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  • María José

    María José

    Con María José tenemos una relación intensa y a la vez rara, nos amamos, nos odiamos, cada uno hace su vida y actualmente estamos viviendo a kilómetros de distancia. Formamos nuevas parejas, pasa un tiempo y terminamos volviendo. Nos necesitamos para poder respirar, nos buscamos y resultamos ser tal para cual.

    Me llamo Martín y si hay alguien que haya leído mis anteriores relatos (Marcela mi vecina, se llama la saga) se dará cuenta de que soy un poco loco por los culos femeninos y tal vez aquí logre explicarles el origen de mi afición, fetichismo o como quieran calificarlo.

    Majo es la hermana menor de Pablo, mi mejor amigo y de aquí en adelante la protagonista de esta historia.

    Mi amistad con Pablo surgió en el barrio, con él íbamos a la misma escuela, fuimos compañeros de aula y desde ahí crecimos juntos y nos hicimos inseparables hasta hoy en día.

    Con la familia de Pablo tuve una excelente relación desde principio, Mario su papá era dueño de una agencia de compra y venta de autos usados y Josefina su mamá trabajaba en la administración pública, una familia de clase media muy buena de verdad y a sus hijos no le hacían faltar nada.

    En ese entonces María José era una pendejita insoportable, la nena de papá, la consentida. Metida por demás y siempre nos mandaba al frente a nosotros cuando hacíamos alguna macana.

    Pero la nena se fue desarrollando con el paso del tiempo, de tener actitudes varoniles y jugar al fútbol con nosotros en la calle y andar con el cabello súper frizado (ya que era enemiga del peine) dejó el balón de lado y le dio interés a las pinturas de uñas, ropas más ceñidas al cuerpo y por supuesto la infaltable planchita para el pelo, un elemento que no le podía faltar.

    Majo tenía una carita hermosa, lindas facciones, una sonrisa encantadora, un cutis perfecto y ahora lucía el pelo hiper lacio castaño oscuro y largo, su piel súper blanca, de tetas poco y nada pero destacaba en ella su cinturita, unas piernas esbeltas y firmes y lo mejor un hermoso y llamativo culo.

    Fuimos creciendo y la empecé a mirar con otros ojos, además ella cambió su actitud y ya tenía su personalidad.

    Y se desarrolló aún más gracias al handball y al patín artístico que eran sus deportes favoritos, sumándose a esto que un muchacho del barrio contemporáneo a Pablo y a mí empezó a salir con ella, fue su primer novio y la debutó por todos sus orificios.

    En cuanto a mí, prácticamente vivía en la casa de ellos y sus padres y su hermano no estaban de acuerdo con esa relación y yo trataba de mantenerme neutral.

    Majo estaba en una etapa de rebeldía y Gastón la tenía muy enamorada.

    A veces me contaba sus cosas, yo era su confidente y por mi parte le pedía consejos para que me ayude con una chica que me gustaba. Aprendimos a llevarnos mejor, ella me decía Pendejo y yo la llamaba Maruja o Piojo Resucitado.

    «La Piojo» no tenía reparo en mostrar su curvas sin descaro y se paseaba en calzas cortas, shorts diminutos o polleritas, además usaba tangas colaless que se le adentraban en lo más profundo al verla de atrás.

    Y lo más impresionante fue cuando una vez la vi estrenando una remerita musculosa color verde manzana más una bermuda de jean deshilachada que le dejaba un orto bárbaro.

    Se estaba preparando para salir con su novio que a esta altura no era querido por ninguno de nosotros, porque éramos hiper celosos para con ella.

    El pibe la pasó a buscar en su moto Honda CBR 600 y con un par de bocinazos le daba la señal de que afuera la esperaba, yo moría de celos y me asomé a través de las cortinas y ahí los vi encontrarse, ella se subió a la moto y partieron. Después lo que hicieron les dejo a su entera imaginación ya que esa noche no regresó a dormir a su casa.

    Esa vez no aguanté y me hice una paja en el baño de la familia de Majo, me provocó flor de erección verla con esa bermuda de jean que al parecer era de un talle menos porque le comprimía y exageraba el tamaño de ese orto perfecto.

    Gastón su novio la iba a disfrutar entera no cabían dudas y eso me mortificaba.

    La solía llevar a su taller mecánico donde reparaba motocicletas y se la culeaba ahí mismo sobre un tablón que usaba de pañol donde estaban sus herramientas de trabajo.

    Pero lo mejor vino ya en su último año de secundaria, ya mayor de edad cursaba su sexto año en la escuela técnica.

    Estaba mejor que nunca, una hembra con mayúsculas, mezcla de modelo pero con curvas de vedette. Era la más deseada del barrio.

    Volvía del colegio y se quedaba horas con el uniforme puesto: zapatos náuticos, medias color azul marino, camisita blanca, la pollerita escocesa colorada por demás corta que resaltaba esas piernas y de atrás era un infierno, con ese culo tan redondo cómo se le paraba ese jumper cuadriculado, era impresionante!!!

    Y no podía dejar de mirarla, no podía tener semejante culo, tenía cara de nenita pero con cuerpo de una mujer mucho mayor, definitivamente la mano del hombre dio sus frutos en ese cuerpo.

    Su carita y su cuerpazo era una combinación explosiva por demás excitante.

    Josefina su mamá estaba ahí con nosotros, la señora me preguntaba sobre como me iba con mis estudios en la universidad y cosas así y yo estaba con la pija parada por mirar a su hija. Me levanté, hice un movimiento desde donde yo estaba sentado dirigiéndome hacia ella para ayudarla en algo y ahí María José se dió vuelta y me vio encarpado. Se me puso durísima tan solo por el contacto visual y no pude ocultarlo. Se hizo la tonta pero captó mi calentura por ella.

    Y así pasaban los días, la rutina de venir a la casa de esta familia amiga y más que nada toparme con Majo era un vicio. Y desde aquel día que notó mi erección sus actitudes cambiaron, jugaba a la provocación, era perversa conmigo y estábamos muy pegotes.

    Ya Pablo pasó a segundo plano y ahora mi centro de atención era María José.

    Por respeto trataba de evitarla en ciertas oportunidades. Se distanció un tanto de mí cuando me puse de novio con Laura, aquella chica por quien le pedía consejos. Desde ese día es como que se enojó y no me dirigió la palabra semanas enteras. Pasó un tiempo y se volvió a acercar de a poco. Nos necesitábamos, yo la extrañaba y al reconciliarnos retomamos esa unión tan nuestra.

    Y de entrados en confianza nuevamente estábamos mejor que nunca. Me ponía a mil cuando me llamaba desde su habitación para mostrarme las ropas que se compraba para salir con amigas, estaba en su último año del secundario y se volvió compradora compulsiva de prendas de vestir y ropa interior.

    Y ese sexto año de la escuela técnica la tenía en estado de ebullición, excitada y súper alegre sobre todo los días viernes. Ese día previo al fin de semana salía si o sí por las noches a bailar y divertirse.

    Una mañana yo en casa de ellos preparaba unos apuntes y hacía cosas en la computadora, era un viernes lo recuerdo.

    La Piojo llegó del colegio, traté de evitarla todo lo que pude hasta que sonó el teléfono (en aquel entonces era teléfono de línea, casi no había celulares) y por el hecho de estar al lado de la PC me tocó atender, era una amiga que quería hablar con ella.

    -Maruja te llama Tatiana- le grité y vino apurada. Se puso al lado mío e intenté no mirarla, pero mis ojos se iban a esa zona de deseo, tenía la camisita blanca y la escocesa roja que se le levantaba toda desde atrás ya que la mandó a recortar tres dedos o mas por sobre la rodilla y le quedaba prácticamente como una minifalda y otro detalle que me erotizaba: andaba descalza.

    Hablaron cosas propias de chicas como diez minutos, y entre tantas palabras le contó que se había peleado con su novio Gastón, porque el no quería que vaya al viaje de egresados a Bariloche, entonces decidió terminar porque estaba pasado de celoso, aunque a decir verdad un coordinador de la agencia que promocionaba dicho viaje la estaba rondando y eso la traía algo confundida, ya que era un chico carilindo y con todas las de ganar, en cambio Gastón era un cavernícola con las manos llenas de grasa de tanto estar desarmando motos pero bueno, gustos son gustos y a ella ese desagradable sujeto la volvía loca.

    Yo estaba sentado en la silla frente a la compu pegada a la mesa del teléfono, el tema es que se cansó de estar parada y me hizo señas para que me corra un tanto para atrás, no entendí la indirecta pero le hice caso, retrocedí con silla y todo y la muy perversa se me sentó en la pierna, de estar firme paradita se arqueó sin mirar y aterrizó sus nalgotas gordas sobre mi pierna derecha… no sabía que hacer, Majo se me sentó encima así sin vueltas.

    Sentía el calor de ese culazo y la pija se me puso más dura que una piedra.

    Siguieron hablando como 15 minutos más criticando a algunas compañeras y sobre que ropas iban a ponerse a la noche y cosas tontas por el estilo.

    El diablo se apoderó de mí, sentí una calentura incontenible, la pija se me quería salir del jean, si Majo se daba vuelta me la iba a ver así de dura pero ya nada me importaba, como para contenerla apoyé mi mano derecha en su cintura, bajé un tantito más hasta el comienzo del muslo y ella seguía como si nada.

    En un momento giró sobre mi pierna para preguntarme la dirección de una disco bailable donde se iba a juntar con sus amigas por la noche.

    La cuestión es que por tal movimiento mi mano que estaba en su muslo debido a su giro quedó en su nalga derecha, ella con el tubo telefónico en mano me miró mientras tartamudeé en responderle, me notó nervioso y se percató de mi erección.

    -Repetimelo Pendejo- me pidió pero su rostro estaba transformado. Si bien seguía en charla con Tatiana ya no dejó de mirarme a los ojos.

    Me excité demasiado tanto que me olvidé del respeto, de que era la hermana de mi mejor amigo y que yo estaba como cuidador de la casa mientras Mario y Josefina trabajaban.

    La acaricié como nunca pensé que lo haría, ella sentadita en mí seguía su charla pero su voz se empezó a acelerar, ya Majo tenía una mirada distinta, estaba deseando que la cosa siga.

    Con mi mano izquierda desprendí mi pantalón, bajé el cierre y saqué la pija afuera, ella observaba la situación.

    Algo tenía que pasar quedaba claro.

    María José me hizo perder la cordura, saqué mi pija súper parada con la cabeza roja e hinchada ya algo mojada de líquido preseminal que brotó momentos antes y estando ya al aire libre la traté de endurecer más haciéndole presión desde la base.

    Se calló por un momento como diciendo Qué hacés Martín y yo le manoseaba el culo ya más en confianza.

    Es decir con la derecha le manoseaba el orto y con la izquierda me empecé a masturbar despacio. Ya mi mano derecha la recorría entera, piernas, culo y hasta concha, no sé cómo hizo pero se aguantó las ganas de gemir, tomé su mano libre y la llevé hasta mi parada verga, ya no me miraba a la cara porque volcó toda su atención a lo que estaba haciendo con su mano.

    La escena era así: la chica con el mejor culo que ví en mi vida estaba sentada sobre mi pierna, yo con la pija al aire y ella haciéndome una paja. Se entusiasmó y lo hizo más rápido, y era experta en la materia…venía experimentada.

    Me calentó a tal punto que sentí se venía la explosión, manoseé con deseo ese culazo y largué chorros de espeso semen que le manchó íntegro esa mano.

    Colgó el teléfono y sin mediar palabras se puso de pie apoyando las manos en la mesa de la PC, hervía de deseo, y yo viéndola así de entregada dándome la espalda y con ese culazo divino a mi merced llevé mi cara a ese centro de gravedad dónde todo terminaba metido, y como por un instinto animal se lo aspiré por sobre el jumper y tenía un agradable e indescriptible aroma (no confundir con algo escatológico no era eso), era un olor a hembra que me drogaba.

    -Quiero detenerme y hacer un descargo aquí, porque hacer eso (olerle el culo para decirlo sin tantas vueltas) fue algo instintivo, y se lo hice a ella por primera vez en mi vida. Tal vez porque me gustaba mucho, por ser la chica más codiciada y por tener esas nalgas tan redondas y perfectas que eran mi locura.

    Y tal vez no me bastaba con tocarselo y si ella quisiera después poder penetrarla, lo cierto es que fue más el impulso de meter la nariz justo ahí y cuando se desnudó tuve el deseo de descubrir esa zona tan erógena y súper sensible y por supuesto explorarla en su totalidad con el tacto, olfato y gusto.

    Pido disculpas por si algun lector no comparte este fetiche tan único y reitero, no pasa por lo «escatológico » sino que forma parte de adorar un culo femenino en su totalidad, me es fundamental esa previa y no puedo limitarme sólo a la penetración en sí, y en ese ritual fetichista en el cual me inicié con Maria José hoy lo repito con las mujeres que forman parte de mi presente.

    Y volviendo al recuerdo de esa primera vez la historia continuó así:

    Majo se sacó la pollerita, me la refregó en la cara y quedó vestida con una calza negra de lycra que era por demás cortita y adherente como si fuese su segunda piel.

    Le volví a meter la cara en su ojete y el calor que se desprendía de esa zona era tan elevada como un volcán a punto de entrar en erupción.

    Me quedé un buen rato ahí y ella estaba entretenida, reía feliz entregada a mi locura.

    Acto seguido se la bajó despacito como haciendo un show erótico, era toda una entendida en la materia. Se corrió esa tanga color salmón que me enloqueció más todavía al vérsela y asomó una conchita algo húmeda.

    Maria José tenía las hormonas a mil.

    Quedamos cara a cara, nos besamos por primera vez y fue algo hermoso, la tomé de la cintura para después sacarle la camisa y el corpiño. Descendí un poco más y puse mi cara a la altura de su concha y se la empecé degustar con la punta de la lengua. Todo su cuerpo tenía un no sé qué y me hacía adicto a adorarlo. Se posó adelante del monitor de la computadora y metí su vulva en mi boca. Su humedad era abundante y esa babita transparente pero viscosa me inundaba el rostro. Se la chupé como nunca y en lo mejor gimió como loca.

    Por suerte estábamos solos en su casa. Me empujó la cabeza bien adentro de su concha apretándome sin dejarme respirar… Sentí que tuvo unos movimientos como de contracción y acelerando sus latidos María José tuvo un tremendo orgasmo.

    Pero a pesar que acabó y quedó como relajada un instante su cuerpo quería más…

    Acto seguido se agachó y puso esa carita tan linda en mi recuperada y erecta pija que estaba lista otra vez.

    Me la agarró con las manos y masturbándome hasta ponerla «a punto» se la llevó a la boca.

    Yo agarraba su cara y le marcaba el ritmo de las chupadas, lo hacía increíble, chupaba, paraba, la miraba y se la tragaba otra vez, y así aguanté lo más que pude cuando sentí que se venía la avalancha, la agarre de la cabeza haciéndole presión para que se detenga y me contuve, pensé en otra cosa y evité eyacular.

    La di vuelta de nuevo, la arqueé sobre la mesa y me pajee entre esas tremendas nalgas, Majo me pedía que se la meta Ya!!! Explotaba de tantas ganas y estaba súper lubricada.

    Majo se retorcía de placer, todo eso le gustaba pero en demasía.

    Con toda esa humedad reinante en ella me paré y pensé ahora sí… le apoyé la pija en la conchita y gimió desesperada tan solo de tantearla.

    Primero entré despacio tipo tántrico o más bien por mi torpeza porque yo no era el rey de la experiencia ni mucho menos, fui de forma lenta por mis propios nervios del momento y ella lo gozaba, y a medida que me aceleré por como la veía y entre tantas embestidas ya gemía entregada al placer, era hermoso ese mete y saca tanto que la cogí más fuerte.

    Dándome la espalda ese orto se veía impoluto, con sus redondeces a flor de piel por tal postura, me puse en puntas de pie y le asomé un dedo en su agujerito menor y no puso resistencia. Me dejaba hacerlo y obviamente eso fue como una luz verde para que siga. Saqué lentamente mi miembro de su conchita e intenté penetrarla analmente… Pero la sentí temerosa y nos detuvimos.

    Me contó que Gastón era un tanto bruto al hacérselo por ahí… Y que últimamente todas sus relaciones sexuales eran anales, su novio solo la cogía por atrás y de forma violenta en las últimas relaciones que tuvieron.

    Uy por Dios!! Tal confesión me voló la cabeza!

    Me volví loco al oírla y le dije que Gastón era un mal tipo y que yo moría de celos cuando ellos estaban juntos.

    Le confesé ya sin rodeos lo mucho que me gustaba hace un montón de tiempo y quedando muda abrió grande los ojos como sorprendiéndose.

    -Y por qué nunca me lo dijiste? Yo toda mi vida te esperé, y si me lo decías antes no iba a dudar en terminar con Gastón para estar con vos mi amor.

    Y con un -Me gustás mucho desde que te conocí- salido de su boca casi como un susurro y mirándonos a los ojos sellamos el momento con un apasionado beso.

    No podíamos despegarnos y fuimos a su habitación de paredes color rosa. Ya en su cama de una plaza, con sus posters de sus ídolos típicos de su edad y su cantidad de osos de peluche de testigo un nuevo round estaba por dar inicio.

    Con muchos besos y caricias le pedí que confiara en mi que yo la iba a cuidar de ahora en más y ella accedió. Estábamos dando inicio a nuestra historia en ese preciso momento.

    Y Gastón ya era parte del pasado desde ese mismo instante.

    Nos las ingeniamos para caber los dos en su cama de una plaza y lo hicimos, gimió como loca y se notaba que tenia mucha experiencia en el sexo, ella me decía como hacérselo y amé ser su aprendiz.

    Pero yo tenía la idea fija, se lo di a entender y se me puso en cuatro ofreciendome ese culo perfecto. Se lo adoré un buen rato, se relajó y lo disfrutó.

    Cuando estuvo lista me dio la señal y le apoyé el glande, entró la cabeza de a poco y gimió asustada. Estuve inmóvil un buen rato hasta que se relajó y como que empezó a disfrutarlo.

    La agarré de la cinturita y de a poco me perdí en su interior.

    Era mi primera vez en hacer sexo anal y lo estaba haciendo con la chica que tanto deseé, con Majo, «La Piojo» y la dueña de mis pajas, simplemente un sueño que se estaba haciendo realidad.

    Era muy buena maestra y para enloquecerme peor me decía lo mucho que le gustaba por el orto.

    Yo más entrado en confianza y exultante fui aumentando el ritmo de las embestidas.

    Ese estímulo visual de tenerla así desnuda y en cuatro sumado al plaf plaf plaf de sus redondas y duras nalgas y como broche de oro Majo agitaba su suelto pelo para todos lados y me pedía más y más. Para ser mi primera vez era una enculada fenomenal.

    Se masturbó fuerte con una mano por un buen rato y ya desvanecida alcanzó un orgasmo, y al escucharla expresarse no pude contener mi leche… No me dio tiempo y le acabé bien en lo profundo de su intestino. Fue la experiencia más placentera de mi vida.

    Quedamos inmóviles, hubo unas risas cómplices, volvimos a callar y se le escapó un -Mi amor me encantó.

    Me saqué las tantas ganas de hacer el amor con Majo y me sentí en el cielo. Quedamos abotonados un rato mas y si fuese por mí no me salía nunca más de su culo.

    -Dale pendejo que esperas?- alcanzó a decirme dándome señal a que me salga. La fui sacando lento y salió ya flácida y los chorros de semen mezclados con un tantito de sangre salieron tímidamente. Nos fuimos juntos a duchar, algo volvió a pasar en ese baño y al salir anduvimos desnudos por la casa. Arreglamos el desorden de su habitación y después preparamos algo de comer. Miramos la hora, nos vestimos rápido y al rato regresaron sus padres. Nosotros actuamos como si nada hubiese pasado, no dejamos cabos sueltos.

    Fue única esa primera vez con María José, después de eso estuvimos más que juntos sexualmente hablando, nos la pasábamos cogiendo y ya no nos pudimos separar.

    Ella cambió mucho, la veía más madura, segura de sí misma y su rebeldía se apaciguó. Un tiempo ocultamos lo nuestro pero después ya se nos hizo imposible.

    Pablo me agarró a las trompadas al enterarse de lo mío con su hermana. Nos peleamos y dejamos de hablarnos pero con el tiempo lo terminó aceptando. Él se puso de novio con Laura, quien fue mi primera novia y en la actualidad con Majito somos los padrinos de Noah, el hijo que tuvo su hermano con mi ex.

    Con Mario y Josefina sus padres la relación continuó de maravillas, es más, siempre me halagaron por el hecho de haber podido «domar» a su rebelde hija que a decir verdad la conozco mejor que nadie, ya me sé todas sus manías y según ella soy su cable a tierra.

