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  • Iniciando a mi esposa (3)

    Iniciando a mi esposa (3)

    Hola a todo (as) que han leído las historias de mi esposa.

    Este tercer episodio voy a saltar un poco para que ya haya más acción. Les vuelvo a recordar todas estas son vivencias 100% reales. Trataré de ser lo más explícito posible.

    Como todos(as) ustedes saben la protagonista de estas vivencias es mi esposa P, que por si hay alguien que no ha leído los otros relatos, la describiré rápido.

    Ella es bajita 1.59 muy delgadita pesa apenas los 42 Kg. Tiene tetitas de niña, pezoncitos chiquitos y rosas, un culo redondo de miedo y una pepa espectacular pelona y con labios chiquitos y rositas, siempre huele bien. Le gusta vestir muy provocativa y cuando usa licras nunca usa tanga, por ende siempre trae un camel toe muy marcado.

    Esta historia fue hace ya 12 años en el 2012. Tuvimos que ir a CDMX por nuestras visas. Estando ahí cuando acudimos a nuestra cita, por alguna razón la nuestra se había cancelado. Pero para nosotros eso no era permisible, ya que vivimos en el extranjero y la necesitábamos de verdad. Con la insistencia de mi esposa no dieron otra cita al día siguiente y nos tuvimos que quedar otro día o dos más no lo recuerdo. Eso no es importante, lo importante es que tuvimos nuestra cita y nos aprobaron nuestra visa de inversión, estábamos muy contentos.

    Ya con el cometido logrado nos pusimos a pistear e invitamos al cuñado de P. Él tiene su trabajo en CDMX.

    Él tiene conociendo a P desde hace muchos años el se casó mucho tiempo antes que nosotros y fue el único novio de mi cuñada, la hermana de P.

    Estuvimos primero tomando P y yo y ya para la cena llego mi concuño. La cena muy bien en la Condesa, comida, tragos, risas, vivencias, recuerdos.

    Como la noche era larga nos fuimos de antro a un cantabar en Polanco. Desde ahí me empezó a decir P que mi concuño le estaba pidiendo un beso, a lo que yo no le decía nada, paso el tiempo y como eso de las 3 am. Decidimos irnos el taxi llevo primero a el a su departamento, para mi sorpresa cuando se baja el del coche, ella se baja con el charlan un poco y se suben de vuelta los dos me dice P mi cuñado se viene al hotel con nosotros.

    Llegamos al hotel Camino Real de Polanco y la caminata esta larga, yo tenía que llegar al cuarto porque necesitaba ir al baño. Todo el camino ellos venían atrás de mi y ella me gritaba para que los esperara y cuando lo hacía me decía que su cuñado la quería besar. Llegué al cuarto me metí al baño y todavía me volvió a decir lo mismo P, que la quería besar. Como ya traíamos copas de más todo se repita en más de una ocasión. Cuando la tercera vez que me comentó lo mismo, le dije… Agarratelo a los besos ya no me estés molestando, a lo que me respondió de inmediato; de plano, pero es el esposo de mi hermana. Entonces le contesté; mándalo a la chingada entonces.

    Salgo del baño y ahí estaban los 2, solo faltaba que nos acomodáramos en la cama. P le dijo a su cuñado que el en medio a lo que el se negó… jajaja. El le pedía a mi esposa que le ayudara a quitarse el pantalón y ella no quería, hasta que le dije quítaselo y encuérate y métete a la cama, a lo que me contestó pero me quito la tanga también, le dije que si. Yo ya estaba desnudo dentro de la cama. Ella se metió se sacó su pequeña tanga y la saco por arriba, al ver esto cuñado, se metió a la cama lo más rápido que pudo.

    No pasaron ni dos minutos y ella ya tenía manos por todos lados. Yo por buen pedo y dar ese par de minutos. El ya la estaba besando, con una mano le agarraba una de sus tetitas y la otra me la topé ya dentro de la pepita pelona cerradita y hermosa de mi putita. Total no podía hacer nada, este cabrón la tenía toda ocupada. Boca, besándola bestialmente, tetas me dejo una y panocha la estaba dedeando a placer.

    No me quedo mas que esperar mi turno, que llegó justo despues de que el la montó así de misionero se la clavo todititita mientras la seguía besando, yo solo me conformaba con ver ese espectáculo. Ella siendo cogida por un miembro de la familia. La traía paradísima. En el momento que mi concuño terminó se salió y se quedó dormido a un lado.

    Yo no desaproveché ahora si ni un minuto y la puse en cuatro, la verga le entró como pan en mantequilla, seguía llena de mecos. La cogí hasta que me vine.

    Cuando nos levantamos como a las 8:30, mi concuño ya no estaba, pero le avente otro cogidon mañanero recordando su primera vez cogiendo con un familiar

    Continuará…

  • Un chapero con buena fortuna

    Un chapero con buena fortuna

    Jaime lo tiene todo. Un novio fiel y con trabajo fijo como funcionario, con turno de mañanas. Un acogedor hogar y un trabajo que lo llena en todos sus aspectos (intelectual, económica y socialmente).

    Él trabaja en una sauna gay. Pero algo que no sabe su novio es que no solo hace labores de dependiente y de gestión. También, de forma ocasional, hace trabajos de chapero. No puede evitarlo. Es un chapero vocacional. Esta labor la emprendió cuando ya a la edad de 19 años se iba al cine a la sesión de las 17:00h y se ofrecía a algún hombre que estaba sentado en su butaca solo. La mayoría aceptaban. Sin levantarse de la misma butaca solía hacerles una gayola o una felación. Solo en momentos muy puntuales decidían ir al servicio y allí se lo tiraban.

    Su hándicap es que, incluso a día de hoy, a la edad de 24 años sigue teniendo una apariencia muy de nenaza. Pelo semilargo rubio, de ojos verdes, rostro imberbe y con vestimenta muy ajustada.

    No tiene pluma pero da más el pego de chica adolescente, plana de pecho, que de hombre adulto. Muchos clientes lo rechazan porque buscan un maricón más masculino y no uno con una estética andrógina.

    Esta tarde va a tener suerte. El encargado de la sauna le dice que cuatro jugadores de baloncesto quieren celebrar que ganaron una copa y preguntaron por él. Son tres negros norteamericanos descomunales y un esloveno rubio y muy blanco de tez.

    Andan entre el 1,95 m y los 2,10 m de altura los mozalbetes.

    Nada más entrar en su gabinete se los encuentra en pelota viva y con sus respectivos miembros viriles en posición de firmes. No podía tener mejor recibimiento.

    –Nos informaron de que tú eres un chapero que chupa y folla pollas con pasión y dedicación. Así que, decidimos venir a conocerte y comprobarlo. Hay mucho sieso en tu profesión. Si es cierta la fama que te precede, con nosotros tendrás unos buenos clientes en plantilla –le suelta el que parecía el líder de la banda.

    El esloveno se sienta en el suelo y le pide que se monte sobre él. Jaime ni se lo piensa. Se coloca en cuclillas sobre la verga del chaval, dándole la espalda, y se la va endosando poco a poco en su recto. Cuando ya la tiene bien ensartada, chocando huevos contra huevos, comienza a hacer círculos con sus caderas para notarla, sentirla, bien adentro.

    Uno de los norteamericanos se posiciona en frente de Jaime y le ofrece su rabo largo y grueso en su boca. Jaime intenta poner en práctica el número del traga-sables, de esos que solía ver de pequeño en el circo, y comienza a manducar aquella caña de chocolate. Obviamente solo le cabía la mitad, aunque no sería por falta de empeño del maromo que tenía enfrente, que agarrándole por el pelo del cogote se la hincaba con fuerza.

    Los otros dos norteamericanos se colocan a los costados de Jaime. Este se enganchó a sus vergas, con ganas, más con la intención de tener un asidero al cual agarrarse y no perder el equilibrio (para poder coger impulso y bombear la polla que tenía debajo), que con la intención de masturbarlos. Pero de forma indirecta, ajena a su voluntad, aquello se iba pareciendo poco a poco a un par de gayolas, aunque de las malas.

    Los maromos se iban turnando en sus posiciones. Cuando Jaime se metió la primera polla negra por el culo, no pudo evitar soltar unos alaridos de dolor. Pero a medida que los esfínteres anales se iban dilatando y adaptando al grosor de aquellas trancas, los alaridos de dolor se fueron transformando en aullidos de placer.

    Así estuvieron un buen rato, como media hora (Jaime cabalgando el nabo de turno que tuviese debajo; empalándose por la garganta todo el rabo que pudiera del de enfrente; y sujetado a dos mástiles para mantener el equilibrio, no caerse, y poder coger impulso para follar mejor y con más fuerza).

    En momentos como estos es cuando envidiaba a las mujeres por tener tres orificios y no solo dos. Así sería más llevadero el trabajo.

    En esto, que el de abajo, que era otra vez el esloveno (después de un tiovivo de varias vueltas, pasando por culo, boca y manos), dice que se corre. Agarra a Jaime por la cintura, con fuerza, y se la calca todo lo que puede, para que los chorros de esperma le lleguen al mismísimo intestino delgado.

