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  • ¡Qué ajustado le entra!

    ¡Qué ajustado le entra!

    Estoy viviendo en el departamento comprado por nuestros padres después que mi hermano, diez años mayor que yo, se casara. De esa manera lo destinado a alquiler podía ahorrarlo para, en el futuro, adquirir algo. Rubén de 28 e Irene de 22 contrajeron matrimonio dos años atrás y en ese lapso a ella la vi pocas veces, incluido el noviazgo. En esas escasas oportunidades mi esfuerzo estuvo dedicado a deleitarme con su presencia y tratar de que su esposo no se apercibiera. Desde luego la certera intuición femenina percibió en seguida que me tenía atado de pies y manos.

    Ciertamente estar cerca de ella constituía una deliciosa tortura, pues me encontraba simultáneamente ante una atracción insalvable junto al sentimiento de deslealtad filial. Su cuerpo podía llevar a las alturas a la imaginación más rudimentaria. La gestualidad corporal unida a sus facciones y sencillez en el vestir hacían pensar en una inocencia no contaminada, aunque su mirada en algunos momentos parecía contradecir esa apariencia.

    Mi estadía transcurría teniendo dos ocupaciones principales, estudiar y ayudar en las tareas hogareñas. Era un mínimo agradecimiento al matrimonio que cubría con agrado todas mis necesidades. Con el correr del tiempo fuimos logrando la empatía que nos hizo más cercanos, en particular con mi cuñada. Y así, lentamente, de manera imperceptible, el pudor inicial fue perdiendo fuerza, dando comienzo a mi sufriente placer.

    Las vestimentas de a poco cubrían menos y los cuidados para tapar se fueron relajando. Así fue que el salto de cama empezó abriéndose en el escote, luego pasó a estar desatado y terminó colgado en la percha. Los pijamas de saco y pantalón, derivaron en camisón y concluyeron en camisoncito a medio muslo. La progresión fue tan pausada que casi ni me di cuenta de la diferencia entre el comienzo y un año y medio después. Naturalmente las pajas con ella en mi imaginación fueron incontables, y mis sentimientos eran encontrados, por un lado agradecía su exhibicionismo y por otro odiaba su actitud despreocupada, pues era consciente de la tortura a la que me sometía.

    En ese ambiente vivía mediando mi segundo año de universidad estudiando filosofía. En un almuerzo mi cuñada comentó la preocupación de sus padres por el estudio de su hermana Alicia. Si bien lo llevaba aceptablemente, una materia del año anterior la tenía a maltraer, le quedaba una oportunidad dentro de quince días y otra a fin de año. De no aprobar recién podría recibirse al año siguiente. Cuando pregunté cuál era dicha materia me contestaron que Lógica.

    – “Pensar que esa herramienta de la filosofía me resultó deliciosa”.

    Ese comentario mío dio pie a Irene para sugerir que quizá podría ayudar a la estudiante en esa cuestión que le resultaba tan dificultosa. Habiéndole respondido que lo haría encantado quedó en consultar a sus padres.

    Al día siguiente me llamó la suegra de mi hermano pidiéndome que fuera a verla pues quería hablar sobre el estudio de su hija menor. Como vivimos en el mismo edificio tuve que subir solo cinco niveles. Después de charlar sobre los hábitos de estudio de la interesada y de un cierto rechazo por la materia, producto de los fracasos anteriores, le di mi parecer. Lo más conveniente era preparar concienzudamente los contenidos y presentarse al examen de fin de año. Aprobada la propuesta acordamos el método de trabajo que comenzaría en dos días.

    Alicia es una criatura de dieciocho años que compite en belleza con su hermana mayor a pesar de ser bastante delgada. Quizá lo que más resalta es su dulce y femenina manera de conducirse en todo momento. Con ella coordiné los horarios, la duración de cada reunión y un tema, para mí, muy importante.

    – “Hay algo que ambos debemos hacer y ayudarnos mutuamente, de lo contrario el fracaso es casi seguro”.

    – “Espero poder hacerlo”.

    – “El asunto es así, dos años de edad nos separan, pero la maduración es prácticamente la misma. Es decir, yo tengo intereses muy similares a los tuyos, la misma tendencia a la vagancia, iguales ganas de diversión y muchas otras cosas que vos podrás imaginar. Todo eso tenemos que vencer en los momentos de estudio. Y eso incluye la vestimenta. Luego por separado podremos darle rienda suelta. Si queremos farra juntos, sólo después del examen. Me vas a ayudar?”

    – “Te prometo esforzarme”.

    Tuve la suerte de despertar su entusiasmo y ella puso el empeño de reunir tiempo de estudio y concentración. Eso permitió que lapsos relativamente cortos fueran muy fructíferos. Debido a mi pedido de atención sólo al estudio dejó de llamarme Joaquín reemplazándolo por “El Amargo”, a lo que le correspondí bautizándola “Almíbar”, apelativos que reemplazaron a nuestros nombres en el trato diario.

    La ayuda a Alicia fue mi tercera ocupación. El día del examen la acompañé hasta el colegio, quedándome en un bar de las cercanías a esperar su salida. Cuando la vi aparecer fui a su encuentro con el corazón oprimido, pues su cara mostraba el ceño fruncido, haciendo pensar un resultado adverso. Al llegar a mi lado saltó, abrazándome la cintura con las piernas mientras sus brazos ceñían mi cuello y me cubría la cara de besos.

    – “Gracias Amargo, conseguimos un nueve”.

    – “Mocosa de mierda, casi se me detiene el corazón”.

    Los gestos de afecto, habitualmente parcos entre los dos quedaron en el pasado, pues ya no había razón para mantener una cierta distancia. Y así el cariño que sentía por ella, nacido de una relación respetuosa, cercana y amable se lo demostré con un abrazo prolongado junto a un beso en la mejilla.

    A la alegría de Alicia se agregó la felicidad de los padres. Yo mantuve mi inicial negativa a cobrar esa contribución lo cual redundó en un beneficio muchísimo mayor. El padre hizo que su yerno le diera los datos para abrir a mi nombre una caja de ahorro bancaria que acreditaba una cantidad similar a mis gastos anuales. Y por otro lado la madre me invitó a pasar los dos meses de vacaciones en su quinta de verano.

    En un abrir y cerrar de ojos llegamos a mitad de diciembre y comienzo de las vacaciones. Mi hermano, que recién estaba libre en la segunda quincena de enero, iría los fines de semana. El viaje lo hicimos las dos hermanas, el matrimonio mayor y yo en el auto de la familia. Era la primera vez que podía observar de cerca de las tres mujeres en ropa liviana acorde a la estación. Sin duda, en las jóvenes, habían prevalecido los genes de la madre, pues contextura y belleza eran compartidas por las tres.

    Lógicamente nuestra vestimenta más usada fue la ropa de baño, y la pileta el lugar donde estábamos buena parte del día. Los cuerpos de ambas hermanas llamaban la atención por su belleza y armónicas redondeces. Según qué prenda usara, la delgadez de Alicia hacía que la biquini le resultara holgada y, en algunas posiciones, se entrevieran los claros vellos del pubis. Precioso espectáculo para alegrar la vista.

    El segundo día a la tarde, buscando alguna distracción, le propuse jugar al trampolín dentro del agua. Consistía en que ella se parara sobre mis hombros y yo, tomándola de los tobillos, la ayudara a lanzarse de cabeza lo más lejos posible. La subida implicaba cierta destreza. Si me agachaba un poco, ella poniendo un pie en mi muslo podía llegar con el otro al hombro, luego equilibrarse y por último el lanzamiento.

    Una de las veces, cuando traté de ayudarla en el impulso para subir del muslo al hombro mi mano resbaló, y la empujé con la palma abierta abarcando su entrepierna. Ambos nos sorprendimos del contacto. Mis ojos en los suyos buscando desaprobación y los de ella en los míos para descubrir una previa intencionalidad. Como ninguno vio anormalidad seguimos tranquilamente. Continuamos con lo mismo para adquirir práctica y alguna vez más sucedió el contacto, pero por mayor lapso y ambos disimulando, hasta que se hizo evidente que yo deseaba acariciar y que ella buscaba la caricia.

    – “El tiempo de estudio ya pasó”.

    – “Es verdad y vos hiciste un buen esfuerzo cuyo premio fue la hermosa nota”.

    Mis palabras las acompañé acariciándole la mejilla en una muestra de sincero afecto, pero cuando mi dedo pulgar llegó a los labios, ella los abrió para introducirlo y chuparlo con los ojos cerrados.

    El intento de lograr destreza en la subida a los hombros quedó en el olvido. Apoyé mi espalda en la pared, con el agua hasta los hombros, para que ella quedara pegada a mi costado mirándome como si estuviéramos hablando. Mis primeras caricias fueron un simple roce sobre la biquini mientras ella, tomada del borde, simulaba patalear.

    Ojos cerrados y boca abierta fueron las señales de placer que me llevaron a buscar el contacto directo con el vello pubiano y el canal que esos pelitos velaban, pero controlando la calentura, pues no debía precipitarme y ahuyentar esa maravilla de mujercita. Para favorecer la lubricación interior, con índice y pulgar presionado los labios, inicié el movimiento de subir y bajar para que la mucosa frotara el clítoris.

    Sus manos apretando fuertemente mi brazo, que hacía movimiento de vaivén, junto a un quejido me indicaron que podía ingresar en la grieta sin provocar escozor. Fue la tarea que asumió el dedo mayor comenzando con círculos alrededor del botoncito, bajando hasta el ingreso a la vagina, donde repetía el recorrido circular sin penetrar, para regresar al inicio.

    El paso siguiente fue impensado. En la caricia alrededor del agujerito, un súbito movimiento de su pelvis provocó el ingreso íntegro del dedo, ajustado pero sin obstáculo. La corrida la sentí con apretones vaginales, un gemido rugiente, las uñas surcando mi antebrazo y sus dientes marcándome el hombro. Ya calmada trató de borrar, con besos, las marcas de su placer.

    – “Perdón, perdón, lo hice sin querer”.

    – “Tu placer vale la pena, pero por favor, no lo hagas muy seguido”.

    – “Vamos a la otra orilla, que ahí nos tapa el ligustro. Ahora ni siquiera puedo darte un beso sin ser observados”.

    Mientras caminábamos escuchamos la voz de su padre diciendo que iban hasta el centro a realizar algunas compras. Ya a cubierto, bocas y manos asumieron el protagonismo. Chupar la lengua de esa criatura era una delicia y, a tenor de sus apagados gemidos, para ella resultaba muy placentero. Y ese placer lo evidenciaban su voz y la fuerza y movimiento conque sus manos batían mi pija. Para no correrme la tuve que parar, pues no pensaba desperdiciar semen en el agua. Sentándome en la orilla llevé suavemente su cabeza hasta tocar sus labios con el glande mientras nos mirábamos mutuamente.

    – “Nunca lo hice”.

    – “Si aplicás la misma dulzura que al besar seguro te va a salir maravilloso y en menos que canta un gallo vas a tener mi leche en tu boca si no la saco a tiempo”.

    – “Pruebo, si no me gusta lo escupo”.

    – “Así Almíbar, que bien combinás caricia y succión. Sí chiquita chupá, chupá que ahí va, tragalo preciosa”.

    Fueron cuatro disparos que gustosamente hizo pasar por la garganta.

    En ese momento levanté la vista y me encontré con Irene que, desde una ventana del primer piso, había sido espectadora privilegiada de tan maravillosa mamada. Al parecer el espectáculo no había sido de su agrado, a juzgar por la seriedad de su cara. De esa distracción me sacó la voz de Alicia.

    – “Quiero que me llenés la panza de leche, vení, vamos al vestuario”.

    Caminando juntos los pocos metros que había hasta la puerta, de reojo, vi que mi cuñada seguía inmóvil en la ventana, presencia no percibida por mi compañera de placer. La dejé entrar primero y, como quien cerraba la puerta miré hacia la observadora que permanecía inmóvil y la saludé con la mano. No me respondió.

    Al darme vuelta tuve una visión maravillosa, Alicia estaba totalmente desnuda, acostada de espaldas en el largo banco, con las rodillas en los hombros y sus manos abriendo su preciosa y delicada conchita; esa pequeña grieta de placer mostraba, arriba el botoncito fuera del capuchón, abajo la abertura que invitaba a entrar y entre ambas partes el canal rosado, brillante de flujo.

    – “Aquí Amargo, aquí te quiero”.

    Como un autómata, obnubilado por la visión, enfrenté ese tesoro, al que traté de cubrir abriendo al máximo la boca aunque no llegué a abarcarlo, por lo que me puse a lamer, chupar y tragar flujo, todo ello al son de quejidos gozosos. Al aproximarse al orgasmo, mientras rugía apretaba mi cabeza como queriéndola introducir, hasta que sobrevino un instante de tensión corporal generalizada junto al grito “Ya!!!” finalizando en una laxitud que parecía desvanecimiento.

    Ante eso me incorporé quedando sentado a caballo del banco, saboreando el jugo femenino que aún bañaba mis labios y contemplando la hermosa figura delgada que, con las piernas separadas mostraba líquido manando de la conchita entreabierta, mientras ojos cerrados y facciones distendidas indicaban un estado de sopor profundo después de la tensión vivida.

    Cuando vi que empezaba a salir de ese letargo me arrodillé en el piso, sentándome sobre los talones a la altura de sus hombros, para que tuviera un despertar afectuoso y así recorrí párpados, mejilla boca, cuello y pechos con manos y labios.

    Al parecer mis caricias surtieron efecto pues al abrir los ojos y verme sonrió, el camino estaba libre, me erguí y puse el glande entre sus labios recibiendo un delicado beso.

    – “Lubricalo bien mi cielo, así te entra hasta la empuñadura”.

    – “Sí querido, con gusto lo voy a preparar porque soy estrecha”.

    Con la pija cubierta de saliva me acosté de espaldas a lo largo del banco.

    – “Vení Almíbar, sentate a caballo pero de espaldas y te tomás de mis tobillos, así vos controlás la entrada y yo podré sostenerte de las nalgas”.

    Nunca imaginé ser partícipe de un espectáculo tan excitante, mientras una mano sostenía vertical mi miembro la otra orientaba la aproximación de esos dos globos separados por la hendidura que mostraba, arriba el orificio estriado y abajo una conchita con los labios separados y enmarcando la boca que parecía llamar al glande que la enfrentaba y se aproximaba lentamente. Estaba terminando de ingresar la cabeza cuando paré por pedido de ella.

    – “¡Ahí nomás! Estoy sintiendo cómo se me abre, ahora iré bajando a medida que vaya dilatando”.

    – “Cuando esté por acabar te levanto”.

    – “¡No!, mañana me viene la regla, ahora que la tengo entera dame fuerte, quiero otra corrida. Qué me estás haciendo?”

    – “Acariciando este culito precioso, te resulta incómodo?”

    – “No, simplemente es algo nuevo y por eso me resultó extraño, pero me gusta”.

    Había que aprovechar esa complacencia que podría aumentar su placer acelerando el orgasmo, cosa que me convenía pues me encontraba en desventaja y no quería que ella se quedara con las ganas. Entonces con una palma apoyada en una nalga y el pulgar recorriendo y presionando el anillo, ocupé la otra adelante, los dedos frente al clítoris para que el movimiento de ella para ensartarse también causara la frotación. Así fue que por primera vez presencié extasiado cómo mi verga, al salir arrastraba hacia afuera la mucosa vaginal, y al entrar la volvía a su lugar, hasta que contracciones musculares de ese estrecho conducto me ordeñaron de tal manera que unos pocos disparos me dejaron extenuado.

    Cuando salimos, agotados después del encuentro amoroso, mientras íbamos hacia la pileta vi que mi cuñada se dirigía al mismo lugar. En tanto Alicia decidió ir a su pieza para lavarse bien, me tiré sobre la reposera vacía a unos metros de Irene y tomé el libro que tenía a medio leer; pasados unos minutos me habló.

    – “Te pasa algo conmigo?”

    – “Nada en general, pero como hace un rato no me devolviste el saludo y ahora veo cara de pocos amigos, mejor estar callado y lejos”.

    – “No te respondí porque era como estar de acuerdo con lo que le hacés a mi hermana”.

    – “Y no se te ocurrió que quizá se preste gustosa a hacerlo?”

    – “No lo creo”.

    – “Qué maravilla, me acabo de enterar que tengo poder suficiente para inducir a una persona a obrar en contra de su voluntad. Tendría que probar con vos a ver si da resultado”.

    – “¡Si serás degenerado!”

    – “Degenerado por desear a una mujer hermosa, que además me viene calentando desde hace más de un año?”

    – “Mentiroso, vos te calentás solo”.

    – “Es verdad, pero la que muestra a cada rato tetas y entrepierna sos vos”.

    – “Yo no muestro nada, será que sin querer se me vé”.

    – “Sobre tus intenciones no puedo hablar, pero nadie te impone andar sin corpiño y menos ponerte en cuclillas separando bien las rodillas cuando usás un camisón corto. Si ante eso un adolescente no sufre una soberana calentura es que se encuentra al borde de la muerte”.

    – “Mejor terminemos con esto que ahí viene mi hermana”.

    – “Como vos quieras, de paso podés aprovechar y preguntarle si la estoy forzando a algo que no quiere”.

    – “Estás loco si pensás que voy a hacer eso”.

    Yo seguí mi lectura mientras ellas hablaban. Esa noche fue maratónica. Elegimos mi pieza pues a la de ella sus padres podían irrumpir sin aviso, en cambio a la mía no. Estábamos descansando del primer orgasmo cuando sonó el teléfono mostrando un mensaje entrante de su hermana, lo abrió y luego de leerlo me lo mostró sonriendo “Me parece bien que gocés como una burra pero no es necesario que se enteren los vecinos”

    A las tres de la mañana, con cara de agotada, partió para su dormitorio pues en a eso de las nueve la buscaban ya que tenía programados siete días en casa de una amiga. Al levantarme y después de desayunar fui a la pileta, encontrándome con Irene tomando sol.

    – “Alicia ya se fue?”

    – “Con inmensa suerte, de lo contrario tendría que aguantar las instrucciones, gritos y quejidos cuatro días más hasta que llegue tu hermano para calmar mis ganas”.

    – “Si no sonara como un atrevimiento me ofrecería como un remedio provisorio”.

    – “Degenerado, ella gritaba como si la estuvieran matando y ahora pretendés lo mismo conmigo, qué le harías a la pobre”.

    – “Es que tiene una alta sensibilidad, al punto que soltó un quejido fuerte cuando apenas le mordí el pezón, aunque el primer grito correspondió a la acción de mi lengua que, partiendo del culito pasó, por el perineo, siguió por la hendidura de la conchita para terminar prendida al clítoris que ella misma había dejado descubierto corriendo el capuchón”.

    Mientras hablaba pude ver que Irene se removía en el asiento apretando los muslos.

    – “No necesitás ser tan explícito”.

    – “Es la manera que se entienda si los sonidos bucales se originaban en una sensación placentera o dolorosa”.

    – “Me parece que tu intención no es otra que aumentar la calentura que traigo de anoche y así torturarme”.

    – “Cosa que me encantaría, pero si sucede es al margen de lo que pretendo”.

    – “Y entonces qué hace tu mano sobre mi muslo subiendo hacia donde nadie la llamó”.

    – “Fue algo inconsciente pues la piel tersa y suave invita a la caricia”.

    – “Esa excusa ni vos la creés, además sos un sucio recorriendo con la lengua la entrada posterior de mi hermana”.

    – “Si mi hermano no te lo hace tendré que hablar seriamente con él, no sea que otro te haga descubrir ese placer y saque partido de ello”.

    – “Ni se te ocurra, a ver si le da por eso y se olvida que lo principal ahora es preñarme de una vez”.

    Un nuevo movimiento para acomodarse la hizo separar los muslos permitiéndome ver una pequeña mancha de humedad en la tela de la entrepierna, que ocultó poniendo la toalla pero sin sacar mi mano.

    – “Entonces se lo diré después de producido el embarazo, aunque esta práctica favorecería tu preñez pues lo excitaría de tal manera que sus testículos producirían a destajo espermatozoides más fuertes y veloces”.

    – “Mentiroso esa fisiología es digna del suplemento deportivo de un diario de cuarta”.

    – “Vos sabés que yo no miento, dejame que te acaricie levemente, si te provoca rechazo o simplemente no te gusta, te prometo parar y no molestarte con este tema nunca más”.

    – “Espero no arrepentirme de aceptar pero jurame que vas a frenar si te lo pido”.

    – “Te juro que voy a hacer todo lo que me pidas”.

    – “¡Qué estás haciendo!”

    – “Lubricando mi dedo más largo para acariciarte sin provocar molestias”.

    – “No puedo creer que tan mansamente me deje tocar ahí, sos un asqueroso, no, no empujés, ¡desgraciado!”

    – “No estoy empujando, sólo hago leves presiones con la yema del dedo, te incomoda la caricia?”

    – “Sos un perverso superlativo”.

    – “Es posible, pero casi seguro que lo vas a disfrutar”.

    Y se movió como dándome la razón sin decir una palabra, pues un pequeño empuje hizo que dos falanges ingresaran aunque ajustadamente. Cuando vi que cerró los ojos sin fruncir el ceño, en franca señal de complacencia, me alegré pues el camino lo daba por allanado, cuando se produjo un cambio inesperado. Si expresar disgusto, pero con cara seria, me tomó con ambas manos de las mejillas para mirarme fijamente estando su cara a pocos centímetros de la mía.

    – “Joaquín te quiero mucho pero lo que estamos haciendo no está bien, en este momento me siento una puta que goza haciéndose meter mano por su cuñado. Ambos estamos aportando para que esto suceda y yo no tengo fuerzas suficientes para la atracción que vos me provocás, me ayudarías a superar ese deseo?”

    – “Voy a ayudarte en la medida de mis fuerzas, te mentiría si diera por seguro lograrlo”.

    Con su mano hizo salir el dedo intruso y se levantó dándome un suave beso en los labios.

    – “Gracias chiquito, te amo”.

    Naturalmente el dolor de bolas lo tuve que calmar con un trabajo de artesanía manual, y fui fiel a mi palabra haciendo un esfuerzo inmenso en tratar de sepultar esa atracción que me tenía a maltraer.

    La primera semana en la quinta me permitió conocer más de cerca a los suegros de mi hermano. Eugenia y Facundo se me mostraron como dos personas de trato agradable, educados y cultos. Él había superado los sesenta, y ella era veinte años menor; ambos joviales acordes a la edad.

    Lo usual era que amistades, tanto del matrimonio mayor cuanto de las hijas, llegaran de visita sobre todo los fines de semana, siendo buen remedio para evitar la aburrida rutina. El cambio de ritmo se produjo un domingo pues Alicia pasaba unos días en casa de una amiga, mi hermano y su esposa haciendo cuatro días de playa y Facundo viajando a la ciudad después de almuerzo; al día siguiente, temprano, tenía control médico después de su operación de próstata.

    Luego de una corta siesta bajé a la pileta donde Eugenia tomaba sol sobre la reposera con el respaldo levemente inclinado.

    – “Llegás justo, hace tiempo que quiero hacerte una pregunta y no encontraba la oportunidad. Aprovecho ahora que estamos solos y sin posibilidad de interrupción. ¿Es verdad que cuando iban a comenzar el estudio con Alicia le pediste que no te tentara?”

    Para charlar cómodo me senté en el piso con las piernas cruzadas, al lado de ella pero dándole frente.

    – “Es verdad, aunque quizá lo hice con otras palabras, ese era el sentido”.

    – “Me podés contar el por qué?”

    – “Es simple. Ella es una joven muy linda y tremendamente deseable. Por otro lado yo, joven como ella, y con bajas defensas ante una mujer atrayente, si era tentado, no me iba a poder concentrar en el estudio y el fracaso era seguro”.

    – “Y ella lo cumplió?”

    – “Totalmente, por eso aprendió la materia y obtuvo una nota excelente”.

    – “Es en serio que sos fácil de tentar?”

    – “Podría ser más explícito pero temo molestarte pareciendo grosero”.

    – “Contame, no me vas a molestar”.

    – “Por ejemplo, si un día hubiera llegado con minifalda, en lugar de explicarle la definición de “imposible” iba a estar pendiente de verle la bombacha. Logrado el objetivo, en vez de imaginar un “silogismo” para ejemplificar, mi mente estaría divagando sobre lo que la prenda tapaba, si la excitación haría que los labios se separen, si cuan delicioso pueda ser el flujo de su corrida, si su conducto vaginal me oprimirá como un guante, etc. Y esto es una pequeña parte”.

    – “O sea que si tenés a la vista la entrepierna de mi malla te tentarías”.

    Mientras hablaba flexionó la rodilla y abrió los muslos. El color amarillo que cubría esa atrayente parte mostraba levemente los labios separados por una suave línea. El efecto fue como un trance hipnótico quedando con la vista clavada en la unión de ambas piernas, mientras mi virilidad empezaba a tomar cuerpo. Su voz me saco de la ensoñación.

    – “No me contestaste, hubo tentación?”

    – “Seguro, pero si tenés dudas mirá la pernera de mi bermuda”.

    – “Parece que se me fue la mano”.

    Y empezó a deshacer el movimiento. De inmediato puse la palma de mi mano sobre su rodilla ejerciendo una pequeña presión.

    – “Por favor, no me prives de esta deliciosa vista”.

    – “Soy casada, Facundo es un muy buen hombre y ambos nos amamos sinceramente”.

    – “Estoy convencido que es así, pero tengo la sensación que en el plano estrictamente carnal hay un ligero desencuentro”.

    El movimiento de estirar y juntar las piernas tuvo una súbita aceleración mientras sus facciones adquirían seriedad.

    – “No existe tal desencuentro”.

    – “Perdón, mi comentario estuvo fuera de lugar. Voy adentro a tomar agua fresca, te traigo algo?”

    – “Por favor, traé dos latas de cerveza y tomá una conmigo”.

    Su expresión facial se había suavizado, lo que me dio una cierta tranquilidad. Al regresar con los dos envases vi que se había movido. Abrí una lata, se la acerqué y cuando me iba a sentar al borde de la pileta me llamó para que lo hiciera en el espacio libre, al lado y de frente a ella. Mientras hablaba su mirada estaba enfocada en un punto indefinido al frente.

    – “Te ruego que lo que vas a escuchar no salga de vos. Me da muchísima vergüenza reconocer que la ausencia de sexo me tiene mal. Hace ocho meses, desde que a Facundo lo operaron de un cáncer de próstata, que no tenemos intimidad, y él sufre porque intuye mis necesidades y no las puede cubrir. Por otro lado desde ningún punto de vista merece ser engañado aunque yo me suba por las paredes de ganas. Este es mi drama”.

    – “Lamento tu encrucijada. Y lo lamento en particular porque existe el peligro de generarse una situación muy injusta. Lo peor de todo es que a ese estado se llega de manera casi imperceptible y a contrapelo de los sentimientos conscientes. Trataré de explicarme. Tu marido, a quien amás profundamente, no es culpable de que vos no tengas el placer que merecés. A pesar de eso es posible, que con el correr del tiempo y sin darte cuenta, lo asocies a él con tu frustración y, sin pensarlo ni quererlo, tu trato diario se transforme en agresivo y despectivo. De esa manera sufrirá por la enfermedad y por tu desprecio”.

    – “No lo había pensado”.

    Mientras hablábamos ella nuevamente había vuelto a la posición anterior, pero al estar ambos tan cerca, su rodilla quedó apoyada en mi muslo. Por supuesto que aproveché la oportunidad para recorrer esa piel tersa con la palma de la mano, haciendo aproximaciones sucesivas hacia su sexo.

    – “El otro camino es satisfacer tus ganas fuera de la pareja. En este caso no debiera atormentarte tanto la culpabilidad. Vos no pretendés engañar, ser infiel, o traicionar sino calmar un deseo legítimo y natural que, por cosas de la vida, no podés darle curso en el ámbito de tu matrimonio. Como si fuera un efecto secundario no deseado ni buscado. Naturalmente con la máxima reserva, pues aunque Facundo lo aceptara igual será doloroso para ambos y, muy probablemente, ese pesar ensombrezca el placer”.

    Ya mis dedos rozaban la costura de la malla, y al ver que ella cerraba los ojos apoyando la nuca en el respaldo, en actitud de entrega, seguí mi razonamiento sin detener el avance de la mano.

    – “Pareciera que estás comprimida a elegir analizando cuál de las dos opciones es la más soportable, porque ninguna es totalmente buena”.

    Su respuesta fue un gemido atenuado, evidente efecto de la caricia que mi mano prodigaba a su conchita por encima de la malla. Esa contestación me llevó a ingresar por debajo de la tela, dándome con una profusión de flujo mojando el vello púbico, por lo que mi dedo mayor se deslizó ágilmente entre los labios. Los recorridos por el canal, haciendo círculos en el ingreso a la vagina y alrededor del clítoris, fueron acompañados por un incremento en el volumen de sus ayes placenteros.

    Me di cuenta de la inminencia de su corrida cuando con sus manos tomó mi muñeca y precipitó el ingreso de dos dedos hasta la profundidad de su cueva, se encorvó hacia adelante pegando la barbilla al pecho, cerró los ojos y, mientras mantenía inmóvil mi brazo, con rápidos movimientos de cadera producía el movimiento de entrada y salida. El momento del orgasmo fue anunciado con un sí larguísimo, la crispación de sus facciones, y la fuerza ejercida en mi brazo para ahondar al máximo la penetración digital.

    Cuando se repuso de la tensión, en silencio y sin mirarme, se levantó de la reposera caminando con rapidez hacia la casa. Naturalmente no esperaba esa actitud, lo que me desconcertó y preocupó. Algunos minutos pasé elaborando hipótesis explicativas sin encontrar una satisfactoria, por lo que, decidido a salir del brete, fui a buscarla.

    Estaba en su dormitorio sobre la cama, de costado dando la espalda a la puerta, y la cara sepultada en la almohada.

    – “Puedo hablar un minuto con vos?”

    Su voz fue casi un susurro.

    – “Sí, pasá”.

    Me acerqué sentándome sobre los talones en el piso a su lado.

    – “Por favor perdoname si en algo te ofendí o molesté. Quizá me equivoqué, pero creí hacer algo conforme a tu deseo”.

    – “Y tenés razón. Escapé de tu lado por vergüenza, por haberme exhibido, entregado y gozado como una yegua”.

    – “No debieras torturarte con eso. Es perfectamente comprensible que un deseo natural, largo tiempo reprimido haga explosión, anulando razón y voluntad”.

    – “Y además fui egoísta pues, satisfechas mis ansias, me fui dejándote a medio camino”.

    – “Me dejás arreglar ese pequeño desencuentro”.

    – “Sí, por favor, hacelo”.

    – “Esta situación hay que solucionarla. Date vuelta y mírame, quiero que lo hablemos tranquilos, sin vueltas, simplemente tratando de asumir la realidad que nos toca vivir, dejando de lado cualquier tipo de evasión. Es verdad que te deseo y mucho, pero más que calmar mis impulsos prefiero aportar algo que te ayude. Por eso te ruego que ante la más mínima incomodidad me lo hagas saber. Pude ser claro?”

    – “Te entendí bien, pero igual me da mucha vergüenza”.

    – “Quizá repita algo de lo que te dije en la pileta, pero lo hago para seguir la ilación. No debés sentirte culpable porque tu organismo responda con normalidad, tampoco sos responsable de la enfermedad de tu marido, y que él no pueda satisfacer tus necesidades instintivas es al margen de su voluntad. Las circunstancias actuales son fruto del azar, incluida mi presencia. Entiendo que este no es el remedio más deseable pero es lo que hay, y sería una pena que el sentimiento de culpa transforme esto en una mera descarga fisiológica. Poné la mente en blanco y déjame darte placer”.

