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  • Todo sucedió en dos minutos

    Todo sucedió en dos minutos

    Altas horas de la noche en el club liberal. Todo el mundo empieza a perder la compostura. Mi marido y yo llevamos un rato follando al lado de otra pareja, en la misma postura: ellos debajo, nosotras brincando encima. El tipo me ha lanzado algunas miradas tímidas y, muy discretamente, roza mis nalgas mientras yo cabalgo a Luis. Me miro al hombre: es un cincuentón muy atractivo. Sin que Luis se dé cuenta, le pellizco la mano con la me toca la nalga y le animo a palparme mejor.

    Pocos segundos después, el hombre le susurra algo a la mujer y ella se levanta de su cabalgadura. Lo cual me permite contemplar el pene de mi vecino, que se agita en el aire pidiendo guerra. Sin demora alguna le pido a Luis que se vaya a por un par de gin-tonics y él obedece. Mi vecino y yo nos miramos durante un segundo.

    -Ella también ha ido a por bebidas -me susurra.

    Y viendo que él no tomará la iniciativa, la tomo yo: me siento encima suyo y meto su verga dentro de mi. El hombre se pone a mil, me agarra los pechos y empuja sin piedad, levantando sus caderas y obligándome a dar saltos.

    Enseguida deduzco que mis movimientos han despertado el interés de alguien más. De repente me encuentro a un tipo plantado delante de mi cara y agitando su pene de modo que me da golpecitos en la nariz y la barbilla. Levanto la mirada para ver quién es y, para mi desgracia, también es un hombre atractivo. Casi por instinto, abro mi boca y se la ofrezco. Engullo ese pene ansioso y enseguida me lo encuentro en las amígdalas.

    Como era de esperar, el tipo que me folla la boca tarda menos de diez segundos en propinarme su corrida en el cuello y el hombro. Y luego se marcha por donde ha venido. El cincuentón guapo que estoy cabalgando se ha excitado muchísimo viendo lo que le ha sucedido a mi boca, saca su pene se me corre en los muslos. ¡Y vaya corrida! Me pone perdida en ambas piernas.

    El olfato me dice que mi marido regresa con los gin-tonics, así que regreso a mi posición. Pero la que regresa primero es la pareja de mi vecino, que lleva dos cubatas en las manos y un lechazo en el pelo. Justo detrás de ella, mi marido. Queda claro lo que ha sucedido.

  • Perdí el dinero

    Perdí el dinero

    Hoy voy a contar un encuentro que tuve ayer después de un largo tiempo, pues desde la semana pasada estaba dispuesto a llamar a una transexual para volver a mis andanzas y entre los anuncios una publicaba que hacía tríos, cuando vi sus fotos me percaté que el trio que proponía era con un chico y no con otra chica transexual por lo que la descarté de inmediato.

    Seguí buscando y encontré una chica que me gustó mucho físicamente y a buen precio, la llamé pacté con ella y ayer pude concretar.

    La chica llega a la habitación con un jeans y una franela muy sencilla pero se apreciaba que el cuerpo lo tenía muy bien cuidado y definido, era muy conversadora me do un beso y antes de irse a cambiar se sentó conmigo a conversar un rato.

    Yo estaba impactado por lo simpática que era y hablamos de todo un poco en cuestión de minutos hasta que me preguntó por qué la escogí a ella. Le eché el cuento que estuve buscando y todo eso porque ya he tenido muchas experiencias y conozco sobre el tema pero también le comenté que hay chicas ofreciendo servicios con un chico adicional para hacer tríos, le comento que lo pasé por alto porque a pesar de mi gran trayectoria con transexuales nunca había hecho nada con un hombre porque simplemente no me gusta y hasta me daría asco.

    Ella me dice que debería probar porque mucha gente lo está haciendo y que de hecho ella tiene también a alguien que trabaja con ella, yo dije que NO tajantemente y en ese momento se me acercó muy sensual y pegando sus labios con los míos me dijo: “Anda papi!!”. Y empezó a besarme hasta que luego se separó y tomando su celular hizo una llamada a un tal Asdrúbal a quien le dio el número de nuestra habitación.

    De verdad todo fue muy rápido no me dio tiempo de decirle que de verdad no quería ese encuentro pero ella ya lo había llamado, entró al baño para ducharse y arreglarse mientras yo le hablaba por detrás de la puerta diciéndole que yo no iba a tener ningún contacto con él y mucho menos iba a pagar.

    Ella salió del baño demasiado hermosa y sexy y vino directo a besarme, fue bajando por mi pecho donde me chupo mis tetillas mientras me miraba, fue bajando hasta encontrase con mi pene erecto y empezó a chuparla muy lentamente sin quitarme la mirada para luego saborear mis bolas y llegar a mi culo donde inició una chupada descomunalmente rica, en ese momento tocaron la puerta y ella se paró para abrir mientras yo quedé desnudo e inmóvil con las piernas abiertas en la cama.

    Entró un chico, la saludó me nos presentó como Asdrúbal y a mi mariquita (yo), él solo dijo “ya tienes el pollo en el horno” y nos reímos todos, ella dijo “él no quiere contacto contigo por ahora vamos a respetarlo y yo te pago tu hora” al escuchar eso me quedé más tranquilo.

    El hombre era de corta edad creo que no llegaba a 25 años, muy definido y musculoso pero delgado tenía piel clara y de verdad parecía muy normal y aseado, lo que si noté es que era muy gay al hablar, es decir afeminado porque obviamente era gay además era totalmente depilado porque ella se arrodilló delante de él para hacerle sexo oral igual que lo hizo conmigo hasta que el tipo quedó erecto con unas dimensiones bastante considerables y muy grueso, en ese momento ella vuelve a mi levantándome las piernas para comerse de nuevo mi culo y el chico empezó a hacerle lo mismo a ella en 4 patas.

    Era una situación bastante excitante pero yo no sabía como ir llevando la situación porque de verdad no quería ningún contacto con él, ella se levantó acercándose a mi cara hasta que se sentó en ella y puso su culo en mi boca, en ese mismo instante el chico se paró y le metió su pene en la boca de ella siguiendo con el sexo oral por un buen rato, luego de saborear el culo y las bolas de la chica ella busqué la manera de comerme su pene el cual no era pequeño pero tampoco era enorme sin embargo estaba duro.

    Yo acostado boca arriba y con su pene en mi boca mientras le miraba su cara de puta mientras el chico procedía a encularla, si encularla ahí muy cerca de mi y así hizo, empezó a embestirla brutalmente por el culo mientras que yo le comía su pene, ella gritaba de dolor y yo me ahogada porque toda la fuerza que ejercía él hacia ella recaía en mi, me estaba cogiendo la boca como un animal yo solo podía tartar de mantener la boca abierta y tratar de respirar por la nariz aguantando toda esa salvajada.

    No se cuanto tiempo pasó pero para mi fue eterno, creo que ella se olvidó de que yo estaba ahí y estaba tratando de aguantar la cogida del amigo pero su pene duro seguía dentro de mi boca que junto a mis gemidos y arcadas era una situación en donde yo no tenía el control de nada hasta que ambos empezaron a cambiar el ritmo y a gritar al mismo tiempo llegando ambos simultáneamente, él dentro de allá y ella dentro de mi boca, no salió una gota de leche fuera de mi boca porque me la tuve que tragar completamente era muy espesa y abundante pero dulce como si hubiese comido piña.

    Ellos se pararon mientras yo quedé acostado esperando cual sería el próximo paso ya que aún yo no había hecho nada sino tragarme la leche de ella, sentía que me tocaba a mi y le dije a ella para ponerla en 4 patas pero su respuesta fue negativa alegando que debía descansar culo, sin embargo me dijo que me relajara y me pidió que colocara en 4 patas y empezó a pasar su lengua por mi culo dilatándolo hasta que empezó a introducir un dedo masturbando mi ano por un rato.

    Yo veía por el espejo como ella le hacía señas al chico hasta que él también empezó a meter su dedo en mi culo, era muy excitante que dos personas me masturbaran al final había dos o tres dedos de cada uno entrando y saliendo de mi culo, la chica con la otra mano empezó a masturbarme hasta que exploté llenando toda la cama le leche con sus dedos metidos en mi culo.

    Luego de esto el chico se cambió, se vistió y se fue.

    La chica igualmente se fue al rato y quedé yo solo en la habitación pensando lo siguiente:

    La chica me folla la cara y acaba dentro de mi boca mientras un chico se la folla a ella, luego me masturban y me sacan la leche mientras me meten los dedos en el culo pero no me cogí a nadie y nadie me folló a mi, además un tipo tocó mi culo.

    No sé perdí el dinero.

  • Mi fetiche por las panties

    Mi fetiche por las panties

    Espero todos estén bien. Hoy toca compartir uno de mis placeres más escondidos y por el cual he cometido un sin fin de locuras.

    Comenzaré por presentarme. Soy Javi, y tengo 50 años muy bien vividos, o eso quiero creer. Delgado, estatura media, algo así como 1.74. y tez morena clara, sin vicios y amigable. Pero escondo un gusto por un fetiche que aunque muy común, es criticado.

    Oler panties, ver como se marcan en la ropa, sentir la textura en mis manos, disfrutar de todas las sensaciones mientras las veo puestas en sus dueñas, o imaginar como lucirían en los cuerpos de las personas con las que no comparten su intimidad conmigo, es algo tan agradable, que ya forma parte de mi ser.

    Es como si tuviera una parte de mi cerebro que pareciera estar dormida, pero que invariablemente siempre está alerta ante las palabras clave que ponen en alerta a todo mi ser, para conseguir algo. Una imagen, una prenda, información que me permita sumergirme en la intimidad de cualquier persona.

    Obviamente una mujer hermosa, llamativa, me hará por supuesto a activar mi imaginación y ponerme alerta para saber como luce debajo de esa ropa. Que tipo de interiores usa, pues esto define mucho de como es esa mujer. Las hay que son sensuales y cachondas por naturaleza, pero también las hay que lucen sexys solo para dar gusto a sus parejas.

    Me atrevo a asegurar que no hay mujer que no sea bella, solo por el cuidado que ponga en su apariencia íntima.

    Cuando yo era joven, lo sexy era usar bikinis no muy pequeños. Las tangas eran un producto poco común, y las de hilo dental, eran demasiado reveladoras y quizá las mujeres las veían como una prenda solo para usar en la cama.

    Lo más sexy y común, eran los bikinis con encaje y transparencias.

    Recuerdo que en mi familia eran realmente pocas las mujeres que usaban prendas sexys. Un par de primas usaban bikinis y recuerdo que se quejaban de que sus prendas les costaban muy caras. Yo solo pude tocar alguna de ellas en el consabido baño, en donde como tantas mujeres, dejaban sus prendas mojadas colgando de las llaves de la regadera. Si tenía suerte y el baño tenía espacio, podía encontrar el bote de la ropa sucia en un lugar privado en el mismo baño. O en alguna recámara en donde como pretexto podría estar un rato solo con el pretexto de ver la tele.

    Trabajando para un hotel, recuerdo que a varios ejecutivos nos daban casa en un edificio de la compañía. Así no solo conocí a muchas compañeras, sino también a esposas de compañeros.

    Al ser un complejo grande, había una llave maestra, la cual no solo abría todos los cuartos del hotel, también abrían las puertas de los departamentos en que vivíamos los ejecutivos.

    Siendo un hombre honesto, aclaro que jamás pensé en que tener acceso a una herramienta tan poderosa como es una llave maestra, esta podría ser usada para delinquir. Pero admito que por mi posición y autoridad, no desaproveché una oportunidad para deleitarme con tan gratificante acceso.

    Contar mis aventuras en el mundo del fetiche por las panties, llevaría mucho tiempo. Pero para quienes les resulte interesante, con gusto compartiré mis experiencias a lo largo de mi vida. Aclarando que esto siempre fue de adulto y de manera muy discreta y sin afectar a nadie. Para no irnos en blanco, a continuación compartiré una historia de cuando estaba en la universidad.

    Tenía una tía muy guapa, piel muy blanca, ojos verdes, nalgoncita, poco pecho pero rica. Realmente era muy recatada. Vestía siempre pantalones, y tenía con mi tío un departamento muy lujoso y lindo. A veces ella me ayudaba a escribir mis tareas y trabajos especiales, en su trabajo ya que era secretaria. Usaba una máquina de escribir eléctrica en donde mis trabajos quedaban muy profesionales. Así que a veces me quedaba en su casa pasar la noche.

    Una de esas veces, recuerdo que fui por la mañana y entré al baño. Todo siempre en su lugar, ni por asomo que dejara su ropa interior ahí. Sin embargo esta ocasión había una bata de baño colgada. Solo por curiosidad, la toqué a ver si tenía algo más colgado, y bingo. En una de las bolsas de la bata, hecha un rollo, sus pantaletas usadas. Fue fantástico. El olor aunque tenme, era delicioso. Como me hubiera encantado encontrar más para poder quedarme con una como tesoro.

    Pero lamentablemente no se pudo.

    Recuerdo que ya con el morbo me aventuré a revisar su cajón de sus calzones, y luego de varios intentos, pude revisarlo con calma. Usaba panties muy de aquella época, de la marca creo que playtex, unas llamadas Super look. Tenía muchas perfectamente dobladas, y al fondo incluso varias cajas nuevas.

    Para ser honesto, me pareció un gusto muy aburrido el de mi tía Celia. Sin embargo el premio lo tuve cuando al checar el cuarto de servicio, donde dormía Mary la sirvienta, pude encontrar un cajón lleno de tesoros. Bikinis de todos colores, muchos con transparencias, de encaje, todo un festín. Aún así, no pude ver ninguna prenda usada. Pero esa ropita cambió mi percepción de Mary, quien resultó ser una mujer muy cachonda.

    Por último, para esta historia, les contaré que un día subí a la azotea, pues ahí estaban las jaulas donde se tendía la ropa.

    Fue precisamente en la jaula del 103, que había un bikini muy sexy, de satén blanco, y cuya dueña era una señora joven muy seria. No pude aguantar las ganas, y con un gancho de alambre logre tomar dicho tesoro. El cual disfrute tocando e imaginando a la vecina vistiendo ese tipo de ropa.

    Un buen día me entró la culpa, y no sabiendo que hacer con el calzón, decidí destapar la coladera de la regadera, y meter por ahí la prenda imaginando que el agua un día se la llevaría.

    Años más tarde, haciendo arreglos a ese baño, tuvimos que romper esa área. Y a pesar del tiempo, ahí seguían esos calzones. Claro, negros de hongo y mugre, oliendo horrible, pero al parecer intactos. Esta es una de las muchas aventuras de un fetichista y las locuras que hace.

    Espero haya sido de su agrado amigos.

  • Infiel por mi culpa. Puta por obligación (41)

    Infiel por mi culpa. Puta por obligación (41)

    Pecado, penitencia y expiación.

    —Siempre soñador y entusiasta con tus proyectos, las finanzas no te preocupaban tanto. En cambio, a mí los números se me han dado bien, y al trabajar como asesora comercial, el olfato por el dinero se me agudizó aún más. Por eso, cielo, cuando más próximo parecías estar de lograr tus sueños, después de la fiesta de despedida de año en la constructora, a la que por razones obvias no asistí, primero por cuidar la tos de Mateo, y segundo, para no estropearla si veías como me asediaba José Ignacio, para sacarme a bailar, o alejarme de la multitud, hacia algún espacio escondido, días después tras el almuerzo, tomándonos un café para ella, y mi delicioso cappuccino de vainilla, Carmencita me puso al tanto de la verdadera situación financiera de la compañía.

    Camilo presta atención a mis desconcertantes palabras, pues quizás esto no lo esperaba y de inmediato, su mirada de resentimiento hacia mí, pierde su temple y la agudiza, echando a la vez hacia atrás, cabeza, y pecho.

    —A ras con apenas, sobrevivía financieramente. Demasiada inversión, y los rendimientos esperados, se postergaban significativamente. Préstamos de aquí y de por allá, no parecían augurar buenos tiempos. Por eso, cielo, te posponían mes tras mes aquella reunión que esperabas con tanta ilusión, para nombrarte socio de ellos, aunque según llegó a escuchar Carmencita, la mayoría de la junta directiva, inicialmente se opuso a la idea. Más para don Octavio, el socio fundador, tu proyecto hotelero y eco sustentable, era revolucionario y con un futuro prometedor a mediano plazo. Pero como no contaban con un flujo de caja libre, para pagarte la suma que les solicitaste por tus diseños, pues la solución más a la mano, era pagarte esa gran idea con acciones, e incorporarte a la junta directiva.

    —Ella me ratificó que, en Cartagena, se hallaba la solución para equilibrar las arcas de la constructora, y de paso, atisbé la posibilidad de que ellos cumplieran con tus sueños, si finalmente se conseguían compradores para el último de los Pent House de la primera torre, y en el primer nivel, la de un local suficientemente amplio, como para anclar allí, a una gran cadena de tiendas de ropa.

    A Camilo se le desgonzan ambos brazos, y su boca bien abierta, queriendo decir algo que no debe ser otra cosa más que un comprensible… «¡No te lo puedo creer!», permanece a escasos treinta centímetros de mi nariz. Esta actitud suya, tan afligida, quizá se deba a que también por ellos, estaba siendo engañado.

    —Por esta razón, mi amor, me dediqué a averiguar con el jefe de ese proyecto en la costa atlántica, los valores de venta máximos y mínimos, las especificaciones de los alrededores para magnificar su exclusividad, así como los planos y las perspectivas, para rotarlos dentro del listado de los clientes que el magistrado me había suministrado, y ofrecerlos en mi perfil falso de Instagram.

    —Muy cierto es, que a algunos de ellos los convencí para que adquirieran nuevas casas de descanso en Peñalisa, pero a muchos otros, los paisajes, el clima y las instalaciones, no les llamó la atención. Se les antojaban excesivamente comunes, con demasiada «muchedumbre». Esos pocos, necesitaban ser admirados y envidiados por sus amistades, al vivir en un lugar mucho más exclusivo, privilegiado y más privado. Y mi propósito fue establecer una conexión entre esas personas, algunas con el capital necesario, y el ego encumbrado hasta las nubes, para hacerlo propietario de un hermoso y bastante costoso apartamento con una de las mejores vistas de La Heroica.

    —¿Qué tan cierto es lo que me estás diciendo? —Antecediendo a su respuesta, Mariana, se aferra con la mano diestra al borde de la bata que me cubre, elimina la distancia y de medio lado, su cabeza se apoya en mi pecho, para arrullarse con los latidos de mi corazón.

    —Al cien por ciento. En cualquier momento puedes verificarlo con Carmencita. Ella, al igual que nosotros, terminó por dejar su trabajo con la constructora. No resistió la presión que recibía, y… Confesó que nos ayudó, y pues… Qué igualmente le ayudó a Eduardo para ocultar nuestra afinidad sentimental, y se prestó para ayudarme a ingresar de forma falaz. Renunció ese mismo día. ¿Tienes su número? Por qué yo sí. Si lo necesitas te lo facilito.

    —Por supuesto que lo tengo. —Le respondo y aparto brevemente su cabeza, con el fin de observar en sus ojos, la honestidad de sus palabras. Y Mariana libera por la nariz, el último nubarrón de su agotado cigarrillo, incluso el sobrante que, con seguridad, ahumó sus pulmones.

    —Resulta que, a oídos de magistrado Archbold, llegó el comentario y me llamó. Por estar… ¡Puff! Estaba ocupada con María del Pilar, por eso no contesté su llamada y él se puso entonces en contacto con el malparido de Eduardo, y este, que no tenía idea de lo que yo tramaba, me fue a buscar por la noche a nuestra casa. Nos encerramos los dos en el estudio, para tener privacidad y tú, entre tanto jugabas con Mateo en la sala de estar.

    —Frente a él, contacté al magistrado, y este me reprochó por no haberle proporcionado la información de primeras, y envidioso porque dos de sus colegas de la corte, habían demostrado su interés en contactarme, manifestó su deseo de ir a conocerlo, aprovechando que una convención de jueces y abogados de toda Latinoamérica, se realizaría próximamente en Cartagena. Planifiqué entonces, junto a Eduardo, un viaje a La Heroica, elevando su interés y engrandeciéndole el ego, al decirle que, de conseguir esa venta, más la del local del primer piso, a la cual, posteriormente, le dedicaría toda mi atención con algunos conocidos de mis hermanos, lograríamos destacarnos tanto en la constructora, que él podría ascender en el organigrama de la misma a la gerencia nacional de ventas y yo, lo reemplazaría en la de Bogotá y la región central.

