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  • Una enfermera muy eficiente

    Una enfermera muy eficiente

    Hace trece años, a la edad de 37 años, tuve que ingresar en un hospital para ser operado de una hernia inguinal.

    Todo el personal sanitario fue muy atento conmigo, pero desde el primer día de mi ingreso noté que una enfermera ponía mucho interés en mí. Para ella había sido un flechazo, amor a primera vista. El hecho de enterarse de que yo tenía pareja, no le hizo desistir de su actitud insinuante. Los flirteos y tonteos hacia mi persona siguieron con todo descaro.

    La enfermera se llamaba Paula, tenía 29 años y era de aspecto muy interesante. Talla 1,60 m, de cuerpo delgado, con media melena color castaño hasta los hombros y usaba gafas de pasta que le daban un aire de empollona muy característico de algunas enfermeras (con el tiempo descubrí que se empollaba de todo).

    Cuando me traía la bandeja con el desayuno o el almuerzo siempre me decía frases como “Este guapetón que no pase hambre” y yo pensaba “Contigo en la cama seguro que no la pasaría”.

    Casi siempre se despedía de mí con un guiño o con una sonrisa picarona.

    Ya el primer día de estancia me había puesto tan cachondo con sus coqueteos y roneos que aquella misma noche me la tuve que cascar de lo lindo. Al no poder moverme de la cama me la limpié como pude con unos Kleenex y me quedé dormido muy relajado.

    Paula siempre hacía o el turno de mañanas o el de noches, así que, nunca coincidía con mi chica pues esta solía venir por las tardes a visitarme.

    El caso es que por la mañana irrumpe Paula en mi habitación para asearme y rasurarme la entrepierna ya que unas horas más tarde me llevarían a quirófano para la intervención.

    Me lava todo el cuerpo con mucha parsimonia y como recreándose con la vista, contemplando mi cuerpo desnudo bien trabajado a base de deporte.

    Cuando llega a mi entrepierna me coge el pene y me lo descapulla. Se da cuenta que por la noche me masturbé al ver restos de mi semen dentro del prepucio. Estaban cuajados ya. Paula me mira de soslayo con una media sonrisa y me dice:

    –Ya veo que ayer tuviste juerga. ¿Echas de menos a tu chica?

    –La verdad es que cuando me la pelé no pensé en ella, precisamente –le contesto, intentando tomar la delantera y ser más descarado que ella.

    –¿Y en quién pensabas entonces?

    –Espero que no te ofendas, pero mientras me la zurraba pensaba en ti.

    –Vaya, vaya –fue la escueta respuesta que me dio mientras con una esponja frotaba con fuerza mi glande y prepucio para dejarlos bien limpios de restos espermáticos y de orina. No pude evitar que el miembro se me pusiera morcillón.

    Después cogió una maquinilla de afeitar y comenzó a rasurarme el pubis y las ingles.

    También la pasó por el escroto y el pene. Este ya estaba más tieso que un mástil.

    Paula actuaba como quitándole importancia al asunto, pero la verdad es que no todos los pacientes reaccionan de esta manera. Ella era consciente de que mi verga estaba inhiesta por su actitud de tonteos y piropos descarados del último día. Se sentía responsable y la enorgullecía. En ocasiones soltaba algún suspiro y gemido acalorados, mientras seguía rasurando la zona.

    Se pasaba mi rabo de mano en mano al tiempo que cogía la maquinilla con la que le facilitaba mejor el rapado inguinal.

    Una vez terminada la rapa, al ver en qué estado estaba mi miembro (todo empalmado y ya goteando incluso), me dijo:

    –Y ahora, ¿qué hacemos con esto? ¿Vas a ir así al quirófano? Jajaja

    Abrió un bote que contenía gel cicatrizante y me lo fue untando y repartiendo por pubis, ingles, testículos y polla. Me masajeaba con ímpetu. En el nabo se paraba más, agarrándolo por la base con las dos manos y soltándolo al llegar a la punta del capullo. Repitió esta operación varias veces. Me dejó todo el tronco del nabo bien empapado de aquella crema. Luego recogió los utensilios y se despidió con un “Buena suerte en la intervención, guapo”.

    –¡Joder con la calientapollas! –pensé–. ¿Y ahora qué hago?

    No podía masturbarme porque en un rato me llevarían al quirófano y tampoco era plan de llevar la polla llena de restos de semen. La única solución era distraer a la mente con temas que no tuvieran nada que ver con el sexo para que se me bajara el hinchazón.

    Cuando me vinieron a buscar y me sacaron por el pasillo, todas las enfermeras me desearon suerte y Paula con una sonrisa socarrona y con mucha sorna me dijo:

    –A ver si consiguen bajarte la hinchazón… de la hernia.

    Yo pensé para mis adentros “Menuda faena me has hecho. Me las pagarás en cuanto vuelva”.

    Volví, pero con tanta anestesia que se me pasó buena parte de la tarde sin enterarme de nada. Por la noche, ya más despejado, aproveché para machacarme la picha, aunque con cuidado para no dañar los puntos de sutura que me pusieron en la ingle. Pero era más mi ansia de procurarme algo de alivio en los huevos, descargando una buena lechada, que el dolor que pudiera provocarme en la ingle recién intervenida.

    Por la mañana volvió a aparecer Paula, para depararme las labores higiénicas de rigor.

    Otra vez me lava todo el cuerpo parándose con mucho esmero en la zona operada. Después vuelve a limpiarme los genitales. Observa que tengo restos de cuajada y me comenta que soy muy guarro, que parezco un mandril.

    –Pensarías en mí, al menos, cuando te la sacudías, ¿no? –me suelta.

    –Por supuesto. Sobre todo porque me dejaste con la miel en los labios y eso incrementó mi deseo en ti –le contesto.

    Paula no hacía más que frotarme el capullo con unas toallitas para eliminar todo resto de lechada que pudiera haber. A continuación me untó esta vez un gel hidratante por el pubis, verga y cojones. A medida que me lo untaba me magreaba con energía la entrepierna. Volvió a conseguir ponérmela más tiesa que un bate de beisbol. Friega que te friega sobándome los huevos y la polla. De repente, acerca su cara a mi pubis y se zampa medio rabo. Me lo mastica como si quisiera saborearlo al máximo. Le pega unos buenos morreos al capullo. En eso que se escucha una voz en el pasillo que dice:

    –Paula te reclaman en la habitación 5. Acude enseguida por favor.

    En esto que Paula se despide de mi con un piquito en la boca, dejándome el sabor de mi polla en los labios y se retira diciéndome:

    –En un cuarto de hora vuelvo y remato la faena, ¡tío buenorro!

    –¡Otra vez se va dejándome un calentón de aúpa la muy calienta-braguetas! –pensé, ya mosqueado.

    Y otra vez me toca hacer otra gayola pensando en lo puta interruptus que estaba resultando ser esta Paula.

    Al día siguiente la misma historia. Pero esta vez, cuando me la estaba mamando y la vuelven a llamar para no sé qué recado de los cojones, la sujeto del cabello y le digo:

    –¿No te enseñaron en la Facultad que antes de empezar otro trabajo primero hay que rematar la faena que se tiene entre manos? De hoy no te libras. Vas a saborear mi lechada y tragarte hasta la última gotita que salga de mi uretra. Me queda un minuto para correrme, después vete a donde quieras. Eres una cerda y a las chicas como tú hay que llenarles la boquita de leche merengada.

    Mientras le decía todas estas cochinadas para excitarme al máximo y correrme pronto, ella no hacía más que resoplar y bufar de lo cachonda que se estaba poniendo con la situación. Además, le excitaba mucho que le llamara cerda y guarra.

    Se metió una mano dentro del pantalón del uniforme y como que comenzó a frotarse el higo. Se corrió prácticamente al mismo momento que yo.

    Mientras eyaculaba en su boca ella experimentaba unos espasmos, fruto de su propio orgasmo, que le obligaban a cerrar los maxilares superior e inferior y morderme la polla con fuerza. Al mismo tiempo que me corría como efecto de un placer inmenso, a su vez, experimentaba un dolor atroz por la fuerte dentada que me estaba infligiendo por su incontrolada rigidez maxilofacial. Algo de lefa se tragó, pero la mayoría se le salía por la comisura de los labios resbalando por la barbilla y por mis huevos.

    Al día siguiente, por la mañana, Paula no apareció en mi habitación. Pregunté por ella y me dijeron que ese día hacía el turno de noche. Aquella mañana me aseó una enfermera de 60 años muy ruda, con cara de pocos amigos. Yo extrañaba a mi Paula y sus masajes.

    Por la tarde vino mi chica a visitarme. Ella estaba enterada de todo pues somos una pareja abierta, muy liberales y muy putos. Cuando me preguntó qué tal la mañana, le contesté:

    –Muy bien, casi no tengo dolor ya. Pero esta mañana no vino Paula, hoy hace el turno de noche.

    –Pues quiero que cumplas como un hombre esta noche. Tírate a esa furcia, sácale la tontería –fue su contestación y claro, los deseos de mi mujer son órdenes para mí.

    Mi mujer, aprovechando que tenía el piso para ella sola aquellas noches, se iba llevando a diversos amigos, para que le calentaran la cama y la enfriaran a ella. No le gusta dormir sola. Yo, con mi eficiente enfermera Paula, intentaría hacer lo mismo. Tenía mucho esperma acumulado y quería descargarlo en ella.

    Por fin llegaron las 22 h. La voz de Paula ya se escucha por los pasillos. En esto que asoma su rostro por la puerta y me pregunta:

    –¿Qué tal el día?

    –Bien, pero te echaba de menos –le digo.

    –¡Ay, zalamero! Más tarde vengo por aquí y me cuentas –y se despide con un guiño de ojos tan sugerente que me activó el miembro. Ella venía con ganas de guerra. Sus intenciones eran las mismas que las mías.

    Ya pasadas las 00:30 h, aparece por el umbral de la puerta. Me comenta que su compañera de turno ya se acostó y que ella venía a hacerme un poco de compañía.

    Entonces, después de una escueta charla sobre lo que hicimos durante el día, la comienzo a acariciar y le beso el cuello. Ella se deja. Mientras, acerca una mano a mi entrepierna por debajo de las mantas y me la soba. Yo le pido que me monte, que me cabalgue como una buena jinete. No se lo piensa dos veces y en cinco segundos se quita la casaca, el pantalón, el sujetador y las bragas. Se mete conmigo en la cama, se sube a mi polla y se la calza de una embestida. Tenía el chocho tan caliente y mojado que no le costó ni un segundo zampársela entera por su boca inferior.

    Comienza la follada con un ritmo medio, un empellón cada dos segundos, para poco a poco ir subiendo el ritmo. Al mismo tiempo, nos besamos y lamemos con una pasión desbordada todo el rostro, orejas, cuello y pezones.

    A ella se la nota acalorada. Jadea y resopla mientras comienza a sudar por la frente. Sus gafas se empañan y se las quita. Observar su cara de vicio no tiene precio, casi babeaba.

    Ahora ya me folla a buen ritmo. Nuestros pubis chasquean con fuerza. Al cabo de unos diez minutos suelta un alarido y me muerde con garra un hombro. Era la señal que yo estaba esperando. Entonces, aprovechando sus últimos espasmos y contracciones vaginales, la agarro por las caderas y, acelerando el ritmo que Paula comenzaba a bajar, consigo llegar al clímax. Le riego bien las paredes internas de su concha y empujo con fuerza, intentando mandarle el máximo de esperma posible a su útero. Buscaba dejarla preñada. Que le quedara un bonito recuerdo de nuestro encuentro.

    Nos quedamos abrazados y acurrucados hasta que nos invadió el sueño.

    Sobre las cinco de la mañana vino la compañera a despertarnos. Le dijo a Paula que se fuera arreglando, que era tarde y que había que hacer la ronda final por las habitaciones antes de terminar el turno.

    Paula me comentó que esa mañana me darían el alta. Me dejó su número de teléfono anotado en un posi sobre mi mesilla y me dijo:

    –Llámame para quedar algún día e ir al cine o a cenar. No me importa que estés casado.

    –Por supuesto que te llamaré. No es fácil encontrar una enfermera tan eficiente y complaciente como tú en estos tiempos –le aseveré.

    Fuimos amantes durante un largo tiempo, hasta que un buen día Paula se echó novio. Este estaba en contra de las relaciones abiertas y ella decidió romper con lo nuestro.

  • La psiquiatra: La escalera del descenso (1 de 8)

    La psiquiatra: La escalera del descenso (1 de 8)

    La doctora Mónica Ricaldi tenía delante de si al que sería el último paciente de su vida, al menos al último que le prestaría atención profesional; sin embargo en ese instante ni en sus mas locos sueños habría podido imaginar lo que le iba a suceder en el futuro cercano.

    Aquel día recibía por primera vez a Miguel Ceres en su elegante consultorio de la exclusiva torre de especialidades Capricon, fruto del esfuerzo de construir durante años una prestigiosa carrera en la psiquiatría. El chico rondaba los 19 años y estaba allí sentado de manera enjuta mirando al escritorio que separaba a ambos. Normalmente no veía a aquel tipo de casos en su consulta del día a día, en parte porque sus honorarios eran bastante elevados y en parte porque colindaban con actuaciones cercanas con la policía y era algo que ella prefería evitar.

    Por comodidad los días se le iban en pacientes depresivos, ansiosos, bulímicos y sus opuestos. Tan rutinaria era su consulta que cuando su colega, el doctor Max le propuso ver a Miguel Ceres como un caso especial y la puso en antecedentes, despertó en ella su curiosidad. Ella se limitaría a examinarlo por 3 sesiones y dar un veredicto sobre si el muchacho representaba un peligro para otras personas, su caso era tan particular que analizarlo podría llevarla a tener un avanza significativo en su carrera profesional. Así que sin pensárselo mucho aceptó fascinada a hacerlo pro-bono. Aquellos casos eran los que la habían llevado a estudiar psiquiatría.

    Mirándolo bien, fuera de su posición enjuta y su delgadez que no parecía del todo sana; Miguel era un chico guapo, un poco mas alto que la doctora que medía sus buenos 1,74 metros. Tenía una cabellera castaña desordenada y unos ojos almendrados muy grandes rodeados por sendas ojeras.

    “Bienvenido Miguel, soy Mónica y seré tu doctora; puedes hablarme de “tú” si así lo deseas”. Miguel le devolvió una rápida mirada y volvió a bajar la vista murmurando un tímido “Gracias” y como nada mas sucedió, la doctora Mónica comenzó con la consulta. Notó que ahora tenía un ligero temblor en la mano.

