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  • Fui la puta del mejor amigo de mi esposo

    Fui la puta del mejor amigo de mi esposo

    Creo de las cosas que mas me mojan en este mundo es hacer lo que no se puede y al ser una mujer extremadamente sexy, caliente y linda se me da muy fácil lograr todo lo que quiera.

    Hace algún tiempo el mejor amigo de mi esposo visitó mi país, él y yo también nos llevábamos muy bien y conversábamos muy a menudo, una noche, él estando en mi país me invita a su casa a dormir, mi esposo estaba de viaje, no vimos nada de malo en esto pues dormiríamos en cuartos separados y allí también estaría su tío de años por lo cual no estaríamos solos.

    Todos salimos a cenar esa noche para celebrar su llegada, y todo iba muy bien hasta que salimos del restaurante y comenzamos a conversar, él es un hombre muy alto y yo soy una mujer bajita, estábamos parados uno enfrente del otro cuando de repente él me dice tenía muchas ganas de hablar en persona, yo me acerqué a él lo abracé y en tono cariñoso le dije yo también tenía muchas ganas, pero cuando mi cuerpo se apretó con el de él sentí lo dura que estaba su polla dentro de su pantalón.

    En este momento un escalofrío recorrió mi cuerpo y le comencé a respirar muy suave en su oído, eso lo prendió más aún y sentí que su verga quería explotar, y yo mientras tanto estaba totalmente mojada, lo único que tenía en la cabeza era meterme esa verga ahí mismo en la calle no me importaba nada, y en ese momento de tanta tensión sentimos una voz y rápido nos separamos, era su tío que nos llamaba a entrar a la casa pues el hermano de mi cuñado había llegado.

    Nos pasamos toda la noche conversando y a la hora de dormir ya los planes habían cambiado pues solo había dos cuartos y éramos 4 personas, 3 hombres y yo.

    Entonces como mi esposo estaba al tanto de esa situación me dijo que durmiera con su mejor amigo porque en él tenía plena confianza y sabía que estaría mejor allí, y cuánta razón tenía.

  • Eli

    Eli

    La conocí a Eli de pura casualidad. Yo estaba dando una charla sobre Materialismo Histórico y ella fue acompañando a un novio o algo así (después supe que estaban casi rompiendo en ese momento). Fue casi por compromiso, pero el tema le interesó. Era una piba muy vivaz y despierta y con ansias de conocimiento. En realidad, ese fue el primer nexo entre nosotros. Se quedó al terminar acribillándome a preguntas y le cortó el rostro al pibe con el que vino, el cual le insistía en irse a tomar unas copas. La invité, ya que le interesaba el tema, a una charla de lógica dialéctica que tenía planteada para la semana siguiente. Me aseguró que allí estaría y nos despedimos. Si me había interesado por sus ansias de saber y su inteligencia al intercambiar opiniones, cuando la vi partir, me cautivó su figura y su estética.

    – “¡¡Wow!! Que mujer más interesante”, pensé.

    El viernes próximo había iniciado la charla prevista con un cierto gusto a desencanto, ya que no la vi entre los concurrentes. Pero diez minutos después de haber empezado, la vi llegar, sentarse y escuchar atenta. Nuevamente intervino en el debate, preguntó en forma incisiva e inteligente y esperó que todos se vayan para venir a saludarme y pedirme disculpas.

    – “Lo siento, el cole tardó más de lo previsto”, me dijo.

    – “No tenés que disculparte, lo importante es que viniste y, por lo que veo, te interesó”.

    – “Oh si¡¡, mucho. Expones en una forma clara y sencilla. Me encantó”.

    – “Me alegro”.

    – “Igual, me quedaron miles de preguntas para hacerte. Me abrió más interrogantes y ganas de saber”.

    – ¿Cómo te llamás?

    – «Eli», me dijo.

    – “Pensaba cenar algo por acá antes de irme, vení y preguntá”

    – “¡¡No!!”, me dijo “Cena tranquilo”.

    – “Eli, no puedo encontrar algo mas insulso y deprimente que cenar solo. ¿Y si te pido que me acompañes?

    – “Bueno, así me la ponés más fácil. Pero si te cansan mis preguntas, me decís. ¿Está bien?”.

    -”Sí señorita”, dije sonriendo y haciéndole la venia.

    Fuimos a una pizzería cerca y, mientras nos hacíamos cargo de una napolitana, cumpliendo su amenaza, me acribilló a preguntas.

    – “Qué estudias”, le pregunté cuando la pizza y las preguntas se habían acabado.

    – “Letras. Pero dudaba entre Letras y Filosofía y aún dudo”.

    -”Interesantes las dos. Son dos carreras que me encantaría hacer. En realidad son muchas las que me gustarían. Igual, no voy a hacer ninguna. Ya pasaron mis días de estudiante”.

    – “Nunca pasan y no creo que vos no estudies. Por tu cuenta, pero seguro estudias. Tenés una mente muy inquieta para no hacerlo”.

    El tiempo se nos fue yendo sin darnos cuenta. Los mozos levantando sillas y limpiando nos trajeron a la realidad.

    – “¡¡Uyyy!! ¡¡Qué tarde se hizo”, dijo con voz y gestos de alarma.

    – “¿Te tenes que levantar temprano?”.

    – “No, pero donde vivo no es conveniente llegar tan tarde”.

    – “¿Por dónde vivís?”

    “En Florida, pero en la Florida pobre, para el lado de Constituyentes”.

    – “Conozco, viví en Martelli unos años. Si no te molesta, te llevo. Voy para Escobar y me queda casi de paso”.

    – “¿En Escobar? ¿Y venís acá a dar una charla”?

    – “Si, en coche a esta hora tengo media hora de viaje nada más”.

    – “Pero te voy a hacer desviar mucho”.

    – “Eli, el coche no se queja y yo tampoco. Vamos. Vos me acompañaste a mi a comer y yo te acompaño a tu casa”.

    – “Si no, acercame hasta Puente Saavedra y tomo el 161”

    -”¿A esta hora? El 161 viene cada media hora con suerte. No jodás, dale”.

    – “Bueno, me da no sé qué”

    – “Que no te dé nada. Es un placer” y, tomándola del brazo, la apuré para irnos.

    El viaje sirvió para conocernos más. Tenía 24 años y una vida sin apuros. Los viejos tenían una librería y, pese a estar jubilados, seguían trabajando porque el negocio, el contacto con los vecinos, era su vida. Sus dos hermanos mayores estaban viviendo en España y ella se decidió a empezar la Facultad tarde. Ayudaba a los padres unas horas a la mañana y después se dedicaba a estudiar y salir.

    Yo le conté de mi vida. Mi militancia de muchos años, mis hijos ya crecidos, mi actual vida, con poca exigencia (tenía dos casitas que alquilaba y le había dejado mi empresita de construcciones al mi socio y algo de dinero de ahí me entraba). Pensé en mentirle en la edad, pero me pareció muy boludo hacerlo y le sinceré mis sesenta años. Hice deportes toda mi vida y siempre me cuidé y normalmente me dan menos edad, pero no me daba para macanearla en eso. Me agradeció mucho cuando llegamos a su casa y me despidió con un cálido abrazo después de intercambiar números de celulares.

    Dos semanas después, me habían invitado a dar una charla sobre el origen del patriarcado en un local de un grupo feminista y se me ocurrió mandarle un wasap a Eli, invitándola si quería venir. Su respuesta me dejó impactado: “Por supuesto que voy. Por fin aparecés” con un emoticón de sonrisa y un beso. “Querés que te pase a buscar” le respondí. “No. Es mucho, demasiado” fue su respuesta. “Tal vez lo sea para vos, para mi no, me encantaría hacerlo”. Su respuesta tardó más de media hora. “Bueno, si insistís”. “El viernes a las 18 h estoy en tu casa”, le escribí. “No, porfi, esperame en la Puma de San Martín y Constituyentes”, escribió al toque. “Ok. Allí te espero”.

    Cuando la vi llegar me dejó sin aliento. Estaba hermosa y vestida sencilla (tal como después supe que era su costumbre), pero muy bien arreglada para resaltar sus formas. El abrazo y el beso de saludo me parecieron más cálidos y largos de lo esperable, pero temía estar dejándome llevar por mis ansias. Charlamos todo el viaje. Estaba alegre y desenvuelta (más que yo, seguro). La charla fue animada y nuevamente Eli intervino con lucidez y preguntas y opiniones fundadas e interesantes. Cuando terminé de contestar, saludar, agradecer y hasta sacarme selfies, la vi esperando apoyada contra una columna.

    – “Se te fueron al humo todas las chicas”, me dijo entre sonriente y (me pareció) en tono de protesta.

    – “Es un tema muy mentado y debatido, pero con poca información. Es por eso. Yo solo les doy la data científica de lo que ellas viven y sufren y luchan para cambiar”

    – “Si profe” me contestó entre sonriente y poco convencida. “¿Y ahora? ¿Compartimos otra pizza?”

    – “No. Pizza no. Si vamos a cenar, vamos a un buen lugar con buena comida”

    – “Si profe”, me dijo haciéndome la venia.

    Fuimos a Casa Austria, en San Isidro, donde compartimos un goulash, salchichas con chucrut y topfenstrudel. Estaba encantada. Me confesó que ni ella ni su madre eran buenas cocineras y que no había probado este tipo de comida. Después fuimos a tomar café al bar Santa Teresita, frente al río, donde nos quedamos hablando sin sentir el paso del tiempo. Cuando vi la hora, le dije que la llevaba. Al llegar a dos cuadras de la casa, me pidió bajar allí y la abracé para despedirnos, con la intención de darle un beso en la mejilla, pero ella giró la cabeza para que nuestras bocas se encontraran. La besé, despacio y dulcemente primero y después le dí un beso profundo que ella respondió plenamente. Después de besarnos largo rato, la miré y le dije:

    – “Perdoname si parezco mas boludo de lo que soy, pero no me lo esperaba”.

    – ”¿Te gustó?

    – ”Mucho, ¿Qué hacés este finde?”

    – “No sé, no tenía ningún plan”

    – “Ya lo tenés. Si querés vengo a buscarte el domingo temprano y vamos de paseo a algún lugar o… vengo a buscarte el sábado a la noche, te invito a comer a casa y el domingo vamos a pasear”.

    -”Perdoname, pero me la dejaste picando, ja, ja. Se te acabó lo boludo por lo que veo” dijo sonriendo

    – “No, este, mira…” empecé a decir, pero me interrumpió.

    – “Me parece fantástico que me invites a cenar a tu casa. Mañana 20 h, ¿te parece?

    – “Totalmente” le dije mientras la atraía hacia mi para besarla.

    Me fui para casa con la cabeza hirviendo de pensamientos y con una excitación imparable. Ni siquiera se me había ocurrido que Eli pudiera tener algo que ver conmigo. No porque no me gustara sino por la diferencia de edad. No podía dar crédito a que la hubiera besado y que mañana iba a dormir conmigo. Al otro día ordené la casa y preparé la cena a la mañana y dormí una buena siesta, no quería tener sueño a la noche, porque no pensaba dormir. La fui a buscar, vino con un bolsito y el encuentro fue muy cálido y tierno. Llegamos, le mostré la casa y prendí el hogar a leños, pese a que el invierno no era crudo. Siempre es lindo comer con el fuego a la vista.

    Cenamos borsch (que le encantó) y bondiola acaramelada con salteado de vegetales. Mientras salteaba en el wok ella revisó todo, miró los libros que tenía, me preguntó detalles de mi vida y cada tanto venía por atrás, me abrazaba y me llenaba de mimos. Había hecho unas natillas de postre, pero ni llegamos. Insistió que deje todo sin lavar que ella a la mañana se ocupaba y se fue al dormitorio, pidiéndome que vaya cuando me diga. Cuando me llamó y fui, estaba acostada, tapada. Me desvestí y al meterme entre las sábanas descubrí que estaba totalmente desnuda.

    – “¿Te gusta que te mimen?”, pregunté.

    – “Mucho”.

    – “Entonces, date vuelta y dejame que te mime. Si algo no te gusta, me avisas, pero si no, please, dejame disfrutar tu cuerpo”.

    – “Ok”, dijo, medio intrigada.

    Usando una crema para masajes, empecé a frotarle el cuello y la espalda con masajes relajantes, pasé por sus nalgas para trabajar sus piernas, bajando hasta sus pies, los cuales masajée largamente.

    – “¿Te gusta?

    – “Muchísimo. Pero yo no hago nada”, protestó.

    – “Oh si que hacés. Disfrutás y me dejas saborear la belleza de tu cuerpo. Pero si algo te pone mal, decime”.

    – “No, nada, es fantástico. Pero no estoy acostumbrada a recibir tanta caricia sin participar”.

    – “Ya te va a llegar el turno, tené paciencia. Ahora, cerrá los ojos y dejate acariciar”.

    – “Si profe”, dijo con una risita.

    – “Ahora date vuelta pero, por favor, dejá los ojos cerrados. Te va a permitir disfrutar más. ¿O querés que te los vende”.

    – “Si, me gustaría”

    Le puse una venda en los ojos con un pañuelo de cuello y ella me dejó hacer sin decir nada. Ya puesta boca arriba, comencé a acariciar su pecho, evitando sus tetas. Cuello, costados, panza y de a poco, bajando sin llegar a su pubis. Bajé a las píernas y, al terminar, volví arriba. Empecé a acariciar y lamer sus pezones suavemente mientras ella suspiraba y tensaba su cuerpo. Después empecé a acariciar la parte interior de sus muslos bordeando su vagina, sin tocarla. Su cuerpo se movía como para acercármela. Cuando sentí que estaba muy excitada, bajé a lamerle suavemente, pasando la lengua por sus labios hasta alcanzar el clítoris, el cual apenas tocaba con el aliento o muy leves toques de mis labios. Sus manos apretaban las sábanas y su cuerpo se arqueaba ante el contacto.

    Cuando la note lista, comencé a introducir un dedo y después dos, muy de a poquito, moviéndolos suavemente, mientras seguía lamiéndola. Allí llegó su primer orgasmo. Esperé que pasara y continué con los dedos y la lengua, besando y succionando cada tanto el clítoris. En ese momento, tomé un vibrador pequeño de la mesa de luz y comencé a pasarlo por su vagina, cambiando la intensidad de la vibración. Se removió inquieta y preguntó:

    – “Qué es eso?.

    – “Un juguetito para mejorar la experiencia. ¿No te gusta?”

    – “No, es que me resultó extraño, pero interesante, seguí”.

    Continué con el vibrador, mis lamidas y mis besos. Le fui pasando el vibrador en su vagina, apenas acariciando su colita y después apoyándolo sobre su clítoris. En ese momento, ella puso sus manos en mi cabeza y la empujó contra ella. Mientras yo lo chupaba ya en forma intensa, acabó por segunda vez. Me quedé un rato quieto mientras ella jadeaba y recobraba el aliento.

    – “¿Te gusta?”.

    – “Muchísimo”.

    – “Me dejás que siga un rato”, le pregunté.

    – “¿Más?”, contestó asombrada.

    -”Si, salvo que te disguste”

    – “No, seguí, seguí”.

    Volví a su hermosa conchita, lamiendo y jugando con ella. Tomé de la mesa de luz dos consoladores y empecé a jugar con ellos, introduciendo uno muy de a poquito en su vagina mientras la lamía y con el otro, mas pequeño, jugaba suavemente sobre su ano. Cuando hice eso se retrajo un poco.

    – “¿No te gusta? ¿querés que pare?, pregunté.”

    – “No, no. Es que necesito que lo hagas muy despacito”, me dijo.

    – “Jamás te haría doler, ni siquiera deseo hacerte algo que te desagrade. Cuando algo de eso pase, me decías y paro. Pero si disfrutas, teneme confianza y dejame, lo único que quiero es darte placer”.

    Volví otra vez a jugar con su conchita y su colita, con todo el cuidado y suavidad necesaria. Pero ella se fue aflojando y su cuerpo empezó a disfrutar y a querer más. De a poco, ambos consoladores fueron entrando en ella acompañados por los besos y lamidas. En un momento, volvió a forzar mi cabeza contra su pubis, arqueó el cuerpo, gimió un rato y acabó con un grito ahogado mientras sus manos se crispaban contra mi espalda y apretaban mi cabeza. Después aflojó toda la presión y quedó laxa, quieta y silenciosa. Fui retirando muy despacio ambos consoladores, me puse al lado de ella y empecé a besarle el cuello y los pezones.

    – “Pará, no doy más”, dijo mientras me traía hacia ella y me daba un largo beso y se quitaba la venda.

    La abracé y nos quedamos un rato largo así. De a poco fue recuperándose y empezó a acariciarme. Tomó mi pene entre sus manos delicadamente y lo fue acariciando. Después me empujó suavemente para ponerme de espaldas, me dijo “Ahora quedate quieto vos” y fue abajo a lamerme y besarme, pasando su lengua por la cabeza de mi pija ya dura, dándole besitos, chupaditas suaves. Cuando me acomodé poniendo más almohadas con el fin de poder mirarla, ella se acomodó para seguir chupándome mientras me miraba con una cara de placer que me calentó aún más. Sin decir nada, le alcancé un preservativo que ella se ocupó de ponerme, sin dejar de besarme ni acariciarme.

    Después se sentó sobre mí y fue introduciendo mi pija en su conchita. Cuando estuvo toda dentro de ella, fue moviéndose suavemente en círculos, sacando y entrando mi pene, mientras me llevaba una mano a sus tetas. Y me miraba con una cara de goce que me volaba. La besé, besé sus pechos, la tomé por las nalgas para moverla a mi placer. Ella me dejaba hacer y a la vez tomaba el mando y yo le seguía su ritmo. En un momento, la tomé contra mí y rotandonos, la puse de espaldas.

    – “Hermosa, abrí un poquito más las piernas”, le pedí.

    Ella me hizo caso y yo me monté un poco más sobre ella con lo cual mi pene entró profundamente en su vagina. Abrió los ojos y lanzó un quejido ahogado.

    – “¿Te duele? ¿La saco?”.

    – “No, no, no. Ni se te ocurra. Es que nunca sentí esto”.

    – “¿Te gusta?”.

    – “Si, mucho”.

    – “Entonces abrazame y dejame disfrutar de tu hermosa conchita”

    Empecé a moverme muy lentamente y estuvimos así un largo rato hasta que nuevamente su cuerpo se contrajo, me abrazó con fuerza y empezó a lanzar quejidos continuos.

    – “Así, así, no pares”, dijo mientras estallaba en un orgasmo.

    Nos quedamos abrazados así, mientras seguía penetrándola y de vez en cuando me movía apenas para mantener la erección.

    – “Quiero que te des vuelta? ¿Puede ser?”.

    – “Si. Pero muy despacito, por favor”.

    Salí dentro de ella, dio la vuelta para ofrecerme su espalda, le acomodé una almohada bajo su pubis para levantar su cola, me acosté sobre ella, dándole besos en el cuello y la espalda y después, guiando mi pene con la mano, lo apoyé contra su ano y lo dejé allí, apenas haciendo presión. Ella estaba inquieta al principio, pero lentamente, al ver que yo no forzaba nada, fue aflojándose y su colita se fue abriendo hasta que la cabeza de mi pija entró en su culito.

    – “Ahhhh”, gimió. “”Espera”.

    – “No pienso hacer nada. Tu colita tiene que dejarme entrar, si no, no quiero penetrarte”.

    – “Te quiero dentro mio, pero dame tiempo”.

    – “Todo el que necesites hermosa”, le dije mientras la besaba.

    De a poco, casi sin sentirlo, mi pija fue entrando en su cola hasta que estuvo toda dentro.

    – “¿La sentis Eli? Está toda en tu colita”.

    – “Si, si. Dejala quieta así un rato. ¿puede ser?”.

    – “Por supuesto, lo que te haga sentir placer. Te quiero coger toda. Te quiero disfrutar toda. Pero con vos, los dos juntos. Si vos no disfrutas, no me da placer”.

    – “Gracias”.

    – “Ningún gracias. Es lo menos que te mereces. Y ahora, hermosa hembrita, voy a empezar a cogerte ese culito hasta que acabes”.

    – “Si, si. Tenes una pija grande. Me cuesta al entrar, pero después está muy sabrosa”

    – “Me gusta que te guste, porque la vas a tener ahí un rato. Me encanta tu colita. Sentí como te la cojo toda.”, le decía mientras mi pija salía y entraba de su culito a un ritmo cada vez más intenso. Eli no solo no se quejaba, sino que estaba volando de calentura.

    – “Si papi, si. Cogela toda a tu nena”

    – “ ¿Te puedo coger sin forro y acabar dentro tuyo?

    – “¿Te gustaría?”.

    – “Me encantaría”.

    – “Sacalo y cogeme hasta acabar”.

    Retiré mi pija, me saqué el preservativo y volví a meterla dentro de su cola.

    – “Ahora si, nena, abrazate a la almohada porque te voy a recoger esa colita hermosa y llenártela de leche”

    – “Si papi, si. Te quiero sentir acabar dentro mío”.

    Empecé a bombearla ya sin reparos mientras ella me acompañaba acomodándose para que le penetre más profundamente hasta que la abracé con fuerza, introduje mi pija con fuerza y acabé con un grito ahogado, mientras ella se sacudía acompañándome con un orgasmo. Saqué mi pija y me tiré a su lado, sin fuerzas y jadeando. Seguía aún sin aliento cuando sentí como me acariciaba el pecho e iba deslizándose hasta acabar con mi pija en su boca, chupándola suavemente. Después se tiró nuevamente a mi lado, me tomó la mano y dijo:

    – “Me gustó mucho, pero mucho de verdad”

    – “Me alegro, porque a mi también. Sos una hembra hermosa. Me encanta el sexo con vos”.

    – “Tengo que confesarte que al principio me sentí un poco rara. No estoy acostumbrada a que me mimen tanto. Los tipos no le dan tanta bola a las caricias previas. Más vale la que bajo a chupar soy yo. Y vos me hiciste acabar tres veces antes de penetrarme. Lo disfruté mucho. Además, nunca había experimentado así con esos “juguetitos”. Como mucho el consolador lo usaba yo cuando estaba sola”.

    – “Eli, quiero tener todo el sexo y de todas las maneras mientras den placer a los dos. Quiero que seas mi putita y quiero ser tu taxi boy. Todo lo que quieras probar y todo lo que quiera probar, mientras los dos estemos de acuerdo.”

    – “¿Me querés bien putita para vos’”

    – “Muy putita. Para cogerte de todas las maneras y hacerte acabar muchas veces”.

    – “Y, decime, ¿mañana, o mejor dicho hoy (dijo después de mirar el reloj), es necesario que vayamos a pasear?”.

    – “¿Porqué?

    – “Porque quiero que me cojas todo el fin de semana. ¿Puede pedir eso tu putita?

    – “Absolutamente de acuerdo”, le dije abrazándola y besándola. “¿Vamos a bañarnos?, pregunté.

    – “Los dos juntos”.

    -”Si, quiero enjabonarte toda y, quizá, cogerte en la ducha”.

    – “El baño compartido me empieza a resultar muy atrayente”.

    – “Entonces, a bañarse”, le dije mientras le daba un suave chirlo en la cola.

    – “Ayyy. Me gustó ese chirlito. Sumalo al repertorio de nuestro sexo”, dijo mientras se levantaba.

    – “Con todo gusto”, y nos fuimos para el baño.

  • Fui la puta del mejor amigo de mi esposo (2)

    Fui la puta del mejor amigo de mi esposo (2)

    Llegó la hora de dormir y el mejor amigo de mi esposo entró para el cuarto y estaba en la cama acostado yo salí un momento al baño y me puse una sudadera y un tanga muy pequeñito que tenía sin nada debajo, la sudadera no tapaba mi culo y se veía perfectamente el tanga que traía puesto. Luego entré al cuarto así y cuando me viré de espaldas, él desde su cama vio ese tanga que se lo tragaba por completo mi culo y solo abrió los ojos yo dejé que disfrutara la vista un momento pues que miren me pone demasiado.

    Luego cogí y me acosté al lado de él, mi mano la acerque a sus muslos hasta que llegué a su verga y la sentí muy dura, él no decía nada, luego sin pensarlo dos veces me acosté encima de él y puse sus manos en mi culo, él lo apretó contra el para que sintiera su verga en mi vagina, y yo solté un gemido y comencé a moverme encima de él, el solo me decía “no podemos hacer esto”, pero esa frase solo me mojó más y comencé a moverme más diciéndole “¿no, estás seguro?”, pero un tono muy sexy y al oírme me apretó más el culo contra su verga y me ayudaba con sus manos a moverme.

    Me quitó de arriba de él y se sacó su verga de sus pantalones yo me arrodillé y me la metí en la boca y comencé a chupársela mientras lo miraba con mi carita de puta, y el solo me decía “que bien mamas verga”, su verga estaba muy dura al estallar, después me puso en cuatro patas en la cama y con el cinturón que traía puesto amarró mis manos y puso mi cabeza apoyada a la cama.

    Me quitó mi tanga muy despacio y comenzó a tocarme todo mi coño y me dijo “estás muy mojada” y me introdujo sus dedos, empezó a masturbarme hasta que se puso detrás de mí y solo sentí como su verga entraba por mi apretado coño tan duro que no paraba de gemir como una maldita puta, no paraba de penetrarme y yo solo quería estallar, solo le decía “si sigues cogiéndome tan rico no voy a aguantar” y efectivamente en ese momento me corrí tan rico que mi coño le apretaba su verga.

    Luego me desató mis manos y yo entonces lo acosté en la cama y me trepé encima de él, ahora era mi turno, comencé a moverme muy suave con movimientos circulares con su verga dentro de mi coño mojado y luego de arriba hacia abajo sin parar, rebotando mi culo, el solo gemía del placer y me decía, “mujer que rico te mueves”.

    Cambiamos de posición y él me puso en frente a un espejo que había al lado de la cama él se puso detrás de mí y comenzó a penetrarme de nuevo y yo también movía mi culo muy rico mientras le decía mirándome al espejo quiero toda esa leche en mi boca y me apretaba mis tetas mirándome, él estaba alucinando solo me decía “amo ver esa cara de puta que pones” y yo me reía y el me daba más duro aún.

    Luego me puso de rodillas mientras yo se le mamaba, ahí estaba yo como una puta con la verga del mejor amigo de mi esposo en mi boca y solo podía gemir del placer tan grande que estaba sintiendo, y le dije “quiero que me grabes mientras te la chupo, quiero tener este recuerdo y masturbarme cuando no estés”.

    Y el sumiso al placer comenzó a grabarme mientras me tocaba yo misma mi coño y le chupaba esa verga demasiado rico. En ese momento sentí como se venía dentro de mi boca, como toda esa leche me llenaba, saqué mi lengua y yo solo podía saborearla, el aún me estaba grabando y yo con mis dedos me limpié todo lo que había caído en mi cara y me lo chupe y me tragué toda esa leche no quería desperdiciar nada. El me miró y me dijo creo que nunca había estado con una mujer tan caliente como tú, y guardó el video. A todas esas su tío estaba en la sala escuchando todos mis gemidos y mis gritos, tiene que haber disfrutado mucho de aquel espectáculo.

    Yo por otra parte aún me masturbo a escondidas de mi esposo pensando en esa noche y viendo ese video. Pero eso no es todo, todavía su mejor amigo y yo seguimos teniendo conversaciones calientes por mensajes incluso por llamadas por facetime, y mi esposo sigue de estúpido pensando que solo nos llevábamos bien, no se imagina la cogida que le dio a su esposa aquella noche.

  • Con el atractivo cajero Iván

    Con el atractivo cajero Iván

    Soy contadora, me encargo de las finanzas de varios negocios, pero nunca me olvidaré del supermercado de nombre líder porque fue ahí donde lo conocí al atractivo cajero Iván que termino siendo una persona muy especial para mí.

    Ese día el jefe del supermercado me había llamado por teléfono y muy amablemente me pidió que vaya al negocio, hable con el encargado para que me enseñe la mercadería nueva que había llegado porque quería que haga un conteo de la mercadería recién ingresada para luego poder saber cuanto se ha vendido.

