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  • No te limpies todavía

    No te limpies todavía

    Eso sucedió cuando mi esposa y yo nos iniciábamos en el mundo swinger. Aunque a los dos nos iba el morbo y las situaciones eróticas subidas de tono, cuando ella me propuso empezar a interactuar con otros hombres a mi me dio un ataque de celos, aunque fueron unos celos livianos que quedaban compensados por la imágenes que se me ocurrían, en las que veía a varios hombres y mujeres y en las cuales me imaginaba a mi mismo copulando con una desconocida mientras mi mujer, a mi lado, hacía lo mismo con un desconocido.

    Todo me resultaba intrigante y peligroso, pero cada vez me atraía más, justamente por lo incierta que resultaba esa nueva andadura de nuestro matrimonio. Yo veía que Maite se ponía muy caliente cada vez que hablábamos del asunto, y tanto era así que mientras lo hablábamos se masturbaba subrepticiamente y le subían los colores a las mejillas con solo imaginarlo. En estas ocasiones tuvimos coitos fantásticos, como hacía muchos años que no los teníamos: me cabalgaba con los ojos en blanco y me pedía azotes en las nalgas, como diez años atrás -por lo menos.

    Empezamos por organizar un encuentro con una pareja que nos resultaba atractiva y que conocimos chateando en la web swinger. Sin embargo, pocas horas antes de la cita, nos mandaron un mensaje para decirnos que no podrían acudir. Fue entonces cuando Maite, que llevaba varias horas muy excitada, me dijo que no se iba a quedar con las ganas. Y me contó:

    -Mientras tu hablabas con esa pareja que nos ha dejado tirados yo hablé con un tipo que se me quiere tirar y lo quiere hacer delante de ti. Vive cerca, así que, si te parece, le voy a llamar.

    Yo asentí. No sin algunas dudas, pero incapaz de negarle el placer a mi esposa. Pensé que debía aceptar su propuesta y que luego ya llegaría mi turno.

    Su amigo (Ismael) llegó en menos de media hora. Vi a un tipo joven, guapo y fornido, sonriente, que nada más llegar se sacó el pene grandote y robusto, y se lo plantó ante Maite, que se puso de rodillas en un santiamén para lamerlo con fruición mientras me daba la mano a mi para saludarme con un guiño del ojo.

    -Tráete la cámara, cari -me ordenó Maite con prisas y con el glande de Ismael entre los labios- Eso hay que documentarlo como se merece.

    Cuando regresé con la Nikon ante Ismael y Maite ella ya estaba a cuatro patas en el sofá contorneando las caderas lentamente y deseando el envite del macho. Ismael le introdujo el pene y ella empezó a chillar de puro placer como jamás la había visto hacerlo. Así que yo, sin saber muy bien lo que se me pasaba por la cabeza, me desnudé y me masturbé delante de su rostro. Eyaculé mucho más deprisa de lo que pensaba y le dejé la nariz llena de esperma.

    Tras correrme seguí masturbándome y en menos de dos minutos le solté otro chorro, esta vez en la barbilla.

    -Joder cariño… -me soltó ella, y no se si era un reproche o una felicitación- ¡Dos veces!

    Mientras me volvía para agarrar la cámara, escuché que Ismael le susurraba:

    -No te limpies todavía, me pone mucho tu carita así, estás guapísima.

    Ismael se excitó tanto con la cara de Maite salpicada de semen que a partir de entonces la penetró con mucho más interés y más ganas.

    Ismael es un tipo que tiene un aguante prodigioso. Dos horas más tarde seguía penetrando a Maite hasta que ella se dio la vuelta como gata panza arriba y le pidió:

    -¡Házmelo por el culo, cabrón!

    Yo nunca le había escuchado decir eso. Ni nada parecido a eso. De modo que entonces comprendí que acabábamos de entrar en el mundo swinger, y también comprendí cual era mi papel en esta etapa de nuestro matrimonio. Y la verdad es que… me gusta.

  • Una felación de cinco estrellas

    Una felación de cinco estrellas

    Ahí estás,

    sentada a mi lado,

    dándome la espalda y pendiente de agradar a la cámara que nos enfoca.

    Inclinas tu cuerpo apoyando tu brazo derecho y el codo sobre mi vientre,

    con la mano del mismo brazo sujetas mi pene por la base.

    La mano izquierda solo la utilizas para amasarme los huevos.

     

    Sonríes al notar cómo se va endureciendo mi flácido miembro.

    Tus carnosos labios; tu lengua húmeda, caliente y juguetona,

    hacen su trabajo.

     

    Le das piquitos a mi rosado glande,

    lo lames y chupeteas.

    Te metes la mitad del capullo dentro de la boca

    y succionas con fuerza la entrada de la uretra.

     

    Has conseguido erguir mi falo hasta su máxima potencia.

    Es largo y grueso con cierta inclinación hacia la izquierda,

    o sea, hacia el lado en el que estás posicionada.

    Te será más fácil engullirlo al seguir mejor la trayectoria de tu laringe.

    Si te hubieras sentado del otro costado,

    el glande se te clavaría en el paladar empujando hacia arriba.

    Sabes lo que haces. Todo lo tienes calculado.

     

    Ahora necesitas los cinco dedos de tu mano,

    mantienes firme como un mástil mi verga.

    Sujetas con fuerza mi polla,

    notas sus palpitaciones.

     

    Lames mi rabo desde la base hasta la punta,

    lo dejas brillante y con restos de saliva,

    la cámara te lo agradece,

    está grabando un buen primer plano.

     

    Por el tronco se deslizan algunos regueros de babas

    que van a desembocar en los testículos.

    Con tu mano izquierda barnizas mis cojones con ese líquido espumoso.

     

    La mano izquierda magreándome el escroto,

    la derecha sujetándome por la base el rabo.

    Y con tus labios, lengua y dientes

    besándome, lamiéndome y mordisqueándome toda la verga.

    ¡Qué más puedo pedir! ¡Esto es el Paraíso!

     

    Jugueteas mucho con la cabeza rosada, te hace gracia.

    Te la metes en la boca y le pegas unos buenos morreos.

    Tus labios, lengua y dientes no le dan tregua a mi delicado glande.

    Succionas y vuelves a succionar,

    metiendo la punta de tu lengua por la uretra.

    ¿Qué buscas mi amor? ¿Petroleo?

    Buscas mi néctar, ¿verdad?

    Lo fabrico para ti, pensando en ti.

     

    Te la metes casi entera, en tu profunda garganta.

    Solo te faltan tres dedos para conseguir tenerla toda dentro.

    Lo intentas varias veces pero solo consigues provocarte unas arcadas,

    arcadas que llenan de espumarajos mi rabo, mis huevos y tus manos.

     

    Ya no puedo aguantar más,

    estoy al borde de la explosión.

    Jadeo y siento que se me va la vida por la punta de mi polla.

    Notas que estoy al límite y le das los últimos lambetazos al glande.

     

    Pero tu mano derecha sigue impertérrita,

    agarrada a mi mástil como si de un naufragio se tratara.

    Siente que mis palpitaciones suben en intensidad,

    que están a punto de llegar los siete u ocho disparos de esperma

    y no quiere perder el control de la polla, para saber a dónde dirigirlos.

     

    De repente, un chorro de líquido viscoso y blanquecino se incrusta en tu frente.

    Otro va dirigido a tu párpado derecho, dejándote bizca por unos segundos.

    Dos los diriges a la entrada de las fosas nasales.

    Otros dos los repartes por las mejillas.

    Y los últimos dos de la pedrea los diriges a la entrada del oído derecho

    amagando ser un auricular de teléfono y carcajeándote de tu propia ocurrencia.

     

    Pero te supo a poco y sin soltar la verga todavía,

    que está en sus últimos estertores,

    miras fijamente a la punta del capullo esperando algún resto más.

    De vez en cuando salen algunas gotitas

    que recoges pasando la punta de la lengua,

    lamiendo y lamiendo la entrada de la uretra.

     

    La polla estaba perdiendo consistencia,

    poco a poco iba adquiriendo cierta flacidez.

    Para sujetarla ya no hacen falta los cinco dedos.

    Con el pulgar, el índice y el llamado corazón te bastan,

    dándole un respiro al anular y al meñique…

    y sobre todo dándole un respiro a mi verga

    a la que le habían quedado las marcas de tus dedos y uñas.

     

    El semen se te iba deslizando por la cara.

    El esperma de la frente ya se unía al de las mejillas.

    De la boca escupías algunas babas mezcladas con mi lefa.

    En la barbilla se te formaron algunos hilillos de esperma

    que se posaban sobre mi bajo vientre y pubis.

    De las narices te salían los restos que habías introducido,

    daban el pego de ser moquillo.

    De la oreja derecha también un ligero hilillo se te iba escurriendo…

    y lo del párpado parecía una legaña mañanera.

     

    La cámara te agradece las muecas y carantoñas que pones.

    Relames los restos que te van llegaban a la comisura de los labios

    desde las diferentes partes de la cara.

    Pero sobre todo los “moquillos” que te bajan de la nariz.

    Utilizas mi rabo a modo de brocha

    para extender el “maquillaje” y la “mascarilla facial”,

    todo marca de la casa.

    Con dos dedos de la mano izquierda también te vas ayudando por la parte alta de la cara

    donde no puedes usar mi polla.

     

    Te encanta enamorar a la cámara.

    La lascivia con la que le sonríes,

    con toda la cara embadurnada con la peculiar “baba de caracol”,

    pone cachondo a cualquiera.

     

    Insistes otra vez en meterte el capullo en la boca para succionarlo más,

    por si alguna gota quedase dentro del conducto espermático desperdiciada.

    Ya no salió nada.

    Mi pene cada vez se iba pareciendo más a un gusanillo arrugado.

    Ahora solo utilizas el pulgar y el índice, a modo de pinzas

    y estiras mi miembro hacia arriba todo lo que puedes

    y hacia abajo.

    Hacia arriba otra vez… parecía un chicle ya.

    Por fin te dignas a soltarlo

    y coqueteas un poco más con la cámara.

     

    Recoges algunas babas mezcladas con mi lefa con las manos,

    alrededor de mis huevos y por el bajo vientre hay mucha,

    y te las metes en la boca.

    Haces gárgaras durante un minuto.

    Lo escupes todo sobre mi verga.

    Le guiñas un ojo a la cámara

    y decides ponerle fin a la sesión.

  • Le fui infiel a mi novia mientras estaba internado (2)

    Le fui infiel a mi novia mientras estaba internado (2)

    Andrea podía notar la lujuria en los ojos de Adrián y eso la volvía completamente loca de placer. Sentía su flujo saliendo libremente de su vagina sin pedir permiso, recorriendo su muslo interior como serpientes que abrasaban su piel y mostraban lo caliente que estaba.

    Aquel joven la contemplaba allí de pie, desnuda de la cintura para abajo, con la verga completamente erecta, venosa, viscosa y vigorosa.

    Estaba de ese modo por ella, por su cuerpo, al que tantos hombres habían criticado a lo largo de sus 33 años de vida.

    Por un momento se vio reflejada en el muchacho, cuando era mas joven e inocente, cuando todavía no se había enfrentado a lo peor que los hombres podían ofrecer.

    Quería abrazarlo y decirle que su novia no lo merecía, que no debería sentirse mal por ser el chico que era y que nunca nadie debería decirle lo contrario.

    Pero sin embargo se tendría que conformar con ser suya, solamente por una noche, al menos le daría el mejor sexo de su vida, con toda la experiencia que había acumulado hasta esa edad.

    Un nudo de rabia se formó en su estómago, al pensar en lo que Adrián le conto sobre su novia, pero sus labios formaron una sonrisa picarona, esa noche él era todo suyo.

    Se acerco y llevo su delicada mano a la mejilla de Adrián.

    “Acóstate en la cama boca arriba que te voy a mostrar algo que te va a encantar mi amor”

    Él obedeció, como ella sabía que haría y se acomodó en la cama.

    Andrea se subió a la cama y se colocó en cuclillas, sobre Adrián, agradeciendo las clases de yoga que venía tomando hacía ya dos años.

    La tensión se palpaba en el aire, casi como si pudiera cortarse con la mano.

    La vega erecta de Adrián apenas a escasos centímetros de distancia de su vagina depilada, un hilo de flujo semi transparente comenzó a caer directo en el glande de él, uniéndolos.

    La tentación de tener una verga tan cerca y con solo un movimiento poder introducírsela, el morbo de que alguien pudiera descubrirlos en pleno acto sexual, producía en Andrea orgasmos mentales, llevándola a otro nivel de placer.

    Una vez una amiga le dijo que para calentar a una mujer primero había que masturbarle el cerebro, pues ella ya estaba con un consolador encendido y a máxima potencia.

    Fue bajando, poco a poco para calentar mas y mas a Adrián. Cuando llego a sentir contacto con su glande, comenzó a masturbarse pasando su vagina húmeda por todo su falo.

    Quería dejar su aroma impregnado en su verga, dejar su huella. Pensar en que cada vez que la puta de su novia se lleve esa verga a la boca, estaría llena de su esencia.

    Una mujer tiene que ser una dama en la calle y una puta en la cama, otro famoso dicho de otra de sus amigas.

    Finalmente, y luego de torturarlo un poco, Andrea fue introduciéndose la verga, palmo por palmo, siempre permitiéndole ver todo el espectáculo.

    La introdujo hasta la mitad, era mas que suficiente para lo que vendría.

    “Te dije que te iba a mostrar algo que te iba a encantar y estas a punto de descubrirlo”

    Con movimientos pélvicos aprendidos de tanta práctica, ella comenzó a cabalgar la verga de Adrián.

    Subía y bajaba lo justo para que la verga no se saliera, primero con movimientos leves y luego aumentando la velocidad, alternado hacia adelante y atrás.

    Pete vaginal lo había apodado uno de su ex, y ella se sentía orgullosa de ser buena llevándolo a la práctica.

    “Me encanta, como succionas mi verga con tu concha, como si me la estuvieras chupando”

    Estuvieron un buen rato disfrutando, hasta que los gemelos de Andrea comenzaron a dolerle.

    “Quiero cogerte en cuatro, quiero ver tu culo hermoso mientras mi verga te hace el amor”

    Andrea se levantó y se acomodó boca abajo, apoyando su cara en la almohada, era imposible negarse a nada que le pidiera.

    Un aplauso fuerte se escuchó como eco, mas fuerte de lo que Adrián había planeado en un principio al nalguear a Andrea.

    Le encanto recibir esa nalgada, pero mas le gusto que por fin él se estaba desinhibiendo.

    Estaba sacando su lado más pervertido, probablemente oculto por una relación donde todo se le cuestionaba, y el sexo pasaba por algo monótono.

    Adrián comenzó a taladrarle el culo con su generosa verga, primero con envestidas suaves y gentiles pasando a algo más salvaje.

    Adrián se acercó a su cuello y comenzó a darle suaves besos de amante, lamerlo y susurrar cosas sucias a su oído.

    Andrea pensó que con algo de entrenamiento podría volverlo todo un artista del sexo, convirtiéndose en un amante empedernido.

    Los aplausos retumbaban en las paredes de la habitación, era casi imposible que no se oyeran con el silencio que había, Andrea lo sospechaba y el corazón le iba a mil, esperando que alguien entrara por la puerta a ver qué pasaba.

    Sintió una mano fuerte tomar su cabeza y agarrar su cabello como se agarran las cuerdas de un caballo a la hora de cabalgarlo.

    Eso hizo que otro orgasmo explotara entre sus piernas, haciéndolas temblar, cada vez sentía mas piel con aquel joven.

    Era imposible contener tantos gemidos aun mordiendo la almohada lo mejor que podía, y se dijo que no los contendría más, gimiendo al ritmo de las embestidas.

    Seguramente si tuviera un espejo en frente podría verse con una expresión completamente obscena y de placer.

    “Quiero llenarte, dejarte todo mi semen adentro, aunque no se si es correcto”

    “Quiero que me acabes adentro, pero quiero ver tu cara mientras vacías tus bolas dentro de mi concha caliente”

    Andrea se dio vuelta y se sentó encima de Adrián, ambos quedaron sentados mirándose de frente. Mientras la verga de él la volvía a penetrar sin piedad, se besaban y jugaban con sus lenguas.

    Andrea sintió los espasmos de la verga de Andrés previo a soltar su carga.

    Lo tomo fuerte del pelo, sin dejar de mirarlo a los ojos, mientras sentía como su interior se iba llenando de un líquido caliente y viscoso, la lechita como le gustaba decirle ella de forma lujuriosa.