    Formalizamos la relación ya como «novios oficiales» y me mudé a su casa con ella, acondicionamos su cuarto y compramos una cama más grande y en esa habitación testigo de nuestra primera vez vivíamos cogiendo con un magnetismo único.

    La Piojo comenzó a cursar la universidad, no paró de estudiar y logró recibirse de odontóloga, su sueño de toda la vida.

    En la actualidad mi Majo es una excelente profesional reconocida y respetada por sus pares. Consiguió trabajo en un nosocomio de una gran urbe del interior del pais, alli es jefa de residentes y además tiene su propio consultorio odontológico en sociedad con una colega en esa ciudad donde vive.

    En cuanto a nuestra relación de pareja diría que vamos y venimos, estamos así en tantos y tantos años de estar juntos y para mí no deja ni dejará de ser mi novia a pesar de nuestras idas y vueltas.

    Por lapsos hacemos alguna pausa, por peleas tontas cada quien hace su propio camino y conocemos otras personas. Ella ha tenido algunas parejas, me ha dejado por algún tipo en oportunidades pero el tiempo me demostró que esos nuevos romances eran efímeros, su cuerpo es un imán poderoso de atracción y se la habrán cogido sin descanso, doy fe, pero las relaciones culminan debido a tiene un carácter muy bravo y llevarle el ritmo no es para cualquiera.

    Y de no querer ni pronunciar mi nombre me vuelve a hablar.

    Con un llamado y su infaltable -Hola amor… soy yo-. Palabras mágicas que siempre logran su cometido y le alcanzan para ponerme el mundo al revés… Y yo no me puedo resistir.

    Ella quiere volver y yo también y siempre terminamos regresando. Me la devuelven muy cogida pero ella es así, un ser muy sexual que me lo enseñó todo y con quién aprendí y eso me vuelve loco.

    Yo tampoco soy un santo y si bien tengo mis andanzas con Gabriela, la amiga de Marcela (mi vecina y amor platónico) y ahora las encamadas con Adriana (la cincuentona que se mudó hace poco al edificio) se están haciendo más asiduas.

    Majo es y será la titular y dueña de mi corazón. Es mi primer amor y «la tóxica de mi vida», que por cierto odia que la llame así.

    Y ahora con 30 y tantos años cumplidos es toda una milf y sigue con su pelo lacio, su carita de nena, su mal carácter y con ese culazo impresionante aún más apetecible que desde aquella nuestra primera vez.

    Ese culo es su carta comodín, la llave maestra que le abre puertas adónde vaya y cuando la veo de atrás me olvido de todo, es su arma de seducción y logra doblarme la voluntad, es demasiado perversa conmigo pero la amo así.

    Y como dije antes vamos y venimos y somos así de intermitentes y solo nosotros dos podemos soportamos y es por eso que nos necesitamos, estamos hechos el uno para el otro.

  • Profesora particular (II)

    Profesora particular (II)

    Si has leído la primera parte de mi historia, Profesora particular, ya sabrás que doy clases de repaso a Fernando, un joven que conozco desde pequeña, hijo de unos buenos amigos de mis padres. Yo terminé la carrera y mientras no encuentro un trabajo que me atraiga, ayudo al chico con las Matemáticas, que se le resisten un poco. No necesito el dinero -somos ricos- que me dan sus padres y doy las clases por complacer a los míos. Bueno, y también porque desde que le vi tan crecido y guapo, me muero de ganas de follar con él. Es que se ha convertido en un joven muy, muy atractivo!

    Las siguientes semanas transcurrieron bastante aburridas. Ya empiezo a desistir. Fernando va mejorando con las Mates, pero yo no consigo dar un paso hacia mi principal objetivo. Creo que pronto me voy a rendir y a dejar de ir a darle clases. Y la cuestión es que parece que le gusto y es que no me extraña porque estoy hecha un pibón, la verdad. Pero es tan tímido! Por suerte, su hermano Leo no le ha dicho nada de lo que hicimos esa tarde! O sea, debo reconocer que me lo pasé genial! Hasta que llegó su padre, qué vergüenza!

    Cuando este jeves había terminado la clase y ya me iba, Manuel y Lole, los padres de Fernando y de Leo, se dirigen a mí:

    – Oye, Esther, estamos muy contentos de como le van las clases a Fernando!

    – Sí, eres un sol, hija!

    – Oh, gracias, titos! La verdad es que ha mejorado mucho con las Matemáticas, sí!

    – Y eso es gracias a ti.

    – Lo cierto es que estoy pensando en dejar de darle las clases, creo que ya no las necesita.

    – No, no, por favor!

    – Esther, tus clases le dan seguridad. Si es por el dinero, te pagaremos el doble.

    – O el triple!

    – No, no es por el dinero. Es solo que…

    – De verdad que agradecemos y valoramos mucho tu trabajo con el chico.

    – Sí, ahora se le ve mucho más seguro.

    – Bueno, vale, pues, no os preocupéis, o sea, seguiré viniendo.

    – Sí, sí, por favor!

    – Y ya está decidido: te daremos el doble de dinero!

    – No, no es necesario.

    – Tú bien lo vales!

    – Gracias, titos. Como os parezca, pero si es que ya me pagáis muy bien! Bueno, pues hasta el martes!

    – Adiós! – nos despedimos con un par de besos a cada uno.

    Cuando ya estoy alejándome unos metros de la casa, Manuel me llama:

    -Ah, Esther, mira, no he querido decir nada delante de Lole, pero creo que debemos hablar de lo que vi ese día cuando llegué a casa y estabas con Leo.

    – Eh? No, pero si no pasó nada. Yo…

    -Aquí no, aquí no, no quiero que mi mujer se disguste. Mañana hablamos.

    – No, pero si mañana no vengo, tito. Es viernes!

    – Te invito a un café en un bar. Te envío un mensaje y te digo cuándo y dónde.

    – Pero yo… es que no hay nada de qué hablar. Mira, si estás enfadado, yo… si quieres, dejo de venir a dar clases y ya está!

    – No, no, ya te digo, al contrario. Te pagaremos el triple. O más. No quise decirlo delante de Lole, pero creo que te lo mereces.

    – No, pero si ya me dais mucho!

    – En eso no hay discusión. Hasta mañana! Ah, y ponte guapa, como siempre, vamos!

    – Vale, hasta mañana! Adiós, tito!

    – Adiós, bonita!

    El mensaje me dijo que quedábamos en una cafetería del centro. Yo decido vestir elegante, pero muy discreta. Me temo que Manuel me va a echar una bronca por cómo me presento a dar clases a su hijo menor.

    – Hola, Esther! – se levanta para saludarme.

    – Hola, tito! – me da un beso en la mejilla, muy cerca de los labios y me acerca a él con su mano en las nalgas. Yo me separo, me lo miro seria y nos sentamos.

    – Aunque estás muy guapa y vienes muy elegante, me había hecho a la idea de que vendrías tan sexy como siempre.

    – Bueno, tito, hoy he decidido ponerme este outfit.

    – La verdad es que me gustas más como vienes a dar las clases.

    – Ah, no sé. Bueno. – cambio de tema- Esta cafetería está muy bien. De lujo!

    – Sí. Y es que es del mejor hotel de la ciudad.

    – Ah!

    – Mira, Esther, iremos a un lugar más tranquilo. Tengo una habitación en este hotel e iremos allí a hablar.

    – No hace falta. Aquí estamos bien, tito.

    – Sí, pero allí estaremos más cómodos, verás.

    – Bueno, no sé, como te parezca mejor.

    Subimos en ascensor y entramos en la 707. Más que una habitación, parece el salón de un palacio. Delante de un sofá hay una mesita parada con una botella de cava en una cubitera y unas pastas y canapés.

    – Creo que te apetecerá mejor un poco de champán que un café, Esther.

    – Oh, qué sorpresa! Vale, sí, je, je. Je! Gracias!

    Abre la botella y me sirve muy educadamente. Brindamos. Está riquísimo!

    – Mira , Esther. Como te dijimos, estamos muy contentos de tus clases a Fernando. Sobre todo yo!

    – Ay, gracias, tito. Es que es muy buen alumno.

    – Y tu una maestrita que enseñas mucho y muy bien.

    – Es que, para mí, las matemáticas son muy fáciles! – me vuelve a llenar la copa.

    – Sí, pero no es sólo eso. Fernando está muy contento contigo. Y Leo también habla maravillas de ti.

    – Ah! – me sonrojo y él me guiña un ojo.

    – Y yo, procuro llegar a casa antes de que te vayas sólo para verte. Para descubrir con qué modelito te presentas dar las clases.

    – Ya, me gusta vestir bien. Me alegra que te guste. – muy avergonzada.

    – Sí, por ejemplo, me encantó el vestidito negro que traías y más sabiendo que ese día no usabas ni sostén ni braguitas.

    – Ay, tito! Es que, depende del vestido, es mejor no llevar ropa interior para que no se marque.

    – Ya, ya. Pero según me dijo mi hijo mayor, también te presentaste sin bragas para… bueno, para provocarle. Y para ponerle las cosa más fáciles para… para que él…

    – No, eso dijo Leo? No es verdad! Será…!

    – Bueno, no te enfades con él. Nos tenemos confianza. Y claro, cuando le pregunté por lo que había pasado, pues me lo contó todo.

    – Pues no te dijo la verdad, tito. Yo…

    – Mira, no pasa nada. Si me encanta saber que, aparte de estar tan buena, no tienes reparos en…

    – Sólo fue ese día, tito. Leo me engañó. Me dijo que…

    – Déjalo, déjalo. No pasa nada.

    – Ay, aquí hace mucho calor!

    – Serán los nervios.

    – No se puede bajar la calefacción, tito?

    – Vay muy tapada hoy. Quítate algo de ropa, Esther.

    – Quizá sí, mejor. – me quito la chaquetita y quedo con la blusa blanca.

    – Bueno, te dije que te íbamos a dar más dinero, el triple, pero creo que en realidad cobrarás cinco veces más.

    – Tito! Cinco veces más? Pero… por qué?

    – Porque nos tienes a todos muy contentos. Y queremos que tú también lo estés.

    – No, si yo…

    – Mira, desde el primer día que viniste a casa, ya me fijé en lo crecidita y guapa que estás. Y ese día, cuando os pille con Leo, desnuda, comiéndole la polla, tan excitada…

    – Ay, qué vergüenza, tito! Por favor, no le digas nada a Fernando! Ni a tu esposa!

    – Por eso no te preocupes, no le diré a nadie lo que vi ni lo que me explicó Leo.

    – Yo no sabía que él tiene novia! Estoy muy avergonzada, tito!

    – No, no, al contrario. Sí me gustó verte así! Desde ese día que no me quito de la cabeza el deseo de volverte a ver desnuda.

    – Oh, tito! Pero si podría ser tu hija! E incluso tu nieta!

    – No te pases, Esther!

    – Pero si es así! Cuántos años tienes?

    – Eso ahora no importa. Mira, sabiendo, por lo que vi y me contó Leo, que disfrutas tanto con el sexo, sólo te pido una cosa: sigue viniendo a dar las clases los dos días a la semana, vestida a tu manera, muy sexy, pero un par de horas antes.

    – Pero me dijo Fernando que él no puede estar antes de…

    – No, no es para dar clases a Fernando. Es para enseñarme a mí.

    – A ti? También debes aprobar una asignatura? Para el trabajo?

    – No, no, claro que no! Seguro que me entiendes. No te hagas la tonta! – me sirve más champán. No sé si os dije que está más que sabroso. – Mira, lo tengo todo pensado. Lole trabaja hasta más tarde y yo saldré antes del trabajo para que tú me des tus excelentes clases particulares, para que me enseñes…

    – Tito, no sé si quieres decir…

    – Sí, eso que te imaginas. Sé que tienes tiempo. Me dijeron tus padres que no haces nada.

    – Ay, qué vergüenza! Pronto voy a trabajar, si es que tengo notas de matrícula de honor!

    – Ya, ya lo sé! Pero mientras no encuentras un trabajo que te plazca, nos das clases a mi hijo pequeño y a mí. Tus padres estarán contentos de que hagas algo, que trabajes un poco más!

    – Ya, sí, seguro que les preocupa que esté tan vaga e inactiva.

    – Todos ganaremos. Verás que aunque yo sea mucho mayor que tú y no tan guapo como Leo o Fernando…

    – No, tito, no digas eso. Siempre, ya de pequeña, pensé que eres un hombre muy atractivo!

    – Pues así todavía mejor! Ja, ja, ja! Oye, aún tienes tanto calor?

    – Uf, sí! – yo no sabía que había puesto el termostato a muy alta temperatura para que me desnudara por el calor.

    – Mira, desabróchate un botón de la blusa. No, mejor, un par. – me los desabrocha él. – Así mejor? – me mira el sostén y noto que le gusta mi escote.

    – Oye, tito, pero qué tendría que hacer si vengo antes a vuestra casa? -me hago la ingenua.

    – Sólo lo que tú desearas, hija. Únicamente tendrás una condición, para ti muy fácil que cumplir: que siempre vistas de manera erótica, que algunos días vengas sin sostén, otros sin braguitas, con falditas muy cortas o con pantalones muy apretados…

    – Ya, eso no sería problema. Al contrario. – pienso en Fernando y en seguir insinuándome con él y ponerle las cosas fáciles. – Pero, ay, no sé, tito. Siempre os he visto como unos segundos padres. Yo, a tu lado, soy una niña. Y tú eres un hombre casado!

    – Bueno, sí, pero Leo tiene novia y eso no te detuvo y le hiciste una buena mamada y un increíble 69!

    – Oh, tito! Es que no sabia que él estaba comprometido!

    – No pasa nada, ya me dijo que fue sólo sexo! Y no os culpo. Es que estás hecha un buen pibonazo! Pues ya está. Lo único, que me gustaría, bueno, hacerte como un examen, antes de, digamos, firmar el contrato, ja, ja, ja! A ver, acércate, niña!

    Amablemente, con una mano en mi cintura, me acerca a su boca, me besa fugazmente los labios, aparta su boca y me mira a los ojos y siento su respiración y tengo ganas de besarlo y le beso y su lengua se abre paso hasta la mía mientras siento sus manos en mis pechos y me desabrocha completamente mi blusa y huele mi cuello y mi escote y lo vuelve a husmear como un perro y nos besamos de nuevo mientras ya siento que me baja el sostén por debajo de los pechos y me los lame y agarra con fuerza y yo los tomo y se los ofrezco para que me los mame lo cuál hace enseguida y con fuerza como si me quisiera arrancar los pezones y yo me excito y los dos suspiramos y gemimos y me desabrocho el pantalón y le acerco su mano a mis braguitas y él las baja un poco y encuentra mi sexo húmedo y excitado.

    Entonces se detiene.

    – Esther, ya está. Has pasado la prueba. Un sobresaliente!

    – Tito, ya… está?

    – Sí, sí. Ya te dije que no querré que nunca hagas nada que no desees. Como regalo de inicio, hoy ya te voy a dar quinientos euros. – se saca el billete de la cartera.

    – Pero tito! Eso es mucho dinero! O sea, Ay, no sé. Ven, ven! – le acerco y le bajo la cabeza hasta mis pechos y me los chupa de nuevo. – Es que no te gustan mis tetas, tito?

    – Me encantan, Esther! Nunca he mamado unas de mejores! -con la boca llena de mis pechos.

    – Chúpamelas, tito, chúpamelas, son todas para ti! Agárramelas y cómeme los pezones, oh, hmmm, tito! – le acerco su mano a mi cintura y la introduzco dentro de mis bragas empapadas y él me acaricia el clítoris y enseguida me penetra con su dedo medio lo cuál me encanta y sin pensármelo le tomo la otra mano y la acerco a mis nalgas y él las acaricia y les da un par de cachetes para enseguida meterme un dedo en el ano.

    – Estás muy caliente, Esther!

    – Sí, tito! Méteme más dedos por favor, en el coño y en el culo! – él no se hace de rogar y siento que me parte en dos cuando me mete casi toda una mano en la vagina y otra en el culo y noto que sus dos manos casi se tocan dentro de mis entrañas y es cuando siento tanto placer que sin pensarlo le abro la bragueta y le acaricio su verga y sus testículos por encima de los calzoncillos – Tito, también estás muy excitado! Quieres que te la chupe?

    – Sí, sí, por favor, ven, ven, así, ponte de cuclillas! Oh, hmmm! – me agarra la cabeza y me trago todo su miembro, me llaga hasta la campanilla – Que bien la chupas, Esther! Se nota que estás hecha toda una mamona! Hmmm, así, así!

    – Ay, no para de crecerte, tito! Está muy rica! Y tienes la punta muy húmeda. Hmm, qué sabroso! Córrete en mi boca, por favor! Deseo ver a qué sabe tu leche caliente! Pero no pares de tocarme las tetas! – con una mano le masturbo dentro de mi boca y con la otra me acaricio el clítoris y el flujo empapa mi coño y me resbala por las piernas.

    – Ay, hija, ay, cupa, chupa, así con la lengua, ay, hmmm, que guarra! – me lanza un chorro directo a la campanilla – ah, oh, puta, puta, ah, la puta!

    – Que sabrosa tu leche, tito! Dame más!

    – Toma, toma! – saca su pene de mi boca y me dispara abundante lefa a mi cara y yo relamo la que puedo con la lengua.

    – Trágatela, Esther, trágatela toda!

    – Ay, no sé, tito, nunca antes… yo… o sea…

    – Es que acaso no te gusta?

    – Sí, está muy rico tu semen! – sigo ordeñándole para no perderme ni una gota.

    – Venga, pues, una buena mamona debe tragárselo todo, no escupirlo.

    – Me gusta, me gusta, tito! Hmm, gracias! – recojo el de mi cara y mi barbilla con un dedo y lo sorbo con gusto y me lo trago. – Que rica tu leche!

    – Qué guarrita! Eres muy cariñosa y me gusta que también seas tan caliente!

    – Eso no es malo, no, tito? – me hago la inocente.

    – No, no, al contrario! Me encanta que parezcas una putilla!

    – Tito, no me digas esto! – me hago la ofendida.

    – Es un hablar, mujer! Una puta fina, elegante y, sobre todo, muy sexy y guapa! A ver, mira, ven. Ahora quiero saborearte yo. – me agarra fuerte los pechos y me los chupa, mordisquea y lame para enseguida bajarme los pantalones y sacármelos y me baja las braguitas y me las quita y las huele con placer y me tumba de lado en el sofá, me levanta una pierna y acerca su cara a mi sexo que rezuma de mis jugos y me huele y lame y me besa y me introduce todos los dedos de una mano en el coño y los otros en el culo y empieza un mete-y-saca que me vuelve loca y me corro no sé cuántas veces dejando empapado el sofá e incluso la camisa y la cara de Manuel.

    Al cabo de una hora, agotada y aún con sus manos dentro de mí y comiéndome los pechos le susurro:

    – Tito, he aprobado el examen?

    – Sí, con sobresaliente, hija! Eres estupenda!

    – Gracias, tito!

    – Pero bueno, eso es sólo una presentación. Espero que en las clases aún saques mejor nota!

    – Sí, sí, tito, seguro que te daré clases cada vez mejores! Ya verás!

    – No lo dudo, hmmm!

    – El dinero me da igual, tito! Sólo te pido, por favor, que no les digas nada a tus hijos, ni a tu mujer ni a mis padres.

    – No, no diré nada, pero sólo con la condición de que seas la mejor profesora particular que me pueda imaginar!

    – Sí, sí, tito! Es que eres tan amable y atento conmigo! Hmmm!

    – Es que con un pibón así! Tan sexy, tan cariñoso y tan caliente!

    – Ay, tito, no pares, no pares! – me abro tanto como puedo para que me penetre con todos sus dedos y durante otra hora él continua el mete-y-saca en mis dos agujeros y yo sigo con orgasmos bestiales y grito y grito de placer, mientras él sigue sorbiendo mis tetas que tengo cada vez más sensibles.

    Por la calle me temblaban las piernas. Nunca me había corrido tanto tiempo y tantas veces y tan seguido con nadie. Manuel demostró que le gusto mucho y que llevaba tiempo queriendo estar conmigo. También comprobé que era un experto en dar placer a una chica. Qué suerte que tiene Lole de tenerle por marido! Cuando llegué a casa, casi no me creía lo que había pasado. En parte me avergonzaba, sobre todo cuando vi a mis padres y me dieron los típicos besitos de bienvenida. Se la había estado chupando a Manuel, su mejor amigo! Y él me había masturbado durante toda la tarde! Pero también deseaba que llegara el martes para empezar las… clases con Manuel. Saber que me encuentra tan apetecible y guapa me ha dado seguridad y me ha animado a seguir luchando para conseguir mi objetivo principal: follarme a Fernando. Y mientras no lo consigo, pues a pasármelo bien con su padre, que todavía es muy atractivo, aunque sea mayor que mis padres! Ya estoy pensando en qué modelito me voy a poner. Tú, estimado lector, qué me aconsejas? Voy con sostén o sin? Y con bragas o sin bragas? Ay, ya me estoy excitando de sólo pensarlo.

