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  • Decías no pero, empujando, hacías que fuera sí

    Decías no pero, empujando, hacías que fuera sí

    Mi padre fue electricista y desde la adolescencia ejerció ese oficio, primero como aprendiz y luego como independiente. Yo hice lo mismo a su lado hasta que comprobé la necesidad de una base teórica donde asentar la valiosa experiencia que él me transmitía, pero insuficiente para proyectar debidamente una instalación.

    Y para ello aproveché la oportunidad, que mi progenitor no había tenido, e ingresé a la universidad. Obtenido un título intermedio, la tecnicatura, volví plenamente al trabajo. Poco tiempo después papá, ya cansado, me dejó totalmente a cargo del taller, pues con la jubilación suya y la de mamá, solventaban bien sus necesidades. Así fue que con veinticuatro años estaba en buena posición, tenía título, experiencia, taller instalado y cartera de clientes.

    Con esa preparación me animé a enfrentar trabajos de cierta envergadura y uno de ellos fue en la casa de un ingeniero; la había adquirido poco antes y como parte de la remodelación deseaba una instalación eléctrica nueva y apta para un consumo que triplicaba el anterior. Cuando le presenté el presupuesto me objetó la estimación de costo de los materiales, diciendo que ahí yo también ganaba pues los comercios hacen descuentos a los profesionales. Ante esa duda sobre sobre la honestidad de mi proceder le contesté que no le convenía contratarme y, tomando la carpeta que le había preparado, lo saludé y me fui. Prefería perder el día empleado en confeccionar el escrito antes que aceptar su desconfianza.

    A los quince días me llamó.

    – “Hola ingeniero”.

    – “Hola Jerjes, podrás venir a casa?»

    – “Seguro que no, ingeniero, con usted perdí dos días de trabajo y no quisiera repetir la experiencia”.

    – “Es que quiero encargarte la tarea”.

    – “Perfecto, con un mensajero le mando la carpeta que había preparado; dos modificaciones hay, va la lista de los materiales pero la compra no corre a mi cuenta y la mano de obra tiene un incremento del diez por ciento. Si le parece bien me avisa cuándo estima tener los materiales y acordamos el momento de comenzar”.

    – “Bien, miro tus papeles y te llamo”.

    Lo hizo al día siguiente, acordamos la fecha de comienzo y el modo de pago, que sería en tres partes, la última al término del trabajo. Comenzada la actividad las dos primeras entregas de dinero fueron hechas por su hija, una joven cercana a los veinte muy linda; con ella tuve solo el trato de recibir la plata y dar la factura correspondiente. Terminada la instalación fui a su casa a finalizar el trámite y cobrar lo restante; lamentablemente sucedió lo que temía, me dijo que en ese momento no tenía dinero.

    – “No hay problema ingeniero, cuando pueda pagar me avisa, instalo el disyuntor y le entrego el plano junto a la factura”.

    Al pasar dos meses sin recibir su llamada di por perdido ese dinero.

    Un sábado más tarde, para cambiar la rutina, fui con dos amigos a una discoteca, y gran sorpresa fue encontrarme a la entrada con la hija del deudor, ambos nos reconocimos y saludamos con un simple «hola».

    Ya en la barra pidiendo la bebida veo aproximarse a la niña que había saludado junto a otra joven.

    – “Disculpame, no sé tu nombre, quiero presentarte una amiga”.

    – “Es verdad, yo tampoco conozco el tuyo, me llamo Jerjes”.

    – “Je. . .?”

    – “Te lo deletreo, Jota, Empleo, Río, Jota, Empleo, Sol; Jerjes”.

    – “Es raro”.

    – “Sí, es poco común”.

    – “De dónde lo sacaron”.

    – “Del hijo de Darío y nieto de Ciro”.

    – “Y a esos, quién los conoce”.

    – “Ni vale la pena preocuparse, son dos vagos que en su momento fueron dueños de medio mundo”.

    La mirada de ambas oscilaba entre la sorpresa y la incredulidad, cuando la hija de mi ex cliente retomó la charla.

    – “Me llamo Claudia y ella es Sonia; te cuento que mi papá está enojado con vos pues se quemó toda la instalación que habías hecho”.

    – “Quien lo diría, decile que me lo contaste y que me alegré muchísimo, aunque más me hubiera gustado que se incendiara toda la casa. Seguramente por unos pocos pesos buscó a otro que conectara la red al tablero y la hiciera funcionar. Eso les pasa a quienes ahorran trampeando, pues no terminó de pagarme el trabajo”.

    No podía decirle que intencionalmente había dejado conexiones que provocaran un cortocircuito, cosa que pensaba arreglar luego de cobrar lo faltante.

    – “Pero vamos a lo importante, Sonia, por qué una dama hermosa puede querer conocer a un tipo cualquiera como yo”.

    – “Te diré la verdad, según lo que me contó Claudia sos un espécimen medio raro, al padre de ella primero lo plantaste, después le impusiste tus condiciones y ahora le mandás a decir que lamentás que no se le haya incendiado la casa. A mi amiga la viste tres veces y siempre serio, limitado exclusivamente al trámite realizar y saludando por protocolo, no intentaste agradarle y mucho menos levantarla, siendo que es muy atractiva. Eso, unido a que sos joven, es extraño”.

    – “Yo también te voy a responder con la verdad, con inmensa suerte tengo muchos clientes, todos satisfechos por trabajo y precio, no necesito regatear ni implorar para conseguir ocupación, si alguien duda de mi honestidad prefiero no seguir, aún a costa de perder plata. Respecto de tu amiga tenés razón, es muy linda, espectacularmente deseable, social y económicamente muy por encima de mí, entonces apliqué el sabio dicho «No hay que pretender dar un paso más largo de lo que dan las piernas». Creo que eso no es ser raro sino realista”.

    – “Y sos electricista?”

    – “Sí, pero no entiendo la extrañeza que parece haber en tu pregunta?”.

    – “Es que no lo parecés”.

    – “Qué maravilla, todos los días aprendo algo nuevo, recién ahora me entero que los electricistas tenemos características particulares que nos distinguen del resto, identifican a los de ese oficio y se manifiestan en nuestra apariencia. Por favor, contame qué es lo que me diferencia del resto”.

    – “En realidad nada, simplemente uno presupone cosas y las da por hechas. En este caso asumí encontrar a alguien poco agraciado, ordinariamente vestido, modales toscos y sin estudios”.

    Después de esa presentación poco común salimos a bailar; yo manteniendo una cierta reserva, pues hacerse ilusiones sin base es tan fácil como funesto, y estaba decidido a no caer en esa trampa tan común. Sin embargo lo que se inició como un encuentro para satisfacer la curiosidad de conocer un espécimen raro, devino en noviazgo.

    La relación tenía sus bemoles ya que la extracción social de ambos era notoriamente diversa y tanto ella con mi entorno, cuanto yo con el de ella, nos sentíamos como sapo de otro pozo. Habiendo buenas intenciones por ambas partes acordamos hacer avances lentos para tratar de ampliar el núcleo de amistades. Así fue como yo empecé a asistir a reuniones con sus viejas amistades y algo avanzamos con los naturales escollos pues en todas partes hay de todo.

    Durante la semana nos veíamos algunas noches, ya que su trabajo de secretaria en una importante empresa y mi actividad laboral ocupaban buena parte de nuestro tiempo, y así, aunque no fuera con la frecuencia deseable, pasábamos muy lindos momentos donde la pasión estaba presente pero no tenía el papel protagónico, haciendo que el antes y el después también fueran disfrutados.

    Dos meses después de iniciado el noviazgo me hizo saber que el electricista de la empresa se jubilaba y quizá me convendría presentar mi currículo; así lo hice, unos días después me llamaron para entrevista y una semana más tarde me comunicaron que el puesto era mío, empezando la tarea en seguida para orientarme junto al que dejaba el cargo.

    En cuanto a las reuniones, estas eran más frecuentes con el grupo de ella que con el mío, y la razón era que yo había logrado una mejor adaptación, lo que redundaba en favorecer el ambiente propicio para pasar un buen rato. Como suele suceder hay quienes son la personificación del conocido dicho “el mejor negocio es comprar a un hombre por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale”.

    Eso hacía que yo, el electricista, fuera frecuente blanco de bromas que, generalmente, me permitían poner en ridículo al gracioso pues en esos ambientes la mayoría puede vivir muy bien sin esfuerzo alguno y, cuando lo importante es pasarla bien, la preparación en cualquier campo es escasa. Lo que no puede fallar es la apariencia y estos eran maestros aparentadores.

    En una de esas juntadas el dueño de casa era más o menos de mi edad, pero me sacaba una cabeza y el ancho de hombros superaba al mío, como mínimo veinte centímetros. Su envergadura y la abultada billetera que portaba lo habían trasformado en el amo del grupo, y así se conducía con todos incluida Sonia teniendo a veces familiaridades que no eran de mi agrado, cosa que mi novia sabía. Seguramente ella se lo contaría pues la relación, de por sí ríspida al no estar entre sus seguidores, se había enrarecido algo más, y eclosionó en esa oportunidad.

    – “Vos sos el electricista que sale con Sonia?”

    – “El mismo”.

    – “Me parece que es demasiada mujer para vos”:

    – “Seguramente, ella es una dama preciosa”.

    – “O sea que estás preparado para tener cuernos, y de esa manera equilibrar la balanza”.

    – “No, y espero que antes de hacerlo me avise, así acordamos nuestro futuro”.

    – “No te va a avisar porque ya los tenés, mirá…”

    En ese momento, mientras sacaba su celular para mostrarme algo, llegó mi novia.

    – “Veo que ya se conocen, de qué hablaban?”

    – “Él me conoce poco y yo, al revés, nada. Me estaba diciendo que sos demasiada mujer para mí, y que la manera de equilibrar las cargas es que me pongás los cuernos, cosa que, según él, ya has hecho. Cuando llegaste estaba por enseñarme algo en el teléfono”.

    Con la cara congestionada por la furia se dirigió al grandote.

    – “Vos sos un enfermo, cómo vas a decir eso!”

    – “Bien que anoche gritabas de gusto cuando te llenaba el culo de leche”.

    – “Realmente estoy frente a un hijo de puta, vamos querido”.

    Tres pasos habíamos dado cuando sonó nuevamente la voz del galán.

    – “Che electricista, decile que te muestre el culito, seguro que no se le cerró del todo”.

    Lo suficientemente lejos del engreído musculitos aproveché para insistir sobre algo, que hasta entonces me había negado.

    – “Las palabras de tu amigo me han renovado el deseo de disfrutar de lo que acunan tus nalgas”.

    – “Ni loca, yo no hago eso”.

    – “Una lástima, voy al baño y luego te alcanzo”.

    Pensando que este episodio recién empezaba, hice unos pasos en la dirección indicada y me oculté en un recodo. Y fue tal cual, el galán dejado de lado renovó la apuesta, a pasos largos alcanzó a mi novia y tirando de su mano la llevó, casi a rastras, hasta el primer piso entrando en la primera habitación encontrada y cerrando la puerta.

    Apoyado al lado del marco encendí un cigarrillo y recurrí al depósito de paciencia para escuchar el desarrollo de la reunión que tenía lugar puertas adentro. No hizo falta aguzar el oído para enterarme de lo que sucedía pues el encuentro tenía características de confrontación.

    – “Escuchame bien putita ordinaria, la próxima vez que me insultés delante de otro te bajo los dientes”.

    – “Vos sos el culpable, bien sabés que a mi novio lo amo aunque tu poronga me tenga loca”.

    – “De todos modos me importa una mierda y ahora te voy a romper el orto, así, sin lubricación voy a taladrar ese agujero aunque llorés”.

    Escuchar eso me dio bronca y pena, por lo que decidí hacer dos cosas, dejarla y arruinarle la distracción al amante; para ello abrí despacio, algún pequeño ruido fue disimulado por los ayes de la sodomizada y echando humo toqué con los nudillos la puerta, ante lo cual se dieron vuelta.

    – “Querida, lejos de mí querer arruinarte el placer, pero tu activa participación contribuyendo a que este neanderthal oligofrénico te reviente los agujeros, nos está dejando mal a ambos, vos mostrando ser una flor de puta y yo un cornudo. Como no pienso consentirlo se acabó nuestra relación, te sugiero que en el futuro hagás mejores elecciones, esta basura no te merece”.

    – “Cómo me dijiste enclenque de mierda?”

    – “Perdón, me olvidé tu insalvable dificultad para entender cualquier palabra que tenga más de tres sílabas”.

    – “No me vengás con pelotudeces que además de cornudo vas a quedar todo roto”.

    – “Dada la diferencia de físico es muy posible que así sea, pero por más que me des una paliza vos no vas a mejorar, seguirás siendo un imbécil”.

    – “Me alegro que lo tomés con tranquilidad, vas a necesitar tiempo y paciencia para recuperarte, pero a los cuernos no te los sacás”.

    Y éste no se salió de la regla de los grandotes, se me vino al humo como chancho a las batatas. Agradecí a la suerte haberme preparado mentalmente para ese evento, esquivé la atropellada y lancé el puño a la cara; el grito que soltó no se condecía con un simple puñetazo pero era totalmente justificado, pues mi previsión había sido totalmente efectiva.

    La mano que había impactado debajo del ojo derecho iba agarrando firmemente el llavero y, por entre los dedos del puño cerrado, sobresalía una llave de paleta que entró de plano rompiendo el hueso de la mejilla, pero antes de sacarla gire la mano noventa grados poniéndola vertical. El resultado, ciertamente doloroso, fue que salió llevando consigo astillas del hueso, fragmentos de carne y piel de la cara. En resumen fue una pelea victoriosa, corta y sin tener que lamentar daños propios.

