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  • Mi mujer se coge a mi ex mujer

    Mi mujer se coge a mi ex mujer

    «Ana se acostó, y separando las rodillas Silvia se puso sobre la boca de Ana y bajó. Sin decir ni preguntar nada, Ana la empezó a chupar y a tocarse. Silvia me hizo una seña, me pare al lado de ella y me la empezó a chupar.»

    Todo empezó cuando una tarde después de trabajar nos encontramos con Silvia, mi mujer, para ir a pasear a un Mall, ella a ver ropa y con la idea de ir a cenar afuera. Silvia tiene 30 años, es delgada, muy bonita, con un cuerpo armónico, medidas ideales, una sonrisa seductora. Hace cinco años que somos pareja. La conocí hace seis años, era la socia del abogado que llevó mi juicio de divorcio.

    —Hola amor, que linda que estás. Le dije al verla con un vestido mini espectacular.

    —Gracias amor.

    —¿Qué te pasa? Estás demasiado seria.

    —Después hablamos, en casa tranquilos.

    —¿Trabajo o personal?

    —Amor…

    —Vamos a tomar un café y me contas.

    Fuimos a un café dentro del Mall, nos sentamos y ella evitaba mirarme.

    —Sil, amor, por favor.

    —¿Te llamó Carla? Me preguntó.

    Carla es mi hija, de mi primer matrimonio con Ana. Tiene 10 años, y por suerte una excelente relación con Silvia.

    —No…

    —Me imaginaba.

    —¿Qué pasa?

    —Lo de siempre. Hoy se va a lo de los abuelos, que la van a llevar al cine mañana, quiso llevar la ropa que le regalé y Ana no la dejó. Estaba furiosa.

    —Me imagino.

    —Amor, quiero comprarle ropa, y que la tenga en casa, porque a casa tampoco la deja traerla.

    —Bueno, no hay problema.

    —No quiero pelearme con Ana Martín, porque va a perjudicar a Carla, pero te juro que la haría mierda. No puede descargar su resentimiento en la nena.

    —Lo sé, tranquilizate por favor.

    —Es que…

    —Lo sé.

    Ana mi ex desde que supo que yo estaba saliendo con Silvia, no hace otra cosa que buscar molestarla, y por más que he hablado con ella, no para.

    El sábado siguiente, salimos a pasear a la costa del río, y nos sentamos a tomar una gaseosa en la terraza de un bar.

    —Lo que me faltaba… Ana… Dijo Silvia mirando a un costado.

    —Hola Martín, hola Ana. ¿Paseando?

    —Sí, paseando. Dije.

    —Hola Ana. Dijo seria Silvia.

    —Martín, ¿puedo sentarme que tengo que hablar con vos sobre Carla?

    —Bueno, no hay problema. Dije y la mire a Silvia que la miraba de arriba abajo.

    —Gracias. Martín, tenes que hablar con Carla. Está contestadora, el otro día me hizo una escena por la ropa para llevar a lo de mis padres.

    —Ana, entiéndela, es mujer como vos, y ya entra en la edad que quiere elegir ella su ropa.

    —Pero no me puede contestar, ella tiene que hacer lo que yo le digo. Y la ropa que quería llevar…

    —¿Qué pasa con esa ropa? Preguntó Silvia.

    —Nada, nada.

    —¿Entonces? Repreguntó Silvia.

    —Es muy colorinche, llamativa.

    —Ah… pues la eligió ella, fuimos juntas a comprarla. No creo que sea mucho más colorinche que la remera floreada que vos tenes puesta.

    —Pero soy una mujer mayor.

    —Eso no lo dudo. Dijo Silvia sonriendo. Ana tiene 38 años.

    —¿Me estás diciendo vieja?

    —No, estoy aseverando lo que vos dijiste.

    La sonrisa de Silvia era tremenda y la cara de Ana impagable. De pronto me comencé a sonreír pensando en un trio con ellas dos. Me imaginaba escenas donde Silvia la dominase a Ana. Me quedé pensando en eso y casi no las escuchaba.

    —No entiendo tu sonrisa Martín. Dijo Ana.

    —Nada, nada estaba ido pensando en otra cosa.

    —Ah sí, ¿en qué?

    —Nada, en serio.

    —Martín, te estas burlando de mí entonces. Dijo Ana.

    —No Ana, no.

    —Habla amor. Dijo Silvia.

    —Se van a enojar conmigo y no tengo ganas. Ana, hablo con Carla en la semana.

    —¿Por qué nos vamos a enojar? ¿Las dos nos vamos a enojar? Pregunto Ana.

    —Sí. Algo que se me cruzó, una locura.

    —Te exijo que me digas. Dijo Ana enojada.

    —Me imaginaba un trio con las dos. Los tres en la misma cama.

    —Sos un cerdo. Me dijo Silvia sonriendo.

    —Martín, ¿cómo decís eso? Preguntó Ana.

    —Con naturalidad. Aparte, siempre fue tu fantasía.

    —Eh… bueno, pero…

    —¿En serio Ana? preguntó Silvia sonriendo.

    —Alguna vez… pero nunca quiso Martín.

    —Ah… ¿Qué pasó que cambiaste de forma de pensar amor? Cuando estuvimos con Jazmín en la costa… Dijo Silvia mirándome a los ojos y sonriendo.

    Le vi la intención en ese instante, nunca existió Jazmín, la estaba volviendo loca a Ana.

    —Amor, la gente cambia, yo cambié. Dije.

    —¿En serio estuvieron con una chica? Preguntó intrigada Ana.

    —Con un par en realidad. ¿Vos cumpliste tu fantasía? Dijo Silvia sonriendo.

    —Eh… no…

    —Ah… Vos sos un cerdo, ni te pregunto. Ana, sé que te morís por ir a la cama con Martín otra vez. Te propongo algo, ¿Queres escuchar mi propuesta o arrugas de entrada?

    —Eh… Martín…

    —No tengo nada que ver, ni sé de que habla.

    —Te escucho. Dijo Ana apretando las manos

    —A la noche salimos los tres, vamos a tomar algo, y después vamos a un hotel, los tres. Vos te sacas las ganas de estar con Martín en una cama y de paso cumplís tu fantasía.

    —¿Vos que decís Martín?

    —Te juro que pago por estar. Dije sonriendo.

    —Bueno… dejame pensarlo… me voy, los llamo en un rato.

    —Como quieras Ana. Dijo Silvia mirándola seria.

    Ana se fue casi corriendo y cuando estuvo lejos Silvia se largó a reír.

    —Sos una hija de puta amor, lo que menos me esperaba era que salgas con eso.

    —Vos sabes bien que en mi vida estuve con una mujer, pero a la tuya, te juro que la hago mierda…

    —¿Pensas que va a agarrar viaje?

    —No lo dudo.

    —Yo sí, no creo que quiera ir.

    —Veremos, pero si va, mando yo…

    —Si va la vas a hacer mierda.

    —No lo dudes amor, no lo dudes.

    Un rato después estábamos caminando por una feria artesanal y me llamo Ana.

    —Hola Martín.

    —Hola Ana.

    —¿Vos queres estar conmigo en una cama?

    —Solos no. En un trio con Silvia, no tengo problema.

    —Bueno, entonces salimos.

    —Bueno, a las diez te pasamos a buscar. Esperá te quiere hablar Silvia.

    —Hola Ana… dos cosas. Vale todo, no va “eso no lo hago”, “eso no me gusta”. ¿Entendido?

    —Si.

    —Otra cosa, ponete una mini bien mini.

    —Silvia, no tengo, yo no uso…

    —No me importa. Chau.

    Silvia cortó y me miró sonriendo con malicia.

    —La vas a hacer mierda en serio. Llega a ir con la mini…

    —No lo dudes. Cuando volvemos quiero comprar algo.

    Seguimos paseando y cuando volvíamos Silvia iba mirando algo en el celular y me dio una dirección para ir. Cuando vi que era un sex shop me largue a reír con todo. Entramos, Silvia fue recorriendo el local, tomó un arnés, un par de consoladores para ponerlos allí, un crema que no me mostró, y fuimos a casa. Comimos unos sándwiches, nos fuimos a bañar y cambiar y ella se puso otro de sus vestidos mini.

    A las diez en punto la pasamos a buscar y cuando salió del edificio, nos miramos sonriendo al ver que estaba con una mini.

    Una vez un conocido casado me había contado de un bar donde normalmente iba cuando salía con una “amiga”, “genial para esos momentos, nadie conoce a nadie” según él. Fuimos y nos sentamos en unos sillones circulares, la luz del local era bastante escasa, permitiendo que nadie vea con claridad.

    Silvia pidió un whisky como yo, y Ana un Gin Tonic. Casi no hablábamos, Silvia estaba sentada entre Ana y yo. Casi veinte minutos después de llegar, Silvia dijo:

    —Vamos al baño Ana.

    Las dos fueron. Silvia después me contaría que ni bien entraron, puso a Ana contra la pared, y metiendo la mano por debajo de la mini, corrió la tanga y le metió dos dedos en la concha.

    —Estas empapada hija de puta…

    —Si… estoy muy caliente.

    —Me doy cuenta. Sacate la tanga.

    —Pero…

    —Que te la saque boluda. Le dijo Silvia.

    Ana lo hizo y la guardó en la cartera.

    —Ponete mirando la pared.

    Sin dudar ni decir nada Ana lo hizo, le hizo separar las piernas y nuevamente le metió dos dedos en la concha y la empezó a pajear. De inmediato Ana empezó a gemir.

    —Como te gusta desgraciada.

    —Me encanta.

    —A ver esto… Dijo Ana y sacándole los dedos del culo, le empezó a empujar uno en el culo.

    —Silvia no, soy virgen…

    —No me jodas boluda… ¿38 años y virgen del culo?

    —Si… dijo mi ex.

    —Te dije algo hoy, nada de “eso no”, “no me gusta”. Dijo Silvia y empujó un poco más el dedo.

    Ana no dijo nada, solo emitió un leve quejido. Silvia siguió enterrándolo hasta que lo metió por completo.

    —Movete Ana.

    Ana giró la cabeza, la miró y vio la mirada seria de Silvia. Lentamente se empezó a mover. Un minuto después, Silvia sacó el dedo y le dijo.

    —Así me gusta, bien sumisa. Vamos con Martín.

    —Me pongo la tanga…

    —No, vamos.

    Las dos volvieron a sentarse y Silvia me miró sonriendo.

    —Ana, mostrale a Martín que tenes en la cartera.

    —Mirá. Dijo Ana y le mostró la tanga.

    —Interesante. Dijo Martín.

    —Dice que es virgen del culo. ¿Nunca se lo rompiste? Me preguntó Silvia.

    —No le gustaba.

    —Pues te cuento que le gusto pajearse el culo con mi dedo.

    —¿Hiciste eso Ana?

    —Eh… sí…

    —Que bien…

    —¿Vamos? Me preguntó Silvia.

    —Vamos.

    Pague, subimos al auto y Silvia le dijo a Ana.

    —Sentate en el medio, separa las piernas y mostrale a Martín como te metes dedos en la concha, pero no tengas un orgasmo.

    —Silvia…

    —Hacelo boluda, o se termina la noche.

    No tuvo que repetirlo y mi ex separó las piernas y se empezó a meter dedos, cada tanto yo la miraba por espejo retrovisor. Manejé hasta un motel, nos dieron la habitación y entramos.

    —Por si no te diste cuenta, yo mando. Sacate la ropa. Dijo Silvia.

    Los tres nos desvestimos y Silvia saco lo que había comprado de su bolso.

    —Acostate boluda. Dijo Silvia.

    Ana se acostó, y separando las rodillas Silvia se puso sobre la boca de Ana y bajó. Sin decir ni preguntar nada, Ana la empezó a chupar y a tocarse. Silvia me hizo una seña, me pare al lado de ella y me la empezó a chupar.

    —Te digo que tan mal no lo hace, sácame un orgasmo Ana.

    Seguimos así hasta que Silvia tuvo un orgasmo y se levantó.

    —Ponete boca arriba. Dijo mientras se ponía el arnés y colocaba un consolador grande.

    —Es grande… Dijo Ana al verlo.

    Ana no dijo nada, le levantó las piernas y lo empezó a meter. Le entraba con dificultad, y Ana gemía y apenas se quejaba de dolor. Me hizo una seña, y le di la crema. Me sonreí al leer la etiqueta “Lubricante Anal Emputecedor”. Ana puso un poco en el consolador y de nuevo se lo fue metiendo. Ahora entraba fácilmente… De inmediato Ana gemía como loca.

    —Para que veas que soy buena, te voy a dejar chuparle la pija.

    —Por favor, sí. Dijo Ana.

    Me acerque y me chupaba la pija como nunca en su vida, estaba super excitada. Luego de varios minutos, cuando yo estaba por acabarle en la boca, me corrí un poco…

    —Ni se te ocurra acabar en ella. Me dijo seria Silvia.

    —No amor. Le contesté.

    Silvia se levantó, buscó el otro consolador que era más chico y se lo dio a Ana luego de ponerle la crema.

    —Toma boluda, quiero ver como te rompes el culo mientras lo chupo.

    —Silvia…

    —Estoy muy caliente. Te lo abrís vos, o yo te doy con el que tengo en el arnés.

    —Si Silvia.

    Se puso de espaldas a nosotros, de rodillas, y se lo empezó a meter lentamente. Ana me miró sonriendo y se puso a chuparme con todo. Ana lo metió por completo y lo empezó a mover.

    —Mira como lo hago acabar en mi boca boluda. Es mi hombre, vos un juguete mío, y si te portas bien, quizás lo deje que te la meta.

    —Si… Dijo Ana moviendo con todo el consolador.

    —Muy putita resultaste Ana, me gusta eso, sumisa y putita.

    Silvia me hizo acabar en su boca, y Ana para mi sorpresa tuvo un orgasmo anal. Me recosté, Ana hizo lo mismo y le dijo:

    —Sin sacarte el consolador, móntame.

    Para mí sopresa Ana la montó y empezó a cabalgarla con todo gritando de placer. Fueron varios minutos hasta que Ana la detuvo.

    —Basta. Levántate, date vuelta, el consolador del culo mételo en la concha y móntame por el culo.

    —Me va a lastimar…

    —Te pongo crema. Y si vos no te lo metes, te lo entierro de una yo. No jodas putita.

    Ana la miró y lentamente hizo lo que Silvia dijo.

    Muy lentamente fue moviéndose enterrando el consolador grande en el culo. Gemía y daba pequeños quejidos.

    —¿Alguna vez le cogiste la boca amor?

    —Nunca.

    —Toda tuya.

    Mientras ella se empezaba a mover más, me paré frente a Ana, se la puso en la boca y la empezó a chupar. Cuando estuvo bien dura, la tomé de los cabellos y la empecé a coger con todo por la boca. Ella se volvió loca y directamente saltaba sobre el consolador que estaba en su culo. Cuando acabé lo hice bañando su rostro con mi esperma. Ella se levantó un poco y cayó sobre la cama.

    —¿Pedís whisky amor?

    —Por supuesto.

    Trajeron tres whisky`s, y los tres nos sentamos a tomarlos.

    —Ana, te voy a ser muy clara. No jodas conmigo, ni con Martín, mucho menos con Carla, porque te juro que te arruino la vida boluda. Y a partir de ahora, las veces que con Martín queramos jugar, vos vas a querer. ¿Entendido?

    —Si Silvia.

    —Bueno. Mejor así. Consolador chico en la concha, el grande en el culo y boca arriba.

    Ana lo hizo, se empezó a masturbar y nuevamente se puso a chuparme la pija hasta ponerla bien dura. Se puso sobre Ana, haciendo un 69 y me dijo que se la meta.

    Me puse detrás de Silvia y la empecé a bombear con todo y ella a enterrarle el consolador con violencia en el culo.

    —Mira putita, mira como me hace el amor, te juro que me vuelve loca como me la entierra. Tenes un buen primer plano…

    Escuchar a Silvia me volvía más loco, acabé dentro de ella y seguí bombeando. Vi como en el rostro de Ana caía mi esperma y los fluidos de Silvia. Ana como podía trataba de juntarlos con la lengua mientras chupaba a Silvia.

    —¿Queres hacerle el culo amor? Me preguntó.

    —Si me dejas…

    —Por supuesto.

    Me corrí, hice poner a Ana en cuatro, Silvia se acostó con su concha bajo la boca de Ana, y lentamente le fui metiendo mi pija.

    —Amor, sin piedad mi vida. Me dijo Silvia.

    La enterré con todo y Ana dio un grito mezcla de dolor y de placer. La tomé de la cintura y golpeaba mi pelvis contra su culo.

    —¿Qué sos? Le preguntó Silvia a Ana.

    —Una putita, su juguete…

    —¿Te gusta como te rompe el culo mi hombre?

    —Sí…

    —Quiero que Martín te escuche: ¿Qué sos?

    —Una putita.

    —No te escucha…

    —Una putita, su juguete. Gritó Ana.

    —Así me gusta.

    Silvia empujó con todo la cabeza de Ana entre sus piernas y casi al mismo tiempo, acabé en el culo de Ana, que tuvo un tremendo orgasmo y Silvia acabo en su boca.

    Nos separamos, Silvia y yo nos bañamos, mientras Ana se vestía si ponerse la tanga como le indicó Silvia. Nos vestimos, pagué, y partimos a llevar a Ana.

    —¿Te gustó putita?

    —Si Silvia.

    —¿Qué se dice?

    —Gracias…

    —Bien… Acordate lo que te dije. No jodas.

    —No Silvia, no voy a joder.

    Bajó del auto y entro al edificio.

    —Esta en serio que no jode más.

    —No lo dudo.

  • A hundred sexual anonymous cases (Nº 4)

    A hundred sexual anonymous cases (Nº 4)

    Case nº 4: “América”

    “Esta vez me toca a mí, el autor de esta recopilación de confesiones y casos anónimos, contar una de mis confesiones. Respetare el anonimato de las personas que mencionare, y claramente el mío, aunque me causa mucho morbo contar esto públicamente por fin”.

    -Anónimo

    A diferencia de la mayoría de las confesiones en esta recopilación, esta será corto pero intenso, para lo que dare contexto de la situación. Esto ocurrió hace no mucho, hace un par de meses para ser exactos, un mes antes de juntarme. Mi pareja y yo hemos estado juntos 3 años, y ambos conocemos nuestros defectos y fortalezas, nos hemos apoyado y nos hemos fallado, pero sobre todo hemos decidido seguir adelante. Ella tiene 4 hermanos, uno pequeño, 2 gemelas más jóvenes, y su hermana que le lleva por un año. Esta última no creció realmente con mi pareja, por lo que su relación es más amistosa que hermanal. Por esta ocasión, la llamaremos América, y a mi pueden llamarme Carlos. Yo había conocido a América por primera vez en una fiesta de la familia de mi pareja, cuando llevábamos un par de meses saliendo. Cuando conocí América descubrí la gran diferencia entre ella y mi pareja, tanto personalidad como físico, mientras que mi pareja es más alegre, extrovertida y delgada, América era más cerrada, fría, alta y con unas caderas que le lucían al bailar. Después de eso, solo volví a ver a América un par de veces más antes de, finalmente, decidirnos en juntarnos. Para ese entonces, América y yo ya teníamos una relación, más amistosa que familiar, de cuñados que se conocían, se saludaban e intercambiaban palabras.

    Este suceso ocurrió un mes antes de cambiarnos a vivir a la casa en la que estamos viviendo, mi pareja había tenido que salir de la ciudad brevemente por trabajo y unos tramites con su mama, de manera que mi suegra dejo a sus otros 3 hijos a cuidado de un familiar, y yo me quede en la ciudad a empezar a mover cosas a la nueva casa. Mi pareja me había pedido que recogiera un paquete que iba a llegar en uno de esos 3 días que iban a estar fuera, así que, después de un día de haberse ido, me llego el mensaje de mi pareja que el paquete llegaría al día siguiente en la noche. Ni ella ni yo sabíamos que mi suegra también le había pedido a América que fuera a la casa a checar que todo estuviera bien, ya que América vivía con su padre, y la colonia de mi suegra no era un área muy segura. Finalmente, el día siguiente llego, y al atardecer me dirigí a la casa de mi suegra. Al llegar, abrí la reja, la puerta y entre a esperar en lo que llegaba el paquete.

    América: ¿¡Hay alguien aquí!? (Grito mi cuñada mientras tocaba la reja)

    Carlos: ¿América? Si, aquí estoy, vine a recoger un paquete. ¿Tú que haces aquí?

    Sali a recibirla, ambos estábamos sorprendidos de la presencia del otro. Yo venía en ropa deportiva, ya que era temporada de frio y quería estar cómodo. A diferencia de mí, América traía un vestido negro brillante, pegado al cuerpo, y al parecer sin sujetador.

    América: ¿Un paquete? Mi mama me pidió que checara la casa, y como vi abierto y las luces prendidas, me asuste, pensé que ya estaban robándose la casa.

    Carlos: Jaja no, ahorita llega el paquete, por eso llegue antes (Pasamos a la casa, habíamos entendido que hubo un problema de comunicación entre mi suegra y mi pareja, le ofrecí agua y después de darle el vaso, mire rápidamente lo bella que se miraba con su vestido negro, ligero maquillaje y labial rojo mate). ¿Y eso que andas tan arreglada cuñada?

    América: Voy a una fiesta, ya sabes jaja, solo quería revisar e irme, deje el carro cerca (Se dio cuenta que la estaba viendo mucho, dejo el vaso sobre la mesa y me miraba también). ¿Y tú? Andas muy deportivo, ¿haces ejercicio cuñado?

    Carlos: Jaja puedes decirme Carlos, casi no me llamas cuñado, es raro.

    América: Entonces tu dime América, ya nos conocemos, y te vas a juntar, no casar.