    Al poco rato se desacopla y deja sitio al siguiente. Él decide ocupar el puesto de una de las agarraderas, para que Jaime siguiera teniendo dónde sujetarse y no caerse. Aunque esta última empezaba a mostrar cierta flacidez, para esta función a Jaime le servía.

    La lechada del primero le sirvió al segundo como lubricante a medida que iba bajando por el recto y salía al exterior a través de la comisura de los esfínteres de Jaime. La lefa empapaba la polla y formaba un pequeño charco en los cojones del segundo maromo.

    Una vez que este se corre también, dándole buenos empellones al culazo de Jaime, se desengancha dejándole el sitio al tercero. Este al ver que está saliendo esperma a borbotones del recto del mancebo, los recoge en la palma de la mano y se los da a beber. Jaime lame, como un perrito fiel, la palma de la mano de su amo. Cuando se la deja bien limpia y seca, el tercero decide que Jaime se ponga a cuatro patas. Este obedece y el norteamericano se la endiña, en dos estocadas, toda dentro de su ya enrojecido trasero.

    Las arremetidas tan fuertes que le da casi lo hacen caer de bruces. Le coge del pelo. Le tira hacia atrás. Le escupe en la cara y le dice:

    –Vas a quedar empachado de polla para una buena temporada. ¡Pedazo maricón!

    Jaime sentía un fuerte escozor en el ano. Estaba deseando que se corriera, pero aún faltaba el cuarto. Cuatro pollas grandes y gordas como mástiles de un barco de alta mar. Todas ellas follándolo bien. Pensar en esto le seguía excitando pero su trasero le pedía un descanso.

    El tercero por fin se corre. Aprieta su pubis con garra, en varias arremetidas, contra las nalgas del mancebo aniñado. Explota en una riada de esperma en lo más profundo de las entrañas de Jaime. El empotrador gime, jadea y resopla al mismo tiempo que insulta a Jaime diciéndole:

    –Pedazo maricón, aquí tienes tu recompensa. Chapero barato. Guarro asqueroso.

    El cuarto, compadeciéndose de Jaime, prefiere eyacular en su boca al comprobar que los esfínteres del mancebo están tan irritados e inflamados que no admitirían ser penetrados otra vez, aunque fuera con el dedo meñique.

    Coge a Jaime del pelo, a la altura del cogote, y se lo calza bucalmente. Lo folla con una furia desatada. A Jaime le salen babas hasta por los orificios nasales de lo fuerte que le peta la garganta.

    Por mucho que lo intenta no consigue meterle más de dos tercios de butifarra en el interior de la boca. Por fin este también se corre. A Jaime le salen restos de esperma por la comisura de los labios y por las narices, de la cantidad de lefa que le descargó.

    Se despiden de él con un “Nos veremos la próxima semana. Eres la puta que estábamos buscando”.

    A Jaime no le hace gracia que lo insulten en femenino. Él es chapero y a mucha honra.

    Las putas, los gigolós y los chaperos mantienen una fuerte rivalidad. Hay mucha competencia y no consiente que lo insulten con calificativos o epítetos de otras profesiones.

    Se vuelve a casa, con el culo bien abierto y vacío ya de semen, y con la cartera bien cerrada y llena, esta sí, de buenos fajos de billetes.

    Le recibe su novio con una cena romántica por ser el cuarto aniversario de relación. Su pareja espera tener una noche loca de lujuria y desenfreno. Jaime se excusa. Pone como pretexto que tiene una fuerte jaqueca.

  • Conozco a una madura en redes sociales

    Conozco a una madura en redes sociales

    Todo comenzó en la pandemia, yo me encontraba en mi sala masturbándome cuando me llegó una notificación de Facebook, donde una señora me mandaba una solicitud de amistad, vi sus fotos y aunque no era lo mejor de lo mejor se veía bastante bien, principalmente me fascinaban sus tetas, que se veían muy grandes, estaba un poco llenita, pero eso no impedía que deslumbrara sus tetas siempre con un gran escote.

    Acepté su solicitud y comenzamos a hablar, ella me decía que se había equivocado, que me confundió y por eso envió la solicitud, pero yo le quise seguir haciendo la plática, hasta que en cierto punto se tornó caliente. Ella me preguntó si yo dormía desnudo, a lo que yo le respondí que si (esto era falso jaja) ella me dijo que era muy rico, poco a poco se fue dando la situación hasta que logré que me mandara foto de sus tetas y efectivamente, eran unas tetas muy grandes y ricas, en cuestión de horas tenía las tetas de una desconocida.

    Acordamos un encuentro en el metro chabacano, dio la hora y la vi llegar, realmente espectacular, traía un escote que con solo verla se me puso muy dura, la vi y lo primero que hice fue besarla, ella me respondió el beso y sentí como me puso su mano en el abdomen cerca de mi muy duro pene, intentamos platicar pero simplemente no podíamos dejar de besarnos, así que me dijo que no soportaba más y me llevó de la mano a un hotel cercano, entramos y como una fiera se lanzó sobre mí, me comenzó a besar en los labios, después en el cuello y comenzó a darme pequeñas mordidas que dolían muy rico, yo empecé a besarla y a tocarle esas hermosas tetas que se cargaba, le subí el vestido y me llevé la grata sorpresa de que llevaba una tanga de hilo dental.

    Comencé metiéndole un dedo, pero ella me pedía más, así que metí un segundo dedo mientras ella me quitaba la ropa, yo quería verla desnuda así que le quité el vestido y el brasier, la deje solo en tanga, la recosté en la cama y por fin se la pude meter. Entraba sin problemas, ella estaba muy mojada y a gritos me pedía que se la metiera, se la clave hasta el fondo y solo podía escuchar lo rico que gemía. Comencé a metérsela más y más rápido, estuvimos así un buen rato hasta que me dijo que no soportaba más y se vino en mi muy rico, era tal mi excitación que inmediatamente me vine adentro de ella, lo que provocó que gimiera aún más tanto que le empezaron a temblar las piernas.

    Ambos quedamos recostados en la cama, fatigados pero con una satisfacción enorme, ella me dijo que tenía tiempo que no disfrutaba de esa manera el sexo, me dio un beso y me llevo al baño para darnos una ducha.

    Estando ahí me pidió que se la volviera a meter y eso hice, estuvimos en el hotel casi 4 horas haciéndolo muy rico, al final quedamos recostados en la cama viendo porno y platicando sobre la vida como si fuera lo más normal del mundo.

    Nos vestimos y salimos del hotel rumbo al metro, nos dimos un beso de despedida muy apasionado y nos pusimos de acuerdo para volver a vernos.

  • Mi primera vez por la cola

    Mi primera vez por la cola

    Tenía 23 años cuando entregué mi cola por primera vez. Todos mis novios anteriores, desde el primero con el que me acosté me la habían pedido, pero tenía miedo. Sabía que dolería y no estaba dispuesta a soportar el dolor. Todos me hablaban del placer que se podía sentir por allí, de lo distinto que es al sexo vaginal, del morbo y la complicidad, pero no lograron convencerme.

    Soy nalgona, lo soy desde muy joven. Se que mis nalgas eran muy provocadoras y, de hecho, siguen siéndolo. No soy una mujer fea, pero tampoco espectacular o que resalte por su belleza, pero si agradable y cuando me produzco bastante atractiva. Mi mayor gancho son mis nalgas, que cuido hasta ahora y llaman la atención, más aún que han crecido algo más luego de mis dos embarazos.

    A los 22 años estaba en el último año de universidad. Coincidió con una grave crisis económica para mi papá y la familia. Lo habían despedido unos meses antes y no conseguía un nuevo empleo. Estaba deprimido y eso no ayudaba a que se reposicione. Unos meses después logró reposicionarse, mucho mejor, por cierto, y la familia recuperó la tranquilidad y la holgura para vivir, pero en ese período difícil, perdí mi virginidad por la cola.

    Para poder costear los aranceles de la universidad y mis propios gastos, tuve que empezar a trabajar en un pequeño minimarket. Como cajera. No era un trabajo difícil y me adapté rápido. Me complicaba los estudios pues el tiempo para prepararme para los exámenes y realizar los trabajos se reducía. Mi vida social casi se extinguió esos meses.

    Unos dos meses luego que empecé a trabajar llegó al minimarket un amigo de papá. Lo conocía bien pues iba siempre a casa. Charlamos un rato y se retiró luego de comprar. Desde ese momento volvió varias veces y yo me explayaba más sobre lo difícil que era trabajar y estudiar. Como le tenía una cierta confianza por los años que lo había visto, no me resultaba difícil charlar con él.

    Un día llegó casi a mi hora de salida y me propuso cenar algo cerca. Tenía mucha hambre y acepté. Fue una cena agradable y al concluir me dijo que tenía una propuesta de trabajo para mí. Que me la diría pero que, si no me agradaba, quedaba en nada y todo seguía igual.

