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  • Cogida por mi jefe en la oficina

    Cogida por mi jefe en la oficina

    Ricardo, mi jefe, es un hombre de unos 55 años, más bien canoso, alto, fornido y con una incipiente barriguita que tanto morbo me había dado siempre.

    Una mañana entra en su propio despacho, pero no se sorprende al encontrarme ahí, me sorprende él a mí, tomándome de la cintura y baja lentamente hasta mis nalgas, apretándome con fuerza.

    Para esos momentos yo ya me había dejado llevar por lo excitante de la situación, Ricardo sube hasta mis pechos, y me los acaricia lentamente, mientras poco a poco ya se va notando por encima de mi blusa mis pezones súper erectos.

    Los sigue acariciando con maestría, y me dejo llevar, la excitación me había dominado, siempre vi como Ricardo me miraba, pero jamás pensé que esto pasaría.

    R: ¡Uhm, que ricas tetas!

    C: ¡Ah!! Qué tienes?

    R: ¡Nada, solo que ya no aguanto más!

    Yo empiezo a acariciarle el abdomen y voy bajando tan lentamente como él antes lo había hecho, hasta encontrarme con un enorme bulto, tan duro que me quitó la respiración.

    C: ¡Ricardo!!!

    R: ¿Te gusta?

    De repente su lentitud y suavidad se trasforma en frenesí y de un manotazo me arranca la blusa, dejando al aire mis pechos blanquitos y de pezones claros y completamente duros.

    R: ¡Dios, que rica!

    C: ¡Oh, Ricardo!!!

    Me los beso apasionadamente y lame con todo su ímpetu, yo no puedo dejar de suspirar profundamente, me abre las piernas y me apoya encima de la mesa del despacho, me quita los jeans y la tanguita rosa, ya completamente mojado, y empieza a lamerme mi conchita como nunca, jugueteando con mi clítoris como un auténtico desesperado.

    C: ¡Ah, uhm, dios mío!

    R: Que deliciosa concha, ¡uhm!!

    No podía creer que estaba en su escritorio abierta de piernas y recibiendo un rico oral, uno que me tenía con los ojos en blanco, él era un maestro con su lengua, se notaba su experiencia, a pesar de ser tan bonachón, lo hacía muy bien.

    C: ¡Ah, que rico, uhm, dios!!

    R: Uhm, jamás me había comido una concha tan rica, ¡ah!!!

    C: ¡Oh, me voy a venir, ah!

    R: ¡Uhm!!!

    No pude resistir más, la excitación me dominaba, mi cuerpo estaba en el éxtasis y me vine, teniendo un fenomenal orgasmo.

    Al darse cuenta, paró repentinamente, ladeó la mesa del despacho y se sienta en su sillón, lo sigo, me agacho y me meto la punta de su enorme verga en la boca, la saboreo lentamente y me la meto enterita de golpe.

    C: ¡Uhm, que grande!!

    R: ¡Oh dios, Cindy!!

    El ritmo se va acelerando y él empieza a acompañar mis movimientos con los suyos, me devoraba su carne, él continuaba moviéndose y gimiendo como loco.

    R: ¡Ah, si chiquita, así, ah!

    C: ¡Mmm, agh!!!

    Cuando noté que iba a venirse me aparté y él se enfadó, pero quería hacerle “sufrir” un poquito, el con respiración agitad me reclama, pero yo aún quería gozar un poco más.

    Le hago señas de que se levante y se viene conmigo hasta el sofá del despacho, se sienta y a mí me encanta saltar encima de una verga, así que sin pensármelo dos veces me siento encima de él, me la clavé y empecé a saltar, arriba y abajo, primero suavemente, luego en círculos y cada vez más rápido.

    C: ¿Ah, te gusta jefe?

    R: oh, que rico te mueves, ¡uhm!

    Mis pechos saltando y él me los acariciaba, mordía y empezó un arriba y abajo frenético, apretaba mis nalgas con desesperación, yo continuaba saltando, sabía que pronto se correría, pero él me pido me levantara.

    Yo lo obedecí y me pidió me pusiera en cuatro y así lo hice, él estaba encantado de tenerme así, abría mis nalgas y metía su verga en medió, masajeándose mientras me acariciaba la cabeza, de pronto empezó a ensartármela, era muy rico, la tenía muy grande y gruesa.

    R: ¡Que ricas nalgas, uhm, ya quería cogerte!

    C: Lo sé, ¡ah! ¡Notaba como me mirabas!

    R: Es que estas buenísima, ¡por eso te contrate!!

    C: ¡Ah, eso también lo sé!

    Ricardo me embestía con fuerza, yo jadeaba y me movía en círculos, él tomaba impulso y a gran velocidad me ensartaba una y otra vez, mis nalgas chocaban con su pelvis, él seguía festejando en tenerme así.

    R: ¡Ah, sí, uhm!!

    C: ¡Ah, uhm, Ricardo, ah!

    Yo sabía que sus embestidas no durarían más, así que me moví como toda una perra en celo, él no toleró mis movimientos y comenzó a gritar de placer…

    R: ¡Ah, que rico, ah!

    C: ¡Ah, así, métela métela!

    R: ¡Me vengo! ¡Me vengo!!!

    C: ¡Sácala, ah!!!

    ¡Que orgasmo!! El me lleno mi coño de semen, ambos jadeamos y gemíamos de placer, éramos dos animales en brama, el quedo encima mío, mientras por mis piernas escurría su cálida leche.

    R: ¡Eres la mejor!

    C: ¡Jefe, déjame limpiarte!

    Como toda una puta, bajea limpiarle su verga, la devoraba succionando sus fluidos y los míos, él se retorcía, el placer que le generaba era inmenso y yo también disfrutaba de cómo su verga perdía su dureza en mi boca.

    R: Ah, te ganaste tu aumento, ¡uhm!!

    C: ¡Gracias jefecito!

    Me volví su puta durante el tiempo que trabajé ahí, todas las mañanas me cogía en su despacho y a veces nos quedábamos hasta la madrugada, fornicando como buenos amantes.

    ¡Con cariño, Cindy!!

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  • La primera vez… tres

    La primera vez… tres

    Fue antes del 2000. Con Beto habíamos intimado con besos, masturbaciones y sexo oral. Un día le propuse integrar a mi esposa en la fiesta sexual.

    Me miró sorprendido y me dijo: “No tengo ningún problema. Pero tienes que pensar que en algún momento tu esposa, estará a solas conmigo. Estás preparado?”.

    Contesté que sí. Que no tendría ningún problema con eso.

    A partir de ese momento empecé una terapia interminable de conversaciones sobre el tema con mi esposa. Logré después de mucho insistir que ella aceptara reunirse con nosotros dos.

    Pasaron varios meses hasta que una noche de invierno viajamos en nuestro auto hasta Villa Carlos Paz.

    Beto alquilaba un departamento a una cuadra del Casino que estaba en la esquina peatonal de la villa serrana.

    Llegamos entusiasmados y agitados por lo que sabíamos que iba a pasar, pero no sabíamos cómo.

    Tomamos un poco de alcohol. Whisky con Gancia, recuerdo. Eso nos aflojó bastante.

    Ellos se ubicaron en un sillón doble y yo me puse enfrente con el vaso y fumando.

    Como no se soltaban, les pedí que se besaran. Se comieron la boca apasionadamente mientras se quitaban la ropa.

    Vi cómo ella bajaba su mano derecha hasta sobar el bulto.

    Cuando lo sintió grande y duro, abrió la bragueta y sacó su pija corta y negra, pero gruesa y parada.

    Se inclinó suavemente hasta encontrar con su boca la cabeza hinchada de esa chota tan dura y gruesa como babosa y caliente.

    Ahí me acerqué y los terminé de desnudar, sacándoles toda la ropa que les quedaba.

    Después de ver como se la chupaba con gran deseo morboso y sabiendo que la estaba mirando, atónito y con la mía dura y en la mano.

    Se le subió con las piernas abiertas y dirigiendo con su mano el miembro hacia su vagina y se lo metió hasta el fondo.

    Lo cabalgó unos minutos y se dio vuelta. Se sentó de nuevo cabalgando enfrentándose conmigo y pidiéndome que me acercara.

    Me agarró la pija y mientras me la chupaba le montaba suavemente la otra chota.

    Me sentí feliz, muy excitado. Como nunca antes. Estaba enloquecido de placer.

    En un momento ella me miró sonriendo y me mostró su mano con semen chorreando y me dijo: “se acabó”.

    No pudo aguantar mucho nuestro amigo se corrió adentro de ella con todos los jugos que tenía.

    Ahí la tomé yo y seguimos cogiendo con nuestro invitado acariciando el cuerpo de ella.

    Terminamos y nos quedamos exhaustos, relajados y felices.

    Todo había salido bastante bien y estábamos contentos con lo realizado. No había arrepentimientos ni nada que reclamar.

    Nos vestimos, salimos buscando el coche y nos volvimos a Córdoba.

    Fue el primer capítulo de una hermosa historia y la apertura hacia otros deseos.

    Ver cogiendo a mi mujer con otro fue muy fuerte y estimulante. Además fue un quiebre en nuestras vidas.

    Siempre lo recuerdo y me excita. Se lo recuerdo a ella y nos calentamos. Hoy después de muchos años y sin nuestro amigo, el traer de nuevo a nuestras memorias este hecho insignificante para muchos, nos pone en pie de fiesta en cualquier lugar que estemos.

    Quisiera agregar que deseo que todos los que tienen fantasías como la nuestra o parecidas, las realicen. Pierdan el miedo. Tomen todas las precauciones que quieran y hagan lo que tanto quieren. Es el consejo y el deseo de quien hubiera deseado empezar mucho antes a conocer los mejores placeres de la vida.

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  • Mi joven amante

    Mi joven amante

    No sé qué es lo que me pasa cuando estoy con ella.

    Tengo 17 años de casado y tengo una amante a la que conocí hace 5 años, es muy joven para mí pues le llevo 15 años de diferencia.

    Fue por azar del destino que la conocí y desde el momento en que cruzamos miradas hubo química, fue amor a primera vista yo no sabía nada de ella ni ella de mí. Fue por un amigo mío y una amiga de ella que logramos contactarnos.

    Después de hablarnos contarnos de nuestras vidas ella acepto a tener algo conmigo aun sabiendo de mi matrimonio.

    A los pocos días ya nos pasábamos mucho tiempo juntos, nos veíamos a diario, hablábamos de todo y poco a poco fui metiéndole el tema de tener sexo, se notaba algo temerosa de hacerlo pues apenas habían pasado unos días de conocernos. Un día menos pensado en forma de juego me hizo bajarme los pantalones e hice que ella hiciera lo mismo y sin darnos cuenta ya estábamos cogiendo en el baño. Sus primeras palabras fueron “La tienes grande”.

    Un día le pedí que me hiciera sexo oral a lo que se negó porque no se sentía bien para hacerlo. A los pocos días volví a pedírselo y accedió, ufff sentir su boca en mi pene fue casi como tocar el cielo, lo hace tan, pero tan rico que casi me desmayo del placer que sentí, mi esposa igual lo hace bien.

