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  • Fantasía inesperada: mi novia hace tijera

    Fantasía inesperada: mi novia hace tijera

    Después de la vez que tuve relaciones con la amiga de mamá, quede de conseguirle una costurera, y le lleve a mi novia madura, obviamente ninguna de las dos sabe que me he cogido a la otra, y encargue mucho a mi novia que no mencionara nada de lo nuestro. Todo ocurrió bien, mucha seriedad de parte de ambas, pero quizá posteriormente hubo un encuentro entre las dos al cual no fui invitado, y lo creo por lo que a continuación narraré:

    Una mañana me llama mi novia para decirme que si podía acompañarla con Tere para que se probara el vestido que le había hecho, acepte, fui por ella y nos dirigimos a la casa de Tere. Al llegar nos abrió la puerta, vestía una bata semitransparente, la cual nos permitía ver su ropa interior; pasamos a su casa y dejándome en la sala, las dos subieron a la habitación para realizar pruebas del vestido y ajustes. Al poco rato empecé a escuchar ruidos similares a gemidos. Creyendo estar escuchando mal me acerqué poco a poco a la escalera, y cuál va siendo mi sorpresa cuando distingo las voces de Tere y de mi novia. Lejos de molestarme, la situación me empezó a excitar al grado de tener una erección; fue entonces que decidí subir las escaleras, teniendo el mayor cuidado para evitar ser descubierto y perderme el espectáculo. Al subir las escaleras veo la puerta del cuarto de Tere semiabierta, con el ángulo suficiente para verlas a las dos en la cama, desnudas y besándose con lujuria. Sentía que estallaba, no podía creer que aquellas dos mujeres a las cuales me había cogido estuvieran manteniendo relaciones sexuales aun cuando yo estaba en la planta baja.

    Quería unirme a la diversión pero decidí que mejor ellas disfrutarán sus cuerpos calientes y deseosos de sexo, se notaba que ambas tenían experiencia previa satisfaciendo mujeres pues se metían los dedos en sus vaginas con una destreza y velocidad increíbles hasta que ambas se corrieron y se comieron sus fluidos. Se besaron con pasión, se chuparon las tetas y sus miradas reflejadas en el espejo mostraban una lujuria que indicaban que la acción estaba lejos de terminar. Tere sacó un arnés con un consolador el cual le dio a mi novia quien lo chupo todo dejándolo bien lubricado y regresándolo a Tere se puso en cuatro esperando ser penetrada y Tere no la hizo esperar, de un jalón le metió todo el consolador hasta el fondo, haciendo que Yola se arqueara y soltara un gemido profundo, aunado a eso Tere le empezó a meter los dedos por el ano; yo estaba excitado y haciéndome una paja y confuso: Yola jamás había reaccionado así conmigo y nunca había querido que la penetrara por atrás.

    En eso un gemido más fuerte que el anterior me saco de mi éxtasis. Yola se estaba corriendo de manera abundante, Tere se quitó el consolador y después de chuparlo todo, hicieron una tijera corriéndose las dos simultáneamente. Se dejaron caer agotadas en la cama y dijeron que era hora de bajar para no levantar sospechas. Baje sin hacer ruido mientras ellas se cambiaban. Cuando bajaron yo estaba sentado fingiendo leer, me dijeron que el vestido estaba muy amplio y que había requerido de muchos ajustes y por eso tardaron, que quizá tendría que volver. Nos retiramos a casa de mi novia. Esa noche dormí con ella y le hice el amor como nunca recordando lo que había visto en la tarde.

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  • La dependienta del Game, el novio y yo

    La dependienta del Game, el novio y yo

    Os quiero contar en este relato una experiencia que tuve hace años. Seguramente fue una de mis primeras experiencias en eso que podemos llamar el sexo prohibido, mi primera experiencia que, de saberla en mi entorno, me causaría más de un jaleo. Años después y gracias al anonimato que me brinda esta web, os la cuento, porque lo cierto es que me pone que la conozcáis.

    Al principio de mi carrera universitaria estaba con una chica con la que llevaba algún tiempo. Sin embargo, durante el segundo año la cosa se rompió. Eso me sumió en el típico estado de “estar un poco perdido”. Pasé por estados anímicos diferentes y luego adelgacé y me apunte incluso al gym. Puede ser que fuera la época de mi vida donde he lucido mejor físico.

    Así que cualquiera diría que fue una época en la que me harté de follar y tal. Pero no, no fue así.

    Es una edad rara porque ya muchos de tus amigos tienen sus parejas, otros estudian fuera… un descalabro para las opciones de salir de fiesta de alguien que quería realmente hacerlo.

    Me llevaba las tardes entresemana metido en internet en mis ratos libres. Por aquel entonces no había facebook ni nada de eso. Yo me metía en el chat de Terra, que conoceréis algunos y algunas.

    Era un chat que era una locura. Te metías en la página de ligar y el 50 por ciento de la gente eran ordenadores para que entraras en páginas de pago y tal, y del otro 50 el 80 por ciento eran pajilleros. Aunque bueno, debo admitir que estando en aquel chat también se me podría calificar a mí de eso.

    Fueron semanas de cibersexo con algunas chicas a través de la cam por el antiguo Messenger. Ella se desnudaba, yo me desnudaba y nos masturbábamos mirándonos.

    Al tiempo en ese chat, conocí a un nick que decía ser una pareja joven de Alcalá de Guadaira. Alcalá de Guadaira es una localidad cercana a Sevilla, y cercana también a la mía. Es un ciudad grande (si no me equivoco la tercera de la provincia) y con mucha gente joven. Yo leyendo que eran de allí les mentí y les dije que era de una localidad diferente a la mía, seleccioné una algo más lejana. Luego eso fue decisivo para lo que pasó Me pasaron una dirección del MSN y los agregué.

    Hablamos varias veces contándonos nuestras fantasías y tal. Hasta que un día me propusieron poner las cams. Yo enfoqué la cam para mis pantalones y cuando la suya conectó vi lo mismo. Aunque pronto se animaron y me dijeron que follarían delante de la cam con un par de máscaras y que yo me pajeara mientras. Así lo hicimos, y, aunque no se vio mucho, fue algo fantástico el ver una pareja follando delante de mí.

    Algo de tiempo después, y tras más conversaciones, me propusieron otra cosa.

    Me dijeron que estaban mal de pasta y que si me había gustado verlos follar, estaban dispuestos a hacerlo delante de mí por 40 euros.

    Yo no lo dudé y quedamos para el día siguiente. Me dijeron una zona de Alcalá donde los tendría que esperar.

    Cuando llegó la tarde del día siguiente cogí el coche y me acerqué a la zona que me habían dicho.

    La zona era un aparcamiento de tierra que había casi al final de Alcalá, cerca de un puente romano que hay allí. Zona que ahora está asfaltada, pero en aquel entonces era de tierra y casi siempre embarrada.

    Llegué. Me bajé del coche y me puse a caminar por la acera nervioso.

    Ni cinco minutos después se me acercó un chico. Era algo más bajo que yo y con algún kilo más que yo también. Rubio y con señales todavía de acné juvenil en la cara. Vestía un chándal azul oscuro. Tendría la misma edad que yo calculo.

    -Perdona, tu eres…?

    – Sí, soy yo. Y tu Miguel no?

    -Sí, sí. Soy yo.

    -Y la chica?

    – Está aquí al lado. Te dijimos de quedar ahora porque mis padres no están en casa y la tenemos para nosotros. Así que si quieres por lo que dijimos nos ves follar.

    Dudé si acompañar a un desconocido o no de esa manera. Pero al final accedí. No se le veía peligroso. Se le veía hasta nervioso y cortado, y además, como digo, yo era más grande que él así que si algo salía mal siempre podría soltarle un ostia.

    Caminamos un par de calles pasando delante del ayuntamiento hasta llegar a un bloque de pisos. Los pisos se veían nuevos, algo que me tranquilizó. Entramos y en el portal una mujer mayor saludó al chico, algo que todavía más me relajó. No creía ya que fuera un asesino ni nada de eso o por lo menos no me veía un asesino saludando a una viejita antes de asesinarme jeje.

    Subimos por las escaleras, él sacó una llave y entramos en el piso.

    Durante el trayecto me había contado que era la primera vez que harían algo así, que llevaba tiempo con la chica, pero que necesitaban la pasta y que la cosa también les daba morbo.

    Entramos en el piso.

    Era un piso normal. Un pasillo largo. Justo al entrar a mano derecha la cocina. Luego un salón. Allí viendo la tele nos esperaba ella. Cuando se giró para mirarme… sorpresa!! Yo conocía esa mirada. Debo admitir que tardé unos segundos en ubicarla, pero la conocía.

    En aquella época yo jugaba bastante a la consola también. Y muchas veces iba a una tienda GAME que hay en un centro comercial de la propia Alcalá a cambiar mis juegos viejos. Pues bien, esa chica era dependienta allí. Es más, alguna vez me había atendido.

    Era rubia, con el pelo medio ondulado. Ojos castaños. Un aro dorado como piercing en el lateral de la nariz. Y también debía tener mi misma edad.

    Marina, recordé que se llamaba.

    Ella me miró. Y supe que me había reconocido y que sabía que la localidad que yo les había dicho era mentira. Sabía cuál era mi verdadera localidad y mi verdadero nombre.

    Ella se levantó, se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla. Llevaba puesto un pijama que consistía en una camiseta blanca con un estampado, algo entallada, y unos anchos pantalones a cuadros. No llevaba zapatillas, sólo unos gruesos calcetines rosas.

    -Hola, yo soy Marina.

    -Hola, yo soy…

    Mi miró a los ojos, sonrió y, en ese momento, me di cuenta que ella no diría nada sobre mis mentiras.

    Nos sentamos en aquel salón unos minutos y estuvieron diciendo lo que ya me había dicho el chico. Que era su primera vez, que estaban algo cortados y tal.

    Me ofrecieron algo de beber. Recuerdo que acepté una lata de Pepsi.

    Llegado el momento, les pagué. Ella se tumbó algo en el sofá y el chico empezó a besarla metiendo las manos debajo de la camiseta y dejando ver algo del cuerpo de la novia.

    Me excitaba aquello. Me ponía ver a aquella chica que había visto en la tienda follar con el novio en directo.

    Pero quise estirar más de la cuerda, tensar algo más la cosa para ver si podía conseguir algo más.

    -Oye les dije – sé lo que hemos hablado pero quiero proponeros una cosa. Si os parece bien pues bien y si no… pues nada. -Ellos habían parado de besarse y me miraban – Habría alguna posibilidad de participar? Aunque sea pagándoos algo más, claro.

    Ellos se miraron. Y yo mirando al chico le dije, “es que tu chica está buenísima, y me ha puesto a mil”

    Se pusieron de pie, me dijeron que tenían que hablarlo y fueron a la cocina. Yo escuché que hablaban pero no sé escuchaba bien que decían.

    Al rato volvieron.

    Por cuarenta más podía participar. Pero si en algún momento decían que parara yo debía parar, sería con condón, al chico ni tocarlo, nada de anal ni otras cosas raras.

    Otros cuarenta euros fueron de mi cartera a sus manos, saqué de la cartera un par de condones también. Y lo coloqué sobre la mesa. Nos sentamos todos en el mismo sofá, quedando ella entre los dos.

    Empezó a besar al chico. Yo empecé a tocarla. Le coloqué las manos en las caderas y las fui subiendo lentamente, esperando que no reaccionara negativamente a ello. No lo hizo y me dejó meter las manos debajo de su camiseta y recorrer su espalda. Cuando llegué a la mitad de la espalda y notando que iba sin sujetador, giré una de mis manos para agarrarle un pecho. Era suave pero duro. Me cabía entero en la mano. Tenía un tamaño perfecto. Noté que el novio le cogía el otro.

    Allí estaba ella, metida entre los dos y con una teta cogida por cada uno. Sentía su respiración, sus latidos, sus ansias…

    La situación me estaba poniendo cachondo perdido.

    Jugué a pasar el pezón entre mis dedos, a acariciarlo, a pellizcarlo, a recorrer con un dedo el borde de la teta…

    Mi erección era ya completa.

    El chico se puso de pie y se bajó el pantalón del chándal. Asomó una polla erecta, sin depilar. Era algo más pequeña que la mía. Se volvió a sentar y la chica empezó a pajearlo y a comérsela. Yo me puse de pie, me quité los zapatos, el vaquero y la camisa. Luego me bajé también el bóxer azul que llevaba. Ella ni me miró mientras lo hacía. Pero él si lo hacía mientras sujetaba la cabeza a ella en la felación.

    Me volví a sentar y recorrí mi polla erecta un par de veces con la mano. Me revolví y la cogí de la cintura, haciendo que se levantara algo, hasta quedar a cuatro patas sobre el sofá. Agarré la cinturilla del pijama y se lo bajé hasta sus rodillas flexionadas. Asomó un tanguita blanco que apenas tapaba un coñito depilado. Hice que el tanga bajara también, y tras volverme a tocar un par de veces la polla, coloqué mi mano izquierda sobre la espalda de la chica y empecé a comerle el coño. Los primeros lengüetazos me supieron regular pero poco a poco los fluidos de ella fueron llenando mi lengua y su sabor empezó a gustarme. Escuchaba que entre comida y comida al novio gemía, y eso me ponía a mil. Ella se recolocó, abriendo algo más las piernas para facilitarme la cosa. Mi lengua iba dejando toda mi saliva en su coñito mientras sus fluidos iban llenándome. Notaba que mi polla iba a reventar. Apreté la mano que tenía sobre su espalda, sintiendo una piel suave, que parecía no tener huesos abajo. Metía y sacaba la lengua, incluso la nariz. Escuchando como gemía. Me atreví y con un dedo la penetré algo por el ano, aunque al notarlo ella me dijo que no, y yo paré porque no quería joder la cosa. Había parado de comérsela al novio, ahora tenía la cabeza apretada a la parte exterior de las piernas de él, gimiendo, mientras le meneaba la polla con la mano.

