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  • Con la profesora (parte 5)

    Con la profesora (parte 5)

    El piso del baño estaba lleno de pétalos de rosas. El jacuzzi prendido, lleno de agua con burbujas, al costado del jacuzzi había una hielera con un champagne y dos copas. También había un ramo de rosas en un florero y un plato lleno de fresas, las cuales sabía que eran sus preferidas. Se dio vuelta, me miro con ternura a los ojos y me dio un beso suave, hermoso, tierno. Nos desvestimos el uno al otro y nos metimos al jacuzzi.

    El jacuzzi era amplio, entrábamos los dos muy cómodos, uno frente al otro, sentados, con las piernas de costado. El agua, llena de burbujas, le cubría todo el cuerpo, hasta un poco más arriba de sus pezones. Quedaba la mitad de sus tetas por encima del nivel del agua. Destapé el champagne, con el particular sonido y el corcho salió volando. Serví las copas y me dispuse a dar un brindis.

    -Quiero hacer un brindis. Por ti, porque hoy en la tarde, me hiciste el hombre más feliz del mundo –dije, levantando mi copa– con tan solo dos palabras, me diste una gran alegría. Esas dos palabras, quería escucharlas desde hace mucho tiempo. Y hoy por fin pude oírlas –continué– Te amo. Salud.

    Chocamos nuestras copas, bebimos champagne y comenzamos a comer las fresas. El baño estaba muy relajante y ameno. Conversábamos de cosas normales, me contó que mientras esperaba en la terraza, vio entrar a nuestros vecinos, otra vez un poco tomados. Se saludaron de forma natural, pero notó cierta vergüenza en ella. Cada cierto rato cambiábamos de posición. Abrimos nuestras piernas, ella las puso por encima de las mías, sin que nuestras partes se toquen. Por el momento, era todo romántico, nada sexual.

    Luego ella se dio la vuelta y quedo sentada delante mío, dándome la espalda, la abracé y nos quedamos un rato descansando en esa posición. Nos serví otra copa de champagne, le di de comer fresas en la boca, ella lamia mis manos cada vez que podía. Esto hizo que mi pene comience a endurecerse. Ella debió sentirlo, ya que suavemente movía sus nalgas contra mi pene.

    De repente, se inclinó ligeramente hacia adelante, dejando su culo levantado hacia mí. Sus movimientos continuaron, haciendo que mi pene se frote entre sus nalgas. Una de mis manos fue directo a su clítoris, lo froté. La otra mano, en una de sus tetas, la amasaba suavemente. Comencé a oír unos gemidos suaves, casi imperceptibles. Siento su vagina húmeda por dentro, al meter dos dedos. Ella hace un movimiento rápido y deja mi pene en la entrada de su vagina. Se sienta de golpe y mi pene ingresa hasta el fondo en su vagina. Comienza a subir y bajar encima de mi pene.

    -¡que rica pija tienes! Y tan dura –dice entre gemidos.

    -Me encanta como te mueves –respondo, tratando de contenerme para no correrme tan rápido.

    -Me vas a hacer correr –me dice levantándose y poniendo su vagina en mi cara– quiero que me hagas correr con la lengua y correrme en tu cara.

    Comienzo a lamerle rápidamente la vagina, está muy mojada, gime como loca. Empieza a moverse rápidamente frotándose con toda mi cara. Siento como comienza a temblar y luego, un chorro de su corrida impacta fuertemente contra mi cara. Abro la boca para tragarme lo que puedo. Que delicia.

    Después de correrse fuertemente, se da la vuelta y se vuelve a sentar encima mío. Ahora tengo sus tetas frente a mi cara, así que aprovecho para lamérselas. Comienza a moverse de atrás para adelante, el sonido que hace lo mojado de su vagina con el agua del jacuzzi es muy excitante. Separa sus tetas de mi cara y me da un beso muy ardiente. Sus movimientos se hacen cada vez más rápidos, hasta que ya no me puedo contener.

    -Sigue así, me voy a correr, mi amor –le digo agitadamente.

    -Yo también, mi amor –responde ella– dame tu lechita.

    -¡ahí va! ¡Ahhh! –digo mientras me corro.

    -¡Ahhh! ¡que rico! –dice, también corriéndose.

    Se levantó, se sacó mi pene de la vagina y se recostó encima mío, nuevamente dándome la espalda. Así nos quedamos unos minutos, relajados, sin hablar, abrazados. Estuvimos largo rato así, Patricia se durmió en mi pecho por unos minutos. Hasta que decidimos salir del jacuzzi, ya que el agua se puso fría. Salimos, nos secamos y fuimos al cuarto. Yo me recosté y Patricia fue al ropero a sacar una bolsa que, después me enteré, había comprado mientras yo compraba las cosas para la sorpresa.

    Se fue al baño, diciéndome que ya volvía. Unos minutos después, salió del baño, con una bata negra que le llegaba hasta la mitad de los muslos, mostrando unos pantis hermosos, que resaltaban sus lindas piernas. Se veía hermosa.

    -Yo también compré una sorpresa para ti, mi amor –dijo con voz muy coqueta– esto es para demostrarte lo mucho que te amo.

    -¡Wow! Te ves espectacular –dije mirando sus hermosas piernas con esos pantis tan sensuales.

    -Eso no es todo –dijo quitándose la bata, mostrando un conjunto de lencería muy sexi, con un sostén negro de encaje, un hilo que combinaba a la perfección y un portaligas con unos pantis negros, que le quedaban espectacular– todo esto es para ti.

    Me paré de un salto de la cama y fui hacia ella, la besé con desesperación. Ella se abrazó a mí, respondiendo a mi beso. Me empujó en la cama, caí sentado. Patricia se puso frente a mí y se sacó el sostén. Sus tetas volvieron a quedar frente a mi cara, las besé, lamí y chupé. Me encantaban sus tetas, eran divinas. se dio la vuelta, me puso el culo en la cara y comenzó a quitarse el hilo. Podía oler su vagina, me acerque y pase mi lengua por sus labios. Sabía delicioso. Ella dio un saltito al sentir mi lengua pasar por su vagina. Con el portaligas aun puesto, se subió encima mío y comenzó a frotar su vagina encima de mi pene. Lo mojó con sus jugos.

    -Quiero que me cojas por el culo otra vez, mi amor –me susurró al oído, mostrándome un lubricante– méteme los dedos con lubricante, que este culo es solo para ti.

    Mientras ella seguía frotándose contra mi polla, me embadurné los dedos con el lubricante y me ti uno en su ano. Ella gemía. Metí dos dedos. Seguía gimiendo. Metí el tercero. Ahora gritaba de placer. Mi pene estaba durísimo y se frotaba contra su clítoris. Yo besaba sus tetas, luego la besaba en la boca y volvía a sus tetas. Cuando mis tres dedos entraban sin dificultad en su ano y Patricia ya se había corrido un par de veces, llegó el momento de volverle a reventar ese hermoso culo.

    Se levantó, se recostó en el borde de la cama, boca arriba y levantó sus piernas poniéndolas a la altura de sus hombros. Su culo en pompa estaba completamente a mi disposición. Su ano, ya dilatado, estaba frente a mí. Acerqué la punta de mi pene a su ano y lo fui metiendo suavemente, con lo dilatado y lubricado que estaba, entró muy fácilmente. Me apoyé en la parte trasera de sus rodillas y las empujé hacia su cuerpo. comencé a moverme suavemente, ella seguía gritando, metiéndose dos dedos en la vagina.

    -¡eso es! ¡así! Mastúrbate mientras te reviento el culo –le dije.

    -¡si mi amor! Reviéntame el orto que yo me encargo de mi conchita –dijo– quiero bañarte con mi corrida mientras me destrozas el culo.

    Continué con mis embestidas, cada vez acelerando un poco más. Se metía dos dedos con mucha fuerza en la vagina, frotándose también el clítoris. En su cara podía ver que lo estaba disfrutando. Seguí embistiendo, ella se seguía masturbando, hasta que comenzó a venirse, lanzando chorros de corrida encima de mi abdomen. Mientras se corría, gritaba como loca. Eso hacía que yo me mueva más rápido y fuerte. Seguimos en esa posición unos minutos más, hasta que me pidió cambiar de posición.

    La puse a cuatro patas. Patricia abrió sus nalgas, me acomodé encima de ella, con las piernas a la altura de su cintura. Y así desde arriba se la volví a meter por el ano. Su cabeza estaba apoyada en la cama, gemía fuertemente. Volví a sentir como se corría una vez más. Y eso hacía que me vuelva loco.

    -Me voy a venir mi amor –dije.

    -Lléname el culo –dijo tratando de recuperar el aliento.

    -¡Ahhh! –grité, mientras varios chorros de leche le llenaban el culo.

    -Ah que rico mi amor, me encanta como me coges –dijo ella.

    -Y aun no acaba –dije mientras me levantaba y la ayudaba a ella– desde anoche que quiero cogerte en la terraza.

    Salimos, verificamos que no haya nadie cerca, y la recosté en la tumbona. Me puse encima suyo y coloqué mi pene, medio erecto, en su vagina. Lo metí con dificultad, ya que estaba perdiendo dureza. Pero después de unos movimientos, acompañados de ardientes besos y masajes en sus tetas, se volvió a poner duro como una piedra. La penetraba con fuerza, estaba como poseído. Quería hacerle el amor con fuerza.

    Después de unos minutos, oímos que la pareja vecina volvía a salir a su terraza. Me detuve, pero en ningún momento salí de dentro de ella. Nosotros estábamos ligeramente tapados por la baranda de nuestra terraza. Pudimos darnos cuenta que estaban más ebrios que la noche anterior. Ambos estaban desnudos, él se sentó en la tumbona y ella se sentó encima, ensartándose el pene de golpe. Lo cabalgaba rápidamente y sus enormes tetas saltaban hacia todos lados.

    -Están ebrios, ni cuenta se van a dar –susurré en su oído.

    -No sé –dijo dubitativamente– pero sin hacer ruido.

    Continué con mis movimientos, primero suavemente, luego aceleré. Ella gemía suavemente tratando de no hacer ruido, a mí me excitaba la idea de que nos escuchen, así que trataba de darle más fuerte. Me había propuesto hacerla gritar. Los movimientos eran cada vez más fuertes. Ella se tapaba la boca para no gritar. En la otra terraza no había tanto cuidado. La mujer gritaba fuertemente y le pedía más al hombre. Esto me excitaba más aún. Con el dedo pulgar frotaba su clítoris. Sentí como se corría, tapándose la boca con la mano, conteniendo su grito.

    Me bajé de la tumbona, me recosté en el piso y ella se subió, dándome la espalda. Sus movimientos eran espectaculares. Siempre me gustó que me cabalgue. Los movimientos que hacía me encantaban. Era una máquina. Apoyó sus manos en mis tobillos, se inclinó hacia adelante y comenzó a mover su culo de arriba hacia abajo. Subía suavemente, pero bajaba con mucha fuerza, hasta que sus nalgas chocaban con mi abdomen.

    Ahora ya no podía taparse la boca. Igual trataba de no hacer ruido. Comencé a nalguearla fuertemente. Luego la tomaba de las nalgas y la ayudaba a caer con más fuerza. Esto hacía que se moje más aún. Sus gemidos comenzaron a hacerse más notorios. Aunque aún opacados por los gritos de la vecina.

    Después de unos minutos, no sé si porque se cansó de ocultar su excitación o porque los gritos de la vecina le terminaron de molestar, comenzó a gritar sin preocuparse de que la escuchen. Los vecinos debieron oírla, ya que los gritos de la mujer se hicieron un poco más fuertes. Comenzó una batalla de gritos, a tal punto que comenzaron, en medio de su excitación, a competir en quien decía las cosas más obscenas.

    -¡si! ¡así! Dame más duro –gritaba la vecina– dame más pinga.

    -¡ah! Que rica pija tienes –respondió Patricia– me vas a hacer correr una vez más.

    -¡ah! Que rico cachas maldito –volvía a gritar la vecina– párteme en dos.

    -Nalguéame puto. ¡ah! ¡que rico coges perro! –continuó Patricia– dame de a perro ahora –dijo levantándose y apoyándose en la baranda, sin importar que nos miren– métela hasta el fondo –dijo mientras me colocaba detrás de ella y la penetraba fuertemente.

    -¡si! Que grande la tienes, puto –gritó una vez más la vecina, antes de voltear y darse cuenta que nos podía ver.

    -¡más fuerte! ¡dame más, hijo de puta! –gritaba Patricia, descontrolada, queriendo ganar la competencia– ya me rompiste el culo, ahora ¡reviéntame la concha, perro! –gritó para mi sorpresa, mientras volteé a ver que la mujer ya no gritaba, solo nos miraba, sin moverse, encima del hombre que ya estaba dormido echado en la tumbona.

    Patricia también la vio, así que viendo que habíamos vencido, se dedicó a disfrutar de la feroz cogida que le estaba dando, siendo observados por la vecina, que se sobaba las tetas y la vagina, sin haberse sacado el pene de su novio, el cual estaba inconsciente sin saber lo que pasaba. Yo detrás de Patricia, la embestía con mucha fuerza. Ella gemía fuertemente, mientras se frotaba el clítoris. Después de unos minutos de furiosas embestidas, Patricia se enderezó, haciendo que mi pene salga de su vagina comenzó a correrse, gritando y lanzando chorros encima del piso de la terraza.

    -¡Ahhh! ¡así se corre una verdadera puta! –gritó, como provocando a la vencida vecina, que ahora se masturbaba fuertemente, completamente recostada encima de su novio y con los ojos cerrados– ¡que rica corrida! Ahora quiero tu leche en mi cara, perro –dijo arrodillándose frente a mí y masturbándome fuertemente– dame tu leche, báñame en leche puto.

    -¡ah! –grité yo, mientras un gran chorro de semen caía en su cara– ¡ah! Así me gusta, que te portes como una puta. ¡tomate mi leche, perra!

    Patricia se relamía los restos de semen cerca de su boca, mientras con los dedos recogía lo que su lengua no alcanzaba y se lo llevaba a la boca, para tragarse toda mi corrida. Al levantarse, pudimos ver que los vecinos estaban dormidos, una vez más, en la terraza. El, tirado en la tumbona, con el pene flácido. Ella encima de él, con los brazos y las tetas chorreando hacia los lados y con una gran corrida chorreando de su vagina por sus muslos.

    Patricia y yo nos miramos a los ojos y nos reímos fuertemente. Entramos a la habitación con los brazos en alto, en señal de victoria. Fuimos directo a la cama, Patricia se quitó el portaligas y los pantis, para quedar completamente desnuda y nos echamos a dormir la última noche del viaje.

    Al día siguiente despertamos alrededor de las 10 am. El check-out debíamos hacerlo a la 1 pm. Decidimos no ir a desayunar y quedarnos en la cama. Sabíamos que una vez regresemos, tendríamos que volver a la realidad. A esconder nuestro amor de la gente. No queríamos que eso pase, así que decidimos tener una última sesión de sexo sin contenernos.

    La besé por todo el cuerpo. comencé en sus labios, luego fui bajando lentamente sin dejar de lado ninguna parte de su hermoso cuerpo. pasé por su cuello, seguí con sus tetas. Luego fui bajando, pasando lentamente mi lengua por su abdomen. Llegué a su vagina y me demoré unos minutos lamiéndosela. Seguí bajando por sus piernas. Llegué a sus pies. Los lamí cuidadosamente, luego volví a subir, hasta llegar nuevamente a su vagina. La lamia cuidadosamente, mientras iba metiendo dos dedos. Patricia gemía suavemente.

    Luego fui mi turno. Me recosté en la cama y Patricia hizo lo mismo que yo. Cuando llegó a mi pene, lo lamió sin metérselo a la boca, pasaba su lengua ensalivando mi pene y mis testículos. Bajo por mis piernas, hasta mis pies y luego volvió a subir. Ahora si se metió mi pene a la boca y me sobaba los testículos. Luego cambió y comenzó a chupar mis testículos, metiéndoselos en la boca y succionándolos suavemente, mientras me masturbaba suavemente.

    Se recostó en la cama, de costado. Me puse detrás de ella y se la metí suavemente en su ya lubricada vagina. Comencé a moverme suavemente. Ella seguía gimiendo muy suave. Mis manos se apoderaron de sus tetas. Ella giraba su cabeza para poder besarnos. Todo era romántico en esos momentos. No era sexo, estábamos haciendo el amor. Estuvimos así unos minutos.

    Luego me levanté, Patricia seguía de costado. Me senté encima de una de sus piernas y levanté la otra. Seguí penetrándola suavemente. Su vagina estaba completamente mojada. Sus gemidos se aceleraban. Se comenzó a correr suavemente. Sus gemidos eran un poco más acelerados.

    La giré y me puse encima de ella. Seguí penetrándola suavemente. Mientras nos besábamos y mis manos recorrían sus tetas y sus nalgas. Nuestros besos ocultaban nuestros gemidos, que cada vez se hacían más intensos. Luego de unos minutos, nos corrimos simultáneamente y nos quedamos abrazados.

