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  • La casa de la playa (parte 4)

    La casa de la playa (parte 4)

    —¡El patrón! —exclamó Pablo exaltado, deteniendo sus fuertes embestidas sobre mis glúteos abruptamente.

    Era lógico que él fuera el primero en asustarse, su personalidad tímida y sumisa así lo dictaba. Quién sabe, cuántas oportunidades de placer carnal se habría negado a sí mismo en el pasado debido a su débil carácter; de haber estado yo en su lugar quizás no hubiese parado hasta ser atrapada infraganti. En cambió él, de inmediato soltó mi cadera dando un paso hacia atrás presa del miedo.

    La ‘graciosa huida’ de Pablo provocó que Pedro y yo perdiéramos el ritmo de, hasta ese momento, la bien sincronizada coreografía. Con la última estocada de su cadera contra mi rostro, mi cuerpo perdió el delicado equilibrio que me permitía mantener la horizontal. Al salir proyectada hacia atrás mi trasero emergió primero, asomándose por encima del agua; mientras mi torso se sumergía un poco más, debido a que Pedro aún tenía ambas manos ejerciendo presión sobre mi nuca. Debió haber sido una graciosa imagen que sólo los chicos pudieron disfrutar; mis dos redondos y magníficos glúteos flotando a la deriva, como si se tratase de solitarias islas gemelas en medio del mar.

    Tan pronto Pedro removió sus manos de mi cuerpo, arqué mi espalda para sacar mi cabeza por encima del nivel del agua, recobrando la compostura. Una vez más, el aire entró en mis pulmones abriéndose paso por mi garganta acompañada de un ronco sonido que reverberó a causa de mis intermitentes jadeos. ¡No podía creer el tiempo que había permanecido conteniendo la respiración bajo el agua!, de nueva cuenta había batido mi propia marca personal de apnea.

    —¡De perdido avisa cabrón! —reprendió Pedro a Pablo, molesto por la cobarde retirada de su amigo.

    Pedro definitivamente era mi tipo de hombre, valiente y temerario; un hombre que no se dejaba amedrentar fácilmente y que sabía otorgar al frenesí carnal del que estábamos disfrutando su justo valor, ¡un verdadero macho! Después de todo, cuando volvería a tener la oportunidad de disfrutar del atractivo cuerpo de una chica muy por encima de su nivel social y económico; aprovechar una oportunidad así bien valía la pena el riesgo de cualquier cosa que pudiera pasar.

    El que mi novio estuviera por entrar a la casa no lo perturbaba en absoluto; sino todo lo contrario, mantenía su temple de acero; pues entendía que la posibilidad de que mi novio nos atrapara daba a la cadente situación un delicioso toque extra de peligro.

    Después de reclamar a Pablo, desde su posición frente a mí, Pedro me miró fijamente con un semblante altanero y retador; se sentía orgulloso. Y tenía derecho a estarlo. Los músculos de su atlético cuerpo desnudo brillaban por la humedad del ambiente; permitiendo escurrir algunas gotas por su bien marcado abdomen. Y bajo el agua, su erecto y enorme miembro apuntaba directamente hacia mí, a sólo escasos centímetros de mi rostro. La sonrisa de lujuria en sus labios no tenía precio; se veía imponente, estaba hipnotizada.

    Obligada a salir de mi trance, recordé que mi novio estaba por entrar a la casa y encontrarnos en tan comprometida situación: ¡su hermosa novia compartiendo alegremente la piscina con dos extraños completamente desnudos! Algo que podría definitivamente sacar de sus casillas a la mayoría de los hombres.

    Estaba a punto de entrar en pánico cuando de repente, un agudo y breve sonido proveniente de afuera de la casa remplazó el ronco sonido que, segundos antes, mi cuerpo emitía al intentar recobrar el aliento. Se trataba del claxon de la camioneta, accionado por mi novio, que con un inconfundible tono electrónico confirmaba lo que ya sabíamos: él estaba a punto de entrar a la casa.

    Entonces intenté conjurar la situación. ¿Sería posible que mi novio conociendo de primera mano mis pasadas aventuras, tuviera a bien alertarme de su llegada para evitar tener que presenciar una vergonzosa escena entre sus empleados y su novia? Un par de réplicas del artificial sonido contestó mi pregunta.

    “Por eso te amo”, pensé en mi interior agradeciendo su gesto, pudiendo respirar aliviada.

    Más tranquila, me puse en pie en medio de los chicos y les sugerí salir de la piscina, muy sutilmente, pues no quería que pensaran que yo me estaba acobardando. Sin premura, nadé con gracia hacia la orilla, pues ahora sabía que mi novio se tomaría su tiempo antes de regresar al interior de la casa. Pedro y Pablo me siguieron resignados; abriéndose camino por el agua con sus macizos arietes al frente que, debido a su excitación, dejaban una estela blancuzca y viscosa a su paso.

    Deslizándome lentamente por la piscina, me puse a pensar en cómo diablos haría para quitar de mi rostro la sonrisa de satisfacción que se había apoderado de él, ¡cielo santo, realmente la había pasado muy bien!

    Aún con el riesgo para mi salud, que el acto mismo implicaba, y los problemas que me hubiese podido ocasionar con mi novio en caso de ser atrapada infraganti, de esa tarde presentarse nuevamente la oportunidad de repetir semejante hazaña, ¡por supuesto que lo volvería a hacer sin dudar!

    Después de todo, si había algo que había aprendido de mi novio en el tiempo que llevábamos juntos, era a aprovechar cada oportunidad que la vida te ofrece. Así que, en cierta manera, todo éste festín de erótico froteurismo era una especie de homenaje a él.

    Salí por los escalones y tomé la toalla que había estado utilizando en la playa; sequé mi cuerpo con ella, aun cuando ésta todavía contenía rastros de arena de esa mañana. Me senté en la tumbona a esperar a que entrara mi novio; mientras los chicos se recargaban en el borde de la piscina, ocultando sus aún erectos miembros.

    —¡Ya regresé! —anunció mi novio al entrar a la casa cargando un par de bolsas de compras.

    —Qué bueno amor —dije endulzando la voz, tratando de ocultar la falsedad de mi sentir.

    Sin notar, o ignorando premeditadamente, las prendas de los chicos regadas por todos lados, mi novio caminó hacia la cocina para guardar los víveres que había traído. Yo me puse de pie e igualmente me dirigí a la cocina para ayudarlo; con el objetivo de entretenerlo un poco, para dar tiempo a los chicos de que recogieran sus prendas y se volvieran a vestir. Tan pronto me paré al lado de mi novio, él me saludó con un beso sin dejar lo que estaba haciendo.

    —¿Te divertiste en mi ausencia preciosa? —preguntó mi novio en doble sentido, al despegar sus labios de mi boca mientras seguíamos guardando las provisiones.

    —Sabes que sí amor —respondí descaradamente con una sonrisa en mis labios—, pero también te extrañé —agregué inteligentemente para no parecer tan ‘zorra’.

    —Sí, seguro que me extrañaste mucho —dijo mi novio con un gesto de sarcasmo, destapando una botella de cerveza para darle un trago.

    A diferencia de los chicos y yo, mi novio había estado bebiendo la misma cantidad de alcohol sin realizar ningún tipo de actividad física, quizás hasta había bebido más, por lo que era lógico que él estuviera más ebrio que nosotros y esa la razón de su conducta relajada y despreocupada ante la posibilidad de que yo le pudiera ser infiel con alguno de ellos.

    Además estaba el hecho de que los chicos le habían salvado ‘el pellejo’ recién, al haber instalado las puertas de los armarios el día anterior, cosa que lo había puesto de buen humor, pues de no haber sido así hubiésemos perdido una parte considerable de nuestra ganancia. Definitivamente el estaba en deuda con ellos.

    —Bueno, es que llevábamos mucho tiempo sobrios —dije en tono de broma, haciendo referencia al tiempo que teníamos los chicos y yo sin beber alcohol.

    Mi comentario desató la risa de mi novio, al grado de casi regresar la cerveza por la nariz; lo cual como sabrán no es una sensación muy agradable, pero que mi novio tomó de buen humor sin parar de reír.

    —¡Ajá, así que lo que realmente extrañabas era la cerveza! —acusó mi novio entre risas, alcanzando una toalla de papel para limpiar de su mentón el líquido que había escurrido por su nariz.

    —No sólo la cerveza —refuté sonriente—, también el tequila —rematé desatando una vez más la risa de mi novio.

    —De acuerdo ‘putita’ —dijo mi novio en tono de broma, sujetándome por la cintura, al hacerme saber que él recordaba las confesiones de mis pasadas aventuras—, esperemos a que esos pendejos se vistan para llevarles una cerveza antes de que se deshidraten —ofreció mi novio de buen humor, dando continuidad a mi broma.

    Ese fin de semana definitivamente tenía una estrella en el cielo, ¡todo me estaba saliendo de maravilla! Al parecer, el que los chicos estuviesen completamente desnudos en la piscina no había pasado desapercibido para mi novio; pero lejos de molestarse o sufrir un ataque de celos, lo había tomado de buena manera. Después de todo, pienso que él realmente no creía que hubiéramos podido hacer mucho durante el corto tiempo que estuvo ausente.

    En ese preciso momento tuve una epifanía de lo que podía suceder esa noche. En un segundo pasaron por mi mente mil y una excitantes fantasías; todas con grandes posibilidades de realizarse con aquel par de atléticos y hermosos chicos en un futuro inmediato. Pues estando mi novio ebrio y de buen humor, ésto sólo podía mejorar. Tenía que buscar la manera de que el alcohol siguiera bajando por su garganta si quería que por la mía bajara una otro tipo de sustancia un poco más orgánica.

    Ya vestidos, Pedro y Pablo se pusieron a relatarnos, como se habían hecho socios para iniciar su pequeño negocio de carpintería y construcción. Ambos chicos vivían en un pequeño poblado, a unos kilómetros de ahí; y aunque su negocio era modesto, por estar lejos de la zona urbana más cercana, siempre eran la primera opción cuando los residentes de los alrededores necesitaban de algún trabajo en sus propiedades.

    El día trascurrió al calor de las copas, en lo que mi novio y los chicos siguieron platicando de temas tan diversos como deportes, cine, política, economía, etcétera. Obviamente, en algún momento era obligado que también tocarán el tema favorito de todos los hombres: mujeres y sexo.

    —¿Entonces ustedes comparten todo? —preguntó mi novio en tono de broma, refiriéndose a la sociedad que los chicos habían formado—. ¿Hasta las putas? —agregó riendo en solitario de su broma de mal gusto con visibles señales de ebriedad.

    —No sé imagina que tanto —respondió Pedro riendo con sarcasmo regresando la broma; antes de levantar su lata de cerveza para chocarla con Pablo en señal de complicidad.

    ¡Cielo santo! Casi me da un infarto con la respuesta de Pedro, temerosa de que pudiera hablar de más en ese momento. Definitivamente la conversación estaba subiendo mucho de tono; pero, por otro lado, me agradaba el hecho de que mi novio estuviera haciendo buenas migas con los chicos, lo cual no era muy habitual en él. Y eso obviamente me podía beneficiar a medida que avanzara la noche, cuando todos estuviéramos con unas copas de más. Por lo que no pude evitar responder a Pedro, con una nerviosa sonrisa que intenté ocultar detrás de mi cerveza, dándole a entender que había captado la indirecta.

    —En una ocasión teníamos un trabajo en otra casa de playa, y decidimos invitar a un par de amigas para divertirnos un rato en el mar después de terminar con nuestra labor —presumió Pedro alardeando, bien plantado en su papel de macho alfa—. Ese día terminamos tan ebrios, que al final intercambiamos parejas sin darnos cuenta —agregó burlón, al final de su propia anécdota.

    —Ha deber estado muy buena la orgía —concluyó mi novio riendo, dándoles por su lado a los chicos.

    —¡Oh, ya lo creo que sí! —asintió Pedro— ¡Lo malo es que, desde esa ocasión, nuestras amigas siempre quieren coger con ambos! —dijo Pedro continuando con su sosa broma.

    “Yo exigiría lo mismo”, pensé en mi interior mientras veía como los hombres se unían en una patética carcajada a causa del último comentario de Pedro. Aunque es un hecho comprobado que los hombres suelen exagerar sus aventuras sexuales, me era imposible evitar sentir un poco de celos de las presuntas ‘amiguitas’ de los chicos.

    —¿Y ustedes han participado en algún trío? —preguntó Pedro a mi novio con actitud desenfadada, tratando de agarrarlo desprevenido, aprovechando que a mi novio ya le era imposible ocultar su grado alto de ebriedad.

    Fue muy clara la intención de Pedro al contar su corta historia, la cual podía ser real o ficticia eso no importaba. El punto era incitar a mi novio a que le siguiera el juego, tocándole el turno de alardear ahora a él. Si mi novio con tal de no sentirse menos hombre que los chicos, respondía con alguna indiscreción sexual, estaría abriendo la puerta a la posibilidad de tener un trío o cuarteto ahí mismo. Lo cual sería muy beneficioso para mí, pues podría olvidarme de una vez por todas de actuar tras bambalinas; junto con el temor de ser atrapada en mis travesuras.

    Por un segundo fantaseé, imaginando a mi novio y a los chicos ponerse de acuerdo para fornicar conmigo tomando turnos; ignorando completamente mi opinión al respecto. Pensé que sería divertido, después de todo mi novio y Pedro tenían ambos un carácter dominante, por lo que ésta fantasía tenía muchas posibilidades de suceder. Aunque claro, también existían un factor de riesgo de que mi fantasía no se llegara a concretar; pues es bien sabido que dos leones no pueden reinar sobre una misma montaña. Siendo en este ejemplo mi hermoso y atractivo cuerpo, la montaña.

    Quizás Pedro podría ser de origen humilde y carecer de los títulos profesionales que tenía mi novio; pero sabía bien como poner una emboscada a una desprevenida presa. Y conociendo a la ingenua presa como yo la conocía, sabía que ésta no se podía quedar con la boca callada. Rogué al cielo que la estrategia de Pedro funcionara.

    —Desde la Universidad que ya no he participado en una buena orgía —confesó mi novio sin tapujos.

    Ciertamente la respuesta de mi novio me tomó por sorpresa, no sólo por la información suministrada sino también por la franqueza con que ésta fue dada. Para ser honesta, yo estaba esperando de su parte la típica respuesta en la que alardeara acerca de alguna ficticia hazaña de gran virilidad; como las que suelen dar todos los hombres cuando hablan de sexo, pero en su lugar apareció una respuesta sincera y sin pretensiones. “¿Quién era este hombre?”, pregunté a mí misma por un segundo.

    —Cuando estás en la universidad y te la pasas de fiesta en fiesta, es normal que termines en ese tipo de situaciones, donde no puedes recordar ni con quien te acostaste la noche anterior —explicó mi novio con serenidad—. Pero todo eso termina cuando uno se gradúa; si quieres que te vaya bien en la vida tienes que ponerte a trabajar en serio y por consiguiente ya no te queda tiempo para ese tipo de diversión —concluyó.

    Yo estaba sorprendida con la forma tan madura y sosiega con que mi novio había respondido a la atrevida pregunta de Pedro. Parecía un hombre totalmente distinto al ebrio que, el día de ayer, había estado lanzando improperios contra los chicos bajo el influjo del alcohol. ¡Estaba irreconocible! “¿Acaso este era el mismo hombre que la noche anterior me había hecho fornicar en público al aire libre?”, me hizo dudar nuevamente.

    La manera en que estaba interrelacionando con los chicos, especialmente con Pedro, era muy diferente al trato que él estaba acostumbrado a tener con sus amigos; el cual solía ser demasiado pesado e intenso, no perdiendo la oportunidad de ridiculizarse unos a otros a la menor oportunidad. De hecho, más de un par de sus amigos habían intentado seducirme en alguna ocasión; siendo ellos siempre rechazados por mí con la excusa de que estaba obligada a guardar a mi novio el debido respeto, cuando en realidad era que simplemente no me sentía atraída hacia ellos.

    Sin embargo, la forma en que él se conducía con Pedro y Pablo en ese momento era diametralmente opuesta, pues estaba siendo demasiado amable y cordial. Quizás él había visto en ambos chicos la sencillez y honestidad que tanta falta hacía en el ajetreado mundo inmobiliario de nuestra profesión. Y estas cualidades le resultaban suficientemente atractivas como para bajar la guardia, y sentirse confiado en compartir con ellos sus más profundos e íntimos sentimientos. ¿Sería que estaba presenciando el nacimiento de una gran amistad?

    —¿Y no habido alguna ocasión en que extrañe ese estilo de vida desenfrenado? —preguntó ahora Pedro, tratando de forzar a mi novio a caer en su trampa.

    Con todo y la recién descubierta faceta sensible de mi novio, Pedro realmente estaba más interesado en que me compartieran a mí con ellos en lugar de sus sentimientos; por lo que no estaba dispuesto a claudicar en su intento por persuadirlo con la posibilidad de realizar una improvisada y pequeña orgía. Afortunadamente, al menos Pedro, estaba concentrado en nuestro objetivo en común.

    —Para nada, el trabajo duro me ha traído algunos otros beneficios —respondió mi novio rápidamente dirigiendo la mirada hacia mí, al tiempo que sonreía pícaramente.

    Como mujer, esas últimas palabras me llegaron al corazón. El hecho de que mi novio reconociera abiertamente que prefería compartir su vida conmigo, en lugar de tener un amorío ocasional con una mujer diferente cada noche, me había conmovido en lo más profundo de mi ser, ¡me estaba derritiendo por dentro!

    —Gracias amor —dije con voz dulce, tan pronto entendí su comentario.

    Automáticamente me puse de pie y di un par de pasos hasta la tumbona donde se encontraba sentado; e inclinando mi hermoso y estilizado cuerpo sobre él le di un tierno y prolongado beso en la boca, como muestra de agradecimiento por sus sinceras palabras. Un beso que él correspondió gustoso, ignorando por completo donde mis labios habían estado tan sólo unos minutos antes.

    Imposible poder cuantificar el grado de morbo que la escena que estaban presenciando los chicos les provocaba. Yo misma lo estaba experimentando, con un poco de culpabilidad que sólo desaparecería cuando confesara mis travesuras con Pedro y Pablo durante la ausencia de mi novio. Pero eso podría esperar, éste era un momento sólo para disfrutar del intercambio de saliva, y algo más, con mi amado.

    —Tiene toda la razón, con una mujer tan hermosa y ‘fiel’ como su novia, ¿quién no sentaría cabeza? —comentó Pedro con sarcasmo sonriendo descaradamente.

    Sin que nuestros labios se despegaran, con el rabillo de mi ojo, observé con recelo como Pedro se tapaba la boca esforzándose por no soltar una carcajada debido a lo graciosa que debía resultarle la imagen frente a él. Sin poder contenerse, propinó un fuerte codazo a su siempre silencioso compinche.

    —Es verdad —asintió Pablo secamente a instancias de su amigo, sonriendo disimuladamente en absoluta complicidad.

    Siguiendo con mi jugueteo a dos bandas al entender las risas contenidas de los chicos, y aprovechando que mi rostro bloqueaba la visión de mi novio, levanté mi mano derecha en dirección hacia ellos para dedicar a ambos una obscena señal con mi dedo medio; como una especie de pequeña venganza por sus burlas.

    “¡Métanselo putos!”, pensé burlonamente en mi interior blandeando mi mano enérgicamente con enojo, en lo que ellos incrementaban sus risas.

    Una vez que nuestro largo beso fue consumado, regresé a mi sillón con el pretexto de volver a tomar mi bebida, y así dar oportunidad para que ‘mis hombres’ continuaran con su profunda conversación. Pasara lo que pasara éste sería el momento de la verdad, todo se decidiría en los siguientes minutos.

    —¿Y usted señorita, alguna vez participó en una orgía desenfrenada? —preguntó maliciosamente Pedro tomándonos totalmente desprevenidos.

    La nueva pregunta de Pedro desencadenó todo tipo de reacciones en nosotros; mi novio se fue de espaldas de risa sobre la tumbona, Pablo sufrió un repentino ataque de hipo, y yo casi me ahogo con mi bebida al regresar ésta por mi nariz. Había que reconocerle el empeño y determinación de Pedro, aún después de haber visto en primera fila la muestra de afecto entre mi novio y yo, parecía que nada lo haría desistir de sus pervertidas y fríamente calculadas intenciones. Era algo que se le debería de aplaudir.

    —Platícales preciosa —dijo mi novio entre risas, instándome responder a la indiscreta pregunta con alguna de las confesiones que yo le había hecho.

    Pedro había jugado su mejor carta y ésta era un ‘as’. Inteligentemente había intuido que mi novio debería estar enterado de algunas de mis aventuras pasadas, las cuales me serían difícil negar frente a él. Astutamente me había pasado el balón en la última jugada y ahora todo dependería de mí. Lo único bueno, es que ambos estábamos en el mismo equipo.

    —Bueno, ¿qué les gustaría saber? —pregunté pícaramente haciéndome la interesante, esperando que mi interrogador me diera pie a una respuesta más directa.

    —De lo que estamos hablando —enfatizó Pedro, entendiendo mi solicitud—, ¿cuándo fue la última vez que estuvo en una buena orgía?

    Una respuesta afirmativa a tal pregunta podía parecer algo trivial pero no lo era. El que yo reconociera abiertamente que había tenido sexo con más de un hombre al mismo tiempo, era una afirmación tácita de que yo estaba abierta a la posibilidad de volver a estar en esa situación alguna vez; preferentemente esa misma noche. Razón por la que agradecí que la reformulada pregunta no pudiera ser más directa, ya que ésta no dejaba lugar para vaguedades; en este momento no podíamos darnos el lujo de ser vagos.