    Cuando llegue al supermercado había solamente una caja donde un muchacho flaco, con el cabello marrón tirando a rojo, sus ojos eran medios achinados y tenía unas facciones del rostro muy bellas, era muy atractivo.

    Me acerqué a la caja y le dije: -Hola soy la contadora Victoria Bonet, me encargo de las finanzas de este supermercado.

    -Hola señorita me llamo Iván, dígame en que puedo ayudarla- su voz era hermosa y su mirada tenía un brillo especial, desde el primer momento me di cuenta de que ese muchacho era diferente al resto en la buena manera de la palabra y eso me gustó mucho.

    -Deseo hablar con el encargado.

    -El encargado no se encuentra presente en estos momentos.

    -Bueno, necesito que me lleves al depósito porque debo contar la mercadería recién ingresada.

    -Será un placer, venga conmigo- me respondió tomando mi mano entre las suyas para mi sorpresa.

    Llegamos al depósito y veo varias cajas de cartón, me acerco para verlas mejor y él me dice: -Ahí están los adornos para el jardín que el jefe ha comprado para la venta, hay diez cajas de esos, las cajas de la izquierda son cincuenta y contienen leche, las de la derecha tienen bebidas alcohólicas de todo tipo.

    -¿Esta es toda la mercadería que ha ingresado en esta semana para la venta?

    -Si.

    -Dime el precio unitario de cada producto por favor- le respondo sacando mi libreta y empezando a anotar los datos que necesito.

    Él me dice todo lo que tengo que saber y juntos contamos toda la mercadería que hay dentro de las cajas.

    -Terminamos- le informo.

    Me acerco a él nuevamente para saludarlo y me doy cuenta de que ese muchacho tiene pinta de intelectual, pero a la vez de modelo.

    Le doy un beso en la mejilla.

    -Debo irme- le digo, sin querer pongo mis brazos alrededor de su cintura y le doy un abrazo, luego él me abraza a su vez y en un minuto me doy cuenta de que este abrazo ya se ha convertido en algo íntimo por la manera en que nos estamos mirando.

    -Tu trabajo debe ser agotador- me comenta mientras me aprieta más contra su cuerpo.

    -Amo trabajar con números- le respondo.

    -Eres tan apasionada en lo que haces y tan bella- fue su respuesta, se inclinó, ya que es muy alto y me beso en los labios.

    Enrede mis brazos en su cuello para acariciarle el cabello.

    Él llevó sus manos más abajo hasta que llega a mis nalgas y me las masajeo mientras nos seguimos besando en ese depósito lleno de cajas.

    Su lengua me daba unas suaves caricias en mis labios al mismo tiempo que se unía lentamente con la mía, cuando nuestro beso termino yo tenía las mejillas rosadas, aun así lo volví a besar, no quería separarme de su boca.

    Seguimos con nuestros besos hasta que terminamos acostados en el suelo, Iván quedo encima de mí y me empezó a besar mi cuello hasta que desprendió los botones de mi camisa, yo me quite el sostén y él se llevó uno de mis senos a la boca para lamberlo.

    Lo vi pasarle la lengua a ambos de mis senos mientras lo tomaba con sus manos cuando hacía esto un poco de su pelo le caía sobre sus ojos y sentí infinita ternura por ese hombre que había conocido hace unos minutos y que me estaba brindando un placer erótico digno de mis mejores fantasías húmedas.

    El bajo sus manos hasta la altura de mi abdomen y ahí se dispuso a quitarme mi pantalón de jean color azul.

    Me quito mis bragas lentamente y jugueteo con mi vagina hasta que me penetro con uno de sus dedos, ingresaban con total facilidad por el agujero de mi vulva, él se dio cuenta de eso y metió dos dedos más a la vez, yo deje escapar un gemido que sonó muy fuerte en el espacio del depósito, Iván me dio un beso en la vagina y con sus dedos encontró mi clítoris, me mando mucha lengua en ese punto a la vez que abría mi vagina y sus dedos volvían a estar dentro de mi.

    Saco los dedos húmedos y repletos de mis jugos vaginales, luego me dio vuelta para darme una nalgada a la vez que me empezaba a meter un dedo, pero esta vez en mi trasero.

    No me pude concentrar en el placer de su dedo moviéndose dentro de mi culo, pero la pasión fue multiplicada porque luego de unos segundos también sentí su cálida lengua que me invadía el agujero de mi trasero y que me penetraba con rapidez dejando saliva de por medio.

    Yo le empecé a mover mi culo sobre su rostro y pude ver por el costado de mi ojo que su carita enterrada en mi trasero mientras yo me movía se veía adorable, una vez más aparecía la ternura mezclada con el placer sexual.

    Cuando Iván termino de estimularme el trasero saco su pene, yo me puse en cuatro para recibir su verga. Su miembro era tan hermoso como él hasta tenía un poco de pelo del mismo color de su cabello.

    No pude pensar mucho en la belleza de su pene porque de una sola embestida me había penetrado el culo y ya estaba empezando a moverse dentro de mí y dándome nalgadas al mismo tiempo.

    Con cada embestida de Iván todo mi cuerpo se estremecía y mis pechos se movían al unísono de su penetración que tanto estaba disfrutando en esos momentos.

    Luego de diez minutos cambiamos de posición y me empezó a penetrar mi vulva, minutos antes tenía sus dedos adentro y ahora mismo lo que tenía era su exquisita verga.

    Ambas de mis piernas estaban en sus hombros, él me acariciaba mis muslos cada vez que se movía hacia adelante para embestirme.

    Se inclinó hacía mi y nos empezamos a besar en la boca, sus movimientos no cesaron en vez de eso aumentaron de intensidad igual que nuestros besos.

    Terminamos con los besos en el momento que yo sentí su líquido caliente en mi interior, Iván saco su verga aun eyaculando semen y eyaculo la cantidad que quedaba en mi abdomen hasta un poco en los senos.

    Después del sexo nos pusimos a charlar, a conocernos un poco más y ahí fue donde he descubierto que Iván comparte muchas cosas en común conmigo, él es una persona diferente a las que he conocido en mi vida y me dije a mi misma que haría todo lo posible para no perderlo.

  • El baile nos llevó a enamorarnos

    El baile nos llevó a enamorarnos

    Hola a todos, dado que este es mi primer relato me gustaría presentarme. Mi nombre es Thomas, tengo 20 años, mido 1.80 y peso alrededor de 90 kg dado que me gusta mucho ejercitarme. No diré que soy guapo, pero tampoco feo, más bien alguien normal.

    No daré muchos detalles físicos, pues tampoco me gustaría crear una falsa perspectiva de mí. Diré que soy alguien promedio pero que mejora bastante debido al ejercicio que practico y que soy bastante carismático.

    En esta historia somos dos personas únicamente, y digo esto porque mi padre siempre ha estado ausente por lo tanto no daré muchos detalles sobre él. Aunque el título es obvio, y por intuición te darás cuenta que la otra persona es mi madre. Su nombre es Paula tiene 38 años de edad, es alta comparada al promedio pues mide 1.70 y pesa diría yo unos 60 kg, ella es muy linda de rostro, tiene unas caderas anchas, pechos medianos (más pequeños diría yo), unas piernas lindísimas que te llevan a unas muy lindas nalgas.

    Pero ya basta de presentaciones, vamos un poco al inicio de cómo empezó esta historia. Mi madre y yo compartimos un hobby en particular y ese es el baile. Desde pequeño aunque a mi no me gustaba, ella decidió apuntarme a unas clases de baile a las que ella asistía. Al principio no me gustaba pero vaya que más adelante se lo agradecería, pues me traía mucha suerte con todas las chicas.

    Conforme pasó el tiempo fui adquiriendo experiencia y me hice muy popular en casi todo tipo de baile.

    Cuando cumplí la mayoría de edad, que ella me pedía acompañarla a clubes de baile y por supuesto yo encantado, porque ella siempre me presentaba como su pareja e imagínate tú, un joven de 18 años (porque aún no estaba muy maduro que digamos) entrando de la mano junto a una mujer hermosa, buena en todos los sentidos, sexy, tú la volteas a ver porque es inevitable y no te lo digo porque sea mi madre.

    Cuando empecé a darme cuenta que algo estaba cambiando entre nosotros dos fue en uno de esos clubes, cuando al terminar cada canción me daba un piquito. La primera vez me sorprendió por supuesto, y mi excitación fue tal, que casi me corro en los pantalones. Ella por supuesto lo noto y solo cerró los ojos y se sonrió de una manera tan sexy, que mi mundo se congeló. Imagínate que eso paso solo con un simple piquito en los labios.

    Para mi fortuna esto se hizo costumbre y cada vez que terminaba una canción ella continuaba haciéndolo, y cuando ella no lo hacía yo la buscaba y por supuesto que respondía de una manera afectuosa y siempre nos abrazábamos de una manera no tan de madre e hijo. Todo esto pasaba cada viernes por la noche, de 8pm a 12am que era cuando cerraban nuestro club favorito.

    Aparentemente llegó el punto en el que los dos sabíamos lo que estábamos buscando pero por supuesto ninguno se atrevía a dar el siguiente paso, cuando regresamos a casa éramos como una pareja de novios pues la llevaba de la mano, y antes de entrar a casa nos dábamos un último piquito. Pero todo cambio un viernes por la noche en que fuimos a cenar, los dos íbamos muy bien vestidos, ella con un vestido negro, que le llega un poco arriba de las piernas y sujetaba su cabello con una larga cola de caballo y yo con un pantalón formal color negro y una camisa blanca, con las mangas a medio antebrazo que hacía lucir mis fuertes antebrazos.

    Al terminar de cenar fuimos al club y como siempre tomamos un par de bebidas y nos pusimos a bailar, todo se repetía, pero esta vez lo diferente fue al terminar una canción de Romeo Santos, la cual se llama “Propuesta Indecente”. Debo agradecer a esta canción puesto que todo alrededor mientras bailábamos desapareció, todo se congeló, y éramos solo ella, yo, y esa canción de fondo, mientras nos veíamos a los ojos sonriendo, comunicándonos con la mirada y sin decir ninguna palabra.

    Cuando terminó la canción, solo pudimos vernos a los ojos y nos besamos como novios, unimos nuestras lenguas, y esta vez fueron ellas quienes empezaron a bailar, mientras yo la sujetaba de la cintura y ella tenía sus brazos cruzados detrás de mi cuello. Fue ella quien tuvo que tomar control de la situación y se separó de mí únicamente para quedar frente a frente sonriéndonos. Las melodías seguían sonando por el transcurso de la noche y ella y yo no podíamos separarnos, al dar las 12 am y después de el Dj anunciar que era la última canción, nos fundimos nuevamente en un beso, tanto o más caliente que el anterior.

    De regreso a casa esta fue la conversación:

    Paula: Thom, llevaba rato pensando esto. Eres mi única compañía y te portas mas que como un hijo conmigo. No creí sentir esta conexión con nadie, pero contigo es totalmente diferente y aunque sé que está mal, siento que estoy enamorada como una niña tonta de ti.

    Thomas: Mamá, yo no se que decir, lo de esta noche, creí que solo podía vivir en mis fantasías y que por mas que yo lo deseara nunca iba a ocurrir.

    Paula: Yo pensaba exactamente lo mismo y quizás por el calor de la noche no estoy pensando todo claro, pero quiero pedirte esto no como madre, si no como mujer. Por favor tomemos todo con calma, no apresuremos el momento y lo arruinemos. Pues he soñado con esto durante mucho tiempo.

    Thomas: Yo también mamá, no imaginas cuanto tiempo he estado pensando en esto, que quiero que sea para siempre. No tendré tu experiencia, pero quiero que me guíes en todo esto. Y yo te daré el tiempo que quieras y mientras avanzamos en todo esto que está pasando, sigamos haciendo todo de la manera en que lo estamos haciendo.

    Paula: Muy bien cariño, por ahora vamos a casa y toma mi mano mientras conduces.

    Nos fuimos, y mientras yo conducía ella iba tomada de mi mano, y con su cabeza en mi hombro recostada. Yo no podía dejar de darle besos en la cabeza y ella volteaba a darme besos en la mejilla, tal como ella dijo como si de un par de adolescentes primerizos se tratase.

    Al llegar a la puerta de nuestra casa, nos paramos en la entrada de la puerta, nos abrazamos una vez más y nos fundimos en un último beso para terminar la noche y que daría inicio a una relación de pareja.

    Si llegaste hasta este punto y te gusto este relato, te agradecería que lo valores, y si puedes deja un comentario. Me gustaría saber si te gusto o si tienes alguna sugerencia.

  • La mojigata

    La mojigata

    A mis 19 años estudiaba en la ciudad de Puebla, venía de una ciudad mediana de la costa del Golfo de México y me enviaron mis padres a estudiar. Me costó un poco adaptarme al ambiente conservador de la ciudad en aquellos años. Mi carácter abierto, despreocupado y festivo a muchos les resultaba refrescante, pero no a todos. Cuando esta con los compañeros de la escuela en algún café o restaurant y yo festejaba a carcajadas cualquier ocurrencia, notaba las miradas de reojo de algunas mesas que les parecía poco adecuado mi comportamiento.

    Empezaba a tener más seguridad en mí mismo y no me importaba, prefería divertirme abiertamente.

    Estaba en muy buena forma, con mi 1.86 de estatura y practicante de artes marciales, cada vez era más consciente que tenía cierto atractivo. Había pasado la etapa de inseguridad que tuve poco tiempo antes que me producía el hecho de que al caminar por la calle notaba las miradas que me tiraban las mujeres y también de algunos hombres, que hacían que instintivamente comprobara si llevaba la bragueta abierta y llegando a casa me revisara en el espejo para tratar de descubrir si había algo mal en mí. Entendí que les atraía y en realidad me estaba sabroseando.

    Pero no era un conquistador, a pesar de mi carácter extrovertido era algo tímido con las mujeres. Y en aquel ambiente cogerse a una mujer era una verdadera hazaña, había que invertir meses de citas, cenas y gastos para que al final no se concretara o no faltaba la que quería antes la promesa de casamiento. Pero no cejaba en mis intentos. Mi desfogue era regresar en vacaciones a la ciudad de donde venía. Ahí era mucho más fácil.

    La escuela me parecía fácil, me sobraba tiempo y mis padres me daban lo suficiente para vivir con holgura.

    Así que tomaba cursos por la tarde, de cualquier cosa que me pareciera interesante dentro y fuera de la escuela. Siempre me ha gustado aprender cosas nuevas.

    Me inscribí en un curso de superación personal por las tardes. Era el más joven del grupo. La mayoría empleados de gobierno, pequeños empresario y profesionistas, entre ellas una señora de unos 50 años que no me dejaba ni sol ni sombra.

    Y también Gloria, una señora de unos 30 y tantos años, ama de casa, melena corta, de complexión regular de cara más o menos bonita y no sabía decir mucho más, porque siempre vestía con falda holgada abajo de media pantorrilla y blusa de manga larga con resorte en las muñecas y cerrada hasta el último botón del cuello, con un pequeño crucifijo por fuera de la blusa. Constantemente hacia pequeñas muecas de desagrado ante cualquier comentario que considerara inapropiado.

    De no ser por el discreto maquillaje, las diminutas flores estampadas de su blusa y los tacones, habría jurado que era una monja en su día de salida del monasterio.

    No intenté nunca durante el curso establecer comunicación. Todo en ella me decía ¡Aléjate! Solo las interacciones del curso, aunque a veces notaba su mirada en mí. Seguramente para desaprobarme, pensaba yo.

    Faltando poco para terminar el curso, a la salida se acercó a mí.

    -Hola, quedamos reunirnos con otros compañeros mañana para hacer el ejercicio que nos dejó el instructor- Dijo.

    -Ah caray, ¿Cuál ejercicio?- Le contesté. Pensando que seguramente estaba distraído o lo pidió cuando me levanté al baño.

    No te preocupes, yo tomé nota- me dijo, mientras escribía una dirección y me la entregaba. Nos vemos en mi casa mañana sábado a las 8 de la noche. ¿Puedes?

    Sí, sí, ahí nos vemos sin falta- le contesté.

    No era muy lejos de donde vivía, así que al día siguiente tome un baño, me cambie de ropa y fui caminando a la cita.

    Me abrió la puerta ataviada con un vestido verde estampado, arriba de la rodilla, cuello en V y brazos descubierto. No era muy atrevido, pero me sorprendió que no anduviera vestida de hábito por su casa.

    -Te doy algo de tomar- me dijo. Mientras me sentaba en la sala y la observaba servir una cuba de ron, con igual cantidad de alcohol que de refresco de cola. Se preparó otro un poco más ligero para ella.

    Mientras yo observaba discretamente aquella casa de clase media baja, casi sin lujos, un altar de la virgen en la estancia y algunas imágenes religiosas más.

    Y mis ojos se posaron en un título de médico con la foto de un hombre delgado. No había ninguna señal de que hubiera niños en esa casa.

    Me entregó la bebida y empezamos a platicar, a los pocos tragos empecé a sentir cómo esa distancia que yo había puesto en mi mente hacia ella se desvanecía y ella también estaba mucho menos lejana y sin ese aire de custodia de la buenas costumbres.

    -Es doctor algún familiar tuyo- Pregunté. Caminó hacia mí y extendiéndome otro vaso de bebida, se sentó junto a mí.

    -Es mi marido- Contestó. Es doctor. Hoy no está, los sábados acude a un pueblo a una hora de aquí y se queda a dormir en la parroquia donde da consultas gratuitas. Regresa mañana a las 7 de la mañana en el primer autobús que sale de allá.

    Por cierto, no invite a ningún compañero, no dejaron ningún ejercicio- dijo, sentándose junto a mí.

    Empezó a besarme y respondí metiendo la mano bajo su falda, le apreté las nalgas macizas. Abrí su escote, le saqué un pecho chupándole el pezón, busqué con mi mano su sexo y enterré los dedos en él. Estaba tibia, mojada. Tenía la mirada acuosa, las mejillas sonrosadas y respiraba con pequeños jadeos.

    De pronto se levantó, me tomo de la mano y me llevó de prisa a la habitación de la planta alta que estaba presidida por un enorme crucifijo, ahí empezó a quitarme la ropa con desesperación, la arrojó de cualquier manera junto a la cama y se desnudó. Tenía buen cuerpo con una pequeña barriguita bajo el ombligo donde le empezaba una linda pelusa que llegaba hasta el vello lacio y suave de su sexo.

    Se arrodilló y empezó a chupármela con más desesperación que pericia.

    La acosté en la cama y empecé a recorrerla de arriba a abajo succionando los pechos y entonces me tomó la cabeza entre sus manos, me dirigió a su sexo. Me daba indicaciones entre pequeños gemidos ¡Así! ¡Más fuerte! e iba ordenándome cómo hacerlo hasta que empezó a tener espasmos de orgasmo, seguí chupándola mientras se retorcía.

    Me puse entre sus piernas y la penetré sin ningún esfuerzo, estaba inundada, caliente y empecé a bombearla cada vez más rápido y no tardó en volver a ponerse en su punto, con sus talones empujaba mis nalgas marcando el ritmo cada vez mas rápido y terminamos en un orgasmo simultáneo que terminó de inundar su coño.

    Pero aún no estaba satisfecha, nada de la paz que embarga a otras mujeres, seguía empujando con los talones exigiendo que continuara.

    Y seguí, a mis 19 años y con esa calentura que teníamos, eso no era problema. Cuando sintió que podía seguir, cambio de posición poniéndose en cuatro patas. A esas alturas cada embestida, cada bombeo se escuchaba un chapoteo, puso su cara en el colchón para dejarme más expuesto el coño y yo parado a la orilla de la cama abrí sus nalgas y podía ver mi verga chorreante que entraba y salía y el rosado anillo de su culo. Mordía la colcha, gemía y me pedía más y más. Volvió a terminar en un orgasmo prolongado.

    Enseguida me tiró en la cama y se montó sobre mí y siguió moviéndose. A esas alturas yo ya no sentía la verga, tenía que enderezarme y bajo sus nalgas me la tocaba para saber si seguía erecta mientras ella continuaba con su movimiento de caderas.

    Yo intentaba terminar pero no podía, no sentía, estaba congestionado, tumefacto. Se acostó de espaldas en la cama y puse una almohada bajo sus caderas levanté sus piernas y al ver que era bastante flexible se las doblé como en posición de loto de yoga y las oprimí contra su pecho y la penetré hasta el fondo, empecé a bombearla cada vez más rápido y el ruido del chapoteo se intensifico, no sentía la verga pero podía sentir los calientes hilos viscosos que corrían por mis pierna y se puso más frenética mientras me gritaba: ¡Préñame! ¡Préñame!, ¡Hazme lo que el imbécil de mi marido no puede!! Mientras se venía con otro orgasmo trepidante.

    Me levanté para ir al baño a tratar de orinar, no pude, la congestión apenas me permitió algunas gotas. Cuando regresé a la habitación, al ver que seguía con la erección se me arrojo a mamármela, pero yo traía otra cosa en mente. Necesitaba urgentemente terminar, ya tenía una punzada de dolor justo bajo los testículos.

    La puse en cuatro patas sobre la cama, me arrodillé tras ella y mojé mi verga en su coño con unas cuantas embestidas que recibió con gemidos de placer. Con una mano presioné su espalda para pegar su cara a la cama y dejó a mí merced el anillo rosado de su culo y apunté a él.

    ¡No! ¡No! ¡Por ahí no! Empezó a gritar, mientras yo trataba infructuosamente de clavarla. Trató de escapar hacia adelante pero no llegó muy lejos, su cara se estrelló contra la cabecera de la cama y empezó a mover el culo de un lado a otro para que no la penetrara.

    Vi mi pantalón en el buró junto a la cama y lo tomé, le quité el cinto, lo doblé. Me eché hacia atrás y le di un cintarazo con todas mis fuerzas en las nalgas. Sonó como un disparo.

    ¡¡Quieres que te coja como el santurrón de tu marido o como la puta que eres!! Le grité.

    Se quedo quieta, y puse mi verga en la puerta de su culo y comencé a empujar. Me veía de lado, con la cara contra la cabecera. Los ojos muy abiertos de sorpresa y miedo.

    Apretaba el culo para que no pudiera meterla, pero estaba quieta. Tome mi verga por la base con la mano y empecé a presionar con el peso de mi cuerpo, hasta que cedió.

    ¡Virgen santa! ¡Perdóname señor! gritaba. No tuve piedad. Se la deje ir a fondo lentamente mientras ella pujaba y jadeaba.

    Mientras bombeaba lentamente los pujidos se fueron convirtiendo paulatinamente en gemidos, aumenté el ritmo y terminé con una explosión aliviadora.

    Me derrumbé sobre ella aún enchufado y sentí cómo iba perdiendo la erección dentro de su culo. Se volteó y empezó a besarme suavemente la cara y así nos quedamos dormidos.

    De pronto escuche un ruido en la puerta de acceso. Pegué un salto de la cama y me asomé por la ventana pero no logre ver a nadie. Ya había amanecido.

    ¡Puta madre el santurrón!- Pensé. Empecé a vestirme rápidamente pensando que ya estaba dentro de la casa, pero ella -Que también había despertado con el ruido- me jaló de un brazo gritándome ¡No te vayas! ¡Quédate! Entré en pánico, bajé a medio vestir dispuesto a huir y pasar sobre el marido. Mientras ella seguía tratando de detenerme.

    Falsa alarma, el marido no estaba, pero el pánico que sentía seguía ahí.

    Salí a la calle, logre zafarme de ella con un tirón y caminé rápidamente.

    Unos metros adelante voltee a mirar y estaba ahí desnuda, parada en la acera mientras musitaba -No te vayas, no te vayas- Y podía ver los discretos movimientos de las cortinas en las casas vecinas.

    No regresé al curso, no la volví a ver hasta muchos años después fortuitamente. Pocas noches de tanto sexo como ese en mi vida. Pero a esa loca mojigata no quería volverla a ver jamás.

