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  • Sumisa infiel y marido cornudo

    Sumisa infiel y marido cornudo

    Mi trabajo de azafata en un lujoso edificio de oficinas famosas por alojar abogados, arquitectos, y empresarios, consistía en abrir la puerta a las personas, saludarles amable, sonreír, estar siempre guapa, indicarles dónde está el ascensor, o tal despacho, y cosas por el estilo. A pesar de mi profesionalidad, las jornadas de ocho horas, vestida con los zapatos de tacón alto de aguja, la minifalda demasiado corta justo por debajo de las nalgas, medias hasta el muslo, y con la camiseta ceñida elástica, eran muy aburridas, pero por suerte tenía en el mostrador de recepción una secretaria de recepción, para sellar documentos, entregar hojas, y mil cosas que hacen las secretarias.

    En los ratos tranquilos nos divertíamos hablando entre nosotros, y un día especialmente aburrido y lluvioso, donde no había casi nada de actividad, no pusimos a hablar de sexo. En aquella conversación le expliqué que yo tengo pareja, pero que somos muy liberales, y que a mí me excita mucho ser sumisa sometida por Amos dominantes que me imponen disciplina y educación, que me castigan, que me humillan, que me atan, y le comenté que a mi novio le excita ser cornudo y saber que estoy sometida y torturada por Amos que me tienen dominada.

    La secretaria conocía a mi novio porque viene a buscarme todos los días a los siete de la tarde y nos vamos en coche, por lo que era más fácil entrar en detalles privados. Hablamos mucho del tema, casi monotemática la conversación toda la tarde, y le expliqué muchas cosas con aquella confianza de que entre dos compañeras de trabajo se guardan los secretos. Sin embargo, lejos de guardar los secretos, se lo explicó al de seguridad y al arquitecto y al abogado y hasta al de la limpieza, sin que yo lo supiera.

    Descubrí que lo sabía todo el mundo, hombres y mujeres, un martes en que habló conmigo un economista. Me dijo si quería trabajar para él, sueldo el doble y jornadas menos agotadoras. Yo estaba encantada, pero le dije que yo no tengo ni idea de economía, a lo cual me respondió que aprenderé rápido. Me citó al finalizar mi jornada, ya que él se iba más tarde.

    A las siete en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, di el recado a la secretaria que dijera a mi novio que se esperara en el vestíbulo, porque yo estaría en el despacho del economista que me ofrecía trabajo, y disparada entré en el ascensor. Pulsé el botón de la tercera planta. Bajé del ascensor, llamé a su timbre, y el señor me abrió la puerta. Cerró la puerta, y apenas cerró la puerta, allí, de pie, me comentó que necesita una chica sumisa y obediente para su despacho.

    “Yo soy sumisa y obediente” – dije sonriendo en broma e inocente.

    “Lo sé” – me respondió –“ya me han contado que te gusta ser sumisa”.

    En ese momento me quedé perpleja, y me di cuenta que la secretaria había ido hablando de mi fantasía por todos sitios.

    “¿Te gusta ser sumisa?” – y tímidamente dije que sí.

    “¿Te gusta que tu novio lo sepa?” – y volví a decir que sí.

    Entonces me ofreció trabajo en su despacho, contrato laboral estable de secretaria, y de sueldo me ofrecía cobrar el doble de lo que ganaba. Tareas que debía aceptar eran variadas, el papeleo típico, atender el teléfono y la agenda, limpiar la oficina, ordenar, pero siendo siempre y cada minuto eficiente, obediente y sumisa.

    Me preguntó si lo aceptaba, y me salió un sí de dentro, espontáneo, natural, y real.

    Fuimos a su despacho. Contrato laboral ya lo tenía redactado, tan sólo faltaba incluir mi nombre y mi firma, que plasmé cuando lo imprimió. Ya imprimido, me dio copia, y justo lo guardé en el bolso me dio una orden clara y escueta.

    “Ponte mirando contra la pared, apoya las manos en la pared, brazos en alto abiertos y las piernas muy abiertas, y no te gires” – me ordenó.

    Me levanté de la silla, y tardé muy pocos segundos en colocarme en ese posado típico de los cacheos y de los prisioneros.

    “Pero mi novio está en el vestíbulo esperándome” – comenté.

    “Lo sé” – dijo tranquilo – “y sé que le gusta ser cornudo, así que le diré que suba y que te vea” – y de repente sentí un escalofrío que reconozco de los preliminares en mi excitación y sumisión.

    Tras una pausa breve me impuso sus normas de disciplina.

    “No hablarás si yo no te doy permiso. No dirás nada. No quiero oírte. Estarás en silencio, callada, y cuando te pregunté me responderás sólo con un “sí señor” y nada más. ¿Lo has entendido?” – y al instante, con voz suave, le respondí “sí señor”.

    “No me mires en ningún momento. ¡Mirada agachada al suelo siempre! ¡Desde ya! ¡Mira al suelo! ¡Ya!” – y al instante obedecí.

    Me dijo que en ningún momento mirara recto, y tampoco mirara al Amo.

    “Cuando te castigue y te azote me dirás “gracias, señor”. Cuando te diga que has hecho mal las cosas dirás “perdón, señor”, y cuando te dé una orden me dirás “sí señor” y nada más. ¿Lo has entendido?” – y le respondí “sí señor”.

    Entonces me dijo que me quedará inmóvil. Sus manos tomaron el cosido bajo de mi camiseta, empujó hacia arriba, y me quitó la camiseta. Por ello perdí el posado un instante, pero lo recupere sin esperar orden en menos de lo que dura un abrir y cerrar de párpados. Desabrochó mi sensual sujetador de lencería morada, y seguí en el posado erótico, ahora ya con mis pechos firmes y tersos al desnudo.

    Empujar la minifalda fue muy sencillo pues era apenas una goma elástica, y le siguió de inmediato y sin pausa la braguita a conjunto. Tan sólo tuve que mover levemente una pierna para que fuese posible quitarme la ropa, pero de brazos seguí inalterable, apoyadas las palmas en la pared, bien lejos de mis hombros y por encima de la cabeza.

    En apenas un minuto ya estaba desnuda, y de vestimenta tan sólo lucía los tortuosos zapatos de tacón de vértigo que hacía las delicias del señor.

    Me ordenó seguir quieta, callada e inmóvil. Le oí abrir un cajón de su escritorio, regresar, y una venda de tela gruesa y elástica me dejó con los ojos vendados. Ya con los ojos vendados, tomó su teléfono, llamó a recepción, y preguntó si había llegado mi novio. Le dijeron que sí, y pidió que subiera.

    Yo temblaba de nervios y emoción en silencio. Cuando sonó el timbre mi corazón se puso a mil, y ya cuando entró en el despacho se me disparó a ochenta latidos por minuto por lo menos. ¡Incontables!

    La entrada de mi novio fue muy intensa para mí. No habló, no preguntó, y no dijo nada. Supuse que debería de estar mirándome embobado pensé, que se debería de sentar en el sillón que vi al llegar, y absorta en lo que estaría pensando me sorprendió un azote de regla en mi culo.

    “¿Qué se dice?” – me ordenó el Amo, y al instante dije “gracias, señor”.

    Inmediato sentí el segundo, y dije “gracias, señor”.

    Otro azote, “gracias, señor”.

    “¿Te gusta, verdad?”.

    “sí, señor”.

    Volvió a azotarme, y volví a decir “gracias, señor”. Lo decía yo tras cada azote, y aunque fue con la voz trémula seguí obediente hasta el último azote, quince en esa serie, “gracias, señor”, dije en el último.

    Con el culo rojo y caliente me ordenó mantenerme inmóvil en la posición hasta nueva orden. Yo seguía cabizbaja, y con el oído estaba sumamente atenta a si mi novio decía algo o hacia cualquier tipo de gesto. Seguía callado, y mi tímpano lo único que captaba era al señor moverse con un misterio sensual que me hizo más sensible a cada ruido. Entre los sonidos capté el chirrido del respaldo del sofá, y una sonrisa trazaron mis labios.

    Me quedé en silencio y a la espera. Los minutos me parecieron horas. En medio de esa incertidumbre, el Amo se acercó hasta tocar su camisa con su espalda. Me susurró en voz baja al oído que mi novio me estaba mirando, que sonreía y se le veía feliz, y que le iba a dar su demostración de cornudo, justo cuando puso las yemas de su dedo en mi clítoris y empezó a masturbarme.

    Aprisionó mi clítoris con su índice, o mejor dicho creo que fue el anular, y frotaba con un tacto que yo lo disfrutaba plenamente. Me imaginaba la mirada atenta de mi novio, oyendo mis suspiros mientras tocaba mi clítoris y mis labios que lo rodean. Notaba mi vagina empaparse, muy húmeda, y esperaba que en cualquier momento metiera un dedo, pero el Amo seguía inmerso en mi clítoris. Yo controlaba los jadeos para no ser escandalosa, pero cuando su lengua resbaló por mi cuello fue inevitable los gemidos a mayor volumen. No podía reprimirme. Yo movía sólo la cabeza de un lado a otro. Mi cuerpo estaba empezando a advertir de las convulsiones que nos invaden en el orgasmo correrme, y el orgasmo se avecinaba porque movía su mano sobre mi clítoris a la velocidad del rayo. Frotaba dominante y controlador, y me lamía el cuello que me derretía. Poseída por el placer, aguanté las piernas estoicas, cerré los labios mordisqueados con mis dientes para contener los gemidos, pero entonces aumentaron los resoplidos nasales. El orgasmo era inmediato, y el correrme fue como un poder sobrenatural contra el que no podía, o no sabía, o no quise, luchar. Me entregué, y gemí como una loca posesa al tener el orgasmo. Luego, con las últimas convulsiones, se apartó, aunque me mantuvo inmóvil en esa posición los minutos posteriores en los que yo resoplaba cachonda y excitada.

    “date la vuelta y ponte de rodillas” – y al instante obedecí.

    Ya de rodillas, me indicó que mirara al suelo.

    “Vas a ser una buena perrita, ¿verdad que sí?”.

    “sí señor” – respondí.

    “Pon las manos a la espalda” – me indicó, y yo, de rodillas, desnuda y cabizbaja, puse mis manos a la espalda, con el Amo que se erigía de pie delante de mí.

    “Me gustas” – dijo erótico y morboso, y tras una pausa corta añadió – “eres una preciosa perrita sumisa”.

    Yo seguí postrada y callada.

    Entonces se dirigió a mi novio. Le dijo que me había contratado para trabajar para él, y que iba a impartirme disciplina severa y estricta cada minuto del día para ser dócil y obediente. Le explicó que tengo prohibido hablar sin permiso, que no puedo mirarle, y que su novia era de él en esa oficina. Para demostrarlo, acarició mis pechos desnudos con sus manos, manoseó cuanto quiso, y jugueteó con mis pezones erectos.

    “¿Te gusta que te toque, zorra?” – me preguntó.

    “Sí, señor” – respondí sincera.

    Fue breve el toqueteo, porque tan sólo fue una demostración para que mi novio me viera y se supiera cornudo. Entonces tomó un juego de esposas, cerró cada aro en cada una de mis muñecas, y ya con las manos atadas a la espalda, me ordenó levantarme. Casi andando a empujones y trompicones porque los tacones altos y los ojos vendados me impedían andar con facilidad me condujo hasta un lateral de la mesa.

    “Abre la boca” – y yo, al hacerlo, noté que entraba una gruesa bola redonda y maciza en el interior de mi boca. Llevó las correas por cada mejilla, apretó y cerró la hebilla al máximo de presión detrás de mi nuca, dejándome sólidamente amordazada.

    Tomó acto seguido dos pinzas de metal, las colocó cada una en un pezón, y apretó la rosca hasta presionar mis pezones.

    “¿Te duele, zorra?” – quiso saber, y tan sólo pude emitir un “fffiii fffefffeeooorr” por culpa de la mordaza.

    “Pues vas a sufrir más todavía” – añadió con perversión.

    Me puso un collar en el cuello, que supuse debía de llevar un aro en el centro, porque me ordenó inclinarme en posición de boca abajo hasta acostar mi ombligo y mis pechos con las pinzas sobre la madera plana de la mesa. La frente también tocaba la mesa, y en algún sitio debió de haber un enganche o cadena a la mesa, porque al darme la orden de incorporarme vi que no podía levantarme de la superficie de la mesa.

    Sólo estaba inclinada y tumbada sobre la mesa de cintura hacia arriba. Las piernas seguían rectas de pie. Me ordenó abrirlas, mucho, al máximo, y sentí aro de esposas en cada uno de mis tobillos. Tenía las piernas que no podía abrirlas más. Estaban al máximo de abiertas, cada una a un extremo, y deduje que el otro aro de las esposas estaba sujeta a algún hierro o pata de la mesa en cada extremo, porque no podía cerrarlas ni un milímetro.

    Ya en esa posición, un dedo entró en mi vagina empapada, y un gemido de excitación brotó en mí con la misma fuerza que estalla un volcán. Lo movió, y en la parte superior, según estaba atada, encontró un punto que me enloquecía. Se entretuvo volviéndome loca de placer, y en ese momento inicial le dijo a mi novio que se desnudara. El tiempo que tardó en desnudarse estuvo manteniendo el ritmo fijo con el dedo, sostenido, sin alterarlo, el cual ya era muchísimo placer para mí, y cuando ya estaba desnudo le ordenó a mi novio que se pusiera de pie, que tomara el antifaz de cuero que había en el primer cajón del escritorio, que se vendara la ojos, y con los ojos vendados anduviera hasta topar con la pared.

