amoroso al verme llegar a casa sana y salva, a punto estuve de confesarte todo.

    —Lo sopesé en fracciones de segundo. Renunciar de inmediato al trabajo. Relatarte más o menos lo que había hecho hasta ese momento, la obligación de entregar este cuerpo ante el soborno de ese hijo de… De su bendita madre. Y por supuesto mi obsesión por vengarme, exponiéndome a perderte de inmediato, y… Y precisamente pensando en eso, entre el repaso de tu mirada a mi indumentaria y mi fisonomía, para luego con ese beso tan apasionado, sentir que intentabas descubrirme, yo… Por poco y lo consigues, solo que…

    —Solo que Mateo empijamado, –refregándose un ojito y arrastrando su peluche preferido– se lanzó a tus brazos y se interpuso entre tú y yo, y con su vocecita adormilada nos ordenó… ¡Quiero dormir con mi mamita! —Y te salvó la campana.

    —¿Eso piensas? Yo en serio, mi vida, opino diferente. Creo que me acobardó aquella interrupción, y terminé por hundirme todavía más, en el fango hediondo de mis engaños.

    —Me revisé frente al espejo del baño por enésima ocasión el cuello, mis senos y ambos costados de la espalda; las nalgas y las piernas obviamente, buscando algún rastro de sus uñas, mordiscos con aquellos dientes que presionaron mis pezones, o pequeños morados que su boca hambrienta hubiese dejado tatuados en la blancura de mi piel, y que el Baby Doll transparente, bastante corto y rojo, que dejaste sobre la cama con la intención de que me lo pusiera para ti, no pudiese ocultar esos roces ni mis faltas, mucho menos cubrir el pecado, y terminara ante ti finalmente delatada.

    —Al salir del baño me acosté en mi lado de la cama de una sola vez, abrazándome a Mateo, y por la hora, no se te hizo extraño que obviara untarme de crema reafirmante, los brazos y mis piernas. Y no, Camilo, no pensaba en él, al cerrar mis ojos. No soñé tampoco con lo que había hecho a espaldas tuyas. Créeme, por favor que… No me llevó al delirio con sus besos, ni me pichó tan espectacularmente como lo has pensado. Jamás pasó eso, y antes de que digas nada, entiendo que no me creas, porque ahora te estarás preguntando, cuales fueron mis razones para, a pesar de todo, continuar viéndome a escondidas con él.

    —Lo comparé contigo, esa vez y con eso tuve para las demás. Nunca fue capaz de incrustarse en mi corazón y permanecer en mi mente como lo haces tú. Sus ganas y forma de… Tratarme como mujer en la cama, en nada se parecieron a la tierna manera que tenías tú, para agitar mi deseo con tus miradas encendidas, y tus caricias ensoñadoras, o con tus besos provocadores y tus demostraciones de amor.

    —En él, no busqué conseguir la seguridad y la calma que solo tú me brindabas para apaciguar mis temores o, por el contrario, para incrementar mis placeres. Pendiente de mí siempre, cumpliendo con tu promesa de amarme hasta el infinito. Él fue mi objetivo, y una vez alcanzada esa meta, de incrustarme en su cabeza, lo utilicé para mi beneficio, sí. Pero mi vida, créeme esto. ¡Jamás lo hice para llenar tus vacíos!

    —Horas más tarde me levanté de la cama, con ustedes dos abrazados y durmiendo relajados. Preparé el desayuno y mientras se bañaban, revisé por última vez el equipaje de Mateo por si faltaba algo. Y el tuyo por igual, pues no me fiaba de tu memoria y la manera de doblar tus camisas. Te llamé mientras conducía hasta la oficina para dejar allí en el subterráneo, bien aparcado mi auto. Hablamos poco de mi salida nocturna, lo sé, todo por el afán de llegar a tiempo, pero en la conversación te dije antes que nada lo principal. ¡Cuánto te amaba y que eras la razón de mi existencia! Y repasamos los itinerarios, nuestras horas de salida de la ciudad, muy similares, pero por cordilleras distintas. Tus preguntas, las de siempre. Y mi promesa de brindarte respuestas, las dejaría para después.

    —En carretera, yo de pasajera en la minivan, aproveché para escribirte y enumerarte algunos detalles. Unos ciertos y los demás… Tuve que inventarlos. No fue hasta tres horas después que, al llegar a la recepción del hotel para registrarme, tuve cinco minutos para llamarte, comentarte que habíamos llegado bien, omitiendo que justo al frente mío, en el lugar donde siempre se ubicaba Eduardo, quien viajaba allí era José Ignacio. Y a ustedes…

    —A nosotros nos detuvo el mareo de Mateo varias veces, y el hambre de Natasha, otras dos. Iryna me ayudó bastante con el niño, pasándose al asiento posterior de la camioneta. Y las piernas largas de su hija, moviéndose despreocupadas a mi derecha, sacando la cabeza y medio cuerpo por el techo panorámico bien abierto por ella misma, intentaron desviar mi atención de la carretera.

    —«¡Para sentir el viento y que el aire alivie a Mateo!» —Me respondió, pero a la vez, permitía que se elevara la tela estampada de su corto vestido, dejándome ver un poco más arriba, al bailar descalza sobre el asiento, la música de su playlist.

    —Y de vez en vez, unos granitos rosas salpicando sus glúteos blancos divididos por un hilo de tela negra. Pero, aun así, a pesar de aquellas imprudencias adolescentes, con uno que otro reclamo de nuestra pelirroja vecina, llegamos justo a tiempo a Villavicencio para recoger en el centro de la ciudad a Jorge, y de allí dirigirnos al centro vacacional donde nos hospedaríamos.

    —Lo bueno fue que la pasaste bien. —Camilo parece molestarse por mi comentario, totalmente inocente. Abre desmesurados los dedos de ambas manos, extendiendo sus manos frente a su torso, y niega con el movimiento de su cabeza, dispuesto a responderme sobre algo que malpensó.

    —Sí, el paseo estuvo genial. A Mateo le fascinaron los caballos y el ganado cebú, también por supuesto, el despertarse con el canto de los pájaros. A mí me encantó la carne de Chigüiro asado, pero más, la Ternera a la Llanera. —Respondo a su pregunta malintencionada con mi mejor sonrisa picaresca.

    —Quise decir, con Mateo y ellas dos. –Nudillos golpean con suavidad la madera. – ¡Espera abro la puerta!

    Me acomodo en la silla para disfrutar mi cafecito, acompañándolo con un cigarrillo. Me siento más tranquilo y ella también lo está. Mariana cierra la puerta y del carrito toma la cafetera para servirme en una taza de porcelana, mi ansiado «tinto». Su cappuccino ya viene preparado y se acerca hasta la mesa redonda, elegante, sonriente, serena con las dos bebidas en las manos y su bata tentadoramente semi abierta por la mitad.

    Yo enciendo mi cigarrillo, Mariana hace lo propio con uno de sus blancos «Parliament», pero no se sienta a mi lado, y prefiere darle el primer sorbo a su caliente bebida, manteniéndose de pie.

    —Pues creo que tu fin de semana, lo disfrutaste sin la presencia de Eduardo y aprovecharon esos tres días para divertirse a costillas mías, pues recuerdo bien como en el tono de tu voz cuando hablamos, la alegría se te escuchaba con estridencia. Y sinceramente, Mariana, no creo que fuese exclusivamente por la cantidad de negocios que concretaste. —Se me escapan las palabras, y en ellas, cierto cariz a sarcasmo y ofensa, las enlazan. Por supuesto no pasan desapercibidas para ella.

    —A ver, cielo. –Le respondo contrariada, pero mantengo la compostura, maquillada por mi cordial sonrisa. – Fue totalmente cierto que ese fin de semana estuvo demasiado concurrido. Como también es verdad, que aproveché el tiempo y pude, al igual que los demás, cerrar más ventas de lo usual. Eso sí, a mí me fue mejor que a los demás. K-Mena y Carlos no se quedaron muy atrás, lograron tres separaciones cada uno. Pero a José Ignacio le fue mal. Creí que, por estar pendiente de nosotros, al serle adjudicado por Eduardo el deber de estar pendiente como jefe encargado, él no se había preocupado por atender casi a nadie ese fin de semana. Sin embargo, meses después, lo comprendí todo.

    —Yo estaba el sábado en las casas tipo «A» enseñándolas, y al regresar a la sala de ventas para firmar el contrato de separación, noté cierta pesadez en el ambiente. Más tarde al despedir a la familia que acababa de realizar la adquisición, en la cocina preparándome una limonada para calmar mi sed, una de las chicas de la recepción me puso al tanto de la situación. Don Octavio, su esposa y uno de los hijos, habían llegado al complejo sorpresivamente. Según lo que pudo escuchar esa chica, venían acompañados por unos inversionistas ecuatorianos, interesados en desarrollar en su país un proyecto similar al de Peñalisa. ¿No lo sabias?

    —No, ni idea. Nunca me enteré de eso. —Me responde expeliendo el humo por la nariz, pero sin darle importancia al asunto.

    —Pues el caso es que, a José Ignacio, lo note extrañamente malhumorado. No parecía estar cómodo con la presencia del dueño de la constructora. Sin embargo, no dejo de lado su función de jefe encargado y le colaboró a K-Mena para atender a unos clientes, instruyéndola en algún ejercicio financiero, pero lo a la distancia lo sentí preocupado.

    —Y santa Mariana se ofreció para consolarlo y cambiar su estado de ánimo. —¡Ufff! Vuelve y juega con sus pullas.

    —¡Ashh! Camilo, no me amargues el cappuccino por favor. ¡No fue así! Sencillamente se me hizo raro. Igual, me ocupé de nuevo con otras personas interesadas y solo, antes del mediodía, en un momento de respiro pude hablar contigo y con Mateo, para saber cómo la estaban pasando en su viaje a los llanos orientales.

    —Todo estaba bajo control. Quería meterse en la piscina junto a Natasha, pero Iryna cariñosa, le aconsejó aguardar un rato más, por aquello del mareo y estaba haciendo un berrinche de padre y señor mío.

    —¡Ajá! Si es verdad. Pero finalmente pudiste tener algo de relax y un poco de acción, según me contó Naty, omitiendo por supuesto que eras tú, refiriéndose al hombre que había asistido a su fiesta, y que la traía tan de cabeza, haciéndole cometer tantas locuras aquella vez.

    —¡Por Dios, Mariana! Ubícate. No me tenías a dieta, así que mis hormonas no estaban tan alborotadas, ni mi conciencia tan estúpidamente ciega, como para intentar una locura en las narices de su madre. Es verdad que Natasha me tenía seco con sus intentos de seducción y sus soñadas motivaciones, pero supe resistir.

    —«¡Aplícame bronceador, por favor!» —Me pidió colaboración, desabrochándose la parte superior de su bikini, y descuidadamente, permitirme observar el lateral de su seno izquierdo, y el rosa claro de su areola.

    —«¿Me ayudas con esto por favor?» —Tuve que ajustar y anudar a su cadera diestra, las tiras de la tanga, dejándome apreciar sin recato, la mitad de su pubis, y sus recortados rizos dorados. Por no mencionar que, en la fiesta por la noche, para celebrarle el cumpleaños, su manera de bailar conmigo fue algo más que cercana y sexual de lo que la canción ameritaba. Y todo en frente de sus padres y los demás invitados.

    —Así que, por lo visto, le creíste más a su adolescente fantasía, que a la imagen y sensatez del hombre que se supone conocías tan bien. Francamente, cometiste otra estupidez más.

    —Es que yo supuse que… Mejor dicho. Internamente deseé que lo hubieran hecho. No por algún tipo de compensación y equilibrar con tus cachos, la balanza de mi infidelidad. ¡No! En verdad quería que se hiciera realidad tu sueño, logrando finalmente vivir esa experiencia.

    —¿Sabes qué? No me dejé enredar tan fácil como tú lo hiciste con ese hijo de puta. Con ese, Siete mujeres. ¡Yo sí pensé en ti, y en al amor que te tenia! Y no podía hacerle ese desaire a nuestra fidelidad. —Me dice y se levanta de la mesa, colocando su taza con enojo sobre la superficie de cristal, y me mira, pero no con tristeza sino por el contrario, la furia se le refleja en sus ojos.

    —¡A mí no me enredó él, ni nadie más! Ya te lo he explicado un millón de veces. Lo hice yo solita por… ¡Estúpida! —Se me agota la paciencia y termino por gritarle.

    —Por supuesto, tú y tus ideas. ¡Vete a la mierda, Mariana! —Le grito yo también, y al cruzármela, la empujo sin querer.