    Así terminó un noviazgo de cinco meses dejándome dos cosas, el dolor por la manera en que había finalizado, y la satisfacción de un buen trabajo estable que me daba tiempo para mantener la vieja clientela. Por supuesto, como no habíamos hecho pública la unión en la empresa, fue fácil seguir ignorándonos. Según mi deseo una duración corta pero no irrazonable, Sonia era una hermosa hembra perseguida por una perseverante jauría y era sabido que alguno iba a tener éxito en la tarea.

    Una mañana, me manda a llamar el gerente departamental de quien Sonia era secretaria. El objeto era consultarme sobre un problema que tenía en su casa, edificio de cierta antigüedad, heredado por su mujer, que tenía algunas paredes con notable humedad y temía que eso afectara la instalación eléctrica, con el peligro que ello representa. Quedamos en que primero iría a ver el estado y luego le daría mi opinión.

    Fui en la oportunidad acordada siendo atendido por la esposa, una señora joven, agraciada y, por la cortedad con que se desenvolvía, me dio la sensación de una dama algo retraída o tímida. Mientras duró la revisación se mantuvo cerca y muy seria, algo razonable, pues al no conocerme conviene ser precavido; después de medir y anotar los resultados di por terminada la visita; la despedida fue ciertamente fría, al no estirar ella la mano yo tampoco lo hice y el saludo consistió en una simple inclinación de cabeza.

    Como el cambio de toda la instalación era una tarea de envergadura, sin urgencia, condicionada a la compra de materiales según plata disponible y mis horarios a ser coordinados con el resto de los compromisos, la conclusión se fue dilatando en el tiempo. Eso hizo que mi trato con la dueña de casa fuera haciéndose más cordial y cercano, amén de placentero pues ella era muy atenta y, en los razonables descansos, me acompañaba tomando algo.

    Así fue como me enteré que llevaba casada diez años, habiéndolo hecho a los veinte, que no tenían hijos pues el marido todavía no quería ataduras, y que pasaba mucho tiempo sola pues sus amigas tenían gran parte de su tiempo ocupado entre trabajo y prole. La distracción semanal era alguna salida a la noche viernes o sábados con el marido y sus amigos, o con las amigas en reunión de mujeres solas.

    Por mi parte le conté que estaba solo luego de un noviazgo de corta duración, y que mi pasatiempo era la lectura y alguna salida los fines de semana a un discoteca muy agradable cuyo dueño, cliente mío, nos atendía con suma cordialidad. Cuando me preguntó el nombre del local, pues alguna vez habían pensado en esa distracción después de cenar le contesté que se llamaba Inti, aludiendo al sol inca.

    En la cuarta o quinta semana de trabajo un día que fui se presentó muy caluroso, temperatura que me causó una gran alegría, pues Ester lucía un vestido liviano, suelto, con un pronunciado escote y sostenido en los hombros por dos tiras. Ese aspecto me alteró la cabeza, el corazón y el miembro, los tres concentrados en la figura de esa mujercita.

    Estaba en medio de una lucha desigual entre la fuerza del instinto y la debilidad de mi deber cuando se acercó.

    – “Serás tan amable de ayudarme en algo que nada tiene que ver con tu trabajo?”

    – “Encantado señora”.

    – “Por favor, no me tratés de usted, mi nombre es Ester, necesito colgar esta soga para secar ropa y no me doy maña”.

    – “Perfecto, cuando termine de anudarla al gancho, mantenela estirada para que no se salga y así pueda pasarla por el otro”.

    Puse la escalera y al darme vuelta para tomar la soga que ella me alcanzaba me doy con un panorama ciertamente turbador. Atrás de la mano extendida había un escote bastante separado del pecho y, en el hueco una teta mediana, firme, con el pezón erguido, que por supuesto atrajo mi vista, me dificultó el tragar saliva e hizo temblar mis dedos que trataban de tomar la cuerda.

    Esos efectos eran más o menos disimulables, lo que resultó inocultable fue el bulto surgido en mi entrepierna, que traté de ocultar precipitadamente girando un poco el cuerpo, aunque creo que ella algo notó pues cuando agarré la punta que me alcazaba mostró rubor en la cara y dándose vuelta caminó rápido hacia la cocina. Ante eso la seguí.

    – “Ester, te pido disculpas, no quise incomodarte, pero te garanto que sin buscarlo se presentó ante mis ojos algo precioso y tremendamente atractivo, que superó holgadamente mi fuerza de voluntad para vencer la tentación de admirar esa belleza”.

    – “No me molestaste, simplemente sentí mucha vergüenza”.

    – “Es comprensible por el natural pudor femenino, pero debieras estar contenta de tener esas redondeces hermosas, capaces de alterar a cualquier hombre”.

    En eso sonó una llamada entrante al celular que se apresuró en atender.

    – “Es Julio, dice que guardes todas tus cosas, viene para acá a ver rápidamente como va el avance del trabajo y luego te lleva a la empresa porque no le funciona el aire acondicionado”.

    Acomodé todo y luego de guardar las herramientas me jugué esperando no desencadenar una catástrofe.

    – “Ester, si el clima lo permite, será posible que mañana tengas la misma vestimenta que hoy?”

    – “No sé, lo voy a pensar”.

    Y se fue dejándome solo, volviendo al rato; se había cambiado y vestía pantalón con una camisa abotonada cerca del cuello. Buena seña, pensé, ese vestido hermosamente sugerente era solo para mí.

    El desperfecto que lo dejó sin aire acondicionado al marido de Ester era pequeño pero de acceso costoso, así que me demoré un poco. En ese lapso entró un empleado viejo que evidenció tener amistad con el ocupante de la oficina; como yo estaba detrás de la biblioteca no me vio y soltó la pregunta pensando que estaban solos.

    – “Ya le diste su ración de leche a la putita de tu secretaria?”

    Al no haber respuesta y cambio de tema, presumo que el interrogado debe haber contestado con alguna seña. Yo, sin darme por enterado, salí al terminar la reparación y, saludando, me retiré. Sin querer me había enterado de algo curioso, aunque no me rozaba pues mi noviazgo había concluido cuatro meses atrás.

    Al día siguiente volví temprano a la casa de Ester pues la tarea de la jornada anterior había quedado por la mitad; me abrió la puerta el doctor, saludé y seguí hacia las dependencias de servicio pues tenía que terminar esa parte; en el trayecto me crucé con la esposa, nos saludamos respetuosamente y pude apreciar unas hermosas nalgas enfundadas en el jean que vestía, aunque fuera algo holgado.

    Con el dueño de casa intercambiamos algunas palabras sobre el avance del trabajo y en seguida se fue. Habría pasado una hora cuando se acercó Ester, se había cambiado y tenía el mismo vestido de ayer, ofreciéndome tomar un café en la cocina junto con ella. Ninguno aludió a la vestimenta, evidentemente ella por pudor y yo respetando su actitud; no había razón para quemar etapas. Disfruté bebida y compañía, tratando de no ser pesado con la mirada sobre ese cuerpo, a todas luces, delicioso. Al levantarse para dejar las tazas recién usadas mi vista se clavó en ella.

    – “Jerjes, qué estás mirando?”

    – “Por favor, no te muevas, ahora te muestro, podrías separar un poco los pies?”

    Y le saqué una fotografía donde se destacaba la silueta, recortada sobre la luz que entraba por la puerta, dando lugar a un espectáculo maravilloso; la leve separación que le había pedido permitía ver la unión de las piernas con el agregado que el vestido, al ser claro, dejaba percibir nítidamente la bombachita la cual era de un color algo más oscuro. Al mirar mi celular se llevó la mano tapando la boca abierta.

    – “Dios mío, qué vergüenza”.

    – “Yo lo veo de otra manera, no es una vergüenza ser hermosa, tampoco que de casualidad hayas pasado a contraluz y menos aún que yo conserve el buen gusto de deleitarme ante tu atractiva figura”.

    – “Tendrías que borrar eso”.

    – “Por supuesto voy a hacer lo que me digas, igual te lo pido, me dejarías conservarla un tiempo?”.

    – “Y si alguien la ve y encima se entera que vos la sacaste, qué hago”.

    – “Te prometo que nadie se la voy a mostrar, más aún, la voy a sacar del teléfono por si me lo robaran”.

    – “Igual no me quedo tranquila, mirá si al salir alguien te lo saca de un manotazo. Tampoco quiero negarte que la conserves un tiempo así que te propongo una solución de compromiso, borrá esa y te dejo tomar otra donde no se me vea la cara”.

    – “Es una solución maravillosa, para darle pleno sabor a la foto solo tendré que ejercitarme en ponerle tu cara, pues la gestualidad facial agrega muchísimo sentido a la simple imagen de una parte del cuerpo. Podríamos hacer varias para luego elegir”.

    – “En eso no estoy tan segura”.

    – “No alcanzo a percibir cuál es tu duda”.

    – “No voy a negar que me agrada resultar atractiva, pero también me da miedo”.

    – “No entiendo por qué el temor”.

    – “Me da miedo el futuro, cuando algo que viste te gustó querrás ver cada vez más y, después de ver todo, intentarás renovar la visión cambiando los enfoques, pero ese no es el final, sino que por último desearás poseer lo que tus ojos observaron”.

    – “Tenés razón, pero nunca te forzaría”.

    – “Ahí está el problema. Así como vos obtendrás placer mirando, yo disfrutaré mostrándome y viendo el efecto que produce mi exhibición, y por ese camino iré avanzando hasta que llegue el deseo de ser poseída. Después de eso no quiero ni pensar en las consecuencias”.

    – “Acepto tu postura, hagamos nada más que esa foto, y para que de ninguna manera se te pueda identificar tendría que ser de la cintura para abajo”.

    – “Madre mía, creo que sola metí la cabeza en la boca del león”.

    – “Te ruego, no tomes esto como una obligación a cumplir siendo que no estás convencida”.

    – “Ese es mi drama, sé que no debo, es palpable que no me conviene, pero quiero hacerlo”.

    – “Entonces aprovecho que tengo viento a favor”.

    – “Confío en tu equilibrio, aunque lo veo algo frágil”

    – “Y yo trataré de no traicionar tu confianza; por lo pronto hay que elegir un lugar apropiado para que nada permita identificar el lugar; podrías sentarte en el piso, sobre una tela algo oscura apoyando la espalda en esa pared clara. Ahora va la primera foto que es para buscar alguna imperfección del entorno, por si acaso tomate las piernas con los brazos y apoyá tu cara detrás de las rodillas para que no se vea; después la borramos”.

    La hicimos bien, nada había que permitiera atisbar dónde había sido tomada. Sin embargo la protagonista no estuvo conforme.

    – “Hacela desaparecer, fíjate en el pequeño espacio entre los tobillos, se me ve todo”.

    – “Apenas se distingue algo blanco, y eso tiene de positivo que hace trabajar la imaginación sobre lo que hay detrás. Luego que hagamos todas te dejo libre para que borrés según tu gusto”.

    – “No me digás esas cosas que me ponen peor, ya que aumentan al unísono excitación y miedo”.

    – “Ahora girá el torso para que quede perpendicular a la pared, la cabeza baja como mirando al zócalo y la rodilla izquierda levantada, mostrando muslo y nacimiento de la nalga”.

    Hice tres tomas mirando ese costado y me moví para enfocarla de frente, muy cerca, para que cabeza y cuello quedaran fuera del cuadro y, sin decir nada, tomé su rodilla y la hice abrirse más.

    – “Así está mejor”.

    Tres tomas más, hechas casi a ras del piso, fueron material suficiente.

    – “Vamos a sentarnos así las vemos juntos”.

    La ayudé a levantarse pero como si obedeciera a un mecanismo automático, pues todos mis sentidos, mi atención y mi mente estaban pendientes de ese triángulo de tela blanca que se distinguía entre los muslos. Y fuimos al sillón ubicándonos pegados para ver las imágenes, yo con los antebrazos apoyados en los muslos femeninos para evitar que movimientos involuntarios de las manos dificultaran la visión. Ante la primera ya se llevó la mano a la boca en señal de asombro.

    – “¡Madre mía!, todo lo que se me ve”.

    – “Solo una pierna y gran parte de la nalga”.

    – “Menos mal que cara y cuello quedan ocultos.”

    La excitación que me dominaba era tal que, con la mente y la voluntad anuladas, tiré a la basura escrúpulos, barreras y cadenas que ponían freno al cumplimiento de mis deseos. La siguiente toma centrada en la conchita, oculta tras la tela pero con la hendidura entre los labios perfectamente visible, la hizo sacarme el teléfono que yo sostenía para acercarlo a sus ojos, cosa que aproveché para que mi mano libre quedara con la palma hacia abajo a milímetros de su vulva mientras pasaba el brazo por detrás de sus hombros aunque apoyado en el respaldo del sillón. En esta oportunidad no me preocupé por disimular la dolorosa y visible erección de mi miembro, que ella percibió, primero de reojo y luego mirando fijamente; lo positivo fue que esta vez no escapó como en la anterior.

    – “¡Santo cielo! Cómo puede ser que me preste a esto?

    No le respondí sino que mi palma se movió para descansar sobre la mullida unión de los muslos, mientras el brazo pasó a estar sobre los hombros con la mano colgando sobre la tetita que exhibía un erecto pezón, y ahí sí le susurré al oído.

    – “Abrí preciosa”.

    Con voz lastimera me pidió que no le hiciera hacer eso, pero separó al máximo las rodillas, y ahí aproveché para bajar los breteles y subir el ruedo de modo que el vestido formara un rollo en la cintura, dejando tetas al aire y una biquini escueta de color naranja. Mientras ella seguía con la letanía <No, no, no>, mi boca se ocupaba de los duros pezones y el dedo mayor diestro recorría el canal entre los labios vulvares.