    Me llamó la atención. Y le pedí que hablara, que me dijera cual era la propuesta. Palabras más, palabras menos, se resumía en que él me pagaba lo mismo que en el minimarket por acostarnos una vez a la semana. Me pareció muy osado, pero para ser sincera, no me molestó. Más de una vez había charlado con mis amigas sobre tener un sugar daddy, entre risas y copas y allí, sin buscarlo, surgió una propuesta.

    Le dije que no. Y le dije que no me incomodó su propuesta y que volviera cuando quisiera por la tienda. Charlamos un rato más, salimos y nos despedimos.

    Volvió con frecuencia a la tienda el siguiente mes. Un par de veces me invitó a cenar. Ni una sola vez mencionó su propuesta. Finalmente, apremiada por lo complicado que se me ponía el fin de ciclo, le pregunté si la misma seguía en pie. Me dijo que sí. Estábamos de acuerdo.

    Le dije que me preocupaba el que hacer, en el tiempo que supuestamente debería estar trabajando. Mis papás sabían que lo estaba haciendo y mis horarios. Me dijo que había pensado en eso. Que tenía un apartamento pequeño, a una cuadras de donde trabajaba, donde podía ir a estudiar esas horas y donde me visitaría una vez por semana. Me llamó la atención la prolijidad de sus arreglos, pero por lo que sabía de él, se dedicaba al negocio inmobiliario y no fue algo fuera de lo normal.

    Al día siguiente renuncié. Me recogió y me llevó al apartamento. Era pequeñito, un monoambiente, con un baño chiquitito. Una cama de dos plazas era el mobiliario central, un par de sofás, una mesa para dos personas y una pequeña cocina con lo indispensable. No me hubiera resultado cómodo tener que vivir allí, pero para pasar las 8 horas en las que debería estar trabajando, estaba perfecto. Y, para estudiar, mejor aún.

    Pensé que en ese momento tendríamos sexo. Estaba algo nerviosa, pero dispuesta. Pero fue caballero, me dijo que me acostumbrara al lugar y que volvería el siguiente viernes, a las 5pm, para nuestro encuentro. Hasta ahora me sorprendo la naturalidad con la que todo fluyó. Suavemente, sin estridencias, era una dama de compañía con un sugar daddy.

    Todos los viernes teníamos buen sexo. Era mucho mayor que yo y tenía una gran experiencia. Aprendí muchas cosas de él y realmente lo disfrutaba. En algún momento me preguntó si lo hacía por la cola y le dije que no. Que nunca lo había hecho por allí. No repreguntó no la pidió, no molestó más con eso.

    Fueron pasando los meses, terminé la universidad. Empecé a preparar la tesis. Ese pequeño apartamento me resultó perfecto. Me regaló una laptop, que me fue muy útil. Me enamoré de él.

    Sin decirle que estaba enamorada le dije que podía venir los días que quisiera a verme. Era un hombre casado (lo supe siempre) y con mucho trabajo (me resultaba evidente). Empezó a visitarme 2, hasta 3 veces a la semana.

    Avancé mi tesis, la presenté, me la aceptaron y me pusieron la fecha de sustentación. Con ello terminaba la universidad. Feliz y enamorada como estaba, decidí entregarle mi cola. Ahora pienso que fue más agradecimiento que amor. Realmente me había solucionado la vida en ese momento difícil. Pero a mis 23 años, luego de varios meses de usar el pequeño apartamento, seguía siendo una nena romántica que pensaba que el amor lo era todo.

    En medio de un orgasmo se lo dije “quiero entregarte mi cola”. Se excitó tanto que llegó un minuto después. En calma, acostados sobre la cama me preguntó si estaba segura. Le dije que sí. Ese día tenía ya que irse y me dijo que dos días después volvería y lo haríamos.

    Estaba nerviosa, pero feliz. Con la dicha de quien enamorada se entrega por puro amor. Así me sentía, dichosa y plena.

    Me compré una tanga bonita. Una minifalda sexy. Tenía la blusa apropiada. Lo espere recién duchada y con ansías de entregarme analmente a él.

    Llegó con flores. Más de una vez las había llevado. Pero esas me parecieron más grandes y especiales. Nos besamos. Me pidió que no me saque la ropa. Él se desnudó. Con delicadeza me acostó sobre la cama. Me desnudo lentamente besándome toda. Me puso boca abajo.

    Con paciencia y amor (lo sentí en ese momento) me besaba la espalda mientras me acariciaba espalda, nalgas y muslos. Sus besos fueron bajando. Poco a poco se concentraron en mis muslos y nalgas. Yo suspiraba. Se focalizaron en mis nalgas y me sentía dichosa y feliz, amada.

    En algún momento separó mis nalgas con sus manos y comenzó a olisquear entre ellas. Su respiración elevó mi excitación. Lentamente comenzó a lamerme entre las nalgas y finalmente lamió mi culito que ya palpitaba.

    Por largos minutos me lo lamió. Me deshacía de placer. Estuve a punto del orgasmo, luego me introdujo un dedo, que no me hizo doler lo más mínimo, luego el segundo. Ese si me dolió un poco, pero un dolor que fue disipado rápidamente por el placer.

    Retiró ambos. Me puso una crema en mi culito, que sentí muy fría, luego supe que era un lubricante anal. Se acostó encima mío y con tiernas palabras al oído me dijo que me haría su mujer.

    Ya era su mujer. Pero me dijo que me “haría su mujer” eso me hizo sentir muy bien. En ese momento sentí como la cabeza de su pene ingresó. Sentí un dolor que me resultaba insoportable. Él me seguía diciendo cosas bonitas y me tenía sujetada. Me pedía que me relaje, que esté tranquila y lo estuve. Se quedó quieto unos minutos que se me hicieron interminables. Finalmente dejó de dolerme.

    Al darse cuenta que mi dolor se había disipado, me dijo “mi amor, ahora vamos con todo”. Asentí sin decir palabra y poco a poco, lentamente, me introdujo toda su verga. El dolor era terrible, pero estaba dispuesta a soportarlo por él. Cuando toda estuvo dentro, las lágrimas se me caían. El me consolaba y besaba mucho.

    El dolor empezó a mezclarse con placer y pronto el placer venció. Cuando lo supo, comenzó a moverse lentamente, luego más fuertemente, siempre boca abajo, con él encima, llegué a mi primer orgasmo anal y él llegó conmigo.

  • El aprendiz de fontanero

    El aprendiz de fontanero

    Mi nombre no importa, mi aspecto tampoco importa demasiado. Sin embargo, les contaré algo de mí que considero importante para el relato. Tengo 44 años y soy mujer. Vivo con un tío que me saca cinco años de edad y una cabeza de estatura. Lo segundo está bien, ya que me gustan altos. Mi «chico», como le llamo a pesar de la edad, me gusta ya que habla bien y es lo suficientemente culto como para no aburrir. En la cama tampoco se maneja mal del todo, pero bueno, al final es un poco lo mismo de siempre. Aun así, le quiero, eso que quede claro.

    Hará una semana o así, el sol se coló por la rendija de la ventana despertándome unos minutos antes de la hora. Me estiré en la cama todo lo que pude intentando acallar un enorme bostezo. Miré a mi hombre que dormía junto a mí, dándome la espalda. En ese instante acababa de despertarse y distraído, se rascaba el culo enfundado en unos calzoncillos azul oscuro.

    Suspiré.

    Hubo un tiempo en que su trasero me gustaba. Incluso había jugado a besar las peludas nalgas o a rozar mi mejilla contra ellas notando el cosquilleo de esos pelos. Entonces, él era un adicto al gimnasio y estaba bien duro. Por desgracia todo eso formaba parte del pasado y ahora, a la falta de ejercicio, se unía la edad. La gravedad tiraba sin misericordia de su culo y lo que antes era consistencia ahora tenía cierta flacidez.

    «Por lo menos no se ha tirado un pedo» pensé.

    Y es que las flatulencias accidentales se repetían con cierta frecuencia durante esas mañanas. Algunas, insonoras, podían pasar desapercibidas al oído, pero no al olfato. Pero bueno, una se acostumbra a todo y, además, si él ventosea yo me tiro algún que otro cuesco que a veces, todo hay que decirlo, relaja bastante.

    Pero ese día, en lugar de ruidos y olores, tuvimos sexo. Lo que se conoce como «un rapidito».

    -¿Lo hacemos?- me dijo

    – No creo que te dé tiempo. – repliqué.

    – Será rápido. – concluyó.

    Me puse de lado y me quité las bragas. Él me tomó por detrás, introduciendo su miembro en mi vagina. La verdad es que da un gustito especial cuando no se espera.

    ***********

    Horas más tarde, mientras fregaba los platos, el sumidero del fregadero de la cocina se atrancó.

    Intenté solucionarlo con un desatascador de ventosa, pero el problema persistía y decidí llamar a un fontanero.

    El profesional llegaría en media hora. Me cambié de pantalones de casa, poniéndome unos limpios y me eché un poco de perfume. También aproveché para ventilar la casa.

