Blog

  • Que buena amante la prima de mi esposa

    Que buena amante la prima de mi esposa

    Soy Alonso, esta vez les voy a contar de la prima de mi pareja. Ella se llama Leticia y los dos estábamos divorciados, yo tenía 35 y ella 23 ricos años, la vi por primera vez en la universidad, donde regresé a terminar mis estudios.

    Un día subiendo al último piso, entró a las escaleras, lleva puesto en conjunto amarillo y deja ver sus ricas piernas y deliciosas nalgas, me dejó excitado, busqué la forma de llegar a ella y lo logré, pero eso será otra historia.

    Se fue a vivir conmigo y trajo a su hija que era pequeña y no causa problemas a la hora de la intimidad, ya que la puse en una recamara aparte.

    Fui conociendo a sus familiares y me tocó conocer a la prima Rosa, ella hablaba mucho de ella, que muy guapa e inteligente.

    La verdad el día que la conocí y se las describo lleva puestos unas zapatillas alta, medias, una falda ajustada arriba de la rodilla, una blusa azul agua, y sus brasier en juego con su ropa, si muy guapa e inteligente, pero más que una ricura de mujer fácil sus medidas son 60, 60 y 110, es decir unos senos no grandes como talla 30, Leticia tiene unos 38, una rica cintura, pero un rico trasero de 110, hermoso culo tiene la prima Rosa, debí poner cara de mucho gusto pero dentro de mi mucho gusto que buenas estas prima.

    Nos empezamos a frecuentar ya que ella trabaja muy cerca de nuestro departamento, nos visita frecuentemente y un día le pide a Leticia que si le permite quedarse a dormir cuando salga muy tarde de trabajar, ella tenía un horario muy raro, entraba a las 11 de la mañana y salía hasta el director de la empresa se fuera, es decir podía ser desde las 9 a 12 de la noche y que ayer cuando llego a su casa la estaba siguiendo un auto.

    Nosotros también tenemos horarios raros, damos asesoramiento a diferentes empresas, pero Leticia ya tenía fijo los cinco días a la semana 6 horas corridas yo casi igual salvo que el miércoles lo tenía libre.

    Se pusieron de acuerdo y ella llevó tres mudas de ropa para dejarlas en el departamento y así fue como entró a nuestra vida.

    Varias veces se quedó y sin problema, pero un día le comento a Leticia que si se podía quedar una semana completa, pero que no sabía a qué hora llegaría porque están haciendo un trabajo especial, le dimos las llaves de la casa y el control para meter su auto, ella llegaría muy tarde y nosotros nos vamos temprano es decir la casa estaba libre para ella, cuando llegaba se ponía una pijama pequeña, y me dejaba ver el rico cuño que tenía, esa semana mi esposa tenía mucho trabajo y llegaba rendida, acostumbramos dormir en calzones y una playera holgada.

    Cuando estamos en la cama nos acomoda dormir pegados, ya sea ella o yo nos pegamos y si queremos hacer el amor le pego mi pene a sus ricas nalgas o ella me las pega o también el que quiera y se mete a cama se quita la ropa y al entrar ya sabes lo que hay, a Leticia, le gusta que inicie pegándole mi pene, era martes y la prima llegaría muy tarde, me empezó a pegar en mi pene, y este rápido tiene reacción, le abro sus nalgas y lo acomodo, le encanta eso y a mí también, porque también le llegó a picar su ano y eso la pone loca, me lo fui acercado a su vagina y esta húmeda y fácil entro, desde atrás la empezó a bombear, esto ni tardaría mucho que me la cogiera y le llenará su vagina de semen, le seguí dando hasta que me dijo “ya ahora déjalo ir” y todo adentro se llenó.

    Estábamos ya casi dormidos después del rápido y sonó el celular era Rosa, diciendo que se le olvidó llevarse las llaves y que llegaría como a la 1 de la mañana, le dije que no había problema que cuando llegara y estacionaria el auto nos llamara y le abríamos la puerta.

    Nos volvimos a dormir, pero nos quedamos sin ropa y sin limpiarnos, la prima Rosa se dormía en un sillón cuando nos vamos a trabajar se cambia a la cama para descansar un rato mas, pero deja su olor en mi lado y eso me excita.

    Llegó y nos marcó, conteste yo, porque Leticia estaba totalmente dormida y yo también por inercia me levante y fui a la puerta caminado por instinto y le abrí la puerta y me miró y me dijo “Alonso estas dormido si porque estas desnudo”, “ah sí -le dije- perdón disculpa, me cogí a tu prima y me quedé dormido así”, “no te preocupes gracias ve a dormir”. Estaba en ese momento que estás hablando totalmente dormido y me fui a la cama.

    Leticia se levantó temprano para ir al trabajo y llevar a la hija a la escuela, yo seguía dormido, me dijo levántate y por la tarde y le dije entro a las seis fue antes de las 7 para dejar a la hija en la escuela.

    Aun estando dormido, siento que la cama se mueve un poco, y siento un cuerpo junto a mi yo duermo de lado y siento como se acomoda y se pega, aun un poco dormido me pego sigo desnudo y la cama huele a sexo, siento unas nalgas nuevamente pegadas a mi, le pongo la mano y siento que son más grandes y aun duras es Rosa, se pega y se mueve las agarro y la jalo a mi pene y le beso la espalda, llego a su cuello con mi lengua.

    Nos besamos y rápidamente me mete la lengua en toda mi boca, bajo a sus senos son perfectos y se los empiezo a bezar y mamar sus pezones, me pega su vagina y la veo perfectamente sin vellos y le tomo de sus nalgas y subo a mi boca y le empezó a dar una rica mamada de vagina, sabe diferente, pero me encanta besar sus labios y separarlos y meterles la lengua en medio, siento como se estremece y sigo mamando su clítoris y un poco más hacia abajo.

    Me dice acuéstate y se sube al revés y de pronto estamos haciendo el 69 más rico y delicioso, siento que ya no voy a poder aguantar mas y ella tampoco, me subo y la tomo de sus ricas nalgas y veo como entra mi pene en su vagina poco a poco veo como se pone a vibrar su rica panochita y me dice “fuerte ya fuerte”. La empiezo a bombear cada vez las rápido y ella se pega mas como queriendo que en su vagina entren también mis testículos y una cuantas veces más y me grita ya y le dejo mi semen dentro, se queda recuperando la respiración.

    Solo le dije “Rosa fue muy rico haberte cogido” y me dice “esto va a ser cada 8 días te gusta la idea”, “me encanta” le dije, “solo vamos a tener cuidado”, “no te preocupes voy a comprar un departamento a una tres cuadras y no tendremos de que preocuparse”.

    Me gusta la idea mucho, me voy a limpiar y me dice “deja yo te limpio” y puso su lengua en acción, y me la pasa suavemente en mi pene y me dice “sabe rico tu semen” y los fluidos de Leticia junto a los míos eso hace que nuevamente se me ponga listo y me dice “quédate” y se sube y se lo mete en su vagina y empieza suavemente y de pronto con una fuera montando fuerte y no se detiene y de pronto me dice “ya déjalos ir esta adentro”, siento como me sale lo que me queda y se mueve frenética y se deja caer encima se mi y siento como escurre su vagina y me moja los vellos de mi pene.

    Nos quedamos dormidos, disfrutando dos ricas cogidas con Rosa y la primera con Leticia, suena el celular y es ella, “como estas bien”, “y tú se va a hacer tarde” y le dijo “hoy no tengo asesoría”, “ah ok” me dice, “y Rosa que hace”, le digo “está totalmente dormida”, “déjala llegó muy tarde” y le contestó que sí y se despide diciendo “al rato nos vemos me cogiste muy rico amor”, “besos te amo”, le respondo y cuelga y Rosa me besa y me dice “yo también cogí muy rico mi amor nos vemos al rato” y se va a bañar para ir a su trabajo.

  • De amigos a novios

    De amigos a novios

    Mi mejor amiga Carolina descubrió que su pareja la engañaba. Carolina es una chica de 32 años, 1.62 de altura, usa lentes redondos, cabello castaño oscuro, lacio y largo, delgada, pero de caderas anchas, tetas normales y respingonas. Es muy tierna y jovial, con un corazón de oro que lo da todo por ayudar a las personas que le importan.

    La conozco desde el colegio y luego nos encontramos en la universidad, aunque estudiábamos diferentes carreras. Igual nos encontrábamos para estudiar en la biblioteca. Ella me ayudaba con los cursos de letras y yo con los, de números. Nunca me animé a decirle nada por respeto a nuestra amistad. Incluso ella me aprobó y acompañó en mis citas cuando conseguí mis novias. Cuando ella consiguió a su novio ya luego de muchos años luego de la universidad, me presentó a su pareja y me invitó a su departamento cuando empezó a convivir con él.

    Ella me llamó entre lágrimas para contarme que lo descubrió en un bar con una chica con la que él trabajaba cuando él le dijo que llegaría tarde por una junta. Fui a su casa rápidamente, la encontré en bata, despeinada y llorando. A pesar de todo se veía hermosa. Platicamos mientras le ayudaba a empacar las cosas de su novio. Ella me abrazó y me besó.

    Carolina: ¿Si te quedas a dormir conmigo hoy?

    Yo: No es el momento. Estás vulnerable y no quiero aprovecharme.

    Carolina: Disculpa ¡Lo sé! Gracias por estar conmigo siempre.

    Salí pensativo y aunque sonrojado porque la chica de mis sueños me dio un beso.

    Pasaron varios días y la llamé.

    Yo: ¿Cómo estás?

    Carolina: ¡Bien, amiguito! Ya superando las cosas. ¡Mira! Te parecerá un tanto extraño, pero me siento insegura de tener el departamento solo. ¿No quisieras mudarte conmigo unas semanas? Como en las pijamadas que compartíamos en la primaria.

    Yo: ¡Sí! Pero con la condición de que te ayudo a pagar la renta. -Sabía que ella tenía problemas con la renta y aún le quedaban dos meses para que acabe su contrato.

    Carolina: ¡Gracias, amiguito! -Me dijo con una emotiva alegría.

    Me mudé a los días. De todas formas, quería buscar un nuevo lugar y mi contrato es por mes e iba a terminar en una semana. Los primeros días la pasamos hasta tarde conversando.

    A los dos meses ya había superado su ruptura. Un día trajo un vino diciendo:

    Carolina: Amiguito, brindemos.

    Yo: ¡Está bien! Pero no olvides que no tengo resistencia para el alcohol -dije entre -risas.

    Carolina: No te preocupes.

    Después de media botella de vino se me acercó y me dio un beso en los labios.

    Yo: Creo que se te subió el vino. – La llevé a su cuarto para que durmiese.

    A la mañana siguiente, me tomé una ducha temprano. La puerta se abrió. No estoy acostumbrado a echar seguro. No me preocupé, la mampara estaba cerrada.

    Luego ella corrió la mampara y entró.

    – ¡Amiguito, he esperado por esto mucho tiempo!

    Correspondí a sus besos y la abracé. Tuve una erección brutal y bajó su mirada para ver mi pene erecto. Sonrió complacida.

    La tomé de las caderas y la besé arrinconándola contra la pared mientras movía mi pelvis.

    Llevaba una bata blanca. Le quité el cinturón y contemplé su cuerpo desnudo. Sus tetas de pezones marrones, aureolas redondas y pezones respingones. Su estómago era suave y su coño estaba poblado con vello de color castaño.

    Ella gemía y su respiración se hizo intensa. Al intentar meter mi pene vi en su cara una expresión de dolor. Me disculpé y vi que no estaba lo suficientemente mojada.

    Me arrodillé colocando su cabeza entre las piernas. Ella trató de apartarme.

    Carolina: ¡Alto! ¡Está sucio!

    – Solo quiero hacerte feliz.

    Metí mi lengua entre su entrepierna. Su coño se empezó a humedecer y sus gemidos se hicieron más fuertes. Sus manos que en el primer momento me empujaban hacia afuera, ahora hacían lo contrario. Jalaba mi cabello para atraer mi cabeza hacia su coño. Yo solo podía coger tus tetas sintiendo sus pezones erectos.

    Después de cinco minutos de darle placer ella se corrió en mi boca. Me levanté, la volteé inclinándola un poco. Tomándola de su hermoso culo se la metí en la posición de “pollito tomando agua”.

    Ella ya no se resistía solo bufaba y gemía fuerte al ritmo de mis arremetidas. Con una mano sobaba su clítoris. El agua de la ducha caída en nuestros cuerpos. Ella se cogía de las llaves para no caerse y yo la halaba del cabello para tener mejor fricción.

    Así hasta terminar echando mi semen sobre su glúteo.

    Ella solo volteó su cabeza y me besó.

    Carolina: ¡Me has hecho muy feliz, amor! ¡Nunca había sentido tanto placer!

    Solo la cogí en mis brazos y me la cargué hasta mi cama. Con paciencia y sin prisas besé todo su cuerpo. Tratando de memorizar el olor y la suavidad de su piel.

    Carolina: ¡Métemela amor! ¡Me haces muy feliz!

    Yo: Sí, mi vida.

    – No quiero que esto termine nunca.

    Le abrí las piernas y en la posición del misionero se la empecé a meter. Ella gemía y se retorcía sintiendo el placer de mis embestidas. Traté de mover mi pelvis en forma circular para que su vagina para que sintiera mi pene en toda su vagina. Cuando ya estaba a punto de terminar se lo hice saber.

    Carolina puso los ojos en blanco y con una expresión de placer movía las caderas para sentir más placer.

    Yo: ¿Dónde quieres que te eche mi leche?

    Carolina: ¡Termina afuera!

    El semen cayó sobre su estómago y sus tetas. Se veía hermosa, tan radiante y salvaje.

    Solo me besó e hizo que mi pene ya morcillón se metiera en su vagina. Caímos rendidos sin separarnos.

    Luego de un rato nos levantamos. Así desnudos como estábamos.

    Carolina: ¡Vamos a almorzar! Te voy a preparar algo.

    Mientras cocinaba yo me agaché para besar sus nalgas y poco a poco fui metiendo mi lengua en la entrada de su coño. Ella cerró los ojos y se dejó llevar, mientras trataba de picar las verduras.

    – ¡Ya amor! Así no vamos a terminar nunca de cocinar.

    Mientras la comida estaba hirviendo en la olla a fuego muy lento nos sentamos en el sillón viendo televisión. Ella se sentó sobre mí, con sus piernas enredándose en mi pelvis. Nos apreciamos los rostros y sonreímos.

    Carolina: ¡Esto debimos hacerlo hace demasiado tiempo! Pero tú nunca te animaste.

    Yo: Creí que solo me veías como un amigo. Por eso nunca me atreví a dar el primer paso.

    Carolina: Ahora ya no hay arrepentimientos.

    Yo: ¡Te amo, Carolina! Siempre te amé y siempre te amaré.

    Carolina: Te amo, amiguito. Ya somos uno solo y no te dejaré jamás. Me has dado más placer del que soñé. Gracias por preocuparte por mi placer y no solo por satisfacerte.

    Luego de eso empezamos a dormir juntos. La recogía del trabajo e íbamos rápidamente a la ducha a hacer el amor como la primera vez.

    Ella se arrodilló y tomó mi pene.