    El novio dijo que íbamos a cambiar y ella sentó. Besó al novio y me miró. Miró mi polla.

    Se terminó de quitar el pantalón que yo le había medio bajado y se sacó la camiseta, quedándose sólo con los calcetines rosas. Se puso de nuevo a cuatro patas, aunque esta vez hacia mí y me besó haciéndome agachar. Sentí un sabor raro en la boca, maldiciéndome supuse que era restos de semen de la polla del novio, pero no protesté. Seguí sintiendo aquella lengua en mi boca y apoyé mis manos en su cuerpo.

    Allí estábamos yo completamente desnudo con una erección bestial, ella sólo con los calcetines rosas y a cuatro patas sobre el sofá y el novio con la parte de arriba del chándal, que supuse estaría para comerle ahora el coño a ella. Sentí que en el beso ella se venía sobre mí y gemía. Cuando se retiró vi que la causa era que el novio había pasado de comerle nada y estaba penetrándola.

    Agachó la cabeza delante de mí y se aplicó a comérmela.

    Lo hacía bien, suave al principio y ganando luego velocidad. El sentir mi polla en su boca, y sentir su movimiento cada vez que el novio la embestía era muy morboso. Yo movía mis caderas para que mi polla le entrara más adentro en la boca. Me estaba gustando aquello.

    Cerré los ojos y dejé mi cabeza caer hacia atrás en el sofá, dejando una de mis manos sobre la espalda de ella y con la otra agarrándola del pelo. Era maravilloso.

    El novio se corrió muy rápido. Sentí el gemido y lo vi allí apretado contra el culo de ella, dejando caer algunas gotas de sudor. Vi como se la sacaba y se retiraba con la polla también goteando.

    La chica miró a los ojos, suspiró y me dijo que me pusiera el condón, retirándose algo para que yo pudiera hacerlo.

    Me lo puse, ella me agarró la polla y pasando una pierna por encima mía fue a penetrarse sentándose encima de mí. Antes de ello, se golpeó un par de veces con mi glande los labios del coñito, produciendo un sonido líquido que me puso a mil. Paseó un par de veces mi polla por la cara externa del coñito y luego lo hizo entrar. Entró sin problemas. Lo soltó. Sentí sus manos en mis hombros, su culo en mis muslos, el calor de su coño en mi polla y sus tetas en mi boca. Inició un movimiento frenético de caderas haciendo que mi polla se moviera dentro de ella de forma intensa.

    Mis manos recorrían su cuerpo, desde las caderas al cuello, pasando por la espalda, o apretaban el culo. Y mi lengua comía de forma desesperada aquellas dos tetas que se movían ante el movimiento de todo su cuerpo. Sentía su sudor mezclarse con el mío.

    Aquella tía iba a hacer que me corriera allí, sentía ya mi polla a punto de explotar. Pero aquello me estaba encantando y no pensaba que terminara ya. Le empujé la cara contra la mía, le metí mi lengua en la boca y luego, dándole un pequeño mordisco en el labio inferior y tirándole de él, la miré a los ojos. Le dije que se cambiara de posición, que la iba a penetrar de otra forma. Ella se tumbó en el sofá, abriendo las piernas y ofreciéndome el coño. Yo llevé una mano a él y noté que estaba empapado. Sonreí. Hace unas semanas cuando la veía en la tienda no me podía imaginar tenerla ahora sí. Pero tenía seguro que si metía la polla me correría enseguida. Así que le dije que me diera un segundo para respirar que me estaba dejando destrozado. Esa especie de halago le tuvo que gustar porque sonrió. Decidí que necesitaba algo más de tiempo para no correrme así que mirando al novio que estaba allí ya vestido le dije que necesitaba ir al baño. Me acompañó él. La verdad es que la escena era jodida. Yo paseándome por allí desnudo, con la polla erecta envuelta en un condón todo pringado ya y con él al lado, en busca del baño. Entré en el baño, mi miré al espejo echándome algo de agua a la cabeza. Me quité el condón y lo tiré por el inodoro. Baje la tapa del inodoro y me senté allí mirándome los pies e intentando relajarme.

    Un minuto después salí, creyendo que podría aguantar algo más antes de correrme.

    Me esperaban en el salón. El tío en un sofá y ella en otro. Ella estaba con los pies sobre el sofá, mostrando los calcetines rosas que era lo único que le quedaba. Me acerqué a ella, con la polla todavía erecta y agarré el otro condón que quedaba con una sonrisa. La miré y le dije que si la cosa ya sólo quedaba entra ella y yo… que si podíamos ir a una cama. Ella miró al novio, y éste pareció dar su bendición.

    La habitación era pequeña, sobrecargada de cosas y de ropa en el suelo. Por lo menos la cama estaba hecha. La chica tiró de algunas cosas que había sobre la cama, y se colocó de rodillas sonriendo. Su chico se sentó en una esquina y yo con una sonrisa también me puse junto a ella, besándola. Sentía sus tetas contra mi pecho, su respiración. Llevaba yo el condón en la mano y me lo iba a poner y follarla ahora controlando yo la situación.

    Pero ella se separó de mí y me dijo que ahora era ella quien necesitaba ir al baño. Se fue de puntillas a pequeños saltos. El novio y yo casi ni hablamos ni nos miramos mientras ella no estaba. Sólo me preguntó si me lo estaba pasando bien y yo le dije que sí.

    Ella volvió y subió a la cama. Volvimos al beso. Sentí que se había limpiado la boca. Ahora sabía a menta. Eso hizo que mis besos aumentaran en fuerza. Sentía su lengua, su nariz, sus labios, su respiración…

    Se tumbó abriéndose de piernas. Me dijo con una sonrisa que se había lavado, por si yo quería comprobarlo. Me daba asco comerle el coño tras saber que el novio se había corrido dentro… pero cuando quise darme cuenta estaba allí comiéndoselo de nuevo. El olor era a gel, y estaba frío. Yo lo calenté a base de recorrerlo con mi lengua y con mis dedos. En un momento volvía a estar hirviendo y lleno de sus líquidos. Pensaba con satisfacción que así ganaba yo tiempo para no correrme en cuanto la penetrara. Pero no podía más. El comérselo me gustaba pero quería meterle la polla. Así que ahora sí me puse el condón y se la metí. Ella arqueo el cuerpo y yo empecé mis acometidas. Miré como entraba y salía de su cuerpo, porque esa imagen me gustaba. Apreté más mis movimientos, produciendo sus gemidos y un sonido de piel contra piel que debió gustarle al novio, porque se removió en la cama. Lo vi avanzar por el lateral de la cama, llegar a la altura de la cabeza de la chica, besarla, bajarse de nuevo el pantalón y sacar otra vez la polla. Estaba morcillona. Colocando una rodilla sobre la cama se la metió a Marina en la boca, quien empezó a comerla.

    Allí estaba yo, entre las piernas de una dependienta del Game, en la cama de su novio, follándola y viendo a escasos centímetros de mi cara como se la comía. Ni en mis mejores sueños eróticos. El novio le decía cosas como que si le gustaba aquello, que se la comiera, que era una putita y tal. Yo no hablaba. Sólo me concentraba en follarla. La polla del novio estaba de nuevo más erecta que morcillona, no totalmente pero casi.

    Yo pedí que la chica se pusiera a cuatro. Así lo hizo.

    El novio se aprovechó esta vez para desnudarse al completo. Pasé la mano por el coño de la chica. Mi mano terminó completamente pringada. La chica estaba más que mojada. Me apreté a ella y la penetré, haciendo con el empujón que se metiera en la boca la polla del novio.

    Ella a cuatro patas entre los dos. Yo detrás de rodillas viendo como mi polla entraba y salía, viendo aquel culo blanquito, aquella rajita y debajo mi polla en su movimiento. Delante de ella el novio de rodillas también con la polla en la boca de ella. La escena valía el peso en oro. Desde luego eran de los 80 euros mejor aprovechados de mi vida. Ella gemía y suspiraba. El sonido de su culo al tocar mi cuerpo era tremendo y yo quería reventarla. Le di una cachetada y con una sonrisa vi el tono rojizo que adquiría su piel. Su novio le agarraba el pelo pero yo también se lo agarré y tiré hacia mí. Eso hizo que arqueara algo la espalda y levantara la cabeza. El novio se movió algo adelante y volvió a meterle la polla en la boca. Y empezó de nuevo a decirle cosas

    “chupa chupa, así, no dejas nada, te gusta esto de tener dos pollas para ti eh?…”

    Yo notaba ya de nuevo que mi leche estaba a punto de desbordarse. Y esa escena de ver mi polla entrando y saliendo así me estaba poniendo loco. Pero en ese momento se me cruzó en la cabeza que quería correrme mirando a los ojos de aquella chica.

    La hice girarse, lo que hizo que abandonara la mamada al novio, le rodee con mis brazos las piernas, haciendo que se apretara a mí, coloqué sus piernas sobre mis hombros y me lancé a penetrarla haciendo que sus piernas se acercaran a su cuerpo. Protestó y gimió, pero cuanto que la polla estuvo dentro y yo coloqué mi cara a poca distancia de la suya no dijo nada más. Sólo me miraba con unas pupilas dilatadas y se mordía el labio dejando escapar leves gemidos. Tras tres fuertes embestidas noté salir mi leche de camino al condón. No quitaba mis ojos de los suyos mientras mi leche salía. Veía de todo en aquellos ojos. Y me gustaba. Sintiendo que ya había terminado de salir todo, me incliné, La besé en la frente y me retiré, dejando caer sus piernas a un lado. El condón estaba rebosante de semen al sacarlo. Ella suspiró. El novio se masturbaba allí al lado. Cuando yo me levanté de la cama, le dijo que la iba a volver a follar. Yo me sorprendí porque de nuevo pudiera con ella, pero es cierto que la polla estaba ya, sino erecta del todo, lo suficiente.

    La chica se giró y se abrió de piernas hacia el chico, que se colocó entre ellas y la penetró. Yo envidié al verlo que él lo hiciera sin condón. Me hubiera gustado haber dejado mi leche dentro de aquel cuerpo que tan maravillosas sensaciones me había producido y no en un puto trozo de látex.

    Se la folló con un típico misionero, con su cuerpo envuelto en un abrazo de las piernas de ella. Me di cuenta que había perdido unos de los gruesos calcetines rosas. Unas uñas del pie sin calcetín pintadas de amarillo brillante me hicieron esbozar una sonrisa. Me gustaba aquel color.

    Allí estaba yo viendo como se la tiraba, con mi condón todavía puesto en mi polla, una polla que iba perdiendo la erección. Me lo quité y lo sujeté por dos dedos, aunque algo fue al suelo a caer.

    Me di cuenta que pese a lo que yo había disfrutado ella no se había corrido.

    Fue pensar eso y ver como ella aumentaba en sus gemidos y soltaba un profundo suspiro. Me gustó pensar que gran parte de ese orgasmo era por mi culpa, que había sido gracias a mí. Aunque admito que me hubiera gustado que lo hubiera tenido conmigo. Seguramente me tendría que haber llevado algunos minutos más comiéndoselo.

    El tío no cambió de posición en todo el polvo, pero esta vez tardo algo más en correrse. Ella tras el orgasmo se quedó con la cabeza apoyada en la cama, casi inerte. El tío se corrió quedándose apoyado en el cuerpo de ella.

    Al rato nos vestimos. Tiré este condón de nuevo por el inodoro y nos despedimos.

    Yo me fui para el coche… con temblores en las piernas.

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  • Mi más íntima fantasía

    Mi más íntima fantasía

    Este relato es simplemente una fantasía que tengo, la cual me gustaría cumplir. (Toda esta fantasía es sin condón).

    Desde hace un cierto tiempo salgo con una chica llamada Evelin (mi novia); una niña que ahora cuenta con 27 años.

    Una jovencita delgadita de pequeña estatura -1.60cm- tetas chiquitas pero deliciosas y un cruce de piernas tan rico como ella.

    En cierta ocasión discrepábamos respecto a sexo, sin embargo ella se muestra muy tímida y ajena de aquellos temas (se ha de sentir una santa). La cuestión es que en aquel día le manifesté que si solía masturbarse, a lo que respondió con un rotundo no, que jamás lo ha hecho -y es por ello que manifiesto que ha de ser una santa-.

    Ella es virgen del ano (¡y le tengo unas ganas!) pero no de su vagina la cual ya fue penetrada por otro hombre antes que yo.

    Desde aquella conversación y otra más, he tenido un deseo de hacerle una doble penetración para retirarle su arrogancia (bueno y también para que disfrute) de niña buena. Y digo arrogancia porque a sus 27 años con hombres que la han penetrado aún se siente una damita, mientras que su doncellez la perdió eones atrás.

    Bien, tengo un deseo -aquí ya estamos dentro de mi fantasía de doble penetración para Evelin- por ver (primero como espectador) como otro hombre juega con ella, la exista, la toca, experimenta con sus ricas tetitas, la masturba, y prepara su ano, (no obstante todo esto que deseo, al inicio quiero que lo realice con sutileza y más adelante que le destrocen por todos sus agujeros) para finalmente, ella ya excitada y lubricada reciba lo que ansío divisar; observar cómo es penetrada analmente y como pierde la doncellez de su colita, mientras yo por el momento soy un mero observador incapaz de hacer algo al ver que mi mujer está sintiendo el cosmos por primera ocasión en su ano y lo más excitante y radiante para ambos es que quien le parte su anito no soy yo.

    Hasta este punto de la narración mi primer deseo se cumple, sin embargo en posteriores conversaciones con ella, Evelin infunde aún más fantasías en mí, siendo que me confiesa (y yo sin saberlo) que en cierta ocasión le realizaron una invitación a una despedida de soltera, ella infiere que disfruto ver sin embargo no permitió que la tocaran siendo que se siente pura. (Es completamente considerada conmigo y a cualquiera sitio al cual acuda sigue siendo una santa).

    Bien, desde aquel instante me imagine a mi novia siendo poseída por más hombres.

