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  • Laura y el jefe: secretaria, psicóloga y puta

    Laura y el jefe: secretaria, psicóloga y puta

    – Laura García García – dijo Juan recalcando cada palabra.

    La nueva empleada, nerviosa, aguardaba de pie en el despacho del jefe. Llevaba pantalones de vestir negros, zapatos del mismo color y camisa blanca de manga larga. El pelo largo y oscuro le llegaba a la altura de los hombros. Rostro risueño de tez pálida, nariz discreta, y ojos carbón protegidos tras unas gafas de montura cuadrada y marco estrecho.

    Juan se levantó de la silla mullida y caminó, con las manos tras la espalda, alrededor de su subordinada. Se fijó en el trasero, amplio y algo caído y pensó: «bonitos pechos».

    La joven, sintiendo la mirada sobre su cuerpo, agachó la cabeza y trató de ocultar el rubor y el calor que subía por sus mejillas. Había metido la pata una vez más y eso le daba rabia. Había trabajado duro para llegar hasta ahí, había luchado contra los prejuicios para conseguir ese puesto y ahora.

    Se rebeló en su fuero interno. Aquello no podía acabar así, seguiría, costase lo que costase. De repente, sorprendida de su propio atrevimiento, pero demasiado tarde para volverse atrás, se oyó a si misma pidiendo disculpas y dando consejos.

    – Me he equivocado, lo admito, pero creo que puedo serle muy útil. Usted está día tras día soportando la presión de su cargo, guiando a la empresa hacia el éxito. Pero eso tiene un precio, una carga que recae sobre sus capaces hombros. Yo puedo ayudarle, no como consejera, pero sí como persona de confianza… puedo prepararle tazas de té, oír los lamentos que no puede compartir, darle un masaje… en fin, puedo ser alguien sobre el que descargar tensión.

    El hombre la miró con curiosidad. Había algo en aquella mujer que le gustaba, algo…

    Caminó hacia la puerta del despacho y echó el cerrojo.

    Laura tragó saliva.

    – Bien, hablemos. Tu idea no es tan descabellada. Sí, creo que podríamos probar. Lo único, me gustaría saber hasta dónde estarías dispuesta a llegar.

    La joven, titubeando, trató de decir algo, pero su jefe hizo un gesto con la mano para que callase.

    – No tienes que responder. Podemos probar. Por supuesto, no estás obligada a nada y te puedes negar a ello… me entiendes, yo necesito muchas personas a mi alrededor, una masajista, una psicóloga, una sirvienta…. una puta… ¿tú puedes ser todo esto? Obviamente el sueldo mejorará acorde a tu desempeño.

    La empleada se puso colorada.

    – Ya veo… – dijo Juan.

    – Mire, yo necesito este trabajo y estoy dispuesta a todo.

    Podía decirle más, decirle que en su día, había considerado eso de trabajar de señorita de compañía, pero vender su cuerpo a desconocidos la preocupaba. Esto era distinto, tenía un poco de todo y… bueno, lo de dar placer a su jefe no le desagradaba de entrada. No había tenido muchas ocasiones de intimar con hombres y aquí, si lo hacía bien, quien sabe, quizás podría darle gusto al cuerpo y cobrar por ello.

    – Esta bien, quedas contratada. La semana que viene empezamos pero antes inclínate sobre la mesa.

    La joven se apoyó sobre el escritorio.

    Juan le dio un sonoro azote en las nalgas.

    – Esto por tu error. Espero que no se den más errores en el futuro.

    Laura asintió y dejó el despacho.

    *****************

    El fin de semana paso con rapidez y el lunes, el despertador con ese sonido que tanto irrita, se dejó oír en la habitación de la joven empleada. Había puesto la alarma media hora antes de lo habitual para no llegar con retraso. Se duchó, se puso su mejor ropa interior y eligió un traje de una pieza gris.

    La mañana transcurrió sin novedad, atendiendo al teléfono, repasando la agenda y preparando infusiones. Al llegar la tarde, Laura recordó a su jefe que tenía cita con el médico.

    – Joder, con lo liado que estoy.

    – La salud es importante. – replicó la asistenta.

    – Ya, pero no puedo… tengo esta reu y si no voy nos van a joder.

    El lenguaje de Juan estaba cargado de palabras gruesas y contrastaba con la educación y cuidado que ponía al hablar en público. Laura había notado esto y también que estaba más relajado cuando compartían despacho. Era otro hombre, más humano, más primitivo.

    – ¿De qué se trata? Lo del doctor digo – comentó la empleada con tono suave mientras apoyaba sus manos en los hombros de Juan masajeándolos.

    – Una inyección intramuscular. – dijo serio.

    Y añadió.

    – ¿tú podrías ponérmela? –

    Y sin esperar respuesta dijo.

    – A las cinco y media. Tienes las cosas en el cajón.

    Y salió.

    Laura reaccionó unos segundos después. Nunca había puesto inyecciones, tendría que mirar en algún sitio. Todo lo que sabía era que intramuscular significaba en las nalgas.

    *******

    A las cinco y media, como si se tratase de una enfermera, tenía todo dispuesto sobre el escritorio. El algodón, el bote de alcohol, la jeringa, su temida aguja y el frasquito con la medicina.

    Juan entró, vio los preparativos y comentó.

    – Vale, ¿qué hago? Me bajo los pantalones aquí.

    – Si le parece apóyese en el escritorio mejor.

    El hombre se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones y los calzoncillos dejando expuesto un culo bien formado y con algo de vello.

    Laura, jugando a ser mayor, dejó a un lado pensamientos pueriles y se centró en cargar la inyección. Una vez que todo estuvo listo, frotó el algodón empapado en alcohol en el glúteo derecho y sin miramientos clavó la aguja.

    – Relájate. – ordenó mientras, con medida lentitud, apretaba el émbolo de la jeringa administrando el medicamento.

    Antes de que Juan comenzase a pensar en como escocía aquello, la joven terminó y extrajo la aguja, deteniendo con el mismo algodón una gota de sangre que manaba del diminuto agujero.

    – Listo.

    Juan se subió los calzoncillos y los pantalones.

    – Gracias, casi no lo he notado.

    Luego se sentó con cuidado y suspiró.

    – ¿Ocurre algo? – preguntó solícita la empleada.

    – Me has visto el culo. ¿Qué te parece? – dijo en tono cansado.

    – Bien, tiene un culo interesante.

    – Menudo piropo… yo aquí de jefe enseñando el trasero y la nueva nada. Pero no te vas a librar tan fácilmente, uno de estos días tienes que enseñarme tu culo. – continuó como hablando para si mismo.

    – Por su puesto señor, lo que usted desee. – respondió la joven.

    – Estoy cansado… acércate y siéntate aquí, sobre mis rodillas.

    Laura hizo lo que le pedían apoyando sus posaderas sobre las rodillas de su jefe mientras, por el rabillo del ojo, notaba la erección de su miembro.

    Juan la besó en los labios y ella respondió. Pronto las lenguas entraron en contacto. El beso era adictivo. El sabor como una droga, de los que crean dependencia.

    – ¿Estás más tranquilo? – preguntó la empleada.

    Él la miró.

    – Si quieres puedo ayudarte con esto. – añadió Laura apoyando su mano en el paquete.

    El hombre asintió.

    La joven se incorporó y luego, agachándose, poniéndose en cuclillas, desabrochó el botón de los pantalones de su jefe, bajó la cremallera y tirando de pantalones y ropa interior, liberó el pene.

    – ¿Puedo? – añadió levantando la mirada hacia a los ojos del varón.

    Juan asintió y la joven comenzó a lamer la punta del falo con su lengua. Luego, abrió la boca y comenzó a chuparlo. El hombre gimió, disfrutando de la felación.

    Unos minutos después, con los pantalones en su sitio, llamó a un cliente por teléfono.

    ******

    Tres días después del pinchazo. Se presentó en la oficina una mujer altiva y segura de si misma. La ropa se pegaba a su cuerpo remarcando su silueta.

    – Soy Paola, de F. Enterprise y quiero hablar con el encargado.

    Laura se metió en el despacho de Juan y le anunció la visita. La cara de su jefe le dijo todo lo que tenía que saber.

    El encuentro no duró más de diez minutos, pero fue intenso, muy intenso. Laura, que estaba presente, nunca había visto semejante comportamiento. Aquella mujer tenía un lenguaje de todo menos educado, alzaba la voz sin venir a cuento e incluso se atrevió a dar un par de puñetazos en la mesa. Por su parte, en una clase magistral de autocontrol, Juan mantuvo la calma y rebatió lo mejor que pudo todo.

    Cuando la cliente abandonó la oficina, Juan estalló.

    – Menuda zorra. Me daban ganas de… a ver, tiene parte de razón, pero eso no justifica que venga aquí a humillarnos. Desgraciadamente es una cliente importante… sí, se que da por culo un montón pero sabes, a veces no nos queda más remedio que aplicar vaselina y ponernos a cuatro patas… Si por mi fuese la tumbaba sobre mis rodillas y la calentaba ese culo respingón que no paraba de pavonear…

    – Relájese… – dijo Laura.

    – Si quiere puedo…

    – No, hoy no… necesito… pero.

    La empleada reflexionó unos segundos y tomó la palabra.

    – Si quiere le enseño el culo… recuerda que me dijo.

    – El culo… – dijo Juan recuperando el interés.

    – Sí, y además, si quiere, puede darme algunos de esos azotes en los que piensa… quizás así se relaje.

    – No, a ver, tu no te mereces azotes… aunque el otro día cometiste un error y… pero no…

    – Estoy a su disposición señor.

    – Está bien, te daré unos azotes, pero poquitos… ahora bien, esos azotes serán con el culo al aire.

    Laura tragó saliva y sin esperar órdenes se quitó los pantalones y las bragas. Juan contempló el coño peludo y luego, tras ordenar que le diera la espalda, se deleitó con el jugoso trasero de su empleada, aquellas nalgas y esa raja glotona capaz de engullir bragas. Todo eso estaba empezando a encenderle.

    – Ven, sobre mis rodillas.

    Laura quedó boca abajo sobre el regazo de su jefe, las palmas de las manos en el suelo, el culo en pompa, las mejillas acaloradas por la vergüenza.

    Juan le dio media docena de azotes sin mucha fuerza. Las nalgas danzaban con gracia después de cada palmada y el pene del azotador, con ansias de libertad, apretaba los ceñidos pantalones.

    – Levántate y quítate la camisa.

    La muchacha se quitó la camisa y el sujetador quedándose en pelotas. Juan manoseó los pechos femeninos y chupeteó por turno los pezones haciéndola gemir.

    – Tómame, quiero sentir tu pene dentro. – susurró la empleada al oido de Juan.

    Este no se hizo de rogar, sacó un condón del cajón del escritorio y vistió el miembro. Laura tumbó su tronco sobre el escritorio ofreciendo su culo, el hombre se puso en posición y la penetró. El sonido de los huevos al chocar contra las nalgas se mezcló con el gemido de ambos amantes. Juan la embistió una y otra vez, combinando la penetración con azotes suaves.

    – Date la vuelta y túmbate boca arriba en el suelo.

    Laura obedeció notando un escalofrío en su espalda. Juan colocó el pene en la entrada de la vagina empapada y pegando sus labios a los de la empleada, comenzó a cabalgar.

    Llegó el orgasmo para ella y poco después para él y otra vez para ella. El cuerpo temblando sin control, la mente vacía y las olas de placer apareciendo y desapareciendo en forma de espasmos que no se podían controlar.

    Laura sonrió… por fin había completado el training, secretaria, masajista, sirvienta y ahora … ahora eso…

    Después de hacerlo se quedaron todavía un rato más… aquello era sexo, pero también confianza… eran un equipo, un jefe y su empleada, una psicóloga y su paciente… un dúo con una capacidad para intimar que ya querrían tener muchas parejas.

    Fin

  • Como conocí a mi remordimiento (IV)

    Como conocí a mi remordimiento (IV)

    Hace unos días me despedí recordando aquel momento de sublime éxtasis. Sí, todo muy bonito. Como una película, de adultos, claro está, pero una en la que las marcas de la pasión dejan huellas bastante evidentes.

    La boca me sabía a semen. La sentía algo pastosa. En la zona de la barbilla se empezaban a secar los rastros que habían dejado mi saliva mezclada con sus fluidos al escapar de mi boca. Me palpitaba el coño. Suena feo así decirlo, pero a veces una debe ser un poco explícita para describir ciertas situaciones. Sentía aún el calor del roce de su mano hurgando en mi vulva, los pezones resentidos de haberlos pellizcado tal vez demasiado y, sobre todo, sentía el inconfundible olor de la reciente corrida, aún fresca en mi memoria y aún palpable en el ambiente. Se me pasó por la cabeza la idea de que nunca se me quitaría ese olor y que mi marido acabaría por darse cuenta.

    Recordé que guardaba toallitas húmedas en la guantera del coche y tomé unas cuantas para limpiarme la cara. Mientras lo hacía me di cuenta de que Marcos aún mantenía sus pantalones bajados hasta medio muslo. Acostumbrada ya a otro tipo de situaciones post coitales me sorprendió que aún conservara una erección bastante aceptable. Cogí una toallita más y se la coloqué directamente sobre la polla. Se la hubiese podido dar y que él mismo se secase, pero me apetecía hacerlo yo y sentirla de nuevo. La acaricié suavemente mientras la limpiaba. Me di cuenta de que la estaba mirando extasiada y al girar la vista observé que él se había dado cuenta de ello y parecía encantado hasta el punto que poco a poco parecía estar recuperando la erección por completo. Tuve que decirle que parase, y ambos reímos.

    Terminamos de adecentarnos un poco y salimos del parking.

    Le dejé en su casa y me ofreció subir. Era tentador, sí, pero si me daba prisa aún podría llegar a casa antes que mi marido, y necesitaba tiempo para meterme en la ducha y arrancarme todos los recuerdos de aquella tarde. Le sonreí y le dije que otro día… y nos despedimos.

    En casa, tras una larga ducha y toneladas de jabón conseguí sacarme de la cabeza que aún se me podía notar que se habían corrido en mi boca. Mientras me duchaba hubiese detenido el tiempo para seguir disfrutando del recuerdo mientras el agua templada recorría todas mis curvas.

    Me dio tiempo de secarme, ponerme una camiseta desgastada por el uso y un pantalón corto, meter la ropa en la lavadora en un programa corto y sentarme en el sofá con una revista que no tenía intención de leer y que abriría tan pronto le escuchase llegar. Estaba muy nerviosa lo reconozco.

    Cuando llegó y se acercó al sofá a saludarme me encontró leyendo distraídamente una revista de decoración. Me incorporé y descubrí que los nervios me habían erizado los pezones hasta el punto de marcarse como si quisiesen traspasar la tela que los cubría. Nos besamos con la acostumbrada ligereza y al separarse se detuvo y me miró a los ojos. Por un momento se me heló la sangre y ese segundo que se detuvo se me hizo eterno. Pensé que me iba a decir que notaba un olor raro, pero lo que me dijo es que si tenía frío, y bajó la vista hacia los dos botones que bajo la fina camiseta parecían querer abrirse paso hacia la libertad. Le sonreí y por sorpresa me agarró los pechos primero, y posteriormente me levantó la camiseta dejando a la vista unas tetas que ciertamente habían vivido tiempos mejores pero que, según una buena amiga que tiene un salón de belleza donde suelo ir a depilarme y darme un masaje de vez en cuando, aparentaban una edad bastante inferior a la que se mostraba en mi ficha de cliente.

    Aquella noche, después de bastantes semanas en las que apenas habíamos tenido más contacto que el de unas caricias que no fueron a más, mi marido comenzó a besarme los pechos al tiempo que tiraba de mi pantalón hacia abajo. Pasados los muslos, el pantalón cayó por su propio peso hasta los tobillos y con un par de movimientos conseguí dejarlos a un lado. Me dejé caer en el sofá, separé las piernas y dejé que contemplase mi sexo entreabierto. Él estaba desabrochándose el pantalón y mientras lo hacía acerqué los dedos a mi sexo y separé los labios ofreciéndole así una visión más clara de lo que quería de él.

