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  • Compartiendo a mi esposa con mi hermano (1)

    Compartiendo a mi esposa con mi hermano (1)

    Soy Fabio el hijo mayor de una familia de cuatro, mi hermana Clara, mi hermano Pedro y mi otra hermana la menor Ana. Soy una persona seria, acomodada y de mente abierta, mido 1.79 piel un poco oscura cuerpo algo atlético, actualmente tengo 42 años y llevo casado 16 años, con Marcela una chica muy linda y guapa, flaquita, mide 1.61, le llevo 6 años, cuando nos casamos ella tenía 20 y yo 26.

    Cuando me casé con ella vivíamos cerca a la casa de mis padres, ella trabajaba como secretaria en una empresa y yo como supervisor, luego de 2 años de estar casados la empresa para que trabajaba abrió una nueva sede en otra cuidad y me ofrecieron la bacante de ingeniero mecánico y supervisor ya que por mi estudios y mi buena labor me tuvieron en cuenta primero y más que era mejor alguien conocido y supiera algo del manejo de la empresa y no alguien nuevo.

    Era como una nueva oportunidad ya que yo iba con todo pagado, me pagarían el alquiler de la casa y los servicios y claro, un aumento del salario de un 50% ya que me tocaba realizar más labores, en su defecto más responsabilidad.

    Mi esposa Marcela renunció al trabajo ya que la ciudad para donde nos pasaríamos quedaba a 7 horas de donde vivíamos primero, pero luego de 3 meses de estar viviendo en el nuevo lugar consiguió trabajo como secretaria en otra empresa cerca de mi nuevo trabajo a unos 20 minutos. Lo bueno de esta nueva empresa para ella es que solo era un trabajo de 8 horas de lunes a viernes, ya que era una pequeña empresa local de confecciones y solo se trabajaba ese horario, de 7 de la mañana a 3 de la tarde; mi horario era un poco diferente ya que yo trabajaba de 10 de la mañana a 8 de la noche y en pocas ocasiones trabajaba horario nocturno.

    Lo importante es que si había tiempo de disfrutar a mi esposa Marcela y compartir con ella. Hacemos ejercicio juntos cada vez que se puede, pero si disfrutamos del sexo, incluso en sus días del periodo eso a mí no me incomoda ni a ella, ya que se podría decir que ella es algo caliente y se pone en triple de caliente en esos días.

    Yo como buen esposo la complazco y disfruto de su cuerpo, sus ricas tetas copa 34B, un pezón oscuro que para sus tetas es más grande su aureola, es como de 10 cm de diámetro y su pezón erecto es 7 cm, es rico chupar y disfrutar de sus tetas y de su rico culo y su exquisito coño peludo como me encanta que lo tenga y claro a ella le gusta tenerlo así ya que desde que somos novios y seguimos como esposos siempre lo ha tenido así y ella me dijo que desde que le comenzaron a salir nunca se lo ha rasurado ni cortado.

    En fin, todo iba normal como dos esposos que trabajan y salen juntos, pero luego de 3 años de estar en la ciudad nueva todo cambió un poco con la llegada de mi hermano Pedro, el menor, ya que un día viernes de la nada me llama (No quiero decir que no hablaba con él, sino que fue una llamada sorpresiva).

    Pedro: Hola Hermano, ¿cómo estás?

    Fabio: Hola, muy bien

    Pedro: Hermano te puedo pedir un favor

    Fabio. Si, claro dime qué favor es

    Pedro: Lo que pasa es que donde trabajaba hicieron recorte de personal y yo caí en ese recorte y quedé sin empleo, pero me postule para un empleo de una empresa como gestor de recursos humanos y pase a entrevista, pero es presencial, la cuestión es que no me fije donde era la empresa y cuando ya dije que si podría asistir a ella me di cuenta que es en tu ciudad donde vives, ¿será que puedo ir a tu casa y quedarme hasta la entrevista el día lunes y si por si paso el proceso de selección?

    Fabio: Claro que si no hay ningún problema

    Pedro: Gracias hermano, no los incomodare a ti ni a tu esposa mucho, ya que, si logro el puesto y me dan el trabajo, no me demoro en conseguir un pequeño apartamento para yo vivir y no incomodarlos a ustedes

    Fabio: No, hermano tranquilo no hay problema si te dan el trabajo puedes quedarte aquí no hay problema acá en la casa es grande de 4 alcobas cada una con baño, sobran 3 habitaciones y aparte no tendrías la necesidad de pagar alquiler ya que aquí vivirías gratis solo colabora con el mercado y ya, así ahorrarías más dinero sin pagar alquiler y servicios, a parte a Marcela y a mí no nos incomoda que te quedes aquí.

    Pedro: gracias hermano por todo, estoy llegando mañana a tu casa, pásame la dirección

    Fabio: si la dirección es Avenida 10C con la calle 15 – 22C sector manzanares, aquí te estaremos esperando.

    Ya luego de colgar le comento a Marcela mi esposa que mi hermano Pedro vendrá a quedarse unos días mientras le dan el trabajo y que si pasaba al trabajo yo le propuse que se quedara viviendo con nosotros, ella dijo que estaba bien que era buena idea que a ella tampoco le incomodaba que él viviera con nosotros pues que él es agradable le cae muy bien y que es un hombre responsable como tú.

    Continuará.

  • Tradición familiar

    Tradición familiar

    Mi nombre es Andrea y actualmente tengo 36 años.

    Lo que les voy a contar no es un relato sino algo que me ocurrió verdaderamente y quisiera compartir con ustedes.

    Soy la menor de cinco hermanos, cuatro mujeres y un varón. El varón es el mayor y mellizo de una de las mujeres y el resto nos llevamos pocos años unos con los otros.

    Nuestros padres fallecieron cuando yo tenía apenas 6 años, mi hermana Eleonora 8, Cecilia 11 y Mónica y Alejandro 13. Al ser todos menores de edad, vino a casa un tío que se interesaba muy poco en nosotros y eso nos enseñó a unirnos y a protegernos mucho entre nosotros. Mi hermano con una madurez increíble para su edad se hizo cargo de todas nosotras. Se encargó de llevarnos y traernos del colegio, defendernos, lavar nuestras ropas, cocinar, y estar desde el mínimo detalle hasta los más importantes. Consiguió un trabajo en un restaurante y con ese dinero que ganaba nos compraba las cosas que necesitábamos. Las cuatro lo veíamos como nuestro protector y le teníamos una profunda admiración.

    Así fueron transcurriendo los días y los años hasta que llegó el cumpleaños número 18 de mis hermanos mellizos. Ya para ese entonces yo tenía 11 años y entre las cuatro mujeres le hicimos una torta para agasajar a nuestro hermano que para nosotras era un héroe más aún ahora que era mayor de edad.

    Ese día fue fantástico, cantamos, jugamos, nos reímos y abrió los regalitos que le habíamos hecho. En un momento que mi hermano había ido a guardar sus regalos al cuarto, Mónica que obviamente también cumplía la mayoría de edad ese día, nos pidió que esperáramos afuera que le quería dar un regalo especial a Alejandro. Eleonora y Cecilia se quedaron acomodando las cosas en la cocina y yo que era la más curiosa fui hasta el dormitorio a ver cuál era el regalo especial que le quería dar. Al intentar entrar la puerta estaba cerrada con llave y escuchaba sonidos guturales, gritos ahogados y ruidos. En mi corta edad pensé que se estaban peleando y corrí a avisarle a Cecilia que en ese momento tenía 16. Ella me tranquilizó y me dijo que seguro estaban “jugando” de manera más bruta porque ya eran mayores de edad y que me quedara con ella y que no me vuelva a acercar a la puerta. Pasado un rato escuché que se abría la puerta y por más que haya querido pasar a escondidas vi como Mónica se metía rápidamente en el baño solo con una remera y en bombacha. Mi curiosidad aumentó porque no entendía porque mi hermana había entrado al cuarto vestida y después de un rato salía semidesnuda y no había ningún regalo a la vista, pero preferí quedarme con las palabras de mi hermana y me olvidé del tema.

    El tiempo siguió pasando hasta que Cecilia cumplió la mayoría de edad. Ese día cenamos, celebramos, le dimos los regalos y cuando nos fuimos a dormir desde mi habitación escucho que se abre una puerta, unos pasos y otra puerta que se abre y se cierra. Me asomé y la habitación de Cecilia estaba abierta y vacía y nuevamente escuché gemidos y ruidos en la habitación de Alejandro. Para ese entonces tenía 13 años y aunque en casa no se hablada de sexo conmigo ya sabía que no estaban “jugando a lo bruto”.

    Lo mismo ocurrió cuando llegó el cumpleaños número 18 de Eleonora cuando su novio se fue después de cenar, pero ya con 16 años tenía en claro que era lo que pasaba.

    Al poco tiempo empecé a salir con un chico; nos besábamos, nos acariciábamos y nuestra calentura era extrema. Las cuatro hermanas nacimos rubias como nuestra madre, delgadas, y vamos al gimnasio para cuidarnos físicamente; las dos mayores con lolas pequeñas, pero bien redondas y firmes, Eleonora y yo del mismo formato pero más grandes y las cuatro tenemos una muy linda cola trabajadas con mucho ejercicio.

    Antes de tener mi primer relación sexual le pedí a Mónica si podía hablar con ella sobre el tema y ahí todas mis sospechas / certezas salieron a la luz

    Mi hermana me contó que todo comenzó ese día que ellos cumplieron 18 años y que a manera de agradecimiento por todo lo que Alejandro había hecho por nosotras le regaló su virginidad y que eso mismo habían hecho Cecilia y Eleonora al cumplir los 18. Por eso me invitaba a esperar un poco más para debutar sexualmente y seguir con la tradición de agradecerle a mi hermano de esa manera. A pesar de ya saber lo que pasaba, al escucharlo de boca de mi hermana mi corazón empezó a latir fuertemente y me invadió una intensa excitación. A mi hermana le dije que iba a respetar la tradición y que iba a debutar con él.

    Ese día cuando Alejandro llegó del trabajo me costaba mirarlo a los ojos, un poco por vergüenza, pero en realidad era por la excitación que me provocaba. Esa noche no pude dormir de los nervios y me masturbé imaginando ese momento.

    El tiempo que siguió a esa conversación fue difícil. Yo tenía muchas necesidades sexuales y me pelee con mi novio porque no teníamos relaciones y no le podía explicar el motivo y el morbo y el deseo de ser poseída por mi hermano me tenía mojada y me masturbaba con frecuencia.

    El mismo día de mi cumpleaños 18 me compré la mejor y más sexy ropa interior, me puse un vestido corto negro bien ajustado al cuerpo que me marcaba bien las tetas, la cola y la cintura, me dejé mi rubio, ondulado y largo cabello suelto y me reuní con mis hermanos para cenar.

    Al ser la última de las cuatro, mis hermanas ya sabían que iba a pasar y estaban distendidas y hacían gestos y se sonreían y mi hermano actuaba como si nada; la única nerviosa parecía ser yo.

    Pasaron la cena, la torta, las velitas y los regalos, se acomodaron los últimos detalles y llego el momento de irnos a la cama. Había llegado mi momento…

    Cada una de mis hermanas se fue a su respectivo cuarto y yo me metí en el baño para darme los últimos retoques. Me acomodé el cabello, me arreglé la ropa y fui al cuarto de Alejandro. Apenas entré lo vi sentado en su escritorio, me miró y solo atiné a decirle que venía a agradecerle todo lo que hizo por nosotras antes de acercarme y besarlo.

    Me senté en sus piernas y mientras lo besaba y pasaba la lengua por su cuello le iba desabrochando la camisa hasta que se la quité por completo; Puso su mano en mis piernas y comenzó a acariciarme a medida que iba subiendo por debajo de mi vestido hasta llegar a mi tanga empapada en mis jugos. Desabroché su cinturón y el botón de su pantalón, bajé el cierre y metí la mano por sobre su calzoncillo. Nunca había visto a mi hermano desnudo, ni siquiera en calzoncillos, pero lo que tocaba me parecía enorme, me miró y me dijo… ‘te vas a animar?’.

    Sin esperar mí respuesta me saco el vestido y con gran habilidad desprendió mi corpiño y me lo quitó. Me bajó de sus rodillas y me hizo arrodillar, se puso de pie, se quitó los pantalones y quedé frente a su enorme bulto. Comencé a agarrarlo y a besárselo por encima de su calzoncillo mientras le acariciaba las piernas y la cola; le baje el calzón dejé al descubierto su monumental pija. Mis manos no llegaban a agarrar todo su grosor y al tomarlo con ambas manos su gorda cabeza quedaba afuera. Lamí por completo todo su largo y todo su grosor, se la escupí y lo masturbé y cuando se le puso dura como una piedra, hice mi mayor esfuerzo para abrir lo más posible mi boca y se la empecé a chupar. Solo una parte entraba en mi boca, el resto se lo agarraba y lo masturbaba hasta que me quitó la mano, me tomo de la cabeza y me empujó con él.

    Me llegó hasta la garganta, me asfixié y me empezaron a dar arcadas, cuando aflojó la presión sobre mi cabeza la saqué e hilos de espesa saliva unían su pija con mi boca. Se la volví a escupir lo pajee y me la volví a comer, lo lamía, se la chupaba, me la comía y lo pajeaba con mi boca y mis manos. Me tomó de mis brazos, me acostó en su amplia cama, me quitó la bombacha y se inclinó a chuparme la concha. La habilidad de su lengua hacía maravillas, tenía las piernas bien abiertas y me la lamía, me la chupaba y cuando pasaba por mi clítoris me hacía delirar, no podría decir cuántos orgasmos tuve, pero fueron muchos los que invadieron mi cuerpo. Con su lengua fue subiendo por mi chato abdomen hasta llegar a mis tetas donde se detuvo a chuparlas, lamerlas y a darme suaves y firmes mordisquitos en los duros pezones.

    Siguió subiendo hasta mi cuello y mientras me lo besaba su pija frotaba mi concha, estaba empapada y deseosa de ser penetrada por primera vez. Acomodó la pija a la entrada de mi concha, lo miré a los ojos y le dije ‘ponemela’. Empezó a empujar y por más suave que haya sido y por más mojada que estuviese, reconozco que me dolía por su gran tamaño y por la estrechez de mi concha, siguió empujando suavemente t de a poco me iba entrando cada vez más hasta que siento que se me rompe el himen. Ahí me entro hasta el fondo, sentí como sus huevos chocaban contra mi ano, lo agarré de la cola y lo empujaba contra mí, quería sentirlo bien adentro, cada vez se movía con mayor intensidad y más fuerte me daba, abracé su cintura con las piernas y estallé en un intenso orgasmo. Todo mi cuerpo se convulsionó sin poder controlarlo.

    Continuó cogiéndome con fuerza y me preguntó si me cuidaba; le dije que no; entonces me hizo poner en cuatro, fue a buscar una crema y me dijo… ‘entonces también te voy a tener que desvirgar la cola como a tus hermanas’. Me paralicé… solo de imaginar a su enorme pija entrando en mi virgen y apretado culo me daba escalofríos. Lo empezó a lamer, a meter la lengua, a ponerme crema y a meterme un dedo. Yo me solía masturbar a menudo, pero nunca me había metido nada en la cola excepto para bañarme y lavarme y ahora tenía el dedo completo de mi hermano adentro e intentando meter otro. Me dolía, me incomodaba, pero poco a poco me fui acostumbrando y ya cuando se deslizaban con facilidad entrando, saliendo y girando dentro de mí, los sacó, me puso más crema y apoyó la cabeza de su pija en la puerta de mi agujero trasero.

    Le pedí que por la cola no, que la tenía muy grande, que me lo iba a romper y me respondió ‘que esa era la idea’. La tenía muy dura y empezó a empujar, no entraba, me dolía, se resbalaba, hasta que me separó aún más las piernas, me acomodo y en un nuevo intento siento como mi culo cede abriéndose descomunalmente para darle paso a esa enorme pija que me sodomizaba. Siento como entra la cabeza y como mi culo se cierra apretando el tronco. Me pide que me relaje y que goce. La saca y la pone en tres oportunidades y mi culo aprende a dilatarse y contraerse, en cada embestida me entra un poco más hasta que finalmente me toma firmemente de la cadera y me la meta entera. Sentí como entraba cada centímetro de ese enorme pedazo de carne duro y grueso que tiene entre las piernas y perforaba mi interior.

    Le pedí que parara, que ya no me entraba más, que había hecho tope en mi interior, pero en una nueva embestida me la pone hasta que mi cuerpo choca contra sus huevos. Un grito ahogado salió de adentro mío, arañé y me agarré de las sábanas y ambos por un instante nos quedamos inmóviles. Cuando mi culo se acostumbró a esa tremenda invasión comenzó a moverse lentamente. Mi interior estaba totalmente lleno de pija y mi agujero extremadamente dilatado, entraba y salía cada vez un poco más fuerte y rápido mientras me daba chirlos en la cola. Cada vez me daba más duro y el dolor se transformó en placer hasta hacerme acabar una vez más. Me tomó por los hombros y me empezó a coger con fuerza. ‘Me estas rompiendo el culo, me estas rompiendo el culo’ le repetía una y otra vez hasta que me la entierra hasta lo más profundo y en mi sensibilizado culo siento como se le hincha la pija y como larga no menos de tres chorros de leche que inundan mis entrañas.

    Cuando me la sacó me ardía el culo, lo notaba muy abierto y como rebalsaba su leche espesa recorriendo mi concha para luego gotear a las sábanas. Me levanté, tome mi vestido y me fui al baño. Escuché que las puertas de las habitaciones de mis hermanas se cerraban.

    Las aventuras no iban a terminar ahí, sino que recién empezaban…

  • Una madre desquiciada por su hijo

    Una madre desquiciada por su hijo

    Por fin me había liberado de mi marido, ahora sería mi ex, un hijo de puta que por suerte no tendría que ver más. Vivo con mi único hijo, se peleaba constantemente con mi marido, hasta que se dejaron de hablar, yo siempre apoye a mi hijo y tenía razones para hacerlo, me defendía de lo violento que era su padre, varias veces me había pegado y con mi hijo llegaron a las trompadas. Por suerte esta relación enferma quedo atrás.

    Los días habían cambiado para siempre, ahora los dos vivíamos en armonía, mi nombre es Laura y tengo 38 años, mi hijo se llama Leandro y ya cumplió 19, es todo un hombre, termino la escuela y está buscando trabajo, la mayor parte del día se la pasa en casa, yo trabajo dos días de la semana en una oficina y los demás días desde casa.

    Leandro hace dos años está de novio y aunque su novia es media posesiva, yo me llevo relativamente bien con ella, tampoco me gusta molestarlos, prefiero que hagan su vida. Pero todo cambio de una manera inesperada.

    Un día temprano por la mañana me preparo para ir a la oficina, voy al baño y cuando abro la puerta del mismo, estaba mi hijo afeitándose frente al espejo, como lo hace todos los días, pero esta vez fue diferente, estaba completamente desnudo, como lo veo de espaldas veo su culo perfecto, duro, musculoso, como el de una estatua.

    -Perdón, perdón

    -Hola, Ma, está bien, no pasa nada, me estoy afeitando.

    -No, nada, termina que sólo quería hacer pis.

    -No hay problema ya termino, pasa si quieres.

    -No, está bien Lean, puedo aguantar.

    -Dale pasa que no miro.

    No digo nada, entro en silencio y me levanto el vestido, me bajo la ropa interior y me siento en el inodoro. No pude aguantar girar la cabeza y mirarle el pene por un instante. No podía creer lo que le colgaba entre las piernas, que tamaño impresionante, nunca imaginé que le haya crecido tanto. Rompo el silencio con el ruido del chorro de orina que expulsé con fuerza en el inodoro, las cerámicas del baño parecían que amplificaban los sonidos y ese pissss parecía interminable. Con total naturalidad me dijo.

    -Menos mal que te deje entrar sino ibas a inundar el pasillo.

    -jajaja no seas tonto, dale termina de afeitarte.

    – ¿Cómo me quedará si me afeito?

    – ¿la cara? Si siempre estas afeitado

    -No, la pija.

    -El pene ¿Por qué?

    Yo trataba de no mirar mientras me hablaba, pero siguió hablando del pene que le colgaba entre sus piernas.

    -Por Leila (la novia), vos sabes cómo es ella.

    – ¿Pero que le molesta?

    -Le molestan los pelos.

    Ya me había secado, así que me empiezo a subir la ropa interior y bajar el vestido. Yo mostraba cierto apuro en terminar, aunque era lo que menos quería en ese momento. La conversación siguió.

    -Pero no le hagas caso, es muy caprichosa.

    -No puedo negarme, hice que se depilase toda, yo se lo pedí y me hizo caso.

    -Bueno, está en vos darle el gusto.

    Él ya estaba terminando de afeitarse, mientras yo estando a su espalda, no podía alejar la vista del culo, me daba unas ganas incontrolables de morderlo.