    En muy poco tiempo el «No, no, no» suave dio paso a la misma negación, pero en forma de grito expresando un orgasmo de grandes proporciones. La laxitud siguiente, que suponía cierta indefensión, la aproveché para hacer que se diera vuelta, apoyara las rodillas en el piso y el pecho en el asiento; con una mano le abrí las nalgas y con la otra puse el glande en el ingreso a la vagina.

    – “Ahora vos tenés el mando”.

    – “No mi vida, eso no, después será imposible parar y me podés preñar”.

    Mi respuesta fue llevar mis manos por los costados para agarrar las tetas que libres colgaban, acariciar esos apetitosos globos y luego tomar cada pezón entre índice y pulgar para, tirándolos hacia mí, inducir el movimiento de retroceso que culminaría cuando la cabeza de mi pija llegara al fondo de su conducto.

    – “No puedo creer lo que estoy haciendo, moviendo el culo como puta que quiere ser clavada, gozando como una burra arrecha; ¡dame fuerte chiquito, haceme berrear de gusto, cogete a esta yegua alzada!”

    El ingreso fue suave y ajustado pero con un deslizamiento sin pausa gracias a la abundante lubricación; llegado al fondo seguí con retrocesos cortos y lentos alternados con empujes veloces y fuertes.

    – “Es una coreografía divina el movimiento de tu pija acompañado por el chasquido de mis nalgas, ahora quietito que te exprimo mientras me corro, ¡llename de leche mi cielo!”

    Después de ese maravilloso episodio colmando un sueño, por una semana no pude volver a la casa pues faltaba material, que llegaría en unos días. Desde ya que más de una noche me dormí después de una furiosa paja, pensando en ella y rogando poder repetirlo aunque lo veía difícil. El viernes a media tarde recibí una llamada suya.

    – “Hola Ester, qué gusto escucharte”.

    – “Esta noche, después de cenar vamos a Inti”.

    – “Qué bueno, me encantará verte ahí”.

    – “Entonces hasta más tarde”.

    Al entrar a la discoteca lo primero que hice fue buscarlas a pesar del reproche de mi conciencia, ella era mujer ajena aunque hubiera mutua atracción y el marido la engañara. A eso había que agregarle que, en el poco tiempo de trabajo en su casa había empezado a sentir un aprecio desusado que podría desembocar en enamoramiento.

    El hecho de que junto a sus amigas ingresara después que nosotros y nos encontráramos fortuitamente fue en cierto modo un alivio, pues me permitía disimular el deseo apremiante de verla, cosa que hubiera quedado patente si yo la buscaba.

    – “Hola Ester”.

    – “Hola Jerjes, te presento a Marta, pues a Miriam ya la conocés, ambas son mis amigas”.

    – “Hola Marta, un gusto; hola Miriam, estoy seguro de conocerte, pero no asocio tu cara a un lugar”.

    – “Vos sos electricista de la empresa donde trabajo”.

    – “Ahora sí, ocurre que ahí hay muchas personas y como generalmente llego, hago mi trabajo y en seguida me voy, con la gran mayoría solo tengo el saludo protocolar”.

    Después de presentar a mis compañeros estuvimos un rato charlando hasta que la invité a Ester a bailar, cosa que aceptó; eran piezas lentas y como el volumen de la música lo permitía conversamos sin necesidad de gritar.

    – “Marta está caliente con vos”.

    – “No estarás exagerando?”

    – “No, porque me lo dijo directamente”.

    – “Yo preferiría que sea otra la que esté caliente conmigo”.

    – “De quién hablás”.

    – “De vos”.

    – “Pero sabés que estoy casada”.

    – “Lo sé, y lamento la presencia de ese gran obstáculo”.

    – “Lo que son las cosas de la vida vos, que no le debés fidelidad a nadie, lo ves como una barrera y sin embargo para mi marido no es un impedimento, hace más de un año que se revuelca con su secretaria. Seguro que algo habrás escuchado”.

    – “Escuchar prestando atención no, porque chismes circulan diez por segundo y nadie se salva. Sí me resulta llamativa la noticia, pues la secretaria de tu marido fue la novia que me duró cinco meses y terminamos hace cuatro, lo que significa que mientras estábamos juntos mantenía la relación con tu esposo. Cuando te enteraste?”

    – “En la cena de hace un rato; ayer tu ex novia, ignorante de la amistad que tengo con Miriam, lo contó en una charla de café diciendo «Hace un año que lo tengo comiendo de la mano, si necesito algo lo consigo con solo levantarme la pollera y mostrarle la tanga, él sabe que después podrá sumergirse ahí todo lo que quiera, si me da en el gusto»”.

    – “Sin pensar nos desviamos del tema y mi preferencia quedó sin respuesta”.

    – “Después te contesto, ahora no”.

    Evidentemente no era el momento; siendo que la contestación iba a condicionar el futuro, convenía darle tiempo para que madurara y saliera espontáneamente, así que me concentré en el baile y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo pegamos los cuerpos, por lo cual mi aceptación de la espera se la dije con mis labios pegados a la oreja.

    – “Por supuesto preciosa, cuando te sientas cómoda”.

    Y le di un suave beso en la sien mientras seguíamos la melodía, pero ahora ella con su mejilla en mi pecho y yo con la mía sobre su cabeza. Terminada la música no nos soltamos, ella simplemente levantó la vista para mirarme a los ojos con una expresión tierna.

    – “Sí querido, estoy caliente, pero ese estado del cuerpo es consecuencia de que te amo”.

    Impactado por esa afirmación, después de acariciarle la mejilla, sin pronunciar palabra caminamos de la mano hasta la barra y a uno de los empleados, que me conocía, le pedí la llave de la pieza donde están los tableros, cuyo único mobiliario son una mesa pequeña y una silla. Ya adentro, apoyado de espaldas en la puerta la tomé en mis brazos.

    – “Yo también mi cielo, ardo porque mi corazón levanta la temperatura del cuerpo”.

    Y mis labios cubrieron los suyos mientras le bajaba los breteles para que los pechos quedaran libres dando trabajo a mis manos que los abarcaron, moviéndolos de abajo hacia arriba, pinzando los pezones entre los dedos al ritmo de sus quejidos placenteros. Mientras, ella no se había quedado quieta, pues se había apoderado de mi verga y la recorría con ambas manos. Cuando separó sus labios de los míos fue para decirme.

    – “No sé cuál es el sabor de la barra que me llenó hace una semana, así que lo voy a probar ahora antes que se mezcle con el mío”.

    Si no me corrí apenas empezó la lamida y succión fue de puro milagro.

    – “Tesoro, te ruego, dejá que ahora pruebe el gusto de tus jugos y así bajo el nivel de excitación”.

    – “Sí querido, sí, comé mi almeja y poneme a punto, yo te aviso para que entrés de un solo golpe y nos corramos juntos, pero no me saqués la tanga, quiero llevarme tu leche a casa y dormir con ella adentro”.

    Para eso lo más apropiado era servirme de la mesa, donde la hice sentarse en el borde luego acostarse para dedicarme a paladear ese sabor delicioso solo pasando la lengua y tragando, porque ella, con sus manos, movía mi cabeza marcando el recorrido hasta que escuché «Ahora», era el momento de incorporarme, llevar el miembro al ingreso de su conchita y parar.

    – “Dame tu lengua mi cielo, la entrada y corrida quiero hacerlas con nuestras bocas unidas”.

    Fueron dos orgasmos al unísono, mi pija palpitando en cada escupida y ella exprimiendo para que nada quedara en el camino. Al regresar a la mesa las amigas nos recibieron con un «¿Todo bien?» recibiendo nuestra respuesta afirmativa. Con un poco más de luz encontré la razón de la pregunta, la cara de Ester, y seguramente la mía, mostraban el desgaste propio del esfuerzo realizado.

    Pasé una semana sin verla pues el trabajo en su casa se había discontinuando pero vino en mi ayuda una costumbre del dueño y gerente general de la empresa que solía hacer cada tanto, un almuerzo en su casa de fin de semana para cierto número de empleados, y esa vez había sido favorecido. Reunión muy agradable donde lo que sobraba era bebida y comida. Desde lejos miraba a Ester, que estaba con su marido, tratando de no ser evidente en mi embeleso, mientras alternaba con mis compañeros de mesa. En un momento se acercó el anfitrión para ver cómo lo estábamos pasando y al verme relacionó mi oficio con un tema pendiente.

    – “Jerjes, ahora que me acuerdo, te cuento que cuando enciendo todos los reflectores del jardín se corta la luz y debo apagarlos para levantar la llave y que regrese la energía”.

    – “Seguramente es una sobrecarga doctor, en seguida doy una mirada rápida y luego le contesto”.

    Y al rato lo hice, entré a la casa por la puerta que da al jardín para ver el tablero y después salí por la de la cocina que daba a un costado buscando el tendido exterior que suministraba la corriente. Terminado eso, regresaba hacia la mesa cuando veo a Ester salir por donde yo había ingresado y venía a mi encuentro.

    – “¡Qué te habías hecho! ¿De dónde venís?”

    Lo inesperado de la interrogación me sorprendió y, cuando reaccioné, la miré seriamente.

    – “Esa pregunta no me gusta, y mucho menos la manera de hacerla”.

    Al tomar conciencia de su actitud bajó la cabeza y, tapándose la cara con las manos se sentó en el banco cercano

    – “Perdón, perdón, sé que conmigo no tenés compromiso ni obligación, pero te amo y por eso obré así. Hace unos minutos te vi entrar a la casa justo cuando una señora me llamó dándome charla, al lograr soltarme y mirar nuevamente veo entrar a tu ex novia, pasando los minutos me temí lo peor y fui, al llegar al baño escuché voces y sonidos de dos que estaban en el apogeo de una cogida, te imaginás el dolor que sentí pensando que eras vos y entonces, al borde del llanto, salí encontrándote”.

    – “Por favor, seguime”.

    Y la llevé al lado de la puerta lateral, debajo de un ventiluz que correspondía al baño y estaba abierto; eso nos permitía escuchar con cierta nitidez las voces de quienes estaban adentro.

    – “Quiénes son?”

    – “Con certeza no lo sé, supongo que serán tu marido y su secretaria”.

    – “Hijo de puta, hasta ahora disimulaba un poco, se ve que la calentura es superior a cualquier escrúpulo, y tengo que aguatarlo, porque si me separo tendré que darle una casa, cosa que no merece”.

    – “Vos sabés que en toda negociación es distinto el resultado según tu posición sea de poder o debilidad”.

    – “Sin duda”.

    – “Cómo te llevás con la dueña de casa”.

    – “Bien, somos amigas aunque no íntimas”.

    – “Entonces llamala pidiéndole que venga y te acompañe en el momento en que salgan, no pueden demorarse demasiado. Por otro lado también hay que tener en cuenta el valor del testigo, distinto es el electricista de la empresa que la esposa del gerente general. Esa será una carta a tu favor cuando tengas que negociar un divorcio”.

    Y así fue; mayúscula sorpresa se llevó el galán cogedor cuando abrió la puerta y escuchó la voz de su esposa diciendo.

    – “Julio, quiero el divorcio”.

    El escenario preparado tuvo su efecto; la separación se produjo sin mayores dificultades y, ante la presión de perder el trabajo prefirió pasar a una sucursal.

    Transcurridos dos meses, que nos tomamos para reflexionar sobre el lazo que nos unía, decidimos vivir juntos en la casa de ella con la certeza del mutuo amor. Y así fue que una tarde, al regresar del trabajo y recibirme con el consabido amoroso beso, me dijo.

    – “Hola mi amor, necesito que hablemos”.

    – “Introducción preocupante”.

    – “No es algo malo, pero sí importante y trascedente”.

    – “Primero me voy a sentar antes de seguir escuchando”.

    – “Estoy embazada de unos tres meses, hace un rato volví del médico, no quise decirte algo antes de confirmarlo fehacientemente”.

    – “Tres meses, y vos pensás que esa criatura es mía”.

    – “Muy probablemente”.

    – “Y qué querés hacer”.

    – “Quiero ser madre”.

    El diálogo fue en el sillón, uno al lado del otro, con caras y tono de voz acorde a la seriedad del asunto.

    – “Y tu amor hacia mí ha cambiado en algo?”

    – “En nada, y por eso no soy tajante en adjudicarte la paternidad, te amo demasiado como para arriesgarme a decir algo que después resulte mentira. Podría ser de mi ex en la última relación que tuve con él, que fue días antes del viernes cuando estuve con vos en la discoteca. Desde esa noche, en que me enteré de su aventura, ni siquiera le permití darme un beso en la mejilla”.

    – “Bien, ahora te vas a sacar el vestido quedándote en corpiño y bombacha, y sentándote de costado en mi falda”.

    Viendo mis facciones inexpresivas y un tono de voz que no admitía réplica, hizo lo que le pedí, pero mirándome como quien no entiende el pedido.

    – “Naturalmente podés oponerte, pero en este momento lo que deseo es besarte, hacer que nuestras lenguas realicen la danza del sabor, mientras mi mano acaricia esa pancita preciosa, y así hacerle saber a la criatura que su padre está enajenado de contento viéndola crecer”.

    Terminé de hablar y se abrieron las compuertas, el llanto bajaba en torrente por sus mejillas y los sollozos acompañaban las lágrimas mientras, aferrada a mi cuello, sepultaba su cara en el hueco del hombro. Pasado un ratito se normalizó y pudo hablar.

    – “Qué tonta fui al tener algún temor respecto de tu reacción. Si fuera posible, ahora te amaría más que antes. Mi cielo, es el momento de que trabajen las bocas”.