    Nos quedamos recostados unos minutos más. Abrazados. Luego alistamos nuestras maletas, nos duchamos rápidamente y nos vestimos para retirarnos. Hicimos el check-out, pero dejamos nuestras maletas en custodia. Queríamos ir a pasear a un complejo arqueológico cercano al hotel.

    Después del paseo, ya en la noche, cenamos algo rápido, recogimos nuestras maletas del hotel y fuimos al terminal de buses para tomar el bus que nos regresaría a la realidad. Volvimos a tomar el bus que viajaba toda la noche para poder dormir todo el camino.

    La mañana siguiente, despertamos de vuelta a nuestra ciudad y nos fuimos cada uno a sus casas. Después de este viaje, ya nada era igual. Si bien es cierto que nuestros encuentros seguían siendo clandestinos. Nos veíamos más seguido, pero no solo para tener relaciones, como lo hacíamos antes, sino también para tener encuentros tranquilos de novios.

    Fin

  • Mi novio me deja cogerme a un virgen

    Mi novio me deja cogerme a un virgen

    Mi novio tiene gustos “diferentes”; todos referentes a hacer cosas para complacerme y satisfacerme sexualmente; así que me dejó coger con alguien más.

    Había un chico que conocí hace unos años, él tenía 14 y yo 29; lo traté muy poco, pero siempre noté que no le era indiferente; hasta mucho después me confesó lo mucho que yo le gustaba y que le encantaría que su primera vez fuera conmigo.

    Pasaron los años, y por más que insistió; acepté salir con él, ahora ya con 21 años.

    Ese día me escribió; me invitó a cenar y no quise; mi propuesta era solo coger y ya; por lo que aceptó.

    Mientras elegía que ponerme; decidí ser un tanto perversa, me gusta sentirme sexy y no por lo que me ponga, sino por lo que no llevo puesto; así que opté por usar una minifalda, y encima un simple blazer sin blusa y sin nada de ropa interior; me encantaba como se veía; y por fin llegó por mí.

    Subí al coche, noté como me veía; me dio una impresión tierna, porque había nervios y emoción de su parte.

    Cuando íbamos en camino al motel, no hablábamos mucho, y de repente me dijo que le encantaba verme vestida de negro, porque mis piernas resaltaban, siempre le habían gustado, me confesaba que cuando me veía camina, notaba como mis piernas se veían largas y deseaba tanto estar entre ellas; así que le pedí que mientras manejaba las tocara, con el afán de que poco a poco subiera sus manos hasta dentro de mi falda y darse cuenta que no tenía ropa interior y lograr meter sus dedos dentro de mi vagina; pero los nervios le ganaban; así que optó por bajar sus manos, y despacio abrir el cierre de mis botas dejando al descubierto mis piernas y tocar suavemente de arriba hacia abajo.

    La verdad no me excitaba mucho su acción, esperaba algo más intenso; pero el ver su nerviosismo y su emoción, causaba cierta perversión en mí.

    Llegamos a la habitación y de inmediato se sentó a la orilla de la cama, y yo esperaba a que se acercara o empezar a hablar sobre cómo quería cogerme, o algo parecido y al contrario, solo se expresaba tímido de lo que sentía por mi desde el momento en el que me conoció; así que tomé la iniciativa.

    Me acerqué, lo tomé de los hombros; y me senté encima de él; le dije al oído que no dijera nada, solo disfrutara el momento y empecé a besarlo por el cuello, mientras el desabrochaba su ropa, seguí besándolo hasta llegar a su boca; ahí sentí como me besaba con tanto deseo, que me causaba ternura; pero yo ya estaba demasiado mojada y quería su verga dentro de mí; duramos cierto rato en esa posición que decidí por ayudar y bajar un poco más su ropa, sacar su verga y recostarlo para que ya me penetrara; pero él seguía disfrutando mis besos; así que me quité y tomé su verga y la metí despacio dentro de mí, empecé a saltar encima fuerte.

    Y de repente me pidió parar y hacerlo despacio, suave, creo que no disfrutaba hacerlo duro, así que cambié mi ritmo y me movía suave y lento; mientras tomaba sus manos para que disfrutara tocar mis senos, y todo mi cuerpo; necesitaba estar más excitada y sacar las ganas que tenía de coger, pero él se limitaba; así que empecé a dudar y creer que no sabía mucho de sexo; por lo que me bajé, poco a poco y me acerqué a su verga, quería comerla y que él explotara de placer, pero me detuvo; así que solo me recosté para cambiar de posición a misionero y poder darle el control de la cogida y lo hizo, pero era tierno, lo hacía despacio, y no dejaba de besarme,

    Incluso llegué a pensar que no le estaba gustando; pero su verga estaba muy erecta, la sentía muy mojada y yo lo único que deseaba en ese momento era que me cogiera duro, me hiciera gritar de excitación, así que me puse en cuatro para que tuviera el control total, le dije que me gustaba que me jalaran el cabello, si él quería podía darme nalgadas, rasguñar mi espalda, lo que él quisiera y el solo cogía, se movía de adentro afuera…

    Llegué al punto que me levanté un poco y voltee, tomé su verga y le dije que podía meterla en mi ano, ¡quería que acabara dándome duro y vi cómo se asustó y se negó! Así que ya no quise presionarlo y siguió cogiéndome en cuatro hasta venirse dentro de mí.

    Terminamos, me fui a bañar, pensando en que me seguiría y probablemente coger de nuevo y no fue así; mientras tanto intentaba bajar mi excitación, mi cuerpo seguía caliente con ganas de seguir, y en cuanto salí lo vi dentro del jacuzzi, un tanto pensativo, no le dije nada y empecé a cambiarme, él salió e hizo lo mismo; pero de repente se sienta de nuevo a la orilla de la cama para pedirme que me quedara con él, quería dormir conmigo, y no acepté; solo habíamos quedado en coger y ya.

    Fue ahí cuando me dijo que era su primera vez, había deseado tanto que fuera conmigo que cuando le propuse coger no lo creía, me pidió disculpas si no había podido complacerme, pero se sintió intimidado, yo le imponía.

    Cuando me dijo eso, tuve una sensación extraña entre ternura al saber que esperó tantos años por mí, pero también me causó perversión, el saber que todo el tiempo tuve el control de sus sensaciones, su cuerpo y que a final de cuentas podrá decir que su primera vez, resultó una buena experiencia.

  • ¡Feliz cumpleaños, María!

    ¡Feliz cumpleaños, María!

    Se acerca mi cumpleaños 45 y quiero hacer algo distinto, novedoso. Cumplir una fantasía, un viejo anhelo.

    Festejarlo yo sola. Mis hijos ya son adultos y viven sus vidas en diferentes ciudades. Yo he vivido sola desde que mi ex esposo Daniel se fue con su secretaria más joven que yo. Han pasado 3 años desde entonces y ¡wow!… mi vida ha cambiado para mejor.

    Vivo sola sí, pero estoy lejos de sentirme sola; de hecho, tengo un gran grupo de amigos y amantes tanto hombres como mujeres. Irene me acompañará a una sesión de spa el sábado por la mañana para mi cumpleaños. Será un placer relajante. Pero todavía quiero algo que me satisfaga un poco más.

    Existe una fantasía. Jugué con ella durante años, incluso cuando vivía con Daniel. Él nunca lo supo. Estaba demasiado ocupado viendo fútbol o con su secretaria como para interesarse en mí.

    Muchas noches deseé que me cogieran en grupo. Penes viniendo hacia mí desde todos los ángulos y yo satisfaciendo a todos y todos satisfaciéndome. Es hora de hacerlo realidad. Abro mi computadora portátil y busco clubes de gangbang en un sitio web de sexo que uso a veces. Hay dos grupos que tienen fiestas para este sábado, pero no quiero una orgía. Quiero penes solo para mí. Para cogerme solo a mí.

    Le envío un correo electrónico a Antonio, el tipo que organiza uno de los grupos. Solicito un gangbang privado explicando que es mi fantasía para festejar mi cumpleaños número 45. Agrego mi número de móvil en la parte inferior del correo electrónico.

    Pasa un par de días, entonces suena el teléfono.

    “Hola María, soy Antonio, ¿cómo estás?”

    Los nervios comenzaron a apoderarse de mi sistema.

    “Estoy bbbien… “. Respondo.

    “He leído tu correo electrónico. He arreglado todo para ti este sábado. ¿Te parece bien?” dice Antonio.

    “¡Ah! Eeeehhh estoy…”

    “Asustada”. Interrumpió Antonio: “Está bien. La mayoría de la gente tiene miedo al principio, pero no tardan en adaptarse. ¿Me entiendes?”

    “Sí, sí. Entiendo tu idea”. Digo… “¡Simplemente no estoy segura de qué tengo qué hacer!”

    Los nervios estaban burlándose a través de mi sistema y mi vagina estaba empezando a palpitar.

    “Necesito saber qué te gustaría. ¿Hay algo que no quieras? Y, por supuesto, ¿cuántos chicos te gustarían?”, continúa Antonio.

    “Bueno, no estoy segura, pero… siempre pensé en que 5 personas estarían conmigo. Yo los satisfaría a todos y al final cada uno de ellos eyacula sobre mí dejándome en un baño de semen, ¿sabes?” Le dije. “Es una vieja fantasía que tengo desde hace mucho tiempo, y ahora que cumplo los 45 quisiera festejarlos dando vida a esa fantasía. ¿Me entiendes?”

    “Por supuesto, está muy claro. Te puedo conseguir 5 chicos y podemos hacer eso. Lo que tú dices del baño de semen también, no hay problema. Yo te organizo todo de manera que se cumplan tus fantasías. Inclusive voy a estar presente para que te sientas más segura. Entre ellos tengo dos muchachos nuevos que están muy bien dotados y te aseguro que integrarán el grupo.”

    “Está bien. Confío en ti.” Una vez que acordamos el precio me dijo:

    “Una cosa María, trae ropa para cambiarte. Nos vemos en el bar del 3° piso del hotel -te dejo la dirección por mensaje de texto- el sábado a las 20:00, ¿Ok?”

    “Ok Antonio.”

    Mis nervios se habían ido. Mi vagina se revuelve. Mi mano frota mi clítoris. ¡Wow, el sábado voy a un spa para ponerme guapa y más tarde a un gangbang con 5 hombres! Creo que este será el mejor cumpleaños de mi vida.

    El sábado me despierto temprano y conduzco para encontrarme con Irene. Somos muy amigas y también hemos tenido sexo dos veces. Pero esta noche es para mí. Me guardo todos esos penes largos y duros para mí.

    Le cuento sobre mi gangbang con 5 hombres para esta noche mientras nos relajamos después de nuestro masaje. Todavía está asombrada mientras me aplico las últimas capas de esmalte de uñas. Me pongo «reputa» ya que eso es lo que voy a ser durante la noche.

    Irene sonríe y me da un beso mientras salgo en mi auto camino a casa para prepararme para la noche. Me acuesto y me duermo enseguida. Me despierto alrededor de las 18:30 y me preparo, me ducho, me arreglo y me voy.

    Llego al hotel que me indicó Antonio alrededor de las 19:45 y entro directamente al bar del 3° piso. Mis nervios tintinean y más de una vez quiero dar la vuelta y correr. Pero con nervios o no, estoy decidida a que me cojan esta noche; bien y apropiadamente.

    En el bar hay hombres sentados por todas partes, solo una mujer que es quien sirve las bebidas. Pido un vodka con naranja. La mujer me sonríe.

    “No hay problema María. Por cierto, ¡feliz cumpleaños!, la bebida corre por cuenta de la casa.”

    Esto me impacta totalmente y hace que toda la situación se vuelva real muy rápidamente. En lugar de querer correr, mi vagina cambia a alerta máxima. ¡Estoy lista!

    La mujer trae mi bebida. Me señala con la cabeza a un hombre rubio bien formado sentado al final de la barra.

    “Ese es Antonio.”, dice con una sonrisa. “Espero que disfrutes tu regalo de cumpleaños.”

    No me importa que ella lo sepa, solo quiero seguir adelante. Le hace una seña a Antonio y él se acerca y se sienta a mi lado. Se presenta y me dice que se encargará de todo y que como ya me lo expresó por teléfono velará por mi seguridad. Me tranquiliza tanto con unas pocas palabras.

    “¿Cómo hacemos, te pago ahora? -le pregunto.

    “Para que te sientas segura, si quieres me das el 50% ahora y cuando te retires me das la otra mitad.”

    “Bien, de acuerdo Antonio” -y saqué de mi bolso la mitad de lo que habíamos acordado.

    “A ver María, dime, ¿hay alguien aquí que te gustaría que se una a nuestro grupo? Dijiste 5, traje 3 extra en caso de que no te guste alguno.”

    Giro en mi silla y miro a los hombres. Están todos sentados, algunos juntos, otros bebiendo, unos de pie como si estuvieran en una reunión o algo así. Elijo a cinco de los presentes, todos mayores entre 35/40 años a mi parecer. Espero que sus penes le den vida a mi fantasía.

    Antonio me da una llave y me dirijo a una habitación del hotel en el piso de arriba del bar. Me miro en el espejo: mi vagina ya está empapada. La cama está en el centro de la habitación. Hay sofás y sillas alrededor, ¿un lugar para que los chicos descansen, tal vez? No sé.

    Estoy ansiosa. Me acuesto en la cama y espero. Pasan 15 minutos. Para cuando Antonio finalmente abre la puerta, mi vagina está completamente colapsada. «Se está haciendo realidad», pienso mientras los hombres entran y se apiñan en la habitación.

    “¿Estás lista?” Antonio susurra en mi oído.

    “SÍ” La respuesta se me clava en la garganta.

    Eso es todo lo que se necesita. Antonio les hace una seña y los hombres se lanzan hacia mí y agarran mi ropa; botones que saltan por todas partes mientras me arrancan y tiran mi top. Siento unas manos que me arrojan a la cama y me desgarran las medias: la última barrera de ropa que me protege del ataque inminente.

    Estoy perdida en un sueño que he tenido mil veces pero solo hoy es real. Los hombres son reales y los penes también. Siento que el primer dedo se entierra profundamente dentro de mí y tengo un orgasmo antes de que sus miembros viriles salgan de sus pantalones.

    Antonio es el primero en desnudarse: su pene es enorme.

    “¡Vamos, muchachos, a cogerla, no le den descanso!”

    Antonio agarra mi cabeza y la jala hacia su pija:

    “¡Dale María, chúpala!”

    ¡No hay posibilidad de hacer otra cosa! Su enorme vara está en mi boca y atrae mi cabeza para controlar el movimiento de succión. Enciende un fuego más grande y me envía a otro viaje de placer más grande.

    Siento una mano agarrar mi pecho y un tirón en mi pezón cuando otro tipo con un pene marrón, el más gordo que he visto en mi vida, también se une a Antonio a la altura de mi cabeza. Antonio sale de mi boca y el hombre moreno empuja su miembro en el agujero que quedó vacío. Mi vagina ahora está siendo invadida por dos pares de dedos separados. Uno frotando mi punto G y el otro trabajando profundamente, muy adentro.

    Siento que una boca comienza a chupar mi teta: mi pezón se pone firme. Corcoveo salvajemente como si fuera un caballo siendo domado por jinetes bien dotados. Los dedos en mi vagina trabajan más y más duro y se agregan dos dedos más a los que ya estaban… sí, seis dedos en mi concha. Estaba en llamas y en un desasosiego absoluto.

    Siento que los dedos salen de mí cuando Antonio toma mi cabeza hacia atrás y me llena la boca con su largo y duro pene.

    “Voy a cogerte el culo con esto, así que trátalo bien”, dice.

    Asentí con la cabeza; hablar no podía. Se aleja para dejar entrar a alguien más. Un tipo negro bien formado con una serpiente, mejor dicho: con una pitón colgando entre sus piernas, se acerca. Abro todo lo que puedo la boca, él hombre toma su pene y lo frota por toda mi cara. ¡Qué largo es! Nunca había estado con un hombre negro, simplemente nunca sucedió, y ahora uno se está frotando sobre mí cada vez más fuerte a medida que avanza.

    Siento una verga entrar en mi vagina mientras dos tipos me sujetan las piernas, esto solo me lleva de inmediato a otro orgasmo alucinante. Grito mientras el gran palo me coge duramente.

    Giro la cabeza y veo a un hombre sentado en una silla viendo cómo estos tipos me hacen pedazos. No sabía que habrían «espectadores». Bueno, ahora es poco o nada lo que puedo hacer. Me río para mis adentros mientras él está sentado allí y me digo a mí misma: «¡Maldito idiota voyeur!”».

    Un quinto pene se desliza en mi boca. Lo chupo esta vez moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás bajo el peso de la alegría que sentía. Y una nueva emoción se añadió al mostrarle al hombre que estaba sentado lo que se estaba perdiendo.

    Mi vagina parece que se usa como una máquina de bombeo. Pero Antonio detiene el operativo. Hace que los chicos se aparten de la visual entre el hombre que está sentado y yo. Me agarra fuertemente de una teta para mostrarle al hombre, me ladea para que yo quede de costado y así también mostrarle mi concha. Me levanta una pierna para que la vea, y finalmente me toma de la cabeza para que el tipo aprecie mi rostro. La persona allí sentada le hace un gesto con la mano le muestra «dedito para arriba» en señal de aprobación y lo ratifica con un movimiento de cabeza.