    – “Es que no puedo creer que el deseo anule totalmente mi voluntad”.

    – “Vos sos una buena mujer, y eso se nota en tus roles de madre y esposa, pero ahora estás en el papel de una hembra ardiendo, jugá este otro papel con la misma pasión. Ahora date vuelta, así, sobre las rodillas levantando las nalgas, te voy a correr la malla para que te abras la conchita con las manos y así poner la punta de la pija en la entrada, luego soltá los labios para que abracen la cabecita”.

    – “Por favor, entrá despacio”.

    – “Primero me voy a deleitar con estos cortos empujes, sintiendo la caricia de esa boca que se abre y se cierra. Ay preciosa, voy a parar porque tengo la leche a punto de salir, quédate quietita. Ahora sí hermosura, retrocedé graduando el ingreso, y perdoname si duro poco, pues estoy al borde de la explosión”.

    Luego de unos cuantos movimientos de vaivén, al girar un poco la cabeza me fijo en su pie; la planta encorvada con los dedos estirados como queriendo tocar el empeine tensionados al máximo, era señal inequívoca del placer cercano al orgasmo. Era el momento de precipitar mi eyaculación, engarfié mis dedos a los costados de sus nalgas y en tres golpes secos de pelvis empecé la corrida manteniéndola firmemente penetrada hasta el mango.

    – “¡Santo cielo! Estás palpitando dentro mío, me estás llenado de leche, sí chiquito, haceme acabar como una burra, ¡ay qué gusssto!”

    Y se dejó ir hacia adelante, yo cubriéndola; cuando me levanté ella se tapó con el cubrecama quedando hecha un ovillo, por lo que ante ese mudo pedido de soledad volví a la pileta donde nadé un rato tratando de calmarme y poder asimilar lo sucedido.

    En el momento de la cena nos juntamos nuevamente y, al terminar cuando le dije que yo me encargaría de la vajilla usada, se despidió partiendo rumbo a su dormitorio. Esperando el sueño me quedé viendo un partido de fútbol, y concentrado estaba cuando de reojo la vi acercarse, en camisón, con la cabeza baja, seria y en silencio; mi estupor fue mayúsculo cuando se arrodilló abrazando mis piernas y poniendo su mejilla sobre mis muslos hablaba con los ojos cerrados.

    – “Por favor, dejá que me dé en el gusto, pero no me mirés, me da vergüenza ser tan puta, no me reconozco pidiendo de esta manera sexo, te ruego no pienses mal pero necesito más de lo que hiciste esta tarde”.

    Y volcando mi cabeza hacia atrás me abandoné a sus deseos sintiendo que desabrochando el pantalón saco fuera mi pija para pasarla por sus mejillas y engullirla ansiosamente, pero en seguida me di cuenta que era la oportunidad de corresponderle de la misma manera así que la tendí en la alfombra para que ambos nos saboreáramos. Mi comida de conchita la llevó al primer orgasmo pero no interrumpí la labor, simplemente disminuí la intensidad dedicándome a beber sus jugos hasta que la sentí repuesta, ahí cerré los labios sobre el botón descapuchado como si fuera un pezón para aproximarla a la segunda corrida que la tuvo cuando yo sentado y ella, horcajada en mis muslos, tenía la vagina totalmente ocupada por el miembro que antes chupaba.

    En esta oportunidad mi deleite superó ampliamente el producido por mi verga dentro de su conducto, pues ella, con la frente apoyada en mi hombro, acompañaba las subidas y bajadas con palabras que expresaban el deseo que sentía y lo que quería que yo haga para satisfacerlo. Por supuesto su voz nada tenía que ver con su habitual dulzura, ahora hablaba la hembra necesitada que con fiereza se clavaba una y otra vez.

    – “¡Sí papito, cogete a esta yegua caliente, taladrala a esta puta si remedio, culeala a esta burra arrecha, más, más, ahora, yaaa!”

    Presumo que su sueño habrá sido tan profundo como el mío ya que desayunamos después de la diez de la mañana mostrando ambos semblantes rejuvenecidos luego de tan satisfactorio esfuerzo.

    Después de las trece almorzamos juntos los dos matrimonios y yo; terminada la sobremesa salí a fumar y se me acerca Irene.

    – “Dado que nos tenemos confianza, aceptás una pregunta indiscreta?”

    – “La acepto, pero no sé si la contestaré”.

    – “Tenés sexo con mi madre?”

    – “No, y si fuera así no te lo diría. Por qué la pregunta?”

    – “Generalmente para los hombres no es fácilmente perceptible, pero para nosotras sí, y con frecuencia acertamos. El viernes cuando me fui estaba con su habitual cara de necesitada y el lunes al regresar la encontré con expresión de muy satisfecha. De ahí a concluir que vos sos el responsable es más fácil que la tabla del uno”.

    – “Ya en tren de preguntas íntimas, y vos cómo estás?”

    – “Bien, y si estuviera necesitada no te lo contaría”

    – “Qué lástima no tener la sensibilidad suficiente para percibir tu estado, porque en caso afirmativo aprovecharía que estoy con el instinto estimulado y al galope”.

    “Hijo de puta, perverso, degenerado, decirle eso a tu cuñada, tiraste a la basura tu promesa de ayudarme”.

    El regreso de Alicia se produjo una semana después y naturalmente mi recepción fue con el afecto de siempre sin que nada hiciera presumir una relación más cercana. Un poco más tarde quedamos los dos solos en la pileta.

    – “Amargo, tengo que decirte algo que quizá no te guste”.

    – “Esa posibilidad hay que considerarla muy remota, contame”.

    – “Me puse de novia”.

    – “Estás feliz”.

    – “Mucho”.

    – “Eso es lo único que importa, además estoy contento de que alguien haya despertado tu amor, yo solo soy un amigo que en ningún momento quiere transformarse en obstáculo para esa felicidad”.

    Y ratificando ese sentir le tomé la cabeza para darle un beso en la frente.

    Finalizado el período de descanso en la quinta mis encuentros con Eugenia fueron esporádicos en función sus necesidades y de tener el departamento libre. La gran novedad se presentó un viernes minutos antes del almuerzo, cuando Irene llamó por teléfono a su madre en mi presencia preguntándole si yo podía esa noche cenar con ellos, pues tenía pensado salir de compras con unas amigas y luego comer por ahí. Por otro lado mi hermano, al salir del trabajo, se juntaba con sus amigos en la habitual reunión semanal. Todo eso hubiera resultado normal de no haber terminado como lo hizo, y mirándome a los ojos.

    – “A las seis de la tarde salgo y no creo volver antes de medianoche”.

    La manera de decirlo, precisando el tiempo que, fuera de mí, nadie estaría en el departamento, eran detalles muy elocuentes sobre el sentido que quería manifestar. Luego de cortar la llamada se dirigió a mí, con la cara seria y un tono de voz monocorde de simple cordialidad, conmoviéndome más que un sismo.

    – “Espero que el menú de mi madre sea de tu agrado”.

    Traté de que mi respuesta tuviera el mismo grado de seriedad que su deseo, pues no solo era verdad sino que una sonrisa hubiera degradado su cabal significado. Ella era una respetable mujer, pero mujer al fin, y yo me sentía deudor por ser aceptado.

    – “Seguro, porque tu mamá sabe hacer delicias”.

    El lapso hasta el momento de partida de mi cuñada tuvo visos de eternidad y, si bien no tenía certeza sobre la venida de su madre, mi deseo era el culpable de la ansiedad que me dominaba. Decidí quedarme en el dormitorio, haciéndome de estudiar y vistiendo solo remera y bóxer. Mi corazón tuvo una súbita aceleración cuando escuché abrirse la puerta de entrada, significando que había usado la llave que ellos tenían. Cuando escuché ruidos en la cocina fui encontrándola arrodillada mirando los estantes bajo la mesada. Al verme por el rabillo del ojo se dio vuelta denotando un cierto nerviosismo.

    – “Vine a buscar una sartén que Irene se olvidó de devolverme”.

    – “Yo te ayudo”.

    Y me puse detrás, también arrodillado tomándola con delicadeza de las caderas; ese contacto hizo que frenara la búsqueda, se diera vuelta para mirarme, cerrara los ojos y regresara a la posición anterior, pero con los codos apoyados en el piso haciendo que su grupa quedara bien expuesta en mudo ofrecimiento. Tomando la falda se la recogí sobre la cintura dándome con la maravillosa sorpresa de encontrar su culito desnudo, lo que me llevó a mirar su espalda para darme que tampoco había rastro de las tiras del sostén.

    Esas ausencias hicieron que mis manos entraran en acción y, mientras una recorría el canal de las nalgas en dirección a la hendidura vaginal, la otra entraba por debajo de la remera para aferrar una de las tetas que libremente colgaba.

    – “¡Mi cielo, estás empapada!”

    – “Sí chiquito, sí, mientras venía en busca de tu verga el flujo bajaba por mis muslos, por lo que más quieras, entrá con suavidad porque tu calibre es muy superior al mío, pero no me hagás esperar”.

    Apuntar y entrar en esa boca rosada, brillante del líquido espeso que la impregnaba, fue delicioso, pues al deslizamiento lo hice muy lento, tirándome un poco hacia atrás para ver mejor el espectáculo y gozar cada segundo; cuando topé con el fondo me incliné hacia adelante para, con ambas manos, agarrar las tetas que libremente colgaban y comenzar el vaivén, salida lenta y entrada de golpe, haciendo sonar las nalgas con mi pelvis.

    Evidentemente su deseo se había acumulado bastante desde la última vez, tres orgasmos la sacudieron antes de soltar mi corrida en el fondo de la vagina. Después tuve que disculparme pues, en ese momento de máxima tensión, la había atraído brutalmente tirando de sus pechos. El descanso lo hicimos abrazados en el sofá.

    – “Francamente tengo un conflicto interno que sobrellevo dejándolo de lado, no tengo fuerzas ni argumentos para enfrentarlo. Me desespero por gozar con vos pero termino sintiéndome una basura al pensar en Facundo, y ahora se agregó otro, tengo miedo de perderte”.

    – “Sobre lo primero ya hablamos y ojalá pudiera agregar algo que te ayude pero nada tengo; sobre el último no sé si vale la pena preocuparse por algo que no sabemos si va a ocurrir, cuándo será esa ocurrencia y qué querré yo en el momento que ocurra”.

    – “Aclará un poco más”.

    – “Es posible que yo me enamore cuando vos todavía querés tenerme a tu lado, pero también puede suceder que tus deseos se aplaquen de tal manera que mi alejamiento sea para vos un alivio. Como nadie sabe el derrotero del destino vení tesoro, dame tu boca y enfrentemos el mañana con el recuerdo de este delicioso sabor”.

    Aprovechando un fin de semana largo mi hermano salió de pesca con sus amigos, cosa que no me atrae, y mi cuñada me avisó que esa noche teníamos una cena en la casa de sus padres; cuando le pregunté si era algún festejo me dijo que obedecía a un pedido de Alicia que cumplía tres meses de novia. Cualquier motivo es bueno para salir de la rutina, así que gustosamente me sumé.

    A la mesa nos sentamos, Eugenia en la cabecera, a su lado los dos varones, Alicia flanqueada por su novio y yo junto a mi cuñada; las tres mujeres estaban preciosas en su vestimenta liviana; ignoro si fue a propósito pero cuando Irene, hablando con su hermana, fue a poner su servilleta sobre la falda, la tenía tan recogida hacia la cintura que en la unión de los muslos asomaba el triángulo de su bombachita amarilla. Al darse cuenta que yo miraba tapó lentamente el objeto de mi atención esbozando una sonrisa.

    La comida fue agradable por los ricos platos, el blanco torrontés y la deliciosa compañía; la sobremesa no se alargó pues los novios salían con amigos y Eugenia quería llevarle los remedios a su esposo, por lo que nos levantamos para regresar al departamento, momento en que Irene declaró que iba a necesitar ayuda, pues la falta de costumbre y lo sabroso del vino se habían complotado contra su equilibrio.

    Ahí comenzó una inefable tortura, pues agarrada con ambas manos de mi antebrazo apoyó su teta encima del codo; ya en el pasillo vi que ese sostén no era suficiente por lo que pase su brazo por encima de mis hombros y la tomé de la cintura; al entrar soltó un pedido urgente.

    – “Por favor, llevame al baño que me orino”.

    Apuramos un poco el andar, la hice sentar sobre el inodoro y me incorporé.

    – “No, no me dejés así, bájame la bombacha que no puedo hacerlo yo”.

    Dos cosas hice al mismo tiempo, bajar la prenda para directamente sacarla, y tirar a la mierda mis principios, mi moral, mis convicciones y mi parentesco, pues la desnudé mientras escuchaba el sonido del chorro. Ella sentada con los ojos cerrados pasó sus brazos alrededor de mi cuello y apoyando la mejilla en el hombro me alentó a seguir, arrodillado entre sus piernas y con una mano secando su vulva.

    – “Sí papito, sí, soy totalmente tuya, llévame a la cumbre del placer, olvídate de quién soy, trátame como una yegua arrecha”.

    Las manos, que inicialmente me abrazaban, se transformaron en garras a medida que mi dedo medio hacía el recorrido clítoris-ano, con una pequeña parada en la vagina para tomar lubricación destinada al anillo estriado, el cual lentamente empezó relajarse y aceptar si resistencia la presión de la yema que lo visitaba.

    Al ver ese progreso ininterrumpido me animé a probar una presión simultánea, pulgar en vagina y medio en culito; cuando ambos hacían el movimiento circular enfrentando los respectivos conductos se produjo lo deseado, el seco golpe hacia abajo anunciado por un “Yaaa” en forma de grito produjo el súbito ingreso de ambos apéndices en toda su longitud.

    Esa entrada profunda fue el disparador de un galope desenfrenado hacia la corrida escandalosa que yo, disfruté viéndola, y por otro lado sufrí cuando sus uñas marcaron surcos en mi espalda. Después de un largo beso en la misma posición de su reciente corrida susurró el pedido.

    – “Ahora a la cama mi cielo, vamos a hacer algo que deseo desde hace tiempo”.

    La tomé en brazos para llevarla y ya acostada a través, sola llevó sus nalgas al borde del colchón, ahí me pidió que le alcanzara el espejo de mano que estaba sobre la mesa de luz y luego puso sus rodillas al lado de los hombros sujetándolas de las corvas.

    – “Ahora mi amor poné el glande en la entrada y no te muevas”.

    – “¡Por favor, déjame entrar!”

    – “Dame un segundo que pongo el espejo para ver esa entrada triunfal, ingresá despacito, quiero grabar esa imagen en mi cabeza”.

    – “Te estás cuidando o me pongo condón”.

    – “Hace seis meses que no me cuido, con tu hermano estamos buscando un hijo y ahora tampoco nos vamos a cuidar, quiero sentir tu corrida, todo lo que juntaste y está por explotar lo quiero adentro”.

    – “No voy a durar nada”

    – “No importa querido, ya te tengo bien en el fondo, que la descarga sea profunda y fuerte. Sí mi cielo, ya estoy sintiendo tus palpitaciones y cada una es un chorro con la fuerza de una escupida”.

    En el resto de la noche hicimos dos repeticiones pero no acepté dormir con ella pues hubiera sido un sueño liviano preocupado por detectar cualquier ruido que significara sorpresa.

    Dos o tres semanas después de aquella cena estaba tirado en el sofá, frente al televisor practicando mi deporte favorito, es decir la vagancia, cuando escucho un saludo inconfundible.

    – “Hola Amargo, se te nota agotado por el esfuerzo”.

    – “Hola preciosa Almíbar, qué sorpresa tenerte por aquí”.

    – “Vengo a ayudarte en el arduo trabajo que tenés”.

    Venía con un vestido celeste un poco más arriba de los tobillos y muy liviano; cuando se sentó bien pegada, tomándose de mi brazo, lo hizo con los muslos separados, la tela ahuecada entre ellos y marcando la suave redondez de la vulva. Para mis adentros pensé que era el comienzo de un suplicio y me preparé para afrontar el desafío; la cosa empeoró cuando sus manos tomaron la mía, cual sándwich, para ponerlas justo arriba de la acolchada entrepierna.

    – “Amargo, sabés que te quiero?”

    – “Lo sé y además lo siento, por lo que estoy orgulloso de que una mujercita preciosa como vos tenga para conmigo esos sentimientos; además yo también te quiero”.

    Giré mi cabeza para darle un beso en la frente y ella giró mi mano dejándola en el mismo lugar pero con la palma abierta apretándola firmemente sobre su conchita.

    – “Necesito tu ayuda”.

    – “La que quieras”.

    – “Voy a apagar el televisor para que nada te distraiga; vos recordás que en las vacaciones me puse novia y hace poco festejamos los tres meses de esa relación de la que no está ausente el sexo; pues bien, mi drama es que solo una vez gocé y apenas. Lo amo, es bueno, educado y cariñoso, me agradece el placer que le doy, pero, por no hacerlo sentir mal, simulo el mío; no me prepara bien y además dura poco; tiempo atrás en una charla con amigos opinó que el sexo oral le parece repugnante; te podés imaginar que esa gran ayuda para llevarme cerca del orgasmo no se la puedo pedir”.

    – “Realmente una lástima, quizá algún amigo pueda hablar con él”.

    – “Con ninguno tengo tanta confianza como para pedirle eso, además lo amo, no quiero perderlo y quizá más adelante podamos hablarlo y encontrar una solución, pero mientras tanto me subo por las paredes de las ganas que tengo”.

    – “La verdad es que no sé cómo ayudarte”.

    – “Yo sí lo sé, haceme gozar, después veremos”.

    – “Vení tesoro, sentate a caballo de mis piernas apoyando tu espalda en mi pecho, de esa manera tengo las manos libres, con un simple ladear la cabeza puedo comer tu boca y ahora sí, a buscar el placer. Me saqué la ropa quedando en bóxer, arrollé el vestido en la cintura y la ubiqué de manera que sus nalgas acunaran mi miembro. Al bajar los breteles del vestido sus delicadas tetitas quedaron al aire y pasaron a ser objeto de mis caricias, algo bien recibido a juzgar por sus gemidos.

    Y así, esas señales de placer me llevaron a sacarle la bombacha y recorrer con los dedos el camino que saliendo del clítoris llevaba al ano.

    – “Te estás cuidando?”

    – “No, pero en el culito no hay peligro”.

    – “Entonces voy por el lubricante”.

    – “No hace falta, como esto lo tenía pensado, hace un rato largo tomé vaselina líquida”.

    – “Ya estoy anticipando en mi cabeza un deslizamiento delicioso”.

    – “Sí mi cielo, méteme la verga de una vez. Ay Amargo querido, qué glotón es mi culito, se tragó toda tu pija”.

    – “Así es mi deliciosa Almíbar, no meto más porque nada me queda por meter”

    – “Ahora me voy a mover en círculos alrededor del eje que me llena, dame tu lengua y apretame las tetas”.

    Le hice caso pero rogándole que no contrajera el esfínter pues tenía el semen asomándose por el ojo; así estuvo un ratito manteniendo la penetración hasta el mango mientras rotaba.

    – “Ahora acariciame el botoncito que empiezo el subibaja”.

    – “Voy a agregar algo, mientras el pulgar frota arriba voy a ocupar tu vagina con los dedos medio y anular, así tu movimiento generará tres estímulos”.

    Dicho y hecho, el efecto se puso de manifiesto en gritos, rictus facial y movimientos convulsos, hasta culminar en una contracción generalizada mientras sostenía fieramente la penetración; cuando se repuso fue el momento de caricias afectuosas donde ambos, silenciosamente, expresábamos la satisfacción del momento vivido.

    – “Estás bien?”

    – “Sí, a pesar de cierto escrúpulo pues en ningún momento sentí arrepentimiento por lo que estaba haciendo”.

    – “Fue nada más que un escape transitorio”.

    – “Me vas a recibir cuando te necesite?”

    – “Con el afecto de siempre”.

    Unos meses después de las vacaciones la salud de don Facundo empezó a declinar, a levantarse de la cama cada vez menos y a requerir mayor atención. El cansancio de su esposa empezó a hacerse evidente aunque jamás manifestara una queja y eso que tenían contratadas unas personas para dicha tarea. El tema le generaba una dedicación casi permanente, pues la idoneidad de los contratados nunca podía suplantar lo que el conocimiento cercano o íntimo permite intuir del estado del enfermo.

    En esa circunstancia me ofrecí para ayudar en los momentos que no debía concurrir a la universidad. Naturalmente me negué de forma terminante a recibir cualquier retribución pues lo que recibía de todos ellos superaba con creces mis necesidades. Una tarde, en que lo estaba higienizando, me sorprendió.

    – “Te puedo hacer una pregunta algo íntima?

    – “Desde luego don Facundo”.

    – “Y si es una pregunta que te compromete?”

    – “No lo creo capaz de hacerla”.

    – “Es verdad, la incógnita es de puro chismoso. Cómo te llevás con las mujeres y el sexo?”

    – “Pienso que bien, periódicamente tengo mis expansiones”.

    – “Por eso pregunto, pues entre el estudio y mi atención, no es mucho el tiempo que te queda disponible. Pensar que hace un buen tiempo que no tengo intimidad con mi mujer culpa de esta enfermedad de mierda. Alguna vez la escuchaste decir algo?”

    – “Nunca, pero si hubiera sucedido no se lo cuento?”

    – “Pensé que me tenías confianza”.

    – “Y no está equivocado, le tengo mucha confianza, a usted y a su señora, y a ambos respeto por igual y si por simple proximidad me enterara de alguna intimidad, de inmediato la hubiera olvidado. Los dos son conmigo afectuosos, amables y generosos. Responder de otra manera sería simple maldad”.

    – “No esperaba otra cosa de vos, y cómo van esas relaciones sentimentales, espero que no estés por casarte”.

    – “No señor, son un tanto esporádicas, porque ella es casada”.

    – “Y no tenés miedo que el marido los pesque?”

    – “El problema no es el miedo sino el sentimiento de culpa conque culmina cada encuentro”.

    – “Explicate un poco”.

    – “El esposo, por alguna razón totalmente involuntaria no puede satisfacerla, y entonces ella viene a mí cuando sus necesidades instintivas están al borde de la explosión; piensa que su debilidad está a salvo conmigo pues teme perder el control en un momento y lugar inconvenientes o con una persona inescrupulosa. Pero llenada la necesidad se va con el corazón oprimido, como si hubiera cometido un crimen. A veces pienso que esas reuniones son el momento de activación de la válvula de escape de una olla a presión”.

    – “Y qué opinás del marido?”

    – “Entiendo que es un buen hombre y que intuye lo que pasa. Estimo que se mantiene pasivo por temer un resultado indeseable con su intervención”.

    En ese momento dejó de mirarme para enfocar el techo y cerrar los ojos, mientras una lágrima se deslizaba hacia la sien.

    – “Convencela que disfrute sin culpa, creo que ambos lo merecen, sean felices”.

    Estaba en presencia de un hombre íntegro y generoso que, aun con dolor, busca la felicidad del ser amado. Poco tiempo más vivió este caballero y, cuando se agravó, en un acuerdo tácito con Eugenia suspendimos toda intimidad pues ambos sabíamos que, en lugar de disfrutar, nos íbamos a sentir mal.

    Hoy, a dos años y meses de haber dejado la casa paterna debo ser agradecido con lo que me tenía reservado el destino, estoy a día con mis estudios, vivo cómodamente en la casa de Eugenia por pedido de ella al fallecer su esposo, tengo el afecto sincero de tres mujeres y mi hermano y, con las damas, cada una en su particularidad, vivimos intensos momentos de placer.

    Por otro lado Irene anunció su reciente embarazo, alegrando así a toda la familia y los que más demuestran ese júbilo son madre, padre y tío. La encinta tiene una leve duda sobre el rol propio de tío y padre respecto de la criatura en gestación, pero nada que sea motivo de preocupación para los involucrados. Todos siguen felices.

  • Remedios: Reme para las amistades

    Remedios: Reme para las amistades

    Remedios. Reme para las amistades. Nacida el uno de abril del año mil novecientos sesenta. En la actualidad tiene sesenta y cuatro años. Igual que yo. Hija de Francisco y Francisca. No tiene hijos. Yo sí.

    Amiga mía desde la universidad. Con tantos años de conocernos, nuestra amistad ha dado “veintidiez” mil vueltas. Hemos sido íntimas a pasar de ser solo conocidas, de comprometernos en una causa mutua a enfrentarnos en divergencias políticas. De hacernos un “bollo” a ir juntas a una orgia. De casi no hablarnos a ser imprescindibles. Cincuenta años de amistad, dan para mucho. Ella no ha tenido hijos, yo sí, dos gemelos. Al no tenerlos, yo no me he podido follar a ninguno de sus hijos, ella sí, a los dos. Las dos tenemos una cosa en común, somos unas calentorras, desde siempre, desde la universidad y desde antes.

    Mal casada por dos veces, en la actualidad está tonteando con un muchacho al que le lleva treinta años, y con una muchacha a la que le lleva veinte. Sus ex dos parejas la dejaron por haberles sido infiel. Reme, llevaba el cartel puesto de “mujer infiel”. Al igual que yo, aunque yo solo me casé y divorcié una vez, mi marido también me dejó por haberle puesto los cuernos.

    Una de las primeras emociones que experimentamos cuando alguien nos ha sido infiel es la decepción. Otorgar la confianza plena a una persona es muy difícil, por eso este sentimiento puede llegar a ser muy doloroso. No solamente porque por un lado te han hecho el corazón añicos y además se termina una relación, sino porque llegar a tener un nivel de intimidad tan grande con alguien requiere de mucho esfuerzo y de tiempo. Ella entendía haber causado esa decepción a sus parejas y yo también. Había una palabra que la podía definir esa era el “Poliamor” pero no se trataba de eso, Reme no se enamora, es una depredadora sexual, y como ya he dicho, desde la adolescencia, igual que yo.

    Pese a que el dicho “la curiosidad mató al gato” sea más o menos cierto, la verdad es que una mente curiosa es prácticamente imposible de saciar respecto a su sed de conocimientos. Reme era así, por decirlo de otra manera más llana, era cotilla, por eso su ansia de aprender y conocer no tenía límites. Por eso mismo siempre sacó las mejores notas y por eso mismo ha triunfado en su mundo de investigación bioquímica. Es reputada y reconocida mundialmente por sus avances en la investigación acerca de las células cancerígenas.

    La cabrona se conserva estupendamente y la madre que la parió, sin cirugía, al menos eso es lo que dice, pero yo lo dudo. Yo estudié química, al igual que ella, pero profesionalmente me he decantado hacia el lado de la enseñanza, soy profesora de química en un instituto y lo complemento con trabajos de cálculo de cargas en contenedores de gases por una empresa multinacional.

    Con Reme incluso llegamos a vivir más de un año juntas en un piso de estudiantes en la capital. Ahí nos influenciamos mucho una a la otra. La influencia social defiende la idea de que cuando convivimos en sociedad, es inevitable que influyamos sobre el comportamiento de otras personas y ellas lo hagan sobre el nuestro. Esta influencia social se crea mediante diferentes fenómenos, como la persuasión, la obediencia, la conformidad a las normas y el respeto. Lo que teníamos en común era lo que más nos unía en aquella época. Era lo tremendamente calientes y pasionales que éramos.

    Al igual que ahora, a ambas nos van los “yogurines”, en aquella época nos atraían los hombres maduros. Un día hicimos un plan para follarnos las dos a Don Jeremías, el dueño de una caballeriza a la que algunos sábados por la mañana acudíamos para aprender a montar a caballo. Él no era el profesor, era el dueño, y era un hombre ya bastante mayor, entonces tendría casi setenta años. Lo que nos motivó crear un plan para conquistarlo y follárnoslo fue a raíz de que un día lo espiamos teniendo una relación sexual, follando, vaya, a una instructora y nos quedamos heladas al ver la dimensión de su polla y su vigor en las embestidas. Su barriga no era prominente, el viejo se mantenía fuerte y vigoroso. Le dio un revolcón sobre el heno a la instructora que seguro la dejó abierta para días.

    Lo cuchicheamos y comentamos durante varios días y no veíamos la forma de crear su atención, hasta que un día se nos ocurrió preguntarle a nuestro instructor que debíamos hacer para comprar un caballo y él nos dijo que deberíamos hablar con don Jeremías. Ahí vimos la puerta para al menos tener un contacto. Pedimos cita con él en las oficinas y nos dijeron que por la tarde podíamos pasar cuando quisiéramos, que lo encontraríamos en las cuadras, estaría ahí casi toda la tarde.

    Aquella misma tarde nos vestimos como dos putitas pijas, ambas con faldita corta, plisada y muy mini, tipo colegiala con una camisa blanca casi transparente de botones y sin sujetador. Mira si íbamos lanzadas que el tanga era un puro cordón en la raja de nuestro culo y vagina.

    Nos presentamos en las cuadras a las cuatro de la tarde y salimos de ahí a las siete. La primera media hora fue en balde, la pasamos entre presentaciones y haciendo el paripé de qué tipo de caballo queríamos, quienes éramos y demás.

    Cundo ya habíamos cogido más confianza, fue durante un momento, que Reme quiso probar una silla que se encontraba expuesta en el guarnicionero, que empezó todo. Entre risas Jeremías la cogió en brazos y la subió a la silla, las manos se le habían quedado una en el culo y la otra en su barriga. Adrede o no, un dedo de la mano en el culo desnudo de Reme, empezó a hurgar en su vagina. Yo lo supe cuando mirándola vi su expresión de placer. Esta cara yo ya la conocía.

    Jeremías la giró y la mantuvo ahí sentada, frente a él, y con las piernas abiertas. Le empezó a comer el chichi. Yo aproveché el momento para desabrocharle el pantalón y sacar su polla ¡Dios mío! Aún hoy en día está en la lista de las “top ten” grandes que he visto. El viejo tenía un empalme bestial. No sin esfuerzo, porque olía a demonios, me tragué un buen trozo de aquel nabo. Cuando bajó de la silla a Reme, nos llevó a un cuarto con un sofá, un camastro, una nevera y una licorera, que enseguida nada más entrar abrió para servirnos a las dos, un wiski con hielo. Su ingesta ayudó durante la tarde.

    Casi medio siglo nos diferenciaba en edad aquel hombre, al que el único atractivo que le vi, al menos yo, era su polla. Era un ser primitivo, bruto, para nada delicado, cuando te comía el coño parecía un cochino bebiendo de un charco y su olor era fuerte. Cuando le saqué la polla del pantalón, recibí un vaho de olores diferentes, entre orines y sudores, que si no me meto la polla enseguida en la boca, vomito. Su cuerpo también olía a sudor.

    Esto era algo en que nos diferenciábamos Reme y yo. A mí en general el viejo me asqueaba un poco, en cambio a Reme la volvía loca. Ella le lamió hasta las axilas a él, además de todo el cuerpo. En un momento dado en que las dos le estábamos chupando su polla, la muy guarra le abrió las cachas del culo y le lamió hasta el ojete. El viejo gruñía y gruñía de placer. Estaba como poseído, en un arranque que tuvo, con una especie de histeria me alzó con las manos en la cintura y me clavó en el aire su polla de un solo golpe. Me vi obligada a rodearlo con mis piernas por la cintura y agarrarme a su cuello o si no caigo y me mato. Me estuvo follando así hasta que empezó otra vez a emitir gruñidos y ambos nos corrimos a la vez.

    Su polla quedó como una ventosa dentro de mí, y cuando la sacó, arrastró de mi coño una fuente de fluidos y semen increíble. Así estuvimos follando con el viejo toda la tarde.