    —¡Ahh! ¿Sí? ¿Eso quieres? Pues de donde crees que vengo querido. De allá, donde me dejaste sola. Abandonando a tu hijo y a mí de paso. Dejándome a cargo de resolverlo todo. Tener que explicarle, –con justificaciones inventadas– a tu familia esa ausencia tuya tan intempestiva. Y a la mía, responderles con evasivas a sus insistentes preguntas, al verme demacrada, trasnochada y pensativa, cuando me las hacían, y no ver en sus rostros que no quedaban satisfechos con mis respuestas.

    —¿Y a tu hijo? Tener que, a su corta edad, intentar explicarle que su adorado papito regresaría tarde o temprano a casa por cuestiones de trabajo, y con el pasar de los meses, intentar por todos los medios de ser fuerte, ante su apatía y renuencia en ir al colegio, supliendo como a bien podía, las noches de cuentos y tus juegos con Mateo, antes de acostarlo y no demostrarle a él ni a nadie, la inmensa falta que me hacías.

    —Pues debiste decirles la verdad. Asumir frente a ellos tu culpa. Contarles que fuiste tú la que me montó una tremenda película para acostarte con otros hombres y por supuesto con el playboy de playa ese, a la menor oportunidad.

    —¡Y qué Camilo!, también podrías haberles dicho que tú te tiraste a una sardina de diez y ocho años, desvirgándola, y luego a su madre mientras tu mujer no estaba en casa, porque estaba de viaje. Es verdad que estaba untada de mierda hasta el cogote, pero tú Camilo, no es que tuvieras esa verga tan pulcra.

    —Pues eso es exactamente lo que tu querías. ¿O no Mariana? Porque fuiste tú la que metió en nuestra casa a esa culicagada, aceptándole quedarse por las noches en nuestra casa con la excusa de que Iryna no la entendía, o que ibas a hacer con Mateo y ella una pijamada, dejando que ella usara los insinuantes Baby Doll tuyos, dejándose ver sin reparos por mí, en el estudio. O en tu papel de la mejor amiga y confidente, consintiéndola más a ella que a tu marido, y a la que le dedicabas horas y horas de conversación, por encima de la necesidad mía, de volver a nuestra intimidad. —Ya su cara enrojecida va cambiando de color, a un pasmado pálido, que no voy a diluir.

    —No se me olvida como aquella vez, que algo tarde en la noche le abriste la puerta, porque a Natasha, su madre la había castigado por haberla pillado mostrando las tetas a los compañeros por el móvil. ¿Y qué hiciste tú? Llevarla a nuestra alcoba, donde yo ya estaba esperándote bajo las sabanas y te pusiste a revisarle los muslos, pues Iryna le había dado una «pela» con un cinturón de cuero. ¿Y qué me hiciste hacer? Untarle cremas, y aceite de rosa mosqueta sobre las marcas rojas de las piernas y del culo, al levantarle tu misma la falda de su uniforme de colegiala, y correrle la tela de sus bragas blancas, dejándonos a solas.

    —Me la metías por los ojos todo el tiempo. «Mira que niña tan bonita, ¡Cómo están creciéndole las tetas!» O, «¡Que culo tan redondo y firme se le forma con ese pantalón!» «¡Pero mira que piernas tan largas y firmes!». Y todo así. ¿Para qué? ¡Para provocarme y distraerme, mientras tú zorreabas en esos malditos viajes!

    Mariana cubre un lamento, –que se eterniza en su boca– con una mano. La que mantiene ocupada con el envase de su bebida, tiembla. Y por supuesto, hay tormentas en su par de cielos. Me calmo un poco, para… ¡Debo despejar sus nubarrones!

    —En medio de sus insinuaciones y tus descuidos, por estar rumbeando con ése tipo, tus compañeros o la clienta esa tan famosa, casi caigo con ella en la sala de nuestra casa, porqué decidiste hacerme zancadilla, para «envolatar» mis sospechas. Pero cuando regreses a Bogotá, podrás enfrentarla y hacer que confiese que su virginidad no era uno de nuestros juegos de vídeo, y que al menos conmigo, se mantuvo intacta.

    —Y lo que sucedió con Iryna, lo hice inocentemente o mejor, casi inconsciente, pues había llegado de visitar Nuquí con los ingenieros y los topógrafos. Seguramente pesqué en el pueblo algún virus de gripe que me envió directo a la cama por tres días. ¿Y quien estuvo ahí para cuidar mis fiebres y escalofríos? ¿Tú? ¡Ja-Ja-Ja! Obvio no. Fue nuestra vecina, quien se dedicó a cuidarme, en cuerpo y alma, mañana y tarde con sus caldos de pollo e infusiones de hojas de eucalipto, mientras tu… Ni siquiera respondías a las llamadas que la misma Iryna te hacía para avisarte, por estar haciendo quien sabe qué clase de cochinadas con tu amante o con… ese importantísimo cliente, en ese último viaje a Cartagena.

    Su cara de sorpresa, me lo dice todo.

    —Estaba somnoliento por los medicamentos, desilusionado entre mis mareos y preocupado por tu falta de interés en mí, comenzando enero. ¿Llamaste? ¡Ahhh, sí! No a mí, que debería ser lo lógico, sino a Natasha, tu pequeña cómplice. Lo hice con ella, con tu amiga. Eso sí es verdad, pero no en nuestra cama. Fue en el baño, mientras me ayudaba a ducharme con agua fría, preocupada en hacer algo para bajarme la fiebre.

    —Se desnudó para entrar conmigo y sostenerme. Y… A este cabezón, la falta de sexo, su desnudez y la mía… Más la imprudente irrigación de la sangre, me lo entiesó y… Pasó lo que pasó. A ella, no sé cuántas veces, pero cada mes y medio, su amado Jorge, le hacia la visita durante ocho días antes de marcharse de nuevo a los pozos petroleros, por lo tanto, creo que, en vez de tener sexo, compartimos diez o quince minutos nuestra soledad y esas ganas rancias.

    —¿Y sabes otra cosa más? Pude intentar algo con Elizabeth, o con esa muchacha nueva de contabilidad que me ayudó para la declaración de renta, pero no lo hice. Ni siquiera cuando dejaste de llamarme «amor» para con o sin motivo alguno, burlarte de mí, llamándome bobito a toda hora en frente del hijueputa de Eduardo, o en el parque cuando hacíamos deporte con Iryna y Natasha.

    —Sí, mi «amor», no estoy tan limpio como pregonas, pero no fui tan sucio contigo, como tú si contaminaste nuestras vidas, exclusivamente para darte gusto.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (39)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (39)

    Itinerarios, flashes a su oscuridad.

    No podía seguir permitiendo que Mariana continuara utilizando la negación de su atracción hacia ese tipo, ocultándome entre sus revelaciones, lo que para mí mente repiqueteaba como alerta a física desinformación. Mi corazón luchaba por no hacerle hueco a las dudas, pero mi memoria hacia inventario en fracciones de segundo, sobre los cambios que mis sentidos percibieron, no tanto en su trato intimo dentro de nuestro hogar, sino en sus cambios de actitud, cuando se hallaba fuera de casa.

    ¿Debía seguir fingiendo mi ignorancia, como me instruyó Rodrigo? ¿Era todavía necesario, para evaluar su honestidad según sus reacciones? ¿Debería quitarme ya la máscara de mi estupidez, para juzgarla de una vez?

    Creo que es mejor seguir escuchando su narración, lo que, según el informe, realizó después con ese playboy de vereda y por supuesto con esa otra mujer. Y en sus gestos visualizar que tanto se arrepiente.

    ¿Qué sucedió para que se activaran en ella, esas ganas de llevar una vida al estilo «quaintrelle»? ¿Porque ese repentino afán en cambiar su manera de vestir, holgado y pudoroso, por ropa cada vez más estrecha, vistosa, seductora y siempre de marca con diseños exclusivos de diseñador francés? ¿Fue por darle gusto a ese tipo? ¿Por ello cambió su fisonomía, el color y su corte de cabello? Y, sobre todo. ¿Esa actitud provocadora y dócil, masoquista y depravada en nuestra intimidad?

    —Comenzaste por ignorar mis mensajes, incluso algunas veces omitiste responder a mis llamadas o contestar con evasivas mis preguntas; e incluso haciendo que me sintiera mal al victimizarte, cambiando tu aspecto gentil y tu actitud amorosa en cuestión segundos para convertirte una persona belicosa.

    Y con ello, en lugar de como dices, haberme protegido de sus ataques y las burlas, marginándome físicamente cuando te encamabas con él, –mas no sensorialmente pues me tenías muy presente con tus comparaciones– me hiciste sentir inseguro y conseguiste exactamente lo contrario. Hacerme dudar de mí mismo, de mi trato hacia ti, y por supuesto en mis capacidades en la cama.

    —Pero es que yo muchas veces estaba ocupada, en serio. No podía estar ya como antes cuando no hacia prácticamente nada en la casa, responderte de inmediato. Tenías como tú, cosas por hacer. —Me responde, mientras acomoda sus posaderas al borde de la silla.

    Ligeramente encorvada, mantiene enfocada su mirada, más allá del rompeolas. Entre su índice y el dedo medio extendidos de su mano diestra, la colilla del cigarrillo a un tercio de acabarse. Y el pulgar, –presionado por el dedo anular– es mordisqueado levemente por sus incisivos, mientras analiza tal vez, su justificación.

    —¡Claro que sí! Por supuesto. Muy ocupada como aquel fin de semana largo.

    —Fue cierto lo que te conté. Afortunadamente tuvimos muchos visitantes, la mayoría bastante interesados. Yo pensaba llamarte bien entrada la tarde, como de costumbre para ponernos al día con nuestras vidas privadas, pero entonces llegó este señor y le dio un estricto vuelco a nuestra rutina.

    —Como te contaba, José Ignacio estuvo serio y diría que irritable con la visita que hizo el dueño y su familia. Ya de salida, cuando nos despedíamos de algunos trabajadores para dirigirnos como siempre al hotel en la minivan, se apareció don Gonzalo. Su llegada nos sorprendió a todos y aún más a él, que ya me había guiñado un ojo, dándome a entender que su humor había cambiado.

    —El gerente se sentó con nosotros, y a modo de junta extraordinaria, nos informó que don Octavio, no estuvo muy contento al darse cuenta que todos estábamos bajo la dirección de José Ignacio, y tampoco fue informado de la licencia para viajar, –dejándonos solos– que se había tomado Eduardo. La autorización fue de don Gonzalo, así que, a él, se le encargó la labor de supervisarnos. Por eso su llegada intempestiva y el mal humor regreso al rostro de José Ignacio. Nos pidió los informes de ese sábado. Personas atendidas, cierres de ventas realizados, prospectos en ciernes, y así nos dieron más de las ocho en la recepción de la agrupación.

    —Al llegar a nuestro hotel, después de ducharnos, nos reunimos en el comedor y ante la presencia del gerente, esa vez no hubo exceso de alcohol. Apenas dos cervezas para sosegar la sed, no tanto por el calor, sino por la impresión de tenerlo a él por allí. Y precisamente fue este señor, quien cordialmente, pero con autoridad, nos conminó para dirigirnos a nuestras habitaciones y descansar para el siguiente día.

    —Para mí fue ideal, pues en verdad no tenía muchas ganas de inventarme excusas para evitar vernos a solas por ahí. Él tenía ganas de repetir conmigo, obviamente, pero la verdad, cielo, es que yo… Continuaba arrepentida de haberte faltado y de igual manera, digamos que ya había satisfecho mi curiosidad. K-Mena fue el siguiente escollo para mi completo descanso. Tendría que compartir con ella la habitación y estando a solas ella en privado me pidió que… Me dijo que la tenía abandonada y sus intenciones eran que hiciéramos algo juntas esa noche. ¡Fue entonces cuando… Puff! Perdón, mi vida. —Le miro, y en las facciones de su rostro, saltan las alarmas.

    —Al hablar contigo y con nuestro hijo, pero no por falta de interés mío en conocer como estabas y que había hecho, –le aclaro– sino porque alargué la conversación lo más que pude, dándote detalles irrelevantes de mi día con los clientes, utilizándote para aburrirla y que el cansancio la venciera, hasta que se quedó dormida sobre mi pecho, desnuda como estaba, mientras yo chismoseaba también con Iryna y Naty, como la estaban pasando en la fiesta de cumpleaños. José Ignacio me escribió algunos mensajes, y me chateé con él un rato más, intrigados ambos por la llegada del gerente y la visita inesperada de don Octavio.

    —De hecho, intenté que me explicara, el porqué de su mal humor esa mañana, y si tenía algo que ver con la visita del dueño de la constructora y su familia. Evadió mi pregunta, indagando si había pensado en él, o en lo que habíamos hecho, y si tenía ganas de repetir, tanto como lo deseaba él.