    Se quedaron mirando durante unos segundos más, Andrea sabía bien que ahora él ya no la podría sacar de sus pensamientos.

    Cada vez que hiciera el amor con su novia, la recordaría a ella, recordaría sus bolas chocando contra sus nalgas, recordaría su verga entrando y saliendo de su boca.

    Pensaría en su piel y sus pechos erectos, y en como la hizo su mujer.

    Cada vez que la besara, estaría besándola también a ella porque una buena puta deja su huella en la verga y el corazón de un hombre.

    Andrea miro la hora, aún faltaba algo de tiempo para terminar su turno, se permitió acostarse a su lado y permanecer allí con el desnuda y abrazarlo.

    Noto a lo lejos una puerta semiabierta, y a su compañera Carla, viendo todo con una mirada cómplice y una sonrisa en sus labios.

    Sabía que su silencio le saldría caro, probablemente ya tuviera Carla en mente la forma en que se lo pagaría, sobre todo cuando noto la mano de ella jugando debajo de su pantalón.

    Pero eso sería para otro día, ahora prefería disfrutar del poco tiempo que le quedaba con ese joven maravilloso, le acaricio el pelo hasta que noto como Adrián se quedó dormido.

    Se vistió, se quitó el exceso de semen de su vagina y salió de la sala.

    Al otro día cuando volvió al servicio, ya le habían dado el alta a Adrián y ella sabía bien que no lo volvería a ver de nuevo.

  • Vacaciones con mi hermana

    Vacaciones con mi hermana

    Ese verano, como cada año, las vacaciones familiares estaban planeadas desde hacía un par de meses. Desde que mi hermana y yo éramos unos niños mis padres habían adquirido un tiempo compartido en la Riviera Maya, con el fin de ahorrar cada vez que salíamos de vacaciones. Por lo que mi hermana menor y yo aprendimos a caminar y a nadar casi al mismo tiempo.

    Clases de natación durante nuestra adolescencia habían dado a mi hermana y a mí buen aspecto. Quizás no teníamos cuerpos de concurso pero ambos éramos delgados y atléticos. Lo que en mi caso me facilitó conseguir pareja aun cuando en ese momento no tenía una relación formal, pues no pensaba comprometerme hasta después de terminar mis estudios de ingeniería.

    Nuestras tradicionales vacaciones de verano son los recuerdos familiares que más atesoro. Jugar a la pelota en la arena o intentar montar una ola con una tabla era una actividad que siempre disfrutábamos mi hermana y yo. Sin embargo yo con 19 años y ella con 18 recién cumplidos, como que hacer castillos de arena no suele ser tan divertido.

    Tenía un par de años suplicando a mis padres que me permitieran salir de viaje en compañía de algunos amigos para hacer cosas de jóvenes, como conquistar chicas principalmente. Pero proviniendo de una familia tradicional sólo me respondían: “cuando ganes tu propio dinero podrás ir a donde quieras y con quien quieras”. Lo cual resultaba un problema pues como estudiante de ingeniería tenía más egresos que ingresos.

    Una de las desventajas de vacacionar siempre en el mismo sitio es que con el paso del tiempo ya no te entusiasmas como al principio. También está el inconveniente de que los hoteles de este tipo suelen tener una temática familiar. Con todo esto, salir de vacaciones a la playa era mejor que no salir, por lo que aún conservaba un poco de entusiasmo.

    Casi una semana antes de que saliéramos de vacaciones mi madre y mi padre nos avisaron que ellos no podrían ir. La razón, la invitación a una boda de una prima lejana que había tenido que cambiar la fecha del evento por causa del empleo de su futuro esposo.

    Como mis padres no querían que se desperdiciara la reservación del hotel, pues estas se tenían que hacer con mucha anticipación sin posibilidad de rembolso, sugirieron que mi hermana y yo viajáramos a la playa sin ellos, después de todos ambos ya éramos mayores de edad. No habría nada que pagar pues el hotel era todo incluido, sólo presentarnos en el lugar y dar nuestros nombres.

    En un principio no estuve de acuerdo pues al tratarse de un lugar familiar no me entusiasmaba mucho viajar con mi hermana menor. Pero como la alternativa era quedarnos en casa y asistir a una boda de una prima que no conocía terminé por aceptar.

    Al igual que yo mi hermana al principio dudó en que viajáramos solos, pero después de un par de días empecé a notar un dejo de entusiasmo en ella. Le pidió dinero a mis padres para comprar un traje de baño nuevo y algo de ropa para la playa lo cual le concedieron. Tiempo después comprendería que como sería la primera vez que ella salía de vacaciones siendo mayor de edad estaba entusiasmada por visitar algún club nocturno, pues en nuestra ciudad todavía no había ido a un establecimiento de este tipo.

    Mi hermana siempre fue una chica alegre y cariñosa y mi relación con ella era muy buena. Desde niños nos gustaba jugar, ver películas juntos, gastarnos bromas y hacer una que otra travesura que preferíamos ocultar de nuestros padres.

    “Siempre cuida de tu hermana y se amable con ella, así aprenderá a escoger un buen hombre”, solía decir mi padre al explicar que una mujer suele emparejarse con hombres de carácter similar a los con quien fue criada.

    Sin comprender del todo la psicología detrás de lo dicho por mi padre procuraba ser amable con mi hermana hasta donde me era posible. Si yo compraba un helado compraba otro para ella, si yo iba a jugar al parque no iba sin ella y ¡que el cielo proteja a aquel infante que osara empujarla mientras jugábamos!

    Con el paso del tiempo cuando yo entré al bachillerato era menos probable que coincidiéramos en la casa; además yo empecé a salir con amigos y una que otra chica por lo que teníamos suerte si compartíamos alguna actividad familiar el fin de semana.

    Cuando ella entró en la adolescencia agarró la manía de darme un beso en la boca al saludarnos o despedirnos. Manía a la que no le dí importancia, atribuyéndola al despertar de sus hormonas y la necesidad de tener contacto con un varón; respondiendole yo con alguna broma al hacer referencia a su ‘posible mal aliento’. Con todo siempre fui muy cariñoso con ella, era mí única hermana después de todo.

    —¿Lista? Papá y mamá ya están en el coche —apresuré a mi hermana el día que saldríamos de viaje.

    —Lista, por favor lleva ésta maleta al coche, te quiero —dijo ella lanzando un beso al aire al entregarme su equipaje, asumiendo que esa semana yo sería su valet personal.

    Mi hermana era una chica hermosa, de rostro blanco y cabellera negra, con una figura estilizada gracias a las clases de natación. Quizás su cuerpo no tenía curvas muy pronunciadas, ya que su busto y trasero eran pequeños, pero los suficientemente redondos y firmes para hacerte voltear a verla una segunda vez.

    No en balde varios de mis amigos me habían pedido que les concertara una cita con ella; pero yo estando consciente de las intenciones de ellos siempre me negué; más por asumir mi rol de hermano protector que por alguna clase de celos, o eso era lo que yo quería creer.

    El viaje en avión transcurrió sin ningún imprevisto por lo que llegamos a la Riviera Maya pasado el medio día. Tan pronto bajamos del avión pudimos sentir el calor y la humedad de la costa, por lo que mi hermana me pidió permiso para ir al sanitario para poder cambiarse de ropa; ya que como el hotel estaba a una hora de distancia del aeropuerto quería vestir algo más cómodo.

    Al momento que ella salió del sanitario de damas me llevé la primer sorpresa del día. ¡Ella lucía espectacular!

    Se había puesto una blusa blanca con un sólo botón que se abrochaba en medio de sus senos formando un pronunciado escote que me permitía ver que ella no llevaba sostén, al tiempo que dejaba al descubierto su abdomen perfectamente plano. Una pequeña minifalda de color azul luchaba por cubrir sus hermosos y torneados muslos, llegando sólo hasta la mitad de éstos. Sus largas piernas, delgadas y estilizadas, la hacían lucir más alta al calzar unas zapatillas de plataforma de color beige.

    Y en su rostro unas enormes gafas oscuras le otorgaban un aire de misterio que era enmarcado por su sedosa cabellera negra. ¡Quedé impactado!

    —¿Qué pasa cariño? —preguntó ella al verme con la boca abierta.

    —Nada, sólo que te vez fantástica —respondí sin poder ocultar mi asombro por su apariencia.

    —Gracias querido —dijo ella lanzando otro beso al aire con actitud condescendiente.

    El viaje en taxi fue algo raro. Aun cuando vivíamos juntos no podía reconocer a mi tierna y dulce hermanita en la atractiva y sensual chica junto a mí. Por primera vez en toda mi vida la estaba viendo con otros ojos.

    Cada palabra, cada roce e incluso cada lugar donde mis ojos se posaban sobre ella era pensado meticulosamente antes de que yo pudiera realizarlo. En un momento llegué a sentir envidia del conductor del taxi que sin ningún tipo de vergüenza, mediante el espejo retrovisor, acosaba repetidamente las hermosas piernas de mi hermana durante todo el viaje sin que a ella pareciera importarle.

    Ya en el hotel, en el momento de registrarnos en la recepción sucedió la segunda sorpresa del día. Agradable sorpresa.

    —¿Sus edades? —preguntó amablemente la recepcionista.

    —Ella 18 y yo 19.

    —¡Oh! Ambos son mayores de edad. Bueno entonces les asignaré una habitación en la sección de adultos.

    En todos los años que habíamos vacacionado en compañía de nuestros padres en ese lugar, nunca me había enterado que había una sección completa del hotel exclusivamente reservada para los huéspedes mayores de edad. Ahora que lo pienso tiene sentido, pues la idea es mantener a sus clientes cautivos por muchos años.

    La sección de adultos era un edificio en la zona más retirada de la propiedad. Con un alberca privada y un club nocturno entre otras amenidades.

    La recepcionista hizo que uno de los mozos nos guiara hasta ese edificio. Al llegar ahí otra recepcionista nos asignó una habitación. Cómo ella no sabía que nosotros éramos hermanos nos asignó una habitación especial para una pareja.

    —Veo que tenían reservación para 4 personas, cómo sólo son dos los voy a subir de categoría. Así tendrán una habitación más lujosa —dijo la chica con una sonrisa amable.

    Como mi hermana y yo nunca habíamos viajado solos no sabíamos que eso implicaba una sola cama; ¡en una habitación para parejas que celebran su noche de bodas!

    —Gracias —dijimos ambos al ser seducidos por la idea de hospedarnos en la habitación más lujosa posible.

    Al subir al ascensor noté que el mozo no quitaba los ojos de mi hermana por lo que, igual que lo hubiese hecho con alguna de mis novias o amigas, la sujeté por la cintura y la jalé hacia mí de modo que nuestros rostros quedaron de frente.

    —¿Qué pasa? —preguntó ella en voz baja con una sonrisa, sorprendida por mi actitud celosa y protectora.

    Obvio ella sabía que me había puesto celoso por que aquel chico no dejaba de mirarla; pero al parecer ella venía dispuesta a divertirse esa semana al sacar a relucir su lado seductor, uno que había estado en latencia durante 18 años, y si eso lo hacía a mis costillas mucho mejor.

    —Nada chiquita —respondí también en voz baja de manera cariñosa siguiéndole el juego.

    —Perfecto —dijo ella antes de soltarme un rápido beso en la boca jugando con la idea frente al chico de que éramos una pareja.

    En otras circunstancias hubiese reaccionado a ese beso de manera muy diferente; apartándola de mí bruscamente o sugiriéndole que se lavara la boca, pero en ese momento sólo pude cerrar los ojos y resignarme a lo que sería una semana larga manteniendo a raya a cualquier posible pretendiente de mi preciosa y traviesa hermanita.

    Al entrar en la íntima habitación quedamos impresionados por lo lujosa que ésta era. Una botella de champagne estaba colocada en una cubeta de cristal con dos finas copas esperando por ser llenadas con la burbujeante bebida.

    La suite nupcial, que era el tipo de habitación que nos habían asignado, contaba con un recibidor que conectaba con un balcón donde había una tina de hidromasaje exterior, desde donde se podía divisar el mar sin ser vistos por nadie; prácticamente podríamos andar desnudos en el balcón. El sugerente dormitorio tenía una enorme cama la cual había sido decorada con rosas naturales creando un ambiente de romanticismo, en espera de la pareja que consumaría su amor teniendo relaciones sexuales esa noche sobre ella.

    —¿Gustan que les sirva una copa? —preguntó el mozo al ofrecerse a destapar la botella de champagne.

    —Sí —respondió mi hermana dispuesta a disfrutar de cada una de las amenidades que el hotel nos ofrecía.

    El mozo abrió la botella, la cual lanzó el corcho a volar por los aires, llenó el par de copas y entregó una a mi hermana y otra a mí.

    —Que tengan una feliz estancia —dijo el chico antes de salir por la puerta quedándose con la idea de que nosotros éramos una pareja de recién casados.

    Mi hermana y yo cruzamos la mirada y soltamos una fuerte carcajada antes de chocar nuestras copas para beber de ellas; divertidos por la confusión.

    —“Al fin solos amor” —dijo ella con sarcasmo, jugando a que estábamos casados como solíamos hacer en nuestra infancia.

    —Brindo por eso preciosa —dije yo al entender la broma.

    Después de beber nuestra copa de champagne decidimos que era momento de salir a zambullirnos en el agua por lo que mi hermana tomó su maleta y se metió al cuarto de baño para cambiarse en lo que yo hice lo mismo en el recibidor; la que yo supondría sería mi habitación por esa semana.

    “Ridículo, debo ser el primer chico que se queda en la suite nupcial y lo mandan a dormir al sofá”, pensé para mí mismo en lo que acomodaba mi maleta en el armario.

    Como mi hermana tardaba demasiado en el cuarto de baño supuse que debería estar ‘haciendo del cuerpo’, por lo que encendí el televisor en lo que ella salía. Saltando de un canal a otro buscando alguna película que llamara mi atención.

    —Increíble, cuantas películas para adultos —dije un poco desilusionado pues con mi hermana ahí no podría ver ninguna de estas.

    Estaba tan concentrado, en las opciones de entretenimiento de cine para adulto que el hotel ofrecía, que casi me da un ataque cuando fui sorprendido por mi hermana al salir ella del dormitorio.

    —¿Qué ves hermanito?

    —Nada —respondí apagando el televisor, ruborizándome de inmediato.

    Giré la vista hacia ella y mi rostro cambió de un rojo tomate a un tono pálido. ¡Estaba estupefacto!

    No daba crédito a lo que mis ojos veían. Ahí estaba mi hermana, mi pequeña y dulce hermanita, vistiendo un diminuto traje de baño de dos piezas de color blanco que dejaba muy poco a la imaginación; al valerse de dos pequeños triángulos de tela para cubrir precariamente sus senos y un triangulo casi igual de pequeño para cubrir su entre pierna, sujetándose con un par de hilos a su cadera.

    ¡En mi vida jamás la había visto usando un atuendo tan provocativo! Quedé con la boca abierta y babeando.

    —¿Qué te parece? ¿Te gusta?

    —Sí, claro que sí, me gusta mucho, te ves preciosa —dije tartamudeando—. ¿Desde cuando usas ese tipo de ropa?

    —Es la primera vez, como papá y mamá nunca me dejan vestirme como yo quiero, cuando supe que ellos no vendrían dije, “al diablo, es mi oportunidad de vestirme como yo quiero”, quien sabe quizás pueda conseguir ligarme a un musculoso moreno —dijo ella con un tono pícaro en su voz.

    A diferencia de mí, quien ya era mayor de edad desde hacía un año nuestros padres eran muy estrictos con mi hermana, por lo que los últimos años que habíamos vacacionado en ese hotel la obligaban a utilizar un traje de baño completo; cosa que ella aborrecía al considerarlo una prenda de vestir anticuada e infantil. Era lógico que al sentirse por primera vez una mujer libre quisiera vestir algo mucho más femenino.

    —Eres una zorra —dije a modo de broma con una sonrisa de complicidad al escucharla hablar de esa manera.

    Por supuesto que durante nuestras peleas como hermanos ambos nos habíamos insultado mutuamente de manera hiriente sólo por molestar. Esa era la primera vez que creía que realmente mi hermana era una ‘zorra’.

    Acto seguido mi hermana agarró un cojín del sofá y se lanzó sobre mí descargando toda su ira, mientras yo intentaba cubrirme riendo divertido.