    “Miguel, quiero que te relajes y me digas si sabes porqué estás aquí”. Miguel no respondió pero volvió a echarle otro vistazo a la doctora, esta vez se detuvo una fracción de tiempo mas en mirar su rostro y quizá dos fracciones mas en el escote de su blusa negra en el cual se adivinaban un par de pechos generosos. La doctora Mónica no estaba segura si de verdad había mirado su escote por un segundo y por reflejo se cerró mas la bata blanca que llevaba puesta.

    De pronto Miguel sacó una caja de golosinas y de ellas sacó una especie de panqué de chocolate.

    —¿Qué comes? —Le preguntó la doctora Mónica.

    —¿Esto?, son unos chocolates que me dio el doctor Max para que me entretuviera el hambre si me ponía nervioso. ¿Quiere uno? —y le deslizó por la mesa y sin hacer contacto visual la cajita de chocolates.

    Aquél era un truco del doctor Max para hacer hablar a sus pacientes. La doctora Mónica dudó si tomar uno, normalmente no le gustaba comer entre comidas y tendría que lavarse de nuevo los dientes, cosa que no apetecía; al final aceptó dándole una pequeñísima mordida.

    Aquello tenía la forma y consistencia de un chocolate de trufa pero el sabor picante del cúrcuma y a la vez que se mezclaba con un raro sabor maracuyá. Picante, dulce y frutal a la vez; sintió que le dejó un sabor caliente en la boca y que su aliento se cubría de cúrcuma. Estuvo a punto de escupirlo pero para ganarse a su paciente.

    Entonces Miguel sacó una Cherry Coke del bolsillo de su hoodie y se dispuso a beberla como si se le fuera la vida en ello. A la doctora Mónica comenzaba a preocuparle el asunto y sin embargo se percató que Miguel se comenzaba a relajar y ello le dio pie a iniciar la consulta.

    Conforme la doctora Mónica comenzaba con las preguntas Miguel iba distendiendo en el asiento y comenzaba a sonreír, comenzó a mirarla directamente y cada pregunta respondía con mas confianza. Fue entonces que ella se dispuso entrar en materia.

    —Dime Miguel, ¿Sabes porqué estás aquí? —le soltó de pronto.

    —Es por lo de mi mamá y mi hermana ¿no? —respondió como no queriendo la cosa.

    —Es imprescindible saber lo que las llevó a ese estado, ¿cómo podríamos llamarlo?…

    —Locas… —respondió el impávido.

    —Bueno, locura no es un término que se use en la medicina moderna y no me refiero a eso. Sino a toda la situación, tienes que comprender que es una situación muy delicada y todo indica que tu eres el responsable.

    —¿Yo?, pero si yo solo soy el hijo de la casa ¿Qué podría haber tenido que ver en todo eso?

    —Miguel, si quieres que te ayude y de verdad que necesitas a alguien que te apoye en esto; tienes que decirme la verdad y sin rodeos.

    Miguel esbozó una leve sonrisa y la miró de una forma un tanto rara antes de bajar la vista a su escote por un instante antes de responder.

    “Doctora, me gusta su sostén negro de encaje. Le va muy bien con ese par de tetas”. La doctora Mónica se sonrojó y muy a su pesar volvió su vista a su escote. Si bien, este dejaba ver delicadamente el nacimiento de sus pechos, en el mismo no se apreciaba su sujetador, el cuál en efecto era de encaje negro.

    No pudo evitar sorprenderse y cuando regresó la vista a Miguel este tenía una sonrisa un tanto boba y un tanto divertida. La doctora no pudo evitar enfadarse y apenas se pudo contener cuando lo reprendió.

    —Acosar a tu médico tratante solo te va a dar un boleto directo a la cárcel Miguel. Si vuelves a hacer un comentario así voy a dar un diagnóstico desfavorable de ti ¿quedó claro? —Lo increpó severamente.

    En aquel momento no pudo evitar llevarse a la boca otro bocado de la golosina. Y sintió el picor de la cúrcuma fundirse con su aliento y se maldijo, comenzó a toser de pronto.

    —Vale, vale; me he pasado 3 pueblos. Disculpe doctora. —Contestó Miguel con un tono algo golfo y como para hacer las paces le preguntó.

    —¿Le ha gustado el Orange Powder no?

    —¿Te refieres a esta cosa? —logro responder recuperándose de la carraspera. Miguel asintió.

    —No, realmente no. Es solo que lo tomé por la sorpresa.

    —Es normal. —contestó Miguel. —En un principio sabe a rayos pero se le va tomando el gusto.

    En efecto, la caja decía en letras vintage naranjas sobre un fondo azul retro: Orange Powder.

    Un sueño extraño

    —Estábamos hablando de tu madre y tu hermana Miguel.

    —Ahora que lo dice, creo que todo comenzó con un sueño recurrente. —Respondió pensativo.

    —¿Un sueño?, Háblame de él.

    —No fue un sueño mío, sino de mi mamá. Eventualmente me lo confesó. —la doctora Mónica puso máxima atención, todo indicaba que estaba por descubrir algo importante en su extraño paciente.

    “Comenzaba en un callejón, ella se encontraba vestida con una minifalda roja brillante, medias de red y zapatos de tacón con plataforma de charol rojo. Tenía un top strapless azul cielo satinado donde se le transparentaban los pezones, que en su sueño estaban anillados. Sobre sus hombros tenía una estola de mink, los labios los tenía pintados de un rojo escarlata y el pelo estaba teñido igual de un rojo encendido y enchinado. Al lado derecho de su boca tenía un lunar…

    Conforme Miguel iba describiendo a su madre, a la doctora Mónica le cruzó por la cabeza pero que podría estar jugando nuevamente con algo soez pero no parecía ser el caso. Ella tenía los antecedentes parciales de aquel caso tan increíble y Miguel parecía totalmente concentrado en evocar el recuerdo.

    “Ella esperaba en el callejón en medio de aquél frío, pero estaba húmeda. Ya sabe su vagina pedía atención. Aquella tanga de encaje azul cielo estaba totalmente empapada al igual que los pelos de su coño”.

    La doctora Mónica estaba totalmente concentrada en el sueño de la mamá de Miguel y no notó cuando se le empezó a acelerar la respiración aunque si comenzó a sentir cada vez mas lleno y caliente el aliento a cúrcuma. Ya le subía el picor por la nariz.

    “Es entonces cuando llegaba la Fiera pelando los colmillos y gruñendo, aquél ser que es como una hiena o un perro, de pelaje pardo y rayas negras. Entonces a ella le comenzaban a temblar las piernas y ponía las manos contra la pared dándole la espala da la Fiera y comenzaba a menearle el culo sugestivamente”.

    Al imaginarse la escena, aquella mujer ofreciéndose a una bestia; la doctora Mónica comenzó casi sin ser consciente a humedecerse.

    “Ella deseaba con todas sus fuerzas que la montara, que la poseyera, que la hiciera suya y la liberara de ese ardor. Entonces la Fiera se levantaba en dos patas y comenzaba a acercarse con una enorme erección que mi madre no podía ver pero si sentir…”

    —¿Que pasaba después? —Quiso preguntar de la manera mas impersonal la doctora Mónica sin lograr disimular su interés no tan profesional y su respiración algo acelerada. Fue entonces que se sintió húmeda y aunque bajó los ojos a sus notas, casi pudo sentir que Miguel desde el otro lado del escritorio casi podía ver y oler sus flujos e involuntariamente cruzó sus bien torneadas piernas entre la falda negra. Se sintió expuesta y al parecer se había sonrojado un poco, pero Miguel no dio señas de haberse dado cuenta de nada.

    —Nada, allí se cortaba el sueño las primeras veces. —La doctora Mónica apenas pudo reprimir una mueca de decepción.

    —Claro que el sueño fue cambiando posteriormente, pero ¿sabe que fue lo mas curioso del asunto? —La doctora Mónica lo miró expectante.

    —Después de la primera vez que soñó eso mi madre tiró toda su ropa conservadora, todo lo que no era sexy y provocativo, tanto de lencería como de prendas de vestir comenzó a deshacerse de ello. Con cada vez que se repetía el sueño mas ropa comenzaba a tirar y a sustituir con prendas mas sexys. Para mi tiene sentido.

    —¿Por qué lo crees?

    —Pues solo digo que si tuviera una novia, y usted sabe que las tuve como dice allí. Le pediría que me complaciera al vestirse.

    —¿De manera sexy? Preguntó casi en contra de su voluntad la doctora.

    —Depende, no sabe usted sabe como está la sociedad hoy en día. Los valores se pierden, las mujeres de la nuevas generaciones abusan de la libertad, se pierden las tradiciones familiares y las mujeres dejan de ser el pilar de la familia. La gente se aleja de la religión y eso no está bien, el recato es el encanto de hoy.

    La doctora Mónica se quedó atónita ante semejante declaración un momento y cuando estaba por preguntarle, entonces porque casi había llegado con semejantes acusaciones cuando llamaron a la puerta y su asistente, Ruth asomó su cabeza.

    Doctora, acaba de llegar la señora Abbels; quien a sus 80 años era una paciente de las mas influyentes a las que no les gustaba esperar. La sesión había terminado, así que citó a Miguel para la siguiente semana.

    “Le contaré mas sobre lo que pasó en mi familia doctora, lo prometo”. Le dijo y la doctora Mónica se puso de pie para acompañarlo a la puerta, rara vez hacía eso con sus pacientes. Por debajo de la bata vestía una minifalda ajustada, un par de medias negras con tacones y una blusa negra ajustada. Todo ello resaltaba su curvilíneo cuerpo y sin embargo se sintió vulgar y sintió pena de que la pudiera ver Miguel y apenas este hubo salido se cerró la bata, con todos los botones dejándola así el resto de la jornada durante la cual ya no pudo poner mucha atención al resto de sus pacientes.

    Hora de ir a casa.

    Llegada la noche en cuanto terminó la consulta se disponía a salir cuando la interrumpió su asistente Ruth.

    —Doctora, ¿y eso? Dijo señalando la bata abrochada hasta arriba.

    —¿Esto? Ah, es que me ha dado frío de pronto. —Mintió.

    —Quizá está trabajando demasiado. Le quería decir que el chico al que vio en la tarde le dejó esta caja de dulces. ¿“Orange Powder”?

    —Muy amable Ruth, gracias. —Dijo la doctora Mónica casi arrebatándoselos de la mano y saliendo disparada al estacionamiento.

    Una vez allí, a punto de subirse a su BMW gris y a esa hora no había nadie quien la viera pero igual se sentía sucia y vulgar con ese atuendo aunque tampoco podía sacarse de la cabeza el sueño de la mamá de Miguel. Era el enigma mas fascinante de su carrera.

    Por sobre todo ya quería que fuese la siguiente semana para ver a Miguel nuevamente y seguir conociendo los sueños de su madre.

    Decidió comerse otro Orange Powder y el efecto picante la hizo volver a toser, sin apenas darse cuenta comenzó a pisar mas el acelerador, iba disparada a su casa y muy sutilmente comenzó a salivar sin motivo aparente…

  • Me cogí a mi suegro y abuelo de mi esposo

    Me cogí a mi suegro y abuelo de mi esposo

    Todo empezó cuando yo, una joven de 22 años, conoció a un taxista de la ciudad Tumbes llamado Edmundo, mientras buscaba trabajo en Lima, este señor de unos 40 y tantos años aparentaba más edad, era bajito, canoso, de cabeza prominente y barriga ancha, me conversaba, pero yo trataba de ignorarlo.

    Debido a su carisma no pude contenerme y le dije que estaba en la búsqueda de trabajo, pero no había tenido suerte y tenía que conseguirlo con suma urgencia pues ya se vencía el alquiler de mi cuarto, a lo que él me ofreció un trabajo sencillo y que por ser yo una chica de provincia como él me ayudaría, me ofrecía trabajo cuidando a su abuelo de 80 años, llamado Elías, yo haría la limpieza, la comida y lo que se ofreciera y el me pagaría una suma módica, al ser yo de provincia esta era la única buena oportunidad que se me presentaba por lo que accedí gustosa.

    El abuelo era un anciano que andaba con dificultad, pero todo fue fácil, el amable taxista siempre me traía cosas, ropa, perfumes, etc. Hasta que un día se sinceró y me dijo que yo le gustaba para ser su mujer y tener hijos.

    La verdad yo estaba bastante cómoda con la vida que llevaba, pero no quería nada con ese taxista panzón y viejo, pero lo pensé bien y decidí ser su mujer, claro que me cuidaría de salir embarazada, no quería estropear mi futuro.

    Soy algo gordita de buen trasero y senos grandes supongo que eso lo convenció, pero debíamos consumarlo pues él quería una prueba de mi compromiso.

    Ese día recuerdo bebi mucho vino pues quería soltarme y agarrar valor para estar con ese viejo asqueroso que si bien no me daba lujos me daba comodidad y seguridad.

    Después de beber nos fuimos a la cama, el me empezó a sacar la blusa y solo bajo mi sostén para empezar a chuparme las tetas, lo hacía muy rico y me empecé a mojar, me dijo «mamita que ricas tetas tienes, me dan ganas de meterte duro la pinga» su vocabulario grosero me excitaba más me bajo el calzón para descubrir que estaba peludita y mojada, me puso en cuatro me empezó a lamer mis jugos vaginales hasta meter su lengua en mi ano, sentía su barba raspando mi entrepierna y los cachetes de mi culo, lamia muy rico y yo seguía mojándome más:

    – que rica concha tienes mamita, ya te estás chorreando, seguro ya quieres que te meta la pinga, pero antes me la vas a chupar bien rico para metértela duro

    – A ver? Sácala, quiero verla

    Se veía un bulto en su pantalón y también una mancha del líquido preseminal. Se la sacó y era una cosa marrón gruesa y venosa de cabeza gordita, se veía toda brillante por el líquido, y no me aguanté se la empecé a chupar muy duro, tal cual lo hacía con mi padrastro.

    – que rico la chupas mamita, ¿te gusta verdad, perrita? Asu como te la metes toda, tranquila amorcito, te voy a dar lechita de todas maneras.

    – amor, tienes un pene muy rico pero por favor, se suave porque soy virgen.

    – jajaja que vas a ser virgen tú, si la chupas como tremenda perra hambrienta, ahorita te voy a meter bien duro la pinga para que te acuerdes que no eres virgen, tremenda cachera.