    -No es eso, es que me quiere depilar ella y la verdad no quiero que lo haga, me puede lastimar con la hoja de afeitar y menos que lo haga con cera, ni loco.

    -Bueno, vas a tener que ir de una depiladora, si quieres te paso el número de la mía o sino que te diga Leila donde va ella.

    -No, ni loco. ¿Por qué no me depilas vos?

    – ¿Quién, yo? Ni loca, esas son cosas tuyas y de tu novia.

    -Dale, Ma, mira como la tengo toda llena de pelitos, jajajaja

    -Salí, de acá

    Se da vuelta, se toma la pija con una mano y la empieza a mover para todos lados, como si fuera una maraca, yo salgo del baño y el amaga a que me corre con la pija en la mano pero se queda en el baño. Yo acelero la marcha hacia mi habitación, para terminar de cambiarme y poder ir al trabajo.

    En la habitación me miro la cara en el espejo y estaba toda colorada, un poco por vergüenza y gran parte por excitación, no podía quitarme la sonrisa de la boca, necesitaba ponerme seria para parecer enojada, pero me era imposible, meto la mano en la tanga y estaba toda mojada, me la saco y me pongo una limpia no podía ir a trabajar así. No podía creer lo que me había excitado la situación. Me termino de cambiar y tratando de hacer el menor ruido posible salgo rápido, casi corriendo en puntas de pie, por el pasillo hacia el trabajo.

    Pocas veces me había pasado estar tan excitada, en el auto camino al trabajo, lo veía a mi hijo desnudo, tomando con su mano la enorme verga, mi imaginación no me dejaba concentrar en el camino, casi no veía los colores de los semáforos, varias veces sonaron las bocinas para que avanzara.

    En la oficina estaba más distraída que de costumbre, me hablan y respondía con monosílabos, el morbo me había sacudido de tal forma la cabeza que estaba en otro mundo, me sentía flotar. Era cerca del mediodía cuando recibo un mensaje por Whatsapp, miro de reojo el aviso, era mi hijo.

    –“Hola Ma, te está esperando”

    –“¿Quién?”

    –“mi amigo, quiere un corte de pelo”

    –“¿Tu amigo?”

    –“Si, éste”

    No lo podía creer, me envía una foto de su pene erecto y en su cabeza le había dibujado dos ojos con un lápiz de labio, seguramente mío. Me puse roja como un tomate, enseguida miro para los costados para ver si había alguien cerca, no quería que nadie me viese en la oficina mirando ese pene inmenso, por un instante no sabía que contestar, me templaban las manos pero le contesto.

    –“Ya te dije que no, no soy peluquera, dile a tu amigo que se busque otra peluquera”

    –“Dale Ma, se pone triste”

    Y me manda otra foto, ahora al pene le dibuja una boca para abajo, como triste. Le contesto.

    –“no, ni soñando, ahora déjame seguir trabajando”

    Le dije una mentira, ya no podía trabajar más, no podía dejar de mirar esas fotos, a escondidas miraba el teléfono a cada rato, seguí así hasta que llegó la hora de volver a casa. No sabía qué hacer, que decir, que actitud tomar cuando llegue a casa, si enojarme o mejor seguirle la corriente. Decido seguirle corriente, tal vez se olvidaría.

    Llego a casa alrededor de las cuatro de la tarde, no veo a Leandro, así que voy directo a mi habitación a cambiarme, luego me doy una ducha, lo necesitaba más que nunca, necesitaba bajar mi calentura.

    Ya relajada voy a la cocina a prepararme un té, mientras lo estoy tomando entra Leandro, en pantalón corto sin nada arriba.

    -Hola Ma.

    -Hola, porque me mandaste esas fotos, estás loco, mira si las vieran en la oficina.

    -Que tiene de malo, se las hubieras mostrado a tus amigas, seguro que alguna me ayudaría con la depilación.

    -Estás, loco ¿Cómo les voy a mostrar la pija de mi hijo? Seguro que alguna se ofrecería a depilarte, sé que son todas putas.

    -jajajaja bueno, no te hagas problema, si vos no me quieres ayudar, ya sé que hacer.

    – ¿Qué vas a hacer? Le vas a decir a Leila.

    – No, mejor, mañana viene la abuela y le voy a decir a ella, hoy le mando las fotos.

    – ¡No! ¡A la abuela no!

    – Pero ella me va a entender, tampoco es tan grande tiene menos de 60 años, no se va a asustar como vos, no es tan conservadora.

    -Yo no me asusto y tampoco soy conservadora.

    – Entonces decidí, si me depilas vos o la abuela.

    – Bueno… te depilo yo.

    -Listo, vez que era fácil. Agarro las cosas y voy a tu habitación que es más grande, te espero.

    No pude decir nada más, termino de tomar el té y quedo en manos del extorsionador de mi hijo. Estaba agitada y nerviosa, tomo coraje y voy a mi habitación consciente de la situación. Abro la puerta y ahí estaba Leandro tirado, desnudo, sobre la cama, pero tenía una pequeña toalla de manos sobre el pene. En una bandeja de desayuno había dejado una máquina de afeitar descartable, como la que usa todos los días para su barba, un vaso con agua y espuma de afeitar.

    – ¿Estás listo?

    – Si, cuando quieras.

    Se puso las manos detrás de la cabeza y me observaba con una sonrisa, el desgraciado lo estaba disfrutando, yo también, pero trataba de no demostrarlo.

    Llegó el momento de poner, literalmente, manos en el asunto, me siento a un borde de la cama, acomodo la bandeja y retiro la toalla que cubre el pene. Quedo con la boca abierta, era inmenso, estaba completamente erecto, le llegaba hasta el ombligo, de un grosor alucinante. De inmediato acerco la mano, decidida, sin demostrar miedo o vergüenza, lo tomo con firmeza, estaba duro como una roca y caliente, casi podía sentir sus latidos.

    -Sí quieres, te puedes relajar.

    -No puedo, tiene vida propia.

    -jaja

    Empiezo a pasar la crema de afeitar por todo alrededor del pene y los huevos, se los masajeo con una mano mientras sostengo el falo con la otra mano, no quería terminar más, el parecía cada vez más agitado, ya no me miraba, cerraba los ojos, perecía que hacía su mayor esfuerzo para no eyacular.

    Dejo de manosearlo, tampoco quería que acabara y pierda su rigidez, entonces empiezo a afeitarlo, con cada pasada iba quedando más limpio, más lampiño, como un mástil erguido y lubricado.

    De repente y sin haber terminado, el silencio y la tensión sexual del ambiente se corta, se escucha un ruido en el pasillo.

    – ¿escuchaste?

    -Sí, debe ser la abuela. Me dijo que iba a venir a la tarde.

    -y ¿Por qué no me avisaste? ¿No era que venía mañana?

    -No, avisó que venía hoy, te mentí

    -Pero hoy… espera que te sec…

    No termino de completar la frase, veo que gira el picaporte de la puerta de la habitación y se abre la puerta de par en par, era mi madre que asomaba la cabeza.

    -Hola, estaban acá… ¿Qué le pasó al nene? ¿se lastimó?

    -jajaja no abu, me está depilando.

    No me dio tiempo de soltar el pene, todavía lo abrazaba con mi mano derecha, era como si se lo estuviese mostrando a mi mamá como un trofeo. Con la velocidad de un rayo de luz se acercó a mi lado y con la mirada clavada en el pene de Leandro me dice.

    -Que grande que lo tiene, es hermoso, gigante.

    – ¡Mamá! Es tu nieto

    – Pero mira, es monstruoso. ¿lo puedo tocar?

    – ¡No! ¿Estás loca?

    – Dale Ma, deja que lo toque la abuela, no tiene nada de malo.

    – No me digas abuela, decime Marta, no soy tan vieja tengo 59

    – Bueno, hagan lo que quieran, si quieres tocarlo, toma tócalo

    Le paso la posta a mi mamá y la toma con entusiasmo. No podía creer como lo miraba, cada vez le acercaba más la cara, para verlo de cerca. Mi hijo no podía disimular su alegría. Pasaron unos segundos que parecían una eternidad, no pude aguantar más, creo que estaba celosa y le digo.

    -Bueno, ya está, deja que termine de depilarlo

    -Pero mira lo duro que lo tiene, está por explotar.

    -Dale, ya está, déjalo.

    -como lo vamos a dejar así, pobrecito, porque no lo ayudamos y le hacemos una paja.

    Una abuela descontrolada le empieza a hacer una paja a su nieto, delante de su mamá. No puedo reaccionar, al contrario, no quería reaccionar, mientras mi hijo lo disfrutaba, mi madre recorría el pene de mi hijo de abajo hacia arriba con su mano, con un ritmo constante, hipnótico. Era lo más excitante que había pasado en la vida, estaba por acabar antes que él.

    Seguía con la paja hasta que agacha la cabeza y se lo mete en la boca, empieza una mamada profesional, recorría el glande con la lengua y se la volvía a meter entera. Con la pija en la boca levanta la vista y me mira, entonces se la saca de la boca para tomar aire y me dice.

    -vamos a ahora te toca a vos.

    Tal vez me tendría que haber negado, enojarme, insultarla, pero no dije nada, no pude resistirme a mi madre, ella sostenía el pene y me lo ofrecía. Me llevo la cabeza del pene a la boca y succiono, apenas me cabía, mientras mi madre me acompañaba lamiendo el pene en todo su largo. Las dos habíamos perdido el control, nos turnábamos la mamada, una chupaba mientras la otra succionaba, mi hijo gemía de placer. No me di cuenta cuando pasó, pero mi madre ya estaba desnuda y mi hijo había metido su mano debajo de mi pollera y trataba de buscar, con el dedo, la entrada a mi culo, lo pasaba de arriba abajo presionando hasta que logra meter la punta del dedo. En el momento en que siento que su dedo penetraba el ano, Leandro eyacula en mi boca, el semen entra con tanta fuerza y cantidad que chorrea por mis comisuras, lo que aprovecha mi madre para chupar y tragar.

    Entre mi hijo y mi madre me desnudan con violencia, me tiran sobre la cama, ya no era dueña de mi cuerpo, era su esclava. Su pene pasó, en sólo unos pocos segundos, de flácido a una erección plena. Los tres habíamos perdido la cabeza, mi madre se abalanza sobre mi vagina y me la empieza a chupar, mis flujos y su saliva se derraman sobre la cama. La posición de mi madre la dejaba arrodillada sobre la cama y con el culo bien en lo alto cosa de la que se aprovecha Leandro, no pierde un segundo y la ensarta por el culo, pega un grito del dolor, pero el placer era mayor, me siguió chupando la vagina mientras gemía. Mi hijo arremetía a su abuela con mucha violencia y le gustaba, pero tal era la fuerza que en un momento no puede aguantar más y queda acostada a mi lado. Cuando saca el pene estaba erecto y rojo, por la violencia de sus embestidas, ahora era yo la que lo necesitaba dentro de mí.

    Me pongo en posición de perrito sobre la cama y le ofrezco el culo, él sin esperar un segundo se tira sobre mí, me toma de la cintura y ensarta su gruesa verga en mi culo, siento como si me estuviera partiendo al medio con un garrote, suelto un grito de dolor y eso lo anima a empujar más fuerte sobre mi cuerpo y lo mete hasta el fondo, casi me quedo sin aire, pero él era imparable, seguía y seguía empujando con fuerza, mi madre mientras nos miraba, se masturbaba con una mano y con la otra me tocaba las tetas. De repente saca la pija con apuro y nos avisa que va a acabar, las dos empezamos a chupar la verga con fuerza, la pasábamos de una boca a otra hasta que empieza a disparar su esperma en nuestras bocas y caras.

    Quedamos los tres acostados uno al lado del otro, mirando el techo, mi hijo en el medio, los tres estábamos fatigados, cansados, sólo se escuchaba el sonido de nuestra respiración agitada, parecía revotar en el denso aire de la habitación.

    Primero se levantó mi madre y le dio un beso a Leandro, dijo que se iba a ducharse, dio unos pasos contorneando su hermoso culo, pero mi hijo salto de la cama para seguirla y me dijo que la acompañaba, yo casi no podía moverme de lo agotada. Mi hijo la alcanza cerca de la puerta y mientras salen de la habitación le empieza a tocar al culo hasta que desaparecen de mi vista.

    Me quedo un minuto acostada, no quería pensar, pero no paraba de pensar, era una locura lo que estábamos haciendo, pero era puro sexo animal. Me paso la mano por el culo y con el dedo me toco el ano, me ardía, estaba mojado y dilatado, como nunca lo tuve, la verga de mi hijo hizo estragos, o, mejor dicho, un muy buen trabajo.

    No quiero esperar más y me levanto, me visto con la bata de todos los días, pero sin nada abajo, necesitaba tomar algo, estaba sedienta y transpirada. Cuando voy caminando por el pasillo, escucho el sonido del agua caer de la ducha del baño, eso no es todo, escucho los gemidos de mi madre que eran casi gritos. La puerta del baño estaba abierta así que sin pensarlo miro, ahí estaban los dos bajo el agua, los dos de pie, mi madre de espaladas mientras mi hijo se la metía por atrás, parecían animales, los dejo a que terminen y sigo mi camino.

    Me siento en la cocina para tomar algo, los sigo escuchando gritar hasta que acaban, habrán sido unos diez minutos, los que parecieron una eternidad, después pasaron algunos minutos más y llegan los dos desnudos abrazados y se sientan a mi lado. Les ofrezco algo de tomar y quedamos los tres mirándonos en la mesa. Yo decido romper el silencio.

    -Esperemos que esto haya sido sólo una calentura, no quiero que se repita, esto que hicimos está mal.

    -jajajaja Laura, que tiene de malo el sexo, acaso lo pasaste mal.

    -No, no es eso, él no nos puede sacar nuestras calenturas, no lo podemos someter a nuestras necesidades.

    -pero Ma, ustedes no me someten a nada, yo las violaría todos los días, sin dudarlo, se las chuparía cuando lo necesiten, que más en la vida quiero.

    -Pero Leandro, esto no puede pasar, estas de novio y ella te puede dar lo que necesitas. Nosotras te hacemos mal.

    -Hija, casi tengo 60 años y en todos estos años nadie, ni tu padre me la metió en el culo como tu hijo, tiene un pene enorme y no es para una sola mujer. Tenemos que sentirnos alagadas que lo quiera compartir con nosotras, tal vez vos consigas algún hombre y te vuelvas a casar, pero yo no, tampoco tengo ganas, hay que vivir la vida que es una sola. Ahora vamos a pensar en otra cosa, me cambio y voy a ver a mi amiga, prometamos que vamos a hacer lo que nos haga disfrutar, sin cuestionamientos.

    -Quiero que los dos me prometan una sola cosa, que será un secreto entre nosotros tres.

    -Prometido.

    -Prometido.

    Mi madre se fue a vestir al igual que mi hijo, luego nos besamos y se fueron uno a ver a su amiga y el otro a su novia, quede sola y mientras me duchaba no paraba de pensar y masturbarme.

    Como cualquiera podría pensar, que fue una locura de un momento, algo pasajero y único, pero no fue así. Ese día fue en quiebre en nuestras vidas, tal vez fue un límite que al cruzarlo uno no puede volver atrás, por lo menos eso es lo que nos pasó.

    Al día siguiente me levanto a la mañana como lo hago todos los días en los que trabajo desde casa, pero es día fue diferente. Estaba preparando el desayuno en la cocina, cuando siento que entra Leandro, sin decir nada se arrodilla a mis espaldas, me levanta la bata con la que ando por casa y me empieza a chupar el culo con desesperación, la lengua parecía un dedo lubricado que buscaba mi ano. No lo pude impedir, fue más fuerte que mis prejuicios, sólo lo dejé hacer, ser un objeto, ser su cautiva. Me penetro por el culo como a una puta, casi una violación, se ponía ciego, como un animal que no se podía controlar, pero yo necesitaba ese pedazo de carne dentro de mis entrañas. Desde ese día y casi todos los días me penetra de todas las formas posibles. Con mi madre no volvimos a tener un trío, pero Leandro muchas veces se queda a dormir con su abuela, no les pregunto nada, no necesito saberlo, me imagino que a las dos nos dilata el ano de la misma forma y con las mismas ganas.

    Para el afuera somos una familia como cualquier otra, Leandro ya cambio de novia dos veces, mi madre nunca se queja de su nieto, hasta lo lleno de regalos como si fuera un gigolo al que mantiene. La única que me pregunto algo fue mi ginecóloga, conocedora de mi cuerpo, vio lo dilatado que tengo el ano, pero fue sólo curiosidad entre mujeres o envidia, se me ocurrió mentir sobre un amante misterioso y bien dotado. Espero al igual que mi madre poder seguir disfrutando de mi bien dotado hijo, por el mayor tiempo posible o hasta que la pija no se pare.

  • El sometimiento de Karen (parte 3)

    El sometimiento de Karen (parte 3)

    El usurero sintió que su verga se puso más dura de lo que ya estaba, dejo su copa y se acercó a Karen como una bestia se acerca a su indefensa víctima. Toco las piernas hermosas de la chica, sintió su respiración algo acelerada, acerco su rostro al de ella empezando a besar sus labios rojos y ella respondió al beso abriendo la boca para que la lengua del viejo entrara y buscara la suya a la que empezó a lengüetear.

    Karen tenía algo especial, le provocaba a don Carlos cosas más intensas, cosas que ninguna otra mujer le provocaba. Ya no pudo más, se sacó la verga.

    -¡Mira cómo me tienes! Tócala.

    Y si bien la polla del viejo media siete pulgadas, más chica que la de Francisco, a Karen le impresiono además estaba gruesa y curva. Nunca había tocado un pene y ahora tomaba con su mano ese leño que apenas y pudo sujetar.

    Don Carlos vio la mano blanca de Karen tomar su morena polla lo cual lo calentó más. Se quitó el saco y se desabotono la camisa, dejando ver un abdomen con abundantes bellos.

    Karen subía y bajaba la piel del duro palo de don Carlos del cual resalían gruesas gotas de fluido, el viejo le saco la blusa y bajo el sostén apareciendo sus ricas tetas, blancas con un pezón rosado, el prestamista se prendió de ellas, como queriéndoselas comer.

    -¡Que delicia! –balbuceó.

    El flujo de la vagina de Karen era abundante por lo excitada que estaba, era tan delicioso para ella que por primera vez le estuvieran mamando las tetas, las sensaciones que sentía eran indescriptibles.

    Don Carlos se sacó los pantalones y puso su verga frente a la boca de Karen quien la miraba impresionada.

    -¡Mámamela!

    No fue necesario sujetarla, estaba tan erecta que parecía un fierro templado, Karen solo abrió la boca para que entrara la cabeza de ese animal palpitante que empezó a chupar con el encanto de una inexperta novata. El viejo metía y sacaba de la boca de la chica la cabeza de su polla y empezó a meterla más profundo. Karen sentía como ese tremendo reptil alcanzaba su garganta.

    -¡Que rica boquita! Sigue chupando, sigue puta.

    La puso de pie y la bajo la falda quedando al descubierto el sujetador de sus medias con sus bragas de encaje, dejando ver un hermoso culo.

    -¡Ahh! -Exclamó el viejo agiotista- Que zorra te ves.

    De un tiro arranco el sujetador, estremeciendo las nalgas de Karen, y le empezó a meter la lengua en el fundillo, mientras se masturbaba con una mano con la otra le abría las nalgas, pero quería disfrutarla al máximo asi que solicito la ayuda de sus putas.

    -¡Elsa, Betty! –grito.

    Las dos chicas aparecieron de inmediato. Puso a una a cada lado de Karen.

    -¡Ábranle el culo! –ordeno.

    Entre las dos le abrieron quedando el fundillo al descubierto. Don Carlos de rodillas pudo así lamer con toda libertad el ano y masturbarse. ¡Era delicioso! La lengua del experimentado follador se movía con maestría degustando del rico sabor. La sentó sobre el escritorio y nuevamente el prestamista se puso de rodillas, quedando la vulva de Karen a medida de su boca. Y ahí estaba frente a él la deliciosa vagina que tanto deseaba penetrar. Empezó a chuparla, mamarla, morderla, succionarla, extrayendo los caldos de Karen que se tragaba como si fuera el más delicioso de los vinos.

    Karen sentía la gloria, jamás había sentido el placer que producía una mamada de vagina, una lengua gruesa como la de su verdugo sobre su ano, nunca lo había sentido. Sus pezones estaban muy duros y sus tetas parecían elevarse de tanta calentura que sentía. Don Carlos dio la indicación que las chicas le mamaran las tetas, una cada quien, mientras él seguía chupando la vagina y ahora metiendo sus dedos buscando el clítoris.

    Karen creía que iba a enloquecer del placer que sentía, las chicas mamaban golosamente sus tetas, luego la lengua maestra de don Carlos moviéndose en su vagina que ya no aguanto y tuvo un primer orgasmo.