    Cuando el timbre sonó me encontré con dos hombres, uno que pasaría de los cincuenta y muchos y otro mucho más joven que no creo que tuviese más de veintidós primaveras. El mayor tenía algo de tripa, pelo en el pecho, cabello gris y bastante labia. El joven, por el contrario, era más bien delgaducho y callado.

    – Buenas señora. ¿Dónde está la avería? – preguntó el mayor.

    Le indiqué el sitio y tras comprobar que el agua no pasaba, con una llave inglesa en la mano, se agachó para inspeccionar los tubos de debajo del fregadero.

    Los pantalones vaqueros que llevaba se deslizaron ligeramente y el principio de la raja del culo quedo al aire.

    «Es imposible que no sepa que está enseñando trasero, tiene que notar una corriente de aire» pensé mientras notaba un cosquilleo en mis partes.

    – Nada, esto es sencillo. – dijo mientras se levantaba no sin cierto esfuerzo.

    En ese momento, el timbre de un móvil comenzó a sonar.

    El fontanero respondió a la llamada y tras una breve conversación dijo.

    – Tengo que irme, un escape de tubería urgente. – dijo.

    – pero… – respondí pensando en mi problema sin resolver.

    – Ah, no se preocupe señora. Aquí el chico le arregla el tema. Es fácil.

    Y sin más se marchó dejándome sola con el joven.

    – ¿Cómo te llamas? – le pregunté.

    – David, señora.- respondió.

    – Pues todo tuyo.

    El chico era más flexible que el fontanero que se acababa de ir. Cuando se arrodilló, su trasero pequeño se notaba tenso bajo los pantalones y no pude evitar sentirme atraída por él, quería tocarlo pero eso no era apropiado, así que toqué mi propio cuerpo, deslicé la mano bajo mis pantalones y me masturbé mientras el joven trabajaba.

    De repente, el agua se escapó en un chorrete continuo. David, salió del hueco y con cara de evidente nerviosismo, buscó la llave de paso y cortó el agua.

    – Voy a por la fregona. – dije.

    Me sentía molesta porque la avería no estaba resuelta y porque el contratiempo me había aguado la fiesta sexual.

    – Bueno yo creo… – empezó el fontanero.

    – ¿Sabes cómo resolverlo? ¿O mejor llamo a tu jefe?

    – Por favor señora, no haga eso… yo se lo arreglo, pero necesito tiempo y…

    Entonces me enfadé, no tenía tiempo y dudaba de su capacidad.

    – Por favor, no llame, yo vengo esta tarde con una pieza nueva y se la pongo.

    El móvil sonó.

    – Es tu jefe, querrá saber como ha ido todo. – dije mirándolo sin piedad.

    – Por favor, diga que esta todo bien. Yo haré lo que me pida.

    Cogí el teléfono y con la voz más alegre de lo habitual, informé al fontanero de mayor edad que todo estaba bien. Luego, dirigiéndome a David le dije.

    – Desnúdate.

    – ¿Señora?

    Hice ademán de coger el teléfono de nuevo.

    – Esta bien, está bien. – se apresuró a decir el aprendiz.

    Con el rostro encarnado comenzó a desnudarse. Finalmente se quitó los calzoncillos y pude verle el pene.

    – Ven aquí.

    Obedeció.

    Observé de cerca el miembro y lo acaricié con la mano. Luego le miré el culito, la raja era generosa y en las nalgas crecían un par de granos, de esos que dan ganas de estrujar, no tenía apenas vello.

    Me agaché y separando los «cachetes» localicé el ano y metiendo la lengua comencé a lamerlo. David se apartó un poco y le di un azote.

    – Quieto y nada de pedos o te azoto con el cepillo.

    La amenaza me puso todavía más cachonda.

    Cuando terminé con el culo, me encargué del pene, masturbándoselo. Luego lo metí en mi boca y comencé a chuparlo como si se tratase de un helado de polo. El «plátano» se puso duro y comenzó a palpitar como si tuviese vida propia mientras su dueño gemía.

    – Listo. Aquí tienes un condón. Póntelo – dije.

    El chico se lo puso y yo aproveché para besarle en la boca. Luego, me encaramé a la encimera y me abrí de piernas.

    No tuve que dirigirle, simplemente metió la verga entre mis piernas y embistió con toda la energía de la juventud haciéndome gritar de placer.

    Me folló durante un par de minutos en esa posición y luego volteándome me tomo por detrás. El placer recorrió mi cuerpo mientras sus huevos chocaban contra mis nalgas. No tardamos en corrernos.

  • Pago a mi casero

    Pago a mi casero

    Soy una chica que llegó a la capital a buscar una mejor vida e independencia, tenía solo 20 años cuando llegué a la capital. Yo buscaba una habitación, hasta que vi por Facebook un anuncio que decía «arriendo habitación a persona sola de preferencia mujer».

    Yo llamé de inmediato y me respondió un señor muy amablemente y me dio una cita para que conociera la habitación y hablar de precio y esas cosas.

    Quedamos a las 2 de la tarde en vernos en una estación de buses cerca del departamento del señor a quien llamaremos Pedro.

    Yo fui vestida con una falda larga color negro pero ajustada y con una abertura en la pierna y un top manga larga donde se dejaba ver mis pechos grandes, pero firmes. El cabello suelto liso hasta la cintura y bien maquillada.

    Cuando llegué el señor ya estaba esperando en el lugar yo me presenté y le dije que estaba muy interesada en la habitación.

    Nos fuimos a su departamento y estaba muy limpio para ser de un hombre que vivía solo, me mostró la habitación que tenía en arriendo, pero me dijo que el baño teníamos que compartirlo y que si tenía algún inconveniente de que estuviera en su habitación, por el precio que me estaba dando yo no dudé en aceptar.

    Ese mismo día en la noche busqué mis cositas y me mudé sin pensarlo dos veces.

    Comencé a notar que el señor Pedro me miraba mucho y eso a mí me encantaba, me coloqué una sudadera no llevaba brasier y solo un cachetero, la sudadera apenas tapaba mi trasero y le pregunté al señor Pedro que si le incomodaba me podía cambiar y él me dijo que no, que estaba en mi casa.

    Continuará.

  • La casa de la playa (parte 1)

    La casa de la playa (parte 1)

    Era un soleado viernes de verano cuando mi novio y yo estábamos por llegar a una remota playa; donde se encontraba nuestra futura residencia de descanso, al menos por ese fin de semana. Somos de la ciudad de México y ambos tenemos 24 años. Mi novio es abogado, especializado en la compra y venta de inmuebles; yo soy arquitecta. Tuvimos la dicha de conocernos hace casi 2 años cuando trabajábamos en un proyecto en común para una constructora y de inmediato comenzamos a salir como pareja.

    Mi novio tiene muy buen ojo para los bienes raíces, por lo que le va muy bien económicamente hablando. En ese día íbamos a revisar los últimos detalles de la remodelación de una casa de playa antes de entregarla a su nuevo dueño. Siendo una de las ventajas de dedicarse a este negocio, la oportunidad de poder utilizar la propiedad en cuestión durante el tiempo que se realiza la transacción de compra-venta.

    Como la casa estaba ubicada a un par de horas de la zona urbana más cercana, la habíamos conseguido a muy buen precio de su antiguo dueño a quien le resultaba incómodo los traslados.

    Pero por ésta misma razón, al encontrarse tan retirada contaba con una playa prácticamente de forma exclusiva para quien valorara su privacidad. Por lo que no se necesitó mucho tiempo para encontrar quien estuviera interesado, sólo era necesario realizar una remodelación la cual ya estaba en su fase final.

    El plan era llegar ese día a la casa antes de mediodía, comprobar que se finalizaran los últimos retoques de la remodelación, pagar a los obreros y despacharlos para después poder disfrutar de un fin de semana en pareja antes de entregar la casa el siguiente lunes. Por esta razón llevábamos exclusivamente ropa de playa y algunas provisiones, licor principalmente, para esos tres días.

    La casa original tenía un diseño clásico, por no decir anticuado, por lo que la mayoría de las remodelaciones habían sido con el propósito de modernizarla, favoreciendo la convivencia en las áreas comunes. Se había derribado el muro de la sala principal para unirla a la piscina, que se encontraba en la parte posterior, justo sobre la playa; por lo que tenía una vista maravillosa desde prácticamente cualquier habitación.

    Al entrar a la casa nos encontramos con dos carpinteros, a quienes mi novio había contratado para instalar los armarios y canceles de las habitaciones. Ellos eran Pedro y Pablo, dos chicos de un poblado cercano que realizaban trabajos de carpintería y construcción en general por su cuenta. Ambos eran morenos altos y fuertes, de musculosa anatomía, como de 20 años aproximadamente. Debido al calor y la humedad del día, se encontraban trabajando sin camisa, cubiertos de sudor y arena por sus musculosos torsos; por lo que pude percibir su fuerte olor de hombre cuando nos acercamos a saludar cortésmente.

