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  • Sali del infierno y conocí el cielo (2/2)

    Sali del infierno y conocí el cielo (2/2)

    Al ver la sonrisa de mi tía, recordé a mamá.

    Ahora entendía por qué siempre me pareció familiar era como ver a mi madre pero más joven y delgada, mientras conversábamos sobre mi colegio, cada pregunta personal le respondía con un no recuerdo o bien un después le hablaré de eso, no quería que supiera mi pasado ni como me trataba mi padre, los médicos y enfermeras dieron las condiciones para la hospitalización domiciliaria, podía estar de pie pero solo unas pocas horas al día, una vez por semana debía tener control y cualquier dolor de cabeza o mareo inmediatamente debía volver al hospital, hubo muchas otras cosas que mi tía anotó en una libreta y una vez terminado toda la charla fuimos hasta el estacionamiento.

    El camino fue ameno, había un silencio, pero era incómodo. El auto paró frente a una casa moderna, ella emocionada me dijo que este era mi nuevo hogar, luego con una mirada seria me dijo que antes de entrar debíamos conversar sobre un tema importante, el cual era el no guardarnos nada y contarnos todo. Siguiendo su regla, ella me contó sobre su vida.

    Nacida y criada en una familia con 5 hermanos, mi tía siendo la menor siempre fue la olvidada. Además, era la menos atractiva entre sus 3 hermanas, siempre la atención estaba en su tercera hermana, mi mamá, quien se robaba el cariño de los hombres e incluso de sus padres. Por eso cuando cumplió se vino a vivir acá sin saber que su hermana también estaba acá, y es más, ella se había casado a los 2 meses de relación y estaba embarazada. Mantuvo su distancia un tiempo, pero cuando me conoció rompió esa distancia y me visitaba mínimo una vez a la semana.

    Luego mi madre volvió a su pueblo, ella conoció a un hombre y se distanció de mí, pero luego termino su relación debido a una infidelidad por parte de él, por lo que quiso volver a tenerme en su vida, pero un día fue a verme y mi padre la intimidó para que no se acercara y ella se alejó. Pasaron los años y perdió mi rastro, hasta que un día llamo la policía que yo era uno de los números de emergencia que pudieron encontrar buscando en fichas antiguas, contaron que sus contactos dijeron que no eran responsables y que se desentienden de cualquier responsabilidad. Llegó al hospital, vio mi estado, fue a presentar la denuncia, y se puso a modificar su casa para recibirme.

    Luego fue mi turno, le conté todo. Lágrimas brotaban sin cesar por parte de ambos, ella me abrazó tiernamente, estuvimos así varios minutos. Luego con dificultad entramos, era una casa muy moderna en decoración, mi pieza daba al patio, tenía una cama grande, un mueble y un televisor, una verdadera bendición.

    —Entonces ¿Qué es lo quieres hacer?

    —Bañarme…

    No faltó otra palabra para que empezara a preparar el baño, a pesar de insistir que pusiera bolsas en mis yesos y yo me duchaba solo, no pude ganarle y me sentó en una silla de plástico debajo de la ducha y ella solo en un sostén deportivo más unas calzas me iba a ayudar.

    Antes debido al trauma y los dolores no reaccionaba al contacto con mi cuerpo, pero ahora que me estaba recuperando las hormonas comenzaron hacer de las suyas, el solo ver el cuerpo de mi tía logró una leve erección que no pasó desapercibida, pero no dijo nada al respecto y actuó normalmente.

    Me enjabono todo el cuerpo con cuidado, los yesos tanto de mi mano y pie estaban cubiertos de un plástico especial que ella compró, me pidió intentar ponerme de pie para poder limpiar bien mi espalda y trasero, no pudo evitar entrar y abrazarme de frente, tocándome con pequeños pero firmes pechos, su brazo izquierdo me abrazaba para afirmarme y el derecho cubría con la esponja toda mi espalda baja y trasero, no pude evitar tener una erección total, mi pene quedo entre sus pechos y golpeando su cuello, pero nuevamente no se molestó ni reaccionó.

    Esa noche estaba intentando dormir, cuando escucho la puerta abrirse, mi tía veía solo con una polera muy larga que le tapaba hasta poco más arriba de las rodillas, sin inmutarse se acuesta a mi lado. Como si fuera lo más normal del mundo me comenzó a hablar, su tono era muy dulce, sin querer le revele mis miedos y le dije que tenía mucho miedo que ella igual me abandonara que a pesar que recién la conozco siento que la quiero mucho.

    Aunque intenté detenerlas mis lágrimas comenzaron a caer, ella estrechó su abrazo poniendo mi cabeza en su pecho, pude apreciar de primera que a pesar que sus tetas eran pequeñas eran muy cómodas, ella acariciando mi pelo me decía que todo iba a estar bien, esto hizo que me sintiera más tranquilo pero aun así seguía llorando, pero esa leve tranquilidad me hizo más consciente y pude sentir en mi cara sus pezones puntiagudos.

    Estuvimos así mucho tiempo, aún me mantenía en su abrazo, ella como podía me acariciaba con su mano el yeso en mi brazo hacía que solo alcanzara mi estomago o mis muslos, fue en un momento que su mano pasó por mi pene, logrando que me detuviera de llorar debido a la sorpresa.

    Era diferente de cuando me masturbo la enfermera, esta vez era tierno y cariñoso, la mano de mi tía agarraba mi pene con cuidado y suavidad, yo aproveche para acariciar con mi boca sobre su polera, tenía sus pechitos a mi disposición, sus pezones comenzaron a ser visibles y agarre uno con mis labios provocando un suspiro por parte de mi tía. La sensación de mi pene me estaba torturando quería que fuese más rápido, instintivamente comencé a mover mis caderas, mi tía al notar esto aumentó su velocidad y a los pocos segundo me corrí mucho nuevamente, incluso los músculos se tensaron provocándome un dolor en mi pierna rota.

    —Parece que hoy tendremos que dormir en mi cama.

    Así comenzó una nueva etapa de mi vida, pasamos del conocernos al cariño y rápidamente al cariño físico, mi tía me ayudaba a vestir, a ir al baño y en las noches dormíamos abrazados, a veces cuando tenía pesadillas ella me abrazaba y eso terminaba en una masturbación deliciosa mientras yo le comía las tetas, al principio siempre sobre la polera pero luego ellas se la subía para permitirme devorarlas a mi placer.

    Después de un mes me quitaron los yesos, pero mis músculos estaban atrofiados por lo que aún era dependiente, ese día habíamos planeado pedir pizza para celebrar mi recuperación, debido a que estuve mucho tiempo con yeso mi piel olía horrible por lo que necesitaba bañarme urgentemente.

    —Gabi, debido a que hay que enjabonar bien quitar toda la piel muerta y suciedad tendremos que quitar la silla

    —Yo estaba pensando lo mismo

    Estaba apoyado de pie con mis manos en la pared mientras mi tía con su usual conjunto deportivo estaba en la ducha conmigo, limpio con cuidado cada parte de mi brazo, y luego se agacho para jabonar mi pierna, cuando me tocó darme vuelta con cuidado sin querer le pegue con mi pene erecto en su carita, esto causo risa en ambos, pero no esperaba su respuesta, simplemente con las noches de masturbación y el poder fantasear con mi tía yo estaba feliz, pero este nuevo nivel de cariño físico era algo bueno.

    Sin previo aviso comenzó a lamerlo con su lengua, seguidamente metió toda la punta en su boca, mientras jugaba con su lengua.

    Metiéndose todo hasta el fondo, emite un ruido gracioso luego lo sacó de su boca y me miró sonriendo, su mano agarró la base, como poniendo un límite y comenzó a chupar mientras su mano acompañaba el movimiento de su cabeza, un sube y baja por todo mi pene, la forma en que sus dedos se enredaban acompañado de sus bonitos labios hicieron que no aguantara mucho, instintivamente agarré su cabeza con mi mano izquierda y lancé un grito de placer, ella sin intención de salir recibió toda mi leche en su boca, después de soltarla ella dio unas lamidas como para limpiarlo luego sonrió y continuó enjabonando mi cuerpo como si nada hubiese pasado.

    La relación ahora tenía dos delicias en el menú, masturbadas nocturnas y sexo oral en la ducha, poco a poco el límite entre ambas se fue borrando y hubo noches donde me dormía después de haber follado la boca de mi tía, muchas veces intente llevar las cosas por otro camino pero ella siempre me detenía, incluso una vez que intente yo bajar a su cuerpo ella se paró y se fue a su habitación. Los meses pasaban y mi recuperación era cada vez más visible, podía utilizar mi brazo para la rutina diaria y mi pierna ya aguantaba caminar distancias cortas.

    Había pasado un año desde mi hospitalización y también se celebraba mi cumpleaños, había preparado muchas cosas dulces, fue un día muy especial por primera vez me sentía realmente feliz, hasta hoy aún sentía un miedo en que me abandonaran, aunque realmente aún queda un poco de eso en mi mente, soplando las velas del pastel pedí como deseo el poder estar siempre con mi tía.

    Esa noche al estar abrazados acostados, nos pusimos a conversar sobre la vida, me preguntaba mis planes a futuro, y muchas cosas más. Cuando mi primer bostezo apareció, mi tía se levanta de la cama como recordando algo y se va al baño, mis párpados se hacían pesados, pero cuando se abrió la puerta toda aparición de sueño se esfumó.

    Mi tía salió completamente desnuda, era hermosa. Su físico era delgado pero no se veía mal, sus pechos eran pequeños pero firmes y traía su conchita depilada era una verdadera muñeca de porcelana frente a mi, instintivamente saque mi pene y me prepare para el sexo oral, pero ella soltó una risita.

    —Gabi, quítate todo, hoy como regalo te voy a dar algo que llevas tiempo deseando

    Rápidamente se esfumó toda mi ropa y quede desnudo mientras mi tía se estiraba a mi lado, rápidamente nos acercamos y nos abrazamos, este momento de intimidad fue la respuesta a el cariño que nos teníamos, nos cuerpos desnudos tocándose lograron que mi pene casi doliera de lo erecto y la piel de mi tía se erizo haciendo que sus pezones se pusieran duros, y aunque parezca mentira nos dimos nuestro primer beso.

    Fue el primer beso de mi vida, no sé como lo hice pero me hice adicto y no quería soltar los labios de ella, sin poner resistencia mi tía se dejaba ser, mis manos estaban en su pecho y en su trasero tocando todo a mi gusto, saliendo un poco de mi intensidad ella se acerca a mi oído y me susurra

    —¿Qué quieres hacer?

    —Deseo comerte

    —Cómeme soy tuya…

    Tumbada sobre su espalda me puse sobre ella y me fui directo entre sus piernas abiertas, me metí a besar sus muslos primero, iba acercándome a mi meta centímetro a centímetro con mis besos, pero al ver su rostro se cruza en mi vista esas tetas que tantas noches bese, sin pensarlo subí comencé a hacer mía con pasión esos ricos pezones, sentía mi pene rozando con su conchita y poco a poco íbamos humedeciendo nuestros cuerpos, mi tía me miraba con una cara de placer que nunca le había visto, era una mujer en celo.

    Moviendo sus caderas mientras yo me daba un festín con sus pechos y cuello, mi pene quedo en la entrada de su conchita, con otro movimiento de ella toda l apunta ya había entrado, mirándonos a los ojos ella entrelaza sus brazos por mi cuello y me jala hacia su boca, mientras nos comíamos la boca yo empujé todo lo que faltaba de mi pene hasta el fondo de ella, con un gemido que recibí a un centímetro de mi oído, comencé a meterla.

    La habitación se llenó de nuestros gemidos y no pude controlarme y comencé desenfrenadamente a meterla y sacarla, cada gemido que le producía con mis estocadas me daba más energía para meterla más profundo posible, podía sentir cómo las paredes de su conchita apretaban mi pene, en un momento los dos comenzamos a gritar, no sabría decir quien soltó más, pero la vagina de mi tía chorreaba como grifo.

    Me sentía cansado y con un leve dolor en mi muñeca derecha pero no importaba nada, estirándome sobre mi espalda me puse junto a ella, mi tía se limpió un poco y luego apoyó su cabeza en mi pecho, así avanzamos a una nueva fase de nuestra relación, pero aún me faltaba algo que quería.

    Sin darnos cuenta nos dormimos en la misma posición, por lo que con cuidado retiré a mi tía sobre mí, y fui al baño por la mañana. Al llegar la observo durmiendo y me lleno de una emoción difícil de describir, creo que se llama amor, aunque el observar mucho trajo lujuria y deseo también a la oración.

    Quitando suavemente las sábanas veo el cuerpo totalmente el cuerpo desnudo de mi tía, no teniendo cuidado para no parecer alguien turbio, la muevo y le abro las piernas, ahora con la luz de día podía observar su conchita depilada y rosadita, sin pensarlo dos veces me lance a comer, pase mi lengua por toda la zona luego me detuve en la parte que estaba hinchada, en algún momento mi tía comenzó a gemir, cuando intensifique mi lengua sus manos me acercaron y apretaron contra su cuerpo como si quisiera que me metiera dentro, mi boca se llenó de un líquido alcalino y algo pegajoso pero muy erótico.

    Luego me llamó para acostarme junto a ella y estuvimos toda la mañana hablando abrazados como una pareja recién enamorada.

    A partir de entonces teníamos sexo 2 o 3 veces diarias, a veces debido al trabajo de mi tía solo podíamos darnos unos servicios exprés con nuestras bocas, a pesar de tener una diferencia de 16 años ambos éramos sexualmente compatibles y el hecho de mi tía pareciera una muñeca de porcelana hacía que nuestra diferencia no se notara, por lo que afuera solo éramos una pareja de enamorados más.

    Un día después de volver de mi clase universitaria encuentro todo apagado, algo raro, me puse a buscar a mi tía que se supone que debía estar, todo estaba oscuro y no podía encender la luz ya que no funciona, llame a mi tía y no contestaba, luego llame a la compañía y me dicen que el servicio se repondrá en 5 horas más. A pesar que la terapia y la relación con mi tia me habían sanado, la ansiedad me estaba ganado, cuando voy al dormitorio, me llevo una sorpresa mi tía estaba dormida en la cama, sin decir nada fui a abrazarla, asustada me recibió y escuchó todo lo que pasaba, no pudo evitar reírse aunque no de forma burlesca.

    Aprovechando el apagón, ella me dice quiere probar algo nuevo y que le da vergüenza pedirlo, sin dudar acepté sin saber que era, mientras nos besábamos nos fuimos quitando la ropa, luego ella bajó y me lamió dejándome el pene muy mojado con su saliva, colocándose de rodilla al borde de la cama, me pidió que se la metiera por el culo.

    Centímetro a centímetro iba entrando, ella se quejaba, pero me pedía que no parara, cuando estaba todo adentro agarre sus caderas y comencé a embestir con cuidado haciendo que cada embestida fuera más larga, hasta llegar a que mi pene solo quedara con la punta adentro para luego meterla toda, sus gemidos con tardaron en llenar la casa, su culo era placentero.

    Subiendo su espalda y abrazando como pudo se sujetó de mí, yo aproveche para abrazarla y tocar su pecho y con mi otra mano meter un dedo en su conchita, ahora gritos eran los que provocaba esta situación, su trasero no era grande, pero era exquisito para mí, fueron tres o más los orgasmos que tuvo ella mientras yo seguía metiéndosela por el culo, hasta que no pude aguantar más y descargue todo dentro de ella, sin fuerza caímos derrotados, con mi tía dándome un beso en agradecimiento.

    Nos volvimos adictos al sexo anal, cada día lo hacíamos hasta que el dia de mi graduación, en la cena mi tía me dice que ya no haríamos nada por un tiempo, sorprendido le pregunto.

    —Ahora que ya eres un arquitecto, es momento de intentar formar una familia…

    ¿Fin?

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  • Estigmas y pétalos (parte 1)

    Estigmas y pétalos (parte 1)

    Premisa:

    Después de perder su trabajo en el extranjero, Florencio regresa a su tierra natal en busca de un nuevo comienzo. Al encontrarse con un pueblo cambiado, decide compartir un departamento mientras trata de adaptarse a su nueva realidad, enfrentando la nostalgia y la incertidumbre de su futuro. A medida que se adapta a un entorno familiar, pero renovado, la nostalgia, el deseo de conexión y los retos personales lo llevan a replantearse su identidad y lo que realmente busca en su regreso a casa.

    Disclaimer de géneros:

    Bisexual, erotismo y romance.

    El ferri que conseguí estaba lejos de ser lujoso, pero el paisaje lo compensaba, correteando pasaba de un lateral al otro del barco para poder apreciar las regiones más importantes de Rozguay. Por la derecha se apreciaban las amarillas playas con sus palmeras y gaviotas volando, por la izquierda los cerros de arena roja adornados con las hojas de los lapachos. Hace años dejé mi tierra natal para estudiar en el extranjero. Tras graduarme, encontré trabajo en una empresa relativamente grande, pero pronto me di cuenta de que la oficina era un lugar frío y estresante que podía convertirse en una cárcel si no avanzas. Se puede decir, que volví al cálido hogar porque perdí mi puesto de vendedor…

    Mientras el ferri avanzaba, pensaba en los viejos conocidos que probablemente ya no recordaban ni mi nombre ni mi cara. Solían llamarme Fler, una combinación de mis nombres Florencio y Oliver. Otros usaban el apodo Flor, pero nunca me gustó, por lo que me molestaban con eso. Por otro lado, la tez de mi piel se encontraba algo más bronceada, me gustaría decir que tal vez había ganado algo de musculatura desde entonces, pero en el fondo sabía que mi escuálida figura no había cambiado mucho.

    Sin embargo, no todo es negativo, logre ahorrar una considerable cantidad de dinero, el cual se me hubiera esfumado en poco tiempo de no haber venido.

    En mi tiempo de estudiante me había acostumbrado a vivir en departamentos compartiendo gastos con compañeros. Pensaba intentar lo mismo aquí en lo que encontraba con que ganarme la vida, a pesar de no ser una práctica tan habitual, creo que podría ser también una oportunidad de conocer a más personas. En el mejor de los casos, claro está.

    Así que una vez llegado, pase por los senderos de empedrados y veredas delgadas, buscando un departamento decente y asequible, no sin antes perder la vista en los atributos del pueblo moreno. Pues hasta en las ciudades los peatones vestían bañadores, mujeres cuyas corpulencias se derramaban de los ceñidos corpiños y tangas, así como hombres con los tornos desnudos exhibiendo orgullosos la robustez de sus cuerpos marcados.

    Aquello era algo que había olvidado, o quizás era demasiado joven como para darle importancia. Y ahora… ¿Qué puedo decir? No estoy hecho de piedra.

    Realmente el cambio de moneda me salvo de tener que recurrir a un marginal, pero tampoco pude ser demasiado exigente si es que quería un lugar para dormir esa misma noche. Así que en un barrio cerca del centro encontré un complejo de departamentos, el cual estaba cerca de parecerse a un motel barato, publiqué en las redes que buscaba compañeros de cuarto y prácticamente fallecí en la cama.

    Al siguiente día, gracias a mi despertador me levanto en una mañana que aún no presenciaba la luz del alba, pues había olvidado cambiar la zona horaria del celular. En lo que solucionaba el error, aproveche para revisar las redes lavándome la cara, sin embargo, nadie me había contactado aún, era entendible no hallar una respuesta tan inmediata. No tenía mucho trabajo de maletas, más allá de ordenar algunas ropas y papeles, por lo que decidí que sería una buena oportunidad para dar un paseo.

    Nunca había mantenido una rutina muy atlética, aunque en mi tiempo de estudiante me imaginaba manteniendo una, tras hacerme algo de tiempo libre al terminar la carrera. Me decía a mí mismo que cuando fuera el caso, cada día trotaría un poco, para ponerme en forma. La realidad era que, pasaban los años menos tiempo libre tenía, pero ahora una caminata de vez en cuando no sonaba tan mal, como un comienzo de alejarme de la vida sedentaria.

    Al momento de salir, pensé que fue una mala idea, las calles se veían muy diferentes sin la luz del sol, apenas iluminadas por algunos locales con sus luces de neón. Por momentos me perdía en los mismos caminos que había tomado el día anterior, era como si fueran sitios diferentes dependiendo de la hora, los lugares cerrados por el día estaban abiertos por la noche, y viceversa, teniendo que tomarme mi tiempo para identificar detalles que me hicieran de orientación.

    Pero en lo que regresaba al complejo el amanecer se asomaba, junto a su calidez, diferentes cantinas se abrían, saludándome al pasar.

    Kioscos que al abrir sus rejas me levantaban el pulgar, chatarreros que estacionaban sus carretas en algún semáforo, personas que recalentaban las planchas de sus cocinas para limpiar la grasa, llenando el aire con los aromas del bacalao y chorizos del día anterior. En las paradas de bus, trajeados se posicionaban a la espera, camiones llamados colectivos que con sus mecánicos sonidos orquestaban la banda sonora de la ciudad.

