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  • Con el señor de la basura

    Con el señor de la basura

    Hola a todos, esta es la primera vez que escribo y espero les guste mi relato.

    Tengo 37 años y siempre me ha gustado ver fotos y videos de penes eyaculando, es algo que me calienta mucho. No soy muy lampiño, pero a veces me depilo las piernas y mi zona anal para ponerme mi ropa de nena.

    Esto sucedió en plena pandemia, vivo solo por lo que no tengo problema en vestirme de putita cada vez que quiero. Bueno pues resulta que siempre pasa un señor de aproximadamente 60 años por la cuadra a recoger el plástico de la basura, es un señor delgado de unos 1.70 de altura y la verdad no anda sucio a pesar que se dedica a recoger el pet.

    Uno de esos días llegue temprano del trabajo y decidí vestirme de putita me puse a hacer el aseo y lavar algo de ropa, la ventana de la cocina da hacia la calle y tengo unas cortinas que se alcanzan a transparentar, en un momento de calentura puse mi dildo sobre la mesa y me lo metí para montarlo dando la espalda hacia la calle, pasados casi 10 min sentí una mirada por detrás mío y ohhh sorpresa… Era el señor que recogía el pet viéndome como puta consolándome con mi juguete, nos miramos, el sonrió y se fue, yo me quedé congelado y preocupado.

    Después de 2 semanas llegué del trabajo, me duché y me puse mi pijama de nena cuando escuché que alguien tocó a mi puerta y me puse mi pants para bajar a abrir y en cuanto abro la puerta era el señor de la basura.

    Me dijo buenas noches putita, si no quieres que tus vecinos se enteren me vas a tener que dar el culo hoy mismo, sin pensarlo lo tome de la mano y lo metí a mi casa. Ya estando adentro me dijo lo que había visto y saco su pene, era grande unos 19 cm, ¡velludo y tiene unos genitales hermosos!

    Acto seguido me hinqué y me puse a mamar ese gran trozo de carne que poco a poco se hacía más grande mientras escuchaba sus gemidos y diciéndome, que bien la mamas puta, así estuvimos unos 5 minutos hasta que me dijo: ¡Ahora si te vas a comer una de verdad! A lo que yo le contesté: ¡¡¡Si papi, hazme tu puta!!! Me dijo ponte en cuatro y abre bien ese culo que quiero que lo desleches.

    Yo obedecí y me pude en cuatro bajándome el pants quedándome solo con mi pijamita de putita, empezó a rozar su pene en medio de mi rajita y me puso al 1000 hasta que en una de esas entro su cabeza lo cual me hizo sacar u gemido de dolor y a la vez de gozo, empezó a meter toda su herramienta dentro de mi culito apretado.

    Y empezó a bombear durante unos 10 minutos hasta que se cansó y se sentó en una silla y me dijo, ahora tu castígate solita perrita, lo cual yo obedecí inmediatamente, me levanté y me ensarté en esa verga dura y grande, yo solo veía su cara de gozo mientras pellizcaba mis pezones.

    Acto seguido me cargó todavía con su verga adentro y me puso de piernas al hombro sobre la mesa y me siguió embistiendo hasta que escuché: ¡¡me voy a venir putita!! Yo le dije: dale papi, préñame y solo sentí sus chorros de leche caliente dentro de mí, se recostó sobre mi pecho lamiendo mis pezones y sacó su verga ya un poco flácida y me la puso en la boca, yo encantada se la limpié y su sabor era riquísimo.

    Se levantó se vistió y se fue no sin darme una nalgada y diciéndome: no será la última vez, desde entonces me ha dado muchas veces y próximamente les contaré la historia con él y unos de sus amigos.

    Espero les haya gustado.

  • Convirtieron mi culo en un deposito de semen

    Convirtieron mi culo en un deposito de semen

    Mi amigo llamó a todos los hombres que pudo pero nadie le creía lo que estaba pasando. Hasta que grabamos un video y se los enviamos. En el video yo les decía con una voz muy cachonda: “Sé que les parece una locura, pero en serio necesito que me metan la verga por el culo. Quiero deslecharlos y sentir cómo se vienen adentro de mi culo. Por favor vengan y destruyanle el culo a esta perrita”. Y al final del video me abrí el culo y se los enseñé todo dilatado.

    No pasaron ni 20 minutos cuando empezaron a tocar a la puerta. Uno por uno sus amigos llegaron a mi casa, pero esos amigos invitaron a otros amigos, a primos, hermanos, y sin darnos cuenta de pronto mi casa estaba llena de tantos hombres que perdimos la cuenta. Pero mi culo estaba tan ansioso por recibir su leche, que no me importó.

    La casa era una locura, y todos querían empezar a cogerme, pero pusimos reglas, y dejamos que solo pasara uno por uno para que yo pudiera disfrutar del esperma de cada uno. Pasó el primero, se sacó la verga, y se me acercó. Yo estaba recostada en el sillón boca arriba, con mis piernas levantadas y agarrándome los tobillos, y pasé mis pies por atrás de mi cabeza. El chico me escupió en el ano y me la metió muy despacio, como si tuviera miedo de lastimarme. Y le dije: “Más fuerte bebé, métela completa de un solo golpe. ¡Rómpeme el ano!”. El chico sonrió y me la empujó hasta adentro. Sus muslos chocaban contra mis nalgas y todos los demás comenzaron a masturbarse alrededor de mí.

    El primero se vino, me sacó la verga del ano y grité: “¡Rápido metanme otra verga!”. El segundo chico corrió y me la metió tan rápido que su verga me penetró hasta adentro de una sola vez. Me empezó a meter la verga y mi ano comenzó a palpitar, como si mi culo estuviera succionando su verga hacia adentro cada vez más. Entonces de la nada sentí que alguien empezó a chuparme los dedos de los pies. Como tenía las piernas levantadas y los pies por atrás de mi cabeza, no podía ver quién me los estaba chupando, pero empecé a decirle: “Sí papi, chúpame las patas, pásame tu lengua en medio de los dedos”.

    De pronto sentí que el chico que me la estaba metiendo empezó a temblar y sentí cómo su pene palpitaba dentro de mi culo mientras eyaculaba. Todavía no me sacaba la verga cuando otro chico se acercó e intentó metérmela. Uno por uno me partieron el culo y se vinieron adentro sin esperar ni un momento a que descansara. Después de los primeros 30 chicos dejé de contar, y uno tras otro no dejaban de llegar hombres a meterme la verga y a venirse dentro de mi culo. Algunos dicen que había 100, otros 150, pero realmente nadie sabe cuántos hombres me llenaron el culo de leche esa noche.

    Quedé completamente agotada. Las últimas 3 horas ni siquiera pude ponerme en cuatro o levantar las piernas, simplemente me acosté boca abajo y los hombres se encargaban de abrirme las nalgas y meterme la verga. Si alguien buscaba otra posición simplemente me giraba como si yo estuviera desmayada y me ponían en la posición que querían. Para ese momento yo estaba demasiado agotada, hasta que me quedé dormida.

    Cuando desperté ya había amanecido, pero cuando empecé a reaccionar sentí que alguien todavía me la estaba metiendo en el culo, y había unos 20 chicos más esperando su turno. Dejé que el chico terminara de cogerme hasta que se vino, y luego le dije a los demás que debía irme. Estaban decepcionados, pero les dije que podíamos repetirlo otro día y que yo lo anunciaría. La casa era un desastre, había semen por toda la sala, pero cuando fui al baño y me miré en el espejo me di cuenta de que hicieron conmigo lo que quisieron mientras estaba desmayada.

    Algunos de mis amigos me dijeron que cuando me desmayé me empezaron a meter la verga por donde podían: en mi boca, mi vagina, mi culo, usaban mis manos y mis pies para masturbarse, me ponían en posiciones muy extremas, me apretaban las piernas, me escupían, algunos hasta me orinaron encima, y mientras avanzaba la noche cada vez me metían más y más vergas por el ano. Empezaron a apostar para ver cuantas vergas podían meterme al culo al mismo tiempo. Las apuestas crecieron y terminaron apostando cuantas vergas me podían meter al cuerpo al mismo tiempo, incluyendo mi culo, mi boca y mi vagina. Según me dijeron, en la boca me cupieron 4, en el culo 3 y en la vagina otras 3.

    Poco a poco empecé a sentir mi cuerpo muy adolorido y vi que tenía muchos moretones, rasguños y manos marcadas por todo el cuerpo, y tenía semen por todas partes. Pero mi culo no estaba satisfecho. Entonces se me ocurrió una idea. Le llamé a mi amigo y le dije que hiciéramos un negocio, en el que yo rentaría mi culo como depositó de semen, donde cualquier hombre que estuviera caliente y quisiera descargar su esperma lo hiciera dentro de mí. Mi amigo comenzó a difundir la noticia y ese mismo día recibimos a más de 500 personas, y todas me metieron la verga y se vinieron adentro.

    Tenía tanta leche en mi culo que cada 2 o 3 horas tenía que ir al baño descargar un poco, porque si me metían la verga con el culo lleno, ya no me entraba completa. Me convertí en un objeto, mi cuerpo se convirtió en un simple recipiente para que pudieran botar su leche adentro. Cada semana empezamos a anunciar esta oportunidad, y han pasado miles de personas, incluyendo algunos de mis familiares cercanos, y hasta el día de hoy mi culo sigue sin sentirse satisfecho.

  • Conociendo a mi novia Miry

    Conociendo a mi novia Miry

    Miry es una mujer hermosa que conocí en el gimnasio a mediados del 2023, ella se me acercó y platicamos sobre ejercicios, más tarde salimos a comer y a bailar. En la discoteca me platicó que tenía una prima llamada Milena que provenía de la Costa con la que iba algunas veces al gym, y que en reiteradas ocasiones iba a dormir con ella a su departamento ya que estudiaba y vivía sola.

    Me dijo que vamos a tomar unos tragos en el departamento de su prima como quien la conocía; llegamos a un conjunto residencial y ella se dirigió a la puerta con una llave. Le dije que no es correcto pues podíamos interrumpir a su prima, y Miry me responde que siempre remataba de la disco al departamento de su Milena.

    Entramos al departamento con sigilo y me pude percatar que había un hombre alto, con una tremenda espalda corpulenta que jadeaba y se movía de adelante hacia atrás. Miry llamo a Milena y ésta de incorporó del piso… El tipo la tenía clavándole su pene en cuatro mientras ponía un pie en su nuca. La perra se viró y nos vio a Miry y a mí y nos dijo bienvenidos!!!

    Milena era una mujer era de tez trigueña, nalgas grandes y un par de tetas enormes. Estaba completamente sudada y nos saludó colocándose una manta en el cuerpo. Su amigo se sentó en el sofá y se tapo con un cojín. Nos sentamos todos y el cabron que estaba desnudo llamado Jota nos sirvió unos tragos de Fernet con Redbull… Empezamos a platicar y yo pues me disculpé por entrar así e interrumpir su acto, a lo que Milena me dice que no me preocupe pues Miry debía llegar para coger con ella y su amigo.

    Yo estaba impresionado pero realmente no me sorprendía por la personalidad de Miry. Ella se levantó y dice a su prima: te gusta lo que te traje? Milena le dice empecemos!!! Entonces Miry se desnudó y empezaron a besarse entre ellas para luego tumbarme en el sofá, sacaron mi miembro y empezaron a mamarlo. Estas dos putas me mamaban muy sabroso la verga y de vez en cuando se besaban uniendo sus labios en mi glande…

    Al cabo de unos instantes veo que Milena se puso en cuatro mientras me mamaba y allí se acercó jota y empezó a clavarle en la chepa. El cabron la metía duro y Milena se atragantaba con mi falo. En esas, veo que Miry se acomoda y se coloca de espaldas a mi y se unta saliva en el culo… Mi pene al principio no entraba y luego empezó a perderse en esas nalgotas.

    Mientras subía y bajaba la puta y yo tomando sus caderas, veo que Milena le estaba comiendo la vagina a Miry, hasta que en un momento, veo a Jota que se acerca y toma de las piernas a Miry, acerca su miembro y empieza a meter suavemente en la chepa de Miry. En un momento no lo pude creer, pero sentía el pene duro de ese cabron como entraba y salía. Yo la tenía penetrada por el ano y sentía como ese HDP la abría por la chepa.

    La perra empezó a correrse a chorros mojándome toda la pelvis mientras ese cabronazo de Jota la taladraba tanto que hasta a mí ya me empezó a doler la pelvis de tan duro que la daba. En un momento empezaron a terminar Miry y Jota, y yo por más que quería aguantar pues no daba más… Terminamos los tres y ese cabron de Jota y yo le dimos semen al mismo tiempo, dejándola llena por sus dos agujeros.