    —Déjenme hacer un poco de memoria —solicité manteniendo el suspenso por unos segundos en lo que los chicos desesperaban por conocer mi respuesta—, creo que fue como hace 3 meses, en una fiesta con mis ex compañeros de la universidad —confesé descaradamente.

    Lo único mejor que reconocer ante los chicos que yo había participado en una orgía en el pasado, era justamente agregar que no se trataba de un pasado distante; sino todo lo contrario, un suceso relativamente muy reciente. Como si lo hubiésemos planeado, Pedro y yo habíamos puesto todas nuestras cartas sobre la mesa y hecho nuestra apuesta; sólo faltaba ver cómo reaccionaría mi novio para saber si habíamos hecho los movimientos correctos que nos llevaran a ganar la partida.

    —¡No puedo creerlo! —protestó mi novio—, ¿cuándo tuve que salir de viaje para finiquitar la compra de ésta casa? —agregó incrédulo entre risas.

    —Sí —confesé en voz baja, escondiéndome detrás de mi bebida con falsa timidez.

    —¡Por favor!, cuéntenos más detalles —suplicó Pedro en lo que mi novio se iba de espalda debido a un ataque de euforia; sorprendido por mi respuesta.

    —Ahora tienes que contarles todo preciosa —sentenció mi novio como castigo a mi indiscreción.

    Sin objetar mucho, comencé a relatar a mi novio y los chicos como en aquella ocasión, varios ex compañeros de la universidad nos habíamos reunido en un bar para recordar los viejos tiempos. Al salir del establecimiento dos de mis amigos me invitaron a continuar la fiesta en el departamento de uno de ellos; aprovechando que mi novio estaba de viaje acepté la invitación sin dudar. Ya en el departamento una cosa llevó a otra y terminé fornicando con ambos hasta el amanecer.

    Pedro y Pablo escuchaban en silencio mi relato; poniendo especial atención, en la parte en que detallaba la manera en que había sido seducida por mis amigos; quizás con la intención de copiar la estrategia que mis excompañeros habían utilizado conmigo, ¡sólo les faltó sacar papel y lápiz para tomar notas!

    De vez en cuando, era interrumpida por mi novio con algún comentario fuera de lugar tratando de hacerse el gracioso debido a su alto grado de ebriedad.

    —¡No puedo creerlo! —interrumpió mi novio— ¿Con el chico que decías que era un pendejo? —preguntó en forma retórica con una risa irónica.

    —¡Ya lo sé —respondí apenada—, es que me agarraron borracha, sobria ni de chiste que cojo con ellos! —agregué excusándome antes de reír abiertamente.

    Mientras estaba contando mi relato noté como los chicos, especialmente Pedro, frotaban disimuladamente sus miembros bajo su ropa, viéndose obligados a cerrar las piernas para ocultar el bulto que crecía sin control en sus pantalones. Era obvio que mi aventura los estaba excitando en gran manera.

    —Debió de haber sido una gran fiesta —suspiró Pedro con envidia, tratando de ocultar su erección.

    —¡Puedes apostar! —confirmé descaradamente con un guiño de ojo.

    Gracias al alcohol y lo candente de mi relato los chicos estaban muy excitados; mi novio al igual que ellos estaba de muy buen humor y con ganas de seguir la juerga, por lo que todo parecía ir viento en popa. Sin embargo, yo no podía sugerir nada más atrevido, por miedo a ser etiquetada como una ramera. Por muy ansiosa y excitada que me encontrara con la idea de fornicar con ellos no había nada más que pudiera hacer, yo había cumplido con mi parte, ahora todo dependía de mi novio y Pedro. ¿Quién de los dos daría el primer paso?

    —¿A qué podemos jugar? —preguntó Pedro con actitud relajada, antes de beber el líquido restante en la botella que sostenía.

    Con ésta última pregunta Pedro había traspasado todas las barreras de la familiaridad (bueno realmente creo que eso había pasado mucho tiempo antes). Era obvio que el chico tenía mucha confianza en sí mismo, a diferencia de Pablo que a pesar de haber bebido casi la misma cantidad de alcohol que su amigo seguía tan rígido como un palo.

    —¿Qué opinan de una competencia de fotografía erótica? —sugirió mi novio pícaramente.

    —¿Cómo sería eso? —preguntó Pedro con interés con una sonrisa de lujuria en su rostro.

    Mi novio pasó a explicar a Pedro y Pablo, la metodología de la improvisada competencia que acababa de idear. Cada uno de los chicos tendría un tiempo de 10 minutos como máximo para tomar todas las fotos que pudieran, en una sesión a puerta cerrada en la alcoba principal, ¡conmigo como sensual modelo! Al finalizar, mi novio juzgaría las fotos capturadas por cada uno de los participantes y decidiría quién sería el ganador en su calidad de juez absoluto.

    Los chicos escuchaban atentos con la boca abierta, ¡casi babeando! Incrédulos por la oportunidad que mi novio estaba poniendo frente a ellos; en mil años jamás se hubieran podido imaginar lo que la diosa fortuna les tenía reservado para ese día. Aunque, sólo faltaba un pequeño detalle.

    —Siempre y cuando tú estés de acuerdo cariño —dijo mi novio dirigiéndose hacia mí para saber mi opinión al respecto.

    Aunque un poco extrañada, por el inusual concurso de talento propuesto por mi novio accedí de buena gana a participar, quizás animada en parte por el alcohol que corría raudo por mis venas. Después de todo, el plan original de que ambos estuviéramos en ese momento en nuestra provisional casa de playa era el de tener la oportunidad de relajarnos y disfrutar de un fin de semana en pareja; por lo que era justo que él también tuviera un poco de diversión. Y si para otorgárselo, sólo tendría que dejarme fotografiar en traje de baño por dos perfectos desconocidos, yo no pensaba negarle ese placer.

    —De acuerdo, ¡acepto! —exclamé pícaramente para el regocijo de todos.

    Si mi novio parecía estar complacido, con mi actitud alegre y participativa, ¡ni que decir de los chicos! Quienes no tenían reparo en demostrar su entusiasmo con el hecho de tener a una linda chica, ¡posando sugestivamente para cada uno de ellos! La sonrisa de lujuria en sus rostros no dejaba ninguna duda de la clase de fotografías que pasaban por sus cabezas.

    Bromeaban cada uno con el otro, alardeando entre sí, con actitud fanfarrona acerca de quien capturaría las mejores imágenes; mientras que con fuertes manotazos se agredían físicamente tratando de intimidarse, ansiosos por que la justa comenzara. Pero antes de que otra cosa sucediera, había un detalle más el cual ellos requerían se resolviera cuanto antes.

    —¿Cuál será el premio para el ganador? —preguntó Pedro hablando por ambos, con una lasciva ambición en sus ojos. Como sí el sólo hecho de ser mi fotógrafo personal en una íntima sesión de modelaje no fuera suficiente.

    Quizás sus dudas no eran para menos. Horas antes, ambos chicos habían perdido la oportunidad, de ver mi escultural cuerpo totalmente desnudo frente a ellos. Era lógico que buscaran la posibilidad de obtener una revancha, de la mala broma que les había yo jugado. ¿Y quién mejor para conceder esa ansiada revancha que mi propio novio? Quien, en su condición de hombre, probablemente tenían una pequeña posibilidad de conseguir algo de empatía.

    —Permítanme pensar… —solicitó mi novio dejando a los chicos por un segundo en la incertidumbre, de si sus servicios como fotógrafos serían bien remunerados.

    Pero sus interrogantes no duraron demasiado tiempo pues casi de inmediato, mi novio determinó la presea con la cual recompensaría al ganador de la competencia que él mismo había invocado.

    —Quien tomé las fotografías más provocativas de mi novia —dijo con una sonrisa de perversidad en su rostro—, se podrá dar una ducha con ella… ¡desnudos! —sentenció con autoridad irrevocable.

    ¡Me quedé helada! ¡No lo podía creer! Mi novio acababa de ofrecer, como premio al ganador de la insólita competencia, la oportunidad de compartir el cuarto de baño con su novia.

    Si los chicos antes lucían entusiasmados, ahora estaban eufóricos, gritando de emoción, complacidos por la singular oferta. Su alegría estaba más que justificada, pues ahora tenían la seguridad total de que el ganador podría disfrutar de un tiempo en la intimidad conmigo, ¡absolutamente desnuda!

    Sin tener nada más que objetar, los chicos se pusieron a echar suertes con una moneda para decidir quién de los dos ganaba el turno de ser mi primer fotógrafo designado. Mientras yo nerviosa decidí beber un vaso de tequila tratando de agarrar valor; pues desconocía lo que ese par de pervertidos me obligarían a hacer con tal de hacerse acreedor al premio que tan gentilmente mi novio les acababa de ofrecer.

    Al final de varios lanzamientos de moneda Pedro resultó ganador para tomar el primer turno; por lo que comenzó a frotarse las manos impacientes por enclaustrarse conmigo en la habitación, lejos de las miradas de mi novio y su amigo. Consiguiendo al fin, un poco del momento de intimidad que tanto había deseado durante todo el día.

    Pablo por su parte se encontraba visiblemente tenso al sentirse en desventaja, nervioso por la presión que le causaba entrar de segundo en ésta competencia; aunque pensándolo bien creo que no hubiera habido mucha diferencia si le hubiese tocado entrar primero, el simplemente era así de inseguro.

    —¿Estás listo? —pregunté a Pedro, al terminar de beber mi copa, sin pretender extender más su espera.

    —¡Yo nací listo! —exclamó altanero, riendo entusiasmado.

    —¡Pues a darle entonces! —ordené sonriendo por su ingeniosa respuesta.

    Contagiada por su buen humor, lo tomé de la mano para guiarlo directamente hacia mi habitación, contoneándome graciosamente al caminar; sin considerar detenerme para ver la expresión en el rostro de mi novio. Si el muy cabrón se había atrevido a ofrecer a su hermosa e inocente novia como premio, ella se aseguraría que ninguno de los presentes olvidara esa memorable ocasión. ¡Cielos, como me hubiese gustado ver la expresión de su rostro en ese momento!

    Cerré la puerta de la habitación tras de mí y le pedí a Pedro que me diera unos minutos para buscar otro traje de baño para la sesión de fotos; pues el que llevaba en ese momento estaba demasiado sucio y arrugado a causa de llevarlo puesto todo el día. Escogí uno blanco, con el mismo tipo de corte, pero mucho más presentable.

    —Daté vuelta por favor —solicité a Pedro para poder cambiar mi vestuario sin la presión de su mirada.

    —Vamos, que ya estamos en confianza —protestó traviesamente, sugiriendo que me desnudara frente a sus ojos.

    —¡Claro que no, que todavía no has ganado nada! Pero te prometo que sí resultas ganador, podrás ver y tocar lo que quieras —respondí obligándolo a girar hacia la pared y a esperar a regañadientas por el resultado ‘oficial’ de la competencia.

    Para ser sincera, yo quería que él fuera el ganador. La oportunidad de tomar una ducha totalmente desnudos con aquel atlético y salvaje chico me provocaba mucho morbo y excitación; sabiendo perfectamente que, en esa cercana intimidad, el aseo personal pasaría a segundo término. Sentía lástima por el ingenuo de Pablo, pero la cosa era así y yo prefería que fuera así.

    Me cambié rápidamente de traje de baño y sin olvidar mi vanidad, traté de arreglarme un poco el cabello para salir lo mejor posible en las fotos que me tomarían los chicos. Aunque el reflejo en el espejo del tocador, de un Pedro acariciando su miembro por encima de su pantalón, me hacían saber que ni el juez ni los concursantes lo apreciarían mucho.

    —¡Estoy lista! —exclamé finalmente.

    Inmediatamente Pedro tomó su teléfono y ordenó que me subiera a la cama y empezó a tomarme fotografías a diestra y siniestra; sin darme oportunidad a posar correctamente o darme algún tipo de indicación respecto a las imágenes que quería captar. Ambos realmente estábamos muy nerviosos y sin práctica en el modelaje; por lo que las primeras fotografías fueron un total fiasco.

    —No, no están saliendo como quiero —comentó Pedro decepcionado por su falta de experiencia.

    Él se encontraba muy nervioso y tieso; por lo que todas sus fotos resultaban muy planas y monótonas, carentes de movimiento y sin vida. Totalmente frustrado comenzó a desesperarse, mientras el tiempo de su turno se extinguía poco a poco. En ese momento comprendí, que si yo quería que él ganara tendría que ayudarlo de alguna manera.

    —Tienes que aflojarte un poco cariño —sugerí con voz dulce, arrodillándome sobre la cama.

    Lo sujeté por los hombros y lo acerqué hacia a mí, mientras él seguía escondido detrás de su teléfono dispuesto a tomar otra serie de fotos sin haberlo pensado mucho. ¡No se lo permití! Sujetándolo por las manos, lo hice bajar la cámara sugestivamente hasta la altura de su miembro.

    —Imagina que es tu verga —ordené, al tiempo que una sonrisa de lujuria se volvía apoderar de su rostro.

    Satisfecha por su reacción me dejé caer sobre la cama y comencé a rodar hacia ambos lados; mientras que Pedro, escuchando el instinto de su miembro, comenzó a ser más selectivo con las imágenes que deseaba capturar. Simulando con un movimiento de su cadera, que su pene era la cámara.

    —¡Así nena, así! —exclamó Pedro excitado completamente, el bulto en su pantalón no dejaba duda de ello.

    Sé que es falta de modestia, pero ¡yo realmente era muy buena! En un instante, había transformado a un inexperto chico, en todo un fotógrafo profesional de modelos de trajes de baño. Pedro ya no sólo se limitaba a tomar las fotos correctas, ahora me indicaba las poses que deseaba que adoptara.

    —Sonríe preciosa… juega con tu cabello… lanza un beso… —ordenó con la cámara devuelta la altura de su rostro buscando la foto perfecta.

    Pedro se mordía los labios con lascivia, satisfecho por las imágenes capturadas. Sin embargo, ambos sabíamos perfectamente que si quería asegurarse de ganar tendría que llegar un poco más lejos.

    —¡Quitate el top chica! —ordenó con absoluta autoridad, sintiéndose dueño de la situación.

    Sin pensarlo dos veces, estiré mi top hacia bajo para liberar mis hermosos senos de la diminuta prenda; tratando de cubrirlos escasamente con las palmas de mis manos.

    —¡Así mamita, así! —exclamó Pedro satisfecho, mordiéndose los labios, disponiéndose a continuar tomando fotografías.

    Yo sonreía con toda la naturalidad del mundo, visiblemente desenfadada; animándome incluso a saludar levantado una mano. Exponiendo el contorno de mis senos al inquisidor ojo de la cámara, muy consciente del mal uso que podrían darles a esas indiscretas imágenes.

    Pero no había marcha atrás. Deseosa por experimentar nuevas emociones, yo había accedido voluntariamente a participar en este peculiar juego con mi novio y los chicos. La adrenalina y excitación que recorrían mi cuerpo me tenía completamente satisfecha con los resultados obtenidos hasta ese momento. El tiempo corría y sólo quedaba una cosa más…

    —¡Quítate la tanga! —ordenó ahora Pedro.

    Sonreí. Yo realmente deseaba que los penetrantes ojos negros de aquel chico escudriñaran cada rincón de mi cuerpo con deseo, con hambre, con ansias, con el derecho que tiene un verdadero hombre para poseer a la mujer que se le antoje. Sin embargo, tenía que respetar las reglas del juego.

    Estiré mi mano hacia la cabecera de la cama, para alcanzar una de las almohadas y utilizándola para cubrir mi torso, antes de soltar los nudos que sujetaban mi tanga a la cadera. Me erguí lentamente, en lo que mi prenda caía suavemente hasta mis pies; y con una pequeña patada la lancé hacía mi fotógrafo, mientras sonreía traviesamente.

    —¡Así mamita, así le gusta a papi! —exclamó nuevamente Pedro, casi babeando.

    Él comenzó a caminar alrededor de la cama, buscando conseguir la imagen más reveladora posible de mi cuerpo; mientras yo me esforzaba por llevarle el paso, tratando de cubrir mi torso con la almohada. Dejándome caer de rodillas, retozando sobre la cama; poniendo en mi rostro mis mejores gestos de niña traviesa y coqueta.

    —¡No seas mala! ¡Por favor suelta la almohada, mamita! —suplicó Pedro.

    —¡No, que no quiero que te descalifiquen! —respondí absurdamente, como si en tales circunstancias hubiera una especie de código de ética deportiva que cumplir.

    Mi respuesta fue sólo para divertirme increpando a Pedro, obligándolo a esperar al veredicto de mi novio en su calidad de juez. Aunque, realmente pensaba que no hubiese importado que me viera desnuda antes de tiempo; después de todo, era prácticamente imposible que el imbécil de Pablo pudiera encontrar alguna fórmula para ganar.

    —¡Se acabó el tiempo! —gritó mi novio detrás de la puerta, golpeándola fuertemente.

    El tiempo se había acabado y le pedí a Pedro que se volteara nuevamente para darme oportunidad de vestirme. Se que parecía ridículo, pero así es, las cosas más ridículas también pueden ser las más divertidas y excitantes.

    Nuevamente, a regañadientas, Pedro desvió la mirada dando me un poco de privacidad para volver a ‘vestirme’ rápidamente. Definitivamente, durante el turno de aquel hermoso chico, el morbo había alcanzado su punto más alto. ¡Como deseaba que fornicara conmigo en ese justo instante! Pero tendría que esperar un poco más para que eso sucediera, en lo que terminaba el turno de Pablo; unos pocos minutos que pensé que se me harían eternos.

    —¡Abran paso al ganador! —gritó Pedro entusiasmado, saliendo de la habitación, bromeando alegremente.

    —No comas ansias —aclaró mi novio, regresando la broma, con una nueva cerveza en su mano—, que yo soy el único que determinará quien gana y quien pierde.

    Yo reía divertida con la actitud de Pedro quien, a pesar del comentario de mi novio, sintiéndose ganador, repetía su baile de la victoria que más temprano aquel día había tenido el placer de conocerle. Mientras que Pablo, con un vaso de tequila en su mano y en absoluto silencio, lentamente entró a la habitación cabizbajo, cerrando la puerta tras de sí, visiblemente apesadumbrado.

    La optimista actitud de Pedro no cayó nada bien en Pablo, quien estaba notablemente tenso; sintiendo la presión de tener que superar el incógnito trabajo de su amigo. Por un momento pensé que ésta sesión sólo sería de puro trámite; que ya podíamos declarar un vencedor. Sin embargo, Pablo contaba con un ‘as’ bajo la manga.

    —¿Gustas un trago? —preguntó estirando la mano con el vaso para ofrecer me algo de beber.

    —Claro que sí, amor —respondí sólo por cortesía, ya que consideraba ya haber bebido suficiente, después de todo creo que era la primera vez que el tímido chico me dirigía la palabra en todo el día.

    Me acerqué al borde de la cama para tomar el vaso de su mano. Éste se encontraba lleno casi hasta el borde, por lo que procedí a dar primero sólo un sorbo para evitar que líquido se derramara. Yo ya me encontraba un poco ebria, pero aun así la fuerte bebida aclaró mi garganta quemándola con placer. Quise devolver el vaso a mi nuevo fotógrafo, pero antes de que lo pudiera hacer una rítmica melodía se apoderó de mí.

    —¡Me encanta esa canción! —exclamé visiblemente animada, al reconocer la melodía que acababa de poner Pablo en su teléfono para amenizar la sesión fotográfica.

    Deseosa de bailar, cerré los ojos para disfrutar de la alegre melodía e involuntariamente comencé a seguir el ritmo con sensuales movimientos de mi cuerpo. ¡Un punto para Pablo!, había sido totalmente sorprendida con ésta ingeniosa jugada maestra.

    El chico no tenía intenciones de desaprovechar su tiempo e inmediatamente comenzó a sacar fotografías con la cámara de su teléfono; mientras yo seguía el ritmo de la música con mi cuerpo. Al darme cuenta de esto, quise liberarme del vaso que contenía el tequila para poder bailar con más libertad, pero él lo impidió.

    —¡No mamita, bébela toda! —exigió mi fotógrafo.

    En la situación actual no estaba en posición de debatir con nadie, por lo que obedientemente procedí a llevar el vaso hasta mis labios para de un sólo trago beber el resto del tequila. Mi garganta ardió un poco pero no me importó, de hecho me gustó, ya me sentía libre para seguir disfrutando de mi efímera canción favorita.

    —¡Ahora sí chica, ponte de pie! —ordenó Pablo, tomando el vaso de mi mano amablemente para que pudiera seguir bailando.

    Consciente, o inconscientemente, Pablo había dado justo en el clavo. En un segundo me había olvidado por completo de la competencia en la que junto con mi novio y los chicos me encontraba participando. Olvidando incluso que yo era el premio para el ganador; el incentivo extra que mi novio les había prometido. Sólo había una cosa que importaba en ese momento, contonear mi hermoso y escultural cuerpo al ritmo de esa pegajosa y animada melodía que había invadido la habitación.

    Me puse de pie sin pensar que el tequila que recién había bebido me dificultaría mantener la vertical. Pero lejos de acobardarme lo usé a mi favor, acentuando provocativamente los pasos de mi sensual baile para complacer a mi único espectador. Bien consiente de que a partir de ese momento con cada movimiento que hiciera el efecto del alcohol se incrementaría sin control.