  • Bola ocho

    Bola ocho

    —¡Carajo! —exclamé molesto tras haber fallado ese último tiro de billar aparentemente sencillo, dejando servido en ‘bandeja de plata’ la posibilidad de ganar la partida a mi hermosa y sensual novia.
        Después de moverse lentamente a lo largo de toda la mesa, la bola blanca quedó justo frente la bola ocho en una línea recta casi perfecta con la buchaca del centro. Todo bajo la mirada complacida de Leslie quien no se molestó en ocultar su alegría, contoneando su escultural figura al realizar un anticipado baile de celebración al ritmo de la música de ambiente con actitud por demás burlona Capturando las miradas furtivas de los jugadores de la mesa continua.
    Una vez que mi novia detuvo abruptamente su danza, se inclinó sobre la mesa preparándose para realizar su tiro ganador; regalándome en el proceso un vistazo a su pronunciado escote por el cual se asomaban sus tentadores senos; redondos y firmes. Al tiempo que permitía a los chicos detrás suyo, al haber hecho ellos cortésmente una pausa para permitirle realizar su tiro, deleitarse con un inmejorable primer plano de su trasero perfectamente enfundado en unos ajustados pantalones vaqueros.
    Leslie plenamente consciente de la atención atraída hacia su persona, sin apresurarse en hacer su tiro me lanzó un guiño de ojo antes de golpear la bola blanca atrapándome con la mirada perdida en lo profundo de su escote. ¡Maldita!
    “Ésta es la verdadera razón por el que muchos hombres inducimos a nuestras novias en el mundo del billar”, razoné para mí, “admirar su anatomía mientras sus atractivos cuerpos adoptan sugestivas y comprometedoras posiciones”. Pero con lo que no todos los hombres cuentan, es con tener una inescrupulosa novia dispuesta a sacar ventaja de éste hecho a la primera oportunidad que se le presente.
        —¡Sí! —exclamó mi novia en voz alta, cerrando el puño de su mano derecha como si pretendiera tirar un gancho tan pronto la bola ocho se hundió en la buchaca.
    Celebrando con esto ser la indiscutible ganadora de la noche, al haber ganado 4 de 7 juegos. No dejando pasar la oportunidad para regodearse en su victoria, al contonear nuevamente su cuerpo al ritmo de la música bajo la mirada curiosa y divertida de nuestros vecinos; quienes la premiaron con un espontáneo aplauso.
        —Tuviste suerte —dije tratando de minimizar el triunfo de mi novia al alcanzar mi tarro de cerveza; pues en mi condición de hombre me sentía con el ego lastimado al haber sido ‘humillado’ en público perdiendo una importante apuesta.
        —Es que me tocó un buen palo —dijo riendo mi novia en doble sentido por segunda vez en la noche, haciendo alusión a mi magnifico órgano sexual alabando el tamaño de éste para elevar mi autoestima y así corregir una broma previa que había sido mal entendida.
    —Y también un par de buenas bolas —completé lo dicho por mi novia tomándola por la cintura y asiéndola hacia mí, recordándole que yo también contaba con dos testículos a su disposición cuando ella lo deseara.
        “En cuestiones de sexo la humildad no tiene cabida”, esa es mi forma de pensar. Aunque siendo sincero no es que siempre haya pensado así. Debió haber un tiempo antes de la pubertad en que no me sintiera tan seguro con mi masculinidad como en ese momento. Gracias al cielo esos días habían quedado muy atrás.
        Con 24 años, 1.90 de estatura y un cuerpo fornido marcado por el trabajo en el gimnasio tenía buenos motivos para sentirme seguro de mi apariencia. Y si a eso agregamos que genéticamente había sido dotado con un miembro viril de tamaño muy superior al promedio de la población masculina es fácil suponer, acertadamente, lo bien que me iba con el sexo opuesto.
        Seamos francos, el arte del coqueteo nunca fue necesario para mí. Cuando quería conquistar a una chica bastaba con pararme frente a ella y presentarme sin esforzarme por intentar agradarle. En realidad, eran ellas las que empleaban alguna técnica de seducción para intentar conquistarme.
        Obvio la fama (por no decir pene), que corrió de boca en boca de todas las mujeres con las que había estado, también contribuyó a facilitarme las cosas al buscar una chica con quien tener sexo. Pues las que llegaban a escuchar de mis atributos no querían quedarse con la duda de si era verdad o mentira; querían comprobarlos con sus propios ojos.
        Mi novia Leslie no se quedaba atrás, físicamente hablando. Ella realmente es muy hermosa. Con mi misma edad, rubia con cabello ondulado, ojos claros, un hermoso rostro y una figura estilizada muy acorde con su 1.70 de estatura; busto generoso y un trasero redondo y respingado. Aficionada a los deportes al aire libre, interés en común por el que nos conocimos.
    Pero fue su carácter alegre e intrépido, una mujer con mucha seguridad en sus atributos y capacidades, lo que me hizo enamorarme de ella. Leslie es el tipo de persona que cuando se le desafía a realizar alguna actividad nueva, acepta el reto sin vacilar sin importar lo intimidante que pudiera ser.
    “Aquello que te atemoriza, es lo siguiente que debes hacer”, es su grito de batalla desde el día que la conocí. Una cita con Leslie era más que una tradicional salida al cine o una cena en un restaurante elegante. Un fin de semana podíamos practicar salto de plataforma y al siguiente correr una maratón, practicar gotcha o rápel.
    Además, estaba el hecho de que a ambos nos gustaba desafiarnos mutuamente en cualquier tipo de actividad que se pudiera competir, dando como resultado que nuestra relación siempre estuviera llena de sorpresas y una alta dosis de adrenalina. Lo que en mi caso resultaba atrayente.
     En esa ocasión en particular se trataba de nuestra noche de billar. Una actividad que ofrecía a cada uno las mismas oportunidades de ganar; por lo que solíamos dividir victorias y derrotas tan equitativamente, que a veces incluso teníamos que recurrir a un mediador cuando surgía alguna controversia con el reglamento.
    Podría ser que todo ese espíritu competitivo de mi novia intimidara a algunos hombres que no les gusta sentirse menos que sus parejas, de lo cual no estaba del todo exento; pero si lograbas conducir todo ese entusiasmo a la intimidad el resultado era más que evidente. ¡Leslie era una ‘bomba’ en la cama!
    Y no hablo en sentido figurado al hacer referencia a la peligrosidad de mi novia en lo relacionado con el sexo, hablo en un sentido real en que mi integridad estaba en riesgo. Gracias a toda esa actividad física que practicaba, el cuerpo de mi novia no sólo era hermoso sino también muy flexible; por lo que Leslie no tenía reparos en que intentáramos alguna nueva posición durante el sexo, terminando yo frecuentemente con alguna contractura o desgarre muscular al intentar complacerla.
    Claro que todo este ‘suplicio’ tenía sus ventajas, pues Leslie solía premiarme con la fantasía sexual que yo le pidiera. Mi favorita: el sexo oral. Sé que puede parecer un cliché asociado con la mayoría de los hombres, sobre todos los mejores dotados, pero en mi caso era absolutamente verdad; en cuestiones de sexo prefería que me practicaran el sexo oral sobre cualquier otra variante que mi pareja actual pudiera realizar en la alcoba (o fuera de ella).
    Muy probablemente al tener un miembro tan grande era la única forma en que podía experimentar satisfacción sexual plena. O quizás se trataba sólo de un placer malsano, al ver como mi amante en turno batallaba al intentar introducirse todo mi miembro en su boca. Afortunadamente tenía una novia que no sólo era hermosa y sensual, sino también complaciente; por lo que no lo pensaba dos veces cuando le pedía que me lo practicara.
        Esa era una de las razones por la que creó que mi relación con Leslie progresó tan rápido. No era sólo que ambos nos sintiéramos atraídos el uno al otro gracias a nuestra apariencia física; sino que ambos procurábamos satisfacer las necesidades y fantasías sexuales del otro. Resultando yo casi siempre ganador en el balance final.
        Mi posición preferida era la pose de poder, obviamente. Ustedes saben, la clásica posición en que uno está de pie con las piernas abiertas por fuera de la línea de los hombros; con las manos en la cadera a semejanza de un antiguo dios del Olimpo que demanda reverencia. Y bajo mis ojos mi hermosa y sumisa súbdita, mi novia, de rodillas frente a mí prendida de mi enorme y glorioso apéndice inferior como si se tratase de un grifo del cual bebiera refrescante agua hasta saciar su sed. ¡Eso era el cielo para mí!
        Era tanto el esmero de Leslie por complacerme con sexo oral, que incluso llegamos a idear algunas variantes de esa posición para poder hacerlo por más tiempo sin caer en la rutina. Lo cual se lo agradecía al llegar su turno de ser complacida sexualmente.
        Como he comentado gracias a mi apariencia física yo había tenido una buena cantidad de novias y amantes, incluso algunas más hermosas que Leslie, con las que había satisfecho mis necesidades lúdicas antes de conocerla. Pero aun cuando públicamente un hombre con mis características anatómicas este peleado con ésta frase: “el físico no lo es todo, sino como se usa”, (por favor no mencionen que lo cité), en ocasiones ésta ‘verdad’ también aplica incluso a la mujer.
        De vez en cuando podía haberme tocado tener una cita con alguna chica de esas que podríamos llamar ‘inocentes’. Aquellas que a pesar de tener un buen cuerpo no había tenido sexo previamente o nunca han visto una película pornográfica; por lo que al estar con ellas en la cama su inexperiencia sale a relucir rápidamente, llegando a aburrirme.
        Solicitarle sexo oral a este tipo de chica es una ‘espada de dos filos’. Igual podías llegar a sorprenderte al descubrirle un nuevo talento oculto, como podía terminar la ‘cita’ de forma abrupta al no ser capaz de manejar tu miembro por la impresión que le podía causar; riesgo que se incrementa proporcionalmente con el tamaño de tus partes. ¡Créanme, se de lo que hablo!
    Aunque puede parecer algo trivial el sexo oral no perdona la falta de experiencia de quien lo ‘da’, lo que suele ser la norma en este tipo de mujeres llenas de tabús o complejos acerca del sexo, pues es más complicado que limitarse a engullir el miembro del hombre. Implica conocer bien las partes nobles de quién lo recibe, así como su sensibilidad al placer y tolerancia al dolor en dicha zona.
        Una mujer u hombre (malditos progresistas), con ciertos prejuicios o ideas preconcebidas respecto a ésta práctica sexual difícilmente logrará conseguir un buen desempeño; pues para realizarlo correctamente es necesario que quien lo da haga a un lado todos sus temores, y se enfoque completamente en analizar la respuesta del hombre al estímulo de sus ‘caricias’.
        Al final de cuentas, en la relación de pareja, se trata de conseguir un balance entre el ‘dar y recibir’ placer. Si uno quiere ser complacido con sexo de calidad, igual tiene que asegurarse de complacer a su pareja cuando ésta así lo requiera. Afortunadamente para mí, aquí es donde el “físico sí importa”; pues al tener un miembro de mayor tamaño es más fácil llegar a los rincones más profundos de tu pareja sin mucho esfuerzo, facilitándole alcanzar su clímax.
        Siempre competitiva, a manera de contrapeso contra mi adición al sexo oral, Leslie había adquirido un gusto por la penetración anal. No es que ella no la hubiera practicado antes conmigo o con otros hombres previos a nuestra relación. Sólo era que ella había desarrollado un nuevo enfoque sobre un mismo punto. “Me gusta sentirme llena”, era lo que mi novia solía decirme respecto a la rutina de primero casi asfixiarse con mi miembro en su garganta, para después ser penetrada vaginal y analmente con la misma herramienta.
        De cualquier forma, yo no tenía ningún problema con complacerla, pues de igual manera nuestra sesión de sexo siempre comenzaba conmigo; y por ‘el otro lado’ (literalmente), ella tenía un trasero sumamente delicioso.
        Una semana atrás, mi novia y yo asistimos a una boda de una de sus primas en una finca campestre algo retirada. Como nos pasamos de copas, decidimos dormir en un motel de la carretera para no arriesgarnos a regresar manejando en esas condiciones y evitar pasar por los filtros policíacos que buscan conductores ebrios.
        El motel estaba lejos de ser lujoso, lo más básico, una cama y una ducha; con un televisor que medio funcionaba. Prácticamente un hotel de ‘paso’ para parejas infieles. Aun cuando no estábamos en las mejores condiciones, no quisimos dejar pasar la oportunidad para tener algo de ‘actividad física’. Intoxicados en parte por el alcohol y en parte por el morbo del lugar; pues los sonidos provenientes de las habitaciones continuas eran fáciles de identificar como parejas en plena faena sexual.
        Después de desnudarnos mi novia bastante animada se arrodilló frente a mí para comenzar a practicarme el sexo oral. Sin embargo, a causa del alcohol se desesperó porque me hiciera ‘cargo’ de ella, terminando abruptamente su actividad para subirse a la cama y colocarse en posición de ser penetrada analmente.
        Yo comencé a hacer círculos lentamente con mi miembro alrededor de su ano; haciendo también un esfuerzo por mantener la vertical. Pero era tanta mi ebriedad, que no pude mantener la erección; por lo que decidí que sería mejor recurrir nuevamente a las caricias de sus labios para estimular mi pene.
        Para evitar incomodar a mi novia, entre tumbos, caminé al otro extremo de la cama colocando mi miembro a la altura de su boca. Sin necesidad de pedírselo, Leslie comenzó a acariciar con su lengua nuevamente mi pene hasta conseguir volverlo a erguir.
    Para no hacer la historia larga, ésta secuencia la repetimos varias veces entre risas y bromas de mal gusto por parte de mi novia; pues, aunque ambos estábamos conscientes de lo precario de nuestra condición, ella no podía dejar pasar la oportunidad de restregarme en la cara la temporal impotencia que me había invadido.
        “Quieres… que pidamos ayuda en la habitación de junto amor”, aún resuenan esas palabras pronunciadas por mi novia con toda la mala intención de poner en duda mi virilidad, lo cual no era del todo justo desde mi punto de vista.
        Ignorando sus bromas y haciendo a un lado mis necesidades, pues mi hombría estaba en entredicho, como pude me concentré en satisfacerla vaginalmente hasta que alcanzó el orgasmo. Al final, completamente fatigado caí rendido sobre la cama justo a su lado, apenas con fuerza para abrazarla. Era tanto el cansancio y el grado de intoxicación que sólo atiné a decir una corta e incoherente frase.
        —La próxima… pidamos ayuda.
        Como inmediatamente me quedé dormido me resultaba imposible saber cual había sido la reacción de Leslie a mis balbuceos, o si siquiera me había escuchado o comprendido. A la mañana siguiente ya en nuestro departamento, y después de haber superado la resaca de la noche anterior, supe la respuesta.
        —¿En serio quieres que hagamos un trío? —preguntó mi novia, con actitud serena mientras almorzábamos un par de ‘huevos rancheros’.
        Casi me atraganto con la comida al escuchar la pregunta de mi novia. Hasta ese momento yo no recordaba lo dicho la noche anterior; si acaso un vago recuerdo que fácilmente se podía confundir con un mal sueño o pesadilla.
        —¡Qué cosa! —exclamé sorprendido, dándome un golpe de pecho para evitar asfixiarme.
        Hasta ese momento yo siempre había asociado los tríos con parejas mayores (a diferencia de una orgía, donde la edad no suele importar). Ustedes saben la clásica esposa insatisfecha sexualmente y su impotente esposo feliz con su condición de cornudo. Una imagen tan distante de Leslie y yo que estando sobrio nunca se me hubiese ocurrido sugerirle a mi novia la posibilidad de realizar uno.
        —¡Ahora no te acuerdas cabrón!, si fue tu idea que invitáramos a otro chico a la cama anoche que no se te paraba —respondió mi novia en tono burlón exhibiendo mis subconscientes deseos de la noche anterior.
        —Claro que recuerdo —acepté aclarando mi garganta con un carraspeo—, sólo que no estaba seguro si te agradaría la idea —agregué pasando ‘la pelota’ a ella.
        —Pues quizás deberíamos de intentarlo, aunque fuera una vez, sólo para probar algo nuevo —sugirió mi novia recordándome nuestro hábito de iniciar nuevas actividades en pareja.
        Era innumerable la cantidad de actividades o pasatiempos en las que nos habíamos iniciado desde que estábamos juntos. A decir verdad, este era un motivo por el cual yo había renunciado a tener solo noviazgos pasajeros e involucrarme en una relación estable con Leslie. Pues, cada día a su lado era siempre una aventura.
        —¿Cómo cuando intentamos aprender a bailar tango? —pregunté en tono de broma, haciendo alusión a una actividad que habíamos practicado sólo por un corto tiempo.
        —Exacto, sólo que ésta vez seríamos tres y lo haríamos desnudos sobre la cama —dijo mi novia continuando con la broma; provocando que ambos soltáramos una carcajada.
        La lógica que mi novia empleaba es que, al ambos ser muy atractivos, era muy probable que en alguna ocasión en el futuro se nos presentara la oportunidad de realizar un trío por lo que era mejor estar preparados para cuando esto sucediera. Y como la mejor forma de prepararse era por lo menos realizarlo una vez con anterioridad, sería mejor que esa primera vez fuera con algún conocido; alguien con quien nos sintiéramos cómodos.
        ¿Sería acaso que este asunto del trío era sólo una moda pasajera que había surgido accidentalmente en un hotel de mala muerte?, o por el contrario, ¿sería algo que añadiríamos a nuestra vida sexual de manera permanente?
        Después de conversarlo un poco, ambos estuvimos de acuerdo en que sí alguna vez nos animábamos a hacer un trío lo mejor sería hacerlo antes de casarnos; para respetar el futuro vínculo matrimonial, aun cuando de hecho no teníamos planes para comprometernos a corto plazo. Acordamos volver a platicar del asunto la semana siguiente, en lo que nos tomábamos un tiempo para analizarlo bien y buscar algún candidato con quien consumar nuestra fantasía.
    Seleccionar un candidato para mí no fue tarea fácil. Primero que nada, estaba el dilema de si debía conseguir a un chico con un miembro del mismo calibre que el mío (lo cual de hecho no era algo sencillo), o uno con un miembro menor. Pues en caso de que invitara a un amigo con un miembro de menor tamaño corría el riesgo de que él se sintiera intimidado al comparar nuestros miembros; o que mi novia se molestara al pensar que lo hice intencionalmente. Lo que lógicamente haría que nuestra fantasía concluyera antes de empezar.
    Por otro lado, si lograba conseguir invitar a un chico con un miembro mayor al mío podría ocasionar el efecto contrario. Siendo yo el que terminara sintiéndose intimidado, y mi novia enamorada de nuestro invitado; algo poco probable, pero probable al fin de cuentas.
    Después de considerar los pros y contras de mi decisión, decidí que lo mejor era hacer a un lado mis inseguridades y pensar por ésta ocasión en las necesidades de mi novia; eligiendo a un chico con un miembro de igual o mayor tamaño que el mío. Después de todo nuestra relación no se basaba solamente en sexo; sino más bien en un conjunto de intereses comunes.
    Haciendo memoria recordé un antiguo compañero de la universidad con el que solía entrenar en el gimnasio. Un chico alto y fornido de buena apariencia al que tenía un par de meses de no ver debido a su empleo. Y aunque él ya no entrenaba con regularidad seguía manteniéndose en excelente condición física.
    Y lo más importante, como el chico no era muy pudoroso a la hora de vestirse después de tomar una ducha en el gimnasio, había tenido la oportunidad de observar su pene y este era inmenso; de dimensiones muy parecidas al mío. Aunque claro nunca se lo había visto completamente erecto. Además, él conocía Leslie de una fiesta en la que coincidimos y me había felicitado por tener una novia tan hermosa y sensual; lo cual facilitaría el tratar de convencerlo para unírsenos en un trío.
    De cualquier forma, pensé que lo más prudente en éste caso sería consultarlo con Leslie antes de hacer una invitación ‘formal’ a mi amigo; previniendo que mi novia hubiese recapacitado sobre tan importante decisión, pues odiaría quedar en ridículo al tener que cancelarle.
    Antes que llegara el día señalado para volver a abordar el tema llegó nuestra tradicional noche de billar. Evento semanal en el que solíamos resolver las diferencias que podrían surgir entre nosotros batiéndonos en un ‘mortal’ duelo; sin ninguna otra arma aparte de nuestra habilidad para jugar bola ocho.
    Después de salir de nuestros respectivos empleos coincidimos en nuestro sitio predilecto para jugar billar. Desde que saludé a Leslie con un beso noté que estaba de muy buen humor, lo que en un principio no llamó mi atención. Pero a medida que avanzaría la noche su buen estado de ánimo sería más evidente.
    —Buenas tardes, ¿la mesa de siempre? —preguntó la recepcionista con una sonrisa al reconocer a sus clientes frecuentes.
    —Sí por favor, gracias.
    Leslie y yo teníamos la costumbre de solicitar, siempre que estuviera disponible, una de las mesas del rincón; ya que al encontrarse en una esquina limitaba sólo con otras dos mesas, teniendo de esa forma más espacio para movernos alrededor sin molestar a los otros clientes.
    Como jugadores habituales conocíamos de vista a la mayoría de las personas que ya se encontraban en el lugar, a los cuales saludamos cortésmente levantando la mano al dirigirnos a nuestra mesa. Antes de comenzar a jugar pedimos un par de bebidas aprovechando que recién comenzaba la hora feliz y nos dispusimos a seleccionar un taco para jugar.
    —¿Lista? —pregunté a mi hermosa novia una vez que yo había seleccionado un palo de billar.
    —Sí, ya encontré un buen ‘palo’ —respondió mi novia en doble sentido con una sonrisa en sus labios, haciendo alusión a lo que yo suponía erróneamente mi pene.
    —Ya sabes que siempre ha sido tuyo mi amor —respondí yo también en doble sentido; intentando hacerme el gracioso, al recordarle que mis partes nobles le pertenecían a ella y nadie más.
    Mi novia despabiló los ojos con un gesto de extrañeza, como si mi chascarrillo hubiese estado fuera de contexto; lo cual me hizo pensar que mi comentario no le había causado gracia, por lo que yo también me puse serio.
    —De acuerdo, seré más específica —enfatizó Leslie para indicarme que pusiera más atención a sus palabras—. Ya tengo un par de palos —agregó con una sonrisa pícara sujetando su taco y el mío.
    —Sí, el tuyo y el mío —dije cediéndole mi taco, pensando que en realidad si estaba hablando de los palos de billar.
    Leslie movió la cabeza de un lado a otro como gesto de desaprobación a mi respuesta. A estas alturas yo estaba bastante confundido. ¿Recuerdan lo que se dice de los hombres con órganos sexuales grandes? Que son un poco torpes debido a que sus partes requieren un gran flujo de sangre que debería ir al cerebro. Pues en ese momento yo era un claro ejemplo de ello (modestia aparte).
    —¡No! —exclamó mi novia, desesperada por que yo no comprendiera de lo que estaba hablando—. ¿Qué no recuerdas lo que platicamos del trío? —preguntó en voz alta olvidando donde estábamos.
    ¡Que tonto debí haberme visto al haber confundido en dos ocasiones las palabras de mi novia, creyendo que se refería a otra cosa! Tan pronto Leslie terminó de hablar inmediatamente se llevó la mano a la boca, avergonzada de que sus palabras hubiesen sido escuchadas por las personas de la mesa continua. Lo cual parecía que había sido el caso, de acuerdo con las reacciones de algunos de ellos.
    —Yo hablo de lo que acordamos el otro día —aclaró Leslie ésta vez en voz baja, riendo nerviosamente—, de buscar candidatos para hacerlo.
    Me quedé pálido. ¡No lo podía creer! Al parecer mi novia no sólo se había mantenido firme en su postura de que realizáramos un trío sexual, sino que ya tenía un candidato para realizarlo. Aunque en teoría yo estaba preparado para su confirmación, eso no le restó impacto. Era tanto su entusiasmo con la idea, que no pudo esperar a que se cumpliera la fecha señalada para volver a tomar el asunto. Obviamente, yo no me iba dejar opacar.
    —Pues yo también tengo un candidato —dije con mucha confianza en el chico que había elegido, aceptando hablar del tema antes de tiempo.
    Leslie sonrió complacida porque yo también hubiera respetado mi palabra y no me hubiese acobardado respecto a esa importante decisión. Después de tratar de adivinar en vano cada uno la elección del otro decidimos revelarlo de una vez antes de comenzar a jugar. De otro modo no creo que nos hubiésemos podido concentrar mucho en el billar.
    —Tú primero —exigió mi novia con curiosidad.
    —De acuerdo —acepté yo, seguro de que una vez que revelara la identidad de mi candidato no habría forma de que mi novia lo pudiera superar—. ¿Recuerdas al chico alto que te presenté en la reunión de generación? ¿Con el que solía entrenar? Es él —dije orgullosamente con aires de triunfo.
    —Sí claro que lo recuerdo —dijo mi novia con voz serena, sin impresionarse.
    El lenguaje no verbal de Leslie me preocupó. ¿Sería que realmente no recordara bien a mi antiguo compañero de gimnasio y por eso no se había impresionado? ¿O sería acaso que su candidato era mucho mejor que el mío? Lo cual generaría más preguntas; pues sólo había una forma en que mi novia pudiera escoger a un chico con un miembro de mayor tamaño que el mío. ¡Ella ya habría estado en la cama con él!
    —De acuerdo, yo ya te dije quien es mi candidato ahora dime tú, ¿quién es el tuyo? —pregunté muriéndome de curiosidad.
    —¿Recuerdas a los chicos que te presenté el día que corrimos el medio maratón? —preguntó mi novia haciendo referencia a dos antiguos compañeros de la universidad con los que coincidimos en una carrera de fondo; los cuales distaban mucho de tener un físico impresionante.
    —Sí los recuerdo bien, ¿cuál de los dos? —pregunté intrigado, sin poder creer que se tratase de uno de esos chicos pues yo los consideraba ‘poca cosa’ por preferir hacer cardio en lugar de fisicoculturismo.
    —Los dos —respondió mi novia descaradamente.
    —¡Qué, ese par de debiluchos! —exclamé en voz alta, sorprendido por la inverosímil elección de mi novia—. No puedo creerlo, ¿qué le viste a ese par de pendejos? —pregunté sin bajar la voz, atrayendo hacia nosotros nuevamente la atención de nuestros vecinos.
    Mi reacción no era para menos, ya que desde mi perspectiva ambos chicos eran una pésima elección por tener un físico escasamente desarrollado. Qué ellos fueran dos no importaba, ya que debido a su bajo peso la probabilidad de que poseyeran un miembro impresionante era prácticamente nula (disculpen mis prejuicios, pero así es). ¡No podía dar crédito a la elección de mi novia!
    —No seas así —recriminó mi novia mi predisposición para con los chicos—, ellos son mis amigos.
    —¿Mínimo la tienen grande? —pregunté incrédulo aún sin bajar la voz.
    Para un observador externo podría parecer que mi molestia no tenía sentido; después de todo era poco probable que yo fuera a perder mi novia por un chico tan poco favorecido físicamente.
    Sin embargo, desde mi muy particular punto de vista las posibilidades de que eso pudiera ocurrir se habían incrementado, ¡exponencialmente!
    Pues verán, si un segundo antes de que mi novia revelara la identidad de su ‘candidato’, yo me sentía totalmente seguro de que sólo un hombre con un miembro de mayor tamaño al mío sería capaz de robarme a mi novia. Y debido a que dentro de nuestro círculo social debería haber muy pocos chicos con esa importante característica, por consiguiente, yo razonaba que las probabilidades de que eso ocurriera deberían ser muy bajas.
    Sin embargo, en el momento que Leslie propuso a un par de escuálidos pitos chicos como candidatos para realizar un trío sexual, reveló que el tamaño del pene no era lo primordial para ella en una relación; por consiguiente, supuse que si ella quisiera podría serme infiel con cualquier hombre de nuestro círculo social. ¡Entré en pánico!
    —No se trata de eso, hemos sido amigos por mucho tiempo y hemos compartido muchas cosas —excusó mi novia.
    La explicación de Leslie me tranquilizó un poco, pero no mucho. Según ella había elegido a ese par de chicos sin tomar en cuenta el tamaño de sus miembros, sino en base a la buena amistad que había formado con ellos durante su etapa universitaria; por lo que le pareció buena idea compartir con ambos un aspecto más de su vida en aras de fortalecer su amistad.
    —¿Y tiene que ser con ambos? —pregunté con cierto recelo para dejar en claro con quien debería competir mi propio candidato; pues yo no pensaba renunciar tan fácil a mi amigo del gimnasio. ¡Estaba en juego el honor de los bien dotados!
    —Es que no podía decirle a uno solamente —dijo mi novia, confesando el hecho de que ya lo había conversado con los chicos—, los dos son mis amigos. Pero si te parece mejor, invitamos de a uno por vez.
    ¡Increíble! Yo preocupándome por no hablarlo con mi amigo anticipadamente hasta que mi novia y yo estuviéramos de acuerdo respecto a quien invitaríamos a nuestra cama; y ella ya se lo había propuesto a sus amigos, ¡sin consultarme! Definitivamente esto no se podía quedar así.
    —No te adelantes amor, que todavía no lo hemos decidido —protesté el que mi novia ya diera por sentado que lo haríamos con sus amigos.
    Estaba en problemas. “¿Cómo iba conseguir que mi novia eligiera a mi amigo si apenas lo conocía?”, me pregunté a mi mismo mientras acomodaba las bolas de billar sobre la mesa para comenzar a jugar. De pronto, llegó la respuesta.