    -¡Aah! –gritó.

    Don Carlos se dio cuenta que la chica se estaba viniendo, y succiono los líquidos vaginales, sorprendiéndose del grado de excitación al que Karen había llegado.

    -¡Ya se está viniendo! Esta perra está muy caliente. ¡Vamos a darle duro! –Les dijo a las chicas- ¡Desnúdense y asístanla!

    Se empezaron a quitar la ropa, dejando ver sus esculturales cuerpos. Innumerables veces habían asistido a Carlos cuando se follaba a sus conquistas, eran ya muy experimentadas. Era hora de clavarla, las chicas acomodaron a la inexperta Karen sobre el escritorio mientras el viejo usurero afilaba su verga masturbándola.

    Le abrieron la vulva y la verga de don Carlos entro en la intimidad de Karen que gritaba como loca, solo ella sabía que era la primer polla que entraba en esa jugosa vagina, y era lo mejor que había sentido. El viejo prestamista empezó a bombear, metía y sacaba. Karen y las dos chicas no perdían detalle de como el fierro de Carlos se movía de dentro hacia fuera.

    -¡Estas deliciosa Karen! Karen mi puta. ¡Voy a follarte por el culo maldita zorra! ¿Quieres? –le dijo.

    -¡Si! –dijo tímidamente.

    -¿Quieres que te meta la verga por el culo? ¡Dilo!

    -¡Si! Méteme tu verga, métemela por mi culo.

    Don Carlos dio la indicación que Karen fuera trasladada a la habitación contigua, la cama era amplia donde la novata fue colocada en cuatro. La recamara de don Carlos estaba conectada con su despacho y con la habitación de sus putas, ellas rápidamente dispusieron de todo lo necesario para que su amo disfrutara del fundillo de Karen. Betty estaría a cargo del lubricante y de la limpieza de la chica, Magda estaría al tanto de la víctima que sería penetrada auxiliándola si era necesario y Elsa se encargaría de lo que don Carlos requiriera, limpiarle el sudor o lo que le mandara.

    Nuevamente don Carlos mamo el culo de Karen, raspo su cara entre las nalgas ensalivando bien el fundillo y dejándole la piel roja por la fricción de los bigotes, luego el ano fue lubricado por la encargada para tal efecto. Le dijo a su asistente.

    -¡Ponme tu saliva! –arrimándole el erecto pene.

    La chica sacando toda la saliva que tenia se la dejo con la boca en la polla del viejo prestamista, este acerco su pinga hasta la entrada del ano y empezó a intentar meterla. Estaba muy apretada, era necesario un buen trabajo previo. Don Carlos empezó a meterle el dedo medio, suave en lo que Magda sobaba las nalgas de Karen quien hacía gestos de placer y de dolor, se le puso más lubricante.

    Karen apretaba las manos de la chica que la asistía, don Carlos le metía ya el dedo índice y medio en el fundillo.

    -¡Haaa! –gritó Karen agarrándose de su asistente.

    Don Carlos no quería ni parpadear, abría los ojos contemplando el delicioso culo de Karen, viendo como sus dedos entraban ya más fácil pues el ano se estaba dilatando.

    La erección del viejo prestamista estaba a lo máximo y esta vez la punta de su verga penetro el rinconcito de la linda chica. Karen sintió como una descarga eléctrica, parecía que sus mandíbulas habían quedado trabadas pues mantenía la boca abierta y los ojos cerrados.

    El cerdo de don Carlos no tuvo piedad, una vez entrando la punta, cargo su peso para que se le metiera casi la mitad. Karen grito, la asistente le acariciaba los cabellos dándole palabras de aliento.

    -¡Tranquila mi amor! tranquila.

    Don Carlos empezó a meter y sacar utilizando la mitad de su polla, lo estrecho de la cavidad de Karen le producía un placer enorme. Sin avisar el viejo usurero le dejo ir todo el palo. Sintió como su verga entro hasta el fondo, sintió como abrió los sensibles tejidos del fundillo de la chica.

    Karen sintió un dolor muy fuerte, como si un rayo la partiera a la mitad, dando un fuerte grito de dolor. Por un momento sintió que perdería el conocimiento pero Magda empezó a frotarle la cabeza y la espalda eso le ayudo a mantenerse ya que sintió que su cuerpo se desfallecía, pero no pudo evitar que le salieran unas lágrimas, deslavando el maquillaje de sus mejillas. Sin sacársela don Carlos la acomodo pues con la arremetida quedo descompuesta.

    -¡Ooh! Mi culo, me mata don Carlos, me mata.

    El viejo empezó a bombear suave, la rodillas y piernas de Karen parecía que se derrumbarían, pero Magda la sostuvo.

    Karen sintió que ese dolor rápidamente se convirtió en placer, sintió como la verga de Carlos entraba y salía, por un momento en su mente vio la imagen de su tía Rosario, como gozaba cuando Francisco le dejaba ir toda su polla por el culo y ella gemía de placer. Poco a poco la verga de don Carlos empezó a entrar y salir más fácil. De repente Karen apretó más fuerte las manos de su asistente, sintió que la polla del viejo había tocado algo dentro de ella que hizo que tuviera su segundo orgasmo.

    -¿Te estas viniendo mi vida? –le pregunto Magda.

    -¡Sii! ¡Haaa!

    Don Carlos le saco la polla y le alzo las nalgas para poder observar si era verdad y vio las gotas de fluidos que salían de la vagina.

    -¡Perra, te viniste dándote por el culo! –dijo con un aire de satisfacción- ¡Deliciosa! ¡Que puta eres!

    Betty le limpio el ano de Karen, había sangre pues si bien ella en sus noches solitarias se había metido varias cosas, no eran de las dimensiones del leño de don Carlos. La vagina de Karen seguía expulsando fluidos quedando bien lubricada, el viejo aprovecho y se la metió toda por la raja, sintió la tibieza de la vagina joven de la chica, como le envolvía la verga y, que si por el viejo fuera le metía hasta los huevos, bombeo rápido por varios minutos apoyando sus manos en sus caderas.

    Karen a pesar del dolor que había experimentado por la penetración anal, ahora estaba sintiendo la gloria con las embestidas que Carlos le daba por la vagina, realmente le encantaba que la penetrara, nunca pensó que fuera tan rico que una verga real la cogiera, nada que ver con las zanahorias, plásticos o sus dedos con los que hasta ahora se había dado. Tuvo su tercer orgasmo.

    Don Carlos puso la mira nuevamente en el fundillo, la asistente de la chica la coloco de tal manera que apoyara su mejilla con el colchón para que pudiera parar mejor el culo, luego la misma asistente le separo un poco más las piernas, Carlos le lleno el ano de saliva, ya no uso lubricante, fue hundiendo poco a poco su leño, hasta que se le fue toda hasta el tope. Los enormes huevos del agiotista chocaban con las blancas y delicadas nalgas de Karen. Luego se la monto, quedando su polla colgando justo encima del fundillo de la chica, el cual empezó a penetrar como si su verga fuera un barreno de hierro.

    -¡Ay don Carlos me va a partir en dos! –dijo Karen.

    El prestamista metía y sacaba, hasta que ya no pudo más y le vació todo el depósito de leche en el culo de Karen. Ella sintió como el líquido caliente le llenaba el fundillo, desbordándose.

    -¡Haaa puta! –gritó don Carlos.

    El grito se escuchó hasta la planta baja. Saco su verga aun parada y escurrida de semen. Nunca había sentido tanto placer con una mujer como lo había sentido con su nueva puta. Encendió un cigarro en lo que as chicas tuvieron que apoyar a Karen para ponerla de pie pues tenía las piernas y rodillas entumidas.

    -¡Límpienla! –Dijo el usurero.

    Las chicas llevaron a Karen al bañó sosteniéndola y una vez aseada la volvieron a llevar a don Carlos, el cual ya se encontraba vestido y relajado.

    -Una vez que te integres con las chicas te entregare las escrituras y contratos que comprometían la finca, la propiedad será tuya.

    Karen se sintió tan agradecida que don Carlos le pareció un hombre bueno y hasta atractivo.

    -Respecto a la casa, la conservare un tiempo y la venderé después, pero te voy a traspasar la diferencia que te corresponde según el avaluó.

    Karen no cabía en su alegría ¡Todo estaba solucionado! Después de años de malas noticias ahora parecía que su suerte cambiaba. Había valido la pena la follada que acababa de recibir, hasta se le olvido del dolor y punzadas que sentía por la penetración anal.

    Don Carlos se decía a sí mismo “¡Mas días como este!”, pues había recuperado su capital y se había ganado 3 millones de los intereses, pero lo más valioso para él era que se había hecho dueño de Karen, que era hasta el momento su mejor adquisición. De pensar en las horas de placer que pasaría con su nueva puta lo hacían sentir muy feliz.

    -Desafortunadamente saldré unos días -dijo el prestamista-. Aprovecha para descansar, visitar a tu mama y si tienes algún pendiente. Te espero acá el sábado para que te integres oficialmente como mi puta.

    Cuando Karen salía de la casa de don Carlos y a pesar de que sentía que la verga del viejo aun la tenía clavada en el ano, y de lo adolorida que iba, se sintió muy feliz. En pocas horas había descubierto emociones que jamás imagino. A parte que sus enormes problemas se habían solucionado. Esa noche durmió como hacía años no lo hacía, se sentía plena, completa. No le importaba que de ahora en adelante iba a ser utilizada sexualmente por don Carlos, por el contrario le agradaba pensar que ya era una de sus putas y de todos los placeres que le esperaban.

    Al otro día se la pasó descansando, por la noche volvió a revivir su experiencia con el viejo usurero y se tuvo que masturbar, le estaba muy agradecida. Al día siguiente visito a su madre e hizo otros arreglos que tenía pendiente. Pero ella sabía que tenía algo que hacer, algo muy importante que haría al otro día, algo que siempre le obsesiono: Seducir a Francisco, el capataz de su finca de enorme verga.

    Esa noche se sentía nerviosa, al otro día iría a la finca. Cerró los ojos e imagino esa enorme verga de su empleado. Todos esos años esa imagen la había acompañado, recordó esas noches en el convento cuando se tenía que masturbar hasta tres veces, pensando en la polla larga, gruesa y venuda del capataz. Si el sabor de la polla de Carlos le había fascinado, la de Francisco sin duda sería mucho mejor.

    Al otro día manejo hasta su finca, la recibió Hortensia que seguía al cuidado de la casa.

    -¡Señorita Karen! –dijo muy alegre.

    -¡Hortensia! Buen día.

    -¡Qué bien se ve usted y que linda!

    Una vez que se acomodó en su habitación, camino un poco con Hortensia, esta le pregunto sobre que noticias había respecto a la finca pues ella estaba preocupada en que pasaría, a lo que muy sonriente Karen respondió.

    -¡Todo está arreglado! Esto ya es mío. Perdí la casa de mis padres pero rescate todo esto. Así que no te preocupes.

    Hortensia se sintió feliz, pero Karen solo quería saber una cosa.

    -¿Y Francisco?

    -Fue al pueblo por algunas cosas, ya ve como es ese Francisco seguramente se entretuvo con alguno de sus conocidos.

    -En cuanto llegue dile que venga a verme, necesito hablar con él.

    -Sí, señorita Karen.

    -Hortensia. ¿Por qué no te vas al pueblo a ver a tu hija? No voy a cenar no te preocupes, si acaso tomo algo ligero, pero me lo puedo preparar.

    -¿No hay problema señorita?

    -Claro que no. De todos modos cualquier cosa me apoyo en Francisco.

    -Está bien, en cuanto llegue Francisco me voy.

    -Nos vemos mañana Hortensia, mañana cocinaremos el estofado que tanto me gusta.

    Karen subió a bañarse. Se puso unas medias con liguero, bragas y brasier, se arregló bien el cabello, se maquillo, perfumo su cuerpo y se colocó un baby doll que especialmente había comprado para tal ocasión, todo de negro. Se tocó la vagina, empezó a sentirse muy emocionada, estaba por cumplir uno de sus más grandes sueños. Se puso un abrigo rojo y se sentó a esperar. Pensó que donde sería lo mejor, si esperar a Francisco ahí en la sala, en el estudio o en su recamara, en eso estaba cuando escucho los pasos del capataz quien trato de disimular lo ebrio que estaba.

    -¡Señorita Karen! Buenas tardes ¡Que sorpresa! Me da mucho gusto verla. Ya me platico Hortensia y la verdad estoy muy contento que todo se haya solucionado. ¿Quería hablar conmigo? Santo Dios que bonito huele, perdone usted.

    -Sí, todo está arreglado.

    Karen temblaba, se le había secado la boca, tuvo servirse un vaso de agua.

    -Dígame usted señorita.

    -Siéntate por favor Francisco.

    El capataz se acomodó en el sofá.

    -¿Te sirvo una copa?

    -Mmm, ¿Habla en serio señorita? –respondió extrañado por el ofrecimiento.

    -Claro.

    Karen le sirvió un trago y se sentó junto a él. Ella temblaba, sabia las dimensiones de la verga de Francisco, pero lo deseaba.

    -Háblame de mi tía Rosario.

    -¿De ella? Pues una buena mujer, muy estricta y enojona, pero de buenos sentimientos, a mí me ayudó mucho –no pudo evitar una sonrisa maliciosa.

    -¿Te la cogiste? -pregunto Karen.

    Continuará.

  • Cuando digo ¡puta! te hablo a ti

    Cuando digo ¡puta! te hablo a ti

    Llevo más de 5 años viviendo en una casa nada fuera de lo normal. Afortunadamente no tenía vecinos a los lados por lo que gozaba de mucha privacidad, lo cual me permitía sacar a Mildred, la mujer que deseo ser. Esta fortuna acabó pronto, pues unos vecinos invitaron a sus amigos a vivir en nuestra privada, y la casa elegida fue la de al lado.

    Era una pareja joven con 2 hijos, el chico algo atractivo, pero eso si varonil. La chica tenía un culote que más que admirar lo envidiaba. Seguro que a una mujer le resulta incómodo tener semejante culo en diversas situaciones, no se diga al andar por la calle pues sabes que todo hombre te estará mirando la cola. Pero eso es justamente lo que yo desearía vivir.

    Normalmente estoy solo en casa, trabajo como independiente así que me puedo permitir vivir prácticamente sin salir de casa. Soy casado, pero puedo ser Mildred a escondidas. Cuando estoy sola Mildred se encarga de la casa, me gusta mucho hacer las labores domésticas, más incluso que las que tienen que hacer los hombres como reparaciones del hogar.

    Cuando me pongo mi faldita, tacones y peluca, soy toda una sirvienta doméstica.

    Un día después de haber lavado la ropa, yo estaba como Mildred y comenzó a llover temprano, acostumbrada a estar sola, salí rápidamente para meter la ropa, cuando me percaté escuché el ruido de la ventana de mi vecino cerrándose de golpe. Me espanté tiré la ropa y me metí corriendo a la casa.

    Me quedé super nerviosa preguntándome si me había visto, si había sido el muchacho, la chica o alguno de sus hijos en el mejor de los casos ya que apenas eran unos niños. Me cambié por si acaso y seguí con mi día normal.

    Pasaron unas semanas y nada ocurrió, así que se me olvidó el incidente y seguí mi vida normal. cuando fantaseo ser Mildred suelo darme placer con algún juguetito que tengo, me encanta montarlo y poner videos xxx en donde el macho le dice de cosas a la chica que se está cogiendo, entonces con audífonos suelo imaginar que soy la chica y le respondo a ese macho entre gemidos.

    He de decir que soy un poquito escandalosa cuando gimo, me gusta imaginar que soy dominada y humillada sexualmente, por lo que dentro de mis fantasías siempre están las frases, me encanta tu verga papi, quiero ser tu perra, me encanta que me metas la verga, cógete a tu puta, si quiero tu semen, lo quiero en la boca y todo entre ricos gemidos que ya me han dicho que suenan delicioso para los oídos varoniles.

    Bueno pues un día que justamente me estaba dando placer, al poco rato de haber llegado al orgasmo anal que me hizo gritar como loca: ¡Hazme tu puta por favor! me encontraba tumbada en la cama aún con el juguetito dentro y descansando después de tanto placer, cuando de pronto escucho el timbre de la casa. Rápidamente me incorporo y me asomo por la ventana de arriba tras ponerme una playera rápidamente. Era mi vecino nuevo, con el cual ya había cruzado un par de palabras, pero solo el saludo normal.

    -Préstame algo de herramienta, me dijo.

    -Si ya bajo, respondí.

    Rápidamente me cambié y dejé toda mi ropa en la cama. Al salir el vecino me dijo creo que te agarré ocupada, no me di cuenta de que usó un término femenino hasta después, pero respondí rápidamente que no hacía nada importante. Me dijo que herramienta quería no sin antes preguntarme ¿Estás con alguien? A lo que respondí no, estoy solo. Dicho esto, se rio y me dijo eres una ¡Puta! acentuando de una manera tan… humillante esta palabra que me quedé sin saber que decir, pero mi cara no pudo ocultarlo y me sonrojé demasiado. No dijo nada más y me dijo luego te traigo tus herramientas mientras ya caminaba lejos de mi puerta.

    Al siguiente día tocó lavar la ropa, así que lo hice, pero no tenía ganas de ser Mildred por lo que solo vestía normal. cuando la tendía escuché una voz que gritaba desde la ventana que aquella vez se cerró bruscamente: ¡Puta! Por instinto de escuchar un ruido extraño es que volteé, crucé miradas con él, se rio y cerró su ventana. Me sentí muy extraña, por un lado me sentía enojada, pero al mismo tiempo excitada y confirmé que algo sabía, no sé si me había escuchado gemir, si me había visto vestida o ambas pero algo sabía.

    Días después salí a la tienda y al abrir la puerta de la privada nos cruzamos.

    -Buenas tardes -Dije amablemente.

    -¡Puta! -escuché que dijo.

    No giré ni respondí, simplemente seguí mi camino.

    La siguiente vez que me vio, iba a la tlapalería a comprar algo, se puso frente a mí y me dijo directamente en un tono agresivo, humillante, pero a la vez bajo: ¡Puta!

    Agaché la cabeza y lo rodeé intentando evadir la agresión. Pero me tomó del brazo de esa forma en la que toman a las mujeres cuando relatan historias de acoso y me jaló, de nuevo frente a él me dijo así me gusta, agachadas, sumisas y de nuevo esa maldita palabra ¡Puta! con su tono despectivo, cuando digo ¡Puta! te estoy hablando a ti. Mírame me ordenó, alcé los ojos más no mucho la cabeza hasta que vi sus ojos profundos y dominantes. ¡Eso!, me dijo soltándome del brazo y diciendo ya te voy a regresar tu herramienta mientras ya daba un par de pasos alejándose de mí.

    Quédatela, le alcancé a gritar por la distancia que ya llevaba recorrida. Se detuvo en seco, se dio la vuelta y caminó hacia mí en una forma que sentí que me iba a golpear, se acercó mucho a mi cara, yo agaché la mirada y me dijo: te la voy a regresar y punto.

    Cada quién siguió su camino y yo toda nerviosa, humillada, temblando continué con lo mío.

    Como en toda privada, existe un grupo de WhatsApp donde se hablan cosas vecinales, no era difícil obtener mi número siendo parte de los que viven ahí, así que no fue para nada una sorpresa encontrarme con un mensaje en mi celular una tarde de jueves.

    ¡Puta! (obvio que no podía iniciar un mensaje suyo de otra forma). Mañana, cuando te quedes sola te voy a regresar tu herramienta, quiero que me invites una cerveza, necesito platicar contigo. Iré a las 9 en punto de la mañana y quiero ver a la ¡Puta! (así lo seguía escribiendo) que vi desde la ventana hace unas semanas. Es una orden. No respondí el mensaje, pero dejé el visto claro.

    Sentí que explotaba por dentro, me puse nerviosa a mil, este hombre ya conocía mi rutina y sabía cuando me quedaba sola, además lo confirmaba, me había visto desde la ventana aquella vez, siempre fue él y por eso me llamaba… de esa forma.

    Al día siguiente no sabía que hacer, estaba super nerviosa, no pude dormir bien, apenas me quedé sola, tenía un par de horas para que fueran las 9. Contemplé a posibilidad de enfrentarlo y pedirle de favor que me dejara en paz, cuando yo sola me reí. Pedirle de favor dije sonriendo, a quién engaño, mi actitud es totalmente sumisa y pedirle un favor lo demostraría. Yo no tomo así que no tengo cerveza en mi casa, tuve que salir al Oxxo y comprar un six, no sabía de cual le gustaba así que simplemente tomé un six y me dije: Le estoy comprando cerveza al hombre que me llama ¡Puta! Auch, dije sintiéndome humillada por el acto.