    Al pasar por una ruta, note que cierto lateral estaba señalizado con el símbolo de una bicicleta, justo cuando lo entendí, los ciclistas no se hicieron esperar, sintiéndome algo pervertido al no poder evitar que la mirada terminara en sus trabajados cuerpos, sobre todo sus traseros que levantaban ligeramente al esprintar.

    Ya tomando el camino de vuelta, gire algunas manzanas para conocer otras partes de la ciudad. Pasando por una suerte de mercado, llena de carpas y mesas improvisadas con cajas. El perfume de la menta e inciensos llenaba el lugar, mientras que artistas callejeros alejaban los chirriantes sonidos del tráfico, gracias a los acordes de guitarras de pocas cuerdas. Cada pequeña parte me llamaba la atención, preguntando los precios de cada cosa, tener un mercado tan cerca desde luego que es conveniente.

    Justo cuando estaba a punto de abandonar el mercado, un hombre me silbo, acercándose con su carreta tirada por un caballo.

    —¡Amigo! ¿Una banana? Mira, lindo está.— Soltó un hombre al que ya se le asomaban algunas canas a su cabello recortado.

    —No-no-no —Armándome de coraje dispuesto a defender el efectivo que me quedaba. —Gracias-gracias-gracias.

    —Não sea ña así… —Insistió el sujeto.

    El sujeto de piel bronceada, estaba apenas vestido con un vaquero casi hecho harapo y una delgada camisa que empapada de sudor se trasparentaba. Involuntariamente, mi mirada se perdía en su cuerpo, de las recientes arrugas se apreciaba el delineado de sus pectorales, seguido de unos protuberantes abdominales, como un recorrido rocoso.

    Me hablaba rascándose la descuidada barba, entremezclando el portugués con el español, dificultándome entenderlo. Para ser justos, tampoco le estaba prestando demasiada atención, su figura contaba una historia de un cuerpo aún más hercúleo que el actual.

    —¿você um estrangeiro?

    —Não, me mudé recentemente. —Solté desviando la mirada, sintiendo el ardor en el rostro.

    —¡Epa! ¿voltar para casa? ¡Tem!-¡Tem!-¡Tem! —Lanzándome una bolsa de frutas.

    En cuanto recibí la bolsa, estiro la mano para estrecharla con la mía. Al aceptar el apretón, el hombre golpeo palma con palma y lo envolvió con todas sus fuerzas, fascinado noté las venas sobresalir de entre sus músculos. No tuve tiempo de pagar o decir gracias, cuando ya estaba sacudiendo las riendas del caballo, el cual relinchando se apresuró a seguir tirando del carro.

    Supongo que como dicen por ahí, la primera es gratis, pensé en lo que inspeccionaba el contenido de la bolsa, encontrando que lo lleno de todo un poco.

    Ya adentrándome a pocas cuadras del complejo, de nuevo fui interrumpido por un nuevo rostro.

    —¡Ou nene! —Escuche una melosa voz sacándome de mis reflexiones—¡Compra ña um Pãoqueijo!

    Se trataba de una señora de buen ver, acercándose con una gracia casi felina acomodándose el flequillo de su oscura cabellera, pude notar una piel café sobre las hendiduras de su blusa crochet celeste, una piel oscura diferente a la mía o la de alguien bronceado, se trataba de una verdadera nativa. La enorme canasta que llevaba como sombrero la delataban como una panadera callejera, aquel pequeño gesto acentuaba los movimientos de su ancha cadera, asomándose por momentos su torneado muslo en la línea que abría su larga pollera roja.

    Cuando la tuve a centímetros quedé embelesado, unas gruesas cejas le daban una mirada profunda, a los parpados caídos con hermosura. Unas mejillas prominentes hacían con la enorme sonrisa que mantenía en todo momento, labios carnosos propios de una naturalidad salvaje.

    —¿Você va querer um po?

    —¿je? Sí, voy a llevar un… Par… —Atine a sentenciar, intentando desviar la mirada del par de atributos que se derramaban por su pecho como unas hermosas lágrimas.

    Avergonzado por mi evidente asombro tanto a su figura como rostro, atine a contestar de reflejo, como si su belleza hubiera funcionado como gancho de ventas.

    —¿Vo so cara nova acá? Ñao acuerdo de você, nene. Eu passo todas las mañanas, búscame ña si te falta alguma coisa con que acompanhar el desayuno. —Dijo guiñándome un ojo en lo que se marchaba tras cobrarme.

    Tanto la panadera como el frutero, utilizaban aquella combinación de portugués y español, parecido al de Brasil, pero con adicciones españolas, el resultado del mestizaje tras la colonización. Había olvidado aquella forma de hablar, una que sería una herejía al diccionario tanto para Europa como para Sudamérica. Finalmente, subí las escaleras del complejo de departamentos, mis piernas ya notaban un dulce cansancio.

    Con una bolsa llena de frutas y otra de panes con queso, los llamados Pãoqueijos, una comida típica de este país. Me sentía como un tonto al soltar algunas monedas por dejarme engatusar, un momento pensaba en ponerme en forma y en otro estoy comprando calorías, pero en el fondo también me llegaron una mezcla de nostalgia y curiosidad por volver a probarlo. Recordé que en el primer año fuera extrañe su sabor tanto como de las amistades, con el tiempo me acostumbre a la gastronomía europea y termine olvidándola.

    Como si esto se tratara de evitar que Florencio llegue a su cuarto para descansar, cruzando el pasillo que da con mi puerta, casi tropecé con un hombre que era empujado a fuera y que en calzoncillos se encontraba subiéndose los pantalones.

    —¡Anda a la mierda a coger a tu puta madre! ¡Idiota! —Soltó una joven con el pelo teñido de rojo, la cual parecía ser la que lo había empujado.

    ¿Es que acaso acá nadie lleva ropa?

    Fue lo que pensé en lo que veía rebotar los juveniles pechos con cada sobresalto de sus gritos, hipnotizado con el movimiento de sus pezones. Eran pequeños, pero turgentes, con una piel algo porosa igual que su cuerpo delgado, notando ligeramente las costillas y una línea algo marcada que resaltaba su ombligo.

    El muchacho del cual apenas me pude fijar, soltó también una serie de insultos antes de marcharse. Chocando hombro con hombro conmigo al hacerlo, tal vez me había quedado observando demasiado a mi vecina.

    —¡¿Y vos qué mierda miras?! —Soltó al finalmente notarme.

    —Nada-nada… —dije con la cabeza gacha, en lo que llegaba a mi puerta.

    Quitándome los zapatos, desabotonándome la camisa, entre en un humor relajante, el paseo había tenido unas cuantas sorpresas, pero había cumplido su función.

    Fuera del mapa mental que trazaba con la imaginación para guardarla en la memoria, dispuse de mi computadora portátil, para acceder a los archivos Excel, en los que enlisté los precios de varios productos del mercado que me podrían interesar. Lamentablemente, tuve que volver a recurrir al celular para revisar las redes, una tarea de prioridad será conseguir un modem de internet.

    La búsqueda de compañero de cuarto, lo había publicado en redes como Instagram y Twitter, los cuales a pesar de ir cambiando de nombres, siempre los identifico con los originales. No había puesto mi número de celular, ya que me parecía algo demasiado precipitado, me limite a dejar mi correo electrónico, creyendo que eso sería más seguro.

    Mientras cargaba la bandeja de entrada del Gmail, me dispuse a registrarme en redes sociales nacionales enfocadas en la búsqueda de trabajo. Me animo al encontrar que tenía unos correos nuevos, en vano, pues la mayoría eran promociones de sitios webs o mensajes de despedidas de mis ex jefes. Había esperado algún interesado en el departamento compartido, pero de todos modos, uno me llamo la atención.

    El asunto decía “Notificación de herencia”

    Estimado Florencio Oliver Monsivar Rhozmar

    Espero que este mensaje lo encuentre oportuno. Me dirijo a usted en calidad de abogado de la familia Monsivar, para informarle sobre una notificación importante relacionada con la herencia de Ernesto Monsivar, quien lamentablemente ha fallecido él en la fecha especificada en correos anteriores.

    Debido a su ausencia en el país, los bienes ya han sido administrados con los principales responsables de la familia Monsivar y Rhozmar, sin embargo, eso solo significa que la parte que le corresponde ha sido guardada, aguardando su llegada. Es fundamental que se le comunique información relevante relacionada con la sucesión y la distribución de bienes, por lo que, en conformidad con las leyes correspondientes, debemos proceder con la entrega formal de esta notificación.

    Quedo a la espera de su pronta respuesta.

    Atentamente Juan Carlos Rodríguez García.

    Abogado privado de la familia Monsivar.

    Tan solo lo leí entre líneas, pero fue suficiente para pausar los mordiscos a mi desayuno, basado en el pan de queso y frutas. Pues aquello me había causado un nudo en la garganta, no había reparado en mi familia al llegar, no, ni siquiera se me paso por la cabeza tras zarpar del extranjero. Tenía mis razones… Mis padres y yo nunca habíamos sido los más unidos, empezando con que fui criado por mis abuelos.

    Don Ernesto… había sido una muy buena figura paternal durante mi adolescencia, una que mostraba la sensibilidad que no encontraba en mis distantes padres. Que hayan vendido los campos de cultivo tras su fallecimiento, sonaba a algo que harían ellos… Pero realmente, quejarme legalmente de eso solo me traería problemas, los mismos de los que me había podido alejar al viajar.

    Sintiendo que estaba luchando por un dinero que no me pertenecía, enliste citando al abogado a posibles reuniones, porque después de todo tampoco sentía que mis padres tenían total derecho a las pertenencias de mis abuelos. Recordando como a menudo se avergonzaban de sus orígenes humildes, ahora que ya no están no tienen problemas de sacar provecho de ello, sin embargo, lo que más me causaba pesar, es el que no haber podido estar en su funeral…

    Al menos pude estar en el de la abuela, su pérdida fue un duro golpe para mi vida, había estado tan enfocado en mis notas y en las competencias por becas extranjeras, que aquello me encontró de la forma más repentina. El viejo Ernesto derramó un par de lágrimas al ver su ataúd, lleno de flores cortadas del tallo, ser tragado poco a poco por la tierra. Yo, en cambio, para el bochorno de mis padres, rompí en un descontrolado llanto. Había sido la persona más dulce y bondadosa que haya conocido jamás, no solo conmigo sino que con los demás, un título que no se lo arrebato ninguna persona que conocí en fuera del país.

    Con una amarga sonrisa, mi abuelo me acompaño durante el camino de regreso, posando su brazo sobre mis hombros en un abrazo. En su arrugado rostro, se apreciaba una amarga sonrisa, entre bromas, me dejo en claro que ella había vivido en la dicha y trabajo digno. Aquello ayudo a calmarme, incluso en esa situación, él estaba más enfocado en mi bienestar que en su propio desahogo.

    Aquellas memorias se me cruzaban en la mente en lo que terminaba de redactar la respuesta al correo. Con solo recordarlo, los ojos se me ponían vidriosos, una mezcla de melancolía y culpa, a punto de derramar las primeras lágrimas. Pero antes de que ocurriera, me limpio los ojos con el mismo dedo que apretó el botón de enviar. Pues en esa misma charla con mi abuelo, le había prometido que recordaría los buenos momentos, esos con los que se pueden bromear y sacar alguna sonrisa, que si se ha de llorar a una muerte, ha de ser de la risa.

    Sacándome una sonrisa, tan amarga, como la que me dirigió mi abuelo aquel día.

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  • Mi primera experiencia lésbica (3 y final)

    Mi primera experiencia lésbica (3 y final)

    Me quedé dormida en el sillón luego que Claudio se retirara. Desperté tipo 9 de la mañana con el semen reseco sobre la piel. El olor seguía ahí. Me calentó esto. Fui a darme una ducha y mientras lo hacía pensé en sus últimas palabras, “si tengo ganas, tal vez te rompa el culo”. No estaba segura, si él lo había dicho o si yo lo había imaginado.

    ¿Cómo podía ser esto?, si lo había soñado, ¿por qué fue?, si él lo había dicho, ¿tendría realmente intención de hacerlo? ¡Dios mío!, ¡ese tremendo falo en mi culito virgen! ¡no era posible acaso ni si quiera imaginarlo!

    No va a entrar, voy a sufrir mucho, esto no va a tener nada de placentero. Que locura, yo que me había negado a darle mi culito a mi novio, con un pene normal, y ahora estaba pensando entregarme a esta bestia.

    Es fácil la solución, lo llamo y le digo que suspendo la reunión, le digo que no venga. Ya está, soluciono el tema, total ya lo pasé muy bien, no había imaginado las experiencias que tuve ayer. Ya es suficiente, el resto es imposible.

    Bajé a desayunar tranquilamente, estaba completa de placer, me sentía gratificada, me dolía un poco mi rajita, pero estaba satisfecha.

    Terminé de desayunar y lo llamé, levantaron el auricular, pero no contestaron, Claudio, dije, ¿sos vos?, me cortaron. Esto me preocupó. Me fui a cambiar, me puse un traje de baño para ir a la playa y luego llamé otra vez, en esta oportunidad nadie contestó. Que iba a hacer, iba a venir a las 2 de la tarde para romperme el culo, que locura. Pensé que le diría que no y listo, pero no estaba tan segura de tener éxito, cuando le dije que no por la vagina lo hizo igual, bueno, pero esto era otra cosa, no me tomaría por la fuerza por el culo, se arriesgaría a una denuncia.

    Me fui a la playa pensando en esto, eran las 10,30 de la mañana, me recosté a tomar sol. Qué momento de placer absoluto, mi cuerpo en éxtasis, un poco dolorido por la terrible follada, pero satisfecho y al sol de Río de Janeiro, esto era el paraíso.

    ¡Se me ocurrió en ese momento una idea muy buena, la de desaparecer a las 2 de la tarde del hotel! Muy bueno, iría a dar un paseo a esa hora y no volvería hasta digamos las 5 o 6 de la tarde, para esa hora, Claudio ya se habría ido, imposible que me espere con su agenda tan apretada, incluso probablemente no me espere ni media hora, y ya para la noche vendría mi padre, y asunto terminado.

    Descansé en la playa toda la mañana, a eso de las 12 almorcé allí mismo, la idea era volver al hotel a cambiarme para salir tipo 1 para el Pan de Azúcar y de ahí al shopping Barra. Eso me daría tiempo para llegar bien tarde.

    Llegue al hotel a las 12.30, estaba un poco cansada, había comido un poco de más y tomado una caipiriña, no estoy acostumbrada a tomar alcohol. Me duché y salí con mi bata del baño. Me acosté un rato con mi bata para secarme con la idea de luego levantarme y cambiarme para salir.

    ¡De repente siento que suena el timbre del cuarto, miro el reloj, y eran las 2 de la tarde en punto, me quede dormida!, ¿era Claudio?, ¡Dios mío!, ¡vino a romperme el culo!, ¡con ese tremendo monstruo!

    ¡Que hacer!

    Sonó nuevamente el timbre, fui hasta la puerta con la bata puesta, abrí y efectivamente era él. Estaba divino, con su indumentaria habitual de prostituta esta vez en tonos coloridos, un top blanco, una falda blanca y medias y zapatos blancos.

    -Claudio, ¡intenté llamarte y no me contestaste!, dije rápidamente

    -Es que mi teléfono tuvo problemas.

    -Claudio, hay un error, yo no quiero hacerlo hoy, mejor andate, ya estuvo bien, suficiente para mí.

    -Vamos no te asustes, te va a gustar, vas a ver que me lo vas a agradecer.

    -No, basta, andate, discúlpame, quise avisarte.

    -Bueno, págame, vine hasta aquí y reservé turno para vos.

    Fui a buscar la cartera, y le di 300 dólares.

    -No, mi amor, vine a romperte el culo, eso cuesta 500.

    -Yo no quiero que me hagas eso, nunca te dije que si.

    -Vamos, soy grande, te lo dije ayer, y ahora estas aquí esperando, no me digas que no querés, si no quisieras te hubieses ido.

    -Bueno, Claudio, aquí tienes 200 mas, ya estas pago, por favor andante.

    Guardó el dinero en su bolso, me di vuelta, para servirme un vaso de agua esperando el sonido de la puerta, por el contrario, no escuche nada. Cuando me di vuelta nuevamente, vi a Claudio completamente desnudo, acariciándose su tremendo instrumento. Me quedé petrificada mirándolo.

    -Estás loco Claudio, ni lo sueñes.

    -Vamos putita, si vos querés tanto como yo que te desvirgue el culito.

    -No, andate, no quiero, ya te dije, ¿no entendés?

    -Estas aquí a la hora marcada, ¿me pagas y querés que te crea que no querés hacerlo?, Jajaja

    -¡Andate o llamo a la guardia del hotel!, dije gritando

    -Ah, si que bueno, me va a gustar cuando le expliques a tu padre que un travestí te visitó tres veces en dos días.

    Me quedé muda, era una trampa, no tenía salida, mientras tanto veía como se sobaba su polla que estaba a pleno. Parecía más grande que ayer.

    -Por favor Claudio, no quiero, me va a doler

    -No insistas Paula, ya es tarde, sé que te va a doler, pero luego me lo vas a agradecer. Vamos al sillón, me dijo en forma entre autoritaria y paternal.

    Yo agaché la cabeza y me dirigí al sillón. Me tomó de los hombros y me dio un beso en la boca, Dios mío, ese beso que solo el sabía dar, me relajó mucho sentir su lengua en mi boca. Me desató la bata y quedé desnuda. Me hizo poner en cuatro, apoyando mis brazos en el respaldo del sillón, me acarició los hombros, la cabeza, los brazos, las piernas, el vientre y finalmente mis glúteos, lo hacía lentamente, tomó mucho tiempo en relajar mi cuerpo, luego me tomó de las caderas y comenzó a chuparme mi coñito, que forma de chuparme, era un maestro, me hizo mojar de inmediato.

    Luego bajó hacia mi ano, me lamió en círculos, luego introdujo la lengua suavemente, yo ya estaba a mil de la calentura, como lograba ponerme así, pensé. Luego de una larga chupada, fue a buscar en su bolso un gel lubricante. Me untó abundante líquido en forma de círculos con los dedos, luego introdujo un dedo y lo movió dentro, no me dolía para nada, mas tarde introdujo otro dedo, los que separaba dentro para que me dilatara, lo hacía con gran maestría.

    Finalmente puso un tercer dedo que también separaba dentro, cada vez que ponía un dedo, untaba más y más lubricante. Una vez mas, unto más lubricante, sacó los tres dedos y los introdujo nuevamente, yo estaba muy dilatada y muy caliente, pero su falo era enorme, me preguntaba si era suficiente.

    Mientras me daba los últimos masajes con los tres dedos, me dijo:

    -Ahora voy a poner mi pene, despacio, yo voy a permanecer quieto, tu vas a moverte hacia atrás en la medida que veas que puedes, trata de hacer fuerza hacia fuera cuando entra, como si estuvieras evacuando, también respira hondo a medida que se introduce, eso ayuda a la relajación. ¿Comprendido?

    Sin contestar asentí con la cabeza.

    Sacó los dedos, me tomo de las caderas y apoyó la cabeza de su pene en mi agujero, sentí como que había una tremenda diferencia de tamaño, pensé que era imposible, el permaneció inmóvil con su pene solo apoyando, nos quedamos un rato así, luego sentí como mi agujero comenzaba a abrirse, y comencé a empujar hacia atrás, dolía un poco, entonces hice fuerza para afuera como el me indicó, y comencé a respirar hondo, y me fui mas atrás y comenzó a entrar, dolía, pero no era para tanto, la cabeza estaba por entrar, hice mas fuerza para afuera y respiré mas hondo me empujé hacia atrás y:

    -Ohhh -grité como desahogo

    Entró hasta la mitad, increíble, en verdad dolía, dolía bastante, pero se podía soportar, yo respiraba fuerte, hondo, casi jadeaba, esto me calmaba, sentía el culo abierto, bien abierto. El permanecía inmóvil tal cual lo prometido, me quedé quieta un buen rato, hasta que decidí que podía ir por más, el dolor estaba cediendo. Comencé a hacer fuerza hacia fuera otra vez, y a empujar hacia atrás, pero no avanzaba mucho. Luego tomé coraje, apoyé mis hombros sobre el respaldo, con ambas manos separé mis glúteos, y le dije:

    -Vamos, haceme tuya de una vez, metelo todo, abrimelo por favor.

    Claudio no dudó, me tomó fuerte de los hombros, y de un empujón me lo metió hasta la garganta.

    -Ohhhh, di un grito ahogado.

    Se quedó quieto un instante, comencé a jadear con más fuerza, y también hacía fuerza hacia fuera y también gemía de dolor. Poco a poco me fui relajando, Claudio permanecía inmóvil, estaba ensartada por semejante lanza, no podía moverme, poco a poco me fui acostumbrando a tamaña intromisión, hasta que le pedí que se moviera.

