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  • Sigo explorando lo que descubrí con mi ex (parte 2)

    Sigo explorando lo que descubrí con mi ex (parte 2)

    Yo ya estaba abocado a darle placer con mi lengua en su concha mientras mis manos jugaban con sus nalgas, concentrado en el sabor más fuerte que sale de cada pliegue cuando el celular volvió a sonar.

    -¿Qué le digo?

    -Contale la verdad, va a pensar que de tan frontal que se lo decías es mentira.

    -Qué divino que movés la lengua ¡hijo de puta!

    La miré, me sonreí y busqué en algún lugar más profundo mientras dejaba caer mayor cantidad de mi saliva para tomarla con mis dedos en sus nalgas e ir masajeando su esfínter.

    – Atienda señorita -le dije y seguí besándola toda.

    – ¿Hola amor cómo estás? El silencio del otro lado denotaba intriga, como si quisiera saber dónde estaba su mujer o si estaba con alguien.

    – ¿Qué hacés amor? ¿A dónde te fuiste? ¿Te pasó algo?

    – No me pasó nada amor, sólo se me ocurrió una idea. El otro día leí unas páginas que vos habías dejado abiertas sin querer en la compu que hablaban de sexo, tríos y otras cosas que nunca imaginé que vos llegarías a clickear, lo de los transexuales me pareció demasiado para vos…

    – No amor pero pará pará, que esté en la página no quiere decir que los lea a todos los relatos.

    – Amor, no aclares por favor, no soy tonta, esas páginas las encontré en el historial.

    El silencio que sentí del otro lado, como hombre me pareció, estremecedor, a mí me excitó mucho más y me hizo sentir que si la relación entre ellos dos iba a seguir por ese camino, la iba a pasar muy bien, así que seguí besando aquélla conchita que con la charla al principio se había puesto un poco distante, pero que a medida que tomaba el dominio de la conversación e iba sacando temas que como mujer, parece que la habían atormentado durante un tiempo, empezaba a mojarse más. Es maravilloso sentir en la lengua como salen jugos de lugares inesperados, la mujer es un ser maravilloso cuando conecta sin tapujos con su sexualidad.

    – Así que calladito perro, estoy enojada porque no me dijiste nada que te excitaban ese tipo de actividades. ¿Has estado con algún travesti en este tiempo?

    -¡No amor! A veces entro por curiosear nomás, para saber como es ese mundo nada más por favor.

    -Bueno, te voy a creer, aunque yo si te voy a confesar algo. De leer uno de los relatos que “vos entraste” (remarcó suavemente esas palabras) me hice una idea que me dejó muy caliente… se permitió descargar la excitación que mi lengua le estaba dando, el marido obviamente ya había entendido que ella se estaba tocando, en el mejor de los casos sola, pero no estaba en situación de preguntar nada, su mujer había descubierto una de sus actividades secretas y encima, de las que cuestionaban su integridad como macho de la pareja.

    -¿Qué es lo que te dejó caliente amor? El tono de él era casi de súplica pero ella, indiferente, dueña de la situación le dijo

    -Andá al baño.

    – Si ya voy pará que le aviso a los niños por cualquier cosa.

    -Ya estoy contame…

    – Bueno, ¿sabés que me calentó mucho?

    Ya a esa altura era indisimulado para el marido que ella se estaba tocando, porque su respiración era más agitada y con su mano en mi cabeza simulaba una masturbación a la vista del celular de él. Sacate la ropa, quiero verte desnuda.

    La palabra en femenino generó un cambio muy fuerte en la conversación, él quiso frenar diciéndole “Pará amor…” pero ella lo cortó y le volvió a preguntar ¿Querés que te diga lo que me excitó o no?

    Sentí en el sonido del celular el ruido del cinto cayendo en el piso, me sonreí sobre su concha a lo que ella me agradeció mirando para abajo y soltando una sonrisa. Algo que se ve que él del otro lado no vio porque estaría quitándose la ropa.

    -Ya estoy desnudo amor, ¿me contás ahora qué es lo que te excitó de lo que leíste?

    – Mmmmh, ahora me excita ver la calentura que tenés, está mojada tu pija?

    -Si amor claro, me excita mucho que te estés tocando y sentirte así tan, liberada, ¿Te excitó leer esas páginas de internet?

    -Lo que me excitó fue que las leyeras vos y saber que tenías todo ese mundo en la cabeza, y me gusta verte con la pija tan parada sin siquiera tocarte, se ve que a vos también te liberó saber que conozco ese mundo tuyo.

    -Si amor, me excita esta charla, pero te vuelvo a decir lo de los relatos esos, aunque haya entrado no es que me exciten… pero ella lo cortó de nuevo. Shhh, no quiero más mentiras, ahora así desnudo quiero que escuches lo que se me ocurrió leyendo las historias que “vos” (nuevamente el aumento sutil del tono de voz) leíste antes. Hice unas mezclas a mi gusto, y voy a ver si te gustan con la reacción de tu cuerpo, por eso quiero que te quedes ahí parada con el celular enfrente.

    Ya el uso del femenino no llamaba la atención y él parecía haber aceptado esa sumisión, al menos hasta saber lo que a su esposa le había excitado tanto.

    -Bueno, imaginé que un día vos llegabas a casa de trabajar, los niños no estaban y teníamos dos horas para nosotros, que vos quisiste aprovechar para hacer el amor como tradicionalmente lo hacemos, pero que yo te frenaba en medio de los besos y te dije, andá a bañarte primero que hoy sos todo mío. Tus ojos más excitados que de costumbre me miran, me das un beso largo y me decís, “si mi capitana” a lo que yo te digo, pero antes límpiame bien la concha que acabo de ir al baño antes que llegaras y me guardé para tu lengua, así que si sentís algún sabor fuerte es por eso. Vos me besaste apenas por arriba, pero yo te dije que no, que así no se besa a la capitana, y te ordené que me pasaras la lengua por toda la raja y con la lengua bien ancha, para limpiarme toda toda, y luego de esa primera pasada te pedí que hicieras una segunda pero empezando desde el agujero de mi culo y metiendo al final toda tu lengua en mi concha y que te tomaras todo lo que adentro de mí había.

    En esos momentos él cortó el cuento y le dijo “me encanta hasta ahora tu excitación amor, pero ¿por qué no me lo pediste alguna vez?” No lo sé amor, probablemente dejé siempre que fueras vos el que llevara las actividades sexuales, pero ahora viendo tu pija que no baja y que no podés evitar tocarte, me doy cuenta que es lo que voy a empezar a hacer.

    Recién con esas palabras él miró sus manos que automáticamente acariciaban sin parar su pija.

    -¿Ya está mojada? Preguntó ella.

    -Si amor.

    -Bueno, quiero ver como sacás un poco de ese líquido, lo ponés en tu mano y te lo chupás porque ahora ese sabor me va a servir para contarte la otra parte de la historia.

    A esta altura ella estaba por acabarse en mi boca, yo estaba todo empapado y con la pija con ganas de cogerla por todos lados. El silencio del otro lado significaba que él estaba haciendo lo que ella le había pedido.

    – Ya está, le dijo.

    -No amor, va a estar cuando yo te diga, porque en mi cuento que me imaginé después de leer tus páginas porno (remarcado de nuevo) yo acababa de coger con alguien y vos sin saber, en esas metidas de lengua y chupadas, te estabas tomando toda la leche que me habían dejado adentro. Y no hagas caras porque algo así, o peor, he leído en esas historias, además… jaja mirá amor! Su risa sonaba a liberación, alegría, descubrimiento y mucha excitación. ¡Te chorrea la pija después que te dije eso! así que quiero, ahora que sabemos lo que te está excitando.

    – Pero amor… Pero amor nada, quiero que te limpies todo eso que te está goteando, te lo pongas en la palma de tu mano, cierres los ojos y le lo lamas como si estuvieras besando mi concha con la leche de mi amante adentro, bien limpita tenés que dejarme.

    – Bueno amor.

    Ella tapó la cámara con el dedo mientras la dio vuelta para mostrarme como estaba el marido, desnudo apoyado en la pared, lamiendo su casi acabada y con la pija bien alta. En lógica comparación la de él no estaba mal pero me sentí cómodo sabiendo que además de cogerle a la mujer ella iba a tener conmigo una pija más linda, cosa que en algún momento de su mamada me dijo.

    – Pero si serás puta tragaleche y encima de eso cada vez que te hablo así parece que te fueras a acabar. Así que ahora pensando directamente en chuparle la pija a mi amante enseguida que la saca de mi concha mientas le pedís por favor que te de la leche en tu boca como una puta desesperada quiero que te acab…

    No terminó de decir eso cuando el marido ya estaba de rodillas en el piso acabándose todo, no aguantó y terminó en cuatro patas de ojos cerrados sin escuchar siquiera a su mujer, moviéndose como si estuviera cogiendo, o lo estuvieran cogiendo inmerso en su propio mundo de deseos.

    Ella lo dejó un rato así mientras bajó a chupármela a mí, siempre con su cámara tapada. Al rato él empezó a suspirar más relajado y ya más recuperado pareció intentar hablar pero supongo yo, la vergüenza de haber sido descubierto en sus deseos más íntimos por su pareja, no lo dejaban. Entonces ella soltó mi pija, sacó el dedo de la cámara y le dijo.

    -¿Mmmmhhh acabaste putito cornudo?

    – Ay amor por favor no sigas, esto es muy nuevo para los dos por favor no sigas.

    -Bueno amor, tenés razón. Ya salgo para ahí.

    – Sí por favor, vení que te quiero coger.

    – Me vas a coger como yo te diga pero antes, te corto porque me voy a llenar de leche la concha para que al volver me cumplas el deseo que vos me despertaste con tus historias de internet.

    – Amor pará, eso es joda ¿no?

    – No lo sé amor, si es joda o no, es lo mismo, en la mente ya me recogí a otra persona para llenarme de leche para que se la tomes y a vos te encantó, eso es lo que importa. Nos vemos en un rato cornu…

    – Jaja nos vemos en un rato.

    Cuando colgó se agarró la cabeza y me decía ¿Qué hice? ¡No lo puedo creer! ¡Superé todas mis expectativas! Gracias, gracias, gracias, me agarraba la cara me daba besos por todos lados, me abrazaba, me decía ay te amo, te amo, te amo, no me importa que te asustes, yo sé de qué manera te amo. Gracias! Cogeme toda por favor soy tuya y acabame toda adentro, que ya sabés quién se la va a tomar.

    Yo también la abrazaba, la besaba y en cierta medida también amaba a esa mujer que se había presentado ante mí. Sin dudas que nuestra energía había despertado algo en los dos. Así que acto seguido, lo que pasó allí no fue sólo una cogida, sino una unión de algo más entre dos personas.

  • Sexo en casa al volver de la ofi

    Sexo en casa al volver de la ofi

    –Hoy mi jefa me ha dado muchos azotes en el culo porque he metido la pata. –confiesa Marta.

    Juan, sentado en una silla, observa a su chica mientras saborea un trozo de chocolate negro y amargo.

    El traje, pantalón y chaqueta de color gris. La camisa blanca bajo la que se adivinan los pechos medianos que tantas veces ha saboreado. El cabello recogido en una coleta, la frente despejada que, junto a unas gafas de montura pequeña, ofrecen una imagen de inteligencia.

    –¿Quieres un poco de chocolate?

    La chica mira distraída la tableta, fijándose en la mano que la sostiene. Una mano grande, poderosa, viril. Involuntariamente contrae las nalgas para relajarlas solo un instante después sabedora de que, en aquel hombre, todo es ternura. De repente, provocadora, le increpa sin motivo.

    –Es por tu culpa, me consientes todo y luego son otras personas las que tienen que corregirme.

    Juan deja la tableta de chocolate en la mesa y mira intensamente a Marta.

    La mujer tiembla ligeramente y, distraídamente, pasea su lengua por los labios resecos, notando que le falta saliva.

    El hombre sigue el gesto con su mirada y pregunta.

    –¿Quieres un poco de vino?

    Ella asiente.

    Mientras bebe Juan toma la palabra de nuevo.

    –¿Escuece? ¿quieres que le eche un ojo?

    Marta apura la copa, deja el vaso sobre la mesa y se ruboriza.

    Luego, mecánicamente, se quita las gafas dejándolas en una mesilla, se desabrocha los pantalones y dando la espalda a Juan, se baja las bragas dejando su trasero al aire.

    Su chico traga saliva, se pone en pie y acercándose a ella, comienza a acariciar las nalgas coloradas. Luego, sin dejar de tocarle el culo, con la mano derecha toma su mejilla y la besa. El sabor del vino y el chocolate se combinan de manera deliciosa con el sabor del propio beso. Las lenguas se encuentran con avidez.

    Marta, con la respiración agitada, susurra.

    –Tómame, hazme tuya.

    –Pero el trasero, el escozor…

    –Te necesito dentro, ahora, azótame si quieres, pero tómame ya…

    Juan le da un azote en la nalga y Marta dibuja una mueca de dolor. Juan va a pedir perdón pero la mirada de ella, el deseo en sus ojos, la visión de ese cuerpo temblando lo acelera todo.

    En menos de un minuto se quita la ropa mientras la chica hace lo mismo dejando al aire sus pechos coronadas por pezones oscuros y erectos. Luego se pone de cuclillas, agarra el pene de su chico y lo mete en su boca. La saliva se escapa por la comisura de sus labios mientras chupa el miembro palpitante.

    Todo va muy deprisa, Juan, sin reconocerse a si mismo, llevado por la lujuria, se muestra rudo, salvaje. Sin miramientos empuja a Marta sobre el sillón.

    –Boca abajo ramera. –dice empleando un lenguaje que suena soez en su boca.

    Marta, sorprendida por el calificativo, pero dominada por su propia pasión. Obedece y se deja caer sobre su estómago abriendo las piernas para facilitar el acceso a su sexo. El dedo de Juan se introduce en la vagina empapada de Marta con suma facilidad.

    Esta lista.

    Sin perder tiempo, se coloca sobre ella, desliza su miembro crecido por la receptiva abertura y empuja con decisión. Marta, presa del placer, gime. Juan coge ritmo e inserta y saca el pene moviendo sus caderas cada vez más rápido, impulsado por los gritos de su compañera, animado por su propio deseo. No mucho después, incapaz de aguantar un segundo más todo el semen concentrado, saca su miembro, descarga el viscoso líquido sobre los glúteos de Marta y deja caer su peso sobre ella cubriéndola por completo mientras besa su cuello y nota en su piel las convulsiones propias del orgasmo femenino.

    Luego, tras un ligero mareo. Ambos descansan rendidos sobre el sillón, sus cuerpos pegados, los líquidos pegajosos sobre la piel, el hilillo transparente de la punta del pene deslizándose sobre el muslo de él. Ninguno de los dos tiene prisa por limpiarse.

  • ¡Lluvia de vergas!

    ¡Lluvia de vergas!

    Pasaron 6 meses y mi obsesión por el esperma de mi papá seguía creciendo. Hasta que un día en su trabajo me cambió la vida.

    Salí de la universidad y estaba muy cachonda pensando en la verga de mi papá viniéndose en mis pies y penetrándome el ano. En ese momento deseaba tanto tener su verga adentro de mí, que no pude esperarme a que llegara la noche, así que decidí visitarlo a su trabajo. Mi papá trabaja en un estudio de fotografía y se dedica a fotografía de modelaje.

    Llegué al estudio y mi papá estaba en medio de una sesión. Me vio de lejos y se puso muy contento, y se acercó corriendo hacia mí. Me abrazó pero yo lo abracé más fuerte, y le dije al oído: “Papi ya no puedo esperar, necesito tu verga ya, la necesito ya aquí adentro”. Le agarré la mano y se la bajé hasta mi cuca para que pudiera sentir lo mojada que estaba. Yo llevaba puesto un vestido corto de color verde olivo, unas sandalias marrones y no llevaba bragas puestas.

    Cuando sintió que mi vagina estaba muy mojada, inmediatamente se calentó y pude sentir cómo su verga poco a poco se ponía dura. Seguíamos abrazados, él tenía su brazo derecho alrededor de mi cuello y su mano izquierda metida debajo de mi vestido metiéndome los dedos, mientras yo lo abrazaba de la cintura y le empecé a acariciar la verga con mi mano derecha. Aunque estábamos detrás de un escenario, tratamos de ser muy discretos fingiendo que sólo nos abrazábamos. Pero sin poder resistirme a las caricias de mi papá, me vine con un squirt muy fuerte pero muy rápido que mojó el suelo, y se me escapó un gemido que se escuchó en todo el estudio.

    Mi papá se asustó mucho, me tapó la boca con su mano llena de mis fluidos y empezó a voltear hacia todos lados para ver si alguien nos había visto. Pasaron uno o dos minutos y nadie apareció cerca. Entonces yo caminé hacia atrás, me senté sobre una mesa que estaba cerca, extendí mis pies hacia mi papá y le dije: “Por favor papi, estos dedos necesitan que los llenes de leche”. Empecé a mover mis dedos y a abrirlos y cerrarlos para provocarlo. No me importó estar tan expuestos a que nos descubrieran, yo estaba demasiado caliente. Mi papá se acercó y me dijo que estaba loca, que podían vernos y lo podían echar de su trabajo. Entonces me giré sobre la mesa, me puse en 4, me levanté el vestido mostrándole mi culo, me abrí las nalgas y le dije con un gemido: “Por favor papi”. Nadie puede resistirse a mi culo y a estas caderotas.