    El viejo este no era nada imbécil, yo estando boca arriba, procedió a abrirme las piernas violentamente y a meterme sus dedos gruesos asquerosos preparando mi vagina para su pene grueso.

    – mira perra como estás de jugosa jajaja que vas a ser virgen, voy a meterte la pinga que te vas a chorrear encima de mi.

    – no muy duro por favor aaaah

    El muy desgraciado me la metió muy duro hasta el fondo y siguió dándome duro, mis tetas rebotaban y sentía sus testículos golpeándome, al principio me dolió pero a medida que seguía metiéndomela diciéndome:

    – mamita te voy a dejar bien preñada, te voy a llenar esa concha para que sepan que eres mi mujer

    No me pude contener y por primera vez me dio un orgasmo y bote mis ricos jugos en su pene grueso, lo deje brillante te mojado.

    – mamita que rico, ya ves que te gusto que te meta duro la pinga? Ahora te voy a dar tu rica leche para preñarte.

    Después del clímax, si me asusté por lo que dije:

    – amor, mejor lléname la boca, me encantaría tragarme tu leche.

    – jajaja que perrita hambrienta eres, que rico, tengo suficiente leche para tu boca y para dejarte preñada.

    Me puso en cuatro y me empezó a dar muy duro, jalándome el pelo tomando impulso para darme lo más duro y profundo a mi vagina, hasta que ya no aguanté más y para sorpresa mía me vine de nuevo con su pinga dentro.

    – Asu, que perra habías sido, cómo te gusta la pinga, voy a asegurarme de darte pinga y leche todos los días para que seas mi hembra fiel.

    Pensé que con haberle dado mis jugos pararía, pero eso lo puso peor, me siguió jalando el cabello y metiéndome la pinga muy duro hasta el fondo, hasta que ya no pudo más y me llenó la vagina de su semen abundante, blanco y espeso. Mientras se agarraba el pene me puso de frente y terminó te botar su leche en mi cara y mis tetas, después procedió a meter en mi boca su pene lleno de semen blanco y espeso, sabia horrible pero yo solo quería mantener feliz a este taxista viejo y panzón.

    – Te gustó la leche? Hice que te chorrees dos veces y tú sólo una.

    – Sí, amorcito, prometo que me esforzaré, para ser tu hembra.

    – Muy bien, mi perrita, ahora ya sabes lo que hace un macho como yo.

    Y así pasaron meses de relaciones sexuales obligadas, aunque placenteras y yo sin quedarme embarazada, hasta que un día Edmundo trajo a su papá a quedarse con nosotros: don Alberto, era un señor de unos 60 años bastante irresponsable y borracho, le dije a Edmundo que no estaba de acuerdo, pero me insistió tanto que lo tuve que aceptar.

    Don Alberto era un mañoso, se hacía el que no sabía que yo estaba en la ducha, aprovecho más de una vez para entrar y verme, igual en mi cuarto. No desaprovechaba oportunidad para rozar su miembro cuando yo estaba agachada. No quería decirle eso a mi marido Edmundo pues no quería problemas, su padre podría negarlo todo y yo quedarme sin hogar, por lo que me resigné a callar y aguantar hasta que este viejo de don Alberto se muera o se vaya, mientras yo seguía atendiendo al abuelo don Elías todo iba bien hasta ese día.

    Mi marido Edmundo nos dijo que tenía varias carreras por lo que no vendría almorzar, yo acepté y me quedé con las dos momias, don Alberto y don Elías. No me agradaban, pero don Elías no era tan molesto o mañoso, alguna vez lo pesque viendo mis tetas pero eso era normal. Ya le había dado de comer a don Elías y me disponía a comer yo, cuando pasa don Alberto y roza mi brazo con su miembro evidentemente duro.

    – Oiga don Alberto! ¡¿Qué le pasa?! Como me va a faltar el respeto a mi y a su hijo. Déjese de cochinadas

    – pero si tu eres la cochina, que paras con eso vestidos pegados donde se te ven las tetas y el culo, más bien eres una calentona porque paras tentando a mi papá, ya me contó como te haces la santa y bien que te gusta sentarte en una pinga.

    – óigame viejo asqueroso! ¡No le permito que me hable así! Lo que yo haga con mi pareja es mi asunto.

    – tranquila mamita, yo no quiero pelear, creo que estás molesta porque aun no encuentras un macho que te haga sentir hembra.

    – señor que le pasa?! Yo nunca le he faltado el respeto a usted. ¿Por qué me dice estas cosas?

    – mira hijita, mi hijo no es tan hombre, yo te voy a enseñar lo que es un hombre.

    – por favor don Alberto, que me dice?! ¡Pare ya!

    A lo que se me acerca y me da un beso metiéndome su lengua tosca y gruesa en toda mi boca, agarrando duro mis nalgas.

    – Déjame ver tus tetas

    – no , por favor

    – sí mamita, me muerto por mamarte rico esas tetas.

    Don Alberto es más alto que mi marido y más gordo, de piel oscurecida por el sol, con manos gruesas y ásperas. Dispuso a romper mi vestido por la parte de adelante dejando al descubierto mis tetas, no llevaba sostén porque no iba a salir a la calle.

    – ya ves lo putita que eres, ya me estabas esperando para que te chupe las tetas

    – no don Alberto, se equivoca, yo estoy así porque no iba a salir a la calle.

    – a quien engañas, así de puta andas con dos hombres en una casa.

    – usted debe respetarme, aparte a un viejo como usted de seguro ya no se le para.

    – me estas retando niña, quieres ver lo que te pierdes por andar con el cachudo de mi hijo.

    – mmmm a ver sáquela.

    – ya ves que eres bien puta.

    Procedió a abrirse el cierre del pantalón y sacar un pene de casi 20 cm grueso y marrón y haciéndose duro, con unas bolas grandes, seguramente llenas de leche. Me quede con la boca abierta.

    – Se te hace agua la boca, ¿no? ¿Te gustaría probarlo?

    – por favorcito señor, ya basta.

    A lo que termino se romper mi vestido y chupar mis tetas, muy duro, me tiro a nuestro lecho matrimonial y empezó a succionar mis pezones como si quisiera sacarme la leche. Después puso su mirada en mi vagina, me saco el calzón y procedió a meterme 1, 2, 3 dedos, gruesos y ásperos, yo estaba echada boca arriba con las piernas abiertas y el jalándome el cabello y dedeándome muy duro.

    – estoy preparando tu vagina para esta pinga que te voy a meter.

    – no por favor, don Alberto, no le haga esto a su hijo.

    – eso le pasa por traer putas a esta casa, provocando a su papá y a su abuelo.

    – abuelo?! Yo nunca aaaah

    No me dejó terminar de decir y me la metió toda, es- pinga de mas de 20 cm, me dejo sin aire sentía sus bolas gigantes golpeando mis nalgas, una y otra vez, ese pene era el más grande que había sentido en toda mi vida y me dolía mucho pero también hacía que me moje del placer y se notaba por cómo salían mis jugos.

    – que rica puta eres, mi papá tenía razón. Dios nos mandó a esta puta, pero ahora yo quiero que seas mi hembra, ahora ya no puedes regresar con tu marido.

    – Don Alberto por favor, ya pare.

    – me vas a dar tu juguito? Antes vas a chupar tus jugos de mi pinga, a ver si la chupas tan bien como dice mi papa.

    – don Alberto no me haga esta humillaciógggrgrge

    Y me metio su pingaza a mi boquita, la metia con toda su fuerza hasta el

    Fondo y la sacaba para ver toda la saliva y lo dura que se había puesto y lo hinchada y roja que tenía la cabeza, seguí chupándosela muy duro ya a voluntad propia porque su pinga si estaba muy rica y mas gruesa en comparación a la de mi marido.

    – ya ves lo puta que eres, no te aguantas al ver una pinga de macho

    Pare por un instante y le dije:

    – por favor don Alberto, no le diga nada a Edmundo.

    Procedí a seguirle chupando la pinga muy duro.

    – Si me prometes dejarte meter la pinga de vez en cuando no lo haré y una cosa más

    Pare de chupar esa pinga rica y dura.

    – dígame!

    – quiero que hagas feliz a mi papá

    Pare de hacerlo.

    – ¿que? Usted es un enfermo

    – Mamita, él los ha visto y me dijo que esta antojado de ti, se saca la leche pensando en ti, míralo.

    No me había dado cuenta pero don Elias estaba en el umbral de nuestro cuarto matrimonial, solo con una bata, masturbándose. Tenía un pene bastante largo pero no tan grueso, el pobre no podía quedarse mucho tiempo parado por lo que se echó en la cama con el dorso descubierto y con su pene erecto.

    – chúpasela, si no se la chupas, le voy a decir a mi hijo que tú nos provocaste y que somos hombres y somos débiles.

    – por favor no me haga esto.

    – no te quieras hacer la santa que se te salían los jugos cuando te la metía.

    – Esta bien don Alberto, se la voy a chupar a don Elías pero nada más.

    Yo estaba desnuda y el viejo asqueroso de don Elías me pidió que me acerque y me metió su lengua en la boca mientras jalaba mis pezones, me dio asco pero me excitaba, se la empecé a chupar y sentía como su pene largo se hacía grueso, sabia muy rico su presemen y justo cuando estaba disfrutando la chupada a don Elia, a don Alberto se le ocurre abrirme de piernas y metérmela hasta el fondo, casi grito de dolor pero don Elías sujeto mi cabeza para que siga con mi labios, mientras don Alberto me la metía muy duro cogiéndome los brazos don Elías sostenía mi cabeza metiendo su pinga hasta el fondo de mi garganta. Hasta que don Alberto dijo:

    – quiero que te montes a papá.

    – yo solo dije que se la chuparía

    Cuando alzo la mirada vi un pene largo y marrón con una cabeza rosada brillante con unas pelotas grandes colgando y sí se me hizo agua la boca.

    – ya vi que te la quieres montar puta, haz feliz a mi papá,

    Me senté y lo sentí muy profundo y así empecé a montar a don Elías que me jalaba los pezones, me alce un poco subí mis caderas y el empezó rápidamente a penetrarme, ese viejito que caminaba con dificultad empezó a penetrarme muy rico, me abalance sobre dejando mis tetas a su alcance para que me las chupe y efectivamente así lo hizo, fue muy rico, eso hacia dilatar mi ano, algo que don Alberto noto.

    – Mamita, que rico ano tienes, se te está abriendo de lo rico que te la está metiendo mi papa

    No dije nada pues era cierto, ese viejo de mas de 80 años me estaba haciendo el amor muy rico a lo que no aguante y grite muy fuerte y me vine encima de la pinga de don Elías mientras el seguía feliz penetrándome profundamente, don Alberto vio como mi ano estaba dilatando y quiso probar suerte.

    – Mamita, te voy a penetrar tu ano, lo tienes dilatado y listo

    – no por favor, don Alberto

    Don Elías me abrazó dejando mi ano expuesto para que don Alberto me penetre.

    – Por favor don Alberto, es la primera vez que me hacen anal

    – te va a gustar mamita, vas a ver que te vas a venir de los dos lados

    – Con cuidado por favor

    Cuando menos lo pensé tenía a dos viejos penetrándome muy rico, me ardió el anal pero estaba tan excitada que mi ano estaba lo suficientemente dilatado para soportar toda esa pinga gruesa, mientras don Alberto penetraba mi ano deliciosamente don Elías me chupaba las tetas y seguía penetrando mi vagina, ya no podía aguantar más me iba a venir de nuevo

    – Don Alberto, ya me voy a venir de nuevo, no aguanto.

    – está bien mamita, yo también te voy a llenar de leche ese ano tan rico que tienes.

    – Gracias don Alberto, me estoy viniendo, me vengo

    Siguieron penetrándome duro, don Alberto saco su pene de mi ano solo para mostrar lo ancho que me lo dejó, y seguía dándome. Don Elías ya no podía aguantar más y me llenó la vagina de leche, chupándome siempre las tetas, hasta que llegó el turno de don Alberto, wow como sentí ese chorro caliente que llenaba todo mi ano, fue muy rico y el simplemente seguía con la pinga dura penetrándome.

    En toda esa locura no me di cuenta que ahí estaba mi marido, viéndome ser penetrada y llenada de semen por su padre y su abuelo, él estaba masturbándose, solo tenía su pene afuera, no aguanto las ganas y con su padre y su abuelo dentro de mi decidió que mi ano era suyo.

    – Papa déjame penetrar el ano de mi señora, te dejo su vagina.

    – Edmundo que haces?

    – cállate puta, te va a encantar que te llene el ano de mi semen.

    Don Alberto no decidió retirarse, empezó a penetrar mi vagina junto con don Elías que estaba echado y dejo mi ano a su hijo, la verdad se notaba la diferencia de tamaño pero Edmundo estaba molesto y me dio muy duro para que yo sepa que yo era su hembra, me lleno el ano de su semen y su padre y su abuelo compartiendo mi vagina me llenaron de leche también, don Elías me dijo que seguro me preño porque él es un macho de verdad, de eso ya paso un año y tuve un niño, definitivamente no es de Edmundo porque los únicos que me llenaron fueron don Elías y don Alberto pero Edmundo cría a este niño como si fuera suyo sin saber que podría ser su hermano o su tío.

  • Pagar por sexo

    Pagar por sexo

    Casi siempre me gustaban flacos de mi edad e incluso más grandes que yo. Pero a medida que fui creciendo debo reconocer que no paro de mirarle el culo a los pendejos. Un par de veces tuve algo con ellos, pero obviamente mayor de edad, y todo consentido. Pero tenía ganas de hacer cosas muy atrevidas, que ellos no se animaban hacer, entonces se me vino a la cabeza pagarle a un pibe joven (mayor de edad, claro está) y hacerle todo lo que quiera, sólo pedía un requisito; que tenga la experiencia que me permita hacer todo lo que yo quiera.

    Empecé a buscar en una página argentina de escort, y encontré a uno de 19 años, que decía me podés hacer lo que quieras. Le escribí. Vamos a llamarlo Agustín, era delgado como me gustaban. De cuerpo chico, como me calientan.

    Era cuestión de coordinar, ya que mi novio no sabía de lo que iba a hacer. Coordine para un día entre semana a las 17 h. Cuando lo vi parecía más chico, y un aspecto a nerd (usaba anteojos), esto me calentó más (le pedí de ver su documento porque no quería quilombos a futuro, parece molesto pero tener el lío con un menor de edad no es chiste al menos en Argentina).