    “Tu novio es muy obediente, zorrita” – me dijo al tiempo que rotaba el dedo explorando todos los puntos de mi vagina.

    Yo gemí increíble de excitación.

    “Colócate como estaba tu perrita” – le ordenó – “de cara a la pared, las manos apoyadas bien abiertas, separa las piernas, y quédate quieto y callado mientras me follo a tu novia” – añadió.

    Imaginé a mi novio en esa posición, y me excité a niveles gigantescos. Apenas me había dado cuenta de que había quitado el dedo de mi vagina, pero fue un segundo sólo la pausa. Al instante entró un vibrador, del tamaño de una polla, y el murmuro amordazada se oyó por toda la oficina. Otro segundo vibrador, de aquellos que son estimuladores de clítoris, se posó a toda marcha sobre mi clítoris, y el orgasmo vino a esa velocidad de un halcón que se tira a por su presa.

    “Mpffffiififfif mpffii fffii” – gemí yo amordazada.

    Aún correrme, mantuvo los vibradores en plena función, y al tener el segundo orgasmo oí al señor hablar a mi novio. Le dijo que escuchara cómo disfruto, cómo soy suya, cómo me usa atada, y todo ese discurso me elevó la sensibilidad a un nivel que llegó el tercer orgasmo. Y me vino un cuarto orgasmo.

    Estaba muy claro que me quería torturar y agotar en una sesión de multiorgasmos contra la cual estaba indefensa, imposible de liberarme, atada y amordazada, con mi novio sumiso obedeciendo las órdenes del Señor, allí quieto, inmóvil, callado, desnudo, disciplinado, y el hecho de pensar todo esto me provocó un orgasmo que pareció interminable, que duró minutos, o a lo mejor fueron dos seguidos y unidos. A esas alturas es difícil decirlo, porque yo ya había perdido toda cordura.

    “Ahora me voy a follar a mi sumisa, que es tu novia” – dijo, y la frase me encendió a un punto ya estratosférico.

    Su polla entró muy adentro, directa, y estaba yo tan empapada que se oía el chapoteo. Embistió que me apretara contra la mesa, y las pinzas de los pezones se apretaron más contra la mesa. Dolían, pero su dolor aumentaba la excitación. Aceleró las embestidas, llegaba su rabo al fondo, y el hilo de baba que me regateaba hacía rato por la comisura del labio a ambos lados de la mordaza se hizo mayor. Ya era un río de baba, y notaba en mi barbilla y mi pómulo un charco de baba que se había formado sobre la mesa.

    Fueron cinco o diez minutos celestiales, o quince, no lo sé, porque no tenía reloj, y tampoco me importaba. Al final se corrió, y los orgasmos han de ser contagiosos, porque al mismo tiempo yo también me corrí. Entonces se apartó, y aún yo jadeando y suspirando por la respiración acelerada de la excitación noté una fusta azotar mi nalga diestra.

    “¿qué se dice, sumisa?” – me ordenó, y yo al instante, lo mejor que pude, dije “fffafafiiias fmfeoorrr” – que significa “gracias señor” estando amordazada.

    Azotó un segundo, y al decir el mismo “gracias, señor” me dijo que no me entendía, que no vocalizaba bien, que debía de aprender a vocalizar, y en cada azote yo intentaba decir “gracias, señor” con mayor claridad pero era imposible. El culo me ardía cuando volvió a meter un vibrador, y a la vez que lo agitó adelante y atrás volvió a imprimir otra tanda de azotes en mi culo que debía de estar de rojo brillante. Debió de ser unos veinte cuando se detuvo.

    Liberó mi cuello de la mesa y me quitó la mordaza cuando recuperé la verticalidad.

    “Eres una guarra viciosa, ¿verdad que sí?” – me dijo.

    “Sí, señor” – respondí.

    “Dilo. Di que eres una guarra viciosa. Que te oiga tu novio” – y bien alto lo repetí.

    “Sí, señor, soy una guarra viciosa, señor” – dije sumisa, y entonces me dijo que tenía algo para enseñarme.

    Me quitó la venda, y vi nítida la imagen de mi novio contra la pared, desnudo, con sus ojos vendados agachados mirando al suelo, y la polla tiesa a reventar, que casi daba contra la pared. Se había excitado muchísimo oyéndome.

    “Mira cómo has dejado la mesa de baba” – me amonestó, y yo, ya disciplinada y sumisa, dije “perdón, señor”.

    Entonces me dijo que lo iba a limpiar. Me quitó las pinzas de los pezones, después todas las esposas, me entregó el juego de muñecas con la llave, y me ordenó que se las pusiera a mi novio. Sin pensármelo, fui rápida hasta él, cogí sus brazos con decisión y firmeza, y cumpliendo sus órdenes cerré las esposas en las muñecas de mi novio atadas a la espalda.

    Ya atado, me dio las pinzas.

    “Pónselas” – me ordenó, y rauda le puse encantada las pinzas en los pezones, apretadas de tal modo que debió de dolerle, pues al colocarlas hizo un gesto de doblar el torso, y eso curiosamente me encantó mucho más.

    “Ahora azótalo, que sepa lo que vas a sentir cada día” – y queriendo que mi novio sintiera el mismo ardor que yo notaba tomé la fusta, en silencio, sin hablar, y el repertorio de azotes que le di le dejaron el culo que el rojo del tomate es pálido comparado con su culo.

    Curiosamente no dijo nada, no habló, no comentó, sólo emitía resoplidos y sonidos guturales y nasales que reprimía en cada azote. Le arreé hasta treinta, y allí el economista me ordenó parar. Tenía el culo que se notaba la temperatura caliente sólo acercando la mano a la piel.

    “Ponle esto a tu cornudo”.

    El juguete que me dio me pareció una idea maravillosa, que yo lo había pensado más de una vez y que lo habíamos hablado con mi pareja, pero al final, con aquello de que lo vas dejando para el día siguiente, nunca lo habíamos comprado. Se trataba de un cinturón de castidad, y sintiendo una mezcla de emocionada y excitada me acerqué a mi novio, lo volteé, introduje su pene flácido dentro de la jaula diminuta hecha de rejas sólidas, cerré el aro detrás de sus testículos para afianzar el cinturón, y lo bloqueé con el candado. Quedaba de ese modo su pene inservible para sexo, dado era imposible erección o penetración con su forma curva hacia abajo, y el gemido de frustración e impotencia y sumisión que emitió mi novio me excitó muchísimo. Llave no me dio, con lo que es fácil deducir que se la tenía guardada, y que de ninguna manera se podría quitar el cinturón de castidad que estaba obligado a llevar, sin tener la llave.

    “Ahora limpia la mesa” – me ordenó acto seguido – “que quede igual de limpia y seca que estaba antes de tu baba”.

    Tomé paños y productos de limpiar muebles en un armario de cuarto de limpieza, y comencé a limpiar a conciencia. Estaba dejando la superficie de la madera que relucía brillante mientras el señor le explicaba a mi novio que iba a llevar el cinturón de castidad como mínimo hasta el viernes, y que a partir de hoy, y durante cada semana de lunes a viernes, yo era su perrita sexual, su sumisa, su zorrita, y él sería el cornudo de la sumisa.

    Al acabar de limpiar, y previa revisión del señor, nos ordenó vestirnos. Quitó las esposas y las pinzas a mi novio, nos vestimos, y nos condujo hasta la puerta de salida.

    “Mañana a las nueve en punto ya tienes que haber llegado” – me recordó.

    “Sí, señor” – admití cabizbaja.

    “Cuando llegues al timbre te abriré la puerta. Saluda siempre al venir y al irte o al llegar yo con el buenos días señor, buenas tardes señor, o el buenas noches señor, cabizbaja y sumisa. ¿lo entiendes?” – y contesté “sí señor”.

    Cuando entres te indicaré tus tareas, ¡ahora vete y sé puntual!” – y al instante respondí diciendo “sí señor”.

    Salimos de la oficina, mi novio con el cinturón de castidad puesto, y yo con muchísima impaciencia de comenzar el nuevo día.

    “Buenas noches, señor” – dije al despedirme, y mirando cabizbaja al suelo salí camino de nuestro piso.

    ¿Quieres saber cómo continua? Escribe a nuestro email [email protected] poniendo el asunto “relato pareja”, poniendo tu edad y de dónde eres, y te escribiremos.

  • Noche de chicas

    Noche de chicas

    Nosotras somos 5 amigas que nos juntábamos siempre, Nadia, Mili, Gisel, Ana y yo la verdad éramos bastante unidas, todas somos compañeras de universidad, cada una había elegido distintas carreras, pero como el primer año todas teníamos materias muy similares nos juntábamos para almorzar siempre. De ahí nuestra amistad.

    Nos juntamos en la casa de una amiga a comer y tomar unos tragos, estábamos todas reunidas porque a Mili el novio la había dejado por otra muchacha, nosotras nos juntábamos una vez a cada 2 semanas o una vez al mes, dependiendo los horarios de cada una de nosotras.

    Para animarla a Mili le dijimos que era una chica estupenda y hermosa, que si él la había dejado por otra que mejor que este momento que no habían tenido hijos y que todavía era una mujer joven, que aprovechara su juventud. En eso Ana dice -es verdad somos todas jóvenes porque no salimos a divertirnos y en un ¡Pin Pan Pun! Todas estábamos listas para salir a disfrutar la noche.

    Llegamos al bar. Ana, Gisel y Mili fueron a la barra a conseguir tragos, mientras Nadia y yo nos dispusimos a buscar un lugar para ubicarnos. Yo siempre fui bisexual y mis amigas siempre lo tuvieron en claro. Pero jamás pensé lo que sucedió esa noche.

    Nadia siempre fue una chica hermosa alta, de ojos marrones, labios carnosos, pelo lacio de figura atlética y voluptuosas caderas. Siempre fue más unida a Ana que a nosotras, pero esa noche, estaba muy conversadora conmigo, siempre hablamos de distintos temas, es muy agradable y simpática, además de que siempre trata de hacer chistes tontos para que todas nos riamos. Cuando las chicas llegaron con los tragos, cada un tomo el suyo.

    De repente, armaron una pista de baile, y todas nos fuimos a bailar excepto Nadia que se quedó en la mesa cuidando nuestras cosas, mientras yo y Mili bailábamos sexy para que un chico guapo nos sacara a bailar, sentía la mirada de Nadia penetrante en nosotras, supuse que era porque nos estaba cuidando por cualquier cosa, pero en un momento me gire y me puse a menear del lado de las mesas y ahí noté que no era a nosotras, era hacia mí que tenía la mirada fija.

    Yo me cansé un poco y fui a la mesa, en la cual Mili me siguió nos sentamos y me dijo Nadia – bailas muy bien, ¡eres sexy haciéndolo! Y le dije -no es para tanto, – ¡sí! Me dijo, – ¿aprendiste a bailar en algún lado? –No! ¡Solo hago lo que me nace! Le respondí, nos quedamos un rato hablando de otra cosa y mientras tomaba mi celular, para ver si tenía un mensaje o alguna actualización de algo, Nadia me toca el brazo de manera sutil. Cuando Gisel y Ana Se acercan, me dicen – ¿mira quien vino?, y veo a la distancia unos amigos de la secundaria mía y Ana me dice -Ellos no son tus amigos me acorde de Juan cuando te sacaste la foto en Face ¿me lo presentas? No sabía que me estoqueabas a mis amigos llegue a pensar por dentro. Y Gisel dice – ¡sí! ¿Con quién están? ¡él rubio de la derecha es hermoso! -Bueno se los presento, les respondí. – ¡Pero no vayan hacerme quedar mal!

    Fui a saludar a los chicos y les dije que se acercaran a la mesa de nosotras, así disfrutábamos la noche juntos. Y enseguida se acercaron, pidieron unos tragos y un vino espumante con energizantes, mientras eso sucedía yo me fui al baño atrás me siguió Nadia, me fui a mirar al espejo arreglarme un poco el peinado y a maquillarme, cuando la veo entrar, me dice -Te queda muy bien ese vestido, ¡hace notar tu hermoso cuerpo! – ¡Gracias! Respondo, y ella con su mano acaricia mi brazo izquierdo mientras seguía poniendo un poco de labial. A través de espejo miro y le digo – ¿estas bien? ¡Si! Me responde. Automáticamente ella se acerca y me agarra fuerte la cara me da un beso tan apasionado que no puedo evitar seguirlo además de la pasión con lo cual besaba, cuando el beso termino, la mire y la encerré en uno de los baños para seguir besándola, le baje el pantalón y metí mi mano en su zona interior, en cuanto corrí su tanga me di cuenta que ella estaba mojada y que deseaba esto demasiado. Le comencé a tocar el clítoris y automáticamente comenzaron a salir sus gemidos, yo le tapaba la boca para que no nos escucharan las demás que estaban en baño, y ella no paraba de gemir, sentía el calor de su cuerpo con mi mano, mientras la tocaba e introducía mis dedos.

