Blog

  • Trío en la huasteca

    Trío en la huasteca

    Soy Gabriel, me conocen como Gabo. Trabajo en una empresa manufacturera y, más de las veces, hay estrés y tensión. Por esto, busco opciones de distraerme para despejarme de ese ambiente no tan agradable. Un amigo de San Luis Potosí me recomendó visitar la huasteca potosina. Así que aproveche que tenía unos días de vacaciones que me debían en el trabajo para reservar unas noches en la aldea huasteca, un lugar paradisiaco localizado en el corazón de la huasteca potosina.

    Sali temprano de casa para llegar a buena hora a la aldea y hacer check in y de ahí poder disfrutar la conexión con la naturaleza. Así lo hice, hice check in, me condujeron a la cabaña que me habían asignado. Después de dejar mi maleta, desempacar y cambiarme de ropa para estar cómodo, decidí bajar al rio para conocer la zona, ahí me tope con una pareja agradable que me saludo amablemente, les devolví el saludo y la sonrisa. Me llamo la atención la figura de ella, mujer madura muy bien conservada. Estuve un rato en el rio y de ahí regrese a darme un baño.

    Me los tope en la cena y pude comprobar lo que vi en el rio. Ella lucía un vestido corto que permitía ver lo bien torneadas que estaban sus piernas y sus redondas tetas. Los salude y me senté en una mesa al lado de ellos. Comenzamos a platicar y note que había afinidad entre los tres. Ella se llamaba Olivia y el Miguel.

    Terminamos de cenar a la vez y salimos del comedor. Caminamos hacia las cabañas y resulto que mi cabaña estaba a continuación de donde ellos estaban hospedados. Me preguntaron si ya iba a dormir, si no, me invitaban a su cabaña para seguir platicando. La conversación estaba muy buena, por lo que decidí aceptar su invitación. Solo fui a mi cabaña a prender la luz y fui a la de ellos. Abrieron la puerta y pase directo al balcón de su cabaña. Olivia tenía una bebida a su lado, Miguel me pregunto si quería tequila y acepte.

    Seguimos platicando y Olivia y yo seguimos brindando. Para ese momento no podía dejar de ver las piernas y tetas de Olivia, mi verga se había puesto dura, Olivia lo había notado y no quitaba la mirada de mi bulto. Entre a la habitación a servirme otro trago y Miguel iba detrás de mí y sin andarse por las ramas me pregunto si quería coger a Olivia, le dije que ella estaba muy sabrosa y que me encantaría. Sali al balcón y ella estaba sentada en la hamaca. Me senté frente a ella. Nos comenzamos a besar, ella me saco mi camiseta. Yo le quite su vestido y pude ver sus tetas sabrosas, las comencé a besar, sus pezones estaban duros y excitados.

    Me levanté para quitarme el shorts y ella apenas vio mi verga erecta, comenzó a hacerme oral. De ahí me volví a sentar en la hamaca frente a ella, hice a un lado su tanga e introduje un dedo en su panocha que ya estaba húmeda. Ella abrió sus piernas y le empuje mi verga, comencé a bombearla, primero despacio y después fui incrementando el ritmo. Olivia gemía, mientras Miguel tomaba video y fotos. El momento nos ganó y se nos había olvidado estábamos en el balcón. Seguramente los huéspedes de las otras cabañas de este hotel temático escucharon que estábamos cogiendo.

    Decidimos entrar en la cabaña para seguir cogiendo. Para ese momento Miguel ya se había desnudado, los dos teníamos la verga dura y erecta, Olivia se hinco frente a nosotros y comenzó a mamar las dos vergas. La pusimos en cuatro en la orilla de la cama, Miguel la cogía mientras a mi hacia oral. De ahí cambiamos lugar Miguel y yo.

    Olivia me monto, estaba empapado de sudor y ella también. Ella se vino abundantemente mientras me montaba. Todo esto lo grabo Miguel. Ella estaba insaciable. Pidió dos vergas en su panocha. Miguel y yo nos acomodamos sobre la cama de manera que nuestros huevos se tocaban y nuestras vergas estaban una al lado de la otra. De ahí, Olivia se acomodó y se introdujo las dos vergas en su vagina, ya en posición, comenzamos a bombearla y ella se movía como diosa, nos venimos los tres al mismo tiempo.

    Este ha sido el mejor trio que he hecho hasta el momento en un lugar paradisiaco.

  • El secreto de mi hermana (tercera parte)

    El secreto de mi hermana (tercera parte)

    Me dolía la espalda, ya no podía encontrar una posición cómoda para seguir escondido bajo la cama de mi hermana.

    Cuando la descubrí tomándome fotos, honestamente no sabía que hacer o qué pensar. Estaba emocionado y tenía miedo a la vez.

    Intenté hablar de eso con mi amigo más cercano, pero sabía que me etiquetaría de loco o enfermo. Quería gritarlo, pues era una sensación tan genial que quería compartirlo con todos.

    Amigo lector, te agradezco el tiempo que me prestas al descubrir conmigo el secreto de mi hermana.

    11:40 y… p.m.

    El frío del suelo me estaba congelando la espalda, tan solo esperaba una oportunidad para salir de ahí.

    Mi hermana tomó el bóxer que tenía escondido y lo llevó con ella a la cama, escuché su pantalón rozar su piel al quitárselo. Milagrosamente dejé de sentir frío el cuerpo, ahora, un calor tremendo me recorría de pies a cabeza. Escuché como olfateaba algo, podía escuchar sus pies presionar la cama. No hubo mucho que escuchar por los próximos 5 minutos, pero después de eso, pude escuchar unos delicados gemidos. Sonaba hermoso y tierno a la vez.

    Comencé a escuchar una especie de crema, creí que mi hermana se estaba colocando crema en las manos o algo así, pero tomó el rollo de papel higiénico y cortó un pedazo. Sabía que se estaba limpiando algo de entre las piernas. Gemía mientras pasaba el papel por ahí. Sin esperarlo, arrojó el papel bajo la cama. Casi casi le digo “gracias, hermana».

    Cuando vi el papel caer, el corazón se me aceleró. Ocho segundos después, otro papel cayó bajo la cama.

    Tomé uno de ellos, estaba completamente húmedo. Sin pensarlo lo llevé a mi nariz e inhalé profundo. Nada se compara con aquel delicioso y excitante olor.

    Ya había tenido la cara entre las piernas de mi “casi algo», pero esto era diferente. Mi hermana olía delicioso. Aun lado de que era mi hermana, eso lo hacía más placentero, sabía que era algo prohibido, estaba listo para pecar.

    Cuando por fin terminó de limpiarse, subió su ropa interior y su pantalón y se levantó. Abrió la puerta de su recámara y fue al baño.

    Tomé el otro papel y salí de mi escondite, miré la cama de mi hermana y sí, ahí estaba mi bóxer también húmedo, luego de que mi hermanita se divirtiera con él. Me dirigí a mi habitación y cerré la puerta con llave.

    Estuve alrededor de una hora jugando con aquellos papeles que mi hermana había arrojado bajo su cama.

    Durante las próximas dos semanas no hubo nada interesante, pero después de ese tiempo, mi prima me añadió a sus amigos en Facebook. Al día siguiente, de camino a la universidad, me encontré con ella. Al principio no la reconocí, tengo problemas de vista en el ojo derecho y no le gusta usar lentes en la calle, así que me dí cuenta que era ella hasta que se detuvo frente a mí y me cerró el paso.

    Algo que siempre odié de ella fue su escándalo para hablar. Hablaba y reía tan fuerte y sin ningún recato, que todos en la calle la volteaban a ver. Incluso a mi hermana eso le molestaba también.

    Ese día no fue la excepción. Se detuvo frente a mí impidiendo que siguiera caminando.

    —Holaaa, primo.

    Me habló con un tono de burla.

    —Hola.

    Le respondí mientras entrecerraba los ojos para ver bien quien era.

    Hacía preguntas tan obvias que me daban ganas de ignorarla y seguir caminando, pero podía ver que ahora me miraba diferente. Su mirada iba dirigida hacía mi pantalón.

    Si fuera un descarado ya le habría propuesto ir a algún motel. Después de todo, su esposo estaba de indocumentado en Estados Unidos, y ella, bueno, ella estaba sola en su casa.

    Su piel parecía brillar con el Sol. Era como un planeta reflejando aquella luz de esa estrella. Su piel morena se veía bastante bien. No dejo de odiarla, pero admito que es bastante linda.

    Cuando por la noche llegué a mi casa, mis padres no estaban. Me encontré con mi hermana en la cocina, la saludé y subí a mi habitación. Dejé la mochila en mi escritorio y me tiré en la cama. Estaba tan cansado que sin sentir me comencé a quedar dormido. Fue ahí cuando un empujón me despertó por completo. Mi hermana había entrado a mi cuarto y se había ido sobre mí.

    Admito que sí quería, pero no era forma de pedirlo.

    Mi hermana comenzó a forcejear conmigo, y yo intentaba detener sus manos. Ya se me estaba poniendo duro, fue ahí cuando mi hermana rozó su mano con él y al parecer sí lo sintió.

    Yo me hice como que no me di cuenta, y seguí peleando. Aproveché y “sin querer» toqué uno de sus pechos. Fue ahí cuando se me quedó viendo fijamente a los ojos.

    En ese momento el claxon de la camioneta de mis padres nos interrumpió. Habían llegado y tenía que ir corriendo a abrir la cochera.

    Al subir, mi hermana ya no estaba ahí.

    Después de hacer algo de tarea, me fui a bañar y llevé conmigo los recuerdos de mi hermana.

    Al llegar, quité mi almohada para prepararme para dormir, y me quedé sin palabras. Mi hermana había dejado una de sus bragas debajo de mi almohada.

    No sabía que hacer, si no decía nada y me quedaba con ella, podía ser una trampa para agarrarme y etiquetarme de depravado. Podía ir al cuarto de mi hermana en “Modo serio» y pedirle explicaciones como si yo fuera un santo recién bajado del cielo que no sabe nada sobre el incesto. O podía simplemente actuar como si todo fuera una broma y hacerme el tonto.

    Después de sentir aquella tela, después de oler y tenerla en las manos, fui hacía la habitación de mi hermana, pero no estaba.

    Cuando regresé a mi cuarto mi hermana estaba dentro y sentada en mi cama. Yo tenía sus bragas en las manos y me quedé helado y sin poder moverme.

    —¿Te gustó tu regalo? Te lo manda tu prima.

    —¿Qué?

    Solo contesté eso. No sabía que otra cosa decir.

    Mi hermana se levantó y caminó hacía mí.