    Una vez que su mal humor pasó bajamos a nadar a la alberca. Mi hermana se cubrió con una bata de color azul turquesa que le llegaba hasta la mitad de sus muslos. Muy elegante, parecía una estrella de cine.

    Nos sentamos en un par de camastros a un lado de la alberca y pedimos algo de beber, afortunadamente mi hermana ya bebía desde hacía un par de años, pues previsoramente nuestros padres nos habían enseñado a beber al ser consientes de que era mejor que bebiéramos con ellos a que lo hiciéramos a escondidas.

    Como el clima en el verano en aquella playa es muy caluroso el alcohol en nuestras bebidas ni se sintió por lo que de inmediato pedimos otra ronda.

    Había pocas personas en la zona de la alberca, todas parejas, la mayoría de edad mayor, similar a la edad de mis padres; por lo que me sentí tranquilo al ver que no habría chicos de nuestra edad que se pudieran fijar en la que era mi pareja.

    —¿Quieres nadar? —pregunté a mi hermana.

    —Prefiero tomar un poco el sol, ¿me pones crema?

    —Claro.

    Mi hermana se quitó su elegante bata exhibiendo ante los ojos de todo el que estuviera cerca su hermosa y perfecta anatomía. Si bien no estaba seguro de que ella fuera la chica más bella en el lugar si lo estaba de que era la más joven.

    Cómo disfruté poner bloqueador solar por todo su cuerpo. Me senté a un lado de ella, tomé el aplicador y lo presioné para disparar varios chorros de un viscoso líquido blanco que me hicieron pensar en otra sustancia que yo conocía bien. Tracé un par de líneas blancas en su espalda y una línea larga en cada una de sus piernas, desde su muslo hasta su tobillo.

    Utilizando ambas manos comencé por su cuello, distribuyendo despacio y suavemente el bloqueador por cada centímetro de su piel. Bajé por su espalda, deshaciendo el nudo de la parte superior de su traje de baño para hacerlo a un lado y poder aplicar la viscosa sustancia más eficientemente; bajando por los costados de su torso y llegar a tocar la parte exterior de sus senos. ¡Se sintieron tan esponjosos!

    —¿Así está bien? —pregunté para asegurarme de que ella estuviera de acuerdo con que yo la estuviera tocando de esa manera.

    —Sí, así cariño —respondió consintiendo mis caricias.

    La parte inferior de su traje de baño no representó ningún obstáculo, pues se trataba de un pequeño triángulo, aún más pequeño que los que iban por enfrente y dos hilos sujetos a su cadera. Descaradamente masajeé cada uno de sus redondos glúteos, haciendo círculos sobre ellos con la excusa de aplicar bloqueador, no resistiéndome a soltarle una nalgada al momento de pasar a sus piernas.

    —¡Ay! —exclamó ella al sentir como su glúteo vibraba.

    Mis manos se deslizaron por cada una de sus largas y bien torneadas piernas, de arriba hacia abajo y de regreso un par de veces, teniendo que aplicar más bloqueador por no haber calculado con exactitud la extensión de estas. ¡Estaba en el paraíso!

    De pronto una extraña sensación se apoderó de mí provocando que algo en mi entre pierna comenzara hacer presión contra mi traje de baño, de manera dolorosa y deliciosa. Mi miembro, con quien había disfrutado mi despertar sexual hacía varios años, estaba reaccionando por primera vez ante la belleza de mi hermana.

    Apreté las piernas para contener mi erección y me propuse terminar lo más rápido posible para zambullirme en el agua y así terminar con mi excitación.

    —Por enfrente también —ordenó ella dándose la vuelta sujetando con una mano la parte superior de su traje de baño pues seguía sin anudar.

    No recordaba haber tocado el cuerpo de mi hermana de esa manera en el pasado. Estaba sorprendido por que ella no sólo no me hubiese puesto un alto, sino también me pidiera que continuara.

    —Como ordenes chiquita —accedí yo sacandole una sonrisa con mi actitud consentidora.

    Como ella traía sus lentes de sol no podía ver si me estaba viendo o no, así que decidí no ser tan obvio al momento de ponerle bloqueador. Por alguna razón no quería que supiera que lo estaba disfrutando; pues temía que si ella se diera cuenta de eso nuestra relación se fracturara al creer que yo era un pervertido.

    Tomé nuevamente el aplicador y dibujé una línea blanca que dividía su torso en dos desde su cuello, pasando por en medio de sus senos hasta su abdomen; ambos sonreímos supongo que al imaginar morbosamente lo mismo, que esa sustancia no fuera bloqueador solar sino otro líquido mucho más orgánico y varonil.

    —Dime si te molesta —dije yo para dejar claro que sólo lo hacía por que ella me lo pedía.

    Mi hermana asintió en silencio por lo que comencé nuevamente a masajear su cuello, ésta vez por enfrente, distribuyendo un poco de crema por sus hombros antes de dirigirme a su busto.

    ¡Oh, cielo santo, no podía creer lo que estaba a punto de hacer! Masajear los senos de mi hermana, ¡en un lugar público!

    Tragué saliva y con toda la delicadeza posible comencé a hacer círculos con las puntas de mis dedos por el contorno de sus pechos. Si previamente me habían parecido un poco esponjosos, por enfrente se sentían perfectos, firmes y duros. No había duda de que mi hermanita ya era toda una mujer.

    No pude evitar ruborizarme mientras acariciaba sus senos teniendo cuidado de no mover esos pequeños triángulos de tela; gracias al cielo podría atribuirlo al calor del ambiente y no a los pensamientos malsanos que me abrumaban.

    Por su parte, mi hermana me observaba desde atrás de esas gafas oscuras, con un rostro de póquer que no dejaba adivinar lo que estaba pasando por su mente; pero que me atrevería a apostar de que estaba gozando con el aprieto en que me encontraba, pues ya me estaba resultando complicado ocultar el bulto en mi entre pierna.

    Una vez que concluí con sus senos fue turno de su abdomen, plano y marcado; aquí fue donde me desquité, pues cada caricia de mis manos le provocaba un ataque de cosquillas que la hacían doblarse por en medio, sacándola de su pose de mujer fría que había estado creando.

    —Espera —ordenó ella entre risas al levantar su torso mientras sostenía la parte superior de su traje de baño.

    —¿Qué pasa? —pregunté antes de volver acariciar maliciosamente su abdomen consiguiendo que se doblara por en medio una vez más.

    Por último me dedique a masajear sus piernas por enfrente ya sin preocuparme por que ella se diera cuenta de que estaba disfrutando con acariciar su cuerpo de esa manera.

    —Listo, me voy a nadar —dije poniéndome de pie teniendo cuidado de no mostrar la erección debajo de mi bañador, ansioso por poder meterme en el agua y reducir así mi temperatura corporal; la cual se había elevado por los rayos del sol y por haber estado acariciando el suculento cuerpo de mi hermana.

    El contraste entre mi temperatura y la del agua me cayó de maravilla, consiguiendo que mi miembro se tornara flácido casi de inmediato.

    Como todas las personas en el lugar estaban en parejas después de nadar un par de vueltas comencé a aburrirme. Por lo que desde la orilla del la alberca llamé a mi hermana para que me hiciera compañía.

    —Ya voy —dijo ella anudando la parte superior de su traje de baño, ponerse en pie y caminar hacia mí. ¡Quedé deslumbrado!

    Desde mi posición podía apreciar como su perfecto cuerpo de mujer brillaba al reflejar el sol gracias al bloqueador que cubría toda su piel. Se veía fantástica.

    —Ven preciosa —dije levantando los brazos ofreciéndome a atraparla en el aire; olvidándome por primera vez en mi vida que se trataba de mi propia hermana.

    Ella sonrió y sin pensarlo se arrojó hacia mí. Yo la sujeté por la cintura y la sostuve por encima de la superficie del agua por un par de segundos, antes de dejarme caer de espalda de manera juguetona, hundiéndonos ambos hasta el fondo.

    —Eres malo —dijo ella una vez que emergimos abrazándose a mi cuello.

    —No fue mi culpa, fue el alcohol —excusé falsamente sin dejar de reír—. Pero te prometo que no vuelve a pasar.

    Haciendo gala de mi fuerza física una vez más alcé su delicado cuerpo sobre la superficie del agua tan alto que su entrepierna quedó justo a la altura de mi rostro; lo suficientemente cerca como para que yo clavara mi nariz en ella por un segundo antes de dejarme caer de espalda una vez más.

    Para no hacer el cuento largo repetí esa travesura más de una vez. A veces colocaba su entre pierna en mi rostro, otras veces sus glúteos, la mayoría de las veces sus senos. Excitandome nuevamente por tener contacto con un cuerpo de mujer tan atractivo como el que tenía en mis manos; por lo que el bulto bajo mi bañador volvió a aparecer, cosa que no me importó, pues estaba oculto de cualquiera que no fuera mi compañera de juego, quien con cada roce de su anatomía sobre esa sensible parte de mí me excitaba aún más.

    En un momento dado cargué a mi hermana horizontalmente de manera que su vientre quedó debajo de mi boca, y estando plenamente consiente de lo risueña que era ella pegué mis labios justo en su ombligo y comencé a succionar con mi boca; provocandola doblarse por la mitad al sufrir un ataque de cosquillas mientras nos sumergíamos.

    —¡Eres un tonto! —exclamó molesta por mis juegos.

    Claro que mi hermana también me gastaba algunas bromas; apoyándose con ambas manos en mi nuca para sumergirme en el agua o soltando uno que otro rodillazo a mi entre pierna, ‘accidentalmente’ según ella.

    —Ahora si te pasaste —recriminé llevando mis manos a mi entre pierna; intentando calmar el dolor que me invadía después de una de las revanchas de mi hermana.

    —Te lo merecías —dijo ella sin dejar de reír con actitud burlona.

    Por supuesto que yo tomé revancha, desanudando “accidentalmente” la parte inferior del traje de baño de mi hermana, provocando que se ruborizara al sentirse desnuda en un lugar público, soltando yo una enorme carcajada. Definitivamente ambos estábamos disfrutando de ese momento.

    Era tanto el alboroto que estábamos generando mi hermana y yo que capturamos la atención de todas las parejas a nuestro alrededor; quienes seguramente estaban confundidos al vernos jugar tan animosamente.

    —Hola amigos —dijo un chico como de unos 22 años nadando hacia nosotros en compañía de la que suponía su novia.

    —Hola, ¿cómo están? —saludé yo a la que sería la pareja más joven después de nosotros alrededor.

    Ellos eran Juan y María, una pareja de novios que visitaban el hotel por primera vez. Un familiar de Juan era quien poseía la membresía y como ese año no había planeado utilizarla se la había prestado para que la disfrutara en compañía de su novia.

    Ambos tenían buena apariencia, ella sobre todo, con un busto mucho más pronunciado que el de mi hermana, pero sin ser tan delgada. Ellos se quedaron con la impresión de que nosotros éramos pareja por la manera tan cariñosa y atrevida como nos estábamos tratando y nosotros no quisimos aclararlo; pues para nosotros se trataba de un juego.

    —¿Qué les ha parecido el hotel? —pregunté.

    —Muy lindo, aunque un poco aburrido —dijo él chico siendo franco.

    Aunque tenían un carácter alegre ellos estaban desencantados porque la mayoría de las parejas en el lugar eran mucho mayores; era por ésta razón que se habían animado a acercarse a nosotros.

    Como el hotel estaba en una zona muy retirada de la costa había pocas, por no decir nulas, actividades para hacer que no fueran dentro del mismo hotel, por lo que si no se hospeda en grupo puede llegar a ser un poco monótona la estadía.

    —¿Piensan ir al club ésta noche? —preguntó María interesada en saber si podíamos ir juntos.

    —Sí, es seguro que vayamos —respondió mi hermana, pues ya me había dicho que quería salir a bailar.

    El resto de la tarde nos la pasamos jugando en el agua en compañía de Juan y María y otras parejas algo mayores. Saliendo sólo para disfrutar de una nueva bebida para calmar nuestra sed. Cuando el sol se puso detrás del hotel nos retiramos para descansar un rato en la habitación antes de salir a bailar.

    Estaba tan cansado que si no fuera porque mi hermana tenía muchas ganas de visitar un club hubiese preferido quedarme en la habitación; después de todo ella era la chica más bella que había visto en todo el día.

    —¿Estás segura que quieres ir? No habrá muchos chicos y chicas solteras.

    —Sí, claro que sí, me muero de ganas por bailar —respondió ella contoneando su cuerpo de manera sensual en medio de la habitación—. Además María dijo que muchos chicos de las otras secciones del hotel suelen venir a divertirse.

    ¡Mierda! La verdad yo no había considerado la posibilidad de que jóvenes de nuestra edad que se hospedaran en otras secciones del hotel se presentaran esa noche en el club; pues el único requisito que se les pedía era que fueran mayores de edad.

    —Quizás si se me cumpla el antojo de acostarme con un musculoso mulato —agregó ella de manera vulgar dejando claro que deseaba tener sexo con un hombre durante esas vacaciones.

    Aún con lo estricto que eran nuestros padres yo sabía que mi hermana no era virgen, pues ella ya había tenido un par de noviecillos, romances de juventud. Y aunque yo no solía preguntarle del asunto me quedaba claro que, por la fase de la vida en la que estaba, su vientre debería estar ardiendo por dentro ante la posibilidad de poder conquistar a un chico bien dotado. “Un mulato”, según sus palabras.

    —Por cierto, necesitamos ponernos de acuerdo.

    —¿Acerca de qué? —pregunté ingenuamente.

    —Tú sabes, si yo me ligo a un chico y tú a una chica, ¿quién duerme en la cama y quién en el sofá? —preguntó dejando claro que si lograba conquistar a un chico lo llevaría a la habitación para fornicar con él, ¡aún que yo estuviera a un par de metros de distancia!

    ¡No lo podía creer! Estaba tan embelesado con la belleza de mi hermana y su compañía que ni siquiera consideré la posibilidad de jugar el mismo juego que ella, conquistando a cualquier chica que se pudiera presentar en el club. En ese momento yo sólo tenía ojos para ella.

    —¿Serías capaz de ponerme “el cuerno” en nuestra noche de bodas? —pregunté intentando hacerme el gracioso al recordarle que para los ojos de los demás nosotros éramos una pareja.

    —Tonto, no es infidelidad si tú estas de acuerdo —dijo ella de manera pícara antes de meterse a la ducha.

    Si ese día había sido la primera vez que veía a mi hermana con otros ojos, con los ojos con que un hombre ve a una mujer, en ese momento fue la primera vez que sentí celos, celos del hipotético amante de ella. Tenía que elaborar un plan para impedir que eso sucediera.

    Desafortunadamente para mí la forma en que se vistió esa noche no me ayudó mucho. Se había puesto un top dorado que cubría su torso ciñendo sus senos, dejando sus hombros y abdomen completamente descubiertos; haciendo juego con una minifalda de color negro, que por el corte en tablones de ésta, se levantaba al más pequeño contoneo de su portadora permitiendo dar un vistazo a su ropa interior; una minúscula tanga también de color negro. Completando su atuendo con unas elegantes zapatillas de tacón alto.

    —Te ves increíble. Increíble es poco, estás realmente espectacular —dije siendo sincero sin esperar a que me preguntara.

    —Gracias amor —dijo ella lanzando una vez más un beso al aire en lo que se colocaba un pequeño saco de color blanco para cubrirse en el corto trayecto al club.

    Juré nunca más rechazar un beso en la boca de mi hermana, por muy incomodo que esto pudiera ser.

    Salimos de la habitación. No se imaginan la clase de orgullo que me invadía al caminar por los pasillos del hotel con la belleza que tenía por pareja sujeta a mi brazo; debió ser mucho dado el comentario de ella al bajar en la privacidad del ascensor.

    —¿Alguna vez habías salido con una chica tan linda como yo? —preguntó en mi oído con un tono altanero mientras veíamos nuestro reflejo en el espejo del interior del ascensor.

    La sonrisa que se dibujó en los labios de mi propia imagen respondió antes que yo.

    —Nunca.

    Antes de ir a bailar invité a mi hermana a cenar en uno de los restaurantes del hotel que tenía vista al mar. Invitar en sentido figurado, pues como el hotel era todo incluido no tenía que pagar, y como realmente no había mucha ocupación en esa sección del hotel ni siquiera tuve que hacer reservación; solamente nos presentamos en el lugar y de inmediato nos asignaron una mesa. Huelga decir que al camarero casi se le salen los ojos contemplando la belleza de mi acompañante. Me sentía como un verdadero ‘ganador’ gracias a ella.

