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  • Le juego al sancho con mi vecina casada

    Le juego al sancho con mi vecina casada

    Cuando vivía en el anterior departamento (en el mismo edificio en el que también vivía muy crush Verito), conocí a una chica casada que vive en el departamento de abajo. Vive con su esposo y calculaba que ella no tenía más de 30 años de edad. Me gustaba mucho la morra; morenita, de 1.60 m, aproximadamente, cintura angosta y nalgona.

    El punto de la historia es que siempre que la encontraba en la calle, ya fuera que anduviera sola o con su esposo, me lanzaba miradas y sonreía. Al principio no me pareció algo fuera de lo normal, pensé que así actuaba con las personas pero después lo pensé dos veces porque la seguía encontrando casi todos los días al subir las escaleras, en el estacionamiento o en la tiendita y hacía lo mismo: me miraba coqueta y se ponía nerviosa pero lo disimulaba porque iba con su esposo.

    Así fue todo el tiempo que viví en ese departamento y me gustaba encontrarla porque sabía que me miraría con sus ojos grandes y cafés y su sonrisa coqueta.

    Me empezó a gustar más cuando la veía en pants o legins, chanclas y una playerita. Me encantaba ver sus hermosos pies; pequeños, morenitos, con pedicura francesa o al natural, como cualquier fetichista fantaseaba con sus piecitos.

    Cuando se arreglaba se veía más hermosa, realmente cualquier outfit le quedaba perfecto. Mis favoritos eran jeans con suetercito negro y flats o vestido blanco escotado y tacones de punta abierta o falda café y zapatillas negras y un gran moño rojo en su cabello… Pero más más me encantaba verla en chanclitas, legings y playera y su cabello recogido.

    Pasaban los días y sus miradas coquetas seguían, sabía que no era normal, pero no se me ocurría alguna forma de llegarle, la mayoría de las veces que la encontraba en la calle iba con su esposo, casi nunca sola, bueno, las únicas veces que la veía sola era en la entrada de su departamento cuando regaba sus plantas, aparte nunca la vi hablando con un wey que no fuera su esposo así que sólo me limité a seguir viendo sus piecitos de lejos y a saludarla cuando la encontraba subiendo a mi departamento.

    Siempre era de “Buenos días/tardes/noches” u “Hola vecino”, decía muy alegre como si le diera gusto verme y más pensaba que algo trataba de decirme.

    No quería imaginarme cosas que no fueran, no por miedo a su esposo (el wey es flaco, blandengue) sino porque me conozco y sé que a la mínima provocación me le iba a abalanzar y no iba a ver vuelta atrás, así que mejor lo dejé así.

    Recuerdo que una noche llegué y mientras iba subiendo las escaleras vi que sus chanclitas blancas con correas rosas estaban afuera, a lado de su puerta, hice como que buscaba mis llaves en la mochila, me agaché y rápido las guardé, seguí subiendo y entré a mi departamento.

    Saqué las chanclitas, me las llevé a la nariz y aspiré profundamente el olor de sus piecitos impregnado en el plástico, lamí la silueta de su pie marcada en la chanclita, la verga se me puso dura y comencé a masturbarme sin dejar de oler sus sandalias. No era suficiente para mí, quería/tenía que probar sus piecitos pero estaba ante una situación casi imposible.

    Hasta ese momento había pasado por alto un pequeño detalle: en su ventana principal tenía un letrero que decía “Se sacan copias e impresiones”, ya estaba el “cómo” ahora sólo tenía que bajar, tocar el timbre y pedirle la copia de cualquier cosa e iniciar la plática.

    Recuerdo que la primera vez que bajé a según sacar copias me abrió ella, se sorprendió al verme pero me saludó alegremente, le pedí la copia mientras miraba sus piecitos con unas sandalias nuevas, mientras ella volvía pensaba en cómo llegarle pero no tardó más de 5 minutos, me entregó la hoja, pagué y regresé a mi departamento.

    Volví a bajar varias veces, le hacía la plática preguntándole cosas insignificantes y cuando le pagaba trataba de darle el dinero de forma que acariciaba la palma de su mano, al hacer esto no se incomodaba, después ella hacía lo mismo con mi mano.

    Todo cambió un día que bajé para imprimir unas hojas, hice lo de siempre y volví a mi departamento pero más tarde cuando estaba revisando las hojas noté que en una estaba escrito un número de teléfono y un nombre: Laura, seguido de un corazón.

    “¿Lo habrá escrito ella o se equivocó y me dio una hoja que no era?”, pensé, pero lo último no podía ser porque sabía el contenido del documento y las hojas estaban bien entonces probablemente sí lo escribió deliberadamente, la agregué a mis contactos y confirmé que sí era su número por su foto de perfil de WhatsApp, pero no le escribí.

    Pasaron un par de días y recuerdo que la encontré sola subiendo las escaleras, cuando pasé junto a ella me saludó y me dijo discretamente “Escríbeme” y se metió a su departamento.

    Y sí, le escribí y empezamos a platicar, en pocos días hablábamos como si fuéramos amigos pero evidentemente cuando nos encontrábamos en la calle y ella iba con su esposo se hacía la que no me conocía. Laura me escribió que lo mejor era que no nos vieran platicando en la calle porque los vecinos sabían que ella estaba casada y las cosas se podían malinterpretar, podíamos hablar de todo pero sólo por wasaps.

    Laura me empezó a tener confianza y luego me decía que me había visto vestido de tal forma y que me veía guapo, yo hacía lo mismo.

    —Me gusta cómo te ves con vestido, te queda, lucen tus piernas.

    —No te creas, aunque me veas con chanclas y pants me gusta arreglarme, ya me verás.

    —Aunque andes con chanclas y pants te ves guapa.

    —Ayyñ ¿en serio?

    —Sí.

    Le pregunté que si su esposo sabía que ella y yo hablábamos pero solo me respondió que ella no le daba explicaciones y que él no revisaba sus cosas, así que no tenía de qué preocuparme.

    Las conversaciones se fueron poniendo intensas, me decía cómo se había vestido tal día y yo sin reparo le pedía foto para poder verla y ella aceptaba. Sin duda yo quería ver más pero no encontraba la forma de pedirle una foto más cachonda o por lo menos una de sus pies, ya teníamos mucha confianza pero no quería darle un motivo para que me dejara de hablar.

    Un día me enseñó una foto de sus manos, me dijo que había ido a hacerse las uñas.

    —¿Te gusta cómo se ven? Estaba entre largas y blancas o un gelish rosa—. Me dijo Laura.

    —Se ven bien, me gustan.

    —La próxima vez será el gelish, ¿qué te parece?

    —Estaría bien, me enseñas.

    —Va.

    —¿Combinas el color de las uñas de las manos con las de los pies?—. Pregunté y esperé su reacción.

    —No, las uñas de los pies me las pinto cada mes, las uñas de las manos las cambio más seguido, dos o tres veces al mes, así que es complicado combinarlas—. Respondió rápidamente.

    —¿Y de qué color son las uñas de tus pies?

    —Ahorita las tengo francesas.

    —¿Puedo ver?

    —Jajaja ¿para qué?

    —Nada más quiero ver.

    Tardó un poco pero me mandó una foto de sus piecitos.

    —Pues mira así que digas que están preciosos no.

    —Para mí están bonitos, me gustan—. Empecé a calentarme.

    —¿Te gustan las patas?

    —Algo.

    —Jajaja no lo imaginé.

    Una vez no sé por qué salió el tema de cómo preparar espagueti, le dije que había tratado de hacerlo pero no me quedó porque se pasó de cocida la pasta.

    —Compra todo y yo te digo cómo hacerlo—. Me dijo Laura.

    —OK.

    Compré los ingredientes y en la tarde me mandó mensaje.

    —¿Ya tienes todo?

    —Ya.

    —Va, te enseño.

    Yo pensé que me iba a decir por mensaje o llamada pero 5 minutos después llamó a mi puerta.

    —¿Estás sola?—. Pregunté antes de dejarla pasar.

    —Sí, déjame entrar antes de que nos vean.

    Llevaba jeans, sandalias y una playera ajustada que resaltaba sus redondas tetas y yo no dejaba de verlas con lujuria y deseo.

    Empezó a cocinar mientras me explicaba, pero yo estaba más emocionado por tenerla para mí solo, tenía que hacerla mía sí o sí.

    Terminó de preparar y nos sentamos en el sofá.

    —Qué descortés soy, ni te invito nada.

    —Es lo que digo chavo.

    —Tengo cerveza y Coca.

    —Una cerveza.

    —¿Y Abraham?

    —Está en el 2°, ¿crees que hubiera venido sabiendo que él está allá abajo?

    —Pueees…

    —¿Eso qué significa?

    —No, nada, bueno, no me hablas cuando vas con él.

    —¿Quieres que sospeche?

    —No.

    —Creo que la pasta ya está —fue a apagar la estufa—. ¿Tienes otra cheve?

    —Sí—. Le di otra.

    —Mi marido no me deja tomar.

    Bebía y hacía dangling con su chanclita, empezaba a calentarme, estaba ansioso por probar sus piecitos.

    —¿Qué me ves?

    —El color de tus uñas.

    —¿De los pies?

    —Sí, me gustan.

    —A sí es cierto, que te gustan las patas.

    No dejaba de echarme sus miradas de siempre mientras bebía su cerveza. Seguimos platicando, me sentí muy cómodo con ella, me contaba cosas de su vida y de algunas que ella veía que yo hacía como la vez que llegué ebrio y me tuvieron que subir cargando.

    Nos reíamos mucho y bebíamos, por un momento me olvidé de la parte sexual pero tenía que aprovechar porque era muy probable que no tuviera otra oportunidad.

    Así que la tomé de la barbilla, la acerqué a mí y la besé, al principio se resistió un poco tratando de apartarse pero fue cediendo conforme nos besábamos. Laura jugueteaba con su lengua, me mordía rico los labios y acariciaba mi cabello, yo acariciaba sus muslos, traté de llegar a sus tetas pero apartaba mis manos, no insistí.

    Se levantó y se sentó en mis piernas. Me miró fijamente a los ojos.

    —Me gustas—. Dijo y me dio un beso en la mejilla. Me quedé frío.

    —Creo que más o menos lo sospechaba.

    —Jajaja ustedes los hombres no saben captar indirectas.

    Volvimos a besarnos, seguí acariciando sus muslos, llevó mis manos a sus nalgas y las frotó, después me llevó a su cintura y subió con mis manos hacia sus tetas, las apretó, soltó una risita perversa.

    —Vamos a mi cama—. Le dije desabotonando su pantalón.

    —Jajaja no—. Respondió apartando mis manos.

    —Uhmmm…

    —Estoy en mi período, así que te quedarás con las ganas.

    —Pero no nada más se puede por aquí—. Dije frotando su entrepierna.

    —Jajaja baboso.

    De repente con un movimiento subió su playera junto con su sostén por encima de sus tetas; quedaron al descubierto, redondas, con unos pezones cafecitos, duritos y paraditos. Las agitó pero cuando iba a tocarlas de inmediato se cubrió.

    —Yaaa, no abuses de mi nobleza.

    —Me quedaré con las ganas…

    —Efectivamente. Bueno, ya me voy.

    Se puso de pie, se acomodó la playera y el pantalón. No dijo ninguna palabra, abrió la puerta y se fue.

    Me dejó con las ganas pero le gustaba así que podía seducirla y hacerla mía.

    Seguimos hablando los siguientes días pero ninguno mencionó lo que pasó esa vez en mi departamento, nos encontrábamos en la calle y me veía como siempre y yo también la miraba con deseo. Ese juego amoral y deshonesto me gustaba cada día más.

    Un día me dijo que su esposo se iría a trabajar a Querétaro y que se quedaría sola dos semanas. Había llegado mi segunda oportunidad. Le dije que si quería hacer “algo”, primero me dijo que sabía mis intenciones y que era suficiente con el manoseo que le di aquella vez. La conocía un poco y sabía que ella también quería pero tenía que ganármelo.

    Esa tarde estuvimos platicando y en la noche me dijo:

    —Baja.

    Me alisté como Alejandro Magno antes de entrar a Persia. Bajé, noté que sus luces estaban apagadas, llamé a la puerta, lentamente la abrió, me tomó del brazo y me metió rápidamente. Todo estaba oscuro, solo una tenue luz de la lámpara de la calle iluminaba la sala.

    Laura tenía puesto un hermoso baby doll negro, medias negras, zapatillas rojas cerradas, sus labios pintados carmesí y bañada con un delicioso y dulce perfume.