    Los primeros segundos me dediqué a disfrutar de la música, enajenándome totalmente. Cada vez que abría mis ojos ahí estaba Pablo infalible, con la indiscreta cámara de su teléfono, disparándola impunemente contra mi cuerpo; ansioso por capturar las imágenes más sensuales que le fueran posible. Al tiempo que nuestras miradas se cruzaban fugaces, siendo acompañadas de una pícara sonrisa de complicidad.

    Casi de inmediato yo volvía a cerrar mis ojos, jugando con actitud traviesa, como si creyera que la falsa oscuridad en la que me sumergía afectara también a la cámara de mi fotógrafo aficionado; permitiéndole sólo continuar con su trabajo al momento de abrirlos nuevamente. Como si se tratase de una tierna bebita que se pregunta con inocencia ¿adónde se van todos?, al momento de cubrir sus ojos.

    —¡Vamos mamita, pórtate mal! —sugirió sutilmente Pablo, tratando de aumentar lo atrevido de mis poses.

    ¡Nunca lo hubiera dicho! Yo estaba completamente fuera de mí. No sabía a ciencia cierta donde estaba, ni con quién me encontraba; ¡ni siquiera recordaba a mi novio detrás de la puerta! Igualmente, mis ganas de ser poseída por mi anterior fotógrafo habían desaparecido. En ese momento yo sólo quería complacer al desconocido que se ocultaba detrás de la lente de aquella cámara.

    Instintivamente deslicé el top de mi bañador para dejarlo caer hasta mis pies, cubriendo escasamente mis senos con las palmas de mis manos. Sonriendo descaradamente con los ojos cerrados, adivinando el origen del próximo disparo, completamente desinhibida y agradecida por esa última copa. Pues de no ser por el alcohol en mi organismo, probablemente me encontraría mucho más nerviosa de lo que me encontraba en ese momento.

    Con los ojos completamente cerrados, utilizaba el sonido de las pisadas de Pablo para regalarle las mejores poses de mi cuerpo. Buscando casi siempre quedar de perfil, para que pudiera tomar buenas imágenes de mis senos, cubiertos sólo con el brazo opuesto a la cámara, lanzando besos ciegos al aire que estaba segura alcanzaban su objetivo.

    —¡Vamos mamita dame más! —ordenó Pablo, con un tono de lujuria en su voz que dejaba al descubierto su excitación.

    La música ya no me controlaba más, Pablo era quién ponía las reglas en ese momento. Acostumbrada a tener un novio muy temperamental para mí era algo normal tener siempre que complacer en la habitación las órdenes de mi hombre en turno. Si Pablo quería poses más sugestivas y atrevidas, era mi obligación dárselas, ¡sí o sí!

    Ahí de pie en medio de la cama, semi desnuda y visiblemente ebria; había pocas cosas que podía hacer para regalar a Pablo la oportunidad de conseguir la fotografía más provocativa de toda la noche.

    Sin pensarlo mucho, con mi mano libre deshice el nudo de mi tanga, dejándola caer a lo largo de mis largas y bien torneadas piernas. Cubrirme con la almohada ya no era una opción, por lo que me apresuré a colocar mi mano libre sobre la entrepierna, cubriendo con la más absurda y falsa modestia mi depilada y rosada vagina; manteniendo una pose que trataba de imitar la de la famosa diosa Afrodita sobre una ostra. Sólo que mucho más hermosa, ¡obviamente!

    No supe cuántas fotografías alcanzó a tomar Pablo, antes que mi novio volviera a golpear la puerta, indicando que el tiempo se había terminado. Lo que sí sabía es que debido a mí falta de auto control, posiblemente había perdido la oportunidad de fornicar con Pedro en la ducha. Lo cual me entristeció un poco.

    Sin embargo, había una apuesta que debía cumplir, por lo que decidí que independientemente del resultado de este divertido ‘duelo de talento’, yo me acostaría con el ganador como compensación por el excitante día que había pasado con ambos chicos. Era lo menos que podía hacer como muestra de agradecimiento.

  • La casa en el pueblo

    La casa en el pueblo

    Tenía casi todo el día libre, escribí a mi sumisa un WhatsApp, con el lugar donde debía recogerme a la mañana siguiente y algunas instrucciones. Al momento recibí un OK, apagué el teléfono.

    A la mañana siguiente en el lugar acordado estaba esperando Isa con un vestido de punto de cuello alto, sin sujetador y zapatos de tacón, eché un vistazo al asiento de atrás y estaba la bolsa con los juguetes de mi sumisa.

    La sonrisa de Isa dejaba ver la ilusión que tenía por tener la oportunidad de enseñarme su casa en el pueblo y poder usarla sin condicionantes.

    Espero que le guste Amo, no es gran cosa pero esta algo apartada y creo que eso es un plus para nuestros intereses.

    ¿Nuestros intereses?

    Perdón Amo, para poder hacer allí todo lo que quiera. Arrancó el coche dirección al pueblo.

    ¿Qué esperas de hoy? sin tratamientos

    – Lo que quieras que ocurra.

    – Eso seguro, alguna sugerencia?

    – Puff, infinidad, que me uses a tu antojo y me humilles, me encanta, sacando la Puta que soy, que sobre todo que estés orgulloso de tu sumisa, haciéndome lo que quieras.

    Isa, llevaba el vestido subido hasta los muslos, lo que dejaba muy poco a la imaginación, llevé dos dedos a su boca y los lamió, bajé la mano hasta sus bragas las aparté un poco y roce su clítoris.

    – Uff, por favor, no me voy a poder aguantar.

    – Aparca en la gasolinera, conduciré yo. Quítate las bragas y cuando entres súbete la falda.

    Nos intercambiamos, ella hizo un movimiento rápido para quitarse las bragas, entró en el coche con ellas en la mano y me las entregó.

    – Ya están ya húmedas?

    – Si, desde ayer me he imaginado multitud de situaciones y como no me diste permiso para correrme estoy muy caliente, ya has visto que solo tocarme me he puesto a cien.

    – Volví a meter dos dedos mientras retomábamos el camino,

    Isa suspiró, – puedo correrme, lo necesito.

    – No zorra, quiero que estés así.

    Como estábamos muy cerca la dejé tranquila, sabiendo que estaba loca por tener un orgasmo.

    A la entrada del pueblo tomamos un camino y dimos con el muro de una urbanización, eran parcelas con una pequeña vivienda, habíamos pasado varias antes de llegar a la suya, al final de la calle sin salida. Me comentó que antes había sido una urbanización con mucha actividad los fines de semana y vacaciones, ahora casi todas estaban vacías y sus dueños rara vez venían por allí.

    – Baja y deja la ropa aquí antes de abrir la verja.

    Miró por el espejo, bajo del coche dejando su ropa, abriendo rápido la verja, volviéndola a cerrar se dirigió rápidamente a la casa, al entrar hacia una temperatura agradable, la casa estaba templada.

    – Amo cuando ayer me dijo que veníamos, me acerque a calentarla, espero que no le moleste.

    – No zorra, has hecho bien, me gusta que tengas iniciativa.

    Pasamos del pequeño recibidor al salón, la agarré del pelo la besé con fuerza y la bajé hasta ponerla de rodillas. Inmediatamente desabrochó el pantalón y comenzó a chupármela.

    – Me puedo tocar Amo?

    – No zorra, todavía tienes un castigo pendiente por dudar al bajarte del coche.

    Isa se aplicó como siempre hacía, sin dejar de mirarme, esperando la orden para cambiar de postura. Cuando ya me la puso dura la volví a coger del pelo, besándola la llevé andando hacia atrás hasta tropezar con el sofá, entreabriendo sus piernas esperando ser follada, su cara era todo un ofrecimiento a lo que viniera, le dí unas palmaditas en su palpitante coño y comencé a comérselo con fuerza.

    -Amo. Si, si que gusto, siga por favor, más, más, fóllese a esta Puta. Me corro, me corro por favor.

    -córrete zorra

    Sabiendo que en ese estado no podría aguantar mucho, empezó a convulsionar, a soltar jugos y algunas palabras inteligibles. Poco a poco se fue recuperando.

    – Joder que gusto, Gracias, gracias, que sorpresa. creí que me iba a follar.

    – Esto todavía no ha acabado putón, se le dibujó una amplia sonrisa.

    – Toda para mi Amo.

    Se la metí en su chorreante coño que seguía emitiendo jugos, entraba y salía resbalando por su volcán, le dí la vuelta jugando con mi polla entre su coño y su culo, ella hacia círculos con su cuerpo y se pegaba a mi intentando ser penetrada, cuando ya estuvo bien lubricado, la cogí del pelo, apoyé el capullo en su culo, se la metí de golpe y comencé a azotarla con la mano.

    – Siii, Amo, deme por el culo, si fólleselo, es suyo, me gusta, me gusta su leche dentro, Joder soy su Puta.

    Isa gritaba sin control, sabiendo que nadie podía oírla y quería liberarse. Se pellizcaba los pezones y metía los dedos en el coño, me corrí en su culo, cuando acabé de vaciarme, se tiró al suelo y comenzó a chupármela hasta dejarla bien limpia. Al finalizar:

    – Amo, esto es el salón, quiere ver el resto?

    – Que quieres una parada en cada habitación?

    – Lástima que tan solo tenga dos. Sonrió por la ocurrencia.

    – Vamos enséñamela, veo hay que hacerle una actualización.

    – Si Amo, aunque la habitación principal no es tan grande como la de Madrid, si le parece bien pediré una cama más grande, y quitaré esos viejos muebles para poner algo más de su agrado.

    – Abrí el cajón superior de la cómoda y vi dos juegos de lencería nuevos, con sus etiquetas.

    – Zorra, veo que ayer estuviste entretenida preparándote.

    – Si espero que le gusten.

    Asentí mientras me dirigía a la otra habitación que debió ser la suya, con una cama individual y decoración al uso.

    – Típica de niña buena, eras una niña buena.?

    – Si Amo, bastante inocente. No como ahora. Jeje

    – Bien, niña buena, quiero ver cómo te masturbabas y me enseñes lo Puta que eres ahora.

    Isa se sentó en la cama dejando una pierna apoyada en el suelo y sin apartar un instante su mirada, intentando seducirme con sus ojos azules, puso cara de puta viciosa queriendo demostrar que sabía muy bien que hacer, se cogió los pezones y los giraba lentamente aumentando la presión sobre ellos, se chupó un dedo y luego dos bajando esa mano hasta su clítoris, con movimientos arriba y abajo fue abriendo su coño para metérselos, a estas alturas ya estaba muy caliente y se dejaba llevar por el momento de excitación, volvió a chuparse los dedos, introduciéndolos otra vez en su coño, esta vez se los pedí para saborearlos, indicándole que continuara ella sola, metidos de nuevo en su coño aceleró el movimiento de su mano, el orgasmo estaba cerca. Comenzó a gritar dejándose ir.

    – Agg, agg, me corrro, me gusta, me gusta, Amo quiere follarse otra vez a esta Puta? Que gusto, Amo por favor, fólleme, Agg, agg.

    Cerró las piernas atrapando su mano mientras se estremecía con pequeños espasmos, tardó unos minutos en recuperarse, cuando lo hizo sin dejar de mirarme, se lamió cada uno de sus dedos, buscando mi aprobación.

    – Le ha gustado a mi Amo ver cómo ha disfrutado su Puta corriéndose.

    – Vamos que queda mucho por hacer. Quiero ver cómo te quedan los modelitos que compraste.

    Vístete, ponte el negro y rosa, pasearemos hasta el pueblo para tomar el vermut y ver como te exhibes

    – Amo ayer también traje comida, si le parece bien preparo algo y lo tomamos en la terraza de atrás, tendremos más tiempo.

    – Perfecto, veo que has estado en todo, deja la lencería para luego, quédate desnuda y no te entretengas mucho en la cocina.

    Se dirigió a la cocina, mientras yo, había salido a la terraza posterior que daba a un jardín lo suficientemente grande con piscina y una caseta al fondo, pero que mantenía toda la privacidad deseable.

    Fui a la cocina para ver el motivo de su retraso, estaba de espaldas y casi todo preparado.

    – Tienes mucha hambre? Le dije tomándola por los pechos y apoyando mi polla contra su culo. Ella arqueo la espalda sacando el culo, buscando aumentar el contacto.

    – Amo puedo esperar el tiempo que haga falta. Ha pensado algo? Mientras buscaba con sus manos mi polla.

    – Trae la bolsa a la terraza y lo que has preparado.

    Serví dos copas de vino, brindamos y la hice tumbarse boca-arriba en la mesa, atándole muñecas y tobillos a las patas, lo que la dejaba totalmente expuesta. Ella estaba nerviosa por la expectación de lo que hubiera preparado. Rellené su copa y la vertí sobre boca hasta que le costó tragar, la besé con fuerza jugando con su lengua mientras con mi mano bajaba hasta su coño, introduciéndole dos dedos, cuando estaba excitada, tome el flogger y le dí de manera suave sobre su coño y pecho unas cuantas veces. Su excitación iba en aumento, puse en su boca una mordaza-bola y volví a meter los dedos en su coño, sus ojos pasaron a ser su mejor herramienta de comunicación, muy abiertos cuando empezaba a follarla con la mano, los ponía en blanco con la excitación, mientras intentaba gritar atenuada por la bola.

    Aumente el ritmo de mi mano, ella intentaba moverse sin ninguna posibilidad, gritar mientras se corría, recogía con mis dedos su corrida y se lo pasaba por la comisura de sus labios, intentaba saborearlos inútilmente. Decidí descansar un poco, teníamos mucho tiempo por delante, estaba adormilada en la mesa. Era una visión fantástica tenerla así de expuesta, después de beber un poco de vino observando su cuerpo, le desaté las manos y le ofrecí algo para reponerse, sonreía mientras reponía fuerzas.

    – Ha sido brutal, estoy rendida, no puedo casi sostenerme, Gracias Amo, estoy agotada.

    – Puta, solo hemos empezado.

    Se le atragantó el sorbo de vino, su cara mostró preocupación y nerviosismo. La hice tumbarse de nuevo volviéndola a atar y colocar la mordaza, añadí un antifaz. La situación le excitaba al no ver que se le avecinaba. Volteaba la cabeza al menor ruido, imaginando que era lo que ocurría.

    Tomé el vibrador y se lo metí en el coño después de frotárselo un par de veces, intentando gritar, accioné el mando, su cuerpo se estremeció al instante, paré, me senté a observarla y accionaba el mando intermitentemente, volví a su lado tomándole los pezones, jugaba con ellos los chupaba, mordía, pellizcaba, ella arqueaba la espalda para ofrecerlos mientras chillaba, estuve alternando jugar con sus tetas y el vibrador, a veces ambos, con cortos descansos. Su corrida no podía demorarse mucho, quedó totalmente extenuada, la liberé de sus ataduras y la llevé hasta la cama, debía descansar.

    En el tiempo que descansaba aproveche, dí un paseo por los alrededores y comí algo de lo preparado, revisé alguno de los álbumes de fotos, a las dos horas, apareció Isa en el salón con el juego Negro y Rosa y una amplia sonrisa de satisfacción.

    – Amo podemos comer algo? Estoy desfallecida.

    – De momento paséate como una perra para ver ese modelito. Luego comerás. Isa había aprendido como excitarme, dio unas vueltas sobre si insinuándose, tocándose y se puso a cuatro con esa mirada de puta que tanto me ponía, se dirigió hacia mí, abriendo mi pantalón se la metió de golpe y empezó a comerme la polla lentamente, la agarré de la cabeza y comencé a follarme su boca. La hice levantar y apoyándola en la mesa, aparté la bragas y se la metí en el coño, se agarró a mi cuello, mientras la besaba con fuerza, le saqué por encima del sujetador las tetas y le apretaba los pezones, sincronizamos los ritmos.

    – Amo useme, useme como una puta, que gusto, llene mi coño, useme, agg agg. Me corro, Amo.

    Aceleré las embestidas y me corrí dentro, bajo enseguida a limpiarla, mientras caían pequeñas gotas de su coño sobre el suelo. Una vez estuvo bien limpia, la subí de los pelos y la besé.

    – Limpia esto y come algo, yo tomaré café.

    Rápidamente limpio el suelo y estábamos de nuevo en la terraza comiendo y tomando café, hablando distendidamente sobre lo ocurrido sin tratamiento.

    – Ha sido brutal, excitante, el estar tan expuesta a tus deseos sabiendo que no podía hacer nada me ponía mucho más, que liberación gritar mientras me corría, no sé si podré aguantar este ritmo.

    – Seguro que podrías, había que aprovechar la ocasión.

    – Gracías por permitirme descansar.

    – No era plan de que llegarás a la extenuación, debías reponerte, pero puede que tengas alguna otra sorpresa.

    – Lo que tengas preparado estará bien, sabes que te pertenezco.

    Aunque se estaba bien, empezaba a refrescar. Le dije de pasar dentro y encender la chimenea.

    – Vete a cambiar el modelito, este ya lo has estrenado bien.

    Isa encendió la chimenea y fue a cambiarse. Cuando volvió traía un conjunto de encaje blanco que realzaba su figura. Sentado en el sofá, Isa se tumbó a mi lado, con su cabeza sobre mis piernas. Puse la TV y la conecté con mi móvil, comencé a poner videos, se mostró asombrada,

    – Pero? Cuando los ha grabado? No me he dado cuenta.

    – Mejor así puedes ver lo puta que eres cuando te dejas llevar,

    Estaban prácticamente todos nuestros encuentros de ese día desde que volvía desnuda de cerrar la verja, hasta nuestras sesiones en la terraza, pasando por su “Exhibición” en su antigua habitación de niña buena. Comentamos como se sentía en cada momento, yo estaba jugando con su coño y su boca, Isa se estaba excitando de verse a si misma corriéndose una y otra vez, de vez en cuando apretaba mi brazo, cerrando las piernas y se estiraba para besarme mientras me daba las gracias.

    Cuando vimos todos era algo tarde, nos dispusimos levantarnos.

    – Te has excitado viéndote?

    – Mucho, el masaje en mi coño también ayuda, lo tengo para revisión, voy a dormir seguido un par de días. Gracias.

    – Voy a ducharme, vete recogiendo esto, no te pongas ropa interior, quiero que sientas ese olor a Puta recién follada, hasta que llegues a casa.

    En 30 minutos estábamos de camino de vuelta, Isa no paraba de decirme lo bien que se había sentido y para qué negarlo, yo también había disfrutado llevándola al límite de sus fuerzas y comprobando su entrega, ahora mi mente pensaba en las posibilidades que ofrecía esa casa para disfrutar de nuestra relación Amo-Sumisa. Volvemos cuando la ocasión lo permite y hemos tenido experiencias muy gratificantes pero eso son parte de otra historia.

    Continuará.

  • Dolores, mi suegra

    Dolores, mi suegra

    ¡Esto es el colmo! ¡No toleraré que le faltes el respeto a mi hija tu comportamiento con ella me exaspera! ¡Y para los colmos del colmo te pavoneas con otras por el pueblo! ¡solo faltaba que aparecieras con ellas en esta casa! ¡Hasta aquí hemos llegado! Todo esto me grita mi airada suegra acompañada de su marido entre dientes le contesto ¡métase en sus asuntos vieja arpía haré lo que me dé la gana! este comentario es la gota que colmó el vaso. Mis suegros sin previo aviso se arrojan sobre mi haciéndome caer al suelo, mi suegro se me echa encima inmovilizándome con su peso.

    Mi suegra aprovecha para atarme las manos a la espalda con bridas, protestó enérgicamente una y otra vez, llevándome algún que otro manotazo. Entre los dos me levantan y me llevan a la mesa grande que tienen en el comedor, retiran las sillas y me obligan a inclinarme sobre la mesa. Continuó con los insultos mientras mi suegra me sujeta por los cabellos contra la mesa y mi suegro tirando de mis pantalones hacía abajó con calzoncillos incluidos me deja con el culo al aire ¡Juan la correa! Oigo decir a mi suegra, mi suegro no se hace rogar y sacándose la correa de sus propios pantalones, comienza con el primer correazo de una veintena, el dolor es insoportable y poco a poco va quebrantando mi voluntad de resistencia y comienzo a suplicar ¡Paren por favor! Cuando terminan con los correazos entre sollozos les preguntó qué es lo que pretenden de mí.

    Mi suegra tirándome de los cabellos bruscamente y levantándome la cara, me grita muy irritada ¡te vamos a dar una lección que no vas a poder olvidar ¡no puedo creer lo que acabo de oír, muy airado les cristo ¡están locos, suéltenme inmediatamente! ¡Juan la correa! Vuelve a decir mi suegra a mi suegro, que está vez se aplica con esmeró con otra veintena de correazos que parecen resquebrajarme el culo, entre sollozos suplicas y lágrimas logró decir ¡de acuerdo! tirándome nuevamente del cabello, mi suegra me grita ¡quiero oírtelo decir otra vez! ¡de acuerdo haré lo que sea, pero no me azoten más por favor! Con sonrisa burlona me dice ¡quiero verte como le mamas la polla a mi marido! Suplico repetirás veces ¡no por favor eso no! ¡eso sí, oh prefieres la correa! replica mi suegra.

    Entre los dos me obligan arrodillarme frente a mi suegro, que bajándose los pantalones me muestra su polla gruesa y venosa que sujeta con una de sus manos ¡vamos abre la boca! ¡Reniego tímidamente pero mi suegra extendiendo su mano sujeta la polla de su marido introduciéndola hábil mente en mi boca! La situación es la más humillante que pudiera haber imaginado arrodillado mamándole la polla a mi suegro, bajo la atenta mirada de mi suegra, voy resignadme y tragándome la gruesa polla de mi suegro, la sensación es extraña mi celebro y orgullo de macho me dice que no continúe.