    Por respeto a los huéspedes del hotel que anhelan descansar durante la noche los horarios del club eran muy rígidos por lo que teníamos que ser puntuales.

    Aun cuando el club no era muy grande el ambiente sí era muy animado con un potente sistema de sonido que era controlado por un DJ, luces estroboscopicas y maquinas de humo que recreaban un ambiente alegre y relajado. Hasta tenía una máquina de espuma que cada cierto tiempo hacía caer una lluvia de burbujas que, en conjunto con un juego de luces, simulaba que nos encontrábamos en el fondo del mar.

    —Por aquí amigos —llamó Juan quien en compañía de su novia habían separado una mesa con un par de sillas altas para que estuviéramos más cómodos.

    De inmediato nos organizamos para pedir una cubeta de cervezas y una botella de vodka, que gracias al cielo también estaban incluidas, si a caso sólo teníamos que dejar una propina al salir de lugar.

    De inmediato mi hermana y yo nos pusimos a bailar en compañía de nuestros nuevos amigos. Al haber yo bailado con mi hermana en incontables reuniones familiares pude hacerla sacar sus mejores pasos de bailes sin mucho esfuerzo, haciendo breves pausas para re-hidratarnos con una bebida con alcohol que nos ayudó a desinhibirnos rápidamente.

    —Se te vio todo —dije a su oído después de que al hacer ella un giro se hubiese levantado su falda mostrando su ropa interior, sin poder dejar de reír por su indiscreción.

    —No importa, al menos traigo ropa interior —dijo ella sin dejar de contonear su cadera al ritmo de la música—, por el momento —agregó con una sonrisa pícara dejando claro que no le importaba exhibirse esa noche para los pocos afortunados que, bailando junto a ella, consiguieron dar un vistazo a lo que escondía debajo de su falda .

    “Esto está saliendo muy bien”, pensé en mi interior al suponer que, si yo y mi hermana permanecíamos en compañía de Juan y María, ella se olvidaría de su plan de conquistar algún chico que le pudiera llenar el ojo, pues se suponía que nosotros éramos una pareja.

    Después de varias copas tuve que ir al sanitario para orinar por lo que dejé a mi hermana en compañía de Juan y María.

    Mientras estaba frente al mingitorio un chico se paró justo a mi lado y se animó a entablar conversación.

    —Te felicito amigo, tu chica está bien buena —dijo el desconocido, quien aparentemente estaba tan ebrio como yo, alabando el atractivo de mi hermana.

    No pude evitar sonreír al escuchar como aquel hombre, al igual que todas las personas que habíamos conocido aquel día, creían que mi hermana y yo éramos pareja; razón por la que parecía tenerme algo de envidia y al tener un grado alto de alcohol en la sangre lo habían hecho externarla.

    —Gracias amigo.

    —Espero que te cojas muy duro a esa puta cabrón. Y si tienes tiempo dale una cogida de mi parte —dijo el hombre de manera vulgar antes de terminar de orinar.

    Cómo si se tratase de una película de ciencia ficción en ese instante el tiempo se detuvo. En todos los años que había vivido junto a mi hermana y en todo ese día, en que la había comenzado a ver como la hermosa mujer que realmente era, jamás había pasado por mi mente la posibilidad de fornicar con ella.

    Obvio que la había estado celando todo el día, obvio que había disfrutado tocar su sensual cuerpo bajo el agua durante toda la tarde en la alberca, y obvio que no quería que se fuera con otro chico esa noche. Pero aún así, esa oscura y perversa fantasía no había sido considerada por mí hasta que aquel chico ebrio la puso sobre la mesa.

    Sin previo aviso, mi miembro se tornó rígido como una barra de hierro, al tiempo que mi morbo y excitación se incrementó en un ciento por ciento, por lo que sólo atiné a responder de la forma más vulgar que se podía responder a un desconocido estando de pie frente a un mingitorio sosteniendo en mi mano mi pene erecto.

    —¡Ten por seguro que me voy a coger a esa puta hasta por las orejas!

    El chico y yo soltamos una carcajada casi al mismo tiempo al compartir la más simple de las fantasías que puede tener un hombre con una mujer. Sin importar que esa mujer fuera mi dulce y tierna hermanita.

    Dolorosa y lentamente pude meter mi duro miembro de nuevo dentro de mi pantalón antes de regresar con mi hermana; teniendo ya como objetivo llevármela a la cama para fornicar con ella toda la noche.

    “Paciencia amiguito, que ésta noche apenas empieza”, pensé al dar una palmadita a mi rebelde miembro al salir del cuarto de baño.

    Al regresar a la mesa pude notar como mi hermana sonreía coquetamente a un chico rubio que estaba sentado en la mesa de junto; cosa que me hizo sentir un poco de celos por lo que me apresuré a tomar cartas en el asunto.

    “Si que resultó ser una zorra, no le importa si el chico es negro o rubio, sólo quiere alguien con quien coger”, pensé en mi interior al recordar lo que ella me había dicho antes de salir de la habitación, “pues de que sea cualquier chico a que sea yo, mejor que sea yo quien se la coja”, razoné convencido de que podía darle a mi hermana la mejor noche de su vida.

    Al llegar a la mesa la tomé por el brazo y la puse de pie para seguir bailando aprovechando que la melodía en turno era un poco más lenta, por lo que pude pegar mi cuerpo al de ella de tal forma que nuestras cadera se juntaron.

    —¿Qué te pasa? —preguntó ella al sentir mi rostro junto al suyo.

    —Nada, sólo que te extrañe.

    —¿Mientras orinabas? —preguntó ella en modo de broma.

    —Sí, pensé mucho en ti mientras sostenía mi enorme verga —respondí vulgarmente devolviendo la broma.

    —Tonto, ni que la tuvieras tan grande —dijo ella dándome un ligero rodillazo en la entrepierna a manera de revancha, comprobando lo excitado que estaba—. Se ve que pensaste mucho en mí, hermanito —agregó sonriendo pícaramente.

    ¡Perfecto! Ahora mi hermana sabía que me tenía tan excitado que había puesto mi pene duro como una roca; si eso no era un mensaje claro de que yo quería fornicar con ella no sabía de que otra forma decirlo. Estuvimos bailando un par de minutos tan juntos que yo sentía su aliento en mi oído y viceversa, tiempo durante el que estuve imaginando tener su cuerpo desnudo en la cama, hasta que pude notar como el chico rubio le sonreía a mi hermana consiguiendo que mis celos se volvieran a encender.

    Abruptamente detuve nuestro baile y sujetando su rostro con ambas manos le planté un enorme beso en la boca; asegurándome que el chico rubio no perdiera detalle de nuestra muestra de afecto.

    —¡Sí que eres un cabrón! —exclamó ella al darse cuenta de mis intenciones una vez que nuestros labios se separaron.

    —¿Qué, ahora no puedo besar a mi hermanita? — pregunté en forma retórica con una sonrisa maliciosa que ella conocía muy bien. La misma sonrisa que yo solía utilizar en cada ocasión que le jugaba una broma desde que éramos unos chiquillos.

    —No, claro que puedes hacerme eso y más, pero al menos avísame —respondió ella dejando claro que le gustaba que fuera cariñoso con ella.

    Seguimos bailando y bebiendo por casi una hora, aprovechando yo en cada ocasión que el chico rubio quedaba enfrente de nosotros para plantarle otro beso en la boca a mi hermana; sin que ella pudiera decir nada, pues habíamos quedado en simular ser una pareja de novios frente a Juan y María.

    En un momento en que quedamos justo frente al chico rubio hice girar el cuerpo de mi hermana y levantando su pierna izquierda, como si estuviéramos bailando tango, le propiné un largo y prolongado beso que la tomó totalmente por sorpresa. ¡Juro que nuestras lenguas se alcanzaron a tocar!

    A decir verdad, el hecho de estar besando y manoseando a la que yo había considerado por años sólo mi dulce y tierna hermanita frente a un chico, que muy probablemente desearía estar en mi lugar, le agregó un poco más de morbo que hizo crecer aún más el bulto bajo mi pantalón.

    —Ahora si te pasaste —reclamó ella al referirse a lo prolongado del último beso que le había dado.

    —¿Qué quieres que haga? Es tu culpa por estar ‘tan buena’ y vestir así —respondí yo al responsabilizar por mis acciones a lo provocativo de su atuendo haciéndola soltar una enorme carcajada.

    —Ahora sí te das cuenta de lo ‘buena’ que estoy, pero la otra vez bien que me dejaste plantada para salir con la ‘puta’ de tu novia —comentó ella en parte en broma, en parte en serio, al referirse a una ocasión en que le cancelé una salida al cine.

    —Perdoname chiquita —dije yo presuntamente arrepentido de no haberle dado su lugar—. De a haber sabido lo buena que estabas nunca lo hubiese hecho. “Para que salir a buscar la leche si tengo una vaca en la casa” —concluí en modo de broma al citar un viejo y popular refrán sacándole una sonrisa que la hizo ruborizar un poco.

    —¿Osea que ahora para ti soy una vaca?

    —De hecho está noche quiero que me des teta —dije directamente en su oído al hacer referencia a mi deseo por ordeñar sus pechos con mi boca.

    —Parece que estás muy emocionado —dijo ella después de haber sentido el bulto en mi pantalón con mi rodilla.

    —La verdad sí, mucho, eres la chica más hermosa en el lugar —dije ya sin poder ocultar la angustia que me provocaba el ser incapaz de controlar la enorme erección en mi entre pierna.

    —Gracias querido —dijo ella antes de que fuera su turno para plantarme un prolongado beso en la boca colgándose de mi cuello; ya sin importarle que esto disminuyera sus posibilidades de conquistar algún chico.

    Ese último beso debió haber sido el más delicioso de todos los que nos dimos durante esa semana. Al parecer me estaba gustando jugar al hermano celoso y a ella le gustaba que la celara. Quizás se debía a ella aún no tener una relación formal en aquel tiempo, no lo sé, lo que sí sabía era que ambos estábamos disfrutando el haber salido de vacaciones sólo nosotros dos como si fueramos realmente una pareja.

    Cómo Juan y María se sentaron en la mesa para descansar un momento decidí hacer lo mismo. Ante la escasez de sillas senté a mi hermana sobre mis piernas; colocando su redondos y firmes glúteos justo sobre mi duro e inerte miembro, deslizando mi mano por su muslo izquierdo hasta ocultarla de bajo de su falda.

    ¡Se sintió tan delicioso que por un momento creí que iba eyacular justo en ese momento! Hubiese valido la pena.

    Pedimos otra ronda de bebidas en lo que conversábamos. Como nuestro grado de alcohol y inhibición eran igual de alto los temas de conversación subieron de tono rápidamente. Saliendo a colación las intimidades, realidades y fantasías de las dos parejas.

    —A nosotros nos gusta realizar algunos juegos de rol para salir de la rutina —comentó María al ‘soltársele’ la lengua visiblemente ebria—. Disfrazarme de enfermera o policía antes de coger. ¿Verdad que te gusta eso amor? —preguntó a su novio.

    —No me gusta, me encanta —comentó el chico besándola en el cuello causándole cosquillas.

    —¿Y a ustedes les gustan los juegos de rol? —preguntó ahora la chica.

    Esa era una buena pregunta, la cual no supe como responder por lo que preferí esconderme tras la copa en mi mano mientras mi otra mano se deslizaba por todo el muslo de mi pareja; por fortuna ella si sabía exactamente que decir.

    —Nos gusta fingir que somos otras personas —respondió mi hermana frotando mi duro miembro con sus glúteos al acomodarse sobre mis piernas; respuesta que me hizo sudar frío al saber que eso era lo que nosotros estuvimos haciendo todo el día—. Hoy por ejemplo jugamos a que somos dos hermanos que salen de vacaciones.

    Mi corazón se paró justo en ese momento al considerar la posibilidad de que mi hermana estuviera a punto de revelar la verdad a esos dos chicos, que nosotros realmente éramos hermanos. ¿Sería capaz de hacerlo?

    —¿En serio? —preguntó María interesada en nuestro ‘supuesto’ juego incestuoso.

    —Así es, es muy excitante simular que somos hermanos para ver que cara ponen las personas que llegamos a conocer cuando nos ven mostrarnos cariñosos —respondió mi hermana volteando su rostro hacia mí para darme un beso—. ¿Verdad hermanito?

    —Así es, hermanita querida, como el chófer del taxi o el mozo del hotel —respondí yo llevando mi mano hasta su entre pierna para darle un firme apretón.

    Mi hermana tuvo un ataque de euforia al sentir como mi mano acariciaba su sexo, aunque fuera sólo sobre su ropa interior, acción que la hizo saltar sobre mi regazo, sobre mi miembro, el cual no daba señales de flaquear, excitandome aún más. Mientras Juan y María, viendo como manoseaba a placer a mi hermana, abrían los ojos grandes como dos enormes platos presa del morbo que la ‘presunta hipotética’ situación que planteábamos les provocaba.

    —¡No lo puedo creer! —exclamó Juan mordiéndose los labios—, seguro que a esos pendejos se les volaron los sesos de lo calientes que se pusieron.

    —Ahora imagínate cuando nos vean coger, seguro les da un infarto, ¿verdad hermanita? —dije antes de plantar otro enorme beso a mi hermana en la boca jugando con nuestras lenguas.

    Los cuatro estallamos en una enorme carcajada que, a pesar de lo bullicioso del lugar, captó la atención de todas las personas a nuestro alrededor al poner sobre la mesa la posibilidad de tener relaciones sexuales enfrente de otras personas.

    —¿Y ustedes, han cogido en público? —preguntó María muy interesada sobre el tema que yo había sugerido.

    —‘Hasta ahora’ no —respondió mi hermana enfatizando el ‘hasta ahora’—. ¿Y ustedes?

    —Tampoco, pero creo que sería divertido, mientras los mirones se limiten a observar —respondió la chica riendo.

    De pronto la posibilidad de practicar el vouyerismo se volvió el eje de la conversación, proponiendo alternativas para practicarlo en el hotel de manera segura.

    —Sé que a unos kilómetros de distancia sobre la costa se encuentra una playa virgen muy popular; ahí podríamos practicarlo y quitarle lo ‘virgen’ —dijo la chica dirigiendo la mirada a su novio al proponerle tener sexo en un lugar público.

    —Me encantaría, sólo tenemos que tener cuidado de que no nos arresten —dijo el chico.

    —Se me hace muy complicado, yo creo que lo mejor es pedir servicio a la habitación, dejar la puerta abierta y ponernos a coger como conejos —sugerí al suponer que el mozo que se presentara en nuestra habitación nos sorprendería en pleno acto sexual.

    —Gran idea, así comemos y cogemos al mismo tiempo —dijo mi hermanita provocando que todos volviéramos a soltar una enorme carcajada.

    Como el horario del club se seguía al pie de la letra éste comenzó a dejar de servir alcohol a los alegres trasnochadores media hora antes de cerrar; por lo que nos despedimos y nos retiramos a descansar.

    Gracias al alcohol en nuestra sangre el trayecto a la habitación fue lento y tortuoso; teniendo yo que sujetar a mi hermana por la cintura por todo el camino para evitar que cayera debido a un traspié.

    El objetivo de evitar que mi hermana conquistara a otro chico y lo trajera a nuestra habitación para tener sexo con él había sido sorteado. Ahora era mi turno de intentar algo con ella.

    —¿Vas a dormir conmigo? —preguntó al momento que entramos a la habitación.

    —Por supuesto, mira que bebiste mucho y no quiero que vayas a vomitar y te pase algo.

    Como hermano mayor era mi responsabilidad ver por la integridad de mi hermana y ante el riesgo, bajo pero presente, de una bronco aspiración le sugerí que durmiera a mi lado para poder cuidarla; idea con la que ella estuvo de acuerdo, pues aún con su grado de ebriedad podía darme la razón.

    —Como tú digas amor —aceptó ella al continuar jugando con la idea de que nosotros éramos pareja.

    Llevé a mi hermana hasta el dormitorio y sin encenderla luz comenzamos a desvestirnos. Ambos habíamos llevado en nuestro equipaje ropa para dormir pero estábamos tan cansados que preferimos dormir en ropa interior. Después de todo nuestra ropa para dormir no era más reveladora que los trajes de baño que habíamos estado utilizando aquel día.

    —¿Me ayudas? —preguntó ella sentándose en la cama y levantando los pies para que le quitara los zapatos.