  • El nuevo tratamiento de la psicóloga

    El nuevo tratamiento de la psicóloga

    Empecé a sufrir ataques de ansiedad después de sufrir un accidente de tráfico. Físicamente salí bien parado, pero emocionalmente quedé tocado. En el accidente hubo varios muertos y yo sufría la culpa del superviviente. Como no conseguía controlar los ataques de ansiedad, empecé a ver a una psicóloga. Los psiquiatras ya me habían recetado unas pastillas, pero, si bien algo ayudaban, no consiguieron quitarme la ansiedad por completo.

    Mi psicóloga, Alex, era una joven en el final de la veintena, con el cabello negro, liso y largo hasta la mitad del brazo. Llevaba unas gafas grandes con marco metálico casi imperceptible, sobre unos ojos color miel. Sus labios no eran muy gruesos, pero sí de un color bermejo de manera natural. Sus caderas eran anchas, si bien su cintura era pequeña. Y sus pechos parecían considerables, aunque nunca llevaba ropa ceñida por encima de la cintura. Aquel día, ella vestía unos vaqueros blancos apretados, una blusa negra, y unas Converse negras.

    Cuando fue mi turno la saludé y la seguí hasta su oficina. Ella cerró la puerta detrás de mí y yo tomé asiento en una silla frente al escritorio. Alex se mantuvo de pie y me miró con los brazos cruzados, apoyando la cadera en el escritorio.

    —Había pensado en hacer algo nuevo hoy.

    —Ah —dije sorprendido. Normalmente, lo que hacíamos era básicamente hablar sobre lo que sentía y las situaciones que me provocaban ansiedad.

    —Me gustaría probar la hipnosis. ¿Te parece?

    —Sí, claro —en realidad no lo tenía tan claro. No confiaba en la hipnosis, nunca me habían podido hipnotizar.

    Mi dijo que me tumbara en el diván mientras ella se sentaba en la silla que había a un lado del mismo.

    —Respira tranquilamente y presta mucha atención a mi voz. Mira el reloj que hay frente a ti en la pared.

    Miré la pared y en efecto había un reloj con forma de gato. Vi que la cola se movía al son de los segundos de un lado a otro.

    —Concentra tu atención en mi voz y tus ojos en el rabo del gato.

    Empezó a decirme que me relajara, repasando todas las partes de mi cuerpo para que yo las sintiera relajándose y desechando la tensión del día. Después de un buen rato de aquel modo, utilizó unas frases, que no voy a divulgar aquí por el peligro que tiene conocerlas. Según he podido comprobar más adelante, las frases funcionan en la mayoría de las personas, pero hay un pequeño porcentaje de la población que no podemos ser hipnotizados.

    —Ahora cierra los ojos —hice caso.

    Ella creía que me había hipnotizado, pero lo cierto era que no. Yo era plenamente consciente de todo lo que ocurría a mi alrededor. ¿Y por qué obedecí sus palabras? Al principio me daba vergüenza que se diera cuenta de que no lo había conseguido. Después… bueno, en seguida os daréis cuenta de porque continué actuando después.

    —¿Estoy hablando con el subconsciente de X? —me preguntó (es evidente que mi nombre no es X, pero esto es lo último que no comparto contigo, prometido).

    —Sí —le seguí el rollo.

    —¿Qué opinas de mí? —me preguntó. Aquello me descolocó.

    —Creo que eres buena profesional —respondí desconcertado.

    —No es eso lo que quería saber. ¿Qué opinas de mi cuerpo?

    No sé como pude controlar mi cuerpo y el gesto de mi rostro, quizá fue la relajación de antes; pero el caso es que no desvelé mi estado completamente consciente y respondí de la manera más sincera que pude, como haría un hipnotizado.

    —Me gusta tu cuerpo.

    —¿Has tenido fantasías sexuales conmigo?

    —Sí —estaba siendo sincero. Sin embargo no entendía por qué me hacía estas preguntas.

    —¿Te has masturbado pensando en mí?

    —Sí.

    Entonces empezaron a venir a mí algunas de aquellas fantasías que efectivamente había tenido y así, sin comerlo ni beberlo, empecé a sentir como mi pene crecía dentro de mis pantalones. Sentía vergüenza, porque en la postura que estaba, no había manera de disimular aquella erección, pero no pude evitarlo. Creció y creció hasta que tuve un bulto enorme en la entrepierna de mis vaqueros.

    Escuché como Alex soltaba una suave risita y entonces sentí como algo me tocaba la entrepierna. ¡Era su mano! Mi pene saltó bajo su tacto, empujando hacia arriba el pantalón.

    —Vamos a ver qué tienes aquí —dijo en un susurro.

    Con lentitud me desabrochó el cinturón y el botón de los vaqueros. Después, también lentamente, me bajó la cremallera. Yo sentí que mi erección escapó del vaquero sobresaliendo y empujando con fuerza la fina tela de mis calzoncillos.

    Con los ojos cerrados, no veía la escena, y debía imaginar todo lo que ocurría. Así que empecé a imaginar su cuerpo desnudo pegado contra el mío. Su mano masajeó mi pene a través de la tela. Yo estaba muy excitado y sentía que no tardaría mucho en correrme como siguiera así.

    Entonces ella destapó mi pene bajando los calzoncillos y los pantalones. Sentí que mi entrepierna estaba al aire y mi pene latía al son de mi corazón, saltando con cada latido. Una gota de líquido preseminal se derramó sobre mi vientre. Sentí como su mano frotó el lugar y después envolvió mi pene en un agarre fuerte pero suave. Su mano estaba caliente y húmeda, como si hubiese echado un poco de saliva en ella.

    —Mmm, qué rica… —susurró Alex.

    Empezó a masturbarme, moviendo la mano arriba y abajo. Yo estiraba mis piernas y apretaba mis manos, sintiendo el placer recorriendo mi cuerpo. Tanto era así, que no pude evitar decir:

    —Cómemela…

    Y para mi grata sorpresa, sentí sus labios sobre mi glande, besándolo. No pude aguantar más y abrí con cuidado los ojos. Ella chupaba mi glande con los ojos cerrados, sus cabellos negros derramándose sobre mi vientre desnudo, su mano izquierda masajeando mi pene y su mano derecha deslizándose por debajo de mi camisa y acariciándome el pecho.

    Continuó masturbándome mientras chupaba mi glande. Cambió de mano para aumentar la velocidad, su boca sin despegarse de mi glande en ningún momento.

    Entonces sentí como si fuese a explotar. Apreté la mandíbula y los puños, tratando de aguantar un poco más, solo un poco más… Y llegué al orgasmo de manera explosiva. Mi semen saltó de mi pene al son de mi corazón, parte dentro de la boca de Alex, y parte resbalando por la mano que sujetaba mi pene.

    Ella continuó chupándome el glande como si se tratase de un chupa-chups. Con la lengua recogió todo el semen que había por el tronco de mi pene y por su mano, tragando cada vez que cogía un poco.

    Cuando acabó de limpiar todo con la lengua mi pene ya había encogido bastante. Lo dejó suavemente. Me subió los calzoncillos y los vaqueros y me abrochó todo, como si nada hubiera ocurrido. Después volvió a hablar:

    —No recordarás nada de lo que acaba de ocurrir.

    —No lo recordaré.

    —Pero te lo imaginarás la próxima vez que te masturbes, y creerás que es solo tu imaginación.

    —Sí.

    Después me sacó de la hipnosis y me dijo:

    —Ya está. Creo que hará efecto, la sesión de hipnosis ha ido bien —yo la escuché, tratando de disimular—. Ahora seguramente te sentirás como cansado y muy relajado, es normal —esto último lo dijo con una sonrisa pícara—. Aunque vamos a necesitar más sesiones de hipnosis, te veré la próxima semana, ¿OK?

    Como os podéis imaginar, dije que sí.

  • El diario de Akari (capítulo 1): La confesión

    El diario de Akari (capítulo 1): La confesión

    «Otra vez, ¿eh?». Estoy sentada afuera de la oficina del director y él está parado a mi lado. Golpeé a la chica. De nuevo. «¿Ella se lo merece?».

    Ahí lo tienes, dándome de nuevo el beneficio de la duda. No hace que sea fácil mantener estos sentimientos encerrados dentro de mí. Quiero llorar. Quiero decirle. en lugar de eso me encojo de hombros.

    «No sé». -digo de mal humor. Ya estoy furiosa conmigo misma. Callarse la boca. Deja de actuar como una mocosa mimada.

    Puedo ver cómo le duele, cómo sólo quiere ayudar. ¿Por qué no puedo simplemente…? Porque ser honesta significa decirle cómo me siento.

    «Ella sólo… no sé… estaba diciendo que parezco un niño». Ella está en lo correcto. A pesar de mi pelo largo y una cara que durante años me ha dicho que es linda, no puedo evitar odiar este cuerpo. Tal vez si pareciera más femenina me miraría… diferente.

    «Estás por cumplir 19, Akari, debes empezar a ignorar este tipo de cosas. De todas maneras, yo considero que eres una bellísima mujer».

    Mi corazón se acelera ante sus palabras. No estoy seguro si sólo está tratando de hacerme sentir mejor o si realmente lo dice en serio, pero ahora mismo no importa. Vuelvo a mirarlo, esperando que mis ojos delaten el amor y el deseo que siento por él.

    «Lo sé, papá… de todas maneras gracias». -digo usando el término cariñoso que siempre he usado con él.

    Hay mucho más que quiero decir, mucho más que quiero mostrarle, pero me contengo, en cambio, me inclino hacia su costado y cierro los ojos, disfrutando de la calidez de su presencia. Esto tiene que ser suficiente por ahora, hasta que tenga el valor de contárselo todo.

    «Vámonos de aquí, le diré al director que te dio fiebre».

    De repente, siento una oleada de gratitud hacia él. Siempre sabe cómo hacer que todo sea mejor y su amor por mí es incondicional. Tomo su mano y camino a su lado, llena de admiración y aprecio.

    «Gracias, papá». -Repito, mirándolo con una sonrisa.

    De repente me siento valiente y audaz, y decido arriesgarme.

    «Papá, ¿Podemos hablar de algo importante cuando lleguemos a casa?». -Pregunto, mi voz tiembla ligeramente por mi nerviosismo.

    «Dime lo que quieras mi niña».

    Mi corazón se acelera ante sus palabras. Se siente como el momento que estaba esperando, el momento en el que finalmente podré contarle todo lo que me ronda la cabeza.

    «Es sobre nosotros, sobre cómo me siento en realidad». Respiro profundamente, tratando de calmar mis nervios.

    De repente, mi coraje flaquea y dudo.

    «Pero… no sé si es el momento correcto. Tal vez debería esperar». Me detengo y de repente me siento pequeña y vulnerable.

    Llegamos a casa.

    «Por lo que veo tú madre aún no llega, vamos adentro, dime lo que tengas que decir».

    Mi corazón se acelera con anticipación mientras entramos a la casa. La ausencia de mi madre sólo aumenta mi nerviosismo, pero respiro profundo y trato de concentrarme en la tarea que tengo entre manos.

    «Papá, sé que esto podría sonar extraño o inapropiado, pero…». -Hago una pausa, tratando de encontrar las palabras adecuadas. «Tengo sentimientos hacia ti, sentimientos que van más allá del amor paternal».

    Se siente como si hubieran quitado el aire de la habitación mientras hago mi confesión. Estoy aterrorizada por su reacción, pero sé que ya no puedo mantener estos sentimientos reprimidos dentro de mí.

    «Me gustaría saber cómo te sientes al respecto». Agrego, esperando y rezando para que no me rechace.

    Mi corazón se acelera cuando me abraza con fuerza. No estoy segura de qué esperar, pero me alegro mucho cuando me mira a los ojos y me besa en los labios. Es un beso largo y profundo, siento sus manos en mi trasero, agarrándome con fuerza.

    Por un momento, me pierdo en la sensación de su toque y todas mis inseguridades y dudas se desvanecen. Sé, en ese momento, que estamos destinados a estar juntos, que nuestro amor trasciende las normas y tabúes sociales.

    Cuando finalmente termina el beso, lo miro con lágrimas de alegría y alivio en los ojos.

    «¿Realmente sientes lo mismo que yo, papá?». Pregunto, mi voz temblando de emoción.

    «Quizás no lo mismo, pero sí parecido…». Dice, mientras suelta los botones de mi camisa.

    Mi corazón continúa acelerado mientras confirma sus sentimientos por mí. Escucharlo decir que siente algo similar a lo que yo siento es suficiente para hacerme sentir la chica más feliz del mundo.

    Mientras desabotona mi camisa, puedo sentir mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. No puedo creer que esto esté pasando, que me quiera como yo lo quiero a él.

    Sin dudarlo, extiendo la mano para tocar su pecho, sintiendo el calor de su piel y el latido de su corazón bajo mis dedos. Es un sentimiento que me llena de emoción y ternura.

    «¿Entonces…qué pasa ahora?». Pregunto, mi voz temblando ligeramente.

    «No nos has contado, Akari… ¿Has tenido novio ya?». Me quita la camisa y me baja la falda, dejándome en ropa interior.

    Siento una punzada de tristeza y culpa. Me está desnudando y lo único en lo que puedo pensar es en que nunca he tenido intimidad con nadie antes. Aun así, decido ser honesta.

    «No, papá. Nunca he tenido novio… ni he estado con nadie antes.» Lo confieso, mi voz apenas es más que un susurro. A pesar de mi vulnerabilidad, me siento segura con él, como si pudiera decirle cualquier cosa.

    Cuando me quita la camisa y la falda, dejándome en ropa interior, siento una mezcla de emoción y miedo. Nunca antes había estado expuesta así, pero sé que quiero estar con él más que nada.

    «¿Tú has estado con alguien más además de mamá?». pregunto, curiosa.

    «Hay cosas que es mejor que no sepas». Dice mientras me suelta el sostén, dejando al descubierto mis senos

    Siento una descarga de adrenalina y deseo. Esto es todo, finalmente voy a estar con él, para experimentar todas las cosas que siempre he soñado.

    Sus palabras sobre su propio pasado me hacen sentir curiosidad, pero sé que no debo entrometerme. Ahora mismo lo único que me importa es él.

    Sintiéndome más segura ahora, empiezo a pasar mis manos por su pecho y estómago, sintiendo los músculos allí. Por primera vez, me doy cuenta de cuánto lo deseo, en todas las formas posibles.

    «Papá, te deseo de una manera que nunca he deseado a nadie más. Quiero estar contigo, ahora y siempre». -digo, mis ojos fijos en los suyos.

    «Entiendes que tú mamá no puede saberlo, ¿verdad?».

    De repente, la realidad de nuestra situación me golpea. Tiene razón, mi madre nunca podrá saber de nosotros. Sería demasiado para ella y lo arruinaría todo.

    «Sí, lo entiendo.» —digo, mi voz tiembla ligeramente. Tengo miedo de que esto vaya a cambiar las cosas entre nosotros, pero sé que tengo que aceptar lo que es. «Pero… ¿qué va a pasar entonces?». Pregunto, mi voz llena de incertidumbre.

    «Siéntate en ese sofá».

    Hago lo que dice, todavía sintiendo una mezcla de deseo y aprensión. Observo cómo se acerca a mí, preguntándome qué tiene en mente.

    Por un momento tengo miedo de que cambie de opinión, que me diga que no podemos estar juntos. Pero en lugar de eso, extiende la mano para tocarme y pasa sus dedos por mi piel.

    De repente jadeo cuando me quita las bragas y me deja completamente desnuda. Observo con asombro cómo desciende entre mis piernas y comienza a lamerme íntimamente.

    Las sensaciones son increíbles, olas de placer recorriendo mi cuerpo. Puedo sentir que me mojo más con cada toque, y extiendo la mano para tocarlo, tirando de su cabello extasiada.

    «¡Papá!». Gimo, apenas capaz de contener mi deseo. «¡Sigue, sigue así, por favor!».

    Acaricia mis senos mientras continúa complaciéndome con su boca, siento mi cuerpo temblar de placer. Estoy muy cerca del orgasmo y sé que llegaré pronto.

    Mis manos ahora están enredadas en su cabello, animándolo a seguir adelante, a seguir tocándome. Estoy perdida en un mar de sensaciones, mi mente nublada por el deseo.

    «¡Papá, no puedo más! ¡Voy a… ahh!». Mis palabras se cortan cuando finalmente llego al clímax, mi cuerpo tiembla de placer cuando llego al orgasmo.

    «Ese fue tu primer orgasmo mi niña, ¿Qué tal?».

    Mientras recobro el aliento después de mi intenso orgasmo, lo miro con una sensación de asombro y felicidad.

    «Fue increíble, papá. Nunca había sentido algo así antes.» -digo sintiendo una mezcla de emociones. Estoy a la vez agradecida y llena de deseo cuando lo miro.

    Me doy cuenta de que esto es sólo el comienzo, que hay mucho más que quiero explorar con él. A pesar de la naturaleza tabú de nuestra relación, sé que estamos destinados a estar juntos, amarnos y apreciarnos mutuamente.

    «¿Lista para seguir?».

    Su voz resuena en mi interior y de repente mi lado lujurioso se hace cargo. «Sí, estoy lista, papá». Digo, mi voz llena de emoción y deseo.

  • Succionando tres almejas pringosas en un multicines

    Succionando tres almejas pringosas en un multicines

    Jorge es un gigoló-chapero que busca a sus clientes en las puertas de los teatros y cines. Hace como que espera a alguien y observa si alguna mujer u hombre le hace una seña. Si es así, su cliente paga la entrada y ya dentro, aprovechando la oscuridad de la sala, le hace algún trabajito.

    Hoy, tres cincuentonas están celebrando la despedida de casada de una de ellas. Se acercan a la entrada del cine con mucho jolgorio y risotadas.

    La que se llama Julia es muy alta, andará en el 1,78 m, rubia y lleva un vestido entubado largo rojo. Otra de las amigas se llama Carla. Es gordita, mide 1,60 m y pesará 75 kg. Lleva media melena color castaño y viste con jeans ajustados, marcando unas cachas y muslos prominentes. La tercera amiga, que es la protagonista de la fiesta, se llama Andrea. Es morena de pelo, este lo lleva con trencitas, de altura media y lleva minifalda roja y blusa blanca.

    Las tres se fijaron en Jorge, que iba muy apuesto, con traje gris claro y camisa blanca sin corbata. Es un buen mozo de 1,82 m y bien musculado.

    Andrea se acerca a él y le pregunta:

    –¿Esperas a alguien, guapetón?

    –Sí, a vosotras –le contesta Jorge, con cierto desparpajo y poniendo cara de vicio.

    –Pues se acabó la espera, majo. Entra con nosotras que tienes mucho trabajo que hacer –le dice Carla, que es la más descarada y choni de las tres.

    Le pagaron la entrada y, ya dentro de la sala, se sientan en unas butacas del fondo, haciendo esquina.

    Mientras las luces seguían encendidas se presentaron y Jorge les comentó que era puto. Carla ya se había dado cuenta porque reconoció su cara al haberla visto antes en una página web de contactos.

    –Pero tú vas a vela y a motor, ¿no? –le suelta Carla con socarronería.

    –Sí, me van las almejas y las gambas –contesta Jorge.

    –Pues algún día igual te contrato para que le comas la gamba a mi marido, que últimamente le cuesta izar bandera conmigo. Igual esa es la solución –dice Julia, animándose a entrar al cachondeo.

    –Sí, pero esta noche te vas a hartar a comer berberecho, almeja y mejillón. Vas a tener agujetas en las mandíbulas de lo mucho que vas a ejercitarlas –continúa Carla, que era la más guarrindonga de las tres.

    En esto que se apaga la luz y comienza la película. Andrea se aproxima al oído de Jorge y le dice:

    –La película dura dos horas, cariño. Bájate al pilón y no subas en todo ese tiempo. Provócanos un par de orgasmos a cada una.

    Jorge se coloca de rodillas ante ellas, entre el estrecho espacio que hay entre butaca y butaca, y se acerca a la entrepierna de Andrea. Esta al llevar minifalda hace más fácil el llegar a su chumino.

    El gigoló-chapero le sube la mini, colocándosela a modo de cinturón, le rompe las bragas con las uñas y hunde su rostro en aquella cueva pringosa y pegajosa. Le restriega la lengua de forma superficial, por las labios mayores, provocándole cosquillitas.