    Saque mi pene y vino Milena y empezó a mamarlo, mientras Miry mamaba el falo de Jota. Cada uno fuimos a una habitación con la puta que nos mamaba y nos encerramos para coger el resto de la noche, pero esa es otra historia que ya los contaré.

    Si quieren más relatos pueden escribirme a [email protected].

  • La mansión de d. Pedro (2)

    La mansión de d. Pedro (2)

    Son las 7:30. D. Pedro llama a la puerta de nuestra habitación. Katia y yo dormimos juntas en camastros separados y teniendo enfrente la puerta y, a un lado, el armario empotrado y cerrado con candado con herramientas que nuestro Amo usa para disciplinarnos cuando lo considera necesario.

    No hay más mobiliario. Desnudas como estamos no necesitamos nada más, según opina mi amo.

    D. Pedro se marcha a su carrera matutina y algunos ejercicios para tonificarse. Nosotras, rápidamente vamos a la cocina para preparar su desayuno y tenerlo todo listo a su regreso. Poco más de 1 hora.

    Entra sudoroso y se marcha al baño. Nos apresuramos a ir con él y lavarlo y secarlo tras la ducha. Le acompañamos al salón. El desayuno está listo. Se sienta cómodamente y desayuna despacio.

    Katia se introduce a 4 patas bajo la mesa y le como los huevos y la polla. Es su trabajo diario. Mi amo quiere su polla dura y empinada y Katia es la encargada de ponerla dura cuando d. Pedro se alimenta.

    Zas, zas. Dos hostias y Katia acelera la mamada rápidamente. Despierta coño!! Grita mi amo.

    Las dos recogemos la mesa y fregamos.

    D. Pedro llega a la cocina. Con camisa y pantalón ajustados y botas altas lleva una bolsa en la mano. Me la pone en los hombros. Katia se encarga hoy de la casa, Alina vendrá conmigo.

    Sin más, d. Pedro sale hacia el jardín trasero de la casa en dirección a la calesa. Trago saliva, aprieto los dientes pero le sigo. Al llegar a la calesa (un pequeño carro de madera y acero con dos salientes para tirar de ella) vuelco la bolsa en el lugar donde se subirá d. Pedro y me dispongo entre los dos salientes para coger fuertemente cada uno de ellos y ponerme firme, espalda recta y mirada al frente.

    Un par de azotes que dejan una fina marca roja en mi culo. Zas, zas. Respingo y con un grito ahogado de inmediato con los dientes apretados me pongo a trotar tirando de la calesa.

    D. Pedro tiene prisa, el kilómetro y medio que nos separa de la zona de entrenamiento es pedregoso y de altibajos que no ayudan a la estabilidad. El doloroso látigo sobre mi culo y espalda lo soluciona de inmediato. Llegó sudorosa y con el culo y espalda escocidas. D. Pedro se baja y tomo la bolsa para caminar hasta la puerta de entrada a la zona de entrenamiento.

    La pesada puerta es abierta con candado y nos introducimos en el espacio de las jaulas.

    6 jaulas de hierro en hilera. Separadas unas de otras y un espacio vacío y sin ventanas. Hay un cierto olor acre y espeso.

    Las mujeres dentro de las celdas. Desnudas, rapadas y depiladas están de rodillas con las manos tomando los barrotes y la mirada al frente para observar la escena, tal y como el entrenador les tiene ordenado. En cuanto han oído la puerta abrirse se colocan en la posición rápidamente. No hacerlo a tiempo significa probar el látigo.

    Mi amo se queda en el centro frente a ellas un momento, luego se desnuda despacio mientras yo recojo su ropa y la cuelgo. Rauda, me pongo entre sus piernas y le hago una larga comida de huevos y polla delante de todas que deben estar mirando obligatoriamente.

    Son normas del amo. Me aparto y me coloco de rodillas tras él. Todas las hembras pueden observar a su entrenador desnudo y con la larga y dura polla empinada y el fino y largo látigo de doma en su mano derecha. Una visión que deja bien claro quien manda y qué les espera.

    D. Pedro abre una a una las 5 jaulas que están ocupadas. Una a una las hembras van saliendo a cuatro patas y son acariciadas en su culo. La jaca irlandesa, como gusta de llamar a una blanca y pecosa irlandesa de grandes tetas y buen culo es azotada por no salir de la celda a tiempo. Dos secos azotes marcan sus nalgas, da un respingo y aprieta los dientes mientras se apresura.

    El entrenamiento de posturas de sumisión comienza.

    Uno!! Grita mi amo y todas se apresuran a ponerse de rodillas, la espalda recta y las manos en la nuca con los brazos muy abiertos y separados.

    Suena el silbido del látigo corrigiendo posturas sin que se oiga un sólo quejido. Los cuerpos se retuercen y se acomodan a sus órdenes lo mejor que pueden.

    Tres!!! D. Pedro cambia a la siguiente postura sin descanso. Los cuerpos desnudos se ponen en cuatro, inclinan su cabeza hacia abajo hasta poner la mejilla en el frío suelo, suben el culo al máximo, abren las piernas y colocan los brazos hacia adelante, pegados al suelo. D. Pedro corrige sin miramiento azotando duro el culo y la entrepierna A algunas le tiemblan las piernas… Sólo 8 días de estancia… Es difícil hacerlo perfecto… No es problema de d. Pedro. Simplemente azota y espera respuesta. La semana anterior se explicó perfectamente. Esas son sus escuetas palabras mientras el látigo le ayuda a corregirles.

    5!!!, 7!!!, cuerpos desnudos sudorosos se amoldan a las 10 posiciones básicas que el entrenador les ordena.

    Miradas de súplica y lágrimas recorriendo las mejillas. Hay que aprender rápido. Cansadas y marcadas terminan el entrenamiento. Un chasquido del látigo en el aire y todas se colocan de rodillas con las manos a la espalda y la boca abierta delante de su jaula. Deben agradecer su entrenamiento con una buena mamada.

    Una a una lamen y comen huevos y polla y luego entran en la jaula. Allí quedan hasta que Katia y yo volvamos para repartir su escasa comida y el pequeño cuenco con agua.

    Una breve mirada antes de cerrar la puerta me deja ver los rostros llorosos y sometidos. No hay tiempo para pensar en ellas. Tomo la bolsa, me coloco de nuevo en la calesa y el seco azote en el culo me pone en marcha hacia la casa donde seguiré sirviendo a mi amo junto a Katia. Aprieto los dientes y tiro hacia adelante.

  • Un mal día (3 de 6)

    Un mal día (3 de 6)

    Parte I: «Un mal día (1 de 6)»

    Parte II: «Un mal día (2 de 6)»

    ——

    Parte III

    Con la ayuda del cierre a distancia, no me costó nada encontrar el vehículo en el estacionamiento. Era un Toyota Etios 5 puertas color blanco. Me acomodé en la butaca del conductor a las 8:27, según el reloj del tablero. Tiré mi bolso con ropa sucia en el asiento trasero. Mi corazón galopaba con fuerza. Estaba a punto de robar un auto. Nada más ni nada menos. Claro que iba a devolverlo cuando todo terminara, pero solo yo sabía eso. Con un poco de suerte, nadie se iba a enterar. El problema era justamente ese: la suerte, la puta suerte que parecía empeñada en querer joderme la vida desde temprano. ¿Y si Ulises se daba cuenta y hacía la denuncia a la policía? No, el pendejo le avisaría primero a los padres antes de llamar al 911. Aunque eso no cambiaba las cosas. Ellos llamarían inmediatamente a la policía. Y ese sí que sería un pésimo final. ¿Por qué iban a creerme cuando les dijera que solo lo había tomado prestado? ¿Se apiadarían de mí cuando les explicara que, en definitiva, se trataba de un acto de reparación porque el dueño del vehículo había violado mi intimidad? Mmmm… La ley no funcionaba de esa forma. Si te llevás un auto que no es tuyo, lo estás robando. Si robás son un delincuente. Y si sos un delincuente vas a la cárcel. Era así de sencillo.

    La imagen de mí misma con las esposas puestas, en medio de un operativo policial, me inmovilizó. Por un momento caí en la cuenta de lo inevitable: que ya estaba todo perdido; que ni siquiera con el auto iba a lograr llegar a tiempo a la entrevista. Pero que aún no era tarde para evitar un mal mayor. Estuve a punto de salir del coche y abandonar toda aquella locura. Tenía la mano sobre el tirador de la puerta. Cerré los ojos y respiré profundo una, dos, tres veces…

    El inútil de mi vecino nunca se daría cuenta. Entonces puse el auto en marcha y lo saqué del estacionamiento.

    El tablero marcaba las 8:31. Afuera diluviaba. Activé el limpiaparabrisas a máxima potencia. No obstante, la visibilidad era bajísima. Conduje con precaución hasta la avenida y, desde allí, en dirección a Retiro. El tránsito era lento, más lento de lo habitual, pero no se detenía. Llegar antes de las 9 era una utopía. No poder avisar de la demora agravaba aún más el problema. Pero iba a llegar. Iba a encontrarme con Nelson Iriarte y le iba a dar todas las explicaciones del caso… Bueno, casi todas.

    A los 15 minutos de viaje ya me había familiarizado tanto con el Etios de mi vecino que lo conducía como si fuese mío. No era tan confortable como el Peugeot 208 de Emiliano, pero me calzaba perfecto. Como conocía el camino de memoria, me relajé y me dejé llevar por mi auto robado. No es que estuviera orgullosa de ser una delincuente, ni mucho menos, pero el forro pervertido de Ulises se lo merecía. Más allá de que se trataba de su casa y de su baño… ¿cómo pudo violar así mi intimidad? ¿Cómo alguien puede ser tan perverso de colocar una cámara escondida dentro del inodoro? Además, el pendejo tenía las grabaciones de todo. Allí se veía mi cuerpo desnudo, pero también se veía perfectamente mi cara. Hoy, sin falta, iba a tener que hablar seriamente con él… Además, el muy imbécil me había dejado con lo puesto, fuera de mi casa, sin celular, ni auto, ni documentos; sin dinero, sin nada… Y en el día más importante de mi vida.

    —Matarlo es poco. —Sentencié en voz alta mientras conducía. La frase sonó con extrema dureza y quedó flotando en el aire dentro del vehículo cerrado. Quedó resonando en mi cabeza como un eco… Hasta que empezó a sonarme extraña…

    ¿De verdad? ¿Podía culpar de toda lo que me estaba pasando aquella mañana a un pibe de 19 años? ¿A un vecino desconocido que me había ofrecido su casa y su baño en un momento de desesperación? Eso sí, con un precio: espiarme; hurgar en mi intimidad. Pero al que después yo decidí (¿como castigo? ¿como resarcimiento?) robarle el auto, así, sin más. ¿Quién había mandado a un desconocido, solo, a hurgar en mi casa? ¿A buscar, nada más ni nada menos, que mi ropa interior? ¿No había abusado yo también de su confianza? ¿Quién se había metido sin permiso a hurgar en su cuarto, en su computadora personal?

    —Mi futuro dependía de ello. —me justifiqué en voz alta, y agregué—: Y también todos los esfuerzos del pasado. Pero nada de todo eso lo justifica…

    Me había espiado y me había grabado, y eso era horrible. Pero la pregunta de fondo seguía sin respuesta: Si lo de GlobaliaTech terminaba mal, ¿podía culpar de todo a mi vecino?

    ¿Qué hubiese pasado, por ejemplo, si me hubiese resistido a la conducta abusiva de Emiliano de aquella mañana? Si en lugar de haberle permitido cogerme mientras todavía estaba dormida, lo hubiese quitado de un empujón… Si en lugar de haber hecho la vista gorda, le hubiese hecho el desplante que se merecía… ¿Qué hubiese pasado aquella mañana? Podría haber saltado de la cama, furiosa, y haberme metido yo a la ducha antes que él. Temprano aun había agua. Pero en lugar de eso lo dejé continuar. Me cogió como a una muñeca de goma, me humilló vaciando su semilla sobre mí cuerpo y se fue sonriendo. Yo decidí seguir durmiendo, como si nada, sintiendo piedad de mí misma y justificando mi conveniente sumisión.

    Aquella mañana también podría haber sido diferente si tan solo hubiese optado por imponer mis condiciones para el sexo. Incluso podría haber tenido mi propio orgasmo y, hasta quizás nos hubiésemos duchado juntos luego. Pero preferí someterme a su deseo. Jugar, como siempre, a ser su nena obediente. Opté por negar, una vez más, que Emiliano siempre me trató como a una pendejita inexperta. Una boluda que siempre está disponible para atender sus caprichos. Cuando alardeaba delante de sus amigos médicos que “se estaba garchando a una pibita que parecía una modelo”, “que había sido la reina de la vendimia”; y me lo contaba, y yo se lo festejaba y me reía con él. Cuando me pedía que me vistiera “medio putita, como a vos te gusta” para ir a alguna cena o evento social, obviamente lo hacía sin chistar. Y hasta con un poquito de morbo. Pero, sobre todo, porque sentía que se lo debía. Que de alguna forma era lo que correspondía por todo lo que hacía por mí.