    Se bajó el cierre del pantalón, se sacó la verga y me la metió directamente en el ano. Me agarró de los tobillos con ambas manos, me separó las piernas con mucha fuerza, y su cuerpo chocaba contra mis nalgas una y otra vez mientras su verga entraba profundamente en mi culo. Podía sentir toda la cabeza de su pene abriéndome el culo por dentro cada vez que entraba y salía. Después soltó uno de mis tobillos y empezó a frotar mi clítoris con la punta de sus dedos. Mi cuerpo estaba como loco disfrutando del sexo con mi propio padre, cuando de lejos vi que alguien del estudio nos estaba observando atrás de una columna, y se estaba masturbando. Él no se dio cuenta de que lo vi, pero yo me puse mucho más cachonda. Tenía mucho morbo de saber que un extraño nos veía follar a mi papá y a mí.

    Después vi hacia otra dirección y otro chico también nos miraba. Poco a poco los fotógrafos del estudio se empezaron a dar cuenta de lo que pasaba pero miraban desde lejos, y mi papá estaba tan enfocado en mi culo que no se dio cuenta, pero yo sí.

    Entonces mi papá me dijo que se iba a venir, y sentí la necesidad de que se viniera en mis pies. Así que le pedí que me la sacara del culo y que acabara en mis pies. Me giré otra vez frente a él, le extendí mis pies y se vino justo sobre mis dedos. Pero yo estaba demasiado caliente y no me conformé con eso. Así que volteé a ver a los que nos miraban y grité: “¡Vengan, también quiero sentir su leche! ¡Quiero que me llenen toda!”.

    Mi papá se asustó, pero todos los que estaban viéndonos se acercaron corriendo sin dudarlo y se empezaron a masturbar alrededor de mí. Hicieron a mi papá a un lado y trataron de acercarse para metérmela, pero les dije que solo los iba a dejar verme y venirse encima de mí, pero nada de follarme. Me quité el vestido y lo tiré al piso. Y ahí estaba, sentada sobre una mesa fría rodeada de hombres jalándose la verga. No sé cuántos eran exactamente, pero imagino que eran cerca de 15 o 20 chicos. Los primeros empezaron a venirse en el suelo pero les dije: “¡No lo tiren! Pueden acercarse a venirse encima de mí”. Les extendí los pies y poco a poco empezaron a eyacular encima de mis pies y mis piernas. Uno de ellos se subió a la mesa, se paró sobre mi cabeza y se vino en mi cabello. Otro de ellos me pidió que extendiera la palma de mi mano, la extendí y se vino en ella.

    Mi sueño por fin se había realizado, completamente cubierta de semen por todo el cuerpo. Desde los dedos de los pies hasta las rodillas, los muslos, la cadera, el abdomen, los pechos, mis hombros, el cabello y la cara; tenía esperma escurriendo por todo mi cuerpo. El último chico se vino en mi pierna izquierda, en mi muslo, y el semen se escurrió por el interior de mi pierna hasta llegar a mi vagina. Entonces mire al frente y vi a mi papá parado frente a mí con su cámara de fotos en una mano, apuntándome, y con la otra mano jalándose la verga. Todo terminó con el flash de su cámara deslumbrándome.

  • Mi cumpleaños travieso

    Mi cumpleaños travieso

    Todo comenzó un día en qué en que yo lo conocí, la verdad me parecía un chico muy atractivo, confieso que soy casada, pero mi temperamento sexual es muy alto, por eso ese día cuando él me invitó a salir; no pude rechazarlo, era tan rico sentir esa adrenalina y esa sensación y, experimentar ese dicho que dice que lo prohibido es más rico y más excitante.

    El ya desde más antes me tenía pensando, incluso a veces pensar en él me humedecía y yo podía sentir con mi excitación escurría por en medio de mis piernas como un hilo de agua y sentir unas sensaciones de tenerlo dentro de mí; sentir todo su calor todo su grosor palpitando dentro de mí embistiendo mis entrañas, reventándome por dentro al hacerme suya y sentir como explotaba dentro de mí.

    Y como yo tenía el más delicioso de los orgasmos y poder comportarme como siempre quise hacerlo como una cualquiera en la cama, sin reproches y sin prejuicios; hacer las locuras inimaginables montando una y otra vez a ese macho que me provocaba sensaciones que nunca antes sentí, solo de pensarlo y de saber que me iba a ver con un desconocido y tener intimidad ya palpitaba de ganas y de deseo por tenerlo empujando toda su virilidad dentro de mí; haciéndome morder la almohada una y otra vez embistiéndome como una potranca en celo, deseosa de ser montada por un macho caliente y complaciente que me deje escurriendo toda su lava ardiente qué rico ufff…

  • De la fantasía a la realidad, relato de un cornudo

    De la fantasía a la realidad, relato de un cornudo

    El relato que en este momento les cuento es una historia real, por lo cual comienzo, por describir un poco, mi referencia física y la de mi esposa, sin entrar en muchos detalles, ella en la actualidad de 38 años, de 1.65 m de estatura, pelo castaño obscuro, abajo del hombro, piel tersa y clara, ojos color miel, labios pequeños, cuerpo esbelto bien formado, senos copa 36 C, una cintura estrecha, rematada en unas caderas amplias y unas nalgas paraditas y deliciosas, yo 40 años, de 1.80 m de estatura, piel morena clara, esbelto y atlético ya que me mantengo en forma en ejercicio.

    Nos conocimos hace 8 años y mantuvimos una relación de noviazgo de 2 años por lo que llevamos de casados 6 años, ya que es mi segundo matrimonio y ella no se casó antes por estar muy entregada a su trabajo, desde que nos conocimos mantuvimos una relación sexual activa debido nuestro estado ya adulto, consientes de nuestros actos, en realidad que eran encuentros apasionados, sin inhibiciones, gustábamos de fantasear, relatar nuestros encuentros sexuales pasados, eso nos prendía al máximo, por mi trabajo, tengo que salir fuera por periodos de hasta un mes, los cuales manejamos con video llamadas, las cuales en la mayor parte del tiempo se tornan candentes, nos compartimos fotos y videos atrevidos.

    Hace más o menos un año, comencé a fantasear sobre que ella lo hacía con alguien más mientras yo no estaba en casa, al principio no me atrevía a comentárselo hasta una ocasión, sin anticipar nada le pregunte, si en algún momento de nuestra relación ella había fantaseado con hacerlo con alguien más mientras yo no estaba en casa, después de pensarlo un momento, me confesó que sí, pero que solo era fantasía, a partir de ese comentario que me provocó un morbo excitante, cada que tenía la oportunidad se lo mencionaba, ella primero se cabreaba pero al ver mi reacción y excitación, terminaba por seguirme el juego e inventaba algunas situaciones que le venían a la mente, todo esto sin mucho detalle, pero a mí me prendían demasiado.

    En un momento en el cual estábamos al borde del éxtasis, le solté la idea de que me gustaría que probara otra verga, no sé si por la excitación o por que en verdad lo deseaba me dijo que si lo haría, que le encantaría probar algo diferente, aunque ya después más relajada me confesó que le daba miedo hacerlo, pues sentía que yo lo decía por que deseaba un motivo para que yo estuviera con alguien más, por lo que yo le aclare que no era ese el caso, que en verdad me causaba morbo saber que ella disfrutaba con alguien más, que yo no tenía intención de cambiarla por nadie, le conté mi fantasía y le exprese que ella pusiera las condiciones que más le convinieran si es que aceptaba, por lo que ella dijo que lo pensaría.

    Una noche en la cual yo me encontraba en el trabajo, pues tenía que quedarme hasta tarde, ella me habla por teléfono para preguntarme la hora en la que estaba considerando llegar, le comente que se había complicado el trabajo y que tardaría en llegar, que consideraba llegar pasadas las 3 de la madrugada, ella un poco enfadada me dijo que no era justo, que tenía toda la tarde esperándome, que yo había prometido llegar temprano y había planeado una noche de pasión, que se encontraba sumamente excitada, ya que había estado viendo algunos videos de sexo para preparar algo distinto, yo en forma de broma le dije.

    –No te preocupes, si gustas ahorita te mando a alguien para que te atienda en lo que yo llego.

    –No sería mala idea, ya que tú no tienes tiempo.

    –¿En verdad, si te gustaría?

    –Pues ya que tú no puedes, me conformo con lo que sea.

    –¿Dime si es verdad? Mira que aquí en la empresa hay un joven que se presume que es un semental que no perdona nada.

    –Pues que esperas para mandarlo, nada mas después no te vayas a arrepentir. Recuerda que si lo hago, tú no puedes, hacerlo con alguien más, esta es tu fantasía.

    –Está bien amor, prepárate que en un momento más te lo mando. El, no sabe nada, así que te recomiendo que lo esperes de forma sugestiva, si es como lo describen, él se encargará de lo demás.

    De manera inmediata, mande llamar a Esteban, un joven de 24 años, blanco, pelo castaño claro, alto, atlético, atractivo y le encargue que fuera a mi casa por una documentación que había dejado y la requería para poder concluir con el trabajo que realizábamos, pídele a mi esposa que te dé el portafolio café que deje en el escritorio, no es urgente pero si es indispensable para terminar, le doy la dirección, la cual no estaba a mas de 10 minutos de la oficina, así que él salió, directo a mi casa, sin saber lo que le esperaba, 40 minutos.

    Después me llamo por teléfono para informarme que, ya estaba en mi casa pero que tardaría un poco mas ya que no encontraban el portafolio, yo por dentro solo me reía pues en verdad que me imaginaba lo bien que estaba buscando, eso me tenía súper excitado, tanto que me costaba mucho trabajo poder concentrarme en lo que hacía, otros 40 minutos mas me llama nuevamente, para informarme que por más que buscaron no lo encontraban, justo en ese momento le dije que me disculpara, que no recordaba que si tenía el portafolio en mi poder, que ya casi terminábamos el trabajo, que regresara.

    Cuando llego, se notaba contrariado, ruborizado, apenado, se quería disculpar por la tardanza, por lo que lo alenté a tranquilizarse, expresándole que la culpa era mía, ya que no me había percatado que si traía con migo la documentación.

    –Espero por lo menos, te haya ofrecido algo mi esposa por el favor.

    –Si, en verdad que fue muy amable su esposa, se portó muy bien.

    Por fin terminamos el trabajo y salimos cada quien a su casa, al llegar a la mía, la encontré en penumbras, todas la luces apagadas, en la sala había dos copas con restos de vino, un baby doll negro en el piso así como un conjunto de lencería del mismo color, mi imaginación comenzó a bolar, al ver los rastros de lo que había pasado, me dirigí a la recamara, mi esposa se encontraba tendida en la cama, totalmente desnuda, con las piernas abiertas, dormitaba exhausta, en el ambiente predominaba el olor a sexo, yo estaba que no lo podía evitar más, mi erección era enorme, me desnude de forma arrebatada, por el ruido que cause, mi esposa despertó, me miro y me dijo.

    –Fue maravilloso, nunca pensé disfrutar tanto el sexo como hoy. Quede súper rosada por la verga enorme que tiene, así que solo tendrás que conformarte con escuchar lo que paso y si me obedeces te hare algo de lo que te tenía planeado para hoy.

    –Si amor, como tu digas, me cumpliste y ahora me toca cumplir a mi lo prometido.

    –Veo que ya estás listo, así que recuéstate, cierra los ojos y trata de imaginar lo que te cuento, mientras yo te ayudo estimulándote.

    Se levanto y fue directa a la mesa de noche, saco algunas cosas de dentro y regreso a mi lado, comenzó a frotar mi cuerpo con aceite aromático, comenzando por mi pecho, abdomen hasta legar a mi miembro y testículos, era maravilloso sentir esas manos en mi, recorriendo cada centímetro, me giro para continuar con el aceite desde mi espalda, costados hasta llegar a mis nalgas, levantándome un poco la pelvis para colocar un par de almohadas, haciendo que levantara el culo, me abrió las nalgas e introdujo un dedo aceitado en mi ojete y comenzó a masajearlo, después fueron dos dedos dilatándolo, para después meterme un dispositivo vibrador, el cual puso en función.

    –Ahora sí, prepárate a escuchar lo que paso, por no estar en casa cuando debes, escucha lo cornudo que eres y como lo lograste.

    –Si amor, cuéntame por favor, ya estoy que reviento y no sé cuanto más pueda aguantar y más aun con la sensación de la vibración en mi culo.

    –Pues solo te digo que si terminas antes de que yo te lo diga, tendrás que aguantar algo mas, así que tú lo decides, hoy aparte de cornudo vas a sentir parte de lo que yo disfrute.

    –Si amor, lo que tu digas.

    Ella comenzó su relato, mientras yo sentía la vibración en mi interior y unas ganas inmensas de eyacular, con mis ojos cerrados trataba de controlarme.

    Al poco rato de la llamada, vi que se estaciono un auto fuera de la casa, poco después escuche el timbre de la puerta, mi corazón comenzó a palpitar a mil, así que tome aire, me relaje un poco y me dirigí a abrir la puerta, solo traía puesto el conjunto de lencería que había comprado para sorprenderte y el baby doll que me imagino viste en la sala, al abrir la puerta quise hacerme la sorprendida y dije.

    –Amor, acaso dejaste tu llave o porque tocas, te estaba esperando.

    Al ver a Esteban parado en la puerta me quede fingiendo asombro, abriendo los ojos como platos, sin saber qué hacer, pero no oculte mi cuerpo, solo me percate como me recorría con su vista de arriba abajo.

    –Buenas noches, señora, me llamo Esteban, soy empleado de la oficina donde trabaja su esposo, perdón por la interrupción, su esposo me envió para recoger un portafolio que, se le quedo aquí en su casa y lo requiere, si gusta regreso en un momento por él, no quiero incomodarla.

    Cuando logre articular palabra, le dije que no había necesidad, ya estaba ahí y ya me había visto, que no tenía problema en ello, que pasara, pues no era correcto dejarlo parado en la puerta.

    –Espero no te moleste verme así, esperaba a mi esposo, teníamos planes para hoy como te abras dado cuenta, aunque creo que tardara en llegar, siempre es lo mismo, con sus salidas periódicas y trabajo, ya nada es igual, creo que solo son escusas.

    –Pues en esta ocasión, creo que es verdad, tenemos ya rato trabajando y aún no hemos terminado, quizá no tarde mucho y puedan celebrar como se debe.

    –Bueno, eso depende, si es que no se escusa con haber llegado cansado, ya se le está haciendo hábito.

    No dejaba de mirarme, ya con más confianza incluso se movía de un lado para otro, apreciando mi cuerpo, por lo que le dije que me acompañara al estudio para ver si el reconocía el portafolio o los papeles que buscaba, al llegar al escritorio intencionalmente me agache, dándole la espalda y mostrándole las nalgas pues el baby doll se me levanto y solo traía una diminuta tanguita, de reojo logre ver que se empezaba a sobar la verga sobre el pantalón, le pedí que me ayudara pues no lograba encontrar nada, se acercó a donde estaba y de forma muy discreta, me dio un roce en las nalgas, lo cual me puso ya a mil, tenía que dejar de fingir y tirarme a todo, ya estaba hay así que no lo desaprovecharía, di un paso atrás y restregué mis nalgas en el bulto que ya tenía, fue sumamente placentero, él se quedó inmóvil, me levante y gire, quedando frente a él muy cerca, lo mire a los ojos y solo pude decir.

    –Si te gusta lo que ves y lo que sientes, que estas esperando, muero de ganas y quiero que tú me las quites, el pendejo de mi marido se la pierde.

    –¿Está segura? Yo con gusto le hago el favor, me tiene impresionado.

    –Solo te pido un favor, háblame de tu, ahorita quiero ser tu perra, tu puta o lo que quieras.

    –Está bien putita, te daré lo que quieres.

    Me comenzó a besar de forma apasionada, sus manos recorrían todo mi cuerpo, me tomo por las nalgas y me levantó, lo abrace con las piernas y me llevo a la sala donde me comenzó a desnudar sin dejar de besarme, una vez que me dejo sin nada, me tumbo sobre el sillón, me abrió las piernas y pego su cara en mi ya mojada panocha, era impresionante lo bien que lo hacía, me chupaba, lamia y succionaba mi clítoris y labios vaginales, cerré los ojos y me deje llevar por la sensación, es quizá la mejor mamada que me han dado en la vida.

    No logre soportan mas, lo que me contaba, la vibración en el culo y todo lo que mi mente manejaba fue demasiado, así que eyacule sin control, apretando el culo a cada descarga, sintiendo aun más la pulsación del aparato que tenía insertado, no lo pude controlar y gemí de placer, mi esposa hiso una pausa, me dio un golpe fuerte con la palma extendida en las nalgas y me comenzó a insultar.

    –Perro cornudo, te dije que tenías que aguantar, apenas vamos comenzando y tú ya te corriste.

    –Amor, perdóname, no lo pude soportar más, pero no pares, sigue contando por favor.

    –Está bien, el castigo por hacer eso, vendrá más tarde, bueno, te seguiré contando.

    Subió la intensidad del vibrador y continuo. La sensación de la vibración era más intensa.