    Andrea suspira entrecortadamente. Siente como si ráfagas de corriente eléctrica recorrieran su cuerpo.

    Jorge, separando los labios mayores con sus dedos, aprovecha para martillear con su puntiaguda lengua el clítoris de la chica. Se lo lame y mordisquea también. Tampoco descuida el lamer, succionar y saborear el resto de la raja en su extensión y profundidad.

    Al cabo de un cuarto de hora de estar haciéndole un buen lavado de bajos a Andrea, esta por fin explosiona en un intenso orgasmo. Agarra por la cabeza a Jorge y se la aprieta fuerte contra su concha.

    –¡Trágate todos mis jugos, puto! ¡Joder, cómo me refriega el conejo con su lengua de estropajo!

    Los chillidos de placer de la chica fueron acallados gracias a que la película tenía el volumen muy alto. La gente más cercana no llegó a percatarse de lo que ocurría a solo unos metros de distancia.

    Le tocó el turno a Carla. A Jorge le costó el desenfundarla de sus vaqueros tan ajustados. Cuando por fin lo consiguió, se acercó a la entrepierna de Carla. Entre las lorzas de la barriga, la grasa acumulada en el pubis y sus muslazos anchotes, a Jorge le costó el abrirse paso para manducarse aquel coño sutilmente protegido por un cinturón de castidad tan natural.

    Le pegó unos buenos morreos al conejo, separándose de la entrepierna de vez en cuando, para coger aire.

    Después de estar casi diez minutos chupeteándole el chocho, Carla le suelta:

    –No te olvides de ensalivar el ojete anal y lamerme su correspondiente raja. Me pone a mil el que me morreen el trasero. Yo, mientras tanto, me masturbaré el chumino.

    Jorge obedeció, como buen sirviente sexual que es, y comenzó a besar, lamer y succionar

    el perineo, ojete y raja del culo de su señora. Carla se frotaba el Botón de la Felicidad con tal energía y devoción que no tardó mucho en correrse, arrojando por la boca improperios de este tipo:

    –Abandona la retaguardia y acude a la puerta principal a beber mis caldos calentitos. Chupetea también mis dedos, que me quedaron empapados ¡Me cago en Cristo el Chapero! ¡Joder, qué gusto!

    Cuando Jorge le dejó la entrepierna bien limpita a Carla y esta quedó más relajada, continuó su faena con Julia. Esta no tuvo más remedio que rajar un poco su vestido entubado, para poder subírselo hasta la cintura.

    El cuerpo de Julia era el de una top model. ¡Qué cinturita tan plana tenía!

    La rosada almeja, Julia, la tenía toda empapada ya, de tanto esperar su turno y de ver a sus dos amigas disfrutar como perras.

    Andrea y Carla se frotaban el chichi con suavidad, calentándoselo a fuego lento, para cuando llegara el turno de la segunda comida de berberecho, tenerlo a su punto.

    Aquel puto se zampó el chumino de Julia con ansiedad, tragándose sus jugos y relamiéndose.

    –Si le comes así el rabo a mi marido seguro que se le pone bien tieso, y así podrá penetrarme con éxito después. Llevo sin ser calzada por mi hombre dos meses –informa Julia.

    –Pues yo, si quieres, te empotro en los baños y te pongo al día –sugirió Jorge entusiasmado.

    –Yo soy una mujer decente. Mi almeja solo la perfora la polla de mi marido. Una cosa es permitir que me laman el coño, pero el acto de la penetración solo está reservado a mi macho. A ti te contrataríamos como mamporrero, para poner a punto nuestras entrepiernas.

    Jorge se puso muy cachondo con la conversación que mantuvo con Julia, y sobre todo, al descubrir que el coño que se estaba manducando llevaba dos meses sin recibir polla. ¡Era casi virgen, la muy guarra!

    Le morreó y saboreó con tal ímpetu el mejillón, metiendo bien adentro la punta de la lengua (intentando llegar hasta el útero), que Julia no pudo evitar soltar un alarido, al tiempo que llegaba al clímax.

    Jorge volvió a hacer una segunda ronda por los conejos de Andrea, Carla y Julia.

    La película estaba llegando a su fin y tenía que acelerar los lametazos.

    Las mujeres salieron del cine con las entrepiernas bien relamidas y limpitas. Jorge salió con los labios cortados, por estar en contacto con tanta humedad durante tanto tiempo. Pero lo peor fue al día siguiente. Las agujetas en las mandíbulas casi le impedían masticar la comida. También tenía la lengua hinchada. Jorge desconfiaba que pudieran haberle pegado alguna enfermedad venérea, las muy golfas.

  • Carne asada

    Carne asada

    Cerramos el año con excelentes resultados, por lo que mi esposa Vivian me propone la idea de invitar a una carnita asada a mis 4 compañeros, aprovechando que ese fin de semana nuestros hijos no iban a estar, realmente no lo vi mal, el problema es que todos son hombres y usted sería la única mujer- le dije- , me dice Vivian que -no hay ningún problema todos son respetuosos, aparte que los conozco hace unos 5 años-, hemos realizado paseos a la playa, la montaña con sus familias, a uno que se llama Félix le tenemos más confianza, porque su esposa trabaja en la capital por lo que se ven una vez al mes, lo que a Vivian le da pesar que pase tan solo, así que le envía alguna comida de vez en cuando, también ha compartido más con nosotros que los demás.

    La festividad pasó normal, escuchando música, tomando unos traguitos, para bajar el calor, empezamos más o menos a las 7 pm, como a las 11 hacen planes para salir a un bar, Vivian no le pareció buena idea, les insistió que se quedaran un rato más, pero se habían decidido, ya estábamos medio tomados inclusive ella, así que les dije que yo no participaría de la escapada, Félix tampoco quiso ir y se ofreció a ayudarnos a recoger todo los regueros, Vivian andaba con un pantalón blanco ajustado con una blusa negra de botones que le tapaba el trasero, por delante se le veía muy bien ese pantalón, ella me dijo que se puso esa ropa para evitar “comentarios”, fuera de tono, cuando se fueron los otros compañeros, ella se fue a cambiar la blusa porque se la había mojado con el recipiente del hielo, se puso una blusa deportiva naranja de tirantes de tela delgada que le hacía ver sus pechos deliciosos, se había quitado el sostén por lo que se le marcaban un poco los pezones, la blusa era a la cintura, así que dejaba ver el culo que se le marcaba riquísimo con ese pantalón, a mi me dio mucho morbo verla así, Félix después de que Vivian se cambió lo noté que estaba nervioso, cada vez que podía aprovechaba para verle el culo o la parte del frente que se le veía muy rico, apenas y se distinguía el hilo que andaba. Ya anteriormente en los paseos a la playa también note esas miradas, lujuriosas, en todos pero más en Félix.

    Vivian es muy despistada, no lo había notado, o por la confianza que le tiene no le dio morbo, fui le comenté lo de Félix, le dio risa pero con esa cara de malvada, más que con unas cervezas y tequilas ella se desinhibe, me dice que son ideas mías, que ella ya era vieja para Félix que jamás se fijaría en ella, aparte que es casado, le dije casado o no, es hombre; Félix tiene 35 años es moreno delgado, nosotros somos cincuentones, Vivian es de ir al gimnasio, hacer ejercicio, se conserva para la edad.

    Mientras recogíamos seguimos tomando unas cervezas más, cada vez que Vivian se agachaba o inclinaba dejaba ver ese culo, se subía el pantalón a cada rato, según ella para que no se le viera el hilo que andaba, pero se le marcaba por detrás, nos sentamos a descansar y empezamos a hablar tonteras, que fueron subiendo de tono, Félix nos contó que su esposa era muy fría, que casi nunca tenían relaciones, que el sexo oral a ella no le gustaba, Vivian se quedó en silencio viéndolo, le respondió que cuando había sido la última vez que tuvieron relaciones, se le notaba que se estaba excitando, los pezones se le notaban más, Félix respondió que hacía dos meses, ella empezó a demostrar más interés, continuó preguntándole cosas, se le notaba a Félix que estaba teniendo una erección, ella me volvía a ver con cara de asombro y de pena por Félix.

    Yo le notaba que estaba excitada por su cara, su lenguaje corporal, se movía hacia Félix, se tocaba el pelo, sus pezones más firmes se transparentaban por la camiseta, al ver la situación aproveché, serví tres copas de tequila, les propuse un brindis, “por Félix, que algún día una buena amiga que le de su dosis de sexo oral” , se quedaron fríos, Félix se rio diciendo -amigas así no existen-, Vivian le respondió- estás seguro, te puedes sorprender si sabes ver las oportunidades- Félix y yo nos quedamos sin palabras, me volvió a ver, le dije alzando los hombros- así es mi amigo la liebre brinca donde uno menos espera- me levanté, volví a ver a Vivian para hacerle señas de la erección que Félix tenía, me fui a orinar, luego serví otra ronda, Vivian estaba sentada al frente de Félix inclinada recogiendo unas servilletas, se le veían las tetas por debajo de la blusa.

    Me dio la sensación que lo hacía adrede, traía los tres shot de tequila, donde me acerqué por un costado, se levantó Vivian me los botó, le cayó encima a Félix y a ella por los hombros, por lo que le llegó el tequila deslizándose por los pechos, empezaron a transparentar bastante al mismo tiempo ella se puso a sacudir a Félix , en la confusión le tocó el pene ya erecto, le dijo con cara de sorpresa y de golosa – José estás a punto de explotar- por lo que él le respondió que era culpa de ella por ser tan sexi y hermosa, Vivian me volvió a ver como pidiendo permiso pero ya había decidido lo que iba hacer, se inclinó en el suelo frente a Félix con la camiseta toda mojada mostrando los pezones firmes, le bajo el pantalón junto con el bóxer, ha salido esa verga parada como un mástil.

    Vivian lo volvió a ver, empezó a acariciarle el pene ya con sus líquidos, se sacó la blusa dejando sus pechos desnudos, le pasaba los pezones por la cabeza de la verga llenándose los pezones de la humedad de Félix le tocaba el pene con los dedos luego se los metía en la boca, la verga de Félix hasta palpitaba, me puse al lado de Vivian, me saqué la verga ella me la agarró empezó a masturbarme, se inclinó viendo a Félix a los ojos dándole besos en la verga, le rodeaba la cabeza con la lengua, en un momento con la lengua sobre el costado del pene bajo hasta los huevos, se los chupaba con suavidad, bajaba hasta casi el ano y volvía a subir, se la metió de a poco hasta prácticamente desaparecer en la boca de Vivian, mientras me masturbaba, seguía chupándolo con más intensidad, de vez en cuando bajaba y volvía a subir, cuando sentía que Félix se iba a venir paraba y me la chupaba a mí por un momento luego empezaba de nuevo con Félix , siguió así hasta que ya a punto de venirse Félix.

    Vivian se colocó de manera que metió el pene de Félix entre sus tetas le hizo una rusa, con tres movimientos se vino, el primer chorro le llegó hasta la cara a Vivian pero ella seguía frotándose con la verga de Félix, se la volvió a chupar yo al ver semejante escena no me pude contener y le tiré todo a Vivian en la espalda, mientras ella le seguía chupando la verga a Félix con intensidad acariciando sus huevos hasta que logró hacerlo venirse de nuevo.

    Félix quedó sorprendido más que extasiado, le dijo a Vivian, -que bárbara usted es una experta en el sexo oral- Vivian se rio, le dijo -que barbaridad no vuelvo a tomar tequila lo hace hacer locuras – todos nos reímos.

    Al final analizando sería que Vivian tenía todo planeado? Fue una duda que me salió, pero mejor que siga teniendo ideas así.

    Ustedes saquen sus conclusiones.

  • El turista y dos agujeros

    El turista y dos agujeros

    Me encanta hacer deporte y salgo a correr de 3 a 4 veces por semana.

    Una vez más había hecho mi ruta por la playa y después estaba haciendo unos ejercicios de relajación. De repente se paró a mi lado un joven, de unos 25 años, una cabeza más bajo que yo y me preguntó por una dirección.

    «Estoy en la ciudad como turista, ¿puedes ayudarme?».

    Le expliqué brevemente el camino y continué con mis ejercicios cuando me di cuenta de que el turista me miraba fijamente. Levanté la vista.

    Me sonrió. «Soy Jorge, tienes un cuerpo estupendo. Si alguna vez quieres que te la chupen como nunca te la han chupado, aquí tienes mi número». Luego me pasó una nota. «Espero que me hayas dado las indicaciones correctas», se rio y siguió caminando.

    No podía creer lo que acababa de pasar. ¿Acaso un gay pensaba que yo estaba buena? Mi vida sexual era bastante activa, pero aún no había tenido nada con hombres.

    Mientras me duchaba en casa, pensaba en Jorge. Y en su delicado físico. Su culo también se había visto bastante apretado cuando se había ido. De repente me di cuenta de que mi polla se había puesto dura. Me masturbé y me olvidé de Jorge por un rato.

    Esa misma tarde quise poner la lavadora. Mientras metía la ropa de deporte en la lavadora, me acordé de la nota de Jorge. Allí estaba, en el bolsillo de mis pantalones de deporte. ¿Debería llamarle? Bueno, era sábado, no tenía planes, podía ir a tomar una cerveza con él.

    También cogió el teléfono. «Claro», dijo. «¿Por qué no me recoges en mi piso y seguimos?».

    Dos horas más tarde, estaba delante de su puerta y me abrió inmediatamente, como si me hubiera estado esperando. Parecía menudito, casi femenino, sonrió.

    «Bueno, hoy tengo suerte. Debo decir que tengo bastante hambre», dijo, lamiéndose los labios con la lengua. Sin poder controlarlo, volví a ponerme duro.

    «En ese caso, ¿quieres enseñarme tu boca mágica?», dije y me senté en el sofá.

    Jorge se arrodilló inmediatamente delante de mí y me bajó los pantalones.

    «Relájate y disfruta», susurró. Luego me rodeó el glande con la boca y empezó a chupar con fuerza.

    Mi polla estaba ahora realmente dura y gruesa. Jorge no había prometido demasiado. Lentamente, sus labios rodearon toda la longitud de mi polla hasta que mi pene desapareció por completo en su boca. Jorge me folló fuerte con su garganta, estaba increíblemente apretada.

    Luego se sacó mi polla de la boca, chorreando saliva. «Bueno, ¿te gusta?» Yo no estaba de humor para conversar, sólo estaba caliente por su coño de boca apretada. Le agarré del pelo y volví meter mi polla en su boca hasta el fondo. Jorge tuvo una pequeña arcada, pero siguió follándome con la garganta. «¿Por qué he esperado tanto para que un hombre me la chupe?», pensé al darme cuenta de que mi esperma se acumulaba en mis huevos.

    Cada vez salía más saliva de la boca de Jorge, mi polla, mis huevos, todo estaba mojado. Me di cuenta de que estaba a punto de correrme. Agarré la cabeza de Jorge y le empujé hacia abajo. «Y ahora traga, zorrita», gemí y bombeé mi semen hasta su garganta. Jorge estaba luchando de verdad, pero se lo tragó todo bien y luego me lamió la polla hasta dejarla limpia.

    «Ha sido increíble», le dije.

    «Te lo dije», sonrió Jorge y lamió un poco más de semen de sus labios. «¿Quieres más?

    «Acabo de correrme, necesito un descanso», dije.

    «Déjame a mí», sonrió Jorge, que siguió arrodillado delante de mí. No sabía a qué se refería, hasta que me levantó las piernas y empezó a lamerme el culo. Me estremecí de sorpresa, pero luego me invadió una cálida sensación. Jorge estaba haciendo un trabajo realmente bueno, nadie me había lamido el ano antes y Jorge obviamente tenía grandes planes. Escupió saliva entre mis nalgas un par de veces y luego lamió aún más intensamente. Noté cómo presionaba con su lengua contra mi ano. Al principio no pasó gran cosa, pero de repente mi músculo anal se relajó y la lengua de Jorge me folló el culo: una sensación increíble. Como había prometido, mi polla también se había puesto dura de nuevo.

    Jorge sacó su lengua de mi culo y volvió a usar mi polla. Sin embargo, me había dado una idea con sus juegos anales de lengua.

    «Ya conozco tu boca. Quiero probar tu culo», le dije.

    Jorge me miró sorprendido. «En realidad no hago anal, todo el mundo siempre quiere que se la chupe porque lo hago muy bien».

    «¿Cuándo fue la última vez que te follaron por el culo?», le pregunté.

    «Debe haber sido hace dos años».

    «Excelente, entonces debes estar muy apretado. Quítate los pantalones y túmbate con boca abajo sobre mis piernas».

    Jorge se levantó y se desnudó, noté que temblaba de excitación.

    Se tumbó boca abajo sobre mis rodillas, con su culo pequeño frente a mí. Le separé las nalgas, estaba afeitado por supuesto, y la visión de su ano hizo que mi polla se pusiera dura de nuevo.

    «Pero ten cuidado», susurró Jorge.

    Me humedecí el dedo corazón con la boca y escupí en su ano. Luego, muy despacio, introduje el dedo en el culo de Jorge. El gimió. «No tan profundo». No me importaba, este culo iba a ser bien follado hoy. Moví los dedos cada vez más rápido, y luego le metí el dedo índice en el culo. Estaba muy apretado.

    «Déjame sentir tu polla», gimió Jorge.

    «No creo que estés lo suficientemente estirado todavía, pero como quieras», le dije. «Túmbate boca arriba».

    Se tumbó frente a mí con su cuerpo menudo, su pequeña polla también se había puesto dura.

    Cogí mi pene con la mano y lo puse contra su ano. Entonces empujé. Como era de esperar, hubo mucha resistencia y empujé con más fuerza. De repente, mi glande se deslizó en su esfínter, estaba caliente e increíblemente apretado. Me escupí la polla y seguí empujando. El culo de Jorge se abrió, el me miró con los ojos muy abiertos. «Ten cuidado», volvió a decir. Apenas le oí. Quería follarle el culo como antes le había follado la garganta, tan profundo como pudiera. Empujé un poco más y le metí la polla, de unos 17 centímetros, hasta el fondo del culo.

    «Y ahora fóllame como es debido», dijo Jorge. No necesité que me lo dijeran dos veces. Empecé a mover la polla cada vez más deprisa, dándole un buen masaje en el músculo anal. Al mismo tiempo, empecé a pajear la pequeña y dura polla de Jorge, que volvió a gemir. Poco después no pude más: justo antes de correrme, saqué mi pene de su culo bien abierto y me corrí en su agujero, llenándolo de mi semen. Jorge también se corrió y su esperma le salpicó en su barriga. Volví a meterle la polla en su cálido culo, quería volver a sentir su estrechez.

    Entonces Jorge volvió a limpiar la polla con la boca, no podía evitarlo, las mamadas eran su hobby.

    Por desgracia, aún no he vuelto a ver a Jorge. Pero ha prometido volver a visitar la ciudad. Ya estoy deseando sentir sus dos agujeros calientes.

  • El enemigo de mi marido

    El enemigo de mi marido

    —¿Así estoy bien? —le pregunté a Alan.

    Di una vuelta para que me observara con atención. Llevaba un vestido sastrero gris.

    —Estás sencillamente perfecta —dijo él.

    Pareció tragar saliva. Estaba muy nervioso. Desde que me informó de esa reunión de negocios que lo estaba. No podía culparlo. Alan tenía una empresa de seguridad en la que contaba con cien empleados, incluyendo los administrativos. Pero el último año fue pésimo. Uno de sus principales clientes, una cadena de laboratorios, decidió rescindir el contrato. Lo malo de tener una empresa que ofrece servicio tercerizado es que el cliente puede hacer eso sin necesidad de dar muchas explicaciones. Ese fue el golpe más duro que recibimos después de haber perdido algunos clientes menores. En realidad, perder clientes no es nada raro, pero cuando no entran otros nuevos, ahí sí, la cosa se pone complicada. Desde hacía casi tres meses que teníamos al treinta por ciento de los empleados sin un puesto. Aprovechamos para otorgarles las vacaciones que se les debían, sobre todo a los empleados más antiguos que arrastraban muchas semanas en su haber. Pero eso no quitaba que había que pagarles el sueldo a una cantidad de empleados que no producían ingresos.

    Y ahora estábamos en la cuerda floja. Y es que los años anteriores no habían sido particularmente malos, pero tampoco particularmente buenos. Así que no teníamos grandes ahorros para sostener la empresa. De hecho, esos ahorros ya habían desaparecido. Luego acudimos al último recurso: un préstamo bancario. Los intereses eran altísimos, y ya nos estaba costando pagar las primeras cuotas. Lo cierto era que, si seguíamos así, en cuestión de un par de meses quebraríamos, dejando a muchas familias en la calle.