    Los comentarios en voz alta de mi suegra no se hacen esperar humillándome aún más ¿ves cómo la mamá el maricon de tu yerno cariño? ¡ya estoy dándome cuenta a quién tengo como marido de mi hija, un maricon! ¡mira al señor importante hay abajo mamando la polla de su suegro! ¡vamos, quiero ver cómo te la tragas entera! Creo morirme, ya no pueden humillarme más (o al menos eso creía yo) mi suegra a mi lado se ovilla el camisón por debajo de su pecho y sacándose las bragas se sienta en unas de las sillas con las piernas abiertas ¡tráemelo aquí! ordena a su marido, que sujetándome por el cabellos me hace ir a las entrepiernas de su mujer obligándome arrodillar, ella sujetándome por los cabellos lleva mi cara a su coño sin depilar ¡vamos!¡comienza a comerme el coño con él mismo énfasis que le mamabas la polla a mí marido!

    Mientras mi suegra me obliga a comerle el coño, siento cómo mi suegro introduce su dedo en mi culo y mucho dolor cuando dos de sus dedos entran ¡Joder, qué agujero tan estrecho tienes seguro que esta sin estrenar! Intuyo que pretende, intento rebelarme ¡no por ahí, no! Consiguiendo un manotazo por parte de mi suegra ¡cállate y continúa comiéndome el coño maricon! Presionando el glande en la entrada de mi ano mi suegro introduce su polla bruscamente ¡aaahhh! Grito de dolor, mi suegra llama mi atención ¡eh tú, aquí arriba! levanto la mirada con la expresión del dolor que me produce la polla de mi suegro. ¡mira cómo te tengo, entre mis piernas comiéndome el coño mientras recibes por el culo la polla de mi marido! ¡vamos come, como nunca lo has hecho maricon! Sujetando mi cabeza y empujando más hacia ella se estremece de placer, mientras mi suegro sujetándose a mi cintura comienza a embestir frenética mente, el dolor va desapareciendo y un extraño placer se apodera de mí que realmente me está gustando.

    Mi suegra continúa con sus insultos diciéndome lo maricon que soy que estoy portándome como una buena putita. Es ella la primera que se corre, entre resoplidos y gemidos, sus fluidos entran en mi boca sujetadme fuertemente contra su coño. Mi suegro continúa penetrándome cada vez más enérgica mente gimiendo y resoplando como una vestía, para finalmente terminar corriéndose en mi interior gritando ¡toma puta toda mi leche! Mientras mis suegros se reponen yo permanezco con la polla de mi suegro en mi culo y la cara metida en el coño de mi suegra, por un rato. Reconozco la voz de mi esposa que salida de la nada y cámara en mano exclama ¡vaya, vaya que mariconazo ha salido mi querido maridito! me quiero morir de la vergüenza, no puedo ni pronunciar palabras alguna de la humillación tan grande que siento, mi suegro por fin decide sacármela y me obliga a inclinarme aún más dejando mi culo abierto y palpitante a la vista de los tres mientras ríen.

    ¡Pon atención a lo que tengo que decirte maricon! me grita mí esposa ¡la grabación es para asegurarnos tú compromiso con esta familia! ¡tendrás que atender las pretensiones de mis padres cada noche, yo misma te llevare a su cama! ¡y a todo esto solo me queda recordarte que le des las gracias a mi madre que planeo esta gran idea!

  • Verónica, la enfermera enérgica y sumisa

    Verónica, la enfermera enérgica y sumisa

    Verónica es enfermera y tiene cuarenta años. No es la típica uniformada de relato erótico sino, una profesional de carne y hueso que habita los hospitales en el conurbano bonaerense. No supera el metro sesenta, cuerpo triangular, tez trigueña y pelo negro lacio a los hombros y siempre recogido con coleta cuando cumple de guardia. Su rostro es ovalado, con pera casi en punta; las cejas denotan carácter fuerte que confirman ojos oscuros y grandes; la nariz aguileña y los labios delicadamente rellenos, siempre me recuerdan a Scully de “los expedientes X”. Precisamente, con unos pocos kilos más y cinco centímetros menos, mi amante es la versión “fotocopia no color” de Gillian Anderson.

    La conocí en un gig en un bar en Banfield. Éramos unos cincuenta parroquianos, todos amigos y familiares del artista; ella me llamó la atención por el brillo de sus pantalones de cuero en la penumbra. Se le notaba enérgica pese a su altura y me propuse seguir con la mirada aquella figura bruñida; pronto concluí que no tenía pareja o al menos no la acompañaba aquella noche) y que paraba con otras dos mujeres, algo más grandes en edad y volumen.

    De aquella tríada de enfermeras, Verónica destacaba en presencia; en un claro de luz verdosa pude ver sus pechos firme y en punta, la remera clara traslucía el sostén a tono. Me acerqué y charlamos, sus compañeras facilitaron el contacto entre risas cómplices: soltera, un hijo, vive con los padres en Lomas de Zamora. Su casa quedaba de paso y me ofrecí a alcanzarla hasta su hogar; en la salida del local nos zarandeamos para besarnos y acariciarnos contra un pilar de luz. Estuvimos quince minutos apretando, escurriendo manos y labios por toda superficie. Sus senos además de hermosos, eran firmes, jugando le desprendí el sostén y los pezones rebotaron como en una helada. Subimos al auto y nos dirigimos a un telo por la zona; ella durante el camino me acarició la entrepierna, lo cual casi nos cuesta un roce con otro automóvil.

    Entramos entre carcajadas a la habitación y nos recostamos en la cama; sus tetas me pesaban, el roce de mi pecho con sus pezones enhiestos me excitaba al punto que terminé por lamerlos. Verónica se quitó el pantalón y fui arriba. Intenté penetrar pero faltaba lubricación – despacito, despacito -susurro Verónica apretando los labios hermosos en pucherito. Por fin, pude abrir paso dentro de la cavidad húmeda y tibia; quise quedarme a vivir pero el deber llamaba y comencé a mover la pelvis enérgicamente con golpes circulares, directos y expansivos a cada milímetro de la vulva. Sentí el clítoris duro y me concentré en aquella zona, mi compañera me apretó los brazos exclamando -¡¡que rico!!, ¡ahí, así!. Luego de unos minutos, ella estiro las piernas contraídas. Terminamos y como premio recibí un beso húmedo.

    Mientras descansamos extendidos en la cama y viendo nuestro reflejo en el techo a sonrisa descolgada, tome nota de la fuerza de aquel diminuto cuerpo acostumbrado a levantar y mover personas mucho más pesadas y grandes en el hospicio: Verónica era, fundamentalmente, un derroche de energía. Nos pusimos de costado, frente a frente y ella sonrió picara, apretando los labios. carnosos. Sus patas de gallo y pequeños surcos en la frente, visibles por los foquitos led en el respaldo, desmintieron el ímpetu juvenil de mi compañera.

    En circunstancias comunes, Verónica me hubiera pasado desapercibida y claramente, ella se encontraba de alguna manera obnubilada por su conquista. Yo era un gringo alto y con modos de clase acomodada, lo cual me resultaba culposamente patético pero imposible de ocultar. Verónica susurro algo e instintivamente puse mi mano sobre su boca, apagando el habla. Ella no se amilanó e insistió, a lo cual respondí incrementando la presión. La enfermera miró abajo y comenzó a masajear el pene visiblemente erecto.

    Intento de nuevo emitir palabra y no pudo; sonrió nuevamente picara y continuó con la maniobra hasta que por fin, contrariada, corrió la cara y preguntó -¿queres taparme la boca? Asentí, incómodo en la intemperie . Verónica se estiró hasta su cartera y tomó una pañoleta brillosa con la cual cubrió su boca y luego anudó al cuello. Ella me ofreció la espalda y entonces, la penetré por detrás. La enfermera acomodo mi pene en su vagina y arremetí con el mayor esfuerzo.

    Su reflejo en la pared espejada me excitaba. Amordazada, sus expresiones de goce y dolor se extendían hasta las pupilas dilatadas; los gemidos y suspiros entrecortados volvían todo más placentero hasta desvincularme de aquel ensamble de cuerpos en un furioso apretón de manos. Nuevamente estábamos enfrentados, Verónica gimió brevemente, sugirió con los ojos negros que le retirara la mordaza, lo cual hice amablemente. En un movimiento ágil y rápido, la mujer se colocó delante mío en cucharita. Puse mi pene apagado entre sus nalgas; ella tomó mi mano y la posó sobre su boca y así dormimos hasta la mañana siguiente.

    Nos mensajeamos durante la semana, ella derrochaba interés y yo apatía; cuando yo estaba a punto de liquidar la conversación, Verónica encendía el chat recordando la mordaza y las mil y una ideas que tenía para un próximo encuentro. Me comentó como una mujer tan enérgica y frontal encuentra placer en verse dominada.

    Pase con el auto a buscarla al hospital y me costó reconocerla: con el cabello recogido y el ambo celeste cubierto por una campera de cuerina no había destellos de la persona de aquella noche en Banfield. En zapatillas era mucho más baja de lo que podía recordar. Mi amante subió al auto y nos besamos. ¿Qué contas gringo perverso?- susurro mirándome divertida; ¿como le va la enfermera juguetona? -conteste.

    Verónica me ofreció muñecas y una pañoleta en mano. Ate fuerte el nudo simple y seguimos viaje entre miradas y chascarrillos. Detenidos frente al semáforo, en el torpedo vibraba un lápiz: cuando tomé el grafo, mi compañera adivinó mi intención y lo mordió delicadamente. Continuamos quince minutos entre gemidos y miradas cómplices.

    Entramos al hotel y estacionamos en la cochera individual junto a la puerta de la habitación. Verónica se recostó sobre mi regazo y desprendió mis pantalones ofreciendo una felatio de las más dulces de mi vida. Esa mujer sabía mover la lengua y prensar los labios, cuando acabé, ella trago a conciencia los restos. Estaba tan satisfecho que podría haber puesto la reversa y volver a casa.

    Mi compañera me miró midiendo mi semblante. Veni, mira, en mi cartera tengo algo para vos, yo no puedo abrirla porque estoy amarradita- dijo exhibiendo sus muñecas enlazadas. Encontré un esparadrapo blanco, corte un pedazo y lo aplique sobre los labios de mi amante. Di la vuelta, abrí la puerta del auto y tomé a mi compañera de los brazos; cargada sobre mis hombros, entramos a la habitación.

    Arroje a Verónica sobre la cama, ella sonrió, quiso decir algo pero la mordaza se lo impedía. Los labios aprisionados en el rectángulo translúcido solo despedían gemidos secos. Levanté a mi compañera y ella se apoyó sobre la mesada; entonces, bajé su ambo. Verónica, bombacha entre los tobillos estaba totalmente húmeda. Costo nada penetrarla, a medida que aumentaba el vigor de mis intervenciones, la mirada desfigurada por placer de mi amante volvía sobre mi desde el reflejo de la pared espejada. Los gemidos y alaridos doblegados por la cinta poderosamente ceñida sobre la boca nos excitaba a ambos.

    Cuando terminamos, ambos éramos un charco de sudor, pero la mordaza, firmemente adherida seguía allí.

  • Pierdo la virginidad del culo con mi hijo (madre e hijo)

    Pierdo la virginidad del culo con mi hijo (madre e hijo)

    Soy una mujer de cincuenta y cinco años, nacida en el seno de una familia ultra creyente, por consiguiente, muy reprimida en materia de sexo entre otras cosas. Debo reconocer que Carl Jung no se equivocó conmigo, pase por mi etapa del complejo de Elektra, teniendo que reprimir mis sentimientos pues las demostraciones de cariño en casa eran totalmente escasas.

    No me defino como “la” maravilla, pero a pesar de mi edad y esos centímetros de grasa que se esparcen por toda mi piel haciéndome ver excedida de peso, pero, aún estoy deseable, cuando voy por la calle veo como se voltean a observar mi culo y arrancar algún que otro silbido.

    Mis tetas son de medianas a grandes, bastantes turgentes con areolas no tan espectaculares, pero si unos pezones regordetes y largos que siempre están dispuestos a perderse en una boca.

    Mi castaño cabello, cae sobre mis pechos, llegando justo debajo de ellos, mis ojos son de un color indefinido entre marrón y verde oscuro.

    Dentro de lo que es mi exceso de peso, aún conservo un poco de cintura coronada por el tema de mi relato, mi duro y paradito culo.

    En materia de sexo toda mi vida giro en torno a las posiciones tradicionales, sin poder experimentar demasiado, si he tenido varios novios antes de mi esposo, pero no sé si será cuestión del destino o pura casualidad, todos y cuando digo todos está incluido mi marido, fueron unos burros en la cama y no lo digo casualmente por sus miembros…

    Aquí comienza lo sabroso, ya cansada de tener sexo, como dije, tradicional (misionero o cucharita) alguna que otra mamada o si estaba dispuesto una chupadita (mal hecha) de mi vagina, una vez por semana.

    Hablando del tema con mis amigas, comprendí todo lo que me he perdido durante años, quería recuperar ese tiempo y sobre todo que alguien me hiciera perder la virginidad anal.

    Como dije anteriormente, con casi nula experiencia no sabía cómo llevarlo cabo, por eso me decidí a investigar, hasta llegar a esta página donde pude, mediante la lectura, (gracias CuentoRelatos) llevar a cabo mi aventura, no puedo decir fantasía, era más que eso, era un deseo.

    Buscando y rebuscando con quien llevarlo a cabo, todo apuntaba una sola persona de confianza, no quería que fuera cualquiera, mi hijo mayor es el indicado, si se lo explicaba, me entendería.

    Bueno María, es hora de comenzar me dije y me puse manos a la obra.

    La relación que tengo con mis hijos es excelente, los crie con bastantes libertades y confianza mutua, pero la relación con Gino es la más estrecha, muy besuquero, me abraza cada vez que puede y tiene la oportunidad, cuando estoy cocinando se acerca sigilosamente por detrás y me besa suavemente el cuello abrazándome (en más de una oportunidad me pareció que apoyaba su miembro en el culo).

    Recuerdo una vez que le pedí mientras me bañaba que me alcance la ropa interior que había olvidado sobre la cama, sin ningún tipo de pudor ingreso al baño y me vio totalmente desnuda, yo ni atine cubrirme, inclusive tengo aun esa sensación de gusto que me viera así, salió y detuvo su salida para ingresar nuevamente y decirme.

    – María, si te depilaras ahí abajo te verías mucho mejor de lo que se ve.

    No supe que contestar, como si fuera la cosa más normal del mundo giro sobre sus talones y se retiró del baño.

    Aprovechando un viaje de trabajo de mi esposo llevando a mi otro hijo como chofer pues eran muchos kilómetros, me decidí y dije para mí, es hoy o nunca, mi vagina se humedeció al instante.

    Todo comenzó la hora de la cena, preparados para comer y faltando un rato para que la carne se cueza en el horno.

    – Gino, hijo, mientras se hace la carne me voy a pegar un baño, la observas por favor.

    – Si Mari, despreocupate.

    Repetí la escena de aquel día, deje la ropa interior más sexi que tengo sobre mi cama con la intención que me la alcance.

    Al finalizar de la ducha y organizando como iba a ser la cosa, mi vagina se mojó como nunca antes lo había sentido.

    – Gino, por favor me alcanzas la ropa interior que la olvide sobre la cama. Grite.

    – Si mama, ahí te la alcanzo.

    Al entrar se debe haber llevado una sorpresa bastante grande, lo estaba esperando… otra vez desnuda completamente y algo más. Entro con total desparpajo, me puse de pie, me alcanzo las prendas observando mi desnudez, tendió su mano y la pasó por mi pubis.

    – Ahora si Mari, ves que linda que quedo sin pelitos, te ves más bella que la otra vez.

    Dando media vuelta se retiró, quede decepcionada, pensé que no pasaría nada, pero… me equivoque.

    Luego de cenar, fui a lavar la vajilla casi con un lagrima brotando de mis ojos, cuando siento dos fuertes manos que rodean mi cintura y me toman del abdomen a la vez que algo duro se refriega en mi culo, giro la cabeza y lo veo a los ojos, con una sonrisa en los labios me tira un “pico” dejo lo que estoy haciendo para darme vuelta, rodeando su cuello con mis brazos busco su boca con la mía.

    – Mama no sabes cuánto tiempo espere esto ¿segura de quererlo?

    – Si hijo, hace un par de semanas que lo vengo pensando.

    Con sus fuertes brazos de gimnasio me alzo llevándome la cama, al cruzar la puerta dijo.

    – Al fin solos.

    Me deposito en la cama, se sacó la remera y pantalones quedando en ropa interior, por el bulto ya infería que era más grande que la de su padre. Que suavidad que tuvo para sacar mi ropa, indescriptible.

    Las manos recorrían mi piel de norte a sur rozando levemente mi anatomía, la piel se erizaba al paso de sus dedos, la vagina hacia agua a caudales, dibujaba el contorno de la tanga con su dedo, creo que disfrutando la humedad de la tela al pasar sobre los labios, uno de ellos se deslizo por debajo del minúsculo triangulo que los cubría, mi mente sonaba el “ahora hijo ya, poneme a gozar” se lo hice saber moviendo mi pelvis para que comience la acción, pero no, solo tomo los hilos laterales para bajar la prenda, una vez que me tuvo desnuda, el mismo se despojó de la suya dejando a mi vista ese hermoso trozo de carne duro y caliente que portaba entre sus piernas, corroborando lo que pensaba, era la más grande que había visto e iba a recibir de buen agrado.

    Continuo con la faena pero ahora con su lengua recorriendo la anatomía vaginal que destilaba fluidos, se ubicó para poder gozar con ella y que yo pudiera gozar de su aparato, el que como pude metí en mi boca para chuparlo con desesperación mientras el con suma paciencia iba despacio, hasta que llego al clítoris el que chupo como un bebe al biberón, haciendo que explote en tremendo orgasmo.

    Se puso sobre mí, para jugar con esa verga hermosa en el agujero de entrada, al estar tan húmeda su gran cabeza no tuvo dificultad para entrar sin ponerla toda.

    – Gino, quiero pedirte una cosa.

    – No hables mama, se lo que buscas.

    – (entre gemidos) ¿si, seguro?

    – Si mama, te conozco demasiado y aparte escuche algunas conversaciones tanto con papa como con tus amigas.

    – Dame lo que deseo.

    No había actividad de culo todavía, cuando nuevamente tomo la posición anterior, y siguió con la lengua en mi vagina, yo tenía a disposición esa verga y esos testículos que se bamboleaban y en un primerísimo plano el agujero del esfínter anal de mi hijo, no dude un segundo en chupar esos duros huevos y a modo de señal le iba a jugar con mi lengua en su culo, cuando siento la suya acercarse a lo que yo más quería, rozo mi esfínter haciendo que me estremeciera, por la posición le costaba acceder a él, como pude lo saque de encima y me puse como un gato, apoyando la cabeza en la almohada lleve las manos hacia mis nalgas abriéndolas lo más que pude para que no le costara, Gino perdió su rostro entre ellas y con su lengua comenzó un excelente trabajo, lengua en el culo y mano en la vagina, tuve mi segundo orgasmo. Cuando estaba a punto de decirle que ya era hora…

    – Dame un segundo, que traje algo en el pantalón.

    Se bajó de la cama para buscar en el bolsillo, yo aun en esa posición lo esperaba con ansia, se posiciono detrás y unto mi culo con un aceite para bebe, haciendo lo propio con su aparato.

    – Mama, ponete cómoda, a partir de acá, solo disfruta de lo que viene.

    Solté mis glúteos y me puse sobre mis cuatro miembros arqueando la espalda, la sensación de los dedos rodeando el esfínter es hermosa, un dedo se perdió en el interior, me gusto cada vez que introducía un dedo, dándome cuenta que iba del más pequeño al más grande, hasta que percibí algo más grande, que no era su verga, ahora eran más dedos en mi interior, que giraban e iban abriéndose como tijeras. Luego de un rato de estar dilatando…

    – ¿Lista mama?

    – Desde el primer momento hijo, lléname toda, recordá que soy virgen de ahí.

    – Si mama, solo avísame si te hago daño.

    – Por favor basta de charla te deseo adentro.

    No se hizo de rogar, poniendo más y más aceite sentí la presión en el virginal agujero, le costaba progresar.

    – Mama relájate por que te puedo hacer daño.

    – ¿Cómo hago?

    – Hace una pequeña fuerza como que vas al baño.

    Así lo hice, y su gran cabeza progreso hasta el prepucio, miles de estrellas pasaron por mis ojos acompañando el pequeño dolor que sentí subir desde el perineo hasta el abdomen.

    – Hayyyy duele hijo querido.

    – Si mama lo sé, pero ya está dentro.

    Se recostó sobre mi espalda hasta que me pasara el dolor. Cuando se lo hice saber, se incorporó y goteando aceite sobre el miembro, con suaves movimientos de adelante hacia atrás fue progresando hasta que sus testículos chocaron con mi vagina. ¡¡¡Ya estaba adentro!!! Había perdido la virginidad de mi culo, esa que deseaba entregar a mi marido y nunca lo intento.

    Me estaba volviendo loca del placer, esos besos en mi espalda, los testículos golpeando a la puerta de mi vagina, sus movimientos suaves y delicados al deslizar su verga dentro de mi recto, sentir su cuerpo junto al mío, saber que carne de mi carne estaba cumpliendo el capricho de su madre me transportaba a otro plano, donde el dolor que sentí se transformó en un placer inigualable.