    Carlos: Va, América, cierto. Pero no, no hago ejercicio, solo tenía frio y quería estar cómodo (Y vaya que estaba cómodo, estaba recargado sobre la mesa de la sala, y sentía que mi amiguito se levantaba a saludar, lo cual sería un problema por lo fácil que se miraba con la tela del pans).

    América: Ah pues te miras muy bien para no hacer ejercicio eee (Sonrió, no estaba seguro si por el cumplido o porque podía ver que mi amiguito quería saludarla).

    Carlos: Jaja gracias, tú te miras muy bien con ese vestido, siempre has usado tonos oscuros, ¿verdad? (Me estaban ganando los nervios, quería cambiar mi posición ya que su cumplido solo hacía que me pusiera más duro. América era de tez morena, pero a pesar de eso los tonos oscuros hacían que su piel se viera más clara).

    América: Así es, hoy estoy experimentando con dos cosas, entre ellas el labial, no me gustan mucho, pero me lo recomendaron, ¿qué te parece? (Volví a ver su labial rojo, se le miraba muy bien, y aunque no tenía los labios tan gruesos como mi pareja, eran lindos).

    Carlos: Me gusta mucho ese tono de labial, así que te queda perfecto. ¿Qué otra cosa estas probando?

    América: Jaja pues no traigo ropa interior, ni arriba ni abajo (Su respuesta me dejo congelado, mi amiguito ya era muy obvio, y fue en ese momento que pude ver su mirada mirándolo).

    Carlos: Wow, ¿hoy toca entonces? (Sonreí, sorprendió, mientras intentaba seguirle el juego).

    América: Jaja pues no diría eso, voy con puras amigas, hace rato que termine con Eduardo, lo conociste, ¿no?

    Carlos: Si, si escuche, ¿entones porque estas sin ropa interior?

    América: Me dijeron que me miraba mejor sin ella. ¿Tú que piensas?

    Cuando dijo eso, dio una vuelta completa mientras ponía sus manos a sus costados, cuando me dio la espalda fue un poco más lento. Estaba sorprendió, no había conocido a mi cuñada de esa manera, si hubo una señal jamás la vi, y no sabía si era por la tensión, por la situación, o porque estaba ocurriendo esto, pero estaba ocurriendo. Se detuvo, mirándome, esperando mi respuesta.

    Carlos: Pienso que tienen razón, te mirabas muy bien.

    América: ¿Sí? (Se acerco lentamente a mí, mientras miraba mis labios). ¿Cómo va lo de juntarse? ¿Ya empezaste a mover todo?

    Carlos: Si, ayer empecé, de hecho, vengo de la casa, ahorita llevare el paquete y mañana seguiré y me quedare a dormir allá (Se había detenido frente a mí, sentía su cuerpo casi pegado al mío, y sin duda mi amiguito casi podía tocarla).

    América: Ah pues mañana paso a darte una mano (Sonrió, casi giñando un ojo). Tengo tu número, te escribo antes de llegar. ¿Está bien?

    Carlos: Claro, me parece perfecto.

    América: Muy bien, veo que la casa está bien, así que ya me voy. Mañana nos vemos. Cuídate cuñado, digo Carlos.

    Se acerco a darme un beso a la mejilla, algo húmedo, y se dio la vuelta, pero no sin avanzar, si no una vuelta sobre su mismo lugar, de manera que su trasero le dio un rozón a mi amiguito, sintiendo su trasero a través de su fino vestido negro, lo cual me dio el impulso de sostenerla y mantenerla ahí, pero me aguanté y la vi irse. Me quede congelado, por casi un minuto, hasta que escuche el de paquetería, que me entrego el paquete y se fue. Después de un rato, me fui también, cerrando bien todo y llegando a mi departamento donde, en soledad, me masturbé pensando y recordando todo lo que había pasado, algo en mi había cambiado, algo en mi empezó a ver a América diferente, y seguramente ella ya me miraba diferente, pero no se desde cuándo.

    Al día siguiente, las cosas fueron normal, salí del departamento a la casa, empecé a mover cosas, acomodar, me bañe, me arregle, comí y en un punto, espere el mensaje de América. A las 5, cuando empezó a atardecer, me llego su mensaje.

    América: Ya voy para allá, ¿listo cuñado?

    Carlos: Si, listo cuñada.

    Y vaya que estaba listo, la espere, y en 10 minutos, toco a la puerta. La recibí, venia de jeans, pegados, blusa negra, ligeramente abierta, maquillaje ligero y su sonrisa en mi rostro. Pasamos, le invite un vaso de agua y nos sentamos en la nueva sala.

    Carlos: ¿Cómo te fue ayer? ¿Te divertiste?

    América: Si, aunque me falto algo, y vaya que me falto.

    Había decidido volver a usar ropa deportiva, ahora a propósito. Dejo su vaso de lado, y miro hacia mi bulto, que ya estaba creciendo. Y aunque disfrutaba su iniciativa, llevaba todo el día pensando en esto, todo lo que había hecho ese día lo había hecho a medias, y solo pensaba en todo lo que quería decirle y hacerle.

    Carlos: ¿Sí? ¿Te quedaste con ganas de quedarte más tiempo anoche? (Definitivamente la había agarrado en curva, se sorprendió y sonrió).

    América: Si, me sentí mal, debí acompañarte hasta que llegara la paquetería. Pero lo bueno es que estoy aquí, quería ayudarte con tu mudanza, aunque ya veo que avanzaste mucho hoy, así que al menos estoy para acompañarte, ya que pronto no podrás recibirme (Sonreí, no podía ganarle, así que era hora de la acción).

    Carlos: Entonces supongo que debo disfrutar de esto

    América: Así es

    Me acerque, rápidamente, a sus labios y tome su cabeza, ella también se había acercado y había cerrado un poco los ojos para recibirme. Nos besamos, de manera intensa mientras tocaba su cabello, lacio oscuro, se sentía tan ligero y me daban ganas de jalarlo mientras le daba duro. Su mano bajo, y se puso sobre mi bulto, empezó a exprimirlo y a disfrutarlo con una de sus manos mientras la otra tocaba mi rostro. Mi verga se empezó a poner más y más dura, tan dura que ya no era suficiente una mano, bajo la otra y empezó a tocarme sobre la ropa, yo respondí bajando las manos y desabrochando el resto de su blusa. Metí la mano, y para mi sorpresa, tampoco tenía ropa interior esta vez. América también era algo delgada, pero tenía las tetas ligeramente más grandes que las de mi pareja. Una vez dentro, empecé a sentir sus pezones, que se estaban poniendo duros, empecé a masajearlos y apretarlos al ritmo de nuestros besos. Entre besos, empezamos a jadear, sentía como su cuerpo empezaba a calentarse, sus piernas empezaban a ponerse algo inquietas y cuando no estábamos besándonos podía ver su cara de placer. Después de unos segundos, baje ambas manos y le quite la blusa por completo, dejándome ver sus hermosos senos, pesos oscuros, algo hinchados ya.

    Carlos: Dios, que buenas tetas, te las voy a comer enteras cuñada.

    América: Hazlo, hace mucho que quería entregártelos, ahorita me toca a mi comerme toda tu verga (Dijo mientras apretaba más mi verga, que ya estaba húmeda).

    Me agache, para chupar, lamer y succionar sus senos mientras ella acariciaba y jalaba mi cabello y jadeaba un poco más fuerte. Después de unos minutos, volví a besarla mientras me quitaba la camiseta y me ponía de pie.

    América: Déjame, me toca.

    Y de un jalón, tomando la orilla de mi pans, bajo el pans y mis boxers, haciendo que mi verga se levantara de golpe casi chocando con su rostro. La tomo en sus manos, la olio, y la puso sobre su rostro mientras me miraba.

    América: Voy a comérmela entera cuñado, como nunca te lo hizo mi hermana. Y luego quiero que me pongas en 4to y estrenemos esta casa, porque anoche me quede con ganas de eso, que me rompieras, tu verga se sentía tan rico en mi trasero y eso que todavía nos separaba mi vestido y tu ropa.

    Termino de hablar, no podía ver mi cara, pero sabía que estaba muy excitado y sorprendido, se metió mi verga completa en la boca, haciendo arcadas y produciendo mucha saliva, luego se la saco y repartió toda la saliva en mi verga, me sonrió y empezó a masturbarme mientras lamia la punta de la cabeza con velocidad y destreza, empecé temblar y jadear más fuerte, realmente sabía lo que hacía. Después de un rato, escupió y volvió a masturbarme con más fuerza, se la metió entera por uno segundos, y al sacarla sus ojos lloraron un poco y me volvió a ver.

    América: ¿Te gusta lo que ves cuñado? ¿Te gusta cómo te la estoy comiendo y mis tetas al aire?

    Carlos: Dios como no tienes idea, eres realmente buena.

    América: ¿Lo hago mejor que mi hermana? ¡Ahora ponme en 4, y rómpeme!

    Carlos: Como ordenes cuñada.

    Se levanto, le di la vuelta y antes de bajarle los jeans le di un fuerte arrimón, lanzándola sobre el sillón. Le bajé los jeans, y efectivamente no tenía ropa interior, su vagina estaba húmeda, recién rasurada y tenía un olor exquisito, su ano estaba perfectamente limpio y aunque tenía tantas ganas de metérsela de una, me detuve a lamer su ano y a sentir su trasero, que era mucho más grande que el de mi pareja.

    América: ¡Ahhh! ¿qué haces cuñado? ¡Ahhhh que rico se siente, sigue así…!

    Después de unos minutos, de dilatar y disfrutar su ano, me puse de pie y apunté mi verga a su vagina, y sin decir nada ni avisarle, se la metí hasta el fondo. Ella dio un ligero grito y yo gemí mientras entraba. Ambos estábamos tan mojados que se deslizo sin ningún problema, podía sentir que había llegado hasta el fondo y ambos estábamos muy calientes.

    América: Dios, es la verga más grande que he sentido, mi hermana te tenía bien escondido cuñado, vamos, dame y déjame temblando.

    Dicho y hecho, empecé a bombearla, tan fuerte que la sala chocaba con la pared, América empezó a gemir con fuerza mientras sus senos se movían de enfrente hacia atrás, yo sostuve tu cadera mientras miraba como su trasero chocaba con mi cuerpo. Después de unos segundos, empecé a darle nalgadas, sentía que ya me iba a venir, pero no quería que esto terminara.

    América: ¡Dios que rico! Sigue dándome, más duro, déjame toda marcada cuñado, ¡más! ¡más! Vente dentro de mí, no quedare embarazada no te preocupes, uso inyecciones. Y cuando termino de decir eso, no pude aguantar más, empecé a gemir con fuerza, y los primeros chorros salieron disparados hasta lo más profundo de ella, junto con sus gritos de placer.

    Carlos: ¡Ahhh cuñada, siii que buena vagina tienes, que cuerpazo!

    Había tomado su cabello, mientras terminaba de venirme en ella, pude ver su cara, de placer, sus ojos habían girado un poco, su boca tenía saliva y no dejaba de mostrar sus dientes, era una escena increíble.

    América: ¡Ahhh siii, esto es lo que siempre he querido cuñado, que me llenes de todo tu semen!

    Estaba sorprendió y extasiado, jamás en mis sueños imaginaria la escena que acabamos de vivir, en mi nueva casa rompiendo a mi cuñada en 4. Después de unos segundos, estábamos jadeando, recuperando el aliento. Nos separamos, nos limpiamos, y en ese tiempo solo nos mirábamos y nos sonreíamos. Yo aprovechaba para ver mejor su figura, por fin pude ver esas caderas tan hermosa de mas cerca, y sus senos y pezones. Finalmente, se puso la ropa y se dirigió para despedirse.

    América: Sigamos en comunicación cuñado, esto debería de repetirse, ¿no crees? (Sonreí, nervioso, sabía que ella quería que esto ocurriera, así que suponía que no había ni una gota de arrepentimiento).

    Carlos: Lo pensare cuñada, lo pensare, pero recuerda que todavía mañana estaré aquí (Le giñe el ojo, y ella sonrió, se dio la vuelta y se fue).

    Para los curiosos, puedo decir que, si volvió a ocurrir, si al día siguiente, pero también una tercera y última vez, pero esa la contare después, en otro caso. Mientras, espero hayan disfrutado de mi primer caso en este compendio, amor filial con mi cuñada América.

  • Mi hijo me dio por el culo creyendo que estaba dormida (4)

    Mi hijo me dio por el culo creyendo que estaba dormida (4)

    Hola amigos. Gracias por los consejos y comentarios que me envían.

    A los que no leyeron mis relatos anteriores, les cuento que me llamo María. Ahora tengo 39 años. Estoy casada. Mi esposo tiene 43 años. Tengo un hijo que ahora tiene 22 años. Este hijo es solo mío. Fruto de un desliz en mi juventud. Mi esposo es estéril. No puede procrear. Pero él no se hace problemas con eso. Está contento con mi hijo, a quien quiere como si fuera suyo.

    Como ya saben los que leyeron mis relatos anteriores, mi esposo trabaja como agente de ventas de una empresa de artículos tecnológicos. Además, es supervisor de las sucursales. Él viaja al interior del país, y está ausente por semanas intercaladas. Es decir, está una semana en la casa, y la otra está de viaje.

    En mis relatos anteriores, cuento como mi hijo empezó a follarme cada vez que yo regresaba de alguna reunión con mis amigas. Debo decir que yo tengo debilidad por el vino y la champaña, y a veces me paso de copas. Mi hijo esperaba que me duerma, luego me sacaba el calzón y me manoseaba. Para después meterme su verga por mi culo. A veces yo me despertaba y fingía estar dormida. Pero otras veces no sentía nada. Solo al día siguiente me daba cuenta de lo que me había hecho porque estaba con el culo lleno de semen.

    Después me enteré que mi hijo me tomaba fotos mientras me manoseaba. También me grababa en video. Debo confesar que a mí me gusta salir con mis amigas y tomamos algunos tragos. A veces vuelvo un poco mareada, y me duermo profundamente. Mi hijo se aprovecha de eso para hacerme esas cosas.

    En uno de mis relatos cuento como tuve sexo con mi hijo y su amigo Bruno estando presente mi esposo, pero dormido y borracho. Así hemos estado viviendo todos estos días. Yo creo que mi hijo les ha contado todo a sus amigos. Porque cuando vienen según ellos a hacer sus trabajos de la universidad, me miran el culo y murmuran despacito entre ellos. No niego que me gusta bruno y los otros amigos de mi hijo. Todos jóvenes y fuertes, de cuerpos atléticos. Pero a mi edad, no podía coquetear con ellos. Ni siquiera dar alguna señal de mis deseos. Porque yo debía guardar mi lugar como mujer casada y madre de un hijo joven.

    Un día mi hijo me dice que uno de sus amigos le había dicho que si podía celebrar su cumpleaños en mi casa. Que este amigo vive solo en la ciudad, porque sus padres están en provincia, y él no podía viajar hacia allá. Yo le dije: Mejor hagan la fiesta en el departamento de él. Pero mi hijo me dijo que este amigo solo tiene una habitación chica, y no se puede hacer una fiesta allí. Me rogó tanto que yo terminé aceptando. Me dijo que no me preocupe de nada porque ya todo lo tiene solucionado.

    Para esta fecha, mi esposo estaría de viaje. Y aunque el estuviera presente, seguramente le hubiera aceptado a mi hijo hacer la fiesta en mi casa. Por ese lado no había ningún problema. Yo hablé con mi hijo, y le dije que no vayan a beber mucho licor. Y que traten de terminar la fiesta a la hora adecuada. Él me dijo que estarían máximo hasta las dos de la mañana.

    Cuando llegó el día de la fiesta, mi hijo al salir de la casa me dijo: Mamita rica. Para la noche quiero que te pongas tu ropa sexi. Porque van a venir varias chicas y quiero que tu estés más linda que ellas. Y que mis amigos te vean más sexi que ellas. Yo le dije: Esta fiesta es de ustedes. Yo no tengo porqué vestirme como tú quieres. Además, yo no quiero estar en la fiesta. Voy a salir con mis amigas. Él me dijo: No te hagas la difícil. Yo le dije: No insistas yo saldré con mis amigas y volveré cuando haya terminado la fiesta. Él me dijo: espero verte en la fiesta.

    Así salió mi hijo porque ya se hacía tarde para la universidad. En realidad, yo si quería estar en esa fiesta. Me imaginaba a los amigos de mi hijo todos jóvenes con las hormonas alborotadas tratando de bailar conmigo. Pero no podía darme esas libertades. Tenía que guardar mi lugar, y evitar cualquier mal momento para mí, o para mi hijo. Entonces decidí llamar a mi amiga, la más alegre y fiestera. Le conté lo que sucedería en mi casa. Ella me dijo: Oye, aprovecha y date un baño de juventud. Yo le dije: No puedo hacer eso. Tienes que salir conmigo, o simplemente tenerme en tu casa hasta la hora que termine la fiesta en la mía. Ella me dijo: Está bien. Vente a mi casa a la hora que quieras.

    Me fui a la casa de mi amiga como a las seis de la tarde. Todavía no llegaba mi hijo de la universidad. Allí en la casa de mi amiga estuvimos charlando y tomando vino haciendo tortas y comiendo con otras amigas más. Hasta que me pareció la hora que ya debía retirarme a mi casa. Eran las tres de la mañana. Mi amiga llamó un taxi y me fui a mi casa. Me sentía un poco mareada por el licor que tomé con mis amigas. Pero para mí eso era normal porque siempre llego a mi casa un poco mareada después de estar con mis amigas.

    Al entrar a mi casa, escucho música y voces de hombres hablando y riéndose. Llego a la sala, y encuentro a mi hijo, a cuatro jóvenes más, y a dos hombres mayores como de unos 40 y 45 años aproximadamente. Uno de ellos era moreno. No había ni una sola mujer. Cuando entré, todos se pararon y me saludaron. Yo correspondí a los saludos, tratando de ser amable. Luego llamé a mi hijo a la otra habitación, y le dije: Ya es hora de que se retiren tus amigos. Él me dijo: Mamita estás borracha. Y quiso besarme en la boca. Te estábamos esperando. Yo lo aparté y le dije: Mira: Dile a tus amigos que se vayan. Porque yo no voy a ir a la sala. En este momento me voy a dormir. Evidentemente mi hijo estaba borracho.

    El me abrazó a la fuerza así parados como estábamos. Me agarró las nalgas y me dijo: No te hagas. Se bien que quieres que mis amigos te agarren el culo. Yo traté de alejarlo, pero él tiene más fuerza y me llevó cargando hasta la sala. Allí traté de disimular y me senté en el sillón que estaba desocupado. Estaba con un vestido que me quedaba un poco alto y se me veían las piernas. Mi hijo alzando la voz dijo: Amigos. Aquí está mi madre. Díganme si no es linda como les dije. Ella bailará con todos. Si o no mamita. Yo les dije: Señores. Por favor ya es hora de retirarse. Gracias por su comprensión. Pero mi hijo les dijo: No se vayan amigos. La noche es joven sigamos divirtiéndonos. Diciendo eso, puso música bailable en la computadora y me sacó a bailar. Todos le aplaudían.

    Yo tenía que bailar a regañadientes. Mientras bailaba, yo miraba a los amigos de mi hijo. La verdad estaban muy guapos. Y los dos hombres maduros, también tenían lo suyo. Poco a poco empecé a disfrutar la música. Creo porque estaba un poco mareada por el vino que tomé con mis amigas. Mi hijo me agarraba de la cintura, y me hacía mover las caderas. Le pregunté porque no había ni una chica. Él me dijo: Hace rato esto estaba lleno de gente. Había muchas chicas, pero ninguna como tú. Ya se fueron todas con sus parejas. Solo se han quedado los solteros esperándote a ti.

    Yo le dije: Compórtate. Y no hagas ninguna estupidez delante de tus amigos. Él me dijo: Ya mamita. Si tú te portas bien conmigo, yo también me portaré bien. No te vayas a dormir. Porque yo te sacaré alzando hasta la sala. Yo sentía que mi vestido se subía cada vez que movía mis caderas bailando. Y trataba de jalar mi vestido para que no se suba mucho. Él me dijo: deja que mis amigos te miren las piernas y el rico culo que tienes. En ese momento paró la música y me fui a sentar al sillón. Allí escuché que los jóvenes incluido mi hijo le decían «profe» a los dos hombres mayores. Saqué la conclusión que esos hombres mayores eran sus profesores.

    Luego empezó nuevamente la música. Y mi hijo les dijo a los mayores: Ya profes. Saquen a bailar a mi mamita. Uno de ellos vino y me extendió la mano. Yo me paré y empecé a bailar con él. Bailando él me dijo: Señora es usted muy linda. Yo le dije: Gracias. Usted también es guapo. Al decir yo eso, el hombre interpreto que yo le estaba coqueteando y me dijo: La verdad usted tiene las piernas más lindas que he visto en mi vida. Y como yo ya estaba entonada, le dije: ¿solo las piernas? Él me dijo: Con todo respeto no solo las piernas: Sino también las nalgas y todo el cuerpo y el rostro. Yo le dije: No sea grosero. Soy una mujer casada, y mi hijo está presente. Él me dijo: Perdón. Pero usted me hace decir esas cosas. Espero que no se moleste. Yo le dije: Está bien no me molestaré si solo mira y no toca.

    Luego me sacó a bailar el otro hombre mayor. Este era más «mandado» Al instante puso sus manos sobre mis caderas. Yo estaba con mis manos en sus hombros. Él me dijo: Señora. Dichoso su esposo de tener una mujer como usted. Yo le dije: ¿Por qué? Si usted no me conoce y no sabe cómo soy yo. Él me dijo: Solo basta mirarla para desearla. Yo quisiera tener una mujer como usted. Yo le dije: ¿Y qué haría con una mujer como yo? Él me dijo: Si usted me permitiera, yo le sacaría toda la ropa y le lamería todo el cuerpo. Luego le chuparía la panocha y metería mi lengua en su rico culo. Después la pondría de rodillas para penetrarla primero por la panocha y luego por el culo. Diciendo esto el hombre puso sus manos sobre mis nalgas.