  • Las alas del ángel

    Las alas del ángel

    Lo peor eran las alas. Aún a su avanzada edad, se defendía razonablemente bien con esas manos y esos dedos que a otros dibujantes le resultaban tan complicados de plasmar en el papel. Sus pechos eran generosos, no solo en su desproporcionado tamaño sino también en el esfuerzo que suponían: esos dos círculos, o dos medios círculos cuando Angélica llevaba puesta su toga blanca, eran muy sencillos de dibujar y lo que más alabanzas suscitaba entre sus escasos fieles. Sus curvas eran más complejas, sin duda, sobre todo a través de esos ropajes de los que invariablemente acabaría despojándose. Tenía que encontrar el punto intermedio entre el recato y el erotismo, y había quedado insensibilizado al erotismo con toda la pornografía que había visto durante los últimos veinte años. Pero todavía se manejaba bien, sobre todo cuando miraba sus viejas ilustraciones.

    Y, sin embargo, las alas… si ya de joven le había costado poner una pluma detrás de otra, si le había costado hacer las alas de Angélica consistentes y etéreas al mismo tiempo, esa tarea se convertía en misión imposible a su edad. Borró la chapuza que había hecho, dejando a su celestial creación sin esos dos apéndices que terminaban de convertirla en el icono que era. O que, en propiedad, había sido. Los chavales de hoy en día se hacían pajas con dibujitos japoneses en vez de con su arte.

    El zumbido de ese artefacto infernal que llamaban erróneamente teléfono le sacó de su mesa de trabajo. Se incorporó con dificultad (si su vida hubiera sido un tebeo, habría incluido una onomatopeya para describir el horroroso ruido de sus huesos) y consultó el móvil, ávido de novedades. Si resultaba ser un correo spam, iba a tirarlo por la ventana.

    Sin embargo, al leer la misiva digital que le habían mandado los organizadores de ese evento de cómic, casi deseó que hubiera sido eso.

    «Buenos días. Lamentamos informarle de que, pese a que apreciamos su contribución al Noveno Arte, el calendario ya está establecido y no podemos modificar ningún acto. Asimismo, la titularidad de los stands es inamovible, por lo que no podemos ofrecerle un espacio.

    Además, nuestro evento es para todos los públicos, por lo que sus proyectos no son los más adecuados para nuestra propuesta.

    Le agradecemos su interés y le deseamos lo mejor. Un saludo».

    Y ya estaba. Después de una vida dejándose los dedos y los ojos, una respuesta que habría sido ofensiva hasta para un chaval primerizo que manda sus inexpertas viñetas a alguna editorial francesa. Rabioso, empezó a escribir su desafiante respuesta:

    «Estimados mingafrías puritanos:

    He podido comprobar en vuestra página web que en esta edición habéis invitado a dos actores, a un youtuber y a varios jóvenes que se disfrazan de personajes que, en muchas ocasiones, provienen de los videojuegos u otras formas de entretenimiento que nada tienen que ver con la historieta.

    Sinceramente, creo que no me merezco este ninguneo. En los ochenta, antes de que muchos de esos chavales (y quizá ustedes) nacieran, Angélica vendía más que la Vampirella o la Red Sonja. Y, aunque no soy un Moebius ni un Hal Foster, ni mis guiones tenían la profundidad de un Art Spiegelman, seguía siendo arte. Entre paja y paja, mis historias daban que pensar. Pero parece que hay más sitio en vuestra mierda de evento para gilipollas que solo saben gritar en Internet que para mí.

    Por último, no quería despedirme sin destacar vuestra hipocresía al condenar mis dibujos como inapropiados cuando varios de vuestros invitados viven de enseñar su cuerpo en Internet, disfrazados de los mismos cinco personajes. Yo, por lo menos, acepto que lo que hacía era arte erótico. Pero vosotros condenáis mis dibujos y aceptáis esa forma de prostitución virtual, y ahora seguramente me respondáis que alguien enseñando las tetas o marcando el paquete no está necesariamente sexualizado. Venga, idos a tomar por culo.

    En fin, seguiré dibujando. Solo espero que, cuando me muera, no me hagáis un homenaje».

    Miró el mensaje durante varios minutos, paladeando la humillación a la que sometería a esos niñatos imberbes que habían decidido que tenía que conformarse con su mierda de jubilación en vez de ganarse unas perras firmando cómics y regalando dibujos. Se los imaginó recapacitando, pidiéndole perdón, tal vez creando una polémica que hiciera que sus páginas originales se revalorizaran.

    Se imaginó también el precio de la luz y el agua subiendo, y se imaginó depender de los organizadores de ese evento o de sus amigos al año siguiente. Resopló y puso el dedo sobre la tecla retroceso.

    «Tendría que haberlo copiado para cuando me diagnostiquen un cáncer o algo así» -pensó con amargura, pero decidió dejarlo estar. Al menos él tendría la victoria moral.

    -Bueno, ahora…

    Ahora, nada. Porque, sin la posibilidad remota de que le pagaran por sus dibujos, tenía poco sentido agarrar el lápiz, ni hablar ya de la tinta.

    Hizo descender sus ojos sobre el lápiz como un juez haría caer su martillo. Por culpa de ese lápiz. Por culpa de ese lápiz había tenido que cenar un bocadillo de chóped, por culpa de ese lápiz sus mejores ideas habían sido olvidadas en suplementos y revistas que ahora acumulaban polvo, por culpa de ese lápiz había tenido que conformarse con una foca frígida que le había humillado a diario durante sus treinta años de matrimonio.

    No supo si tosía o lloraba, solo que tuvo que agarrar uno de sus papeles para limpiar sus gafas. Pese a todo, fue un papel vacío, sin la efigie sagrada de Angélica dibujada en él.

    Se dirigió a sus estanterías, mirando esos tebeos que casi agradecía no haber podido vender. La mayoría se encontraban sepultados en revistas eróticas de poca monta que el desarrollo natural de los acontecimientos había acabado condenando al ostracismo, y pocas veces habían sido reeditados en un formato decente. Pero, aun así, seguía habiendo lectores de su quinta que de vez en cuando le mandaban correos cantando las bondades de Angélica o explicando cómo había revolucionado sus hormonas adolescentes.

    «Aunque luego esos cabrones no me compran un triste dibujo» -pensó, cabizbajo. Ay, tendría que haber nacido veinte años después, y se habría forrado haciendo dibujos guarros en Internet. O veinte años antes, y no le habría pillado tan fuerte la crisis de los medios impresos. O, qué cojones, no haber nacido en ninguna coordenada espaciotemporal. Tal vez eso hubiera sido lo mejor.

    Aun así, pensó al hojear esas páginas donde aparecía su creación, algunos de esos dibujos y esos guiones justificaban una vida. La fórmula era sencilla: Angélica bajaba del cielo para ayudar a algún desdichado y, en el camino, había algún chiste o encuentro de carácter sexual. Tanto daba que enseñara las tetas para que un cura superara su crisis de fe como que su desnudez en la vía pública permitiera a un manifestante huir de la Policía. Esos argumentos rutinarios le habían permitido hacer crítica social y religiosa, y estaba orgulloso del fondo de humanismo que había conseguido imprimir a historias como esas. Se había llevado elogios y se había llevado un buen dinero de las ventas. Aunque sus editores todavía le debían un pico considerable.

    «Me deben mucho más de lo que jamás me darán» -pensó, amargado. Tumbarse en la cama solía suponer un remedio para sus males, pero solo cuando podía dormir. No cuando la tos y el frío cortaban cada respiración. No cuando podía confirmar, por la humedad de sus sábanas, que lo que le había hecho quitarse las gafas era el llanto.

    Aun así, su cuerpo decidió hacerle el único favor que le había hecho ese lustro y le permitió dormir.

    Cuando despertó, era de noche. El frío invernal, de nuevo, había encontrado su lugar a través de las ventanas y las puertas de su destartalado piso. Se arropó con las sábanas, tiritando y tosiendo de nuevo. Pensó en levantarse y hacerse la cena, pero solo lo pensó. Hacía demasiado frío.

    La tos y las lágrimas le recordaron que, lejos de esos mundos de fantasía que solo su lápiz conseguía trasladar imperfectamente al mundo real, seguía siendo un ente físico, un ser patéticamente decadente. Un puto viejo que había dejado de cotizar y que, en consecuencia, se había convertido en una carga para todos los jóvenes que pensaban que nunca se encontrarían en su situación.

    «Que se vayan todos a la mierda» -pensó, con los ojos abrasados por el agua. Él tenía sus principios, tenía sus logros, era mejor que todos ellos. Y, sin embargo, solo de pensar en su absurda rutina (en cocinar, en dibujar, en irse a la cama una y otra vez tras la titánica tarea de salir a hacer la compra), le daban ganas de que todo terminara. Me rindo, Dios, decía. No sé qué te he hecho, y espero que no sea nada personal, pero me rindo. Cerró los ojos, sollozando como un bebé, dejándose llevar por esa oscuridad que no exigía nada de él para devorarlo, que no le juzgaría ni le haría sufrir cuando acabara con su existencia.

    La luz que respondió a su ruego fue tan brillante que tuvo que despegar los párpados, contra todos sus instintos, para poder constatar que existía. Y existía, tal y como él la había concebido. Su pecho latió al ritmo de majestuosas trompetas celestiales, anonadado ante la imaginación que se tornaba en esquizofrenia.

    Porque lo que estaba delante de él habría sido considerado imposible, aunque él estaba seguro de su certeza, porque ningún hombre habría podido imaginar algo como eso. Como esas curvas, amplias y maternales, que la toga blanca no podía ocultar. Como esos pechos cuya enormidad aún tapada era imposible de ignorar por un viejo que, de puro viejo, se había vuelto infante de nuevo. Por su pelo radiante y rubio, de una pureza que ninguna mujer real tiene. Por ese rostro de estatua esculpida por cuerpos celestiales en pasional explosión.

    Por sus alas, que rodeaban con un halo flamígero a esa Angélica que había imaginado hacía tanto tiempo. Ella se acercó a él, acariciando sus mejillas con un tacto que hizo que la gelidez de su piel desapareciera.

    Alzó su mano trémula hacia ella, cuyos ojos tiernos habrían sido anatema del deseo en cualquier otra circunstancia, pero que estaban acompañados de una belleza angelical que apelaba tanto a los instintos carnales como a los más elevados entendimientos. Hipnotizado, tocó la mejilla de esa aparición, notando cómo dentro de sus calzoncillos revivía algo que creía muerto. Su erección, pura y viril como la de un adolescente, saludó a la musa que tanto le había eludido durante los últimos años.

    El dibujante intentó decir algo, pero la voz se resistió a escapar de sus labios agrietados y viejos. Ella lo notó, y tal vez por eso colocó un dedo sobre su boca. Luego, se inclinó sobre él, rozando con sus dos paradisíacas protuberancias el pecho hundido de su creador. Le acarició la cara con un cariño que no dependía de la visibilidad de sus abdominales o del grosor de su cuenta bancaria, con una empatía que no pedía nada a cambio.

    Sus labios se rozaron con el ardor de dos galaxias copulando, con unos besos breves que parecían aterrizar justo cuando los necesitaba. Intercambió rápidos y furtivos mordiscos con la excelsa criatura, dejando atrás cualquier atisbo de duda o de miedo. No se explicaba cómo había aparecido en su habitación una muñequita como esa, pero sabía que esa sería la última oportunidad de llevarse un recuerdo lúbrico y agradable al otro mundo. Si es que existía tal cosa.

    «A la mierda» -pensó, con una boba sonrisa, al ver cómo ese rostro se separaba de él al besarlo, al notar en ella una respiración excitada y sentir el palpitar de su sangre divina al tocar su cuello. Agarró sus pechos, que no cabían en sus manos, y experimentó un tacto de nube lluviosa en verano, de algodón de azúcar en la feria del pueblo. Las apretó con delicadeza primero, luego con fuerza, gozando de esas dos mamas maravillosas, de una suavidad que le hizo sentirse en el cielo. Tal vez lo estaba.

    La mano del ángel se posó en su esternón, obligándole a retirarse gracias a una fuerza sobrehumana. Por un momento pensó que lo hacía como castigo por haber tocado sus pechos, pero nada más lejos de la realidad: al contrario, aquello parecía haberla excitado. Angélica se mordió el labio, contemplando a ese mortal cuyo pene recibía sus asaltos con un entusiasmo que nunca se ablandaba. Acarició su miembro a través de sus pantalones, con tal destreza que el líquido preseminal los manchó en cuestión de segundos. El artista jadeó, animal, seducido. Su creación expulsó una risita que nada tenía de perversa, que cayó sobre él como un chorro de agua fría en una boca sedienta. Le bajó los pantalones y los calzoncillos, dejando al descubierto una polla veterana, pegada a dos cojones en los que la gravedad había hecho sus estragos. Pero, en ese momento, mientras ella se agachaba para que sus genitales quedaran al nivel de sus ojos, ni la mujer más exigente habría podido ponerle un pero.

    Y ella no se lo puso. Por el contrario, sus dos manos níveas se cerraron con gentileza en torno a sus gónadas, masajeándolas. La criatura sonrió, sin perder su halo de bondad. Sus alas se movieron, juguetonas, mientras la lengua del ángel ascendía desde la base de su miembro hasta la punta, una y otra vez. El dibujante gimoteó, aferrándose a las sábanas para no caerse del placer. Un hilo de baba caía de él, el masaje seguía estimulando sus zonas erógenas más ignotas.

    -Sí… sí, querida, sí… te amo…

    Ella volvió a reír y detuvo los preliminares. Sin retirarse siquiera el cabello, sin usar las manos, se metió su polla en la boca, bautizándola con esa saliva almibarada. Y, luego, abajo. Abajo del todo, como ninguna profesional había sabido hacer. Y, luego, arriba. Glup, glup, glup. Un ruido que otros llamaban pecaminoso e infernal, pero que él no podía sino asimilar al Paraíso del que había surgido ese ser.