    —Mira que eres una malcriada, pero no importa con gusto lo hago para que veas lo mucho que te quiero; y que ninguno de esos cabrones del club te quiere como yo —acusé tomando su rostro entre mis manos como si estuviera reprendiéndola antes de darle un tierno beso en la frente, el primer beso en la frente en todo el día.

    —Gracias hermanito.

    Ella se dejó caer de espalda sobre la cama en lo que yo me arrodillé a sus pies para desabrocharle la zapatillas y darle un breve pero intenso masaje en sus cansados pies.

    Ésta era mi oportunidad para ponerla de buen humor. Bajé mi rostro hasta tener los dedos de su pie justo frente a mis labios y con ternura y delicadeza comencé a besar cada uno de sus dedos. Empezando por el más grande hasta llegar al pequeño, sólo para regresar por donde vine saltando a su otro pie; tal como si fueran las teclas de un piano en las manos de un experimentado pianista.

    De pronto me encontré frotando sus pies contra mi rostro sin importar el fuerte aroma que se desprendía de éstos después de tan extenuante jornada; para mí olían a rosas.

    —Me haces cosquillas —protestó ella con un par de débiles patadas que se sintieron como una caricia en mis mejillas.

    Lentamente mis manos y labios ascendieron por sus tobillos dejando un rastro de tiernos besos que llegaron hasta sus rodillas. Después de desabotonar su falda sujeté ésta por la parte inferior y la jalé hacia a bajo, primero de un lado y después del otro, firme y constantemente hasta que la prenda salió por sus pies; quedando sólo su tanga para cubrir la parte inferior de su cuerpo.

    —Espera —dijo antes de erguirse para jalar su top hacia arriba y sacarlo por encima de su cabeza dejando sus senos al aire.

    Ahí estaba mi dulce y tierna hermanita, sentada sobre la cama frente a mí, vistiendo sólo una minúscula prenda interior que apenas cubría su entrepierna.

    Ahora era mi turno de desvestirme. Me puse de pie para desabrochar mi camisa y lanzarla hacia un rincón y continuar con mi pantalón. Mis zapatos hacía tiempo que habían desaparecido por lo que terminé semidesnudo a los pies de mi hermana con sólo mis calzoncillos negros.

    —Te ves bien —dijo ella a pesar de que nuestros cuerpos eran solamente iluminados por la luz que se filtraba por la ventana.

    Ciertamente yo no tenía un cuerpo de concurso de fisicoculturismo, pero me encontraba en buena condición física, lo suficiente para no avergonzarme de estar desnudo frente a una mujer; aunque ésta fuera mi hermana menor.

    —Ven acuéstate aquí, junto a mí —ordenó ella deslizándose debajo de las sábanas.

    Obedeciéndola me acosté a su lado, de manera que nuestros rostros quedaron uno frente al otro y en silencio pasé mis manos por su espalda, y la jalé hacia mí de modo que sus filosos pezones se clavaron en mi pecho.

    —Abrázame fuerte, no me vayas a soltar —exigió mi hermana a punto de quedar dormida.

    ¡Maldición, no lo podía creer, tenía tantos deseos de hacerla mía y ella no se encontraba en sus cincos sentidos! Mentiría si dijera que por un momento no me sentí tentado a tener relaciones estando ella inconsciente, pero eso no hubiera sido justo para mi hermana. Además yo no quería tener sexo con ella sin que ella lo supiera, yo quería que esto fuera decisión de ambos, al considerar que esto podía ser más que sólo un capricho pasajero. De cualquier forma dormir a su lado como si fuera mi mujer era un buen primer paso.

    Por supuesto que yo ya había tenido algunas parejas con las que había tenido sexo, pero nunca me había quedado a dormir toda la noche con ellas, por lo que ésta era la primera vez para mí, y supongo que para mi hermana también, que dormiría con una persona del sexo opuesto (sin tomar en cuenta las veces que dormimos juntos como hermanos).

    Ignorando el enorme bulto en mi entrepierna intenté conciliar el sueño, cosa que conseguí gracias al alcohol en mi sistema. Se sentía tan delicioso el calor que irradiaba de su delicado cuerpo que de inmediato me fui relajando hasta caer en los ‘brazos de Morfeo’, olvidándome de mi problema.

    —Tengo que hacer pis —escuché a una voz con un tono suave decir durante la madrugada. Era mi hermana, ¿quién entonces?, que me pedía que la soltara para permitirle ir a orinar.

    Aún dormido dejé de abrazarla y me hice a un lado para que ella pudiera ir al sanitario a hacer sus necesidades. No tengo idea cuanto tiempo se demoró ahí dentro, pudo haber sido un par de minutos o una hora, pero fue el tiempo suficiente para que yo volviera quedar profundamente dormido.

    —Regresé hermanito —escuché en medio de mis sueños una vez más la dulce voz de mi hermana que me exigía que volviera abrazarla.

    Sin despertar por completo volví a girar mi cuerpo a la izquierda para abrazarla de manera protectora, sólo que en ésta ocasión utilicé mi pierna derecha para engancharme a su cuerpo de una manera por demás cariñosa. Algo había cambiado.

    Deslicé mi mano por toda su espalda esperando detenerme hasta llegar a su tanga. No la encontré. En lugar de eso mis dedos se hundieron en la unión de sus glúteos. Como si se tratara de un reloj despertador mi pene se tornó erecto de inmediato.

    Giré mi cuerpo para quedar acostado de espalda, al sentir miedo de que mi hermana notara la reacción de mis partes nobles en su presencia, pero ella casi se trepó sobre mí, al ella cruzar su pierna desnuda por encima de mi entrepierna, consiguiendo con esto estimular mi pene aún más.

    Era imposible que ella no notara el mástil que levantaban mis calzoncillos cual una tienda de acampar. Sujeté su muslo con mi mano para poder ubicarlo un poco más arriba, sobre mi estómago y así permitir que mi miembro quedara debajo de la pierna de mi hermana. Respiré tranquilo.

    Sin embargo, eran tantas las ganas que tenía de hacer mía a mi propia hermana que mi mente comenzó a divagar.

    “¿A caso ella no era quien se había desnudado en primer lugar?”, pensé al desear que ella quisiera tanto como yo que tuviéramos intimidad.

    Mi miembro seguía doblándose sobre sí mismo al ser incapaz de forzar la tela de algodón que lo oprimía. Era tanta la excitación que sentía que me sentí tentado a bajar nuevamente su muslo sobre mi vientre para poder frotarlo sobre mi entrepierna.

    “Sólo un poco, sólo para calmar mis ansias”, pensé al notar como mi hermana no reaccionaba, dando por hecho que se había vuelto a dormir.

    Lentamente empujé su muslo con mi mano un milímetro hacia abajo sin dejar de vigilar el rostro de mi hermana, buscando cualquier reacción que me indicara que estaba despierta; no parecía estarlo.

    “Un poco más, un poco más”, pensé nuevamente al empujar la pierna de mi hermana hasta tocar mi miembro escondido en mis calzoncillos. Delicioso.

    Si tan sólo no tuviera puesto mis calzoncillos podría sentir la suave piel del muslo de mi hermana hacer contacto directamente con mi sensible pene, obteniendo de ésta manera mucho más placer. ¿Cómo podría llegar a esa situación?

    Confiando en que mi hermana seguía dormida usé mi mano para bajarme el calzoncillo al tomarlo por la cintilla.

    —¡Mierda! —exclamé en silencio al momento en que mi pene se sintió liberado consiguiendo la vertical inmediatamente.

    Ahora sólo tenía que mover el muslo de mi hermana otro par de milímetros hacia abajo, hasta hacer contacto con mi miembro y sentir esa suave piel, la cual yo había ignorado por años, rozar mi glande. Una descarga eléctrica se propagó por todo mi ser justo en el momento en que la punta de mi pene tocó con el muslo de mi hermana. Sublime.

    Intoxicado de placer me animé a mover la pierna de mi hermana de manera que ésta hizo vibrar mi miembro como un diapasón, desatando una serie de espasmo de placer que mi hicieron retraer mi vientre. ¡Cielo santo! No podía creer la agradable sensación que experimentaba al poder frotar mi miembro con el muslo de mi hermana.

    “Idiota, ¿cómo no hiciste esto antes?”, pensé al recriminarme a mí mismo el no haber aprovechado para mi placer el tener una hermana con un cuerpo tan atractivo y sensual, recordando todas las ocasiones en que habíamos terminado durmiendo juntos después de ver una película frente al televisor; en lo que mi miembro comenzó a pulsar suplicándome que continuara.

    —¿Te diviertes?

    ¡Casi me da un infarto al escuchar la voz de mi hermana directamente en el oído! Solté su pierna de inmediato de manera que ésta golpeó en mi pene haciendolo latiguear desatando una descarga de placer que no pude disfrutar como hubiera querido.

    —Lo siento, no sabía que estabas despierta —respondí con mi corazón latiendo a mil por hora completamente avergonzado.

    —No te preocupes, ya te dije que tú puedes hacerme lo que quieras hermanito —dijo ella al hacer referencia a lo que me había dicho hacía un par de horas en el club nocturno—. ¿Por qué no te desnudas completamente para que estemos más cómodos?

    No daba crédito a lo que mi hermana acababa de decir. No sólo no estaba molesta porque me hubiera estado masturbando con su pierna, sino que también me daba su consentimiento para continuar. Era mi día de suerte sin lugar a dudas.

    —¿Hablas en serio?

    —Claro hermanito.

    Sin hacerme de rogar enseguida me deshice de mis calzoncillos y giré hacia ella de manera que nuestros labios se volvieron a juntar como todo aquel exótico y lujurioso día.

    —¿Ya te habías masturbado pensando en mí? —preguntó una vez que nuestros labios se separaron.

    —¿Cómo crees?, hasta antes de hoy siempre fuiste mi hermanita menor, pero gracias a éste viaje ahora pude ver la mujer en que te has convertido y todo el día he fantaseado con hacerte mía. ¡Estás buenísima cabrona! —respondí elevando el tono de nuestra conversación, ella sonrió.

    —Me gusta que pienses que estoy buena —dijo ella con voz dulce—. Yo creía que no te gustaba por más que te besaba en la boca o dejaba la puerta de mi habitación abierta para que me vieras desnuda.

    Según mi hermana tenía años insinuándose hacia mí, vistiendo siempre mini falda y pantaloncillos en la casa para que yo notara su transformación en mujer. Besándome en la boca o acariciándome con cualquier excusa para llamar mi atención.

    —Hasta pensé en enviarte una foto desnuda a tu teléfono y decirte que te la había enviado por error.

    —Eso hubiera funcionado —dije riendo.

    —Estoy segura que sí, pero lo pensaba mucho y me daba pena.

    —Fui un tonto por no haber notado lo hermosa que estás y hacerte esas bromas. Te prometo que de ahora en adelante ya no sólo seré tu hermano, también seré tu novio y tú serás mi mujer. Si es que tú aceptas.

    —Por supuesto que acepto hermanito, si tengo años soñando con que me hagas tuya y me trates como tratabas a las putas de tus novias —dijo antes de abrazarme por el cuello y fundirnos en un enorme beso; jugando con nuestras lenguas para cerrar el pacto.

    Sin que nuestros labios se despegaran giré mi cuerpo hasta estar encima de ella y entonces descender con mis besos por su cuello hasta llegar a sus senos. Donde dos rígidos pezones esperaban por mis labios.

    ¡Mierda!, no podía creer lo delicioso que eran sus pechos. Firmes y redondos, esponjosos y gordos. Una verdadera delicia.

    —¿Así que soy una vaca? —preguntó ella en medio de una risa al recordar la broma que yo había dicho.

    —Sí, una vaca —dije entre dientes sin dejar de hacer lo que hacía—, mi vaquita preciosa —agregué antes de continuar succionando sus pezones.

    Con mi pene duro como una roca erguí mi torso de manera que mis rodillas quedaron debajo de los muslos de mi hermana, jalándola hacia mí puse la cabeza de mi pene exactamente en la entrada de su sexo.

    ¡Éste era el momento de la verdad! ¡La fantasía que había estado rondando mi cabeza durante todo el día estaba a punto de tornarse realidad, la de tener sexo con mi querida y hermosa hermanita!

    En la oscuridad de la madrugada nuestros rostros intercambiaron no sólo una sonrisa de lujuria, sino también una sonrisa de complicidad por realizar una acción socialmente prohibida, de aventura, por ir a donde pocas personas se atreven a ir, y sobre todo fraternal por llevar el amor entre hermanos más allá de la moral. Sonreímos.

    Con todo la delicadeza de que dispuse en ese momento fui introduciendo lentamente mi pene en su vagina, teniendo cuidado de no lastimarla. Sin tener la certeza de si a ella le gustaba el sexo suave o salvaje, eso lo averiguaría después, ésta era la primera vez que la penetraba por lo que pensaba hacerlo con mucha ternura.

    —¿Te gusta chiquita? —pregunté al introducirle toda la cabeza de mi miembro.

    —Sí hermanito sigue así, sigue me la metiendo, siento muy rico —respondió ella cerrando los ojos y apretando los labios al ser víctima de una descarga de placer.

    Con la venia de mi hermana comencé a hacer empujes de cadera, despacio pero firme, consiguiendo con cada uno de ellos poder introducir mi miembro un poco más en su interior. Se sintió tan cálido y húmedo en cada ocasión que mi miembro penetró esa hermosa cavidad femenina hasta ese día desconocida para mí.

    Sus hermosos pechos subían y bajaban rebotando al ritmo de su agitada respiración al momento que una serie de espasmos recorrían su cuerpo, cual ondas sísmicas que tenían como punto de origen su vientre; el cual se retraía dentro de sus costillas al sentirme dentro de ella.

    Una vez que conseguí introducir la totalidad de mi pene en su vagina aumenté progresivamente la frecuencia e intensidad de mis empujones de cadera, explorando con mi duro pene cada rincón de su interior, enfocándome especialmente en su clítoris para asegurarme de provocarle el mayor nivel de placer posible; confiando que sus amantes previos debieron de haber carecido de la experiencia que yo tenía.

    ¡No podía creer lo que estaba haciendo! ¡Estaba fornicando con mi propia hermana y lo estaba disfrutando como loco! Mi hermana, la única mujer de la que estaba seguro que amaría hasta el día de mi muerte. Si había algo que me atormentaba es haber tardado tanto tiempo en darme cuenta de lo mucho que la amaba. Tendría que recuperar ese tiempo perdido de alguna manera.

    Estuvimos así por varios minutos, con nuestros cuerpos fundidos en uno solo, hasta que ya nos fue imposible contenernos alcanzando el orgasmo casi al mismo tiempo, dejándome caer rendido a su lado con mi miembro ahora flácido cubierto con sus fluidos y los míos. Nuestra fantasía compartida se había consumado.

    Ambos quedamos dormidos desnudos sobre la cama hasta el medio día. El resto de las vacaciones nos la pasamos fornicando como si fueramos conejos, casi sin salir de la habitación, llegando a conocer cada uno acerca del otro las preferencias y manías en la cama. Todo esto mientras simulábamos que éramos una pareja de recién casados para cualquier persona que conocimos durante nuestra estadía.

    Al regresar a casa nos pusimos de acuerdo para exigir a nuestros padres que cada fin de semestre nos enviaran de vacaciones, sólo a nosotros dos, a un destino diferente cada vez, después de todo nos lo merecíamos pues éramos excelentes estudiantes; cosa con la que nuestros padres estuvieron de acuerdo, pues creo que ellos también querían disfrutar de sus propias vacaciones solos como pareja, sin imaginar lo que nosotros haríamos estando fuera de casa.

    Mientras se llegaba la fecha para nuestro siguiente viaje nos tuvimos que conformar, con escondernos por la casa en cada ocasión que quisiéramos recordar aquellas memorables vacaciones de verano; o solamente, cultivar nuestro amor fraternal.

  • El ventanal

    El ventanal

    Estábamos con mi pareja en el departamento de una tía mía, ya era de noche y todos se habían ido a dormir, nosotros habíamos discutido porque sentía que él ya no me deseaba o quería.

    Llegamos a un punto donde yo ya no lo quería ver, iba saliendo del departamento cuando me agarró del pelo y me llevó hacia a él, me beso de una forma tan exquisita que me mojé al instante, me tomó del cuello en un momento y dijo «¿quién es mi Diosa?» «Quién es mi reina?»

    Pensé que me estaba molestando pero me dio una cachetada y entendí que realmente me estaba exigiendo una respuesta, le respondí tímidamente que yo lo era.