    Y retomando parte de mi primera fantasía; Una vez mi novia se haya corrido un par de ocasiones, fuese momento de observar como ahora es penetrada por su vagina mientras escucho sus alaridos de placer y gemidos deseos de seguir siendo penetrada por un desconocido.

    Bueno, no iba ella a descansar así de simple ni a concluir la fiesta tan brevemente. Llegaría el momento para que sintiera el orgasmo de lo maravilloso.

    Ya que un desconocido la ha dejado puesta para mí, primero iniciaría comiéndome sus ricas tetas y posteriormente abriéndole las piernas para un sexo oral mientras se retuerce de placer.

    Es aquí donde ella sola sin obligación (ya no es una santa) se monta en un bellísimo cabalgar mientras se corre a chorros (es preciso que disfrute todo lo que su inocencia no le ha permitido).

    Ahora mientras la a traigo hacia a mí y sus tetas quedan reposadas en mi pecho y su culito queda descubierto para un segundo pene, es allí donde comienza a gemir por sentir un hombre más penetrándola y entrando en ella. Sin darle tregua será un cinema que jamás olvidara mi mente el divisar como mi novia-santa es; follada, penetrada, cogida, destruida, bombeada, copulada, abierta, por las embestidas sin piedad para su vagina y al mismo tiempo para su ano.

    Y para concluir, explotar, correrse dentro de ella (sin condón) mientras yo lo hiciera por su ano y el otro por su vagina, para una vez terminada la eyaculación divisar como intenta sacar el semen de sus agujeritos bien abiertos y atestiguar como se le escurre el semen entre sus piernas. Ya en la segunda embestida corrernos en su boca y parte de su rostro para ver como el líquido baja hasta sus tetitas hermosas -un poco de leche para ella-. Viéndola así ya no como una inocente niña (que ella se cree) sino más bien como una puta deseosa de repetir lo que ha vivido.

    Buenos estas son unas de mis fantasías que deseo hacer con mi novia las cuáles ella desconoce.

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  • Resolviendo los problemas de mi tía

    Resolviendo los problemas de mi tía

    Yo tenía un auto y aunque viejo, caminaba, y me llevaba para todos lados. Mi tía por parte de padre, comenzó su negocio particular y su negocio se extendió por un montón de caseríos que reconoció que necesitaba que yo le llevara a recoger o a dejar mercancía a sus clientes. A los lados de las carreteras rurales siempre estaba sembrado de fincas de caña de azúcar. Comencé a llevar a mi tía y ella me pagaba un par de pesos.

    En la carretera mientras viajábamos sin darnos cuenta comenzamos a platicar de culeo y al comienzo fue un poco incómodo para los dos debido a la relación sanguínea. Había un lugar muy famoso que se llamaba Las Güeras. Era un lugar donde rentaban cuartos para culear y aparte también se bebía bebida fuerte. Mi tía y yo estábamos al tanto de dicho lugar. Un año de estar llevando a mi tía ella me contaba lo que le había sucedido por la madrugada cuando había estado cogiendo con su marido. “no puedo más con él. Desde hace rato he notado que mi marido no me hace acabar cuando cojo con él, pero el sí acaba de lo mas bien y me deja volando por los aires.” Me había terminado de decir mi tía del problema que la traía loca.

    Acababa de cobrar ese día y me invito a Las Güeras. Llegamos a Las Güeras y comenzamos a beber cervezas y a comer churrascos. Comenzamos a bailar boleros del ayer y los movimientos de nuestros cuerpos comenzaron a comportarse desentonados hasta sentirnos los dos nuestros genitales que se rozaban entre sí. Nos miramos y nos pusimos a reír cuando me preguntaba “te atreves a tirarte a tu tía?” La pregunta había pasado lo limites más allá de lo que yo nunca esperaba y no le pude contestar ni sí ni no. Sentí como me paso su mano por mi cremallera sin yo poder reaccionar y me decía “uy! la tienes parada. Ya ves que te la paré, espérame que ya vuelvo”.

    Mi tía se fue y regreso en diez minutos y me decía “ves allá aquella casita, acá tengo la llave de esa casita. Déjame ir a mí primero y después llegas tú que ahí te estaré esperando”. Mire a mi tía caminar directo a la casita y entro en ella. Me tome diez minutos para decidir si ir o no y termine yendo a la casita. La puerta estaba abierta y entre donde mi tía estaba acostada desnudita en la cama y me decía que cerrara con llave la puerta del cuartito y me dijo “ven acércate a mí porque parece que te voy a tener que darte una ayudadita”. Me acerque y me abrió la cremallera y saco a tirones la verga y de una vez la comenzó a mamar hasta traerme al gusto del sexo.

    Los pantalones se me cayeron y termine desnudo. No podía creer y le dije que se recostara en la cama y ella lo hizo. La contemple y comencé acercarme y al quererla besar me decía “no, bésame ahí abajo mejor… que ahí es donde a mí me fascina que me besen”.

    Lentamente comencé a besarle su coño y mire como ella se deleitaba cada vez que le pasaba mi lengua por su coño. “Esta sí que es vida” decía mi tía. Estuve por un rato en el mame y después ella me decía “ya clávame que estoy lista”. Lo entendí claramente y le di mi verga toda en su coño. Mi tía se corrió y me comenzó a decir “me hiciste venir sobrino, me hiciste venir ahora te toca tu turno y dámela que quiero sentir ese chorro de leche cuando la dispares dentro de mí”.

    Dos minutos más tarde disparaba mi chorro de leche dentro de ella. Una vez calmados los dos ella me decía “que montón de leche echas tu… si sentí el chorro con presión saliendo de ti y muy caliente”.

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  • Desvirgada por mi hermano

    Desvirgada por mi hermano

    Fue un domingo, del mes de noviembre por la tarde, mi madre solía ir cada domingo a misa de 6 y como siempre, se llevó con ella a mis tías que nunca faltaban las muy hipócritas, solo quedé yo y mi hermana y sobrinos, eran pequeños y estaban jugando en el patio que daba a la calle, y pues aproveche para meterme a bañar, pensando en que mi hermano estaba dormido. Él se llama Damián y en ese entonces contaba con 35 años y yo solo con 18, él descansaba porque saldría de viaje, es trailero.

    Todo comienza cuando me estaba terminando de bañar y en eso tocaron a la puerta, respondí “está ocupado” pero él insistió hasta que logro abrir la puerta, y me halló ahí cubierta, con una toalla, se acercó a mí y mirándome a los ojos me dijo que yo le gustaba, que me deseaba pero le dije que no podía ser, que éramos hermanos, me dijo que no le importaba me llevo hasta su cuarto, y ahí me quitó la toalla, me dijo que era perfecta y así era pues a mis 18 tenía un cuerpazo.

    Me tiró sobre la cama, y empezó a besarme en el cuello, detrás de mis oídos, y sobre la nuca, de ahí fue bajando lentamente lamiendo todo mi cuerpo, sentía algo extraordinario, hasta que llego a mi panochita como se le dice por acá, al sentir toda su lengua dentro de mí, me estremecí como loca que hasta grite de placer pues soñaba todas las noches de cómo se sentiría que te chuparan ahí, y pues obvio que demasiado rico, mientras me chupaba, con su mano me tocaba mis pechos, los cuales apretaba con tal desesperación, me dijo que se la mamara, lo hice y sin tener experiencia le gusto. No sé cómo, pero me cupo toda dentro de mi boca, a él le fascinaba ver cómo me la metía y me la sacaba, duré un rato así hasta que me volvió a recostar sobre la cama, y me dijo “ahora si viene lo que tanto he soñado”, le dije que no quería, y me respondió “pero si no será la primera vez que te la meten”. Su sorpresa fue que cuando le dije que aún era virgen, no cabía de la felicidad pues su hermana adorada, a la que tanto había soñado cogerla aún era virgen, fue entonces que me dijo que me lo haría despacio, y así fue, poco a poco me la fue metiendo, me pidió que me subiera encima de él, y que me moviera lentamente, así lo hice y créanme que me gusto, él me quitó y me puso en la posición de perrito, esa era más deliciosa, sentir como me jalaba del pelo hacia él y me embestía toda, era súper caliente…

    El muy canijo no se quedó conforme, también me la metió por mi culito, ahí si me agarró descuidada, y me la ensartó toda, que no me pude aguantar, y se me salieron las lágrimas, él me las secó y me dijo que ya había pasado, y si poco a poco el dolor se me fue quitando, pero me gustó. Terminamos cansados, rendidos sobre su cama, me abrazó fuerte, mientras me besaba, y me decía que estaba enamorado de mí, que soñaba con esto desde hace tiempo, pero como eran muy joven no me decía nada, pero que ahora ya entendía bien las cosas y que pues por eso se animó.

    Le confesé que me sentía bien porque a mi también me gustaba y fantaseaba con él, pero que a la vez esto estaba mal, me dijo que lo sabía pero que no podía ir en contra de lo que sentía, nos levantamos porque se acercaba la hora de que mi mama regresaba de misa, y pues teníamos que aparentar que ahí no había pasado nada. Él quitó las sabanas manchadas de sangre y las echo a su maleta, al salir de su cuarto me tomo del brazo y me dijo que fue lo más bonito, que le ha pasado, le respondí que sentía lo mismo, y salí de ahí, me dirigí de nueva cuenta al baño a ducharme, salí y me arregle. A las 2 horas fue a despedirse con un beso a mi cuarto y me dijo al odio “te veo a mi regreso”.

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  • Historia de una argentina que vuelve muy cambiada

    Historia de una argentina que vuelve muy cambiada

    La verdad es que no sabía cómo iba a ser volver a mi vida normal, me fui hecha una chica sencilla con novio, y volví recogida, después de un verano re loco, pero bueno había que seguir con mi vida.

    Esa noche viene a casa a cenar mi novio, y después me dice de ir a tomar algo, pero le digo que quería estar con él (pobre pensó que hacía mucho que no cogía y le extrañaba).

    Llegamos al telo, le pego una chupada de pija que me di cuenta que le sorprendió, porque estaba desconcertado, nunca se la había hecho así, y me di cuenta de eso porque su pija no estaba del todo parada, bueno después me pongo arriba de él cogemos y le empiezo a llevar la pija a mi culito y ahí se pudrió todo, me preguntó: que me pasaba, que no era la misma, y que había estado haciendo. Obviamente no era la misma.

    Le dije que tenía razón que no era la misma, que ahora soy una mujer que quieren que se la cojan, que la hagan bien puta, que la hagan vibrar, y le dije que lo había cagado.

    Salimos del telo a las dos cuadras me baje del auto y me fui a casa (obvio todo fue más largo, pero no creo que les interese que se los cuente).

    El rencuentro con mi novio:

    Después de un par de días, me pasa a buscar y vamos a tomar algo, ya más tranquilos, y perdido por perdido, nos sinceramos los dos.

    Como les dije, lo voy a contar muy cortito, pero estuvimos varias horas hablando.

    Le digo que lo quiero, pero que aburro, que parecemos de 20 años de casados, que descubría cosas que me gustan, que había estado con mi prima, con mi prima y una amiga y que me habían enfiestado. (Para los no argentinos, enfiestar significa varios hombres con una misma mujer).

    Obvio al principio reaccionó para la mierda, pero también perdido por perdido, me dijo que él también tenía fantasías conmigo, pero que yo nunca le había dado pie, que lo frenaba (es cierto eso, fue cuando empezamos a salir), que a él también le gusta más acción, que me cagó algunas veces, buscando lo que yo no le daba! Ahí me puse loca, ¿qué es lo que no le daba?, y me dice la cola, acabarme dentro de la boca, ser una putita y él eso lo busca afuera, que a él le hubiera gustado que su putita fuera yo.

    No sé cómo me animé, pero perdido por perdido, hice lo que una vez me dijo quién era mi confidente, fui al baño y me saqué la bombachita (yo estaba con una pollerita), llego a la mesa, me daba mucha vergüenza lo que iba hacer, pero quería probar si lo que me decía era cierto, entonces (les aclaro ya era de noche y en un bar con poca luz) le doy la bombachita en la mano y le digo que me desnude para él y quería ser su putita.

    Para qué! se saca la alpargata y por debajo de la mesa me empieza a pasar el pie por la conchita, y me empieza a meter el dedo gordo, yo ya estaba recaliente, empecé a transpirar y empujaba mi conchita para tener el dedo más adentro, le pido que la termine, la verdad es que tenía miedo de acabar delante de todos.

    Bueno la cosa es que nos fuimos a un telo y cogimos como nunca, no sé cuántas horas, de entrada le bajé los pantalones y se la empecé a chupar (nunca se lo había hecho así), le dejé que me hiciera la cola (fue la primera vez que me la hizo), parecíamos adolescentes recalientes.

    Los días siguientes, no hacíamos más que hablar de sexo y fantasías, hablamos de hacer un trío con una mujer y él me dijo que una de las fantasías que siempre tuvo fue que se cogieran a su mujer delante de él, no hacer un trío sino que se la cojan directamente, que es una fantasía de muchos hombres, ver de afuera como se la cogen a la mujer de uno. Sic

    Nunca había pensado algo así, pero la idea me calentaba, coger delante de mi novio con otro tipo! Jeje, estaba bueno, pero la verdad es que pensé que nunca se iba dar hasta…

    Me cogieron delante de mi novio

    Un sábado a la tarde, mi novio me dice que vaya para su casa, que estaba solo, que sus viejos se habían ido el fin de semana a la finca.

    Hacía calor así que me pongo una pollerita, remera, zapatillas y voy. Cuando llego, lo noto medio raro, y no me decía nada, hasta que me empieza a contar que le contó la fantasía de que me cojan delante de él a un amigo suyo (yo no lo conocía, seguro era con el que salía de putas).

    No sabía qué hacer, no iba preparada! la verdad estaba nerviosa, por un lado y por otro con mucha intriga de cómo sería eso, hasta que tocan el timbre y era su amigo. Una cosa es todo lo que hice con mi prima, era como un personaje que hacía, pero aquí era mi vida real, ¿me entienden?, si me iba quedaba como una boluda delante de mi novio, así que fui viendo como venía la mano.