    La mamada fue lenta, romántica, preciosa como un poema torpe escrito por un niño a su maestra. Cuando llegó a su fin, se derramó dentro de ella con un alarido, expulsando ese semen ya inservible para la vida pero que su organismo ansiaba liberar.

    Angélica se retiró, aún sonriente, y jugueteó con ese pene que empezaba a quedarse flácido.

    -Espera… no creo que pueda…

    Le miró fijamente con esos ojos de océano calmado, sin dejar de rozar las venas de su aparato con sus uñas. La sensación que aquello le causó fue maravillosa, casi mejor que el sexo oral. Su miembro latió, como si su mero contacto pudiera devolverle la vida. Alcanzó un estado semiflácido y, aún manchado con su blanca pasión, supo reconocer la belleza que tenía delante.

    El ángel se incorporó, batiendo sus alas, y se alzó como la ornamenta más destacada en su mugriento cuarto. Alzó el brazo hacia ella, temblando de miedo como un drogadicto que acaba de descubrir que el amor de su vida es la heroína.

    -Espera… no te vayas, por favor…

    Ella lo miró desde su evidente superioridad, sin arrogancia, sin conmiseración. Despegó sus labios para hablar con un dulce timbre que masturbó sus tímpanos:

    -No te voy a abandonar.

    Tras decir eso, sucedió un milagro. Uno pequeño en comparación con lo que había visto, uno de tantos, pero un milagro al fin y al cabo. Y es que su toga, sin que ella tuviera que hacer ningún movimiento, se dejó caer al suelo. El artista estuvo a punto de dejarse los ojos en esa figura que la ausencia de ropajes revelaba, y que tantas veces había dibujado sin saber que podría aparecer ante él.

    Su figura de reloj de arena, de un reloj blanco de mármol, destacaba sin duda por sus dos pechos. Dos pechos más grandes que su cabeza, pero sin la rigidez artificial de las tetas operadas. Esas dos ubres eran una parte orgánica de esas carnes rollizas, de un cuerpo perfecto que Rubens se habría muerto por pintar. Sus alas, regias y orgullosas, la hicieron volar hacia él. El pene del dibujante reaccionó del único modo posible, erecto como nunca antes. Habría jurado que ganaba uno o dos centímetros, centímetros que la ausencia de una mujer como esa le había negado.

    Esa beldad sobrenatural posó sus labios vaginales, rosados y tiernos, en su glande. Se frotó contra él, dejando escapar gemidos de pasión que no podían ser falsos, sin llegar a descender sobre el falo que ansiaba empalarla, que había nacido para ello. Como una pluma remolona que se resiste a aterrizar en el pavimento, el cuerpo angelical de su creación descendió, dejando que el pene de ese pobre mortal se clavara en ella. Y que, después de unos minutos de espera gloriosa, desapareciera enterrado en su interior.

    Entonces, empezó a botar.

    La fricción masajeó su poste que, cual espada llameante de arcángel, se incrustó sin problemas en su nuevo hogar. El ángel apoyó sus manos en el pecho de él, masajeándole con la suavidad de unas manos que nunca se habían ensuciado en ese mundo. Sus caderas se movían con una cadencia deliciosamente impredecible.

    Ese ritmo, al principio lento y dulce, se acabó tornando en una cabalgata pasional. Los pechos de esa eufórica mujer botaban, haciéndole babear.

    -Ven aquí-suplicó-. Quiero… quiero tocarlos, por favor…

    Ella obedeció, inclinando su tronco sin dejar de moverse. El artista sostuvo esas tetas mientras hacía patéticos intentos de embestirla desde abajo. Ansioso, se metió sus pezones en la boca, chupando con fruición, poseído por el entusiasmo más infantil. Engulló todo lo que pudo, succionando como si esperara que algo saliera.

    Y salió.

    Aunque se sorprendió, no dejó de chupar cuando la leche escapó de sus pezones. Se trataba de una leche condensada y dulce, de una calidad mucho mayor a la que podría haber encontrado en una lata. Esa ambrosía se deslizó por su garganta, dándole energías renovadas. La abrazó, rozando sus alas, mientras los dos aumentaban el ritmo. El artista gruñó, Angélica gimió. Se miraron a los ojos, compartiendo un momento de conexión que solo podía existir entre dos seres que se habían creado el uno al otro. Azotó sus nalgas, tan enormes como hermosas.

    Llegaron a su clímax al mismo tiempo. Angélica chilló, recibiendo gustosa su semilla, soltando sobre su pene unos jugos del sabor de la miel. Se retiró, revoloteando ligera y sonriente. Su expresión tenía la candidez de una primavera que piensa que derrotará al invierno para siempre.

    Le tendió la mano.

    -Sígueme-imploró, sin perder su compostura. Extendió la mano hacia él-. Ven conmigo.

    El historietista permaneció tumbado, entre resuellos de la más variada índole, pero que denotaban un entusiasmo que se impuso al cansancio.

    -¿A dónde me llevarás?

    El beso en su frente fue ominoso, pero no le importó.

    -A donde nunca tendrás que sufrir de nuevo.

    Sabía lo que quería decir. No era tonto, y se había labrado una carrera atendiendo a los simbolismos. Quizás en su juventud habría rechazado su oferta, alegando un deber hacia el arte o la historieta, pero había cumplido con ese deber hacía mucho. Por eso, sin mirar atrás, se dejó llevar de la mano, ascendiendo con unos ojos llorosos de júbilo.

    Por delante de ellos se abría una escalera hecha de nubes.

    Durante el último evento del cómic español, hubo una gran cantidad de actos y exposiciones. Entre los concursos de disfraces y las firmas de libros hubo una de ellas que pasó relativamente desapercibida, pero que logró arrancarle una lágrima a más de un visitante.

    Se trataba de los últimos bocetos de un olvidado artista, expuestos después de una repentina muerte por infarto atribuida a los efectos secundarios de la viagra que habían encontrado en su organismo. Independientemente de las trágicas circunstancias de esos dibujos, estos eran excepcionales para un hombre de más de ochenta años. Los pechos de Angélica eran firmes y realistas, esa sonrisa era excepcional, las manos eran la envidia de cualquier artista primerizo que se limita a calcar.

    Pero lo más llamativo de todo eran las alas. Unas alas que parecían escapar del papel, volando con una libertad que solo da la inexistencia.

  • Irene y sus primos (parte 4)

    Irene y sus primos (parte 4)

    Omar era, de los tres, el que más me hacía volar. Me tenía dominada y a sus pies. ¡¡Por Dios, cómo cogía!! Era un artista para acariciarme. Me llevaba al límite con la caricias y me sacaba no menos de tres orgasmos antes de penetrarme. Además, me trataba como su puta y me dominaba, me ataba, me sometía ¡¡y me encantaba!! También era el más pijudo y más lindo. Para hacerla corta, me llevaba de la nariz y yo seguía satisfecha sus caprichos. Mis primos no le llegaban ni a los tobillos. Mi gran preocupación en la vida era que no deje de cogerme.

    Un día habíamos quedado en vernos y, cuando llegué al departamento y entré, me lo encontré en el sillón con una joven morocha a su lado. Linda potra. Me quedé de una pieza porque era evidente que eran mucho más que conocidos. Cuando se levantó a saludarme, la tomó de la mano a esa guacha, la hizo levantar y me la presentó

    – “Hola Irene, ella es Paula. Hoy va a pasar la tarde con nosotros”.-

    – ¿¿¡¡Qué!!?? ¿¿Cómo??, contesté bastante cabreada.

    Me tomó de la nuca, me acercó a su cara y dijo:

    – “Putita, te comparto con tus primos y está bien. ¿Pero si quiero compartirte con Paula esta mal? Lo siento. Paula no se va a ir. Vos ¿te quedás?”.-

    Y ahí se me vino la estantería abajo. Ni soñaba con irme, ni pensaba en no tener su sexo. Pensé rápido como retroceder sin quedar tan mal y sin perder el estar con Omar. Rápidamente me sentí que el suelo se volvía de barro. Me pensaba el eje de ese bulín y de golpe me habían bajado del trono.

    – “No papi, no. Pero entendeme, no es manera esta. Podrías haberme avisado, ¿o no?”, dije intentando resolver la cuestión.

    – “Si, tenes razón, perdona. ¿Empezamos de nuevo?”, dijo con toda la habilidad de darme lugar para reponerme.

    La saludé a Paula mientras la medía. Estaba buena la guacha. Jovencita, muy buena figura, apenas mas baja que yo, lindas tetas y un culo redondito y firme. Y una sensualidad que la desbordaba. Me saludo amablemente con una sonrisa y me abrazó. Tenía la piel cálida y suave. Omar se acercó y nos dijo que vayamos a la pieza a ponernos la ropa que había elegido y nos despidió con un chirlo en la cola a cada una. En la pieza lo único que había era una toga muy fina para cada una. Nos miramos con Paula con cara de no entender, pero nos desvestimos y nos pusimos una toga cada una. Yo sabía que ese guacho me llevaba de la nariz, pero la expresión de Paula y su rapidez al vestirse me mostraron que no era la única que tenía dominada bajo su mando.

    Las dos salimos y Omar nos dio a elegir entre sus dos manos cerradas. Me miré con Paula y elegí la izquierda. La abrió y tenía un nudo hecho con soga. Sin decir nada, Paula fue a un clóset mientras Omar me guiaba hasta el sillón, me sacaba la toga y me obligaba a arrodillarme sobre el sillón y poner las manos en el respaldo, como la primera vez que cogimos. En eso entró Paula con varios elementos en los brazos. Quise mirar y recibí un chirlo mientras me ordenaba que mire hacia adelante. Me puso una venda ciega y fui sintiendo como ataban mis manos y después tensaban la soga impidiendo moverlas. En ese instante sentí el primer gustazo y me mordí el labio.

    Sentí que ataban mis tobillos y quedaron abiertos sin darme chance que los cierre. Después unas manos empezaron a pasarme aceite y masajearme todo el cuerpo. De allí en más sentía mi cuerpo sacudido por chirlos, lamidas en los pezones, masajes en las tetas, chupaditas de clítoris, jugueteos que me introducían suavemente, masajes en todo el cuerpo, vibradores. Lo que no tenía duda era que había cuatro manos y dos bocas trabajandome. No sé cuanto tardé en empezar a gemir y retorcerme. Todo era una delicia. Vomitaba los “Ay Dios” junto a jadeos cuando me pasaban de dolor a placer en segundos, gemidos al sentir lamidas y juguetes. Terminé entregándome a disfrutar hasta que me flechó una descarga eléctrica que hizo que me tensara tanto que sentí las sogas clavarse en mi piel, mientras gemía y jadeaba por la falta de aire y mi cuerpo seguía sacudiéndose. Después me aflojé toda y sentí la boca seca como si hubiera comido un osito de felpa.

    Con delicadeza, me soltaron las sogas, me sacaron la venda y Paula me ofreció un vaso de agua helada que me pareció un néctar. Omar me miraba todo desnudo.

    – “¿Te gustó?”.

    – “Si, mucho”, le dije cuando pude articular palabras.

    – “Descansá”, me dijo, se sentó al lado mío, la tomó a Paula (que también estaba desnuda), la trajo sobre él, la puso a caballito y la penetró. Mientras los veía coger, Paula estiró una mano y empezó a acariciarme el rostro y después las tetas.

    – “Qué linda que sos. Tenía razón Roque cuando te describió”, y mirando a Omar le dijo “me gusta … mucho”.

    Omar me indicó que fuera a su lado y me abrazó contra él mientras seguía cogiendo. Me dio un beso y empujó mi cabeza contra los pechos de Paula. Tuve un atisbo de resistencia, pero Omar me dio un chirlo, presionó más mi cabeza y la morocha me tomó con ambas manos y llevó mi boca a sus pezones.

    – “Yo te los chupé recién y te encantaba”, me dijo. “Chupamelos a mi, por favor”

    Con reticencia y de a poco fui acercando mi boca y empecé a lamer los pezones y a darle chuponcitos mientras ella me abrazaba y Omar me acariciaba la cola y las tetas.

    – “Soltate putita, cerrá los ojos y disfrutala. Tiene una piel suave y linda de acariciar”, me dijo Omar

    ¡¡Y la mierda que si era suave, cálida y linda su piel!! Toda ella tenía aroma a hembra caliente, se la sentía flojita y entregada a los mimos. ¡¡Puta madre!! Empezaba a gustarme esa turra y fui sintiendo como se calentaba y me abrazaba más fuerte contra ella ante las embestidas de la pija de Omar, fui percibiendo como se tensaba, cómo la calentura cambiaba su aroma y el sabor de sus tetas y la sentí explotar mientras le chupaba el pezón y la abrazaba en su clímax. Cuando se repuso, me tomó la cabeza con sus manos, dijo “gracias” y me dio un suave beso en los labios.

    – “Irene”, dijo Omar. “Sentate contra mí dándome la espalda”.

    Cuando lo hice, me volvió a poner la máscara ciega, sentí que ataban una a una mis muñecas y ataron las sogas de un modo que quedé con los brazos abiertos, en cruz apoyada contra Omar y me ataron los tobillos obligándome a tener abiertas las piernas. Después, mientras Omar me abrazaba y jugaba con mis pechos y pezones, las manos de Paula me acariciaban completa con un conocimiento exacto de como calentarme. Después, sentí una de sus manos meterse entre mis piernas mientra Omar me tomaba de las nalgas y me levantaba y, al bajarme, sentí la punta de su pija en mi culito. Unos dedos me ponían lubricante y la punta empujaba por abrírmelo. En poco tiempo, despacito fue penetrándome hasta el fondo y quedé sentada, con su pija metida toda en mi cola.