    Carolina: Ahora es mi turno de darte placer

    Dicho esto, se metió mi pene en su boca y empezó a chupar. Se notaba que no tenía experiencia, pero lo hacía con amor.

    Yo: Ahora me toca a mí darte placer.

    Me eché sobre el suelo, la cogí de las caderas e hice que se sentará en mi cara. Mi lengua lamía toda su vagina. Ella se retorcía de placer. Tomó mi pene con una mano y me empezó a masturbar. Luego puso su cabeza y en la posición del 69 nos corrimos los dos.

    A los meses, citamos a nuestros familiares y les contamos que nos casaríamos. Ellos no se sorprendieron. Al parecer, siempre supieron que algún día nos juntaríamos.

    En una boda pequeña nos casamos y empezamos nuestra aventura en esta luna de miel eterna.

  • Reforzando la amistad con la amiga de mi esposa

    Reforzando la amistad con la amiga de mi esposa

    Esto ocurrió hace un par de años, cuando mi esposa, su mejor amiga «H» y yo fuimos a una de muchas «Ferias del pulque», nos pasamos gran parte del día y la tarde bebiendo pulque curado de diferentes sabores. «H» llevaba un short corto y muy ceñido, mostrando su gran cuerpo unos pechos pequeños, pero le quedan perfectos, y un culo de los que quita el aliento.

    Mi relación con «H» siempre fue de tonteo desde que nos conocimos, siempre hubo cierta química, pero nunca pasó de comentarios con doble sentido. Después de pasar todo el día curado tras curado, nos dirigimos a nuestra casa, «H» vive en otra ciudad, por lo que cuando agarramos la fiesta, se queda con nosotros.

    Al llegar estamos alegres pero la peor es mi mujer la que tengo que llevar a la cama, quitarle la ropa y acostarla porque no se tiene en pie, al regresar a la sala «H» me pregunta por mi esposa y le digo que fue todo para ella por hoy, ya está descansando, me respondió preguntando si tengo algo para seguir bebiendo y me acompaña a la cocina, al ir delante mío pude ver su figura torneada, sus piernas duras y firmes, al llegar a la cocina saco un par de vasos y ella en seguida elige su «Bacacho»

    Mientras bebemos conversamos la veo frente a mi apoyada de la encimera de la cocina y no sé qué cable se me cruzo o si fue el exceso de pulque en mi cuerpo pero me acerqué a ella y le plante un beso, ella se quedó inmóvil pero no me aparto ni puso resistencia, claramente pensé que ya la había cagado horrible.

    Al despegar mi boca de la suya solo dijo con la voz entrecortada «¿Y si… nos escucha?», para mi esa oración fue como la luz verde, pues le preocupaba si nos escuchaba, no lo que hacíamos. Así que la tomé por la cintura y volví a besarla, esta ocasión me respondió el beso y fue como lo imaginé, nuestras lenguas jugaban, nuestros labios juntos, pequeños mordiscos en sus labios carnosos, me detuve para besar su cuello mientras retiraba su cabellera con esos hermosos chinos, me coloqué detrás de ella y continuaba besando su cuello mientras ella se acomodaba y me acariciaba la mejilla.

    Sentí que era el momento perfecto para desabrochar su short, le baje la cremallera y desabroché el botón, «H» solo suspiraba y cerraba los ojos, le descubrí los hombros y los empecé a besar y lamer, «H» suspiraba y se dejaba llevar, bajó un poco su blusa y dejó al aire su pecho, con un sujetador de encaje, baje mi cara a ese par de bellezas y los acaricie y bese encima del sujetador, sentía como su respiración aumentaba de velocidad e intensidad, sentí como sus manos me agarran por la cabeza y me traen hacia ella, hacia sus senos, ya no hay marcha atrás, estamos super excitados los dos, le quito el sujetador para poderla acariciar mientras los lamo y chupo, los suspiros pasan a ser pequeños gemidos, sus pezones se ponen duros entre mis labios, los chupo con intensidad y los muerdo con pasión.

    «H» soltaba pequeños gemidos con su cabeza mirando hacia arriba y dejándome comer sus «limones» (como ella les llama) a mi placer, ya no aguanto más y la subo en la barra de la cocina y una vez ahí, le quito el short por completo, el movimiento hizo que su ombligo quedara a altura de mi cara, me acerco a sus muslos, con mis manos abro sus piernas, lo primero que veo es como su tanga está húmeda, empiezo a lamer y besar sus muslos mientras acerco mi cara poco a poco, «H» suspira a cada beso que me acerco a su entrepierna, cuando levanto la mirada la veo apoyada de la pared y rendida a mis labios, con un movimiento rápido y tirando desde sus nalgas le quito la tanga, ahora si no hay nada entre su linda vagina y mi boca, veo sus labios húmedos y abiertos, rosa sin un solo vello.

    No aguanto más y me abalanzo sobre él, le doy una lamida como si fuera un helado, saboreo sus jugos, tan excitantes y jugosos. Ella suelta un gemido y un pequeño temblor, empiezo a chupar, lamer y morder los labios, su clítoris, lo disfruto yo tanto como ella, después de jugar un poco con sus labios, me enfoco en ese pequeño botón llamado clítoris, esta super hinchado y jugoso, planto mis labios y lo empiezo a succionar con ritmo lento ella está en otro mundo escucho con cada chupada un gemido, poco a poco acelero el ritmo y así ella acelera su respiración y gemidos, sigo con el ritmo y siento como sus piernas se ponen duras y suelta un gemido con la boca cerrada, mi boca y barba se inundan de sus jugos, ella tiene pequeños escalofríos, fue un orgasmo intenso y largo.

    Yo estoy que reviendo mis pantalones de lo excitado que estoy así que mientras «H» disfruta aun su orgasmo yo me quito los pantalones, cuando se recupera un poco la respiración la bajo de la encimera y la volteo, tengo su rico culo a mi vista, ella se apoya de la encimera y lo pone en posición, yo estoy tan duro y ella tan húmeda que entra casi sin esfuerzo, siento como se va abriendo por dentro poco a poco, esta super húmedo y caliente, mi pene entre completo es una sensación de otro mundo, cuando mis bolas dan tope ella da un pequeño gemido y me dice «disfrútala que es toda tuya», escuchar esto casi hace que acabe, empiezo a bombear lento pero firme, con mis manos la agarro por la cintura y los sonidos son brutales, se escucha nuestra respiración acelerada, sus nalgas contra mi pelvis «plas, plas», ese ruido de humedad que te pone a 1000 cada vez que entra y sale mi miembro de ella. Estoy tan excitado que no aguanto mucho y después de un par de minutos bombeando y disfrutando, termina todo con un orgasmo como pocos había tenido en mi vida, tengo que contener el grito de placer y caigo sobre su espalda, recupero mi aliento, «H» se voltea y me planta un beso muy rico, se puso su tanga, levanto su short y se dirigió al baño, yo me quedo en la cocina alucinando y disfrutando de lo que había pasado.

    Recupero la respiración, me acomodo la ropa y me sirvo un vaso de agua, «H» regresa a la cocina ahora con su pijama y se me acerca y me dice «por fin diste el paso, este será nuestro secreto», yo solo asiento con la cabeza. «H» se acerca y me da un beso pero este ya más cariñoso y me dice «vamos a dormir y soñar con lo que acaba de pasar», cada uno fue a su habitación. Al acostarme no me lo creía, había cumplido con una fantasía que tenía desde hacía años, me quede dormido con una sonrisa en la cara.

    Al día siguiente en el desayuno, «H» y yo nos mirábamos con complicidad. Después de desayunar nos quedamos solos y me da un pequeño beso en los labios y me dice «no fue un sueño». Desde ese día nuestra relación cambio y por supuesto que hemos ido a más pedas, más fiestas e incluso ya pasó por un divorcio y por un nuevo galán, pero nuestras sesiones de sexo siguen siendo excelentes porque nos buscamos cuando necesitamos ese desahogo y el resto del tiempo soy el esposo de su amiga y ella la amiga de mi esposa.

  • Mis dudas sobre Adriana (cap. 1 – fragm. 2)

    Mis dudas sobre Adriana (cap. 1 – fragm. 2)

    Gracias por leer mis relatos, prometo entregar cada semana un fragmento hasta llegar al final de la historia.

    Debo decir también que, pese a nuestros trabajos, el grupo no se caracterizaba precisamente por el exceso de dinero, cada uno tenía gastos que cubrían todo el sueldo, lo que nos permitía soñar, pero con unos límites bastantes cercanos. Se podía decir que todos éramos clase media y (como la mayoría) con grandes posibilidades de pasar a la baja en cualquier momento. Todos veníamos de abajo y la olla manda cuando uno es un simple obrero. Lo digo porque nuestros planes no eran super lujosos ni nuestros anhelos de otro mundo; sin embargo, todo nos costaba más de lo necesario y después de mucho tiempo soñándolo, por fin se dieron las cosas.

    Julieta nos sorprendió diciendo que un amigo suyo le había prestado una quinta con piscina privada y tres habitaciones independientes. Todos celebramos, era perfecto para las tres parejas. Además, nos envió unas fotos de la quinta y en verdad se veía espectacular, una buena piscina, un jacuzzi en una de sus esquinas, una sala inmensa con una pantalla gigante, una cocina inmensa con unos aparatos inmensos, unas zonas verdes con varios árboles frutales, una parte cubierta en especie de maloka en donde estaban las hamacas para la siesta y un enorme asador en donde se podía cocinar un gran pedazo de carne sin pensarlo mucho. La idea era fantástica. Nos tomaríamos un fin de semana con festivo que, además, coincidía con el día de la empresa por lo que nos daban ese día libre, así que en realidad eran cuatro días que —si aprovechábamos la primera noche— se convertirían en casi cinco. Todos celebramos la canita al aire que nos hacía falta, además de celebrar el nuevo trabajo de mi esposa y refrescar ese fuego que parecía estar apagándose como mis recuerdos de una vida maravillosa.

    Después de la celebración por haber encontrado un sitio digno y cómodo para descansar y perder el tiempo, nos pusimos manos a la obra a alistarlo todo.

    Como siempre pasaba en casa, yo era el que me encargaba de organizar todo lo referente al presupuesto, a la comida, a los artículos de aseo y a todo lo necesario para la supervivencia mientras Adriana era la encargada de hablar, de concretar y de medirse cualquier cantidad de ropa frente al espejo mientras yo la veía más alegre que nunca. Me encantaba verla desnudarse y comenzar a probarse cosas que nunca le había visto y que ni siquiera ella sabía cuándo había comprado o si le quedaban bien o no. Era increíble verla como Dios la trajo al mundo mientras buscaba entre los cajones algo que combinara mejor con su felicidad. Era como salir de la rutina diaria y era una escena que me regalaba y que me ponía como loco, esos senos redondos, grandes, firmes; esos pezones oscuros, bien definidos; esas piernas firmes, decididas a pisotear; esa cola redonda, esos pies descalzos en el suelo frio de la noche. Ella como bailando de aquí para allá, moviendo su melena mientras hablaba excitada; todo ese ritual sagrado de Adriana al vestirse o probarse algo de ropa siempre me calentaba mucho, y casi siempre terminábamos echando un buen polvo, de los mejores que le hacía porque todos esos desfiles me hacían sentir distinto, no como el marido de siempre sino como el intruso, como el espía que buscaba presa nueva entre las rendijas y que luego tenía la oportunidad de devorarla toda hasta el cansancio. De repente sentía como si ella no estuviera en ese sitio conmigo, sino que estuviéramos en otro sitio y que yo fuera el voyerista que la morboseaba y le descubría sus más oscuros secretos. Esa sensación siempre me había fascinado, era como mi fetiche y prendía mi superpoder de amante. Después de situaciones como esas siempre terminaba echando mis mejores polvos.

    Aunque no todo era color de rosa porque la presencia de Julieta en el paseo suponía para Adriana una especie de desafío o algo así, y cuando sabía que Julieta nos iba a acompañar a algún sitio, se esmeraba más en verse hermosa; sabía que para todos nosotros ella era la más deseable; sus curvas, sus carnes, todas esas pequitas que podían dibujarse por allí era lo que daban la sazón que la hacía tan deliciosa. Sin embargo, ella quería pasar como una reina y que nadie más le arrebataría el trono. Entonces, durante el tiempo restante al paseo estuvo midiéndose toda la ropa que tenía para esas ocasiones y como nada le gustó, decidió irse al centro comercial ella sola y comprar de todo y aún más cosas que la hicieran lucir espectacular para no sentirse despreciada o ninguneada por la modelo.

    Cosas de mujeres porque a mí siempre me parecía que como estaba, y con los bikinis que tenía en los cajones, estaba perfecta. En especial, me encantaba verla con un bikini negro, ese color resaltaba en ella y la hacía ver maravillosa, la braga del bikini se acomodaba a su culo redondo y los triángulos del brasier le forraban ese par de ricos melones que tenía. Solo imaginármela así me ponía a mil y cuando la veía ya con el bikini puesto mi temperatura se elevaba aún más.

    —¿Vas a llevar el bikini negro? —le pregunté una noche mientras se probaba ropa.

    —No, ya está muy viejo, se nota que hace años lo uso —me contestó.

    —Pero a mí me encanta, se te ve perfecto.

    —¿Te gusta? —dijo sonriéndome mientras se acercaba a darme un beso apuntándome con esos pezones redonditos y duros que tenía.

    —Claro que sí. Me encanta verte de negro.

    —Pues puede que tal vez me compre un bikini negro, pero ese no, está muy viejo y no quiero hacer el oso si se rompe o algo así. ¿Te imaginas que me quedara con las tetas al aire frente a todos?

    Yo guardé silencio. Me quedé quieto imaginándome la escena: mi mujer, en medio de la piscina mostrándole las tetas a nuestros amigos mientras todos la veíamos con la boca abierta. Ese par de tetas tan ricas al descubierto. De repente, sentí una enorme erección. No me importaba que mis amigos le vieran las tetas a mi mujer, por lo menos, no en sueños ¿Qué dirían Mauricio y Sebastián? Tragarían saliva, se pondrían arrechos, pero eso no me importaba porque esos pedazos de carne dulce eran solo míos. Vi de nuevo a Adriana cerca de mí y no dude en estirar las manos y agarrarle ese par de tetas tan divinas, eran carnosas, llenitas, redonditas. Me acerqué y le pegué un chupetazo en cada teta, sabía que a ella eso le encantaba, y a mí también.

    —¡Uy, que bien! Al parecer te gusta la idea de que me vean las tetas —dijo mientras sus manos bajaban y me tocaban la verga por encima de la pijama.

    No dije nada. Me daba vergüenza aceptar que me había puesto caliente con la imagen de mi mujer casi desnuda frente a mis amigos, de repente eso resultó más poderoso que yo y era una idea que no debía tener. No era lo correcto con mi esposa, le debía respeto y admiración, casi adulación. No debía pensar eso. Ya lo sabía: lo mejor era borrar esas imágenes y no meterme más ideas locas en la cabeza, con sentirme orgulloso de ella y tenerla siempre a mi lado, era suficiente.