    Tal cual había sucedido ayer, comenzó a moverse lentamente, cada empuje me hacía ver las estrellas, pero también me producía un placer indescriptible, con cada movimiento menos dolía y mas placer experimentaba. Los movimientos fueron cada vez mas y mas fuertes, ahora nuevamente golpeaba mi cabeza contra el sillón, si existía la sumisión, el sometimiento, la dominación entre dos personas, esto era el perfecto símbolo de ello.

    Al cabo de unos minutos de empujes, jadeos, gemidos, comencé a experimentar un orgasmo, él lo percibió y llevó una mano a mi rajita, comenzó a tocarme con maestría, me pasaba el dedo, lo introducía, lo sacaba, presionaba mi clítoris, luego los labios, era un verdadero experto, mientras mi culo seguía siendo sometido a embates cada vez mas profundos e intensos hasta que:

    -Claudio, me vengooo

    -Siii, putita, dame tus juguitos, dámelos

    -Me corrooo

    -Yo también me corrooo

    Acabamos juntos, no tengo palabras para explicarlo, sentí mis espasmos junto con sus chorros de leche dentro de mi cuerpo. Cuando sacó su tremenda verga, estaba aún tiesa, no podía creer haberme comido semejante ejemplar, estaba negra, dura y totalmente mojada. Me acosté sobre el sillón con las piernas para arriba, estaba dolorida, aun excitada, satisfecha más allá de lo imaginado. Me chorreaba semen hacia fuera de mi ano, puse las manos hacia atrás y traté de relajarme.

    Él se secó y se vistió, llegaba tarde a la otra cita, me preguntó si me había gustado, no tenía fuerzas para contestarle, me dijo que vendría mañana a la misma hora, le dije que lo olvidara, que mi padre llegaba esta noche. Ya no mas, Claudio, siempre te recordaré.

    Se fue casi corriendo, adiós mi amor, siempre te recordaré me contestó.

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  • La sangría

    La sangría

    Una noche lluviosa, una visita, una cena, una “sangría” bien cargadita ¡y zas!, sin buscarlo, nos encontramos mi mujer, nuestra amiga y yo en una situación totalmente sorprendente para los tres.

    Me explico. Tenemos desde hace más de veinte años unos amigos, un matrimonio con los cuáles nos une una gran amistad, veraneo juntos, cenas y comidas juntos, comuniones de los niños y todo lo que comporta una buena amistad, sin haber cruzado jamás ningún límite que pusiera en peligro nuestra lealtad como amigos, siempre con total respeto mutuo.

    Por eso, el día que nos sucedió esta historia, nos quedamos tan sorprendidos y pasmados los tres protagonistas que prometimos no decir nada a nadie ni siquiera al marido de nuestra amiga, persona con muchos principios, ya que el culpable de toda aquella situación, que se nos fue de las manos fue el haber ingerido demasiada “sangría”.

    Era un día de otoño, siempre lo recordaré, fresco, lluvioso, y mi mujer y yo fuimos invitados a cenar en casa de nuestros amigos, ya que ella, Mari, se encontraba sola en casa, su marido estaba en Madrid en un cursillo de trabajo durante toda la semana y no volvía hasta dentro de tres días, por lo que nuestra querida amiga, para no estar sola, pues sus hijos se habían ido también a pasar el fin de semana fuera, decidió invitarnos a cenar como había hecho decenas de veces al igual que nosotros, a lo que accedimos gustosamente para hacerle compañía y pasar un rato agradable.

    Bueno, pues llegamos a su casa y como era costumbre en esas ocasiones, mientras ellas dos se contaban sus chismes en la cocina preparando la cena y la sangría que más tarde nos iba a traicionar placenteramente, yo sentado en el cómodo sofá del salón-comedor aproveché para tomarme un par de cervezas al tiempo que observaba como en el exterior el agua de la lluvia se deslizaba en cascada por los cristales de las ventanas.

    Todo transcurrió normalmente, como siempre, cenamos, hablamos, reímos y bebimos… pero los vapores etílicos de la sangría poco a poco iban haciendo mella en las dos mujeres que no estaban muy acostumbradas a tomar alcohol, de manera que de una conversación trivial, con los típicos comentarios sobre los hijos, el colegio y el trabajo, se pasó gradualmente a un tono más subido, y entre risas nerviosas las dos amigas comenzaron a hacer bromas de cómo follaban sus maridos, de qué y cómo les gustaba a ellas que se lo hicieran… Así de directo.

    Me quedé pasmado ante aquella actitud que nunca se había dado en ellas, y aquello me hizo comenzar a ver que la situación, si seguía así, iba a tomar un cariz muy distinto al acostumbrado en nuestras reuniones, y francamente, como soy un poco retorcido, mi mente comenzó a trabajar así que aprovechando la ausencia del marido de nuestra anfitriona, en vez de desviar la conversación hacia terrenos más cotidianos, dejé salir mi lado más morboso para intervenir en la conversación, provocándolas y encendiéndolas más todavía con frases muy calientes, a ver hasta donde eran capaces de llegar.

    Siguiendo su juego hice un par de comentarios, ya desbocados del todo sobre el tamaño de mi polla, de la mejor postura en que prefería follarme a mi mujer y de cómo me gustaba que se vistiera cuando teníamos una noche “caliente”, con minifalda, medias, liguero, tacones altos, y maquillada como una zorra.

    Fue ya entonces cuando nuestra amiga, con su risa nerviosa y con las pupilas dilatadas, que indicaban que estaba caliente como un cazo, se levantó de la mesa e invitó a mi mujer, que no se hizo mucho de rogar, a ir a su habitación para enseñarle una colección de prendas de vestir (o de medio vestir) que tenía desde hacía tiempo y que confesó no utilizar por la “desgana” de su marido a participar en sus fantasías, que parecían ser muchas.

    Desaparecieron en la habitación y yo me quedé sentado en el sofá, sonriente y haciendo cábalas de qué ocurriría a continuación, ya que se las veía muy lanzadas a las dos. Podía oír sus risas a través de la puerta y por el tiempo que estuvieron sin salir, mi intuición decía que me iba a llevar una grata sorpresa de un momento a otro, pero no quise dejarme llevar por la imaginación que a esas alturas se desbordaba y me hacía vibrar, así que esperé pacientemente en el sofá a ver los acontecimientos.

    Tuve razón, mi presagio se cumplió pues al cabo de unos diez minutos más o menos, se abrió la puerta del cuarto y salieron las dos mujeres.

    Os lo aseguro, aquello fue de infarto; aun esperándome una sorpresa, nunca pensé que sería tan impactante y ellas tan descaradas. Las dos se habían vestido para la ocasión, a raíz de mi comentario, con unas minifaldas que perturbaban la vista, medias, ligueros y tacones altos.

    Ya sé que parece demasiado fácil, y que alguno de vosotros dirá -cuántas películas ha visto este tío-, pero ocurrió así, mi mujer no está acostumbrada a beber alcohol, y nuestra amiga tampoco, achacadlo a eso y nada más, hubo una cadena de circunstancias que desembocaron en aquella situación, como supongo que le habrá ocurrido a más de uno de vosotros.

    Mi mujer, con una falda cortísima de color rojo y una raja que le llegaba hasta la cadera, dejaba ver sus hermosas piernas, adornadas con unas medias de color negro sostenidas por dos ligas rojas, rematando con una blusa semitransparente también de color rojo donde se entreveían sus dos hermosos pechos desnudos, y con un escote que le llegaba hasta el ombligo, y zapatos de tacón negros, ese era el uniforme de zorrita que llevaba puesto.

    Mari, también muy zorra ella, llevaba puesta una minifalda de color negro, igual de escandalosa que mi mujer, con medias de rejilla negras y liguero, blusa negra transparente con sus dos enormes pechos (en eso sí me había fijado yo desde que la conocí ya que está más rellenita) asomando a través de ella y por supuesto, para completar el uniforme, tacones altos.

    Así estaba el panorama, las dos “modelos” se habían empleado a fondo en su transformación y estaban para comérselas, desde luego. Se pavonearon ante mí entre risitas nerviosas, se contonearon y me dijeron que hiciera una votación de cuál de las dos estaba más sugerente, cosa difícil para mí en aquellos momentos en que estaba totalmente conmocionado y con una erección de tres pares de narices, así que las invité a moverse más todavía para poder admirar con más detalle sus cuerpos que vibraban de sensualidad.

    Las faldas tan cortas que vestían, se deslizaban con cada movimiento hacia arriba desnudando sus nalgas que solamente estaban cubiertas por la tira de los tangas que se habían puesto también, y eso les daba un aire más sexy todavía, provocando en mí una sensación que comenzaba a ser insoportable, pues mi polla pujaba por salir de mi pantalón como un animal para ir a buscar su presa.

    Tras muchos pases, risitas y provocaciones, mi mujer se acercó a mí y sentándose a horcajadas sobre mí, me propinó un morreo intensísimo, que nos puso a los tres todavía más calientes, pues Mari, sin intervenir en ello, nos animaba dulcemente a seguir, incluso se atrevió a acariciar nuestras espaldas mientras nos entregábamos a aquél beso inacabable, con nuestras lenguas cruzándose en nuestras bocas con furia animal.

    Después de aquel morreo, aparté suavemente a mi mujer de encima mío y la tumbé boca arriba en el sofá subiéndole lentamente la falda hasta el ombligo y apartando el tanga, acerqué mi boca a los labios de su coño húmedo para comenzar a comérselo con verdaderas ganas.

    Succioné su clítoris chupándolo y mi lengua penetró retorciéndose en su chocho caliente, haciéndole emitir unos suspiros de gusto que caldeaban más el ambiente. Coloqué sus piernas en mis hombros, una a cada lado, para facilitar mi tarea, y así estuve durante unos minutos, devorando su coño mientras nuestra amiga, sentada en el otro extremo del mismo sofá contemplaba sin perder detalle nuestras maniobras.

    Yo, que permanecía sin levantar la cabeza de entre las piernas de mi esposa, podía oír como Mari respiraba entrecortadamente, jadeando, estaba muy caliente, así que cuando me quise incorporar para quitarme los pantalones, pues había llegado la hora de follarme a mi zorrita, noté la mano de Mari en mi espalda deteniéndome para seguidamente ser ella quien me desabrochara el cinturón y estirando del pantalón me despojó del mismo así como de los calzoncillos. Mi polla salió como un resorte, dura como una piedra y morada, golpeando el cuero del sofá con un ruido sordo.

    Me levanté, me puse de pie y coloqué a mi mujer de rodillas, a cuatro patas sobre el cómodo sofá, le hice abrir las piernas y cuando me disponía a coger mi verga para dirigirla al chorreante coño, fue nuestra amiga quien agarrándomela y estirando de mi polla la colocó en la entrada del agujero que me iba a follar en unos instantes.

    Me dejé hacer, y cuando de un empujón entré en mi esposa hasta los huevos y comencé a follarla, Mari se sentó más cerca de los dos, y mientras con una mano acariciaba mis nalgas acompañando el ritmo de la follada, dándome algún azote de vez en cuando que me ponía todavía más caliente, con la otra observé como jadeando se masajeaba los dos enormes pechos primero para después llevar la mano a su coño y comenzar a masturbarse descaradamente observando mi polla entrando y saliendo del coño de mi mujer.

    Por fin llegó el clímax, después de unos minutos dándole por detrás a mi querida zorra, ésta me avisó de que se iba a correr así que aceleré mis embestidas frenéticamente pues yo también estaba al borde del colapso.

    Mi esposa comenzó a correrse salvajemente y yo avisé de que iba a soltar mi chorro de leche de un momento a otro, así que saqué mi polla de su coño empapado para que se pudiera tumbar sobre el sofá boca arriba y correrme sobre ella como a veces acostumbramos a hacer.

    Mari, mientras, estaba también a punto de correrse, pues el espectáculo que le habíamos ofrecido la había puesto totalmente fuera de sí, así que me llevé otra grata sorpresa. Cuando mi mujer tumbada sobre el sofá esperaba que la rociara con mi corrida, Mari sin pensárselo para nada la acompañó, tumbándose a su lado mientras se corría también con furia.

    Aquella acción de Mari me puso tan caliente que agarrándome la polla comencé a meneármela con fuerza y en pocos segundos, con un gruñido intenso lo descargué todo sobre las dos mujeres, pechos, cara y vientre de ambas quedaron regados de leche. Las dos zorritas quedaron rendidas y jadeantes sobre el sofá, sin poder moverse. Yo, también caí de bruces entre las dos, agotado y tembloroso por tantísimo placer.

    Así estuvimos al menos durante casi una hora, recuperándonos de las corridas tan intensas que habíamos disfrutado (y también por el morbo de la situación vivida) y luego, recomponiéndonos, volvimos a la vida “normal” no sin haber comentado detenidamente lo que había ocurrido, todo gracias a la sangría, riéndonos con verdaderas ganas.

    Mari confesó que desde hacía tiempo estaba un poco “desatendida” y que aquella velada había despertado en ella la sensación que hacía tiempo no sentía a causa de la poca actividad sexual que tenía, pero nos prometió que en nuestra próxima reunión iba a estar a la altura de las circunstancias, confesión que nos animó a quedar para otro día.

    Prometimos como antes he dicho, no decir de momento nada a su marido, pero sí estuvimos de acuerdo en que de alguna manera teníamos que hacerlo entrar en nuestros juegos, era lo más propio, ya que mi querida esposa, ya puestos a confesar, admitió que tenía verdadera curiosidad por ver a su marido en acción y por eso estaba dispuesta a “animarlo” para entrar en situación.

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  • El cine

    El cine

    Hola, amigos.

    ¿Os acordáis de mi relato “La sangría”? Pues para los que lo siguieron, os diré, como escribí en él, que la profecía finalmente también se cumplió.

    Como despedida al escrito comenté que, entre los tres, mi mujer, Mari y yo intentaríamos hacer entrar a su marido en nuestras “travesuras”, pues la verdad es que la experiencia vivida la noche en que los tres nos abandonamos al frenesí sexual, nos había dejado muy buen sabor de boca y como todo lo bueno, si pruebas y te gusta, es difícil no volver a repetir.

    Así que como Mari no se atrevía a decirle a su marido lo que teníamos previsto por miedo a una reacción negativa por parte de él, dada su intachable moral de siempre, aprovechamos una noche en que nos propusieron ir al cine a ver una película de estreno para empezar a introducirlo en el tema de una manera sutil, y de eso se iba a encargar quien mejor que nadie, la zorrita de mi mujer.

    Pues bien, llegó la noche de autos y tras encontrarnos en el vestíbulo del cine con ellos dos y después de los saludos de rigor, sacamos las cuatro entradas para seguidamente entrar y acomodarnos en la sala VIP donde aparte de cómodos, íbamos a estar más aislados para llevar a cabo nuestro plan.

    No había apenas espectadores, era la última sesión y era un día entre semana, por lo que en el local apenas había diez personas repartidas por las butacas. Nosotros tuvimos la suerte de que en nuestra zona solo estábamos nosotros cuatro, razón de más para “atacar” directamente sin la preocupación de ser observados ni molestados por nadie.

    Las dos mujeres se las ingeniaron para sentarse entre nosotros dos, Mari a mi lado y mi mujer al lado de su marido. Éste no tardó en hacer un comentario del por qué aquel cambio de posiciones, y ellas entre risas le comentaron que no tenía importancia y que era un “cambio de pareja”. Él lo aceptó lógicamente como una broma y ya no le dio más importancia, así que nos dispusimos a ver comenzar la película.

    Comentar que las dos zorritas para la ocasión se habían vestido con faldas, no cortas, pero sí sugerentes, por encima de la rodilla, lo que evidentemente provocó que cuando se sentaron en las cómodas butacas la tela subiera dejando a la vista cuatro muslos preciosos y tentadores.

    Observé como el marido de Mari, con todo su golpe moralista no pudo evitar echar una mirada a las preciosas piernas de mi mujer, de ello nos dimos cuenta las dos mujeres y yo, que permanecíamos a la espera de alguna reacción que viniera al caso para dar el siguiente paso en aquella trama, y ésta llegó o al menos así lo quisimos entender cuando en pocos instantes la mirada de él volvió a posarse sobre la suave piel de los muslos de mi mujer.

    Por fin se apagaron las luces y comenzó la sesión (de cine). En la penumbra, Mari y yo observábamos disimuladamente la reacción de su marido ya que en cuanto la sala quedó a oscuras, éste no dudó en volver a echar un vistazo a mi zorra, esta vez, y amparado en la oscuridad se recreó más tiempo con el espectáculo de unas piernas femeninas que se habían cruzado a propósito, sin percatarse de que dos de nosotros, su mujer y yo seguíamos todos sus movimientos.

    Así, mi esposa se dispuso a iniciar su misión, provocar y poner a prueba la integridad de nuestro amigo.

    Fue más fácil de lo que nos imaginábamos, la verdad es que no hubo ninguna resistencia por parte de él cuando la puta de mi mujer agarró suavemente su mano y la posó sobre su muslo izquierdo, obligándolo a acariciárselo en silencio. Mari me pegó un suave codazo y vimos como él, sin dejar de acariciar la pierna de mi mujer, se asomaba disimuladamente para ver si nosotros nos habíamos dado cuenta de algo.

    Por supuesto que nos hicimos los distraídos mirando la pantalla mientras nuestros labios esbozaban una sonrisa de satisfacción por el resultado que estaba obteniendo mi mujer con la “integridad” del amigo, es decir, la integridad se estaba yendo al garete ante el ofrecimiento de aquél sabroso pastel.

    Mari, disimuladamente me cogió la mano y me la puso en su pecho, pero no para tocarla, sino para ver como su corazón estaba desbocado, estaba excitadísima; yo hice lo mismo con ella, estábamos los dos con las pulsaciones al máximo, pues creedme, una situación así no la aguanta cualquiera sin inmutarse.

    El punto culminante de la iniciación de nuestro amigo fue la sorpresa que él se llevó cuando Mari, alargando la mano hacia las piernas de mi mujer, agarró la de su marido. Él, sintiéndose pillado in fraganti, lógicamente dio un respingo, haciendo el amago de retirar la mano inmediatamente, pero Mari y mi mujer se la sujetaron y la guiaron las dos a la vez subiéndola lentamente hasta que la falda quedó a la altura del vientre de mi zorrita.

    Él miró a su mujer, incrédulo, no se creía lo que estaba pasando, pero al ver como ésta le sonreía y sin soltarle la mano le incitaba a acariciar por encima del tanga el coño de mi esposa, ya no dudó ni un momento y apartando la braga, fue directamente al grano, sus dedos acariciaron los labios del coño que ya estaba mojado y uno de ellos penetró hasta el fondo, iniciando un mete y saca acompasado, suave, masturbándola con total descaro, pues ya se había dado cuenta de todo, de la encerrona que le habíamos preparado, había abierto por fin los ojos, y para sorpresa nuestra, también descubrimos que le tenía ganas a mi mujer desde hacía tiempo, según nos confesó más tarde.

    El hielo no sólo había quedado roto, sino que se estaba derritiendo precipitadamente. El ambiente que había en ese pequeño rincón del cine era tremendamente caliente, mi mujer permanecía con la cabeza apoyada en la butaca y con las piernas abiertas para facilitarle el trabajo a nuestro amigo, jadeaba y suspiraba entrecortadamente mientras “A” (llamaremos “A” a nuestro amigo) ahora ya tenía dos dedos metidos y en movimiento, procurándole un placer que saltaba a la vista, pues aparte de jadear, se retorcía de gusto en su butaca.

    Mari, que no les quitaba ojo de encima, estaba girada hacia ellos, observándolo todo, de manera que por su posición me mostraba todo su trasero también engalanado con un diminuto tanga. Yo no perdí demasiado tiempo y le metí mano por detrás, acariciando su también húmedo coño desde la parte de detrás, mientras al mismo tiempo manoseaba sus prietas y apetecibles nalgas.

    Pasados unos minutos con aquel juego, mi mujer tuvo un orgasmo brutal, Mari tuvo que taparle la boca mientras se corría, pero fue su marido quien apartó la mano de ella para taparle él la boca, pero no con la manos, sino con su boca misma, así que mientras la zorra de mi mujer se corría, “A” le propinó un morreo espectacular, atenuando los grititos de placer de la hembra caliente que estaba explotando de gusto.

    Cuando mi esposa acabó de correrse, y después de unos instantes de respiro, se dispuso a obsequiar a nuestro querido amigo con algo que sabíamos los dos que nunca le había hecho su mujer, y era tan simple como una buena mamada.

    Debo aclarar que Mari nunca le había comido la polla a su marido, no por asco, sino porque le producía arcadas cada vez que había intentado metérsela en la boca, era una simple reacción física, eso se lo había confesado con tristeza a mi mujer en más de una ocasión, y por parte de “A”, él también me había confesado alguna vez en confianza que lo único que deseaba con fervor era que su mujer algún día le hiciera una mamada.