    Con esas palabras y sus manos sobre mis nalgas, y entonada por el vino que tomé con mis amigas, yo estaba ya caliente y quería que este hombre y todos los otros me agarren y me hagan todo lo que él me decía. Pero trataba de hacerme a la difícil y le dije: Usted es muy grosero. Fíjese que soy casada y mi hijo está aquí. Él me dijo: Señora mía: todos los que estamos aquí, ya sabemos lo que usted hace con su hijo. Él nos dijo que esta noche, usted nos dará el culo a todos. Por eso la hemos estado esperando.

    Aunque yo me esperaba algo así, En ese momento me sentí indefensa. Ya me imaginaba lo que se me venía. En ese momento mi hijo dijo: Ya profe usted mismo es. De pronto este hombre alzó mi vestido y me agarró las nalgas desnudas mientras bailábamos. Las estrujó como a una masa con sus dos manos y me dijo: Que rico culo tienes mamacita. Traté de zafarme de las manos de este hombre, pero el me sujetó con fuerza y no me dejó zafarme. Yo sentí que me bajaba un líquido por mi vagina. Todos los demás incluido mi hijo gritaban a este hombre animándolo y le decían: ya profe. Ese culo es tuyo.

    De pronto el hombre metió su dedo por debajo de mi calzón y me dijo: Mamacita. Ya tienes la panocha mojada. Diciendo eso, me tumbó lentamente sobre la alfombra y me sacó el vestido. Entonces el otro profesor vino, y entre los dos me sacaron el calzón dejándome solo con el brasier tipo corsé. Mi hijo decía: Ya mamita. Cómete a mis profesores para que me pongan buena nota. Jajaja. Mi hijo y los otros jóvenes estaban sentados en el sillón grande tomando licor y mirando lo que me hacían los hombres mayores. Si yo quería, podía levantarme e irme corriendo a mi habitación y dejarlos a todos con ganas de tenerme. Pero sabía que mi hijo estaba mareado y me sacaría alzando hasta la sala. Yo se lo terco que es el.

    Pero también yo ya quería sentir las vergas de estos dos hombres maduros que estaban deseosos por meterme sus vergas. Los miraba desesperados por desvestirse lo más rápido que podían. Luego me sacaron el brasier quedando totalmente desnuda. Me sentía deseada a mi edad. Y el morbo de estar desnuda en manos de siete hombres era más fuerte que yo. Y me quedé echada esperando lo que venía. Yo estaba echada de espaldas con las piernas abiertas. Los dos hombres ya totalmente desnudos me manoseaban todo el cuerpo. Uno metía sus dedos en mi vagina. El otro manoseaba mis tetas hasta hacerme doler. Yo gemía suavemente tratando de no ser muy vulgar. Uno de ellos metía su dedo en mi ano, y se lo llevaba a la boca. Luego nuevamente me lo metía en mi ano. Los dos decían: Que rica puta. Que buen culo tiene. Que ricas piernas.

    Mientras uno me seguía lamiendo la vagina y metiéndome el dedo al culo, el otro me hacía mamar su verga metiéndome hasta la garganta. Yo me sentía en la gloria con esos hombres haciéndome de todo. En un momento miré a mi hijo, y vi a todos los jóvenes totalmente desnudos. Masturbándose y mirando lo que me hacían sus profesores. Esos dos hombres maduros me hicieron de todo. Me follaron por todos mis agujeros. En todas las posiciones tragué semen de los dos. Hasta lloré de dolor cuando me lo metieron por el culo. Me trataron de puta y perra. Pero llegué al orgasmo como tres veces. Los dos maduros gritaron de placer al llegar al orgasmo. Me llenaron de leche el culo, la boca y la vagina. El semen chorreaba por mis piernas hasta llegar a la alfombra.

    Sentí que mi hijo y sus cuatro amigos se acercaron a mí. Yo le dije: Hijito por favor ya no más. Estoy muy cansada y adolorida. Él me dijo: Como crees que no nos vas a dar el culo a nosotros. Tu solo aguanta, que nosotros haremos el trabajo. Los cinco me manoseaban y no sabían que hacer conmigo. Me metían el dedo al culo y a la vagina. Uno intentaba meter su verga a mi culo, Mientras que el otro me hacía mamar su verga. Yo ya no tenía fuerzas ni deseos de sexo. Solo soportaba lo que me hacían. Me follaron a su antojo volteándome a cada rato. Eran insaciables una y otra vez me lo metían por todos mis agujeros. Hasta que por fin uno a uno iban cayendo por el orgasmo alcanzado. Quedé bañada en semen. Estuvieron maltratándome hasta las siete de la mañana.

    Después le dije a mi hijo que los despida a todos. Me fui a bañar con las pocas fuerzas que me quedaba. Mi hijo despidió a todos y nos fuimos a dormir. Dormimos en mi dormitorio hasta las tres de la tarde del domingo. Ya por la tarde hablé con mi hijo y le dije: Que van a pensar de mis tus profesores. Porque has hecho esto. Él me dijo: No te preocupes mamita. Mis profesores son casados ellos no quieren escándalos ni problemas. No hablarán nada a nadie. Yo le dije mira: Yo te acepto a ti y dejo que me hagas todo porque te amo. Pero ya hacerlo con personas que ni conozco es otra cosa. Corremos riesgos. Tanto tu como yo. Esperemos que tu padre no se entere de nada. Él me dijo: Ese cabrón no es mi padre. Y tú eres mi mujer. Solo dejo que el cabrón te folle para no levantar sospechas. Pero si fuera por mí, serías solo mía. Aunque también me excita saber que tu marido te está rompiendo el culo cuando escucho tus gemidos.

    Después de esa fecha, algunas veces se ha repetido la orgía. Claro que estando yo mareada. A veces venía uno de los profesores y otras venían los dos. También venían los amigos de mi hijo. Una vez me desperté en la noche cuando uno de los profesores de mi hijo me estaba manoseando las nalgas mientras yo dormía un poco mareada. Claro que después me dejé follar ya despierta.

    Bueno. Esta fue mi última experiencia. Tengo fotos y videos de esos encuentros. Fotos y videos que encontré en la computadora de mi hijo.

    Quiero dejarles mi correo a los que quieran escribirme. Les enviaré mis fotos y videos. Mi correo es:

    [email protected]. Espero que me escriban.

    Relatos anteriores:

    “Mi hijo me dio por el culo creyendo que estaba dormida”

    “Mi hijo me dio por el culo creyendo que estaba dormida (2)”

    “Mi hijo me dio por el culo creyendo que estaba dormida (3)”

  • Una charla con final feliz

    Una charla con final feliz

    – “¡¡Qué cagada!! Esto me pasa por anotarme a último momento”, le dije a Jorge, cuando el viernes tarde llegamos al lugar y nos empezamos a acomodar.

    Él había organizado esa salida de tres días a una casa de campo en las afueras de Pergamino y yo me había anotado tarde (en realidad cuando el cupo estaba completo) porque vi entre los que concurrían a una mujer que tenía ganas de conocer. Como Jorge me conoce, hizo la gauchada de dejarme entrar, avisándome que solo quedaba (para dormir) el galpón. Éste estaba retirado de la casa principal donde el resto de la gente dormía en los varios dormitorios que tenía la mansión. Para empeorar la situación, la mujer que me interesaba ni me dio bola y ya venía medio en pareja con otro. Un fiasco.

    Para empeorarlo, Jorge había aceptado incluirme con la condición que dé una charla sobre sexo una de las noches. Había estado en algunas de mis charlas y pensó que sería bueno para amenizar la salida. Me pidió que diserte sobre “fantasías sexuales”. Pero, ya estaba ahí y no iba a perder lo que había pagado, de modo que me arreglé lo mejor que pude y me propuse pasarlo lo mejor posible.

    El sábado la pasé mateando y charlando a la mañana, matizando con zambullidas en la pileta. Eso me permitió apreciar a un par de mujeres más jóvenes, de cuarenta y tantos (todos los demás rondábamos los 60 largos) con un físico muy interesante y que, al parecer, eran amigas ya que iban a todos lados juntas.

    A la tarde, Jorge me pidió que dé la charla esa noche, tenía que venir un conjunto para armar un baile y se había retrasado. Quedamos en que anuncie que después de cenar yo iba a hacer mi disertación. Cuando me presenté en el salón para iniciarla vi con sorpresa que estaba muy concurrida. Casi no quedaba nadie de los que habían venido que no estuviera ahí.

    Di la charla y las preguntas fueron muchas, con algunas intervenciones con opiniones o contando vivencias referidas a lo que había expuesto. Pero sobre todo muchas preguntas. Y las dos cuarentonas parecían muy interesadas en la cuestión. Lo real fue que el debate se tornó intenso y tuve que contestar a muchos interrogantes. Por esas razones, todo terminó tarde y nos fuimos rápido a dormir, sumado a que estábamos cansados por el día al aire libre.

    Estaba conciliando el sueño cuando sentí que golpeaban la puerta. Mentalmente lo puteé a Jorge (era el único que se me ocurría que pudiera venir a golpear y seguro para pedirme algo) y por esa razón cuando abrí mi pregunta fue bastante tajante.

    – “¿Qué te pasa?”, dije antes de saber quién era.

    – “Perdoná, te molestamos”, escuché que me contestó una voz femenina sin poder ver bien (por la obscuridad) quien era.

    – “No, no. Pensé que era otra persona. ¿Qué sucede?”

    – “Sabemos que es tarde pero, con mi amiga, nos quedaron muchas dudas, algunas que no son para hablar en público. Queríamos preguntarte si no es demasiada molestia que pudieras contestarnos en privado”.

    A esa altura ya había reconocido a las dos amigas cuarentonas que me habían interesado por la mañana. Obvio que les dije que si, pasaron, nos acomodamos a como daba lugar (el sitio no era lo más confortable que se pueda decir). Les pregunté si querían mate, pero me sugirieron otra variante.

    – “Mirá, si no te molesta, trajimos un Beefeater helado”, me dijo la rubia (que después se presentó como Carmen).

    – “¡¡Cómo voy a negarme a un Beefeater!!, contesté.

    Fui a buscar donde tomarlo y, entre un vaso que tenía, la tapa del termo y una taza pudimos servir el gin para los tres. Casi sin dejar espacio a nada, la morocha (Silvia), empezó a preguntar.

    – “¿Cómo puede hacer un hombre para satisfacer bien a dos mujeres en un trío?

    – “¡¡Caramba!! No tuviste muy buenas experiencias en el sexo. Para empezar, un hombre puede satisfacer a una mujer sin necesidad de penetrarla. Si no ¿cómo gozan las lesbianas?, le contesté.

    La charla se dio, distendida y abierta, ambas confesaron ser separadas de matrimonios donde el sexo no había estado demasiado copado. Contaron que sus intentos posteriores tampoco fueron fantásticos y que mis relatos sobre un sexo distinto las había intrigado. Hablamos de todas las caricias, masajes, estimulaciones, juguetes, dominación, juegos de rol y muchas otras cuestiones que eran, para ellas, un mundo desconocido y tentador.

    – “¿Tenés juguetes acá?!, preguntó Carmen, que era más desinhibida y lanzada.

    – “Sí”., contesté y les fui mostrando los poco que siempre llevo conmigo (por si acaso). Un consolador doble (vaginal y anal), un rosario de bolitas para el ano y un vibrador pequeño. Los miraban con ojos deseosos e incrédulos.

    – “Los conocíamos, obvio y escuchamos sobre esto. Pero nunca los tuvimos en las manos y menos aún los probamos”, dijo Silvia sonrojándose.

    Seguimos charlando, cada vez más animados porque ellas se iban soltando de a poco y el gin ayudaba a aflojar la situación y eliminar sus pruritos. Yo les relataba la manera en que usaba esos juguetes mientras notaba que se imaginaban qué se sentiría y la curiosidad y el deseo asomaban a sus caras.

    – “Si queremos hacer realidad una fantasía ¿es pecado?”, preguntó Silvia.

    – “Los pecados no existen. Son inventos de la Iglesia para que las mujeres no expresen libremente sus deseos y goces. Nada es pecado si se hace libremente y en forma consentida. El sexo no es pecado, es disfrutar de la vida”.

    – “Si Silvi”, le dijo Carmen. “Siempre te digo que tenes que vivir y permitirte disfrutar lo que deseas. Soltate”.

    – “¿Quieren probar?, me animé a decir al verlas tan entusiasmadas.

    – “¿Ahora?”, preguntaron las dos al unísono y retrayéndose.

    – “Chicas, pueden quedarse con las ganas y seguir fantaseando o hacer realidad sus sueños”, contesté. “Pero, la pregunta real es ¿tienen ganas o no?”.

    Se miraron con dudas, casi preguntándose una a otra con las miradas y empezaron a hablar con monosílabos y muletillas sin decidirse a contestar, pero sin ninguna negativa. Yo me adelanté, la tomé a Carmen por la nuca y despacito, le acerqué su boca a la mía. Me dejó hacer y en ningún momento se resistió hasta que terminamos en un beso de lengua, duro y nervioso al principio y que se fue aflojando. Silvia miraba intrigada y sin moverse.

    La dejé a Carmen y fui a besarla a Silvia. Al principio tiró apenas la cabeza para atrás, pero Carmen nos tomó de la nuca a ambos y acercó nuestras bocas. El beso también empezó dubitativo, pero en segundos, la morocha me abrazó y se fundió contra mí, mientras yo la tomaba a Carmen y la acercaba para ir cambiando entre una y otra en los besos.

    Me separé, la tomé a Carmen y la ayudé a incorporarse mientras Silvia miraba. Abracé a la rubia y empecé a acariciarla toda y después a sacarle la remera. Ella ayudó levantando los brazos. Me acerqué y le besé un pecho, le bajé el corpiño y le dí un chupón en uno de sus pezones. Su respuesta fue un gemido y apretar mi cabeza contra su teta.

    Le estiré la mano a Silvia y, cuando la tomó, la ayudé a levantarla, la puse junto a nosotros y empecé a repartir caricias entre las dos, mientras nos íbamos desvistiendo mutuamente. Mientras me entretuve lamiéndole los pezones a Silvia (hermosos pezones en unas tetitas chicas y cónicas, pero firmes y hermosas), Carmen se agachó para bajarme el bóxer (que era lo único que me quedaba) y, cuando mi pene estuvo libre, comenzó a lamerlo y chuparlo.

    Silvia se mantenía pasiva y con los ojos cerrados (como si el hecho de no ver, la alejara del pecado que estaba cometiendo) pero me permitía acariciarla toda e ir desvistiéndola hasta dejarla en bombacha. Disfrutaba enormemente que me dedique a sus tetas y pezones y le acaricie la linda colita que tiene. Carmen no me necesitó para desnudarse toda y pasar a chupar mi pija con todo entusiasmo.

    Cuando metí mi mano en la entrepierna de Silvia, retiró su cadera como si la vergüenza la venciera, pero sin sacar los pezones de mi boca. Carmen se paró, se puso detrás de Silvia y me abrazó pegando a la morocha contra mí, yo le apoye el miembro contra su pubis y empecé a menearme para que lo sienta. Me abrazó, siempre con los ojos cerrados y me dejó hacer. Carmen le bajó la bombacha y volvimos a abrazarnos. Le tomé la mano a Silvia y la llevé a mi miembro. Se resistió apenas y empezó por tocarlo suave, pero después lo abrazó con su mano y empezó a acariciarlo.

    – “Besámelo”, le dije al oído.

    Despacito y sin abrir los ojos, se agachó y empezó a darle besos suaves para después empezar a chuparlo delicadamente, pero metiéndolo casi todo en su boca. Con Carmen la miramos y ella le pidió que abra los ojos y nos mire. Lo hizo, con actitud cohibida y nos miró, sin dejar de chupar mi pija. Carmen se agacho para ponerse al lado de ella.

    – “¿Me lo prestás un ratito?, le dijo mientras tomaba mi pija y la chupaba y lamía y la morocha la miraba.

    – “Ahora vos”, le dijo y, tomándola por la nuca le llevó la boca para que me chupe.

    – “¿Vamos a la cama Silvi?

    Sin dejar de chupar, la morocha asintió con la cabeza. Tomé las manos de cada una y las ayudé a levantarse y fuimos a acostarnos. Le llevé las manos de Silvia a la cabecera y le dije que no las moviera de ahí y cerrara los ojos. Empecé a acariciarla y besarla, desde la boca hasta los pies, delicadamente y tocando y lamiendo suavemente sus pezones, apenas tocando su pubis, aflojándola y calentándola. Carmen le acariciaba la cabeza y con la otra mano me acariciaba a mí.

    Fui a lamerle la conchita de Silvia suavemente, le tomé la mano a la rubia y la llevé para que abriera los labios y me dejará el clítoris de la morocha expuesto. Lo fui tocando apenas con mi lengua, lamiendo y chupando mientras empezaba a acariciar con los dedos la entrada de su vagina, que se mojó rápidamente, permitiendo que le entren dos dedos y después tres. A esta altura, Silvia gemía, se retorcía y respiraba entrecortadamente. Al rato, elevó su cadera para pegarla a mi, se tensó toda y dejó escapar un hondo gemido y un ¡¡ahhhh!! profundo, en un orgasmo largo e intenso.

    Dejé a Silvita descansando y fui a abrazarme y acariciarme con Carmen. Me invitó a acostarme, bajo a lamerme un rato, se sentó sobre mí y delicadamente fue metiendo mi pija en su vagina. Después comenzó a cabalgarme suave y combinando movimientos circulares, de vaivén (para rozar su clítoris contra mi) y subiendo y bajando. Mientras, yo acariciaba sus grandes pechos y jugueteaba con sus rosados pezones.

    Así estábamos disfrutando, cuando Silvia se despertó de su éxtasis, se puso de costado y empezó a acariciarme y besarme. Carmen le acarició la cabeza y empezó a hacer más intensos sus movimientos, apretó mi mano contra su pecho, empezó a jadear y llegó a un orgasmo quedando tensa un rato, con los ojos cerrados, abstraída en su placer.

    Le pedí a Carmen que se acueste junto a su amiga y empecé a pasearme sobre ellas, besándolas, acariciándolas. Fui a buscar los juguetes y empecé a usarlos, afirmando el vibrador contra el clítoris de la rubia mientras lamía a Silvia y le iba introduciendo un consolador. Después pasé de lado, apoyé el vibrador contra la conchita de Silvia y me puse a lamer a Carmen, mientras le introducía un rosario de bolitas untado en lubricante en su cola.

    Tomé la mano de Silvia y la llevé hasta la conchita de Carmen, le puse el vibrador en la mano para que lo tenga allí y empecé a jugar con mis dedos en la conchita de la rubia que el rato estaba gimiendo y disfrutando a full, hasta acabar con un largo gemido. Llevó su mano hasta apretar la mano de la morocha contra sí y con la otra la abrazó. Yo tomé de la nuca a ambas y acerqué sus bocas. Se pararon antes de llegar como no estando seguras de seguir.

    – “Vamos chicas un piquito!, les pedí.

    Rozaron sus labios un rato y yo me sumé besando a ambas y volví a unir sus bocas. Esta vez se besaron y yo mantuve la presión para tenerlas unidas en ese beso.

    – “¿Quién de las dos va a animarse a meter la lengua?, pregunté.

    Hubo un momento de tensión y quietud y al rato Carmen metió la lengua y Silvia abrió la boca para recibirla. Me corrí y las incité empujándolas para que se abracen. Cuando lo hicieron, me coloqué detrás de Silvia y metí la mano para tomarle una teta mientras le besaba el cuello. Después solté esa hermosa teta, acaricié a Carmen para dejarlas en su abrazo y fui a pasarle mis dedos lubricados en el trasero de la morocha. Reaccionó tensándose cuando la toqué allí, pero Carmen la abrazó y siguió con sus chupones mientras yo le trabajaba ese culito hermoso con un consolador pequeño.

    Cuando el dildo entraba y salía sin quejas de Silvia, me acomodé detrás de ella y apoye en su culo la punta de mi pija. Se retorció otra vez y otra vez la rubia la abrazó para que se quede quieta. Suave, delicadamente y muy despacito jugué en ese agujerito hasta que la cabeza de mi pija entró en ella. Gimió y dio un gritito ahogado, pero nada más. Mientras se besaban entre ellas fui dejando que solo le terminara de entrar hasta el fondo. Cuando estuvo ahí, la aparté a Carmen con una mano, tomé los pechos de Silvia y empecé a moverme despacio.

    Al rato estaba cogiéndole el culito mientras ella gemía y ponía su cabeza en los brazos de su amiga. La puse boca abajo y montada sobre ella empecé a salir y entrar con fuerza sin ninguna queja. Más vale, se retorcía y gemía de placer hasta acabar en un grito que ahogó contra las sábanas. Me fui saliendo de a poco y le dije a Carmen.

    – “Hermosa, ahora le toca a tu colita, ponete boca abajo”.

    La rubia no se hizo esperar, no solo se puso como le indiqué, sino que puso bajo ella dos almohadas para que su cola quede levantada. Me subí en esa bella hembra que me entregaba su culito tan tentadoramente, le saqué el rosario de bolitas y, sin ningún recaudo, le metí la pija hasta el fondo. Ella se acomodó para recibirme y disfrutó cuando empecé a cogerla.

    – “Mas fuerte, cogeme más fuerte”, pidió.

    La tomé por las muñecas y empecé a cogerla violentamente, disfrutando ese apretado y caliente culito que estaba penetrando, hasta acabar junto a ella mientras Silvia me acariciaba y besaba. Me acosté jadeando y cada una a un lado mío, apoyaron las cabezas en mi pecho abrazándome.

    – “Nos tenemos que ir. Le dijimos a todos que íbamos a caminar. Vos sabés como son estos grupos, si se enteran, vamos a ser la comidilla de todos”, me dijo Carmen.