    —Ilusa de mí, no lo vi venir. Yo solo quería ayudarte. ¡Lo juro por lo más sagrado! Pero resulta cielo, que Fadia resultó ser muy amiga de un familiar de la esposa del fundador de la constructora. No obstante, al interior de la junta directiva, existía un cierto recelo por su homosexualidad tan exagerada, más su disoluta vida de solterón empedernido. No les atraía establecer vínculos con él, a pesar de sus buenos contactos en el mundo de la moda, y sobre todo con los inversionistas de una multinacional española. El negocio necesitaba urgentemente de un empujón, o… Un canje, si lo quieres llamar así. Y tanto Fadia, como Eduardo, nuevamente sacaron provecho de su posición y de las circunstancias. —Camilo de inmediato, sin retirar las palmas de sus manos de mis mejillas, sospechando que de nuevo yo hubiese tenido que ofrecerme, me mira fijamente, con inseguridad.

    —El culo virginal de un joven vendedor, deseado en secreto por el primo de esa mujer, desde que lo conoció en un concierto al cual asistió Nacho, junto a su querida Grace, era el extra que aquel representante del grupo inversor extranjero tanto deseaba probar. Pero para entregar ese «tesoro», por encima de la excelente comisión, a José Ignacio se le presentó la oportunidad de exigir, –a cambio de ponerse en cuatro– encontrarse allí en Cartagena, con su muy nombrada pero desconocida novia. —Le termino por aclarar.

    Mariana me sostiene la mirada, sin parpadear. Segura de lo que dice. No obstante, en su rostro percibo rastros de desconsuelo, aderezados con una profunda tristeza.

    — Yo desconocía ese acuerdo. Lo hicieron a mis espaldas mientras intentaba conseguir de forma honesta, algún interesado en el local comercial, pero el elevado costo, impedía a los amigos y conocidos de mis hermanos hacerse con aquel inmueble. No fue, sino al llegar a la torre de apartamentos en Cartagena, acompañada por Eduardo, el magistrado y el gerente de la zona norte, cuando me enteré de aquella otra patraña de Fadia, y que involucraba a José Ignacio, a la esposa de don Octavio, y por supuesto a su familiar gay. Los vi en el parking del edificio y la sorpresa no fue solo mía, sino que también se gestó, en el rostro de José Ignacio al verme allí, tan bien acompañada.

    Al parecer, los dos somos conscientes de que la temperatura de esta mañana y de nuestra conversación, va en aumento. En su frente y en mi espalda, en el puente de su nariz y por debajo de mis patillas, el sudor en pequeñas gotas emana, y por esta razón nos separamos. Mariana se me anticipa, y busca frescura dentro de la habitación, encendiendo el aire acondicionado. Me quedo de pie, un paso delante del marco de las puertas ventanas, observándola beber un poco de agua.

    —Durante la demostración del apartamento, el magistrado comenzó a ponerle trabas al negocio. La distribución de las luces indirectas en el salón y las de la cocina, por ejemplo. Lo pequeño de uno de los baños auxiliares, el que estaba a mano derecha de la entrada. O la tina de masajes en la alcoba principal, que no se le antojaba acorde al color de las cerámicas de las paredes. Y cosas así. Como todo comprador quería un descuento, pero el valor que ofrecía era ridículamente inferior a lo acordado en Bogotá. En serio me sentí frustrada y el mal genio se fue instalando, junto a un molesto dolor, en el medio de mis sienes, pues aquella oportunidad de negocio, por su petulancia, se me estaba yendo al traste. Eduardo lo notó de forma inmediata, e intervino por unos momentos, hablando en privado con el magistrado. Al rato regresaron a la terraza donde los esperaba, ya un poco más calmada. Sonrientes los dos, dijeron al mismo tiempo mi nombre, y con su brazo extendido hacia mí, el magistrado Archbold, estrechando mi mano me dijo…

    —Ten paciencia jovencita, y no apures a la vida, pues hay que vivirla con prudencia. No pretendas controlar los granos de arena que se precipitan por el cuello angosto del reloj de los años, y mejor márcale a esos días y a las noches, tu propio tiempo. Marcha a tu ritmo, mujer. Elige bien los caminos que te lleven al éxito, y no deseches las oportunidades que se te presenten. Ilusiónate con el panorama que se abre ante tus hermosos ojos, para conseguir finalmente tus objetivos. Yo, jovencita, puedo guiarte hacia él, si llegamos a un acuerdo adicional que, por supuesto, no está escrito.

    —Camilo… —murmura Mariana, encorvada, dándome la espalda y revolviendo el interior de su bolso negro, hasta dar por lo visto con lo que buscaba. Al darse la vuelta, observo que sus finos dedos, se esmeran en destapar por un extremo, una barra de chocolate blanco. Lo desgastante de esta expiación, le ha causado hambre.

    —¿Quieres? —Y se acerca caminando lento, atenta a los dos cuadritos blancos con arroz crujiente del extremo, separándolos del resto. Estiro mi mano para recibirlos, más la suya evita la mía y sus dedos llevan la chocolatina directo a mi boca, se sonríe y divide otro dos para ella.

    —Le dije…: Estoy vendiéndole un apartamento exclusivo, adecuado para su imagen y su estilo de vida. –Intervine, sospechando la injerencia de Eduardo en el asunto. – ¡Estaría usted mejorando ese aspecto, impactando con seguridad a tanta gente importante que le sigue! La exclusividad que en Peñalisa usted no encontró, aquí en este sector de Cartagena la podrá obtener. —Dentellea una de las esquinas y de inmediato, lo mastica y lo diluye con un sorbo de agua, directamente de la jarra.

    —Y por vecinos no se preocupe. Dos expresidentes de la nación, dos pisos más abajo de este Pent House, vienen aquí con cierta regularidad. Un famoso jugador de futbol, que tiene residencia en un país europeo, pasa sus vacaciones con toda su familia, aquí en las fiestas de año nuevo, y sería el más cercano a usted, pues vive justo en el Pent House de al lado. Pero ese, no tiene la preciosa vista hacia la bahía, que como ha podido observar, este que va a ser suyo, si posee.

    —Puedes estar en lo cierto, jovencita, –me respondió con su habitual tono de voz, la del hombre acostumbrado a ordenar– pero a esa exclusividad que me ofreces para pagar por estas frías y vacías paredes, podrías agregarle un poco del calor de… ¡Tu intimidad y tu agradable compañía! Si te interesa cerrar el trato, al precio original que pactaste conmigo en Bogotá, sin descuentos ni más objeciones, y con la anuencia de tu jefe, obviamente me encantaría que esta noche, para celebrar, me acompañes a una cena aburridora, junto a unos miembros de la corte, y luego sí, tomarnos alguito por ahí en una discoteca, la que más te apetezca, y luego me dejes disfrutar de ese cuerpazo tuyo en la habitación de mi hotel. —Y así, cielo, este cuerpo de nuevo estuvo en oferta, pues mi nueva apariencia, blanca, rubia y tetona, como le gustaban las mujeres al magistrado, desató la lujuria en él, y su pose de digno representante de las leyes, claudicó ante la solución sexual que Eduardo le esgrimió cuando hablaron a solas.

    Lo dulce de su pequeño obsequio, que no mastico, sino que lo dejo deshacerse sobre mi lengua, y bajo el paladar, me sabe amargo ahora, tras escuchar, como se entregó de nuevo a un tipo viejo y desconocido.

    —La piel ajada de su mano diestra, me raspó el mentón con el dorso, y se inclinó para besarme en los labios con delicadeza, sellando el trato, pues no me opuse. No esquivé sus rechonchos labios, ya que, pensando en el futuro y en ti, mentalmente me juré que sería la última vez que participaría en lo que tanto me atormentaba. —Y en la zurda de Camilo, extendida y cóncava, la frente por completo recala sudada en su palma, y tan solo alcanzo a escuchar su… ¡Jueputa vida!, por reclamo.

    —En la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos, sentados frente a una mesa redonda después de desayunar, se firmó el contrato de compra venta, y sentencié de paso mi obligación de servirle de blasón, adornando su corpulencia con mi nueva fisonomía, y al mismo tiempo, iluminando su sombra con mi fingida sonrisa.

    Conmocionado, Camilo se deja caer en el sillón y con una sola mano sobre su cabeza, quizás con su imaginación, esté trazando mi recorrido, y por ello, se revuelca desesperado la melena, intentando comprender mi prostitución.

    —Ese viernes por la tarde paseé con él, enganchada a su brazo por las calles aledañas, a las plazas de La Independencia y de Los Coches, incluso lo hicimos como una pareja de amantes, dispareja en edades y en el color de las pieles, por la ciudad amurallada. Y en la noche tuvimos una cena con algunos colegas suyos y sus acompañantes femeninas, todas, al igual que yo, alquiladas. Salimos a bailar por Getsemaní, primero en una y al rato visitamos otra, y después de unas copas, manifestó que estaba cansado y me fui con él a su hotel.

    —Me prostituí nuevamente, aunque al arrendarle mi cuerpo para conseguir esa venta, lo hiciera con el firme propósito que me había marcado como objetivo, para que, a la postre, tus sueños y los míos, se hicieran realidad. Sí Camilo. Me acosté con ese viejo, obligada externamente, pero interiormente, motivada por qué a la larga, ambos seriamos felices, aunque yo lo padeciera. Sí, mi vida. Lo sufrí, aunque no te lo parezca. ¡Por vez primera, pasé la noche con un hombre, distinto a ti!

    Camilo decide ponerse en pie y sus pasos, –con el peso de mis malandanzas lastrándole cada pie– lo encaminan hacia el balcón. De la mesita redonda toma con furia la botella de tequila, y bebe de un solo sorbo, lo poco que en ella quedaba. Me mira, bufa como un toro de lidia, y se me acerca. Con sus labios ya no tan resecos, pero sí, con sus ojos marrones, enormemente redondos y brillantes, como echando chispas, enrabietado aprieta el puño, levanta su brazo diestro y lo blande en el aire, en frente de mi cara. Aprieta sus mandíbulas y… Se contiene. Más, sin embargo, me demuestra con este gesto, todo su rencor y la decepción, ante mí severa pero necesaria honestidad.

    —¿Qué es lo que te acabo de escuchar? Pasaste toda la noche con ese vejestorio embaucador… ¿Por mi culpa? ¡Maldita embustera! —Mariana se asusta ante mi inusitado rencor, adornado con mis palabras vociferadas, y tras la equis de sus brazos por escudo, frente a su rostro, creyendo que la voy a lastimar, entre lloros me termina por decir…

    —¡Te llamé! Que…, quería hablar contigo. Necesitaba escuchar tu voz, para…, me urgía encontrar en tus palabras, la conveniente fortaleza para…, para afrontar la perfidia de mis acciones, pero no tenías señal o lo mantenías apagado. Tres veces o más, marqué a tu número, y como no respondiste, hablé con Naty, pues Iryna tampoco me aceptaba las llamadas. Estabas enfermo, constipado y con escalofríos.

    —¡Nada grave, Meli! –Me comentó Naty, aliviando un poco mi preocupación. – Ya sabes cómo son de consentidos los hombres, y más él. Estará bien, bajo el cuidado de mi madre. Y por Mateo no te preocupes, pues junto a la nana, lo llevaremos al parque en un rato. ¡Pásala rico y envíame muchas fotos!

    —Tres noches y dos días perdida de ti, más cuando podía, averiguaba por tu salud, con Iryna o con Naty, y de paso escuchaba a nuestro hijo, relatarme sus aventuras, pues hacía camping en la sala de nuestra casa, acompañado por sus peluches y las historias de miedo que Naty le contaba mientras comían papas fritas, palomitas de maíz, salchichas fritas con queso, y la prohibida gaseosa antes de dormir.

    —Lo que quieres decir, obviamente, es que por conseguir que la constructora recuperara algo de lo que invirtió, para que yo pudiera avanzar con mi proyecto, ¿te tuviste que revolcar con ese viejo «cacreco», allá en Cartagena? Qué ese polvo que te echaste con ese vejestorio, ¿lo hiciste para favorecerme? ¿Al final quieres descargar sobre mis hombros, el peso de tu absurda decisión? ¡Por Dios, Mariana! ¿En cuál cabeza cabe semejante idea tan estúpida? ¡Mierda! Ese cuento no se lo cree nadie más que tú.

    —¡Nooo! No. Claro que no. Pero sí te hubiera puesto al tanto de la situación, si yo te hubiese preguntado antes de… Comprometerme… Honestamente, Camilo… Respóndeme algo. Estando tú en mi lugar, y estoy segura de ello, tú, mi amor, –sin pensártelo dos veces– por hacer realidad mis metas, hubieras mandado al carajo tu sensatez, e igualmente te habrías sacrificado por mi bienestar.

    —Te equivocas, Mariana. De cabo a rabo. Hallaría la manera o buscaría otros caminos. Intentaría hallarle al problema otra solución, y no haría nada de lo que tú hicis… ¡De eso! No te traicionaría ni vendería al mejor postor mi honorabilidad, mi dignidad, mi amor propio por nada del mundo; porque si no has caído en cuenta, nada conseguiste, porque todo, como puedes verlo ahora, lo perdiste.

    —¿Nada? ¿No harías nada? Ok, ok. Pues déjame decirte qué yo en ese momento, sentí que la oportunidad de librarme de Eduardo y de paso, conseguirle a la constructora los beneficios para pagarte por tus diseños, se me estaba escapando de las manos. Dejarme besar, sobar y coger por otro tipo más, estando tan sucia y untada de mierda hasta el cogote, como ya lo estaba, sabiendo que sería la última vez como lo tenía planeado, era la opción más viable, aunque siguiera siendo deshonesta contigo.

    —¿La última vez? Mariana, por favor. Después de todo lo que has vivido, ¿te creías capaz de cerrar las piernas, para no cagarme más la vida con tus mierdas? —Con su mirada perdida, decide obviar mi inquietud, para continuar relatándome enojada, su postrera experiencia.

    —¿Crees que para mí eso no fue nada? ¿Te escuchas bien? ¿Sugieres que para mí fue muy fácil, y que todo ello lo hice por gusto? Lo hice porque me importas demasiado, me sacrifiqué por tu futuro, intentando que te cumplieran con esas propuestas. ¡Si no querían hacerte socio, al menos que te pagaran bien por tus ideas! Así que cuatro cócteles Margaritas consumidos por mí, y una botella de Old Parr a medio terminar para él, que fueron la antesala de ese único y amargo polvo que me tuve que echar con el magistrado, aparte de escucharlo roncar toda la noche como un oso hibernando en su cueva, no eran nada para mí. Si lo había hecho antes por hacer felices a otros…, ¿por qué carajos no iba a entregar mi cuerpo una última vez, a cambio del bienestar de mi marido?

    —Muchas gracias Sor Mariana, por ser tan desprendida y entregada a los demás. –Le respondo con ironía y sí, con algo de amargura. – ¡No debiste hacerlo, y punto! Estaríamos bien. Me buscaría otro lugar para trabajar, o haría algo diferente. No lo sé, Mariana, pero hubiera preferido mil veces, mendigar en la calle por unas cuantas monedas, para llevar la comida a casa, a que tuvieras que pasar por todo eso que tú llamas, tormento, arrastrando de paso nuestro amor, hacía las catacumbas de este infierno, por el que estamos pasando.

    Mariana emite un sonido nasal. Un audible silbido tras la inhalación profunda que requiere para tranquilizarse. De hecho, camina por el pasillo hasta toparse con la puerta y se gira lentamente; me ausculta de pies a cabeza y se devuelve, blandiendo su mano derecha, con el dedo medio extendido y doblados, los dos de al lado, en clara señal de su ofuscamiento. De su boca entreabierta, no solo se le escapa el cálido aliento, sino que intentan surgir de allí, sus «justificadas» razones.

    —Y fue un infierno como dices. Tuve que someterme a ser su acompañante de cama esa noche y, al otro día, dejar de ser su rubia asesora comercial para convertirme en la amante prepagada que contrató con el fin de exhibir; sí, para pasearme a su lado y fanfarronearle en privado y por videollamada, a sus amigotes de la sala constitucional. Pero al avanzar la tarde, fui… ¡Puff! Otra. ¿O la misma? Me convertí en la peor de las rameras que se pudieran contratar en las esquinas del centro histórico. Eduardo llamó al magistrado para invitarlo en el lounge bar del edificio a una fiesta especial, la que había montado la dichosa novia de José Ignacio, para celebrar que ambos negocios se habían concretado, y con aquellos ingresos, el futuro de tu proyecto pronto se convertiría en realidad, y mi pendiente liberación final, la veía ya muy cerca.

    —A llegar, la música de una parranda vallenata campeaba por todo el lounge bar, gracias a un grupo musical que lideraba una mujer gordita, pero con bonita voz. No éramos muchos, el gerente de ventas de la costa acompañado por una mujer, el primo de la señora Graciela, José Ignacio, Eduardo, el magistrado y yo. El Dj, bastante joven, acomodaba una consola y sus cachivaches. Yo al verlo pensé de inmediato que era tal vez menor de edad. Y una chica, con el cabello tinturado la mitad de rojo cereza, y la otra de azul glacial, servía los tragos en el bar y se los alcanzaba a un mesero enjuto y canoso. No había nadie más.

    Camilo vuelve a sumergirse en las abisales simas de su mente, cavilando en todo lo que acaba de escuchar, jugando con la argolla matrimonial, estirando la cadena dorada, balanceándola ligeramente, hasta volvérsela a acomodar sobre el centro de su pecho.

    —Bailamos con el magistrado algunos temas, –continúo relatándole– bebí algunos cocteles, y en un momento dado, cuando el Dj cambió de música por algo más moderno, Nacho me invitó a bailar, y eso pareció disgustarle al comprador del local, pero fue calmado por la contagiosa risa de Graciela, y el ofrecimiento en una bandeja cromada, de una montañita de polvo blanco, y una delgada hoja de afeitar. Justo al lado, en una mesita baja, varias latas de bebidas energizantes y…, varias tiras de preservativos. Hablamos, por supuesto que lo hicimos mientras bailábamos, sobre nuestro sorpresivo encuentro allí en Cartagena, los motivos de cada uno, y obviamente, lo extraño de viajar sin que Eduardo nos hubiera puesto al corriente.

    —Y allí, sin echarle la culpa al alcohol, aunque en algo aportó, al poco rato comprendí mi lugar en aquella función. José Ignacio se trababa con krippy junto a esa mujer y el comprador del local, mientras Eduardo esnifaba cocaína junto al magistrado, y yo pasé de las copas flautas, colmadas con champagne Dom Perignon, al aguardiente antioqueño que bebía el primo de la Grace, y de mis cigarrillos blancos a un cacho de marihuana, al que me convidó José Ignacio.

    —Luego todo se desmadró. En un descuido observé qué dentro de la piscina, ya desnudos estaban Nacho, su famosa novia y el primo de ésta. Abrazados los tres, besándose entre ellos. Eduardo se mantenía algo apartado, recostado en una silla asoleadora y el magistrado Archbold se llevaba a la boca una pastillita azul, y la pasaba con un trago de esas bebidas cafeinadas. En el salón el gerente de ventas y la mujer que le acompañaba, amacizados bailaban una canción romántica de la finada Celia Cruz.

    —El olor demasiado intenso a marihuana, agredió mis fosas nasales, y las bocanadas de humo espeso, arañaron mi garganta. Y de mi espectacular vestido magenta y lentejuelas doradas, alquilado en un almacén de Boca Grande, –para esa noche de gala– pasé a quedarme en ropa interior en medio de ellos. Con…, consumí unas rayas de coca y…, a partir de allí tengo recuerdos vagos, pero…, sé qué me perdí. Me perdí del todo. Me olvidé de ti.

    —¡Pero no corras, que igual te vamos a culear! —Me gritó de manera bastante soez pero efusiva, con su mirada perdida y su caminar embriagado, cuando salió ella de la piscina y con su piel brillante, escurriendo flujos de aguas hacia el suelo, se vino hacia mí, con malas intenciones y yo, caminando de para atrás, fui tomada por los brazos morenos del magistrado, y luego… Reíamos todos por igual, hasta que… ¡Sucedió!

    —Esa boca suya tan grande se aproximó a la mía, y sus labios rollizos, como ventosas absorbieron de inmediato los míos, con fuerza y deseo. En un momento dado, –superando las chillonas quejas del acordeón, y el «currambero» ritmo de la guacharaca, un crisol de emociones y gruñidos de placer salieron de otras gargantas. Dos metros más lejanos, dos cuerpos se entrelazaban ya, al borde de la piscina y sus gemidos y quejidos extendidos, expulsados hacia nosotros dos, lograron el cometido de calentarme y le dejé que me desapuntara el broche de mi brassier.

    Como errantes relámpagos, alumbrando en la oscuridad de mi mente, las imágenes a full color del informe, se apiñan y posteriormente se desenredan, iluminando mi desdicha al confirmar Mariana con aquellas palabras, su última y extravagante entrega, que por supuesto, según sus palabras, lo hacía por mí.

    —Excitados por la desnudez de tantos cuerpos, embriagados y drogados, se me acercaron varios, y me acariciaron… ¡Demasiadas manos! Entre ellas, las de Grace, la señora de don Octavio, la dichosa novia de José Ignacio. Aledañas mis tetas a sus no tan caídos pechos, y casi arrastrada, besándome el cuello me acercó a una silla playera. Pero no fui yo quien la usó primero. Le ordenó al magistrado que fuera él quien se acomodara primero. Con nerviosismo y menos retador, obediente acató su deseo. De espaldas a él, levanté un pie, y afirmé el otro en el borde de la silla plástica, y luego me senté sobre… Sobre la panza del magistrado Archbold, extendiendo mi espalda sobre su pecho.