    Ya veis, nunca llueve a gusto de todos, pero esa noche sí que “llovió” y mucho para “A”, pues os aseguro que mi mujer, aparte de ser una buena folladora, si en algo es muy buena es en agarrar una polla, metérsela en la boca y hacer filigranas con ella, de eso doy fe.

    Bueno, como iba diciendo, después de recomponerse un poco, mi zorrita se arrodilló entre las piernas de “A” y le desabrochó el pantalón, bajándoselo hasta los tobillos, dejando al descubierto una polla larga (confieso que más larga que la mía) e hinchada, apuntando hacia el techo de la oscura sala de cine. La agarró con la mano y la observó con devoción unos segundos para seguidamente llevársela a la boca y comenzar a mamársela lentamente, la introducía hasta casi perderse de vista en su boca y luego levantaba la cabeza descubriéndola de nuevo pero sin dejarla fuera del todo, de manera que cuando llegaba al capullo, lo mordisqueaba al tiempo que lo rodeaba hábilmente con la lengua.

    No queráis ni imaginaros el placer que mi mujer le estaba dando a “A”, quien por fin veía cumplido su deseo, que alguien le comiera la polla de una puñetera vez.

    Mi esposa movía la cabeza arriba y abajo, haciendo entrar y salir el miembro en su boca, mientras al mismo tiempo, con una mano se la meneaba también arriba y abajo y con la otra le masajeaba los huevos totalmente hinchados por la tensión de aquel momento.

    No duró mucho nuestro amigo ante aquella demostración de “savoir faire” porque en pocos minutos, y con un bufido inevitable, su polla soltó un chorro de leche que quedó derramada por toda la cara de mi mujer, quien ante la inminente corrida de “A”, ya se había dispuesto para recibir la descarga de líquido caliente.

    Quedó destrozado, jadeante y con las piernas abiertas mientras entre ellas y todavía de rodillas la zorra lamía la polla en toda su longitud limpiando hasta la última gota de leche que pudiera haber quedado en el miembro que lentamente se iba deshinchando después de la sesión a la que había estado sometido.

    No he hablado de Mari mientras se producía todo aquello, pero la verdad es que se lo pasó en grande viendo como su marido disfrutaba con el regalo de mi mujer. Aquella noche me di cuenta de que a Mari, aparte de ser también una viciosilla, lo que le gusta mucho es “mirar”, faceta que a ella misma le sorprendió, pues luego nos contaba que observar como los demás follaban le producía un inmenso morbo.

    El caso es que mientras mi esposa había estado machacando a “A” con su mamada, Mari y yo habíamos estado observándolo todo con verdadero placer mientras le metía mano por detrás y le acariciaba el clítoris, haciéndola correrse también casi al mismo tiempo que su marido.

    Ella, Mari, viendo que allí solo quedaba yo por ser “correspondido”, también me desabrochó el pantalón y agarrándome la polla, me hizo una paja que no duró mucho, pues la excitación que yo llevaba en el cuerpo no permitía prolongar mucho nada, así que, en unos instantes, tapándome la boca también para no ser oído por las pocas personas que había en la sala, solté mi buen chorro de leche caliente que también dejó pringada la mano de mi amiga.

    Mi zorrita, que estaba observando aquello, y aún de rodillas, se giró para repetir la misma operación que con “A”, se colocó entre mis piernas y me lamió hasta el último resquicio de semen, dejándome la polla limpia de todo resto.

    La película tocaba a su fin y nos recompusimos cada uno en nuestro asiento. Cuando las luces se encendieron, no dimos la sensación de haber estado entretenidos con otra cosa que no fuera la película, que por cierto, luego hemos visto en DVD tranquilamente en casa para enterarnos de qué iba.

    Salimos, y cuando llegamos a la calle, nos miramos los cuatro y nos dio por reír y comentar lo que había pasado. Mientras tomábamos un café, le contamos con pelos y señales a nuestro amigo “A” lo que había ocurrido la noche de la sangría mientras él estaba fuera de viaje, y la intención de seguir “jugando” si estábamos los cuatro de acuerdo, pues nos confesamos todos que el morbo era embriagador y valía la pena seguir con ello, respetando, por supuesto, la intimidad de cada hogar como habíamos hecho hasta ahora durante tantos años.

    Eso es todo por el momento, pero hay más, ya os contaré

    Saludos y hasta pronto.

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  • Del odio a la envidia (2)

    Del odio a la envidia (2)

    Cuando acabé de leer estaba confusa, si no fuera su propia letra no me lo hubiera creído nunca. Además, fue duro conocer la razón por la que se fue de casa aquel día sin dar explicaciones, descubrir que mi padre, al que adoraba y daba la razón, no era más que el típico hombre que sólo pensaba en satisfacer sus instintos más primarios con la primera mujer que se ponía delante.

    A decir verdad, nuestra asistenta siempre había sido muy cariñosa con nosotros y aunque mi hermano me había dicho que era bastante guarra, pensé que eran las tonterías de un adolescente con exceso de hormonas. Por otra parte, mi madre siempre me había parecido una mujer muy seria, recatada hasta el punto de creer que era una frígida y amargada que no le interesaba en nada el sexo, pero en el diario era diferente, parecía insaciable, una viciosa que disfrutaba al máximo y que había alcanzado un placer que deseé yo misma. Sin perder tiempo pasé la página, ahora llena de curiosidad.

    Querido diario:

    Hacía tiempo no dormía tan bien, aún me encontraba algo agotada, pero me sentía estupendamente. Esta mañana había quedado con Sandra para ir de compras, me había convencido para renovar mi vestuario íntimo por otro más actual y atrevido, me había parecido cómico cuando me lo propuso, pero tenía razón, usaba el mismo estilo de siempre y me hacían parecer una abuela. Desayuné un par de tostadas y zumo con calma hasta el momento de ducharme, me desnudé en la habitación delante del espejo, me gustaba verme todos los días desnuda, me centré en mi sexo, recordé la apariencia de Sandra cuando me abrió la puerta y me gustó la idea, quizás mi ropa interior no era lo único podía cambiar.

    Me fui al baño, cogí todo lo necesario y comencé a afeitarme como había leído en una revista de belleza. Al acabar me había rasurado completamente excepto un pequeño rectángulo, desde que era niña no me había visto sin pelo y a decir verdad, me encantaba mi nuevo aspecto, ya que me hacía mucho más sexy.

    Abrí el agua caliente y me metí debajo del chorro dejando que cayera por mi cuerpo, mis pezones se endurecieron rápidamente con el cambio de temperatura; cerré los ojos y empecé a visualizar lo sucedido el día anterior, imaginando la estupenda forma y tamaño de aquel miembro, el gusto que daba al chuparlo por completo y el placer intenso cuando me penetraba. Noté como mi cuerpo ardía por dentro, aquel sitio había sido siempre el ideal para masturbarme, así que dejé rienda suelta al deseo.

    Me apoyé en la pared arqueando mi cuerpo, el agua recorría mi espalda como un río que desembocaba entre mis piernas aumentando mi excitación, llevé las manos hasta mis pechos, los apreté fuertemente como el desconocido con sus labios, mi respiración se aceleró al retorcer y estirar mis pezones al máximo, me puse a cien al sentir sus descargas haciendo que mi vagina se humedeciera cada vez más, me dejé llevar hasta tal punto que empezaba a perder la sensibilidad de apretarlos durante tanto tiempo.

    Bajé la mano por mi vientre, al llegar a mi sexo mis dedos no se entrelazaban con mi vello púbico como siempre sino que era como una suave lija provocando un cosquilleo en las yemas de los dedos, era diferente pero me gustaba. Abrí un poco las piernas para dejar a mi mano espacio, el chorro de agua se adentró más mezclándose con mis jugos, me acariciaba el clítoris pensando en aquel sofá, incrementé el ritmo para correrme de gusto, gemí sin reprimirme mientras mi cuerpo temblaba de placer. Al final iba a llegar justa a mi cita en el centro comercial.

    Cuando llegué ya estaba esperándome con su sonrisa, después de saludarnos no dirigimos directamente a la tienda de ropa interior, dentro no me atrevía a elegir ninguna, así que me dejé aconsejar; creo que cogimos unos cinco o seis modelos diferentes entre tangas, bragas y demás complementos. Justo cuando nos marchábamos me sugirió llevar ya alguno puesto, la verdad es no vi razones para no hacerlo, así que me metí en el probador.

    Me fijé que mi amiga no me sacaba el ojo de encima de forma disimulada, quizás aquella propuesta no fuera más que una excusa para verme desnuda, conociéndola estaba segura de ello, pero decidí darle el gusto, me desvestí completamente, me puse el sujetador y me senté en un taburete para ponerme las bragas abriendo las piernas hacia su ángulo de visión, sonreí al ver su cara de sorpresa al mirar mi sexo afeitado. Al salir del probador en su cara se reflejaban las ganas de haber entrado para comerme entera.

    De camino a casa me pidió entrar en una boutique que ella conocía, me pareció una locura puesto que cualquier prenda estaba muy por encima de mis posibilidades económicas. Cuando entramos estaba vacía, pocas personas podían permitirse esos lujos y las que podían iban siempre a la zona privada que se encontraba detrás. Sandra se puso a hablar con la dependienta, una chica joven de muy buen tipo que destacaba por sus pechos grandes y vestida elegantemente acorde con la tienda, yo me dirigí a una estantería del final donde se encontraban los vestidos de noche.

    Estaba distraída cuando una sombra se acercó por detrás, me di la vuelta asustada rápidamente, era un hombre de unos 50 años, de muy buen ver y todo trajeado, en el lado derecho llevaba una etiqueta que ponía encargado. Más tranquila puede escucharle claramente decirme mientras me sonreía:

    -Buenos días, ¿quiere que le eche una mano?

    Con los precios de aquellos vestidos no tenía ninguna intención de comprarme alguno, pero por un momento me sedujo la idea de hacerme pasar por una mujer rica, por lo que respondí.

    -Estaría encantada, caballero..

    Me giré para señalarle un vestido precioso de seda color azul, de repente su mano se posó en mi trasero, me quedé estupefacta, no era precisamente de ese tipo la que yo esperaba, pero en ese momento estaba en blanco y no se me ocurrió ninguna respuesta para semejante osadía. Aquel hombre debió interpretarlo como una respuesta positiva y bajó la mano a mi muslo para subirla inmediatamente por debajo del vestido hasta llegar a mi sexo. No me lo podía creer, mi amiga y la dependienta estaban allí y cualquiera que mirase por el escaparate nos podía ver.

    Lejos de detenerse, comenzó a mover sus dedos a lo largo de mi coño, el tacto de la tela me puso a cien, así que abrí más las piernas para facilitarle los movimientos, el nerviosismo de que alguien nos pudiera pillar me estaba excitando más de lo habitual, de todas formas cogí un vestido para disimular. Mis bragas empezaron a mojarse con mis fluidos, con dificultad reprimía mis gemidos para que no me escucharan, aquellos dedos presionaban con fuerza de forma maravillosa, seguramente había perfeccionado su técnica con los años.

    -Ese vestido viene muy bien para el calor. -Me dijo.

    En ese momento comprendí el juego sutil de palabras que no había sabido capaz de reconocer al principio y que explicaba su reacción ante mi inocente respuesta, ahora que conocía el juego, ya no sería tan ingenua.

    -Cuando hace calor lo mejor es quitar ropa, ¿no cree? Le contesté.

    Me bajó las bragas hasta los muslos, aprovechó que ya no tenía obstáculo para introducirme los dedos en mi mojada vagina, aquello encendió mi deseo de más. llevé mi mano a sus pantalones, podía notar su miembro erecto, con el mayor disimulo del que fui capaz lo saqué fuera, estaba vigorosa y dura, así que empecé a hacerle una paja lentamente intentando que los movimientos de mi brazo no fueran vistos. Cada vez era más difícil disimular, pero al encargado parecía no importarle y seguía con sus palabras.

    -Maneja usted muy bien el palo, debería venir conmigo a jugar al golf.

    Estaba tan caliente que dejó de importarme si nos veían o no, lo único que deseaba en ese instante era sentir aquella polla dentro de mí, así que le respondí directamente.

    -Me encantaría, espero que me enseñe como se mete en el hoyo.

    Parecía desearlo igual que yo, así que se colocó detrás de mi agarrándome fuertemente por las caderas. Levantó el vestido y me penetró sin encontrar resistencia, los movimientos eran profundos y lentos para disimular, era una buena verga sin duda. Al poco la puerta me alertó, una señora había entrado, intenté apartarme con nerviosismo, pero me tenía bien agarrada y no solo se limitó a seguir con sus movimientos lentos, sino que estimuló mi clítoris.

    No me quedó mas remedio que sonreír torpemente cuando nos miró, por su cara imaginé que se había dado cuenta, pero se limitó a devolverme la sonrisa antes de irse. Aquello me avergonzó, pero en ese momento me vino un delicioso orgasmo, mordí el vestido fuertemente para evitar que mis jadeos se escucharan en la tienda y aguanté la respiración como pude. Cuando mis espasmos disminuían sentí como su glande se hinchaba y su semen llenaba mi coño, fue silencioso y siguió bombeando hasta que acabó de llenarme.

    Se arregló para estar impecable de nuevo y se fue en dirección a Sandra, me subí las bragas mojadas por nuestros fluidos y me coloqué el vestido, estaba aún algo acalorada así que tomé un poco de aire antes de irme.

    Al salir de la tienda mi amiga me enseñó un fajo de dinero, la muy guarra me había hecho pasar por una puta y por el color de los billetes de lujo, aunque la verdad era una experiencia que no me importaría repetir.

    -Gracias por invitarme a comer, querida. -me dijo

    Las dos nos echamos a reír y con el dinero nos dimos una buena comida en uno de los mejores restaurantes de la ciudad.

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  • Enseñando al que no sabe

    Enseñando al que no sabe

    -¿Que eres qué?

    No supe reaccionar, sobre todo porque no deseaba reírme de él, o herirle… y sobre todo, con lo que yo he sido… Mientras mis amigas se enamoraban y sufrían, yo tenía aventuras y me divertía. Siempre me he considerado una “chica alegre”, alguien que disfrutaba del sexo sin complicaciones, sin compromisos, algo que por otra parte, con dos carreras de letras acabadas en tiempo récord y un trabajo de locos como traductora y profesora de literatura a mis 26 años tampoco podía permitirme… pero empecemos por el principio, será lo mejor.

    Y creo que el principio fue aquella noche de viernes que quedamos cuatro amigos en el pub de cervezas al que solíamos ir. Éramos dos chicos y dos chicas, aunque no éramos pareja. Alberto y yo lo habíamos sido, pero habíamos terminado casi un año atrás, él deseaba una estabilidad que yo no podía darle… ahora él estaba buscando una novia fija y yo simplemente hacía lo que había hecho siempre: divertirme. Me llamo Irina. Mi padre era ruso y yo he heredado sus enormes ojos azules con el cabello castaño claro de mi madre y sus facciones suaves y naricita respingona.

    No soy muy alta, pero tengo buena figura y como he ido a clases de baile desde niña, sé moverme muy bien y contonearme graciosamente, si se me permite la inmodestia… mi rostro, mi cuerpo y sobre todo mi modo de tomarme la vida, y mi actitud, por qué no decirlo, coqueta, me ha hecho tener muchos amigos… Y aún después de que hubiera terminado la posibilidad de relación carnal, seguir conservándolos. Aquella noche Alberto y yo hablábamos de conseguir una novia para él, una chica con la que poder casarse, y entonces él se fijó en alguien de la barra…

    -No soy yo quien más necesita una novia por aquí… ¡Oli! – y saludó efusivamente con la mano. Miré hacia donde saludaba, y le vi por primera vez: pantalones caqui, zapatos marrones, camisa blanca y americana un poco más oscura que los pantalones. Sentado en un taburete de la barra, balanceando las piernas, bebiendo un batido de chocolate con pajita. Nos vio y sonrió, más con los ojos que con los labios, porque no soltó la bebida y devolvió el saludo.

    -¿Quién es? – quise saber.

    -Le conozco del trabajo. Se llama Oliverio… Oliver, suele decir, pero le llamamos Oli para acortar. Es muy buena persona, pero le cuesta mucho socializarse.

    -¿Por qué no le dices que venga y se siente con nosotros…?

    Alberto sonrió y me dijo, confidencial:

    -… Porque aquí hay dos chicas.

    -Oh… ¿es homosexual y le molesta que…?

    -No, no es homosexual… lo sé, me lo ha dicho. Es sólo que es tímido. Muy tímido, de hecho. Si ya le cuesta hablar con la gente, con las mujeres más aún. Le asustan, siempre tiene miedo de quedar en ridículo o no saber qué decir, por eso las esquiva.

    -¿Y tú te dices amigo suyo y no le invitas precisamente donde hay chicas, para que pierda el miedo…?

    -¡Je! Precisamente, estando tú, es la peor manera de que pierda miedos… que nos conocemos, Irina… que cuando te pones, darías miedo a Chuck Norris…

    -Pero también puedo ser encantadora, y tú lo sabes…

    – Eso sí es cierto – tuvo que reconocer tras pensar unos segundos. – Bien, ¿sabes qué? Mira a ver si puedes traerlo aquí. Te apuesto lo que quieras a que no le despegas de su taburete ni con agua caliente.

    Dicho y hecho. Me levanté de la mesa, me alisé el vestido verde que llevaba y empecé a caminar hacia él, mirándole fijamente. El tal Oli se me quedó mirando mientras me acercaba. Ya no balanceaba las piernas y tuve la sensación de que tampoco sorbía de su pajita… miró a derecha e izquierda sin mover la cabeza, como para ver si yo podía estar dirigiéndome a otro, y su expresión de estupor aumentó más aún cuando tuvo que reconocer que venía a por él. Cuando llegué a su lado ni siquiera parpadeaba. Tenía la boca llena de líquido y parecía incapaz de tragarlo.

    -Hola… – dije sonriendo – Eres Oliver, ¿verdad? – las piernas de mi interlocutor dieron un temblor y finalmente tragó lo que tenía en la boca, haciendo ruido como un pavo y asintió con la cabeza, inseguro. Pude darme cuenta que una fina gota de sudor le corría desde la sien, a pesar de que la temperatura del pub era normal. – Mi amigo Alberto me ha hablado de ti, y nos gustaría que te sentaras un rato con nosotros, a charlar… si quieres.

    Oli intentó hablar, pero tuvo que hacer el esfuerzo dos veces hasta que al fin le salió algo más que un balbuceo o un “eeh…”

    -Yo… yo no quisiera m-molestar… yo… bueno…

    -¡Estupendo, ven!

    -Eeh… eeh…. – Yo sabía que su “bueno” no había sido una afirmación ni mucho menos, sino tan sólo una palabra en la que se apoyaba para continuar su excusa, pero ya era demasiado tarde, le había agarrado del brazo y tiraba de él para llevarle a nuestra mesa. Alberto se levantó para estrecharle la mano y decirle lo mucho que se alegraba de que hubiera decidido acercarse, y Oli medio sonrió, rígido como una tabla, sin saber ni qué hacer o decir…

    Pude darme cuenta que se sentía muy incómodo, para él, lo mejor hubiera sido que yo lo dejase en paz con su batido de chocolate… pero también me di cuenta que era incapaz de plantar cara y decir “no me apetece estar con vosotros, prefiero estar solo…”. Le aterraba quedar como un grosero tanto como el trato con la gente, de modo que se aguantó. Alberto lo sentó entre él y yo, y lo cierto es que al principio estaba tan tenso que me sentí culpable de haber usado un truco tan sucio para traerle, pero cuando salió el tema del trabajo, las cosas empezaron a cambiar…

    -¿A qué te dedicas? Alberto dice que te conoce del trabajo, ¿trabajas en la Universidad?

    -Eeeh… s-sí…

    -Y… ¿qué haces allí, también das clases? ¿Eres de Medicina también?

    -Nnn… no. Más bien no. Soy… bibliotecario. – Lo dijo bajando la voz y eludiendo mi mirada, como si no estuviera muy contento con su empleo… pero sus palabras no tuvieron tal efecto en una filóloga de dos lenguas (español y ruso) y enamorada de la letra impresa.

    -¿De veras? – me maravillé – ¿en qué facultad?

    Oli quedó tan sorprendido de mi reacción que levantó la cara para mirarme a los ojos… y cuando vio en ellos un interés genuino, se sorprendió más todavía.

    -En… bueno, se puede decir que en todas… soy el bibliotecario jefe, me… me encargo de las biblios de… todas las facultades… Llevo la administración de todas… A-aunque mi favorita es la de Filosofía y Letras… allí empecé.