    Yo no repetí el encuentro con él, Reme sí, estuvo más veces con él, pero no muchas. Me gustó, pero no tanto como para repetir, en aquel entonces me saciaba sexualmente muy bien con varios hombres que realmente me apetecían más que el viejo.

    El sexo produce un chute de autoestima, seguramente es gracias a los vínculos emocionales que se activan durante su práctica. Después de follar, la mejora de la confianza y el aumento de la seguridad en uno mismo son evidentes. Tras practicar algo de sexo, ¡somos capaces de todo! Creo que al haber sido durante toda mi vida muy activa sexualmente, eso haya sido la gasolina para mi motor. Tengo sesenta y cuatro años y aún voy rompiendo braguetas, y Reme igual.

    No me saco de la cabeza que se haya follado a mis hijos, encima la cabrona seguro que disfrutó del morbo que le debía dar follar con los dos hermanos a la vez y encima gemelos. Sabiendo además que eran mis hijos, que de pequeños hasta en el regazo en más de una ocasión los tuvo sentados. ¡La madre que la parió! Imagino encima como debe de haber disfrutado, anda que no hubiera disfrutado yo si no fueran hijos míos. Más de una vez hasta sueños eróticos han visitado mi cabeza y me he masturbado imaginando escenas con ellos. Intento no tener estos pensamientos, me confunden la mente.

    No puedo culparla, yo también me he follado al hijo de una amiga, y amigo de mis hijos a la vez, y la verdad que fue una gozada. Sólo el hecho de saber que aquel adonis era hijo de mi amiga Esperanza, el morbo que me entró me mojó enseguida. Aquel día él cumplía los dieciocho años, y seguro, que yo fui su mejor regalo de aniversario.

    Aún recuerdo aquel día de su cumpleaños. Por la mañana se acercó a casa a buscar a mis hijos, pero estos se habían ido ya. Se maldijo por haber llegado tarde, y se maldecía porque tendría que estar solo toda la mañana ya que no tenía las llaves de su casa y no podía entrar hasta el medio día que regresaban sus padres. Le dije que los esperara a que regresaran que en una hora, hora y media estarían de vuelta. Decidió quedarse y esperarlos.

    Yo en aquel entonces tenía cuarenta y siete años, y los llevaba perfectamente, de hecho de los cuarenta hasta los cincuenta y cinco ha sido la época en la que más depredadora sexual he sido, y la mayoría de veces con éxito, Reme igual. Mis pechos sin ser exageraos son grandes, se mantienen aún hoy erguidos, aunque a los sesenta me hice un estiramiento de piel porque dado el volumen no me cayeran, ni se nota. Soy de pezón largo y culo respingón, completamente redondo. Me considero y la gente considera, que soy guapa, y lo soy, tengo unos rasgos vikingos que hacen que mis ojos azules brillen. Soy rubia y el pelo del coño también lo tengo rubio, ya casi blanco o sin color, pero encuentro que me da un aire interesante. Los del coño desde que entró la moda de su depilación, anda desnudo de pelambrera.

    Bien aquel día, fue él quien me dijo que era su cumpleaños y que por la noche habían preparado una fiesta, que mis hijos también irían. ¡Vaya! A mí ni me lo habían mencionado. Le dije que entrara en la casa y que los esperara en el jardín, que yo iba ahora a darme un baño en la piscina. Él me dijo que no llevaba bañador, yo me reí y le dije que viniera conmigo, él vino.

    Cuando llegué al jardín me desnudé, siempre me baño en pelotas, y se lo dije, él se quedó atontado, no sé si por lo que le dije o por verme a mi desnuda. Hasta aquel momento no me lo había mirado como presa sexual, pero cuando al final se desnudó, se metió en el agua, lo vi nadar, aquella musculatura de joven sano, y sobre todo el calibre de su pene, mi actitud cambió, y surgió en mí la cazadora de mí ser.

    Aún recuerdo la cara que puso cuando me fui nadando hacia él, me sumergí y me subí a sus hombros. Intencionadamente le di un buen masaje con mi chichi en su cogote, y desde ahí arriba de sus hombros, me deslicé frente a él poniendo mi chichi frente de sus morritos y despacio me dejé engullir por el agua hasta que mi coño tropezó con su erecta polla. Me la fui introduciendo lentamente mientras le tenía agarrado por el cuello, le miré, vi esa cara de ángel dócil y sorprendido, sin decir nada le rodee la cintura con mis piernas, con un golpe de cadera terminé de meterme toda aquella tranca dentro y lo besé.

    No tardó en vaciarse dentro de mí, pero le volvió la energía de juventud, y después nos tumbamos y revolcamos en la hierba del jardín, estuvimos follando hasta que escuche el regreso de mis hijos. El chaval me hizo mojar. Nos volvimos a ver un par de veces, pero deje que pasara tiempo, el amor cuando se da mucho y seguido puede ser peligroso, cae en la tentación de ser engullido por el enamoramiento, y esta es la emoción y estado de más gilipollez que se da en la condición humana, aunque en sus inicios todo parece maravilloso. Es algo que me autoimpongo casi desde siempre, no enamorarme, como Reme, en eso somos iguales.

    También somos iguales a la hora de jugar a calentar pollas, principalmente a los hombres que sabemos no nos vamos a follar, o bien por no gustarnos físicamente, o por no tener ningún atractivo válido para una. Sé que soy una cabrona, pero no tengo remedio, me gusta serlo y aun hoy en día. Disfruto con eso, a veces una se encuentra en alguna reunión, o celebración, donde el alcohol invita a despellejare de una poca de dosis de vergüenza, en esas celebraciones o eventos habitualmente visto siempre sexy, y luzco hermosa y provocativa. Al no tener pareja los zánganos siempre pululan a mi alrededor para ver si pican a la reina, y convertirme precisamente en la reina del deseo de los hombres y mujeres, me encanta. A Reme también.

    Recuerdo un día que llegué a calentar tanto a un joven que estaba casado con una belleza de mujer, que le propuse como condición para acostarse conmigo, que me la entregara también a ella en la cama, o sea, un trio. Le dije que si la convencía, metérmela podría. Al principio se rio, creía que me cachondeaba de él y lo dejé helado cuando en un momento que se acercó ella a nosotros, le dije delante de su marido.- Hola Elisa, estaba aquí con tu marido hablando de un tema, ya te diré, quiere pedirte una cosa, os dejo unos minutos para que lo habléis.

    Lo dejé con la obligación de decírselo, lo utilicé para mi propósito y no me fui muy lejos, durante la velada, como él era un moscardón a mi alrededor, su mujer al principio no paraba de mirarnos, y yo le cazaba la mirada y le sonreía, ella me devolvía siempre la sonrisa. En uno de estos encuentros de miradas furtivas con ella, me atreví a guiñarle un ojo, y me sonrió en complicidad. La verdad es que yo ponía caliente a su marido, pero ella me ponía caliente a mí. Llevaba entonces un tiempo sin hacerlo con otra mujer y esa muchacha me ponía a cien. Era menudita, tendría unos treinta como él, yo entonces tenía mis cuarenta muy bien puestos. La mujer vestía con un vestido largo y muy escotado, apenas tenía pechos, iba sin sujetador y se le percibían unos pezones largos, estas mujeres sin tetas y de pezón largo, siempre me han puesto a mil, además sé por experiencia que suelen ser las lobas más feroces en la cama.

    Me acerqué a ellos de nuevo, porque vi que se comentaban sonriendo algo, al acercarme vi que se les subían los colores a los dos, ella me sonrió, él no lo sé, porque en aquel momento solo tenía ojos para ella. Le cautivé la mirada y ella cabizbaja pero sin dejar de mirarme me sonrió pícaramente. Al llegar a ellos, sin mediar palabra alguna, la cogí de la cintura y le dije al oído que en mi casa había una botella de cava esperándonos.

    En el taxi me senté en medio de los dos, durante el trayecto a ella le cogí la mano y me le lleve a mi muslo. Ella al principio tenía el puño cerrado, pero sus dedos fueron abriéndose y empezaron sus tímidas caricias. Él fue bruto, y torpe en acariciarme la rodilla. Le susurré al oído que a partir de aquel momento su rol era el de obedecerme y que no podía hacer nada si yo no le daba permiso. Lo dejé seguramente arrepintiéndose de haber propuesto la cita a su mujer al ver la indiferencia con que lo trataba.

    Llegamos a casa, puse el cava en una cubitera y tres copas sobre una bandeja, le ordené a él que la cogiera y nos siguiera a mí y a su mujer a la que llevé cogida de la mano hasta mi habitación.

    Cuando llegamos a la habitación le ordené a él que se desnudara, y así lo hizo, se apuntó al juego y por lo que vi le gustaba, no sabía el pobre lo que ocurriría. Siempre me han gustado los fetiches sexuales y teniaa en la habitación unas esposas y cuerdas. Lo hice tumbar en la cama y su mujer me ayudó a enmanillarlo de pies y manos a los barrotes de la cama. Con las piernas abiertas y los brazos en cruz su imagen era más bien patética. Él se reía y su mujer también, les hacía gracia y a mí me hacían gracia la verdad, ellos.

    Serví dos copas una para ella y otra para mí. Empecé desnudándola despacio, hice caer su vestido al suelo y empecé a hacerle caricias y darle pequeños besos por todo su cuerpo. Me encantaban aquellos pezones largos puntiagudos y duros. Las mujeres que tienen poco pecho, sé por experiencia que tienen los pezones más sensibles de las que tenemos más pecho o pechos grandes, se les agudiza el dolor y el placer a la vez. A ella la puse cardíaca.

    Me desnudé y ambas desnudas nos subimos a la cama. A él le caía la baba y su erección era potente, su polla sin ser grande era gruesa, pero ni su pene ni él tenían un atractivo especial para mí. Su mujer sí. Nos dimos un morreo largo enlazando nuestras lenguas y pasándonos las salivas. La noté que ardía, le toque la vulva y estaba mojada, la situación le gustaba. La tumbé sobre su marido y le abrí las piernas, me dediqué largo rato saboreando las mieles de su coño, debo reconocer que la cabrona sabía deliciosamente bien. El succionamiento de clítoris no fallaba y cuando yo quería que se corriera lo hacía, ella flipaba conmigo, jamás le habían comido el coño así y como me lo dijo, le dije que lo repitiera a su marido para que lo oyera y darle envidia. Él empezó a cansarse seguramente de estar atado y no participar en nada, y empezó a protestar. Para que se callara le propuse un reto, si me hacía correr comiéndome el coño, lo soltaba, tenía cinco minutos de coño en boca para conseguirlo. Me senté sobre su boca y senté a su mujer sobre su polla. Su mujer con mis besos y caricias y con el rabo de su marido dentro, volvió a correrse. Cuando ella lo hizo, la saqué rápidamente de sobre su polla, no quería que él eyaculara dentro y ensuciara aquella fuente de fluidos de buenos sabores. Como no hizo correrme no lo desaté.

    Él si se corrió, solo, y sin tocarlo, lo hizo cuando vio que estábamos las dos con las piernas entrelazadas rozándonos los coños sobre su cara. Me atreví y me orine un poco en su boca, sé que le gustó. Ella estaba como loca con una sobredosis de placer, la tenía completamente a mi merced. Derramé cava encima del cuerpo de él y la hice que lamiera el líquido vertido, mientras con un arnés con una polla bestial le iba dando caña desde atrás a su coño. Ella perdió ya el número de orgasmos que llevaba. Yo me había corrido un par de veces.

    A él lo dejamos atado toda la noche, y toda la noche estuvimos ella y yo follando. Le enseñé a succionarme el clítoris, y aprendió rápido, le di también placer anal con el dildo, agujero que tenía virgen según ella me comentó.

    Cuando lo desaté por la mañana, me maldijo y se cabreó muchísimo, pero su mujer se lo había pasado tan bien que se alineó conmigo y la cosa no llegó a ser tan grave. Una buena lección le di.

    Me gusta conservar el aroma y sabor de un coño, cuando he tenido relaciones lésbicas, durante un rato largo, es cuando me enciendo un canuto de marihuana y degusto la mezcla de ambos sabores, me encanta. A Reme también le gusta hacer lo mismo y fumarse un canuto, era costumbre nuestra desde la adolescencia, lo hacíamos las dos después de habernos enrollado y lo continuamos haciendo, aunque ya llevamos años sin enrollarnos las dos.

    No soy muy bebedora, ahora cuando me pongo, me pongo, Reme también. El alcohol a veces ayuda en situaciones difíciles, siempre le puedes echar la culpa de las desgracias que pasan, por eso es algunas veces buen compañero en las situaciones donde la puedes cagar. Yo a veces simulo que voy bebida para salir de situaciones embarazosas, y siempre funciona, a una borracha se le perdona todo.

    Los hombres temen más el sexo que las mujeres decía un escritor ¿Por qué será? Yo tengo claro el porqué, porque los dominamos cuando queremos dominarlos. Incluso las sumisas dominan sobre sus amos en cierta manera ellas son sus esclavas porque quien serlo y gozan con ello.

    El sexo es realmente importante, al menos para mí y para Reme también, y para el Génesis porque así empieza, hablando de sexo. Tengo una amiga que hasta hace poco no sabía nada de sexo, y eso era porque siempre había estado casada, ahora libre se ha empezado a enterar, aunque en el fondo ya lo sabía, lo llevaba dentro, ahora es casi más depredadora que yo.

    Debo reconocer que a medida que han ido pasando los años, las estrategias para cazar a una presa sexual las he tenido que ir variando, Reme también. Al igual que me han variado los gustos y preferencias en edades, cuanto más vieja me hago, más jóvenes me gustan. A Reme también le ocurre lo mismo. Seguramente será la razón por la que llevamos tiempo sin vernos ni enrollándonos, ya las dos hemos pasado los sesenta. Aún recuerdo conversaciones de adolescente cuando entre las dos comentábamos como seria nuestra vida a los sesenta años, cuando fuéramos viejas, entonces para nosotras una mujer de sesenta años era una vieja. Quizás sí seamos viejas, pero si es así, somos dos viejas zorras que cazan cachorros, cuando quieren y como quieren.

    El caso es que la cabrona se ha follado a mis hijos y yo no, y no puedo follarme a los suyos porque no tiene. Y pensar que cuando eran pequeños, Reme más de una vez me había ayudado a ponérmelos en los pechos para amamantarlos, y más de una vez la amamanté a ella. Que de caliente iba yo en aquella temporada.

    Era una tarde de otoño donde la chimenea ya encendida del hogar prestaba al romanticismo calentando la habitación, la decoración perfecta era el gran ventanal que permitía ver los colores cambiantes de las caducas hojas de los árboles del bosque cercano preparándose para caer y terminar su ciclo. Mis hijos dormían en sus cunas y yo estaba escuchando música y leyendo a un clásico del erotismo Pierre Louÿs, ese autor me fascina y hace que ardan mis deseos.

    Estaba sola en la gran casa que había alquilado para llevar la maternidad en tranquilidad con mis hijos. No es que en mi casa no podía estar a gusto, era simplemente para aislarme un poco de todo mi entorno. Había sido madre y ahora debía de reflexionar como encarar los tiempos que me vendrían y de qué forma y manera mejor los podía llevar.

    La inmobiliaria a la que le alquilé la gran casa, puso a mi disposición un jardinero, que a la vez me hacía de mayordomo. La mayoría de veces le mandaba hacer mis encargos en el pueblo cercano y yo apenas me movía de la finca. Pepe, que así se llamaba aquel buen hombre, debería tener los setenta años aproximadamente o quizás alguno más. Era un hombre más bien frágil de apariencia, con barba corta y blanca ya de la edad al igual que su pelo, pero era muy servicial, y lo fue más.

    El aislamiento me provocaba sueños eróticos, los libros que leía estaban cargaos de sexo. Cerraba los ojos cuando les daba de amamantar a mis hijos, me imaginaba que eran los labios de cualquiera de mis ex amantes, y me calentaba de sobremanera. Nunca había mirado a este hombre tan simple con deseo sexual, al contrario cuando la agencia me lo envió, me agradó precisamente porque no me produjo interés alguno, y así me protegía a mí misma de mí lívido.

    Aquella tarde era romántica. Regresó Pepe del pueblo con mis encargos, yo estaba amamantando a mis hijos, le indiqué donde debía de poner las cosas que llevaba y lo miré. Me parece que se percató de mi extraña mirada porque me pareció verlo nervioso y un poco tembloroso. Quizás era por la imagen que le ofrecía, tumbada en el gran sofá, casi desnuda y con mis dos hijos mamando de mis pechos.

    Terminaron mis hijos su merienda, y los acosté en sus cunas. Volvió Pepe de la cocina para decirme que ya estaba todo en su lugar. Los hombres cuando están solos ante una mujer desnuda a la que creen inalcanzable, son el animal más dócil del mundo.

    – Ven Pepe, acérquese.

    – Si señora, como usted mande.

    – Acércate más Pepe. ¿Ves mis pechos?

    – Sí señora

    – Mis hijos no me sacan la suficiente leche para que queden relajaos y no duelan.

    – Pues vaya, en la farmacia creo que venden un aparato para eso.

    – Para que ir a la farmacia si se puede sacar de forma natural.

    – Sí, claro

    – Acérquese Pepe, Arrodíllese ante mí, acerque su boca a mis pechos y bébase un buen trago de cada uno.

    El pobre hombre se quedó de piedra, con solo una mirada mía de imposición, se acercó a mis pechos y empezó a mamarme torpemente. Yo me agarré una teta y le enseñaba a mamar como si fuera un bebe. Él cumplía con mis órdenes y le iba dirigiendo en la comida. Lo coloqué entre mis piernas y mi coño estaba expuesto y desnudo también ante él. Cuando lo aparté de mis pechos y la leche le regaloneaba por sus labios levante mi coño, le agaché la cabeza y le di de comer mi chichi. También le iba orientando de cómo debía comérmelo. Mis órdenes eran tiernas y a la vez rotundas, como si estuviera impartiendo una clase a un niño.

    Aquel vejete dejó de ser insignificante cuando lo hice desnudar. Su piel blanca y suave no tenía vello. Sus pequeños pechos caídos tenían la gracia que imponen los años. Pepe solo esperaba órdenes, no hubiera sabido que hacer si no se lo ordenaba. Lo hice levantar y quitare también los pantalones. Yo sentada en el sofá con las piernas abiertas vería en primer plano su polla cuando apareciera. Soy una cabrona y una zorra calienta pollas, como Reme, y me gusta en ocasiones ridiculizar a los hombres. Pretendía eso con él, humillarlo, pero tuve que cambiar de opción y tratamiento cuando apareció ante mí una descomunal polla que no estaba en nada de acorde con su aspecto físico. Parece que a él le alegró y sonrió satisfecho al ver mi rostro de admiración. Le llegaba por encima del ombligo, su tacto era suave, la tenía bien dura y sus testículos colgaban grandes y le llegaban, exagerando un poco, casi a medio muslo. No puede resistirlo, llevaba ya demasiados días sin tener una polla en la boca, abrí la boca y empecé a mamársela. Se corrió enseguida y sin avisar. Le bajó la erección, y aun así su polla debía medir casi un palmo.

    Decidí utilizar su boca y le dije como debía succionarme el clítoris con los labios, después de varios intentos, empezó a hacerlo medio bien. Él estirado en el suelo, y yo sentada en cuclillas en postura fecal sobre su boca me corrí. El viejo sonreía cuando le ordené que abriera bien la boca, pero la abría poco. Le agarré sus pezones y se los pellizqué fuerte, para causarle dolor. Tuvo que abrir la boca para emitir el grito, tan abierta la tenía que fue ideal para vaciar mi orina dentro de su garganta directamente. El pobre casi se me ahoga, tosía rojo como un tomate.

    Cuando se hubo recuperado le dije que por hoy ya no lo necesitaba, que podía retirarse y en silencio, pero sé que agradecido se fue. Durante aquel año que me pasé ahí aislada fueron múltiples las ocasiones en que use a Pepe. Siempre dócil y servicial.

    Reme tenía la costumbre de dominar a sus amantes, yo también, en eso nos parecíamos y aún hoy nos parecemos. A pesar de la edad. Me hace gracia a veces algún jovencito, que cree que porque estoy entrada en años, puede dominarme, apañado va. Además tengo la virtud de saber hacerlo de manera sutil, los voy llevando poco a poco a mi terreno, me encanta a veces poner alguno a babear antes de poder tocarme, eso me excita de sobremanera. A Reme también.

    Recuerdo al hijo de una conocida de juventud. Ella me llamó pidiéndome si la podía ayudar en conseguir un piso en la ciudad para su hijo. Él muchacho buscaba un piso para compartir con otros estudiantes, venían a la ciudad a estudiar en la universidad donde yo doy clases, además seguro que lo tendría de alumno. Por suerte yo misma disponía de uno, tengo varias inversiones en propiedades que las rento. Quedamos en que se pondrían en contacto conmigo para verlo y terminar de cerrar el tema.

    A los pocos días recibí su llamada para quedar conmigo y ver el piso. Lo cité en la misma vivienda a las once de la mañana. Se presentó el muchacho, Iván y su padre Marcos. En aquella época yo tendría los cincuenta ya hechos, estaba esplendida, erótica y a esa edad más puta que nunca, los yogurines me volvían loca, eran mis presas favoritas. Para la ocasión y como era verano me puse una mini falda vaquera y un top a tiras en forma de “X” que recogían mis pechos sin sujetador y me dejaba el abdomen y la espala al descubierto. Zapatos de tacón y todo de marcas elegantes.

    Con Marcos nos conocíamos algo, no mucho, habíamos coincidido en alguna feria o evento, solo nos relacionaba su mujer Elvira, que habíamos estudiado en el mismo colegio. Era un tipo elegante, y para nada era feo, incluso atractivo, tenía un deje que lo hacía interesante. Lógicamente al verme se le pusieron los ojos como platos, al percibirlo se despertó en mí lo zorra y calienta pollas que soy.

    Mi objetivo se centró en que se viera con la suficiente confianza de poder ligarme. Es cuando más dóciles son los hombres, cuando llegan a este punto de creerse vencedores. Pero mi objetivo no estaba en él, mi objetivo era Iván. Era la viva estatua de un dios griego, el muchacho con sus veinte años por cumplir se había convertido en mi presa.

    Les gustó el piso, lo compartiría con otro estudiante que además que coincidía que iban a estudiar lo mismo, y una muchacha que también iba a la ciudad, aunque a otra universidad. Pactamos el precio, estuvimos de acuerdo en que podrían ocuparlo cuando ellos quisieran. Quedamos en mi casa para firmar el contrato, que mañana mismo lo prepararía y cuando ellos quisieran.

    A los dos días recibí una llamada de Iván, diciéndome que si me apetecía podían firmar ya el contrato. Lo firmaría él como responsable y con autorización de los demás. Quedamos de acuerdo, le pregunté cuando quería venir y con quien vendría. Me dijo que vendría solo, que se llevaría una maleta y que deseaba ya ocupar el piso, que por él mañana mismo. Le comenté que por la mañana tendría el contrato preparado, que se pasara a media tarde por mi casa, y que después yo misma lo llevaría a la vivienda.

    Instintivamente iba tejiendo la red para capturar mi presa, ya lo estaba acercando a mi guarida.

    Se mostró amable el muchacho cuando llegó a media tarde, en taxi y con una maleta para firmar el contrato. Un tanga de hilo y una camiseta larga de baloncesto eran mi indumentaria. Esa camiseta regalada por un jugador profesional me permitía ir fresca, era como un vestido holgado, mis pechos por las aberturas de las axilas en los laterales, se veían descarados, redondos, firmes, hermosos con el pezón mirando al cielo, como son aún mis pechos. Los de Reme también son hermosos.

    Sus bellos ojos parecían dos galaxias lejanas que se acercaban en el infinito espacial. No paraba de mirarme, intentaba disimular las miradas descaradas para convertirlas torpemente en discretas. Yo le provocaba con mis movimientos, al agacharme podía vislumbrar en el interior de la camiseta todo mi desnudo cuerpo, incluso mi tanga que apenas cubría mis labios vaginales y se perdía entre mis glúteos en el culo.

    – Iván, mira léete el contrato, lo que tenemos un pequeño problema, las llaves del piso me las tienen que traer de la agencia donde tenía el piso para alquilar, me ha dicho que cuando cierren a las siete me las acercarán.

    – Vale, no hay problema, si quiere vuelvo más tarde.

    – ¿Qué dices tonto? Que va, tú te quedas aquí, ahora lees el contrato, si tienes alguna duda me preguntas, yo te serviré lo que quieras para beber y te pondré algo para picar en el jardín. Te quitas la ropa y mientras esperamos nos damos un baño en la piscina, que hace mucha calor ¿Entendido señor inquilino? Ja, ja, ja…

    – Ja, ja, ja, si me lo pone así ¿Cómo le voy a decir que no?

    – Venga pues vamos al jardín.

    Sin dejar opción a “me lo tengo que pensar” y a la reflexión, asumiendo siempre el sí, es como mejor preparada dejas a la presa.

    Saqué dos cervezas, unas aceitunas y unos snacks. Frente a él dejé caer sensualmente al suelo mi camiseta de baloncesto con la que me cubría. Él aún estaba vestido. Permanecía sentado en la silla y quería ocultar su mirada, sin poder hacerlo. Aprovechaba cuando levantó el vaso para beber gozarme con su mirada.

    – ¿Piensas bañarte vestido Iván?

    – Ah, sí, ahora me pongo un bañador que llevo en la maleta.

    – Iván

    – Sí señora

    – Ven, acércate a mi

    Empecé a ordenar los próximos movimientos que debía realizar la presa. Se levantó y se acercó a mí. Despacio y nervioso.

    Seguro que en algunas de sus fantasías sexuales, había circulado por su imaginación, que una señora madura que estaba un montón de buena, empezaba a quitarle la camisa, a desabrocharle el pantalón y sacárselo, quitarle el bóxer, y llevarlo de la mano a la piscina.

    Una vez en el agua, sin mediar palabra hice prisionera su mirada con la mía. Mirándolo fijamente le clavé una dosis de lujuria a su cerebro, le rodee el cuello con mis brazos y le besé.

    Mis pechos contra los suyos enseguida fueron abarcados por sus manos, su polla presionaba mi entrepierna buscándose un lugar para cobijarse. Y así me senté dentro del agua a su cipote, y fui metiéndomelo despacio, mientras le susurraba al oído con alientos y besos, palabras guarras de vieja zorra.

    Jugando y follando en la piscina pasamos la tarde. Una joven presa, una vez cazada, percibe siempre un pronto final, seguro le corría más prisa y le daba más placer salir a contarles a sus amigos el éxito de haberse follado a la madura propietaria del piso.

    Los jóvenes machos suelen ser ingenuos, no conocen la estrategia, y no saben la que es capaz de montar una depredadora sexual como yo, o como Reme. La verdad que no había agencia, ni las llaves estaban fuera de mi casa, ni las tenían que traer nadie, se vio obligado a pasar la noche en casa porque yo así lo planee, lo de que a la de la inmobiliaria se le olvidó traerlas creo que se imaginó que era falso, pero le satisfizo y dio por buena la excusa, por supuesto durmió conmigo, lo poco que dormimos. Aquella noche la recordó toda su vida, años después en otro encuentro sexual con él, me lo confesó. No volví a follarme a Iván hasta que ya después de la universidad se casó y me invitó a su boda. Asistí al evento, y como malas putas que somos a veces las mujeres, mi regalo de boda fue acompañado con un polvo que le regalé muy especial, pero eso ya es otra historia.

    Las mujeres como yo y como Reme, que las hay, no nos enamoramos, nos gusta demasiado controlar y dominar la situación, siempre. El enamoramiento te deja sin defensas, convirtiéndote en presa en vez de cazadora. Por mucho que un amante te haya gustado, no hay que hacerse asidua a su placer, hay que estar tranquila, otra presa vendrá, las depredadoras como yo y como Reme, valoramos tanto o más, la satisfacción que conlleva desarrollar el arte en cazar, que a la presa en sí. Una vez cazada, ya pierde emoción.

    Tuve una época entrando a los cuarenta, donde debía salvaguardarme mucho, era la época en pleno cambio de preferencias sexuales, estaba cruzando la línea que pasaba de gustarme los hombres maduros, a los jovencitos. Fue ideal este cambio progresivo en mí, ya que corría el peligro de caer en la trampa del enamoramiento. Me estaba viendo ya con demasiada frecuencia con un hombre de avanzada edad que me tenía en aquel entonces en una nube pasional. Hora me rio, pero en aquel entonces lo que más me gustaba de él es que era tremendamente primitivo y a la vez romántico y detallista.

    Su aspecto era de Neandertal, muy velludo y fuerte. Tenía una polla increíble, más que por larga por su grosor. Su cuerpo ya era como un bastión fuerte para aquella polla increíble. De todos los amantes que he tenido, ninguno ha superado a Manuel en grosor de polla y volumen de testículos. Sus huevos eran una delicia. Mi pasión en tenerlos durante tiempo en la boca se convirtió en adicción para mi libido. Eso fue lo que casi me engancha para dar paso al enamoramiento. ¿Te puede enamorar un hombre porque te gusta tener sus testículos en la boca? Puedo asegurar que sí, conmigo aquel par de huevos casi lo consiguen. Debo agradecerle a Manuel, que siendo amante mío, me preparó bien el recto. Siempre me han gustado los imposibles, me gusta superar retos, a Reme le pasa igual. El grosor de aquel rabo predecía una dada por el culo dolorosa y casi imposible. Mi reto fue conseguirlo.

    No solo conseguí que aquella polla entrara en mi culo y que me lo follara, conseguí en el mismo acto, meterme a la vez sus grandes huevos en el coño. Esto me mataba de placer. Era inevitable no orinarme, y me encantaba hacerlo sobre sus testículos cuando me los sacaba. La avanzada edad de Manuel no le impedía someterme a folladas duraderas y fuertes, el cabrón sabía manejar muy bien los tempos de su vigor. Dicho claro, sabia follar. Me gustaba demasiado follar con él, vi peligrar mi voluntad y ser sometida a la suya.

    Apareció en mi vida oportunamente una chica muy especial y muy joven. Casualidades de la vida, coincidimos en una conferencia en la misma universidad donde trabajaba, que trataba sobre el liderazgo de las mujeres en el mundo social. Debo reconocer que me fije en ella por su etnia, la cual siempre me ha creado fascinación. Era japonesa. Reme, una vez estuvo liada con un japonés, la verdad que a mí no me producía ningún interés.

    Era como una figura tallada de talco, su hermosura pálida era cautivadora. Había algo en ella que me causaba interés desde el primer momento que la vi. Sonreía casi constantemente, porque casi constantemente recibía el saludo de alguien. Lógicamente una presa de esta especie tiene muchos cazadores al acecho. Me acerqué a ella sin mostrarle interés, hice que se viera envuelta en una situación cómica conmigo, esto siempre funciona.

    Paseando con mi copa de coctel servida para la ocasión, pasé por detrás de ella en el momento que un cazador de bellezas aficionado se acercaba a saludarla, mi pie intencionadamente zancadilleo pidiendo disculpas a ese don Juan, para que el contenido de su copa, con el traspiés salpicara a la muñeca de talco y a mí. ¡Carambola! Las dos nos miramos, sonreímos y nos fuimos juntas riéndonos por la situación a los servicios, para arreglar el estropicio en nuestros respectivos vestidos.

    Empecé a ejercer el control desde el momento que la cogí del brazo y la hice entrar con una sonrisa, en señal de acierto cómplice, al cuarto de cambiar los pañales. Ella aceptó y entró conmigo dentro del habitáculo.