    A mi amante la veo una vez por mes:

    Llegamos al motel, platicamos, nos acariciamos, nos besamos y poco a poco vamos subiendo de tono hasta que estamos totalmente desnudos, yo empiezo por hacerle sexo oral para que este bien lubricada al momento de penetrarla, luego subo hacia sus enormes pechos y después hacia su boca. Soy de esas personas que no me gusta besar después de que ya me chuparon el pene es por eso que la penetro y le doy fuertes envestidas mientras la beso. Una vez ya satisfecho de besos le pido que me haga sexo oral porque me encanta eso de cogerla que se la saque, la chupe y volvérsela a meter eso me gusta mucho.

    De un tiempo para acá no sé qué me pasa que cuando empieza a chupármela tengo una sensación tan excitante y tan placentera a la vez que no importa que tan dura tenga la verga su boca cálida hace que mi verga lentamente quede flácida.

    Hasta yo mismo me asombro ¿cómo es que sentir tan rico haga que se duerma en vez de ponerla más dura como me pasa con mi esposa?

    Después de eso de inmediato interrumpo el oral y de nuevo empiezo a besarla, a chuparle los pechos, a pasarle mi lengua por su espalda hasta recobrar la rigidez y seguir penetrándola. Me gusta hacer que se vaya con por lo menos un orgasmo no sin antes hacer que se olvide de ese mal rato.

    Hubo un día que me reclamó de no amarla por eso que me pasa al estar con ella.

    El trato que nos damos es de novios, nos damos regalos, nos felicitamos en los días especiales y también he hecho cosas como ponerla de perrito y esposarle las manos por la espalda mientras la penetraba con fuerza escuchando sus excitantes gemidos.

    Aún sigo con ella solo que por lo de la pandemia no he podido verla, seguimos en contacto por redes sociales.

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  • Con mi suegra y sus sobrinas

    Con mi suegra y sus sobrinas

    Apenas teníamos hospedado 2 días en la casa de mis suegros cuando mi suegra nos propone salir a visitar a sus sobrinas que vivían aproximadamente a unas seis cuadras de su casa, alegando que estaban solas en el hogar de una de ellas debido a que sus esposos por cuestiones de trabajo debieron viajar coincidiendo con la cuarentena por culpa del virus chino y por ende quedando confinados en sus respectivos destinos. En cuanto a los hijos cada uno estaban con sus abuelos hasta que se levantara la alerta de alarma, por tal motivo ambas mujeres se estaban haciendo compañía mutuamente. La otra cuestión era que deberíamos hacer el recorrido caminando, cosa de poco agrado para mi esposa y su papá. Así que decidimos ir mi suegra y yo.

    Solamente habíamos salvado media cuadra cuando mi suegra trae a mis recuerdos lo que vivimos ella, mi cuñada y yo, diciendo lo maravilloso de toda esa experiencia, deseando revivirla, también lamentaba que mi cuñada no pudiese participar debido a que se encontraba de reposo por haber tenido un bebé recientemente, cuyo parto ameritó cesárea y por si fuera poco la esterilizaron, no tenía más de dos meses.

    Yo escuchaba atentamente lo que la madre de mi esposa hablaba, seguimos caminando y conversando, las calles estaban desiertas, por lo que sin perder tiempo y con bastante precaución aproveché de meterle mano, como pude levanté un poco la falda con que vestía, le agarré su vagina, la cual estaba bien depilada y húmeda, también toqué sus nalgas, le dije que lo que más extrañaba era cogerla por el culo, otra cosa que me gustaba era lo sabroso que mamaba mi miembro.

    Ella alegó que el sentimiento era mutuo, acotó que en varias ocasiones había conversado con su hija lo rico que las habían pasado y verían la forma de que sucediera otra vez. Estábamos tan concentrados en la charla y en las caricias cuando reparábamos de lo cerca de nuestro destino.

    Al llegar a la casa de sus sobrinas tenía una buena erección haciéndoselo saber a mi suegra lo cual como respuesta a mi situación sólo atinó a sonreír de manera depravada.

    Tocó el timbre de la puerta abriéndose la misma de manera instantánea, ante el recibimiento de la prima de mi mujer que salió a nuestro encuentro sentí algo de vergüenza porque el bulto que había en mi entrepierna se notaba a leguas, entre apenado y excitado nos damos un abrazo, quería que me tragara la tierra por tan bochornoso espectáculo, mi suegra disfrutaba con todo lo que estaba sucediendo.

    La mujer nos invita a entrar a la casa, en la sala de estar nos esperaba la otra sobrina, hicimos el mismo ritual de bienvenida, pero me percato que la que saludó de primera le colocó seguro a la puerta, noté también que las ventanas estaban cerradas y con las cortinas colocadas, después de unos minutos no le di mucha importancia.

    Charlamos por espacio de diez a quince minutos, nos pusimos al día y todo eso, por la forma conservadora en la que estaban vestidas las dos mujeres y el rumbo normal del diálogo pensé que lo vivido poco antes con mi suegra había hecho volar mi imaginación, dando por sentado todo eso me dispuse a continuar aquella charla con las tres mujeres con total naturalidad, pero que ingenuo fui.

    De pronto mi suegra lanza una mirada a sus sobrinas y al comenzar hablar me dijo “querido yerno, no solamente he compartido nuestra vivencias con mi hija menor, también mis sobrinas están al tanto de tan sabrosa experiencia”. Verga, dije a mis adentros, en que lío estoy metido, asumo que notó mi preocupación, me dijo que estuviera tranquilo que me iba a gustar lo que pasaría, que tampoco me explicaría con lujos y detalles cuanto ellas habían hablado, para resumir ellas sólo deseaban vivir lo que mi suegra les había comentado, ciertamente ninguna había tenido tal experiencia con sus respectivas parejas y que tenían curiosidad.

    En eso intervino la menor de sus sobrinas alegando que tenía sus reservas con respecto al sexo anal, pero con lo demás estaba de acuerdo. Yo no podía creer todo lo que estaba sucediendo, miré a las primas de mi señora y sólo pude notar era lujuria.

    Mi suegra vuelve a tomar el hilo de la conversación y dice que lo íbamos hacer como ellas tres lo tenían planeado, ambas mujeres aceptaron sin chistear, la madre de mi esposa se me acerca, toca mi pene por encima de mi pantalón, parpando con suavidad y para calentarme me explica que a la primera a quien voy a coger es a ella, como si fuera poco ella me lo iba a chupar un poco para que se pusiera más erecto y duro, después de eso que la penetrara analmente y para que sus sobrinas viesen como lo hacíamos.

    Sin más palabras procedió desnudarme, para inyectarle más morbo a la situación, ella sólo se quitó las puras pantaleta y subiendo la falda con ayuda de sus sobrinas, una de ellas aún vestida le dice a su tía que quería darme un poco de sexo oral, a lo que mi suegra le responde que sólo un poco, que para todas había, sin más ni más se arrodilló y se llevó mi pene a su boca succionando de manera algo torpe pero sabroso, así permaneció sólo por un par de minutos hasta que su tía la interrumpió, mi suegra dándome la espalda se inclina un poco y con sus manos abre sus nalgas dejando ver su orto risadito y cerrado, me conmina a darle unos lengüetazos, lo cual sin perder tiempo, introduzco mi lengua en ese tan anhelado culo, las primas de mi esposa no perdían detalles y conforme iba haciendo ellas se iban calentando.

    Estuve besando y lamiendo tan exquisito manjar, ya al notar los gemidos de mi suegra me incorporé para penetrarla por tan ansiado culo.

    Agarré mi pene y fui apuntando hacia su ojete, al colocar la cabeza en la puerta de aquella entrada ella dio un respingo y girando la cabeza me da un beso apasionado, luego me dice que la penetre con suavidad ya que desde la última vez que la cogí por el culo nadie más había usado su retaguardia, ni siquiera su esposo, ya que ese culo me pertenecía sólo a mí, dicha confesión me calentó más y poco a poco fui penetrándola hasta sentir que estaba todo dentro de ella, dejo un momento hasta sentir que ya su ano se había amoldado a mi miembro, empiezo a bombear cada vez más aceleraba e iba aumentando el ritmo de cada embestida, ver la cara de sus sobrinas era todo un poema.

    La calentura de ellas era cada vez mayor, estuve cogiendo a mi suegra por el culo por un periodo de veinte minutos hasta que una de las primas de mi esposa, la que no comulgaba con el sexo anal nos interrumpió para ser ella penetrada por mi, sin mediar palabra le saqué el pene a mi suegra que ya se había corridos de maravilla, desvistiéndose y colocándose en cuatro, dejando el culo en pompa, al igual que mi suegra lubriqué ese culito virgen, traté de estimular su esfínter, tal vez por la excitación quiso ser penetrada sin miramientos.

    Mi suegra y su otra sobrina procedieron a separarle las nalgas para así facilitar la cogida, le coloque la punta del pene en la entrada de su orificio y fui empujando, en principio ofreció su esfínter un poco de resistencia, quizás sería lo caliente que estaba esa muchacha que de un sólo golpe le entró todo hasta el fondo, ni grito pero si gimió como una loba, ella fue quien marcó el ritmo de cada embestida, se meneaba de manera salvaje hasta conseguir un orgasmo monumental, que la hizo convulsionar literalmente y cayó rendida y jadeante, yo no sé si era por la emoción pero sentía como si estuviera la leche catalizada, tardaba en correrme, ahora fue el turno de la última mujer, estaba también excitada.

    Ella ante todo ése espectáculo se estuvo masturbando alcanzando tremendos orgasmos, me pidió que me lavara para hacerme sexo oral, ya estando limpio mi pene, me dio una manada excelente cuando estaba a punto de correrme y así se lo hice saber, me dijo que ella no sería la excepción y que le acabara en su ano, lo metí poco a poco y en eso de unos diez minutos la llené de leche por la retaguardia.

    Descansamos unos minutos e hicimos los cuatro una especie de orgia donde ellas se turnaban para ser penetrada, tanto vaginal como analmente, la fiesta llegó a su fin con sus respectivas promesas para repetir mientras dure la cuarentena.

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  • El joven roquero y la casada poco follada

    El joven roquero y la casada poco follada

    Marina era una mujer española que trabajaba en Londres, tenía cuarenta y dos años, estaba casada, era morena, delgada, de ojos verdes, estatura mediana y tenía buenas tetas y mejor culo. Tenía tres hijos y era muy seria, tan seria era que a pesar de tener un buen polvo ningún hombre se le acercaba, o sea, era decente y lo parecía.

    Aquella tarde noche cuando salió de la oficina caían chuzos de punta. Marina vestía un traje de falda de color gris, una blusa blanca y calzaba unos zapatos a juego con tacón de aguja que empapó al salir a la calle, calle que tenía que cruzar para ir al aparcamiento donde dejara su auto y que no se podía cruzar debido a la corriente que bajaba por ella. Viendo el agua bajar le entraron ganas de orinar y se metió en un pub que hacía esquina en esa calle. Estaba petado de gente. Fue a la barra y pidió un whisky doble. A su lado estaba un joven roquero tomando una pinta de cerveza. Se oyó un trueno, y el joven, en inglés, aunque yo lo escriba en español, le dijo:

    -El diablo está enfadado.

    Marina le respondió:

    -El demonio no tiene nada que ver en esto.