    Nos quedamos un rato hablando boludeces y mi novio se va a la cocina y me quedo solo con su amigo (llamémoslo Juan) y me pregunta si yo estaba de acuerdo en hacerlo, que cuando se lo propuso mi novio le pareció muy loco, pero le gustó, que él así nunca lo había hecho (me quería decir lo que había hecho eran tríos), que él me iba a tratar muy bien, que yo no iba hacer nada que no quisiera.

    La cosa era que ya no me podía echar atrás, Juan ya iba con la idea de cogerme.

    Bueno la cosa es que mi novio vuelve, nos dice si ya está todo bien y nos lleva al cuatro de sus viejos, les cuento algo: yo estaba muy nerviosa, me sentía una boluda, no sabía qué hacer! Ya sé, de entrada tendría que haberle desabrochado el pantalón a Juan y chupársela, pero no me animaba.

    En un momento mi novio se pone atrás mío, me empieza a tocar las tetas delante de Juan, a besar el cuello, entre los dos me sacan la remera, y mi novio la pollera. Ya me estaban poniendo en bolas, ahí si me di cuenta que ya era tarde para decir que no.

    Bueno mi novio ahí se aleja y me quedo besándolo a Juan, cada vez los besos y las caricias de él eran más fuertes, y yo me dejaba, quería calentarme y disfrutar ese momento!

    Me sigue besando, me saca el corpiño y nos recostamos sobre la cama, y me empieza a meter la mano debajo de la bombachita, y me empieza a tocar la concha, yo ya estaba caliente, lo miraba a mi novio y más me calentaba.

    Mi novio estaba mirándonos, se había quedado solo con el bóxer. La cosa es que nos terminamos poniendo en bolas, yo ya estaba como en el verano, recaliente y no me importaba nada, me hace poner arriba de él, pero de espaldas, ¿me explico? Cosa que mi novio vea bien como me cogía, yo estaba reloca otra vez. Me encantó dejarme coger y que mi novio me viera, él también estaba recaliente, acabé como una perra y mientras acababa, mi novio se levanta y me tira toda su lechita en la panza, que lindo, Juan también acabó.

    Me limpié y mi novio me dice que nos quedemos un rato más en la cama, obvio yo en el medio, un poco me tapé, me daba cosa.

    Nos quedamos así un rato y Juan se levanta para ir al baño vestirse e irse.

    La cosa es que mi novio me empieza a calentar de nuevo (estábamos en bolas) y no pude poner resistencia, a los 10 minutos estábamos en bolas revolcándonos en la cama y aparece Juan que obviamente se prendió, le empiezo a chupar la pija a Juan (antes no lo había hecho) y mi novio empieza a trabajar con mi colita, sentí que algo me ponía, pero no me importaba, estaba ya caliente de nuevo.

    Hasta que mi novio me pone arriba de él, en la misma posición que me había puesto Juan y me dice que ahora quiere que Juan me vea a coger. Me empieza a coger como loco, la saca la pone y empieza a ponérmela en la colita que ya me la había lubricado bastante, no le podía decir que no, así que me empieza a coger por la colita.

    Pero lo veo a Juan que se pone un forro y viene como para cogerme! Otra vez dos juntos! mi novio me dice que sí, que quiere sentirme como me cogen dos a la vez, que si yo quería ser su putita que me dejara, que me va a gustar (él no sabía que yo ya lo había hecho).

    Bueno si, me cogieron los dos juntos, como grité, es inexplicable, me acabaron los dos adentro, que puta me sentí! pero me gustó.

    Juan después se fue y cogí de nuevo con mi novio, me dijo que le encantó lo puta que fui, que nunca se lo iba a olvidar.

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  • Mi vecino, un cumple y unas pizzas

    Mi vecino, un cumple y unas pizzas

    A eso de las 6.30 suena el despertador de mi marido. A las 7 lo hace el mío. A esa hora empieza mi día.

    Ducha, levantar niños, preparar desayunos, desayunar, vestir niños, llevarlos al colegio, limpiar la casa, hacer almuerzo, recoger niños, llevar niños a extraescolares, recogerlos, hacerles la merienda, ir al súper, bañarlos, preparar la cena, besar a mi marido cuando vuelve, cenar, y dormir.

    Ese es mi día a día. Jalonado con algún polvo algún sábado.

    Llevo años así. Pero no me molesta. O eso creo. Al final una se acostumbra a todo.

    Somos de un pueblo de la Sierra Norte de Sevilla, pero por el trabajo de mi marido nos hemos trasladado a una localidad de la zona metropolitana. Está cerca de Sevilla y el alquiler es más bajo.

    No conozco a nadie, más allá de los vecinos de las dos puertas que están junto a mi casa. Un par de familias jóvenes con niños más pequeños que los míos.

    No sé si era feliz o no antes de que todo sucediera. No lo sé. No me paraba a pensarlo. Estoy enamorada de mi marido? Creo que si. A mis 38 años es difícil escapar de lo que te han enseñado, de lo que te han dicho siempre que era lo bueno. Desde pequeña, en un pueblo como en el que me había criado, lo bueno era hacerle la comida al marido, plancharle la camisa y abrir bien las piernas para el polvo de la semana, simular el orgasmo y a dormir.

    Pero hubo un día en que…

    Se había acabado la leche en casa. Mierda. Y tenía el coche en el taller porque, como era su costumbre, fallaba en el sistema eléctrico. Cogí un sudadera, me puse un vaquero y unas zapatillas y fui al Carrefour. Compré la leche y, ya que estaba allí, un par de tonterías más. Me fui a la cola. Y ahí estaba buscando en mi cartera la maldita tarjeta Pass del Carrefour cuando alguien me dijo

    -Hola

    Me giré y era uno de mis vecinos. Es un chico de unos 28 años, creo. Lo que supone diez años menos que yo. Gafas de pasta negra. Algo de flequillo, aunque también algo de claridad en la coronilla. De mi misma estatura. Con un par de kilos de más. Y con unos ojos oscuros hipnóticos.

    – Qué? También con problemas en la nevera no? – me dijo sonriendo

    -Sí, ya ves. Siempre falta algo con los niños.

    – Jajaja siempre!

    Llegó mi turno para pagar, así que me despedí y fui a pagar. No había encontrado la tarjeta así que pague en efectivo.

    Cuando terminé mi dirigí a la escalera mecánica que da acceso al parking. Cuando casi había llegado, recordé que había ido caminando, que el coche esperaba en el taller. Así que me giré de nuevo hacia la otra puerta. Mi vecino venía caminando y cuando me vio volver sobre mis pasos me habló:

    -Se te ha olvidado algo?

    -Si jaja que tengo el coche en el taller y vengo andando. Por la costumbre, he tirado para acá pero…

    -Vente, yo te acerco a casa.

    No podía decirle que no. Así que con una sonrisa acepté. Era un SUV de estos modernos, con sus sillitas de los niños detrás. Olía a limpio de forma increíble el interior, poco parecido al mío, desde luego.

    Llegamos a nuestro edificio y me despedí agradeciéndole el que me hubiera ahorrado el paseo.

    Fue un encuentro tonto verdad? Nada del otro mundo. Un encuentro de esos ocurre miles de veces al día. Sin embargo a partir de ahí empecé a sentir algo raro.

    No sé describirlo, pero a partir de ahí deseaba a mi vecino. No sé, en serio, la causa. Pero tras eso cuando lo veía tomando café, saliendo de su casa, cuando lo veía al tirar la basura, en las reuniones de vecinos… lo buscaba. Incluso cuando veía a su esposa o hablaba con ella en la calle la envidiaba. Me imaginaba lo que sentiría ella al follar con él.

    No lo había hecho durante años. Pero volví a masturbarme. Y casi siempre pensando en mi vecino. Me gusta sobre todo cuando estoy en casa y oigo la ducha de la casa de ellos, que cae junto a mi baño también. Cuando oigo correr el agua de su ducha, me gusta imaginarme que es él duchándose. Imagina el agua correr por su cuerpo, lo imagino a él enjabonándose, imagino su polla mojada moviéndose por sus movimientos… y termino desnudándome, metiéndome en mi propia ducha y, con la cabeza apoyada sobre los azulejos de mi pared, masturbándome de forma incontrolada. Es superior a mí.

    Alguna vez me he masturbado también mirándolo por la ventana, guarecida yo tras la persiana. Él estaba hablando con otra persona en la calle, en la acera de enfrente de nuestras casas. Y allí estaba yo tras las persianas. Mis piernas levemente separadas, algo agachada, los pantalones del pijama en los tobillos y mis dedos entrando y saliendo de mi coño. Un coño húmedo, chorreante, palpitante.

    Mi vecino no era mi tipo. Yo siempre había dicho que me gustaban los rubios altos y fuertes. Lo típico. Y yo, además, no era la típica mujer que hacía cornudo a su marido. Ya digo que lo quiero. Pero luego veía a mi vecino y me entraba un calor que…

    Empecé a esforzarme por cruzarme con él cada día con cualquier excusa. E incluso alguna vez, seguramente de forma torpe, le dije que a ver si tomábamos un café y tal en casa. El resultado de eso fue verme un día con él y con la mujer tomando ese café. O se había hecho el tonto o yo no había sido clara.

    Recuerdo, curiosamente, que ese día cuando llegaron a mi casa, se me cruzó por la mente la posibilidad de que me propusieran hacer un trío. Me imagine a cuatro patas entre los dos, comiéndole la polla a él mientras ella me comía el coño. Nunca me han gustado las mujeres, aunque creo que podría hacerlo con una. Y ese trio me llamaba la atención. Me veía en el sofá los tres enredados, comiendo y siendo comidos… Mojé algo las bragas. Pero nada de eso pasó. Tomamos el café hablando de gilipollez y poco más.

    En abril era el cumple de uno de sus hijos. Nos invitaron. La fiesta sería en un local cercano, ya que pondrían juegos para los niños y tal.

    Aceptamos ir, claro. Yo quería llamar su atención así que me arreglé a conciencia. Unos tacones color carne, unas medias del mismo color, y un vestido marfil. El vestido tenía su parte superior de encaje.

    Allí nos fuimos. Estuvimos tomando algo. Unas cervezas y unas tapas mientras los niños y niñas se lo pasaban en grande. Nosotros no conocíamos a mucha gente, como os he dicho, así que nuestra conversación fue casi en exclusiva con ellos. Tras la tarta y unas copas la gente empezó a irse. Nosotros aguantamos ya que en una tele enorme estaba viendo mi marido, con otros hombres, un partido de fútbol. Yo me quedé hablando con las tres mujeres que quedaban: la madre del niño y dos amigas suyas. A ver si así conocía a más gente.

    Al final decidimos, viendo que la hora avanzaba, cenar allí. Los niños querían pizza. Así que decidimos pedir pizza. El fútbol había terminado y los hombres estaban ya allí de nuevo, ya con un puntito bien dado, la verdad.

    -Oye, cariño -dijo el vecino dirigiéndose a la mujer– nosotros en casa tenemos por lo menos 4 pizzas. Las podemos hacer en nuestro horno y traerlas. Que al final a nosotros nos van a caducar.

    – Ah pues mira, no es mala idea -contestó ella – os parece bien?

    Todos dijimos que si.

    -Nosotros también tenemos alguna en la nevera -dijo mi marido – verdad cariño?

    -Si, si. Creo que hay dos de barbacoa, así que las podemos coger también.

    -Genial, entonces. Pues si queréis me acerco, las caliento y las traigo.

    -Te acompaño y te doy las nuestras -dije, temiendo que mi marido se ofreciese él. Pero no lo hizo. Parece que venía ahora otro partido en la tele. Mi suerte parecía que me acompañaba de verdad.

    Fuimos en el suv al edificio. Yo me senté subiendo más de lo necesario la falda del vestido, marcando muslo. Me vecino lo vio. Si o sí.

    Cuando llegamos él se fue a su casa y yo a la mía por las pizzas. Las calentaríamos todas en su horno. Y hablando de calentar: a mí me tenía ya bien caliente. Veía allí mi oportunidad.

    Y no pensaba dejarla escapar.

    Luego de coger las dos pizzas de mi casa, llamé a su timbre y me abrió. Su casa tenía el mismo problema que la mía: el desorden producto de los niños. Nos fuimos a la cocina. El horno era grande y ya se calentaban tres de sus pizzas. Me ofreció una cerveza de la nevera que acepté.

    -Tengo ahí unas cajas de pizza vacías de un amigo que tiene una pizzería. Por eso he dicho de hacer esto. Las metemos ahí y listo.

    Yo sorbía mi cerveza y le decía que sí.

    Terminó el primer lote de pizzas. Las sacamos y las metimos en las cajas. Y metimos las siguientes pizzas.

    Él se había manchado la mano con la salsa de tomate y fue en busca de una servilleta para limpiarse. No perdí la ocasión. Lo agarré y me llevé su mano manchada a mi boca, quitándole con mi lengua los restos del tomate de la mano.

    A continuación todo lo que pasó fue rápido. Cierro los ojos y me gusta recordarlo. Me mojo sólo hacerlo.

    Su cuerpo contra el mío. Mis tetas aplastadas contra su pecho. Su lengua en mi boca. Sus manos que aprietan mi culo. Me muerde el labio. Una mano entra por debajo del vestido y pellizca mi culo. La otra aprieta una teta La mía va a su polla que empieza a endurecerse. La mano de él que está en mi culo empieza a tirar de mis pantis y los baja. Lo mismo hace con mi tanga. Siento su mano contra la piel de mi culo. Mis pezones van a explotar. Siento su saliva en mi boca. Su lengua en mi lengua. La mano que aprieta mi teta baja y me sube también por delante el vestido. Mis pies se separan. Se lleva su mano su boca. La llena de saliva. La vuelve a bajar. La noto en mi coño. Cierro los ojos. Ese contacto me mata. Noto sus manos en mi cuerpo. Una en el culo y otra en el coño. Su boca recorre mi cuello. Joder.