    A esta altura su pene entraba y salía ya con facilidad, su roce cada vez estimulaba más las terminaciones nerviosas del esfínter produciendo una sensación espectacular, su mano nuevamente comenzó a jugar en mi vagina, estimulando el clítoris de una manera tan hábil que el orgasmo no tardó en llegar.

    – Si hijo querido, así cuanto placer me estás dando, cuantas cosa me he perdido durante mi vida.

    – Me pone feliz, disfruta mama, sabes muy bien que cada vez que me necesites acá me vas a encontrar, siempre dispuesto para vos.

    No sé qué me pasaba, me estaba convirtiendo en una perra que deseaba más y más, siento explotar a mi hijo dentro de mi recto llenado mis entrañas de su líquido caliente.

    Una vez que le exprimí al máximo sus jugos, fue sacando lentamente esa hermosura de pene hasta que ya no lo sentí más dentro de mí.

    Se paró diciendo, más bien ordenando.

    – Esperame acá, me voy a lavar y quiero ocuparme de esa concha deseosa de verga.

    Regreso muy rápidamente con su “estaca” aun dura, no me lo podía creer, se incorporó sobre mi cuerpo descargando su peso en él, busco la entrada vaginal introduciendo, como anteriormente, toda la extensión con una suavidad impresionante, estuvimos haciendo el amor por largo rato, mis orgasmos eran uno tras otro, perdí la cuenta de cuantos tuve, por primera vez en mi vida tuve el sexo que toda mujer debería tener, mucho, suave, delicioso, cargado de amor y con una persona que realmente sabía dónde y cómo tocar y en qué momento meter y sacar para elevar la libido a las puertas del cielo.

    Ya repuestos y correctamente vestidos nos sentamos en el comedor tomar algo y dialogar, donde arreglamos que lo nuestro seria el gran secreto.

    Aun hoy seguimos con nuestros encuentros, cada vez que nos deseamos, nos encontramos en un hotel alejado de nuestra localidad para darnos nuestro amor. He descubierto cosas del sexo que apenas sabía que existían, le doy las gracias a mi hijo por no dejarme partir de este mundo sin conocer las delicias del sexo que me había perdido durante todo este tiempo.

    Hasta el momento nadie sospecha nada de las salidas madre e hijo, esas salidas también las tengo con mi otro hijo para despistar, pero solo a pasear o comer algo por ahí.

    Debo reconocer que estoy feliz de haber entregado la virginidad de mi culito a mi primogénito.

  • Una tarde en casa de mi prima Elena

    Una tarde en casa de mi prima Elena

    Comerle el coño a mi prima, fue una de las cosas con las que había soñado, pero eso, solo era en mis fantasías, no concebía la idea de hacerlo realidad. Estar de visita en su piso, sentirnos atraídos, su cuerpo y mi cuerpo más cerca de lo que habíamos estado hasta ahora. La soledad en este pequeño departamento, la seguridad de que nadie llegaría. Este relato, es parte de una tarde sexual, ver sus caderas voluptuosas, sus pechos rebosantes que necesitaban más que unos simples masajes. Ella sonrojada por las caricias que yo le hacía en su coño, bajar aquel pantalón corto, y saborear la humedad en sus bragas, todo esto nos llevó a tener una aventura sexual.

    La tarde del lunes 13 de febrero, contrariamente a quienes no les agrada este número, por ser cabalístico y eso, pero a mí me sucedió algo muy sexual en esta fecha. Yo debía dejar unos rollos de tela en casa de mis tíos Lucia y Javier, ellos me habían pedido que les acercara unos materiales para la confección de ropa, ellos son confeccionistas, hacen prendas para niños, que luego llevan a un mercado local. Cómo tengo mi furgoneta, me pidieron que pasara por su proveedor y que les llevara los fardos de tela a su casa, y que ellos estarían ahí para recibirlos.

    Lo curioso es que ellos no estaban, habían salido a una reunión, se habían olvidado que tenían que esperarme para recibir está entrega. Llamé al timbre y mi prima Elena me dio la noticia. Los fardos eran algo pesados, me tocó arreglármelas como pude, para llevarlos hasta el segundo piso. Dejarlos dentro de su vivienda y ya volvería en otro momento, para que me pagasen la carrera, que es como habíamos quedado. No me contestaban las llamadas, así que conversé un poco con Elena, ya que estaba ahí, ordenando algunas prendas para la venta.

    Ella y yo habíamos tenido “algo” hace un año atrás, en el matrimonio de uno de mis primos. Estábamos bebiendo y ya de regreso a su casa, nos desviamos por una calle oscura, estábamos solos en la furgoneta, nos paramos un poco a conversar. Las charlas llevaron a una cosa, las caricias en las manos a otras, al final nos comimos los labios. Esa noche no pasó nada más, ya que ambos teníamos pareja. Además que sabían que habíamos salido juntos, y yo debía de volver al local. Fue una cosa pasajera y quedo ahí, no le dimos mayor importancia al tema, nos volvimos a ver en diferentes ocasiones, pero el tema no salió más.

    Ahora estábamos solos en su departamento, ella sentada en el sofá, doblando camisetas, le quedaban algunas por terminar, yo como no tenía nada que hacer, le propuse ayudarla un poco. Está ayuda fue agradecida, ya que así ahorraría un poco de tiempo, ella, tenía una cita con su novio. En lo que doblábamos las camisetas, Elena recibió una llamada a su móvil, se fue a su habitación, para charlar, pienso yo que era su pareja, discutían por algún motivo. Ella le reprochaba el porqué de su actuar, ella estaba muy histérica con el que estaba al otro lado del teléfono, los insultos y rabietas de mi prima no paraban. La conversación se puso algo acalorada, ya que lo mandó a la mierda, ella se fue al baño y cerró la puerta con una fuerza, que estremeció todo el pequeño departamento.

    Al cabo de un rato salió, con la cara lavada, se notaba que había echado algunas lágrimas, lo que me parecía normal. Terminamos de doblar las camisetas y ya habiéndole pasado el mal rato, conversamos un poco. Después de unos minutos se quedó callada, recordando la bronca que había tenido con su novio, este tipo de situaciones, parece que era algo normal entre ellos. Me parecía raro que por ratos, se acordaba, luego seguía conversando. Yo me desentendí de sus líos, sentado a su lado, observaba su cuerpo, llevaba puesta una camiseta azul, que le apretaba los pechos, en tanto cabreo que llevaba, llegué a notar que se le marcaba los pezones. Además se había puesto un pantalón corto color celeste, este, le dejaba las nalgas casi al desnudo.

    Estando a su lado, nos acordamos del matrimonio aquel, esa típica conversación que tienes cuando intentas acordarte de alguien. Esos tiempos que habían pasado, y como estaría este, como estaría ella, y que habrá sido del otro. Ese matrimonio lo revivimos, risas y mirando algunas fotos que teníamos en el móvil, hacían más intensos estos momentos. Nos acordamos de los besos que nos habíamos echado en aquella furgoneta, que por cierto, es la misma que tengo ahora. Esas risas siguieron, lo que nos hizo caer en confianza, las cosas que salieron a partir de ahí, fueron cambiando el ambiente. Saber que entre nosotros había un gusto, una atracción, más aún que ya habíamos tenido un contacto bucal. La charla seguía, las risas estaban moldeando este momento, sus miradas sobre mi verga, mis miradas sobre sus pechos, nuestras manos jugando, todo parecía indicar, el posible escenario que se presentaría.

    Los besos en nuestros labios no se hicieron esperar, nuestras caricias cada vez más íntimas. Mis manos por debajo de su camiseta, manoseando estas tetas, sentir aquellos pechos en mis delgadas manos, estaba llevando mis ganas a querer quitarle la camiseta. Mis manos, subiendo y bajando por sus nalgas, recorriendo todo ese gran culo que tiene, meter mis manos por delante, hasta sentir su caliente coño. Tocar esas nalgas, la carne es débil, y el deseo que tengo, por estar dentro del coño de mi prima Elena, hacía más placentero este momento.

    Ella buscando mi verga erecta, desabrochaba el cierre de mi pantalón, sus labios en mi pecho, habiendo levantado mi camiseta, besaba mi cuerpo con mucha pasión. Se dejaba embriagar por el aroma de mi perfume, jugaba en mis pechos, mordía y me daba leves piñizcos. Su lengua recorriendo cada centímetro de mi vientre, su lengua llegaba hasta el elástico de mi bóxer. Ella estiraba este elástico con una mano, su otra mano, dibujaba mi bulto, hasta ese momento, ella estaba sentada y yo de pie. Estábamos en una posición algo incómoda, pero esto estaba empezando y, solo estábamos haciendo contacto, un reconocimiento de cuerpos, actitudes y deseos.

    Aproveché que yo estaba de pie, para retirarle la camiseta que tenía puesta, por fin podía ver aquellos pechos, los que eran un deseo para más de uno en la familia. La tumbé en el sofá, le quité el pantalón corto que llevaba puesto, solo se quedó en bragas. Me tiré sobre ella, y busqué aquellos pechos, mis manos jugaban con su coño, mis manos acariciaban su ya humedecido coño. Me deslicé hacia abajo, para comer esa parte de su cuerpo, que aroma sentí cuando me acerqué para saborear su húmedo coño. Moví a un lado esa braguita, el aroma estaba en toda la habitación, creo que en ese momento nos habíamos olvidado de mis tíos.

    Ella gemía cada vez más, yo tenía un ojo en su cuerpo, y otro en la puerta de la entrada, aunque si alguien entraba a la casa, no me daría tiempo a nada, me pillarían en plena lamida de coño. Ya en esta escena, nada nos importaba, gemíamos de placer. Mi lengua recorriendo su húmedo coño, esta parte de su cuerpo, que para mi suerte, me lo había encontrado depilado, completamente rasurado. Creo que estaba listo para su novio, pero se lo perdió, ahora me lo estaba comiendo yo, lo que puede cambiar una llamada, esto se convirtió en una ventaja para mí.

    Le retiré la braga que era lo único que cubría su cuerpo, ahora sí que la tenía completamente desnuda. Ella ahí tirada en el sofá de su sala, gritando como una loca, pidiéndome que le metiera mi lengua, que mordiese su clítoris, quería correrse, quería correrse ahí, era una fantasía que tenía en la cabeza. Yo succionaba aquella parte de su cuerpo, mi lengua, hacia grandes esfuerzos para mantener cachonda a mi prima. Sus gemidos, espasmos y contracciones eran una completa locura, yo disfrutaba viendo a Elena, yo lo disfrutaba. Un estremecimiento de su cuerpo, dejo en claro que le había llegado un calambrazo de placer, estaba con los ojos desorbitados y balbuceando palabras.

    Pasamos aquel trance, y le restregué mi verga, asomé la punta de mi erecto pene en su coño, ella lo recibía con mucho placer, es como si llevase un montón de tiempo, esperando que alguien la follase. El frote, en la entrada de su vagina, ir metiendo mi polla despacio y de a pocos la estaba volviendo loca, me pedía que la follase, que la penetrase, que le meta toda mi verga en su coño, sus manos guiaban mi verga a su húmeda vagina. Ahora sí que la metí toda, el mete y saca fue más fuerte, más rápido, más intenso, se sentía tan bien estar dentro, un coño estrecho, rosado, depilado, húmedo. Esto estaba más que pagado, no me importaría haber perdido la tarde en casa de mis tíos, no importaba si no me pagaban la carrera.

    Mi verga saltando de su vagina, estaba muy mojada, lo que era inevitable que causara esa salida de dentro suyo. Sus labios vaginales rosados por el rítmico movimiento que llevábamos, era una pasada ver su estrecho agujero en esta escena. Cada vez que podía, le metía unos lengüetazos a su húmedo coño, se sentía un sabor algo extraño, no lo negaré, pero que más importaba, ocasiones como esta, hay que disfrutarlas al máximo. Metiendo toda mi verga y jugando dentro de ella, mirando como rebotaban aquellos pechos en su cuerpo, era algo excitante para mí. Intentaba no correrme pronto ya que tener a Elena en perrito, sería demasiado, tener su culo en esta posición, no pasa todos los días.

    Lo dicho, se colocó ella misma en esa posición, su calentura me tenía asombrado, le había dado con ganas y aun quería más, que intentaba, que me corriese pronto, no le daría ese gusto. En perrito antes de follarla, le comí un poco más el coño. Meterle mi lengua en su vagina en esta posición, le encanto, su mano, apretaba mi cabeza, mi lengua intentando meterse en su coño, mi lengua nuevamente recorriendo aquellos labios rosados, que ya tenían mucho frotamiento. Una extraña curiosidad, hizo que mi lengua buscara espacio en su apretado ano, mis intentos por recorrer esa zona, estaban seduciéndola. Se dejaba excitar por esta zona, la tenía casi dominada, había calmado su ansiosa necesidad por querer que me corriese.

    Mi lengua jugando en ese estrecho agujero, podía sentir la estrechez de su ano. Uno de mis dedos, intentó introducirse por esta pequeña cavidad, su mano, alejó todo intento por seguir insistiendo en dilatar su ajustado ano. Las intenciones de parte mía no paraban, la punta de mi lengua buscando encontrar un pequeño espacio, un pliegue, una sensación, que la hiciese dejar introducir un pedazo de mi dedo. Saliva y su ano mojado, para que le fuese más simple la dilatación, mi dedo índice, haciendo círculos en ese pequeño orificio. Pero esto la asustaba, le gustaba más, cuando mi lengua exploraba esa zona, pero eso no ayudaría mucho. Ahora, el tiempo era algo que lo teníamos limitado. Mis tíos podrían volver y yo me quedaría a medias.

    Insistió que no, sentí una retirada de sus nalgas, yo estaba en una pésima situación. Si seguía insistiendo en su ano, me podría quedar sin terminar, pero si dejaba de insistir, podríamos volver a follar. Me la follaria en perrito, ya de por si el tener a mi prima a cuatro patas era delicioso, no había porque arriesgarse a perderlo todo y marcharme con la leche en la punta. Le acerqué nuevamente mi verga a la entrada de su coño, ambos esperábamos el reinicio de las actividades sexuales, me cogí de sus caderas y la penetré. El ritmo de entrar y salir, su jugosa vagina no dejaba de lubricar.

    Estar en perrito y aguantar un poco más, lo más que podía, disfrutar a Elena en esta posición, palmadas en su culo, sometiéndola a mi fuerza. Cada palmada le excitaba, sentir sus gemidos más fuertes, me ponía bruto, lo disfrutaba. Las ganas por correrme, ya las estaba sintiendo, la sensación de querer terminar, eran un poco más intensas. Tenía una fantasía sexual con Elena, terminar en sus pechos, quería ver sus enormes pechos llenos de mi leche, ver como escurrían por sus grandes tetas. Ella se volteó en clara aceptación a mi fantasía, me subí sobre su pecho, ella acariciando mi verga y mamándola.

    Mis ganas cada vez más cerca por terminar, una de mis manos dentro de su coño, jugando en su clítoris, su excitación crecía. La mamada que me hacía, la hacía con más pasión, disfrutaba de mi verga en su boca, sus gemidos apurados, llegando a tragarse toda mi verga. La succionada que me estaba dando, esta mamada era nueva para mí, esto era delicioso, excitante y muy placentero a la vez. Mis ganas me cogieron sin previo aviso, no me dio tiempo de avisarle que me corría, me corrí en su boca, su cara, mi fantasía había quedado incompleta, estuve a un pelo de hacerlo. Ver a Elena con toda mi leche en su cara fue algo gracioso para mí, pero también morboso, me agradó ver esta escena.

    Se lo comenté, le dio mucha risa, me dijo que la próxima vez, le avisara cuando estaba por correrme. Lo que me dejó las puertas abiertas para hacer realidad mi fantasía erótica. Casi habíamos terminado de limpiarnos, y llegaron mis tíos, encima con dos primos más. Elena y yo nos miramos algo sorprendidos y a la vez aliviados, ya que por poco y nos hubiesen pillado follando. Esto sí que hubiera sido algo vergonzoso para ambos.

  • Con Arturo lejos de casa (parte 2)

    Con Arturo lejos de casa (parte 2)

    Un silencio total se apoderó de esa habitación, interrumpido solamente por los comentaristas deportivos del partido que estaba a punto de reiniciar en su segundo tiempo. Yo sentía cierta paz inquietante después de haber develado ese secreto tan delicado a otro hombre.

    No, esta vez no se trataba de un fulano de tal anónimo, escondido tras el escrito de un chat con el que sabes de antemano que no te vas a ver nunca, ni sabrá cuál es tu nombre verdadero, no. Esta vez yo hablaba con un hombre, real, de carne y hueso a quien miraba de frente a sus ojos, que sabía mi nombre, que estaba allí, sentado a mi lado, tan tangible que podía tocar con mi mano, que me tenía abrazado como consolándome. Como hace un amigo de siempre muy a pesar de lo recién conocidos. Eso lo cambiaba todo.

    Arturo se fue a orinar al baño cuya puerta quedaba al extremo de la habitación. Se podía escuchar chorro de sus orines caer en la taza mientras yo miraba la tv un poco distraído. El celular que había dejado justo en la cama, a mi lado, comenzó a sonar. En la pantalla se podía leer en dos líneas “ClaudiAmor está llamando”. Arturo gritó.

    A: Oye, que pena, ¡me pasas el celu por favor! Es mi mujer.

    Tomé el celular, me levanté y se lo llevé con diligencia. La puerta estaba apenas entreabierta. Podía divisar desde afuera a Arturo que estaba de pie y de espaldas frente a la taza que ya casi no sonaba. Al parecer, estaba ya en las últimas de su micción.

    R: Toma – le dije tímidamente desde afuera y medio empujando la puerta.

    Me dijo que pasara porque desde afuera era cierto que mi mano no alcanzaba a entrar tanto como para que él pudiera tomar el móvil. Abrí completamente entonces y me ubiqué bajo el vano de la puerta. El teléfono sonaba todavía y él se daba las sacudidas finales habituales de después de mear. Extendí mi mano para que el pudiera tomarlo, pero la llamada se perdió. Él, de todos modos, se giró entonces para tomar el celular. No pude evitar ver lo que vi. Todo fue muy rápido. Por unos segundos su pene nítido, desnudo, colgando inerte entre su calzoncillo acomodado debajo de sus bolas, lucia ante mis ojos con una potencia arrolladora. Un vello púbico bien arreglado de hilos finos encima de su piel clara coronaba con decoro ese miembro liberado de las ropas.

    Un golpe de pudor me hizo alzar la mirada torpemente que se estrelló con la de Arturo. El, con gesto sereno, se había dado cuenta que mi mirada acababa de explorar con interés la geografía de su sexo. Me sentí incómodo, delatado, pillado, a pesar de que fue él quien se giró de forma total y deliberada. Simplemente le quité la mirada y salí disparado del baño hacia la cama y continuar viendo el juego. Después de todo, yo había ido al baño a llevarle su celular.

    Me senté en la cama, algo ofuscado, nervioso y a la vez estimulado. Procesando en ese instante lo sucedido en el baño. ¿Porque se giró así para tomar el celular? ¿Era necesario eso? ¿No le bastaba acaso con extender su mano izquierda, tomar el móvil y con la otra seguir sosteniendo su pene si acaso lo requería? ¿Fue una torpeza de su parte o bien buscaba adrede que yo le viera su miembro? Arturo hablaba con su mujer en el baño, al parecer ella volvió a llamar o tal vez el devolvió la llamada. El punto es que, a más de toda la incomodidad que me invadía, la imagen viva de su pene rosado colgando se había fijado en mi mente como una luz potente que erotizaba mis pensamientos.

    A los pocos minutos Arturo salió del baño, se despedía de su mujer al venir andando hacia la cama. No dijo nada. Solo se sentó nuevamente a mi lado, justo donde estaba antes de irse al baño. Yo me puse tenso. No quería mirarlo a la cara. Me sentía como un pedazo de tonto. Me hice el concentrado en el juego, pero no lo estaba en absoluto. Las cervezas me tenían algo mareado. Hubo un silencio glacial por unos pocos, pero eternos minutos.

    A: Oye, que pena lo del baño, te soy honesto, no sé bien porque, pero quería que me la vieras.

    Rompió el silencio así no más. Muy a su estilo, certero y directo que lograba sorprenderme e inquietarme.

    R: ¿Ah sí? ¿Y eso? ¿Porque querías mostrármela? – respondí con creciente interrogante y susto en el cuerpo.

    A: Es que no sé, tal vez porque estábamos hablando de esas cosas y no sé, no sé, realmente no lo sé. Creo que estoy ya medio borracho.

    No dije nada. Simplemente quería saber si él iba a agregar algo más. Y así fue.

    A: Dime ¿Te molestó cuando me la viste?

    Otra vez me supo descolocar con una de esas preguntas incomodas que no dejaban salida y que yo no sabía cómo responder. Pero esta vez, el alcohol ya jugaba a favor de la desinhibición. Además, a estas alturas, la confesión más difícil ya yo la había hecho. Responder abiertamente ahora, me resultó más fluido y natural. Yo mismo me sorprendí de sentirlo así.

    R: Pues, ¿qué te digo? Creo que no me molestó.

    A: Está bien. Tranquilo. Me encanta tu franqueza. Ya sabemos cómo es esto. No tiene nada de malo.

    Sentí un miedo aterrador, pero quería ser honesto. No quería que él pensara lo contrario cuando en el fondo, sí me había gustado mirar su pene y más aún, me gustaba hallarme en esta situación, a pesar del nervio. Arturo continuó.

    A: ¿Te digo algo?

    R: Dime – dije con voz nerviosa.

    A: Con todo lo que he aprendido, visto y vivido. Yo puedo estar seguro, sin miedo a equivocarme, que, a ti, las vergas te gustan.