    —¡No estuvo mal, pero esperaba algo mejor! —Le respondí, y enseguida me despedí con dos emoticones seguidos. Y no, Cielo, no fueron corazones ni labios rojos, como los que entre tú y yo nos enviamos, no. Caritas de sueño, nada más. Lo juro.

    —Ok, está bien. Te creo. ¿Y entonces qué? —Le contesto, y la animo a continuar.

    —Al otro día fue más de lo mismo, pero bajo la estricta vigilancia de don Gonzalo, lo cual generó una incomodidad inusual en José Ignacio, y bastante nerviosismo en Carlos. Me fue bien, al concretar tres separaciones adicionales a las dos del día anterior, y a la hora del almuerzo, fue que pude responder tu llamada a media mañana, un poco tarde lo sé, pero te lo expliqué, comentando los motivos para no responderte. Y es verdad que hablé más de mí y mis logros comerciales, estaba eufórica, más de lo usual, pero es que yo… Yo estaba nerviosa, y no hallé en mi interior otra manera de calmar mi curiosidad, imaginando que entre Naty y tú, ya hubiese ocurrido ese… ¡Algo!

    —Por la noche fue un poco diferente, ya que don Gonzalo, satisfecho por los resultados, nos invitó a todos cuatro, al centro comercial en Girardot, y allí pudimos distraernos, hablar de otros asuntos, comer pizza y beberme una cerveza bien fría. Y nos regresamos temprano al hotel, pero estando allí, Carlos y José Ignacio, nos invitaron a la última en el bar del hotel, don Gonzalo no se opuso, pero nos acompañó bebiendo un cóctel sin alcohol. K-Mena se antojó de uno también, colocando en su carita angelical, el puchero rosa en sus labios. Ganó con su bonito soborno, y le pidió al bartender, un refrescante «Mint Tonic». Yo, al igual que Nacho y Carlos, me bebí despacio, una Club Colombia dorada, bien helada. Tu preferida.

    —Ya en nuestra habitación, ilusionada, K-Mena quiso tener la otra clase que no tuvimos la noche anterior, pero aduje dolor de cabeza y por supuesto de los pies. Lo de mis pies no fue mentira, estaba muerta de caminar tanto, haciendo las demostraciones de las casas a mis clientes. Solícita se empeñó en darme un masaje en ellos, pero me embolató con sus caricias y terminé desnuda, recibiendo de sus manos, uno bien completo y relajante.

    —Y pues… K-Mena de forma disimulada, pero muy cariñosa, me solicitó que nos bañáramos juntas antes de acostarnos, para… Pues para no hacer mucho ruido. –Camilo ya no abre los ojos como antes, pues ya se lo imagina. – Fueron caricias tiernas y rápidas, besos profundos y toqueteos específicos de parte y parte, conocedoras ya de nuestros puntos sensibles, y por ello, su orgasmo como el mío, nos alcanzó muy pronto, sumiéndonos en un reparador estado de relajación.

    —Obvio. Sor Mariana al resc…

    —Me sentí obligada a hacerlo, Camilo. ¡Por Dios! –Interrumpo con decisión su burla. – Era verdad que después de nuestra primera clase de… aquella inducción al sexo, no había vuelto mis ojos y ni volcado mi atención hacia ella. Mi inocente amiga y a quien yo protegía de las garras amenazantes de un lobo feroz, que ya parecía no serlo tanto y a quien aparentemente, ya tenía adiestrado.

    —Ya el lunes, por la mañana me cruce con él en varias ocasiones. En tres de las casas coincidimos con nuestros respectivos clientes. En otra, fue en visitando con los míos, el campo de golf. Parecía estar siguiéndome, y de hecho lo pensé así pues a cada momento, mi móvil empresarial no paraba de sonar y vibrar con mensajes suyos, alabando el bronceado de mi piel, lo bonito que lucían mis cabellos negros con la trenza de espiga, que esa mañana muy temprano me había realizado K-Mena.

    —Todo iba muy normal, pero me llevé un susto cuando me encontré de frente en el gimnasio a la señora margarita y a su esposo, don Fernando. Me abochorné al verlos, pero ellos me saludaron con cordialidad y, de hecho, me invitaron a su casa para almorzar. Obviamente rechacé la invitación, aduciendo mucho trabajo. Al finalizar el día, nos reunimos de nuevo antes de salir, para entregarle el informe a don Gonzalo. Hummm, al parecer estaba preocupado por el rendimiento de José Ignacio y se lo llevó para otro lado, alejándolo de nosotros tres, pero por el rostro un tanto amohinado de él, confirmé que se había ganado un buen regaño.

    —Finalizamos el día presentándole a don Gonzalo nuestros informes, antes de su partida. José Ignacio estaba desesperado por quedarse a solas conmigo, pero curiosamente Carlos no se separaba de nosotros, y coincidencialmente, en K-Mena surgió la necesidad de que la acompañara a realizar unas compras, de índole estrictamente femeninas, así que las ganas que me tenía él, se las tuvo que aplacar a su manera y lejos de mí.

    —Ya libre de su acoso, en la habitación del hotel, te llamé para saber cómo estaban ustedes, y tras darme el parte feliz de tu regreso a Bogotá, me comunicaste con Mateo y prácticamente me absorbió contándome al detalle, con su dulce voz, todas sus aventuras. Fue un viaje muy feliz para él, y supuse desacertada, que igual para ti.

    —Cómo has escuchado, cielo, no pasé las noches de esos días encamada con mi «amante», tal cual lo llegaste a imaginar. Ambos estuvimos equivocados. No lo deseé, pues no estuvo metido en mi cabeza todo el tiempo.

    —Pero algo sucedió para que siguieras acostándote con ese tumbalocas de mierda. ¿Si no hubo amor de tu parte, como me dices, ni ese tipo lo sabía hacer bien, como cuentas, entonces?…

    —… ¡Nahh! No fueron tantas las veces que yo, –lo interrumpo, abatiendo mi mano en frente de él. – tuve sexo con él. No fue por falta de atención tuya.

    —¿Que fue entonces? –Me adelanto a la respuesta que está pensando. – Tuviste que sentir algo por ese tipo, porque el virgo de tu amiguita, según entiendo, se lo mantuviste a salvo hasta diciembre cuando finalmente se casó.

    —¿Sentir? Hummm… Inicialmente quise tan solo mantenerlo bajo mi yugo, e idiotizarlo con mi vanidosa displicencia, –negándome a un nuevo encuentro– hacer que me deseara, para descartarlo después de un tiempo, y darle a beber de su propia medicina. De hecho, me negué en varias ocasiones, para escaparme de la oficina con él por las tardes, e irme por ahí como quería, para… Para acostarme con él, y… Tal vez si me encariñé un poco. ¡Puff!, porque conocí algo de su vida, de su historia pasada y me… Me conmoví.

    —Fue… Sucedió la segunda vez que estuve con él, cuando cansada de sus reclamos le di el sí, y separados, distanciados unos diez minutos en el tiempo, nos encontramos media hora más tarde en su casa. Te llamé, estando tú en la oficina, para… Mentirte una vez más. Recuerdo haberte mencionado, que a la hora del almuerzo no podríamos vernos en el comedor del décimo piso, pues debería cumplir con una cita de negocios. Acostumbrado ya, a mis ires y venires, cumpliendo a raja tabla con mi agenda comercial, me deseaste lo mejor y no se te hizo extraño.

    —Así que obtuve con mi engaño, la tranquilidad de saber que, –por unas horas– podría olvidarme de ti. Las lluvias matutinas a mediados de noviembre, fueron las acompañantes que provocaron con su clima helado y gris que, en su casa, la chimenea de la sala estuviese ya ardiente, cuando me invitó a tomarme un vino con él. Le faltaban muchas cosas para ser el hombre que pudiera reemplazarte. Bastantes para que me llegara a importar más él, que tú.

    —Entonces Mariana, fue recién que te operaste… Te aumentaste el busto por darle ese gusto a él. ¿No es cierto?

    —¡No! No señor. Estas equivocado en eso Camilo. Aumenté el tamaño de mis senos porque yo no estaba conforme con ellas, desde antes de conocerte y después de amamantar a Mateo, me visualicé con una o dos tallas más. No fue por él, ni por ti, ni por nadie más. Fue por mí, para elevar mi autoestima y… Y si con ello recibía más miradas y piropos de las personas, pues con ello no tuve problemas, pues me hacían sentir mejor. ¡Pura vanidad y nada más!

    —Sentados frente al fuego, sobre la alfombra me abrazó, y antes de hablar, colocó música en el tocadiscos. Su gusto musical para una cita romántica, era un desastre. A su falta de interés para agradar a las mujeres en la cama, le sumaba su desconocimiento en temas musicales para romantizar la escena y sus espacios. Como te conté, su sentido de decoración era demasiado minimalista. Pocos cuadros colgados en la sala y en su… en su habitación tan solo la guitarra y unos afiches demasiado infantiles para su edad. Mucho blanco en las paredes, demasiado gris en los tapetes y en la colcha de la cama.

    —Es verdad que, siendo un hombre soltero, su dedicación para vestirse elegante y moderno, más la obsesión por restaurar su motocicleta o darle más potencia al motor de su Honda, para vencer en los piques callejeros, eran lo primordial en su vida, pero ciertamente su casa y sobre todo aquel cuarto, carecían de importancia para decorarla, y todo de lo que no existía colgado en sus paredes, me hacía reclamarle por mejorarla, ya que parecía la cueva de un cavernícola. Salvo por la pecera y los estantes con los… Con sus carritos de juguete.

    —¡Así está bien, bizcocho! —Me respondió, mientras apartaba las cobijas de la cama hacia un lado.

    —No tengo nada que colgar, ni de quien presumir. —Y se fue descalzando sin prestarme atención.

    —¡Pero hombre!, Al menos un cuadro junto a tu familia. O unos dos donde estés con tus amigos. Al menos uno, donde abraces a tu Grace. ¿No te parece? —Pero no me respondió.

    —Lo cierto es que… Lo que más recuerdo fue cierto desprecio en su mirada, y una sonrisa burlona en sus labios, negando con su cabeza, sin responderme ni media palabra. Me abrazó por la cintura y me tiró con fuerza sobre la cama. Nacho actuaba como siempre, intentando frente a mí, ser el mismo macho seductor y dominante que conocía.

    —Me dio mal genio que continuara siendo tan brusco y poco caballeroso, así que le grité, mientras lo apartaba y me sentaba contra el cabecero de la cama…

    —¡Deja de tratarme así! ¿Sabes qué? ¡Creo que es mejor irme! —Y se le borró la risita de la cara, pero halándome por los tobillos, se me acaballó para inmovilizarme con su peso, y sus manos apretaron mis muñecas.

    —¡Vete a la mierda! —Le grité. pero no se inmutó, y su cara se transformó.

    Y en sus ojos añiles, puedo observar que todo lo que me está diciendo es verdad, pues conozco bien ese brillo intenso, y en su rostro de ángel, se le forma un rictus de disgusto al recordarlo.

    —¡Jajaja, bizcocho! Conozco bien ese mundo pues me tocó vivirlo desde muy pequeño cuando fui abandonado por mi madre a las puertas de un convento. –Me empezó a relatar. – Y me pasé la niñez, de orfanato en orfanato, soportando toda clase de ultrajes, golpes y soledades. No tuve la fortuna de nacer siendo deseado, ni por un papá o una mamá como los tuyos. Fui rechazado sin tener la culpa, y sentí mucho miedo. Mi infancia la viví en aislamiento, y me convertí en un niño retraído, inseguro y con muchos problemas para hacer amistades. —Y mientras intentaba liberarme, él con una sola mano me aprisionaba las mías, y con la otra, hacia destrozos en mi blusa de seda.

    — ¿Pero sabes algo? —Retomó José Ignacio su alterado discurso, apartando hacia los costados, la tela blanca, para luego deshacerse de mi delgado cinturón de cuero y bajarme con fortaleza la cremallera de mi pantalón.

    —Quizás vivir dentro de toda esa mierda me hizo bien. Sí. Esos golpes en mi cara y en mi cuerpo, por parte de los niños más grandes, me forjaron el carácter que tengo ahora. —Me los bajó hasta las rodillas, al igual que mis bragas y se abalanzó contra mi cuello, para besarme y morderme, lamerme la oreja y continuar hablándome muy fuerte, cerca de mi oído.