    Me beso otra vez y me dice tú eres mi diosa, me dio vuelta y puso se pene duro entre mis nalgas mientras me decía al odio que me deseaba, que me quería para él y siempre sería de él, empezó a tocar mis senos, tan sensible que prácticamente sentía espasmos cada vez que rozaba con mis pezones.

    Me levantó el vestido que llevaba, me puso encima del sillón apoyada con mi culo y mi vagina a su disposición, me todos del pelo y empezó a jugar, ponía sus dedos en mi vagina y en mi ano, me termino lubricando toda, me estaba preparando para su pene.

    Pero se dirigió a mis labios me beso y puso su pene en mi boca, empecé a besas y succionar su miembro, su cara me encantaba, y yo con más ganas chupaba su pene, era una sensación exquisita tenerlo en mi boca me tomó del pelo, me levanto y me dijo que no quería que lo hiciera venir, que su semen quería que fuera dirigido en otro lugar.

    Se dirigió a mi trasero y me lamió entera, y puso su pene en mi culo, me dijo que soy su zorrita y su diosa mientras penetraba más mi culo, hasta llegar al punto de tenerlo todo en mi culo, mientras me lo metía yo me tocaba mi clítoris, él se dios cuenta y me quitó la mano, y me metió un juguete con el que siempre salíamos.

    Que delicioso era sentir esa penetración doble mientras me decía que haría suya cada parte de mi cuerpo, me penetraba fuerte, y yo me empecé a tocar el clítoris, sentía tantas cosas que no sabía qué sentir exactamente, me corrí, no sé en qué momento, pero estaba liberando un orgasmo, estaba entregándole mis chorros, lo dejé completamente mojado y él seguía penetrándome, le pedía que me dejara y me respondía que era suya, que era su zorrita que me aguantara.

    Sacó su verga y bajo lamerme, mientras se masturbaba, sin avisarme me penetró y de corrió en mi vagina, que riquísimos era sentir su deliciosa leche en mi vagina.

  • Alimentando el deseo

    Alimentando el deseo

    No podía tener tan lindo trasero, cómo me gustaba verla, iba con unos pantalones negros tipo cargo, por debajo del pantalón que eran de tiro bajo sobresalían un encaje tipo red que cubría su abdomen hasta pasar el ombligo, su look se completaba con un top de tela roja que sujetaba sus pechos y se ataba en la espalda. Rosana Bailaba de espaldas a mí quedó a mis espaldas. Salió de la ronda a saludar un amigo que se encontró en el lugar. Cada tanto roza su enorme trasero con el mío. Su hermosura radica en que no tiene nada de panza y tiene una cintura muy pequeña, eso hace que su trasero luzca grotescamente bello en ese cuerpo delicado, insinuante, lleno de vitalidad.

    Baila y nos tocamos nos gusta, ni ella ni yo nos separamos por lo que creo que le está gustando tanto como a mí, nos acercamos un poco más para no perder el contacto, me doy cuenta que ella me busca, así que en cuanto siento que se aparta de mí doy un paso atrás para rozar su trasero con el mío nuevamente y seguir frotándonos la espalda al ritmo de la música. Yo sigo bailando con el grupo de trabajo.

    En un momento siento que se despega suavemente de mí y se aleja, entiendo que la noche está terminando y doy por supuesto que se irá con su amigo, con él o quien quiera ya que tiene para elegir. Muchos ojos hipnotizados la miraron toda la noche con deseo y lujuria. Ella sabe cómo seducir y bailar. En un momento se suma a la ronda y me pregunta con quién me voy. Le respondí que estaba en mi auto, que me marchaba sola. Me pregunta si yo la acercaría hasta su casa. Le respondí que sí, me queda de paso. Fuimos en el auto sin pronunciar palabra.

    Se nota una cierta tensión entre nosotras de carácter sexual, estoy segura eso me excita, pero no me animo a pronunciar palabra alguna. Ella es una seductora nata y tal vez caí en su trampa, prefiero evitar cualquier comentario, nunca me he sentido atraída por otra mujer, y menos una compañera de trabajo. Nos despedimos con un beso y un abrazo de los más amistoso y afectivo. Se baja del auto y me dedica un guiño acompañado de un gracias bombona!!

    ……. ……. …..

    La flor resplandece, espera paciente, abre cada uno de sus poros, se queda inmóvil, abierta, deseosa de recibir el dulzor del rocío. Se estremece cuando una gota, cuando cada partícula, de esa gota penetra en su tersa piel.

    Como la flor te espero Ezequiel,

    Cómo la flor te espero Ezequiel!!!

    Suspiro mientras miro el documental.

    En la pantalla se ve en primer plano una rosa roja de color vibrante, gigante, carnosa. A lo lejos se ve venir a un joven de tez morena y melena oscura con una regadera en la mano. Es alto, atlético, lleva unos pantalones de jeans, azul claro y una camisa escocesa desprendida, se puede ver todo su torso, brilloso y bien marcado, al descubierto. Tiene un sombrero de paja colgando en su espalda, lo cual lo hace mucho más sexy y para mejor tiene los ojos negros azabache, más intensos que se puedan imaginar, cuando mira en primer plano a la cámara te pulveriza.

    -Ezequiel el jardinero. -Continúa el locutor con su sería e inquebrantable voz.

    -Él se encarga a diario de controlar la humedad de la planta.- En la pantalla se ve como Ezequiel hunde dos dedos en el suelo del rosal, el índice y el anular, la cámara hace un primer plano de su mano en la tierra. El jardinero saca suavemente los dedos, los mira y los acerca a su nariz, huele, toca la textura de la tierra que se deshace granito por granito entre sus dedos, mira a la cámara y sonríe.

    – Si está bien húmeda, han penetrado en su suelo los nutrientes – Continúa el relator. Yo sigo mirando el documental extasiada, y casi como distraída dejo que dos de mis dedos se deslicen por mí escote hacia el ombligo bajando suavemente, más y más abajo. El documental continúa Ezequiel está en primer plano con una grande y larga manguera. La sostiene con sus dos manos, riega las plantas, se ve que el sol está muy fuerte, está sudado, la cámara lo enfoca de cuerpo completo en primer plano, se puede ver qué el chorro de la manguera tiene mucha presión, el se reclina levemente hacia atrás y sonríe gozosamente cuando hace un leve movimiento juguetón con la manguera.

    Suspiro y jadeo al mirarlo. Ezequiel está humedad te gustaría… hundirías tus dedos aquí?

    Como la rosa, abierta y carnosa, te deseo Ezequiel…

    El baile me ha dejado alborotada, son las 4 am, mejor que apague la televisión y me vaya a dormir. No quisiera estar dormida durante la jornada laboral. Será un día largo de mucho trabajo, espero que Rosana la joven ayudante con la que baile sensualmente no llegue tarde. Por lo menos sé que se fue a dormir a su casa, sola.

  • Lame rico, chupa delicioso y traga saboreando

    Lame rico, chupa delicioso y traga saboreando

    – “Saúl, tu hermano está al teléfono.”

    – “Voy. Hola Roque.”

    – “Hermano, necesito de vos un favor. Ocurre que me han ofrecido hacer los reemplazos de vacaciones en una sucursal de otra ciudad; aunque dura cuatro meses vendré un fin de semana cada quince días y es con una remuneración muy importante. El problema es Nuria, que no me animo a dejarla sin compañía estando ya en el cuarto mes de embarazo, a pesar de decirme que va a estar bien y no teme quedarse sola. ¿Te animarías a vivir en casa durante ese tiempo?”

    – “Encantado, además el colegio me queda más cerca.”

    Al día siguiente, con poco equipaje, me cambié y como la relación de toda la familia era cercana no me costó adaptarme al nuevo régimen de vida.

    Roque (28) y Nuria (21) llevan dos años casados y viven en una casa con todas las comodidades y bien equipada. Fue regalo del padre de ella que está en una posición económica envidiable. Está separado y en pareja con una joven de la edad de la hija. Ha cumplido acabadamente con el conocido enunciado que reza “Por lo general el hombre, a su primera mujer le debe el éxito, y al éxito su segunda mujer”. La mamá vive en otra ciudad y también con acompañante.

    La cantidad de ambientes sobraba para los recién casados y la calidad de la construcción es muy buena. Yo ocupé las dependencias de servicio, un pequeño departamento al fondo de la casa, que satisfacía con creces mis necesidades en un marco de intimidad.

    La convivencia fue muy agradable, yo ayudaba en las tareas hogareñas dentro de mis posibilidades y disfrutaba de la amena, agradable y tentadora compañía de mi cuñada. El viernes previo al primer franco de mi hermano preparé unas pocas cosas para regresar a casa ese fin de semana y así darles la intimidad razonable, que seguramente deseaban, pero Nuria se opuso.

    – “Nada de irte, no somos tan fogosos como para necesitar toda la casa. Además si sos mi compañía habitual y me estás ayudando en todo, sería una ingrata si ahora te hiciera a un lado”.

    – “Agradezco mucho lo que me decís, y te sugiero una pequeña modificación, poné “casi todo”, pues alguien podría pensar que también compartimos la cama”.

    – “Y quien pensara eso no estaría del todo errado porque solemos ver películas en mi cama. Simplemente no le damos el uso más placentero. Y por favor que esto no se escape delante de tu hermano pues, con lo celoso que es, tendríamos un disgusto”.

    Habiendo pasado casi dos meses de mi llegada, en el almuerzo me comentó.

    – “Esta tarde tengo turno en el médico para control, me acompañás?”

    – “Encantado.”

    Cuando le llegó el turno de entrar al consultorio el médico me hizo pasar, probablemente creyendo que era el esposo y mi cuñada no puso objeción alguna, por lo que me senté al lado de ella. El control incluía ecografía y la realizaban ahí mismo. Mi cuñada se levantó el vestido hasta debajo de los pechos para que quedara libre el abdomen que, en su delgadez, la señal del embarazo era una pequeña protuberancia. Ver la bombachita que cubría su intimidad y comenzar a galopar mi corazón fue una sola cosa. Por supuesto que Nuria se dio cuenta a pesar de mis intentos por disimular y hasta me pareció ver una cierta complacencia en exhibirse porque, mirándome a los ojos y simulando ponerse más cómoda, separó por un momento las piernas. Esa actitud de su parte me movió a no ocultar el placer que sentía viendo su intimidad, aunque siendo cuidadoso respecto del médico.

    Mientras regresábamos a casa ella expresaba su alegría de que los resultados del examen hubieran dado bien, indicando el normal curso del embarazo. Ya en casa, tomando algo fresco, me agarró de sorpresa.

    – “Qué te gustó más, la ecografía de tu sobrino o mi bombacha? Porque tu mirada iba de la pantalla a mi entrepierna”.

    Tuve que hacer un esfuerzo para reponerme y contestar.

    – “Mi curiosidad me llevó a observar con detenimiento las dos cosas. La ecografía mostrando el avance de la técnica que permite seguir paso a paso el proceso de gestación y, por otro lado, la maravilla de la naturaleza, haciendo que esa parte de la anatomía, de ordinario pequeña, se adapte hasta permitir la salida de la criatura”.

    La expresión de su cara y el tono de voz eran de un enojo totalmente fingido y por eso no me alarmé.

    – “¡Mentiroso!, el bulto que se te marcaba, desde la unión de los muslos llegando casi a la cintura, nada tiene que ver con la ciencia”

    – “Nuria, por favor, no lo tomés a mal, vos sos una mujer preparada, bien sabés que se trata de una reacción involuntaria, un efecto secundario no buscado”.

    – “Escuchame bien y no tratés de envolverme. Si tu cabeza hubiera estado dedicada a reflexionar sobre las maravillas de la naturaleza tu miembro hubiera permanecido tan muerto como mi bisabuela. No quiero imaginar los pensamientos que ocasionaron esa tremenda erección, y espero que el médico no se haya dado cuenta”.

    – “Querés que te los cuente?”

    – “Ni loca, además no sé si te podré llevar a la próxima ecografía, porque si hoy de pusiste así, ese día te me vas a tirar encima”.

    – “No alcanzo a imaginar por qué se incrementaría el espectáculo”.

    – “Muy simple, como me va a crecer la panza la bombacha tenderá a bajarse y lógicamente a cubrir menos. Si me prometés portarte bien te muestro”.

    – “Te lo juro”.

    Levantó el ruedo del vestido hasta la cintura y bajó el elástico de la bombacha hasta mostrar el comienzo del vello pubiano. Quizá exagere un poco, pero muy poco, los ojos casi se me salen de las órbitas, los dientes mordieron el labio inferior y el miembro, de manera súbita, se agrandó, adquiriendo rigidez en dirección al cinturón.

    – “Tengo razón, mirá como estás, en lo que dura un parpadeo se te formó un enorme bulto y tu cara es la personificación del deseo. Tendría que hablar con tu hermano que viene mañana, quizá él te modere”.

    – “Nuevamente te ruego, no te enojés, es una reacción normal ante un panorama tan delicioso. De todos modos te pido perdón si te ofendí o molesté. Voy a buscar la manera de que no vuelva a suceder”.

    Ya en mi pieza tomé conciencia de las últimas palabras de Nuria y el único remedio a la vista para no ceder a la tentación era alejarme. No tenía fuerza para enfrentar un reproche de mi hermano y estaba seguro que, de darse la oportunidad, caería nuevamente. Ya buscaría una excusa creíble para Roque, sobre todo teniendo en cuenta que, en sesenta días más ya estaría de regreso. Resueltos mis próximos pasos primero tenía que conseguir el silencio de mi cuñada. Estaba acomodando mis cosas en el bolso cuando escuché su voz desde la puerta.

    – “Qué estás haciendo?”

    – “Preparando mis cosas, soy incapaz de enfrentar a tu marido mañana cuando le cuentes. Además no creo tener la fortaleza suficiente para resistir la tentación de mirarte. Confieso mi debilidad y el único remedio es poner distancia”.

    Su cara de sorpresa duró poco ante mi vista, porque la tapó con sus manos y giró apoyándose en la pared. Quedé mirando la figura de la muñeca preciosa que amaba, preciosa aún de espaldas, mostrando sus nalgas erguidas, el vestido blanco suelto a medio muslo, en una actitud de abatimiento, lo que me llevó a tomarla de los hombros.

    – “Por favor Nuria, te juro que no tengo otra opción”.

    Se dio vuelta y pasando los brazos alrededor de mi cuello escondió la cara en mi pecho.

    – “Por Dios Saúl, fue una broma. Ni loca le diría algo a tu hermano de vos, que sos mi compañero, mi ayuda, que parecés más marido que mi marido, ni con un ataque de esquizofrenia haría algo que te aleje de mí. Además me encanta que me mirés, me siento viva con tu mirada”.

    Mientras hablaba depositaba besos de labios cerrados en mi cara para terminar en el ingreso a mi boca. Sin moverse de ahí siguió con lo mismo hasta que delicadamente su lengua hizo contacto con los míos, que se abrieron para acogerla, succionar para que entrara más, y saborearla. Después intercambiamos los papeles y mis manos bajaron a las nalgas que me habían tentado un momento antes y que, ante la simple caricia, se movieron para que las pelvis se pegaran.

    Lenta fue la progresión de subir el ruedo, acariciar por encima de la prenda por si hubiera resistencia, luego pasar las palmas bajo el elástico, recorrer con los dedos la separación de ambos globos para llegar a la parte más baja de la vulva. Al sentir que separaba ligeramente las piernas y se ponía en puntas de pies para facilitar mi maniobra, una de mis manos pasó al frente mientras la otra tomaba una de las suyas para hacerla ingresar por debajo de mi ropa y sentir la dureza que había provocado. En acciones simultáneas mi dedo mayor recorría el canal desde el clítoris hasta el anillo del delicioso culito, y ella, asiendo firmemente el tronco, realizaba el movimiento para que el glande asomara y se ocultara.

    El revoltijo de lenguas y labios cesó ante la inminencia de los orgasmos pues nuestras gargantas se habían dedicado a rugir, dar ayes y traducir en palabras las sensaciones orgánicas del cuerpo. El recorrido de mi dedo paró al recibir el pedido en forma de ruego.

    – “Adentro, mi vida, bien adentro que me estoy viniendo, hacelo rotar sobre las paredes, así mi amor, ¡así!!!”

    Ese pedido aceleró mi corrida, y cuatro lechazos mojaron su mano, mi pelvis y la ropa, quedando abrazados y recuperando la cordura perdida. Ella habló primero.