    —Mi prima quiere hablar contigo, me dijo que te diera eso. Que lo disfrutes.

    Caminó hacía la puerta y la cerró después de salir.

    Seguía sin poder moverme. Mi hermana, la que hace unos momentos parecía feliz forcejeando conmigo, ahora parecía odiarme.

    Al menos ahora podía quedar en algo con mi prima. Que recalco, la odio, pero me pone loco.

    Al día siguiente, buscaba una escoba para barrer mi habitación, y al entrar a la habitación de mi hermana me encontré con su celular conectado a un enchufe y desbloqueado. Sin pensarlo dos veces lo tomé y abrí su conversación con su prima.

    No podía creer lo que estaba viendo. Las supuestas bragas de mi prima no eran de ella, eran de mi hermana. Las dos seguían conversando sobre mí, y mi prima le dió la idea a mi hermana para que dijera que aquellas bragas eran de ella, de mi prima, y no de mi hermana. Todo esto para luego preguntarme qué cosas había hecho yo con ellas.

    Ahora sí, tenía que hacer algo para que mi hermana me confesara todo eso. Todo lo que hacen ella y mi prima.

    Salí de su habitación y fui a la mía.

    No sé de qué manera hacer que mi hermana caía sola en su juego.

  • Probando a la ex-suegra

    Probando a la ex-suegra

    Lo que enseguida les contaré sucedió hace unos cuantos años atrás, esto se dio al terminar una relación de un poco más de 4 años con la que en esa entonces había sido mi pareja.

    Ya que la ruptura fue bastante repentina, lo único que pude hacer en su momento fue enviarle un mensaje en lo que hasta ese momento había sido la mejor suegra que había tenido, haciéndole mención que quedaba agradecido por la buena aceptación, pero dejándole claro que la relación con su hija había terminado sin entrar en detalles, no esperaba una respuesta muy grande de su parte, pero a la noche recibí un mensaje bastante largo de su parte en el cual expresaba de igual manera el aprecio que me había llegado a tomar durante lo que nos habíamos conocido, ya que la relación era buena me dijo que le gustaría tomar un café o una cena para poder platicar una última vez a lo cual en su momento acepte, no veía el porqué no.

    Llego el día acordado por ambos y nos llegamos a encontrar en un café en horas de la tarde, sabiendo que la hora de encuentro era justamente al inicio del tráfico en la ciudad, sabíamos que la plática podía darse de manera tranquila, sin prisas, fui el primero en llegar así que ordene las bebidas, esperándola que ingresara cuando la veo llegar, llevaba unos zapatos de tacón bajo color negro, un pantalón de lona color azul ajustado, una blusa con brillantina un poco holgada, pero con un escote considerable, el pelo con una cola y muy poco maquillaje, cuando sucedió todo esto yo tenía 27 años y ella tenía 43, es una mujer de piel blanca, una altura aproximada de 1.55, piernas gruesas, labios muy definidos, pechos grandes, buena cadera, una mujer madura bastante bien conservada, nos saludamos como era costumbre y empezamos la plática de lo más tranquilo, tocamos un poco el tema de que ya no estaría más con su hija para rápidamente cambiar el tema de conversación y ver que tal había estado el día de cada uno, así paso el tiempo y dieron las 8 de la noche aproximadamente, la plática había sido amena, pero ya era hora de despedirse.

    De camino a su carro ella me comentaba que extrañaría esas buenas pláticas que solíamos tener, una vez junto a su carro me pregunto si podíamos ir a mi departamento por una cerveza, ya que era algo que habíamos platicado hace tiempo, pero nunca habíamos quedado para tomarnos esa cerveza, yo empezaba a dudar de cuáles eran sus intenciones porque al momento de hacerme mención de eso me vio de una manera diferente a como siempre me había visto, pero sabiendo que no tenía ya nada que ver con su hija le dije que estaba bien, que me siguiera en su carro, ya que mi departamento estaba a unos 20 minutos del café, al llegar entramos al departamento y le dije que se pusiera cómoda en la sala de estar en lo que yo sacaba las cervezas de la refrigeradora, brindamos y empezamos a platicar.

    Mi mirada se dirija justo a su escote, ella se movía bastante como con la intención de que yo viera ese movimiento en su escote, después de unos minutos y sin mediar palabra se acercó a mí y me dio un topon de labios a lo que yo respondí pegándome a ella y besándola, la sujete de la cintura y sentía como su lengua se introducía por completo en mi boca, era una sensación deliciosa la que se sentía, ella me sacó la playera que tenía puesta y se subió sobre mí estando sentados en el sillón, yo le saque esa blusa holgada que tenía dejando un sujetador que pedía a gritos ser removido, casi de inmediato se lo retire y deje al descubierto esos hermosos pechos, un pezón moreno de aureola lisa.

    Ya bastante duro que de inmediato empecé a comer, mientras mi boca se ocupaba de sus pechos mis manos acariciaban esas nalgas que se ceñían con el pantalón de lona, ella de inmediato empezó a gemir, mientras se movía sobre mi, acariciaba mi cabeza mientras yo me ocupaba de acariciar su cuerpo, luego de un rato ella se bajó y se puso de rodillas delante de mí , quitándome el cinturón y bajándome los pantalones para dejar mi pene de fuera, erecto y listo para la acción, de inmediato empezó a chuparlo, la situación era deliciosa para mí, mientras con su boca chupaba mi pene y lamia mis testículos, con sus manos acariciaba y recorría mi cuerpo, en la habitación únicamente se escuchaban los gemidos que salían de mi boca y el ruido que hacía su boca al satisfacerme.

    Solo podía relajarme y disfrutar de la situación, acariciaba su cabeza mientras me relajaba, ya que sabía perfectamente que hacer y como hacerlo, luego de un rato de mucho placer me puse de pie y terminando de quitarme el pantalón la lleve a mi habitación, al entrar la empecé a besar y la coloque contra la pared, desabroche su pantalón y lo baje al mismo tiempo que bajaba su ropa interior, quitando sus zapatos, el pantalón y la ropa interior, quedo una mujer madura completamente desnuda delante de mí, muy bien conservada, con su vagina depilada, a la cual di vuelta y recosté contra la pared a lo que ella de inmediato respondió colocando sus manos en sus nalgas y abriéndolas para mí.

    Coloque casi de inmediato mi pene en la entrada de su vagina y con un leve empujón ingrese en ella, era una vagina que para la edad aún estaba bastante estrecha, bastante bien lubricada y un calor interno que me encanto, la sujetaba de la cintura y en cada embestida que daba dentro de ella, se escuchaba un pujido salir de su boca, excitado por la situación no podía dejar de penetrarla, cambiaba mis manos de su cintura hacia sus pechos, la jale de una mano y la acosté en la cama, boca arriba abriendo sus piernas, ella me veía fijamente mientras yo me introducía de manera repetida dentro de ella, no nos decíamos nada, únicamente se escuchaban gemidos y el sonido de nuestros cuerpos en cada choque de las penetraciones.

    Fue un sexo increíble, la manera en la que esa mujer me cabalgaba era indescriptible para mí, el sentir esas nalgas moviéndose tan ricas sobre mí solo me hacía agarrárselas duro y jugar con ella, al colocarla a 4 patas tuve una mejor vista de su ano que no pude evitar lamer al tenerlo en esa posición, sentía como se estremecía mientras se lo lamía a lo que rápidamente regrese a penetrarla, tenía tiempo de no sentir tal excitación al estar teniendo sexo, cuando sentí que unos 5 o 6 buenos chorros de leche salieron de mi pene y la llenaron por completo, ella lanzó un último gran gemido antes de quedarse acostada en mi cama a mi lado, acariciando y besando mi pecho, a lo que yo había quedado encantado y ella me decía lo mucho que lo había disfrutado, quedando en el arreglo que sería uno de muchos encuentros, me sentía relajado y motivado para seguirla viendo.

  • Mi tía política y un hotel en la playa (1)

    Mi tía política y un hotel en la playa (1)

    Bueno, en mi familia las salidas de vacaciones suelen ser en conjunto con varias personas. Casi siempre nos acompañan un par de tíos junto a sus familias.

    Bueno el año pasado fuimos a una playa del país (México) y lo que sucedió en ese viaje fue hermoso, excitante y delicioso.

    Como sé que les gustan las descripciones mi tía es una mujer de una estatura promedio, pero es algo llenita así que tiene unas piernas enormes y no hablemos de su culo, que cualquier pantalón que use hace que se le remarque lo grande y redondo que es, además de tener un tono de piel moreno chocolate que siempre me ha encantado.

    Al llegar al hotel nos dieron nuestras habitaciones y algo muy raro es que la habitación de la familia de mi tío estaba muy cerca de la de mi familia, cosa que sabía que iba a aprovechar. Mi tía y yo siempre nos hemos echado nuestras miradas, cuando nos abrazamos me restriega sus enormes senos y al darme un beso en ocasiones prácticamente me besa en los labios, así que muchas de mis pajas habían sido dedicadas a ella y su espléndido cuerpo.

    Durante el primer día siempre espere la oportunidad de que estuviéramos a solas pero solo ocurrió durante unos pocos minutos, durante estos me acerque a ella y le dije la verdad «Tía, usted sabe que siempre me ha atraído, su cuerpo, su forma de ser y su belleza siempre ha sido de mi interés y quería aprovechar este momento para decírselo» al decirlo sabía que podían pasar varias cosas; podía reaccionar mal, contar todo y meterme en un gran problema, podía ignorar lo que dije y hubiéramos hecho como si no hubiera pasado o podía corresponderme.

    Gracias a dios ocurrió lo último ya que ella solo se pegó a mí y me dio un beso en la mejilla, yo me moví para pegar nuestros labios y ella continuo. Mi lengua estaba dentro de su boca y la de ella dentro de la mía, las movíamos apasionadamente y yo obviamente coloqué mi mano en su enorme culo, agarrándolo y gozándolo, era tan suave, grande y redondo que tuve de inmediato una elección la cual comencé a rozarla con su entrepierna.

    Gracias a que los dos usábamos trajes de baño ya que veníamos de la playa podíamos sentir todo muy bien. No supe cuanto duramos haciendo eso pero cuando escuchamos que su esposo y mi padre venían hacia la habitación nos separamos de inmediato y yo corrí al baño para que no notaran mi erección.

    Al salir los dos actuamos como si nada hubiera pasado, pero durante los próximos días fue cuando comenzó nuestra aventura sexual sin control.

    Espero que les haya gustado esta primera parte de mi experiencia, estaré leyendo sus comentarios y observaré si quieren que cuente como continuó todo. Saludos y que tengan un buen fin de semana.