    Sentí sus manos de nuevo masajeando mis tetas mientras empezaba a sentir que alguien se dedicaba a mi clítoris y mi conchita. Lamidas, besos, mordisquitos de labios, dedos, vibradores. Cuando esos mimos me obligaban a moverme, sentía esa verga dura que tenía dentro, en poco tiempo mis movimientos espasmódicos incitados por los sabios mimos de Paula y la pija de Omar en mi cola me hicieron subir la temperatura al tope. Ni sé cuanto duro, pero hubo un momento en que perdí la noción de todo lo que pasaba y solo saltaba de un estímulo a otro. Sentí un consolador entrando en mi vagina, una boca jadeando su cálido aliento en mi punto sensible, y después no supe que era lo que pasaba, pero me fui a volar por el placer. Volví a estallar, volví a tensarme, gemí, di gritos ahogados y otra vez las sogas le pusieron tope a mis espasmos. Hasta que me derrumbé.

    Omar me sacó la venda y vi a Paula subir despacito desde mi conchita, lamiéndome y besándome los pezones y, cuando llegó a mi boca me dio un profundo beso al cual respondí. Después se levantó y fue soltando las sogas que me amarraban y se sentó en otro sillón a ver como Omar terminaba de cogerme el culo. Como no tenía ni fuerzas, me volvió a poner de rodillas y apoyada sobre el respaldo y así me cogió hasta acabar. Omar salio dentro mío y Paula me ayudó a levantarme y me abrazó un rato largo. Me encantó dejarme fundir entre sus brazos. Nunca me habían cogido tan lindo y la lengua de esa morocha la quería volver a tener en mi conchita.

    – “Hermosas, vamos los tres a dormir un rato” dijo nuestro hombre y fuimos al dormitorio. “Tengo una idea preciosa para la tarde”.

    Nos acostamos con Omar al medio y nosotras acurrucadas contra él. Por arriba del pecho de Omar, las manos de Paula y la mia se entrelazaron.

  • Ninfómano (capítulo 1): Mi profesor de Historia

    Ninfómano (capítulo 1): Mi profesor de Historia

    Entré al baño de mi universidad, ya tenía planeado un encuentro con mi profesor de historia, un hombre alto, bastante delgado pero muy varonil, de esos hombres que tienen voz gruesa y el cuerpo cubierto de vellos; por suerte, ya mi amante estaba esperándome, a penas me dispuse a entrar, me tomó del brazo y me metió al baño de un tirón, cerró la puerta con seguro, me abrazó fuerte mientras me veía directamente a los ojos, y me dijo: «nos quedan 20 minutos para hacer el amor» (la universidad cerraría pronto).

    Nos quitamos toda la ropa, sin perder tiempo, yo me acerqué a él, le chupé las tetillas mientras masturbaba su pene que estaba ya erecto, bajé hasta su cintura y comencé a lamer su glande, ya estaba expulsando pre-seminal, luego poco a poco fui metiendo su pene en mi boca hasta que llegó a mi garganta, lo dejé un rato allí y aguanté la respiración mientras al mismo tiempo comencé a masturbarme, mi profesor me veía con una cara de pícaro, quería decirme algo pero prefirió callar porque sabía que nos podían oír, yo seguí chupando su pene, ésta vez sin llevármelo hasta la garganta, sólo chupaba su glande mientras yo me masturbaba suavemente, no podía dejar de chupar su pene, estaba realmente grueso y duro, provocativo.

    Al poco tiempo vuelvo a observar la cara de mi profesor y estaba haciendo gestos raros, hasta que entendí la señal, ya quería venirse, y yo sólo le guiñé el ojo para darle a entender que quería todo su semen en mi boca; el se dejó llevar, tomó mi cabeza con ambas manos y llevó su pene hasta el fondo de mi garganta, comenzó a respirar más rápido, apretó mi cabello y eyaculó dentro de mi garganta, podía sentir como palpitaba su pene y su semen tibio llegaba hasta mi estómago.

    Yo seguí masturbándome mientras continuaba chupando su pene flácido, hasta que me vine, todo mi semen se derramó en sus pies y el hizo nuevamente un extraño gesto pero está vez de morbosidad, pues mordía sus labios; me tomó de un brazo para ayudarme a levantar, una vez estuve de pie, me miró fijamente, tomó mi cara con su mano, se acercó a mi oído y me dijo: «mañana repetimos, pero estará David, el hijo de tu vecino y lo vamos a preñar». Yo sonreí discretamente y le di un beso en la boca que duró unos 2 segundos. Luego de eso, reaccionamos y nos dimos cuenta de que el tiempo para salir de la universidad se nos agotaba, así que nos limpiamos, nos vestimos lo más rápido que pudimos y salimos de allí, ambos ansiosos por regresar al día siguiente y comernos el trasero del hijo de mi vecino.

    Próximo capítulo: «Mi profesor y el enorme trasero de David».

  • Mi maestra de último grado (4 y fin)

    Mi maestra de último grado (4 y fin)

    Comienza la última parte de mi historia vivida en mis años de juventud.

    Me quedé mirando a Ingrid fijo a los ojos sin saber que decir, una mezcla de curiosidad y morbo me invadió, la curiosidad pudo más y le pedí que me cuente.

    -Con mi hermana éramos muy unidas de jóvenes y no teníamos secretos entre nosotras

    -¿Unidas? ¿A que te réferis?

    -Si, muy unidas, tanto que cuando un hombre nos gustaba no teníamos problemas en compartirlo

    Y mientras me decía eso se fue acercando y desabrochando los botones de su pijama, tenía una mirada felina que hizo erizar mi piel.

    -Y hasta a veces estábamos las dos con el mismo hombre

    Ya su cara estaba a escasos centímetros de la mía, le quedaba solo un botón sin desprender de su pijama, podía observar el nacimiento de sus pechos, tenían forma de gota de agua, muy tentadores.

    -¿Me ayudas vos o me desabrocho yo el último botón? Parece que te comieron la lengua los ratones, hoy a la madrugada estabas mucho más hablador «bebe»-

    -Es que estoy con tu hermana, no quiero lastimarla ni engañarla

    -Tranquilo, esto es sexo amor, solo sexo y placer- Al decir esto desabrocho el último botón que le quedaba sin desprender y se quitó la parte de arriba del pijama, dejando a mi vista sus pechos, eran generosos, deberían ser talla 110, en forma de gota de agua, coronados por unos hermosos, pequeños y puntiagudos pezones.

    Me quito la remera que tenía puesta y apoyó sus pechos sobre mi piel. El perfume de su piel me venció por completo, y me olvidé de todo, la última barrera había caído. La abracé y la besé, ella abrió su hermosa boca y me metió su lengua para jugar con la mía, era una lucha en cámara lenta entre nuestras lenguas, para ver quien atrapaba a quien. Cuando nos comenzó a faltar el aire Ingrid se separa de mí y me dice

    -¡Me encanta besar! Me pone muy muy caliente

    -Y a mi que me beses, me enloquece

    -Tranquilo, que esto es solo el comienzo Dany

    Se fue arrodillando mirándome siempre a los ojos, me desabrocho el pantalón y tiró de él, bajando en el mismo movimiento mi pantalón y mis boxer. Ahí estaba mi pija a centímetros de su boca. Ella la fue besando y pasándole su lengua como si fuera un helado, siempre mirándome a los ojos, eso me enloquecía. Apoyé mis dos manos en su cabeza y no hizo falta hacer nada más, Ingrid abrió su boca y de una sola vez se la hundió hasta el fondo de su garganta para luego volver a sacarla, pasarle su lengua y volver a repetir el mismo movimiento.

    -Me estas matando de placer Ingrid

    Solo obtuve de respuesta que se metiera mi pija más dentro de su boca, sentía como la punta de mi pija le llegaba hasta su garganta. Su mano apretaba mis huevos fuertemente cada vez que yo sentía que estaba por acabar. En un momento le pedí que pare o terminaría acabando en su boca.

    -Para Ingrid, me estas enloqueciendo, no doy mas, si seguis acabo

    Ingrid apretó fuerte mis bolas cortando toda posibilidad que acabe.

    -Vas a acabar cuando yo te diga- y siguió comiendo mi pija como una experta

    Después de un rato, del cual perdí la noción del tiempo totalmente, dejó de comerme y se paró, me dio la espalda y con ambas manos bajo el pantalón de su pijama. dejándome a la vista su hermosa cola, durita y redonda, como una manzana.

    -Veni Daniel, quiero que me comas toda y prepares mi cola para vos, quiero darte algo que seguro mi hermana no te dio

    Se puso contra la pared de la cocina y no hizo falta que me dijera más nada. Me arrodille a sus pies, separe sus nalgas y hundí mi cara entre sus glúteos, mi mano fue a buscar su vagina, la tenía totalmente depilada, sus labios eran finos, como alas de mariposa y estaba muy húmeda, lo que facilitó que mis dedos penetraran dentro de ella sin dificultad, cuando la yema de mis dedos alcanzó su clítoris, Ingrid emitió un suave gemido, que me excito aun mas.

    Ella con sus manos abrió sus cachetes y mi lengua al fin pudo alcanzar su ano, fui besando y pasando mi lengua y sus gemidos fueron en aumento, saque mi mano que estaba jugando dentro de su vagina y penetre con uno de mis dedos su ano, muy despacio fue entrando y saliendo, dilatando bien su cola, en un momento Ingrid me dice.

    -Ahora nene, quiero que me rompas el culo con esa pija hermosa que tenes, es ahora o nunca

    Se apoyó contra la pared y arqueo su cuerpo, agarre mi pija y la apoye entre los cachetes de su cola, buscando el hermoso anillo de su ano y no podía encontrarlo.

    -¿Que pasa Daniel? ¿No encontras mi tesoro?

    -No Ingrid, realmente no

    -Parece que fuera tu primera vez, no podes ser tan torpe jajaja

    -Es mi primera vez Ingrid, nunca antes había tenido sexo anal con nadie

    -Entonces déjame a mí, yo te guio

    Paso su mano por detrás de su cuerpo agarrando el tronco de mi pija y la fue guiando hasta su cola, apoyó la cabeza de mi pija en su ano y tiró el peso de su cuerpo para atrás levemente, haciendo que la cabeza de mi pija entrara bajo presión en su ano, yo me sentía en la gloria, ella se quedó quieta unos minutos.

    -Dejame sentir esa cabezota hermosa en mi culo Daniel- y fue moviéndose muy lentamente para atrás y para adelante, en cada movimiento mi pija entraba más dentro de esa hermosa cola. Cuando tenía metida más de la mitad, se da vuelta y me dice.

    -Agarrame de las caderas y enterramela toda hijo de puta, rompeme bien el orto

    Puse ambas manos en sus caderas y la atraje fuerte contra mi cuerpo, mi pija entró toda hasta el fondo, Ingrid respiro profundo abriendo su boca como faltando el aire.

    -No te muevas, quedate así quito, quiero sentir toda tu pija en mi culo

    Me quede quieto dentro de ella, y comenzó a moverse muy despacio, para adelante y para atrás, sentía como si una mano me estuviera apretando la pija, era una sensación hermosa.

    -Me encanta como se siente, nunca lo hubiera imaginado

    -Seguí, no pares hijo de puta, quiero que des tu lechita en mi culo, bien adentro

    -Tenes un culo hermoso Ingrid

    -Es todo tuyo, seguí dándome duro, no pares, penetrame la concha con tus dedos

    Pase mi mano por delante de su cuerpo y comencé a acariciar tu vagina, estaba muy húmeda, más que antes.

    -Me encanta que estés tan mojada Ingrid

    -Es toda obra tuya Dany

    -¿Te gusta? ¿Lo estoy haciendo bien?

    -Si Daniel, me encanta, lo estas haciendo muy bien, segui no pares

    Ingrid apoyó sus dos manos contra la pared de la cocina y se puso en puntas de pie, se fue acelerando su respiración y aumentando sus gemidos y llegó su orgasmo, sentí como su cuerpo vibraba de placer. La abrace por detrás y bese su cuello, mientras sentía los últimos espasmos de su orgasmo.

    Nos fuimos separando lentamente e Ingrid me miró y me dijo que no podía ser el orgasmo que le había hecho tener, que con razón su hermana había gozado tanto conmigo.

    -Ahora te toca a vos acabar

    Tenía mi pija dura, me hizo sentarme en una silla de la cocina, comenzó a besar mi cara y fue bajando por mi cuerpo hasta mi entrepierna, luego abrió su boca y se devoró la cabeza de mi pija, comenzó a recorrer con su lengua por la cabecita de mi pija, después de eso se paro, separó sus piernas, agarró mi pija y la apoyó en la entrada de su vagina y se sentó despacio sobre mi, sentía el calor de su cuerpo en mi pija, una vez que le entró toda, pude sentir como sus músculos vaginales me apretaron con fuerza dentro de ella, no podía creer lo que esa mujer me hacía sentir, comenzamos a movernos muy despacio hasta alcanzar mayor velocidad, hasta que realmente se hicieron veloces nuestros movimientos, tenía una vagina estrecha que lograba hacerme sentir mucho más todas las sensaciones de ese momento. Nuestros gemidos fueron en aumento a medida que pasaba el tiempo.

    -Estoy por acabar otra vez Daniel

    -Yo también Ingrid

    -Si, acabemos juntos, damela toda adentro

    Sentía que ya era imposible evitar mi orgasmo y ante el pedido de Ingrid me hundí hasta el fondo de ella y descargué toda mi leche dentro de ella hasta quedar completamente seco, ambos gemíamos, la abrace y nos fundimos en un beso, para después besar su cuello. Nos quedamos juntos uno dentro del otro un buen rato, cuando escuche que la puerta de la cocina se abrió y entró Estela. No sabía que hacer, la situación era imposible de ocultar.