    Fue una sentencia certera. Me sentí desnudo frente al mundo cuando me dijo eso. Extrañamente, experimenté un alivio al escuchar eso. Al saber que no era yo quien tenía que decir esa afirmación, sino que era él mismo quien lo había deducido a manera de conclusión con la certeza de un científico después de haber probado sus hipótesis.

    Por vez primera vez desde que salí disparado del baño, le miré a los ojos. Su mirada era serena y transmitía el brillo de extraviado que da el trago, pero también mucha bondad.

    R: Como tú dices. Uno es curioso.

    Otra vez se arrimó y me abrazó con la misma afabilidad de viejo amigo con la que lo había hecho minutos antes.

    A: No pasa nada, hombre. Si te gustan, es totalmente normal y ventajoso.

    R: ¿Como ventajoso?

    A: Pues, hombre, ponte a pensar. Eso quiere decir que sexualmente encuentras placer no solo viendo conchas y tetas, que son bien ricas, por cierto, sino también pingas. Acabas de multiplicar por dos el número de personas con las que puedes darte gusto, ja, ja.

    Me reí con él. Era tontamente cierto lo que decía. Estando así juntos, abrazados, desinhibidos, hablando de sexo prohibido, lejos de mujeres, solos en esa habitación de hotel barato, todo eso, produjo una atmósfera de complicidad que animaba los espíritus del morbo. Morbo de hombre. Morbo básico y animal. Morbo sin sensualidad. Morbo desbocado simplemente.

    Él se puso de pie frente a mi entre risas. Se bajo su pijama hasta sus muslos gruesos, bloqueando mi visión del juego que estaba bien aburrido. Me dijo que verle a él era mucho más emocionante que el partido malo que estaban pasando. Su calzoncillo breve, oscuro con la marca “Bench” escrita en letras blancas se reveló ante mi mirada. Yo solo sonreía nerviosamente viendo cada detalle de su bulto. Era la primera vez en toda mi vida que tan cerca tenia a un hombre en actitud erótica para mí. El nervio seguía allí acompañándome, pero no me impedía disfrutar. Era algo extrañamente encantador.

    A: Mira, a ti que te gustan los bultos.

    Yo no atinaba a decir nada. El regocijo y el morbo me abrumaban, pero el nervio se desvanecía. Pero si, si, si quería estar allí y quería que todo eso estuviera pasando. Si, sí, me gustaba definitivamente eso. El bulto agreste que crecía con cada segundo. Todo era tan erótico. Tan masculinamente erótico.

    A: ¿Puedo ver el tuyo?

    R: ¿Mi bulto?

    A: Si, pero más tus bultos ja, ja.

    R: Me da vergüenza.

    A: Ven, ponte de pie. Yo te ayudo.

    Me levanté sonriendo. Arturo, mismo, deshizo el botón de mi pantalón y bajo mi corredera con sutileza hablándome cerca de mi cara con su rostro morboso y aliento a cerveza – Vamos a ver que tienes por aquí. Bajó mi pantalón que cayó hecho un trapo encima de mis calcetines. Su mano pasó ligeramente por mi bulto delantero, sin tocar mucho y tomo mis caderas con cada mano. Me giró hasta yo quedar de espaldas hacia él. Me encantaba la sensación de dejarme llevar. Emitió un silbido.

    A: Pero si eres nalgón, nalgón. Tienes mejor culo que mi mujer.

    R: No exageres.

    A: No exagero. Que culo que te gastas.

    R: Ya, en serio. Dime la verdad. ¿Tú has estado con hombres? ¿Porque te gustan tantos los culos de hombres?

    A: No sé, no sé. Es un gusto adquirido. ¿A ti porque te gustan los bultos? ¿Sabes por qué? Te aseguro que no. Y sí, yo ya he cogido hombres. Varias veces y desde joven. Ya después te cuento. Es una larga historia.

    Esa revelación, produjo en mí un morbo profundo, intensamente nuevo y extraño que venció por fin los nervios a tal punto que fui consciente de que mi pene se abultaba irremediablemente. Me sentía excitado y seducido. Era todo tan raro y placentero a la vez.

    El acariciaba mis nalgas por encima de mi bóxer y eso era muy excitante e irresistible. Su aliento chocaba en mi nuca y por vez primera experimenté la seducción masculina. Su pene duro bajo el algodón de su prenda se pegaba entre mis nalgas y esa sensación me daba un cosquilleo agradable en todo mi cuerpo. Arturo bajó mi prenda un poco y miró mi culo al desnudo.

    A: Dios mío, y velludito lo tienes. Mis preferidos. Amigo, tú eres un encanto.

    R: ¿En serio? ¿Te gustan así?

    A: Uf, pero no sabes cuanto, hm

    Yo sabía que no habría marcha atrás. Que yo me estaba entregando a los abismos de una experiencia sexual profundamente magnética. De pie, allí junto a la cama, de espaldas a la TV, Arturo me respiraba al oído. Su mano derecha hurgaba y manoseaba mi pene endurecido que él mismo se encargó de liberar de mi ropa mientras su mano izquierda apretujaba con ganas y de forma algo ansiosa mis nalgas. Sentirlo allí, detrás de mí, en actitud de macho era tremendamente erótico.

    A: La tienes dura, papi. Eso quiere decir que te gusta esto. ¿Verdad? – me preguntaba al oído con voz baja y desgarrada.

    R: Si, sí, sí, me gusta – le respondí arqueando mi cuello hacia detrás casi pegando mis orejas a sus labios cálidos.

    A: Que rico que te guste. Yo sabía que te gustaba esto. Voy a ser tu macho.

    Cuando dijo eso, un placer inesperado, femenizante me invadió y la erección se me hizo aún más tensa. Erección que él ayudaba a mantener viva al no dejar de tocar mi verga.

    A: Dime. ¿Me dejas que sea tu macho esta noche? – me lo preguntó entre jadeos casi besando mis oídos.

    R: Si-i-i-i, por favor. Tu eres, eres, eres mi macho.

    No sé porque sentirme así era tan morboso. Oírle decir eso, que él era mi macho, me sacaba un profundo placer desconocido. Algo de mi esencia animal más escondida y necesaria.

    Me desnudó sin prisas. Me quito mi franela entre caricias y tumbo al suelo mi prenda interior. Yo me hallé así, desnudo, completamente desnudo ante un hombre. Esa sensación que pasa como algo banal en las escenas porno, no lo es en absoluto en el mundo real. Las sensaciones que produce sentirte libre de tus ropas y que otro semejante te mire tu desnudez con deseo animal es placentera, muy placentera.

    No sabía yo bien que hacer, donde ponerme o que no hacer. Solo me dejaba llevar de las manos del macho. Y eso me encantaba. Me pidió entonces que me sentara al borde de la cama. Lo mire de frente por fin. Su mirada era distinta ahora, tenía un brillo fulgurante. El deseo era galopante. Su boca estaba más rojiza, relajada, como si le hubieran engrosado repentinamente los labios. Lo noté más varonil que nunca. Su franela blanca aun la tenía puesta, su pijama haciendo uno ocho, alrededor de sus pies descalzos y su bóxer negro ahora si abultado, muy abultado. Su verga estaba dura, acomodada un poco hacia un lado, se podía entrever en el relieve del algodón de su prenda interior que aun él no se había quitado. Ni me lo creía. Estaba yo con mis narices cerca, muy cerca de un pene ajeno verdadero. El corazón parecía que se iba a salir por mi boca. No supe si era susto, emoción, nervio, morbo o todo a la vez.

    A: Bájamelo para que veas que ahí allí – me dijo al tiempo que se despojaba de su franela.

    Su pecho, con pocos vellos estaba al desnudo. Antes nunca eso me había parecido erótico para ser honesto, pero no sé bien porque razón, verle así, todo el pecho descubierto, su abdomen aplanado por la disciplina física y su ombligo pequeño con el caminito de vellos que iba descendiendo y poniéndose más tupido, parecía enloquecerme tanto como cuando una linda mujer voluptuosa se me desnuda. El olor de jabón fresco se mezclaba con un aroma de hombre.

    Por fin posee mi mano encima de su bulto. Lo tenía duro, muy duro y hasta pude detectar el palpito de su miembro.

    A: Abultadita, así como te gusta, papi.

    Bajé por fin el bóxer lentamente y su verga salió disparada. El pene salió de sus amarras, en absoluta erección y apuntó groseramente a mi rostro. Su punta chata de color parecido a un rosado dejaba esbozar una gota liquida que luego bajo en forma de hilillo espeso. Arturo estaba bien excitado y había ya babeado un poco. Una vena central le daba un aspecto viril que intensificaba mi deseo. Lo miré así, sin tapujos por fin, como si se tratara de una obra de arte. Y es que lo era de algún modo. Era un pene bello. Al menos a mi gusto. Recto, algo grueso y de tonos claros. Ni largo ni corto. Adornado con un pubis bien mantenido. Un olor entre jabón fresco, orines, liquido preseminal y piel de hombre, se mezclaba.

    A: Dale caricias, dale besitos, dale, amor. Lo necesita.

    Sus frases ocurrentes, no solo me seducían, sino que me divertían. Exploré ese falo como juguete nuevo. Lo olí como perro sabueso en un espacio nuevo. Lo acaricie resbalándola y por mi mejilla mis labios impregnándome de sus olores. Todo con calma, sentado allí en esa cama de hotel. Toqué sus testículos rosados de fino pelaje y di besitos tibios y tímidos en el glande. La acaricié despacio y poco a poco esas caricias se fueron perfilando en una paja rítmica. Era tan fascinante mirar el cuero de su verga escondiendo y revelando la carne redondeada del glande. Su liquido transparente y baboso salía entonces en mayor cantidad. Pero no aguanté más la tentación carnal. Lo miré a sus ojos encendidos de morbo y decidí consumar esa fantasía atragantada en mis deseos desde hacía mucho tiempo. Posé mi lengua en el glande, jugueteando en el frenillo y la resbalé después por toda la textura viril, agreste y potente del falo irrigado de venas. Iba saboreando cada palmo del tallo, hasta que mis narices hundidas en su pelaje púbico me impedían ir más allá. El olor a macho era absoluto y me resultaba grato.

    A: Hm, así papi, así vas bien.

    Sus ojos desde arriba chocaban con los míos. Nos mirábamos con complicidad. Arturo tenía una mirada de morboso enfermo que empinaba mis ganas. Entonces lo comí. Lo fui metiendo en mi boca. Centímetro a centímetro, calibrando su grosor con mis labios. Llenando lentamente mi boca de sus carnes. Identificando sus sabores. Mi lengua se ensució de su jugo espeso y pude saborearlo. Sabia a morbo, a sexo, a pecado, a ganas, a semen, a orines, a sudores, a macho, a hombre, a todo lo que es un hombre. El olor a verga me tenía anonadado. Sentir en mi lengua la lisura suave del glande y también la rugosidad del falo potente que daba pálpitos me encantaba. Yo chupaba. Si, y era verdad. Yo lo estaba chupando. Era yo por fin haciendo lo que muchas veces en pajas había fantaseado hacer. No me lo creía. Si. Era real esta vez. Era de carne y “no” hueso, pero era real. Era bella ese verga. Mas bonita que todas las que había accidentalmente visto en mi vida. Mas preciosa que la de Miguel mi primo, Augusto mi colega, Lorenzo mi vecino, Antonio mi amigo, y que la del profe de música y de algunos otros incognitos en orinales públicos y de heteros curiosos de pajas ocasionales por webcam. Mas linda que todas las vergas que en la porno miré con morbo. Mamé y mamé hasta embriagarme de él.

    Mi quijada estaba vencida. Mi boca abierta en acto de felación sostenido también se agotaba. Arturo gemía y jadeaba. Su mano guiaba a ratos el ritmo halando con ternura mis cabellos y empujando desde atrás mi cabeza para hundir su verga en mi boca. Notó mi agotamiento. Sacó su pene mojado. Se agacho para hasta que su rostro quedó a mi altura.

    A: Lo chupas rico. No sabes lo que estoy gozando. Gracias te doy. Uf.

    En ese instante me asusté al oír su teléfono sonar. Otra vez era su esposa. Mi reflejo fue de alejarme y buscar mis ropas para vestirme. El me hizo un gesto con sus manos y su rostro de que me calmara. Me quedé atento. Con su dedo índice en sus labios me hizo el gesto universal de pedir silencio. Lo hice. El respondió con tranquilidad y de pie con su pene que había perdido algo de erección frente a mi habló con su mujer. Mi corazón latía de tensión. Me acarició mi cabeza y la fue empujando hacia su verga. La metí otra vez en mi boca. Se la seguí mamando despacio mientras él hablaba monosílabos con su mujer. Hasta alcance a escuchar un poco la voz femenina de ella cuando los comentaristas deportivos en la TV dejaban de hablar. Inexplicablemente, esa situación me dio mucho morbo y también a Arturo que recobró rápido su erección máxima con su verga dentro de mi boca. Colgó la llamada. Hizo un gesto de alivio y sonrió para indicar que todo estaba bajo control.

    Me tomó de la mano y me levantó. Estuve de pie frente a frente. Nuestros penes erectos se chocaban cual espadas y ambos nos divertíamos mirando hacia abajo como su falo se rozaba con el mío. Me fue tornando hasta que nuevamente le di la espalda. Me daba golpecitos y apretujones en mis nalgas.

    A: Acuéstate así. Boca abajo.

    R: Cuidado. No tenemos condón.

    A: Lo sé, lo sé, pero no me vayas a dejar con estas ganas. Te lo pido por favor.

    R: Me da miedo.

    Pero en ese momento yo no tenía fuerzas para resistirme. Mi alma pedía a gritos experimentar sexo con Arturo. No creo que me perdonaría no haber aprovechado ese momento. Y tampoco él estaba por la labor de dejar pasarlo. Su verga palpitaba y su ansiedad por mi culo se le salía por los poros.

    R: ¿Eso duele? Me da miedo.

    A: Yo se tratar bien a un culito. Tengo experiencia. Vas a ver que te va a gustar.

    Me tumbé en la cama boca abajo, desnudo con mi culo al aire. No podía ver lo que Arturo hacía. Me daba tensión cuando sentí que su pene golpeaba mis nalgas, no lejos de mi ano. Me lo iba a meter. Dios. Me lo iba a meter. Pero entonces un calor tibio húmedo, y desconocido invadió mi culo regalándome un placer profundo. Me tomó un par de segundos entender que él me estaba chupando el culo. Su lengua juguetona hurgaba, lamia, revoloteaba, y mi culo lleno de nervios sensibles se dilataba. Jamás me hubiera imaginado un placer tan intenso que me hacía ver colores. Me estaba comiendo el culo con ganas, con morbo, con fuerza de macho. Me hacía vibrar una fibra interna de goce femenino. Me encantaba y creo que ni fui consciente de que empecé a gemir y gemir con lujuria. Su boca fue subiendo por mi espalda y su pecho rozaba mis nalgas hasta que detrás de mis oídos y escuché su voz vulgar jadeante y desgarrada.

    A: Voltéate, tu culo está listo. Está pidiendo verga.

  • The feet house (capítulo 1): El olor misterioso

    The feet house (capítulo 1): El olor misterioso

    Lynn Loud una hermosa joven de 23 años, regresa a su casa luego de haber estado jugando al fútbol todo el día bajo un intenso sol. Está tan cansada y sudada que solo quiere dormir. Al entrar a su cuarto, se quita sus zapatillas y enseguida todo el cuarto se llena con un fuerte olor a pies apestosos y sudados. Sin darle importancia, se quita sus medias, las cuales están empapadas en sudor. Lynn coloca sus medias apestosas en sus zapatillas y se echa a dormir sin darse cuenta de que dejó la puerta de su cuarto abierta.

    Lincoln Loud, un joven 21 años muy curioso entrar a su casa y sentir un fuerte olor, pero no le molesta, más bien lo encuentra muy agradable.

    Lincoln sigue el rastro del aroma hasta la habitación de Lynn. La puerta está entreabierta y el olor se intensifica a cada paso.

    Lincoln, sorprendido, descubre que el olor que le encanta proviene de las zapatillas viejas de Lynn. Sus zapatillas están muy desgastadas, con suelas amarillentas y marcas de sus pies.

    Lincoln, temblando, no puedo resistirse a oler los zapatos apestosos.

    Lincoln coloca su cara en los zapatos y los huele con fuerza. El olor es una mezcla de sudor, pies apestosos y goma.

    Lincoln, emocionado, dice: «Este olor es magnífico, increíble».

    Lincoln mira las medias sudadas dentro de los zapatos. Sin pensarlo, las saca y las huele con desespero.

    Lincoln, susurrando, dice: «Esto es una locura. Pero me encanta».

    Lynn se despierta y observa a su hermano oliendo sus viejas zapatillas apestosas.

    Lynn, bostezando, pregunta: «¿Lincoln, qué estás haciendo?»

    Lincoln, nervioso, responde: «Lynn, lo siento. Es solo que… tus zapatos y medias huelen increíblemente, me encanta su olor».

    Lynn, riendo, pregunta: «¿Mis zapatos viejos y apestosos? ¿Te gusta el olor a pies apestosos?»

    Lincoln, sonrojándose, responde: «Sí, la verdad es que me encanta el olor de los pies apestosos, me genera un gran placer «.

    Lincoln, tembloroso y aún más rojo, le pregunta a su hermana: «Lynn, puedo, puedo, oler tus pies».

    Lynn responde: «Claro, huele mis pies, que te garantizo que apestan más que mis medias y zapatos».

    Lincoln, muy excitado, dice: «¿De verdad puedo adorar tus pies?»

    Lynn responde: «Si eso te hace feliz, adelante».

    Lincoln comienza a adorar los perfectos pies de su hermana, besando cada callo y chupándole sus dedos uno a uno

    Lincoln nota como su pene su pone muy duro a causa de la gran excitación que le produce lamer los pies de su hermana, lleno de lujuria se desabrocha los pantalones y frota su miembro contra los pies sudados de Lynn

    Lynn también disfruta mucho de la adoración de pies de su hermano y se retuerce de placer y mientras empieza a gemir

    Lincoln no aguanta más y se corre sobre los pies de su hermana,

    Lynn mira las plantas de sus pies cubiertas de semen y con lujuria los lame y menciona que rica lechita tienes hermanito, luego le dice

    me encantaron tus masajes, fueron deliciosos. Y tu leche es muy rica, Pero eso quiero darte algo que te encantará».

    Lynn se levanta de la cama y busca en su armario. Después de un momento, saca un par de calcetines viejos y usados y le dice a Lincoln: «Estos son mis calcetines de la suerte, mis compañeras de equipo y Yo los usamos siempre antes de un partido importante. Han pasado de un pie a otro y jamás han sido lavados, seguro te encantarán».

    Lincoln, emocionado, toma los calcetines y los huele con entusiasmo. El intenso aroma a pies impregna su nariz y una sensación de satisfacción recorre su cuerpo.

    Lincoln, exclama: «¡Esto es increíble! Gracias, Lynn. Eres la mejor hermana del mundo». Se abrazan y prometen repetir esta magnífica sesión de pies apestosos.

  • Los primeros cuernos consentidos de mi marido (2)

    Los primeros cuernos consentidos de mi marido (2)

    Retomando la primera parte de los cuernos consentidos de mi pareja.

    Comencé a buscar a Alan para cuadrar un encuentro, cosas que no me costó trabajo, ya que al enviarle mensaje no pasaron más de 5 minutos y obtuve una respuesta.

    C: Hola como has estado

    A: Hola, encantado de saludarte que milagro

    C: Pues hace un par de días estaba recordando nuestra relación y me dieron ganas de buscarte

    A: Que bien, pero que no te fuiste a vivir con tu novio?

    C: Vaya, que estudiada me tienes

    A: Pues no perdía la esperanza de volvernos a encontrar. O me vas a negar que nos la pasábamos muy bien

    C: No, no lo puedo negar, pero siente parece si vamos a tomar algo en la semana y seguimos platicando

    A: Claro que si hermosa, cuando quieras

    Ya había dado el segundo paso, con Alan había tenido mi primer acercamiento con el fetichismo de pies y desarrolle el gusto por el sexo oral, apare de tener una conexión sexual increíble. Contaba las horas para poder encontrarme con el.

    Los días pasaron lento, mis ansias eran demasiadas y quería desesperadamente que fuera fin de semana. Por fin llegó el día y desde temprano comencé a arreglarme, me depile como acostumbro y comencé a elegir lo que usaría.

    Terminé decidiéndome por unas zapatillas negras abiertas, una minifalda a juego, una blusa blanca con escote y por debajo llevaba un juego de lencería rojo con transferencias.

    Se supone que no haría nada por qué es lo que acordé con Manuel, pero me gusta verme sexy y provocar con mi apariencia por lo que no le di importancia

    M: Te ves increíble, no pensarás hacer nada fuera de lo acordado o si?

    C: Gracias. No te preocupes, te dije que solamente voy a hablar con el y hacerle la propuesta, aparte de poner las condiciones.

    M: Muy bien confío en ti, te veo más tarde

    Salí rumbo al bar en el que me citó Alan, al llegar me di cuenta que era un lugar muy agradable, con unas mesas en el exterior del local y el ya se encontraba esperándome.

    A: Hola hermosa, como has estado? Siéntate

    C: Hola, bien gracias. La verdad esperando este momento toda la semana.

    A: Jaja igual yo…

    Para no aburrirlos y hacer la historia tan larga, estuvimos un par de horas poniéndonos al corriente de nuestra vida, lo que habíamos hecho después de la preparatoria y cosas sin mucha importancia, como si el supiera lo que yo buscaba y yo tratando de evitar el tema principal de la cita.