    —¿Qué te parece si lo decidimos en una partida de billar? —propuse a mi novia sacando ventaja de su espíritu competitivo.
    —Aceptó —respondió ella sin amedrentarse por mi propuesta—. Que gané ‘la mejor’ —agregó haciendo alusión a ella misma haciéndose la graciosa.
    —Pues ya veremos amor, ya veremos —dije molestó porque mi novia intentará ganarme la partida antes de empezar (y no me refería al billar).
    Caballerosamente dejé que Leslie hiciera el primer tiro de la noche. Aunque suelo jugar muy bien al billar, en ese momento estaba tan distraído por lo que Leslie me acababa de confesar, que ella ganó el primer juego sin mucho esfuerzo.
    —Abran paso a la ganadora —dijo mi novia mientras hacía su baile de la victoria sin que yo le prestará mucha atención; tomando un trago de cerveza para intentar calmar mi frustración.
    El segundo juego, aunque estuvo más reñido Leslie sacó ventaja; por lo que yo estaba a punto de perderlo. Obvio esa no era mi noche, y si no pensaba en algo rápido corría el riesgo de no reponerme.
    Justo cuando Leslie estaba por hacer un tiro largo para meter la bola ocho tuve una idea. Me senté en una silla del lado opuesto a donde se encontraba mi novia; y puse la culata del taco entre mis piernas sólo un par de segundos, simulando ser un enorme falo erecto que nacía de entre mis piernas proyectándose por encima de mi cabeza.
    —¡Amor! —dije llamando la atención de mi novia hacia mí; recordándole que “el tamaño si importa”.
    Tan pronto Leslie me miró se salió de concentración echándose a reír al apoyarse sobre la mesa. Una vez que pudo controlar la risa que la invadía mi novia efectuó el tiro, ¡el cual milagrosamente falló por muy poco! Dándome oportunidad de ganar la partida.
    Después de eso ya fue imposible seguir jugando sin que ambos intentáramos sabotearnos cuando al otro le tocaba tirar; lo que estaba en juego no era para menos, lo único que importaba era ganar a cualquier costo. Por lo tanto, la discreción pasó a segundo lugar.
    “¿Necesitas un palo grande?”, le gritaba a mi novia cuando le tocaba tirar, con toda la intención de sacarla de concentración para hacerla fallar. Mientras que Leslie en venganza durante mi turno tomaba un palo en cada mano y me los mostraba sonriente mientras deslizaba sus manos sobre ellos, simulando estar masturbando dos penes sin decir una palabra. Dándome a entender que en cuestión de órganos sexuales masculinos ella prefería la cantidad sobre el tamaño, consiguiendo con esto que fallara tiros claves.
    A pesar de nuestra conducta anti-deportiva el combate fue muy reñido. La presión era tal que prácticamente no volvimos a tocar nuestras cervezas. Dividimos victorias hasta llegar al séptimo juego; juego donde se decidiría todo, no habría un mañana para el perdedor, esto se resolvería en los siguientes minutos.
    Si nuestros candidatos supieran como Leslie y yo estábamos determinando con quien compartir nuestra vida sexual, probablemente estarían aquí proclamando vítores hacia cada bando; o en su defecto estarían comiéndose las uñas por no poder soportar la tensión. ¡Esto no era para corazones débiles!
    A pesar de un gran esfuerzo de mi parte me fue imposible recuperarme de una ventaja inicial de mi novia al haber realizado ella el saque, por lo que terminé perdiendo el séptimo juego y la apuesta. Cuanto me alegraba no haber conversado previamente con mi amigo acerca del tema. Al menos él no se desilusionaría tanto como yo lo estaba.
    No había nada de qué avergonzarme, había dado mi mejor esfuerzo; aunque claro, eso no evitó que Leslie realizara ese último baile de la victoria con toda la mala intención de echarle más ‘sal a la herida’.
    Al parecer yo era el único en el lugar que comprendía porque mi novia bailaba con un palo en cada mano y una perversa sonrisa en su rostro. O eso fue lo que yo creía.
    —Vuelvo en un minuto —dije a Leslie besándola en la mejilla sin que ella dejara de bailar.
    El cuarto sanitario parecía el lugar indicado para esperar a que mi novia terminara con su celebración; aunque de hecho no tenía mucha necesidad de usarlo pues apenas había bebido de mi cerveza, cualquier cosa era mejor que seguir siendo humillado en público.
    Estaba orinando en el mingitorio cuando un caballero se colocó justo a mi lado a hacer lo mismo; demasiado cerca teniendo en cuenta que éramos los únicos en el sanitario, aunque en ese momento no lo noté.
    —¿Así que planean hacer un trío? —preguntó el hombre para hacer conversación en lo que comenzaba a orinar justo a mi lado; con toda la serenidad con que se trata un tema trivial.
    —Qué pena que nos hayas escuchado —respondí avergonzado con una risa nerviosa; a quien era uno de los jugadores de la mesa a lado de la nuestra.
    —No tienes porque sentirte apenado, amigo —dijo el hombre serenamente tratando de calmar mis nervios—, muchos hemos pasado por eso —agregó con una sonrisa algo pícara.
    Tan pronto escuche su respuesta entré en estado de alerta, en una fracción de segundo analicé al hombre quien debería ser mayor que yo, calculo que unos 30 años, de 1.80 de estatura, complexión fornida y apariencia agradable.
    ¿Sería acaso que este desconocido, quien tenía una apariencia física similar a la mía, poseyera información valiosa respecto a los tríos sexuales para compartir con mi novia y conmigo? Si ese era el caso no podía dejar que se retirara así sin más; tenía que obtener esa información.
    —¿Tú has estado en algún trío? —pregunté sintiéndome obligado a saber más del tema.
    —De hecho, sí —respondió el hombre sonriendo al girar su rostro hacia mí—, acostumbraba a practicarlos regularmente con mi ex-esposa antes de separarnos.
    La conversación se había tornado interesante, al parecer el hombre no sólo tenía experiencia practicando tríos, algo de lo que carecíamos Leslie y yo, sino que además parecía no tener compromiso actual. Quizás yo podría utilizar la información que él poseyera para convencer a mi novia de no hacer el trío con sus amigos pito chicos, aun cuando ella había ganado la apuesta.
    Bajé la mirada hacia la fuente de su orina para satisfacer una duda que me asaltó en ese preciso momento. ¡No lo podía creer! El hombre no sólo tenía experiencia en la materia en cuestión, también tenía la herramienta para realizarla; en forma de un grueso y largo apéndice que colgaba majestuoso de su entre pierna, expeliendo un raudal de ‘aguas’ por su gran cabeza rojinegra.
    Imposible saber si el miembro de aquel desconocido era mayor al mío; para eso sería necesario una comparación milimétrica estando completamente erectos los dos, algo en lo que mi hermosa novia me podría ayudar.
    —Muy interesante, ¿te gustaría tomar una copa con mi novia y conmigo? —pregunté invitándolo a compartirnos un poco más de su experiencia con nosotros.
    —Claro, me encantaría —respondió el hombre—, sólo permíteme excusarme con mis amigos.
    —De acuerdo, te esperamos en la barra.
    No era la primera vez que compartíamos una copa o jugábamos una partida con uno de nuestros compañeros de afición; por lo que a Leslie no le pareció extraño que uno de ellos nos acompañara en la barra esa noche.
    —Ella es Leslie —presenté a mi novia con Xavier, que era como se llamaba el hombre una vez que nos alcanzó en la barra.
    —Encantado de conocerla señorita —saludó Xavier cortésmente.
    —Gracias, igualmente.
    Xavier se sentó enfrente de Leslie en lo que yo permanecí de pie a lado de mi novia para facilitar la comunicación con nuestro invitado.
    —¿Qué les gustaría beber? —pregunté a ambos.
    —Se me antoja algo fuerte —dijo mi novia con una sonrisa traviesa—, yo gané la partida de billar; merezco celebrar —agregó burlona.
    Era de esperarse que mi novia no podría guardarse el restregarme en la cara el haberme ganado minutos antes; era parte de su carácter competitivo.
    —¿Apostaron algo? —preguntó Xavier con curiosidad.
    —Por supuesto —respondió mi novia, sin poder contener su alegría—, apostamos algo muy importante.
    —¿La apuesta tiene algo que ver con el trío del que hablaban? —preguntó en forma retórica Xavier, intuyendo la respuesta de mi novia.
    El comentario de Xavier hizo que Leslie soltará una pequeña carcajada echando la cabeza hacia atrás; sintiéndose apenada porque el desconocido frente a ella la hubiese expuesto.
    —De hecho, sí —respondí en lo que mi novia se moría de vergüenza delante del hombre—. Apostamos con quien lo haríamos la primera vez.
    —Ya veo, nunca se me hubiese ocurrido decidir con quien coger en base a un juego de billar —dijo Xavier con una sonrisa burlona como gesto de desaprobación.
    —¿Cómo lo decidirías tú? —pregunté tratando de aprovechar la experiencia de Xavier en el tema.
    —Bueno realizar un trío puede ser una experiencia muy placentera para todos los involucrados; pero, como en todo, es necesario establecer algunas reglas básicas —dijo Xavier con gran sabiduría en sus palabras.
    A petición de mi novia pedimos una botella de tequila en lo que conversábamos de este importante tema con nuestro nuevo amigo. Entre tragos, Xavier pasó a contarnos como él y su ex-esposa se habían iniciado en los tríos intentando salvar su matrimonio; el cual se había estancado a causa de la rutina.
    —Los roles para el hombre y la mujer en la pareja actual quedaron obsoletos —explicó Xavier—, por lo que mi esposa y yo sentimos que era momento de actualizarnos ampliando el alcance de nuestra sexualidad.
    Después de una relación de casi 10 años, 4 como novios y 6 ya casados; la monotonía se hizo presente en su relación a causa de una sociedad que exige mantenerse actualizado constantemente.
    —Anteriormente sólo tomabas leche, ahora tienes que escoger entre leche regular, con proteínas, baja en grasas, saborizada, de almendras, orgánica y otras porquerías —explicó Xavier con recelo.
    De acuerdo con él, el mundo moderno bombardea constantemente a las parejas e individuos con un sin fin de opciones para cada aspecto de la vida; obligándonos a renovarnos constantemente.
    —Y con el sexo es peor —continuó explicando—. ¡Ya no basta sólo con coger con tu pareja! Ahora tienes que presumir los lugares donde lo has hecho y hasta las posiciones que adoptan. Ya saben, sí tu círculo de amigos lo hacen y tú no, puedes llegar a sentirte menos que ellos.
    Un voraz sistema económico que fuerza al individuo a comparar su vida con la de sus iguales, busca mantener un ciclo de consumo sin fin bajo la amenaza de quedar obsoleto. Ésta situación afectó mucho la autoestima de la esposa de Xavier, quien constantemente comparaba su vida con la de algunos familiares y amigos. Motivo por el que ella animó a su marido a que buscaran nuevas aventuras.
    “El césped siempre es más verde en el jardín del vecino”, es como Xavier resumía el hecho de que en nuestros días la ostentación es la regla para todo. No basta con tener una velada romántica con tu pareja; tienes que hacer que todos tus conocidos (y desconocidos), se enteren, o en el mejor de los casos te envidien, para poder sentir satisfacción.
    Trasladar ésta cuestionable ‘verdad’ al ámbito del sexo formulaba una pregunta importante, ¿cuál es la manera más confiable de presumir lo que haces o dejas de hacer con tu pareja en la cama?
    —¡Invitar a un amigo para que nos vea coger! Que constate con sus propios ojos de lo que somos capaces de hacer —contestó Xavier así mismo entre risas.
    Aunque al incluir algunos amigos a la cama durante el sexo hizo que éste mejorara notablemente, la relación con su esposa no; por lo que terminaron divorciándose. Y aunque Xavier continuó participando ocasionalmente en algunos tríos con su ahora ex-esposa y la nueva pareja de ella, a él no le gustaba el rol de invitado.
    —No me gustaba ser el que tiene que marcharse al día siguiente —aclaró Xavier—, me sentía como cuando rentas un tiempo compartido; al final sabes que no es tuyo —agregó con una sonrisa burlona.
    Uno podría pensar que el invitado es quien se lleva la mejor parte en un trío; ustedes saben, cero compromisos, sólo te hablan cuando hay diversión, etcétera. Sin embargo, Xavier era la prueba fehaciente de que no siempre es así.
    —¿Qué consejo nos darías para realizar nuestro primer trío? —preguntó mi novia con genuino interés en la opinión de nuestro amigo; una vez que gracias al tequila ella había superado la vergüenza previa.
    —Primero que nada, sean muy abiertos, no busquen hombres solamente de su círculo social, ya que con eso reducen mucho las posibilidades de vivir nuevas experiencias —dijo Xavier recomendando no discriminar a nadie en base a su posición económica, aspecto físico u otra característica particular—. Libérense de prejuicios.
        Según Xavier, la idea de hacer un trío es salir de nuestra rutina, de nuestra zona de confort sexual; lo cual sería mucho más difícil con un chico que tuviera los mismos hábitos sexuales y el mismo físico que yo.
        —¿Ya ves? —dijo mi novia soltando un ligero codazo en mis costillas; al sentir que Xavier le daba la razón al haber ella elegido a sus debiluchos amigos en lugar de mi propio amigo quien era mucho más fornido.
        —Tener sexo con una persona delgada es bastante fácil —dijo Xavier dirigiéndose a mi novia al entender a lo que ella se refería—, ¿imagina cómo sería hacerlo con una persona obesa? —preguntó en forma retórica.
        Con este argumento, Xavier explicó a mi novia que una persona con movimiento corporal limitado tiene que echar mano de alguna otra técnica para satisfacer a su pareja, por lo que no debería descartarlos ya que podría llevarse una agradable sorpresa.
        —“Lo que la Madre Naturaleza te quita por un lado te lo da por otro” —agregó riendo.
        —¿Ya ves? Mejor consigamos a un gordo —dije ahora yo en tono de broma, devolviendo el codazo a mi novia; al sentir que el último comentario de Xavier realmente no le daba la razón del todo.
        —Sean abiertos sobre todo a hombres de otras culturas; ya que al haber sido ellos educados con una perspectiva del sexo diferente a la nuestra podrán aprender mucho de ellos.
    Un grupo demográfico en el que Xavier hizo especial énfasis fue el de los hombres mayores; ya que si hablábamos de experiencia ellos podían tener mucha en base a sus años vividos. Claro, había que considerar que ellos requieren el uso de fármacos para lograr una buena erección.
    —Una póliza de seguro no está demás —sugirió riendo abiertamente, jugando con la posibilidad de que un invitado de mayor edad pudiera sufrir un infarto durante el acto sexual.
        —Pero yo como única beneficiaria —agregó Leslie en tono de broma; chocando su vaso con Xavier en un brindis, al jugar con la macabra posibilidad de ser la única heredera de un posible deceso durante nuestro primer trío.
    Aunque nuestro consejero no descartó a los chicos adolescentes si nos recordó que el principal problema con ellos (además del aspecto legal), era la falta de control que suelen tener al eyacular; por lo que nos advirtió que en caso de que decidiéramos invitar a un jovencito a nuestra cama, nos preparáramos para terminar la velada precipitadamente.
    —Si lo sabré yo —dijo mi novia con un suspiro antes de volver a beber de su vaso; concordando con Xavier en lo referente a los adolescentes.
    El rostro de Leslie no dejaba ninguna duda. La conversación actual estaba trayendo a colación antiguas aventuras de juventud, cuando debió tocarle compartir su ‘inocencia’ con inexpertos compañeros del colegio.
    —Se sorprenderían de lo ‘creativo’ que pueden ser algunos hombres ‘serios’ cuando se trata de sexo —dijo Xavier animándonos a buscar hombres fuera del estereotipo del típico fiestero o parrandero—. En mi experiencia los hombres con vocación religiosa suelen ser los más pervertidos —agregó con una sonrisa burlona.
    Este comentario no podía ser más cierto, a la luz de los escándalos en los que se han visto envueltos líderes de diferentes religiones en nuestros días. Pues su estilo de vida los lleva a reprimir sus instintos naturales vilmente hasta que no pueden controlarse más.
    Claro que esto no significaba que mi novia y yo andaríamos buscando algún clérigo al cual seducir… no por lo pronto.
    El lugar de encuentro para la primera cita tampoco era algo que debía dejarse a la ligera; algo en lo que mi novia y yo ni siquiera habíamos pensado.
    —Utilicen un motel para su primer encuentro —sugirió ahora Xavier—, eso facilitará la despedida en caso de que alguno se sienta incómodo.
    Éste era un consejo bastante práctico, pues al realizar nuestro primer encuentro en un motel tendríamos un salvo conducto en caso de que necesitáramos terminar con la sesión antes de tiempo; pues sólo tendríamos que abandonar la habitación.
    Por el contrario, si lo realizábamos en uno de nuestros departamentos esto se tornaría un poco más complicado; pues tendríamos que solicitar ‘amablemente’ a nuestro invitado que se retirara, lo que podría ocasionar tensión al él tomarlo de mala manera.
    —Por otro lado, si ustedes sienten que realmente la están pasando bien con su invitado y quieren extender el encuentro, sólo necesitarían agregar al alquiler de la habitación un par de horas extras —agregó Xavier sonriendo.
    —Excelente idea, creo que así lo haremos —dijo Leslie, complacida con poder mantener un poco de control de la situación.
    ¡Santo cielo! Jamás me hubiese imaginado lo complicado que era hacer un trío; siendo que en las películas pornográficas lo ponen tan fácil. Gracias al cielo teníamos a Xavier de nuestro lado para instruirnos.
    —¿Piensan grabar la sesión? —preguntó Xavier, interesado en saber si utilizaríamos cámaras para filmar nuestro primer trío.
    —Creo que sí —respondí por ambos, ya que no sería la primera vez que mi novia y yo nos grabábamos teniendo sexo— ¿Verdad amor?
    —Puede ser —concordó Leslie sin comprometerse del todo—, sería una especie de recuerdo. Si no nos gusta, lo borramos y ya.
    —Si es así, usen al menos dos cámaras y diríjanlas hacia el centro de la cama. Así no tendrán que dejar de coger para ir a ajustar la cámara.
        Xavier sugirió que mantengamos siempre presente la ubicación de las cámaras al cambiar de posición sexual, de esa forma nos aseguraríamos de no perdernos ningún detalle de la acción al momento de grabar.
        —Pero recuerden que el invitado podría llevar su propia cámara —advirtió Xavier—. De ustedes depende que tanto le dejen grabar, ya que ese material será propiedad de él.
    Ese era otro detalle en el que ni Leslie y yo habíamos pensado. Estábamos tan entusiasmados con realizar nuestro primer trío, que no habíamos recapacitado en el mal uso que un invitado mal intencionado, podía hacer con un video de nuestro primer encuentro. Definitivamente había que ser muy cauteloso al momento de seleccionar a los chicos con quien compartiríamos nuestra vida sexual.
    —Una grabación puede ser mucho más que un souvenir si ésta es realizada correctamente —agregó Xavier enfatizando que pusiéramos atención a detalles como la iluminación y enfoque de la lente.
     Contar con video de buena calidad, además de ser una manera de revivir nuestra aventura, sería una gran herramienta de análisis para mejorar futuros encuentros sexuales; pues nos permitiría detectar aspectos en los que pudiéramos trabajar en caso de que nos aficionáramos a los tríos, lo cual era probable que sucediera.
    —Pero lo más importante —enfatizó Xavier antes de darnos un último consejo—: sean amables con su invitado.
    El ser amable implicaba más que sólo ofrecer una bebida a nuestro invitado. Consistía en tomarlo en cuenta a la hora de definir las posiciones y roles de cada uno durante la actividad sexual. Pues en caso de que él sintiera que su opinión no fuera tomada en cuenta podría llegar a sentirse excluido rápidamente; lo cual es el objetivo opuesto de un trío.
    —No teman cederle el control, permítanle marcar el ritmo de la noche, otórguenle la oportunidad de sugerir posiciones; que más que un miembro del equipo se convierte en el líder de éste.
    De acuerdo con Xavier, la mejor forma de asegurarse de vivir nuevas experiencias al realizar un trío era quitarle el control a la pareja. Pues sí se le permitía seguir dirigiendo la actividad sexual, terminarían cayendo en la misma rutina que en un principio los llevó a querer realizar un trío.
    —De lo contrario sólo probarán más de lo mismo y eso sería una pena —sentenció finalmente.
    Buscar el chico ideal para realizar un trío sería una pérdida de tiempo, si al final de cuentas se hacía sólo lo que Leslie y yo aprobábamos. Por lo que era necesario que definiéramos cual era nuestro objetivo real; disfrutar de nuevas experiencias sexuales o sólo aparentar ser modernos ante nuestros amigos y la sociedad.
    Al calor de los tragos de tequila y la música de fondo Leslie y yo escuchábamos atentos la plática de Xavier; seducidos por su actitud tan abierta y desenfadada en todo lo relacionado con el sexo y las relaciones.
    Simplemente no encontraba palabras para agradecer todos los consejos que tan amablemente había compartido Xavier con nosotros. Sólo podía esperar tener en el futuro próximo una oportunidad para corresponder a su gentileza. ¿Qué tan próximo sería esto?
    —¿Cuándo planean realizar su primer trío? —preguntó Xavier con mucho interés en nuestros planes después de habernos compartido todos sus consejos.
    Leslie y yo cruzamos una mirada de complicidad, mientras nuestros labios dibujaban una sonrisa de lujuria provocada por la excitante conversación que acabábamos de tener en la barra del billar. Una misma idea se acababa de plantar en nuestra psiquis colectiva.
    “¿Por qué ambos deberíamos estar debatiendo por seleccionar a un invitado dentro de un grupo de chicos que, al igual que nosotros, tenían nula experiencia en los tríos sexuales en lugar de un hombre con experiencia comprobada?”. La respuesta era más que lógica.
    —Pues eso depende, ¿qué planes tienes para ésta noche? —pregunté en nombre de ambos intentando seducir a nuestro amigo; al tiempo que mi novia me otorgaba su anuencia con una sonrisa.
    Plenamente consciente de que a Xavier no le agradaba el rol de invitado en un trío, Leslie y yo intentamos convencerlo de que nos ayudara a consumar nuestra fantasía esa misma noche; aprovechando que al igual que nosotros había bebido algunos vasos de tequila.
    —Espera —sugerí a Xavier no apresurarse a darnos su respuesta en lo que sacaba el teléfono inteligente de mi bolsillo.
    Tan pronto activé mi dispositivo intenté localizar una fotografía, pero no cualquiera; buscaba una en especial, una que le había tomado a Leslie tiempo atrás cuando estábamos en la intimidad. Una vez que la encontré, entregué el teléfono a mi novia.
    Leslie sufrió un ataque de euforia doblándose por el vientre al ver lo que pretendía mostrar a Xavier; en parte por el alcohol y en parte por no poder creer que le enseñaría esa pervertida imagen a un hombre que acabábamos de conocer. Tenía razón, yo no lo haría.
    —Vuelvo en un minuto —dije yo, disculpándome una vez más para ir al cuarto sanitario; dejando a mi novia con la boca abierta y la responsabilidad total de seducir al hombre frente a ella.
    Entre tumbos me retiré hacia el cuarto sanitario mientras Xavier se desvivía por echar un vistazo a la imagen que mi novia intentaba ocultar en medio de sus senos. “Si Leslie realmente quiere hacer un trío, que le muestre la imagen”, razoné para mí poniendo a prueba a mi novia.
    Si mi novia se negaba a mostrarle la fotografía a Xavier, todo este asunto del trío terminaría ahí y no se volvería hablar del asunto. Si, por el contrario, mi novia se la enseñaba con la intención de seducirlo para hacer un trío con él esa misma noche, sería mejor que me fuera reportando enfermo para no trabajar el siguiente día; porque esa noche la diversión estaba por comenzar.
    La citada imagen no podría ser otra que una fotografía tomada a mi novia cuando ella me estaba practicando sexo oral en mi pose predilecta: la posición de poder. Aunque yo tenía varias fotografías con ella en esa misma posición tomadas desde diferentes ángulos ésta era especial. Pues en ella se veía a mi novia desde arriba, desde mi punto de vista; mientras ella se encontraba de rodillas, maniatada de pies y manos con un par de esposas de juguete, con mi enorme miembro hundido en su garganta. Una imagen bastante pervertida y morbosa.
    Si ésta imagen no era capaz de convencer a Xavier de realizar un trío con nosotros, tendría que conformarme con los debiluchos amigos de mi novia. ¡La moneda estaba en el aire!
    Mi excitación era tal, que tan pronto abrí la bragueta para orinar mi miembro salió disparado desde abajo de mi pantalón. ¡Estaba enorme! “Ahora así vera ese cabrón quien manda”, pensé para mí mismo anticipando que Leslie lograría seducir a Xavier y entonces tendríamos oportunidad de comparar nuestros penes.
    Volver a colocar mi miembro en su lugar al terminar de orinar fue un costo colateral, prácticamente tuve que doblarlo dolorosamente sobre sí mismo para poderlo ocultar bajo mis ropas.
    De regreso a la barra encontré a mi novia y mi amigo de muy buen humor bromeando acerca de la imagen en mi teléfono. Abracé a Leslie para premiar con un beso su labor de convencimiento, al haber accedido mostrar la imagen.
    —Tranquila preciosa, nunca te pediría que me la compartieras —dijo Xavier con prudencia, hablando de la íntima imagen que mi novia le había permitido ver—, pero me encantaría salir en la próxima —agregó pícaramente con una sonrisa.
    Los tres soltamos una fuerte carcajada al escuchar ese último comentario; pues con éste Xavier acababa implícitamente de aceptar a ayudarnos, al momento de insinuar lo mucho que le agradaría que mi novia le practicara sexo oral. ¡Definitivamente Xavier era de los míos!
    Una vez que nos pusimos de acuerdo salimos los tres del billar rumbo al motel donde todo el asunto del trío había iniciado. Debido a que el motel estaba retirado y los tres habíamos bebido bastante decidimos ir en un sólo coche, en mi camioneta, por lo que teníamos suficiente espacio para ir los tres al frente.
    —Te encantará el lugar —dije en tono de broma—, muy elegante si logras ignorar el olor.
    —Si es un motel de carretera ya me imagino a lo que ha de oler—dijo Xavier anticipando el tipo de lugar al que nos dirigíamos.
    Durante el trayecto Xavier no dejó pasar la oportunidad para abrazar y acariciar las piernas de mi novia. Mientras que Leslie se animó a tocar la entre pierna de ambos por encima del pantalón; enfocándose en su labor de determinar quién de los dos hombres que la escoltaban tenía el miembro más grande.
    —¡No hagas eso! —protesté el hecho de que las caricias de mi novia pudieran provocar un accidente, desatando las risas de los tres.
    —Relájate —dijo Leslie apretando mi entrepierna con más fuerza.
    Antes de llegar nos detuvimos a comprar unas cervezas para hacer más amena la velada. Después de unos 20 minutos de camino llegamos a nuestro destino. Como les había comentado el motel estaba lejos de ser lujoso, nada de llaves electrónicas ni registro en línea, mucho menos pago con tarjeta de crédito; lo cual tenía sentido pues en un motel para parejas infieles no se quiere dejar rastro. Solo una pequeña recepción con un encargado que te entregaba una única llave.
    Yo podría haber ido sólo a registrarme y hacer el pago por la habitación sin necesidad de mis otros dos tercios, pero no. Había que disfrutar la experiencia completa del evento, por lo que entramos los tres abrazados a la recepción.
    —Buenas noches, queremos una habitación —dijo Leslie riendo eufóricamente, de tal forma que sus palabras eran ininteligibles.
    —¿Toda la noche? —preguntó un desalineado chico con sarcasmo, suponiendo acertadamente lo que planeábamos hacer en la habitación (seguramente ya estaba acostumbrado).
    —Pues eso espero —respondí con una sonrisa, dando por hecho que el día de mañana Leslie y yo nos reportaríamos enfermos en nuestros empleos.
    Pagamos por adelantado y el chico nos asignó una habitación del fondo. Nos dispusimos a salir, pero Leslie no se pudo contener de jugarle al joven recepcionista una última broma.
    —Te veo después guapo —dijo sonriendo pícaramente, gesto que el chico le correspondió de igual forma.
    Ya en la habitación las cosas fueron mucho más rápidas. Xavier se abalanzó sobre Leslie besándola apasionadamente, recorriendo su busto con ambas manos por encima de su blusa. La escena era inédita para mí pues nunca había visto a mi novia besarse con otro hombre; mientras yo a escasos metros me encontraba desabotonando mi camisa, desesperado por desnudarme.
    Era tanta la pasión que Leslie y Xavier pusieron en ese primer contacto que me dieron tiempo suficiente para despojarme totalmente de mi ropa sin que lo notaran. Al final yo estaba de pie a lado de ellos, con mi enorme miembro completamente erecto a causa de la excitación que la escena ante mí me había provocado.
    —¡Muéstrame lo que tienes cabrón! —grité sacando de concentración a la cariñosa pareja.
    El objetivo de esa noche para mí estaba más que claro, tenía que convencer a mi novia de que un hombre con un miembro grande era mucho mejor que dos pitos chicos. ¿Lo conseguiría?
    —Se ve que ya estás listo amigo —respondió Xavier al verme desnudo blandiendo mi enorme miembro con una mano con actitud desafiante—, déjame ‘desenfundo’ yo también —agregó soltando a mi novia para comenzar a extraer su erecto miembro desde abajo de su ropa.
    Leslie se sentó sobre la única cama para ver en primera fila, como dos hombres perfectamente ‘bien dotados’ se desnudaban para competir entre sí por ver quién de los dos tenía el miembro viril de mayor tamaño.
    —¡Esto es lo que yo traigo! —exclamó Xavier bajándose los pantalones hasta los tobillos exhibiendo un enorme miembro gordo y peludo.