    Marina miró para el muchacho. Vestía con cazadora y pantalones de cuero negro, llevaba una camiseta negra con el nombre Iron Maiden escrito en ella y calzaba unas botas negras de militar. Tendría unos 30 años, los ojos azules y el cabello largo, negro y rizado. Era algo más alto que ella, llevaba una cadena de acero en el cuello, un pendiente con un crucifijo colgando de una oreja y los ojos pintados de negro. La verdad es que no inspiraba mucha confianza. Viendo cómo lo examinaba, le preguntó:

    -¿Vienes mucho por aquí?

    -No, es la primera vez, pero con la lluvia y el frío me entraron ganas de cierta cosa.

    El joven roquero le habló cómo si la conociera de siempre.

    -¿De mear?

    -De eso mismo.

    -Yo entré para escapar de la lluvia y me alegro de haberlo hecho.

    -¿Te gusta el sitio?

    El joven roquero le entró con descaro.

    -No, me gustas tú.

    El camarero le puso el whisky doble a Marina. Tomó un trago y le respondió:

    -¿Me has visto cara de facilona?

    -No, te he visto cara de estar poco follada.

    Marina no era de las que se callaba ante una provocación.

    -Y tú me follarías mucho, claro.

    -Mucho y mejor de lo que te ha follado nadie.

    Marina le puso los puntos sobre las íes.

    -No digas tonterías, chaval, te sería más fácil follar a una gaviota que follarme a mí.

    Marina se fue al baño. Al meterse en uno de los compartimentos y querer cerrar se encontró con la mano del joven roquero en la puerta, le dijo:

    -Vete.

    -Me quedo.

    El joven roquero cerró la puerta y le puso el pasador. Sintieron los pasos de dos mujeres, después el ruido del agua saliendo de un grifo y una conversación intrascendente. Marina, muy en bajito, amenazó al joven roquero.

    -O te vas o te meto una hostia que te salto los dientes.

    El joven roquero no le creyó ni una palabra. Le susurró al oído.

    -Tú no vas a meter nada. Te voy a meter yo a ti, y no precisamente una hostia.

    -¿Quién coño te crees que eres?

    -El que te va a follar.

    El joven roquero le cogió las manos, se las apretó, la empujó contra la pared y buscó su boca mientras su dura polla se frotaba con su ombligo. Marina le dijo:

    -¿Por qué me haces esto?

    -Porque me vuelven loco las maduras con un buen culo.

    El joven roquero forcejeó con ella para besarla, pero no consiguió hacerlo. Con la cara de lado, Marina le susurró al oído:

    -Soy una mujer casada.

    El joven roquero le mordió el lóbulo de una oreja, después le metió la lengua en el oído y luego le dijo:

    -Las casadas son las que mejor follan

    -Yo no te voy a follar.

    Se agachó, le metió un bocado en una teta, y después le dijo:

    -Follaré yo por los dos. ¿Cuánto tiempo llevas casada?

    -A ti que coño te importa.

    -Me importa, me importa tu coño. ¿Cuántos?

    Marina para que no siguiera con la misma pregunta, se lo dijo:

    -Veinte años.

    -¿Y cuánto tiempo llevas sin follar?

    Mientras el joven roquero le besaba el cuello, le respondió:

    -Esas no son cosas tuyas.

    Le lamió la mejilla izquierda y después le dijo:

    -Por lo menos llevas un mes sin sexo. ¿Cuántas pajas te hiciste en ese tiempo?

    -Ya te dije que esas no son cosas tuyas.

    Le lamió la mejilla derecha.

    -Deja que te dé placer.

    -Antes muerta a dejar que me hagas sentir algo.

    -Muerta te voy a dejar, pero muerta de gozo.

    Cómo si fuera una niña asustada ante una pelea, le dijo:

    -Déjame, mi marido es policía.

    -¡Uy que miedo!

    -Debía dártelo, cuando le diga que un hombre me quiso violar en un lavado va a hacer que te encierren y tiren la llave.

    Le volvió a lamer la mejilla izquierda.

    -No le vas a decir nada a nadie porque te voy a follar tan bien follada que vas a quedar encantada.

    Marina era honrada, pero el coño ya lo tenía mojado. Le dijo:

    -Vete ahora y me olvidaré de lo que me querías hacer.

    -Tú no quieres que me vaya.

    -Sí que quiero y si no me sueltas grito.

    Le soltó las manos y le abrió el tercer botón de arriba de la blusa con dos dedos. El joven roquero ya fue de sobrado.

    -No vas a gritar. No quieres un escándalo. Vamos a hacer un trato, dos besos en la boca, dos en los pezones, dos en el coño y me doy por satisfecho. ¿Hay trato?

    -No, no hay trato, sentir tu lengua en mi boca me haría vomitar.

    Le cogió la cara, le apretó los mofletes para que abriera la boca y al abrirla la besó con lengua. Marina levantó la mano para abofetearlo, pero no la bajo, bueno, sí la bajo, bajó la mano y el brazo para dejarlos caer a lo largo de su cuerpo. El joven roquero supo en ese momento que ya podía hacer con Marina lo que quisiese.

    -Voy a hacer que te corras cómo una perra.

    Marina quería decirle que a que esperaba para hacer que se corriera, pero le dijo:

    -Eres un loco.

    -Que te va a volver loca.

    -Un loco presuntuoso.

    Sintieron a dos chicas entrar en el aseo y luego oyeron cómo una le decía a la otra:

    -“Quiero hacer el amor contigo.”

    -“Sabes que tengo novio, Pili.”

    -“¿Y qué?”

    -•”Que no soy bisexual… ¿Qué haces, Pili? -Pili le había bajado las bragas y le estaba lamiendo el coño- ¡Qué puede entrar alguien, cochina! Ay qué rico se siente… ¿Por qué paras?”

    -“Porque puede entrar alguien. ¿Vienes esta noche a mi piso?”

    -“Sí.”

    -“¿Y me harás lo que te haga?”

    -“Te haré todo lo que me hagas y me pidas que te haga.”

    Marina había estado escuchando a las dos muchachas mientras el roquero le magreaba las tetas, le besaba el cuello, metía la lengua en sus oídos y le mordía los lóbulos de las orejas. Al irse las muchachas le preguntó el joven roquero:

    -¿Me dejas darte los seis besos?

    El coño de Marina ya echaba por fuera, así que no se hizo de rogar.

    -¿Para qué preguntas si vas a hacer lo que te dé la gana?

    El joven roquero fue a por su boca. Le pasó la punta de la lengua entre los labios y después se la metió en la boca y le lamió y chupó la lengua. Al acabar ese beso le pasó de nuevo la lengua entre sus labios y a continuación le dio otro beso interminable. Después le desabotonó la blusa, le subió las copas del sujetador y al tener sus grandes tetas al aire le lamió un pezón y después le dio a la teta un largo beso con lengua. El pezón quedó apuntando hacia delante. Luego fue a por la otra teta, y al acabar con ella el pezón quedó cómo el otro, parecían dos pitones de toro. Marina estaba muy mojada, pero las ganas de mear no iban a deja que se corriese cuando bajase al coño, así que le dijo:

    -Si no me dejas orinar voy a hacerlo por mí.

    El joven roquero le levantó la falda y le bajó las bragas, se agachó le cogió un pie y se lo puso en el borde de la taza, le volvió a levantar la falda, le lamió el coño mojado, y después, le dijo:

    -Mea en mi boca.

    -¡¿Qué?!

    -Que mees en mi boca.

    Marina tenía tantas ganas de mear que no se pudo aguantar. Meó en su boca y el joven roquero se bebió la meada, la que pudo tragar, ya que era tanto el meo que alguno cayó sobre el piso.

    Al acabar de mear en la boca del joven roquero estaba tan cachonda que si el muchacho le pide que se la mame, se la mama, pero el joven roquero lo que quería era comerle el coño a ella.

    -Agarra bien la falda.

    Marina subió la falda del todo. El joven roquero le echó una mano a la cintura y comenzó a jugar con su coño, clavándole la lengua en la vagina, lamiendo y chupando su clítoris… Jugó con la yema del dedo medio en la entrada su ojete, después lo metió y lo sacó y Marina se corrió cómo una fuente.

    Al acabar de correrse, y después de tragar los jugos de su corrida, el joven roquero le dijo:

    -¡Qué rica estás! Date la vuelta que quiero comerte el culo.

    Marina no podía decir que no a lo que llevaba años deseando que le hiciera su marido. Se dio la vuelta y siguió sujetando la falda. El joven roquero le devoró el culo… Se lo pellizcó, le folló el ojete con la lengua, hizo virguerías en él, y más que haría si se lo pudiese aplaudir, pero no podía porque oirían los ruidos fuera de aquel compartimento del aseo.

    Al rato Marina se puso tensa. El joven roquero supo que se iba a correr, le dio la vuelta, le clavó la lengua en la vagina y Marina moviendo su pelvis de atrás hacia delante, de delante hacia atrás y alrededor, le dio al vicioso lo que buscaba, los jugos calentitos de la segunda corrida.

    Al acabar de correrse el joven roquero le preguntó:

    -¿No quieres conocer el sabor de mi polla?

    -Eso haría de mí una puta.

    El joven roquero le dio un pico en los labios, le besó el cuello, le besó la punta de la nariz y le dijo:

    -Ninguna mujer que folle sin cobrar es puta.

    Marina se despojó totalmente de su coraza de mujer decente, le echó la mano al cinturón, se lo abrió y le bajó la cremallera del pantalón. Al sacarla se encontró con una polla más gorda y más larga que la de su marido. Marina le levantó la camiseta y vio su tableta y sus pequeños pezones, los lamió y los chupó, después bajó besando y lamiendo su vientre y su ombligo, a continuación le bajó los pantalones, cogió la polla, la levantó y apretándola contra el cuerpo del joven roquero le lamió y le chupó sus gordos huevos… Cuando metió la polla en la boca el roquero se estremeció. Estaba tan, tan, tan cachondo que a la quinta mamada se corrió en la boca de Marina. La mujer sintió la leche calentita caer sobre su lengua y no pudo evitar llevar una mano al coño y acariciar su clítoris mientras la tragaba.

    Al acabar de correrse el joven roquero, Marina se seguía tocando. El joven roquero viendo cómo se tocaba hizo que se levantase, le dio la vuelta y le lamió y folló el culo mientras Marina se masturbaba. Al rato se volvió a poner en pie, la cogió por las nalgas y la levantó. Marina rodeó su cuello con uno de sus brazos y con la mano del otro puso la polla en la entrada del coño. El joven roquero se la fue metiendo despacito… Al tenerla toda dentro se comieron a besos un par de minutos. Después el joven roquero le dio duro. Al rato, Marina sintiendo que se iba a correr, le dijo:

    -Quiero que me mires a los ojos cuando me corra.

    La polla del joven roquero entró y salió a mil por hora del coño y Marina se corrió cómo un río, gimiendo y temblando. El joven roquero la miró a los ojos mientras se corría. Aquella visión le serviría para hacerse unas cuantas pajas.

    En el piso del aseo estaban las bragas de Marina mojadas de orina, el joven roquero las cogió y las metió en el bolsillo de la cazadora al tiempo que le decía a Marina:

    -Siempre me llevo un trofeo de mis aventuras.

    Marina cuando el joven roquero abrió la puerta y se marchó sintió un tremendo vacío, era cómo si aquel joven le hubiera dado algo que le faltaba y de repente se lo arrebatara.