    Sin decir ninguna palabra nos besamos mientras ella me desabrochaba el cinturón, se puso en cuclillas ante mí y me bajó el pantalón junto con el bóxer y comenzó a mamármela, podía sentir como su labial servía de lubricante para empujarse mi verga hasta el fondo de su garganta. Lamía desde mis testículos hasta la punta de mi verga. Los chasquidos de sus labios me excitaban cada vez más y mantenían dura y parada mi verga. Se puso de pie y me llevó a una habitación.

    Terminó de desvestirme y me tiró en la cama. Se subió en mí y comenzó a besarme el cuello, bajó a mis pectorales, me besaba y mordía suavecito mientras me jalaba la verga, volvió a chupármela.

    Se detuvo, se puso en posición de 69 pero le dije que se sentara en mi cara, me obedeció y restregó sus nalgas haciendo movimientos circulares, pude notar que tenía un plug anal.

    —Te voy a asfixiar jajaja.

    No pude responder. Se inclinó para hacer el 69. Lamí sus jugos y di pequeñas mordidas en sus nalgas, ella gemía despacio y se golpeaba la lengua con mi verga.

    Me incorporé y tendí a Laura en la cama. Contemplé su cuerpo y la miré fijamente.

    —¿Qué?—. Preguntó.

    —Nada.

    —Sé lo que estás pensando y mejor no lo digas o te corro de aquí.

    Más o menos era lo que quería escuchar, saber que se entregaba a mí sin remordimiento o temor a lo que fuera a pasar después.

    Bajé hacia su vagina y jugueteé con sus labios pero Laura me subía hacia ella con sus piernas, quería, necesitaba ser penetrada. Abrí sus piernas y se la metí lentamente, Laura soltó un gemido de alivio, yo sentí el delicioso placer de entrar en una mujer casada, tenía que cogérmela mejor que su esposo, esa era la razón por la que estábamos ahí.

    La embestí con delicadeza pero ella me pedía que lo hiciera más rápido, me aprisionó entre sus piernas jalándome hacia ella.

    —Quiero por atrás—. Dijo quitándose el plug y sacó una botellita con aceite, me echó un chorro en la verga y la dirigió a su culito para que la ensartara. Lo hice lentamente, estaba estrecha, empujé y Laura soltó un fuerte gemido, volvió a abrazarme con sus piernas. La penetraba con fuerza aumentando el ritmo mientras ella me echaba más aceite en la verga, apretaba tan rico que estaba a punto de correrme.

    Me llevé los dedos de sus pies a la boca, puse sus plantas en mi cara y aspiré hondamente el delicioso olor que habían dejado las zapatillas combinado con la tela de sus medias, lamí sus plantas y metí su pie en mi boca lo más que pude.

    —Quítame las medias —me ordenó—. Me las arreglé para esta ocasión.

    Sus uñas eran de color rosa muy tenue, coquetas y perfectamente recortadas.

    —Me encantan—. Dije besando sus deditos.

    —Sabía que te gustarían.

    —Jálamela con los pies.

    —Jajaja está bien.

    Eché aceite en sus piecitos y comenzó a jalármela un poco torpe.

    —Ayyy no me sale jajaja.

    —Así mira—. Puse la verga entre sus plantas y ella se acomodó para frotármela con más precisión. Me hizo un rico footjob con sus plantitas suaves y aceitadas. Laura me veía sonriéndome y soltando una que otra risita.

    —Oh con que así se hace un footjob.

    —Sí preciosa.

    —No te vayas a correr, todavía quiero de a perrito.

    Le quité el baby doll, eché un poco de aceite en su tetas y ella se puso de a perro.

    Estaba a punto de metérsela por la vagina pero ella se llevó la verga al culo y volví a embestirla. Laura gemía y gritaba con cada embestida, me pedía más rápido y más hondo, la apreté de la cadera y aumenté el ritmo de mis embestidas. Laura encorvaba la espalda de placer mientras yo la jalaba del cabello y la nalgueaba.

    Cambiamos de posición, llevé sus tobillos a mis hombros y Laura recibió mi verga por la vagina. Puso rígidas las piernas, era señal de que se estaba corriendo, pude sentir su cremita caliente escurriendo por debajo de mis huevos, eso me calentó bastante y yo empujaba con más fuerza sin dejar de chupar sus pezones.

    —¡Más rápido, más rápido!—. Me exigía.

    Saqué la verga, la tomé por el cabello, apunté a su cara y Laura abrió la boca y me descargué en su lengua, la leche escurría por su cuello hasta su pecho.

    —Si querías te podías venir adentro, nada más me tomaba una pastilla…

    —Jeje no me dijiste.

    —Ayyy contigo. Ven, vamos a la regadera.

    Nos duchamos, lavé cuidadosamente su delicado cuerpo, frotando con el jabón sus nalgas y pecho, ella por su cuenta me chupaba la verga y se la frotaba contra sus tetas.

    —No estoy muuy chichona pero algo es algo jajaja—. Dijo haciéndome una rusa.

    —Me gusta nena.

    Volvimos a la cama, Laura se acurrucó a mi lado, yo acariciaba su rostro y sus piernas, bajaba a sus muslos y recorría hasta sus nalgas. Eso la calentó y comenzó a jalármela, nos besamos. Luego se subió sobre mí metiéndose mi verga y comenzó a cabalgarme, primero lentamente y fue subiendo el ritmo con los ojos cerrados y apretándose las tetas, movía la cadera de forma circular, se detenía un poco para mamármela y volvía a metérsela.

    Cambiamos de posición, le abrí los muslos y entré en ella, me abrazó con las piernas y apretándome me jalaba hacia ella. Lamía sus pezones, le mordía los labios y ella gemía con fuerza sin aflojar las piernas.

    Se corrió, me aparté para probar sus jugos, eran espesos y salados.

    Coloqué las plantas de sus pies en posición para correrme en ellas y solté una descarga de espesa leche.

    —Uy está calientita—. Dijo Laura sonriendo.

    Seguí descargándome en sus plantas. Quedé exhausto y me acosté a su lado. Laura se llevó el pie a su boca y limpió su planta con la lengua.

    Amanecimos teniendo sexo, no tuve ningún remordimiento.

    Quería preguntarle por qué lo hizo, si porque de verdad yo le gustaba o solo estaba caliente. Preferí no decir nada, obviamente iba a pedir que se repitiera.

    Seguimos hablando por WhatsApp y encontrándonos en la calle. Ella me miraba de reojo, sonriendo, cómplice de nuestro bajo e infiel acto.

    —Creo que para la próxima vez podrías enseñarme a cocinar algo más difícil.

    —¿Cómo qué?

    —Lo que sea, solo quiero que vengas y me cocines desnuda ñ.

    —Jajaja ¿otro fetiche?

    —Puede ser, ¿no tienes fetiches?

    —Fantasías tal vez.

    —¿Cómo cuál?

    —Una horchata tal vez jajaja nah no es cierto.

    —¿Y si un menage a trois tú y yo?

    —¿Qué es eso?

    —Un trío pues…

    —Jajaja suena tentador jajaja.

    —Pues tú dices.

    —Jajaja ¿tú y yo y quién más?

    —¿Una de tus amigas?

    —No me cogería a una de mis amigas, aunque tengo curiosidad por saber qué se siente jajaja.

    Como saben tuve que mudarme de ese departamento.

    Laura me mandó un mensaje diciéndome que me extrañaría pero que teníamos una “cosita” pendiente.

    Seguimos hablando, todavía me manda fotos. De verdad extraño su cuerpo, su aroma, el calor de su piel y sus gloriosos pies.

    Solo espero el día en que podamos cumplir nuestra fantasía.

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  • Mi prima cambió de lugar con una muñeca sexual

    Mi prima cambió de lugar con una muñeca sexual

    Audrey la hija de mi tía Martha hermana de mi mamá, es una chica de cabello castaño oscuro, ojos marrones grandes, una piel clara con un matiz naturalmente dorado y una figura esbelta y atlética que enamora a los hombres que la ven.

    Desde pequeña se notaba que en el futuro iba a ser una mujer hermosa, recuerdo cuando invitaba a mis amigos a casa a jugar video juegos y ella con mi tía estaban de visita, mis amigos se quedaban encandilados con ella, siempre parábamos molestándola y haciéndole bromas.

    Inclusive mis amigos en la escuela me decían: “Tu prima Audrey es muy bonita”, nuestra diferencia de edad no era mucha yo soy mayor que ella solo por 2 años. En la etapa de la adolescencia su cambio fue más notorio, solo con su sonrisa bastaba para desarmar a los hombres.

    Pero esa belleza también era su karma, recuerdo una tarde viendo mi serie favorita “Two and a half men”, en español “Dos hombres y medio”, Jake había roto con su novia y Charlie le aconsejaba que se buscara a otra a una mejor y le pregunta ¿Cuál es la chica más linda de su clase? Jake responde Nicole O malí, Charlie le propone que la invite a salir, Jake asombrado le pregunta ¿si esta ebrio? Charlie le responde unas de las frases que hasta el día de hoy guardo en la memoria “Entre más linda sea la chica, más sola estará porque a la mayoría de los chicos les asusta hablarle.”

    Si lo que decía era verdad, esa tarde decidí comprobarlo. Le escribí a Audrey por WhatsApp y le pregunte qué planes para más tarde, a lo que ella me respondió: “Nada, aburrida en casa” recordé que en el centro de la ciudad habían abierto un nuevo centro de juegos electrónicos y como en un libro de seducción que había leído que las mujeres son seres emocionales y si quieres conquistarla tienes que hacerla vivir una emoción que mejor que un centro de juegos electrónicos la invite que me acompañara a lo cual acepto.

    Esa tarde noche la pasamos espectacular estuvimos jugando con juegos Árcade de lucha, autos de carrera, deportes(Futbol, Boxeo y Tenis) recuerdo un juego llamado Pump it Up es un juego de simulación de baile, donde habían flechas de colores en el suelo que señalan que sensores se deben pisar y el orden a pisarlos Audrey se encandilo con ese juego y paraba bailando, en unas de las canciones piso mal, felizmente estaba a su costado y la atrape en el aire en el momento de la caída, aproveche ese momento para tener más Kino (contacto físico progresivo) como se le conoce en el mundo de la seducción que consiste en aumentar la cercanía física de manera gradual y respetuosa, observando si la otra persona responde positivamente.

    Parecíamos como una pareja de enamorados, era la envidia de todos los hombres en ese lugar al tener a una mujer 10 a mi lado, recuerdo al salir de local el agente de seguridad me felicito tocando mi hombro “Muy bien hijo”. De ahí nos fuimos a comer unos helados y conversar, me decía que se sentía muy sola, casi no tiene amigos, que no sabe qué le pasa a los hombres que no pueden entablar una conversación con ella que se comportan como pavos, todos idiotas como con miedo, el tío Charlie tenía razón.

    Quién lo diría, las mujeres más guapas que todos pensamos que tienen un monto de hombres atrás de ellas son las que más solas están.

    Yo le ponía mi mano sobre su cintura o hombro tocándola y ella solo sonreía, me agradeció por el momento divertido en los juegos electrónicos estaba alegre y feliz. Desde ese día nuestra relación de primos mejoro, visitábamos varios lugares juntos hasta que un día se me ocurrió irnos de viaje, al sur de la capital.

    Ese día en la noche en el hotel sabía que era mi oportunidad y aplicando técnicas de seducción logre que me abriera las piernas y me permitiera entrar dentro de ella quitándole así su virginidad, si tuve el privilegio de ser su primer hombre y el que la inicio en el mundo del sexo, obviamente a nuestros padres les mentimos con versiones distintas ella que estaba en una pijamada con sus amigas, y yo que me iba de viaje con unos amigos al norte del país. Jamás sospecharon la relación que ambos teníamos ya que siempre nos cuidábamos.

    Audrey la hice mi mujer varias de veces que hasta ya perdí la cuenta, tengo un montón de historias de sexo con ella y esta es una de ellas.

    Yo tenía unos 22 años y mi prima Audrey 20 años era una mañana de agosto me levante tarde 9 am, sabía que mis padres se habían ido a trabajar, mi hermana en la universidad y mi hermano en la escuela. Así que estaba solo en casa o eso pensaba, amanecí con el miembro erecto con ganas de coger. Había importado una muñeca sexual de china para usarla en momentos de sequía, era una muñeca de 1.60 cm de altura de pelo rubio y liso, además de unos hermosos ojos azules y un perfecto y delicado tono de piel claro.

    Abro mi ropero y saco la caja donde estaba la muñeca, el nombre de la muñeca era Annie ¿le ponen nombre a las muñecas? – pensé y sonreí

    Estaba hecha de silicona con un esqueleto metálico articulado para darle más realismo, leí en la caja modos de sexo: Vaginal, anal y oral con cabeza soft silicone.