    —Se balanceó bastante, y renegó por no haber tenido tiempo suficiente para que su pastilla de sildenafilo, le hiciera efecto. Pero riéndose, se sostuvo la verga con sus dedos y me la clavó. Y ella, esa mujer riéndose, se abalanzó a lamerme, a chuparme allí, en mi cuquita, mientras veía de cerca, en primera fila, cómo me pichaban. Me… Aquella sensación de su lengua paseándose alrededor, me excitó bastante, más de lo que en aquel momento pudiera imaginar, pero también disfruté al ver como Nacho se acomodaba por detrás de ella y… Y creo que sin miramientos se la comenzó a culear. Luego sucedieron más besos, mas caricias, mas entregas y ofrecimientos, de los cuales todos… Todos, los probé. ¡Me arrepentiré por el resto de mis días, contigo alejado de mis brazos, y conmigo, aun profundamente enamorada de ti!

    —Con sobreactuados ayayais de ligero dolor tras cada embestida, y quejumbrosas suplicas para que no se contuviera, y termináramos los dos al tiempo en un clímax, –real para el magistrado– un tanto fingido para mí, la mentirosa experta, tu mujer infiel, logré que, para él, se terminara la fiesta, una hora y media después de haberla comenzado.

    —A media noche, concluyó todo, y para Eduardo, eternizar el momento de nuestro triunfo, se le convirtió en una estúpida obsesión. Y mientras los demás, se terminaban de vestir, allí junto a la piscina, nos indujo a ese abrazo que te pareció tan romántico y que, por otra estupidez de mi parte, acabé por besar a José Ignacio delante de Eduardo, precisamente en el momento en el cual mi ángel guardián, tomaba otra maldita fotografía, falso reflejo de lo que estaba viviendo. Regresé a mi hotel, sola y en taxi, después de dejar al magistrado en el lobby de su hotel, tras rechazar su solicitud de quedarme también esa noche con él.

    —Al otro día, por la tarde en el aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Bogotá, coincidí con José Ignacio en la sala de abordaje. Su vuelo estaba por salir, el mío lo haría una hora más tarde. Con cierta vergüenza y timidez, tratamos el tema de la orgiástica fiesta. Me preguntó por mi cliente, con algo de celos en la composición de sus oraciones. Yo le respondí someramente sobre él y sus actividades. Ambos, José Ignacio y yo, teníamos la certeza de haber realizado el negocio de nuestras vidas. Su comisión superaba un poco el monto de la mía, pero eso era lo de menos, pues para mí, lo primordial se había cumplido. Con las utilidades de aquellas ventas, muy seguramente la junta directiva podría tomar la decisión de hacerte finalmente socio o, por el contrario, cancelarte los derechos por tus diseños.

    —¿Entonces todo terminó así? ¿Tan fácil fue para ti? Te bañaste, te vestiste, y regresaste a mis brazos ese domingo por la tarde… ¿Así como si nada hubiera ocurrido, como si todo formara parte ya de la cotidianidad de tu vida? ¿En serio, Mariana? ¿No te sentiste mal conmigo? Ja, ja, ja, obviamente que no, pues tuviste la grandiosa idea de llamarme el domingo a la hora de las medias nueves, saludar primero que todo a Mateo, y luego sí, comentarme, –completamente dichosa– tu exitosa negociación, sin aquellos pelos ni las otras señales, solicitándome eso sí, que el bobito te fuera a recoger al aeropuerto, dándome el número de tu vuelo y la hora aproximada de tu llegada, para posteriormente salir a comer crepes y waffles en el centro comercial, y así celebrar en familia tu nuevo triunfo. ¡Wow! Qué cachaza la tuya, en serio.

    Camilo está enojadísimo, con justa razón, más sin una total comprensión, resopla y quiere intervenir, para recriminarme o para maldecirme, más no lo dejo y decido implorarle por una nueva tregua.

    —Espera, cielo. Aún no termino. Déjame hablar y escúchame con calma. —Y obediente, decide sentarse en la silla, para con los brazos cruzados, darme los minutos necesarios para terminar de explicarme.

    —Pues ni tan sencillo fue actuar frente a ti como si nada malo ni terrible hubiera sucedido en Cartagena. Aquella noche encerrada en el baño de nuestra habitación, me desnudé con ganas de darme una buena ducha con agua caliente. Te escuché. ¡Claro que te escuché! Golpeaste con los nudillos la puerta que nunca habíamos cerrado, y por eso me preguntaste angustiado… «¿Estas bien? ¿Qué tienes? ¿Te sientes enferma, mi amor?». Siempre tan amoroso conmigo, tan preocupado y pendiente por mí.

    —Y con el agua cayendo sobre mi cabeza, deslizándose por mi espalda, no te respondí, ni lo intenté. No podía hablarte, pues lloraba como una plañidera. ¡Esa es la verdad, cielo! Pues en mis oídos, solo escuchaba los ecos de aquellas voces, de sus gemidos, de los sonidos de ultratumba y sus risas depravadas. Rememoraba las imágenes de todas esas manos, estrujándome los senos, o reptando por mis costillas, además de esas bocas absorbiéndome las tetas, babeándome las areolas, mientras dedos y lenguas se turnaban para lamer mi sexo, perseverando incontables minutos para encenderme sexualmente. No quería ser consciente de cómo me entregaba así, de esa manera, pero si sentí placer y eso me revolvió las tripas y bastante más, mi alterada conciencia.

    —¡Asco y repulsión! De mí, de él, de todos ellos. Ni siquiera las palmadas en mis nalgas hasta enrojecérmelas, por parte del magistrado, o las groseras palabras con las que se refería a ciertas partes de mi cuerpo, lograron motivarme a llegar a un buen orgasmo. Su cuerpo sobre mí, tan pesado hasta sentir que me asfixiaba, oprimiendo con su barrigota mi vientre y mi deseo de respirar… Me torturaba y al verlo retorcer con sus callosas manos, mis tetas y de paso sin saberlo, mis entrañas, vi en sus gestos de placer y en el brillo de sus morbosas miradas, el reflejo de mi propio infierno.

    —En esos momentos de soledad, –en los que creí que no estabas cerca para evaluarme con esa mirada tuya, tan penetrante– tan solo pensaba en buscar una manera de alejarme de Eduardo. Me encontraba ansiosa por bloquearlo y alejarlo de nuestras vidas… Sin que llegaras a sospechar la causa y descubrir las verdaderas razones… Quería hasta matarlo. ¡A los dos! Por supuesto que a Fadia también. Pero no la hallaba. ¿Irnos nuevamente? Imposible, pues tu sueño estaba a punto de concretarse y yo no iba a ser la piedra en tu camino para hacerte tropezar y así evitar que se hiciera realidad. Aunque… ¡Maldita sea! Lo fui, finalmente.

    —Debería esperar a que mi idea de promocionarlo ante los directivos, por intermedio de Carmencita, cuajara, al igual que mi nombramiento como nueva jefa de ventas. Así que mientras tanto, debería callar y hacerte parecer que no ocurría nada malo conmigo y seguir adelante con mí… ¡Actuación! Por ello, simulaba estar bien, pero lo que nadie sabía era el temor que se había instalado dentro de mí. Y es que adolecía de amigas de confianza en quien apoyarme. Salvo Iryna, no existía ninguna persona en quien descargar sobre sus hombros el peso de este tormento. ¡Y no, cielo, no me mires así! Tú, aunque ciertamente y por mucho, el más confiable, igualmente eras el menos indicado. Por eso cuando regresaba casa, me entregaba por completo a hacerlos felices todo el tiempo y cuando podía quedarme a solas en algún momento, meditaba… ¡Pensando en todo!

    —Y en nuestra alcoba, estando tú ya dormido de medio lado, a mí, por el contrario, me costaba conciliar el sueño. Me abrazaba a ti, a tu espalda desnuda, rodeando con mis brazos a tu humanidad reposada e inocente, y yo culpable… ¡Me separaba! Daba la vuelta y ajustaba la almohada. Acalorada, sacaba mis piernas de debajo de las sabanas, y muy ansiosa hasta pensaba en cambiar el colchón, –echándole la culpa de mis desvelos– y me giraba de nuevo, mirando la silueta de tu cuerpo, respirando muy tranquilo del lado derecho y me sentía indecente, como si con mi presencia allí, tan cercana a tu izquierda, manchara con el color de mi piel nuestro pulcro lecho matrimonial.

    —Intentaba mantener cerrados los ojos, pensar en otras cosas, y contar ovejas… No me servía para nada. Las noticias relevantes del día, los chismes de la farándula o en la subida del dólar que beneficiaba las exportaciones, y hasta memorizaba las fechas que se aproximaban para pagar los servicios públicos; vi de nuevo en mi mente el consejo de una youtuber –famosa, pero soltera– donde desvirtuaba la monogamia y avalaba la mescolanza sexual. ¿Sin amor existe placer? Pensaba en todas esas tonterías porque al cerrar los ojos, no dormía recordando que debido a mi insensatez fui obligada a fallarte.

    —Así que ni tú ni nadie, se daban cuenta de la hazaña que era levantarme sin dormir apenas nada, y salir del enredo de aquellas sabanas, ilesa y con una sonrisa cuando me saludabas con un mañanero beso y tras él, tu acostumbrado te amo, preguntándome un poco extrañado… ¿Dormiste bien? Y yo, con otro beso, una sonrisa y mi apretado abrazo, te respondía… ¡Perfectamente! Todo para tranquilizarte.

    —Quería frente a ellos, Eduardo y José Ignacio, sentirme poderosa. Liberarme de su obsesivo capricho por sentirse el «number one» de los jefes de ventas del país, y sin que ninguna de sus burlas hacia mis tetas o mi vestuario, me mantuviese atada a la silla en mi escritorio. Si lograba someterlos a mis caprichos, estaba segura de que nadie más en la vida tendría el poder de dominarme y hacerme sentir mal, salvo tú, con esa estricta rectitud. Si lo conseguía con esos dos, podría hacer con los demás lo que se me antojara. Y eso mi vida, solo me concernía a mí.

    —No busqué placer en mi estúpida travesía, pues contigo ya lo tenía y multiplicado hasta el infinito, por tu esmerado esfuerzo en ser un buen esposo y padre, un excelente amante, más el desinteresado amor que habitaba siempre en tu mirada, cada vez que lo hacíamos. Pero durante el trayecto, no te puedo negar que lo obtuve en contadas ocasiones. Ni siquiera fue lo mismo con… Con ella. Similar en las formas, pero diferente en su esencia. No sé si puedas comprenderme sin estar metido entre mis fibras. Es que con esas otras personas llegaba siempre prevenida, con los ojos bien abiertos y mis sentidos bien despiertos. A tu lado no. Podía caminar en medio de la oscuridad y dentro de ella, incluso hacerlo con los ojos cerrados. Confianza para mí, es sinónimo de amor y mi amor eres tú, vida mía.

    —Nunca dejé de ser tu dama, a pesar de reconocerme frente a los espejos de lugares tan distantes como ajenos a los de mi hogar, como una vil puta, y que aquellos con los que negociaba sellando tratos con mi labia y abriéndome de piernas bajo distintas sabanas, me vieran como a una asesora comercial, patisuelta e interesada, o que también transmitiera la imagen de una puta fina, para sellar un buen trato.

    —Todos ellos, más unos cuantos enamorados de mí, por las redes sociales, perdían conmigo la batalla de la conquista, por más que se esforzaran. Ni con obsequios o flores, palabras bonitas o promesas de viajes a lugares paradisiacos, ninguno podía vencer la consistencia del amor que sentía por ti y por mi hijo, por mi hogar y permanecer dentro de nuestro tablero, sintiéndome tu dama. Yo decidía finalmente que entregar y cuando, hasta donde permitir y que pedir a cambio. Aunque fuera ese hijueputa de Eduardo, el que al comienzo me ofreciera como colorido empaque de un regalo.

    —En la cama, en un sillón o tirada sobre una mullida alfombra, yo seguía sintiéndome una dama y de hecho fui tratada como tal. Tantas palabras bonitas, dichas por otras bocas, intentaban seducirme sin descanso, pero las dichas por ti a mi oído, lograban mantenerme conquistada sin tanto esfuerzo, y con tus múltiples demostraciones de respeto y de cariño, hacia mi pequeño y otras solo para mí, me hacían sentir completamente tuya, e inmensamente feliz de compartir mis días a tu lado.

    —¿Qué me pasó? ¿Por qué insistí en torcer mi destino, si era tan bonito? Yo no lo sé en realidad. «¡Mucho dulce empalaga, y una pizca de sal, da sabor a la vida!». —Me dijo una tarde Fadia, mientras me ayudaba a maquillarme para cumplir con otra cita de negocios. No comprendo todavía por qué al empezar no me detuve. Porque motivo decidí avanzar, sin apenas rechistar. O tal vez, puede que me faltara algo y me sobraran tus mimos y tu protección, pues así, andando sola, aprendí a vivirme plena, con ofensas, por heridas y con burlas, por golpes a mi autoestima.

    —Experimenté como sentirme bella y deseada, con cada pasó que daba fuera de mi casa, y atraer con la perversión inscrita en una mirada, la aceptación para firmar un contrato, y a dominar con un simple cruce de piernas o un pícaro aleteo de mis pestañas, el regateo de los clientes que se hacían los difíciles. Nada atrae más a un hombre, o a una mujer, que aparentar inocencia, pero mezclada con un toque de lujuria, en un abrir y cerrar de ojos o de piernas, convertir un posible no, en una sumisa afirmación.

    —Eres un amor de hombre, y tan esmerado en tus cuidados para Mateo y para mí, como no creo hallar nunca jamás en otra persona. Agradezco tu esfuerzo, tu valor y la paciencia por escucharme. Noto claramente que tu intención inicialmente era la de otorgarme tu perdón, pero comprendo que con todo esto que has escuchado y que ha salido honestamente por mi boca, no lo conseguiré y tendré que regresarme a Bogotá, sola, e incumpliéndole la promesa a nuestro hijo. Ahora, Camilo, solo espero que me digas tu frase favorita: ¡Lo que no sirve, que no estorbe!

    —¿Has terminado? —Y Mariana, se acomoda de medio lado, en la esquina izquierda de la cama, asintiendo con la cabeza.

    —Bien sabes lo que pienso sobre eso. Nada se acaba, no se termina y, por el contrario, continua el ciclo. Obviamente, no volveremos a lo mismo, a sentir igual, a vivir de manera similar. Habíamos hablado desde el comienzo de nuestro noviazgo, y repetido poco antes de nuestra boda, que si llegado el momento, entre los dos surgiera un delicado conflicto, una discusión aparentemente insalvable, hablaríamos primero, escucharíamos con atención y luego de admitir nuestras fallas, –dándole la justa razón al otro– terminaríamos por darnos un tierno beso y un amoroso abrazo, pues jamás las discusiones serían más importantes que el amor que nos profesábamos.

    —Por todo lo que has relatado, no estoy seguro de si fuiste consciente de lo que en verdad añorabas. Tenías en tu interior, y tal vez aún permanezca incrustado en tu psiquis, las ganas de sentirte dominante con tus amantes y sometida ante mí para equilibrar tu balance. A mi modo de ver, disfrazaste esa fantasía con una lucha de poderes y de géneros. La mujer equilibrada y tolerante, enfrentada a la insensatez del hombre. Y a pesar de que llevabas a mi lado una vida satisfactoria, muy en lo profundo de tu ser, añorabas vivir de manera más aventurera y desquiciada.

    —Lo sé, Camilo, lo sé. Me esmeré en mejorar mis talentos, cuidar mi físico y adornarlo en cada encuentro con algo diferente, no solo con la ropa o los peinados, sino con nuevas técnicas sexuales y ofreciéndome como una agradable dama de compañía, no tanto por el dinero de las comisiones, también por mi deseo de ser reconocida como la mejor vendedora de la constructora, por encima de José Ignacio, rompiendo sus marcas y que con mi esfuerzo, le otorgaran a Eduardo la dirección general de la comercialización de todos los proyectos de la constructora a nivel nacional. Para quitármelo de encima, para que me dejara en paz, y así finalmente, consiguiera la libertad de estar contigo, permanentemente en exclusiva y alegrarme por tu nueva posición en la constructora, como socio, finiquitando tu sueño, haciendo realidad el complejo hotelero, reutilizando esos containers usados y bajo tu buen juicio, con tus propias manos, darle al trajinado material una nueva oportunidad para lucir, alojando los sueños y los amores de cientos de seres que buscarían un descanso merecido.

    —Me parece que a pesar de escuchar todo lo anterior, exculpando en algo tu proceder por la obligada presión que ejerció Eduardo y su mujer sobre ti, y escucharte tan arrepentida, ahora sí que me preocupa tu estado mental. Si ya está todo dicho, me parece entonces, que es momento de marcharme. —Me acerco hasta el mueble, y dándole la espalda, a su mirada curiosa por naturaleza, le digo…

    —Bueno, pues, si ya no tienes más sorpresas guardadas por ahí, creo que esto es tuyo. Ya no me pertenece. Haz con esto lo que mejor creas. —Y del interior de mi mochila, extraigo el folder rojo con el cual, sorprendido en un principio, me informé de la real situación por la que atravesaba mí, aparentemente, ordenado universo.

    Absorta, se endereza, para recibirme la carpeta, sin poder cerrar su boca. La mira primero, y me observa ahora. De nuevo, su llanto aparece y en su cara de asombro, percibo igualmente su angustia y el quebranto.

    —Co… Como es que la… No es posible, Camilo. Quién… ¿Quién te la dio? —Le pregunto, y entre mi angustia y mi rabia, primero con la persona que se la entregó, –incumpliendo aquella promesa– y segundo con mi esposo, por hacerme sufrir al relatarle con pelos y señales todas las miserias de mi pasado, teniendo en su poder la certeza de mi deshonestidad, rebobino la película de aquel despido en mi cabeza, pues no tengo idea de quien me traicionó.

    —¡¿Quién fue?! Dime camilo. ¿Quién carajos me delató?

    —Resulta Mariana, que unos minutos después de que te marcharas para tu reunión con la junta directiva, mientras terminaba de afeitarme, recibí una llamada de don Octavio.

    —¿Camilo? Hijo, me encantaría que me acompañaras a desayunar, y así, de paso, podemos tratar un tema de suma importancia para los dos. ¿Conoces el restaurante del centro financiero? ¿El que está ubicado en la última planta de la torre «C»?

    —Nunca he estado allí, pero sí sé dónde está ubicado. Deme unos cuarenta minutos y le llego allá. ¿Le parece, don Octavio?

    —Perfecto hijo, lo espero. —Me respondió con total naturalidad, y enseguida me cortó. No pensé en nada raro. Tal vez quería comentarme en privado algo con respecto a los trámites que él estaba efectuando en la gobernación para la licencia de construcción, o algo por el estilo.

    —Terminé de vestirme apurado, aunque cambié antes, la chaqueta ovejera de jean azul, por uno de mis abrigos largos, ya que me pareció más formal, y acorde con la camisa a cuadros de algodón, con sus colores claros, mi jean negro y mis botines azul petróleo.

    —Al entrar al restaurante, me recibió el hostess, a quien informé la razón de mi presencia allí, y este de inmediato me llevó hasta su mesa. Estaba solo, tomando jugo de melón, calmado. Insistió en que lo acompañara tomándome un vaso también, pues según él, era excelente beberlo en ayunas para neutralizar la acidez estomacal.

    —Desayunábamos en calma, y a medio terminar su ensalada césar, y yo, mis anillos de calamar apanados, sin darme pistas ni alarmarme, comenzó por alabarme.

    —Camilo, hijo. Eres un buen hombre y un grandioso arquitecto. Soñador como todos los que amamos construir con nuestros sueños, los de los demás. Con frecuencia, a hombres como tú o como yo, acostumbrados a ganarnos la vida, con el arte de visionar un cosmos mejor, nos toca batallar contra las poderosas razones y nuestras hambrientas pasiones.

    —Recién comenzaba a cucharear su caldereta de cangrejo, y yo a trocear mi «Pirarucú Acevichado», cuando dio inicio a una filosófica charla sobre nuestras labores como arquitectos y diseñadores.

    —Y luchamos sin descanso, sin dormir, a veces varias noches seguidas, con tal de conseguir unir, de la mejor manera, la más adecuada y honesta, lo artificial con lo natural. Es el fundamento que considero más importante para nosotros los constructores. Soñamos con mejorar la belleza de este mundo, sin lastimarla ni menospreciarla.

    —De hecho, te consta que nuestras almas constructoras y pacificadoras, lo único que desean es aprovecharnos de sus paisajes, para decorar con ellos nuestros ambientes creados, y darle un poco más de comodidad y felicidad a… A lo que más nos importa, como a nuestros esmerados diseños. ¿Estoy en lo cierto Camilo? —Sin decir nada por tener la boca llena, tan solo asentí y el prosiguió.