    No le di motivos para la reflexión ni la duda cuando le desabroche la blusa que llevaba y se la quité para ponerla y mojarla, bajo el grifo, excusa para limpiarle la mancha. La ausencia de sujetador me permitió ver sus pequeños pechos puntiagudos en forma casi piramidal, parecían unos pechos aún sin terminar de formar. No tardé mucho en entender el porqué de esos pechos y el de su extraña belleza, mientras le hacía sujetar la blusa bajo el aire caliente del secador de manos, le bajé la falda alertándole que también estaba manchada. Lo hice todo muy rápido, nunca hay que darle opción a la presa de que piense. Fue cuando vi de dónde provenía su exótica belleza, tenía pene. Era una chica con pene, denominadas travestis. Mi coño parecía ya el lago de Bañolas.

    A mis casi cuarenta años no me había encalanado aún a ninguna de esas chicas especiales. El morbo hizo acto de presencia y disparó aún más mis artes de seducción. Se mojó tanto la blusa y la falda que era imposible secarla con el seca manos, por lo que le sugerí y la invité a ir a mi despacho en la misma facultad, que siempre hay algo de ropa, para que la sustituyera momentáneamente. Ofrecer una solución a un problema es aconsejable, la víctima se agarra casi siempre a las soluciones ofrecidas, el cerebro las asume como manera fácil de no tener que pensar en encontrar otras.

    Su inglés era bastante fluido nos entendíamos bien. De todas maneras no hace falta idiomas que no sean el de las miradas y gestos para estos casos. Entendió fácil cuando le cogí su más que considerable pene con la mano y lo acaricié. Su erección no podía esconder el morbo que también seguramente provoque en ella. Junté mis pezones con los suyos y la bese mientras continuaba acariciándole aquella polla que tenía un encanto especial. Ella correspondió mis besos y se dejó llevar por mí. Era dócil.

    La hice estirar sobre la mesa de mi despacho y me dedique largo rato en saborearla, la besé por todo el cuerpo y he de reconocer que piel fina como la suya pocas me había encontrado. Aquellos pechos que se estaban formando hormonados mostraban unos pezones exquisitos ¡Como me gustaban! Me recree en ellos tiempo. Hice que se corriera enseguida antes de que me la metiera dentro de la vagina, aun corriendo el riesgo de que su erección no se mantuviera, pero mis deseos de probar el sabor de su semen hicieron que le aplicara una succión vibratoria a su polla que enseguida hizo que se vaciara en mi boca.

    Me senté sobre su polla y empecé las sentadillas a ritmos cambiantes y haciéndole círculos con mis caderas para que su polla recorriera mi vagina entera. Ella me acariciaba los pechos mientras yo me la follaba. Volvió a correrse y lamí las mieles de su corrida mezclada con mis fluidos. Delicioso manjar. Le presté un vestido que guardaba de una alumna, que por talla le quedaba perfecto. A ella le gustó. Le hice dejar su ropa en mi despacho, le dije que la haría lavar y se la devolvería, excusa para asegurarme volver a verla.

    Cuando regresamos al salón donde se celebraban los actos, no me dejó ya ni un minuto. Cuando la celebración terminó, me la lleve a casa, y los juegos entre sábanas me hicieron olvidar a Manuel. Las dos semanas que estuvo en el país, los pasó en mi casa y follamos tanto que hasta ella se sorprendió de cómo era posible haberse enamorado de una mujer, así me lo dijo, que me amaba, que quería ser mi mujer. Volví a ver como peligraba mi autocontrol de no enamorarme de nadie y la deje marchar. Aún veo sus ojos llenos de lágrima cuando nos despedimos en el aeropuerto. Las dos lloramos, las dos sabíamos que quizás, ya no nos volveríamos a ver nunca más.

    Reme me había llamado hacía dos días, quería verme, era según ella algo muy importante y de máxima urgencia que quería comentarme. La última vez que nos vimos fue cuando la vi desaparecer de una fiesta donde las dos estábamos. Se fue con la jovencita con la que aun, creo esta liada. Se fue de la fiesta para no compartirla, me dijo que había demasiadas pollas al acecho, y no quería que desviara su atención con otra cosa que no fuera ella y su coño.

    No sé lo que querrá. No pienso meterle bronca por haberse follado a mis hijos, ya la perdono, aunque por dentro tengo una rabia que me corroe, aunque yo también me hubiera follado a los suyos si los tuviera, pero la cabrona no ha parido.

    En el estudio de la ética, el mal siempre es consecuencia del bien y viceversa. No sabríamos lo que es andar cómoda, si no hubiera andado alguna vez incomoda, valoramos las cosas que nos dan placer, cuando hemos conocido las cosas que no nos lo dan. Por ejemplo el tamaño del pene. Dicen que no importa, y es mentira, si importa. Una cosa es que mires a un pene procreador y solo para engendrar, y otra que lo veas como algo para disfrutar y jugar ¿Cómo juegas con un mini pito? ¿Qué le haces a una polla de estas que parecen un gusano arrugado que casi no aflora de la pelvis? Nada, no puedes jugar a nada y el caso es que da risa, una se reiría y quizás aún sería divertido, pero no puedes hacerlo, a los hombres les molesta, se enfadan y debes de aguantarte hasta de pasártelo bien. El tamaño sí importa. Reme opina igual que yo.

    La estoy esperando, como siempre, seguro que no es puntual, nunca lo ha sido. Recuerdo un día que su falta de puntualidad me hizo vivir una situación si más no surrealista. Tengo que reírme ahora recordándolo. Aquel día tenía que verla para, para además darle unos documentos sanitarios comerciales, que necesitaba con urgencia. Habíamos quedado en una cafetería céntrica, me dijo que había quedado ahí con un médico que estaba en el mismo campo de investigación bioquímica. Después debía marcharse con él a un congreso.

    A mí al revés que Reme me gusta ser más que puntual, habitualmente llego siempre un poco antes. Resultó que el médico también, el me conocía, yo no, sabía que habíamos quedado con Reme y se sentó en la misma mesa en la que yo estaba. Después de presentarnos, con las habituales forzadas sonrisas, empezamos a conversar, los hombres sin recursos de seducción, siempre empiezan por hablar del tiempo, nunca he entendido el porqué. Después de comentar que no llovía y las desgracias que nos acontecerían y sufriría el mundo sin agua. Recibimos ambos un mensaje de Reme diciéndonos que se retrasaría media hora.

    – Vaya, media hora, Reme siempre igual. – Le dije yo

    – Tranquila, media hora pasa volando

    – Precisamente por eso lo digo, porque pasa volando y quizás no nos dé tiempo

    – No te entiendo ¿Tiempo?

    Las mujeres como yo y como Reme, cuando hablamos del tiempo no nos referimos a las nubes, al frio o a la calor, nos referimos a los diez minutos que tarda un hombre en correrse, y media hora la mujer. Lógicamente son datos de promedio.

    Sin contestarle, me levanté de la silla, lo miré y le hice un gesto para que me siguiera. Él lo hizo. Los hombres cuando les rompes los esquemas, los puedes fácilmente dominar. Lo metí dentro de los servicios, lo senté en la taza del váter, me levanté la falda y le mostré mi coño. Él aún estaba anonadado, seguramente no había ligado nunca tan rápido, también fue lo que me dijo cuándo a los cinco minutos de tener su pollita dentro ya se había corrido. Me dijo que nunca se había corrido tan rápido, que no era eyaculador precoz, que debía ser el sitio, las prisas, la incomodidad. Un hombre cuando fracasa en un polvo siempre busca echar la culpa a alguien o a algo. Lo consolé diciéndole que me había gustado mucho. Cuando regresamos a la mesa Reme aún no había llegado. Reme es así, yo no. Esperándola, como siempre.

  • La chica del tren

    La chica del tren

    Era imposible no mirarla. Era de esas mujeres que despertaban inmediatamente lujuria en los hombres. Y no era solo por cómo lucía. Llevaba un minivestido negro, con las mangas largas y el cuello redondo, sin escote. Una prenda que cubría mucho (al menos en la parte superior), pero al ser tan ceñido, y al dejar las piernas desnudas, resultaba dolorosamente sensual. Pero como dije, no era solo su apariencia. Tenía la piel blanca y brillosa, estaba delicadamente maquillada, con los labios pintados de un color rojo, apenas intenso. Su cabello azabache estaba recogido. Pero creo que la verdadera lascivia la despertaban sus ojos. Sus ojos y su mirada. Eran marrones, grandes. Producían una sensación extraña: parecían increíblemente expresivos, pero, a la vez, le daban a su portadora un indiscutible aire de misterio.

    Ambos compartíamos el mismo vagón del tren subterráneo. Era raro ver a una mujer con esa elegancia y esa sensualidad en un lugar así. Imaginé que se dirigía a una fiesta, o a una cita.

    Era imposible no mirarla. Pero me percaté de que estaba siendo demasiado evidente, así que desvié la mirada. Entonces noté de que no era el único que había caído bajo su hechizo. Los pocos viajeros que nos acompañaban la violaban con sus ojos. Cuando alguno de ellos caía en la cuenta de que su escrutamiento estaba siendo demasiado obvio, al igual que me había pasado a mí, miraba a otra parte. Pero era inmediatamente reemplazado por otro curioso que quedaba hipnotizado por esa criatura que parecía delicadísima y salvaje a la vez. Esto tenía como consecuencia que no hubiera un solo instante en que aquella diosa estuviera siendo acechada.

    Estaba parada, a pesar de que había muchos asientos libres. Supuse que era porque si se sentaba iba a empeorar su situación, pues su entrepierna iba a llevarse toda nuestra atención, ya que esperaríamos el momento en que ese pequeño vestido la dejara expuesta y su ropa interior quedara a la vista de los degenerados que estábamos en ese vagón.

    Calculé que la hermosa hembra tenía veintisiete o veintiocho años. Treinta cuanto mucho. Al principio creí que era menor, pero luego decidí que su piel lozana, sin ninguna imperfección, que traslucía suavidad con solo verla, le quitaban unos cuantos años. No obstante, la manera en que parecía llevar su feminidad, la habilidad con que se había maquillado, la seguridad en su actitud, a pesar de estar siendo acosada por un horda de machos desconocidos que en ese instante solo pensaban en cómo se vería sin ese vestidito, me instaron a pensar que ya había pasado sus veinte años hacía tiempo.

    Se generó una perversa complicidad entre los seis o siete hombres que estábamos presente. Frente a mí había un gordito calvo que me sonreía, como si con esa sonrisa me transmitiera sus pensamientos libidinosos. No hacía falta tener telepatía para saber lo que pensaba.

    Lo que pasó después fue que los acosadores dejamos la prudencia de lado. La mujer miraba al frente, a la ventanilla por la que solo se veían paredes oscuras. Así que ya no nos molestamos en no mirarla por más tiempo del debido; al contrario, todos los ojos se clavaron en ella. Yo la miré, arriba abajo, deleitándome con su perfección.

    Llevaba un zapato negro de tacos altos. Las piernas parecían interminables, pues no solo eran largas, sino que su corto atuendo resaltaba esa cualidad, haciendo que parecieran aún más extensas. Eran unas piernas torneadas y ejercitadas, aunque no de manera exagerada. Supuse que se mantenía en forma, aunque no tanto por ir al gimnasio, sino más bien por correr. El vestidito comenzaba en la parte más alta de sus muslos. La tela se ajustaba a ellos, como así también a sus carnosas nalgas. Bastaría con levantarla unos centímetros para poder acceder a ese exuberante cuerpo.

    Yo me encontraba en una posición más complicada que la mayoría de mis secuaces, ya que mi asiento estaba alineado con el lugar en donde ella se encontraba parada, agarrada de una travesaño plateado. Así que me veía obligado a torcer el cuello para observarla. Pero esa posición también tenía sus beneficios, pues accedía a su figura de perfil, por lo que no solo podía escrutar su parte trasera, sino que también el frente. Su rostro era precioso, de pómulos marcados, nariz pequeña y respingona. Las tetas no eran enormes, pero tenían un tamaño considerable y que, debido a lo ajustado que era el vestido, los hacían resaltar. Estaban firmes, y sobresalían de su esbelta silueta.

    La chica cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna. Ahora parecía algo incómoda, pero ninguno de los hombres del vagón iba a tener una actitud caballerosa esa noche. No sé exactamente cuál fue el motivo por el que se selló esa complicidad tácita entre nosotros. En esta época era raro que sucedieran estas cosas. Quizás la impunidad que creíamos tener nos daba alas para sacar la parte más machista y retrógrada de nosotros. Alguno podría decir que en realidad no estábamos haciendo nada malo. Pero lo cierto es que la estábamos acosando. Y ahora que ella parecía ya incapaz de ignorar la lascivia creciente que había en ese reducido espacio, no nos compadecimos con ella.

    Por fin el tren se detuvo en la estación terminal. La mujer ya estaba cerca de la puerta, pero ahora se colocó frente a ella, ansiosa por salir de ese lugar. Imaginé que esa noche le contaría a sus amigas, o quizás a su pareja, la anécdota: un grupo de depravados desnudándola con la mirada. Se quejaría del patriarcado, de lo retrasada que estaba aún la sociedad, de las cosas que ya no deberían tolerarse. Pero ahora parecía una cachorrita asustada, rodeada de un montón de perros callejeros, mucho más corpulentos que ella, que solo pensaban en aparearse con esa criatura angelical que milagrosamente se había cruzado en sus monótonas vidas.

    El tren empezó a perder velocidad. Todos nos dirigimos a la puerta en donde estaba ella. Algunos teníamos la excusa de que esa puerta era la más cercana, pero otros se habían acercado a ella con el único fin de tenerla cerca.

    Sentí el olor de su perfume. Noté que tenía los dientes apretados. Parecía asustada. Y también me di cuenta de que era más pequeña de lo que me había parecido. Le sacaba casi una cabeza. Los hombres se amontonaron a su espalda. El tren frenó con cierta brusquedad. Entonces hubo una sacudida en el vagón. Algunos de los tipos habían terminado pegados a ella, supuestamente debido a la inercia del movimiento. Pero como era de esperar, uno de ellos se había apoyado en ella de manera obscena. Se trataba del gordito pelón. Su pelvis se apretaba con el goloso trasero de la chica. Ella se mostró horrorizada, pero no dijo nada, quizás intuyendo que si se quejaba, el otro simplemente le diría que había sido sin querer.

    Así que se limitó a intentar abrir la puerta, pues había tenido la mala suerte de tomar la única línea de subtes que no tenía puertas automáticas. Pero el nerviosismo le jugó en contra. Cuando intentó hacerlo, con ese extraño picaporte que hacía un movimiento semicircular, corrió la puerta antes de lo debido, y esta se abrió apenas unos centímetros.

    Escuché que la chica suspiraba, exasperada. Entonces el hombre pelado se apretó más a ella, extendió la mano y la llevó hasta el picaporte.

    —Permitime linda, yo te ayudo.

    El resto lo miramos con profunda admiración. Todos teníamos ganas de pasar de la mera observación a intentar un contacto físico. La chica aún no atinaba a decir nada, a pesar de que ahora era obvio que la estaban apoyando con intenciones sexuales. Pero la pobre estaba atrapada entre el montón de hombres que se encontraban a su espalda, y esa puerta que no terminaba de abrirse. El gordito pelón fingió que le costaba abrirla, cosa que le sirvió para restregar la verga en el orto de su inocente presa con total impunidad. Ella se alejó de él, poniéndose ahora a un costado, frente a mí.

    Parecía que esa perversa aventura colectiva había llegado a su final, pero la osadía del gordo, y el silencio impotente de la chica, me habían envenenado el alma lo suficiente como para decidirme a pasar el límite. Llevé mi mano directo a su trasero. Primero lo acaricié con suavidad, casi como si estuviera intentado que no notara que la estaba tocando. Pero no tardé en hacerlo con más intensidad. La calentura era inmensa y el tiempo apremiaba. Ella giró para mirarme. Parecía furiosa, como si con esa mirada me ordenara que retirara inmediatamente mi mano de su culo. Pero pudo sostener esa mirada apenas unos instantes. Enseguida de desarmó, para dar paso a una expresión de súplica. Me estaba rogando que dejara de molestarla, aunque no decía ni una palabra. Parecía que estaba a punto de largarse a llorar. Pero en lugar de liberarla de mi mano invasora, simplemente apreté la nalga con mayor violencia.

    Todo había ocurrido en apenas algunos segundos. Por fin la puerta se abrió. Retiré, con mucha dificultad, mis dedos de ese perfecto glúteo. A mis veinte años jamás había acariciado algo tan hermoso, tan terso, redondo y suave como eso. Y era probable que jamás lo volviera a hacer. La mujer salió antes que nadie, pero en ese instante al menos tres manos desconocidas acariciaron su trasero, como si también quisieran llevarse un recuerdo de esa hembra. La chica se acomodó el vestido, pues uno de los depravados había logrado levantárselo un poco, y se fue dando pasos largos y veloces. Mis compañeros de viaje se dirigieron a la salida opuesta a la que ella se dirigía, seguramente por miedo a que la chica se encontrara con algún policía y decidiera denunciarlos. Algunos me miraban sonriendo, con admiración y envidia, pues había sido más osado que ellos.

    Yo en cambio, me dirigí a la misma dirección que ella. Algo me decía que no era de las mujeres que denunciaban ese tipo de situaciones. Su actitud sumisa, y el hecho de que no hubiera pronunciado ni una sola palabra mientras era vejada por unos desconocidos, me hacía pensar así.

    Como era de noche la estación estaba casi vacía. Ni siquiera había empleados a la vista. Pero me sorprendió su velocidad. Subió la escalera en un santiamén. No había girado a verme, pero parecía haberse percatado de que alguien la perseguía. Cuando llegaba al último escalón, pude ver su ropa interior negra. Un último recuerdo de esa experiencia tan erótica. Luego salió de la boca del subte y se perdió en la ciudad, la cual sí estaba muy concurrida.

    Traté de tranquilizarme. ¿Qué pensaba hacer? ¿Violarla? Sacudí la cabeza, reconociendo que me había comportado como un animal. Cuando salí de la estación, vi sus piernas largas antes de que terminara de meterse en un taxi, para luego cerrar la puerta del vehículo.

    —Nunca voy a volver a verla —dije, pensando en voz alta.

    ……………

    —¡Levantate, Nico, que ya llegó tu hermano con su novia!

    Mamá gritaba innecesariamente al otro lado de la puerta de mi dormitorio. Había golpeado con mucha fuerza, y en repetidas ocasiones, por lo que ya me estaba desperezando.

    —Ya voy, ya voy —dije.

    Entonces mamá abrió la puerta.

    —No se te ocurra aparecer con esa cara de muerto. Date una ducha rápida, y ponete ropa limpia. Ayer te dejé una muda en el ropero.

    Cerró la puerta, dejándome solo. Le hice caso, pues necesitaba espabilarme. Me fui directo a la ducha. Había llegado a casa a las siete de la mañana, pues me había ido a un boliche con algunos amigos. Era el mediodía, así que para mí eso equivalía a madrugar. No entendía por qué le daban tanta importancia a la visita de mi hermano con su novia.

    Sergio era un soltero empedernido, y por lo visto, a sus treinta años acababa de encontrar el amor. Supuse que para nuestros padres eso habría de ser más importante de lo que yo podía llegar a imaginar. En mi caso, no podía importarme menos.

    Mi hermano mayor era el hijo que todo padre quería tener. Tenía una aguda inteligencia. Se había recibido de abogado hacía ya unos cuantos años. Tenía una situación económica sólida. Hasta se había comprado un pequeño departamento, lo que era toda una proeza teniendo en cuenta la Argentina en que vivimos.

    Yo me llevaba bien con él. Como tenía casi una década más que yo, nuestra relación nunca fue simétrica. Él era el hermano mayor al que acudía cuando tenía problemas. Fue el que me enseñó los primeros secretos del sexo, y hasta algunos trucos para relacionarme con el sexo opuesto. Lo admiraba, claro. Aunque a veces también me picaba el bicho de la envidia, porque la predilección de nuestros padres para con él era más que evidente.

    Lo peor era que no podía culparlos por eso. Yo era un chico que a sus veintiún años no parecía tener un futuro prometedor. No había hecho ninguna carrera, y los pocos cursos que había hecho, terminé por abandonarlos. Tampoco tenía un trabajo fijo, y realmente no me entusiasmaba mucho la idea. Tenía en cambio empleos esporádicos, generalmente en el rubro de pintura, con lo que ganaba suficiente dinero como para salir todos los fines de semana a emborracharme y a olvidarme de mi miserable vida.

    Era un desastre. Mis padres apenas me toleraban. Y si aún lo hacían era solo porque había tenido la astucia de empezar a ganar mi propio dinero para mis vicios. Pero esos ingresos estaban lejos de ser suficientes como para no ser un dolor de cabeza para ellos. Si bien ya casi no les pedía dinero, tampoco aportaba nada para la casa. desde hacía meses que me preguntaban cuándo iba a tener un trabajo de verdad. Estaba consciente de que no tenía mucho margen para ser un adulto de provecho, pero tampoco veía una solución a corto plazo. Y es que era un vago de alma.

    Terminé de ducharme, algo exasperado. Las visitas de Sergio solían tener como efecto resaltar esas diferencias que había entre nosotros ante los ojos de nuestros padres. Seguramente vendría bien vestido, con un corte de pelo prolijo, con su andar elegante de caballero inglés. Era un hombre alto, y por algún motivo que desconocía, las mujeres lo encontraban irresistible. Era en todos sentidos, lo opuesto a mí. Yo era vago, poco inteligente, carente del atractivo suficiente como para acostarme con una mujer salvo que tenga unos cuantos tragos encima. Era un looser en toda regla.

    Traté de apartar los pensamientos negativos que me embargaban. Sergio era un buen tipo, y siempre había sido el mejor hermano mayor que alguien pudiera tener. Cualquier resentimiento que me generara, no era culpa suya, sino mía, y, en todo caso, de mis padres.

    Bajé para almorzar con la familia.

    —Este es mi hermanito, Nico —dijo mi hermano apenas aparecí en el comedor.

    La mesa ya estaba servida, por lo que la chica que había venido de visita estaba sentada. Durante un instante solo vi su cabellera negra. El pelo lacio estaba suelto. Entonces ella corrió la silla hacia atrás, se puso de pie y giró hacia mí.

    —Jessica, mucho gusto —dijo.

    Se quedó un instante mirándome con el ceño fruncido. Le di un beso en la mejilla. Traté de no mostrar mi sorpresa. Rodeé la masa para luego sentarme frente a ella, que a su vez estaba al lado de Sergio.

    «No es ella, no es ella», me repetía una y otra vez.

    —¿Estás bien, Nico? —dijo papá—. Estás pálido.

    —Sí, todo bien —dije.

    Me llené el vaso de agua y tomé casi todo de un solo trago.

    —Me parece que alguien está con resaca —comentó mi hermano, bromeando.

    Escuché la tímida sonrisa de Jessica. Hasta el momento no me había atrevido a mirarla de nuevo. Pero esa risa me animó. Quizás de verdad me había equivocado. Aunque ese rostro era difícil de confundir.

    Sentía que las manos me transpiraban, y que el estómago se me revolvía. Sí, tenía resaca. Pero la mayor parte de todas esas sensaciones eran producto de la presencia de mi nueva cuñada.

    Hice un esfuerzo enorme para mirarla nuevamente. Todo el optimismo del último momento se vino abajo. Esa piel blanca y brillosa, como si fuera una muñeca; esos ojos penetrantes e indescifrables; ese pelo negrísimo; esa boquita de labios finos y sensuales. No podía haber otra mujer como esa. Era la chica del tren.

    Nunca había sido muy hablador en las reuniones familiares, así que no fue raro que casi no dijera palabra. De hecho, escuché cómo en un momento Sergio le decía al oído que yo era bastante tímido y callado, tirándome un salvavidas sin siquiera saberlo.

    Traté de analizar el comportamiento de Jessica. Parecía levemente nerviosa, pero eso podría deberse al hecho de que estuviera conociendo por primera vez a la familia de su pareja. ¿Me recordaría? Había pasado casi un año del suceso del tren subterráneo. Quizás ni siquiera me había reconocido. No obstante, no podía olvidarme de que había girado y me había mirado a la cara mientras yo le palpaba el culo. Tampoco era un detalle menor el hecho de que mi aspecto no era para nada diferente al que tenía en esa época. Si bien tuve mis etapas de experimentar con colores en mi pelo y usar aros o piercings, esta última etapa tenía un estilo muy básico, de pelo cortado al ras, sin ningún adorno. Así que, sí, me veía exactamente igual a cuando la había conocido.

    Concluí que a lo máximo que podía aspirar era a que pensara que yo era simplemente alguien parecido al degenerado del tren. Era posible que el tiempo que había pasado no hubiera sido suficiente para que se olvidara de mis facciones, pero quizás sí bastaba para que no estuviera segura de que era yo. Así que procuré actuar con la mayor normalidad posible, aunque las manos me seguían transpirando y el corazón parecía querer salirse de mi pecho.

    Al final fue la actitud de la propia Jessica lo que me hizo quedarme levemente tranquilo. Hablaba con desenvolvimiento con mis padres. Nos contó que era cardióloga, y que había conocido a Sergio cuando él estaba haciéndose unos estudios de rutina. «Qué hijo de puta este Sergio. Levantándose a preciosuras como esa incluso cuando iba al médico», pensé yo, entre admirado y resentido, como de costumbre.

    Por la tarde estuve todo el día pensando en ella. Había tenido su hermoso orto entre mis manos, y eso me llenaba de lujuria. Pero no podía evitar pensar que eso era todo lo que tendría de ella, mientras mi hermano tendría acceso a todas las obscenidades que le brindaría una hembra de ese calibre. Por la noche me tuve que hacer una paja pensando en ella, pues si no, me sería imposible conciliar el sueño.

    Durante los días y semanas siguientes estuve con cierto temor a que se destapara la olla. Quizás Jesica había mantenido la compostura por respeto a nuestros padres; pero tal vez luego lo meditó mejor y le contó todo a mi hermano. Le mandé unos mensajes a Sergio, simplemente saludándolo o preguntándole alguna tontería, para tantear el terreno. Parecía que todo estaba perfectamente normal.

    Me planteé las posibilidades. La primera era que ella ni siquiera me recordara, lo que seria la mejor opción, por lejos. Seguramente recordaría el suceso, pero habiendo tantos hombres acosándola, quizás había quedado en su mente de manera borrosa. Pero eso era mucho esperar, pues no podía olvidarme de que me había mirado de frente mientras abusaba de ella. La segunda opción era la que ya había pensado: me encontraba parecido al chico del tren, solo que no podía estar segura de que yo era el mismo, por lo que dejaba el tema de lado. La tercera opción era la que más temía: me había reconocido.

    Y de esta última alternativa se desprendían muchas posibilidades. ¿Se guardaría el secreto? Me resultaba difícil creer que eso pudiera pasar, pero no podía descartarlo. Al tener esa belleza y esa sensualidad tan sobresalientes, probablemente estaba acostumbrada a ese tipo de situaciones. Quizás ni siquiera me reprendía por haber actuado de esa manera. Pero otra vez estaba fantaseando. La otra opción era que le contaría todo a Sergio. Y de aquí había otras tantas opciones. ¿Cómo reaccionaría mi hermano? Él siempre me había dicho que a las mujeres había que tratarlas bien. Probablemente ni siquiera podría asimilar la idea de que su hermanito era un abusador. ¿Esto podría hacer que no le creyera a su novia? Podría ser. Quizás, incluso si ella estuviera segura de que había sido yo el que la manoseó en el tren, él la convencería de que estaba equivocada.

    Mi cabeza estaba hecha un lío. Lo único que quedaba era dejar que pasara el tiempo y ver cómo evolucionaban las cosas.

    En efecto, a medida que pasaron días y semanas, y que no parecía haber ninguna consecuencia por mis actos, me fui sintiendo más aliviado. Sergio no parecía haberse enterado de nada. Al menos a través de los mensajes esporádicos que intercambiábamos, no notaba nada inusual.

    Durante ese tiempo me replanteé mi actitud durante aquel viaje. Nunca me había comportado de esa manera. ¿Por qué había cruzado la línea? Es cierto que muchas veces se me iban los ojos cuando veía a mujeres de cuerpos voluptuosos. Pero nunca había ido más allá de eso. ¿Qué había de diferente en lo que sucedió con Jesica? Me dije que probablemente tenía que ver con la impunidad. Verme con otros tipos igual de degenerados que yo; notar la impotencia de ella, incapaz de defenderse de tantos machos alzados; su sumisión, probablemente producto del miedo; el peculiar contexto en el que me encontraba, con una hermosa mujer a merced de la lascivia de tantos extraños. Y finalmente aquel gordito pelado, que se había animado a restregar su verga en el respingón trasero de mi cuñada. Todo eso junto me había motivado a hacer algo que en cualquier otra circunstancia no hubiera hecho. Todo eso y su silencio, su inmovilidad, su aspecto de animalito acorralado.

    De solo pensar en eso me ponía la pija como una roca. Se suponía que meditaba sobre el asunto para recapacitar y mejorar como hombre. Pero lo único que lograba era calentarme tanto que necesitaba urgentemente hacerme una paja, recordando la preciosa sensación de mis dedos hundiéndose en su orto, e imaginando cuántas cosas podría hacerle.

    ¿Por qué no había hecho nada? Me encontré haciéndome esa pregunta en incontables ocasiones. Quizás simplemente no supo cómo reaccionar, y por eso solo atinó a marcharse rápidamente, como quien huye de un animal salvaje que lo persigue para comérselo. Pero me llamaba la atención el tema de su edad. Ahora sabía que contaba con veintiocho años. Ya tenía una edad suficiente con la que se habría enfrentado a esas situaciones muchas veces. ¿No había aprendido cómo reaccionar? Una teoría morbosa apareció en mi mente: quizás ella sentía cierta excitación en esos momentos. A lo mejor andaba provocando a tipos desconocidos para que sacaran las garras. Después de todo, si todos nos habíamos animado a rodearla y acosarla, había sido porque ella nos había provocado silenciosamente. De pronto, una duda que me había seguido desde ese día encontró por fin una respuesta. Nunca había entendido cómo era que todos los hombres presentes habíamos actuado de la misma manera. Y la respuesta era simple: habíamos hecho exactamente lo que ella esperaba que hiciéramos.

    Pensar en esto también hacía que, de un momento a otro, tuviera una potentísima erección. No había caso. Lejos de recapacitar sobre mis actitudes, lo único que lograba cuando me ensimismaba en los recuerdos y en las fantasías, era que mi deseo por mi cuñada se convirtiera en una peligrosa obsesión.

    Llegó el día que había previsto que llegaría, pues era obvio: el día en que volvería a ver a Jesica. El nerviosismo me embargó. Pero lo bueno era que después de ese encuentro terminaría por confirmar que mi crimen había quedado impune. Así que necesitaba verla.

    Sergio me había pedido que lo ayudara a pintar la casa, pues había decidido cambiar el color de las paredes. Mi hermano mayor no era de molestarme pidiéndome cosas como si mi haraganería le molestara. Pero una de las pocas cosas en las que yo era hábil era en la pintura. Así que fui a su departamento, sabiendo que Jesica estaría ahí.

    Pero lo que me encontré fue mejor de lo que esperaba. Porque ella estaba sola.

    —Sergio fue a comprar cinco litros más de pintura —musitó.

    Mi cuñada se había puesto ropas viejas y desgastadas. Un remera celeste, bastante ceñida, que marcaba sus erguidas tetas. Me sorprendió verla con una pollera color crema. Estaba evidentemente deteriorada por el paso del tiempo; había perdido su color. Pero no dejaba de ser llamativo que no eligiera un pantalón. El pelo estaba recogido. A pesar de lucir como una versión femenina y sexy del chavo del ocho, no dejaba de lucir deslumbrante. Se veía de una forma totalmente opuesta a como la había conocido. No obstante, descubrí que su magia no estaba en su vestido, ni en su maquillaje. Ahora mismo podía ver la misma belleza desbordante que había visto aquella vez.