    —Me hice fuerte, y soy como soy, gracias a todos los abusos, a los que me sometieron los más grandes. ¡En todo acto de maldad encuentras algo de grandeza, y yo lo descubrí! —Pataleaba e intentaba moverme hacia los lados. Forcejeé y logré liberarme por unos instantes. Me tomó en ese momento con fuerza por el brazo y luego con decisión y una sola mano, se desapuntó el pantalón y se lo bajó hasta medio muslo.

    —¿Vas a violarme? —Le grité, y él cómo qué reaccionó, más siguió sobre mí, introduciendo dos dedos por mi raja, sin estar dispuesta, causándome escozor.

    —No será necesario, Meli. Tu sólita has venido con la intención de abrirte de patas para mí. Porque te gusto demasiado.

    —Estás loco si crees que me vas a coger así. ¡Cálmate ya! Me estas asustando. —Volví a decirle, pero el continuó meneándose la verga para endurecérsela.

    —Además, soy un hombre bien plantado. –Me decía mientras con los dientes intentaba rasgar el empaque de un preservativo que había tomado del nochero. – Afortunadamente los genes del hijo de puta de mi padre, o los de la cobarde de mi madre, me favorecieron sin ellos quererlo.

    —Difícilmente alguna mujer se resiste a pecar conmigo por mis encantos, y tú eres la prueba. ¡Otra más de esas! Deja de moverte así y mejor ayúdame, porque la vamos a pasar muy bien esta vez. —Y asustada por su actitud, yo le colaboré, cambiando mi temor por un humor repentino, no para disfrutarlo, sino para apaciguarlo.

    —Yo misma, Camilo, con algo de dificultad, me desapunté el sujetador, y lo retiré despacio, dejándole a la vista la redondez de mis bubis, y él terminó por retirarse el pantalón, dejándose las medias y de inmediato, jalo el mío, con todo lo demás. La tanga y las medias pantalón… ¡Todo lo enrolló hasta mis pies!

    —Supongo que verificaste, antes de colocártelo, la fecha de vencimiento. No querrás entonces, picharme y dejarme embarazada por descuidado, repitiendo lo que sucedió entre tus padres. —Calló, meditó, y luego él, se carcajeó.

    —Logré hacerlo reír momentáneamente, pues aún con esa mirada de mucha tristeza y algo de desprecio, continuó haciéndose un hueco entre mis piernas, y me lo ensartó despacio, pero forzadamente debido a mi resequedad.

    —¡Me dueleee, Nacho! No estoy lista. ¡Sácalo por favor! —Se lo miró y escupió sobre su miembro y mi huequito. Continuó penetrándome con fortaleza y sí, con furia, desquitándose conmigo por lo que su madre le había hecho vivir.

    —¡No te quejes tanto! No tengo la culpa de que seas una estúpida «casquisuelta», que se cree la vaca que más rumia y la que mejor leche da. Por eso piensas que me tienes a tus pies, para después abandonarme como lo hizo ella, como acostumbran a hacerlo todas las madres cobardes. —Me respondió, acelerando sus embestidas y yo, acomodé mi pelvis de manera que no me escociera tanto.

    —Ustedes las mujeres son crueles con nosotros, cuando se les da la gana, y más cuando lo ven a uno enamorado. Pero conmigo no va ese cuentico, porque no voy a dejarme embaucar de ninguna. Mucho menos de ti, que después de todo lo que hicimos, has dejado de voltearme a mirar, para hacerte la santa con tu marido y seguir culiando aburrida con él, fingiendo sentir algo que no es verdad, gimiendo falsamente a su lado, por estar pensando en mí. —Terminó por decirme, introduciéndome la lengua en la boca, hasta bien adentro, como si con ello buscara que yo no le argumentara su vanidad, y con ese beso, me demostrara algo que no comprendí, pues de apasionado no tuvo nada y, por el contrario, lo sentí violento y asqueroso.

    —Sí, Meli, me convertí en un hijueputa cínico, pervirtiendo a quien se hallaba a mi alrededor para conseguir mis objetivos, y no me arrepiento de ello, aunque a muchos hombres les pudiese hacer el mal, cogiéndome mejor que ellos a sus mujeres. Pero al final, esas putas me lo han agradecido y sus cornudos maridos sin saberlo, un poco más de lo mismo. —Y su respiración acelerada fue mermando, como la oscilación de sus caderas, pues menguó y suavizó sus penetraciones.

    —La infidelidad conmigo es buena, porque les doy un gustico a todas y no me amaño con ninguna. Sé que te gusto, que te excito y deseas por las noches, que yo sea quien se encame contigo. ¡Pecar, culiando con este «pechito», no será un ultraje a tu puto matrimonio, sino tu válvula de escape! —Y aunque el tono de su voz no bajó demasiado, la intensidad del sonido, sorpresivamente cerrando fuertemente sus ojos, se silenció y comenzó a sollozar sobre mi hombro. Lágrimas gruesas comenzaron a escapársele por las esquinas internas, al lado de la nariz, y dejó definitivamente de moverse.

    —Me conmoví, y al sentir que su pene dentro de mí se detenía, mis dedos se enredaron entre sus cabellos, revolcando como… ¡Como lo solía hacer con tu melena! Se fue relajando mientras continuaba llorando sobre mi hombro izquierdo, a pesar de que intentaba contenerse como el macho indomable que aparentaba ser. Al salírsele, se recostó a mi lado, recogiendo sus piernas y yo… Lo abracé y nos abrigamos bajo las mantas de lana gruesa, para ahuyentar al frío y al sonido de la lluvia persistente, que, con sus gotas constantes, tamborileaban sobre el vidrio de la ventana, hasta que su respiración se calmó, y al poco tiempo se durmió.

    —Por supuesto que yo también me dormí. Unas leves cosquillas en mi costado me despertaron. Al abrir mis ojos, me lo encontré con un semblante distinto, sosegado y sonriendo suavemente para sí mismo, mientras su pulgar y el dedo índice, sujetaban por los costados, un pequeño auto rojo de su colección, conduciéndolo desde la redondez elevada de mi cadera, trazando un camino imaginario por el barranco de mi cintura, hasta hacerlo ascender de nuevo por el redondel de mi seno izquierdo, hasta hacerlo chocar de frente, contra el rosa erguido de mi pezón.

    —¡Jajaja! ¿Pero qué estás haciendo, Nacho? —Le pregunté sonriéndome ante su infantil juego, y vi como el color de sus mejillas, pálido como velón de iglesia en cuaresma, se le colorearon al verse sorprendido.

    —Ehhh, solo recorro este caminito. Quiero memorizar la textura de tu piel, con todos sus poros y estas marcas de frenada, casi indetectables, que tienes en la cadera y al costado de tus tetas. ¡Upaleee, Mamasotaaa! ¡Tú con esas tetotas y yo, con ganas de atragantarme con un buen pedazo de carne! —Había vuelto a ser el de antes, cayendo en cuenta.

    —¡Se miran, pero no se tocan! Ya te lo había dicho. Estoy recién operada. —Y me fui levantando, desnuda como estaba para buscar en mi bolso los cigarrillos. Me coloqué la blusa porque tenía frío, y él pensó entonces que ya me iba a vestir para marcharme, así que se me acercó y muy solemne me dijo mientras me abrazaba…

    —¡Mamasota rica y apretadita! Quiero chuparte toda, mordiendo y halando con mis dientes esos ricos pezones y luego darte duro por delante y por detrás. Escucharte gemir como la loba que eres y no la santurrona que aparentas ser, y después correrme sobre tu vientre, llenándote con mi semen el pozo de tu ombligo y restregarte mi verga sobre esas tetotas hasta que se me ponga flácida.

    —Tan bobito. Pareces un niño chiquito. ¿No te da pena? ¡Tan grande y jugando con carritos! Era lo qué me faltaba. De ahora en adelante dejaré de decirte Nacho, y en cambio por malcriado, te diré Nachito, ya que todavía eres un muchachito. Dejaras de ser el macho machote, y tan solo serás el Chacho de tu Melissa. Yo lidiaré con tus pesadillas, como si fueras un bebé. No te preocupes más por el cariño que no tuviste de niño y mejor concentra tus esfuerzos por cambiar tu manera de ser con los demás. Cree más en las personas que te quieren y te rodean, valorando por supuesto, más a las mujeres. Deja de mirarnos como si entre las piernas tan solo tuviéramos la ranura de una alcancía. No todo es sexo, ni todas somos unas arpías, a pesar de que ahora pienses que lo soy para mi marido.

    —Bueno, mamita. Como tú digas. —Me respondió con burla.

    —Es en serio Chacho. Además, quiero que sepas una cosa, y qué te quede bien claro. Tengo un esposo que no solo me ama, sino que me idolatra, y yo también a él. Vivimos en un mundo muy feliz y aparte del tuyo. Vivo conforme con él, y para serte más sincera, Chacho, entre tú y yo no va a existir jamás esa conexión que deseas. Busca concretar eso con tu novia, pero si no cambias, te mantendrás libertino para siempre, solitario y enfadado con tu vida, y yo mientras tanto, disfrutaré de la compañía y el amor de mi hijo, así como de la libertad y confianza, que me otorga mi esposo. —Enmudeció y me soltó, empecé a desenrollar mi tanga, las medias y el pantalón del sastre, para voltearlo a ver luego y decirle…

    —Y vuelvo a preguntarte. ¿Qué pasa con tu Grace? ¿Por qué tampoco tienes algún retrato de ella colgado en la pared, ni siquiera una «pinche» foto de ustedes dos, sobre la mesa de noche?

    —Estamos compitiendo, bizcocho. Ella por dedicarme más de su tiempo, escapándosele a su mundo, y yo, por introducirme en su universo. Pronto llegaré a tener un mejor cargo en la constructora, para poder ofrecerle algo más acorde con su estilo de vida. Mientras tanto, continuaremos luchando… ¡Por separado!

    He abierto mis ojos, después de rememorar todo esto, y Camilo no se encuentra dónde estaba, aquí fuera en el balcón. Asustada me levantó y allí entre la penumbra, extendido sobre la cama, boca abajo y atravesado a lo ancho, lo veo con la cabeza y los brazos, descolgados de ese lado, y sus pies bordeando el abismo de este costado. Respira de manera pausada, y lo escucho… Está maldiciendo, maldiciendo varias veces, y con insultos desacostumbrados para mis oídos, dirigidos hacia el piso, pero con José Ignacio como destinatario, y una que otra grosería, para mí.

    —¡Jajaja! —Me asusta. Se carcajea intempestivamente y sobre todo, lo hace de manera sardónica.

    —Vea pues, el siete mujeres te hizo caso al final.

    —¿Qué? No te entiendo, cielo. ¿Qué quieres decir? —Interesada en que me lo aclaré, tomo posesión de la esquina de la cama, la que está cercana a sus pies. Camilo al sentirme a su lado, gira su cuerpo, quedando boca arriba, y se ubica medio metro a su derecha, alejándose de los diez centímetros que nos acercaban. Mira al techo de esta habitación y empieza a hablar.

    —Lo vigilé durante más de media hora. Detenía su automóvil y luego de unos minutos volvía a arrancar para dar la vuelta y devolverse por la misma vía, lento. Muy despacio. Yo, sin perder de vista a nuestro hijo, miraba de reojo hacia la entrada, esperando el momento en el que aparecieras por la puerta de cristal, superándola para reunirte con él.

    —¿Como? ¿Y cuándo fue eso, Camilo?

    —En esos momentos de desconfianza, tuve que contener mi cólera, tras imaginar, sin un cálculo puntual, las probables veces que lo hubieses metido en nuestra casa, aprovechando mi ausencia.

    —¡No lo hice! Nunca… ¡Nuncaaaa, Camilo! —Le grito.

    —No sabes la rabia que sentí, al revolcar mi mente intentando recordar detalles, buscando evidencias de su presencia en mi ca… En nuestro hogar. ¡Podría haber sido en la sala, o quizás lo hubieran hecho en la cocina! –Le digo y me rasco la frente, recordando aquella sensación de impotencia.

    —En la alcoba de invitados también pudieron haberse revolcado, e inclusive en nuestra propia cama teniendo relaciones… Manchando nuestras sabanas, entregándote a él. Tantas imágenes, Mariana, y tantos probables detalles que, por confiado, yo hubiese pasado por alto.

    —Te lo juro por la memoria de mi papá, que yo nunca lo llevé a nuestra casa. Ni siquiera José Ignacio sabía dónde vivía exactamente. Me… Me fijé bien que no me siguiera. ¡Me aseguré siempre que no lo supiera!