    Antes de que me diese cuenta, le estaba bombardeando a preguntas, pero él parecía feliz. Contestaba todo, de vez en cuando una diminuta sonrisa afloraba en su rostro y hasta estaba empezando a dejar de tartamudear… mientras le escuchaba, me fui fijando en él. No era muy alto, yo llevaba tacones y le sobrepasaba un poco, cosa de dos centímetros, pero se notaba… tenía el pelo oscuro muy bien peinado, y un rostro bastante anodino, donde lo único que destacaba eran los ojos, no muy grandes, pero sí muy expresivos en su, por lo demás, inexpresivo rostro.

    Durante aquélla noche, y a través de tres batidos más, me enteré que Oli (me dejó llamarle así), había sido retraído desde pequeñito, introvertido y poco hablador, muy poco dado a las diversiones movidas o a las travesuras, y ante la carencia de amigos con gustos afines, se había refugiado en los libros, convirtiéndose en un estudiante modélico, que entró a trabajar como becario en la biblioteca de la facultad de Filosofía y Letras con apenas 18 añitos para pagarse la carrera de la misma facultad… y había ido ascendiendo hasta ocupar el cargo de bibliotecario jefe de la universidad sin haber entrado en la treintena, y llevaba ejerciendo ese cargo desde hacía cinco años, ahora tenía treinta y tres.

    Llevaba la vida tranquila que le gustaba llevar. No sabía lo que era meterse en un lío, mentir o romper un plato. Nunca le habían puesto ni una mala multa de tráfico. No fumaba ni bebía. Su juego favorito era el ajedrez… era lo que se podía definir como El Hombre Más Aburrido del Mundo… y sin embargo, me estaba resultando interesante. Quizá fuera esa timidez que lo hacía parecer tan tierno, o su voz, nasal, bajita y dulce, o su aspecto inseguro… fuese como fuese, cuando los amigos dijeron de volver allí el viernes siguiente, logré que aceptase y volvimos a vernos… ahora era ya la tercera vez que nos veíamos.

    Oli siempre se sentaba junto a mí y con frecuencia, se me quedaba mirando sin decir nada, sólo contemplándome… pero no pasaba más allá. Por regla general, cuando me gustaba un hombre, se lo hacía saber enseguida para llevármelo a mi casa cuanto antes, pero en esta ocasión, sabiendo que a él le costaba lanzarse, había decidido darle un margen… pero después de tres citas, no aguantaba más, iba a tirarme al río. Así, al llegar la hora de irnos a casa, le dije que mi coche estaba en el garaje y si no le importaba llevarme…

    -Aaah… Eemh… N-no… no me importaría… Si… si me vas guiando… – Oli, tan seguro cuando hablaba de su trabajo o de libros, o cuando se le pedía que citase a los clásicos, se había convertido de nuevo en el hombrecito apocado a quien me acerqué por primera vez tres viernes atrás, pero no puso pegas.

    Me senté junto a él en su Smart azul y no por accidente, la falda negra que llevaba se subió un par de centímetros al hacerlo, dejando a la vista más de la mitad de mis muslos. El bueno de Oli intentó mirar sólo al frente, pero en cada semáforo sus ojos se desviaban de reojo hacia mis piernas, por más que intentaba no volver la cabeza para disimular. Su actitud me resultaba tan adorable y tenía tantas ganas de que se soltase, que no me resistí a subir la temperatura un poco más…

    -Qué fastidio…. Prácticamente nuevas, y me parece que se me ha saltado un punto de las medias… ¿lo ves desde ahí…? – dije, y me aupé un poco sobre el sillón, levantándome un centímetro más la falda, como si pretendiera buscar por debajo de mi muslo, peligrosamente cerca del final del mismo… Oli estaba tan colorado que yo podía notar el calor que desprendía a ráfagas. Intentó hablar, pero no logró decir nada, y finalmente llegamos a mi casa. – ¿Por qué no subes a tomar la penúltima…..? – insinué bajando el tono de mi voz, y debió ser más descarado de lo que yo pretendía, porque Oli pisó con tal fuerza el freno que, de no haber llevado cinturón, podíamos habernos golpeado contra el cristal.

    -Yo… que… que yo… Nnn… no estoy seguro de… – se agarraba al volante del coche ya detenido y seguía mirando al frente como si temiera que si me miraba a los ojos no fuese capaz de resistirlo… parecía debatirse entre su miedo a lo que iba a suceder si subía y las ganas que tenía que de realmente sucediera. En un intento de calmarle, le cogí de la mano… su corazón iba tan deprisa que podía notar los golpes de su pulso sin esforzarme. Oli dejó escapar un suspiro y se mordió el labio inferior.

    -Oli, relájate… no va a suceder…. nada, si tú no lo quieres.

    -Esss… es que… no sé si lo quiero o no…

    -Bueno – sonreí – en tal caso, tú subes, tomamos la penúltima, y… después decides, ¿conforme?

    Oli pareció aliviado y subimos a mi apartamento. Mis paredes color melocotón llenas de estanterías repletas de libros le dieron una cálida bienvenida…

    -¡Cuántos libros…! – parecía extasiado. Cerré la puerta y me acerqué a él, pero apenas me notó a su espalda, pareció salir huyendo – ¡Mira… Crimen y Castigo… e-en ruso! E-es uno de mis libros favoritos…

    -También lo es mío… – ronroneé arrimándome a su pecho, mirando sus labios… Oli se colocó el libro delante de la boca y buscó a la desesperada…

    -¡Mariposas…! ¿Te gusta coleccionar mariposas también a ti…? Y-yo lo adoro, aunque no las tengo en casa… co-como puedo mirar cuando quiera las de la facultad de Ciencias Naturales…. Mira, ésta es una Parthenos Silvya… – Tenía la cara colorada como un tomate mientras miraba la vitrina de mariposas… Era excelente haciendo regates, no cabía duda…

    -¿Qué te apetece tomar? – dije, intentando atacar por otro lado.

    -Eeeh… ¿tienes Nesquick….?

    Sonreí. Sí, sí tenía. Se lo preparé mientras él miraba mariposas y los libros de mi salón, algunos muy valiosos por su antigüedad y la imposibilidad de encontrarlos hoy día. Yo me puse un refresco y salí con él al salón de nuevo. Me senté en el sofá y di una palmadita en el asiento vecino para que se sentase junto a mí. Hizo ademan de sentarse en el sillón monoplaza, pero viendo que yo le señalaba un sitio a mi lado, hubiera sido grosero no aceptarlo, y Oli no podía ser grosero… con manos temblorosas, cogió el vaso de leche con cacao y se llevó la pajita a los labios.

    Cerró los ojos al sorber… me había quedado muy rico, era indudable, pero Oli había aprovechado la circunstancia para quedarse callado como un muerto… si no hacía algo pronto, se acabaría su bebida y se iría… Aquello era mucho más árido de lo que yo había pensado… con los otros hombres, era mucho más sencillo… simplemente, decías que querías sexo, y todos estaban siempre dispuestos… con Oli no era así de fácil… él estaba aterrado por la posibilidad y yo tenía miedo de asustarle y que ya no quisiera verme… decidí ser sincera.

    -Oli, tengo que decirte algo…. – puse mi mano sobre su rodilla y al pobre le dio tal respingo el cuerpo que casi se le salió la leche por la nariz. – … Me gustas. Me gustas mucho. Realmente quiero que pases aquí la noche. Conmigo… que me hagas feliz… que me hagas el am…

    -Soy virgen. – me cortó. Tenía la mirada fija en una baldosa del suelo, las manos tan apretadas en torno al vaso que los nudillos le palidecían y el cuerpo entero tenso como un cable de acero.

    -¿Que eres QUÉ?

    -V-virgen… A-así que no… nnno puedo hacerte nada, porqueee… no sé cómo se hace.

    Durante un par de tensos segundos, no supe reaccionar. Una parte de mí quería reírse con toda el alma, ¡un hombre virgen con 33 tacos! Pero otra parte de mí, afortunadamente, tomó el control… lo último que yo querría, sería herir sus sentimientos…

    -Y-yo… yo siento que tengas esos sentimientos… pe-pero la verdad es que tú te mereces a alguien mejor… yo no tengo idea de cómo… satisfacer a una chica… no sé cómo… ¿qu… qué… qué haces? – dijo, temblando de pies a cabeza, al notar que yo le quitaba suavemente el vaso de entre las manos y me acercaba a él sin ningún tapujo, buscándole la boca.

    -Enseñarte… – contesté y quise besarle, pero una vez más, intentó escurrirse, sólo que esta vez, no calculó el borde del sillón, y al intentar apartarse, cayó de culo. Me lancé a por él entre risas, y de rodillas le besé la nariz, la cara y la frente mientras le quitaba la americana.

    -Nnn… no… no… por favor, Irina… me da mucha vergüenza… no sé hacerlo… ¿qué pretendes hacerme…?

    -El amor. Tú no tendrás que hacer más que dejarte llevar… ven conmigo, y vas a ver que es muy fácil… – Le ayudé a levantarse del suelo y cogido de las manos, le llevé a mi alcoba y cerré la puerta con el pie, para no tener que soltarle. Oli estaba muy nervioso… bueno, para ser francos: estaba aterrorizado y tenía pinta de ir a ponerse a gritar de un momento a otro. – Relájate… No va a pasar nada malo… yo me encargaré de todo… tú limítate a dejarme hacer a mí… y disfrutar. Siéntate, por favor.

    Sin permitir que le soltara las manos, se sentó en el borde de la cama. Mientras le acariciaba las manos muy suavemente para que me soltara, besé de nuevo su cara, la comisura de sus labios… su boca se abría y cerraba ligeramente, como si instintivamente quisiera besarme aunque no supiera cómo… finalmente, logré que me dejara soltarle las manos y quise ir al cuarto de baño para ponerme algo más apropiado.

    -No… No irás a marcharte… ¿verdad…?

    -Claro que no, ni siquiera saldré del cuarto…

    -Y m-mientras… yo… ¿qué debo hacer…? –susurró.

    -Descálzate y apóyate en la almohada para estar cómodo, pero no te quites nada más. Enseguida vuelvo… – lo cierto es que temí que al dejarle solo aprovechase para escapar, pero no lo hizo. Por la puerta entreabierta del baño de mi cuarto le oí quitarse los zapatos y pude entrever que se miraba al espejo y susurraba algo… me pareció entender algo como “he llegado niño, me van a hacer hombre…” e intuí que se estaba dando ánimos.

    Después oí el roce de su cuerpo contra la colcha cuando se sentó en ella… yo me despojé de toda mi ropa y me puse el “equipo de noche” que había dejado allí previsoramente esa tarde: tanga rojo y picardías transparente del mismo color. Mis pechos se insinuaban claramente bajo el tul rojizo… sólo esperaba no asustarlo demasiado. Saqué el brazo por el espacio de la puerta entreabierta y bajé la luz del cuarto hasta dejarlo en penumbra, y salí. Oli tenía los ojos tan abiertos que me extrañó que no se le cayeran.

    Estaba sentado en la cama, la espalda apoyada en el cabecero, y abrazado a la almohada… para ocultar su rubor y su excitación a la vez. Se había quitado los zapatos y también los calcetines, un detalle de buen gusto, que había dejado pulcramente doblados dentro de sus zapatos, a los pies de la cama.

    Sonreí, contenta porque le gustase mi atuendo y feliz por tenerle por fin, y gateé por la cama hasta llegar a su altura.

    -¿Te gusto…? – pregunté, mientras le quitaba la almohada de los brazos y la ponía en su espalda para que estuviese cómodo. Asintió.

    -Eres… esto es… Es demasiado para un inocente bibliotecario…

    -Lección número uno: nada de infravalorarse… – me acerqué a él buscando su boca, mientras con la mano le desabrochaba los botones de la camisa – Lección número dos: besar… separa los labios y deja que tu lengua piense por ti… – muy suavemente, posé mis labios sobre los suyos.

    Noté como Oli temblaba violentamente al sentir mi caricia, mis labios húmedos y suaves frotar los suyos, y mi lengua acariciarlos, abrir su boca, penetrarla, explorarla… su respiración golpeaba su pecho y sus manos agarraban con fuerza el edredón, y cuando ocasionalmente lo soltaban, no sabían a dónde dirigirse, qué tocar o qué hacer… sin soltar su boca, le cogí de una de las muñecas y llevé su mano a mi cintura (era menos agresivo que llevársela directamente a mis pechos, supuse que eso le haría sentir más cómodo) y le hice acariciar mi cuerpo, aún cubierto por el picardías.

    La punta de mi lengua, acariciaba sus mejillas, rozaba el filo de sus dientes, hacía cosquillas en su paladar… pero su lengua parecía haberse atrincherado en el fondo de su boca y no quería participar en el juego. Me separé lentamente de él, lamiendo dulcemente sus labios… sudaba copiosamente e hizo un gesto de dolor. – ¿Qué pasa?

    Oli eludió mi mirada con gesto de embarazo, pero supe qué pasaba: su pantalón hacía un bulto más que considerable… totalmente nuevo en una caricia tan sensual como un beso francés, su miembro había reaccionado poderosamente, y era indudable que los testículos debían dolerle… sonriendo, acaricié su pecho, no muy peludo pero tampoco lampiño, bajé haciendo casi cosquillas y mis manos se dirigieron hacia su pantalón.

    Oli dio un respingo de sorpresa y gusto y dejó a la vista su lengua… justo lo que yo había esperado. Sin darle tiempo, me lancé una vez más por su boca, con la lengua por delante, de modo que cuando quiso contraerla, ya era tarde: había tocado la mía. Un profundo suspiro de placer salió de su pecho y por un momento pensé que acababa de correrse, pero no. Sólo había sido un subidón de placer.

    Mientras mis manos se afanaban en su cinturón, bajaban su cremallera y tiraban de sus slips blancos, mi lengua acariciaba la suya… lentamente, nuestras bocas se acercaron de nuevo y nos fundimos en un profundo beso… en esta ocasión, el brazo de Oli, aun titubeando, se dirigió a mi nuca y me abrazó. Le temblaba, y la otra mano estaba rígida, apretada sobre la colcha… pero ya estaba participando.

    Quise soltarme de su abrazo para besarle el pecho, pero con un delicioso gemido de protesta, me apretó junto a él, quería seguir besándome… el brazo con el que rodeaba mi cuello se deslizó hasta mi brazo, mi costado… no se atrevía a ir más allá, de modo que yo misma le cogí la mano nuevamente y la acerqué hasta mi pecho. Oli se separó de mí con un sonido de ventosa, por la sorpresa.

    -Mmmh… ¿no quieres tocarme…? – susurré, llevando su mano sobre mi pecho para que lo amasara. – ¿No te gusta el tacto que tiene…?

    -S-sí… Claro que sí… – admitió, empezando a mover su mano – es muy blandito… y cálido… es sólo que… me ha sorprendido… ¿pu… pu…puedo… puedo tocar… por dentro…?

    Me reí suavemente, y levanté mi picardías para que metiera la mano por dentro y tocara mi piel. Oli puso los ojos en blanco y me pareció que iba a desmayarse.

    -Ooh… Es… Es mucho más suave así… Qué calorcito da… tienes… Tienes los pezoncitos marrones… marrones como el cacao… me… me hace cosquillas en la mano… es asombroso…

    -¿Te gustaría chuparlos…? – Me saqué el camisoncito y acerqué mi pecho a su boca… ni a terminar de hablar me dio tiempo cuando tenía mi pezón entre sus labios, sorbiendo de él como si fuera la pajita de su habitual bebida… lamía con tal deleite que todo mi cuerpo escalofrió de gusto y mi sexo se inundó. Su lengua acariciaba mi pezón, lamía por la aureola, por el entreseno, hacía círculos en mi teta, cada vez más pequeños, hasta volver de nuevo al pezón… los tenía tan erectos que casi dolían, pero me hubiera pasado horas recibiendo aquéllas deliciosas lamidas…

    El pene de mi compañero supuraba líquido preseminal, estaba rojo, suplicaba por recibir también él su parte de mimos… a pesar de que Oli quería seguir mamándome las tetas y acariciando mi espalda, no quise ser egoísta… quería que gozase hasta caer inconsciente. Dulcemente, me solté de su abrazo y mientras besaba su pecho e iba bajando hasta el ombligo, tiraba de sus pantalones hacia abajo… Excitado, nervioso, pero lleno de ganas, Oli tironeó con las piernas para terminar de quitárselos él mismo.

    -¿Vas a… vas a… montarme…? – preguntó, como si quisiera prepararse para lo que se avecinaba… pero yo me limité a sonreirá, y antes de que pudiese preguntar más, me incliné sobre su polla y la metí en mi boca. – ¡Oooh! – Oli dejó escapar un gemido profundo y soltó la risa; el placer encontrado y la vergüenza perdida eran superiores a todas sus fuerzas, y los suspiros de gusto se le mezclaban con risas de gozo y timidez mientras se retorcía en éxtasis.

    Sus caderas se movían solas, sus piernas se acalambraban… de pronto, se le cortó la risa y me suplicó que me detuviese – ¡Para… No, no, noo… Po-por favor, paraaa… nooo… mmmh… noo… no… puedo… aguan… aaaaah…! – Entre espasmos deliciosos y gemidos derrotados, una espesa descarga de semen inundó mi boca y lo tragué rápidamente, sin soltar ni dejar de succionar por un momento. Su pene se contrajo en mi boca, y Oli se estremeció de placer, gimiendo y respingando con cada placentera sacudida de su miembro para expulsar la descarga hasta que quedó casi encogido sobre sí mismo, respirando trabajosamente… Sólo entonces le solté, suavemente, lamiendo y dando besitos a su miembro…

    -Oh, no… – apenas repuesto del placer, Oli escondió la cabeza bajo la almohada – Lo… lo siento… yo no… no quería terminar tan pronto, pero… es que estaba tan calentito y tan suave que… no pude evitarlo… fue superior a mí… era tan dulcecito…

    -Lo sé. Fue adrede.

    Oli se asomó levantando un poco la almohada.

    -¿Qué?

    -Que lo hice a propósito. Pude haber parado, pero no quise.

    -¿Eso quiere decir que no estás enfadada…?

    Oli tenía el don de despertar mi ternura como nadie hasta el momento lo había logrado.

    -Claro que no, bobín… En primera, quería que gozaras y te quedaras bien a gusto… y en segunda, aunque no hubiera sido aposta, yo no me enfado por tan poca cosa.

    Mi compañero pareció realmente aliviado y feliz. Me tendió los brazos y yo me metí entre ellos, disfrutando de su calidez.

    -Eres increíble, Irina… increíble es la palabra… Pero… eeeh… ahora está… caída… ¿c-cómo te puedo satisfacer…? – Con una mano le cerré los ojos y le besé los párpados, lamiéndolos a golpecitos, muy suavemente.

    -Lección tres: no sentirse culpable por gozar, ni preocuparse por nada… – Oli sonrió al notar que tiraba suavemente de él para hacer que se tumbara por completo mientras seguía teniendo una mano sobre sus ojos. Me despojé del tanga, y me puse de rodillas con su cabeza entre mis piernas. – Ya puedes abrir los ojos.

    -¡Hah! – Oli ahogó un grito de sorpresa. Él nunca había visto un coño tan de cerca, y menos aún uno “real”… no uno de foto o similar. Abrí los labios con dos dedos para que lo observase plenamente.

    -¿Ves lo húmedo que está…? Está así sólo por ti, porque tú me excitas… Me gustas mucho, me encanta que me mires… ¿te gustaría tocarlo…?

    Oli asintió con la cabeza, demasiado excitado para hablar… sacó los brazos de entre mis piernas y acarició mis muslos, mi entrepierna, mi monte de Venus, totalmente depilado… gemí suavemente al notar sus manos, húmedas de sudor, pero cálidas, tan cálidas… su timidez le seguía cortando, no se atrevía a tocar más abajo o más profundamente…

    Sonriendo, le tomé de la mano y llevé sus dedos a mis labios, le permití mojarlos en mis jugos y Oli cerró los ojos al notar mi suavidad… me separé los labios y llevé la punta de sus dedos a mi perlita, impaciente por obtener caricias… Nada más rozarla, mis piernas temblaron de gusto, ¡qué maravilla…! Estaba excitadísima, me sentía de gelatina… Oli empezó a acariciar mi clítoris en círculos, muy lentamente, mientras se le escapaban los gemidos, de nuevo estaba a punto… y yo no podía esperar más. Necesitaba tenerle, lo necesitaba ahora…

    -Oli… cariño… penétrame, por favor… – gimió dulcemente al oírse llamar “cariño”. Me dejé caer junto a él y coloqué la almohada bajo mis riñones para orientarme mejor hacia él. – Ven aquí… – Me abrí de nuevo el coñito y Oli se situó entre mis piernas, con cara de inseguridad… ni siquiera sabía por dónde… pero no tenía que preocuparse. Le acaricié la polla y la guie hacia mi interior, hacia mi agujerito palpitante y deseoso, que desprendía calor… – Es aquí… Aquí… ¿ves lo calentito que está…? Empuja suavemente… entra…

    Oli jadeaba de nervios, pero se inclinó, se apoyó en la cama y lentamente comenzó a empujar… muy despacio…

    -No… ¿no te haré daño, verdad…? – preguntó en un susurro ahogado.