    Yo vestía algo cómoda, nada glamorosa, sólo una blusa blanca de botones, unos pantaloncillos tipo safari y un par de sandalias de playa; sin una gota de maquillaje en mi rostro, previniendo que este se corriera a causa del calor y humedad del ambiente. Aun así, los chicos no dejaban de mirarme con interés; lo que al principio me incomodó un poco, pues yo no los conocía muy bien. Pero luego razoné que esto era lógico, dado que llevaban ahí varios días y no había otra mujer presente en kilómetros.

    Mi novio había contratado directamente a los dos chicos para evitar utilizar un contratista; ya que él tiene la idea que estos suelen elevar los costos de la obra. Esto conlleva a que frecuentemente se le pasen algunos detalles por no conocer los tecnicismos de la industria de la construcción. Ese mismo día, había ocurrido un incidente con las puertas de los armarios de algunas de las habitaciones que estaba retrasando los trabajos.

    Al parecer el proveedor de éstas había entregado unos días antes unas puertas que no embonaban en el espacio destinado a los armarios; por lo que los chicos no habían podido instalarlas. Mi novio estaba furioso, sin poder desquitarse con nadie ya que el error había sido totalmente de él; al no considerar las dimensiones reales de los empotrados de las puertas.

    Habló por teléfono con el proveedor buscando una solución; pero ésta no resultaba práctica, ya que demoraría 2 días más en lo que venía a recoger las puertas para llevarlas a su taller y poder corregir el excedente. Lo que era inaceptable tomando en cuenta nuestro plazo de entrega para la casa; ya que, al haber solicitado un préstamo para adquirir la propiedad, cualquier retraso en finiquitar el mismo causaba el cobro de intereses que desvanecerían nuestra utilidad en un ‘dos por tres’.

    Al final, Pedro y Pablo ofrecieron realizar ellos mismos los ajustes a las puertas para poder instalarlas, lo cual implicaba que no terminarían las remodelaciones hasta el siguiente día temprano por la mañana.

    Sin ninguna otra opción, mi novio aceptó la oferta, no sin antes negociar la tarifa que exigían los chicos por efectuar ese trabajo extra. Evidentemente ésto cancelaba nuestros planes para un fin de semana romántico solo nosotros dos, pero no había nada más que pudiéramos hacer, la casa se tenía que entregar en la fecha acordada.

    Ambos chicos se pusieron a trabajar en una de las habitaciones de huéspedes; en lo que nosotros bajábamos nuestras cosas del coche para llevarlas a la recámara principal. Después de instalarnos, mi novio se sentó en el sofá frente a la piscina y comenzó a beber una cerveza tratando de desestresarse. De igual manera yo, en el papel de su novia, lo acompañé sentándome a su lado para confortarlo con mis caricias intentando hacerlo olvidar ese mal rato. Unas cuantas cervezas después su estado de ánimo mejoró un poco.

    —Preciosa, ¿por qué no vas y te cambias para que disfrutes un rato de la piscina? —sugirió cariñosamente, alegre por el alcohol.

    —¿Enfrente de los chicos amor? —pregunté preocupada, por tener que vestir uno de mis diminutos trajes de baño ante la vista de dos desconocidos.

    —No te preocupes por esos pendejos, ellos están trabajando en la habitación del fondo de la casa —respondió mi novio despectivamente—. Además, les alegrarías el día, porque es seguro que nunca volverán a ver una mujer tan hermosa como tú en su vida —agregó en tono de broma, burlándose del origen humilde de sus empleados.

    Para quien no lo conocía, ciertamente mi novio podría ser algo altanero y pedante. El tipo de persona que siempre buscaba sacar provecho de los demás y que cuando se presentaba una oportunidad, no dudaba en humillarte sólo por diversión. Sin embargo, era muy trabajador, con una gran determinación y ambición que me habían hecho enamorarme de él desde que lo conocí; pues sabía bien que llegaría muy lejos profesionalmente. Un hombre habituado a luchar por lo que quiere y restregártelo en la cara.

    Yo sonreí con su manera tan particular de halagarme y accedí a su petición sólo para complacerlo; después de todo a que mujer no le gusta sentirse deseada. Además, “¿qué objeto tiene tener una novia tan hermosa como yo, si no la puedes presumir a otros hombres?”, razoné contagiada por su soberbia.

    Y la verdad, es que sí me considero muy atractiva. Mido 1.75 metros de estatura, con un lindo rostro, piel blanca, hermosos ojos color miel, cabello castaño claro; una hermosa silueta muy bien proporcionada, dos redondos y voluptuosos senos al frente, vientre plano y un trasero firme y respingado. Atributos físicos que no dudo en utilizar para persuadir a mi novio, o cualquier otro hombre, a que cumpla mis caprichos.

    Fui a la recamará principal, para ponerme un traje de baño con que meterme a nadar en la piscina. Escogí uno con estampado en verde, que sabía que a mi novio le encantaba y regresé a su lado para terminar de beber mi cerveza.

    —¡Te ves buenísima! —exclamó mi novio tan pronto me vio, jalándome del brazo para sentarme en su regazo.

    Yo sonreí indiferente, en lo que él se daba gusto besándome vorazmente en el cuello y manoseaba con lujuria mi cuerpo. Su entusiasmo duró poco a causa del alcohol en su sangre por lo que procedí a dejarlo por el momento, despidiéndome con un tierno beso para ir a refrescarme un poco nadando en la piscina frente a él.

    Debido al calor de la tarde, el agua se sentía deliciosa; por lo que no batallé en dejarme llevar, enajenada completamente, flotando libremente de lado a lado por toda la piscina. Cerré los ojos para poner mi mente totalmente en blanco, ajena a lo que ocurría a mi alrededor; ayudada también en gran medida por el alcohol. Razón por la que no pude percibir la invasión a mi privacidad de la que estaba siendo objeto.

    Llevaba varios minutos deslizándome sobre la superficie del agua apaciblemente, cuando un pequeño ruido a lo lejos llamó mi atención. Salí de mi trance sólo para encontrarme hurgada por las miradas morbosas de los obreros; que en forma furtiva me espiaban desde la ventana de una de las habitaciones.

    Traviesos e indiscretos, murmurando entre ellos; seguramente acerca del hermoso y escultural cuerpo que se exhibía frente a sus ojos, tan cercano e inaccesible a la vez. No pude evitar sentir pena por ellos al reconocer que jamás tendrían la oportunidad de estar con una mujer como yo; pero imitando la actitud soberbia de mí pareja decidí ignorarlos con desprecio.

    Después de un rato de estar bajo el escrutinio de aquellos chicos; mi novio, bastante ebrio, se acercó a la piscina para traerme amablemente algo que beber. Al darse cuenta del atrevimiento de sus empleados no pudo ocultar su molestia; por lo que comenzó a increpar a los pobres chicos con palabras altisonantes y algunas bromas de muy mal gusto.

    —¡Pónganse a jalar si quieren tener una vieja igual de buena, par de huevones pervertidos! —gritó un poco en broma, un poco en serio bajo los influjos del alcohol.

    Los chicos sonrieron ignorando las soeces palabras de mi novio. Se suponía que se habían comprometido a terminar de instalar los armarios en ese mismo día; pero con mi perturbadora presencia interrumpiendo su concentración, no paraban de regresar a su posición en la ventana con cualquier excusa ansiosos por continuar apreciando mi cuerpo.

    —¡Órale cabrones!… Si tantas ganas tienes de ver a mi vieja … acérquense para que la vean bien —exclamó mi novio tartamudeando por el alcohol.

    En lugar de molestarme por la indiscreción de los chicos o las bromas de mi novio, yo lo tomé de buen humor riendo divertida por la situación. Aunque para ser sincera, el hecho de que esos dos jóvenes se sintieran atraídos por mi físico me hacía sentir halagada incrementando mi vanidad en gran manera. Y como mi novio estaba presente no tenía ningún motivo para sentirme vulnerable o en peligro, por lo que continué exhibiéndome delante de aquellos dos extraños.

    —¡Ni te rías… que tú vas a ser quién pague el tiempo extra que… se demoren estos pendejos! —amenazó mi novio siguiendo con sus pesadas bromas, antes de beber un poco más de su cerveza.

    Pasaron un par de horas con mi novio y yo entrando y saliendo de la piscina para regular nuestra temperatura, según nuestro termostato corporal lo indicara. A estas alturas él ya se comportaba más que sólo cariñoso, aprovechando cualquier oportunidad para echar mano a mis encantos bajo el traje de baño.

    —¡Te quiero coger perra! —exclamó vulgarmente en el oído, antes de plantarme un enorme beso en el cuello.

    Tan pronto escuché esas sucias palabras comencé a sentirme excitada. Si había alguna cualidad que me había hecho enamorarme de mi novio era su actitud dominante y segura; cualidades de gran utilidad en el mercado inmobiliario pues frecuentemente defender el punto de vista propio, aun cuando uno esté equivocado, puede ser la diferencia entre conseguir una jugosa ganancia o sufrir una desastrosa pérdida.