    Al llegar a la barra ya el joven roquero se había ido. Marina acabó el whisky, y cómo había dejado de llover torrencialmente y las riadas ya no bajaban por la calle, se fue hasta el aparcamiento donde dejara su auto. Una lluvia menuda la iba calando mientras volvía a la monotonía en la que estaba sumida, o sea, casa, trabajo, trabajo, casa, cuidar de sus hijos y aguantar a su marido, un aburrido bobby inglés.

    Quique.

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  • Todo puede ocurrir si bajas las escaleras sin bragas

    Todo puede ocurrir si bajas las escaleras sin bragas

    Las luces de su despacho se encendieron nada más pasar por la puerta y me sentí empequeñecer, era un despacho enorme con sus paredes prácticamente todas acristaladas con unas vistas de Madrid realmente impresionantes, en un lateral un piano negro, un sofá cheslón de cuero negro a su derecha con una mesa de café delante de él, en una esquina tenía su mesa de trabajo con varias pantallas encima de ella, justo al otro extremo de su mesa desde la esquina subían tres peldaños y a poco más de medio metro se elevaba a una especie de repisa con un suelo también acristalado que recorría todo un lateral hasta por detrás de su mesa, desde allí y subida en ella miraba el suelo de la calle que bajaba 70 pisos sobre el despacho y empezaba a notar el vértigo de verme en el aire tras pisar ese suelo acristalado debajo de mí.

    Fue precisamente subida en aquella repisa cuando noté sus brazos rodeándome por primera vez, el vértigo había pasado en sus brazos y ahora me deleitaba con un cielo oscurecido y la ciudad de Madrid encendida, con una danza de luces que no tenía fin, Ángel me abrazaba por detrás rodeándome con sus fuertes brazos a la vez que me besaba el cuello, sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo de arriba abajo, subiéndome al paso de sus manos por mis muslos el vestido negro que llevaba y apoderándose de mis pechos apretándolos y haciéndome sentir la mujer más afortunada del mundo.

    La primera vez que me fijé en él fue en el ascensor de la torre donde los dos trabajábamos, el de unos 40 años, muy guapo, con barba blanca de tres días, los ojos de color azul muy claro, pelo castaño, pero canoso, bien trajeado, perfumado, se notaba que era un hombre que se cuida, siempre iba con dos o tres periódicos bajo el brazo y cuando le observaba ponerse unas gafas redondas para devorar aquellas páginas de papel salmón llenas de gráficos y noticias económicas era cuando más guapo y más atractivo estaba, allí sentado solo mientras desayunaba o comía en el pequeño restaurante de dos plantas fuera de la torre al cual casi todos íbamos.

    Me llamo Lara, tengo 24 años y estoy recién llegada a la empresa, Ángel es mi jefe, el dueño de esta consultoría económica con tanto prestigio hoy en día, una empresa que fue subiendo poco a poco desde sus inicios y que hoy es una de las más importantes del país y Ángel uno de los peces más cotizados y por lo que supe uno de los solteros más codiciados del papel cuché, el caso que nunca pensé que una persona así se pudiera fijar en mí y sin embargo… bueno pues, se fijó.

    Todo empezó en el gimnasio, allí en la misma torre donde todos como personal de la consultoría tenemos un pase pagado por la empresa, nunca olvidaré aquel día después de más de cinco meses viéndole a diario, se dirigió a mí para decirme como podía estirar mejor sin hacerme daño y como yo me comporté como una boba sin saber que decir, ni cómo moverme desde entonces, le miraba, me tropezaba y él reía, que vergüenza empecé a pasar con todas mis compañeras mirándome y mofándose de mí, aunque luego en la intimidad del vestuario me preguntaban y pensaban que había sido un flechazo.

    Intentaba ir a la misma hora que él, siempre después del trabajo a última hora, nos saludábamos y hasta hablábamos a veces de cosas banales, la verdad que se había fijado en mí, pero no sabía que trabajaba para él, era uno de esos guapos despistados, uno de esos guapos que te quedas mirando su cuerpo, como lo va trabajando, sus bíceps, sus pectorales, en ocasiones se levantaba la camiseta para limpiarse el sudor de la frente y dejaba ver lo que había debajo de ella, unos abdominales realmente deliciosos, estaba empezando a sentirme muy atraída por él a pesar de la diferencia de edad y que por otro lado yo nunca le había dado importancia y a pesar de los 16 años que me sacaba yo estaba cómoda, sabía que casi me doblaba la edad, pero cosas peores se habían visto.

    Pero realmente mi historia comenzó un día a la hora de comer, por regla general Ángel entre reuniones y comidas de negocios no solía comer allí, era un sitio más de batalla, pero siempre que estaba solo le gustaba ir con sus periódicos y como él decía no perderse ni olvidar sus comienzos, cuando no era nadie y también comía en ese tipo de restaurantes. Aquel primer día yo bajaba por las escaleras, unas escaleras con bastante pendiente con dos tramos paralelos de escaleras separados por un cristal transparente cuando me saludó al subir, aquel día no me fijé, pero si mis amigas y al salir me dijeron que se había dado la vuelta para mirarme.

    Al día siguiente igual y al otro y al otro, llevaba más de una semana bajando y comiendo más o menos a la misma hora, había días que cuando yo me iba él entraba y era cuando aprovechaba para mirar desde abajo mi figura, a veces con pantalones ajustados, otras con falda larga y otras con vestidos o falda corta, yo pensaba que no sabía que trabajaba para él, pero un día por la tarde en la mitad de un pasillo nos encontramos de frente y me dejó de piedra al dirigirse a mi casi susurrándome al oído que le encantaban las bragas rojas que llevaba ese día, se había fijado, me las había visto mientras bajaba por las escaleras, me quedé un poco avergonzada, pero también un poco excitada.

    A partir de ese día solo llevaba vestidos o faldas cortas al trabajo, ya desde ese día intentaba salir cuando él fuera a entrar a comer, bajando las escaleras con gracia, esperando que él mirara y me viera las bragas, luego en el pasillo, incluso ya en mi pequeño despacho, se asomaba y me decía “las bragas negras tampoco te quedan mal” o “ese tanga lila es impresionante”, empecé a esperar su visita por las tardes como una tonta, era como un juego que habíamos empezado y con el que me excitaba cada vez más y al día siguiente…

    -¿Lo de hoy lo has hecho por mí? –Me preguntaba sonriendo desde la puerta, yo sabía a lo que se refería, ese día me había puesto un tanga blanco muy bonito, pero muy rebelde porque tiene la mala costumbre de meterse entre mis labios, ya os podéis imaginar lo que realmente vio.

    -No, no ha sido por ti, pero… Mañana fíjate bien porque si será por ti. – le contesté de forma muy sensual y lasciva mordiéndome los labios y sacándole un poco la lengua, a la vez que abría y cerraba mis piernas despacio fuera de la seguridad de la mesa para que se fijara en mi tanga una vez más.

    Ese día llevaba una falda gris muy corta y ajustada con una camisa blanca muy fina y al bajar por las escaleras me detuve a la mitad justo cuando más visión podía tener él, minutos antes en el baño me había quitado las bragas, Ángel no paraba de mirar, se había parado como yo en medio de las escaleras cada uno en su tramo, yo de bajada y él de subida se deleitaba con mi figura y mi vulva recién depilada la noche anterior.

    Una semana más tarde teníamos un pequeño cocktail en la que la empresa, en la que Ángel agradecía a todos su trabajo y dedicación una fiesta de agradecimiento que solía hacer, a la cual no paraba de decirme que es lo que iba a llevar y si pensaba ir con alguien y yo riéndome le decía que no sabía. Se celebró en los jardines de un restaurante muy lujoso no muy lejos de allí, un sitio precioso. Serían las siete de la tarde cuando entré con un vestido corto negro con reflejos brillantes sin mangas y con un escote generoso en v, mismo escote por detrás y dejando media espalda desnuda, mi pelo recogido con un moño, zapatos de tacón y un pequeño bolso como acompañante, no suelo ir muy maquillada, pero esa tarde me había esmerado en estar muy guapa para él.

    Nada más entrar, Ángel vino en mi encuentro y empezamos hablar de todo, como si lleváramos media vida sin vernos y como si no supiera nada de mí que por otra parte era así, la gente nos miraba, más bien me miraban a mí y cuchicheaban, era algo evidente a lo que Ángel no era ajeno, pero a lo que no le daba mucha importancia, de vez en cuando Ángel se tenía que ir para saludar a clientes a los que también había invitado y yo me quedaba sola con mi copa de cava en la mano, quizás alguna compañera de esas a las que en un momento les pareció bonita aquella relación, pero ya pocas porque muchas no se querían acercar a mí.

    La tarde llegaba a su ocaso y la noche se asomaba por los cielos de Madrid cuando noté por primera vez como Ángel me cogía de la cintura delante de todos sin importarle lo que dijeran y me preguntó si estaba a gusto y si me lo había pasado bien, yo asentía y reía nerviosa, la verdad que me lo había pasado como nunca, nada más escuchar esto me apretó con sus dedos la cintura como para hacer que le siguiera.

    -Ven Lara vayámonos ya de aquí, deja a todo el mundo hablando y chismorreando cuando nos vean salir juntos, que no te importe. –Y así cogiéndome de la cintura subimos los tres peldaños que separaban el jardín del interior del restaurante y nos perdimos entre las sombras dejando de que hablar en el cocktail y a los pocos minutos entrábamos por la puerta de su despacho porque quería enseñarme las vistas de Madrid en una noche de principios de verano.

    Sus manos se habían apoderado de mi cuerpo, bajando desde mis pechos hasta mi tripa y metiéndose por debajo del escote de mi vestido para subir una vez más por mi piel hasta mis pechos desnudos sin un sujetador que los cubra, los acariciaba con suavidad y metía mis pezones sorprendentemente sensibles y tremendamente duros y puntiagudos entre sus dedos, Ángel no paraba de besar mi cuello, de meterse los lóbulos de mis orejas en su boca a pesar de los aros grandes que llevaba como pendientes, estaba disfrutando de cada caricia que involuntariamente mi brazo derecho lo había elevado por encima de mi cabeza acariciando su pelo y su nuca, mientras que la mano izquierda voluntariamente acariciaba su pierna por encima del pantalón, yendo poco a poco cada vez más al centro del mismo hasta contactar con su pene en erección.

    Bajaba sus manos que recorrían mi tripa y un poco más abajo subían mi vestido hasta la cintura, en la frontera de mi piel con las bragas sus dedos empezaban a meterse sigilosamente por debajo de ellas, acariciaban mi bello, alcanzaban mi clítoris y se metían furtivamente en mi vagina, estaba muy húmeda, pero termine tras unos pocos minutos de meterme sus dedos en estar tremendamente mojada en mi interior, nuestros labios se habían buscado y se habían unido en un baile delicioso donde nuestras lenguas tuvieron más protagonismo, mis gemidos habían aparecido de repente y Ángel me hacía estremecer cada vez más cuando con unos dedos me penetraba y con otros acariciaba y redondeaba mi clítoris, miraba por la pared acristalada la ciudad en sombras con un baile de luces y yo me veía reflejada en ella jadeando con la boca abierta, con la boca desencajada de placer, con mi cuerpo culebreando y mi cintura moliéndose de un lado a otro apretándose contra él y sintiendo su pene erecto contra mí.