    Le vi sacar su pene y agitarlo un poco como para hacerlo despertar de un letargo tal vez demasiado prolongado, y me animó ver que aquello parecía responder al estímulo visual de mi coño abierto y mis dedos jugueteando a su alrededor. Le ayudé un poco tomándolo entre mis dedos y tiré de él animándole a acercarse más a mí. Lo introduje en mi boca y aunque lo sentí menos vigoroso y más delgado, lo chupé recordando que apenas unas horas antes aquella boca se había llenado de otra polla que apenas me dejaba sitio para nada más. Lo lamí, lo chupé y mojé lo suficiente como para ponerlo a tono sin llegar a ese punto de no retorno que haría que aquel trabajo que había empezado terminase demasiado pronto.

    Volví a recostarme y le pedí que me follase. Mientras se lo decía sentí el remordimiento y la culpa de lo que había hecho en el parking. Se acercó a mi, que le esperaba con el fuego que Marcos había prendido entre mis muslos, y me penetró sin darme tiempo apenas para reaccionar. Sentí como se deslizaba en mi interior y quise que me apretase y se hundiese en mí, porque, aunque sabía que no me iba a hacer gritar de placer, sí que me gustaba, y necesitaba compensarle.

    Aquella noche gemí y grité regalándole los oídos y sintiéndole como se crecía ante ese placer que me estaba dando. Se corrió mientras me empujaba sobre el sofá y segundos más tarde lo apreté contra mí y fingí tener un orgasmo intenso.

    No me costó hacerlo, aún lo tenía muy vivo en la memoria.

    En ese instante, hubiese pausado la vida para disfrutar viendo como mi marido, mi compañero de camino, se sentía feliz de haberme hecho el amor con pasión, casi como antaño. Nos abrazamos y así estuvimos un buen rato, desnudos, en silencio, a pesar de que aquel día yo tenía mucho que contar.

  • Andre (parte 4)

    Andre (parte 4)

    A los cuatro meses de tener sesiones de sexo semanales con Andre, nuestras relaciones funcionaban de maravilla. Le conocía cada rinconcito, las caricias que le gustaban, hasta donde le encantaban los chirlos y los castigos, su ritmo de acabadas, etc. Ella, a la vez, sabía exactamente como chuparme, donde y como acariciarme, que cosas me calentaban y estaba dispuesta a hacer el papel que me gustara. Se vistió de putita, de enfermera, hizo el papel de nena inocente y un día me rogó que la violara.

    Le gustaba ser tratada con rudeza y ser castigada pero, como decía, de la manera como yo lo hacía “que se sentía que era con todo cariño”. Eso le permitía entregarse sabiendo que yo la cuidaba. “Nunca logré eso con nadie”, decía. Ese viernes nos encontramos para ir al telo (había arreglado salir con el novio el sábado), cogimos hasta sacarnos las ganas y, al terminar me preguntó:

    – “¿Hiciste alguna vez un trío, papi?”

    – “Si, en realidad dos veces. Lindo. Pero es como coger en pareja, es tan lindo como lo permite la sintonía con la otra parte. Entre tres es más difícil. ¿Por qué?”

    – “¿Viste que te conté de mi amiga Alma? A ella le cuento todo y sabe de nosotros. No sabe ningún dato de vos, quedate tranquilo. Bueno, me dijo que le calentaba todo lo que le decía y me envidiaba tener alguien con quien coger bien y seguro. La vi con muchas ganas de participar”

    – “¿Le insinuaste de hacer un trío?”.

    – “¡¡No, no!! Lo que pasa es … que a mí también como que me dio ganitas. Pero si no querés, queda acá y listo”

    – “¿Me querés ver coger con tu amiga?”

    – “No sé papi. Nunca hice un trío. Y solo con vos creo que me animo. Y con Alma. ¿Está mal que me guste?”

    – “No mi amor, está perfecto. ¿Tenés fotos de tu amiga”

    Salió rápido a buscar su celular, abrió Instagram y me mostró pilas de fotos de Alma y de ellas dos. Una rubiecita de su edad, no tan linda como Andre, pero de buen cuerpo.

    – “¿Ella no sabe nada de tu idea de un trío?”.

    – “Bueno, yo le hice chistes sobre estar los tres y me pareció que le gustaba la idea”.

    – “Preciosa, además del cuerpo, el asunto es que sintonicemos y eso solo puedo saberlo estando con ella. Tendría que estar de acuerdo en lo del trío y verme en persona. Te molesta si salgo con ella”

    – “¿La querés coger sin mí?

    – “Bueno, la voy a coger, de eso hablamos cuando hablamos de un trío. Pero podemos salir los tres, sabiendo que es una prueba. Hay que estar abiertos a que quizá no funcione”.

    – “¿Y si el viernes que viene la traigo conmigo aclarándole que vos decidís si se sigue o si se corta? Explicándole esto”

    – “Guachita, vos ya le hablaste y le dijiste, no me quieras melonear”.

    – “Bueno, si papi, un poco. Y estaba entusiasmada”.

    – “Dale, decile que venga. Aclarale que no uso forro y explicale por qué. Igual, entendé que con vos todo va joya y puede que con ella no funcione así.”.

    – “Si papi, si. Pero vos coges muy bien, no se va a ir desencatada”.

    El viernes siguiente, entró Andre al coche en el asiento trasero y a mi lado se sentó una jovencita con más cara de nena que Andre, rubia, lindo cuerpo y mucha timidez y dudas mezcladas con ganas y deseo.

    – “Hola Alma”, le dije, le atraje la cabeza y le di un beso suave mientras le acariciaba los pechos. Se retrajo ante la caricia, la miré y le pregunté “¿no querés ser mi putita como lo es Andre? Ella te contó como son nuestros encuentros, ¿no?”

    – “Si dijo, perdoname. Son los nervios”

    – “Vení”, le dije y volví a besarla y acariciarla hasta terminar en un beso de lengua profundo mientras tomaba su mano y la llevaba a mi pija. “Vas a ser tan puta para mí como tu amiga y yo te voy a hacer gozar como a ella, ¿querés?”.

    – “Si”, contestó suave.

    – “Si papi”, le dije recostándola contra mí para poder darle un chirlo en la cola. “Si no te gusta algo, cortamos. Pero si querés coger con nosotros, soltate, abrite y entregate a mí. Andre ya seguro te dijo que la cuido mucho y a vos también te voy a cuidar”

    – “Está nerviosa, papi”, terció Andre. “Almita, mostrale al papi que tenés ganas de ser su putita, como me contaste a mi”

    La rubia me sonrió, tomó mi mano y la introdujo en su blusa y su corpiño para que le tome una de sus tetas.

    – “Perdoname papi, nunca hice esto, son los nervios. Si, quiero estar con ustedes. ¿Me dejás ser tu otra putita’”.

    – “Pero si bebé, vamos al telo, le dije dándole un beso y arrancando el auto.

    Una vez en la habitación le di un beso a Andre y le pedí paciencia porque me iba a dedicar a Alma, para tantear como iba la conexión entre nosotros. La rubia estaba expectante, parada en medio de la habitación. Abrí mi maleta para sacar los “chiches” y fui hasta Alma con una venda ciega que le coloqué. Se removió nerviosa pero no dijo nada.

    – “De ahora en más me hacés caso en todo ¿te contó Andre de la palabra de control?”.

    – “Si, calandria”.

    – “Bien. ¿Se acarician vos y Andre?

    – “¿Cómo? ¿acariciarnos?, ¡¡no!!”

    – “No me mientas”, le dije dándole un chirlo. “¿Nunca le diste un piquito?

    – “Bueno, eso sí. Pero no más”.

    – “Hermosas, van a estar desnudas, juntas. Van a ver a su amiga comerse mi pija, jadear y acabar. Me van a chupar la pija entre las dos. ¿no se van a tocar para nada?.

    – “Nnno sé. Nunca lo hicimos”

    – “Y nunca compartieron una pija ni se vieron calientes y cogiendo. Bueno, solo para avisarles”.

    Le indiqué a Andre que se acercara y de a poco íbamos sacándole la ropa a la rubia mientras yo la acariciaba, le chupaba los pezones, le acariciaba la conchita y la cola. Le dije por señas a Andre que la acostara boca arriba y le atara las manos al respaldo, mientras yo me desvestía. Una vez listo me dediqué a acariciar a Alma con el mismo tratamiento que le aplicaba a Andre, mezclando chirlos, pellizcos y fustazos con chupadas y lamidas, vibradores y lubricantes para jugar con mis dedos en sus dos agujeritos. Andre le acariciaba la cabeza y le hablaba despacito. Tomé las manos de Andre y le hice darle masajes en los costados del cuerpo mientras le lamía la conchita. Cuando levanté la cabeza, los masajes de la morocha ya incluían los pechos de Alma. La rubia solo gemía y se mordía los labios. Unos minutos de trabajo con el vibrador la llevaron al orgasmo.

    Me puse sobre ella y empecé a jugarle con la pija en la entrada de la conchita. Andre miraba curiosa. Alma abrió las piernas para permitirme penetrarla y me recibió con jadeos. Cuando estuve bien dentro de ella, le di un beso a Andre y le dije que le acariciara los muslos, sobre todo en la cara interna. La rubia se estremeció ante las caricias pero no paró sus movimientos. Le saqué la venda.

    – “Mira como te cogen mientras tu amiga te mira, ¿te gusta?”.

    – “Sí, si”.

    La puse a Andre acostada al lado nuestro y le daba besos a una y a otra. Las dos se miraban, ambas calientes.

    – “Dale un beso a tu amiga, Andre. Es una orden de tu papi” Me miró, dudando, pero acercó su cabeza y se dieron un beso.

    – “Ahora chupale un pezón” La rubia hizo un gesto de sorpresa y estupor, pero Andre fue a su teta y le dio un chuponcito. Yo empecé a besarla. “Compartamos a tu amiga. Chupale el pezón mientras la cojo. ¿te gusta que te chupemos entre los dos mientras tenes mi pija dentro tuyo?” Alma no contestó y, con Andre seguimos saboreandola. La rubia cerró los ojos y se dedicó a gozar.

    Le solté las esposas y la llevé, girando, hasta tenerla sentada sobre mí. Empecé a sobarle los pechos a Alma y a Andre, tomé a las dos de la nuca y las llevá hasta juntar sus bocas. Después llevé la cabeza de Alma hasta las tetas de Andre y le ordené que las bese, lo cual hizo. Le dije a Andre que se pusiera detrás de la rubia, la abrazara, le acariciara las tetas y le de besitos en el cuello. Alma cerró los ojos y se fue calentando al sentir esas caricias mientras la cogía. Andre y yo empezamos a hablarle para calentarla.

    – “Así putita, entregate toda, dejate coger y acariciar”.

    – “Veni Almita, sentí como te acaricio mientras el papi te coge”, le decía Andre que a esa altura le acariciaba todo el cuerpo y las piernas, llevando sus manos hasta la conchita de la rubia”.

    Alma empezó a jadear fuerte, cerró los ojos, se abrazó a los brazos de su amiga, aceptó un profundo beso de lengua de ésta y acabó entre gemidos y “ay dios” en un orgasmo largo y profundo. Después se derrumbó sobre mí. Le acaricié la cola y suavemente la acosté a mi lado.

    – “¿Te gustó Almita?”, preguntó Andre.

    – “Mucho, mucho. Tenías razón en insistirme que era lindo coger con él”, dijo Alma.

    Le di un chirlo y le advertí que “él” tenía nombre. “Me decís papi ¿entendiste?” con otro chirlo.

    – “Si papi, perdoname”.

    – “Ahora te toca mirar a vos. Andre, chupame la pija mientras Alma y yo te miramos.

    Puse varias almohadas para recostarme con la cabeza alta y mirar a la morocha como me mamaba y la puse a Alma al lado mío, abrazándola. Estaba fascinada mirando a su amiga como me chupaba.

    – “Andá con ella y compartan mi pija”, le dije dándole un chirlo.

    Alma fue a unirse a Andre y se pasaron entre las dos mi verga, dandole besitos y chupaditas con algún besito entre ellas.

    – “Andre, me encantaría cogerte el culito. ¿se lo das a tu papi”.

    – “Si, por supuesto. Pero nadie me lo acarició. Está frío”.

    – “Almita, ponele lubricante en la colita de Andre y masajeáselo mientras me sigue mamando”.

    La rubia no dudo un instante. Tomó el frasco de lubricante y empezó a pasarle, a untarse un dedo y jugarle con él. Siguiendo mis indicaciones fue a buscar un dildo anal con vibrador y le jugó con él en la cola de Andre. Le dije a Andre que se pusiera a horcajadas mío, mirándome y le dije a Alma que tomara mi pija y la pusiera en el culito de su amiga. Mientras, le acariciaba las tetas y le daba besos a Andre. La morocha fue moviéndose para hacer que la penetración sea completa y se quedó quieta, esperando a que se acostumbre su cola a mi pija. Alma miraba fascinada todo.

    – “¿Te gusta ver como tu amiga se come la pija con la cola?

    – “Si, mucho.Me calienta”.

    – “Ya te va a tocar a vos que te haga la colita y tu amiga lo mire. Ahora acariciala mientras le cojo ese culito apretado.”

    Alma se puso atrás de Andre y empezó a hacerle las caricias y darle los besos como los que la morocha le había dado a ella y entre las dos hablaban como si yo no estuviera.

    – “No sabés que lindo que se siente que te hagan la cola así suavemente”, dijo Andre.

    – “Siempre me duele cuando entra”, contestó Alma.

    – “Vas a ver que cuando te coja el papi no te va a doler. Viste que suave fue todo”.

    – “Cuando termine con vos voy a probar”

    – “¿Queres que te penetre el culito, Almita?”, le pregunté riendo.

    – “Si vos querés papi, si”, contestó

    – “Ayudame a hacerla acabar a tu amiga entonces”.

    Y la rubia aumentó sus caricias, le masajeó la conchita y las tetas con lubricante y, tomándola de la cintura, la ayudaba a que las embestidas de mi verga saliendo y entrando de su cola sean más largas y fuertes. Unos minutos después, Andre tuvo un orgasmo, abrazada a su amiga

    – “Ahora cambien de lugar chicas. Almita, sentate sobre mí mientras Andre te prepara el culito y sostiene mi pija hasta que la comas toda. Vos regulas la entrada. Suave, no hay apuro”.

    Debía haber tenido malas experiencias porque se le notaba el temor. Le indiqué a Andre que le frotara el culito con la pija y le dije a Alma que no se apurara, que espere hasta que entre sola. La esperé tranqui hasta que se fue aflojando. Cuando le entró la cabeza se tensó y dio un quejido. Andre la acarició y la alentó a que siga, sin apuro. Poco despues tooda mi pija estaba dentro de ese precioso ojete.

    – “¿Cómo estás? ¿Te dolió?”.

    – “Estoy bien papi y no me dolió. Era más el miedo porque nunca lo hicieron tan lento y suave”.

    – “Yo me voy a quedar acostado chicas. Ustedes abrácense, mimense, dense besitos y lo que quieran mientras yo la agarro a mi putita rubia de la cola y la muevo para cogerla”.

    Y se besaron y acariciaron mientras le movía la cola a Alma para cogerle el culito a placer. La rubia acabó en brazos de su amiga y yo la acompañe casi enseguida.

    – “Chicas, me encantó, pero para disfrutar bien entre tres necesitamos ir a mi casa un finde completo. Si no, no puedo atenderlas como se merecen”

    – “El próximo finde vamos”, dijo rápido Alma.

    – “Epa, parece que a alguien le gustó esto”, dije riéndo.

    – “A las dos nos gusta, papi”, dijo Andre.

    – “¿Le avisaste a Alma que en mi casa es mi putita y mi perrita?”.

    – “Si, me dijo”, aclaró la rubia. “No estaba segura que me guste. Pero ahora que te conozco, estoy dispuesta a ser tu nena obediente, papi”, dijo Alma

    – “El próximo finde, entonces, vamos a hacer un trío como se debe.”.

  • Nuestro primer encuentro íntimo

    Nuestro primer encuentro íntimo

    Ismael tienes un nuevo mensaje! ¡Acusaba el asistente de mi móvil!

    ¡Era de Ana! “Te espero en la estación de servicio de la ruta”, pude leer en el cuerpo del mensaje. Fue en ese momento cuando tome real dimensión a hacia donde me dirigía. Ese encuentro que tantas veces había recreado en fantasías estaba a solo 20 minutos de concretarse. Mi corazón acelero sus latidos, como palpitando que algo deseado se acercaba.

    Al subir a mi auto y prácticamente extraños en la localidad, nos seguimos cuidando. Fue un tímido beso de bienvenida, el sabor a menta de su boca rápidamente me transportó a ese primer beso clandestino, pero nuestro. Que se hizo esperar y le puso pasión a nuestros labios sellando el deseo interminable de encontrarnos, un cuarto de hora basto para que nos sintamos libres y adolescentes a la vez. Pero un segundo de adultez nos trajo a nuestra realidad, ambos debemos volver y dejar nuestro mundo secreto hasta la próxima vez que el destino nos pudiera volver a juntar.