    Unos minutos más de aquella rica mamada y fue donde tuve mi primer corrida, me estremecía a lo loco, me temblaban las piernas mientras lo aprisionaba mas a mi panocha palpitante, el no paraba de succionar, hasta que me desplome, fue en ese momento que se levantó, comenzó a quitarse la ropa frente a mí, yo lo admiraba, pero justo cuando se bajó el bóxer fue cuando quede impresionada, una verga, larga y gruesa, totalmente erecta, era un verdadero monstruo, mas de 20 cm.

    Sin pensarlo dos veces me abalance sobre de ella, la tome entre mis manos, las piernas a un me temblaban pero no me importo, me arrodille y la introduje en mi boca, era enorme, no lograba meterme ni la mitad cuando ya sentía arcadas, así que lo gire y se sentó en el sillón, justo donde yo estuve un momento antes, separo las piernas y con la lengua recorrí cada centímetro de carne que tenía a mi disposición, le acariciaba lo guevos, la masajeaba con mi mano, me la metía lo mas que podía en a boca para salivar y poder lubricar, no me quería despegar de ella.

    Así estuve por varios minutos, mi mandíbula comenzaba a entumecerse pero yo no quería parar, me separe un poco para tomar aire, el mirándome a los ojos me aparto, se levantó, me tomo de la mano y me ayudo a levantarme también, me jalo a un costado del sillón y con una mano en mi vientre y la otra en mi espalda me doblo recargándome en el descansabrazo del sillón, me separo las piernas, acomodo la cabeza de su verga en mi panocha y sin más me ensarto toda su verga de un solo tirón, era demasiado grande.

    Quise incorporarme pero él no me lo permitió, me forzó a seguir en esa posición, me la dejo adentro unos instantes en lo que me acostumbraba a ella, para después comenzar un bombeo pausado el cual iba acelerando poco a poco, era tan placentero que fue donde me arranco mi segundo orgasmo, al igual que el primero las piernas me flaqueaban, pero en la postura que estaba y recargada como me tenía no había manera de zafarme.

    El no paraba, no podía contenerme, gritaba de placer, era tanta la humedad que había que se escuchaba tan fuerte el chapoteo de mis jugos y el golpeteo de su pelvis en mis nalgas, el seguía dándome con todo, yo no veía para cuando terminara, hasta que de pronto comenzó a sacudirse un poco, inundándome mi coño con una abundante venida.

    Sentía como me escurría su esperma por las piernas pues aun así seguía el mete y saca, hasta que por fin paro, se dejó caer sobre de mi un momento, se incorporó, se sentó en el sillón y me pregunto.

    –¿Te gusto lo que hicimos mi putita?

    –Fue maravilloso, nunca me habían dado tanto placer, el cornudo de mi esposo aparte de tener una verga pequeña, se corre muy rápido, la mayor parte de las veces tengo que fingir el orgasmo, ponerlo a que me mame para terminar.

    –Qué bien que te está gustando ya que aún no termino contigo, solo deja le llamo a tu cornudo para avisarle que tardare mas en llegar.

    Fue en el momento que te llamo, mientras yo fui por unas copas y una botella de vino, las serví y brindamos por los cuernos que te estábamos poniendo, después de la llamada comenzamos a platicar, fue donde me sincere con él y le conté parte de lo que en realidad paso.

    –Desde hace tiempo mi esposo estaba con la fantasía de que otro hombre me cogiera, no lo habíamos llevado a la práctica, hoy le llame pues en verdad le tenía preparada una sorpresa, fue cuando me dijo que tenía trabajo y que saldría tarde, me moleste con él y en forma de broma él me dijo que mandaría a alguien a hacer lo que él no podía en el momento, le dije que sí, que lo hiciera, es por eso que te envió a ti, según él dice que tienes fama de picaflor, todo un semental y ya lo comprobé.

    –Son solo rumores, solo me defiendo un poco al coger, en verdad que suerte tuve de ser yo el elegido, en verdad estas riquísima, ahora que ya me probaste, espero se repita más seguido, bueno como te dije aun no termino, solo estoy tomando un aire.

    –Qué bien, pues aún no se me pasa el coraje con el cornudo, tengo que desquitarme de lo que me hizo, mira que dejarme sola cuando estaba tan caliente, aunque también debo de reconocer que valió la pena, pues te mando a ti.

    Tomamos la copa, se levantó, me tomo en brazos y me llevo cargando a la habitación, me recostó aquí en tu cama y comenzó nuevamente a besarme. Ahora un poco mas amoroso y delicado, conforme nuestros cuerpos rosaban al contacto, sentí como su enorme verga se empezaba a poner dura, la tome en mis mano y me fui directamente a mamársela, quería que creciera en mi boca, él se dejó llevar, después me jalo, me puso boca abajo y me coloco un par de almohadas en el vientre, para que levantara el culo, me abrió las piernas y las nalgas y pego su boca en mi ano, metía poco a poco su lengua en mi apretado hoyo.

    Le dije que en la mesa de noche había lubricante, lo saco tomo un poco y me comenzó a dilatar mi ano, metió un dedo, después dos, me dolía un poco, pero él con mucha calma y paciencia seguía sin forzar la penetración, una vez bien dilatado ni agujero, se levantó, se lubrico su verga, la acomodo en la entrada de mi culo y presiono despacio, era enorme, aunque dilatado mi ano, no lograba entrar, el sin prisa metía y sacaba la puntita, presionando cada vez un poco más, sin dejar de acariciarme y decirme que me relajara y controlara mi respiración.

    Siguió intentando y de repente sentí como entro la cabeza de esa preciosa verga, por fin lo había logrado, la mantuvo inmóvil por un momento, mi ano se acostumbró al diámetro de ella, una vez hecho, empujo suave, sin prisa, centímetro a centímetro, la sensación era maravillosa, sentí su pelvis chocando con mis nalgas, fue cuando entendí que ya la tenía toda adentro, una vez más se detuvo unos instantes, para después retroceder hasta antes de que saliera la cabeza, metiéndola una vez más, cada vez con un poco mas de presión.

    Me comencé a masajear el clítoris al rimo de sus embestidas, en poco momento ya estaba una vez más en un tremendo orgasmo y el siguió bombeando hasta que termino inundándome también mi culo de su semen, ya que disminuyo la erección la saco con mucho cuidado y me dejo tendida en la cama, se fue al lavabo, se limpió, se vistió y se fue, ya tenía que regresar.

    –Ahora sí, viene tu castigo por córrete sin mi permiso, tú también tienes que sentir el rigor de una verga en el culo.

    Me abrió las nalgas, me saco el vibrador del ano, me lubrico un poco y me clavo un pene de plástico, me dijo, no es tan grande, como la verga de Esteban pero de algo servirá, mi ano ya estaba dilatado así que no le fue difícil metérmelo, me bombeo durísimo hasta hacerme venir una vez más, me lo dejo adentro, me giro y una vez boca arriba, se montó en mi cara para que le diera lengua y probara los restos que aún quedaban del semen de Esteban, era delicioso.

    Terminada la limpieza de vagina y ano, me saco el pene plástico, me lo dio a chupar, se dio vuelta y se durmió. Yo hice lo mismo.

  • Familia ardiente

    Familia ardiente

    Antes de comenzar a relatarles lo que ha sucedido les voy a hacer una breve descripción de cada personaje de esta ardiente familia que va a aparecer en este relato.

    Yo me llamo Martina, tengo 19 años y seré la voz que cuente cada acontecimiento.

    Mi familia es muy especial porque permite que mi hermano Martín de 25 años y yo mantengamos una relación de pareja, hacemos todo juntos, vamos a pasear, hago el amor con él todas las noches, lo que hacen todas las parejas normales, mi familia a eso lo ve con buenos ojos porque son de mente muy abierta.

    En mi familia somos 6 personas.

    Está mi padre Anselmo con su bonita cabellera rubia casi blanca, todos sus hijos heredamos su hermoso color de cabello y los ojos verdes de mi madre.

    Mi papá tiene 52 años, es alto y musculoso.

    Luego está mi madre llamada Mar que es una verdadera belleza femenina de 45 años con un cuerpo espectacular y una mirada que seduce a cualquiera.

    Después están mis dos bellas hermanas que se llaman Violeta y Azul.

    Violeta tiene 20 años, también tiene un cuerpo bonito, pero no tanto como el de mi madre, ella tiene tetas pequeñas y el culo de tamaño mediano.

    Azul tiene 22 años, con unas tetas enormes y trasero un poco más grande que el de Violeta.

    Y en cuanto a mis rasgos sensuales les puedo decir que tengo los muslos desarrollados los cuales a Martín le encanta sentir en su cintura y tengo un buen trasero, mi cintura es pequeña y mis pechos son medianos.

    Ahora les voy a hablar de mi sexy y atractivo hermano el cual también es mi novio, no hay nada que me guste de él, tiene unos pectorales definidos, unos brazos fuertes que me hacen sentir segura, abdominales marcados y una pija que me hace gozar bastante durante nuestras noches de pasión.

    El día que ocurrieron todos esos ardientes acontecimientos durante la tarde Martín y yo estábamos en mi habitación a los besos, él me besaba con mucha lengua y me agarraba las nalgas, yo estaba totalmente entregada a sus besos, no escuché que la puerta de mi dormitorio se abrió y entró mi hermana Violeta.

    Ella presenció toda nuestra sesión de besos y nos interrumpió haciendo una leve tos.

    Martín la fulminó con la mirada y le dijo:

    -¿No te das cuenta de que estoy en un momento íntimo con mi novia?

    -Disculpen, pero los interrumpí porque mamá y papá nos quieren decir algo.

    -¿No puede ser después de que hagamos el amor? Yo y Martín lo necesitamos -esta vez yo me dirigí a mi hermana.

    -Ellos quieren que estén todos sus hijos -respondió ella y se retiró hacia la sala de estar.

    -Ya habrá tiempo para tener sexo -le dije yo a Martín.

    -Solo unos besos más -me respondió él, no me pude negar y nos volvimos a besar como antes de que mi hermana entrara a la habitación.

    Luego de unos minutos decidimos que teníamos que ir, fuimos tomados de la mano hacia la sala de estar, nos sentamos juntos y vimos que todos estaban ahí reunidos.

    -¿Por qué tardaron tanto? -preguntó mi madre dulcemente.

    Mi hermana Violeta se apresuró a responder y dijo:

    -Estaban en una ardiente sesión de besos.

    -Queríamos follar -dijo Martín con toda sinceridad.

    -Lo hacen todos los días -dijo Azul.

    -No interfieras en la intimidad de mi novio y yo -le respondí a mi hermana.

    -¡Basta! -gritó mi padre y todos hicimos silencio de repente.

    Todos miramos fijamente a mi padre para ver que tenía que decir.

    -Ya van a tener tiempo para coger todo lo que ustedes quieran gracias a mi propuesta -hizo una pausa y luego continuó diciendo:- Quiero que tengamos una tarde de sexo en familia, que todos nos demos placer ¿qué piensan?

    Miré a los demás y vi que la idea de mi padre tenía aceptación, empezamos a gritar que queríamos esa deliciosa tarde.

    Nos dirigimos al dormitorio de mis padres que es el más grande de toda la casa además del de Martín y yo, mi padre nos dijo que nos quitáramos nuestras ropas. En unos pocos minutos ya estábamos todos desnudos (mis dos padres también) y pudimos admirar sus bonitos cuerpos sin nada.

    -Violeta y Azul vengan conmigo, Martina y Martín ustedes le darán placer a su madre -dijo Anselmo mientras le tocaba el culo a mis dos hermanas.

    Mi hermano fue a darle un beso en los labios a mi madre, luego yo también la besé y besa increíblemente bien.

    Le miramos la vagina a nuestra deliciosa madre, intercambiamos una mirada rápida con Martín.

    -Primero tú, cariño -me dijo él y hundí mi lengua en el clítoris de mi madre.

    Ella intentó gemir, pero mi novio le tapó la boca con su verga y Mar se la empezó a chupar muy sensualmente mientras le acariciaba sus testículos.

    Estaba disfrutando de la carnosa vagina de mi madre, solo desvié la vista unos segundos en dirección a mi padre y a mis hermanas a ver que era lo que estaban haciendo. Anselmo estaba con la verga bien dura y parada mientras sus dos hijas le chupaban el pene con mucha rapidez al igual que en los videos porno que yo y Martín solemos ver cuando estamos solos.

    Mi hermano le sacó la verga de la boca a mi madre, pude ver que en la cabeza ya tenía un poco de líquido, él ya estaba por eyacular y la vagina de Mar ya estaba bien húmeda, podía sentir la humedad de mi mamá con la lengua.

    Martín la acomodó en la posición de cuatro para darle salvajemente por su trasero.

    Mientras tanto mi padre ya tenía a Violeta sentada a horcajadas sobre su verga, él le clavaba la pija muy rápido y ella daba saltos sobre el pene de Anselmo.

    Azul estaba al lado de mi padre y de mi hermana, ellos seguían cogiendo a una gran velocidad y ella estaba abierta de piernas masturbándose esperando a que le llegue su turno para recibir la verga de papá.

    Martín penetró a mi madre con una sola embestida, ella dio un gemido y él solo siguió metiéndosela en su trasero mientras le daba nalgadas muy fuertes que le iban a dejar su culo colorado.

    Ahora era Azul la que estaba recibiendo la pija de mi padre en su vagina, solo que a diferencia de Violeta ella estaba abierta de piernas, pero mirando hacia el frente le daba la espalda a mi padre, lo que hacía esta posición es que podamos ver mejor el espectáculo erótico que se estaba desarrollando.

    Mi hermana Violeta vino hacia mí y me dio un apasionado beso en la boca.

    -Siempre he querido coger contigo -me confesó al tiempo que se subió encima de mí, unió mi concha con la suya y empezamos a movernos.

    Ella me daba numerosos besos en el cuello a la vez que movía bien delicioso su pelvis contra la mía.

    Yo le agarré su trasero y nos empezamos a mover más rápido.

    Todos estábamos teniendo un sexo en grupo realmente maravilloso, mi madre disfrutaba la verga de su hijo que salía y entraba en su trasero, mi padre gozaba de clavarle su pene a la hermosa Azul y yo estaba feliz de tener la vulva de mi hermana unida con la mía.

    Todos terminamos casi al mismo tiempo y mi papá me dijo:

    -Ven Martina es tu turno de recibir el miembro de tu papi.

    Obedecí a mi padre y le enredé las piernas en su cintura, él me penetro y empezó a hacer los mismos movimientos que les hacía a mis hermanas.

    Mi hermano y mi madre han cambiado de posición y ahora él la está embistiendo por la vagina mientras ella le acaricia la espalda. Azul y Violeta están manteniendo unas increíbles relaciones lésbicas, por la manera en la que se mueven pude notar que ya venían teniendo sexo desde hace mucho tiempo.

    Estuvimos así durante unos cuantos minutos hasta que mi padre eyaculó en mi vagina y Martín le dio un poco del semen que le quedaba a mi madre, ella soltó un gemido de satisfacción, mis hermanas siguieron teniendo sexo, pues, ellas estaban en su mundo.

    Yo me acosté al lado de mi padre completamente agotada y nunca me hubiera imaginado lo que él diría a continuación:

    -Martín, hijo ¿te gustaría sentir una buena verga entrando en tu trasero así como la sintieron tus hermanas?

    Mi hermano tampoco se esperaba eso, en realidad nadie lo hacía.

    -¿Me cogerías? -preguntó mi novio.

    -Duro y rico -contestó Anselmo.

    Martín aceptó ser cogido por nuestro padre y él solo se puso para que le diera por el culo.

    -Esto te va a doler un poco, pero lo vas a disfrutar -le aviso mi padre.

    Aún no podía creer lo que estaba viendo, mi padre agarró a Martín de la cintura y lo penetró con una sola embestida, al principio a mi hermano se le soltaron un par de lágrimas por el dolor, pero luego gemía pidiéndole a nuestro papá que le diera más duro. Por lo visto a todos nos gustan las embestidas de Anselmo.

    Mi hermano tenía en su rostro la expresión máxima del placer, descubrió algo nuevo y se notaba que le estaba gustando mucho.

    Después de una serie de embestidas, mi padre eyaculó en el trasero de Martín y se lo dejo goteando de leche.

    -Me encantó tener una verga dentro de mí -le confesó Martín.

    -Te voy a coger siempre que quieras, hijo, igualmente debes seguir dándole mucha pija a tu novia para que grite por las noches -le respondió mi padre.

    Todos terminamos la tarde de la mejor manera, mi madre con semen de su hijo, Violeta y Azul con la vagina bien roja de tanto frotarse la una con la otra, mi hermano tenía su trasero colorado por las embestidas que recibió y yo he estado completamente satisfecha por la maravillosa tarde.

    Luego Martín y yo nos fuimos a nuestro dormitorio.

    -¿Te gusto ver como papá me cogía? -me preguntó él mientras nos abrazábamos.

    -Me encantó y a ti te gustó mucho que él te cogiera.

    -Si, eso es verdad, pero ahora quiero cogerte a ti -me respondió mientras me sentaba a horcajadas sobre él y me clavaba la verga en mi vulva.

    -Mi maravillosa novia -me dijo entre gemidos.

    Yo le respondí con un beso y la cama empezó a moverse como sucedía siempre que teníamos sexo.