    Ella como pudo desabotono mi camisa y saco mis tetas. Donde las empezó a amasar y besar con tanta pasión, que me di cuenta que estaba por acabar ahí bajé y le empecé a lamer el clítoris mientras introducía mis dedos, ella se movía sus caderas tan rápido y cada vez más rápido mientras tocaba mi cabeza arrastrando con fuerza y suavidad a su zona interior hasta que ella termino acabando en mi boca. Cuando termino, le di un beso y le dije vamos que nos deben estar esperando.

    Antes de salir del baño nos arreglamos, Nadia me dijo en ese momento -que era su primera ves con una chica y que le agradaría tener otro encuentro así de sexual, así que le respondí – ¡cuando quieras! Al llegar a la mesa los demás no notaron nuestra ausencia, mientras Nadia y yo nos mirábamos con cara de cómplices. Y a la vez como que nada hubiera pasado.

    Al terminar la noche, Nadia y yo fuimos mas unidad, en donde comenzó nuestro noviazgo.

  • Departamento de foráneos (1)

    Departamento de foráneos (1)

    Laura

    Tras tanta incertidumbre sobre mi futuro, comenzó la semana de recepción de resultados a las postulaciones para ingresar a la universidad. Tenía claro que mi objetivo era estudiar algo relacionado con ciencias de la salud y las licenciaturas que más me interesaban eran enfermería y veterinaria, así que hice examen en cuatro distintas universidades de la Ciudad de México por si no me aceptaban en una no quedarme sin estudiar. Finalmente me aceptaron en la UNAM para ambas carreras, así que lo platique con mis papas para ayudarme a elegir en donde inscribirme. Decidí estudiar enfermería.

    Soy originaria de un pequeño pueblo llamado Tequisquiapan, que está a unas dos horas y media de la Ciudad de México, por lo que me tendría que mudar, pero no tenía conocidos ni nadie que me pudiera dar hospedaje, así que desde antes tenía que encontrar un lugar al cual llegar. Entre a varios grupos de Facebook donde buscan roomies y así los altos costos de renta en la ciudad se reparten.

    Encontré un lugar que se encontraba a veinte minutos de la universidad, el cuarto era muy bonito, contaba con todos los servicios y estaba en una zona tranquila, lo único malo es que era un departamento con tres cuartos en donde se quedaban un chico y una chica. Siempre he sido muy aventada, por lo que no me generaba mucho inconveniente convivir con un hombre desconocido. Aparte la habitación que estaba disponible y ya teniendo eso resuelto, en los siguientes días me dedique a convivir con mi familia y Daniel, ya que no los iba a ver tan seguido.

    En la víspera de mi partida, la ciudad se vestía con luces doradas y los susurros del viento anunciaban cambios que apenas empezaba a comprender. Mis rizos castaños danzaban con la brisa, y mis ojos color avellana reflejaban la mezcla de emoción y nostalgia que albergaba mi interior mientras caminaba por las calles familiares.

    Aquella noche, acorde con Daniel tener una cita en nuestro lugar especial, el rincón mágico del parque donde solíamos refugiarnos de la realidad. Entre risas y miradas cómplices, intentamos atrapar el tiempo en una burbuja, preservar esos momentos que sabíamos se desvanecerían con mi partida.

    Daniel, con sus 22 años, era un hombre de estatura media con una presencia que irradiaba calidez y amabilidad. Sus cabellos oscuros caían desordenadamente sobre su frente, y una barba bien cuidada acentuaba sus rasgos. Los ojos azules, que solían iluminarse con chispeantes destellos de ingenio, ahora reflejaban la melancolía de un adiós inminente.

    Vestía con sencillez, pero elegancia, con una camisa de botones que realzaba su figura atlética y unos jeans desgastados que contaban historias de aventuras compartidas. Su sonrisa, que solía ser mi refugio en los días difíciles, luchaba por permanecer radiante, aunque sus ojos contaran una historia diferente.

    Daniel me tenía loca de amor, pero sabía que la distancia nos iba a costar mucho, pues ambos somos muy amantes del contacto físico, éramos conscientes que la relación se podía desgastar mucho si intentábamos forzar una relación a distancia. Decidimos que esa sería una especie de despedida, por lo menos momentánea.

    Aquel día, en nuestro rincón especial, su mirada triste era como un poema no dicho, una expresión silenciosa de los cambios que sabíamos que llegarían. En la oscuridad de la noche, su silueta se recortaba contra las luces de la ciudad, y su presencia se convertía en una mezcla de añoranza y aceptación.

    —¿Puedes creer que este sea nuestro último atardecer juntos aquí? —pregunté, mi voz temblando levemente.

    Él asintió, sus ojos azules revelando una tristeza que compartíamos pero que ninguno de los dos quería admitir por completo.

    Al llegar a la encrucijada de nuestras vidas, tomé una decisión dolorosa pero necesaria. La conexión que compartíamos, tan profunda y real, no podía sostener el peso de la distancia y las nuevas experiencias que me esperaban.

    —Necesito hacer esto, Daniel. Necesito encontrar mi propio camino —le dije, mirando fijamente sus ojos.

    En sus ojos encontré comprensión mezclada con tristeza. Entre lágrimas y abrazos, liberé nuestras manos entrelazadas.

    En los dos años que teníamos de relación, intentó mucha veces que hiciéramos el amor, pero yo no aceptaba, no porque no sintiera deseo por él, sino que la educación en mi familia se basaba mucho en la religiosidad y la culpa, por lo que el tener relaciones sexuales era algo que prácticamente era impensable si no estaba casada.

    Eso sí, ocasionalmente nos tocábamos nuestras partes íntimas, él sabía usar bastante bien sus dedos y siempre me hacía llegar al orgasmo al jugar deliciosamente con mi clítoris. Le llegué a dar un inexperto sexo oral, ya que sabía que lo ponía super caliente al punto de quererse correr en mi boca, pero nunca lo dejé, cuando sentía que se avecinaba una potente descarga de leche me quitaba.

    Daniel nunca me hizo sexo oral, aunque un par de veces le tome la cabeza y delicadamente lo invitaba a hacerlo, pero se quitaba y en ambas ocasiones me volteó e intento meter su hermosa verga en la entrada de mi culo, cosa para lo que no estaba lista, me daba un terror enorme hacerlo y mi cuerpo instintivamente no facilitaba las cosas, se tenía que conformar con que me comiera su verga.

    Ahora que ya no tendríamos una relación, quizá encontraría en otra chica la oportunidad de hacer todo lo que quiera sexualmente, para que cuando nosotros volvamos, no tenga problema con esperar hasta el matrimonio para tener sexo. Se supone que debo sentir celos por eso, pero, al contrario, me alegro pensando en que él pueda satisfacer esa necesidad.

    De mi parte no creo que en mi estancia en la ciudad vaya a tener acción, a pesar de ser muy caliente, tengo muy malas habilidades sociales como para iniciar un romance con alguien más. Eso sí, mi pequeño juguete sexual me iba a ayudar a no sentir la necesidad de una verga de carne humana, para así poder olvidarme de los chicos y dedicarme al estudio.

    El día siguiente marcó el inicio de mi viaje hacia una ciudad más grande. Mis padres me despidieron con orgullo, pero en la soledad de mi habitación, las lágrimas que había contenido durante días finalmente brotaron.

    Al llegar a mi nuevo hogar compartido, me encontré con caras desconocidas y la promesa de amistades por construir. Pero en algún rincón de mi corazón, aún resonaban los ecos de esa última noche en la que dejé atrás una parte de mi pasado para abrazar mi incierto futuro.

  • Brenda: ella 19 yo 56 (segunda parte)

    Brenda: ella 19 yo 56 (segunda parte)

    Para recapitular la primera parte, cuento que conocí a Brenda el año pasado, una chica de 19 años y que trabaja en uno de esos cafés mundialmente conocidos. Le hice creer que me dedico a escribir y en cierta ocasión le dije que escribía un relato erótico que ella me pidió que deseaba leer. Le hago llegar un relato donde un hombre mayor de 56 años desea acostarse con esa chica joven que conoce y escribo de una manera muy explícita y con todo lujo de detalles de cómo este hombre desea tenerla. Ella me hace una invitación un domingo antes de la navidad y este es el relato de la continuación.

    Ya habíamos consumido tres cervezas cada uno y de la plática trivial Brenda pasaba a cuestionarme acerca del relato erótico. Me confesaba que se había masturbado pensando en el relato y yo le había mentido diciendo que también yo lo había hecho varias veces pensando en ella. Miraba a Brenda un poco más sonrojada por los efectos del alcohol y tenía las piernas cruzadas y obviamente su falda se subía al punto que me dejaba ver más los muslos de sus piernas. Otra de las cosas que me gusta de Brenda y que por ser muy conservadora y recatada es que tiene piernas alargadas que no se nota mucho porque siempre la había visto con pantalones y a pesar de que viste una especie de sandalias, aun sus piernas se miran alargadas. Ella cambia de posición y cruza las piernas al lado contrario y alcanzo a ver una ropa interior roja o rosa fucsia. No sé si lo hace por provocarme, pero sencillamente con esos movimientos sutiles lo ha logrado, mi verga se pone erecta y puedo sentir que hasta está goteando.

    Me contaba que la misma mañana que le di el relato lo había leído dos veces y que regresó de la universidad y se había ido a la cama donde lo volvía a leer. No sé, pero se me hizo tan natural que esta joven chica me contara viéndome a los ojos que se había masturbado en ese momento. Fue cuando me reveló que no tenía novio y que recurre a la autosatisfacción cuando se siente urgida por el deseo. También me contaba que se pone muy caliente cuando el novio de su amiga llega a cogérsela y ella escucha todo desde su habitación y es como me doy cuenta de que comparte con otra chica este apartamento de dos recamaras y esa tarde me ha invitado pues su amiga se encuentra trabajando en un restaurante.

    Fue al nivel de esa tercera cerveza que me dice que ella también desea vivir el relato siempre y cuando cuente con mi discreción y, no sé si solo era el cuento de Brenda, pero me decía que nunca había estado con un hombre sexualmente y que su máxima experiencia con algún novio era algunos besos y que le habían tocado los pechos y vulva por sobre su ropa y nada más. No sabía si creerle, pero algo me decía que todo aquello tenía algo de cierto, pues como les he dicho Brenda, aunque de bonito rostro y cuerpo, se mira muy recatada que, ni tan siquiera maquillaje usa. Ella fue por esas instancias que me lo preguntó de esta manera:

    – Usted se mira como que nunca le han faltado las mujeres, pero porque una mujer de mi edad… ¿es algo que todos los hombres mayores desean?

    – La verdad -le dije. – Que desde que te vi me gustaste y comencé a imaginar cómo sería estar con una chica como tú. No lo pude evitar, pues también me gusta tu manera de ser.

    – Yo la verdad… usted siempre me ha caído bien y usted me parece un hombre muy guapo. Quizá esta plática nunca la hubiese tenido sino es por esas cervezas, pero la verdad me siento muy nerviosa, pero aquí estamos los dos.

    – Brenda… ¿quieres intentarlo?

    – La verdad que me da miedo, pero algo por dentro me dice que sí.

    – Es natural que te sientas así, pero solo déjame decirte que, si hay algo que no desees, solo dímelo y le ponemos un alto.

    – ¡Está bien! – me dijo.

    Obviamente sabía que lo quería, pues por esa razón me había invitado esa tarde. Yo solo lo conllevaba de una manera como todo un caballero y sintiese confortable y con confianza. Me levanté del sillón y sabía que se me iba a notar la erección, pero eso ya no me importaba, sabía que Brenda la quería ver así y se imaginaba ver mi verga así, o por lo menos ver el paquete. Tomé asiento junto a ella y le di un pequeño beso en la boca y ella abrió como para que le introdujera la lengua y senti su aliento caliente, su lengua juguetona enredarse con la mía. Podía oler el perfume que usaba y al besar su cuello, pude oler el olor natural de su piel la cual se erizó al contacto. Ella se fue sobre mi sentándose en mis piernas de una manera frontal y la tomé de su trasero por debajo de su falda amarillenta, donde mis dedos se insertaron por la tela de su bikini y tenía esas tetas frente a mí, que creo estaban desesperadas porque las desnudara y que estaban dispuesta a amamantar.

    En el escrito le relataba de cómo deseaba chupar sus tetas y de esa manera se lo hice. En esa posición le quité su blusa blanca, comencé a besar el entorno de sus bustos aun con el brasier puesto y en minutos desabroché su sostén, uno que debería ser de copa C y donde develaron una areola café clara, un pezón redondo y erecto y me lancé eróticamente a chuparlos con delicadeza y a escuchar los gemidos tímidos de brenda. De un pezón me pasaba al otro, chupaba cada una de sus tetas mientras mis manos masajeaban sus nalgas aun con su bikini. Sentía que el calor de su vulva traspasaba la tela de su calzón y mi ropa y ella hacía por querer sentir la fricción de mi paquete contra ella. Quizá después de unos 8 a 10 minutos me pidió que pasáramos a su habitación. Recogimos su blusa y brasier y pasamos a una pequeña habitación cuyas cortinas estaban cerradas y solo una lampara con una luz débil apenas alumbraba el lugar.