    La peor de todas fue la que me hizo en la fiesta de fin de año de la clínica, hacía exactamente un año, justo antes de que me mudara con él a su departamento. Estábamos en pareja hacía casi cuatro meses. En esa época yo seguía viviendo en la residencia estudiantil pero él me ayudaba mucho con mis gastos. Eso me permitió, por ejemplo, salir del cuarto compartido y empezar a pagar uno individual.

    Me acuerdo que la fiesta era en un hotel top en Puerto Madero. Nunca me lo dijo en estos términos pero, en pocas palabras, quería presentarme en sociedad. Quería mostrar a su nueva novia de 24 años. Quería exhibirme como a un trofeo. Yo podía ser una pendeja al lado de un tipo de 45 años, pero no me chupaba el dedo. Sabía perfectamente cuáles eran las reglas del juego y las aceptaba. Fundamentalmente porque tenía claro cuáles eran mis propios objetivos. Pero había algo más: hacer el papel de nena sumisa se me daba bien…

    Aquella noche tocaba hacer el papel. Me puse un vestido azul strapless muy ajustado, con la falda hasta las rodillas, pero con un tajo frontal muy sugerente que cruzaba todo el muslo izquierdo… desde bien arriba. Por lo demás. Me puse unas sandalias negras de fiesta preciosas; una gargantilla de cuero, en composé con el calzado, con un dije de plata muy fino en forma de media luna. El pelo siempre suelto.

    Estábamos en la terraza, tomando champagne cerca de la barra. La estábamos pasando genial. En un momento se acerca una pareja de vejetes muy (chetos) elegantes. Ella iba del brazo del señor. Era más alta y bastante más joven qué él. El viejo iba impecable con su cabello blanco y su esmoquin; era un poco más bajo que yo y sostenía un vaso de Whisky en la mano. No tenía menos de setenta años pero estaba en forma. Inmediatamente Emiliano me los presentó como el Dr. Sánchez Alvarado y su esposa. No hizo falta que me aclare que se trataba del dueño de la clínica, il capo di tutti capi. Ya había escuchado hablar de él.

    Nos saludamos muy cordialmente. Hablamos de lo hermosa que estaba la noche. La señora elogió mi vestido y mi juventud. El viejo me hizo un chiste sobre el cuidado que debía tener con los anestesistas y su afición a experimentar con sus “pócimas”. No entendí muy bien dónde estaba la gracia, pero me sumé a las risas de los tres. Después el viejo le hizo un gesto a Emiliano y ambos se fueron en dirección a otro grupo de personas pidiendo las disculpas del caso. Me quedé a solas con la señora en una situación un tanto incómoda que desactivé pronto con la excusa más obvia y efectiva del mundo: necesitaba ir al baño.

    Era una noche soñada. Calurosa, pero con una brisa suave que traía el río. Cuando volví a la terraza había perdido de vista a Emiliano. De modo que me dediqué a beber y a observar a toda esa gente rica que le fascinaba mostrarse. Algunas personas estaban bailando; otras se habían acomodado en las pequeñas mesas perimetrales a conversar.

    Cuando Emi me aferró desde atrás por la cintura, me sobresaltó de tal modo que estuve a punto de tirar la copa por el aire.

    —¡Ay! ¿Qué hacés, tonto? Casi hago un desastre.

    —Jajaja… Perdón. No me pude contener al llamado de esas caderas.

    Entonces me giró y me dio un beso en los labios.

    —¿Dónde estabas? —pregunté, cuando pude retomar el control de mi boca.

    —Hablando con el viejo. Le conté que no podía irme tarde porque tenía que llevar a una colegiala a la residencia estudiantil antes de las 12 de la noche para que la reina no se convierta en calabaza.

    —Dale, boludo… En serio… ¿Te comentó algo del cargo ese que me dijiste?

    —Algo me dijo, sí… Hay un tema con eso, Vero… —De repente abandonó el tomo jocoso y se puso solemne. —Y necesito tu ayuda.

    —¿Qué pasó?

    —Resulta que a mitad de año, en una reunión con el equipo de cirugía, yo le había asegurado al viejo que la clínica iba a facturar más de un millón en el segundo semestre solo por el uso del quirófano…

    —¿Y?

    —Y ayer mostraron el balance del año: No llegamos al millón por muuuy poco.

    —¿Y cuál es el problema con eso? ¿Qué tenés que ver vos?

    —Nada. Pero hicimos una apuesta y la perdí.

    —¿Qué apostaron? ¿Plata?

    —¿Plata? ¿Te parece que Sánchez Alvarado puede hacer una apuesta por plata conmigo?

    —Qué se yo, Emi… ¿Qué apostaron, entonces?

    —Bueno, ahí viene la cosa… Medio en joda, medio en serio, me dijo que si yo ganaba la apuesta, el cargo de Jefe de Anestesiología era mío. ¡Menos de diez mil dólares faltaron! ¿Podés creer?

    —Ah… ¿Y si perdías?

    —Bueno… De eso estábamos hablando recién… El viejo cabrón me encaró, muy a su estilo, me ofreció un Cohíba y me preguntó si había visto el balance. Le dije que sí y que estaba dispuesto a poner yo mismo la diferencia para llegar al millón. Ya sabía por dónde venían los tiros… Me quería joder…

    —¿Y qué te dijo?

    —Se rio y me dijo que lo sentía mucho, pero que él había ganado una apuesta y quería cobrarla. Medio en joda, medio en serio, le dije que tenía razón, que me pidiera lo que quisiera.

    —Mmmm… ¿Y qué te pidió?

    —“La bombacha de tu novia”, me dijo. “La que tiene puesta ahora”.

    —¡¿Qué!? Jajaja… —Fue una risa que se volvió incómoda enseguida cuando él no la correspondió. Como si no fuera un chiste—. Te estaba jodiendo, Emi. ¿Cómo va a ser tan zarpado el tipo? ¡Es el jefe!

    —Puede ser. O no… No sé. El viejo es un cínico hijo de puta. Pienso que ahora que perdí, sería una buena carta ir a fondo y pagarle la apuesta. Lo sorprendería. Me dejaría en carrera para el cargo.

    —¿En serio me decís? ¿Esa es la ayuda que necesitabas de mí? ¿Qué te dé mi bombacha? — No pude evitar sonreír por lo absurdo de la propuesta—. Está con la mujer, Emi. Y vos sos su empleado, no te puede boludear de esa manera.

    —Estos tipos son así, Vero. Vos no entendés. No es como en la facultad. Estos tipos se creen los dueños del mundo… Tienen mucho poder… Se encaprichan con algo y van para adelante.

    —Claro, yo soy una pendeja inocente que le falta calle, ¿no? —Me estaba empezando a sulfurar—. ¿Y vos, que te las sabés todas…? ¿Qué querés que haga? A ver… Decime.

    —Que te saques la bombacha y que me la des. — dijo, sin más preámbulos.

    —Estás loco de remate.

    Entonces Emi se acercó y me habló muy cerca del oído:

    —Además me calentaría mucho saber que vas a estar toda la noche, paseándote entre toda esta gente sin tu tanguita.

    Yo sentí que se me erizaba la piel de la nuca y de detrás de la oreja. Me conocía. Sabía por dónde. Me estaba arrinconando… Quería que me volviera su nena sumisa. El viejo lo había desafiado y él quería responderle. No era el capricho del viejo, era el capricho de mi novio. Era a él a quien debía consentir. Entonces traté de refugiarme en esa chispa de morbo que me provocaba la situación. Estábamos hablando muy cerca y muy despacio. Nuestras mejillas se rozaban.

    —¿Ahora? —pregunté sumisa, insegura.

    —Ya mismo.

    —Ok. Voy al baño. Pero no tengo bolsillos y dejé la cartera en el auto. Vení conmigo y te la paso cuando salgo.

    —Andá. Ahí te alcanzo. Ya me la pusiste dura. —Susurró.

    —Vas a tener que aguantar. —Y me alejé moviendo el culo con elegancia.

    Entré al baño. No había nadie. No hacía falta meterme en un privado. Me miré al espejo mientras metía los dedos de mi mano derecha por el tajo frontal de la falda. Enganché el pulgar y el índice en el elástico de la tanga y tiré con cuidado hacia abajo. Era una pieza chiquita que salió sin dificultad. Deslicé la prenda hasta las rodillas. Luego levanté un pie y después el otro. Ya tenía el premio conmigo. Antes de abandonar el baño tuve que acomodarme el vestido que se me había levantado por la maniobra. Podía ver por el espejo que en el nacimiento del tajo de la falda asomaba mi otro tajo natural. Iba a tener que andar con cuidado si no quería pasar un mal momento.

    —Malditos médicos perversos. —pensé con una media sonrisa. Y salí al encuentro de mi novio con la tanga apretada en un puño.

    Pero Emiliano no estaba allí. Quien sí aguardaba a mi encuentro era el mismísimo Dr. Sánchez Alvarado en persona. Me quedé dura. Estábamos solos en el pasillo estrecho. Me miró de arriba abajo mientras bebía su Whisky.

    —Me dijo tu novio que tenías algo para mí. —Y me tendió su mano abierta.

    Traté de sobreponerme a lo intimidante de aquella situación. Miré a mí alrededor para estar segura de que nadie nos veía. Luego deposité mi prenda sobre la mano del viejo sin decir una sola palabra. Este la examinó por un momento y después la hizo desaparecer en el bolsillo interior del esmoquin con la gracia de un mago.

    —Buena chica. —dijo, y siguió camino.

    Salí de allí muy acalorada. Podía sentir el ardor en las mejillas.

    Cuando regresé a la terraza, Emiliano estaba en la barra disfrutando de otra copa de champagne.

    —Habíamos quedado en otra cosa, ¿no? —Lo increpé.

    —Eeeeh… Tranquila. —Me acarició la mejilla con el dorso de la mano—. El viejo quiso ir en persona. ¿Qué le iba a decir…? ¿Cómo te fue? ¿Te dijo algo?

    —Me dijo que era una buena chica. —respondí, con cara de ofendida.

    —¡Y tiene razón! Sos la mejor, Vero. ¡Mi reina de la uva! —Me rodeó la cintura con un brazo y me besó con ternura.

    No quería mirar el tablero del Etios para no ver la hora. No quería ponerme más nerviosa de lo que ya estaba. El tránsito sobre la avenida se empezaba a cargar conforme me acercaba a la zona de Retiro. En un memento se detuvo y aproveche para girar sobre el asiento trasero y rebuscar en el bolso la bolsita plástica donde había guardado el labial y el rimmel. Tenía que aprovechar las pausas. No había forma ni de detener el tiempo, ni de teletransportarme a la compañía. La suerte estaba echada. El tránsito volvió a avanzar y mi mente volvió a aquella terraza de Puerto Madero en la que Emiliano y yo jugábamos, cada uno, su propio juego.

    La noche, como el malbec, fue mejorando con el paso del tiempo. Bailamos, nos reímos y bebimos bastante. De vez en cuando, Emiliano me calentaba el oído con algún comentario zarpado. Yo feliz con el cachondeo. Compartir ese espacio tan exclusivo, despojada de mi ropa interior, con toda esa gente que olía a perfume francés y habano caribeño, me daba un morbo que me tenía bastante arriba. Al principio estaba muy pendiente del vestido, pero después me fui relajando. Los médicos se daban la buena vida y yo la estaba pasando muy bien.

    Estábamos bailando con una copa en la mano. Emi me aferraba por detrás. Nos movíamos rítmicamente y yo le frotaba la entrepierna con el culo, con sutileza para no levantar sospechas. Él me decía que se la estaba poniendo dura. Entonces yo me alejaba, pero él me tomaba de la cintura y me acercaba de nuevo. Y otra vez le frotaba mis nalgas por el rabo. Ese era el jueguito hasta que en un momento me dijo que volvía enseguida y desapareció de mi vista. Me quedé bailando y bebiendo sola por un rato. Después me acerqué a la barra por una botella de agua mineral. Necesitaba hidratarme. Estaba acalorada y sedienta. Cuando vi a Emiliano acercarse, sabía exactamente de dónde venía. No era la primera vez que lo veía fruncir la nariz y morderse lo labios de esa manera.

    —¿Fuiste a tomar?

    —La dosis justa. —Como le gustaba decir a él—. ¿Querés? Hay. Y está muuuy bien.

    —Sabés que no me gusta.

    —Tendrías que aprovechar que tenés un novio anestesista. Soy como tu chamán. Puedo guiarte en tu viaje interior.