  • Los chats que aun recuerdo

    Los chats que aun recuerdo

    Mi amante, una mujer deseosa de placer. La conocí en el trabajo, en otra ocasión hablaré de ella. Lo que nos compete ahora, es la confesión de tantas veces que nos masturbamos con nuestras parejas en la casa… Y otras muchas veces que no.

    Son pocas las veces que recuerdo sentirme así de extasiado, de desear tanto a una mujer, ese incontrolable deseo de pensar en ella, poseerla y hacer con ella todo eso que tanto nos gusta.

    En esta época de tecnología y siendo amantes, hablábamos constantemente por wasaps, y casi siempre terminábamos viendo nos las caras por video llamada. Sus pedidos iniciaban con una mirada, con esos ojos entre cerrados y brillosos me decía: «Ve al baño», para cuando ella me decía eso, yo ya estaba duro y ella me mostraba sus tetas, un par de grandes y hermosas tetas, ufff como me encantaba chuparlas.

    Yo iniciaba de acuerdo a sus peticiones, mi mujer en el cuarto, mientras yo en el baño me mostraba y me tocaba, imaginaba su gran trasero. Ese culo enorme y blanco, casi pálido, lo imaginaba rosado de las nalgadas qué le daba, o cuando me decía: «Quiero que me des duro», mientras estaba sobre mi, no lo puedo explicar, sentir esos momentos, cuando ya han pasado. Imaginar su apretada vagina, parecía una virgen, siempre que estaba en ella era muy placentero para mi.

    Ella miraba todo el tiempo, hacia gestos con sus cejas y silbaba con sus labios, deseando chupar mi pene, respiraba fuertemente, lo notaba en los orificios de su nariz, y cuando yo terminaba, imaginaba sus grandes y pronunciados labios. Esos qué ella se mordía mientras veía como salía mi leche, ver eso me excitaba aún más. Era como un ritual, cada que terminaba, ella lamia sus labios y se mordía el labio inferior y me decía:

    «Mira esas venas, quisiera estar ahí para tragarme toda esa leche»

    Si mirada, me suplicaba que terminara en su boca, como tantas otras veces hice.

  • Corneador consagrado

    Corneador consagrado

    Luego de tener mi primera experiencia como corneador y quería repetir esa aventura así que seguí buscando en la página donde estaba suscrito hasta que encontré una pareja contemporánea conmigo y de la misma ciudad, quedamos en vernos para conocernos y así hicimos.

    En la cena nos conocimos, hablamos e intercambiamos fantasías y experiencias cuando me di cuenta que ellos no tenían absolutamente nada de experiencia porque eran muy jóvenes y novatos por lo que aproveché para aparentar mucho más experimentado de lo que de verdad era, les dije que había tenido muchísimas experiencias en tríos con parejas novatas (que era mentira porque solo había tenido una experiencia) demostré ser muy educado y sobre todo respetuoso.

    La chica era de piel extremadamente blanca, piernas largas, muy delgadita y casi sin tetas pero un rostro hermoso con pecas, el chico era normalito y bien vestido, me confirmaron que nunca habían hecho nada y me comentó que le gustaría ver a su chica dominada con trajes, amarrada y esas cosas pero yo la verdad de esas cosas sadomasoquistas no sabía nada, de igual manera le dije que era mi especialidad siempre y cuando ellos estuvieran de acuerdo y como yo les demostré que era todo un profesional les dije que solo le quería pedir dos cosas.

    Una era que él no se metiera el acto en ningún momento porque lo que yo tuviera con ella era una decisión que tenían que tomar antes de entrar a la habitación, la otra cosa que les impuse es que yo no acababa en preservativos, tenía que acabar en alguna parte de la chica ya sea en los pies, tetas, boca o donde sea, sé que no debía imponerme pero yo era el tipo de la experiencia!!!

    Luego de esta conversación ellos quedaron en avisarme, pasaron como 3 semanas y nada pero me daba pena escribirles hasta que un día lo hice para saludarlos. Me saludó el chico comentándome que no me habían llamado porque todavía estaba tratando de convencerla porque ella no estaba decidida ya que sentía vergüenza que él la viera, entendiendo la situación le propuse algo para ver si podía ayudarlos y no dejar pasar la oportunidad de comerme esa flaca.

    La proposición era fuéramos a un hotel y yo entrara con ella y mientras él se quedaría afuera hasta que lo llamáramos para que ella no tuviera la presión de que él estuviera ahí presente.

    El día anterior al encuentro compré un pene plástico grande, unas velas, unas cuerdas, una bola para colocarla en la boca de ella y un látigo, pues quería llegar como se los prometí, como un experto (aunque no sabía si íbamos a usar eso).

    Pues llegó el día y ellos alquilaron una habitación, cuando yo llegué él se fue y quedé solo con la flaca en la habitación, una vez solos pensaba en tratarla sutilmente para ir entrando en calor pero luego de que comenzaron los besos de un momento a otro me convertí en un patán acercándome a ella le dije que ya no había vuelta atrás y la iba a destrozar, la puse a mamar de rodillas sin mediar mucho con ella y forzándola a bajar mientras ella se oponía pero se dejaba al mismo tiempo, creo que esa muchachita me lo mamó como 15 minutos seguidos en varias posiciones y era hermoso porque se le salían las lágrimas pero lo intentaba hacer bien, cuando nos pusimos en la posición 69 estiré la mano hacia mi bolso y saqué un juguete bastante grande que había comprado el día anterior para este encuentro y así meterlo dentro de ella, la masturbé muchísimo mientras le chupaba el clítoris haciéndola gritar con los orgasmos, la puerta la habíamos dejado entreabierta para que el novio entrara cuando quisiera y así hizo cuando empezó a escuchar a su mujer gemir por las embestidas del juguetico que compré, el hombre se quedó viendo como yo la masturbaba y la mamaba toda, de pronto la chica se sacó el pene plástico de su vagina y se lo empezó a chupar mientras yo seguía comiéndome su cuca que sabía a todos sus jugos mezclado con el sabor del plástico del juguete.

    Me puse boca arriba y la chica se acercó de nuevo a mi miembro para comerlo de nuevo pero bajó lentamente hacia mis bolas lamiéndolas con mucha habilidad, yo estaba fascinado con ella y ella conmigo, posteriormente me coloqué el preservativo y se montó sobre mi mientras su novio solo podía ver que su novia iba a cabalgarme, ella tuvo fuertes orgasmos hasta que luego de un rato sentí que iba a venirme, la levanté y lleve su cara hacia mi pene, me quité el condón y le llené la boca de mucha leche que chorreaba como un manantial.

    Nos fuimos a bañar los dos mientras el esposo se quedó sentado en el sillón al lado de la cama, salimos bañados y mientras yo esperaba recuperarme serví unos tragos y le dije al esposo que ahora venia lo bueno, luego de un rato tomando y hablando un poco más relajados ella y yo empezamos de nuevo a tocarnos y besarnos, la llevé a la cama amarrando sus piernas y manos a cada punta de la cama dejándola boca abajo y dejándola inmóvil, tomé la cuerda que tiene una bola y se la puse en la boca para que no pudiera gritar.

    Esa flaca estaba divina, era flaquita pero estaba divina, le di duro por mucho rato acostada boca abajo primero por la vagina y terminé taladrándole el culo y acabando encima de sus nalgas.

    Creo que quedé como un corneador consagrado.

  • La ropa interior de mi suegra

    La ropa interior de mi suegra

    Mi suegra es una mujer de caderas anchas y un culo gordo, que en los entallados pantalones que usa se le ve un exquisito trasero, siempre me ha gustado verle el culo cuando camina, y en ocasiones fantaseo con comérmelo.

    Una vez fuimos a comprar unas cosas mi esposa, mi suegra y yo; tomamos el transporte público, una combi hacia el centro, pero esta iba llena, y nos tuvimos que ir parados, en el apretado transporte, mi suegra quedó casi enfrente mío, y cada vez que frenaba la combi, podía darle un arrimón a su rico culo, para mi buena suerte el chofer manejaba como loco, y frenaba muy brusco lo que me permitía ir le repegando la verga a mi suegra, ella se empezó a dar cuenta pero no podía irse a ningún lado por que el transporte estaba muy lleno, así viajamos cerca de 30 minutos, saboreando en la mente ese rico culote.

    En otra ocasión en una reunión familiar en casa de mis suegros, empezamos a beber, yo ya mareado por el alcohol subí al baño, cuando estaba en el baño me entraron unas ganas de oler la ropa interior de mi suegra, que ya en anteriores ocasiones sabía que dejaba en un cesto de ropa sucia, sin mucho esfuerzo encontré su pantie, lo lleve a mi nariz, y aun olía a jabón, lo restregué por mi nariz hasta que llegue a la parte de en medio, donde saboree el olor de su vagina, un olor indescriptible, de inmediato empecé a masturbarme, oliendo esa rica zona de la ropa interior, imaginando cómo se le saboreaba la vagina, me guarde la ropa interior en mi bolsillo del pantalón, me robe la prenda y durante varios días me masturbaba oliéndola. Después de unos días se perdió el olor y tuve que tirarla.

    No me atrevo a tomar otra de sus prendas por temor a que sospechen de mí, pero en ocasiones cuando los visitamos, busco de nuevo en el cesto y me masturbo con su ropa interior, en ocasiones dejo las prendas llenas de semen.

  • No quería, pero me terminó gustando

    No quería, pero me terminó gustando

    Hola, queridos lectores. A continuación les cuento lo que me sucedió hace 3 semanas en una visita a mi prima-hermana.

    Decidí viajar a visitar a mi familia materna, vivían a 12 horas de diferencia, teníamos ya bastante tiempo sin vernos y ellos siempre me reciben con mucho amor y cariño sobre todo Loiza. Mi prima Loíza y yo siempre fuimos muy unidas a pesar de la distancia y nuestra diferencia de edad, se las describo: Es flaca, alta, cabello rizado, corto, ojos color almendra y saltones, figura de modelo, tetas redondas y pequeñas, culito respingón bien conservado, ella tiene 26 y yo 20 años.

    Loíza, al verme llegar se le iluminaron esos ojos, me abrazo e inmediatamente hizo que me instalara en su cuarto, después de la cena, todos se fueron a dormir pero para Loiza y para mí sería una noche larga contándonos nuestras aventuras de sexo. Ella es muy liberal, le gusta coger con uno y con otro mientras le gusten, las historias de ella son mucho más profundas que las mías, pero no sé esperaba mi historia del rico trío que hice con mi mejor amiga, su cara era de sorpresa y excitación a la vez, mientras le contaba cada detalle de aquel trío mi hilo se iba mojando cada vez más y al terminar Loiza no aguanto se fue al baño, a masturbarse, sus gemido me llenaron de excitación pero no pasó nada más, solo dijo…

    Loiza: Mañana saldremos, y te pones bien chula.