    Le doy un manotazo a la cerveza que se rompe en el suelo. Me agacho y le abro el pantalón. Le saco la polla. La estiro para que el glande salga en todo su esplendor. Le doy dos movimientos rápidos y me la llevo hasta la boca. Me la meto hasta el fondo. La saco. Tengo leves arcadas de lo honda que la he metido. La veo rebosante de mi propia saliva. Le miro a los ojos. Él me mira y me coloca sobre la cabeza ambas manos. Repito la operación intentando llevarla más adentro. Él gime. La vuelvo a sacar. Él está ahora con los ojos cerrados. Vuelve la polla a mi boca y esta vez empiezo a comerla con lengua, con mis labios….quiero que sea la mejor mamada de su vida, la mejor mamada de mi vida. La recorro arriba y abajo, noto el sabor de sus fluidos en mi boca, en mi garganta. Por un lateral llego otra vez hasta el final de su polla y bajo a los huevos. Me meto una en la boca y estiro de él. Me gusta. Noto mi coño gotear. Como me tiene! Vuelvo al glande y le doy un par de lametazos para limpiarlo de líquido preseminal. La como con fuerza. Fuerte. Mientras la aguanto y la dirijo con la mano que se mueve frenéticamente sobre esa polla, llegando desde la corona del glande hasta los huevos. Cada vez que llego a ellos aprovecho para presionarlos. Hago que golpee su pene el interior de mis mejillas. Le hago sentir la presión de mis dientes sobre las venas que se le marcan en el miembro. Mi otra mano entra y sale de mi coño. Mis dedos están ya totalmente pringados. Llego a meterme tres. Ya no sé ni que hago, es todo como un sueño.

    Quiero que me la meta en el coño, que me reviente, que me llene entera con leche caliente. Sin embargo no fue esa vez la que sentí su polla abrirse camino en mi coño. Esta vez no llegamos a eso.

    Su leche se derramó en mi boca. Cuando vio que se corría, me apretó la cabeza de nuevo, haciendo de nuevo, que la polla llegara muy profundo. Y allí soltó su cargamento, denso y caliente. Me llegó a doler, pero mi ansia de sentirlo era mayor. Notar tras tanto deseo eso dentro de mi fue maravilloso. Quería que lo echara todo en mi interior. Cada gota. Por eso tras las explosiones de semen y tras habérmelo tragado, y entre sus suspiros, le lamí perfectamente la polla, dejándola más que reluciente.

    Yo no me corrí. Pero ni falta que me hizo.

    Me incorporé y le besé en la boca.

    Con una sonrisa le dije que me iba al baño. Lo dejé allí en la cocina, subiéndose los pantalones y abriendo el horno, de donde salía ya un fuerte olor a quemado.

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  • Mis dudas sobre Adriana (capítulo 5)

    Mis dudas sobre Adriana (capítulo 5)

    Para colmo, me pareció escuchar al fondo un gemido que debía ser de Gabriela. La imagen de Julieta con los pezones apuntándome bajo su camiseta, de la postura que debía tener Gabriela mientras Mauricio se la comía y de las tetas de Adriana contra las baldosas de la piscina mientras hablaba con Sebastián fue suficiente para mí. No pude más.

    Busqué con mi mirada y me di cuenta que detrás de la pared en donde estaba había un pequeño rincón oculto lleno de maleza y de hojas secas. No importaba eso, lo importante era que desde allí nadie podría verme. Me metí allá, me bajé la pantaloneta y me la comencé a halar. La verdad no tuve que hacer mucho esfuerzo, ya estaba que estallaba, tenía una buena mancha de líquido en la pantaloneta y la punta de la verga bien mojada. No supe si fue mi impresión o qué, pero escuché otro gemido de Gabriela al fondo, el puto de Mauricio le debía estar dando con todo y ella feliz lo gozaba y nos hacía envidiar su placer.

    Debía estar con las tetas balanceándose, con las piernas bien abiertas y ese chochito bien mojado y sudoroso. Justo en ese momento sentí mi descarga, apreté el culo y el primer chorro de semen voló por los aires y cayó encima de una piedra verde, el segundo dio aún más lejos mientras apreté los dientes porque la corrida era intensa, hacía tiempo no me corría de esa forma tan violenta, pero la verdad era que estaba super excitado, como hacía tiempo no lo había estado.

    Todo ese ambiente era demasiado para mí, todos ellos me habían llevado al límite y me habían dejado un recuerdo perpetuo con el que disfrutar. El tercer chorro ya cayó mucho más cerca, sin embargo, me sorprendió la cantidad de esperma que alcancé a lanzar. Yo no solía ser de corridas abundantes, apenas unos chorritos débiles, pero —en ese momento— yo mismo me sorprendí por la cantidad de leche que boté y lo dura que mi verga permanecía a pesar de la corrida. El cuarto chorro volvió a caer en el mismo sitio que el tercero y el quinto ya vino cayendo más cerca de mis pies. Sin embargo, hubo un sexto, un séptimo y unas cuantas gotas que se quedaron escurriendo por mi mano.

    No podía creerlo, había tenido la mejor corrida de mi vida.

    No podía verme, pero me sentía rojo, acalorado por la fiebre de mi cuerpo. Notaba que todo mi cuerpo sudaba y las gotas de agua se escurrían por todas partes. Poco a poco fui recobrando el aliento y la calma volvió a acercarse a mi mientras tomaba bocanadas de aire para poder recuperar la conciencia de nuevo. Aunque no lo quisiera debía admitirlo, toda esa escena, todo ese baile de tetas, miradas e intrigas me habían superado. Debía admitirlo: todo eso había sido demasiado rico, demasiado estimulante, demasiado placentero ¿Irme? ¡A la mierda! ¿Quién sería tan tonto como para irse después de una corrida como esa?

    Sin embargo, y ya con un poco más de calma, me propuse hablar con Adriana y aclarar nuestro panorama. Eso sí debía hacerlo, no debíamos dilatarlo más tiempo. Unos tres o cuatro minutos después ya me sentía más calmado, ya sentía que mi corazón latía con menos fuerza y que mi verga volvía a ocupar el pequeño espacio que le correspondía.

    Me quedé contemplando mi verga un instante, era impresionante que de un palito tan delgado como ese saliera tanta leche como antes. Sonreí. Me terminé de limpiar las pelotas con las manos, no tenía nada más en ese momento. Me subí la pantaloneta y salí cerciorándome de que nadie me estuviera viendo. Todos parecían estar en su cuento y nadie se preocupó por mí o, por lo menos, así lo sentí.

    Me lavé las manos en el lavaplatos que estaba en el asador (eso sí, había que darle las gracias al constructor de ese espacio que tenía todo lo necesario para alimentar las sensaciones). Mientras me lavaba las manos me pareció volver a escuchar a Gabriela, no fue muy claro, pero parecía estar gozando como bestia de su polvo. Me sonreí ¡Felicidad para los amantes! Que tiraran todo lo que quisieran, yo ya estaba satisfecho.

    Me limpié las manos en la pantaloneta para, de paso, ayudar a bajar la fragancia de mi corrida. Luego agarré mi cerveza y, a pesar de ya estar más que tibia, me la bebí como si fuera un helado. Miré la parrilla, de mi parte ya estaba todo listo. Miré hacia la piscina. Sebastián ya estaba afuera y hablaba cerca de Julieta, que se tomaba algunas fotos con su teléfono, luego le pasó el teléfono a Sebastián y posó mejor para él. La verdad, hacían eso todo el tiempo y no me pareció nada extraordinario. Lo grande llegó cuando busqué a Adriana con mi mirada y la encontré en el mismo punto en el que la había dejado antes, un poco más afuera y ahora se veía más de la mitad de su espalda desnuda afuera del agua.

    Sin embargo, lo impactante era que estaba atenta a los gemidos de Gabriela. Ella era la única de todos que estaba pendiente a cada embestida que recibía su amiga, y no solo eso, se notaba caliente. Los besos de Julieta y Sebastián la habían calentado, pero ahora se sentía mucho más. Podía notar como su cuerpo estaba hirviendo. Todo a su alrededor se había servido para excitarla, si a mí me había pasado factura el espectáculo, ella debía estar sintiendo un infierno entre sus piernas.

    Sebastián me silbó y desde su punto me hizo una seña para saber si el asado estaba hecho. Estiré mi pulgar complacido: ya estaba hecho y había quedado bien adobado. Me sonrió y junto con Julieta comenzaron a acercarse.

    Para mi sorpresa, ambos me ayudaron a acomodar todo para servir y yo ya no tuve que hacer más. Sebastián se paró al borde la zona y grito:

    —Ya está el asado. Terminen con sus cosas —y soltó una risa que nos contagió a Julieta y a mí.

    Adriana también sonrió, pero antes de salir le dio otro par de cruzadas a la piscina. Sebastián tenía ganas de decirme mil cosas sobre mi mujer, pero la presencia de su novia lo detuvo, apenas me sonreía y me hacía gestos mientras yo le seguía la corriente.

    Un rato después vimos como Mauricio y Gabriela por fin salían de la casa. Él llevaba una bermuda limpia y traía las cervezas para todos en la mano, detrás suyo venia Gabriela que se había puesto un short bastante pequeño y una camiseta negra, sin embargo, se notaban las tiras del bikini amarrado a su cuello, aunque se notaba que era un bikini distinto, de otro color y, seguramente, más chiquito que el de la mañana.

    —Qué calor ¿no? —dijo sonriendo Mauricio al llegar hasta nosotros.

    —Menos mal ya te refrescaste —le contestó Sebastián y todos reímos.

    —Esto se ve increíble —dijo Mauricio repartiendo las cervezas y mirando la parrilla— ¿Comenzamos?

    Yo iba a agarrar el cuchillo para comenzar a repartir, pero Gabriela se me anticipó.

    —No, Carlitos, nada de eso —dijo muy amable— tu siéntate que ya hiciste mucho hoy, ahora nos toca a nosotros hacer el resto.

    Yo sonreí y me imaginé siendo atendido por semejante mujer. Mientras tanto ella comenzó a organizar a los otros y a ponerles tareas para servir pronto. En el fondo de su olor a shampoo alcanzaba a oler su cuca empapada, hay cosas que el agua no pude cubrir y la buena corrida de una hembra es de esas cosas. Olía delicioso y se lo hice saber, quería picarla un poco.

    —¿Hueles delicioso? —le dije mirándola.

    —Gracias —me respondió sonriente— es que traje un shampoo de almendras y vainilla, lo estoy probando, pero si a ti te gusta es porque funciona.

    —Claro que funciona —le dije mientras me sentaba y destapaba mi cerveza.

    —¿Y para donde va Adriana? —dijo Mauricio.

    Todos volteamos a mirarla y ella entraba a la casa cubierta apenas por su tanga, aunque cubriéndose es un decir porque la tenía tan metida en el culo que apenas se veía un hilo grueso.

    —Me vas a perdonar Carlitos, pero tu esposa se ve espectacular —soltó Mauricio que no se media mucho en ningún contexto.

    —Sí, se ve divina así —dijo Julieta que también estaba entrando en el ritmo de la conversación.

    —Yo la tendría así todo el año —dijo riendo Sebastián que por fin podía decir algo sin sentirse acorralado.

    —No deja de sorprenderme —les dije sintiendo una mezcla de orgullo y vergüenza, aunque, sobre todo, indecisión y duda.

    Había un pasillo en la terraza de la casa que estaba descubierto y que se debía cruzar si uno quería llegar al cuarto en donde nos quedábamos. Cuando Adriana paso por ahí pudimos verla como si estuviera completamente desnuda, fue un instante, pero fue suficiente para que todos nos pusiéramos a soñar de nuevo. Además, noté que llevaba algo en la mano, tal vez el brasier de su bikini.

    Mientras comenzaban las reparticiones me quedé pensando un momento, ella había salido antes de la casa sin brasier, tal vez lo había dejado en la casa o en la cocina, pero —tal vez— lo había dejado en el cuarto y lo que llevaba en la mano era la tanga, lo que podía significar que cuando había cruzado, lo había hecho completamente desnuda. Me sonreí, no porque fuera imposible sino porque después de mi corrida todavía tenía cabeza para imaginar esas cosas. Mi mente calenturienta no se aplacaba con nada.

    Aunque la verdad era que tenía motivos para pensar en eso, Adriana estaba demasiado caliente, lo sabía, la conocía y lo notaba en todos sus gestos; no me parecía extraño que se hubiera quitado la tela que la cubría, que hubiera caminado ese pedazo de terreno desnuda para terminar de calentarse y que, en ese momento se estuviera masturbando con ganas, como acababa de hacerlo yo.

    De hecho, me pareció que eso era lo que estaba haciendo porque se estaba demorando más de lo necesario para ducharse o cambiarse. Quise ir por ella, pero decidí esperarla, darle su espacio, que se masturbara pensando en lo que quisiera y que luego bajara más calmada, más serena y más centrada; la necesitaba tranquila y relajada si quería preguntarle por qué se había comportado conmigo de esa manera tan brusca toda la mañana y lo que llevábamos de paseo.

    —Esto esta delicioso —dijo Gabriela probando la carne.

    —Es cierto, eres un mago —me dijo Sebastián dándome las gracias— esta perfecta.

    —Gracias, Carlitos —me señaló Julieta guiñándome un ojo, yo le sonreí, la verdad me gustaba más así que enseñando las tetas.

    —Mi hermano, te luciste. ¡Un brindis! —dijo Mauricio— Por nuestro chef.

    —Espera que llegué Adriana —dijo Gabriela.

    —De aquí a que se termine de pajear se va a gastar un buen rato —contestó Mauricio haciéndonos explotar de risa a todos.

    Al parecer, yo no había sido el único que se había dado cuenta de su estado.

    Brindamos y comimos un poco. Al rato —y como lo había predicho— Adriana apareció por la piscina. Venía con una braga del bikini, esta de color negro y una camiseta crema con unas jirafas pintadas, pero ella, al igual que Julieta, no se había puesto brasier y sus tetas bamboleantes se notaban debajo de la tela.

    —Casi no acabas ¿no? —dijo Mauricio en doble sentido tratando de avergonzarla.