    —No obstante, por más que lo intentamos, muchas veces no logramos equilibrar con nuestra razón y todo nuestro esfuerzo, las necesidades ocultas de los demás. Ese estilo de vida apasionado y aventurero, que algunos de nuestros clientes, por lo general los más cercanos y selectos, no hallan en todo aquello tan bello y acomodado que les hemos construido, y que, a pesar de ello, aburridos desean cambiar. Y no podemos con todo, a pesar de nuestros esfuerzos.

    —Y ya en los postres, finalizando tanto él como yo, nuestros Pralinés de almendras, terminó por decirme…

    —Para beneficio propio, es fundamental, que la calidad de nuestras obras, pero sobre todo en nuestros proyectos de vida, no decaiga y se mantenga, alejando, eso sí, las tentaciones de las cantidades que nos ofrecen esos pequeños logros, que, aunque suman, no contemplan toda la grandeza de nuestros esfuerzos.

    —Ciertamente, mariana, no era la primera vez que desayunaba con él. Pero esa mañana, al hacerlo solo, y escuchándolo con atención, sospeché que sucedía algo. Pero no nada malo, simplemente creí que, con aquel desayuno, él me daría la noticia de que finalmente me haría socio de su constructora.

    Iluso, idiota. Cuando el camarero se apareció con la cuenta, me dijo sin cambiar el semblante…

    —Sin embargo, y con todo el aprecio que le tengo por la labor tan admirable con la que ha ejecutado su trabajo, y su denodada entrega a esta empresa, debo despedirlo, no sin antes entregarle esto. Y de su portafolio, tomo un sobre blanco y al entregármelo me notificó su decisión.

    —Internamente, por motivos que no le incumben a usted conocer, hemos realizado una investigación al área comercial, y se ha descubierto que nos mintieron, usted y su esposa, la señora Melissa Mariana López, según consta en este registro civil de matrimonio. Ella se vinculó a la constructora transgrediendo las normas establecidas, las que usted también conoció cuando firmó el contrato laboral, y que, en uno de sus apartes, estipula que no se permiten relaciones amorosas entre los empleados. Y usted, mi apreciado arquitecto, ya se encontraba realizando su trabajo para nosotros. ¿Estoy en lo cierto, Camilo? —Me quedé boquiabierto, seguramente pálido y en total fuera de lugar, Mariana.

    —¿Es correcto, Camilo Andrés? —Volvió a insistirme, pero esta vez usando un tono más autoritario en su voz.

    —Efectivamente. Sí señor. —Le respondí. Muy nervioso, no te lo voy a negar, pero a la vez, intentando poner en orden todas tus últimas actividades, buscando la falla en ti, por la cual ellos hubieran iniciado una investigación. Falta de ventas no eran la razón. ¿Dineros recaudados que no ingresaron debidamente a tesorería? Tú no tendrías necesidad de involucrarte con algún robo o desfalco. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Cuál la causa de que finalmente nos descubrieran el pastel? Y no lo hallaba, Mariana. Pero no me dio más tiempo de pensar, pues terminó por decirme…

    —Sus conceptos arquitectónicos se realizarán, pero no bajo su supervisión. Otras manos se encargarán de ejecutarlo. Puede que, como yo, sea culpable en poco o en mucho de lo sucedido, y a pesar de que me he opuesto a su despido, no puedo ni debo cambiar las normas, que yo mismo ayude a establecer, torciéndolas para favorecerlo. Por ello, la junta directiva ha decidido pagarle la suma de dinero que nos solicitó inicialmente para quedarnos con su proyecto hotelero. Ese acuerdo, firmado por usted con anterioridad y que dejamos en standby, guardado en un cajón de mi escritorio, mientras sopesábamos la viabilidad del proyecto y su probable inclusión dentro de la sociedad, lo ratificaremos en la notaria, la próxima semana. Y obviamente en la oficina de personal, Carmencita le hará entrega de sus prestaciones sociales, y de una carta de recomendación por su dedicación y excelente desempeño.

    —Revisé el sobre y efectivamente allí se encontraban las copias del precontrato que habíamos acordado por mis diseños, cediéndoselos por la suma de dinero que calculé, sería el pago justo a mis noches en vela, y con la cual, el futuro educativo de nuestro hijo, estaría más que asegurado hasta que decidiera, ya mayorcito, qué carrera le gustaría estudiar en la universidad.

    —No tenía mucho más por decir o hacer ante la evidencia presentada por don Octavio, y me fui de aquel restaurante, pensativo e intranquilo, por saber de ti y cómo te lo habrías tomado. Igualmente, con ganas de encontrarme a Eduardo para pedirle explicaciones.

    —Cuando salí de la oficina de personal, escoltado por el jefe de seguridad, y despidiéndome afectuosamente de una Carmencita, llorosa y afligida, pasé a recoger todas mis cosas, excepto los planos digitalizados, las perspectivas, los esquemas de distribución, la lista de materiales requeridos, el estudio de color que me ayudaste a realizar para ambientar el exterior y los acabados de los contenedores, entregándoselos a una desconcertada Elizabeth, en la que fue mi oficina en el piso once. La pobre no sabía qué estaba pasando y miraba para todas direcciones, donde los ojos de los ingenieros y sus secretarias, igualmente, se mostraban extrañados por mi silenciosa manera de alejarme de allí.

    —Al llegar al ascensor fui llamado por esa persona que, con su grave voz, reclamaba mi atención.

    —¿Arquitecto?… ¡Señor!… ¡Por favor, don Camilo, espere! —Y aquel grito, consiguió que pisara el pedal del freno de mis pasos, y le prestara atención. Se plantó en frente de mí, interponiéndose entre el elevador y yo, sujetándome por un brazo, para inmovilizar mis ganas de bajar a tu piso, y salir los dos de allí, despedidos pero juntos. No muy feliz, pero con la tranquilidad interior de volverte a tener, en exclusiva para mí.

    —Don Camilo, disculpe que lo detenga de esta forma, pero me gustaría que me escuche antes de… Señor, creo que es mejor que no busque a su esposa ahora. —No comprendía por qué me animaba a que no oprimiera el botón del ascensor, todavía.

    —Igual, ella ya dejó las instalaciones, sola y por sus propios medios.

    —Mejor dicho, don Camilo, lo que sucede es que… Yo sé una cosa que usted desconoce y es… Es que… Es mejor que usted sepa algo antes de ir a buscarla. Permítame lo acompaño hasta el sótano, y allá le cuento.

    —Pero… ¿¡Qué sucede Milton!? Déjeme seguir que tengo afán. Necesito ir a buscar a mi mujer, debe estar destrozada con todo esto. —Y en esas se abrieron las puertas del elevador y entre los dos se mantuvieron las miradas. La mía con evidentes signos de interrogación. La de él, con la frialdad de siempre.

    —Ok, Milton, ya estamos acá, dígame que está sucediendo, pero rápido porque me tiene intrigado y para antier es tarde. Además, debo buscar a alguien más.

    —Ya tendrá tiempo para eso, créame. Pero antes, arquitecto, pienso que debe darle una ojeada a este informe. —Me respondió y después de revisar con la mirada para todos lados, recargándose contra una de las anchas columnas de cemento, de debajo de su saco, llevándose amabas manos hacia su espalda, se sacó una carpeta roja y me la entregó. Esa que tienes ahora en tus manos. Y del bolsillo posterior del pantalón, extrajo algo adicional y me dijo…

    —Su esposa, la señora Melissa, no fue despedida únicamente por su vínculo matrimonial. Ella no solo engañó a la compañía, sino también a usted. Lo lamento mucho arquitecto, créame. Sé bien el calvario por el que pasará, después de leer y ver esto, pues yo lo he vivido. Su señora… Ella mantenía una relación secreta con un compañero de trabajo. El pedante ese, que se cree la última Coca-Cola del desierto, entre otras cosas. Aquí está todo. Lo podrá observar con mayor… ¡Claridad!

    —Y, me entregó esto también. Una pequeña unidad flash, qué nunca fui capaz de insertarla en el puerto USB de mi computador, para husmear lo que había en ella. Supongo que… Con más evidencias visuales, de todo lo que me has dicho. ¡De aquello que no deseaba ver de ti! Es toda tuya también, Mariana. Tendrás que decidir qué hacer con ella.

    —¿De quién me habla? ¿Cuál relación? —Intrigado le pregunté, aunque en mi mente ya tenía grabado el nombre de tu amante.

    —Su mujer lleva meses en una relación sentimental, con el presumido de José Ignacio Cifuentes. Pero no se preocupe por él, ni por el jefe de ellos dos, su amigo Eduardo, el mismo que recomendó su proyecto a don Octavio, pero no para ayudarlo como usted o su señora pensaban, sino para alejarlo de acá. A ellos dos, igualmente, les pidieron la renuncia, aunque si por mí fuera, don camilo, le juro que, si hubiera estado en mis manos, a ese par les hubiese dado algo más que una carta y la liquidación. Yo los hubiera sacado a patadas y trompadas, echándolos sin nada. Por malparidos y pervertidos. Sobre todo, a ese hijo de puta cari bonito, que le encanta inmiscuirse con las mujeres de los demás, seduciéndolas y destrozando relaciones, como lo ha hecho con la suya. ¡Cómo lo hizo ya con la que yo sostenía, culeándose a mi María!

    —¿María? María, la señora de la caf…

    —Sshhh, sí. ¡Esa misma! Los pillé en la cocina y… Bueno, eso ya no importa. Tenga, arquitecto, y léalo antes de verse con su esposa, creo que por más doloroso que pueda ser, le abrirá los ojos y con eso, usted podrá tomar una buena decisión para el resto de su vida, y si me necesita para algo más, al final del informe encontrará mi número telefónico. A mí sí me gustaría colaborarle, con una que otra trompada a ese payaso siete mujeres. Mucha suerte don Camilo, y créame que lamento mucho enterarlo hasta ahora de esa situación, pero tenía mis manos atadas.

    —Lo sabía, maldición, lo sabía. Desde que lo vi allí, de pie contra la puerta cerrada de la sala de juntas… Yo lo presentí. —Al instante Mariana despega sus nalgas de la cama, y con el dorso de su mano derecha se retira la humedad en ambas mejillas, mirándome con dolor y frustración.

    —Y también adivinaste, ¿que tu adiestrado amante, te desobedeció y te ponía los cachos con la señora de servicios generales? ¿La compañera sentimental del jefe de seguridad?

    —Pues no me extraña para nada, ya que ese era un rumor que se corría de voz a voz, por los pasillos de esa oficina, desde que llegué a trabajar. Para él cualquier hueco era trinchera. —Le contesto a su malintencionada pregunta y me acerco a él para promulgarle unas últimas palabras.

    —Desde siempre aprendimos a decirnos con miradas cuanto nos amábamos, a solas, o rodeados por multitudes. Sentíamos que nos faltaban horas, minutos y segundos, para postergar las despedidas bajo el marco de la puerta, al acompañarme hasta mi casa. Ahora, solo quisiera echar atrás el tiempo, y que los besos sinceros que nos dimos, los que dieron vida a nuestra relación, renazcan entre los dos, que le vuelvan a surgir desde su corazón y que, en el tuyo, no desfallezcan los latidos por los míos. —Y sacando valor de dónde no parece haberlo, desato el nudo de esta bata, para abrir los pliegues de la tela y mostrarle mi cuerpo desnudo. Para…

    —No es muy tarde, cielo. Aún podríamos… ¡Podemos hacernos el amor, una última vez! Ven dame tu mano. ¡Tócame aquí! —Y coloco su mano en mi pecho, al ladito de mi seno izquierdo, y enseguida su otro brazo me rodea, me aprieta contra él, pero… ¿Duda?

    Y en su abrazo me hace sentir a salvo. Mi corazón aliviado, en parte, acompasa el tamborilear del suyo. Entre la musculatura de sus brazos me calmo, pero quisiera estar con él una vez más, sentirlo dentro mío, retenerlo saboreando nuestro placer. Pero Camilo no quiere… ¿O sí? Tal vez igualmente le gustaría, más su razonado orgullo herido, le dictamina que se me resista. Por eso apartándolo un poco le digo…

    —Solo cuando deje de latir este corazón con fuerza, cada vez que estés cerca de mí, sabré que ya no me haces falta… Y aquí en mi cabeza, –y le tomó su otra mano y la llevo a mi frente– tu rostro ya no aparezca con asiduidad…

    —O en este lugar, –y le bajo la mano hasta hacer que me cubra con su palma mi pubis– ya no anhele acariciarme pensando en ti… Yo sabré, Camilo Andrés, que… Que he dejado de amarte. Y ten la seguridad que cara a cara, como lo hago ahora, te lo diré. Pero en este instante, como en todos nuestros momentos pasados, te aseguro que te sigo amando.

    —Comprendo qué no volveremos a ser… Qué no seremos tan confiados como antes, pues hemos mudado de piel. A nuestra historia juntos, ya le hemos agregado otros capítulos, y no quiero imaginar que hasta acá hayamos llegado, y en esta habitación de hotel indolente, y sin nuestra habitual intimidad, quede escrita la despedida de lo que no alcanzamos a realizar.

    —Por supuesto que me hago responsable de todos mis actos. Soy consciente del daño que le causé a nuestra relación. Lo que has escuchado, lo que has llegado a visualizar en tu mente, todas esas sensaciones de abatimiento, desolación, rabia, tristeza, decepción y dolor, son todas culpa mía. Y te agradezco por permitirme venir a verte, y sobre todo por escucharme nuevamente como al principio, desde que nos conocimos, cuando éramos simplemente amigos. Necesitaba descargar en ti, todas mis verdades. ¡Me has liberado!

    —Seguiré con mi tratamiento, para limpiar mi alma y salir de esa ansiedad que me estaba consumiendo a solas, cuando me di cuenta de que, estando tan perdida, se me escapaba de mis manos la felicidad que llegué a tener contigo. Me he dado cuenta de las estupideces que hice, por ayudar a otras personas, sin avisarte, sin tenerte en cuenta. Trabajaré duro para educar bien a nuestro hijo, pero cielo, te necesito. Te juro que te necesito para que me ayudes con eso. Me urge que tus valores morales y éticos, se los enseñes y se los transmitas, mientras restauro con el tiempo, los míos. ¡Te amo! Te amo mucho, Camilo Andrés García Romero. Te adoro, vida mía. Estoy muy segura de ello, así como… No dejaré de amarte por siempre.

    —Mariana, sabes bien que yo te he amado desde el mismo momento en que te vi, de rodillas, abofeteada por el cobarde de tu exnovio. Pero ahora, a pesar de que te sigo amando, no puedo, esta vez, cumplir con tus deseos. Hacerte el amor, adorarte como lo hacía, ya es imposible después de que confirmaras con tu propia voz, todo lo que en ese maldito informe constaba y yo… Yo me negaba a creer.

    —Tendremos que contentarnos con recordar la última vez que estuvimos juntos, esa noche que hicimos el amor.

    —¿Te refieres a esa noche después de mi regreso de La Heroica? ¿Esa noche que después de un largo rato, al salir del baño, me entregaste una infusión de manzanilla, esperando que, al beberla, se calmara mi malestar? ¿Esa última vez, cuando lentamente abriste los costados de mi bata, y al verlos todavía cubiertos por las ajustadas copas del sostén, soltaste un suspiro de satisfacción y apresurado con tus dedos, me levantaste el brassier tomándolo por los aros, dejándolo arremangado bajo mi cuello? —Siento las palpitaciones de su corazón a través de su mano. Tiembla igualmente, pero no la retira de mi pecho.

    —Desnudos, los miraste extasiado, no como lo haces ahora, pero aquella vez y sin previo aviso, encaramaste con desespero tus labios por las cumbres de mis senos, absorbiendo mis pezones, como si te estuvieses alimentando. Los globos de mis senos operados, bajo tus caricias, me ardían, y te suplicaba que me las humedecieras con tu saliva, o que me las succionaras con más ganas. Quería que me las mordieras, lento y duro, y me sorprendieras de nuevo, al volver a golpeármelas con tus palmas. Necesitaba sufrir, sentir dolor, para limpiar con mi padecimiento, aquella última falta. Así, con tus dientes aprisionando mis pezones, comencé a excitarme y lograste que, sin tocarla, mi cuquita se humedeciera y chorreara flujos por mis piernas, abiertas para ti, exponiéndome a voluntad para recibir la visita de tu boca o de tus dedos, y me penetraras con ellos o con tu lengua, preparándome para qué finalmente tu deseada verga, me horad…

    —¡Esa noche no! –La interrumpo. – Aquella vez solo tuve ganas de ti. Simple y llanamente fue sexo. Ese que últimamente tanto deseabas sentir. Me refiero a la del día anterior a tu intempestivo viaje. Esa sí fue la última vez que te hice el amor y sentí que tú te entregabas a mí, con tu acostumbrada ternura. Con esa es qué nos debemos quedar en la memoria.

    —Ya es tarde, son más de la diez. Voy a vestirme, y tú debes descansar un poco. Tu vuelo es por la tarde, supongo. —Con cuidado retiro mi mano de su pecho, pues debo dirigirme hasta el balcón para recoger del espaldar de una de las sillas, mi bóxer que ya deben estar secos.

    Mientras me dirijo hacia allí voy recordando unas frases, un pensamiento que leí, aunque ahora no recuerdo exactamente, ni el libro ni el momento.

    «El amor no se exige, no se suplica y mucho menos se mendiga, el amor se regala en miradas, en caricias, en tiempo inventado, en paciencia que se aprende, en consuelo compartido, en risas que secan lágrimas y en abrazos que te reconstruyen y en besos que te dan vida». ¡Perdóname, mi amor!

    Le escucho hablar, a pesar de hacerlo a un volumen tan bajo, como si se lo estuviese diciendo a él mismo. Susurrándole a su corazón.

    —¿Camilo? Cielo… ¿Me pides perdón tú a mí? No, mi vida, soy yo la que tropecé con la misma piedra más de una vez, y por ello caí en sus manos.

    —Pues sí, Mariana. También debo pedirte perdón, pues al escucharte y verte sufrir, me he sentido fatal. Fui un estúpido al no darme cuenta de nada por lo que estabas pasando, pero es que…, yo te veía normal como siempre, a pesar del exceso de cariños y mimos hacia Mateo. O en las noches más comprensiva, si me veías cansado, y más «arrecha» de lo normal, cuando con solo mirarte, entendía que me tenías muchas ganas.

    —Sin embargo, cuando creías estar a solas y sin que te dieras cuenta, yo te observaba a veces y me extrañaba sentirte tan lejana y pensativa. Asumí que era, por cuestiones laborales, una normal preocupación por tus negocios. Jamás se me pasó por la mente el que estuvieras afrontando sola, esa situación. Lo siento y en verdad lo lamento mucho. Perdóname. ¡Debí estar más atento!

    —No tienes por qué culparte, cielo. Yo no tengo nada para perdonarte. Fui yo exclusivamente la culpable. Desde un inicio debí confiar en ti. Ahora… Por supuesto que, al venir acá, pretendí que regresáramos juntos. Así imaginara temerosa, que podríamos volver, sin que nuestros pasos marcharan lado a lado, aceptando que, por mi culpa, ya te habría perdido como hombre, como esposo, pero jamás como el padre amoroso que eres y que tanto necesita Mateo. Sí, mi vida, por supuesto que pretendo, –en medio de este inmenso dolor–, que nos demos la oportunidad de reconstruir lo nuestro, conquistarnos de nuevo, dejando todo atrás y echando raíces en otro sitio, para amarnos. ¡Para amarte y respetarte por siempre!

    Camilo termina de subirse las bermudas, y al escucharme, voltea su cabeza para mirarme, con asombro. Y aunque su gesto observo que quiere decirme algo, me anticipo a su cuestionamiento.

    —Lo sé, comprendo que te perdí. Solo hablaba de un sueño, de una ilusión.

    —El querer trabajar no fue el problema, Mariana. Fue por acatar una ridícula solicitud, por una demostración de poderío precoz y casi adolescente, que cometiste ese desliz posterior y que, fue convenientemente filmado por un Judas Iscariote, que nos engañó a los dos, y que se convirtió en tu obligada perdición y en el calvario de nuestra relación. —Me habla mientras abotona el tercer botón de su camisa.

    —Quiero que sepas que a pesar de todo no te odio y que jamás he tenido la intención de hacerte daño. Solo tuve miedo Mariana. Temor de explotar como un energúmeno al saber de tu engaño, y hacer estupideces, lastimándote y de paso, perjudicando la imagen de padre amoroso que tiene Mateo de mí. —Ahora va por el cuarto, pero me mira a los ojos.