    Una vez asegurarme de sus 19 años, pasamos, y directamente a la cama, le empecé a besar y le manoseaba el cuerpo, el culo más precisamente. Le empecé a desnudar, y tenía puesto suspensores, me voló la cabeza, le ordené que me chupe la verga, y así fue, cuando se le salía de la boca la tomaba con sus manos, yo le agarré las manos y le dije que me buscara la pija con la boca y así hacía, mi verga estaba dura como acero, la cabeza parecía una pelota de tenis, me salían gotitas de leche que el disfrutaba con su lengua. Callado, pero bastante putito, un sueño. Le pedí que me chupe los huevos, le empecé a dedear la cola, se veía que disfrutaba. Cuando llegó el momento, me pidió de sentarse para que manejara él la penetración, accedí.

    Una vez sentado arriba mía, se movió un poco para que se acostumbre su ano, me estaba apretando la pija. Luego lo tiré boca abajo y me lo garché así lo cogía fuerte, él era tan delgado que con su mano ponía fuerzas sobre mi muslo, pero no lograba frenarme. Un par de veces me decía que paré que le dolía, solo eso me hacía detener. Luego de culearlo un rato, no aguanté y acabé dentro suyo. Me quedé dentro suyo y no salí, tampoco le dejé acabar, arriba de él me quedé, le acariciaba el cuerpo despacio hablábamos, mi verga ya se había salido sola. A los 15 minutos yo quería guerra otra vez.

    Me fui a lavar la chota, vine con el palo duro y le apuntaba a la boca, él sabía lo que tenía que hacer y empezó a mamar. Al ratito, lo acosté boca abajo, me puse el forro, pero sin lubricante hice fuerza y le abría la cola así, no tan fuerte ya que vi su cara de dolor, pero tampoco frené. Cuando la mis huevos tocaban su cola, le acaricie un poco su cabeza, y empezó a mover la cola, ahí arranque con todo otra vez le di pija en 4, le tomaba del pelo, le pegaba en la cola, él se dejaba hacer de todo. Y en medio de la calentura le empecé a decir que se tomé mi leche, él solo decía “la quiero toda”.

    Yo le seguís diciendo, “te voy a dar en la boca y te la vas a tomar”… me lo cogía, pero insistía en esto, y en un momento me dice “si, la quiero en la boca”… Ahí nomás saque la verga, saque el preservativo y me pajee, le agarré de los pelos y le acerqué la cara a mi chota, él entendió la que venía, me lamía los huevos, la punta mientras yo me pajeaba, hasta que le dije que se la meta y así fue, se empezó a pajear mientras se tomaba mi leche. Le dije “quiero me dejes la punta limpia”, más rápido se pajeaba, porque se calentaba con las cosas que le decía. Hasta que acabó. Se fue a duchar.

    Fue un re polvo, me encantó cumplir ese moro. Le pagué, me despedí nunca más supe de él.

  • Mi maestra de último grado (3)

    Mi maestra de último grado (3)

    Estela se puso una camisa blanca, entallada al cuerpo, solo se abrocho tres botones de los 5 que tenía la camisa lo que resaltaba sus hermosos pechos, debajo de la camisa se podía apreciar un corpiño negro de encaje muy sensual y una pollera tubo negra de cuero, marcando bien sus piernas y cola.

    Se paro delante mío y dio una vuelta para mostrarme su atuendo.

    -¿Que tal estoy Dani?

    -Estas para hacerte el amor ya mismo- y fui a darle un abrazo

    -¿Y perderme la fiesta? Ni loca… vamos cambiate y bajemos, que en cualquier momento llegan los invitados.

    Me fui a cambiar y me puse mi difraz de pandillero, unos jean negros gastados, camisa mismo color, botas de cuero marron, pañuelo de seda anudado al cuello y el casco.

    -Uauuu mi pandillera preferido- dijo Estela al verme-me encantaría montar tu motocicleta

    -¿Solo mi moto o a mi tambien te gustaria montarte?

    -Mmmm mi bebe, a vos mucho mucho mas

    Se acerco Estela y me dio un beso muy sensual, le encantaba jugar con su lengua, pasarla por mis labios y después buscar mi cuello y decirme palabras muy calientes al oído

    -Ahora bajemos o no respondo de mi jajaja

    Se puso un antifaz de brillantina que tapaba parte de su rostro y yo mi casco con visera negra y bajamos al salón principal.

    La hermana nos estaba esperando abajo, disfrazada de la mujer maravilla, estaba realmente hermosa y muy sensual, con el típico traje azul y rojo que le quedaba pegado al cuerpo, en especial marcando un escote para el infarto y mostrando sus largas y torneadas piernas, detrás de ella apareció Alfonso, disfrazado de vaquero, con su sombrero tejano y pistoleras, muy divertido disfraz.

    -A bueno, que sexy esa secretaria y el pandillero también- dijo Ingrid

    -Gracias- le respondió su hermana- esta noche no quiero que nadie la pase mal, a divertirse que la vida es una sola y demasiado corta para mi gusto- y le guiño un ojo a su hermana, que le respondió tirándole un beso al aire.

    Fue llegando gente a la fiesta, disfrazados y con antifaz, si llegaba a conocer a algún invitado, me hubiera resultado casi imposible identificarlo por su rostro. La edad de los invitados era entre los 30 a los 50 años. Todas las parejas fueron recibidas en la puerta por Estela, dándoles la bienvenida e invitando a las parejas a disfrutar la noche, yo por mi lado fui donde estaba la barra de tragos y me pedí un gin tonic.

    Se acercó Ingrid a donde estaba yo y me susurra al oído.

    -Ni loca te dejaría solo en esta fiesta, con las lobas hambrientas de carne joven que hay aca

    Yo me reí un poco, más por nerviosismo creo que por la gracia de su comentario.

    -Soy propiedad de una sola loba, no me gusta la traición -le respondí

    -Afortunada mi hermana entonces y no creo que sea traición si pasas una noche con una loba que no es la de siempre. Cada uno ve y siente como quiere, todo es cuestión que estén de acuerdo en la pareja.

    Me dio un beso en la mejilla y se perdió entre la gente que bailaba en el jardín del fondo de la casa.

    Vi como se acercaba Estela a donde yo estaba, era la secretaria ejecutiva más sexy y sensual que había visto en mi vida.

    -¿Como está mi pandillero preferido?

    -Muy bien hermosa, aquí tomando algo. ¿Queres tomar algo?

    -Una caipirinha por favor, gracias, sos un amor

    Me doy vuelta para pedir la caipirinha y siento la mano de Estela que la pasó por mi espalda, después fue bajando, rodeo mi cintura y cuando menos lo pense, se hundió por delante mio, sobre mi pija, acercó su boca a mi oído y me susurra.

    -La quiero toda para mi, no se te ocurra dársela a nadie mas, tu lechita es mía y solamente mia- despues me mordió la oreja suavemente, como señal de cariño, cosa que me excitó sobre manera.

    Nos quedamos en la barra charlando y tomando nuestros tragos y mirando la fiesta en general. Estela me fue comentando las historias de cada una de las parejas, me enteré las historia de Gatubela, la enfermera sexy, batichica, la momia, Superman, el Chavo y demás, Cada historia era para escribir un libro, muy interesantes cada una de ella y algunas muy calientes.

    -En esta casa mis invitados se sienten libres, porque lo que pasa en mi casa queda en mi casa- me dijo Estela, dándome a entender que todo lo que vea o escuche no podía ser contado a nadie más.

    Nos pusimos a bailar y había bastante gente, por lo que tuvimos que bailar bien cerca el uno del otro, lo que aprovechamos para besarnos y acariciar el cuerpo del otro. Estela siguió tomando toda la noche, cerca de las 5 am. se prendieron todas las luces, dando a entender que la fiesta había terminado, los invitados se fueron retirando lentamente hasta quedar la casa vacía. Los equipos y las luces quedaron en pasar a retirarlas al otro dia por la tarde. Ingrid, la hermana de Estela y yo nos ofrecimos a limpiar algo y Estela no nos dejó.

    -Chicos, es hora de ir a la cama darse unos lindos mimos y dormir o no jajaja- Se notaba que el alcohol la había afectado y estaba mas desinhibida.

    -En mi caso sera solo dormir, porque Alfonso está volcado en el sillón del living y no se va a despertar hasta la próxima fiesta.

    -Lo siento mucho por vos hermanita, yo me voy a mi cuarto con mi pandillero a hacer travesuras.

    Me tomó de campera y me dio un sonoro beso en los labios y sus manos apretaron los cachetes de mi cola atrayendo mi cuerpo al de ella. Eso me calentó mucho y mi pene fue cobrando vida. Estela estoy seguro que lo sintió, porque fue moviendo su cintura contra mi cuerpo rozando mi entrepierna con la suya y aumentando mi excitación.

    -Paren un poco chicos-dijo Ingrid- vayan a al cuarto a divertirse, no hagan desear lo que esta noche no podre tener.

    -Bien que en la fiesta algo tuviste Ingrid, te vi perderte en un cuarto con Superman por una media hora.

    -Ya sabes hermanita, lo que pasa en tu casa, queda en tu casa, que lo pasen muy bien, no hagan mucho ruido, que me dan envidia-Nos dio dos besos a cada uno y se fue a su cuarto.

    Al llegar al cuarto, entre yo primero y detrás mío Estela y cerró la puerta con llave.

    -¿Tenes miedo que me escape Estela?

    -Nada que ver, no quiero que nadie nos moleste.

    Fui a su encuentro, la abracé y nos besamos apasionadamente. La puse contra la puerta y me puse detrás de ella, mientras besaba su cuello y le decía palabras muy calientes al oído y fui quitando la ropa hasta dejarla solo con la tanga puesta. La abrace, jugaba con mi lengua en su oreja y ella me decia que la volvia loca de placer eso, una de mis manos acariciaba sus pechos, buscando sus pezones, que ya estaban como dos ricas aceitunas negras y mi otra mano fue bajando por su cuerpo, hasta su sexo, corri la tanga a un costado y Estela separo levemente sus piernas, dejandome libre acceso a su hermosa vagina. Estaba muy mojada, la yema de mi dedo índice fui acariciando su clítoris lo que logró los primeros gemidos de Estela.

    -Me enloqueces amor, me encanta lo que me heces

    -Y a mi me encanta hacerte gozar Estela, nací para esto

    Le penetre con mi dedo, muy despacio, primero un dedo y después dos, ella frotaba su cuerpo contra el mío, sintiendo mi pija que estaba muy dura y caliente ya. Saqué mis dedos de su vagina y se lo di en su boca para que los pruebe. Estela abrió su boca y me fue chupando los dedos uno a uno, como si fuera mi propia pija.

    Se dio vuelta y quedamos parados frente a frente ahora, me fue besando y quitando la ropa, besando cada parte de mi cuerpo que quedaba desnuda. Al fin solo me quedaba mi boxer, Estela se quito su tanga y luego arrodillo frente mio y con sus manos tiró de los bordes de mi boxer y me los quitó, quedando a la altura de su boca mi erecta pija.

    -Me encanta tu pija bebe, te la voy a comer toda y no te vas a olvidar nunca de esto

    Abrió su boca y le dio un rico y sonoro beso en la punta de mi pija, después apoyó sus labios cerrados sobre la punta de mi pija y los fue abriendo lentamente sus labios y boca mientras se la comía, solamente la cabeza de mi pija, para sacarla de su boca darle unos besos y volver a hacer lo mismo anterior. Agarré su cabeza con mis manos acompañando sus movimientos. Abrió sus ojos y me miró.

    -¿Te gusta bebe?

    -Me enloquece Estela

    Cerró sus ojos y esta vez se la metió toda en la boca, hasta su garganta sentía que llegaba mi pija. Ante la primera arcada, saco toda mi pija de su boca y fue jugando con mi pija como si fuera un helado.

    -Si seguís amor, te voy a darle la leche ahora mismo en tu boca

    -No bebe, no la quiero en la boca, la quiero en mi conchita, quiero que me llenes toda bebe

    Como pudimos nos fuimos besando y llegamos a la cama.

    La recoste en la cama y me puse a sus pies

    -¿Que piensas hacer ahí amor?

    -Vos dejame a mi Estela, ahora me toca a mi darte un poco de placer.

    Fui besando los dedos de su pies, uno a uno y después fui subiendo por sus hermosas piernas con mi boca. Estela estaba totalmente depilada y su piel muy suave. Frente a mi tenia una concha hermosa, de labios finos, rosados y muy mojada, se la besé y sentí como su cuerpo se estremecía, la bese otra vez y estaba vez saque mi lengua un poquito, solo un poco, con sus manos agarro mi cabeza y me empujo contra su vagina.

    -Comeme toda, quiero sentir tu lengua penetrando dentro mío amor.

    No me hice rogar mas, ahora mi boca subía y bajaba sobre su vagina, cada vez más húmeda, mi lengua la fue penetrando más y más adentro, hasta que sentí su clítoris, era como un corazón pequeño, al rozarlo con la punta de mi lengua Estela emitió un gemido muy profundo y su cuerpo se estremeció.

    Estuve un buen rato gozando al darle placer a Estela hasta que ella fue moviendo sus caderas cada vez mas y mas rapido, senti como se tensionaba todo su cuerpo y sus gemidos se hacían cada vez más fuertes.

    -Seguí amor, no pares, que acabo amor, acabooo… ya… yaaa

    Todo su cuerpo se contrajo y se relajo en una explosion de sabores en mi boca, fue algo hermoso sentir el orgasmo de Estela mi boca, sus manos apretaban aun mi cabeza contra su sexo y yo sentía sus espasmos post orgamo de su cuerpo. su respìracion se fue desacelerando lentamente hasta volver a la normalidad.

    -Mi bebe, fue algo hermoso, hace años que nadie me hacía tener un orgasmo tan sentido

    -Me alegro mucho amor, tu placer es mi placer Estela

    Me fue besando y lentamente se subió arriba mío, bajo su mano y agarró mi pija y se la pasó por sus labios vaginales, estaba muy húmeda Estela, después de sus orgasmos.

    -Ahora te toca a vos gozar mi amor. ¿Me vas a dar toda tu lechita?

    -Si amor, toda toda

    -La quiero adentro, quiero sentir tu lechita dentro mio bebe

    Fui guiando mi pija dentro suyo, muy despacio se fue sentando sobre mi y podía sentir como mi pija se abría camino dentro de su concha. Cuando le entro toda, me miro a los ojos y me dijo.

    -Qué hermosa pija tenes bebe, me encanta sentirla toda adentro

    Yo estaba en los cielos, esa se agacho sobre mi ofreciéndome sus pechos que no tarde en besarlos y morderlos suavemente. Nuestros gemidos fueron en aumento y se aceleraron nuestros movimientos, ella me cabalgaba como una amazonas y yo me sostenía de sus caderas para no salirme de ella.