    Se acostó en la cama y le asistí para removerle la falda y pude ver su bikini fucsia con la evidencia de su humedad. Frente a ella me quité la camisa polo, bajé mis pantalones y ella vio como tenía mi verga de erecta pues mi bóxer parecía una carpa de circo. La dejé con su bikini y me fui por sobre ella a seguir chupando esas tetas, nos echamos las sabanas encima pues a pesar de la calefacción ya desnudos se sentía frio. Así como en el relato le comía las tetas lentamente y bajaba a su ombligo y zona del monte venus sin llegar a su vulva pues seguía con su bikini. Me perdí en sus entrepiernas y besaba toda esa zona y me gustaba escuchar los gemidos de Brenda que ahora si eran ya mas elevados y no tímidos como en el principio y podía oler los jugos de su joven vagina. No podía creer lo que Brenda me decía, que no había cogido con hombre alguno, pero ya sea el primero o el quinto me estaba gozando de esta chica de solo 19 añitos y quería que ella lo gozara también a lo máximo. Sobre su bikini fucsia llegué a la zona de su clítoris, podía sentir el palpitar acelerado de su pepita, obviamente toda esa zona estaba mojada y literalmente podía beber de sus jugos saladitos y que en verdad disfrutaba. Ella me puso las manos en mi cabeza cuando sintió la presión de mis labios abarcando su clítoris y casi no se sentía esa barrera de su calzón y seguí masajeando su vulva con la presión de mi boca sobre su calzón. Ya estaba tan caliente que ya no se pudo controlar, pues creo que después de 20 minutos de chuparle las tetas y masajear su cuerpo con mi lengua, ya cuando llegué a su conchita fue como la cereza del pastel y no pudo aguantar mucho más. Solo escuché sus gemidos más acelerados con una respiración que se hizo más profusa y solo escuché que me dijo: ¡Por dios, me vengo… me está haciendo correr… uh! ¡Dios mío me vengo! – Brenda elevaba sus caderas y yo empujaba mi boca contra su concha sobre la tela de su bikini y de esa manera vivió su primer orgasmo conmigo.

    Después de ese explosivo orgasmo se iba a levantar para asearse en el baño, pero se lo impedí diciendo que quería tener el honor de quitarle los calzones. Se detuvo frente a la cama y sentado le he bajado el bikini y he podido ver su conchita desnuda, totalmente depilada y de un estilo Barbie que apenas se le puede ver el clítoris. Le pedí que se quedara así, pero ella insistió que se sentía incomoda y que solo se pasaría una toalla para secar su conchita húmeda. Terminó con ese movimiento y literalmente me pidió que quería chupar mi verga. Cuando ella me removió el bóxer me dio esa mirada de admiración y me dijo: – ¡Usted no tiene verga… lo suyo es una vergota! – La tomó del tronco y me comenzó a chupar el glande después que me lo había secado con la misma toalla.

    Era una mamada también delicada la cual se conllevaba mientras yo estaba de espaldas sobre la cama y creo que lo que más le cabía era la mitad de mi verga. Me chupó deliciosamente los huevos y subió a mi oído y me preguntaba: – ¿Lo estoy haciendo bien? Es la primera vez que hago esto. – me dijo. La verdad que me encantaba, ver a una chica de carita y cuerpo lindo que te mama la verga, no importa como lo haga siempre va a ser delicioso. Paso aproximadamente 10 o 12 minutos chupándome la verga cuando me dijo de esta manera: ¡Quiero que te corras en mi boca… quiero probar y saber que es una corrida! – La verdad que ya estaba a ese nivel y regularmente me gusta hacer correr dos o tres veces a una chica antes de yo correrme, pero vi a Brenda bien entrada en chupar mi verga y pues ya con su permiso me sentí libre de irme en su boca. Cinco minutos después me llegó esa sensación del no retorno, le hice un vaivén frenético con mi verga en su boca y pude sentir como mis huevos se fruncieron y vi como su boca le rebalso con mi corrida de leche espesa. Parte se lo tragó, parte se lo limpió con la toalla y fue cuando le pregunté:

    – Primera vez que se corren en tu boca… ¿Qué te pareció?

    – Bueno, esto es la primera vez que estoy con un hombre… Sabe algún dulzón. -me dijo.

    – ¿Qué te pareció tu corrida, te gusto, quieres más?

    – Ha sido la primera vez que me hace correr un hombre. Hubiese deseado sentir su verga cuando me corría.

    – Sígueme mamando la verga y te aseguro que pronto lo experimentaremos.

    – ¿Tiene condones?

    – ¿Tú qué crees? Los traje por si lo que intuía se daba.

    – ¡No se equivocó ¿verdad?

    Me siguió mamando la verga así de flácida, pero con los minutos pasó a tomar grosor y erección. Ella sonreía al ver tal efecto. Hizo un ademán con sus manos como que me la media y solo me dijo: – ¡Tienes una verga muy grande! No es que sea experta en vergas, pero definitivamente tienes una verga grande. -Saque un condón de uno del bolsillo del pantalón que yacía en el piso y vio como este cubría la mayor parte de mi verga. Ella se fue automáticamente en posición del misionero, me abrió las piernas para facilitarme el acceso, pero primero le volví a meter la lengua en su conchita. Me hinco frente a ella y sus piernas abiertas, meto primero el glande y ella gime en una combinación de dolor y placer y lentamente la hundo y ella como que con sus manos me va deteniendo. Siento ese viaje lento de mi verga por ese canal y siento que como que llega a un tope. Me queda viendo y veo en sus ojos placer, un deseo, veo esa dulzura juvenil incrédula y me voy por sobre ella y le doy un pequeño beso en su boca. En este momento no hay mucho movimiento y es Brenda la que me dice:

    – Usted va al pie del relato. Solo que más rico que el relato.

    – Quiero que mi lengua chupe cada poro de tu piel… quiero que sientas mi verga en todos tus orificios donde quepa.

    – Si… yo quiero sentirla también… aunque me pone muy nerviosa cuando me lo dice.

    – No te preocupes, lo haremos cuidadosamente. Quiero cogerme tu conchita con todas mis ganas y disfrutar de ese culito porque hoy quiero que ese culito sea también mío.

    – Yo te lo voy a dar… ¡Como me encanta que me lo digas!

    – Brenda, quiero que me des ese culito, quiero que toda mi verga se hunda en ese rico culo que tienes.

    – ¿Le gustaría probar mi culo?

    – Tu sabes que me encantaría. Tu sabes que tienes un precioso culo.

    – No se lo puedo negar… me encanta que me lo diga.

    – Quiero chuparte el culo y correrme adentro de él.

    – ¡Que rico y que rico se siente tu verga en mi conchita!

    – ¿Quieres que te chupe y que te coja el culo?

    – Si Tony… quiero que me lo coma y que me lo desvirgue como usted quiera. Me gusta que me hable así… me excita como su relato.

    – ¿Sientes la compresión de mi verga?

    – Si… me gusta.

    – Tu apriétame la verga con tu conchita.

    – A ver…

    Le hablaba de esta manera a su oído y aunque no teníamos mucho movimiento mi verga y mis huevos chocaban por toda esa zona erógena de esta mujer. Diez minutos en esa posición entre yo comprimiendo mi verga y ella apretándola con su conchita y de repente explotó diciendo.

    – ¡Uh, Tony… me corro! ¡Que rico! Sacúdame la verga, dele verga a mi conchita…. Uh, Dios mío, que delicioso.

    Brenda movía sus caderas y hasta las elevaba, cerraba los ojos y abría la boca respirando profusamente y le di un embate fuerte a esa conchita y la fricción del mete y saca se escuchaba con ecos en esa habitación. La cama pegaba contra la pared y crujía que parecía que se iba a romper. Creo que fue una corrida multiorgásmica porque pasó aullando por más de cinco minutos y solo me pedía que no parara. Saqué mi verga de su conchita y sus jugos espesos eran blancuzcos y salió de nuevo al baño a limpiarse. Vi de nuevo su desnudez y aprecié ese rico culo cuando me dio la espalda y sabía que lo tenía que poseer… esta chica debería de experimentar sexo anal en esta misma ocasión. Ella creo lo quería… ya lo había fantaseado como en el relato.

    Quieres saber como termina este relato… házmelo saber escribiéndome.

    [email protected]

  • Por culpa del América me cogieron los amigos de mi esposo

    Por culpa del América me cogieron los amigos de mi esposo

    Mi nombre es Silvia, tengo 25 años, estoy casada desde hace 4 años con Fernando mi marido y tenemos una niña de 3 años.

    La historia que les voy a contar pasó el año pasado, a mi marido le encanta el fútbol y casi todos los sábados por la noche y ocasionalmente los domingos invita a dos o tres amigos para ver los partidos en casa, la verdad es algo que no me molesta, prefiero saber que mi esposo está en casa a que ande fuera, mi esposo es guapo y no quiero que vaya a caer en los brazos de alguna lagartona si sale a ver los partidos en algún bar u otro lugar.

    Generalmente los dos amigos que nunca faltan para ver los partidos se llaman Luis y Daniel, ambos solteros y con novia y con frecuencia se les une Carlos, este último casado, por lo que seguramente por sus deberes maritales no llega siempre ante las burlas de los demás por “mandilón”.

    Me considero sexualmente muy activa, tengo sexo con mi esposo casi a diario y como él quiera, no quiero vaya a buscar en otro lado lo que la esposa le niega, me considero muy atractiva, tal vez un poco pasadita de peso, pero con un cuerpo bien proporcionado y con curvas, bien piernuda, largas y bien torneadas y con un culote grande, redondo y firme, que considero mi mayor atractivo, hago ejercicio todos los días para mantener mis piernas, nalgas y todo el cuerpo firme, en resumen, lo que los hombres llaman gordibuena, con muchas curvas y carne para agarrar, mido 1.64 m, de piel blanca, cara bonita, pelo corto, castaño claro y unos pechos grandes y firmes. Me gusta vestir sexy, sin caer en lo vulgar, que los hombres me admiren y las mujeres me envidien, no en pocas ocasiones recibo piropos en la calle, incluso acompañada por mi marido, pero él no se enfada, creo que le gusta presumir que tiene una esposa buenota.

    Ese día, el partido era el domingo en la noche, como siempre me puse a preparar algunos bocadillos y me dí un buen baño, como estábamos en casa, quería vestirme cómoda pero sexy, busqué en mi armario y me puse un top de tirantes sencillo de color blanco sin sostén, aprovechando que mis pechos todavía están firmes y levantados, eran muy cómodos, mis pechos se movían libres y se remarcaban mis pezones, los llenaba tan bien que se marcaban perfectamente la redondez de mis tetas y un micro short de licra de color crema, muy elástico y confortable, hacían lucir mis piernas y se me pegaba al cuerpo como guante, me quedaban tan bien que se me metía en la raja del culo y pareciera que no llevará nada puesto, remarcando mi vulva y mis grandes y hermosas nalgas.

    Le di un baño refrescante a la niña y casi inmediatamente le dio sueño, la acababa de llevar a su cuarto cuando escuché la voz de mi marido y salí a recibirlo, iba acompañado de Luis y Daniel que traían botanas y cervezas y vestían las playeras del Guadalajara, mi esposo es americanista, así que seguramente el partido era el superclásico del fútbol mexicano.

    Mi esposo lleva las cervezas a la hielera, después sube a la recámara para ponerse la playera de su equipo y darle un vistazo a la niña, ya que le había comentado que estaba dormida, mientras que Daniel se sienta en el sillón individual y Luis se sienta en un extremo del sofá, les paso a dejar las botanas que había preparado en la mesa de centro y observé que de reojo se me quedaban viendo el culo, lo cual me provoca una ligera excitación.

    Encendieron la televisión y efectivamente el partido era América vs Guadalajara, pero no era un clásico cualquiera, eran las semifinales de la liguilla del Torneo de Clausura y era el partido de vuelta, en el partido de ida el América había ganado como visitante al Guadalajara en el Akron, así que mi marido estaba muy contento y confiado en que ese día su equipo ganaría y humillaría a su eterno rival.

    – Ahora sí, este año mis Águilas serán campeonas, su equipillo no tiene oportunidad- expresó mi esposo, sentándose al otro extremo del sofá, los observo desde el otro lado de la barra de la cocina.

    – Ja, ja, no estés tan confiado, mis Chivas ya en varias ocasiones han dado la sorpresa y ganado, se me hace que hoy despluman a las Águilas- replicó Daniel

    – ¿Quieres apostar?, yo confío en mis Chivas – añadió Luis.

    No era la primera vez que apostaban, era algo común, ya sea algunos six de cerveza o dinero.

    – Está bien, apuesto 100 pesos a qué gana el América, hoy va a haber birria de Chiva, ja ja.- exclamó mi esposo

    – ¿Cómo 100 pesos?, si es el superclásico y además son semifinales, que sean 1,000 pesos.-replicó Luis.

    – Estoy tan seguro que aceptaría tu apuesta e incluso más, pero ando sin dinero, no tengo que apostar a menos que apostara a mi esposa, ja, ja, – comentó mi esposo en tono de broma.

    – Pues, no estaría mal- comentó Luis mirándome y luego a Daniel y mi esposo.