    —Sos un boludo.

    —Jajaja. Me invitó el viejo. No le pude decir que no. ¡Escuchá esto! Me dijo que necesitaba a un futuro jefe de anestesiología para catar algo especial que le habían traído de Colombia.

    —Bueeeno. Parece que funcionó mi regalito… Me parece que ahora la deuda la tenés conmigo. —Me mordí el labio inferior— Voy a pensar en algo…

    —Ah… El viejo también me hizo un comentario sobre eso…

    —¿Sobre qué?

    —Sobre tu “regalito”. Me dijo que si la querías recuperar, que pasaras a buscarla por la suite 302.

    —Me estás boludeando… —Y bebí un sorbo de agua de mi botella

    —Te juro, Vero. Me lo dijo.

    Entonces lo miré a los ojos y le pregunté:

    —¿Y para qué me lo contás? ¿Me dejarías ir? ¿Meterías a tu novia, medio tocada, así vestida, en una habitación de hotel con tu jefe? ¿No le dijiste que era un desubicado?

    —¿Cómo le voy a decir eso? Además… El viejo es un provocador. Le gusta jugar con la gente, llevarla al límite. Nunca te haría nada que vos no quieras.

    —Y vos serías capaz de meterme en esa habitación con tal de no contradecirlo, ¿no? —Entre la bebida y el mal humor que estaba empezando a sentir, empecé a levantar la voz—: ¿Cuál es tu límite, Emiliano? ¿Qué te pensás que soy, eh? ¿Tu putita que la podés manejar a tu antojo?

    —Shhh… Pará un poco… No es para hacer un escándalo tampoco. Solo vas, te devuelve “eso” y ves qué onda, nada más.

    Esa última frase me hizo estallar.

    —¿Lo que le regalé? ¿Lo que YO le ragalé? —Mi indignación iba en aumento—: ¿Querés que vaya a SU habitación «a ver qué onda”?

    —Beeeno, Cheee… No te lo tomes así; no seas infantil…

    —Basta. Vamos. Me quiero ir. Quiero que me lleves a la residencia ahora. —Agarré el celular y agregué—: Te espero en el Lobby

    Me volví con calma y me fui caminando despacio. Tampoco quería hacerle un desplante delante de su círculo social.

    —Ahora te alcanzó. —Escuché que me decía mientras me alejaba.

    No respondí. Si se tardaba mucho me iba a tomar un taxi. No estaba de humor para esperar.

    El ascensor comenzó a descender los seis pisos que me separaban de la planta baja. Me arreglé el vestido frente al espejo y me acomodé el peinado con la mano.

    La puerta se abrió. Había mucho movimiento en el lobby. Me quedé inmóvil dentro del habitáculo. La gente pasaba delante del ascensor pero nadie ingresaba. ¿En serio estaba considerando volver a subir?

    ¿Por qué no?

    Ubicarme en el lugar de nena sumisa había sido siempre su juego. Y yo lo sabía, y no solo se lo consentía, también lo jugaba porque me convenía. También tenía mis propios objetivos en ese juego. ¿Entonces?

    Las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a elevarse con un sutil impulso. Solo que esta vez mi destino se encontraba a mitad de camino entre el lobby y la terraza.

    Salí finalmente del cubículo en la tercera planta. La señalética del pasillo indicaba que las habitaciones 300 a 306, se encontraban hacia la izquierda.

    El cuarto 302 era el más alejado. Daba hacia el frente, de cara al Río de la Plata. Llamé a la puerta. Al cabo de unos pocos segundos Sánchez Alvarado abrió y me invitó a pasar. Seguía todavía ataviado con su esmoquin negro.

    La habitación era grande. Una cama cuadrada gigante, una mesa junto a la ventana con dos sillas y un amplio escritorio de madera sobre el que se encontraba una notebook encendida, era todo el mobiliario. Más allá se encontraba el baño y lo que parecía un vestidor.

    —No hay tiempo para el descanso, parece… —dije, señalando la computadora, con la intención de quebrar el incómodo silencio.

    —Me aburren rápido las fiestas. —respondió cortante—: ¿Qué te trae por acá? ¿Estás perdida?

    —Me dijo mi novio que tenía algo para mí. —respondí usando casi las mismas palabras que había usado él en la puerta del baño. Pero me corregí: —En realidad, me dijo que tenía algo mío.

    Entonces el viejo se acercó y se paró frente a mí. El aroma intenso de su perfume invadió mis fosas nasales. Era como un imán. No pude retroceder. Era apenas más bajo que yo, pero yo me sentía muy pequeña.

    —Nena, si querés recuperar lo que es tuyo, vas a tener que tomarlo con tus propias manos.

    Emiliano tenía razón. El viejo era un provocador. Yo conocía perfectamente cuáles eran mis límites, de modo que no tenía nada que temer. Di un paso más hacia él y le abrí la solapa izquierda del esmoquin. Ese era el juego.

    —Resultaste ser una chica muy atrevida… ¿Cómo era tu nombre?

    —Verónica. —respondí, mientras con una mano sostenía la solapa y con la otra hurgaba en su bolsillo interno.

    Yo sabía que allí había guardado mi tanga, estaba segura, pero de allí solo saqué un billete que resultó ser de cien dólares. Lo miré con cara de que estaba jugando sucio, que me había engañado.

    —Pueden ser tuyos si te los ganás, o los podés volver a dejar donde estaban. Vos elegís.

    Inmediatamente y con delicadeza devolví el billete a su lugar. Luego repetí la misma resquisa pero esta vez del lado derecho. Cuando mis dedos índice y mayor se deslizaron dentro del bolsillo y entraron en contacto con el inconfundible encaje de mi tanga. El viejo, en un arrebato completamente impredecible, me pasó un brazo por detrás de la cintura aferrándome contra sí. Inmediatamente después de inmovilizarme metió su mano libre a través del tajo frontal de mi vestido para aferrarse a mi sexo desnudo. En menos de un segundo ya podía sentir uno de sus dedos hundirse dentro de mí.

    —¿Ya encontraste lo que habías perdido? —preguntó, mientras metía el segundo dedo.

    Pegué un respingo porque me sentía invadida, pero no sentí dolor. El baile, el calor y el cachondeo habían cumplido su labor lubricante.

    —No vine por mi tanga. Vine porque él me lo pidió. —dije, queriendo simular una fortaleza que no tenía.

    —¿Quién? Ah, si… El anestesista. —Y movió sus dedos dentro de mí. —¿No vas a hacer nada para ganarte ese billete? Te imaginaba una chica con más iniciativa.

    —No soy una puta.

    —Claro que no.

    Estaba a punto de quitarle de un tirón su mano invasora cuando él mismo la retiró y liberó mi cuerpo. Yo di tres pasos hacia atrás. Él alzó su brazo y me mostró los dedos humedecidos por mis propios jugos y mi transpiración. Con la otra mano sacó su billete de cien dólares del esmoquin y también lo colocó frente a mis ojos. Luego acercó los dedos jabonosos hacia mi boca y empezó a deslizarlos sobre mis labios… ¿Cuánto más me iba a dejar humillar por ese viejo? ¿Por qué no me había largado inmediatamente de allí? El viejo me pasaba lentamente la yema de sus dedos por la cara interna de mis labios. Sentía mi propio sabor mezclarse con mi saliva. En lugar de irme comencé a lamerlos con la punta de la lengua. Tenían un sabor suave y levemente salino. Engullí ambos dedos en mi boca y comencé a succionar sin dejar de lamer… Despacio… Una, dos, tres veces. Lo miré a los ojos y vi su expresión de lujuria… Quería que el viejo se enterara de lo bien que sabía chuparla. Pero eso era todo. Después di un paso atrás y saqué mi tanga del lado derecho de su esmoquin. La mano con el billete seguía a la altura de mi vista. Entonces se lo arrebaté y salí de la habitación sin despedirme.

    Cuando el ascensor llegó al lobby, vi el Peugeot de Emiliano estacionado en la puerta. Me estaba esperando.

    Subí al auto sin mirarlo. Estaba furiosa.

    —¿Fuiste? —me preguntó.

    Como única respuesta la arrojé la tanga sobre la cara. Él la cogió con calma, se la llevó a la boca y pasó la lengua por la parte más delgada de la tela, la que desaparece entre las nalgas.

    Yo no quería mirar. No quería hablar. No quería estar allí. Solo mantenía mi puño apretado sobre el billete de cien. Me lo había ganado.

    Fuimos hasta la residencia sin hablarnos. Allí me bajé sin despedirlo. Nunca me preguntó qué había pasado en la habitación del viejo, y nunca se lo conté.

    Estuve una semana sin responder sus llamados. Realmente no sabía si quería volver con él. Me daba miedo estar con un tipo así. No estaba dispuesta a jugar tan al límite. Pero también me preocupaba encarar el último año de carrera sin contar con su apoyo. Además, él nunca me había exigido nada hachándome en cara toda la ayuda que me brindaba. Él nunca jugó esa carta para pedirme favores ni someterme a sus caprichos. En ese sentido, siempre había sido muy generoso conmigo.

    La cuestión finalmente se resolvió unos días después, cuando me vino a buscar a la facultad, a la salida de un examen. Me invitó a almorzar y allí me propuso que me mudara con él a su departamento y que dejara de trabajar para poder dedicarme full time a terminar la universidad. Nunca mencionó ni preguntó nada de lo que había pasado en la fiesta. Esa misma semana dejé la residencia y empezamos a convivir. A él lo nombraron jefe del servicio de anestesiología esa misma semana. Nunca volvimos a tocar el tema.

    Finalmente llegué al estacionamiento subterráneo de GlobaliaTech. Estacioné el Etios de mi vecino en el primer lugar libre que encontré. Me miré al espejo del parasol: todo impecable. Había tenido tiempo de pasarme el brillo labial y el rímel durante el camino. Antes de apagar el motor quise ver lo que venía evitando durante el viaje: el reloj del tablero. Marcaba las 9:22am. El panorama no era bueno, estaba llegando casi media hora tarde a una entrevista clave con el CEO de una multinacional. Ah, y sin previo aviso.

    El estómago vacío me hizo ruido. Pero no me iba a poner nerviosa justo ahora. Tenía que confiar en mí. Bajé del auto. Presioné el botón de la llave. Las luces parpadearon y el Etios cinco puertas se cerró automáticamente. Crucé el estacionamiento en busca del ascensor.

    Absolutamente todo, durante aquella mañana, había conspirado contra la posibilidad de llegar a GlobaliaTech. Ahora que ya estaba allí, ¿qué más podría salir mal?

  • Acción en la carretera: La motero salvaje

    Acción en la carretera: La motero salvaje

    El sol se movía lentamente en el cielo, concluyendo el mediodía e iniciando la tarde; la temperatura descendió lentamente, haciendo el ambiente más fresco; el viento soplaba, moviendo algunas nubes, las cuales bloquearon el sol y dieron un poco de sombra. En aquella región semidesértica, se podía apreciar una vasta llanura, llena de vegetación seca, cactus y pequeños arbustos; al fondo había unas montañas, con vegetación más abundante.

    Este agreste paisaje, era atravesado por una carretera; esta estaba en perfecta condiciones, bien asfaltada y pavimentada; estaba bien pintada, marcando los límites de la carretera; también mostraba todas las respectivas señalizaciones, indicando el límite de velocidad y otras indicaciones. No había nadie en el lugar, únicamente se escuchaba los sonidos de la naturaleza. Eso fue hasta que comenzó a escucharse, un particular sonido procedente de la carretera. Este poco a poco fue acrecentándose, hasta que apareció lo que lo ocasionaba. Se trataba de una patrulla de caminos, la cual iba recorriendo la carretera en su jornada habitual.

    El vehículo iba a velocidad reglamentaria y era tripulado por un patrullero. Este bajó la ventanilla, para que la brisa le alcanzase. Era un hombre de alrededor de treinta años, fornido, recio y marcial. Conducía poniendo atención, a lo que pasaba en la carretera. Su patrulla era un malibú clásico, que lleva los emblemas, las sirenas y la parafernalia correspondiente. Iba vestido con su uniforme, chaleco antibalas y todo el equipo reglamentario.

    Parecía que la tarde iba a ser tranquila, cuando divisó algo delante. A unos cincuenta metros, vio algo que no pudo distinguir bien. Poco a poco, fue acercándose a lo que le llamó la atención. Paulatinamente, pudo ver que era una motocicleta, pero no vio la marca. El conductor vestía chamarra de cuero negro, con un gorro. No vio nada anormal, excepto de una cosa. El vehículo no tenía placa, ni ningún otro tipo de identificación. En consecuencia, había una clara violación, así que encendió la bocina y las luces.