    —Estabas muy ocupada ¿no? —le replicó Sebastián mientras el resto reímos entre bocados.

    Y para sorpresa de todos, incluida la mía, Adriana soltó:

    —Es que una tiene necesidades, como si tú no lo hicieras, soy ser humano, tengo que satisfacer mis instintos —dijo sonriendo y acercando su culo a la parrilla para tomar su porción.

    Me sorprendió su descaro al admitir que si se estaba masturbando y que no le daba pena decirlo. Era cierto, su olor la delataba; al contrario de Gabriela, ella no olía a shampoo de almendras, ella olía a cuca friccionada, conocía su aroma y estaba seguro que se había corrido minutos antes, todavía ese perfume danzaba en el ambiente. Y, para completar la entrada, al cruzar nos dejó ver su nuevo modelo, literalmente era una tanga brasilera, un hilo que se le metía entre los cachetes del culo y que lo dejaba expuesto, era como si no tuviera nada puesto.

    Hubo un minúsculo silencio mientras todos le contemplamos el culazo a mi mujer. Estaba divino y así, casi desnudo, mucho más que apetecible. Luego, cuando se giró, todos volvimos a lo nuestro.

    —Te perdiste del brindis —dijo Mauricio.

    —Podemos hacerlo otra vez —dijo ella sentándose a mi lado— ¿Por qué brindamos?

    —Por las pajas —dijo Mauricio adelantándose a todos que reímos sin detenernos.

    —Bueno, está bien —aceptó Adriana un poco sonrojada— ¡Por las pajas!

    Estiró su lata y todos la imitamos.

    —No, la verdad fue que brindamos por nuestro chef que hizo este asado, le quedó espectacular —dijo Gabriela que cada vez ganaba más puntos conmigo.

    —Pues muy bien —dijo Adriana— ¡Por las pajas de nuestro chef!

    Todos rieron, aunque a mí no me causó gran alegría, mi propia esposa burlándose de mí, y lo peor era que ella acababa de meterse el dedo y era capaz de desviar la atención de todos para que se olvidaran de ella y me la montaran a mí. Luego, al sentir un poco mi incomodidad, se quedó mirándome, me estiró su lata y dijo:

    —Por nosotros los pajeros.

    Yo no tuve más remedio que chocar mi lata y después seguir comiendo mientras hablábamos de otras cosas.

    La verdad era que aun sentía el calor en la entrepierna de mi esposa, a pesar de haberse masturbado seguía caliente y eso se notaba cuando veía sus pechos de reojo con sus imponentes pezones erectos que se marcaban en la tela. No estaba haciendo frio para echarle la culpa a eso, estábamos como a treinta grados y si estaban tan parados era porque estaba arrecha, porque todavía no se saciaba y porque, en cualquier momento, haría algo más duro que lo que ya había hecho.

    No supe si lo hizo de a posta o algo así, lo cierto fue que se sentó a mi lado, muy cerca, de tal forma que era incomodo mirarnos, pero si quedó bien de frente a los demás. Todos ellos le prestaban atención cuando hablaba y de cuando en cuando a todos, incluyendo a Julieta, se les bajaba la mirada hasta sus tetas para imaginárselas sueltas bajo las jirafas. Era todo un espectáculo.

    —¿Y qué vamos a hacer esta noche? —preguntó Mauricio.

    —¿Vamos a darle una vuelta al pueblo? —propuso Gabriela.

    Ellas, como si se hubieran puesto de acuerdo previamente, afirmaron. A nosotros el plan que más nos gustaba era el de quedarnos en la quinta viendo ese montón de tetas que no encontraríamos gratis en ningún otro lugar, pero ellas insistieron tanto que, como siempre, terminamos cediendo.

    El asado paso entre charlas, cervezas, miradas, pezones, calzones y sonrisas que nadie sabía que significaban en realidad. Por fortuna para mí, las tres chicas decidieron limpiar todo y darme la tarde libre, también por fortuna para mí, las picaduras de los mosquitos se habían desvanecido bastante bien y para esa hora si tenía las marcas, pero la incomodidad era bastante menor. Me propuse comprarme una crema de esas para el futuro, soldado advertido no muere en guerra.

    Decidí acostarme en una de las hamacas a reposar la tarde, yo era el único que no se había metido en la piscina en todo el día y pensaba hacerlo, pero un poco más tarde, por ahora, pensaba echarme una siesta. Con tanta cerveza, con tanto trabajo en la parrilla y con esa corridota que me había pegado antes de terminar de cocinar, no me fue difícil caer dormido, caí en poco tiempo.

    La verdad no supe cuánto tiempo pasó, lo que si supe fue que me despertaron las risas de Mauricio y Sebastián que se divertían en el agua. Abrí los ojos y me quedé mirando el panorama.

    Ellos jugaban a la pelota, al parecer habían apostado algo y estaban decidiendo quien ganaba para cobrar la recompensa. Pero afuera de la piscina estaba la mejor parte: las tres mujeres estaban tomando el sol, Gabriela estaba sentada en una silla playera frente a mí y lucia sus pechos orgullosa, cerca de mi estaba Julieta, acostada de espaldas y apenas vestida con la tanga de su bikini y al lado de ella, también de espaldas a mí, estaba Adriana, estaba sentada, dándome la espalda, pero luciendo sus senos desnudos hacia los jugadores.

    Desde mi punto podía ver ahora su tanga brasilera, era un minúsculo triangulo que apenas decoraba la parte superior de su culo, de ahí para abajo, nada, se podían ver claramente sus nalgas y la raya que las separaba. De hecho, en un momento se inclinó para recoger algo que se le había caído y desde mi puesto pude verle el ojete del culo, el hilo ni siquiera lo podía cubrir por completo. La verdad la imagen era majestuosa y me paró la verga al instante.

    ¿Cómo podía exhibirse así? Era claro que ese era su objetivo. Le había costado reconocerlo, pero ya que lo había hecho, buscaba sacarle el mayor de los partidos. Sin duda, era la más buena de todo el lugar, su cuerpo exhalaba deseo, ganas de follársela ahí mismo. El gran problema para mí era la realidad que justo estaba viendo, para mí la espalda, la negación, la parte menos importante, para los otros, para esos que estaban frente a ella, era todo. Toda la exhibición iba dedicada a ellos, a sus miradas, a sus gotas de deseo, a sus halagos ¿Por qué lo estaba haciendo? ¿Sería nuestro fin? ¿Sería el inicio de otra etapa en nuestras vidas? O acaso ¿De su vida sin mí?

    Hubo un momento, en el que tal vez sintió mi mirada sobre su espalda y se giró. Al darse la vuelta nos encontramos por fin frente a frente; pude ver sus senos cubiertos por una crema protectora, su piel cada vez más pareja y esos pezones hermosos que contrastaban con el resto de su cuerpo. Era una diosa. Estaba divina. Me sonrió, pero no supe en ese momento si su sonrisa era de picardía por su descaro o de malicia por su desafío a mi presencia, tampoco supe si su sonrisa era una invitación a que la siguiera o una advertencia a que me quedara por fuera de su lubrica aventura.

    Lo cierto fue que se levantó, dejándonos a todos los presentes con el espectáculo de su cuerpo casi desnudo y sin darle más vueltas al asunto, se lanzó al centro de la piscina levantando una ola de agua que alcanzó a mojar la espalda de Gabriela y los pies de Julieta. Fue como si estuviera marcando territorio, una señal de advertencia para que les quedara claro quién era la que mandaba y la reina de esa selva.

    No quise meditar más sobre sus gestos. No quería que tomara más distancia sobre mí, ya habíamos estado muy alejados esa mañana y tenía que comenzar a cerrar la brecha antes de que fuera inalcanzable. Me levanté y caminé yo también a la piscina y, como ya lo habían hecho todos, me lancé al centro y provoqué un gran splash que acabo de bañarlos a todos.

    —¿Quién fue el bruto que me mojó? —gritó Julieta casi enfadada.

    Sebastián me señaló como buen soplón que era.

    —Perdona Julieta, fue sin querer, lo siento —me tocó decirle, ella no dijo nada, aunque se notó su madrazo telepático. De nuevo, sin querer, la volvía a cagar.

    Por fortuna para mí, Sebastián dejó pasar el detalle y lo que sí hizo fue pasarme la pelota para que comenzara a jugar con ellos.

    —¿No estaban jugando los dos? —dije.

    —Sí, pero lo nuestro puede esperar —me dijo Mauricio mientras miraba a Sebastián en clave y sonreían.

    Miré a Adriana que me sonrió de nuevo con esa misteriosa sonrisa, parecía que ella si había entendió la indirecta de Mauricio mejor que yo. De cualquier forma, decidí restarle importancia y dedicarme a jugar un buen rato. En el camino se unió Adriana y “por casualidad”, todas las pelotas terminaban cayendo en ella, obligándola a levantarse y a sacar sus pechos por encima del agua. Se notaba que los otros estaban felices viéndola luchar y moverse, aunque la verdad, yo tampoco me sentía muy triste cuando la veía saltar alto para atrapar el tiro.

    Al rato. Y casi sin darme cuenta, Gabriela se unió al grupo y al juego (a ella, que también levantó agua, nadie le dijo nada), su presencia la aprovechó Adriana para descansar un poco de la paliza que le estaban pegando los otros dos, se fue un momento a la orilla y volvió a recostar los pechos sobre las baldosas del agua, levantó las piernas y nos dejó ver su hermoso trasero, prácticamente desnudo, solo era cuestión de correr el hilo para poder ver su raja en todo su esplendor.

    Todos, incluso Gabriela, en algún momento nos quedamos viendo semejante culo, redondo y carnoso, marcado apenas por las marcas del uso constante de calzones durante mucho tiempo, una marca que —por lo visto— iba a desaparecer para siempre ese fin de semana. Volví a sentirme excitado, no solo por ella sino por las miradas perversas de todos mis compadres. Mi verga saltaba y se paraba más cada vez que los pillaba viéndole el culo a mi esposa; al parecer, mi salchicha acomplejada, tenía bastantes ganas de volver a empezar.

    Gracias por leer mi relato.

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  • Compartiendo cama con mi hijastro

    Compartiendo cama con mi hijastro

    Mi segunda pareja fue Gabriel; él también era muchos años mayor que yo, pero la unión tenía sentido porque me daba una casa para mi hijo y para mí, estabilidad económica y una figura paterna para mi hijo que en ese entonces tenía 9 años. Yo aportaría mi sueldo a la economía familiar, me haría cargo de la casa y sería una especie de amiga-madrastra para el hijo de Gabriel; su hijo tenía 20 años, andaba un poco rebelde y Gabriel creía que yo podría acercarme a él y hacer que le bajara. La verdad nunca entendí esa lógica.

    De hecho, la relación con Luis, el hijo de Gabriel, no empezó muy bien que digamos, pero con el tiempo fue mejorando y bastante; incluso llegó a ser muy afectuoso conmigo. Llegué a pensar que se sentía atraído hacia mí y después lo confirmé.

    Casi al año de estar viviendo juntos, Gabriel cumpliría 50 años y organizó una fiesta muy grande en su casa de Cuernavaca. Algunos de sus amigos llegaron con nosotros el viernes y se quedarían todo el fin, así que nos quedaríamos Gabriel, Luis y yo en el mismo cuarto; de hecho, en la misma cama, era una cama king size, así que en realidad había espacio para los tres sin problema. Mi hijo no fue, porque estaba muy chico para lo que sería la fiesta. Gabriel era de mucho alcohol y algunas drogas, suaves, pero drogas.

    La primera noche Luis se fue a acostar primera, lo que me extrañó un poco; Gabriel y yo nos quedamos con los demás jugando dominó y tomando unas copas; Gabriel, como siempre, se pasó de copas. Cuando llegamos a la habitación Luis estaba dormido en medio de la cama un poco cargado hacia unos de los lados.

    Yo: Ya viste ¿y ahora? ¿Lo despierto o lo despiertas para que se mueva?

    Gabo: No, ya déjalo, da igual; ni que te fuera a hacer algo; no mames.

    Yo: No, pero pues…

    Gabo: Ya, ya, no mames, Ana, déjalo.

    Yo: Bueno, ya -Gabriel es mucho más grande que yo (de alto y de ancho) así que se quedó en lado de más espacio; él se desvistió, se quedó en calzones y se acostó, yo me puse pijama de short pequeño y playerita-.

    Un rato después de acostarnos sentí que me tocaban las nalgas, después me arrimaron el paquete en las nalgas; sentí una verga dura, evidentemente era Luis, el hijo de Gabriel. No me moví, me hice la dormida y me acomodé si fuera a despertarme a ver si con eso me dejaba y lo hizo, pero solo unos momentos, enseguida volvió a embarrarme su paquete en mis nalgas, pero ahora puso una sus manos rozando mis tetas y las acariciaba muy suavemente; yo sentía cómo palpitaba su verga en mis nalgas.

    De pronto su manoseo era un poco más evidente, yo no sabía qué hacer, mis pezones reaccionaron, se pusieron duros; cada vez sentía más su verga dura en mis nalgas, su respiración se agitó; me daba miedo que Gabriel se despertara, pero sus ronquidos me indicaban que estaba súper dormido. De pronto sentí cómo se humedecía mi short; Luis había eyaculado en su calzón, pero alcanzó a mojar mi short.

    Ya tarde en la madrugada fui al baño, estaba acabando de orinar cuando entró Luis; me sorprendió muchísimo y me espantó.

    Yo: Luis, ¿qué haces?

    Luis: Me quedé muy caliente con lo de hace rato, Ana –quise hacerme la mensa y puse cara de “¿de qué hablas?”- no te hagas que bien que sentiste y te gustó –se acercó a mí, yo aún sentada en el escusado-.

    Yo: No sé de qué hablas; ¡además estoy haciendo, salte!

    Luis: No te hagas, Ana, bien que la sentiste en tus nalgas –se agarraba el paquete sobre su calzón, se paró justo frente a mi poniéndome su paquete a unos centímetros de mi cara- y sentiste cómo te agarraba esas pinches tetotas que tienes y quiero bañar de mecos, seguro hasta sentiste cómo me vine en tus nalgas.