    – “Ok chicas, pero por las noches, las espero”, les dije.

    Cuando salieron del baño, bañaditas y vestidas, le di un abrazo y un beso a cada una y las acompañé hasta la puerta. Salí primero para estar seguro que nadie las podía ver y las dos se fueron a dormir. Al otro día actuaron como si nada hubiese pasado. Pero a la noche, tarde, sentí que golpeaban la puerta y ahí estaban las dos, con ganas de volver a disfrutar del sexo compartido.

  • Desnudo en la clínica

    Desnudo en la clínica

    Este es la primera vez que escribo, tengo 43 años y esto me pasó a finales de septiembre del año pasado.

    Jugando fútbol ya finalizando el partido y jugando al arco se me produce el corte del talón de Aquiles, y esta lesión lleva directo al pabellón.

    La cual ocurrió un par de días después, post exámenes varios y ver la disponibilidad de la clínica y del doctor.

    Me interné temprano en ayuno (debía de estar sin comer 8 horas antes de la operación) en la mañana de un viernes de la primera semana de octubre, hice todo el papeleo de rigor y de ahí a esperar el ingreso a la clínica, de ahí a esperar que me ingresen a mi habitación y me llevan en silla de ruedas.

    Ahí me dejan indicando que ira la enfermara a darme las indicaciones para la operación que sería a las 16 h, por lo que me quedaría hay su buen rato a esperar, y por mientas aproveche el tiempo para ver tv, o mejor dicho hacer zaping buscando algo que me gustara.

    Paso aproximadamente 1 hora y llega la enfermera con la ropa de la clínica, indicando que me debo cambiar de ropa, pero antes me debía bañar, por un tema de higiene y política de la clínica.

    Como estaba en la cama reposando, me levante como puedo, ya que andaba con una bota ortopédica que me mantenía inmovilizada la pierna, para dirigirme al baño, pero la enfermera me indica que me espere que vendría otra enfermera a bañarme y ahí quede pálido, no estaba preparado para eso y ya me estaba dando mucha de vergüenza.

    A los minutos llego una enfermera y me dijo que me ayudaría a ir al baño para proceder a bañarme y ahí me quede congelado sin saber qué hacer, sintiendo mucha vergüenza, la enfermera de unos 50 años más o menos, sentía que mi cara me ardía, ella me indico que estaba acostumbrada y que me relajara, pero para mi fue peor mas tenso y nervioso me sentía.

    Al final ya no tenía opción y me saque la ropa, ahí quede frente a la enfermera desnudo y como uno es hombre hay cosas que no puede controlar y mi pene se comenzó a parar y la sensación fue cambiando de vergüenza a una sensación de morbo y excitación y de querer estar así en esa situación, desnudo frente a la enfermera, ya con mi pene levantándose de a poco, esto sumado a que estaba un tiempo sin pareja, al final me relajé y me entregué a las manos de la enfermera (literalmente) para que me enjabonara y me bañara.

  • Raquel y sus cinco folla-amigos esclavizados

    Raquel y sus cinco folla-amigos esclavizados

    Raquel no es una dómina de las que se viste de cuero y da latigazos.

    Ella prefiere practicar una humillación y vejación más sutiles.

    Tiene a cinco folla-amigos esclavizados. Ellos tienen asignado un día de la semana para cada uno, menos el fin de semana, que libran.

    A cambio de una paja, una mamada o una follada al final de la jornada, tienen que dedicarse a un sin fin de faenas que iremos desgranando a medida que avance la historia.

    Sus nombres son Julio, Esteban, Oscar, Manu y Enrique. El más aplicado y pelota es Oscar, que no les cae muy bien al resto de esclavos porque se empeña en querer hacer méritos subiendo cada vez más el listón, para conseguir puntos y sobresalir a los demás.

    ¿Conseguir puntos? Pues sí.

    Cada semana Raquel evalúa a sus esclavos con un máximo de 100 puntos y un mínimo de 21. El que quede por debajo de este último número es despedido ipso facto y se busca un sustituto. La media está entre 40 y 70 puntos. Raquel quiere subir la media y para ello ha creado un grupo de WhatsApp formado por sus cinco folla-amigos y por ella, en donde sube videos de ellos cuando hacen algo de mérito, para estimular e incentivar a los demás a imitarlo en su ejemplo.

    También tiene otro grupo de WhatsApp formado por nueve dóminas, incluida ella, para compartir videos de sus respectivos esclavos y echarse unas risotadas y amenizar los días a veces un tanto tediosos. Pero sobre todo, lo hacen para analizar qué dómina los tiene mejor amaestrados, cómo corregir algunos errores de edición de videos y cómo mejorar los índices y resultados comerciales y financieros. Porque, no creo que haya que explicar que todos estos videos los cuelgan en redes sociales, de dónde sacan muy buenas ganancias, con las que sostienen el alto tren de vida que llevan.

    Hoy es lunes y por lo tanto le toca a Julio dedicarle todo el día a su ama.

    Toca el timbre sobre las ocho de la mañana. Raquel le abre la puerta y nada más entrar, le pone a modo de mascarilla una compresa ensangrentada. Raquel tiene todo un cesto lleno de compresas usadas. Cuando quiere ser benévola con su esclavo de turno, le coloca una de las más antiguas que ya ni manchan ni huelen tanto. Pero cuando quiere ser malévola, como es este el caso, les coloca una de las más recientes, que aparte del fuerte olor que desprenden, les deja los labios y parte de la cara pringados de restos de la menstruación.

    Raquel no permite que el “servicio” ande por casa sin su respectiva “mascarilla”. Para ella, declararle la guerra a los virus es esencial.

    Julio, después de estar toda la mañana limpiando, barriendo, fregando y cocinando, pone la mesa y llama a su ama. Ella estuvo muy ocupada leyendo, escribiendo o haciendo deporte en su sala de máquinas privada.

    Mientras Raquel come, Julio se encuentra de rodillas a su costado. Hay un plato y un vaso en el suelo.

    Sus folla-amigos solo pueden alimentarse con la comida que su dómina haya masticado previamente. Después de convertirla casi en una papilla, la escupe en el plato del suelo y su esclavo con una cuchara se la va comiendo.

    Lo mismo ocurre con la bebida. Raquel se mete un buen trago en la boca, se la enjuaga, hace gárgaras por unos segundos y lo escupe todo en el vaso del suelo. El chico se lo va bebiendo a medida que tenga sed, con tropezones incluidos entre la bebida.

    Raquel en su nevera guarda seis cajetines. En cinco de ellos tiene escritos los nombres de sus esclavos. En el sexto simplemente pone “Maromos de mis correrías nocturnas del finde”.

    En ellos conserva condones que en el interior tienen sus respectivas eyaculaciones. Estos preservativos están anudados en la punta, por supuesto, para que no se pierda la lefa que contienen. Es de las varias eyaculaciones que va recolectando de sus esclavos y de sus conquistan anónimas del fin de semana.

    El condón es obligatorio, en primer lugar para protegerse ella, pero sobre todo para que no se desperdicie la simiente. Los condones a modo de flash de hielo, aunque estos no están congelados, los utiliza para dárselos de postre a sus folla-amigos. Uno por día, para que no se envicien.

    Pero eso sí, hay una norma crucial, y es que no puede darles de su propio semen, tiene que ser el de otro. Raquel desata uno que coge a boleo de los cajetines de sus compañeros o del sexto cajetín y se lo vacía en la boca a su esclavo. Después le da la vuelta como a un calcetín, se lo introduce en la boca a su esclavo para que lo chupe y lo mastique y sin dejar que lo escupa, le vuelve a poner la “mascarilla”. Por cierto, las compresas son reutilizables, en el sentido de que al día siguiente o en otro momento se la puede colocar a otro esclavo.

    La expresión popular “besar el suelo que piso”, Raquel la pone en práctica en el sentido literal del término, pues cuando sale de la ducha con su albornoz caminando descalza va dejando un sin fin de huellas de agua por todo el piso, que el folla-amigo de turno tiene que lamer y chupar hasta dejar el suelo bien limpio y seco.

    Por la tarde es turno de hacer la compra para reponer los productos consumidos. Compra que pagan los folla-amigos, por supuesto, por algo al final del día reciben su orgasmo correspondiente. Raquel les pasa la lista de lo que hay que comprar y se acuesta un poco a dormir la siesta.

    En este caso, a Julio al acabar la jornada le hará una mísera gayola.

    Le colocó el preservativo correspondiente, se la machacó los diez minutos que Julio tardó en correrse y después le sacó el condón, lo anudó y lo colocó en la cajetilla que lleva su nombre.

    ¿Tanto sacrificio para recibir una manuela como recompensa?

    El hecho de estar al servicio de Raquel bien lo merece. Es una hembra despampanante. Alta, con sus curvas de infarto, su melena rubia al viento y con un rostro tan sublimemente bello que ni siquiera el mismísimo Rafael redivivo podría reflejar a la perfección en un lienzo.

    Raquel tenía sus preferidos. Estos eran Manu y por supuesto Oscar. Con ellos no era tan cruel y la recompensa al final de la jornada solía ser echarles un buen polvo con una follada bien variada en posturas y en agujeros a penetrar.

    Con Oscar tuvo un día una vivencia que fue uno de los motivos por los que le empezaron a coger tirria el resto de compañeros.

    Fue cuando en una ocasión, Raquel no se encontraba muy bien. Tenía algo de fiebre y dolor estomacal. Estuvo todo el día en cama.

    Cuando en un momento dado, Raquel se levanta con la idea de ir al baño a potar, Oscar le pidió que lo hiciera sobre su cuerpo. Como el piso está lleno de cámaras, como podrán imaginar, pues quedó reflejado en un video, video que Raquel se apresuró a mandar al grupo de WhatsApp de sus esclavos para que tomaran nota y se aplicaran más. Aquella semana Oscar consiguió 80 puntos.

    También, por supuesto, les mandó ese video a sus compañeras dóminas, las cuales se pasaron buena parte del día riéndose, haciendo chascarrillos y comentando la suerte que tenía Raquel con sus cinco maromos.

    Raquel tiene la fortuna de acaparar a cinco chachas y encima gratis, aparte de otros servicios que le proporcionan.

    El fin de semana descansa de ellos y sale a la caza de desconocidos, para ir rellenando el cajetín de “Maromos de mis correrías nocturnas del finde”.

  • El colágeno de mi 26

    El colágeno de mi 26

    Esto me acaba de suceder. Hoy por la tarde me quedé sin empleo y pues me fui a casa encerrarme y llorar, no quería saber nada de nadie. En eso, un colágeno de 26 años con el que yo había tenido hace algunos años, un par de encuentros muy pero muy placenteros me escribió diciéndome que tenía ganas de sexo. Me hice mucho del rogar, no tenía ganas de nada, pero tenía tanto tiempo que nadie me cogía que accedí… con la condición de que primero me llevar a mí la oficina a recoger el resto de mis cosas.

    Después de recoger mis cosas en su carro tomamos un par de cervezas y nos dirigimos a un motel de paso muy conocido a las afueras de la ciudad donde vivo, yo ya iba mojadita en el camino y al llegar al hotel ya ni aguantaba, necesitaba tenerlo dentro de mí. Soy una chica de 1.62 llenita, buen culo poquitas tetas, morena cabello rizado.

    Al llegar puso música, platicamos un poco, otro par de cervezas y de repente se baja el pantalón ¡dios mío! tremenda verga gruesa y deliciosa que estaba completamente erecta esperando ser devorada. Me acosté en la cama, él se puso encima de mí, abrí mi boca deseosa de saborear esa verga tan rica y gruesa, ¡Lo deliciosa que sabía! Estuve como 5 minutos mamándola, sus gemidos me excitaban demasiado, mientras se la mamaba la tomaba con mi mano izquierda y con la derecha me estimulaba los pezones y el me masturbaba, sus dedos entraban fácil de mi vagina por lo mojadita que me tenía, me acariciaba el clítoris y entre más rico sentía más fuerte le mamaba la verga, de repente tuve mi primer orgasmo con su verga aún en mi boca, le llené la mano de mis jugos mismos que me dio a probar, sabían riquísimo.

    Él estaba completamente desnudo, yo aún traía playera, leggins, panty que estaba empapado y bra, me desnude le rogué que me la metiera. Me acosté boca arriba acariciando mis pezones que estaban duros como piedra, me abrí de piernas y le dije «Ven, ponte el condón y métemelo» el cabron no dudo ni un segundo, me abrió todo lo que pudo y metió esa riquísima y gruesa verga dentro de mí, levantó mi cadera, con un dedo me estimulaba el ano, con la mano libre apretaba mi pezón mientras me mordía el otro, yo me deshacía en gemidos, me estaba volviendo loca de placer. Sentir sus dedos, sus dientes y su verga todo al mismo tiempo me hicieron venirme otra vez, pero no quería que terminara así que lo deje seguir, su verga atravesaba mi vagina cada embestida cada gemido de él, cada mordida en mis senos y su dedo pulgar sobando mi ano y mi clítoris, me vine un par de veces más hasta que le pedí que cambiarnos de posición

    Nos quedamos en que le pedí que cambiemos de posición. Me puso completamente boca abajo con las piernas medio abiertas, se puso encima de mí y me penetró. Mordí la almohada y ahogué un gemido, me penetró así un rato mientras me sobaba una teta y gemía en mi oído, el sudor de su cara y cuello me caían en la espalda y los hombros ¡Que rico! «Chiquita empínate que te voy a coger en 4 mi amor quiero ver ese culito riquísimo rebotando mientras te doy» sin pensar me acomode en 4 dejando mi culo bien paradito, me puse frente al espejo de cuerpo completo para que pudiera ver cómo me cogía y le dije «Hazme tuya mi amor penétrame suavecito» empecé a sentir su verga abriéndose camino poco a poco entre mi vagina que goteaba, cada embestida me hacía gemir mientras él decía ufff que rico culito tienes mamacita «,Ay papi métemela toda mi amor toda ay que rico mmmm así bebé ah ah’ así amor así que rico papi, que verga tan rica tienes amor.

    Cuándo al fin la metió completa veía el espejo, mis gestos de placer yo solo podía apretar la almohada y gemir y gritar del placer que me provocaba ¿Quieres venirte mi amor? Me dijo «Si papito haz que me venga otra vez amor» me empezó a dar más fuerte y con un dedo a estimular mi clítoris, perdí la razón, gritaba de placer, estaba en la gloria. De repente empecé a sentir ganas de hacer pipí muy asustada le grite «Amor me orino espera amor me hago pipí» el me empezó a dar más fuerte en vez de parar, sus dedos se perdían en mi vagina y me penetraba más y más duro, entonces grite y tuve un squirt tan cabron que moje las sábanas, el sin salirse aún me dice «Que rico te viniste mamacita, pero me toca» me volvió a embestir durísimo sin dejar de ver al espejo y de repente comencé a sentir su cuerpo temblar.

    Nos acostamos y me acurruque en su regazo. Yo sé que en el sexo casual eso no se hace, pero de verdad necesitaba un apapacho, nos quedamos un rato así abrazados. Le busqué los labios y nos besamos un rato hasta que me empecé a mojar otra vez ¿Quieres que te toque? Le dije que sí, abrí mis piernas y puse su mano en mi pubis, acaricio mis labios y metió sus dedos a mi vagina y estimulando mi clítoris y mi ano. Bajo su cabeza y suavemente empezó a besar mis senos, lamía y mordía mis pezones, con la mano libre los acariciaba, cerré los ojos y me dejé llevar ¡Que placer tan suave! Me lo comía a besos mientras no que seguía dándome placer y de repente sentí una descarga eléctrica que me recorrió el cuerpo. ¡Otro orgasmo! Saco sus dedos de adentro de mí y me vio disfrutar.

    Después se metió a bañar, me vestí y me trajo a mi casa, no lo volveré a ver porque recordé que necesito buscar un trabajo

  • Valeria, una historia de resurrección (parte 1 a)

    Valeria, una historia de resurrección (parte 1 a)

    Mi vida, mi historia. Hoy tengo 36 años y hace casi 12 que estoy en la bulliciosa Buenos Aires. Vine aquí tras mi gran pasión: la cocina. Desde mi pueblo, a 600 km de distancia, me mudé con el sueño de ser chef.

    Esto comienza en el 2008.

    Durante esos primeros días en la ciudad, en una noche en un bar con mi hermana y sus amigas, conocí a mi pareja actual. Todo comenzó cuando recién había llegado, con esa ilusión por la cocina y buscando un cambio en mi vida.

    Sin embargo, mi llegada a Buenos Aires coincidió con un momento difícil. Un año y medio antes, perdí a mi padre, el pilar más importante en mi vida. Era mi cómplice, mi apoyo incondicional. Su partida desestabilizó nuestra familia, perdimos el rumbo que un hombre, un líder, un padre, proporciona naturalmente. Quedamos mi madre sola, con tres hijas. Ella, mi mamá, trabajaba como mucama y limpiadora en el hospital de nuestro pueblo.

    Siempre fuimos una familia que enfrentaba dificultades, y a mí, por mi timidez, me costaba hacer amigos. La escuela tampoco era lo mío; repito un año (pero esto, ¡entre nosotros!). Y para agregar más a los desafíos, fui diagnosticada con diabetes tipo 2, lo que significaba inyectarme insulina varias veces al día para controlarla.

    Hago una pausa aquí para describirme así van teniendo más contexto de mí: muy blanca, mido 1.58, gordita, peso 80kg, buenas tetas, un poco de panza y un rollo arriba de la concha, gran y buen culo firme por haber jugado al hockey de chica, piernas anchas firmes jamonas, pelo largo a mitad de cintura castaño claro natural mi color.

    Regreso al año 2008… El bar… Yo bailando (je, no soy buena bailando, pero con unas copas el cuerpo se mueve con ritmo). Noto que se acerca un grupo de chicos, más o menos de mi edad, ahí, 21 casi 22… Y el que se me acerca me impacta… Alto (1.95), grandote, fortachón, simpático. Se acerca a mí y me dice: «Hola, bella». Yo estaba volando de emoción e ilusión, tan nerviosa que no sabía cómo responderle. Me costó tanto responder que parecía que hablaba para adentro, hasta que él se acercó y se me fue la voz. Le grité «VALERIA» al oído. Ya empecé a conocerle haciendo papelones y pasando vergüenza.

    De vergüenza a charlar, entregarme a sus manoseos, besos, a comernos la boca con pasión, a sentir la verga dura contra mí… De estar en plena pista de baile que tenía el bar a quedar en un rincón, yo contra la pared… Y él sobre mí, ese macho grandote que me tenía acorralada. Todo lo que me decía, respondía nerviosa, riendo como tonta.

    Nunca me sentí tan deseada, tan viva luego de tanto tiempo que el me estaba dominando completamente. Me tenía besándome el cuello. Me saco una teta de la camisa que apretaba y chupaba y yo deseosa de que me lleve a un hotel. Pero NO… me dice me tengo que ir y yo. Como? Pero. Me dice si me voy te dejo mi número… Yo lo anote en mi viejo celular un Nokia 1100, Al mirarle a la cara luego de anotar el número de su celular. Me da un beso y se va… Y yo quede contra la pared, media teta fuera, confundida y lo peor… Parecía que me había orinado encima de lo mojada, pegoteada y caliente que estaba sentía hasta el ano húmedo, los muslos… hasta diría que se sentía en el bar el aroma a concha caliente.

    No sabía cómo reaccionar, pero bueno yo confundida, pero el resto de muchachos que estaban en el bar y cerca de donde estaba besando con mi futura pareja aprovecharon que el príncipe azul dejo a su gordita.

    No llegue acomodarme la ropa que uno de los chicos que estaba en el grupo de amigos de él. Dejo de hablar con las amigas de mi hermana y cuando me dice que linda sos me da un beso en la boca y yo de no llegar a decir No… quede besándome con el como si fuera un novio mío y de decirme cosas que me encendieron mas todavía.

    Lo más loco o sorprendente fue cómo seguí con el amigo de mi príncipe azul el nombre del amigo es Nacho). De decirme de ir a comer una hamburguesa en una plaza y charlar. Situación que acepté porque ya estaba cansada del bar, el humo, el alcohol y de lo caliente que estaba. Me subí a su coche, que resultó ser el coche de su padre, auto que era usado como remís ilegal, un Peugeot 505 azul. De dar unas vueltas por el centro, de pasar por varias plazas a decirme si pagaba yo y le dije que no porque había salido con el dinero justo. A decirme que entonces iríamos a su casa a buscar la billetera, volver al centro, comer una hamburguesa y llevarme a casa.

    Aquí paso a reírme y a enumerar lo sucedido:

    ¿Crees que fuimos a la casa de Nacho, él tomó su billetera y luego fuimos a cenar, para después llevarme a casa?… NO

    ¿Crees que le dije que sería mejor ir a mi casa en lugar de comprar hamburguesas?… NO

    Te cuento cómo terminé… En la habitación de Nacho, que era una casa muy humilde con paredes de madera. Su habitación estaba en el medio, entre la habitación de su papá a la derecha y, a la izquierda, la habitación de su abuelo, ¡Y YO… Ja! En una cama de una plaza sin sabanas mordiendo una aloda para que no se escuche mis gemidos a 4 patas y Nacho dándome duro a pelo por la concha.

    ¿Cómo quedé, te preguntas? Yo te cuento: al llegar a su casa, Nacho me pide que baje del auto porque el barrio era peligroso, muy oscuro y con bastante inseguridad. Estaba lejos del centro de la ciudad, casi a 40 calles del bar donde salimos, y aún más lejos del departamento que compartía con mi hermana.

    Ya al entrar a la casa era complicado, no había vereda y había mucho barro por la lluvia que hubo al mediodía, además de ser una casilla de madera pequeña. Al pasar, Nacho me dice: ‘No hagas ruido, no hables y vamos a mi habitación a buscar la billetera’. Yo dudo y digo no, y él me responde: ‘Dale, es mejor, no quiero que mi viejo o mi abuela te vean aquí en el living si van al baño.