    Esa era la señal de alto, el motociclista giró la cabeza mirando atrás, tenía gafas negras y era una mujer. Tenía el cabello largo, liso hasta los hombros y una gorra de plato negra. La motocicleta se orilló, comenzó a bajar la velocidad, la patrulla hizo lo mismo y finalmente ambos se detuvieron. La conductora, bajó el pedal, luego se inclinó a un lado para apoyar la motocicleta.

    El oficial se bajó del auto y caminó hacia ella con precaución. Se acercó más y lo detalló detenidamente. La motocicleta era una Chopper, era un tipo de motocicleta modificada, para tener un ángulo de lanzamiento mayor, con horquilla más larga, lo que le da una batalla y avance más grandes que el resto de los tipos de motocicletas. Tenía un manillar más largo a lo alto, lo que le da una posición a las manos más alta que los hombros del piloto. Este tipo de motos, podían estar basadas en un modelo de producción o ser creadas desde cero. Con respecto a las motocicletas tradicionales, las Chopper suelen ser más livianas, tienen tanques de combustible más pequeños, y sus parabrisas, luces, guardabarros y asientos son más pequeños o directamente fueron quitados.

    La motocicleta, estaba limpia, todo el motor estaba limpio y en buen estado. Daba la impresión de ser nueva, aunque no pudo identificar el modelo. En el tanque combustible, estaba pintado de negro y tenía unas llamas dibujadas. El vehículo era toda una máquina del infierno.

    Luego se fijó en la conductora, esta vez al tenerla de cerca, pudo verla bien. Se trataba de una mujer joven, calculó entre veinticinco y treinta años; lucía bastante peculiar, como una «versión femenina erótica» de un miembro del elenco de Rebelde Sin Causa; usaba una gorra de plato de cuero negro, que a primera vista, la hacía parecer una oficial Nazi o de una Dominatrix; usaba unas gafas de sol Ray-Ban Aviator Classic de color negro, él las había visto en películas, eran las tradicionales gafas negras; llevaba una chamarra de cuero negro, una clásica propia de su tribu urbana; llevaba la chamarra con la cremallera cerrada, hasta casi el cuello; llevaba pantalones de cuero negro, que iban cubiertos por polainas del mismo material; pudo identificar botas de cuero con cierre.

    No pudo ver bien su rostro, porque la gorra y las gafas escondían gran parte; lo poco que pudo notar, fue unas facciones masculinas severas; su cabellera era de castaño clara, la cual caía por debajo de su gorra, era lisa y llegaba hasta lo hombros; percibían un cierto aire marimacho, pero curiosamente, aquello no le molestaba:

    –Buenas tardes, ¿sabe por qué la pare? –dijo el oficial.

    –No lo sé. –respondió sin inmutarse, no podía leer la expresión de su rostro.

    –¿No nota algo, en la parte de atrás de la motocicleta? –dijo el oficial.

    –¿Algo? –mostró duda.

    –¿No ha revisado?

    Ella extrañada, se bajó de la motocicleta, miró atrás unos segundos y respondió:

    –Pues yo no veo nada.

    –Ese es el punto, no hay nada. Debería haber una placa que identifique al vehículo… ¿entiende?

    –Bueno, es que la acabo de comprar, iba a hacer todo el papeleo luego. –dijo ella.

    Típico caso de conductores imprudentes, habría que hacer revisión del caso:

    –Por favor permítame su licencia de conducir. –dijo el oficial.

    La chica se metió la mano atrás y en el acto sacó su credencial, el oficial la tomó y la revisó, pudo ver la foto y el nombre:

    –Julia Jentsch. –la miró de nuevo, la chica le observaba con las gafas. –Por favor, puede quitarse las gafas, es para la identificación.

    Ella se quitó las gafas, seguida de la gorra:

    –¿Así está mejor? –dijo, su tono mostraba un poco de hastío ante la situación.

    El oficial chequeó el rostro con la foto, concordaba a la perfección. Pudo ver sus rasgos con claridad. Tenía unas facciones gruesas, especialmente el mentón; eso le daba un cierto aire marimacho, aunque no opacaba el atractivo; sus ojos eran del mismo color, que su cabello; el cabello era liso, sencillo, bien peinado, cuidado, no era muy largo y llegaba hasta los hombros.

    Um… es linda… pensó en el momento.

    –Voy a chequear en el sistema, aguarde un momento. –dijo el oficial.

    El oficial volvió a la patrulla, metió los datos de la licencia en la computadora y lo chequeo. No había nada irregular, además de circular sin placa, por lo que todo se reducía a una multa. Se devolvió y le regresó la credencial. Ella se volvió a colocar la gorra y las gafas de nuevo. Él respiró profundo y dijo:

    –Aquí tiene, pero, le tengo una mala noticia.

    La chica lo miró sin entender:

    –Conducir un vehículo sin placa, es un ofensa, voy a tenerla que multarla.

    –¡QUE!… oiga, espere… voy a hacer papeleo para colocarle la placa, lo juro… –la expresión del chica cambio a incomodidad.

    –Me parece bien, pero me temo que igual voy a tener que multarla. –dijo el oficial.

    La chica se incomodó por completo, no podía creer esto:

    –Oiga, no me multe, tiene que haber algo que pueda hacer… –dijo ella con desespero.

    El oficial recorrió su cuerpo con su mirada, gracias a las gafas negras, lo hacía disimuladamente. La ropa de cuero, no mostraba mucho, aunque presentía que abajo había algo muy bueno. Independientemente de todo esto, había que cumplir el deber. Él sacó su libreta para la multa, cuando ella extendió su mano y la puso en esta:

    –Espere. –dijo ella mirándolo directamente. Tenía las gafas negras, por lo que no sabía si miraba a sus ojos o no. –discutamos esto con tranquilidad, ¿vale?

    Se levantó, bajándose de la moto y colocándose al frente de él. Lo miró directamente a los ojos, tenía aún las gafas negras, pero él sintió su mirada:

    –Oiga, no hay necesidad de llegar a esto, digo… podemos buscar solución, ¿no cree?

    El oficial la estudió, vio su chamarra de cuero, estaba ajustada un poco a su cuerpo y su busto resaltaba…

    Linda chica… pensó en ese momento.

    No podía perder la concentración, estaba ante una infractora. Tenía que cumplir su función, sin importar lo demás. Disimuladamente, pudo observarla a través de sus gafas negras, era atractiva:

    –¿Y bien?… –dijo ella.

    –Ehh… sí, claro. –respondió el oficial, dándose cuenta, que no podía quitarle los ojos de encima. –Bueno, la realidad es que tengo que aplicarle la multa… no queda otra.

    En ese momento metió su mano para sacar su libreta de infracciones, la chica se acercó a este y puso su mano impidiendo que levantase su libreta:

    –Escuche, sé que debe haber algo que pueda hacer.

    El oficial carraspeó, se quedó mudo, no sabía cómo llevar el asunto. Se la estaba buceando, pero tenía que aplicar la ley. Ella se mantuvo neutra, tenía las gafas puestas y no podía interpretar lo que pensaba…

    Dios, ¿se dio cuenta de que me la estaba buceando?… pensó en ese momento.

    La chica cambió a una fría y maliciosa sonrisa. Se apartó un poco de él, la chica respiró profundo y sin dejar de mirarlo dijo:

    –Creo que ahora hace un poco de calor, déjeme ponerme un poco más cómoda.

    Se llevó la mano al cuello, tomando el cierre de su chamarra, lo jaló hacia abajo lentamente, abriendo la chaqueta…

    ¿Y que hay abajo?… pensó el oficial con extrañeza.

    Se lo bajó completo, luego se abrió la chamarra y lo que había lo dejó mudo. Ella tenía el torso desnudo, a excepción de un top; esta prenda era de cuero negro, tenía la perfecta forma de un brasier y estaba «decorado» con lo que parecía ser «púas metálicas»; los senos pasaron por una intervención estética, eso se podía apreciar; lo verdaderamente impresionante era el torso, estaba perfectamente ejercitado; se apreciaban los abdominales marcados y la absoluta carencia de grasa corporal; su piel estaba perfectamente bronceada, pudo ser en un salón especializado; al parecer, estaba ante una atleta fitness, o algo similar. Él quedó sorprendido ante el espectáculo, no esperaba eso…

    Guau, pero que nena, esta buenísima… pensó en ese momento, ya olvidando lo que tenía que hacer.

    La chica sonrió diciendo:

    –Creo que ya conseguimos, una forma de resolver esto. –Se acercó un poco más, contorneándose un poco. –¿Te gusta lo que ves?… ¿No quieres tocar?, aunque sea un poco… Vamos, ven…

    Ella con suavidad, tomó la mano del oficial y la llevó a su seno derecho. Puso la mano en su teta, que estaba enfundada en cuero negro, con pequeñas púas metálicas. El oficial estaba en silencio, mientras su respiración se aceleraba. Él comenzó a manosear su seno, con suavidad y lentitud.

    Él policía rápidamente olvidó su deber, la multa y su trabajo. Solo podía sentir esa teta en su mano, sentir su consistencia y el cuero. Su respiración se agitó aún más, su boca se entreabrió. Soltó la libreta en su mano libre y la puso en su otro seno y ella soltó un ligero gemido.

    Sus manos estaban en sus senos, con suavidad, los palpó, manoseándolos, sintiéndolos, sentía el material con que estaba hecho el top. Se dejó poseer por el deseo, en su totalidad. Continuó manoseando los senos, esa vez con más intensidad:

    –Oh, veo que te gusta… –exclamó ella satisfecha.

    Él se acercó para besarla, ella abrió su boca y comenzaron a besarse. Sus bocas se conectaron, mientras sus lenguas se entrelazaban. La acción duró unos segundos, entonces, el hizo un movimiento bajando el top de cuero y dejando al descubierto sus senos. Inmediatamente se lanzó a devorarlos, chupándolos y lamiéndolos. Aquellas tetas eran espectaculares, redondas, proporcionadas y bronceadas. La respiración de ella se aceleró, lanzaba ligeros y suaves gemidos. El policía realmente disfrutaba aquello.

    Continuó degustando un poco más, hasta que ella le detuvo, apartándose un poco:

    –Oh, bueno… ya que nos estamos poniendo en confianza, si no le importa voy a servirme.

    Puso su mano en su abdomen, la deslizó por encima del uniforme, hasta su entrepierna. Una vez ahí con suavidad, acarició su «paquete» tomándose su tiempo:

    –Mierda… –dijo el oficial gimiendo.

    Ella acariciaba la entrepierna del oficial y eso surtió efecto. La erección se manifestó en forma de un bulto:

    –Se te puso duro… ¿no? –dijo ella jadeante. –Creo que es hora de ver, de que esta hecho… oficial.

    Besó el cuello del oficial, luego empezó a desabotonar la camisa, mientras besaba su pecho desnudo, en ningún momento se quitó las gafas negras:

    –Hmmm… –exclamó la chica, mientras besaba el pecho desnudo del oficial.

    Bajó la mano por la cintura, hasta la entrepierna y ahí manoseó su «paquete». Este estaba bastante abultado, ella se apartó, contemplándolo. El oficial vio su bulto, reflejado en los lentes de las gafas de ella:

    –Por lo que puedo ver, voy a disfrutarlo mucho… hmmm…

    La chica se agachó, poniéndose de rodillas, lista para entrar en acción. Ella desabrochó el cinturón, abrió el botón y bajó la cremallera. Frente a ella, había un bulto grande, era los calzoncillos conteniendo el pene del policía. Ella los bajó y ahí estaba el pene erecto:

    –Vaya… –dijo la chica mientras levantaba el rostro y lo miraba.

    El miembro, medía alrededor de quince centímetros. Era grueso, se veían las venas surcándolo, la erección era potente. Los testículos estaban contraídos, perfectamente limpios y afeitados. Ella tomó el pene y lo masturbó un poco. Luego con calma, le pasó la lengua suavemente al glande. Luego lo chupó, ligeramente. Dio un par de sacudidas más, para estimularlo y luego se lo metió en la boca. El oficial lanzó un ligero gemido, mientras ella se lo metía en la boca.

    –hmmm… –la chica degustaba el miembro.

    Luego de chuparlo un poco, lo miró detenidamente, estudiándolo. Comenzó a lamer el miembro, recorriendo cada una de sus partes. El oficial cerró los ojos y levantó el rostro al aire, aquello era simplemente increíble. Luego la chica pasó la lengua por el resto del pene, bajó hasta llegar a los testículos, comenzó a lamerlos y chuparlos, mientras masturbaba el miembro. Luego volvió a la felación, pero esta vez lo hizo más enérgico:

    –Mierda… –dijo el oficial en voz baja, mientras perdía los sentidos.