    Quiso el destino que estuviese en camino a ese encuentro que nos merecíamos y habíamos acordado. Nos encontrábamos en la puerta del hotel, sin saber que hacer, tímidamente nos dirigimos a esa puerta levantada, la única que estaba abierta, como esperándonos y mostrándonos el camino a cumplir nuestras fantasías.

    Después de ese desconcierto de unos minutos, solo cruzar la mirada fue suficiente para que nos fundiéramos en un fuerte abrazo que nos deseábamos y nos dábamos a la distancia por la pantalla del móvil.

    Debimos avisarles a nuestros corazones que debían serenarse, era su momento y nadie los corría, disfrutamos de la fusión de nuestras bocas por algunos minutos sin dejar de recorrer los cuerpos con nuestras manos. Cada centímetro lo disfrutamos como lo habíamos imaginado. No nos pudimos contener más y nos fuimos desvistiendo uno al otro, prenda a prenda hasta quedar en ropa interior.

    Fue en ese momento cuando Ana tomo el control, me empujo y caí sobre mi espalda, saco de su riñonera ese sobre que tenía preparado desde hace mucho tiempo para un momento especial, este era ese momento especial!, retiro mi bóxer (en ese momento me pregunte si lo que iba a encontrar seria de su agrado? seré capaz de satisfacerla? me pregunte nuevamente) abrió el sobre y me dio de probar, coloco gel sabor chocolate sobre mi pene, tomo mi mano para que le sostuviera su cabello y suavemente comenzó a lamer, mi piel se erizo y mi corazón se aceleró.

    Esa imagen que rondo muchas veces en mi cabeza se estaba haciendo realidad, mientras más avanzaba más me deleitaba, sentía un placer como hacía mucho no lo sentía. Su corazón acelerado y latiendo muy fuerte era señal para susurrar al oído “tranquila criatura, todo está muy bien”. Sus labios fueron mágicos me inundaron de placer, mi respiración por momentos aceleraba y por momentos se contenía, quería acabar dentro de su boca y complacer su pedido, pero no pude, más bien, no quería dejar de disfrutar tan lindo momento que venía deseando desde hace muchos años. Fue la mejor hasta hoy y vendrán mejores no lo dudo, buscará superarse aprendiendo cosas nuevas.

    Llego mi turno de retirar su sostén liberando sus pechos para que quedaran frente a mi, “son chiquitos” -se justificó ella- “son perfectos” exclame yo. Me pidió que mordiera sus pezones erectos, firmes y tentándome a ir por ellos. Lo hice tímidamente con miedo, no quería lastimarla. Me pedía mayor intensidad en mis mordidas, notando que su piel se erizaba aún más y aumentaban sus quejidos de gozo, mordía su labio inferior como señal de disfrute. No pude evitar retirar su les rápidamente y no entrando en detalles como se lo había descripto en mensajes hot, estaba muy excitado y acelerado. No perdí detalle al contemplar como sus labios vaginales iban quedando al descubierto, no pude evitar suspirar y agradecer estar viviendo ese momento.

    Volví a besarle la boca con frenesí y comencé a bajar por su abdomen, recorrí su ombligo casi sin detenerme, quería llegar hasta donde había imaginado más de una vez cuando me autosatisfacía. Lamí sus labios con intensidad, mi excitación no permitió que me contenga y me saco del eje, no super bajar la intensidad de mi boca en sus labios para que pudiera gozar de la misma manera que lo había hecho yo, disfrute de la humedad de su vagina y de sus jugos que sabían tan rico, nos besamos una y otra vez mientras alternamos entre posiciones, experimentamos un 69, primera vez para ella, en ese momento pude ver su ano a merced de mí. Mientras nos hacíamos sexo oral comencé a jugar con me dedo dilatándolo, rápidamente se adaptó dejando introducir dos falanges.

    Hicimos todo lo que se nos ocurría en el momento, nos sentíamos libres, nos entendíamos y nos disfrutábamos sin tabúes. Ella me sentó al borde de la cama y coloco una almohada en el piso. Su riñonera nuevamente interactuó entre nosotros, de allí apareció el tarrito de vaselina en pasta que me había mostrado por foto, pidió permiso para avanzar y con el dedo de su mano no hábil envaselinado comenzó a buscar mi pirineo el punto G, aunque sentí algo de vergüenza disfrute que se atreviera a explorarme y dejarse llevar (lamentablemente no llego al objetivo pero seguiré en la próxima aseguro con una sonrisa cómplice), al mismo se esmeró en que yo acabara entre lamidas y efusivas caricias en mi pene con su mano izquierda.

    Yo disfrutaba del momento y de la imagen que me devolvía el espejo a su espalda y de sus nalgas, su piel erizada suave al tacto y de un olorcito sutil. No puedo dejar de recrearla en mi cabeza. Llego el momento, logré terminar y no pude evitar engrudarla. Disfrutamos de la cochinada. Mi respiración a mil, mis gemidos de placer como nunca, a mi oído exclamo “tenes mucho caudal, me gusto tu pene, tiene un tamaño normal”.

    Nos mimamos y acariciamos un rato hasta que pude reponerme, aún no había concluido mi parte, debía llevarla a donde me propuse, quería que llegase a acabar. En un momento más se repuso mi amigo, y después de volver a lamer su vulva quise penetrarla, busqué y me senté al borde de la cama para colocarme el profiláctico me sorprendió y me tomo por la espalda para ayudarme, me derritió su iniciativa. Volví a lamer sus labios vaginales, ella se cómodo al costado de la cama y me preparé para introducir mi miembro desde atrás en su vagina, hermosa la imagen desde su cabellera pasando por su espalda hasta llegar al encuentro cola con mi pelvis.

    Comencé a mover mis caderas haciendo que mi miembro entrase y saliese de su vulva, podía ver como sus labios se amoldaban a mi pene, modere mis movimientos acelere mi intensidad y baje el ritmo cuantas veces me lo marcaba mi instinto. Mi propósito era que ella disfrutase del momento y llegase al clímax. Llego una y otra vez, sus gritos fueron la señal. No puede evitar volver a penetrarla nuevamente, pero esta vez de frente mirando sus ojos, con sus piernas enroscando mi cuerpo, llego nuevamente al clímax se veía exhausta pero feliz su rostro emanaba paz, satisfacción. Fue en ese momento cuando me dije que el primer encuentro había derribado su mito, fuimos los dos uno solo disfrutándonos, amándonos, fusionando nuestros cuerpos como lo habíamos imaginado.

    Encaramos para repetir todo en el jacuzzi, pero un llamado telefónico nos volvió al mundo real, Ana ofreció ducharme y no pude entregarme a su pedido mientras secaba mi cuerpo ella volteo hacia su teléfono, que nos recordaba que el capítulo llegaba a su fin, la abrace por la espalda con intensidad, arqueo su espalda y se apoyó al borde del lavabo y meneo su cadera frenéticamente en mi pelvis comenzando a calentar la escena, nuevamente el teléfono nos interrumpió poniendo punto final. Desde allí el destino comenzara a prepararnos para encontrarnos nuevamente.

    Esa mujer que me había confesado que tenía serias dudas de poder servir como mujer, había superado ampliamente mis expectativas y había despertado ese sentir que creía desaparecido. En mi mundo, cada imagen del encuentro avivaba el deseo de repetir semejante momento.

  • Micaela y sus sobrinos (1): La pileta

    Micaela y sus sobrinos (1): La pileta

    Esta es la historia de Micaela, una mujer que acaba de cumplir 30 años y todo el mundo se le vino abajo al entrar en la tercera década, ya no se siente tan joven como antes.

    Sabe que su esposo mira a las chicas de veinte y que ella tiene que hacer más ejercicio y usar más cremas para lograr mantener el cuerpo que las más jóvenes tienen sin hacer mucho.

    El problema de esa edad es que tampoco es muy grande, por lo que debe escuchar como otros y otras le dan consejos de cómo vivir, de cómo administrar, de qué hacer con el matrimonio, el trabajo, el ahorro, etc.

    La familia política es un problema, entre su suegra que estaba encantada con la anterior novia del nene y la cuñada que tiene 40 años y a pesar de que tuvo los hijos a los 20 sin tener nada seguro, cree que sabe como hacer las cosas y siempre le recrimina a Micaela sobre todo con tan solo un par de años de casada.

    El esposo de Micaela, sale siempre a favor de su familia, nene de mama, el hijo más chico, mimado y cuidado.

    Micaela tiene que soportar que su esposo cuando maneja gire con descaro la cabeza cuando ve a las jovencitas caminar con poca ropa en el caluroso verano de Buenos Aires.

    La casa donde viven cuenta con un pequeño jardín y una pileta, motivo por el que la familia del esposo de Micaela siempre busca una excusa para pasar el día.

    La suegra es viuda, pero al enviudar estaban separados hace años.

    Hace un par de años por el Covid falleció su ex esposo estando viviendo en otra provincia lejos de Buenos Aires.

    Llega la notificación de la otra familia para firmar papeles por la sucesión. Tanto el esposo de Micaela como su hermana deciden tomarse unos días para tal trámite.

    La cuñada llega a la casa y molesta indicándole que ropa debe llevar su esposo y como debe armar hasta el bolso, pone caras al mirar la ropa como probando que no está tan limpia la ropa o tan planchada.

    Micaela no es ama de casa, tiene su trabajo como secretaria en un estudio jurídico mientras intenta terminar su carrera.

    La cuñada cree que ella busca excusas para no cumplir con su rol de esposa de su hermano.

    Al preparar la comida antes de viajar es la cuñada quien mete mano en la cocina corrigiendo lo que hace Micaela. Ella se traga todo porque sabe que están por viajar por un asunto delicado.

    Finalmente se van.

    Hay paz esa noche en la casa.

    Amanece el sábado con mucho calor, Micaela se levanta como cuando era soltera, solo vestida con su tanga y se saca la remera que usaba de pijama quedando en tetas.

    Prepara el desayuno bailando y se mira en el espejo, su cola es un poco más grande que cuando tenía 20 pero sigue estando firme. Su abdomen se afloja un poco, pero sabe que hay técnicas para ponerlo firme para las fotos.

    Sus tetas son lindas, blancas, con una gran aureola rosa y de buen tamaño, saben lucirse en escotes.

    Desayuna y decide hacer ejercicio.

    A media mañana llegan unos cuantos mensajes de forma insistente. Revisa su teléfono y son sus sobrinos, los hijos de la víbora de la cuñada.

    No llegan las 11 de la mañana y el termómetro marca 30 grados. El mensaje era obvio, los sobrinitos preguntándole a la tía si podían ir a la pileta en el día.

    Cometió un error al mirar los mensajes, ellos ya sabían que había visto el mensaje, le mandaban emojis y stickers graciosos buscando que diga que si.

    Le dice que ella necesitaba estudiar, pero es una mala excusa porque ellos le retrucan que no la van a molestar, llevarían su comida y bebida y estarían en la pileta y el jardín, ella podría estudiar tranquila.

    Acuerdan que pueden venir a la pileta pero solo unas horas, y después de almorzar. Era un buen negocio, desde las 14 a las 18 era aceptable sabiendo que se los sacaría de encima de esa manera.

    Llega la hora pactada y tras inventar sacar apuntes para no parecer que mentía y ponerlos sobre la mesa se sienta con su computadora, sabiendo que lo que más quería era estar sola en casa y en su pileta.

    Llegan los sobrinos puntualmente. Marcos y Agustín, 19 y 21 años respectivamente. Saludan y como si estuvieran en su casa ponen las bebidas, que eran alcohólicas obviamente, en la heladera.

    Marcos y Agustín son parecidos, algunos creerían que son gemelos. Miden casi lo mismo aproximadamente 1.80 m, son delgados y les gusta estar en forma.

    No pasa mucho hasta que van a la pileta, poniendo su equipo de música portátil bien fuerte.

    Se llevan una heladerita donde van poniendo algunas botellas y latas que piensan tomar mientras están disfrutando de la pileta.

    Las mejores horas de sol están pasando y Micaela quedó atrapada en su mentira de estudio dentro de la casa. Trata al menos de estudiar cuando suena el teléfono, es su esposo.

    Ha llegado bien a destino y la pone al tanto de las novedades, de fondo se escucha a su hermana que ya sabe que sus hijos están ahí gritando pidiendo que le cocine algo rico para sus nenes.

    El solo hecho de escuchar la irritante voz de su cuñada hace que al terminar la llamada se levante y se dirija a su cuarto a ponerse la bikini.

    Mientras se la está colocando le da vergüenza, esa pequeña flacidez en la panza le da inseguridad y decide entonces ponerse una malla enteriza que usaba en las clases de natación.

    Una malla que cubría totalmente sus pechos y la cola, de color negro.

    Así se dirigió a la pileta y se encontró con sus dos sobrinos adolescentes, con sus mallas cortas y arremangadas para que se vean bien sus piernas trabajadas.

    Ellos la reciben con alegría, festejando que dejó de estudiar para meterse a la pileta.

    Disfrutan juntos un rato en el agua y comienzan a compartir las bebidas.

    La temperatura ha llegado a 38 grados y casi ni salen de la pileta solo para ir a buscar más bebida fresca y algo para ir comiendo.

    El sol se despide, pero el calor no cede, es esa hora perfecta del verano donde ya el sol no quema pero aún hay algo de luz.

    Agustín el de 21 dice que está estudiando para ser bartender y ensaya con las botellas que tiene unos tragos para que prueben lo que va aprendiendo.

    Aún tiene una mentalidad adolescente, le cuenta a la tía Micaela que su idea es juntar algo de dinero e ir a Europa a ser bartender y allí hacerse rico.

    Micaela que ya ha pasado esa edad donde todo es fantasía se le escapa una risa, y Agustín pone cara de enojo y parece que quiere ofenderse.

    Micaela reacciona y le tira agua desde la pileta y el berrinche desaparece.

    A tal punto que Agustín empieza a correr a su tía y al alcanzarla la levanta y la lleva hacia la pileta arrojándola.

    Hay muchas risas pero de repente tal vez producto del alcohol y la euforia, Marcos comienza a burlarse del plan de Agustín y este reacciona contra su hermano.

    A diferencia de su tía Micaela, Marcos no se dejaría tirar a la pileta, así que comienzan a luchar demostrando su poderío físico.

    Micaela desde la pileta se da cuenta que los esfuerzos y las tomas son cada vez más bruscas y les grita que ya es suficiente.

    Como niños parecen no escuchar nada y siguen forcejeando, diciéndose cosas fuertes.

    Micaela sale de la pileta e intenta separarlos poniéndose entre ellos.

    Eso logra sacarlos de lo rojo de sus ojos.

    Micaela está ahora separando a los dos hermanos.

    Una mano toca el pecho de Agustín y la otra mano los abdominales de Marcos.

    Separados por su tía no tienen contacto físico pero siguen agrediéndose verbalmente.

    En el medio su tía hace esfuerzos para mantenerlos separados.

    Parece que quieren volver a trenzarse cuando de repente Agustín se detiene, Marcos al instante hace lo mismo.

    Su tía no sabe porqué parecía que iban a agarrarse a trompadas y de repente se detienen.

    En el episodio de Agustín llevando a su tía a la pileta ha roto parte de la malla enteriza en el comienzo de su bretel y el escote.

    Como un pétalo se dejó caer por la gravedad y dejó expuesto medio pezón de Micaela.

    Agustín y Marcos ven lo mismo y se miran entre sí, no saben si decirle a la tía o no, ambos saben que deben avisarle pero quedarían como que vieron algo prohibido, sus ojos no deberían fijarse nunca en los pechos de una mujer que no sea su novia y menos en los de su tía.

    El nerviosismo de los hermanos advierte a Micaela de que algo extraño pasaba y allí es que mira hacia abajo y ve su accidental inocente desnudo parcial de medio pezón.

    Acto reflejo se cubre con su brazo y mira a sus sobrinos abochornada.

    “no vimos nada” balbucea Marcos mientras miraba a la pileta.

    Micaela no sabe qué hacer y sale corriendo al interior de su casa.

    Pasan unos minutos y vuelve con un remerón. Un remerón que usa de pijama desde hace un tiempo.

    A pesar de que hace pocos años se ha casado, la pasión y el erotismo han desaparecido a tan solo 30 años de vida.