    —Esperé hasta que lo vi marcharse definitivamente. No entendí los motivos por los cuales, no se hubiera producido ese encuentro. Supuse que debido a la situación por la que en esos días estábamos atravesando, –sin hablarnos prácticamente– evitando encontrarnos para no mirarnos a los ojos, recluyéndome la mayor parte del día en el estudio, y tú, ignorándome al pasar las tardes en el salón comedor con las rutinarias visitas de Natasha y su madre, o de una que otra de tus amigas de la universidad o las del club, ustedes dos hubieran pactado otro sitio para encontrarse y…

    —Se bien que no me creerás, pero yo nunca me esforcé por memorizar su número telefónico. Nunca le di el personal mío, por más que insistió, y jamás le pedí el suyo particular. Desde que nos echaron de la constructora, no volví a cruzar ni media palabra con él. Si me buscaba fue… ¡Solo fue por que quiso hacerlo! Yo no tuve nada que ver.

    —Por las noches después de cenar, tras actuar aquella hipócrita pantomima de despedirnos con cortesía en frente de Mateo, –deseándonos las buenas noches– yo esperaba en la cocina fregando los trastos, a que tu terminaras con él, durmiendo en su habitación, mientras yo hacía uso del cuarto de invitados. Te seguí varias veces los últimos días, después de que esa tarde no saliste a la calle para… ¡Para verlo! Quería memorizar tus horarios y conocer tus rutinas, pues mi intención era pillarlos en el acto y… ¡En fin! Resultó que no hacías nada diferente a visitar a tu madre o a tus hermanos en las oficinas de la exportadora. Incluso te esperé en la calle por más de tres horas, cuando te encontraste con la odiosa de tu tía en la peluquería.

    —La desconfianza no me permitía vivir en paz ni dormir a pierna suelta como anteriormente me sucedía. El penúltimo día, después de acompañar a la nana junto con Mateo a la parada del autobús escolar, al regresar me llevé la sorpresa de que ya no estabas. Y mis dudas enojadas se apoderaron celosamente de mi inseguridad. Encolerizado, mi mente dio inicio a una serie de inventadas imágenes, en la que tú y él, se besaban con pasión, dispuestos a «culiar», siempre a mis espaldas.

    —Inicié a toda prisa, la persecución de tu automóvil por la avenida, sin conseguir ubicarlo entre todo aquel tráfico matutino. Lugares sospechosamente necesarios para su encuentro, varios. Pero desafortunadamente todos desconocidos para mí, salvo uno. ¡Su casa!

    —¡Pero Camilo, por Dios! ¿Cómo pudiste llegar a pensar eso?

    —Pasé por el frente de aquella vivienda que me traía pésimos recuerdos, dos o tres veces dando vueltas a la manzana, lentamente como lo había hecho él, días antes por nuestro conjunto residencial. Me fijé bien y no vi tu auto por ahí detenido, ni a salvo de los ladrones resguardado en su garaje.

    —Eso podría ser una señal de que yo estaba equivocado, y solo imaginaba cosas, sediento de venganza, pero vagando por el desierto de la desconfianza, y viéndote en los brazos de ese tipo, como si fuese un maldito espejismo, aunque las situaciones vistas en mi mente, no lo fueran. O, por el contrario, podría ser que tu arpía sagacidad, te hubiera indicado que lo mejor era dejarlo guardado, escondido en algún lugar cercano para evitar, –como lo hacía yo en ese momento– miradas indiscretas.

    —No lo sé, no me lo pensé demasiado, di la vuelta y me detuve a dos calles de distancia de su casa, y aparqué la camioneta al costado diestro, enfrentada a la acera con numeración par, frente a la cafetería que ya había conocido a las malas, disfrazado de un estúpido dibujo animado, por si salías de allí con él en su auto, o el conduciendo el tuyo y pudieras identificarme. Caminé por la acera de enfrente y examiné a la distancia, la escena donde podría estar fraguándose de nuevo el atentado a mi honra.

    —No te veía por allí, no se veía a nadie más por la calle. Podría ser que lo hubieses recogido ya, al llegar yo de nuevo, demasiado tarde. Mis ganas de enfrentarlos no disminuían. Por el contrario, se acrecentaban cada que recordaba haberlo visto merodear en su automóvil, casi frente a la entrada principal de nuestro conjunto residencial, mientras Mateo jugaba con sus amiguitos en el arenero.

    —A mitad de la cuadra me di cuenta que tu amante salía de la casa por la puerta principal, desarreglado, en pantaloneta y chanclas, tirando de una correa al perro que no quería por lo visto, subirse a un pequeño camión de una guardería canina, para ser transportado. En la batalla desigual entre el can y dos humanos, uno de ellos el conductor y el otro su amo, lograron meterlo en un guacal, y al despedirlo como yo despedía a Mateo cuando se marchaba a su colegio, ese estúpido se dio la vuelta y me descubrió.

    —¡Arquitecto! ¿Qué hace usted por acá? —Me preguntó asombrado.

    —No me paralicé, Mariana. Por el contrario, fingí muy bien y le dije que precisamente iba buscando su ayuda.

    —¡Hola José Ignacio! Qué bueno que lo he podido encontrar. Tuve un percance con la 4×4. Con tantos huecos en estas calles, y por la lluvia de anoche, me metí en uno de esos charcos y al no poder verlo, se me ponchó una llanta. El problema es que le pedí el favor a mi mujer hace unos días, de llevarla a lavar, y ahora no encuentro la cruceta para aflojar los pernos. Y estando por acá, me acordé de que usted vivía muy cerca, y quizás me pudiera hacer el favor de facilitarme la de su auto. Creo que esa me puede servir.

    —Por supuesto Arquitecto, ni más faltaba. Déjeme voy por ella y le hecho una mano, para sacarlo del apuro. —Se ofreció cortésmente, tu egocéntrico siete mujeres.

    —Gracias, pero no se preocupe. –Le respondí. – Yo lo puedo hacer solo. No quiero que deje de hacer sus cosas. Ehhh, lo que sea que esté haciendo por colaborarme. —Entró directamente al garaje y un minuto después regresó con la herramienta en la mano.

    —Me devolví solo hasta la camioneta, y me senté a esperar allí, un tiempo prudencial. Luego me bajé y abrí el cofre, para untarme las manos con el aceite de la varilla medidora del motor. Me las embadurné bien con polvo y barro, arrumados a la orilla del andén. Me devolví a su casa, cruceta en mano y las mangas de mi camisa arremangadas.

    —No se demoró en abrir la puerta y tan pronto le entregué su herramienta, agradeciéndole por el favor, el mismo, al verme sucio me dio vía libre para que siguiera al interior, y me limpiara las manos. Pero no en el baño auxiliar del primer nivel, pues según me dijo estaba atascado. Me indicó que lo hiciera en el suyo, ubicado en su habitación en la segunda planta.

    —Suba las escaleras, arquitecto, y a la izquierda encontrará mi habitación. Es la única que tiene la puerta abierta. Las de las otras habitaciones están cerradas porque mis compañeros ya salieron a trabajar. Hágale pues, mientras yo termino de prepararme el desayuno. Siga, siga. ¡Con confianza que está en su casa! —Esgrimió una sonrisa tras su invitación.

    —Esa actitud alivió mi angustia y calmó un poco mi zozobra, pues comprendí que no te encontrabas allí. Sin embargo, al llegar a la segunda planta, con cautela me fijé en las otras dos habitaciones que efectivamente, tenían sus puertas cerradas, más no así el baño que las separaba, esa puerta estaba a medio cerrar, y no escuché ningún ruido en su interior. Lo único que podía oír era al Playboy de playa, trasteando platos y sartenes, abajo en la cocina.

    —Me introduje con cautela a su habitación y mi alegría por no encontrarte con él, de un golpe de realidad al hígado, me dobló. ¡Te encontré!

    Mariana abre sus ojos azules desmesuradamente, extrañada por mis palabras y me dice…

    —Como así, Camilo. ¡Yo no estuve ahí! Yo jamás volví a ver…

    —Colgadas en el muro contiguo al baño, en ocho retablos flotantes, que formaban un gran rectángulo, estabas tú. –No la dejo explicarse y continúo narrándole. – En los tres superiores, tu, él y tus compañeros de oficina. Sonrientes obviamente, vestidos con sus uniformes de trabajo, frente a la recepción, al pie de la piscina olímpica y la otra dentro del gimnasio de la agrupación en Peñalisa.

    —En la tres de abajo, tú y el, abrazados, junto a tu amiga y su novio, por lo visto cantando karaoke y bailando en el bar de costumbre. Y en las dos del medio, a cada extremo de la central, Eduardo, él y tú, en varias poses, nada sugerentes ni comprometedoras es verdad. Tan solo me impactó el escenario que habían utilizado como fondo de las mismas. ¿Lo recuerdas? Las fortificadas paredes del Castillo de San Felipe en Cartagena de Indias. Por cierto, Mariana. ¿Quién era el fotógrafo? ¿Un turista tal vez?

    Lágrimas y más lágrimas, humedecen su par de cielos. En los míos naturalmente, permanecen visuales, los rastros de una humedad que se desborda por los lados.

    —En la del centro, un retablo más grande y cuadrado, estabas tú con él. Era de noche. Tú con el bikini de rojo, gemelo del negro, aquel que más te gustaba por el color, pues según recuerdo, te encantaba más ese, porque te hacia lucir más llamativa. Y tu playboy de vereda, con un bóxer breve de tela negra, medio paso por detrás de ti. ¿Tampoco lo recuerdas? ¡Yo sí!

    —Él cruzaba su brazo sobre tus pechos, y el tuyo hacia atrás se elevaba, conduciendo tu mano hasta su nuca, atrayendo su rostro y recibiendo de él un beso; los dos posando para el fotógrafo, en una toma elevada desde una terraza cercada por un cerramiento bajo, de vidrio templado, y con la lejana, pero romántica panorámica de la ciudad amurallada, con las luces titilantes de sus calles más abajo, y los vecinos edificios alejados, bastante desenfocados.

    —Se estaban besando, Mariana. Besándose con los ojos cerrados. ¿Eso era una muestra de cariño? ¿O de compasión como me has contado, y yo estoy equivocado?

    —Uhumm. ¿Ya lo imaginas? ¿Alcanzas a sentir el vacío en el estómago y la desilusión en el corazón? Mariana asiente. Muda, con ambas manos cubriendo su rostro, me otorga la repuesta sin una sola palabra.

    —Pues eso mismo fue lo que sentí. El caso Mariana, es que ese tipo subió en silencio y no lo escuché hasta que se posicionó tras de mí.

    —¿Un tintico, para el frío? —Me dijo y volteé a verlo.

    —¡Gracias! —Le respondí, pero no se lo recibí. Aún tenía suciedad en las manos y en mi cabeza, dudas por esclarecer.

    —¿Recuerdos bonitos? –Y sin dejarle responder, le puse la cascarita para hacerlo caer. – Es una lástima que no nos avisaron que renunciaban, para hacerles una despedida. —Me di cuenta de cómo torcía la boca en señal de cierta contrariedad.

    —Fue raro no volver a verlos en la constructora, y mucho menos en el bar. Siendo los mejores vendedores, supongo que esta mujer, –y te señalé en la fotografía central– Eduardo y usted, renunciaron para irse a trabajar, Ehhh, con la competencia por un mejor salario.

    —Ehhh, pues es que… ¡Nahhh! Cada quien tenía otras ofertas. Eduardo tiene en mente emprender un proyecto inmobiliario de forma independiente y yo, pues… Estaba aburrido en esa compañía. Es una empresa casi familiar, como usted sabrá, así que era complicado escalar hasta la posición que yo me merecía. —Me contó.

    —Sí, sí. Claro que lo entiendo. Es complicado cuando das todo por algo o por alguien, y te das cuenta con el tiempo, que no te corresponden ni valoran tus esfuerzos. —Mariana, apocada me observa con desconsuelo, escuchando con interés mi encuentro con su Don Juan de vereda.

    —Exacto arquitecto. ¿Sabe? Ese es el punto. –Mientras me habla, camina taza en manos hasta la ventana, pensativo. – Me esforcé por ellos, sacrifiqué demasiado de mi tiempo, entregué todo para conseguir venderles sus putas cuatro paredes, y al final, el reconocimiento se lo llevaron otros.

    —Ajá, es una verdadera lástima que tuvieran que marcharse. Pero venga hombre, ¿y de ella qué se sabe? Según entiendo era la mejor en ventas los últimos meses, con usted por supuesto. ¿Dónde está? ¿La ha vuelto a ver?

    —Jajaja, Ummm, veo que esa vieja también le gustaba a usted. ¿No es verdad?

    —Pues obvio, José Ignacio. Es una mujer, además de bella, muy inteligente. Es cierto que hablé muy poco con ella, pero me dio la impresión de ser sagaz para los negocios y… ¡Bastante persistente en todo lo que se proponía! —Le respondí.