    Así que a darle, venía con un traje de lencería negro la desvestí y me desvisto agarro a la muñeca Annie de la cabeza y le introduzco mi miembro en su boca comenzado a follarla, en eso comienzo a sentir pasos silenciosos en el pasadizo no hago caso y sigo con la acción.

    Luego de darle varios minutos de sexo oral a Annie, la volteo y la coloco en posición de perrito sobre mi cama, arrojo una sábana cubriéndole la cabeza a Annie y saco de mi mesa de noche un plug Anal en forma de corazón que le coloco en el orificio anal a Annie. En eso siento que la puerta de mi habitación se abre un poco, pensé será el viento que la abrió confiado ya que sabía que estaba solo en casa.

    Agarro a Annie de la cintura y le introduzco mi miembro en su vagina que para mi sorpresa era auto lubricante, comienzo a bombearla dándole duro a Annie.

    Siento como si alguien me está mirando volteo a ver y no había nadie así que me sigo follando a Annie. En eso suena el teléfono de la sala, al sonar escucho unos pasos correr a esconderse, dije ¿Qué está pasando? Solté a Annie y me coloque un bóxer y bajo a contestar el teléfono.

    Era mi madre llamo para informarme que Audrey estaba en casa, había tenido un evento anoche en la agencia de modelos donde trabajaba y se le hizo tarde, como su casa está en sitio lejano fuera de la ciudad, decidió pasar la noche en nuestra casa que le quedaba más cerca.

    Había dejado unos panqueques, café y leche para que desayunemos. Colgué la llamada con una sonrisa así que mi prima está aquí y estamos los 2 solos. Leche es lo que le voy a dar de desayunar, salí a la habitación de huéspedes a buscarla pero no estaba ahí donde se habrá metido.

    Regreso a mi habitación a guardar a la muñeca y ahí la encuentro ocupando su lugar desnuda, se colocó en la misma posición que tenía a la muñeca Annie en 4, la cabeza cubierta por una sabana y tenía el plug anal dentro de su orificio. Annie no estaba la había colocado debajo de la cama, según ella escondiéndola.

    Decidí seguirle el juego, me bajo el bóxer la agarro de la cintura y procedo a penetrarla de golpe metiéndole mi miembro en su interior vaginal, procedo a follarla dándole fuertes embestidas, la bombeo por varios minutos hasta que no aguanto más y me vengo depositándole mi leche, dándole las ultimas arremetidas.

    Salgo de estar dentro de Audrey mi nueva muñeca y voy al baño a limpiarme, al regresar Audrey seguía en la misma posición que la había dejado no hacia ningún movimiento estaba como en estado vegetal, tal como una muñeca me aproxime a ella y aproveche para manosear todo su cuerpo que delicia de cuerpo tiene, su vagina chorrea mi semen depositado.

    Mi miembro comienza a ponerse erecto buscando más acción le quito las sabana de la cabeza agarro su mentón y lo alzo para que me mire, abro su boquita y le introduzco mi miembro. Comienzo a ensalivar mi miembro hasta que quede bien mojado, ya que será su lubricante para el anal.

    Me doy la vuelta y la jalo de los pies hasta el filo de la cama, le quito el plug anal y acerco mi miembro a su orificio anal acariciándolo luego de un golpe certero se la incrustó en el ano. Audrey pega un grito, guau no sabía que las muñecas también vinieran con sonidos.

    Continúe bombeándola y comenzaron sus gemidos, cada vez me introducía más en su interior hasta que empecé a eyacular dentro de su ano rompiéndola lo que le provoco un tremendo orgasmo ambos terminamos, yo logrando así calmar mi ansiedad sexual.

    Fui de vuelta al baño a lavarme al regresar Audrey seguía en la misma posición que la había dejado, agarre unos pañitos húmedos y comencé a limpiarla, tanto su ano como su vagina chorreaban de mi leche.

    La agarro de la cintura y la cargo sobre mi hombro, llevándola a su caja para depositarla dentro, cierro la caja con mi nueva muñeca sexual Audrey dentro y la llevo hasta mi ropero donde procedo a guardarla, cierro con seguro mi nuevo juguete para usarla más tarde y bajo a desayunar, continuando con el juego.

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  • Uber

    Uber

    Era un viernes caluroso de octubre. Había salido del bar con ese zumbido en la cabeza que te dejan un par de birras y demasiadas conversaciones a la vez. Mis compañeros se quedaron adentro, pero yo necesitaba aire, ir a casa… o al menos algo distinto.

    Esperé al Uber mirando las luces de la calle, un poco perdida en mis propios pensamientos, jugando con el borde del collar que descansaba entre mis pechos.

    Cuando el Golf negro dobló la esquina y frenó frente a mí, algo en el estómago me dio un pequeño vuelco. No sé si fue la birra, la brisa o la manera en que él me miró apenas bajé la vista para confirmar la patente.

    Cuando abrí la puerta y me senté adelante, sentí su mirada antes de que dijera una palabra. Era ese tipo de mirada que te recorre como si ya supiera algo de vos. Yo acomodé mi musculosa, que se me había corrido un poquito, y traté de hacerme la relajada… él me había registrado al segundo.

    —¿Ali? —preguntó, con esa voz grave que parecía salir de algún lugar más profundo que el pecho.

    —Sí, soy yo —respondí, sonriendo sin querer.

    Arrancó el auto y, sin disimular demasiado, me dio una mirada rápida de arriba abajo. Yo me hice la que estaba mirando por la ventana, pero sentí ese pequeño orgullo tibio adentro, ese que me agarra cuando sé que alguien me desea.

    —Estás muy linda —soltó, tranquilo, como si fuera un dato objetivo.

    Me giré un poco hacia él, apoyando la espalda en el asiento.

    —Gracias… —dije, con una vocecita que me salió más suave de lo común. La birra me ponía más vulnerable.

    Él tenía las manos grandes, robustas, marcadas por la vida. Y una remera negra que dejaba ver un torso firme. Pelo con canas, barba de tres días, y un reloj que le marcaba un aire seguro, de hombre que no pide permiso.

    El auto avanzaba y yo sentía el perfume que me rodeaba mezclarse con el interior del vehículo. Él bajó un poquito el volumen de la radio, como si quisiera escuchar mi respiración.

    —¿Que tal la noche? —preguntó en ese tono grave que casi rozaba mi piel.

    —Bien, creo —me reí bajito.

    Él también sonrió, apenas.

    —Se nota —dijo, mirándome de reojo—. Tenés una carita…

    —¿Qué carita? —pregunté, jugando.

    —Esa… la de alguien que no quiere irse a dormir todavía.

    Me mordí el labio y reí. Él lo vio. Su mano izquierda seguía en el volante, pero la derecha, muy despacio, se apoyó en la palanca de cambios. No me tocó… todavía. Pero estaba ahí. Cerca.

    Yo bajé la mirada. El silencio empezó a llenarse de algo más denso, más caliente. Todo conspiraba.

    A mitad de camino, sentí que su mano rozó apenas mi rodilla. Fué mínimo. Lo suficiente para que el cuerpo me tiemble sin que se note.

    —Perdón —dijo suave, aunque no sonaba a perdón en absoluto.

    —Está bien… —susurré.

    El viaje siguió. Él volvió a apoyarme la mano, esta vez un poquito más arriba del primer toque. No subía mucho, pero el gesto era inconfundible. Yo respiraba hondo, tratando de parecer tranquila. Pero por dentro ya estaba latiendo distinto.

    Cuando frenó a unas dos cuadras de mi casa, supe que no era casual.

    Puso las balizas. Me miró bien, directo, con esa calma que solo tienen los hombres que saben exactamente lo que están haciendo.

    —Acá termina el viaje —dijo, aunque ninguno de los dos hizo el mínimo movimiento por abrir la puerta.

    Yo me quedé quieta, con la vista perdida en la calle iluminada pero sin ver nada en realidad. Su mano se deslizó despacio por mi muslo. Esta vez no fue un roce. Fue una caricia firme, que me dejó sin aire.

    Subió hasta tocar mi concha por encima del jean, y el pulgar empezó a dibujar círculos lentos, sabiendo exactamente dónde apretar para que me temblara todo por dentro.

    Él no dijo nada, solo me miró con esos ojos oscuros que lo sabían todo.

    —No, dejame —susurré, con una voz que tembló apenas.

    —Pero querés que lo haga —respondió él, sin levantar la voz.

    Su rostro se acercó. Lento. Tan lento que sentí primero su respiración en mi cuello, después en la clavícula. Su barba apenas rozó mi piel y yo tuve que cerrar los ojos un segundo porque me ardían las ganas.

    Él apoyó su mano en mi cintura, firme, posesiva, y yo ya estaba perdida. Cada parte de mí estaba respondiendo aunque me hacía la difícil.

    Cuando levanté la vista, su boca ya estaba a un suspiro de la mía, me dejé llevar y nos besamos. Fue un beso lento, profundo, inevitable.

    —Vamos atrás —dijo él, no era una sugerencia. Fue una orden suave, firme.

    Abrió su puerta y salió. Lo vi caminar hacia la parte trasera, abrir la otra puerta y sentarse en el asiento. No me lo pensé. Me deslicé entre los asientos delanteros, y me senté encima de él.

    Sentí su pija contra mi culo, ya dura. Mis brazos se enredaron detrás de su cuello y los de él me cerraron por la espalda, aprisionándome contra su pecho.

    Nos besamos de nuevo. Esta vez no había calma. Era hambre. Su boca me devoraba mientras una de sus manos subía por mi costado y me agarraba una teta por encima de la musculosa, apretando con fuerza.

    El otro brazo seguía sujetándome, un ancla caliente que me impedía moverme más de lo que él quería.

    Empecé a moverme, un vaivén lento, deliberado. Froté mi culo contra su bulto, una y otra vez, sintiéndolo crecer más y más debajo de mí.

    Cada movimiento me enviaba una descarga eléctrica directa a la concha. Sentí cómo la tanga se me empezaba a humedecer, cómo el calor se me acumulaba entre las piernas.

    Un gemido se me escapó en medio del beso, un sonido ronco y necesitado que le dijo todo lo que mis palabras no podían.

    —Sacátela —gruñó él contra mi boca, y no era una pregunta.

    Con manos torpes y urgentes, me aferré al borde de mi musculosa y la tiré por encima de mi cabeza. El aire frío del auto me erizó la piel, pero el calor de su mirada era mucho más intenso.

    Desabrochó mi corpiño con una sola mano, con una destreza que me cortó la respiración, y mis tetas quedaron libres, temblando ante él.

    Se inclinó y su boca caliente encontró mi pezón. No lo besó, lo succionó. Un chupón fuerte y húmedo que me hizo arquear la espalda y un gemido se me escapó.

    Su lengua jugó con la punta, endureciéndola hasta doler, mientras su mano se apoderaba de la otra teta, masajeándola, apretándola.

    —Sí… así —susurré, con los ojos cerrados, perdiéndome en la sensación.

    Me deslicé a su lado, sobre el asiento de cuero, y nos besamos de nuevo, un beso desesperado y salivado.

    Su mano volvió a mis tetas, retorciendo mis pezones, mientras la mía bajaba por su abdomen hasta encontrar su bulto, duro y enorme, esperándome. Lo apreté a través de la tela y él gimió en mi boca.

    No pude más. Me puse de rodillas sobre el asiento, mirándolo desde abajo. Él entendió al instante. Bajó la cremallera y se desabrochó los jeans, dejando a la vista su verga. Era gruesa, con una vena marcada y la cabeza roja.

    Me incliné y la tomé con la mano. La sentí palpitar contra mi piel. La primera lametada fue lenta, desde la base hasta la punta, recogiendo la gota salada que ya había escapado.

    Luego la metí toda en mi boca, hasta donde pude, sintiéndola golpearme el fondo del garganta. Empecé a mamarla con ganas, mojándola toda, usando mi lengua para darle vueltas a la cabeza mientras mi mano apretaba la base.

    De vez en cuando, la dejaba escapar un poco y le pasaba los dientes con suavidad por el costado, una pequeña mordida que lo hacía jadear.

    Mi mano no se quedaba quieta: le masajeaba las bolas mientras la otra se aferraba a su muslo, sintiéndolo tensarse cada vez más.

    Él metió una mano en mi pelo, empujándome suavemente hacia abajo, tomándome el control, y yo lo dejé hacer, dispuesta a tragármelo entero.

    Dejé que su verga se me escapara de la boca con un chasquido húmedo y subí para besarlo. Lo hice con ganas, sin importarme que mis labios estuvieran empapados en mi saliva.

    Él me devolvió el beso con la misma furia, chupándome la lengua como si quisiera limpiarme el gusto de su propia verga, probarse a sí mismo en mi boca.

    —Quiero que me garches —le soplé al oído, y fue todo lo que necesitaba oír.