  • La ciega y su madre (2)

    La ciega y su madre (2)

    Hola nuevamente, después de nuestro primer encuentro silencioso con Elsa, seguíamos viéndonos en la oficina donde trabajamos con Mariela, la confianza y amistad que se había generado entre los tres era única, nada hacía suponer lo que continuaría, si bien se complicaba volver a encontrarnos con Elsa, sabíamos que en cualquier momento llegaría, por sus quehaceres y cuidados a Mariela y sus hijos nunca tenía tiempo, yo compartía mucho con Mariela en la oficina y en una de nuestras tantas charlas me comenta que debido a su separación y que estaba viviendo con Elsa, su casa se estaba deteriorando mucho, sumado a los pocos arreglos que le hacía su ex pareja debido a su condición, yo siempre le decía que no se haga problema, que cuando ella quisiera yo le hago los trabajos que necesita, pero ella nunca quería que me ocupe de eso, así que seguía todo su curso normal.

    Una de las tantas tardes que compartíamos en la oficina, me dice si por favor le podía dar una mano con la casa, obviamente le dije que no tenía ningún problema, que yo sabía hacer de todo un poco y daría una lavada de cara a la casa para que ella pueda estar cuando quisiera con sus hijos, (obviamente para que Elsa pudiera estar sola y nos dejemos llevar para hacer de todo), la única condición que le había puesto era que nadie podía saber que yo estaría trabajando en su casa, ni siquiera Elsa, ya que me sentiría más cómodo así y podría hacer todo más rápido, claro que aceptó, y pidiendo que me deje las llaves el viernes para ir y pasar el fin de semana, para hacer lo que más pudiera y el domingo volvería.

    Lleve todo lo que me podría hacer falta, caja de herramientas, cables, máquina de desmalezar, y pintura, cuando llegó a la casa se veía realmente mal, así que lo primero que hago es limpiar todo, que me llevo hasta el mediodía, luego corte el pasto, arregle todo lo eléctrico que había y por último le di una mano de pintura a toda la fachada, había cambiado bastante la casa, pero más que nada por la limpieza, para el otro día solo me quedaba arreglar la puerta de entrada y pintar algunas cosas, más ya no podía hacer, porque ya no me queda tiempo, ni materiales.

    Esa noche salgo a comprar algo para comer y cuando vuelvo encuentro la puerta de entrada abierta, me asusté pensando que había entrado alguien a robar, así que entró muy despacio y me encuentro con que estaba Mariela dentro, le digo

    Yo: que haces acá, vos tenés que estar con tu mamá y tus hijos, todavía me queda bastante para mañana

    Mariela: vine a traer algo para que comas, le dije a mi mamá que iba de una amiga y ella se quedó con mis hijos, estas haciendo mucho por mi y lo mínimo que puedo hacer es traerte algo para comer

    Yo: no tenés que molestarte, yo me encargaba de todo, igual te agradezco, no tenías que hacerlo

    Mariela: si, tenía que hacerlo, y quería pedirte algo más, yo sé estoy abusando de tu confianza, pero quería pedirte si podías arreglar la cocina que pierde gas y la puerta de la heladera, porque estaba pensando en volver con mis hijos acá y es muy peligroso para ellos que este así

    Yo: me hubieras mandado un mensaje, seguramente lo de la cocina es ajustar y sellar alguna cosas y la puerta de la heladera con lo que tengo acá te la arreglo rápido, no tendrías que haber viajado sola hasta acá

    Y así fue, en un poco más de una hora ya había arreglado las dos cosas, con lo que había hecho en el día, ahora sí parecía una casa donde vivían personas, incluso ella que no veía me decía que notaba el cambio, incluso en el olor de la casa, una vez terminado todo lo del día no pusimos a cenar, pusimos un poco de música y cuando terminamos lavamos todo, le digo que me voy a dar un baño y después ya me voy a acostar, así mañana arranco temprano, ella me dice que está bien, que me acueste en su habitación que ella se iba a acostar en la de los hijos, así que me doy una ducha y me fui a acostar.

    Pongo la alarma del celu temprano y lo dejo en la mesita de luz, a los pocos minutos ella golpea la puerta, le digo que pase y entra, estaba con un camisón dónde se podía ver qué estaba en tanga y sin nada arriba, se sienta en la cama y me dice «quería agradecerte por todo lo que haces por mí, nunca nadie se preocupó tanto, ni siquiera el padre de mis hijos, me pone muy feliz el haberte conocido, sos una buena persona y te quiere mucho mi familia» estira sus manos, me toca la cara, y se acerca y me da un beso en la boca, realmente no me lo esperaba, yo ya me sentía bien sabiendo que iba a tener el tiempo que necesitaba Elsa para cogerla, pero está sorpresa estaba cambiando el panorama, yo le respondí el beso y me abrazo, nuevamente me besa, pero esta vez nos quedamos un buen rato, ahí mismo le saco el camisón y empiezo a chupar sus pequeñas tetas, prácticamente podía entrar una entera en mi boca, ella gemía con cada chupada y mordisco que le daba a sus pezones.

    Nunca pensé que pasaría esto, pero lo estaba disfrutando, varios minutos después me paro a su lado, y agarró sus manos llevándola a mi pija, Mariela la agarra y muy despacio se la empieza a meter en la boca, no lo hacía tan bien como su mamá, pero le ponía entusiasmo, al verla chupar me dio tanto morbo que le agarre el pelo para poder ver mejor, ella cerraba sus ojos y devoraba toda mi pija como podía, yo lo estaba disfrutando mucho, a comparación de su madre, cada tanto le daba suaves mordiscos, hacía presión con sus dientes y eso me daba mucho placer.

    Luego de estar un rato largo así, la acuesto en la cama, le saco la tanga y aparecen unos pelos bien pegados a su concha, yo sin miramientos me dispongo a chupar su concha, y le arrancó sonoros gemidos, cada vez que me detenía en su clítoris ella se estremecía y me pedía que no pare, me agarraba de la cabeza y me hundía en su concha para que la chupe con más fuerza, era hermoso verla así, en una de mis tantas chupadas en su clítoris empieza a temblar y recibo su orgasmo a chorros inundando mi boca, ella también era squirt igual que su madre, su alarido al acabar seguramente se habrá escuchado en varias casas linderas.

    Yo no quería parar de chuparla, pero en un momento empieza a pedirme con voz entrecortada que la coja, así que me acomode entre sus piernas y muy lentamente comencé a hundir mi pija en su interior, ella estaba mojadisima y mi pija entraba fácilmente, solo se escuchaba el sonido de su concha mojada siendo golpeada por mi pija y mis huevos, que se mesclaban con sus gemidos, no tardó mucho en volver a acabar y mojarme con sus jugos que salían a chorros, pero no quería que me detenga.

    Me di cuenta que además de squirt era multiorgásmica, así que continúe, cada 5 o 6 minutos de estar cogiéndola acababa nuevamente, y eso me encantaba, así que me salí y la puse sobre mi para que me cabalgara, lo hacía muy bien, ya que no pesaba y con mis manos en su cintura podía darle la fuerza que deseaba cada vez que clavaba mi pija en su interior, ella no para de acabar y cada vez que quería hacerlo, sacaba la pija de su interior y la restregaba con su clítoris, y así largaba nuevos chorros, realmente era una gran cogedora, nunca me lo hubiera imaginado.

    Decido ponerla en posición de perrito y cogerla desde atrás, era fantástico cogerla así, y cada vez que sentía ganas de querer acabar, bajaba la intensidad, saco mi pija de su interior y comienzo a lamer su pequeño culo, nada que ver con el enorme de Elsa, pero yo estaba decidido a qué con ella no quedaría para otro día, así que apoye mi pija en su entrada y comencé a hacer una leve presión, en ese momento ella me pide que lo haga despacio que hace mucho no lo hacía, y así fue, costo un poco que entrara la cabeza de mi pija, y una vez adentro espere un momento para que se acostumbre a su tamaño.

    Empiezo a meterla lentamente entre sus gemidos y quejidos, hasta que pude meterla todo lo más posible, empiezo a sacarla y meterla suavemente y sus quejidos pasaron a ser solo gemidos, realmente se sentía increíble, lo apretado de su ano me hacía ver las estrellas de tanto placer, metía y sacaba mi pijas y volvía a meterla hasta el fondo, de esta forma ella gemía como nunca y acababa nuevamente, yo también ya no aguantaba las ganas y descargue toda mi leche en su rico culo, verla a ella muy sumisa y atenta a mis antojos me hizo mirarla de otra manera, una vez flácida mi pija la saco de su ano, la abrazo y ella se acomoda contra mí, me decía que nunca la habían cogido así y que nunca había acabado tantas veces, le contesté que yo también lo había pasado increíble y que me hizo sentir muy bien, y nos quedamos dormidos.

    Al otro día nos despertamos entre besos y caricias, desayunamos y me puse a hacer lo que quedaba, cada vez que terminaba algo ella me chupaba la pija y la cogía, o nos llenamos de besos y caricias, me atendía como si fuera la mejor de las geishas, al terminar con todo le digo que ya era hora de irme y que ella tendría que hacer lo mismo, y me dice que se va a quedar un poco más y que al otro día nos veríamos en la oficina, está bien le dije, y que no olviden que nadie debía enterarse que yo había ido a trabajar a su casa, me dice quédate tranquilo que nadie lo va a saber que estuve ahí, y lo bien que lo pasamos, y que estaría bueno que nos encontremos en su casa en otras ocasiones, le dije que si y que nos veríamos en la oficina, ahí mismo que fui, pero durante la vuelta a mi casa me la pasé pensando que era algo increíble coger a la ciega y su madre, ambas totalmente distintas y todo lo que faltaba por pasar con las dos, pero eso se los cuento en otro momento si les interesa, espero me lo hagan saber y comenten.

  • Vuelvo nalgueada a casa

    Vuelvo nalgueada a casa

    Mi amigo Nico aparece a veces en mi ciudad y siempre con prisas. Odio las prisas de Nico, pero aunque sea un ratito siempre merece el esfuerzo y salgo más que satisfecha. En realidad, a Nico ya le conocí con prisas: coincidimos en un club liberal hace un par de años. Nos cruzamos en un pasillo estrecho que iba des del jacuzzi hacia los baños. Yo iba hacia el jacuzzi en busca de aventura y él para el baño, a punto ya de irse porque su novia le esperaba en la entrada. Por lo visto, tenían una fiesta familiar y no podían llegar tarde.

    Pero el pasillo era tan estrecho que nos fue imposible cruzarnos sin roce y, por lo visto, yo rocé su pene con la mano. De modo que él, que ya se iba, se dio la vuelta y me llevó a la bañera. Allí me sometió a un duro polvo rápido y contundente que nos convirtió en la atracción de las tres parejas que se mecían en el agua. Nico es duro y cariñoso a la vez, diestro con su pene gordote, veloz y poderoso. Te puede arrancar dos orgasmos en muy poco tiempo. Las tres parejas que se encontraban en el jacuzzi dejaron sus quehaceres para mirarnos atentamente. Especialmente al final, cuando Nico se abalanzó sobre mi rostro para dejarme su firma en forma de tres chorros de esperma. Cuando se despedía de mi con un beso húmedo, ambos nos susurramos nuestros números de teléfono.

    Yo no pude retener el suyo, pero dos días más tarde supe que Nico sí había memorizado el mío. Me llamó una tarde a las seis para citarme a las siete. Lo dicho: siempre con prisas. Tuve que improvisar una excusa mala para mi marido, que debió de olerse algo por lo que luego supe.

    Nico y yo nos vimos en un apartamento de AirBnb cerca del centro. Nada más llegar me desnudó, me tumbó en un sofá y me penetró como si el diablo le llevara. Mientras me follaba con ímpetu me contó que su novia les estaba esperando. Otra vez. La verdad es que eso me dio morbo, aunque entonces todavía no sabía que ese iba a ser el patrón de mis encuentros con Nico.

    Cuando regresé a casa, poco más tarde, mi marido me esperaba con ganas de polvete aunque yo creo que lo que pretendía era ver si descubría algún rastro sospechoso. No descubrió nada por la brevedad del encuentro. Pero en la última vez la cosa se torció.

    Tras algunos encuentros fugaces, el pasado viernes recibí otra llamada de Nico a la que yo acudí, como es natural. Siempre es bueno que te den un repaso inesperado, con energía y saber hacer, aunque dure poco rato. Lo que sucede es que este último viernes Nico tenía unas ganas locas de darme cachetes en las nalgas, y ya empezó a azotarme nada más dejar mi culo al descubierto. En vez de empujarme hacia la cama, me llevó a cachetes hacia ella. Cuando me tumbé ya llevaba mi culo rojo pasión. Y siguió así, hasta conseguir que el polvo sonara como un concierto de maracas.

    Como era su norma, al cabo de poco rato me despidió con un beso, tras tres orgasmos por mi parte y su corrida en mi cuello. Mientras me vestía me di cuenta de que me escocían las nalgas como jamás me había escocido. Me miré en un espejo: mi culo tenía el color de las amapolas silvestres.

    Una vez en casa mi marido también quiso sexo. Y descubrió el rojo en mis posaderas. El muy ladino no dijo nada, pero estuvo dándome cachetes durante todo el rato.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (40)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (40)

    Ni tan blanca, ni tan fría.

    Mi cabeza continúa morando sobre sus pies, y mis ojos a medio abrir, perpendicularmente otean esta silenciosa habitación. En ella observo los agradables rayos matutinos que la invaden y de paso, transforman mi zozobra y la vergüenza, por igual nuestro sufrimiento, –y por ahí derecho, la furia suya– en una calma momentánea que ambos precisamos para continuar sobreviviendo a este cataclismo.

    La proyección luminosamente cálida de esta mañana, atraviesa los cristales de las puertas ventanas entreabiertas, con la colaboración del viento que dócil abanica los velos blancos, y que, con sus variadas cabriolas, crean sombras en las cerámicas del piso, extendiendo los contornos de los muebles, difuminándolos después, otorgándome un distractor reposo bobo, pero liberador.

    La mudez de Camilo, más su respiración atenuada luego de hacer sus descargos, y esta posterior falta de movimiento, me otorga un soplo de vida que preciso, para entre suspiro y suspiro, conseguir disipar de a poco mi llanto, y recapacitar en todo lo que acabo de escuchar. Nunca antes mis entrañas se habían sentido tan heridas por sus reclamos. Jamás llegué a sospechar que Camilo se atreviera a buscarlo, para por supuesto, terminar por enfrentarlo. No dimensioné la catástrofe tan inmensa que causaría en mi misma, si Camilo llegaba a enterarse de mis andanzas. Menoscabé su confianza, desmoroné en mi esposo su dignidad, haciendo trizas su masculino ego.

    Lo imaginé tantas veces, –aterrada y nerviosa– a solas mientras Camilo yacía tan tranquilo y dormilón, inocente a mi costado. En las primeras escenas, se me aparecía ofuscado. En las otras tras enterarse del agravio, meditabundo. Y en las postreras, visiblemente destrozado. Me sentí mal, me culpaba por ello y por eso mismo, me esforcé por ocultárselo. Pero ahora, escucharle y verlo sufriendo en vivo y en directo, todo ha sido mucho más impactante y arrasador. Continua mi mente visualizándolas, repasándolas una y otra vez, como si las estuviera yo, leyendo en la pantalla de mi teléfono móvil, aunque ya están grabadas en mi memoria.

    —Camilo… Él… ¡Es un mentiroso! Y tú no… ¿No le habrás creído todo lo que dijo? —Barboteo, pues al parecer todavía me hace falta tomar más aire, y apaciguar el llanto que persiste en horadar mis conductos lacrimales, mientras libero sus pies del peso de mi testarudez, y verticalizo mi morfología.

    —Te… Te habrás dado cuenta entonces, que no te mentí. Él, por vanagloriarse delante tuyo, se inventó caprichosamente muchas cosas que no sucedieron o no fueron tan ajustadas a la realidad como te las expuso. ¡No me desvirgo el culo, tan solo por darte un ejemplo! Fuiste tú el primero y a él… A ese estúpido solo se lo di a probar la noche antes que nos despidieran. Cuando llegué a casa el viernes, un poco antes de la alborada. —Llevo mi mano derecha primero a la altura de mi cuello. Luego sobre esta, la zurda, para con ambas comprimirme el gaznate y sentir como trago saliva.

    —¡Por favor, créeme algo más! Estuve siempre muy pendiente de K-Mena, y te aseguro que ella llegó virgen al altar. Y sinceramente no creo que, a su regreso de la luna de miel con Sergio, después ella… Hubiese tenido ganas de acostarse con él. Me lo hubiera contado porque me tenía confianza, así como me detalló todo lo que sucedió en San Andrés, los cinco días que pasaron amándose, felices por tener finalmente, todo el sexo por el que aguardaron. Sé que eso fue otra de sus mentiras, para hacerse ver ante ti, como el tipo irresistible de siempre. ¡De eso estoy segura!

    Continua sin moverse, inanimado, mi amor agonizante. Mientras mis manos nerviosas pero vivas, descienden y bien abiertas, frotan de arriba para abajo, y viceversa, la piel desnuda de mis muslos.

    —Además, luego de… De esa primera vez en su casa, él quiso mantener conmigo el kit completo del cortejo. Pretendía que, en la pantalla de su móvil personal, un mensaje mío lo despertara cada mañana, o en el buzón de voz del teléfono empresarial, –antes de irme a la cama contigo– le diera a él las buenas noches, con el sonido de un beso mío para utilizarlo, no como somnífero, sino para soñar conmigo.