    Yo: No, no sabía qué era.

    Luis: Sí, sí sabías, Ana… y me cae que te gustó; no dijiste nada, nomás te dejaste sabrosear.

    Yo: No, en serio, Luis, estaba medio peda.

    Luis: No, ni madres; ¿te gustó? Estuvo rico, me vacié cañón, pero me quedé con ganas de más, Ana. No puedo dormir, quiero que me la mames; quiero venirme en tus tetas.

    Yo: ¡¿Cómo crees, Luis?!

    Luis: Ándale, mámamela –se la sacó y empezó a jalársela; la tenía grande-.

    Yo: ¡¡Luis!!

    Luis: ¿A poco no se te antoja? A mi papá ya no se la pone tan dura de seguro, además la tengo más grande, Ana. Ándale, mámamela, Ana.

    Yo: Luis…

    Luis: O le digo a mi papá de lo de hace rato, le digo que tú empezaste y le digo de tus puterías con otros cabrones –me sorprendió- sí, ya vi tu correo, Ana; bajé tus fotos y todo el pedo –no supe ni qué decir-.

    Yo: Se va a despertar tu papá, Luis.

    Luis: Entonces no hagas mucho ruido y apúrate, Ana.

    Yo: Voltéate un segundo en lo que acabo –se dio la vuelta unos segundo para dejarme acabar de orinar, en cuando oyó que se acabó el chorro se volteó y me puso su verga en la cara, se la agarré y empecé a jalársela- eres u cabrón, Luis; soy la mujer de tu papá.

    Luis: Sí, pero estás bien buena y no eres mi mamá, Ana. Eres una vieja que se coge mi papá; además estás muy joven para él. Muero porque me la mames –se la agarré y empecé a saborearla-.

    Yo: Mmmm…

    Luis: Ay, no mames, ¡qué pinche delicia! Sabía que la mamabas chingón, Ana.

    Yo: Shhh, vas a despertar a tu papá…

    Luis: Ese cabrón no se despierta ni con sus pinches ronquidos –me agarró la cabeza para cogerme la boca- no chingues, qué pinches ganas tenía de que me la mamaras.

    Yo: Mmmm… –ahí estaba yo, en el baño de la habitación, mi pareja durmiendo a unos metros, yo sentada en el escusado, acababa de orinar, con los calzones abajo y mamándosela a mi hijastro-.

    Luis: Estás bien buena, Ana; quiero cogerte, quiero enterrarte mi verga, quiero ver tus nalgotas mientras te la meto… quiero ver cómo rebotan tus nalgas… quiero ver tu cara de zorra mientras te entra mi reata –me calentó muchísimo lo que me decía; empecé a masturbarme; así estuvimos unos minutos-.

    Yo: Mmmm… qué rica verga tienes, Luis…

    Luis: ¿Te gusta más que la de mi papá, Ana?

    Yo: Sí… sabe mejor… está más dura y más grande… –ya que él me agarraba la cabeza, yo me masturbaba con una mano y con la otra le agarraba las nalgas-.

    Luis: No sabes cómo me la he jalado pensando en ti, Ana; me la jalo oliendo tus calzones y los dejo bien embarrados –eso lo sabía, pero me calentó mucho escucharlo de él- me enloquece cómo huele tu panocha.

    Yo: ¿en serio? ¿Huele rico?

    Luis: Delicioso, Ana… ay, no mames, me voy a venir, Ana… ya casi, quiero echártelos en tus tetas.

    Yo: Mmm –negué, quería que se viniera en mi boca para no tener que limpiarme a esa hora.

    Luis: Ya no aguanto, Ana… déjame sacarla –me negué de nuevo-. Puta madre, no mames, Ana –en ese momento me llenó la boca de sus mecos calientitos; él ahogó su exclamación, yo también me vine; seguí mamándosela, pero más suave y tragándome su lechita-.

    Yo: Mmmm…

    Luis: Putísima… -seguí saboreándolo y poco a poco perdió la erección en mi boquita; le saqué y saboreé hasta la última gota se semen-. No chingues, Ana, eres espectacular para mamarla.

    Yo: no digas nada, eh… –le di un besito en la punta de la verga, se la guardó y se fue a acostar; yo me acicalé y me acosté también-.

    Al día siguiente Luis se comportó totalmente normal, como si nada hubiera pasado, como si no me hubiera sabroseado en la cama junto a su padre, como si no hubiera eyaculado en mis nalgas, como si no se la hubiera mamado en el baño, como si no me hubiera tragado sus mecos; supuse que se había quitado la ganas de mí y ya. La fiesta empezó prácticamente desde mediodía conforme preparábamos todo y fueron llegando más amigos de Gabriel. Como dije, en sus fiestas siempre había alcohol y drogas suaves, así que siendo su fiesta de 50 años ya se imaginarán.

    Desde la mañana me puse un bikini negro y un pareo. Estaba en la cocina preparando cosas y por supuesto que Gabriel me chuleó.

    Gabo: No mames, amor, te ves re pinche buenota son ese bikini, vas a atrapar miradas y parar reatas, cabrona… andas ganosa, verdad, pinche Ana.

    Yo: Ay, pues es tu cumple, tengo que verme guapa, ¿no?

    Gabo: ¿Quieres verga, verdad, culona? –me dijo embarrándome su herramienta en mis nalgas.

    Yo: Pues no estaría mal, pero quiero lucirme en tu fiesta; ¿no quieres que vean lo que te comes?

    Gabo: Carta abierta, eh, culoncita –eso significaba que podíamos coger con quien quisiéramos, cosa que hacía yo en sus fiestas una que otra vez porque invariablemente se perdía en alcohol y marihuana-.

    Yo: Ah, ¿sí? –asintió- ¿Seguro? –volvió a asentir- ¿Pues a quién te quieres coger?

    Gabo: A ver quién se deja… jajaja, es mi cumple.

    En general en esas fiestas de Gabriel ambos tenemos permiso de todo, podemos besuquearnos, sabrosearnos y coger con quien queramos, así que no me extrañó lo que me dijo. Y sí, durante la fiesta lo vi besándose con una que otra vieja y yo hice mis cositas, pero más bien en privado. Se la mamé a uno en la cocina, a otro a un costado de la casa y uno me cogió en el baño. Obvio en muchos momentos me manosearon. Lo curioso es que Luis no se me acercaba, ni intentaba nada. En la noche me fui a acostar un rato porque comí algo que traía un condimento especial digamos –ya saben, la planta verde- y me dio sueño, así que quise descansar un rato.

    Tenía un rato acostada, medio dormida, cuando empecé a sentir que me besaban y mordisqueaban las nalgas; sentía riquísimo. Empecé a excitarme bastante, me humedecí enseguida; supuse que era Gabriel, pero podía ser alguno de sus amigos y simplemente lo dejé hacer.

    Yo: Mmm qué rico –murmuré, él siguió besándome, lamiéndome, mordisqueándome las nalgas y manoseándomelas, segundos después empezó a acariciarme la panochita sobre al calzón de mi bikini que ya estaba bastante húmedo- ay, no manches, síguele –después de unos minutos yo seguía sin saber quién me estaba sabroseando tan rico y entonces sentí cómo empezaba a dedearme la panochita y presionando la entrada del culo; eso es delicioso- cógeme –murmuré-.

    Luis: ¿Quieres que te meta la verga, putita? –reconocí su voz, era Luis, el hijo de Gabriel que ahora quería cogerme-.

    Yo: ¡Luis! Ay, no, ¿cómo crees? –me di la vuelta, él solo se puso hincado frente a mí, entre mis piernas, ya estaba completamente desnudo-.

    Luis: ¿A poco después de la mamada que me diste ayer no te quedaste con ganas de que te la metiera, Ana? Además, te calentaste bastante ahorita, estabas chorreando –me agarró las tetas, me había quitado el top para acostarme, enseguida se me pusieron duros los pezones de nuevo.

    Yo: Puede venir tu papá, Luis –movió mi calzón descubriendo mi panocha y talló su verga en la ella-.

    Luis: No, cerré la puerta, Ana; además mi papá ya anda cogiendo con una vieja –en ese momento me la metió-.

    Yo: ¡Ay, cabrón!

    Luis: ¿Querías que te la metiera, no, Ana? Ni sabías quién era querías que te cogiera, me cae que sí eres bien puta.

    Yo: Ay, no mames, qué rica la tienes, Luis. ¡Eres un cabrón!

    Luis: Y tú una puta deliciosa, Ana; no sabes las ganas que te tenía; me la he jalado un chingo pensando en ti, viéndote coger con otros, oyéndote gemir, oliendo tus calzones… Y con las ganas que me quedé ayer de cogerte; cómo te dejaste manosear y luego cómo me la mamaste.

    Yo: Tampoco podía hacer mucho.

    Luis: No, estabas ganosa, Ana; te gustó que te sabroseara con mi papá ahí a lado bien jetón (dormido) y cómo me saboreaste la verga en el baño. ¿Verdad que te calentó?

    Yo: Sí, la verdad, sí, Luis, me sabroseaste bien rico.

    Luis: ¿Te calentaste?

    Yo: Mucho.

    Luis: ¿Y te gustó mamármela, Ana? –asentí-.

    Yo: Sí, me gustó cómo sabe tu verga, Luis.

    Luis: Me encantó que te los tragaras; no creí que lo hicieras.

    Yo: Sabe rico tu semen… me gusta cuando dejas mis calzones embarrados, me gusta olerlos… me mojo, a veces los chupo.

    Luis: ¿Te diste cuenta?

    Yo: Por supuesto… y me encanta, no dejes de hacerlo.

    Luis: Con gusto voy a seguir dejando mis mecos en tus calzones, Ana.

    Yo: Me gusta masturbarme oliéndolos.

    Luis: Qué rico que seas tan caliente.

    Yo: ¿Te gusta?

    Luis: Está de poca madre tener una madrastra así de puta, Ana.

    Yo: ¿No te molesta?

    Luis: No, ni madres; me calienta un chingo que seas tan puta, Ana; me gusta verte y oírte coger, pero ya quería cogerte, quería metértela… saborear tu concha, ¡sentirla!

    Yo: Yo también quería sentir tu verga, Luis.

    Luis: ¿Entonces vamos a seguir cogiendo?

    Yo: ¿Pero que no sepa tu papá, ok? Que sea nuestro secreto, ¿sí?

    Luis: ¿Pero puedo presumirte con mis amigos?

    Yo: Acuéstate, quiero montarte –nos acomodamos, pero más bien se sentó en la cama y empecé a montarlo de frente; me senté en su verga dura mientras él me comías las tetas y me agarraba las nalgas- ay, qué rica verga tienes, Luis.

    Luis: ¿Te gusta?

    Yo: ¡Está durísima! ¡Me encanta! Cómeme las tetas –me agarraba fuerte las nalgas- qué rico me coges.

    Luis: Es que estás bien pinche buenota, Ana; te traía un chingo de ganas, putita. ¿Te puedo decir así?

    Yo: Dime como quieras, pero cógeme, papito.

    Luis: Me encantan tus tetas, pinche Ana y cómo las presumes…

    Yo: Ay, sí, cómemelas; me calienta mucho que me las coman.

    Luis: Moría por saborearte todita, puta…

    Yo: Me voy a venir, Luis, sigue comiéndome las tetas… dime cosas ricas.

    Luis: eres una puta deliciosa, Ana… me encantan tus tetas… tus nalgas… tienes una concha riquísima… gimes como zorra… me pones la verga a mil, putita –en ese momento me vine riquísimo-.

    Yo: Ay, no mames… me vengo, Luis… aaah… no mames, no mames, ay, qué rico… –él me agarraba fuerte las nalgas y me jalaba hacia él; me encanta sentirla tan dura; seguí montándolo-.

    Luis: Me encanta tu cara cuando la tienes adentro, Ana; pones una cara de golosa bien pinche rica; una carita de “dame más verga”, de no mames.

    Yo: Pues dame más verga, papito. Dame más verga, Luis.

    Luis: Ya no me dijiste; ¿te puedo presumir con mis amigos?

    Yo: Cómo quieres presumirme, ¿eh?

    Luis: Quiero enseñarles fotos tuyas; que vean lo que me como.

    Yo: Pero ya me han visto tus amigos que van a la casa.

    Luis: Sí, pero que te vean con menos ropa, ¿va?

    Yo: Bueno, un día dejo que me tomes fotos antes de cogerme, ¿cómo ves?

    Luis: ¿Y fotos cogiendo?

    Yo: Jajaja vemos, vemos.

    Luis: Ay, cabrón, me aprietas la verga bien rico con tu pucha, Ana.

    Yo: ¿Te gusta? ¿Se siente rico?

    Luis: Se siente de poca madre, ¡putita! –se acostó y seguí montándolo y apretándole su rica verga con mi panochita- Con razón tienes tantas vergas para ti, Ana. ¡Qué pinche delicia!

    Yo: Me encanta lo dura que tienes la verga, Luis.

    Luis: ¿Más que la de mi papá?

    Yo: ¡Mucho más dura que la de tu papá!

    Luis: Ya me voy a venir, Ana; me tienes súper caliente, putita.

    Yo: Vente, Luis, vente, papito.

    Luis: Quiero echártelos en las tetas, Ana; ¿puedo?

    Yo: ¿Quieres vaciarte en mis tetas, papito? ¿Quieres bañármelas con tu lechita?

    Luis: Sí, Ana; ¿puedo? –me levanté y me hinqué al pie de la cama y él se paró frente a mí; se la jaló unos segundos y se descargó en mis tetas, ¡¡salpicando un poco mi cara- ahí van… aaaah… puta madre qué rico!!

    Yo: Vente, papito; échamelos, Luis… qué rico, así, ¡así! –reí un poco- ¡¡ay, se siente delicioso!! ¡¡Me encanta sentirlos en mis tetas!!

    Luis: Qué rica te ves llenas de mecos, Ana.

    Yo: Te vaciaste bastante… qué rico… -se la jalé un poco y luego se la mamé hasta que perdió su dureza-

    Luis: No mames, me fascinas Ana. Coges de poca madre.