    Esa noche tuvimos un buen polvo. La verdad era que yo no me consideraba un mal amante, aunque sabía que tampoco era el mejor. Cuando veía porno me daba clara cuenta que mi pito era mucho más pequeño y mucho más delgado que la mayoría; en tamaño no estaba tan quedado del todo: 13 o 14 centímetros, pero en grosor sí, era más bien delgada, casi a la mitad de una normal y a veces me ponía a pensar sobre lo que podía creer Adriana de mí, de mi verga y de mis capacidades como amante. A veces la tentaba a que me dijera si se sentía a gusto conmigo o si prefería a alguno de sus antiguos novios, pero ella siempre me salía con eso de que no pensara en esas cosas y que la única verga que le importaba era la mía. Cosas que se dicen por cortesía para no hacer sentir mal a nadie, pero ¿si estaría satisfecha? Es que, la verdad, mientras en esos videos veía morcillas que destrozaban traseros, la mía apenas parecía una salchicha de camping, podía cerrar el puño y aun me sobraba una falange en cada dedo; estaba casi seguro que Adriana había probado vergas más gruesas y que la habían hecho sentir más, pero tampoco se quejaba. Eso sí, yo duraba bastante: quince, veinte minutos sin detenerme, ella se alcanzaba a correr casi siempre una o dos veces o, por lo menos, eso era lo que me decía, aunque la verdad, yo tenía mis dudas.

    Como dije, ella era muy dinámica y yo notaba que muchas veces ella quedaba con ganas de más, como que notaba que faltaba ese pequeño esfuerzo para quedar satisfecha del todo. Solo la veía plena cuando encontraba trabajo y su tiempo se le iba en sus nuevas funciones, ahí si parecía darlo todo y llegaba a la casa, bastante cansada. En cambio, cuando estaba sin trabajo se ponía más caliente, me buscaba más y follábamos con mayor frecuencia, pero cuando conseguía trabajo, las ocupaciones no la dejaban y nuestro sexo comenzaba a dilatarse; por ejemplo, en aquella época ya habíamos pasado de follar tres o cuatro veces por semana a solo una o incluso algunas semanas las habíamos pasado en blanco porque ella o bien llegaba muy tarde y cansada o bien no llegaba a dormir a nuestra casa, como dije, sus ocupaciones de ese tiempo: las reuniones, los eventos y todo ese tipo de cosas no se lo permitían y —según ella— se quedaba a dormir en la oficina o donde alguna amiga que le prestaba un sofá incómodo para pasar la noche, por lo menos, eso me decía, y yo le creía. Y como era de suponerse, sería solo cuestión de tiempo para que el sexo desapareciera de nuestra conversación. Entre más trabajaba menos sexo teníamos, por eso en el fondo me gustaba que no trabajara, aunque ella se desesperaba cuando pasaba mucho tiempo, supongo que eso de tener un sueldo y sentirse útil era muy importante para ella.

    Como sea, a medida que se acercaban los días las cosas se iban poniendo más interesantes, Mauricio y yo hicimos la lista de las compras para las comidas de eso días; como era de imaginarme los asados fueron la elección preferida por todos, ni modo, yo me apunté a prepararlos; ellos me dieron el dinero y los dos estuvimos comprando las carnes, los chorizos, las costillas y todo lo que tenía que ver con ese aspecto. Mientras eso pasaba con nosotros, las mujeres iban añadiendo actividades a la lista: salidas a bailar, a la iglesia, al mariposario, al centro comercial, en fin, nos comenzaron a llenar de tareas hasta que nos dimos cuenta que si seguían en ese plan no alcanzaríamos a descansar ni un solo instante. Fue Sebastián el que puso por fin orden y, parado en la raya con su pose de macho alfa, les dijo a todas que lo que queríamos era descansar, que para eso estaba la quinta y que no contaran con nosotros para sus planes de turismo.

    La cosa fue dura, pero la verdad era lo que debería siempre buscarse en vacaciones: descansar. Al principio, ellas se sintieron heridas y ofendidas en su empoderamiento, estaban bravas y hablaban apenas lo necesario, a mí me encantaba verlas cuando alguno de nosotros, en especial Sebastián o Mauricio, se ponían firmes y defendían, no solo los intereses de los hombres, sino también el espíritu de los planes. Como era de esperarse, nos miraron con rencor y trataron de hacer mala cara, pero cuando Mauricio les explicó que el propósito del viaje era descansar y aprovechar la piscina, el jacuzzi, la compañía, relajarnos y no pensar en ladrillos ni nada de eso y que no había mejor plan que estar en compañía de ellas, comenzaron a entenderlo mejor.

    La posterior reacción a esa reunión fue que Adriana puso sus dos maletas listas encima de la cama y comenzó a desempacar todo lo que —de golpe— ya no necesitaba. La verdad me quedé dormido cuando iba por la mitad, hasta ese momento no me había dado cuenta de la cantidad de cosas y de ropa que ya había empacado: vestidos, tacones, blusas, cremas, collares, pulseras, anillos, bolsos y accesorios solo para un par de días, parecía como si en lugar de vacaciones se pensara ir de la casa y no volver jamás. Cuando me desperté al otro día ya ni siquiera encontré las maletas por ahí, se había desecho de todo. Yo no caí en cuenta en ese momento, pero suspiré aliviado porque siempre el que tenía que cargar todo eso era yo y no llevar ese peso, siempre me aliviaba el alma.

    Por fin llegó el jueves, habíamos quedado en irnos a eso de las cuatro, apenas cumpliéramos el minuto de salida de nuestros trabajos. Mauricio y yo estábamos listos con anticipación, habíamos comprado una nevera portátil para la carne y la comida y la llevamos en su carro desde por la mañana. Yo también había empacado mi maleta en su baúl y, prácticamente, tenía todo listo. Pero a eso de las once de la mañana, ellas comenzaron a bombardear el chat del grupo con anuncios parroquiales de último momento que nos pusieron más que nerviosos. Fueron tantos los pequeños detalles y pendientes que se quedaron por fuera que tuvimos que ir con Mauricio al supermercado en la hora del almuerzo y comprar lo que se había olvidado, casi no pudimos almorzar por andar comprando tonterías dizque para pasarla bien un par de tristes días.

    Pero eso no fue todo, porque parte de correr y perder la tranquilidad de esa tarde, cuando estábamos a punto de salir, Gabriela nos escribió que se sentía medio enferma y que le estaba dando pereza ir. La bronca de Mauricio fue fenomenal y, claro, como no tenía con quien más desquitarse lo hizo conmigo. Me miraba con desprecio, con altanería, con grosería, como si yo tuviera la culpa de los achaques de su mujer. Yo apenas le marcaba a Adriana y a Julieta para que hablaran con Gabriela y la convencieran de ir para salvar mi pellejo. Una media hora más tarde, la pareja llegó al acuerdo de que ella si iría, pero que necesitaba recoger unas medicinas en su casa para prevenir complicaciones. Mauricio se ofreció a recogerla en su trabajo, a ir hasta el apartamento y luego cruzar la ciudad de nuevo para tomar la carretera hasta la quinta, y yo como estaba con Mauricio, terminé metido en el plan de acompañarlos e irme con ellos en el carro, sin mi esposa y dándole vueltas a la ciudad como perros perdidos.

    En este momento que lo escribo, con más calma y cabeza fría, creo que ese fue mi fatal error porque todo, de ahí en adelante, comenzó a salirme realmente mal, aunque tal vez, todo era cuestión del destino que necesitaba una excusa para mostrarme de frente el infierno real en el que viví adormilado durante años enteros.

    Por supuesto, el mal fue para mí y fui yo el que terminó de victima porque Adriana pareció disfrutar demasiado la noticia que ya no viajaría con nosotros en el carro de Mauricio como habíamos quedado, sino que Sebastián la recogería y se iría con ellos. Además, como Julieta era la que tenía las llaves, podrían llegar directo sin necesidad de esperarnos. De repente, la luz brillaba para los sinvergüenzas, mientras que para nosotros los sufridos, las velas se apagaban y se oscurecía todo.

    Me subí al carro de Mauricio presintiendo que esas lindas vacaciones iban a convertirse en una verdadera pesadilla para mi… para mi desgracia, tuve toda la razón.

  • Anita descubre que su prima no es casta como ella pensaba

    Anita descubre que su prima no es casta como ella pensaba

    Anita y María eran inseparables. No había nada en la vida de María oculto para Ana y viceversa. Se querían profundamente. María cumplía años solo un mes antes que su prima Anita. Ambas compartían un gran respeto por el culto cristiano y asistían todos los domingos al culto; bailaban con los ojos cerrados, dando vueltas; exaltaban con viva voz las gracias del Señor. Anita admiraba la devoción con la que María se entregaba al culto: con los ojos cerrados, inmersa en sus pensamientos, daba gracias mientras mantenía sus manos en el aire en señal de recibimiento.

    Vivían en la casa con doña Aleida, la abuela de las dos chicas. Doña Aleida, estaba acercándose a los setenta años. Era una viejita bondadosa que mantenía buenas relaciones con sus dos nietas. Gran parte de su tiempo vivía acostada viendo telenovelas en su cuarto; tenía un televisor antiguo, cuadrado.

    Anita no encontraba nada extraño en la cercanía de María con Roberto. Roberto era un hombre de cuarenta y dos años, de mediana estatura, de cejas pobladas, con barba y muy velludo en todo su cuerpo. Sí había notado que a veces los dos buscaban lugares solitarios de la casa para hablar. Hablaban algo pegaditos; pero, ni así, Anita notaba nada extraño. Tres días atrás, los encontró en la sala del apartamento de Roberto; este le hablaba algo al oído y María sonreía con agrado. Tampoco así, encontraba nada extraño.

    Desde que llegaron del pueblo, las dos primas junto con su abuela, habían establecido una muy buena relación con Roberto. El las atendió muy amablemente desde que se alojaron en su casa. Fue muy hospitalario, hasta el punto que la primera cuota de arriendo que ellas le pagaron fue de tan solo la mitad. Las dos primas se instalaron en el único cuarto de arriba y su abuela en un pequeño cuarto en la planta baja, al final del pasillo. El apartamento donde residía Roberto, hacía parte de la misma casa. También estaba ubicado al finalizar el pasillo, en frente de la alcoba de la abuela Aleida.

    Eran las diez de la mañana. Anita no encontraba nada que hacer. María había salido con Roberto; no volverían hasta en horas de la tarde. Doña Aleida estaba recostada viendo La Rosa de Guadalupe en su adusto televisor, en su cuarto. Anita entró en el apartamento de Roberto y se sentó en el sofá. Así lo hacía regularmente; se sentía muy cómoda en él. Dejó caer su cabeza sobre el espaldar y meditó durante un par de minutos.

    Sin nada que hacer, Anita tomó el control remoto del televisor. Oprimió el encendido y lo primero que vio, fue un zapato negro de charol y una media blanca larga que no alcanzaba a cubrir la rodilla; reconoció una rodilla y un muslo que se extendía hasta la forma redonda de una nalga totalmente descubierta. Era el cuerpo de una mujer de rodillas y mostrada de medio lado. Esta toma se mantuvo así por quince segundos. En este tiempo reconoció que el zapato y la media eran de María; también escuchaba durante este tiempo el jadeo sensual de una mujer. Anita seguía sin entender qué hacía su prima allí, de rodillas, con sus piernas y el trasero desnudos. Lo que empezaba a ver y a sospechar le producía dentro de sí una sensación extraña; como algo que no se debe aprobar.

    La cámara empezó a girar en torno de la mujer. Ahora se veían las piernas delgadas, una manos que se posaban sobre los muslos para sostener el cuerpo; luego el abdomen y el ombligo. Todo al descubierto, sin la menor prenda. En fracción de segundos, reconoció la cicatriz de María, encima de la muñeca del brazo izquierdo.

    La cámara empezó a correr hacia arriba descubriendo un torso delgado. Pasó seguido, empezó a enfocar un par de senos pequeños con unos pezones erguidos. Siguió subiendo hasta enfocar el rostro de la mujer: era ella, María; con un pene caliente dentro de su boca.

  • La macizorra tetona de la construcción

    La macizorra tetona de la construcción

    Trabajo en una constructora, soy contadora. La empresa para la que trabajo ganó el concurso para iniciar la construcción, la cual está proyectada para terminarla en un plazo de un año y dos meses.

    A partir de que anunciaron el proyecto a los ingenieros de la obra y a algunos cuantos contadores de la empresa, yo me sentí muy feliz. El proyecto se realizaría fuera de la ciudad, en otro municipio. Así que nos pagarían el sueldo, viáticos y traslados.

    Yo encantada de la vida acepté para darle un cambio a la monotonía de mi trabajo, entre puro contador de edad o mayores que yo. Todo era tan aburrido para mí, que acepté inmediatamente, ya que no tengo compromisos con nadie.

    Yo soy una mujer madura, soltera, sin hijos, de 50 años de edad, pero me dicen que soy muy atractiva. Por mi parte he de decir que, sí soy una mujer tal vez, bastante madura, pero, la edad no me ha quitado lo ardiente.

    Llegó el mes de abril y me trasladé a mi nuevo lugar de trabajo. Llegué y el primer día los ingenieros se presentaron y nos dijeron cuáles serían nuestras funciones. Pagarles a los trabajadores cada semana, implementar un sistema de registro de entradas y salidas de los empleados, calcular sus impuestos, expedir los recibos de nómina, etc.

    Desde que vi al ingeniero más joven me emocioné y lo visualicé encima de mí poseyéndome.

    Él es un hombre guapísimo, de entre 38 y 42 años, castaño, alto y muy atlético, es decir algo fornido. El día que lo conocí vestía muy formal, su pantalón de vestir, camisa y saco. No entiendo cómo soportaba el calor que hay en esta ciudad.

    Pero yo cada vez que me hablaba, le veía la cara pero de pasadita y como que no queriendo la situación trataba de mirarle entre las piernas, para imaginarme el tamaño de su miembro.

    Él siempre muy serio, aunque creo que se daba cuenta que mi atención estaba casi siempre en medio de sus piernas.

    Todos los días lo veía llegar, tan guapo, recién bañado y como que venía del gimnasio o de hacer ejercicio. Ya que más tarde lo veía con su traje de vestir.

    Así pasó alrededor de 15 días, solo lo veía y le hacía discretas insinuaciones. Me hablaba y yo me mojaba los labios o me pasaba la lengua sensualmente para mojármelos. Dándole a entender que lo deseaba.

    Un día decidí ser más provocativa, ya que quería saber si yo le gustaba. Pues bien, aunque fue un truco un poco infantil, me llevé unas paletas de dulce a la oficina y me vestí de una manera más reveladora. Ese día me vestí de color obscuro para destacar mi color de piel.

    Me puse una falda que me llegaba a justo arriba de las rodillas, apenas me cubría las medias negras que llevaba, un top negro y una blusa ajustada de manga corta y mis tacones súper altos.

    Ese día me esmeré en mi arreglo. Me peiné mi larga cabellera negra con plateado en una coleta, me maquillé destacando mis ojos y mis labios y usé aretes largos y sensuales.

    Llegué más temprano para preparar café y ofrecerle una taza, así que yo le hablaría con un buen pretexto.

    Dieron las 9 am y lo vi entrar a las oficinas. Rápidamente puse mi taza de café a un lado y me metí una paleta a la boca que ya tenía lista para cuando él llegara.