    Me aparté un segundo, lo suficiente para desabrochar mi jean negro y tirármelo junto con el bombacha, dejándolo todo en un montón en el suelo del auto.

    Me puse en cuatro patas sobre el asiento, apoyando las manos en el espaldar y ofreciéndole mi culo, mi concha, todo.

    Vi cómo se llevaba un dedo a la boca y lo mojaba con saliva. Después sentí su contacto, húmedo y caliente en mi conchita. Notó cómo ya estaba empapada, lista para él.

    —Estabas esperando esto, ¿no, pendeja? —dijo, y su voz era un guturral de pura satisfacción.

    Metió el dedo. Fue lento, un solo dedo que se deslizó hacia adentro sin resistencia alguna, explorándome, haciéndome temblar. Entraba y salía con una calma que me volvía loca.

    Luego sentí otra cosa. La cabeza de su verga. La apoyó y empujó, despacio, entrando centímetro a centímetro. Me llenó por completo, una presión densa y perfecta que me sacó un gemido ahogado.

    Se movió con cuidado al principio, un ritmo suave de vaivén, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a su tamaño.

    Pero la calma no duró. El ritmo se hizo constante, más firme. Cada embestida era un poco más profunda, un poco más rápida. El auto empezaba a moverse con nosotros, un balanceo rítmico que acompañaba nuestros jadeos.

    Y entonces todo cambió. Agarró mi cadera con ambas manos y se lanzó a por todas. Ya no hubo cuidado, ni ritmo. Fue pura brutalidad. Cada penetración era un golpe seco, un estruendo de piel contra piel que retumbaba en el interior del auto.

    El sonido de sus pelotas golpeándome el culo, mis gemidos convertidos en gritos, y el olor a sudor llenaba el aire.

    Me deslicé de él, mis piernas temblando, y me recosté de espaldas en el ancho asiento trasero. El cuero se pegó a mi piel caliente. Abrí las piernas, despacio, dejándolo ver todo, ofreciéndole mi concha abierta y húmeda bajo la tenue luz de la calle.

    Él me miró un segundo, con una calma bestial, y se movió sobre mí, torciendo su cuerpo para quedar frente a mí, en esa posición incómoda que solo la urgencia hace posible.

    Apoyó una mano junto a mi cabeza y con la otra guio su verga hacia mi entrada.

    La sentí entrar, un golpe firme y profundo que me sacó el aire de los pulmones. Me llenó de golpe, y el auto pareció encogerse a nuestro alrededor. Se quedó quieto un instante, adentro, y luego bajó la cabeza un poco.

    —¿Te gusta, putita? —sopló, y su voz era un ronquido grave que me recorrió entera.

    —Sí…—susurré, ahogada —. Sí, me encanta.

    —¿Sí qué? —apretó, tirándome del pelo con fuerza, obligándome a mirarlo.

    —Sí, me gusta que me cojas así —logré decir, y fue una confesión total.

    Su mano se cerró más en mi cabello, usando mi cabeza como punto de anclaje. Y entonces empezó a moverse. No hubo ritmo, ni calma. Fueron embestidas secas, profundas, cada una más rápida que la anterior.

    Después se recostó contra el asiento, jadeando, su verga dura y brillando con mis fluidos. Yo me di vuelta, dándole la espalda, y sin dudarlo me senté sobre él, sintiéndolo entrar de nuevo en un solo movimiento profundo.

    Apoyé mis manos en sus rodillas y empecé a moverme. Mi culo subía y bajaba, lento al principio, para sentir cada centímetro de su verga deslizándose adentro, llenándome por completo. Cada vez que me sentaba, un gemido se me escapaba.

    —Ay, que rico… —decía, casi sin aliento.

    Él no respondió, solo apoyó sus manos en mi cintura, sus dedos hundiéndose en mi piel, y me ayudó a encontrar el ritmo. El movimiento se hizo más rápido, más frenético.

    El auto no paraba de mecerse, y yo me perdí en esa sensación, en el calor de su cuerpo contra mi espalda, en la manera en que me llenaba una y otra vez.

    Pero entonces sentí cómo sus dedos se apretaban más, cómo su respiración se cortaba. Empezó a gemir, un sonido bajo y ronco que se fue volviendo más agitado, más desesperado.

    —No… no aguanto —logró decir.

    Agarró mi cintura con una fuerza que me cortó el aliento, tirándome hacia atrás hasta que mi espalda pegó contra su pecho sudoroso.

    Inmovilizó mis brazos cruzándolos sobre mi panza, aprisionándome contra él con una garra que no dejaba lugar a dudas. No era un abrazo, era una trampa caliente y necesaria.

    Sentí cómo su cuerpo se tensaba entero, un arco de pura tensión a punto de romperse.

    —Hija de mil puta… —logró decir, con la voz rota.

    Y entonces empezó. Un espasmo profundo que recorrió su cuerpo y el mío. Sentí el primer chorro de leche caliente, denso, golpearme adentro, y un gemido largo y ronco se le escapó de la garganta, un sonido animal de agotamiento y puro placer.

    Se vació en mí, una y otra vez, cada contracción de su verga un nuevo latido de semen que me llenaba hasta los bordes.

    Gritó contra mi nuca, un grito ahogado y desesperado, mientras sus dientes me encontraban el lóbulo de la oreja, jugueteando con él, mordiéndolo suave, como si quisiera marcar el final con una última posesión.

    Yo me quedé quieta, sintiéndolo terminar, sintiéndome usar. Pero mi cuerpo tenía sus propias ideas. Mientras él jadeaba, rendido, empecé a mover el culo, un vaivén mínimo, casi imperceptible, pero suficiente.

    Un círculo lento que apretaba su verga todavía dura, exprimiendo el último resto de su leche, mezclando todo adentro.

    Y pensé. Pensé en mis compañeros en el bar, en mi casa a dos cuadras, en el olor a cuero y a semen que me llenaba el interior. Y me sentí sucia. Puta. Increíblemente viva y sucia por haber terminado la noche así, de rodillas en el asiento de un Uber, dejando que un desconocido se acabara adentro de mi concha como si fuera suya.

    Todavía respiraba rápido, como si mi cuerpo no terminara de entender que ya había pasado todo. Sentía la adrenalina caliente en la piel, en las piernas, en el pecho… como un latido que no encontraba dónde apoyarse.

    Me incorporé en el asiento trasero y empecé a vestirme casi a las apuradas, sin mirarlo demasiado. Me temblaban un poco los dedos mientras acomodaba la musculosa y me subía el jean, como si quisiera salir del auto antes de que algo más se derrame entre los dos.

    Él ya se estaba subiendo el pantalón con esa naturalidad práctica que parecen tener algunos hombres después de momentos demasiado intensos.

    Para cuando yo terminé de acomodarme el collar y atarme el pelo, él ya estaba adelante otra vez, al volante, como si nada lo hubiera desarmado.

    —¿Te llevo a tu casa? —preguntó, sin girarse del todo, con ese tono seguro, casi dueño de la situación.

    —No… camino desde acá —dije suave, todavía un poco agitada—. ¿Cuánto es?

    —Ya está pago —respondió firme, sin dejar que el aire se llene de dudas.

    Asentí. No sabía si agradecerle o simplemente irme. Abrí la puerta del auto sin mirarlo demasiado. Sentía el silencio del auto pegado a la espalda, como si todavía quedara flotando lo que había pasado ahí adentro.

    —Chau, Ali —dijo.

    Me incliné apenas y le di un beso frío en el cachete. Un gesto mínimo, casi automático. Él lo recibió con una pequeña sonrisa confiada, como si se quedara tranquilo con eso, como si le alcanzara.

    Bajé. El calor de la noche me envolvió enseguida. Eran casi las dos de la mañana y la calle estaba vacía, muda, iluminada por esas luces amarillas que siempre parecen más íntimas de lo que deberían.

    Caminé despacio, con la cabeza llena, tocándome el collar como si lo necesitara para anclarme al cuerpo otra vez.

    Mi perfume dulce seguía en mi piel, mezclado con algo más que no quería recordar. El corazón me golpeaba raro, entre revuelto y vivo. Sentía una mezcla que no podía ordenar: vacío, un poco de vértigo, un poco de orgullo.

    Llegué a casa, cerré la puerta atrás y me metí directo al baño. Dejé que el agua me corra por el cuerpo como si pudiera limpiar algo más que la noche. Pero no. No se iba.

    Me acosté en la cama todavía húmeda, mirando el techo, respirando lento. No pensaba en él. Pensaba en mí. En lo que significaban estos encuentros para mí: en teoría, nada. Un instante, un impulso, un fuego que se prende y se apaga.

    Pero aun así, por algún motivo, no podía sacarme las ganas del cuerpo. Ni la sensación. Ni ese calorcito. Y tardé mucho en dormirme.

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  • Con mi hermana en un hotel

    Con mi hermana en un hotel

    Mi nombre no importa, solo diré que tengo 22 años Y tengo una hermana que se llama Sofía tiene 20 años, pero todos de cariño le decimos Sofi. Para que se den una idea de cómo es tiene un cierto parecido a la actriz porno melody marks, tiene poco busto pero a pesar de ser flaquita, tiene muy buenas nalgas, y eso es gracias a que le gusta hacer ejercicio.es algo recatada en la forma de vestirse, siempre le gusta andar con ropa holgada y rara vez usa ropa ajustada.

    Mi relación con ella es de poca convivencia, y las pocas veces que salíamos juntos era solo para ir al gimnasio o para reuniones familiares. Bueno todo comenzó cuando fue la graduación de Fátima la mejor amiga de Sofía, ella vivía en la ciudad vecina que está como a 3 horas de camino por temas de trabajo mis papás no pudieron acompañarla así que Sofía me insistió para que yo fuera con ella.

    Accedí a ir, pero con la condición de no tardarnos mucho, ya que por la noche tenía compromiso con mi novia me dijo que el evento sería temprano como a las 10 y por muy tarde a las 5 ya estaríamos de regreso.

    Como era temporal de lluvias, por las tormentas el evento se retrasó un par de horas, desde ahí las cosas pintaron mal, total todo terminó ya dando casi las 5 y me sería imposible llegar.

    Ya de regreso de nuevo comenzaba a llover, al ser de noche y lloviendo mi visibilidad era reducida. Así que nos pasamos a refugiar a un pequeño hotel a bordo de carretera. Pasaron un par de horas y la tormenta disminuyó, ya a punto de dar salida me di cuenta que tenía un neumático pinchado, al no tener refacción pedí ayuda en el hotel, me dijeron que el mecánico vendría hasta mañana temprano. Mi día ya no podía ir más mal.

    Al no poder continuar, pasaríamos la noche en el hotel. Le pedí a Sofía que ordenara la habitación mientras yo pasaba al baño, al momento que regresaba me detuve por un instante en un rincón. Mi hermana estaba de espaldas hacia él mostrador hablando por teléfono, el tipo que atendía le estaba tomando fotos. En sí su vestido no era muy corto era largo, pero si era muy ajustado a su cuerpo. Obviamente mi primera reacción era irle a reclamar pero, por algo no lo hice.

    Durante el trayecto al cuarto trataba de disimular para no mirarle el culo, pero me era imposible.

    La habitación era de dos recámaras, yo ya estaba preparado para dormir. Mientras ella seguí sentada en su cama. Que pasa no puedes dormir le pregunté

    Me dijo que el vestido era algo incómodo para dormir, y por que no te lo quitas o al menos que no tengas ropa interior le dije riendome, ¡claro que si tengo estúpido! Solo que me da pena que me veas… bueno te daré la espalda para no mirarte mientras te lo quitas y te metes a la cama.

    Solo oía el clic de su cierre al bajar, y los ruidos que producía al meterse a su cama. Ya puedes ver ya terminé. Ahora ya duérmete que mañana saldremos muy temprano le dije, mi hermana es de las que no batallan para dormirse y suele tener el sueño muy profundo, lo sé por qué la mayoría de veces, mamá tiene que ir a despertarla a su cuarto.

    Yo me quedé un rato más despierto platicando con mi novia y contándole lo que había pasado… después de una horas no podía borrar de mi mente aquel momento en la recepción. Nunca había visto con morbo a Sofía, pero entre más lo pensaba mas mi mente jugaba conmigo, no podía quedarme con las ganas de saber que había bajo ese vestido. Estaba dispuesto a averiguarlo, ya que oportunidades como esta solo se presentan una vez en la vida, esperaría un rato hasta que se quedara dormida.

    Le hablé un par de veces para comprobar que estuviera profundamente dormida, al no haber respuesta, me levante muy despacio, enfocando solo con la pantalla de mi celular y sin hacer mucho ruido. Lentamente trate de remover las sábanas pero estaba muy tapada. Espere un par de horas, hasta que en uno de sus movimientos logró quedar de espaldas hacia mí. Esta era mi oportunidad, ya se apreciaba algo de sus hombros y pies, así que levanté poco a poco las sábanas logrando que su espalda quedara descubierta.