    Cuando me di cuenta me encontraba maquillándome frente al espejo, ya en falda, cachetero, tacones, blusa. Bajé a la sala como a las 8:45 estaba temblando de nervios, me veía muy linda según yo, con una faldita que apenas me cubría las nalgas, unos tacones de 15 cm sin plataforma que me ponían de puntitas, peluca negra, larga, lacia y perfume femenino que había tomado prestado.

    Fueron los 15 minutos más largos de mi vida, no paraba de temblar y tenía la esperanza de que no llegara y todo quedara así, pero justo cuando dieron las 9 escuché como su puerta se cerraba, en mi sala mis ventanas tienen una película que hace que pueda entrar la luz del sol y no se logra ver hacia adentro, pero si para afuera. Así que me resultó fácil verlo caminar hacia mi puerta, antes de girar en mi casa se detuvo y miró a los alrededores, quería privacidad imaginé, lo cual me dio cierto alivio. Al ver que no venía nadie, giró y se quedó viendo a la ventana fijamente.

    Él lo sabía, sabía que lo estaba mirando y no dejaba de mirarme desde afuera como si pudiera verme a mí también aunque era imposible. Sin palabra alguna entendí lo que quería, así que con todo mi cuerpo temblando abrí la puerta, escuché sus pasos rápidos y sin más se metió rápidamente en mi casa y cerró la puerta.

    No sabía que hacer, estaba ahí dentro de mi casa y yo vestida como mujer ¿Qué estoy haciendo? No debí haberme vestido así, pero ya era tarde. Apenas cerró la puerta se giró y me vio, mientras yo agachaba la mirada toda nerviosa.

    A guevo, sabía que eras una ¡Puta! y me alegra que fueras obediente eso facilita mucho las cosas.

    ¿Las cosas, qué cosas, qué quiere hacerme?

    ¿Es que soy ingenua o qué? Quiere usarme como mujer

    Dejó rápidamente la herramienta en el piso y se sentó en el sillón con las piernas abiertas. Mírame ¡Puta! Ya me lo había dicho muchas veces, pero ahora vestida como Mildred se sentía muy distinto, en verdad me sentía una frente a él vestida así. Lo miré, me costó mucho trabajo sostener su mirada, pero lo hice.

    ¡Date una vuelta ¡Puta!

    Lo más femenina que pude y con mis piernas temblando de nervios me di la vuelta, nunca en mi vida había hecho eso, un hombre estaba mirándome lujuriosamente mientras yo estaba vestida de chica, mi excitación era a mil, aunque curiosamente mi después bautizado como clítoris no reflejaba esa excitación y permanecía dormido, eso si chorreando mucho, supongo que por mis nervios no conseguía una erección, lo cual agradecía en ese momento, estando en el rol de Mildred no quería tener erecciones, quería ser una mujer y sentirme como tal.

    Al terminar mi giro, lo volví a ver a la cara, él sonreía y dijo con una voz que me puso aún más nerviosa (y yo que pensé que más no se podía) ¿Dónde está mi cerveza? ¡Perra!

    Abrí los ojos con sorpresa, la había olvidado sacar, así que rápido fui al refrigerador y saqué una cerveza, mientras mis tacones regresaban cerveza en mano me di cuenta de que me había llamado ¡Perra! con el mismo tono despectivo con el que me dice de la otra forma.

    Le extendí la cerveza, me miró y me ordenó: ¡Ábrela pendeja! Lo hice con torpeza, y se la volví a extender, esta vez se levantó, se abrió el pantalón se lo bajó con todo y bóxer y agarrando su verga ya durísima me dijo: Mira ¡Puta! ¿Esto es lo que deseas verdad? Se la agitó con la mano, involuntariamente se la miré y tragué saliva nerviosa. No era una verga gigante, era normal, pero se veía tan dura que hasta sus venas se marcaban y su glande parecía que explotaba, yo digo que unos 18cm si tenía mi vecino.

    Me tomó la cerveza, agarrándome desprevenida porque mi mirada estaba en su verga y se sentó de nuevo con las piernas abiertas, cuando me retiró la cerveza de la mano, di un micro salto que me regresó a la realidad y lo miré nuevamente, él no me dijo nada, solo señalaba su verga mientras sostenía la cerveza con la otra mano.

    Entendí el mensaje, quería que me pusiera de rodillas y atendiera su verga. Aún temblorosa me arrodillé, mis piernas me traicionaron, pues más rápido de lo que imaginé ya estaba frente a su verga dura, me puse super nerviosa y lo miré a los ojos. Besa mi verga me ordenó.

    Lo hice

    ¡Besa mis huevos!

    Lo hice

    ¡Puta! me dijo con su característico tono. No supe que hacer y solo lo miré. Sin darme cuenta que tan rápido se movió me soltó tremenda cachetada que hasta una lagrimita me sacó, responde pendeja, ya te dije que cuando digo ¡Puta! te estoy hablando a ti. ¡Puta!

    Mande, dije con la voz entrecortada y casi queriendo llorar

    Soltó una carcajada al verme que quería llorar y dijo: No jodas esto va a esta bien chingón. Se tomó toda la cerveza de jalón y me dijo quiero otra, porque compraste más de una ¿Verdad ¡Puta! ? Si, respondí y fui rápido al refrigerador por otra cerveza esperando que 6 fueran suficientes y no me regañaran por no pensar en comprar más. Regresé, la abrí y se la di. Entonces se me quedó viendo.

    Nerviosa me pregunté ¿Qué hice ahora, que hice mal, que tengo que hacer? Vi su verga dura con una gota preseminal en la cabeza y entendí. Tengo que regresar a donde estaba. Así que me puse de rodillas y besé su verga y sus huevos sin que me lo dijera. ¡Eso Puta! ya vas entendiendo cual es tu lugar, ahora dame unas mamadas.

    Por primera vez en mi vida, metí una verga real en mi boca, era riquísimo, me llenaba la boca, no la podía cerrar, su sabor era indescriptible, pero me gustaba y más allá de eso, me sentía humillada por el hecho de vestir así y estar mamando la verga de un hombre, de uno de verdad, no mis juguetitos o cosas random que usaba con imaginación, era una verga real la que estaba en mi boca.

    Sentí su mano en mi cabeza, que hacía presión para que me la metiera más adentro hasta que tuve sus huevos en mi barbilla y su pelvis en mi nariz. Arriba y abajo estaba yo mientras escuchaba como se tomaba la cerveza que le había ido a comprar como su puta, y que le había traído, abierto y ofrecido antes de besarle los huevos, todo de manera voluntaria, que humillación sentía.

    De pronto me dijo mira voltea ¡Puta! lo había olvidado por completo, la ventana permite ver hacia afuera y ahí iba pasando otro de nuestros vecinos, totalmente ignorante de lo que pasaba ahí dentro, pero la sensación de verlo desde la posición en la que estaba me provocaba sentirme nerviosa y humillada, y él lo sabía por eso me había hecho voltear. En eso noto que se para bruscamente, se cae la lata de cerveza ya vacía al suelo y me mete la verga en la boca, me toma de la cabeza y comienza a cogerme por la boca con mucha fuerza.

    Mis manos se sostienen en sus muslos, tratan de empujar para que no me ahogué, pero no puedo, él me jala con más fuerza y me empuja una y otra vez su verga extremadamente dura en mi garganta provocándome ruidos que nunca había hecho. Me toma de la cabeza y me deja su verga toda dentro de mi boca, apenas puedo respirar por la cercanía de su pelvis contra mi nariz y lo incómodo que resulta hacerlo con su verga dura dentro de mi boca y escucho que dice: Esto es lo que quieres ¿verdad? Te escuché gritar ese día, a guevo que eras tú, seguro te estabas metiendo cosas en la cola y por eso gemías como ¡Puta!

    Así que no solo me vio sino que también me escuchó, pero que descuidada fui y ahora pago las consecuencias.

    Me la sacó e un jalón de mi boca, mientras tosía y me secaba la baba que me escurría, me tomó de la mano, luego del brazo tal como aquella vez y me hizo caminar rodeando el sillón hasta que quedé frente al descansa brazos y frente a la ventana, el ruido de mis tacones con pasos chiquitos y apresurados me encantó, entonces con fuerza me empujó y me empinó. Mi falda cedió al instante y dejó al aire mi culo, me metió una nalgada que de acordarme me vuelve a doler y evidentemente un grito salió de mi involuntariamente.

    Que rico culo dijo mientras me bajaba el cachetero hasta los muslos y me abría las nalgas. ¿Cómo podía decir esto alguien que tenía como esposa a una mujer con un culo que yo envidiaba?

    Me metió los dedos en la boca, no me lo esperaba, los sacó rápido y me metió su dedo mayor en mi colita, auchh dije. Párate ¡Puta! Me incorporé como pude, con su mano que no me sacaba el dedo de adentro y me empujó con esa mano al frente haciéndome caminar, me paseó por toda la sala, llegando al comedor y de regreso todo con la fuerza de su dedo dentro de mi culo, con pasos pequeños, apresurados y forzados el ruido de mis tacones completaba la escena perfecta para él mientras me humillaba.

    Regresamos a la esquina del sillón, me volvió a empinar, sacó sus dedos y sin ninguna clase de tacto empujó toda su verga dentro de mi culo, no pude evitar gritar, incluso menos femenino de lo que me hubiera gustado, me dolió horrible y él solo soltó la carcajada mientras me controlaba con las manos en mis caderas para que no me moviera o no me sacara su verga.

    Ahora si ¡Puta! vas a saber lo que es un hombre y cual es tu lugar, esta va a ser tu nueva vida, decía esto mientras sacaba y metía su verga dentro de mi con una fuerza que mi cuerpo se movía todo cada que me la empujaba dentro. ¡Mira al frente perra Mira al frente! Me ordenó de pronto mientras me seguía metiendo la verga con tanta fuerza que no podía dejar de soltar gemidos, esta vez no eran ficticios como los que me provocaba yo sola, eran reales, eran naturales e inevitables para mí. Cuando pude mirar al frente entendí todo y no pude evitar decir ¡Ay No!

    De nuevo el vecino pasaba enfrente de la casa, él no podía ver nada, pero yo desde dentro, empinada, con las piernas abiertas, y mi vecino detrás de mi metiendo y sacando su verga de mi culo lo veíamos y eso me hizo sentir extremadamente humillada, frágil, indefensa, quebrada por dentro que terminé llorando mientras era cogida, aunque más bien ahora me sentía violada. No tenía comparación alguna con mis fantasías, no se sentía ni de cerca lo mismo, ni física ni psicológicamente, el dolor/placer era muchísimo más grande, y la humillación también. ¿En verdad era esto lo que yo quería?

    No tardó en darse cuenta de mis lágrimas y por alguna razón eso le excitó a niveles impresionantes porque soltó la carcajada y empezó a darme más rápido y fuerte mientras me decía: Ahora si di todas esas cosas que te gusta decir ¡Puta!, dilo, grítalo ¡Perra! No era lo mismo decirlo ahora, mis palabras no salían correctamente porque eran ahogadas entre gemidos y decirlas cuando en verdad me estaban cogiendo era una sensación distinta pero no podía negarme, ya era demasiado tarde, así que intenté decir lo más que pude de mis frases que hasta ese entonces eran mis favoritas sin saber lo que significaban realmente hasta ese día.

    “Hazme tu puta, quiero ser tu perra, méteme la verga papi, me encanta que me metas la verga, cógete a tu perra, lléname de semen”, decir estas frases mientras me daban con todo me llevó inevitablemente a mi primer verdadero orgasmo anal donde perdí todo el control y me puse más gritona que nunca.

    “¡No no no por favor no ay me encanta, me encanta tu verga, me encanta tu verga, quiero ser tu puta, hazme tu puta por favor” lo último salió mezclado entre grito y gemido que nunca antes me había escuchado hacer “quiero ser tu puta por favor” dije en éxtasis mientras sentía como mi clítoris expulsaba todo lo que tenía pero sin atreverse a endurecerse, como si le mostrara respeto al único macho que había ahí.

    Él siguió con lo suyo, yo ya toda desvanecida solo me dejaba usar, porque así me sentía usada. Entonces llegó el momento, me la sacó de un jalón, me arrodilló como pudo, me metió la verga en la boca y soltó todo su semen dentro de mi boca. Trágalo perra, trágatelo todo o no te vuelvo a coger. Esa… ¿era una amenaza? Fue inevitable tragarlo todo si su verga estaba hasta mi garganta, pero evidentemente su verga quedó aún con residuos. Cansado y sudando, se sentó de nuevo en el sillón, y me pidió una cerveza ¡Rápido Puta! que necesito que me limpies la verga.

    Como pude corrí al refrigerador, mi cachetero me dificultó la caminada pues lo tenía en los tobillos, regresé como pude, abrí su cerveza, se la di y en cuanto me la quitó de la mano, yo sabía ya lo que tenía que hacer, así que no hizo falta ninguna orden. Me puse de rodillas y comencé a limpiar su verga con mi boca. Mientras tanto me decía: Ahora eres mi ¡Puta! ya te marqué con mi semen, te voy a traer lamiéndome los huevos, me vas a suplicar que te coja y no vas a poder evitar comportarte como una perra conmigo, me vas hasta a dar las gracias por este día y por cada ocasión que te coja ya verás.

    Yo no contestaba, además ¿Qué podía decir ante ello? Supuse que era parte de la calentura del momento, ¡Otra cerveza! Ordenó el que ahora se decía ser mi macho, y bueno poco podía yo defenderme al respecto. Me levanté y repetí mi ahora ritual de la cerveza. Al regresar, sin pensarlo me puse de rodillas y me vi besando sus huevos, justo como acababa de decirme que me tendría, de nuevo esa sensación de humillación recorrió mi cuerpo Auch. Como no recibía ninguna orden, seguí besando, lamiendo, chupando y acariciando su verga y sus huevos en completo silencio.

    Poco a poco su verga se volvió a poner dura, se levantó de golpe y comenzó de nuevo a cogerme por la boca ¿Qué este hombre no se cansa? Me pregunté mientras me ahogaba con su verga que se le ponía tan dura como a mi jamás se me había puesto en la vida, en un ratito entendería por qué. Gimió y me dijo abre la boca ¡Puta! me la iba a llenar de semen otra vez, pero ahora agregó: No te la tragues.

    Esta vez se vino desde poca distancia, sin meter su verga en mi boca pero nada de su semen quedó afuera, me impresionó lo mucho que sacó para ser la segunda vez que se venía. Yo estaba arrodillada con la boca abierta recibiendo su semen, limpió su verga en mi mejilla y repitió lenta y amenazadoramente “No-te-lo-tra-gues ¿Oíste?”. Moví la cabeza asintiendo su orden. Me quedé entonces en esa posición, mientras lo veía vestirse, fue al refrigerador, tomó una cerveza más, la abrió frente a mi, escurrió un poco de cerveza sobre mi cara, dio un sorbo a su cerveza y me ordenó Mirarlo, sonrió y dijo ¡Puta! a la otra te encierras ese clítoris en una jaula, sin decir más salió de mi casa y cerró la puerta.

    No sabía que hacer, no recibí ninguna orden ¿Y si regresa? Me quedé así quizás unos 7 minutos hasta que no pude más y me lo tragué. Me subí al sillón y ahí me quedé dormida, con mi cachetero en los tobillos, usada sexualmente. Cuando desperté recordé lo que pasó, sonreí y no pude evitar enviarle un mensaje con una sola palabra: Gracias.

    Su respuesta: Seguro que la ¡Puta! se tragó mi semen.

    Auch

  • Otra insatisfacción con mi esposo y la primera vez con Miguel

    Otra insatisfacción con mi esposo y la primera vez con Miguel

    Como mencioné en mi presentación y primer relato, al poco tiempo de haber nacido mi hijo (Roberto), mi esposo (la verdad nunca nos casamos, pero como vivimos juntos un tiempo y es el padre de mi hijo, así le digo) tuvo una serie de problemas de salud que le dejaron varias secuelas, entre ellas problemas de movilidad y dificultades para tener y mantener una erección. Además, cambió de trabajo y decidió que nos mudaríamos a otra parte de la ciudad, ya que su ingreso disminuyó importantemente. Obvio, ya no tendríamos el estilo de vida de los años anteriores, pero aún no quería que yo trabajara.

    Desde que se me empezó a notar el embarazo dejamos de tener relaciones –afortunadamente el chofer que teníamos era mi amante, pero eso lo contaré después- y después del parto se vinieron los problemas de salud de Beto (mi esposo), por lo que el sexo era muy escaso y pues la verdad yo sí necesito sexo en mi vida. Claro que con el niño todo el día en casa y yo sin ninguna forma de socializar, más que los vecinos, pues solo me quedaba masturbarme; pero quería sexo, fantaseaba con que me cogieran.

    Una noche, ya con el niño dormido y después de que se bañara Beto al volver del trabajo -como siempre- me paseÉ por la casa desnuda a ver ayudaba a despertarle el deseo a mi esposo. Digo, sé que le costaba la erección, pero podía intentarlo, además yo lo ayudaría –podía jalársela y mamársela- y él también podía satisfacerme comiéndome la panocha o dedeándome. Lejos de incitarlo, recibí un “vístete, Ana, ¿para qué andas toda encuerada?”.

    Pero no me rendí, ya acostados empecé a jalársela, se le fue parando -tenía ese problema después de la enfermedad- y entonces empecé a mamársela, Beto gemía; poco a poco se le puso lo suficientemente dura como para montarlo y lo hice.

    -Ay, qué rico. Necesitaba sexo, amor.

    -¿Ya querías sentirla adentro, Ana? –asentí-.

    -Ay, sí, mi amor, necesito sexo, necesito coger. Cógeme más, ¿sí?

    -¿Necesitas que te cojan, Ana? ¿Necesitas verga?

    -Sí, necesito que me beses, me acaricies… que me cojas mucho, Beto.

    -Hagamos la lucho, mi vida. Estás bien buena, eso ayuda; me encantan tus tetas y tus nalgas, Ana.

    -Todavía te gustan?

    -Por supuesto, amor… es solo que me cuesta trabajo. Y no sabes cómo me excita oírte gemir, recordar cómo gemías cuando te podía coger bien.

    Como pasaba cuando cogíamos después de la enfermedad de Beto, cuando sentía que se le bajaba la erección, se la volvía a jalar o a mamar hasta que se le pusiera dura de nuevo y lo volvía a montar o él me acomodaba en alguna posición que le gustara y me la metía; le gustaba mucho ponerme de perrito y ponerme frente a un espejo para ver mis caras. Cuando le costaba mucho trabajo me decía que me masturbara y él también lo hacía viéndome; a veces me pedía que le contara alguna cogida que hubiésemos tenido o alguna que yo hubiera tenido con alguien más, esa era como la última opción para excitarse.

    En un momento en que se la estaba mamando para que recuperara su erección, comencé a pensar en vecinos que había notado que me comían con la mirada, en el señor de la tienda que me veía las tetas, en cómo sentía la mirada del señor del agua en las nalgas… y me excitó mucho imaginar que se las estaba mamando a ellos, que me manoseaban, me encueraban y me cogían rico. De hecho, me excité tanto que seguí mamándosela a Beto hasta que acabó en mi boca y me tragué su lechita.

    Finalmente pude dormir, pero a partir de ese momento comencé a pensar en coger con más personas. En ese momento no lo supe, pero Beto se quedó pensando en que él lo que quería era volver a escucharme gemir como antes, lo que él ya no podía provocar.

    Pocos días después de esa ocasión comencé a vestirme más provocativa –lo que en realidad no hago siempre- escotes más pronunciados, faldas cortas, ropa entallada o pantalones que se les notara el calzón. Así andaba por los andadores, iba al súper, a la tienda, platicaba con vecinos; en aquel momento yo tenía 23 años, así que podía coquetear con los de 19-20 o con los de 50; había muchas opciones.

    El primero con el que cogí fue un vecino, se llamaba Miguel y tenía 25 años. Era estudiante de maestría de tiempo completo, así que en realidad pasaba mucho tiempo en su casa; cosa que aprovechamos bastante jejeje. Usé el viejo truco de que necesitaba ayuda para colgar unos cuadros y necesitaba su ayuda para clavar unos clavos en la pared; obvio después de algunos día de coqueteos e insinuaciones.

    De hecho, una ocasión me ayudó con una compostura en la baño y se había llevado unos calzones míos. Volviendo al día en cuestión, yo traía una mini de mezclilla, hilo y una camisetita negra de tirantes sin bra. Él puso los clavos y yo me subí en un banquito para poner los cuadros; me toqueteó las nalgas y las tetas al ayudarme a subir y de bajada.

    -De seguro me viste todo, ¿verdad travieso?

    -Y quién no iba a aprovechar, además tú eres la que deja ver todito, Ana.

    -Ah, ¿sí? ¿Todito? ¿Y se ve bien?

    -Se ve muy bien –me abrazó y bajó sus manos hasta mis nalgas-.