    -¡Buenos días Alondra! Qué tal.

    Le sonreí alegremente y noté que inmediatamente fijó su mirada en mis piernas, después en mi escote y finalmente en mi cara y desde luego chupé la paleta muy sensual y deliciosamente simulando lamer una verga.

    Le dije: Hola buenos días Sergio. ¿Gustas una taza de café? Se acercó a mí y me puse inmediatamente de pie.

    Noté que él estaba embobado viéndome las tetas y después las piernas. Después de unos segundos me dijo que sí quería.

    Le contesté: muy bien, ¿y cómo te gusta? Se acercó nuevamente y me rozó el pezón derecho, yo me hice la tonta.

    Me dijo, descuida bonita yo me lo preparo.

    De acuerdo le contesté y cuando me volteé y me sorprendió tomándome de la cintura con sus dos manos calientes y fuertemente.

    Me dijo no te conocía así hermosa, me dio la media vuelta de frente a él y me metió la mano a la blusa, apretando una de mis tetas, me acercó a él y rápidamente cambió su mano a mi vagina, frotando un poco mi clítoris mientras lo besaba apasionada y candentemente.

    En menos de un minuto que duró el delicioso beso, ya tenía mi panochita bien mojada.

    Continuará queridos lectores.

  • Las enfermeritas querendonas

    Las enfermeritas querendonas

    Éramos un grupo de 3 o 4 amigos de 22 a 24 años 3 solteros que salíamos siempre (Guille, Pedro y yo Beto) y uno (Ale) cuando se escapaba de la jabru y siempre la misma rutina.

    A las 9 a tomar unos whiskys y después (tipo 1 am) al boliche.

    Guille: Vieron las 4 que nos cruzamos siempre en el boliche?

    Pedro: Ya les hiciste una radiografía, sobre todo a la colorada jajaja

    Beto: La morocha petisa tiene cara de vicio.

    G: Radiografía fue mi padre a hacerse porque se cayó cuando arreglaba el galpon del fondo y adivinen quien era la enfermera en urgencias?

    P: La rubia tetona???

    B: La petisita culona?

    G: Si la Rubia!! Se llama Maca y las 4 son compañeras de trabajo en el Americano.

    P: 4 enfermeras!!! Aaay mamaaa se me para el pito!

    B: Julito (le dije al mozo), serví otra ronda!!

    Eran casi la 1 y arrancamos para el boliche, no nos habíamos coordinado y estábamos cada uno en su auto.

    Llegamos, saludamos al de la puerta, entramos y directo a la barra donde el pelado nos sirvió 3 whiskys bien «llorados».

    Estábamos acodados y las vemos llegar, cada una tenía su atractivo y eran muy «cogibles».

    Viene Maca directo a Guille, lo saluda y nos presentamos.

    Maca (Rubia tetona); Cata (La colorada); Paola (Morocha alta y flaca) y Vivi (la petisita culona).

    En eso, me llega un mensaje de Ale, que se había peleado con la jabru y en lugar de irse a la casa venía para el boliche, fui hasta la puerta a avisarle al de seguridad que venía Ale y que lo dejara pasar.

    Me miró, se rio y me dijo, así están 4 contra 4.

    Yo: Y vos que sabés?

    Seguridad: hoy la petisa te coge, mirá que los tienen fichados. Uno estando acá escucha muchas cosas…

    Yo: Gracias amigo!

    Ya tenía garche seguro.

    Bajé la escalera, fui a donde estaban todos y pedí unas cervezas para las chicas.

    Me acerco a Pedro «El rubio» y le digo al oído: Hoy garchamos todos!

    Arrancó la música a full y nos fuimos a bailar, al toque llegó Ale y vi que Paola se puso más contenta, ahí vi que las chicas ya tenían planeado quien se iba con quien.

    Ni lerdo ni perezoso agarré a la petisa para bailar y a los 15 minutos ya estábamos a los besos, en un momento miro para el costado y estaba Ale con Pao, Guiile con Maca y Pedro con Cata. Cada uno por su lado.

    Nos tomamos unas cervezas y en un momento dice Vivi, yo me tengo que ir, que mañana al mediodía tengo guardia, me llevás a casa? Me preguntó.

    En 30 segundos estábamos en el auto rumbo a su casa, por suerte era a 15 minutos del boliche, una casa de altos.

    B: Vivis sola?

    V: Si, si querés, te podes quedar. Dejá el auto en la puerta, que a mis amigos en el barrio no les pasa nada.

    Esa frase me dejó pensando, pero la que mandaba era la de abajo y no me importó nada, así que entramos y en la escalera me sentó y me empezó a chupar la pija, te tenía fichado hace unas semanas, pero vos andabas con la paraguayita, todo acaramelado (otra historia que contaré después).

    B: Acaramelado voy a estar con ese culo que tenés mamita!

    V – Si sos bueno, es todo tuyo.

    Nos levantamos y nos fuimos derecho al cuarto.

    Quedamos en bolas en un santiamén y me prendí de esa conchita depilada que pedía mimos a gritos, siii chupá hijo de puta!!

    Nos pusimos en 69 y yo iba de la concha al culo metiendo lengua por todos lados, ella chupaba pija huevos culo y si tuviera concha, me la chupaba también, era una topadora!

    -Quiero que me claves!

    La puse boca arriba, enforré y la enterré de una sin piedad, no soy muy largo, pero un poco más ancho que el promedio, estaba en plena faena cuando me pide que pare, giramos y se subió a cabalgar, era una amazona, me acercaba las tetas para que se las chupara mientras se movía y me tenía loco.

    B: Quiero ese culo.

    V: Ahora no!

    B: Quiero ese culo!

    V: El culo es para el segundo polvo.

    Me puse arriba y parecía que estaban aplaudiendo, me estaba por acabar y ella me dijo, si te acabás antes que yo, no te doy el culo!

    Me afirmé, le empecé a tocar la entradita del culo con un dedo y se acabó todita, desenforré y vino derecho a chuparla, cuando estaba por acabar, se la saqué de la boca y me acabé en sus tetas.

    Caí rendido al lado de ella, estábamos todos transpirados y eran como las 4 de la mañana.

    Nos dimos una ducha, donde empezó el juego de nuevo, ese culo era para enmarcarlo, en un momento mientras nos besábamos y ella me masturbaba me dice, alcanzame el gel de ducha, me embadurnó la pija, se puso de espaldas agarrada a las canillas y empecé a entrar en ese recinto tan deseado.

    Cogeme con toda tu pija me decía, y yo no era quien para negarme y con las pocas fuerzas que me quedaban (me había levantado a las 6 de la mañana del día anterior) me empeñé a fondo, hasta que me dejé ir adentro de ese culo.

    Nos bañamos de nuevo nos secamos y nos fuimos a acostar.

    Se me acurruca en el pecho y en un momento cuando me estaba durmiendo me pareció escuchar, a Maca le vas a encantar.

  • Viviendo con el hermano de mi cuñado

    Viviendo con el hermano de mi cuñado

    Vengo de una familia grande. Mis padres se casaron jóvenes y se dedicaron a tener hijos. En total somos 10, y nada más pararon porque mi mamá se enfermó. Me llamo Wendy, tengo 24 y soy la mujer más chica, tengo cuatro hermanos menores, tres hermanas mayores, un hermano mayor y un hermano gemelo.

    Mi hermano mayor ya está grande, vive en México y le perdimos la pista hace unos años. Mis papás también son mayores. En la misma casa vivíamos: mis papás, una de mis hermanas, dos de mis hermanos menores que aún son adolescentes y yo. Y hace unos dos meses salí de pleito con mis papás por un problema de dinero en el que me metió un ex novio, entonces me tuve que venir a vivir unos días a casa de mi hermana Clara (45 años). Clara vive con su esposo Leo (42 años) y el hermano de Leo, Chris (50 años).

    Durante estos dos meses, donde vivimos, ha hecho mucho calor. Lo bueno es que a mi hermana y a su marido les ha ido bien, por lo que tienen una casa con alberca. Mientras ellos trabajan, ese es mi territorio. Trabajo en casa, si me entienden, entonces no tengo que salir si no quiero. Me la he vivido en traje de baño o ropa interior las últimas cinco semanas, y Chris me lo agradece jaja. Me falta describirme rápido, soy de estatura baja, piel blanca, cabello rubio largo y, no quiero presumir, pero tengo bien cuidado el cuerpo. Tetas medianas, paraditas. Y me enorgullece tener nalga de gimnasio, gracias a años y años de jugar voleibol. Mi cuerpo gusta y se nota.

    Ahora con lo bueno. Hace dos semanas, mientras tomaba el sol y creía estar sola, me dí cuenta que alguien me veía desde una ventana. Sin hacer obvio (gracias a los lentes obscuros) que había pescado a alguien viéndome, me acomode para ver mejor y descubrir que era Chris, y que no solo me veía, si no que se estaba tocando. Si, me había puesto mi bikini más pequeño, creí que iba a estar sola y llevaba días sin lavar ropa. La parte de arriba apenas y me tapaba las tetas y el calzón era básicamente hilo dental.

    En un segundo decidí darle más material. Despacio y según sin darme cuenta, me levanté, dándole la espalda y me quité el top. Me di la vuelta mientras me acariciaba las tetas y buscaba el bote de bloqueador. Me aplique una buena cantidad de loción en el pecho, directamente enfrente de Chris. Me concentre en dar buen show. Tengo que admitir, me estaba excitando durísimo toda la escena, pero antes de que llegara a más, levanté la mirada y vi que mi público se había ido. Esa noche fue la primera que me masturbe pensando en él.

    Así nos agarró una rutina casi diaria. Yo me salía, cada vez más puta, a la alberca a mediodía. Él se asomaba por la ventana de la oficina de su hermano, se manoseaba viéndome y se iba. En la noche, me masturbaba pensando en él. Hasta hace tres noches.

    Estaba harta de la tensión. Había llegado al punto que era difícil no notar su erección cada que me veía en la casa. Y yo vivía mojada. Así qué, haces tres noches que mi hermana y su marido salieron a una cita y nos avisaron que no iban a regresar a dormir, decidí que era mi momento. A la hora de cenar, cuando sabía que Chris estaba a punto de regresar a casa, me puse mi bikini más viejo, por lo tanto, el bikini que se transparenta y deja ver claro mis pezones y mi culo.

    Me metí a la alberca y di vueltas y vueltas hasta que escuché su coche en la cochera, salí de la alberca justo a tiempo en el que él pasaba junto a ella y se sorprendió de verme ahí, mojada, con los pezones claramente visibles. Lo saludé y sonreí al darme cuenta que sus ojos estaban pegados en mi pecho. Entramos a la casa, yo caminando delante de él y podía sentir su mirada en mi culo, agradecí a la tela que se me metía un poco.

    Me recargué en el fregadero, para buscarle un vaso y servirle agua cuando sentí como se rozaba contra mí con la misma escusa, el vaso. Fue obvio que se empezaba a formar una erección y que quería que me diera cuenta. Se nos acabó la actuación y yo ya estaba caliente.

    Me di la vuelta y le agarré la verga sobre el pantalón, le sonreí y lo besé. Me respondió de inmediato el beso y sus manos volaron a mi culo. Me tenía agarrada con caja de cartón. Poco a poco nos fuimos empujando a uno de los sofás, para este momento ya le había quitado el cinturón, su pantalón ya se estaba cayendo y su camisa estaba siendo desabotonada.

    Él me había sacado una teta del bikini, y el roce de su ropa había hecho que ese pezón estuviera parado y sensible. Ya en el sillón, se lo llevo a la boca y sacó mi primer gemido. Me senté en sus piernas mientras lo dejaba que me besara el cuello, los brazos, el pecho. Se metió mis dos pezones a la boca, mordía y jalaba con los dientes, los pellizcaba mientras me besaba y cuello. Mientras sentía como su erección me rozaba la vagina. Nuestra ropa seguía estorbando, pero estaba tan extasiada con el juego de mis pezones que no me importó.

    Sentí como un primer orgasmo me invadía. Nunca me había venido solo con que me jugarán las tetas. Y me volví loca. Termine de quitarle la ropa y me sorprendió del tamaño de la verga que tenía delante. Me urgía tenerla dentro. Solo me hice el calzón de lado y me senté. Despacio, deje que la sensación de ser llenada me dominara. Cuando me llené por completo, me dejé llevar.

    Cabalgué esa verga como si fuera mi último día, cada que salía y de un sentón me la volvía a meter me provocaba un gemido, era muy grande y me dolía, pero ese dolorcito, junto a sus besos y sus manos en mis pezones me tenían perrísima. Me vine otra vez entre sentones y bajé la velocidad.

    Eso a Chris no le gustó. De un jalón nos dio la vuelta, de modo que ahora él estaba sobre mi, ambos acostados en el piso. Me abrió las piernas y, mientras jugaba con mi clítoris, metió su verga hasta adentro. Me estaba enloqueciendo. Con tanto placer yo ya no estaba consciente de lo que hacía.

    Me dio media vuelta, con una nalgada me pidió que levantara el culo «cómo ya sabía hacerlo». Con esto me dejó saber que: veía mi OF; y me la iba a meter por el culo quisiera o no. Me gusta sentirme dominada, esa idea me hizo recuperarme un poco, otra vez me dieron ganas de jugar. Me puse en cuatro, con la cara pegada al piso. Quería las manos libres para masturbarme mientras me cogía por el culo. Le encantó la idea.

    Estaba tan mojada que usamos un poco de eso y su pre eyaculación para lubricarme. Me la metió despacio, mientras yo me hacía para atrás, mientras me acariciaba el clítoris. Terminó de entrar y me vine otra vez, tanto que nos empapé. Me dijo que nunca había sentido un squirt y, creo que de la novedad, se vino, durísimo y mucho tiempo. Me llenó el culo de leche y aún salía cuando me la sacó. Me embarró un poco en la espalda y yo me chupaba los dedos con los que me había masturbando, empapados de mi líquido y del poco semen que ya me escurría por el culo.

    Nos vestimos mientras platicábamos. No creíamos lo que acababa de pasar, pero en vez de dejar que la vergüenza o la culpa nos ganen… Está noche mi hermana y su marido vuelven a salir y claro que vamos a repetir.

  • Su primera infidelidad

    Su primera infidelidad

    Después de haber tenido nuestro primer trío con un amigo en común de nosotros jamás volvimos a tocar el tema ni hablar de ello.

    Por motivos de trabajo tuvimos que cambiar de ciudad para buscar nuevas oportunidades. Ella entró igual a un casino y otro estando largas horas separados.

    La vida era normal el sexo placentero y siempre tratando de complacerla en todo, yo notaba que algo había cambiado en ella y algo me ocultaba.

    Así que decidí revisar su teléfono y sus WhatsApp llevándome una sorpresa que quizá éxito un poco al descubrir que ella ha estado con más de un hombre en su nuevo trabajo, enviaba fotos desnuda a compañeros de trabajo.

    Me decidí a confrontar la situación y saber que era realmente lo que ha pasado y le pedí sinceridad por más cruel que fuera, ella accedió y me contestó todo:

    Ella comenzó contándome que en una ocasión un compañero de trabajo la llevó a casa en una moto, pero por estar de curiosa cuando se detuvieron a comprar algo ella vio de reojo su celular y notó que aquel compañero tenía muchos grupos de sexo donde podían enviar fotos explícitas de todo tipo, ella solo se reía y le decía que porque estaba en ellos, él solo argumentó qué le gustaba mostrar fotos de su pene y enviarlas a esos grupos.