    Como se han de imaginar, es casi imposible que el carácter fuerte de una persona se mantenga confinado al mundo de los negocios solamente. Motivo por el que en la intimidad de la recamara era mi novio quien siempre debería tener la última palabra, o al menos debería parecer que fuese así, por lo cual no era algo habitual que yo le negara sexo.

    Sin embargo, la situación actual era un poco diferente. Aunque ya no se escuchaba ningún ruido de los chicos, y la oscuridad cubría casi todo alrededor de la piscina, al principio dudé en acceder a su petición pues sabía que no estábamos completamente solos aquella noche.

    —¿Quieres ir a la habitación amor? —pregunté tímidamente, preocupada por tener más de un par de ojos sobre mí cuerpo desnudo mientras hiciéramos el amor.

    Mi novio sin embargo me miró con un gesto de desdén, decepcionado por mi aparente genuina modestia. Sus ojos se dirigieron por un segundo hacia la última habitación, donde momentos antes habían estado trabajando aquel par de chicos; sólo para clavarlos nuevamente en mí de manera inquisidora.

    —¡No seas tonta! —reprendió mi novio—. ¿Para qué quieres una casa en la playa, sino puedes coger al aire libre cuando se te antoje? ¿O acaso crees que los futuros dueños dejarían de coger sólo porque sus sirvientes se encuentren en la casa? —preguntó obscenamente en forma retórica, con una sonrisa de lujuria en su rostro—. Así que ve acostumbrándote chiquita, porque cuando tengamos nuestra propia casa de playa también tendremos muchos sirvientes a nuestro alrededor —concluyó en tono de broma.

    Su argumento me dejó sin palabras, pues aún con los estragos del alcohol la lógica de mi novio era perfectamente válida. Habíamos llegado hasta ese remoto lugar, en aquel caluroso día, con el único objetivo de disfrutar de un poco de intimidad al aire libre. No existía razón alguna para que un par de simples obreros, nos privaran de algo por lo que ambos habíamos trabajado tanto; que nosotros merecíamos por derecho.

    Por otro lado, el morbo que me provocaba saber qué tan sólo unas horas antes había sido observada con deseo por aquellos dos desconocidos; había dejado en mí un extraño cosquilleo difícil de explicar. Definitivamente estaba muy excitada y con ganas de fornicar. Sonreí sin tener nada más que objetar frente al razonamiento de mi novio (después de todo era un gran abogado), dispuesta y ansiosa por la oportunidad de tener sexo al aire libre.

    Condescendientemente, me dejé caer en sus brazos, premiándolo con apasionados besos, que viajaron lentamente desde sus labios hasta su velludo pecho.

    Aun cuando mi lengua se encontraba levemente adormecida, pude saborear sobre su piel, el salado sabor que la cerveza y el sudor habían dejado. Como un reflejo apreté suavemente mis labios, procurando sujetar varios de sus gruesos cabellos pectorales con el fin de tirar de ellos levemente con malicia.

    —¡Pendeja! —exclamó mi novio, con un gesto de dolor al sentir mis perversas caricias sobre su torso.

    Pero sus protestas no me harían desistir, sino todo lo contrario, me alentaban aún más. Por lo que siguiendo con mi jugueteo me concentré en la sensible área de sus pezones; mordisqueándolos repetidamente provocando que sus graves quejidos se incrementaran aún más en frecuencia e intensidad, rompiendo el monótono silencio de la noche.

    —Sigue así —suplicó fingiéndose valiente; tolerando un poco más el dolor.

    Ciertamente la anatomía de mi novio distaba mucho de ser una con la que toda mujer sueña en un hombre. Un cuerpo un poco obeso, algo flácido y con una abultada barriga lo descalificaban de cualquier competencia de físico culturismo. De igual manera, su miembro viril no le hacía justicia a su enorme ego; siendo este apenas de un tamaño ‘promedio’, en el mejor de los casos.

    En lo personal, siendo yo una chica tan bella y ‘social’ que gustaba de divertirse desenfrenadamente, había tenido la oportunidad de gozar fornicando salvajemente con hombres realmente muy bien dotados, con miembros mucho más grandes y gruesos que el de mi novio (algunos incluso después de haber formalizado mi relación con él). Pero aquellos encuentros habían sido fortuitos, resultados de alguna noche de copas, instinto animal principalmente; a mi novio lo amaba con todo mi corazón.

    Mis sentimientos por él eran tan sinceros y genuinos que me había sentido obligada a confesarle todo acerca de esas carnales aventuras. Quizás un poco amparada en el hecho de que su gran ego, le impedían sentir celos de cualquier otro hombre con el que yo hubiese estado en el pasado… o en el futuro.

    Continué con mis caricias bajando por su cuerpo, mordisqueando con mis suaves labios su abultado vientre; sujetándome por su cintura, hasta casi sumergirme en el agua. Él indiferente, recargó su cuerpo en el borde de la piscina y alargó su brazo alcanzando nuevamente su cerveza para darle un gran trago. Como si se tratase de un sediento camello que, recién terminando un largo viaje, bebía de su botella ignorando completamente mis caricias; como si en ese momento para él no fueran suficientes o carecieran de valor.

    Molesta por su actitud, con un rápido movimiento de mis manos aflojé la cinta elástica de su bañador, jalándolo hacia abajo con violencia para desnudarlo; suponiendo correctamente que su pene debería ser más participativo.

    Mi plan funcionó, pues su excitación se hizo presente casi de inmediato, clavando su duro miembro en medio de mis senos, como una filosa y letal daga que trataba de perforar mi corazón. Sonriente, levanté la mirada buscando reflejarme en sus ojos, pero él totalmente ajeno a mis lúdicas acciones se limitaba a seguir bebiendo embruteciendo sus neuronas con alcohol.

    Decidida a llamar su atención, jalé suavemente su miembro hacia arriba manteniéndolo sobre el nivel del agua, colocándolo justo bajo mi nariz. Su olor era rancio y agrio, como debe oler el miembro de un verdadero hombre. Respiré profundo para dejar que ese picante aroma bajara por mi garganta llenando mis pulmones.

    Intoxicada, di una rápida caricia con la punta de mi lengua para saborear aquel erecto falo frente a mí. Sirviendo esto de preludio solamente para los largos lengüetazos que le seguiría regalando, intentando maximizar su erección. Sabía delicioso, como si se tratase de una suculenta paleta de hielo durante el más ardiente día del verano; al menos lo segundo era cierto.

    Me detuve por un momento en el tallo de su miembro, donde dos peludas bolas colgaban campaneando, golpeándose entre ellas; el punto preciso donde decidí colocarle otro provocativo beso. Era imposible evitar el cosquilleo que aquellos gruesos y ásperos cabellos púbicos provocaban en mi rostro. Apreté mis labios tratando nuevamente de retener la mayor cantidad de ellos; sólo para liberarlos uno a uno con un pequeño pellizco que se reflejaba en el rostro de mi novio con dolor.

    Una vez que todos esos cabellos fueron liberados, procedí a colocar mis labios alrededor de la cabeza de su pene; y siendo este de un tamaño ‘promedio’, no tuve problemas para introducirlo completamente dentro de mi boca. Lenta y suavemente masajeaba con mi lengua cada centímetro de aquel suculento miembro viril. Deteniéndome únicamente para levantar la mirada buscando ver el rostro de mi amado.

    Él sonrió satisfecho con la imagen de su novia arrodillada frente a él, devorando su miembro vorazmente; “¿qué otra cosa podía él desear en ese momento?”, me apresuré a pensar.

    Y en medio de un extraño gesto, mi novio levantó su brazo derecho sosteniendo en la mano su botella de cerveza dejándome intrigada. Daba la impresión de que él estuviera dirigiendo un saludo a alguien que se encontraba distante; o, mejor dicho, que estuviese realizando un solitario brindis con algún imaginario compañero de juerga.

    Un extraño escalofrío recorrió todo mi cuerpo quedando totalmente paralizada, al tiempo que mis ojos se abrían como un par de enormes platos que reflejaban el terror en mi interior. “¿Sería posible que aquel par de sucios obreros nos estuvieran observando en ese preciso momento?”.

    Sentí pavor de ponerme en pie y verme obligada a voltear hacia el mismo lugar donde mi novio había dirigido su brindis. Cerré los ojos presa del pánico, aferrándome a aquel pedazo de carne frente a mí, desesperada por introducirlo en mi boca y concentrarme en seguir degustándolo. Incluso llegué a pensar, que mí única esperanza para evitar la humillación que imaginaba, era conseguir que esa sesión de sexo oral nunca terminara.

    Irónicamente mi novio podía haber ignorado todas mis caricias previas; pero el terror que me invadió en ese momento junto con la oportunidad de humillar a su novia sólo por diversión, eso definitivamente no lo podía dejar pasar.

    —¡Levántate perra! —ordenó jalando bruscamente mi cabello para ponerme en pie, olvidándose de la sesión de sexo oral que tan gentilmente yo le estaba regalando.