    -Ah, ¿sí?

    -Bastante bien; te antojas mucho, Ana.

    -¿Y como qué se antoja?

    -Como esto –me apretó fuerte las nalgas y me jaló hacia él para que sintiera su verga dura en mi vientre, la verdad se sintió delicioso-.

    -Mmm promete –lo besé y sentí cómo se le ponía más dura, yo también le acaricié la espalda y bajé hasta sus nalgas, él me manoseaba las nalgas y las tetas, mis pezones se endurecieron enseguida-.

    -Estás buenísima, Ana… no sabes las ganas te tengo.

    -A ver si es cierto –le mordí suavemente los labios-porque ando con muchas ganas, vecino.

    -Ah ¿sí? –asentí- ¿y eso?

    -Beto no me atiende… y yo necesito sexo, necesito que me cojan rico –le acaricié el paquete- necesito sentir una de estas.

    -Pues cuando quieras, vecina.

    -¿En serio?

    -Por supuesto, mamita.

    -Mmm qué rico.

    Nos sentamos en la sala y empezamos a fajar bien rico. Mike me quitó la playerita y empezó a comerme las tetas, yo lo monté para sentir su verga dura en mi panochita apenas cubierta por mi calzoncito y le puse mis tetas en la cara, la minifalda quedó enrollada en mi cintura; le abrí la camisa para toca su pecho. Lo montaba simulando que estuviéramos cogiendo, él me agarraba fuerte las nalgas y me comía las tetas; yo estaba empapada y su verga durísima.

    Entonces me hinqué en el piso, le abrí el pantalón y de hecho se lo quité, entonces se la jalé un poco, luego la tallé en mi cara –eso me encanta-“Me gusta tu verga”, le dije, “Es toda tuya, vecina”, entonces se la besé, la lamí y después empecé a mamársela.

    -Mmmm… tenía muchas ganas de comerme una buena verga…

    -Cuando quieras vengo a que me la comas, Ana; te la comes riquísimo, vecina.

    -Mmmm… riquísima la tienes…

    -¿Ya te cansaste de la tu esposo?

    -Mmm… sí… además ya casi no me hace caso…

    -¡¿Cómo no hacerte caso, Ana?! ¡Qué desperdicio! Lo bueno es que hay chance de atenderte… pero me hubieras buscado antes, vecina.

    -Pues hay que desquitar el tiempo perdido –lo monté y me senté sobre su dura verga enterrándomela hasta el fondo suavemente- ay, no mames, qué rico.

    -¿Te gusta, Ana?

    -Uy, sí, la tienes durísima, Migue.

    -¿Más que la de tu esposo?

    -¡Ay, sí! ¡Mucho más!

    -¿En serio?

    -¡¡Ay, sí!! ¡No mames qué delicia!

    -¿La sientes?

    -La siento todita y hasta adentro, Migue. ¡Qué rico me la metes!

    -¿Mejor que tu marido?

    -Es que la verdad a él ya casi ni se le para y yo necesito coger, Migue.

    -Ah, ¿sí? ¿Necesitas que te cojan? ¿qué te metan la verga, vecina? –asentí-.

    -Cómeme las tetas, vecino… ay, no manches, así, así…  mmm… ¡qué rico!

    -Estás bien pinche buena, Ana; yo te puedo dar reata cada que quieras, mamacita.

    -Sí, por favor, vecino… necesito que me tengan bien atendida.

    -No mames tienes escurriendo la papaya.

    -¿Te gusta?

    -Un chingo –se la apreté con la panochita- ay, cabrón, qué rico la aprietas; cómo le haces, vecina.

    -¿Te gusta cómo te la aprieto?

    -Un chingo… vamos a tu cama.

    -¿Quieres cogerme en mi cama? –asintió-.

    -Sí, quiero metértela en tu cama, quiero que te chorees ahí, quiero vaciarme en tu cama y embarrarte… quiero que huela a sexo y que tu esposo duerma en donde te cogí, en donde le pusiste los cuernos.

    -Qué cabrón eres, vecino. Vente, vamos al cuarto -me levanté, me acomodé la tanga y me fui caminando al cuarto antojándole mis nalgas-.

    -Mamacita, qué ricas nalgas te cargas.

    -Pues ven… disfrútalas, vecino.

    En el cuarto me tiró en la cama, me quitó la tanga y comió la panochita delicioso; me vine como hacía tiempo no lo hacía. Enseguida, así como estaba de misionero, me abrió un poco más las piernas y me la metió.

    -Ay, no mames, Migue, la tienes durísima, ¡qué rico, no mames!

    -¿Te gusta, vecina? ¿Te gusta así durita, Ana?

    -Me fascina, no mames, Migue.

    -Mejor que el pito guango de tu esposo, no, ¿Ana?

    -¡Ay, por supuesto! Pinche verga flácida que tiene, en cambio la tuya está deliciosa, Migue.

    -Puta madre, qué rico rebotan tus tetas, Ana –aceleró sus embestidas-.

    -Ay, cabrón, qué rico, síguele, Migue, síguele… ay, no mames me voy a venir otra vez, así, así… ay, no mames…

    -Sí, putita, vente, mójame la verga con tus jugos, Ana –luego me puso de lado y me siguió dando bien rico un rato más- ahora ponte espaldas y apóyate en la cabecera, Ana –me acomodé como dijo y me la metió de nuevo, fue rica esa posición, además me agarraba las tetas mientras me penetraba; se escuchaba cómo entraba su vergota en mi panochita y cómo chocaba su vientre en mis nalgas; eso me calentó mucho-te caes de buena, Ana y si el pendejo de tu esposo no aprovecha, yo sí te voy a atender como se debe, vecina.

    -Sí, papito, cógeme cuando quieras; aquí voy a estar esperando para que me des verga, Migue.

    -¿Te encanta la verga, verdad putita?

    -Ay, sí, vecino, me encanta coger.

    -Nomás para eso me pediste que viniera, verdad Ana, para abrirme las piernas y que te la metiera –asentí-.

    -Sí, Migue, me urgía una buena cogida.

    -Eres una puta, Ana –me susurró- ahora empínate, putita, quiero ver ese culote –me acomodé de perrito y me incliné un poco más levantando las nalgas- mira nada más ese pedorro, vecina; pinche culote rico que te cargas.

    -¿Te gusta, vecino?

    -Me encanta, pinche Ana.

    -Todo tuyo, papi.

    -Pinche atascadota que me voy a dar, culona –me acarició las nalgas, me nalgueó, restregó la punto de su verga en la entrada de mi panochita y me la metió entrando y saliendo poco a poco hasta que entró toda-.

    -Ay, Migue, coges delicioso, papito; ¡como necesitaba esto!

    En esa posición me estuvo cogiendo, agarrándome de la cintura para metérmela e más duro, dándome nalgadas y presionando un poco mi culito, sin llegar a meterme el dedo, cosa que yo quería que hiciera, pero no se animó.

    -Uy, ya me voy a venir, Ana… ay, no mames, qué rica estás, pinche vecina.

    -Sí, vente, Migue, vente; échamelos, ándale.

    -No mames, qué ganas tenía de cogerte, vecina… de verte mamándomela… de verte las pinches tetas rebotando… de verte empinada para mí, Ana.

    -Soy tuya, papito, cógeme cuando quieras, Migue –en ese momento me la sacó, me dijo que me volteara, se hincó entre mis piernas, se la jaló un poco y se vino a chorros salpicándome desde el vientre hasta la cara; en cuanto acabó, se la mamé hasta que fue perdiendo la erección; yo sentía cómo escurrían sus mecos en mi cuerpo-.

    Nos acostamos y nos quedamos platicando un rato.

    -Ni creas que va a ser la única vez que cogemos, eh vecina. Estás demasiado buena.

    -Jajaja no, no será la única vez, no te preocupes; coges muy rico –le dije agarrándole la verga-.

    Poco después tenía que ir por mi hijo a la escuela, así que se fue, yo me bañé y fui por mi chamaco. Esa fue la primera vez que tuve sexo con Miguel, mi vecino, y en efecto cogimos muchas veces más.

  • Trío con Sara y su amiga Claudia

    Trío con Sara y su amiga Claudia

    Hace un tiempo, salía con una chica, su nombre era Sara. Mi relación con Sara siempre fue muy buena, no solo en lo sexual, sino en la confianza y la comunicación. Nunca tuvimos problemas de decirnos las cosas tal cual las pensábamos. Sobre todo, en el tema sexual. Gracias a eso, pudimos experimentar muchas cosas en el sexo, ya sea sexo anal, oral, vaginal, diferentes posiciones, etc. Pero lo mejor de todo fue el trio que tuvimos con su amiga Claudia.

    Sara era muy guapa. Hermoso rostro, con unos labios finos pero muy provocativos. Cabello largo, negro y de piel blanca ligeramente bronceada. Tetas grandes y duras, con un pezón oscuro y grande. No tenía un culo muy grande, pero si, bien redondo y bien puesto.

    Un día estábamos viendo una película, una comedia romántica. En una escena, se puede ver a un hombre con dos chicas, que después de unos tragos, terminan haciendo un trio, obviamente por el tipo de película, no se vio nada de sexo, pero se entendió lo que había sucedido. Después de ver esa escena, al parecer, a Sara le dio curiosidad el tema.

    -Amor, ¿alguna vez has fantaseado con hacer un trio? –preguntó de la nada.

    -Bueno, sí. Creo que es una fantasía de todo hombre –respondí con normalidad, gracias a la confianza que nos teníamos– creo que a cualquiera le gustaría estar con dos o más mujeres al mismo tiempo.

    -¿más de dos? –dijo un poco sorprendida.

    -Creo que es más un tema de ego, de saber si podría satisfacer a varias mujeres al mismo tiempo –dije.

    -Ah bueno –dijo– yo creo que si podrías, a mí me tienes muy bien servida. Jajaja –dijo riendo.

    -Jajaja. Y ¿Por qué la pregunta? –pregunté curiosamente.

    -No, nada, vi la escena y me dio curiosidad –respondió.

    -¿solo curiosidad? Si tienes algo pensado me avisas, para prepararme. Jajaja –bromeé.

    -Jajaja –se rio.

    Ese día, ahí terminó la conversación, pero tenía la curiosidad de saber si habría forma de hacer un trio con Sara y alguna chica más. Esa conversación me había dejado intrigado, quería buscar la forma de convencer a Sara. Pero como dije anteriormente, teníamos buena comunicación y mucha confianza. Además de que experimentábamos mucho con el sexo. Al día siguiente, salimos a pasear al mall, pasábamos por diversas tiendas.

    De repente, saliendo de una tienda de lencería, vimos a Claudia. Claudia es una chica no muy alta, es más baja que Sara, de rasgos un poco más toscos que Sara, pero muy guapa también. Cabello largo, color marrón, con piel ligeramente más oscura que la de Sara. En cuanto a cuerpo, creo que si le lleva la ventaja. Unas tetas de tamaño regular, pero de muy buena forma, y un culo increíble, sin ser muy grande, pero creo que, si hay un culo perfecto, es ese.

    -Hola, ¿Cómo estás? –preguntó Claudia al encontrarnos.

    -Bien, tu ¿Qué tal? –respondió– aunque por lo que has comprado, te va a ir mejor más tarde, jajaja –bromeó Sara, señalando la bolsa de Claudia.

    -Si, bueno, algunas cositas para una cita –dijo, mirándome un poco avergonzada.

    -Uy, te presento a mi novio, Gonzalo –dijo Sara, me acerqué y le di un beso en la mejilla– ella es Claudia, ¿te acuerdas que te conté de ella?

    -Ah claro, un gusto –dije sin mucho interés, mientras ellas comenzaron a conversar.

    Una vez terminaron, nos despedimos y seguimos de compras. Sara me mandó a una tienda deportiva para que me distraiga y ella entró en la tienda de lencería, quería darme una sorpresa en la noche. Fuimos a su casa, vivía con sus papas, pero ellos pasaban más tiempo en su casa de campo, ya que estaban jubilados, cenamos y fuimos a su cuarto.

    Ya en su cuarto, me pidió que la esperara en la cama, desnudo, mientras ella se alistaba. Lo hice sin pensarlo. Unos minutos después, sale del baño, con una lencería muy sexi, de color blanco. Se veía espectacular. Se subió encima mío, comenzó a besarme en la boca, muy sensualmente, luego bajó por todo mi cuerpo, lamiéndolo. Mi pene ya estaba muy duro. Se lo metió a la boca, comenzó a chupármelo muy rápidamente, se notaba muy excitada. Luego se quitó el sostén y colocó mi pene entre sus tetas. Me encantaba cuando me masturbaba con sus tetas. Escupió entre ellas y comenzó a moverlas de arriba hacia abajo.

    Después de un rato, se levantó, hizo a un lado su pequeña tanga y se sentó en mi pene. comenzó a moverse rápidamente, saltando encima de mi pene, sus tetas bailaban frente a mí. La tomé de las tetas, las apreté, sobaba sus enormes pezones. Sara se movía deliciosamente encima mío. se acercó a mí y me besó con desesperación. Gemía rápida y fuertemente. La levanté, la puse en cuatro patas. Me coloqué detrás de ella y la penetré fuertemente. La tomé del cabello y la jalé hacia mí. La embestía con fuerza mientras le jalaba fuertemente del cabello. Comenzó a temblar suavemente y aceleré mis embestidas. La estaba penetrando rápidamente, cuando sentí como comenzaba a correrse.

    -¡Ahhh! ¡Me corro! –gritó mientras se corría– ¡así!

    -¡yo también! ¡ahí va ¡Ahhh! –me corrí junto con ella, llenándole la vagina de leche.

    Nos recostamos, abrazados en cucharita, sus nalgas pegadas a mi pene. De su vagina chorreaba mi semen, manchando su diminuta tanga. Estuvimos unos minutos en silencio, recobrando el aliento. Había sido una gran corrida de ambos. Pensé en que fue lo que la incentivó a comprarse la lencería, en que fue lo que la excitó tanto, para tener sexo tan fogosamente. Pensé en Claudia, no podía ser coincidencia, así que me atreví a preguntar.

    -Creo que te excitó ver a tu amiga comprando lencería ¿no? –pregunté.

    -Me dio la idea, la verdad –respondió ella– además de que vi cómo le mirabas el culo –dijo para mi sorpresa.

    -Jajaja, bueno, ¿viste el culazo que tiene? –dije, un poco sorprendido.

    -Bueno, sí. Siempre tuvo un culo digno de admirar –dijo– la verdad que tiene un cuerpazo, la maldita.

    -Si, y después de la conversación de anoche, creo que sería buena candidata para el trio –dije, tratando de volver a la conversación de la noche anterior– lástima que tenga novio.

    -No tiene novio –dijo.

    -¿y la lencería? –atiné a preguntar.

    -Me dijo que estaba saliendo con un chico, pero que no era su novio –respondió– con las justas se han besado, pero que esta noche se lo quería coger. ¿en serio quisieras hacer un trio con ella?

    -Bueno, es muy guapa. Además, que noté que te llevas bien con ella –dije.

    -Bueno, sí. ¿te acuerdas que te conté que, en el colegio, me besé con una compañera? –dijo– bueno, fue con ella. Pero fue solo un experimento. Jajaja.

    Lo que me dijo me dejó atónito. El hecho de que ya tengan una pequeña historia, hacia más probable que se pueda dar mi fantasía. No hablamos más del tema, simplemente lo dejamos ahí, pero a mi mente venían las imágenes de Sara y Claudia besándose. Nos dormimos abrazados.

    Al día siguiente, hicimos nuestras cosas y en la noche volví a ir a su casa, para cenar. Cuando llegué, me dijo que Claudia la había llamado y que quería hablar con ella. Le dije que no había problema, que hablara con ella, yo esperaría en el cuarto. Unos minutos después llegó Claudia y se pusieron a conversar en la sala. Yo me acerqué al pasillo para escuchar de que hablaban.

    Claudia le contó a Sara de que el chico la había plantado, que se había encontrado con su ex y que estaba molesta por eso. Se sentía mal, pensando que tal vez no era lo suficientemente guapa y cosas así. Para mi sorpresa, Sara, con el fin de reconfortarla, le comentó que yo me había quedado impresionado con ella, que me había parecido guapa. Claudia se ruborizó un poco pero no le creyó mucho. Sara le aseguró que era verdad y que, además, habíamos hablado de hacer un trio con ella. Ambas rieron y siguieron conversando.

    Sara me llamo para que vaya a cenar con ellas. Noté a Claudia más tranquila, pero un poco avergonzada al verme. Cenamos, conversamos de varias cosas, hasta que salió el tema del chico que la noche anterior había dejado plantada a Claudia. Sara me miraba con ojos cómplices. Pensé que me estaba aceptando la idea del trio, pero no quise hacer nada, por miedo a que haya leído mal las miradas.

    -¿puedes creer que ese imbécil la haya dejado plantada? –me preguntó Sara– si es tan linda.

    -Realmente es un imbécil. Tan guapa que eres –respondí. bueno, él se lo pierde.

    -Gracias –dijo Claudia.

    -¿Qué les parece si mañana salimos a algún sitio? Para que te distraigas –pregunté– y quien sabe conoces a alguien que valga la pena.

    -¡si! Vamos –dijo Sara emocionada.

    -Ok, me gustaría despejarme un poco.

    Quedamos en la hora y a donde iríamos. Les dije que las recogería, primero a Sara y luego a Claudia. Nos despedimos, Claudia se fue y Sara y yo nos quedamos conversando. Me dijo que lo había pensado y que, quien sabe, si Claudia aceptaba, la noche siguiente haríamos realidad mi fantasía. Me fui a mi casa y al día siguiente, después de hacer mis labores, comencé a alistarme. Habíamos quedado en recoger a Claudia a las 9 pm.

    Alrededor de las 8 pm, fui a recoger a Sara. Cuando salió, llevaba un vestido corto, muy pegado, con un escote que dejaba ver muy bien sus grandes tetas. La espalda descubierta, al igual que sus carnosas piernas. Subió al auto, me dio un beso en los labios y salimos rumbo a la casa de Claudia. Llegamos unos minutos antes de las 9. Demoró un poco en salir, pero cuando salió, se veía espectacular. Llevaba una minifalda corta, que con las justas tapa sus nalgas, un top pegado, que cubría sus tetas, pero dejaba ver su abdomen bien formado y la parte baja de su espalda, decorada con un atrevido tatuaje.

    Subió al carro, nos dio un beso en la mejilla a cada uno y salimos hacia la discoteca. Era un poco alejada, pero justamente con la idea de que no haya mucha gente y de que no nos vieran. Llegamos, estacioné el auto, el cual llevé para tener una excusa de no tomar. Quería disfrutar esa noche, si se daba, con todos mis sentidos.

    Entramos, pedí unos cocteles para ellas y una cerveza para mí. Nos sentamos en un apartado y comenzamos a conversar. Luego ellas se levantaron y fueron a bailar. Yo esperé en el apartado. No había mucha gente. Al rato, viene Claudia y me dice que Sara quería bailar conmigo. Fui donde estaba ella y comenzamos a bailar pegados, ella se me acercó al oído.

    -Estoy preparando el terreno, le he contado que eres una maquina en la cama, que desde que llegamos no has parado de mirarle el culo –dijo– más rato la sacas a bailar y vemos como se pone.

    -Gracias amor, no pensé que aceptarías algo así –dije agradecido.

    -No es solo para ti, a mí también me excita la idea –dijo riendo.

    Me dio un beso en la boca, metiendo su lengua dentro. Se pegaba a mí, me restregaba las tetas en el pecho y frotaba su pubis contra el mío. En pleno baile caliente, tratábamos de mirar a Claudia que no dejaba de mirarnos. Mientras bailábamos, se le acercaron un par de chicos, pero Claudia los rechazó. Eso me dio gusto.

    Volvimos al apartado, nos sentamos y seguimos conversando. Sara preguntó por los chicos y Claudia respondió que se les veía muy tontos. Luego Sara me pidió que la saque a bailar a Claudia. La llevé a la pista de baile y comenzamos a bailar, ella se daba la vuelta y me mostraba ese hermoso culo. Luego se daba la vuelta, se pegó a mí y se acercó a mi oído.

    -Me dijo Sara que te gusta mi culo –dijo.

    -Bueno, tienes un culo delicioso –me atreví a responder.

    -Gracias –dijo, poniendo su mano en mi entrepierna– también me dijo que eres una maquina en la cama. Y con tremenda pinga, le creo –dijo sobando mi pene. volteé a ver a Sara, que nos miraba sonriendo.

    Seguimos bailando un poco hasta que me dijo que iría al baño. Fui al apartado y le conté a Sara lo que pasó. Se le notaba divertida con la situación. Me dijo que en un rato iría al baño para dejarnos solos, que intente algo. Cuando Claudia volvió, pedí dos tragos más para ellas. Cuando los estaba trayendo, vi que Sara se iba. Cuando llegué, me senté al lado de Claudia, le di su trago.