    – “Lo que hicimos no está bien”.

    – “Es verdad, pero no me pude contener”.

    – “El problema es que no estoy arrepentida”.

    – “Yo tampoco”.

    – “Pero la falta de arrepentimiento no es preocupante, lo realmente grave es que estoy feliz”.

    – “Entonces creo que ambos estamos en un brete. Quizá convenga consultarlo con la almohada y mañana intercambiar resultados de la consulta”.

    Si bien la calentura había cedido algo se mantenía presente y no se exteriorizaba a pleno por los escrúpulos que subsistían y no sabíamos cómo encararlos. Por eso, después de cenar, frente al televisor tirados en la cama matrimonial, solamente estuvimos bien juntos, con las manos tomadas y resistiendo el mutuo deseo, que en mí era evidente por el abultamiento de la bermuda. El momento de despedirnos fue de gran indecisión, pues sabíamos del equilibrio inestable en que estábamos; yo opté por una caricia con la palma de la mano sobre su mejilla mientras le decía.

    – “En el desayuno charlamos?”

    – “Sí, mi amor”.

    Si la respuesta me conmovió, lo que siguió casi me mata; tomó mi mano moviéndola lentamente hasta que el índice llegó a la boca y, abriendo los labios, lo hizo ingresar para chuparlo con deleite, en un vaivén de entrada y salida cerrando los ojos, como quien desea que nada ensombrezca la sensación del contacto. Ahí mis buenas intenciones fueron a parar al tacho de basura pues bajé la cintura del pijama dejando libre el miembro duro y erguido, ante lo cual ella sola sustituyó el dedo por mi glande. Su caricia bucal duró poco pues mi eyaculación se produjo en seguida, fruto de la tremenda excitación que me embargaba. Después de acoger con gusto el espeso líquido lo tragó para en seguida besarme.

    – “Gracias mi cielo, es la mejor bebida que he probado en mucho tiempo”.

    La reflexión nocturna duró poco, porque vi que ninguna solución posible era totalmente buena, y en consecuencia el sueño fue de mala calidad. Cuando fui a desayunar la cara de mi cuñada indicaba que su noche tampoco había tenido la placidez deseada, aunque me dio la bienvenida con una sonrisa.

    – “Qué te sirvo?”

    – “Café fuerte por favor, necesito despertarme”.

    – “Y cómo anduvo la consulta?”

    – “Bien, pero con resultado defectuoso”.

    – “Dame detalles porque eso nada me dice”.

    – “De inmediato se me presentaron dos opciones, ambas con partes buenas y malas. La primera es hacerle caso a mi corazón, dejando que mi atracción por vos se manifieste en plenitud, aunque tenga que soportar el reclamo de la conciencia diciendo que soy una basura”.

    – “La otra mejoró algo?”

    – “Nada. Porque es hacerle caso a mi cabeza, sabiendo que el corazón no se va a rendir y, más temprano que tarde, explotará con consecuencias impredecibles”.

    – “Y en qué quedaste?”

    – “Decidí no decidir y que el destino marque el rumbo”.

    – “Entonces estamos en la misma situación aunque por distinto motivo, no decidí por miedo a enfrentar las consecuencias”.

    – “A qué hora llega mi hermano?”

    – “Cerca del mediodía y necesito tu ayuda. Quiero pintarme las uñas de los pies y esta panza, aún pequeña, me incomoda. Lo harías vos?”

    Por supuesto que acepté, y al verla con el camisón suelto que le llegaba a medio muslo, supe hacia dónde me iba a llevar el destino en cuyas manos me había puesto. Sobre la mesa, al lado del café estaban los enseres para la tarea a encarar.

    – “Vamos que no tengo toda la mañana, después te hago otro café”.

    Y pasando a la acción se sentó sobre la mesa dándome frente.

    – “Para que durante el secado no se corra el esmalte por algún rozamiento poneme entre los dedos un rollito de algodón que los separe”.

    Y comenzó mi tortura pues, corriéndose hacia atrás, puso un pie sobre la mesa. Lógicamente, con la rodilla levantada, todo el muslo quedó a centímetros de mi cara aunque el camisón tapaba la entrepierna, dando por resultado una dolorosa erección de mi miembro. Realizar la tarea en el otro pie hizo que la tuviera de frente, con las rodillas levantadas y separadas haciendo que su bombachita asomara debajo del ruedo. Con toda suerte mi pulso se mantuvo firme y pude terminar prolijamente.

    – “Ahora preciosa, inevitablemente, un rato de espera hasta finalizar el secado. La paciencia es parte del proceso”.

    – “Sí, pero tener los brazos estirados para sostenerme cansa, mejor me acuesto”.

    Cuando su espalda tocó la superficie de madera el ruedo del camisón se ubicó en la cintura. Un extraño que presenciara la escena podría creer que estaba en presencia de un ginecólogo iniciando la revisión de una paciente.

    – “Lo que veo me hace acordar al momento de la ecografía, pero esto es mejor por amplio margen”.

    – “Me imagino cómo estarás”.

    – “Te cuento o querés ver?”

    – “Ni lo uno ni lo otro, con lo que palpé ayer tengo suficiente”.

    – “Con la mano yo también acaricié, pero ahora quiero ver”.

    – “Está bien, pero sin tocar, porque se descontrola todo”.

    – “Te juro que hago a un lado la tela que cubre y dejo la mano quieta”.

    El panorama era ciertamente maravilloso, la conchita que tenía en frente estaba en justa proporción a su dueña, pequeña, delicada y sin vello pubiano.

    – “¡Qué es eso!”

    – “Un beso en tu conchita”.

    – “Me mentiste al decir que no me ibas a tocar”.

    – “No mentí, te dije que después de correr la bombacha iba a dejar la mano quieta, además esa divisoria levemente entreabierta, brillando por el jugo que la baña, y el capuchón asomando en la parte superior indicando excitación, es una tentación imposible de superar. Ante tamaña belleza lo menos que se puede hacer es darle un beso”.

    – “Te agarré, ahora sí me estás mintiendo, esos no son besos sino una comida de almeja con todas las de la ley”.

    – “Perdoname pero me venció la tentación”.

    – “Ahora callate degenerado, seguí un poquito más ¡no puedo creer que me guste tanto y que sin embargo tenga que cortar! Por favor pará”.

    No fueron tanto las palabras sino el tono de voz lo que me hizo frenar y mirarla extrañado cuando su voz me aclaró el porqué del pedido.

    – “No te estoy rechazando, tenemos poco tiempo pues deseo preparar algunas cosas para recibirlo a tu hermano, y me sentiría mal si te dejara con las ganas”.

    Y mientras hablaba me dio la espalda, sentada sobre los talones, los pies colgando del borde, las rodillas bien separadas, el torso sobre los muslos y la cabeza sostenida por las manos. Ya en posición siguió.

    – “Ahora entrá hasta el fondo, lléname de leche y haceme berrear de placer”.

    Y le obedecí, los gritos y ayes fueron testimonio de ambas corridas y, pasada la urgencia pasional, nos separamos después de un beso propio de dos personas que se aman.

    Ese fin de semana me mantuve algo al margen para no entorpecer más la relación matrimonial y el domingo salimos a almorzar afuera. Íbamos regresando a casa cuando escuchamos una voz.

    – “¡Eh, Roque!”

    – “Hola Pedro”.

    – “La sacaste a comer porque anduvo bien en la escuela?”

    Nuria, que iba tomada del brazo, y yo miramos con intriga al interrogado que respondió con una seña equivalente a “Andate a la mierda”. El bromista, a modo de disculpa, siguió.

    – “Los muchachos están en el bar de la esquina y preguntaron por vos pues hace mucho que no te ven”

    A la muda interrogación mi hermano nos contó que, como mi cuñada aparentaba ser menor de edad, solían decirle en broma que, después de casarse, el jefe del Registro Civil le dio a Nuria una constancia para justificar su ausencia en la escuela primaria. Al aproximarnos al lugar de reunión de los amigos nos dijo que iba un rato a saludarlos y regresaba.

    Ya en casa nos sentamos en el sofá de tres cuerpos a ver un programa de televisión. El hecho de que su marido, recién llegado, fuera a reunirse con sus amigos no le cayó muy bien, así que tenía el ánimo algo caído. Tratando de quitarle trascendencia al asunto le di unas palmadas en la mano, resultando un sándwich de cuatro capas, que obligó a disminuir la distancia y así quedamos casi pegados. Al volver a recostarme en el espaldar quedamos con mi izquierda entre las dos de ella y dedos entrecruzados descansando sobre sus muslos.

    Así estuvimos un rato, mirando la pantalla con algún comentario, hasta que un movimiento reflejo de mi meñique izquierdo, entrelazado y sostenido por ambas manos de ella, tocó su entrepierna. Reaccionó con un leve sobresalto, levantando las tres manos pegadas, sin dejar de mirar el televisor para luego volverlas al mismo lugar, un poco más cerca de la unión de los muslos.

    Lo que había sido un movimiento reflejo se convirtió en voluntario e intencional. El contacto siguiente fue igual que el anterior sin que hubiera reacción, lo cual me llevó a repetirlo con una suavidad creciente hasta que sentí su mejilla pegada a mi hombro, con la cara vuelta hacia mí mostrando ojos cerrados y labios entreabiertos. Era una cabal demostración de entrega y abandono, así que después de saborear su boca me arrodillé frente a ella, llevé sus nalgas al borde del asiento y puse las rodillas tocando los hombros para dedicarme a comer el manjar que me obnubilaba, hasta que su pedido me llevó a la etapa siguiente.

    – “Cogeme amor mío, fuerte, lléname de pija y que la leche rebalse, así, hasta el fondo, ¡qué placer madre mía!”

    Un poco antes de la diecisiete llegó Roque de la reunión con los amigos y se encerró con mi cuñada en el dormitorio. Evidentemente habría despedida íntima, cosa que se confirmó por algunos ruidos, quejidos y bufidos con solo media hora de duración, pues había que prepararse para viajar. Cuando él entró a bañarse ella salió a buscar la ropa seca del tendedero y ahí le dije en tono de broma.

    – “Bien la despedida?”

    – “No tanto porque sos un entrometido”.

    – “Estoy perdido, no sé de qué se trata”.

    – “Simplemente que cuando cerraba los ojos, eras vos quien estaba entre mis piernas”.

    – “Santo cielo, mis pensamientos y deseos atravesaron la pared y llegaron hasta vos”.

    – “Basta, no estoy para bromas, tengo la cabeza hecha un lío”

    Por supuesto fuimos con Nuria hasta la terminal, notándola algo rara, al punto que sus gestos de despedida fueron superficiales y fríos, pero más me llamaron la atención sus palabras al partir el colectivo.

    – “Estoy feliz y con ganas de compartir mi alegría. Vamos a casa, nos vestimos elegantes y salimos, primero a cenar y luego de farra que yo invito. Serías capaz de conducirte conmigo como si fueras mi esposo?”

    – “Encantado, espero estar a la altura”.

    – “Seguro que lo harás bien y será tu contribución a que mi alegría sea completa. Por favor, más tarde, cuando sea el momento me haré entender”.

    Ya en el restaurant hicimos el pedido y luego, mi preciosa y deseada cuñada, cumplió con la promesa de explicarme su actitud.

    – “Después de ese corto momento de intimidad mientras él se bañaba y yo preparaba su bolso de viaje sonó su celular indicando un mensaje entrante. Me ganó la curiosidad y como conocía la contraseña ingresé viendo que era enviado por una tal Susana diciendo “Te espero ansiosa y mojada”. Por supuesto miré los anteriores que seguramente explicarían el tenor de éste. El primero era de ella “ Tres días sin verte y te añoro como si fueran meses. Dormirme sintiéndote dentro es el mejor relajante porque está teñido de amor”, que fue respondido por tu hermano “Esta noche te compenso querida, aunque mañana llegue destruido al trabajo””

    – “Esto sí que es una sorpresa”.

    – “Me dolió por supuesto, a nadie le gusta ser engañado, pero en seguida tomé conciencia que yo había tomado el mismo camino aunque con recorrido mucho más corto y con verdaderos escrúpulos. Por eso fue que me mostré incómoda, realmente estaba asimilando lo sucedido”.

    Esperamos el pedido tomados de la mano cual dos enamorados, pero lo mejor, lo más importante y lo más hermoso es que no se trataba de una simulación. Simplemente ambos habíamos dejado de lado todas las reservas que hasta entonces nos limitaban y, en ese contexto, me mostró los mensajes enviados un rato antes de salir para aquí.

    “Hola Susana, no nos conocemos, soy Nuria la esposa de Roque, los mensajes intercambiados entre vos y mi esposo que leí, son los que están en la fotografía que te adjunto. El primero de hoy lo enviaste vos y tengo que agradecértelo. Sin él no habría existido el otro, y los dos son necesarios para tener una idea cabal de la relación existente entre ustedes. Acabo de despedirlo en la estación terminal, espero que esta noche descanses relajada. Aunque pueda parecer raro no estoy enojada, sino contenta”.

    “Hola Nuria, lamento que te hayas enterado así. Hubiera preferido que fuera de otro modo. Me alegra que no estés con la furia y el dolor que son esperables en una situación como esta. Por favor aclárame cómo es eso”.

    “La cuestión es que debo agradecerte tres cosas. Lo primero es que me quitaste un cargo de conciencia ya que sufría porque, en mi corazón, el lugar de Roque ha sido ocupado por otro. Lo segundo es que esa encrucijada se ha resuelto sin provocar dolor en mi marido. Y lo tercero es que un futuro, que parecía largamente angustioso e incierto, se aclaró de un momento a otro y bien para ambas partes. Él podrá seguir a tu lado y yo emprender un nuevo camino. Ambas en paz”.

    Y sucedió lo esperable, ya de regreso de esa deliciosa cena sonó su teléfono, era mi hermano. Nuria me hizo señas de silencio y conectó el parlante; la voz de Roque sonaba, por momentos enojado y en otros como el culpable encontrado en falta, mientras mi cuñada se manejaba con una solvencia y agudeza sorprendentes en ese difícil diálogo.

    – “Haber, explícame cómo es eso de que mi lugar está ocupado por otro”.

    – “Lo haré encantada apenas me cuentes de la mujer que ocupa el mío a tu lado”.

    Para mis adentros dije “Tocado y herido”.

    – “Quizá nos convenga hablar personalmente”.

    – “Totalmente de acuerdo; hasta ese momento te sugiero que busques un lugar para vivir y le cuentes la nueva situación a tus padres, yo lo haré con los míos”.

    Dos años han pasado desde aquel reordenamiento familiar; estamos en la galería, mi sobrino jugando sobre un acolchado y yo sentado con Nuria en mi falda, abrazándome, dándome besos y susurrando en mi oído:

    – “Mi cielo, me siento muy llena con tu pija tan adentro, pero no te muevas mucho que quiero dilatar y hacerte juntar fuerzas para que tu corrida sea tan potente que los espermatozoides tengan por delante un corto viaje hasta fecundar mi óvulo”.

    – “Encantado mi amor, pero si me seguís ordeñando con la vagina en quince segundos suelto hasta la médula de los huesos”.

    Nueve lunas después nació Samuel con la misión de aumentar nuestra felicidad.

    Párrafo aparte

    Mis estimados comentadores, este relato va dedicado a ustedes. Nombro en particular a Gabriel (mensaje del 19 de octubre) y a Josemafacu (mensaje del 27 de octubre) quienes me ayudaron a expulsar la modorra que me tenía preso.

    Reciban todos mi afectuoso abrazo.

  • Mi esposa infiel

    Mi esposa infiel

    Llevamos ya varios años de casados y todo marchaba como de costumbre, el trabajo, los que haceres del hogar eran cosas habituales de rutina; hace ya varios meses las salidas de mi esposa eran más recurrentes y sus regresos fuera de la hora que acostumbraba regresar, no le tome mucha importancia a eso, puesto que siempre me decía que pasaba a visitar a sus padres y ver como seguían de salud y así aprovechar para compartir un gran tiempo con ellos. Me entro una leve sospecha de sus regresos en horas de la noche, y decidí indagar un poco más en descuidos de ella revisando su celular, con la idea te talvez encontrar algo que me despejara las dudas; pero no fue así, no encontré nada raro en sus conversaciones puesto que en casa no le veía hablar o chatear con nadie desconocido y sus conversaciones eran las de rutina.