    Nos dispusimos a dormir, a la mañana siguiente al despertar ya mi prima estaba en el baño, salí y me fijé que ya mis tíos no estaban (cosa normal, casi nunca estaban en casa, por cuestiones de trabajo saldrían por dos semanas fuera del país) Así que Loiza y yo estaríamos solas, me fui a la cocina a preparar desayuno y le escuché cantar en la ducha muy feliz, sabía que traía algo en mente

    Yo: A dónde me llevarás? Le pregunté al salir de la ducha, dándole un plato con un sándwich.

    Loíza: Tu solo arréglate, y no preguntes tanto deja que fluya mi vida.

    Su respuesta causó algo de intriga y curiosidad mucha curiosidad, al entrar ella estaba casi vestida portando un short de jeans, demasiado provocativo, con un top blanco que dejaba ver sus firmes pezones, zapatos deportivos y una cola de caballo, poco maquillaje y se sentó a comer, mientras me fui a la ducha, al entrar ella me apuraba, así que me vestí lo más rápido posible mini falda (muy parecida a la de las colegialas) color gris, top negro sin brassier mis tetas a reventar estaban, sandalias y unas coletas, me maquille y salimos yo desayunando, ella estaba muy emocionada, tomamos el ascensor y bajamos, al llegar a la salida del edificio me tomo de la mano.

    Loiza: Estás muy chula mi prima adorada, solo disfruta si

    Cada palabra me intrigaba más, no sabía a dónde y a que iba, pero si tenía leve sospecha de que algo sexual se trataba, pude ver qué en su cartera llevaba un juguete sexual, condones y lubricante. Estaba nerviosa mis manos, sudaban íbamos caminando en dirección norte, y llegamos al edificio que quedaba en una zona solitaria, entramos tomamos el elevador, y se abrió en el piso 8.

    Llegamos al departamento y ahí estaban 5 hombres, maduros muy maduros.

    Yo: Estás loca Loiza, yo no pienso entrar allí, que asco.

    Loiza: Pasa por favor, no es nada malo. Dijo mientras apretaba mi brazo y me hacía entrar.

    Al cerrar la puerta, sentí un pánico que nunca antes, los tipos se pararon para presentarse, y me besaban mis manos, sus nombres eran Ernesto, Ramón, Franck, Mauro, y por último el más viejo Irán, sus edades iban desde 47 a 54. Loíza los trataba con mucha confianza así que supuse que ya los conocía desde hace bastante.

    Loiza: Bueno yo traje a mi prima la tetona cumplí mi parte.

    Escuchar esto me confundió, Loíza me había prometido pero para qué?

    Yo: Ni creas que voy a coger con ellos le dije al oído.

    Loíza: Silencio, no es lo que crees.

    Irán: bueno muñecas vamos a jugar para romper la tensión del ambiente. Me ofrecieron bebida pero no acepte, sabía que si lo hacía serían capaz de drogarme para cogerme.

    Sacaron una botella vacía, para jugar a la botellita, verdad o reto como mejor lo conozcan. Pero esta vez solo sería reto.

    Loiza estaba excitada sus pezones estaban erectos queriendo salir del top y apretaba mis muslos.

    Continuará…

  • La sombra de lo desconocido (5): La mudanza

    La sombra de lo desconocido (5): La mudanza

    Al tedio estival se le unía un aumento de la temperatura, y por una vez, no se debía al calentamiento global. Corea del Norte probaba un nuevo misil balístico intercontinental; las calles de Caracas ardían; a nivel doméstico, había un runrún sobre la cuestión catalana que no presagiaba nada bueno, y lo que era del todo inasumible, el Madrid fichaba a Theo Hernández y a Ceballos y del Barça se iba Neymar y llegaban Coutinho y Dembelé.

    Julio se pasaba con la planificación de los preparativos para nuestra nueva vida, y, ya fuera condicionado por todas mis cesiones a ese respecto, o por el perturbador encuentro con María, nuestra vida sexual había alcanzado una intensidad de magnitud 10 en la escala sismológica de Richter. Ana estaba siempre de buen humor y predispuesta. Había cogido vacaciones a la espera de incorporarse en su nuevo puesto, y yo terminaba de cerrar varios asuntos laborales antes de irnos. Decidimos que Lucas y Sofía pasaran nuestra última semana en Madrid en un campamento de inglés en la sierra, más por disponer de tiempo para organizar los últimos detalles de la mudanza que por mejorar su destreza con la lengua de Shakespeare.

    Me despertó el agua de la ducha corriendo. Me giré y comprobé que la parte derecha de la cama donde dormía Ana aún conservaba el calor de su cuerpo y un delicioso olor, mezcla de perfume afrutado y su aroma fresco y natural. Sin perder un instante, me incorporé y me dirigí al baño. El sonido era cada vez más audible, pero no era sólo el chapoteo del agua salpicando la ducha. Me quedé observando tras la puerta entreabierta. ¡Dios! La visión era espectacular. Aprovechando la intimidad que el baño de nuestra habitación le proporcionaba y que la hora era aún temprana para que los niños se despertaran, Ana se masturbaba frenéticamente. Su silueta era visible tras la mampara, su pelo suelto empapado, una mano enjabonaba sus tetas y la otra se perdía en la profundidad de su coño, inclinando levemente su cuerpo y abriendo las piernas, en una pose tan forzada como sensual. Sus gemidos anunciaban un final próximo y yo no quise perderme la fiesta. Me desnudé y entré en la ducha acariciando su espalda desde atrás, pero ella no pareció sorprendida ni se detuvo. Más bien al contrario, aceleró los movimientos de sus dedos sobre su clítoris y sus gemidos desvergonzados se volvieron tan sonoros que temí que pudieran descubrirnos, así que le tapé la boca y mis manos tomaron el relevo de la suya amasando sus tetas y liberándola para que inmediatamente la echara hacia atrás buscando mi polla, que ya entonces alcanzaba una erección considerable. Recogí su pelo y di un tirón hacia atrás, hasta susurrarle al oído.

    – Eres una guarrilla, ¿eh?

    Sonrío un instante por respuesta, pero inmediatamente su gesto cambió, su cara dibujó una mueca, su cuerpo comenzó a contraerse y sus ojos se cerraron mientras se corría sin dejar de agarrar mi polla con firmeza. Se giró, y una sonrisa relajada pero traviesa iluminaba su cara.

    – Pues ahora te toca a ti.

    Sonó más a amenaza que a ofrecimiento, pero en mi estado de excitación no dudé ni un segundo en dejarle seguir con su juego. Su vista siguió un camino descendente hasta llegar a su mano, y lo que ésta acogía. Me miró a los ojos, me dio un pico, y comenzó un descenso hasta quedarse en cuclillas, su espectacular culo visible desde mi posición, sus tetas rozando mis muslos y con la boca a la altura de mi polla. Me lanzó una última mirada desde abajo, y con una delicadeza angelical se la metió en la boca. Cerré los ojos pensando que no tardaría ni un minuto en correrme, pero los volví a abrir al notar sus manos en mi culo. La imagen de Ana haciéndome una mamada sin usar las manos, el movimiento firme y decido de su cabeza y el calor de su lengua al contacto con mi polla era lo más aproximado al paraíso que cualquier apóstol haya detallado en los evangelios. Sujeté su cabeza con fuerza porque notaba que no aguantaba más, y comencé a convulsionar sin reparar en que aún estaba dentro de su boca. Ana abrió los ojos como platos y se separó escupiendo semen en una estampa tan delirante como morbosa.

    – Dani, joder, que ya sabes que no me gusta.

    – ¡Ufff! Perdona, se me ha ido. Es que no me he dado ni cuenta.

    Al ver que sonreía mientras se limpiaba un hilo de semen que colgaba de su barbilla, respiré aliviado, y traté de justificarme.

    – La culpa es tuya por chuparla como una profesional.

    Rio la ocurrencia, y contraatacó apretándome los huevos.

    – ¿Y cómo sabes tú cómo la chupa una profesional? Jajaja. Por listo, te toca ir a despertar a los niños y a preparar los desayunos.

    Veinte minutos más tarde entró en la cocina y fue directa a besar a Sofía y a Lucas, que desayunaban adormilados, aún en pijama. Yo hacía malabares intentando preparar cuatro zumos de naranja, un café solo, un cola-cao, un bol de leche con cereales y cuatro tostadas, en plan primer día de Tom Cruise como barman en Cocktail. Ana pareció apiadarse.

    – ¿Te ayudo?

    – No, no. No hace falta. Lo tengo todo controlado. ¿Te pongo un café con leche?

    A Ana se le escapó una sonrisa maliciosa.

    – Solo. Leche ya he tenido bastante por hoy.

    Las cápsulas de Nespresso rodaron por el suelo y le lancé una mirada de alarma, dirigiendo la vista hacia los niños, que seguían a lo suyo sin hacer caso a nuestra conversación.

    Después de una eternidad para hacer el equipaje de Lucas y Sofía como si se fueran a enrolar en La Trinidad de Fernando de Magallanes, Ana se los llevó al punto donde habían quedado con los del centro de actividades del campamento de verano de inglés, avisándome de que a la vuelta había quedado con María para ir al gimnasio, y como yo estaría en casa trabajando, no llegaría hasta la hora de comer. Sólo imaginármela con la princesa de hielo, desnudas las dos en la ducha, hizo que se me pusiera dura al instante, pero traté de desviar aquella fantasía que sabía sólo podría acarrearme problemas, y dirigir mi atención hacia el trabajo.

    Por entonces no estaban tan de moda las reuniones por Zoom, Meet, Teams o Skype, pero mis jefes, conocedores de mi situación y yo creo que hasta compadeciéndose de mí por la decisión tomada, me permitieron teletrabajar hasta que comenzara en mi nuevo destino, siempre que mi presencia no fuera necesaria en la empresa. Así que, tan pronto hube recogido el desaguisado preparado en el desayuno, me dispuse a encender el portátil y resolver temas pendientes. El sonido inesperado del timbre me interrumpió, y aunque no esperaba a nadie, agradecí poder demorar unos instantes las monótonas tareas laborales.