    —Por supuesto. Como era tu nuevo bebé… ¡Te necesitaba! —Carraspeando todavía acostado boca arriba, sumido aún en su natural reconcomio, Camilo lanza roncas sus puyas, como salpicaduras de aceite hirviente en parabólicas trayectorias, colisionando por completo en mis oídos, –tan ardientes allí– formando al instante ampollas dolorosas en mi alma.

    —A esos pedidos, me negué rotundamente, –Cierro mis ojos y continúo explicándole, asumiendo el ardor. – pues no quería convertir lo esporádico, en un concubinato digital, ni muchos menos exponerme a que por su fanfarronería, o por descuido, otros ojos se dieran por enterados. —¿Mejor levantarme para tomar ahora sí, de un solo trago lo que resta del cóctel?

    —Y en el día, cuando coincidíamos en la máquina expendedora del décimo piso, sin moros en la costa, o aprovechándonos de nuestras repentinas soledades en la sala de ventas de los apartamentos al sur de la ciudad, discretamente nos tomábamos una y más de mil fotografías, encerrados o por la calle, abrazados o con nuestras manos juntas y los dedos bien arrunchados. Solterón inconsciente y optimista, deseaba presumirme. Yo sensata y prohibida, inevitablemente terminaba por raparle el celular, y bajo amenazas de dar fin a nuestro incipiente amancebamiento, –y no frecuentar más el rectángulo de su cama– le borraba todas aquellas evidencias.

    —Mariana… ¿Puedes por favor, dejar de adornar tu romance? Me desagrada escucharte ya, hablar de ello. Mejor esfuérzate por salvar en algo tu pellejo. ¿No te parece? —Me aconseja, recomponiéndose un poco.

    —¡Ok, ok! Lo siento, pero es que yo no sostuve ningún romance, Camilo. En verdad lo que ocurrió, fue que él se encaprichó conmigo, y de mi parte solo fue una relación incidental; solo fue un recurso utilizado para mi conveniencia y por ello, dejé de tener contacto con él tras nuestro despido, y esas putas… Esas fotografías no quieren decir nada. –Y temblorosas mis piernas, soportan el peso del tronco, y esta testa les ordena avanzar hasta acercarme a la bandeja. – Ni siquiera pensé que las utilizaría para decorar esas insociables paredes. Es un embustero típico, un arrogante consumado, y frente a ti, exageró e inventó cosas para seguir exhibiéndose, como el puto amo y macho conquistador, que tanto te ofendía. Solo fanfarroneaba frente a ti.

    —Si se decidió a utilizarlas, fue debido a la necesidad de superar la soledad en la que siempre ha vivido y que te he contado, pero las colgó para seguir vanagloriándose ante los demás de su liderazgo y sus aires de indispensable. Siempre quiso impresionar a quienes le rodeaban. ¡Hacerse notar! Te consta. Sentirse el centro de atracción para todo el mundo, era su ilusión y su medicina, porque realmente está solo y eso le aterra. —Este primer sorbo ya no quema, ni le hace cosquillas a mi garganta. ¿Mis cigarrillos? ¡Ahh, sí. ¡En la mesita redonda!

    —Y así pasó contigo. Exactamente lo comprobó con tu visita, ya que en ti halló lo que buscaba conseguir, colgando esas malditas fotografías. Quería que le preguntaran, –como lo hiciste tú– para saber quiénes eran los que le acompañaban, pero eso tú ya lo sabias. ¿Dónde fueron tomadas? Sería la siguiente inquietud para que él, con toda su petulancia a flor de piel, la despejara. Sin embargo, la mayoría de los escenarios los reconocías, salvo uno. Ese último retablo, tan cuadrado y bien centrado, –obviamente con premeditación– sería el súmmum de los cuestionamientos para su egolatría. ¡¿Cual, de todas sus hembras, era la mujer que el besaba?!

    —Y entonces allí contigo, cometió el trágico error, al ufanarse de ser el dueño de lo que, para este corazón y esta mente, nunca fue de él. ¡Jajaja! Pavoneándose frente al verdadero dueño. Me lo imagino y me causa gracia. ¡Sí, sí! Tuvo que ser un baldado de agua fría para su calenturienta pedantería. —¡Buaghh! Este trago, ya no sabe a nada.

    —¿Y sabes porque más, te digo que te mintió y exageró todo? Porque su novia, la tal Grace, nada más ni nada menos, era la esposa del dueño de la constructora y madre de uno de los socios, y tras ser descubiertos, con seguridad ella también, arrepentida u obligada, lo habría desechado. Él se estaba pichando a una mujer casi veinte años mayor. ¡A una vieja que podría ser su madre!

    Me fijo en la botella de tequila, qué todavía encierra en su fondo, algunos mililitros del ardor que me urge para proseguir con mi defensa.

    —Con seguridad tenia magullado su ego, porque yo igualmente, no lo busqué más. Exactamente eso fue lo que le sucedió, las semanas siguientes, cuando me reclamó que no le prestaba atención por estar pendiente de La Pili, y los otros negocios que había realizado aquel puente festivo. Luego de que llegáramos de trabajar en Peñalisa, me dediqué exclusivamente a finiquitar mis negocios y a él lo dejé aparte. Eso le molestó. —¡Ouchh! En verdad quema.

    —Ummm, como te decía. Se enfadó porque no volví a salir con él a solas, o al bar con ellos, los dos viernes siguientes. ¡Y te consta, Camilo!, porque hasta muy tarde, después de dejar dormido a Mateo en su cama, los días de esas dos últimas semanas, tú mismo me colaboraste al organizar y armar los dossieres, con toda la información financiera para presentarlos a los bancos y a la fiduciaria, y de esa manera, conseguir cerrar ese mes como la primera en ventas. —Ni afirma ni lo niega.

    —Además yo, a partir de noviembre, me propuse a como diera lugar, cerrar el negocio de María del Pilar, y darle a Diana esa buena noticia cuando regresara de sus vacaciones. —Abandono la habitación y la botella por un momento, para encenderme un cigarrillo.

    Con la primera aspirada, reteniendo el humo en los pulmones, me ubico bajo el marco de las puertas ventanas y observo a Camilo, que me escucha y medita con sus ojitos cerrados. Sé que no me creerá tan fácilmente, pero… Le intentaré explicar.

    —Ese beso fue otra actuación, una simulación de dócil entrega para ambos. Pero sobre todo para Eduardo. Ese malparido ángel guardián, se encontraba feliz por haber concretado los dos negocios más grandes e importantes para el equilibrio financiero de la constructora. Sí, mi cielo, me viste besarme con él en esa foto, en aquel último viaje a La Heroica. La miraste y te llenaste de odio, decepción y resentimiento, con justa razón. Aquella instantánea tomada por Eduardo, –curiosamente algo embriagado– le confirmaba a tu razonamiento, que todos tus recelos estaban bien fundamentados. —Camilo, apoyándose en ambos antebrazos, despega la espalda del colchón, interesado en escuchar bien, mi defensa.

    —Más lo único que debes observar, ahora al recordarlo, es que había conseguido finalmente mi objetivo. El de mantenerlo interesado exclusivamente en mí, hasta enamorarlo con la intención de destrozarlo desde adentro primero, y con suerte, más algo de ayuda extra de parte de Carmencita, unos días después de que nombraran a Eduardo como gerente de ventas a nivel nacional, –mirando los resultados y mi currículum vítae– la junta directiva con seguridad me elegiría como su reemplazo al mando del grupo de ventas de Bogotá y la zona central.

    —Pero hubo un flagrante error en tus cálculos, en los de Eduardo y en los de ese Don Juan de vereda. ¿No fue así? —Me replica Camilo, levantándose de la cama.

    —Efectivamente, no contaba con… una investigación a nuestras andanzas. –Y aunque Camilo quiere intervenir, no le dejo interrumpirme y prosigo. – Pero por eso mismo quiero que te quede muy claro que no sentí por José Ignacio, nada tan fundamental como para desequilibrar mi amor por ti. Me gustó físicamente cuando lo vi, pero me disgusto su personalidad cuando lo conocí.

    —Por mi deseo de salir de casa, para hacer con mi vida algo más que ser únicamente un ama de casa, no caí en cuenta de que, entre mis nuevas obligaciones laborales y tu ascendente carrera en la constructora, nos distanciaríamos sutilmente con el tiempo, poco a poco, y exactamente al contrario de lo que Fadia, me había hecho imaginar. Y entonces permití, que aquella rutina diaria por el dulce sabor al triunfo, se convirtiera en esa toxina, que gota a gota, y descuido tras descuido, –todos míos, pero con culpa de terceros– envenenara nuestra relación, hasta casi matarla.

    —Perdóname, mi amor. ¡Perdóname! Antepuse primero, al amor que me ofrecías sin dilaciones, una liberación injustificada. Todo fue culpa mía como ya has escuchado de mi boca. Tú, mi amor, jamás tuviste que ver con mi caída, y mucho menos, nada pudiste hacer para evitar asistir a mi sepelio. Fui una estúpida egoísta, alejándote del manejo en común de mi estilo de vida. Una vil prostituta, que vivió los últimos meses según mis vanidosas creencias, actuando según mis peculiares pensamientos, y con sentimientos contradictorios, pues respetaba las ideas de los demás, siempre y cuando no interfirieran con las mías, incluido tu parecer. —Continua de pie, sin dar otro paso, pegado al borde de la cama y sin… ¡Sin mirarme!

    —No involucré sentimientos de cariño, mucho menos de amor por él. ¿Lástima? Efectivamente algo de eso existió. Un sentimiento de pesar y compasión por su situación, pero hasta ahí. El resto fue pura pantomima. Y está bien que no lo creas, y que pienses que te miento por física necesidad de limpiarme algo de este asqueroso fango. Y sí a eso que sentí por él, le quieres poner el rotulo de otro tipo de interés, perfecto, más yo sé muy bien que no fue así. Estabas perdido y totalmente equivocado, mi vida, por la enquistada comparativa, machista y tan viril, de toda la vida.

    —Con ese idiota, nunca te fui infiel sentimentalmente, pues no lo deseé como hombre, porque más macho que tú, nunca lo fue. —Ahora sí me mira fumar, estupefacto.

    Claudicando, Mariana con los ojos húmedos y sus azules brillos desconsolados, descuelga un brazo sobre su cadera derecha. La otra mano, mantiene el pico de la botella de tequila, apoyada sobre su labio inferior y en el borde de este, la rodada gota cristalina que duda entre despeñarse por ese abismo de carne, o bordearlo por la comisura izquierda y ser bebida junto al siguiente sorbo.

    —En su lugar, cielo, y aquí quería llegar, si por alguien pudiste llegar a temer en verdad perderme, obviamente si te hubieses dado cuenta, y a través de todo mi envilecido periplo, llegando a sentir algo más que corpóreo, fue por, y hacia ella.

    En su mirada derrotada, y dentro de su garganta seguramente llena todavía de más palabras, que pugnan por salir de su boca con otras explicaciones que no ha querido darme, detecto con bastante claridad, el enrevesado camino por donde ella desea continuar. Racional para ella, incongruente para mí. ¡También me han entrado las ganas de fumar!

    —Mi prioridad era sentirme a gusto con esa mujer interior, que era tan admirada exteriormente por mi belleza y por mis éxitos laborales. Y tu… Tú, mi vida, nunca hubieses compartido el ataúd que me fabriqué, para seguirme por tu amor hasta esa maldita eternidad, cumpliendo con todos mis caprichos, como siempre lo hacías. Jamás estuviste de acuerdo con mi estúpido desvarío laboral, y ni hablar de mi rezagada quimera sentimental los últimos meses que estuvimos juntos.

    —Pues a ver, Mariana. A mí sí me gustaría saber… ¿Cuál fue esa necia utopía que no llevé a cabo contigo? Por qué yo, lo hice todo contigo. Lo que te propuse, y hasta donde quisiste llegar o dejarme hacerte. ¿O no? —Le consulto mientras me encamino hacia el balcón.

    —¡Intercambiar parejas, Camilo!

    —¡¿Queee?! ¡Eso jamás! Nunca se me cruzó por la mente… Cederte y… Verte… Escucharte, o… ¡No! Simplemente no. —Le respondo completamente asombrado, y con el cigarrillo entre mis dedos, aún sin encender.

    —¿Lo ves? Y aunque yo lo presentía, también veía en ti una necesidad de aventura, una adicional fantasía, para excitarte mucho más, cielo. Cuando veíamos esas pelis porno, tú… Se te veía el fuego en la mirada, y entonces creí que a ti… Es que te ponías tan cachondo, Camilo, al ver como a la protagonista se la cogían entre dos o con otra mujer, y explotabas con tanta pasión dentro mío, que yo… Llegué a pensar que te gustaría probarlo algún día. —La llamarada de su encendedor, flashea sus labios y tras una humareda blanca y espesa, su mirada contrita y la boca abierta, me advierten que ha pensado en algo y está por intervenir.

    —Obviamente era lujuriosamente lúdico, verlas contigo. Probamos ciertas poses viendo en la pantalla, o después de ver a esos actores en acción, utilicé contigo como complemento de la escena, uno de esos juguetes que te compraste, pero solo hasta ahí. Jugábamos a ser tres, y a tener una fantasiosa inclusión, más nunca tuve la… ¡No tenía la intención de permitir que otro hombre te pusiera las manos encima! Yo, Mariana, estaba feliz con nuestra monógama relación. Me bastabas tú y nuestros eróticos juegos. Contigo a medio desnudar, era más que suficiente para mi diversión. Por eso te entregué todo mi amor, con deseo y, sobre todo, con respeto. Te fui fiel hasta… ¡Hasta donde más pude!

    —¿Acaso llegaste a pensar, que me hubiera gustado compartirte con ese Playboy de playa? ¡Mierda, que puta locura! ¿Y yo con quien lo haría? ¿Con su dichosa novia, la esposa de don Octavio? ¡Por favor, Mariana! Parece que perdiste el tiempo conmigo, psicoanalizando mi gusto sexual, y yo el mío contigo, durmiendo con una mujer que internamente era tan extraña. Creí que nos conocíamos.

    —A ver, cielo. Con ese estúpido, ¡Jamás de los jamases! Pero… Fue con esa otra persona, con la que sí llegué a fantasear, pensando seriamente en cómo, cuándo y en donde hacerlo, los tres. Pero varias veces en nuestra cama, mientras me hacías el amor, al insinuártelo, rechazaste de plano si quiera intentarlo.

    —No me vas a culpar por eso. Fantasear no es lo mismo que actuarlo en la realidad. Disfrutar esas escenas de vez en cuando, no son un inconveniente, mientras las mantengas reguardadas en tu cabeza. Todo se valía, mientras las manejáramos entre nosotros, dentro de nuestros íntimos espacios, en la privacidad de nuestro mundo. Pero Mariana, al volverlas realidad, haciendo esas entregas tan tangibles, existiría el peligro de que aquello que nos gustaba imaginariamente, al ver cómo, efectivamente se cumpliría con otras personas, en verdad nos harían sentir terriblemente mal, al menos en mi caso. Porque eso me llevaría inevitablemente a evaluar mi desempeño y preguntarme… ¿Qué me hace falta para que mi mujer lo busque en otros?

    —Y la única respuesta a ese intento de placer egoísta tuyo, pero compartido por mí para darte el gusto, seria sentirme, como me sucedió contigo sin verte, –aunque sospechándolo los últimos días de febrero– castrado emocionalmente. —Termino por aclárale mi posición al respecto.

    —Ok. A ver. José Ignacio me gustó, físicamente, sí. Pero detesté siempre su manera de ser tan presumido, y a pesar de equilibrar un poco la balanza debido a su conmovedora historia de vida, nunca se me pasó por la mente que fuera con él. ¡Ni loca! Esa persona, la que sí me llamó poderosamente la atención fue… Esa otr…

    —Déjame adivinar. ¿Te movió el piso ella? —La interrumpo, y la observo asentir con firmeza.

    —María del Pilar, es a sus 40 y tantos años, una mujer especial y única. Amada por cientos de seguidores en sus redes sociales y odiada por los detractores que objetan sus puntos de vista, bastante socialistas eso sí. Aparte de llamar la atención por los rizos apretados de sus cabellos, su cara ovalada y de tez blanca como la mía, con algunas arrugas visibles en el cuello y las patas de gallina apenas notorias al final de sus párpados, por encima de eso, es más atrayente por su personalidad arrolladora y su carácter afable pero decidido frente a las cámaras y los micrófonos.

    —¿Te estas escuchado Mariana? Eres igualita a ese malparido siete mujeres. Esa diva tan famosa, tiene la edad suficiente para ser tu madre. ¡Por favor!

    —Pues sí, tienes razón. ¡Podría ser, más no lo es! Muy pocas mujeres ostentan esa gracia suya tan enigmática, al hablar tan claro solicitando algo sin amedrentarse. Lo que le llama la atención, lo qué le gusta y lo que no, lo va soltando sin preocuparse del que dirán. Las opiniones le resbalan, –como si estuviese toda ella recubierta de teflón– gracias a sus años siendo la vedette de los programas de televisión.