    Así que entendía su nerviosismo. El potencial cliente al que íbamos a ver, ese tal Lorenzo, era, casi con toda seguridad, nuestra última esperanza.

    —¿Ne será demasiado? —le pregunté después, señalando con la mirada mi vestido.

    Era de un color sobrio, y me llegaba hasta debajo de las rodillas. Me cubría los senos por completo. Era formal, sí. Pero también era bastante ceñido, dejando una silueta que quizás era demasiado sensual por tratarse de una reunión de negocios.

    Alan sonrió con tristeza.

    —Quizás… —dijo, dudando—. No. Está bien. Además, ya no hay tiempo para que te cambies.

    De pronto me sentí insegura. La seducción siempre era un arma de doble filo. Podía abrirte muchas puertas, sí. Pero también podía cerrarlas. Si la persona a la que íbamos a ver consideraba mi atuendo inapropiado, podría hacerse toda clase de ideas que lo llevaran a decidir que no era buena idea hacer negocios con nosotros. No obstante, la realidad era que el vestido no era exagerado. Quizás era mi propio cuerpo el que, con total naturalidad, solía hacerme lucir sensual casi con cualquier prenda que usase.

    De todas formas, era raro que Alan me respondiera así. Normalmente le gustaba exhibirme, fuera cual fuese la ocasión.

    Nos subimos al auto, y fuimos al restorán al que nos había citado.

    —¿Y por qué Lorenzo decidió que nos reunamos por la noche? —pregunté.

    No éramos millonarios, y en el círculo en el que nos movíamos las reuniones de negocios solían darse durante el día, en las oficinas del potencial cliente o en la nuestras.

    —No sé. Pero no me extraña que cada decisión que tome sea para dejar en claro quién tiene el poder.

    Sabía que Alan estaba muy contrariado con esa reunión. Y no solo era el hecho de que nuestra empresa podría llegar a tener una enorme dependencia de la empresa de Lorenzo, no. Él sentía cierta animadversión por ese tipo. Me dijo que lo conoció hace años. No entendí qué clase de relación tenían. Se mostró muy abstracto en ese punto, pero luego me confesó que habían tenido una ruptura que los separó para siempre. Estaba claro que para que hubiera una ruptura, su vínculo habría de ser significativo. Deduje que en realidad eran amigos, y que había pasado algo grave entre ellos. Cuando intenté ahondar en el tema, Alan me dijo que no había sucedido nada en concreto, sino que la actitud pedante de Lorenzo se había vuelto intolerable. No parecía estar mintiendo, aunque sí estaba claro que no me estaba contando toda la verdad. El día que hablamos de eso, vi un atisbo de vergüenza en su semblante. ¿Qué había pasado realmente entre ellos?, me pregunté. No obstante, lo alenté a dejar las viejas rencillas de lado. Además, si el otro había aceptado la reunión, era porque ya había dejado el pasado atrás.

    —¿Sabe de nuestros problemas financieros? —le pregunté.

    Era una pregunta que debí habérsela hecho hacía rato. Lo cierto es que no era una experta en negociaciones. Había comenzado en la empresa como secretaria. Mi relación con Alan fue el típico cliché del gerente con su secretaria, solo que nosotros de verdad nos enamoramos, y la cosa no quedó solo en lo sexual. Con el tiempo aprendí a tratar con los clientes, y conseguí a muchos de ellos (incluido el laboratorio que ahora nos dejaba al borde de la quiebra). Pero los negocios nunca fueron lo mío. Había mandado el currículum solo porque, a mis veinte años, estaba sin empleo y no tenía idea de qué hacer de mi vida. Años después Alan bromearía con el hecho de que había recibido a muchas postulantes mucho más calificadas que yo, pero que no pudo evitar escogerme a mí, por ser la más bonita. Eso me generaba sentimientos encontrados, pero con los años pude aprender a no depender más de mi linda cara y de mi terso trasero.

    —No lo sé. Es probable —me respondió Alan—. Pero, aunque no lo supiera, su posición de poder en esta negociación es clara. Los casinos son enormes. Y su sociedad cuenta con diez de ellos, si no me equivoco. Aunque no pretenda contratarnos para todos ellos, seguramente la cantidad de vigiladores que solicite serán unos cuantos. Diez o veinte cuanto menos. Eso pone a una empresa pequeña como la nuestra en desventaja. Puede regatear el precio. De hecho, casi seguro que lo va a hacer.

    Vi que la vena de su frente palpitaba, y que al cerrar la boca sus dientes se apretaban. No solo estaba preocupado, sino que parecía furioso. Me pregunté si era porque estaba imaginándose el escenario que había descrito, o si había otra cosa detrás.

    —Estás muy tenso —le dije. Llevé mi mano de uñas largas a su entrepierna—. Si un empresario tan grande piensa en regatear, dejalo que lo haga. Eso lo va a hacer quedar como un imbécil. Mientras podamos pagar el préstamo y el sueldo de los empleados, con eso nos basta. Ya pensaremos en tener rentabilidad después de esto. Por ahora, el objetivo es no fundirnos. Un paso a la vez.

    Alan suspiró hondo y ahora estaba visiblemente más relajado.

    —¿Fueron mis sabias palabras las que te aliviaron? —le pregunté, mientras masajeaba su verga con mayor intensidad, sintiendo cómo se ponía dura.

    —Obvio, ¿qué más va a ser?

    —Entonces puedo dejar de hacer esto —dije, maliciosamente.

    —No. Por favor no pares —dijo él, jadeante.

    Mi hombre era sencillamente hermoso. Delgado, rubio (muy rubio), de ojos celestes. Casi parecía un actor de Hollywood. Una de las cosas más difíciles de nuestra relación había sido evitar que alguna de las mujeres que revoloteaban a su alrededor me lo robaran. Él siempre me decía que eso era imposible, que él me amaba. No es que no le creyera, pero un hombre como él tenía muchas opciones de dónde elegir. Si yo le daba la oportunidad, si me descuidaba un momento, nadie me aseguraba que no se acostaría con otra. De hecho, hasta el momento no tenía la certeza de que nunca me hubiera traicionado. Pero tampoco era justo atormentarlo con cosas de las que no tenía pruebas. Ojos que no ven, corazón que no siente. Bueno, mi corazón sí que se estremecía cuando temía una traición. Pero la mayor parte del tiempo estaba bien, pues no había visto nunca nada comprometedor como para encararlo por ello.

    Desabroché su cinturón y metí la mano dentro del pantalón, ahora sintiendo el falo desnudo, ya completamente erecto.

    —Ahora vas a tener que terminar lo que empezaste —me dijo, jadeante—. Pero no es buena idea llegar a una cena importante con el pantalón lleno de semen. ¿Se te ocurre alguna idea?

    La avenida estaba bastante concurrida. Pero no me importaba. Al contrario, eso me excitaba. Era algo parecido a tener sexo en la vía pública, aunque el vehículo nos daba una mínima intimidad. Además, hasta ahora, solo lo estaba pajeando. No podrían vernos desde otro vehículo, salvo que prestaran mucha atención. En cambio, lo que estaba a punto de hacer, sí que podría dejarnos expuestos.

    —Pero solo lo voy a hacer cuando estés a punto de correrte —le dije.

    Lo pajeé unos minutos más, hasta que yo misma me di cuenta de que su orgasmo estaba a la vuelta de la esquina. Me incliné. El hecho de que mi cabello estuvieran recogido en un rodete ayudaba a que lo hiciera con facilidad. Me metí la verga a la boca. Pensé que el semen iba a brotar instantáneamente, pero tuve que chuparlo un rato hasta que salió disparado de esa pequeña pero linda pija.

    —Mostrame —me dijo Alan—. Mostrame cómo te tragas toda mi leche.

    Abrí la boca, mostrando el líquido blanco y viscoso que tenía en el interior. Después tragué todo. Volví a abrirla, ahora sin rastros del semen. Nunca había tenido inconvenientes en hacer esas cosas. De hecho, no entendía cómo algunas mujeres ponían tantos reparos en tragarse el semen. Era rico, y los hombres enloquecían cuando te veían hacerlo.

    —Me encanta que seas así —dijo, mientras yo le abrochaba el pantalón—. Una dama en la vida cotidiana, y una puta en el sexo —agregó después.

    Me alegró ver que su humor había cambiado. Ya estaba mucho más relajado. Listo para asistir a la reunión de la que dependía nuestro futuro económico.

    —Eso apenas fue el aperitivo —le dije. Después me acerqué, y le susurré al oído—. Cuando lleguemos a casa vamos a festejar. Y tal vez, solo tal vez… deje que me la metas por atrás.

    Alan Sonrió. Ahora ya no estaba solo relajado, sino que muy entusiasmado. El sexo anal era algo que dejaba para ocasiones muy especiales. Durante el año lo hacíamos dos o tres veces cuanto mucho. Para que yo accediera a eso no solo debía estar de humor, sino que tenía que prepararme físicamente para hacerlo sin que hubiera ningún inconveniente. Esa misma tarde me había hecho un enema. La verdad es que no lo disfrutaba particularmente. Pero para él era muy placentero. Creo que hacerlo por ese pequeño orificio le generaba la sensación de que tenía una verga realmente grande. Nunca se había mostrado con el autoestima baja por el tamaño de su pene, el cual, sin ser diminuto, era a todas luces más pequeño que el promedio. Pero no dudaba de que en muchas ocasiones se sentía mal por ello. No es que me gustaran los penes particularmente grandes, pero para gozar con plenitud necesitaba de, al menos, un tamaño estándar, cosa de la que él carecía. De todas formas, era un excelente amante. Con el sexo oral y con la ayuda de algún vibrador, siempre se las arreglaba para hacerme llegar al orgasmo. Después, con su verga, solo hacía la última parte del trabajo. Me la metía cuando ya estaba a punto caramelo, y eso nos generaba la sensación de que lograba hacerme alcanzar el clímax a base de penetraciones, cuando ambos sabíamos que eso no era cierto.

    En fin, lo importante era que nos lleváramos bien en la cama.

    —Espero que él pague la cuenta —dije, cuando llegamos al elegante restorán.

    —Supongo que así va a ser. Pero, en todo caso, uso la tarjeta. Tampoco podemos pasar por miserables —dijo Alan.

    Entramos al lugar en cuestión. Cuando lo hicimos, sentí su mano en mi trasero, frotándolo suavemente durante unos segundos. Era algo que hacía, según creía, cuando se sentía inseguro. Como si el hecho de confirmar que yo era su mujer, con ese gesto tan obsceno, le devolviera ese seguridad perdida. No me molestaba que lo hiciera. Me gustaba poner cachondo a mi hombre en todo momento.

    Un estirado recepcionista nos llevó hasta la mesa en donde estaba sentado solo un hombre. Me sorprendió que no fuera con nadie más. Se trataba de un hombre de pelo cortísimo, de piel bronceada. La mandíbula era un tanto cuadrada, y tanto esta como los pómulos eran afilados. Tenía una mirada increíblemente intensa, que se posó en mí por un tiempo que me sorprendió, dadas las características de esa reunión. Pero luego la desvió a mi marido.

    —Alan, querido —dijo.

    Se puso de pie para estrecharle la mano. Me percaté de que era muy alto, quizás alcanzaba los dos metros. Además, debajo de ese impecable traje que costaría una fortuna, se notaba que estaba en excelente estado físico. Tenía una sonrisa de perfectos dientes blancos. En cuanto a lo físico parecía lo opuesto a Alan, quien era un rubiecito lindo pero un tanto desgarbado. Lorenzo era el típico macho Alpha. Con solo verlo se notaba. Y estaba terriblemente bueno, para qué mentir.

    —Ella es Dana —me presentó Alan—. Además de ser mi mano derecha, es mi mujer.

    Extendí la mano para estrechársela, pero él se inclinó y la besó, en un gesto tan anticuado como encantador. Vi de reojo Alan. No me cabía dudas que no le había gustado, pero por suerte lo disimulaba muy bien.

    —Como siempre, querido —le dijo a mi marido—. Exquisito gusto cuando se trata de mujeres.

    Esta vez Alan se sonrojó levemente. Estaba claro que no solo era una felicitación, como pretendía ser, sino que era un halago hacia mí. Y eso que la reunión recién empezaba.

    Por suerte la cosa no fue a mayores. Supuse que era de esos tipos que no podían evitar señalar lo bellas que eran las mujeres que tenían en frente, como si su opinión importara. Aunque he de reconocer que en el caso de él sí me resultó halagador.

    Después de una introducción, Lorenzo dijo:

    —Bueno. La cosa es así. Una de las empresas de seguridad que trabajan con nosotros, acaba de actualizar su precio. Normalmente no tenemos problemas con eso. La seguridad es lo principal en nuestro negocio. Pero los empleados de esta empresa cometieron ya muchos errores que no viene al caso mencionar. La cuestión es que, en este contexto, abonar ese aumento que pretenden resulta absurdo, por lo que simplemente decidimos deshacernos de ellos.

    Sentí la tensión en el aire. Yo misma estaba tensa. Entendí que ese tipo no nos veía como futuros socios, sino como potenciales empleados. En caso de cerrar un trato con él, probablemente nos salvaríamos, pero estaríamos muy vulnerables. Eso en realidad ya lo sabíamos, pero ahora que lo escuchaba hablar me daba cuenta de lo contraproducente que podría ser trabajar con alguien como él. Con la misma facilidad con la que había decidido deshacerse de la otra empresa, podía hacer lo mismo con nosotros. En ese caso estaríamos perdidos. Pero la triste verdad era que sin él, de todas formas estábamos perdidos.

    —Entiendo —dijo Alan, mostrándose impasible, aunque sabía que se sentía como yo—. Pero mi empresa no se caracteriza por ser la más barata, sino por prestar un servicio de excelencia…

    Siguió hablando, explicando cómo nos desenvolvíamos, detallando lo estricto que era con los supervisores, quienes de esa manera se aseguraban de que los vigiladores cumplieran con sus tareas. Destacó también el centro de monitoreo con el que contábamos, cosa que no era muy común en una empresa relativamente pequeña como la nuestra. Estaba exagerando nuestras virtudes, obviamente, pero no estaba mintiendo.

    Era arriesgado lo que estaba haciendo. Lo más seguro sería aceptar sus condiciones, y ofrecerle un precio muy rebajado. Aunque eso, si bien nos serviría en el corto plazo, podría destruirnos en el largo plazo. Entre nuestras empresas se establecería una relación carnal, sí. Pero en esa metáfora, la empresa de casinos de Lorenzo sería un enorme moreno con una verga de veinte centímetro, y nuestra empresa sería una colegiala virgen a la que ese moreno se cogería sin piedad.

    Pensar en esa metáfora sexual me puso extrañamente cachonda. Los escuché hablar un rato, e intervine cuando lo creí necesario, para demostrar que no era un mero adorno. Había temido que Lorenzo me lanzara miradas subrepticias. Era difícil que los hombres no lo hicieran cuando me tenían cerca. Pero parecía todo un profesional. Un ejecutivo que pensaba todo de manera racional.

    —Bueno. Entonces, en principio necesitaríamos veinte vigiladores —dijo Lorenzo—. ¿Creen que pueden conseguirlos para el primero del mes siguiente?

    ¿Cuándo había llegado la conversación a ese punto? Lorenzo había aceptado la tarifa que le cobrábamos a todos nuestros clientes, y eso que por la cantidad de puestos que necesitaba cubrir podía negociar tranquilamente una quita del diez o del quince por ciento. ¿Por qué no lo había hecho? ¿La empresa anterior era más cara? Podría ser.

    —Claro. Aunque estemos con poco tiempo, seguro que los conseguimos —dijo Alan.

    Faltaban apenas cinco días para el cambio de mes. Conseguir veinte empleados en ese lapso de tiempo, sin arriesgarse a equivocarnos con las elecciones que hiciéramos, era casi imposible. Y bien sabíamos que contratar a la persona equivocada podría costarnos un contrato como ese. No obstante, a nosotros nos sobraban treinta empleados, por lo que no tendríamos ese problemas. Alan fue muy astuto al no mencionar esto, así parecería un mérito nuestro conseguir ese personal en tan poco tiempo.

    —Bueno. No hay nada más que decir entonces —dijo Lorenzo. Miró su reloj—. Ya me tengo que ir. Pero primero hagamos un brindis.

    Así lo hicimos. Y, como broche, la cuenta la pagó él. De todas maneras yo apenas comí unos rolles de salmón. Me había preparado concienzudamente para darle el regalo prometido a Alan, y no iba a correr el riesgo de que alguna comida me cayera mal.

    Estábamos contentos. Yo, en particular, me encontraba eufórica. Pero mientras volvíamos a casa, Alan no tardó en ponerse serio.

    —Aunque nos pague lo que le pedimos… —dijo—. Vamos a hacer prácticamente sus empleados. A partir de ahora su cadena de casinos va a ser nuestra principal fuente de ingresos.

    —Puede ser. Pero aunque sea la principal, no es la mayoría. Por ahora representará el veinte por ciento de los ingresos —dije—. Si todo sale bien, dentro de poco puede duplicar la cantidad de vigiladores. Ya lo escuchaste. Hay algunos puestos que aún quedan por cubrir. Y la otra empresa de seguridad con la que trabajan se reúsan a cubrirlos. Cuando llegue el momento analizaremos si nos conviene o no.

    —Quizás lo hacen porque son más inteligentes que nosotros —dijo Alan, pesimista.

    —Quizás no están en la cuerda floja como nosotros —retruqué yo, un poco hastiada de su negatividad. Pero insistí con mi optimismo—. No te preocupes. Esto es una buena señal. Tuvimos una mala racha, ahora viene la buena, y va a venir todo junto. Vamos a conseguir más clientes, y quizás hasta podamos sacarnos de encima al pedante ese en un año o dos. Vamos a ser lo suficientemente grandes como para no necesitarlo. Vamos a concentrarnos en clientes chicos, como siempre. Muchos clientes chicos es mejor que uno grande. Eso lo sabemos. Pero mientras tanto tenemos que aceptar lo que nos toca.

    —Tenés razón, como en el dos mil catorce —dijo Alan, levemente esperanzado.

    El dos mil catorce fue nuestro mejor año. Pasamos de tener treinta empleados a más de cien. Al otro año llegamos a los ciento cincuenta. Ya nos veíamos como una empresa enorme en un par de años más. Pero de a poco la cosa se fue desinflando. Por suerte aquello fue paulatino, y volvimos a tener cien empleados sin muchos sobresaltos, ya que la plantilla se fue reduciendo de a poco a lo largo de dos años. En el dos mil dieciocho la cosa fue estable. Y después vino el terrible dos mil diecinueve, con el maldito laboratorio clavándonos un cuchillo por la espalda.

    —Quedate tranquilo. Nosotros nos vamos a terminar cogiendo a su maldita empresa de casinos, ya ves a ver —dije.

    Alan me miró sorprendido por la alusión sexual. Era sabido que en las relaciones empresariales había mucho de lo sexual, pero probablemente nunca me había oído decir ese tipo de comentarios.

    —Sí. Es verdad. Nosotros nos vamos a coger a ese hijo de puta. Y no al revés —dijo él.

    ¿Había odio en sus palabras? Parecía que sí. En la cena logró comportarse con naturalidad. Quien lo viera no supondría, ni de lejos, que detestaba al otro tipo. ¿Eso significaba que Lorenzo también odiaba a Alan? Bien podría estar fingiendo igual que mi marido. Se me hizo un nudo en el estómago. Por más que me hiciera la valiente, lo cierto era que sí estábamos en sus manos. Ahora representaba un veinte por ciento de los ingresos. Pero ese veinte por ciento resultaba ser un número inmenso si se consideraba que era la diferencia justa entre estar en quiebra y seguir de pie. De hecho, seguiríamos teniendo diez empelados de más, quien sabía hasta cuándo, por lo que los gastos serían cubiertos con lo justo. Un mínimo empujón y todo se desmoronaría.

    Era patético. A pesar de ser empresarios apenas éramos de clase media. Hacía años que no veíamos ganancias. Vivíamos de nuestro sueldo como si fuéramos unos empleados más. Eran buenos sueldos, pero no puedo negar que cuando me enredé con quien fuera mi jefe había fantaseado con cambiar el auto todos los años y con viajar a Europa, al menos de vez en cuando.

    Pero aparté esos pensamientos de mi cabeza. Lo mirase por donde lo mirase, a partir de esa noche estaríamos mejor.

    Cuando llegamos a casa, le dije que me esperara en la sala de estar. Bajé con un sensual babydoll negro. Alan me agarró de la mano, furioso, y me llevó hasta donde estaba un espejo enorme que nos mostraba en cuerpo completo. Me metió la mano dentro del babydoll y me arrancó la tanga de un brusco movimiento, haciéndola hilachas.