    —Al principio claro que pensé, imagine y te visualice teniendo sexo con ese malparido. Me asqueé. Pero luego eso pasó a un segundo plano cuando… Recordé las últimas semanas, ¿sabes? Tus viajes tan seguidos y tus llegadas tarde. Las apresuradas caricias para calmar mi enojo y las frases… Tu frase favorita para minimizar mis reclamos. Tu cuerpo «compartido» como dices, –y entrecomillo la palabra para dejárselo bien claro– pasó a un segundo plano. Lo importante para mí era el sentimiento, tu amor y mi confianza. Y eso fue lo que me impulso a marcharme. Ya te había perdido físicamente, así que pensé, que sentimentalmente también había sucedido. Sobraba claramente en tu vida, necesitabas un espacio para entregárselo a él. Y me fui. —Termina con el quinto, se sacude las mangas y se revisa el bolsillo donde se alcanza a ver todavía la mancha.

    —Interiormente, algo se venía desprendiendo, dividiéndose desde hacía varios días en mi alma con tus comportamientos, –y ese viaje tan de repente, con un cliente especial a Cartagena– como si tuviera una emisora de radio dentro de mi cerebro, pero que, al girar el dial, sin encontrar la frecuencia deseada, solo podía escuchar entre el ruido de fondo, una especie de susurros, como advirtiéndome sobre mis desdichas. —Recoge su gorra y se la coloca. El bolso igualmente se lo tercia sobre el pecho.

    —¿Y sabes? Ni siquiera me sentí abatido por tener que dejar que otros construyeran mi sueño de edificar el hotel eco sustentable, y más bien me empecé a angustiar por ti y por cómo te lo habrías tomado. Te llamé varias veces, pero no contestaste. Tampoco lo hizo Eduardo y me preocupé en verdad. Con mi idea dibujada en mis planos enrollados en tres tubos, el portátil bajo el brazo y la buena indemnización firmada y guardada en el bolsillo interior de mi camisa, me despedí agradecido, pero con rapidez, de la gente que trabajó a mi lado y con Liz llorando desconsolada. Y salí corriendo hacia el ascensor para bajar al sótano, salir como volador sin palo en la camioneta, y empezar a buscarte para consolarnos mutuamente.

    —«¡Yo soy la verdad, que permanece en los labios que dicen a los cuatro vientos que me han olvidado! ¡Yo soy la mentira, que se dibuja en la sonrisa de los que se ufanan de no hacerlo!».

    —¿Qué? No te comprendo. Le pregunto, pues, en verdad no sé qué quiere decir.

    —¿Ahh? Nada, nada. Solo un pensamiento de Rodrigo, sobre la sinceridad de las personas. Aquellas que dicen querernos tanto y las que, sin hablarlo, lo demuestran más.

    —¿Entonces, te vas? ¿Ya no represento nada para ti?

    —Sí, Mariana, me voy. Pero quiero que comprendas que sentí mucha rabia y dolor, y por eso me alejé. Los mantuve estancados, escondidos tan calmos en el lodo de mi vida sin ti en esta isla. Sé que esperas con resignación, mi veredicto. Un perdón es lo que más quisieras de mí. Yo solo puedo otorgarte más de mil. Por qué eres la mujer que más he amado, y has tenido la valentía y los suficientes ovarios, para venir a darme la cara. Ese perdón que esperas de mí, y el que varios amigos me han pedido que te conceda, te lo entrego desde aquí, –me señalo la sien derecha– hasta aquí en lo profundo de este corazón, que no ha dejado de palpitar por ti, ni un solo momento desde que te vi por primera vez, desde que me diste aquel, ¡Si, quiero!, tan sonriente, y por supuesto, desde que me entregaste con sufrimiento y amor, esa vida que tanto amo, y por el cual te sentía respirar, junto a mí, velando por su sueño y por los míos.

    —Y el olvido que yo requiero, o el poder volver atrás el tiempo, que estoy casi seguro no lograr conseguir, no lo hallaré si continuo a tu lado. Eso tomará bastante tiempo, y tal vez nunca lo consiga. No sé cómo seguiré sin ti en mi vida, si mi vida te la entregué el día que me rendí ante tus ojos, estos mismos que llorosos me miran ahora y qué años atrás, en la habitación de un motel, me la pintaron de su precioso azul. Te amo, con toda mi alma, pero debemos continuar separados. Adiós.

    —¡Espera! —Me detiene su grito y al girarme, la veo esculcando dentro de su bolso monogram.

    —Este sobre me lo hizo llegar a la casa, don Gonzalo. Es para ti. No tengo ni idea de lo que dice, porque todo está escrito en japonés, menos tu nombre y la dirección. —Y en sus manos se lo entrego. Lo toma y lo repasa con su mirada. Se sonríe y me dice…

    —Jajaja, Mariana, es mandarín. Gracias. Luego miro con calma de que se trata.

    No puedo reprimir este sentimiento y la abrazo. Le tomo la barbilla con mis dos dedos y deposito en sus labios un casto beso, el mismo que alimentará por un tiempo mi soledad, las brumas de un futuro incierto, la ausencia permanente de su voz y de la mirada de ese par de cielos que me enamoraron y aun hoy, continúan enloqueciéndome.

    —Ahora si me marcho, Mariana. Te amaré por siempre. Hasta el infinito…

    —¡Y más allá!, cuando nuestras almas vuelvan a encontrarse! —Concluyo su frase favorita, y cierro mis ojos, pues por nada del mundo deseo que lo último que recuerde, sea a Camilo alejándose para siempre.

  • Alejandra y el doctor Bustamante

    Alejandra y el doctor Bustamante

    Hola a todos, mi nombre es Jorge, vivo en Argentina y aquí me animé a escribir un segundo relato. Actualmente resido en Capital Federal junto a mi hija y mi esposa Alejandra, una rubia muy bonita de profesión odontóloga. Tengo 60 años y ella es muchísimo menor que yo.

    Retomando lo contado en mi primer relato lamento decir que lo que vaticiné acerca de mi rendimiento sexual se está haciendo realidad. Cada vez me cuesta más tener erecciones y en cierto modo me perturba la angustia y la frustración, pero redactando mis vivencias maritales encontré una forma de hacer catarsis. Al escribir me siento aliviado y me gustaría compartirlo con ustedes.

    En cuanto a Alejandra está en su plenitud sexual. Su cuerpo es un deseo, se hizo una pequeña cirugía en los pechos para darle un tantito más de tamaño, una leve aplicación de bótox en los labios que quedaron carnosos y con forma de corazón, mantiene esa cinturita de avispa de sus tiempos de estudiante de odontología y ahora se colocó brackets porque según ella veía algo desalineados sus dientes.

    Y como las necesidades humanas siempre quedan insatisfechas y algo tenía que encontrarse para no estar del todo conforme con su cuerpo, me asegura que todo lo que come se le va asentando atrás, o para hablar de modo más vulgar toda la gordura se le acumula en el culo según su punto de vista y ciertamente le empecé a dar la razón, porque su pancita y vientre son por demás planos pero sus glúteos están en aumento. Tiene un culazo gigante, redondísimo y cuando camina se bambolea de aquí para allá. Quiero aclarar que no es un culo fofo y deforme ni mucho menos feo, es 100 por ciento carne argentina y de exportación, una belleza al menos para mí. Estoy más que orgulloso de tener una mujer tan hermosa a mi lado.

    Una vez en nuestros juegos de todas las mañanas previos a dirigirnos a nuestras actividades diarias y estando Ale solo en tanga mientras se vestía apresurada para ir a trabajar tomé una cinta métrica de las que usan las modistas y le di una vuelta arrancando de su nalga derecha hasta volver a dicho punto y me encontré con 98 centímetros de culo. Y eso que se hacía un bache importante en medio de esas blancas cachas, esa zanja se tragaba la tela de la tanga y emanaba un calor similar al de un radiador.

    –Amor estoy gordisima!– me decía y se reía provocándome.

    –Gordisima me ponés la verga– le contesté, ella se mordió los labios, me bajó el bóxer y me hizo un pete hermoso como los que me tenía acostumbrado.

    Se me sentó arriba al borde de la cama y mi verga cabezona le entró toda. Ella se movía como la mejor y yo me aferraba de sus nalgotas. Fue un rapidon pero lo gozamos. Le acabé en la cara, lo disfrutó mucho, nos reímos y después de limpiarse le ayudé a vestirse. Esa medición con la cinta métrica fue improvisada pero dio sus resultados sexualmente hablando. Ale de atrás es un infierno y me vuelve loco.

    Yo por mi parte además de mis escasas erecciones me diagnosticaron hipertensión arterial y una arritmia cardíaca. Debía empezar a comer más sano y a hacer una vida saludable. Por suerte tenía a mi mujercita que me acompañaba a sol y a sombra.

    Recuerdo ese día en que fuimos a la clínica privada y me enteré de aquel problema de salud que me aquejaba.

    Yo llegué primero y aguardé a mi mujer quien me mandó un audio aduciendo que la espere porque tenía un retraso.

    –Estás embarazada? –pregunté exultante.

    Y ella entre risas me respondió:

    –Nooo tontito!!, acabo de salir de la esteticista pero me encontré con una manifestación y está interrumpido el tránsito. Esperame afuera que ya llego y entramos juntitos. Te amo.

    Ale llegó en un taxi, descendió y con una sonrisa y un beso agarró mi mano e ingresamos. Desde que pisamos aquel sanatorio ví como todos le clavaban la vista a mi señora, comenzando por el guardia de seguridad, pasando por el personal de limpieza que refregaba el piso, los pacientes masculinos y la gente del mostrador que atendía al público. Ale vestía una remerita de hilo color blanca, un trajecito y una minifalda color lavanda que le daban un aire de secretaria ejecutiva, su pelo recogido atado con un rodete y unas sandalias chatitas y quiero detenerme en un detalle que me calentó mucho: se pintó las uñas de los deditos de los pies y de las manos de colores distintos, como si fuesen confites.

    Para describir la sala de espera dónde aguardamos prácticamente 45 minutos, diría que eran dos filas de asientos enfrentados de pared a pared, es decir, nosotros nos sentamos de lado derecho y del izquierdo los pacientes estaban sentados de cara a nosotros.

    Ale captó la atención de los presentes y no era para menos. Mi rubia hermosa era objeto de las miradas de viejos y jóvenes, incluso de un flaco que estaba con su esposa al lado que quedó tildado por las carnes de mi mujer.

    Lo que rescato y admiro de Alejandra es que jamás le importó el «Qué dirán». Clavó el culo en la silla de cuerina negra y se cruzó de piernas. Me habló al oído haciendo referencia a sus piecitos recién atendidos en el centro de estética y susurrándome me preguntó:

    –Te gustan cómo quedaron?

    Obviamente mi respuesta fue un Si enérgico y sonrió complacida.

    El dedo gordo se lo hizo pintar color verde manzana, el segundo azul marino, el tercer dedo de su pie en color fucsia, el cuarto amarillo y el meñique al igual que su precioso dedo mayor volvía a ser verde manzana.

    Llegó mi turno. La pantalla anunciaba P22 consultorio 7.

    Ale se paró primera, se acomodó la minifalda que la tenía toda subida y por poco se le veían las nalgas. Apoyando su carterita en el mismo asiento dónde estuvo sentada se inclinó para guardar su celular y buscar mi carnet de la prepaga ofreciéndole una vista privilegiada de ese orto perfecto al flaco que aguardaba con su esposa.

    De más está decir que al tipo se le puso dura la pija al verla en tal postura y Alejandrita lo hacía peor. Amaba parar vergas.

    Ingresamos al consultorio 7. Nos recibió el doctor Bustamante.

    Bustamante y yo éramos casi contemporáneos. Pero a diferencia mía se lo veía con un cuerpo atlético, era alto, lucía anteojos, pelo negro entremezclado con canas en los costados y tenía un tatuaje de una serpiente que descendía por su antebrazo izquierdo hasta finalizar en su muñeca dándole una apariencia de tipo rudo.

    Apenas ingresamos Bustamante le clavó los ojos a mi señora. Primero en sus piernas, nos sentamos y ahí le miraba las tetas y los labios. Ale los traía pintados de un rojo pasión por demás sugestivo.

    El médico siempre correcto y educado nos hablaba, va yo era el paciente pero en su alocución se dirigía más a mi mujer que a mí.

    Alejandra asentía con la cabeza todo lo que él decía y me dijo:

    –Escuchaste amor, ahora a portarse bien y a cuidarse.

    Bustamante escribió en una receta lo que debería comprar en la farmacia y me anotó la correspondiente posología. Ella le dijo:

    –Despreocúpese doctor Bustamante yo me hago cargo de todo.

    Ahí él nos despidió con un apretón de manos y le dio una tarjeta con su número personal a mi esposa diciéndole que para lo que necesitáramos estaba disponible, pero en el fondo yo sabía que no era tanto por mí sino que quedó caliente con mi mujer.

    Pasamos por una farmacia donde atendía un cliente habitual de mi mini supermercado, me dirigí a él solicitando la medicación prescripta pero para peor no tenía esa marca sugerida. Quedamos con la duda de comprar o no alguna alternativa, por lo que Ale aprovechó la oportunidad y lo llamó a Bustamante para pedirle su opinión a ver qué hacíamos.

    Salió a la vereda y mientras charlaba vía celular pasó un camión volcador que llevaba a tal vez 14 obreros de la construcción que volvían de un día de trabajo. Las guarradas que le dijeron a mi mujer son irreproducibles, ella haciendo un gesto les levantó un dedo haciendo un Fuck You ofuscada, y los desalineados trabajadores deliraban diciéndole de todo.

    Ingresó nuevamente al local y me dijo que el doctor dio su aprobación para que compremos la marca sugerida por el farmacéutico. Me pidió las llaves de la camioneta y me esperó en el habitáculo.

    Camino a casa la noté muy callada y con la mirada perdida. Se sacó las sandalias y alzó ambos pies sobre el torpedo del vehículo. Esos deditos pintados de distintos colores me tentaron y tomándola del tobillo me traje su pie izquierdo hasta mi boca y mientras conducía se los comí uno a uno y ahí logré relajarla, lo que le hacía le gustaba mucho, abrió más las piernas y se tocó la conchita por sobre su ropa interior y unos leves gemidos asomaron de su boca.

    Que le chupe los pies la encendía, pero quedó con una calentura contenida por todas esas cosas chanchas que los obreros le gritaron al verla y eso acrecentó su excitación.

    Volvimos a casa, entre vuelta y vuelta se hizo de noche. Se hacía la molesta conmigo y me aseveró que a partir de hoy comeríamos sano, ya nada de frituras ni comidas chatarra y me preparó una ensalada insípida de las que ella comía a diario y yo las odiaba.

    Terminamos la cena, me mandó a la cama y desnudándose en mi presencia quedó como Dios la trajo al mundo e ingresó a ducharse.

    Desesperado salí de la cama y levanté del piso esa tanga blanca tan pequeñita que la tuvo puesta todo el día.

    En la farmacia cuando ella se retiró aproveché a pedirle unas pastillas azules al despachante, el me las vendió sin receta médica ya que había una confianza entre los dos. Me aconsejó tomarla momento antes del acto sexual y previamente estar estimulado. Recordé sus palabras y como estímulo me llevé a la cara esa tanga blanca usada de Ale.

    Tenía un olor a hembra por demás hermoso, la olfateé por un rato y se me paró la pija como a mis 20 años. Además noté una secreción blancuzca algo seca reforzada por una humedad más reciente. Se me aceleró el corazón y me hice una paja con su ropa interior en mi nariz.

    La noche fue muy productiva, tuvimos relaciones sexuales dos veces y al otro día hicimos un mañanero y arrancamos la jornada en positivo. Esa semana me la pasé en casa pues ella se ocupó de mis trámites referidos al negocio, iba al banco, pagaba a los proveedores y se desempeñaba de un modo fabuloso. Yo más que orgulloso de mi amada mujercita.

    Por mi parte esa semana me envicié con el sildenafilo. Ale volvía de la calle y yo la esperaba con la pija parada, rescato que nunca pero nunca me decía que NO, al verme así se desnudaba, se metía a la cama y hacíamos el amor como nunca.

    Un sábado por la tarde Alejandra se dispuso a llevar a nuestra hija Florencia a la fiesta de cumpleaños de una compañera del colegio. Yo ganas de salir de la cama no tenía por lo que ella se encargó de llevarla.

    A eso de las 22 regresó pero sola, nuestra hija se quedó a un pijama party en casa de la cumpleañera. Teníamos la casa para los dos solitos pero Ale volvió con un malestar estomacal por algo que comió en aquel acontecimiento al que fue.

    La noté mal, los retorcijones la doblegaban, por lo que no se me ocurrió otra que llamarlo a Bustamante para que la asista en nuestro domicilio.

    –Nooo! No quiero que me revise el doctor! –me dijo haciendo un berrinche igual a los que nos tenía acostumbrados Florencia. Se puso su musculosa larga de dormir y abajo solo en tanga se tiró a la cama y escondió la cabeza bajo el almohadón.

    El doctor llegó después de 20 minutos.

    –Señor Roucco soy Bustamante –se anunciaba desde el portero eléctrico y le di el okey para que suba.

    –Ale por favor no me hagas pasar vergüenza, levantate que ya viene el doctor –le dije enojado pues ella seguía acostada y tapada con el acolchado y con el almohadón sobre su cabeza.

    No se inmutó y siguió en la misma postura, ya para eso el doctor Bustamante tocó el timbre.

    Lo recibí y nos dirigimos a mi habitación.

    –Ale aquí está el doctor –le dije con voz gruesa. No soy de levantarle el tono pero me molestaba y mucho su comportamiento casi infantil.

    Se sentó en la cama, puso la espalda en recta posición contra el respaldo y Bustamante un poco se aceleró al ver sus piernas al desnudo y la bombachita negra que asomaba debajo de la musculosa gris.

    Procedió a revisarla. Empezó en la panza presionándola con la mano.

    –Duele ahí?

    –No –respondió ella.

    Bajó un tanto más, presionó un tanto bajo el ombligo:

    –Duele ahí?

    –un poco –respondió ella.

    Bajó más se posó sobre su vientre y presionó con su mano fuerte:

    –Duele ahí? –Manoseando justo donde comenzaba su tanga.

    –Siii… Ahí… Me duele mucho!!! –respondió con una vocecita tremenda de puta.

    Yo desde atrás observaba todo. Ale estaba excitada y la humedad brotó de su vulvita cuando el doctor le pasó un dedo por sobre el tajo.

    Automáticamente se quitó la musculosa quedando tetas al aire. Ahí me di cuenta de algo que no tenía retorno: mi mujer me iba a poner los cuernos con el doctor estando yo presente.

    Se abrió de piernas dando permiso a que el profesional de la salud continúe. Bustamante me miró buscando mi permiso y asentí con la cabeza. Sin sacarle la ropa interior, es decir, corriéndola a un costado le dio unos primeros lengüetazos y los alternaba metiéndole un par de dedos. La babita que emanaba la concha de Ale era abundante y se pegoteaba en la yema de los dedos del hombre. Ella gemía entregada y magreaba sus pezones duros con furia.

    Con sus dedos y lengua metidos en la conchita de mi señora interrumpió su labor y haciéndome señas me dio a entender que me acerque a ella y le meta un pijazo en la boca.

    Así lo hice, llegué a la cabecera de la cama, para ese entonces me desnudé por completo, me subí al colchón y arrodillado le hice entrar la verga en su boca mientras Bustamante la dedeaba con más ímpetu.

    Alejandra me lo chupaba entero, hasta se llevó mis huevos a su boca y me lamió el tramo que comprende entre los testículos y el ano. Eso incrementó mi erección sumado a que la veía totalmente entregada a ese señor. Ale no pudo más y acabó intensamente en la boca del doctor y al sentirla explotar yo hice lo propio en su boca.

    El pervertido doctor iba por más, dejó que se recupere y le preguntó de modo muy profesional:

    –Como se siente señora?

    – Un poco mejor –respondió ella como queriendo seguir.

    –Cuando fue la última vez que fue de cuerpo?

    –Hoy a la siesta –le respondió ella muy escueta.

    Bustamante indagó un poco más.

    –Cuénteme, como fue su caca, blanda o dura?

    –Dura –le dijo adentrándose en el juego.

    –Déjeme revisarle la cola por favor –le pidió ya con morbo.

    Ale obediente se puso en cuatro y se sacó la tanga quedando totalmente desnudita.

    Puso su rostro a milímetros del culazo de mi señora y después de manoseársela sin descaro por un largo rato y en mi presencia procedió a abrirlas y dejó expuesto el agujerito de Alejandra, que paraba el culo curiosa por lo que iba a venir.

    –Señora usted tiene la cola muy irritada, dígame… Hizo algún otro esfuerzo por ahí?

    –Después de hacer caca me vestí y salí a andar en bicicleta.

    –Y que más –indagó el médico y ya se desabrochaba el pantalón con una importante erección.

    –… Y el asientito me lastimó un poco, es muy pero muy duro –declaró mi mujer con su vocecita de puta otra vez.

    –Y a usted no le molesta tener algo duro metido en la colita? –preguntó el señor con una pija nada despreciable para un tipo de casi 60 años.