    -Nooo, claro que no, me encanta… por favor… hasta el fondooo… – Mi Oli ya no aguantó más; empujó de golpe hasta que sus caderas quedaron pegadas a las mías. Un poderoso gemido de placer le rasgó el pecho y yo grité de gusto al sentir mi intimidad invadida por su calidez, ¡qué gusto! ¡Qué placer…! Me sentía tan llena, tan feliz… Lo abracé contra mí, gritando mi felicidad, mientras él no podía parar quieto, ¡me volvía loca cómo se convulsionaba por ser su primera vez…!

    -¡Oh, dios…! – gritó sin poder contenerse – ¡Es… M-mi pene está siendo aplastado… Es genial! ¡Es tan… tan caliente… Tan ricoooo…! Irinaa… ¡te adoro!

    Le agarré de la cara y le besé, y en esa ocasión, fue su lengua la que invadió mi boca, ¡mmmm…! Sus caderas se movían frenéticas, se le escapaba la risa, era tan tierno… El placer me invadía y me subía en olitas deliciosas… estaba a punto de correrme, pero no era la única… me agarré a sus costados, pero enseguida bajé mis manos a sus nalgas para empujarle más aún. Oli volvió a temblar de placer al sentir mis manos apretar su culito.

    -Oli… Aah… me… me corrooo… Eres sensacional… no aguanto más….Voy a… ¡Voy a acabar en tu polla, vas a hacer que explote de placeeer…! – Dicho y hecho, me estremecí en un feroz arrebato orgásmico, apretándole contra mí, sintiendo cómo el placer estallaba en mi sexo y subía por mi espina dorsal, acariciando mi cuerpo en deliciosas contracciones que me hacían dar respingos y temblores… mi coñito se contrajo, cerrándose sobre sí mismo y abrazando con mayor fuerza el pene de Oli, que tampoco aguanto más:

    -Qué… qué linda eres… O…Otro…. Vuelvo a… aaa… me muerooo… cómo aprietaaas… ah… ah… ¡aaaah… Siento como si me derritieraaa…!

    MI Oli se dejó caer sobre mí, extenuado. Estaba empapado en sudor, jadeante… y sobre todo, feliz, profundamente feliz… como yo. Nos abrazamos, todavía fundidos en uno con el otro… Oli dio un escalofrío, el sudor se le enfriaba, y quise separarme para cubrirle con la colcha, pero no me le permitió. -Tenerte así… bien vale un resfriado… – dijo, soñoliento y sonriente. Poco después se quedó profundamente dormido y entonces pude por fin deslizarme de debajo de él y taparle bien. Me acosté junto a él y lo abracé bajo las mantas… qué gustito estar así… Oli debió medio despertarse, porque le oí susurrar algo como “¿virginidad….? No he perdido nada… lo he ganado todo…”

    Con lo que yo he sido… una chica alegre, chica de aventuras, de sexo sin compromisos, sin complicaciones, sólo diversión… y he ido a caer en brazos de un pringadillo virgen. Pero no puedo evitarlo. Lo amo… Ahora mismo está junto a mí, en nuestro dormitorio. Lo único que lleva puesto es el reloj, y su sonrisa de placer aún dormido, atestigua lo que acaba de suceder…

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  • La nueva asistenta (cap. 2)

    La nueva asistenta (cap. 2)

    Silvia estaba confusa. Había tenido un sueño extraño…

    Estaba sola en una habitación oscura, desnuda, no veía nada. Entonces, varias voces de hombres empezaron a increparla, la decían de todo. La llamaban puta, guarra, zorra… Le decían que les chupase las pollas, que era para lo único que servía. Intentaba huir de allí, corría en todas direcciones y la habitación no se acababa, no tenía fin.

    Entonces vio a Peter, estaba hablando con Ian. Intentaba acercarse a ellos, pero no podía, les gritaba, les llamaba, pero ellos sólo la miraban y se reían. Se dejó caer al suelo. Y no pudo volver a levantarse. Tenía algo al cuello, era una correa de perro. De ella salía una cadena que estaba enganchada a un gancho del suelo. Los hombres seguían gritándola, le decían todas las formas en las que se la follarían. Entonces, de la nada, surgió una voz de mujer:

    -Serás mi esclava, perra.

    Y entonces fue cuando despertó. Se encontró desnuda en la cama y entonces lo recordó todo. Un desasosiego recorrió su mente. ¿Qué había hecho?

    Se había dejado chantajear por esa joven, ¡Y le había permitido grabarlo en video! Seguro que había una salida de esa situación, sólo tenía que buscar la manera de encontrarla…

    Se levantó de la cama y entonces vio en el suelo el vestido de asistenta. Un escalofrío recorrió sus partes íntimas, ¿Por qué le pasaba esto? Sólo recordar las sensaciones de ayer le infundía unas ganas enormes de masturbarse otra vez. Se resistió con todas sus fuerzas y, guardó el vestido en un armario y se puso un batín. Bajó a desayunar y allí intentó pensar en sus opciones. No veía mucha salida… Lo único que sacó en claro es que de momento no podía contrariar a mistr… Ivette, no podía contrariar a Ivette. Así que esa mañana iría a una clínica depilatoria a que le afeitasen las partes.

    Subió a darse una ducha y se dio cuenta de que había vuelto a dejar la puerta abierta, ¡Ese había sido el comienzo de todo! Se maldijo a si misma mientras se duchaba, pero no pudo evitar notar la humedad de su entrepierna…

    Cuando llegó a la clínica y comenzaron con el proceso, Silvia estaba aterrada. Llevaba toda la mañana cachonda… ¡Seguro que la esteticien se daba cuenta! ¡Era inevitable! Así que pasó la sesión entera cerrando los ojos con fuerza y tratando de pensar en otra cosa.

    Si la chica se dio cuenta o no, no lo supo, pues no hizo ningún comentario ni reacción que lo demostrase. Salió aliviada de la clínica en dirección a su casa, hoy no iría al gimnasio, no tenía demasiadas ganas.

    Pasó el resto del día recogiendo la casa; no tenía mucha idea de hacerlo, pero lo dejó lo mejor que pudo. Después de comer, llegó un mensajero a entregar un paquete, lo recogió extrañada, pues no esperaba nada. No tenía remitente, ni daba ninguna pista de qué podía ser, así que se dirigió al salón para abrirlo. Cuando lo hizo, se asustó tanto que lanzó el paquete sobre la mesa. Todo el contenido se desparramó por encima, un montón de fotos en las que se la veía claramente mostrándose y exhibiéndose, otras follando con Ian, otras comiéndole el coño a Ivette y dos cd’s con una inscripción que rezaba “Video 1” y “Video 2”. No le hacía falta verlos para saber lo que eran…

    Estaba asustada, ahora que tenía las pruebas delante se dio cuenta de que la situación era más grave de lo que pensaba…

    En ese momento, la puerta de la calle se abrió e Ivette entró en la casa. Iba con una bolsa grande de deporte. Entró en el salón y al ver a Silvia con las fotos, dejó la bolsa y exclamó:

    -Bien, veo que el paquete ha llegado a tiempo. Espero que ahora te des cuenta de que no tienes escapatoria. Si no me tienes contenta, todos tus conocidos tendrán acceso libre a ese material.

    Silvia miró a Ivette con cara de desolación.

    -¿Que miras con esa cara de estúpida? Ven aquí a presentar tus respetos a tu ama.

    Silvia se levantó y avanzó rápidamente hacia Ivette, cuando estuvo frente a ella no supo como reaccionar.

    -¿No sabes qué hacer? ¡Lame mis botas! -Silvia se arrodilló y, con algo de aprehensión empezó a lamer.

    Ivette se estaba divirtiendo muchísimo. Había pasado la mañana buscando juguetitos y planeando que hacer con su apetitosa esclava. Cuando pensó que la había humillado lo suficiente, le ordenó que parara.

    -Desnúdate. De ahora en adelante, cuando estés en mi presencia estarás desnuda. Sólo deberás llevar liguero, unas medias y zapatos de tacón. Aparte de esto.

    Tendió la mano hacia Silvia mostrándole un collar de perro, tenía una pequeña argolla para poner una chapita con el nombre y otra para enganchar una correa. Silvia se lo puso lentamente, cuando lo abrochó, sintió que estaba sellando su destino.

    -Cuando estemos fuera de casa (¡Fuera de casa! ¡Pensaba hacerla salir!) YO elegiré tu ropa hasta que tengas la destreza de hacerlo tú. Cada vez que llegue a casa tendrás que venir a presentar tus respetos y después te situarás en posición de inspección. Esto es, de rodillas, piernas separadas a la altura de los hombros, espalda erguida, mirando al frente y manos detrás de la cabeza.

    Silvia obedeció.

    -Vamos a ver si me has hecho caso…

    Ivette examinó con su mano el coño de Silvia, pudo comprobar que seguía tan cachonda como ayer; Esta perra iba a ser una esclava de primera -Pensó.

    -Ahora la siguiente postura: posición de sumisión. De rodillas en el suelo, apoya tus pechos en el suelo, los brazos extendidos, el culo apoyado en los tobillos.

    Ivette rodeó a Silvia, examinando su culo y vio que todavía estaban visibles las marcas del día anterior.

    -Siguiente postura: Posición de ofrecimiento. Sobre las rodillas, el culo en alto y la cara en el suelo, sepárate las nalgas con las manos ofreciéndote a tu ama.

    A Silvia, le costó ponerse en esa posición, su pudor le impedía mostrarse tan descaradamente, pero el recuerdo del castigo del día anterior hizo que obedeciera.

    -Muy bien esclava. Cuando no te haya ordenado nada, esperarás en un rincón de la habitación, de pie, con las piernas separadas, las manos juntas detrás de la espalda y la mirada al suelo.

    -Si mistress. -Contestó Silvia ocupando un lugar en el rincón del salón.

    Ivette salió de la sala sin decir nada, comenzó a examinar la casa. Parece que Silvia había estado limpiando, no estaba perfecto, pero estaba correcto. Subió a la habitación de su esclava, empezó a examinar la ropa de su armario y a seleccionar la ropa que le permitiría ponerse. Sólo le dejó las faldas que llegaban a medio muslo, shorts, unas mallas cortas del gimnasio y unas pocas camisetas escotadas y ajustadas. Después fue al cajón de la ropa interior, donde acabó con todo lo que no fuese tanga, liguero, media o sujetador sugerente. Metió toda la ropa en bolsas de basura y las dejó en la entrada.

    Silvia no se atrevía a moverse. Oía a Ivette rondar por la casa pero no movió ni un pelo. Y le costó trabajo. Estaba loca por llevar las manos a su coño.

    -Está bien -Dijo Ivette volviendo a entrar en la sala. -Vamos a empezar con la sesión de hoy.

    Se acercó a la bolsa y comenzó a sacar un trípode y una cámara que colocó en un rincón de la habitación. Después comenzó a desvestirse y, quedándose en ropa interior, sacó de la bolsa unas botas de cuero hasta las rodillas, de tacón alto, un corset y un antifaz, que, poniéndoselo, le daban un aspecto de dominatrix que dejó impresionada a Silvia. Pulsó un botón de la cámara y se colocó a un lado.

    -Ponte en el centro de la habitación esclava. -Silvia obedeció.

    -Ahora te voy a ir haciendo unas preguntas, y deberás contestarme la verdad si no quieres que me enfade. -Amenazó, enseñando a Silvia la pala de ping pong. -¿Entendido?

    -Si mistress.

    -¿Cuál es tu nombre?

    -Silvia Arellanos, mistress

    -¿Trabajo?

    -No tengo Mistress

    -¿Estás casada?

    -Si, mistress

    -¿Tu marido te satisface sexualmente?

    -Si mistress.

    -¡No quiero mentiras perra! -Exclamo Ivette acercándose a Silvia y poniéndole una pinza en el pezón izquierdo.

    -¡Ahhh! -Grito Silvia.- ¡NO! ¡No me satisface! ¡Siempre está de viaje! ¡Quíteme esto, por favor mistress!

    Plaff

    -¿Crees que puedes darme ordenes? -Gritó Ivette.- Una desobediencia conlleva un castigo, tendrás que soportar.

    -¿Has chupado alguna vez una polla?

    -Si mistress

    -¿Has tragado semen?

    -No mistress, siempre lo escupo.

    -Ya te acostumbrarás… ¿Te han dado por el culo alguna vez?

    -¿Eh? ¿P-Porqué lo quiere saber?

    Ivette rápidamente le puso una pinza en el otro pezón. El grito de Silvia se escuchó en toda la casa.

    -¡Basta de insolencias! Ya he tenido suficiente. -Ivette fue a la bolsa a por más cosas. Le puso unas esposas a Silvia, atándole las manos por detrás.

    -¡Abre la boca! -Silvia obedeció con miedo. Ivette introdujo un ballgag con forma de doble pene en su boca. Una parte quedaba fuera y la otra en su garganta. Agarró del cuello a Silvia y la hizo sentarse al borde del sofá, con la cabeza inclinada hacia atrás. Ivette se quitó el tanga y se sentó sobre la cara de Silvia, introduciéndose el pene en el coño.

    En la postura que estaban, el ojete de Ivette quedaba sobre la nariz de Silvia y no podía respirar bien. La dominatrix empezó a cabalgar la cara de Silvia, follandose con el pene de plástico. A través de un pequeño agujero en el ballgag, llegaban a la boca de Silvia los flujos de su ama. No tenía más remedio que tragar.

    Ivette se levantó, sentándose con las piernas abiertas en el borde del sofá. Puso a su esclava de rodillas sobre ella y, agarrándole la cabeza, empezó a masturbase con ella. Cuando estaba a punto de correrse, le quitó el ballgag a Silvia, ordenándole que acabara con su lengua.

    Silvia no quería decepcionarla, todavía notaba el dolor de los pezones, así que se afanó con ganas en su nueva tarea, intentando satisfacer a su mistress.

    Ivette se corrió en la boca de Silvia entre sonoros gemidos, obligando a su esclava a seguir lamiendo un rato más.

    Cuando se levantó, fue a la bolsa, manipulando algo que Silvia no era capaz de ver. Ésta no se atrevió a moverse.

    -Ya que no has contestado a mi pregunta, perra, voy a hacer que me de igual la respuesta. -Dijo Ivette, empujando a Silvia para que dejase su culo en pompa.

    De repente, Silvia abrió los ojos tanto como pudo y soltó un grito al notar sus intenciones. ¡La iba a dar por el culo!

    -Ahhh. ¡Por favor mistress! ¡No lo haga!. -La súplica de Silvia se cortó con un empujón de Ivette, que introdujo el falo de plástico hasta dentro del culo de la esclava.

    El dolor recorrió a Silvia de arriba a abajo, ¡La estaba partiendo por la mitad! El consolador que estaba usando debía ser enorme. Ivette esperó unos segundos para que Silvia se adaptase al enorme falo que le había metido por el culo, después, lentamente, empezó a sacarlo y meterlo de nuevo. Mientras lo hacía, su mano se dirigió al coño de Silvia, que a pesar de todo, seguía empapado. Comenzó a acariciarle el clítoris, para que el placer enmascarase el dolor.

    Poco a poco, las sensaciones de Silvia comenzaron a cambiar, el dolor dio paso a un placer extraño, que nunca había sentido. Notaba como el placer dominaba su cuerpo y empezó a moverse alante y atrás, intentando aumentar el ritmo.

    -¿Te gusta esclava? ¿Te gusta que te rompan el culo?

    -Mmnm Si mistresss -Gimió Silvia.

    Ivette aumentó el ritmo hasta que la tuvo al límite y entonces, de golpe, paró. Silvia se quedó extrañada e intentó echarse atrás para volver a penetrarse. Ivette paró su intento con un fuerte azote.

    -Tus orgasmos me pertenecen esclava. Y ahora no te lo mereces.

    -¡Por favor mistress! Deje que me corra, ¡Haré lo que sea! -Ivette sonrió para sus adentros, aunque no dejó que esa expresión se notara en su cara.

    -Quiero ver como chupas una polla, así que ponte de rodillas y limpia esta polla de plástico.

    Silvia, sin pensar donde acababa de estar esa polla se la metió en la boca y comenzó a chuparla. Siguió lamiendo por un tiempo hasta que Ivette estuvo satisfecha.

    -Está bien. Si quieres correrte, acércate a la cámara y dile quién eres ahora y a quien perteneces. Después comienza a sobarte las tetas ante el objetivo y si lo haces bien, te daré tu orgasmo.

    Silvia corrió a situarse ante la cámara y sobando sus tetas y acariciando sus pezones comenzó a gemir y a exclamar.

    -Soy Silvia, la esclava de mistress Ivette. Mi cuerpo le pertenece, mis orgasmos le pertenecen.

    Como Ivette no se acercaba Silvia continuó.

    -Necesito servirla, darle placer, ¡Mi única misión es obedecerla!… Mi coño es suyo, ¡mi culo es suyo! -Notó la mano de Ivette inclinándola sobre la cámara, sus pechos quedaban obscenamente colgando ante ella ofreciendo un primer plano de su cara y de como se las sobaba.

    Entonces Ivette le metió la polla de una estacada en el coño. Silvia se volvió loca de placer. Ivette continuó sus embestidas hasta que su esclava se deshizo de placer en un orgasmo interminable, quedando inmortalizado ante la cámara.

    Silvia quedo tendida sobre la mesa, extasiada, pero Ivette no le dió descanso.

    -¿Qué crees que haces esclava? ¡Debes agradecerme cada orgasmo que te permita tener! ¡Al suelo!

    Silvia se arrodilló ante su ama, y al ver como ésta le ofrecía la punta de sus botas, entendió lo que quería y empezó a lamerlas.

    -Ahora vamos a ver como te desenvuelves durante el resto de tu primer día como esclava. -Dijo Ivette. -De ahora en adelante, yo ocuparé tu lugar como señora de la casa, dormiré en tu cama y tú dormirás en el suelo, a mis pies. Debes despertarme todas las mañanas con una comida de coño y, por tu bien espero que lo hagas correctamente, porque tengo muy mal despertar.

    Como hemos dicho antes, tu única vestimenta en casa será un liguero, unas medias a medio muslo, zapatos de tacón de aguja y tu collar, que llevarás siempre. Eso de momento. (¿De momento? -Pensó Silvia). El tiempo del día en el que no te haya ordenado nada, lo emplearás en hacer las tareas de la casa e ir al gimnasio. -Silvia quedó sorprendida. -Quiero que mi esclava se mantenga en buena forma.

    -Además de eso, continuaremos con tu entrenamiento para que seas una buena esclava. ¿Tienes algo que objetar?

    -No mistress. -Contestó Silvia.

    -Está bien. Posición de ofrecimiento, esclava.

    Silvia dudó, intentó recordar las tres posturas que le había enseñado, y después de unos segundos, se echó hacia adelante levantando su culo y separó sus nalgas con las manos.

    Ivette se acercó por detrás y colocó en el culo de Silvia un pequeño plug anal. La sorpresa hizo que la esclava soltase las nalgas, pero inmediatamente reaccionó y se las volvió a separar.

    -Llevarás puesto este plug en todo momento. Hay que preparar tu culo para que seas una buena esclava. Cuando tengas que ir al servicio, te lo quitarás, lo limpiarás y, cuando acabes, lo volverás a introducir. Si me entero de que no lo llevas, serás castigada severamente.

    -Como he dicho antes, tus orgasmos ya no te pertenecen. Tienes prohibido masturbarte y, por supuesto, tener relaciones sin mi permiso. Ni con tu marido ni con ninguno de tus amantes.

    -P-Pero, ¿Que haré cuando venga Peter? No podré evitarle siempre. -Preguntó Silvia.

    -¿Te crees que eso me importa? Es tu problema como lo hagas, pero más vale que en ese coño no entre ni una polla sin mi permiso.

    -Si mistress.

    -Eso es todo de momento, puedes comenzar con tu labor.

    -Si mistress.

    Silvia pasó el resto del día en esa humillante situación. Prácticamente desnuda, con unos tacones imposibles y un consolador metido en el culo. Le costaba acostumbrarse a eso, el plug le molestaba cuando se movía, pero a la vez le daba una sensación placentera que la tenía en un estado de calentura en todo momento. La situación también la ponía cachonda, no sabía porqué. Era como cuando dejaba la puerta abierta del baño, pero a lo bestia, se estaba exhibiendo ante esa joven que la dominaba y no podía hacer nada por evitarlo…

    ¿Y cuando llegase Peter? Suponía que Ivette evitaría la situación mientras estuviese él… Después de todo, lo que estaba haciendo era para que ocultárselo a Peter…

    Entre esos pensamientos se acabó el día. Ivette durmió en la cama de Silvia, y ésta, en el suelo, sobre una manta, acurrucada como la perra que era.