    —Me vas a tener que comprar una nueva —dije, sonriendo, aunque su repentina agresividad me asustó un poco.

    Alan nunca había sido así. Siempre fue dulce y cariñoso. Los máximos arranques de violencia que tenía consistían en penetrarme con salvajismo, cosa que no era la gran cosa considerando el tamaño de su miembro. Me pregunté qué le pasaba, pero enseguida entendí que se sentía así por la reunión que habíamos tenido.

    De todas formas, no me desagradaba este cambio de personalidad. Me había enamorado de su sensibilidad, de su fuerte conexión con su lado femenino, pero a veces me hastiaba tanta dulzura. A veces no quería un príncipe azul, sino un lobo feroz, y en muy pocas ocasiones había encontrado eso en mi marido.

    Alan escupió su mano y me penetró con los dedos. Me miré en el espejo: el pelo color vino aún recogido, pero ya no tan prolijamente debido a los movimientos de mi cuerpo, producto de cómo mi marido me hundía sus dedos en el culo. Me veía hermosa. A mis treinta años me sentía más mujer que a los veinte. Miré a Alan, que jadeaba mientras me dilataba el ano con salvajismo. Tenía los dientes apretados. Era como si me estuviera cogiendo con una ira contenida.

    Después sacó sus dedos y los reemplazó por su pija. En esa estrecha cavidad podía sentirse un titán, un enorme hombre con una verga también enorme. Gemí de placer. Era difícil acabar haciéndolo de esa manera, pero por momentos resultaba agradable. Además, lo estaba haciendo por él, no por mí. Mi alma de geisha siempre le jugó a favor, ya que, inconscientemente, consideraba su placer más importante que el mío.

    —Sos mía. Sos mía —decía, jadeante. Era algo que nunca había dicho. Jamás había evidenciado ningún sentimiento de posesión hacia mí, ni siquiera en los momentos de lujuria, en donde a veces se daba pequeñas licencias—. Solo mía —repetía.

    Me cogió de parado frente al espejo. Y eyaculó adentro.

    —No te dije que hicieras eso —le dije, mientras sentía un hilo de semen saliendo lentamente del orificio.

    Como única respuesta, Alan me dio una fuerte nalgada. De verdad estaba raro.

    Cuando estábamos en el dormitorio, abrazados, desnudos, después de haber hecho otra vez el amor, le pregunté.

    —¿Me vas a decir qué pasó entre vos y Lorenzo en el pasado?

    Puede que fuera una pregunta incómoda, pero era una pregunta que tarde o temprano debía responder. Y creí que lo mejor para los dos era que lo hiciera lo antes posible.

    —Éramos amigos —dijo. Eso ya me lo suponía. Pero faltaba la otra parte de la historia. Las más importante. ¿Por qué se habían peleado?—. Cuando éramos más chicos. Antes de conocerte… Cuando teníamos veintiún años… me acosté con su novia.

    Lo miré a los ojos, con el ceño fruncido.

    —¿Te cogiste a la mujer de tu amigo? —le pregunté.

    —Sí. Esa es la versión corta. Me cogí a la mujer de Lorenzo.

    No era tanto la anécdota lo que me estremeció. Muchas personas hacían estupideces cuando eran jóvenes. El tema es que eso no concordaba con el Alan que yo conocía. Además, ¿por qué nunca me había contado algo como eso?

    Sentí que, por más que me doliera, me veía obligada a reconocer que no conocía a mi marido tan profundamente como creía.

    ……………

    En los siguientes meses nuestra vida cambió considerablemente. Pero sobre todo, Alan cambió. Solía estar de mal humor con mucha mayor frecuencia que de costumbre. De hecho, antes era una cosa insólita verlo de mal humor, y ahora era lo más común. Sabía que su cambio tenía que ver con nuestra asociación con Lorenzo. Su examigo era en extremo demandante. Tal como lo habíamos vaticinado, nos trataba más como empleados que como socios. Siempre nos exigía cambiar a algún vigilador porque, según él, no estaba bien aseado o por cosas igual de insignificantes a esa. Ya habíamos tenido que prescindir de varios empleados por sus exigencias. Y lo peor era que en menos de medio año de que empezáramos a trabajar juntos, ahora el cincuenta por ciento de nuestros ingresos dependían de él. Habíamos perdido algunos clientes pequeños en el camino, y Lorenzo nos contrató no solo para más puestos en los casinos, sino en otros negocios que tenía.

    No es que nuestro vínculo comercial fuera del todo negativo. Lorenzo pagaba todos los meses religiosamente. Pero, sin decirlo de manera explícita, siempre nos recordaba lo dependiente que éramos de él. Si un día decidía dejar de contratarnos, inmediatamente nos iríamos a la quiebra. Habíamos pagado buena parte de nuestras deudas, pero otras tantas seguían acumulando intereses, no teníamos un peso de ahorro, y seguíamos sin acceso a crédito.

    No estaba segura de qué era lo que perturbaba más a Alan. Lorenzo nos llamaba casi todos los días, por una cosa o por otra, y siempre que terminaban de hablar, por más que no se tratara de una conversación densa, parecía irritado. A veces era yo la que llamaba a la oficina de Lorenzo, más que nada para ver el tema de los pagos. A pesar de que no era necesario que hablase con él directamente, siempre me atendía, y se mostraba muy simpático. Alguna que otra vez habíamos ido a su suntuosa oficina.

    —Cómo te miraba, eh —me dijo Alan en una de esas ocasiones, cuando volvíamos en el auto.

    —A lo mejor fantasea con vengarse de vos y cogerse a su mujer —le dije, para luego apretar su verga—. Dejalo que mire. ¿A nosotros qué nos importa?

    Para mi sorpresa, Alan apartó mi mano. Tenía el ceño fruncido.

    —No me gusta que te mire así —dijo, y no habló más en todo el trayecto.

    Nuestra frecuencia sexual disminuyó considerablemente. Pero eso no era lo que más me preocupaba. Lo peor era que sentía que la calidad del sexo había desmejorado. Incluso en una ocasión Alan no pudo lograr endurecer lo suficiente su verga como para penetrarme. Hice de cuenta que no pasaba nada. Le dije que de seguro estaba cansado y estresado. Pero sabía que fue un golpe duro para él. Ya de por sí habría de ser difícil tener un miembro viril pequeño, y si encima ahora no funcionaba como debería, sería un golpe al ego muy fuerte.

    Pero eso ocurrió solo una vez. Lo que no significaba que nuestra vida sexual estuviera mejorando. Alan me cogía como si sintiese rabia al hacerlo, y acababa pronto, casi siempre llegando al clímax él solo.

    Creo que yo misma no alcanzaba a comprender que nuestro matrimonio se estaba desmoronando. Comprendía que atravesábamos una crisis, pero no asimilaba su gravedad.

    Por suerte en la empresa nos llevábamos en general bien. Aunque ahora parecíamos más que nada socios. La sensualidad que solía surgir a veces, cuando él me manoseaba en la oficina, o cuando teníamos sexo sobre el escritorio, cuando todos los empleados ya se habían ido, había quedado en el pasado.

    Pero yo estaba convencida de que solo era una crisis pasajera. Ya volverían los buenos tiempos. Sin embargo, Alan estuvo raro durante unos días. Y cuando digo raro me refiero a que estaba de buen humor. Eso me alarmó. Debería hacerme feliz verlo bien, pero me daba cuenta de que yo no era la causa.

    Así que un día simplemente decidí revisar su teléfono. Nos estábamos preparando para salir a una cita a la que me costó mucho convencerlo. Hacía rato que no teníamos un momento romántico juntos. Cuando se metió en el baño, aproveché para husmear en el aparato.

    Ahí estaba todo, sin que siquiera el imbécil se hubiese molestado en cubrir sus huellas. Obvio que conocía su contraseña para desbloquearlo. No era estúpida. Como suelen decir, el que busca encuentra. Y yo encontré la conversación con Carolina. Una veinteañera de senos gigantes. Leí todo lo que pude, descubriendo mensajes subidos de tono que claramente evidenciaban una traición. “¿No tenés una foto sin la pollerita?”, preguntaba Alan. A lo que la cuasi adolescente respondía con risas. Alan le había respondido una historia en donde la chica salía con una ropa muy sensual, de ahí su pregunta.

    —Así que Carolina, ¿eh? —le dije, cuando lo encaré.

    Nunca estuve tan enojada. Y no solo estaba furiosa por la traición, sino por el hecho de que me hiciera lidiar con ella, casi como si se hubiera quedado expuesto a propósito. Le dije de todo. Estuve durante minutos gritándole, echándole en cara lo mal que me estuvo tratando en el último tiempo, lo hipócrita que era estando tan distante cuando en realidad estaba teniendo una relación con alguien.

    —Dani, te juro que no hice nada —dijo él una y otra vez.

    No podía creer que acudiera a respuestas tan trilladas como esa. Que no era nadie realmente importante, que en verdad no había pasado nada entre ellos, etc. Lo eché del departamento. Esa noche dormiría afuera, no me importaba en dónde.

    —Y que no me enteré de que te vas a ver con esa putita —le dije.

    Nuestra cita había quedado arruinada. Tanto tiempo que me había tomado ponerme linda, con ese vestido negro, corto y ceñido, el pelo planchado y el maquillaje perfecto. Lucía exactamente como le gustaba a él: como una puta fina.

    Entonces entró el llamado de Lorenzo. Estuve a punto de hacer de cuenta que no había escuchado el celular, pero debía comportarme como una profesional; Lorenzo era muy molesto, pero si llamaba un domingo por la noche era por algo.

    —Dana. Tu marido no me atiende, pero igual es lo mismo. Ya hablé con el inútil del supervisor de tu empresa. A partir de este momento prescindiremos de su servicio.

    Me quedé pasmada. No necesitaba analizar las consecuencias de eso, pues ya lo habíamos pensado mil veces.

    —A ver, Lorenzo, intentemos calmarnos —dije, aunque yo misma no estaba nada calmada debido a lo que me acababa de enterar de mi marido.

    —Pero si yo estoy muy tranquilo —dijo él.

    —Okey, pero vos sabés lo que provocaría una decisión como esa. No podríamos soportar tener que deshacernos de la mitad del personal. Nos fundiríamos. Ciento cincuenta familias en la calle. Vamos, me imagino que lo que sucedió fue muy grave. Por algo me llamás. Pero debe haber alguna solución.

    —Un empleado tuyo vino a trabajar borracho —dijo Lorenzo, con total aplomo—. Y se agarró a trompadas con un cliente. Él dice que, supuestamente, el cliente causó alborotos. Pero las cámaras y los testigos dicen algo bien diferente. Resulta que este idiota se propasó con la mujer del cliente, y obvio, el tipo hizo lo que haría cualquier hombre.

    De verdad ese vigilador era un imbécil. Pero si ese era el problema, debería bastar con echarlo. No me gustaba despedir a nadie, pero este parecía tenerlo bien merecido.

    —Lorenzo, entiendo tu enojo. Pero, por favor, al menos dame la oportunidad de convencerte. Vos sabés que la mayoría de nuestros empleados son buenos —esgrimí, tratando de ocultar la desesperación que sentía por dentro.

    —Lo siento, Dana, me caés bien, pero no es la primera vez que ocurre un problema con tus empleados. Esta solo fue la gota que rebalsó el vaso.

    ¿Qué carajos está diciendo?, pensé para mí. Esta era la primera vez que ocurría algo de tal magnitud. Además, el empleado del que hablaba había sido contratado a las apuradas justamente porque Lorenzo exigió cubrir un puesto nuevo de un día para otro. ¿Acaso su resentimiento contra Alan resultaba ser mucho mayor al que había imaginado? No permitiría que mi empresa desaparezca por algo que ocurrió hace una década. No me podía imaginar siquiera lo que implicaría despedir a todos nuestros empleados.

    —Lorenzo. Esta es una decisión muy importante para que la tomes en caliente, cuando el problema recién sucedió. Desde ya te prometo que voy a despedir a ese vigilador, pero al menos esperá un poco para rescindir nuestro contrato. ¿Podemos vernos y hablar tranquilamente?

    —Ahora estoy en mi oficina, pero no creas que vas a poder convencerme —dijo—. Tenés media hora para estar acá.

    ¿Media hora? Ni siquiera tenía tiempo de cambiarme. A la mierda, me dije. En todo caso le diría que salí de una cena programada hace mucho tiempo, solo para verlo. Eso debería jugarme a favor.

    Me pedí un taxi. Pensé en lo curioso que era que estuviera trabajando a esas horas. ¿Sería debido a lo que ocurrió en el casino? Lo dudaba. Lorenzo tenía intereses en múltiples negocios, así que supuse que eso haría que tuviera que ir a la oficina en días no laborales.

    Su cuartel general no estaba en ningún casino. Alquilaba un piso en un moderno edificio de Puerto Madero. El guardia de seguridad me abrió la enorme puerta cuando llegué. Se quedó atónito al verme. Su mirada se fue indiscretamente a mis senos. No era de mi empresa, por lo que era natural que no me conociera. Mis empleados disimulaban mejor al encontrarse conmigo. ¿Pensaría que Lorenzo había contratado a una prostituta? No me nació reprender al tipo, aunque en otro momento lo hubiera hecho. Ahora estaba preocupada por evitar que la empresa se fuera a pique. Ni me molesté en avisarle a Alan. Seguía furiosa con él. De hecho, prefería no verlo en ese momento, aunque suponía que cuando viera la llamada perdida de Lorenzo, le devolvería el llamado y este le diría que yo había ido a su oficina.

    Pasé por el molinete, no sin percatarme de la insistente mirada del vigilador, que parecía hipnotizado por mi trasero. Entré al ascensor, y me miré en el espejo que había en sus paredes. Me veía bien. De hecho, me veía espléndida. El problema era que no era el aspecto de una mujer que iba a una desesperada reunión de trabajo. Los zapatos de tacos altos hacían que mis piernas se vieran increíbles. El vestido era tan corto que apenas cubría hasta un poco por debajo del trasero. El pelo estaba atado en un rodete, lo que generaba que mi cuello luciera elegante. Dos aros grandes y un collar dorado era lo que terminaba de darme ese aspecto de escort de lujo.

    Llegué al piso, y toqué el timbre. No podía asegurarlo, pero en todo el edificio no parecía haber nadie más aparte del vigilador de la entrada y del propio lorenzo. En efecto, fue él mismo quien me abrió la puerta que daba directamente a su oficina.

    —Perdón que venga así, pero no tuve tiempo de cambiarme —fue lo primero que dije.

    —Pero si estás perfecta. ¿Por qué te disculpás? —dijo él—. Veo que Alan no va a formar parte de esta reunión. Mejor así, porque no creo que su presencia sume algo.

    —Quizás se nos una después —dije, poniéndome de repente a la defensiva.

    Entré a la oficina. A pesar de que ya la conocía, no podía dejar de fascinarme por lo imponente que era. Era más amplia que el departamento que compartía con Alan. Había un living con sofás Chesterfield de cuero y una coqueta mesa en el medio. El piso era de un reluciente mármol beige. En un extremo, después de un escalón, estaba su escritorio. Un mueble circular que separaba su exquisito sillón ejecutivo de las sillas que estaban del otro lado. Era como si con ese mueble dejara en claro que quien fuera que se sentase frente a él, no era un igual.

    Lorenzo tenía un ego desmesurado, pero tenía que reconocer que contaba con motivos para ser así. Hasta donde sabía, su familia era de clase media, tirando a baja, por lo que todo lo que había conseguido había sido por su cuenta. No dudaba de que estaba metido en negocios no muy legales que digamos, pero eso no quitaba que había construido un imperio de la nada. Muchas veces me encontré admirando su enorme ambición.

    Para mi sorpresa, no se sentó detrás de su escritorio, sino que me indicó que me sentara en uno de los sofás del living. Cuando crucé las piernas, supe que durante un instante había dejado a la vista mi ropa interior. No me importó. De hecho, deseé que me haya visto. Él se colocó a mi lado.

    —Mirá, Dana, acepté esta reunión por cortesía. Pero cuando se trata de negocios, suelo ser firme. Cuando algo no funciona, hay que cortar el problema de raíz —dijo, con su voz rasposa y masculina.

    Estaba vestido con un impecable traje azul marino, y una corbata de seda del mismo color. Supuse que era Armani. Costaría más de lo que Alan y yo ganábamos en un año.

    —Vamos, Lorenzo, no seas inflexible. ¿De verdad vas a juzgar nuestro desempeño como empresa por un hecho aislado? —dije, aunque ya sospechaba que no lo iba a hacer cambiar de opinión con tanta facilidad. él tenía razones para estar molesto, pero lo que le había dicho era cierto: no podía juzgar nuestro profesionalismo de los últimos seis meses por lo que había hecho el idiota aquel.

    —Es que no es un hecho menor. Y no creas que tus empleados son tan eficientes como creés —dijo él—. En fin, no quiero hacerte perder el tiempo, ni crearte falsas esperanzas. Esta asociación con Alan termina hoy.

    Con qué facilidad este tipo con ese elegante traje puede destruir a tantas familias de un plumazo, pensé, asqueada. Pero también noté algo. A pesar de que hacía todo lo posible por mostrarse como un profesional, como un gerente frío y experimentado, sus ojos no dejaban de dirigirse a mis piernas y a mis tetas. Me deseaba. Eso era obvio. Y era muy probable que el hecho de que fuera la mujer del hombre que en el pasado le había quitado a su pareja, le generaba un morbo especial, como así también un sentimiento de revancha.

    —Entonces, ¿es el fin? ¿Así de fácil? —pregunté.

    Separé mis piernas, y volví a cruzarlas, en un movimiento lento que indefectiblemente atrajo su atención. Me pareció notar que durante un instante contuvo el aliento.

    —Dana, esto no es personal —dijo—. De hecho, como te dije, vos me caés bien. Y no solo me caés bien, sino que creo que serías un gran elemento en mis empresas. Quisiera proponerte que seas mi asistente personal.

    Sonreí, con nerviosismo. Así que por ahí venía la cosa, me dije. Le arrebataría la empresa al tipo que tanto odiaba, e intentaría quitarle su mujer. Hacer que trabaje para él solo era el primer paso para tenerme cerca. Me indignó su patética demostración de poder. Pero no podía negar que resultaba eficiente.

    —Claro. Puedo ser tu secretaria. ¿Esa es tu fantasía? —dije, con ironía—. Tenerme entre estas paredes, yendo y viniendo con los papeles que tenés que firmar. Con una minifalda diferente todos los días. Me mirarías las piernas y el culo cada vez que saliera.

    —A mi última secretaria la hacía andar en tanga por esta oficina —dijo él, como si nada.

    Sonreí con desprecio. Me puse de pie. Fui directo al gran ventanal que había en el ala opuesta a su escritorio. La ciudad parecía diminuta. Ya había oscurecido. Observé con nostalgia las cientos de luces que veía en la avenida. Así que a eso había llegado, me dije. Me sentía patética, porque estaba consciente de que ese perverso hombre me tenía entre la espada y la pared. Pero la ira que aún sentía por Alan de alguna manera opacó esa sensación.

    —Debés sentirte muy poderoso acá —dije—. Viendo a todo el mundo como si fueran moscas. Seguro te sentís un gran hombre, disponiendo de la vida de los demás. Arruinando a centenas de familia de un plumazo. Sometiendo a las mujeres que deseás, arrinconándolas con tu poder y con tu dinero.

    Lorenzo se acercó, y se puso detrás de mí.

    —Dana, no seas tonta —dijo—. Cuando se trata de negocios hay que tener la cabeza fría.

    —Sí, lo sé —dije, sintiendo mis ojos ardiendo. Estaba a punto de largarme a llorar, pero me contuve.

    Entonces sentí su mano en mi pierna. No me sorprendió que me manoseara, aunque sí me sorprendió que no fuera directo a mi trasero. La mano era muy dura, y bastante áspera, por tratarse de un hombre de negocios. Más bien parecía la mano de un albañil. Los dedos subieron lentamente. Sentí mi vestido levantándose unos centímetros, para que luego empezara a masajear mi muslo.

    —No voy a ser tu secretaria —dije—. Me vas a coger. Te vas a quitar el gusto de vengarte de Alan, y de acostarte con su mujer, tal como él lo hizo con la tuya. Pero vas a seguir contratándonos como empresa de seguridad. De todas formas eso es lo que querías, ¿no? A esto se reduce todo. Aunque finjas ser un profesional centrado y calculador, todo esto es para cogerme. Para desquitarte del golpe al ego que te dio mi marido hace tiempo. Bueno, te felicito. Acá me tenés.