    Abrí la puerta y me topé con dos hombres de apariencia estrambótica. El de la izquierda era un personaje cómico, obeso, de aspecto estrafalario: no sé por qué le adjudiqué en mi imaginación un pasado circense. El de la derecha era justo lo contrario; un tipo enjuto, enclenque, desgalichado, con un contagioso tic nervioso facial que atribuí de inmediato a una antigua mala experiencia carcelaria. La primera impresión que tuve fue la de hallarme frente a dos testigos de Jehová, y me vino a la mente el cuadro Saturno devorando a su hijo, pues no descartaba que el gordo pudiera haberse zampado al mismísimo Jehová, y los nervios de su compañero se debieran a saberse el postre de un menú degustación. No sé cuánto tiempo debí pasar absorto en mis cavilaciones, cuando el corpulento operario, que parecía llevar la voz cantante, me devolvió a la realidad con un carraspeo.

    – Ejem, ejem… somos los de la mudanza… su mujer nos dijo que podíamos empezar a esta hora.

    ¡Los de la mudanza! Mis ojos se abrieron como platos. Disimulando, eché un vistazo por la ventana, tratando de divisar algún vehículo rotulado con Mudanzas y Transporte Laurel y Hardy o algo parecido, pero todo lo que encontré fue una camioneta blanca identificada con el nombre Telefurgo en los costados. Por toda respuesta, me encogí de hombros y me hice a un lado, agachando la cabeza, avergonzado por temor a que hubiera podido estar expresando mis pensamientos en voz alta, y murmurando a modo de disculpa

    – Sí, sí… claro, claro… pasar. Podéis empezar por donde queráis… intentaré molestar lo menos posible.

    Me encerré en la cocina y me puse a trabajar en el ordenador, mientras un sinfín de golpes, pasos, ruidos de muebles siendo embalados y acarreados de un lado a otro hacía que me resultara imposible concentrarme. Debían de haber pasado unas tres horas y estaba a punto de desistir y tomarme un descanso, cuando Ana abrió la puerta de la cocina. Sonrisa de oreja a oreja, radiante, ilusionada como una niña.

    – ¿Qué tal van los de la mudanza?

    Volví a encogerme de hombros

    – Todo controlado. ¿No te has duchado en el gym? Qué raro.

    Estaba espectacular, con el pelo mojado y el sudor todavía resbalándole por el cuello, el top blanco por encima del ombligo, empapado y marcando los pezones. Y, sobre todo, unas mallas Adidas de color gris claro definiendo la silueta de su culo y mostrando de forma contundente la protuberancia de su monte de Venus e insinuando una deliciosa raja entre sus piernas. Sonreí al recordar el día que se las compró y me preguntó en el probador

    – ¿Se me marcan mucho?

    – Lo normal, son mallas, son ajustadas, tienen que marcarse.

    Esa idea la debían compartir también Pepe Gotera y Otilio, que justo en ese momento asomaban por la puerta y se quedaban petrificados ante la imagen abrumadora de Ana, con los ojos a punto de salírseles de las órbitas y babeando como dos perros en celo. Ana, al percatarse de su presencia, se fue decidida hacia el gordo, y le plantó dos sonoros besos en sus mejillas, bañando de sudor su cara.

    – ¡Hola Jose! ¿Qué tal está yendo todo?

    – Bien, bien. Ya hemos terminado lo más gordo,

    Ahí tuve que tragar saliva para ahogar una risita maliciosa, pero Ana se dio cuenta y me fulminó con la mirada.

    – … y sólo nos queda meter en las cajas los objetos más pequeños, precintarlas y cargarlas en la furgoneta, pero de eso ya me ocupo yo sólo. Mi compañero ya ha terminado su jornada. Por cierto, éste es Rafael. Rafa, ésta es Ana, nuestra jefa buenorra de la que te he hablado.

    Y los tres estallaron en una sonora carcajada celebrando la ocurrencia del tal Jose. Yo observaba la surrealista escena ojiplático, más aún cuando su diminuto compañero le plantó a Ana otro par de besos en las mejillas, demasiado cerca de la comisura de sus labios, y con una sorprendente familiaridad, al apoyar su mano izquierda en la cadera de mi mujer, que no parecía demasiado sorprendida y menos aún molesta por unas muestras de afecto a mi modo de ver completamente fuera de lugar.

    El tal Rafa se despidió con una sonrisa triunfante, cerrando la puerta con el pie y llevándose consigo una caja que triplicaba el volumen de su cuerpo. Jose volvió a perderse en el dormitorio de los niños y yo me quedé a solas con Ana en la cocina. Me volví a encoger de hombros pidiendo explicaciones.

    – ¿Y estos dos? ¿De dónde has sacado a Manolo y Benito?

    Ella soltó una risotada y se aclaró la voz para comenzar a justificar la extravagante contratación.

    – A ver, al pequeño no lo conocía, pero Jose es un tío majísimo y de confianza. Es una especie de artista polifacético, pero como ahora está sin trabajo, pues está a lo que le sale, chapuzas, mudanzas… Eso cuando no está actuando. Es un músico callejero y tiene muchísimo éxito en el barrio… ¡Si hasta canta ópera!

    – ¡Hostias! ¡Pavarotti!

    No pude evitar que mi pensamiento se hiciera mínimamente audible rememorando la reciente experiencia del barítono estrafalario y Sofía.

    – ¿Qué?

    – Nada, nada… es que como os tratabais con tanta confianza…

    Ana se acercó a mí sonriendo, me cogió las manos y las llevó a sus tetas, hasta sentir sus pezones grandes y duros, pezones con los que hasta hacía un minuto escaso se habían deleitado la extraña pareja, y poniendo su mano en mi entrepierna, me susurró al oído con voz melosa.

    – Vaya, vaya. Así que mi maridito está celoso. ¿He sido demasiado cariñosa con ellos?

    Remató la última pregunta con un tono sensual y una posterior carcajada que hicieron que mi incipiente erección se desmoronara por completo. Le di un sonoro azote en el culo a modo de reproche.

    – Vete a la ducha o te vas a quedar fría, y con los pezones así de duros, tu amigo Jose se va a poner cachondo.

    – Ja, ja. ¿Yo me voy a quedar fría o tú te vas a poner caliente?

    Y salió corriendo hacia el baño, aceptando un segundo azote que hizo que su culo vibrara mínimamente, y dejándome con una sonrisa retadora y una pregunta sin terminar de salir de mis labios.

    – Con que esas tenemos, ¿eh? ¿Así que quieres jugar?

    Y de repente un pensamiento me heló la sangre. Tragué saliva. Hay veces en las que algo dentro del cerebro hace click, un desequilibrio en los neurotransmisores, una reducción en la actividad del GABA… decenas de posibilidades que convierten la idea más absurda, más disparatada, y más peligrosa en un desafío tan real y sugerente que decides jugártelo todo al 23 rojo, impar y pasa. Y cuando el croupier grita “No va más”, luchas por no perder el control y abalanzarte sobre la mesa para retirar todas tus fichas, presintiendo que en esta partida vas a perder algo mucho más importante que cualquier posesión material. Pero una vez traspasado el punto de no retorno, te dejas llevar por la excitación del momento, por el morbo de un plan diseñado en apenas diez segundos, un reto con un resultado incierto.

    Visualicé la casa en 3D, vista aérea, modo autocad, y salí apresuradamente hacia el baño de nuestra habitación, donde Ana se disponía a desnudarse para dedicar su habitual media hora larga al aseo y cuidado corporal. Si alguna vez le había afeado su falta de conciencia medioambiental, ella siempre se justificaba contraatacando.

    – Tú lo de la huella hídrica debes creer que es una serie de Netflix, ¿no? Si te ve Greta Thunberg le da un ictus.

    – Ya, pero luego bien que me dices lo suave que tengo la piel y que te encanta el olor de mi cuerpo.

    – Touché

    Llegué justo a tiempo para impedir que Ana comenzara su habitual liturgia de aseo.

    – Espera. No te duches aquí. El de la mudanza me ha dicho que iba a empezar a recoger lo más menudo por nuestra habitación para meterlo ya en las cajas y cargarlo, y que tenía para largo, así que mejor que vayas al otro baño y andas más tranquila.

    Mi discurso atropellado debió resultar convincente, porque por toda respuesta Ana se encogió de hombros, recogió sus deportivas, y se encaminó sudorosa hacia el otro baño. Una vez hubo entrecerrado la puerta, supe que era momento de actuar con celeridad, de ejecutar el absurdo plan trazado con tanta premura como inconsciencia. Sabía que lo primero que haría ella sería lavarse los dientes, antes de desnudarse y entrar en la ducha. Eso me daba unos minutos para preparar la escena.

    Sin llegar al nivel de Carlos Boyero, mi gran afición al séptimo arte me servía para mucho más que estar familiarizado con los términos plano-secuencia, travelling, raccord o rush, así que, sólo con echar un vistazo al vestíbulo, supe cómo debía ser la ubicación de cada elemento para que la toma fuera buena. Moví el espejo de pie, regalo de mi suegra, desplazándolo hasta comprobar que reflejaría todo lo que ocurriera dentro del baño. Me pareció irónico que un elemento decorativo por el que siempre había sentido repulsión, por fin fuera a resultarme práctico, y sonreí al pensar que no era probable que la madre de Ana hubiera pensado en esta utilidad en particular al comprarlo. Coloqué el móvil sobre el pequeño mueble posa llaves del recibidor, semi oculto por una vela aromática que ocupaba la mayor superficie del mismo, comprobé que el encuadre, la luz y la posición fueran los correctos, y me dispuse a interpretar mi papel. No había margen para la improvisación y el lucimiento artístico, así que me ceñí a un guion con muchos agujeros y que visto desde fuera provocaría más hilaridad que morbo y excitación, pero si hasta el mismísimo Woody Allen había sido capaz de rodar sin sonrojo Vicky, Cristina Barcelona, ¿quién era yo para renegar de mi ópera prima?

    Volví al baño. Ana terminaba de cepillarse los dientes y había abierto el grifo de la ducha a la espera de que el agua llegara caliente. Lo latidos de mi corazón ahogaban el sonido de mis palabras.

    – Nada, que el de la mudanza ya está en nuestra habitación. Yo me vuelvo a la cocina que tengo que mandar unos mails. Te dejo la puerta entreabierta que si no se empaña todo, que tú pones el agua a temperatura de Geiser del Timanfaya.

    Respondió a mi sonrisa con una mueca burlona y prosiguió su enjuague bucal sin prestarme más atención. Volví al vestíbulo, respiré hondo y pulsé REC. Luego fui en la dirección del sonido proveniente de auriculares del tal Jose. Entrando en la habitación de Lucas, lo encontré cerrando y etiquetando cajas, y me detuve al escucharle tararear una canción de Maná, como un mal augurio que me provocó un sudor frío.