    Ahí estaba, con su ropa de cuero negro, arrodillada y engullendo aquel «trozo de carne». Llevaba la chamarra abierta, mostrándola por completo. Su top de cuero, lo tenía en la cintura, mostrando unas espectaculares tetas. Tenía un abdomen esculpido, con sus músculos marcados, en un perfecto six pack. Su piel estaba perfectamente bronceada, señales de que se mantenía en forma y se cuidaba. Su gorra de plato, del mismo color y material, continuaba en su cabeza, al igual que sus gafas Ray Ban.

    Engullía la verga con pasión, lo introducía en su boca, lentamente, acariciando y frotándolo con sus labios. Lo engullía con esfuerzo, porque estaba bien dotado. Estuvo un rato más dándole, hasta que el oficial la interrumpió:

    –Ahora me toca a mí. –dijo el policía con expresión de lujuria. Miró hacia la motocicleta y le dijo:

    –Voy a hacer una revisión más a fondo, vamos, contra la motocicleta.

    Tomó a la chica por un brazo, la levantó, trayéndola hacia así violentamente y la besó. Luego la llevó a la motocicleta:

    –Por favor apóyese en el vehículo. –dijo con autoridad.

    –Sí, oficial, lo que usted diga. –dijo la chica.

    Ella fue hacia su bólido, se quitó su chamarra, colocándola encima del vehículo, luego se inclinó apoyando las manos en el asiento. Arqueó la espalda, pronunciando la cintura, abrió las piernas y se dejó ver con su esplendor. Estaba en «cuatro patas», mostrando su torso desnudo y esculpido. Su culo estaba enfundado en cuero negro, no solo tenía sus polainas, sino que tenía unas leggins del mismo material y color.

    Él puso su mano en la espalda de ella y acarició suavemente. Palpó su piel suave, sus músculos y contemplaba su desnudez:

    –Vaya… te gusta ejercitarte, ¿no?

    –Así es…

    Se masturbó un poco, para mantener la erección. Le manoseó el culo, palpando el cuero con cuidado:

    –Verga, tienes el culo duro…

    Se arrodilló, acercándose al culo. Lo contempló maravillado, la luz del sol brillaba sobre el cuero negro. Lo miró unos segundos, para luego lanzarse a degustarlo. Comenzó a lamer directamente, el cuero negro, luego lo besó y mordisqueó con desesperación. Atacaba directamente el cuero negro, ese material en el cuerpo femenino le enloquecía. En aquella faena percibió algo…

    Creo que no tiene bragas, es cosa de averiguarlo…

    Dio un par de lamidas, tomó el legging, empezó a bajarlo lentamente y acertó en su teoría. La chica mostraba un culo, bronceado, tonificado y sin bragas. La vagina y el ano, se mostraban en todo su esplendor…

    Por dios…

    Ambas nalgas parecían brillar por la luz solar, se mostraban redondas y afeitadas. Entre ellas se veía el ano y la vagina, las cuales estaban limpias y depiladas. Era algo extraordinario, se sentía privilegiado por tenerlo para sí. Luego de verlo un poco, se lanzó a degustar.

    Lamió delicadamente, la punta de su lengua, acarició los labios vaginales. Ella respiró agitadamente, para luego soltar un suave y ligero gemido. Continuó lamiendo, mientras que con su dedo índice sobó el ano. Estuvo así unos segundos, para luego aumentar la intensidad. Metió su lengua entre los labios vaginales, «comiéndose» la vagina.

    Ella soltó un ligero gemido, aquello surtía efecto. Él degustaba el sexo de la patotera con desesperación, mientras introducía su dedo en el ano. La chica, al poco cogió ritmo y se puso a disfrutar:

    –Ohh… sí. –dijo mientras se inclinaba adelante. Aún mantenía su gorra de plato negro y sus gafas. Su boca estaba entreabierta, respiraba aceleradamente y gemía ligeramente.

    Luego de unos minutos, cambió de modalidad. Lamió su ano e introdujo su dedo en la vagina. Gracias a los estímulos previos, la vagina estaba húmeda y dilatada. Metió su dedo con suavidad y comenzó a moverlo lentamente. Ella recibió más estímulos, su sexo se humedeció aún más. Pronto, él movió su dedo, para ubicar el «punto G»…

    Voy a volarle la tapa de los sesos… Pensó maliciosamente.

    Mientras metía el dedo, con cuidado comenzó a explorarlo, a lo segundos dio con el blanco…

    Ahí estás… Sonrió maliciosamente, para luego ir a la faena.

    Frotó con la yema de su dedo el punto G, lo hizo con cuidado:

    –Ohh… que… ¿Qué haces? –dijo la motero volteando a mirar atrás.

    El la miró, viendo su rostro reflejado en sus gafas:

    –Tranquila vas a disfrutarlo…

    Continuó con el dedo, mientras lamía el ano. La chica, volvió a su postura para recibir placer, luego de unos minutos surtió efecto. Ella soltó un ligero gemido, mientras el placer iba acrecentando. Él libro una mano, para proceder a masturbarse, no quería perder la erección. Al rato, se detuvo, se levantó y dijo:

    –Es hora de embestir.

    Sacó un preservativo de su bolsillo y se lo puso. Luego lo metió suavemente, en la vagina, para luego empezar el movimiento pélvico. Gracias al trabajo previo, la vagina estaba dilatada y lubricada. Los gemidos de ella, comenzaron a ser más frecuentes y formales.

    El oficial posó las manos en las caderas de ella y aumentó el ritmo. La chica gemía suavemente, con las manos apoyadas en la motocicleta. El oficial bajó la mirada, viendo ese extraordinario culo desnudo y a su verga entrando entre esas apetitosas nalgas. Aquello le llamaba para darle con más fuerza y ánimo.

    Quiso ponerse más intimó, así que se acercó más y la abrazó por detrás. Sus manos recorrieron su cuerpo, manoseó sus senos, tomó su entrepierna y empezó a chupar el lóbulo de la oreja. Todo eso, sin dejar de penetrarla, porque no quería perder ritmo. Para ese momento, ya habían logrado acoplarse, por lo que todo marchaba bien. Poco a poco, fue acrecentándose el placer, acercándose al orgasmo. Llegaron al culmen, ahora iban por el final.

    –¡Ughhh!… dale, dale… –dijo ella mientras la embestida continuaba.

    Sus sexos acoplados, interactuaban perfectamente, llevando a cabo la penetración. La fricción de la penetración, se traducía en un curioso sonido. Era el característico «tic… tic… tic…», que se apreciaba en el porno. Él escuchó aquel sonido y no pudo evitar una ligera sonrisa de satisfacción:

    –Siii… bien… –el policía exclamó con placer mientras se acercaba.

    Continuaron hasta que llegó la explosión final. Los dos lanzaron un largo gemido de placer, mientras tenían un espectacular orgasmo. El policía, dio tres embestidas rápidas, en la última se quedó con el pene adentro y terminando de expulsar toda su energía.

    Ambos se desplomaron sobre la motocicleta, bañados de sudor y jadeantes. Se quedaron en silencio, mientras recuperaban el aliento. El policía tenía los pantalones abajo y la camisa desarreglada. Él miró abajo, contempló el preservativo usado, colgando de su miembro flácido y aun lleno de semen. Se sintió ridículo, por lo que se lo quitó y acomodó los pantalones.

    Ella se subió los leggins y se acomodó las polainas. Se sacó su gorra, se pasó un pañuelo por el rostro, el cuello y por último a sus senos. Se quitó su gorra, para tratar de acomodarse el cabello, con sus manos. Una vez se terminó de quitarse el sudor, comenzó a acomodarse el top de cuero:

    –Estuvo estupendo… –dijo él.

    –Sí, claro…

    Se quedaron un momento más, él terminó de acomodarse mientras la miraba. Iba a comentar algo cuando de repente, sonó la radio de su patrulla:

    –Atención unidad 45… Aquí central… cambio… –Luego de ello, se produjo un ligero ruido de interferencia.

    –Mierda. –Fue rápidamente a la patrulla, aún jadeante, con la ropa desordenada, tomó la radio y respondió. –Sí… eh… unidad 45, adelante.

    –Unidad 45, tenemos un 315 en la gasolinera de la 45.

    Conocía ese lugar estaba a unos cinco kilómetros de donde estaba.

    –Enterado… voy a proceder. –dijo el oficial recuperando la compostura.

    Volvió a colgar la radio y la contempló de nuevo. Ella terminaba de arreglarse, poniéndose su chamarra, sus gafas y su gorra. A estas alturas, continuar insistiendo con lo de la infracción, era una estupidez:

    –Bueno… puedo ver que estás ocupado, afortunadamente ya terminamos… –dijo ella fríamente, luego se montó en su bólido –Ha sido un placer… Ando siempre por esta zona, de hecho, tengo a unas amigas que les gustan divertirse también. Podríamos cuadrar en un futuro… Hasta entonces…

    Prendió su Chopper, hizo rugir los motores, miró el camino a ambos lados y arrancó. Levantó una pequeña nube de polvo y tierra, mientras se iba a toda velocidad. La observó alejarse por la carretera y perderse en el horizonte. Él se quedó pensativo por un momento, había sido genial aquello, suspiró, dirigiéndose a su patrulla para encenderla y seguir con su camino.

  • En el hotel de la costa

    En el hotel de la costa

    Después de habernos conocido por Messenger y con web cam donde ambos nos masturbábamos decidimos coincidir para conocernos, tenía ganas de poder pasar mis manos y acariciar aquel cuerpo formado por esos abdominales bien marcados y bajar mi lengua por ellos hasta poder deslizarla por su polla y su culo.

    El cuerpo bien marcado y formado de ese chico latino, de rasgos aniñados se me presentó esa noche de hotel en un pueblo de la costa, aunque era invierno, mi temperatura corporal era caliente, los latidos de mi corazón se notaban en mi polla mientras me imaginaba la llegada triunfal y esperaba que llamase a la puerta.

    Tras abrir la puerta de la habitación del hotel, yo, con unos simples slips y nada mas, marcando mi abultado paquete que ya estaba a medio empalmar, recibí a Lukas, y solo llegar nos besamos metiéndonos la lengua hasta el fondo de nuestras bocas, y recorriendo nuestros cuerpos con las manos.

    Le quité la camisa, mi ansia de ver esos abdominales que me apasionaban era insaciable, le bajé los pantalones, con ganas de ver ese paquete que se marcaba en la parte delantera de los vaqueros, se los quité, su slip estaba cedido por el enorme tamaño de su polla, y por el volumen de su culo redondo y duro de tanto trabajo y esfuerzo en el gym, no puede esperar para empezar a besar ese cuerpo, recorriendo toda su anatomía con mi lengua húmeda, besando y chupando los pezones mientras se erguían y se ponían duros al mismo tiempo que mi polla se engrosaba y empezaba a cambiar de tamaño, que la iba rozando por encima de su paquete, y notar ambos bultos como se restregaban y aumentaban de grosor, al mismo tiempo que se humedecían.

    Besaba sin parar, bajando por los abultados abdominales, mi lengua no podía con tanto músculo, chupando y besando el cuerpo de ese chico hasta llegar a los slips donde empecé a masajear con mi lengua y mi boca hasta notar que su pene se endurecía y se volvía casi en un arma de destrucción masiva, que me llevó a quitarle la ropa interior y meterme su herramienta en mi boca, saboreando su enorme capullo circunciso y su polla venosa que me tragaba hasta la garganta mientras él me acariciaba mi culo y me masajeaba el ano que empezaba a lubricar mientras jugaba con sus dedos dentro de mi, que me hacía gemir como si se fuese a acabar la existencia.

    Tumbados en la cama nos besábamos, cambiábamos de posición mientras ambos, practicando el 69 nos comíamos nuestras pollas mutuamente, comiéndonos los huevos redonditos y gordos recién depilados, que entraban en la boca de manera espectacular llenándonos de placer intenso y notando el grosor de nuestros penes en la boca de cada uno al mismo tiempo que íbamos saboreando el liquido pre-seminal, al mismo tiempo que Lukas deslizaba su lengua por mi ano húmedo y caliente mientras combinaba el juego con su lengua y sus dedos

    Me cogió, me tumbó de espaldas me puso a 4 patas y con sigilo empezó a introducirme su enorme polla en mi ano húmedo, costaba pero mi culo tenía ganas de tragar, dilataba con suavidad con la ayuda de sus dedos, llegando a meter dos para poder después introducir su enorme polla, que iba entrando dentro de mi, esos 20 cm estaban dentro de mi culo, mientras Lukas iba empujando sin parar con suaves movimientos, mi ano pedía más, quería ser taladrado por su enorme rabo, lo notaba como se adentraba dentro de mi, haciéndome gemir y gozar hasta llegar al límite, mientras que él empujaba yo me iba masturbando, pidiendo cada vez que me diese más, necesitaba estar saciado de polla, mientras la mía iba aumentando de grosor por el placer infinito que me causaba cuando me follaba sin piedad.