    El movimiento de su mano se detuvo. Por un instante sentí que se disponía a retirar sus dedos de ahí, pero en cambio los subió, en un movimiento mucho más brusco que el anterior, y empezó a acariciar mi vulva a través de la bombacha.

    —Acepto. Por esta vez voy a perdonarlos —dijo él.

    Me bajó la bombacha hasta los tubillos. Luego se irguió, me agarró de las caderas y apoyó su verga en mi trasero. Era tan grande como lo insinuaba su estatura. Y el hecho de que durante años el único pene que me había penetrado fuera el pequeño miembro de Alan hacía que se sintiera inconmensurable.

    Empujé con el trasero hacia atrás y empecé a frotarme con aquel poderoso falo. Me encontré haciendo movimientos obscenos con mi culo. Era como si estuviéramos perreando. Apoyé ambas manos en el vidrio y separé las piernas. Me sorprendió encontrarme tan excitada y entregada. El morbo que había detrás de esa relación de poder entre nuestras empresas, y que ahora culminaría con el presidente de los casinos cogiéndose a la esposa de la pequeña empresa de seguridad, me produjeron una lujuria incontrolable. Claro, la traición de Alan también había contribuido a que en ese momento no tuviera reparos en convertirme en una puta; como así también incidía en mi cambio de ánimo esa magnífica pija que ahora se restregaba en mis glúteos.

    Podía vernos de manera difusa en el vidrio. Lorenzo se frotaba los labios con la boca, y observaba el movimiento de caderas que yo aún hacía, con increíble deleite. Luego arrimó sus labios a mi oreja. Me la chupó, y me susurró:

    —Alan siempre tuvo un exquisito gusto con las mujeres —dijo—. Eso sí, siempre eligió a las más putas.

    Las palabras denigrantes no me hicieron cosquillas. Y es que ya había aceptado el papel que me tocaba, y sabía que no iba a cogerme de manera romántica y caballerosa.

    Escuché el cierre del pantalón bajándose. ¿Me iba a coger con ese carísimo traje puesto? Por lo visto sí, pensé, al notar que ni siquiera se quitaba el saco.

    Hizo un movimiento pélvico y de un momento a otro ya se encontraba adentro de mí. Su verga se abrió paso lentamente. Gemí, pues no podía hacer otra cosa mientras ese hermoso rabo se introducía lentamente en mi vagina. Se sentía bien. Increíblemente bien. Una oleada de culpa me atormentó durante unos instantes, mientras Lorenzo se meneaba detrás de mí; pero enseguida la aparté de mi cabeza. Alan me traicionó, me dije.

    Traté de no pensar en eso. La verdad es que en ese instante toda mi vida estaba dando un vuelco. La relación sana y feliz con mi marido parecía haberse desmoronado, y yo me estaba cogiendo ni más ni menos que a su enemigo. Así que aparté esas conflictivas ideas y me dejé llevar por el morbo y la excitación del momento. Solo iba a ser un momento. Quizás ni siquiera una hora. Algunos minutos en los que sería el juguete sexual de aquel taimado millonario.

    Torcí un poco el cuello para verlo cara a cara. Sus ojos marrones reflejaban no solo el placer, sino su arrolladora victoria. Para él todo esto había sido un juego. Un perverso juego en el que nos hacía depender económicamente de nuestra sociedad, para que él pudiera tirar de la soga cuando quisiera. Y ahora había decidido hacerlo. Había tirado de la soga y el resultado era que su verga se había introducido en mí, y que yo estuviera gozando de sus embestidas, sin ningún pudor, delante de ese vidrio, sabiendo que cabía la posibilidad de quedar expuesta.

    —Manipulador hijo de puta —dije.

    Pero el jadeo con que se interrumpió mi insulto dejó en evidencia que en ese punto mi cuerpo estaba completamente sumido en el goce que me generaba esa gruesa verga que me estaba hundiendo.

    Como era de esperar, él solo se limitó a reír, para luego empezar a embestirme con más fuerza. El vidrio era reforzado. No tembló ni un poquito a pesar de que cada vez ejercía mayor presión con mis manos. Los jadeos de Lorenzo se tornaron cada vez más agitados, hasta que acabó.

    Se metió en un rincón, en el que supuse que estaba el baño y que ahí se sacaría el preservativo. Me dejó ahí, con el vestido levantado y el culo al aire. Agarré mi ropa interior, me la coloqué, y acomodé mi vestido. Lorenzo volvió. Quien viera lo prolijo e inmaculado que se encontraba no sospecharía que acababa de echarse un polvo.

    —Quitate el vestido —me dijo.

    —Pero si ya hiciste lo que querías —dije.

    —No seas tonta. Podés quedarte quince o veinte minutos más. Te prometo que después de eso, te libero.

    —¿Me liberás? —pregunté, ofendida—. ¿Así que estoy secuestrada?

    —Claro que no. Podés irte cuando quieras. Pero si no querés que tu empresa se funda, quitate el vestido —insistió él.

    —Habíamos quedado en que si me cogías no ibas a rescindir nuestro contrato —respondí, patéticamente, intentando encontrar una lógica a toda esa situación tan inusual.

    —No. Eso fue lo que vos asumiste. Me extraña Dana, sos una mujer de negocios. Siempre tenés que tener en claro las cláusulas de un acuerdo.

    —¿Y cuáles son las cláusulas de este acuerdo? —pregunté, tragándome el orgullo.

    —Bueno, simplemente que quiero hacértelo una vez más. En una rato tengo que ir a otra reunión, así que no tengo tiempo para tus dudas. Quitate el vestido inmediatamente.

    A regañadientes, me lo quité. Luego me dispuse a desabrochar mi brasier.

    —Todavía no —dijo él.

    Se fue a su escritorio, y se sentó en el ostentoso sillón acolchado. Me indicó que me acercara. No di más vueltas al asunto. Rodeé el escritorio y fui a su encuentro.

    Me puse de rodillas. Cuando me incliné, él me detuvo. Me miró desde arriba, examinado mi rostro con aparente meticulosidad. Entonces me percaté de que su celular estaba vibrando. Lo tomó y lo atendió.

    —Alan. Bastante tarde me devolviste el llamado —dijo. Escuché que mi marido le respondía, seguramente diciéndole que desde hacía rato estaba intentando comunicarse—. Mirá, ahora no tengo tiempo de hablar con vos. Pero ya arreglé el asunto con Dana. Que ella te explique lo que hablamos. Ah, y otra cosa, Alan. Dana es una mujer de oro. Deberías considerarte muy afortunado de que esté a tu lado.

    Colgó. Lo miré, ahora con odio.

    —No te preocupes —dijo—. Como hombre de negocios que soy sé que no es bueno presionar demasiado. Ahora me vas a chupar la pija, y nuestro acuerdo va a quedar sellado. Podés pensar lo que quieras de mí, pero no creo que me consideres como alguien que no cumple con su palabra.

    Aún sintiendo la rabia en todo mi ser, me incliné, y empecé a mamar, sintiendo cómo esa verga iba creciendo en mi boca.

    Cuando bajé por el ascensor me miré en el espejo, temiendo tener el rostro sucio con semen. Pero no lo tenía. Me lo había tragado todo. Saqué un caramelo de menta de mi cartera y me lo metí en la boca, para contrarrestar el sabor a semen que aún sentía en el paladar. En la planta baja me reencontré con el vigilador, que esta vez me miró a la cara con una evidente lascivia. Fruncí el ceño, pero nuevamente no pude decir nada. Sentía el llanto en mi garganta; apenas hablara, empezaría a lloriquear como una niña. Además, al fin y al cabo, el tipo no estaba errado en la impresión que había dejado en él. Seguramente se había hecho la fantasía de que era un puta de lujo y que durante todo ese tiempo estuve teniendo sexo con Lorenzo. Y ciertamente, no estaba nada alejado de la realidad.

    Volví al departamento. Agradecí que Alan respetara mi decisión y no hubiera vuelto, a pesar de que tenía todo el derecho de hacerlo, pues también era su casa. Pasaron un par de días, en los que no fui a la oficina, para no tener que cruzármelo. La excusa era que aún estaba enojada con él, pero también me sentía culpable. Ahora que tenía la cabeza un poco más fría, me di cuenta de que no estaba segura de que se hubiera acostado con otra mujer. Si bien esos mensajes eran en sí mismo una traición, no podía evitar sentir que lo que había hecho yo había sido mucho peor. Una parte de mí deseó que efectivamente se hubiera cogido a aquella veinteañera, así al menos estábamos a mano. Pero Alan me juraba y perjuraba, en los mensajes que me mandaba a diario, que ni siquiera conocía en persona a esa chica. Y yo le creía. Muy a mi pesar, le creía.

    El día del reencuentro fue inevitable. Le pregunté de nuevo si su traición había escalado hasta lo carnal. Necesitaba que me lo dijera en la cara.

    —Mi amor —me dijo. Estábamos en nuestra pequeña sala de estar. Al decir esto, me agarró de la mano. Instintivamente la aparté, pero al instante la dejé en mi rodilla, para que él la tomara, esta vez sin reticencias de mi parte. Lo extrañaba, y lo necesitaba—. Solamente era un histeriqueo por mensajes. No te niego que hice mal, y que si vos hicieras algo parecido me sentiría igual de traicionado. Pero nunca me acosté con esa chica, ni con ninguna otra. Y nunca lo haría.

    Le creía. Me hubiese gustado no hacerlo, pero le creía. Y entonces todo el mundo se me vino abajo. Hablamos un rato más sobre nuestros problemas de los últimos meses, incluyendo su violencia en la cama, y su bajo rendimiento sexual.

    —Todo es desde que conocimos a Lorenzo —dije.

    —Sí. No te niego que desde que nos contrató, me siento amenazado —dijo.

    —¿Tanto miedo tenés de que se vengue de vos de alguna forma? —pregunté, e inmediatamente pensé en que ya se había vengado, aunque el pobre Alan nunca lo sabría, o eso esperaba.

    —No, no es eso —dijo. Fruncí el ceño. Siempre había dado por sentado que su animadversión hacia Lorenzo venía por ese lado—. Es que… es un tipo poderoso, que a todas las mujeres les gusta. Y es obvio que está caliente con vos.

    —Pero ya hablamos de eso —dije, algo irritada—. Dejá que desee lo que quiera. Nunca me va a tener. No entiendo por qué tanta inseguridad de tu parte —agregué.

    No tenía idea de dónde había sacado el coraje como para armar semejante frase. Mamá siempre me había dicho, cada vez que yo negaba alguna travesura, que tenía la cara dura como una piedra, pero esto ya era demasiado.

    —Es que… no te dije la verdad en cuanto a mi alejamiento de Lorenzo —dijo Alan. Contuve el aliento, intuyendo lo que iba a decir a continuación—. Yo nunca me acosté con su mujer.

    —Él se cogió a la tuya —dije, completando la frase. Alan asintió con la cabeza.

    —Perdoname. Es que… supongo que en cierto punto estoy atado a los mandatos machistas. A los hombres no suele gustarles que se los considere un cornudo, y yo no soy la excepción.

    Comprendí todo. El cambio en la personalidad de Alan; la violencia que le despertaba depender tanto de Lorenzo, y que estuviera en todo momento como tema de conversación; su bajo rendimiento sexual; lo poco viril que parecía en los último meses. Todo cerraba. Había reaparecido en su vida el hombre con el que la mujer que amaba lo había engañado, que además era su amigo, y su destino económico dependía casi exclusivamente de ese hombre. También recordé, con rabia, algo que me había dicho Lorenzo: “Alan siempre tuvo un exquisito gusto con las mujeres. Eso sí, siempre eligió a las más putas”. Ahora esas palabras adquirían nuevas dimensiones. Ahora me percataba de hasta qué punto había denigrado a mi marido, sin que se lo mereciera.

    Me sentí horrorizada. ¿Qué podía pasar si se enteraba lo que había hecho en la oficina de Lorenzo? Alan era un ser muy sensible. Podía tomar la peor decisión.

    Traté de ocultar mi espanto. Llevé la conversación de nuevo hacia lo que él había hecho. Dejé que hablara, y permití que creyera que me había convencido de perdonarlo.

    Pasaron algunos meses. Volvimos a ser una pareja unida. Todavía no regresábamos a los mejores tiempos, pero estábamos mucho mejor que en esos oscuros meses. Ahora que Alan había blanqueado sus temores, parecía haberse sacado un enorme peso de encima, por lo que todos esos factores en los que había empeorado, ahora se normalizaban.

    Pero yo no estaba muy bien que digamos. En todo momento temía que se enterara de lo que pasó aquella noche con Lorenzo. Estaba consciente de que ya no solo tenía en sus manos a nuestra empresa, sino también a mí. Pero nuestra relación comercial siguió evolucionando. Hasta que un día recibí un llamado de aquel perverso hombre.

    —Dana, Dana. Ustedes de verdad me decepcionan —dijo.

    Habíamos hablado muchas veces por teléfono durante ese tiempo, aunque había logrado evitar verlo. En su momento había pensado echarle en cara el hecho de que me hubiera ocultado el hecho de que él siempre había sido el malo de la película, quien traicionó a su amigo hace muchos años; pero no tenía sentido hacerlo.

    —¿Qué pasó? —dije, controlando la ansiedad que siempre me generaba hablar con él.

    Me encontraba en mi oficina. Sentí un nudo en el corazón. Si se comunicaba directamente conmigo cuando ocurría algo grave, era solo por un motivo.

    —Uno de tus empleados, ese tal Melgarejo, resulta que tiene antecedentes penales —explicó.

    —Lorenzo, con todo respeto, siempre pedís personal de un día para otro, y hacemos lo que podemos. Melgarejo tuvo un excelente desempeño en las entrevistas. Ahora entró en un período de prueba, y tiene derecho a adjuntar el certificado de antecedentes penales a lo largo de estos meses. Pero si efectivamente tiene antecedentes, puedo sacarlo. Solo quiero que entiendas que no tengo una bola de cristal con la que puedo saber sobre la vida de mis empleados sin que ellos me lo hayan mencionado.

    —Claro que lo entiendo. El problema es que fue descubierto robando del bolso de una de las mozas del casino. El imbécil fue visto en cámaras. Esto es motivo más que suficiente para desvincularme de ustedes. Ya estoy teniendo entrevistas con otras empresas.

    Maldito hijo de puta, pensé. Estaba claro que durante todos esos meses estuvo esperando que se diera la situación adecuada para amenazarme nuevamente. Para orillarme hasta dejarme sin alternativas.

    —¿Qué querés que haga? —le pregunté.

    —Que vengas a mi oficina a la noche —dijo él.

    —No, a la noche no —dije, susurrando—. No tengo ganas de inventar una excusa a mi marido para salir —aclaré. Y luego de pensarlo un rato, agregué—: Voy ahora mismo para allá. Debe haber algún hotel cerca, ¿no?

    —Claro. Ya mismo me encargo. Y Dana, otra cosa…

    —¿Qué? —pregunté, exasperada.

    —Me encanta que seas pragmática en los negocios.

    —Buen eufemismo para decir que te encanta que sea tan puta —dije, y colgué.

    Luego fui a la oficina de Alan. Le dije que me sentía mal y que necesitaba descansar.

    —Claro, cuídate —me dijo, y luego agregó—: Te amo. Lo sabés, ¿no?

    —Sí, lo sé —dije. Salí de la oficina y cerré la puerta a mi espalda. Luego volví a abrirla, encontrándolo con la cara de perrito triste con la que sabía que lo había dejado—. Yo también te amo —le dije.

    Fin

  • La contadora madura (parte 2): La revancha

    La contadora madura (parte 2): La revancha

    Volví a la oficina, totalmente acalambrado, fusilado. Las chicas me observaban, se miraban entre ellas y se sonreían picaras. Alejandra la chica de tesorería, chiquita, inocente, poco atractiva, muy callada, Mariana la encargada de proveedores, rubia, un tanto rellenita, más bien maciza buenas patas, muy de novia y Analía, la más grande 32 años, encargada de RRHH, bastante hermética. Grandota, buenas patas, siempre de pollera, culona, tetas normales, muy seria, como separada del resto por sus funciones.

    – Como te fue en … ejem… la AFIP – me dijo sonriendo

    – Bien bien, presente todo por suerte. Tuve que esperar a la jefa, un garrón

    – Mira vos lindo, bueno por suerte fue bien – me dijo mientras jugaba con su mano sobre su pierna subiendo la pollera sutilmente.

    Sentía como que me observaba, sobre todo mi bragueta, pero era idea mía. Traía una pollera bastante ajustada, blanca, una camisa y zapatos de taco. Cada vez que se levantaba el movimiento de su culo me embelesaba, pero hoy particularmente se transparentaba un poco dejando ver su tanga negra. Que turra, nunca me dio cabida de nada, no sé si se garchaba al gerente con el que pasaba mucho tiempo viendo los horarios, le quedaba un poco bajo, porque media 1,78 aproximadamente, a mí me iba bien con mi 1,90 pero nada cero. Idea mía que hoy me daba bola, venia de cogerme a la contadora veterana y creía que me podía coger a toda la oficina completa.

    Seguí con mis números, se fueron yendo todas, Analía entro al baño y demoro mientras las demás se iban marchando. Al salir, guau… llevaba una pollera más corta, negra y una body blanco sin corpiño con una camperita entreabierta. Los mismos tacazos, pero en conjunto una bomba

    – Salgo con mi novio, te gusto

    – Espectacular Analía, estas para comerte toda.

    – Hasta mañana contador

    Mensaje de WhatsApp, Susana, me envía un audio.

    – Venís rico, la sorpresa viene en camino, te espero.

    – Dale, paso por casa a cambiarme y voy.

    Pase por mi departamento, me calce un pantalón entallado, una camisa apretada y unos zapatos muy conchetos sin medias. Decidí no manejar, me pedí un Uber y hacia la casa de Susana.

    – Cuando llegas toca el portero y subí que te espero en el pasillo, sorpresa.

    Llegue impaciente, toque timbre Susana me abrió desde arriba. Subí al departamento, toqué timbre y salió Susana, con una especie de piloto blanco largo hasta el piso.

    – Hola bombón, viniste, no te vas a arrepentir. Hay una condición. Saco una venda del bolsillo y me cubrió los ojos

    Me tomo de la mano y me fue llevando, fuimos esta vez directo al dormitorio por el camino que recordaba, una fragancia muy envolvente casi me hacía alucinar, afrodisiaca, no sé porque, pero estaba al palo.

    – Eh… tranquilo contador, la noche es larga

    Me hizo sentar en la cama, muy cómoda, y me dejo ahí. Se escuchaba una música sexy y suave, pero nada más, como un ir y venir, otro perfume distinto más cítrico se acercó, me resulto familiar, pero era idea mía.

    – Bueno ya podés sacarte la venda

    Mi sorpresa fue mayúscula. Al girar la cabeza hacia el centro de la enorme cama estaba Susana con Analía. Susana con un corsé, una tanga de Playboy y botas bucaneras todo negro, espectacular. A su lado Analía, con un body blanco, medias y zapatos de taco tocándose lascivamente.

    – Como esta Contador, sorprendido – mientras jugaba con su lengua con Susana. La tomo por la cabeza de atrás y le dio un tremendo beso de lengua mientras le tocaba las tetas. Analía lucia unas hermosas tetas, naturales que Susana amasaba y se abalanzo para chupar.

    – Venga contador – me dijo Susana y mientras me desvestía me iba pasando sus manos por todo mi cuerpo, Analía se unió también y en un santiamén estaba en bolas para ellas.

    De pronto Ana empezó a besarme con su lengua tirándome en la cama y perdí de vista a Susana. Apareció por el otro lado y empezó a atarme las manos atrás con una tira de seda negra.

    – Ahora ubíquese contador, que le vamos a hacer un pequeño show previo.

    Sacaron una especie de vaporizador y empezaron a rociarse, una especie de loción afrodisiaca, que me enloquecía. Me frotaron en el pecho, que además se mostraba brilloso y se untaron tetas, culo todo brillante y excitante. Me hicieron apoyar contra la cama, me soltaron de atrás y cada una me ato las manos al cabezal de la cama. Una vez ahí se deslizaron en cuatro patas por la enorme cama y Analía se dirigió hacia una silla de donde trajo un bolso negro. Lo abrió y comenzaron las sorpresas: un consolador negro, enorme, a pilas parecía porque lo encendió y la cabeza comenzó a moverse, Susana saco otro color piel grande también y comenzaron a chuparlos, los metían enteros en la boca y los sacaban, una y otra vez. De pronto Susana tomo el suyo, desabrocho el body de Ana de abajo y empezó a chuparle la conchita, totalmente depilada, hermosa y a jugar con el juguete. Ana tirada en la cama y disfrutando se trepo a mi pecho y tapándome la boca con su mano empezó a morderme los pezones, fuerte.