    Mi esposo se quedó callado, no lo toma a broma, después de unos segundos de silencio, se me queda viendo a la cara y me pregunta:

    – ¿Cómo ves?, ¿Le entramos a la apuesta?

    Me quedé pasmada un instante, jamás creí que mi esposo fuera capaz de apostarme en un partido de futbol, sin embargo, me pareció una propuesta excitante y observé a los amigos de mi marido.

    Luis era alto y con un cuerpo atlético y bien formado, no era tan guapo como mi marido, pero irradiaba virilidad, de piel apiñonada y una sonrisa pícara, Daniel no se quedaba atrás, de piel morena y un cuerpo tonificado, se notaba que iba al gym y hacía ejercicio, de sonrisa agradable y traviesa.

    – No sé amor, tu sabrás, ya sabes que siempre estoy de acuerdo con tus decisiones- expresé tratando de ocultar mi turbación.

    – Que sean 5,000 y acepto – sentenció mi esposo, una suma que nunca había escuchado que apostaran, tal vez pensando que no aceptarían una suma tan elevada.

    – Acepto- expresó Luis, mirándome con una vista pervertida.

    – Yo igual – añadió Daniel

    Empezó el partido, se respira un ambiente de tensión, los ojos de los tres concentrados en la pantalla, comentaban las jugadas y decían todo tipo de improperios al árbitro o al terminar alguna jugada, yo les seguía llevando cervezas y observé de reojo las miradas maliciosas de Luis y Daniel, observando mi culo cada vez que regresaba a la cocina, me contoneé ligeramente al caminar.

    Alrededor del minuto 20 por fin meten un gol y estalla un grito de Júbilo, son Daniel y Luis, mientras mi marido grita improperios contra su equipo., mi corazón palpita de ansiedad, pero escucho a mi marido decir:

    – No pasa nada, falta mucho tiempo y además empatan el marcador global, con el 1-1 queda eliminado el Guadalajara por tener América mejor posición en la tabla general.

    Me tranquilizó un poco la respuesta de mi marido, pero seguía inquieta siguiendo el partido. Mi esposo al ver que estaba atenta al partido me pide sentar en el sofá junto a él, quedando en medio de mi esposo y Luis.

    Las jugadas sucedían una tras otra con peligro de gol en ambas porterías sin poder definir. De pronto alcanzo a sentir el contacto de una mano rozando mi pierna, muy levemente, casi imperceptible, mi piel se erizó y sentí humedecer mi coño, ya estaba cachonda por la apuesta y al parecer Luis también, en vez de quejarme o moverme me recosté sobre el pecho de mi esposo, inclinando mi cuerpo y dándole a aquella mano acceso total a mi culo, al ver que no me disgustaba, la palma de su mano recorrió y acarició mis nalgas, muy sutilmente para que ni mi marido ni Daniel se den cuenta, esas caricias me tenían a mil. Terminó el primer tiempo y fui a preparar más botanas a la cocina, Luis también se levantó y pidió ir al baño, al salir del baño pasa por la cocina y me pregunta dónde están las cervezas.

    – Están en la hielera, espera te traigo una- le dije al momento que fui rumbo a la hielera que se encontraba en el piso y en vez de agacharme, provocativamente doble mi cintura, exhibiendo en todo esplendor mi culo a Luis, quien se acercó a mi espalda y sin pudor me dio un arrimón tremendo justo en medio de mis nalgas, pude sentir con claridad el contorno de su verga debido a que llevaba un pants deportivo y la elasticidad de mi licra, todo mi cuerpo se estremeció y mis piernas se tensaron, un suspiro ahogado salió de mi boca, me susurra al oído al levantarme:

    – ¿Me darías otra cerveza para Daniel y otra para Fernando?

    No me hice del rogar, volví a doblar mi espalda, y nuevamente sentí su verga ya completamente dura contra mi culo, pero en vez de retirarme empujé más el culo para atrás y al levantarme moví mis caderas arriba y abajo frotando su verga contra mis nalgas, sentí el calor de su verga a través de nuestra ropa, le di un último tallón moviendo el culo de un lado a otro y me separé para seguir preparando las botanas, Luis se quedó petrificado unos instantes y después se fue llevando las 3 cervezas, entregó una a cada uno de los chicos y se sentó con la cerveza tapando su bulto para evitar que sus amigos se dieran cuenta de su erección, en eso mi marido se levanta al baño y poco antes de regresar llevo las botanas que preparé a la mesa de centro y me siento al otro lado del sofá, así que mi marido al regresar del baño se sentó en medio, la verdad, estaba muy cachonda, pero me dio miedo que mi esposo o Daniel se dieran cuenta de los manoseos de Luis, deseaba que el América perdiera, aunque lo disimulaba ante mi marido.

    Empezó el segundo tiempo y en los primeros minutos América mete su gol. Mi esposo estalla de Jubilo ante la mirada sepulcral de Luis y Daniel, ese gol parecía definir la eliminatoria a favor del América ya que forzaba al Guadalajara a meter dos más.

    Los minutos siguieron pasando lentamente, mi marido absorto en el juego no despegaba los ojos del televisor, de vez en cuando notaba que Luis me echaba miradas furtivas, aunque aparentaba estar también concentrado en el Juego.

    Cerca del Final Guadalajara anota otro tanto y estallan los gritos de Luis y Daniel, mi esposo, aunque lamentó el gol, no se desesperó, el gol no era suficiente para pasar a la final y solamente faltaban unos minutos para terminar el partido.

    Era el minuto final, mi esposo está esperando que el árbitro pite el final, cuando en la última jugada del partido Guadalajara avanza y se lanza un centro al área chica que remata impecablemente el delantero chiva. Estallan los gritos de Daniel y Luis y mi esposo queda impávido, lo impensable se dio, el Guadalajara vence al América jugando de visitante, dando vuelta al marcador global y logrando la diferencia de dos goles necesaria para llegar a la final. Aunque finjo sorpresa, mi corazón late de emoción.

    – Ganamos, Chivas desplumó a las Águilas, Ganamos la apuesta, vamos a la final. – Gritó Luis.

    Me levanto y con cara de aflicción expresé:

    – Tengo que cumplir, amor, ni modo, esa fue la apuesta.

    Daniel, se me queda viendo con cara de incredulidad y mi esposo sigue sin decir palabra alguna.

    – Vengan vamos a la recámara- tengo que levantar a mi esposo que parece un autómata.

    Nos dirigimos los 3 a la recámara y siento a mi esposo en un sillón que habíamos comprado cuando nació nuestra hija y que usábamos para arrullarla cuando era bebé.

    – Aquí siéntate, amor, podrás ver todo.

    Después volteo a ver a Luis y Daniel y les pido total discreción:

    – Chicos, voy a pagar la apuesta porque, una apuesta es de honor cumplirla, pero necesito que me den su palabra de que lo que hoy pase no debe salir de estás 4 paredes, soy una mujer casada y está en juego mi reputación y la de mi esposo.

    Ambos estuvieron de acuerdo.

    – Ok, empecemos, chicos, les digo mirándolos a la cara.

    Luis sonriendo se acerca y sin decir palabra me da un beso en la mejilla y luego en los labios, mi mano bajó y palpé por fin su gruesa verga que me tenía tan caliente través de su pants, parecía palpitar y se ponía cada vez más dura, en eso siento el calor de otro cuerpo en mi espalda que me toma de la cintura y un bulto caliente y duro justo en medio de mis nalgas.

    Volteé a ver a mi esposo y miraba en forma atenta todo lo que sucedía, su mano se posaba en su entrepierna, estaba excitado y me animé a continuar, así que empujé mi culo hacia atrás para sentir más fuerte el contacto de la verga de Daniel incrustada entre mis nalgas y le bajé el pants a Luis.

    Luis me quitó el top dejando mis tetas libres e inmediatamente empezó a besarlas, lamerlas y succionar mis pezones, Daniel mientras tanto bajaba mi short de licra, el pants de Luis cayó al suelo y le bajé su bóxer, su verga salió disparada hacia arriba, una hermosa verga larga y gruesa, cabezona y muy venosa, igual de gruesa que la de mi esposo, pero un par de centímetros más larga, empecé a recorrerla con mis dos manos, era fascinante, palpé la dureza del tronco y sus hinchadas venas, una de mis manos fue a sus huevos y los acaricié, grandes y pesados, muy peludos y al mismo tiempo calientes y suaves al tacto, estaba de suerte, era un hermoso ejemplar masculino, en eso pensaba cuando dos manos me toman de la cintura y un miembro viril también muy grande buscaba colarse en medio de mis nalgas, estaba tremendamente excitado porque de la punta de su verga emanaba un líquido que se depositaba en el surco entre mis nalgas, empezó a moverse como si me cogiera restregando su verga entre mis nalgas y pude adivinar su longitud y grosor, definitivamente era una muy buena verga, vaya suerte que tenía, los dos amigos de mi esposo estaban muy bien dotados, y la verga de Daniel era por lo menos tan grande como la de mi esposo y posiblemente un poco más.

    Me siento sobre la cama, tomando una verga en cada mano, masturbo a ambos a la vez, me inclino a mamar la verga de Luis, mientras sigo masturbando a Daniel, recorro su verga con mi lengua de arriba abajo, me detengo en la punta de su cabeza rosada y brillante y abriendo los labios entra toda la cabeza en mi boca, era tan gruesa que apenas me cabía, me encantó mamarla, sabía ligeramente salada, nunca pensé que mamar la verga de otro macho fuera tan excitante, Daniel mientras tanto restregaba su verga en mi cara, pidiendo su turno, restregó la punta de su verga en mi nariz, su olor a macho me inundó y quise mamarla también, así que sacando la verga de Luis de mi boca, mamé la de Daniel, no me decepcionó, era casi tan larga y gruesa como la de Luis, con un sabor ligeramente diferente, un poco más fuerte, definitivamente una verga de macho, Luis desesperado me pedía su turno restregando su verga empapada de saliva y precum por mi cara, me sentía tan puta, levanté la vista y mi esposo se había bajado los pantalones y se estaba masturbando lentamente viendo a su linda esposa mamar esos dos mazos se carne caliente y dura.

    – Puta madre, tu esposa mamá la verga como nadie, que rico, me está dando la mejor mamada de mi vida, aghhh- expresó Daniel, suspirando y gruñendo.

    – Es cierto, que rico chupa, ni una puta profesional mama tan rico la verga, Que suerte tienes Fernando, de tener una esposa tan putita – agregó Luis

    El comentario me encantó y sacando la verga de Daniel de mi boca los jalé de sus vergas hasta juntar las cabezas, intenté meterme ambas a la vez, fue imposible, apenas me cabían las puntas de su verga, pero era fantástico, una mezcla de sabores de macho, las cabezas de sus vergas, rozándose, ambos gemían de placer.

    – Puta Madre, cabrona, nos vas a hacer acabar, pero no quiero, necesito cogerte – gritó Luis y retiró su verga.

    Me hicieron subir a la cama y poner en 4 patas, con las piernas abiertas y el culo levantado, ambos acariciaban mis nalgas y las apretaban, sentía como separaban mis carnes y Daniel expresó:

    – Que hermoso culo, está buenísima tu vieja, cabrón, que envidias me das, saber que tienes este mujerón, está más rica que nuestras viejas.

    Daniel se acomoda enfrente de mi cara y azota con su verga mi cara, pidiendo que se la volviera a mamar, Luis mientras tanto me da una nalgada con la mano abierta en ambos glúteos y doy un pequeño grito de excitación.

    Estaba esperando que Luis me ensartara de un momento a otro y paré más el culo, en clara invitación para que me hiciera suya, sentí como abrió mis nalgas con sus manos, pero en lugar de su tranca, sentí su lengua en mi entrepierna, hundió su cara y succionó mis labios vaginales, su nariz me hacía cosquillas justo en la entrada de mi ano, no pude evitar dar un gemido y arquee la espalda, Daniel mientras tanto, me toma de la cabeza y empezaba a empujar su verga dentro de mi boca.

    Luis continuó lamiendo mi rajita magistralmente, la punta de su lengua se introducía en el interior de mi coñito y lamía mis jugos vaginales, sus dedos se apoderaron de mi clítoris y subió su lengua hasta mi cerrado anito, eso fue el acabose, me temblaron las piernas y empecé a gemir como loca, su lengua siguió atacando mi esfínter sin compasión, lo lamía rápidamente y empujaba su lengua hacía adentro mientras sus dedos no daban tregua a mi clítoris y se introducían en mi vagina, dejé de mamar la verga de Daniel y sacándola de mi boca empecé a gritar:

    – Cógeme, cógeme, te lo suplico, quiero tu verga dentro.

    Luis miró a mi esposo y dijo.

    – Mira, tu esposa pide a gritos que me la coja, está gozando como putita.

    Me tomó de la cintura y sentí su verga caliente recorriendo mi rajita y mis nalgas, pero no me la metía, solamente la restregaba por mis labios vaginales, impaciente le supliqué:

    – Cabrón hijo de puta, que esperas, cógeme ya.

    Daniel y Luis reían, Luis seguía jugando con su verga en mi rajita y contestó:

    – ¿Quieres que te la meta?

    – Siii! – volví a suplicar.

    – Solamente te la voy a meter si Fernando me lo pide- exclamó.