    A: Bueno pero, yo me pregunto. Tu novio no tiene problema en que estés tomando unas cervezas conmigo?

    C: No, entre nosotros no hay secretos. El sabe en dónde y con quién estoy.

    A: Que bien que tengas libertad. Y dime solamente me buscaste para hablar de como nos ha ido en la vida?

    C: No, la verdad hay otro motivo. Es complicado para mí decirte esto pero, con Manuel acabo de acordar tener una relación abierta y quiero que la primera persona en estar conmigo seas tu.

    Sus ojos se abrieron como platos y una sonrisa se dibujo en su rostro, se notaba a lenguas que le había encantado escuchar eso.

    A: Excelente, yo encantado preciosa

    C: Espera que eso no es todo

    A: Aun hay más? Muy bien, te escucho

    C: prometí no hacer nada contigo hasta que lleguemos a un acuerdo y parte de las condiciones es que no comentes nada con nadie, y que dejes de tocar el tema de nuestra relación con todo el mundo

    A: Muy bien, sin problema. Algo más?

    C: Si, Manuel quiere estar presente cuando estemos juntos

    Su cara cambio a una de asombro, pero inmediatamente comenzó a reír y le dio un trago a su cerveza

    A: Me estás diciendo que ese pendejo quiere ver cómo me cojo a su novia? Jajaja

    C: Baja la voz o me voy de aquí

    A: Bien, no te alteres. Es que, me sorprendiste

    C: Te lo advierto, esto no está siendo fácil para mí. Y algunos de tus comentarios puede hacer que me arrepienta de todo esto

    A: Bien, relájate. Acepto, no te preocupes. Voy a cumplir con mi palabra

    C: Mas te vale

    A: Y bien… Cuando, dónde, que sigue?

    C: Voy a estar en contacto para ponerme de acuerdo contigo en estos días. Quiero que Manuel acepte que lo hagamos el próximo fin de semana

    A: Bueno pero, tu vienes vestida así por algo… Me vas a dar un adelanto?

    C: Te dije que no. Prometí que no iba a hacer nada y pienso cumplir

    A: Vamos, no se va a enterar. Sabes que quieres recordar los viejos tiempos. No saliste así vestida por nada.

    En mi mente estaba deseosa por estar con el a solas, pero no quería romper mi promesa de esperar a que el encuentro fuera con Manuel presente.

    A: Vamos muñeca, por los viejos tiempos. Tu noviecito no se va a enterar y te prometo que va a ser algo rápido.

    C: No se, te conozco y seguramente alguien se enteraría

    A: Vamos chaparrita, vamos a disfrutarnos otra vez. No te vas a arrepentir Manuel no se va a enterar.

    C: Estoy segura que me voy a arrepentir de esto… Vamos antes de que cambie de opinión

    En cuanto termine esa frase el se levantó y pago la cuenta. Y me timó de la mano, solamente caminamos media cuadra y nos detuvimos frente a una motocicleta hermosa, me dio un casco y se subió primero para que pudiera colocarme detrás de él.

    C: Estas loco?

    A: Que? Yo no le veo nada de malo

    C: Te das cuenta como vengo vestida? Se me va a ver todo

    A: Bueno pues afortunados los que pasen junto a nosotros por qué se van a echar un buen taco de ojo… Jaja

    C: Eres un pendejo

    Me subí a la moto y paso lo que supuse, la minifalda que traía puesta se subió a más allá de la mitad de mis muslos, pero eso solo fue el inicio. Una vez acomodada, tuve que inclinarme al frente para poder abrazarlo y en ese momento mi falda no me cubrió nada.

    Prácticamente iba desnuda de la cintura para abajo ya que entre las zapatillas finas que elegí y la tanga roja que llevaba puesta tenía expuestas mis piernas y mis nalgas.

    Obviamente no tarde ni dos minutos en llamar la atención de los hombres y de alfas mujeres que pasaban junto a nosotros ya sea a pie o en auto. Fue un lapso de alrededor de 20 minutos del bar al hotel al que me llevó, aunque una vez ahí me di cuenta que hizo mucho tiempo a propósito, dando demasiadas vueltas para poder lucirme frente a la gente.

    En el camino recibí silbidos, halagos, y bastantes comentarios sexuales. La mayoría pensaban que yo era una sexoservidora y me pedían información de mis costos y en dónde me paraba para irme a buscar más tarde…

    Todo eso me incomodó al principio, pero como sucedió con el gerente la situación comenzó poco a poco a calentarme y me dejó húmeda al momento de llegar al hotel con Alan.

    El pago la habitación y entramos al garaje, subimos las escaleras y solamente al cerrar la puerta me dio media vuelta y nos envolvimos en un beso apasionado muy largo. Inmediatamente comenzó a recorrer mi cuerpo con sus manos sobre mi ropa y yo ya estaba escurriendo, desesperada de que mi hiciera suya. Muchos recuerdos comenzaron a llegar a mi cabeza y eso solamente me excitaba más.

    Al meter sus manos bajo mi falda, se percató que el pequeño pedazo de tela que tenía entre mis piernas estaba empapado.

    A: Bueno, creo que funcionó la vueltecita que te lleve a dar

    C: Eres un tonto, pero la verdad si me calentó

    A: Pues que estamos esperando, no hay que perder más tiempo… Quiero saborearlo ya

    Me lanzó de manera brusca a la cama y quede tendida boca arriba sobre el colchón.

    Se arrodilló y me jaló de las piernas dejando mi entrepierna frente a él.

    Me desgarró la tanga arrancándomela de un tirón y se la llevo a la nariz para inhalar profundamente, situación que nuevamente me recordó la primera vez con el gerente y comencé a lubricar más. Sin mediar palabras acercó su boca a mi sexo y comenzó una serie de movimientos con la lengua deliciosos…

    Debo admitir que nunca nadie me había hecho sexo oral como Alan, tenía un don para eso.

    Era un experto para eso, movía su lengua de una manera muy hábil y eso me hacía sentir en las nubes. De repente metió su lengua lo más profundo que pudo y comenzó a hacer movimientos circulares, lo que provocó que a los pocos minutos tuviera un orgasmo intenso como pocas veces los he tenido. Mis fluidos literalmente salieron disparados y el buscaba llevarse la mayor cantidad posible a la boca.

    Por un instante sentí algo de culpa por qué terminé rompiendo la promesa que le había hecho a Manuel. Pero ese sentimiento duro poco, ya que Alan inmediatamente metió dos dedos dentro de mi, mientras comenzaba a hacer movimientos circulares con la punta de su lengua en mi clítoris…

    Nuevamente me sentía en las nubes, el sabía perfectamente lo que a mí me gustaba y yo estaba disfrutando bastante. La sensación era muy intensa y el poco a poco iba intensificando sus movimientos con los dedos y con la lengua.

    Nuevamente pasaron pocos minutos para que tuviera un segundo orgasmo más intenso todavía que el primero… Y el nuevamente como un animal sediento, captaba todo lo que podía y limpiaba de mis muslos lo que escurría hacia la cama.

    C: Ahh muy bien, sigues siendo tan hábil como cuando salíamos

    A: Y tu sigues siendo tan explosiva como te recuerdo

    C: Bueno muy rico todo pero creo que ya nos tenemos que ir…

    A: No chiquita, esto apenas está comenzando

    C: Alan por favor, ya rompí mi promesa de no hacer nada, vas a tener que esperar a que nos pongamos de…

    Me quede sin palabras, cuando se puso de pie y se bajó el pantalón. Si verga era inmensa, no la recordaba tan grande y gorda. No sé que había pasado en estos años pero el solo verla me causo escalofríos y me dejó como si estuviera en trance.

    A: Quitate la blusa

    Inmediatamente y como si estuviera hipnotizada, procedi a quitarme la blusa y cuando iba a quitarme los zapatos me detuvo en seco.

    A: No, eso lo hago yo. Acuéstate otra vez

    Obedecí y sentí como tomaba mi pie izquierdo, comenzó a besar mi empeine delicadamente y acariciaba los costados de mi pie con mucho cuidado, esto comenzó a provocar escalofríos en mi columna. El lo notó por lo que se tomó un instante para guiar mi mano a mi entrepierna y yo automáticamente supe que es lo que tenía que hacer.

    Mientras el seguía acariciando mis pies sobre mis zapatos yo comencé a masturbarme despacio.

    El seguía acariciando hasta que en un punto desabrochó mi zapatilla derecha y comenzó a masajear mi planta de manera muy delicada. Esto me dió todavía más placer por lo que comencé a masturbarme más rápido. Procedió a hacer lo mismo con el pie izquierdo y una vez que los tuvo juntos frente a el se quedó observándolos por un breve periodo de tiempo.

    Después comenzó a dar pequeños besos alternando en mis plantas lo cual me excitó más y llegue al orgasmo.

    A: Ahora si chiquita, prepárate para lo bueno.

    Me agarró de los tobillos y me abrió las piernas, inmediatamente sentí como me penetró de golpe, fue algo increíble. Muy placentero, aunque estoy completamente segura que si no hubiera estado tan lubricada lo más seguro es que me hubiera hecho bastante daño. El comenzó con un ritmo lento y mis gemidos se convirtieron en gritos de placer.

    Poco a poco fue embistiendo más fuerte, yo estaba extasiada y sentía como mi entrepierna escurría y se sentía cada vez más caliente.

    El ya estaba embistiendo con toda su fuerza y yo estaba en la gloria, ya embistiendo fuerte el me levanto más de los tobillos, puso mis pies juntos frente a su cara y comenzó a lamer y chupar con mucha dedicación y desesperación turnándolos. Parecía un adicto desesperado por consumir su dosis y eso me excitaba mucho, parecía que al hacer eso su calentura aumentaba y eso incrementaba sus embestidas. Me hizo llegar una vez más al orgasmo y se retiró antes de terminar.

    Estaba exhausta, escurriendo en sudor, me pidió colocarme en 4 y yo inmediatamente obedecí.

    Comenzó a embestir nuevamente de manera rápida y violenta, dándome nalgadas y jalándome del cabello para tener el control de la penetración, cuando me dijo que iba a terminar salió de mi y soltó chorros y chorros de leche en mi entrepierna, dejando caer otro tanto sobre las plantas de mis pies y me deje caer rendida sobre la cama.

    A: Muy bien preciosa, ya extrañaba todo esto.

    Quiero que te vistas sin limpiarte y te vayas así a tu casa. Ya ahí puedes bañarte para que tú nuevo cornudo no se dé cuenta que no cumpliste tu promesa y espero con ansias que me digas que día ese pendejo va a estar presente porque te voy a llenar de leche por todos lados…

  • El nuevo jefe de mi esposo

    El nuevo jefe de mi esposo

    Mi esposo aceptó un puesto en una nueva empresa. Compramos una casa y nos mudamos a una ciudad mucho más grande de lo usual. Yo estaba muy emocionada ya que el nuevo trabajo de mi esposo vino con un fuerte incremento de sueldo, lo que nos permitió comprar una casa más grande de la que esperábamos, y pude amueblarla mucho mejor de lo que había pensado que podría.

    Las cosas estuvieron bien al principio, pero debido a que mi esposo estaba tratando de probarse a si mismo y dar una buena impresión en su nuevo trabajo, tuve que pasar mucho tiempo a solas. Inicialmente no fue un problema para mí, pero no tenía amigos con los que pasar el tiempo porque éramos nuevos en la ciudad.

    La gente del vecindario era bastante amable, pero todas eran familias de dos ingresos, así que también estaban concentrados en sus carreras. Cualquier interacción con los vecinos estaba reservada para los fines de semana.

    Se me ocurrió que podríamos tener una fiesta al aire libre para conocer a todos los vecinos y también hacer que mi esposo invitara a algunos de sus compañeros de trabajo. Todos los vecinos aceptaron nuestra invitación y algunos de los colegas de mi esposo, incluido su jefe, también aceptaron.

    El día de fiesta estuvo soleado y cálido, el clima perfecto para nadar en la piscina o cocinar al aire libre. Siempre he sido activa. Cuando era más joven, practicaba danza y gimnasia, así que me ejercitaba bastante y siempre fue consciente de mi figura. Debido a eso, nunca tuve temor de presumir mi cuerpo de metro setenta de estatura, sesenta y dos kilos con un par de tetas grandes, piernas largas y un trasero que muchos me han dicho que es perfecto.

    Supongo que es por eso por lo que no lo pensé demasiado y usé un bikini el día de la fiesta. Mi esposo nunca se quejó de que fuera demasiado revelador o que estuviera mostrando demasiado, así que estaba a gusto con mi elección. Todos estaban divirtiéndose durante el transcurso de la fiesta, y todo estaba saliendo genial. Como ya dije, me sentía bien usando mi bikini. Eso fue hasta que estuve en la cocina sirviendo algunos platos y escuché a algunos de los colegas de mi esposo hablando fuera de la ventana. Estaban hablando de mi cuerpo y de las cosas que me harían sexualmente.

    No pude ver quién estaba hablando, solo sabía que eran los compañeros de trabajo porque no reconocí las voces de los vecinos. Se que debería haberme molestado por lo que estaban diciendo, pero tengo que confesar que me quedé allí escuchándolo todo y me excité al escuchar las cosas que decían.

    Se alejaron de la ventana y se mezclaron con el resto de los invitados así que no tenía idea de quiénes eran. Puede socializar una vez que recibí a todos y me aseguré de que todos tuvieran qué beber y que supieran donde estaba la comida. Mi esposo me llamó mientras estaba hablando con un hombre negro, alto y musculoso de unos 35 años.

    Cuando me acerqué a ellos, pude ver al hombre moreno mirándome. Mi esposo me lo presentó y me dijo que Gonzalo era su nuevo jefe. Le extendí mi mano para darle la bienvenida a nuestra casa. Él me contestó que era un placer estar aquí. Tan pronto como abrió la boca, supe que él era el tipo que estaba hablando fuera de la ventana.

    Sentí que me sonrojaba una vez que me di cuenta quien estuvo diciendo esa clase de cosas. Me sentí culpable de haber disfrutado lo que estaba diciendo, pero nuestro tiempo a solas se había visto disminuido con mi esposo trabajando todo el día.

    Gonzalo, mi esposo y yo continuamos hablando hasta que otros invitados llamaron a mi marido. Entonces Gonzalo y yo continuamos hablando. Sus ojos escaneaban mi cuerpo constantemente mientras conversábamos, y aprovechó todas las ventajas para acariciar mi brazo mientras hablábamos. Los ojos de Gonzalo estaban fijos en mis tetas, y sus toqueteos no me hicieron rechazarlo. Fue precisamente lo opuesto: Estaba excitada. Siempre fantaseé acerca de estar con un hombre con las características físicas de Gonzalo, así que mi mente divagó por lugares en los que nunca debió haberlo hecho.

    Mientras más hablaba con Gonzalo y este seguía mirándome con descaro, más interés tenía por él. Mi esposo regresó y se llevó a Gonzalo para hablar con otros colegas acerca de sus opiniones sobre un proyecto en el que estaban trabajando. Cada vez que miraba, veía a Gonzalo mirándome. Me sentía un poco halagada, pero solo lo sorprendí mirándome porque yo misma estaba pendiente de ver dónde estaba y que estaba haciendo. Me sentí culpable pero lo justifiqué pensando que sólo se trataba de una fantasía.

    La fiesta fue un gran éxito, y todos nos agradecieron mientras se despedían. Gonzalo fue uno de los últimos en irse, pero antes de hacerlo, habló a solas conmigo mientras mi esposo estaba despidiéndose de otros invitados. Me dijo que estaba feliz de que lo hubiera invitado porque le gustaba conocer a todos sus empleados y a sus familias. Dijo que era una tradición con las esposas de los nuevos empleados llevarlas a almorzar a su country club, justo después de sus esposo empezaran en la empresa. Me preguntó si estaría interesada en almorzar con él.

    Entré en pánico, sin estar segura de que debía hacer. No quería enemistarme con el jefe de mi esposo, pero todo lo que podía escuchar eran sus comentarios acerca de mí mientras hablaba con otros afuera de la ventana de la cocina.

    Rápidamente racionalicé de que solo se trataba de un almuerzo en su country club, así que ¿qué podía salir mal? Acepté rápidamente su ofrecimiento. Me dijo que me llamaría durante la semana para ver que día era conveniente para mí.

    Cuando todos se marcharon, empecé a limpiar. Mientras lo hacía, mi mente divagó hacia Gonzalo, lo que había dicho, y la forma en que me miraba. Para cuando terminé con la limpieza, mi esposo ya estaba dormido. Decidí quedarme un rato en la sala y prender la televisión para relajarme un poco.

    Sentada en el sofá, mi mano se deslizó dentro de mis bragas y empecé a acariciarme lentamente el coño mientras pensaba en lo que Gonzalo dijo que le gustaría hacerme en la cama. Mientras más recordaba sus palabras, más rápido me masturbaba y me frotaba el clítoris. Mis gemidos se hicieron más fuertes y mis caderas se levantaron del sofá cuando me metí dos dedos a la vagina. Mis gemidos se hicieron más y más fuertes mientras mis dedos hacían su trabajo. Con un movimiento de mis caderas hacia arriba para sentir mis dedos todavía más adentro, mi cuerpo se tensó y exploté en un orgasmo salvaje.

    Me quedé allí después de mi orgasmo y me quedé dormida en el sofá. Por suerte, desperté a mitad de la noche desnuda en el sofá con mi bikini en el suelo. Eso habría sido difícil de explicarle a mi esposo si me hubiera encontrado así en la mañana. Me arrastré silenciosamente a la cama y dormí hasta la mañana.

    Traté de no pensar en Gonzalo, pero no tuve éxito. Mis pensamientos se iban hacia él a menudo. Me encontré a mí misma obsesionada con lo que había dicho. Eso me preocupaba, y decidí que tal vez seria mejor rechazar su invitación a almorzar si llamaba.

    Mi teléfono sonó el martes por la mañana. Lo contesté, y era Gonzalo. Conversamos un poco sobre temas intrascendentes, y luego me preguntó si estaría disponible para almorzar el jueves. Abrí la boca con la intención de rechazarlo, pero me encontré a mí misma diciéndole que ese día estaría genial. No puedo explicar que pasó, pero ya no podía retractarme sin dejar mal a mi esposo.

    Llegó el jueves, y no sé por qué, pero no le dije a mi esposo acerca de mis planes para el almuerzo. Pensé que era porque no quería contestar todas las preguntas, pero yo misma cuestioné esa excusa. Estaba preocupada acerca de que ropa iba a usar. Sabía que íbamos a ir a un country club, así que tenía que ser algo elegante, pero no quería verme demasiado sexy. Al final utilicé una falda granate que me llegaba hasta la mitad del muslo, una blusa de seda color rosa y sandalias de taco alto. Era el outfit más conservador que tenía.

    Entré al restaurante y me guiaron a la mesa de Gonzalo. Él se puso de pie y me saludó mientras yo me acercaba a él, dándome un beso en la mejilla. “Uau, Liliana, te ves increíble en ese outfit,” me dijo al mismo tiempo que jalaba mi silla hacia afuera para que pudiera sentarme.

    Le agradecí. Una vez instalada, tomé la carta para leerla y no tener contacto directo a los ojos con él. Ordenamos el almuerzo y hablamos sobre diferentes temas. Debo admitir que Gonzalo se comportó como un perfecto caballero, fue encantador y después de que me relajé un poco, la pasé muy bien con él. Reímos mientras hablábamos de algunas experiencia que ambos habíamos tenido.

    Gonzalo dirigió la conversación hacia los amores del pasado y las experiencias. Para entonces, había bebido algunas copas de vino y me sentía un poco más habladora que de costumbre. Le conté acerca de mis épocas como gimnasta y de cuando fui la estrella del equipo de atletismo en la secundaria, lo que me sirvió para obtener una beca en la universidad.

    Gonzalo empezó a coquetear más y fue un poco más directo. Me tomó de la mano, y esta quedó cubierta por su mano enorme y oscura. Era muy excitante ver el contraste de nuestra piel. Me miró a los ojos y me dijo suavemente, “Eres una mujer bella e increíble, Liliana. Me tienes fascinado.”

    Sentí que la cara se me puso roja y levanté mi mano y moví mi dedo mientras le respondía, “Gonzalo, sabes perfectamente que soy una mujer casada.”

    Él se disculpó y me dijo que lo sentía si había estado fuera de lugar, pero que había expresado lo que pensaba. Luego, sonriendo, añadió, “Además, muchas mujeres casadas también necesitan algo de variedad en sus vidas.”

    Le aseguré que no era esa clase de mujeres. Se disculpó de nuevo pero me recordó que lo llamara si cambiaba de opinión. Luego, con una sonrisa, me aseguró que usualmente conseguía lo que quería. Entonces, sin decir nada más, se inclinó y me dio un beso suave en los labios. No lo detuve ni protesté, y tampoco respondí a su comentario. Le agradecí por el almuerzo, y los dos nos fuimos por caminos separados. Sin embargo, no podía dejar de pensar en sus palabras. Como dije antes, siempre fantaseé acerca de estar con un hombre como Gonzalo, atractivo y con la piel de ébano, y mi interés había aumentado todavía más. Pero sabía que era una mujer casada, y que siempre quedaría como una fantasía.

    Cuando regresé a casa, me desvestí y me quedé completamente desnuda frente al espejo de cuerpo entero de mi dormitorio. Estaba tan excitada por esta nueva fantasía que mis manos empezaron a acariciar mis tetas mientras me miraba en el espejo. Fantaseé que eran las grandes manos morenas de Gonzalo las que cogían mis tetas y las apretaban. Cerré los ojos mientras imaginaba a Gonzalo detrás de mí, besándome el cuello mientras me magreaba las tetas y pellizcaba mis pezones.