    -Uhh amor, no pares, segui bebe, no pares que te acabo toda!!!

    -Si amor, dámelo, dámelo todo…

    Sentí como se contraen sus músculos vaginales y sus uñas se clavaron en mi pecho, alcanzando un orgasmo hermoso, con mucha energía y pasión. Yo no daba más y se lo hice saber.

    -Amor, segui y te doy toda mi lechita- Sus gemidos cada vez eran más fuertes y estaba seguro que nos podían escuchar en la casa

    -Tu hermana nos va a escuchar Estela

    -No me importa, que se haga una paja, yo ahora quiero tu lechita bien adentro bebe, damela toda

    -Si amor, si… – ya no me importaba nada, me deje llevar al cielo por esa hermosa mujer-Toma amor, toma, toda toda adentro tuyo, toda mi lechita para vos amor

    -Mmmm si bebe, que ricooo, me encanta sentirla dentro mío

    Ella dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre mi y yo la abrace y nos fuimos besando hasta que nuestra respiración volvió a la normalidad.

    -Fue el mejor polvo de mi vida bebe, gracias

    -¿Gracias porque ? Esto es de a dos amor

    -Sos una amor, no quiero compartirte con nadie- y fue mordiendo mi cuello y nos besamos nuevamente, esta vez más suave, despacio, disfrutando el momento.

    Ella se bajó de arriba mio y senti como mi flácido pene salía dentro de de ella. Se levantó y fue al baño, se dio una rápida ducha, yo me quede en la cama esperándola, cuando regresó podía sentir el perfume de su piel. Se acostó de espaldas a mí y la abracé por detrás, dándole besos en su espalda.

    -Sos muy dulce bebe, me encantan tus besos en mi espalda, el primero que se despierta prepara el desayuno

    -Bueno amor, dulces sueños

    Nos dormimos abrazados en la cama, después de hacer el amor intensamente.

    Me desperté temprano, acostumbrado a mi horario de estudio y trabajo habitual, tratando de no hacer mucho ruido para no despertar a Estela, me levanté de la cama, me fije la hora, eran las 7 de la mañana ya y por el ruido que escuchaba de afuera, estaba lloviendo copiosamente. Me vestí y bajé a la cocina a ver qué encontraba para prepararle el desayuno a Estela.

    Entre a la cocina y tratando de hacer el menor ruido posible fui buscando en la heladera lo que necesitaba, encontré manteca, leche, jamón, queso y algunas frutas frescas, justo lo que necesitaba para prepararle a Estela un desayuno especial, fui sacando las cosas de la heladera y poniéndolas sobre la mesada de la cocina, en eso estaba cuando por la puerta de la cocina entró Ingrid, estaba con una cara de somnolienta que era imposible de ocultar con maquillaje, llevaba puesto un pijama de dos piezas de satén floreado, la parte de arriba tipo camisa de manga cortas, de solo tres botones, dejando a la vista un hermoso y generoso escote y la parte de abajo del pijama era un pantalón cortito, que dejaba al descubierto sus hermosas piernas.

    -Hola Ingrid, buenos dìas ¿Dormiste bien?

    -NO, no dormí nada bien

    -Oh lo siento Ingrid

    -Una pareja de gatos en celo se apareo al lado de mi cuarto- Lo decía por Estela y por mi

    Me sonreí y le pedí disculpas.

    -Era una broma, no tienes porque pedir disculpas, me alegro mucho que mi hermana esté bien atendida y por lo que escuche ayer, la atendiste muy muy bien.

    Me puse colorado y un poco nervioso, sus últimas palabras fueron dichas en un tono que sentí muy sensual e insinuante.

    -¿Te puedo contar un secreto y me juras que no se lo dirás a nadie?

    -Si claro Ingrid, podes confiar en mi

    Se acercó a mí y me susurra al oído

    -Tenes el cierre de tu pantalón abierto Dany

    Rápidamente me separe de ella y me tape con mis manos, mientras trataba de encontrar el cierre de mi pantalón para subirlo.

    -Jajaja que tonto que sos, era una broma, deberias de haberte visto la cara jajaja. Ahora hablando en serio, me alegro mucho por mi hermana, anoche al escucharlos no puede más que envidiarle un poco.

    -Lamento mucho si no te dejamos dormir anoche.

    -Tontito, me hicieron tener un orgasmo junto con ustedes, fue hermoso.

    Realmente me sorprendió su sinceridad y osadía, no sabía cómo responderle y ella siguió hablando.

    -¿Te contó Estela, las cosas que hacíamos de jóvenes las dos?

    Continuará.

  • Manos a la obra (parte I)

    Manos a la obra (parte I)

    Me vestí con las mallas del gym, sin nada de ropa interior, una camiseta y unas simples zapatillas, había quedado con un chico en un lugar propuesto por él, un lugar para cumplir una fantasía morbosa, una obra de un chalet en las afueras de una población, abandonado y en medio de la nada.

    Al llegar y ver aquel lugar, solitario, con apenas luz natural de la tarde me dispuse a bajar del coche y dirigirme al sótano de la casa en construcción, estaba lleno de escombros y con acceso complicado por terraplenes de tierra, pero allí fui, a la cita para tener un encuentro morboso con el chico de los grandes almacenes.

    Le avisé que yo estaba allí esperándole, mientras yo me iba manoseando mi paquete que se marcaba a través de las mallas ajustadas, y al mismo tiempo inspeccionando el lugar para ver donde podríamos estar más cómodos, me entraban cada vez más ganas de sexo en la obra.

    Le vi llegar, con sus pantalones vaqueros estrechos y marcando un tipazo que me puso más caliente de lo que ya estaba, marcando su buen culo y su paquete voluminoso, que solo verle me llevo a tocarlo y ambos nos rozamos con nuestros paquetes voluminosos, al mismo tiempo que nos morreábamos y el ambiente cada vez se ponía mas caliente.

    Mientras nos besábamos me acariciaba mis pezones que se ponían duros, y poco a poco fue descendiendo su cabeza hasta llegar a la altura de mi polla, me bajo el pantalón y se metió mi polla en su boca; yo le agarraba su cabeza empujando hacia mi para que se tragase mi polla dura, ambos estábamos muy calientes, era mi turno, bajé mi cabeza, le desabroché el vaquero, se lo bajé y me metí su polla descapullada y cabezona en mi boca, succionando y haciendo movimientos como si me follase la boca, el lugar daba mucho morbo, solos y sin nadie, podíamos gemir y disfrutar.

    Los dos estábamos ardientes, con muchas ganas de disfrutar, me di la vuelta, me quité las mallas y quedándome solo en zapatillas me incliné, me metió los dedos en mi culo, estaba cerrado pero iría dilatando poco a poco, empezaba a lubricar y no dudó ni un momento en pasarme la lengua por mi ojete carnoso, mientras yo notaba el movimiento de su lengua en mi culo, sensación extrema de excitación, entre lengua y dedos había dilatado completamente, cogí un condón, se lo puse con la boca y me volví a dar la vuelta, estando de pie y ligeramente inclinado hacia delante poco a poco me fue follando y metiéndome su enorme polla en mi insaciable culo.

    Sus empujones hacían que mis huevos y mi rabo se moviesen de adelante a atrás, mientras notaba con ardor el rebote de sus pelotas en mi zona perineal, quería más, estaba muy cachondo pero el clímax llegó, se corrió llenando el condón con su espesa leche, gimiendo de placer a la par que yo me daba la vuelta y me pajeaba en su cara para soltar todo mi esperma caliente y espeso, que salió con fuerza y sin control.

    Después de regar toda la zona con la leche espesa que había brotado de mis huevos gordos, llegamos al final, nos teníamos que despedir, pero sin ser la última vez, el lugar era muy morboso y apetecía volver a echar un polvo allí.

    Me subí en el coche chorreando el semen que aun iba saliendo y mojando las mallas de deporte, aquella experiencia me llevó a descubrir las fantasías más morbosas que se pueden hacer, pensando en otros lugares donde poder follarnos, así fue.

  • Con Arturo lejos de casa

    Con Arturo lejos de casa

    Yo no estaba listo todavía, pero las mejores cosas que le pasan a uno en la vida normalmente sobrevienen justo cuando uno menos se ha preparado para recibirlas. La sorpresa y la imprevisión son buenas amigas de grandes gratificaciones o también de intensas desgracias. En este caso, por fortuna, fueron amigas de las primeras.

    A Arturo Laurasio, lo había conocido prácticamente durante ese mismo día laboral en Santo Valle, una ciudad chica pero acogedora y algo alejada de San Nicolas, donde yo residía con mi mujer y mis dos hijos. Arturo, un tipo de formas algo toscas, pero de verbo preciso y sensato, me lo habían asignado como acompañante para un trabajo durante dos días en Santo Valle. El venía de Bosquecitos, una ciudad algo más cercana en donde había nacido y vivido toda su vida.

    Era ya de madrugada, y yo estaba acostado, casi desnudo junto a Arturo. Me sentía todavía borracho de incredulidad de todo lo que habíamos hecho él y yo en las horas previas. Mi ano estaba vencido, no me dolía ciertamente, pero si había un atisbo de maltrato. Esa noche, había sido yo desvirgado por fin y para siempre. Es uno de los pasos más importantes en la vida sexual de un hombre que como yo, había descubierto desde hacía algunos años ser lo que denominan popularmente, un hombre hetero curioso.

    La brisa fresca de esa noche entraba por la ventana y levantaba la cortina que dejaba pasar tenuemente la luz proveniente de una lampara de la calle. La corriente de aire suave daba una falsa sensación de alivio al rozar mi piel. Arturo estaba a mi lado, vencido, agotado, casi roncando plácidamente boca arriba con su cuerpo poco cubierto por una sábana blanca.

    Aun me era difícil asimilar todo lo que había inesperadamente sucedido. Era realmente la primera vez que yo dormía así con otro hombre. Y cuando digo “así”, me refiero en calidad de amante. Técnicamente Arturo y yo iniciamos y sellamos esa noche, y sin necesidad de decírnoslos, una suerte de relación amatoria. Me costaba mucho conciliar el sueño y no pensar en mi mujer que tan lejos e inocente estaba de todo el remolino de acontecimientos sexuales y emocionales en los que yo me había metido.

    No supe bien en qué momento me quedé dormido entre tantas cavilaciones. Al despertar la claridad matutina de los primeros rayos solares invadía la habitación 302 de ese hotel barato del centro Santo Valle. Las bocinas de autos y el ruido de la ciudad comenzaban poco a poco a instalarse. Arturo estaba dormido, boca arriba, pero la sábana estaba arrugada, hecha una tira más o menos entre él y yo.

    Su bóxer breve, ajustado, blanco de tiranta negra superior y algo recogido entre sus muslos potentes relucía bastante entre la poca luz que se filtraba por entre las cortinas. Su sexo estaba bien dibujado bajo el bultito erotizante de esa tela algodonada y suave. Era una imagen muy sugerente. Su pecho sexy, desnudo y varonil invitaba al morbo. Un respingo de deseo me invadió de repente al verle así y eso me produjo una tímida erección casi instantánea. Deseaba otra vez tener sexo con él, pero era mejor esperar un poco más tarde a que Arturo despertara. Aun había algo de tiempo antes de tener que irnos a trabajar. Miré mi teléfono celular y faltaba poco más de media hora para que la alarma de las seis y treinta sonara.

    Todo esto había iniciado la noche anterior cuando ya agotados del largo día laboral llegamos al hotel después de cenar tamales en un comedero callejero. Subíamos las escaleras para irnos a las respectivas habitaciones. Estando yo en la puerta de mi habitación, Arturo, que siguió caminando para abrir la puerta de la suya, me sugirió que viéramos el partido de futbol juntos que iban a pasar esa noche del cual habíamos hablado a ratos y con entusiasmo durante el día de trabajo. Me pareció una buena idea, a pesar de que él y yo apenas si nos habíamos conocido un poco durante ese día. De todos modos, ese juego lo pensaba yo mirar en mi habitación a solas. Mas divertido era, verlo con otro fan.

    Tomé una ducha relajante en mi habitación, hablé un rato con mi mujer para reportarme y ponernos al día. Muy raras veces tenía yo que irme a trabajar lejos de casa. Era esta la tercera vez, si mal no recordaba, en cinco años y medio que llevaba yo laborando en la misma compañía. Me puse ropa limpia y fresca, y salí a una tienda justo frente al hotel. Compré algunos pasabocas y una paca de doce cervezas bien heladas. Ni idea si Arturo bebía o no, pero para mí, ver futbol en compañía sin cervezas era como ir a una fiesta sin música.

    Toqué su puerta blanca nácar. Arturo me abrió y su rostro se ilumino al verme llegar con cervezas y pasabocas. Se echó a reír y dijo:

    A: Eres de los míos carajo.

    R: Tú sabes, futbol y cerveza es lo mejor.

    A: Totalmente de acuerdo je, je, je. Pasa y acomodémonos.

    El, igual que yo, estaba recién duchado, olía a aire fresco y tenía puesta una camisilla blanca, cuello redondo de mangas cortas y un pantalón de pijama a cuadros de tonos grises bastante suelto y cómodo. Tenía aun su cabello negro abundante algo húmedo del baño reciente. Se había afeitado y eso le daba un aspecto bastante jovial. Me hizo pasar y acomodamos las cervezas en un refrigerador pequeño dispuesto dentro de la habitación. Nos sentamos al borde de la cama bien arreglada por el personal del hotel seguramente. Al frente estaba la pantalla de TV. Faltaban menos de cinco minutos para que iniciara el partido y comenzamos a hablar de todo un poco cada uno con una cerveza bien helada en la mano.

    La conversación tenía un tono ameno, amigable, pero aún más animada que las pocas que pudimos tener a lo largo del día trabajando juntos en terreno. Nos pusimos al día conociéndonos un poco mejor. Me habló de su mujer, sus hijos, su pueblo y yo igual un poco de mí. Comentamos anécdotas laborales y otras tantas conversaciones salteadas banales de esas que permiten engrasar una buena charla fluidamente.

    Empezó el juego y todo se centró en el partido. Tenía Arturo un conocimiento exhaustivo de la actualidad futbolística local al detalle. Conocía cada jugador como si fuera amigo personal suyo. Se sabía los pormenores de cada asunto futbolístico a un nivel de fan enfermizamente consagrado. Era como una Wikipedia del futbol nacional.