    Con el nivel del agua a la altura de mi cintura y sin poder presentar resistencia quedé en frente de mi novio inmóvil, resignada a sufrir sus humillaciones. Y en una muestra de perversidad digna de él, con un fuerte jalón arrancó el top que cubría mi pecho para lanzarlo lejos, dejando mis hermosos senos al descubierto. Me sentía perdida.

    Intenté reaccionar besándolo para sentarme en sus piernas y quedar con nuestros rostros frente a frente, evitando de esta manera, tener que mirar hacia la habitación donde se encontraban sus empleados; pero eso hubiera sido demasiado fácil. Adivinando mis intenciones me sujetó fuertemente por la cintura para hacerme girar bruscamente.

    —¿No te gustaba exhibirte perra? —preguntó en forma retórica haciendo referencia a lo que horas antes había estado ocurriendo en la piscina, cuando los chicos se divertían observándome nadar frente a ellos—. Deja que esos pendejos se diviertan —sentenció.

    Mi pesadilla se había vuelto real; así me lo confirmaban las groseras palabras que mi novio recién había pronunciado. Inmovilizada por el pánico no pude resistirme a sus perversas intenciones, obedeciendo sumisamente sus órdenes.

    Apreté fuerte mis ojos, evitando mirar por error hacia el sitio donde suponía que se ocultaban mi par de acechadores. Con un rápido movimiento de manos, mi novio desató ambos nudos de mi tanga; dejándola escapar flotando libremente en el agua. Mi mayor temor de aquel día había ocurrido, ¡me encontraba de pie en la piscina completamente desnuda frente a unos desconocidos! Esto sólo podía empeorar.

    Asiéndome por la cintura mi novio acercó mi cuerpo al suyo; deslizó su mano derecha por debajo de mi pierna, para levantarla y obligarme a sentar sobre su pene aún erecto. Sin preparación previa, su duro miembro entró bruscamente por mi vagina, provocándome lanzar un agudo gemido de dolor.

    —¡Mierda! —grité agradeciendo por primera vez en la vida, el tamaño menor al ‘promedio’ de su pene.

    —¡Silencio puta! —ordenó mi novio—, que esto apenas empieza.

    Y era verdad, el espectáculo recién iniciaba. Mi novio bajó del borde de la piscina para sumergir su cadera por debajo del nivel del agua; y en esa posición comenzar a empujar hacia arriba con un torpe movimiento de cadera, clavando su duro miembro en mi vagina un poco más con cada salto que me obligaba a efectuar.

    —Sonríe puta, que los chicos están viendo —ordenó mientras yo aún mantenía los ojos fuertemente cerrados.

    “¡Cielo santo, que clase de humillación! ¡Yo nunca había fornicado en público! Pero bueno, siempre hay una primera vez para todo”, pensé tontamente, tratando de afrontar mi destino o resignándome a él. Después de todo no había nada que yo pudiera hacer, si mi novio deseaba poseerme a la vista de sus empleados era seguro que así sería.

    —¡Sabes que te gusta, pinche puta! —exclamó groseramente, como si realmente pensara que me estaba dando el mejor sexo de mi vida.

    Sin embargo, el saber que aquellos dos desconocidos se encontraban observándome mientras fornicábamos al aire libre, despertó en mí una extraña sensación que nunca antes había experimentado. Casi podía imaginar a ambos chicos de pie al otro lado de la piscina, frotando frenéticamente sus enormes y gruesos miembros para masturbarse obscenamente; disfrutando con la escena que les estábamos regalando.

    Desde el punto de vista de efectividad física, el sexo que estaba recibiendo en ese momento dejaba mucho que desear; pero desde el punto de vista erótico, mi excitación estaba a punto de hacerme explotar. Por lo que después de escuchar las soeces palabras de mi novio comencé a gozar sin ningún tipo de vergüenza.

    Instintivamente eché mi cabeza hacia atrás, inclinando mi cuerpo para poder apoyar mis manos en el borde de la piscina; y sujetándome firmemente, poder realizar pequeños saltos en el agua con el propósito de corregir el torpe ritmo de las embestidas de mi novio.

    —¡Así cabrón, cógeme fuerte! —exclamé, indicando a mi novio como quería que me penetrara.

    —¡Sabía que te iba gustar, pinche puta! —respondió mi novio groseramente, tomando todo el crédito de mi placer; algo habitual en él.

    En ese momento no me importó la falta de honestidad de mi novio, yo sólo quería seguir gozando con su miembro en mi interior. Incluso hasta me había olvidado del par de obreros que suponía se encontraban espiándonos furtivamente desde una de las habitaciones.

    Después de unos minutos de estar gozando como locos, mi novio y yo alcanzamos el clímax casi al mismo tiempo; el cual para ser sincera, si no fuera por el morbo extra de voyerismo en el ambiente a nuestro alrededor, hubiese sido toda una decepción.

    —¡Oh, mierda! —exclamamos casi al mismo tiempo al haber alcanzado nuestro objetivo.

    Satisfechos por haber ambos conseguido un orgasmo nos recostamos abrazados a lado de la piscina, tan sólo por unos minutos para recuperarnos después del esfuerzo físico realizado antes de dirigirnos a dormir a nuestra habitación. Totalmente desnudos, caminamos por toda la casa, cubiertos sólo por la oscuridad de la noche; sin saber a ciencia cierta si aquellos dos obreros nos seguían observando.

    Tan pronto mi novio se recostó en la cama se quedó dormido como un tronco. En cambio yo, mi excitación era tal que, aún bajo los estragos del alcohol, me mantuve despierta por unos minutos más; minutos que aproveché para dar rienda suelta a mi imaginación libre de cualquier atadura moral.

    Fantaseaba con que aquellos dos atléticos y hermosos chicos, tuvieran suficiente valor para atreverse a entrar a mi habitación y, sin ninguna consideración, fuera sometida vilmente para obligarme a fornicar con ellos.

    Mi lascivia fue mi martirio. En el silencio de la noche el más pequeño y leve ruido aceleraba mi corazón junto con mi respiración; deseando que aquel crujido, por más insignificante que fuera, hubiese sido provocada por los pasos de alguno de los chicos afuera de la habitación. Con mi vagina completamente húmeda, me sujetaba fuertemente a las sábanas arañándolas con ambas manos, al tiempo que estiraba mis piernas temblorosas preparándome para ser penetrada violentamente justo al lado de mi novio.

    Después de todo, mi novio se había quedado profundamente dormido; y conociéndolo yo muy bien, sabía que esa noche ni un terremoto lo sacaría de los brazos de Morfeo. ¡Cielos, como deseaba que mi fantasía se volviera real! Razón por la que premeditadamente había decidido dejar la puerta abierta por esa única ocasión. Sin embargo, para mi desdicha mi plan no prosperó.

  • Cogiendo con mi suegro en el cumpleaños de mi novio

    Cogiendo con mi suegro en el cumpleaños de mi novio

    Era el cumpleaños número 26 de mi querido novio, estábamos todos los de su familia ahí reunidos, pero mi vista se fue directamente a su atractivo padre que ya cuenta con 55 años y de nombre Jorge, un hombre con una estatura normal, musculoso, cabello bien rubio a pesar de su edad y ojos marrones, una verdadera belleza de hombre maduro que excita a cualquiera.

    Le entregué el regalo a mi novio (un reloj dorado que él quería hace bastante tiempo) en gratitud a esto me dio un beso apasionado enfrente de todos y yo me fui a sentar al lado de su padre. Pasaron unos minutos y mi chico se puso a dialogar con sus amigos, mi suegra estaba en la cocina con sus hermanas y yo me quede conversando con Jorge.

    -Por lo visto a mi hijo le ha gustado mucho su regalo- dijo Jorge para iniciar una conversación.

    -Lo vio en una joyería hace tiempo y hoy he cobrado mi salario así que por lo tanto decidí regalárselo.

    -No lo malcríes tanto querida, el hombre es quien debe hacer regalos a la mujer.

    -No lo malcrió, se lo merece.

    -Él es muy afortunado de tener una novia tan hermosa y generosa como tú- cuando dijo esto una de sus manos fue directo hacia mi muslo desnudo, pues, tenía puesta una pollera negra con un gran tajo en la pierna.

    No hice ademán ni de moverme para sacar su mano, me acerqué más a él y le susurré al oído:-Él es tan atractivo como su padre.

    Le puse mi mano cerca de su pelvis y Jorge me lambió un poquito la oreja haciendo que me estremezca de placer.

    Jorge me acaricio por unos segundos más el muslo hasta que metió su mano por debajo de mi pollera para dirigirse a la zona de mi vulva, mire hacia la cocina y vi que su esposa ya venía para la sala de estar.

    -Necesito ir al baño- le dije esperando que entienda la indirecta y me siga, hizo lo que yo esperaba y en unos minutos se abrió la puerta del baño para darle paso a Jorge y cuando entro le puso llave a la puerta.

    -Para que nadie nos moleste a mí y a mi querida nuera- me dijo.