    –No, para nada –le dijo Ale cuando Bustamante se quitó la chomba quedando completamente desnudo.

    Se abalanzó sobre el culo de Ale que estaba así tan expuesto y se lo chupó con locura. Le metió un dedo, después dos y por último tres y ella no se inmutaba, al contrario, los recibía complacida y se estimulaba tocándose la concha que no tardó en mojarse y mucho.

    Ale paró a más no poder esas nalgas abiertas, Bustamante se le subió apoyando sus pies en la cama y abriendo las piernas rodeando el contorno de mi esposa logró penetrarla en tal postura.

    Le hacía el culo con deseo y las embestidas ya eran profundas. Sus huevos golpeaban las nalgas con un plaf plaf plaf muy estimulante al menos para mí que miraba pija en mano sentado en un rincón.

    Ella feliz, una pija nueva le estaba entrando. En el fondo siempre quiso eso, ser cogida por otro tipo y ahora se hizo realidad su sueño.

    Se la sacó y dejó expuesto un pronunciado agujero. Ella me miró y sonrió como agradeciéndome.

    Le hice un pedido al doctor. Hablándole al oído interrumpí la taladrada de orto que le propiciaba a Alejandrita para indicarle que los quería ver en una posición que fantasee que se la hiciera. El abajo y que ella se lo monte.

    La parejita me hizo caso. Él se acostó y ella no dudó en endurecerle la pija que acababa de salirse de su culo. Se la chupó entusiasmada ofreciéndome una vista privilegiada de su culazo al aire. Chupaba y chupaba y sus nalgas de movían al compás. Hice lo imposible por no acabar y cerré los ojos para contener mi lefa.

    Hubo risas cómplices y cuando la tuvo dura del todo ella se le sentó y le fue entrando en el culo suavemente.

    La verga de Bustamante era muy ancha, y fue ganando terreno poco a poco. Alejandra lo sentía cada vez más adentro, no pudo contenerse, se masturbó y un fuerte orgasmo la sacudió. Se quedaron quietos un largo rato, obviamente con la pijota metida en el ano. Yo me pajeaba enloquecido por lo que veía, cuando de a poquito y con besos apasionados ella comenzó a cabalgarlo otra vez.

    Yo era un fantasma en mi propia habitación, ya que cogían sin descaro y ni se inmutaban por mi presencia. La pija del médico estaba totalmente enterrada en la cola de Alejandra, mi señora. Los huevos otra vez golpeaban sus cachas y ella iba por otro orgasmo, cuando él le avisó que ya no podía más y la muy puta le dejó que le inunde las tripas con su leche.

    Ella se tocó desesperada y alcanzó el clímax por tercera vez en la noche. Quedaron rendidos y en silencio y yo también acabé como un volcán en erupción.

    Pasaron unos minutos, ninguno de los tres hablamos. Se besaron agradeciéndose mutuamente, le manoseó el culo por última vez y con una fuerte palmada la hizo salirse mientras comenzaba a descender todo ese mar de esperma que le inyectó bien adentro.

    –Acérquese Jorge por favor –me pidió él, y aún con Ale arriba suyo le abrió más las nalgas y me mostró lo colorado y abierto que le dejó el culo a mi amor. Era una caverna, abiertísimo estaba. Ella se reía y me dijo– Gracias amor por dejarme hacer esto.

    Se besaron por última vez y se fue rápidamente a bañarse.

    Nos vestimos y acompañe a Bustamante hasta la puerta. Me dio un apretón de manos y al irse me dijo:

    –Jorge que hermoso culo tiene su mujer. De esto no me olvido nunca más.

    Y se fue.

    Después de una larga ducha fui a la cama. Ale puso sábanas limpias y arregló la habitación. Nos acostamos y con tiernos besos me volvió a dar las gracias. Estaba satisfecha al cien por ciento y nos dormimos.

    Por algunos días no volvimos a hacer el amor, ella me notó raro y me lo hizo saber. Le propuse darle el divorcio dejándola en libertad pero no quiso, es más, hasta lloró. Nos reconciliamos por decirlo de algún modo y nos dimos otra oportunidad. Me dijo que se iba a acostar con otros hombres solo si ambos estábamos de acuerdo, y me dejó dubitativo y no supe que decir. Veré quien será el próximo macho que se encule a Alejandra pero como ella me lo planteó, antes deberá de tener mi aprobación.

  • Noche de Intercambio, noche swinger

    Noche de Intercambio, noche swinger

    Después de nuestro viaje a Cuernavaca tuvimos muchas noches de fantasía recordando lo vivido, cada vez que teníamos sexo Mari incluía su dildo y le llamábamos Charly, Benja, Jordi, Martin o cualquier nombre que se nos ocurriera, pero siempre tratábamos que fuera el nombre de alguien conocido obviamente.

    Pasaron aproximadamente 2 meses después de nuestra experiencia con Charly, hasta que un día nos llegó un rico mensaje y que es el objeto de esta anécdota.

    El mensaje era sencillo pero exquisito: Hola Mari, cómo estás? Discúlpenme la demora pero como sabrán el tema era delicado de tratar, pero después de semanas de hablarlo mi novia está convencida, claro, si ustedes lo desean. Cómo es obvio, mi mujer contestó casi de inmediato indicando que ese fin de semana podríamos ir a tomar unas copas, conocernos y decidirlo. En cuanto Mari me contó, me puse muy nervioso, pues yo no conocía a la novia de Charly, pero el morbo me consumía por conocerla. Llegó el sábado indicado y Charly nos dijo que si no teníamos problema, en lugar del sitio acordado, nos esperaban en su departamento, a lo que sabíamos que dejaba de ser una cita para conocer a su novia y había una mayor probabilidad de hacerlo esa misma noche, Mari decidió cambiarse por un escote más explícito y una faldas más corta.

    Llegamos a su domicilio y una bella mujer con leggins ajustados y una blusa transparente nos dijo: mucho gusto, adelante están en su casa, 1.70 aproximadamente, nalgas de gym, tetas bastante considerables y muy linda; en cuanto nos vimos Mari y yo hicimos un gesto de nervios, a ambos nos gustó. Comenzó la noche con unos tragos, charla tradicional, hasta que propuse jugar «Uno» de prendas, todos aceptaron y comenzamos.

    El primero en perder fue Charly quien se quitó su playera, después Mari, quien decidió quedarse en topless, así progresivamente seguimos jugando hasta quedar todos semi desnudos, en ese momento Charly sugirió jugar botella, no obstante, su novia nos invitó a ver una película, por lo que todos decidimos ir a la sala.

    Ya ahí, Isa puso una película XXX y dijo: están de acuerdo con esta película o quieren elegir otra, todos reímos pero con tintes de aceptación a la elección de Isa. La película era un título italiano que hablaba de mafia y deudas, en donde se cobraban deudas con la mujer del protagonista en un gangbang, la chica estelar era muy tetona, cabe destacar que a mí me encantan las tetonas naturales, por lo que Mari comenzó a acariciar mi pene y yo correspondí acariciando sus melones, en un instante ya estaba mi pene afuera siendo masturbado y sus tetas ya las había liberado, justo en ese momento Charly e Isa voltearon haciendo ruidos sugestivos y también comenzaron a acariciarse.

    Cuando Isa se subió en Charly y se quitó la blusa, Mari me dijo: que ganas de que estés entre los 4 melones, claramente Mari era más tetona pero Isa no estaba nada mal, al oír eso, Charly la invitó a ir con nosotros, ella un poco temerosa y nerviosa se acercó, con algo de pudor se dejaba tocar por nosotros, hasta que Mari besando sus pechos y yo acercando mi lengua a su ombligo mientras le baja sus leggins y comenzó a gemir, mientras Mari besaba sus tetas yo le hacía un oral que la hacía respirar fuerte y gemir muy sexy, yo estaba muy excitado cuando oí gemir a Mari, al levantar la vista pude ver a Charly mamando el burrito de mi señora, esa escena me puso tan caliente que decidí meter dos dedos en Isa mientras mi lengua hacia succión en su clítoris, después de unos momentos pude sentir como llegaba a su primer orgasmo de la noche.

    De inmediato me levanté con mi pene ya muy duro y lo acerque a su boca, ella ya en total excitación, lo metió a su boca con gran experiencia, lo hacía tan rico que me hacía vibrar y al extremo de la sala Mari hacia lo mismo con la polla de Charly. Pasaron unos minutos y Charly se sentó y Mari lo montó, ambos de frente, como ya lo he mencionado anteriormente, a Charly le enloquecían los melones de mi mujer y a mí me encantaba verla gemir con otra verga, Isa decidió ponerse en cuatro así que le puse mi verga en la entrada y de poco en poco la fui penetrando hasta llegar al fondo, donde agarramos un ritmo medio pero fuerte, era exquisito oír los brincos de mi mujer y las nalgas de Isa, yo no sabía que me excitaba más, pero lo que si era un hecho es que lo estaba disfrutando al máximo.

    Mari se acercó y se puso en 4, Charly la penetró al mismo tiempo que se la cogía muy fuerte, ella me chupaba los pezones ya que eso me enloquece, para mí era un deleite, follar en 4 a Isa mientras le acaricia sus tetas, Charly follando a Mari y ella chupando mis pezones, era tan delicioso la sinfonía de gemidos. Isa se enderezó y se recostó en el sillón pidiendo a Charly que la follara, por lo que procedí a sentarme y Mari me monto de espaldas, yo la hacía rebotar duro agarrado a sus melones, cuando de pronto se la saco y me dijo rompeme el culo, y sin más se la metió de golpe, fue tan rico ese cambio que yo también gemía muy intenso.

    Unos minutos después Charly e Isa iban a cambiar de posición, cuando Mari le dijo, espera, ven y dame tu polla, recostándose hacia atrás e invitándolo a penetrar su vagina, quería sentir 2 pollas juntas de nuevo, Charly de inmediato se acercó y la clavo muy duro, yo invite a Isa a sentarse en mi cara, ambos follabamos con fuerza a Mari, ellas se besaba y acariciaba con Isa y yo le chupaba su burrito. Después de unos momentos Isa con voz muy cachonda dijo: yo también quiero dos vergas dentro de mi, a lo que Mari se levantó, ella de inmediato se colocó de espaldas sobre mi y comenzó a poner saliva en su culo, Charly con tono perverso le dijo: ese culo ni yo lo he probado, ella le contesto: así es y ahora él lo va a estrenar, poco a poco la fue metiendo, gemía tan rico y apretaba muy delicioso, hasta que estaba toda adentro le pidió a Charly que la penetrara suavemente, Mari le chupa a sus tetas y la estimulaba en su clítoris, de poco en poco fuimos tomando ritmo y mi mujer se sentó en mi boca, yo me aferraba a su vagina como un delicioso helado hasta casi al mismo tiempo ambos tuvieron un orgasmo más.

    Después las pusimos de rodillas, yo enfrente de Isa y Charly de mi mujer, ambas nos hacían un delicioso oral, cuando vi a Charly llenarle la boca de leche a Mari y ella no derramó ni una gota, yo procedí a llenar la boca y las tetas de Isa de mi leche, mi mujer para ese momento ya me besaba y pellizcaba mis pezones, para mí fue un orgasmo fenomenal.

    Fue una noche maravillosa en la que encontramos una nueva fantasía cumplida.

  • A hundred sexual anonymous cases (Nº 2)

    A hundred sexual anonymous cases (Nº 2)

    Case Nº 2: The forgein sophomore

    “Nunca había contado esta historia antes, me animé al leer que todo sería anónimo; igualmente cambiaré algunos hechos: nombres, lugares y así. Pero basta decir que esto me ayudó mucho a mi desarrollo como recién ingresada en la Uni.”. Anónimo

    Era 2017, acababa de egresar de la preparatoria, y quería estudiar algo como derecho o comercio. Pero ninguna universidad en mi pueblo tenía esas opciones, así que tuve que irme de foránea a la ciudad más cercana con universidades con esas opciones disponibles. Después de unas semanas de investigar, preparar y de planear, había logrado entrar en una Universidad en una zona céntrica, con un buen plan de estudios, y cerca de un departamento que estaba dentro de mi presupuesto. Lo único que faltaba era que el semestre iniciara en septiembre. Yo cumplía unos días antes, y al día siguiente me iría en camión para mudarme al departamento y empezar mi nueva vida de foránea universitaria. Pueden llamarme Alexia.

    Alexia: Estoy nerviosa, no conoceré a nadie ni nada (Conversaba con mi mejor amiga, Fanny, la cual era mayor a mí por un par de años y estaba recién casada).

    Fanny: Eso es lo que debería de emocionarte, vas a una ciudad, toda tu vida has vivido en este pueblo, es bueno salir de la zona de confort.

    Alexia: Pero si tú has vivido toda tu vida en este pueblo, y mírate, recién casada y feliz (Aunque tenía mis dudas, se miraba feliz, pero no me daba la impresión).

    Fanny: Exactamente, no me arrepiento de casarme (todavía), pero me hubiera gustado salir y conocer más, tuve mi temporada de locura aquí, pero ya sabes lo que dicen (Pueblo pequeño… Si, todos se conocen y es todo un rollo salir con chicos así).

    Alexia: ¿Y es esa tu recomendación entonces?

    Fanny: Exactamente, disfruta de tu nueva vida, claro que también debes concentrarte en estudiar, conseguir un pequeño trabajo, pero que tengas tiempo para conocer la nueva ciudad, hacer nuevas amistades, y lo más importante: conseguir pito.

    Alexia: ¿¡Que!? Jajaja de que estupideces hablas Fanny! (Ella siempre ha sido así, últimamente no tanto, el matrimonio contiene a muchas personas).

    Fanny: Lo digo enserio, has tenido un novio solamente, y más allá de besos no conoces nada más de la vida Alexia, necesitas aprender todas las maravillas y buenas cosas de la vida, y apuesto que en la ciudad encontraras mucho “calibre” (Me guiño el ojo, claro).

    Alexia: Jaja bueno… Veremos, no será mi prioridad, pero supongo que puedo intentarlo. (Sonrió, aprobando mi comentario).

    Fanny: Así se habla, ahora, ¡a disfrutar!

    Los días pasaron rápidos, mi cumpleaños paso y cuando menos me di cuenta, ya estaba acostada, una noche antes de iniciar clases. Mas nerviosa por mis compañeros que por mis maestros o por la nueva ciudad. Algo de lo que dijo Fanny se quedó en mi mente, pero no estaba segura de que. Pero tenía que dormir, tenía mucho que hacer mañana.

    Maestro: Buenos días chicos, seré su maestro de introducción a la metodología.

    Las clases fueron tranquilas, agradables, y hasta cómodas. No tuve mucho tiempo de convivir con nadie, hasta que llego la última clase, dinámica de grupos. El maestro era alegre, y muy activo, nos hizo juntarnos y rotar, de manera que teníamos la oportunidad de conocernos entre todos. En el último turno, me toco con un compañero, Jefferson, alto, misterio, castaño y local. Mientras que yo era algo opuesto a él, chaparra, torpe, y foránea.

    Alexia: Hola (Me intimidaba su altura, lo miraba desde abajo, era delgado y ligeramente fuerte).

    Jefferson: Hola, ¿cómo estás? Alexia, ¿verdad?

    Alexia: Si… ¿Cómo lo sabes? (Honestamente no tenía idea).

    Jefferson: Lo escuche, eres foránea también, ¿no?

    Alexia: Si jaja, ya no tengo que presentarme al parecer (Me estaba poniendo nerviosa, controlaba la conversación, y ahora que lo tenía de cerca podía ver mejor sus labios y oler su ligero perfume dulce).

    Jefferson: Jaja, me llamo Jefferson, pero puedes llamarme Jeff, soy local, tengo 20.

    Alexia: Yo acabo de cumplir 19, lo demás creo que ya lo sabes jeje…

    Jefferson: ¿Recién 19? ¿Como se siente cumplir 19 y estar por acá?

    Alexia: Jaja pues no sé, aun no los asimilo creo, y no he tenido la oportunidad de salir mucho así que tampoco lo he asimilado. Me gusta la escuela hasta ahora, las clases, y los compañeros… (Empecé a bajar mi tono mientras terminaba mi oración, sus ojos me ponían tanta atención que me empecé a sentir escaneada).

    Jefferson: Ya veo, ¿y que harás hoy saliendo? (No estaba seguro si la actividad ya había terminado, de reojo pude ver que varios se sentaban y se acomodaban, yo estaba absorta en sus ojos, y aunque escuché la pregunta no la pude procesar mucho).

    Alexia: Supongo que ir al departamento y hacer la tarea, todavía no necesito buscar un trabajo, primero me adaptare a la Uni.

    Jefferson: ¿Te gustaría salir? Yo no tengo que hacer tarea ni trabajar, y te ayudaría mucho turistear e ir conociendo la ciudad.

    Alexia: ¿Enserio? ¿Tienes carro? (En este punto, sabía que estaba contestando inconscientemente, claro que quería salir con él, pero ni siquiera estaba pensando en si era o no una buena idea, podría estar en peligro, al final de cuentas era foránea).

    Jefferson: Jaja si, si tengo carro, no te preocupes, podemos ir a donde quieras y juro que estarás a salvo, yo mismo te dejara en tu departamento.

    Alexia: Bueno, acepto, pero no puedo regresar tan tarde a casa.

    Jefferson: ¿Te regañan? (Pregunto en tono sarcástico).

    Alexia: Jaja no, pero aún tengo cosas que hacer en el depa, y tarea.

    Jefferson: Muy bien chica buena, vamos a sentarnos. (Y en efecto, la actividad había terminado, estábamos empezando a ignorar al maestro y sus indicaciones.)

    Una vez termino la clase, junte mis cosas y lo mire, estaba esperándome en la puerta, me hizo indicaciones que lo acompañara y salimos del salón.

    Jefferson: ¿Ya tienes en mente a donde te gustaría ir?

    Alexia: Honestamente no, no conozco mucho de la ciudad, mi mejor amiga me dijo que no investigara, que saliera a la calle y fuera descubriéndola.

    Jefferson: Suena buena idea, pero tampoco sería lo mejor.

    Alexia: Estoy de acuerdo, podría perderme.

    Jefferson: No es eso, no es muy seguro estar afuera sola, menos siendo foránea y no teniendo un lugar seguro o a alguien a quien llamar en caso de estar en problemas o algo.

    Alexia: Buen punto… (Habíamos llegado a su carro, me abrió la puerta, pusimos nuestras mochilas en la cajuela, y nos subimos al carro, era un bonito carro rojo, olía rico).

    Jefferson: Bueno, yo pensé en un par de opciones, he vivido aquí toda mi vida, pero si fuera foráneo y supiera que opciones hay escogería una de las siguientes: Podemos ir al parque Ruiz, o al malecón, o a la playa, al mirador, o al cine (Este último lo dijo mientras salía de reversa del estacionamiento y nos incorporábamos en la calle).

    Alexia: Todas suenas grandes opciones, aunque en mi pueblo teníamos playa, así que podemos dejar esa para después, así como el malecón. Seguro es hermoso, pero no como el de mi pueblo. El parque suena lindo, pero siento que es muy temprano para ir, y seguro hay mucha gente. Así que puede ser el mirador o el cine, tu escoge (Lo miraba de reojo mientras contestaba, el manejaba, de una manera u otra sentía que ya sabía que iba a responder, así que seguro ya sabía a donde manejar).

    Jefferson: Podríamos hacer ambas, pero quieres regresar temprano, así que supongo que podemos ir al cine, ya que para ir al mirador se necesita que sea más noche.

    Sonreí dentro de mí, hablar con él se sentía tan cómodo, y me sentía en confianza. Algo me hacía recordar a Fanny y sus palabras, pero seguía sin estar seguro en que. Llegamos al cine rápidamente, era parte de una plaza, no había muchas personas, supongo que, porque era lunes, no teníamos planeado ver una película en específico, así que Jefferson compro dos boletos de la función más cercana.

    Alexia: Nunca había estado en un cine, claro que he visto películas, pero nunca en un cine, no hay uno en mi pueblo.

    Jefferson: Neta no puedo creer eso jaja, hay mucho que ver y hacer y aprender del cine, y eso que es solo una de las miles de cosas que puedes hacer en esta ciudad.

    Alexia: Jaja lo bueno es que tengo al menos 4 años para conocerla (Sonreí, me volvía a poner nerviosa. Nos acercamos a comprar alimentos y bebidas).

    Jefferson: Si, y cuando quieras podemos salir. Nunca habías ido al cine, así que por tanto nunca has probado las famosas palomitas y nachos (No dije nada, me había quedado algo perdida en lo primero que dijo. Pidió palomitas, sodas y nachos, y mientras llegaban me dijo algo más, lo cual no escuche muy bien.)

    Alexia: ¿Cómo? No te entendí (Sonrió, de una manera u otra, se burlaba).

    Jefferson: ¿Qué sí que soda te gusta? (Y también sentía que me habia cambiado la pregunta a propósito).

    Alexia: Ah, pues de lo que sea, no soy fan de la soda, pero lo que quieras.