    —¿Qué? —preguntó, cuando notó que la estaba observando con intensidad.

    —Nada, perdón. Es que te manchaste con pintura en la mejilla derecha —dije, señalando la diminuta mancha celeste en su piel.

    Había actuado con rapidez, pero me reprendí por haber sido tan obvio. Traté de interpretar su actitud. Lo primero que percibí fue que estaba tensa. ¿Sería mi paranoia? Me di un tiempo para decidir si esa impresión había sido acertada.

    —Bueno, voy a seguir pintando la cocina. Cuando venga tu hermano pueden empezar con el dormitorio —dijo.

    Tenía una voz suave, casi susurrante. Pronunciaba con una claridad perfecta. No tenía un tono en particular. No me sostuvo la mirada. Se perdió en la cocina, casi como si estuviera escapando de mí. Y sus palabras claramente significaban que quería mantener distancia de mi persona. Las implicaciones eran evidentes: Jesica sabía perfectamente quién era yo.

    Fui a la cocina. Ella estaba inclinada, metiendo el rodillo en el balde de pintura. Se quedó unos instantes en esa posición. No estaba haciendo nada de otro mundo, y sin embargo se veía irresistible. Su pierna derecha algo flexionada, su torso inclinado hacia adelante, su trasero sobresaliendo, los senos colgados en el aire, unos mechones rebeldes cayendo en su perfecto rostro. Era toda una modelito, y estaba ahí haciendo esa tarea típicamente masculina, solo por mi hermano. Se notaba que lo amaba.

    Notó mi presencia, pero no se molestó en dirigirme la mirada, cosa que reforzó mi certeza de que de sí me había reconocido.

    —No le conté nada a Sergio —dijo de pronto.

    Podría haberme hecho el tonto y decirle que no sabía de qué me estaba hablando. Pero ya estaba cansado de sentirme con tanta incertidumbre. Además, su afirmación me pareció algo positivo.

    —Bueno… obviamente no tenía idea de que te ibas a convertir en la novia de mi hermano —dije.

    Ahora sí me miró, con el ceño fruncido.

    —Se supone que no deberías hacerle eso a ninguna mujer. Independientemente de si se trata de la novia de tu hermano o no —respondió—. Además, te cuento que para entonces ya estaba saliendo con Sergio.

    Eso no lo había pensado. De alguna manera había hecho cornudo a mi hermano. No sabía cómo sentirme al respecto. Pero entonces todo lo sucedido tomó dimensiones diferentes. Su inacción en el vagón del tren había sido llamativa, pero si encima estaba en pareja, me hacía pensar que Jesica no era una buena novia para mi hermano.

    —En realidad, nunca lo había hecho con ninguna mujer —dije sin embargo, guardándome mis especulaciones por el momento.

    —¿Y por qué lo hiciste esta vez? —preguntó ella.

    Me hablaba dándome la espalda. Pasaba con torpeza el rodillo en la pared.

    —Porque… —dije—. Como no te quejaste del otro tipo, pensé que no te ibas a molestar porque yo también lo hiciera.

    Pensé que mi iba a mirar con indignación, o cuanto menos con estupefacción. Pero siguió pasando el rodillo.

    —Pero cuando me tocaste creo que fui bastante clara en que me sentía incómoda —dijo. Y luego agregó—: Además, ¿de verdad pensás que una mujer puede disfrutar de ser abusada por siete hombres a la vez?

    Vaya, pensé, ni siquiera yo tenía en claro cuántos éramos en ese vagón, y ella parecía estar segura del número.

    —Por eso después te solté —dije—. Y con respecto a tu pregunta. Bueno… mi primera impresión fue que nos estabas provocando, y que te dejaste manosear. Solo recién cuando llegamos a la estación te mostraste arisca.

    —¡Ustedes me estaban reteniendo! —dijo.

    Obviamente tenía razón. Yo estaba transformando la anécdota, para que al menos pensara que estaba convencido de que había estado buscando ser abusada. Esa era una conclusión a la que había llegado a posteriori, pero en ese momento simplemente me dejé llevar por el poder que ejercíamos en ella, al ser tantos lobos para una sola caperucita.

    —Bueno, no es lo que yo recuerdo —dije.

    Me pregunté cuánto tiempo tardaría mi hermano. La pinturería quedaba a solo cinco cuadras. El clima se había tornado muy tenso. Aunque ella no le hubiera dicho nada, estaba jugado. Seguro Sergio notaría el cambio de humor de su novia, y la llenaría de preguntas hasta que le dijera la verdad. Estaba perdido. Pero eso, reconocer que no tenía salvación, me dio un nuevo impulso.

    —Lo estás haciendo mal —dije—. Tenés que dejar que el rodillo absorba más pintura, y tenés que hacer movimientos más largos, y ejercer más presión en la pared.

    Ella se detuvo, y siguió mi consejo. Se inclinó de nuevo, con una sensualidad que comprendí que era totalmente natural para mi cuñada. Cuando se irguió, una enorme cantidad de pintura cayó al piso. Aunque estaba empapelado con diario, era probable que lo traspasara.

    —Bueno, quizás exageraste un poco con la cantidad —le dije, riendo.

    Pero eso no sirvió para distender el ambiente. Jesica seguía tensa. Me acerqué a ella, por detrás. Tomé su mano.

    —Así —dije.

    Manipulé su mano con la mía, para indicarle la manera correcta en que tenía que pasar el rodillo. Al hacerlo, me apoyé en su espalda. Mi entrepierna apoyada en su trasero, el cual ella tiraba levemente para atrás, debido a la posición en que se había parado. Hicimos el movimiento una, dos, tres veces. Jesica se encogió, evidentemente contrariada, pero no se apartó hasta después de un rato.

    Sentir ese pulposo orto apretándose sumisamente en mi verga hizo que esta engordara.

    —Bueno, gracias por enseñarme. Ahora puedo hacerlo sola —dijo.

    Sonreí. Tuve el fuerte presentimiento de que me había encontrado con una mina de oro. Me acerqué a ella antes de que retirara la mano con el rodillo del balde. La tomé de esa mano. Ella soltó el rodillo y se dejó llevar por la presión que le estaba ejerciendo, hasta que se irguió, y se encontró de nuevo cara a cara conmigo.

    Su semblante tomó una expresión muy parecida a la que había tenido cuando acaricié su trasero en el subte. Parecía estar suplicándome.

    Metí mi mano en mi boca y mojé algunos dedos con saliva. Luego la llevé a su mejilla y la froté, ahí en donde se había manchado con pintura, hasta que esta desapareció. Jesica solo había atinado a retroceder un poco, encontrándose con la pared que había estado pintando, manchándose la pollera en el acto.

    —Por favor, dejame en paz —dijo, en un susurro.

    Pensé que se iba a apartar, pero se quedó ahí, esperando a que yo fuera el que me alejara. Cosa que evidentemente no hice. Apoyé mi mano en su rodilla, y fui subiéndola lentamente, penetrando por adentro de su pollera.

    No estaba seguro de qué clase de mujer era Jesica. No es que pareciera sentir un poderoso deseo hacia mí, cosa que yo sí sentía por ella. Pero por algún motivo se quedó ahí, completamente inmóvil, mientras mis dedos se frotaban en su muslo.

    Le corrí la bombacha a un costado y hundí dos de mis dedos en su jugosa concha. Ella suspiró profundamente. Su cuerpo se estremeció. Sus senos parecieron hincharse. Me sorprendió la amplitud de su sexo. Ella cerró los muslos, para evitar que siguiera hurgando en su interior, pero ya era demasiado tarde, pues ya me encontraba adentro. La penetré a mayor profundidad, hasta que los dedos que estaban cerrados se encontraron con la vulva. Mi cuñada gimió. Su expresión de goce se interrumpió inmediatamente por uno de rabia. Comprendí que lo que la molestaba no era que la estuviera penetrando con mis dedos, sino el placer de su propio cuerpo.

    No podía verse más sensual, con sus labios separándose contra su voluntad mientras yo le encastraba mis falanges sin piedad; con la tela de la pollera cayendo en mi brazo, que se perdía en su entrepierna.

    Entonces escuchamos que la puerta principal estaba siendo abierta. Retiré la mano inmediatamente. La pollera de Jesica cayó, y se acomodó por sí sola.

    —¿Todo bien, cabezón? —me dijo mi hermano.

    Lo saludé con un movimiento de cabeza. No podía darle la mano, ya que mis dedos estaban impregnados por los fluidos vaginales de mi cuñada. La había puesto en mi bolsillo, lo que también ayudaba a esconder la erección que me había provocado la putita de mi cuñada.

    —Todo bien, permiso, me voy al baño un toque —dije.

    No tenía ganas de orinar, obviamente. Iba a lavarme la mano, pero tuve una tentación. Olí mis dedos. La muy puta estaba mojada. Por fin lo entendía. Su expresión de súplica no significaba que estaba pidiendo que dejara de abusar de ella; se debía a que se conocía muy bien, y sabía que terminaría por acceder a tener sexo conmigo. ¡Si hasta se había dejado penetrar mientras su novio volvía de hacer unas compras!

    Nunca había conocido a alguien como ella. ¿Mi hermano sabría de sus debilidades carnales? El pobre ya debía ser todo un cornudo. Me compadecí de él. Pero lo cierto era que la vida había sido muy generosa con Sergio. Yo tenía derecho de gozar un poco también. Podía ser que solo estuviera recibiendo sus sobras, pues debía que conformarme con atacar a Jesica cuando se presentara la ocasión oportuna. Pero la adrenalina que me producía ese juego tan peligroso era un bonus que me embriagaba de placer.

    Salí del baño, quizás con demasiada tranquilidad después de lo que había pasado. Los escuché discutiendo. Luego Jesica se marchó sin saludarme.

    —¿Qué pasó? —pregunté, tratando de controlar mi temor.

    ¿Qué debía hacer si ella le había contado que le había metido los dedos en su sexo? Habiendo presenciado su discusión, me dije que lo iba a negar a muerte, pues era probable que la pelea había sido porque él no le creyó cuando me denunció.

    —Nada, dice que la llamaron del trabajo y tiene que cubrir un turno de urgencia. Siempre es lo mismo con esta piba —dijo él.

    El alma me regresó al cuerpo. No le había contado nada. Aunque igual eso no garantizaba que luego lo hiciera. En todo caso, ya estaba hecho. No había podido controlarme, ni ella tampoco.

    —¿Se llevan mal? —le pregunté.

    —No. La verdad es que la adoro. Puede ser que por eso me choquen estas cosas que parecen insignificantes —explicó.

    —Bueno. Ella se comprometió con ayudarte a pintar, pero por lo visto tiene otras prioridades. Así que es entendible que te molestes. Supongo —dije.

    La verdad era que ninguno de los dos tenía experiencia con las relaciones. Yo porque había tenido muy pocas relaciones, y todas esporádicas. Y él porque jamás había tenido una relación seria. Pero me pareció lo correcto apoyarlo, más aún después de estar a punto de cogerme a su novia.

    —¡Uy, esta piba se olvidó su mochila! Tiene las cosas del trabajo ahí —dijo de pronto Sergio.

    —Tranquilo, yo se la llevo —dije—. Salvo que quieras ir vos, para decirle que la perdonás.

    —No. Me voy a hacer el ofendido durante todo el día. No hay nada mejor que un polvo de reconciliación —dijo él—. Andá, llevásela. Debe estar en la cochera. Espero que se de cuenta antes de sacar el auto.

    Agarré la mochila y salí del departamento. Tomé el ascensor y marqué el subsuelo. Estaba increíblemente ansioso. Esperaba que no estuviera subiendo mientras yo bajaba. Cuando se fue, pensé que jamás iba a volver a tener una oportunidad tan clara de cogerme a Jesica. Pero ahora se me presentaba la revancha apenas unos minutos después.

    Cuando abrí la puerta corrediza para salir hacia la cochera, me encontré con Jesica, quien justamente pretendía subir por el ascensor.

    Le entregué la mochila, pero cuando ella la tomó, no la solté. Jesica tironeó pero yo seguía aferrado a ella.

    —Basta —dijo—. Si seguís molestándome, le voy a contar a tu hermano.

    Me dio gracia lo que me decía. Lo lógico hubiera sido que ya se lo hubiera contado hacía rato. Definitivamente había algo que no estaba bien en esa chica. Y como yo no era ningún caballero, pensaba explotar esa debilidad.

    La cochera estaba vacía. Era bastante grande, pero había pocos autos. Probablemente la mayoría de los propietarios se habían ido por el fin de semana. De todas formas, solo uno de los ascensores bajaba hasta ahí, así que si bajaba alguien más, me enteraría con tiempo de sobra, pues en principio deberían llamar al ascensor.

    Finalmente le entregué la mochila. Pero la seguía hasta el auto. Antes de que pudiera abrir la puerta del vehículo, me abalancé sobre ella, y rodeé su cintura con los brazos, inmovilizándola.

    —No —dijo ella, con debilidad, casi como si no se creyera su propia negativa—. Por favor, ya basta. Soy tu cuñada.

    —Una cuñada muy loca, y muy puta.

    Torció el cuello para poder mirarme. No dijo nada, pero en sus ojos pude ver que había dado en el clavo. Jesica tenía serios problemas psicológicos. Quizás hasta era una paciente psiquiátrica. Me pregunté si ambas cosas estaban relacionadas. Es decir, si su locura estaba directamente vinculada con su actitud sumisa y provocadora. Era lo más probable. ¿Sería una ninfómana?

    —No quiero hacerlo. No quiero —dijo, esta vez levantando la voz.

    Trató de zafarse. Pero mis brazos estaban cerrados como tenazas, inmovilizándola a pesar de sus estériles intentos. Como dije, no soy ningún caballero, y a pesar de su negativa, no me olvidaba de que tenía el sexo empapado.

    La liberé de un brazo, pero con el que aún la tenía atrapada, apliqué mucha más fuerza, por los que sus intentos de librarse de mí seguían siendo infructuosos. Le levanté la pollera y bajé su ropa interior. Me bajé el cierre del pantalón, y la penetré.

    Me sorprendió la puntería que tuve, considerando que ella aún se movía. Pero una vez que tuvo mi pija adentro, se quedó quieta. Parecía que estaba reconociendo que acababa de perder una batalla. Puso sus ojos en blanco, y su cuerpo desistió de todo forcejeo. Su cuerpo se sentía liviano, suave y caliente.

    La penetré una vez más. La verga entraba con increíble facilidad. Jesica empezó a gemir.

    —¿No era que no querías? —dije yo, y la penetré con más fuerza.

    Sentía su suave trasero cada vez que le hundía mi falo por completo. Ahí estábamos, en el subsuelo del edificio en donde vivía mi hermano, en esa cochera oscura, apareándonos sin poder controlarnos. Jesica había apoyado las manos en el techo del coche. Había separado las piernas y había dejado que yo hiciera lo que quisiera, totalmente resignada. No tenía un papel activo en la traición. De hecho, parecía una muñeca inerte, simplemente dejándose ultrajar. Pero su cuerpo la traicionaba a cada rato, pues sus continuos gemidos no hacían más que reflejar el goce que estaba experimentando.

    Acabé adentro de ella. No me había molestado en ponerme un preservativo, y mucho menos me iba a molestar en eyacular fuera de su cuerpo.

    Jesica se subió la bombacha y se acomodó la pollera. Parecía abrumada. No quiso mirarme a los ojos. Pero yo la vi de perfil. Otra vez tenía esa expresión de ira con la que parecía reflejar la indignación que sentía hacia su propia excitación, hacia su propia debilidad. Entró al auto, y se fue.

    Mis padres se sorprendieron cuando se enteraron de que Jesica había abandonado a Sergio. Y mi hermano era el más sorprendido. Durante un tiempo el temor volvió a atormentarme. Era obvio que la loca de mi excuñada había querido que la cogiera. Pero nada me quitaba que se inventara que la había obligado. Pero nuevamente el paso del tiempo me hizo apaciguar mis miedos.

    Otro pecado había quedado sepultado, y solo viviría en los recuerdos de Jesica y míos.

    Estaba convencido de que ella desaparecería de nuestras vidas. Pero un día Sergio vino con la noticia de que la había dejado embarazada.

    —Estamos intentando volver —comentó.

    Me dio mucha pena. Era obvio que seguía enamorado de ella, y también era obvio que Jesica solo regresaba con él para no criar a su hijo sola. Era patético. Sin embargo, la posibilidad de volver a verla, yo por ende, de volver a cogérmela, me resultaba muy tentadora.

    En una ocasión, cuando ya estaba de ocho meses, encontré la oportunidad de estar a solas con ella, cosa que había sucedido muy pocas veces. Ella se había mostrado esquiva, y las ocasiones en las que volvimos a vernos siempre estaba mi hermano o mis padres en el medio.

    Suele decirse que cuando las mujeres están embarazadas, se ven más hermosas que nunca. Esto realmente no es cierto, ya que a algunas mujeres el embarazo les sienta terriblemente mal. Pero mi cuñada sí cumplía con esa máxima. Era todo redondeces y sinuosidades. Los senos y el trasero parecían querer desgarrar las prendas con las que apenas podía cubrirse. La piel, siempre perfecta, ahora gozaba de una luminosidad y una suavidad que superaba a la que siempre tenía. El pelo negro estaba suelto. Un pelo oscurísimo y brilloso contrastando la hermosa palidez de su cuerpo.

    Nos encontrábamos en el departamento de Sergio, que ahora era de ambos. Él había salido a comprar unos medicamentos. Pobre Sergio, jamás sabría las cosas que esa mujer hacía cada vez que él iba a hacer algún mandado.

    No parecía incómoda con mi presencia. Hasta el momento había creído que simplemente sabía disimular muy bien. Pero ahora que estábamos solos no se veía afectada por el hecho de estar a solas conmigo. Me incliné, y apoyé la mano en su barriga.

    —Es tuyo —dijo.

    No me sorprendió. Sergio me había contado que, supuestamente, había engendrado esa criatura en una noche en la que se le rompió el preservativo. Pero era demasiada casualidad, y las fechas coincidían con el día en el que la poseí en la cochera. Lo más probable era que Jesica haya pinchado los profilácticos, para que, en caso de quedar embarazada, pudiera endilgarle la responsabilidad al hermano más responsable.

    Se me cruzó por la cabeza preguntarle por qué no había tomado las medidas necesarias para evitar que eso sucediera. Pero con esa enorme panza que evidenciaba su inminente maternidad, me pareció imprudente. Además, yo mismo no me había cuidado cuando tuvimos sexo.

    Me incliné, y le di un beso en la voluminosa barriga.

    Después me bajé el pantalón, y le metí la pija en la boca, esperando a que mi hermano me diera tiempo suficiente para acabar. Pobre Sergio, pensé, mientras su mujer me comía la pija, con nuestro hijo secreto en su panza.

    Fin

  • La búsqueda

    La búsqueda

    En el subterráneo

    La tarde era calurosa. En un vagón del subterráneo, casi vacío, Moní escuchaba a Isa. Ella le contaba, entre risas, cómo había terminado su última “búsqueda” (como ella las llamaba): después de comer, el tipo la había llevado a su casa y habían terminado en un cuarto grande, espacioso y blanco. Isa recordaba el techo. El tipo se jactaba del buen tamaño de su miembro (y más o menos tenía razón), pero cogía sólo para él, a lo bestia y sin ritmo, se detenía de la nada y daba bufidos muy extraños, como si todo el tiempo fuera a desfallecer. Aburrida de estar abajo, Isa había decidido montarlo… o más bien usarlo para masturbarse contra él; cansado, el sujeto ése se dejaba hacer, y eso le daba oportunidad a Isa de llevar su propio ritmo, y de ir como a ella le gustaba: primero completamente penetrada, dibujando ochos con la cadera, para que la fricción le irguiera el clítoris y le diera ánimos para seguir; luego, perreando atleticamente, de abajo a arriba, hasta casi dejar salir el miembro de Juan (sí, ahora recordaba, “Juan”). A momentos (Isa lo sentía) el pene amenazaba con doblarse, y Juan cerraba los ojos; sus bufidos, antes un poco patéticos, ahora le resultaban a Isa muy halagadores.

    O, al menos, eso era lo que Moní creía estar entendiendo. El bochorno del subterráneo y el cansancio le entrecerraban los ojos, y quizá la cercanía de su amiga, que había empezado a excitarla, estaba poniendo en su cabeza imágenes más detalladas de las que Isa describía. El viaje era de pocas estaciones e Isa no había querido sentarse, así que ambas iban de pie. Como Moní era más baja, su amiga se le acercaba desde arriba para que pudiera escucharla bien, y a veces, por el movimiento del subterráneo, casi rozaba su oreja.

    —¡Qué difícil es la calentura cuándo se está cansada! —pensaba Moní.

    Las palabras de Isa eran muy rápidas y silbaban entre sus dientes. Su enorme sonrisa le estiraba los labios, ya delgados, hasta hacerlos diminutos, y hacía que sus mejillas se volvieran círculos perfectos y erguidos. Para tranquilizarse, Moní empezó a ver, no a Isa, sino a la Isa reflejada en el pasamanos del vagón. Después, poco a poco, empezó a verse a ella misma, deformada por el cilindro de metal del que estaban agarradas ambas.

    Moní e Isa habían estado juntas durante la preparatoria. En esa época Isa no siempre se sentía atractiva. Salía con un sujeto que se le desaparecía cada semana, que terminaba con ella por tonterías y que —según varias versiones— llegó a engañarla con una chica varios años mayor. E Isa volvía. Aunque nunca lo dijo, Moní notaba que el cuerpo robusto de su amiga, su tierna cara cuadrada, sus mejillas esféricas y perfectas cada vez que reía, la hacían sentir insuficiente.

    Por supuesto que ahora a Moní le preocupaba que fuera a la casa (y a la caza) de desconocidos, pero nunca ganó nada pidiéndole que dejara definitivamente a su novio de preparatoria, y no ganaría nada ahora pidiéndole que tuviera más cuidado. Pero la razón principal por la que ahora Moní escuchaba a su amiga contar sus “búsquedas” era porque ahora se sentía culpable. En la preparatoria, Moní era la más afortunada. Era la presidenta de su grupo y la de mejores calificaciones. No era alta y, por tanto, sus formas no eran tan pronunciadas como las de sus compañeras “más buenas”, esas que, en la esquina del fondo a la derecha, llevaban sus grandes pechos en blusas de colores eléctricos y tonteaban bruscamente con los hombres a todas horas. Sin embargo, también en ese sentido, Moní se sentía más hermosa. Precisamente por ser más delgada y más baja, sus pechos resaltaban vivamente, aún en la playera polo roja del uniforme, que ella usaba rigurosamente; lo mismo pasaba, aunque de forma menos llamativa, con sus nalgas, que la práctica del futbol había hecho respingadas y firmes.

    Estos rasgos suyos intimidaban a los hombres que no la consideraban su amiga, y hacía que todos sus amigos fantasearan con ella. Sin embargo, la parte de su cuerpo que más le gustaba a ella era su cabello. Su color, que dependiendo de la luz, se acercaba más al marrón, más al pelirrojo o más al bronce, caía en ondas perfectas sobre sus hombros y ayudaba a darle armonía a su cara afilada y pecosa, de ojos largos y un poco felinos. Una vez, durante una clase, el profesor estaba leyendo un poema, que en algún momento decía «sus empavonados bucles / le brillan entre los ojos», y durante un instante vio a Moní, con ese gesto extraño que tenían los hombres cuando se sentían culpables de verla. A Moní no le gustaba ese profesor —que, por otro lado, le encantaba a Isa—, pero se sintió muy feliz de que alguien compartiera su gusto por ese cabello que peinaba tan amorosamente cada mañana.

    Desde entonces habían pasado tres años. Ese profesor había renunciado de la nada. Isa lo lamentó mucho y Moní se burló de ella:

    —¡No tiene ni tres días que te “desocupó” el idiota de tu novio, y ya andabas buscando pija hasta debajo de las piedras! ¡Pero es que ni era guapo el profe!

    —Sí, sí. Igual no era guapo, pero tenía un nosequé.

    —¡Un “nosequé”! ¡Un “nosequé”! Señores, —dijo al aire, aunque estaban solas— ¿alguien tiene un nosequé que le regale a esta damisela necesitada?

    Así se burlaba Moní de todo el mundo en sus años felices. Pero sí sabía a qué se refería Isa. Ese profesor, joven y regordete, conservaba el carisma juvenil de los universitarios, y tenía una labia graciosa y comprensiva. Sin embargo, a ella esas cosas no le interesaban. Una vez, el primer día de clases, había coqueteado con él, pero había sido solamente para medirlo. Lo hubiera reportado y despedido si él le coqueteaba de vuelta, pero le molestaba un poco que no lo hubiera hecho.

    En fin, Moní se sentía culpable por las crudas burlas que había hecho sobre la sexualidad de su amiga, y también por haberla opacado siempre con su propia belleza. En realidad, Isa le pareció siempre muy linda y, ahora mismo, en el subterráneo, en ese día caluroso, hallarla tan atractiva empezaba a resultarle problemático. Cuando empezó a notar que se humedecía, al principio había intentado atribuirlo a su ciclo; luego, al tema erótico de las anécdotas de Isa. Pero ahora, mirándose a mí misma en el pasamanos del subterráneo.

    Pero, además de la culpa y de la atracción creciente, había otra razón por la que Moní no reprendía las relaciones arriesgadas de su amiga; había otra razón por la que estaba de pie junto a ella, aunque estuviera cansada, porque Isa había dicho que eran unas pocas estaciones. Algo en Moní había cambiado desde que dejó la preparatoria de Isa.

    En el pasado (o La fábula de Eduardo y Danielle)

    Era enero, hacía dos años. Su último semestre antes de la universidad. Moní saludó a su amigo Eduardo de forma especialmente efusiva. Como era su costumbre, le desordenó el cabello rizado, y le dijo cuánto lo había extrañado en vacaciones. Sin embargo, esta vez, le pasó la yema de los dedos por su mejilla morena y lampiña, suavemente y mirándolo a los ojos. Eduardo se esforzó por no darle importancia, pero al día siguiente, Moní continuó. Se estaban sentando en la biblioteca, para comparar sus tareas de Anatomía, cuando Moní puso la mano en el mismo lugar donde Eduardo iba a ponerla. Moní parecía distraída, pero no quitó la mano. Eduardo planeaba alejar los dedos lentamente, para que Moní no notara nada, cuando ella (que ya estaba hablando de la tarea, sin darle importancia al roce), asió su mano y no volvió a soltarla hasta que dejaron la biblioteca. Dos días después, Moní repitió lo del primer día: revolvió su cabello, le dijo cuando lo había extrañado en vacaciones, y pasó su mano por la mejilla de él. Sólo que esta vez estaban solos, platicando durante una hora libre, en un recobeco que se hacía debajo de una gran escalera de piedra. Allí, Moní lo besó. Él se quedó embelesado un largo momento, pero se alejó, negando fuertemente con la cabeza.

    Eduardo, que verdaderamente era uno de los mejores amigos de Moní (o al menos, lo había sido hasta entonces), era un muchacho tímido y amable, adorado por las chicas, que lo buscaban con toda clase de atenciones, por trato respetuoso y su habilidad para escuchar. Los hombres de su edad, por otro lado, lo detestaban. A veces lo consideraban un hipócrita sin carácter, cuya manera de ser se explicaba porque “sólo buscaba poner la verga en algún chocho”; otras veces, lo consideraban homosexual.

    Pero esta última opción era improbable, porque Eduardo había empezado a salir con Danielle (“así, con ese nombre que en español suena a hombre”, decía Moní). Danielle era una pelirroja de lindas facciones que, sin ser muy diligente, entendía todo a la primera. Entendía los temas de las clases. Entendía los procesos de admisión a las universidades. Jamás se perdía, porque entendía las direcciones y los mapas. Y entendía también los vicios: entendía a la gente y lo que la gente consideraba malo; entendía los chismes, y sabía muy bien cómo “quemar” a la gente. Durante los festejos que la preparatoria hacía antes de las fiestas de navidad, hubo un concurso de talentos. El público de alumnos y profesores se reunía apretujados en cada uno de los pisos de cada una de las cuatro torres que envolvían el patio central. Allí, en el patio, Danielle subió a un tapanco feo, montado como escenario y adornado con los colores de la escuela. Empezó a hacer chistes; chistes crueles sobre las costumbres: las amigas traidoras; las alumnas que hablaban felizmente de que podían negociar calificaciones por favores sexuales (¿lo hacían, finalmente?); los hombres agresores; los que que se golpeaban a lo estúpido entre sí; los que actuaban grotescamente ser homosexuales activos, solo para humillar a los otros. Los chistes no se dirigían contra nadie en particular pero todos sus compañeros salieron heridos. Y entre los heridos, estaba Moní.

    —Hay quienes se sienten tan soberanamente divinos, tan por encima de todos los demás, que pasan por sobre nuestras cabezas, ¡hup!, como si fuéramos sus escalones. ¡Qué ganas de agachar la cabeza para que se fueran de boca al suelo! Me refiero a gente a la que se le da todo en la boca: el mundo los trata como algodón. Mueven los labios y tienen la respuesta correcta a todo. Ganan trofeos corriendo, pateando y gritando como avestruces —aquí Danielle imitaba la clase de gritillo de alegría que daba el equipo femenil cuando ganaba un partido. —¡Y un cuerpo como el suyo! Si yo tuviera un cuerpo así, nunca en mi vida necesitaría un destapacorchos.

    E hizo el gesto de abrir una botella imaginaria entre los pechos.

    Los chistes eran pésimos, pero todos rieron atronadoramente. Moní juntó todas sus fuerzas para no ruborizarse; para no reaccionar siquiera. Nadie la miró en ese momento; tampoco le dijeron nada al respecto después; casi todas las chicas hablaban de cómo se habían sentido ellas mismas con las palabras de Danielle. Sólo los hombres se ridiculizaban entre ellos. Pero Moní no tenía dudas: todos pensaban en ella. Se la imaginaban haciendo cada una de las cosas que Danielle había descrito. En el fondo, lo que más le dolía es que sólo a ella la atacó por una actitud que no tenía que ver con lo incorrecto o con lo violento, sino sencillamente por su suerte. ¡Qué culpa tenía ella de su suerte! Con todo, Moní evitaba pensar en esto, porque la hacía sentir como víctima de un ataque. ¡No! Ella quería sentir que le habían dado un primer golpe, pero que ella podría contestar.

    Fue por eso que planeó una venganza todas las vacaciones, y fue por eso también que cuatro días después de empezado el semestre, besó a Eduardo. Cuando él retrocedió, Moní, lejos de mostrarse indignada, se disculpó.

    —¡Ay, qué hice! Nadie debería poner a su mejor amigo en una situación así. Nunca pasó… nunca, nunca…

    Así le decía una y otra vez, mientras intentaba retenerlo. Consiguió que Eduardo se sintiera culpable, no sólo de haberla besado, sino también de haberla rechazado y alterado. Este era el principal propósito de la chica, que, sin embargo, en el fondo sí se sentía mal de lo que iba a hacerle a su amigo. Al poner en palabras este remordimiento anticipado, se distanciaba de él; y, lejos de retractarse de su propósito, se daba valor. Cuando Eduardo ya casi había olvidado el beso y se había dejado abrazar por una Moní aparentemente preocupada, la chica tomó una de sus manos. Eduardo lo aceptó, porque consideró que ella pasaba por una emoción fuerte y necesitaba apoyo. Moní se aprovechó de esta flaqueza y se llevó a la boca el dedo cordial de Eduardo, que succionó mirándolo con ojos maliciosos. Luego, sin decir una palabra y casi sin voltearlo a ver, se fue.