    —Desde que nos conocimos, nos sobraron las palabras para expresar la amigable sororidad que entre las dos surgía. Al observarla detalladamente, escondidos entre sus alocados pensamientos, tras los rizos apretados sobre la frente, flojos y ondulantes por debajo de los hombros, sus ojos inmensos y grises, destacando sobre uno de ellos, un leve corte en su ceja izquierda, su personalidad emancipada, liberal, curiosa, e impetuosa me fue envolviendo y ella… ¡Me cautivó!

    —Increíble. ¡¿Que puta locura es esta?!

    —Más, sin embargo, esa sonrisa de ficticia felicidad, ocultaba a los flashes de las cámaras y al calor de las luminarias en el set del telediario, o en las portadas de las revistas donde la entrevistaban, un alma rota. Y a pesar de aparentar en las pantallas, ser tan fácil de amar y, por lo tanto, hacerse desear, realmente en su intimidad era otra. Complicada y difícil de comprender para aquellos que no la tenían tan de cerca.

    —De figura esbelta, carne firme, boca besable, piel blanca ligeramente bronceada desde la base del cuello hacia abajo, con sus pechos pequeños pero muy firmes, como los tenía yo antes; pezones de un rosa oscuro, duros, erectos al instante de sentir un leve roce, y el vientre plano, ligeramente marcado, indicando a la visión de quien se lo observara, el camino hacia un pubis aniñado, depilado por completo, y con los labios mayores de su vagina, floreciendo como pétalos de un bello tulipán, destacando en medio del arco que se le forma en la parte alta de sus muslos. Todas esas características la convirtieron tras varios encuentros furtivos, en una de mis fantasías sexuales favoritas. Y allí, donde tú no tenías cabida al principio, con esos comienzos egoístas, me llegué a asustar.

    —Fue tan avasallador el sentimiento por querer estar continuamente a su lado, que necesité urgentemente hablarlo con alguien más. Pensé confesarme con una de mis amigas de la universidad, pero la cercanía y amabilidad de Iryna, me hicieron decantarme por ella y, confesarle esas ultimas sensaciones; por supuesto, revelarle mis comienzos de puta obligada e infiel esposa por mi estúpida idea de venganza y protección, así que una tarde al comenzar diciembre, sentadas en el parque, mientras Mateo jugaba con sus amiguitos, le hice un resumen de todo y en parte descansé.

    —Entonces, nuestra vecina rusa, ya lo sabía todo… ¿Cuando pasó lo nuestro?

    —Sí, Camilo. Creo que, por eso mismo, Iryna se tomó la licencia de meterse contigo. La enteré de buena parte de mi agonía pasada y luego de cómo, La Pili, se convertía con el pasar de los días en una de mis clientas preferidas, aunque su compra no la tuviera muy definida. Le confesé que me gustaba estar cerca de ella y compartir sus charlas hablando sobre el arte contemporáneo, escucharla cantar baladas románticas en portugués, y pasar tiempo admirando su hermosura, respetando sus silencios mientras se fumaba varios porros, repasándose con la punta de la lengua los labios, al tomarse dos copas seguidas de vino tinto, porque la relajaba y de paso, le llegaban a su mente imágenes con ideas que la ponían muy cachonda.

    —Fueron varios los momentos inicialmente, en que mi mente, –estando las dos rodeadas de muchas personas– la imaginaba sola para mí… Para el deleite de mi boca y las manos, deseando recorrer sin premura esas piernas largas y llamativas, vigorosas y encantadoras, sin llegar a ser muy membrudas, que la destacaban en la pantalla chica. Dejé que mis deseos dominaran mi racionalidad, solo por ella, aceptando pasar ratos largos sometida a sus caprichos, y que usara mi cuerpo para su placer. En verdad, para nuestro común gozo.

    —¿Desde cuándo sucedió? ¿Fue cuando viajaron a Villa de Leyva?

    —No. Ese viaje, inicialmente no tuvo nada que ver. El primero y el segundo fueron estrictamente laborales. Sin embargo, esos dos, reafirmaron la atracción inicial que nos conectó. Fue en La Candelaria, donde me sedujo al mostrarme otro mundo. El suyo tan oculto. Y para el tercer viaje a su casa, todo se concretó. —La expresión de asombro en Camilo, lo dice todo. No se imaginaba algo así.

    —Una llave antigua, –continúo aclarándole– de aquellas tan clásicas, consistente de una pieza cilíndrica perforada, en forma de tubo, con una paleta acanalada al final, con tres únicos dientes al costado como clave, y al otro extremo la parte ancha en forma de trébol, esmeradamente tatuada en el foso de su codo izquierdo, fue la entrada que me ofreció a la intimidad de su mundo. Bueno, no solo a mí, también a Félix, el gerente del banco, y permitirle atisbar un poco, por puro morbo, al malparido de Eduardo.

    —¿Cómo así? ¿Un tatuaje para qué?

    —Su negocio se me estaba complicando, y una tarde en la oficina, estábamos Félix, Eduardo y yo analizando su perfil crediticio, buscándole una salida. Ella llegó sola, sin su pareja, y sin esperar a ser anunciada, ingresó y saludándonos de mano, se sentó a mi lado. Escuchó todos los impedimentos, y por supuesto renegó de la opción de hipotecar su propiedad en Villa de Leyva para subsanarlos. Sin llegar a un acuerdo, se levantó y guiñándome un ojo, inicialmente me invitó exclusivamente para ver junto a ella, una obra de teatro. Pero como ellos estaban atentos y los dos la escucharon, les extendió por igual la invitación.

    —¿Cuando fue eso?

    —Las noches de los miércoles eran tuyos. ¿No? Los jueves y los viernes, los míos. ¿Recuerdas? Un miércoles a mitad de noviembre, Eduardo te llamo, se disculpó y te dijo que iría conmigo a un evento al que nos habían invitado. Luego hablamos tu y yo, para confirmarte la versión.

    —¡No tengas miedo, preciosa! —Me dijo cuándo al terminar la función teatral, dejando a su pareja disfrutar junto a los actores, de los aplausos y los brindis, me dejé arrastrar por ella hacia las calles empedradas del añejo barrio, escoltadas dos pasos más atrás, por el gerente y por supuesto, por mi pervertido ángel guardián.

    —De hecho, aunque ahora te parezca que andamos solas, hay suficientes ojos, pendientes de cuidar nuestros movimientos. No te preocupes, existe bastante seguridad privada, pues mucho turista viene por acá. Por eso, a los que, a estas horas de la noche veas recorrer estas laberínticas vías, –como nosotras– no son tan despistados como tal vez lo llegues a pensar, mi hermosa Blanca Nieves. —Le «cuchilleaba» a mi oreja derecha y los vellos de mi nuca erizados, respondían a su calurosa voz.

    —Lo matutinos rubiecitos ojiazules, tan longilíneos con sus mochilas a cuestas, tal vez sí. O quizás sean los mismos, «muñequita», solo que aprovechan la luz del día para hacer los contactos necesarios, y beneficiarse de las sombras nocturnas, con la secuaz estrechez de las calles, para ubicar con tranquilidad a quien les dispense la droga que ansían desde temprano, y algo de la extrema acción sexual que desean ver y practicar. —Enfatizó.

    —La Pili, se esmeró en guiarnos, mientras yo, debido a los altos tacones de mis zapatos, hacia equilibrio con ellos, caminando sobre las piedras romas y humedecidas de las ceñidas calles. —Camilo toma el cenicero y al estar recostado sobre la baranda de madera, lentamente se deja caer al suelo, escuchándome con atención, mientras de sus labios no se quiere apartar, el tramo amarillo de su cigarrillo.

    —Hay mucho «pirobito» homosexual dispuesto, querida, y «combos» de muchachitas menores de edad, que ofrecen sus servicios de compañía mediante tarjetas de presentación. La mayoría son administradas por gente adinerada, que también alquila las habitaciones de estas casas, para consumar la perdición. Y otras edificaciones, son prestadas para organizar fiestas y eventos como al que vamos a asistir, sin mayores reparos, pues son herencias familiares casi abandonadas, salvo los fines de semana. Fachadas de casas viejas, pero por dentro corazón, sus estructuras se utilizan para otros cuentos.

    —Lloviznaba todavía, cuando se detuvo frente a un portal de madera, totalmente pintado de verde manzana. Félix y Eduardo nos flanquearon, y escucharon con claridad el final de su descripción.

    —Pero también viven personas muy cultas y bastante intelectuales, sibaritas refinados, escritores bohemios, músicos y artistas, sin distinguir sin son los más famosos en la Tv, o los influyentes miembros de las redes sociales. También concurren los anónimos maestros, en el callejero arte de divertir a los transeúntes, y sobrevivir a la inclemencia del día, mendigando sus monedas. Con todos ellos, hemos formado una especie de club privado, para conversar de arte y poesía, intercambiar conceptos filosóficos, y discutir tesis sobre la ética o las costumbres de culturas lejanas, con varios amigos extranjeros. Incluso hemos llegado a sorprendernos con algunas prácticas que han estado perdidas. Y ya entrada la madrugada, en ocasiones muy puntuales, tratamos de satisfacer otros temas de nuestro interés. —Y al concluir su explicación, con tres golpes dio a conocer al interior de aquella casa, su llegada.

    —Una pequeña ventana se abrió, y ella arremangándose la esquina del chal y luego la manga de su blusa tejida en lana, frente a ella colocó aquel tatuaje, y los goznes de la puerta chirriaron macabramente, cediéndonos el paso. Ya dentro en una circular estancia, el hombre y la mujer que nos dieron la muda bienvenida, recogieron los abrigos y los sacos, su bolso y el mío. Sin cedernos el paso, ni decir ni una sola palabra, nos indicaron que, sobre una bandeja de plata, dejáramos nuestros teléfonos celulares.

    —La privacidad es un derecho fundamental, y más en este lugar, mi pequeña Blanca Nieves. —Asentí sonriente, y todos acatamos la orden.

    —El frío de la calle, allá dentro ya no se sentía. Yo la seguí primero, y detrás de mí, ellos dos. La minifalda con la que exhibía sus piernas, era tan corta que, por momentos, al caminar delante mío, podía verle la raya divisoria en sus nalgas, y hacerme imaginar su «fundillo».

    —Al fondo de un luengo pasillo, cruzando el patio central, con su antiquísimo pozo de piedra caliza, –de al menos metro y medio de diámetro, rodeado por un bosque de frondosos cedros y arrayanes– ambarinas luces y estruendosas risas, parecían darnos la bienvenida, mientras en el ambiente aledaño, el aroma a Palo Santo y una niebla bastante espesa pero baja, como la que se usa en las discotecas, nos aguardaba, tres o cuatro metros más adelante.

    Mariana hace una pausa en su relato, y en frente mío, contra el vidrio de la puerta ventana, igualmente deja resbalar su espalda y termina por acomodar sus piernas, semi dobladas, en medio de las mías. Estira su brazo y en el cenicero con delicadeza, deja que se apague sola la colilla. Se frota las manos. Observa con detenimiento las caricias que las yemas de los dedos de su mano diestra, realizan sobre la palma y las falanges de la izquierda. No se cubre la entrepierna y se la veo, tan suave y lisa, con los pliegues bien cerrados, como asumiendo desde ya, nuestra triste despedida.

    —En el solar de aquella casa, ya estaba armado un toldo, o quizás para aclárate mejor, debo decirte que era una gran carpa usada, como la de un circo ambulante. Incluso estaba remendada con parches rojos y amarillos, en la cumbre y en el costado, cerca de la entrada. Por dentro estaba tenuemente iluminada, pero eso sí muy bien decorada. —Ladea la cabeza hacia su derecha y con los ojos cerrados, continúa relatándome, sobre aquello que no tenía idea.

    —Sillas de espaldares altos, ataviadas todas con telas blancas muy ajustadas por detrás con cintas negras cruzadas, semejando un delicado corsé. Y al frente de estas, lo que me parecieron mesas largas, pero demasiado bajas. Toda la mantelería era negra con impresas flores de Liz purpuras y los cubiertos, así como la vajilla, donde se habían alimentado los otros invitados más temprano, –con sobras en algunos de ellos– permanecían desordenados sobre cada una de ellas, todo de estricto color dorado. Por colgantes festones, pendían gruesas cadenas, fustas de cuero, máscaras adornadas con plumas de colores, y varias cuerdas de fique gruesas.

    Su cabeza gira nuevamente y al regresarla, abre los ojos y me mira brevemente. Mariana pliega los párpados, y lleva ambas manos hasta sus mejillas, oprimiéndoselas, en un gesto de ansiedad.

    —En una de las esquinas alrededor de una mesa de billar, varias personas reunidas observaban, bebiendo lo que parecía ser un costoso whiskey irlandés. Algunas comentaban emocionadas las analizadas tacadas, y otras en completo silencio, se besaban y acariciaban sin pena por debajo de las ropas, restándole importancia al resultado del juego. Varios hombres, y casi todas las mujeres, lo hacían a medio vestir; pero los dos maduros billaristas, se encontraban concentrados en la partida, completamente desnudos, salvo por collares anchos y con remaches, alrededor de sus cuellos, y con cromadas cadenas, que caían libres por sus espaldas, hasta media nalga.

    —Y en el otro extremo, vi de rodillas a un hombre y una mujer, ante un gran tablero de ajedrez, fabricado en reluciente vidrio templado y cada una de las treinta y dos fichas, eran figuras fálicas delicadamente talladas. Los reyes, grandes consoladores, al igual que las reinas más bajas y los extremos eran ligeramente curvados. Succionadores de clítoris por alfiles, «plugs» anales hacían las veces de estilizados caballos, y torres esbeltas con esféricas protuberancias. Todos los peones eran tapones anales de idéntico tamaño y forma. Los dos jugadores ataviados con trajes de látex de un brillante negro, y cubiertos con máscaras los rostros. En sus bocas, mordazas con bolas rojas que les impedían emitir sonidos comprensibles, debatían en sus mentes, la siguiente movida.

    —Y un poco alejada del centro, una jaula de al menos metro y medio de alto. En ella, una mujer morena, tan delgada como hermosa, con grilletes en sus manos y varias cuerdas enrolladas alrededor de sus senos, la cintura y ambas piernas separadas, era obligada a mantener sus nalgas pegadas a las rejas y por entre estas, era penetrada desde afuera, por un grandulón velludo, canoso, y flacuchento viejo calvo. La chica sollozaba mucho, pero no adolorida como supuse, sino complacida por el esclavo trato al que era sometida.

    —¡Pobrecita! Vaya espectáculo presenciaste. ¿Y a todas estas, tu diva que te decía? Y… ¿Qué cara hacían el gerente y el malparido de Eduardo?

    —La Pili, plácidamente sonriente. Sin habla yo, y estupefacto el gerente, más el malparido ese, se encontraba dichoso. Se hallaba en su salsa, el infeliz. Ella me miraba, atenta a mi reacción ante aquella escena, y tomándome de la mano, me hacía sentir cada una de las embestidas del anciano a la muchacha, apretándomela con fortaleza, soltándomela con suavidad, repetitivamente.

    Recoge sus piernas, hasta que aprieta las pantorrillas con la parte posterior de sus agraciados muslos, y utiliza las rodillas como apoyos para sus codos, y al final de la rampa de sus brazos, una mano se monta sobre la otra, ladea su cabeza hacia la derecha, e inexpresiva me mira de soslayo. Luego, lentamente cierra los ojos y continúa sosegada recordando.

    —Y así, agarrada a ella, le seguí los pasos hasta salir de aquella carpa por el otro lado, y nos dirigió hasta el ala oriental de aquella antigua casona, hasta que llegamos a un corredor con varias habitaciones, a lado y lado; ninguna enfrentada, todas sin puertas, y cada uno de esos claroscuros cuartos, con ambientes similares. ¡Te lo podrás imaginar! Demasiadas veladoras amarillas sobre estantes de madera y velones altos en el suelo; manilas y sogas desenrolladas, cuerdas que tensaban la piel de alguna mujer, decorando el ambiente con ella suspendida en el aire, en una posición extrañamente ofrecida. Cadenas y esposas, inmovilizando a un hombre desnudo a una equis de madera oscurecida y de espaldas a nosotros los espectadores, una mujer entrada en años y algo obesa, le plantaba en las nalgas y en la espalda, varios latigazos.

    —¡Más duro! —Le solicitaba a la mujer, un fornido hombre vestido de frac y con una máscara de piel marrón, cubriéndole el rostro.

    —¡Son marido y mujer! No te preocupes, muñequita. Por lo visto esta semana él esposo, no se ha portado muy bien y el corneador lo quiere reprender. —Me comentó.

    —Rollos de terciopelos carmesíes, cubrían las paredes de otra de aquellas habitaciones. Personas de diferentes edades y colores de piel, entraban, permanecían un tiempo y salían. Diversas escenas orgiásticas, pero en cada una de ellas, mucho de castigo por gusto, y dolorosas humillaciones por placer y lujuria. ¡Puff! Demasiados golpes secos, algunos gritos desgarradores, y bastantes gemidos placenteros. Todo un mundo desconocido, presentado en vivo y en directo, con mucho sadismo, expuesto ante mis ojos.

    —¿Te gustó? —le indago a Mariana, pues quiero sonsacarle, si por eso o por esa otra mujer, su actitud y apetencia sexual, cambió nuestra intimidad.