    Su sorpresa fue cuando él le dio su celular para que viera los grupos y ella en una foto salía él con su pene erecto y realmente grande y gordo ella me contó que vio ese tamaño y que media más de 20 cm con un grosor el cual nunca había visto más que en películas porno.

    Ellos subieron a la moto para ir a dejarla en casa, ella aún con el teléfono en la mano le pregunto que qué programa usaba para editar esa foto porque ella no creía que fuera el, él se rio y le dijo que claro que era él, contestándole a ella que no le creía, él solo tomó la mano de Denis y la llevó hasta su paquete, ella sería argumentando que él escondía algo en su bolsillo y que era lo que tocaba.

    El paro la moto se bajó desabrochó su pantalón y lo bajó un poco sacando pene frente de ella, ella asombrada lo primero que hizo fue tocarlo y masturbarle un poco, le pidió que le llevara a su casa, cuando él subió dejó su pene afuera y ella sola lo iba más masturbando hasta llegar a casa cuando ella se bajó él le pidió y se lo chupara un poco ella no puedo contenerse y comenzó a chupar ese pene enorme hasta hacerlo correr en su boca.

    Me comenta que los días pasaron normal sin tener más encuentros entre ella y él hasta que un día él le mandó mensajes a ella mostrándole que tenía unas ganas de cogérsela enseñándole ese pene grande, ella también le mandó fotos desnuda y videos cuando ella se masturbaba tenía esos deliciosos orgasmos.

    Pero ella me dice que nunca se concretó nada y nunca estuvo con él.

    Yo contento con la explicación la perdoné y continuamos con nuestra vida.

    Los meses pasaron y ella volvió a tener la misma actitud de antes nuevamente decidí revisar su teléfono llevándome otra sorpresa la cual me sorprendió.

    Ella empezó a salir a tomar con sus amigos saliendo del trabajo de madrugada yo confiando en ella cuando ella estaba con alguien más y era con un cliente del casino.

    Nuevamente decidí confrontar la situación y ella me lo volvió a contar.

    Me contó que en una ocasión la invitó a comer y habló con ella acerca de que le gustaba y quería estar con ella diciéndole que no podía porque era casada a él no le importó y comenzaron a mandarse mensajes hasta que una cosa los llevó a la otra y se mandaban fotos de sus partes y ella masturbándose y diciéndole que quería estar con él, pero igual nunca se concretó nada.

    Aunque todas estas explicaciones no las creía al 100% ya que ella en ocasiones llegando del trabajo se metía a bañar y dejando rastros en sus tangas de un líquido espeso, pero nunca me confesó nada.

    Debido a estas situaciones decidimos mudarnos y buscar nuevos trabajos y nuevas oportunidades que después en el próximo relato les contaré.

  • El nuevo curso (VIII)

    El nuevo curso (VIII)

    La amplia extensión conseguía hacer palidecer la exuberante belleza del delantero. Ornado con pulcros parterres de coloridas flores, inmensos árboles de lilas desprovistos ya de sus flores sombreaban parcialmente el césped de intenso color esmeralda. Al fondo destacaba un cenador de madera, cuyas formas curvadas y fantásticas casaban a la perfección con el ambiente del jardín. Un pequeño baño para pájaros lleno de agua atraía a las aves que trinaban eufóricas, comiendo semillas de una bandeja llena de ellas colgada de uno de los lilos. Grandes rosales rodeaban el cenador, exhibiendo las que probablemente eran las últimas rosas de la temporada, de colores suaves que iban desde el naranja pálido al blanco más puro, en contraste con los capullos de intenso color escarlata. La división con la parcela adyacente tan sólo estaba marcada por una línea de gravilla blanca, como un camino divisorio perfectamente integrado.

    –¡Madre mía! ¡Esto es precioso! ¿Lo cuida tu abuela ella sola?

    –Casi siempre sí. Ven –le pidió sonriendo–, el cenador le construyó mi abuelo.

    Los chicos caminaron entre las flores, sentándose Damián en las escaleras de madera y dejando que Enrique fuese de aquí para allá contemplándolo todo. Isabel salió en ese momento de la casa, acercándose a los chicos con sus pasos vivos y enérgicos. Damián sonrió a su abuela que le hizo un gesto para que siguiese sentado, dirigiéndose después a Enrique. La anciana le agarró del brazo con sorprendente fuerza y usándole como soporte prácticamente le arrastró hasta donde esperaba su novio, riéndose con disimulo. Las manos de la mujer comenzaban a presentar las primeras deformidades que con el tiempo aquejaban a todos los de edad avanzada, pero su presa era firme y ella no mostraba señal alguna de dolor.

    –Dami, cariño, me voy a llevar a este chico tan encantador a comprar unas cosas para la cena de hoy. ¿Te parece bien, tesoro? Mientras tanto te agradecería que pusieras la mesa en el salón.

    Enrique miró a Damián con los ojos desorbitados, pidiendo árnica. Damián sonrió y se encogió de hombros travieso. Su abuela quería conocer a Enrique, tener tiempo a solas con él para formarse una mejor opinión.

    –Claro, abuela, pregúntale por si hay algo que no le guste comer.

    –Vamos, Enrique, verás qué pan más rico hacen aquí. Y también venden una miel excelente.

    Damián se quedó en el cenador, riéndose hasta que las lágrimas rodaban por sus mejillas. Su abuela se había llevado a su novio a toda velocidad, parloteando sin parar del pueblo, la comida y los vecinos. Aunque en principio parecía que su estrategia no era la más indicada para obtener información, sabía que al final del día ya sabría si Enrique merecía la pena o no. Esperaba de todo corazón que sí. Estaba a punto de levantarse para cumplir las órdenes de su abuela cuando una manaza grande y pesada cayó sobre su hombro, apretándolo con tanta fuerza que soltó un grito de dolor antes de encararse con su propietario.

    –¡Vaya! ¡El regreso del hijo pródigo!

    Dominándole con su altura se encontraba Mateo. Aunque su rostro presentaba una sonrisa en apariencia amistosa sus ojos marrones despedían chispas. El corazón del chico empezó a bombear con más fuerza, mientras lanzaba una mirada rápida en dirección a la casa. El arquitecto pareció adivinar cuál sería su próximo movimiento, por lo que apretó aún más el hombro del joven que emitió un quejido ahogado.

    –Tú y yo tenemos una conversación pendiente, por lo que espero que seas razonable y vengas a mi casa para que podamos discutir tranquilamente ciertos asuntos. Y ya de paso te llevas los limones que la prometí a tu abuela.

    –¿Estás loco? No voy a ir a ninguna parte contigo, no tengo nada que hablar ni nada que decir –sentenció intentando aparentar más seguridad de lo que sentía.

    La sonrisa de Mateo se ensanchó aún más, pero su presa sobre el hombro de Damián no se relajó ni un ápice.

    –Te he visto con tu nuevo “amigo” –Damián palideció intensamente ante las palabras del hombre, que se inclinó sobre él antes de proseguir–. Quizá deberíamos esperar a que volviese con tu abuela para hablar los tres, conociendo la velocidad a la que hace las cosas esa mujer, no será mucho esperar ¿no te parece? Seguro que a tu “amigo” le encantaría que le contase tooodo lo que sé de ti.

    En ese estado de enfado y rabia Mateo era más que capaz de cumplir con su amenaza. Con las piernas temblorosas se levantó del cenador y dio un paso en dirección al hombre que aflojó algo los dedos que apresaban su hombro. Sin una sola palabra, pero sin perder la sonrisa, le condujo por el amplio jardín, bordeando la piscina ya vacía y entraron en el amplio salón que dominaba todo el piso inferior de la casona de Mateo quien le arrastró hasta la barra de la cocina de estilo americano, forzándole a sentarse en uno de los taburetes. Solo entonces le soltó el hombro. El chico se frotó la zona resentida y sacando el móvil del vaquero mandó un rápido mensaje a Enrique. Tan solo tuvo tiempo de decirle que había ido a casa del vecino a por unos limones antes de que Mateo exigiese de nuevo su atención.

    –¿Y bien? ¿Vas a seguir con tu actitud de niñato caprichoso o vas a explicarme por qué cojones llevas casi nueve meses desaparecido? De no saber lo que te cuelga entre las piernas y el tamaño que gastas casi pensaría que me estabas ocultando un embarazo.

    La cruel burla zahirió a Damián, que intentó ignorarla. Mateo le sirvió una copa en un elegante vaso. No identificó el alcohol empleado, solo olía a menta y limón. Deslizó el vaso lejos de él e inspiró hondo, intentando poner en orden sus ideas para salir de ahí cuanto antes. El arquitecto nunca había sido violento físicamente, pero Damián no quería estar con él. El hombre salió de detrás de la barra, con su propia copa en la mano y se sentó en el taburete contiguo al del joven cortándole una posible retirada.

    –No tengo nada que explicar. Te dije que quería dejarlo, varias veces, y tú siempre decías que era sólo una pataleta mía. Te lo dije: lo nuestro se acabó. Por favor, déjame tranquilo.

    El chico se puso de pie, dispuesto a irse, pero el hombre le cortó el paso, rápido como una serpiente. Damián retrocedió, siempre seguido por el arquitecto. Sus ojos marrones parecían llamear y sus manos temblaban de furia. Por primera vez el chico se asustó realmente. Retrocedió paso a paso, intentando mantener la distancia con Mateo que le seguía, abandonadas las bebidas en la barra.

    –Eres un niñato malcriado, un egoísta y un caprichoso que se cansa de sus juguetes cuando por fin se los compran –su voz destilaba veneno, arrinconando más y más a Damián–. Me perseguiste durante años, y en cuanto conseguiste lo que querías te aburriste, ¿no es así?

    –¡No! ¡Yo te quería! No podía seguir así, seguir contigo, era doloroso porque te quería y tú a mi no.

    El hombre empujó al joven. Su espalda chocó contra uno de los pocos pilares que había en la planta de abajo, al pie de las escaleras. Su nuca golpeó la madera con un golpe pequeño, pero que le causó una dolorosa punzada en el cráneo. Sus ojos lagrimearon y las grandes manazas de Mateo aprovecharon para retenerle, sujetándole contra la columna y presionando su cuerpo contra el del chico.

    –Claro, yo no te quería –respondió con sarcasmo–. Por eso te abrí las puertas de mi casa, por eso te invitaba a cenar, al cine y a salas de música, por eso sacaba tiempo para estar contigo… Y precisamente por eso me merecía que me dejases por mensaje y desaparecieras, hasta te cambiaste de universidad.

    Damián respiraba en rápidos jadeos. Ni siquiera en los peores momentos de su relación había visto a Mateo tan enfadado. Incapaz de moverse acabó por bajar la mirada, sin poder mantener el contacto visual con el hombre que seguía sumamente furioso. El arquitecto sujetó la barbilla de Damián, forzándole a mirarle. Ni siquiera los ojos cuajados de lágrimas a punto de derramarse ablandaron a Mateo, que le agarró con más fuerza.

    –Te vas ocho meses, nueve, en realidad. Y cuando regresas vuelves pavoneándote con un mocoso colgado del brazo. ¿Tu nuevo juguete? ¿Cómo el que tenías en tu cumpleaños y con el que estabas dispuesto a joder en mi cama? Eres un caprichoso de mierda, y aún tienes que disculparte. Si lo haces y suenas lo suficientemente sincero, quizá te perdone. Aunque tendrás que esforzarte mucho para que me olvide de este… hiato forzoso.

    –¿Qué? ¡No! –estalló indignado–. ¡No voy a pedirte perdón por cortar! Vale, no fue la mejor manera, pero no quería seguir contigo y no quiero volver, estoy feliz ahora ¡Déjame!

    –Respuesta incorrecta –dijo el arquitecto, en apariencia más calmado–. Vamos, Damián, no te hagas ahora el difícil, nunca fue tu estilo.

    Los labios de Mateo recorrieron el cuello del chico que se tensó más contra el pilar, paralizado por la sorpresa y el miedo. Toda su fuerza parecía haberle abandonado y las piernas apenas podían sostenerle. No sabía cómo salir de esa situación. No hacía tanto, tener a Mateo así habría bastado para que su corazón bailase a ritmo de pasodoble y que todo su cuerpo se derritiese, ahora sólo sentía incomodidad y el deseo de que parase. El arquitecto besaba tiernamente su piel, recorriendo un camino desde su nuez hasta su oreja y de vuelta a su nuez, alternando a veces con suaves mordiscos que ni siquiera llegaban a marcar.

    –Para. Por favor. Mateo ya está, lo nuestro es historia –puso las manos sobre su pecho, empujando débilmente para apartarle–. No quiero seguir con esto. No hice nada malo.

    –Mal otra vez –Damián podía notar la risa en la voz del hombre. Su mano soltó su barbilla y se coló por dentro del jersey del chico–. Venga, ¿también vas a mentir y me vas a decir que no te gusta esto? Eres una zorra caprichosa.

    Sus palabras conseguían dañarle más que la impotencia al no poder apartarle. Mateo conseguía volver a hacerle sentir como un chiquillo enamorado y complaciente. Toda su determinación quedaba minada, empequeñecida, y las manos del hombre seguían avanzando por su cuerpo, ascendiendo hasta casi llegar a tocarle los pezones. Notaba su corazón desbocado golpeteando contra sus costillas. Los dedos del hombre aferraron su pezón y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, dejando un rastro salado y que parecía quemarle. Un nuevo beso en el cuello le hizo volver la cara, golpeándose de nuevo contra el pilar y apartando ligeramente el rostro de Mateo de la suya.

    –Sigues siendo tan guapo como siempre, yo diría que incluso más –susurró en su oído mientras pasaba la lengua por el lóbulo de su oreja–. Siempre ha sido tu punto fuerte, eres tan guapo que todo lo demás da igual.

    La mano grande y recia del arquitecto descendió por su cuerpo. Acariciando sus abdominales y deleitándose en la suavidad de su piel. Mateo sentía las manos temblorosas de Damián aferradas a su carísimo jersey, empujándole casi sin fuerza. Descendió por su cuerpo más y más, soltando el botón del vaquero con una única mano, con habilidad. El joven respiraba en jadeos rápidos y entrecortados, manteniendo los ojos cerrados para contener el llanto. Bajando la cremallera del pantalón del chico abrió su bragueta y acarició su pene sobre el bóxer, completamente laxo y carente de vida.

    –Mmmm… ¿qué te pasa, corazón? Normalmente esto estaba siempre duro para mí. ¿Miedo escénico después de tanto tiempo?

    –Por favor… por favor… –suplicó desesperado, intentando apartarse de nuevo.