    Mis dudas fueron creciendo a medida que ella se hacia la indispuesta cuando yo quería tener un poco de intimidad con ella, y las veces que accedía ya no lo hacía como hacía tiempo atrás. No sabía a quién recurrir o comentarle lo sucedido. puesto que con amigos se me hacía de mal gusto que se enteraran del suceso, ya que los comentarios que se hacen entre amigos son pasados de tono y no siempre llevan a un buen resultado. Decidí contactar a un conocido (no tan amigo) para contarle mi duda sobre ella; el accedió a vigilarla en sus salidas y rutinas ya que le ofrecí algo de dinero a cambio de la información que pudiera darme.

    Pasaron los días y me olvidé del tema por cuestiones de trabajo, hasta que un día el me buscó para comentarme como estaban las cosas, entre la charla me fue explicando que mi esposa no tenía una hora determinada para sus salidas ya que no formaba una rutina para eso, me describió que cuando salía de casa ya a varias calles de allí, algún vehículo se detenía junto a ella, cruzaban un par de palabras y ella se subía al carro para irse con él, en ese momento le dije que se podría tratar de algún conocido que la llevara a su destino, y el tajantemente me dijo NO, ella se subió y se fueron directamente a un motel; no cabe duda que la cara me cambio y mis sospechas eran ciertas ya sabía que me estaba engañando con alguien más….

    Pero esto no termina allí me dijo mi informante, estuvieron en el motel alrededor de una media hora y la regresaron a dejar al lugar de donde se la llevaron, ella entro a una tienda y compro unas cosas para luego irlas a dejar a la casa de sus papás; a lo máximo que estuvo en esa casa fue unos 20 minutos y salió nuevamente caminando unas pocas calles y se repitió la historia, nuevamente otro vehículo se para junto a ella, un cruce de palabras y al motel.

    En ese momento lo interrumpí para decirle que si se refería a que no era con el mismo que me engañaba siempre, a lo que él me respondió: «no mi estimado, en todos estos días que la he estado siguiendo he visto la variedad de hombres que se la llevan al motel y dentro de mis averiguaciones logre charlar con uno de ellos por casualidad, a lo cual me comento que no la conocía realmente que fue por medio de un su amigo quien fue que le dijo que ella era prepago, que por una módica suma daba servicio completo a lo que él se refirió que era buena porque hacia oral, vaginal y anal,

    Ya con esa información que me comento, ya tenía la certeza de mis sospechas que me era infiel, lo que no podía creer que no era solo con uno como yo lo pensaba, sino que con varios y ahora ya sabía que el dinero que tenía no era que le mandaba un su familiar del extranjero como ella me decía; también caí en cuenta del porque se hacia la indispuesta al querer tener intimidad con ella y cuando accedía la sentía más abierta que antes, y era de esperar del porque conmigo no quería tener relaciones anales, que según ella no lo hacía así porque era feo para ella.

    Estuve pensado como abordar el tema con ella sobre lo que me informaron; con los días logré entablar una charla con ella respecto a que si no salía con alguien más y ella se hizo la ofendida diciendo que no era de esas que solo eran chismes de la gente envidiosa a quien ella no les quería hablar.

  • Me embrujaste con tus pantis verdes

    Me embrujaste con tus pantis verdes

    Aunque en la actualidad tengo 50 años, voy a hacer un viaje en el tiempo hasta el año 1991, cuando tenía 18 años.

    En aquella época era una mezcla de heavy y punk y mi ocupación era la de músico callejero.

    En el metro de Madrid y en el de Barcelona me pasé muchas horas tocando por los pasillos y vagones. También recorrí muchas plazas y paseos de las ciudades medianas.

    Tocaba la guitarra, la armónica y también cantaba. No tenía temas propios, solo hacía versiones de cantautores, sobre todo de Bob Dylan.

    La experiencia que voy a relatar ocurrió mientras yo actuaba en el metro de Madrid y residía en aquella ciudad.

    Como uno de tantos días, coloqué mis bártulos en uno de los largos pasillos que unen las diferentes líneas de metro y comencé a tocar.

    A las pocas horas, un grupo de tres chicas se me acercan, me echan unas monedas y entablan conmigo una conversación.

    Las tres estaban de lujo, con una estética muy alternativa. Pero mis ojos se dispararon hacia la que llevaba unos pantis verdes.

    Los pantis de color verde o rojo me vuelven loco. Me excitan una barbaridad, no puedo resistirlo.

    Los conjuntaba con unos botines negros, una minifalda roja y una camiseta negra de Ramones. El pelo, de color castaño, lo llevaba recogido en dos coletitas enroscadas y pegadas al cráneo.

    Muy hermosa de cara. Con unas facciones muy aniñadas, aunque tenía un año más que yo.

    Luego me enteré que se llamaba Sonia.

    Estaba tan absorto en esta chica, que de las otras dos apenas guardo un vago recuerdo de sus fisonomías.

    El caso es que me lancé, no tenía nada que perder. Era un vagabundo.

    Yo sabía que a alguna de las tres tenía que haberle gustado, sino no se me hubieran acercado. Y aposté por la chica de los pantis verdes, sin dudarlo ni un segundo.

    La invité para quedar esa noche e ir a un garito… y para mi sorpresa, aceptó. Con el tiempo descubrí que de las tres, dos estaban receptivas hacia mí. El porcentaje de aciertos era alto. Difícil hacer el ridículo entrándole a la que me hubiera dado calabazas, aunque con lo torpe que soy todo podría pasar.

    Nos fuimos conociendo y llegamos a ser un rollete de cuatro meses, después las circunstancias nos separaron.

    Durante ese verano incluso actuó conmigo y me ayudaba a recoger las propinillas que nos daba la gente. Sacábamos para malvivir. Luego decidió volver con sus padres y reanudar los estudios e hizo muy bien. Yo también después fui cambiando.

    El caso es que a Sonia le encantaban las guarradas, centradas sobre todo, en el fetichismo de la nariz y de los pies. Parafilias que acabé incorporando a mi bagaje vital para siempre. Por lo menos hasta la actualidad.

    Quizás sea ese el motivo de que siga firme en mi recuerdo esta relación.

    Cada vez que hacíamos el amor, Sonia sabía que tenía terminantemente prohibido quitarse los pantis. Se colocara a cuatro patas, cabalgara sobre mí o lo hiciéramos de lado, tenía que lucir sus esculpidas piernas con unos sensuales pantis de color verde o rojo.

    Todos ellos, por cierto, tenían a la altura de la entrepierna un planificado descosido.

    Como contrapartida, yo también sabía que siempre que desayunara, almorzara, merendara o cenara, tenía que condimentar mi comida con sus peculiares especias salidas de sus orificios nasales, bucal y vaginal.

    Cuando comíamos en casa me servía sus mocos, saliva y orina frescos, recién recogidos de sus respectivos manantiales. Pero cuando comíamos en un restaurante o local de comida rápida llevaba en el bolso tres botes de plástico de estos que te dan en el centro de salud. Los guardaba en el frigorífico para que no se estropease el contenido.

    En el primero solo guardaba orina. En el segundo, orina mezclada con moquillo y con mocos largos como lombrices. Y ya por último, en el tercero guardaba saliva, babas y unos gargajos verdes que extraía de lo más profundo de los bronquios, montando un numerito y haciendo unos ruidos guturales para conseguirlos, que no me extrañaba que en público se cortase de hacerlo.

    Aunque era verano cuando nos conocimos, siempre estaba acatarrada. A veces se le escurría un poco de moquillo por las fosas nasales, Sonia esperaba a que le llegara a la altura de la comisura del labio superior. Entonces yo, aprovechando para darle un morreo, se lo lamía y me lo tragaba, saboreándolo con gusto, y comprobando lo salobre y ácido del líquido. Esto en público, con cierto recato, era más fácil de hacer.

    Un día, mientras comíamos unas hamburguesas en una terraza, la veo abrir el bolso y me espero lo peor. Yo no necesitaba kétchup, mayonesa ni mostaza. Sonia traía mis condimentos dietéticos de casa. Empieza por abrir el bote que contiene saliva, babas y gargajos y con una cucharilla de las del café esparce por la carne y la lechuga, con cierta parsimonia, toda la cantidad que contenía el bote. Era tal el exceso de “salsa”, que gran parte de ella se deslizó por los bordes de la hamburguesa y se fue amontonando en el plato. Saca el que contiene orina mezclada con moquillo y mocos y lo vacía en mi vaso. Por el interior del cristal se observaban los mocos nadando como si fueran lombrices.

    Como el vaso se había quedado mediado, sacó el tercer bote, el cual contenía solo orina y lo vacía en el vaso para completarlo.

    Con suma delicia, me fui comiendo aquel manjar. Con la cucharilla iba recogiendo los restos de saliva, baba y gargajos que se acumulaban en el fondo del plato. A medida que los deglutía iba tomando conciencia de lo amargo de su sabor. Aquellos gargajos verdes tenían el aspecto de cachitos de guacamole. Las gentes de las mesas de al lado miraban como diciendo “¡Qué pareja más rara! ¡Se traen los condimentos de casa!” Nos reíamos mucho en esas situaciones.

    Me congratulaba ver la cara de éxtasis que ponía mi chica. Yo iba bebiendo aquel oro líquido con tropezones a sorbos, poco a poco. Me sentaba de maravilla. En el fondo del vaso quedaban algunas “lombrices” rezagadas, yo las recogía con la cucharilla y me las zampaba paladeando aquella exquisitez.

    Sonia estaba tan excitada que no pudo esperar a llegar a casa. Me la tuve que follar en unos baños públicos.

    Ella, simplemente, apoyó un pie en el retrete y dándome la espalda, separó un poco los muslos y se reclinó hacia adelante ligeramente. No hacía más que suspirar esperando con ansiedad a que yo le ensartara por detrás toda mi polla en su palpitante y chorretoso coño.

    Como los pantis estaban descosidos en el lugar idóneo, por ese lado no tuve complicaciones. Las bragas tampoco resultaron ser un gran impedimento para penetrarla. Aparté un poco la tela con los dedos y listo.

    No tardó ni diez minutos en alcanzar el orgasmo. Fue tan intenso que la tuve que sujetar por la cintura porque le flaquearon un poco las piernas y tuve miedo de que se cayera.

    Se desacopló de mi verga, se arrodilló y de un solo bocado se engulló toda mi tranca. Me estuvo follando con su boca, a buen ritmo un buen rato. Hasta que ya no pude aguantar más y me descargué todo en ella.

    Estuvo un largo espacio de tiempo con mi rabo acoplado en su garganta.

    Poco a poco se lo fue sacando mientras me lo exprimía y ordeñaba, para no dejar restos de semen perdidos ni fuera ni dentro de mi falo.

    Una vez mi polla estuvo fuera, Sonia juntó los labios e hizo por espacio de 30 segundos el gesto de estar enjuagándose la boca con un colutorio.

    Luego, a cámara lenta, se fue tragando mi lefa, saboreando centímetro cubico a centímetro cúbico con gran meticulosidad.

    Hasta que por fin, abrió la boca y me la enseñó totalmente limpia de restos espermáticos. La yergo y nos damos un morreo apasionado.

    Ya en casa, mientras miramos una película o un documental, Sonia espera a que yo le haga un buen masaje en los pies.

    Con mis manos y boca le acaricio, beso y lamo cada uno de sus diez deditos.

    En las plantas de los pies intento localizar los puntos erógenos que la vuelvan a encender.

    Con los dedos de mis manos y mi lengua, palpo y lamo con fuerza allí en donde noto que empieza a gemir con más profundidad e intensidad.

    Me da igual si sus pies están limpios y frescos después de un baño con emolientes o si están recién descalzados después de una buena caminata de tres horas.

    Los saboreo y chupo con la misma pasión y dedicación.

    La cara de agradecimiento de Sonia bien lo valía.

  • Debí cogerte cuando podía

    Debí cogerte cuando podía

    Me pretendió por algunos meses, pero nunca me llamo la atención. Tenemos en común los mismos amigos porque estudiamos la universidad juntos. Un fin de semana nos pusimos de acuerdo para salir con mis excompañeros, ese día tomamos unos cuantos tequilas, pero él estaba muy ebrio, aun así, se ofreció llevarme a casa, tenía pendiente que fuéramos a chocar, pero confié, en el transcurso platicamos de sus metas en la vida; irse al otro lado para tener una mejor vida.

    Al llegar a casa antes de que abriera la puerta del coche me tomo de la mano y la subió a mi mejilla y comenzó a besarme, la verdad es que no sentí nada, no me removió las montañas como me lo imagine que sería, siempre ha sido un hombre tímido y eso nunca me gusto, dura bastante para tomar iniciativa y eso me da flojera; perder mi tiempo. No dejo de buscarme después de ese beso, yo no quería nada así que termine por ignorarlo poco a poco para que no se enamorara de mí y terminara nuestra amistad. Han pasado ocho meses de la última vez que lo vi.

    Quedamos de vernos todos mis compañeros y él en un bar, pero esta vez todo era diferente iba con una chica; su novia, menor que él con comportamientos de una niña. Cuando mire que la beso mi mente celosa comenzó a pensar muchas cosas “yo lo bese primero” y me reí. Sentados alrededor de la mesa y con unos tequilas encima comienzan las bromas, de reojo miraba como lo nalgueaba y hacia como que le agarraba su paquete. Me senté aun lado de él a su izquierda y ella a su derecha.

    –Salud –les dije con un tequila en la mano, mientras sonreía y mordía mis labios.

    Entre tantos brindis perdí la cuenta de cuantos llevaba, me levanté y me fui al tocador. Al mirarme al espejo tuve una ligera excitación al mirarme tan sensual y provocativa con mi pantalón de cuero, top y botas, toda vestida de negro, deseaba que aquí estuviera él tomándome de la cintura metiera por debajo de mi top su mano, me acercara a su cuerpo, me tocara los glúteos y subir una pierna encima de él. El tequila había calentado mi sangre y mi mente comenzó a jugar conmigo a ser y no ser, hacer lo que para el resto está prohibido por estar con alguien más, mi deseo es más grande que, mi conciencia, puedo irme al infierno y no importa ahí mismo me calentaría el cuerpo.

    Camino a la mesa mire como la tenía agarrada de la pierna, acerque mi silla de manera que pudiera rosar mi pierna con la suya, ahí maldije haber traído pantalón hubiese querido traer falda y mirara por debajo mis bragas.

    Acaba de romperse mi cadenita –le dije mirándolo a los ojos, esos ojos que me hubiera gustado que me vieran hacerle sexo oral y se diera cuenta de lo que es realmente el placer por una buena mamada.

    –Deja te ayudo- me dijo.

    –Que amable eres –le dije.

    –Su chica no deja de verte, te ves muy obvia –me dijo una amiga que estaba a mi lado.

    –Voy al baño –dijo él.

    No podía perder la oportunidad, espere unos segundos.

    –Voy por mi chaqueta negra –les dije. Mi amiga me echo una miradita rara.– No pasa nada –le susurre.

    Ahí estaba, lavándose las manos, espere que saliera un chico… cuando me vio rose ligeramente mi boca con la lengua, me acerque y me tomo de la cabeza pensé que me succionaría la lengua, sabía que se moría de ganas por besarme, sentí como su bulto pegaba entre mi pierna y eso me hizo enloquecer, nos metimos al cuartito donde tenían las cosas de limpieza.

    Se sentó en una silla, desabroche su pantalón se la saque y comencé a lamerlo como si fuera una nieve de fresa que tanto me encanta, ver sus ojos me hacían tocar el cielo sabía que le gustaba. Me quite el sostén me levante y puse mis senos en su boca para que los besara, quería comérselos los succionaba una y otra vez… me hice de lado mi braga, sentir como poco a poco me la metía era tocar el cielo, gemía una y otra vez suspirándole al oído lentamente que no parara, besaba mi cuello haciendo que por completo mi cuerpo tuviera una piloerección.

    –Me hubiera gustado perder la vergüenza antes –me dijo.

    –Hazme tuya, haz lo que quieras –le susurre al oído

    –No te muevas, no te muevas me voy a venir para por favor- me dijo.

    Me excito tanto que me suplicara que no me moviera que…no deje de hacerlo.

    Él apretaba mis nalgas, me nalgueaba tan fuerte que la temperatura estaba al borde, sentía como se venía dentro de mí.

    –Olivia, Olivia, vámonos, ya es tarde.

    Sentía helado el hombro y volteé.

    –Te quedaste dormida.

    –¿Dónde está Cristóbal?

    –yo creo que se fue a coger con su novia, no han vuelto desde que se fue al baño.

    –Ok, vámonos