    -¿Qué más te ha contado Sara? –pregunté.

    -Que te gustaría hacer un trio –dijo– ¿es verdad que quieres que este con Uds.?

    -Bueno, si estas buenísima –respondí– lo hablé con Sara, creo que está de acuerdo.

    Me acerqué un poco a ella, puse una mano en su muslo y le di un beso en la boca, con los labios cerrados, corto. Me alejé y nos miramos. Ahora ella fue la que se acercó, me besó con la boca abierta, metiendo su lengua y moviéndola dentro. Su mano sobaba mi pene por encima del pantalón. Con fuerza. Nos separamos justo a tiempo, ya que Sara estaba viniendo. Se sentó a mi lado. Pero ya no hablamos. Sara se había dado cuenta de que algo había pasado. Así que se acercó a mí y me dio un beso en la boca. Mientras me besaba, Claudia nos miraba. Sara tomó la mano de Claudia y la puso en mi entrepierna.

    Luego comenzó a sobarles las piernas. Se separó de mí, volteó mi cara y la empujó hacia la cara de Claudia, nos volvimos a besar. Sara y Claudia habían tomado bastante. Sara nos dijo para irnos, así que salimos rápidamente hacia el auto. Cuando me subí, noté que ambas se subieron atrás.

    Mientras manejaba, por el retrovisor, podía ver como se besaban. Sus manos recorrían todo su cuerpo. El top de Claudia ya estaba completamente levantado, dejando ver sus hermosas tetas, siendo amasadas por Sara. El vestido de Sara estaba tirado hacia abajo, mostrando esas gigantes tetas, que Claudia amasaba con locura. Yo trataba de concentrarme en el camino, pero era difícil, ya que la vista se me iba al retrovisor. Cuando llegamos a casa de Sara, las chicas estaban recostadas una encima de la otra en el asiento trasero, besándose y frotándose. Yo había sacado mi pene del pantalón y me lo sobaba suavemente.

    Metí el auto al garaje de la casa y al estacionarme, salimos semidesnudos hacia la sala. Una vez en la sala, me senté en un sillón, y las chicas se fueron al estudio que estaba al lado, guiñándome los ojos. Me saque la ropa, quedándome completamente desnudo y sobando mi pene, muy excitado. Unos minutos después, se abrió la puerta corrediza del estudio y las pude ver, paradas una al lado de la otra. Sara tenía la lencería blanca que había usado dos noches antes.

    Claudia vestía la lencería que había comprado ese día. Era un sostén negro que transparentaba, dejando ver unos pezones pequeños ligeramente más claros que los de Sara, y una tanga con un pequeño triangulo en el frente, del cual salían tres delgadas tiras de cada lado que iban hacia su culo, juntándose y metiéndose entre sus nalgas. Se veían espectaculares.

    Caminaron sensualmente hacia mí, se sentaron una a cada lado de mí y comenzaron a besarme suavemente en el cuello, mientras sus manos sobaban mi pene. Sara se levantó, acercó mi cara a la de Claudia para que nos besemos. La besé muy excitado, ella me devolvió el beso con la misma excitación. Comencé a sobar sus tetas por encima del sostén. Sara ya estaba con mi pene en su boca, haciéndome una gran mamada.

    Después de unos minutos, se levantaron, se pararon frente a mí y se comenzaron a besar. Mientras se sacaban los sostenes. Los dos pares de tetas salieron, chocando unas con las otras. Mientras se besaban, juntaban sus tetas, frotándose los pezones entre sí. Sara me tomó de la mano y me jaló hacia ellas. Pegaron sus tetas y puse mi cara entre ellas, las besaba, las lamia, mientras con mis manos les masajeaba las nalgas. Ellas se seguían besando muy calientemente. Comencé a bajar sus tangas. Las cuales cayeron al suelo. Comencé a meter dedos en sus vaginas, que chorreaban.

    Me empujaron al sillón, caí sentado. Ambas se arrodillaron, comenzaron a darme una mamada en conjunto espectacular, pasaban sus lenguas por todo el tronco. Mientras una se metía mi pene en la boca, la otra chupaba mis testículos. Se iban turnando. Estaba a mil. Que rica mamada me estaban dando. Yo estiré mis manos para sobarle las tetas a las dos. Estuvieron en eso unos minutos. Mi pene estaba completamente humedecido con sus salivas.

    Sara se levantó, se sentó en el sillón, me pidió que la penetre. Me puse encima suyo, y la penetré rápidamente, mi pene entró entero hasta el fondo, haciendo que suelte un fuerte gemido. Claudia se levantó y se subió encima de Sara, delante mío. puso su vagina en la cara de Sara y su culo frente a mí. Mientras penetraba a Sara, podía ver las nalgas de Claudia frente a mí, me acerqué, le abrí las nalgas y metí mi cara entre ellas. Comencé a chuparle el ano, mientras Sara le chupaba la vagina.

    Claudia se movió hacia atrás, quedando sus tetas pegadas a las de Sara, se besaban, mientras seguía penetrando a Sara y amasando las hermosas nalgas de Claudia. Luego fui alternando entre una y otra. Se la metía a Sara, luego a Claudia. Las dos estaban muy mojadas. Gemían fuertemente. Yo seguía embistiéndolas fuertemente a las dos. Cuando se la metía a Sara, metía dos dedos en la vagina de Claudia y la masturbaba. Ambas gemían mientras se besaban y sus tetas se frotaban entre sí.

    Me separé de ambas, me tumbé en la alfombra del piso, Sara se subió encima de mi cara, mientras Claudia se sentó en mi pene, moviéndose delicioso. Ambas quedaron frente a frente, se besaron, tocándose las tetas. Estuvieron moviéndose ambas, Sara en mi cara y Claudia en mi pene. estaba muy excitado y sentí como me quería venir, traté de aguantar lo más que pude hasta que se corrieron ambas al mismo tiempo.

    -¡Ahhh! ¡que rico! ¡me corroo! –gritó Sara primero.

    -¡yo también! ¡Ahhh! –siguió Claudia.

    -Yo también me quiero venir. Quiero tirárselo en sus caras –dije mientras me levantaba.

    Me paré frente a ellas, arrodilladas con las caras juntas. Me masturbé dirigiendo mi pene a sus caras. Unos segundos después, deje caer mucha leche en sus caras. Embarrando sus caras completamente de leche. La vista de sus caras llenas de leche era increíble, solo superada por la imagen de Sara lamiendo la cara de Claudia, limpiándole los restos de mi semen. Cuando terminó, Claudia hizo lo mismo y limpió la cara de Sara con la lengua. Se levantaron, nos sentamos en el sillón, yo en medio de ambas. Nos besamos los tres.

    -Gracias chicas, la pasé genial –dije agradecido.

    -Amor, a mí también me gustó –dijo Sara– fue una muy bonita experiencia.

    -Tenías razón que es una máquina en la cama –dijo Claudia– y tiene una pinga deliciosa.

    -Te dije, coge bien rico mi novio –respondió Sara– y tú sabes delicioso Claudita.

    -Las dos son espectaculares –dije.

    Nos levantamos, me comencé a vestir, mientras Sara y Claudia iban al estudio a vestirse. Una vez todos listos, fuimos a dejar a Claudia a su casa. En el auto, ambas se subieron atrás. Se subieron las minifaldas, ambas estaban sin tanga, y comenzaron a hacer un 69. Una vez más mi vista se iba al retrovisor. Se pasaron todo el camino dándose placer mutuamente hasta que se corrieron las dos al mismo tiempo.

    Cuando llegamos a la casa de Claudia, se despidieron, Claudia se acercó a mí y me dio un beso muy ardiente, sentía los fluidos de Sara en los labios de Claudia. Entró a su casa, partimos a la casa de Sara. Esta vez, Sara se sentó en el asiento del copiloto, y una vez empezamos a avanzar, me bajo el pantalón, sacó mi pene y comenzó a darme una mamada espectacular, mientras se tocaba la vagina rápidamente. Después de unos minutos, me vine en su boca.

    Cuando llegamos a la casa de Sara. Fuimos a su cuarto para dormir. Apenas llegamos, Sara me sorprendió dándome su tanga y la de Claudia como regalo. Ambas estaban empapadas de sus fluidos. Olían delicioso. Antes de dormir me miró sonriendo y se pegó a mi oído.

    -¿te gustó, mi amor? –preguntó– porque ahora me toca mi trio. Quiero que me cojas con otro hombre.

    Fin

  • El seductor (parte 3)

    El seductor (parte 3)

    Finalmente, y después de lo que pareció una eternidad, Andrés llegó al quinto piso del hotel. Apuradamente y apenas aguantando el aliento, caminó por el pasillo alfombrado, contando las habitaciones, una por una, buscando el número 567. Apenas y podía pensar con claridad, y no tenía idea de lo que iba a encontrarse. Deseaba con todo su corazón no encontrar a Carla ahí, y si lo hacía… Eran ya las 12:30.

    Carla estaba finalmente donde debía estar, donde siempre perteneció; la cama de Francisco. Recostada a su lado, con su hermoso cuerpo desnudo orientado hacia él, la bella chica lo besaba con pasión. Él por su parte, disfrutaba finalmente de su premio; tal y como esperaba, la chica a la que había estado seduciendo en los últimos días, volvía a él, sola, desvistiéndose en frente suyo, lista para entregarse. Tenerla desnuda en su cama, acariciar su dulce piel, sus suaves senos, era una total delicia. Estaba dispuesto a poseerla por completo.

    -Te dije que te haría mía esta noche -le dijo a Carla entre besos. Ella sonrió y se abrazó de él con más fuerza.

    Carla, sabiendo lo mucho que le encantaban, acercó ella misma sus dos perfectos frutos a los labios de su amante. Sin dudarlo ni un momento, Francisco comenzó a darles tiernos besos, embriagándose con su aroma a mujer. Sus labios se posaron sobre sus pezones, ahora duros, haciendo a Carla cerrar sus ojos y llevándola al más puro placer. Su lengua los recorrió con curiosidad, de forma juguetona los envolvía en sus labios, los jalaba suavemente para luego soltarlos y seguir lamiendo con amor. Disfrutó a gusto de sus dos hermosos senos, hasta que Carla pudo notar el efecto que aquello generaba en su herramienta viril.

    Sus ojos se abrieron como platos al ver el gran tamaño y la firmeza con la que se erigía el gran pene de Francisco. Jamás pensó que un miembro podría verse tan… hermoso, tan bello. El más natural instinto de mujer la hizo llevar su mano hasta él, posándola con ternura alrededor de su carne.

    -Está hermoso -le dijo a su amante, mirándolo a los ojos, antes de entregarle sus labios de nuevo.

    La hermosa Carla comenzaba a masturbarlo suavemente, recorriéndolo con sus dedos de arriba abajo, disfrutando su dureza, su textura suave, sus palpitaciones. Era lo más increíble que hubiera sentido jamás. Los besos tan apasionados de Francisco eran la única guía que necesitaba para saber que hacía bien su trabajo. El hombre se aferraba suavemente a sus pechos, los besaba y acariciaba, jugaba con ellos, mientras ella lo introducía más y más al placer con sus manos.

    Sus suaves manos lo estaban llevando al límite, pero él quería guardar lo mejor para más tarde. Tomó su mano para detenerla, y la recostó sobre las almohadas. Se acurrucó con ella y la besó. Posó su mano sobre su cuello, acariciándola tiernamente, y comenzando su recorrido por sus pechos, bajando suavemente por su abdomen, en dónde dedico varias caricias, explorando su vientre.

    Finalmente, deslizó su mano entre las piernas de la chica. Casi por instinto, estas se abrieron para permitirle el acceso. Francisco se encontró una vagina tan suave, tierna, y húmeda. Solo el roce de su mano la hizo gemir y aferrarse a él con fuerza. Él se divirtió acariciándola superficialmente hasta que ella se acostumbró a su tacto, para finalmente comenzar a acariciarla rítmicamente.

    Con suaves movimientos circulares sobre su clítoris, Francisco llevaba a Carla a un éxtasis que jamás sintió. Era el más delicioso placer sexual que experimentaba, y no podía estar más feliz de vivirlo a su lado. Los gemidos femeninos inundaban la habitación, y Francisco los apaciguaba con sus besos. Cada vez más empapada, Carla comenzó a sentir su primer orgasmo, volviéndose loca de placer.

    Su espalda comenzaba a arquearse sin control, y todo su cuerpo temblaba. Una sensación de placer, casi insoportable, la recorrió de punta a punta. Comenzó a retorcerse, y Francisco la abrazó, conteniéndola, protegiéndola de su propio goce. Habiéndola tranquilizado, continuaron besándose suavemente. Ella lo miraba con amor, con dulzura. Los ojos más bonitos, son los de la mujer enamorada.

    El pene de Francisco estaba más duro que nunca. Estaba listo, no aguantaba más. Había estado esperando por poseer a la bella chica del traje de baño negro que conoció días atrás, y finalmente iba a cumplirlo. Ayudó a Carla a enderezarse, y una vez sentados en la cama, la acomodó para colocarse encima de él. Ella lo rodeó con sus piernas y brazos, para poder besarlo y mirarlo. Sentía su gran pene reposando sobre su ombligo. Bajó su mano tímidamente para acariciarlo.

    -¿Me harás el amor esta noche? -le preguntó Carla sonriéndole, entre besos.

    Andrés finalmente lo había logrado, llegó a la habitación 567. Una vez en la puerta, se dio cuenta de que no tenía idea de lo que debía hacer ahora mismo. ¿Debía tocar la puerta? ¿Golpearla? ¿Gritar el nombre de Carla? Estaba lleno de dudas, y toda la valentía que había reunido parecía no significar nada. O era tal vez que temía encontrarse con lo peor. Instintivamente puso su mano en la manija, y sin querer notó que la puerta no estaba cerrada, y se abría suavemente. Se quedó pasmado y dudó por unos momentos, hasta que tomó coraje para entrar, muy lentamente, haciendo el menor ruido posible.

    “Me harás el amor esta noche?”, alcanzó a escuchar, en la dulce voz de su amada esposa. Su corazón casi se detiene, no podía creer lo que escuchaba. Se detuvo, no estaba seguro de qué hacer ahora, o si quería realmente continuar por el pasillo y encontrarse con lo que imaginaba estaba ocurriendo.

    -¿Quieres que te haga el amor? -le preguntó Francisco en coqueteo.

    -Sii… -le dijo ella besándolo más y más.

    -Pídemelo -le dijo con firmeza.

    -Hazme el amor…  -le pedía la chica perdida en sus besos.

    -Pídemelo-le ordenó de nuevo.

    -Hazme el amor… por favor… ya hazme tuya… no me hagas esperar más -le rogó con mucho amor.

    Andrés escuchaba a Carla rogándole por poseerla. No daba crédito; su mente se llenó de toda clase de emociones, tristeza, rabia, celos. Pensarla desnuda y con otro hombre, era algo que jamás imaginó antes. Lentamente daba un paso hacia adelante. Sus piernas apenas reaccionaban, llenas de dudas y ansiedad.

    Francisco estaba listo para responder a las súplicas de la bella mujer casada. Tomó su pene con y lo apuntó hacia arriba. Con su otra mano, dirigió a Carla de su cintura, para que ella misma se levantara ligeramente y permitiera la entrada. Sin dejar de besarlo y abrazarlo, se preparó para sentirlo, para finalmente ser penetrada por él. Su gran miembro se posicionó en la entrada de su húmeda vagina, y Carla comenzó a dejarse caer, muy suavemente.

    -Aaah -soltaba un fuerte gemido con cada centímetro que se adentraba en su interior.

    Andrés estaba atónito. Por más que quería, no podía avanzar más rápido. Estaba tan cerca, aún podía detener toda esta locura. Pero cada duda que sentía era un milímetro de carne que rellenaba a su esposa.

    Francisco disfrutaba como nunca. La vagina tan apretada de Carla la provocaba un inmenso placer. Su pene se adentró hasta lo más profundo de la chica, y la mantuvo ahí, para que se sintiera llena. La besó con amor.

    -Ya eres mía-le dijo entre besos, para luego besar su cuello.

    Le dio la señal con su mano para que intentara levantarse lentamente, dejando su pene salir, sin escapar totalmente. Una vez arriba, él la sostuvo con sus brazos, la miró a los ojos, quería admirar su cara de placer y lujuria. Se veía hermosa. Y una vez ahí, la dejó caer con suavidad, enterrándola por completo nuevamente. Carla soltó un gemido muy fuerte, y lo abrazó con fuerza. Casi parecía que sufría, aun cuando sentía el placer más inmenso de su vida.

    Andrés se estaba muy cerca, mientras seguía escuchando los gemidos de su esposa. Por la frecuencia, sabía que la estaba penetrando poco a poco. Cada grito de Carla, significaba que ese otro hombre se adentraba con fuerza y en su totalidad dentro de ella.

    Al fin, llegaba al final del pasillo, solo para encontrarse con la escena que tanto había temido. Su hermosa Carla, abrazada a Francisco, mientras él la llevaba de arriba abajo, volviéndola loca de placer. Su carita lo decía todo; sonriendo entre gemidos, besando el cuello de Francisco, pidiéndole más. Andrés se quedó congelado, escondido al borde del pasillo, observando como le arrebataban a su esposa.

    Carla estaba en éxtasis, sentía más placer del que jamás hubiera experimentado, aun con Andrés. La deliciosa sensación del pene de Francisco rellenándola, entrando tan profundo, la enamoraba más y más de él. Solo al abrir sus ojos por un segundo, pudo notar que no estaban solos; notó una mirada, completamente familiar… era Andrés.

    Carla no podía creerlo, su esposo la miraba haciendo el amor con hombre. Extrañamente, el placer era tan intenso, que no podía siquiera concentrarse en sentir nada más. Se miraban a los ojos, notaba la turbulenta angustia en la mirada de su marido, que contemplaba a su recién hecha esposa amando a otro. Cada vez que comenzaba a sentirse mal, el gran pene de Francisco le recordaba el dulce placer que estaba recibiendo, y sus pensamientos de culpa se convertían en algo más. “Estas son las consecuencias de apostar a tu esposa” pensó ella.

    Sin pensarlo más, se apartó ligeramente de Francisco, dejando de abrazarlo por un instante, para mirarlo a los ojos, sonriendo, sabiendo que Andrés miraba todo. Sin bacilar ni un poco, se acercó para besarlo; un rico y largo beso apasionado. Sus lenguas se juntaban mientras Francisco aprovechaba el momento de descanso para acariciar el cuerpo perfecto de su amante. Carla abría sus ojos por momentos, asegurándose de que su esposo estuviera mirando.

    -Soy tuya… -le dijo la chica entre besos.

    Separándose de Francisco, acercó uno de sus hermosos pechos hacia su boca, para entregárselo de nuevo. Él comenzó a besarlo, sosteniéndola de cintura para levantarla y penetrarla nuevamente. Así, Andrés miraba a su esposa gimiendo histérica, mientras el hombre con el que había perdido disfrutaba de sus hermosos senos, los que tanto amaba.

    Carla empujó a Francisco de forma juguetona, hasta que el quedara recostado, y así montarlo. Andrés observaba su hermoso cuerpo en todo su esplendor. No podía evitar pensar lo hermosa que se veía desnuda, aun cuando era otro el que la disfrutaba. No solo se dedicó a montarlo, quería asegurarse de que Andrés mirara el resultado de su pérdida, hasta las últimas consecuencias.

    Su esposa se levantaba más y más cada vez que cabalgaba a su amante. Podía ver el pene de Francisco, de gran tamaño, mucho mayor que el suyo, desapareciendo completamente en el interior de su amada. “Por qué lo castigaría de esa manera? ¿Realmente disfrutaba de hacerlo sufrir así?”, pensaba, sin poder quitar los ojos de lo que veía. La mirada de Carla era penetrante; un rostro consumido por el placer, que nunca había visto antes. Ella lo miró a los ojos por varios segundos, gimiendo, apenas aguantando la mirada… hasta agacharse para besar a Francisco:

    -Hazme tuya -le pidió, con una dulce y tierna voz, apenas aguantando los gemidos.

    -Pídemelo -le exigió Francisco con cierta dureza, aguantando su propio placer.

    -¡Hazme tuya! ¡Lléname! -le rogó la chica.

    Francisco entonces, la tomó de su cuello para besarla y no dejarla ir. Con su otra mano sobre su cintura, comenzó a penetrarla más y más fuerte, apalancándose de su cuerpo, y haciéndola gritar de gusto. Cuando ya no pudo más, la penetró una última vez, hasta lo más profundo; la sostuvo de su cintura, y comenzó a inundar su vagina de abundante semen caliente.