    De repente, Herrera, el jugador número siete de nuestro equipo, empezó a cometer errores. Hacia muy malos pases, dejaba perder el balón, hacia faltas, etc. Las críticas con tono de fan frustrado de Arturo llovían y me daba gracia verle y oírle decirlas a tenor de la segunda cerveza que ya cada uno casi culminaba.

    A: Ese pendejo, solo sirve para cagarla. Lo único bueno que tiene es el tremendo culo. Debe ser eso lo que no lo deja jugar bien.

    Cada vez que Herrera cometía un error, que fueron muchos al decir verdad, Arturo era implacable con sus comentarios, siempre aludiendo las nalgas abultadas del jugador. Fue allí donde me llamó la atención y me asaltó la curiosidad de comprender bien porqué él hacía tanta alusión al trasero de Herrera. Si bien es cierto, el tipo es un nalgón evidente y más acentuado aun por ser algo bajito, no es costumbre hacer tanto comentario al respecto, incluso queriendo ser despectivo.

    Me levanté a buscar la tercera cerveza y faltaban algo más de diez minutos para que acabara el primer tiempo del juego que íbamos perdiendo uno a cero. Traía yo las cervezas cuando Arturo, estresado como fan loco, gritó sandeces porque una vez más, Herrera había malogrado un pase claro para un gol de empate.

    A: ¡Tonto ese, culón de mierda carajo!

    R: Oye relájate, toma la cerveza, ya seguro lo cambian para el segundo tiempo.

    A: Eso espero, las nalgas no lo dejan jugar. Culón de mierda.

    R: ¿Oye, ya en serio, te gustan las nalgas de él? – le pregunté casi entre risas.

    A: Culo es culo mijo, ahora mismo me gustaría castigarlo y clavarle la pinga a ese pendejo a ver si mejora su futbol.

    Yo simplemente me reí. No sabía a ciencia cierta si estaba Arturo hablando en serio o solo decía cosas en broma por rabia. Pero era de todos modos llamativo para mí el oír a un hombre decir esas cosas así respecto a otro hombre en real. Continuamos mirando en un silencio que rompí yo luego al ver una imagen cercana de Herrera de cuerpo entero, mostrado casi de espaldas que la producción televisiva presentó brevemente al hacer él un saque de banda.

    R: De verdad que es nalgón, yo no lo había notado, je, je – comenté yo banalmente.

    A: Bien culoncito que es. Y como es bajito, seguro que lo enculan rico – agregó Arturo con fastidio.

    R: Oye, a ti como que sí te gusta su culo ya en serio.

    A: Te dije, para mi culo es culo.

    R: ¿Incluso si es de hombre?

    La tercera cerveza ya iba tocando fondo. Los ánimos estaban subidos y la atmosfera era festiva a pesar de la frustración de la derrota parcial del juego y del cansancio del día laboral. Lo estábamos pasando bien. Mejor que haber estado mirando el juego a solas cada uno en su habitación definitivamente. Fui a buscar la cuarta cerveza.

    A: Mira, en el gym al que yo frecuento, hay un par de chicos que tienen unos tremendos de culos. Uf.

    B: ¿Tú Los miras?, ¿en serio?, ¿desnudos? – yo pregunte atónito aun sin saber leer bien si todo eso Arturo lo decía en broma o en serio. De todos modos, yo apenas si lo conocía.

    A: No, no desnudos, ojalá ja, ja, pero si en bóxer en los vestidores cuando se cambian para marcharse ya salidos de las duchas que son cerradas. Coincidimos a veces en ese espacio. Tú sabes. Uno se mira mucho entre hombres pendejo, no me digas que no te sucede.

    Yo simplemente no dije nada. Contraje los músculos de mi cuerpo en estado de asombro. Un atisbo de vergüenza me invadió y mi cerebro procesaba lo que Arturo decía así tan resuelto, sin tapujos, como si habláramos de chicas. Seguramente el alcohol ayudaba a todo eso. Dentro de mi estupefacción, su comentario solo creaba un interés magnético en mí. Era la primera vez que me hallaba así, a solas con un hombre, en un cuarto de hotel, lejos de mi mujer, tocando temas sensibles. De esos que un hombre típico, hetero, casado o con novia a veces piensa y jamás comparte ni comenta por miedo o vergüenza simple y pura. Arturo me sacó de las cavilaciones con una pregunta que sentí como cristales molidos en mis oídos.

    A: ¿Te sucede, cierto?

    R: ¿Qué cosa? – me las quise dar de pendejo.

    A: Digo, ¿no te ha sucedido eso de querer mirar por pura curiosidad a un hombre, cuando está desnudo o casi?

    R: No – respondí rápido, incómodo y nerviosamente. Yo mentía por supuesto. Arturo seguramente lo notó.

    A: Ja, ja, ¿nunca comparaste la verga con amigos cuando meabas? ¡Vamos es normal eh!, no te sientas mal por eso.

    R: Bueno, eso si tal vez – mi tono era aún cortado y nervioso.

    A: Bueno, es que todos hacemos eso, porque nos gusta el morbo entre hombres, lo que pasa es que nadie lo admite para que no lo crean mariquita, pero eso no tiene nada que ver ni tiene nada de malo ni de raro. Nos gusta eso queramos o no aceptarlo. Hasta esos que se dan de los más machitos, te digo.

    Su verbo era certero e implacable. Su sinceridad abrumadora y su justificación nítida. Tenía toda la razón del mundo. Yo lo sabía. Yo mismo había llegado hacía tiempo ya a la misma conclusión. Yo mismo había entrado en infinidad de veces a chats para charlar de ese tema anónimamente con otros hombres heteros casados y había comprobado con asombro lo común que es el morbo entre masculinos. Yo había descubierto ese morbo temprano en la vida, pero no lo había comprendido bien hasta que no tuve cierta madurez y llegó el internet con su porno infinita y redes de comunicación en donde uno puede explorar todos esos vericuetos proscritos y ocultos de la sexualidad. Yo mismo había ya experimentado pajas intensas mirando fotos y videos de hombres mostrando sus miembros y había tenido ya que admitirme con resignación de que una fibra interior vibraba de placer cuando tenía expuesta ante mis ojos la imagen de un desnudo masculino.

    Todavía recordaba la revista de ropa interior que mi prima Mónica, solía dejar en casa cuando se dedicaba a la venta por catálogos. Había fotos de chicas modelando ropa interior, y eso me producía morbo e interés, pero lo mismo me ocurría cuando pasaba a las páginas de ropa masculina. Los chicos modelando bóxer y calzoncillos clásicos, para sorpresa mía, me lograban despertar algo que no sabía yo bien que era ni porque en esos años tempranos al verle los bultitos bien arreglados en la parte delantera de la prenda. Otra vez Arturo, con su voz grave y su actitud algo tosca, volvió a arrancarme de mis pensamientos.

    A: ¿Y ahora ya grande, no te sigue pasando?

    R: Eh, bueno, no voy a gym, la verdad.

    A: Bueno, entonces, a ver, no sé, cuando meas en baños públicos, o ves pelis de culeo, tú sabes, uno es curioso.

    No respondí. Más bien evadí un poco la pregunta y me quedé en silencio. Me daba miedo y vergüenza o no sé bien que cosa, pero me impedía responder con honestidad. Me sentí miserable un poco conmigo al verle a él tan honesto y resuelto y yo atascado y mentiroso. Me dio un poco de fastidio conmigo mismo de no tener agallas para hablar con sinceridad.

    A: Compa yo a eso no le paro bolas. Las vainas son como son. Si no me quieres decir, está bien, te entiendo. No pasa nada y perdona si te jodo la vida hablándote de esto, pero tu comenzaste con la preguntadera. Solo te digo.

    Me sentí aún peor cuando dijo eso y algo súbito, que surgió seguramente del poder desinhibitorio del alcohol, hizo que yo sacara fuerzas de donde no tenía y entonces aflojé mi lengua con una resolución de persona suicida.

    R: ¿Sabes algo? Tienes razón. Te diré lo mío. Yo creo que a nosotros los hombres nos pasa algo con las cosas abultadas del cuerpo. Nos llama la atención las nalgas, las tetas, las curvas, las caderas anchas, los labios carnosos, los muslos o piernas carnosas.

    A: Si así es. ¿Y a qué viene todo eso?

    Mi voz temblaba un poco y una sensación de fiebre súbita parecía calentar mi cabeza y bajar por mi garganta. Sin embargo, continué.

    R: Pues es que no se bien porqué, cuando veo a un hombre en bóxer, pues, hm, siento estímulos al mirar la loma que se forma, tú sabes, la bolsa delantera.

    Arturo arqueó las cejas mientras sonreía con cierta picardía.

    A: ¿Te gusta el bulto que la verga forma en el bóxer?

    Más directo y claro no pudo ser, pero así era él con su verbo. Bien conciso y claro. Se me subieron los colores al rostro y por un instante toda la vergüenza del mundo parecía entrar por la ventana y bofetearme.

    R: Yo creo que sí – respondí como un chico cuando es reprendido por sus padres admitiendo algo indebido.

    No podía creer que me hubiera atrevido a decir lo indecible, a confesarle a alguien lo inconfesable y, además, a un hombre casi desconocido. Bendita cerveza. Lo que logra hacer. Arturo se puso las manos en el rostro y reía al tiempo. No entendía bien su gesto algo burlesco que me resultó desconcertante y chocante mientras yo me desgarraba el alma de vergüenza. Debió ver mi rostro de angustia y corrigió su actitud de inmediato.

    A: Oye, me rio porque, me parece una situación cool, no me burlo de ti, por si lo crees ¡eh! Tranquilo

    Arturo tomó aire, se arrimó hacia el extremo de la cama en donde yo me encontraba sentado indefenso con la cerveza casi terminada, y como si fuera mi compadre de toda la vida, me dio un abrazo fraternal.

    A: ¿Ves? Te lo dije. A todos nos pasa, hombre. No tiene nada de malo, ni nada de raro, ni nada de feo, ni nada de nada. Te lo dije. Eres de los míos. Me gusta que seas franco. Eso te hace sentir bien. Vas a ver que tengo razón. Uno tiene que ser uno mismo, mijo, si no, se le jode a uno la puta vida lleno de frustraciones.

    R: ¿Eres psicólogo o qué? le pregunte con ironía y con el alma más tranquila después de oírle.

    A: Claro, las consultas no las doy gratis ja, ja. No hombre, que va, pura reflexión y sabiduría popular. En esta vaina de la sexualidad hay todos los colores.

    R: Es que pareces tener las cosas tan claras como si te dedicaras a eso.

    A: Te diré la verdad. Es que tengo un primo mayor que salió mariquita y mi hermana menor que es machorra, tú sabes, lesbiana de esas amachadas. Y esa gente sufrió bastante, rechazo de la familia y todo ese mierdero que te puedes imaginar. Hasta fueron a psicólogo por depresión y eso fue todo un drama. Al final de tanta sufridera, pues la vida se les compuso, cuando se aceptaron y vivieron su sexualidad y ya. Mi primo es solo, pero no niega a nadie que es marica y ya. Mi hermana vive con una mujer, su mujer, hoy en día y punto. Yo de esa experiencia ajena aprendí. Yo no sé qué soy compa, si bisexual, o hetero flexible o hetero curioso, o no sé qué mierda sea, no me importa. Lo que me gusta en el sexo lo admito y lo asumo y ya. Después que no le hagas dañó a nadie compa. Todo se vale.

    R: Tienes razón – le dije con el espíritu contento y lleno de paz, muy a pesar del nervio.

  • La novicia que no llegó a profesar al probarme

    La novicia que no llegó a profesar al probarme

    En 1992 todavía existía la mili. Las únicas formas de librarte de ella eran: hacerte insumiso y pasarte una buena temporada a la sombra, como un vulgar delincuente; hacerte objetor de conciencia y trabajar gratis para una ONG católica como la Cruz Roja, mientras observas los coches de alta gama que manejan sus directivos; o alegar una enfermedad que te excluya del servicio militar. Esta última opción fue la mía.

    Tuve que ir a Madrid a un hospital militar a hacerme unas pruebas médicas. Estuve allí ingresado 15 días. Coincidió con las Navidades y en la capilla del hospital había un grupo de novicias dirigidas por una monja. Estaban ensayando unos villancicos para la gran misa del 23 de diciembre en la que asistirían casi todos los médicos y médicas militares, vestidos de gala.

    Cada vez que bajaba de planta a otro lugar del hospital para hacerme alguna prueba, como me quedaba de camino la capilla, pues entraba a observar los ensayos.

    Había una novicia, a la que llamaremos Ángeles para no violentar su intimidad, que se sonrojaba y bajaba la vista al suelo cada vez que yo le decía algo. Era muy hermosa y muy cándida.

    La directora me comentó que harían el concierto a capela, pues la organista que tenía que llegar para el día señalado al final no podría venir. Yo al ser músico, no lo pensé dos veces y me ofrecí para tocar la guitarra y hacer más ameno el recital.

    Yo, un punk, ateo y ácrata, tocando con unas monjitas en un concierto navideño en un hospital militar. ¡Quién me lo iba a decir! Pero es que tiran más dos tetas que dos carretas y para pasar más tiempo al lado de Ángeles, los ensayos eran la excusa perfecta.

    Los caminos de Lucifer son inescrutables y si para pervertir y descarriar a una futura esposa del Señor había que fingir ser católico, monárquico y amante de la vida castrense, pues se fingía. Pensar que le iba a asir una esposa al polígamo de Dios, me causaba una gran satisfacción y mucho morbo.

    En la planta del hospital dedicada a los soldados había poco que rascar. Se podía intentar algo con una médica muy despótica que no hacía más que decirme:

    –Tú no te libras de la mili. Por mis santos ovarios que te vas a tragar los 9 meses de servicio militar. Ya me encargaré yo de que en el Tribunal Militar echen para atrás tu solicitud y estas pruebas médicas que estás haciendo.

    Daba un buen perfil para dómina esta facultativa. Pero me centré más en desflorar a mi novicia virginal.

    En uno de los ensayos le escribí una nota a Ángeles para dársela en un momento en el que pillara despistada a la monja directora y a sus compañeras. No era fácil, pues había dos novicias que eran muy chafarderas y chismosas y si hacías algo que levantara una mínima sospecha podía montarse una buena en aquel hospital de mojigatos y pacatos.

    En la nota puse algo similar a esto:

    “Mi querida Ángeles. Me gustaría verte a solas esta tarde para poder charlar tranquilos. ¿Qué tal en la sala de estar de la planta 12 a las 17 h? Si no te va bien elige lugar y hora y me lo escribes en una nota. Me la entregas mañana”.