    Moní pensaba —y los eventos le dieron la razón— que el deseo no nace solamente del gusto o de la provocación: nacía sobre todo de la reflexión, del recuerdo, de las noches solitarias donde la imagen de lo posible va consumiendo la carne de quien desea. Por eso fue paciente, como estaba en su plan. Pasaron dos semanas, en las que no evitó convivir con Eduardo, pero en las que lo condenó a un silencio casi completo, roto por algún diálogo cotidiano, para alternar en él tranquilidad y angustia. Eduardo sin duda ya fantaseaba con su cuerpo: ahora necesitaba fantasear también con su perdón.

    Pasadas esas dos semanas, Moní le ofreció, con la cara llena de amabilidad, que podía llevarlo de vuelta a su casa en coche. Él aceptó, por una extraña mezcla de sentimientos: esperaba tocarla, pero también quería ser perdonado. Cuando estuvieron allí, la chica soltó:

    —Estoy segura de que ya le dijiste a Danielle.

    —No. Claro que no —le contestó Eduardo—. No quiero que se altere, ni que tengas problemas por mí.

    ¡Pobre iluso! Moní, que antes sólo se permitía a sí misma un top u ombliguera cada semana (los tenía de todos los colores, porque tenía la idea de que alguien intentaría contar cuántos tenía), empezó a usarlos todos los días, y, en los viajes, escuchaban solamente “Despacito”. En esa canción de ritmo incitante, pronunciaba con especial intensidad los versos que venían mejor a su situación “solo con pensarlo se acelera el pulso”, “esto hay que tomarlo sin ningún apuro”, “ven, prueba de mi boca, para ver cómo te sabe”. Las alusiones propiamente sexuales, las cantaba bajito o sonreía ante ellas y las tarareaba entre dientes.

    Al menos algunos de esos días, Danielle tuvo que notar que Eduardo se iba con Moní. Cuando estuvo segura de que así era, Moní no lo llevó a su casa. Estacionó el auto frente a un autoservicio, mientras cantaba: detuvo la canción, se calló y miró a los ojos a Eduardo. El beso ahora lo buscaron los dos, para enorme satisfacción de ella. Él llevó su mano izquierda hacia los pechos de ella, pero después de sentirlos apenas, Moní se la retiró.

    —Eso no —dijo. Su cara pasó de la orden al juego, cuando se abrió los pantalones cortos y llevó la mano de Eduardo a su pubis. Eduardo acarició primero su vello —quizá porque intuía que eso era lo correcto en escenarios así—, y luego bajó. Las diferencias de textura los preocupaban: no sabía qué hacer. El clítoris, erguido al tacto, había escuchado que no es conveniente tocarlo en primer lugar. Los labios mayores tenían una textura normal, semejante a la de su propio sexo: una textura de piel mojada, que se resistía al tacto; pero los menores eran dúctiles y plásticos, y la misma forma en la que sus dedos se dejaban resbalar por ellos le sugería que ése era, al menos, el camino inicial. Moní estaba encantada por dos cosas. En primer lugar, Eduardo compensara amablemente su torpeza con interés y deducción; en segundo lugar, esta torpeza revelaba que Danielle aún no se lo había cogido o que, al menos, se lo había cogido mal. La idea tras sus movimientos estaba bien, pero el ritmo era terrible.

    Fiel a la canción que los había dirigido los últimos días, Moní le enseñó a Eduardo cómo le gustaba. Le enseñó a circundar su vagina con el dedo cordial, mientras que el índice y el anular empujaban hacia los lados el resto de su vulva, y la muñeca presionaba ligeramente su clítoris al ritmo que ella misma marcaba con su respiración. Todo esto lo explicó con un cariño auténtico, y Eduardo aprendió bien. Moní se preguntó entonces si, en lugar de sólo cogerse al novio de Danielle, no sería mejor “bajárselo”, es decir, conservar a Eduardo para ella misma y hacerlo su novio. Pero como la masturbación le estaba encantando y en ese momento no quería ideas demasiado complicadas en su cabeza, decidió dejar la decisión para más tarde.

    La idea que significó el final de todo era en realidad bastante razonable: Moní ya había puesto muy al límite la decisión de Eduardo, jaloneándolo entre emociones distintas. La voluntad de las personas es como una cuerda, y puede romperse con consecuencias impredecibles. Si ella le exigía que cogieran en la casa de él, un no rotundo podría arruinar o al menos retrasar mucho todo su plan. Por eso, decidió llevarlo a su propia casa —o, mejor dicho, a la casa de su padrastro. El problema es que Moní jamás había cogido en esa casa. Sólo había tenido dos parejas, que habían llevado a lugares lindos y seguros, planeados especialmente para encuentros agradables —aunque ambos, malditos, cuando les llegó el momento de irse al extranjero, dejaron de escribirle ni bien se subieron al avión. Así, Moní ni siquiera sabía, antes de esa mañana, si la casa iba a estar vacía. Cuando averiguó que sí, que su madre estaría todo el día en sus “clases de señora rica”, y que su padrastro no llegaría de trabajar hasta pasadas las 10 pm, no pensó en indagar más.

    Pero la idea que quería transmitirle “la señora que les ayudaba en la limpieza” (aséptico e hipócrita eufemismo, para lo mal que trataban a la noble señora), es que su padre iba a llegar, definitivamente, para cenar y dormir, a esa hora. No que no fuera a llegar antes, puesto que era normal que su padrastro regresara por archivos importantes a la casa, más o menos a la hora en la que Moní y Eduardo cruzaron la puerta de entrada. Todo eso, claro, lo sabía la señora, pero no Moní, que casi no estaba en casa.

    Así, por una combinación de ignorancia y morbo. Moní volvió a besar a Eduardo cuando habían cerrado la puerta tras ellos, dejó que le quitara el pantalón corto, dejó que la sentara en un banco alto, puesto en una barra que separaba la cocina del comedor, dejó que, allí, arrodillado junto al banco en el que ella estaba sentada, Eduardo besara sus piernas en torno a su ropa interior de color azul eléctrico. Poco a poco se acercaba a la vulva, y Moní lo dejaba hacer. Cuando vio que él no se atrevía, se quitó ella misma la ropa interior revolvió su cabello, como era de costumbre, antes de hacerlo sumergirse en su vulva. Sentada como estaba, todavía, cerraba las piernas en torno a las ojeras de Eduardo cuando quería que él le metiera la lengua, y las volvía a abrir para que él respirara y atendiera más bien los labios o el clítoris.

    Él quería reclinarla en la barra que separaba la cocina del comedor, y penetrarla allí mismo. Cuando Moní tuvo un orgasmo, sus piernas apretaron muy fuertemente la cara de Eduardo, para luego finalmente liberarlo. Eduardo, con una mano, tocó la cara de Moní, y puso la otra en su espalda, suavemente, para pedirle que se reclinara. Moní en realidad quería tenerlo en cima —quizá las cosas hubieran resultado distintas así—, pero le concedió a Eduardo lo que quería, dándole un condón diciéndole solamente:

    —Como tuve un orgasmo, estoy muy estrecha. Ve con calma.

    Y él intentó hacerlo al principio, pero su urgencia era demasiada y empezó a penetrarla desesperadamente, por la vagina, pero desde atrás, tomando el ritmo que le devolvían las nalgas firmes de su amiga. Moní se indignó, y estuvo a punto de detenerlo. Después de todo, ya había conseguido que el novio de Danielle la penetrara; ya tenía su venganza. En lo que se decidía, la incomodidad desapareció y Moní prefirió seguir con el encuentro.

    —A Danielle… —decía Moní, mientras gemía, sobreactuando un poco… —¿Te la has cogido así?… Como siempre lleva ropa holgada no lo sé, pero… ¿está más buena que yo, verdad?

    Y diciendo esto con sarcasmo, permitió por fin que las manos de Eduardo bajaran por su top y tocaran sus pezones. Y así habría terminado todo… si Eduardo hubiera terminado. Moní utilizaba todas las técnicas que conocía (sabía, por ejemplo, constreñir a voluntad las paredes de su vagina), pero Eduardo no acababa. Y, para peor, había empezado a perder ritmo, después de veinte segundos de vehemencia venían cinco de inactividad, y Moní, cansada de tomar la iniciativa se aburría. Ella había llegado muy lejos, y tenía que venirse al mismo tiempo que Eduardo, costara lo que costara. Así que lo detuvo, caminó hacia el comedor, se quitó completamente el top, se sentó en el borde de la mesa y se abrió de piernas. El hermoso cabello de Moní le caía sobre los pechos (ella recordó el poema, y pensó de pronto «los empavonados bucles / le brillan sobre los pechos»). Con la mano derecha lo invitó a acercarse; con la izquierda, presionó un pecho para que se viera más levantado. Eduardo tuvo que reprimir el orgasmo que estuvo a punto de tener, sólo de verla.

    Él estaba cansado, y se frotaba contra ella en círculos, buscando que disfrutara, por lo menos, de la fricción. Ella recompensaba esta linda consideración, y cada tanto cruzaba las piernas detrás de su espalda y era ella quien se lo cogía. Como a ella le excitaba sobre todo las caras extasiadas de él, le respondía mordiéndose el labio o viéndolo con travesura. Así estuvieron un muy buen rato, porque Moní tenía control de la situación, y eso le evitaba aburrirse.

    En algún momento, Eduardo se dio cuenta de que estaba viviendo el momento de forma demasiado mecánica y, sin dejar de penetrar lentamente a Moní, se irguió lo suficiente como para verla toda. Era la chica más hermosa que había visto. Sus pezones de bronce describían círculos rapidísimos, a medida que los pechos se lanzaban hacia atrás con cada lenta embestida. Su piel, (pecosa solamente en las mejillas y alrededor de los ojos), era tersa y blanca. Eduardo era profundamente feliz Para Moní, todo se veía distinto. Tenía encima de ella a un buen amigo, que sin siquiera se había desvestido por completo. Ya era su fantasía, y eso la excitaba sobremanera; sobre todo cuando, ni aún en su pequeño ensueño contemplativo, Eduardo había vuelvo a entrar y salir de ella.

    Se miraron a los ojos y ambos asintieron. Ninguno de los dos había dicho nada, pero asintieron a lo que ya sabían. Habían llegado a ese extraño punto en el que la ternura no amansa a la excitación, sino que la alimenta. Dieron todas sus fuerzas por veinte segundos más, y acabaron juntos.

    Sin embargo, algunos segundos antes de que acabaran, la puerta de la entrada, que miraba directamente a la mesa del comedor, se abrió. El padrastro de Moní había carraspeado con enojo, pero nada más; ya iba a empezar a irse discretamente. Cuando los chicos terminaron y estuvieron en condiciones de sentir que los observaban, Eduardo se quedó paralizado, y Moní tuvo que golpearle el pecho para que se quitara. Como esto fue tan lento, hubo tres o cuatro segundos en que Moní quedó abierta de piernas para su padrastro, casi exactamente como había quedado para Eduardo un rato antes. Su vagina aún no terminaba de cerrarse, y el sudor hacía una especie de rocío sobre sus pechos, proporcionalmente enormes.

    Moní nunca fue reprendida. De hecho, nunca se habló del tema en su casa. Pero al pasar de los días, veía cómo su padrastro evitaba verla, o la veía a los ojos con mucha atención. Esto, como ya hemos dicho, le alertaba a Moní de que era deseada, porque si alguien la veía así a los ojos era porque intentaba con toda su fuerza no verle los pechos. Pero eso fue solamente el principio: Moní notaba cómo aquel hombre empezaba a pasar más tiempo en el baño. Sutilmente escuchaba desde afuera, para saber si se estaba masturbando y siempre le parecía que sí. Moní, además, siempre cerraba con llave su puerta antes de dormir; muchas noches tuvo la impresión de que alguien intentaba dar vuelta a la manija, para comprobar si estaba cerrada. Nunca, sin embargo, pudo comprobarlo —cuando abría la puerta, ya no había nadie.

    Moní no pudo más. Dejó la casa de su padrastro antes de terminar la preparatoria. Se fue sin avisar, y cayó en la casa de unos familiares más o menos lejanos, con los que iba a pasar un par de años. La escuela donde estaba era carísima: sin su padrastro y sin su madre jamás podría costearse las colegiaturas que le faltaban. Por eso, terminó la preparatoria con un examen y, ahora que estaba en la universidad, trabajaba y estudiaba sin quedarle tiempo casi para respirar. Moní pensaba eso en el subterráneo, mientras veía que su cabello estaba maltratado y opaco. Era lo único exterior que había cambiado en ella: su cuerpo seguía idéntico. Incluso, si cabe, más turgente y esbelto. Pero a ella el cabello era lo que le importaba.

    Los cambios interiores, por otro lado, fueron más. Moní adoraba las novelas en las que los protagonistas tienen un problema de carácter, que les hace cometer errores y que termina alejándolos de la felicidad. Si a eso sumamos la idea del “destino”, con la que el cine estadounidense bombardea a los jóvenes, se entenderá que Moní, en ese momento difícil de su vida, se hubiera vuelto supersticiosa. En su manera de ver las cosas, el destino la había castigado por intentar vengarse de Danielle, enviándole un padrastro libidinoso del que se escapó por los pelos. Por tanto, esa debía ser una señal de que el sarcasmo, la venganza y la manipulación debían detenerse. No es que Moní se hubiera vuelto humilde, porque en privado se tocaba con deleite y, si lloraba la lenta pérdida de su belleza, era porque aún embelesaba a todo el mundo. No, su cambio no era la humildad: se volvió callada y pensativa. Ahora escuchaba más, y estaba siempre lista para ser juzgada por ese dios tétrico que siempre parecía estarla acosando: una suerte que venía a cobrar sus favores del pasado.

    Pero, por supuesto, hay que sumar a esto que Moní era ahora muy, muy pobre, mientras que sus amigos, Isa por ejemplo, seguían siendo los mismos mireyes de siempre. Moní se mataba trabajando, sí, pero alguna parte de ese dinero se le iba en fingir que aún podría comer y beber lo que ellos comían y bebían. Otra de las razones por las que ese día, aunque estaba cansadísima, no se sentó cuando Isa le dijo “son pocas estaciones”, era porque todo su antiguo cinismo lo había usado ya, cuando le dijo:

    —Bueno, vamos. Pero me tienes que llevar tú. Yo odio conducir con este sol espantoso. Es una estación desagradable para el auto, y por donde vamos al copiloto le da mejor la sombra —esto le dijo Moní, con ese tono mandón que tenía en la preparatoria.

    —Mi coche está en el taller.

    —¡Ah, el mío igual! ¿Vamos en subterráneo?

    Isa asintió. Moní, por supuesto, hace mucho había tenido que venter ese auto donde sedujo a Eduardo. Ahora las amigas iban a un bar. El subterráneo efectivamente estaba llegando a la estación donde debían bajarse.

    Pero quizá te preguntes, lector, qué fue de Eduardo y Danielle. Los pocos días que Moní todavía fue a la preparatoria, pudo ver que su venganza no había surtido el efecto esperado. No solamente Danielle, sino muchos otros compañeros, se habían percatado de que Eduardo se iba con Moní; consecuentemente, se había corrido el rumor de que habían cogido, y la indecencia de los hombres de su generación salpimentaba este hecho de toda clase de detalles imaginativos, algunos de ellos, como el sexo oral que él le hizo a ella, con un notable parecido con la verdad. Moní, para quien la aventura se había mezclado con la imagen de su padrastro, evitaba escuchar del tema, y nunca confirmó ni negó nada.

    Los hombres dejaron de hablar con Eduardo y sobre él. Le tenían una envidia infinita, pero en el ridículo código masculino que los animaba, no estaba claro si debían expresarla como admiración o como desprecio.

    Danielle tuvo sobre todo este asunto una reacción llena de pragmatismo: no podía molestarse con Eduardo en público, porque esto habría dado la razón a los rumores —rumores que, para ella, eran absolutamente ciertos. Abrazaba a su novio y mesaba su cabello como siempre, pero cuando estaban solos lo atormentaba:

    —¿Cuál puede ser un buen castigo? —le decía, fingiendo pensar en opciones. —Quizá podría decir que intentaste abusar de mí. Sí: querías hacerme lo mismo que a Moní, y te pusiste violento cuando me negué.

    —Si eso es lo que quieres… —respondía él.

    —Quizá debas pedirle a Moní que vaya a tu casa. Yo estaría ya allí. Así podríamos arreglar las cosas todos juntos. Allí tú mismo le dirás que vas a seguir conmigo, porque es tu compromiso. Porque, en el fondo, sólo la usaste para darme celos.

    —Si eso es lo que quieres… —respondía él.

    Ninguno de estos escenarios se dio, porque Moní dejó la escuela. Danielle, que era virgen, los planteaba sobre todo para excitarse. Cuando Moní se fue, los escenarios se volvieron irreales y Danielle debió buscar otra forma de castigar a Eduardo. Pero eso es una historia distinta.

    Lo cierto es que el castigo funcionó. Eduardo y Danielle, pasados tres años, seguían juntos, según lo que le referían a Moní todos sus amigos.

    —¡Sólo falta que se casen! —dijo, de la nada, Moní, en el subterráneo. Había odio en sus palabras.

    —¿Qué? ¿Quiénes? —preguntó Isa. Moní no se había dado cuenta, pero Isa seguía contando su historia y Moní la había interrumpido.

    —Eduardo y Danielle.

    —Ah, eso —dijo Isa. Había escuchado ya muchas veces esas ocurrencias de Moní. —La gente ya no se casa a nuestra edad.

    Y esa era la última palabra. Moní se seguía viendo por el pasamanos del subterráneo, y estaba a punto de contarle a Isa la historia de cómo había terminado todo mal, cuando se sintió observada, consumida por una vista ajena.

    —¡Ahora qué! —dijo, mientras volteaba para sorprender al imbécil que se la estaba comiendo con los ojos.

    Pero no había nadie viéndola.

    —¡No! —dijo Isa, chillando de emoción. —¡Mira qué coincidencia! ¿Ya viste quién es? Tenemos que ir a hablarle. Por favor. La dos. Entre la dos podemos más. Te recompensaré por esto si me ayudas.

    Moní tardó en notar que, en uno de los últimos asientos, fingiendo que no las veía, iba aquel joven profesor al que le gustaba su cabello.

  • Cuatro machos extranjeros me cogen y me preñan

    Cuatro machos extranjeros me cogen y me preñan

    Hola, mi nombre es Valentina, tengo esposo y también un hijo, pero mi esposo no es el padre de mi hijo, incluso no estoy segura quien es el padre, solo estoy segura de que su padre es venezolano, les quiero contar cómo sucedió, fue de una forma tan insólita y morbosa que suena irreal, al día de hoy ni yo misma puedo creer de lo que fui capaz, me dejé llevar por el deseo y resulté preñada.

    Tenía 22 años cuando sucedió, era una excelente estudiante y terminé enfermería con solo 20 años, incluso fui contratada en el mismo hospital en el cuál realicé mis prácticas profesionales, ya vivía con mi entonces novio desde hacía un año, un joven de mi misma edad, muy guapo, educado y cariñoso conmigo que me tenía muy enamorada y me sentía muy dichosa y feliz, solamente había una cosa que quería para que esa felicidad fuera completa y es que quería ser madre, se lo dije a mi novio y estuvo de acuerdo, así que dejé de usar anticonceptivos y cogíamos casi todos los días a pelo, pero pasaban los meses y no me preñaba.

    Un día, después de que me cogió, fui al baño y deposité un poco del semen que me había dejado en el coño en un recipiente esterilizado y le pedí a una compañera enfermera que trabajaba en el laboratorio del hospital que analizara la muestra.

    Los resultados me derrumbaron, mi novio apenas tenía espermatozoides y sería muy difícil que me fuera a preñar, al verme tan deprimida se lo tuve que contar y lo pasó fatal, sabiendo mi deseo de ser madre me dijo que estaba dispuesto incluso a qué me preñara otro hombre. Le dije que no nos precipitemos, que lo mejor era esperar un poco, seguir intentando, ya que éramos muy jóvenes y si no lograba embarazarme, ver que alternativas podía haber, porque mi deseo era que mi hijo fuera de ambos.

    En México que es donde vivimos son días festivos el 1 y el 2 de noviembre, los días de muertos, una celebración tan importante para los mexicanos como la navidad o el año nuevo, en el 2019 que es cuando ocurrieron los hechos, cayeron en jueves y viernes y con el sábado y domingo se convertía en un puente de 4 días, mi novio que era estudiante de Derecho y trabajaba en las oficinas administrativas de la Universidad a la vez, quería aprovechar e ir a visitar a sus padres que vivían en un pequeño pueblo de Guanajuato, dónde tenían una plantación de fresas y criaban ganado, me animó a ir, pero por ser enfermera tenía que trabajar los días festivos, solamente tendría libre el 4 que era mi descanso, así que le dije que no podía y lo animé a qué se marchara al pueblo solo, ya que sería una alegría para sus padres que los visitara.

    El día 3 de noviembre al salir del trabajo subí al metro para ir a casa, vivimos cerca de la Universidad y entré a la estación Hospital General, el andén estaba muy lleno a pesar de ser sábado, al parecer había algunas fallas y estaban tardando en circular los trenes, estaba cansada, y no quise esperar más, me subí al primero de los trenes que llegó a la estación, la gente entró de golpe y en forma atropellada, por lo que quedé al final del vagón rodeada por una pareja de novios de unos 18 años y tres chicos de piel morena y acento caribeño, pude adivinar al escuchar su plática que eran venezolanos, ya para entonces habían empezado a llegar a México las primeras migraciones masivas de venezolanos, aunque todavía no en la cantidad tan enorme que hay ahora.

    Venezuela es un país famoso por la belleza de sus mujeres, pero los hombres no se quedan atrás, los tres chicos eran muy guapos, altos y de complexión atlética, brazos fuertes y anchos de pecho y espalda, había uno que más me impactó, un poco más alto que los otros dos, muy varonil, parecía galán de telenovela y me le quedé viendo de reojo. El tren inició su marcha, al llegar a la siguiente estación que es Centro Médico que además es correspondencia con otra línea, otro mundo de gente se abalanzó para entrar, quedando más apretados todavía, quedé arrinconada contra la pared del metro rodeada de los tres venezolanos, uno enfrente, uno atrás y otro a un costado, los cuerpos de los tres muy pegados a mí, sentía su calor y la firmeza de sus cuerpos fibrados y me empecé a excitar, mis pezones se pusieron duros y se rozaban contra el pecho del que estaba enfrente, que era el más guapo de los tres.

    Nuevamente el tren inició su marcha y entre el vaivén del metro siento un bulto en medio de mis nalgas, lo sentí claramente, solo unas centésimas de segundo, todo mi cuerpo se estremeció, pude adivinar en el leve contacto que el tipo estaba bien dotado, pensé que el contacto sería accidental ante lo apretado que estaba el vagón y el movimiento del tren, unos segundos después entre los vaivenes del metro sentí otra vez el roce del bulto del tipo que tenía atrás en medio de mis nalgas, mis pezones seguían rozando el pecho del tipo de adelante y se le unió el roce del bulto que tenía a un costado contra mi cadera, los roces parecían accidentales, siguiendo siempre el movimiento del metro, mi vagina se humedeció, cerré los ojos intentando concentrarme y agudizar esos tenues contactos que estaba gozando mucho, ese cachondeo continuó por un par de estaciones más, al ver que no reaccionaba los dos tipos que me estaban rozando sus vergas me la apoyaron con firmeza y no la retiraron.

    Sentí claramente el contorno de sus vergas, su longitud y grosor, dónde terminaba el tronco y empezaba la cabeza, incluso sentí el calor de su carne a través de la ropa y juro que sentí hasta las hinchadas venas que rodean el tronco, el tipo que tenía adelante me miraba a los ojos, era tan guapo que me derretía, sonreía al verme y sin pudor me pellizca suavemente un pezón, apreté mis labios para no gemir, el que tenía atrás se repegó completamente a mi cuerpo, sentí su respiración en mi nuca y tomándome de la cadera empezó lentamente a darme punterazos sobre la ropa, siguiendo los movimientos del tren, el guapo chico que tenía enfrente fue bajando su mano recorriendo mi vientre y metiendo su mano bajo mi vestido, acarició mi entrepierna, sus dedos tocaron mi húmeda vagina solamente cubierta por la tela de mis calzones y sonrió al comprobar que estaba completamente húmeda, una corriente eléctrica sacudió mi cuerpo y tuve que apretar los dientes para no gemir, el que tenía al lado por su parte no dejaba de tallar su verga dura y caliente contra mi cadera.

    Estaba paralizada y ruborizada, pensaba en gritar y salir corriendo, pero mi cuerpo no me respondía, mi boca seguía callada, alcé mi vista y me encontré a la pareja de adolescentes arrinconados a un lado nuestro, el chico apretaba a su pareja contra la pared del metro y se la comía a besos, pude ver su mirada sobre la mía, el adolescente se daba cuenta de todo.

    De pronto, en forma inesperada, el tren frenó bruscamente y se apagaron las luces, había fallas en la energía eléctrica, seguía sin reaccionar y el tipo que tenía adelante aprovechó el apagón para alcanzar el borde superior de mis calzones cacheteros y los bajó a mis rodillas, sus dedos alcanzaron mis labios vaginales y los deslizó recorriendo la entrada de mi vagina, mis fluidos escurrían entre sus dedos, otro contacto en mis nalgas, en acto reflejo, apreté el culo, siguió manoseando mis nalgas, lo hacía tan rico que me relajé y aflojé, lo cual aprovechó para hundir sus dedos en mi surco trasero y masajear la entrada de mi orificio anal con la yema de sus dedos, di un suspiro y apreté lo más que pude mis labios para ahogar mis gritos de placer, mis piernas temblaban, el tipo que estaba a mi costado me agarra la mano y la lleva a su enorme verga, la sentí a piel, se había sacado su verga de los pantalones, el contacto directo de su carne caliente, hinchada y gruesa, era alucinante.

    Estaba en medio de un mar de gente acariciando la verga de un desconocido, con los calzones bajados hasta las rodillas y los dedos de otros dos machos estimulando mi culo y mi coño, Jamás pensé estar en una situación así, ni en mis sueños más descabellados, seguía recorriendo la gruesa verga con la palma de mi mano, una enorme barra de carne suave y tersa al tacto, y al mismo tiempo tan dura, al acariciar la punta, escuché que dio un suspiro, de la punta salía un líquido viscoso que quedaba impregnado en la palma de mi mano, el tipo de atrás lleva sus dedos hasta mis labios vaginales y los humedece con mis fluidos, con los dedos lubricados, masajea mi esfínter en forma circular y empuja uno de sus dedos, vence la resistencia de mi esfínter y se cuela la punta de su dedo en el interior de mi culo, lo mueve suavemente acariciándome por dentro y entrando cada vez más profundo, el que está adelante tenía ya dos dedos dentro de mi coño y los metía y sacaba despacio, empecé a sudar, mi cara estaba roja y apretaba los labios lo más que podía para ahogar mis gemidos.

    Sacan el dedo que estaba en el interior de mi culo, siento un vacío y empujó las nalgas buscando ese dedo que tanto placer me daba, pero en lugar de eso, un trozo de carne dura y caliente trata de colarse entre mis nalgas, no podía dejarme coger en medio de toda la gente, era algo demasiado arriesgado, así que apreté mis nalgas e hice mi cuerpo hacia adelante tratando de escapar de esa estaca que amenazaba perforarme, mi coño húmedo se encuentra con otra barra de carne caliente recorriendo mis labios vaginales y buscando la entrada, mi cara reflejó angustia y levanté la vista en busca de clemencia, me encontré con la mirada del hermoso joven que sonreía al ver mi cara preocupada, en mi cuello sentí los labios del que tenía atrás y me da un discreto beso en la nuca, en eso regresa la luz.

    Atrás del hombro del guapo tipo que tenía enfrente, estaban el par de adolescentes mirando con la boca abierta, el adolescente le seguía apretando las tetas a su pareja sin dejar de mirar, el tipo de adelante gira la vista y al ver a los adolescentes les hace una mueca a los otros dos, los tres se guardan sus vergas, mi corazón late a mil por hora, al parecer el que haya regresado la luz y los adolescentes me han salvado de ser empalada dentro de un vagón del metro, sin embargo, estoy ardiendo de la calentura, paralizada y sin reaccionar, sigo aprisionada entre los tres, pasan un par de estaciones más y el tipo de adelante me susurra al oído:

    – Ven, chama, aquí nos bajamos- y me jaló del brazo.

    Mis piernas flaquean, como autómata los sigo y bajamos en la estación Copilco, con paso tembloroso caminamos algunas cuadras, el más guapo me llevaba agarrada de la cintura como si fuera su novia y de vez en cuando me apretaba las nalgas, en el camino se presentaron y sus nombres eran Nelson, Alexis y Pablo, me platicaron que habían llegado a probar suerte a México porque en Venezuela ya no se podía vivir y que estaban tan arrechos por la falta de sexo, que al sentir mi cuerpo en medio de ellos no habían podido controlarse y a punto estuvieron de cogerme en medio del vagón, y que como sabían que tenía mi “cuca caliente” me iban a rellenar mi “arepa” con su carne y algunos otros modismos propios de aquel país caribeño que sin conocer algunas palabras adivinaba perfectamente a qué se referían y como ellos decían me sentía cada vez más “arrecha”, excitada como nunca, sonreía nerviosa y ruborizada, hasta que llegamos a un lugar con un letrero en la parte de afuera que informaba que rentaban cuartos a estudiantes, entramos y llegamos a un departamento pequeño con dos recámaras y cuatro camas individuales, había ahí otro chico de una apariencia similar, también venezolano que me miró con sorpresa y luego sonrió maliciosamente al adivinar que iban a hacer conmigo.

    Unieron dos de las camas individuales, me sentaron encima y se quitaron sus pantalones y bóxer, aparecieron cuatro vergas morenas enormes, gruesas, largas, muy venosas y con la cabeza grande y de color rojizo brillante, pero entre las cuatro sobresalía una en especial, la de Nelson, una monstruosa verga que le sacaba un par de centímetros a las de sus compañeros, completamente recta, a diferencia de los demás que eran ligeramente curveadas, Nelson además parecía ser el líder, el que llevaba la iniciativa y dijo:

    – Lista para tu machete llanero, ven chama, abre la boquita.

    Saque la lengua y recorrí su enorme nabo, lamiendo suavemente el frenillo y la punta, el olor a verga inundaba mi nariz, no me disgusto su sabor y abriendo la boca le empecé a mamar la cabeza lentamente mirándolo a los ojos, sé que eso excita mucho a los hombres, me encantaba tener ese pedazo de carne caliente en mi boca, empezó a chorrear líquido preseminal y lo tragué con gula, ahí empezó a mover su verga y me la metió hasta donde cupo, los otros me restregaban las vergas en mis mejillas y en mi cara, me excitaba sentir esas barras de carne de una textura suave y caliente recorriendo la piel de mi cara, se restregaban en la comisura de mis labios pidiendo su turno.

    A mi pesar saque la verga de Nelson de mi boca y seguí con la de Alexis, que estaba ansioso por meterme su verga, sin dejar de masturbar la verga de Nelson y tomé también con mi otra mano, la de Pablo, el otro chico Freddy, se puso a mi espalda y besaba mi cuello y nuca, después de un rato, seguí con la de Pablo y finalmente Freddy, estuve un largo rato mamando sus vergas en forma alternada, les chupaba sus huevos, los troncos y succionaba las cabezas de sus vergas como si no hubiera un mañana, me gustaba escucharlos gemir y gruñir de placer, que me dijeran todo tipo de insultos, hasta que Nelson considero que era el momento de dar el siguiente paso y levantándome y dándome una nalgada me dijo.