    Carla se sentía en las nubes; pequeñas lágrimas de placer salían de sus ojos mientras disfrutaba de su orgasmo, y sentía el calor de la esencia de Francisco llenando su vientre. Andrés no podía creerlo; su esposa se dejaba… preñar por otro hombre, aún frente de él. Sin poder aguantarlo más, se dio vuelta para salir del cuarto. Carla estaba muy ocupada besando a su amante como para notar que su esposo ya no los miraba.

    -Me encantó -le dijo sonriéndole.

    -Eres increíble -le contestó él.

    Andrés llegaba a su habitación, vacía. Se recostó en la cama, sintiéndose derrotado. Se sentía en shock, sin poder creer la experiencia que había vivido, lo que había presenciado. Procesaba todo con tristeza, dolor, sentía los más grandes celos, pensar que otro estaba disfrutando de su amada esposa. Era una sensación un tanto insoportable, y que se mezclaba con la extraña sensación entre sus piernas.

    Su propio pene, y sin ninguna explicación lógica, palpitaba, desesperado, bajó su pantalón. La ansiedad era muy intensa, y el muchacho no tuvo opción más que abrir y bajar su pantalón, dejándolo salir disparado, duro y semi húmedo. Con arrepentimiento, y sin poder controlarse, comenzó a masturbarse, sin sacar las escenas previas de su mente.

    A Carla mientras tanto, le esperaba una noche de amor y placer. La bella chica disfrutaba del delicioso sabor del pene de Francisco en su boca, aún impregnado de su esencia masculina. Lo besaba y lamía con pasión, lo miraba a los ojos, le sonreía. Se sentía… en celo, sin poder controlarse.

    Mientras Andrés se masturbaba, Francisco volvía a penetrar a su bella mujer. La besaba, recorría cada punto de su cuerpo con sus grandes manos, poseyéndola al completo. No era la primera chica casada o comprometida a la que llevaba a su cama, pero era sin duda su favorita. La sensación de robársela a su marido, le causaba un intenso placer. Y como nunca, quería hacerla suya y llenarla lo más posible.

    Era imposible aguantar más, y Andrés comenzaba a soltar semen a chorros, sin control, sintiendo un orgasmo único. Por desgracia, el placer que era lo único que lo mantenía cuerdo, empezaba a desaparecer, dejándolo nuevamente con el pesar de haber perdido a Carla. Ella mientras tanto, disfrutaba de otra carga de esperma en lo más profundo de su interior.

    Carla pasó la noche de su vida. No podía creer que tanto placer fuera posible, y menos en una sola noche. Hizo con Francisco lo que nunca había imaginado hacer con Andrés. Ya exhausta, la bella joven se recostaba en la cama, mientras Francisco pintaba sus senos hermosos con su última carga de esperma. Ella sonreía, mientras sentía el caliente líquido bañando sus pezones. Los volteó a ver, se miraban tan bellos. Con un dedo tomó una gota de líquido blanco y lo llevó a su boca, riendo tímidamente mientras miraba a su amante. Él por su parte, admiraba su belleza, y con su mano frotó el resto de su semen en sus pechos, cubriéndolos como si de una crema se tratara.

    La recién formada pareja yacía ahora recostada. Carla se abrazaba de Francisco, mientras él la envolvía con sus brazos. Sentía el calor de su hermosa acompañante cubriéndolo. Sin duda un momento hermoso: una mujer durmiendo abrazada del hombre del que estaba enamorada, desnuda y recién llenada.

    ***********

    Muchas gracias por leer esta historia hasta este punto, espero que la hayas disfrutado. Aún queda un quinto día de la apuesta de Carla, y podría continuar con la historia, pero reconozco que algunas veces es mejor dejar los finales tal y como están. Significaría mucho para mi saber su opinión. ¡Gracias!

  • Eso fue ayer

    Eso fue ayer

    La mirada de sorpresa que puso cuando le confesé que ansiaba tener sexo con ella; la reacción que mostró, casi, casi como si la hubiera desnudado con mis palabras, me resultó tan estimulante que sentí aún más deseos de hacerla mía.

    Esa mujer me traía loco, el solo ver sus hermosas mejillas sonrojarse me despertaron una notable erección. Y se lo hice saber.

    —Sí, como lo oyes, me traes loco, Sofía, no lo puedo ocultar más. El solo verte, escucharte, sentir tu presencia, me ponen cachondo, te lo juro. Y sé que a ti te pasa lo mismo al tenerme cerca, lo sé por tu mirada.

    Ella, por supuesto, lo negó (pero dado que eso fue ayer, hoy puedo confirmar que mentía).

    Hizo amago de retirarse, de huir de la tentación, pero la retuve del brazo. Ella no se esforzó por soltarse y me sostuvo la mirada, expectante.

    Pronto darían las 8. Ella había terminado de acomodar los últimos libros, por fin había completado su turno de ese lunes agotador. Y a mí me tocaba cerrar la librería. Solo quedábamos los dos.

    —Lo deseas, Sofía, también deseas estar conmigo, no digas que no. ¿Qué te detiene?

    Ella tiró del brazo para liberarse y, cuando lo consiguió, me mostró su mano donde resplandecía un pequeño anillo:

    —Casada. 17 años. 2 hijos. Buenas noches, Sebastián. —Tomó su cartera del estante trasero y avanzó hacia la salida.

    —Pero no eres feliz —dije sin más. Ella se detuvo en seco y clavó sus feroces ojos negros en mí—. No digo que yo cambiaré eso, pero al menos te propongo que tanto tú como yo nos olvidemos de esta maldita infelicidad por unos instantes. Nos lo merecemos.

    Sofía pareció dudar, como si realmente estuviera contemplando la posibilidad. Aquel gesto hizo que mi corazón palpitara aún más aprisa. Así que di un paso hacia ella…

    —Lo estás pensando, lo quieres, lo necesitas. Y yo necesito de ti. ¿Por qué negarnos el uno al otro? ¿Por qué?

    —Te creí un hombre inteligente, Sebastián —contestó ella cruzándose de brazos—. Si crees que destruiré todo lo que he construido por un momento de debilidad, estás muy equivocado.

    Avancé un poco más hacia ella, di un segundo, un tercer paso…

    —No se puede romper lo que ya está roto. Por favor, quédate. Lo deseas y lo sabes. Déjame cerrar y… y… ¡lo hacemos! ¡Mierda!, ansío tanto tu cuerpo, Sofía, no sabes cuánto.

    No sé si quiso reír, llorar, gritar o qué, ella se limitó a girar la cabeza; al darme la espalda, el delicioso olor de su cabello me acarició el olfato, y al observar la silueta bien formada de su cuerpo, aumentó aún más mi deseo por poseerla. Dolía.

    —Me esperan en casa —dijo—. No importan las circunstancias. Me voy. Nada me hará cambiar de opinión.

    El excitante sonido de sus tacones repiqueteando contra el suelo inundó el local. Se detuvo en la entrada y repitió:

    —Buenas noches, Sebastián.

    —Adiós, Sofía. Descansa.

    Detecté otro movimiento vacilante, estoy seguro de que quería decir algo más, pero calló. Luego abrió la puerta de cristal y se marchó.

    Creí haber perdido la oportunidad, creí haber arruinado el compañerismo y amistad que mantenía con Sofía hacía poco más de cuatro meses.

    Cuando entré a trabajar a la librería, ella rápidamente ocupó espacio en mi corazón, siempre simpática, atenta y afectuosa. Siempre dispuesta a darme una mano cuando la necesitaba.

    Aprendí mucho de ella, no solo laboralmente, también de su vida: nos volvimos confidentes. Ella me hablaba de sus problemas en casa, yo de los míos (o de la falta de ellos, pues no tenía a nadie).

    —Soy viudo —le dije una vez—. Se fue hace 8 años, y aquí estoy, todavía intentando olvidar.

    Ella puso unos ojos tan amorosos que sentí ganas de besarla. Me tomó de las manos, las acarició dulcemente y me dijo:

    —Admiro el amor que aún sientes por tu mujer. Ese sí que es un amor verdadero. Espero que encuentres la felicidad con alguien más, Sebastián, lo mereces más que nadie.

    —¿Y tú? —contesté—. También mereces ser feliz.

    Me soltó las manos y con un gesto despreocupado dijo:

    —Ah, ya se arreglarán las cosas, no te preocupes.

    Por supuesto, las cosas no se arreglaron, y era posible que nunca lo hicieran. Después de todo, un esposo alcohólico y desempleado no era el complemento ideal para un matrimonio feliz.

    La rabia y la frustración me carcomieron por los siguientes veinte minutos, pero la cosa cambió cuando al llegar al estacionamiento… ¡ahí estaba ella!

    Me esperaba, apoyada en el capó de mi auto.

    —So… Sofía, ¿pero qué…?

    —No digas nada. Solo abre.

    Y abrí, claro que sí. Cuando entró al auto, se abrochó el cinturón y se acomodó el chalequito azul, jugaba con el cierre, dudando si subirlo o bajarlo. Finalmente lo subió.

    Al acomodarme en el asiento del conductor, mis ojos buscaron inevitablemente sus preciosos muslos, y ahí noté cómo sus manos se frotaban incesantes sobre la tela del jean.

    —¿En qué piensas? —pregunté.

    Ella no contestó. Mantenía la vista al frente. Estiré un brazo y alcancé su mano izquierda, la tomé y entrelazamos los dedos.

    —Está bien, Sofía. No hay…

    —No. No está bien. Bajo ningún punto de vista está bien. Mentí, Sebastián, mentí: mandé un mensaje a casa diciendo que tenía que recoger unos paquetes urgentes en la otra sucursal. —Posó sus ojos en los míos—. No sé qué estoy haciendo. ¿Por qué me lo dijiste?, ¿por qué hoy?

    Dudé en contestar, pero lo hice:

    —Porque te oí llorar… por la tarde, en la bodega. No sabes lo mucho que deseé consolarte, abrazarte y decirte que todo estaría bien. Pero había clientes que atender, y no encontré mejor momento que hace un momento.

    Ella soltó mi mano.

    —De modo que me tienes lástima. Es eso.

    —No, claro que no. Te tengo ganas, muchísimas ganas. Eso sí que tengo.

    Sofía esbozó una sonrisa y soltó una carcajada.

    —¡Pero es una locura! Soy una mujer casada, entiéndelo.

    —Como yo lo veo, una locura es soportar lo que soportas a diario. ¿Acaso alguien como tú no merece ser feliz?, ¿no mereces algo de… amor?

    Ella agitó la cabeza y me miró fijamente a los ojos. Esos profundos ojos negros que yo tanto adoraba estaban cargados de miedo, pero también de deseo.

    —No debemos —susurró y me acarició la nuca con su mano izquierda. Aquello hizo que se me erizaran todos los vellos del cuerpo. Yo acaricié su mejilla, me incliné hacia ella y la besé.

    Sofía me recibió, entreabrió sus sensuales labios rojos, y nos fundimos en un beso dulce, húmedo y apasionado. La deseaba más que nunca y se lo quise demostrar al meter mi lengua en su boca, hasta que ella me apartó.

    —Vamos, conduce. Llévame contigo, antes de que cambie de opinión.

    Arranqué el auto y conduje hacia mi casa. Mientras lo hacía, no perdía oportunidad de acariciar sus muslos. Ella sonreía tímidamente.

    Llevé mi mano a su seno izquierdo y lo empecé a acariciar por encima de la ropa, apreté un poco, sentía su turgencia, tenía unos pechos pequeños, ligeramente caídos, bien definidos.

    Bajó el cierre de su chalequito, tomó mi mano y la guio dentro. Yo acaricié el borde de su blusa e introduje los dedos hasta sentir la calidez de sus pechos por encima del sostén.

    Eso fue ayer, pero ahora recordando ese momento, me estoy tocando como lo hizo ella cuando buscó mi entrepierna para sentir mi virilidad.

    Abrí la boca para decir algo, pero ella me calló con un «shhh» delicado, sensual.

    Movía su mano acariciando el bulto sobre mi pantalón, lo hacía lento, lento… Luego buscó el botón superior, lo desabrochó y deslizó el cierre. Se mordió el labio inferior, aquello me impulsó a meter mi mano dentro de su sostén y apreté su seno con fuerza, podía sentir la dureza de su pezón.

    Mientras tanto, ella introdujo su mano y acarició mi miembro por encima del bóxer.

    Al detenernos en un semáforo, comentó:

    —Estás duro. Me gusta.

    Sofía se liberó del cinturón y se acercó para besarme, a la vez que metió la mano para sacar mi pene. Mientras me besaba, me empezó a masturbar.

    La luz cambió a verde, alguien hizo sonar la bocina.

    Sofía se retiró, reanudé la marcha del vehículo, y ella también la de su mano. Subía y bajaba por mi pene con diligencia. Me encantaba, esa mujer me encantaba. Entonces se detuvo, devolvió mi miembro a su lugar y reclinó su cuerpo contra el mío.

    —Waoh, Sofía, eres…

    —Shhh. Disfrutemos del silencio, ¿sí?

    Durante el resto del viaje no hablamos. Diez minutos después llegamos a mi casa. Cuando estacioné el auto ella dijo:

    —Solo será esta vez. Y se acabó. ¿De acuerdo?

    No contesté, esquivé su mirada y salí del auto. Ella hizo lo propio, pero volvió a repetir:

    —Sebastián, solo será esta vez, ¿me entiendes?

    Abrí la puerta de la casa, y en la entrada dije:

    —No saques conclusiones, Sofía. Aún no.

    Ella no dijo más. Encendí las luces y la dejé entrar. Tras cerrar la puerta la abracé como tantas veces había fantaseado hacerlo, y nos besamos como dos locos sedientos, buscando humedad en la boca del otro.

    La agarré por las piernas y la cargué, soltó un gritito de sorpresa y la volví a besar. La llevé hasta la habitación y, en medio de la penumbra, la dejé caer sobre la cama, esa que había acogido incontables fantasías pensando en ella.

    Le quité el chaleco y la blusa. Ella me ayudó a quitarme la chaqueta y la camiseta, todo mientras nos besábamos con pasión.

    —¿Enciendo la luz? —Me aparté y fui a presionar el interruptor sin esperar respuesta—. Quiero verte, quiero grabarte a fuego en mi mente.

    Ella saltó de la cama en mi búsqueda, me desabrochó el pantalón y me lo quitó al igual que el bóxer. Estaba ansiosa… me deseaba… Entonces lo recordé:

    —Tienes prisa, ¿verdad? Es por él.

    —Sabes que no puedo llegar tarde a casa. De hecho ya voy tarde.

    La atraje hacia mí. Llevé mis manos atrás y desabroché su sostén. Finalmente tenía ante mí esos dos deliciosos meloncitos, cuyos pezones rodeados de areolas de un tono café claro se elevaban por y para mí. Me lancé a chuparlos con avidez.

    Mientras lo hacía, ella se fue quitando el jean. La llevé de vuelta a la cama y la tumbé. Sofía rio y me besó. Le terminé de quitar el pantalón, iba ahora por esa jugosa tanga negra, pero entonces… sonó su celular.

    Sofía se sobresaltó, me miró con angustia. Se levantó y fue en la búsqueda de su cartera que reposaba en el suelo. Cuando se acuclilló para recogerla, vi cómo se abrían sus increíbles nalgas, redondas, contorneadas, riquísimas. No lo pude evitar, me lancé tras ella. Mi pene erecto chocó contra su espalda y, mientras la levantaba, le dije:

    —Que se joda, Sofía. Olvida al maricón de tu marido, olvídalo.

    Llevé a Sofía hasta la orilla de la cama, tenía la cartera en la mano y extrajo el celular. Miró el nombre: ponía «Mamá».

    —No es tan sencillo, Sebastián. Déjame contestar.

    Sofía ya me lo había contado: su madre vivía con ella, junto a su esposo Alfredo y sus dos hijos, Cristian y Josué, de 15 y 17 años respectivamente. La señora llevaba años viviendo con ellos, era quien se encargaba de cuidar a los chicos mientras Sofía trabajaba. Seguramente estaba preocupada por la tardanza de su hija.

    —Hola, ma, buenas noches. ¿No leíste mi mensaje?… Sí, es que es una cosa urgente… No, no te preocupes, lo resuelvo rápido y llego… ¿Qué cosa? Ah, sí, sí, un compañero del trabajo me acompaña… Mamá, nada que ver… Pues dile a Alfredo que es mi trabajo… ¡No!, no me lo pongas, dile que ya llego… No sé, quizás en una hora, no sé… Ma, me necesitan por acá, debo colgar. Hablamos más tarde. Chao.

    Y colgó.

    Me miró a los ojos, estaba notablemente afligida. Sí, nuestro momento de lujuria se había roto, yo no supe qué decir o hacer.

    —Perdona, Sebastián, perdona, por favor. Creo que no puedo hacer esto. Mi mamá está preocupada y Alfredo…

    —¿Alfredo qué? ¿También está preocupado? Vamos, Sofía, es un idiota. Ya tranquilizaste a tu mamá, ya dejaste claro que llegarás tarde a casa. Relájate.

    Sofía suspiró. Yo la rodeé con mi brazo, ella apoyó su cabeza en mi hombro, permanecimos así unos instantes hasta que ella comenzó a reír.

    —Tu soldado no quiere abandonar la guerra. —Acercó su cara a la mía y me besó. Por supuesto, sujetó con firmeza a mi «soldado» y también le dio amor.

    Fantástico, la pasión estaba volviendo, eso era excelente. Sofía recibió el mismo cariño que me daba: yo mimaba sus tetas, y descendí hasta su entrepierna caliente, húmeda, deseosa… Llevé mis manos dentro de su tanga y empecé a acariciar por encima de su vello púbico.

    Cuando soltó un gemido supe que había dado en la tecla correcta, moví mi dedo en círculos en torno a su clítoris. Ella se abrazó a mí, sin dejar de masturbarme. Entonces lo tuve que decir:

    —Más despacio, cariño. No estoy… acostumbrado. Tú me entiendes.

    Sofía me soltó el pene y se colocó encima.

    —Seré cuidadosa, «cariño» —Hizo énfasis en la última palabra y soltó una risita.

    Nos comimos la boca un rato más, en más de una ocasión tuve el impulso de penetrarla por encima de la tela de su tanguita. No aguantaba más, ¡quería estar dentro ya!

    Leyendo mis intenciones, Sofía se puso de pie y con mucha sensualidad se fue retirando la prenda. Una vez desnuda, se volvió a sentar a horcajadas sobre mí.

    —¿Ya? —preguntó.

    —¡Mierda! No tengo condones.

    —No es problema.

    Sofía se empinó un poquito, tomó mi pene y lo dirigió hacia su entrada. Lenta, muy lentamente fue descendiendo hasta que finalmente pude sentir todo su calor abrasando mi miembro.

    Ella controlaba los movimientos, fue subiendo y bajando con presteza. Sus tetas se agitaban con cada movimiento, era una delicia ver, sentir y saborear sus maravillosos melones.

    De cuando en cuando reducía la marcha y se meneaba en círculos, se deleitaba recibiendo cada centímetro de mi virilidad en su interior. Con cada jadeo me lo demostraba.

    Entonces me dio un empujón, acostado sobre el colchón veía cómo me follaba con más voracidad. Mis manos acompañaban el movimiento de sus nalgas que subían y bajaban a toda velocidad. La mejor sensación de mi vida, esa mujer era verdaderamente habilidosa, me derretía…, pero tuve que ponerle el freno.

    —Para, para, nena, más despacio.

    Por un segundo, Sofía intentó parar, juro que lo intentó. Pasó ayer, sí, pero siento que está ocurriendo ahora mismo, siento el deleite de su voz penetrando sutilmente mi oído, tras haber cambiado de opinión, cuando en lugar de parar comenzó a acelerar, diciendo: «¿Ya?». «No importa». «Córrete». «Hazlo». «Descárgate en mí».

    Quise controlarlo, intenté aguantar un poco más, pero la fricción de su cálida vagina en mi pene fue demasiado para mí, lo reconozco.

    Me dejé llevar, la agarré por la cintura y tomé el control. Aceleré las embestidas con ferocidad, ella comenzó a gemir, le gustaba duro, se notaba, pero no pude complacerla mucho más. Tuve el orgasmo más maravilloso de mi vida. Y lo solté todo dentro de ella.

    Rugí de placer y alivio. Sofía se dejó caer en mi pecho y también soltó un suspiro de liberación.

    Mientras acariciaba su cabello, no me quedó más que excusarme:

    —Discúlpame, nena. Es que… estoy… fuera de práctica.

    Sofía sonrió, me plantó un sonoro beso en los labios y replicó:

    —No te disculpes. Fue maravilloso. Delicioso de verdad. Estoy complacida…, mi amor. —Soltó una risita de colegiala—. Te dije «mi amor», ¡no puede ser! —Volvió a reír—. Ay, cuánto me gustas, Sebastián. Me gustas de verdad.