    Hay mentiras en los labios

    Hay mentiras en la piel, qué dolor

    Hay mentiras, hay amantes

    Que por instantes de placer

    Ponen su vida a temblar

    Hay mentiras compasivas

    Hay mentiras por piedad

    Que no quieren lastimar

    Hay mentiras que nos hieren de verdad

    Ay, ay, ay

    Tragué saliva y me aclaré la voz, antes de tocar su hombro. Se giró y me miró con una cara que recordé haber visto en un documental sobre el pez globo del National Geographic.

    – Jose, ¿puedes venir un momento?

    Le hice señas de que me siguiera y temí quedarme en blanco al llegar al recibidor.

    – Nada… que… es que Ana se va a duchar y yo tengo que salir al súper. Tú sigue tranquilo con lo tuyo. Yo volveré en media hora o así.

    Al pronunciar la última frase me sentí tan ridículo que noté la sangre sonrojando mi cara. ¿Qué coño le importaría a ese hombre cuánto tardaba yo en volver del súper? Me faltó enseñarle la lista de la compra para corroborar mi patética excusa. Había bajado la cabeza avergonzado por mi actuación de premio Razzies a peor actor, pero al alzar la vista y encontrarme con sus ojos, supe que el peor plan de la historia estaba resultando de la mejor manera posible. Los ojos se le salían de las órbitas. Su boca permanecía abierta y una gota de sudor le resbalaba por la frente. Entonces miré al frente, más allá de su oronda figura, y vi claramente lo que él estaba viendo en el espejo tras de mí, y que le había causado tal impacto que su voz se quebró en un sonoro gallo.

    – Sí… sí, sí… yo… yo sigo… con lo mío.

    Pero no se movía ni un sólo centímetro de su posición ni abandonaba su privilegiada vista. Ajena a todo, Ana se desnudaba, con las rodillas flexionadas, deslizando las ajustadas mallas por sus muslos y arrastrando con ellas un tanga negro que dejaba visible su impresionante culo. Yo sentía mi boca pastosa, pero luchaba por sonar natural, sabiendo que si el impactado operario notaba algo extraño, mi plan fracasaría al momento.

    – Vale, pues voy a decírselo a Ana y ahora vuelvo.

    Lo dejé sin que pudiera reaccionar y fui directo al baño, abriendo aún más la puerta en el momento en el que Ana se giraba. Se acababa de sacar el top y se desabrochaba el sujetador, liberando sus imponentes tetas y sus no menos impactantes pezones, que lucían oscuros, grandes y duros, y regalando una imagen espectacular de desnudez completa al que sólo unos minutos antes la había catalogado como “buenorra”.

    – Joder, cómo tienes esto de vaho. – mentí – Dejo un poco abierto y te llevo esta ropa a la lavadora, ¿no?

    – Vale, pero no la pongas todavía, que tengo que meter mi blusa blanca.

    Salí calculando cuál sería la apertura adecuada de la puerta, suficiente para permitir una visión completa y nítida de lo que sucedía en el baño, y a la vez lo bastante discreta para no levantar sospechas. Llegué de nuevo hasta Jose, que permanecía inmóvil, imitando una suerte de versión masculina de Edith, convertida en estatua de sal, y con un volumen de voz lo bastante bajo para no ser audible desde el baño, fingí gritar sabiendo que el sonido del agua de la ducha amortiguaría mi voz.

    – Ana, te dejo aquí tu ropa sucia. Luego la metes en la lavadora. Me voy.

    Sucia sonaba demasiado obvio, debería haber dicho usada, pero quise cebar el anzuelo para que el pez globo picara sin remisión, por muy evidentes que fueran mis tretas.

    – Bueno Jose. Me voy, en media hora estoy de vuelta. Luego nos vemos.

    El pobre hombre no acertó siquiera a articular una despedida. Cerré la puerta tras de mí y suspiré aliviado. Alea iacta est.

    Salí al sofoco del bochorno estival y paseé nervioso hasta doblar el edificio y sentarme en un banco a la sombra. Mi mente imaginaba las escenas más surrealistas y pornográficas entre mi mujer y el operario de la mudanza, y aun sabiendo que eran delirios producidos por la incertidumbre de no saber lo que estaba sucediendo arriba, un profundo desasosiego se apoderó de mí. Sudaba angustiado, miraba constantemente a un reloj cuyas agujas parecían haberse detenido, me levantaba y me volvía a sentar, maldecía mi estupidez por haberme dejado llevar por un impulso absurdo e irracional. No habrían pasado más de diez o quince minutos cuando la ansiedad se hizo insoportable y emulando al maestro Fernán Gómez, pronuncié un casi inaudible “¡A la mierda!” y me apresuré de vuelta a casa a paso ligero, cual cabra de la Legión el 12 de octubre. Subí los escalones de tres en tres evitando el ascensor para que no delatara mi llegada al detenerse en el rellano. No sabía qué me encontraría al abrir la puerta. Respiré hondo, conté hasta tres y giré la llave en la cerradura.

    La escena que tuvo lugar a continuación fue la retransmisión de un encierro de Sanfermines, cuando abren la puerta del corral y los morlacos salen en estampida enfilando la cuesta de Santo Domingo antes de girar hacia Mercaderes. En mi caso, fui arrollado por un cabestro de más de cien kilos, que, si bien no me produjo herida alguna por asta de toro ni contusiones de consideración, sí hizo que me tambaleara y estuviera a punto de caer. No había visto a alguien de su peso moverse tan rápido desde que Ronaldo Nazario colgara las botas. El hombre tartamudeaba una explicación mientras aporreaba con insistencia el botón de llamada del ascensor.

    – Te-te-tengo que irme ya. Ma-ma-mañana termina Rafa. Adiós.

    Intenté recuperar el aliento y la compostura. Cerré le puerta y el silencio me permitió escuchar con nitidez el sonido de un secador de pelo, con lo que deduje que efectivamente, mi ausencia había sido más breve de lo esperado, pero eso a su vez favorecía que pudiera revisar lo que mi móvil había grabado en aquella especie de laberinto de espejos del Parque de Atracciones. En ese momento el espejo del vestíbulo reflejaba la imagen del interior del baño, pero no aparecía Ana, que debía haber cambiado de ubicación para enchufar el secador. Mi posición resultaba inmejorable para visionar la grabación y detenerla si el zumbido del secador se detenía.

    Stop. Quince minutos y trece segundos de grabación. Play. Hitchcock, Bergman, Fellini, Kurosawa, Kubrick, y ahora Daniel Torres compartiendo el Olimpo de los dioses de los directores de cine. La secuencia se iniciaba con la surrealista escena en la que Obélix y yo departíamos a cada cual más nervioso, yo de espaldas, él de frente y al fondo la hipnotizante figura de Ana. No pude evita sonreír ante la representación de esa farsa tan burda, pero sabía que no tenía mucho tiempo antes de que Ana terminara de secarse el pelo, y avancé la grabación hasta que yo cerraba la puerta y tan sólo aparecían en plano ellos dos.

    Lo primero que el operario hizo al saberse a solas con mi mujer, fue cerciorarse de que la puerta estaba bien cerrada y comprobar a través de la mirilla que yo ya había abandonado el descansillo. Miró al reloj, calculando de cuánto tiempo dispondría para llevar a cabo sus, para mí, aún oscuras intenciones. De repente desapareció de plano, y temí que hubiera vuelto al trabajo y que todo mi plan hubiera quedado en una ridícula fantasía, pero al cabo de unos segundos que se me hicieron eternos volvió a aparecer, pero esta vez situado frente al lateral espejo, evaluando cuál sería la mejor ubicación para observar lo que ocurría en el baño sin ser descubierto. ¡Premio! Miró a un lado y a otro, fijó la mirada en la visión de Ana que le ofrecía el reflejo del espejo, y llevó sus manos temblorosas a los botones de sus sucios y raídos pantalones, desabrochándolos y mostrando a cámara cómo se sacaba una polla de unas dimensiones tan escasas que me produjeron hilaridad y compasión a partes iguales… hasta que empezó a hacerse una paja con una mano, mientras con la otra sacaba algo de su bolsillo y se lo llevaba a la cara. ¡Era el tanga de Ana! El muy cabrón lo había recogido del suelo y ahora aspiraba el aroma del coño de mi mujer, mientras la veía desnuda y se masturbaba apresuradamente, sabedor de que el tiempo corría en su contra.

    Ana, mientras tanto, aparecía nítidamente al fondo, desnuda recibiendo el agua de la ducha como un bautismo de morbo, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, en gesto relajado, tan natural y a la vez tan sensual. Di por bien empleada la fortuna que habíamos pagado por el plato de ducha extra largo que hacía de plató improvisado, y por la mampara transparente hasta mitad de plato y altura completa, a medida, con tratamiento anti-agua y anti-cal, como bien se había encargado de recalcar la comercial de Roca cuando notó que mis ojos se salían de sus órbitas al presentarnos el presupuesto.

    Su imagen era tan clara que parecía que no había mampara, ni siquiera espejo, y que estaba posando desnuda solamente para la cámara de mi móvil y para el pervertido operario. Pulsó el dosificador de gel sobre un guante de crin y comenzó a enjabonarse las tetas con fuerza, que al instante comenzaron a marcarse y a cada pasada del guante, subían y bajaban pesadamente, mostrando unos pezones cada vez más duros y aumentando la erección del voyeur ocasional. Con parsimonia, gustándose y disfrutando su imaginaria soledad, volvió a echar más gel sobre el guante y en esta ocasión su mano fue directa a su delicioso coño. Flexionó las piernas y con la mano desnuda se separó los labios para alcanzar a enjabonar lo más profundo de su sexo, frotándolo con vigor, mientras la espuma y el agua resbalan por sus muslos hasta caer con estrépito formando una catarata de morbo. Repitió los mismos pasos, pero ahora llevó la mano a los hombros, bajó hasta mitad de la espalda, y se agachó ligeramente, girando el brazo y cambiando la mano de posición hasta llegar a su culo, separando uno de los cachetes y adentrando el guante a lo largo de la raja de su trasero hasta la entrada de su estrecho agujero.

    El tal Jose, mientras tanto, contemplaba el show impactado, respirando agitadamente, restregándose el tanga de Ana por la cara, y, liberando su polla por completo, desabrochó el botón de los pantalones que le resbalaron hasta los tobillos y se bajó unos calzoncillos rojos con conejitos blancos que conferían a la escena un aspecto ridículo y grotesco. Se subió un poco la camiseta, dejando que su imponente barriga mostrara apenas una pequeña pero erecta polla semioculta por un poblado vello púbico. Al fondo del plano Ana se sacaba el guante de crin y procedía a aclararse el cuerpo con sus manos desnudas. Ver pasar sus pequeñas manos por sus tetas, y sobre todo llevarlas de nuevo a su sexo abriéndoselo por completo con una mano, mientras con la otra dirigía un chorro de agua directamente al interior de su coño, fue más de lo que el operario de la mudanza pudo soportar. Se detuvo de repente, abrió los ojos como si estuviera viendo una alucinación, se llevó apresuradamente el tanga de Ana a su polla, se la envolvió con él, y comenzó a convulsionar. Si no le acabara de ver salir corriendo por la puerta, hubiera pensado que estaba sufriendo un ataque epiléptico, pero al cabo de un minuto se detuvo en seco, miró a los lados, jadeante, resoplando, se subió los calzoncillos y los pantalones, y desapareció hacia la habitación de Lucas.