    Pensé que sería alguno de esos tipos adinerados dispuestos a pagar una buena suma para clavármela por todos lados.

    Antonio hizo seña a los demás para continuar. Podía sentir varias manos recorriendo todo mi cuerpo. Uno que no pude identificar se frotaba el pene con la planta de mi pie derecho. Otro agarraba mis pezones como si fueran unas perillas de una radio. Dos dedos se metían uno en mi culo y el otro mi vagina al mismo tiempo. Supongo, supongo que pertenecían a dos tipos diferentes. Me cogen con los dedos hasta que llego al clímax.

    Miro al hombre que está sentado en la silla. En ese momento Antonio se acuesta en la cama con el pene todavía duro y esperando. Me subo a él y deslizo mis labios vaginales sobre su mástil y empiezo a cabalgarlo. El chico moreno salta sobre la cama y se sienta a horcajadas para que su verga esté a la altura adecuada para deslizarse dentro de mi boca. Tan fácil como lo hace Antonio en mi concha ya bastante bien cogida.

    Siento otro movimiento en la cama cuando alguien toma mis caderas por detrás. Estoy empapada: el jugo de mi vulva proporciona el lubricante para alguien que está llenando mi culo con su palpitante pene. Sublime trilogía: un hombre con su miembro en mi boca, otro cogiéndome por la vagina y un tercero clavándomelo por el culo. ¡¡Wow!!

    Debajo de mí, Antonio comienza a bombear eficientemente. Estos muchachos obviamente no es la primera vez que hacen esto. Trabajan a un ritmo perfecto, uno dentro, uno fuera, dentro, fuera, dentro, fuera.

    ¡Un nuevo orgasmo! Incapaz de sostenerme, dos tipos me agarraron y me sujetaron con firmeza, uno de ellos azotó mis nalgas y envió más ondas a un sistema de placer que ya estaba sobre dosificado y me empujó a una nueva área inexplorada. Me asombro: estos chicos realmente saben lo que están haciendo. El hombre tonto de la silla simplemente observa.

    Una y otra vez se turnan y mi boca, vagina y culo, ya totalmente trabajados y usados hasta que no puedo correrme más. Pasan los minutos, quizás más de una hora, no sé, me pierdo en un placer desenfrenado y sin igual.

    Antonio hace un gesto con las manos y los hombres se apartan de mí.

    “¿Crees que es el momento?”, me pregunta.

    “Sí, Antonio, hazlo por favor.”

    Me acosté en la cama jugando con mi vagina totalmente cogida, mi clítoris aún emitía una apariencia de placer por el uso excesivo que había recibido. Los chicos me rodean. El idiota tonto de la silla todavía está sentado. Me pregunto si estaba atado allí, no me importa quien es.

    Mi trasero nunca había sido usado tanto y se siente abierto, me encanta. Mi boca está adolorida y mi vagina está roja y herida. Podría estallar de felicidad. Uno por uno, todos comienzan a pajear sus penes cada vez más rápido mientras yo juego con mi concha perdida y bien cogida.

    “Arrrrgh”, el pene marrón dispara su carga primero golpeando mis costillas, la primera carga y la segunda aterrizan en mi vientre.

    Big Black es el siguiente que libera una reacción en cadena con todos los demás, excepto Antonio, disparando sus pegamentos de hombres sobre mí golpeando mis brazos, mis costados, mi vagina y mis tetas. Algunos comienzan a gotear por mi cuello.

    Antonio mueve su mano más fuerte.

    “¡Feliz cumpleaños María!”, me dice mientras su semen sale disparado del extremo de su enorme vara y me golpea directamente en la cara.

    Tengo otro orgasmo que supera a cualquiera que haya tenido. Me retuerzo en la cama fuera de control mientras Antonio sigue disparando y cubriendo toda mi cara con su jugo.

    Uno a uno todos se acercan a desearme «¡feliz cumpleaños!» mientras meten sus pijas en mi bien cogida boca permitiéndome chuparles hasta las últimas gotas de semen.

    Me pongo de pie cubierta de semen. El hombre de la silla se levanta y se va. ¡Wow! ¡Qué gangbang de cumpleaños! Voy al baño y me doy una ducha. Me pongo la otra ropa que Antonio me había pedido que trajera. Con la que había venido está manchada o rota. Finalmente me arreglo. Me peino lo mejor que puedo. Y salgo de nuevo al bar.

    Estaban todos, o casi todos, a esta altura perdí la noción de la cantidad de hombres que había en el bar cuando entré, y del número de tipos que me cogió allá adentro. Cuando me dirijo hacia donde estaba Antonio uno de los presentes me toma del brazo.

    “¿Estás conforme María?” me dice.

    “He cumplido una fantasía que tenía hace décadas. Estoy refeliz.” Le respondí sin saber su nombre.

    Me guiñó el ojo y me pasó una mano por mis tetas. Me prendí fuego otra vez pero haciendo un esfuerzo supremo continué mi marcha hacia donde estaba Antonio. Le entregué el resto del dinero.

    “¡Gracias! Lo importante es que hayas pasado un rato divertido.” Me respondió tomándome por la cintura.

    “Fue muy divertido” dije.

    “María, antes de irte te quiero presentar a un amigo” -le hace seña al «señor de la silla». “Te presento a Alejandro”.

    “¿Cómo estás María? ¡Feliz cumpleaños!” me dijo el hombre de la silla.

    “Muy bien, gracias. ¿Y tú?” Pensé que me iría a ofrecer dinero para cogerme.

    “María, disculpa, ¿qué edad tienes?”

    “45 años recién cumplidos.”

    “¡Felicitaciones! Muchas veinteañeras quisieran tener tu cuerpo. Dudo que con 45 años haya otra mujer con las tetas tan perfectas como las tuyas.”

    “Gracias, no es para tanto.”

    “Te quiero decir que así como Antonio organiza gangbangs como en el que tu participaste, yo organizo bondages. Pienso que te podría interesar.”

    Antonio interviene en la conversación:

    “Puedes confiar en él, es el mejor en eso. Yo me responsabilizo María. Es muy cuidadoso. Muy profesional…”

    “Alejandro, el bondage es un método violento, no sé si me interesa.” Yo había visto en algunos sitios porn ese tipo de práctica erótica.

    “No María, nada de eso. De antemano se establece lo que estás dispuesta a que se te haga. Hay quienes prefieren algo light, otras más rudo. Todo eso se dispone por adelantado. Yo no hago nada que lastime o dañe. Es altamente excitante para quien lo recibe.” me dijo Alejandro.

    “Mira, déjame tu número. Yo lo analizo y si me decido te llamo y me explicas en detalle lo que haces. ¿Te parece bien?”

    Me dejó su teléfono, me agradeció la atención, se retiró dejándome con Antonio.

    Me senté en la barra con Antonio frente a frente. Ordenó que me sirvieran un trago.

    “¿Sabes una cosa Antonio?, eres muy guapo. Te invito, si tu quieres, algún día a cenar un delicioso salmón con una salsa de espárragos.” Le dije totalmente desinhibida; muy rara vez tomo la iniciativa con los hombres.

    “Por supuesto que sí. Con mucho gusto. Pero no me dijiste cuál sería el postre.”

    “Cuando llegue el momento lo decidimos por algún «postre» que nos guste a los dos…”

    Tomé mis cosas, le di un piquito.

    “Un día de éstos te llamo Antonio.”

    Me paré y cuando me retiraba hice un «adiós» con la mano a todos los presentes.

    Todos respondieron al unísono: ¡Feliz cumpleaños María!

  • Las apariencias engañan (2)

    Las apariencias engañan (2)

    Aún agitada se dio vuelta y se sentó en el sillón. Yo estaba arrodillado y me acomodé entre sus rodillas. Tenía su cara llena de gotitas de sudor. Sus pechos subían y bajaban con su respiración Los pezones marcados dentro de su top rosa me confirmaron que no tenía sujetador. El tanga entre sus piernas estaba también muy húmedo. Mi miembro seguía erecto. Yo también estaba levemente agitado. Aprovechando la apertura de mi boca introdujo en ella los dedos con los que se había tocado. Yo los lamí con los ojos cerrados, disfrutando por primera vez su sabor.

    Después de un minuto acaricié con suavidad sus piernas y terminé de descalzarla y sacar su pantalón. Subí mis manos por su piel mientras besaba sus ingles, con mis labios acercándose sin prisa ni pausa hacia la tela satinada que cubría su sexo. Apenas le di un beso sobre la prenda cuando acarició mi rostro

    -Pará bebé –me detuvo levantándome hacia su rostro– Todavía estoy sensible y el tanga mojado me irrita más –me besó con pasión.

    -Entonces sacátelo –respondí antes de devolver el beso y buscar bajar su bombacha.

    -¿No te gusta cómo me queda?

    -Todo lo contrario, pero quiero verte también sin él puesto.

    -Mmmm es que estoy tan cómoda y relajada –bajó su mirada a mis pantalones, de los que sobresalía mi palpitante miembro– Tenemos todo el fin de semana –me acarició el bulto sobre la ropa– no hay por qué apurarse.

    Accedí a su pedido algo frustrado. La promesa que encerraban sus palabras me hizo tomarme las cosas con calma. Contra todo instinto no solo no me asustó, sino que me entusiasmó pasar el fin de semana con ella. Aun tremendamente excitado me senté a su lado y la besé con ternura. En ese momento me di cuenta que la punta de mi pene escapaba de mi ropa y sobresalía brillante. Me rozó llevándose la gota blanca que se había formado con la yema de su índice. La lamió mirándome a los ojos y me besó. El sabor de su lengua me resultó extraño, pero no desagradable.

    -¿Fue cómo te lo habías imaginado? –preguntó de repente.

    -Mejor –contesté sin dudarlo. Analía sonrió y volvió a besarme– a vos me pareció que te gustó bastante.

    -Uff sí. Fue increíble bebé. Igual nunca imaginé que me comerías el culo. Nunca lo había hecho tampoco –miró nuevamente a mi entrepierna– no puedo creer que te haya calentado tanto.

    -Me excita porque vos te excitas–llevó su mano hasta mi miembro y lo agarró con suavidad a través de mi ropa.

    -Bajate el pantalón y los calzoncillos, que quiero verlo bien –Me paré despacio y bajé mi ropa hasta los tobillos. Mi pene se presentó en su máxima expresión– Guau –atinó a decir en cuanto lo vio– de saber lo que tenías escondido me habría tirado antes

    Empezó a masturbarme despacio. Yo gemía ante cada jalada. Después acercó su boca y lo introdujo con lentitud. Sentía que iba a explotar en cualquier momento. Se la sacó viéndome a los ojos.

    -Vamos a comer algo –dijo cuando la tuvo totalmente afuera– que como estás no me vas a aguantar ni cinco segundos.

    Terminó de hablar y se paró para dirigirse a la cocina. Yo me acomodé la ropa y la seguí confundido. Estaba revisando la heladera. La rodeé con mis brazos y empecé a besarle el cuello, mientras apoyaba mi paquete entre sus nalgas.

    -Mmmm Santi –se giró para verme– mantené esa actitud para dentro de un rato –me comió la boca con ansias y yo aproveché para agarrar sus tetas– andá poniendo la mesa mientras nos preparo algo –su cuerpo contradecía claramente a su boca y me acerqué a besarla de nuevo– Vas a tener que esperar un ratito más –me dijo empujándome y poniendo un dedo en mi pecho. Sus ojos brillaban y se mordía el labio inferior– te prometo que va a valer la pena.

    Resignado, fui a hacer lo que me había pedido. Preparó unos ravioles con salsa y una ensalada. Se sentó a la mesa sin ponerse los pantalones. Saberla solo en tanga de la cintura para abajo sumado a sus pechos marcados en el top hicieron que mi calentura no bajara durante toda la cena. La conversación tampoco ayudó. En cuanto se sentó a la mesa me preguntó si me había gustado que eligiera la ropa interior que le había regalado y si había elegido esa prenda para verle más la cola. Su forma directa y desinhibida de hablar me intimidaba y apenas que pude responderle.

    -¿Se me ve cómo lo imaginabas?

    -Mejor –mi respuesta la hizo sonreír

    -Esa lengüita tuya siempre sabe que decir. Sin mencionar las maravillas de la que es capaz cuando no está hablando

    -Uf Ani –contesté recordando lo que gozó con mi comida de ano– no sigas que voy a explotar sin que me toques

    -Eso no podemos permitirlo –se paró y caminó seductora hacia mi– ¿hay alguna otra cosa que imaginaste estos días que me hacías? –completó después de sentarse en mis piernas

    -La remera animal print que tenías el otro día hizo locuras con mi mente.

    -Decime más –indicó mientras besaba mi cuello entre sonrisas.

    -Ufff. Te imaginé arriba mío frotándote con mi pene –empezó a frotarse despacio– Yo desnudo ahhh y vos con toda tu ropa. Tus pechos apretados por la remera

    -¿Así? –Preguntó levantando sus dos senos con sus manos– asentí con la cabeza. Ella tomó mi rostro y me besó

    -Ajá. Veía tus pezones marcados y tus tetas moverse mientras te mecías. Era como si cogiéramos a través de la ropa.

    Se paró y alejó la silla de la mesa. Después desabrochó y bajó mis pantalones. Volvió a colocarse en mis piernas, juntando sus geniales con los míos. Me besó acercando su pecho y rozándome con los pezones. Tuve que separarme para gemir. Llevó una mano a mi cuello y me rasguño suavemente. Con la otra mano acomodó mi miembro sobre su tanguita. Empezó a moverse despacio más preocupada por su equilibrio que por lo que estaba haciendo. Se paró en puntas de pie y colocó sus manos en mis hombros. Con la estabilidad lograda comenzó a hacer círculos sobre mi pene. La punta del mismo entraba y salía de su vagina a través de su ropa interior.

    A medida que ganaba seguridad Analía se movía con mayor amplitud. La estimulación recibida por mi aparato era intensa, pero no me permitiría acabar. No sin incluir a toda mi pija. Sin embargo, no podía parar de gemir. Tenía la boca abierta en un jadeo infinito. En un momento llevó un pulgar a la comisura de mis labios y me besó.

    Nuevamente acercó sus pezones hasta apenas acariciarme. La punta de mi miembro estaba envuelta en su bombacha y rozaba su clítoris.

    Se separó sin soltar mi rostro. La miraba hacia arriba con mi boca entreabierta.

    -Como previa está bien –dijo levantándose– Pero no se acerca ni un poco a coger de verdad

    -Me lo había imaginado acostados –dije aún sin poder pensar con claridad.

    -Está bien bebé –se sentó encima de mí dándome la espalda– podemos probarlo así después –Acomodó mi pene entre sus nalgas y acercó la silla a la mesa– ahora terminemos de comer.

    Con la mente nublada por la calentura apenas que pude asentir. La cola de Analía se movía arriba y abajo sobre mi pene. Besé su cuello mientras le agarraba una teta. Mi mano libre buscó su vagina. Analía abrió sus piernas facilitándome el acceso y gimió cuando introduje dos dedos a través de la tela que la cubría. La mano sobre su seno lo masajeaba y apretaba con distintas intensidades. “Mmmm mucho mejor bebé” ronroneó ante mis caricias, haciéndome creer que se iba a entregar a la lujuria.

    Para mi sorpresa y decepción agarró su tenedor y siguió comiendo, mientras no paraba de menear su cola. Después de morder de su plato tomó mis cubiertos y me ofreció del mío. Continuamos cenando sin dejar de tocarnos. Yo no podía más de la excitación. Quería apoyarla en la mesa y metérsela duro. Sin embargo, me limitaba a masturbarla mientras me daba de comer como a un niño. Los roces que nos propinábamos eran suficiente para no enfriarnos, pero no lo bastante intensos para acercarnos al límite.

    -La mejor cena que tuve en años –dijo cuando acabó. Apenas pude asentir, debido al largo rato que la sangre llevaba concentrada fuera de mi cerebro– ¿Querés comerme la chochi? –preguntó mientras movía los platos y se sentaba sobre la mesa con las piernas abiertas.

    -Si –contesté autómata, ebrio de excitación.

    -Vení a comer tu postre entonces

    A pesar de mis enormes deseos de introducirle otra parte de mi cuerpo me arrodillé a sus pies y acaricié sus piernas. Con cada caricia a sus muslos acercaba más mi rostro a su sexo. Cuando estaba a pocos milímetros le saqué la bombacha. Admiré un segundo sus húmedos labios antes de acercar mi lengua a lamerlos. La pasé de abajo a arriba recogiendo todo el jugo que podía. Tragué lo recolectado mientras me reubicaba en su parte inferior. Analía ronroneaba acariciando mi cabeza.

    A medida que su excitación aumentaba también lo hacía la presión que ejercía. Unos instantes después ya no sacaba mi lengua de su interior. La besaba y recorría lo más que me era posible. Intercalaba lamidas con suaves succiones. Analía tenía una mano apoyada en la mesa, la otra revolviéndome el pelo, la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. De su boca solo salían sonidos de placer.