    Podía ver la banda de su sostén rosa, mi corazón latió muy rápido en ese momento, mis nervios eran demasiados, calme un poco mi respiración, y continué removiendo las sábanas hasta el nivel de sus rodillas… quedando ante mi un hermoso culo en un diminuto short de licra color blanco que cubría apenas la mitad de sus nalgas. A un costado de su cintura se remarcaba un borde de brillos de una tanga victoria secret, que hacía juego con su sostén, quería poner mis manos sobre sus nalgas y manosearlas.

    Pero y que tal, y sentía el contacto de mis manos en su culo. Así que mejor no me arriesgue, y con la palma de mi mano trataba de darle unos roces ligeros, aquel momento me estaba volviendo loco, en ese momento solo quería apretarlas con ganas, pasar una y otra vez mi lengua sobre ese culo redondito, comerle sus nalgas que se miraban tan grandes y suaves. Mejores que las de mi novia, pero no pude el miedo a hacer descubierto era más grande que el deseo de ese momento.

    Por último bajé mi rostro por su espalda aspirando su rico aroma dulce que emanaba su piel blanca como para embriagarse, dándole pequeños besos a esas nalgas tan suaves y deliciosas, volví a cubrirla nuevamente para que no se fuera a dar cuenta de nada.

    Ahora Nunca podría olvidar esa imagen, ni su olor ambos habían quedado grabados en mi mente, mi pene estaba tan duro que me terminé masturbando, me imaginaba follandola, montando esas ricas nalgas y penetrándola hasta venirme dentro de ella.

    Me dormí pensando en que por la madrugada podría apreciar de nuevo su hermoso culo, pero esta vez Sofía me despertaba a mí, ya estaba completamente vestida. Desayunamos algo, mientras cambiaban el neumático. Desde ese momento cambió la forma en cómo la miraba ahora ya no la miraba como mi hermana si no como a una mujer.

    Durante el camino pensaría en como acercarme un poco más a ella, para poder cogermela no me importara que fuera mi hermana realmente quería comerme ese culo, así que de una o de otra forma lograría mi cometido…

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  • Mi hijo vuelve a casa

    Mi hijo vuelve a casa

    Me llamo Mariana y mi hijo después de un año y medio regresa a casa.

    Él se llama Facundo y decidió irse a vivir con su novia cuando cumplió 19 años, aunque le dije que la convivencia podía ser difícil, decidió no hacerme caso e igual se fue. Por suerte y fue por milagro, no me hizo abuela, yo viví esa experiencia, tuve a Facundo cuando era muy joven y no fue de las mejores experiencias, el padre también tenía 19 años y me abandonó, un pelotudo.

    Yo me había acostumbrado a vivir sola, no me preocupaba en cerrar la puerta del baño o tener que andar vestida por la casa, tenia la libertad de masturbarme sin miedo a que escuchen mis gritos o tener que esconder mis consoladores y juguetitos sexuales, de la vista indiscreta de mi hijo. En verano me la pasaba desnuda todo el día por la casa.

    Pero tendrían que cambiar las cosas, me molestaba perder esa libertad, pero era mi hijo y no podía negarme a que conviva conmigo.

    Ya el primer día se acomodó, fue a la que era su habitación y descargo sus valijas, sin poner atención en acomodar o limpiar el lugar, solo se preocupo de poner su ordenador y consola de juego, cerca de la cama. Se la paso en la habitación hasta la cena, que no fue muy larga. Hablamos muy poco, él estaba atento a su teléfono, así que después que termino de comer volvió a su habitación.

    A la mañana siguiente me levanto temprano y me dirijo al baño como todos los días, pero está vez veo la luz prendida y me doy cuenta que Facundo me había se había levantado antes pero aquí comienza la historia.

    Mariana: Uy perdón, no sabía que estabas…

    Facundo: Hola Ma.

    Ahí estaba, parado frente al espejo del baño, afeitándose, desprejuiciado y totalmente desnudo. No me hubiera imaginado que llevará entre sus piernas semejante tronco, colgaba sobre sus huevos unos quince centímetros de un cilindro lampiño de carne, era impresionante y eso que la tenía dormida. Pero enseguida miro para otro lado, no quería que se sienta avergonzado o más aun, no quería seguir empalagándome con ver semejante verga, que me volaba la cabeza.

    Mariana: vengo más tarde, mira que no estas solo, no podes estar desnudo por la casa

    Facundo: como si nunca me hubieses visto desnudo

    Mariana: Si, pero eras más chico, ahora…

    Facundo: ¿Ahora qué? Jajaja ¿te da miedo?

    Empieza a reír, deja de afeitarse, con su mano derecha toma su pene y lo empieza a sacudir de arriba para abajo como si blandiera una espada con la que se viene hacía mí y me ataca entre risas. Me corre por el pasillo con el pene en la mano trataba de clavarme su espada de carne.

    Mariana: ¡Dale salí! Termina de afeitarte que tengo que ir al baño.

    Vuelve al baño y yo sigo caminando por el pasillo hasta la cocina. Me preparo un té mientras espero que termine y me siento a esperar a que me avise cuando desocupe el baño. Facundo llega a la cocina para avisarme que ya había terminado, desnudo igual que antes, pero quería mostrarme una cosa.

    Facundo: ¿te gusta?

    Me dice mientras sostenía el pene con una mano.

    Mariana: ¿qué cosa?

    Respondo haciéndome la tonta.

    Facundo: Como quedó bien peladito, por eso tarde en terminar de afeitarme.

    Mariana: jajaja ¿para qué?

    Facundo: Como qué, para qué. No me gusta que cuando me la chupen se les quede algún pelo en la boca.

    Mariana: jajaja dale Facu, no seas tan exagerado

    Facundo: Claro porque vos no te depilas todo.

    Mariana: No te voy a decir. Que te importa y tapate eso.

    Facundo: jajaja dale quiero ver. ¿Qué tenes vergüenza?

    Se me acerca y me quiere levantar la remera con la que duermo, pero me niego, aunque empezaba a gustarme ese juego. Forcejeamos unos segundos, en dos o tres oportunidades rozo mi brazo con su pene y sentí carne de gallina. Hasta que decido entrar en su juego.

    Mariana: jajaja, bueno, pero un poquito

    Estaba tan caliente que ya no veía a Facundo como mi hijo, sólo quería seguirle el juego y lo hago sin perder tiempo.

    Me levanto la remera, le muestro mi ropa interior, nada sexi, una prenda de algodón blanca, chiquita, casi una tanga. Con mi pulgar derecho la deslizo un poco hacia abajo y le muestro mis rulitos púbicos, solo unos pocos pelos.

    Facundo: dale, no tengas vergüenza

    Sin dudarlo y yo sin oponer mucha resistencia, Facundo toma mi tanga de los costados y me la baja toda, mi pubis queda expuesto a su mirada. Solo dejo que lo mire, me fascinaba.

    Facundo: Justo para afeitar, dale te lo afeito.

    Mariana: No, estás loco.

    Facundo: Dale vamos al baño que te pelo.

    Me toma de la mano y me arrastra sin mucha oposición al baño. Apenas entramos al bañó, él se pone a preparar sus cosas para afeitar, no aguanto y tengo por fin orinar, ya no me importaba que no estaba sola. Nuevamente me toma del brazo y me lleva a mi habitación. Me tiro de espaladas sobre mi cama y abro las piernas.

    Mariana: Con cuidado

    Facundo: no es la primera vez que lo hago

    Primero pone una toalla debajo de mi culo y empieza a pasar la brocha con jabón sobre mi pubis, luego con la maquina me empieza a pelar con cada pasada, hasta no dejar un solo pelo visible, hasta levanta mis piernas y me enjabona el culo, no me deja un solo pelo alrededor del ano.

    Hacía un rato que su pene estaba erecto, era monstruoso.

    Facundo: Listo, ¿Te gusta? Quedo hermosa.

    No puedo decir nada antes que él se arrodille y apoye sus labios sobre los míos vaginales. Empieza a chupar la vulva con fuerza, su lengua parecía un ventilador que me quería penetrar, empiezo a temblar y acabo en un fuerte orgasmo, me saltaban chorros, había perdido el control.

    Pero Facundo no pudo parar, toma su pene y me lo entierra con fuerza, era como si me hubiese metido un brazo caliente, lo sacude con fuerza y no paro de tener orgasmos, hasta que lo tomo del brazo y le digo.

    Mariana: para, para, basta, no quiero que acabes dentro

    Saca el pene con fuerza y me tumba, entonces sin pedir permiso me penetra por el culo, siento como que me desgarraba por dentro y lo sacude con mucha más fuerza, él no podía parar y aunque me dolía no quería que pare.

    Está vez acaba dentro, me llena el culo de leche, me dejo el ano chorreando, pero era una máquina imparable, enseguida se le vuelve a poner dura y me penetra de nuevo.

    Esa no fue nuestra única vez, fue la primera. Ese día no paramos de coger todo el día y aunque sabíamos que estaba mal, desde ese día no pudimos parar. En casa estábamos desnudos todo el día, cada vez que nos encontramos por la casa se la termino chupando o él penetrándome.

    Para afuera somos una familia normal, pero adentro es un infierno de sexo.

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  • Cómo me hice mujer

    Cómo me hice mujer

    Empezaré este mi primer relato empezaré hablándoles un poco de mi, mi nombre es José, tengo 62 años de edad, mido 165 y me considero un ser humano normal, siempre fui de mente abierta y he tenido dos relaciones heterosexuales largas fruto de las cuales he engendrado un hijo y una hija.

    Descubrí tarde en mi vida mis inclinaciones bisexuales, aunque desde siempre desee que alguna de mis dos esposas disfrutará del sexo con otros hombres, lo que me llevo a separarme de mi primera esposa; en mi segunda relación, tuve excito, pues después de varios años de intentarlo logre convencer a mi esposa para que se abriera y disfrutará de su cuerpo y su sexualidad, para satisfacción de ambos, eso será parte de otra serie de relatos ya que este relato se trata de mi y de cuando me entregué a un hombre por primera vez.

    Procurando satisfacer mis deseos sexuales, cree un perfil en una página que te permite interactuar a través de chat con personas interesadas en el mundo swinger, fetiches, gays entre otros.

    En el chat gay conocí a Alonso un hombre de 53 años, contador de profesión, originario de Cali, pero que vivía al sur de Medellín más exactamente en ditaires un barrio del sector de Itagüí.

    Después de chatear por algunas semanas, intercambiar fotos y hablar de fantasías accedí a visitarlo en su apartamento, ya que para nuestra conveniencia vivía solo. El día de nuestra cita, sábado en las horas de la tarde me prepare tomando un buen baño, depilando todas mis partes íntimas, quería sorprenderlo y por esta razón no use ropa interior.

    Mientras conducía hacia su apartamento era un manojo de excitación y de nervios, imaginaba todo lo que podría ocurrir, pero mis deseos eran superiores.

    Llegué y Alfonso me estaba esperando en la puerta del apartamento, vestía una pijama camisera con botones al frente abrochada de la cintura hacia abajo lo que dejaba expuesto su pecho velludo de una manera sutil, también tenía un poco de barriga cosa que me encantó, era mucho más alto que yo, me hizo señas de que no hablara llevándose el dedo a los labios.

    Después de cerrar la puerta me abrazo por la espalda, me volteo y me dio un beso en la boca obligandome a abrir mis labios para jugar con mi lengua, me derreti en sus brazos, me entregué, correspondi a ese beso, se separó de mi y me miró con deseo y morbo, me dijo: “desnúdate y muéstrame que tienes para mí”. Con dedos temblorosos por los nervios y la excitación me saque lenta y sensualmente mi polo, me jalo hacia el, me beso de nuevo, mordió mis tetillas, levanto mis brazos y lamió mis axilas, me soltó y esa mirada de deseo me puso loco, le dí la espalda y libere mi cinturón baje mi jean y cuando vio mis nalgas desnudas me dió un par de nalgadas y me llamo puta.

    Cómo pude me saque mis tenis, medias y mi jean y quedé como Dios me trajo al mundo con mi pene medio erecto, mientras Alonso se había desabotonado el albornoz y ahí entre sus piernas estaba el objeto de mi deseo, me atrajo hacia el y me pegó dos cachetadas en mis mejillas, “mama zorra” mientras me empujaba de los hombros forzandome a arrodillarme, viéndola de cerca me pareció divina, no tan grande, 15/16 cm, gruesa, cabeza de hongo y gotas de precom saliendo, tímidamente con la punta de me lengua tome ese líquido sagrado, saladito, me encantó, la tome con ambas manos, la sentí suave y caliente, la contemple y vi como empezaba a crecer.