    – Que rico mamas putita, eres una excelente mamagüevo, ya estoy deseoso de meterte mi yuca en tu cachapa, mis panas están igual, te dejaremos la cachapa llena de queso e’ mano, anda, recuéstate en la cama boca arriba.

    Obedecí y me desnudaron rápidamente.

    Nuevamente fue Nelson quien tomó la iniciativa y abriendo mis piernas se posicionó entre ellas y apuntó con su verga la entrada de mi ardiente y húmedo coñito, empezó a presionar y sentí como aquel monstruo iba abriéndome, contrario a lo que esperaba, lo hizo lentamente, sin prisas, disfrutando cada centímetro de aquel enorme mástil que amenazaba con partirme en dos.

    – Que apretada estás chama, aghhh, que rico aprietas, pareces virgencita, se nota que solamente coges con mexicanitos de pinga chiquita, ya casi, falta poco para que te tenga toda clavada.

    Dio un golpe de cintura y me la enterró hasta que sus huevos chocaron con mis nalgas, di un grito de dolor-placer, era algo brutal, aquella verga había llegado hasta donde ninguna otra había llegado antes, me sentía a punto de reventar y al mismo tiempo una sensación de plenitud, tan llena de carne, esperó un momento a qué me acostumbrara al tamaño de su verga y empezó a moverse lentamente arrancándome gemidos de placer, Alexis por su parte aprovechó para subirse a la cama con sus piernas a cada lado de mi cuerpo y acercar su verga a mi boca, los otros dos se quedaron viendo y masturbando, esperando su turno.

    En cada embestida que me daba me hacía gemir de placer, abriendo más la boca y Alexis metiendo más su verga, estaba en la gloria, nunca pensé que iba a gozar de esa manera con dos chicos extranjeros, había oído que eran muy cachondos, pero nunca imaginé que cogieran tan rico, me cogía con suavidad y pasión a la vez, se movía con ritmo, como si estuviera bailando y su verga friccionaba por completo mis paredes internas, deliraba de placer, estaba en el cielo, en un estado de éxtasis jamás imaginado cuando Pablo y Freddy pidieron su turno.

    Nelson retiró la verga de mi interior y Pablo se recostó boca arriba y me pidió que lo cabalgara, así que me puse en cuclillas sobre Pablo y lentamente fui descendiendo hasta sentir la punta de su enorme verga en la entrada de mi vagina, una enorme verga, casi tan grande como la de Nelson, apenas iba entrando la cabeza cuando me toma da las caderas y empujándome hacia abajo, me va enterrando su verga, despacio pero sin detenerse hasta que sus huevos chocaron con mis nalgas, Freddy se sube a la cama y me hace girar la cabeza para mamar su verga, otra vez, me encuentro con dos enormes vergas en mi cuerpo, la verga de Pablo, si bien es curveada hacia un lado, no es tan dura como la de Nelson y se adapta al contorno interior de mi vagina, eso me gusta, es puro placer, estimula mis paredes vaginales sin causar el mínimo dolor, muevo mi cintura en forma circular y Pablo empieza a gemir, sigo mamando la verga de Freddy, quien me toma del pelo y empieza a meter y sacar su verga de mi boca, cogiéndome literalmente, me llegaba hasta la garganta y sentía su pedazo de carne deslizarse por mi paladar hasta tocar mi campanilla, lamía y succionaba esa tremenda verga mientras el acaricia mi pelo y mis mejillas, metía sus dedos dentro de mis orejas y acaricia los lóbulos.

    Pablo tenía la misma forma de coger que Nelson, una forma candente, rítmica, pasional muy diferente a como cogen los mexicanos, que es más ruda, gemía de placer como loca, estaba disfrutando de lo lindo, cuando siento que me abren las nalgas y un líquido frío y viscoso es depositado en medio de ellas, seguido de los gruesos dedos de Nelson lubricados masajeando mi cerrada y arrugada entrada trasera, usando la yema de sus dedos acariciaba la entrada de mi culo en forma circular, empujó suavemente uno de sus gruesos dedos y mi culo se abrió, me ardió un poco, pero luego de unos segundos sentí placer, la caricia suave y divina de su dedo en mi culo, junto al estímulo de una verga dentro de mi coño era sensacional, vaya que sabían dar placer a una hembra, Incluso Pablo sentía el estímulo del dedo de Nelson a través de mi cuerpo porque señaló:

    – ufff, Nelson, siento tu dedo a través del coño de la chama y se siente rico, sigue – y me abrió las nalgas con sus manos, a fin de darle acceso total de mi culo a su amigo, entonces fueron dos dedos los que entraron en mí, di un respingo y un gemido de placer salió de mi boca, el placer era máximo, luego de un rato sacó sus dedos de mi interior, sentí un vacío y casi le pido que me los vuelva a meter, cuando sentí su tremenda verga haciendo círculos en la entrada de mi culo, me dio miedo, Nelson me quería empalar con su tremenda verga, si por mi coño me hizo sufrir, no me imaginaba como sería que ese monstruo me abriera el culo.

    Sus fuertes manos tomaron con firmeza mi cintura y la enorme cabezota empezó a presionar, mi culito se resistía al implacable avance, su verga era demasiado gruesa para mi hoyito,

    – Chama, tienes que relajar el culo, ponte flojita, te voy a hacer ver las estrellas cuando te la meta.- exclamó Nelson.

    Pablo colaboraba con su amigo y me abría las nalgas lo más que podía, dejé de mamar la verga de Freddy y me recosté sobre el pecho de Pablo, intentando relajarme y empinar el culo.

    Nuevamente sentí la enorme cabeza en la entrada de mi culo, punteándome cada vez más fuerte, poco a poco mi esfínter se fue abriendo, sujetó mi cadera y nuevamente presionó y sentí como mi esfínter se abría hasta alcanzar una anchura insospechada que coincidía con el diámetro de esa tremenda cabezota y se cerraba aprisionando el tronco, di un grito desgarrador y levanté mi espalda en acto reflejo, sin soltar mi cintura, me abrazó del pecho, aprisionándome contra su cuerpo, el dolor era terrible, como si un cuchillo al rojo vivo atravesará mis entrañas, estaba abotonada como una perra, con su cabezota palpitando en mi interior, lágrimas escurrían por mis mejillas y maldije el haberme dejado llevar por mi calentura con esos machos.

    – Sácala, sácala, me estás matando- gritaba

    Nelson me susurraba al oído:

    – Tranquila chamita, aguanta ya la tienes dentro, la cabeza es lo más grueso y ya entró, pronto pasará el dolor y gozarás.

    Me la dejó dentro sin avanzar, apretaba suavemente mis tetas, Freddy pasaba su verga por mi cara y limpiaba mis lágrimas, yo seguía gritando de dolor, los insultaba y sólo sonreían, parecía que mis insultos más los excitaba.

    Poco a poco el dolor fue disminuyendo y mis gritos fueron apagándose poco a poco, al notarlo, Nelson empezó lentamente a moverse sin avanzar hacia dentro, solamente moviendo la cabeza en forma circular, empecé a sentir placer, entonces inició un lento vaivén metiéndola un poco y retrocediendo otro poco hasta que tenía la mitad de su verga enterrada, el dolor seguía siendo intenso, pero el placer aumentaba a pasos agigantados, allí empezó a hacer embistes más largos, la sacaba hasta dejar solamente la cabeza dentro y me volvía a empalar avanzando un poco más en cada embestida, empecé a gemir, gemidos de placer, Pablo empezó a moverse también y la fricción de dos vergas moviéndose en mi interior me causaba un placer alucinante, empecé a culear al compás del movimiento de mis machos.

    Sentía que me reventaban por dentro, pero al mismo tiempo la sensación de dos enormes vergas dentro de mi cuerpo y friccionando mis paredes internas era maravilloso.

    – Ya la tienes toda dentro, mami, que buena putita eres, te la clavé hasta los huevos, y no sabes cómo estoy gozando, tu culito aprieta bien rico- anunció y sentí su pelambre acariciando mis nalgas

    Ambos me embestían lentamente, sincronizando sus movimientos, Nelson me sostenía de las caderas y me enterraba su verga por el culo jalándome hacia él y después era Pablo quien me tenía agarrada de la cintura y me empujaba hacia abajo, Freddy me volvió a meter su verga en mi boca y ahora estaba llena de carne por mis tres agujeros, empezaron a acelerar sus movimientos, todo mi cuerpo se estremecía, me sentía la mujer más puta y feliz del mundo, me estuvieron cogiendo sin parar por más de veinte minutos, llegó un momento que sentí que ya no estaba en este mundo, todo eran aullidos de placer, mis piernas temblaban, espasmos recorrían mi cuerpo, gimiendo anuncié mi orgasmo:

    – Me corrooo, me corrooo, me corrooo -grité estruendosamente

    Seguían embistiéndome en forma brutal, me retorcía sintiendo sus vergas entrando y saliendo sin control, hasta que sentí que Nelson gruñía y dándome un embiste profundo comenzaba a descargar su semen caliente en lo más profundo de mi culo, sentía como su verga pulsaba dentro de mí llenándome de su néctar, lanzó varios chorros de su líquido ardiente y cayó rendido a un lado mío, segundos después fue el turno de Pablo que lanzando un grito y cerrando los ojos empezó a lanzar el contenido de sus pesados huevos en el interior de mi coñito, trallazos de semen caliente y espeso, su cuerpo temblaba al descargar cada chorro de leche, Freddy fue el siguiente, metió su verga hasta el fondo de mi boca y descargó su espeso y tibio néctar directamente en mi garganta, era tanta que me costó tragarla, sentí que me atragantaba y tuve que sacarla de mi boca, salivando y tratando de que el espeso semen pegado a mi garganta pasara por mi tráquea, cuando lo logré, me derrumbé sobre el cuerpo de Pablo, que seguía temblando, Alexis se estaba masturbando y se acercó a la cama para descargar sus chorros de semen en mi cara, sentí como se estrellaban sus torrentes de semen en mi cara y usando su verga como cuchara me lo embarró por la cara.

    Olía a sudor y sexo, la verga de Pablo antes firme y orgullosa seguía dentro de mi coño, ahora flácida y disminuida, fluidos corporales escurrían por mi coño y nalgas, estaba agotada y me fui quedando dormida sobre el pecho de Pablo, todo parecía un sueño, algo irreal.

    No sé cuántas horas habré dormido, cuando sentí una sensación placentera, estaba boca arriba y unas manos me acariciaban el cuerpo, lo hacía suavemente, acariciaba mis tetas y la punta de mis pezones, mi piel se ponía chinita al contacto, seguí fingiendo dormir, su mano recorrió mi vientre y llegó a mi coñito, el simple toque de sus dedos en mi clítoris me estremeció y mi cuerpo se tensó, revelando que no estaba dormida.

    Se acercó y me da un beso suave en el cuello, subió a mi oreja y susurró en mi oído:

    – Sé que estás despierta chama, sabes eres preciosa y muy caliente, me tienes loco.

    Reconocí su voz, era Nelson y olía a limpio, indudablemente se había dado un baño, en ese momento recobré conciencia, tenía semen seco en mi cara, entre mis piernas y nalgas, olía a sudor, me sentía sucia y le pedí apoyo para bañarme.

    – Perdón, pero me siento sucia, ¿me ayudarías a darme un baño?

    Sonrió y ayudó a levantarme, al otro lado estaba Pablo profundamente dormido, Freddy y Alexis en la otra cama estaban igual, me les quedé viendo, todos tenían un cuerpo atlético y firme, sus vergas antes desafiantes y duras estaban totalmente flácidas, pero aun así tenían un tamaño considerable.

    Me acompañó al baño y me senté al inodoro a descargar el semen que todavía tenía en mis agujeros, Nelson sonreía pícaramente al verme, me limpié los restos de semen con papel higiénico y me metí a dar un baño, apenas había abierto la regadera cuando se metió conmigo y empezó a enjabonarme con cuidado, como quien baña a un bebé, me encantaba sentir sus manos sobre mi piel desnuda y empecé a ponerme cachonda, su enorme verga había crecido y estaba morcillona, se miraba imponente, pero estaba tan cansada que no se la toqué, para no despertarla todavía, después me ayudó a enjuagarme y quitarme el jabón, me ayudó a secarme y salimos del baño, en el cuarto ya estaban despiertos Alexis, Pablo y Freddy y se nos quedaron viendo, los primeros rayos de luz entraban por la ventana del cuarto, sentía un poco de hambre y así lo expresé:

    – Tengo hambre- dije con un hilo de voz.

    – Oyeron a la chamita, mamagüevos, a bañarse y preparar el desayuno, hay que darle de comer y no solamente lechita- ordenó Nelson, y me senté en la cama enredada en la toalla.

    Rápidamente se bañaron y se pusieron a preparar el desayuno, ninguno se preocupó por ponerse ropa, era un espectáculo ver esos cuerpos morenos y firmes con esas enormes vergas colgando flácidas y sus pesados huevos balanceándose, todo eso me ponía cachonda y tampoco me vestí.

    Comenzamos a desayunar completamente desnudos los cuatro, me halagaban y me decían lo mucho que habían gozado, que había sido la mejor experiencia de sus vidas, todo lo que me decían me ruborizaba y me excitaba.

    – Lista para el postre princesa- dijo Nelson acercando su verga, casi erecta a mi cara.

    No me hice del rogar y empecé a mamársela, me encantaba la sensación de como se ponía dura en mi boca.

    Y si, esa mañana me volvieron a coger entre los cuatro y nuevamente me volvieron a coger entre los cuatro en la tarde.

    Llegué a casa al anochecer, me dolía todo el cuerpo y mi coño y culo los tenía hinchados, me ardían, empecé a sentirme culpable y empecé a llorar, al llegar mi novio me encontró llorando y le tuve que contar todo, me abrazó, me comprendió y me perdonó.

    Sin embargo, aquí no termina la historia, todavía hay mucho que contar, pero lo dejaré para el siguiente relato.

    Me encanta que me escriban y me cuenten sus experiencias y fantasías, me pueden escribir a [email protected].

  • La profesora Bianca

    La profesora Bianca

    Acababa de ingresar a la escuela normal para estudiar como docente de matemáticas para bachillerato, tuve que viajar de mi pueblo en provincia a la capital del Estado, desafortunadamente no era una normal rural, así que el dormitorio y los alimentos no estaban incluidos, por lo que debíamos buscar nuestro propio alojamiento, había una departamento de 3 habitaciones en renta en un condominio bastante grande, eran más de 200 departamentos en una decena de torres.

    Me puse de acuerdo con otros 2 compañeros que conocí durante los exámenes y con quienes mantenía contacto para pagar a partes iguales la renta y los servicios, agua, luz, gas, Internet y cable. Era una situación bastante cómoda para nosotros, llegamos un par de semanas antes para contratar el Internet, cable, mudar nuestras cosas, etc., durante ese tiempo nos volvimos muy amigos, sabíamos que estaríamos juntos los siguientes cuatro años y luego seríamos colegas, probablemente trabajaríamos en el mismo plantel, así que eso favoreció que nos volviéramos cercanos rápidamente.

    Iniciaron las clases y en la primera semana entró al aula una maestra para impartirnos la materia de álgebra, era muy muy muy joven, se veía más joven que nosotros, se presentó, se llamaba Bianca, era obvio que había sido un palancazo, era hija de alguien importante de seguro, tenía 22 años, había egresado de la normal en julio y nosotros estábamos iniciando clases en la primera semana de septiembre, medía como 1.50 y pesaba unos 40 kilos, piel blanca, cabello negro y lacio que le llegaba a la altura de los hombros, senos pequeños y firmes, calcule un 32B, se veía muy elegante, era evidente que su ropa era de Liza Minelli, a mi mamá y a mi hermana les encanta esa marca y ese vestido era igual al que se había comprado mi hermana hace poco, era de un color crema, con zapatillas y medias blancas a juego.

    Pensé, vestidito de 3 mil, 22 años, recién egresada y ya tiene plaza de tiempo completo en una normal, esta seguro es hija de alguien importante, lo platiqué con mis amigos y decidimos hacer lo imposible por hacernos amigos de ella.

    En el receso la buscamos y comenzamos a hacerle platica, nuestras edades parecían escalera, yo tenía 19, mis amigos 20, 21 y Bianca 22, nos reímos de eso, hicimos algunas bromas, la plática fue muy amena, pero tuvimos que regresar a clases.

    Al salir camino a casa nos encontramos con ella, caminamos juntos platicando, nos dimos una gran sorpresa al darnos cuenta que ella vivía en el mismo condominio, era una decisión inteligente, estaba a 10 minutos caminando, eran departamentos de más de 20 años, tenían la renta más baja de la zona y a pesar de eso teníamos vigilante en la entrada y cámaras en las áreas comunes, lo que era importante por qué el área era medio peligrosa, además de que tenía cajón de estacionamiento para cada departamento, además de algunos cajones adicionales para visitas.

    Lo peligroso de la zona hizo que Bianca decidiera aceptar nuestra oferta para ir y venir juntos caminando a la normal, había pasado un mes y nos habíamos vuelto muy amigos todos, la poca diferencia de edad influyó considerablemente, era común que fuéramos a comer o cenar con ella, ya sea en nuestro departamento o en el de ella.

    Ella nos pidió no mencionar nada en la normal para no tener problemas y mantener esto como nuestro secreto, aunque realmente no había nada malo.

    A nosotros nos gustaba cada vez más Bianca, así que decidimos emborracharla a ver si aflojaba, un día jueves por qué ella y nosotros regresábamos a casa los viernes, usamos el pretexto de que era el cumpleaños de uno de nosotros compramos unas cervezas para celebrar y ella comenzó a desinhibirse, poco a poco se soltaba más, se notaban los efectos del alcohol, comenzamos a chulearla, decirle lo bonita que estaba, pusimos algo de música, comenzamos a bailar, a repegarnos, ella no ponía peros, ya bien ebrios y calientes, comenzaron los besos, las caricias, cuando nos dimos cuenta estábamos desnudos, ella estaba completamente depilada, pezones rosaditos, era una delicia a la vista.

    Decididos a todo, yo estaba detrás de ella, mi amigo se sentó y la puso en cuatro a mamarlo, yo me coloque atrás y se la metí por la vagina, estaba muy apretada, se notaba su falta de experiencia, la penetré durante unos 5 minutos y valiéndome madre la llene de semen, al mismo tiempo mi amigo le llenó la boca y lo que le quedó se lo embarró en la cara mientras le daba de golpes con su pene, solo escuchaba como gemía, mi amigo le dijo que le lamiera el semen hasta dejarlo limpio y ella lo hizo.

    En eso me quite de atrás de ella me senté y le dije que me limpiara a mi también, era delicioso sentir sus lamidas, mi otro amigo se puso detrás de ella y se la metió de una por el culo hasta el fondo, ella solo dijo ahhh, vi como se le fueron los ojos para atrás, le jale el cabello obligándola a verme a la cara y le dije que ya se nos había parado y se pusiera a mamar, ella nos estuvo mamando a mi y a mi amigo en el sillón alternando entre nuestras vergas, cuando no nos mamaba nos masturbaba con la mano, al principio lo hacía torpemente pero rápidamente comenzó a hacerlo mejor, mi otro amigo le llenó el ano de semen casi al mismo tiempo que me vacié yo y luego mi amigo, la hicimos limpiarnos a los tres, incluso al que la había enculado, lo hizo sin chistar, se notaba lo caliente que estaba, su cara estaba toda sonrojada de la excitación.

    Mis amigos y yo habíamos fantaseado con hacerla nuestra al mismo tiempo, incluso habíamos platicado como lo haríamos llegada la oportunidad, Víctor era el más vergudo, así que se sentó al centro en el sillón y monto a Bianca sobre él, una vez adentro, la hizo inclinarse hacia el frente lo que me facilitó encularla por detrás, cuando se la metí que me costó mucho trabajo, solo escuche un ahhh, me encanta, me sentía un poco incomodo por qué podía sentir el pene de mi colega frotarse con el mío, hay una piel delgada entre el ano y la vagina por lo que sentía claramente su verga.

    Eso no me agradaba, de hecho me daba un poco de asco, pero hacerle una doble penetración a la maestra más fresa, joven y bella me volvía loco del morbo, así que decidí ignorar esa molestia.

    Javier se sentó en el respaldo del sillón junto a Víctor y jalo su cara a su verga para que lo mamara, tardamos como unos diez minutos en esa posición, cuando estábamos por venirnos nos salimos todos, la pusimos de rodillas, la hicimos abrir la boca y le eyaculamos en la cara, la dejamos toda batida.

    Nadie quería dejarla, así que abrimos el otro sofá, ambos eran sofá cama tamaño matrimonial y dormimos juntos, en la noche por turnos despertábamos y la culeabamos de nuevo, al día siguiente a las 6 de la mañana despertamos, nos bañamos con ella, le lavamos todo el cuerpo, tuvimos sexo por última vez con ella. Era nuestra primera clase del viernes así que durante las dos primeras horas la vimos recordando la deliciosa noche que tuvimos.

    Durante la clase veía a Víctor muy entretenido en su celular, me acerque por que los tres nos sentábamos juntos y me mostro el video de ella con nosotros, se me había olvidado que por los robos habíamos puesto una cámara en la sala que grababa en alta definición y guardaba en la nube los videos, en aquel entonces no había whatsapp pero teníamos MSN que era el más popular y la escuela tenía Internet, así que le mandamos un par de capturas de pantalla a Bianca durante la clase, casi se cae al verlas, un par de compañeras la ayudaron y dijo algo como que no había desayunado pero que estaba bien, le fueron a comprar un jugo, ella solo no veía de reojo, sabía que era nuestra, pero eso se los contaré más adelante.

  • Carla: el técnico de billar, el taco y las bolas

    Carla: el técnico de billar, el taco y las bolas

    100 % real. Siempre alertas a la posibilidad de divertirnos sorprendiendo a alguien, no dudamos ante el aviso de Luis, el dueño de los apartamentos frente al golf.

    Un técnico debía concurrir a reparar la calefacción de la mesa de pool de la sala de juegos.

    Podríamos hacerle el favor de ir a estar presentes mientras reparaba la caja de control y hacía la prueba posterior de funcionamiento?

    -Claro que sí! Y si sale algo disfrutaremos.

    Dicho y hecho. Al día siguiente recogimos las llaves, subimos al apartamento, el del sexto piso, el último que el grupo de inversores de Luis compró es el noveno y aún no han instalado mesa de billar.

    Como siempre ja ja, planificamos todo… día y hora convenidos, ya estábamos instalados en el apartamento, Carla con la vestimenta adecuada al plan y yo vestido de calle normalmente. A las 14 suena el timbre, le doy entrada al técnico para que acceda al edificio y lo recibo cuando llega al apartamento.

    Hombre de alrededor de 50 años, normalmente bien de físico (o normalmente mal, como gusten ja ja ).

    Lo saludé, y lo llevé a la sala de juegos, para dejarlo trabajando, pues yo debería ausentarme unos minutos del apartamento; “pero no se preocupe, trabaje tranquilo, lo único que puede pasar es que mi pareja llegue desde la playa, y yo le dejo la puerta del apartamento abierta”.

    Mientras tanto, yo me fui, el señor quedó trabajando y Carla dejó pasar diez minutos y salió por la puerta de servicio, fuera de la vista de él. Dio la vuelta por el pasillo y entró por la puerta principal del apartamento.

    La vestimenta, ciertamente simulaba que venía de la playa, top blanco cortito con dibujo de “lengua stone”, que se levantaba en las tetas y por debajo permitía vislumbrar la parte inferior de un bikini turquesa ribeteado en fucsia, todo en tela metalizada.

    La parte inferior del bikini, cubierta por un short de jean, mínimo, que dejaba ver parte de las nalgas.

    En los pies, sandalias de tela jean y taco bastante alto (no muy playeras, pero bueno, el invitado tampoco se iba a fijar en detalles).

    -Hola Sergio ya volví! ¿Como pasaste?

    La respuesta la dio el técnico, llamémoslo Pepe, saliendo del cuarto de juegos:

    -Buenas tardes señora, su esposo dijo que vuelve enseguida. Me dijo que usted vendría.

    -Señorita! ¡Que con Sergio no estamos casados! Pero sí, Sergio es mi pareja.

    -Un gusto, Pepe. Estoy arreglando la calefacción de la mesa de billar.

    -Sí, claro a ver si la deja bien, se me dificulta mucho jugar sin calefacción.

    -Le gusta jugar? ¿Que prefiere? ¿Pool o carambola?

    -Pool! Porque es mas largo y mas grueso el palo, perdón, el taco. Dijo, con un cierto tono pícaro, yendo a la sala de juegos. ¿Va a probar que quede bien cuando termine?

    -Claro que sí!

    -Genial así tiro un par de bolas y veo si está bien arreglado.

    Termine tranquilo, y después mientras la mesa se calienta y evapora la humedad del paño, seguramente ya estará Sergio y tomamos un café esperando.

    Me avisó por mensaje y casi enseguida volví al apartamento.

    La saludé delante de él con tremendo beso de lengua y le dije: ¿Como va el trabajo?

    -Bien, era solamente cambiar la cajita de control, falló el termostato. La termino de cambiar y lo enciendo a ver si calienta correctamente.

    -Voy a hacer café, dijo Carla, y se fue, seguida por la indisimulada mirada de Pepe.

    En diez minutos mas, Pepe había terminado su trabajo y puso la mesa a calentar. Nos sentamos con un café, los tres, y Carla se aseguró de cruzar las piernas para un lado y para el otro, y al hacerlo las abría de tal manera que se veía en jean pugnando por meterse entre sus labios vaginales apenas cubiertos.

    Cuando hubimos tomado el café, Pepe fue a mirar si el termostato ya había cortado la energía, cosa que había ocurrido, y fue seguido por Carla, que dijo:

    -Quiero ver donde está colocado ese control.

    Y se agachó para mirar debajo de la mesa. Ella miraba debajo de la mesa, como si entendiera del tema y Pepe le miraba el esplendoroso culo, que parecía querer escaparse del short.

    Hecho esto, Pepe dijo que ahora debía esperar a que se enfriara para ver si conectaba nuevamente la calefacción, y Carla dijo:

    -Quiero probar de taquear un par de bolas a ver si corren bien.

    Puso dos bolas en la mesa y tomó un taco, le puso tiza asegurándose de hacerlo con un movimiento prácticamente erótico, y, deliberadamente, se puso en posición de juego, pero evidentemente mal colocada.

    Pepe cayó en la trampa, se colocó detrás de ella y apoyándole su paquete en el culo, le dijo:

    -No es así, tiene que abrir mas el brazo y agacharse mas hacia la mesa. Logrando que ella, en un movimiento apenas perceptible, le refregara el culo un poquito.

    -Es que tener ropa encima del bikini me molesta! Y se sacó el top y el short.

    ¡Pobre Pepe! ¡Que sorpresa!

    Quedó solamente en bikini, mínimo. Color turquesa ribeteado en fucsia. Del tipo de bikini que yo llamo “de cortina“ porque se puede regular el ancho de la base de cada triangulo, igual que se regula al ancho de cualquier cortina en casa.

    En este caso, los pequeños triángulos, ya de por si pequeños, los había regulado Carla casi que a su mínima expresión, los superiores, apenas cubrían el ancho de la areola, pero dejaban al aire el resto de las hermosas tetas. El triángulo inferior, ya de por sí comenzaba debajo de la tira de pelitos, y, con su ancho reducido al mínimo, prácticamente apenas tapaba los labios de la concha, y se metía en ellos.

    Pepe se limitó a tragar saliva y a arreglarse el bulto, para disimular su excitación, la cual realmente ya era imposible de disimular.

    Carla, acariciando el taco de billar, se inclinó sobre la mesa, como para hacer una jugada, con lo cual mostraba en su totalidad el culo, apenas partido al medio por el hilo del bikini, y mostrando además, pues se abrió un poco de piernas, como la concha se devoraba parte del bikini.

    Era evidente que Pepe miraba y miraba pero no sabía que hacer ni que decir…

    Decidí intervenir para salvar la situación:

    -¿Amor, no te parece que ese bikini es un poco atrevido? Creo que Pepe no sabe que hacer.

    -Te parece? Bueno no juego al billar entonces, y se dio vuelta, los pelitos al aire y casi la totalidad de las tetas visibles.

    -Le molesta mi bikini Pepe?

    -¡Bueno, es que no se qué hacer! ¡Que van a pensar! Es incorrecto mirarla así en bikini, pero no puedo dejar de hacerlo y ustedes se van a ofender.

    -Ves Carla? Le molesta un poco verte así en bikini.

    -¡Entonces me lo saco, y no le va a molestar el bikini! Ja ja ja…

    Y lo hizo.

    Pepe, rojo como un tomate, solamente atinó, al verla desnuda, a taparse el bulto, que ya marcaba erección total.

    -No se preocupe Pepe, muchos han pasado por su misma situación, ¿verdad Sergio?

    -Sí amor, sabes que me encanta ver como te mostrás a extraños y te cogen…

    -Pero… acaso esperan que la coja? Dijo Pepe, totalmente confundido.

    -Obvio! ¿Para que me iba a poner en bolas si no?

    Y como para reforzar lo dicho por Carla, yo me empecé a desnudar.

    -No sé, no entiendo nada… dijo él, pero estiró una mano hacia los pelitos de Carla. Los acarició y exclamó: ¡¡¡Que suavidad!!!

    Lo siguiente fue que extendió sus manos a los pechos y los tocó levemente, los pezones saltaron al toque y Carla le tomó las manos y casi que lo obligó a acariciarlos con fuerza.

    Totalmente desnudo, me acerqué desde atrás y ella giró la cabeza para besarnos de lengua, con profusión de saliva y tratando que nos viera bien.

    -Ponete en bolas le dijo Carla, y bien que la obedeció!

    Desnudo, se pudo apreciar una muy muy buena poronga, algo gruesa, muchas venas que resaltan, cabeza bien cónica, de las que entran fácil en todos lados.

    Se le fue de nuevo una mano a los pendejos, los acariciaba, maravillado… -No puede ser esta suavidad, no me filman no?

    -No no, quedare tranquilo.

    Simultáneamente cayó de rodillas y comenzó a lamerle la concha. Se oían sus lengüetazos, y de pronto se paró a chuparle las tetas. Carla lo atrajo a besarse, yo le pasaba la verga entre los cachetes del culo. Y de pronto, ¡zás! Así, parados, le enfrentó la pija a la concha y se la fue metiendo con suaves movimientos.

    Sorprendida, a Carla le tomó algunos segundos acomodar el cuerpo a esa pose no usual para ella, pero en medio minuto estaba disfrutando. Pero gozaba y gozaba, dado el tamaño del miembro y la sorpresa.

    Pasados dos minutos o algo así, Carla dijo: Sacala! El obedeció, y Carla se acercó mas a la mesa de billar, se apoyó en ella y se abrió de piernas, concha a la vista, un poquito dilatada y muy húmeda. Pepe respondió al gesto y la ensartó de inmediato, sus manos directas a las tetas de Carla y la pija toda adentro, balanceando los huevos con el movimiento.

    Carla jadeaba y él resoplaba y llegó a decirle:

    -Así te gusta puta? Y que él te vea?

    -Ayyy sí sí, nos encanta esto! Seguí, seguí.

    Y siguió y siguió hasta que acabó y comenzó a caer leche al piso…

    Cuando se le salió, ya blanda, tocó a Carla arrodillarse y chuparle la verga, hasta sacar el último resto de semen de la cabeza de la pija y alrededores, ja ja.