    Accedí a entrar a la habitación y apenas cerró la puerta, se ríe y me dice ‘dale’… Y el ‘dale’ era porque se sacó la verga y me dice hamburguesa no ha gordi, pero si hay salchicha y 2 huevos y si sos buena te vas a tomar la leche. Je mi cara de WTF. Pero bueno siempre fui obediente, me puse de rodillas, él se sentó en el borde de la cama y nacho fue claro con lo que dijo… Dale gordi chupa… ya al verlo así tan relajado asqueroso porque tenía un aroma agrio y la cabeza de la verga sucia, pero bueno la agarre a la verga tengo fetiche por los olores y me llamaba la atención, le estire él me decía riéndose que hace boluda y de ponerme la verga contra mi mejilla frotarla contra mi cara olerla de cabeza, tronco y bajar a los huevos que era muy peludos y si que se hacían sentir a volver p arriba y empezar a estirar el cuero y sacar la cabeza de la verga y empezar a besarla, olerla y empezar a chupar la cabeza de la verga sucia como si fuera un chupetín. Nacho se agarraba de las sábanas suspiraba y de decirme que puta que sos como chupas despacio que me vas hacer acabar y no te la metí puta.

    Me detuve un poco me dice chúpame los huevos despacio, yo seguí con esa dedicación de chupar de a uno, de meterme los 2 huevos en la boca dejarlos bien ensalivados, mojados y yo con pelos en la boca. Nacho me agarra la cabeza para que pare, el se acomoda, se levantó y me dice te gusta chupar… Cumplime esto se puso en 4 patas estirándose con una mano el culo y en pompa con la verga colgando y me dice chúpame el culo dale anímate y como soy gordita aventurera me animé. Eso si, lo salado y peludo que estaba ese culo. Pero si hay algo que destaco de mi es ser servicial y dejar todo con pasión, le comí el culo lamí, estire las nalgas de el para abrirlas y le hacía fuerza con la lengua para penetrarle el culo a ir a más y querer meterle un dedo en el culo y ahí el no, no, no vale, ¡para! Vamos que te cojo, me dice, y yo bueno dale.

    Me desnude, estaba traspirada del del calor que tenía y la tanga dura de mojada de toda la noche… Me recosté me abrí de piernas le pedí unos besos que me dio y le dije que me siga besando y me chupe la concha y su respuesta fue en un rato, ahora ponete en 4 primero, lo hice, ¡pero antes le digo para! ¡Para! Tenes forro y me dice si si mira y entre la poca luz veo que tenía algo en la mano y confié en él y le dije dale me acomode en 4 sacando culo en la cama y me empezó a dar por la concha, a darme nalgazos y que se salga la verga por lo mojada que estaba y eso me lo decía que era muy conchuda y caliente que tenía la concha muy caliente y mojada, entre darme duro, decirme que no haga tanto ruido gimiendo a ponerme a morder la almohada, nacho me tomo del pelo me volvió a nalguear y yo de decirle que no me pegue duro en el culo que dolía, a nacho soltarme el pelo agarrarme con fuerza de las caderas y recibir una sorpresa; sentí 2 lechazos fuertes adentro de mi concha que me muevo p adelante para sacarme la verga de nacho afuera y el muy cabron al salirse la verga termino tirándome la leche en la espalda. Sobre el culo y el pelo de mi cabeza… conclusión en menos de 5 minutos que con el culo dolorido y rojo como esos monos macacos de los nalgazos que nacho me dio, con la concha llena de leche, espalda culo y pelo con leche.

    La noche no terminó tan bien. Después de terminar, Nacho cambió su actitud conmigo. Estaba serio y me pidió que me cambiara, lo hice, sintiéndome sucia (traspirada, con olor a leche, leche en el pelo, en espalda, nalgas y adentro de la concha) y vacía (anímicamente por cómo me corto y me estaba rajando de la casa. Lo que más me sorprendió fue que antes de salir de su habitación, me dijo que estaba cansado y que no me iba a llevar a ningún lado.

    Mi respuesta fue: ‘¿Cómo me haces esto? ¿Ahora cómo vuelvo? Ni siquiera sé dónde estoy’. Él me dijo que caminara 8 cuadras desde ahí y que en la esquina pasaba un colectivo cada media hora que iba hacia el centro, cerca del bar y de mi departamento que compartía con mi hermana. Yo le pedí algo para comer porque me sentía mal ya que me había bajado el nivel de azúcar en sangre por la diabetes y no tenía mis lapiceras de insulinas para inyectarme. Su respuesta fue: ‘Y si tienes hambre, toma’. Me dio un paquete abierto de galletitas Oreo y le pregunté si no tenía otra cosa porque mis niveles de azúcar estaban bajando, y me dio un pedazo de pan que estaba en la mesa de la cocina que me devoré esas pocas galletitas y el pan caminando a las 5.30 a.m. Esas 8 cuadras con frio y niebla para tomar el micro que me llevaba al centro.

    Para más humillación al subir al micro y sentarme en el fondo y todas las ventanas cerradas por el frio se empezó hacer notar mi presencia: el olor a concha mojada, sexo y mi boca que tenía el gusto agrio y salado del culo de nacho y el pelo duro del lechazo. Lo mismo sentir como me bajaba de la concha la leche y la camisa pegada a mi espalda por la leche, fueron 25 minutos de humillantes.

    Al bajar del micro, caminé otras 15 cuadras más para llegar al departamento donde convivía con mi hermana mayor, afortunadamente ella no estaba porque se había quedado a dormir con sus amigas.

    Entre al departamento, me senté en la cocina comí algo, me hice los controles y me inyecté insulina para nivelar los valores y me fui a duchar.

    Al acostarme conecte el celular para cargar la batería y me puse a recordar de mi príncipe: de cómo me dejo semi en el bar, de cómo me domino mentalmente para que haga lo que me pedía, de su altura y grande que es. Me tenía loca. Y no quería enviar mensaje a las 8 am de un domingo para no ser una toxica, así que me contuve y si que se hizo esperar… finalmente mi príncipe me escribió el miércoles a la tarde noche.

    Espero comentarios sean buenos malos, para mejorar y seguir contando mi historia y si están interesados en que continue escríbanlo para que también suba una foto mía a mi perfil.

    Muchas gracias y espero subir la parte 1 b.

  • Luces rojas de Ámsterdam

    Luces rojas de Ámsterdam

    Cuando a una persona le gusta viajar, siempre buscará el modo o los medios para realizar sus sueños. Pero si hay algo que han aprendido los viajeros frecuentes, además de economía básica, es a ser muy tolerantes con las costumbres y hábitos de los lugares que visitan. Ciertamente Ámsterdam es uno de esos peculiares destinos turísticos; donde ir con una mente abierta es lo más recomendable.

    Era un viaje de alrededor de cuatro horas en tren, la primavera pasada, desde la terminal de París hasta la ciudad capital de Holanda. El trayecto fue tranquilo, sin contratiempos. Habíamos salido temprano aquel día, como a las siete de la mañana, por lo que esperábamos llegar a nuestro destino antes de mediodía.

    Mi novia Liz y yo habíamos planeado este viaje por Europa desde el año anterior. Somos del norte de México, nos conocimos en la universidad y nos hicimos novios antes de graduarnos. Ambos teníamos veinte y tres años en ese momento y nos gustaba viajar. Razón por la que no nos habíamos apresurado en hacer planes para una boda. Solíamos decir a nuestros amigos en tono de broma, que estábamos ensayando para nuestra Luna de Miel.

    Liz es realmente muy hermosa; tiene un bello rostro con piel aperlada y cabello rizado. Una linda silueta natural muy esbelta, magnífico busto redondo y voluptuoso, muy bien proporcionado para su anatomía; y un trasero firme y respingado que te hace desear estar fornicando con ella día y noche; lo que casi siempre era de esa manera.

    Pero lo que más me enamoraba de ella, era su actitud temeraria y aventurera. Una mujer a la que pocas cosas la asustan. No podía haber encontrado una mejor compañera de viaje para realizar mis aventuras; ya que para ese entonces llevábamos una buena cantidad de kilómetros acumulados.

    Al llegar a nuestro destino en la terminal del ferrocarril pedimos un par de indicaciones en el módulo de información turística y comenzamos a caminar rumbo a nuestro hotel. Afortunadamente éste se encontraba no muy lejos, a una caminata de diez minutos desde la terminal. Esa era una de las razones por la cual nosotros lo habíamos seleccionado para hospedarnos durante nuestra visita; aunque no la única.

    Mientras caminábamos rumbo al hotel, tuvimos oportunidad de apreciar un poco de la hermosa y original arquitectura de los edificios tradicionales de la ciudad. Aunque no podían faltar las innumerables tiendas de souvenirs en ambos lados de la calle, restando algo de autenticidad a la histórica ciudad.

    Un detalle que llamó nuestra atención fue el grado de impacto que tenía los temas del sexo y las drogas legales en los souvenirs. Y no es que uno sea muy persignado en esos temas; simplemente era algo que saltaba a la vista. Después de todo ésta es una de las principales razones, por la que Ámsterdam se ha convertido en uno de los destinos vacacionales predilectos para los jóvenes del norte de Europa.

    Habíamos escuchado de nuestros amigos y conocidos, tantas historias de la desenfrenada vida nocturna en el Red Light District de Ámsterdam, que cuando Liz y yo planeamos nuestro itinerario de viaje por Europa no dudamos en incluir a esta ciudad en nuestra ruta. La proximidad del hotel a la famosa zona roja era la otra razón por la que lo habíamos elegido.

    La zona roja o zona de tolerancia de Ámsterdam, está conformada por varias calles que corren a lo largo de algunos canales cercanos a la terminal del tren. Se volvió mundialmente famosa, debido a que aquí la prostitución y drogas recreativas son legales. Y aunque, en el mundo existen otras ciudades iguales o más tolerantes, la característica principal que le dio el impulso a Ámsterdam como destino turístico, fue la manera en que las sexoservidoras captan a sus clientes. Exhibiendo sus cuerpos vestidos con diminutas prendas de lencería a través de las ventanas de sus casas. Obvio no son sus casas verdaderas, serían más bien sus puestos de trabajo.

    Después de arrastrar nuestras maletas por las empedradas calles un poco más de lo planeado, a causa de las incontables fotos y mensajes para nuestros familiares y amigos, llegamos hasta nuestro hotel justo frente al Monumento Nacional; un enorme obelisco en medio de la plaza principal.

    Por la ubicación del hotel éste era un poco costoso, aunque no tan grande como los modernos resorts, pero sí muy elegante y de buen gusto. La gran mayoría de las parejas que se hospedaban ahí en esos días, eran matrimonios algo mayores. En la recepción del hotel se encontraban un chico y una chica atendiendo a los huéspedes que se registraban. El chico fue el que nos atendió una vez que se desocupó.

    Era un joven muy apuesto y de buen porte, rubio y de ojos azules. Muy amable y educado, aunque un poco ‘frío’ de acuerdo con nuestros estándares latinos. En lo que nos registrábamos noté como mi novia no le quitaba los ojos de encima al chico que nos atendía, sonriendo coquetamente a la menor oportunidad en que sus miradas se cruzaban. Él sin embargo, muy respetuosamente, se limitaba a sonreír cortésmente sin traspasar los límites dirigiéndose siempre hacia nosotros con respeto.

    En lo que yo me encontraba llenando las formas de registro, Liz aprovechó para platicar con el joven, pidiendo que nos recomendara algún lugar para almorzar y salir a beber unas copas. Casi para finalizar el registro note como el chico, un poco más relajado, le guiñaba el ojo a mi novia para despedirse.

    Lejos de molestarme la actitud atrevida de mi novia, me agradó el hecho de que ella fuera capaz de hacer romper la compostura rígida y gélida de aquel apuesto chico. Al terminar el registro nos dirigimos al ascensor para subir a nuestra habitación, oportunidad que aproveché para bromear con Liz.

    —No le quitaste el ojo de encima al chico —acusé a mi novia en tono de broma, abrazándola por la cintura para acercarla a mí—. ¿No estarás pensando en ponerme los cuernos con ese hijo de Odín? —pregunté haciendo referencia a los dioses nórdicos del norte de Europa.

    —Pues si no encuentro algo mejor, tendré que chuparme esa paleta de hielo —respondió a su vez Liz de buen humor a mi broma, haciendo referencia a la actitud fría inicial del chico.

    —¿Hielo? —pregunté en forma retórica—. Creo que lo dejaste bastante caliente —comenté exagerando algo que de hecho tenía poca importancia con el afán de elevar el morbo en nuestra conversación.

    Mi relación con Liz siempre ha sido muy buena, no por nada hemos realizado tantos viajes juntos, algunos más austeros que otros; por lo que en más de una ocasión no has tocado hospedarnos en hostales, de esos donde la privacidad no está incluida, viéndonos forzados a tener que compartir una habitación con más de ocho personas.

    Obviamente con este tipo de cercanía llegas a conocer a muchos otros viajeros con los que compartes consejos y experiencias relacionadas a los sitios de tu ruta. Un consejo en particular que nos habían dado antes de salir de París es que no nos ofendiéramos si sentíamos a los nórdicos un poco ‘fríos’; ya que es parte de su cultura el ser reservado con los turistas. Razón por la que me impresionaba que mi novia hubiera sido capaz de hacerlo romper el hielo de la formalidad.

    —¿No estarás celoso? —preguntó ella divertida con la situación, acercando sus labios a los míos.

    Visiblemente excitado y sin poder contenerme un segundo más abracé a Liz para fundirnos en un enorme beso, el cual ella me correspondió entregándose a mis brazos. Un beso que no terminó hasta escuchar el timbre del ascensor indicándonos que ya habíamos llegado hasta nuestro piso.

    En cuestión de sexo nuestra relación siempre había sido muy plena y satisfactoria. Desde el inicio habíamos tenido la confianza para hablar francamente, como había sido en la intimidad con nuestras anteriores parejas. Dejando claro lo que nos gustaba y lo que no. Obviamente esto también incluía nuestras fantasías más íntimas.

    Siendo una de las fantasías más recurrentes, la de la posibilidad de hacer un trío con un chico o una chica. Fantasía que no llegaba más allá de nuestros jugueteos de alcoba durante el sexo; sin animarnos a establecer un plan para consumarla.

    Pero en lo que ambos concordábamos, es que sí alguna vez nos animábamos a realizarla, lo mejor era que ocurriera durante uno de nuestros viajes. Razonando que en caso de que no saliera como esperáramos, sería más fácil terminar una relación con un completo desconocido que con alguien de nuestra propia ciudad de residencia.

    Ese hecho, además de saber que mi novia se había sentido atraída físicamente por aquel apuesto chico rubio de la recepción del hotel me habían excitado enormemente; ante la posibilidad de poder ver realizada una de nuestras fantasías justo en esos días. Sólo faltaba una cosa más; saber si Liz realmente estaría dispuesta a hacerlo.

    Tan pronto entramos a la habitación continuamos con nuestra sesión de caricias, queriendo mutuamente comernos a besos con los labios. Nuestras manos desesperadas se deslizaron por nuestros cuerpos, tratando afanosamente de liberarlos de sus ropas. Sin embargo, debido a lo cansado del viaje y al hecho de que aún no habíamos almorzado, nuestra excitación se fue tan pronto como llegó. Por lo que terminamos, casi semi desnudos abrazados sobre la cama.

    Después de descansar un rato, estuvimos listos para salir a almorzar al restaurante que nos había recomendado el chico de la recepción; y de paso recorrer un poco la ciudad. Aunque de hecho en ese momento, lo que más me atraía era la posibilidad de poder realizar un trío con el apuesto chico. Obvio, yo no quería preguntar a mi novia directamente que le parecía la idea, así que, si realmente deseaba hacer realidad nuestra fantasía, iba tener que trabajarla de una forma un poco más sutil.

    —¿Y si mejor nos quedamos? —pregunté a mi novia bromeando, tratando de abrazarla para llevarla a la cama.

    —Claro que no —respondió ella, poniendo un alto a mis intenciones—, ya estamos aquí, hay que aprovechar y hacer de todo, por que quien sabe cuándo volvamos —razonó.

    —Tienes mucha razón amor, salgamos y hagamos de todo —concordé incitándola a romper los límites—, quizás hasta podamos realizar alguna de nuestras fantasías —sugerí pícaramente para sondear el terreno.

    —Ya dijiste —aceptó Liz—, luego no quiero que te vayas a rajar —agregó desafiándome entre risas.

    La primera parte de mi plan había funcionado a la perfección. Liz había accedido ingenuamente, a la posibilidad de realizar una de nuestras fantasías. O quizás había sido al revés, y había sido yo el verdadero ingenuo; no lo sé, pero en ese momento no iba dejar pasar la oportunidad por nimiedades.

    —Si alguien se va a rajar no voy a ser yo —respondí enérgico, defendiendo mi palabra y pasando la pelota a mi novia.

    —De acuerdo, ¡Puto el que se raje! —amenazó Liz, creando un espontáneo pacto secreto entre nosotros para esos días.

    —Acepto el reto, ¡puto el que se raje! —respondí precipitadamente, aceptando su reto sin detenerme a pensar en las consecuencias de tan precipitado pacto.

    Todo había salido perfecto, ahora era momento de trabajar al apuesto chico de la recepción, quien yo suponía sería más fácil de convencer. Después de todo, me había quedado con la impresión de que él se había sentido atraído hacia Liz lo cual, en lugar de recriminarle, planeaba aprovecharlo en su contra.

    —Preguntémosle a tu amiguito por la dirección exacta del restaurante —propuse a mi novia en tono de broma al salir del ascensor para ver su reacción.

    —De acuerdo, déjamelo a mí —respondió mi novia, dibujando una sonrisa en sus labios.

    Yo sonreí igualmente complacido con la reacción de Liz a mi sugerencia. Era obvio que le agradaba la idea de volver a conversar con el apuesto chico. Ya no tendría que preocuparme por nada, mi novia se encargaría de seducirlo; de aquí en adelante todo sería más fácil, razoné erróneamente.

    Para nuestra sorpresa, al llegar al mostrador de recepción ya no se encontraba el chico que nos había recibido anteriormente, únicamente se encontraba la chica atendiendo a los huéspedes. El rostro de mi novia no pudo ocultar su decepción, haciendo una mueca con su boca.

    —Buenas tardes ¿puedo ayudarlos? —preguntó amablemente la recepcionista en perfecto español.

    —Buenas tardes, sólo queríamos saber cómo llegar al restaurante que nos recomendaron —expliqué.

    La chica examinó la dirección por un segundo antes de responder. Ella era realmente muy bonita, por vestir uniforme quizás no lo había notado cuando nos registramos, lo que me hizo sentir avergonzado conmigo mismo (como era posible que no lo hubiese notado por estar embelesado con un joven, por más apuesto que pudiera ser). Ella tenía un hermoso rostro de piel blanca como la leche y cabello negro. Su uniforme sólo permitía adivinar su figura, pero lucía muy delgada, casi de la misma estatura de Liz.

    —Esto es cerca del museo Van Gogh —respondió ella.

    —Si justamente queremos llegar a comer ahí, y luego pasar al museo —comenté.

    —Es buena idea, sólo sino es que estén muy hambrientos —comentó ella con una hermosa sonrisa—. Por estar cerca del museo, ese restaurante tiene mucha demanda en esta temporada, por lo que usualmente necesitan reservación. ¿Si gustan puedo llamar para preguntar si tienen mesa disponible?

    —¡Oh! ¿En serio? —exclamé—. ¿Puedes hacernos ese favor?

    —Claro que sí —respondió ella amablemente.

    La recepcionista, enseguida tomo el teléfono y procedió a llamar al restaurante. Debido a que ella hizo la llamada hablando en holandés o alemán, no lo sé con exactitud, no pudimos entender nada de lo que decía; pero su expresión facial no sugería nada bueno.

    —Sólo tienen una mesa disponible hasta las 7:00 de la tarde, ¿Les interesa? —preguntó ella.

    Volteé a ver a Liz para saber si estaría dispuesta a esperar hasta esa hora, pero un gesto de desaprobación en su rostro me dejo claro su opinión con esa idea. Aunque quizás estaba más decepcionada por no haber encontrado al apuesto chico que nos había recibido.

    —No, yo tengo hambre ahora —respondió mi novia enfáticamente dirigiéndose hacia mí.

    —No te preocupes amiga, te conseguiré otro lugar por la misma zona —comentó amablemente la chica mostrando empatía con mi novia.

    La recepcionista procedió a hablar a otro par de restaurantes, buscándonos uno con una mesa disponible. Como no entendíamos nada de lo que hablaba, Liz comenzó a desesperarse, por lo que consideré la opción de almorzar ahí mismo en el hotel; lo cual no era lo ideal pues queríamos salir a conocer la ciudad de inmediato.

    —Encontré un lugar disponible cerca del Museo Casa de Ana Frank, ¿les interesa? —preguntó nuevamente la chica.

    —Sí, claro que sí —respondí rápidamente—, ese es otro lugar de nuestro itinerario.

    —Perfecto, dejen confirmo la reservación.

    La recepcionista les pasó nuestros datos, para que al llegar al restaurante ya tuvieran nuestra mesa reservada. Sin lugar a duda ella había causado una gran impresión en nosotros por su actitud tan amable y servicial; nada que ver con lo que nos habían comentado en París de las personas de origen nórdico.

    —Gracias, que amable eres —agradeció Liz la diligencia de la chica—. ¿Cuál es tu nombre?

    —Me llamo Iridia, y no tienes nada que agradecer, estoy para servirte —respondió con una sincera sonrisa.

    —Agradecerte es lo mínimo que podemos hacer, jamás hubiésemos podido llamar para hacer la reservación por nosotros mismos —dije yo—. Pensé que tendríamos que comer aquí mismo en el hotel.