    Un ruido sordo sobresaltó a Damián, no así a Mateo que compuso una más que aceptable fachada de sorpresa a pesar de la sonrisa que bailaba en sus ojos. El joven sintió que se le caía el mundo encima mientras un horror frío ascendía por su columna. Enrique estaba al lado de la mesa baja frente al sofá y el ruido no había sido otro que la puerta corredera al cerrarse a su espalda. Sus ojos azules parecían haber engullido todo su rostro, que reflejaba el mismo horror que el del joven aún acorralado contra el pilar de madera. Mateo se retiró lentamente, afectando arrepentimiento y permitiendo que Damián diese dos pasos temblorosos en dirección a Enrique mientras recomponía a toda prisa su ropa. Cuando pensaba que nada podía ir peor, reconoció un pequeño cuadrado amarillo canario entre los dedos del joven: un preservativo.

    Una náusea le hizo doblarse en dos, boqueando por respirar mientras su novio dejaba caer el condón al suelo. No le había visto al entrar, pero estaba claro que Mateo le había colocado ahí a propósito. Toda la escena estaba tan bien montada que deseó darse de bofetadas por no caer antes en la cuenta: el preservativo preparado, las dos copas sobre la barra, ser sorprendidos en una actitud que podía interpretarse de la peor manera posible… Enrique se limitó a dejar caer los hombros. Sus ojos seguían muy abiertos, pero salvo ese detalle, nada más en su cara permitió a Damián averiguar su estado anímico.

    –Tu abuela me ha pedido que venga a buscarte –su voz átona carecía de cualquier inflexión o emoción.

    Girando sobre los talones se marchó de allí con paso aparentemente sereno. Damián iba a seguirle cuando el arquitecto le agarró de nuevo por el brazo, tendiéndole una bolsa de plástico llena de fragantes limones. Una ancha e hipócrita sonrisa se extendía por su rostro.

    –No te los olvides.

    –Eres un hijo de puta… –escupió Damián– ¡Lo has preparado todo!

    –No sienta bien, ¿verdad? Pensé que, si tú podías terminar una relación de manera unilateral, no te enfadarías si hacía lo mismo. Porque esa relación con él tenía que terminar, Damián. No estoy dispuesto a dejarte ir sin luchar.

    –Estás enfermo –replicó sin molestarse en coger la bolsa–. No vuelvas a acercarte a mí ¿me oyes? ¡No vuelvas a acercarte a mí!

    –Claro, vete ahora si quieres. Corre detrás de tu juguete. Se acabará cansando de ti, Damián. Sólo yo sé cómo tratar a una zorra de tu categoría. Y –añadió acercándose hasta colocar su rostro a escasos centímetros del de Damián– sabes que soy lo mejor que te ha pasado en la vida. El único que sabe cómo eres y al que no le da asco.

    Damián se zafó del arquitecto y salió tambaleante al jardín, echando a correr para alcanzar a Enrique. Para su sorpresa no consiguió verlo por ningún lado. Se secó las lágrimas con la manga del jersey para no preocupar a su abuela y entró en casa. Iba a preguntar a la mujer dónde estaba el chico cuando escuchó la puerta de su cuarto cerrarse. Subió los escalones de dos en dos, tan deprisa que a mitad de la escalera tropezó y se golpeó la rodilla. Soltando un juramento terminó de subir y entró en el pequeño cuarto. Enrique estaba sentado sobre la cama, con las manos en el regazo y en apariencia sereno. Sin saber qué decir Damián intentó acercarse al chico que levantó una mano para que se detuviese.

    –Enrique…

    –No quiero sacar conclusiones erróneas, Damián. Porque de verdad te quiero muchísimo y no me entra en la cabeza que me invites a venir contigo para ponerme los cuernos y que te pille. Así que voy a dejar que te expliques y si tu respuesta es la peor posible después de escucharte veré en qué autobús puedo volver a casa.

    –No… por favor…

    Damián se dejó caer contra la pared, buscando su apoyo con la mano. El aire parecía no llegar a sus pulmones. En su visión aparecieron puntos negros que se agrandaban y encogían conforme espiraba e inspiraba. Deslizando la espalda por la pared acabó sentado en el suelo. Encogió las piernas y se abrazó las rodillas, respirando con dificultad e intentando calmarse. Enrique mantenía la mirada clavada en él, ponderando si estaba siendo sincero o si era teatro para librarse. No quería creer que hubiera sido capaz de engañarle, pero había estado fuera casi tres cuartos de hora y la actitud en la que les había encontrado era demasiado sospechosa.

    –¿Te has acostado con él?

    Los ojos verdosos de Damián se encontraron con los de Enrique y el chico pudo leer la dolorosa verdad en ellos. Inspirando hondo notó crecer el dolor en su pecho, afilado y cortante como un puñal. Levantándose de la cama recogió su mochila. En completo silencio. Damián le miraba sin comprender, con la cabeza embotada y respirando entrecortadamente.

    –Me vuelvo a casa. Te dejaré las llaves sobre la mesa. Déjame las mías en el buzón o donde sea. Puedes devolverme las cosas cuando vuelvas.

    Estaba a punto de pasar al lado del joven cuando Damián le agarró por la pernera del vaquero, desesperado. Enrique intentó zafarse pero el puño se apretó todavía más. Aferrando la tela como si fuese un salvavidas.

    –Es mi ex –confesó al fin con voz ronca.

    –¿Y? –preguntó Enrique, cruzándose de brazos.

    –Lo que has visto… es todo lo que ha pasado. No me he acostado con él hoy, pero… nuestra relación era casi todo eso. Acostarnos. Juro que no quería que me tocase, pero no podía moverme, no sabía qué hacer. Por favor… Por favor juro que eso es todo. Créeme por favor –imploró desesperado.

    Con un suspiro resignado Enrique volvió a la cama, arrastrando casi a Damián que se negaba a soltarle el pantalón. El joven miró a su novio, acurrucado en el suelo y con la cabeza baja, incapaz de hacerle frente. Sus dientes se clavaban en su labio inferior, tan fuerte que había perdido la circulación en esa zona y amenazaba con hacerse una herida. Reprimiendo el impulso de despillárselos se acomodó mejor en la cama, con la pierna estirada debido al agarre de Damián.

    –Cuéntamelo todo –pidió con amabilidad.

    –Me da muchísima vergüenza –confesó por fin en un susurro, tan bajo que Enrique tuvo que esforzarse para oírlo–. Me enamoré de Mateo con casi dieciséis años. Estuve dos años enamoradísimo de él. Tuve más relaciones, pero él… era todo lo que quería. Su casa se ve desde mi ventana, y me pasaba todo el verano suspirando porque me hiciese caso y a la vez me ponía muy nervioso si lo hacía.

    Enrique escuchaba, interesado a su pesar. La voz de Damián temblaba, subía y bajaba como si estuviese reprimiéndose para no llorar.

    –Celebré los dieciocho en su jardín. Nos cedió la piscina, y puso alcohol porque mis padres no querían que bebiésemos, pero éramos todos mayores de edad y él dijo que estaba bien. Tampoco bebí demasiado, solo un par de tequilas. Subí con César a su cuarto.

    –¿César? –preguntó perplejo.

    –Mi ligue de ese momento –explicó con la voz tomada–. Íbamos a montárnoslo en su cama. Nos descubrió y no se lo tomó mal, o eso pensé. Echó a César, pero a mi me dijo que no le importaba compartir su cama si él podía unirse también.

    –Se acostó contigo.

    No era una pregunta. Damián asintió con la cabeza, incapaz de contener las lágrimas por más tiempo.

    –Estaba tan feliz… tan feliz porque por fin estaba conmigo. Ni siquiera sabía que también le gustaban los hombres, siempre le había visto con mujeres. Empezamos a salir, pero… –inspiró hondo, sin dejar de llorar. Enrique se bajó de la cama y se sentó en el suelo a su altura, comenzaba a intuir cómo terminaría la historia y no le gustaba–. Yo era su secreto. Nadie podía saber que salíamos. Es el mejor amigo de mi padre, así que ya te imaginas por qué no quería que lo contase. Nunca tuvimos una relación normal. Sí, fuimos al cine, a veces a cenar, me llevó una vez a un concierto… pero nunca como novios. Sólo se portaba así en la cama.

    –Sigue, suéltalo todo.

    –Me decía una hora y un lugar, y ahí acudía. Normalmente cenábamos y después íbamos a algún hotel. Cuando consentía venir a su casa después era un maniático de la limpieza. No podía quedar ni una sola prueba de que había estado con él –los sollozos subieron de volumen antes de que continuase–. Yo quería una relación como la que veía que tenían todos, poder salir con él o hacer cosas juntos sin escondernos, pero cuando sacaba el tema me explicaba que era imposible, que eso no podía ser. A los ocho meses intenté dejarle.

    –¿Lo intentaste?

    –Se lo tomó como un juego, como si sólo quisiera llamar su atención. Siempre que intentaba dejarle lo tomaba como un… una prueba de que quería tenerle para mí. Entonces se volvía encantador hasta que me seducía de nuevo. Llegó un punto en el que sólo quería que me dejase en paz. Mantenerle en secreto me había aislado de mis amigos, mis padres no sabían que yo era gay, o al menos eso creía yo. Sentía que no podía hablar con nadie de todo esto y él… él seguía citándome para acostarnos juntos. Y yo accedía ¿sabes? Accedía porque pensaba “quizá ahora esté enamorado ya de mí, quizá esta vez sea distinto”.

    –¿Cómo saliste de algo así?

    –Por mi abuela. Por mi hada madrina. Ella sabía que me pasaba algo. Bajé muchísimo de peso en esa época y empecé a suspender en la universidad. Cuando me preguntó qué me pasaba… estallé y se lo conté todo. Fue tan liberador. Ella quería ir a por él, pero creo que yo aún le quería, o quizá sólo quería pasar página. Llamó a mis padres y me ayudó a salir del armario con ellos. Ya sabían que yo era gay, pero habían respetado mi silencio. Les contó que tenía problemas con un chico de la universidad, que se había encaprichado mucho conmigo, y les convenció de que me dejasen cambiarme de facultad a donde estoy ahora. Cambié de teléfono y les pidió que no se lo dijesen a nade –hizo un pequeño descanso, apoyando la frente en las rodillas–. La verdad ni siquiera sé cómo lo hizo, pero lo hizo.

    –¿Y lo de hoy? –preguntó sin contenerse.

    –Creo que nos estaba viendo. Desde su dormitorio se ve todo el jardín. Cuando os fuisteis se acercó y dijo que teníamos que hablar, o que esperaría a que vinieses. Me dio miedo. Miedo de lo que podía decir. Estaba tan furioso… –en un gesto inconsciente se masajeó el hombro, todavía dolorido–. Me agarró del hombro y le seguí a casa. Me sirvió una copa, juro que no la toqué, y me empujó contra el pilar. Después… gritamos, o él me gritó. Quería que me disculpase y entonces… empezó a tocarme.

    Un escalofrío recorrió la espalda de Enrique, que tuvo que hacer grandes esfuerzos por mantenerse sentado y no salir en busca de Mateo, olvidando que no era especialmente alto ni fuerte y que el hombre le sacaría al menos diez centímetros y quince kilos. Ajeno a la rabia que bullía dentro de su novio Damián siguió hablando.

    –Me tocaba y decía que tenía que disculparme. Pensé que estaba… haciendo lo de siempre. Cuando discutíamos o yo decía que quería dejarle hacía eso, empezaba a tocarme y yo me rendía. Le dije que era feliz contigo, que tenía novio, pero no paraba. No pude apartarle, no sé explicarlo, pero era como si no tuviese fuerza. Y cuando apareciste tú lo comprendí: lo que quería era vengarse, que nos vieses así –por primera vez levantó la cara y miró a Enrique a los ojos–. Sabe que yo siempre aviso a las personas con las que estoy de a dónde voy para que no se preocupen, y que no te habría contado lo nuestro. Lo de los limones era cierto, los tenía en una bolsa de plástico. Cuando entraste dijo que yo no era el único que tenía derecho a romper una relación de forma unilateral, pero que él había elegido la nuestra y…

    –¿Y?

    –Y que no iba a dejarme ir sin luchar.

    Enrique se levantó. Sus ojos habitualmente apacibles relucían cargados de ira. Sus manos temblaban, apretadas en dos puños que hacían resaltar los tendones de sus brazos como cuerdas de acero insertadas bajo la piel. Los labios estaban apretados en una fina línea, y por un instante Damián se pegó más contra la pared, con el miedo pintado en su cara.

    –Se acabó. Voy a decirle todo lo que pienso.

    La mano de Damián volvió a atrapar el vaquero de Enrique, que se la sacudió de encima sin mirarle. Ya tenía la mano en el pomo de la puerta cuando de nuevo le agarró, esta vez por la rodilla.

    –Por favor… por favor quédate conmigo. Por favor.

    Su furia se fue tan rápido como había venido. Arrodillándose junto al chico le estrechó entre sus brazos. Al acariciar su pelo notó el bulto duro y caliente que empezaba a crecer en su cráneo allí donde se había golpeado contra la columna. Enrique sintió crecer de nuevo su rabia y procuró no volver a rozarle siquiera en esa zona, por miedo a hacerle daño. Comenzaba a entender mejor a Damián, aunque la cabeza le daba vueltas con todo lo que el chico le había contado. Tardaría un tiempo en entenderlo todo plenamente.

    –Siento haberte dado motivos a dudar –musitó escondido contra el pecho de su novio–. No debería ser así.

    –¿Así? ¿Así cómo?

    –Mateo… él dice que soy una zorra caprichosa. Puede que tenga razón.

    Había tristeza en su voz, pero también convencimiento. Enrique le agarró la cara entre sus manos, con tanta delicadeza que el joven se inclinó más contra él, reconfortado. Cuando su novio le obligó a levantar la cabeza cerró un momento los ojos, aterrado al pensar que le dejaría por ello. Iba a hablar, a disculparse, a pedir de nuevo que por favor no le dejase, cuando Enrique cubrió sus labios con ambos pulgares.

    –Jamás te creas una sola palabra que te diga ese capullo. Jamás te creas los insultos de ese imbécil porque los dice sólo por despecho –nuevas lágrimas rodaron por las mejillas de Damián que intentó hablar, siendo silenciado otra vez por Enrique que siguió hablando–. Yo te quiero. Eres inteligente, dulce, amable y desinteresado. Nunca debí dudar de ti, pero te estaba tocando y pensé que yo no era bastante para ti y por eso pensé que lo mejor era preguntarte. Cariño, ese hombre te ha maltratado. No te habrá pegado, pero lo que ha hecho… ¿Por qué no me lo contaste antes?

    –Me daba muchísima vergüenza. Y tenía miedo de que te alejases de mí si te lo decía. Que me vieses de manera distinta, que pensases peor de mí por haber sido tan blando.

    Enrique se levantó del suelo, sacudiéndose el fondillo de los pantalones ante la mirada extrañada de Damián que permanecía aovillado contra la pared. Enrique se acercó al chico y sosteniéndole por las axilas consiguió incorporarle. Tuvo que sostenerle un instante antes de que dejase de tambalearse. Cuando estuvo seguro de que no se caería agarró el jersey por el borde, tirando de él hacia arriba para sacarle.