    Jefferson: Oh, en ese caso puedo pedir una y la compartimos.

    Una vez más, me quede en silencio. Llegaron nuestras cosas, las tomamos y nos dirigimos a la sala, la cual estaba en efecto vacía. Habia una que otra persona, todas parejas, pero en total éramos 8 personas en una sala grande. Nos sentamos, hasta atrás, y empezó a contarme sobre sus recuerdos en ese cine, y a explicarme la dinámica: primero son anuncios, noticias y finalmente los trailers de las futuras películas. Ya estaba poniéndole más atención, aunque una parte de mi estaba distraída, sobre todo porque él tenía las palomitas en sus piernas, yo los nachos, y la soda estaba entre los 2, en el portavasos. Solo había un popote.

    Alexia: ¿Entonces te gusta mucho ir al cine?

    Jefferson: Si, me gusta mucho, es algo que podría hacer varias veces a la semana. Últimamente no he podido venir mucho, así que cayo perfecta la ocasión.

    Alexia: ¿Y esta película, que escogiste, querías verla? (Ni siquiera sabía cómo se llamaba, el básicamente hizo todo).

    Jefferson: ¿Honestamente? No me llamaba mucho la atención, pero era la función más pronta. Creo que se llama “Entre las montañas”.

    Alexia: Uuu, ¿es de aventura?

    Jefferson: Ammm creo que es de ciencia ficción y romance (Una vez más, no dije nada, los trailers habían iniciado, y él se puso absorto a verlos. Aproveche a verlo de reojo, sus labios, sus ojos, su rostro. Y fue entonces cuando recordé las palabras de Fanny, y ahora entendía que era lo que se me quedo clavado en la mente “su pito”).

    Alexia: Y… ¿De qué es la soda? (La tome, mirando el popote).

    Jefferson: De naranja, pensé que te gustaría un sabor que la mayoría escoge.

    No me miro mientras contesto, la película iniciaba y estaba claramente interesado en verla, aunque dijera que no. Acerqué el popote a mi boca y empecé a tomar, tenía buen sabor, pero algo en mi me estaba engañando. Empecé a pensar y en desear estar más cerca de Jefferson, sentía que la culpa la tenía Fanny, por meterme ideas a la cabeza, pero el solo había dicho “pito”, yo estaba pensando en el… En el de él. Después de un rato viendo la película, él se había puesto más cómodo, me pasaba las palomitas y yo le pasaba los nachos, hasta ahora no había visto que tomara de la soda, y honestamente estaba poniéndome ansiosa el hecho de que no lo hiciera. Volví a tomar, un poco, solo para incentivarlo a hacerlo. Y funciono.

    Jefferson: ¿Esta buena? Veo que te la estas acabando (Sonreía, mientras tomaba la soda, en un momento miro mis labios).

    Alexia: Jaja es tu culpa, todo esto es nuevo para mí, y lo estoy disfrutando. Me encantan los nachos, pero estos, estos tienen algo especial, las palomitas ni se diga, y le atinaste, soda de naranja es un combo perfecto para todo (Sentía que se aprovechaba de mis intentos de dominar la conversación, pero tenía que darle pelea).

    Jefferson: ¿Verdad? Los nachos del cine son perfectos, quien sabe que le ponen.

    Sonrió y acerco el popote a su boca. Hasta ahora había puesto ligera atención a la película, el inicio fue lento pero los protagonistas se parecían a nosotros; él era guapo y alto, y ella no era tan alta y de tez morena. Pero definitivamente en ese momento dejamos de poner atención, mire sus labios, y como la soda pasaba por el popote a su boca, pensaba primero en la saliva, mi saliva, y que ahora él se estaba tomando, y que, eventualmente, yo también podré probarla. Pero también pensé en eso…

    Jefferson: Tienes razón, es un combo perfecto (Dejo la soda en su lugar, sabía lo que estaba pasando, ya era evidente, empezó a acercarse, y en un último intento de dominar la conversación, tome la soda y la acerque a mis labios, deteniéndolo).

    Alexia: Claro que tenía razón, tengo buenos gustos también (Puse el popote en mi boca, y lo mire a los ojos, mire sus labios y empecé probar la soda, no tenía ningún sabor diferente, no había cambio ninguno, pero de una manera u otra me sabia mejor).

    Jefferson: Termina tu teatro linda

    Acerco su mano a mi rostro, baje el popote de mi boca, que seguía ligeramente abierta, sabía que se venía. Fanny tenía razón, hasta ahora no habia tenido más experiencia más allá de los besos, abrazos y coqueteos, pero estaba lista para más, podía sentirlo, sobre todo cuando él estaba tan cerca a mí. Y entonces nos besamos, sus labios eran gruesos a comparación a los míos, y poco a poco se fueron humedeciendo y fundiendo más, también tomé su rostro, con una mano, y poco a poco fui abrazando su cuello. No me di cuenta, pero había puesto la soda el en el asiento adjunto, y había quitado la separación entre los 2, no había nada entre los dos ahora, y poco a poco nos fuimos pegando más. No creo que me hubiera importado si hubiera habido más personas, pero ayudo que solo hubiera 8 personas, no estaban atentas a nosotros, que ya estábamos empezando a besarnos de manera más apasionada. Después de unos momentos, nos detuvimos, más que nada para tomar el aire y nos miramos, él sonrió y yo también.

    Alexia: ¿Era este tu plan? Chico malo.

    Jefferson: Jaja no, admito que esperaba con ansias llegar contigo y presentarme, desde que llegaste pensé en acercarme, y la situación fue perfecta; ya había escuchado tu nombre y lo demás, pero me tocaba a mi dar el siguiente paso. Lo demás fue gracias a ti, honestamente no esperaba que aceptaras mi invitación de salir, gracias, chica buena.

    Alexia: A ti (Sonreí, nos miramos un poco más, dios quería besarlo mucho más).

    Jefferson: Lo que si admito es que, si quería que dijeras cine o mirador, pero más que nada porque quería que tuviéramos un momento lindo, de soledad. Pero esto es mucho mejor (Volvió a sonreír, y esta vez me anime a besarlo yo más, puse su mano sobre su pecho un rato, sintiendo su cuerpo, y entonces me saque un poco de onda, al sentir su mano en mi pierna, haciendo círculos de arriba abajo, poniéndome más nerviosa, tensa y dando más ideas de lo que sentía y quería hacer)

    Alexia: Deja de hacer eso jaja, me estas dando tantas cosquillas.

    Jefferson: No te preocupes, esto es más que suficiente, tenemos que comportarnos.

    Alexia: ¿Sí? Soy nuevo en todo esto, pero me gustaría que hiciéramos alguna que otra locura más (Sonreí, no sabía que más podíamos hacer, era consciente de lo que él decía, pero poco a poco el deseo me nublaba el juicio).

    Jefferson: Wow, me sorprendes, ahora tu eres la chica mala y yo el chico bueno.

    Alexia: Jaja claro, si tú quieres (Mire alrededor, efectivamente nadie nos estaba poniendo atención, así que solo era cuestión de animarnos).

    Me miro, como pidiéndome permiso de algo, sonreí y fue suficiente para él. Acerco sus manos a mis hombros, y empezó a sentirme. A pesar de que no me gusta mucho mi cuerpo, sé que no soy fea, no tengo senos grandes, pero me defiendo con mi trasero. Bajo las manos, sintiendo mi bra y mis senos, luego empezó a bajar sus manos a mi estómago, me dio algo de cosquillas y lo mire a los ojos, no podía describir el deseo que sentía por todo el cuerpo, y aunque también deseaba tocarlo yo, estaba disfrutando mucho, pensaba más fuerte en las palabras de Fanny, pensaba en su pito, y lo mucho que lo quería, mucho.

    Jefferson: ¿Puedo? Seré cuidadoso, y si no te gusta me dices.

    Alexia: Hazlo, quiero que lo hagas.

    Bajo su mano, desabrochando un poco mis jeans y metiendo su mano poco a poco a mi pantalón. Me dio escalofríos, quería que siguiera, y así fue. Metió mi mano a mis calzones, y dos de sus dedos empezaron a acariciar mi vagina, tomé su brazo, apretándolo un poco, y la otra mano la puse en mi boca, quería jadear, nunca lo había hecho, pero sentía el impulso de hacerlo, y mucho. Después de unos segundos, me anime a mirar alrededor, sentía que nos estaban viendo, pero no era el caso, era mi imaginación. Voltee a verlo, sus ojos brillaban en la oscuridad, aunque no estaba recibiendo un estímulo directo de mi parte, se notaba que disfrutaba mucho lo que hacía. Finalmente, a pesar de que quería que se quedara, empezó a sacar su mano, yo sabía que estaba mojada, podía sentirme muy mojada, pero pude ver sus dedos, ligeramente humanos. Se los acerco a su boca y los saboreo mientras me miraba, lo cual me volvió loca.

    Alexia: Estas loco… (Solo pude decir eso, amé lo que hizo, todo. Me acerque y lo bese, nos besamos un rato más. No sé cuánto tiempo paso, pero los protagonistas se estaban besando también).

    Jefferson: Tu estas loca Alexia, tu querías esto y yo te lo doy con gusto.

    Sonrió, nos acomodamos, yo la ropa y el en su lugar. Fingimos que no paso nada, pero claramente no fue el caso. El resto de la película apenas pudimos verla, lo abrace, y él tenía su cabeza sobre la mía. Ese fue el inicio, el inicio de muchas otras locuras, pero este fue el inicio de nuestra hermosa relación, ese tipo de relación que se Fanny estaría orgullosa de. Pero lo que sigue será para otra historia.

  • Una puta no tan encubierta

    Una puta no tan encubierta

    Era una mujer retraída en los espacios sociales, pero en la intimidad desataba un despliegue erótico descomunal.

    Ella hace un culto de su erotismo, mientras modela se toca, se acaricia, pasa sus manos por sus nalgas de yegua y las abre, imaginando que algunas lenguas juegan en su culo hambriento de vergas húmedas y duras, venosas y con cierta curvatura.

    Cuando fotografía sus pechos, los pellizca para que se vuelvan rojos y puntiagudos, un lunar le da más aún un toque único, y lame sus propios pezones y los chupa, los muerde y eso moja su conchita, mientras su culo aparece en el espejo, rozando su clítoris busca sentir una buena chupada de concha, y ese culo late y esa concha vibra.

    Se manosea las tetas, se enloquece y piensa que sus machos y hembras se pajean y la desean.

    Jamás piensa que los que la siguen no son nada, ella piensa en cada uno y dedica ese ardor en cada entrega, utiliza diferentes juguetes eróticos y los suma a sus producciones, se frota la vulva caliente y mete desde el más chico al más grande y goza con cada uno.

    También utiliza plátanos enfundados de látex y los chupa como si fueran vergas ricas y al acabar, los pela y se los come…

    Es muy puta, es tremendamente puta…

    Desea coger de todas las formas posibles que se le ocurran, busca un séquito de seres sensibles que la acaben encima y laman sus leche como si fueran bestias domadas por su lujurioso pensar.

    Ella es su principal fuente de placer, ella no se hace la paja, ella se coge duro, se garcha, se autogestiona el goce.

    Deja que fluyan y se siente mimada con solo saber que en algún lugar alguien la mira y acabó…

    Imagina mujeres que apoyan sus pezones en los suyos y se besan, que las lenguas juegan y sus manos se acarician las conchas, penetrantes juguetes y absorción de clítoris una a la otra, y que cuatro hombres les rozan las cabezas de las pijas por el culo y las cogen juntas, mientras no se sueltan… chupar una concha mientras es penetrada por una buena verga es el cielo…

    Se ve doblemente penetrada y tragando pija todo a la vez, mientras la manosean las tetas y chupan quien le hace el culo la pajea y quien la coge por la boca la sostiene para meterle todo el tronco de una vez… allí hace las fotos, puta y caliente…

    Las edita mojada y sedienta y su macho le chupa tanto el culo mientras le mete un consolador de 24 x 5 que grita y moja las piernas…

    Solo desea que te pajees imaginándola y comiéndote a quien quieras…

  • Iniciando a nuestros hijos mellizos (I)

    Iniciando a nuestros hijos mellizos (I)

    Un viernes por la tarde pasábamos tiempo de calidad mi esposa y yo (22 años de casados) con nuestros hijos mellizos (21 años), primero una cena preparada por mi hija Sandra y mi mujer Myriam posteriormente jugamos nuestro tradicional Juego de Catan torneos que hacíamos desde que nuestros hijos eran adolescentes. Y como siempre mi hijo, Enrique, intentaba ir por los puertos a los lados del tablero mientras mi hija y mi esposa intentaban conseguir tantas ciudades y puntos de bonificación como fuera posible, Mientras tanto, me había contentado con acumular todo el trigo y el mineral del tablero.

    «Maldita sea, Miguel. Crees que puedes dejar algo de ese mineral. Para el resto de nosotros?» preguntó mi esposa.

    «Claro, si prometes no tomar el trigo, te daré un poco cada vez que ruede», respondí.

    Al final, mi diabólico plan funcionó. Gané el juego fácilmente, como suelo hacer, y nuestros hijos continuaron con sus bromas habituales.

    Los chicos limpiaban la mesa mientras mi esposa y yo fregamos los platos en la cocina.

    «Bueno, no pudimos reunirnos con Amanda y Marco esta noche, pero al menos pudimos pasar más tiempo con los chicos», le dije a mi esposa.

    «Sí, es una lástima que no pudiéramos verlos, pero no hay queja”

    Otra actividad que nos gusta hacer los fines de semana es pasar tiempo “especial” con otras parejas. El swinger era una de las partes más fuertes de nuestro matrimonio y habíamos conocido a mucha gente divertida en el camino.

    Esa tarde extrañamente mientras ayudaba a mí esposa me vienen a la mente Martha y Juan, los habíamos conocido en uno de los bares swingers que siempre frecuentábamos. Eran un poco mayores que nosotros y llevaban más tiempo en la escena, por lo que nos enseñaron muchas cosas divertidas y secretos muy picantes. Pero nada nos preparó para lo que nos contaron sobre su familia unas semanas atrás.

    «¡¿QUÉ?! Quieres decir… Ustedes… ¿Y sus hijos?» -exclamó mi mujer-.

    «Por dios Myriam!, son adultos», dijo Juan, «empezamos poco después de que Mario cumpliera 23 años y Lily 25, hablamos con ellos sobre nuestra elección de estilo de vida, tenían muchas preguntas, una cosa llevó a la otra y bueno… lo hemos estado haciendo desde entonces»,

    Mi esposa y yo no podíamos creer lo que estábamos escuchando, esto era una situación más allá de cualquier cosa que pudiéramos imaginar, un tabú prohibido por la mayoría de las sociedades durante siglos. Probablemente deberíamos habernos sentido más mortificados o asqueados, pero la verdad es que estábamos más fascinados por esta revelación que por cualquier otra cosa.

    «Pero ahora que nuestros hijos se han mudado y tienen sus propias familias, no podemos jugar con ellos como antes», dijo Martha. «Por eso decidimos volver a hacer swing y conocer otras parejas pervertidas».

    Myriam les hacía muchas preguntas sobre sus actividades favoritas y si alguna vez temían que los atraparan.

    «Bueno, sí, claro, sabíamos que estaba prohibido y que podíamos meternos en muchos problemas, pero honestamente, eso era parte de la diversión», dijo Juan sonriendo mientras tomaba la mano de su esposa.

    No sabía cómo debía reaccionar, si con horror y disgusto repugnante o con más interés, así que decidí dejar que mi esposa tomara la iniciativa. Mientras esperaba su reacción, ella comenzó a frotar su mano en mi entrepierna mientras se mordía el labio, escuchando las historias traviesas y explicitas sobre nuestros amigos y su familia «todavía nos vemos y aprovechamos cada vez que vienen, por supuesto solo cuando vienen solos sin sus familias. Quién sabe, tal vez podríamos invitarlos a ustedes y participar en la diversión» y con esa confesión, Myriam inmediatamente saltó encima de Juan y comenzó a besarlo apasionadamente mientras le desabrochaba los pantalones sacándole el miembro y propinando una mamada como jamás la había visto hacerme a mi o a alguien más, verla hincada frente a Juan y aun vestida a mi igualmente me encendió, Martha vino a mi encuentro y esa noche tuvimos una de las mejores reuniones de intercambio de parejas hasta el momento, sin duda el ingrediente que nos produjo ese grado de excitación fue la confesión de nuestros amigos.

    A pesar de lo increíble que nos excito esa noche, no nos pusimos en contacto con Martha ni con Juan después de eso. Me di cuenta de que Myriam se sentía un poco culpable por su reacción. Sabía que deberíamos habernos preocupado más por esta información, especialmente como padres. Yo mismo fingí estar tan en conflicto como ella y al mismo tiempo fingí que estaba increíblemente consternado. Sin embargo había pensado en contactarlos nuevamente pero decidí que no podía hacerlo a espaldas de mi esposa.

    Al regresar de mis recuerdos a la cocina con Myriam, nos dedicamos a decidir nuestra diversión privada para el resto del fin de semana.

    «Entonces, ¿quieres ir al club mañana? ¿O deberíamos intentar contactar a uno de nuestros amigos?» Le pregunte.

    «¿Escuchaste que Martha y Juan iban a tener una orgía en su casa? Tal vez deberíamos visitarlos», dijo.

    Emocionado, respondí: «Oh, sí, tal vez nos encontremos con algunos viejos amigos allí, escuché que Tomas y Linda son cercanos a ellos».

    El sonido de una tos claramente falsa detrás de nosotros interrumpió nuestros planes de fiesta.

    «Oh, lo siento Sandy», mi esposa se sonrojó de vergüenza, «pensamos que tú y tu hermano ya habían subido a dormir».

    «No, todavía no tengo tanto sueño», dijo mientras iba a buscar unos vasos de nuestra cantina, «¿de qué estaban hablando?»

    Ninguno de nosotros les había contado a nuestros hijos todavía sobre nuestro estilo de vida, no es que estuviéramos tratando de mantenerlo en secreto o nos sintiéramos culpables por ello, es solo que nunca encontramos el momento o el lugar.

    «Oh, nada, solo hablamos de que tal vez veamos a algunos amigos mañana», dije.

    Mi hija sonrió «¿Oh, en serio? ¿Para hacer qué? ¿Pescar? ¿Jugar a los bolos?»

    «¿Quizás algo de baile swing?» intervino Enrique mientras él también entraba a la cocina a buscar mi botella de whisky de la barra.

    ¡Mierda!, ¿Ya lo sabían? No podía imaginar cómo reaccionarían ante la noticia de que sus padres eran swingers; lo más probable es que simplemente ignoraran el hecho y continuaran con sus vidas como si nada estuviera pasando.

    «Sí, tal vez conocer a otras parejas y ver si les gustaría cambiar de pareja de baile», fue lo último que dijo mi hija antes de que ambos salieran de la cocina.

    Mi esposa cerró los ojos avergonzada y tratando de contener la risa, y yo simplemente esbocé una sonrisa.

    «Pequeños idiotas, tienen pelotas para burlarse de nosotros por eso», dijo.

    «Honestamente, no parece que les moleste demasiado, la mayoría de la gente probablemente fingiría que no sabían nada», respondí.

    «Bueno, no son la mayoría de las personas, ¿verdad?» respondió mi mujer.

    Eso era cierto, habíamos criado a nuestros hijos de la mejor manera que pudimos. Casi nunca les mentimos, les hablamos honestamente sobre cualquier tema, desde los pájaros y las abejas o las relaciones. Consentimiento y sus responsabilidades como adultos, queríamos asegurarnos de que no tuvieran miedo al sexo y tomar las mejores decisiones posibles una vez que fueran adultos y, en mi sincera opinión, hicimos un muy buen trabajo con ambos.

    ¿Pero ser tan liberal y abierto sobre sus padres y su estilo de vida? Eso llegó al punto de ser extraño incluso para nosotros, aunque considerando nuestra experiencia previa con Martha y Juan, estaba claro que nuestro nivel de rareza era moderado en comparación. Mi esposa y yo salimos de la cocina para ver a nuestros hijos y los encontramos en la mesa con las bebidas en la mano y llenando otros dos vasos con mi whisky.

    «Finalmente salieron, ¿les gustaría unirse a nosotros?» dijo mi hijo.

    Claramente era hora de hablar sobre nuestro hobby con ellos, si tenían algunas preguntas para nosotros entonces teníamos que ser honestos. Nos sentamos creyendo que este era el comienzo de una discusión seria con algunas revelaciones bastante pesadas e íntimas, en cambio, nos dieron las bebidas y comenzaron una conversación que ni yo ni mi esposa esperábamos.

    «Vamos papa y mama, nunca fueron discretos lo sabemos todo», dijo Sandy.

    «Sí, ustedes son un poco malos guardando secretos», siguió Enrique.

    Mi esposa se rio, aliviada por la indiferencia que nuestros hijos estaban tomando con esto.