    Yo: Mmmm… me encanta tu verga.

    Nos bañamos y siguió sabroseándome; me besaba, me agarraba las tetas y las nalgas. Mientras nos estábamos bañando se le volvió a poner dura y me cogió otra vez. Esa fue la única vez que cogimos ese fin, pero la primera de muchas otras.

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  • Gunilda, mi médico hetero y mi amor (parte 3)

    Gunilda, mi médico hetero y mi amor (parte 3)

    Llegamos a la planta baja y nos dirigimos a la calle. El cielo es claro y todavía no se escucha demasiado ruido. Para haber entrado recientemente al verano, no ha llegado todavía el calor. Paseamos por el casco antiguo de la ciudad y por momentos, me toma de la cintura con su brazo. Es más que obvio como busca el frecuente contacto con mi cuerpo.

    Vamos a visitar las iglesias, la catedral y las espectaculares ruinas romanas, algo que yo misma propongo. No me importa en absoluto visitar de nuevo estos preciosos lugares y todavía menos en su compañía. Le explico el contexto histórico, religioso y artístico de cada cosa que vemos, un conocimiento que controlo más yo que ella, que me escucha muy atentamente, mirándome bien a los ojos, entendiendo muy bien mi pasión por estos temas. Es interesante el intercambio de conocimientos que hemos hecho las dos, cada una con lo que más le apasiona, yo sobre esto, ella sobre salud, terapia y medicina.

    –¡Ay, mi Clío! ¡Mi diosa, mi musa de la historia! Tienes un nombre realmente precioso, además de definirte a la perfección –me dice en un momento dado, saliendo de una de las ruinas romanas, el último lugar que visitamos.

    –Sí, no eres la primera persona que me lo dice… Muchas gracias –le digo, sonriendo tímidamente.

    Me ruborizo. La verdad es que me ha encantado en sobremanera que se haya referido a mí como «mi diosa» y «mi musa».

    –Yo también era como tú de pequeña y de joven. Como ya te expliqué, yo, sin ser Asperger, también fui siempre un tanto fuera de lo común. Como tú, tenía muchas inquietudes y ansias de conocimiento y mientras mis compañeros de clase jugaban y socializaban, yo siempre estaba horas y horas en la biblioteca leyendo libros y revistas y viendo documentales, en mi caso de ciencias, biología, química, enfermería y medicina.

    –Esto después lo agradeces con los años.

    –Exactamente. Y cierras muchas bocas de quien te dice que eres rara y te hace la vida imposible –deja escapar un suspiro.

    –Así es, Gunilda. Cuando la gente ve algo diferente en una persona ya va a por ella. Por lo que hablamos, ambas lo sabemos muy bien.

    –Así es, cariño, así es.

    Ya ha oscurecido bastante. Saliendo del anfiteatro, hemos recorrido el parque de al lado, que hace subida hasta llegar de nuevo a la calle. Después hemos pasado de nuevo por la zona del circo romano, los hoteles y la gran rotonda y nos hemos adentrado de nuevo al casco antiguo hasta llegar a la rambla principal de la ciudad, concretamente al extremo a tocar al mar, limitado por una barandilla al encontrarse en altura. Es en este lugar y en este preciso instante que escuchamos el fuerte y súbito sonido de tres petardos demasiado cerca de mí, casi tocando mi pie, con muchas voces y risas de fondo, tanto de hombres como de mujeres.

    –¡Ah! ¡Dios mío!! –lanzo un fuerte grito, mientras me sobresalto de mala manera. Escucho un montón de risas a coro. Ni tan siquiera se han dignado a disculparse. ¡Asco de gentuza que llega a haber por la calle!

    Sin pensarlo ni un instante, Gunilda me toma de la cintura y me abraza con fuerza. Siento mis latidos a mil por hora y empiezo a temblar entre sus imponentes brazos.

    –Tranquila, tranquila, calma, calma… –me dice tiernamente.

    Entonces, mientras me abraza, desvía la mirada hacia la gente que ha tirado los petardos sin miramiento alguno, a la que se dirige sin pensarlo y se encara con ellos. Me defiende.

    –¿Se puede saber de qué cojones vais? ¡No tenéis vergüenza ninguna!!! ¡Os podéis meter los petardos por donde yo me sé! ¡A ver si reventáis, en todos los sentidos!!! ¡Panda de cobardes, desgraciados e hijos de mala madre!! ¿Sabéis lo que voy a hacer yo con estos petardos??? ¿Lo sabéis??! –les dice voz en grito, presa del enfado.

    Yo me quedo detrás, presenciando asombrada como se encara a ellos. No me resultaba fácil imaginarme a Gunilda enfadada. Se la ve una persona muy noble, calmada, dulce y sensible, pero uy cuando se enfada… Entonces sí que sus demonios internos ven la luz. La verdad es que estoy alucinando mucho.

    Acto seguido, presencio asombrada como a la fuerza les arrebata los petardos del banco y de las manos y como presa del enfado los lanza por la barandilla hacia la playa.

    –¡Hala! ¡Ahora ya podéis correr a buscarlos, desgraciados!!! –les grita.

    Entonces, empiezan a gritarla y a insultarla.

    –¡Eh! ¡Cuidado conmigo, porque vais a ser los siguientes! ¡Mucho cuidado conmigo si no queréis vosotros también salir volando de una patada!! ¡A mí, si me buscan, me encuentran!! –les grita, con suma desfachatez– ¡Venga, vamos, Clío, cariño, son una panda de desgraciados!.–me dice, en medio de un suspiro y en un tono de voz dulce y dolorido al mismo tiempo mientras me toma de la cintura con su brazo.

    –¡Jodidas lesbianas! –nos grita con desprecio una voz masculina de la misma muchedumbre.

    –¡Eso, eso! ¡Seguro que tú eres la típica lesbiana que va de macho por la vida!!! –le grita a Gunilda una voz femenina.

    –¡Cobardes desgraciados de mierda!! –les grita.

    Mientras les responde, miro de reojo como estando ambas de espaldas a ellos, Gunilda les levanta el dedo del medio con desfachatez mientras que con el otro brazo y la otra mano continúa tomándome de la cintura y haciendo caso omiso a los comentarios, nos alejamos de la repulsiva muchedumbre que nos está importunando.

    Conforme nos adentramos en la rambla, escuchamos en la lejanía como corren todos bajando hacia la playa para buscar los petardos que les ha lanzado Gunilda. Se nota que Gunilda les ha parado los pies a base de bien y que no se han atrevido a más. Aunque me encanta que me defienda y me proteja, no puedo evitar sentirme culpable y mal por ella.

    –Ay, lo siento mucho. Siento mucho ser tan miedosa y no saber defenderme, de verdad. No quiero que te metas en líos con nadie por mi culpa, de verdad.

    –¿Yo? ¿Meterme en líos? ¿Con esta gentuza cobarde? ¡Bah! Además, por defender lo que es justo y por alguien a quien quiero no me importa meterme en líos. Sobre todo, nunca te disculpes por ser tú, de verdad.

    Pese a que estos comentarios han sido hechos con toda la mala fe, en el fondo no he podido evitar ruborizarme y sentir como mi piel se erizaba y mi estómago se contraía al escucharlos. En pocas palabras, debo reconocer que me han gustado. La verdad es que no solo la veo yo esta química y atracción mutua. Llegadas a este punto, es demasiado obvia.

    Caminamos rambla arriba tomándome ella de la cintura, hasta llegar casi al centro de la ciudad, donde tiene el coche aparcado. Un coche negro bastante grande pero sencillo. Toma las llaves y abre los seguros. Acto seguido, se dirige al lado del copiloto y me abre la puerta.

    –Ya puedes entrar –me dice, sonriéndome. Alucinando estoy.

    –Muchas gracias –le digo, ruborizada.

    Se sube ella y arranca. Me encanta verla conduciendo. Ver sus manazas al volante. Vamos rumbo a su casa, que se encuentra en una urbanización en las afueras de la ciudad, situada en la montaña.

    Después de haber recorrido casi toda la ciudad y una subida bastante pronunciada, llegamos a su casa. Aparca el coche, nos bajamos y entramos. Una casa de dos pisos, sencilla y bonita, sin lujos ni pretensiones. Al entrar por el portal, la casa tiene un jardín bastante sencillo y una piscina de cubo. Ya dentro de la vivienda, en la planta inferior hay la cocina junto al salón comedor y un baño y en la planta superior, otro baño, su cuarto y el de su hijo.

    –Esta es mi casa, de mi propiedad. Mi poder adquisitivo me permitiría tener algo más grande y caro, pero yo soy una persona muy minimalista y sencilla, no me gustan los lujos, ni vivir de aparentar ni presumir de nada.

    Me encanta escuchar esto de ella.

    –No sabes cuánto te entiendo. Nunca entenderé a la gente materialista y amante del dinero y del lujo. Se vive mucho mejor con menos y con lo mínimo.

    –Así es, Clío, cariño. Más que amantes del lujo, son amantes de vivir de cara a la galería y de creerse los reyes del mambo. Y envidia cero, que quede claro. ¡Todo lo contrario! –me dice, mientras se va quitando la ropa.

    Se desprende botón a botón de la camisa marrón con topos blancos. Puedo ver más y más sus grandes y preciosas tetas cubiertas con un sujetador de rayas marrones y negras en forma de top. Acto seguido, se baja lentamente los pantalones vaqueros. Puedo ver más y más su gordita barriga, sus colosales piernas y muslos, sus anchas caderas y sus grandes y preciosas nalgas, cubiertas con unas braguitas a conjunto, en forma de culotte y con partes de colores marrón y negro separadas por franjas.

    Conforme su hermoso cuerpo de abundantes curvas se desprende de la ropa, prenda a prenda, mis mejillas se sonrojan y mi respiración se entrecorta más y más. Su sexy conjunto, totalmente a juego con su cabellera castaña, sus preciosos ojos cafés y sus seductoras botas marrones de cuero, plataforma y tacón. Se queda sin nada más ni nada menos que con este conjunto y con las botas. Está tremendamente sexy y poderosa. Acto seguido, se quita las botas y las medias dejando ver por primera vez sus grandes y bonitos pies poniéndose unas atrevidas chanclas de cuero y plataforma.

    Siento ganas de oler y besar sus pies y esos calzados. ¡Uf! Estoy salivando y más ruborizada que nunca, en todos los sentidos.

    Me siento tremendamente en tensión y empapada. La miro disimuladamente con deseo, con morbo. Ella parece que se percata de mi perturbación, se sonroja y me lanza una mirada felina con los ojos entreabiertos y una discreta sonrisa, deliciosa y ardiente al mismo tiempo. Mmmm… Siento unas tremendas ganas de amar su cuerpo como si no existiera un mañana.

    Acto seguido, se pone una camiseta ancha negra de manga corta, muy sencilla y de estar por casa. Nos sentamos en el sofá. Entonces, partiendo de lo que estábamos hablando sobre gente materialista, ambiciosa y narcisista, fluye entre nosotras una interesante conversación reflexionando sobre la vida y la sociedad modernas en la que tocamos temas de lo más variopintos pero al mismo tiempo muy relacionados entre si: psicología sobre la sociedad y las relaciones líquidas, filosofía, religiones, política, ideologías, de como han cambiado la vida y la sociedad en cuestión de pocas décadas, de como puede llegar a ser la gente, entre más cosas.

    Irónicamente, ella tiene una visión de la vida tal vez más moderna y yo más conservadora pese a ser más joven, aunque coincidimos en muchas cosas.

    A base de conversar, descubrimos más y más que ambas somos personas sencillas, nobles, sensibles y que pese a los duros golpes que nos ha dado la vida no perdemos ni perderemos nunca nuestra esencia, nuestro verdadero ser. Conforme avanza la conversación, me percato de como ella me abre su corazón más y más, mostrándose también vulnerable, sobre todo cuando me explica todo el acoso escolar que sufrió y como le afectó, hasta el punto de terminar ambas llorando abrazadas. Es por esta razón que Gunilda es la mujer más noble, sensible y cariñosa que puede alguien encontrar y al mismo tiempo la mujer más brava y temida cuando la atacan a ella o a lo que más quiere.

    Entonces pasamos a reflexionar sobre las relaciones personales: la amistad, el amor de familia, el enamoramiento, el amor de pareja. Tocando estos dos últimos temas, me habla de cómo se siente ella cuando se enamora. Lentamente sus pupilas se dilatan, sus ojos brillan y sus mejillas se sonrojan. La verdad es que se nota demasiado que en este momento está enamorada.

    Entonces, yo le hablo con más detalle de todo lo que llegué a sentir hacia Yolanda, la otra mujer de la que estuve enfermizamente enamorada y le enseño fotos suyas, concretamente su perfil en una red social. En cuanto las ve, pone una cara un tanto extraña, ruborizada. ¿Habrá notado un gran parecido físico con ella?

    –Pero a ver –me mira y me sonríe tierna y pícaramente– ¿Eres de fijarte en mujeres muy diferentes entre si o de no gustarte en general sino de tener tu concreto prototipo?

    Siento como discretamente empieza a acercarse más y más a mí tomándome de la cintura, acariciándome el cabello, el cuello y la espalda con su grande brazo y su manaza. Empiezo a ponerme tensa y me sonrojo. Es más que obvio que me está poniendo dulcemente contra las cuerdas.

    –Pues tengo mi concreto prototipo, sí –le respondo, agachando la mirada con gran timidez.

    –Por todo lo que me has explicado de ella, se nota que te gustaba mucho –me dice, mientras continúa acariciándome.

    –Sí, aunque fuera muy tóxico, nunca antes de ella me había enamorado de nadie.

    –¿Y después de ella? –me pregunta con una voz muy sensual mientras que sus caricias se centran más en mi cuello, mi mejilla y mi cabello y acerca más y más su rostro al mío.

    –Pues yo… –respondo sonriendo con gran timidez y tremendamente sonrojada, agachando más y más la mirada.

    Y no hace falta decir nada más.

    Continuará.

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