    —Jajaja, sí, sí, sí. Muy astuta y muy puta, la perra esa. Me extraña que no quisiera tener nada con usted, con lo interesada que era en la oficina, para intentar escalar y obtener privilegios a como diera lugar, pasando por encima de todos los demás. —Con honestidad, Mariana, me asombré por su respuesta, yo esperaba de tu amante otro tipo de pensamiento sobre ti, y él de inmediato lo notó.

    —¿Y sabes cómo se expresó de ti? —Mariana manifiesta su desazón moviendo la cabeza, sin hablar, ni siquiera su boca deja escapar un leve murmullo.

    —No se extrañe tanto arquitecto, esa hembra se la hacía parar a más de uno y se aprovechaba de su belleza para obtener favores. Y no solo en las oficinas, sino también a varios de los clientes con los que hizo negocios.

    —Me está queriendo decir que ella, no solo negociaba con el sudor de su frente sino con… —Y me quedé callado, enarcando las cejas, fingiendo asombro, esperando a que ese baboso, completara la frase.

    —Jajaja, pero por supuesto, arquitecto. Se me hace raro que no se diera por enterado. ¿Acaso el viejo Eduard, siendo tan amigo suyo, no le contaba nada de sus fechorías?

    —Al escuchar cómo se expresaba de ti, más ganas tenia de estamparlo contra el suelo y luego levantarlo a pata. Pero aguanté, debía hacerlo. Necesitaba saber más de su relación. Así que continué con mi actuación.

    —No, hombre, no. ¡Ni idea! –Me mostré sorprendido, negando con la cabeza. – Conmigo, él es muy reservado. Venga, no me querrá decir que ella… Con él… Ella también…

    —¡Jajaja! Eso sí que no. ¡Imposible! Eduardo en lugar de verga tiene apenas un suspirito, y con esa pichita no logra embocarla en ningún hueco. Por eso es que su mujer lo maneja como un títere. Mantiene a Eduardo a su lado porque le conviene seguir manejando su estatus social. ¿No se le hace raro que ellos no tengan descendencia?

    —Pues pensé que tuvieran otro tipo de problemas para procrear.

    —Jajaja, arquitecto, usted sí que es muy inocente o demasiado bobito, perdone que se lo diga. –Mariana se lleva amabas manos a la frente y hacia atrás, ara con los dedos entre sus cabellos. – ¡No hombre, ese no es el asunto! Por eso, le cuento aquí entre nosotros, a sus espaldas nos reíamos de ellos y les decíamos «la pareja dispareja». Fadia, la mujer de Eduardo hay donde la ve, tiene la rosca, al contrario. Es una marimacha, y se lo está montando con una prima suya. ¿No la conoció? Una muchacha que consiguió sacarla a escondidas de un país del oriente medio. ¿Jordania?… Siria, creo. Se la arrebató de las garras al esposo, según ella porque ese tipo la maltrataba. Se la trajo para acá sin documentos. Fadia es una vieja muy jodida. Tenga cuidado con ella, arquitecto. —Y dejó finalmente la taza de café negro, sobre una de las mesas de noche.

    —Vaya, que bonita familia. Pero volviendo con Mar… ¿Cómo es que se llama esta mujer? —Y volví a señalarte en la foto.

    —Melissa, arquitecto. ¡Melissa!

    —Eso, pues si no estoy mal, ella… ¿Acaso no es casada? Y, sin embargo, por esto, –y le señalé la fotografía central, donde estaban ustedes dos besándose. – me parece que con usted si tuvo su cuento.

    —Ya sabe arquitecto. ¡El que es lindo, es lindo! Modestia aparte, ninguna hembra se me resiste. Ella al comienzo se hizo la difícil, como todas, pero luego terminó clavándose sólita.

    —Qué tipo tan suertudo es usted. Esa mujer es muy bella. Posee una carita angelical, y… ¡Tiene un culazo espectacular!

    —¡Riquísimo! ¡Jajaja! Me tocó hacerle el favor al marido, de descorcharle ese taponcito. Ojalá ahora si lo esté disfrutando, el huevón ese.

    —Pobre marido. —Le respondí serenándome lo más que podía.

    —Y qué me dice de esa carita de mosquita muerta. No parece, pero esa hembra es candela en la cama, arquitecto. Y como yo le ayudaba a cerrar algunas ventas que se le complicaban, pues terminaba pagándome el favor con una rica culiada.

    —Es una pena que a uno lo engañe la esposa. Si fuera la mía no la dejaría trabajar para evitarle tentaciones… A los demás hombres. ¿O usted qué opina?

    —Pues fíjese arquitecto, que ese pobre cachón, o es muy pendejo y se la deja montar de esa vieja, o tiene otra hembra por ahí guardada, y por estar ocupado con la otra, a esta no la cela. Uno no sabe, arquitecto. ¡Jajaja! Puede que de pronto sean una de esas parejas abiertas de hoy en día, y cada cual, se coma otro postrecito por los laditos, sin hacerse el feo.

    —¿Y todavía seguirán viéndose, supongo?

    —Pues la verdad no la he vuelto a ver estos días. De hecho, iba a salir a buscarla. Estoy a pan y agua, porque mi noviecita anda de viaje. Así que pienso encontrármela y pegarle su buena culiada, aprovechando que en el día el huevón del esposo la deja sola, y de que a estas horas el culicagadito que tiene con el tipo, ya debe estar en el jardín escolar.

    —Ahhh, claro, claro. ¿Y tiene un hijo entonces? Ya se lo presentaría, supongo.

    —Sí, un peladito. Pero no lo he visto en persona. Tiene una foto del mocoso como fondo de pantalla en el celular, y una tarde aquí mientras pichábamos, se la alcancé a ver cuándo respondió una llamada de una amiga de ella. —Y al dar un cuarto de vuelta, enojado por la manera de referirse a Mateo, sobre una repisa de madera, bajo una guitarra de seis cuerdas que mantenía colgada en la pared que colinda con la ventana, lo vi.

    —Veo que le fascina coleccionar carros a escala. –Y tomé con cuidado el modelo rojo y negro que llamó mi atención. – ¿Sabe? A mi hijo también le gustan, y los dos, a veces jugamos juntos, apostando carreras por los pasillos de mi casa. —El llanto de Mariana se hace más intenso y sus jadeos más audibles.

    —Sí, sí. Hace años que los compro. Menos ese que tiene en la mano. –Le di la vuelta con el temor de descubrir que era verdadera mi intuición. – Observé las iniciales de tu nombre escritas por mí, cuando te lo obsequié.

    —La perra de Melissa me lo dio de regalo hace un tiempo, dizque por portarme bien. Jajaja. No quería que me le comiera a la mujer de un amigo.

    —¿Y lo hizo? —Le pregunté, mientras me acercaba a él.

    — Tanto que llevó el cántaro al agua, hasta que lo rompió. Pero le juro que ella se lo buscó. Todas son así, putas y vagabundas. ¿Está seguro que su mujer no le ha puesto los cachos, arquitecto?

    —Y usted… ¿No se arrepiente de todo lo que hace? ¿No piensa en el dolor que causa metiéndose donde no lo llaman? —Y comenzó a sonreírse con sorna por mis preguntas.

    —¿No siente remordimiento al saber que provoca tanto daño en las vidas de otras personas? ¿No se ha puesto en el lugar de todos esos esposos destrozados al descubrir las infidelidades de sus mujeres? ¿Sabe que puede destruir vidas y terminar los sueños de muchas familias? —Me acerqué tanto a él que pude oler su aliento fétido, mezcla de ajo, cebolla y a perro mojado.

    —Pero por supuesto… Que no. ¡Jajaja! Aparte de mis carros, me encanta coleccionar mujeres y para no apegarme con ninguna, por eso mismo me las busco mejor casadas. Y allá ellas. No me pongo a pensar en cómo resolverán después sus problemas.

    —Por personas como usted, es que este mundo no evoluciona, ni encuentra paz. –Y le puse mi mano derecha sobre la franja de tela de su franela blanca y desgastada. – Por tipos como usted, continué diciéndole con un tono de furia en mi voz, es que tantas mujeres son asesinadas por sus parejas, enceguecidos por los celos, dejando desamparados y huérfanos a sus hijos. Atarvanes y machitos petulantes como usted, no merecen reproducirse.

    —Mi rodilla hizo contacto con sus pelotas, y mi frente chocó con la suya. Tal vez, debido a la adrenalina tenia dentro mío en ese instante, no sentí dolor. Pero él sí. Gritó espantado por el sufrimiento, y como lo tenía agarrado del pecho por la camiseta, no lo dejé que se cayera.

    —Tipos «caribonitos» como usted, se aprovechan de las mujeres inseguras o inconformes, y entre los dos, les causan daño a los hombres que seguramente las aman más que a sus propias vidas. —Y le estampé mi puño en su rostro. Ese golpe si me dolió. Escuché como crujieron mis falanges y obviamente el tabique de su nariz. Y ahí sí, lo solté. Cayó al suelo, doblado y sin poder reaccionar.

    —Destruyó mi mundo, malparido playboy de playa, pero no me voy a ir de aquí hasta que le quede claro que el pendejo y bobito marido de su Melissa, no es tan estúpido ni tan huevón como usted creía. —Y volví a patearle por el costado que tenía descubierto.

    —Mi mujer podrá ser una puta traicionera y la más perra, pero es mía. ¿Me entiende bien? ¡Solo mía, malparido! Y ya veré como me las arreglo con ella. —Y revolcándose ya en su propia sangre, en sus lágrimas, y hasta en sus orines, me agaché para cogerlo del pescuezo y con otro golpe, asestado en su pómulo, le terminé por aclarar…

    —¡Su Melissa, es mi Mariana, la mujer de mi vida! La que usted se encargó de pervertir, y no quiero volver a verlo merodear por nuestra casa. Sí llego a verlo por las cámaras de seguridad, o sí me lo encuentro por ahí… Sí me doy cuenta de qué la busca o le envía mensajes, e insiste en llamarla, yo mismo lo voy a tajar en cuadritos, y me voy a encargar de desaparecerlo de la faz de la tierra, para que no siga causando daño en otras parejas. ¿Le quedó suficientemente claro? ¿¡Pedazo de hijueputa!? —Y tras levantarme, tomé el Audi a escala, le asesté una última patada en las pelotas y salí de aquella casa, dejando la puerta abierta, sobándome la mano derecha, pero con mi ego de hombre más valorado.

    Mariana, sin palabras, se escurre de medio lado sobre mis piernas, y siento de inmediato como los riachuelos salados que emanan de su par de cielos, empapan el empeine de mi pie derecho.

  • Se cogen en trío a mi novia en Año Nuevo

    Se cogen en trío a mi novia en Año Nuevo

    Hola a todos, soy Jeremy, es la primera vez que escribo un relato, lo hago porque quisiera que alguien más lea lo que viví y sepa cómo inició el mundo en el que se cogen a mi novia y prácticamente la usan mientras ella lo disfruta.

    Comencemos con una descripción breve, tengo 22 años, aún estudio en la Universidad y estoy en un trabajo a medio tiempo, mi novia Melissa (Mel) tiene 19, estudia medicina, es una chica bonita, de cabello negro y piel blanca, delgada, pero tiene un culo muy sexy que varios de mis amigos y desconocidos desean, por otro lado sus tetas son bastante buenas, unas ricas Copa C, su cintura es espectacular y tiene unas piernas que cualquiera voltearía a ver, la verdad está muy buena jaja.

    Todo comenzó la mañana de año nuevo, Mel comentó que estaría con su familia y por esa razón no podríamos vernos, por lo que yo también armé otros planes en los que no la incluía. Pasó el día y yo salí a una fiesta bastante tranquila, al volver a casa en la tarde por ahí de las 6 pm Mel me escribió que tenía un problema en casa y que iba a salir a caminar para evitar más líos (según ella no quería ver a nadie).

    Era las 7 de la noche y no sabía nada de Mel y me preocupé así que decidí escribir un mensaje de texto «Estoy preocupado, todo está bien?». Y ella no respondió hasta las 8 de la noche. Mel dijo que estaba con su amigo Mateo, un sujeto de 28 años que una vez la tatuó y se llevan bien porque él es amigo de su hermana mayor y a veces salen a beber. Creí que estaba con su hermana así que no me preocupé, pero no fue así (lo supe luego) en ese momento solo me comentó que estaban tomando vino para ambientar porque pronto se acabaría el año y un whisky que tenía Mateo guardado de hace años, también añadió que antes de las 11 irá a casa porque ya está más tranquilo todo el alboroto qué pasó por la tarde.