    Ya no hay tanta ropa interior sexy, no hay transparencias, salvo ocasiones especiales.

    Las noches de sexo son solo por espasmos de calentura de su esposo, sin previa, mientras hay un partido de futbol de fondo en una noche de domingo.

    La última vez fue así. Un domingo a la medianoche, mientras estaba su esposo mirando el resumen de los goles del fin de semana. Sin preguntarle, sin siquiera tener un mínimo de consideración por ella.

    Micaela solo se tuvo que prestar para que las ganas repentinas de eyacular de su esposo fuera satisfecha.

    Unos pocos minutos de costado y nada más. Al terminar la besa en el cachete y se da vuelta para quedarse dormido.

    Esa misma remera fue la que estaba usando tras la rotura de la maya.

    Los sobrinos no querían mirarla, y Micaela se da cuenta de la incomodidad. Por lo que ella misma decide romper el hielo pidiendo un nuevo trago.

    Brindan los tres y de a poco vuelven las risas.

    Ya está oscuro, el calor sigue aún en la noche. Los sobrinos buscan refrescarse entrando nuevamente en la pileta.

    Micaela duda porque debería sacarse la remera o bien meterse con ella.

    El calor es tan agobiante en la noche y el alcohol no ha ayudado, por lo que desinhibida se zambulle con remera puesta.

    Nadan los tres y luego deciden salir juntos.

    Primero sale Marcos, el mayor. Micaela desde el agua ve como de un salto sale del agua hacia el borde de la pileta y se sienta esperando que salgan los demás.

    Micaela se sorprendió con lo atlético de su salto, la pequeña maya masculina se pegó al cuerpo de su sobrino mayor, y en esa posición quedó en línea recta a la vista de ella el relieve de su masculinidad.

    Fue un segundo o dos, pero fue demasiado tiempo para tener la mirada puesta en donde no debía.

    Micaela decide romper el momento saliendo por las escaleras.

    El remerón que apenas cubría sus nalgas en seco se había pegado al cuerpo mojado mostrando la figura de Micaela.

    No solo se había pegado sino que había quedado a la mitad de sus nalgas. Por el nado la parte de abajo de la maya se había metido entre las nalgas.

    Subiendo las escaleras Micaela se da cuenta de que estaba en esta situación y no era práctico acomodarse al subir.

    Mira de reojo hacia atrás buscando el último escalón y puede ver a Agustín mirando directo a su parte trasera.

    No podía determinar si solo miraba el todo de su tía o si estaba enfocado en como la maya se metía entre las nalgas de su tía.

    Los nervios y esa mirada hacia atrás hacen errar el pie en el último escalón, por lo que Micaela tropieza y se va hacia adelante.

    Marcos ya estaba ahí como un gato atento a su tropiezo y ella cae sobre él.

    Marcos también había tomado demasiado y no puede sostenerla y terminan cayéndose lentamente al suelo.

    Al caer la mano derecha de Micaela se apoya directamente en el bulto de su sobrino mayor.

    Sintió el calor, la forma y el tamaño del miembro de Marcos en tan solo un instante.

    Instante en el que ambos se quedan serios y mirándose a los ojos, otro instante y rompen en risas.

    Por detrás llega Agustín y le tiende la mano a su tía para levantarla.

    Acepta Micaela la ayuda y al ponerse de píe el efecto del alcohol hace que el equilibrio se pierda y se apoya con su otra mano en los duros abdominales de su sobrino menor.

    Micaela sonríe nerviosa mientras mira a los ojos a Agustín. Sus dedos no se separan de los abdominales de su adolescente sobrino, sus uñas se deslizan por el relieve de su abdomen, su ombligo y hasta que uno de sus dedos llega al borde del mojado short.

    Desde el suelo Marcos parece no querer reincorporarse, tiene la vista que antes tuvo su hermano, la cola de su tía con la tela de la maya enteriza metida bien entre sus nalgas.

    Micaela entre risas voltea a ver a Marcos y lo engancha mirando su culo.

    “qué estás mirando sobrinito?” pregunta entre risas.

    Marcos solo balbucea y para disimular se levanta rápidamente.

    La escena nocturna queda fija con los dedos de la mano izquierda de Micaela buscando sostén en el peligroso borde del short de Agustín, quién a su vez la sostiene con su adolescente y musculoso brazo dorado a su tía tomándola de la parte superior del brazo.

    Micaela mientras mira a Marcos quien se puso de pie, quien tras la incómoda pregunta de su tía se sonroja pero no puede evitar la erección que al ponerse de pie se hace visible abriéndose paso por el débil elástico de su corto short.

    La cabeza del glande de su sobrino de 21 años aparece en la oscuridad sorteando el elástico y es lo que Micaela observa sin sacar los ojos de encima. El alcohol la ha desinhibido.

    Micaela muerde su labio inferior sin darse cuenta, su mano izquierda parece cobrar vida y se hunde un par de centímetros dentro del short de Agustín con la excusa de sostenerse.

    El silencio se apodera de la situación y solo se escuchan la agitada y nerviosa respiración de los tres.

    Algo está por ocurrir.

    —–

    Acepto sugerencias, sobre como quieren que se desarrolle la historia o alguna otra nueva, comenten.

  • Trío, un amor prohibido

    Trío, un amor prohibido

    Mariana era una chica muy linda y amable, tenía un buen cuerpo, su piel era blanca, sus pechos grandes y sus caderas bien formadas, sin duda un encanto de chica que se llevaba la mirada de los hombres.

    Cuando ella cumplió 19 años fue a la universidad en otra ciudad alejada de sus padres en un departamento que alquilaba, era pequeño, pero con todas las necesidades, en ese tiempo ella descubrió el sexo gracias al contenido que podía hallar en internet, preguntándose como se sentiría su primera vez.

    Ella encontró un muchacho que si bien le trató bien durante la época de colegio, ahora llegado a la universidad él quiso aprovecharse del vínculo para tener relaciones con Mariana. Este chico llamado Marco era de piel bronceada, con actitud de chico malo, era un grosero en ocasiones y solo le importaba el mismo. Logró convencer a Mariana para tener su primera vez, fue un horror para ella, Marco no supo editarla y estimularla, ella no estaba tan lubricada cuando Marco entró en ella sin precaución, haciendo movimientos bruscos y llegando a eyacular dentro del condón, antes de que Mariana sintiera un orgasmo, lo que hizo que la primera experiencia de Mariana sea fea. Y aunque a Mariana no le gustó lo que pasó después fue lo mejor, Marco se alejó de la vida de la chica una vez cometido su fechoría.

    Mientras estudiaba ella llamó la atención de dos chicos mayores que ella, ellos eran amigos, estaban por terminar la universidad, ellos se conocieron en la cafetería, cuando ella estaba comiendo sola y solo había espacio disponible en su mesa, el par de amigos se sentaron junto a ella y de ahí hubo una bonita camaradería entre los tres.

    Los dos amigos de nombres Carlos y Sebastián eran chicos altos y tenían buena apariencia física, Carlos sobre todo tenía un cuerpo marcado debido a sus entrenamientos de baloncesto que le hacían verse muy bien. Sebastián no se quedaba atrás pues su rostro era delicado y bien formado, parecía modelo

    Los días pasaban y ellos se volvieron mas cercanos solo que se produjo una tensión amorosa entre los tres que usaban sus tiempos libres para verse dentro del campus, también salían a dar vueltas por la plaza de la ciudad, solían llegar a fiestas los tres juntos e iban al cine entre otros sitios, lo que hizo que se vuelvan muy pegados.

    Mariana parecía feliz con los dos teniendo sentimientos encontrados por los dos al mismo tiempo, algo que para ella era especial. Un día algo pasó, por motivos del baloncesto Carlos no pudo salir una tarde con Mariana y Sebastián, en ese día ellos llegaron a besarse liberando algo de esa tensión romántica entre los dos, fue un lento y suave beso de amor. Días después Carlos se enteró del beso y fue a solas contra Mariana a reclamar lo sucedido, la pequeña discusión se calmó cuando Mariana tomando la iniciativa beso a Carlos de la misma forma, haciendo que él se relaje y disfrute del momento.

    Pasando días del suceso hubo una plática entre los tres en donde se dijo sobre los besos, la plática fue intensa, sobre todo por el rechazo social que esto provocaba, también se habló de lo moral o inmoral que era ese amor que sentía Mariana por los dos al mismo tiempo, y que ambos sentían por ella. Fue una discusión acalorada de si era o no bueno, pero llegaron a la decisión que si ellos aman y son amados no debería haber problema, con la condición de que cada uno respetara la relación del otro.

    Y así fue, a simple vista para la gente ellos tres parecían inseparables amigos, que se apoyaban mucho mutuamente, sin embargo, en privado Mariana disfrutaba de dos relaciones a la vez con sus dos amigos, dos relaciones que eran separadas y escondidas de los ojos de la sociedad. Para ella fue lindo, cada uno la trataba bien pero de distinta forma, y cada uno de los chicos tenían su porción de felicidad óptima, todo funcionaba de maravilla, hasta que Sebastián quiso dar el siguiente paso, quiso ir a la cama con Mariana.

    Mariana sabía que eso pasaría, que debía dar ese paso y aún estaba algo traumatizada de su primera experiencia, pero sabía que esta vez le iban a tratar bien, aunque ella no sabía si debía darle el privilegio a uno de ellos antes que al otro. Ella lo meditó muy bien y logró decidir algo, que si en verdad ellos querían una relación compartida como la que estaban viviendo hasta ahora ellos debían ser capaz de compartirla a ella en la cama.

    Ella citó por individual a su casa a sus dos amigos les informo que sería una cita especial y que le gustaría que ellos se quedasen a dormir, cada uno aceptó. Ellos se extrañaron al ver al otro, pues no sabían que el otro iba a llegar. Fue una noche de cita normal, miraron algo en la tv, cocinaron, rieron y tomaron un par de cervezas para amenizar el ambiente, sin llegar a abusar de las mismas en ningún momento. Hasta que se hizo tarde, cada uno esperaba que el otros e fuera, puesto que la invitación fue para dormir y ninguno se esperaba que el otro también se vaya a quedar.

    La noche cayó, Mariana se metió primero en la habitación para cambiarse de ropa, se puso ropa interior negra de encaje, y una bata para dormir, abrió la puerta para dejar pasar a los chicos, los cuales entraron un poco confundidos.

    -creo que ya es hora de dormir chicos- dijo Mariana con una voz tanto seductora

    -pero aún estamos los dos- predicó Carlos

    -si pensé que era mi primera noche contigo- siguió Sebastián

    -pues lo será si te quedas, a menos que quieras que solo sea la de Carlos- dijo Mariana mientras se sentaba al filo de la cama

    -de ninguna manera he esperado mucho por esto- se lo veía avergonzado a Sebastián en su respuesta

    -No me quedare atrás- concluyó Carlos

    De esta forma los tres se recostaron en la cama, la misma era algo amplia por lo que los tres cupieron perfecto. Ambos chicos se sacaron la ropa quedando solo en ropa interior y quedando a los lados de Mariana quien estando en la mitad tomó la iniciativa, primero dando un beso suave a Carlos y después a Sebastián. Tomo las manos de Sebastián durante el beso dejándolos en sus pechos, el entendió esto y empezó a acariciarla, mientras tanto Carlos por la espalda empezó a besarle el cuello a Mariana y a frotarle su entrepierna con delicadeza sobre sus bragas que se tornaban húmedas.

    Sebastián moviendo sus manos desde los pechos de Mariana llego a la bata para quitarla suavemente, tiempo que aprovechó Carlos para llegar a los labios de su amada, de este modo se dejó ver la piel pálida de Mariana sobre al cama. Carlos estaba agradecido por poder ver a su novia así, así que el procedió a quitarle el brasier a Mariana mientras la seguía besando, dándose cuenta que empezar a compartirla era algo que le estaba gustando, así los pechos desnudos de Mariana se vieron libres para el deleite de Sebastián quien aprovechó para lamerlos con suavidad y jugar con los pezones, Carlos había regresado a acariciar la intimidad de Mariana.

    Sebastián también entendiendo que estaba compartiendo, hizo que Mariana cambie de lado haciendo que la espalda de ella choque contra su pecho, de esta manera ella quedó frente a Carlos, y bajando las manos Sebastián procedió a bajarles las bragas a Mariana lo que indicaba que él estaba ofreciendo la vagina de su novia a su amigo y Carlos aceptando el regalo se inclinó a lamer a su amada mientras Sebastián masajeaba los pechos. Mariana disfrutaba demasiado de lo que vivía en ese momento olvidando lo que sintió en su primera vez, estando muy mojada y excitada al igual que sus dos amantes.

    Mariana se percató de que sus chicos estaban muy erectos, así que se alejó un tanto de ellos para colocarse en cuatro sobre la cama con la cabeza al filo de la misma. Ella insinuó que ya estaba lista para ser penetrada, así que ellos debían decidir. Sin pensarlo dos veces Sebastián se adelantó, Carlos aceptó que le ganaron pero no estaba celoso, él también estaba excitado. Así que ambos se quitaron sus últimas prendas quedando desnudos, llegando Sebastián por detrás y Carlos parándose frente a Mariana la cual, usando su boca introdujo todo el falo de Carlos en su boca para dar mamadas lentas y profundas. Sebastián introdujo su miembro en Mariana con delicadeza pero fue firme en introducir todo dentro de ella, así de esta forma empezando los movimientos que ambos disfrutaron.

    Mariana controlaba su boca pues no quería que Carlos se viniera, caso contrario con lo que hacía con su culito, apretando su vagina y moviendo sus caseras para sentir la verga de Sebastián recorriendo su interior cálido. Esto hizo que Sebastián termine primero dejando leche espesa dentro de ella. Era turno de Carlos, para eso Mariana recostó a Sebastián y se volteo boca arriba con su cabeza mirando el miembro se Sebastiano para empezar a limpiarlo con su boca, al mismo tiempo que abría sus piernas y mostraba su bella entrada, la cual Carlos uso gustoso, empezando si momento, él fue con mas fuerza puesto que el semen y la lubricación hacían que se haga mas fácil moverse dentro de ella.

    Mariana sentía la diferencia entre ambos, Sebastián era mas dulce y lento, pero profundo, mientras que Carlos era mas rudo y grueso dando ms ritmo al asunto, aunque diferentes Mariana sentía el mismo placer con ambos, porque eran dos estilos que le agradaban demasiado.

    Carlos se movía con intensidad lo que hizo que Mariana por unos momentos deje el miembro de Sebastián para gemir y llegar al clímax junto a Carlos, llegando a emitir un sonido erótico que se quedaría gravado en la memoria de ambos chicos.

    Una vez exhausto Carlos se colocó al otro lado de Mariana quien hizo lo mismo que con si otro amante, metiendo su miembro en su boca. Aunque Mariana aún no había acabado colocó cada miembro sobre sus pechos para masturbarlos, lo que hizo que ambos se hinchasen de nuevo, hasta que se vinieron sobre ella

    -ahora huelo a ustedes, ambos me han marcado con su olor y seré de ambos para siempre- Dijo Mariana entre jadeos

    Finalmente ella se recostó entre ellos sin ganas de limpiarse, puesto que le gustaba su nuevo aroma y a ambos chicos no les incomodó, de todas maneras ella amaba a los dos y los dos le amaban a ella.

  • Laura, recién divorciada

    Laura, recién divorciada

    Una serie de eventos extraños y fortuitos me hicieron vivir una de las experiencia más alucinantes de mi vida.

    Mi ex Paula era un ser sexual, siempre dispuesta a todo y a experimentar.

    Parte de eso era filmar videos y subirlos a una plataforma de videos porno.

    Cuando la conocí estaba en Buenos Aires estudiando cine, así que sus videos eran de muy buena calidad.

    Con el tiempo yo también aprendí a filmar, iluminar y editar esos videos y es algo que hasta he aplicado en mi trabajo.

    Siempre evitamos que se vieran nuestras caras u otros rasgos que pudieran identificarnos. Filmábamos en mi departamento y aprendimos a dejar la habitación en modo «estéril», sin nada que saliera en cuadro que pudiera identificarnos.

    Nos divertía, nos excitaba y tenía muchas visualizaciones.

    Cuando Paula y yo rompimos el canal quedo en desuso.

    Subí un video aclarando que no iba a haber más videos.

    Varios meses después por curiosidad o nostalgia entré al canal y miré los mensajes privados.