    —Eso hubiera sido lo más sencillo, pero supuse que no vinieron de vacaciones a esta ciudad para no querer salir a conocerla —comentó sonriente.

    —Efectivamente, es nuestra primera visita a la ciudad de Ámsterdam. Teníamos un tiempo queriendo conocer un poco de su historia y arquitectura —respondí tan falso como un billete de tres euros, tratando de hacer conversación con la hermosa chica de la recepción.

    —¿Entonces no vinieron a conocer las famosas ventanas de la zona roja? —preguntó la chica, con una sonrisa pícara, exhibiendo nuestras mórbidas intenciones.

    —De acuerdo eso también —confesamos casi al unísono Liz y yo, un poco avergonzados, pero sonriendo divertidos.

    —No tienen de que avergonzarse —disculpó ella—, si vienen a Ámsterdam y no van a la zona roja es como no haber venido; en lo personal a mí me encanta —confesó.

    —Sí, tal vez vayamos más tarde esta noche a divertirnos un poco —confesé sonriente.

    —Estoy segura de que se van a divertir mucho, sólo no intenten fotografiar a las chicas en las ventanas, si no quieren meterse en problemas —aconsejó divertida.

    Iridia nos ofreció solicitar un taxi para llegar al restaurante, detalle que le agradecimos. Definitivamente había mucha diferencia entre Iridia y el chico que nos había registrado a nuestra llegada. Y no me mal interpreten, no es que el chico hubiese sido grosero o descortés, sino más bien la actitud relajada y alegre de Iridia era contagiosa y amena. Con una personalidad que te atrae, magnética podríamos decir.

    En lo que esperábamos nuestro taxi tuvimos la oportunidad de conversar unos minutos más con la chica. Resulta que ella había nacido en Italia; su madre era italiana y su padre holandés. Desde muy chica se había mudado a Holanda por lo que hablaba perfectamente varios idiomas de la región, incluyendo español. Ella no residía realmente en la ciudad, trabajaba en el hotel sólo durante el periodo de vacaciones para pagar sus estudios; y ese día en particular había comenzado su turno justo cuando habíamos llegado; y éste no terminaría hasta casi el amanecer.

    Al llegar nuestro taxi, nos despedimos por el momento de la amable recepcionista y salimos rumbo al restaurante. En el camino Liz y yo, concordamos en lo atenta que había sido Iridia con nosotros. Y estando seguros de que el conductor del taxi no hablaba español, jugamos con la idea de hacer un trío con ella en lugar del chico. ¡Estábamos desatados!

    Almorzamos en el restaurante, y al estar ambos muy hambrientos, la comida nos supo mejor de lo que era realmente (la verdad no recuerdo ni que comimos, quizás fue lo mejor). A salir del restaurante aprovechamos para visitar el museo Casa de Ana Frank la cual realmente nos impresiono mucho por lo triste de su historia. El museo de Van Gogh es otro de los imperdibles de la ciudad sin tener que ser un experto en arte, muy recomendable.

    De regreso al hotel decidimos caminar un poco. Ambos estábamos fascinados por lo hermoso de la ciudad, sus casas típicas, sus canales de agua, las innumerables bicicletas que nos topábamos a nuestro paso. Definitivamente estábamos embelesados, pero con ganas de disfrutar más de este maravilloso lugar. Después de todo la noche era joven.

    Algunos amigos nos habían recomendado un club para salir a bailar y beber unos tragos, justo en la zona roja. Pero por ese día tratarse de un jueves, decidimos preguntar a la recepcionista del hotel su opinión de lugar, después de todo por su edad era seguro que lo conociera o frecuentara. Al llegar al hotel fue justo lo que hicimos.

    —Sí, conozco el lugar, pero es un sitio principalmente para turistas, algo aburrido para mi gusto, y muy costoso —respondió ella con un gesto de desaprobación al lugar que nos habían recomendado—. Pero si ustedes desean realmente pasar un buen rato, puedo recomendarles un sitio un poco más excitante; pero sólo si se atreven —desafió con una sonrisa pícara.

    Liz y yo volteamos a mirarnos por un segundo, tratando de intuir el pensamiento del otro. Nos conocíamos bastante bien como para presagiar nuestra probable respuesta.

    —¡Claro que sí! —respondimos al unísono aceptando el desafío.

    —Perfecto —respondió la recepcionista satisfecha con nuestra respuesta—, permítanme un momento.

    Ella se agachó detrás del mostrador para alcanzar su bolsa de mano la cual colocó encima de éste, facilitando la búsqueda en su interior. Unos segundos después encontró lo que buscaba.

    —Son unas cortesías para una función de teatro erótico ésta misma noche —dijo ella sonriendo amigablemente, ofreciéndonos un par de boletos sin costo.

    El teatro erótico, como su nombre lo indica, no es otra cosa que un auditorio donde se realiza una breve obra teatral de alto contenido sexual con el propósito de excitar a la audiencia. Siendo más claros, una obra en donde los actores simulan tener sexo frente al público (si es que no están teniendo sexo realmente).

    Liz y yo quedamos boca abiertos, jamás hubiéramos podido adivinar lo atrevido de la sugerencia de Iridia; pues ambos esperábamos que nos recomendara un bar o una disco. Sabíamos de lo que se trataba un teatro erótico, pero nunca nos hubiéramos imaginado asistir a uno. En un instante, una extraña sensación de morbo y curiosidad nos invadió por sorpresa.

    No hubo necesidad de preguntar la opinión del otro. Nuestras miradas se cruzaron recordándonos mutuamente el precipitado pacto secreto que habíamos hecho más temprano, aquel mismo día al momento de salir de la habitación. Solo el tiempo diría si había sido un error o una gran idea.

    —¡Puto el que se raje! —exclamamos una vez más al unísono riendo divertidos, ante el rostro intrigado de nuestra nueva amiga.

    La recepcionista sonrió complacida con nuestra actitud alegre y desenfadada, era muy obvio que se sentía identificada con nosotros. Entregó a Liz el par de boletos y nos dio algunos consejos respecto al teatro y la zona roja.

    —Les a claro que es un teatro de inmersión —advirtió la recepcionista con una sonrisa—, por lo que hay mucha interacción con el público, quizás los hagan participar en la obra —agregó en tono de broma.

    —Por mí no hay problema, si el actor principal sufre pánico escénico yo puedo entrar a remplazarlo —dije yo en tono de broma, fanfarroneando sobre mi supuesta gran virilidad.

    —¿En serio? Tú sufres pánico escénico estando solo, como ésta tarde en la habitación —refutó mi novia en tono de burla riendo abiertamente; recordándome que esa tarde yo no había podido cumplir como hombre a causa del cansancio—. Si alguien se va a lucir ésta noche en el teatro, seguro que seré yo —agregó con un pequeño baile.

    —Bueno, si lo hacen bien puede que hasta los contraten —concluyó la recepcionista continuando con la broma.

    Los tres reímos a carcajadas con el último comentario de Iridia. Era obvio que habíamos hecho muy buena química entre los tres; quizás por ella estar acostumbrada a atender a parejas un poco mayores en esos días, y al Liz y yo tener casi la misma edad que ella, se sintiera más relajada al conversar con nosotros y esa fuera la razón por la que fuera tan amable.

    —Los boletos son para la última función de esta noche. Te recomiendo que vayas vestida muy sexy, para que ninguna otra chica te haga sombra —sugirió Iridia a Liz pícaramente.

    En ese momento no entendimos muy bien la sugerencia de nuestra nueva amiga, pero tampoco era algo nuevo para Liz vestirse sensual o provocativa para salir a divertirse; por lo que no le dimos mucha importancia al comentario. Creyendo equivocadamente, que debido a lo frío que podían ser las noches en esa ciudad, aún en primavera, Iridia supusiera que Liz planeara vestir muy cubierta esa noche.

    —Por supuesto que me vestiré muy sexy —respondió Liz moviendo la cadera simulando un baile erótico, justo ahí en el vestíbulo ante la mirada de otros huéspedes. Todos reímos.

    Subimos a la habitación para descansar un poco antes de arreglarnos para salir nuevamente. Siguiendo el consejo de la recepcionista, Liz se vistió de forma muy sensual, más atrevida que lo usual. Se había puesto una blusa plateada sin espalda, con dos tirantes que se anudaban detrás de su cuello, creando un pronunciado escote al frente; que, por no usar sostén, permitía echar un vistazo a sus hermosos y voluptuosos senos. Unos diminutos pantaloncillos negros dejaban al descubierto sus largas y bien torneadas piernas. Y unos botines negros de tacón, que la hacían lucir más alta, acentuando aún más su esbelta figura.

    —¿Cómo me veo? —preguntó Liz echando su busto hacia el frente, mientras jugaba con su hermoso cabello rizado, dejando lo caer libremente sobre sus hombros desnudos.

    —Te ves hermosa mi amor —respondí sujetando su rostro con ambas manos, dándole un tierno beso en los labios—. Espera a que la recepcionista te vea, la vas a dejar con la boca abierta de envidia —agregué bromeando.

    —Sí, ahora va a ver esa pendeja lo que es vestirse sexy —dijo Liz burlándose de la aparentemente ‘innecesaria’ recomendación de Iridia.

    Tomamos nuestras chaquetas y salimos bailando de la habitación dispuestos a divertirnos como nunca. Al pasar por el vestíbulo, la recepcionista se encontraba hablando por teléfono, sirviendo de traductora mientras atendía a un par de huéspedes, una pareja mayor. Como no quisimos interrumpirla, nos limitamos a saludarla de lejos antes de salir. Al captar su atención, ella sonrió discretamente regresando el saludo.

    Justo en ese instante, Liz aprovechó para girar lentamente sobre las puntas de sus pies exhibiendo orgullosa lo provocativo de su atuendo. Los ojos de la recepcionista se abrieron grandes como un par de platos, sorprendida por la belleza y sensualidad de mi novia. Pero guardando la compostura frente a la pareja que atendía en ese momento, se limitó a levantar el pulgar de su mano libre, dándonos su aprobación para salir a divertirnos aquella noche.

    La famosa zona roja quedaba a un par de calles a espaldas de nuestro hotel. Como los boletos que teníamos para el teatro eran para la última función, decidimos primero ir a beber unas copas en algunos de los bares que nos había recomendado Iridia. Pero antes que otra cosa sucediera, había un asunto de suma prioridad. ¡Teníamos que ir a ver las famosas vitrinas!

    Liz y yo caminamos tomados de la mano para iniciar el recorrido de la calle principal de la zona roja. Estábamos sorprendidos por lo erótico y morboso del vecindario (especialmente yo). Las casas con chicas que ofrecían sus servicios sexuales eran iluminadas con brillantes luces rojas, a ambos lados del canal. Aunque había algunas casas que, echando mano de mercadotecnia, intercambiaban los colores a azul o rosa tratando de llamar la atención de más clientes.

    Dentro de las vitrinas algunas chicas realizaban eróticos bailes con toda la naturalidad del mundo, mientras los turistas las observaban con curiosidad; otras simplemente permanecían sentadas en una silla tras la ventana, absortas en sus teléfonos realizando alguna video llamada. Algunas chicas eran más atrevidas, interactuando con su público al grado que seleccionaban a un observador en particular, desafiándolo a pasar al interior de la casa para disfrutar de sus servicios profesionales.

    No podía faltar el despistado turista libidinoso que, haciendo caso omiso de la prohibición de no fotografiar o grabar a las chicas, descaradamente intentaba utilizar su cámara. Cuando esto ocurrían, las chicas inmediatamente corrían las cortinas dando por terminado el espectáculo, en lo que un miembro de seguridad reprendía al culpable.

    El momento cómico ocurrió cuando un grupo de amigos, que celebraban la última noche de soltero (o el cumpleaños) de uno de ellos; desafiaron al festejado instándolo a meterse a fornicar con una de las chicas ante los ojos de todos los presentes, ofreciéndole pagar la tarifa por los servicios sexuales de la chica.

    Cuando el chico finalmente aceptó el reto entró a la casa de la afortunada chica en medio de un espontáneo aplauso de amigos y extraños; como si se tratase de un verdadero héroe nacional. El ambiente realmente era muy alegre y excitante.

    ¡Ni siquiera Liz, ni yo pudimos escapar a las propuestas de las trabajadoras de la noche! Al pasar por una vitrina donde había dos chicas; una de ellas nos señaló a ambos con un ademán invitándonos a pasar al interior de su casa para disfrutar de sus servicios. Dejando en claro, con un ademán, que ellas eran dos y nosotros también. Ambos nos echamos a reír abiertamente por la erótica insinuación.

    —Primero necesitamos hacer un trío antes de pensar en un cuarteto —dije bromeando provocando que Liz soltara otra carcajada.

    —Si prefieres yo entró sola mientras tú me esperas afuera —dijo Liz entre risas, regresándome la broma; dándome a entender que ella estaba más que dispuesta a pasarla muy bien esa noche.

    Llegamos a un bar que se encontraba en esa misma calle; el lugar tenía más bien el aspecto de un restaurante o un café, con algunas mesas y sillas sobre la acera. Nos sentamos afuera y pedimos un par de cervezas de la región para relajarnos; mientras observamos divertidos, a los posibles clientes que captaban las chicas de las vitrinas.

    No faltaron las apuestas entre Liz y yo, tratando de adivinar que chica atrapaba primero un cliente. O cuantas vueltas daba un pervertido, antes de animarse a entrar a fornicar con alguna de ellas.

    —Elijó al hombre oriental —dijo Liz al apostar por un hombre que caminaba del otro lado del canal, de ascendencia asiática, como su candidato para pasar al interior de una de las casas de citas.

    Después de unos minutos en lo que el hombre caminaba de ida y vuelta a lo largo de la calle principal de la zona roja, terminó entrando a la casa de una chica rubia; casi enfrente de nosotros. Ganando Liz la apuesta.

    —¿Cómo supiste que él si entraría? —pregunté a Liz intrigado; pues la mayoría de los turistas sólo eran curiosos que visitaban la zona sin pretender pagar por sexo.

    —Fácil —respondió mi novia—, los hombres mayores solitarios son los más pervertidos —agregó con una sonrisa.

    Un poco más alegre después de varias cervezas, revisando el menú del bar noté que ofrecían muffins o panques con algo más que calorías extras. Iridia nos había comentado que en ese bar se manejan las drogas recreativas como un ingrediente más de ciertos alimentos. Así que en el espíritu de la noche decidí preguntar a Liz si le gustaría probar algo nuevo de una forma muy especial.

    —¿Te animas o te rajas? —pregunté desafiándola, señalando en el menú el muffin en cuestión.

    —¡Puto el que se raje! —respondió ella enérgicamente golpeando la mesa con la mano cerrada, visiblemente ebria.

    Todo estaba dicho, estaba claro que esa noche estábamos más que dispuestos a todo. Pedimos el muffin y comenzamos a comerlo lentamente en pequeños trozos. Los alucinógenos que contenía el pastelillo comenzaron a hacer efecto en un par de minutos, invadiendo nuestros cuerpos con una extraña sensación de euforia y excitación. Ambos nos echamos a reír, recargándonos uno a lado del otro, enajenados del mundo a nuestro alrededor.

    Entre copas y muffins pasaron un par de horas en lo que daba inicio la función erótica. Decidimos dejar el bar y caminar un par de calles hasta donde se encontraba el teatro. El camino estaba lleno de tiendas de artículos eróticos, que se aprovechaban de los drogados y poco inhibidos trasnochadores como nosotros. Películas pornográficas, disfraces de lencería, juguetes sexuales, dulces con la forma de penes o senos, pasteles eróticos, etcétera. Todo relacionado con el sexo.

    Llegamos al lugar, el cual era realmente una antigua casa habilitada como un teatro. Entramos por un pequeño patio donde había una especie de taquilla y tienda de recuerdos, con algunos souvenirs y películas para adultos. Al momento que llegamos todavía se encontraban varias personas que salían de la función anterior. Se podía notar en la expresión de sus rostros, que se encontraban muy alegres y excitados por el espectáculo que acababan de presenciar; por lo que mi novia y yo nos atrevimos a presagiar que pasaríamos un muy buen rato aquella noche.

    Entregamos los boletos al cadenero de pie en el pasillo de acceso. Él los tomó y simplemente los rompió por la mitad para marcarlos antes de invitarnos a pasar por el pasillo que llegaba hasta la sala donde sería la función. El auditorio no era muy grande, eran como 8 filas, de 6 asientos cada una, para 40 o 50 personas a lo mucho, con una pequeña plataforma elevada al frente; en el cual se encontraba una pantalla de proyección en la pared del fondo.

    Liz y yo nos miramos a los ojos desconcertados; daba la impresión de que en lugar de una obra de teatro pasarían una película. Quizás nosotros habíamos entendido mal a Iridia, ¿De qué forma una película podría ser interactiva? Nos preguntamos. Aun así, todavía con los efectos del ingrediente secreto del muffin, mi novia y yo estábamos más que dispuestos a disfrutar de una nueva experiencia.

    —¡Puto el que se raje! —exclamamos una vez más riendo divertidos, antes de sentarnos en medio de las butacas de la segunda fila.

    Liz y yo nos encontrábamos bromeando, cuando noté que, en la fila de enfrente a nuestra izquierda, se sentó una pareja de mediana edad como de unos cincuenta años. La dama también iba vestida muy provocativamente para su edad, con una minifalda negra y una blusa blanca muy escotada; pero definitivamente no se comparaba a mi novia. Ella era rubia, con mucho busto y buena pierna; sin embargo, su rostro no reflejaba que estuviese relajada; volteando repetidamente hacia atrás para mirar de reojo a Liz con cierto interés.

    —Creo que les gustamos —dije yo sin ningún recato, seguro de que nadie entendía lo que decíamos.

    —Dirás que yo les gusté —corrigió mi novia divertida alardeando, muy segura de sus encantos.

    Como el ambiente se sentía algo cálido, decidimos quitarnos las chaquetas, exhibiendo Liz su provocativo escote en medio de la sala. Cuando la rubia notó lo sensual que lucía mi novia no pudo ocultar su molestia, haciendo una mueca con sus labios, como si desaprobara la manera en que Liz iba vestida. Había quedado perplejo.

    ¡Esto era ridículo, no podía ser que el atuendo de mi novia ofendiera a esa pareja de ancianos! Estábamos en un teatro erótico no en una iglesia, ¡era completamente absurdo!

    Sin darle más importancia al desdén de la rubia, Liz y yo seguimos bromeando en lo que la sala se iba llenando poco a poco. Un chico se sentó a la derecha de mi novia a un asiento de distancia. De igual manera a mi izquierda, junto a mí, otro chico se sentó sin que yo lo notara. Los asientos detrás de nosotros también fueron ocupados por dos hombres jóvenes. La mayor parte del público se sentó en las butacas del fondo; calculo que seríamos unas veinte personas entre todos.

    La luz se apagó, quedando completamente a oscuras por un segundo, antes que se encendiera el proyector iluminando la sala. Sujeté la mano de Liz impaciente. Ambos estábamos nerviosos pero ansiosos. Jamás habíamos visto una película pornográfica en publicó y mucho menos rodeado de desconocidos. Parecía que el morbo en el ambiente era imposible de ser superado. ¡Qué equivocado estaba!

    La película inició con unos títulos incomprensibles para nosotros debido a que estaban en otro idioma. Las primeras escenas de la película daban la impresión de ser del tipo cámara escondida. En la primera escena, se mostraba como una chica se cambiaba de ropa dentro de un vestidor de mujeres de una tienda departamental, cuando repentinamente era sorprendida por el que debía ser su novio o amante; y en un espontáneo momento de pasión se entregaban a los deseos carnales, sin darse cuenta de que eran filmados. O al menos eso era lo que aparentaba, ya que no había forma de saber que tan real era la escena.

    En la siguiente escena se veía a otra chica en el interior de la cabina de un sanitario. Ella se encontraba sentada en el retrete, con la blusa desabotonada y sin sostén, jugando sugestivamente con sus senos; cuando sigilosamente aparece a su izquierda, a través de un agujero en el muro de la cabina, un enorme miembro masculino negro y grueso. Cuando la chica nota al intruso se abalanza vorazmente sobre este introduciéndoselo en la boca; regalándole una sesión de sexo oral de antología.

    Aunque podría decirse que se trataba de una película muda, por la ausencia de diálogos y banda sonora, todas estas escenas eran acompañadas por los hiperrealistas efectos de sonido generados por el público que conformaba el auditorio. Cada vez que uno de los protagonistas de la película alcanzaba un orgasmo, el público estallaba en aplausos y vítores, festejando la hazaña de los actores en pantalla.

    Liz y yo reíamos divertidos, con las eróticas escenas y las reacciones del público. Bromeando entre nosotros con la posibilidad de realizar nuestra propia versión de aquellos atrevidos actos sexuales, para que después fueran exhibidos en aquella anónima sala. ¡Bendita ignorancia!

    —Nosotros lo haríamos mejor —dije riendo burlón.

    —Claro que sí, yo estoy más buena —respondió Liz riendo alegremente, continuando con la broma.

    En un momento dado, con nuestros ojos ya adaptados a la oscuridad de la sala, noté como el chico a la derecha de mi novia, se había recorrido un lugar quedando justo al lado de ella. Pero eso no fue lo único que noté. Él había abierto la bragueta de su pantalón, para extraer su asqueroso pene para masturbarse; frotándolo lentamente de arriba hacia abajo, absorto, viendo las imágenes en pantalla; como si él no notara nuestra presencia.

    El hecho me resulto gracioso, así que apreté la mano de mi novia para llamar su atención; una vez que la conseguí, con mis ojos le indiqué que mirara su derecha. Ella sonrió pícaramente y asintiendo con la cabeza me indicó que ya lo había notado, para inmediatamente ahora ella indicarme con sus ojos que volteara a mi izquierda. Sonreí nervioso.