    “Ufff tu lengüita me vuelve loca” –dijo ya agarrándome la cabeza con sus dos manos. Estimulado por sus palabras le abrí su vagina con mis dos pulgares, llevando mi lengua más dentro suyo. Los gritos de Analía, junto al incremento de la fuerza ejercida me hicieron saber que iba por buen camino. Cada vez que rozaba su clítoris lo chupaba con delicadeza. Ante esto la chica de limpieza reaccionaba con intensos gemidos, con lo que centré mis atenciones en seguir lamiéndola ahí.

    “Mmmm bebé, vas a hacer que me desmaye” –llegó a decirme entre jadeos. Sabiendo que estaba cerca redoble mis esfuerzos en satisfacerla. Con su concha bien abierta daba rápidos y constantes lengüetazos a su clítoris. Analía gemía cada vez más fuerte. “Pará o no voy a poder seguir” me dijo conteniendo su explosión. Llegado a ese punto solo me importaba su placer. Me separé unos centímetros para mirarla a la cara.

    La boca entreabierta, la frente cubierta de transpiración y el deseo inocultable en sus ojos me convencieron que debía terminar el trabajo. Volví a lamerla de abajo a arriba y sin separarme empecé a sorber su clítoris. Al mismo tiempo metí un dedo y la penetraba con fuerza. Viendo mis intenciones se dejó llevar. Cuando sentí que estaba a punto mordí su clítoris y empecé a mover mi dedo dentro de ella. Tuvo el orgasmo más poderoso que ví en mi vida.

    Mientras ella gritaba por su clímax yo seguía lamiendo o sorbiéndola. Me apretaba con tanta fuerza que por momentos me costaba respirar. “uf que rico bebé”, “seguí así mi vida” y “esa lengüita tuya puede visitarme cuando quiera” fueron algunas de las frases que balbuceó a medida que se iba consumiendo. Cuando aflojó su presión estaba ausente. Continué besando su entrepierna mientras se recuperaba. De a poco volvió a acariciarme el pelo. En ese entonces me paré para besarla. La tomé de la cintura y fui subiendo mis manos hasta sus pechos.

    -Mmmm bebé estoy molida –dijo separándose somnolienta– Te avisé que no iba a poder seguir –se detuvo un segundo para mirarme: mis pantalones y calzoncillo por los tobillos, mi pene erecto y vibrando, mi respiración agitada– mañana sin falta, te lo prometo –concluyó apretando despacio mi aparato, lo que casi hace que me corra

    Para ser sincero yo también estaba bastante agotado, con lo que no me opuse demasiado a su plan. Si bien tenía enormes ganas de acabar, quería hacerlo con ella, con lo que no me molestó esperar hasta el otro día. Recogimos la mesa y nos sentamos en el sofá a ver una película. Yo la abrazaba y cada tanto nos besábamos con cariño. Ella se quedó en top y bombacha, lo que hizo que mi calentura en ningún momento cesara.

  • Antes de salir del trabajo, mi jefe me llama a su oficina

    Antes de salir del trabajo, mi jefe me llama a su oficina

    Esto acaba de pasar hoy viernes 27 de septiembre. Los días últimos de mes se carga muchísimo el trabajo; normalmente salgo a las 3, pero estos días salgo hasta las 5 o 6, tal vez más. Hoy quedé de salir a las 5 y ver a mi novio en su casa para pasar el fin juntos, ya le había dicho a mi jefe (bueno a uno de ellos, tengo dos) que me tenía que ir a esa hora, pero justo cuando fui a avisarle que ya me iba me dijo que pasara (a su oficina) no cerré porque ya no había nadie.

    Él estaba en su sillón tomándose un whisky, me dijo que me sentara, lo hice y empezamos a hablar de los pendientes que quedaban para el lunes. No nos llevó mucho tiempo, unos pocos minutos. En cuanto acabamos el tema me dijo que le gustaba mucho que a pesar del frío no dejara de mostrar mis atributos, lo decía por el escote que llevaba.

    -Pues es que voy a ir a ver a mi novio.

    -Sí, pero podrías cambiarte al salir o desabrocharte un botón en el camino, pero en lugar de eso andas todo el día aquí en la oficina enseñando el escote y antojando las tetas, Ana -me abrió con un dedo la blusa para verme más las tetas- y sabes que se antojan, y un chingo.

    -Claro que lo sé… me consta que se te antojan. Te la pasas sabroseándome.

    -Y cuando me dejas, las pruebo -me abrió más la blusa y metió sus dedos al brasier para acariciarme las tetas- ábrete la blusa -lo hice, a fin de cuentas, es uno de mis jefes; me bajó uno de los tirantes del brasier y me acarició una de las tetas con la punta de sus dedos y luego jugueteó un poco con mis pezones- me encanta cómo se te ponen duritos, Ana. Y más cuando se te marcan.

    -No seas malo, me tengo que ir, Isaac. Mi novio me está esperando.

    -Que te espere un rato más -sonrió- ya andas caliente, se te ve en la cara, en los pezones… y seguro ya andas mojando la tanga.

    -Eres un cabrón.

    -Sácamela -le agarré el paquete, estaba duro y se endureció más mientras se lo agarraba, después le abrí el pantalón y se la saqué, empecé a jalársela- pones una carita de puta deliciosa cuando empiezas a calentarte, Ana. Lo mejor de ti es que te encanta la verga.

    -Mucho.

    -Sí, venías bien recomendada -me agaché y empecé a lamérsela y tallarla en mi cara, después se la mamé.

    -Mmmm… me encanta saborearla… mmm… mmm

    -Se nota, Anita… la mamas de poca madre; jajaja me acuerdo que desde que te entrevisté me la mamaste, canija.

    -Mmmm… pues me dijiste que de eso dependía mi chamba…

    -Y encantada me la mamaste, Ana, hasta acabamos cogiendo, putita.

    -Es que me gustó cómo sabía tu verga… mmm -me levantó la falda y empezó a agarrarme las nalgas, después me hizo a un lado la tanga y empezó a dedearme la panochita y después el culito-.

    -Te calienta que te dedeen el culo, ¿verdad, Ana? -asentí-.

    Así estuvimos unos minutos, hasta que me vine cuando me estuvo dedeando el culo; después me acomodó de perrito en el sillón, me levantó la falda por completo para dejar descubiertas mis nalgas, me hizo a un lado la tanga, me dio unas nalgadas y me la metió.

    -Tenía un chingo de ganas de darte verga, Ana.

    -¿En serio? Pero sí el martes te la mamé en la mañana y en la tarde; me dejaste súper embarrada.

    -Sí, pero no te la metí, culona. Y sabes que me gusta empinarte, putita -me dio una nalgada-.

    -Ay, la tienes bien rica Isaac.

    -Tienes la pucha bien babosa, Ana… te empapas, putita -volvió a dedearme el culo mientras me la metía en la conchita.-

    -Ay, no mames, ¡qué rico!

    -¿Ya me vas a dar el culo, Ana?

    -¿Me vas a dar el aumento?

    -¡Jajaja cabrona! -empezó a metérmela más duro y más rápido.

    -Ay, sí, me voy a venir otra vez, Isaac… ay, qué rico, qué rico -sentí cómo su verga palpitaba; me vine y segundos después me la sacó y se vino en mis nalgas-.

    -Te hubieras venido en mi boca, ya me dejaste toda embarrada y voy con mi novio, Isaac.

    -No te preocupes -entonces me arrancó la tanga y me limpió las nalgas llenas de mecos con ella-.

    -¡No! ¡Ahora también voy a llegar sin calzones a verlo!

    -Deberías traer un repuesto en tu bolsa, Ana. Ese culo es mucha tentación.

    -Te pasas, Isaac.

    Me vestí, me lavé un poco y tomé un Uber a casa de mi novio; de hecho, estoy escribiendo esto en camino a su casa. ¡A ver qué le invento por qué ando sin calzón!

  • Mis posturas favoritas: la postura del pájaro Uyuyuy

    Mis posturas favoritas: la postura del pájaro Uyuyuy

    Siempre que nos reuníamos las amigas y hablábamos de nuestras posturas favoritas, quería desvanecerme en el aire y desaparecer. Me avergonzaba reconocer que, viviendo varios años con mi novio, únicamente había probado el misionero a media luz. Esto cambió el fin de semana pasado, cuando descubrí la que llamo postura “del pájaro Uyuyuy” la noche de San Juan.

    El viernes llegué a casa después de una tarde agotadora de trabajo, y encontré a Xabi haciendo las maletas en el dormitorio. Me lo quedé mirando aterrada, pensando que me abandonaba, sin saber qué había hecho mal o qué había dejado de hacer, pero no hallé en la memoria motivo que lo justificara.

    Cuando me vio congelada en la puerta y con cara de pepinillo en vinagre, me dijo que preparara las maletas porque el sábado nos íbamos a casa de sus padres. Respiré aliviada porque la mente me había jugado una mala pasada. No creí estar tan agotada, no hasta el punto de desvariar, y escudriñé en mi cerebro buscando una conversación olvidada. Últimamente no sabía si iba, si venía o dónde tenía la cabeza, tampoco recordaba que habláramos del tema los días anteriores.

    «23 de junio, el cumpleaños de la suegrita -pensé cuando vi la fecha en el móvil y me eché las manos a la cara-. Cómo he podido olvidarlo».

    La madre de Xabi me cae genial y podría decirse que nos llevamos bien, pero algunas veces se pone muy espesa con el tema recurrente: ¿Cuándo pensáis casaros y darme un nieto? Siempre la respondo que todavía hay tiempo, que apenas llevamos tres años viviendo juntos y no me veo de blanco en el altar, tampoco cambiando pañales.

    Echando mano a mi manual de excusas recurrentes, le dije a mi novio que se fuera solo, que no me encontraba muy católica. Xabi, recurriendo a su manual de cómo ser un capullo integral, insistió en que me pusiera manos a la obra con mis maletas, como si mi palabra no tuviera valor. Discutimos un buen rato sin alcanzar un acuerdo. Entonces me acordé de mi buena amiga Laura, ella sería la solución. Al menos esto pensaba yo.

    -Ya sabes que Laura se divorció hace unos meses y estos días está depre. No puedo dejarla sola, me da miedo que cometa una locura.

    Volvimos a discutir porque Xabi es una persona carente de empatía con todos aquellos que no sean de la familia.

    -Una cosa es que seas su amiga, otra muy distinta que pretendas ser su niñera -dijo y se quedó tan pancho.

    Volvimos a discutir otro rato hasta que me salí con la mía, esta vez sin recurrir al llanto que tan buenos resultados suele darme.

    Lo que me desmotiva en este tipo de reuniones familiares no son los padres de Xabi, a los que adoro, sino sus hermanos y cuñadas, especialmente ellas, unas petardas de cuidado.

    Se marchó despotricando el sábado temprano. Yo llamé a su madre después de comer. Me excusé argumentando que me había bajado la regla y no lo llevaba bien. Pensé que siendo mujer me entendería. Nunca invento el fallecimiento de un familiar, amigo o conocido, no sea que se me muera más de una vez y descubran la mentira.

    Después de cenar sola estaba aburrida. Decidí aprovechar mi repentina libertad y llamé a Laura, proponiendo que saliéramos de juerga. Laura y yo nos conocemos desde la secundaria, pero apenas tenemos vida social juntas, es lo que tiene atarte a un novio posesivo.

    Acudimos a una conocida calle de bares en el centro de Bilbao, ciudad donde residimos. Empezando por el primero, recorrimos varios bares tomando chupitos en cada uno de ellos. Estábamos de aquella manera cuando llegamos al último. Mientras tomábamos los definitivos en una mesa alta, sentadas en taburetes, dos chavales nos miraban con descaro dos mesas más allá. Uno era rubio y el otro moreno, ambos de buen ver.

    -Para mí que nos están mirando las tetas -dijo Laura devolviéndoles las miradas.

    -No deben tener edad para entrar en los bares -respondí, restando importancia.

    Laura sonrió de oreja a oreja. Su mirada no presagiaba nada bueno.

    -Pues no me importaría que me dieran un buen repaso.

    Hice caso omiso al comentario de mi amiga. Con tan poco tiempo viviendo sola, no era posible que estuviera tan desesperada, no tanto para plantearse semejante locura, pero ella a lo suyo, insistiendo con el coqueteo, hasta que finalmente consiguió su objetivo y los muchachos vinieron a nosotras. El rubito se llama Luis y tiene 19 primaveras, el moreno Míkel con 20.

    -Para que luego digas que invento. -Reí tapándome la boca-. Te advertí que eran unos mocosos.

    -Si lo piensas bien, Estíbaliz, tampoco es para tanto. -Laura no daba su brazo a torcer.

    Ahora mis carcajadas resonaron en todo el local. Mi amiga estaba definitivamente desesperada.

    -Y lo dices tan fresca, Laura. Echemos cuentas: nosotras tenemos 26, ellos 20, redondeando, nada menos que 6 de diferencia.

    Como tampoco habían dejado claras sus intenciones, y por no sacar conclusiones precipitadas, decidimos darles un poco de cancha y ver cómo respiraban.

    El rubito no sé, pero el moreno respiraba como la chimenea de una refinería. Al principio me hablaba a cierta distancia, pero el ruido era infernal en el local, y el tipo se me acercaba cada vez más hasta que tuve su boca pegada a mi oreja. Llegó un momento en que no sabía si me la calentaba más su respiración o las cosas que me decía, cada vez más picantes, hasta que se coronó asegurando que tenía ganas de follarme hasta el infinito. Me hizo tanta gracia, que reí con ganas al tiempo que golpeaba la mesa, era imposible que mi oído escuchara semejante barbaridad. Le respondí más calmada.

    -Puesto que no es preciso ser matemática para cuantificar ese número, deberías ser más realista y menos exagerado.

    Meditó mi respuesta un par de segundos. El tipo parecía inteligente, no resultó uno de esos obstinados en defender sus machadas a capa y espada, y rebajó las expectativas a lo que quedaba de noche. Miré mi reloj de pulsera y daban las tres. Insistí en que exageraba y él negó con la cabeza, al tiempo que presumía de estar bien armado.

    No es bueno recurrir siempre al alcohol para justificar nuestros actos, pero esta noche yo tenía motivos fundados para hacerlo. Debió ser la bebida sin duda, porque metí la mano en su pantalón. Fue un inconsciente método científico para valorar el asunto. Quedé asombrada con lo que tenía y cómo lo tenía el potrillo desbocado. Mientras le hurgaba la entrepierna, me acordé de mi novio, de la cara que pondría si me viera en esta situación, y de los polvos fugaces y alternos con que me tenía insatisfecha. Hice un gran esfuerzo para fechar los últimos, pero solo recordaba los recientes, el del martes de esa semana y el del viernes anterior, era incapaz de retroceder más en el tiempo.

    Convoqué una reunión de emergencia con Laura, apartadas un par de metros de ellos.

    -Míkel dice que me follaría hasta el… -Contuve la lengua, el asunto de follarme hasta al infinito había quedado descartado-. Quiero decir que Míkel quiere follar conmigo, pero no sé qué hacer. Imagina mi situación.

    Laura soltó varias carcajadas. Luego un discurso de padre y muy señor nuestro.

    -Luis no ha sido tan explícito, pero también quiere darme matarile, estoy segura porque no me ha quitado los ojos del escote. Ahora bien, entiendo tus dudas porque tienes pareja, pero últimamente te vienes quejando de falta de emociones en la cama, y no dejas de repetir cuánto te gustaría vivir nuevas experiencias. Yo que tú me lanzaba; es una ocasión de oro; también una noche mágica, la de San Juan, en la que se queman hogueras; Míkel puede ser la chispa que encienda la tuya.

    Debo reconocer que Laura no tiene rival cuando se pone poética, tampoco como alcahueta, tendré que apodarla Trotaconventos, pero el caso es que razón no le faltaba. Cuando empecé la relación con Xabi, soso, soso, no era, pero sí muy peculiar, tenía una irracional obsesión con la postura del misionero. Al principio no me importó porque me satisfacía, pero el tema fue decayendo con el paso del tiempo y se abandonó a la monotonía hará como un año. Esto y que no recordara más allá del último polvo el viernes, ocho días atrás, me ayudó a decidirme.

    -Seguiré tu consejo y me desmelenaré; ahora bien, no los conocemos de nada y quién sabe por dónde nos salgan.

    -También he pensado en esto -admitió Laura- y llevo un rato pensando en ello.

    Inesperadamente, un pensamiento audaz acudió a mi mente.

    -Podemos ir a mi apartamento aprovechando que estoy sola. Por otro lado, si le pongo los cuernos a Xabi, que sea por todo lo alto y con recochineo en la misma cama donde dormimos. Respecto al tema de la seguridad, por si no son tan inocentes como parecen, podemos decirles que mis padres viven en el piso de encima, y que mi padre mide dos metros, pesa ciento veinte kilos y, a modo de guinda en el pastel, que es comisario de policía y tiene mucha mala leche cuando alteran su sueño.

    -Eres realmente maquiavélica, Estíbaliz -dijo Laura-. No te creía capaz de tramar una venganza con Xabi y acojonar a los potrillos al mismo tiempo.