    La bese y Alonso me cogió por los lados de mi cabeza y la fue metiendo en mi boca despacio pero sin detenerse hasta que la sentí en el fondo de mi garganta, me dieron náuseas, respire por mi nariz y mi amante empezó a follarme la boca, yo solo apretaba mis labios para no ir a lastimarlo con mis dientes.

    Así estuvo follando y disfrutando de mi boca por 10 o 15 minutos, me la saco, me levanto y me beso, me llevo a su cuarto, me beso me mordió me chupo por todo el cuerpo, luego me puso en cuatro al borde de la cama, me dio varias nalgadas yo tenía mi cabeza enterrada entre las sabanas y mi culo en pompa, me dijo: “ábrete las nalgas”, lo cual hice sin rechistar, me mordió las nalgas y me beso el asterisco el cuál se abría y cerraba como si tuviera vida propia, siguió besándome al introducir su lengua en mi hoyo sentí algo increíble y súper excitante, me mordía, me besaba, metía la lengua, luego un dedo, después dos, yo empujaba hacia atrás tratando de que me entrarán todos, me estaba volviendo loco.

    No pude más y le dije: “desvirgame, quiero ser tuyo, por favor metemela, deseo sentirla toda adentro”. Alfonso me escupió el ano, coloco la cabeza se su verga en mi orificio y me dijo: “empuja perra, enculate, cómetela toda”.

    Cerré mis ojos, empuñe las sábanas, empuje hacia atrás y sentí cuando el glande cruzó mi esfinter, sentí dolor y ardor pero aguante como un macho, Alonso me empujó de la parte baja de mi espalda y detuvo la penetración por unos segundos, no aguanté más y empuje con todas mis fuerzas hacia atrás y me empale en ese trozo de carne caliente sentí sus testículos tocar mis nalgas y supe que era suyo. Alonso empezó el mete y saca lento a veces y acelerado después, me sentía en el paraíso el dolor ya había pasado, solo sentía un poco de ardor, sentirme poseído de esa forma superaba todas mis expectativas, no quería que eso terminara nunca.

    Alonso me la saco y sentí un vacío en mi culito, solo para voltearme boca arriba, subir mis piernas sobre sus hombros y volverme a penetrar de una sola estocada, mirándome con lasciva, apretaba mis tetillas, me besaba mientras me penetraba una y otra vez, “zorra mía, que culo tan apretadito tienes, soy tu macho, eres mi puta”, cosas que me excitaban, mi entrega era total, me sentía tan puta en esos momentos que le dije: “deseo que mi esposa vea lo puta que soy, deseo que se entere que eres mi macho, que mi culo y mi boca te pertenecen”, eso aceleró a Alonso me miró y me dijo: “me voy a venir, ¿dónde quieres mi leche?” Abrí mi boca y saque la lengua, Alonso abandonó mi culo con un plop, se sentó sobre mi pecho y descargo su simiente sobre mis labios y mi boca, saboreé ese líquido espeso y delicioso y supe que mi vida nunca sería igual.

    Alonso se acostó a mi lado, nos abrazamos hablamos de diferentes temas mientras nos acariciábamos y no tocabamos por todas partes, rato después su verga empezó a tener vida de nuevo, la abracé con mis labios y empecé a darle una mamada en agradecimiento por haberme quitado la virginidad, por haberme ayudado a sacar la mujer que llevo por dentro, está vez lo hice con paciencia y ternura hasta que terminó en mi garganta lo trague todo no sin antes abrir mi boca y mostrarle a él su semen como prueba de mi total sumisión.

    Después de ducharnos y compartir una copa de vino Alonso me preguntó que si lo que había dicho acerca de mi esposa mientras me está dando por el culo era verdad, yo le confesé que si, pero que era una prueba de mi total sumisión a sus deseos, quedamos en que quizá en el futuro podría considerarlo pero la verdad no mostró mucho interés, nos besamos y nos despedimos con la promesa de repetirlo el sábado siguiente, esa promesa se cumplió no solo ese sábado sino todos los sábados durante un año largo.

    Alonso viajo a Canadá pero todavía mantenemos el contacto, este relato es un homenaje al hombre que me hizo mujer. Después de mi hombre han venido varios pero son cosas que ire contando si me relato fue de su agrado e interés, saludos desde Cali, Colombia.

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  • Doce años después

    Doce años después

    Mi nombre es Luna: soy bajita, de piel muy blanca, cabello negro y largo. De complexión media, pero con buena genética; en mi familia casi todas tenemos grandes “atributos”.

    Cuando tenía unos 10 años, mi mamá comenzó un noviazgo con un hombre muy amable. Un día nos invitó a comer a su casa y conocí a todos sus sobrinos. Con varios me llevé muy bien enseguida. Entre ellos estaba Sebas, a quien dejé de ver cuando se fue a vivir con su papá.

    Pasaron casi 12 años. En ese tiempo me hice muy cercana a su hermana Brenda. Un día me pidió un favor:

    Brenda: “Luna, ¿te gustaría bailar en mi boda una coreografía?”

    Luna: “¡Claro que sí! Encantada.”

    Los ensayos empezarían la siguiente semana.

    Llegó el primer día. Me puse un body negro de tirantes anchos, pants verde esmeralda y tenis que combinaban. Llegué temprano y pasé por agua a un mini súper cercano. Cuando volví, Brenda me llamó.

    Brenda: “¡Luna ven! Él es Sebas… ¿ya no te acuerdas?”

    Cuando lo vi, sentí un calor súbito en mis mejillas. Ya no era el niño de antes: ahora medía como 1.85, barba completa, brazos marcados, venas visibles en las manos… traté de no mirar mucho más abajo, pero su pants gris no ayudaba.

    Sebas: “¡Luna! Cuánto tiempo.”

    Luna: “Igualmente, me alegra verte.”

    Pasaron varias semanas. La coreografía avanzaba bien y todos nos llevábamos excelente. El maestro anunció que parte del baile debía hacerse en parejas. Y, para mi suerte, me tocó con Sebas.

    La segunda semana empezamos ensayos exclusivos para él y yo. Esa idea me puso nerviosa y emocionada a la vez. Sebas y yo coqueteábamos ligeramente, pero jamás había sentido una tensión tan directa.

    Ese día me puse un enterizo corto negro, rompevientos magenta y tenis del mismo tono.

    Durante el ensayo, el maestro nos pidió practicar una vuelta donde Sebas debía abrazarme mientras yo tomaba su mano. Lo repetimos varias veces. Sentía su respiración, su fuerza… y en una de esas vueltas sentí algo más. Él se movió rápido para disimular y yo también, pretendiendo que no había pasado nada.

    Al terminar, Sebas insistió en llevarme a casa. En el camino, Brenda llamó para invitarnos al cine. Aceptamos. Pero al llegar, la zona de la plaza estaba en remodelación, así que decidieron ver la película en su casa.

    Brenda colocó dos colchonetas en el piso para todos. Yo preferí sentarme en el sillón detrás. Sebas llegó y también se sentó ahí, cada uno en una esquina, con los pies recostados.

    A mitad de la película sentí su pie rozar el mío. Dudé, pero respondí. Al poco rato estábamos jugando discretamente con los pies. El tacto empezó a calentarme más de lo que esperaba… hasta que en un movimiento mío terminé rozando su entrepierna. Estaba duro. Me sobresalté y fui con excusa al baño.

    Al salir, con la casa en penumbra, vi a Sebas sirviéndose agua en la cocina. Caminé hacia la sala, pero él me tomó de la mano.

    Sebas: “¿A dónde vas, Luna? Pensé que me esperarías.”

    Luna: “Perdón, te espero.”

    Me pidió ayudarlo a tomar un vaso que estaba arriba. Me acerqué al mueble, dándole la espalda. Fingí no alcanzar. Él se acercó para ayudarme y sentí su mano en mi cintura… y su cuerpo pegado al mío. La tensión fue inmediata; le tomé la mano para apretarla un poco. Él respondió bajando la otra a mi cintura, acercándome más a su cuerpo.

    Ahí empezó todo a arder. Comenzamos a besarnos apasionadamente. Sentía su lengua explorar mi boca e hice lo mismo, así que lo tome del cuello para acercarlo mas a mí. El al ser mucho mas alto, me tomo de la cintura, me subió a la barra que había en la cocina. Abrace las piernas a su cadera y pude sentir su miembro, era muy grande y la tenía muy dura.

    En este punto estaba mojadisima, quería que me la metiera completa. Seguimos con los besos. Metí la mano en su pantalón, comencé a tocarlo. Sentía su respiración agitada en mi oreja, sentía sus quejidos de placer y eso me tenía en éxtasis.

    Pero recordé que los demás seguían en la sala. No quise levantar sospechas así que le pedí a Sebas que nos relajáramos y planeáramos bien el momento.

    Seguimos unos segundos abrazados en la cocina, respirando fuerte, intentando procesar lo que acababa de pasar. Me acomodé la ropa y regresé a la sala como si nada.

    Yo tenía el pulso acelerado y Sebas me miraba como si quisiera volver a agarrarme en cualquier momento.

    Cuando todos terminaron, Brenda dijo que llevaría a los demás a su casa. Solo Bere y yo nos quedamos. Mientras Brenda se preparaba, Bere pidió permiso para bañarse y se fue directo al baño.

    Sebas y yo nos quedamos solos en la sala.

    Él tomó un control de videojuegos.

    Sebas: “¿Jugamos? El que pierda recibe castigo.”

    Acepté. Pero perdí a propósito.

    Sebas: “Derecha o izquierda.”

    Luna: “Derecha. ¿Pero derecha de qué?”

    Él pidió que le pasara un cargador. Cuando me agaché para tomarlo, sentí una nalgada firme, seca, totalmente inesperada. Tragué saliva. La piel me ardió. Mi cuerpo reaccionó inmediato.

    Me giré, lo tomé de la camisa y lo empujé hacia el sillón. Me senté a horcajadas sobre él, sin pensarlo. Él me sostuvo fuerte de las caderas. El ambiente volvió a calentarse, más rápido que antes.

    Me quito el brasier y puso su mano en mi pecho, lo levanto y se lo llevo a la boca, comenzó dando vueltas con la lengua y al llegar al centro, dio un pequeño mordisco. Eso me provoco un gemido.

    Comenzó a bajar mi enterizo hasta que lo saco y puso su mano en mi tanga, la movió a un lado y comenzó a pasar su dedo por encima, de arriba a abajo y luego lo metió. Encontró mi clítoris y lo presionó con su dedo, comenzó a moverlo de arriba a abajo y me tenía solo apretando la cobija de tanto placer. Me moje muchísimo mas. Me recostó en el sillón, me abrió las piernas y comenzó a bajarme toda la ropa interior, llevo su boca hacia abajo para hacerme sexo oral y dio un lengüetazo para probar mis jugos, seguido de eso comenzó a apoyar su lengua en mi clítoris; hacia movimientos lentos y luego rápidos. Eso me llevo al clímax en unos pocos minutos, le avise que me iba a venir y traté de aventar su cabeza para que se moviera, pero se negó.

    Mientras mis caderas perdían el control, él las tomaba y bajaba sus manos para apretar mis nalgas. Llegue al orgasmo y eso lo excito demasiado, se tomó todos mis jugos.

    Después de lo que pasó entre nosotros en la sala, escuchamos el agua cerrarse en el baño. Nos acomodamos como si nada hubiera ocurrido y yo respiré hondo, tratando de recuperar el control.

    Bere bajó, Brenda y David regresaron, cenamos algo ligero y luego todos se dispusieron a dormir. Yo compartí cuarto con Brenda y Bere. Sebas se fue al suyo.

    Intenté dormir, pero no pude. Sentía mi pulso acelerado, mi cuerpo sensible, la mente repasando cada detalle. No sabía si él estaba igual…

    Hasta que, alrededor de las cuatro de la mañana, mi teléfono vibró debajo de la almohada.

    Una llamada de Sebas.

    La rechacé para que no despertara nadie.

    Un mensaje llegó enseguida:

    Sebas: “Luna, no puedo dormir. No sabes cuánto te deseo ahora mismo. Ven.”

    Me quedé quieta, procesando el mensaje. Mi respiración se volvió pesada. Dudé unos segundos… pero sabía perfectamente mi decisión.

    Me levanté con cuidado, abrí la puerta del cuarto despacio y salí al pasillo oscuro. La puerta de Sebas estaba entreabierta.

    Empujé lentamente. La habitación estaba apenas iluminada por la luz que se filtraba del pasillo. Sebas estaba recostado, cubierto solo por una sábana ligera. Me miró en silencio.