    -Estoy con mucho deseo de que me hagas tuya- le confesé.

    -Ya me había dado cuenta, mi cielo, siempre te sientas a mi lado y te levantas la falda hasta el otro día apoyaste tu hermoso trasero en mi miembro.

    -Me alegro mucho de que entiendas mis indirectas- le respondí acercándome a él.

    -Mi hijo va a ser muy cornudo hoy, igualmente desde hace tiempo ya lo es- fue su respuesta mientras me agarraba de la cintura y me apretaba contra su cuerpo.

    -¿Qué quieres decir?- le pregunté sorprendida de que supiera mi secreto.

    -Cuando te quedaste a dormir el otro día te vi en la cocina a la madrugada, te estabas besando apasionadamente con Alexander y luego se pusieron a follar deliciosamente contra la pared y ahora vas a coger conmigo.

    -Está bien, lo vamos a hacer y los cuernos de mi novio crecerán mucho más.

    (Alexander es el hermano menor de mi novio, cuenta con 18 años y hace el amor muy rico).

    Mi suegro no me dejo seguir hablando, me metió la lengua en mi boca para silenciarme con un apasionado beso que he disfrutado mucho.

    Me libere del beso casi sin aliento, pues, mi querido suegro besaba tan rico que te hacía temblar las piernas, era puro fuego.

    -Provocame como lo hiciste en la sala de estar- me susurra.

    Me levanto la falda hasta la altura de mi abdomen dejando todas mis blancas nalgas al descubierto, me apoyo en el inodoro y levanto mi trasero en dirección a Jorge, lo empiezo a mover de una manera muy provocativa.

    -Dame unas nalgadas papi- le digo con voz sensual y bajita.

    Él me empieza a dar unas tremendas nalgadas que suenan muy fuertes y yo empiezo a gemir de la satisfacción, cada nalgada es más fuerte que la anterior y eso a mí me encanta.

    Sentí sus manos acariciando mi trasero y dándole nalgadas hasta que él me bajo mi braga, me abrió el culo con ambas de sus manos y me metió su dedo con mucha saliva, exploro en mi interior con la ayuda de su dedo y luego escupió con mucha abundancia en mi agujero antes de meter su cálida y rápida lengua.

    Con su mano libre lo siguiente que hizo fue abrir mi vagina, encontró mi clítoris y me la empezó a acariciar suavemente, al mismo ritmo que me estaba chupando el trasero, iba muy sincronizado, empecé a frotar mi culo contra su cara dejándole la boca llena de mis fluidos que él iba saboreando a la vez que me penetraba más a fondo con su lengua.

    Cuando mi trasero quedo totalmente estimulado y con mucha humedad Jorge dejo de lamberlo.

    Se quitó los pantalones junto con la ropa interior, agarro ambos de mis senos y con una embestida hundió su pene dentro del agujero de mi culo.

    Empezó a moverse en mi interior, a masajearme frenéticamente los senos y me daba unas lambidas en mi nuca mientras su pene me embestía rápidamente y mi humedad se hacía cada vez más abundante a la vez que mi placer también crecía.

    Bajo mis manos hacia mi cintura y luego me levanto para voltearme hacia él, quede en frente de Jorge, me puso contra la pared del baño y mis piernas quedaron atrapadas en su cadera.

    No dejo de penetrarme, en vez de eso sus embestidas se volvieron más profundas, su rostro estaba a centímetros del mío.

    -Mi bonita nuera- me dijo para luego atrapar mi boca en un ardiente beso.

    Dejo mis labios para besarme en el cuello y dedicarse a llevar mis senos a su boca.

    Luego de unos minutos él ya había aumentado bastante la velocidad y yo supe que estas eran sus últimas embestidas, aún sentía su verga palpitando de las ganas de acabar.

    Me dejo en el suelo con delicadeza.

    -Abre tu hermosa boca- me dijo, yo obedecí y una gran cascada de semen fue directo a mi garganta, algunas gotas de esperma quedaron en mis labios.

    -Ahora debemos volver a la fiesta y quiero que le des un beso a mi hijo con tus labios llenos de mi leche, quiero que el cornudo pruebe mi sabor- fue lo que me pidió antes de que saliéramos del baño y ambos fuimos a la sala de estar.

    Volvimos a la sala de estar, mi suegra estaba comiendo una porción de pastel y mi novio se encontraba bebiendo un poco de cerveza.

    -Mi amor- le dije y me senté en sus piernas, le di un abrazo y luego un beso en la boca tal cual me pidió Jorge.

    -Tienes un sabor que no había sentido nunca en tus labios ¿qué es?- me preguntó.

    -Es mi nuevo labial sabor a coco- le respondí.

    Seguí sentada encima de mi novio hasta que la fiesta termino y luego nos fuimos a dormir.

  • Sexo oral en el centro comercial

    Sexo oral en el centro comercial

    Era un lunes por la mañana cuando decido ir al centro comercial que queda cerca de mi casa, tenía muchas ganas de pasear ya que también era mi día libre en el trabajo; comienzo a dar unas vueltas por el lugar, estaba muy solo, y a la media hora más o menos me dan ganas de orinar, me dirijo rápidamente al baño que estaba cerca, al entrar comienzo a lavarme las manos mientras miro al espejo que tenía en frente y me doy cuenta de que un hombre de aspecto bastante varonil me hace señas justo detrás de mí; ya sabía de qué se trataba, y yo, tenía más de 15 días sin desahogarme sexualmente porque estaba saliendo de una pequeña intervención quirúrgica (mi pene estaba repleto de semen para repartir).

    Me di la vuelta, abrí la puerta en dónde estaba el chico, y para mi sorpresa se encontraba acompañado, otro chico con una barba descuidada y hermosa estaba agachado chupando su pene muy velludo, mientras se lo chupaba me veía y con su mirada me invitaba a acompañarlo a meterme ese enorme trozo peludo en la boca.

    Entré, cerré la puerta como pude y los tres nos quedamos mirando por unos segundos, luego de eso, saqué mi pene del jean sin pensarlo demasiado, y se lo metí en la boca al chico que ya estaba chupando, como pudo se quedó con los dos penes en la boca y con su lengua los lamía de una manera deliciosa, fue allí cuando hice un comentario y dije: «qué chupada más rica», y el otro chico mientras me besaba con sus labios gruesos, le dijo enseguida: «quédate así, sigue chupándonos los pitos hasta que te lleguemos en la boca».

    En menos de 5 minutos, después de tanto sentir su lengua tibia en mi pene moviéndose hacia varias direcciones, yo ya estaba eyaculando, esos tantos días de semen retenido se los dejé adentro, y él feliz por recibir ese alimento.

    Todo el semen se le salía por la boca y le bajaba por el cuello, mientras tanto su compañero seguía recibiendo su rica lamida con mi pene todavía chorreando al lado del suyo, hasta que escucho como comenzó a gemir y luego de eso cerró sus ojos para concentrarse en su orgasmo; me sorprendí porque el chico que estaba chupando nuestros penes se sacó enseguida de la boca el pene de su compañero para ponérselo en la cara, y allí recibió todo el semen caliente y espeso; sólo faltaba que se viniera el chico que estaba chupando, pero no dio tiempo porque cuando se puso de pie entró una persona al baño, un señor mayor y luego la señora de limpieza; nos vimos las caras, los tres nos reímos, comenzamos a acomodarnos para salir, y antes de yo abrir la puerta, el chico que me dió la rica chupada, me entregó un papel con sus nombres y con un número de teléfono, al parecer tenían todo planeado y yo fui su víctima, una víctima muy afortunada.

    Al final de todo, yo también salí de allí muy contento y con la posibilidad de volverlos a ver; y sí, olvidé orinar.

  • La silla

    La silla

    Ese día el encuentro con mi amante fue en mi departamento, a la hora acordada él llegó y apenas le abrí las puertas se volvió loco besándome.

    Estábamos super excitados y con la mirada nos comíamos, ya teníamos días sin vernos y solo nos escribíamos por el chat las cosas queríamos hacernos.

    Yo lo recibí con un vestido super corto y sin nada de ropa íntima para que fuera más fácil comernos.

    Una vez dentro se sentó en una de las sillas del comedor y en un arrebato de desenfreno y lujuria me senté sobre él, abrí mis piernas y mis labios chorreaba de placer, nos comenzamos a acariciar, a mordernos, el me chupaba con deseo mis pezones al mismo tiempo que me penetraba, que delicia sentir su pene dentro de mí.

    Estábamos super excitados y en ese momento inició el vaivén de nuestros cuerpos. Comencé a cabalgar despacio y poco a poco fue aumentando hasta que sin tener presente el tiempo y el espacio cerré mis ojos y subía y bajaba como loca, sudaba de placer, y quería tragarme toda su leche quien a los minutos estalló dentro de mí, aun así seguí meneándome, el me apretaba a su cuerpo y yo seguía

    Fue maravilloso sentir nuestros cuerpos temblando, sudando, quedamos sin aliento, esperando recuperarnos para seguir disfrutando de su visita.