    Damián se dejó hacer. Si eso era lo que quería, el precio a pagar porque no le dejase estaba más que dispuesto a pagar las veces que hiciera falta. Para su sorpresa, su novio se limitó a plegar el jersey y dejarle sobre el escritorio. Sacó del armario la sudadera y el pantalón de chándal que usaba a modo de pijama. Con toda la suavidad del mundo le pasó la sudadera por la cabeza, consiguiendo no rozarle en ningún momento el chichón. Agachándose desató los cordones de las botas de Damián, ayudándole a sacárselas junto con los calcetines. En cuanto se incorporó soltó el botón y la cremallera del vaquero, poniendo buen cuidado en no tocarle la piel. El vaquero cayó al suelo y Enrique ayudó al joven a ponerse el viejo chándal en su lugar.

    –¿Qué estás haciendo? ¿Por qué me has puesto el pijama? Yo…

    El joven enmudeció de pronto, al ver cómo Enrique se desvestía también y se ponía su propio pijama. De un manotazo bajó la persiana, ocultando la ominosa vista de la casa de Mateo. En el cuarto en penumbra consiguió guiar a Damián hasta la cama, empujándole con suavidad hasta que le tumbó en el lado que quedaba pegado a la pared. Echándose a su lado le atrajo hacia su pecho, estrechándole con suavidad entre sus brazos y acariciando su espalda. A diferencia de las caricias de Mateo, las de su novio le aportaban paz, consolándole profundamente. Damián sorbió por la nariz, intentando no volver a llorar.

    –Desahógate, cariño –le susurró Enrique acariciándole el cuello–. Si necesitas llorar, hazlo. Estoy aquí, estaré aquí. No voy a irme a ninguna parte. No voy a dejarte.

    El dique se rompió. Largos sollozos estremecieron el cuerpo de Damián que se aferró a Enrique con desesperación, hundiendo la cara en el pecho de su novio que se limitó a abrazarle con fuerza, dejándole llorar, dejando que se purgarse por dentro. Sus lágrimas no tardaron en empapar buena parte de la camiseta del joven, pero ninguno de los dos pareció percatarse de ello. Las manos del chico subían y bajaban por su espalda y su cuello, acariciándole con infinita ternura. Enrique pensó que jamás dejaría de llorar. Violentos temblores sacudían el cuerpo delgado y atlético de Damián como si estuviese aquejado de alguna fiebre especialmente virulenta. Sosteniéndole con más fuerza su novio siguió acariciando su espalda, siempre sobre la ropa.

    Al fin los estremecedores sollozos se mitigaron. Poco a poco fueron remitiendo hasta desaparecer. La respiración del joven se tornó regular y sosegada y cuando Enrique retiró el pelo hacia atrás vio que se había quedado dormido. Tenía los ojos hinchados, la nariz y las mejillas enrojecidas y cuando retiró el cuello de la sudadera apreció en su hombro un hematoma que empezaba a aparecer. Con todo el cuidado del mundo se deshizo de su peso, acomodándole en la cama y tapándole con las mantas. Cuando despertase tendría dolor de cabeza y los ojos irritados. En silencio salió del cuarto, calzado sólo con sus calcetines, y bajó a la cocina.

    –¿Isabel? ¿Puedo pedirte un poco de hielo?

    –Siéntate, por favor.

    El tono serio de la voz de la abuela de su novio no era nada comparado con sus ojos, tristes y carentes de brillo. Parecía haber envejecido diez años de golpe. Incluso sus movimientos eran más lentos de lo acostumbrado. Preocupado el chico se sentó a la mesa, seguido por Isabel que se sentó en la silla contigua a la de Enrique.

    –¿Te encuentras bien?

    –No he podido evitar oíros. No era mi intención, subía sólo a deciros que necesitaba ayuda para poner la mesa en el cenador. Enrique… incluso aunque lo dejes con Damián en algún momento, siempre tendrás mi casa abierta. Eres una bellísima persona, y mi nieto tiene muchísima suerte de que estés a su lado.

    Enrique estrechó una de las arrugadas manos de la anciana entre las suyas, consiguiendo que a sus ojos asomase de nuevo algo de luz.

    –Le afectó mucho, ¿verdad?

    –Fue horrible. Ojalá nunca tengas que ver algo así en alguien a quien quieres. Siempre ha sido un chico alegre, sociable y con el que daba gusto estar. De un día a otro dejó casi de comer, siempre estaba triste o enfadado, perdió el contacto con sus amigos y cuando intentaba estudiar podías ver que no era capaz de concentrarse –la mujer se detuvo, mirando a Enrique con franqueza–. Quiero muchísimo a mi nieto, como no te puedes imaginar, pero también reconozco que la experiencia que pasó le ha cambiado. Si decides que no puedes lidiar con lo que te ha contado, o con cómo es él, no te lo reprocharé jamás. No tienes por qué arreglar el desastre que causó ese hijo de puta.

    –¿Sabes que yo antes estaba muy gordo? Como una vaca. Hace unos días me volvió a entrar cierta paranoia con mi peso y aparté de mi lado a Damián porque me daba vergüenza. Pensé que si veía cómo había sido me cogería asco.

    Isabel escuchaba en silencio, sin entender hacia dónde quería ir a parar el chico que esbozó una sonrisa genuina y muy hermosa.

    –De mis años de bachiller sólo tengo una foto mía. Sólo una. En ella salgo con mi mejor amigo en una feria de invierno en la ciudad. En ese momento estaba en mi peso máximo, lleno de granos y con unas gafas horribles. Pensé que si la veía saldría corriendo, pero tenía que verla, tenía que saber quién era yo ¿me comprendes? –la mujer asintió con la cabeza y el joven prosiguió–. No me atrevía a mirarle a la cara, me daba muchísimo miedo que me dijese “caray, eras asqueroso, no puedo volver a tocarte”. Se limitó a decir que le gustaban mis gafas, y que de seguir como en esa foto me querría igual. Y lo decía de verdad. No me lo dijo porque yo necesitaba escucharlo, sólo me lo dijo porque era lo que pensaba.

    La abuela sonrió a su vez. Las preocupaciones se borraron de su rostro que pareció perder arrugas y recuperar cierto vigor juvenil. Enrique se maravilló del cambio operado en la mujer, pero al recordar cómo había criado sola al padre de Damián y después a su nieto no se sorprendió. Acariciando con cuidado las marchitas manos de la anciana continuó hablando.

    –Después de eso supe que me quería de verdad. Por eso hoy… hoy he sido capaz de sentarme y dejar que se explicase. Ha habido un pequeño malentendido al principio, pero yo no pienso irme a ninguna parte si él me quiere de pareja. Yo le quiero, le quiero muchísimo. Me siento feliz, y afortunado porque se fijase en mi y no se rindiese. Tendrías que haberme visto al principio, ni siquiera era capaz de hablar con él porque me relaciono fatal con la gente debido a la timidez.

    –Sois dos chicos estupendos. Espero que seáis felices, juntos o por separado. Y el ofrecimiento del principio era sincero: aunque lo dejéis, mi casa siempre estará abierta para lo que necesites.

    –Gracias, Isabel.

    La mujer le dio un beso en la mejilla, incorporándose después con las manos en las caderas. Enrique aprovechó para pedir un par de cubitos de hielo que la anciana le ofreció envueltos en un paño pulcramente doblado en un plato, pero antes le preparó una jarra llena de zumo de naranja y le indicó dónde guardaba las aspirinas. Cargando con la jarra y los hielos consiguió hacerse con un par de comprimidos y volver al cuarto, donde se dejó caer agotado en la silla frente al escritorio de Damián. Le parecía que había pasado una eternidad, pero tan solo eran las tres de la tarde. En silencio observó como el joven dormía. En los veinte minutos que había estado con Isabel ni siquiera se había movido. Empleando el jersey de su novio a modo de almohada se acomodó como pudo sobre el escritorio. Tan sólo necesitaba descansar un momento, aprovechar para serenarse.

    Despertó sobresaltado al notar una presión sobre su rodilla. Al conseguir enfocar la vista vio que tan solo era la mano de Damián, que le sacudía con preocupación. Su actitud tímida contrastaba con la aparente seguridad que siempre parecía exudar. Enrique se desperezó escuchando como chascaban sus vértebras y el punzante dolor en el cuello por la postura en la que se había quedado dormido. Restregándose los ojos consiguió por fin centrar la vista en la cara de su chico. Como había pensado tenía los ojos enrojecidos, la cara hinchada y la nariz colorada.

    No había salido del todo de la cama, por lo que Enrique recogió el paño, ahora empapada de agua helada, y tras escurrirla en el propio plato donde la había traído se la pasó por la cara a Damián, con cuidado para no irritarle la piel. El chico se dejó mimar, abrazándose a la pierna de su novio que se había sentado en la cama con él. Doblando la tela de forma que el hielo que aún aguantaba quedase lo más pegado a la piel que era posible, la aplicó sobre el golpe de su cabeza. Sosteniéndolo con una mano sirvió el zumo con la otra, pasándoselo al chico junto con una aspirina.

    –¿Te duele mucho?

    –Te has quedado –tenía la voz ronca y pastosa, pero aún así podía notar perfectamente su felicidad por ese hecho.

    Enrique suspiró y retiró el pelo de la cara de Damián. Odiaba ver sus ojos tan irritados y más siendo la causa haber estado llorando por culpa de su ex. Inclinándose sobre él le dio un beso en la frente intentando no derramar el vaso de zumo.

    –Claro que me he quedado, soy tu novio –el chico parecía incrédulo ante sus palabras, por lo que Enrique sonrió y le dio un nuevo beso–. No voy a dejarte porque tu ex sea un cerdo, tuviste mala suerte con él y ya. Nos puede pasar a cualquiera. Dime cómo está tu cabeza, anda.

    –¿Y si tiene razón? En que soy…

    –No –le cortó Enrique con severidad–. No la tiene. Además, ni siquiera sé qué cosas quieres. No materiales, me refiero a nosotros, como pareja. Nunca hemos hablado de ello.

    –Quiero hacer cosas contigo, ir al cine, de excursión, a la playa… algo más que no sólo estudiar y después dormir por estar muertos. –La mirada de interés de Enrique le animó a seguir–. Quiero vivir contigo, no de inmediato, pero quiero llegar a vivir juntos. Quiero que nos graduemos a la vez. Juntos. Me parece algo muy bonito. Y si seguimos juntos después yo… no lo sé, no he pensado mucho más lejos. No quería hacerme ilusiones.

    –¿Y eso te parece de una zorra egoísta como dice él? Cariño, a mi me parece algo precioso y coincido contigo. No entiendo por qué piensas que alguien que te usaba tiene razón. Y por favor, deja de decir que eres una zorra porque me dan ganas de estrangularle. No lo eres. Punto. ¿Y qué si tienes tus fantasías o eres algo pervertido? ¡Deberías ver las veces que me he masturbado yo pensando en ti! –al ver la mirada de sorpresa y algo más de Damián el chico enrojeció y desvió la vista hacia el vaso que tenía en la mano–. Es decir… antes de salir juntos yo… tú me gustabas mucho y…

    –Gracias –le cortó Damián sonriendo por primera vez, recuperando parte de su confianza–. Gracias por estar a mi lado.

    –La cabeza, dime –ordenó Enrique aún ruborizado.

    –Me duele un poco –confesó el chico besando el muslo de Enrique–, pero es sólo por haber llorado tanto. El golpe está bien mientras no le apriete.

    Enrique volvió a pasarle el vaso de zumo y la aspirina y sonrió satisfecho al ver que se tomaba las dos cosas, apurando hasta la última gota del vaso. Se le rellenó de nuevo y vio cómo volvía a vaciarle. La aspirina parecía estar haciendo efecto, o quizá el líquido que se había tomado. Su voz volvía a ser la de siempre y Enrique observó que empezaba a estar como siempre, aunque muchísimo más relajado. Su seguridad y carisma seguían ahí, pero ahora también detectó cierta vulnerabilidad que antes no estaba. Sonriendo abrazó al joven que se incorporó en la cama y correspondió a sus caricias. Intuía que habían cruzado cierta barrera que con el tiempo les habría alejado y estaba feliz por ello. Damián se levantó, pasando sus largas piernas por el borde de la cama y poniéndose de pie.

    –Voy a ir a lavarme un poco, ¿te importa? Todavía noto su saliva. Tiene que ser psicosomático o algo, pero preferiría…

    –No tienes que explicarme nada. Ve –le animó Enrique dándole un beso suave sobre sus labios.

    Damián se encaminó al cuarto de baño estirándose a la vez. Debería tener hambre, pero sólo se sentía cansado y aliviado por no tener secretos con Enrique. Sabía que no le había contado ni una décima parte de su antigua relación, pero ahora que había empezado a hablar sería más sencillo seguir. Frente al espejo se examinó detenidamente. Nada en su piel revelaba el encuentro con Mateo, al menos a simple vista. Al sacarse la sudadera apreció el hematoma que había florecido en su hombro. Podía notar perfectamente dónde le había besado y sus manos subiendo por su vientre hasta el pezón. Era como si le hubiese marcado, quizá porque su intención tan sólo había sido vengarse o por su negativa a detenerse a pesar de casi suplicar.

    El chico empapó una esponja y tras añadir abundante jabón se restregó la piel. A pesar de la irritación siguió frotando, manteniendo los ojos cerrados y notando como se le aceleraba el pulso al recordar la incomodidad que había sentido antes. Una línea roja de piel casi levantada subía por su vientre hasta el pezón que le había acariciado. Volvió a cargar la esponja de jabón, dispuesto a hacer lo mismo con su cuello, cuando la mano de Enrique le detuvo, sujetándole por la muñeca.

    –Me preocupabas y vine a ver. Casi te levantas la piel, so burro. Déjame a mí, ¿vale?

    Damián claudicó y cedió la esponja a Enrique que sonrió y le sentó sobre la tapa del váter. Con mucho cuidado pasó la esponja por el cuello del chico. El delicado aroma a lavanda impregnó su piel mientras Damián experimentaba un alivio cada vez mayor al librarse de cualquier rastro que Mateo pudiese haber dejado. Ahora que empezaba a tranquilizarse una rabia sorda comenzaba a extenderse por su pecho, calentándole desde dentro. Si así era como le pagaba haber dejado las cosas tranquilas en lugar de arruinar su reputación, perfecto. A ese juego podían jugar dos.

    Pareciendo adivinar lo que pasaba por su cabeza en ese momento Enrique se sentó sobre él, sujetando su cara entre las manos y clavando sus ojos azules en los de Damián que se serenó de inmediato. Sabía que era una actitud muy primitiva, pero la idea de que aquel hombre le hubiese manoseado despertaba las mismas sensaciones que sintió cuando le vio bailar con aquel desconocido en la discoteca, aunque predominaba por encima de todas ellas la ira. Inclinándole la cabeza ligeramente besó todo su cuello, recorriendo el mismo camino que el arquitecto. En un principio el joven se estremeció, luchando contra la sensación de apartarle, pero las manos que le retenían eran amables y blandas y apenas sí ejercían una ligera presión, más una sugerencia que una imposición. Aunque detectaba cierto afán posesivo en Enrique su dulzura era tan evidente que consiguió relajarse y rodearle la cintura con los brazos.