    Mi novia se mordía los labios con lascivia, abriendo los ojos grandes como dos platos; al tiempo que su respiración se aceleraba. Saboreando en su imaginación, los dos enormes pedazos de carne que en segundos degustaría.
    Xavier terminó de desnudarse para quedar enfrente de mí exhibiendo orgulloso su enorme pene, listo a batirse en un duelo conmigo. No podía esperar menos de un macho tan similar a mí.
    —Pues sí eres de los míos cabrón —dije yo dando un paso hacia Xavier para chocar puños con actitud de soberbia.
    Los dos giramos hacia Leslie, quien ya había comenzado a babear, blandiendo un par de enormes sables frente a su rostro. Esto era algo que realmente nunca había pasado, que mi novia permaneciera vestida más tiempo que yo al hacer el amor; uno de los beneficios de un trío, salir de la rutina, comenzaba a hacerse notar.
    —¿Como ves amigo, ésta pendeja prefiere un trío con un pito chico en lugar de uno bien vergón? —acusé a mi novia con nuestro invitado, estando consciente que la política de éste para con los tríos era no discriminar.
    —Pues habrá que educar a la cabrona —sentenció con actitud altanera y prepotente; comiéndose sus propias palabras respecto al asunto, como sí realmente pensara que se puede forzar a una mujer a cambiar de opinión referente a con quien debería tener sexo.
    Las palabras de Xavier fueron música para mis oídos, ya no sólo contaba con su ayuda para convencer a Leslie de que un miembro grande era mejor que dos chicos; sino que todo indicaba que él tomaría la iniciativa. Otro beneficio más de realizar un trío.
    —¡Arriba pendeja! —ordenó Xavier a mi novia sujetándola por el brazo.
    No habría más caricias para Leslie, al menos no tiernas, eso se lo dejaríamos a los maricones pito chicos de sus amigos. Dos machos como nosotros tenían en mente algo más especial para ella. Entre los dos levantamos a mi novia de forma brusca. Xavier sujetó su blusa por las solapas para con un fuerte tirón hacer volar los botones de su blusa por la habitación.
    Esto es a lo que Xavier se refería al hablar de las nuevas experiencias que un trío brinda a una pareja. Si yo hubiese hecho eso estando sólo con Leslie, hubiera desatado su furia sobre mí por haber roto una de sus tantas prendas favoritas. Sin embargo, como estábamos inmersos en una fantasía sexual, los límites habían sido anulados a causa de nuestro invitado.
    A tirones removimos la blusa de su torso, sin preocuparnos por lo maltrecha que la delicada prenda podría terminar. Su sostén no tuvo un mejor trato, sin desabrocharlo fue jaloneado por sobre su cabeza, irritando su suave piel con la acción de desnudarla.
    —¡Qué buenas tetas! —exclamó Xavier, al ver los senos de mi novia rebotando al aire libre.
    —Te digo que la cabrona ésta buena —concordé con él, palmeando uno de los senos de mi novia—, sólo que a veces se apendeja —agregué provocandoles a ambos emitir una corta carcajada.
    —No te preocupes, ahorita la arreglamos —sentenció Xavier sujetando el otro seno de mi novia; mientras lo saboreaba apretando los dientes.
    Con un fuerte empujón Xavier lanzó a Leslie de espaldas sobre la cama. Y a tirones comenzamos a remover los pantalones de sus piernas, en lo que ella luchaba por desabrochar su cinturón. En segundos mi novia quedó sobre la cama con nada más que su tanga por remover, privilegio que amablemente otorgué a mi invitado.
    —Esto es mío —dijo Xavier sujetando firmemente a mi novia por su vulva, en lo que ella lanzaba un gutural sonido de ‘placer’—. ¡Silencio cabrona, que todavía ni empezamos! —agregó riendo burlón.
    Yo reí mezquinamente con la escena, anticipando todas las perversiones que mi nuevo ‘mejor amigo’ estaba reservando para mi novia. “Esto no podía haber comenzado mejor”, pensé en mi interior. Con un último tirón a su tanga mi novia quedó completamente desnuda sobre la cama; mientras Xavier se llevaba la íntima prenda a su rostro con intención de olfatearla cual sabueso.
    —¿A qué huele? —pregunté riendo por el modo brusco con que trataba a mi novia.
    —Huele… a puta —respondió Xavier desatando en mí una fuerte carcajada.
    —¡Eso no se quita ni con jabón! —concluí sin poder contener mi risa.
    Leslie intentó levantar su torso apoyándose en sus codos, sólo para recibir en su rostro la tanga que había sido lanzada certeramente por el rudo hombre frente a ella.
    —¡Arriba cabrona! —ordenó Xavier a mi novia sin ninguna contemplación.
        Leslie obedientemente intentó ponerse en pie, pero fue impedida por Xavier quien la obligó a arrodillarse frente a nosotros jalándola por el brazo hacia abajo bruscamente.
        Estoy ciento por ciento seguro que, durante ese día, mientras mi novia fantaseaba con nuestro posible primer trío, jamás imaginó que estaría en esa posición; arrodillada, desnuda, con actitud sumisa bajo la mirada soberbia de dos ‘verdaderos’ machos y sus dos enormes vergas frente a su rostro. ¿De qué se podría quejar?
    Los ojos de Leslie respondían mi pregunta, habiéndose olvidado de parpadear escudriñaba detenidamente nuestros miembros sin poder determinar cuál de los dos le apetecía probar primero. Pero antes de que eso ocurriera había una pregunta por responder.
    —Vamos a ver puta, ¿cuál te gusta? —preguntó Xavier colocando su enorme miembro sobre el rostro de mi novia, de manera que sus testículos golpearon su barbilla mientras su glande se apoyaba en su frente.
    Leslie se encogió de hombros y me lanzó una mirada en lo que aceleraba su respiración, esperando porque yo hiciera lo mismo. Sin amedrentarme, por el tamaño del miembro de nuestro invitado, coloqué el mío propio del otro lado de la nariz de mi novia. De tal forma que era cegada por ambos miembros.
    —Permíteme —dije yo solicitando a nuestro amigo que mantuvieran la posición, con su miembro en el rostro de mi novia, por unos segundos en lo que estiraba la mano para alcanzar mi teléfono.
    Ya con mi dispositivo electrónico en la mano aproveché para capturar tan especial momento de la noche, en lo que Leslie y Xavier sufrían un ataque de risa por mi inoportuna ocurrencia.
    —No olvides enviarme una copia —solicitó Xavier entre risas anhelando tener una imagen con que recordar la ocasión.
    Mi aparentemente inocente fotografía, no tenía otro propósito que servir como evidencia irrefutable para futuras discusiones acerca de quién de los dos tenía el miembro más grande. ¿A quién favorecía la fotografía?
    —¿Por qué no tomas la tuya cabrón? —pregunté en forma retórica animando a nuestro invitado a tomar una fotografía como la que le habíamos mostrado en el billar.
    Como no teníamos esposas o una soga para maniatar a Leslie, Xavier tuvo que echar mano de su ingenio utilizando su cinturón para sujetar ambos brazos de ella a su torso; justo por debajo de sus senos.
    —Aprieta fuerte para que no se suelte la cabrona —aconsejé a Xavier para que ajustará el cinturón alrededor del cuerpo de mi novia.
    —¡Qué se va a soltar! —dijo Xavier—. Si a la gran puta le encanta que la traten como perra —sentenció.
    Leslie por su parte, se limitaba a sólo emitir gemidos y quejidos de ‘placer’ cada vez que se sentía estimulada por nuestras perversas caricias. Ella tenía muy claro que, si quería disfrutar de una noche inolvidable de placer, en ésta ocasión debería olvidarse de su orgullo y someterse a la voluntad de sus dos amos.
    —¿Verdad que te gusta perra? —preguntó Xavier a mi novia; mientras utilizaba mi propio cinturón para abofetearla ligeramente en el rostro, tal como si se tratase de un animal que necesita ser adiestrado.
    —Si —respondió Leslie sumisamente.
    —¡Silencio perra, que las perras no hablan! —ordenó Xavier haciendo sonar mi cinturón con un movimiento de acordeón, amenazando con reprender a la ‘perra’ frente a él.
    Yo me moría de la risa con la escena tan perversa que Xavier ‘actuaba’, jamás se me hubiese ocurrido algo así. Definitivamente el sexo en grupo estaba teniendo innumerables ventajas. “Será fácil hacerme adicto a esto”, pensé en lo que habría una cerveza para pasársela amablemente a mi invitado.
    Xavier utilizó mi cinturón para sujetar a Leslie por el cuello a manera de correa de castigo, las que utilizan los entrenadores de perros, de tal forma que con ella podía tener control total de mi novia con un ‘suave’ tirón.
    —Llegó tu hora perra —amenazó Xavier a mi novia después de dar un gran trago a su cerveza—; abre grande la boca —ordenó jalando de la correa.
    Xavier colocó la gran cabeza de su miembro justo en la boca de mi novia; y con un nuevo tirón de correa hizo que se la tragara completa. Provocando en mi novia una serie de arcadas causadas por el gran pene del hombre golpeando en su paladar.
    —¡Oh mierda, que rico! —exclamó Xavier al hundir su miembro en la boca de mi novia; utilizando la correa para ‘ayudar’ a que ella controlara el auto reflejo de vomitar.
    Unos segundos después Leslie se controló y comenzó a retroceder suavemente, tanto como la correa de su amo lo permitía, para poder practicarle a Xavier el sexo oral que previamente había solicitado.
    —¡Mierda, que rico chupa ésta puta! —exclamó Xavier complacido por los servicios de mi novia.
    Yo me recargué en la puerta a observar como nuestro invitado cumplía su primera fantasía de la noche, recibir sexo oral de parte de Leslie (y quiero pensar que también de mi parte), en la clásica posición de poder. “Al menos tiene una gran verga”, pensé sin sentir ninguna clase de celo o envidia mientras veía como sus testículos golpeaban contra la barbilla de mi novia.
    Después de un par de minutos, justo cuando Xavier logró introducir completamente su miembro en lo profundo de la garganta de Leslie, él detuvo sus embestidas de manera intempestiva.
    —Aguanta perra —ordenó Xavier a mi novia en lo que alcanzaba su propio teléfono.
    Yo reí abiertamente al ver como Xavier, imitándome, se tomaba unos segundos para capturar su fotografía soñada. Era obvio que quería tener un recuerdo personal de la noche. ¿Podía haber algo más personal que, una imagen de su propio miembro hundido en lo profundo de la garganta de mi novia? Si es así, por favor díganme cual.
    —Vamos puta, sigue chupando —ordenó Xavier una vez que terminó de tomar fotografías,
    Sin soltar la correa con que controlaba a Leslie como una perra, Xavier continuó fornicándola por la boca en lo que una sustancia blanquecina comenzó a escurrir por las comisuras de los labios de ella. Era obvio que ambos estaban gozando como locos.
    Sin embargo, era momento de pagar todos los consejos que tan gentilmente aquel hombre había compartido conmigo. Y que mejor forma de pagar mi deuda que compartiendo mi propia información privilegiada.
    —Amigo, permíteme enseñarte como cogerte a ésta puta —dije a Xavier solicitándole que me diera oportunidad para mostrarle una de mis posiciones favoritas para recibir sexo oral de mi novia.
    —Adelante campeón —accedió Xavier a mi solicitud—, que la noche es larga y a ésta puta nos la vamos a coger hasta por las orejas —agregó riendo burlón.
    Con Leslie aún de rodillas adopté la clásica posición de poder justo sobre su cabeza, de tal manera que mis testículos quedaban sobre su frente. En esa posición estimulé mi miembro como si estuviera masturbándome con la mano. Y una vez que éste alcanzó su tamaño máximo lo deje caer azotando el rostro de mi novia, ¡justo en la nariz!
    —¡Ay cabrón! —exclamó Xavier al ver como azoté con mi miembro el rostro de mi novia.
    Después de esto, ahora era trabajo de Leslie. Con mi miembro bajando por todo su rostro, ella estiraba su lengua hasta acariciar la punta de mi glande atrapando con ella las gotas de presemen que habían comenzado a salir. Me encantaba esa sensación al sentir la humedad de su lengua en la punta junto con el aire tibio que salía por su nariz.
    Pero no sólo era el hecho de recibir sexo oral, sino el saber que Leslie sólo podía practicar ésta posición con hombres de enormes penes, ya que miembros más cortos no llegarían ni a golpear su nariz.
    —Se ve que le gusta la leche de macho —dijo Xavier al ver como mi novia se esforzaba por limpiar mi pene.
    Pero esto no terminaba aquí. Una vez que Leslie limpió todos los residuos de semen de mi miembro inclinaba la cabeza hacia arriba, poco a poco, para poder ir lamiendo lentamente cada centímetro de mi miembro hasta llegar a mis testículos.
    —¡Oh mierda! —exclamé mientras ponía los ojos en blanco una vez que mi novia comenzó a lamer mis testículos, sin importar que estos estuvieran cubiertos de vello púbico.
     Estuve a punto de eyacular, pero tuve que contenerme para continuar con la siguiente fase. Con la boca de mi novia bien abierta bajo mi escroto me alcé sobre las puntas de mis pies por un segundo; y dando un pequeño salto volví a caer sobre su rostro clavando mi enorme miembro en lo profundo de su garganta.
    —¡Ay cabrón! —exclamó Xavier nuevamente al ver como mi miembro pasó sin obstáculos a través de la boca de mi novia haciéndole doblar el cuello.
    Ya en esa posición apoyándome en mis talones efectué pequeños saltos para continuar con la morbosa felación del más hermoso de los orificios de mi novia, en lo que mis testículos rebotaban sobre su nariz y ojos alegremente. Me sentía en el paraíso.
    —¡Que bien cabalgas a esa puta, campeón! —dijo Xavier después de dar un nuevo trago a su cerveza.
    Si por mí fuera, hubiese seguido en esa posición toda la noche; pero tenía que respetar el último consejo de Xavier, “se amable con tu invitado”. Comenzaba a sospechar que todo este asunto de los ‘desinteresados’ consejos que nos había dado Xavier había sido una trampa desde el inicio (no, imposible, yo no podía ser tan estúpido).
    —¿Quieres intentarlo? —pregunté absurdamente como si no conociera lo que el hombre frente a mí respondería.
    —¡Por supuesto! —respondió Xavier sin vacilar.
    Levanté la pierna derecha para extraer mi rígido miembro de la boca de mi novia, cubierto con la mezcla viscosa de saliva y semen; la cual escurría también por su bello rostro en forma de una espuma tibia y espesa.
    —Mi turno —dijo Xavier saltando sobre la cabeza de mi novia sin previo aviso; golpeando con sus dos enormes bolas la frente de ella.
    Xavier levantó su miembro, el cual continuaba erecto, y apuntó con el hacia el techo; buscando que ganase todo el impulso posible para estrellarlo en el rostro de mi novia al momento de soltarlo.
    —¿Lo quieres? —preguntó en forma retórica—. ¡Aquí lo tienes! —dijo antes de soltarlo.
    Como un látigo el enorme miembro de Xavier golpeó de lleno en medio del rostro de Leslie, justo en su nariz, causando que ésta se enrojeciera un poco. Pero mi novia, valiente, en lugar de lamentarse sacó su lengua una vez más intentando alcanzar el rojinegro glande de su agresor.
    —¡Mierda, que delicia! —exclamó Xavier al sentir las primeras caricias de mi novia en la punta de su pene.
    Como anteriormente me lo hubiese hecho a mí, Leslie comenzó a lamer el miembro de Xavier desde abajo, desde la punta de su glande hasta sus dos enormes y peludas bolas; suave y lentamente, provocando que nuestro invitado lanzara pequeños quejidos de placer.
    —¡Mierda! Sigue así perra, sigue así —ordenó Xavier a mi novia fijando la mirada en el techo, entregándose a gozar como loco con las húmedas caricias que le regalaban.
    Un sentimiento de satisfacción invadió mi ser al ver como Leslie trataba al, hasta antes de hoy, desconocido con la misma dedicación con que me trataba a mí; una mezcla de morbo y magnanimidad que no creía que pudiera existir. ¡Exacto, un beneficio más de los tríos!
    Pero Xavier estaba muy lejos de ser un hombre pasivo en lo referente al sexo; el gozaba con tener el control, entre más brutal mejor. Justo cuando mi novia comenzó a lamer la zona detrás de su escroto, éste despertó de su trance.
    —¡Abre la boca puta de mierda! —ordenó saltando sobre el rostro que lamía sus partes nobles.
    El movimiento de Xavier fue tan rápido que no dio tiempo a que mi novia abriera completamente su boca, dando como resultado que su miembro se desviara por su rostro jalando de su mejilla violentamente.
    —¡Qué abras la boca puta! —ordenó nuevamente a mi novia, reprimiéndola al jalar de la correa en su cuello.
    Ignorando el ardor de la fricción que un miembro viril provocó al pasar por su rostro y el estrangulamiento de la correa de entrenamiento, Leslie abrió la boca al máximo; permitiendo que Xavier lograra en este segundo intento introducir su enorme miembro hasta el fondo.
    —Así me gusta perra —dijo Xavier antes de comenzar a cabalgar sobre el rostro de mi novia.
    Tal como yo le hubiese mostrado, Xavier comenzó a realizar saltos apoyándose solamente en la punta de sus pies sólo que, a diferencia de mí, estos fueron con mucha más energía.
    —Aguanta perra, que pronto llegamos —dijo Xavier perversamente en tono de broma, sin soltar la correa como si realmente estuviera montando una yegua.
    El cuello de Leslie se doblaba hacia atrás, como si estuviera a punto de romperse, en cada ocasión en que el esfínter de su jinete se sentaba sobre su rostro; dificultando la respiración al momento en que su nariz era obstruido por un par de peludos testículos (dudo mucho que ésta situación la cubriera nuestra póliza de seguros).
    —Esto merece un brindis —dijo Xavier alcanzando su lata de cerveza para beber un poco más de ella, ignorando el suplicio por el que pasaba mi novia para darle placer.
    Sin dejar de cabalgar Xavier bebió de la lata manteniendo el ritmo de sus saltos, tensando inconscientemente la correa alrededor del cuello de mi novia.
    —¿Quieres un poco perra? —preguntó Xavier en tono de broma a Leslie, quien no estaba en posición de beber cerveza. ¿O sí?
    Con toda la perversidad del mundo Xavier comenzó a verter un poco de la fermentada bebida directamente en la boca de mi indefensa novia; mientras jalaba de la correa para evitar que ella inclinara la cabeza. En segundos Leslie comenzó a toser, síntoma de la asfixia que le provocaba no solamente el enorme miembro atorado en su garganta, sino también por alcohol que se mezclaba con el semen y saliva, formando una blanca espuma que la hizo regurgitar.
    —¡He creado un volcán! —exclamó Xavier riendo orgulloso, al ver la increíble reacción que había provocado en mi novia.
    Xavier desmontó su yegua, extrayendo su enorme pene de la boca de mi novia. Sin nada que obstruyera su respiración, Leslie pudo dedicarse a jugar con la extraña sustancia que había quedado en el interior de su boca, haciendo gárgaras con ella por un par de minutos antes de terminar tragándola.
    —Se ve que a ésta puta le gusta la leche —dijo Xavier en tono de burla; complacido por ver lo que mi novia había hecho con el líquido residual en su boca—. Pues ahora te vamos a dar leche hasta por el culo —amenazó jalándola de la correa en su cuello para ponerla en pie.
    Xavier empujo a Leslie sobre la cama de tal forma que se fue de boca contra las sábanas por seguir con los brazos atados al torso. Luego la levantó por la cadera, para que su trasero quedará en posición de ser penetrada analmente, mientras su rostro seguía pegado a las sábanas.
    —¡Arriba pendeja, que no va a ser tan fácil! —ordenó Xavier a mi novia, jalando la correa sujeta a su cuello.
    Quizás ésta fue la imagen más bizarra de la noche. Leslie esforzándose por mantener su torso en el aire, apoyándose únicamente en las rodillas al estar maniatada; mientras estaba siendo estrangulada por nuestro invitado por medio de la correa en su cuello; una imagen completamente cargada de sadismo. Sólo lamentó no haber puesto las cámaras (algo tenía que haber salido mal en nuestro primer trío).
    —Vamos cabrón, que ésta perra quiere que le des más verga —dijo Xavier ordenándome que me colocara enfrente del rostro de mi novia para que utilizara mi miembro como punto de anclaje para su boca.
    En ese momento Xavier era el indiscutible director de escena; y dado lo mucho que estábamos disfrutando ni Leslie ni yo teníamos intención de relevarlo. “No repares lo que no está roto”, frase popular de sentido común.
    Rápidamente me subí a la cama para ‘asistir’ a mi novia. Tan pronto me arrodillé frente a Leslie, los músculos de su vientre cedieron proyectando su cabeza contra mi pelvis, consiguiendo atrapar mi miembro con su boca.
    —¡Ay pendeja! —exclamé al sentir los dientes de mi novia clavarse en mi miembro.
    Leslie me miró a los ojos agradeciendo mi pronta ayuda, pues ahora tenía de donde sujetarse para no pegar su rostro a la cama, en lo que Xavier comenzó a dibujar círculos con su miembro alrededor del esfínter de mi novia.
    —¡Prepárate cabrona, porque llegó tu hora! —exclamó Xavier, ‘sugiriendo’ a mi novia que se preparara para ser penetrada analmente por su enorme miembro.
    Utilizando ambas correas para controlar el cuerpo de Leslie, Xavier comenzó a embestir su trasero con fuertes y firmes empujones. Con cada nueva embestida su miembro era introducido poco a poco en el ano de mi novia, a la vez que la inercia de su cuerpo era utilizada por ella para darme una nueva sesión de sexo oral. Prácticamente podía sentir como rebotaban los testículos de Xavier en el trasero de mi novia.
     Gracias a la larga sesión de sexo oral, el miembro de Xavier se encontraba bastante lubricado, lo que facilitó la penetración hasta que éste se perdió en las entrañas de mi novia. Estuvimos disfrutando con ésta coreografía por unos minutos y luego cambiamos posiciones Xavier y yo; extrayendo nuestros miembros del cuerpo de Leslie completamente cubiertos por una viscosa sustancia blanquecina. A esas alturas eran imposible saber de quién provenía cada residuo de semen; la verdad a ninguno de los dos nos importaba terminar impregnados con el semen de otro hombre.
    —¡Oh mierda! —exclamé en voz alta, una vez que mi miembro penetró el esfínter de mi novia una vez más.
    —¡Ya cállense cabrones! —exclamó en voz alta del otro lado del muro de la habitación de junto.
    La necesidad por un mayor grado de comunicación, inherente en los tríos, al parecer había molestado a nuestros vecinos de habitación. Al ser yo un chico de complexión fornida y adicto al gimnasio no era el tipo de hombre de los que se dejaba amedrentar fácilmente; por lo que me dispuse a responder iracundo.
    —¡Ven a callarme, pendejo! —gritó Xavier molesto por la interrupción, anticipándose a mi enérgica respuesta.
    Un beneficio más de los tríos (ya había perdido la cuenta). Si mi físico podía ser intimidante para un posible agresor, contar con un chico igual de imponente que yo a mi lado debería ser un disuasivo extra que lo obligaría a pensarlo dos veces antes de buscarnos pelea.
    Dentro de los consejos que Xavier nos había dado para realizar nuestro primer trío estaba el de ser amable; pero esto no se extendía a las otras habitaciones. Sólo el tiempo diría si nuestro vecino había aceptado nuestra ‘disculpa’ o sería necesario irse a los puños. De cualquier forma, esa noche yo me sentía como un verdadero campeón.
    Sin embargo, Xavier tuvo una idea mejor; en lugar de liarnos a golpes con un desconocido, compensar a quien sintiera que nuestra actividad sexual se estaba tornando molesta. ¿Cómo haríamos esto? ¡Montando un teatro erótico!
    —Permítanme un par de minutos —dijo Xavier disculpándose por detener sus embestidas sobre el cuerpo de mi novia para ir a correr la cortina de la única ventana, de tal manera que permitiera a cualquiera del otro lado de ésta tener una vista al interior de la habitación.
    ¡Ni en un millón de años, se me hubiese ocurrido a mí semejante idea! Si algún impertinente se atrevía a venir a nuestra puerta buscando problemas, se llevaría una agradable sorpresa, pues podría ver en primera fila como mi novia era sodomizada salvajemente. “Haz el amor, no la guerra”, esa frase nunca sería más cierta en mi vida.
    Imposible saber cuántos visitantes llegaron hasta nuestra ventana esa noche; la contraluz no permitía distinguir su rostro. Sólo las risas de los fugaces espectadores y las ‘felicitaciones’ (insultos), de los nuevos admiradores de mi novia, nos permitían tener una vaga idea.
    Quizás se trataba sólo de una persona, posiblemente el recepcionista, que viniera a averiguar la causa de las quejas de nuestros vecinos; regresando en repetidas ocasiones a satisfacer su morbo después de la ‘invitación’ de mi novia al momento de registrarnos. La verdad no puse atención.
    Después de un par de horas de sexo salvaje, terminamos rendidos durmiendo los tres desnudos en la pequeña cama matrimonial; con los cuerpos impregnados de todo tipo de fluidos corporales. Asqueroso y sublime a la vez.
    Nos despertamos al día siguiente alrededor de las 9 de la mañana, apenas a tiempo para avisar a nuestros respectivos empleos que ese día no llegaríamos a trabajar con la excusa de haber contraído un resfriado.
    Antes de pasar a recoger los vehículos de Leslie y Xavier nos detuvimos a almorzar en un restaurante cercano. Aun cuando nos encontrábamos en un lugar público, no pudimos evitar hablar de lo bien que lo habíamos pasado durante nuestro primer trío (obvio no sería el único); compartiendo puntos de vista y expectativas para el futuro de nuestra vida sexual.
    —¡Estaba aterrorizada! —dijo Leslie recordando como Xavier la amenazó haciendo sonar el cinturón al principio de la noche—. Pero me dije a mi misma, “aguanta pendeja, que ya viene lo bueno” —agregó en lo que utilizaba un tenedor para disfrutar de un omelette vorazmente, a causa del hambre que la actividad física de la noche anterior le había dejado.
    —¡Y llegó con creces! —dije en tono de broma completando la frase de mi novia en lo que ella seguía masticando; sujetando mi entre pierna para hacer énfasis en la cantidad de orgasmos que consiguió con nosotros dos gracias a los enormes penes que tuvo en exclusiva para ella.
    —Ya lo creo que llegó. Sí me tenían bien clavada entre los dos. ¡Par de cabrones! —confirmó mi novia señalándonos con el tenedor en su mano con una sonrisa de satisfacción que nunca le había visto en la vida—. Si todos los tríos son así de intensos cuenten conmigo —agregó prometiendo soportar todas las perversiones que se nos ocurrieran hacerle; comentario que hizo que Xavier y yo cruzáramos una sonrisa maliciosa, al intercambiar telepáticamente un sin número de fantasías propias de los poseedores de miembros grandes (lo siento ‘pito chicos’ no están invitados).
    Leslie y yo no podíamos haber tenido mejor inicio en el mundo de los tríos. La ‘vara’ había quedado muy alta para cualquier futuro invitado. Sólo el tiempo diría si podríamos mejorar nuestra ‘marca’, pero conociendo a mi novia y su espíritu competitivo era seguro que lo intentaríamos.
    —¿Entonces todavía quieres coger con tus amigos ‘pito chico’? —pregunté a mi novia en tono de burla (que puedo decir, no podía dejar pasar la oportunidad de hacer mofa de esos chicos).
    Leslie se quedó muda con una tímida sonrisa, al no saber que responder. Por un lado, quería respetar la palabra que le había dado a sus amigos; pero por otro lado ella reconocía que difícilmente podría vivir con ellos una experiencia similar a la que Xavier y yo le habíamos brindado la noche anterior. Mi plan había funcionado a la perfección.
    —¿Y no piensan invitar alguna chica la próxima vez? —preguntó Xavier dibujando en sus labios una sonrisa curiosa y morbosa; quizás temiendo ser remplazado por alguien más, como nos había contado le sucedió con su ex esposa en el pasado.
    —No lo creo —respondió Leslie sin dudarlo—, no me gustaría ver a mi novio cogiendo con otra chica mientras yo estoy a lado quieta como un palo —agregó trayendo a colación los celos que su carácter competitivo le imponían.
    A diferencia de los tríos con dos hombres, donde la mujer puede estar conectada físicamente a ambos chicos (y quizás más), sin desatender a ninguno de ellos y no se pide el cambio de orientación sexual de ninguno de los participantes; en los tríos con dos mujeres esto no es así. Pues el hombre no puede realmente conectarse a ambas compañeras de afición por éste contar sólo con un pene. Y si a parte ambas chicas no tienen una fijación sexual lésbica, indudablemente una de las dos terminará por sentirse excluida de la acción.
    Ésta situación preocupaba mucho a Leslie, quien hasta ese entonces seguía siendo completamente heterosexual, pues sentía que al realizar un trío con dos mujeres ella quedaba en clara desventaja al tomar en cuenta el tiempo que le toma a un hombre recuperarse de una eyaculación previa.
    —Quizás tengas razón querida, las mujeres pueden ser muy posesivas en la cama —dijo Xavier, recomendando que por lo pronto nos enfocáramos en los tríos hombre-mujer-hombre—. ¿Y qué piensan de iniciarse en los intercambios de pareja? —preguntó interesado en saber si nos gustaría tener sexo con otra pareja; posiblemente pensando en que fueran él y su ex-esposa.
    Gracias a Xavier, el primer trío de Leslie y yo había sido un rotundo éxito; dudo mucho que hubiésemos conseguido una experiencia similar sin su ayuda. Poco importaba a quien de nuestros candidatos originales escogeríamos primero para compartir nuestra vida sexual, lo más probable es que fueran los tres, o si siguiendo los consejos recibidos optáramos por invitar a algún chico con quien tuviéramos menos en común. Una cosa si era segura, Xavier se había ganado el derecho de ser un invitado regular a nuestra vida sexual.
    Leslie y yo sonreímos cruzando una mirada de complicidad; tomando la pregunta como una invitación a realizar una nueva aventura en compañía de nuestro nuevo amigo y mentor. ¿Cómo podríamos negarnos?
    Al final, mi hermosa novia en lugar de poder meter la bola ocho en la buchaca fue todo lo contrario. ¡Le metimos más de ocho bolas! Si entienden a que me refiero.