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  • Tirándome a mi cuñada (o algo así)

    Tirándome a mi cuñada (o algo así)

    Aquello era muy arriesgado, pero pude organizarlo de forma que parecía que no iba a tener ningún problema al ejecutar mi plan. Ante la imposibilidad de que mi cuñada accediese a posar para mí, y mucho menos, a dejarse follar en su propia casa, tuve que buscarme a alguien que fuese lo suficientemente parecida a ella para hacer realidad mi fantasía..

    Había estado con Noemí varias veces, y lo que más me gustaba de ella era su parecido físico con mi cuñada. De hecho, eso era lo que me ponía a mil, porque precisamente sus pechos eran algo que no acababa de resultar suficientemente atractivo en su profesión de prostituta. Me contaba que su principal éxito era tener un cuerpo muy asiático, y que los amantes de las chicas orientales sí que se veían atraídos por ella, pero aunque tenía unas caderas impresionantes, el hecho de tener poco pecho era un problema.

    Por eso pensaba operarse dentro de poco tiempo, para completar un cuerpo digno de una señorita de compañía. Cuando le propuse la idea, al principio se extrañó un poco, pero luego accedió encantada, a pesar de reconocer que el tema era un poco enrevesado. El hecho era que hacía bastante tiempo que la hermana de mi novia, o sea mi cuñada, me atraía enormemente.

    No sé si era por mi afición a la lycra y el hecho de que ella siempre luciese unas piernas sexys con medias o pantys, o tal vez fuese porque era un encanto, y poco a poco me fue atrayendo, primero por su sensualidad y finalmente a unos niveles de erotismo que a veces rozaban el deseo más intenso. No lo sé, pero era una mujer normal y el morbo que desprendía para mí era incontrolable. Ni qué decir tiene que me había hecho pajas con ella a miles, y las más intensas para mi eran las que habían acabado en su cuarto de baño, con alguna de sus braguitas en la boca, y sus pantys cubriendo mis piernas.

    El deseo era tal que soñaba con tirármela con sus pantys blancos puestos, algo que, obviamente no era alcanzable, y yo lo sabía. Por eso convencí a Noemí, de que aquel día viniese conmigo a casa de mi cuñada, para disfrutar de un par de horas de intimidad en casa de mi adorada musa. Noemí sería mi particular versión perversa de esa mujer que me volvía loco. Llegamos al garaje y me aseguré de que no había nadie en casa. Tenía una copia de sus llaves porque a veces me encargaba recados, y entré sigilosamente, a pesar de saber que ella estaría todo el día fuera y su marido andaba de viaje.

    Bajé a buscar a Noemí al coche, y subimos sin hacer el menor ruido. Una vez entramos en casa, conseguí relajarme un poco. Tendríamos un par de horas para terminar y marcharnos, no sin antes pagar bien a mi putita particular, que debía ganarse la pasta haciendo un buen trabajo. Ella no habló, sino que curioseó un poco antes de entrar directamente al dormitorio. Para mi sorpresa, estaba la cama deshecha, y las sábanas revueltas. Mi cuñada no se había molestado en hacer la cama, lo cual me agradó bastante.

    Lo primero que hizo Noemí fue desnudarse completamente, y con su melena negra revuelta sobre la cama, me recordó perfectamente a mi cuñada, a pesar de que nunca la había visto desnuda en la cama, más quisiera yo… Me dijo que qué quería hacer, y le pedí que me hiciese unos poses con su culito, pero sin enseñarme su cara. Quería imaginarme a mi musa en ese cuerpo femenino… Ella se inclinó hacia delante, mostrándome su culito en su máximo esplendor, y una vista perfecta de su vulva depilada.

    Sabía que mi cuñada no tenía la vagina depilada, pero era mejor así. Sus pequeños pechos caían hacia abajo como seguramente lo harían los de mi cuñada. Ella se empezó a acariciar y a masajear la vulva, provocándome descaradamente. Yo me fui hacia el cuarto de baño y en el cesto de la ropa de lavar encontré suficiente material. ¡Bingo!. Al volver a la habitación, ella estaba en plena fiesta, y ya tenía la vulva mojada. Sus pechos rozaban con las sábanas, y sus pezones ya estaban erectos.

    Me puse a cien, y decidí desnudarme para liberar mi tensión. Dejé sobre la cama varias prendas íntimas de mi cuñada, quedándome con unas braguitas bancas suyas que ya conocía perfectamente, y que guardaban aún su olor y un rastro de flujo vaginal. Noemí se volvió hacia mi:

    -“¿Son sus braguitas? ¿Quieres follarme con su ropa?”.

    Le respondí ansioso:

    -“Necesito que te pruebes su ropa, incluyendo esas bragas usadas, quiero que tus flujos se mezclen con los suyos…”.

    Ella obedeció, y curiosa, se llevó las prendas a la cara, oliendo como lo estaba haciendo yo.

    -“Así que te pone eso de oler sus bragas, la verdad es que moja bien las bragas, ¿crees que su marido se la follará esta noche?, parece que está bastante a punto”.

    El atrevimiento de la pregunta me puso más caliente, y empecé a masturbarme delante de ella. Se subió las bragas y empezó por ponerse unos pantys rosas de mi cuñada que me encantaban, le sentaban perfectos, prácticamente como a ella. Estaba de espaldas a mi, tumbada en la cama. Mientras le miraba las caderas y las piernas, me masajeaba el pene, ya muy duro.

    -“Eres como ella, me estás poniendo muy caliente, y lo sabes”.

    -“Si la convences para que lo haga, me la puedo tirar para ti, ¿te gustaría un numerito lésbico?”.

    Era evidente que quería ponerme caliente, y lo estaba consiguiendo. Antes de calentarme más, le pedí que se pusiese un vestido de mi cuñada, que le entró como un guante. Estaba buenísima, y de espaldas era como ella. Luego le pedí que Se pusiese los pantys blancos de mi cuñada, esos que sólo se ponía en ocasiones especiales, como en alguna boda. Al bajarse los pantys rosas me di cuenta que los había manchado. Ella misma estaba excitándose con este trabajito tan especial.

    En cuanto se puso los pantys de mi cuñada, no pude evitar la tentación de acariciar sus piernas, primero sutilmente y poco a poco con más deseo y ansia de placer. Para colmo ella empezó a hablarme como si fuese su cuñado, susurrando palabras de provocación, y sacando el culito en pompa. Metió su mano entre sus piernas y empezó a masturbarse con los pantys y las braguitas de mi cuñada. Se había puesto un vestido beige entallado y unas sandalias de tacón, además de un sujetador que no sujetaba nada de sus pechos, pero que transparentaba sus pezones erectos.

    Me estaba llevando al límite, y temí correrme antes de poder follármela. Era lo que deseaba, penetrarla con todas mis fuerzas, como si fuese mi cuñada, y estaba viendo peligrar esa posibilidad… Así que, sin dudarlo, me fui hacia ella y abriéndole un agujero en los pantys, metí mi dedo y aparté la braga blanca ya muy mojada. Pensé que su dueña no notaría la falta de esos pantys, al fin y al cabo, tenía muchos pares. Hundí mi pene entre sus glúteos y fácilmente encontré la vulva, que engulló mi miembro, totalmente erecto.

    Me abracé por detrás a ella, primero a sus caderas y luego a sus pequeños pechos, sintiendo su melena negra rozarme. Al mismo tiempo, bombeaba para no parar de follarme a esa réplica de mi deseada madurita, me la estaba tirando en su propia cama, con su ropa y sintiéndola como ella misma.

    No cabía en mí de placer… Mientras entraba hasta el fondo de su vulva y ella ahogaba gemidos de placer, yo musitaba el nombre de mi cuñada entre jadeos ahogados, metiéndome en la situación de estar follándome a mi cuñada. Aquella atmósfera de placer me empezó a llevar al orgasmo, en un camino sin retorno que cada vez veía más directo. Mis gemidos se fueron haciendo más intensos, mientras ella seguía susurrándome que me la follase, que siempre había deseado tener mi polla dentro.

    En el mismo momento en que me estaba corriendo, un ruido como de un portazo sonó detrás de mí, y por unos segundos no pude moverme, estaba soltando mi corrida a placer dentro de ella, dentro de mi cuñada… En cuanto pude reponerme, me volví y para mi absoluta sorpresa me encontré de frente al marido de mi cuñada, con los ojos como platos. Se había quedado de piedra, y al volverme, mi pene salió de dentro de ella, aun salpicando semen sobre las sábanas.

    En un primer momento no caí en la cuenta, pero la chica estaba, con el culo en pompa, la cara oculta entre las sábanas y su melena negra y vestía la misma ropa que su esposa, así que el estado de shock en el que se encontraba respondía a la posibilidad de que su mujer y yo le estuviésemos poniendo los cuernos. Se había quedado sin habla, y entonces yo traté de explicarme, pero él ya estaba dirigiéndose a su mujer, con reproches y preguntas sin respuesta. Más convincente que mi explicación, fue ver aparecer la cara de la chica, a lo que él se quedó en silencio de nuevo, completamente estupefacto:

    -“¿Quién cojones es esta tía?”.

    Yo le pedí que me escuchase, y me esforcé por contarle mi versión. Desde luego iba a ser un poco difícil que lo entendiese, ya que era uno de los planes más rebuscados que se me ocurrían, pero fue un buen comienzo que no echase mano a la violencia conmigo. Otro hecho interesante fue que estuviese sólo, porque explicar a mi cuñada que me estaba follando a una tía igualita que ella en su propia cama, vestida como ella, eso sí que hubiese sido muy complicado…

    Continuará.

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  • La aprendiz de puta

    La aprendiz de puta

    Capítulo 1: F/F

    Supongo que todos tenemos al menos un amigo “de toda la vida”. En mi caso se llama Paco y creo que lo conozco desde siempre. Quizás somos tan buenos amigos por nuestra diferencia de forma de ser y de comportarnos. El ejemplo más claro seria, supongo, que a pesar de haber cumplido ambos ya los 30, el sigue estando soltero y sin compromiso mientras yo estoy ¿felizmente? casado desde hace unos años.

    Digo esto entre interrogantes porque precisamente todo lo que sucedió vino a tenor de la Gran Pelea. Si, así, con mayúsculas. Me imagino que en la vida de todo matrimonio hay al menos una de estas y, si no lo destruye, siempre deja huellas profundas en ambos. Coincidió que la nuestra ocurría solo un par de días antes de que Paco saliera a volar (es mecánico de vuelo de una compañía aérea) a algún remoto país. Y esta vez decidí aprovechar su oferta e irme con el a pasar unos días al quinto pino.

    Antes siempre me había negado, pues no veía bien el irme solo con él de juerga a algún país exótico, dejando sola a mi esposa en la casa. Sobre todo, porque todos sabemos que mi amigo aprovecha estas escapadas para hacer “locuras”. Muchas de las cuales conoce mi esposa, aunque la mayoría quedan entre nosotros.

    El caso es que esa mañana me embarque con Paco en el enorme avión, pagando solo un mínimo como concepto de seguro, y sin saber ni tan siquiera a donde nos dirigíamos. El país resulto ser Chile, al otro lado del “charco”. Les aseguro que si en ese momento me hubieran obligado a situarlo en el mapa me habrían puesto en un buen compromiso. Durante el vuelo me presento a Juan, su compañero mecánico, con el que rápidamente trabe una cierta amistad, pues era un tipo simpático y mundano.

    Me explicaron que su misión consistía en hacer una serie de pruebas a la aeronave durante el trayecto del larguísimo vuelo. Y, una vez en Chile, pasar un par de días en los hangares revisando diversas aeronaves de la compañía que harían escala en ese país, antes de volver a casa en otro avión al que le harían las mismas pruebas que a este. Yo, mientras me maravillaba de las cabriolas que hacían las compañías para ahorrarse un duro, pasé las siguientes horas viéndoles trabajar, intentando ligar con las bellas y estiradas azafatas (sin éxito, aunque me divertí bastante) y visitando la cabina un par de veces. Fue ameno, y me sirvió para olvidarme en parte de mis líos domésticos.

    Al llegar a ese país era ya bien entrada la tarde, y mi amigo me llevo directamente al hotel, donde me dijo que pronto recibiríamos una “grata sorpresa”. Yo, que ya le había oído hablar por teléfono, sabía que la tal “sorpresa” eran un par de putas para hacernos compañía. Por lo visto Paco conocía a una de ellas de anteriores visitas, y Juan, después de oírle describir sus “hazañas” con tanto énfasis insistió en acompañarnos. La puta no se atrevía a estar con los tres a la vez, así que se trajo a una compañera para “ayudarla”.

    Yo no quería ser aguafiestas, pero a pesar de nuestra pelea tampoco quería serle infiel a mi esposa, así que me puse de acuerdo con Juan y cambiamos el dormitorio. El paso a ocupar la habitación doble con Paco y yo me quede con la suya individual. Después de una larga y relajante ducha pedí a recepción una botella de champan. Pues ya que no me iba a divertir de una forma pensaba hacerlo de otra. Pero Paco no estaba dispuesto a que pasara la noche emborrachándome a solas, como era mi intención. Y vino a mi dormitorio a insistirme a que me uniera a su “fiesta”.

    Me conoce demasiado bien el truhan, y después de mucho insistir consiguió que fuera con él a su dormitorio. Eso sí, asegurándole que no haría nada con las putas, que solo miraría el espectáculo prometido hasta que me hartara. Y que luego me iría a mi cuarto. Lo cierto es que no tuvimos que esperar mucho, ya que apenas habíamos empezado a prepararnos unas bebidas cuando llamaron a la puerta de la habitación. Paco, restregándose las palmas, y con cara de pillo, fue a abrirles.

    La primera que entro era “normalita”. Talla mediana, delgadita, pelo oscuro lacio y con poco pecho… aunque esto último lo solucionaba con un escote la mar de atrevido. No era muy guapa, pero sabia como maquillarse para que la impresión fuera bastante seductora. Esta debía ser la puta que ya conocía Paco, porque además de abrazarlo con ímpetu le soltó dos sonoros besos en las mejillas que le dejaron unas marcas la mar de graciosas.

    Creo necesario hacer un inciso en la narración para aclararles que si bien a esta chica voy a estar llamándola puta a partir de ahora no es como algo sucio o despectivo, ni para humillarla o dejar clara su profesión… es, simplemente, que no recuerdo su nombre. En los días siguientes Paco me lo dijo 20 o 30 veces como mínimo, pero ahora mismo soy incapaz de acordarme, se lo aseguro, por lo que tendré que seguir llamándola puta… para que ustedes sepan en todo momento a quien me refiero.

    Luego se dirigió a Juan, que ya estaba presentándoselo Paco, a repetir abrazos y besos. Creo que se los dio, pero ya no estaba prestándoles ninguna… toda estaba en la puerta. Porque allí estaba ella, Jenny, parada en la entrada, con sus zapatos de tacón alto, su minifalda ajustada, su camiseta escotada… y unos ojazos inmensos mirando de un lado a otro, como un cachorrillo asustado, tratando de quedarse con todos los detalles a la vez.

    En ese momento la otra puta me sorprendió con su brusco y espontaneo abrazo, y con sus dos sonoros besos, los cuales dejaron la misma huella de carmín en mis mejillas que la que lucían mis sonrientes amigos. Pero igual hubiera dado que me soltara dos besos que dos tortas, mi atención estaba concentrada por completo en Jenny. Tenía los ojos clavados en ella, mirándola con tanta atención que de seguro tenía que resultar hasta patético… pero es que estaba hechizado, y todo lo que me rodeaba había dejado de tener importancia para mí.

    Entiéndanme, no quiero decir con esto que fuera Miss Universo ni nada por el estilo. Es guapa, sí, pero sin exageraciones. Tiene ese aspecto de medio mulata de piel canela que tanto nos gusta a los de piel clara. Con un pelo castaño y liso, lindísimo, que le llega por los hombros, y que enmarca una carita ovalada que casi no me atrevo a describir, ya que por mucho que lo intente ni ustedes se van a hacer una idea ni yo voy a estar a la altura.

    Su barbilla puntiaguda, unida a su naricilla respingona le dan ese aire travieso que hace que una chica tenga muchos años menos de los que tiene en realidad (y que a Jenny, que dudo que tuviera más de 32 o 33, le hacía parecer una jovencita jugando a ser golfa). Pero sus labios gordezuelos y carnosos le dan otro aire, el de la lujuria, que desmiente lo dicho anteriormente, consiguiendo que su rostro sea una autentica mascara de deseo si ella se lo propone.

    Y al final son sus ojos, grandes y castaños, los que hacen que uno la vea de una forma o de otra, pues son tan, pero tan expresivos, que no se ni como decirlo para que se hagan una idea. Basta con asomarse a ellos para perderse, lo digo por experiencia. Disculpen si les he aburrido con esta descripción, sé que les hubiera gustado más leer lo de sus muslos generosos, lo de su pétreo culito o lo de sus firmes y puntiagudos pechos, pero es mi historia y tendrán que conformarse con lo que necesito escribir ¿no?.

    Jenny no tardo en imitar a la otra puta y pronto pude sentir en mis mejillas, por primera vez, la calidez de sus labios. Sus besos fueron tan fugaces como los primeros, sin ser tan escandalosos, pero lo que se me quedo metido en la nariz fue el embriagador perfume de la chica… no se cual era, pero olía a fresco y a flores… y se me quedo grabado dentro.

    Paco, acostumbrado a estas cosas, no quería perder el tiempo, y ya estaba con la cabeza metida en el cuello de la puta, mientras sus manos se deslizaban por todo su cuerpo con la habilidad de un pulpo. Juan, mas caballeroso, les preparaba una copas, al tiempo que acababa las nuestras. Y yo, con cara de subnormal, me limitaba a mirar a Jenny, como si fuera la primera vez que veía a una chica… provocando con ello sus miradas de reojo, y las primeras burlas cariñosas de Paco.

    Este, que no quería perder el tiempo, animo a la puta a que empezaran ya… a lo que esta le replico cariñosamente que en cuanto le diera lo acostumbrado empezarían. Paco, impaciente, nos pidió el dinero estipulado de antemano, y tras reunir la parte de los tres (yo había insistido en pagar mi parte aun sin participar, pues lo veía justo) se la dio, añadiendo una propina bastante generosa de su propio bolsillo para incentivarlas.

    La puta, con mucho desparpajo y soltura, contó rápidamente el dinero, separando casi la mitad para Jenny, y guardándose luego ambas su parte en los bolsos. Nada mas hacerlo, y con una sonrisa radiante en el rostro, se giró para nosotros, con sus brazos abiertos, preguntándole a Paco por donde (o por quien) empezar la larga noche.

    Paco, con una sonrisa ladina, le dijo que tal si nos hacían un buen baile primero, y la puta, sabiendo lo que esperaban de ellas, nos pidió que nos sentáramos, mientras ella y Jenny se descalzaban y se subían en una de las dos amplias camas de la habitación. Habíamos dejado el televisor encendido en un canal de esos de música de 24 horas, con el volumen lo bastante alto como para disimular lo que iba a pasar, por lo que las putas solo tuvieron que esperar a que empezara una nueva canción para iniciar su número.

    Yo he visto ya algunos stripteases en directo, en despedidas de soltero principalmente, pero les aseguro que ninguna de las chicas que he visto hasta la fecha tenía el ritmo y la soltura de estas dos chicas. Les costo solo unos segundos acostumbrarse a la dureza de la cama antes de empezar a mover sus nalgas y sus cinturas con un ritmo seductor.

    Jenny, al principio, se veía tensa, por lo que no me extraño que cerrara sus ojazos para dejarse llevar mejor por la música, siguiendo el ritmo con facilidad mientras se movía al compás. La otra puta, por el contrario, parecía en su salsa, meneándose como pez en el agua, agitando su cintura como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida. La puta, a partir de la segunda canción, ya estaba enseñándonos cosas. Mostrando algo de pechuga por aquí, luciendo el escueto tanguita por allá, mientras se soltaba algunos botones y nos dedicaba a los tres todo tipo de gestos y expresiones provocativas.

    Yo apenas si reparaba en ella, pues dedicaba toda mi atención al seductor vaivén de las caderas de Jenny. La cual parecía estar entrando ya en juego, pues sus manos ascendían por sus muslos cada vez con mas sensualidad, y en la finísima camisa se empezaban a marcar unos gruesos y prometedores pezones. Lo que, unido al provocativo bamboleo de sus abultados senos, libres de todo tipo de sujetador, empezaba a caldear mi sangre. Estaba tan pendiente de Jenny que ni me había dado cuenta de que la otra puta se había ya desecho de su minifalda y su camiseta, bailando tan solo en tanga y mostrándonos sus pequeños, pero bien puestos, pechitos… y sus tiesos y puntiagudos pezones oscuros.