    -Buenos días ¿Que tal estuvo el mañanero hermanita?

    -Excelente, gracias por prestarmelo

    -De nada hermana, me alegro mucho que lo disfrutaras tanto como yo anoche

    Yo no podía creer lo que estaban hablando entre hermanas, era todo nuevo para mi.

    -Bañate y andate Daniel por favor- me dijo Estela

    Yo traté de decirle lo que sentía, pero Estela esquivo mi mirada, solo fue hasta la cocina a poner agua a calentar.

    Subí al cuarto, me di un baño, junté mis cosas y me estaba por ir. Baje las escaleras y en la puerta me estaba esperando Ingrid

    -Yo quería que fueras diferente, por eso te pedí que te quería para mi sola, para tener sexo lo puedo tener con cualquiera, yo a vos te quería para hacer el amor

    -Lo siento mucho Estela, no fue mi intención lastimarte

    -Tranquilo Bebe, todo bien, me hiciste pasar una noche magnífica e inolvidable que la guardaré dentro mío

    Esa fue la última vez que vi a Estela, fue una mujer que me marcó en la vida y jamás olvidaré. Con Ingrid tuvimos otros encuentros, pero eso será para otra historia.

    Se agradecen sus comentarios, sugerencias y críticas, ayudan mucho, saludos.

  • Mi clienta milf

    Mi clienta milf

    Quienes no hemos fantasiado con alguna madura, que aún que no sean de un gran cuerpo, son una tentación inigualable.

    Total, todo paso está navidad del 2023, yo a veces le trabajo a una señora de unos 40 años la cual está casada, pero su esposo se la vive solo a su trabajo, le ayudo con detalles de su casa que se le presentan y justamente a inicios de diciembre me pidió ayudarla para adornar toda su casa a lo cual no me negué, ya que me encanta observarle sus ricos pechos enormes, y de su culazo ni se diga, y aunque no tiene un cuerpazo de modelo, si los tiene de gran tamaño, y más cuando usa tacones… ufff.

    Llegué por la mañana, no perdía la oportunidad de fotografiarla mentalmente para tener material y con esos leggins súper delgados que traía, en ratos pensaba que lo hacía al propósito.

    Pero paso, sin querer tenía una erección, y al voltear ella estaba agachada y solo sentí como su culo rozaba sobre mi pantalón, creí que se molestaría, pero seguido a lo suyo.

    No sé ni cómo tome valor, pero me dije, de una cachetada no pasa, así que en un descuido de ella la tome de sus glúteos y la bese, sentir esos ricos y duros glúteos, sentí el tiempo detenerse, ella se alejó diciéndome «que fue eso?», yo con toda la pena de pensar que solo lo había soñado me disculpé y empecé a levantar mis cosas, mientras me pedía explicaciones yo le contaba lo mucho que fantaseaba con ella cada vez que la visitaba, al principio lo dudo, ya que se consideraba vieja y mayor para mí, pero al ver el gran deseo que le tenía, empezó acariciar y a besarme, no sabía si era real, pero no quise desaprovechar ese sueño.

    Cuando estaba acariciando todo por encima de sus ropas, me decía al oído, que esto quedaría entre nosotros, era obvio mi respuesta, así que solo pude voltearla y empezar admirar ese culo hermoso, moreno y redondo modelando una tanga negra, empezamos a desvestirnos por completo y me tumbo en el sillón, para empezar hacerme un oral, la tome entre sus chinos y no se en que momento me hizo venir que cuando reaccione, ella ya están recargada sobre el respaldo en 4 pidiendo que ya la penetrara, solo pedía más y más, y eso me excitaba más.

    Hicimos otras 2 posiciones, cuando ya me pedía seguir haciéndola mía en su cama, subimos y ella seguía ardiendo, su tanga ya estaba tan mojada, que en ningún momento hizo estorbo para seguir haciendo cuánta más posición pudiéramos hacer, para mí suerte su esposo había salido con su hijo y regresarían hasta el día siguiente, así que seguimos toda la noche, pareciera que ya tenía mucha lujuria guardada, y ahora entendía a los amigos que decían que hacerlo con una madura es de lo más rico.

    Nos amanecimos con el conocido mañanero, empezando en cama y terminando en la ducha, mientras se cambiaba, me guardaba su tanga como recuerdo, me despedí y hasta ahora no me ha vuelto a llamar para seguir ayudándola con trabajos, quizás aún no tiene, o le entró la culpa de ser casada.

  • Mente maestra

    Mente maestra

    Comenzaré este relato presentándome, soy un hombre de 31 años, joven, pero con tantas experiencias que no puedo parar, soy alto de estatura 1.80, con un peso entre 74- 76 kg, estudiado y preparado, cuerpo atlético marcado, me defino un poco atractivo, sin ser egocéntrico, he tenido muchas relaciones, pero hay una en particular que traigo hoy a presentar, ya que esta tiene de todo un poco las perversiones que me plantee un día.

    Comencé una relación con una chica que llamaremos Luna, siendo ella una morena preciosa de estatura de 1.60. De 27 años de edad en aquel entonces, cuerpo moldeado muy marcado, llamaba demasiado la atención, comenzamos una relación normal y monótona, poco a poco fui conociendo sus puntos más débiles sexualmente hablando, al punto que pude hacer mis valer mis placeres a mis antojos, era muy complaciente, llevamos una relación normal pero siempre hablábamos de nuestras fantasías mientras cogíamos, hablábamos de tríos, de intercambios, de ver y ser vistos, de hacerlo en lugares públicos, en fin.

    Un día le propuse ir a un bar swinger, el cual me pidió pensarlo y darme una repuesta cuanto mirara bien en que consistía, era un tema nuevo para ella, se notaba nerviosa, Luna es una profesional igual que yo, por esta razón le constaba un poco abrirse a ese ambiente pensando en su privacidad, estudiamos el tema y todos esos detalles que os preocupaban, al final acepto, me digo ese SI tan esperado, planeamos cada detalle y nos aventuramos, buscamos el mejor bar de parejas de la ciudad, y aparatamos una visita, fuimos recibidos con mucho agrado puesto que físicamente somos muy agradables.

    Nos dijeron las reglas del lugar el cual nos parecía muy seguro para nuestros temores, muchos profesionales viven esa vida y en esos lugares son libres, esa noche ella se limitó a tomar un poco y ver, mientras, me pidió de manera maldadosa, dejar salir todos sus deseos, me pedía que me cogiera la máxima cantidad de mujeres que podía cogerme en una noche, siendo 7 mujeres el numero chicas con las que cogí.

    Exhausto y adolorido llegue a casa donde ella llena de pasión y deseo me pedía verga como una loca, estaba cegada en deseo, Luna pedía que la cogiera como nunca y verla así me excito tanto que mi polvo numero 8 fue muy placentero y lleno de orgasmos la cogía por el culo, por la vagina, en la sala, en la cocina y todos los cuartos, muchos gritos y chorros.

    Luego repetimos nuestra visitas al bar por unos 6 veces más, donde pudimos realizar mas fantasías, muchos tríos, muchos intercambios, era toda una puta, me excitaba verla ser una dama en su trabajo, su cara no aparentaba el de ser esa puta en que se convertía en ese bar, comía vergas como tomar agua, me hacia comer vaginas a su antojo, era una puta total, decía que mi mente era su lugar sagrado, que jamás viviría esas cosas con nadie mas

    Continuara.

  • Una verga gruesa para mi mujer

    Una verga gruesa para mi mujer

    El video.

    Son las 10:30 de la noche cuando entró a la habitación, voy recién bañado, limpio y fresco para poder descansar mejor.

    Mañana tengo un día muy pesado en el trabajo y quiero descansar bien, últimamente así ha sido mi agenda y tengo días que no toco a mi mujer, ni nos damos el tiempo que se requiere en la pareja, digo si hemos tenido intimidad, pero no de calidad, solo nos entregamos uno sobre el otro, satisfacemos rápidamente el instinto y luego cada uno duerme en su lado de la cama.

    Ana está sentada en la cama recargada sobre los cojines qué pegan a la cabecera, sus piernas están estiradas cubiertas por una manta y un vaso de té en la repisa de su derecha. Está concentrada en su lectura «la estudiante».

    La observó unos momentos y noto que aun se ve joven y linda sin maquillaje, siempre me ha gustado el tono de su piel, morena clara, ojos negros, labios gruesos, unas piernas poderosas qué sostienen unas caderas anchas y un culo qué siempre me ha gustado, sus tetas son pequeñas, pero aún son firmes a sus 40 años. Sé que aún puede levantar a quien ella quiera.

    Le doy un beso en la mejilla y me acuesto a mi lado de la cama, me tapó con la sábana señal que hoy no quiero nada, cierro los ojos. No tengo ni dos minutos con los ojos cerrados cuando escucho el tono de un mensaje en mi celular que dice: deberías verlo te vas a divertir mucho. No conozco el número y no tiene foto de perfil así que me dispongo a ignorarlo.

    -¿Quién es? Pregunta Ana

    -No sé, no tengo registrado el número

    -¿No vas a ver de qué se trata?

    -No, mejor mañana

    -¿Y si es importante?

    No lo creo, pero su sutil insistencia me dice que debo ver el mensaje.

    Así que tomo el celular y abro el WhatsApp. Debajo del mensaje hay un video, le doy reproducir y abro mucho los ojos al descubrir que es un video íntimo, la toma es muy cercana, pero es una pareja teniendo relaciones.

    Noto una gruesa verga se ensarta, no, no es la verga la qué se ensarta, es ella la que una y otra se deja caer en esa polla, es un trasero qué por extraño que parezca se me hace conocido, con unas nalgas redondas, grandes y muy antojables.

    Una mano acaricia las nalgas, luego azota una, si fuera una piel clara esa nalgada hubiera dejado una marca roja, pero como es morena se necesitan más para eso. El dueño de la mano parece leer mis pensamientos y azota fuerte una nalga a la vez.

    La imagen me atrapa y me doy cuenta que Ana está viendo lo mismo que yo, ha dejado su libro en la almohada y ahora está cerca de mí metiendo su mano debajo de la sábana. No hago el intento de cerrar el video y la dejó ver la película porno qué alguien me mandó.

    Casi al momento que la imagen en el video se abre me doy cuenta del lunar en la nalga derecha, un lunar qué conozco muy bien.

    Ana sonríe cuando deduce por mi cara que la he reconocido por fin y su cara es de ¿apenas te diste cuenta?

    La toma se abre más y veo su espalda y el cabello negro caer sobre sus hombros.

    Hasta ese momento el video no tiene sonido, pero en cuanto la toma se abre escucho los sonidos inconfundibles de mi esposa recibiendo placer, podría identificar sus gemidos incluso aunque la imagen se quedará en total oscuridad.

    Escucharla me pone más duro de lo que ya estoy, Ana juega arañando mi abdomen, pierna y entrepierna, pero aún no me ha tocado la polla.

    ¡Sorpresa! me dice la Ana en vivo al mismo momento que por fin toma mi dureza entre sus manos y la Ana que está en el video gira su rostro y dice lo mismo.

    Ana estaba esperando ese momento para decírmelo al unísono, la veo disfrutando viéndose en la pantalla y eso lejos de molestarme me pone al mil. Me besa la boca, un beso apasionado qué me roba el aliento, un beso que me indica que me desea.

    Luego me deja seguir viendo el video, el ángulo cambia y puedo observar ahora a la pareja no desde atrás sino desde uno de los costados. Él no se deja ver el rostro, pero ella se ve completa, su silueta es fantástica, su cuerpo es hermoso, desde atrás solo se miraba su trasero, pero ahora se aprecia toda.

    Reconozco la habitación y ella vuelve a sonreír, el tipo está acostado en el mismo lugar que ahora estoy yo, y la cámara está sobre la repisa apuntando a la ventana, noto las cortinas abiertas y me doy cuenta que desde la calle fácilmente cualquier vecino pudo verlos.

    El show en mi teléfono sigue y los veo, escucho y me excito, de hecho es muy excitante ver a mi esposa convertida en una actriz porno.

    Ella sigue con el control de la situación sube y baja, hace círculos con su cadera, se mece adelante y atrás, él solo se aferra a sus caderas y permanece impasible, por los movimientos más rápidos y los gemidos más profundos lo sé, un enorme orgasmo se acerca.

    Ella arquea su espalda y clava sus manos en los muslos de su amante y luego todo se relaja por un segundo porque en ese momento él toma el pelo de mi mujer y jala de el obligándola a levantar su cabeza esto me gusta y suelto un gruñido de deseo, luego comienza con los movimientos ahora es él el que empuja mientras con una mano sostiene el cabello de mi Ana y con la otra le inmoviliza las manos, ahora ella es sumisa y obediente disfruta cada embestida con un nuevo gemido que la acerca cada vez más y más a otro orgasmo, él hace girar su rostro a la cámara y lo veo.

    La lujuria está implícita en sus ojos, el placer no se puede ocultar y veo esa cara que pone cada vez que está por correrse, su boca se transforma, sus ojos suplican, sus manos se aferran, es increíble ver su cara de pecado.

    -¿Te gusta así Ana?

    -Sí

    -¿Me detengo?

    -Nooo

    -¿Quieres más?

    -Sí

    -Pídelo

    -Dame más por favor, fuerte más fuerte

    -Zorra

    -No te detengaaas

    Su voz es entrecortada, jadeante.