  • Un tropezón con final feliz (7)

    Un tropezón con final feliz (7)

    Era temprano cuando el móvil de Eduardo sonó, lo cogió y miró a ver quién era.

    -Buenos días Ricardo, dime.

    -Buenos días Eduardo, no queremos molestar, pero Claudia y yo nos preguntábamos si os gustaría almorzar con nosotros antes de iros, es lo menos que podemos hacer por todo lo de anoche.

    -Espera. Eduardo miró a Cristina como se vestía, dejaba pasar el tiempo mientras pensaba y finalmente dijo que sí.

    -¡Perfecto! Te mando ubicación, venir cuando queráis, nosotros estaremos aquí.

    -De acuerdo, una media hora más o menos. Colgaron y Eduardo le dijo a Cristina que había cambio de planes, a ella le pareció estupendo, no tenía prisa por volver, de hecho no quería volver porque sabía que Eduardo también se marcharía, que saldría de su vida al menos temporalmente.

    Eduardo pagó la cuenta de la estancia en recepción, bajaron al parking y subieron al coche, puso el GPS y se encaminaron a su nuevo destino. Parecía una zona residencial, no había edificios, todo eran casas de alto nivel adquisitivo, llegaron a su destino, Eduardo sin bajar del coche llamó al timbre del portón.

    -¿Sí?

    -Somos nosotros.

    -¡Perfecto os abro! La puerta comenzó a dejar espacio para que el coche pasara, la casa estaba un poco más adelante, el coche avanzó despacio hasta una zona de aparcamiento, Ricardo y Claudia salieron a recibirlos.

    -Buenos días.

    -Buenos días. Se saludaron con besos y abrazos.

    -Pasad estáis en vuestra casa. Dijo Ricardo, los dos iban con suaves batas de seda.

    -¿Qué queréis para almorzar? Dijo Claudia con una amplia sonrisa, ¿zumo, tostadas y café?

    -Por mí está bien con eso. Dijo Cristina.

    -Para mí también. Añadió Eduardo. Claudia hacía de anfitriona preparándolo todo mientras Ricardo les enseñaba la casa, al cabo de unos minutos se oyó la voz de Claudia que los llamaba, el desayuno estaba listo.

    -¿Tenéis hora para marcharos? Preguntó Ricardo.

    -No, pensábamos irnos a lo largo de la mañana, sin prisas, nos quedan unos días de vacaciones.

    -¡Estupendo! Igual que a nosotros. Apuntó Claudia. Almorzaron charlando de todo un poco hasta que terminando el almuerzo, Ricardo habló de la noche anterior, primero de lo bien que lo habían pasado. Claudia asentía al igual que Cristina que también lo pasó estupendamente, experimentando cosas nuevas.

    -Verás Eduardo, cuando llegamos a casa, Claudia y yo estuvimos hablando de lo bien que manejaste la situación, de que nos trasmitiste a los dos la confianza necesaria para confiar en ti, al final llegamos a la conclusión de que nos gustaría a los dos que tú fueras el macho alfa de nuestra relación. Eduardo guardó silencio como evaluando la situación, Cristina por su parte estaba encantada con la propuesta y esperaba ansiosa la decisión de su amo.

    -Tengo que reconocer que agradezco el ofrecimiento, pero primero quiero saber si tengo el control total sobre vosotros, me gustan otras cosas que ayer no hicimos, si algo no os gustara no habría problema en no hacerla, solo tendríais que utilizar la palabra clave y esa sería rojo para parar.

    -Tienes el control, solo te pido una cosa, soy un reputado abogado en la ciudad y necesito la máxima discreción. Puntualizó Ricardo que aunque cornudo consentido, era el que llevaba la iniciativa de la pareja en la conversación.

    -La tendrás, has hecho bien en decírmelo. No sé las veces que coincidiremos, pero acepto. Los otros tres sonrieron al oírlo.

    -También hemos pensado que os podéis quedar hoy y los días que queráis en nuestra casa. Añadió Claudia feliz por el pacto que habían hecho, durante un tiempo no tendría que buscar otros hombres para satisfacer a su marido. Cristina puso su mano sobre la de Claudia que también se sentía feliz por ampliar su círculo de amistades.

    -De momento nos quedaremos hoy e iremos viendo sobre la marcha, ahora Ricardo, ve al coche y trae nuestras maletas, toma la llave. Claudia llévanos a nuestra habitación. Cada uno hizo lo que Eduardo mandaba como si fueran dos aplicados sirvientes más. Eran las diez y media de la mañana y la temperatura había subido varios grados convirtiéndola en calurosa. Ricardo entraba con las maletas en la habitación donde estaban los tres.

    -¿Dónde las dejo?

    -Déjalas sobre la cama.

    -Sí señor.

    -No llevamos bañador, ¿tenéis alguno para dejarnos? Me apetece un baño en esa magnífica piscina que he visto.

    -¡Acompáñame Cristina! Le dijo Claudia.

    -Yo te traigo uno de los míos. Dijo Ricardo, Eduardo se quedó solo unos minutos acomodándose. Las mujeres buscaban un traje de baño o un bikini que le gustara a Cristina, la complexión de las dos era muy similar, finalmente dieron con un bikini de color amarillo que a Cristina le gustó. Los cuatro se dirigían a la piscina como un feliz grupo de amigos. Se bañaron y tomaron el sol, Ricardo trajo unas bebidas. Un rato después Eduardo llamó a las dos mujeres que se le acercaron enseguida.

    -¿Tenéis jardinero o mujer de servicio?

    -Sí. Respondió Claudia, pero les hemos dado el día libre por si os quedabais.

    -Bien, pues quitaros la ropa y bañaros. Obedecieron encantadas.

    –Besaros. Añadió. Ellas nadaban, se detenían y se besaban, después de unos besos continuaban nadando. Al cabo de un rato, Eduardo les hizo una señal a las dos mujeres para que salieran del agua.

    -Ricardo, ponles crema a las dos, no puedes tocarles el coño, los pechos sí. Ricardo se mostró encantado de entrar en el juego, sentado en una de las hamacas, extendía la crema por los cuerpos de las dos mujeres, acarició sus pechos, pero se deleitó con los de Cristina que se dejaba hacer. Cerca de la piscina había un mueble donde un equipo de música ambientaba la mañana. Eduardo se lanzó al agua y nadó unos largos. La mañana transcurría agradablemente. Eduardo salió de la piscina y tras secarse un poco, le apretó los pezones a las dos que dieron un gritito pero no dijeron nada más, se preparó un cigarro y se lo ofreció a Claudia, se hizo otro para él y siguieron tomando el sol. Un rato después Eduardo dijo que se iba dentro de la casa, que no tardaran.

    Al cabo de unos cinco minutos los tenía a los tres en el salón como tres perritos obedientes esperando órdenes de su amo.

    -Claudia, ¿tienes un par de delantales de cocina?

    -Sí.

    -Poneros uno cada una y apoyaros de cara en la isla de la cocina. Eduardo había bajado el látigo y cuando las dos estaban en la posición que les había mandado, se acercó y las acarició con el látigo, el vello de las dos se erizó esperando el latigazo, pero Eduardo se recreó, no tenía prisa, pasaba de una a la otra como un pintor que da los primeros trazos con un pincel en un lienzo en blanco, dejó el juguete encima de la isla y les pidió que se dieran la vuelta y se arrodillaran con las manos a la espalda, Cristina fue la primera en recibir un guantazo, no dijo nada, Claudia la miraba y pensó que ella también recibiría otro, Eduardo le dio otro a Cristina que seguía en silencio.

    -¿Era mi puta?

    -Sí amo.

    Eduardo le dio otro y le preguntó.

    -¿Eres mi esclava?

    -Sí amo. Eduardo acariciaba la cara de Claudia ante la atenta mirada de Ricardo. Eduardo le dio uno a Claudia y le preguntó.

    -¿Eres mi puta? Ella sorprendida y excitada respondió.

    -Sí amo. Le dio un par más y le preguntó.

    -¿Eres mi esclava? Ricardo seguía en silencio observando la escena, estuvo a punto de decir rojo pero pensó que era su mujer la que lo debía decir.

    -Sí amo. Se quitó el bañador y les dijo que le chuparan la polla, entre las dos se la pusieron dura, le chupaban la polla y los huevos. Ricardo se sorprendió gratamente por las respuestas y la aceptación de su mujer a algo nuevo, se tocaba sentado en el taburete, su polla también se había puesto dura, Eduardo les dijo que se detuvieran y volvieran a la isla, cogió de nuevo el látigo y esta vez sí que las azotó, suave como para entrar en calor, las mujeres gemían y se cogían de la mano, Eduardo aumentó la intensidad y tras unos pocos latigazos se detuvo.

    -Ricardo, lame sus culos y espaldas. Ricardo obedecía, pasaba de un cuerpo a otro con su lengua. Eduardo subió a las mujeres en la isla y las recostó, comenzó a comerse el coño de Claudia y luego pasó al de Cristina, las dos gemían de placer al sentir la lengua de su amo. Eduardo iba de un coño al otro, le había dicho a Ricardo que les acariciara los pezones desde el otro lado de la isla. Claudia fue la primera en decir que se corría entre gemidos.

    ¡Me corro amo! ¡¡Me corro!! Cuando terminó, Eduardo pasó a Cristina y la llevó al orgasmo.

    -¡Me corro amo! ¡¡Me corroo!! Ricardo estaba muy excitado y dijo que él también estaba a punto, Eduardo le dijo que se corriera sobre la isla, así lo hizo de rodillas en un taburete hasta la última gota, luego les dijo a Claudia y Cristina que lo limpiaran con la lengua, ella obedecían, se introducían el esperma de Ricardo en la boca y se besaban pasándoselo de una a la otra hasta que no quedó nada. Eduardo cogió a Claudia y se la metió por el culo casi sin lubricar, ella dio un grito al sentirla dentro, le pidió a Cristina que le tocara los huevos mientras se follaba a su compañera. Las nalgas de Claudia bailaban con los envites de Eduardo en su culo que la tenía cogida por las caderas, Claudia miraba a su marido con una expresión de placer y le cogió las manos, él le devolvía la mirada con el mismo placer, se estaban follando a su mujer y no estaba en el armario, la sensación de espacio le resultó agradable. Eduardo dijo que se corría y los últimos envites fueron más fuerte, Claudia gemía y lo gozaba, su culo ya no era virgen, cuando Eduardo terminó de correrse, se apartó y le dijo a Cristina que le limpiara el culo a Claudia, esta le separó las nalgas y pasó su lengua por el oscuro agujero del que emanaba la leche de su amo, se la tragó toda.

    Después de asearse prepararon algo de comer entre los cuatro mientras bebían un poco de vino blanco. Comieron y se relajaron un poco en el salón. Tomaron el café y Eduardo le pidió a Ricardo que subiera a la habitación y se metiera en el armario como solía hacer cuando su mujer traía a otros hombres, un rato después subían los tres al dormitorio, Eduardo comenzó a besar a las chicas, tras unos besos desnudó a Claudia y la llevó a la cama, Cristina por su parte se acercó al armario y delante del espejo adaptado en el que Ricardo lo veía todo desde el interior, pero que desde fuera era un espejo normal. Cristina se quitaba la ropa lentamente a tres pasos del armario, se percató de que tenía una cerradura. Ricardo tenía una imagen completa de su cuerpo, ella se metió dos dedos en el coño y tras tocarse un poco se los pasó por la boca, volvió a hacer lo mismo, pero en esta ocasión los pasó por el espejo de arriba abajo, después se dirigió a la cama donde Eduardo y Claudia ya estaban haciéndolo, se unió a la pareja y Ricardo contemplaba la escena tocándose la polla, nunca había visto a su mujer haciendo un trío y lo estaba disfrutando, además como conocía a la pareja con la que lo estaba haciendo, se sentía más cómodo. Eduardo había puesto a las dos mujeres a cuatro patas y pasaba de un coño al otro a su antojo, luego las dos le comían la polla, Eduardo se había puesto de rodillas en una posición en la que podía ver el espejo desde otro que había en la cómoda del otro lado de la cama, mientras que Ricardo veía los culos de las dos mujeres. Eduardo se follaba a Claudia mientras Cristina ponía su coño en la boca de su compañera, Claudia terminó corriéndose y cambió la posición con Cristina que no tardó en correrse también, Eduardo las regó con su semen y ellas se besaron lamiéndose al mismo tiempo.

    Al finalizar, se quedaron tumbados en la cama, Eduardo le hizo una seña a Ricardo para que saliera.

    -¿Qué te ha parecido Ricardo?

    -Espectacular, nunca lo hubiera imaginado que vería a mi mujer haciendo un trío en mi propia cama desde el armario.

    -¿Te has corrido?

    -Desde luego, justo antes que vosotros, no podía aguantar más.

    -Me alegro, esta noche nos llevarás a cenar a algún sitio.

    -Me parece perfecto. Las dos mujeres oían la conversación y Claudia había cogido la mano de su marido mientras hablaba.

    -Ahora me iré a por unas cosas, vosotros os podéis relajar como queráis, pero no podéis tener más sexo hasta que yo lo diga. Los tres asintieron con la cabeza. Eduardo se vistió y se marchó a por lo que necesitaba.

    La luz del sol empezaba a ser más suave cuando Eduardo tocaba el botón del portón. Entro y aparcó, con la bolsa de lo que había comprado subió a la habitación. Los demás estaban en el jacuzzi. Eduardo se acercó y besó a las mujeres.

    -En media hora más o menos os arregláis, de ropa interior quiero que las dos vayáis de negro.

    -Como tú digas mi señor. Dijo Cristina. Eduardo los dejó allí, se preparó una copa y salió al jardín, unos veinticinco minutos más o menos volvía a entrar, dejó la copa en la isla de la cocina y se dirigió a su habitación. Se vistió y una vez arreglado bajó al salón, sus tres compañeros ya estaban esperándolo, él les dedicó una sonrisa mientras bajaba las escaleras y salieron, subieron al coche de Ricardo y se dirigieron al centro de la ciudad. Entraron en el restaurante que había elegido Ricardo y les acompañaron a una mesa que ya tenían reservada, sentados pidieron una botella de vino blanco frío, mientras hojeaban la carta. Eduardo dejó la suya en la mesa y le dijo a Ricardo que fuera él el que pidiera por él, las mujeres hicieron lo mismo. Ricardo alagado por ser él el que tenía la iniciativa llamó al camarero. Con la comanda hecha y una vez que el camarero se alejó. Eduardo les dijo a las mujeres que fueran al baño y se quitaran las bragas y se las entregaran, Claudia y Cristina se levantaron y se marcharon dispuestas a obedecer. El restaurante no estaba muy concurrido dado que era temprano para la hora del país. Cuando las mujeres volvieron del baño, le entregaron su íntima prenda a Eduardo.

    -Aquí tienes amo, lo que has pedido. Lo dijeron a la vez como si lo hubieran ensayado. Ricardo fascinado contemplaba la escena, a él nunca se le hubiera ocurrido pedírselo a Claudia, el morbo se le despertó. Eduardo cogió las prendas y las olió, acto seguido se las guardó en el bolsillo del pantalón.

    Claudia tenía sensaciones nuevas al ir sin bragas. Eduardo no dejaba de sorprenderla, entendía perfectamente porque Cristina estaba enganchada a ese hombre. Cenaron tranquilamente con un poco de sobremesa, incluidas dos rondas de chupitos, hasta que Eduardo dijo que era hora de marcharse. Ricardo pidió la cuenta y pagó, salieron del local y pasearon un rato, un poco más de dos botellas de vino habían caído durante la cena, durante el paseo pasaron por el bufet de Ricardo

    -Yo trabajo aquí, si alguna vez necesitáis un abogado no dudéis en llamarme, sea la hora que sea. Gracias contestaron sus nuevos amigos. Eduardo llamó un taxi y volvieron a casa, caminaron desde el portón hasta la casa. En el trayecto, Eduardo le dijo a Claudia que llamara al servició y que les diera otro día libre. Ella cogió el móvil con una sonrisa al ver que se quedaban un día más. Mientras hablaba con el servicio, Eduardo le acariciaba los pechos, Claudia intentaba mantener la compostura hasta que Eduardo le apretó los pezones, casi se le cae el móvil, aunque no pudo evitar soltar un gritito.

    -¿Ocurre algo señora?

    -No nada, estoy bien, le he dado a una silla con el pie. Dijo a su interlocutora y se despidió.

    -¿Preparo unas copas? Preguntó Ricardo, Eduardo asintió. Cristina cogió la copa que le ofrecía Ricardo y bebió. Pusieron música y Eduardo bailó con Cristina y con Claudia. Las copas se vaciaron y Ricardo las volvió a llenar, él no bailaba, se divertía viéndolos, Eduardo las besaba y hacía que se besaran entre ellas, después de tres canciones, Eduardo las dejó bailando, subió a su habitación y bajó con un maletín, lo puso encima de la mesa del comedor y volvió con las mujeres, bailó otro tema y cogió su copa dejándolas a ellas en la improvisada pista de baile, se sentó al lado de Ricardo y le preguntó.

    -¿No te animas?

    -No gracias, no me siento cómodo bailando.

    -Pues a tu mujer le encanta.

    -Lo sé, y lo siento por ella pero le agradezco que sea comprensible.

    -¿Y follártela te la follas?

    -Sí, claro, lo hacemos, pero también me gusta ver como lo hace con otros hombres, es mi filia.

    -Sí, eso lo entiendo, cada uno tenemos nuestros gustos, ¿y quién decide cuando lo hacéis con otro?

    -Normalmente yo, aunque alguna vez lo ha pedido ella.

    -Ahora vas a experimentar algo de lo que ella siente, quiero que hagas una cosa.

    -Dime.

    -Coges a Claudia y te la follas en el sofá.

    -¿Ahora?

    -Sí, ahora. Ricardo se levantó se acercó a su mujer y la llevó al sofá, comenzó a besarla, sus manos acariciaban su cuerpo y Claudia le devolvía las caricias y los besos. Eduardo le hizo una seña a Cristina para que se sentara con él.

    Ricardo desnudaba a su mujer lentamente, le comió los pechos. Se quitó la camisa y el pantalón y se recostaron en el sofá, Claudia se había quitado la falda, se abrazaban y se tocaban las partes íntimas. Cristina se excitaba al verlos, era la primera vez que veía un polvo donde ella no participaba en directo. Su señor tenía puesta su mano en su rodilla y la acariciaba. Ricardo y Claudia seguían a lo suyo, Ricardo le había metido la polla después de que Claudia se la hubiera chupado un poco, excitados por lo que hacían, fueron cambiando de posturas ajenos a las miradas de sus invitados. Cristina deseaba ser follada, pero Eduardo no hacía nada, se limitaba a mirar y a acariciarla. Ricardo embestía con más fuerza a Claudia que gemía, ella se corrió sin decirlo pero sus gemidos y su cuerpo la delataron, poco después era Ricardo quien eyaculaba en el interior de su coño. Se quedaron en el sofá recuperando la respiración.

    -¿Quieres ir a lamerle el coño a Claudia, zorra?

    -¡Si amo!

    -Pues ves. Cristina se levantó y se acercó a Claudia, primero la besó en la boca y luego en los pechos, se recreó con sus pezones y fue bajando por su vientre hasta llegar a su coño, allí la leche de Ricardo salía lentamente, Cristina lo lamió todo hasta que se centró en el clítoris de su amiga.

    -Suficiente. Dijo Eduardo. Cristina se detuvo, ella hubiera seguido, estaba cachonda pero no iba a desobedecer a su señor.

    -¿Te ha gustado la experiencia Ricardo?

    -Sí, al principio me sentía un poco extraño, pero poco a poco me centré en ella y ya no me importaba que estuvierais mirando.

    -A partir de ahora, y hasta que nos volvamos a ver, cuando lo hagáis, os diréis que os corréis.

    -Como tú digas. Dijo Ricardo.

    -Sí amo. Contestó Claudia que en su interior agradecía a Eduardo lo que acababan de hacer. Eduardo se levantó y se dirigió al maletín, cogió dos pequeños vibradores y una cuerda, volvió con las mujeres y les dijo que se lo pusieran, una vez colocados en sus coños, Eduardo las ató juntas, cara a cara, piel con piel. Le pidió el móvil a Ricardo que se lo entregó sin preguntar. Eduardo activó el de Claudia y se sentó en el sofá, puso los teléfonos en la mesa y les dio a inicio. Ellas sintieron como el pequeño juguete que tenían en su interior se ponía en marcha, sus cuerpos eran uno y Eduardo subió la potencia, ellas comenzaron a gemir, sin apenas poder moverse se besaron, sus manos estaban en la espalda de la otra, Eduardo volvió a subir la potencia y los gemidos aumentaron de volumen, atadas de arriba abajo casi no podían moverse. Ricardo miraba la escena con goce. Eduardo puso los dos vibradores a máxima potencia y ellas respondieron con gemidos más altos. Cristina que ya estaba muy excitada por lo de antes fue la primera en decirlo.

    -¡Me corro mi señor! ¡¡Me corroo amo!!

    Claudia segundos después decía las mismas palabras, después de correrse las dos se besaron. Eduardo las dejó un poco más en esa posición, se sirvió una copa y bebió, se acercó a las mujeres y acarició sus cuerpos.

    -¿Todo bien?

    -Sí amo. Contestaron las dos. Eduardo les dio un beso en la mejilla y volvió con Ricardo.

    -¿Te ha gustado?

    -¡Ya lo creo! Ha sido muy agradable contemplarlo.

    -Déjalas un par de minutos más y luego las desatas.

    -De acuerdo.

    Una vez desatadas, Eduardo se sentó en el medio del sofá y llamó a sus esclavas.

    -Venid aquí a chuparme la polla, zorras. Ellas se pusieron una a cada lado de él y comenzaron la felación, Eduardo había cogido un látigo nuevo que había comprado y mientras se la chupaban, lo pasaba por sus cuerpos, con algún suave azote de vez en cuando. Le dijo a Ricardo que acariciara sus culos y sus coños. Eduardo disfrutaba de la mamada desde su posición de macho alfa. Cuando notó que se corría se la metió en la boca a Claudia y sin sacarla le descargó toda su leche diciéndole.

    -¡Traga! Claudia tragaba obediente hasta que Eduardo se separó de ella. Ricardo y Cristina les acariciaban el cuerpo a los dos.

    -Vamos a bañarnos. Los cuatro salieron a la piscina y se metieron en el agua, estuvieron una media hora hasta que salieron, Eduardo dijo que se iba a dormir, los demás hicieron lo mismo, se besaron despidiéndose y cada pareja subió a su dormitorio.

    A la mañana siguiente bien temprano, Ricardo y Claudia habían ido a la ciudad, pasaron por una panadería y compraron bollería recién hecha, una vez en la casa, prepararon café y el olor subió hasta la habitación donde Cristina y Eduardo abrían los ojos. Se asearon y bajaron al comedor, el desayuno estaba preparado y sus anfitriones les estaban esperando. Se saludaron y se sentaron a la mesa.

    -¿Qué tal habéis dormido? Preguntó Claudia.

    -Yo he dormido de maravilla. Dijo Cristina.

    -Yo muy bien, ¿y vosotros? Añadió Eduardo.

    -La verdad es que he dormido de tirón. Comentó Eduardo.

    -Igual que yo. Dijo Claudia. Tras el desayuno salieron a la piscina, el sol ya caldeaba el día, se bañaron y tomaron el sol, a media mañana, Eduardo les dijo a los tres que subieran al dormitorio de Ricardo y Claudia y lo esperaran allí, él por su parte se había preparado un cigarro y se lo estaba fumando, observó cómo se alejaban obedientes y contentos ante la perspectiva de un nuevo acto de placer. Eduardo se terminó el cigarro con tranquilidad y subió a la habitación, los encontró sentados en la cama hablando, cuando él entró guardaron silencio a la espera de nuevas órdenes. Eduardo había aparecido con algunos de los juguetes de su maletín, los dejó encima del tocador de manera ordenada y se dirigió al armario, lo abrió y contempló el interior, lo primero que le llamó la atención es que era más amplio de lo que aparentaba por fuera, una silla y una pequeña mesita era lo único que había, nada de ropa, barras ni cajones, ese armario se había diseñado para observar o al menos se había reconvertido, entró y cerró la puerta ante la atenta mirada de sus compañeros de juego, el espejo que era casi tan grande como la puerta, dejaba ver toda la habitación, contempló como unos agujeros dejaban entrar el sonido ambiente y el aire. Eduardo salió, sacó la silla y la mesita y se acercó al trío.

    -Claudia, coge unas esposas y se las pones a tu marido, luego haces lo mismo con Cristina. Claudia no sabía cómo terminaría aquello, pero estaba encantada de comenzar el juego. Una vez esposados, Eduardo los llevó delante del armario, a Ricardo le susurró al oído.

    -Tú eres un cornudo consentido, y yo me voy a follar a tu mujer como quiera. Ricardo asentía, Claudia se excitaba por lo que oía y Cristina disfrutaba de ver a su amo en acción.

    -¿Tienes algo que decir al respecto? Le preguntó Eduardo. Ricardo movía la cabeza negando y mirando a su mujer con un brillo en los ojos que ella le devolvía. Todo aquel preámbulo era nuevo y los excitaba. Después Eduardo se colocó al lado de Cristina y le dijo.

    -Y tú, tu eres mi puta esclava y harás lo que yo te pida. Cristina asentía notando como su coño se humedecía. Eduardo se dirigió a Claudia y le dijo.

    -Tú zorra, tráeme el látigo. Claudia se acercó al tocador, cogió el látigo y se lo entregó a Eduardo, este le dio la vuelta a Cristina y la acarició con él, luego la azotó un par de veces mientras ella gemía. Se lo entregó a Claudia y le pidió que hiciera lo mismo con el cornudo de su marido. Cogió el látigo y se lo pasó por la espalda suavemente, luego lo azotó un par de veces como le habían indicado. Ricardo aguantó bien, resopló al sentir el látigo pero aguantó.

    -Ahora entraréis los dos en el armario y miraréis como me follo a esta zorra, vosotros solo podéis masturbaros cada uno a sí mismo, nada de tocar al otro, ¿está claro? Tanto Cristina como Ricardo asintieron y entraron en el armario, Eduardo los encerró bajo llave y la dejó en la mesita, se acercó a Claudia y le dijo que se pusiera a cuatro patas como la zorra que era, ella obedeció.

    -Quiero que vayas de la cama al armario un par de veces, Claudia caminaba a cuatro patas al lado de su amo, Ricardo y Cristina se iban excitando, sus cuerpos se tocaban para mirar con todo detalle, pero sabían los límites que les habían impuesto y los iban a cumplir. Eduardo con el látigo en la mano azotaba suavemente a Claudia.