    Ahogué mis carcajadas como pude por lo que consideraba había sido una pequeña travesura por mi parte. Pulsé el pause, recogí la ropa de mi mujer que había dejado amontonada en el suelo como señuelo, y la metí en la lavadora. Pero al hacerlo, un nubarrón negro de tormenta cruzó mi mente. De todo lo que acababa de ver, había algo que se me escapaba. ¿Y el tanga de Ana? Lo había visto en la polla del voyeur XXL, pero no lo llevaba en su huida. ¿Qué coño había hecho con él? ¿Se lo habría llevado como recuerdo inspirador? Infartado por un terrible presentimiento, corrí de nuevo hasta el recibidor y encontré la respuesta de inmediato. Allí, tirada en el suelo, yacía maltrecha la prenda íntima de mi mujer, y con bastante aprensión y repugnancia me di prisa en recogerla para depositarla junto al resto de la ropa sucia.

    – ¡Hostia puta! ¿Pero qué coño…?

    La sostuve con dos dedos, y con todo el asco del mundo, constaté atónito que el tanga estaba cubierto de semen en una cantidad impensable, increíble, inhumana. Aquel tío había lefado la prenda de tal modo que al sostenerla en alto, veía como colgaban de ella gruesos hilos blancuzcos hasta desprenderse y caer pesadamente al suelo. Tan confundido me encontraba, que no me di cuenta de que el sonido del secador de pelo había cesado y que en ese momento Ana aparecía en el recibidor, limpia, inmaculada, casi virginal, en contraste con el nauseabundo tanga que ahora apretaba en mi mano derecha, ocultándola de su vista tras mi espalda.

    – ¿Se ha ido ya Jose?

    – ¿Quién?… ¡Ah! Sí, sí… ya hace rato. Que terminan mañana.

    – ¿Tú has podido trabajar algo?

    – Ehhh… sí…. bueno… yo… con mis cosas… sí… algo

    Mi mujer no era Miss Marple, pero lo inconexo de mi discurso y una actitud excéntrica me condenaban sin necesidad de pruebas. Ana frunció el ceño y arqueó una ceja, como hacía con los niños cuando les descubría mintiendo.

    -¿Qué tienes en la mano?

    Tragué saliva mostrando mi mano izquierda.

    – Nada.

    – Dani… la otra

    Desistí de demorar lo inevitable y me centré en inventar una excusa convincente que justificara lo injustificable. Alargué el brazo y le mostré su tanga hecho un guiñapo, arrugado, manchado y lleno de un líquido blanco pastoso que había brotado al apretarlo en mi mano.

    Sus ojos se abrieron como platos. Lo cogió en sus manos y su cara de asombro cambió al estallar en una sonora carcajada, mientras yo me debatía entre el alivio y la tensión.

    – Cari, últimamente te gustan mucho estas guarradas, ¿eh?

    El karma me había dado una oportunidad. Ana pensaba que era yo quien me había pajeado con su tanga, llenándolo de semen. Tenía que pensar rápido para salir de aquella, una disculpa, un eximente, un atenuante que redujera mi condena.

    – Ana… yo… es que cuando se ha ido el de la mudanza… me he puesto a ver porno… y salía una que era igual que tú, te lo juro, podríais haber sido hermanas gemelas… y, bueno… estaba el tanga tirado en el suelo… y… pues eso… el resto ya te lo imaginas.

    Sus ojos brillaban divertidos y una sonrisa llenaba su cara.

    – Hablando de restos. ¿Qué quieres que haga con esto, amore?

    Sus dedos jugueteaban con las partes de semen más visible extendido en su tanga e hizo amago de acercárselo a la cara.

    – ¡No Ana!

    – ¿Qué pasa? – se detuvo extrañada

    – Joder, es que sé que no te gusta, tú misma me lo has dicho antes, y además, te acabas de duchar y no te vas a andar manchando con esto.

    Hice un intento por recuperar el tanga, pero ella lo retiró de mi alcance, sosteniéndolo en alto. Con la mirada encendida, se acercó a mí, y como si temiera que nos pudiera escuchar alguien, me susurró al oído.

    – Te he dicho que no me gusta que te corras en mi boca cuando te la estoy chupando, no que no me guste cómo sabe. Además, es que has echado como nunca. Te has debido poner a tope con lo que estuvieras viendo ¿eh?

    Se apartó, sonrió traviesa y se llevó a los labios la zona de su tanga con manchas de semen más visibles. Al retirar el tanga de su boca y comprobar que permanecían adheridos a su barbilla restos blanquecinos de lefa de su amigo Jose, me quedé inmóvil, petrificado, incapaz de hacer nada ni pronunciar ni una sola palabra. Fue ella la que actuó, llevando su mano a mi paquete y acariciando mi polla por encima de mi pantalón. Abrió los ojos entre sorprendida y admirada y exclamó casi gritando.

    – ¡Dani! ¿Has tomado viagra? ¡Te acabas de correr y ya la tienes dura otra vez!

  • A hundred sexual anonymous cases (Nº 1)

    A hundred sexual anonymous cases (Nº 1)

    Case Nº 1: Juicy

    “Honestamente no esperaba que nada de eso terminara como termino, pero admito que me cambio”

    -Anónima

    Todo empezó cuando cambie de carrera, había estado estudiando por casi un año enfermería en la famosa universidad local. Pero después de un año, decidí cambiarme a psicología, donde, después de un semestre, me empecé a sentir cómoda y donde pertenecía. Debido a que ya llevaba un año en aquella Universidad, sabía que estábamos obligados a asistir al corredor de inglés, y aunque ya debía de haber estado, en ese momento, un año arriba, nunca entre mientras estaba en enfermería ya que estaban cortos de maestros. Pero este año era la excepción.

    Profesor: Pasen pasen, ya vamos a iniciar.

    Era un nuevo profesor, era joven, demasiado joven. Y aunque ya habían pasado 10 minutos del inicio de la clase, nos dio tiempo para poder llegar cómodamente. Vestía formalmente, aunque no muy formal, era alto (para mi), tenía labios gruesos, cabello oscuro, lentes y sonreía mucho. Una vez entramos todos, cerró la puerta e inicio clases.

    Profesor: ¡Gracias a todos, los veo el jueves!

    La clase se fue rápida, nos conocimos unos a otros, ya que era una clase variada de nivel básico, y conocimos al maestro. Tenía 23 años, y yo por cumplir 19, la mayoría tenía alrededor de mi edad.

    Eventualmente, con el tiempo, me di cuenta de que su estilo de clases era muy cómodo, nos permitía hacer preguntas y nos explicaba de una manera excepcional y, al ser joven, entendía nuestras dudas y necesidades. A veces jugábamos, o descansábamos con otras actividades lúdicas. Un día, algunos se quedaron después de clases a platicar con el profesor, era abierto con su vida. Y un día, después de casi 3 meses de clases, me toco a mí la oportunidad de estar solo con el profe y platicar un poco.

    Empezamos hablando un poco sobre nuestras vidas personales, hasta que poco a poco, con la confianza y el tiempo, me anime a preguntarle sobre su vida amorosa y sexual. Me llamo, Samantha, por cierto…

    Samantha: ¿¡Que hizo que!? (Me había confesado que tuvo relaciones con la coordinadora de su carrera, hace algunos recientes ayeres)

    Profesor: Si jaja, tuvimos relaciones un par de veces, y, aunque yo pensaba que era algo temporal o ya sabes, ella empezó a encariñarse conmigo y pues tuve que decirle que no era mi plan.

    Samantha: No manches profe, se pasó (Él estaba sentado en su escritorio, y yo estaba sentado en el suelo frente a él, un poco cerca, me gustaba estar a la altura del suelo).

    Profesor: Jaja estaba más joven, y en mi temporada de locuras, era la idea. Pero en parte me arrepiento (Casi toda la conversación estuvo sentado de lado, mirándome mientras hablábamos, pero poco a poco acomodaba su cuerpo apuntando hacia mi).

    Continuamos hablando, hablo un poco más de sus encuentros y locuras sexuales, y poco a poco se fue sintiendo más cómodo; su cuerpo me lo dijo.

    Profesor: ¿Y tú? Cuéntame algo, te veo muy cómoda escuchándome, pero comparte algo jaja (Reía y sonreía, definitivamente era su mejor atributo, pero por unos segundos, antes de que sus labios se cerraran, ese era el mejor atributo realmente, como se miraban gruesos y claros en esos precisos segundos).

    Samantha: Pues no tengo jaja, soy virgen (Era la verdad, conocía sobre el tema, pero no había tenido ninguna experiencia hasta ese día).

    Profesor: No, ¿en serio? No te creo jaja (No solo estaba cómodo o sorprendido, si no interesado, abrió sus piernas y ahora estaba apuntando su cuerpo hacia mi).

    Samantha: Enserio profe, he tenido uno que otro novio, y con el ultimo lo llegue a pensar, pero no, jamás se concretó realmente algo (Él sabía que me estaba poniendo nerviosa, y sobre todo se dio cuenta que bajaba la mirada a sus labios de vez en cuando).

    Profesor: ¿Y no te llama la atención? ¿Eres hetero?

    Samantha: Claro que me llama la atención, pero también me gustaría que fuera especial, y no jaja soy bi (Empezó a hacer lo mismo, miraba mis labios de tanto en tanto y me di cuenta de que mi posición empezaba a abrirse también, hacia él).

    Profesor: Oh, ¿y cómo te diste cuenta de que eres bi?

    Samantha: Pues, aunque no he tenido relaciones con nadie, me gustan mucho los besos, demasiado y pues me he besado con algunas amigas y han sido de los mejores besos.

    Profesor: Ya veo, ¿y no has pensado en perder tu virginidad con alguna amiga?

    Ya habían pasado algunos minutos desde que iniciamos la conversación, la cual había iniciado 20 minutos antes de finalizar la clase, ya que siempre nos dejaba salir 20 minutos antes, de manera que se notaba que el corredor estaba medio vacío y que pronto seria tiempo para receso general del campus.