    Entre muchos mensajes de tipos diciendo tonterías había un mensaje que decía «Necesitas una nueva actriz?».

    Borré todos los mensajes menos ese, pero no lo conteste.

    Ese mensaje me quedo rebotando dentro de la cabeza.

    Después del trabajo volví a pensar en ese mensaje.

    Respondí «Puede ser.»

    La respuesta fue solo una dirección correo electrónico.

    Le escribí cauteloso. No tenía intención de filmar videos con cualquiera, en realidad no tenía intenciones de filmar con nadie.

    Pero a partir de los correos me fui dando cuenta que se trataba de una persona interesante e intrigante.

    Escribía perfectamente, era clara, concisa y divertida. Daba vueltas a la hora de darme una buena razón para filmar un video.

    Una semana después de haber intercambiado el primer correo pasamos a comunicarnos por WhatsApp. Lo primero que hice fue ver su foto de perfil, pero tenía un dibujo genérico.

    Nos comunicamos más o menos por 2 meses mediante mensajes hasta que un día decidimos vernos.

    Ya habíamos intercambiado un par de fotos y nos habíamos puesto de acuerdo en los detalles del video que íbamos a filmar.

    Llegue a la cita 10 minutos antes de lo pactado, para darle la oportunidad de arrepentirse a ella.

    Busqué la mesa más alejada del salón del café donde habíamos decidido encontrarnos.

    El mozo se acercó con cara de que le fastidió caminar hasta una mesa tan alejada. Pedí un capuchino.

    Mientras tomaba el café la vi llegar.

    La reconocí de inmediato, pero no por eso deje de sorprenderme.

    Media un metro setenta y llevaba el cabello negro largo recogido con un gancho. Pendientes de perlas.

    Me miró y sonrió tímida, dejando al descubierto unos dientes totalmente blancos.

    Llevaba puesta una camisa blanca con dos botones desabrochados, un Jean y zapatillas.

    Colgaba de su hombro una cartera de cuero marrón y poco demasiado grande. Se notaba que tenía unas buenas caderas, aunque era esbelta.

    Me puse de pie para recibirla y ella se adelantó en el saludo.

    -Hola Pablo -dijo sonriendo y cerrando un poquito ojos.

    -Hola Laura, encantado.

    Estúpidamente estire la mano para saludarla, pero ella se acercó y me besó en la mejilla.

    Pude sentir un suave aroma a floral.

    El mozo se acercó sonriente mucho más rápido que cuando llegue yo.

    -Que estas tomando?-Pregunto en un tono natural, como si fuéramos amigos desde siempre. respondí.

    -Lo mismo para mi -dijo sonriéndole.

    El mozo se fue sonriendo también.

    Todo lo que veía frente a mi destilaba clase.

    Laura hablaba con ese acento de Barrio Norte que muchos imitan pero que solo los nativos dominan.

    Sentados frente a frente en una pequeña mesa de café no nos separaban más de cuarenta centímetros. No quedaba más que hacer la pregunta que me daba vueltas en la cabeza desde que habíamos contactado por correo electrónico.

    -¿Laura, por qué quera filmar un video conmigo?

    La explicación fue mas sincera e interesante de lo que esperaba.

    Laura tenía 35 años, eran licenciada en administración de empresas de una universidad privada y se había casado al terminar la carrera con veinticuatro años con un amigo de toda la vida, su primer novio e hijo de una familia amiga de sus padres.

    Casi de inmediato habían tenido hijos, el más grande tenía diez años, el del medio siete y la niña pequeña tenía cuatro.

    Vivían en una coqueta casa en un country de Pilar.

    Trabajaba en la empresa de su padre, con horarios más que flexibles que le permitían ejercer su rol de madre, pero con la intención de prepararse para cuando le tocaba hacerse cargo.

    Su marido hacía lo propio en la empresa de su propia familia.

    En esa vida ideal alejada de las peripecias del ciudadano de a pie se instaló el tedio.

    Fue en ese momento que para ponerle un poco de sal a su vida sexual empezaron a ver videos amateur y encontraron los nuestros. Aparentemente el marido de Laura era fanático de mi ex novia.

    Los intentos de revivir su vida sexual surtieron cierto efecto revitalizante pero más temprano que tarde el marido volvió a estar desatento con Laura.

    Como después pude comprobar, Laura no era tonta, ni mucho menos ilusa. Empezó a sospechar que la falta de atención quizá tuviese otra razón.

    No tardó en descubrir que tenía una aventura con una secretaria de su empresa, una pelirroja en 25 años. No desesperó, mientras se portaba como la esposa ideal, con la ayuda de los abogados de su padre organizó una investigación sobre cada uno de los activos que tenían como matrimonio. Encontró y registró cada centavo que tenían, mientras le daba a su marido la oportunidad cortar el affaire por propia voluntad.

    Como esto no sucedió, un domingo cuando él volvió de un viaje de «negocios» compartido con la amante, se encontró con las valijas esperándolo en el recibidor y una muy desfavorable demanda de divorcio sobre la mesa del comedor.

    Pidió perdón, pero ya estaba todo decidido. El divorcio fue rápido y económicamente devastador para el. Laura no sólo se quedó con la mitad de todo, más una sustanciosa cuota alimentaria, además consiguió el uso total de la casa familiar que sólo podrá ser vendida cuando la hija menor cumpla dieciocho años.

    El marido por un tiempo anduvo como un pollo mojado, mostrando arrepentimiento en su círculo social, que no dejaba de llamarlo canalla por engañar a la madre de sus tres hijos, pero últimamente había empezado a mostrase frente a sus amigos y en las redes sociales con la bella pelirroja, ascendida de amante a novia.

    Laura me miró con unos ojos café penetrantes y un gesto que dejaba claro que no bromeaba.

    – Ya le quedó bien claro lo que perdió por tomarme de idiota, pero ya que le gustan las putitas, quiero que le quede muy claro la flor de puta que puedo ser y que se perdió -dijo mirándome a los ojos y luego dio un sorbo al segundo café.

    -¿Crees que va a ver el video?

    -No tengo dudas y si lo haces bien nadie me va a reconocer, pero él si.

    Me convenció, no era una friki que buscaba hacerse la picante subiendo videos sexuales a Internet, era una hermosa mujer joven que buscaba venganza y yo no veía razones para oponerme.

    Pedimos el tercer café mientras nos poníamos de acuerdo sobre el video.

    No se vería nunca la cara, de ninguno de los dos, primero lo vería ella y solo si ella lo autorizaba yo pondría el video on-line y todo el material crudo debía ser destruido.

    -¿Cuando queres filmar? -pregunté iluso de mi. Aunque ella dejó claro que si había onda entre ambos venía a firmar el video, yo no podía creer lo que estaba viviendo.

    -Ahora tonto. Me costó decidirme, no me des la oportunidad de arrepentirme.

    No podía argumentar contra eso.

    Pague la cuenta dejando, generosa propina, sintiéndome un hombre sumamente afortunado.

    Caminamos dos cuadras hasta mi departamento.

    Antes de entrar mando un mensaje desde su teléfono.

    -Le mando tu dirección a mi amiga.

    No era tonta ni dejaba de tomar precauciones lógicas.

    -¿Tu amiga sabe? -dije sorprendido.

    -Sabe que salía con un chico. -Contestó.

    Mi departamento estaba limpio y ordenado. La habitación estaba lista para filmar.

    No mostró interés por lo superfluo de un departamentos de tres ambientes en la ciudad

    -Quiero ver el cuarto. -Dijo secamente.

    Se la notaba más nerviosa que cuando charlábamos en el café.

    Entro a habitación con la cartera colgando del hombro.

    Dio una mirada a la cámaras, la cama con sabanas limpias nuevas y a las luces.

    La cámara de mano estaba sobre una de las mesas de luz.

    Mi habitación está al final de un pasillo, la puerta anterior es una habitación más pequeña que funciona como mi oficina y la puerta al inicio del pasillo y más cercana a living es el único baño del departamento.

    -Voy al cuarto de baño a prepararme, vos espérame listo.

    Me quite la ropa, quedándome en solo en bóxers, con la

    cámara en la mano.

    Laura estuvo más de veinte minutos en el baño y empecé a pensar en que se había arrepentido.

    No creo que estuviese preparado para lo que vieron mis ojos a continuación.

    Laura salió del baño lista.

    El pelo negro azabache suelto caía sobre sus hombros hacia sus espalda. Los pendientes de perlas cambiaron por dos argollas grandes, los ojos están maquillados con los parpados oscuros y las pestañas arqueadas. Sus labios colorado carmesí resaltaban.

    Una seda negra hacía las veces de collar, ajustada en el cuello.

    El corpiño negro de una malla muy fina trasparente dejaba ver los pezones de unas muy lindas tetas de mediano tamaño. Sus caderas eran anchas pero su vientre era plano y su ombligo tenía forma de almendra.

    La tanga, a juego con el corpiño también era transparente, dejaba ver una preciosa vulva depilada. Solo una coqueta franja de pelo iba desde vagina y ombligo.

    Alrededor de la cintura llevaba un portaligas y las ligas se unían a una medias también negras que llegaban has la parte superior de los muslos. Unos stilettos negros completaban el conjunto.

    Caminó contorneándose por el pasillo, posó su mano derecha sobre mi nuca y besó mi boca. Mientras me besaba y yo abrazaba su cintura su mano derecha buscó mi miembro y empezó a masturbarme.

    No estaba dispuesta a perder tiempo.

    Por un momento soltó mi pene y me quitó los calzoncillos.

    Se paro, volvió a besarme y me empujo hacia la cama. Yo caí sentado, con el pene erecto.

    Laura me acaricio la cara mientras me miraba a los ojos.

    Se agacho lentamente y quedó con mi boca a centímetros de mi pene.

    Mirándome a los ojos se metió mi verga en boca y comenzó a chuparla muy suavemente. Yo la filmaba con la cámara de mano.

    Veía su cabello, su cuello , la espalda cruzada por el corpiño y las nalgas paradas con la tanga y el porta ligas.

    Estaba tan excitado que tuve que tocar su mejilla y levantar su cara para que dejara de chupármela.

    Los dos nos paramos y empezamos a besarnos. Nuestras lenguas se buscaban profundo dentro del otro, como si quisiéramos conectarnos íntimamente a pesar de que nos habíamos visto por primera vez hace apenas unas horas.

    Tome su cintura y giramos en un extraño paso de tango . Ella quedo de espaldas a la cama. Me miraba profundo en los ojos y yo trataba de no desviar la mirada a la curva de su labio superior y a las paletas blancas que asomaban debajo blancas como perlas.

    La gire y en un solo movimiento la abracé y la apreté contra mi. Mi pene encontró sus nalgas y se acomodó plácidamente entre ellas. Mis manos acariciamos un vientre plano y subieron hasta unas tetas duras y del tamaño perfecto para mis manos.

    Se las acaricié, los pezones estaban duros.

    Aunque no sin tener que recurrir a mi fuerza de voluntad solté esa hermosas tetas por unos segundos para quitarle el corpiño. Que una vez quitado fue tirado quien sabe donde.

    Volví a masajear sus tetas ya desnudas y sentí la suavidad de su piel. Ella giro el cuello y mirándome a los ojos pregunto -¿Te gustan?

    Trate de pensar algo en ella que no me gustaba y no entronque nada.

    -Son hermosas- contesté y volví a besarla. Un poco incómodo porque me daba la espalda y los 2 forzamos el cuello, pero sabroso de todos modos.

    Di un paso hacia la cama, lo que la obligó a doblar la piernas y quedar sobre las rodillas. Dejamos de besarnos y ella se curvo hasta que su pecho tocó la cama.

    Era la mismísima visión de la gloria. Laura tenía el culo mirando al cielo con las rodillas apoyadas al borde de la cama. Las medias con ligas, la tanga y los stilettos invitaba a la lujuria.

    Me arrodillé entre sus piernas, corrí la pequeña tanga y enterré mi boca en su intimidad listo para comerme ese manjar.

    Sentir el gusto salado de su humedad me hizo sentir como quien abre un whisky de 30 años. Saber que era algo maravilloso y único que solo estaba para mí fue extasiante.

    -Siii, asííí- Sus gemidos no tardaron en escucharse. -Cómeme que me encanta.

    Me di un manjar a gusto. Le chupé a destajo el culo, toda la raya, me detuve especialmente en su clítoris y algo que me encanta y por lo visto a ella también, la cogí con la lengua. Enterrándola todo lo posible en su vagina.

    Mientras la cogía con la lengua Laura acabó, trato de ahogar sus gemidos, pero el temblor de sus piernas no dejo lugar a equivocación.

    Me incorporé y sentí que la tenía a mi merced.

    Pude ver que mordía uno de sus dedos mientras tenía los ojos cerrados.

    Estire el brazo hasta la cómoda y tome un preservativo, algo que habíamos pactado.

    Mi verga estaba estacionada entre sus nalgas, cómoda pero con urgencia de conocer el interior de ese vergel que esperaba ansioso.

    Su tanga se ataba a ambos lados con unos lacitos negros. Los desate y quite la tanga.

    -Sácame los zapatos por favor- Balbuceó bajito y en un tono grabe.

    después de quitárselos quedo desnudarte salvo por el portaligas y las medias.

    ¿Quién sabe dónde tiré los zapatos y la tanga? Yo no, al momento volví a la tarea principal.

    Apoye el glande en la entrada de su hermosa conchita y la escuche gemir muy bajito. La tome de la cintura con ambas manos y así la penetre lentamente.

    -ahhh- genio un poco más fuerte.

    Empecé a penetrar a esta hermosa mujer a la cual había visto en persona por primera vez ese día y me sentí en el Paraíso. Yo estaba parado al borde de la cama y ella en cuatro sobre la cama.

    Mientras disfrutaba de la visión desde sus nalgadas hacia su cabeza vi como giraba el cuello y me clavaba los ojos.

    -Más fuerte, por favor, más fuerte- Rogó

    Cumplí con su deseo y me esforcé en dar todo de mí.

    -Si, si, si partime, partime al medio, dale- gritaba mirándome a los ojos.

    -ahh, ahhh, ahhhh, Siii- grito y acabó de nuevo.

    Después se tumbó sobre la cama.

    Yo estaba si acabar y ella estaba en posición fetal sobre la cama.

    -Vení, acostate al lado mío- Suplico en un tono al que no me pude resistir.

    Cuando quede a su lado boca arriba, me besó. Fue un hermoso, sensual, su lengua entró en mi boca y buscó la mía con pasión.

    Sentí como su mano agarraba mi pene con suavidad y me masturbaba.

    Bajó con su cabeza hacia él y se lo metió en la boca, pero no le gustó el sabor del condón. Me lo sacó y volvió a chuparme la pija con gusto y maestría.

    Alternaba chupadas cortas , con besos, lengüetazos y chupadas hasta el fondo de la garganta.

    -Estoy por acabar- le informe con la esperanza de que eso no cortara su trabajo.

    -hay no, no, que no quiero que esto se termine ahora- dijo y dejó de chuparla.

    Se paro al borde de la cama y se sacó las medias y el portaligas, quedando totalmente desnuda. Lo hizo de una manera que me hizo creer que había perdido toda sombra de pudor conmigo.

    Ya desnuda caminó hasta donde estaban los condones, tomo uno y abrió el envoltorio con los dientes.

    Vino hacia mi que seguí boca arriba en la cama, tomó mi pene y me coloco el nuevo condón. Pasó una pierna sobre mi, tomo mi pija con la mano, se la introdujo ella misma y comenzó a cabalgarme. Por dios, como movía las caderas esa mujer, movía su cintura tanto de arriba a abajo como de forma circular.

    Me miraba fijamente.

    -Te guuusta mi amooor? – Preguntó lasciva.

    Si bien le estaba gustando, lo que ella quería en ese momento era sacarme la leche, ganar su trofeo.

    -Me encanta, me encantan vos, tu cuerpo hermoso y como coges. Tenes razón en que sos flor de puta

    -Dame tu lechita entonces.

    En ese momento recordé que además de esta cogiéndome a esta hermosa mujer estaba filmando todo.

    El morbo se me subió a mil y acabe con todo. Fueron varia descargas de semen y varios latidos de mi pija dentro de ella.

    -ay papi, como la siento bien gorda dentro.- dijo esto y se desplomó sobre mi sonriente.

    Me hablo al oído.

    -Antes de verte no estaba segura de animarme a coger con un desconocido, pero ahora no me arrepiento- se sinceró.

    Salí de dentro de ella y Laura parecía muy interesada el el forro lleno de leche.