    Mientras pasaba el tiempo yo estaba un poco ansioso ya que Mateo era un amigo de esos a los que no se les tiene confianza ya que aprovecha cualquier situación en la que una mujer está vulnerable para besarla o manosearla según palabras de Mel (Ella había visto como Mateo tocaba las piernas de su hermana en una reunión pasada cuando su hermana estaba con unas copas demás).

    La noche avanzaba y no recibía mensajes de Mel luego de lo que me comentó. Era más o menos las 10:00 de la noche cuando recibí una llamada, era Mel.

    Me comentó que estaba un poco tomada que aún sigue allí y que apareció otro chico (amigo de Mateo) con algo de hierba para fumar, Mel no conocía a este otro sujeto, por lo que se le hizo algo raro, pero bueno ella suele fumar normalmente cuando está tomada así que no me sorprendí, el problema es que Mel se pone muy caliente cuando fuma, pregunté si estaba con su hermana y me dijo que no, que estaba solo con ellos dos, me dio un pequeño escalofrío y sabía que algo pasaría, decidí confiar en ella y le dije que se cuide y que trate de no tomar más, me dijo que estaba todo bien y que pronto irá a casa.

    Acabó la llamada y algo en mi quería que ella se fuera de ese lugar pero al mismo tiempo quería saber que podría pasar mientras la noche avanzaba.

    Recibí una llamada a las 11:40 de la noche, Mel me dijo que tiene algo que decirme que por favor vaya a su casa que ella ya está yendo, todo esto lo dijo con una expresión desesperada y angustiada, pregunté si todo estaba bien y dijo que sí.

    Como vivimos cerca fui y al llegar la vi desarreglada, con el cabello muy despeinado, la blusa arrugada y algunas marcas en sus tetas, con una expresión de arrepentimiento procedió a contarme todo lo que sucedió y dijo que me diría todo a detalle y con la verdad.

    No quería escucharla pero mi deseo de saber que pasó y la curiosidad me mataban, quería la verdad, quería saber si realmente mi novia era tan zorra como lo imaginé o solo eran ideas mías.

    Y sí, Mel procedió y dijo lo siguiente:

    Hola Jeremy, perdón por no estar muy al tanto de los mensajes, luego de que te cuente todo esto, supongo que la relación ya no será la misma pero prometimos siempre decirnos la verdad y así será.

    Luego de caminar por la tarde fui directo a casa de Mateo porque quería tomar y olvidar un rato todo el problema que pasó, él estaba solo y me dijo que sí podía ir, al inicio solo tomamos vino, conversamos de cosas triviales y poco más, cuando empezamos a tomar el whisky por ahí de las 8:20 de la noche él me besó y yo lo correspondí, ambos estábamos tomados y él aprovechó eso para acercarse poco a poco a mi, cuando correspondí el beso supe que ya no había vuelta atrás y que de igual forma me terminarías, así que dejé que me diera más besos mientras avanzaba la noche, no creí que llegaríamos a más pero pasó.

    Yo quería escribirte para contártelo todo pero cuando lo estaba haciendo él empezó a manosear mis tetas, llevábamos media botella de whisky y yo moría de ganas que me tocara alguien. No pude pararlo y empezó a quitarme la blusa y el brasier, mis tetas quedaron totalmente desnudas, él miró mis tetas y las empezó a chupar, las lamió y mordió mucho así que yo puse el celular a un lado y dejé que me hiciera lo que quisiera.

    Me dejó marcas y dijo que yo era su zorra, eso me gustó bastante y me calentó más, me sentó en sus piernas con mis tetas ya sin nada de ropa en mi parte posterior y empecé a tocar su verga mientras me besaba, la tenía muy dura y honestamente la tenía muy grande.

    Entré en razón y paré, le dije que tengo novio y que no debo seguir con eso, pero Mateo se dio cuenta que estaba muy mojada y me sometió, agarró mi cabeza y la puso contra la pared, empezó a decirme que soy una puta, y que las putas deben recibir su merecido, se apegó a mi mucho y sentía su enorme verga en mi culo y la deseaba dentro de mí, me calentó mucho que me tratara de esa manera, a lo que solo respondí que sí que soy una puta y que me dé mi merecido cómo él desee.

    Con su mano puso mi cabeza en la mesa mientras sostenía mi cabello y quedé en una pose como arrimada en cuatro, tenía todo mi culo aún en jeans a su vista, yo estaba puesta unos jeans oscuros apretados, y para estar cómoda me había pusto en la mañana un hilo con encaje negro. En esa pose empezó a nalguearme muy fuerte y a jalar de mi cabello diciéndome que soy una perra infiel, a veces ponía su pene en mi culo y lo frotaba diciendo que me va a reventar la vagina (él aún estaba con ropa y yo traía puesta solo el jean negro y el hilo).

    Le dije que lo haga que ya no aguanto y procedió a bajarme el pantalón, vio mi hilo y dijo que ya fui preparadita para recibir una culeada de su parte, que le encantan así de zorritas, Mateo se bajó el pantalón y pude ver que tenía una verga muy grande como lo sentí cuando la toqué, tal vez unos 23 cm de largo y muy gruesa, hizo el hilo a un lado, lamió su mano para lubricar mi vagina, y luego hizo lo mismo para lubricar su verga, empezó a meterla lentamente, cuándo iba por la mitad me dio una embestida muy fuerte y me abrió toda la vagina de un solo golpe, no me esperé eso, comenzó a jalar mi cabello mientras me nalgueaba y me cogía muy duro, gemi bastante de placer y de dolor, Mateo me decía que le dijera que soy su puta pero no podía hacerlo, aunque luego eventualmente lo dije.

    Me cogió en esa posición unos 10 minutos sin parar, yo ya estaba completamente desnuda, solo con el hilo a un lado, Mateo podía ver todo de mí, mis tetas, mi culo, mi cintura, y mis piernas, él aún traía puesto su camisa, estaba mi mirada perdida de placer, mis tetas rebotando encima de la mesa y sus bolas chocando en mi vagina mientras me cogía, no nos dimos cuenta que alguien entró en casa por los gemidos fuertes que yo hacía. Y desde la cocina que tenía vista al comedor su amigo gritó «Por qué no me invitan a la fiesta?! «.

    Me puse muy roja yo estaba siendo cogida por Mateo así que me levanté de la mesa muy rápido cubriendo mis pechos mientras sentía como salía de mi interior su verga, no sé cuánto vio su amigo, y me dio mucha vergüenza saber que estuve en esa posición mientras él nos observaba y escuchaba todo, Mateo no reaccionó sorprendido, lo saludó como si nada luego de ponerse la ropa interior, supuse que lo invitó antes de que yo llegara y todo fue un accidente pero no, realmente Mateo lo había invitado para que también me coja pero no lo supe hasta después de un rato.

    Luego que agarrara al apuro mi blusa Carl (amigo de Mateo) dijo que no eran necesario que me vistiera porque ya me vio todo, fue un idiota al decir eso pero aunque me hizo poner más roja tenía razón, y aprovechando que hacía calor solo me acomodé bien el hilo y me puse la blusa sin brasier, la blusa era algo larga así que tapaba mis piernas un poco.

    Vi el reloj y era las 9 Carl y Mateo me dijeron para fumar hierba y acabar el wiskhy, acepté, ya no podía pasar nada peor que me vean incrustada la verga de un amigo, mientras gemía con las tetas desnudas y sudorosas. Empezamos a tomar más entre los tres mientras jugábamos verdad o reto y fumábamos, preguntaron cosas muy calientes como «Cuántas vergas haz probado?» «Cuál es tu pose favorita?» «A quién de los dos se la chuparías» y cosas así, y retos como besos de tres o besos individuales, me besé con ambos algunas veces y me senté en las piernas de ambos algunas otras mientras tocaban mis tetas o mi culo. La hierba me hizo poner caliente, olvidé que pasaba eso cuando fumo y por eso entré en confianza con Carl muy pronto.

    Carl me retó a llamarte a las 10 yo no quería hacerlo pero al final me convencieron y ahí te dije que estaba con ellos, mientras yo hablaba contigo ambos chupaban mis tetas, se las metían a la boca y las aplastaban, también manoseaban mi culo, y yo aguantaba las ganas de gemir al teléfono, ya no tenía nada que perder y quise saber que tan rico podía ser hacer eso, entré en calor muy rápido y luego de colgarte empezaron a manosearme más rápido y a morder mis tetas aún más.

    Carl me quería coger y Mateo le dijo que vayamos a su cuarto que él irá luego ya que él ya gozó de mi vagina, en el cuarto de Mateo nos seguimos besando y Carl sacó su verga para que se la chupara, me puso de rodillas y la puso encima de mi cara, la tenía casi del mismo tamaño que Mateo y empecé a chupársela, apenas lo conocía hace una hora y ya tenía su verga en mi boca, me sentí muy puta y eso me calentó más, se la chupé más rápido y él me dio una bofetada, me dijo que sabía que era una perra, que las infieles somos tremendas putas y ahogo su pene en mi garganta de nuevo, empecé a babear y los fluidos caían en mi blusa, para no mancharla más me la quité y volví a metérmela a la boca, lo voltee a ver y sin darme cuenta me tomó una foto mientras se la chupaba y mis tetas estaban al aire.

    No dije nada y le continúe chupando la verga, fue la única foto que me tomó, luego de estar un rato chupándole el pene me tiró en la cama y me puso con la vista hacia arriba, se subió encima de mi y puso su pene en mis tetas, quería que le haga una paja rusa con las tetas ya que las tengo grandes y eso fue lo que hice, movía mis tetas por su pene y como lo tenía largo también entraba la punta a mi boca, me dijo que soy una zorra muy complaciente y que le encanta que su amigo haya compartido a una puta infiel como yo, me dio otra bofetada y metió su pene hasta el fondo de mi garganta mientras su verga se complacía con mis grandes tetas, me atoré, jadee y abrí la boca restándolo para que lo hiciera nuevo porque me gustó, al notarlo empezó a dar embestidas muy fuertes en mi garganta y dijo que tengo una boca de prostituta, sentía muy rico como su pene entraba y salía de mi boca con esa rapidez, los fluidos me los tragaba todo y mi cara de placer estaba muy roja y con lágrimas por la enorme verga que entraba por mis labios.

    Moría de ganas por sentirlo a él también, luego de la paja rusa y las embestidas Carl se acostó y me puso encima suyo, yo me quité el hilo y me subí encima de él, sentí como me abría otro pene la vagina lentamente y empezaron las embestidas nuevamente, yo saltaba encima de su verga mientras mis grandes tetas rebotaban muy rico, Carl empezó a manosear mis tetas y a darme nalgadas mientras me cogía, yo moría de placer encima de él, el alcohol y la hierba hacían efecto y se sentía demasiado bien cómo me abrían toda, me encantaba saber que Mateo escuchaba como me estaba cogiendo así de rico su amigo desde el otro lado de la puerta, hacíamos bastante ruido y yo gemía mucho así que era inevitable no escuchar.

    Cuando estaban sus bolas rebotando en mi culo muy intensamente y yo saltaba encima de Carl mientras su verga entraba y salía de mi interior muy rápido entró Mateo a la habitación y me dijo que sabía que soy una zorrita con ganas de verga, que soy una puta, y yo empecé a gemir de placer más fuerte y a decir que soy la puta de ambos, que me usen y me hagan suya, Carl no paraba y siguió metiéndome la verga como si no estuviera nadie, Mateo veía como estaba encima de su amigo saltando y siendo penetrada sin piedad, jadeando de placer con restos de fluidos en mi cara ya que se la había chupado antes a Carl.

    Eso motivó a Mateo y sacó su pene para meterlo en mi boca mientras Carl me seguía cogiendo, Mateo tocaba mis tetas y metió su verga en mi boca mientras Carl manoseaba mi culo y penetraba mi vagina fuertemente. Yo estaba muy sudada y muy caliente, Mateo dijo que se la chupara como se la chupé a Carl, también añadió que no lo conozco de nada y que ya estoy saltando como puta encima de él y aparte que ya se la comí entera, era una verdad muy rica la que me dijo Mateo, yo soy una puta, me metí la verga de Mateo muy al fondo de mi boca y me atoré, le voltee a ver y enseguida me la metió otra vez en mi boca, les gustaba ver mi cara de puta mientras me cogían o me atragantaba.