    Fue mi turno de dársela a chupar un poco y luego deleitarme metiéndosela en la misma pose, con ella apoyada en la mesa de billar. Un placer inenarrable entrar en esa concha húmeda y caliente, aún con semen adentro, y fue mi turno de acabar, de que cayera leche al piso y me la limpiara chupando.

    No dijimos de seguir, pues para el día siguiente Carla había programado un encuentro con su papá, en el cual el progenitor se iba a enterar de novedades que le encantarían. Obviamente Carla quería llegar a ese encuentro bien descansada y relajada, para disfrutar todo lo que previsiblemente ocurriría.

    Nos despedimos de quien hemos llamado Pepe, haciéndole saber que no sería la única vez que podría cogerla, que ya se daría nueva oportunidad de volver a gozar, pues lo habíamos disfrutado mucho.

    Y el comentario final de Carla:

    -me encanta tu pija y que me cogieras de parado, se sentía divino cuando entró.

    Besos y entre ella y él y un saludo de despedida hasta la próxima.

    -Viste Sergio? ¡A veces un excelente cogedor aparece donde menos se espera!

  • Le saco la leche en mi auto al vigilante de mi edificio

    Le saco la leche en mi auto al vigilante de mi edificio

    ¡Hola, preciosos!

    Esta noche vengo a contarles del segundo encuentro que tuve con “don Beni”, quien es vigilante en el edificio donde vivo.

    Si han seguido la historia, sabrán que hace algunas semanas lo convencí para cogerme en el cuarto de servicio.

    Pues bien, después de ese encuentro placentero, las cosas siguieron dándose de manera casual. Él siguió comportándose igual de amable que siempre y también yo correspondí a esa cordialidad con coqueteos sutiles y atenciones espontáneas, como invitarle un desayuno o un café.

    En el relato anterior les conté un poco acerca de él y de que genuinamente me parece un buen sujeto. Aunque nunca me ha parecido que sea descuidado en su imagen personal, puedo notar que desde nuestro encuentro, procura estar más presentable, ya sea poniéndose una camisa linda, una loción bastante adecuada y tener el cabello y el bigote bien arreglados.

    El viernes pasado estando en mi trabajo, comencé a ponerme muy horny recordando la tremenda cogida que don Beni le había dado a mi culo. Recordaba la fuerza con la que apretaba mis nalgas y la intensidad con la que empujaba su verga hasta el fondo de mí. Me apresuré a terminar con mi trabajo para salir en punto de la hora con la esperanza de coincidir con él. Cancelé una cena con una amiga e incluso conduje más rápido para llegar a casa lo más temprano posible, y por suerte, él seguía ahí. Preparaba sus cosas para salir cuando yo subía las escaleras que dan a la recepción y pude interceptarlo.

    – ¿Ya se va?

    – ¡Ya joven! Por suerte ya es hora…

    – ¿Va muy lejos? Nunca le he preguntado.

    – ¡Uy, sí! De aquí tomo el metro y transbordo hasta la última estación.

    – Pues si gusta yo le doy ride, justo debo ir por ese rumbo. (Mentira, jaja)

    – ¡Cómo cree! ¡No se moleste!

    – No es ninguna molestia. Si gusta, lo veo en el estacionamiento. Solo debo subir rápido a mi departamento por algo.

    Al final accedió. Bajó a donde se encontraba mi carro en lo que yo subía a refrescarme y a cambiarme la ropa de trabajo por algo más cómodo y sencillo de bajar, pero a eso llegaremos más adelante.

    Mientras me dirigía al estacionamiento, escuché que don Beni platicaba con el vigilante del siguiente turno, justo afuera del cuarto donde me dio verga hasta venirse, por lo que esperé un poco hasta que escuché que se despidieron y se quedó solo.

    ¿Todo bien? Le pregunté, y me respondió que sí. Noté que estaba algo nervioso, ya que tuvo que mentirle a su compañero para que no sospechara del porqué seguía ahí. Me pidió que saliera yo primero y que nos viéramos en la esquina, donde las cámaras del edificio ya no tienen visibilidad. Y así lo hice; subí a mi auto y lo esperé en la esquina de la manera más casual. En lo que llegaba me puse un poco de Lacoste en el pecho y un poquito de brillo en los labios. Él llegó minutos después, blanco como un papel, diciendo que le daba miedo que alguien pudiera sospechar. Yo lo tranquilicé con una caricia en la pierna y le dije: ¿Ya podemos saludarnos bien? y le di un beso en la mejilla. Vi cómo se sonrojaron sus mejillas y nos alejamos de ahí.

    Iztapalapa es el lugar donde vive don Beni y aunque la verdad está súper lejos del departamento, el camino se hizo corto por la charla tan amena que teníamos. Me contó de su semana de trabajo y yo de la mía, y fue súper relajado ese momento. Aproximadamente una hora después, me dijo que casi llegábamos a su casa. Nos acercamos más y estacioné al carro para seguir platicando. Se no fue el tiempo, ya oscurecía y le pregunté si ya se tenía que ir o podía quedarse un rato más, a lo que respondió que podía esperar un poco. Yo me acerqué a él y acercándome a su oído, le susurré que me gustaría tener un poco de privacidad, si él estaba de acuerdo. Besé un poquito su oreja y entonces fue que accedió.

    La colonia donde vive, es de muchos callejones y calles cerradas, por lo que entramos con mi carro en una que estaba cerca y que resultó lo suficientemente escondida como para tener un rato para darle una buena mamada.

    Y así fue cómo pasó: Echó su asiento para atrás, se sacó la verga de su pantalón y yo como buena putita, comencé a comérsela.

    Siempre comienzo despacio, haciendo que sienta mi lengua y mis labios en cada rincón y después la meto poco a poco y la chupo hasta que se pone completamente dura dentro de mi boca. Después de estar un rato lamiendo su caramelo, le dije: “No traigo nada debajo del pants” y pronto lo bajó hasta el borde de mi trasero y cuando menos lo esperaba, don Beni ya tenía su mano izquierda acariciando firmemente mis nalgas. En ese momento yo ya estaba muy caliente, por lo que no pude evitar casi rogarle que me metiera un dedo en el culo, y así lo hizo. Primero me lo puso en la boca para que lo lamiera y después lo introdujo poco a poco dentro de mi ano.

    Yo no podía evitar gemir de placer y también me excitaba mucho la idea de que alguien pudiera vernos o descubrirnos, ya que si bien, estábamos en un lugar “escondido” no dejábamos de estar en la calle, por lo que decidí hacer que valiera la pena y él disfrutaba de todo lo que yo le estaba haciendo con la boca. Poco a poco comenzó a ser más intenso con los dedos hasta que se vino dentro de mi boca.

    Yo estaba como loca sintiendo su semen caliente casi hasta mi garganta y su verga palpitando todavía en mis labios hasta que me tragué todo su semen.

    – Qué bien sabe, don Beni. Me encantó que terminara ahí.

    – Otro día repetimos en el cuarto, ahora ya debo irme.

    Nos despedimos como de costumbre, él recogío su bolso de la parte de atrás de mi carro y caminó hacia el otro lado de la acera, hasta que lo perdí de vista.

    Yo salí de esa oscura calle y tomé la ruta más cercana a mi casa.

    Así fue nuestro segundo encuentro, muy casual, muy rápido pero no menos delicioso ni menos excitante.

    Les dejo besitos y caricias.

    Bellota

  • Sucedió en una nochebuena

    Sucedió en una nochebuena

    Cómo les había comentado en relato anterior, ya habíamos entrado en el mundo del cuckold, y mi esposa tenía su amante de planta, ella comenzó a trabajar en la noches con un grupo de conductores de servicio nocturno para empresas que laboraban a altas horas de la noche y los llevaban a su casa y también su novio trabajaba en el grupo, por lo que no era raro que llegara muy de madrugada debido a que después de que terminaban sus viajes, se iban al hotel o a su casa a coger.

    Ella llegaba a nuestra casa, algunas veces me despertaba y le daba una segunda repasada, otras veces no se daba cuenta cuando llegaba y otras simplemente me decía que llegaba bastante satisfecha por lo que la dejaba descansar.

    En un diciembre, mi esposa tenía viajes el 24 de diciembre y en mi caso teníamos la costumbre de pasarlo en familia en esas fechas de festividades decembrinas; sin embargo, ese día llegó a casa de mis padres donde estábamos reunidos, dio el abrazo, ceno y me dijo que se iba a ir porque la estaban esperando.

    A mí me causó extrañeza porque perfectamente sabía las costumbres de mi familia de estar reunidos, le pregunté que si era con su novio y me dijo que sí, pues se encontraba solo en su casa y no quería dejarlo así; sin embargo le dije que sí es lo que deseaba que no tenía inconveniente, por lo que sin titubear me dijo que es donde quería estar, en su cama desnuda para él.

    Debo reconocer que aunque me sorprendió su decisión, me prendió a mil, así que la acompañe a su auto y le dije que solo le pedía que grabará audio, y me contestó que estaba bien pero que no quería reclamos de lo que ella pudiera decir, y se fue.

    Después de la reunión regresé con mis hijos a casa y ella todavía no llegaba. Me acosté y después de una o dos horas en las que no pude dormir, llegó a casa. Ella se veía bastante satisfecha, se puso cómoda, normalmente duerme solo con pantaletas y una camisa de tirantes. Me dijo que me mandaria el audio y se dormiría, mensaje que no estaba interesada de mas sexo por esa noche. Así que me puso mis audífonos y me dispuse a escuchar el audio.

    Su novio le preguntó si yo no le había dicho algo o si no la había seguido, a lo que ella le contesto que no porque estaba con mi familia, y que no se preocupara porque había ido para estar no él en esa noche de noche buena y que sería especial pasarla juntos haciendo el amor, se escuchó que se quitaban la ropa, se metieron a la cama y se escuchó como le hacía una mamada, pues a ella no tiene tanto entusiasmo conmigo, pero a su novio le encanta hacerle el sexo oral.

    Después solo se escuchaban besos de todo tipo, frenéticos, pausados, sencillos, tiernos, y en eso se escuchó que ella comenzó a gemir, seguramente estaba siendo penetrada por esos 18 cm de carne que entraban en sus entrañas y le decía que ese era su regalo de navidad y él le contestó que ese era su regalote, haciendo alusión a su miembro y ella no dejaba de pujar, se escuchaba que estaba feliz de estar con su novio siendo cogida en su cama.

    Y después él le dice que le gustaría hacérselo por el ano; situación que mi esposa no disfruta mucho, pero le gusta ser complaciente con sus amantes, así que le dijo que si él quería que lo tomara, que era suyo, así que se escuchó que se levantó y le dijo que iba por aceite de bebé, se escuchó movimiento en la cama, seguramente se puso en 4, le dijo que la iba a lubricar y con sus dedos llenos de aceite comenzó a estimular su ano y también se lubricó él y solo se escuchó el quejido de ella cuando la penetro.

    Ella le suplicaba que despacio y supongo que fue cuidadoso con ella hasta estar lo suficientemente dentro de su ano y comenzó con movimiento suaves hasta hacerse un pico mas fuerte pero sin lastimarla, y solo se escuchaba sus gemidos junto con el golpeteo de sus nalgas contra su vientre y así le entrego el ano algunos minutos y ella lo saco, pues la estaba lastimando y después lo jineteo a placer, posición preferida de ellos, pues a mí esposa le encanta que en esa posición le chupe los senos mientras la penetra tomándola de las nalgas y además moviéndose ella a placer, tomando el control de la situación.

    Y así lo hizo terminar y a los segundos cortó la grabación.

    Debo aceptar que es uno de los encuentros que más recuerdo con excitación, el que mi esposa ese día eligió estar cogiendo con su novio.

  • Elda, la instructora de la Sección Femenina (III)

    Elda, la instructora de la Sección Femenina (III)

    Elda y yo caminamos hacia el despacho después del altercado violento en el que me ha defendido del acoso las tres alumnas que me han humillado y también a sí misma de las barbaridades que han dicho de ella y de su vida.

    Una vez dentro, todavía sosteniéndome de mi esbelta cintura con su gran brazo y su manaza derecha, me mira a los ojos y se percata de que continúo llorando. Acto seguido me abraza sin pensarlo. Me encuentro llorando desconsoladamente abrazada a ella.

    –Lo siento… Lo siento muchísimo… De verdad… Te pido perdón… Me siento tan y tan culpable… –me disculpo entre amargas lágrimas. Siento sangre en mi boca y la mitad de la cabeza hinchada de la patada que me ha pegado una de las tres alumnas que me acosaban.

    –Ya está… Ya está… –me dice, en un tono de voz apenado mientras con sus manazas me acaricia la espalda y el suave cabello de mi corta melena y mis delicadas mejillas mojadas, secándome las lágrimas.

    En un momento dado, se agacha para llegar a mi rostro, me besa la frente y me acaricia la cabeza y el rostro, mirándome fijamente y con tristeza e impotencia en sus ojos.

    –Madre mía, lo que te han hecho… Es que… ¡Joder! Menudas desgraciadas e hijas de puta… –puedo ver como de sus pequeños ojos cafés caen lágrimas de ira e impotencia, que rápidamente se seca– De veras, no sé por qué me pides disculpas. Te las tendría que pedir yo a ti en todo caso, ya que como directora de este centro he sido la primera responsable de que estas arpías siguieran aquí parasitando y zorreando, que es para lo único que sirven las muy perras y malas. ¡El espíritu nacional se desentiende totalmente de escoria como esta!

    –Te entiendo, pero es que me siento tan y tan culpable… Llevaban acosándome días… No te lo llegué a decir por miedo… Yo misma he permitido que la situación llegue a este punto… Lo siento muchísimo, de veras… –le digo entre amargas lágrimas, mirándola fijamente a su profunda mirada.

    –De veras, no sufras, Candela. Otra vez, ya sabes. Ya sabía yo que en algún momento u otro no me quedaría otra alternativa que actuar así contra ellas, sea por el motivo que sea. ¡Son más malas que la peste!

    Acto seguido, se agacha para llegar a mi rostro, me decanta delicadamente el cabello en los oídos y me besa lentamente la frente y las mejillas. Nos abrazamos de nuevo.

    Es la primera vez que somos una fundiéndonos en un abrazo. Con su abrazo, sus besos y mis caricias, poco a poco amaina mi llanto y mis latidos. Me siento muy vulnerable y al mismo tiempo muy protegida a su lado. Solo con sentir el peso de su cuerpo, ella tan alta, gordita y corpulenta conmigo, yo tan bajita, delgada y menuda a su lado, siento con intensidad una palpitación en mi corazón pese a los martilleados latidos de ansiedad, seguida de una contracción en mi estómago, además de como se eriza mi piel, especialmente mis pechos y pezones.

    Si por mí fuera, se podría parar el tiempo en este bello instante entre las dos.

    Pasados unos minutos que, si por mí fuera, podrían ser eternos, nos volvemos a mirar a los ojos.

    –Ven, Cándida. Voy a curarte las heridas –me dice Elda mientras me toma de la cintura y nos encaminamos hacia la sala de enfermería.

    Entonces llegamos. Me señala la camilla. Me siento. Ella sigue de pie, delante de mí.

    –Abre la boca, Cándida –me ordena.

    Abro la boca.

    –¡Joder, vaya herida…! ¡Menudas hijas de puta! –dice, apenada.

    Se dirige hacia el botiquín y toma un bote con una medicina. Se acerca a mí de nuevo.

    –Abre…

    Abro de nuevo.

    Abre el bote y del tapón sale un diminuto pincel bañado de un espeso líquido negro y me lo unta en la herida delicadamente. Suspiro de dolor.

    –Calma, ya está. Lo que pica cura.

    Una vez me ha puesto el líquido en la herida, se dirige de nuevo al botiquín y toma una pomada, que cubre con una pequeña toalla.

    Se vuelve hacia mí y con sus largos y gorditos dedos me unta bien de pomada el bulto acompañado de una herida que me han hecho en la frente.

    Tratada la herida, se dirige a un pequeño congelador, toma la bolsa de hielos, la cubre con una pequeña toalla y me la sostiene delicadamente encima del bulto y la herida.

    –Ten, para ti. Verás como se te alivia –me dice. Me sostengo yo la bolsa.

    Acto seguido, me mira a los ojos, me besa la frente y me abraza. Al estar ella de pie y yo sentada en la camilla, estando nuestras caras a la misma altura, siento sus grandes y turgentes pechos por debajo de la camisa azul de manga corta con el yugo y las flechas bordados en rojo y con las condecoraciones de plata, bien pegados a los míos. También sus pezones entumeciéndose al mismo tiempo que los míos, sintiendo ambas el bello roce. Siento de nuevo otra palpitación en mi corazón acompañada de otra contracción en mi estómago.

    –Ay, mi Cándida… Tan hermosa, tan buena y tan angelical que eres… ¡Tan cándida, tal y como dice tu nombre…! Tan única, tan diferente al resto, tan… ¿Qué haría yo sin ti, mi cielo…? –me dice, alzando ligeramente su tono de voz.

    Acto seguido, me llena la mejilla de besos. Me siento flotando en el séptimo cielo. Me doy todavía más cuenta de lo enamorada que estoy de Elda y de lo mucho que me dolería separarme de ella. De que he llegado a un punto que mi vida no es vida sin ella. Sin su cariño, sin su voz de sargento enterneciéndose mientras me dedica dulces palabras, sin sus delicadas caricias, sin sus abrazos, sin sus bellos y carnosos labios sellando mi frente y mis mejillas (por el momento), sin su corazón, tan duro en apariencia y ablandándose en mi presencia… Se me empañan los ojos, que empiezan a derramar lágrimas, esta vez de la emoción. La quiero, la adoro, la amo. Tengo sentimientos fuertes hacia ella. Nunca antes había tenido este sentimiento hacia nadie. Tan bello, tan sublime, tan intenso.

    Después regresamos a su despacho, desayuna su bocadillo y su café y nos ponemos ambas a trabajar como cualquier otro día, a destajo. Doy todo de mí y más. Trabajo por encima de mis posibilidades. Amo tenerla más que contenta.

    Las horas transcurren entre mucho trabajo. Las campanas repican doce veces. Son las doce de la mañana. Hora de educación física. Ella se va al claustro con sus alumnas, yo me quedo en el despacho trabajando.

    Escucho los gritos de Elda al compás de sus sonoros pitidos con el silbato desde el despacho y del sonido de los balones de fútbol y baloncesto botando en el suelo sin cesar. Me admira y me atrae en sobremanera escuchar desde el despacho sus severos gritos de sargento al compás de los fuertes pitidos que hace con su silbato en Educación Física. ¡Y ay en sus clases de Formación del Espíritu Nacional…! Ese rabioso y apasionado fervor patriotero… Sonrío, suspiro, se me sonrojan las mejillas, se me empañan los ojos con ganas de llorar de la emoción, se me contrae el estómago… Al mismo tiempo, se me eriza la piel y los vellos, empiezo a sentir calor dentro de mí… En tan poco tiempo se me han despertado demasiados sentimientos y sensaciones hacia esta mujer, con muchísima intensidad. Jamás pensé que me sentiría así por alguien, todavía menos por una mujer.

    De repente, el sonido de cristales rotos y de sonoros disparos y gritos de espanto de las estudiantes al unísono me devuelven a la realidad. Al instante, entro en un fuerte estado de ansiedad, lo que provoca que mi respiración se agite y mi corazón martillee y se acelere. En cuestión de segundos dos sonoras detonaciones rompen los cristales de una de las ventanas del despacho. Me sobresalto del susto de muerte que me doy, hasta el punto de caer de la silla. Grito y empiezo a temblar. Irrumpen en el despacho dos hombres armados vestidos con una boina roja, una chaqueta marrón y unos pantalones anchos verdes. Entonces lo supe. Maquis. Eran maquis. En algún momento u otro esto tenía que suceder. Elda ya me lo repetía cada dos por tres. Estoy paralizada.

    –¡Vaya, vaya, vaya! ¡Qué tenemos aquí! –grita uno de ellos en todo de burla en cuanto me ve.

    Ambos caminan lentamente dirigiéndose a mí, acercándose a la mesa y mirándome con lascivia y crueldad. A medida que se acercan, mi sentido del olfato siente con más intensidad el hedor de estos hombres, causado por la falta de higiene. Estoy paralizada. Tengo miedo, mucho miedo.

    –¡Vaya suerte la de Caudilla Zorrelda «la alcohólica» como bien nos han indicado vuestras dos desertoras! ¡Es un secreto a voces lo bollera que es! ¡Yo también quisiera una así! ¡Estás para hacerte un favorcillo, eh! –me dice uno de los dos, en un tono lascivo, mientras pone su asquerosa mano sucia y llena de callos debajo de mi barbilla, haciendo fuerza con los dedos pulgar e índice en mis mejillas, deformando violentamente la expresión de mis labios, como si fuera un pez. Empiezo a llorar.

    –¡Claro que sí, camarada! La única cosa buena que tiene la fascista de mierda, alcohólica y bollera Zorrelda es su gusto hacia las mujeres –se vuelve hacia mí y me grita al oído– ¡Ufff…! ¡Estás muy buena…! –me dice, dedicándome una mirada y un tono de voz lascivos– ¡Podríamos compartirte! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! –se ríe con crueldad. Puedo sentir el hedor de su asqueroso aliento.

    –¡Nuestra alcohólica Zorrelda ha sido traicionada por dos de las suyas! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ahora está bien jodida y su destino va a ser sangrando y descomponiéndose en una cuneta como la hija de puta, asesina y mala perra que es! –me dice en un tono de voz encolerizado y apretando los dientes, sin dejar de mirarme con lascivia y todavía lastimándome mis pobres delicadas mejillas.

    –¡Y tú estás también bien jodida…! ¿Sabes que entre la gente de por aquí el pueblo ya se rumorea sobre tus trabajitos de más para Zorrelda? ¿Cuánto te paga de más, eh, putita? –me dice el otro, con la misma mirada y en el mismo tono de voz y riéndose con maldad– ¡Responde, coño! –alza todavía más el tono de voz en mi oído, lo que provoca que me sobresalte de nuevo y mi bloqueo y mi llanto se intensifiquen todavía más.

    –No me hagáis nada… No nos hagáis nada… Por favor… Os lo ruego… –les suplico llorando a lágrima viva.

    Acto seguido, el que me hacía daño en las mejillas me agarra violentamente del pelo de mi corta melena y me fuerza a levantarme de la silla mientras que el que me gritaba a la oreja me tapa la boca atándome fuertemente un pañuelo, me ata también las muñecas, me pone la zancadilla y caigo al suelo. Los dos empiezan a reírse a carcajadas y a escupirme. Estoy bloqueada y realmente asustada y solo hago que llorar y respirar con dificultad.

    –¡El destino de tu querida va a ser tirada en una cuneta perdida en algún lugar perdido del país, sangrando y comiéndosela los carroñeros como la puta cerda que es! ¡Y el tuyo también va a ser el mismo! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

    De repente, empiezo a reaccionar. Entonces, pese a ser una chica débil (todo lo contrario que Elda) una fuerza desconocida se apodera inexplicablemente de mí. Ese sentimiento de que si la atacan a ella también me atacan a mí. De que su felicidad, su tristeza y su enfado son también míos. No puedo consentir que hablen así de Elda. De mi amada. Me hierve la sangre de la impotencia y de la rabia. Empiezo a reaccionar. Me levanto con dificultad. Intento desasirme de la cuerda con la que me han atado fuertemente de las muñecas, algo que medio consigo.

    –¡Aarrggmmpff! –chillo con la boca amordazada con el pañuelo– ¡Sois unos hijos de puta desgraciados! ¡No voy a consentir… ¡No voy a consentir a nadie que hable así de Elda! –grito, dirigiéndome rápidamente a ellos y, no sé cómo, terminando de desasirme de la cuerda.

    Entonces, una vez delante de ellos empiezo a darles bofetadas, puñetazos y patadas.

    –¡Sois unos hijos de la grandísima puta! ¡En cuanto Elda os encuentre os va a reventar y s matar y os va a dejar tirados como los putos guarros que sois! ¡Putos desgraciados! –grito mientras les agredo, entre lágrimas de ira e impotencia.

    –¡EH! ¡Las manos quietas, taponcete! –me grita uno de ellos. Acto seguido, me suelta una fuerte bofetada en la mejillas seguida de un violento empujón y vuelvo a caer al suelo, tumbada y de espaldas.

    Una vez al suelo, el otro me ata de nuevo las manos, pero esta vez más fuerte y a las patas de la mesa del escritorio de Elda.

    –Los putos fascistas como tu amada Zorrelda y los ayudantes de fascistas como tú, además de acabar pudriéndoos en cunetas, en vida os merecéis esto y más… ¡Mucho más! –me grita al oído agachándose para llegar a él estando yo tumbada de espaldas y apretando los dientes coléricamente mientras me ata las muñecas.

    Mientras tanto, el otro desgraciado, vuelve más mi cuerpo hacia la mesa y me ata fuertemente de los tobillos a la otra pata. Estoy gritando, llorando y al borde de un ataque de ansiedad. Siento como me sube violentamente el vestido, dejándome en ropa interior. Estoy aterrada.

    –Uy… ¿Qué tenemos aquí?! ¡Ja, ja, ja! ¡Todo esto se lo come Elda! ¡Vaya suerte tiene la hija de puta!

    –¡Ja, ja, ja! Por mucho que intentes atacarnos, ¡qué débil y manejable eres!

    Siento sus asquerosas manos y la asquerosa lengua de uno de ellos tocando mi cuerpo y medio quitándome la ropa interior, entre risas crueles y lascivas.

    Entonces, escucho como los dos se ponen de pie y acto seguido el violento sonido de las hebillas de sus cinturones y puedo entrever como se bajan los pantalones, entre risas crueles y unas asquerosas respiraciones que, pese a mi falta de experiencia, puedo reconocer muy bien. En cuestión de segundos, puedo escuchar un asqueroso sonido seguido de estas respiración. Estoy aterrada. No puedo mirar. Cierro los ojos. Quisiera taparme los oídos, pero es imposible atada como estoy. No sé cómo, logro desasirme por segunda vez del pañuelo mordaza y grito más fuerte y con más intensidad.

    –¡Aaaah! ¡Que alguien me ayude, por favor!

    De repente, uno de los dos se tira encima de mí con el fin de inmovilizarme y también tapándome la boca con sus asquerosas manos. Siento algo rígido, húmedo y asqueroso en mi espalda, mejor no dar detalles. Además de querer inmovilizarme, siento como intenta algo más conmigo. Ahora sí que estoy acabada. Sigo intentando gritar y oponer resistencia.

    En cuestión de unos segundos, escucho como violentamente los rápidos y sonoros taconeos de Elda se acercan al despacho. Por fin llega. En cuanto ve el panorama, deja ir un fuerte grito y se abalanza sin pensarlo ni un instante contra los maquis que me están agrediendo.

    –¿Qué os pensáis que hacéis, hijos de la grandísima puta??!!! –grita, roja de la ira y entre lágrimas de impotencia, mientras levanta al que me estaba tapando la boca y acto seguido les agarra fuertemente de la ropa a ambos– ¡Os voy a reventar y a matar como acabo de hacer con vuestros tres amigos…! ¡Tengo total impunidad para hacerlo con escoria de vuestra puta ralea, y todavía más en defensa propia! ¡Vosotros sí que vais a acabar como vuestros putos amigos…! ¡Cobardes y poco hombres es lo que sois…! ¡Soy mujer y tengo más cojones que todos vosotros! –grita furiosa y llorando de ira e impotencia, mientras les pega una fuerte paliza a ambos al mismo tiempo y a base de jarabe de fuertes patadas, puñetazos y golpes de porra– ¡Como todos los de vuestra ralea, no tenéis ningún honor ni hombría ni vergüenza tenéis nada…! ¡ni los habéis conocido en vuestras putas vidas…! ¡No sois hombres, sois unos perros, unas ratas de cloaca, unos perturbados y unos depravados…! –grita, apretando los dientes coléricamente. De repente, les pega una fuerte patada a los dos en la entrepierna, provocando que peguen un fuerte grito y que caigan al suelo. Y además directamente, ya que tenían los pantalones y demás bajados, lo que debe de doler el doble o el triple. Durante la fuerte reacción de Elda, no han articulado palabra. Las fuertes y rápidas golpizas de Elda nunca dejan margen de reacción. Sin pensarlo un segundo más, Elda se dirige a mí, se agacha y tan solo con la descomunal fuerza de sus manazas, sin necesidad de ningún utensilio, me desprende las muñecas y los tobillos al instante. Me abraza con fuerza sin pensarlo ni un segundo.

    –Ya estoy aquí, Cándida, cariño mío, ya estoy aquí. Aquí me tienes –me dice, llorando de impotencia y con el desgarrador dolor de a quien le han dañado y ultrajado a lo que más ama. Las dos lloramos abrazadas muy fuertemente. Me besa la frente y las mejillas. Siento su corazón a mil por hora.

    Transcurridos unos lentos segundos, se dirige de nuevo a los maquis, que continúan en el suelo retorciéndose del dolor.

    –Y vosotros… ¡Preparaos! –les grita furiosa, apretando los dientes de rabia.

    Acto seguido, puedo ver asombrada como con su descomunal fuerza les agarra a los dos de la entrepierna y empieza a caminar rápidamente.

    Sale de despacho agarrándolos. Me levanto del suelo con dificultad, me pongo el vestido lentamente y la sigo sin pensarlo ni un segundo. Puedo ver como los pasea por el pasillo y como baja las escaleras agarrándoles todavía más fuertemente de la entrepierna, estando ella de espaldas a ellos, sin miramiento alguno. El coro de los gritos de dolor de ambos se escucha por todo el castillo. También bajo yo detrás y puedo ver como los pasea por los pasea por el pasillo del piso de abajo y por el claustro ante la atónita mirada de las alumnas. Después veo como abre violentamente de la puerta y sale del castillo. Salgo yo también detrás de ella y la sigo sin pensarlo pero discretamente. Puedo ver como camina unos metros sin dejar de agarrarles la entrepierna, hasta llegar al borde de un precipicio cercano al castillo.

    Desde delante del castillo puedo ver como les pega patadas y como seguidamente se saca la pistola del cinturonazo que ciñe su falda negra y como les dispara a cada uno a bocajarro. Una vez muertos, les pega una última fuerte patada a cada uno como a los balones en sus sesiones de Educación Física y les tira por el precipicio. Puedo escuchar desde lejos como grita «¡Dos putos desgraciados menos!». Seguidamente, se gira y se dirige de nuevo al castillo, victoriosa.

    Entro corriendo al castillo sin pensarlo ni un segundo. Vuelvo al despacho, me siento en el suelo y empiezo a llorar dolorosa y desconsoladamente. Tengo un disgusto enorme. Me siento sucia, ultrajada, vulnerable, culpable.

    En cuestión de minutos, escucho de nuevo los fuertes y rápidos taconeos de Elda. Entra de nuevo en el despacho y sin pensarlo ni un segundo, se tira al suelo hacia mí y me abraza de nuevo. Nos abrazamos con gran fuerza, llorando las dos.

    –Ya está, Candela, amor, ya está… ¡Joder…! ¡Perdóname…! ¡No debería dejarte sola con el peligro que hay…! –me dice entre lágrimas, mientras me acaricia el cabello y me besa la frente y la cabeza. Es la primera vez que me llama «amor».

    –No es tu culpa, Elda, de verdad. No te disculpes. Haces todo lo que puedes y más. Me siento yo culpable por ser tan débil y no saber cómo defenderme –digo yo también entre lágrimas.

    –¡No tienes la culpa absolutamente de nada, mi cielo…! –me responde.

    Mientras me abraza, me acaricia el cabello, los brazos y la espalda. Continuamos las dos abrazadas llorando durante unos largos minutos. Hasta que poco a poco nuestros llantos se amainan.

    Continuará.