    Sebas: “Cierra con seguro.”

    Tragué saliva, cerré la puerta y caminé hacia él. Me pare en la orilla de la cama, me puse arriba de su cuerpo. Llegue a sus labios, comenzamos a besarnos mientras me apretaba de las nalgas y de la cintura, su lengua y mi lengua exploraban mientras nuestros cuerpos se frotaban. Comencé a bajar lentamente hasta llegar a su bóxer, puse la mano en su abdomen; la subía y bajaba en su pecho mientras que con la otra comencé a tocarlo por encima

    Seba: Umm que rico, sigue así, tienes unas manos riquísimas

    Comencé a bajar su bóxer y seguido de eso puse mi lengua en su pene. Hacia círculos en la puntita. Luego hundí mi lengua mientras con mis manos agarraba su pene y lo movía de arriba a abajo. Baje la lengua y fui dando besos alrededor.

    Seguí haciéndole sexo oral, Sebas tomaba mi cabeza para meterlo hasta la garganta y cuando estuvo a punto de llegar al clímax, se detuvo y dijo:

    Sebas: Ponte en 4, te quiero empinadita.

    Me acomode y sentí la boca de Sebas juguetear de nuevo; chupaba, succionaba, y bebía mis jugos, me tenía escurriendo del deseo. Seguido de eso lo escuche ponerse el condón, me empino aún mas y sentí entrar la puntita del pene. Me estaba doliendo y sentía como iba desgarrando, era una mezcla de placer y dolor. Cuando llegó a la mitad, comenzó a meterlo un poco mas rápido, me abrió las nalgas y ahí no pude evitar soltar un quejido del dolor. Sebas al momento me tapo la boca y me la metió completa, me queje aún mas fuerte pero él la dejo ahí adentro sin moverla, mientras se adaptaba mi vagina a su tamaño.

    Comenzó a moverse lentamente, luego, sus movimientos fueron subiendo. Me hizo mojar tanto que su verga entraba y salía y no dolía; me nalgueaba, apretaba de las caderas, susurraba cosas sucias y me tenía excitadísima. Estaba a punto de llegar al orgasmo, pero se detuvo, me dejo con las manos apretando la cobija. Se levantó para pedirme que le hiciera sexo oral, me acerque a su pene y comencé a chupar otra vez, pasaba mi lengua de arriba a abajo, metía mi lengua en su puntita y lo tenía disfrutando. El me pidió acostarme en la cama boca arriba.

    Me recosté y levanto mis piernas, las puso en sus hombros y comenzó a embestirme. No puedo describir esa sensación, simplemente lo sentía en todo mi cuerpo, me hacía girar los ojos del placer. Le dije que se recostara y estaba arriba de el; comencé a cabalgarlo, mis caderas hacían movimientos rudos y rápidos de atras hacia adelante y el estaba excitadísimo. Sentía llegar el orgasmo. El me tomo de las caderas para que las siguiera moviendo.

    Comencé a darle sentones, sentía mis nalgas rebotar, se escuchaba el sonido de los sentones que le estaba dando, el me apretaba para hacer los movimientos mas profundos y ahí fue donde ambos llegamos al clímax. Llegué al orgasmo primero y a los pocos segundos el. Nos recostamos y estuvimos abrazados un rato mas.

    Después de eso, fui al cuarto a descansar y a la mañana siguiente me paso a dejar a mi casa. Sería el comienzo de muchas mas aventuras.

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  • Colegas

    Colegas

    La noche era un torbellino de olores y sonidos, con humo de cigarrillos, alcohol barato y risas resonando en la casa, culminando después de semanas de llamadas y mensajes en una esperada reunión entre colegas.

    Liam y Mark, amigos desde la universidad, ebrios y despreocupados, se enfrentaron en la mesa, retomando su vieja costumbre de desafíos para ver quién era el mejor. Sus barrigas, hinchadas por la comida y la bebida, temblaban con cada carcajada. Los retos, como siempre, se volvían más locos con cada trago.

    —Apuesto a que no te atreves a meterte todo esto en la boca —bromeó Liam, apretando con su mano el gordo bulto de sus pantalones marcados.

    —Eso es lo que tú crees, amigo —respondió Mark, con una mueca de desafío en su rostro regordete—. ¡Te la he visto mil veces en los vestuarios y no es nada del otro mundo! ¡Eso que tienes ahí es una mierda para mi boca!

    La apuesta inicial, un juego de niños a estas alturas de la noche, se transformó rápidamente en algo más. La curiosidad, combinada con el alcohol y el buen espíritu de camaradería de toda una vida, les empujó a seguir adelante, entre bromas y risas.

    Liam, con los ojos encendidos por la embriaguez, se levantó y, con un movimiento rápido, desabrochó sus pantalones, dejándolos caer por las caderas.

    —Prepárate para perder —contestó con voz ronca por la risa y el alcohol.

    Con manos torpes pero decididas, se agarró los calzoncillos y los bajó con sorprendente facilidad, exponiendo su miembro rosado y algo hinchado.

    Mark se echó hacia atrás, soltando una carcajada al ver la estupidez de Liam.

    —¡Es trampa! —exclamó—. ¡Ya estás medio empalmado!

    Luego, con una risa nerviosa, imitó a Liam. Se levantó y, con un solo movimiento, se quedó igual que su amigo. La tensión se mezcló con la excitación en el ambiente. Ambos, muertos de risa y semidesnudos, sintieron sus corazones latir con fuerza ante lo absurdo de la escena.

    —¡Venga, venga… empieza, amigo! ¡Si dices que es una mierda, a ver cuánto te cabe en esa boca! —vaciló, meneándosela para ponérsela dura al 100%.

    La primera “prueba” fue torpe, un forcejeo lleno de risas. Mark, con los ojos llorosos, rodeó con su mano el rabo de su amigo y logró meterse la punta en su boca, pero sin más. La sensación fue extraña. Mark, inicialmente vacilante, sintió una oleada de excitación al experimentar algo nuevo así por primera vez.

    —Más, ¿no? —murmuró Liam, con dificultad, entre risas—. ¡La punta no cuenta! ¡Quiero que se note la boca, la saliva! ¡Como si te la estuviesen comiendo!

    Mark, sorprendido por su amigo, profundizó. Su boca se estiró, sus mejillas se inflaron mientras luchaba por acomodarse. El ambiente se volvió más íntimo, la broma inicial se transformó en algo más crudo, más visceral.

    El reto, como una marea creciente, invadió a ambos. Liam, con los ojos fijos en los de Mark, se esforzaba por introducirse el miembro de su amigo más y más. El cuerpo de Liam tembló al notar la boca apretar su polla bien dura, y una corriente de placer recorrió su columna vertebral. Se dejó llevar, sintiendo la boca tibia y húmeda, moviéndose adelante y atrás en un buen ritmo durante unos segundos. Hasta que, de pronto, una oleada de calor inundó la boca de Mark. Un gemido profundo escapó de Liam cuando su cuerpo, sin previo aviso, lo traicionó por el momento.

    El semen, espeso y lechoso, brotó con potencia en el interior de la boca de Mark. Al darse cuenta de que su colega se estaba corriendo, se la sacó con rapidez, pero la leche salía en numerosos chorros golpeando la sien y la mejilla con fuerza.

    Mark se detuvo, con los ojos muy abiertos viendo como la polla de su mejor amigo seguía expulsando semen sin parar. La sorpresa inicial dio paso a un momento inesperado. El sabor, salado y desconocido, se extendió por su lengua. El choque de sus miradas, en ese instante, fue una revelación: en medio del desorden y la sorpresa, algo nuevo había comenzado.

    Mark tragó varias veces, su garganta trabajando para deshacerse del los chorros que llenaron su boca. Sus ojos se encontraron nuevamente con los de Liam, que jadeante se encontraba con una mezcla de sorpresa, incredulidad y una pizca de excitación en su rostro sonrojado. Una risita nerviosa escapó de él, seguida de una carcajada.

    —Jajaja… ¡¡es lo que hay!! —exclamó Liam, tratando de recuperar el aliento— Vaya corrida, joder. ¡No sé qué has hecho, pero no me esperaba eso!

    Mark, aún recuperándose del torbellino de sensaciones y con la polla de su amigo en su mano todavía goteando algo, se unió a la risa, una risa que resonó en el pequeño espacio.

    —Tú lo pediste, colega —respondió Mark, con una sonrisa descarada—. ¡Te he ganado!

    El alcohol, que había sido el catalizador, ahora parecía potenciar la situación. La atmósfera se había vuelto más íntima, más atrevida. Ambos se examinaron con una nueva mirada, una mirada que valoraba la experiencia compartida.

    —Me has dejado la boca pegajosa —dijo Mark, limpiándose los labios con el dorso de la mano, sin dejar de sonreír.

    —Y tú me has dejado sin leche, cabrón —respondió Liam, guiñándole un ojo.

    —No sé por qué, pero tengo la polla dura como una piedra, ¡mira! —aclaró Mark, empalmado como lo estaba su colega.

    Sin mediar palabra, Liam se levantó, aún con el miembro erecto, tambaleándose un poco, y se dirigió a la nevera. Rellenó los vasos con whisky barato y hielo, y los alzaron de nuevo. El brindis fue breve, la aceptación tácita de lo que había ocurrido, un saludo al momento y a la imprevisibilidad de la noche.

    —¿Vamos a por el siguiente trago? —preguntó Liam, con una sonrisa pícara.

    —Solo mira cómo la tengo —respondió Mark—. No soy egoísta, me gusta también que ganen otros. Así que, al menos, debemos empatar, ¿no? ¡Ahora me toca a mí hacer que ganes tú!

    Liam asintió, con los ojos brillando. La noche, que había comenzado como una simple borrachera, se había transformado en algo más, una aventura inesperada que prometía continuar. El camino por recorrer, ahora que se había abierto una nueva puerta, parecía lleno de posibilidades. Y en el aire, flotaba la promesa de más risas, más desafíos y más descubrimientos. La noche era una masa de olores a humo de cigarrillos, alcohol del barato y risas resonando en la casa después de semana de hablar y hablar por teléfono para poder quedar al fin tras semanas planeando verse después del trabajo.

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  • Solo queda una cama

    Solo queda una cama

    La lluvia caía con insistencia sobre Hiroshima, transformando las calles en un tapiz resbaladizo de hojas otoñales que se adherían al asfalto como recuerdos empapados. El jardín japonés cercano parecía un sueño borroso bajo el velo gris del cielo, sus árboles caducos medio desnudos temblando con cada ráfaga de viento.

    Sato Yamada, un técnico de treinta años con un aire atractivo pero ligeramente excéntrico —gafas de montura fina, una pasión por circuitos electrónicos que a veces lo hacía parecer ajeno al mundo—, acababa de llegar para dar una conferencia sobre innovaciones en robótica. A su lado, Sayo Tanaka, la nueva comercial de la empresa, una mujer menuda de cuarenta años con una elegancia discreta y ojos que guardaban historias no contadas, observaba el panorama con una mezcla de fatiga y resignación.

    El hotel, un edificio modesto pero acogedor en el corazón de la ciudad, les deparó la primera sorpresa. “Lo siento, señores, pero debido a un error en la reserva, solo queda una habitación disponible”, explicó el recepcionista con una reverencia apresurada. Era tarde, la tormenta arreciaba, y no había alternativas viables.

    Sayo y Sato intercambiaron una mirada incómoda, pero asintieron.

    Compartirían el espacio.

    Al entrar en la habitación, el segundo imprevisto: una sola cama grande, impecable y tentadora bajo la luz tenue de la lámpara. Sato se rascó la nuca, avergonzado. “No traje pijama”, admitió. “Pensé que dormiría solo”. Sayo, con su maleta abierta, sacó un conjunto de algodón suave, pantalón y camisa holgada.

    Se cambió en el cuarto de baño.

    “Lo más difícil es que no nos conocemos lo suficiente”, murmuró ella, sentándose en el borde de la cama. “Ir a dormir así, con un extraño…”.

    Sato, en calzoncillos y camiseta de hombreras, se metió en la cama, por la derecha. Sayo hizo lo propio ocupando el lado izquierdo. Los dos boca arriba, con los ojos abiertos, incómodos.

    Sato rompió el silencio con una pregunta. “¿Y qué podemos hacer? ¿Conocernos mejor?”.

    Se levantaron y se instalaron en las sillas junto a la ventana, con vistas a la lluvia que azotaba los cristales. Abrieron el minibar y compartieron unas latas de cerveza fría, hablando de trivialidades al principio: el trabajo, la conferencia inminente, las peculiaridades de Hiroshima. Sato, con su voz calmada pero entusiasta, le contó anécdotas de sus inventos fallidos, haciendo que Sayo riera por primera vez. “Eres atractiva, ¿sabes?”, soltó él de pronto, con una sinceridad que lo sorprendió a sí mismo. Ella se sonrojó ligeramente, pero a medida que la confianza fluía como el alcohol en sus venas, extendió la mano y tocó su hombro, un gesto leve pero cargado de electricidad.