    No lo podía creer, me torturaba el cabrón, y de seguro a mi esposo también, giré mi vista a mi esposo y seguía como en trance, masturbándose lentamente, con la mirada perdida.

    – Vamos amor, dile que me coja, ya no aguanto.

    Después de unos segundos que me parecieron eternos, por fin mi esposo abrió la boca y dijo:

    – Si, cógela, mi puta esposa quiere tu verga, puedes metérsela.

    Me tomó de la cintura y me hizo empinar el culo al momento que su verga empezó a presionar en la entrada de mi coño y poco a poco fue abriéndose paso, sentí centímetro a centímetro como iba entrando hasta que entró la cabeza, la sentí palpitar en mi interior:

    – Mamita, que rico, ya tienes la cabeza dentro, ¿la quieres toda?

    – Si, por favor, métemela toda, la quiero toda dentro- supliqué.

    Sonriendo me la siguió metiendo hasta que con un caderazo final sentí su pelvis chocar con mis nalgas, me la había metido hasta el fondo, sentí una sensación de plenitud jamás sentida, su verga era un poco más grande que la de mi esposo y sentía que embonaba completamente en mi vagina, incluso sentía que me la estiraba, estaba completamente llena de carne, empezó el vaivén y se escuchaban los bufidos de Luis y los gemidos de mi parte. Daniel aprovechó para volver a ensartarme su verga hasta la garganta y tomándome de la cabeza empezó a meter y sacarla de mi boca, prácticamente cogiéndola.

    Empezaron a sincronizarse cada vez que me embestía Luis, Daniel hacía lo propio llenándome boca y vagina de su caliente carne, así estuvieron dand9me verga unos minutos hasta que Luis expresó:

    – Agggh, Fernando, tremenda puta que tienes por esposa, aghhh, tiene el coñito tan caliente y apretadito, no sabes que rico me aprieta la verga, me va sacar la leche y no quiero, aghhh, ¿Que dices Daniel, cambiamos?

    Ambos me sacaron sus vergas y cambiaron posiciones,

    Ahora Daniel me fue enterrando su verga hasta el fondo mientras Luis jugaba con mi boca.

    Nuevamente me hicieron gemir, Daniel mientras me empalaba echó un escupitajo justo en medio de mis nalgas y con su dedo pulgar empezó a frotar mi esfínter sin dejar de embestirme.

    – Tienes razón Luis, aghhh, está bien apretadita y su coñito es tan suave y caliente, puta madre, nunca había cogido un coñito tan rico…

    – Te lo dije cabrón, me dices cuando ya no aguantes para volver a cambiar lugares, está putita hay que gozarla lo más posible.

    – Así estuvieron dándome verga un largo rato, Daniel empujó su dedo en mi culo, y ahora tenía perforados mis tres orificios, oleadas de placer recorrían mi cuerpo, estaba en el paraíso, tampoco quería que la cogida terminara.

    Llegó el momento de que Daniel pidió cambiar posiciones y nuevamente Luis pidió cambiar, me estuvieron dando verga probablemente por más de una hora y ya no aguantaba mis piernas, me dolía la quijada de tanto mamar y ya sentía rosada mi vagina y les pedí cambiar posición.

    Voltee a ver a mi marido y ya se había corrido chorros de leche estaban tirados en el piso y un poco escurría sobre su verga, pero seguía masturbándose.

    Luis se acuesta boca arriba con su verga parada y me pide que me monte encima de él, quería darle un espectáculo a mi marido y le pedí a Luis que se tumbara enfrente de él.

    – Ponte con las piernas de este lado, quiero que mi marido vea cómo me la metes- expresé.

    Aceptó sonriendo y se puso en la posición indicada, me subí a la cama y me puse en cuclillas frente a él, mi esposo debía tener una vista envidiable de mi culo y la verga de Luis, me fui agachando lentamente hasta que su verga se posicionó en la entrada de mi coñito, me tomó de la cadera y me empujó hacia abajo, no quería que mi marido pierda detalle y le pedí que me la meta despacio.

    – Despacio papi, quiero que me la metas lentamente, suavecito.

    Obedeció y lentamente me fue empujando hacia abajo, pronto me enterró la cabeza y poco a poco fui bajando hasta que mis nalgas reposaron en su pelvis, apoyé mis manos en su pecho y empecé a cabalgarlo, moviendo circularmente mis caderas y metiendo y sacando su verga de mi interior, Daniel tampoco perdía detalle y acariciaba mis nalgas viendo cómo desaparecía la verga de Luis en mi interior, le pedí que se subiera a la cama para mamarle su verga, pero me contestó:

    – No espera, tengo una mejor idea.

    Se acercó a mi tocador y tomó una crema hidratante en sus manos.

    – Esta servirá- expresó,

    Luis miró a Daniel y sonrió en forma cómplice.

    Se puso a mi espalda a un lado de la cama para que mi esposo no perdiera detalle, Luis dejó de bombear y me abrió las nalgas, pronto sentí un dedo lubricado de crema acariciar mi esfínter, presionó y su dedo se coló en mi interior, sacándome un suspiro de placer.

    No era necesario ser muy inteligente para deducir que Daniel me quería culear y me quejé:

    – No chicos, no me vayan a encular, no me gusta, mi marido me ha enculado un par de veces, me lastimó mucho y no me gustó, por favor.

    Un macho excitado no entiende razones y sonriendo dice:

    – Tranquila, te va a gustar, tienes un culito precioso y es una lástima no disfrutarlo, Fernando, no puedo creer que no disfrutes su culito, que desperdicio – recriminó a mi esposo

    Siguió metiendo y sacando su dedo en forma circular dilatando mi esfínter y pronto se le unió otro dedo, mi esposo era testigo como sus dedos entraban y salían de mi culito, cuando sintió que estaba lo suficiente dilatado sacó sus dedos y lubricó la cabeza de su verga y todo el tronco, su verga brillaba amenazante y se subió a la cama.

    – ¿Que dices Fernando, quieres que enculemos entre los dos a tu esposa?

    Mi esposo estaba que no cabía de la excitación y moviendo la cabeza dio un tímido:

    – siii

    Luis me toma de la espalda y me aprieta contra él, mi cabeza queda recostada sobre su pecho, haciendo que levante la colita.

    Sentí a Daniel poner una mano en mi espalda, y se agachó, creo que no se arrodilló para que mi marido pudiera observar, pronto sentí la cabeza de su verga apoyarse en mi arrugado agujero.

    – Te va a gustar, nena, solamente tienes que relajarte.

    No tenía escapatoria y traté de relajarme con la verga de Luis todavía empotrada hasta el fondo de mi vagina, Luis colaboraba abriéndome las nalgas y empezó a presionar, costaba, mi culito se resistía, hasta que sentí que entraba la cabeza y un dolor agudo que me hizo gritar y manotear, todo mi cuerpo se tensó y un par de lágrimas recorrieron mis mejillas. Luis me susurraba al oído:

    – Relájate nena, relájate, confía, pronto vas a estar gozando.

    Intenté relajarme y aflojé el cuerpo, al notarlo Daniel lentamente siguió metiéndome la verga, sentí como mis pliegues iban cediendo, hasta que sentí el pelambre de su pelvis acariciar mis nalgas, no lo podía creer tenía dos vergas tremendas enterradas dentro de mi cuerpo, dolía, pero sentía mucho morbo.

    – Dueleee, aghhh- en un quejido que terminó en gemido.

    Empezaron a moverse lentamente, y poco a poco el dolor disminuía y aumentaba el placer con el roce de sus vergas en mi interior, era una sensación difícil de describir, me sentía completamente llena de carne, y al mismo tiempo me sentía tan plena con mis dos orificios estirados al máximo, cubriendo toda su longitud, frotándose ambas barras de carne entre sí, apenas separadas por un delgado pliegue.

    – Aghhh, puta madre, que rico se siente, es tan apretado y caliente y siento como mueves tu verga a través de Silvia, aghhh.- exclamó Luis

    – Si carnal, aghhh, yo también la siento y sabes, se siente a toda madre, jamás había sentido nada igual – replicó Daniel.

    A medida que me seguían cogiendo el placer aumentaba, gemía sin control, me faltaba la respiración, daba bocanadas de aire cada que me embestían, pronto coordinaron sus movimientos y el placer fue máximo, sus vergas estimulaban todas las terminales nerviosas de mi vagina y recto al mismo tiempo y mi vista se nubló, mis piernas temblaban y todo mi cuerpo empezó a convulsionar, tuve un orgasmo larguísimo interminable, me retorcía como loca y no les importó a mis dos machos, al contrario, aumentaron la velocidad de sus arremetidas al máximo y con una coordinación perfecta metiendo y sacando sus vergas al mismo tiempo y a máxima profundidad, parecía que me querían matar de placer.

    – Ya no aguanto, me voy a correr, aghhh, que rico- exclamó Daniel

    – Yo también, me duelen los huevos y siento que ya me sale la leche, voy a estallar- aghhh

    Entre gruñidos de ambos sentí como se tensaban y temblando me dieron una última empalada profunda y sentí que sus vergas se engrosaba y lanzaban sus chorros de ardiente semen en mi interior, inundando mis dos agujeros al mismo tiempo, sus huevos estaban tan cargados de semen, sus vergas no paraban de dar espasmos en mi interior, depositando su néctar , escuché que mi esposo gemía al mismo tiempo, seguramente se estaba corriendo nuevamente viendo cómo las vergas de sus amigos me inyectaban su caliente y espeso esperma.

    Quedamos los 3 desfallecidos, intentando recobrar el aliento, seguía teniendo espasmos y apretaba sus vergas con mi culo y vagina al mismo tiempo como si mi cuerpo quisiera sacarles hasta la última gota de leche, gruñían de placer y suspiraban de placer, después de unos minutos sus vergas fueron perdiendo rigidez y salieron de mi interior, Daniel se desplomó a un lado y yo en medio de los dos, estaba exhausta, con mi respiración agitada y con mi corazón palpitando a mil por hora, indudablemente había sido la mejor experiencia sexual de mi vida.

    Daniel y Luis se levantaron de la cama y empezaron a vestirse.

    – Estuvo de puta madre, nunca había gozado tanto en mi vida-expresó Daniel.

    – Si, yo tampoco, tienes suerte, Fernando de tener una esposa tan puta, no sabes como gozamos, tu esposa nos dejó completamente secos. – replicó Luis

    – Se cobraron bien la apuesta cabrones- no pensé que fueran capaces de cogerse a mi esposa en mi presencia, pero me dio tanto morbo. – exclamó mi esposo.

    – Pues se tiene que repetir la apuesta para la gran final- añadió Luis.

    – ¿Qué dices amor, le entramos a la apuesta para la gran final?

    Seguía desplomada en la cama, pero contesté:

    – Tus amigos son unos cabrones, y vaya que se cobraron bien la apuesta, creo que quedaron a deber, acepto, pero tendría que ser el doble-

    – Tu esposa lo vale, acepto- exclamó Luis

    – Yo también- agregó Daniel.

    – Recuerden que nada de lo que pasó hoy debe salir de estás cuatro paredes- les recordé y ambos sonriendo lo juraron.

    Una vez que se fueron Daniel y Luis por fin me levanté, mis piernas me temblaban y fui al baño a asearme, me ardían el culo y el coño de tanto uso.

    Cambiamos las sábanas ya que estaban húmedas de sudor y flujos sexuales y empezamos a charlar.

    – Disfrutaste amor- le dije

    – Al principio, sentí muchos celos, pero después me dio un morbo tremendo y como ellos dicen, tengo suerte de tener como esposa a la mejor amante y puta. No hace falta que te pregunté si gozaste ¿Verdad? -respondió.

    – Es correcto, nunca había gozado tanto, jamás pensé en ser la hembra de dos hombres al mismo tiempo y vaya cabrones que son tus amigos, ¿La siguiente podrían ser tres? – exclamé.

    – Ya veremos amor, ja ja, sabes, sigo cachondo a pesar de haberme corrido dos veces.

    – Ay amor, me arde mi culo y mi coño pero te puedo dar una buena mamada, ¿Te parece?

    Así lo hicimos le dí una buena mamada para que se descargará y dormimos cansados hasta el amanecer.

    Cabe señalar que en la gran final perdieron las Chivas y ganaron los Tigres, mi marido ganó la apuesta, a mi pesar, pero mi marido me dio la mitad de la apuesta y tuve $10,000 pesos para gastar en lo que quisiera.

    La apuesta se repitió en el siguiente torneo y la gran final, pero los dos clásicos que hubo los ganó América y también en la gran final fue campeón América sobre Tigres, por lo que mi esposo va enrachado y aunque me da la mitad de las apuestas, sinceramente quisiera que perdiera. Acaba de apostar para el Superbowl, le va a los 49s de San Francisco. Ya veremos si sigue su racha de suerte, espero que no. Arriba Kansas City.

    Me pueden enviar sus comentarios al correo [email protected].

  • Compartiendo a la insaciable Vanessa

    Compartiendo a la insaciable Vanessa

    Había sido una semana difícil y complicada en la oficina, mis compañeros y yo planeamos reunirnos y tomar unos tragos para relajarnos un poco, esa noche yo llegué primero al bar en el que nunca imaginé reencontrarme contigo, te reconocí, hacía tiempo que no te veía, te encontrabas con unas amigas y vinieron a mi mente los encuentros candentes y desenfrenados que habíamos tenido.