    —Eso mismo me preguntó María del Pilar, pero a tu inquietud, ella le agregó una proposición a futuro.

    —¿Cuándo practicamos, Blanca Nieves? —Indagó con suspicacia, y dejé que mi cordura se envileciera bajo la apasionada tonalidad de su voz.

    —¡Un día de estos, bruja malvada! Cuando me le pueda perder a este par de enanos. —Le susurré a su oído, y le planté un sonoro beso en la mejilla.

    —¿No hicieron nada más? ¿No te obligaron a hacer algo raro esa vez? —Le pregunto, pues recuerdo un aparte de los mensajes que constaban en el informe, donde Eduardo y ella, intercambiaban opiniones y nombraban a la famosa presentadora, comentando entre ellos, sus extravagantes gustos. Eduardo le insinuaba probar, y Mariana sencillamente admitía que le gustaría experimentar.

    —Sí, cielo. De hecho, salimos los tres en dirección al costado derecho, hacia el costado occidental de la casona. Allí en medio de un salón muy amplio, estaban otras personas, todas glamorosamente vestidas, sentadas en cómodos sofás y sillones de piel de lagarto, algunos hombres fumando puros cubanos, y las mujeres, no todas, cigarrillos normales, dialogando entre sí, ajenos al parecer de lo que ocurría en las otras estancias de la casa. Se saludaron afectuosamente con María del Pilar y ella nos fue presentando, uno a uno.

    —Recuerdo a un francés muy alto y flaco, elegante, fumando pipa, y con algún cargo importante en la embajada de su país. También a una chica rubia de cabello corto semi ondulado, que reconocí de inmediato, actriz y presentadora de noticias, al parecer muy amiga de La Pili, y que disfrutaba de la conversación con aquel francés junto a su novio, otro famoso artista de cine y televisión. Me presentó igualmente con otras personas, periodistas, un petulante abogado casi calvo, una cirujana plástica que curiosamente conocía al médico qué, para esa época, estaba por realizarme la operación del busto, y varias más con las que apenas cruce el saludo. —Camilo frunce el ceño, recordando seguramente aquellos días, cuando regresó de su viaje al Chocó y se encontró con la sorpresa de verme en nuestra cama, acostada boca arriba y en compañía de mi madre, su hermana menor, y por supuesto de nuestra vecina. No le gustó mucho que me hubiese aumentado el busto, lo noté en el brillo de sus ojitos marrones, pero como siempre, por su inmenso amor hacia mí, acató mi parecer y no me armó pataleta.

    La botella de tequila, está sobre la mesa. Un trago es lo que requiero ahora, directo de ella, puro, sin nada que lo suavice. Estiro mi brazo, el izquierdo, pero no la alcanzó. Mariana se sonríe levemente al notar mi intención y es ella quien, ajustándose los costados de la bata, se arrodilla y la destapa. Bebe primero un trago, se agacha y me la alcanza, con el sabor de sus labios humectando el pico de la botella.

    —Y para hablar de lo que acabábamos de observar nos invitó a sentarnos frente a una preciosa chimenea, –le explicó a Camilo, mientras lleva el pico de la botella a su boca–, en las paredes, muchos estantes de cedro con cientos de libros, y alrededor una exposición de cuadros de paisajes amazónicos vividos y coloridos, realizados por aquel pintor cuyo apellido no he sido capaz de memorizarme nunca. Él no se encontraba allí, pero sí estaba una mujer, la esposa según me instruyó La Pili, charlando risueña con las personas que admiraban esas obras, intentando seguramente conseguir compradores.

    Mariana decide incorporarse, pero no para alejarse, sino para recostar su espalda contra la superficie acristalada, y seguir rememorando sus aventuras con aquella mujer qué la impactó tanto. Se lleva las manos al rostro, juntándolas por las palmas sobre su nariz, y dentro de ellas, suspira voluntariamente.

    —Una copa de champaña rosada en su mano y otra en la mía. Whiskey sin hielo en la diestra de Eduardo, y una copita de coñac en la de Félix, despersonificaron nuestras impresiones. Mi supuesto ángel guardián, fascinado por lo que había visto, esbozando su maquiavélica sonrisa. Espantado el gerente, palidecido sin articular palabras, parecía querer marcharse lo más pronto posible. E intrigada yo, le pedía algunas explicaciones a La Pili, quien someramente me aclaró algunas, las otras… Esas quedamos en hablarlo luego, privadamente.

    Otro trago le permite a Mariana, tomar aliento para proseguir.

    —Recuerdo que, al regresar a casa, todavía permanecías despierto, trabajando sobre unos planos topográficos, concentrado por completo en ellos. Y en el suelo un reguero de bocetos con tus contenedores dispuestos de varias maneras, en medio selváticos paisajes. Te sorprendí con un beso y mis brazos rodearon tu pecho desde atrás y…

    —Y nos fuimos para la cama y allí, mientras te desmaquillabas, me relataste tu aburridora experiencia. La verdadera, con la obra de teatro que no comprendiste por sus diálogos bizantinos. La maquillada, con tu visión de ese mundo tan «intelectual» –con el movimiento de mis dedos entrecomillo esa irónica palabra– que, por lo visto, causó esa revolución en las semanas venideras. —Dejo en el cenicero, al igual que Mariana, que agonice mi colilla, sin comprimirla.

    —No solo de vestuario, –le recalco– mucho menos de tus cotidianos hábitos, pero al cambiar de peluquería, mudaste el hermoso color natural de tus cabellos, y al dejar de asistir al gimnasio del club, para inscribirte en otro, más al nororiente, varió tu mentalidad y con ello, en tu cuerpo tatuaste en tu espalda, ese mensaje tan diciente, y tras el paso de los días, por las noches, tu manera de actuar conmigo en nuestra alcoba. —Mariana extiende su mano y se apodera de la botella. Un trago corto por lo poco que nos resta por consumir, le permite calmar su sed, mientras se derrumba nuevamente frente a mí.

    —¿Más dominante, dices? Con mandatos imperiosos y en ocasiones… ¿Usando un tono despectivo? Sí, eso pretendí, pero te rebelaste a mis gustos por amarrarte al cabecero de la cama, y con el cinturón de seda de mis batas, o con tus propias corbatas, si yo las tenía más a mano, involucrarte en esas nuevas aficiones mías. Y para lograr que perdieras tus miedos a mi oscuridad, vendé tus ojos con mis pañoletas satinadas, y apagué tus gemidos o tus suplicas, con mis tangas atarugadas dentro de tu boca.

    —Se limpia el alcohol de ambos labios, con el dorso del dedo índice, y alarga su discurso.

    —Pero como vi que no te gustó, cambié de táctica al poco tiempo. Decidí ser para ti, como lo era para ella. ¡Dócil, sumisa y entregada! Pero mi parte dominante, que también pugnaba por salir a flote, la utilicé con José Ignacio, para acercarlo cuando necesitaba alejarlo de K-Mena, y, por último, con el apocado gerente del banco, para que hiciera lo que fuera necesario, con tal de conseguir la aprobación del préstamo para la casa de María del Pilar.

    —¡¿Que?! Con ese tipo también… ¿Tu?

    —Dos veces coincidí con él, en la misma habitación, con ellos. Juntos, pero no revueltos, cielo. Digamos que le fuimos perdiendo el miedo, hasta que le cogimos el gusto. María del Pilar y yo, exclusivas en nuestro espacio, para hacer nuestras cosas. Félix, repartiendo su descubierta afición por recibir dentro suyo a Bruno, la pareja de La Pili, y de darle azotes con gusto, a la secretaria del gerente general de su banco. Compartí con él, espacios en su mundo oculto, con desnudas vistas, pero sin derecho a roces. Y al final de diciembre, para mí una comisión por la venta de la casa en Peñalisa y para él, un aumento significativo de salario.

    —Por lo visto te saliste con la tuya. ¡Que pervertida eficiencia!

    —Comprendo que imagines ver, lo que no tienes a la vista. Pero, lo que no alcanzas a imaginar ni a observar, fue el calvario en mi interior. Experimentar fue la motivación inicial. Tras su dominación y mi entrega, con sus golpes y las vejaciones a mi cuerpo, comprendí después, que eso era lo que precisaba, y casualmente lo encontré en ella. Necesitaba de alguien que me sometiera, porque yo, mi vida, requería ser castigada por no haberte hecho caso, para terminar después, traicionando tu amor y subastando mi fidelidad. Quería sufrir, me urgía ser castigada, y bajo tus amorosas manos, no lo encontraría fácilmente. Me das candela, ¿Por favor?

    —Me fuiste abandonando mientras ella te iba enseñando un nuevo camino, ese donde el descontrol de tus actos, –saltan chispas, nace la flama y Mariana aspira con su elegancia acostumbrada– disciplinaron nuestros posteriores encuentros en nuestra alcoba. Tú, pretendiendo que te palmoteara con fuerzas en las nalgas y en las plantas de tus pies, y yo, arrepentido tras la lujuria, besando, lamiendo y adecentando con ungüentos, el enrojecimiento de las marcas que te causé por obedecerte. —Mariana expulsa el humo por entre la abertura de rosa de su boca, y al frotarse la nariz, se dentellea inconsciente el labio inferior, perforándose el lunar.

    —Dices que necesitabas ser reprendida por mis manos, pero al mismo tiempo mantenías luego esa actitud lejana y displicente hacia mí, durante el día. Creí que te comprendía, pero te habías vuelto tan incomprensible, que decidí dejarte libre, aunque las cuatro paredes de nuestra casa, te mantuvieran apresada a nuestro matrimonio. Cambiaste tanto que estaba decidiendo abandonarte, solo que entre Mateo y mi nostalgia, me amedrenté para ponerle hora y fecha a la propuesta de divorcio. —Mirándome fijamente, el sol brilla diminuto en la esquina inferior del topacio de sus iris, y en el borde de su parpado inferior, se exhibe ante los míos, la marea de su quebranto.

    —Una noche, o dos, después de echar por tierra mis sueños de pasar vacaciones antes de año nuevo, los tres fuera del país, llegaste de nuevo tarde, y al quedarte fundida a mi lado en la cama, por el cansancio de tus citas de negocios, me percaté de un llamativo cárdeno en tu piel, semi oculto en el lateral del comienzo de tu cuello. —Mariana se despeina la onda elevada sobre su frente, con la mano libre, mientras con la diestra, ocupada en el medio de sus dedos por el filtro blanco, recolecta con la palma, las lágrimas que fluyen sobre su mejilla izquierda.

    —Y a pesar de que usabas esos pijamas algodonados que te causaban tantos acaloramientos, el final de tu espalda descubierto por tu pose acurrucada, me permitió observar varios arañazos naciendo desde un extremo del rombo que forman tus pozos de Venus, hacia abajo hasta el nacimiento de tus nalgas. Obviamente al no ser yo el causante, imaginé que ese culo tuyo había sido profanado horas antes, por un extraño. Y ese otro, no podía ser más que aquel odioso compañero tuyo. ¡Que equivocadas estaban mis sospechas!

    Finalmente deja de observarme y baja la cabeza, resignada. Endereza la espalda y con ese movimiento la vuelve a elevar. Se le tensa el cuello, y el hoyuelo en su mentón apunta directamente hacia mí. Tras limpiarse la nariz, matizando ese absorbente sonido con el carraspeo, dos veces consecutivas en su garganta, Mariana me da a entender que está a punto de aclárame algo… ¡Algo más!

    —En su cabello enmarañado y decolorado, en porciones rubios por delante de mechones más oscuros, y otros naturalmente canosos, parecía radicar su temperamento rebelde, dominante y autoritario. Pero en el plenilunio de sus redondos ojos, taciturna, sus impulsos reflejados en ellos, cedían ante mi firme decisión.

    —Ella también lo deseó desde un principio, pero respetó mi decisión de no «utilizarlo», porque era privativo de mi marido. ¡Puff!

    —Esas propiedades tan exclusivas del matrimonio, –y por eso lo detesto tanto– son las que precisamente hacen más divertido el arte del engaño, y al mismo tiempo, más deseable pecar, para ambas partes. La fidelidad para mí, pequeña Blanca Nieves, nada tiene que ver con el «hacer», sino con el «no sentir». Nada tiene que ver, lo que con nuestros cuerpos hacemos o nos dejamos hacer, con lo que justamente se siente en el corazón, al regresar de donde partimos, y nos invade la felicidad ante el palpitante renacer nuestro, en un simple abrazo, de esa única persona a la que si amamos. —A La Pili, le encantaba filosofar, en algún descanso de nuestras vespertinas y esporádicas sesiones de obediencia y dominación.

    —En un momento del atardecer, con ella aspirando su cacho de marihuana, observando las arboladas colinas de su propiedad, donde la convencí finalmente de aprovechar ese paisaje para colocar unos glampings, lucrándose del creciente turismo en la región, y yo aspirando la venenosa nicotina de mi cigarrillo, por broma más que por deseo, utilicé para provocarla, la expresiva frase que usabas conmigo para sentenciarme el futuro de una de nuestras noches de sexo, con una leve modificación en el pronombre y su provocadora posesión. «Este culo será tuyo algún día, claro que sí, pues solo a ti, este asterisco te guiña el ojo y te coquetea».

    A Camilo le noto afligido, tras revelarle haber formado parte de mi engaño, estando ausente, pero siempre presente cuando necesitaba con urgencia, uno de sus abrazos al volver junto a él. ¿Le cuento o no le cuento, como sucedió? Ya lo destrocé. ¿Qué importa ya, untarme más de mierda, sino me voy a salvar?

    —Una tarde, estando ella encimo mío, abrazándome después de hacerle un buen sexo oral que la desgonzó sobre mi rostro, me besaba el cuello y la clavícula vecina, noté que abría con sus piernas las mías, intentando posicionar aquel miembro artificial más abajo de mi vagina encharcada, pero sin preparación no me sentí capaz de dejarle avanzar más. Logré evitarla, moviendo mi cadera hacia un lado, bastantes veces, pero después ella abrió mis piernas con ambas manos, con suficiente fuerza, y yo vencida, ya no opuse resistencia. Me ató por los tobillos al camastro y yo… ¡No le dije nada!

    —Jugó con la cabezota de su siliconado dildo negro entre los pliegues de mi cuquita, durante muchos minutos y en esos mismos instantes, volvió su boca a mi cuello para morder y succionar mi piel a su antojo. Escurrí entre mis palabras un ruego simple. «¡No me dejes marcas!», pero le restó importancia a mi suplica y me mordió varias veces, la parte más baja de mi cuello y clavó sus uñas en mis nalgas a la vez. Por supuesto que me dolió, me enfadé, pero me gustó.

    —Muerde también mis tetas, le dije con mi vocecita de niña, tan aguda como la de una soprano sometida. «¡Te los morderé, solo cuando me apetezca! ¡Tú aquí no das las ordenes, mi pequeña Blanca Nieves!». —Esa respuesta, obviando mi querer, indicándome quien mandaba cuando estaba con ella, no hizo más que excitarme con el dolor que me causaban las punzadas de sus uñas incrustándose en mi culo, y sus dentelladas en el lóbulo de mi oreja derecha. Lo estaba disfrutando en verdad, pensando justamente en ti, y en la posibilidad de que te dieras cuenta del morado aspecto en ciertas zonas de mi piel, y celoso me preguntaras que me había ocurrido, para poder responderte sin vergüenza alguna, que la causante era una mujer.

    Mariana ha decidido levantarse y caminar, cigarrillo en mano hasta el otro extremo del balcón. Necesita un tiempo para proseguir y oxígeno para revelarme lo placentero que fue para ella, estar con esa mujer.

    —Ummm, aferrada a mis caderas la última vez, con aquel consolador aceitado, atado a su cintura, ella empezó a enterrármelo, desesperada por hacerme gritar ante el inaugural dolor, gemir posteriormente mientras alcanzaba un veloz orgasmo. Yo la dejé moverse detrás mío, como oculta María del Pilar quería o estaba acostumbrada tras su capucha de látex, doblando mis piernas y levantándome por la cintura con su brazo izquierdo, un poco, apoyándose con la otra mano sobre la manta. Igualmente me incorporé a medias para ofrecerle a su palma uno de mis senos, luego ella con su cabeza en medio de mis tetas, resopló por el esfuerzo y absorbiendo un pezón, con enjundia percutió dentro de mí.

    —Con mis ojos cerrados, sintiendo como me penetraba y lo sacaba, a veces a medias y otras por completo de mí ano, utilicé aquellas sensaciones físicas para serle desleal mentalmente, e imaginarme que eras tú, sensorialmente, quien me lo introducía. A su desvestido ímpetu, le coloqué el smoking de tu dedicación, pues a pesar de sentir rico, ese placer no era suficiente para mí. Precisaba del tuyo, tan particularmente mío. Indescriptible por tu entrega, distinto en esencia y motivación. Nuestros tiempos compaginados y prudentes en la mayoría de las ocasiones, cuando nos hacíamos el amor, contrastaban con sus excesivas y fieras maneras de poseerme, solo parecidas a las nuestras, cuando solo sexualmente batallábamos por ganar el bendito relax tras obtener nuestros orgasmos.

    —La querencia en ella, por el contrario, al parecer era inagotable. Concentrada en hacerme sentir dolor y placer consecutivamente, utilizaba interludios para cambiar mi postura tras sus desaforados golpes, y pequeñas pausas luego, para restaurar mi pulso, nuestras frecuencias cardíacas, y consentirme con sus mimos. Más los dos, ella y tú, anteponiendo al propio, ese común interés por satisfacer mi placer. Amoroso el tuyo, pervertido el de ella.