    -ummm, perece que la pásate muy bien.

    Me saco el forro y lo tiró al costado de la cama. Después tomo mi pene con la mano derecha y me masturbo lentamente hasta que volvió a estar duro. En ese momento se lo metió todo en la boca y lo fue limpiando de leche, con paciencia y maestría. Cuando terminó, se limpió también con la lengua el semen que tenía en la mano.

    Me miró, guiño un ojo y sonrió pícara.

    La tomé de la cintura y puse su cuerpo sobre el mío. Acostada sobre mi buscó mi boca y nos fundimos en un profundo beso donde compartimos todo nuestros jugos con pasión.

    Lo que paso continuación quedará en mi memoria. Laura se acostó, abrió las piernas y me atrajo hacia ella. A partir de ese momento hicimos el amor, nuestras caras quedaron a un centímetro y mientras nos mirábamos a los ojos y nos besábamos la penetre con pasión y delicadeza. Lento y lo más profundo posible mientras ella movía sus caderas y me besaba en la la boca, la cara, el cuello y las orejas. De a poco no fuimos acercando al éxtasis y acabamos los dos juntos en una sinfonía de gemidos.

    Me desplomé sobre ella durante unos segundos y luego gire sobre la cama. Quedamos uno al lado del otro agitados y recuperándonos del esfuerzo realizado.

    -Voy a usar tu baño para ducharme- dijo mirándome a los ojos, después de unos minutos.

    La vi irse desnuda, con un paso seguro de mujer que se sabe deseada.

    Mientras ella estaba en el baño yo me puse el calzoncillo y fui a la cocina a preparar algo para tomar.

    Mientras estaba en la cocina Laura apareció vestida como había llegado.

    -¿Queres un café?- ofrecí sonriendo- O un vaso de Coca.

    -Prefiero agua fría-contestó sonriendo.

    Tomo el agua.

    -Me voy. Mándame el video cuando lo tengas y no te portes mal con eso. Que todo sea como lo arreglamos- mirándome a los ojos y muy seria.

    -Después de los que acaba de pasar no veo la posibilidad de hacer otra cosa. Me tenes embelesado. Espero que lo repitamos.

    Me miró fijamente y dijo -Mejor no te enganches nene, es mejor que lo de hoy quede acá. Tengo una vida y tres hijos, no tengo tiempo para ciertas cosas.

    Se acercó me tomó de la nuca y me besó.

    Después me miró a los ojos por medio segundo, giro fue a la puerta.

    -Te acompaño hasta abajo- ofrecí.

    -ahorremos un viaje incomodo de ascensor, bye.

    Lo último que mire fue su cuello perfecto mientras bajaba las escaleras hacia el palier a esperar el ascensor.

    Me quede en la puerta deseando que se volviera a dar la oportunidad de encontrarnos.

    [email protected].

  • Me llenaron el ano de esperma (1)

    Me llenaron el ano de esperma (1)

    Hoy quiero contarles de un periodo de mi vida un poco extraño, pero que a veces quisiera repetir.

    Cómo ya les he contado me volví adicta a la verga de mi papá. Todos los días hacía lo posible por tener esa verga gruesa y venuda dentro de mí, y por las noches soñaba con su verga penetrando cada hoyo de mi cuerpo. Pero por trabajo mi papá tuvo que hacer un viaje de 1 mes. Yo no podía irme con él porque estaba estudiando, pero desde el día 1 que se fue, extrañé su rico pene.

    Cada día me masturbaba imaginando que mi papá me cogía y me metí toda clase de cosas por el ano para satisfacer mi deseo. Me masturbaba con mis dedos, con dildos, con objetos, con verduras, y me dejé follar por muchos hombres de mi escuela, pero nada podía saciar mi deseo por la verga de mi papá.

    Después de 2 semanas me empecé a deprimir, así que decidí buscar ayuda. Pero en lugar de buscar una psicóloga una amiga me recomendó ir con una guía espiritual, y así conocí a Mafer. Maria Fernanda, o “Mafer” como yo le digo de cariño, es una gurú sexual y espiritual de 45 años, es de tez morena clara, tiene cabello largo y oscuro algo rizado, y aunque es madre de 7 hijos tiene un cuerpo espectacular: no es alta, mide cerca de 1.60, pero tiene unas tetas enormes que siempre se le salen por un lado o por el escote de sus blusas holgadas que usa, pero ella no le da importancia, las muestra siempre como algo natural. Sus caderas y su culo también son muy grandes y sus piernas son casi tan gruesas como las mías.

    Cuando hablé por primera vez con Mafer le conté sobre mi depresión y mi necesidad de la verga de mi papá dentro de mí. Mafer me explicó que había una conexión sexual muy profunda entre nosotros, y al estar lejos era como si me hubieran quitado una parte vital del cuerpo, y necesitaba una terapia de rehabilitación. Para hacer la terapia Mafer me pidió que me pusiera de pie frente a ella completamente desnuda. Comenzó a pasar sus manos por mi cara, mi cabello, mis hombros, mi espalda, mis tetas, mi vientre, mi vagina, mis piernas, mi trasero y hasta mis pies. Después comenzó a lamer algunas partes de mi cuerpo. Su lengua recorrió cada rincón de mí, y mientras lo hacía me pidió que gimiera porque necesitaba encontrar mis puntos de energía sexual.

    Cuando terminó de pasar su lengua por todo mi cuerpo me dijo: “Tu energía sexual se encuentra principalmente en tus pies y en tu cavidad anal, así que necesitamos hacer un ritual especial para que puedas sentir la misma satisfacción que sientes con la verga de tu padre, pero con cual otra verga”. Entonces llamó a un joven de unos 20 años y lo hizo entrar a la habitación. Estaba completamente desnudo y tenía una verga bastante grande. Le pidió que se acostara en la alfombra de la habitación y después me dijo: “Tus pies son el centro de tu energía, te voy a pedir que con tus dedos de los pies comiences a estimular la verga de este chico, su verga funcionará como el receptor por donde va a fluir la energía que te va a dar placer.” Entonces me paré enfrente del chico y con mis pies empecé a acariciar su verga. Mis dedos largos excitaron demasiado al chico porque inmediatamente se le puso la verga muy dura.

    Empecé a usar mis pies para masturbarlo mientras Mafer me daba instrucciones de cómo debía hacerlo: me decía que lo masturbara con las plantas de mis pies de arriba a abajo, que pusiera su verga entre mis dedos, que se la apretara y muchas cosas más. Me puse muy caliente y muy mojada, y entonces Mafer me dijo: “cuando el chico esté a punto de venirse, debes sentarte sobre su verga y dejar que te penetre el ano, para que todo su esperma se derrame dentro de ti”.

    Después de varios minutos el chico me dijo que estaba apunto de venirse, entonces me levanté del suelo, me puse en posición para sentarme sobre su verga y de pronto Mapi se acercó y le sujetó la verga al chico con la mano y me dijo: “Siéntate Paola, yo voy a agarrársela para que no se mueva mientras tú te sientas, porque su verga debe entrar en ti en un solo movimiento fuerte y directo.” Entonces me dejé caer, me senté rápidamente sobre su verga y me penetró el ano tan profundamente que un escalofrío recorrió toda mi espalda hasta mi cuello. Sentí como si algo me hubiera atravesado todo el cuerpo, y después sentí cómo su semen me llenaba completamente el culo. Mapi me dijo que no nos separáramos todavía, y tuve la verga de ese chico dentro de mi culo por una media hora. Durante ese tiempo sentí que poco a poco el esperma salía de mi ano poco a poco.

    Después Mafer me dijo que podía levantarme y cuando lo hice y me saqué la verga de adentro, todo el esperma salió de mí cuerpo en un instante. Pero Mafer hizo lo más desagradable y al mismo tiempo excitante que jamás haya visto: se agachó, acercó su cara a la verga del chico y comenzó a succionar con su boca todo el semen que se me había salido del ano. No quedó nada. Al final Mafer se dirigió a mí otra vez y me dijo que este ritual debíamos repetirlo por 10 días, y solo así terminaría mi depresión y mi adicción a la verga de mi papá.

    Pasaron varios días y repetimos el ritual, pero Mafer no había tomado en cuenta mi habilidad para masturbar usando mis pies, y al cuarto día mientras yo masturbaba al chico usando mis dedos, el chico eyaculó inesperadamente sobre mis pies y me dijo: “Perdón Paola, es que tus pies están demasiado grandes y tú estás muy chaparrita para tener esos pies tan grandes, eso me causa demasiado morbo y no puedo aguantar tanta excitación”. Entonces Mafer me explicó que si el chico no eyaculaba dentro de mi culo y el semen caía en cualquier otro lugar, el ritual no serviría.

    Intentamos repetir el ritual muchas veces, pero había momentos en los que el chico no podía resistirse a mis dedos de los pies y terminaba eyaculando en ellos. Para mí no era problema porque el semen en mis pies es algo que siempre disfruto, pero según Mafer el ritual no funcionaba de esa manera. Me dijo que la única manera de resolverlo era completar el ritual con ayuda de otra persona, y me dijo: Vamos a probar algo Paola, deja que la verga del chico te penetre el ano desde el comienzo del ritual, pero mientras la punta de su verga está dentro de ti, yo usaré mis pies para masturbar el resto de su verga, y aunque se venga inesperadamente su verga ya estará dentro de tu culo y el semen no se desperdiciará.”

    Probamos hacerlo de esa manera: yo me senté sobre esa rica verga, me penetró profundamente y luego Mafer comenzó a masturbarlo con sus pies, pero al chico no le provocaba la misma sensación, dijo que los pies de Mafer eran muy pequeños y no podría venirse así. Entonces Mafer me preguntó: “¿Conoces a alguien que tenga los pies igual de grandes y les dedos tan largos como los tuyos y que pueda ayudarnos?”. Entonces sólo unos pies vinieron a mi mente en ese instante: “¡Los pies de mi hermana Tania!”…

    Continuará.

  • La vida secreta de la chica buena de clase

    La vida secreta de la chica buena de clase

    -¡Mirad, el clavito de Pablito, ¡qué chiquitito! ¡Jajaja!

    Esas risas tuvieron un cruel eco en el instituto público. Aunque los chavales de Segundo de Bachillerato, con dieciocho años cumplidos, ya deberían estar por encima de aquellas burlas infantiles, la mayoría de ellos se rieron del pobre alumno al que iba dirigida la broma, en parte por la popularidad de quien se la había gastado y en parte porque era una víctima fácil, marginada, que no se iba a defender. Unos pocos mantuvieron una impostada cara de seriedad, y otros (otras, sobre todo) trataron de ocultar su sonrisita, pero no había duda: la chanza había caído en gracia.

    El afectado, el pobre Pablo Soto, se subió los pantalones y los calzoncillos, tapando velozmente el diminuto pene que su compañero de clase había dejado al descubierto tras bajarle los calzones. Esa cosita pequeña, insignificante tanto en longitud como en grosor, había sido objeto de burlas desde que los más cafres de la clase la habían visto en los vestuarios de Educación Física. Como los pavos reales comparando sus plumas con las de otros pavos para seducir a sus hembras, los matones de la clase habían corrido a humillarlo, a hacerse grandes en comparación con su patético compañero. Y, a juzgar por los pibones con los que solían andar, funcionaba.

    El pobre Pablo, además, era un blanco fácil. No destacaba en los deportes (su raquítico y pequeño físico se lo habría impedido), ni en los estudios (su cerebro frito por las redes sociales y el porno no daba para más), ni en las relaciones sociales, ni en las artes, ni en nada. Era feo, era soso, era un cobarde, era un llorón de mierda de una familia pobre. Y ahora se ocultaba en un rincón durante el recreo, tapando las lágrimas de sus ojos con el brazo.

    Y ahí estaba esa risa, esa odiosa risa. Max, el tío que más le había humillado en toda su vida, hacía comentarios malsonantes mientras se dirigía a cambiarse tras la clase de gimnasia. Contempló su melena con odio, mientras se alejaba con sus colegas Javi y Jorge, y con las tías de su pandilla. Pablo se mordió los labios. ¿Cómo podía un tío como ese ser tan popular? ¿Un tipo tan sádico, tan imbécil, tan despreciable? Apretó los puños, imaginando ese paraíso soñado en mil películas donde el chico majo acababa saliendo con la chica guapa al final, donde sus talentos eran reconocidos, donde todo acababa saliendo bien y un providencial «The End» aparecía en pantalla.

    Cuando vio a la chica a la que deseaba, sin embargo, quiso que la tierra se lo tragara para que no lo viera llorar. Pero, pese a todo, ver la figura de Cristina en el recreo hizo que una sonrisa tenue se dibujara en su cara.

    -Eh, Pablo, ¿qué tal? ¿Quieres hablar?

    Negó con la cabeza, limitándose a abrazarla. Reprimió un gemido al sentir sus tetas pequeñas pero firmes a través de su jersey verde. Su pene se irguió hasta alcanzar su máximo de nueve centímetros, algo que le avergonzó enormemente. Pero ella no se dio cuenta.

    -No, gra… gracias.

    -Venga, ven conmigo, no te preocupes.

    Cristina era prácticamente la única que le trataba bien. Una de las mujeres más brillantes de la clase y que, con ese cerebro privilegiado y esa belleza pálida y elegante, podría llegar a donde ella quisiera. Ese cuello de cisne, que desembocaba en su rostro angelical, a su vez rodeado de su lindo cabello marrón con flequillo, había ocupado durante años un lugar prominente en sus sueños más dulces y húmedos. Hasta los flecos de su camisa bajo el jersey le parecían indeciblemente sexys.

    -No lo entiendo-se quejó Pablo, oculto bajo un árbol, mientras ella le abrazaba-. No entiendo cómo ese imbécil puede ser tan popular con… con sus amigos y con las mujeres. No sé, a veces pienso que no merece la pena ser bueno…

    Cristina le acarició la cara.

    -No digas eso, guapo. Tú eres mejor que él, mejor que todos esos imbéciles. Y, bueno, puede que a él se le den mejor los deportes o los estudios, pero el mundo sería mejor con más personas como tú en él. Yo me lo paso muy bien contigo.

    Se le iluminó la cara al oír «guapo» de esa boca, pese a que era consciente de que no era mejor que Max y sus amigos. Todos ellos habían tenido novia ya, y más de una, y él todavía seguía matándose a pajas de cinco minutos en el baño de su casa. Pero, gracias a Dios, existía gente como Cristina en el universo.

    -Oye, Cristina, deberías irte con tus amigas. No te vendría bien que te vieran conmigo. Sobre todo, después de…

    Le mostró a Cristina sus muñecas, donde todavía estaban las marcas de la navaja que le había mantenido fuera de clase durante un mes. Se había intentado cortar las venas unos días después de que Max pasara por el grupo de clase el vídeo en el que se follaba a una chica de otro instituto. Las odiosas comparaciones, los gemidos que nunca oiría, la certeza de que nadie le amaría jamás… le habían llevado a cometer esa locura. Pero ahora estaba bien, o eso quería pensar.

    -Pablo, lo que te pasó no fue culpa tuya. Quien no lo entienda, quien te vea como el raro… es el que verdaderamente está mal. Si necesitas mi ayuda, dímelo. Y, oye, algún día tendremos que tomarnos ese batido que me dijiste.

    -¿Qué tal te viene esta tarde?

    Ver cómo chasqueaba la lengua hizo que, de nuevo, se le cayera el mundo encima.

    -¿Y eso?

    -Tengo que estudiar, Pablo, ya lo sabes. Se acercan los exámenes y tengo que tener una buena media si quiero estudiar Medicina.

    Pablo asintió, tragando sus lágrimas.

    -Claro. Ya verás, lo vas a petar.

    Clara sonrió y le dio un beso en la mejilla. Se alejó, con su perfume de jazmín y sus andares de hada del bosque, con esa gracia y esa bondad admirada por alumnos y profesores, con esa reputación impermeable a cualquier contacto que pudiera tener con un marginado como él.

    Sin que nadie lo supiera, se apoyó en una pared para mirar el móvil. Y, al ver lo que había, se mordió el labio.

    «Ya tengo lo que me pediste, zorra. Nos vemos esta tarde en mi habitación».

    Tecleó con rapidez:

    «Ahí estaré, papi».