    Yo misma estaba sorprendida, pero el tiempo apremiaba y tampoco era cuestión de entrar en debates filosófico morales. A los potrillos no les hizo mucha gracia lo de mis nuevos vecinos, y propusieron un parque, un portal oscuro y el paseo del río. No propusieron más lugares alejados de comisarios de policía gigantes y con mala leche, porque solo tenían una opción, la nuestra.

    Durante el trayecto en taxi fueron formales, algo traviesos en el ascensor, y un par de machos en celo apenas entramos en el apartamento. Especialmente Míkel, que había recobrado su ímpetu inicial, tanto que, procurando no hacer ruido por temor al comisario, me puso cara a la pared en el mismo recibidor, y aferró mis pechos con ambas manos desde atrás, primero sobre la tela de la blusa, luego por debajo de esta y del sujetador.

    La escena, atípica en mi triste vida sexual, provocó que se me calentaran hasta las mejillas. El rubor y calor en estas son como un termómetro que cuantifica mi estado de excitación, aunque últimamente parecía tener las baterías agotadas.

    -Vamos a ver si es cierta la promesa que me hiciste antes -susurré a Míkel-. Empieza por desnudarme. Quiero ver cómo lo haces.

    En los pocos segundos que Míkel tardó en reaccionar, aproveché para colocarme delante del espejo de cuerpo entero que hay en el recibidor. Allí, observé en el reflejo cómo me quitaba la blusa, luego el sujetador. Aquí se detuvo para abarcar nuevamente mis senos, apretando el paquete contra mi culo. Viendo que me gustaba lo que hacía y verlo en el espejo, su rudeza inicial decreció varios puntos, y me deleitó con leves e indoloros pellizcos en los pezones. Mis pechos no son grandes como los de Laura, son más bien menudos, pero firmes y redondos, coronados por areolas prominentes y rosáceas, y pezones puntiagudos cuando entro en ebullición.

    -Quítame ahora el pantalón y las braguitas -le pedí gimiendo de gusto.

    Siempre uso bragas cuando visto vaqueros, como ese día, y tanga con pantalón más holgado y liviano, también con falda o mini.

    Desnuda del todo, bajo la atenta mirada de Míkel por encima de mi hombro, me vi en el espejo más hermosa que nunca. Los muslos, el vientre, las caderas, que hasta entonces pensaba que me sobraban tres o cuatro kilos en conjunto, ahora me parecían perfectos. Míkel opinaba lo mismo y me sentí especial después de tanto tiempo, desde el principio de mi relación con Xabi, cuando me agasajaba con halagos que fueron perdiéndose con el paso del tiempo. Este recuerdo amargo fue el impulso definitivo para entregarme con mayor decisión a mi amante inesperado.

    Me giré hacia él, le besé los labios, luego tomé su mano y le invité a seguirme hasta el salón. Finalmente había cambiado de postura respecto a follar con él en la cama que compartía con mi pareja, no por respeto a Xabi, sino porque recapacité, no me apetecía que Míkel entrara y, por cualquier motivo, hurgara en mis cosas, en lo que conforma mi intimidad.

    -Ve desnudándote mientras voy a por condones -le dije a Míkel y fui al dormitorio tan aprisa como pude.

    Suelo tener preservativos en casa para usarlos esos días del mes, por si a Xabi le da por ponerse mimoso en plena marea roja. En estas ocasiones no tiene reparo en hacerlo, pero dice que le da “asquito”. Ahora me venía bien tenerlos por seguridad, aunque ellos los tuvieran, pero tengo entendido que muchos gallitos los llevan en el bolsillo trasero, en la cartera quienes la usan, durante meses y sepa dios en qué condiciones.

    Cuando regresé con una sonrisa de oreja a oreja, le di dos a Laura y volví con Míkel. Ya estaba como vino al mundo, de perfil, delgado, casi esquelético, o más bien atlético, con el miembro en la mano dedicándose ligeras caricias, impaciente, optimista, confiado en que triunfaría aquella noche.

    -Deja de pelártela, pajillero -le dije conteniendo la risa-, y siéntate en el sofá. Supongo que antes quieres una mamada.

    -Eres una fierecilla -respondió con carita de pícaro. Luego añadió con arrogancia-. Las fierecillas me la chupan de lujo.

    Al llamarme de este modo, me hizo gracia porque no tenía la menor idea de mí, pero me convenía que no conociera mi triste vida sexual. Esto me dejaría en mal lugar, seguramente me tenía por una mujer experimentada debido a la diferencia de edad.

    Me arrodillé delante de él, le separé las rodillas huesudas y me dispuse a meter la cabeza entre ellas cuando tuve hueco suficiente. Antes de hacerlo pensé que sería divertido comportarme como una zorra experta.

    -He visto muchas pollas en mi vida -le dije abarcando el miembro con ambas manos, procurando no reír-, y la tuya es del montón. No sé yo si…

    Antes de que respondiera con algún improperio, era lógico que lo hiciera porque de tamaño andaba bien servido, agaché la cabeza y la tragué con intención de no rebasar la mitad. Pero Míkel parecía ambicioso y empujaba hacia abajo con ambas manos en mi nuca. Mi boca es de tamaño estándar con labios tirando a delgados, pero la cavidad bucal no admite tanto.

    -No seas tan ansioso -le dije alzando la cabeza-, que mi boca no es una cueva donde quepa una tribu de cavernícolas. No insistas porque tendré arcadas y seguro que te vomito encima.

    -Hazlo como más rabia te dé -dijo atropelladamente-, que yo me quedo quieto.

    Fue muy gracioso: en su mente, arcadas y vomito encima, le acojonaban tanto como comisario, dos metros de altura y ciento veinte kilos.

    Volví a lo mío y le dediqué una felación digna de mis mejores momentos con Xabi, lamiendo el glande como si fuera un helado de cucurucho, con lengüetazos largos y decididos. Míkel lo tiene con forma de punta de arpón, con el perímetro muy pronunciado respecto al tronco, un bocadito que besé varias veces antes de succionarlo otras tantas, mi parte preferida cuando se la chupo a mi novio.

    -Es suficiente por ahora -dije relamiéndome, retomando mi papel de putón verbenero-. Luego lo hago otra vez, cuando vayas a correrte, si tú quieres.

    No hay que ser una mujer muy cándida para saber que los hombres prefieren la boca antes que descargar en el condón. Incluso por delante de hacerlo en otra parte del cuerpo, como el vientre o los pechos, aunque hay de todo y para todos los gustos. Lo importante es motivarlos para que no se empeñen en llenarte el coño de leche. Con mi novio lo hacía así al principio del noviazgo, cuando no sabía cuan larga sería la relación.

    -¿Y te la tragarás? -preguntó Míkel.

    Solté unas risitas. Me sorprendió que ya pensara en esto.

    -No me has invitado a un chupito en el bar y ahora pretendes invitarme a desayunar. -Mi comentario era más pregunta que afirmación, por esto le puse dos dedos en los labios, para que no respondiera-. Ahora dime cómo quieres que lo hagamos, te dejo elegir, a ver si coincides con mi preferencia.

    Míkel vaciló un instante.

    -Decide tú, tengo curiosidad por saber cuál es tu postura favorita.

    Su respuesta, sin saberlo, había sido condicionada por mi preferencia con una finalidad determinada. El misionero me recordaría a mi novio y no quería esto. A cuatro tampoco porque me vería el ano, y esto es algo que me incomodaba siendo un desconocido. Pero había pensado en una forma diferente.

    -Podemos hacerlo en el brazo del sofá, sentada a horcajadas sobre él -propuse.

    Míkel se encogió de hombros, como si le hablara en chino mandarín. Me coloqué en posición y me abrí de piernas, procurando que el coño quedase expuesto, pero no tanto como para que se viera el agujerito. Míkel se enfundó el preservativo y se dispuso a penetrarme, pero no encontraba la postura idónea sostenido con una rodilla en el asiento y el otro pie en el suelo. De este modo la penetración era prácticamente horizontal.

    -Mira que te gusta ponerlo difícil -protestó Míkel.

    Finalmente halló acomodo y me la fue clavando al tiempo que yo alzaba las piernas y reclinaba el torso hacia atrás.

    -Te recuerdo que has prometido hasta el amanecer -dije y Míkel frunció el entrecejo, confundido-. Ya no te acuerdas, pero en el bar has prometido follarme hasta que salga el sol.

    El potrillo rio como si le hubieran contado el mejor chiste del mundo. El caso es que se había motivado más de lo que ya estaba, y comenzó a follarme con ganas. En este preciso momento, mientras me echaba un polvo de infarto, me acordé de Laura y el otro, hasta entonces habían desaparecido de mi mente.

    Estaban en el sillón, Luis sentado en el asiento y ella sentada a horcajadas sobre él. No era una aparición mariana ni nada que se le parezca, se trataba de Laura cabalgando al otro potrillo, del hermoso culo de mi amiga en todo su esplendor, subiendo y bajando como si tuviera vida propia. Los pechos, delante de la cara del otro, se movían en todas direcciones. El pobre los miraba fascinado, tratando de atrapar con los dientes cualquiera de los pezones.

    Cuando volví la vista a Míkel, me faltaba muy poco para el orgasmo, ya empezaba a notar el cosquilleo ahí abajo. Quise acelerarlo, ansiaba conocer si sentiría algo diferente a los que Xabi me provocaba cuando me los provocaba. Estiré los brazos y aferré las nalgas de Míkel con las manos. Con ellas le empujaba hacia mí cada vez que entraba sin compasión.

    Sin palabras: este fue el orgasmo más intenso hasta la fecha; también el más sufrido, porque me faltaba el aliento, porque la garganta se había resentido tras infinidad de gemidos y pequeños gritos.

    Lo gracioso vino cuando me relajé, mientras veía cómo la verga entraba y salía de mí, especialmente el modo en que Míkel me seguía follando. Al hacerlo, observé que sus pelotas arrastraban por el tapizado de cuero sintético, adelante y atrás, una y otra vez.

    Entonces me acordé de un chiste que venía muy a cuento. Se trata de aquel que habla de un pájaro que tenía los cojones tan grandes que, cuando aterrizaba como si de un avión se tratara, los arrastraba por el suelo y daba saltitos al tiempo que gritaba “Uyuyuy, uyuyuy”. Por este motivo lo llamo la postura “del pájaro Uyuyuy”.

    Lo mejor, además de esto, es que me resultó muy conveniente: por un lado, era sumamente morbosa para mí; por otro, pude agarrar el culo de Míkel y controlar sus penetraciones en el momento álgido; finalmente, porque el escozor que debía sufrir en las bolas, sin protestar o quejarse el pobre, me demostraba la entrega con que lo hacía, sin importarme si era por beneficio propio, por el mío o el de ambos.

    -Me falta poco para correrme -dijo Míkel con el rostro desencajado-, pero quiero que hagas algo mientras tanto.

    -Pide por esa boquita lo que quieras, potrillo desbocado -respondí alegremente, agradecida por el momento épico que me había regalado, pero sin pensar en las posibles consecuencias.

    -Quiero que Luis te joda mientras me corro en tu boca, has prometido que me dejarías. Me encanta que una chica me la chupe mientras otro se la folla.

    Esto de aceptar sin conocer las condiciones, venía siendo una fea costumbre en mí que debería erradicar. Esta vez me pilló de lleno el estallido de la bomba.

    -He prometido que dejaría que te corras en la boca, nada de lo otro. -Puse los puntos sobre las íes.

    -Deberías permitirlo, amiga. -La voz de Laura llegó desde la izquierda.

    La miré y estaba en el sillón, descansando sentada en el regazo de Luis, visiblemente feliz, irremisiblemente satisfecha.

    -Si tan bien te parece, te cedo el privilegio -respondí, incrédula porque mi amiga me arengaba conociendo mi situación.

    De ella se valió al replicar, como si de un lenguaje secreto se tratase.

    -Yo que tú lo haría. Alguien entraría como socio de honor en el Salón de las Cornamentas.

    Me hizo gracia la comparación velada con el Salón de la Fama, pero cornamentas, en plural, entendí que lo decía por el número de cuernos que le pondría a Xabi, no por la cantidad que hubiera en el tal salón. El caso es que me lo pensé dos veces: no solo sumaría el doble de cuernos, y la consecuente satisfacción, también sería el objeto de deseo de dos hombres, sin importar su edad, y el centro de atención de todos. Terminé aceptando y ellos vitorearon y dieron palmas.

    El modo elegido por Míkel fue en el mismo sofá, ahora arrodillada en el asiento para que eyaculara en la boca al otro lado del respaldo. Esto implicaba darle la espalda a Luis, pero, pasado lo pasado, ya me daba igual que me vieran el agujerito estrecho.

    Antes de que Luis me penetrara, la pija de Míkel ya estaba en mi boca. La mamaba con prisa, acompañando con las manos, procurando que se corriera lo antes posible. En esto estaba cuando sentí la estocada desde atrás. Solté la verga de Míkel porque el otro me follaba como si no hubiera mañana, la boca me faltaba para respirar lo mejor posible y permanecer con la lengua fuera fue instintivo.

    Míkel se corrió poco después de que yo lograra un segundo orgasmo. El primer chorro se estrelló contra el labio superior y parte de mi estimada nariz, el segundo fue más preciso, una parte en la lengua y el resto dentro, el último en la garganta debido a que Míkel introdujo la verga hasta la mitad.

    -No dejes ni una gota -dijo Míkel con tono exigente mientras me follaba la boca-. Me gusta que me la dejen limpia y brillante.

    Estaba yo como para pelear con Pedro Picapiedra. Apreté los labios como solución inmediata a medida que el glande salía. No obstante, a fin de no darle un privilegio más al Picapiedra caprichoso, me deshice de Luis y salí corriendo a escupirlo en la taza del váter.

    La conclusión es que Laura y yo habíamos quedado tan dichosas, que hicimos planes para repetir la tarde siguiente, compartiendo a Luis y Míkel como buenas hermanas antes de que Xabi regresara.

    Pero esto es otra historia que nada tiene que ver con mis posturas favoritas.

    Ahora ya saben cuál es la postura del pájaro Uyuyuy. La próxima es la que llamo “el Coloso de Rodas”.

    Un poco de paciencia. Dos o tres días.

    Dejen sus comentarios, a ver si adivinan en qué consiste esta otra postura.

  • Que locura

    Que locura

    Ella es una chica que desde que la conocí me atrae, nunca me había pasado esto antes (soy hetero) pero no sé qué tiene ella.

    Me encanta su forma de ser, su físico; es una chica alta, (somos de la misma estatura) un cabello largo ondulado, una mirada muy angelical… un cuerpo espectacular para mí… tiene unos senos de un tamaño mediano bien formaditos; no sé que me pasa, pero siempre me ha gustado mucho.

    Esa noche al terminar nuestra jornada de trabajo estábamos muy cansadas, ella me invitó a tomarnos unas copas en la cual accedí no tenía ningún inconveniente por salir con ella, me invitó a su apartamento yo encantada de ir.

    Era la primera vez que salía con ella; al llegar al apartamento me invitó a sentarme en la sala mientras ella fue a la cocina a sacar una botella de vino y dos copas, puso una música muy amena y nos pusimos a hablar de cosas de trabajo ella podía hablar y hablar y hablar muchas cosas, pero a mí me encantaba verla, su forma de hablar su forma de expresarse su forma de reírse… en fin.

    Las copas nos pusieron a tono ella cambió la música y nos pusimos a bailar y a divertirnos en aquella sala, la estábamos pasando muy bien; de pronto sonó una canción muy sensual y empezamos a bailar juntitas bien apretadas rozando nuestros cuerpos y sin pensarlo dos veces la tomé por la cintura rodeándola, corrí su cabello a un costado para oler su cuello y ella no decía nada, se dejaba llevar por el momento; no lo dudé y empecé a besar su cuello era una sensación tan extraña de aquella noche lo juro que nunca lo había hecho pero ella era algo especial para mí.

    Ella llevaba un body con un escote muy profundo se notaba que no tenía brasier, sus senos eran tan bonitos tan redondos que le quedaba tan perfecto ese escote. Seguí besando su cuello oliendo su perfume la tomé por la cintura y la pegué más a mí, seguimos bailando muy sensual mientras le bajaba el body poco a poco por los hombros y ella seguía sin decir nada, se notaba que le gustaba mucho lo que estaba haciendo…  Simplemente nos dejamos llevar por el momento.

    Acariciaba sus hombros, sus brazos, era una sensación tan placentera que aquella noche era única. Ella empezó a gemir, respiraba algo agitada; continúe pasando mis manos por sus pechos se sentían tan suaves y cálidos ella solamente se dejaba llevar por el momento. Sus pezones se pusieron muy duros ella gemía cada vez más fuerte sentía el peso de su cuerpo sobre mi pecho y yo sentía mi entrepierna muy húmeda. Le terminé de bajar el body y continúe acariciando y amasando sus senos apretando sus pezones y a tirar de ellos a medida que iba besando su cuello y oídos… no sé qué me pasaba pero en ese momento deseaba tanto a esta mujer.

    Cuando me di cuenta ya la tenía semi desnuda de la cintura para arriba, la volteé quedando frente a mí, ella me miraba algo nerviosa yo también lo estaba lo confieso, pero al ver ese cuerpo tan hermoso me acerqué nuevamente a sus pechos para besarlos y lamerlos; ella arqueaba su espalda… me encanta su cuerpo… ella solo se dejaba llevar por mí.