    Ángel se apartó de mi culpándose los dedos mojados con mi flujo y bajando de un salto se fue a su mesa, allí puso algo de música, apago las luces y encendió otras más suaves quedándonos casi en penumbra, poco a poco, despacio se acercaba a mi mirándome fijamente a la vez que dejaba caer parte de su ropa al suelo, yo le esperaba subida en aquella repisa, mirándole de frente y mordiéndome los labios me fui quitando el vestido, primero la cinta de un lado, luego la del otro y con un pequeño juego de mi cintura de lado a lado lo dejaba caer al suelo antes de que él llegara hasta mí, los dos nos mirábamos con pasión, la música suave empapaba el despacho y nos envolvía de romanticismo, baladas de amor, voces suaves sobre un fondo de violines y saxofones, Ángel desde abajo me cogió de la cintura y como si fuera una pluma me bajo hasta el suelo rozando nuestros cuerpos desnudos y besándome apasionadamente, empezó a lamer mis pezones por primera vez, los rodeaba con su boca y recorría con la yema de sus dedos prácticamente sin tocarme mi cuerpo desnudo.

    El placer invadía mi cuerpo hasta hacerme sentar sobre el cristal frio, Ángel se agachó y de cuclillas me quito muy despacio y con mucha suavidad mis bragas ante mi atenta mirada, a esas alturas ya no podía decirle que no a nada, no podía negarle que hiciera con mi cuerpo lo que tenía en mente, me levantaba una pierna besándome desde los tobillos hasta el interior del muslo dejándolo encima de él, mi rodilla se flexionó en su hombro y mi pierna colgaba de su espalda, luego cogía la otra pierna e hizo lo mismo con ella, pero esta vez metió su cabeza entre mis muslos y empezaba a notar su lengua sobre mis labios menores, lamiéndolos de abajo a arriba, bebiendo el néctar que mi cuerpo dejaba escapar por mi vagina y haciendo que me recostara sobre el cristal frio, cerrando los ojos cada vez que sentía su lengua atravesar el paso fronterizo de la carne rosada de mi vagina, penetrando en una cueva húmeda, pero que esperaba con gusto y ansia.

    Sus dedos y su lengua se turnaban en penetrar mi vagina y en estimular mi clítoris, sus dedos apartaban mis labios y su lengua me lamía entera de abajo a arriba, mis manos sobre su cabeza con sus dedos enredándose en su pelo a la vez que jadeaba, que gemía y cuando sentía que había acertado con algún punto oculto, mi cuerpo respondía con un espasmo mientras que mi garganta dejaba escapar un pequeño grito, realmente estaba en la gloria, me encantaba lo Ángel hacía con su lengua y con sus dedos, estaba en ese punto que necesitas más, necesitaba que me hiciera suya, que sacara por fin su pene penetrando con él mi vagina, hundiendo su polla hasta el fondo y dejándola allí dentro, inmóvil, pero caliente, que los dos pudiéramos sentirnos, él dentro de mí y yo abrazándole con mi vagina, ese placer tenía que llegar, lo deseaba, deseaba que me besara lentamente mientras su pene reposaba dentro de mí.

    Ángel se incorporó y me cogió de las manos para levantarme, hizo que le siguiera con el sonido de mis tacones al andar detrás de él y una vez más como si fuera una pluma me subió en vilo y me sentó encima del piano, el cual empezó a sonar por la presión de mis glúteos sobre las teclas, aparto la pequeña silla y se quitó los pantalones dejándome ver por fin su pene, Ángel me empezó a besar abriendo mis piernas para poder pasar él, cogió su pene y lo empezó a pasar con suavidad y muy despacio entre mis labios, golpeando su glande contra mi clítoris, metiéndome tan solo la cabeza en mi vagina, dos tres centímetros, sacarla y volver a jugar con mis labios y con mi clítoris, los dos estábamos tan entretenidos enredando nuestras lenguas dentro de mi boca cuando note como su glande resbalaba muy profundo entre mis labios, como si fueran los raíles que necesariamente necesitaba para llegar a mi vagina, una vez allí y en posición muy lentamente su pene se hundía en mi interior despacio y sin pararse iba separando mi carme rosada, entrando en vagina con mucha suavidad, abriéndola a su paso hasta que no pudo entrar más, “tienes una polla realmente deliciosa” le decía al oído entre jadeos, una polla suave, dura y muy grande empezó hacer que perdiera la cabeza volviéndome loca cuando entraba y salía continuamente.

    Una vez más me cogió las piernas y se las puso encima de los hombros haciendo que mi cuerpo dibujase una v perfecta, en donde él en medio podía moverse hacia delante y hacia atrás con comodidad, metiéndome el pene hasta el fondo y arrancando de mí los gritos que acompañaban la música de ambiente, las teclas del piano cada vez que me movía, sonidos agudos y graves al tener las manos apoyadas en ambos lados del teclado.

    Su pene entraba dentro de mí, navegando por un mar de placer en el que los dos estábamos inmersos y aunque me gustaba, me encantaba mejor dicho a tener de los gritos que soltaba al ser penetrada por su polla, se me veía incómoda subida en el piano así que Ángel una vez más me cogió en voladas y si sacarme su pene de mi interior se dirigió despacio hacia el sofá, allí primero se sentó, nos besamos con su pene inmóvil en mi vagina, solo pequeños movimientos de arriba abajo, hasta que se terminó por tumbar dejándome como una amazona para cabalgar libremente sobre su pene, subía y bajaba por el como si su polla y mi vagina fueran piezas diferentes, pero anidadas a perpetuidad de una máquina bien engrasada, gimiendo con cada centímetro que me penetraba dentro de mí, mis manos apoyadas en su torso, bajando mi cuerpo para besarle, que mis pechos bailaban en cada movimiento sobre su musculoso cuerpo, rozando mis pezones contra él, sin sacar su pene de mi vagina mis caderas se movían hacia delante y hacia atrás, intentando meterla más y apretándome contra ella, parecía imposible, pero me había entrado toda y me estaba haciendo gritar cada vez más, él subía su pelvis y empujaba hacia arriba, presionando más su pene sobre mí, cuando no emperezaba a meterla y sacarla primero despacio pintando su polla de blanco por el flujo que salía de mi vagina y segundo aumentando su velocidad hasta parecer un tren a punto de descarrilar haciendo que mi cuerpo bailara, se arqueara mi espalda y mirando al techo con los ojos cerrados podía ver las estrellas del placer.

    Estaba feliz, Ángel me estaba follado y me estaba llevando por un mar de sentidos y placeres a los que nadie me había llevado hasta ahora, me encantaba verle disfrutar, gemir y gritar, su cara de placer lo decía todo supongo que como la mía que en ocasiones, no podía ni dar un grito más, con la boca abierta lo intentaba, pero no salía, sonreía, reía, lloraba de placer hasta que sentía que llegaba al final de la estación, me incorpore y apretándome los pechos con sus manos por debajo me movía hacia arriba y hacia abajo con rapidez, metiéndola y sacándola de mi vagina, estaba como una yegua desbocada, subiendo mis manos a mi pelo deshacía mi moño y soltadme el pelo mientras que cabalgaba sobre su pene con gran rapidez y ahora sí que podía gritar, su pene se había fundido en mi vagina, me hacía gritar como una histérica, hasta que un delicioso orgasmo hizo que me echara hacia atrás y que mi cuerpo temblara con espasmos irregulares.

    Ángel paró hasta que terminé de temblar y luego continuó moviéndose, gimiendo también como nunca había escuchado a un hombre, me sujeto de las caderas y como si fuera un muñeco me levanto tumbándome esta vez boca arriba en el sofá, su pene seguía en todo momento dentro de mí y ahora encima de mí con mis piernas bien abiertas me follaba con rapidez y con fuerza, metiéndome su pene tan dentro que no sé si fue el mismo orgasmo o que realmente me provoco otro, el caso que los dos empezamos chillar a besarnos sin control hasta que los dos explotamos en un orgasmo realmente placentero para ambos, su pene había estallado dentro de mí lanzándome chorros de su semen caliente a gran velocidad, llenando por completo mi vagina, su semen era arrastrado por olas de mi flujo que también se había desbordado como una riada, los dos temblando, agotados y sudorosos nos besábamos y reíamos.

    Domingo a las 12 del mediodía, me despertaba en una cama de sábanas blancas, miraba a mi alrededor y no reconocía más que mi vestido negro tirado junto a mis bragas en el suelo, no había sido un sueño, estaba con él en su casa, en su cama, su brazo me rodeaba el cuerpo abrazándome, gire mi cabeza y le veía dormir plácidamente a mi espalda, intente darle un beso, pero lo único que hice fue despertarle.

    -Buenos días, Lara, has descansado bien. –Me preguntaba Ángel con una sonrisa de lado a lado a la vez que besaba mis hombros.

    -Sí, muy bien, pero…

    -Pero que.

    -No sabía si había sido un sueño o no hasta que he despertado y si es un sueño no quiero despertarme nunca, pero si no lo es… quiero que me vuelvas hacer el amor.

    Ángel se puso encima de mí una vez más, yo le abrí mis piernas una vez más, su pene encontró la entrada de mi vagina una vez más, te empecé abrazar con mis pies y con mis manos arañándote la espalda una vez más y una vez más sentí tu polla penetrar en mi coño, metiéndose y saliendo, arrancándome los primeros gemidos de aquella hermosa mañana.

    Gemidos y pequeños gritos en tu oído, solo para ti Ángel, solo para ti.

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  • Una visita tentadora

    Una visita tentadora

    Karim era una señora de 39 años que es la amiga de mi madre, siempre llegaba a casa de visita, para conversar de todo y compartir un lonche. Ella es una mujer madura que tiene un cuerpo llamativo, más que todo en los senos, son grandes y redondos. Cabellera como una leona, y una mirada sensual, para poder imaginar tantas cosas. No puedo mentir, fue en mi tiempo de joven como de 20 años mi musa para mis sueños mojados.

    Cierto día, todos de mi casa salieron a una fiesta, algo lejos de casa, yo no quise ir, porque iba a salir a jugar futbol más tarde, así que me quedé.

    Después de una horas, que estaba jugando en la pc. Sonó la puerta, no quería abrir, porque no quería recibir visita. Tanto fue la insistencia que fui a abrir. Me di con la sorpresa, cuando veo a Karim, la bella madura, que vino a ver a mi mamá, para eso, yo salí a abrir sin polo (estaba con un buen físico porque estaba en el gimnasio) ella me mira y se sorprende. Me consulta por mi mamá, pero yo en cuestión de segundos, decidí no decirle nada, solo invitarla a pasar.

    Ingresamos, nos sentamos en el sillón y le comento que estoy solo, que salieron todos hasta la noche, entonces ella sorprendida me dice que porque no le dije antes, y hace la acción de pararse para retirarse, yo lo que hice es con mano en su pierna decirle que no se vaya, que conversemos un momento de la vida, ella algo confundida o como se imaginaba algo, decide quedarse, ¿Cómo me di cuenta?, levanto la ceja y puso esa mirada que me enciende.