    Tú también me reconociste y dejaste a tus amigas para ir a mi mesa, seguías igual de sabrosa, llevabas un vestido entallado, con un gran escote por tu espalda que llegaba justo a la gloria, ese par de nalgas resaltaban a primera vista y que decir de tus lindas y bien proporcionadas bubis, me dijiste que sorpresa me puedo sentar?

    Me levanté pronto de mi silla, nos dimos un beso de muy buenos amigos y ofrecí sentarte junto a mi, creo te olvidaste de tus amigas, comenzaste a coquetearme y a insinuarte, esperabas la oportunidad para susurrarme y meter la punta de tu lengua en mi oído, me decías llévame a la cama mi amor, cógeme rico papi, mientras me tocabas la entrepierna, mi verga respondió con una gran erección, yo no podía quedarme atrás y también comencé a meterte mano, apretaba esas sabrosas nalgas que siempre me han gustado, tocaba tus piernas, y metía mis dedos en tu vagina mojada y llevaba tus ricos fluidos a mi boca, estábamos en pleno faje cuando…

    Mis 4 compañeros de trabajo llegaron y al verte con ojos de lujuria y deseo me dijeron que bien estás acompañado no nos presentas a esta hermosa muñeca, no tuve opción, ella es Vanessa Marisol una amiga de años, tú con gracia y coqueteo diste un beso a cada uno de ellos que hay que decirlo nunca te quitaron los ojos de encima.

    Seguimos pidiendo bebidas y entre charla y bromas tú te mostrabas cada vez más desinhibida y animada al grado de subir a la mesa y bailar, te despojaste de ese lindo vestido y después de tu bra, el ambiente se estaba poniendo a tope, todos en el lugar te aplaudíamos y se escuchaban los gritos de «Vanessa mucha ropa, mucha ropa, mamacita estás bien buena, vente conmigo a la cama» etc., etc.

    A todos nos tenías con la boca abierta con esos movimientos sensuales y provocativos, después te pusiste a gatas sobre la misma mesa, me jalaste del cinturón, el mismo que desabrochaste, bajaste mi zipper y metiste tu mano tibia y tersa bajo mis calzoncillos, sacaste mi verga y la llevaste a tu delicada boca, presionabas mi verga contra mi vientre con una mano y pasabas tu lengua por mis testículos mmmm!!! Me los chupabas increíblemente para después chupar mi verga por completo, mis amigos y otros ahí presentes no aguantaron las ganas de tocarte y hasta de follarte, por lo que comenzaron a despojarte de las pocas prendas que aún tenías puestas, de pronto vi un mundo de manos tocando todo tu delicioso cuerpo, todos pronto también se desvistieron.

    Entre mis amigos, otros clientes y por supuesto yo, pude contar una docena de vergas listas para follarte, cada uno esperaba impaciente su ansiado turno, te acostaste sobre la mesa, abriste tus lindas piernas para que yo fuera el primero en penetrarte, sentías como mi verga se deslizaba por tu interior para comenzar a darte mis embestidas que te hacían gemir de placer, todas las demás vergas estaban tan cerca de ti que tomaste con ambas manos una verga de cada lado para comenzar a mamarlas.

    Otros dos de mis amigos chupaban tus ricas tetas, igual una de cada lado y decías tengo batería para todos Uds. Cójanme duro papis, durooo!!!

    Así es que fue pasando uno a uno, si que lo estabas disfrutando, después alguien más se acostó boca arriba y tu subiste para montarlo pusiste tu cara contra la de él y yo también subí detrás tuyo para penetrar y reventarte ese exquisito culo, otros más probaron también de él, todos se la pajeaban para el momento cumbre, llenarte de leche y ya después de pasar todos y cada uno a follarte tú te incaste en el piso y esperabas con ansias la descarga de leche de todos, recibiste un baño de espermas en tu lindo rostro cubierto completamente, se te notaba satisfecha y agradecida por calmar tu sed de sexo.

    Era curioso y hasta gracioso ver como antes de comenzar a follarte esa docena de vergas estaban firmes y erectas y después de cogerte se nos veían flácidas y apuntando hacia el piso, algo que tu sola habías logrado y dejarnos plenamente satisfechos a todos.

    De pronto se escucharon porras para Vanessa la reina de aquella noche inolvidable y de aquel bar.

  • No dejo de pensar en mi suegra

    No dejo de pensar en mi suegra

    Hola a todos, en esta ocasión quiero sacar algo que tengo muchas ganas de expresar tanto en secreto como al mundo entero, se trata de una emoción tal vez pasajera y que a la mayoría le puede pasar, es un sentimiento hacia una persona especial e importante en mi vida, pero a la vez no es bien visto, ya que tiene que ver con la mamá de mi esposa, que poco a poco se ha ido metiendo en mi mente a tal grado de imaginar y querer hacer cosas con ella, cada vez que la veo siento la necesidad de acercarme y estar cerca de ella, sé que no es tan correcto pero también sé que es solo una fantasía producto de mi imaginación, pero hoy quiero compartir lo que me gustaría hacer con esa bella mujer que es mi suegra…

    En un relato anterior aquí mismo conté lo que hice con su ropa interior tanto limpia como usada, pero eso fue solo un poco porque he hecho otras cosas más, por ejemplo pajearme muy cerca de ella, a tal grado de casi poner mi polla en su mano mientras dormía, me he pajeado a sus espaldas, saco mi polla casi frente a ella, en un futuro me gustaría enviarle una foto de mi verga, ya van unas cuantas veces que me masturbo con sus calzones tanto limpios cómo usados recién quitados y me vine en un par de veces en ellos, han sido muchas veces que me he metido al baño exclusivamente a masturbarme pensando en ella, para eso tengo unas cuantas fotos de su lindo culo y en unas hasta se le transparenta su rico calzón que me tiene alucinado, una vez tome un calzón mojado y casi me lo llevo, pero lo pensé mejor y lo devolví no sin antes dejarle un poco de mi corrida.

    En fin… Son tantas cosas que pasan por mi mente cuando pienso en mi suegra… No sé si hago mal pero me gustaría un día se hiciera realidad poder tomarla de espaldas y besarle el cuello, acariciar sus tetas y sus nalgas, bajar sus mallones y su calzón, mientras me saco la verga y se la empiezo a frotar en sus nalgas hasta que por fin se me cumpla el antojo que le traigo a mi suegra de meterle la verga hasta hacerla gemir y saciarla a más no poder y que los dos tengamos orgasmos, quiero llenarla con mi leche en todo su cuerpo, cara, culo, nalgas, tetas, manos, pies y sobre todo venirme dentro de ella, que rico sería, me imagino tantas posibilidades con ella y tantas posiciones que ya no puedo más y quisiera declararle todo lo que aquí he comentado y cumplir mi fantasía sexual con mi hermosa suegra que repito está muy pero muy buena, que rica está, quiero cogerla mucho y llenarla, decirle lo que siento y venirme muchas veces dentro de mi rica y deliciosa suegra Lorenita…

  • Yolanda mi tía sensual

    Yolanda mi tía sensual

    No le pregunté más nada, le dije que iba al baño y aproveché para llamar a casa y decir que estaría muy tarde por una invitación de última hora. Invité a Yolanda a salir, los dos callados, en la puerta paré un taxi y le pedí al chofer que nos condujera a «Los Pinos» el hotel más alejado del centro de la ciudad.

    Apenas cerramos la puerta de la habitación nos fundimos en un beso interminable. Nuestras manos sentían nuestros cuerpos y la ropa fue cayendo poco a poco, sin darnos cuenta ya estábamos desnudos encima de la cama, explorando yo con mi boca cada centímetro de su blanco cuerpo. Me apodere de su vagina y mis dedos eran imparables al tiempo que mi boca le chupaba los senos el ombligo y todo por donde pasaba.

    Luego baje a besar por primera vez esos labios abultados y húmedos que esperaban ansiosos de lamidas, penetre hasta donde pudo mi lengua y luego me hice dueño de ese clítoris pequeño pero lindo. En ese momento sentí que ella entraba en una especie de trance y se sacudía cada vez mas fuerte, sus gemidos se convirtieron en voces que pedían descanso, pero yo apenas empezaba.

    Mi boca fue inundada por sus líquidos de sabor dulce, si, dulce con un poquito de acidez que me embriagaba y alocaba, me quede allí por muchos mas minutos, ella se sacudía y me decía que pare que ya quería ser penetrada. Yo tenia el pene totalmente erecto y con algo de flujo preseminal por la punta, no falto decirle que me devolviera el favor y por su cuenta ella me empezó a mamar como pocas lo saben hacer, despacio y solo con los labios. introduciéndoselo hasta la base del pene.

    Yo estuve a punto y le dije que me venía, ella no dijo nada y mantenía mi pinga en su boca, eyaculé y ella siguió por poco tiempo mas. Poco después, Yolanda me abrazo fuertemente y me ofreció sus labios, segundos después empecé a sentir que me enviaba parte de mi propio semen con su boca. Eso al principio me desagrado, pero no se lo dije, seguimos besándonos y entonces me comento que si queríamos una unión sincera y abierta ambos debíamos compartir nuestros jugos.

    Ambos habíamos alcanzado el clímax, pero aún no la había penetrado, e increíblemente mi pene seguía erecto, listo para conseguir su trofeo. Me puse encima de ella besándola, pero sin penetrarla, me movía poco a poco haciéndole sentir entre sus labios el grosor de mi tiesa herramienta, sus labios estuvieron bastante húmedos y ella de nuevo se empezó a inquietar pidiéndome ser penetrada. Entonces, ella quiso tomarme del pene y colocárselo, le cogí las manos y le dije que lo debíamos hacer sin ayuda de las manos, lo cierto es que yo quería hacerla sufrir un poquito antes de entrar en su cuevita, lo que finalmente se pudo luego de un par de minutos de intentos.

    Cuando sentí la cabeza de mi pene entre sus labios le pedí que se quede quieta y yo empecé a meterla poquito a poco y muy lentamente, hasta que de un momento a otro le ensarte toda la pinga y ella me abrazo con fuerza, empezó nuestro vaivén incansable, me rodeo con las piernas por la cintura y ambos nos movíamos como locos. Después de unos 10 minutos me di cuenta que ese viaje debía ser muy largo, le pedí que se pusiera en posición de perrito y por primera vez pude admirar ese trasero que por años me había vuelto loco. Sus nalgas eran blanquitas en contraste con el botón marrón de su ano, la empecé al penetrar sostenido por ambos lados de sus nalgas jalándola hacia mi para que pudiera entrar hasta donde me sea posible.

    Ella tenía control de sus músculos vaginales y de rato en rato me apretaba el pene como un aspirador, sin duda sus músculos vaginales tenían vida propia. Después de un rato eyaculé en sus nalgas y entonces me sentí tan atraído por su ano que sin previo aviso empecé a introducírsela por allí. Yolanda se quedó en silencio y me dejo penetrarla lentamente y mi sorpresa fue que nunca se quejó o se sintió incomoda, ella al parecer gozaba tanto al tener sexo anal como vaginal. Continúe por unos 10 minutos mas, no logre eyacular, mi falo seguía erguido y ella me pidió descansar. Nos tumbamos en la cama y empezamos a conversar y me dijo que me dejo hacerlo por su ano porque siempre había notado que lo que mas le miraba cuando estábamos juntos eran sus nalgas y que ese era mi regalo por ser bueno con ella.

    En nuestra conversación me comento que mi pene en tamaño y grosor era muy similar al de su ex marido: mi tío. Al final me pidió que nunca hiciera comentario alguno con nadie, que debía ser un secreto de familia pero que si alguna vez nos encontrábamos por la calle podíamos guardar mas secretos nuestros. Esa noche nos despedimos en el taxi, me dio un beso en la mejilla y me envío saludos a mi familia. Muchas veces coincidimos en reuniones con mis primos u amigos y cuando nos encontrábamos a solas nos regalábamos con caricias directas en nuestros sexos y un par de besos muy húmedos.

    Hoy si alguna vez lees este relato quiero decirte que te extraño mucho querida tía.

  • Una mansión que acoge infinidad de orgías (2)

    Una mansión que acoge infinidad de orgías (2)

    Volviendo a la mansión El Edén, donde trabaja Araceli como segurata, seguiremos describiendo lo que ocurre en algunas de sus 61 habitaciones. Para conocer las singularidades arquitectónicas de dicha mansión remito al lector a que lea la primera parte de este relato, en caso de no haberlo hecho antes.

    Araceli, después de correrse dos veces viendo en los monitores las guarradas que los inquilinos practican en sus respectivas alcobas, se tomó un pequeño descanso para recuperar fuerzas. El coño le escocía de tanto frotárselo y aunque los orgasmos que le provocaban aquellas escenas eran muy intensos y explosivos, la almeja la tenía al rojo vivo y prefirió echarse una crema hidratante y esperar una media hora antes de volver a la carga.