    Ángeles pidió permiso para ir al lavabo (seguro que como excusa para poder leer la nota), y cuando volvió, me hizo un gesto de asentimiento.

    Después de almorzar me eché en la cama para descansar un poco. La habitación la compartía con cinco soldados más. Uno de ellos estaba bastante pachucho y a veces lo ayudaba en algunas faenas, ya que las enfermeras estaban desbordadas.

    Mucha intimidad en la habitación para masturbarme, la verdad es que no había.

    Pasé con ansiedad el resto del tiempo que quedaba para encontrarme con mi monjita.

    Por fin llegaron las 16:45 h y me fui arreglando un poco (dentro de los márgenes que te permite el tener que estar todo el día en pijama), para ir veloz a mi encuentro amoroso.

    Llego a la salita de estar de la planta 12 y me la encuentro allí. Ya me estaba esperando la pobre. Se me acerca y me dice entre susurros:

    –En el hospital no hay rincón en el que no me conozcan. Aquí corro un gran peligro. No me hables y sígueme a unos metros de distancia.

    Le hice caso y con disimulo le seguía los pasos.

    Ángeles llamó a un ascensor. Al entrar, aprovechando que estábamos solos le di un beso en la mejilla. Después un pico en los labios, y al ver que se dejaba, me lancé a darle un morreo de película de Hollywood.

    Cuando el ascensor se paraba en una planta, nos separábamos y guardábamos la compostura. A veces entraba alguien que la conocía. Se saludaban y tenían una pequeña charla. Otras veces entraba gente desconocida, visitas de pacientes, y le hacían una reverencia y le besaban la mano. Cuando volvimos a quedar solos, otra vez nos abrazamos y besamos con locura.

    Besar, acariciar y sobar el cuerpo de una chica vestida de novicia en aquella situación tan arriesgada me estaba poniendo a mil. Pero no solo a mí. Ángeles respiraba de forma entrecortada y con inspiraciones profundas.

    Cuando por fin llegamos a la planta deseada por ella, nos dirigimos a unos vestuarios que solo se usan por las mañanas, pues las taquillas estaban reservadas para las estudiantes de enfermería en prácticas y estas se iban a las 15 h. ¡Teníamos todo el vestuario para nosotros solos!

    Sin muchos preámbulos, pues Ángeles estaba tan cachonda como yo, comenzamos a quitarnos la ropa. Yo no hacía más que besarla y lamerle las orejitas. Fui bajando por el cuello y sus pezones. Después el ombligo. Ella entre gemidos decía:

    –¡Lo que me estaba perdiendo! Iba a renunciar a los placeres de la vida por una existencia monacal insulsa! ¡Qué locura! Me has abierto los ojos, Jonathan. Mañana mismo cuelgo los hábitos.

    Yo, después de muchos esfuerzos, la convencí para que esperara por lo menos hasta pasar las Navidades.

    –Yo accedí a tocar villancicos en la misa porque me prendí de ti, si no, ni loco me tragaba tantas horas de ensayo. Si te vas mañana, yo qué hago.

    –Pero eso sería muy hipócrita e inmoral. Seguir como si nada pasara y vestida de monja después de lo que está ocurriendo –me dijo la muy ingenua.

    –Ángeles. La hipocresía, la doble moral y el cinismo son la salsa, el picante que le da a la vida ese morbo especial que nos inflama la libido. El amor y el sexo serían muy sosos y aburridos si no se les echara una pizca de algún ingrediente prohibido –le comento.

    Ella se dejó guiar por mí al descubrir que soy un gran maestro de la depravación moral y de la perversión sexual, y me besa con sus labios inexpertos dejándome todo el rostro lleno de babas.

    Me comenta que es virgen, que se lo haga con delicadeza. A mis 19 años de entonces, Ángeles era la primera mujer que iba a desflorar. Hasta entonces, solo había conocido a chicas muy golfas y guarras que ya tenían el coño bien abierto desde la pubertad. No me desagradan este tipo de chicas, ¡ojo!, pero de vez en cuando echarse a la boca un caramelito sin desenvolver y ser el primero en chuparlo, pues se le agradece a la vida.

    Pusimos en el suelo unas mantas, colchas y sábanas. Ángeles se acostó sobre ellas con las piernas dobladas y bien abiertas. Yo acerqué mi cara a su cueva todavía sin explorar por ningún Livingstone, y se la comienzo a lamer. Con mis dedos le separo sus labios vaginales y le meto bien adentro mi lengua. Noto que no tiene himen. Al fin y al cabo, ya era mayor de edad. Montando en bici o con sus propios dedos se lo habrá roto. Mejor, así no tengo que rompérselo con mi lengua y tragarme los correspondientes fluidos sanguinolentos.

    Ángeles gime y se retuerce sobre las sábanas. Estaba experimentando el éxtasis verdadero, el carnal y no el místico.

    Le martilleaba el clítoris con mi lengua. Me tragaba con gran devoción todos los caldos que iba soltando ¡Cómo lubricaba aquella monja! Por supuesto, me soltó un buen orgasmo en toda la cara. Mi nariz, boca, barbilla y hasta mofletes fueron testigos privilegiados de sus espasmos, contracciones y chorros incesantes de líquido viscoso.

    Llegó la hora de meterle mi cipote, entero hasta los huevos, hasta el mismísimo útero si fuera posible. Pero eso sí, con mucha suavidad. Su virginal almeja estaba abierta y receptiva para mí.

    La postura del misionero es la mejor en estos casos y poco a poco se la voy introduciendo. Ángeles reprimió algún pequeño chillido de dolor, pero gracias al cunnilingus que previamente le hice, estaba tan lubricada que le entró bien. Mis 18 cm de rabo se acoplaron en aquel chumino sin mucha dificultad. Y eso que de perímetro tiene casi 14 cm., le faltan 2 milímetros. Pero se la endosé bien adentro, hasta hacer tope con mi pubis. Empecé con un mete-saca muy lento y utilizando solo 4 cm de mi tranca. Poco a poco, sin acelerar el ritmo, fui metiendo y sacando más cacho de carne, unos 8 cm.

    Ángeles estaba como ida. Tenía el rostro desencajado. Le caía la babilla y todo. Babilla que yo recogía con mi lengua, por supuesto, y me la iba tragando.

    Tuvo un segundo orgasmo incluso follándomela a fuego lento. ¡La muy beata era multiorgásmica! Aceleré el ritmo, ahora sí a tres embestidas por segundo, sacando y metiendo el máximo de cantidad de carne que podía sacar y meter sin que se me saliera el nabo, y aún no pasados ni 10 minutos Ángeles vuelve a tener otro orgasmo. El tercero.

    Le sugerí que se pusiera a cuatro patas. La polla en esta postura entra rascando más las paredes vaginales, y sobre todo, el clítoris. Es la postura preferida por la mayoría de las mujeres.

    La cogí por la cintura y le di caña, sin contemplación. Con cada arremetida nuestras entrepiernas chasqueaban. Ángeles tenía tan caliente y húmedo el chumino y para colmo mi polla entraba tan apretada en ese coño recién desflorado, que no pude aguantar mucho más y me corrí en sus entrañas. Ella también consiguió el cuarto orgasmo.

    Nos tomamos un respiro. Nos acurrucamos mientras hablábamos de diversos temas. Del interior de su vagina comenzaba a salir mi lefa. Ángeles se quedó sorprendida, pensaba que se quedaba dentro y se echó a reír. Yo entonces le propuse que se colocara en cuclillas. Ella así lo hizo. Empezaron a salirle unos chorros de lechada que acabaron formando un pequeño charco en las sábanas. Le dije que mojara unos dedos y se los llevara a la boca para comprobar el sabor. No tardó ni un segundo en ponerlo en práctica. Le encantó. Volvió a mojar los dedos en varias ocasiones en el charco de esperma, hasta dejar las sábanas sin restos prácticamente. Se chupeteaba los dedos con gran entusiasmo.

    –Está riquísimo. Sabe como a clara de huevo. En el convento tomamos muchos huevos crudos. Yo sorbo la clara y la yema con auténtica veneración. Me encanta. Y tu semen sabe casi igual –me decía mientras metía los dedos, esta vez en el chocho, buscando algunos restos de mi descarga para llevárselos a la boca. Rebuscaba por todos los rincones de su almeja con ansiedad.

    Esa visión de una chica tan recatada buscando y rebañando semen con gran fervor por cualquier parte, como si fueran pepitas de oro, me la estaba poniendo dura otra vez.

    No pude reprimir más mi lujuria y le dije:

    –Súbete a mi polla y cabalga un buen rato a buen ritmo hasta que te corras otras dos o tres veces y yo también te vuelva a llenar el chumino con mi leche calentita.

    Ángeles, para ser su primera vez, cabalgaba bastante bien. Era una buena jinete. Se notaba que alguna película porno había visto. Ella ponía cara de estar en el Séptimo Cielo. Por fin había descubierto el verdadero clímax sobrenatural, el Paraíso. Yo le pedí que me escupiera en la cara de vez en cuando. No se lo pensó dos veces. Cada poco tiempo me soltaba un buen salivazo en la cara. Esto la excitó aún más. Tuvo unos orgasmos que la volvían literalmente una poseída. Yo no pude aguantar más y apretándole mi nabo bien adentro le descargué mi segundo viaje.

    Ángeles volvió a hacer el numerito de “Tragar lefa de un charco”. Estaba aprendiendo rápido a ser una buena golfa.

    Volvimos en varias ocasiones más a nuestro particular nidito de amor. Hasta que por fin llegó el día del concierto.

    Verla en el coro vestida de forma recatada y con un comportamiento modoso (cantando estrofas que decían “Yo soy la esclava del Señor. Hágase en mí su voluntad”), me excitaba hasta límites inconcebibles.

    Unos días después, Ángeles colgó los hábitos negándose a profesar para monja y yo me libré de la mili. ¡Dos magníficos premios de Navidad!

  • La Universidad me abrió la vida

    La Universidad me abrió la vida

    Así que esta historia sucedió cuando estaba en la universidad y sigue siendo, sin duda, la experiencia más importante y trascendental de mi vida.

    Fui a una gran universidad, muchos cursos, mucho estudio, y mucha gente nueva. Fácilmente se armaban grupos de estudio para evitar el tedio de la lectura en solitario, y para facilitar la comprensión de esas teorías incomprensibles que en la profesión nunca usarás. En esos grupos conocí a Franco. Un tipo bárbaro y muy compañero, siempre dispuesto a ayudar en lo que fuera; y la ayuda que me dio se volvería permanente.

    Cuando nos conocimos y le di la mano me di cuenta que era más grande que la mía, que todo él era más grande que yo. Tenía un cuerpo que diríamos atlético, sólido y bien formado. Durante las próximas semanas seríamos compañeros de curso, así que nos veíamos todos los días. Sentía una especie de atracción hacia Franco, aunque no pensaba mucho en ello, ni en lo que significaba. Emparejamos para una tarea de investigación y me invitó a su casa esa noche para trabajar en ello con tanta naturalidad que comencé, inexplicablemente a emocionarme. Me fui a casa después de clases, me arreglé y preparé como para una cita sin planearlo; realmente me veía bien. El pantalón blanco marcaba mis caderas y mis acusadas tetas -que siempre tuve- apenas se escondían en mi camisa.

    Cuando esa noche llegué a su casa me recibió en la puerta. Llevaba una camiseta holgada, una camisa abierta, y unos pantalones ajustados, que mostraban un bulto increíble. Trabajamos alrededor de una hora, lo cual fue increíblemente tenso y eso me desconcentraba. Ahora comprendo que había tanta tensión sexual en la reducida atmósfera local que era insoportable. En un momento se levantó para traernos un poco de agua, pero cuando regresó, estaba sin camisa. Sólo con su musculosa deportiva que dejaba ver su cuerpo fibroso.

    Lo debo de haber mirado de forma rara porque me dijo, como avergonzado – Me quité mi camisa ¿Eso va a ser un problema?

    -No, no – le dije, pero soné tan perturbado que casi le provoqué

    – Tranquilo…hay algo que quiero decirte

    – Qué cosa? – dije con los ojos muy abiertos

    – Eres una persona muy especial. Te pido perdón por lo que voy a decirte y espero no te ofendas…

    -Continúa…- contesté con la confianza de quien no sabe que el abismo está a un paso

    – Eres un chico, pero luces como una chica estupenda y me gustas mucho…

    Estaba desconcertada. Me gustaba lo que me decía y por primera vez en mi vida lo comprendía. Pero la tintura social que a todos nos tiñe reclamaba que me negase. Y así lo hice.

    -Pero…cómo me decís eso…estás drogado? …No..no

    -Disculpame si te avergoncé… No debía… Pero me tentás, me emocionás…Te deseo como a una mujer

    -Pero yo no soy lo que vos ves en mí

    -Si, si lo sos…Vos no te das cuenta, pero todo tu comportamiento, tu manera de hablar, de moverte te presenta como a una mujer… Sos muy afectada… o afectado al vestirte, sos suave, tierna…

    -Basta. No es así. Soy refinado si lo quieres ver, pero nada más

    Me tomó de la mano, no pude negarme no sé por qué. Sentí una cándida calidez nueva que nunca había percibido.

    -Arguméntalo como quieras, pero yo ya he visto esto que te pasa en otras personas y al final del camino sólo una providencia te aguarda: aceptarte o no como mujer. Pero más allá de tu elección esa poderosa dama vivirá siempre contigo. Y seguro que antes de ahora ya se te apareció.

    Sus palabras eran sólidas, con un peso ineludible y una iluminación innegable; surtieron su efecto. Cómo si un espíritu nuevo se apoderase de mi -un ánima que me acompañaría luego para siempre- cobre coraje a fuerza de excitación y deseo, era yo por primera vez en mi vida. Le dije tirando hacia mí de su mano -Ven aquí, te quiero cerca.

    Se sentó a mi lado y me atrajo hacia él. Entrelazamos labios y lenguas. Nos besamos apasionadamente. Sentí que ambos estábamos aliviados de que esto finalmente estuviera sucediendo. Me quitó la camisa y lamió mis pezones mientras acariciaba mi polla a través de mis pantalones. Hicimos contacto visual y me dio un último beso antes de hacerme caer de rodillas y quitarse los pantalones. Tomó su enorme polla -muy enorme- y la puso en mi boca y comenzó a moverse cogiéndomela. Agarró mi cabeza y me la hizo tragar hasta la garganta. Me gustaba, me gustaba mucho; era un nuevo mundo.