    Samantha: Lo llegue a pensar, pero prefiero empezar con un hombre, y saber cómo se siente.

    Y entonces lo vi, ese día el profe había llevado un pantalón de vestir, así que era fácil de verlo, pude ver como se le marcaba el paquete por la pierna, y al estar con las piernas abiertas hacia mí, se sentía como si estuviera cerca de mi cara. Y aunque lo vi por unos microsegundos, al volver a ver su rostro, noto que lo vi.

    Profesor: ¿Todo bien Sam? (Su rostro había cambiado, sus ojos más que nada, y sonreía de la manera que hacía que sus labios se notaran perfectamente).

    Samantha: Si si… Ya no hay nadie, ¿verdad? (Pensaba hacer alguna pregunta, solo para despistar y cambiar el tema, pero salió una pregunta que definitivamente no pensaba).

    Profesor: Jaja si, no se escucha nadie, y casi son justo las 2, ¿por qué la pregunta? (Exacto, porque la pregunta…)

    Samantha: Nomas nomas, no quiero que nos cachen hablando de esto jaja…

    Se acomodo el pantalón, de manera que era más obvio, lo mire y hubo unos segundos de silencio. Trague saliva y busque su mirada. “O me quedo o me voy” pensé, sus labios se miraban perfecto, y nuestras miradas se cruzaron.

    Fue entonces cuando me decidí.

    Samantha: Profe, ¿usted que prefiere? ¿Senos o culo?

    Profesor: Amo los senos, pero no podría vivir sin culo. Hasta ahora no había dado una descripción de como soy, físicamente. Soy algo chaparra, tengo caderas grandes y considero que un bonito trasero, no tengo muchos senos, soy de piel blanca con pecas y cabello rizado.

    Samantha: ¿En serio? ¿Por qué? (Intentaba dominar la conversación, pero entonces se puso de pie para demostrar su respuesta).

    Profesor: Porque no puedes tener sexo sin culo, los golpes y movimientos se sienten secos (Respondió mientras imitaba una escena de sexo, poniendo sus manos y brazos frente a él y moviendo a la cadera como si estuviera dándole a alguien duro).

    Samantha: Jaja ya veo… (Definitivamente había perdido la batalla, y probablemente la guerra, ahora estaba absorta en su pene, que, aunque estaba sobre la altura de mi cabeza aun podía acercarme a él.)

    Profesor: Ven (Me extendió la mano, la mire por un segundo, y la tome, incorporándome hacia él). ¿Qué pasa Sam? Hay algo que quieras decirme… ¿O hacer?

    Sam: ¿Eh? Jaja no, ¿de que habla? (Sonrió, y fue entnoces cuando dejé de pensar y demostré abiertamente que estaba nerviosa. Qué más da, el gano, y en el fondo…).

    Profesor: Ya sabes, veo que no dejas de ver mis labios. (Dijo mientras se acercaba a mí y me acariciaba la mano).

    Se detuvo, cerca de mi rostro, estábamos solos en el salón, en el corredor y aunque no en el edificio, se sentía como tal. Cerré los ojos y me acerqué un poco más, y fue entonces cuando sentí sus labios. Conectándose con los míos, humedeciéndolos poco a poco. Primero empezó lento, y una vez que tomo mis caderas, yo abrace su cuello y se volvió apasionado.

    Demasiado, empezamos a forcejear, hasta que me puse contra el pupitre más cercano y me levanto para que me sentara, se pegó a mí y mis piernas abrazaron su cadera. Me detuve un segundo y di un pequeño jadeo cuando sentí su verga contra mi vagina, aun sobre la ropa pude sentirla tan claramente.

    Nos miramos por un segundo, y empezó el espectáculo, desabroché un poco su camisa y metí mi mano para sentir su cuerpo, el metió la mano debajo de mi blusa y empezó a hacer lo mismo. Seguimos besándonos, una de mis manos estaba en su rostro, y una de sus manos bajo a mi pierna, levantándola y pegando más nuestros cuerpos. Antes de subir a su pecho ambos empezamos a usar la lengua, empecé a sentir húmeda la vagina, y de seguro también el empezó a sentirse húmedo.

    De repente, sin aviso, me quito la blusa, me quede en shock mientras la ponía a un lado y me dejaba en bra.

    Sam: Profe, ¿qué hace? Si nos cachan nos mataran (Le pregunte, no realmente asustada ni preocupada, caliente, pero tapándome).

    Profesor: Sabes que no será así (Decía mientras caminaba hacia la puerta y le ponía seguro y apagaba la luz).

    Sam: Jaja… ¿Realmente vamos a hacer esto? (No pretendía fingir inocencia, claramente era inocente, pero claro que quería esto).

    Profesor: ¿Quieres? Si es demasiado nos podemos detener.

    Sam: Yo quiero, y creo que usted también (Le conteste mientras quitaba mis manos de mi bra).

    Profesor: Tu, háblame de tu (Me contesto con una sonrisa mientras se acercaba a mí y tomaba mi rostro para besarme un poco más).

    Después de unos besos, bajo sus manos a mi bra, y empezó a desabrocharlo. Una vez lo quito, miro mis tetas, pequeñas, blancas y con unas pecas. Se detuvo y las admiro, y después bajo y empezó a saborearlas con su boca y lengua, lo que me hizo jadear mucho y ponerme sensible. Tome su cabeza y aprete su cabello mientras con la otra mano buscaba mi vagina, esta empezaba a vibrar, lo cual nunca me habia pasado.

    Sam: Quiero… Quiero más, mucho más.

    Se detuvo, y sonrió, y entonces me bajo del mesabanco y me puso de pie.

    Empezó a desabrochar su pantalón, pero lo detuve y lo miré; quería hacerlo yo. Así que empecé a desabrocharlo, los pantalones cayeron de golpe hasta abajo, tenía un bóxer negro y su verga quería desesperadamente salir. Lo baje y esta reboto libremente sobre mi cara, estaba gruesa, algo húmeda y tenía un olor que me llamaba a acercarme.

    Profesor: ¿Necesitas que te guie? (Me pregunto, lo cual me pareció adorable).

    Sam: No, creo que sé que hacer.

    Le conteste, honestamente, era la primera vez que tenía una verga frente a mí, y sobre todo tan cerca, pero sabía que se debía de hacer. Había visto pornografía, y había tenido conversaciones con amigas sobre esto. Cerré los ojos un poco y abrí la boca, y poco a poco la metí completo a mi boca, humedeciéndola. Una vez hice eso, la empecé a sacar y meter, mientras chupaba y succionaba con gusto, sentí como lo disfrutaba, jadeaba un poco. Y en un momento, puso su mano sobre mi cabeza, aplicando algo de presión, ayudándome a guiarme hasta que pude tenerla entera en mi boca, tocaba el fondo de mi garganta, y me provocaba tanto placer. Después de, lo que me pareció unos minutos, me tomo de los hombros y me levanto.

    Profesor: ¿Lista? Voy a darte la vuelta y darte la demostración de lo que te dije.

    Sam: Lista (Sonreí, mientras me daba la vuelta y me bajaba la falda larga que traía, cayó al suelo también, y tenía un pequeño calzón rosa de encaje, no pude ver su rostro, pero podía sentir su mirada clavada, masajeo mi trasero unos segundos y finalmente me lo quito. Se levanto e inclino mi espalda un poco contra el mesabanco).

    Profesor: Definitivamente tienes un trasero que tenía ganas de romper… Ahí voy, empezare lento para que no te duela, siempre duele la primera vez, aunque hay algunas excepciones. (Comento mientras sentía como acercaba su verga a la entrada de mi vagina). Y entonces entro, ambos estábamos muy mojados, tanto que no dolió como pensé que dolería, entro y se quedó ahí unos segundos.

    Profesor: ¿Como se siente? ¿La saco o la meto más? “Mas!?” Pensé, saca de onda, que ya la había metido toda.

    Sam: No, métela toda, no me está doliendo (Le conteste, y acto seguido, me embistió con el resto de su verga. Definitivamente no había sido toda, y aunque no dolía como otras lo pintaban, definitivamente dolió lo suficiente como para que hiciera un gesto y pusiera ambas manos sobre el pupitre).

    Profesor: Ahhh Dios, si, de esto estaba hablando. Si te duele me dices.

    Sam: Si profe… Dele, yo aguanto.

    Dicho y eso, me tomo de la cadera y empezó a darme, tan duro y fuerte que sentía que me iba a romper en cualquier momento, escuchaba el chasquido de nuestros cuerpos en todo el salón; mi trasero y su cadera.

    En un momento tomo mi cabello y empezó a jalarlo mientras su verga entraba y salía de mi vagina, ambos estábamos tan húmedos y empecé a gemir en un punto. Mis ojos daban vuelta y el dolor se hizo soportable pero el placer me llenaba por completo.

    Sam: Mas fuerte más fuerte, me está encantado (Le pedí, inconscientemente).

    Profesor: Como digas Sam.

    Me contesto, seguramente sonriendo, y me tomo de las caderas empezando a darme más fuerte y duro, lo cual creía imposible. Empezó a darme nalgadas, dejándome las manos marcadas por mi piel blanca y sensible. Empezó a jadear mientras yo gemía con más fuerza, quería romper el mesabanco y que el me rompiera también. Y entonces, paso. Empezó a gemir a la par de mí y sentí como su verga vibraba y me llenaba de un líquido caliente que sin duda identifiqué como su semen. Quería saborearlo, quería sentirlo, en mi cara, en mis senos en todo mi cuerpo, pero por ahora estaba extasiada y satisfecha con sentirlo llenarme, tanto que sentía que empezaba a escurrirse por mi pierna. Nos detuvimos, jadeando un poco. Saco su verga, y me voltee a verla, estaba roja y palpitando, con algo de semen en la cabeza. Saco papel de su mochila, y se limpió, me extendió un poco y empecé a limpiarme la pierna; definitivamente fue mucho semen, seguía escurriendo.

    Después de unos segundos, nos vimos y sonreímos.

    Profesor: ¿Entendiste el ejemplo? (Me pregunto, mirando mis caderas).

    Sam: Si, pero creo que no me quedo muy claro, puede que después necesite más…

    Profesor: Jaja, ¿así que así de rápido perdiste la inocencia? (Me pregunto y ambos sonreímos. Se acerco a mí y nos besamos un poco más.)

    Ese día fue la primera vez que lo hicimos, la primera vez que perdí mi virginidad, con mi profesor de inglés. Tuvimos sexo en el salón que me impartía clases, y no fue la primera vez, fueron varias. Algunas en la escuela, algunas en su casa, en la mía. Dios, el sexo con él era lo mejor…