    – No sabias que Susana es mi amiga no. Me conto todos tus secretos, y el tamaño de tu pija, hoy te vamos a dejar seco Raúl ya vas a ver

    Continúo mordiéndome fuerte mientras gemía y veía como Susana introducía todo el aparato en su concha hasta casi desaparecer. Mordía mis labios y metía su lengua en mi boca desesperada, como si buscara algo en el fondo mientras me pasaba las uñas por la espalda. No tocaban mi pija aun, algún arreglo para hacerme sufrir seguro.

    – La pija todavía no, sufrí perrito, ya vas a tener tus premios, goza así

    Susana a pura lengua y consolador violaba a Analía que se retorcía de placer a mi izquierda. Mas y más, sin piedad, lengua y hasta el fondo, lo metía todo y lo volvía a sacar. Quería tocar el culo de Susana con su tanga casi hilo dental atrás pero no llegaba. Susana me dio un cachetazo fuerte en la mejilla-

    – Todavía no Raúl, espera sos nuestro esclavo hoy

    Analía encendió su juguete y empezó a vibrar, lo chupo bien y lo metió de una en la conchita de Susana, ahora ambas se enroscaban en un 69 de pijas artificiales, dedos y lengua. Las dos se retorcían, gemían, aullaban, seguramente no era la primera vez que lo hacían. Se movían, gritaban y aullaban de placer, de ambas vaginas emanaban jugos por doquier, empapando sus caras, de pronto entraron en un sincrónico frenesí, violento y ambas acabaron casi sincronizadas. Ana tirada en la cama con el consolador aun en su vagina me miro y bebiendo los jugos de su sexo con los dedos me dijo:

    – Esto recién empieza bebe, todavía no te tocamos la pija

    Se acercaron en cuatro una por cada lado y empezaron a besarme al mismo tiempo, sus lenguas se enredaban con la mía, jugosas, sensuales. Sus manos hábiles habían tomado mi pija a esta altura imaginen al re-palo y la masturbaban despacio, suave. Despacio bajaron resbalando con su lengua por mi pecho y se unieron en mi pija ambas lenguas para un juego de chupadas, lamidas. Parecía una competencia a ver quién la metía más al fondo, Analía en un momento la metió tan al fondo que sentía su campanilla tocar la cabeza de mi pena, seguía y no aflojaba, los jugos caían de su boca sobre mi vientre mientras Susana se entretenía con mis huevos y mi ano. Chupaba y jugaba con sus dedos pequeños agiles en mi cola. En un momento metió uno y empezó a manipular mi próstata y mi pija exploto de dureza.

    – No la tenías eso Raulito eh, te gusta no. Mamita tiene secretitos, hoy vas a conocer muchos

    No sé cómo hizo, pero en 3 minutos largue una descarga impresionante de leche para todos lados que las dos chicas no tardaron en devorar ni dejaron caer una gota.

    Con las bocas aun con gusto a semen comenzaron a besarme, jugar con sus lenguas por todo mi cuerpo lo cual logro en breve una tremenda erección. Sin perder tiempo Ana se sentó arrodillada sobre mi cara dejando toda su concha en mi boca, comencé a chuparla, cogerla con la lengua mientras con su mano manipulaba su clítoris y me cabalgaba. Mientras Susana se subía sobre mí y cabalgaba flexionando sobre mi pija con sus piernas. Un rítmico vaivén me estaba enloqueciendo, los gemidos, aullidos y gritos de Ana largando jugos por doquier en mi boca y Susana cogiéndome prácticamente, apretaba sus piernas y presionaba mi pija asombrosamente dentro de su sexo.

    – Viste lo aprendí en un viaje que hice, se llama movimiento interno vaginal, puedo contraer las paredes de la vagina y apretar tu pene adentro te gusta bombón

    – Mmmm vuelve mmm loco mmm no paresss

    Lo único que podía decir preso del sexo de Analía, sus piernas a mis costados eran una vista maravillosa, recubiertas a medias por sus medias blancas.

    De pronto la levante a Analía, la separé a Susana y las puse a las dos una al lado de la otra con el culo para arriba bien erguido y empecé a cogerme a una y ensartar con el consolador a la otra. Mientras gemían se comían la boca mal, sus lenguas se enroscaban de momento, se chupaban, bocas, las tetas y yo cogiéndomelas, primero Ana con ese culo precioso, abundante, hermoso, una piel hermosa, les repartía chirlos a ambas y más se calentaban.

    Y así estuve un largo rato intercambiando pija por consolador, las chicas se lamian, se chupaban, de momentos una le chupaba las tetas a la otra, golosamente. Y en un momento me tire en medio de las dos e iniciamos un entrecruce de piernas, brazos, lenguas, de pronto la tenía a Ana cogiéndome, a Susana chupándome los huevos y el culo. Giraba y Ana se abalanzaba sobre mí me agarraba la pija y me hundía la lengua en la boca, me pasaba por el cuello con una maestría, se detenía en mi oreja y me susurraba cosas.

    – Papito que verga tenes como me gusta guacho, grandote y firme, dame toda la leche en el culo amor

    No termino de decir esto la gire, tome un gel que había en la mesita de luz y empecé a meter dedos con gel y lengua, Ana gemía y gritaba desaforada mientras Susana me cogía con su conchita.

    Saque la pija y ahora fue Susana la que siguió abriendo la cola estrecha de Ana, saque un preservativo.

    – A pelo Raúl, quiero sentir toda la leche adentro de mi dale guacho

    Apoye la punta en el culo, estrecho, lindo, Susana seguía horadando, me miro y me guiño un ojo para que la embista, lo hice de una hasta el fondo, cuando Ana quiso gritar Susana le hundió su cabeza en su concha empapada para que la chupe, al unísono se retorcían, gemían, Ana gritaba cuando la embestía hasta el fondo y la sacaba toda, Susana gozaba con la lengua y ahora también los dedos de Ana en su concha hermosa y jugosa, y yo seguía taladrando a Ana. En un momento Susana se acostó debajo de Analía que estaba en cuatro y empezó a chuparle la concha y dedos, mis huevos, cuando mi pija se salía se la metía en la boca y la volvía a incrustar en el orto de Ana. Y mientras con sus dedos me metía en el culo y me masajeaba la próstata. Ana descubrió la conchita de Susi y también se lanzó sobre ella con el consolador rígido que manoteo y empezó a cogerle el culo también. Ya era un maremágnum de lujuria y sexo, jugos por doquier, así enroscadas avise

    – Chicas viene la leche donde la quieren mmmgh

    Las dos se abalanzaron sobre mi boca y me besaron en un beso triple, lenguas enredadas y se arrodillaron delante mío con sus bocas golosas, ansiosas esperando mi leche, me pare dejando mi pija en llamas delante de sus bocas, sentía la punta de sus lenguas a ambos lados que me chupaban suavecito y más me calentaba. De pronto sentí un torbellino y empezó a venir la leche. Analía primeree y se apropió de mi pija hasta el fondo mientras Susana lamia mis dedos y hacia su famoso masaje prostático con un dedo en mi culo todo esto desencadeno cinco descargas de leche impresionante, Analía no podía contener todo en su boca e iba dejando en la boca de Susana, entre las dos se tomaron la cantidad impresionante de leche que saque. Cayeron sobre la cama una sobre otra y se iban tomando todo entre las dos. Caí entre ellas agotado y me empezaron a besar las dos al mismo tiempo, sentía su aliento a leche todavía y sus manos insaciables manoteaban mi pija que increíblemente todavía cabeceaba. Y eso que la noche recién empezaba al parecer.

  • De compras sin ropa interior

    De compras sin ropa interior

    Hola queridos, soy Andrea nuevamente con ustedes para contarles más anécdotas de mi exhibicionismo, esta oportunidad con otras aventuras de día.

    Después de mi aventura del gimnasio, reflexioné un poco sobre mi situación y el cómo estaba llevando lo del anonimato en cuanto a mis paseos, al principio trataba de pasar lo más desapercibida posible me conformaba solo con andar por ahí desnuda y masturbarme, pero poco a poco estaba deseando algo más… Lo que hice en el gimnasio lo de provocar a extraños donde todos pudieran verme era algo impensable cuando comencé, ya que me daba mucho miedo el que se conociera que soy una completa pervertida que ama ser vista y deseada, entonces estaba entendiendo que mi deseo estaba en las miradas ajenas y sus interacciones conmigo, el cómo sus ojos se van a mi culito o mis pechos, como fantasean con mi cuerpo.

    Sentía ya menos vergüenza de mostrarme, pero aún tenía mucho miedo de que me describieran en el terreno porque era mi lugar seguro y no quería perderlo, pero a su vez necesitaba algo más, el pasearme desnuda ya no era suficiente ni siquiera haciéndolo en 4 y mis accesorios acompañándome a pesar de que seguía sintiéndome genial al hacerlo, después de que me viera aquel chico con el plug metido en mi culo, tenía más miedo que calentura, no podía quitarme de la mente ese miedo así que decidí continuar con mis aventuras de día, donde por alguna razón estaba más desatada en cuanto a exhibirme.

    Tenía que hacer algunas cosas durante el fin de semana, así que decidí alistarme muy bien para salir, me puse una falda no muy corta que tapara mi culo y un poco más hacia abajo, pero que al agacharme deje ver parte de mi culo completamente y para arriba una polera naranja algo delgada, por supuesto que no llevaría ni bragas ni sujetador puesto, para complementar mi outfit decidí llevar nuevamente mi plug de joya para adornar mi culo, ya que me encanto como se me ve y las sensaciones que me da, una pequeña cartera donde pondría mi vibrador, para usarlo cuando estuviera muy cachonda, tome el plug, prepare mi culito para meterlo junto con lubricante, me incline para que mi culo se abra, con una mano abrí mis nalgas y con la otra comencé a meterlo lentamente, esta preparación para mí ya era un ritual necesario, ya que podía meterlo rápidamente sin problema, pero el hacerlo lento y delicadamente tenía un encanto especial, me permitía sentir todo el tiempo necesario para hacer que mi mente volara imaginando todo lo que haría en ese día, lo que por supuesto me ponía los pezones muy duros y mojaba mi conchita, estando ya lista me dispuse a salir.

    Mi primera parada era el supermercado, ya que necesitaba un par de cosas importantes, en el camino paso por una avenida grande, cruzo para pasar, pero quedó atrapada en el medio porque el semáforo cambio a rojo, así que tuve que quedarme de pie esperando que vuelva a cambiar y como era una avenida muy transitada los autos pasaban algo rápido, cuando me detengo a esperar empiezan a pasar y siento de pronto un viento frío en mi culito, miro hacia atrás y con el viento de los autos mi falda se había levantado un poco, se veía todo mi culo, la sostengo con mi mano y pasa otro auto por adelante levantando mi falda por delante dejando mi conchita al aire, en ese momento me dio mucha vergüenza, ya que había gente esperando en ambos extremos de la calle y me vieron haciendo ese espectáculo jeje.

    Me apoyé en el poste del semáforo para que mi falda por atrás no se levante y la tome por ambos lados para mantenerla abajo, fueron unos segundos eternos, podía sentir que estaba muy colorada por la vergüenza, pero creo que también por la calentura del momento, me habían visto muchas personas que no llevaba bragas, contemplaron todo mi culo y mi conchita, luego de eso seguí mi camino y llego al supermercado.

    Me dispongo a buscar lo que necesitaba, quería alcanzar unos frascos de mermelada que estaban en la parte más alta de una estantería, pero no llegaba, así que mire a ambos lados por si había algún guardia o algún encargado, pero no vi a nadie más que un anciano con bastón, me resigne y puse mis pies en la primera planta de la estantería a ver si podía alcanzarlos mejor, pero aún me faltaban unos pocos centímetros mientras estaba en eso, siento que tocan el culo por encima de mi falda, me giro sorprendida y para mi sorpresa no era otro que el anciano que estaba detrás de mí con toda su mano en mi nalga derecha lo miro y le digo.

    – «Señor, ¿qué hace?, necesita algo?».

    Él me contesta.

    -«La vi un poco complicada señorita tratando de alcanzar los frascos y quería ayudarla» me lo dijo con un tono algo inocente y pícaro a la vez.

    No podía creer que el señor me dijera eso, mi instinto fue apartarme y molestarme, pero cuando estaba a punto de hacerlo y alejarme, sentí como esas emociones cambiaron a felicidad, no podía entenderme en ese momento, un viejo verde me había manoseado en pleno supermercado y yo estaba feliz?, fueron solo unos segundos de silencio y mis ideas cambiaron totalmente, en eso el señor me dice:

    -«Le pido disculpas, señorita, solo quería ayudarla, le ofrezco mi bastón para que pueda acercar más fácil lo que necesite», esta vez el tono era más de arrepentimiento y nerviosismo.

    Yo estaba ya con mil ideas en mi cabeza, así que le sonrió pícaramente y le digo.

    -«Gracias señor, pero me gustaría que me ayudara como lo estaba haciendo antes».

    Él se me queda viendo sorprendido, me giré de nuevo hacia la estantería, miré a ambos lados del pasillo y por suerte no había nadie pasando en ese momento, tomé su mano y la puse en mi nalga derecha por debajo de la falda, lo miré y le dije.

    -«De esta forma podría ayudarme mucho más… Y si usted quiere, puede usar las dos manos… Para impulsarme».

    Él me sonrió levemente, vi cómo sus ojos se iluminaron y me dijo.

    -«Claro señorita, yo le ayudo encantando».

    En ese momento me impulsé hacia arriba y el señor puso su otra mano en mi nalga izquierda por debajo de la falda, tenía sus dos manos agarrando totalmente mi culo, sentía como apretaba mis nalgas con sus manos, yo estaba sintiendo muy rico en ese momento así que me tome mi tiempo para sacar el frasco que necesitaba, deje que el viejito se deleite todo lo que quisiera con mi culito que en ese momento estaba a su total disposición, moví mi culito un poco como si hiciera un pequeño baile con mis caderas, sentía como él apretaba con fuerza mis nalgas, lo que hizo salir un pequeño gemido reprimido «mm…», tome el frasco y comencé lentamente a bajar para darle tiempo a disfrutar lo más que pueda, lo mire y le dije.

    -«Ya lo tengo, voy a bajar».

    Primero me sostuve con una mano y puse un pie en el suelo, en ese movimiento mi cuerpo bajo un poco, el señor deslizo su mano derecha por dentro de mi falda pasando por mi cadera, sentí como su mano salió por mi falda y entro por mi polera llegando su mano hasta mi pancita y luego subió un poco más su mano y toco uno de mis pechos, lo apretó con fuerza desde abajo, yo volví a dar un pequeño gemido «aa…», baje mi otro pie lentamente, porque no quería que terminara ese momento, ser tocada en ese lugar por un extraño estaba siendo un deleite total, cuando ya estaba de nuevo en el suelo el señor retira sus manos lentamente de mi cuerpo, sin dejar de rosarme con sus dedos en ningún momento cuando ya separo sus manos de mí, yo tuve que volver a bajarme la falda, porque con su movimiento se me había subido hasta la panza y ya no me tapaba nada jeje…, me di la vuelta le sonreí al señor y le dije.

    -«Muchas gracias señor, con su ayuda pude alcanzar lo que necesitaba».

    Veo que él me sonríe y cuando estaba a punto de decirme algo, se queda inmóvil y mudo, yo no entendí en ese momento que pasó, pero observo que él estaba viendo como algo detrás de mí, entonces desde atrás escucho con tono de enojo y molestia.

    -«Señorita está bien?, necesita ayuda?, el hombre la está molestando?».

    Me giro y veo que es un guardia de seguridad, muy alto, pensé en ese momento, que quizá me vio siendo impulsada por el señor y asumió que me estaba acosando y manoseado contra mi voluntad, pero lo que él no sabía era que yo desee esa situación y me había encantado que el señor me tocara el culo y rosara mi cuerpo, así que rápidamente le dije.

    -«El señor no me está molestando, me ayudo a alcanzar este frasco de mermelada y estábamos conversando sobre cuáles eran nuestros sabores favoritos, muchas gracias», me giré hacia el señor, el cual estaba pálido y temblando, tomé su mano y le dije.

    -«¿Cuál era la que usted me recomendaba, señor?».

    El me miró y parecía no reaccionar cuando de repente me dijo.

    -«Si es la que está por aquí señorita, mire».

    Me llevo de la mano un par de metros lejos del guardia y me señalo mermeladas de otra marca y sabor, yo me hice como la que estaba observando cada frasco como evaluándolos mientras le replicaba al señor, en eso, el guardia se da media vuelta y deja el pasillo, le digo al señor.

    -«No se preocupe señor, el guardia ya se fue».

    El señor respiró hondo y con un suspiro me dio las mil gracias.

    -«Señorita, muchas gracias por no delatarme ni decirle nada al guardia, se lo agradezco muchísimo, ahora mismo me retiro muchas gracias».

    Yo tomo sus dos manos que aún estaban temblando y le digo.

    -«Señor, por favor no se disculpe, yo necesitaba ayuda y usted caballerosamente me ayudó y por ser tan atento conmigo le tengo un regalo».

    Él me miró nuevamente extrañado y pasmado, yo le pedí sostener mi frasco de mermelada y camine lentamente por su costado un par de metros, él se giró mientras yo pasaba, me acerque a su bastón que se había caído en la conmoción de la ayuda y luego la aparición del guardia, me incline levantando todo mi culo mostrándoselo al señor totalmente, lo tome y moví mi culito de izquierda a derecha, me erguí acercándome al señor para entregarle su bastón y le dije.

    -«Aquí tiene señor, muchas gracias por ayudarme».

    Él mantuvo silencio, pero podía notar que estaba sorprendido y emocionado, entonces me acerqué más a él y le susurré,

    -«Sígame a una distancia que nadie sospeche…».

    Él me miró extrañado y asintió con la cabeza, yo seguí mi camino haciendo mis compras, entre al pasillo de los productos de aseo personal porque necesitaba un nuevo champú, veo que el señor venía asomándose por la otra punta del pasillo, entonces aprovechando fugazmente al inclinarme me subí toda la falda hacia adelante, dejando todo mi culo y conchita al aire, tomo el champú y vuelvo a acomodarme, me giro y el señor estaba de pie mirándome, yo por dentro ya estaba muy cachonda no podía creer todo lo que estaba haciendo en un supermercado que estaba repleto de gente, continúe mostrándole mi culito al señor cada vez que podía en total creo que fueron unas 5 veces más, cuando ya estaba lista fui a pagar a las cajas rápidas donde uno puede atenderse solo, había menos fila, solo habían dos personas antes que yo cuando de repente escucho detrás mío.

    -«Señorita, disculpe siempre he querido usar estas cajas, pero no las entiendo, ¿usted podría ayudarme?».

    Era el señor de antes, en un momento le había perdido la pista, así que supuse que se había ido a hacer sus compras, miré sus manos y solo llevaba un par de cosas, le dije.

    -«Claro señor, con gusto le puedo ayudar».

    Pasamos ambos a una caja, le enseñé cómo pasar las cosas por la caja y luego pagar todo, el asentía, pero creo que no captó mucho el proceso jeje, cuando ya estábamos listos, salimos juntos del supermercado, yo ya me despedía cuando me dice.

    -«Espere señorita por favor, quería darle las gracias por todo lo que hizo, yo soy un hombre mayor ya debo ocupar bastón para caminar y hace años que no tenía una interacción así con ninguna mujer desde que perdí a mi esposa durante la pandemia, solo me quedan sus recuerdos, así que nunca podría siquiera ver a una dama tan bella como usted y usted hoy me alegró el día y seguramente muchos más días me durara esta alegría».

    Tomó mi mano y me puso un bombón en la palma, les aseguro que ese gesto me dio mucha ternura y pena al mismo tiempo, de que él fuera tan valiente como para contarme eso y expresarme su gratitud, yo le sonreí y le pregunté su nombre, él me dijo que era Genaro, entonces le dije.

    -«Don Genaro es usted muy lindo conmigo, le deseo lo mejor y muchas gracias por el obsequio».

    Le di un besito en la mejilla y me fui moviéndole el culo una última vez para su deleite, gire a verlo una última vez, le guiñe el ojo y me fui camino a casa a dejar todas las cosas, mientras estaba de camino no podía dejar de pensar en lo que había pasado en el supermercado, yo había estado tonteando con un señor mayor, dejándolo tocarme el culo, apretármelo y mostrándoselo luego en los pasillos de un lugar lleno de gente, no daba crédito lo cambiada que estaba y lo bien que me hizo sentir esa experiencia.

    Mi día no acabó aquí, pero si esta primera parte, les mando besos a todos y les agradezco por escribirme a mi correo y darme sus lindas palabras, espero que esta anécdota les encante tanto como a mí.