    Cristina le hizo el Bizum a su profesora particular de violín para que no le dijera a sus padres que no había ido a sus lecciones. Después, consultó los mensajes de su móvil, respondiendo dulcemente a los memes de sus amigas y al grupo de WhatsApp de la familia. Al revisar sus últimos mensajes, vio un largo soliloquio de Pablo, quejándose de su soledad. Suspiró: pobre chico. Seguramente fuera una forma de decirle sutilmente que le gustaba, sin tener que arriesgarse. Pero, aunque sentía lástima por él, ahora sus problemas eran lo ultimo que le interesaba.

    «Tranquilo, Pablo. Seguro que encontrarás a alguien»-mintió. Quizás con eso tuviera para pajearse durante toda la tarde.

    Una vez resueltos todos sus compromisos, se alisó el pelo y llegó de nuevo a la casa. A la fatídica y gloriosa casa donde perdía su dignidad todos los jueves y a la que, sin embargo, se pasaba toda la semana queriendo volver. Miró a ambos lados de la calle: aunque era la hora de la siesta, quería asegurarse de que nadie le viera. Nerviosa, con las piernas trémulas y el corazón acelerado, llamó al timbre. Se llevó el dedo índice a la boca, esperando la respuesta. Y, cuando oyó la voz de Max, el pecho le dio un vuelco.

    -Sube, zorra.

    Torció el gesto y volvió a mirar a su alrededor tras abrir la puerta. Le había dicho al muy cabrón que no le dijera esas cosas cuando los pudieran oír… pero, en fin, era lo que tocaba. Mientras subía las escaleras y su falda corta dejaba al descubierto sus níveas piernas, sorbía aire por la nariz, ansiosa por probar lo que esos hijos de puta le habían prometido.

    Al llegar a la puerta, llamó al timbre, tan tímida como la primera vez. La voz de Javi le respondió:

    -¡¿Quién es!?

    Apretó los puños. Odiaba ese ritual, pero sabía por qué lo hacía. Pensó en la cocaína, y eso le dio fuerzas para susurrar:

    -Vuestra puta sumisa.

    -¡No lo oigo! ¡Más fuerte!

    -¡Vuestra puta sumisa!-gritó, furiosa, y se tapó la boca casi al instante. Mierda, si alguien la había oído, si venían a ver qué sucedía…

    Por suerte, la puerta se abrió al instante. Ellos también debían de estar ansiosos por follársela. Corrió hacia dentro, solo para encontrarse con la figura musculosa de Jorge, que le puso la mano en una nalga.

    -Mira, está deseando tragarse nuestras pollas.

    Javi, más gordo, le dio un beso en la boca que ella aceptó sumisamente, disimulando su asco. Sin prolegómenos, sin preliminares ni hostias. Sus amos eran así.

    -Pues, venga, vamos a llevarla al comedor. Que no veas lo impaciente que se ha puesto Max…

    Cristina echó un vistazo a ese piso alquilado. Evidentemente, un pisazo como ese no podía explicarse únicamente por la riqueza de sus padres, sino también por la pasta que esos chicos ganaban trapicheando. Todos los chicos y, sobre todo, las chicas sabían eso. Todos sabían lo que algunas muchachas hacían para conseguir su dosis de coca gratis, y todos sabían que la mayoría volvía por allí para probar sus pollas de nuevo. Pero nadie sabía que una muchacha tan modélica como ella formaba parte de su harén de drogadictas. Y, aunque eso le avergonzara, no podía evitar excitarse por su doble vida.

    Javi se quitó el cinturón, confiando en que su grasa mantendría el pantalón en su sitio. Con su respiración pesada y fétida, colocó la cinta alrededor del cuello excepcional de Cristina. Esta tragó saliva mientras ese cerdo se reía, llevándola a través de su casa como si fuera una perra mientras su amigo Jorge le masajeaba el culo. Atravesaron las bolsas de Doritos, las latas de cerveza, los paquetes de chicles… hasta llegar al salón.

    Allí se encontraba Max, ya desnudo, con esa delgadez fibrosa que le hizo babear, y con su polla erecta de dieciocho centímetros lista para recibirla. Ese día no se habían andado con tonterías.

    -Vaya, no… ¿no quieres saber cómo me ha ido el día?-bromeó, intentando ganar algo de poder en esa conversación, pero no podía quitar la mirada de ese miembro endurecido.

    -No. Ya sé que te has dedicado a lamerle las heridas a ese maricón. Ahora solo me interesa que me lamas otra cosa.

    -Jolines, no hables así de Pablo…-se quejó débilmente. Max era el que más le puteaba, y el que lo hacía de las formas más insidiosas y sádicas. Y el que más le ponía.

    -Bueno, si tanto quieres defender al subnormal de tu amigo, vete de aquí. Si quieres tu dosis, ponte de rodillas y chúpale la polla al tío que más odia.

    Miró la bolsita de coca sobre la mesilla, promesa de grandes placeres, de la sensación más eufórica que jamás hubiera experimentado. Como una condenada a la horca, sin capacidad de decidir sobre su propio destino, caminó hacia ese desgraciado y, cuando estuvo a dos pasos de él, se puso de rodillas.

    -Si pudiera ver a su zorrita ahora…

    Cristina iba a decir algo, pero en la mirada de Max había una amenaza latente: ponte a chupar ahora, estúpida, o lo lamentarás. Y ella, acordándose de la bolsa, se metió la punta de su nabo en la boca. Una vez más, había caído.

    Tenía el mismo sabor salado de siempre. Y, como siempre, Max la agarró del pelo, obligándola a meterse su miembro cada vez más.

    -Venga, hoy vas a llegar hasta el fondo…

    Sus dos matones se acercaron a ellos, y se sacaron sus pollas. La de Jorge, más pequeña de lo normal pero no tanto como la del pobre Pablo. Y la de Javi, algo más corta que la de Max, pero muy gruesa. Se situaron a ambos lados de su líder, mirándola con deseo.

    -Venga, puta, traga…

    Cristina se ruborizó mientras su garganta se resentía. Le faltaba el aire, se le ponía la piel de gallina, pero tenía que demostrárselo. Tenía que demostrarle que no era una niña tonta de papá, que ella era mejor que cualquiera de esas chonis con las que se juntaba. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, reprimiendo el vómito, introdujo toda esa carne en su garganta por unos segundos y retiró la boca. Tosió, con el líquido preseminal manchando sus labios.

    -Esperad un momento, que me quite el jersey…

    -¡Venga, rápido, hostias!-le apremió Jorge, que sacó su móvil. Cristina palideció.

    -Oye, oye, guardad los móviles-pidió, en un tono artificialmente agresivo, todavía con el sabor de su polla en la boca.

    -Pues a obedecer. ¡Venga!

    Se quitó el jersey y, botón a botón, su camisa de manga corta. Esos tres cerdos babearon al observar su tronco desnudo, su perfecta piel, esos dos montículos que tenía por tetas.

    -Mira, hoy se ha quitado el sujetador como dijiste…-se burló Javi. Rozó con su grueso nabo la mejilla de la chica, que sintió un escalofrío. Miró hacia arriba, como un ratoncito ante una camada de gatos. El gordo le abrió la mandíbula a la fuerza, follándole la boca como si estuvieran en una peli porno. Las náuseas no se hicieron esperar, pero quiso disimularlas. Un poco más, se dijo. Un poco más y tendré mi premio…

    Max golpeó a Jorge en el hombro, que la apuntó con su móvil. Cristina se retiró, asustada, tapándose las tetas con los brazos, solo para encontrarse con sus crueles risas.

    -Oye, oye, yo no he accedido a que me graben.

    -Mira, este es un vídeo solo para nosotros-le explicó Max-. Para hacernos pajas cuando nos falte una putita a la que penetrar. Y, si quieres tu dosis, harás lo que te digamos.

    -Mira, yo no soy una de tus puti…

    Javi la empujó, haciéndole caer al suelo, y le puso el pie en el cuello. Frío y fuerte, le cortaba la respiración. Su pulso se aceleró por el miedo.

    -A callar y a chupar.

    Se puso de rodillas de nuevo, obedeciendo sumisamente. El móvil grabó cómo volvía a meterse el pene de Javi en la boca, ante las risas de sus compañeros.

    -Venga, que vas a dejar a mis compañeros sin mamada…

    Se retiró otra vez, mirando las tres pollas erectas que tenía delante, aún preocupada por la cámara. Solo de pensar en que la podían ver sus padres, sus profesores, sus amigas… no, habría preferido que se la tragara la tierra. Así que tendría que mantenerlos contentos.

    Fue chupando sus pollas de una en una, rozando con su lengua el líquido preseminal que empezaba a salir de sus capullos. Se olvidó de la cámara mientras demostraba las dotes que había ido adquiriendo desde que esos bestias la habían desvirgado hacía seis meses. Se metió la polla de Jorge entera en la boca, exagerando su arcada, y luego intentó hacer lo propio con la de Max, quedándose a cuatro centímetros de su meta. Javi le empujó la cabeza, provocándole espasmos dolorosos y una sensación acuciante de asfixia. Pero se sentía orgullosa de lo lejos que había llegado.

    -Joder, chavales, esta mojigata ha ido aprendiendo. Ya casi la chupa mejor que la lumi a la que nos petamos ayer.

    Ese cumplido valía más para ella que los de todos sus profesores juntos. Se imaginó a su estricto padre contemplándola en esa situación, y no pudo evitar que una sensación de calentura recorriera su tronco desnudo. Continuó trabajando en esas tres pollas, masajeando dos de ellas mientras chupaba otra, perdida en ese trabajo mecánico y degradante. Le encantaba, joder. Le encantaba.

    -Así me gusta, zorra…

    Max fue el primero en terminar, aunque ya sabía que tendría más corridas listas para ella. La agarró del pelo con fuerza, destrozando su cuidadoso peinado, y explotó dentro de ella. El torrente de semen inundó su laringe, y él la retuvo durante tanto tiempo que no pudo ni siquiera respirar. Soltó las pollas de sus dos compañeros y, cuando finalmente la liberó, tosió chorros de blanco salado y delicioso.

    -Zo… zorra-musitó Javi. Su gruesa polla se apoyó en su frente antes de eyacular. Ella sintió una repugnancia extrema al notar cómo su espeso semen descendía por su rostro, rozando sus labios hasta detenerse en sus pezones. Jorge, probablemente el menos sociópata de los tres, le permitió tomar aire antes de meterle de nuevo el miembro en la boca. Se la folló con lentitud, cediendo el móvil a Max, que captó magistralmente ese momento mágico en que el hombre se rinde a sus instintos reproductores y deja de fingir que puede durar seis horas con una mujer. Una sacudida mostró que se corría, retirándose elegantemente y dejando solo unas gotitas de semen en la boca.

    -Menudo cuadro hemos dejado-se burló Max, agarrándola del pelo. Su pene, semiflácido, la apuntaba acusador-. Di la verdad, perra. Has disfrutado, ¿verdad?

    Vejada, cubierta de la semilla rancia de esos tres macarras, solo podía pensar en la coca que le habían prometido. Aun así, respondió:

    -He disfrutado como una perra.

    -Venga, sé sincera. ¿El maricón de Pablo podría hacerte disfrutar así?

    -Pues… no, no lo creo.

    -¿Y eso?

    Chasqueó la lengua, algo molesta.

    -Porque tiene el pene muy pequeño y una actitud algo… femenina. No es mala gente, pero lo prefiero como amigo.

    Esos tres macacos rieron y dejaron de grabar. Le indicaron con gestos que se sentara en el sofá.

    -La verdad es que no entiendo como una piba tan rica como tú se junta con un pichafloja como él.

    Lejos del éxtasis irreflexivo de la felación, se sintió mal por su amigo.

    -Oye, no está bien que os metáis con él. Es un buen chico, de verdad, solo que un poco…

    -¿Feo?

    -¿Subnormal?

    -¿Patético?

    Se le escapó una risita que no le pasó desapercibida a esos tres matones.

    -Va, hay que reconocer que es un imbécil-insistió Max-. Es de esa gente que sobra en el mundo. Ni siquiera para suicidarse sirve.

    Eso no le gustó a Cristina, que no dudó en mostrar su descontento.

    -Oye, dejad al chico en paz. No entiendo por qué le hacéis eso.

    Max la agarró del pelo con fuerza, haciéndole daño, y ella tragó saliva.

    -Lo hacemos porque podemos, y punto. Y mira qué otras cosas podemos hacer…

    La invitó a sentarse junto a él en el sofá y le mostró el móvil.

    -Ahora vas a ver que no eres la única-le indicó Javi, sobándole las tetas. Cabizbaja, la muchacha fijó la mirada en el teléfono.

    Lo primero que vio fue el vídeo de una chica tímida de su clase, Alicia, atragantándose con los penes de los tres, y vomitando en consecuencia. Más adelante, otro vídeo en el que Javi penetraba con dureza a Leticia, la choni de la clase, que chillaba como una puerca y le pedía más. Después, una grabación en la que los chavales se turnaban para abusar de una prostituta de aspecto miserable. Luego, otro vídeo en el que una muchacha bajita de su mismo curso pero de otra aula brincaba en la polla de Max y dejaba que él le tirara de las coletas.

    -Mira, salta como una pulga…-se burló Jorge.

    -Sí, colega. Luego os la dejo catar, que a las putillas hay que quebrarlas pronto para que luego no te salgan tan mojigatas como esta.

    Pellizcó los pezones de Cristina, haciéndole saltar del dolor y provocando la risa de sus amigotes. Ella se sintió cada vez más cohibida, en parte por ese festival de los horrores que le acababan de enseñar.

    -Oye, ¿no… no le habréis enseñado el vídeo que me tomasteis a nadie? Es que tengo una reputación que proteger, ¿sabéis? Ya sé que os da igual, pero…

    Javi puso los ojos en blanco.

    -Joder, qué pesada. ¡Que no, hostia! Max, dale ya la coca, a ver si deja de joder y empieza a joder de otra forma.

    Su colega esbozó una sonrisa ladina e hizo caso a su sugerencia. Cuando movió la bolsita delante de ella, como la campanilla de un perro, consiguió que su actitud ligeramente rebelde se calmara. Un hilo de saliva cayó de la boca de la chica.

    Max le mostró su miembro, ya duro de nuevo, y dejó que ella lo acariciara. Se roció la polla con esos polvos y le indicó con la mano que la tomara.

    -Venga, que aquí he juntado tus dos cosas favoritas.

    Mientras sus colegas volvían a grabar, ella esnifó de su pene, convertida en esa chica que sus padres nunca habían pensado que sería. Esperó, paciente, a que surtiera efecto. Y, entonces, todas las humillaciones le parecieron pocas. Se habría humillado mil veces más, un millón de veces más, para sentir ese éxtasis inigualable. Se levantó, aún desnuda, bailando delante de esos cabestros con la certeza de que jamás podría volver a entusiasmarse con igual intensidad sin esos polvos blancos. Max se acercó a ella y la agarró de las nalgas. Su coño, especialmente receptivo en esas situaciones, le correspondió con una humedad que no le pasó desapercibida. Rezumaba alegría.

    -Eres la más puta de todas las que han pasado por aquí…-susurró, y la agarró de la vagina con fiereza. Masajeó su clítoris con los dedos, haciendo que ella gimiera. El ruido de su placer hizo que los otros dos orangutanes rieran.

    -Oye, dime la verdad-le dijo Javi, con la polla flácida todavía pero deseoso de humillar a alguien más patético que él-. Tu amiguito Pablo no podría tocarte así, ¿a que no? No podría hacerte gozar tanto como nosotros.

    Ella se mordió los labios, olvidándose de todo atisbo de decencia, de todo lo que le habían enseñado en misa y la escuela. En ese momento, solo existía el placer.

    -No, él… no creo que nunca llegue a estar con una mujer. No creo que nunca llegue a ser tan bueno con los dedos ni con ninguna parte de…-gruñó como un animal en celo-… de su cuerpo.

    Max soltó una carcajada y la situó contra la pared, con el culo en pompa, lista para ser penetrada. Se fue poniendo el condón, que apenas le cabía en esa tranca. Ella movió las caderas, pidiendo que se la metieran.

    -Venga, por favor, fóllame.

    -¿Cómo? No te he oído bien.

    Cristina suspiró.

    -¡Que me folles, joder!

    -Bueno, bueno. Como desee usted.

    Sin más preámbulos, se la clavó. Al principio despacio, para que sus paredes vaginales se fueran acostumbrando de nuevo al tamaño de su miembro. Pero, enseguida, deprisa. Y luego llegaron los azotes, los esputos, las embestidas feroces. Max la golpeó con tanta saña que sus nalgas se tornaron rojas casi al instante, pero ella se limitó a gemir mientras él seguía follándosela de pie. Ojalá todo pudiera ser así, pensó. Ojalá no tener más preocupaciones que el placer sin límites, que mover las caderas mientras ese cabrón la taladraba desde detrás.