    Después me arrodillé y le fui desabrochando su pantalón, bajé su cremallera y muy cuidadosamente le fui bajando ese pantalón.

    Frente a mí apareció una tanguita lo más de linda de encajes le quedaba tan hermoso; ella separó un poco las piernas y me acerqué a olfatear su entrepierna nunca había sentido ese olor, esa fragancia… corrí su tanga a un lado, la miré a ella y ella me tomó por mi cabello y me acercó a su coño, empecé a lamerlo era tan delicioso su sabor, por favor era una sensación tan maravillosa esa mujer… gemía y gemía más fuerte, me pegaba más a ella y yo más mordía y halaba suavemente sus labios… jugaba con mi lengua en su clítoris y ella se retorcía ahí frente a mí, me pedía más me pedía que me hundiera en su coño.

    Ella separó más sus piernas facilitándome para separar más sus labios y chupar con frenesí, metí mi lengua profundamente… que sensación tan rica y tan placentera. Escuchaba sus gemidos más fuerte, cuando de un momento a otro ella me apretó fuerte de mi cabello y gritó… sentí que bajaba por mi boca un chorro y como una gata hambrienta empecé a absorber todos esos jugos ¡Qué delicia!

    Qué sensación, era un juego para nosotras o para mí no sé… no sabía si para ella también era su primera vez estar con una mujer; ella me miraba con deseo.

    Ella me despoja de toda mi ropa luego me arrincona contra la pared separando mis piernas y hunde sus dedos en mi coño mojado y empieza a embestirme mientras me decía cosas sucias al oído, eso hacía que perdiera la razón.

    -¡Dame más duro por favor!

    Estaba tan desesperada por correrme, apretaba mis tetas estaba muy excitada, mis piernas empezaron a temblar cuando explote en un gran orgasmo.

    Terminamos en su cama aquella noche, arrodilladas una frente a la otra acariciándonos, besando nuestros cuerpos, nos hicimos el amor muy apasionadamente hasta terminar rendidas…

    Gaby Borsh

    Notas del alma

    Pdta.: ¿Quedaron picaditos? ¡Yo también!

  • Morbo con mi hijo

    Morbo con mi hijo

    Intento escapar de mi cuerpo sintiendo un temblor que aún me excita, solo contenido por el biquini que llevo puesto, pero el que dibuja mis pezones en relieve. Soy incapaz de decir una palabra, esbozo una sonrisa y mis palabras brotan cual gemidos a boca abierta; no se si suspiro o libero un orgasmo. Lo que va a pasar cambiará mi vida para siempre. No quise ser infiel, pero ya sé que cuando vuelvo de mis viajes, cuando deje de escribir mis experiencias ya no seré la misma; ya no lo soy desde hace un tiempo, soy una cortesana, una puta de salones con vinos espumantes. Recuerdo el incesto hace algunos años y sigo siendo esclava a merced de Edipo, ¡Puede poseerme!

    Morbo con mi hijo

    No hay morbo más grande que tener por amante a un hijo y aunque parezca demasiado grotesco, también así la lascivia pornografía que provoca. En mi caso es el sumun máximo del placer; creo que el incesto alcanza la lujuria, no solo por el pecado que encierra en el deseo, sino inclusive por el morbo que incita el poder ser descubiertos.

    Arrodillarme frente al bóxer de mi hijo y desafiando sus ojos con mis ojos, acaricio sobre esa tela su glande con mis labios pintados, dejándole rastros de ese pecado en la erección que le provoco. ¡Me encanta! Y aunque algún que otro amante satisface mis deseos, mi hijo es todo el sexo, la fantasía que necesito y que se revela entre mis gemidos.

    Aquellos días en un crucero que hacíamos desde Buenos Aires hasta el norte de Brasil, tuvimos una parada en Río de Janeiro, —siempre Río—, lugar de mis pecados y el inicio del incesto con Richard, mi hijo.

    Habíamos bajado en unas excursiones con él y mi esposo; pero de regreso mi marido se quedó dormido en nuestro camarote, yo aproveché para darme un buen baño de inmersión con sales y flores que me habían dejado en la suite; Richard en el camarote contiguo se estaba duchando también, pero al separarnos en el corredor, lo provoqué rozando con mi mano su bulto prominente; le dije que me esperara esa noche; no sé cuántas veces me masturbe en esa tina mientras fantaseaba con el derrame de su semen sobre mis labios.

    Fui al «spa» del crucero, me hice depilar completamente, solo dejando una fina tira de bellos sobre mi pubis que baja hacia mi clítoris y con un buen sauna y masaje me relajé toda, sabía que sería una noche interminable de salvaje sexo… ¡Estaba lista para mi hijo!

    La cena se sucedió como esas noches sobre la última cubierta, mesa reservada para los que tenemos ciertos privilegios de un crucero conocido, me había dejado el camisolín (aunque parecía una blusa de seda) pero no llevaba soutien por lo cual mis pezones eran un bajo relieve en esas sedas, jeans ajustados pero cortos en los tobillos y una pulsera en el izquierdo, como aquellas egipcias que delataban su erotismo en el antiguo Egipto, —bien transgresora y algo más, un tanto prostituta—.

    Mi marido «cornudo como de costumbre» solo me dio una palmada sobre mis nalgas que nada me provocara, pero el roce de mi hijo al acomodarnos en esa mesa me hizo cerrar los ojos y dejar que los sentidos fueran un escalofrío sobre mi piel.

    Sentado delante de mí, entre otros comensales, yo descalzaba uno de mis pies llevándolo a su entrepierna, el que él sujetaba dejándome sentir la erección que me volvía más loca; era evidente mi calentura, tanto que, una mujer sentada a mi lado me dejo saber que se había dado cuenta y la muy atrevida bajo el mantel acarició mi pierna con sus uñas, mirándome también me sonrió; demasiado caliente para un solo instante cuando me preguntó al oído: —¿lo compartís?… Le respondí que sí, pero no esta noche, quizá mañana.

    Grace (esta mujer) rozó y volvió a acariciar mi pierna, pero esta vez, hasta mi ajustada vulva sobre el jean blanco, provocándome más fuego bajo mi piel, le sonreí, mi hijo no dejó de advertir esa escena; él, mordiéndose los labios me guiño un ojo, ¡estábamos listos para el placer!

    La sobremesa se había puesto pesada con esas conversaciones de los hombres que me aburren, por lo que Grace me invitó a salir a cubierta a fumar un cigarrillo, acepté porque fue un desafío lo que se provocaba en su mirada; mi hijo –caballero como siempre— nos corrió las sillas para poder abandonar la mesa, mientras salíamos a cubierta tomadas del brazo, mi hijo Richard, se me acercó, cuando acariciándome la mejilla me dijo —te espero en mi camarote; temblé y sentí que no solo me mojaba sino que también sentí electrizar mis pezones.

    —Te calienta mucho ese pendejo, —me murmuró Grace.

    —Si. Hace mucho que disfrutamos el incesto.

    —Ah, pero entonces los conoces de hace tiempo y ¿cuál es ese morbo si se puede saber?

    —De meterle los cuernos a marido, eso nos calienta muchísimo, coger cada vez más seguido y esta es una noche de pecados. —Pero advertí que no había entendido que era una relación con mi hijo, o sea, puro incesto.

    Sentí que Grace se estaba excitando conmigo y mi morbo iba en «crescendo», nos apoyamos en la baranda y asegurándose ella que nadie nos viera me besó dulcemente en los labios, sus manos desabrochaban mi jeans descubriendo que estaba empapada al masturbar mi clítoris y llevando mis jugos otra vez a su boca, me volvió a besar con un profundo beso de lengua y salivas.

    —¿Me vas a contar quien es ese pendejo que te tiene así? —Me murmuró al oído, mordiendo suavemente mi oreja que más me calentaba.

    —Es mi hijo… —Apenas pude suspirar y jadeando.

    Los ojos de ella no daban crédito a mis palabras, mientras le iba contando como habíamos empezado a coger con Richard en aquellas noches en Río de Janeiro y que a su vez era cómplice de mi adicción ninfómana, que solo él podía apagar mi fuego con tanto semen. Como estábamos navegando ya cerca de Río, le dije que eso me hacía recordar aquellas noches y que solo en ese momento quería estar en su camarote, desnuda y tendida sobre su pecho; —el de mi hijo—.

    —Me acabas de volver loca, —dijo Grace— me estás haciendo sentir hasta el más íntimo de mis escalofríos; ¿incesto puro y así tan abierto?, eso tengo que verlo y sentirlo. Me muero por ver cómo te besas con tu hijo, ¿serías capaz de invitarme a ese pecado?

    La volví a besar en sus labios, pero esta vez yo rodeé sus caderas y acaricié su espalda por debajo de su blusa. —Te va a gustar, pero esta noche estamos inaugurando el viaje con Richard; hoy vamos a coger hasta cansarnos y mañana quizá te invitemos. Pero ahora seguime.

    Llegamos a camarote de Richard, como dos niñas tomadas de la mano y corriendo por el pasillo, cuando golpeé la puerta, desde adentro me gritó, —está abierto—, entré, le hice señas de silencio a Grace, ya que mi hijo estaba en la ducha con la puerta del baño entreabierta, él no podía ver hacia la suite; así que me desnudé delante de Grace, quien habría más sus ojos negros, —hermosos por cierto, al igual que su boca—, así que delante de ella me quedé con el bikini y sin el soutien mostrándole mis aureolas y mis pezones, los que pellizqué para erotizarlos aún más, bajé mi tanga y le enseñé que no solo estaba mojada, sino que tenía mi línea de vellos tan finos como le gusta a mi hijo.

    Grace me volvió a comer la boca y le dije: —Podes mirar, pero en cuanto veas que salimos de la ducha, salís del camarote. Ella asintió en silencio.

    Desnuda, solo en bikini y con las sandalias (las que no me había quitado) y haciendo juego, me metí en el baño; el vapor había empañado el vidrio de la mampara, allí apoyé mis tetas y los pezones sintieron la calidez de ese vidrio y con esa calentura empecé a masturbarme, mi hijo del otro lado y bajo la ducha mordió sus labios, comenzando a «pajear» su erección; de reojo la miré a Grace que se estaba masturbando también, pero con sus ojos clavados en mí.

    —Hacía rato que te esperaba putita, —me dijo Richard—.

    —Ya lo sé bebe, ¡putito mío!, y aquí estoy para celebrar y recordar nuestra primera cogida en Río; me depilé como a vos te gusta y estoy lista para que esta noche acabes en mi vientre. Todo esto lo decía, no por él ni por mí, sino para que Grace descubriera ese morbo con mi hijo.

    Me metí en la ducha sin quitarme el bikini, ni las sandalias, cuando mi Richard me abrazó y girándome en la ducha me contuvo contra la pared, nos comimos la boca a mordiscones agresivos, con esa culpa encendida por el morbo y más yo, que sabía que alguien nos estaba observando, fue cuando sentí que su erección golpeteaba sobre mi pubis.

    —Todavía no me cojas, lléname de besos, —le pedí susurrando.

    —Vos y esa otra veterana en la mesa, me calentaron demasiado, pensé que te ibas a encamar con ella; y me vine a pajear, tengo la pija que explota; pero te la voy a enterrar en la colita.

    —Esta noche mami, es toda tuya, ¡putito!, le decía mientras sentía su erección en mi mano.

    Me acomodé poniéndome debajo de la ducha, apoyé mi cara contra la pared igual que mis pezones, levantando mis caderas empecé a sentir como esa erección jugaba “punteando” mi esfínter. Giré mi cara y pude ver a través del empañado cristal que Grace aún estaba ahí, pero en un momento cuando Richard me jaló del cabello yo alcé mi cabeza hacia atrás y grité suavemente, su pija ya estaba dentro de mi vientre; en ese momento Grace tirándome un besito con la misma mano que se había masturbado y saboreado este placer en sus labios, desapareció del camarote.

    La ducha fue interminable, no podíamos de dejar de comernos la boca con mi hijo; había mucho morbo contenido desde que zarpamos de Buenos Aires. Me arrodillé delante de él y mi garganta fue lo más profunda que podía conteniendo la respiración; al menos sentíamos que el agua calmaba algo de ese ardor que friccionaban nuestros cuerpos, Edipo y Yocasta estaban otra vez juntos, yo me sentía demasiado perversa y mi cuerpo lo necesitaba, la piel de Richard también estaba encendida y el color de su glande y su erección la que salía y entraba en mi boca, eran en sus escalofríos el placer de poseerme.

    Sus manos me tomaban de los cabellos y acompañaba el ritmo mientras le chupaba esa pija, la que se hinchaba aún más en mi boca; —no sé cuánto estuvimos así—, pero yo sabía que mientras le hacia esa felación su placer también estaba en la yema de mis dedos que jugaban con su esfínter, mientras me abría paso en su ano hasta penetrarlo y más nos calentábamos bajo esa ducha.

    Me incorporé, nos seguimos besando, mis pezones se apoyaron en su pecho y su erección sin más, fue entrando por mis labios vaginales —yo me dejé llevar—, sintiendo como me invadía el sexo de mi hijo, otra vez el morbo me hacía cerrar los ojos y abrir la boca jadeando.

    Después de largo rato de cogernos con tanta furia, mirándonos a los ojos y mordiéndonos los labios, sentí una estocada dentro de mi vientre, la que provocó un beso aún más perverso y tanto semen corría por mi nacarada vulva; estaba en fecha, era consciente que estaba ovulando, y supe que estaba quedando embarazada; ese calor atravesó mis entrañas y me abracé al cuerpo mojado de mi hijo, aun estando cogida, penetrada, mientras él latía acabando aún más dentro mío, mi boca no dejaba de mordisquear sus labios agresivamente, —yo estaba muy caliente—.

    Me colgué un toallón sobre las lolas que todavía firmes sostenían mis aureolas rozadas y mis pezones aceitunas como una adolescente; Richard se anudó a su cintura un toallón y salimos al balcón de la suite frente a la inmensidad de las olas del mar; nos volvimos a enfrentar con la mirada y me colgué otra vez su cuello para besarlo como una puta gata en celo.

    —me dejaste embarazada— le dije…

    —Lo sé, —murmuró él— y me comió la boca.

    Yo encendía un cigarrillo mientras Richard se servía una copa de buen «ron», volviendo al balcón, el murmullo del mar era para nuestro silencio un cómplice más, alzó la copa y brindó por mí…

    —Por la «perra» que jamás puede tener en un hombre entre sus brazos.

    —Por mi hijo, que me hace sentir lo que ningún hombre arranca de mis entrañas; ¡Este placer!

    Me apoyé contra la baranda de espalda a la inmensidad, cuando del camarote vecino, (el que tenía con mi esposo) apareció él y sin poder vernos bien, alcanzó a preguntar si estábamos bien. Entre risitas cómplices le dije que sí, que estábamos jugando cartas y fumando un poco, mi esposo «el muy cornudo» dijo: —no tomen tanto, me voy al jacuzzi— y cerró la ventana del camarote; sabíamos con Richard que la noche recién estaba en pañales y azules sobre las olas del mar, tiritaban los astros a lo lejos.

    —Lau… ¿pido champagne?

    —Si… pero recuerda que en estas noches para vos soy Xochi, tu pervertida diosa erótica.

    —Cierto, la más puta.

    Cuando tocaron la puerta, el camarero advirtió que mis pezones en un bajo relieve sobresalían de ese fino toallón, que apenas me cubría el pubis.

    —Perdón señora, ¿aquí pidieron champagne?

    —Si, le dije, (provocando que mi mano descubriera un poco mi desnudez) póngalo sobre la cama.

    A lo que mi hijo entrando desde el balcón y con su toallón en la cintura, le alcanzó una propina. Al salir ese camarero, negro como el ébano y bien dotado según su blanco pantalón, me guiñó un ojo, cumplido al que yo sonreí con un gesto de mis labios.

    —¿Te gustó el negro?, me preguntó mi hijo.

    —Si. Está bien dotado, por eso le deje ver mi conchita depilada.

    Nos emborrachamos durante gran parte de la noche entre besos quemantes y suaves mordiscos, esa era nuestro juego, el placer doliente y ardiendo en nuestros labios, hasta que caí rendida en la cama de mi hijo de tanto placer; cuando despertando en la madrugada y aún de noche, sentía otra vez sus pequeños mordiscos sobre mi pubis, la saliva de Richard servía de lubricación sobre mi clítoris y su lengua perversa, se enterraba aún más entre los labios húmedos de mi sexo.

    —No pares hijo. —le dije sosteniéndole la cabeza y apretándolo contra mi pubis.

    Estoy acabando sobre su boca y mis flujos se confunden en sus labios, sacudió su boca abierta y se devoró «literalmente» mi último orgasmo antes de que me volteara violentamente y se acomodara detrás de mí y me penetrara cabalgándome hasta que, rasgando las sábanas con mis uñas, volví a sentir su semen desbordando por mis piernas; me deje caer sobre las almohadas, su cuerpo sobre mi espalda, su pubis no dejaba de golpetear mis cadenas, una catarata de orgasmos eran mis gemidos mordiendo esas almohadas, no daba más de placer, pero aún no quería que se detuviera.