    El silencio volvió a ser protagonista durante unos instantes eternos.

    Sayo lo miró, esperando algo indefinible. Sato se inclinó y la besó, un roce suave que se prolongó. “Decías que te sentirías más cómoda si intimamos un poco”, susurró él contra sus labios. Las cosas fueron a más con naturalidad: caricias que exploraban curvas y texturas, besos que se volvían más profundos, como si el aire de la habitación se hubiera cargado de promesas. “Yo creo que si nos miramos el culo ya podemos decir que estamos como en casa”, bromeó Sayo, rompiendo la tensión con una risa. “¿Quién va primero? ¿Lo sorteamos?”.

    Sacaron una moneda de 500 yenes.

    Ganó Sayo —o perdió, dependiendo de cómo se viera—.

    Se levantó con gracia, se bajó el pantalón del pijama y giró ligeramente, revelando la curva suave y pálida de su trasero, un atisbo de vulnerabilidad que invitaba a la imaginación. Sato la siguió, bajando sus calzoncillos para mostrar el suyo, musculoso pero imperfecto. Sayo extendió la mano y rozó sus nalgas con dedos curiosos haciéndole cosquillas; él respondió girándose, abrazándola, besándola mientras sus manos alcanzaban el trasero femenino en cueros, un intercambio de calidez que borraba las distancias.

    Sato se apartó un instante, notando cómo sus calzoncillos se abultaban con la excitación evidente. La mirada de Sayo se posó allí, un segundo de complicidad muda. “Vamos a la cama”, sugirió ella, su voz un susurro ronco.

    Se acostaron cada uno en un extremo, el colchón un territorio neutral que pronto se volvió insuficiente. Un trueno retumbó en la noche, despertando fantasmas.

    “Menuda tormenta”, murmuró Sato. “¿Te da miedo?”.

    Sayo dudó, luego confesó: “De pequeña, sí. Ahora, un poco”. Se movió hacia él, apoyando la cabeza en su pecho, el latido de su corazón le transmitió calma. Se besaron de nuevo, un beso que se extendió como la lluvia afuera, un beso en el que ambos disfrutaron del sabor adictivo de la boca del otro, un beso donde la lengua jugó un papel crucial.

    “Hace frío”, se quejó él, tiritando ligeramente en su ropa interior.

    “Eso te pasa por no traer pijama”, replicó ella con una sonrisa juguetona.

    Luego, añadió: “Si quieres, hacemos la cuchara”.

    Sato rio, pero aceptó. Sayo se giró, dándole la espalda, aguardando. Él se pegó a ella, sus brazos rodeando su torso, las manos rozando accidentalmente —o no— la suavidad de sus pechos. Sus cuerpos encajaban, el trasero de ella presionando contra él de un modo que era a la vez inocente y provocador, tierno como una promesa susurrada. Respiraban en sincronía, inhalando el aroma del otro: el jabón floral de Sayo, el leve sudor masculino de Sato mezclado con perfume de varón. El tiempo se dilató en esa proximidad, hasta que, más tarde, el deseo se consumó en un acto de amor suave, exploratorio, donde los cuerpos se entrelazaban dejando espacio para lo no dicho, lo imaginado.

    Fuera, la lluvia cesó. Alguien caminaba por el parque, un perro ladraba en la distancia. La luna, poderosa, llena, apartando las nubes, iluminaba la noche con un resplandor plateado, como si bendijera el secreto compartido.

    A la mañana siguiente, Sato se levantó primero, rascándose las nalgas distraídamente camino al baño. Se duchó, el agua caliente borrando las huellas de la noche. Al salir, envuelto en una toalla, encontró a Sayo de cuclillas junto a su maleta, sin el pantalón del pijama. Sacaba ropa interior de color azul marino, y en esa pose, la curva de su espalda terminaba en un atisbo generoso de su intimidad, la tela de las bragas atrapada en la rajita, invitaba a la mirada.

    “Si fuese pintor, te pintaría tal y como estás ahora”, dijo él, con una sonrisa pícara.

    “Menudo tunante estás hecho”, respondió ella, riendo, pero sin prisa por cubrirse.

    Sayo cerró la puerta del baño; el sonido del agua corriendo llenó el aire. Sato, sentado en la cama, repasó sus notas para la presentación, el mundo exterior reclamaba su atención.

    “¿Desayuno a las ocho?”, propuso él en voz alta.

    “Vale”, llegó la voz de ella desde la ducha, amortiguada pero cálida.

    “Por cierto, me pasas el champú que lo dejé en la maleta”.

    “¿Te lo dejo fuera?”.

    “No, entra… que ya lo has visto todo”.

    Fin

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  • Trío con Graciela y mi esposa

    Trío con Graciela y mi esposa

    Voy a relatarles una rica experiencia que sucedió hace varios años, soy Javier un empresario, tengo 50 años, 1.80 de estatura, moreno claro, delgado se podría decir que bien conservado.

    Mi esposa Mary de 46 años una mujer bajita, guapa con unos ojos cafés hermosos, buenos pechos, blanca con una piel suave y un rico trasero paradito, llevamos cerca de 25 años de casados con una vida sexual muy activa hasta que por azares de la vida buscamos darle un giro más excitante a nuestra relación le sugiero hacer un trío con otra mujer, se me queda viendo y me pregunta que si realmente lo deseo, le contesto que si, cada vez que hacíamos el amor sacábamos el tema imaginando que estaba otra mujer con nosotros, en verdad nos ponía tan calientes que terminábamos teniendo unas sesiones de sexo increíbles.

    Poniendo manos a la obra le llame a Graciela una amiga con la que había salido hace tiempo de hecho teníamos comunicación frecuentemente así que la invite a un bar a tomar una copa y le comente lo que tenía planeado preguntándole si ella quería ser esa persona (sabía que ella era liberal) así que acepto.

    Regreso a casa no le comento nada a mi esposa hasta la noche que estábamos en la cama teniendo sexo nuevamente nos pusimos a tope de calientes e hicimos el amor salvajemente, al día siguiente me pongo de acuerdo con nuestra amiga Graciela le comento los planes, pasaría el día viernes a recogerla e iríamos a una bar con música en vivo a pasar un rato y que se conocieran si no había objeciones de ahí nos iríamos al motel, cosa que acepto.

    Llega el viernes por la tarde tanto Mary como yo estamos nerviosos me empiezo arreglar, salgo del cuarto y voy a la sala de la casa a esperarla como a los veinte minutos baja con un vestido entallado que le legaba arriba de las rodillas, bien maquilladita que me deja con la boca abierta de lo hermosa que luce, se me acerca, me abraza y me dice que esta lista, paso mis manos por su trasero y me doy cuenta que se puso un hilo dental, provoca en mí una erección inmediata, se separa diciéndome quieto que eso es para más tarde, nos subimos al carro y nos dirigimos a recoger a Graciela.

    Sale de su departamento y guau que sorpresa trae también un vestido pegado a su cuerpo haciendo lucir su figura, vale decir que Graciela que a sus 47 años tiene un bien formado trasero y unas piernas bien, pechos levantados y unas piernas bien torneadas que levantan suspiros en la calle

    Llegamos al bar el cual tenía una pista para bailar, nos sentamos en una mesa del fondo para platicar a gusto, Mary y Graciela se sentaron juntas y se pusieron a charlar, las dos lucían hermosas, llega el mesero y le ordenamos unos tragos, yo estaba sentado a un lado de mi esposa mientras platicaba le estaba acariciando las piernas, intenta retirar mi mano cuando llega el mesero con las bebidas, cuando se retira continuo acariciándola, se notaba que le daba pena que Graciela se diera cuenta, se volteó hacia mi y me da un beso enseguida separa sus piernas dándome oportunidad de tocar sus muslos de pronto se me queda viendo cuando siente otra mano acariciar su otra pierna, era Graciela.

    Le hago un guiño como aprobación y abre completamente sus piernas para ser acariciada al tiempo que extiende su mano para tocarme el bulto, subo mi mano hasta su conchita que estaba medio cubierta con la tanguita que traía puesta ya estaba mojada con sus flujos, al intentar pasar mis dedos por la rajita ya estaba la mano de Graciela acariciándola.

    Mary empieza a gemir y me dice que me saque la verga del pantalón, así lo hago, empieza a masturbarme voltea hacia mí y nos besamos, siento su respiración agitada mientras cierra sus ojos y empieza a tener un orgasmo, Graciela retira su mano y meto la mía encuentro la conchita de mi esposa inundada de sus fluidos, Graciela pasa su mano y pone sus dedos en mi boca, los chupo dejándolos limpiecitos, Mary deja de masturbarme y me dice que necesita ir al baño, Graciela se ofrece acompañarla, se van las dos.

    Observo a esas dos bellezas caminar, veo alrededor y nadie estaba poniéndonos atención me termino de tomar la bebida cuando regresan Mary y Graciela, las dos sonriendo me dicen que es hora de ir a otro lugar, rápidamente pido la cuenta y nos retiramos, nos subimos en mi camioneta, los tres vamos en el asiento delantero dirigiéndonos a un motel que está un poco retirado, en el trayecto Mary me saca la verga del pantalón y se agacha para darme una mamada mientras Graciela está acariciándole las nalgas.

    Yo estaba a punto de venirme así que les dije para agarrar un poco de aire que ocupaba conducir, Graciela toma de la cara a Mary y la besa Inmediatamente las dos se prenden, se empiezan acariciar a través del vestido, se los suben hasta la cintura y se tocan las conchitas mientras yo estaba apurado por llegar al motel, por fin le aviso que vamos llegando, se acomodan en el asiento me dan el número de cuarto, al entrar las dos que previamente se habían puesto de acuerdo en el baño del bar empiezan a desnudarse una a la otra quedando frente a mi completamente desnudas, entre las dos me desvisten.

    Graciela se arrodilla y empieza mamarme la verga, Mary me besa la boca, el pecho, la panza, baja un poco más, Graciela saca mi verga de su boca ahora Mary empieza a mamarla entre las dos me tiene a reventar, las tomo de sus brazos y las pongo de pie, tomo a Graciela de la cintura y la beso mientras mis manos acarician su trasero, Mary le besa el cuello y la espalda, paso mi mano por la conchita de Graciela la cual esta empapada, la subo a la cama y se recuesta boca arriba, empiezo a besarla, besar el cuello, sus senos, su estómago, sus piernas, hasta que llego a su conchita, siento el calor, su aroma y empiezo a comérsela la tiene casi toda depilada igual que mi mujer.

    Mientras le como la conchita Mary la está besando, lamiendo, chupando sus pezones, Graciela extiende su mano para acariciar las nalgas de Mary y meter la mano en su conchita, al cabo de un rato Graciela empieza a venirse llenando mi boca de sus fluidos al mismo tiempo que le provoca a Mary otro orgasmo con su mano.

    Ahora las dos me dicen que me recueste boca arriba, empiezan a besarme todo el cuerpo, me maman la verga hasta las bolas, están prendidas hasta que ya no aguanto y suelto toda la leche en sus bocas un chorro para una y para otra, las muy calientes se besan mientras me recupero, Graciela pone boca arriba a Mary se pone encima de ella y empieza a besarla, a besar sus senos con una maestría admirable sigue bajando por su vientre, sus piernas hasta sus pies luego sube hasta la conchita y empieza a comérsela.

    Me acerco a Mary y la beso, le acaricio los senos empieza a gemir de placer por la comida de conchita que le están dando, me pide que le ponga mi verga en su boca, se la pongo y me la pone dura inmediatamente se la saca y me dice quiero ver que se la metas, quiero sentir el cuerpo de Graciela encima de mí, quiero escuchar sus gemidos mientras la coges, así lo hago Graciela se pone encima de ella y se besan yo me pongo detrás de Graciela que tiene un culo delicioso, la empiezo a penetrar tiene la conchita apretadita pero no batallo porque esta empapada, agarrándola de las caderas se la meto con fuerza haciéndola gemir de placer.

    Mary le pone sus brazos en el cuello acercándola hacia ella la empiezo a meter y sacar cao mayor ritmo y profundidad por unos minutos hasta que suelto mi descarga en su interior ella al sentirlo empieza a estremecerse envuelta en un rico orgasmo, Mary sintiendo los gemidos cerca de su oído también se viene bestialmente quedando abrazada de Graciela, se la saco y observo esas dos conchitas completamente mojadas quedamos exhaustos me recuesto en la cama y se ponen cada una a un lado… la noche es joven, apenas comienza.

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