    Mientras comía un bocadillo siguió haciendo zapping por los diferentes monitores. En la habitación 10 observó que se estaba produciendo un gang bang. Diez hombres se iban turnando para penetrar el coño, el culo y la boca de una negrita muy atractiva. Esta tenía el pelo rubio y lo llevaba recogido en varias trencitas. No tenía sobrepeso, pero lucía unas cachas y muslos bien macizos y trabajados a base de sentadillas y zancadas.

    Se la zumbaban en todas las posturas posibles: misionero, a cuatro patas, de lado, sentada sobre un maromo a modo de sofá, etc. Hicieron un sándwich con ella en diferentes posiciones (de pie, acostada boca arriba, acostada boca abajo).

    Mientras una polla le entraba por el culo, otra por el coño y otra por la boca, ella con cada mano se sujetaba a otras dos. El resto de los cinco chicos se la pelaban, de pie, esperando su turno.

    La chica no daba abasto. Con alguna garganta profunda que practicó, no pudo evitar soltar buena cantidad de babas que le salieron como a presión por su boca y narices. Estas se fueron escurriendo por todo su torso, bajándole por las tetas, pezones, vientre y ombligo.

    En el fondo de la sala, en una pared, había un chico como castigado. Estaba encadenado a unas argollas.

    Después de estar casi una hora zurrándole bien los tres orificios a aquella hembra en celo, los diez chicos decidieron que ya era hora de bañarla en esperma, de practicar un buen bukkake.

    Ella se colocó de rodillas en el centro de la sala y los chicos formando un círculo alrededor de ella, se fueron cascando con furia sus rabos. La chica se metía los dedos en la boca, casi el puño, poniendo los ojos en blanco y bizqueando. Quería ponerlos muy cachondos para que se corrieran pronto.

    Dos de los chicos empezaron a eyacular, lo hicieron sobre el pelo, la frente y ambos mofletes. Otros tres les siguieron en el turno, llenándole toda la nariz, boca, garganta y cuello de una cantidad ingente de lechada. Un sexto decidió correrse en el interior de su oreja derecha, mientras el séptimo lo hizo en el interior de la oreja izquierda. Los tres últimos decidieron hacer un repaso global y fueron dirigiendo sus chorros de lefa por todas las partes que sus amigos previamente habían regado. Uno de ellos hizo más hincapié en meterle algún chorro por los orificios nasales.

    La chica quedó tan impregnada en esperma que su rostro era irreconocible. Su piel color caoba bañada con tanto esperma, hacía un contraste muy morboso y excitante.

    Entonces uno de ellos soltó al chico de la esquina y llevándolo casi como custodiado, lo acercó a la chica y le ordenó que la lamiera bien y que se fuera tragando todo lo que ella le fuera escupiendo.

    El chico la lamió desde el ombligo hasta el cuello sorbiendo y tragando todas las babas y esperma que la manceba tenía esparcidos, dejándola bien limpita. Después siguió por el pelo, pestañas, mofletes, etc. La chica tenía una buena carga de leche y saliva en su boca y se la escupió con fuerza para que él la tragara, casi sin darle tiempo a saborearla.

    De las orejas le iban saliendo unos regueros de semen que el esclavo recogía con su lengua y succionaba. También le lamió las narices metiéndole la lengua por los orificios para recoger los restos de cuajada que pudiera haber. Entonces la chica se sonó varias veces y efectivamente, de su interior salió buena cantidad de esperma mezclado con moco. Todo se lo iba tragando el chaval hasta dejarle la cara como los chorros del oro.

    La jaca volvió a escupirle otra vez, un buen lapo de semen y saliva que fue recolectando con su lengua, después de pasarla por todos los rincones de sus dientes, paladar y mucosa. El esclavo hizo unas gárgaras y se lo tragó todo. A la macizorra le hizo tanta gracia que volvió a repetirlo, soltándole otro lapo importante, aunque esta vez llevaba más carga de saliva que de semen.

    Araceli decidió telefonear a la susodicha habitación para que le mandaran a aquel mancebo para orinarle en la boca, ya que tenía ganas de vaciar la vejiga, y de camino, para que le comiera con ganas y sin escrúpulos su panocha ensangrentada, pues comenzaba a venirle la regla. Mientras, volvió a zapear y en el sótano (que estaba dedicado al sadomaso), en la habitación -2, se quedó prendada de lo que vio.

    Un chico estaba sostenido en el aire, en horizontal, por unas cuerdas atadas a sus brazos y piernas. Detrás de él, una dómina le tenía introducido el puño y parte del brazo derecho en el interior de su culo. Le hincaba el brazo con fuerza, como si quisiera pegarle unos buenos puñetazos en el interior de sus entrañas. El maromo chillaba como un cabrito en el matadero.

    Alrededor del esclavo había otras tres chicas que se carcajeaban y arengaban a su compañera a que le metiera el brazo hasta el codo por lo menos. Estas chicas también se dedicaban a apagar unas colillas en la espalda del maromo, apretaban con garra, como queriendo introducirlas en el interior de la piel. Después se colocaron en cuclillas sobre una jarra de cristal, por turnos, y comenzaron a orinar. La jarra quedó algo más que mediada. Cogieron una pajita y la colocaron en el interior de la jarra y se la dieron a beber al esclavo.

    –Bébetela toda poco a poco. Si no lo haces, te meteremos dos brazos al mismo tiempo en el trasero. Te reventaremos, ¡cabrón! –le dijeron.

    Ante esta disyuntiva, al chaval no le quedó otra opción que, entre alarido de dolor y alarido de dolor (por los empellones que se Ama principal le infligía en el trasero), ir sorbiendo por aquella pajita y tragando toda aquella maravillosa cantidad de auténtico oro líquido.

    En las tres horas buenas que duró aquella sesión de sadomaso, los ocho puños y brazos de aquellas hembras envalentonadas experimentaron la sensación de palpar y rozar las entrañas de aquel mancebo. El esclavo salió de allí con el vientre bien lleno de orines (pues al final, el recuento fue de tres jarras bien llenas), y con el culo más abierto que la boca del metro. Se marchó encantado.

    Araceli observaba todo aquello comiendo pipas y acariciándose los pezones de vez en cuando para intensificar el placer. Estaba sentada sobre la cara del mancebo que había solicitado. Este ya le había proporcionado dos orgasmos y tragaba sin rechistar todos los jugos vaginales mezclados con los efluvios sanguinolentos de la regla, que iba soltando en buenas cantidades ya. El chaval tenía la cara bastante manchada de restos menstruales.

    –Traga todo lo que salga de mi cáliz, cariño. Es el Santo Grial. La sangre de la vida mezclada con los jugos del placer. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo –le soltaba Araceli con socarronería y desparpajo.

    La segurata, mientras seguía con sus faenas intentando alcanzar otros dos orgasmos, decidió ver qué pasaba en el hall, llamado habitación 0.

    Como recepcionistas había una pareja vestida a la moda victoriana, como si estuvieran en el siglo XIX. Él llevaba un chaqué con un sombrero de copa y ella, un vestido rococó con vuelo y un sombrero muy elegante.

    Mientras atendían a los nuevos inquilinos en el mostrador, el recepcionista agarraba por detrás a la compañera y frotándose bien, simulaba el acto sexual. Luego se sacó la verga de la bragueta, toda tiesa, y subiéndole el vestido a la chica, volvió a frotar su miembro contra su cuerpo. Resulta que la recepcionista iba bien protegida contra penetraciones por traición o por descuido. Debajo del vestido llevaba refajo, pololos y bragas. El chico se tuvo que conformar con magrearse y frotarse contra todas aquellas telas. Como el vestido era tan largo y ancho, el compañero daba el pego de estar follándosela, pero en verdad no era más que una mísera gayola contra sus sayolos.

    Ella atendía al público como si nada pasara, mientras su compañero arrimaba cebolleta apretando fuerte su rabo contra las carnes duras de su compañera. Con sus manos le palpaba la cintura y las caderas, pero cuando quiso subir más, se encontró con un corsé que le impidió amasar en condiciones aquellos pechos turgentes. Comenzaba a tener un cosquilleo que le recorría toda la polla anunciándole que en muy poco tiempo, si seguía por ese camino, podría alcanzar un decente orgasmo.

    Los envites que el recepcionista le daba a su compañera, hacían que esta, a la hora de escribir el recibo cometiera algún que otro borrón. A los pocos minutos, el chaval por fin, después de frotar y frotar, hizo salir al genio en forma de lechada pegajosa manchando buena parte del refajo y quedándole todo pringoso.

    El chico se fue y al poco rato llegó otro recepcionista vestido de la misma manera, para no desentonar con la chica, y sacándose la picha repitió la misma faena que su colega. Le levantó el vestido a la compañera y colocando su miembro entre el refajo y el vestido comenzó a simular una follada. El nabo de este enseguida se humedeció al contacto con los restos de esperma de su predecesor.

    Una vez que este acabó, su lugar lo ocupó otro compañero y así a lo largo del resto del día. Aquellas prendas (vestido, refajo, pololos y hasta bragas), al final de la jornada quedaron tan mojadas en semen, que al secarse, aquellas telas quedaron como acartonadas. Al día siguiente se las volvería a poner para que otros chicos siguieran con sus simulacros de folladas.

    Araceli tenía la suerte de que, aunque tuviera la regla, eso no fuera un impedimento para seguir teniendo buenos orgasmos. Entre sus dedos y sobre todo, gracias a la boca y lengua de su esclavo, no paraba de enlazar clímax con clímax. Ya ni se molesta en ir al lavabo para orinar, se lo hace encima… o sea, encima de la boca del mancebo.

    Él, como buen sirviente, saborea y bebe todos los efluvios que emane el lindo cuerpo de su ama.

    Seguiremos contando en sucesivas entregas lo que ocurre en el resto de las habitaciones de esta mansión de las fantasías llamada El Edén.

  • Después de 4 largos años

    Después de 4 largos años

    Mi historia es así: soy una mujer de 40 años de 1.65, nacida en Chile. Me considero una mujer guapa para mi edad, muchos me han dicho que no la aparento. Soy blanca, cabello rubio y de buen cuerpo. No tengo unos pechos enormes, pero sí un buen trasero. Llamo la atención a muchos hombres, pero este chico extranjero fue por mucho el hombre que me cambió la vida.

    Conocí a mi amor imposible en 2020, venezolano, guapo y carismático. Desde el día 1 me atrapó; algo tenía ese chico de tan sólo 23 años… pero tuve que conformar con ser su «amiga» porque tenía su pareja. Aun así, siempre habíamos sido buenos “amigos”; compartíamos, bromeábamos y la verdad supe ocultar bien las cosas.

    Siempre fuimos buenos amigos durante años. Nunca pasamos más allá de una amistad. Y así fue en 2021, 2022… y en 2023 recuerdo que su pareja murió. Siempre estuve presente y siempre lo apoyé de la mejor manera.

    A finales de noviembre de 2023, le dije para salir con unos compañeros de trabajo que conozco y aceptó. No paraba de mirarlo, me gustaba demasiado, y siempre me acercaba a él. La pasamos muy bien todos, pero yo quería estar junto a él

    Después de eso, cada quien se fue a su casa, pero estaba pendiente de que regresara a casa sin problemas. De ahí conversamos por chat y duramos horas y horas y horas hablando

    Pasado el tiempo empezamos a salir y yo empecé a notarlo diferente, como más atento, más abierto a conversar sus cosas e incluso más coqueto conmigo… y me di cuenta de inmediato y simplemente me dejé llevar

    Y así estuvimos entre salidas, conversas hasta el 18 de enero. Ese día teníamos una fiesta porque salíamos de vacaciones; íbamos a ir todos los trabajadores a una sede. Él y yo fuimos, la pasamos súper, me sacó a bailar, conversamos como “compañeros de trabajo” como hasta las 11 de la noche

    Después fui al baño, y leo un WhatsApp de él que dice «estuvo buena la fiesta, pero la noche es joven y es hora de que los dos la pasemos bien solos” y le dije “voy contigo a donde sea”.

    Fuimos a su casa, y al entrar a su casa me besó apasionadamente y empezó a tocarme toda… por fin, después de tanto tiempo ese amor imposible con el que soñaba, ese deseo que tenía de que eso pasara… todo eso se estaba haciendo realidad.

    Me quitó el vestido, echó la tanga a un lado y me empezó a penetrar con fuerza. Me dio con todo y cada vez yo me excitaba más y más. Luego me cargó como bebé y fuimos a su cama, y allí me puse en 4 y me dio muy rico y duro. Nunca me habían cogido tan rico como esa noche y después del acto, le dije “llevaba esperando 4 años para este momento” y él sorprendido me preguntó «¿cómo así?” Y le dije «antes eras mi amor platónico. Siempre me tuve que conformar con ser tu amiga… pero ahora no, ahora quiero ser tuya y que tú seas mío”.

    Horas después me hizo el desayuno, comimos juntos y nos fuimos a la playa, paseamos por la playa un rato y disfrutamos el paisaje. Fuimos a un restaurante y mientras conversábamos me dijo «sigamos pasando vacaciones juntos, tengo muchas ganas de seguir disfrutando tu compañía y me muero por seguir haciéndote mía por las noches” y accedí sin ni siquiera dudarlo.

    Y después de ese día, todo cambió, hemos pasado más tiempo juntos y mi amor imposible ahora es el hombre que me coge rico todas las noches.

    Gracias por llegar hasta aquí. Un beso.

    Andy