    Le invito un trago que teníamos en casa, brindamos y empezamos a contarnos las cosas, a reírnos, los tragos empezaron a actuar y sentíamos calor, donde ella se saca el camisón y se queda en un top, mostrando lo más hermoso que tenía por delante, sus pechos grandes, a pesar que estaban tapados por el top, se notaban los pezones duros y parados. Yo estaba ya a mil!! estaba con el pene erecto que se notaba en el buzo. No sabía cómo ocultarlo, pero decidí que se notara, quizá se gane ella mirando también.

    Después de un rato, ella toca mi pierna y me dice algo que quería escuchar: ¿Alguna vez tuviste fantasías conmigo?, yo me quede mudo y nervioso, ella era mi musa, era la mujer que hacían que mis pajas exploten. Yo tome valor y le dije que sí, que era mi musa.

    Ella se ríe y me dice que hace buen tiempo me observaba, que quería devorarme, porque carne joven, es para explotar, ya que ella tiene sangre caliente, quería que le hagan de todo. Empezó a acercarse más a mí, hasta besarme, yo también me acerqué y la empecé a besar y con mis manos pasar por todo el cuerpo.

    Era mía, completamente mía!

    Ella me tocó el pene y lo saco para verlo y ponerlo en su boca, me hizo sexo oral, se arrodilló, me saco el pantalón y seguía mamando. Yo estaba en el paraíso, era mi día de suerte.

    Karim solo me hizo una pregunta luego, ¿Seguro tus papás llegarán tarde?, yo les dije que sí, pero para asegurarnos llame a mi papá, Me confirmo que llegaban tarde o quizá al día siguiente.

    Era nuestra tarde, para hacer de todo sin miedo a que nos vean o alguien llegue. Ella se sacó el top, estaba sin sostén. Los pechos eran para mi, empecé a chuparlos, besarlos, era como un niño con juguete nuevo. Escuchaba por momentos: “toma mi bebe”, “esto te da mami, chúpalo”, “que rico lo haces mi amor”, “hoy quiero que me llenes de lechita”. Frases que jamás me olvidare, ya que tenía una voz sensual y ardiente.

    Karim se sentó y abrió las piernas con la indicación que le lama la vagina, que le haga sexo oral. Yo encantado, los fluidos de una madura, ardiente y con muchas ganas de coger. Empecé por fuera, luego los bordes, finalizando con la lengua dentro de su vagina. Escuchar los gemidos, me motivaba a más ¡ay que rico mi amor!, ¡Hoy tú eres mi papi! ¡Soy tu potra, mójame mucho!

    Luego me toma de la mano y me dice que vayamos a mi habitación, fuimos nos echamos y ella me dice, “Felizmente estoy con la ampolla, sexo libre y quiero que me eches tu lechita dentro mío”. Nos echamos y empezamos a besarnos, a lamerle más los senos, poniendo paraditos los pezones, bajas nuevamente a su vagina que estaba súper mojada, lista para ser penetrada, metí los dedos que son grandes, como gemía mi mujer de ese día. Un par de locos que querían pasar un gran momento de lujuria.

    Subí y pegaditos la penetré, dio un grito de placer, seguíamos teniendo sexo, donde ella sabía, era muy experimentada. Yo era su esclavo, ella dominaba, me sentía en la gloria. Hasta que hubo el momento donde me tocó a mi. Le agarré el cabello, era mi perrita, le encantó eso, la cargué, la puse contra la pared, ella se sentía una chiquilla llena de fuego. Gemía en todo momento, nadie nos escuchaba porque puse música. Sudábamos como si estuviéramos en un desierto. Lo hacíamos lento, fuerte, con delicadeza por momentos y otros rápido. Me encantó hacer el doggystyle, ya que pude ver su tatuaje en la cintura. Era una tremenda MILF. Sentada encima mío era su pose favorita, dominante, ver los pechos moverse, ver su rostro cerrando los ojos, mordiéndose los labios. Sentir que sus fluidos caían de su vagina, saber que ella no le importó que era el hijo de su amiga, solo era ella y yo.

    Lo hicimos muchas veces, en la cama, en la sala, en la cocina, ya que nos dio hambre y ella me cocino, aproveche y también lo hicimos, antes de que se vaya, fuimos a la ducha donde en la tina lo hicimos y fue nuestra gran despedida.

    En la noche pedí un taxi, me besó y me dijo que la próxima vez que me quede solo le avise. Estuvimos así, casi un año, donde ella tuvo que viajar a su provincia, donde hacíamos sexo virtual, escucharnos en llamadas, las videollamadas eran masturbándonos viéndonos el uno al otro. Luego pasó el tiempo, ella con su pareja, yo con la mía, decidimos dar el fin de las travesuras. Ahora que ya pasó como 6 años, solo conversamos y nos saludamos. Fue mi madurita preferida.

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  • El jubilado me sorprendió (1)

    El jubilado me sorprendió (1)

    La vida, a veces, afortunadamente, te sorprende. Llevo toda la vida teniendo fantasías en las que mantengo relaciones sexuales con hombres. En estas fantasías, me gusta sentirme pasivo (e incluso algo sumiso y un punto femenino). Mi personaje, en esas fantasías, contrasta con la personalidad del hombre que está conmigo: masculino, viril, vicioso, dominante, machista, muy activo y nada vergonzoso.

    Por desgracia, no sé el por qué, nunca he dado el paso: nunca he quedado con un hombre. Me da mucha vergüenza y miedo. No se… es algo casi irracional, cojo cómo un miedo escénico que me paraliza y bloquea, y nunca he conseguido dar el paso. Soy sensible y muy vergonzoso, eso no ayuda.

    Vivo en un pueblo que se encuentra a unos 70 km de una gran ciudad (Barcelona). Es una gran suerte poder vivir fuera de la ciudad. El entorno te ayuda a desconectar y a vivir más tranquilo.

    Una de las actividades que te permite vivir en un sitio así es ir a caminar. Lo hago menos de lo que debería, pero de vez en cuando, salgo a caminar por el campo. Hay gente, sin embargo, que parece que se pasa el día paseando: siempre te los encuentras aunque tus salidas sean poco frecuentes, y con horarios y trayectos dispares.

    Estaba pasando una época en la que cada fin de semana salía. Era verano, y me resultaba más apetecible salir a caminar (a pesar del calor). A veces salía muy temprano por la mañana, y en otras ocasiones, salía al atardecer. Se dio la circunstancia de que si salí 10 veces, vi al mismo señor caminando 7. Ya lo había visto otras veces (antes de esta última periodo de salida), pero con tanta frecuencia como esta última no.

    Tenía pinta de ser el típico señor mayor obsesionado con salir a caminar. Se le veía muy en forma. La gente de esa edad (parecía tener entre 60 y 70), en algunas ocasiones, no tiene demasiado cuidado con la vestimenta: siempre llevaba los mismos pantalones cortos marrones (de medio muslo) tipo safari/Coronel Tapioca (se notaban ya gastados). Llevaba botas igual de gastadas y usadas de la marca Quechua. Los calcetines no siempre eran del mismo color, pero siempre eran algo largos. De arriba, que yo recuerde, nunca llevaba nada; siempre iba a pecho descubierto.

    Estaba muy bronceado. No estaba gordo, más bien lo contrario. Eso sí, la edad no perdona, y a pesar de su delgadez y su excelente estado físico, se notaba que no era joven (su cuerpo ya no se veía fibroso, sus carnes en alguna parte se veían algo caídas, arrugas inoportunas…). Debía haber sido un hombre peludo porque todavía algo de bello corporal. Su bello era mayoritariamente blanco y al contraste con el bronceado, le daba un aspecto viril. Todavía tenía cabello. Su cabello era entre gris y blanco.

    Aunque no estaba calvo, se notaba una pérdida de densidad notable. No tenía aspecto de pasar frecuentemente por el peluquero. Su cabello estaba algo pasado de longitud y desordenado (sobre todo la parte del flequillo, que se levantaba con facilidad). Eso sí, como la gran mayoría de los hombres de esa generación, con la cara perfectamente afeitada. Siempre que lo vi caminando, siempre blandía un palo o vara de pastor.

    La característica que más definía a este hombre, era el rictus serio que tenía. Siempre caminaba rápido y concentrado (como en tensión). Debía salir mucho a caminar y se notaba en forma.

    Cuando me encontraba con él, saludaba (sin demasiadas ganas, pero saludaba).

    Hubo un día en el que el calor apretaba de forma notable. Aunque era al atardecer, el bochorno era notable, y el sol todavía picaba. Al lado del camino había un conjunto de árboles que conformaban un pequeño bosque. Decidí ir bajo ellos para descansar. Me senté en el tronco de un árbol que alguien había talado y dejado allí. Al poco de estar allí, apareció de nuevo aquel señor caminando con su vara (increíble, allí estaba de nuevo). Me vio, y noté que desaceleró la marcha. La piel le brillaba, supongo que del calor y del esfuerzo realizado. Una pátina de sudor cubría su torso moreno.

    Con el brillo, parecía más moreno todavía. Desacelero y se le notó dubitativo, finalmente se dirigió a dónde yo estaba. Mientras venía, de vez en cuando, levantaba la cabeza y me miraba. Lo observe mientras venía hacía mi con el rictus serio (cómo siempre). Me pareció extraño que viniera a dónde yo estaba (siempre había sido parco en palabras).

    Lo primero que dijo fue: -¡Que calor hace hoy, joder!

    Yo con amabilidad le dije que sí. Que era un día muy caluroso que hasta a mí me había pillado desprevenido.

    Después dijo: -El sol todavía quema.

    Una vez dicho esto me pregunto: -¿No tendrás algo de agua?

    Ahora que pienso, este señor siempre iba a pelo, sin mochila ni botella de agua. Supuse que le había sorprendido la dureza climatológica del día y sentía la necesidad de beber.

    Yo siempre llevo dos botellas de agua de medio litro y le ofrecí una. De una atacada, a pesar de estar caliente, se bebió la mitad. Bebió con mucha avidez. Le dije que se la podía acabar. No insistió, con la misma urgencia, se bebió el resto. Debía estar apurado.

    Me devolvió la botella vacía. Sin que yo le hubiera preguntado nada me dijo: -¡Me cago en las putas pastillas de la diabetes! Desde que las he empezado a tomar no hago más que mear.

    Interpreté que hacía poco que se las tomaba y que ese era el motivo de su estado de deshidratación.

    Sin más, se acercó a un árbol cercano a dónde yo me encontraba y dejando su palo apoyado en unos arbustos, se dispuso a hacer aquello que era más que evidente; ponerse a orinar. Se bajó la bragueta y hurgando dentro del pantalón se sacó el miembro. Casi de inmediatamente, un chorro caudaloso salió chocando con el suelo.

    La verdad es que ese hombre no debía ser excesivamente vergonzoso. Que le hubiera costado apartarse un poco para orinar. Se puso a no más de 5 metros, de perfil a mear la base de un árbol. Lo seguí con la mirada, sin intenciones morbosas. Cómo mínimo se podría haber puesto de espalda. Hay que ser animalito, pensé yo.