    Poco después explotó en mi boca. Me trague cada gota de esa ambrosía deliciosa nunca antes probada, sin dudarlo. Me atrajo para un beso húmedo y descuidado. Sabía que ese sabor era su propio semen en su boca, pero ni siquiera importaba.

    -Nunca antes había chupado un pene- dije tímidamente.

    -Está bien, lo has hecho maravillosamente

    Me arrojo a un sillón, levantó y abrió mis piernas y empezó a lamerme el ano. La excitación que sentí fue brutal. Enterró su rostro en mi culo virgen y apretado. Nunca me habían comido el orificio, pero me encantó. No pasó mucho tiempo antes de que comenzara a meter los dedos en mi trasero, deslizándose hacia adentro y hacia afuera, imitando lo que estaba por venir.

    -Quiero cogerte- dijo – ¿Alguna vez has tenido una polla dentro de ti antes?

    -No, nunca, pero quiero que la tuya sea la primera- dije muy encendida.

    – Te va a encantar … Inclínate sobre la mesa y pon ese culo en el aire

    ¡¿Qué estaba haciendo?! No sólo actuaba como mujer llena de deseo, sino como una desesperada y fascinada por el sexo. ¿De verdad me estaba dando la vuelta y ofreciendo mi estrecho culo virgen a su pija monstruosa? No podía creerlo, pero al mismo tiempo, no podía esperar. Quería hacerlo, quería sentir su verga abriéndome el culo. Me untó algo de crema, cosa que no entendí, que no sabía necesaria.

    -Aquí vengo, solo relájate. Puede doler al principio, pero esto te va a embrujar

    Sentí que la punta rozaba mi agujero, la frotaba para relajarme creo. Empezó a empujarla lentamente, me di cuenta de que mi virginidad me estaba abandonando y no merecía ni un “adiós”. Definitivamente dolió al principio mientras se abría paso, pero me enloquecía la sensación de apertura. Llegó a la mitad y se quedó allí, dejando que mi trasero se ajustara a su circunferencia. Comenzó a entrar y salir lentamente, y el dolor se convirtió en placer. A poco sentí sus caderas tocar mi trasero y sus bolas en mis nalgas. Estaba completamente adentro. Yo tenía una verga 20 centímetros completamente escondida en mi trasero. Era una sensación que nunca había experimentado, pero amaba cada segundo. De pronto lo sacó.

    – ¿Qué ocurre? – Pregunté con ansiedad de niño a quien quitan un juguete y qué juguete. Todo lo que quería era que me la metiera de nuevo.

    -Me estoy poniendo un poco más de lubricante para que realmente podamos empezar a coger y no dañarte -dijo con una sonrisa de placer y alegría.

    Enderezó su pene y lo enterró en mí con un poderoso golpe. Grité de emoción y empecé a gemir. Comenzó a moverse adentro y afuera, aplaudiendo su cuerpo contra el mío. No podía sostenerme y me desparramé sobre la mesa. Dijo que nunca me había follado tan fuerte a una chica – porque eso era para él…y yo también lo quería-. Sabía que mi trasero jamás volvería a ser el mismo, pero sería más feliz. Las oleadas de placer que estaba experimentando eran una locura.

    -Date vuelta- pidió.

    Hice lo que me dijo y me acosté en la mesa de espaldas frente a él. Franco levantó y presionó mis piernas contra mi pecho y empujó su polla dentro de mí. Fue tan profundo que pensé que podría estar aguijoneando mi estómago. Me agarró con una mano en la cadera y la otra apretando alrededor de mi garganta y comenzó a follarme violentamente. La combinación de ser estrangulada y follada simultáneamente me llevó al límite. A los 2 minutos de esto, me corrí sobre mí misma sin siquiera tocar mi pene.

    – Mmm me encanta sueltes tu carga mientras yo tengo mi verga en tu interior – dijo con lujuria – Me voy a correr pronto y quiero que te lo tragues.

    -Haré lo que quieras- grité. Yo también lo decía en serio. Era totalmente suya.

    Se retiró y me dijo que me arrodillara. Puse mi cara justo en frente de su polla monstruosa mientras se pajeaba hasta el final. De repente me agarró por la nuca y me metió la anaconda en la boca. Sentí que las corrientes de semen cálido y delicioso comenzaban a cubrir mi lengua. Me encantó el sabor de su semen. Después de que tragué cada gota, se derrumbó encima de mí, su pene encogido descansando sobre mi cara. No me arrepiento. Fue la experiencia sexual más intensa y placentera que jamás había tenido.

    -Gracias realmente lo disfruté – susurró.

    -Yo también. Nunca me había sentido tan bien en mi vida… Gracias- respondí honestamente.

    -Bueno, acostúmbrate- dijo – Tengo un impulso sexual interminable, así que te follaré tan a menudo como puedas. Y hoy me lo tomé con calma. La próxima vez realmente voy a convertirte en mi pequeña perra-

    Me sonrojé y sentí que mi polla se hinchaba de emoción. Sabía que lo mejor estaba por llegar.

    De alguna manera pudimos recomponernos lo suficiente para terminar el proyecto de investigación, que ya ni me importaba cómo saliese.

    Después de que terminamos tomé mis cosas y me fui a casa a pasar la noche. Tuve una de las mejores noches de sueño que creo que había tenido hasta entonces. Los sueños ahora eran y serían de otra. Había nacido de nuevo, con un nuevo carácter y una novedosa libido que me arrastraba a fantasías y deseos inimaginables.

  • La iniciación de la viuda (II)

    La iniciación de la viuda (II)

    Gigi me cogió de la mano y me llevo a mi habitación y me estiro en la cama y se me puso encima y me beso en los labios.

    – te gusta que te hable sucio

    – me pone muy cachonda que me hables y me trates así… le conteste… me he masturbado y me he corrido pensando en ti… aquellas palabras salían de mi boca incomprensiblemente, Gigi me abrió las piernas y me mordía en los muslos mientras me miraba morbosamente y me quito las bragas y me lamió los dedos de los pies provocando que la temperatura de mi cuerpo subiese al máximo.

    – te huelen los pies, eres un poquito marrana… voy a tener que castigarte

    Yo la miraba lascivamente, todo aquel juego me estaba llevando a un grado de excitación que nunca había experimentado y Gigi me abrió los labios de él coño con sus dedos y yo solté un gemido placentero y su lengua recorrió mi raja y mi cuerpo se estremeció de arriba abajo.

    – qué coñito más sabroso que tienes putita…. Me encanta tu coñito… te huele a putita cachonda… te voy a comer el coñito guarra

    Yo le hice un gesto con la cabeza y Gigi me dio con su lengua y recorría mi coño lentamente, y yo le acariciaba la cabeza y gemía, la lengua de una mujer en mi coño me estaba volviendo loca y cuando la lengua de Gigi me lamió el clítoris con rapidez solté un gran gemido de satisfacción y me retorcía encima de la cama.

    – te gusta que te coma el coñito… tu marido no te comía cómo te lo hago yo… eres una buena putita

    – vas a hacer que me corra…

    – córrete en mi lengua putita

    Yo no pude soportarlo por más tiempo y solté un grito seco y me retorcí en la cama, cerré las piernas atrapando a Gigi entre ellas y me corrí profundamente soltando una gran cantidad de fluidos, Gigi se apartó de mis piernas sonriendo y pasándome sus dedos por el coño y luego llevándolos a mi boca.

    – chúpame los dedos, que notes el sabor de tu coñito cuando te corres

    Le lamí los dedos mirándola avergonzada, me acababa de entregar a otra mujer y me había hecho correr salvajemente y me estaba dejando dominar totalmente por ella, Gigi era una experta y parecía que podía leer mis pensamientos y me abrió las piernas y me paso los dedos por el coño y metió dos dedos profundamente y yo solté un grito y empezó a meterlos y sacarlos.

    – tienes el coñito bien lubricado y te voy a follar con mis dedos guarra

    Los dedos de Gigi entraban en mi coño y cuando los sacaba los abría y los giraba y aquello me estaba provocando otra oleada de placer y gemía fuertemente y mis piernas temblaban y yo me llevaba mis manos a mis tetas y me apretaba los pezones y empecé a retorcerme de placer.

    – te gusta cómo te follo, guarra… dime cómo te gusta que te folle

    – quiero que me folles así, no te pares… fóllame

    Gigi me quito los dedos y yo hice un gesto de desaprobación y ella me metió su dedo por mi culo y me penetró profundamente, yo lance un grito de dolor y me eche para atrás y Gigi sacó su dedo y volvió a meterlos en mi coño y a volver a meterlos y sacarlos.

    – te voy a follar bien follada, marrana y voy a follarte por donde no lo hacía tu marido… ahora eres mi putita… dime que eres mi putita

    Yo no podía negar el placer que estaba sintiendo y cómo estaba disfrutando de cómo Gigi me sometía.

    – soy tu putita… fóllate a tu putita… tu putita se va a correr

    – aguanta, no te corras hasta que yo te diga

    Gigi me penetró profundamente y aumento la velocidad de sus dedos entrando y saliendo de mi y empecé a gritar fuertemente.

    – córrete ahora….

    Mi cuerpo se estremeció fuertemente y mis piernas temblaron y solté un grito enorme y me corrí salvajemente y de mi coño salió un chorro de fluidos enorme, nunca mi coño había expulsado tanta cantidad de líquido en un orgasmo y me quede temblando en la cama, Gigi me beso en mis hombros y me susurro al oído.

    – voy a hacer que te corras toda la noche… te voy a hacer mía para siempre putita

    Gigi me levanto y quede sentada en la cama, estaba extenuada y le pedí a Gigi que me dejara descansar y ella se levanto y me trajo un vaso de agua con unos cubitos de hielo y me dio a beber y quedamos las dos de rodillas abrazadas.

    – has visto cómo te corres… que putita que eres

    Yo la mire avergonzada y mis brazos rodearon su cuello y nos fundimos en un beso y nos dimos la lengua y las manos de Gigi se pusieron en mis nalgas y empezaron a darme azotes y yo me quejaba mientras seguíamos dándonos la lengua apasionadamente y mi calentura y excitación volvió a resurgir y Gigi lo notó y llevo su dedo a mi ano y yo me abrí mis nalgas con las manos y Gigi me metió su dedo en mi culo y solté un grito y la mire desafiante.

    – hazme tuya… quiero sentirme muy puta… le pedí

    – cada momento que pasa te vuelves más sucia y me encanta… te voy a follar otra vez

    Gigi me estiro y me abrió las piernas y me lamió el coño, yo eche los brazos hacia atrás y me abrí bien de piernas y empecé a gemir

    – como te huele el coñito ahora…estas muy caliente… mírame cómo te como el coñito

    – te gusta comerme el coño

    – tienes el coñito más sabroso que me he comido en mucho tiempo y lo apretadito que lo tienes… me da mucho morbo comerle el coñito a una mama tan marrana como tu

    – me estas volviendo loca… como siento tu lengua… te lo suplico cómeme el coño

    Gigi me lamió el coño expertamente y me pasaba la lengua por mi inflamado clítoris yo no podía soportar tanto placer y mordí la almohada hasta que me volví a correr y quede abatida encima de las mojadas sabanas tras mi orgasmo y Gigi cogió uno de los cubitos de hielo que había en el vaso y me lo pasó por el coño y pegue un respingo.

    – voy a enfriarte el coñito… tienes el clítoris inflamado… se nota que no te corres hace tiempo y nunca te han follado bien follada

    Yo me aguantaba mientras Gigi me pasaba el cubito de hielo y la miraba con curiosidad porque no sabía que es lo que me iba a hacer y se lo pregunte tímidamente.

    – ¿qué me vas a hacer ahora?

    – ¿dónde tienes lo que te regalé?

    Yo abrí el cajón de la mesilla y le di el dildo y ella cogió el bote de lubricante y me puso el culo en pompa, me dio un azote y me dio un mordisco en las nalgas, yo solté un grito de exclamación y Gigi me cogió las manos y me hizo abrirme las nalgas.

    – ahora es cuando voy hacer de ti una buena puta… y me dio lametazos en el ano

    Sentir su lengua me arrancó un sollozo y Gigi abrió el bote de lubricante y me embadurno el culo y me metió el dedo y yo grite de dolor, pero sabía que Gigi me iba a sodomizar y me sentí muy sucia y puta. Gigi me insinuó la penetración con el dildo y yo me giré y le suplique que no me hiciera daño y Gigi me penetro con el dildo y solté un alarido de dolor, pero Gigi se mostró imperturbable y me volvió a penetrar más profundamente, mis manos se agarraron a las sabanas y enterré mi cara en la almohada y empecé a sollozar de dolor.

    – que guarra que eres… dejarme que te folle por el culo

    Y Gigi seguía penetrándome y me azotaba las nalgas yo gritaba de dolor y llegue a pedirle que parara porque me hacía daño y Gigi se mostró inflexible y siguió metiéndome el dildo yo empecé a experimentar las primeras muestras de placer y ella lo notó y empezó a penetrarme más suavemente y su dedo me acariciaba la raja de mi coño y empecé a gemir placenteramente.

    – te va a gustar que te folle por el culo putita

    Gigi me penetraba con el dildo suave pero profundamente y notaba cómo yo me abría y consentía que me follase mi culito virgen.

    – piensa en tu marido si viese como la guarra de su mujer se deja violar por el culo

    Yo pensé por un momento en mi marido y en lo puta que me estaba volviendo y eso me hizo sentirme triste y empecé a llorar pero mis lagrimas de tristeza se volvieron lagrimas de placer y cómo Gigi supo tocarme mi lado más débil mientras me follaba placenteramente por el culo mientras también me metía dos dedos por el coño me hizo empezar a gritar salvajemente de placer.

    – vas a suplicarme que te folle por el culo guarra

    Yo nunca había sentido tanto placer al ser follada y sentirme sometida y por un momento creí que iba a perder el conocimiento y empecé a gemir como si fuera una enferma y lanzar palabras incoherentes.

    – fóllame así… no quiero que esto se acabe… me voy a volver loca de lo puta que soy

    – córrete ahora putita

    Yo lance un grito tan fuerte que me dolió hasta la garganta y me derrumbe encima de las sabanas que cada vez estaban más mojadas por mis fluidos y me quede temblando, Gigi se levanto y se fumo un cigarro y se me quedo observando, más tarde me llevo a la ducha y mientras me duchaba ella cambió las sabanas y nos quedamos abrazadas y profundamente dormidas.