    Mi polla estaba al límite, goteando al mismo tiempo que notaba sus empujones y el rebote de sus huevos en mi zona perineal, mientras me corría sin dejar de escupir esa lefa caliente dejando un gran charco de leche en las sábanas de la cama y notando como seguía empujando y gimiendo de placer, sacaba de dentro de mi aquel enorme rabo que soltaba esa cascada de leche caliente sobre mi espalda y notaba como iba escurriéndose por mi cuerpo bajando por mi culo mientras yo mojaba mis dedos con esa leche sabrosa y me los llevaba a la boca para besarle si ambos compartir el placer llevándonos a ambos a la ducha para relajarnos y poder seguir disfrutando de nuestros cuerpos en contacto, apoyándome en la pared de aquella ducha de agua tibia que hacía que Lukas volviese a meter su enorme rabo dentro de mi, mientras me iba abriendo mi culo y volvía a notar el inmenso placer de ser follado, y de tener dentro mi 20 cm de placer, que me llenaban mi ano abierto y carnoso de leche caliente.

  • Juntando a dos de ellas

    Juntando a dos de ellas

    Hace un tiempo que me dediqué a estar con mujeres casadas o en serios compromisos. No lo hago por hacer mal sino todo lo contrario, lo hago para mejorar la vida sexual de ellas y también para que, más descargadas en sus deseos más básicos, puedan reacomodar las relaciones con sus parejas. En algunos casos funciona, al menos en dos de ellos me va funcionado y hace años mantengo esas relaciones que, con el paso del tiempo, se vuelven mucho más lindas que las otras. Básicamente porque no hay necesidad de mentiras y existe una complicidad que genera una pasión distinta a cualquier otra relación.

    En estos últimos tiempos, estoy empezando una relación con una tercera mujer y fiel a mi estilo, le dije toda la verdad desde un principio, algo que ella aceptó (no sin asombro ni excitación), de hecho se ha sumado bastante bien a tener un amante que le haga todo lo que no había hecho antes, o hace un tiempo, y tenía muchas ganas de hacer.

    Hasta le he compartido videos de mis relaciones con las otras dos, obviamente que no se notara de quién se tratara, eso es fundamental para mí. Un dia mientras ella me la chupaba me preguntó (supongo que habrá sentido un sabor distinto) si lo había hecho antes con alguna de las otras dos, le dije que sí y como me lo imaginaba, siguió chupando hasta con más ganas que antes. Me la limpió toda y después tuvimos una cogida divina, aunque ella dos por tres me recriminaba, creo que fue más por mantener la imagen (para ella, para mí la imagen importante es que se conecte con ella y nada más). Lo cierto es que esa cogida fue muy excitante y besarla mientras la cogía sacándole de su lengua los restos de la acabada de la otra fue de lo mejor. Nos acabamos mucho y nos disfrutamos mucho también.

    Pero mi idea fue ir un poco más allá y la próxima vez que la esperaba en casa, decidí juntar los horarios con una de mis anteriores amantes. Nunca las mezclo, pero esta vez intuí que la nueva estaba tan interesada en ampliar su vida sexual, que le compartí mi idea con la que pensé podía hacerlo. La idea era, invitarla a coger, apenas un rato antes que ella llegara para que cuando abriera la puerta se encontrara con una mujer desnuda en plena excitación y con toda mi pija adentro de su boca. Lo que pasaría después, aunque lo intuía, no tenía la mínima seguridad. Así que llegado el momento y mientras la que llegó primero se acabó al apenas empezar a besarme, según me dijo le excitó muchísimo hacerlo para otra de mis amantes y no saber realmente que sentiría ella mientras la otra entrara.

    Estábamos empezando a pasar a otro nivel, cuando sentí la puerta, una chupada fuerte pero a la vez, muy suave me hizo estremecer y cerrar los ojos. Cuando los abrí ya estaba la nueva con la puerta cerrada y la boca abierta mirando la imagen que tenía adelante. Me miró al principio como buscando una respuesta, eso duró sólo un par de segundos porque no pudo aguantar volver a la vista del culo y de la espalda de la que afanosamente, ahora me pasaba lengua por las bolas. Cuando ví que no se fue y que seguía parada como esperando que le dijera que hacer (ella además es mi hermosa esclava sexual) la llamé con los dedos de una mano, la otra se quería hacer la que no sabía, pero estaba excitada como nunca. «En mi vida me había sentido tan puta y caliente» me diría al día siguiente.

    Cuando llamé a la nueva se empezó a acercar e hizo como un ruido en la boca, para confirmar si la otra mujer no se había dado cuenta que había alguien más, pero la otra cada vez quería tragarse más y más de mi pija fruto de su excitación. Así que una vez que confirmó que la otra ya sabía que había alguien más en la sala, se acercó a mí, me miró como pidiéndome una orden, le dije que se sacara la ropa, me besara en la boca y después empezara ella también a chuparme la pija.

    Para nuestra sorpresa, accedió casi como por un instinto mayor a lo que rigen todos los actos en el mundo. Así que de golpe y luego de mirarse brevemente y conocerse, se pusieron de acuerdo en recorrerme todo con sus lenguas. A veces se tocaban mientras me recorrían pero no parecía importarles, yo no podía creer mi excitación, tenía a dos mujeres disputándose de la manera más pacífica del mundo los jugos que me salían e incluso se los iban compartiendo a medida que cada una sacaba un poco de mi. De repente quedó una chupándome y se agarró de mis nalgas, lo que hizo que me abriera y la otra fue a completar la chupada de todo mi cuerpo. Sentí esas dos lenguas que se turnaban mientras en la mitad del camino se besaban y sus tetas se acariciaban al pasar. Les avisé que me estaba por acabar, que me dejaran cogerlas, pero ellas me pidieron que les diera la leche a las dos.

    Mirar para abajo y ver a dos mujeres de lengua afuera esperando mi descarga hizo que no aguantara más y apoyé mi pija en la cuna que las dos juntas hicieron para mí acabada. Ver mi leche mezclarse en esas dos hermosas lenguas y dejar de verlas porque ellas se la compartían besándose con una excitación increíble fue de las mejores cosas que me ha pasado.

    Ya tiradas en el suelo, acabadas y muy excitadas, miraron a su costado y se dijeron… «Así que eras vos…» que se hayan conocido me permitió hacer otras cosas juntos incluso en ese primer encuentro, que les contaré más adelante.

  • Fiesta con amigos, encuentro inesperado (2)

    Fiesta con amigos, encuentro inesperado (2)

    Hola nuevamente, queridos lectores. Por fin me doy tiempo de continuar el relato de aquella noche:

    Resulta que cuando llegamos al cuarto donde pasaríamos la noche (para evitarnos el riesgo de conducir en estado inconveniente) la pareja de borrachos (Sandra y Leo) se encontraba despierta e intentando seguir la fiesta, cosa a la que ya no accedimos por la hora, así que medio de mala gana volvieron a recostarse en la cama que deberíamos compartir todos. Cuando Nay y yo nos comenzamos a quitar la ropa algo pasó, nos echamos una mirada cómplice y de deseo al mismo tiempo y una llama se encendió. Ella estaba sentada al borde de la cama al lado de los borrachos y yo de pie quitándome la playera y el pantalón, ella hacía lo propio cuando, tal vez por el alcohol, descubrí que tenía unas piernas y unos pies preciosos, super sensuales. Ella me atrapó mirándola y sus ojos lo dijeron todo, nos reímos maliciosamente y todo pasó en automático: me acerqué a ella, que se levantó y nos fundimos en un profundo beso.

    Ahí comenzó todo: Nay y yo comenzamos a besarnos con la intensidad que a veces sólo el alcohol nos facilita, inmediatamente mis manos comenzaron a recorrer todo su cuerpo, las suyas el mío, nuestras bocas se fundían en un mar de placer y deseo. Mientras esto sucedía, Sandra y Leo nos observaban con la boca abierta, se miraron y no hubo que decirse nada, comenzaron a besarse torpemente y a recorrerse los cuerpos con sus manos. Yo por mi parte estaba volviéndome loco sintiendo las caricias de Nay, que casi desde el inicio se había dirigido con sus manos a tocar mis nalgas y a acariciar magistralmente mi pene y testículos. Estuvimos así por unos minutos hasta que llegó al cuarto nuestro anfitrión Juan, que no se creía lo que veía y nos dio mucha gracia su expresión. Le hicimos la seña de que se acercara y no esperó a una segunda llamada, se lanzó sobre mi amiga Nay y comenzó a besarla, ella le respondió gustosa y al mismo tiempo comenzó a ayudarlo a desprenderse de su ropa.

    En el otro lado de la cama estaban Leo y Sandra comiéndose a besos, ya desnudos y Leo a punto de penetrarla mientras nosotros nos hacíamos cargo de Nay, Juan la besaba, acariciaba sus senos, yo detrás besando sus hombros y espalda, sintiendo sus deliciosas piernas, sus nalgas.

    Leo comenzó a penetrar fuertemente a Sandra, Nay se giró hacia mí y se agachó para meterse mi pene a la boca, comenzando a hacerme un sexo oral de fábula, mientras juan llevaba su boca al sexo de Nay por detrás mientras ella estaba agachada. La forma en que Nay saboreaba mi pene y con sus manos masajeaba mis testículos casi hace que me venga en su boca pero hice un esfuerzo titánico para evitarlo. Nay ya comenzaba a soltar gemidos de placer por la forma en que Juan le devoraba desde atrás y la pareja de borrachos seguía en lo suyo.

    Decidimos cambiar un poco y Nay comenzó a hacerle sexo oral a Juan, dejándome la tarea de comerme su vagina y pasando esporádicamente por su ano. En algún momento me dí cuenta de que Nay y Sandra se acariciaban de repente y se me ocurrió que si tenían ganas, se ocuparan entre ellas de entregarse placer, algo muy placentero de observar.

    Después de un rato de mirarlas hacer un 69 delicioso, volvimos a repartirnos, esta vez Juan estaba besando y tocando por todos lados a Sandra y yo volví a disfrutar de Nay, ahora junto a Leo. Comencé a penetrar a Nay, sentí su calor envolviéndome totalmente, nos volvíamos locos de placer, ella estaba boca arriba tumbada sobre la cama y mientras yo la penetraba, Leo se acercó a su boca y después de besarla llevó su miembro para recibir un sexo oral que yo me deleité observando. Nay en momentos se comía su pene y también le daba atención a los testículos de Leo, jugando con ellos usando su lengua, cosa que lo volvía loco.

    En algún momento de todo aquello yo me encontraba penetrando a Nay de perrito y comencé a sentir unas caricias en mis nalgas y luego esas manos ir hacia mis testículos y acariciarlos, eso casi hace que me corra, voltee pensando que era Sandra pero mi sorpresa fue mayúscula: era Leo.

    No me molestó para nada, me pareció bastante divertido y mientras lo hacía, me tomó una mano y la llevó a su miembro, yo me dejé llevar. Le estuve masajeando un rato entre pene y testículos mientras seguía penetrando a Nay. Después cambiamos, Leo penetró a Nay de perrito y yo me tocaba mientras veía todo lo que sucedía.

    Pasados unos 20 minutos de todo aquello no pudimos más, yo me vine sobre los hombros y espalda de Nay y no supe qué hicieron los demás. Posteriormente caímos rendidos, dormimos muchas horas y al siguiente día nos fuimos a desayunar juntos sin hablar mucho del tema.

    Esa no sería la única vez que nos divertimos entre amigos de esa manera…

  • Vincent, mi obsesión adolescente (partes 1 y 2)

    Vincent, mi obsesión adolescente (partes 1 y 2)

    Los domingos, hay algo en los domingos que me hace muy feliz desde los últimos cuatro años… Bueno, más bien alguien me hace muy feliz los domingos, Vincent.

    Vincent es el jardinero que contrató mi padre, es de confianza casi como de la familia. Me conoce desde mis 15 años y ya tengo 19, quiere decir que fue testigo de gran parte de mi «transformación» a mujer. Se que me desea casi tanto como yo lo deseo, pero no ha tenido la valentía de darme una señal, así sea la más mínima… Solo me queda quedarme en mi cuarto y verlo regar las flores y llenarse esas gruesas manos de tierra, Dios como quisiera que esos dedos me tocaran y estuvieran dentro de mi, creo que solo sus dedos ya me satisfarían demasiado pero yo sueño es con su verga

    Hace poco fui a provocarlo, me vestí con una blusita de tirantes sin brasier para que se marcarán mis pezones y un leggings sin tanguita para que también se me marcarán los labios de mi conchita. Quería que me viera toda y se imaginara como es debajo de la ropa, que sintiera lo que yo siento cada vez que lo veo… De solo pensar en eso me mojo tan fácil, en fin, fui a provocarlo y cogí la manguera de agua para jugar con él, cual niña traviesa

    – Beca, sabes que no es un juego limpio si coges la manguera – Me dijo Vincent con una sonrisa pícara

    – Ups, lo siento… Me encantan las mangueras gruesas últimamente – Vi como sus ojos se abrían y se llenaban de deseo

    Mientras me miraba aproveche para activar la manguera y rociarle agua en su paquete, se le marco de una manera que siempre al recordarlo se me eriza la piel y mi conchita empieza a palpitar, al parecer no traía bóxer ya que se le marcó la silueta perfecta de una verga larga, gruesa, venosa… Dios, necesito a ese hombre entre mis piernas.