    Luego sentí su mano deslizarse hacia abajo, por mi estómago y entre mis piernas. Las abrí al sentir su mano acariciando mi clítoris. Mis gemidos se hicieron más fuertes al tiempo que visualizaba sus fuertes brazos estrechándome contra su enorme armazón. Mis pensamientos eran acerca de Gonzalo tomándome, e introduje dos dedos en mi coño mojado. Los hice trabajar rápido y duro introduciéndolos y sacándolos de mi interior, llevándome a un orgasmo que me hizo temblar las piernas y caer de rodillas.

    Más tarde ese mismo día, recibí una llamada al celular de mi esposo. Me dijo que necesitaba salir de la ciudad mañana por trabajo. Algunos de los tipos que estaban trabajando en ese proyecto necesitaban ir y reunirse con el cliente para clarificar lo que necesitaba hacerse. Me preguntó si podía sacar su maleta de manera que pudiera empacar cuando llegara a casa.

    Esa era una buena oportunidad para mí. Prepararía una rica cena, me vestiría muy sexy, y tendría sexo con mi esposo esa noche. Quizás eso aliviaría la picazón que sentía entre mis piernas ya que estaba muy caliente desde la semana pasada y nada parecía satisfacerme.

    Le preparé a mi esposo su comida favorita y me alisté para recibirlo. Cuando llegó, estaba excitado acerca de su viaje ya que se trataba de su primer viaje de negocios con la nueva firma. La cena estuvo bien, y mientras yo lavaba los platos, él empacó. Cuando terminé, subí al dormitorio y empecé a acariciarlo por todo el cuerpo, frotando desde su espalda hasta su trasero antes de estirar mi brazo entre sus piernas para apoderarme de su polla.

    Allí fue que sentí que me estrellé contra un muro de ladrillos. Escuché aquellas temidas palabras. “Cariño, estoy exhausto y necesito acostarme temprano. ¿Podemos dejarlo para otra ocasión?”

    Estaba en shock. No podía creerlo. Había pasado un mes desde la última vez que habíamos follado y él me estaba rechazando por un viaje. No mostré mi decepción. Sólo le dije que se acostara. Yo estaría abajo, haciendo algunas cosas que tenía pendientes. No tenía nada que hacer. Fui y me senté en el sofá y lloré de amargura. ¿No me deseaba más? ¿Por qué me rechazaba? Hago todo lo que le gusta y trato de ser una buena esposa para satisfacerlo.

    Me senté en el sofá enfurruñada cerca de una hora antes de decidir que tenía que hacerme cargo de mi placer. Encendí la televisión y abrí la aplicación para internet. Busqué y encontré algunos videos de porno interracial. Me desvestí y me senté en el sofá desnuda, viendo video tras video. Mis manos acariciaron mis tetas antes de moverse entre mis piernas y hacer que me corriera tres veces.

    Debo haberme quedado dormida porque no fue sino hasta que escuché a mi esposo meterse a la ducha que desperté. Estaba tan enojada con mi esposo que todavía no quería verlo ni hablarle. Me hice de rogar. Me aseguré de que cuando su carro llegara a casa para recogerlo, yo estuviera en la ducha, de esa manera no tenía que abrazarlo o darle un beso de despedida. Pensaba que si no había querido follarme anoche, entonces podía marcharse sin interactuar conmigo. Estaba tan furiosa que ni siquiera quise decirle adiós.

    Una vez que se hubo marchado, salí de la ducha y me vestí. No tenía planes para aquel día. Iba a estar haciendo algunos quehaceres en casa. Apenas había empezado a limpiar el dormitorio principal cuando sonó el timbre de la puerta. Cuando la abrí, un chico de delivery estaba parado allí.

    “Delivery, señora, por favor firme aquí.”

    “Gracias.” Busqué la dirección del remitente, pero no había ninguna. Luego de firmar, el chico del delivery me dio las gracias y se marchó.

    Cerré la puerta y examiné el sobre. Como ya dije, no tenía dirección de remitente, solo la mía. Podía sentir algo duro en el interior, como una tarjeta de crédito. Lo abrí y el pedazo de papel que estaba en él. Había una llave de cuarto envuelta en la nota. El mensaje escrito en el papel decía: Estaré en la suite 1402 a las 5:00 pm. No tiene sentido estar sola en casa, ven y hazme compañía y pasémosla a lo grande. La firmaba Gonzalo.

    Estaba atónita. No podía creer lo de este tipo. No se rendía en absoluto. No tenía intención de aceptar su oferta. ¿Cómo se atrevía? Le había dicho que no numerosas veces. Tiré el sobre y la llave en la mesa y me dispuse a seguir limpiando.

    Mi mente continuaba regresando a la carta. Mi esposo no se hizo cargo de mi frustración sexual anoche. Entonces, mis pensamientos fueron a los videos interraciales que había visto la noche anterior. Sentí que me estaba empezando a excitar. “¿Podría?, No, no puedo. Estoy casada. Pero estoy demasiado caliente. Necesito que me follen. ¿Qué debería hacer?

    Después de horas de lucha con esas preguntas, decidí que necesitaba hacer lo correcto. Mi esposo ya no me deseaba. Necesitaba más; nunca había tenido la oportunidad de satisfacer mis fantasías, ¡así que decidí que iba a ir!

    Al aproximarse las 5 pm, empecé a escoger mi vestido de noche. Elegí una falda plisada corta y de color negro y una camiseta blanca sin mangas. No me puse brasier pero si medias de encaje negras con liguero. No me puse bragas. También usé tacones negros. Me aseguré de que mi maquillaje fuera perfecto. Acentué mis ojos azules y utilicé un pintalabios de color rojo muy brillante.

    Manejé al hotel y me encaminé a la suite 1402. Usé la llave y abrí la puerta. Gonzalo estaba sentado en una silla en el área común. Se puso de pie y camino a la puerta. Estaba vestido solo con boxers. Recorrí con mi mirada su cuerpo musculoso. Sus pectorales y sus brazos estaban muy bien definidos. Podía sentir una punzada en mi cuerpo mientras me sonrojaba.

    Gonzalo caminó hacia mí con una sonrisa en su rostro. “Me alegra mucho que hayas venido. Te ves todavía más sexy de lo acostumbrado.” Me tomó en sus brazos y me abrazó fuerte contra su enorme cuerpo. Me besó con pasión y yo le correspondí. Me di cuenta de que ahora esto era lo que yo quería. Quería que Gonzalo me follara. Quería que me follara una y otra vez. Ya no quería sentirme frustrada.

    Después de nuestro beso, Gonzalo me volteó de manera que mi espalda estaba contra su cuerpo. Levantó mi camiseta por encima de mi cabeza. Sus manos agarraron mis tetas mientras me besaba en el cuello. Oh dios, esta es mi fantasía. Esto era lo que pensaba mientras me masturbaba mirándome en el espejo de mi habitación.

    Mientras Gonzalo continuaba agarrándome y apretándome las tetas, mis pezones se pusieron duros y él los pellizcó usando su pulgar y su dedo índice. Cerré mis ojos y gemí. Luego Gonzalo me volteó de nuevo, acercándome hacia él con fuerza. Mis tetas se aplastaron contra él mientras nos besábamos de nuevo muy apasionadamente. Nuestras lenguas exploraban nuestras bocas. Mientras continuábamos besándonos con frenesí, sentí su manos en mi cintura y luego que me desabrochaba la falda. La empujó sobre mis caderas, y cayó al suelo. Gonzalo rompió nuestro beso y retrocedió para poder mirarme y apreciar que estaba solo con las medias, el liguero y los zapatos de taco alto. Sonrío, “Me encanta tu coño afeitado.”

    Yo también le sonreí. Sin decir una palabra, me senté sobre mis talones agarrando sus boxers por la cintura. Los bajé. Salió disparada la polla más grande y gruesa que jamás haya visto. Mis ojos se abrieron como platos y sin darme cuenta susurré, “Oh, dios, es enorme.”

    Mirando a Gonzalo a los ojos, froté su enorme verga contra mi cara. El gimió, “Eso es, chúpala.”

    Sostuve su polla con ambas manos en la base y envolví mis labios alrededor de esa gruesa polla negra. Siempre me ha encantado hacer mamadas pero no estaba segura de que podría meterlo en mi boca. Abrí la boca y envolví mis labios alrededor de su polla, y lentamente tragué todo lo que podía sin sentir arcadas. Pensé que no podía creer que tenía mis dos manos alrededor de su polla, que lo tenía en mi boca, y aún quedaba más.

    Mi boca se movía arriba y abajo sobre su cañón mientras mis manos lo masturbaban. Gimió mientras me decía lo bien que se sentía y me dijo que siguiera chupando su polla. Recuerdo haber pensado lo sexy que era que fuera tan dominante y seguro de sí mismo. Fue bastante excitante para mí. Me hizo chuparle la polla más rápido.

    Mi boca estaba bien abierta mientras me deslizaba hacia arriba y hacia abajo sobre su polla. Mientras lo chupaba más rápido, la punta de su polla llegó a mi garganta, haciéndome sentir arcadas, algo a lo que no estaba acostumbrada, pero su polla era tan grande y gruesa que me atraganté.

    De repente, Gonzalo sacó su polla de mi boca y me hizo ponerme de pie. Me sorprendió porque esperaba chuparle la polla hasta que disparara su carga en mi boca y me tragara toda su leche.

    «Todavía no», susurró.

    Luego me tomó en brazos y me llevó al dormitorio. Me depositó en la cama king-size y se acercó a mí. Se sentó a horcajadas sobre mis piernas y podía sentir su gran polla negra descansando sobre mi muslo. Me ponía nerviosa que me la metiera, pero al mismo tiempo me excitaba. Gonzalo se inclinó y besó mi pezón izquierdo antes de llevárselo a la boca y chuparlo. Gemí más fuerte mientras mis manos se movían a la parte posterior de su cabeza, apretándola más contra mis tetas.

    Vi cómo el Gonzalo abandonaba mi teta izquierda y bajaba besando mi vientre. Una vez más, me di cuenta de lo sexy que era el contraste de nuestra piel mientras seguía besándome más abajo. Gonzalo se arrodilló entre mis piernas. Me abrí más para él. Sentí sus dedos frotándome el clítoris mientras me miraba sonriente. Mientras seguía frotándome el clítoris, mis caderas se levantaron de la cama para rozar contra sus dedos. Le miré a los ojos y vi cómo sonreía y bajaba su cara entre mis piernas. Dejé escapar un fuerte gemido al sentir su lengua pasar sobre mi clítoris. Pedí más y gemí: «Oh, sí, no pares, lámeme».

    Al sentir su lengua en mi clítoris endurecido, sentí dos dedos deslizarse en mi coño empapado. Poco a poco se deslizaron profundamente en mí mientras Gonzalo chupaba mi clítoris. Mis caderas se retorcían y mis manos se aferraban a las sábanas sin poder saciarme de aquella comida de coño que Gonzalo me estaba proporcionando. Mi respiración se hizo más pesada, y mis gemidos más fuertes. Apreté las caderas con más fuerza contra la lengua del Gonzalo mientras pedía más. Mi cuerpo empezó a temblar. Los gemidos se convirtieron en gritos de placer. Entonces mi cuerpo se tensó y grité: «¡Me corro!».

    Gonzalo no dejó de lamerme durante mi orgasmo. Cuando este amainó, me quedé inmóvil, con las tetas moviéndose por mi respiración agitada. Gonzalo se tumbó sobre mí, abrazándome mientras me besaba apasionadamente. Saboreaba mis jugos en su lengua mientras me sujetaba con fuerza. Con él encima, podía sentir su enorme y gruesa polla negra en mi coño empapado. Una vez que nuestro beso se rompió, sonreí, diciéndole que necesitaba eso.

    «¿Qué más quieres?» Me preguntó.

    Como nunca me han gustado las palabrotas, intenté evitar la respuesta. «Ya sabes lo que quiero».

    «No, no, no lo sé. Dímelo. Dime lo que quieres, nena, o no lo tendrás».

    Me quedé callada unos segundos. Me di cuenta de lo que quería que dijera, y yo no quería no conseguirlo. Lo deseaba con todas mis fuerzas. «Te deseo; quiero que me folles con esa gran polla negra. Quiero que me folles una y otra vez».

    «Eso es, zorra. Tienes que aprender a pedirle las cosas a tu macho.».

    Nunca me habían llamado así. No podía creer que me llamara zorra. Lo gracioso es que me excitaba cuando me llamaba de esa forma. Acomodó sus caderas hasta que sentí la punta de su polla contra mi húmeda abertura. «Pídemelo otra vez, zorra, y pídemelo bonito y de manera que me excite.».

    «Por favor, méteme la polla. Entiérrala hasta lo más profundo en mi coño húmedo y caliente. Por favor, fóllame».

    Gonzalo empujó lentamente su polla dentro de mí y esta se deslizó en mi abertura. Me alegré de que se lo tomara con calma, porque nunca me habían metido nada tan grande. Sonreí cuando el dolor se disparó a través de mi cuerpo. Sentí como si estuviera perdiendo mi virginidad otra vez. A medida que empujaba dentro de mí, me abría más el coño.

    Una vez que mi coño se aflojó, Gonzalo deslizó su polla dentro y fuera de mí. El dolor se convirtió en puro placer. Mi miedo a esa gran polla gruesa se estaba convirtiendo en placer. Pensé: «Dios mío, ¿cómo podría estar sin esto ahora? Quiero más”.

    Gonzalo empezó a embestir más fuerte y más rápido dentro de mí. Le pedí más. Podía sentir como mi orgasmo empezaba a hervir en lo más profundo de mis entrañas. Más rápido, más fuerte. Le rodeé el cuello con los brazos y le abracé con fuerza. Gruñí mientras una vez más mi cuerpo se tensaba y me corría sobre la polla de Gonzalo. Mantuvo su verga enterrada en mi coño y me abrazó con fuerza mientras yo cabalgaba oleada tras oleada de mi orgasmo.

    Luego sacó su polla de mi coño y se subió a horcajadas sobre mi pecho mientras me ponía la polla en los labios. Sonreí mientras abría la boca para recibirlo. Deslicé lentamente mi boca sobre su polla. Siempre me ha gustado saborear la polla de un hombre después de correrme sobre ella.

    Seguí chupándole la polla y limpiando mi crema hasta que se apartó de mí y se tumbó boca arriba. Me dijo que lo montara. Una vez más, su severidad y confianza eran tan excitantes. Me acerqué a él y agarré su polla. Lentamente, bajé sobre él. Su gran polla me abrió una vez más mientras descendía sobre él. Su polla se hundía más y más profundo hasta que se enterró hasta los huevos en mí. Puse mis manos en su pecho para estabilizarme mientras lo montaba. Su pecho era tan musculoso que me excitó todavía más y me hizo cabalgarlo aún más rápido.

    Estaba fuera de mi zona de confort cuando le dije lo bien que sentía su polla dentro de mí y cuánto lo deseaba. Quería sentir cómo me llenaba con su leche. No tenía ni idea de dónde venía todo esto, ya que no me sentía yo misma. Reboté tan fuerte y rápido sobre su polla que mis tetas se agitaban por todas partes hasta que Gonzalo las tomó en sus manos y empezó a apretarlas.

    Me dijo severamente que la tomara toda, que me clavara su verga hasta el fondo de la concha, que montara su polla con fuerza. Podía sentir que estaba a punto de correrse, pero yo también. Gonzalo empujó sus caderas dentro de mí, y yo sentí cómo su polla tocaba profundidades de mí que nunca antes había tocado. Cuando me acercaba a mi tercer orgasmo, Gonzalo me metió la polla hasta el fondo. Sentí su cuerpo tensarse mientras su polla convulsionaba dentro de mí, llenándome con su semen. Mientras llenaba mi coño con su enorme carga, apreté los labios de mi coño para ordeñar hasta la última gota de leche que salía de su polla.

    Cuando terminó, se apartó de mí y se tumbó boca arriba a mi lado. Me acerqué, le agarré la polla y sonreí. «Cariño, mira el desastre que he hecho. Tengo que limpiar esto.” Envolví su polla con mi boca y lamí y limpié su semen y mis propios jugos de su polla. Me encanta tener una polla en mi boca después de que sale de mi coño.

    Mirándome sonriente, Gonzalo me dijo que era una buena chica. Luego me dijo que esperaba que siguiera haciendo eso cada vez que nos acostáramos.

    En ese momento, me di cuenta de que no se trataba de una aventura de una sola noche. Me estaba entrenando para querer más, para mostrarme cómo le quería y le necesitaba. Nunca me consideré una mujer que pudiera engañar a su marido, pero la idea me excitaba. Saqué mi boca de su polla para responder,

    «Sí, quiero más de ti. Quiero todo lo que pueda de esto».

    Me sonrió: «Buena chica». Sabía que me tenía. Sabía que acababa de someterme a sus necesidades. Después de limpiar a fondo la polla de Gonzalo, me tumbé a su lado. Me explicó cómo podría controlar el tiempo de mi marido. Él tendría el control y podría hacerle trabajar hasta tarde y enviarlo a viajes de negocios para que pudiéramos pasar mucho tiempo juntos. No nos veríamos sólo en encuentros fugaces por la tarde.

    Las yemas de sus dedos me acariciaron lentamente la espalda y las nalgas, me sonrió y me dijo: «Bueno, este es el primer día de una buena y larga relación, ¿verdad?»

    Le miré a los ojos, sonreí y respondí: «Sí, lo es. Estoy deseando tener más momentos como el de esta noche».

    Las yemas de sus dedos siguieron acariciando mi cuerpo. Me frotó lentamente el culo con suaves movimientos circulares.

    «Pasaremos muchos buenos momentos juntos, nena. Ya lo verás. Ahora dime, Liliana, ¿alguna vez te habían follado este hermoso y apretado culo?”

    «No, cariño. Nunca he tenido sexo anal».

    Él sonrió y susurró: «Bien, yo voy a desvirgarte el culo».

    «No, no, tu polla es demasiado grande.»

    «Oh, nena, me encanta tu culo. Uno tan hermoso y apretado como el tuyo necesita que le enseñen los placeres del sexo anal, créeme».

    Sentí miedo al pensar en lo doloroso que sería. Me dijo: «Será un acontecimiento que iremos preparando, pero recuerda, lo que hagas por mí demuestra nuestro compromiso mutuo. Pero por ahora, quiero más de ese coño apretado. Ven, usa esa boca para prepararme y que pueda follarte otra vez».

    Sonreí al oír que quería follarme más. «Oh, sí, cariño, quiero más de esto», dije, moviéndome entre sus piernas, y tomé su polla una vez más en mi boca. Los gemidos de Gonzalo llenaron la habitación. Siempre me ha gustado oír gemir a un hombre cuando le chupo la polla. Me excita mucho y me hace chuparlo más rápido. Cuanto más crecía su polla en mi boca, más subía y bajaba mi boca.

    De repente, gritó: «Ponte a cuatro patas». Rápidamente seguí sus instrucciones y me puse a cuatro patas sobre la cama. Tiró de mí hasta el borde de la cama y se colocó junto a ella. Sentí su polla contra mi abertura. Sus manos me rodearon las caderas y sentí cómo me empujaba con su enorme y gruesa polla. Jadeé mientras me llenaba con su polla.

    Gonzalo me clavaba su polla con fuerza y hasta lo más profundo de mi concha. Era sexo animal, básico, puro instinto. Embestía cada vez más fuerte y rápido. Con cada embestida, me hundía la cabeza en la cama. El sonido de su cuerpo golpeando con fuerza contra el mío y el aroma de nuestro sexo llenaban la habitación. De repente sentí un fuerte golpe en el culo mientras Gonzalo me azotaba. Nunca me habían azotado así, y me estaba excitando. Empujé mi culo contra su pelvis para clavarme más su polla mientras sentía las primeras oleadas de otro orgasmo. Grité, suplicándole más. Mi cuerpo empezó a temblar y mis gemidos se convirtieron en gritos de placer. Gruñí mientras mi cuerpo se tensaba y grité: “¡Me corro!».

    Siguió penetrándome mientras yo seguía convulsionando en mi propio orgasmo. Cuando mi cuerpo se puso flácido, Gonzalo sacó su polla de mi coño. No me dio tiempo a recuperar la compostura. Tiró de mí y me metió su enorme tranca húmeda en la boca. Abrí mi boca hambrienta y saqué mi lengua lo más que pude para facilitarle la tarea. Me agarró la cabeza y me folló la boca. Una vez más, no fue gentil. Me metió la polla hasta el fondo de la garganta. Mis arcadas pasaron desapercibidas y él bombeó su polla dentro y fuera de mi boca. Sentí su polla agitarse y palpitar. Apreté los labios alrededor de su polla justo a tiempo para sentir los primeros chorros de su semen llenándome la boca. Chupé y tragué todo lo que me metió en la boca.

    Aquella noche se convirtió en una estadía de tres días con Gonzalo, donde seguimos follando no sólo en las noches, sino también durante el día. Aquel fue el primer día de mi nueva vida. Desde hace tres años, Gonzalo y yo disfrutamos juntos de una aventura sexual inolvidable. Me ha cambiado la vida y nunca había sido tan feliz. A menudo hablamos de que me divorcie y empezar a vivir juntos, y aunque aún no ha ocurrido, estoy segura de que terminará pasando más temprano que tarde. Supongo que por ahora prefiero disfrutar del momento un poco más y creo que no tiene sentido estropear algo tan bueno. Además, vernos a escondidas lo hace todavía más excitante.