    Ella dijo: «Bueno, no sabíamos cómo abordarlo con ustedes, ni siquiera si teníamos que hacerlo. No es algo que la mayoría de la gente quiera saber sobre sus padres, y ciertamente no es algo de lo que quisieran hablar. «

    «Sí, bueno, la mayoría de la gente es cerrada y mojigata y no se permiten disfrutar de la vida de manera responsable, por eso vivimos nuestras vidas de la manera que queremos, de manera responsable y madura, por supuesto. Pero aun así, disfrutándonos lo más que podamos», dijo mi hija y mi mujer estuvo de acuerdo con ella asintiendo con la cabeza.

    Definitivamente habíamos hecho un gran trabajo con ellos, nos hicieron sentir muy orgullosos. Sabíamos que mi hija había estado saliendo con algunos chicos desde hacía algún tiempo. Hablamos con ella sobre protección, cómo ser inteligente en cuanto al sexo y confiamos en que ella no cometería un error tan grave, cosa que por supuesto nunca hizo.

    «Y por eso tienes la reputación de ser la mejor puta de la universidad», dijo su hermano.

    «¡ENRIQUE!» gritó esposa, yo también estaba listo para amonestarlo.

    «Diablos, sí hermano, me divierto mucho en la universidad», respondió guiñándole un ojo y chocando los cinco con su hermano. Nuestra ira se convirtió en risa y la velada parecía volverse cada vez más surrealista.

    «No te dejes caer, tú también eres bastante guarro. No puedo imaginar con cuántas chicas te has acostado a estas alturas». Ella siguió.

    «Por más difícil que sea para ti creer, querida hermanita, sólo he estado con cuatro chicas en mi vida y he sido un caballero con cada una de ellas», dijo.

    «¿Un caballero de día y una bestia en la cama?» continuo mi hija.

    «Bueno… he hecho lo mejor que pude», dijo sonriendo y tomando otro sorbo de su vaso.

    «Por Dios mujer, criamos unos monstruos», sonreí ante las cosas increíbles que estaban saliendo.

    Mientras seguían hablando, pude ver a mi esposa escuchando con gran fascinación, resulta que estábamos interesados en su vida sexual más de lo que la mayoría de los padres deberían. Nos aseguraron que siempre usaran protección y que esperaran a la persona adecuada con quien estar, aunque ciertamente eran bastante promiscuos como si fueran la viva imagen de sus padres.

    «Hermanita, cuéntales sobre tu primera vez. Les encantará», dijo Enrique.

    «Oh, Dios, Uhm, no estoy segura de que les agrade mucho saberlo», respondió mi hija preocupada.

    «Por favor dínoslo, no te juzgaremos ni nada», dijo mi esposa con más interés del que esperaba.

    «Bueno… ¿recuerdas al primo Ricardo?» dijo Sandra para nuestra sorpresa.

    «No lo hiciste, de ninguna manera», La reprimí, Ricardo es el hijo de mi cuñada.

    «Bueno, es posible que hayamos tonteado un poco cuando éramos adolescentes. Ya sabes, besar a primos», Respondió.

    Esa fue una gran revelación, pero comprensible hasta cierto punto.

    Mi hija continuó: «No hicimos nada demasiado serio y ambos sólo queríamos experimentar».

    Mi esposa y yo no sabíamos cómo responder a esto, así que nos sentamos en silencio antes de que nuestro hijo interrumpiera.

    «Bueno, como ustedes siempre dijeron, siempre y cuando sea con consentimiento y ambos sean mayores de edad, no creo que sea necesariamente malo, incluso el incesto entre adultos».

    Esa palabra me trajo recuerdos de Juan y Martha, así como el erotismo electrizante de sus historias familiares. Seguí vigilando a mi esposa para ver su reacción y la encontré tan sin palabras como yo.

    Nuestros hijos parecían seguir mirándonos como si esperaran una reacción o un rechazo, finalmente, mi esposa habló.

    «Jesucristo chicos, ustedes dos nos hacen parecer un sacerdote y una monja en el monasterio».

    «Oh, no exageres» dijo Sandra con picardía.

    «Ustedes no creerían las cosas que hemos hecho», Dijo mi esposa con cierto orgullo.

    «No lo sabes, tal vez nos gustaría saberlo», dijo mi hija con audacia.

    Fue en este punto que las cosas estaban llegando bastante lejos y pensé que era hora de que todos nos fuéramos a la cama, además, tenía una erección creciendo en mis pantalones debido a esta conversación y necesitaba desesperadamente deshacerme de ello.

    «Bueno, se hace tarde y creo que lo mejor para todos es irnos a la cama, así que, si no les importa»,

    Me levanté y cogí los vasos de cristal ahora sin alcohol. Noté que mis dos hijos se miraban fijamente con lo que parecía un poco de decepción, como si esperaran que esta conversación continuara. Nos despedimos y nos fuimos al dormitorio.

    Mientras cerraba la puerta comencé a hablar «Te lo juro, esos dos son increíbles. Oye cariño, sé que esto puede sonar muy raro pero…»

    Mi esposa me interrumpió y me metió en la cama. Podía ser bastante hambrienta cuando quería, pero esto era más raro, era como una mujer poseída arañando mi ropa y quitándomelo todo en un tiempo récord. Ella no había reaccionado así desde que tuvimos ese encuentro con Juan y Martha.

    Ella me besó y mordió en todos los lugares mezclando la electrizante sensación de dolor y calidez mientras seguía bajando más y más sobre mi cuerpo, sus manos moviéndose agresivamente con sus uñas arrastrándose con cada beso. Sus manos agarraron mi polla presionando con fuerza el órgano, moviéndose cada vez que podía sentir su aliento en su cabeza.

    Su lengua subió por mi eje antes de que sus labios lo envolvieran, la sensación celestial de sus manos y su boca me trabajaba mientras me miraba directamente a los ojos con la excitación más increíble. Me chupó, sus manos se sentían cálidas sobre mis pelotas, las acarició de la manera que sabía que me volvía loco. Agarré su cabeza y la tiré y empujé rítmicamente, ambos conectamos en nuestro ritmo.

    Ella bajó la mirada y cerró los ojos enfocándose en el acto físico mientras yo inclinaba la cabeza hacia atrás abrumado por las sensaciones. Sé que estuvo mal y que no debería haberlo hecho, pero cuando miré hacia abajo de nuevo y ella me miró de nuevo, el rostro de mi esposa lo había reemplazado por el de mi hija. Mi reacción inicial de horror fue rápidamente superada por un sentimiento de increíble excitación ante la naturaleza prohibida de esta fantasía. Mi dulce hija.

    No pude aguantar mucho más y ella lo sabía, mis ojos se lo decían. Entré en su boca, sin romper nunca el contacto visual mientras ella seguía masturbándome asegurándose de que saliera hasta la última gota. Hincada y desnuda, probó mi semen y disfrutó cada segundo que lo tuvo dentro de su boca antes de tragarlo.

    «Eso fue increíble», dijo.

    «Oh cariño, me hiciste gozar mucho, fue increíble», respondí mientras los dos estábamos demasiado eufóricos para darnos cuenta de lo que cada uno decía.

    Ella cayó encima de mí, abrazándome y permitiendo que nuestra calidez se convirtiera en una en el precioso resplandor de nuestro acto sexual.

    Myriam se recompuso y me dijo: «Amor, tenemos que hablar de algo. Se trata de los chicos».

    Al correrme en la boca de mi esposa me sentí culpable de haber imaginado a mi bella hija mamándome en vez de ella, trate de esquivar la conversación.

    “Amor estoy exhausto. ¿Qué te parece si lo platicamos mañana?”

    “Espera. ¿Me vas a dejar así? No he terminado estoy muy excitada, te confieso que la plática con los chicos contribuyo, de eso necesito que hablemos” Mi mujer jugaba con mi miembro tratando de revivirlo.

    “Yo también me siento así, pero me da pena confesarlo” le respondí y note que nuevamente me estaba excitando con sus caricias.

    “Estoy así desde la confesión de Juan y Martha, me da miedo pensar que es una perversión, pero también me causa mucho morbo y excitación” me confeso evidentemente excitada su aliento caliente y respiración eran más que evidentes.

    “Amor, yo también me siento así. La plática con nuestros hijos me hizo revivirlo y me `paso por la mente vivir lo mismo con ellos” Confesé con una total erección.

    “No lo sé…eso sería demasiado, pensaba en aceptar la invitación de Juan y Martha y hacerlo con ellos y sus hijos…quizá sea un inicio” Me sorprendió mucho su respuesta, no quise detenerla, necesitaba escucharla más, me arrodille y le abrí las piernas e introduje mi lengua en su vagina para aliviar un poco su calentura…

    “ Cual sería el plan?” – le pregunte

    “Ellos son muy abiertos, deberíamos volver a verlos y confesar lo que estamos viviendo con nuestros hijos… mmmm lo que sentimos y pasamos… y que nos gustaría aceptar su oferta…” – Mi mujer se revolvía en su primer orgasmo, era inevitable que nuestros hijos no la escucharan, eso incluso me excito aún más.

    Me monte sobre mi esposa y tuvimos una noche maravillosa de sexo, practicamos posiciones que ya teníamos en el olvido, desde que dimos el primer paso para ser swingers nuestra vida sexual era mucho más rica, pero ahora habíamos pasado a otro nivel que a ambos nos asfixiaba, necesitábamos más.

    Continúa en parte 2.

  • La ciega y su madre (3)

    La ciega y su madre (3)

    Hola a todos, continuando con lo que estaba pasando con Mariela y su madre, sabía que se iba a complicar si Mariela contaba algo o hacia algún comentario, con Elsa no habría problema, ya que por su edad sabe guardar ese tipo de secretos.

    En la oficina todo transcurría de forma casi normal, y digo «casi» porque después de nuestro fin de semana con Mariela, yo estaba descontrolado, vivía tocándola a cada rato, y ella solo sonreía sin decir nada, a la mínima oportunidad ya estaba acariciándole el culo o la concha, y ella disfrutaba mucho sentirse deseada, hasta en ocasiones la llevaba al baño para que me chupe la pija y ella obedecía todo lo que yo decía.

    En cuanto a su madre, con Elsa estábamos todo el tiempo enviándonos mensajes, cuando venía a traerle la comida a Mariela, aprovechaba para besarla en silencio y tocarla toda, ella estaba muy entusiasmada con lo nuestro, aunque los dos deseábamos que ella tuviera el tiempo necesario estando sola, para poder matarnos en la cama, pero aun así, la hacía sentir deseada y a su edad, eso la calentaba mucho.

    Una de los tantos días en que estábamos en la oficina con Mariela, me comenta que va a pasar el fin de semana con sus hijo en su casa, y me pregunta si yo quería ir con ellos, sabía que si le decía que si, quedaría muy expuesto, así que le dije que no podía por tener otras cosas que hacer, pero que ella disfrute mucho en familia, sabía que era la oportunidad perfecta para estar con Elsa sin ningún tipo de restricción.

    Llegado el viernes por la tarde, Mariela me saluda despidiéndose hasta el lunes, y diciéndome que se iría a su casa, y que me va a mandar mensajes de como la está pasando, le dije que me gustaría mucho saber cómo la estaba pasando, y que me avise cuando sale de la casa de Elsa, y cuando llegue a su casa, obviamente de esa forma sabría que ya podíamos estar solos con Elsa en su casa, a tan solo 100 metros de la oficina, cuando sale de la casa de su madre, Mariela me envía un mensaje diciendo que está en camino a su casa, por su condición, sabía que llegar le tomaría casi dos horas, así que estaría llegando casi a la misma hora que yo salía de la oficina, llamo a Elsa y le digo si quiere que cenemos juntos, me dice que si, y que estaba esperando que la llamé, se ve que ella también lo deseaba, así que al llegar la hora de dispongo a salir de la oficina, y recibo el mensaje de Mariela que ya estaba en su casa, así que sabiendo que no podría haber ningún contratiempo, fiche y salí para la casa de Elsa.

    Ya en la casa, ella me recibe con un beso en la boca, y me dice que me ponga cómodo, le pido si me podía dar un baño, ya que estuve todo el día encerrado en la oficina, y había transpirado (sumados que me había pasado todo el día, tocándole el culo y la concha a Mariela), me dice que si, y entro a darme una ducha, a los pocos minutos, escucho que se abre la puerta del baño, era Elsa que entraba totalmente desnuda para bañarse conmigo, nos besamos intensamente bajo el agua, y acaricio todo su cuerpo, mientras nos pasamos el jabón, ambos nos tocamos cada parte de nuestros cuerpos, yo no podía más de la calentura y lo demostraba con mi pija bien dura, que ella en un momento toma, y la empieza a chupar con ansias, era hermoso ver su pelo mojado caer en sus tetas, mientras engullia mi pija con su dulce boca, me daba un placer inmenso, luego la levanto y la pongo de espalda contra la pared de la ducha, y con mi pija busco su concha, la que de un solo movimiento llegó hasta el tope, en lo mejor que estaba me dice que pare, que quería que estemos toda la noche en su cama, que no quería que yo acabe ahí, tenía razón, ella sabía que nuestro encuentro recién estaba comenzando y me quería a pleno toda la noche, así que nos secamos y salimos para cenar.

    Nos acomodamos en la mesa, y para que no haya ninguna interrupción, pongo el móvil en silencio, cenamos y hablamos de todo, y me dice que deseaba mucho que tengamos la oportunidad de estar solos, que se siente muy bien conmigo y que cada vez que va a la oficina, la calienta mucho que la toque delante de Mariela, que volvía a sentirse una mujer plena y deseada, obviamente yo solo tenía palabras de halagos para ella, y le decía que a mí también me calentaba mucho tocarla delante de su hija, así que la acerque a mi y la comencé a besar, mientras lo hacía bajaban mis manos de su cintura a sus nalgas, eran blandas y deliciosas, ahora sí, la tomé de la mano y la lleve a la habitación, una vez ahí, le saque el vestido y quedó nuevamente completamente desnuda, y empecé a deleitarme con sus grandes tetas, las besaba, lamía y mordía a gusto, ella dejaba salir sus primeros gemidos sin restricciones, mientras la chupaba yo me sacaba la ropa con su ayuda, cuando ambos quedamos como dios nos trajo al mundo, decidí pasar a la mejor parte.

    La acosté suavemente en la cama y separando sus piernas, comencé a chupar y lamer su concha, podía sentir como rápidamente se mojaba, así que me entretenía jugando con su clítoris, entre sus gemidos sabía que pronto vendría su orgasmos, por lo que arremetí metiendo mi lengua lo más posible en su interior y con mi dedo pulgar frotaba su hinchado clítoris, no tardó mucho en venir su primer y abundante chorro de jugos, fue fantástico escuchar su alarido mientras acababa y se retorcía de placer, beber ese néctar, para mí era lo máximo, y mucho más aun sabiendo que esa forma de acabar era algo maravilloso que le había heredado a Mariela, no quería dejar de chuparla, y le ponía cada vez más entusiasmo, para volver a hacerla acabar y seguir bebiendo sus jugos que tanto me calentaba, habiendo acabado dos veces, ella me hace costar a su lado y me besa con toda pasión, tratando de recuperar la respiración, me dice que se la chupo increíblemente, y que podría estar toda la noche así, me besa nuevamente mientras con una mano agarra mi pija y la empieza a sobar lentamente, y con una voz muy suave me dice «quiero que cada vez que podamos, vengas a pasar la noche conmigo, quiero que me hagas tu amante» a lo que le digo «claro que lo voy a hacer, sos increíble, y vamos a pasar muchísimas noches juntos», aunque después entendí mejor que me quería decir.

    Me beso nuevamente y sin soltar mi pija, empezó a besarme el pecho y pasar su lengua por mis tetillas, las chupaba y mordía, me estaba haciendo calentar de sobremanera, ambos queríamos que la noche sea larga, y ella llevaba muy bien el ritmo de la situación, nos tomábamos nuestro tiempo cada vez que le dábamos placer al otro, luego bajo hasta mi ombligo, y comenzó a meter su lengua, sentía una mezcla de cosquillas y placer, sabía muy bien lo que hacía, era una sensación nueva para mi, pasado unos minutos, decide bajar aún más y lamer mi pija, era fantástica, en ningún momento se la metió en la boca, solo usaba su lengua para darme placer, la pasaba de abajo hasta arriba, mirándome a los ojos en todo momento, parecía que saboreaba el mejor de lo helados, yo daba gracias a dios, por todas las pijas que debió haber chupado para tener esa maestría, se notaba que era una experta, jugaba con su lengua en la cabeza y en varias ocasiones casi me hace acabar, ella era la dueña de mi pija, la apoyaba en mi pubis y lamía suavemente mis huevos, los metía dentro de su boca y jugaba, si dejar de mirarme en todo momento, hasta que por fin decidió tragarse mi pija, de un solo bocados se la metió casi completa en la boca, me hizo ver las estrellas de placer, la sacaba completamente y la volvía a tragar, y lo hacía todo en una forma muy lenta, yo estaba fascinado, solo podía pedir que no pare, así que ante mi pedido, se subió sobre mi, sin dejar de chupar, pone su hermosa concha en mi cara, la cual no tuvo que esperar para ser chupada, estábamos haciendo un perfecto 69, y yo entendí que había encontrado a la mejor de las putas, que se encontraba reprimida por cuidar de su hija y sus nietos.

    Ya después de un rato le dije que necesitaba cogerla, y ella sola de arrodilló en la cama poniéndose en cuatro ofreciéndome su ansiado culo y concha, los cuales con todo gusto empecé a lamer y chupar con ansias, hice que apoyara sus hermosos pechos en la cama, para que quedara todo a mi disposición, y comencé a clavar mi lengua en su delicioso ano, era indescriptible el placer que le estaba dando, sus gemidos no paraban y a la vez ella se frotaba su concha con sus dedos, así que me acomode y de un solo golpe metí mi pija en su concha que estaba inundada por sus jugos, entraba y salí muy fácil, y ver su gran culo temblar con cada golpe de mi pelvis era un sueño, yo no quería para ni un instantes y cada vez lo hacía con más fuerza, hasta que decidí ir por lo que más deseaba.

    Acomode la cabeza de mi pija en la entrada de su ano, no sin antes lubricarlo con sus propios jugos, y comencé una suave presión, ella me pide que lo haga despacio, ya que hacía mucho tiempo que no tenía sexo por ahí, yo presionaba y paraba, así un par de intentos, hasta que pude meter la cabeza de mi pija, ella emitió un leve quejido, y me quedé inmóvil para que se vaya acostumbrado a tener el ano dilatado, luego comencé nuevamente a presionar para ir metiéndola muy despacio, una vez que entro la mitad, la comencé a sacar unos centímetros, para volver a meterla, lo repetí varias veces hasta que comencé a escuchar sus gemidos, yo me encontraba en la gloria, y cada vez lo hacía más fuerte, yo tomado fuertemente de su cintura cogiendo ese hermoso culo, era lo máximo, ella cada vez gemía con más fuerza, hasta que pude sentir como acaba a chorros nuevamente, casi desplomándose en la cama, yo seguía con mis embestidas, pero no por mucho tiempo más, y acabe inundado su bello culo con toda la leche que tenía en mi, fue fenomenal, continuaba moviéndome cada vez más lento, hasta que saque mi pija de su interior, pude ver si ano completamente dilatado con algunos hilos de leche, y quedé acostado junto a ella, me abrazo y beso como agradeciendo tan excelente sexo que habíamos tenido, ella no se imaginaba lo agradecido que me encontraba yo, entre besos y abrazos nos dormimos.

    Al otro día nos despertamos abrazados, le dije que había sido una noche increíble y que me sentía muy afortunado, realmente estaba así, y ella lo sabía, y su respuesta no se hizo esperar, ella también me agradeció, y que hacía mucho tiempo no se sentía tan mujer y tan deseada, que yo era lo que ella necesitaba en su vida, y que quisiera pasar más momentos así, y por eso se sentiría muy plena siendo mi amante, y le pregunto porque quiere se mi amante, su respuesta me dejó mudo, ella ya sabía de qué yo cojia con Mariela y que le comento que estaba ilusionada conmigo, por eso no quería que su hija este mal, pero tampoco quería ella volver a sentirse una vieja, así que prefería que yo tenga una relación seria con Mariela y ella ser mi amante, para que voy a decir que me sentía el más afortunado del mundo, nos levantamos a desayunar, y cuando veo mi móvil tenía varios mensajes de Mariela, ella pasa por detrás mío y me dice que los abra, los mensajes decían que me extrañaba y que tenía muchos deseo de estar conmigo, y había 2 fotos, que cuando las abro, eran de Mariela completamente desnuda abriéndose la concha, y diciendo que necesitaba que se la coma, yo no sabía que hacer, hasta que Elsa me dice, vez, ella está muy ilusionada y caliente con vos, pero este fin de semana vas a ser solo para mí, y dándome un beso me hace dejar el móvil para desayunar.

    Seguramente más adelante les comenté como estamos hoy y las cosas que nos pasaron, espero que me comenten que les parece y si quienes preguntar algo, todos serán respondidos, gracias por leer.