    Con toda la cautela del mundo giré la cabeza hacia mi izquierda, para ver de reojo como el chico sentado a mi lado también había extraído su miembro para masturbarse; ajeno al mundo a su alrededor. Era imposible saber que resultaba más excitante, las escenas en pantalla o las que ocurrían junto a nosotros. El morbo se había apoderado de la sala.

    Instintivamente mi mano izquierda comenzó a acariciar mi entrepierna; mientras mi mano derecha, soltaba la mano de Liz para deslizarse furtivamente hasta alcanzar su muslo. Yo acariciaba la pierna de mi novia con lujuria al ritmo de las escenas frente a nosotros, cuando la mano en mi pantalón fue remplazada por la propia mano de mi novia que recién yo había liberado.

    Con una palmada en la parte interna del muslo, le indiqué a mi novia que descruzara las piernas. Ella obediente, cedió a mi petición, aprovechando yo entonces la oportunidad para acariciar su entrepierna por encima de sus pantaloncillos, al tiempo que un leve quejido de placer salía de sus labios. No era necesario que volteáramos para ver nuestra reacción; este juego lo habíamos realizado suficientes veces como para saber cómo masturbarnos mutuamente.

    Desafortunadamente para mí una cruenta batalla comenzó a fraguarse bajo mi pantalón. Mi miembro, estimulado por las caricias de mi novia, se esforzaba inútilmente por erguirse en toda su extensión. Pero mis ropas lo oprimían dolorosamente, doblándose sobre sí mismo. Aquella angustiosa situación me excitaba aún más, y mi novia consciente de mi infortunio, continuaba con malicia con sus perversas caricias, al tiempo que un escalofrío recorría mi cuerpo.

    En relativo anonimato ambos seguíamos masturbándonos descaradamente en medio de la sala, cuando sin previo aviso, la película cambio de ritmo; y una escena un poco familiar se apoderó de la pantalla tomándonos por sorpresa. En ella se mostraba una sala de cine, muy similar a la que nos encontrábamos en ese momento; pero vista desde el frente, como si la cámara estuviera sobre el podio viendo hacia el público. Y en medio de la segunda fila de las butacas, una atractiva chica ataviada con un provocativo atuendo atrapaba las lascivas miradas de deseo de los hombres en la película. ¡Exacto, demasiado familiar!

    Súbitamente la cámara cambió de cuadro, centrándose en la chica, una joven y hermosa rubia; con un escotado y corto vestido blanco, que cubría precariamente sus encantos. A su alrededor, los pervertidos espectadores la observaban con lascivia, frotando descaradamente los miembros bajo sus ropas.

    Mi corazón se detuvo, al tiempo que retuve la respiración, una vez que conjuré la extraña mecánica de la función de teatro erótico en que nos encontrábamos. Se suponía que mi novia y yo realizáramos las mismas lujuriosas escenas en pantalla. ¡En vivo y a todo color!

    Sin soltar el aliento, lentamente volteé a ver el rostro de mi novia. Nuestras miradas se cruzaron una vez más, mientras ambos permanecíamos mudos, tratando de adivinar los miedos y deseos del otro. Furtivamente una sonrisa se dibujó en nuestros labios, como si estuvieran sincronizados; renovando de esta manera el secreto pacto que horas antes habíamos realizado.

    “¡Puto el que se raje!”, exclamamos fuertemente en silencio, con el don telepático que los años como pareja nos habían otorgado.

    Nuestras caricias cesaron al clavar nuevamente los ojos en la pantalla frente a nosotros, prestos a recibir los guiones para los papeles que nos tocaría interpretar en ésta peculiar obra de teatro.

    En la película el hombre a lado izquierdo de la chica hacía el papel de su indiferente pareja, quien la ignoraba por estar pendiente a las imágenes frente a él; a diferencia del hombre a su derecha que, aprovechando esa indiferencia, comenzaba a acariciar, muy sutilmente, a la chica tocando primero su codo de manera presuntamente accidental.

    ¡Oh, santo cielo! ¡No lo podía creer! Me había tocado interpretar el papel de la ‘pareja cornuda’ de la sensual chica en pantalla. Por un segundo me sentí tentado a tomar a mi novia y salir huyendo de ahí. Pero el pacto secreto que esa tarde había hecho con Liz resonaba en mi cabeza. Sabía muy bien que si ahora me acobardaba, mi novia me lo recriminaría toda la vida. ¡No podía dar marcha atrás!

    El papel de mi novia tampoco era cosa fácil. La chica de la película tenía un rostro indiferente, casi inexpresiva ante las impúdicas caricias del extraño a su lado. Por más que aquel supuesto desconocido la acariciaba con lujuria ella permanecía sin inmutarse, con hielo en la sangre. Definitivamente ese era un papel que me encantaría ver a mi novia interpretar; sin embargo, había un pequeño problema. De acuerdo con mi propio papel en la obra, no se me estaba permitido mirar directamente hacia Liz.

    ¡Que calamidad! Quería voltear para ver si mi novia estaba a la altura de la protagonista de la película, pero no podía hacerlo sin abandonar mi propio papel en la obra. No era así como había imaginado en mis fantasías que sería nuestro primer trío.

    El morbo y la excitación era tal, que espontáneamente mi miembro comenzó a pulsar nuevamente tratando de erguirse; pero una vez más mis ropas lo impedían cruelmente, como una especie de perverso candado de castidad para penes.

    “¡Piedad por favor!” Mi torturado miembro imploraba porque me bajara los pantalones y lo liberara de su infortunio, pero sus suplicas serían en vano. Estábamos juntos en esto, si yo sufría él también lo haría conmigo sentencié.

    Haciendo un esfuerzo por no voltear a ver a mi novia, dirigí mi vista hacia la izquierda, donde se encontraba la rubia que había expresado celos de Liz; y pude visualizar perfectamente como un hombre sentado a su derecha, acariciaba con lujuria sus piernas; mientras el cornudo de su pareja, no despegaba la vista de la pantalla.

    “¡Pero qué clase de pendejo permite que otro hombre manosee a su mujer frente a sus ojos!”, pensé al sonreír burlándome de ese hombre tratando de ignorar mi propia desgracia con el dolor ajeno.

    Por un momento suspire aliviado, si no podía ver lo que ocurría junto a mí con mi novia y el chico a su derecha, al menos podría verlo de manera indirecta valiéndome de la madura rubia y su acosador sentados frente a nosotros.

    Con cada escena en pantalla, la película iba subiendo de tono un poco más. El pervertido hombre al lado derecho de la chica ya no se conformaba con acariciar los brazos o piernas de ella, ahora se dedicaba a acariciar sus senos intentando meter su mano por el escote de su vestido; mientras ella continuaba sin mostrar expresión alguna y el cornudo de su pareja seguía sin prestar atención a lo que ocurría justo a su lado.

    ¡Oh cielos! ¡Ya no podía soportarlo! Tenía que voltear a ver lo que estaba sucediendo con mi novia y su vecino. Intenté calmar mis ansias centrando una vez más mi vista en la rubia de la primera fila, quien ya se encontraba con un seno de fuera siendo manoseada por su acosador pero no funcionó; eso ya no era suficiente para satisfacer mi morbosa curiosidad. Los escalofríos fueron remplazados por un sudor de angustia.

    Implorando al cielo por ayuda, estuve a punto de voltear la cabeza descaradamente a mi derecha, pero justo un instante antes, ¡el milagro sucedió!

    En la película, el hombre que se suponía que era la pareja de la sensual chica, se levantó de su asiento para retirarse al cuarto de servicio, o quizás a comprar maíz inflado, ¡no lo sé, a quien le importa! Lo importante es que se retiraba de la escena, por lo que el sufrimiento de mi personaje había concluido. ¡Gracias al cielo, estaba salvado!

    En el mayor acto de egoísmo supremo desde que Liz y yo somos novios, decidí hacer lo mismo; dejando a mi hermosa e indefensa novia a merced de los perversos guionistas de la película, sin olvidar los degenerados hombres presentes en el auditorio. ¿Quién me podría culpar por eso? Después de todo había llegado más allá de mis limites, hasta donde yo mismo ignoraba que podía soportar. Además, siempre me podría excusar en que sólo estaba cumpliendo con mi papel en la singular obra.

    Antes de ponerme de pie pude notar como la pareja de la rubia de la primera fila, el hombre a su izquierda respetando también su papel (el cual compartíamos), se levantaba de su asiento y sin voltear atrás se retiraba de la sala. Por lo que ya no dudé en hacer lo mismo e inmediatamente me puse de pie para huir cobardemente.

    Era más fácil decirlo que hacerlo, pues mi pene se encontraba a un segundo de estallar estrangulado bajo mi ropa. Una especie de carpa en mi pantalón se formó abriéndome camino por la penumbra de la sala hasta la puerta de salida, sin prestar atención en nada más abandonando a mi novia a su suerte. “Lo siento amor, no puedo ayudarte”, pensé mientras caminaba.

    Con cortos pasos salí de la sala y entré al sanitario buscando alivio para mi torturado miembro. Al entrar me encontré a la pareja de la madura rubia, orinando en el mingitorio. Me coloqué a un lado de él y bajé la bragueta de mi pantalón para aliviar mi sufrimiento. No pude evitar lanzar un grave quejido de placer, cuando mi erecto miembro salió disparado como una flecha desde bajo de mis ropas.

    —¿Es tu primera vez? —preguntó el hombre a mi lado, en un dialecto inteligible para mí.

    Sin poder entender lo que había dicho volteé a verlo directamente a la cara, asintiendo solamente con la cabeza. Él sonrió y orgulloso señaló a su miembro, el cual se encontraba flácido orinando a cuenta gotas. Supuse que debido a su edad tendría alguna disfunción erectil y me estaba preguntando alguna cosa de hombres.

    —Mira, después de 20 años —agregó volviendo a señalar su miembro, antes de sacudirlo.

    Casi pierdo el balance inclinándome para mirar de cerca el marchito y canoso miembro de aquel completo extraño. Pero por más que lo escudriñaba con detenimiento no lograba descifrar a que se refería.

    —Gracias amigo, pero no soy gay —aclaré suponiendo erróneamente, que me estaba ofreciendo su miembro para que lo masturbara o le practicara sexo oral.

    El hombre se retiró con una sonrisa, consciente de que no le había entendido, dándome una palmada en la espalda en lo que yo terminaba de orinar. Ignorando esa ‘conversación’ sacudí mi miembro tratando de disminuir mi erección para volver a esconderlo bajo mis ropas.

    Al finalizar de orinar volteé hacia atrás buscando el lavamanos y pude notar que ahí se encontraban tres cabinas para los retretes del sanitario. Lo cual no tendría nada de particular si no fuera por el hecho que la cabina del centro tenía en la puerta el clásico símbolo de una mujer; y en las cabinas de ambos lados el símbolo de un hombre. “Quizás por problemas de espacio, en este lugar compartían el mismo sanitario hombres y mujeres”, razoné.

    Sin pensar más en el asunto me lavé las manos y salí de ahí. Aún en la oscuridad del pasillo pude apreciar perfectamente como la pareja de la rubia salía al patio a fumar. No estaba seguro si yo debería hacer lo mismo, así que con mucha cautela me escabullí hasta la entrada de la sala donde había ‘abandonado’ a mi novia para echar un vistazo a lo que ocurría en su interior. Lo que vi me dejó helado.

    Mi lugar había sido ocupado por el sujeto que estaba sentado a mi izquierda. Si el sólo hecho de que este chico hubiera ocupado mi asiento, ya era razón para sacar de sus casillas a cualquiera; lo que él y el otro chico sentado a la derecha de mi novia, estaban realizando era como para que mi cabeza explotara.

    Ambos sujetos se encontraban acariciando con lujuria las piernas y entrepierna de mi novia pellizcándolas con malicia; mientras utilizaban cada una de sus manos para masturbarse frenéticamente; obviamente, ¡imitando la acción en pantalla!

    Liz por su parte, bien comprometida con su papel y dando una muestra de su gran fuerza de voluntad, se esforzaba por ocultar cualquier mínima expresión facial que delatara el enorme placer carnal al que estaba siendo sometido su cuerpo. ¡Una verdadera guerrera!

    El auditorio enteró se había silenciado, las risas y gritos de euforia fueron remplazados con los jadeos y sórdidos quejidos de placer de todos los presentes; como si todos estuviéramos compartiendo un mismo orgasmo.

    Mientras mi novia, valiente, utilizaba todas sus fuerzas para evitar que su rostro mostrara alguna involuntaria expresión de placer o dolor. Sin darme cuenta mi mano se había introducido en mi pantalón masturbándome torpemente. La escena era tan morbosa y surreal. ¡Pornografía en 4D exclusivamente para mí!

    Como si no fuera suficiente la avalancha de emociones que mi novia trataba de suprimir, súbitamente ésta se incrementó cuando la escena en pantalla incluyó más actores. Los hombres que se encontraban sentados detrás de la chica en la película comenzaron a acariciar sus senos desde su posición en la tercera fila; apoderándose cada uno de ellos de uno de sus pechos, disputando ocasionalmente su propiedad con quienes estaban sentados a lado de ella.

    Una lluvia de pellizcos y bofetadas se desató sobre el busto de la bella actriz. Acciones que eran reflejadas con precisión, al centro de la segunda fila del auditorio, ¡por mi novia y los chicos a su alrededor!

    ¡Pobre! Sentí un poco de compasión por Liz. Como quisiera poder haber ayudado a mi novia a superar ese reto tan extraordinario, pero no podía. A parte de cruzar los dedos por ella, no había mucho que pudiera hacer. Ella estaba completamente sola, ésta era su noche, su gran noche.

    Buscando aliviar mi estrés, dirigí la mirada hacia las filas posteriores. En las butacas había principalmente parejas hetero, algunas parejas de lesbianas y una pareja gay; todos entregados al frenesí de acariciar sus cuerpos casi semi desnudos, en una auténtica orgía de cine-filos. Sin embargo, ninguna otra chica intentaba siquiera imitar el papel de la chica en pantalla. Parecía que este duelo de actuación se decidiría solamente entre la madura rubia de la primera fila y mi novia.

    Las escenas se volvían más morbosas a cada minuto. La chica en pantalla estaba prácticamente en ropa interior, mientras los chicos sentados atrás de ella sacaban sus erectos miembros para abofetearla en el rostro con ellos. Dudé por un segundo, antes de dirigir la mirada hacia mi novia. Una parte de mí deseaba que sus coprotagonistas no hubieran llegado a eso; otra parte de mí, la real, deseaba que así fuera. Cuando por fin obtuve el valor para mirar sonreí pervertidamente.

    Efectivamente, los chicos sentados atrás de mi novia habían sacado sus miembros, y con toda la obscenidad del mundo los restregaban en el rostro de Liz impunemente. Y ella, aún sin inmutarse, daba una autentica cátedra de actuación digna de un premio de la academia. ¡No podría estar más orgulloso de ella!

    “¡Vamos mi amor, tú puedes!”, hubiese querido gritar mostrando mi apoyo a Liz (como sí lo necesitara). Su rostro era increíble, parecía hecho de plástico inerte, como si se tratase sólo de una hiper realista muñeca sexual incapaz de sentir emociones; hecha sólo para el mórbido placer de su dueño. Nadie era capaz de imaginar el enorme esfuerzo que ella se encontraba realizando con tal de cumplir las expectativas de los futuros espectadores (suponiendo que alguien la estuviera grabando lo cual era muy probable).

    Mi pene ya se encontraba a punto de estallar nuevamente, inconscientemente bajé la bragueta de mi pantalón para liberar la presión. Justo en ese momento sentí una palmada en la espalda.

    —¿No te pudiste contener? —preguntó una voz burlona en un extraño idioma.

    Se trataba de la pareja de la madura rubia de la primera fila, que regresaba a la sala después de haber terminado su cigarrillo. No hubiese importado que me hubiera hablado español, yo ignoré lo que decía masturbándome como loco con mi miembro fuera de mi pantalón completamente erecto; excitado por la gran actuación de mi novia.

    “¡Que ya terminé por favor!”, suplicaba al cielo, esperando ser escuchado. La excitación y morbo era tal, que parecía que no había manera de ser superada. Pero muy en el fondo de mi ser, en lo más retorcido de mis perversiones, deseaba que este placer morboso que experimentaba se incrementara. Y entonces, ambos deseos se cumplieron.

    En la película, los hombres detrás de la bella chica comenzaron a frotar como desesperados sus miembros, preparándose para eyacular. Después de un hipnótico magreo, como si estuvieran sincronizados, ambos chicos dispararon sendos chorros de blanco semen salpicando las mejillas de la chica, obligándola a parpadear.

    Definitivamente la chica de la película era una gran actriz; fuera de ese involuntario reflejo, ella no había mostrado ninguna otra reacción en su rostro. Estuve casi a punto de eyacular con aquella morbosa escena, cuando recordé a mi novia sentada en la segunda fila dispuesta a superar esa misma hazaña.

    Casi me doblé sobre mi vientre, esforzándome por retrasar mi clímax un segundo más. Con mi eyaculación a punto de estallar dirigí la mirada hacia mi novia, para disfrutar con lujo de detalle de su actuación. Los chicos de pie detrás de ella, una vez más imitando la escena en pantalla, comenzaron a masturbarse frotando sus miembros frenéticamente preparándose para el gran final. Con toda la precaución del mundo los acompañé siguiendo su ritmo.

    Unos pocos segundos después, ese par de chicos eyacularon sin control su blanco semen, directamente sobre el rostro de Liz, salpicando incluso a quienes estaban sentados a lado de ella. Con esto, los chicos de enfrente no pudieron evitar reaccionar con molestia por lo sucedido, saliendo de su papel en la obra. Sin embargo, mi novia seguía victoriosa, sin parpadear; superando en su primer intento la actuación mostrada en la pantalla, con el viscoso esperma de dos extraños escurriendo por su rostro aún inexpresivo.

    ¡No pude más! Un abundante chorro de mi propio semen se disparó sin que yo pudiera controlarlo, trazando una pegajosa línea blanca sobre la alfombra del auditorio; acompañándolo con un sórdido quejido de placer orgásmico. Estaba en éxtasis.

    Mi líquido siguió brotando copiosamente, sin que me importara que la pareja de la rubia siguiera a mi lado, observándome detenidamente; riendo burlón por mi aparente novatez en estos menesteres. Aún con mis manos pegajosas, pero aliviado, me apresuré a esconder mi miembro bajo mi pantalón; al tiempo que la sala se oscurecía con los créditos finales de la película.

    Con esto todos los presentes en el auditorio automáticamente contuvieron sus lujuriosas acciones, como si alguien hubiese presionado un interruptor de apagado.

    —¡Bien hecho! —dijo el hombre a mi lado, al tiempo que me felicitaba con una palmada en el hombro.

    Las tenues luces del auditorio se volvieron a encender, en lo que el maduro hombre regresaba a la primera fila, a lado de la rubia; quien, con la blusa abierta y su sostén por afuera de su ropa, se despedía cordialmente de sus coprotagonistas con los senos al aire, como si se tratase solamente de unos viejos amigos que se reencuentran casualmente.

    Terminé de abrochar mi pantalón para regresar a lado de Liz, quien al igual que la rubia, se despedía de los chicos con quien había compartido escena esa noche. Sonriente, acomodando su blusa para cubrir sus senos, en lo que ellos se despedían tímidamente sin muchas palabras, conscientes de que mi novia no hablaba su idioma; al tiempo que resguardaban sus miembros bajos sus ropas.

    —Buenas noches —dijeron cada uno de ellos antes de retirarse al pasar a mi lado, o al menos eso creo que dijeron.

    —Estuviste increíble mi amor —dije a Liz, felicitándola por su extraordinaria demostración de temple bajo presión.

    —Tú también estuviste genial amor, no creí que lo hicieras; pensé que te acobardarías en la primera escena —respondió ella poniéndose de pie para lanzarse a mis brazos.

    —Claro que lo pensé —confesé—, pero sabía que si lo hacía me lo echarías en cara toda la vida.

    —Efectivamente, te lo hubiese recordado todos los días de tu vida —confirmó mi suposición.

    Nos fundimos en un enorme beso de celebración por nuestro triunfal debut en ese singular teatro. Un beso con un extraño sabor a semen, pues el rostro de Liz seguía impregnado con los espesos fluidos corporales de otros hombres. Sugerí a mi novia ir al tocador para que se aseara, cosa en lo que ella estuvo de acuerdo.

    Al entrar al cuarto de servicio, mi novia notó el curioso rotulado de las cabinas sanitarias y e inmediatamente esbozo una sonrisa de lujuria en su rostro. Antes de que yo pudiera comprender la razón de su alegría, ella se lanzó a mis brazos nuevamente besándome con pasión; jalándome con ella al interior de la cabina del centro, justo la que tenía el símbolo de una mujer gravado en la puerta.

    A pesar de que su rostro conservaba aún el aroma y sabor del semen de aquellos dos extraños, me fue imposible resistirme a los encantos de mi novia, quién como poseída me empujó bruscamente para sentarme sobre el retrete cerrando la puerta de la cabina tras de sí. ¡Jamás la había visto con esa actitud tan salvaje! La amaba.

    En retrospectiva, su reacción era muy natural, más que justificada. Liz había sido forzada a suprimir cualquier rastro de emoción humana, durante todo el tiempo que duró la función de teatro erótico, alrededor de cuarenta minutos, era justo que ahora le tocara disfrutar un poco a ella; que cobrará revancha por decirlo de alguna forma. En ese momento comprendí, que yo tendría que sufrir las consecuencias de su tortura previa.

    Liz abrió las piernas sentándose sobre mi regazo y abrazándome por el cuello, en lo que continuaba comiéndome a besos. Instintivamente le correspondí, removiendo de sus hombros los tirantes de su blusa, dejando sus perfectos senos desnudos frente a mí, disponibles para jugar con ellos a mi antojo.