    Sobre el puño izquierdo, posa su mentón, abre su par de cielos, pero no me mira. Tan solo observa la emanación danzante del humo de su cigarrillo, sostenido entre sus falanges medias. No sé valorar exactamente la razón. ¿Será por pena? O porque al recordarlo, ¿lo estará anhelando?

    —Distintas a las tuyas, sentí sus manos aglutinar las carnes de mis nalgas y separarlas por la hendidura, dándome a entender que estaba próxima su quietud por el cansancio en sus caderas. Los dedos de las tuyas, hubiesen dibujado las iniciales de nuestros nombres, o un corazón inmenso para desde la zona sacra, hasta el surco de mi nalga derecha, avanzar con deleite hasta el hoyito que había sido tu objetivo y ascender de nuevo. Ella no hacia esa clase de distinciones, y lo quería todo de golpe, penetrarme una última vez a la brava, urgida de hacerme sufrir y, por lo tanto, hacerme sentir particularmente suya.

    —Comprendí que debería apurarme, llegar antes que ella a mi cúspide y aminoré aquel bombeo retrasándome. Aflojé la tensión con la que mi esfínter, le aprisionaba la verga de silicona, y ya izada y liberada, se la agarré con la mano para introducírmela de nuevo, lo suficiente y a mi ritmo, para que La Pili tomara un respiro y no se diera por vencida todavía. Me clavé con precisión y agrado sobre aquel arnés, pero en mi mente lo hacía sobre la tuya, una y otra vez. Y otra y en seguida… Enseguida, una tonada de eróticos jadeos, con suspiros y grititos intercalados, se escaparon de mi garganta, y anhelando por la tuya, –también por un beso profundo de tu boca– me senté entera sobre la suya, magreando sus pequeñas tetas, y al frotar los labios hinchados de mi vulva contra su mano enguantada, exploté con fuerza mojando su pene falso, sus correas negras y la frazada de lana.

    Con el cigarrillo apretado entre sus dientes, su par de topacios clavados en los míos, Mariana extiende sus brazos hacia lo alto, se estira por completo y resopla con potencia, –espantando la fumarola– y los descarga luego por detrás de su cabeza, donde entrelaza sus dedos sobre la nuca y suspira aliviada, al parecer ya, más desahogada.

    ¿Cuánto de realidad y veracidad hay en su historia? Hay personas que se enganchan a la verdad, en las narrativas que cuentan de sus propias mentiras. ¿Todavía Mariana, estará sumida en su mitomanía? Su honestidad al revelarme este escondido amorío con su diva, me ha sorprendido. ¿Debo comprender su situación y verlo todo desde un ángulo de más realismo y menos ilusión?

    —Haciendo memoria, fue precisamente después de que te vi al llegar a casa luciendo tu nuevo look. Cabello ondulado, unos centímetros más cortos de lo habitual, pero con un color rubio que, si bien te sentaba bien, para mí acostumbrada cotidianidad, supuso un toque de intriga, al verte tan diferente físicamente, y que cuadraba muy bien con tus recientes cambios de actitud hacia mí. Y aunque de manera amorosa te alabé, muy dentro de mí se encendieron las alarmas de la infidelidad.

    —Por ello estuve más pendiente de tus cambios de humor, ¿sabes? También de los pequeños detalles que antes pasaba por alto, por descuidado o por confiado, como aquellas nuevas palabras incorporadas a tu léxico, o esos nuevos gestos decididamente más coquetos en tu mirada, y en la forma desafiante de colocar tus manos sobre las caderas, después de tener los brazos cruzados frente a tu pecho escuchando mis quejas por tus frecuentes retrasos, para acentuar tu desagrado por mis reclamos. E incluso me percaté de que exagerabas el vaivén de tus caderas al caminar por los pasillos de la constructora.

    —Pero no solamente me fijé en tu parte estética, si no que curiosamente, utilicé sentidos que estaban allí, pero mantenía descuidados. ¿O acostumbrados? –En la frente, Mariana exhibe marcadas las arrugas por la inquietud. – Por ejemplo, mi olfato. —Le esclarezco y de paso, me pongo en pie.

    —Para intentar descubrir si habías mantenido relaciones sexuales antes de llegar a la casa, frotando la punta de mi nariz contra el lineal tapete de tus vellos púbicos, –mientras existieron– y desde allí utilizando mis fosas nasales zigzagueando entre los pliegues de tu vulva hasta merodear, con la ayuda de tu mano presionando mi coronilla, la entrada de tu gruta. —Avanzo dos pasos, balanceando mi mano diestra con el índice extendido, acercándome a su esquina.

    —Y el del gusto, al saborear con cierta prevención los pliegues alrededor de tu abertura vaginal, pues debido al alcohol, últimamente llegabas muy «arrecha» y mojada, después de rumbear con tus compañeros, o departir con tus posibles clientes en cenas inaplazables, que convenientemente eran confirmadas los miércoles míos, –entre jarras de cerveza y tragos de whiskey– por tu ángel guardián, y que según tú, la causa era que durante todo el día me extrañabas montones, y solo deseabas arribar a nuestra alcoba, para con la calentura de tu sexo y esos ¡Te Amo! maullados, solventar las horas en las que resignado debía en silencio frente a nuestro hijo, acallar mis objeciones y olvidarme de ti, las horas que tu necesitabas. No porque no sintiera ya nada, sino porque todo en la casa me gritaba que la noche estaba incompleta, porque al igual que a mí, le faltabas tú. —Mariana en silencio, agacha la cabeza.

    —A veces olías a la mujer de siempre, y mantenías el inconfundible aroma que mi olfato memorizó de ti. En otras varias, esa fragancia era tenue, imperceptible tras una anticipada acicalada a tu intimidad, a pesar de tus aguantadas ganas; y el obstáculo inicial, por la resequedad en tu vagina, era un claro síntoma de que no llegabas tan necesitada o dispuesta, dándome a entender, –sin expresadas objeciones por mi parte– que me buscabas simplemente por cumplir nuestro establecido compromiso marital.

    —Tenía la leve idea de que tu amante era uno solo, y por supuesto qué su físico y el género, inscrito en mi cabeza, para nada me indicaba que estando cerca en parte, lo estaba tan lejos al mismo tiempo, de tus nuevas apetencias sexuales.

    —Camilo, cielo. Yo no pretendí lastimarte de esa manera. Hacerte sentir apartado de mí y, sobre todo, minimizarte y acostumbrarte a mis horarios, al parecer felices para esa mujer vanidosa y callejera. Obligados, cansinos o hasta rutinarios, para la mujer de entrecasa. Es verdad mi vida, que no era posible para tu imaginación, proyectar otro escenario, en donde mi deslealtad sucediera a tus espaldas con una mujer. No tenías manera de intuirlo, amor mío.

    Mi marido sacude su cabeza, en un lógico intento de querer comprenderme. Estando cerca, no se ha atrevido a avanzar un paso más. Yo si lo daré, porque quiero y… Necesito ofrecerle a su imaginación, algunos apuntes de esa realidad que, por lo visto, también pasó por alto.

    Mi mano izquierda la poso sobre su hombro derecho, y doblando mi brazo, recorto la distancia que él no se atrevió a dar, para decirle…

    —Pero hay algo más, que por lo visto tú no sabes. —Camilo de inmediato arruga la frente y achina suspicaces sus ojitos, intrigado y sorprendido.

  • Me follo a mi cuñada y mi esposa nos observa

    Me follo a mi cuñada y mi esposa nos observa

    Mi cuñada Sofía es una chica de 18 años, desde que la conozco nunca la he visto con novio a pesar de ser muy linda, es delgada y alta, casi de mi estatura 1.70 m no es muy voluptuosa pero tiene equilibrado su cuerpo, tetas y culo hermosos, que parecen de gym, le gusta usar ropa ajustada y le resalta lo esbelto de su cuerpo.

    Todo empezó con una plática que ella tuvo con mi esposa, le platico, que últimamente se sentía deprimida, y sola, no sabía por qué no podía tener una relación duradera, sus pretendientes no pasaban a nada, y siempre se quedaba con las ganas de algo serio. Por eso nunca accedía a tener sexo con ellos tan pronto, por temor a que solo la usaran y después la dejaran. Sofi fue directa con mi esposa y le dijo:

    –Quisiera sentir la pasión de un hombre en la cama, y quiero que sea Dani quien me ayude con eso, sé que ustedes son muy liberales, y podrían entenderme mejor. Además me da seguridad que sea alguien que conozco de hace tiempo.

    Jessi me contó lo sucedido y no pude creerlo, de inmediato me vino una erección tremenda, mientras me daba detalles de su plática con su hermana, cuando terminó le pregunt´r que opinaba y me dijo que no sabía como tomarlo, que nunca pensó que algo así se podría presentar, me dijo no estar lista, y honestamente no podría compartirme con su hermana, una cosa era tener una relación liberal y abierta con personas que si nos sentimos incómodos podemos sacar de nuestras vidas fácilmente, pero con su hermana era diferente.

    Me preguntó que pensaba yo y mi respuesta fue un poco nerviosa porque se lo fuera a tomar a mal, le dije que yo estaría dispuesto a complacer a Sofi, siempre y cuando ella estuviera dispuesta, y cuando ella se sintiera lista.

    Al parecer tomó bien mi respuesta, y dijo que lo pensaría, pasaron un par de días y después una semana, y no volvimos a comentar nada al respecto. Se acercó el cumpleaños de mi suegro, y fuimos a su casa a comer, cuando vimos a Sofi nos invadió una incomodidad, que podía notar a kilómetros de distancia. Hablo por mí, pero supongo que los tres no podíamos sacarnos de la cabeza aquella propuesta de Sofi.

    Al terminar la noche, mis suegros subieron a su recamara y nos quedamos los tres solos bebiendo unos tragos, Sofi tomó la iniciativa, y pregunto:

    –Ya platicaron de eso? ¿Qué dicen si me ayudaran?

    Jessi respondió:

    –Si ya lo platicamos y creo poder con esto, solo promete que nada cambiará entre nosotras.

    Nos pusimos de acuerdo de como sería, lo haríamos en un bonito hotel, yo pasaría por Sofi después de nuestros trabajos ya que salimos a la misma hora, y Jessi nos esperaría en el cuarto de hotel, ella lo decoraría para crear una atmósfera romántica, y preparar todo para el primer encuentro sexual de su hermana.

    En el camino le pregunte a Sofi si nunca había tenido sexo, a lo que respondió que si había tenido pero había sido desagradable, su primera vez fue en una peda, y el sujeto con el que fue estaba muy borracho y no duro más de 5 minutos, y otras 2 ocasiones le paso lo mismo así que decidió no darle el gusto a sus pretendientes o novios, de tener sexo si no iban a tener una relación formal y duradera. Y que su primer encuentro con ellos tenía que ser romántico y disfrutable.

    Aproveche y le pregunte por que me había escogido a mi, me respondió que en una ocasión escuchó hablar a mi esposa con un tal Oscar, se hablaban cachondos y creía que me engañaban, y que en otra ocasión me había escuchado en una llamada con una mujer, alcanzo a escuchar que la vería al día siguiente en su casa, y me despedida con un “nos vemos chula”, eso y otras cosas le llevaron a pensar que nosotros llevábamos una relación abierta y teníamos sexo con otras personas y era consensuado por ambos. Eso despertó en ella el morbo y empezó a verme con otros ojos, hasta que se armó de valor y le propuso esto a su hermana.

    Todo lo que Sofi me decía me iba poniendo duro cada vez más, al llegar al hotel yo ya tenía una erección incontrolable, le tuve que decir que se adelantara a entrar, mientras me daba unos minutos en lo que acomodaba mi verga para que no se me notara tanto, no quería incomodarla.

    Cuando entre Jessi me recibió con un beso y me dijo que me duchara, después de Sofi. Ambos limpios bebimos unos tragos, para empezar a relajarnos, cuando note que Sofía estaba más suelta la tome de la mano y la lleve a la cama, empecé a besarla y acariciar sus piernas, ella me tomaba del cuello y me besaba con más intensidad a cada segundo. Me acostó en la cama y se subió encima de mi, empezamos a besarnos mas y mas, mientras fajábamos aun con ropa. Mi esposa estaba sentada en una pequeña mesita que teníamos frente a la cama, observando como me saboreaba su hermana, y lentamente bajaba mi mano hasta su nalga y las apretaba,

    Le quite la blusa a Sofi y traía una linda lencería negra, invertir la posición y ahora ella estaba recostada, sin blusa, le bese desde el cuello hasta donde iniciaba su pantalón, con delicadeza se lo quite dejándole su tanga, empecé a besar toda la zona de sus caderas, muslos, entrepierna pero sin llegar aún a la vagina, quería que se fuera calentando, y al parecer si funciono porque empezaba a soltar pequeños gemidos, intentando ser silenciosa, tome eso como una señal y le hice a un lado su tanga para empezar a comerle su vagina, empecé con lengüetazos lentos desde su ano hasta su clítoris, cuando llegaba al centro le metía mi lengua lo más profundo que podía, para ese momento ya estaba toda mojada de su vagina, y sus líquidos sabían exquisitos.

    Después de su primer orgasmo con mi oral me desvestí y la abrí de piernas, empecé a sobarle la vagina con mi pene, y se lo fui metiendo lento mientras la besaba, una vez le metí todo mi pene, empecé a penetrarla rápido, no era tan duro pero si la bombee constante, hasta que me pidió más a gritos, yo estaba de rodillas y ella acostada boca arriba enfrente de mí, la tomé por los tobillos y la partí duro, no pude resistirme y empecé a besarle y pasar mi lengua por sus dedos, le vino otro orgasmo que pude sentir sus palpitaciones en todo mi pene.

    Cuando le saque mi verga para cambiar de posición estaba toda la sábana de la cama mojada. Sabia que estábamos haciéndolo bien, y se veía en su cara que ya le hacía falta una buena cogida. Por esos minutos que se me hicieron eternos, nos olvidamos por completo de mi esposa, era como si no estuviera ahí, Sofi y yo éramos uno en ese momento, nos olvidamos del mundo y solo nos dedicamos a disfrutar.

    Me acosté en la cama y ella se subió de frente a mi empezó a moverse rico y lento mientras me besaba el cuello y me decía al oído lo bien que la estaba pasando, empezó a cabalgar en mi verga rápido pero a un ritmo constante, me tomo las manos y me las puso en sus pechos, empecé a apretarlos y jugar con sus pezones, estaba a punto de tener otro orgasmo que se dejó caer en mi pecho, la sujete a mi con un brazo y con el otro su culo, la folle duro y rápido, mientras ella me enterraba las uñas en mi cuello, y con gemidos me pedía mas y mas hasta que sentí un chorro salir con presión, y bañarme todo el pene de sus fluidos.

    Nunca había estado con alguien que se mojara tanto, la cama estaba toda manchada, por lo nos paramos, y empezamos a besarnos de pie, mientras la besaba veía a mi esposa, sin ropa masturbándose, eso me calentó demasiado, que iba a estrenar una posición nueva.

    Entre besos tome una pierna de Sofi y la subí a mi cadera, le dije que se sujetara fuerte de mi cuello porque la iba a cargar, ella obedeció, y le metí el pito cuando ya estaba adentro la cargue y subí su otra pierna a mi cadera ella estaba colgando de mi cuello y se agarraba con las piernas también empecé a follarla lo más fuerte que pude, de lo mojada que estaba y lo abierta de piernas que la tenía se empezó a escuchar como aplausos y llenó el cuarto de gritos y gemidos, pasaron unos minutos y ya no podía mas con su peso, le metí el pene hasta el fondo y camine con ella aun en mis brazos y colgando de mi hasta la mesa donde está Jessi, puse a Sofi encima de la mesa sin cambiar de posición ni sacarle la verga, las hermanas estaban juntas, Jesi se paró y me empezó a besar mientras yo me follaba a su hermana, me consumió el placer y termine dentro de Sofi, salieron fuertes chorros de semen, Sofi quedó recostada en aquellas mesa recuperando la respiración mientras su hermana me limpiaba la verga con su boca.

    Nos acostamos a los tres por un momento. Yo también aun no recuperaba la respiración, las tenía en mis brazos una a cada lado. Por un momento me sentí soñando, teniendo a dos hermanas desnudas a mi lado y ambas eran un tremendo deleite. Después de unos minutos tomamos una ducha los 3 juntos y nos preparamos para irnos.

    Dejamos a Sofi en su casa y nosotros nos fuimos a la nuestra a follar como locos. Mi esposa me confeso que por un momento sintió celos, y no se creyó capaz de seguir viendo, porque parecía que ni nos acordamos que ella existía, pero se calmó y se dijo a si misma que su hermana tenía derecho a disfrutar del sexo como ella lo hacía. También me confesó que pensó en unirse pero no quería romper con la atmósfera de pasión que teníamos Sofi y yo.

    Después de cierto tiempo lo repetimos, y empezamos a hacerlo más frecuente, hasta llegar a hacerlo una vez al mes. Después de un par de encuentros Jessi dejó de ser observadora y participaba, a mi me encantaba y llenaba de morbo ver como dos hermanas se comen el coño.