    Bueno, así fue como descubrí y me pude hacer una idea del tamaño de mi verga soñada, y es que no solo es porque sea grande y gruesa… Es porque es de Vincent, lo deseo desde siempre, tantas noches en mi habitación tocándome la conchita imaginado que es él quien me toca, metiéndome mis dedos imaginando qué son los suyos. No voy a mentir, no soy virgen pero he estado con algunos hombres y siempre intento imaginarme qué es Vincent el que me está metiendo la verga, pero ninguno logra llenarme lo suficiente, necesito que me duela, que sienta que no va a caber, necesito sentir esas venas en mis paredes… Lo necesito a él y hoy tiene que pasar algo, no puedo aguantar más

    Eran las 9 am, tenía una pijama con una blusita de tirantes y un short cortico, obviamente esto sin ropa interior. Baje a la cocina y me prepare un café, Vincent estaba en el patio siendo sexy con solo existir, me miró y se acercó a mi

    – Buenos días solecito – Dijo dándome un pellizco en mi mejilla y arrugando la nariz

    Siempre hemos tenido una relación cercana, pero sé que hay tensión sexual aunque nunca lo haya admitido

    – Dime por favor que aceptaras mi invitación de ver una película hoy – Le dije mirándolo con ojitos de perrito y haciendo pucheros

    – Beca sabes que tus padres no están y no quiero que piensen mal de mi

    – Pero… ¿Que van a pensar? Eres mi amigo y solo veremos una película – Lo mire con una sonrisa pícara

    – No sé, sería extraño… Nunca nos hemos quedado solos

    – Vincent, tu eres mi amigo, como el hermano mayor que nunca tuve. Por fis, quiero estar contigo

    – El hermano mayor que te lleva 10 años y es el jardinero de tu casa

    – Oye, no te estoy pidiendo matrimonio. Solo quédate a ver una peli conmigo

    – Ehh… Está bien, pero me iré temprano

    No podía creerlo, por fin después de tanto tiempo está cediendo, lo mire con una sonrisa de oreja a oreja y le acaricie su musculoso brazo.

    – No te vas a arrepentir… – Caminé lo más sensual posible hasta las escaleras y sentí su mirada en mis nalgas

    Ahora si, este hombre será mío…

    Parte 2:

    Llegue a mi habitación y no podía creerlo… Me dijo que si, estaré a solas con él y «veremos» una película. Necesito arreglarme, quiero oler rico y que mi piel sea perfecta, rápidamente fui a la ducha y me dispuse con mi rutina de cuidado tipo Cassie de Euphoria. Estaba como poseída, no quería ni un solo vello y que toda mi piel estuviese exfoliada, mi conchita quedó tan suave que al pasar mis dedos por ella me dieron ganas de darle cariñitos… Ya que, igual tendré también ganas con Vincent, una tocadita no me hará mal.

    Me senté en el suelo de la ducha y abrí mis piernas, estaba tan caliente por lo que iba a pasar que fue muy fácil mojarme. Separé mis labios con mis dedos y con mi mano derecha empecé a dar circulitos en mi clítoris, sentía el vapor de la ducha y el agua caliente cayendo… Me estaba imaginando a Vincent tocándome la conchita mojada y mirándome con esos ojos de deseo, decidí introducir un dedo, luego dos y terminé con tres mientras seguía con los círculos en mi clítoris. Sentía como mi respiración iba aumentando y como mi piel se erizaba, aumenté el ritmo y mi clítoris empezó a palpitar… Sabía que ya vendría faltaba poco, pero decidí parar, quiero tener todas mis ganas acumuladas para Vincent, necesito que sea su lengua y su verga los que me hagan venir.

    Me puse de pie en la ducha y decidí respirar para calmar esas ganas de venirme tan tremendas, sabía que valdría la pena resistirme

    Salí de la ducha, me puse crema hidratante en todo el cuerpo y fui a buscar la mejor lencería que tuviera. Encontré una color rosa de encaje, es una tanguita diminuta que cubre lo estrictamente necesario y un brasier también de encaje algo transparente que hace ver mis pezones. Luego de ponerme esta lencería decidí ponerme un vestido, necesito que sea muy fácil quitarme todo.

    Ya eran las 6 pm, el día empezaba a oscurecer y Vincent había terminado sus labores en el patio. Me puse perfume, me miré en el espejo y me veía muy sexy con mi vestido de tirantes color negro que me llegaba hasta la mitad del muslo. Bajé las escaleras y él estaba lavándose las manos en la cocina.

    – Bueno… – Se le notaba nervioso – ¿Que película veremos? – Me pregunta mientras me mira las piernas y el pequeño escote del vestido

    – Pues… Hay una película de culto que he querido ver hace bastante y sé que te gustan de esas – Me miró curioso – Se llama El cartero siempre llama dos veces – Vincent levanta las cejas y noto que conoce la película

    – Sabes que es una película algo… subida de tono ¿No?

    – Vincent, no soy una niña… sé muy bien del tema – Noto algo de celos en su mirada y una posición de enojo

    – ¿Ah si? Entonces, ya has estado con alguien… – Me pregunta mientras mira hacia abajo algo nervioso

    – Pues… si, hay muchas cosas que no sabes de mi y tampoco sabes lo que puedo hacer – Le digo mientras me acerco y vuelvo a acariciarlo pero esta vez en el pecho, Vincent se queda helado mirándome y noto como su respiración aumenta

    – Ok, ehmm… Iré a darme una ducha y ya vuelvo, no tardo – Vincent sale casi que corriendo al baño del segundo piso mientras voy a la sala con una sonrisa victoriosa, solo espero que no se vaya a masturbar porque necesito esa verga lo más gorda posible.

    Preparo todo para la película, prendo unas cuantas velas para dar ambiente y organizo los muebles para que estemos lo más cómodos posible. Estaba nerviosa, no lo voy a negar pero tenía mas calentura que nervios, incluso mi tanguita ya la empezaba a sentir mojada solo por lo tenso de la situación.

    Vincent llegó unos 5 minutos después, tenía ropa de cambio en casa ya que la guardaba en el cuarto de huéspedes. Yo estaba ya recostada en el mueble, las palomitas estaban en la mesa y lo miré invitándolo a sentarse, se sentó a mi lado pero se le notaba lo tenso que estaba, como cuando tu novio va a conocer a tus padres y se sienta con las muñecas juntas y super recto, así mismo estaba él. Puse play a la película y empezamos a ver.

    Pasaron unos minutos y se estaba poniendo tensa, el me miraba de reojo y yo a él pero ninguno apartaba la mirada.

    – Oye, ¿por qué estas tan tenso? Es solo una escena de sexo – Le pregunté acercándome a su brazo

    – Ehh… no, no es nada. Está interesante la película – Dijo casi gagueando

    Me di cuenta que él no iba a dar el primer paso, así que tuve que hacerlo yo. Me acerqué mas y le di un beso en el hombro.

    – Mira, no te voy a mentir más ni voy a fingir. Me gustas, desde siempre – Dije mirándolo a los ojos

    Vincent abrió sus ojos y me miró de vuelta

    – Beca, ¿tu crees que tu a mi no? Que es fácil para mí verte en esas pijamas por la casa y no poder hacer nada… Con esa ropa tan chiquita y tan provocadora…

    Lo miré, sonreí y pensé… Ya es mío.

    Me acerque y le besé la comisura del labio, de repente se volteó y con sus enormes brazos me atrajo hacia él, me besó fuerte y apasionado como si llevara mucho tiempo queriendo hacerlo, no podía creer lo que estaba pasando, por fin era mío. Me levanté del sofá y me senté encima de él rodeándolo con mis piernas, sentía sus rugosas manos acariciando mis piernas y subiendo cada vez mas hasta llegar a mis nalgas.

    – Traes tanguita… No sabes cuanto me prende eso, necesito verla de cerca

    Me levantó y me recostó en el mueble para luego subirme el vestido, cuando vio mi tanguita noté como se le hizo agua la boca. Empezó a olfatearme, sentía su nariz en toda mi vulva y yo no podía más de la calentura, veía como su nariz quedaba húmeda de lo mojada que yo estaba, no podía ni controlar mi respiración.

    – Dios Beca, esta es la conchita mas deliciosa que he olido, necesito saborearla ya…

    – Vincent… Chupamela por favor, está palpitando y necesita de tu atención – Noté como lo prendieron esas palabras, me quitó la tanga con fuerza, creo que la rompió, acercó su nariz a mi conchita mojada y yo en serio sentía que me iba a morir, tenía el corazón a mil y no podía dejar de mirar esa escena tan deliciosa.

    De repente sacó su lengua y empezó a contornear mi vulva, me estaba matando de placer y de ansiedad. Hasta que por fin, pasó su lengua ancha por toda mi vulva como si estuviese saboreando un helado en medio del desierto, mi gemido fue gutural y solo pude coger su cabello y apretarlo. Vincent me miró y con la punta empezó a lamer mi clítoris que ya estaba rojo, hinchado y palpitando, todo esto mientras me miraba, empezó a lamer más intenso e introdujo tres dedos de golpe en mi conchita, estaba tan empapada que entraron sin problema. Empezó a estimular mi punto G mientras me lamía el clítoris, a este punto yo ya estaba con los ojos en blanco y temblando

    – Vincent, no pares, por diosss no pares. Me hago pisss – Le dije con mi voz entrecortada y casi llorando, en ese momento sentí que aumentó el ritmo y solo recuerdo que sacó los dedos y me vine de una manera que jamás me había venido, fue casi sobrenatural. Sentía como mi squirt me mojaba los muslos y me desprendía de mi cuerpo, simplemente el mejor orgasmo que he tenido en mi puta vida. Quedé temblando y al abrir los ojos lo ví sonriendo en mordiéndose el labio

    – Ya estas lista para mi… – Me dijo mientras se quitaba el jogger que tenía puesto junto con el bóxer, vi su verga, super parada, larga, gruesa, venosa… Sentí que había visto un angel, simplemente la verga mas deliciosa que había visto. Vincent me abrió las piernas y empezó a frotar su verga en mi conchita, ahí fue donde noté el tamaño de esa cosa, mi conchita se veía diminuta y virginal, créanme que sentí un poco de miedo de que no me fuera a caber. Con lo mojadita que estaba Vincent logró introducir la cabeza, era demasiado gruesa y solo pude mirarlo a los ojos con el ceño fruncido y mordiéndome los labios, al parecer esto lo prendió demasiado

    – Me encanta que me mires así, ¿la bebé quiere verga? – Me preguntó mordiéndose el labio y mirándome como un lobo mira a su presa

    – Metemela por favor, necesito sentirla adentro – Vincent se descontroló con esa petición, me la metió lentamente y yo solo pude voltear los ojos, sentía como mi conchita se abría descomunalmente como si fuese a parir, era una mezcla de dolor y placer indescriptible. Empecé a frotarme mi clítoris el cual estaba aún sensible e hinchado y Vincent empezó a aumentar el ritmo, veía como sus músculos se contraían y sudaba, miraba hacia el techo como si estuviese en un transe.

    – Beca, estas demasiado apretadita, por dios no aguantaré mucho – Me decía gimiendo

    – Quiero que me llenes, quiero ver como te vienes en mi conchita – Le dije mirándolo y apretando sus brazos

    – Beca, ahhh, me vengo – Me dijo apretando mis muslos y gimiendo fuerte, ver esto fue lo más erótico que he visto en mi vida, no podía creerlo. Sentí esa verga llenarme tan delicioso y palpitar dentro de mi… Se sintió un silencio en toda la habitación, ya ni estaba escuchando la película ni sabía nada, me sentía renovada y en shock de lo que había acabado de pasar. Vincen se recostó en el mueble, lleno de sudor y respirando fuerte pero con una enorme sonrisa en su rostro. Yo me quedé mirando la pared y me mordí los labios de pensar en lo que había acabado de pasar… Nos miramos y sonreímos al mismo tiempo mientras nos acariciábamos los brazos.

    Continuará…