    Mi novia sonrió lascivamente en lo que yo descifraba las emociones reflejadas en su rostro. Resultaba obvio que ella tenía unas enormes ganas de fornicar en aquel inmundo cuarto de servicio. Una oportunidad para realizar una más de mis fantasías que tampoco podía dejar pasar: la de tener sexo en un lugar público. Pero había un problema.

    Yo me encontraba muy agotado todavía, por haberme masturbado tan sólo unos minutos antes en el auditorio, no creía que fuera capaz de satisfacer a mi novia en ese preciso momento. Aterrorizado, en un segundo contemplé mi vida entera a lado de Liz, siendo recriminado eternamente por no haberle podido cumplir por segunda vez como hombre en aquel día. Mi virilidad quedaría en entredicho; sólo un nuevo milagro me salvaría.

    Dirigí mis ojos hacia el techo esperando una vez más por ese milagro, en lo que Liz se arrodillaba frente a mí para desabrochar mi pantalón con desesperación; sin detenerse a pensar en la suciedad del asqueroso piso sobre el que apoyaba sus rodillas, ávida por encontrar un pene en erección. Como deseaba poder ofrecerle lo que ella buscaba… Y entonces un segundo milagro sucedió.

    Por un pequeño orificio, en la pared a mi derecha, un pálido y erecto intruso se hizo presente en medio de nuestros rostros; ofreciéndonos salvar la noche, como si hubiese estado escuchando mis plegarias. Se trataba de un pene, un miembro de hombre, el cual nos observaba detenidamente con su único ojo. Mi novia se detuvo inmediatamente, al tiempo que ambos hacíamos viscos, al enfocar los ojos en el intruso enfrente de nosotros.

    En realidad, no se trataba de un completo desconocido, al menos no para mí, era alguien que yo había tenido la oportunidad de conocer previamente esa misma noche. Se trataba del canoso y marchito miembro del maduro hombre pareja de la rubia de la primera fila quien, sin invitación, se presentaba en nuestra cita.

    Para ser sinceros, aquel pene estaba muy lejos de ser tan grande y grueso como mi propio miembro; pero dadas las circunstancias, me daba la impresión de ser enorme. Y por otro lado era exactamente lo que necesitaba en ese momento: un bien erecto pene que poder ofrecerle a mi novia. Nuestras miradas se cruzaron una última vez para recordarnos mutuamente el pacto que aquella noche ya se había convertido en nuestra única ley.

    —¡Puto el que se raje! —exclamamos esta vez en voz fuerte dispuestos a practicarle a ese extraño sexo oral. Sonrientes, decididos, audaces.

    El pene se blandía innecesariamente, tratando de llamar nuestra atención; tan cerca de nuestros rostros, que podíamos oler sin problemas su fragancia. Era un olor rancio y ácido, como la orina acumulada en los mingitorios detrás de la puerta. Un olor que penetraba por nuestros orificios nasales, cada vez que respirábamos excitados por la situación. Pero ese olor era lo que menos me preocupaba.

    Nunca le había practicado el sexo oral a un hombre, no estaba seguro si llegaría a estar a la altura de las circunstancias. Pero mis temores se desvanecieron tan rápidos como llegaron al recordar que contaba con la asesoría de primera mano (en sentido figurado), de toda una experta para realizarlo. Una sacudida más de aquel mal oliente miembro fue todo lo que se necesitó para que Liz y yo, obedientemente comenzáramos a premiarlo. ¡Bienvenidos a mi primera lección de sexo oral!

    Liz en su papel de instructora tomo la iniciativa, soltando primero un pequeño y fugaz beso en la blanca cabeza de ese pene para después con un gesto invitarme a hacer lo mismo. No había duda que valiera; sin pensarlo hice exactamente lo mismo, quizás demasiado rápido, debido a que no recuerdo el sabor de ese primer beso al miembro de un hombre. Sólo una descarga eléctrica recorriendo toda mi espalda, desde la nuca hasta mi coxis, quedando marcado en mi memoria como remembranza de aquel morboso beso.

    —¿Te gustó? —preguntó mi novia con voz dulce.

    —Sí, claro que sí —respondí tajante; suspirando, reponiéndome de aquel primer trauma.

    Acto seguido, Liz se enfiló de nuevo hacia nuestro invitado y con su húmeda lengua le regaló una lenta lamida, iniciando en el tallo pegado a la pared hasta la punta de la cabeza. Nunca había sentido tanta excitación y morbo en mi vida, como en esa ocasión en que vi a mi novia, lamer con lujuria el miembro de un hombre de quien ni si quiera conocía su rostro; mucho menos su nombre. Quizás, sólo quizás, si ella hubiera sabido que se trataba de casi un anciano, tal vez ella no se hubiera esmerado tanto en su labor.

    Yo ya no necesitaba de otra invitación; tan pronto la lengua de mi novia se despegó de aquel pene, la mía ocupó su lugar. Éste segundo contacto fue más lento que el anterior, más lento incluso que el que acababa de realizar Liz. Por primera vez en mi vida, pude saborear realmente lo que era el sabor y textura de la piel del miembro de otro hombre. Una exótica mezcla entre salado y agrio, un curioso sabor al que sería fácil acostumbrarme. Sin prisa, me tomé mi tiempo antes de desprender mi lengua de aquel manjar, saboreándolo con placer en toda su extensión.

    Una vez que finalizó ese segundo contacto, Liz se levantó del piso para sentarse en mi regazo; y de esa forma quedar de frente a nuestro invitado, que continuaba blandiéndose exigiendo más acción. Mi novia utilizó su lengua para lamer con delicadeza repetidamente sólo la punta del glande, estimulando y manteniendo la erección, sirviendo como preludio para lo que estaba por venir. Unos cuantos lengüetazos más y juro que vi perfectamente como la punta de aquel miembro empezaba a segregar un líquido blancuzco y viscoso, similar a un lácteo. ¡Cuanto ansiaba mi turno para poder degustarlo!

    Liz seguía capturando lascivamente el semen con su lengua, cuando en determinado momento se echó hacia atrás dándome la oportunidad de probarlo. Instintivamente estiré mi lengua, colocándola debajo del glande, justo donde goteaba aquel viscoso líquido.

    ¡Se sintió tan tibio y dulce! Mi novia sonrió satisfecha por mi actitud sumisa y proactiva, pero no había tiempo para cumplidos, había un miembro de hombre frente a nosotros que merecía toda nuestra atención.

    Sin previo aviso, Liz abrió la boca para introducirse de una vez toda la cabeza del pene en su boca, comenzando con la sesión de sexo oral. La probó por unos segundos succionando con el vacío de su boca, antes de iniciar con su movimiento de vaivén de adelante hacia atrás, masajeando con delicadeza la longitud completa del pene. Al tiempo que una espuma blanca escapaba por las comisuras de sus labios.

    La escena era increíble, muy superior a cualquiera que habíamos visto en la función de teatro a la que habíamos asistido esa misma noche. Ahí estaba yo, en primera fila, en un inmundo cuarto sanitario, viendo como mi hermosa y sensual novia con el torso desnudo se encontraba gozando con el pene de un completo extraño. De pronto, el morbo y la excitación que sentía habían hecho efecto despertando a quien hasta hace un minuto dormía bajo mi pantalón.

    “Demasiado tarde amigo, es mi turno con la verga del viejo”, pensé ignorando mi propio pene. Liz se retiró nuevamente hacia atrás con la espuma escurriendo por todo su cuello dejándome su lugar. No me pude resistir. Sin importar que aquel miembro estuviera escurriendo esa mezcla de saliva y semen a todo lo largo, me metí todo el miembro en la boca salvajemente; e imitando la acción previa de mi novia, comencé con el frenético vaivén con ese marchito pedazo de carne en mi interior.

    Pude sentir perfectamente como la mezcla del líquido seminal y mi propia saliva, burbujeaban como una especie de fermentado champagne dentro de mi cavidad bucal, escapando algunos hilos por mis labios al momento que aquel miembro golpeaba en mi paladar. Una sensación indescriptible, que nunca imaginé podía llegar a experimentar.

    Es imposible saber cuántas personas pasaron por aquel cuarto de servicio aquella noche de verano durante nuestra visita al teatro. De lo que si estoy completamente seguro, es que ninguna persona lo disfrutó tanto como aquel maduro extraño al que agradecimos su oportuna intervención premiándolo con un bisexual sexo oral.

    Como un verdadero equipo, Liz y yo continuábamos haciendo turnos para compartir aquel pálido miembro, deseosos por complacerlo. Pasaron unos minutos antes de que Liz, gracias a su experiencia, se diera cuenta que el hombre ya estaba por alcanzar el clímax. Amablemente me cedió su lugar, dando me la oportunidad de probar por primera vez, lo que era una eyaculación directamente en la boca.

    Dudé un poco antes de aceptar, pero sólo bastó una mirada de mi novia para que recordara nuestro irrompible pacto. Aquel que en caso de no honrar acaecería sobre mi cabeza una maldición eterna.

    Me volví a meter aquel miembro completamente en la boca, en lo que mi novia empujó mi rostro contra la pared pegando mis labios justo en el orificio, asegurándose de que no se me escapara ninguna gota de semen cuando recibiera mi primera descarga.

    Sin previo aviso, un chorro de un caliente y viscoso líquido golpeo en lo profundo de mi garganta, disparando el reflejo involuntario de vomitar. Pero gracias a que mi novia oprimía con fuerza mi rostro contra la pared pude contener ese reflejo, entregándome completamente a disfrutar del sabor que esa deliciosa ambrosía dejaba en mi paladar al momento de tragarlo.

    Apreté mis labios en lo que el maduro hombre sacudía su pene dentro de mi cavidad bucal, golpeando el interior de mi boca, salpicando sus últimas gotas de esperma. Pude sentir perfectamente como el miembro perdía su rigidez reposando flácido sobre mi lengua. Era una sensación tan extraña. Me encantaba.

    El hombre comenzó a retirar su miembro de mi boca, en lo que yo le regalaba un masaje al momento de extraerlo, procurando limpiar muy bien cualquier rastro de semen de la cabeza de su pene. Era tan tibio y delicioso que no podía evitar recriminarme el no haberlo probado antes; pero en fin, “nunca es tarde para experimentar algo nuevo”, pensé. Al final el hombre sacó su miembro de mi boca y yo giré mi cabeza hacia Liz, sonriendo satisfecho por mi hazaña.

    —¿Te gustó putito? —preguntó mi novia, sujetando mi rostro con ambas manos, antes de darme un tierno beso en la boca.

    —Me encantó —respondí sinceramente, sin poder quitar la sonrisa de placer y lujuria que se había apoderado de mi rostro.

    —La próxima vez, saboréalo un poco más antes de tragarlo mi amor —aconsejó mi novia con ternura, perdonando mi novatez como su alumno primerizo.

    Liz comenzó a limpiar con tiernos besos, los rastros del semen que habían quedado en mi rostro, y succionando vorazmente la espuma que escurría de mis labios. Mientras yo perdía la mirada en aquel inmundo cuarto sanitario; incrédulo todavía por lo que acababa de suceder.

    No tuve el valor para buscar la cámara, que se suponía debía estar filmándonos. Quizás fue mejor así, porque hay cosas que es mejor dejarlas bajo el velo del misterio. Más aún, sabiendo que para mí había un misterio más importante por descubrir: ¿Cuánto tiempo pasaría antes de volver a probar junto con mi novia, del delicioso sabor del miembro de otro hombre? ¡Porque de que teníamos que repetirlo era un hecho seguro!

    Nos dimos un tiempo antes de salir de la cabina, tiempo que aprovechamos para limpiar nuestros rostros de los residuos de semen, dando oportunidad también para que el cuarto de servicio se desocupara, manteniendo así el ‘anonimato’ de nuestro invitado. Al salir de la cabina terminamos de asearnos y salimos bromeando por nuestra hazaña.

    —¡Una fantasía más realizada! —dije riendo divertido.

    —Y las que nos faltan —corrigió mi novia, subiendo la apuesta de aquel viaje.

    Al salir al patio de la entrada y pasar por la tienda de recuerdos, el encargado, un hombre bastante mayor, nos detuvo para ofrecernos un recuerdo de nuestra visita.

    —¿Quieren una copia de la función? —preguntó en su idioma, extendiendo la mano para ofrecernos un disco compacto.

    No había necesidad de un traductor, Liz y yo entendimos perfectamente la clase de souvenirs que nos ofrecía como recuerdo. Se trataba de un disco compacto el cual venía rotulado con el nombre del teatro y la fecha y hora de aquel día. Era obvio lo que el disco contenía, ¡la grabación de nuestra visita al teatro de esa misma noche!

    No lo podíamos creer, ahora teníamos la oportunidad de recrear cuantas veces quisiéramos el morbo y la lujuria de nuestra primera noche en aquella excitante ciudad en la comodidad de nuestro hogar. ¡No importaba cuánto costara ese singular recuerdo teníamos que tenerlo! Pagamos el costo de la copia y nos retiramos agradecidos por nuestra buena suerte.

    El regreso al hotel fue lento y accidentado, quizás todavía intoxicados por el alcohol y las drogas; o más bien excitados por lo mórbido de nuestra noche, que parecía todavía estaba lejos de terminar. Al llegar a nuestro destino, en la recepción sorprendimos a nuestra nueva amiga, la bella Iridia, en absoluta soledad cabeceando de sueño frente al mostrador de la recepción.

    —Hola, ¿Cómo la pasaron? ¿Se divirtieron? —preguntó la chica saliendo de su somnolencia con una sonrisa indiscreta.

    Liz y yo nos echamos a reír descaradamente por unos segundos a causa de la impertinente pero válida pregunta. Iridia nos observó en silencio, quizás con un poco de envidia de Liz por lo que sólo podía intuir nos habíamos atrevido a experimentar esa noche.

    —Creo que eso lo vas a tener que juzgar con tus propios ojos —respondió Liz pícaramente, extrayendo de su bolso el disco compacto con la copia de nuestra visita al teatro y colocándolo en el mostrador frente a nuestra amiga.

    —¡Oh cielo santo, esto tengo que verlo! —exclamó Iridia abriendo sus ojos antes de despabilarse abruptamente, humedeciendo los labios con un destello de lujuria en su rostro al tomar el disco compacto; ansiosa por ver la grabación de nuestra aventura en el teatro erótico.

    —Por supuesto que puedes verlo; pero sí te llegas a aburrir, ya sabes dónde encontrarnos —insinuó sugestivamente Liz; acariciando con su dedo índice el torso de la mano de Iridia, intentando seducirla con la posibilidad de un trío sexual.

    —¡Oh, por supuesto que pueden contar conmigo! —respondió Iridia positivamente, aceptando la invitación de mi novia—. Finalizo mi turno y los alcanzo en su habitación, recuerden que yo tengo copia de la llave —agregó simpática, siguiéndonos la broma.

    Liz y yo nos abrazamos riendo descaradamente, al escuchar la respuesta de Iridia. Nos despedimos y nos dirigimos a nuestra habitación torpemente, luchando por no caernos, dejando sola a nuestra amiga en la intimidad de la noche. Al menos por el momento.

  • Con mi preceptor Gastón

    Con mi preceptor Gastón

    Iba a mi último año de secundaria cuando esto me sucedió, tenía 19 años recién cumplidos, senos grandes y un culo bien definido.

    En ese entonces estaba enamorada de mi preceptor Gastón, un hombre de 32 años, piel morena, ojos oscuros, cabello marrón y barba de su mismo color de pelo, tenía buenos músculos en sus brazos y piernas, siempre usaba ropa deportiva, con los pantalones que él llevaba puesto se le podía observar un buen bulto.

    Solo para que lo sepan un preceptor es la persona encargada de organizar los asuntos de todo un curso de alumnos, por lo tanto, Gastón era muy cercano a mí, él era el que nos avisaba cuando entrábamos más tarde, a que hora salíamos y se quedaba con nosotros cuando teníamos una hora libre.

    Esa tarde yo no quería entrar al aula, tenía una hora de geometría y odiaba esa materia con todos esos triángulos sin sentido alguno, escuche la campana que anunciaba que cada quien tenía que entrar a su salón, pero lo que hice fue ir al piso de arriba.

    Me encontraba paseando por el piso de arriba, entraba en cada salón para ver las pinturas de las paredes, luego de unos minutos empecé a sentir la voz de Gastón gritando mi nombre.

    Salí del aula donde estaba escondida porque escuché sus pasos acercándose y fui corriendo hacia el otro pasillo sin ser vista por el.

    Luego de unos segundos volví a sentir su voz, corrí hacia la derecha y él apareció al frente mío.

    -Zara, debes ir a tu salón, tienes clase de geometría.

    -Odio esa materia, no voy a ir- le respondí, intente correr otra vez, pero él me tomo de la cintura y me puso contra la pared.

    -He dicho que fueses al salón- me dijo Gastón, puso su mano en mi cadera y la subió hasta acariciarme el rostro.

    -No- en este momento fue cuando decidí ser más seductora y eleve una de mis piernas y se la enrede en su cintura mientras él con su mano libre me empezó a acariciar el muslo suavemente.

    -Estás perdonada, hermosa- me dijo Gastón empezando a besar mi cuello.

    Yo le acaricié la espalda, él se apretó más todavía contra mí y pude sentir que su pene ya estaba duro.

    Me empezó a besar el cuello más apasionante y yo le toque sus marcados abdominales por debajo de su camisa.

    Le quite lentamente su camisa negra hasta que quedo con su maravilloso torso desnudo, lleve mi mano hasta su erección, cuando le toque su miembro fue que me decidí a bajarle su pantalón deportivo.

    Él se quedó solo con su bóxer azul hasta que yo me puse de rodillas y le quite su ropa interior, al fin le pude ver su miembro y confirme lo que siempre he pensado, la tenía grande, era un pene que podía hacer gozar a cualquiera, le di un par de besos en la pelvis antes de pasarle mi lengua por su pija hasta llegar a la cabeza de la misma.

    Le dedique unas buenas lambidas a la hermosa cabeza de ese imponente miembro, esta siempre ha sido mi fantasía desde que lo he conocido a Gastón, aunque también admito que todo esto es una locura, pues, le estaba chupando la verga a mi preceptor en un pasillo del piso de arriba del colegio, igualmente esta situación me causaba un morbo impresionante.

    Cuando me metí ese gran pene a la boca, empecé a chupárselo con total frenesí, como lo hice muchas veces en varias de mis fantasías, se lo lambía y lo acariciaba a la vez, mi lengua hacia una danza perfecta alrededor de esa pija, parecía que se la hubiese chupado hace mucho tiempo y esto recién había empezado.

    Gastón estaba sintiendo mucho placer, eran mayores sus suspiros y hacía comentarios morbosos sobre lo bien que se la estaba chupando.

    Gastón se encargó de hacer más delicioso y frenético el sexo oral cuando me tomo del cabello y el mismo me empezó a embestir mi boca con movimientos de su pelvis mientras yo se la seguía chupando.

    Estuvimos así durante varios minutos hasta que él me saco su pene de mi boca y me dio un apasionado beso en los labios, ese fue el beso que yo tanto espere y con el cual he soñado durante noches enteras.

    -Te voy a hacer un oral- me dijo.

    -¿Aquí mismo?- le pregunte.

    -Si, aquí mismo, en este solitario pasillo- me respondió quitándome mi pantalón junto con mis bragas.

    Eleve ambas de mis piernas y las puse sobre cada uno de sus hombros separándolas lo más que pude.

    Se inclinó y me dio las primeras lambidas por encima de mi vagina, luego encontró mi clítoris y lo tocó con la punta de su lengua antes de hundir la misma dentro de toda mi vulva.

    Cuando toda su lengua estuvo bien adentro me empezó a penetrar rápidamente la vagina con ella y sus lambidas, hasta podía sentir el suave contacto de su nariz entre mis labios vaginales que estaban siendo estimulados, le acaricie su cabello y le hundí mucho más la cabeza.

    Luego de unos minutos me la seguía chupando, pero también me daba pequeñas mordidas que me resultaban indoloras y muy placenteras, eso hizo que me viniera rápidamente.

    Gastón me quito mi camisa dejando mis senos al aire libre, luego dijo que me subiera arriba de él enganchando mis piernas alrededor de su cintura y me puso contra la pared, mi culo quedó encima de su verga, hizo un movimiento hacia arriba con su pelvis y me penetro, yo me acomodé mejor y puse mi rostro hacia un costado apoyándolo a la pared mientras me entregaba al ritmo de las embestidas de mi atractivo preceptor.

    Gastón tenía una vitalidad increíble, era muy bueno cogiendo, de esos hombres que te pueden hacer gozar un día entero, su verga ingresaba en mi culo con rapidez y lo estaba haciendo con mucha velocidad, yo podía sentirlo todo y mis gemidos lo confirmaban.

    Aún no podía creer que estaba teniendo sexo duro en el colegio.

    Luego de estar embistiéndome durante varios minutos cambiamos de posición, nos acostamos ambos en el suelo y me metió su verga de costado, mientras me agarraba de mis senos para poder darme bien duro como ya se estaba acostumbrando a hacer conmigo, aunque yo estaba encantada de ser su esclava sexual, si ese hombre quería que tuviéramos sexo todos los días se lo cumpliría sin pensarlo dos veces.

    Antes de que él eyaculase saco la pija de mi agujero, yo pensé que iba a acabar dentro mío, sin embargo donde acabo fue en todos mis senos y un poco en mi rostro.

    -Luego se te va a secar- me dijo.

    Le di un beso más en los labios y me confesó que ahora yo era su alumna favorita y que quería tener relaciones conmigo varias veces.

    Yo acepte a todo esto encantada de la vida. Durante el transcurso de mi último año de colegio he cogido bastante con ese hombre.

    Ese no fue el único lugar en el cual mi preceptor y yo tuvimos intimidad, también lo hicimos en la biblioteca del colegio, en mi aula y en la sala de preceptores, pero esas son historias que serán contadas en otras ocasiones.