    -Suficiente, ves a la cama y espera. Eduardo cogió el consolador anal y vaselina, se lo colocó con firmeza, luego le puso el pequeño vibrador a distancia y se sentó en la cama.

    –Chúpamela. Le dijo. Claudia con todos sus agujeros tapados disfrutaba de la polla de Eduardo, cuando llevaba un rato, Eduardo levantó las piernas y le dijo que le chupara el culo, Claudia obedecía en todo lo que le mandaban. En el interior del armario, la temperatura aumentaba, Ricardo esposado se tocaba la polla ya endurecida mientras Cristina hacía lo mismo con su clítoris.

    Eduardo se separó de Claudia y le sacó el consolador anal, le metió la polla en su lugar y la folló a cuatro patas, tras unos cuantos envites, le dio la vuelta, le levantó las piernas y siguió dándole por el culo. Ricardo miraba encendido la escena, ningún hombre de los que habían traído le había dado por el culo a su mujer, solo se tuvo que negar en un par de ocasiones, pero Eduardo hacía con ella lo que quería. El coño de Claudia con el vibrador a media potencia estaba emanando fluidos. Eduardo salió de su culo y se la metió en la boca hasta los huevos, Claudia dio una arcada pero siguió chupándola. Cristina sentía que su orgasmo estaba cerca, gemía al lado de un hombre que no era su amo mientras se masturbaba, sus pieles se rozaban y oírlo gemir la excitaba más, podía ver su polla dura mientras él se masturbaba también, eran dos esclavos obedeciendo. Eduardo volvió a ponerle el dildo en el culo y le sacó el del coño, se acostó y se la puso encima, Claudia cabalgaba sobre la polla de su amo ante la mirada oculta de su marido, pero ella ya no estaba pendiente de él, estaba muy excitada y centrada en la follada que le estaban haciendo, no duraría mucho más. Eduardo le estrujaba los pechos y le apretaba los pezones, sus gemidos iban en aumento cuando se corrió. Ricardo al ver a su mujer correrse hizo lo mismo, se dejó llevar y su leche llegó al espejo ante la mirada de Cristina que se corría segundos más tarde. Eduardo cambió de postura y se colocó encima, se folló a Claudia hasta que sintió que su leche salía, se corrió en su coño hasta la última gota, después le dio unos guantazos a Claudia.

    -¿Qué tienes que decir cuando te corres puta?

    -¡Perdón amo! Perdón.

    Eduardo y Claudia se quedaron un poco en la cama recuperándose, luego se acercó al armario y abrió la puerta, sus esclavos satisfechos esperaban a ser liberados.

    -¿Os ha gustado lo que habéis visto? Los dos asintieron.

    -Ya podéis salir. Claudia libéralos. Ella obedeció y les quitó las esposas. Me voy a la piscina, Ricardo, prepara unas bebidas. Se bañaron y tomaron el sol, desnudos hasta la hora de comer, una hora después más o menos, Eduardo puso a Ricardo de pie, detrás suyo puso a Cristina y detrás a Claudia y les dijo que se masturbaran, obedientes así lo hicieron. Ricardo eyaculó sobre el césped, Cristina se corrió con la mano de Claudia que fue la única del trío que no se corrió, Eduardo le dijo a Cristina que ahora se lo hiciera a su compañera y a Ricardo le dijo que la besara en la boca y los pechos. Claudia estaba muy caliente entre los dos cuerpos y no tardó en llegar a su orgasmo. Continuaron un rato más al sol y dándose algún chapuzón para refrescarse, el día estaba siendo caluroso.

    Se ducharon, se vistieron con ropa cómoda y prepararon algo para comer. Ricardo abrió una botella de vino blanco y sirvió unas copas, cuando todo estuvo preparado lo llevaron al comedor, comieron y durante la comida Eduardo dijo.

    -Mañana por la mañana nos iremos.

    -¿Tan pronto? Preguntó Ricardo.

    -Sí, tengo cosas pendientes que quiero hacer antes de que acabe el verano.

    -Os vamos a echar mucho de menos. Dijo Claudia. Cristina le cogió la mano y apretó. Terminaron de comer y el café se lo tomaron en el salón, se sirvieron una copa y charlaron. En un momento de la conversación, Eduardo como solía hacer, les sorprendió con una petición.

    -Claudia y Cristina, quiero que os pongáis un conjunto de ropa interior rojo y sin nada más vengáis aquí. Ellas se levantaron y cogidas de la mano se fueron al dormitorio. Cuando volvieron, Ricardo había traído las esposas y los vibradores a distancia, ellas sonrieron ante la expectativa de un nuevo orgasmo.

    -Estamos listas amo. Dijo Cristina.

    Ricardo les entrelazó las manos con las esposas y acto seguido les colocó los vibradores, luego se sentó junto a Eduardo que puso los juguetes en marcha, primero a una potencia suave, para que fueran calentándose. Se encendió un cigarro y las contemplaba mientras fumaba, Ricardo acomodado en el sofá, también disfrutaba del espectáculo, estaba convencido de que los echaría de menos. Eduardo jugaba con las potencias, lo detenía y lo ponía en marcha. Las mujeres por su parte se iban excitando en las experimentadas manos de Eduardo. La excitación iba en aumento. Eduardo le dijo a Ricardo que le avisara cuando fuera a correrse al ver como se masturbaba sin perder detalle. Él asintió. Poco después se lo dijo y Eduardo le dio más potencia a los vibradores que hacían su trabajo llevando a las mujeres a las puertas del clímax.

    -Córrete en sus caras. Le dijo a Ricardo. Él se levantó y delante de ellas comenzó a correrse, ellas por su parte decían.

    -¡Me corro amo! ¡¡Me corroo!! Con sus bocas abiertas buscaban el semen de Ricardo que lo esparcía salpicando sobre sus rostros. Cuando Ricardo terminó de correrse, ellas se besaron lamiendo sus caras y chupando la leche de Ricardo que permanecía de pie delante de ellas.

    -Libéralas de todo. Le dijo Eduardo a Ricardo. Eduardo se acercó y les metió los dedos en sus mojados coños, los sacó y los chupó varias veces. A continuación las puso de rodillas y de espaldas a él en el sofá, a Ricardo lo puso detrás del sofá y le esposó las manos por detrás, volvió con las mujeres y sin quitarles las bragas, primero enculó a Cristina, tras unos envites hizo lo mismo con Claudia, fue pasando de una a la otra ante la mirada del cornudo de Ricardo. Eduardo les daba palmadas en las nalgas mientras se las follaba, ellas gemían al sentir a su amo dentro de ellas.

    -Tocarle la polla a ese cornudo. Ordenó mirándole a la cara, ellas obedecieron y se la tocaron. Eduardo era el primer hombre que le llamaba así, su mujer lo había hecho en alguna ocasión, él reconocía que lo era y aceptaba de buen grado su rol en aquella relación. Ricardo no tardó en empalmarse de nuevo ante los gemidos de ellas al ser enculadas. Eduardo seguía follándolas cuando les dijo que se la chuparan a Ricardo. Claudia le cogió la polla y lo acercó a sus bocas. Poco después Claudia tenía su primer orgasmo anal, pero avisó a su amo de que se corría. Ricardo al oír a su mujer le roció la cara con su leche. Eduardo le dijo a Cristina que la chupara mientras la enculaba. Su puta obedecía pasando su lengua por la cara de su amiga cuando sintió que era su turno de correrse.

    ¡Me corro amo! ¡¡Me corroo!! Eduardo la cogió por el pelo y echó su cabeza hacia atrás mientras le daba los últimos envites con fuerza ante la llegada de su orgasmo. Luego los llevó a la amplia ducha que había en el dormitorio principal, los cuatro juntos se ducharon enjabonándose los unos a los otros, después el agua clara les quitó el jabón de sus cuerpos, salieron y se secaron, relajados volvieron al salón y se prepararon una copa, durante un rato guardaron silencio, como si estuvieran escuchando la música que sonaba. Un rato después las mujeres se fueron a la piscina mientras Eduardo y Ricardo se ponían una copa y hablaban. Cristina se desnudó y Claudia la imitó. Cuando se terminaron las copas se unieron a las mujeres, se bañaron con ellas. La tarde transcurrió de manera agradable hasta casi la hora de la cena. Eduardo fue el primero en marcharse, se dirigió a la cocina y comenzó a preparar algunas cosas para cenar, Claudia se le unía unos minutos después.

    -¿Te puedo ayudar en algo?

    -Sí, ves preparando unos canapés de queso.

    -¡Perfecto! ¿Entonces os marcháis mañana definitivamente?

    -Sí, ¿Por?

    -La verdad es que me gustaría que os quedarais un poco más, estoy disfrutando mucho de vuestra compañía, y mi marido también.

    -Yo también estoy a gusto, sois una pareja muy agradable. Dejó el cuchillo y se acercó a ella, la besó en la boca y le dio un azote en el culo, la apoyó contra la isla y le separó las piernas, le introdujo dos dedos en su coño y jugó con él, Claudia gemía.

    -¿Tú lo que quieres es que te siga follando como la zorra que eres verdad?

    -¡Sí amo! Fóllame.

    -En realidad te gusta ser una puta esclava.

    -¡Sí amo! Eduardo sacó los dedos de su coño y se los chupó mirándola a los ojos.

    –Lo sé zorra, pero mañana me iré de todas formas, pero eso no quiere decir que no mantengamos el contacto. Claudia se cogió a su cuello y lo besó. Ricardo y Cristina seguían en la piscina, ajenos a lo que ocurría en el interior de la casa. Eduardo volvió a los preparativos de la cena, cuando todo estuvo listo le dijo a Claudia que fuera a llamarlos. Cenaron y recogieron la mesa que era de madera y bastante grande, tomaron café y una copa en el porche de la casa. Cuando se terminaron el café, Eduardo se levantó y con Claudia de una mano y con su copa en la otra dijo que entraran, Ricardo y Cristina les siguieron, en el exterior el sol casi había desaparecido, Eduardo encendió unas velas y apagó la luz, se acercó a Claudia y le quitó la bata que llevaba, hizo lo mismo con el sujetador y las bragas, la recostó sobre la mesa del comedor boca arriba y ató sus manos y pies a las patas de la mesa, le colocó un antifaz ante la mirada de los demás, después puso a Ricardo en la cabecera de la mesa y le dijo a Cristina que lo desnudara, con Ricardo desnudo, cogió a Cristina y la puso al otro extremo de la mesa, la desnudó y la besó en la boca. Claudia observaba lo que iba pasando mientras se sentía como la víctima espiratoria de un ritual. Eduardo se acercó a ella, la miró y le sonrió, le puso un antifaz y le susurró al oído.

    -Voy a hacer que te corras como una puta esclava. Claudia sintió un escalofrío de placer recorrer su cuerpo, le gustaba estar en las manos de ese hombre y acatar sus deseos.

    Eduardo les dijo a Cristina y Ricardo que le acariciaran los brazos y las piernas solamente, no podían tocar nada más, ellos asintieron. Eduardo cogió una pluma de su maletín y acarició los pechos de Claudia, luego fue bajando por el vientre hasta detenerse en su coño, lo hizo varias veces, la piel de Claudia se erizaba y mientras ella gemía suavemente. Eduardo dejó la pluma y cogió dos cubitos de hielo, los pasaba por todo el cuerpo, pero en un momento se centró en los pezones de su esclava que se agitaba mientras estos se endurecían por el frío. Ricardo seguía acariciando los brazos de su mujer y Cristina hacía lo mismo con las piernas, aunque deseaba estar en el lugar de Claudia. Eduardo dejó el hielo y cogió un frasco con aceite de melocotón, enseguida, el agradable aroma se esparció por el comedor, Eduardo le puso por todo el cuerpo, y cuando llegó a su coño le acarició su clítoris con suavidad, Claudia movía su cuerpo mientras sus gemidos aumentaban de intensidad. Eduardo dejó su coño y subió hasta sus pezones, jugó con ellos y los apretó hasta que Claudia gritó. La polla de Ricardo se iba endureciendo. Eduardo cogió el látigo y se lo pasó por el cuerpo a Claudia, le fue dando la vuelta a la mesa y cuando pasó por detrás de Cristina se lo pasó a ella que arqueó su cuerpo como una gata en celo. Eduardo siguió dándole la vuelta a la mesa y con Ricardo hizo lo mismo, él sintió por un momento lo mismo que su mujer, Eduardo volvió a Claudia, la acarició un poco más antes de darle el primer latigazo, entre caricias del látigo y azotes jugó con ella un poco, luego dejó el látigo y cogió un consolador, se lo introdujo en el coño que ya estaba muy mojado y le dijo a Cristina que se lo comiera, a Ricardo le dijo que le acariciara los pechos y la besara en la boca. Claudia se dejó llevar por el placer y poco a poco llegó al orgasmo, que en esta ocasión fue más intenso de lo que ella esperaba.

    ¡Me corro amo! ¡¡Me corroo!! Eduardo les dijo a sus ayudantes que se separaran, le quitó el consolador y la desató, a Claudia todavía le temblaban las piernas cuando le quitó el antifaz, la besó en la boca con suavidad.

    -Ahora es tu turno Cristina. Ella sonrió y se subió a la mesa, la ataron entre todos, Eduardo le puso el antifaz y le dijo.

    -Disfrútalo zorra, te lo has ganado. Ella asintió, Eduardo alteró el orden de las cosas que le hacía para que ella no supiera lo que venía a continuación, estaba muy cachonda cuando oyó que su amo le pedía a Claudia que le comiera el coño y a Ricardo que la besara, al igual que su compañera no tardó en decir que se corría, después la liberaron y Eduardo les dijo que limpiaran la mesa y prepararan unas copas, mientras él se encendía un cigarro y le daba unas caladas, Ricardo permanecía al lado de la mesa como le había indicado Eduardo. Todos bebieron un trago y Eduardo apagó el cigarro, le dijo a Ricardo que se tumbara en la mesa y a ellas que lo ataran, Eduardo le puso el antifaz y le dijo al oído.

    -Eres un cornudo con suerte, dos hermosas mujeres te van a hacer gozar. Ricardo asintió. En esta ocasión Eduardo dirigió a las mujeres diciéndoles que hacer, cuando parar. Ricardo sentía el placer de lo que le hacían y su polla lo delataba, incluso cuando las dos mujeres lo azotaron cada una con un látigo, sintió placer. Cristina se había subido a la mesa y tenía su coño en la boca de Ricardo que lo lamía, Claudia por su parte le chupaba los huevos como le habían dicho Eduardo que hiciera, después le dijo a las dos que le chuparan la polla a la vez, Ricardo se dejó llevar y dijo que se corría al mismo tiempo que su leche salpicaba el rostros de las mujeres, ellas se lamieron la una a la otra. Eduardo puso a Cristina en un lateral de la mesa a la altura de la cabeza de Ricardo que seguía atado y con el antifaz, luego hizo lo mismo con Claudia al otro lado.

    Eduardo dejó caer el aceite de melocotón por la espalda de Cristina que llegó hasta su culo, él le pasó la lengua varias veces, luego le metió la polla y la folló. Ricardo la oía gemir en su oído, luego fue el turno de Claudia. Eduardo les puso el vibrador a distancia en sus coños y con el móvil en la mesa le dio al inicio, al principio suave mientras él iba de un culo al otro, subió la potencia y los gemidos de las dos aumentaron de volumen en los oídos de Ricardo. Eduardo pasó del culo de Cristina al de Claudia y puso los pequeños vibradores al máximo, los envites en el culo de Claudia eran más fuertes, Cristina dijo que se corría y acto seguido Claudia decía lo mismo, Ricardo las oyó en un magnífico y delicioso estéreo mientras Eduardo dejaba salir su leche en el culo de su esclava, todos se relajaron hasta que Eduardo les dijo que desataran a Ricardo y se quitaran el vibrador.

    Él volvió al sofá y se encendió un cigarro, después llegaron los tres que se sentaron a su lado, nadie hablaba mientras Eduardo seguía fumando, los cuatro permanecían desnudos sintiendo el cuerpo del de al lado. Eduardo apagó el cigarro y se levantó, preparó unas copas y les dijo que vinieran a por ellas, tras el primer trago les pidió que se vistieran, luego se hicieron algunas fotos para el recuerdo, Eduardo le pidió a Claudia que bailara con él y ella accedió encantada, después del primer tema, invitó a Cristina a unirse a ellos, la música era lenta y sensual y los tres cuerpos se fusionaron en uno al ritmo de la música, bailaron cuatro o cinco temas, Ricardo, como siempre los observaba, notaba la felicidad en la cara de su mujer y eso lo hacía feliz a él, estaba tranquilo con Eduardo, no era el clásico ligue de una noche que su mujer traía para darles placer a ambos, era un perfecto maestro de ceremonias que sabía dar placer a los que estaban con él. Eduardo mandó a Claudia a besar a su marido mientras él bailaba con su esclava, Claudia obedeció y Cristina se sintió feliz de bailar con su amo. Claudia se puso delante de su marido y lo besó.

    -¿Te ha mandado él verdad?

    -Sí, ¿ocurre algo?

    -¡Nada, todo perfecto! Es que justo estaba pensando en lo atento que es a los pequeños detalles, no puedes sentirte incómodo con él.

    -¿Te gusta cómo te trata mi querido cornudo?

    -¡Sí! No me siento mal porque él mande.

    -El hecho de que Cristina esté con él, ¿crees que puede hacer que te sientas así?

    -¿Qué quieres decir?

    -Que si un día apareciera el solo para follarme, ¿sentirías lo mismo?

    -Probablemente sí.

    -¡Me alegra oír eso!

    Eduardo y Cristina volvieron a por sus copas al lado de ellos.

    -Creo que voy a irme a la cama. Dijo Eduardo.

    -Yo también. Dijo Ricardo, Claudia dijo que le acompañaba y Cristina se marchó con Eduardo.

    A la mañana siguiente, Eduardo se despertó y estaba solo en la cama, el olor a café entraba por la puerta de la habitación invitándolo a bajar, se aseó y bajó, sus tres compañeros estaban tomándose el café en la isla de la cocina, todo estaba ordenado y recogido y el aroma del café era más intenso.

    -Buenos días.

    -Buenos días. Contestaron los tres a la vez, Claudia le preparó una taza y él la acepto agradecido.

    -¿No hay nada que pueda hacer para que os quedéis un poco más? Preguntó Ricardo.

    -Te lo agradezco, pero no.

    -¡Qué lástima! Añadió Claudia.

    -Lo sé zorra, lo sé, pero aun nos queda un último polvo antes de irnos. Claudia se alegró al oírlo, igual que sus otros dos compañeros de juegos. Cristina se acercó al oído de Eduardo y le susurró algo.

    -¿A sí? Preguntó Eduardo, que añadió. Pues es bueno saberlo. Después del café, Eduardo dijo que le gustaría darse un último baño en la piscina, le dijo a las chicas que se pusieran el bikini y se metieran en el agua, él y Ricardo las observaban y se metieron unos minutos después. Eduardo se acercó a Claudia y le quitó la parte de arriba y le comió los pechos y la boca, después se acercó a Cristina y le hizo lo mismo. Llamó a Claudia y les dijo que ahora se lo hicieran la una a la otra. Ricardo las miraba mientras Eduardo salía del agua y se tumbaba en una hamaca, se quitó el bañador y las llamó, ellas salieron del agua y sin secarse se acercaron a su amo que les indicó su polla, Claudia y Cristina se arrodillaron y comenzaron a chupársela. Ricardo se sentó en el borde de la piscina observando la escena mientras Eduardo las cogía por el pelo y las llevaba a su boca, los tres se besaron, tras unos besos, Eduardo las puso a cada una en una hamaca a cuatro patas y se la metió por el coño, Claudia gemía igual que Cristina cuando sintió la polla de Eduardo en su coño, pero él no quería correrse aun, se apartó y en esa posición las azotó con la mano. Ricardo se había quitado el bañador y se estaba tocando la polla. Las mujeres con las nalgas enrojecidas por los azotes, volvieron a sentir como Eduardo las volvía a follar, repitió la misma operación, de una pasaba a otra y luego las azotó, las dos estaban muy excitadas, sus coños ardían igual que la piel de sus nalgas. Eduardo colocó una toalla en el césped y le dijo a Ricardo que se tumbara, bajó a las mujeres de la hamaca y las besó, les apretó los pezones hasta casi el dolor, ellas gimieron al sentir la presión y Eduardo las soltó.

    -Bien putas, ahora se la vais a chupar al cornudo de mi amigo, y quiero ver un buen trabajo. Tanto una como la otra asintieron, se arrodillaron al lado de Ricardo y comenzaron a chupársela, Eduardo se la metió por el culo a Cristina, la folló un poco mientras ella tenía la polla de su amigo en la boca, después pasó al culo de Claudia que ya aceptaba su polla casi sin ninguna resistencia, aun así no pudo evitar un grito cuando Eduardo se la metió hasta los huevos. El la cogió por el pelo y echó su cabeza hacia atrás.

    -¿Algún problema zorra?

    -No amo, ¡soy tu puta! Eduardo la soltó y ella volvió a la polla de su marido que callado disfrutaba de las dos mujeres.

    Eduardo volvió al culo de Cristina, la estaba follando cuando ella dijo.

    -¡Me corro amo! ¡¡Me corroo!! Eduardo aguantó mientras ella se corría, volvió a Claudia y la folló, unos segundos después era ella la que se corría, lo estaba diciendo cuando la leche de Ricardo les salpicó la cara a las dos, Eduardo la metió hasta el fondo y cogido a sus caderas con fuerza se corrió, Claudia notó como la leche de su amo inundaba su culo, satisfecha y feliz por volverlo a sentir una vez más antes de su partida.

    Eduardo se apartó y le dijo a Ricardo que se levantara, este obedeció y se puso a su lado. Cristina esperaba y Claudia pensaba que ya habrían terminado cuando Eduardo les dijo que se pusieran de rodillas y con las manos a la espalda, después le dijo a Ricardo que meara sobre Cristina, esta abrió la boca y esperó. Ricardo se sorprendió gratamente ante la petición, nunca había hecho una cosa así, se cogió la polla y comenzó a mearse sobre Cristina que sentía el cálido chorro sobre ella, Eduardo movió a su compañero para que meara a su mujer, esta cerró los ojos y sintió la orina caer por sus pechos, Eduardo empezó a mearlas, primero la boca de Claudia y luego la de Cristina, luego los pechos y sus coños, hasta que los dos terminaron. Le dijo a Ricardo que se volviera a tumbar en la toalla y puso a las dos mujeres sobre él.

    -Es vuestro turno zorritas, quiero ver como os meáis sobre él. Cristina fue la primera en mearse sobre su amigo, Claudia le siguió, se mearon en su polla sobretodo, Eduardo juntó sus cabezas para que se besaran mientras lo hacían. Cuando terminaron, Eduardo se acercó a Claudia y le preguntó.

    -¿Era esto lo qué querías zorra? Ella contestó.

    -¡Sí amo! Cristina le acarició la cara agradecida por haber hecho realidad una de sus fantasías.

    -¡Ahora al agua! Dijo Eduardo. Los cuatro saltaron a la piscina cogidos de la mano, nadaron y jugaron entre risas y besos, un rato después salían, Eduardo y Cristina subieron a la habitación, recogieron sus cosas, se ducharon y ya vestidos bajaron a desayunar. Ricardo y Claudia lo habían preparado todo.

    Con las maletas en el coche se despidieron entre besos y abrazos.

    -Cuando queráis volver, solo tenéis que decirlo, esta es vuestra casa. Dijo Ricardo, Claudia le dio un fuerte abrazo a Eduardo y otro a su nueva amiga.

    -Gracias, ha sido una estancia muy agradable. Contestó Eduardo.

    El coche se dirigía lentamente al portón que se estaba abriendo ante la mirada de Claudia y Ricardo que hacían señales de despedida. El viaje a la ciudad de Cristina, Eduardo lo hizo de tirón.

    Claudia y Ricardo, que habían subido a la habitación de sus invitados, se encontraron varios objetos de los que habían usado para sus juegos sobre la cama, colocados como en un expositor, acompañados de una nota firmada por él.

    “Esto es para que los uséis en nuestra ausencia y para que los guardéis hasta nuestro próximo encuentro”

    Claudia y Ricardo se miraron y sonrieron. El coche se detenía delante del edificio de Cristina.

    -¿Vas a subir mi señor?

    -No pensaba hacerlo.

    -Me gustaría que me follaras una vez más mi amo.

    -¿Es eso lo que quieres zorra?

    -Sí amo, quiero ser tu puta una vez más.

    -De acuerdo, sube mientras aparco. Eduardo tocó el timbre de la puerta y Cristina abrió con una amplia sonrisa, él dejó una bolsa en el sillón con los objetos que había comprado.

    -Esto es para ti, espero que les des un buen uso en mi ausencia. Ahora quítate las bragas y arrodíllate. Ella miró la bolsa y sonrió, sabía que eran los juguetes que había utilizado con ella después obedeció complacida a su señor. Le dio unos cuantos guantazos en la cara mientras le decía.

    -¿Eres una puta zorra?

    -¡Sí amo!

    -¿Eres una puta esclava?

    -¡Sí amo!

    Después la llevó a la mesa y la subió en ella, le comió el coño sin ninguna delicadeza hasta que ella se corrió, luego la apoyó de espaldas a él y le puso las bragas en la boca como la primera vez, azotó su trasero varias veces con la mano mientras Cristina gemía de placer, se quitó los pantalones y se bajó el slip, después se la metió en el coño y en el culo, iba alternando los agujeros de su esclava, ella, aunque se había corrido, volvió a excitarse al sentir su polla dentro de ella. Eduardo la cogió por el pelo con una mano y con la otra cogió su cadera, los envites iban en aumento, entraba y salía del cuerpo de su esclava a placer hasta que Eduardo le dijo que se corría. A ella le faltó un poco para llegar al segundo orgasmo, pero Eduardo la puso de pie y desde atrás la masturbó con relativa delicadeza para que llegara al clímax, ella pasó un brazo por detrás de la cabeza de su amo, él le estrujaba los pechos con la otra mano, jugaba con sus pezones endurecidos Cristina gemía cada vez con más fuerza sintiendo como el placer se abría camino.

    -¡Me corro amo! ¡¡Me corroo!!

    -Así me gusta mi puta esclava, que te corras para mí. Cristina se dio la vuelta y lo besó en la boca mientras se abrazaba a su cuerpo. Eduardo le metió los dedos en su mojado coño y tras mojarlos en sus fluidos se los chupó mirándola.

    Cuando se recuperaron, Eduardo se vistió y se preparó un cigarro, le dijo a Cristina que preparara un café, ella encantada lo preparó desnuda. Se lo tomaron mientras cruzaban algunas frases, luego se despidieron en la puerta.

    -¿Me llamarás amo?

    -Te llamaré zorra, te llamaré. Eduardo la besó y le mordió el labio inferior con intensidad, luego se dirigió al ascensor, mientras, ella lo observaba pensando en lo que aquel hombre había cambiado su vida para siempre después de aquel tropezón con final feliz.

    Fin

  • Madura y divorciada, orgullosa de mí misma

    Madura y divorciada, orgullosa de mí misma

    Trabajaba en una entidad financiera y con 55 años recién cumplidos me dijeron que podía irme a casa prácticamente ingresando lo mismo en mi cuenta. Corría 2015 y hacía un par de años que me había divorciado y aunque sexualmente siempre he sido muy activa lo cierto era que para evitar habladurías llevaba bastante tiempo (prácticamente no había probado polla desde mi divorcio) en el «dique seco». Como digo soy bastante activa y me resultaba bastante gratificante satisfacerme a mi misma y sinceramente, tampoco echaba mucho en falta los polvos con mi ex aunque el muy cabrón había intentado en varias ocasiones tener sexo conmigo después de divorciarnos. En el último año había comenzado a navegar por webs porno y de contactos y… desde luego sin intención alguna de relacionarme personalmente con desconocidos si había llegado algo lejos. Tan lejos como aceptar conexiones a través de chats y masturbarme mirando como a su vez un hombre se pajeaba oyéndome gemir mientras miraba alguna foto subida de tono (y con el rostro tapado) que le había enviado previamente.