    Después de acariciarse un poco los pechos para nosotros… y supongo que también para ella… se pegó lascivamente a la espalda de Jenny, y empezó a desnudarla lentamente, siguiendo el ritmo de la música. Jenny, nada mas sentir sus manos soltándole la minifalda, abrió los ojos sobresaltada, pero enseguida los volvió a entrecerrar, dejándose llevar de nuevo por la música… y por su descarada compañera.

    No sé qué me excitó mas, el breve tanga negro caladito que llevaba o la soltura con que las manos de la otra puta deambulaban por el sinuoso cuerpo de Jenny. La puta no parecía tener ninguna prisa en acabar su faena, metiendo ambas manos bajo su camisa, para dejar a nuestra imaginación que debía de estar haciendo para que Jenny se mordisqueara el labio inferior, mientras lucia una sonrisa complacida.

    Creo que los tres jadeamos al unísono al ver asomar por primera vez los maravillosos pechos de Jenny a través de la camisa desabrochada. No solo por su belleza, sino por la sensualidad con que su compañera se los estaba acariciando, masajeándolos con cariño a la vez que retorcía sus gruesos pezones entre sus largas uñas. Luego la puta le dio la vuelta, poniéndose delante suya, y de espaldas a nosotros, para darle el beso mas largo y sensual que yo haya visto jamás. Devorándole los labios con un ansia y frenesí que me tenía tan perplejo como excitado.

    Supongo que a mis amigos les pasaría igual, pues Juan tenía la voz algo ronca cuando le hizo a Paco una pregunta que se me quedo grabada en la cabeza…

    -¿Pero tú no decías que las putas nunca besan?

    A lo que mi amigo respondió, con la voz también enronquecida…

    -A nosotros no, idiota, pero entre ellas ¿por qué no?

    Hasta ese momento había creído que la frase era un tópico, sacado de la escena aquella de Pretty Woman, pero si Paco lo decía debía de ser cierto. Ya les digo que esa escena se me quedo grabada, pero en ese momento estaba mucho mas pendiente de lo que tenía delante. Pues Jenny, a pesar de seguir con los ojos medio cerrados, estaba empezando a devolver el beso a su compañera con idéntica pasión con que lo recibía, aferrándose a sus nalgas desnudas mientras se devoraban mutuamente.

    Fue la otra puta la que, después de despojar a Jenny de su camisa, rompió el increíble beso. Deslizando sus labios poco a poco por su cuello hasta alcanzar su seno izquierdo. No se anduvo por las ramas y en cuanto lo tuvo a tiro se lío a besarlo por todas partes, ascendiendo por la divina colina hasta llegar al pezón, y devorarlo luego con ansia.

    Jenny le dejaba hacer, sujetándole amorosamente la cabeza mientras la otra, con el culo en pompa hacia nosotros, empezaba a quitarse su tanga hábilmente. Aun no sé como pudo sacárselo por los tobillos sin caerse y sin dejar de amamantar del grueso pezón de Jenny, pero lo hizo. Separando a continuación sus piernas para que todos tuviéramos una buena vista de su almejita depilada, donde pronto empezó a deslizar uno de sus largos dedos.

    La puta metía la mano entre sus piernas, hasta alcanzar la parte de arriba de sus nalgas, y después deslizaba el dedo del medio lentamente por toda la rajita, hasta sacarlo por delante. Repitió la operación varias veces, mientras alternaba entre un pecho de Jenny y el otro, saboreando sus gordezuelos pezones con un hambre infinita.

    Luego, a la vez que bajaba la cabeza, fue besándola por toda la barriga, deteniéndose un instante en su ombliguito antes de llegar donde ella quería. La puta, ya arrodillada a los pies de Jenny, tardo solo unos segundos en despojarla de su tanga. Fue tan rápido que ni tan siquiera lo vi, claro que yo estaba mirando tan fijamente los pechos brillantes de saliva de Jenny, que subían y bajaban hipnóticamente al ritmo de su respiración agitada, que no es de extrañar que me lo perdiera.

    Tampoco lo es que Jenny tuviera la respiración alterada, ni que tuviera que sujetarse a los hombros de su compañera para no perder el equilibrio; pues esta, insaciable, le estaba devorando la almejita con autentico frenesí, aferrándose a sus prietas nalgas con una mano mientras con la otra hurgaba en su intimidad. No podíamos ver muy bien como lo hacía, pero si sus efectos, pues Jenny jadeaba ya con la boca abierta, temblando como una florecilla al viento mientras la otra puta le arrancaba su primer orgasmo con inusitada facilidad.

    Capítulo 2: 3M/2F, C

    Luego se levantó de la cama, y relamiéndose los labios, nos preguntó que quien era el siguiente. Paco se incorporó de la silla como si tuviera un muelle debajo del culo, y para cuando llego junto a la puta ya tenía los pantalones por las rodillas. Mas que cogerla la derribo sobre la otra cama, donde ambos se enzarzaron en un violento combate amoroso del que apenas si preste atención.

    Yo estaba mirando a Jenny, la imagen misma de la sensualidad, con su frente perlada de sudor, arrodillada en la cama, recuperando la respiración mientras pasaba uno de sus dedos por la depilada almejita, deslizándose con facilidad por su encharcada cuevecita.

    Pero todo eso perdió importancia en el momento en que sus ojos entraron en contacto con los míos. Estos, bellísimos e inmensos, estaban fijos en los míos, prestándome tanta atención como yo a ella. Sabía lo que me pedían en silencio, pero yo no me sentía con ánimos para engañar a mi esposa… todavía no.

    Cuando Juan paso a mi lado, ya prácticamente desnudo, algo se me arrugo en el pecho. Quería detenerlo, quería ocupar su lugar, quería que estuviéramos solos… quería tantas cosas a la vez que al final no hice nada, solo mirar, mientras él se situaba cómodamente a su espalda y se preparaba para penetrarla. Pude ver claramente en sus ojos pardos cuando se produjo ese momento, y me odié a mi mismo por la decepción que pude leer en su mirada.

    Durante los siguientes minutos nada cambio, seguía prendido en sus ojos, olvidándome de lo que pasaba en la cama de al lado, y casi ajeno a los furiosos empujes que Juan le daba a Jenny cada vez que entraba y salía de su intimidad. Me sentía realmente estúpido, allí sentado, con una dolorosa erección entre mis piernas y con mil cosas dando vueltas por la cabeza… pero no dejaba de mirar a Jenny, ni ella a mi. Nuestros ojos parecían soldados, y ninguno apartaba la mirada.

    Les aseguro que no recuerdo haberme levantado de la silla, ni haberme desecho de mis pantalones, solo recuerdo su mágica sonrisa mientras me acercaba a ella, y la luz que de pronto brillaba en sus ojos. Cuando llegue a su altura ya me esperaba relamiéndose. No hubo palabras, tan solo me quede de pie a su lado, apartando un mechón de su frente, para poder seguir perdido en sus ojos mientras su boca se adueñaba por fin de mi rígido miembro.

    Dado que a mi esposa este acto le da nauseas, hacía ya muchos años que ninguna chica me hacia una mamada… pero les aseguro que ninguna de ellas era rival para Jenny. Había gula, había dulzura, había ansia, había cariño, había diversión… en esa mamada había tantas cosas que me siento torpe tratando de describir algo tan intimo que si no te lo han hecho no lo puedes entender, y si te lo han hecho sobran las palabras. Lo que si les puedo decir es que yo allí, apoyado en su cabecita, y perdido en sus ojos, no me daba cuenta de nada de lo que sucedía alrededor.

    Ya saben que eso no es del todo cierto, no podía dejar de ver a Juan cabalgándola con frenéticos empujes, arrodillado detrás de ella mientras jugaba con sus senos siempre que podía. Incluso veía a veces por el rabillo del ojo retazos del fogoso encuentro que Paco tenía con la otra puta… pero eran como adornos en un cuadro, cosas sin importancia.

    Reconozco que Juan sabía lo que hacía, pues fue capaz de arrancarle a Jenny un nuevo orgasmo antes de eyacular, haciendo que perdiera el control por unos instantes de su lengua y sus labios sobre mi rígido chisme, mientras emitía apagados gemidos de placer. Pero enseguida lo recupero, volviendo a dedicarme toda su atención, aplicando tanta pasión en lo que hacía que tarde bien poco en correrme en su boca. No tuve que avisarle de que iba a eyacular, sabía que Jenny ya lo sabía, y sabia también que no le importaba que lo hiciera dentro… es más, sabía que lo estaba deseando… casi tanto como yo.

    No me pregunten porque sabía tantas cosas, es algo que no se puede explicar, pero que se veía clarísimamente en ese momento. Mas que eyacular explote en su boca, solté tanto semen en esas descargas que pensé que me iba a vaciar por dentro… pero no crean que eso fue problema para Jenny, ella logro tragárselo todo como si llevara siglos sedienta, no dejando que se le escapara ni la mas mínima gota. Al acabar su lengua y sus labios seguían trabajando con tanto ahínco que logro el milagro de volverlo a resucitar en pocos instantes, algo que hacía tiempo que no me pasaba.

    Jenny ponía tanto empeño en su “trabajo” que despertó la envidia de Juan, el cual, con su largo chisme aun chorreando de semen y medio empalmado, se dirigió a la cama de al lado, dispuesto a que la otra puta le hiciera algo similar mientras mi amigo Paco seguía cabalgándola incansable. La otra, tumbada boca arriba, lo acepto sin problemas, acomodándolo al lado de su cabeza y dejando que ambos compañeros compartieran sus pechos mientras llenaban sus dos orificios a la vez.

    Capítulo 3: M/F, C

    La visión era excitante, lo reconozco, pero no era lo que yo quería en ese momento, así que separé con cuidado a Jenny de su “juguete” y le dirigí la palabra por primera vez… preguntándole si quería acompañarme a mi cuarto. Ella no lo dudo ni medio segundo, recogiendo sus cosas con rapidez y colocándose la ropa de cualquier forma mientras me seguía hacia la puerta. No nos molestamos ni en despedirnos de nuestros amigos, los cuales estaban tan entretenidos entre si que dudo que repararan en nuestra ausencia hasta un buen rato después.

    Fuimos en silencio hasta mi habitación, dos plantas mas abajo, mirándonos de reojo sin decidirnos a romper el encanto que había entre nosotros con palabras vacías. Nada mas entrar, al ver Jenny la botella de champan en su cubitera, se le soltó la risa, y me pregunto si había adelantado la Navidad.

    Yo, con una sonrisa de oreja a oreja, le respondí que era mi bebida favorita (no quise añadir que en mi país no hacía falta que fuera Navidad para beberlo). La bendita botella había roto el hielo entre nosotros, por lo que me apresure a servirle una generosa copa a Jenny mientras yo me preparaba otra igual. El brindis (por ti, por ti) no fue original, pero no teníamos necesidad de decirnos nada más, solo de mirarnos a los ojos para saber la sinceridad de esas simples palabras.

    -Me siento sucia… ¿puedo darme una ducha? fueron sus primeras palabras.

    Pues claro, le respondí, indicándole como un idiota donde estaba el lavabo. Sin duda el ejemplo más claro de la facilidad de Jenny para cambiar de niña buena a gata traviesa que puedo darles es el del momento en que, girándose en la puerta del aseo, me miró fijamente a los ojos y me dijo… ¿no vas a enjabonarme?

    Les juro que un escalofrío me recorrió la espalda al oír sus palabras, y ver reflejado en sus ojos de gata las mil promesas de placer que implicaban. El aseo, como ya imaginaran, no era precisamente amplio, por lo que el desvestirnos el uno al otro fue algo mitad complicado mitad divertido… y aun así Jenny consiguió que me excitara como un animal con el simple toque de sus dedos por aquí y por allá.

    El que se adueñara de mi rígido trasto con su manita y me metiera dentro de la ducha tirando de él como si fuera un perrito fue algo de lo mas simpático. Yo la deje hacer, pues bastante trabajo tenía tratando de abarcar sus dos magníficos melones con mis manos. Ahora que por fin los tenía solo para mi no podía dejar de manosearlos y de jugar con ellos, dedicando una especial atención a sus rígidos y duros pezones, los cuales era una delicia tener entre mis dedos.

    Mientras yo me divertía con su delantera ella se limpiaba la intimidad a fondo, con una entrega y meticulosidad que decía mucho acerca de lo poco que le gustaba lo que Juan le había podido dejar dentro de su conejito. Les aseguro que nunca había visto a nadie lavarse con tanto esmero y cuidado. Creo que de no haber estado allí dentro con ella habría seguido limpiándose durante horas.

    Pero la estrechez de la bañera hacía que mi afilado dardo se clavara en la enorme diana de su pétreo trasero cada dos por tres. Lo cual, unido a mis continuas caricias, lograron que Jenny encontrara lago mejor que meterse en su almejita que sus dedos empapados en jabón. Y vaya si lo hizo. Solo tuvo que atraparla y deslizarla entre sus piernas para que ella se metiera, casi sólita, en su cálida gruta.

    Me volví medio loco de lujuria cuando su férreo estuche de carne se adueñó de mi verga, y empecé a embestirla como una fiera desde atrás. Pero les aseguro que Jenny no me iba a la zaga y, apoyándose en la pared de enfrente de la ducha, empujaba contra mi como si quisiera empalarse en mi lanza, jadeando y gimiendo en cada penetración.

    Yo me aferraba a sus pechos como un marinero a la deriva, usándolos para que no se me escapara la fiera que se debatía contra mi cintura. Aun así, la estrechez del lugar, y lo resbaladizo del suelo, eran del todo inapropiados para nuestra lívido desatada; por lo que haciendo un acto supremo de autocontrol decidimos detenernos, antes de que uno de los dos se hiciera daño al resbalar. Y secándonos mutuamente con las toallas, a toda prisa y de cualquier manera, nos dirigimos como dos fieras en celo hacia la cama.

    La ropa de arriba de arriba acabo hecha un montón en la esquina del cuarto, y Jenny, tomando el control, me derribo boca arriba sobre la cama, lanzándose como una salvaje sobre mí. Yo la deje hacer, ayudándola por la cintura a que se empalara ella sólita en mi rígido estoque.

    No hicimos el amor, pues esto no era amor, era puro sexo destilado. Durante las horas siguientes (si, no exagero, estuvimos casi dos horas en esa postura) me sujeto las manos contra la almohada, me araño el pecho, me mordió y beso por igual los hombros y el cuello, mientras yo (como ya imaginaran) le hacía de todo a sus divinos pechos, desde las mas tiernas caricias, hasta los mas traviesos pellizcos a sus durisimos pezones… hasta acabar Jenny exhausta sobre mi pecho, totalmente agotada después de haberme arrancado dos increíbles e inolvidables orgasmos sin salir de su cálida gruta y de haber obtenido ella algunos mas (no sé exactamente cuantos), encharcados ambos en sudor.

    Y entonces fue cuando metí la pata, pues dejándome llevar por mi subconsciente le dije:

    -Chica, a sido el polvo mas de puta madre que he pegado en mi vida.

    Esas palabras groseras y malsonantes rompieron el hechizo, además de que las interpretara mal. No sé exactamente que entendió Jenny, o si fue la mención de la palabra puta la que le hizo recordar donde y con quien estaba. Solo sé que el efecto fue fulminante.

    La pobrecilla se dejó caer a mi lado en la amplia cama, y enterrando la cabeza contra las sábanas rompió a llorar en silencio. Estoy convencido de que si no hubiera estado tan sumamente agotada se habría levantado en ese mismo instante de la cama y habría huido de la habitación. Me sentí mal, mal como no me he sentido en toda mi vida. Nunca unas palabras mías habían hecho tanto daño a nadie, y nunca me sentí tan torpe e inútil como entonces.

    Empecé a acariciarle la espalda de seda, dejando que mis dedos hablaran por mi. No soy un engreído ni un presuntuoso, pero acariciar es una de las pocas cosas que se me dan bien… y les aseguro que me emplee a fondo, trate de ser lo mas dulce posible, mientras intentaba pensar que podría decirle que no sonara idiota.

    Tenía la mente en blanco, así que me arrodillé entre sus piernas y seguí acariciándola, con el corazón encogido al ver que Jenny seguía derramando lágrimas en silencio, sin saber que diablos había pasado para llegar a esta situación. Poco a poco me fui relajando, disfrutando del suave tacto de su piel de canela bajo mis dedos, desplazando mis manos por su espalda y por sus nalgas una y otra vez.

    Precisamente la visión de su glorioso trasero fue la que logro el milagro de volver a la vida a mi verga, la cual ya creía del todo muerta. Pero el roce contra su piel cuando mis manos subían a sus hombros ayudo a que levantara de nuevo la cabeza. Y, al hacerlo, se deslizaba por la parte superior de sus muslos cuando yo me movía. Llegando a entrar alguna que otra vez en la hendidura de sus nalgas, aumentando así mi placer.

    Y el de Jenny, que tampoco era insensible a su roce. No me dijo nada, pero cuando su culito vino al encuentro de mi chisme, alzándose un poco para que se deslizara mejor, supe enseguida lo que ella quería… y lo que yo estaba loco por darle. Así que con infinito cuidado me acomode mejor, y deje que mi duro trasto se volviera a introducir en la húmeda cueva que tan bien empezaba a conocer. Jenny no me rechazo, emitiendo un pequeño suspiro cuando por fin estuvo metida por completo en su interior, señal inequívoca de que ella anhelaba lo mismo que yo.

    Esta vez era diferente, esta vez no había prisa ni había lujuria, así que me apoye en mis codos (no por cansancio, aunque lo tenía, sino para poder acercar mi cabeza a su oído) y empecé a derramar piropos y cosas bonitas en su interior. Meneaba las caderas muy despacio, haciendo que en cada arremetida mi verga saliera y entrara casi por completo, tratando así de que me sintiera todo lo posible… uniendo en la medida de lo posible mi cadencia a los dulces halagos que le susurraba cariñosamente.

    Jenny dejo de llorar, aunque no volvió a abrir sus ojos, Jenny empezó a acompañarme en el movimiento de caderas, y Jenny termino por emitir un quedo suspiro cuando volví a eyacular en su interior… muchísimo rato después. Al acabar me pidió que no me fuera, cosa que no tenía intención de hacer. Así que la envolví con mis brazos y, poniéndome a su lado, me quede dormido (supongo que de puro agotamiento).

    No pudo ser un sueño, sé que no lo fue. Los cálidos labios que sentí sobre los míos no me los pude imaginar. Ese aliento de flores que absorbí, y la dulzura de la lengua que paladee no me los puedo hacer inventado. Pero mi mente se negaba a creer que algo tan maravilloso pudiera ser real, así que permanecí con los ojos cerrados, rogando al cielo para que si eso era un sueño no me despertase jamás.

    Y debía de haberlo hecho, porque al no hacerlo me quede sin ver a Jenny. Cuando desperté ya no estaba, ni ella ni su ropa… pero si su dinero. Me había devuelto hasta el último dólar, dejándolos sobre la mesilla de noche. Pase los dos días siguientes deambulando por todos los bares de la ciudad, preguntando una y otra vez en recepción si había algún recado para mí, atosigando a Paco para que dejara avisos en el teléfono de la otra puta… la cual tampoco daba señales de vida.

    Hasta justo antes de embarcar. Un rato antes de hacerlo la puta apareció en la sala de espera del aeropuerto… sola. En teoría venía a despedirse de Paco y de Juan (y mas después de la alocada noche que tuvieron los tres), pero sabía que era a mi a quien tenía que hablar. Sus primeras palabras me dejaron de piedra…

    -¿Qué le has hecho a mi prima?

    ¿Su prima? ¿Jenny era su prima?

    -¿Por qué?… pregunte con un hilo de voz, mientras mi mente intentaba asimilar todavía el parentesco que unía a las dos chicas.

    -Porque era la primera vez que trabajaba conmigo, y me ha dicho que ya no quiere volver a hacerlo, que es la última vez que trata de ser puta.

    Yo iba a explicarme, iba a decirle mil excusas, iba a suplicarle perdón… pero no hizo falta. Pude ver en su mirada irónica que ella sabía de sobra lo que había pasado. Así que me marche con Paco en el avión sin decirle nada, sabiendo que mi cara y mi actitud eran de sobra elocuentes, y que cuando ella hablara con Jenny esta entendería lo que pasaba por mi mente.

    Pero llevo horas sentado en este maldito avión, y creo que si no escribo esto algo va a explotar dentro de mi. Regreso a casa si, dispuesto a continuar la vida con mi esposa… pero ya nada será igual, nunca podré volver a llenar este hueco que Jenny ha dejado en mi interior.

    Me da igual si mi historia les parece cursi o ridícula… es la mía, y la escribo solo con la esperanza de que Jenny llegue a leerla algún día. Y que, si lo hace, me recuerde, aunque solo sea con una ínfima parte del cariño con que yo la recuerdo a ella.

    Para Jenny, con todo mi corazón.

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