    La cópula continuó durante varios minutos durante los que ella gozó como nunca, durante los que se esforzó en parecer digna pero tuvo que rendirse ante el animal que llevaba dentro. Sus aullidos debieron de oírse en todo el edificio, pero le importaba tan poco como la dignidad de su amigo.

    -Va, contéstame a lo que te voy a preguntar-le ordenó Max en un susurro, mordiéndole la oreja-. ¿Vale, gatita?

    -Miau…

    -Contéstame. El Pablo este… en verdad es muy patético, ¿verdad?

    -Sí…

    La azotó con tanta fuerza que parecía que le hubieran dado un latigazo. Siguió follándosela, notando la humedad de su coñito prieto. Este derramaba gotas sobre el suelo, para el regocijo de sus dos colegas.

    -Dilo más fuerte…

    -¡Sí!-gritó, entre el dolor y el orgasmo, con la mirada perdida entre el universo que parecía expandirse en esa pared-. ¡Joder, Pablo es patético! ¡Tú eres mucho mejor, machote! ¡Fóllame, joder, soy tuya! ¡Soy tuya!

    Él continuó penetrándola con un salvajismo atroz, hasta que la agarró de las caderas con una fuerza sobrehumana. Aulló mientras el semen se le escapaba de nuevo, le dio dos azotes que sonaron como tambores. Ella gimió, sumisa, con un chillido que se fue apagando paulatinamente.

    Y, luego, Max se la sacó.

    -Zorra…-susurró, quitándose el condón. La agarró del cuello y le hizo darse la vuelta. Sostuvo el preservativo y le apuntó a la boca. Cristina sacó la lengua como una perrita buena mientras un hilo de semen iba cayendo. Glup, glup. Salado, denigrante. Delicioso.

    Con las piernas temblorosas, aguardó el turno de Jorge: Javi no podría correrse más de una vez, pero sí su colega. Empezaba a tambalearse, pero tenía que aguantar. Sobre todo, si quería que la volvieran a llamar la semana siguiente, si quería volver a sentir el universo eclosionado en su nariz.

    Mientras Jorge se la follaba y ella seguía gimiendo, Max revisó los vídeos con su colega. Le dedicó un guiño que la muchacha, presa del éxtasis, no pudo ver. El sexo continuó durante diez minutos más, momento en el que Jorge rellenó su condón de la leche que Cristina le había sacado.

    Al acabar, Cristina se duchó y vistió rápidamente, confiando en que sus padres no sospecharan nada. Abandonó la habitación sin despedirse, con la vergüenza de siempre. Cuando estuvo lejos, sin embargo, se permitió una sonrisa pícara. Qué ganas de que volviera a ser jueves de nuevo.

    A Pablo le llegaron varios mensajes, que él confiaba en que fueran de Cristina. Desde su cama, acudió raudo a las vibraciones de su escritorio. Sin embargo, al ver al remitente, soltó un gemido triste. Max, cómo no. Había intentado bloquearlo hacía poco, pero él le había dado tal paliza por ello que no había tenido más remedio que aceptar sus vídeos. Esos vídeos en los que aparecía follando con mujeres que él nunca podría tener, a veces con mensajes hirientes que le recordaban su patético lugar en el mundo.

    Ese día, sin embargo, iba a ser peor.

    El vídeo empezaba como todos, sí, pero tuvo que reprimir un gemido ahogado al ver a su protagonista. Las lágrimas afloraron, quemándole la cara como ácido, cuando reconoció las risas que rodeaban a la mujer con la que soñaba todos los días.

    -No…-susurró, fuera de sí, agarrándose de los pelos-. No, no, por favor… tú también, no…

    Pero sí. Y lo vio todo. Vio cómo chupaba, cómo recibía las embestidas, cómo se tragaba la corrida del hombre que le hacía la vida imposible. Y, lo peor de todo, oyó lo que decía. Oyó la confirmación de sus peores miedos, oyó cómo su único consuelo le insultaba de esa forma tan cruel. Y lloró, lloró como un niño, lloró con mocos y pucheros, de forma patética. Junto al vídeo, un mensaje:

    «¿Ves? Hasta la puta de tu amiga está de acuerdo. Eres patético, y nunca vas a tener a nadie junto a ti. Vas a morir solo, subnormal. Más vale que te vayas haciendo a la idea».

    Tiró el móvil al suelo, furioso. Se miró la polla, pequeña pero dura ante esos humillantes vídeos. Pensó en lo que disfrutaban los hombres como él, en lo bien que lo pasaban, en cómo estaban siempre rodeados de mujeres. Pensó en toda una vida de humillaciones, en toda una vida sufriendo las odiosas comparaciones con el resto de habitantes del planeta Tierra.

    Saltar por la ventana fue fácil. Lo difícil vino después. Estuvo agonizando una hora, arrepintiéndose de su decisión, de su cobardía, maldiciendo a su suerte. Luego, la muerte decidió concederle la única clemencia de su vida: el final.

    Se investigó a gran parte de los alumnos de la clase por incitación al suicidio, pero la causa se archivó por falta de pruebas. Al principio, la gente fingió que le importaba la vida de ese imbécil. Hicieron un acto de despedida y varias charlas contra el acoso escolar, solo para que todos se olvidaran de él en unos meses y las tías siguieran follando con los que lo habían matado. Hasta su familia, al principio destrozada, acabó comprendiendo que vivían mejor sin ese llorica.

    Después, tras la graduación, Max mandó una foto al grupo de clase. Era la foto de una lápida donde podía leerse el nombre de Pablo, y una foto también de su enorme polla y de un culo cubierto de semen delante de ella. Un culo pálido, elegante, un culo que algunos creyeron reconocer. No se veía bien a la mujer que aparecía con Max en la foto, pero algunos comentaron entre susurros que se trataba de Cristina. Por supuesto, tal cosa era absurda. Una chica decente como ella nunca haría eso.

  • Sobrino me descubre y aprovecha mi culo

    Sobrino me descubre y aprovecha mi culo

    Hola, soy Natalia, tengo 34, soy de piel un poco oscura, cabello semi largo y negro, tetas grandes y culo mediano, llevo casada 8 años y tengo un amante, que mi esposo me deja satisfecha pero me gusta el morbo de ser infiel.

    En la casa vivimos mi esposo, mi sobrino y yo, mi sobrino vive con nosotros por sus estudios y es hijo de mi hermana, es un buen chico pero desde siempre noté que me miraba un tanto extraño, creo que ser una mujer casada, ama de casa y sin hijos le parecía sexi a él, regresando de la universidad siempre andaba por ahí en la casa mirándome de forma «discreta».

    Esto fue un día que mi sobrino no tuvo clases en la uni, de costumbre mi esposo se fue al trabajo y nos quedamos los dos solos, hice mis actividades clásicas y al terminar le avisé que tomaría un baño, me duche y de costumbre salí en toalla hacia mí cuarto, entre sin cerrar la puerta y mientras sacaba ropa que ponerme lo vi entrar, me asusté al verlo y se lo dije de broma mientras ambos reíamos.

    Empezamos a hablar normal aunque me sentía un tanto extraña hablando con él aún en toalla, ya en un momento le pedí que saliera un instante para vestirme y él dijo que quería mostrarme algo antes, saco su teléfono y al verlo reprodujo un video mío siendo cogida en mi cama y aquí algo imposible, yo tengo un amante que normalmente viene por las mañanas a cogerme.

    No digo que mi esposo sea malo solo que muchas veces llega cansado o sin ganas y un día conocí a este hombre, hablamos, lo invite a mi casa, cogimos, lo invite más y después se hizo costumbre que viniera cada mañana a cogerme, él sabe que es mi amante pero parece excitarle y si efectivamente la del vídeo era yo con mi amante y cogiendo en la misma cama donde duermo con mi esposo en las noches.

    Intenté quitarle el teléfono pero se movió rápido y lo guardo, le pregunté que quería para no decir nada y mirándome muy pervertido tomo mi toalla y la quitó dejándome desnuda mientras la lanzaba al suelo y dijo «te quiero coger como tú amante y mi tío y también que seas mi mujer» se pego a mi chupando directo mis tetas, lo intente separar pero sus manos se aferraron a mis nalgas.

    Después de unos segundos de besar y morder mi cuerpo me lanzó a la cama, me senté a verlo apagar su teléfono y después fue a mi armario donde regreso con unas medias blancas y unos tacones rojos, dijo que los usará porque me veía muy puta con ellos, me dio algo de vergüenza pensar que los tacones los había comprado mi esposo y las medias mi amante.

    Mientras me los ponía mi sobrino se desnudo todo y cerró la puerta, me sonroje al ver su verga dura y depilada, la mayoría de veces mi esposo y amante la tenían peluda y ahora ver la de mi sobrino así se me hacía tierno pero a la vez dejaba ver más el tamaño de su verga que estaba bastante bien, regreso al armario y al terminar de vestirme como dijo vi que tenía en la mano un collar y correa de perra que originalmente había comprado mi esposo pero solía usar más con mi amante.

    Me sonrojo y levanté mi cabello dejando mi cuello libre, me puso el collar y mientras me acariciaba la cabeza me decía que era una buena milf y así acabábamos rápido, jalo suave y me puso en 4 con la cabeza hacia arriba, acomodo la punta de su verga en mi labio y empujó entrando un poco rápido, se movía cogiendo mi boca y yo no podía evitar salivar mojando cada vez más su verga, el gemia excitado y yo me sonrojada.

    Estaba de rodillas, con lencería y siendo sobornada por mi sobrino que estaba usando mi boca como lubricante natural, saco su verga y me dijo que usará la lengua, empecé a moverme rico lamiendo lo mejor que podía su verga para que acabará rápido, eso le gusto y soltó un poco la correa que estaba tensa, por alguna razón empece a gozar eso y se la chupaba suave y sabroreando, fue justo cuando se separó y me hizo levantarme, me beso y empujó en la cama boca arriba.

    Me abrió de piernas frotando su verga en mi coño húmedo y dijo «tía, te ves muy suave y caliente aquí dentro… pero soy tu sobrino y quiero algo más especial para mí…» levanto más mis piernas y se empezó a frotar con mi culo, le dije que no y el prometió ser gentil mientras me daba un beso, sinceramente besa muy rico y a cada beso me enamoraba un poco más, pero en especial en este que durante el beso su verga de abrió paso en mi culo.

    Me intente separar para decirle que no pero sus manos atraparon mis cabeza para que solo siguiera el largo beso, la metió toda y junte mis piernas para abrazarlo mientras mi culo se movía bastante, se separó y bajo a besar mi cuello diciendo «te amo tía, eras una mujer deliciosa» con los besos y caricias también venían embestidas en mi culo que estaba muy sensible y fue que le dije «también te amo mi amor, aaah, se suave, es mi primer anal»

    Cuando dije eso fue mas dulce conmigo, sus caderas bajaron un poco el ritmo, lo que si cada que entraba presionaba un poco más, bajo una mano frotando mi clítoris y mis jugos no paraban de brotar igual que mis gemidos y se pego a chupar mis tetas como si fuera a sacarles leche, todo mi cuerpo estaba muy caliente y llevando mis manos a mis nalgas las abrí y le dije «más papi».

    Fue cuestión de unos minutos para que ya me tuviera rogando por más verga, toque su sexy cuerpo y lo sentí tenso así que le di varias caricias y besitos lo cual ayudo a ponerlo tranquilo aunque más duro, cada que me entraba me volvía loca y más cuando penetró mi coño con sus dedos.

    Estaba bien empeñado en cogerme duro y recordarme lo puta que era por engañar a mi esposo y a mi amante con él, mi sobrino, estaba con la mirada perdida cuando de pronto sentí presion en mi cuello y vi como tiraba de la cadena del collar y como buena mujer caliente le pedí que lo hiciera más duro, cerré mis ojos concentrada en como me cogía duro y de un momento a otro sentí una fuerte corriente electrica.

    Junte mis piernas de placer y él la abrazo un tanto tierno pero más para aumentar la velocidad, trate de mirarlo pero en su lugar mi cabeza se fue hacia atrás y mi coño tuvo un delicioso orgasmo, mojandolo a él y a las sábanas. Se dio cuenta de mi orgasmo y se detuvo, le pedí que siguiera pero en su lugar la saco y me tomo de la mano para ponernos de pie.

    Me llevo a mi tocador y me apoye ahí, sin decir nada me dio una nalgada, abrió mis nalgas y volvió a enterrar toda su gran verga en mi culo, él es alto así que no tenía problemas con cogerme aún usando tacones, intenté recuperar un poco de aliento, pero él no me lo permitió tirando de mi cabello con una mano y tensando el collar con la otra, mis ojos subían de placer pero aún así todo el tiempo miraba al frente con mis tetas rebotando y mi mirada caliente.

    Me daba algo de vergüenza verme así, gozando por ser cogida por mi sobrino en mi primer anal y más con las fotos con mi esposo que tenía en el tocador, me sentía una prostituta por lo rico que me la estaba pasando, mi sobrino soltó mi cabello para tomar y apretar mis tetas, separe una de mis manos del tocador y la baje a masturbar mi clítoris, él apretaba más el collar y la falta de aire, no me dejaba pensar bien así que la mayoría de mis gemidos eran ruidos o gritos.

    Me hacia repetir cuánto me gustaba su verga y yo lo gritaba con cierto toque de sinceridad, no se cuánto estuvo dándome en esa pose pero cada vez que entraba sentí que me iba a desmayar, me la saco de golpe y me dio media vuelta, estando frente a él quitó mi mano de mi coño y metió la suya, sus dos dedos se movían de lo más rápido en mis partes sensible y mis piernas estaban temblando de la excitación.

    Tenía los ojos cerrados y como pude tome de nuevo su verga, se me acercó y creí que iba besarme pero en su lugar bajo y mordió mis pezones, grite de placer y mi coño empapó sus dedos de mis jugos calientes con mi segundo orgasmo, abrí los ojos y vi el suelo manchado de jugos, él saco sus dedos y le acaricio el rostro con la misma mano guiandolos a mi boca, se los chupe y al sacarlos me empujó suave mientras decía «arrodillate».

    Lo hice y sabía que venía así que cerré mis ojos y saque la lengua, de sorpresa sentí su verga entrar de golpe en mi boca hasta mi garganta, abrí mis ojos sorprendida me dijo «quédate asi» saco la verga y se masturbo rápido, en pocos segundos vi su semen salir de la punta y caer en todo mi rostro, cerré los ojos ante la salpicadura pero sentí como seguía cayendo lo caliente y el apuntaba una parte a mi boca.

    Cuando acabo su orgasmo me acaricio y cerro suave mi boca diciendo «traga tu premio tía» antes de tragar saboree un poco su semen que para mí sabía rico y me lo trague, me puse de pie y mire al espejo cubierta de semen, mi teléfono sonó y al verlo era mi amante, conteste rápido y me dijo que estaba fuera de mi casa, le tuve que mentir y decirle que no podía ese día, por suerte él entendió y se fue.

    Mi sobrino me abrazo por detrás y dijo que lo haríamos muchas más veces si quería mantener mi secreto, me dio un beso y se fue al baño, me quite todos los accesorios que tenía y me metí al baño con él, la ducha fue tranquila, despues de salir ambos nos vestimos e hice mis actividades cotidianas.

    Desde entonces he cumplido las órdenes de mi sobrino y he moderado más las visitas de mi amante al cual no le dije nada de lo ocurrido y claro que he seguido con mi esposo, he comprado algunos juguetes anales para disimular si alguno me folla y tengo el culo abierto. Mi vida desde entonces es sexualmente muy activa.

    Ha habido veces donde mi amante viene por las mañanas a cogerme, mi sobrino regresa de la universidad en la tarde y también cogemos y ya en la noche con mi esposo de regreso si está con ganas tengo sexo de nuevo. He tenido sexo 3 veces al día, otros días 2 o 1 y lo amo, me he vuelto adicta al sexo y casi todo el tiempo estoy caliente y deseo algo dentro de mi.

    Por mientras me doy más que satisfecha por los 3 buenos hombres que me mantienen a racha y amo tanto, sueño con algún día tener un cuarteto y juntarnos muy bien, pero bueno nadie sabe, por mientras gracias por leer y espero que hayas disfrutado mucho esto, si deseas saber más de mi amante, sobrino o esposo dímelo en los comentarios, besos.