    —No pares, le volví a repetir. Cuando sentí que su tiesa pija estaba acomodándose otra vez en mi cola, curvé mi cadera hacia arriba, acomodé una almohada bajo mi vientre y mi cola quedo a merced de mi hijo, con sus manos separó mis nalgas y esa erección fue clavándose en mis entrañas con ese ardor interminable de placer de sus veintitantos centímetros, los que sentía en mi esfínter y que se hundían en mis entrañas.

    —Cogeme hijo de puta, cogeme más; ¡me partís, me arde!

    Cuando sentí que su ritmo era más intenso, supimos que estaba a punto de acabar, me solté y me puse en cuatro sobre la cama, como una perra en celo, cuando mi boca no dejó caer nada de ese semen que a chorros me bañaron el rostro y saboreándolo con mi boca lamí hasta la última gota que corrió por mi garganta. Nos tumbamos en la cama mirando el techo y ese amanecer sobre el mar que corría del otro lado del balcón; yo mojada de semen y mi hijo Richard cubierto de mis ninfómanos pecados.

    —La seguimos esta noche, le dije besándolo en los labios, —la podemos invitar a Grace.

    —Sí, pero la sorpresa la preparo yo. Me dijo sonriendo y mordiéndome los labios.

    Me levanté y envuelta en una bata de baño, me fui a mi camarote, mi marido dormía, seguramente con los cuernos entre sus sueños, me acomodé a su lado sin desearlo, pero tuve que cogérmelo al despertar, —por las dudas de haber quedado embarazada esa madrugada bañada por el semen de mi hijo—; con mi marido apenas fue un polvo echado al viento —pero, me aseguraba que acabara bien adentro, no dejé de acariciarle la cabeza, como acomodándole los cuernos mientras me reía con mis pecados.

    En la cena siguiente, volvimos a compartir la mesa con Grace y su esposo, sus ojos no dejaban de clavarse en los míos, y en los de Richard; él le asintió con la cabeza cuando ella bebiendo de su copa le guiño un ojo; eso estaba listo; pero en un descuido y al rato lo veo a mi hijo conversar con el camarero del champagne. La noche prometía más placer, más pecados, incesto entre Edipo y Yocasta, entre Xochi, Richard y sus invitados, en un morbo ya encendido en esas noches de cruceros.

  • Fantasías (parte 1)

    Fantasías (parte 1)

    Soy Bernardo. Lo que les voy a contar es una experiencia que cambió mi vida y que hizo realidad algunas de mis fantasías más ocultas.

    Que tiene como protagonista a mi esposa, Jaqui.

    Morenita, hermosa, con unas piernas que son el deseo de cada hombre que la mira.

    Además de tener unas nalgas de ensueño y una carita tan hermosa.

    Este detalle que les cuento de sus piernas y de sus hermosas nalgas creo fue el comienzo de una de mis fantasías.

    Es que ver como la miran los hombres empezó a generarme en mi ese morbo mezclado con celos, en el que el morbo siempre salía ganando.

    ¡Si! Fantaseaba con que la vieran desnuda y verla coger con otro.

    Pero dado a que ella siempre fue muy reservada y tímida siempre pensé que eso sería solo una fantasía que estaría en mi cabeza.

    Un día, medio aburrido andaba paseando por la casa con una lata de cerveza, cuando escuche ruidos junto a la ventana de nuestra recámara.

    Al investigar en la ventana vi a un empleado de la construcción que hacía algunos arreglos en el balcón del vecino.

    Me asome un poco y observe a un joven de unos 25 años, que trabajaba en el aplanado de la pared contigua a nuestra recámara.

    Mi esposa se encontraba en la regadera próxima a salir y entrar en la habitación a vestirse.

    Mi imaginación comenzó a volar y mi fantasía ganó la partida, así que jalé un poco la cortina de manera que el joven pudiera ver a mi esposa solo un poco.

    La siguiente pieza de la casa es la sala, solo una pared la separa de nuestra habitación y la ventana queda del mismo lado de la calle, así que tomé mi lata de cerveza y me dirigí a esa ventana, como lo supuse tenía vista perfecta de nuestro amigo.

    Escuché que la puerta del baño se abrió y mi esposa salió rumbo a nuestra recámara, envuelta en una toalla que cubría bien sus senos, pero era demasiado corta y dejaba ver la mitad de sus nalgas.

    Automáticamente mi respiración cambió como si hubiera subido una escalera a toda prisa y mi corazón parecía que se me saldría del pecho.

    Mire por la venta para observar el comportamiento del chico y para mi sorpresa uno de sus compañeros estaba junto a él, ambos al parecer preparaban cemento en una especie de caja de madera, no se percataban de lo que ocurría frente a sus narices. (bobos pensé).

    Uno de ellos se levantó y se retiró.

    El primer joven volteo la cabeza hacía la ventana y la regresó a lo que estaba haciendo, pero décimas o milésimas de segundos después regresó la mirada súbitamente a la ventana, más bien fue como una sacudida de su cabeza como si su cerebro hubiera procesado lentamente la imagen que había captado.

    Dejó de hacer lo que estaba haciendo, se quedó inmóvil para no emitir ningún ruido, parecía una estatua pasando algunos instantes descubrí que nuestra respiración llevaba el mismo ritmo de agitación, ambos tratando de no hacer el menor ruido posible.

    Me di cuenta que mi verga estaba completamente parada, al mismo tiempo nuestro amigo se llevaba la mano dentro de sus pantalones y comenzó a tocarse.

    No fui consciente de cuánto tiempo pasamos los dos mirando cada quien, desde su ventana, yo mirándolo a él y él mirando a mi esposa.

    De momento sacó su mano de su pantalón y comenzó hacer lo que estaba haciendo.

    Supuse que mi esposa había terminado de vestirse.

    Y en efecto mi esposa apareció con una minifalda blanca y una blusa de color rosa con tirantes.

    Me preguntó ¿Qué haces?

    A lo cual conteste viendo la televisión.

    Ella se echó a reír y me dijo si la enciendes es más divertida.

    Y entró a la cocina.

    (Jaqui la esposa)

    Soy Jaqueline esposa de Bernardo, llevamos casados 12 años, él es un hombre muy atento, divertido y trabajador.

    Pero a veces tengo la sensación que piensa mucho en los demás y da por asentado su suposición antes que preguntar lo que la otra persona siente o quiere hacer.

    Hablando de mi sexualidad desde que mi cuerpo comenzó a tener cambios y observar mis atributos comencé a notar las miradas principalmente de los hombres.

    Incluso algunos hacían comentarios sobre mi cuerpo, algunos que me gustaban y otros muy groseros.

    Cuando vivía con mis padres teníamos un vecino, el clásico joven caliente que le daba por espiarme en la ventana y confieso que me gustaba calentarlo desvistiéndome antes de dormir.

    Recuerdo en una ocasión una ráfaga de viento delató su posición detrás de la cortina que cubría su ventana, dejándome ver su silueta delgada y su verga erecta que para ser un joven de unos 20 años. estaba muy bien dotado.

    Desde ahí yo fantaseaba con estar con él.

    En ese entonces se despertaron dos fantasías en mí, la primera que me gustaba por ser observada. Y la segunda sentir el vigor de una verga grande.

    Hoy cuando salí de bañar crucé la sala y vi a mi esposo, que me miraba de una manera algo extraña.

    Entre a mi recámara me puse frente al espejo, me quite la toalla y observé en el reflejo del espejo la silueta de una persona parada de tras de la ventana, me di cuenta que la cortina estaba algo abierta y entonces imagine que es lo que tenía mi esposo, que algunas veces me había disparado algunas indirectas sobre parejas que buscaban un tercero para hacer tríos.

    Creó que el fantasea con verme con otra persona.

    (Muy bien sigamos el juego pensé)

    Aún que tenía ya mi ropa preparada comencé a caminar por el cuarto como si buscará algo.

    Me acerque de espaldas completamente desnuda a la silueta que me observaba y comencé simular buscar algo debajo de la cama.

    (Disfruta la vista dije con el pensamiento)

    Me recosté boca abajo en la cama, lo más cerca posible de la ventana y fingí estar observando mi celular.

    De reojo en el espejo alcancé a ver una silueta delgada, se me vino a la mente que pudiera ser un joven como el de mis fantasías eso me calentó, me puse en cuatro sobre la cama para que el afortunado pudiera ver mi vagina.

    Yo deseaba tener su boca entre mis nalgas y que empujara su cara y su lengua lo más adentro de mí.

    Me di cuenta que nuestro amigo tenía su mano derecha dentro de su pantalón y la movía claramente intérprete que se masturbaba.

    Me probé varias tangas frente a él.

    Hasta que decidí que la función había terminado y me vestí.

    Salí del cuarto en dirección a la cocina y encontré a mi esposo mirando la ventana, yo sabía que había apreciado la escena y los gestos del joven.

    (Esposo)

    Vaya eso fue intenso, creo que mi esposa no se dio cuenta de que la observaban, tendré que repetirlo.

    (Esposa Jaqui)

    Más tarde ese mismo día abrí las cortinas de la sala para que entrara luz y abrí también la ventana y asomé a la calle, moví mi vista hacia la casa del vecino y como lo supuse ahí estaba un joven más o menos 180 cm, delgado, piernas largas, brazos y su torso marcado posiblemente por su trabajo.

    Pero lo que más me llamó la atención fueron sus manos, sucias maltratadas, me las imaginaba rasposas, ásperas era inevitable fantasear con ellas recorriendo mi espalda.

    Al siguiente día pensé en repetir la rutina del día anterior, mi esposo no estaba en casa por él trabajo.

    Entre a la regadera y tomé un baño, salí con la intención de regalarle al chico un nuevo show.

    Pero cual fue mi sorpresa que no había nadie en la ventana, que lástima dije con el pensamiento.

    Me puse un vestido verde que me llegaba arriba de las rodillas de esos vestidos que son holgados y tienes que cuidarte del viento. debajo llevaba una tanga verde muy sexi.

    (Esposo)

    El siguiente día en él trabajó pensaba si se estaba repitiendo el show de mi esposa en la ventana.

    El tiempo pasaba lento y yo estaba ansioso por llegar a casa.

    Regresando del trabajo y al llegar a nuestro edificio forzosamente tengo que pasar frente a la oficina de administración.

    Cuando cruce por la puerta mire adentro y vi al mismo joven que sostenía una conversación con el administrador preguntando si tenía algo más de trabajo que pudiera hacer, a lo cual el administrador negaba con la cabeza.

    Nuevamente mi mente sucia disparo una idea, los interrumpí disculpándome, pregunté tienes tiempo de reparar una fuga que tenemos en la regadera y tal vez me puedas ayudar con la pintura de algunas paredes.

    Claro si no tiene usted inconveniente me dirigí al administrador.

    Acompáñame le pedí al joven, subimos juntos la escalera, hasta el departamento, Como te llamas pregunté.

    Ismael señor respondió.

    Yo soy Bernardo mientras llegábamos a la puerta del departamento es aquí le dije mientras sacaba mis llaves.

    Abrí la puerta entramos a la casa, grité amor, llamando a mi esposa que apareció radiante saliendo de la cocina, se veía realmente hermosa, llevaba una falda que hacía lucir extraordinariamente sus piernas.

    De esas faldas cortitas, de tela delgada que se levantan con cada movimiento y que quisieras hacerte diminuto para ver de bajo de ella.

    Ella es mi esposa Jaqueline, él es Ismael, los presenté.

    Vi como a Ismael se le iluminaron los ojos, sin duda regresaban a él esas imágenes de lo poco que pudo ver. A través de la ventana.

    Mucho gustó exclamó Ismael estirando la mano para saludar a Jaqui.

    Ismael nos ayudara el día de mañana con la fuga en la regadera y los trabajos de pintura que habíamos platicado.

  • Iniciando a nuestros hijos mellizos (10)

    Iniciando a nuestros hijos mellizos (10)

    Durante la semana que siguió, la vida en casa se mantuvo en su ritmo acostumbrado, sin embargo, la atmósfera tenía una tensión erótica. Cada noche, Myriam y yo no pudimos evitar la tentación de hablar en la cama acerca de la revelación de Sandra y su anhelo de experimentar nuestro estilo de vida. Nuestras fantasías se expandían, imaginando a nuestra hija inmersa en la escena que una vez pensamos que era solo para nosotros.

    El sábado por la tarde habíamos acordado ir a la sex shop, Sandra en pocos días elevo su libido, de ser una universitaria deportista e hija de familia, vestir con pants deportivos, shorts y calzado cómodos, a salir ese día de su habitación con un short extremadamente corto que apenas le cubrían las nalgas y una blusa suelta que hacían notar sus generosos senos y dejando además a la vista su ombligo y su vientre plano, con su figura atlética se veía espectacular con ese atuendo.

    Jamás imagine que mi hija iría a una sex shop y menos en compañía de nosotros, y la idea de que lo hiciera con esa ropa que la hacía lucir tan tentadora, era una combinación que a mi esposa y a mi nos ponía nerviosos. Aunado a eso Myriam le sugirió que usara unas zapatillas casuales con plataforma en lugar de sus zapatillas deportivas, mi hija acepto sin dudarlo.

    Salimos de casa. En el coche, la conversación fue tensa, los tres estábamos ansiosos. El sex shop está dentro de un concurrido centro comercial discretamente ubicado al final de un pasillo, era necesario pasar por tiendas de ropa y quioscos de venta en los pasillos del mall, Sandra se movía con la gracia de una gacela, atrayendo miradas de algunos hombres e incluso mujeres que se cruzaron en su camino. Entramos a la elegante tienda, que olía a cuero, seda y perfume exótico, afortunadamente por la hora, no había clientes en la sala principal, lo que me permitió sentir un alivio temporal. Había 3 empleados a la vista, una chica y dos chicos.

    Los ojos de Sandra se abrieron de par en par al ver la gran variedad de artículos que ofrecía la tienda. Había juguetes eróticos en todos los tamaños y formas imaginables, lencería provocativa colgando de perchas, y estanterías repletas de DVD y revistas que en la actualidad inexplicablemente aún existían.

    Sandra caminó por el pasillo central, examinando todo con curiosidad, a veces deteniéndose a leer la descripción de un producto. A medida que caminamos por la tienda, Sandra se movía con gracia, su short resaltando cada movimiento de su cadera, y su blusa se abría levemente con cada paso. La chica del mostrador, cuyo uniforme sugerente no pasó desapercibido, se acercó a nosotros y, con una sonrisa en los labios, nos ofreció su ayuda. “¿Es su primera visita?” Preguntó. Mi esposa y yo con la boca seca le contestamos que ya habíamos venido antes. “¿Tienen alguna idea de lo que buscan?” Nos consultó, y Sandra respondió sin rubor: “Queremos ver ropa sexy para una despedida de soltera”.

    La chica asintió y, tomando a Sandra por el brazo, la guio a el área de lencería en la que colgaban centenares de conjuntos.

    Mi esposa y yo la seguimos con cierta timidez, aún sin creer que nuestra hija estuviera allí, en una tienda para adultos, eligiendo ropa atrevida para su mama y quizá para ella misma. De repente, Sandra detuvo su marcha ante un maniquí que portaba un liguero de cuero y un corset ajustado que dejaría a la vista los pezones. Nos miró a los dos, y su rostro se tornó entre tímido y aventurero. “¿Qué les parece?” preguntó, con sus mejillas sonrojadas. La dependienta, con un tacto experto, empezó a mostrarle opciones: “Este sería ideal, se adhiere perfecto al cuerpo y resalta tus curvas”, decía, o “mira este color, te quedaría genial. ¿Las dos necesitan atuendos?” Preguntó.

    Sandra respondió con tono seguro: “Sí, primero mi amiga Myriam, que es la que se va a casar soy su Wedding Planner (Organizadora de Bodas). Y él es Miguel el afortunado novio, me gustaría para ella algo que la haga sentir sexy y divertida en su despedida de soltera”. La chica del mostrador asintió, entendiendo la situación, y continuó mostrando opciones de lencería cada vez más atrevida.

    Mientras mi esposa y yo observábamos, intentando no mostrar nuestro asombro y sorprendidos de como nuestra hija manejaba la situación y la volvía divertida, por dentro moria de risa por su ocurrencia de presentarse como la organizadora de nuestra boda. La conversación con la vendedora se centró en cuáles serían las mejores opciones para que Myriam deslumbrara en su fiesta.

    “Me gustaría algo más sexual para mi clienta” Pidió Sandra, me estaba excitando mirarla con su diminuto short, caminaba al lado de la vendedora sus hermosas piernas me volvían loco.

    Sentí que mi corazón latía más rápido al escuchar la petición de Sandra. La vendedora le guiño un ojo y asintió, conduciéndola a un rincón exclusivo de la tienda. La sección de lencería se tornaba aún más provocativa, con encajes que se adherirían a la piel y diseños que dejarían al descubierto la imaginación. La chica cogió un par de conjuntos “¿Qué tal este?” dijo, mostrando un body transparente con detalles en terciopelo rojo que resaltarían la piel de mi esposa. “Sí, este sería perfecto. Myriam ama el rojo, y estoy segura de que le encantará”. La conversación siguió, y la tensión sexual en la tienda se volvía aún más densa, con cada prenda que la chica presentaba. La confianza de mi hija en este entorno me sorprendía, y no pude evitar sentir un extraño cosquilleo en el estómago al verla tan segura.