    Intente dirigir mi mirada a otro sitio. Pero el ruido del chorro al tocar el suelo y la imagen de perfil de ese hombre meando me resultaron hipnóticas. Era difícil valorar el tamaño de su miembro (así de perfil, con la polla saliendo del pantalón). Si que era cierto que le colgaba de forma flácida una longitud considerable por fuera del pantalón. Él la cogía cómo de la base manteniéndola en posición horizontal, pero a partir de dónde la sujetaba caía para abajo unos 8 centímetros. Sin exageraciones, pero no parecía tenerla pequeña. Los que si puede precisar desde mi posición, es que la tenía descapullada: se delineaba de forma exacta el perfil de su glande (de buen tamaño también).

    En un momento dado el ladeo la cabeza y pudo ver que lo miraba mientras miccionaba.

    No se podía negar: tenía ganas de orinar, estuvo un rato interminable expulsando un sostenido y caudaloso chorro de orina.

    La situación se me antojó tensa. El silencio solo se cortaba por el ruido de su chorro chocando contra el suelo.

    En varias ocasiones fue mirándome y observando mientras mingitaba. Siempre me enganchaba mirándole.

    En un momento dado, la cantidad de orina empezó a disminuir. Disminuyo hasta el momento en el que solo ya caían unas gotas. Finalmente, se la meneo para desprender las últimas gotas de orina. Zarandeó con insistencia su badajo hasta que quedó satisfecho. Giro su cabeza hacía dónde estaba yo y me volvió a enganchar mirándolo (que casualidad…). Después de dirigir su mirada hacia mí, miro hacía varias direcciones como oteando el horizonte (cómo si quisiese saber si había alguien alrededor).

    Al hacerlo él, no sé muy bien porque (cómo reflejo o por curiosidad), yo también comprobé si venía alguien. No había nadie por allí.

    Mientras todavía reconocía visualmente los alrededores, introdujo lentamente su miembro dentro del pantalón. Era todo algo extraño. Dejó de mirar en todas direcciones y clavo la mirada en mí. Se dirigió hacia mí. Yo me puse algo nervioso; no entendía lo que estaba sucediendo. Camino hasta dónde yo estaba sentado y se colocó frente a mí. El me miraba desde arriba y yo sentado lo miraba desde abajo.

    Eso situación/posición me hacía sentir, no sé cómo decirlo, empequeñecido. Bajé algo la mirada y pude ver que no se había subido la bragueta. Se podía ver cómo asomaba el nacimiento de su polla junto a sus vellos púbicos. Me quede entre helado y bloqueado. En ese mismo momento fui consciente de que él podía tener alguna motivación sexual. Hasta ese momento, no lo había visto venir.

    Me extendió su mano cómo para que yo le diera la mía. No sé muy bien el porqué (supongo que estaba nervioso y me salió cómo acto reflejo) pero se la di. Para que me entendáis: me sentí cómo una damisela a la cual sacan a bailar. Con tono serio pero sereno me dijo: -¡Ven!

    Me levanté y él se puso a caminar hacia el interior del pequeño bosque dónde nos encontrábamos. El caminaba con paso seguro y yo iba detrás siguiéndolo cogido de su mano. No sabía lo que hacía, estaba cómo bloqueado y lo seguía cómo un corderito.

    Es una hipótesis que ahora me hago: creo que no me revelé y huí en el mismo momento que percibí sus intenciones, porqué sentí una extraña forma de amabilidad y caballerosidad en su manera de proceder. Me hizo sentir cómo a una señorita seducida y deseada. Creo que eso fue lo que me hizo seguirlo. Sin ser consciente, este hombre, había tocado la tecla exacta para desbloquearme (no se… todo sucedió tan repentino). Fue serpenteando por entre el bosque.

    Caminaba sorteando la vegetación como con urgencia y de forma nerviosa, con rapidez. Yo lo seguía, cogido de su mano, conducido por él como si fuera un niño. Llegó a una zona del bosque dónde empezó a aligerar la marcha. Empezó entonces a mirar en todas las direcciones. Supuse que debió ver algo que le gustó, porque se paró. Imagino que había encontrado el nivel de invisibilidad que buscaba. Aunque yo estaba muy sobrepasado por todo lo que sucedía, si que pude percibir que dónde nos habíamos parado, era un lugar muy aislado y tupido.

    No tuve tiempo de pensar mucho (afortunadamente), después de hacer una última revisión del entorno, él se fue acercando hasta ponerse en frente de mí. Todavía él tenía mi mano cogida. Aunque estaba totalmente bloqueado y desbordado por la situación, pensé en lo extraño que era el hecho de que tuviera sujetara mi mano. No sé cómo explicarlo; me daba tranquilidad y a la vez me hacía sentir deseado. Aunque, ese gesto de sujetarme la mano, no cuadraba demasiado con las características que ese hombre transmitía: serio, rudo, primitivo…

    Se acercó a mí mirándome fijamente y, sorprendentemente, extendió su otra mano libre para que le entregara yo la mía libre también. Se la di. Inmediatamente después de dársela, se acercó pasando sus dos brazos por detrás de mí. Me abrazó colocando sus manos por la zona de mis riñones (justo encima de mi culo). Cómo sus manos llevaban sujetas las mías, me quede como maniatado y ofrecido. Me sentía cómo si me hubiera esposado. En esa posición, se acercó a mí lentamente y me dio un piquito en los labios. Eso tampoco me lo esperaba.

    No parecía ese perfil de hombre al que le gustan esas cosas. Este hombre era una continua caja de sorpresas. Me fue dando delicados y suaves piquitos en los labios hasta que en uno de esos piquitos noté la humedad de su lengua pasando fugazmente por entre mis labios. Era increíble cómo este hombre iba haciendo avances con determinación pero con cautela. Eso hacía que yo no quisiera huir o me bloqueara. Me tenía cómo medio anestesiado. Todo lo que hacía me mantenía subyugado.

    Sus besos cada vez eran más invasivos. Su lengua cada vez se introducía más en mi boca acariciando interiormente mis labios. Ese contacto me daba placer, me excitaba, me hacía vibrar y me aflojaba. De manera casi involuntaria, con el deseo y la excitación que sentía, mi boca se fue abriendo. Era ya yo el que deseaba más contacto íntimo y húmedo durante nuestro beso. Supongo que él lo notó, porque no tardó ni medio segundo en introducir por completo su lengua dentro de la mía. Fue un momento delicioso cuando nuestras dos lenguas se pusieron en contacto. Inmediatamente, yo empecé a respirar fuerte y a casi gemir.

    Me metía su lengua en mi boca de forma pasional y cómo lleno de necesidad de contactar con la mía. Enseguida quede atrapado por lo sexual de la situación y por el sabor de su boca. Ya no pensaba en nada más que en disfrutar de su boca y en el contacto de nuestras húmedas lenguas. Ya era yo también quien metía mi lengua dentro de su cavidad bucal buscando más humedad y contacto. Los dos gemíamos ostensiblemente.

    La posición en la que él me mantenía creo que ayudaba a la erótica de la situación (mis manos apresadas en mi zona lumbar por las suyas). Supongo que debido a la excitación que sentía, cada vez apretaba más fuerte mis manos y cada vez me empujaba más hacia él. Yo sentía que sus manos empujaban mi culo y que nuestros vientre cada vez estaban más enganchados.

    Notaba el calor de su torso desnudo en contacto con el mío. Su cuerpo despedía mucho calor. También desprendía olor. No es fácil explicar; su cuerpo desprendía olor, un olor a cuerpo pero que no resultaba ofensivo (todo lo contrario). Era un olor a cuerpo de hombre que lleva unas horas sin ducharse (sin oler a sudor ni nada que se le parezca). Era un efluvio muy particular, creo que muy suyo, cómo muy viril: un aroma que me gustaba y me excitaba. De vez en cuando también percibía el olor dulzón de su after shave.

    En un momento dado, libero mis manos. Lo hizo para poder meter sus dos manos por dentro de mi pantalón y poder tener acceso a mis glúteos. Las palmas de sus manos empezaron a acariciar mis nalgas. Alternaba las caricias con poderosos estrujamientos en mis glúteos que me provocaban un desconocido placer. Apretaba y amasaba tan fuerte mis nalgas que, de alguna forma, ese desplazamiento llega a mover las paredes de mi esfínter; produciéndome unas punzas de placer en mi agujerito (estaba descubriendo cosas que en mi vida había conocido y que desconocía que pudiera experimentar).

    Me gustaban mucho sus caricias, pero anhelaba desesperadamente sus apretones para sentir de nuevo ese placer indescriptible que sentía en mi interior a través de mi esfínter. Juro que sentía como si mi culito se mojara y si abriese con esas caricias que realizaba en mis nalgas y que resonaban en mi agujerito. Arrancaba de mi un gemido cada vez que asía y apretaba mis nalgas. A medida que lo iba haciendo, aumentaba mi hipersensibilidad en la zona anal hasta el punto que, cuando lo hacía, yo empezaba a temblar y a contraerme de placer.

    Él lo notó. Dejó de besar y chupar mi cuello (que era lo que hacía en ese momento). Supongo que quiso saber que pasaba y se incorporó un poco para coger perspectiva y poder observar mis reacciones. Me miró y me sentí cohibido y algo avergonzado. Apretó mis nalgas con fuerza a la vez que me las abría. ¡Ufff! Esa combinación me mató. A pesar de la vergüenza que sentía por sentirme observado no pude evitar pegar un respingo y empezar a temblar y gemir estentóreamente. Él no dejaba de hacerlo y yo me retorcía de placer. Él me miraba con cara de sorpresa. Yo intentaba evitar su mirada. Supongo que le sorprendió mi sensibilidad anal.

    Antes de enviar la segunda parte de la historia, os quiero comentar (confesar) una cosa. Creo que, mi principal motivación para escribir relatos, es la de contactar con hombres mayores, exclusivamente activos. Quiero decir con ello que: me encantaría encontrar un hombre mayor con el que poder escribirme para explicarnos nuestros deseos, secretos y confidencias de tipo sexual.

    Me encantaría tener un amigo que fuera masculino, dominante, viril, fogoso y exclusivamente activo (al 100%). Este hombre ha de ser paciente y no le ha de dar pereza escribir. Nunca he estado antes con un hombre a pesar de llevar años fantaseando con ello (tengo mucho deseo acumulado). Me gustaría que fuera de la zona de Cataluña/España (quién sabe lo que el futuro nos puede deparar). Yo, me siento exclusivamente pasivo.

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  • El placer de ser seducida y que te conviertan en una princesa (2)

    El placer de ser seducida y que te conviertan en una princesa (2)

    Narro como al fin me penetran por primera vez en esta segunda parte del relato “El placer de ser seducida y que te conviertan en una princesa”. Puedes también deleitarte con la primera parte.

    Incrédulo lo vi a los ojos, ambos desnudos y yo con mi rostro aún untado de su semen salado que sabía a gloria y formaba una densa capa ligosa deliciosa en mi paladar. Esteban bien sabía que el yo haberle mamado su hermosa y gran verga significaba su primera victoria ante mi cuerpo. Si bien hace unos minutos me resistía a abandonar mi masculinidad, allí, en ese momento supe que deseaba ardientemente verme convertido al fin en una princesa, en una mujer a quien pronto destaparían y desvirgarían del agujero anal el cual de hoy en adelante se transformaría en la vagina de mi cuerpo de hombre.