    En noviembre de 2016 recién cumplidos 56 años acepté, vestida, mostrarme para una pareja de Barcelona con los que llevaba chateando algunas semanas. Ana y Luis, un matrimonio un año más joven que yo y que se mostraban abiertamente para mi; no pedían que correspondiera de la misma forma, ya les había visto intimar en tres ocasiones y me había masturbado mirándoles tener sexo oral y follar. Luis era normal físicamente, una buena polla pero ni guapo ni feo, normal. Ana era muy alta, delgada pero con unas nalgas bien hechas y unos pechos grandes, ligeramente caídos por la edad y el tamaño pero que me excitaba verlos bailar con los empujones de Luis, algo que llamó mi atención desde el primer momento que la vi desnuda era su imponente mata de vello púbico que a decir de Luis era lo que más excitaba a los hombres que la habían tenido.

    Estaba claro que en todo seguía las instrucciones de él y lo que me atraía más de ella era su cara angulosa con labios carnosos y una mirada sensual que parecía pedir sexo continuamente. Tenía cara de viciosa, y sin hacer mohínes o gestitos imitando a actrices porno resultaba para mí excitante mirarla, y si esto fuera poco contribuía a alimentar mis fantasías las continuas frases y expresiones de Luis diciendo que su objetivo era pervertirla, pervertir a su esposa hasta el punto de hacer de ella (eran sus propias palabras) una puta capaz no solo de satisfacer a todos los hombres sino de disfrutar con ello y sentirse plenamente feliz. Como he dicho les vi tener sexo y me excité cada vez que conectábamos escuchando las frases de Luis hacia su mujer y que en cuanto me mostré receptiva también me dirigía a mi. Las últimas semanas recibía todos los días la invitación para visitarlos y, puesto que disponía de tiempo, a permanecer con ellos hasta que fuera también pervertida y disfrutar de mi nueva vida.

    Viajé en tren y fueron a esperarme a la estación de Sants, tras pensarlo detenidamente acepté quedarme en su casa en lugar de reservar un hotel. Si ocurría algo raro siempre quedaba el recurso de decir adiós; llegué a la hora de comer del dos de enero de 2017 con intención de regresar el domingo ocho, a ver que pasaba. Para nada me defraudó ninguno de los dos, nunca había tenido nada con otra mujer pero nada más cruzar la mirada con Ana supe que ocurriría, sin saber la razón sentí que me humedecía nada más mirarnos. Y Luis no se andaba con rodeos. Ya en el coche y tras preguntarme por el viaje me dijo que aunque no lo necesitaba se había tomado una «pastilla» para darme la bienvenida y que estaba seguro que una vez les conociera no iba a arrepentirme de haber viajado. a Barcelona. El coche ya me decía que al menos gozaban de cierto nivel económico pero al llegar a su casa en la calle Lepanto ya me cercioré de que su nivel social era alto.

    No hubo excesivos preliminares, probablemente en cualquier otra ocasión eso me hubiera parecido demasiado precipitado e incluso vulgar pero también yo estaba caliente. Cuando Ana se quitó el abrigo la vi solamente con un bustier de vinilo negro con unos ligueros que sujetaban unas medias negras…. su coño con una abundante mata de pelo… metió su lengua en mi boca para besarme, era la primera vez que tenía una relación de ese tipo con una mujer y sentía como me mojaba, como mi flujo se deslizaba desde el interior de mi coño. Luis se colocó a mi espalda y sentí como sus manos se enredaban en mi ropa tratando de despojarme de ella y cuando eché hacia atrás una de mis manos para tocarle observé que él ya estaba totalmente desnudo… en unos segundos también yo desnuda estaba arrodillada frente a él y meneando despacio su polla fui acercándola a mis labios… ¡si! era gruesa, muy gruesa, y estaba dura como un hierro.

    El calentón que llevábamos hizo que en los tan solo cinco u ocho minutos siguientes hiciéramos de todo para probarnos: Ana me había echado sobre la cama y con su cara metida entre mis piernas lamía y succionaba mi clítoris y labios vaginales mientras Luis, arrodillado junto a mi cabeza pasaba su polla entre mis labios hasta que me la metí en la boca. La de Ana, con su lengua revoloteando alrededor de mi «pepita» me hizo correr en los dos primeros minutos y al darse cuenta de ello se tumbó sobre la cama separando sus piernas en una clara invitación a que yo correspondiera con ella… mi primer coño, la primera vez que lamía un coño, estaba húmeda y me excitaba el sabor y todo lo demás.

    Sentí a Luis a mi espalda, pasaba su glande entre mis labios vaginales y casi sin darme cuenta le sentí entrar hasta el fondo. Con sus manos agarrando fuerte mis caderas inició un polvo casi agresivo en el que su pelvis al chocar fuerte contra mis nalgas ofrecía un sonido igual que si estuviera dándome cachetes… estuvo apenas dos minutos follándome y salió sin llegar a correrse; Ana volvió a inclinarse sobre mi y succionó mi pepita hasta hacerme sentir un inmenso orgasmo… ¡joder! lo que había sentido antes evidentemente no había sido un orgasmo, esto que sentía ahora me estaba haciendo casi perder el sentido… Luis se tumbó boca arriba sobre la cama y me invitó a sentarme sobre él; de nuevo metió su polla hasta el fondo, le sentía tan adentro que tenía la sensación de que me iba a taladrar… agarrando fuertemente mis nalgas dirigía mis movimientos arriba y abajo limando las paredes de mi coño con su verga.

    Las manos de Ana acariciaban mis nalgas, se inclinó sobre ellas y sentí su lengua pasear entre las mismas antes de comenzar a jugar en la aureola de mi ano… ¡joder! otra vez tenía la sensación de que iba a correrme salvajemente. Metió ligeramente la punta de la lengua pero el movimiento de su marido al follarme añadía dificultad… Luis aferrado a mis nalgas como si sus manos fuesen garras empujó hacia abajo de mi como si pretendiera meterse más todavía, me dijo unas cuantas palabras y frase obscenas que me encendieron más aún y añadió que iba a vaciarse dentro de mi… Ana volvió a pasar su lengua alrededor de mi ano y despacio pero con decisión comenzó a introducir en mi ano uno de sus dedos. Fue una sensación extraña, un poco incómoda al principio pero la novedad y situación me producía un morbo inesperado… al tiempo que sentí que lo tenía totalmente dentro Luis empujó otra vez de mis nalgas hacia él y le sentí vaciarse en mi coño al tiempo que lanzaba un gemido más parecido a un gruñido. Al menos escupió cuatro veces dentro de mi hasta vaciarse y entonces estallé en un orgasmo como pensaba que nunca había tenido…

    A lo largo de la noche, entre risas Luis me advirtió que no me acostumbrara a lo bueno, se refería a que gracias a la pastilla que se había tomado logró empalmarse cuatro veces, se corrió tres, la cuarta vez estuvo jodiéndonos a Ana y a mi más de una hora pero él, aunque con su polla dura como un hierro, no logró correrse una cuarta vez. Fue la primera noche con ellos y al despertarnos tuvimos Ana y yo sexo oral casi una hora mientras Luis preparaba nuestro desayuno y ocasionalmente nos grababa en vídeo. Hablamos en el desayuno, Luis me iba a «joder» todos los días, pero evidentemente todos los días no podían ser como la noche anterior. Él se encargaría de dirigirnos a su mujer y a mi hasta que, según sus palabras, yo alcanzara el grado de «vicio y depravación» que ya tenía Ana y esperaba de mi. Volvieron a insistir si estaba preparada y de acuerdo con ello y al responder afirmativamente mi cabeza daba vueltas a muchas cosas: estaba decidida, caliente, deseando experimentar todo como había experimentado con Ana sorprendiéndome a mi misma por ello, pero no sabía hasta donde estaban dispuestos a ir ellos y si en algún momento llegaría a arrepentirme.

    Era el martes tres de enero, hacía frío y Ana me prestó un abrigo de visón, debajo llevaba un body rojo y ella un bustier. Comencé a mojar en el mismo instante en el que me dijeron que salíamos así a la calle y aunque hacía frío la mañana estaba despejada y en el coche nos dirigimos a los jardines de Horta, donde está el laberinto. Eran poco más de la una del mediodía, no había mucha gente y Luis había llevado una cámara de fotos… era provocar, sin más. Luis nos hacía fotos con los abrigos entreabiertos lo suficiente para que aquellas personas que decidía Luis pudieran vernos o al menos intuir lo que llevábamos bajo los abrigos. Yo me encontraba tan libre y cómoda como si eso fuera algo que hiciera todos los días… Ana y yo nos tocamos y besamos en la boca en presencia de varias personas que estaban por los jardines. Evidentemente no pudimos quitarnos los abrigos para comer en un restaurante de la zona, supuestamente teníamos demasiado frío, aunque a lo largo de la comida uno de los camareros desde luego que fue consciente de lo único que llevábamos bajo los abrigos.

    Luis tenía todo previsto, a las seis de la tarde era noche cerrada y a pesar de ser vísperas de Reyes a excepción del centro y zona de tiendas no había mucha gente por la calle; nos dirigimos nuevamente a la zona alta de la ciudad y entramos en una especia de bar, pub, discoteca… no sabría definirlo, ni siquiera decir la media de edad de la clientela. Había jóvenes solos y pandillas de ambos sexos que no superaban mucho los veinte años, hombres de mediana edad imagino que buscando alguna jovencita y parejas y hombres solos que se veía superaban mucho la sesentona… y prostitutas, brujeando al borde la larga barra del pub había no menos de media docena de mujeres que por su actitud y vestimenta no podía ocultar lo que buscaban y desde luego su profesión.

    Fuimos al fondo, al extremo de la barra en una esquina que doblaba ligeramente y hacía un pequeño rincón desde donde se podía controlar casi todo el local. Luis no tardó en hacerse notar, con nuestras copas sobre la barra y las manos de Luis en la cintura de ambas besaba ahora a una de nosotras y segundos después a la otra… En no más de quince minutos éramos un grupo de siete personas charlando y riendo ostensiblemente: nosotros tres y cuatro hombres, dos de ellos de unos cuarenta y los otros dos superando la sesentena… Luis no se cortaba. a la hora de hablar, Ana era su esposa y estaba allí para jugar y disfrutar, en mi caso, estaba comenzando mi adiestramiento, era mi primer día y tanto él como su esposa estaban guiando mi camino…

    Uno de los hombres pasó su mano abierta entre las piernas de Ana manoseando su coño y ella se limitó a suspirar dejándole hacer. Ese gesto animó a los demás, Luis me tomó de la mano y nos dirigimos al fondo del local seguidos de los demás, no se trataba de ningún reservado o cosa por el estilo, era simplemente un lugar al fondo del local con bastante menos luz que el resto… Ana llevaba un bustier con ligueros y eso suponía que su sexo estaba a la vista de todos, las manos de unos estaban en él y otras acariciando o magreando sus pechos a la vista mía y de Luis; éste comenzó a acariciar mis pechos y pasar su mano sobre mi sexo apartando levemente el body… uno de los hombres que nos acompañaban decidió que yo estaba más asequible que Ana acosada por los otros tres y Luis sin dejar de manosear mi sexo le dijo» estamos adiestrándola… puedes usarla si quieres «… el hombre comenzó a hacerme una paja maravillosa, la escasa las no permitía ver con claridad lo que estaba ocurriendo en aquel rincón de disco-bar pero las siluetas de las personas que allí estábamos si permitían adivinar lo que allí ocurría.

    Yo estaba sentada en un sofá con Luis a mi izquierda y un hombre a. mi derecha moviendo su mano sobre mi coño con tal intensidad que comenzaba a revolverme en el sofá. En unos minutos estábamos rodeados de un grupo que impedían al resto ver lo que estaba ocurriendo, yo había cogido la polla del que me estaba masturbando y le masturbaba a él… en cuanto uno de los presentes se sacó la polla y comenzó a masturbarse los otros no tardaron ni cinco segundos en imitarle… en apenas quince minutos siete u ocho personas habían finalizado su paja corriéndose sobre mi; más que limpiar el semen de mi cuerpo y mi body lo estaba extendiendo, Luis se masturbaba casi violentamente y cogiéndome de la cintura hizo que me sentara sobre él… sentí sus huevos pegado a mi cuerpo y sus manos agarradas a mis nalgas me hacían subir y bajar sobre él con su polla metida hasta en fondo de mis entrañas, mientras lamía mi oreja me susurraba que estaba a punto de correrse, que era la mejor puta que había adiestrado nuca y sentí como otro se corría sobre mi espalda, Luis aflojó un poco, noté su mano agarrando fuertemente su polla cuando salió de mi y haciendo mover mis nalgas sentí como la enfilaba a mi ano… poco a poco le sentí entrar en él, estaba tan excitado que en apenas cuatro movimientos de mis nalgas sentí como se vaciaba en mi ano al tiempo que al menos otros dos se corrían sobre mi hombro y mi espalda… apenas descansamos tres minutos y salimos del bar buscando a Ana. estaba dentro del coche, en la parte trasera con dos jóvenes, Luis se sentó al volante y yo pasé atrás con ellos… uno de ellos me la metió mientras el otro follaba a Ana y Luis conducía despacio bajando de la parte alta de la ciudad…

    Pasé seis noches en casa de Ana y Luis, seis noches y seis días, intensos, dedicaba al menos un par de horas al día a comer el coño de Ana; no solo la satisfacía a ella, aprendí a disfrutar de ello de tal manera que en alguna ocasión al sentir como alcanzaba su clímax llegaba también yo al mío. Y el sentirme o saberme objeto, sobre todo objeto de placer era en esos días algo inigualable para mí.

    Sé que para muchas personas es algo incomprensible pero lo he disfrutado tanto o más que el sexo en sí. El cinco de enero estuvimos los tres en una fiesta particular que se celebraba en una nave industrial reconvertida en sala de fiestas; nos movimos por algunos bares de ambiente latino, comimos a base de tapas, luego entramos en una casa rodeada de un pequeño jardín; dentro un grupo de latinos charlaban entre ellos bebiendo, aunque siempre me despisto con la edad de esta gente no parecían muy mayores. Mayoritariamente eran bolivianos, aunque también había algún ecuatoriano. Ellas vestían tan provocativamente que en principio no llegué a tener claro si ejercían la prostitución o simplemente era esa su manera de vestir habitual.

    A Ana y Luis los conocían sobradamente y en los primeros minutos me presentaron a tanta gente que olvidé sus nombres a medida que me los decían. Éramos un grupo de unas quince o veinte personas, los hombres tremendamente jóvenes y me cercioré de mi primera impresión cuando observé en dos ocasiones a dos parejas que tras hablar brevemente entre ellos se retiraban a otro lugar de la casa. Alguien comenzó a bailar o mejor dicho a contonearse alrededor de Ana y quitándose el abrigo bailó con él mientras Luis la observaba morbosamente.

    Nadie se sorprendió de su semidesnudez y apenas tres minutos después me encontraba viéndola bailar desde una esquina de la habitación ataviada con mi body rojo y un joven detrás mío pasando uno de sus brazos por mi cintura apretándome contra él y haciéndome sentir como estaba de dura su verga pegada a mis nalgas… deslizó su mano entre mis piernas y sentí como apartaba ligeramente la tela de mi tanga y jugueteaba con sus dedos entre los labios de mi coño mientras pasaba la lengua por mi cuello. Me encontraba a gusto pero desconcertada. Todavía no sabia si era un lugar donde se reunían para tener sexo, una especie de club de intercambio de parejas o si no era mas que un sitio donde se ejercía la prostitución. Lo que si me sorprendía era que la gran mayoría de los hombres eran chicos muy jóvenes.

    Se había sacado la polla y la metió entre mis piernas casi juntas…. se movía como si en realidad me estuviera follando y básicamente se estaba haciendo una paja frotando su polla entre mis piernas, sentí su aliento en mi cuello al tiempo que su caliente y pegajoso esperma se resbalaba entre mis muslos. Vi a Luis hablando con una de las mujeres y segundos después me hizo una señal con la mano para que me acercara a ellos, salimos de la casa y a través de un patio trasero entramos en otra casa parecida a ésta, pero se veía que estaba preparada para encuentros de sexo. Ana venía tras de nosotros acompañada de un joven que con toda seguridad no tenía veinte años.

    Entramos en una habitación que ocupaba toda la planta baja de la casa y en la que había dos amplias camas bastante alejadas una de la otra y en uno de los rincones de la habitación colgado de unas cadenas un columpio con el asiento en piel o skay y dos reposapiés del mismo material. Había visto este tipo de columpio en un par de películas porno a las que me había aficionado en el último año y comencé a entender que previo a algún tipo de compensación era un lugar donde se facilitaban encuentros ya que en una de las camas había una mujer probablemente mayor que yo con un par de jóvenes también latinos.

    Ana se había echado sobre la otra cama y sus muslos sujetaban o estrujaban la cara del joven que había entrado con nosotros y la estaba haciendo una lamida de coño magnífica a juzgar por los jadeos de ella; Luis me hizo sentarme en el columpio preguntándome si quería correrme como nunca lo había hecho. Evidentemente asentí y mientras me masturbaba metiendo sus dedos entre los labios de mi coño decía que lo de esa tarde formaba parte del proceso para pervertirme… Incorporándome ligeramente me desvestí totalmente y me recosté en el columpio mientras Luis colocaba mis piernas en el lugar adecuado dejándome medio recostada, con mis manos agarrando las cadenas que sostenía el columpio y totalmente abierta y ofrecida a él… volvió a acariciar mi coño, metió alguno de sus dedos, se inclinó para lamerlo y volvió a acariciarme mientras vi como entraba otro joven en la habitación y se dirigía a nosotros.

    También se acercaron Ana y el joven que estaba con ella, el que acababa de entrar la besó en la boca mientras el que había estado con ella se colocó frente a mi en el columpio y tras lamer mi raja jugó con su verga frotando con ella mis labios vaginales, entrando ligeramente y volviendo a salir causándome unas sensaciones impagables. Ana se inclinó sobre mi y comenzó a lamer mis pechos, ¡Dios! era inigualable, antes de cerrar los ojos para dejarme llevar observé como el otro chico detrás de ella comenzaba a metérsela y sentí cuando entró en ella por el suspiro que dejó escapar al tiempo que succionaba uno de mis pezones. Nada más cerrar los ojos sentí como el otro joven entraba en mi… iba a ser el primero de una intensa tarde, me estuvo jodiendo ocho o diez minutos antes de que Ana, arrastrando los pies y enganchada al otro, se acercase a nosotros y se inclinara a comer mi coño mientras la follaban a ella.

    La puerta se abrió, oí algunas palabras de mujer y de hombre, el joven que me había follado en primer lugar se acercó y puso algo pegajoso entre mis piernas… mermelada o yogurt, no supe que era y eso animó a Ana a mostrarse más hábil con su lengua en mi coño. Luego ocupó su lugar uno de los jóvenes y se fueron intercambiando varios minutos incluido Luis comiéndome el coño. Me corrí como una cerda en menos de diez minutos y fue entonces cuando Luis me colocó un antifaz de los que utilizas en los viajes para dormir evitando la luz. No protesté, al menos un par de minutos me mantuve expectante sabiendo que algo iba a ocurrir pero sin saber qué; y lo primero que sentí fue una húmeda lengua lamiendo mi coño, eran lengüetazos rápidos y que lamían casi a la vez mi coño y mi ano… era extraño, demasiado extraño pero estaba recibiendo unas sensaciones que no quería preguntar, simplemente comencé a mojarme y me dejé llevar.

    Eran unos estímulos casi imposibles de soportar, todo el mundo soltó una carcajada al ver la expresión de mi cara cuando me quité el antifaz pero sin embargo Luis apuntó un «ya lo sabías o imaginabas, ¿eh viciosa?»… No se había apartado y de momento le dejé que continuara, era un bóxer que habiendo tomado confianza a ratos golpeaba suavemente con el hocico en mi pelvis… cada vez se movía más y Luis me dijo que si no quería llegar más lejos lo apartaba de mi. Efectivamente, el olor de mi sexo lo estaba excitando y comenzaba a mostrar el pene fuera de su funda y trataba de colocar sus patas sobre mi… Ana estaba en una de las camas en posición de cúbito supino y un joven la estaba montando mientras otra mujer al lado de ambos les miraba pajeándose supuse que esperando su turno.

    Estaba tan atenta a Ana que ni me había enterado que otro joven se colocaba de pie entre mis piernas y comenzaba a rozar mi vulva con su glande, fue maravilloso sentirle entrar e iniciar un mete-saca que con mis jugos producía unos ruiditos como de chapoteo. Luis le advirtió que aguantara, que tratara de no correrse para hacernos gozar pero el joven siguió a su ritmo diciendo que íbamos a estar sobradamente servidas. No sabría calcular cuanto tiempo estuvo follándome sin pausa, salió de mi y comenzó a masturbarse hasta que eyaculó sobre mi vientre; como si no quisiera dejarme enfriar Luis comenzó a masturbarme pero entró otro joven en la habitación totalmente desnudo y empalmado; fue como el inicio o el toque de salida para todos porque en unos minutos había en la habitación al menos un decena de jóvenes machos y dos mujeres de unos 40 años que se colocaron sobre las camas dispuestas al sexo.

    Me penetró el primero que había entrado, me estuvo culeando varios minutos y sin llegar a correrse salió de mi para dejar el puesto a otro… oía jadear a Ana y decir palabras inconexas pidiendo que no parasen y dando gracias… el que había salido de mi me preguntó si me gustaba recibir en la boca, me limité a sonreír y se masturbó casi violentamente. En menos de dos minutos comenzó a eyacular sobre mi cara y le busqué con mi boca para recibir su corrida en ella. Regresamos a casa a eso de las once; no estaba segura pero pensaba que me habrían penetrado unas seis o siete veces. No estaba muy cansada e incluso pensaba que me hubiera gustado estar más tiempo pero los chicos, al menos con los que estuve yo, no aguantaban mucho tiempo dentro sin correrse.

    El día de reyes caía en viernes y tenían toda la semana de vacaciones, nos levantamos tarde, la boca de Ana hizo una limpieza de mi coño que por un momento pensé que sería innecesario ducharme. Estábamos desayunando en la cocina y entre un café y otro surgió la conversación sobre la tarde anterior; Luis dijo no sorprenderse de mi reacción al ver a Ron, el bóxer que me había hecho correr lamiendo mi raja. Decía estar seguro de que yo era más viciosa que Ana, su mujer, y ésta me preguntó tras llevar algunos minutos de conversación sobre el animal si me gustaría probarlo…

    Yo estaba entendiendo perfectamente lo que quería decirme pero evidentemente no quería entenderlo o al menos darles muestras de que lo estaba haciendo pero lo cierto era que volvía a mojarme. Finalmente fue Ana la más directa, me dijo que había follado tres veces con Ron y que sin ser algo para repetir frecuentemente sin duda era una experiencia inigualable. No son los treinta o cuarenta minutos y a veces más de mete-saca constante y sin parar, decía, es que continuamente está corriéndose y esa sensación no te la va a dar ningún hombre… tampoco es el tamaño de la polla, decía, será como la de Andrés poco más o menos, es cuando saca su bola y te engancha… eso tampoco te lo da un tío…

    Este tipo de conversaciones me pone muy perra, estábamos los tres desnudos y por supuesto Luis empalmado, me levanté para servirme otro café y Luis, como si estuviera esperando ese momento se levantó a continuación, pasó su brazo por mi cintura y sujetando su polla con la otra mano se metió dentro de mi… ¡joder! fue intenso, estuvo jodiéndome un par de minutos como si no hubiera un mañana, antes de llegar a correrse salió de mi, tampoco yo llegué al clímax pero fueron dos minutos intensos. Ya me he acostumbrado (es más lo deseo) a estas situaciones en estos siete años; me refiero a un polvo de dos/tres minutos, dicho así parece que una se queda mal pero no…

    Ocurre siempre cuando pasas un fin de semana completo en casa de alguien con otras seis o incluso diez o doce parejas más y algunos hombres solos, todo el mundo, ellos, procuran reservarse lo más posible para mantener el ritmo pero tratando de disfrutar al máximo. En reuniones de fin de semana, 36 o 48 horas de fiesta en casa de alguien estamos todo el mundo desnudos y disponibles para cualquiera la mayor parte del tiempo, raramente, sobre todo las mujeres, nos negamos a una relación rápida y ellos tampoco quieren quedarse sin fuelle a las pocas horas de llegar así que cuando una de nosotras dice o piensa que has echado siete polvos o se la han follado siete nos referimos a las veces que nuestra pareja, acompañante o compañero de juegos se ha corrido con una de nosotras durante la penetración.

    En realidad, aunque apenas hayan sido dos o tres minutos todos los asistentes te han penetrado más de una vez. Trataba de calcular mentalmente… ¿cuántas veces me la habían metido? Decidí pensar que cuantas veces se habían corrido dentro de mi con condón o sin él en el caso de Luis… al principio me parecían exagerado mis cálculos y comencé a tirar hacia abajo pero por mucho que quisiera pensaba que serían no menos de 45 0 50… si, muchísimos. Pero si pensaba en las mamadas, las veces que se habían corrido masturbándose sobre mi cuerpo o que me la habían metido unos instantes sin llegar a correrse… pudieran ser más de cien…

    Cuando regresé a mi casa el domingo me consideraba una mujer diferente y nueva, en algunos momentos durante el viaje pensaba si estaba actuando bien o si esto que había hecho a lo largo de la semana era lo que realmente quería hacer y me satisfacía. Con Ana y Luis había conocido a muchas personas de mi misma escala social y cultural que estaban en ese ambiente y disfrutaban sin cuestionarse nada e incluso algunos de ellos sin importarles que pudieran enterarse de sus actividades en su entorno social. Repasaba mentalmente los amigos que tenía en la ciudad donde vivía y me preguntaba si realmente me importaba lo que ellos pudieran opinar de mi sobre todo cuando me había estado planteando años atrás, incluso estando todavía casada, que cuando llegara el momento de mi jubilación posiblemente me fuera a vivir a alguna ciudad al sur. Bueno, en esto pensaba en las horas del viaje de regreso llegando al convencimiento de que en realidad nunca lo había pasado tan bien ni había disfrutado tanto como la semana pasada en Barcelona.

  • Me encanta el sexo con mi amante

    Me encanta el sexo con mi amante

    Recuerdo que yo tenía unos 19 a 20 años cuando lo conocí y él ahora tiene unos 50 y algo aproximadamente, cada encuentro es una delicia, él me gustó, me encantaba que me haga sentir cosas extremadamente ricas, escaparme para poder verlo y pasarla delicioso era mi fantasía, porque resulta que tenía novio en ese entonces.

    Cuando llegaba al motel, él ya se encontraba ahí, empezaba a desvestirme y estando desnudos, iniciábamos el encuentro, le hacía sexo oral, que en su cara lo disfrutaba, yo empezaba poniendo mi boca en su verga y me la tragaba lentamente, luego subía y bajaba con mi boca hasta la punta más rápido mientras le acariciaba y agarraba las bolas y un poco más abajo de las bolas, me gusta comérmela toda y que él sienta mucho placer también, que solo de escribir me dan ganas de hacérselo.

    Luego, hacemos el 69 y el me lo hace tan rico, me lame el clítoris y me pasa su lengua por toda la vagina mientras me mira a los ojos y yo no quiero que pare hasta que me haga acabar, pero él sigue y me gusta que me dé mucho placer, ya estoy ansiosa porque me la meta la verga, me pone muy caliente y deseosa…

    En el acto, me encanta cabalgársela, mientras lo beso, él me pone de frente ¡y me da bien rico!! me gusta sentirla dentro de mí, me le subo encima nuevamente y mientras me sigue dando su verga, no tienen idea cómo disfruto, me gusta acabar en esa verga y ahora que estoy a punto de cumplir 27, me sigue dando, me fascina, y le digo que me rellene de leche porque cuando lo hace siento demasiado caliente, es totalmente excitante… No quiero que nunca deje de hacerlo.

    Han pasado muchas cosas entre nosotros, que se los contaré luego.

    Es mi primera vez escribiendo acá y me lo disfrute mucho.