    La vendedora les mostró la sección de probadores y las tres desaparecieron detrás de la cortina.

    Sali y me senté en una silla afuera en la parte principal de la tienda, intentando mantener la compostura. Mirando a mi alrededor, me di cuenta que entraron nuevos clientes, algunas venían en parejas y otros eran hombres solos, los empleados estaban atrás de un mostrador de cristal en cuyo interior había todo tipo de artilugios y accesorios sexuales. En el pasado mi esposa y yo habíamos ido exclusivamente por ropa, de hecho, era una tienda recurrente de nuestros amigos del ambiente.

    No era la única sex shop de la ciudad, pero si la más exclusiva sabía que incluso tenía unas secciones privadas que en el pasado eran para trasmitir películas clasificación xxx, en la actualidad me habían informado que tenían otras funciones. Era como si fuesen dos tiendas o escenarios.

    A la otra sección jamás tuve curiosidad por entrar ya que mi cuota de perversión la tenía cubierta en el ambiente swinger. Vi que entraron algunos chicos, pero no vi que entrase alguna mujer. Decidí regresar para estar más cerca de mi familia, no podía evitar escuchar sus risas suaves detrás de la cortina que conducía a los probadores. Finalmente, la cortina se abrió, Sandra salió y me pidió entrara para que mirara los atuendos que mi esposa había elegido, Myriam salió del probador luciendo un liguero que resaltaba su figura y unas bragas transparentes que me dejaron sin aliento. Sandra la miraba con una sonrisa orgullosa y dijo: “¿Ves? Le queda de maravilla”.

    “¿Te gusta, amor?” Preguntó Myriam.

    “¡Me encanta!”, le respondí.

    “¿Que me sugieres para acompañar a mi clienta en su despedida de soltera? Me gustaría algo sexy de acuerdo a mi edad”, Pregunto mi hija a la empleada. “Si me permites Sandy te puedo ayudar a elegir” le sugirió mi esposa siguiendo el juego a nuestra hija. Decidí darles intimidad y salí nuevamente a la sala principal de la tienda, paseando por entre las estanterías, examinando los juguetes eróticos que brillaban con las luces tenues.

    Pensando en mi hija probando ropa sexy y mi esposa guiando sus elecciones, mi imaginación empezó a volar, y no pude evitar sentir un calor que se extendía por mi miembro, que ya empezaba a endurecerse en mi pantalón. Dejando que mi mente se llenara de imágenes vividas de lo que podrían estar pasando detrás de aquella cortina, me dediqué a explorar la tienda.

    Aproveché para platicar con uno de los vendedores y le pregunte si aun funcionaban los privados o era solo otra sección de la tienda en donde había otros artículos ya que vi que otro grupo de 3 chicos entraron.

    “Si, es privado para asociados con membresía” me contesto.

    “De que se trata?” Pregunte realmente intrigado

    “Son dos salas para Glory Hole y un cuarto oscuro. ¿Sabe a qué me refiero?”

    “Bueno, Glory Hole si conozco el termino, son orificios en la pared en donde hombres introducen sus miembros para recibir sexo oral, y el cuarto oscuro no tengo la menor idea, pero me lo puedo imaginar” Respondí, en algún club swinger que visitamos existen las salas de Glory Hole.

    “Bien, el cuarto oscuro funciona después de las 8 de la noche y es exclusivo para Gays, y las dos salas para Glory Hole una es gay y otra es para heteros” Me respondió de forma profesional el vendedor.

    “¿Esas dos salas están ahora abiertas?” Pregunte

    “Si, desde las 2 de la tarde”

    “Disculpa, no quiero ser indiscreto, solo he visto que entren hombres, ¿entiendo que realmente el tema es gay?

    “Mayormente señor, aunque algunas parejas vienen más tarde, entre los asociados se ponen de acuerdo, ¿le interesa una membresía?” Me ofreció

    “¡Ho no! Solo curiosidad. ¿Puedo echar ahora un vistazo?” Pregunte

    “Es exclusivo, lo siento, de hecho, la entrada es digital no tenemos acceso o control solo los asociados lo pueden hacer y el personal de limpieza al abrir y al cerrar la tienda, todo es anónimo una vez ingresando. ¿Le activo una membresía? solo son 300.00 dólares anuales para hombres y $ 200.00 dólares para parejas, es decir los dos pueden entrar se les asignan dos códigos y las chicas solas la membresía es gratuita… y perdone mi atrevimiento. ¿Las dos chicas que le acompañan son algo de usted?” Pregunto tratando de ser cuidadoso.

    “Es mi… futura esposa y una amiga de mi esposa que está organizando nuestra boda” Seguí mintiendo con el juego creado por mi hija

    “Bueno, por $ 200.00 dólares podrían tener acceso las tres personas a partir de hoy ¿que le parece?”

    “Cuál es tu nombre chico?”

    “Brian, señor”

    “Brian, eres un excelente vendedor, créeme que lo tomare en cuenta”

    “Disfrute la tienda señor, si necesita algo no dude en contactarme” Me extendió su tarjeta.

    La vendedora, salió de la sección de ropa y me pidió la acompañar a petición de mi esposa.

    Cuando entré a la sala de probadores, Sandra se encontraba parada delante del espejo, luciendo un atuendo que la hacía ver simplemente espectacular. Había escogido un liguero y bragas de cuero brillante, que ceñían su figura con un encanto irresistible, y un par de zapatillas altas con tacón que la hacían ver más alta y le daban un aire dominante y sensual. “¿Qué piensas, Miguel?, quería saber tu opinión” Me miró con ojos brillando de emoción y curiosidad. “¿Crees que este sería un buen look para la despedida de soltera de Myriam?” Su tono sugerente y su postura me dejaron sin aliento por un instante.

    Cuando mi hija se dio la media vuelta, pude apreciar que el atuendo se metía audazmente entre sus nalgas, resaltando cada curva de su figura esbelta. Su piel brillaba a la luz tenue de la tienda, y cada movimiento que hacía con sus caderas hacía que la tela se ajustara aún más a su redondo culo. La prenda se deslizaba de una manera que acentuaba cada contorno, mostrando la separación perfecta de sus nalgas y la suave piel que se escondía debajo de la tira delantera.

    Sus senos, ya de por si voluminosos, parecían querer escaparse de la diminuta prenda que los sostenía, a cada respiración que daba, se notaba el esfuerzo del encaje por contener la carne que amenazaba con salir. Su rostro se iluminó al ver mi reacción, su sonrisa sugería que sabía el impacto que causaba en mí.

    Traté de reaccionar, evitando que notara mi turbación. “¡Mierda!, Sandra, vas a causar estragos en la fiesta de Myriam, ya debes saber que eres hermosa y te ves espectacular”, respondí, sin poderme contener. El espejo reflejaba su silueta, la tela del liguero y las bragas se ajustaban a su piel, resaltando cada contorno de su figura atlética. La habitación se llenó de un silencio cargado, en el que solo se escuchaba el suave sonido de sus pasos al andar y la respiración agitada de mi esposa y la mía. La intimidación que sentí en la tienda se transformó en una extraña combinación de orgullo y nerviosismo al ver a mi hija tan segura de sí, jugando con su sexualidad de una manera que jamás hubiera imaginado.

    Agradecimos a la chica por sus atenciones, mi esposa y mi hija se pusieron deprisa la ropa con la que habíamos entrado. Con un paso ligero, cruzamos la tienda, pasando por delante de los clientes que miraban a mi hija con disimulado interés. Llegamos a la caja, atendida por el joven vendedor, Brian. Él sonrió al vernos y dijo: “¿Todo listo para la fiesta? la tensión en el aire se intensificó a medida que Brian escaneaba los artículos sin dejar de ver a mi hija y a mi esposa con cierto morbo.

    Finalmente, el total fue calculado y mi esposa pagó con su tarjeta de crédito. A medida que salíamos, la vendedora nos deseó suerte en la despedida de soltera otorgándonos un guiño sutil. “Gracias, lo pasaremos de maravilla”, le dijo mi esposa con una sonrisa, y la puerta de la tienda se cerró detrás de nosotros, sellando la experiencia y el secreto que ahora compartíamos los tres.

    Caminando por el bullicioso centro comercial, mi hija, se movía sensual y despreocupada, su corto short ajustado se movía con cada paso que daba, provocando que sus nalgas se contonearan de una forma que era imposible de ignorar, se movía con una sensualidad descarada, era difícil pasar desapercibida. Su actitud era evidente, disfrutaba ser el foco de atención y que los desconocidos la admiraran. Con cada paso que daba, sus caderas se balanceaban de un lado a otro moviendo su respingado culo.

    Nunca me hubiera imaginado que mi hija tuviera una libido tan parecida al nuestro, que le gustara exhibirse y sentir los ojos de los demás encima. La miraba caminar y no podía evitar sentirme orgulloso de la persona que se había convertido. La confianza con la que se exhibía era en cierto sentido familiar, ya que mi esposa y yo solíamos disfrutar de ese tipo de atención en las fiestas swingers a las que asistíamos.

    De repente, Sandra se detiene y me mira con ojos desafiantes, “¿Papá, en serio te gustó la ropa que elegí, no está muy atrevida?” Me acerque a ella, tomando su cintura, “Me encantó, bebe, te ves espectacular. Deberíamos celebrar que ya eres una adulta que se atreve a disfrutar de la vida”. Las invito a tomar un aperitivo antes de ir a casa.

    “Buena idea, un aperitivo suena fantástico”, dijo Sandra, regalándome una hermosa sonrisa.

    Decidimos ir a un bar cercano que solíamos frecuentar con nuestros amigos del ambiente. Al entrar, la atmósfera sensual me recordó nuestros juegos del pasado y mi imaginación se disparó con la idea de que mi hija de alguna forma ahora formara parte de este mundillo. Nos sentamos en un rincón discreto, y pedimos unas bebidas. Sandra y mi esposa reían divertidas sobre la actuación que tuvieron en la sex shop y el estar ahí con nuestra “Organizadora de Bodas” tomando una copa.

    Mi hija nos preguntó si íbamos frecuentemente a esa tienda “¿Sabes? No la hemos visitado en un buen rato” Le contesto Myriam. “De hecho fue una de las primeras tiendas a las acudimos a comprar ropa o algún juguetito”, agregue sonriendo ante su inocente curiosidad.

    Myriam le pregunto a mi hija que como había adquirido el consolador que nos confesó usaba

    “¿De dónde lo sacaste?” Pregunté también intrigado.

    “Oh, una amiga me lo dio cuando cumplí 20. Me dijo que era perfecto para probar cosas… sin compromisos”, dijo Sandra, bajando la mirada a su vaso y sonrojándose ligeramente.

    Mi esposa se río suavemente, “¿Y qué tal la experiencia?”

    “Ha sido interesante, la verdad. Aprendí bastante”, respondió con una media sonrisa, levantando la mirada y desafiando nuestros ojos.

    Mi hija tomó un trago de su bebida, aclarando su garganta con un susurro y dijo: “¿Saben? Estuve a un paso de pedirles otro regalo allí en la sex shop, un consolador que vi. Pero me dio pena”. Nosotros intercambiamos miradas divertidos. “¿Y qué te detuvo?” Pregunté, intrigado por saber cuáles podrían ser las limitaciones que mi propia hija se autoimponía ya que todo el día se había mostrado abierta a cualquier situación. Ella se río un poco y respondió: “Creo que la gente que estaba en la caja me cohibió”.

    Mi esposa, que ya se estaba relajando y disfrutando de la conversación, le dijo: “Sandy, si quieres un consolador o lo que sea, solo dilo. No hay nada de que avergonzarse.

    Sandra se sonrojó aún más, “Bueno, no es que quiera que la gente sepa que lo use, mamá”, dijo en un tono tímido.

    “Por supuesto, cariño, tu intimidad es sagrada. Pero si alguna vez quieres hablar de ello o de… cosas similares, no dudes en acercarte. Eso es lo que somos, una familia que se apoya”, le dijo mi esposa.

    Sentando la base para que mi hija se sienta segura y apoyada en su exploración sexual, mi esposa sugirió: “Si hay alguna otra oportunidad, cariño, te lo compro yo, o si tienes pena, lo pido por Amazon, no hay de qué preocuparse”. Sandra sonrió, apreciando la oferta, “Gracias mamá, tal vez lo hagamos la próxima vez que vayamos a la sex shop”. La conversación continuó con un tono ahora más ligero y divertido, hablando de los consoladores y la variedad que hay en el mercado, las risas y comentarios subidos de tono llenaron el aire.

    “Tenemos que ir pronto a la tienda de nuevo, mamá”, dijo Sandra

    “Claro que iremos”, respondió mi esposa.

    “En la actualidad hay mucha apertura, no hay de que sentirnos apenados le dije a mi hija, ahí mismo en la sex-shop hay un mundo oculto, platiqué con uno de los vendedores y me conto que hay unas salas especiales en donde hay algún tipo de actividad sexual”. Les confese

    Mi esposa y yo intercambiamos una mirada que decía “¿estamos realmente teniendo esta conversación?” Sin embargo, la emoción en la cara de Sandra era evidente. Ella se ajustó el asiento en el banco, cruzando y descruzando las piernas, lo que solo sirvió para resaltar aún más su atractivo. “¿De verdad, papá? Hay lugares en la tienda para…”, se detuvo, buscando las palabras adecuadas. “Sí, cariño, hay salas privadas en la que la gente se reúne para… divertirse”, le expliqué, evitando ser demasiado explícito. Ella asintió, sus ojos brillaron de curiosidad

    “Es como un club, pagas una membresía en la sex shop y tienes acceso a esas áreas, en algún sentido tiene que ver con el ambiente swinger, aunque está encaminado a otras variantes, como el sexo en general o las relaciones gays”

    “¿De verdad?”, exclamó Sandra, intrigada por la revelación. “¿Y cuáles son esas variantes?”

    Mi esposa y yo intercambiamos una mirada de duda, no sabíamos si debíamos continuar con el tema o si ya habíamos ido demasiado lejos. “Bueno hay cabinas temáticas”.

    “Que son las cabinas temáticas en una sex shop?

    “Son lugares privados en la tienda, que las personas alquilan para disfrutar de experiencias sexuales específicas” Trate de explicar.

    Sandra me miraba con ojos que no se podía negar que ya no era la inocente adolescente que creíamos. Estaba creyendo en su sexualidad y la curiosidad que sentía por la escena swinger era evidente. “¿Y tienes que ser swinger para ir a esas salas?”

    “No, cariño, no son propiamente swingers son personas que van en busca de sexo en general”, dijo Myriam

    “Bueno, al fin y al cabo, es solo sexo, y si la gente quiere divertirse de maneras un poquito loca, es su decisión”, respondió Sandra con una sabiduría que me sorprendió.

    “En clubs swingers hay cabinas temáticas y se llaman Glory Hole, a algunas parejas les gustan esas prácticas, nosotros jamás hemos participado, pero son especificas en club swingers. En el caso de la Sex Shop venden membresías para ingresar a esas cabinas, de hecho, me informaron los precios para hombres solos, parejas y las chicas o mujeres solas entran gratis.”. Le informe.

    “Y que sucede en los Glory Hole”. Pregunto mi hija con los ojos muy abiertos.

    “En esas salas, la idea es que haya orificios en la pared, por el que uno o varios miembros masculinos introducen anónimamente sus penes y la persona del otro lado, que tampoco se ve, les brinda sexo oral. Es un concepto discreto y anónimo que a mucha gente les gusta probar, por ello hay cabinas para gays y otra para heterosexuales, para las parejas hay un descuento y las chicas solas, bueno, no pagan, es gratuito para ellas”, Le expliqué, intentando ser lo más franco y sincero.

    Su curiosidad se intensificó aún más, “¿Por qué no pagan las chicas?”

    “Por la misma razón que en los club swinger no pagan derecho de membresía o acceso hija, es muy reducido el número de mujeres que participan o tienen esa fantasía como singles, comúnmente son parejas en el ambiente las que gustan de ese tipo de salas aun así son un número reducido en el caso de sex shops por ello pagan una cuota menor, y en el caso de hombres se les cobra una cuota mayor ya que son la inmensa mayoría, además están las salas gay en el mismo concepto con la variante que son hombres con hombres, el que está al interior de la cabina como los del exterior.” respondí

    “¡Wow!, estoy en shock todas las opciones y posibilidades es un mundo que no sabía que existía, les agradezco que me lo estén mostrando, confieso que es excitante, muy hardcore en el caso de las cabinas para mí, aun así, algún día me gustaría mirarlo como espectadora solo por curiosidad. ¿Podemos en alguna futura visita… verlo?” Me sorprendió con su respuesta.

    “Solo si pagamos la cuota de asociados”, Le recordé.

    “Quizá en un futuro, después de tu fiesta de iniciación” Comento mi esposa

    “En nuestra próxima visita a la sex shop pagare la membresía anual que me ofrecieron y nos registraremos los 3, quizá sea buena idea echar un vistazo” Les sugerí.

    Continuará…