    Luego de un rato Mateo me puso en cuatro y dijo que iba a cogerme por el culo, Carl se puso enfrente mío y se la empecé a chupar nuevamente, Mateo empezó a meter su verga en mi culo, sentía como me abría y dijo que estoy muy apretada que tengo un culazo muy rico y grande y lo nalgueo mucho, me dijo que va a reventar el culo de perra que tengo y comenzó a culearme más rápido hasta venirse dentro, me nalgueo otra vez mas fuerte y dijo que el siguiente en reventarme sería Carl, yo estaba muy adolorida y sentía como se escurría el semen de Mateo por mi culo, yo gritaba con cada embestida porque tenían penes muy grandes, todas las veces que me la metieron no usaron condón, pero ninguna terminaron dentro de mi vagina. Carl también quería mi culo así que mientras Mateo descansaba y yo estaba agotada pajeando con una mano su verga, Carl empezó a culearme también, puso su pene en mi culo y lo abrió muy rico, se sintió muy bien pero dolió muchísimo puesto que no pasó mucho de que Mateo me lo abriera, Carl me cogió más rápido que Mateo por lo que hacía más ruidos de dolor y placer al mismo tiempo, Carl también dijo que soy una perra y que espera volver a probar un culo tan rico en un futuro, que si fuera por él solo me culearía a mí siempre que pueda porque mi culo aprieta muchísimo más que el de cualquier otra puta que se ha cogido, Carl agarró mi cabeza y mientras estaba cogiéndome en cuatro por el culo empezó a jalar de mi cabello y procedió a decirme que diga que soy su prostituta, yo gemía mucho y dije que sí que él es mi dueño y yo soy una puta obediente de mis dos amos, que revienten mi culo cuando deseen y que mi boca chupará sus vergas tan ricas siempre que quieran.

    Luego de cogerme en cuatro Carl me hizo poner de pie, mis piernas temblaban de placer, apego mis grandes tetas en la cara de Mateo y empezó a encularme parada mientras Mateo metía mis tetas en su boca y las chupaba. Carl luego apego mi cara en la verga de Mateo y se la empecé a chupar, Carl también terminó dentro de mí culo, estaba sudada y agitada, tener dos vergas en el culo me dejaron con poca energía y mientras caía leche de mi culo a mis piernas, ambos estaban descansando, no dejaban de tocar mis tetas y manoseaban mucho mi cuerpo. Tomamos otro shot de whisky y fumamos un poco más, ambos se acostaron con las vergas duras de nuevo, y yo con nueva energía me turnaba para subirme encima de cada uno para que me cojan por separado, ambos amaban ver como yo saltaba en el pene del otro y rebotaban mis enormes tetas a la vista de ambos.

    Me subí encima de Carl y Mateo se puso de pie para tocarme las tetas por la espalda mientras yo rebotaba en la verga de su amigo, sentí que Mateo quería metérmela por el culo al mismo tiempo que Carl lo hacía por mi vagina, así que apegué mi tetas al pecho de Carl y me abrí con ambas manos las nalgas para que Mateo se motivará viendo mi culo abierto, al ver tremenda escena el me agarró del cabello me nalgueo y me dijo que soy una perra ninfómana que me va coger el culo y me van a hacer gritar de placer, Mateo metió su verga en mi culo muy rápido sin pensarlo mientras Carl me seguía penetrando la vagina, gemí muchísimo al sentir que entraba la verga de Mateo en mi culo, los dos me estaban penetrando muy rápido, mis grandes tetas rebotaban en la cara de Carl y Mateo no dejaba de darme nalgueadas y jalar mi cabello diciendo que son mis dueños y yo soy una perra cualquiera con ganas de ser enculada todo el tiempo, se sentía muy rico y moría de placer con cada embestida.

    Empecé a jadear y a sentirme muy bien por lo que terminé dos veces mientras ellos me seguía penetrando, luego cambiaron de lugares y sentir la verga de Mateo en la vagina fue muy rico ya que es más larga aunque Carl me sorprendió porque no me la metió por el culo, ambos me la metieron por la vagina en la misma posición, sentía dos penes enormes en mi vagina, no lo podía creer, era muy zorra, y moría de orgasmo tras orgasmo, fue muy rico todo ese sentimiento de ser penetrada por dos hombres a la vez, quería que me sigan cogiendo al mismo tiempo así, así que Mateo me levantó mientras penetraba mi vagina y me cogia en el aire mientras yo estaba enganchada con mis brazos en su cuello y con mis piernas en sus brazos, Carl no desaprovechó y al ser del mismo tamaño que Mateo él alcanzaba tranquilamente mi culo, empezó a culearme y yo tuve otro orgasmo, otra vez tenía dos penes en mis agujeros, y no dejaba de gemir y sudar de tanto placer, ambos me dijeron que soy una tremenda prostituta infiel amante de los penes gruesos, sentía como entraba y salía cada pene dentro de mi, Mateo por mi vagina y Carl por mi culo, Carl estaba a punto de terminar y me puso de rodillas para terminar en mi boca, me la metió y me tragué todo su semen, a Mateo se la chupe un rato más y terminó en mi boca también, era las 11:20, nos arreglamos al apuro y me vinieron a dejar a casa, cada que podían me tocaban el culo o las tetas mientras me cambiaba.

    Al rato te llamé para vernos y contarte todo esto, pero Mateo dijo que me costará una chupaba y otra culeada venirme a dejar así que en el camino me la metió a la boca algunas veces y luego Carl me cogió una vez más en el auto, como ya traía el culo abierto me bajé en una estación de gasolina para ir atrás del auto con Carl y que me culeara, entonces al dejar el lugar él sacó su pene erecto, y yo bajé un poco mi pantalón y mi hilo, abrí mis nalgas para entregarle el culo otra vez y me senté en su verga nuevamente, sentí como entraba y salía con facilidad de mi culo, estuvimos cogiendo así unos 10 minutos mientras Mateo manejaba hasta llegar a mi casa, mi culo rebotaba muchísimo en el pene Carl yo quería que termine antes de llegar, ya que me preocupaba que vieras como alguien más me reventaba el culo, Carl manoseó más mis tetas y besaba mi espalda y Mateo solo veía por el retrovisor como mi tetas eran aplastadas por Carl al mismo tiempo que yo estaba siendo cogida una última vez, Carl antes de terminaron también me la metió un rato por mi vagina, me levanté y sacó su pene de mi culo, y yo lo acomodé en mi apretada vagina, él agarró mi cabello y besó mi cuello mientras me cogía, se sintió muy rico como con el andar del auto entraba y salía su pene dentro de mi, para finalizar Carl me la metió otra vez por atrás y terminó en mi culo rápidamente, sudada me subí el pantalón antes de bajar del auto y ambos me nalguearon por última vez al mismo tiempo que yo sentía como chorreaba todo el semen de Carl por mi culo, me dijeron que esperan repetir esto más veces y yo asenté con la cabeza. Mateo me besó y agarró mi culo con fuerza y Carl solo se despidió de beso en la mejilla.

    Eso pasó Jeremy y entiendo que quieras terminar todo, me porté de lo peor y sé que fui muy puta. Lo siento muchísimo.

    Quedé en shock, no esperé tal relato a tal detalle de Mel, no sabía que decir, los fuegos artificiales anunciaron las 12 de la noche y sólo la abracé y le dije feliz año nuevo. Esto me había dado una erección y ella lo notó, me preguntó si eso me gustó y le dije que sí, fuimos a su cuarto y se metió mi verga en su boca, fue de las mejores chupadas que recibí, luego la desnudé la puse en cuatro y vi como le habían abierto el culo, le reventaron muy fuerte, tenía una culeada anal tremenda y la vagina también estaba muy abierta, pero como ya era muy tarde no pude cogérmela, terminé en su cara y me despedí, desde aquel día han pasado muchas cosas en nuestra relación, pero el ver el culo abierto de aquella vez jamás lo olvidaré, mi novia resultó ser tremenda puta.

  • Gran escuela de hostelería (parte 8)

    Gran escuela de hostelería (parte 8)

    Al despertar estoy sola en la cama, no sé dónde está Roel. Ay… me escuece. Aún no me creo lo que pasó anoche, nunca habíamos hablado del sexo anal, pero claramente no estaba preparada para esto, no le gusto sentirme humillada de esa manera, en otras circunstancias me hubiera gustado, pero siento que ha sido a modo de venganza y aún no sé de qué se tiene que vengar. Tengo que hablar de esto con Roel y saber que le está pasando.

    Consigo sentarme en el borde de la cama y voy al baño, allí está Roel en la bañera, me da los buenos días y lo ignoro, porque ahora mismo lo único que podría hacer es mandarlo a la mierda. Aún me fastidia más que mi cuerpo llegara al clímax con esa cosa en mi culo, me fastidia que mi cuerpo estuviera listo y mi cabeza no.

    Voy al servicio y me vuelvo a la habitación, pero oigo que viene detrás de mí, me coge de la cintura desde atrás, me abraza y me susurra:

    – Ven conmigo a la bañera, por favor. No me odies, estuviste genial y te quiero más que nunca por correrte en esa situación. – me riega el cuerpo de tiernos besos, vuelve a ser el Roel de siempre y yo estoy más confusa que nunca.

    Me da la vuelta, me besa en los labios y me coge de la mano para dirigirme a la bañera.

    Me meto en la bañera y Roel se tumba detrás de mí. Me da un masaje y después me empieza a limpiar el cuerpo con la esponja, me la pasa por el cuello, por los pechos, se toma su tiempo y empieza a bajar a mi sexo, la esponja sale a flote y su mano se queda ahí, la otra me presiona el vientre mientras entran y salen sus hábiles dedos de mi sexo, noto cada uno de sus dedos en mi vientre por esa deliciosa presión que hace, Roel me besa y me muerde tiernamente el lóbulo de la oreja y es mi perdición, me dejo ir y caigo en un orgasmo que me tensa el cuerpo y me agarrota hasta los dedos de los pies.

    Roel se levanta y me tiende la mano para que lo siga, cojo su mano y nos vamos a la ducha.

    Pone el agua a la temperatura perfecta y nos adentramos los dos en la cascada de agua, me abraza y me besa, me da la vuelta y se arrodilla, me abre las piernas y hunde su cara en mi entrepierna. ¡Dios! Apoyo las manos en la pared, se me acelera la respiración y me dejo ir de nuevo.

    Se levanta Roel y en esa misma posición me penetra fuerte y rápido, es una tortura deliciosa. De repente en una embestida siento un fuerte dolor en mi culo, grito de dolor, doy un salto y me acurruco en el rincón de la ducha. Me echo a llorar, Roel viene con gesto preocupado.

    – ¿De qué vas? ¿Qué te has creído que soy? No sé qué es lo que te pasa, pero no me gusta el plan que has llevado durante todo el día. ¡Vete a la mierda! – digo entre sollozos mientras me lo quitó de encima. Me levanto y me voy a la habitación para vestirme y marcharme. Roel me sigue intentando disculparse. – ¡No intentes disculparte! Si lo único que te interesa de mi ahora mismo es tener sexo anal, olvídame, en vez de intentar disculparte, explícame qué coño te pasa. – le espeto ya harta. Roel cambia el gesto, ahora parece dolido y enfadado.

    – ¿Que me pasa? Pues lo que me pasa es que estoy hasta las narices de tener una novia incapaz de mirarme a los ojos cuando tenemos sexo, estoy harto de verte la nuca y la espalda, me mirabas más cuando estábamos de rollo que ahora que tenemos una relación, es muy frustrante querer a alguien y no sentirse correspondido, he intentado todo esto para ver si probando cosas nuevas volvías a mí, pero no se donde esta tu cabeza, pero conmigo, no está. Así que creo que la que tiene que explicar que le pasa, eres tú, porque yo ya no sé qué hacer para que esto funcione. – Roel parece a punto de llorar, me parte el corazón, porque no ha dicho nada que no sea cierto. No sé qué responderle, así que me limito a vestirme entre lágrimas, me quito la pulsera “NoMeOlvides” que me regaló y la dejo sobre la mesita de noche y abro el móvil para pedir un Uber que me lleve a casa.

    – ¿Así que no me explicar que te pasa? Deduzco por tu silencio que no he dicho ninguna mentira. – se le caen las lágrimas mientras habla y se pasa la mano por el pelo de modo desesperado – No sé qué decirte para arreglar esto Lexa. No lo he hecho bien, pero tú tampoco. Solo déjame llevarte a casa, no cojas un Uber, yo te puedo llevar en el coche, prometo que no haré nada. Por favor.

    – Lo siento Roel, no he sido justa contigo, no has dicho ninguna mentira, eso me duele más que todo lo ocurrido. No puedo volver contigo a la ciudad, necesito pensar.

    – Si te dejo ir sola no volveré a saber de ti, te has quitado la pulsera y sé que eso es un adiós para siempre, por favor habla conmigo.

    – No tengo nada que hablar Roel, simplemente te puedo decir que no lo he hecho bien, no he sido justo y te mereces a alguien que te corresponda de verdad. – Le pongo una mano en el hombro, le doy un beso en la mejilla, cojo mi maleta y me voy.