    Al llegar al hombro Enrique no pudo contenerse. Yendo despacio, para que supiese lo que pretendía y pudiera apartarle si no quería, clavó sus dientes en la piel blanca, sellando después el mordisco con sus labios y succionando con fuerza. El gemido de Damián le impulsó a apretarse más contra él, imprimiendo más intensidad a la succión y soltando de golpe la piel. Una marca rojiza y casi perfectamente regular adornaba ahora la piel del chico, antes de llegar al hematoma causado por el agarre del hombre. Con cierto embarazo Enrique besó la piel marcada y después el morado causado por los dedos de Mateo.

    –Perdona, soy un cavernícola sin modales –se disculpó el joven levantándose del regazo de Damián.

    Damián se echó a reír levantándose del váter. Notaba la piel limpia, aunque ligeramente irritada en el vientre. Recogió la sudadera y se la echó por los hombros, sin vestirse. Siguió a Enrique hasta su dormitorio y se sentó en la cama tras entrelazar sus dedos con los del chico, que le miró sin comprender.

    –Me gusta cuando eres un cavernícola sin modales.

    Enrique sintió cómo tiraba Damián de él, incitando a que se uniese a él en la cama. Resistió la leve presión y en su lugar se arrodilló delante del chico, apoyando la barbilla en las rodillas del joven que le acarició el pelo, echando hacia atrás los revueltos mechones castaños.

    –¿Estás seguro? Cariño, puedo esperar si aún no estás cómodo. No tienes nada que demostrar, yo te quiero y puedo esperar si lo necesitas.

    –Si no quieres no es necesario. Lo siento.

    Enrique besó las rodillas de Damián, subiendo hasta sus muslos antes de que el joven se retirase, subiendo las piernas a la cama y desviando la mirada.

    –Mírame, mi amor. Claro que quiero. Cuando te he visto antes con él solo quería… no sé, partirle la cara y la nariz y demostrarte que yo soy mejor –confesó avergonzado–. Lo que no quiero es hacerlo por los motivos equivocados.

    –Solo necesito saber que me quieres, que no te resulto repugnante.

    Aquella confesión a media voz conmovió a Enrique pues era lo mismo que él había sentido cuando reveló su antiguo yo a Damián. Sentándose a su lado en la cama sujetó la cara del joven por la barbilla, inclinándose y besándole en los labios con ternura. Damián cerró los ojos y abrazó a Enrique, sin presionarle ni pedir nada. Tan solo buscando asidero y consuelo. Enrique acarició las ondas rojizas de Damián con sus dedos, deslizando después las manos por su cuello.

    Sus dedos recorrieron la suave piel de su garganta, la curva de su mandíbula y la pequeña ondulación que marcaba la nuez de Adán. Mientras, su lengua exploraba cada rincón de la boca de Damián, jugaba con la suya, la provocaba y danzaba a su alrededor hasta que ambos se quedaron sin aire. A diferencia de lo que había pasado con Mateo, ahora el pene de Damián estaba duro, firme, demandaba atención formando un más que considerable bulto en el chándal del joven. Sosteniéndole por la cintura Enrique subió a Damián a su regazo, abrazándole después y acariciando su espalda.

    Introdujo las manos por dentro de la sudadera y acarició la piel tersa y suave de la espalda de Damián que gimió y se pegó más a Enrique quien besó su cuello, ascendiendo hasta la mandíbula. Recorrió el hueso de lado a lado con besos delicados como el aleteo de una mariposa, apenas ligeros roces que consiguieron estremecer a Damián de pies a cabeza, erizando su piel. La lengua del joven encontró el lóbulo de la oreja y ascendió por él hasta recorrer por completo el contorno, mientras sus manos trazaban fantásticas figuras sobre la espalda de Damián.

    Levantó la sudadera del joven y aprovechó para sacársela, desnudándole de cintura para arriba. Echándose momentáneamente hacia atrás contempló el cuerpo joven y atlético del chico. Podía apreciar los músculos bajo la piel cremosa, los pezones rosados se endurecieron bajo su escrutinio y su respiración se aceleró ligeramente. Rozando la adoración Enrique deslizó una de sus manos desde la mandíbula de Damián hasta su ombligo, deteniéndose un instante en la horquilla del esternón, acariciando el leve hueco que se formaba justo antes de su pecho. Feroces escalofríos de placer sacudían el cuerpo de Damián que se aferró al Enrique, hundiendo sus largos dedos en los rebeldes mechones castaños.

    Mirándole fijamente con esos cándidos ojos azules colmados de amor Enrique se inclinó hacia delante. Sus labios se posaron en el pectoral izquierdo, cubriendo de besos la piel que rodeaba la aureola al mismo tiempo que su mano trazaba el mismo recorrido en el derecho. Su lengua recorrió primero la piel más rugosa de la aureola para terminar cercando el pezón mientras suaves gemidos escapaban de la boca de Damián. Al mismo tiempo que pellizcaba delicadamente el pezón derecho, los dientes de Enrique cerraron su presa sobre el izquierdo, pasando a succionar y lamer alternativamente el delicado bulto de carne.

    Rodeando su cintura con el brazo libre Enrique se echó hacia delante, tumbando a Damián en la cama y quedando él sobre el joven, con el cuerpo entre sus piernas. Ahora su bulto quedaba contra su estómago. Enrique podía notar su calor y la larga forma del pene de su novio presionar su cuerpo en una tentadora invitación que no ignoró. Besó ambos pezones una última vez e incorporándose a medias agarró la cintura del pantalón y lo deslizó hacia abajo, llevándose consigo el bóxer también. Retiró completamente ambas prendas y las dejó caer a los pies de la cama.

    Totalmente desnudo, Damián sintió vergüenza por primera vez. No podía evitar recordar la reacción de Mateo, sus crueles palabras. Intentando no dejar traslucir sus sentimientos procuró quedarse quieto, mirando un punto fijo en el techo para no mirar a Enrique ni su cuerpo. Para su sorpresa, la cara de su novio entró en su campo visual cuando este volvió a subir en lugar de ir hacia abajo como esperaba. Sus manos retuvieron su cara entre ellas sin ejercer presión, tan solo sosteniéndole con dulzura. Firme, pero no demandante.

    –¿Estás bien? ¿Quieres que siga?

    Su tierna preocupación pareció derretir el corazón de Damián. Enrique le trataba con tanto cuidado y tanta dulzura que aquello bastaba para marcar la diferencia y disipar sus temores. Cogiendo ambas manos besó los nudillos y las palmas antes de asentir, sonriendo. Enrique aprovechó para desnudarse también, dejando una de sus manos entrelazada con la de su novio que le observaba con esos ojos de gato tan peculiares. Acomodándose entre sus piernas acarició un momento sus muslos antes de volver a besar su vientre, descendiendo desde los pectorales hasta el pubis.

    Acarició los suaves rizos rojizos del pubis. Era el único chico que conocía al que no estar perfectamente depilado le quedaba tan bien. Incluso con el vello su pene parecía grande y atractivo. Enrique pasó la mano por el vello, acariciando y tirando de él suavemente, escuchando los tiernos gemidos de Damián que le soltó la mano para colocar ambas sobre su cabeza. Los suaves mechones castaños del joven se deslizaron entre sus dedos como si fuesen seda.

    Enrique bajó más por el cuerpo de su novio, ignorando su pene por el momento. En cuanto llegó a las rodillas besó la piel de sus piernas, ascendiendo después por la cara interna de los muslos mientras alternaba entre besos y suaves mordiscos. Trazando un camino sinuoso a comparsa de los gemidos y los jadeos de Damián. Recordando cómo se había sentido él, imitó a Damián. Mordió una pequeña porción de la piel tierna de su muslo, muy cerca ya de los testículos, y clavó sus dientes casi hasta el punto del dolor, aunque sin llegar a traspasar la piel en ningún momento.

    La reacción del joven fue automática. Damián cerró sus piernas de golpe, apretando entre ellas la cabeza de su novio que sonrió y pasó la lengua por la marca de dientes recién dejada. Girando apenas la cabeza repitió el proceso un poco más abajo, acercándose más y más a los testículos del joven que se aferraba con fuerza a su cabello, tirando de él incluso. Pronto los muslos cremosos de Damián estuvieron cubiertos de marcas rojizas de dientes y chupetones que iban desde la mitad de la cara interna del muslo hasta sus testículos. Retirándose un momento Enrique pasó la lengua por ellos, recorriendo la línea media y ascendiendo después por el pene hasta el glande.

    Sujetándolo por la base elevó de nuevo el prepucio, capturándolo con los labios e introduciendo la punta de la lengua entre la fina piel y el glande, cubriendo ambos de saliva. Las uñas de Damián rascaron su cabeza cuando aferró su pelo en sendos puños al tiempo que su novio rodeaba su glande con la lengua hasta presionar la punta contra el orificio. Los gemidos de Damián crecieron en intensidad mientras Enrique metía el glande completo en su boca. Sus labios apretaron la corona antes de deslizarse por todo el tronco. Acariciando los testículos de su novio fue tragando despacio, acostumbrándose al enorme tamaño de Damián que jadeaba sin tregua.

    Tragó despacio una y otra vez, dejando que el pene se deslizase dentro de su garganta hasta que su nariz quedó contra el pubis de Damián. Poder tragarle entero, los casi veintidós centímetros, le llenaba de orgullo. Mirando a su novio recorrió con la lengua todas y cada una de las venas de su pene mientras lo sacaba de su boca. Las caderas del joven comenzaron a moverse al mismo tiempo que lo hacía Enrique, acompañándole y llegando más hondo en su garganta. Conocedor de lo mucho que le gustaba a Damián eso, cogió una de sus manos y la apretó contra su garganta. Movió la cabeza arriba y abajo y presionó más la mano contra su cuello, dejando que Damián sintiese como su pene invadía su estrecha garganta.

    –Para, para –jadeó Damián tirando de su pelo.

    –¿Qué ocurre? ¿Estás bien, quieres parar? –preguntó en cuanto tuvo la boca libre.

    –No, no quiero parar, pero si sigues así voy a correrme –confesó sonriendo–, y preferiría terminar juntos, si puede ser.

    –Oh, cariño… No te preocupes por eso.

    Con una sonrisa traviesa Enrique reanudó su asalto sobre el chico, separando sus piernas y bajando hasta encontrar el ano de Damián. Su lengua recorrió cada uno de los pequeños pliegues que conformaban la entrada al tiempo que sus dedos comenzaban a presionar suavemente, entrando tan despacio que el chico gimió y se movió inconscientemente, buscando más. Enrique le sujetó con dulzura por las caderas y pasó sus piernas sobre sus hombros, dejándole completamente expuesto. Su lengua encontró el camino dentro del joven y, acompañándola por uno de sus dedos, estimuló la próstata de Damián.

    Los gemidos del joven se intensificaron más y más conforme los dedos curiosos de Enrique se iban adentrando en su recto, abriéndolo y preparándolo para recibir su pene. Sentía la saliva caliente y húmeda deslizarse entre sus nalgas, enfriándose conforme iba cayendo y secándose sobre su piel. Introdujo tres dedos y los movió juntos, abriéndolos después y separándolos para dilatar más. Su lengua consiguió introducirse con facilidad, recorriendo el interior cálido, aunque ya no tan estrecho.

    Subiendo de nuevo acomodó mejor las piernas de su novio sobre sus hombros. No fue directo a penetrarle, en su lugar juntó su pene con el de Damián, frotándolos a ambos a la vez mientras besaba la mandíbula del joven, sus mejillas y en especial los hoyuelos, ampliamente marcados ahora debido a la sonrisa del chico. Con idéntica sonrisa apoyó el glande de su pene contra el ano del joven, resistiéndose a empujar.

    –¿Preparado?

    –Sí, por favor. Por favor, cariño…

    Su súplica era demasiado dulce. Irresistible. Moviendo lentamente las caderas entró despacio. Su pene se adentró en el estrecho interior de Damián que gimió y se agarró a Enrique, clavando sus uñas en la espalda desnuda del joven. Acarició sus rebeldes mechones castaños, ligeramente húmedos de sudor, y se hundió en sus claros y limpios ojos azules. Puede que Enrique no tuviese tanta experiencia como Mateo o él mismo, pero compensaba eso con su absoluta sinceridad y su amor incondicional. Damián besó tiernamente al joven, sintiendo como por fin entraban sus dieciocho centímetros al completo y como su cuerpo cálido y suave se apretaba contra el suyo.

    Atento a las reacciones de Damián, Enrique comenzó a moverse. Se deslizó hasta que tan solo su glande quedó dentro para volver a entrar igual de despacio, sin dejar de mover su mano por el pene de Damián. Gotas de líquido preseminal manchaban sus dedos, haciendo más sencilla la tarea de masturbarle. Sus gemidos sonaban justo en su oído mientras recorría a besos la suave curva de su mandíbula, descendiendo por su cuello hasta la nuez de Adán.

    Enrique gimió a su vez, dejando sus labios presionados contra la suave piel del hombro de Damián. Besando el hematoma causado por el agarre de Mateo con infinita ternura comenzó a moverse más deprisa. Sus caderas se impulsaban adelante y atrás sin tregua, cada vez más deprisa, sumando el rítmico entrechocar de sus cuerpos al sonido de sus gemidos y jadeos. Lo que al principio había sido un lento goteo de líquido preseminal ahora era casi un chorro continuo, y al bajar la vista Enrique pudo ver el glande de Damián brillante, húmedo y enrojecido.

    Con una sonrisa descendió desde su cuello hasta los pezones y mordisqueó el izquierdo mientras bombeaba con más fuerza. Las uñas de Damián se clavaron en su nuca y sintió como su torso se arqueaba soltando un fuerte gemido que el joven silenció con un beso. Espesos chorros de semen mancharon el pecho de ambos y cayeron sobre el vientre de Damián que jadeaba con fuerza. Enrique imprimió toda la velocidad que pudo a su pelvis, hundiéndose una y otra y otra vez en Damián hasta que su propio orgasmo le alcanzó, depositando su semen en el interior de su novio que aún se aferraba con fuerza a él.

    Con cuidado para no hacerle daño le ayudó a bajar las piernas, no sin antes volver a besar cada uno de los muslos de Damián que acarició su cara con ternura. Enrique lamió el semen del joven de su pecho y vientre, limpiándose a sí mismo con un pañuelo de papel que sacó de la mochila para tumbarse después al lado de Damián. El chico se acomodó junto a Damián y le estrechó entre sus brazos, tapándole con las mantas.

    –¿Estás bien? –inquirió Enrique preocupado acariciando las ondas cobrizas de Damián.

    –Mejor que bien. Te quiero, te quiero muchísimo.

    –Deberíamos bajar y pasar un rato con tu abuela, seguro que está preocupada.

    –En un rato. Ahora quiero estar contigo un poquito más –susurró acomodándose sobre el pecho de Enrique que se rio y besó suavemente su nuca.

    –Yo también te quiero muchísimo.

    –Nota de ShatteredGlassW–

    Gracias a todos por leer este octavo relato de la saga y por el apoyo dado. Espero de corazón que os haya gustado y que sigáis apoyando esta serie.

    Si en algún momento os encontráis en la misma situación que la que se refleja aquí entre Damián y Mateo, pedid ayuda. No importa vuestra orientación sexual o género, sois válidos y merecéis recibir ayuda profesional. Que nadie os convenza de lo contrario.

    Si tenéis comentarios o sugerencias y queréis comunicaros de una forma más personal conmigo podéis hacerlo a través de mi correo electrónico: [email protected].