    En efecto, pasó ayer, pero bien esto pudo haberme pasado hace quince, veinte años, pues con esas palabras, una oleada de vigor inundó mi cuerpo. Inesperadamente, la sangre volvió al lugar correcto, mi hombría emergió de su descanso, mi «soldado» volvió al campo de batalla.

    Sofía soltó una risotada.

    —Mmm. Hola, soldado.

    —A sus órdenes, capitana —respondí, y enseguida me arrepentí del comentario, me sentí como un idiota. Ella rio de nuevo antes de besarme con una pasión renovada.

    —Te adoro. —Se incorporó—. Pues tu capitana ordena que me des amor. Lléname de amor, mucho, mucho amor… en la forma que tú desees.

    Definitivamente Sofía sabía qué palabras usar para ponerme más y más duro.

    Se tiró sobre el colchón, cuando notó que mi semen escurría por su vagina hasta el colchón, se levantó aprisa.

    —Uy, no, estoy ensuciando todo.

    Me levanté de inmediato y la empujé de vuelta a la cama.

    —Eres espectacular, ¿lo sabías?

    —No —contestó ella en un susurro, me coloqué encima—, no lo sabía. Pero a ti te lo creo todo. Bésame.

    Lo hice, me incliné sobre ella, y al hacerlo, rocé con la cabeza de mi pene su entrada. Ella abrió más las piernas, recibiéndome.

    Lo metí, con su humedad (y la mía) mi pene se deslizaba dentro de ella con una facilidad increíble. Sofía gemía quedito, mientras jugueteaba su lengua con la mía.

    Yo empujaba con suavidad, intentaba recorrer cada parte de su deliciosa cavidad, capturar milímetro a milímetro su feminidad. Hacerla mía, solo mía…

    Entonces su celular volvió a sonar.

    Esta vez Sofía no se sobresaltó. El móvil se hallaba a su lado, ella se limitó a observarlo. Me miró a los ojos, y volvió a mirar el celular.

    Yo, que me hallaba arriba, pude ver el nombre: «Alfredo».

    Me detuve.

    —¡No! No pares, por favor, Sebastián. Dámelo, vamos, hazme el amor.

    —Pero no contes…

    —No. —Un timbre, dos… tres… Lo pensó mejor—: ¿Sabes qué? Sí.

    Odié que dijera eso.

    —De acuerdo. —Salí de su interior y me levanté.

    —Eh, eh, ¿a dónde vas? —Sofía se incorporó, con una mano tomó mi mano, con la otra, el celular—. Mi vagina necesita amor, ¿lo recuerdas, soldado? Sé gentil y métela.

    Iba a replicar algo, pero entonces Sofía contestó la llamada:

    —Sí, Alfredo, ¿qué pasa?

    Mientras hablaba, me incitó a que la penetrara. Y lo hice. En la exquisita posición de misionero, Sofía recibía mi pene mientras hablaba con el cabrón de su esposo.

    Con la mano derecha sostenía el celular contra su oreja, y con la mano izquierda acariciaba mi cuerpo. Mi excitación se elevó a una escala mayor.

    —No, no tengo por qué darte más explicaciones, Alfredo, si digo que estoy trabajando, pues estoy trabajando…

    Yo penetraba a Sofía mientras escuchaba lo que decía, procuraba ser discreto, hacerlo aún más despacio para no provocar sospechas, pero ella empezó a mover la pelvis, como atrayéndome. No me pude resistir y aumenté la intensidad.

    —Ah, no me vengas a decir la hora a la que puedo llegar. Ayer llegaste borracho a las tres de la mañana ¿y ahora me vienes a hablar de horarios? Eres un caradura… Así es, con un compañero del trabajo…

    Al decir «compañero del trabajo» se irguió y me plantó un beso en los labios. Dejó que ese imbécil siguiera hablando y cuando le tocó replicar se dejó caer en el colchón.

    —¿Y qué tiene? ¿O acaso te crees que iba a cargar todas las cajas yo solita? ¡Tenía que venir un hombre conmigo!…

    Con un gesto, hizo que me detuviera, se volteó, dejándome ver sus maravillosas nalgas, que se abrieron perfectamente para mí.

    Tenía vista directa al paraíso. Con besos silenciosos recorrí su espalda, hasta llegar a sus dos maravillosas colinas, mordí una y agarré la otra con rudeza. Sofía gimió quedito, lo percibí, y quizás el imbécil también, porque la respuesta de Sofía fue:

    —Alfredo, te lo advierto, eres un insensible, un grosero. Ya no voy a permitir que me hables así. Estoy harta de que me llames «puta» cada cinco minutos. Si trabajo, puta; si estoy en casa, puta; ¿qué quieres tú de mí?, ¿qué?

    Debo reconocer que esa faceta de Sofía era nueva para mí. Siempre la percibí como una mujer sumisa, de las que recibía maltratos sin oponer resistencia, pero ahora, quizás impulsada por la lujuria, era una mujer diferente. Y era mía.

    Descendí por el centro de sus nalgas y lamí su ano, ella dio un brinquito; inspirado por su reacción, me aventuré a meterle un dedo, apenas ella lo sintió entrar, se agitó y me miró con malicia.

    «No», dijo sin hablar.

    Lección aprendida. Besé un momento más su maravilloso esfínter, debo decir que su trasero me volvía loco. Lamía y empujaba con mi lengua en su orificio, era una sensación increíble tanto para mí como para ella, pues jadeaba quedito, lo percibía en su respiración.

    Sofía no duró mucho más en esa horripilante llamada, y selló el trato con un…

    —Ya, ya. Déjame en paz, Alfredo. Voy a colgar. —Bajó la mano por entre sus piernas y puso su celular a la altura de mi cara, donde lamía voraz. Volvió a subirlo y continuó—: Estoy ocupada ahora mismo. Apenas acabe, regreso a casa, satisfecha con el deber cumplido.

    Y colgó. Sin más.

    Me detuve en seco y busqué su mirada. Eso fue ayer, ¡pero demonios!, lo que hizo se quedará conmigo toda la vida.

    Sofía soltó un profundo suspiro y se echó a reír.

    —¿Por qué me miras así? ¿Es que se te fueron las ganas de hacerme el amor?

    Me lancé sobre ella, apoyé una mano en su cadera y con la otra guie mi pene hacia su jugosa entrada, y me la seguí follando.

    Aceleré los movimientos, le solté una nalgada, dos, tres. Sofía reía, le encantaba, disfrutaba ser cogida por su apetecible compañero del trabajo.

    Sofía apoyó la cara en el colchón y levantó sus nalgas un poquito más, ¡qué espectá-culo! La penetraba de forma incesante, arremetí con fuerza hasta hacerla gritar de placer. Presintiendo que pronto llegaría al clímax.

    —Sí, Sebastián, así. Sigue… Sigue, no pares, por favor.

    Y no, no paré. Apreté sus caderas con una fuerza desmedida y embestí con furia hasta hacerla temblar. Había tenido un orgasmo.

    —Dios, eres lo mejor que me ha pasado en la vida —dijo conteniendo un grito.

    La agarré del pelo, oh, cuánto había fantaseado con aquello: tiré de su melena, obligándola a erguirse de nuevo, y la follé como una perra.

    —¡Eres riquísima, carajo!

    Continué penetrándola durante varios minutos (por supuesto, el segundo round siempre dura más que el anterior), quería partirla en dos. Cómo la gozaba. Ella gemía con cada arremetida. Cada vez la adoraba más.

    Hasta que llegó el momento: quería soltarlo todo otra vez.

    —Ya es hora, cariño. Quiero bañarte toda.

    —Suéltalo, mi amor —contestó—. Ponlo donde quieras.

    Claro que lo haría. Retiré mi pene de su explosiva zona de placer, me la agarré y la meneé como un lunático durante un par de segundos hasta que finalmente me corrí en sus nalgas.

    Cada chorro que brotaba de mi ser apuntó directamente a su maravillosa raya. ¡Puta madre, eso no se compara con nada!

    Caí rendido. Mi increíble amante se acomodó a mi lado (sin importarle ya si «lo ensuciaba todo») y nos besamos con ternura.

    Pasaron los minutos, yo no quería que se fuera. Pero, inevitablemente, el momento tenía que llegar.

    Sofía se levantó y se aseó en el baño. Cuando regresó, nos vestimos lentamente, no había prisa, no, tanto ella como yo sabíamos que no había tiempo para preocuparse por el tiempo.

    Ya había llamado un taxi. Cuando este llegó, acompañé a Sofía hasta la entrada; antes de abrir la puerta de la casa, nos volvimos a besar.

    —¿Y? —preguntó—. ¿Quedaste satisfecho?

    —Oh, cariño, no sabes cuánto.

    Sofía se tomó las mejillas.

    —¿En serio? Qué pena… Eso significa que ya no habrá motivo para repetirlo, ¿verdad?

    —¿Qué? ¡No! Yo quiero que…

    Sofía soltó una carcajada. Me calló con un beso.

    La acompañé a su taxi.

    —Buenas noches, Sebastián.

    Le abrí la puerta y la despedí.

    —Hasta mañana, Sofía. Descansa.

    Sí, eso fue ayer… Hoy, quién sabe.

  • Experiencia lésbica número uno

    Experiencia lésbica número uno

    Soy Cindy y hoy quiero contarles mi primera experiencia lésbica, esto sucedió en el año del 2013, como lo he dicho en mis relatos anteriores, mi segundo divorcio me afectó demasiado y parecía una adolescente sin destino de vida, las malas influencias y sexo casual eran cotidianos y finalmente sucedió lo que por años negué.

    Celia en ese entonces era mayor que yo, yo en aquel tiempo tenía 33 años y ella 41, pero como suele suceder tenía un cuerpo de veinteañera.

    La conocí en una reunión de amigas, ella es amiga de Iliana de quien ya les hablé en un relato anterior, fuimos por Coapa para celebrar el cumpleaños de una amiga y Celia la acompaño.

    Pese a ser una mujer con clase desde que me vio me lanzo el calzón, me piropeaba me abrazaba me decía cosas lindas, mejor que cualquier hombre que conocí en esos momentos, yo entre jugando y no, permití todo, la abrazaba permitía me besara la mano, se me repegara, las indirectas que me lanzaba en cierto momento se volvieron muy directas, yo correspondía todo, eso en un punto molesto a Iliana quien andaba tras mis huesos, pero la verdad algo había en esa mujer que me hacía caer en sus provocaciones.

    Ya en la batucada, bailábamos muy juntitas, ella me abrazaba como si me estuviera arrimando su concha, yo le movía la cadera, hacíamos la finta que nos besaríamos, Iliana estaba tan enojada que s e fue molesta e insultando a todas, nosotras seguimos en lo nuestro, ella me empezó a mansear lo cual consentí permitiendo que sus manos acariciaran mis piernas ya que traía una minifalda a medio muslo, ¡me besaba la mejilla bajando descaradamente entre mi escote rosa! por alguna razón me estaba poniendo caliente, esa veterana mujer me estaba excitando mucho.

    CL: ¡Oye vamos a mi departamento a seguirla!

    C: Me late, ¡hay que avisarles a las chicas!

    CL: ¡No! Solo tú y yo, tengo una buena botella en casa, ¡es importada y la quiero compartir contigo!

    C: ¡No sé, es que vine con ellas!

    CL: Piénsalo hermosa, ¡deja pago la cuenta y me dices!

    En lo que ella pagaba me quede pensando, ella tenía algo que me encantaba, pero sabía que con el alcohol y las ganas podía perder, pero en el fondo eso quería, estar en una cama con ella, así que acepte irme con Celia.

    Nos fuimos en su carro hasta el pedregal una zona residencial donde ella tenía su departamento.

    Nos quitamos los zapatos y empezamos a beber en su alfombra que era muy cómoda, ¡al parecer venia de una familia acomodada y bastaba voltear a donde fuera para ver cosas costosas y extraños lujos que solo la gente con dinero se puede dar!

    Pero volviendo al tema principal, Celia me acariciaba los pies mientras brindábamos, ambas hablábamos de cosas de amor y sexo, prácticamente el tema que nos llavearía a lo que ella quería.

    CL: ¡Tienes unos pies hermosos y cuidados!

    C: Gracias, ¡me gusta cuidar todo mi cuerpo!

    CL: ¡Eso suena interesante!

    C: Tu cuerpo también esta hermoso, ¡tienes unas piernas de concurso!

    CL: ¡Tenemos nena, tenemos!

    Nos miramos fijamente y Celia comenzó a besarme, mientras lo hacia sus manos recorrían de mis pies subiendo a mis muslos los cuales apretaba con fuerza, sentí una enorme excitación y es que no era como el cuarteto que había hecho semanas atrás, esta vez solo éramos dos, mujer contra mujer, ¡lista para saber si eso me gustaba o solo me estaba calando!

    CL: Esta divina, me encantan tus piernas, ¡besas riquísimo!

    C: ¡No estoy segura de querer hacerlo!

    CL: Tranquila, deja que yo me encargue, ¡tú solo déjate llevar!

    Inmediatamente Celia tomo la iniciativa me despojo de la blusa dejándome solo en brasear, sus manos recorrían ya por debajo de mi falda, mientras me besaba las mejillas, el cuello y los hombros, su respiración en mi oído me aceleraba el corazón, cerraba los ojos ya que no daba crédito a lo que pasaba, Celia pasaba su lengua por toda mi espalda, me acostó en la alfombra y se puso detrás de mí, lamia desde mis talones pasando por mis pantorrillas, besaba mis nalgas, y luego muy deliciosamente subía su lengua por mi espalda hasta llegar a mi cabeza.

    Me bajo la falda dejándome en tanga, yo gemía al recibir su lengua en mis entre piernas, Celia se quitó su blusa mostrando unas tetas más grandes que las mías, las cuales me pego haciéndome vibrar al sentir su duro pezón en mi espalda, me tomaba de la cabeza levantándola para besarme el cuello y luego la boca, me estaba excitando y estimulando riquísimo, mi vagina ya estaba tan húmeda que mi tanga mostraba con manchas la excitación obtenida, finalmente se quitó su falda, me desnudo completamente y comenzaría a devorarme por completo!

    CL: Cindy, que hermosa vagina, huele riquísimo, ¡es verdad que cuidas tu cuerpo!

    C: ¿Dios, que me harás ahora?

    CL: ¡Te voy a hacer mía beba!

    C: ¡Si hazme tuya!

    Celia empezó a hacerme un tremendo sexo oral, su lengua entraba y salía cual pene erecto, me apretaba las tetas con fuerza y jugaba mis pezones, yo me movía como loca al recibir tremenda chupada, me mordía mis labios vaginales, sus manos bajaban a apretar mis nalgas, mientras ella mirándome fijamente trataba a mi clítoris como paleta, el poco a poco se inflaba por la acción, ¡que rico era eso!, ¡no podía creer lo bien que se sentía estar con ella!

    C: ¡Ah, si, agh!!

    CL: ¿Que rico gimes, Te gusta lo que te hago?

    C: Si, me gusta mucho, ¡uf!

    CL: No sabes como quería tenerte así, ¡desde que te vi hace unas horas pensaba en tenerte en mi cama!

    C: ¿En serio? Agh, uf, ay!!

    Me puso en cuatro, me besaba las piernas y pasaba su lengua pro en medio de mis nalgas, yo empinada solo mordía el cojín que tome del sofá, su lengua era una experta en la mujer, parecía un pene adiestrado, me tomo las nalgas y abrió para ver mi escurrida vagina, luego apoyándose en mi cadera metió su lengua con fuerza, lo hizo en repetidas ocasiones simulando una embestida de pene increíble, yo sentía su lengua entrar haciéndome gritar, ella me pidió mover mi cadera, yo moví mi cola como perra fiel, el placer era magnifico.

    C: ¡Que rico, agh!!!

    CL: ¡Toma cariño, eso gime, que rica!

    C: ¡Me vengo nena, me vengo!!

    CL: Eso así, que rico, córrete en mi boca, hazlo, ¡córrete!!

    C: ¡Dios mío!!!

    Sentí uno de los mejores orgasmos de mi vida, ¡Celia se bebía mis fluidos mientras apoyaba su mano en mi vientre para hacerme sentir más el orgasmo!!

    CL: Muy buena niña, ¡pero ahora te toca a ti!

    C: Si, ¡qué hago nena!

    CL: Chúpame, ¡quiero sentir tu hermosa lengua en mi vagina!

    Ella se acomodó levantando sus piernas carnosas, yo la miré a los ojos y empecé besando sus carnosos muslos color blanco, ¡sus ojos verdes mostraban cierto goce al sentir mi pequeña lengua pasar de sus muslos a su entre pierna!

    Su vagina se notaba mojada, la toque con mis dedos, al hacer eso ella se retorció y lanzo un quejido excitante, era la primera vez que chuparía una vagina, pase mi lengua lamiendo los labios vaginales como si fueran paleta, el sabor salado me supo a pene, ¡entonces más confiada empecé a lamer más rápido y más fuerte!

    Celia gemía del placer recibido, me acariciaba la cabeza y se lamia sus pezones, me apretaba fuerte a ella, con mis manos abría su vagina y metí a mi lengua hasta sentir su clítoris inflado, me apoyé en sus muslos y empecé a meter y sacar mi lengua, luego me detenía para dar lamidas rápidas en el clítoris!

    CL: ¡Cindy, que rico, así chiquita, así mi amor!

    C: Sabes riquísimo, ¡agh!!

    CL: ¡Mmm, así mi vida, que rico mamas, uf!

    C: Sí, ¡me lo han dicho jajá!!

    Me levante un poco y fui a besarle la boca, esa acción la acompañe metiendo mis dedos para masturbar a Celia, ella estaba extasiada, nos besábamos apasionadamente, nuestras lenguas se lamian y entrelazaban rico, ella juagaba mis tetas, yo hacía lo mismo y luego las pegamos con movimientos fuertes nuestras tetas, chocaban y se estimulaban rico, yo ya le metía tres dedos, lo hacía rápido, como una penetrada fuerte, Celia gemía y sudaba al igual que yo, de pronto conseguí que tuviera un orgasmo, sentí sus fluidos en mis manos y en un acto de calentura, los probé saboreando mis dedos de una forma provocadora, Celia gemía del placer estábamos empatadas en orgasmos.

    CL: ¡Que rico mi amor, hace tiempo que no me hacían venir rico!

    C: Eres una mujer muy sexual, ¡que rico es estar contigo!

    CL: ¡Lo hiciste muy rico, no puedo creer que nuca lo hicieras antes!

    C: ¡La verdad tu eres mi primera vez en lésbicos y me ha gustado muchísimo!

    CL: Bien amor, ¡ahora quiero hacer contigo lo que más me gusta!

    C: Adelante, mientras no me orines o hagas algo de ese tipo, ¡hazme lo que quieras!

    CL: Jajá, la coprofagia y la urofilia no me gustan, no, solo quiero rozarte, ven amor, ¡abre las piernas y déjame el resto mí!

    Muy obediente le entregue mis piernas a Celia quien las abrió y se acomodó con ellas para una excelente tijera, empezó con movimientos leves, muestras vaginas se rozaban muy rico, nuca me imagine que eso se sintiera tan bien. Yo también empecé a moverme como si recibiera una dura verga, mis caderas se movían al ritmo de ella, nos besábamos y lamiamos las tetas, estaba en la gloria, ¡en la gloria de una lesbiana en nacimiento

    C: ¡Que rico, dios, no imagine lo rico que sentía!!

    CL: Mami que rico te mueves, ¡con esto deslechas a cualquiera!

    Nos movíamos muy rico, yo estaba gozando como nunca, el sonido de nuestras vaginas chocando eran magnifico, nos besábamos lo que estuviera a nuestro alcance, Celia se movía rico, me estaba haciendo sentir lo que yo le hacía sentir a los hombres, me recosté un poco para abrir más mi vagina y mezclar nuestros fluidos, uf, era el mejor sexo en ese momento.

    CL: ¡Muévete Cindy, ah, así, agh!!

    C: ¡Mi amor, me vas hacer venir otra vez!

    CL: ¡Vengámonos juntas nena!

    C: ¡Si, muévete, así, que rico, uf!!

    Ambas nos corrimos juntos, nuestros fluidos se mezclaban y salpicaban la alfombra costosa, nos besábamos mientras el orgasmo crecía más y más, gritos y gemidos invadían la sala, ¡el mejor momento en mi vida sexual estaba siendo con una mujer!

    El resto de la noche fue poética, sexo tras sexo, orgasmo tras orgasmo, Celia me hizo sentir como nuca, me quede con ella hasta el amanecer, abrazada y besándonos, para luego terminar con una cogida más.

    Unos días después me dijo que empezó una relación con su vecina y que quería ser fiel, que lo nuestro no sería otra vez y que nunca olvidaría la noche conmigo.

    Aún recuerdo ese día y me masturbo, espero les haya gustado esta anécdota de hace unos años, ¡con cariño de su amiga Cindy!