    Me tomó de la mano y paseamos desnudos por su apartamento. Su miembro, enorme, se columpiaba como trompa de elefante de un lado a otro de sus piernas. El mío, como siempre, era apenas una miseria que se escondía. A cada paso, me vi y sentí más hermosa, más mujer. Imaginé mis muslos y pantorrillas depiladas y torneadas, mis nalgas redondas bien formadas, mi cintura coqueta en forma de reloj de arena y mis pechos pequeños pero bellos.

    Me condujo a una habitación donde solo había una silla y un closet. Tomó una llave y abrió la puerta, permitiéndome ver toda clase de ropa preciosa de mujer. Me emocioné. Tomó un vestido blanco corto sin mangas y lo puso frente a mi cuerpo.

    “Quiero verte vestida con este, ponte el sostén y la pantaleta que consideres más seductora y elige unas sandalias muy femeninas planas que no tengan cinta atrás. Quiero escuchar el golpeteo de las suelas contra las plantas de tus talones acercándose a mi cuarto que está enfrente, te espero”.

    Cuando él salió de la habitación me apresuré a ir al baño y asearme lo mejor que pude, me introduje un poco el dedo con jabón en el recto para que estuviera listo. Luego, me vestí y me calcé como él me indicó. En efecto las sandalias blancas de meter golpeaban mis talones muy placenteramente al caminar.

    Tembloroso y nervioso llegué a su cuarto. Él me esperaba recostado en su cama, seguía desnudo. La luz era tenue, se escuchaba música romántica y con la mano palmeó la sábana pidiéndome que me acercara a él. Me acurruqué a su par, boca arriba, él se colocó sobre mí y me besó muy románticamente. Lo abracé, sentí su miembro crecer duro sobre el mío, que se ocultaba bajo el encaje de la pantaleta.

    Me separé de su boca. Nos vimos a los ojos. “¿Quieres que te convierta en mujer?” me preguntó “no temas, solo será cada vez que estemos solos aquí, bien sé que quieres guardar las apariencias ante tus amigos”. Me sentí reconfortado, una fantasía hecha realidad. Decidí entregarme y abandonarme absolutamente. “Te lo ruego”, le supliqué, “estoy temblando de nervios, quiero que al fin me hagas mujer. Como bien me has dicho, mi verga es una miseria que no solo es una vergüenza, sino que no sirve de nada. Penétrame, hazme tuya, soy tu esclava, te lo ruego… conviérteme en una princesa sin virginidad, desflórame, mi cuerpo y especialmente mi ano y recto son tuyos”.

    Me besó de nuevo, se acomodó sobre mi cuerpo, pecho contra pecho, abdomen contra abdomen, pelvis contra pelvis. Mientras nuestros ojos estaban cerrados tomó mis piernas y las dobló, luego con sus fuertes manos agarró mis pantorrillas y las puso en sus hombros. Me quitó la pantaleta, abrió los botones de mi vestido y quitó el cierre delantero de mi sostén. Me besó, mordió y succionó los pezones. Mi ano estaba totalmente empapado de deseo. Separó un poco nuestras cinturas, sin dejar de verme a los ojos noté como maniobraba su miembro colocándole lubricante. Sentí la punta de su larga y cilíndrica verga en la puerta de mi ano.

    “mírame a los ojos, no quites tu vista” me ordenó delicadamente.

    El momento llegó repentinamente. Gemí de dolor. Resoplé exhalando aire por la boca agitadamente, por un segundo quise cerrar la mirada, pero recordé su instrucción y seguí viéndolo a los ojos. Su enorme pene comenzó a hacerse camino dentro de mí, lentamente y con fuerza desgarró cada músculo que cerraba mi ano. Sentí correr la sangre caliente de mi virginidad anal y a mi recto expandirse como la boca de un globo de látex que se estira hasta casi romperse. Entraba poco a poco cada vez más. Era un tubo de hierro ardiente quemándome el ano ingresando despacio.

    Vi su rostro de gozo sabiendo que se estaba llevando mi virginidad y estaba borrando lo último que quedaba de mi hombría. Instintivamente mi garganta comenzó a emitir gemidos y lamentos hasta que al fin sentí el vello de sus testículos chocar contra mis nalgas.

    “Ya eres mujer, nena” me dijo “la tienes toda adentro” y sentí como se hinchaba y deshinchaba su miembro dentro de mí”. Me estremecí de delirio de felicidad. Sonreí de gozo y placer. “Al fin soy una princesa, soy una nena” le respondí agradecido y lo besé alocando mi lengua dentro de su boca.

    Comenzó a salir de mí. Sentí como mi recto se relajaba queriendo tomar de nuevo su forma, pero le era difícil pues estaba ya muy abierto. Noté la cabeza gorda de su pene en la puerta de mi culo, aún dentro de mí y tomando un segundo de suspenso, esta vez me penetró salvajemente, duro, hasta adentro. Mi ano sangró más y el dolor fue insoportable, pero deseaba más de esa delicia. Gemí abrazándolo. Salió de nuevo y por tercera vez me penetró hasta adentro, al fondo de mi intestino.

    Así, deliciosamente, comenzó a entrar y salir con mayor velocidad. Acurrucó su cabeza a la par de la mía y me dio con su lengua en la oreja. Hice lo mismo. No me alcanzaba el aire. Suspiraba cada vez más rápido y nuestros quejidos se sincronizaron. Procuré sonar lo más femenino posible.

    Entraba y salía cada vez más y más y más rápido. Mi recto y mi ano estaban totalmente expandidos. Abrí más las piernas hasta donde me fue posible. La fricción me quemaba por dentro y por fuera. El ardor era desgarrante pero delicioso. Noté que su verga se hinchaba dentro de mí. La velocidad de sus penetraciones era impresionante.

    Luego de un tiempo que pareció eterno, los gemidos cada vez más fuertes y desde lo profundo “Me corro” me anunció triunfante y aceleró aún más. Mi miseria de verga estaba apenas flácida atestiguando el festín cuando decidió expulsar su semen y tuve mi orgasmo.

    Un calambre electrizante conmovió todo mi cuerpo. Convulsioné alocadamente, pero perdí real y absolutamente la razón cuando por fin Esteban se corrió dentro de mí y allí fue que experimenté mi primer orgasmo anal. Mi cuerpo estaba loco, convulsionaba cada vez más en la cama sin control. Sentí siete chorros hirvientes de leche de su verga dentro de mi culo, cada uno acompañado de una penetración más brutal. Potentes, fuertes, varoniles, deliciosos. La última vez, me penetró hasta muy adentro de mí y al expeler su último chorro se desplomó sobre mi cuerpo. Sudorosos ambos, cansados, sin aire, respirando por la boca agitadamente.

    Aún dentro, sentí como se iba poniendo flácido, me vio a los ojos “mi mujercita” me dijo. Me sentí ruborizada. “soy tuya”, le dije “tu travesti privado, tu mujercita, gracias por desvirgarme el culo y darme al fin el placer que escondí por tantos años y hacerme mujer”. Lo abracé y sonreí ya desflorada.

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  • Decidir quedarse

    Decidir quedarse

    Comenzaba el tercer día de aquel viaje a París programado para una semana y había sido mi segunda noche en casa de Axele. Así, al despertar, era como si hubiera dormido con una mujer: su melena rubia bastante larga, su cuerpo liso, sin un resto de vello además de unos incipientes pechos… realmente no parecía tener quince años más que yo. Me apetecía, me deslicé entre sus piernas y durante un cuarto de hora largo estuve saboreando su deliciosa polla, la sentí crecer y engrosar entre mis labios, lamía sus pezones haciéndola gemir de placer pero me pidió que no continuase.

    La idea era ir a Nogent-sur Seine una ciudad dormitorio a media hora de París en coche donde había quedado con un grupo de amigos y esperaba que quisiera acompañarla. Era viernes, regresaríamos por la noche aunque también era posible que nos quedásemos todo el fin de semana; no sabía decirme cuantos seríamos pero desde luego no menos de cinco o seis personas y me anticipaba que habitualmente siempre tomaba algunos minutos de vídeo alguno de los anfitriones.

    Volvía a salir a la calle totalmente feminizada y volví a ponerme cachonda viéndome reflejada en los escaparates y me planteé alargar mi estancia. Había tomado dos semanas de vacaciones y en principio iba a estar una semana en París pero lo que estaba comenzando a vivir me enganchaba cada vez más.

    Tres matrimonios pasados los sesenta, dos hombres de unos cuarenta y tantos, nosotros dos y otro travestí conocido de uno de los matrimonios. Once personas en total con popper y todo tipo de pastillas para mantenerse viril… tres mujeres, cinco hombres y tres travestís. Me corrí dentro de una de las mujeres, y excepto Axelle, me la metieron todos los demás, tuve dentro seis pollas diferentes y disfruté de todas ellas. De hecho, nunca había disfrutado tanto ni me había empalmado tantas veces ni había comido tantas pollas durante tanto tiempo. Dos de los hombres se corrieron en mi boca y no desperdicié ni una sola gota.

    Sin ánimo de ser presuntuoso, con mucho Axelle y yo éramos las más atractivas de la velada y todos los demás procuraban en todo momento estar con alguna de nosotras dos. Estuve muchísimo tiempo empalmado y a lo largo de las casi ocho horas que estuvimos en Nogent me corrí tres veces con una intensidad como creo que nunca había sentido; alguien me dijo que era gracias al “popper”. Las tres mujeres se corrieron conmigo mientras las comía el coño y en casi todas las ocasiones alguien estaba lamiendo mi ano o follándolo. Regresamos a París poco antes de la una de la madrugada.

    Nos habían dado en un “Pen-drive” una copia de los momentos que había grabado en vídeo y lo vimos nada más llegar a casa. Me había corrido hasta la extenuación pero mirar esas escenas me puso duro como no recordaba haber estado nunca. Axelle decidió que nos vistiéramos para la ocasión: ambas con medias sujetas con ligueros, sujetador y una microtanga que apenas ocultaba nada.

    A ambas, pero sobre todo a mi nos costó una eternidad corrernos, nunca he echado un polvo tan largo y pocas veces he sentido algo tan intenso como aquella noche; yo apenas expulsé unas gotas de esperma aun cuando tuve un intenso orgasmo. Axelle, sin embargo, parecía que no había tenido actividad sexual en días. Se corrió dentro de mi, sin preservativo, la sentí, sentí como me llenaba con sus jugos. Lo decidí entonces, iba a llamar a mi madre y decirla que prorrogaba mis vacaciones otra semana más.

    Esta decisión de prorrogar mi estancia además de las que tomé los días posteriores dieron un giro a mi vida de 360 grados y en parte se lo debo a Axele que fue quien me ayudó a dar poco a poco los pasos que debía dar. El único consejo que no seguí de los que ella me dio, y no me arrepiento, fue el de tomar hormonas el tiempo suficiente para el desarrollo de mi pecho. Han pasado dieciséis años desde entonces y disfruto con mi estilo de vida.

    Sexualmente disfruto comportándome como “hembra”, disfruto siendo penetrada muchísimo y nunca he penetrado a un hombre, no me entusiasma. Disfruto haciéndolo con cualquier persona de mi género y con mujeres pero nunca con un hombre y sin embargo puedo casi llegar a correrme jugando con su verga y tragando sus jugos… Cosas de mi sexualidad.

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