    El orgasmo está cerca, Él lo presiente o la conoce muy bien porque en el momento justo se incorpora, trato de ver quién es pero evita mirar la cámara y esconde la cabeza en el pelo de mi mujer, besa su cuello, sus manos la sueltan y acarician sus pechos para acercarla más al orgasmo, besa sus hombros, muerde y besa su nuca. El placer se desata en forma de un grito repentino y brutal junto a un cuerpo tenso, unas manos aferradas a la sabana y unas piernas qué tiemblan sin control.

    Él susurra algo que no alcanzo a escuchar pero ella sonríe y luego contesta mirando a la cámara: sí, me ha gustado y manda un beso a la cámara.

    Él le dice algo y ella se aparta, se reacomodan ella ha bajado de la cama, ahora él está de pie sobre el colchón, de nuevo evita que la cámara tome su rostro lo único que se ve es su enorme verga dura y sus piernas. Cuando él está listo Ana sube al colchón y se hinca frente a él, le retira el preservativo, eleva la mirada y espera, él toma su polla y la deja caer sobre su cara, su verga le llega desde el mentón hasta la frente, es enorme y gruesa, comienza a dar golpes con ella en la cara a Ana que se ve feliz recibiendo su castigo, le golpea la frente, las mejillas, la nariz, el mentón. Ana se desespera por probarla por eso abre la boca y saca la lengua pidiendo y suplicando con la mirada y la lengua de fuera, solo hasta ese momento él golpea la boca se ensaña con su lengua. Ana lo deja, espera pacientemente el momento.

    -Chupalo

    Una orden simple y Ana se pone como loca, lo lame en toda su extensión desde la punta hasta sus bolas, pero ahora me doy cuenta que es ella la que juega con la desesperación de él, besa, chupa, la me pero no lo mete a su boca, luego de unos minutos jugando casi siento la agonía qué él debe estar sintiendo, por fin lo mete a su boca y aprieto la mano de Ana descargando en ella mis ganas, escucho el gruñidos de placer que le provoca la boca de mi mujer y siento envidia. Ana lo mete lo más que puede en su boca pero es enorme y no llega a la mitad de la polla, sus manos entran en acción y lo masturban mientras su boca sigue chupando, mamando, besando, succionando. Una mano toma la cabeza de Ana y empuja, empuja fuerte, escucho las arcadas de ella y la risa de él.

    -Tragatela entera puta.

    Ella lo intenta, pero solo otros cinco centímetros entran en su boca y le quitan el aire, el rimel ya está corrido de sus ojos entre el sudor y las lágrimas qué le han salido ahora que tiene la boca llena, la escena es sublime.

    Cuando creo que ella no puede más, él la suelta y la veo tomar grandes bocanadas de aire desesperada.

    Unos segundos después tiene de nuevo la boca llena y el proceso se repite hasta que él está satisfecho.

    -¿Dónde los quieres Ana?

    Dónde quieres que me corra

    Es una pregunta retórica pues no espera la respuesta, saca la polla de su boca y se vacía en su cara, Ana cierra los ojos antes que grandes chorros de leche caigan en su frente, ojos, pelo, mejillas y boca, un dedo de ella lo va juntando y luego lo lleva a su boca y lo traiga un poco por vez hasta que solo deja un poco en la comisura de sus labios.

    Sonríe mientras con un dedo lo recoge, pero este no lo traga, ella sube la mano y él se agacha un poco, veo sus labios y ella mete el dedo lleno de semen en la boca de su amante.

    -Te gusta tu sabor

    -Todo lo que viene de ti me gusta preciosa.

    Baja de la cama y desaparece lo último que tengo de él es una señal, la señal que todo corneador le hace al cornudo para decirle que su mujer la paso sensacional.

    -Te gustó

    Ana me mira fijamente y espera mi respuesta aunque la respuesta la tiene en su mano y mi verga dura.

    No es la primera vez que la veo en un video con alguien más, no es la primera vez que coge con algún desconocido, pero sí es la primera vez que lo vemos juntos, por lo regular yo lo veo en vivo en mi teléfono y sé en dónde está ella y con quién, en algunos encuentros estoy presente y algunos otros yo he participado.

    -Tú sabes que sí.

    Pues ahora mi cielo, tú y yo nos vamos a divertir mucho, porque esa verga me dejó muy caliente y aunque es más grande que la tuya, yo solo quiero que tú me folles y me hagas gemir.

    -Por cierto quien tu nuevo amigo

    -Luego te lo presento.

    No me dice su nombre pero yo presiento que es un compañero de trabajo, el mariachi porque últimamente Ana me ha estado contando que él la ha estado cortejando más abiertamente. Y está muy interesado en ella desde que la vio en una foto íntima qué me mandó.

  • Mi putita personal

    Mi putita personal

    Yo no buscaba amante, aunque no estaba al cien con mi esposa no había necesidad de una relación extramarital. Pero el destino me tenía una sorpresa y me la dio en la fiesta de fin de año de la empresa.

    Ella llego al evento sin su uniforme habitual, una minifalda tableada le hacía lucir unas hermosas piernas, su blusa escotada me atrapo la mirada.

    De inmediato me lancé para sacarla a bailar y no la solté hasta que termino la fiesta. Me despedí, pero ella me tomo de la mano y me dijo que la llevara a su casa, ya que era muy tarde. Su minifalda no la defendía mucho y al sentarse se asoma un poco de su ropa interior.

    Realmente no le puse atención a que me platicaba, al hacer los cambios le rozaba su pierna y apenas podía disimular mi erección. Los wiskis y la cachondez me dieron valor. Le tome la mano y la coloque en mi pene sobre la ropa. Guardo silencio unos segundos, pero sin quitar la mano.

    Creo que por darme un raid hasta mi casa a esta hora es un pago justo, me dijo en lo que me baja el cierre del pantalón, mi pene no podía estar más listo, sus besos en la puntita predecían una rica mamada, la cual hacía de una manera más que sublime.

    -Vente en mi boca mi amor, no te preocupes no te voy a dejar ni gota que te ensucie, me los voy a tragar y te voy a lavar hasta los huevos con mi lengua, me decía entre mamada y mamada.

    Tenía un par de meses sin nada de sexo y la cantidad de semen que le vertí en la boca fue descomunal, toda una experta se traga cuanto chorro eyaculo. Mi gemido lo escucha el tráfico alrededor y por fortuna abro los ojos a cinco metros de chocar con un árbol de un parque. Ella ni se dio cuenta seguía limpiando mi pene y mis huevos con la lengua provocándome una nueva erección.

    -Oye sí que necesitabas una buena deslechada ya vas otra vez.

    Me estaciono en el lugar más oscuro del parque, la parte de atrás de mi camioneta no tenía asientos ya que la ocupo para trasportar cajas, las ventanillas polarizadas me dieron más confianza.

    -Pásate para atrás le dijo mientras le ayudo tomándole del brazo, una lejana lámpara me da la suficiente luz para verle una tanga cachetero que adorna un trasero más que apetitoso.

    La coloco en cuatro restregándole mi pene sobre la tanga.

    -No creas que soy así, pero hay algo en ti que me tienes loca y vuelvo a ignorar lo que me dice, ahora soy el que le da una lengüeteada de arriba abajo, metiéndole la lengua en su vagina, en su culito, mamándole el clítoris.

    La penetre de una sola estocada ella grito y se trató de zafar, mis manos se aferraron a sus caderas y mis embestidas cada vez más profundas no se lo permitieron.

    -Eres la mejor puta que me he cogido.

    Las palabras resultaron mágicas y ella se empezó mover deliciosamente. Si papi soy una puta, dime puta, por favor dime puta. Le escupí en el culo y le dejé ir mi dedo índice hasta el fondo.

    -¿Te gusta la doble penetración mi putita?

    -Si papi haz lo que quieras con tu puta!

    Un orgasmo le arranca un grito bastante fuerte por lo que le meto el dedo que tenía en su culo en la boca, lo mama y lo muerde, grito y le doy una bofetada para que me suelte. Lo que le excita aún más.

    -Eso papi castiga a tu puta, fuerte, muy fuerte.

    Una nalgada suena en la camioneta, le tiro del cabello obligándole hacer la cabeza para atrás, unas cachetadas hacen que empiece a llorar junto otro orgasmo.

    Casi a punto de correrme ella se gira y se mete mi pene en la boca recibiendo otra eyaculación tan abundante como la primera, lo traga gimiendo, me vuelve a limpiar con su lengua.

    Pese a la oscuridad ella ve que me guardo su tanga en mi bolsillo del pantalón.

    -Te ganaste ese premio papi y sirve para que no se te olvide que ya tienes una puta para ti solito.

  • Maite, mi culo favorito del bachiller (I): Inicio

    Maite, mi culo favorito del bachiller (I): Inicio

    Hola de nuevo. El relato de hoy versa acerca de una excompañera mía de la secundaria, Maite.

    Maite era una chica de pelo negro, alta, delgada, ojos algo rasgados (su madre era peruana y su abuelo debía ser japones o algo así), pero lo que más destacaba en ella era su culo: uno de los mejores de los que tengo el gusto de conocer a su dueña.

    Era amigo de Maite durante el bachillerato, pero no hice excesivos intentos, ya que durante esa época yo estaba enamorado de su mejor amiga, pero años más tarde, tras verla en una quedada con viejos amigos del instituto, y ver que seguía estando impresionante, decidí empezar a hablarle más e intentar algún tipo de conquista, pero mi entusiasmo se vino abajo un día que quedé con una amiga mía, la cuál era muy amiga de la hermana de Maite, y me dijo que Maite andaba saliendo con un tío un poco cani, que la iba a buscar a casa con la moto y esas cosas. A pesar de que esto me desanimo un poco, yo no acababa de creérmelo, ya que a mi no me había dicho nada en todo ese tiempo, no se veían fotos juntos, y ella subía fotos “algo sugerentes” en verano, las cuales no me parecía que encajasen con una mujer con novio.

    Sin embargo, los rumores eran ciertos: en otra quedada que hizo con la gente de mi instituto confirmé que había estado saliendo con ese tío, y no solo eso, sino que nos dio ciertos detalles de sus encuentros: lo hacían sin protección (ya que no follaban con nadie fuera de su relación), lo había hecho en algunos lugares un poco exóticos(en un banco en frente de nuestro instituto, los baños de la facultad), ya que parecía bastante reacia a meterlo en su casa o llevarlo a su residencia de verano(el padre de Maite estaba forrado, y tenían un casoplón en La Coruña, en donde pasaban gran parte del verano), y que lo dejaron tras un intento fallido de “uso de la puerta de atrás”. Esa noche bebimos, y la noté bastante receptiva, así que, aunque me escandalizará un poco alguna cosa que dijo la verdad, me animé un montón, ya que, aunque aquello que me contaron de que tenía novio era verdad, ya no aplicaba, y yo me sentí más motivado todavía a tirarme a esa tía.

    Llegó el verano, y a mi se me ocurrió una idea para fingir un encuentro casual: ella me había comentado que iba al gimnasio de un complejo deportivo del que ambos éramos socios, y posteriormente iba a tomar el sol a la azotea, por lo que decidí ir un rato de la mañana a tomar el sol, a ver si aparecía por allí.

    Llegué, me eché en una tumbona, y al rato, apareció ella, la cual se alegró al verme.

    Maite: Hombre, Marcos, ¿Cómo tu por aquí?

    Marcos: Ya ves tú, a que me de un poco el sol, que si no voy a parecer un fantasma.

    Ella se río, se echó en la tumbona de al lado, y estuvimos conversando (que habíamos hecho últimamente, como había ido la vida, algún que otro cumplido…). Tras un rato, dejamos la conversación, y ella decidió darse la vuelta para broncearse la espalda. Yo me quedé embelesado viendo su culo, a causa de lo cual me empalmé un poco. En esto, ella se acordó de que me quería enseñar unas fotos de un viaje que había hecho y se sentó a mi lado para enseñármelas, y tras pasar un par de ellas, se percató de mi erección.

    Maite: ¿Y esto?-dijo sonriendo pícaramente

    Marcos: No soy de hielo.

    Tras esto, fue a echar mano lentamente a mi paquete y yo acerqué mi mano izquierda para tocar su culo.

    Nos besábamos a la vez que ella había sacado mi pene y lo estaba masturbando, hasta que decidí cambiar de posición y sentarla encima de mis rodillas para poder agarrar bien su culo. Tenía el bañador ya por los tobillos, y mi pene estaba al descubierto, separado de su vagina solamente por la tela de su traje de baño. El roce de su coño sumado al beso tan pasional que nos estábamos dando, hizo que mi calentura alcanzara unos niveles inhumanos. Aparté la tela de su bañador a un lado y justo cuando mi pene estaba a la entrada de su vagina, ella me frenó.

    Maite: Sh, Sh, Sh ¿Dónde vas tu tan rápido? Eso te lo vas a tener que ganar con tus méritos.

    Marcos: Joder, ¿y me vas a dejar a medias?

    Maite: No te alarmes, cielo. Si prometes que no vas a hacer mucho ruido, te la chupo.

    Parecía una oferta más que razonable, por lo que acepté. Me acomodé en la tumbona y ella se empezó a atar una coleta, pero yo la detuve, diciéndole que no lo hiciera, que me ponía muchísimo que me la chupase con el pelo suelto. Se arrodillo y empezó a chupármela. No era ninguna profesional, pero no la chupaba mal. Se la introducía bien profundo y se la sacaba cada poco para segundos después volvérsela a meter. Así estuvimos un rato, hasta que yo ya estaba por correrme, y la pregunté que si me podía correr en su boca, ella asintió, y descargue todo en su boca, lo cual tragó y me la siguió chupando hasta que se me bajó por completo.

    Me puse el bañador y estuvimos un rato más como si nada hubiera pasado. Nos fuimos cada uno para su casa, con la intención de quedar otro día.

    Gracias por leer.